© Libro N° 14537. Las Revoluciones De 1848. Marx y Engels. Emancipación. Noviembre 29 de 2025
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LAS REVOLUCIONES DE 1848
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COLECCIÓN CONMEMORATIVA 70 ANIVERSARIO
Carlos Marx /
Federico Engels
Las revoluciones de 1848
Selección de artículos
de la Nueva Gaceta Renana
CARLOS MARX / FEDERICO ENGELS LAS REVOLUCIONES
Traducción Wenceslao Roces
Selección de artículos
de la Nueva Gaceta Renana
Prólogo Alberto Cue
Edición conmemorativa
70 Aniversario, 2006
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Marx, Carlos y Federico Engels
Las revoluciones de 1848. Selección de
artículos de la Nueva Gaceta Renana /
Carlos Marx, Federico Engels; trad. De
Wenceslao Roces; evol. De Alberto Cue. —. 2ª ed. — México: FCE, 2006 876
p.; 21 x 14 cm — (Colee. Conmemorativa 70 Aniversario; 56) Selección de
artículos de la Rheinische Zeitung ISBN 968-16-7779-X
608.
Marxismo 2. Economía Marxista
3. Política
I. Engels, Federico, coaut. II. Roces, Wenceslao, tr. III. Cue, Alberto, evol. IV. Ser. V.t
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INDICE
La Asamblea de Fráncfort,......... 43
La última
hazaña de la casa de Borbón,......... 51
Cuestiones de vida o muerte,......... 56
El ministerio Camphausen,......... 61
La comedia de la guerra,......... 63
Comité de Sûreté Générale,......... 68
Programas del partido demócrata-radical y de la
izquierda, en Fráncfort,......... 71
Los debates en torno al
pacto, en Berlín,......... 77
La cuestión del mensaje,......... 83
Nuevo reparto de Polonia,......... 86
El escudo
de la dinastía,......... 89
Colonia en peligro,......... 92
El debate de Berlín sobre la revolución,......... 98
La Asamblea del Pacto del 15 de junio,......... 118
La insurrección de Praga,......... 120
Caída del ministerio Camphausen,......... 124
Primera hazaña de la Asamblea Nacional de Fráncfort,......... 127
[La revolución de
Junio en París],......... 130
La revolución de Junio,......... 165
La Gaceta de Colonia sobre
la revolución de Junio,......... 171
La política exterior de Alemania,.......... 181
La política exterior de Alemania
y los últimos acontecimientos de Praga,......... 186
La supresión de
los clubes en Stuttgart y Heidelberg,......... 192
El proyecto de ley sobre la
abolición de las cargas feudales,......... 195
La Gaceta de Colonia y las condiciones de Inglaterra,......... 203
Un discurso de Proudhon contra Thiers,......... 221
El debate sobre
Polonia en la Asamblea de Fráncfort,......... 227
La guerra italiana de liberación y la causa de su actual fracaso,......... 293
La Gaceta de Colonia acerca de Italia,......... 297
Mediación e intervención. Radetzky y Cavaignac,......... 302
Las condenas a muerte en Amberes,.......... 304
La
crisis y la contrarrevolución,......... 309
La libertad de
deliberación en Berlín,......... 319
La
insurrección en Fráncfort,......... 323
El ministerio de la contrarrevolución,......... 328
Revolución en Viena,........ 330
El Réforme y la insurrección de Junio,......... 332
La mediación anglo-francesa en Italia,......... 335
Llamamiento del Congreso democrático al pueblo alemán,......... 338
Triunfa la contrarrevolución en Viena,......... 343
La crisis de Berlín,......... 347
La contrarrevolución en Berlín,......... 349
[Cavaignac y la revolución de Junio],......... 358
¡¡No más impuestos!!,......... 360
El movimiento revolucionario en Italia,......... 362
El golpe de Estado
de la contrarrevolución,......... 368
La burguesía y la contrarrevolución,......... 369
La contrarrevolución y la judicatura prusiana,......... 402
El movimiento revolucionario,......... 412
Un documento auténtico de
la burguesía,......... 417
La lucha de
los magiares,......... 423
El primer proceso de prensa contra
la Nueva Gaceta Renana,......... 439
El proceso contra
el Comité Demócrata Renano,......... 462
La guerra en Italia
y Hungría,......... 486
La derrota de los piamonteses,......... 491
Las hazañas de la Casa
de los Hohenzollern,......... 502
Supresión de la Nueva Gaceta Renana por disposición de la ley marcial,......... 513
A los obreros de Colonia,......... 518
LAS LUCHAS DE CLASES EN FRANCIA DE 1848 a 1850 [Nota],......... 521
608.
La derrota de junio de 1848,.......... 522
II. El 13 de junio de 1849,......... 554
III. Consecuencias del 13
de junio de 1849......... 593
IV. La abolición del sufragio universal, en 1850,......... 636
Introducción [a “Las luchas de clases en Francia
de 1848 a 1850”, de C. Marx (1895)],......... 655
LA CAMPAÑA
ALEMANA EN PRO DE LA CONSTITUCIÓN DEL IMPERIO
La campaña
alemana en pro de la
Constitución del Imperio,......... 685
608.
La Prusia renana,......... 691
III. El Palatinado,......... 735
IV. ¡Morir por la República!,......... 758
índice bibliográfico,......... 809
índice biográfico,......... 823
11
LOS MOVIMIENTOS DEMOCRÁTICOS DE 1848 EN EUROPA
FUERON acontecimientos decisivos en la formación de las ideas sociopolíticas en
Marx y Engels, así como en el desenvolvimiento de su teoría
política, centrada en la revolución de la clase
obrera. De hecho, estos acontecimientos, que abarcaron
desde Italia hasta cerca de los Cárpatos, poniendo en jaque ya fuese el orden
semifeudal de ciertos territorios o el orden francamente burgués y
desarrollado, como en Francia, de toda Europa, casi sorprendieron a los autores
del Manifiesto cuando este famoso escrito apenas comenzaba a
circular entre unos pocos trabajadores exiliados en
Londres. De pronto, se hacía necesario enfrentar
el hecho de la revolución, poner a prueba su táctica y su verdad haciendo del llamado “partido comunista” algo
más que una corriente ideológica mal definida. Así, la teoría de la revolución
tenía que ser propagada,
aplicada de distinta forma según las condiciones de lucha en lo político, en lo social y en lo económico.
Era en
sí una ardua tarea. El espectro de la revolución
parecía extenderse hacia muchos puntos. Toda Francia,
Prusia, Austria, Baviera, Sajonia y algunos Estados de la Confederación
germánica; los territorios polacos ocupados por Prusia; Bohemia y Hungría, en
su lucha contra el cetro austríaco; el norte de Italia (Lombardía), ocupado por
los austríacos, así como el resto de los Estados italianos: reino de Cerdeña
(Piamonte), los territorios papales y el reino de Nápoles. A todo esto, habíase
esperado el inicio del movimiento en Inglaterra, o cuando menos en el conjunto de los países europeos
más desarrollados.
12
Las fuerzas de la Santa Alianza, las monarquías, el
papado, las clases reaccionarias ven, todos,
levantarse las primeras filas de los insurrectos en
París y Berlín, en Viena y Milán. El gran
combate se escenificó en París, durante el mes de junio de 1848, entre las
fuerzas de la burguesía y las del proletariado.
Pero ¿qué era entonces esa Europa que de pronto se
puso en lucha contra sus monarquías? Era, en cierta forma, representativa de la
época del Antiguo Régimen. Intentaremos un bosquejo general de esa Europa de
mediados del siglo XIX abordando diversos aspectos de su desarrollo histórico,
al analizar cuál era la situación económica y social en el campo; el avance
económico y político en las ciudades y territorios; las corrientes del
pensamiento socio-político y, en términos generales, la posición de Engels y Marx ante la crisis económico-política de 1847-1848; y, finalmente, los resultados
políticos más importantes derivados de estos procesos.
En efecto, es una Europa predominantemente rural, y es la economía rural la que suministra la mayor
parte de los medios de subsistencia. El avance tecnológico de la agricultura se
halla notablemente avanzado, pero está en muchos puntos irregularmente
distribuido. Es Europa occidental donde se encuentran los campos mejor
cultivados; allí, la agricultura es más regular y la alimentación básica
está mejor asegurada. Pero existe un elevado
índice de crecimiento demográfico,
hay que extender la superficie cultivada, y el mejor método para
ello es la roturación. Así es como de Norfolk a Flandes, hasta las regiones
prusianas y Bohemia, se multiplican los cultivos forrajeros, las praderas
recién conquistadas, la rotación de cultivos sin barbecho, la cruza intensiva
de ganado y el empleo de
fertilizantes industriales. El periodo de 1815 a 1865 ve duplicarse la superficie cultivable, pues en esta
época tiene lugar el punto culminante de la sobrepoblación europea y la utilización extensiva del suelo
en el siglo XIX. Ahora bien, los sistemas de propiedad y explotación son
extremadamente diversos. Existe ya un gran sector de pequeños propietarios,
arrendatarios y colonos acomodados, sobre todo en Francia y los Países Bajos.
13
Pero
a su lado se erige aún la gran propiedad
tanto en Francia como en Inglaterra, en España y en los
territorios italianos. En Inglaterra el antiguo movimiento
de los enclousers (sistema de cercados) y la
subsecuente “revolución agraria” condujeron a un exorbitante acaparamiento de tierras, consolidando
el régimen de los landlors: tan sólo en
el periodo de 1843 a 1875 cuatro mil de ellos llegaron
a poseer
la mitad de los territorios agrícolas y ganaderos de su país. En el resto de Europa gran parte de la
propiedad territorial permanece en manos de la
nobleza terrateniente tradicional o de formación burguesa reciente, lo cual
reduce a una difícil situación de subsistencia a las capas populares más
extensas: jornaleros y agricultores sujetos a caducas servidumbres, aparceros,
medieros y trabajadores agrícolas asalariados. Italia, ciertos cantones suizos
y España, para no hablar de las regiones de Europa oriental, adolecen de las
estructuras más arcaicas y gravosas, que someten al miserable pueblo al hambre
y las enfermedades. En Alemania dos regímenes agrarios dividen los territorios
rurales. Si bien la servidumbre de la gleba ha desaparecido formalmente en las
regiones occidentales, meridionales y centrales, la Grundherrschaft resiste
sin embargo al movimiento de liberación campesina, teóricamente otorgada
mediante unas reformas que se han mantenido inaplicables en virtud de las
antiguas trabas del endeudamiento personal y la sobreexplotación. Por otro
lado, el sistema de la Guterherrschaft, más arcaico en apariencia,
que domina al este del Elba, permite a la clase de los Junkers obtener algunas
ventajas a partir de ciertas leyes de “regularización”
promulgadas desde 1807, ya que les facilita el acaparamiento, concentración y
explotación intensiva y extensiva de la tierra. La masa de los agricultores, si
bien ha recibido libertad personal, ha evolucionado en distintos sentidos —
ahora que puede llegar a ser propietaria y que con facilidad, también, puede
dejar de serlo ante la voracidad de los más grandes—.
14
En suma, si el campesino alemán no es ya un
siervo, el complejo régimen de “feudalismo” envilecido
y de capitalismo ávidamente explotador (el capitalismo de los “destiladores alemanes de aguardiente”
como le llamara Marx), que sigue a un movimiento vacilante de reformas nunca
del todo aplicadas, hace siempre de él un dependiente, sujeto a restricciones
que impone la gran producción agrícola y, más tarde, la gran producción industrial a través de la
agricultura. Éste es el subsuelo de lo que desde
los clásicos de la economía hasta Marx se llamó el
sector de la renta de la tierra, que formó, junto con
el salario y la ganancia industrial, la llamada fórmula trinitaria. Pero hay
que añadir algo más: el burgués advenedizo, haciéndose eco de ese símbolo de
seguridad, de estabilidad y de respetabilidad,
ve en el acaparamiento de la tierra un desenlace normal de su ascensión social. Esta situación refuerza
no sólo un estado económico de cosas, sino también una situación política favorable para los gobiernos
de la época: de este modo se mantiene el monopolio del poder local entre los
grandes señores de la tierra, quienes se erigen a su vez como puntales del
poder central autárquico.
Para 1848, es Inglaterra el país económicamente más
desarrollado. A él corresponde la mitad de las vías férreas de toda Europa; es
allí donde tienen lugar los cambios técnicos esenciales que acabarán
por imponerse, poco a poco, en todo el continente: el
uso generalizado del carbón y de la máquina de vapor, la
mecanización de la hilatura y el tejido, la fundición a gran escala a base del
coque y el pudelado, la producción acerera y de gran maquinaria, la instalación
de vías telegráficas, el uso de alumbrado de gas en las ciudades, etc. Siguen a
este movimiento Francia y Bélgica, y ciertas regiones alemanas como Sajonia y
Renania-Westfalia, donde llega a concentrarse el 90 por ciento de las máquinas
de vapor alemanas. Siguen luego Italia (el Piamonte, Lombardía y la Toscana) y
España, aunque es verdad que en esta última sólo puede mencionarse la región de
Cataluña, donde se desarrolla la industria textil española más importante.
Incluso surgen de manera aislada algunos centros industriales en los territorios del Imperio austriaco: Estiria-Carintia y Bohemia. Pero habrá de
notarse sin embargo que, aun cuando se ha extendido esta “gran industria”
mecanizada, no se han eliminado del todo, ni mucho menos, los modos artesanales
o el sistema del trabajo domiciliario con que se habían iniciado las viejas
manufacturas desde principios del siglo XVII.
15
Este avance, a su vez, se ve acompañado de un
desarrollo de las instituciones y sistemas financieros, remodelados en
Inglaterra a partir de las reformas de 1826 y, en
el continente, sobre todo en Francia y Bélgica, donde ya
funcionaban las societés générales. Esta es la época en que da
comienzo la implantación de nuevas formas de actividad, cuando se gestan los
mercados nacionales y se va rompiendo el aislamiento. Son los comienzos de la
gran producción en masa. No es aún la época del mercado mundial, de la absoluta
universalidad de la hegemonía político-económica de Occidente sobre el resto
del mundo. Es más bien el periodo en que se prepara la llamada “época de los
imperialismos”. Para estos años, el gran espacio mundial está todavía
insuficientemente controlado;
se han penetrado lejanos países y mercados enteros: territorios de China, India y el Oriente
Medio, así como los países latinoamericanos, pero la navegación
transoceánica y la comunicación terrestre aún
no permiten el dominio adecuado para una completa
cohesión monopólica. Falta aún consolidar ciertos poderes imperialistas y la
exploración del continente africano y Australia, etc. De este modo las
relaciones entre Europa y los demás continentes presentan aún cierta ambigüedad
ante la supervivencia de enormes territorios como térra incógnita. Puede decirse que la idea de Marx respecto
a que “la gran industria ha creado el mercado mundial, ya preparado por el
descubrimiento de América” (Manifiesto del Partido Comunista) resulta,
en términos generales, un tanto apresurada, aunque el desarrollo que señala se
encuentra ya muy avanzado.
16
Más confusa es la situación política de entonces.
Al margen de la gran diversidad de formas de gobierno —entre las de hecho y las
puramente teóricas—, el régimen monárquico había sufrido sensibles cambios. La
monarquía pertenecía a aquello que denominamos genéricamente como Antiguo
Régimen, pero ni aun entonces —como sí a mediados del siglo XIX— se pretendía
como un régimen tan exclusivo y tan conceptualizado. El periodo que
va de 1815 a 1848 es un tiempo agitado en que se confunden las diversas
formas políticas heredadas de un pasado rico en experiencias y contradicciones
—incluidos los teóricos del siglo XVIII— alrededor del movimiento de la Gran
Revolución en Francia. Más tarde, la época napoleónica, de por sí ya preñada de contradicciones, traía
a la memoria esos negros años en que, con aparente facilidad, un incontenible
vendaval lo arrasaba todo: fronteras,
ciudades libres, pequeños reinos, leyes centenarias, caducas soberanías. La tormenta
napoleónica pareció limpiar de impurezas a todo el continente. Incluso el movimiento de Restauración
en Francia no hizo sino amoldarse a una situación de hecho, al parecer
irreversible.
Lo cierto
es que — pese a la sobrevivencia de grandes
y pequeñas monarquías, principados, ducados, etc.— surge
una nueva división política continental. Y sin embargo la mayor parte de la población
parece aceptar a sus nuevos soberanos con esa misma lealtad de súbditos. La
adhesión a las iglesias, la unión del trono y el altar, la ideología
tradicionalista, etc., siguen siendo piezas clave del edificio, pero ello no
impide el peligro de conflictos y recelos que lo hacen inseguro.
Lo más importante es que la monarquía puede y
tiene que avenirse a una limitación del absolutismo,
a una distribución y equilibrio de poderes que ya Inglaterra había practicado desde mucho antes. Ante
esta transformación de la monarquía, mediante la cual no se altera
aparentemente el fundamento
teórico de su soberanía —recuérdese
cómo Luis Felipe de Orleáns, el llamado “rey de las barricadas”,
tuvo que legitimar su poder integrándose al círculo de los monarcas
“respetables”—, el derecho de voto, en cuanto institución constitucional, se
afirmaba frente al príncipe como una función vinculada
a la capacidad económica —reservada a la nobleza y a un cierto sector de la burguesía— y no en cuanto
atributo del homme o del citoyen. Así pues, las capas
aristocráticas u oligárquicas se afirmaban frente a estas
monarquías, surgidas después de la Viena de 1815, como la cabeza de una
pirámide social basada en un régimen de igualdad muy relativo si no es que
nulo. Los órganos constitutivos de la sociedad están destinados a representar
los órdenes y estamentos subsistentes otorgándoles, no obstante, una función
meramente consultiva, sin que se reconociera ninguna separación de poderes como
contrapartida a una mayor injerencia económica de la burguesía en la sociedad.
17
Legitimidad monárquica y estatuto privilegiado, de hecho, o de derecho, hacen de la sociedad europea
de mediados del siglo XIX un cenáculo de notables más o menos abierto, más o
menos rejuvenecido. Ésta es la sociedad que hace frente en su momento a las
violentas sacudidas del año 48.
Caen Guizot, Luis Felipe y la monarquía censataria.
Se confirma por segunda vez después de 1789 — la primera fue en 1830— que,
desde los acuerdos de Viena en 1815, la vida de la monarquía europea es
inestable e insegura. Al parecer, no bastan su fuerza centralizadora, su
poderío militar y administrativo, su rejuvenecido despotismo ilustrado —que, en
muchos casos, se perfila patéticamente degradado—. Su control sobre la sociedad
es cada vez más aparente que real. Mayor fragilidad e inestabilidad hubo en Grecia,
Italia, España, Portugal. Pero las sacudidas finales de 1848 parecen más
definitivas que las de años anteriores. Metternich acusaba con dedo flamígero
la propagación de las ideas subversivas, la fiebre revolucionaria que invadía a
toda Europa. La Gran Revolución de 1789 es el pecado de soberbia cometido por
los europeos de ese
siglo; las causas
de la caída de las monarquías se deben, según
él, a un siglo irreligioso que alardea de
sus “pedantes filósofos” con sus “falsas doctrinas” que han producido una “espantosa catástrofe social”
engendrada por la crítica, los códigos del tiers état, los
supuestos derechos del hombre y, sobre todo,
por Napoleón, esa terrible “Revolución encarnada”. El liberalismo, el constitucionalismo, las libertades
públicas, la proclamación de igualdad de derechos ante la ley surgieron, en
efecto, en Francia gracias al movimiento iniciado en 1789. La ola no había
podido ser contenida.
18
No sólo Francia y el Reino Unido, incluso diversos
territorios alemanes, gozaban de una legislación moderada o francamente
liberal, aunque en buena medida en provecho del soberano y de las clases
tradicionalmente dominantes, y que a la postre se sacudiría de ese absolutismo
patriarcal evolucionando hacia un orden de libertades públicas más definido.
Monarquías constitucionales fueron también Bélgica, España, Portugal, aunque
las libertades allí reconocidas fueron recortadas tras altibajos políticos en las
décadas de los años treinta y cuarenta. En fin, el problema de la
democracia, implícito en todo este movimiento, es ya inquietante por cuanto encierra el advenimiento
de esa nueva y peligrosa “cuestión social” que pocos hasta entonces se atrevían a tocar. El año de 1848
va a poner en claro este desplazamiento de problemas con una violencia y
rapidez desconocidas. Parece surgir un desequilibrio de fuerzas imposible de
contener en los términos de un régimen de liberalismo insuficientemente
desarrollado. La organización del trabajador fabril parece ser la punta
de lanza de este desplazamiento y del subsecuente desequilibrio que introduce. Fuera de los estrechos
márgenes que la intervención estatal ofrece o de las dudosas garantías de que la antigua organización
gremial dispone, la protesta socialista se perfila como el único recurso ante
la explosiva “cuestión social” que comienza a ventilarse.
El inicio del siglo XIX coincidió con el brote de
los primeros pensadores socialistas modernos: Saint- Simon, Fourier, Cabet,
Leroux y Owen, principalmente. En 1802 Saint-Simon publicó sus famosas Cartas de Ginebra, en 1800 Owen se hizo cargo de la dirección de la fábrica de hilados de New-Lanark,
donde puso en práctica sus ideas sociales, y en 1808 Fourier publicó su Théorie des quatre mouvements
et des destinées générales. Caracterizados por Marx y Engels como “evolústas
utópicos”, estos pensadores, de personalidades tan divergentes entre sí, al
mismo tiempo que iniciaban las ideas socialistas modernas, esbozaron todas y
cada una de sus propuestas de reforma social como soluciones aplicables al
conjunto de la sociedad, proyectando un cuadro detallado acerca del futuro
universal inmediato y, no pocas veces, fueron apreciados por sus seguidores
como profetas.
19
Herederos en cierta forma de la Ilustración francesa, todos ellos se rigieron, en general, por el criterio
de la perfectibilidad del ser humano y de la sociedad en su conjunto. La base
de su pensamiento descansaba en la idea de que hasta ese momento la humanidad
había ignorado su propio orden de coexistencia y, por tanto, había vivido
sometida a un orden artificial dañino, llamado civilización,
contrario a la naturaleza del ser humano, postrándolo, así, en un estado de
miseria material y espiritual y en un desorden generalizado capaz de conducirlo a su ruina. Creían en el poder de la razón
y el pensamiento para descubrir un régimen natural que
extinguiera las discordias y procurara los beneficios imaginables de toda
sociedad racionalmente organizada. Con una orientación principalmente
filosófica, echaron mano de la economía — entonces una ciencia relativamente
joven— y la historia para descubrir las leyesclave del desarrollo social.
Descreían de todo individualismo y cifraban sus esperanzas de regeneración en
una saludable vida institucional según los modelos ofrecidos — particularmente
en el orden civil— por la Revolución francesa, pero
ahondando, de acuerdo con sus fines constructivos, los conceptos fundamentales — igualdad, libertad,
fraternidad— que la animaron, a fin de suprimir la desigualdad económica,
basada en el mal uso (o
abuso) de la propiedad privada. En conjunto, estos pensadores tenían la firme creencia de que el paso
de la necesidad a la libertad, el acceso al reino de la felicidad y la armonía,
se daría casi automáticamente, tan sólo ajustando el ejercicio de la razón, a
través de la regulación de las
instituciones para que éstas fueran efectivas, con los adelantos hasta entonces alcanzados en el orden
de la técnica y la ciencia. En un principio, decían, esta tarea se vería facilitada por la propagación, entre
los hombres, de la verdad incontestable de su teoría (de allí deriva, como elemento inherente al propio
discurso utópico-socialista, la tendencia a asociarse y a formar sectas de
adeptos). Sin embargo, no
parecen sentir la más mínima necesidad por unir sus ideas socialistas a una práctica similarmente
orientada allí donde se forman, casi
naturalmente, los núcleos de trabajadores que, para entonces, se
encuentran en una incipiente etapa gremial. Asimismo, en relación con lo
anterior, adoptan una actitud apolítica basada en la fe que tienen en el filantropismo, lo cual les alejaba de cualquier posición
teórica o práctica respecto a las posibilidades específicas de la clase trabajadora dentro de la sociedad capitalista.
20
Más que ninguno de estos teóricos, Saint-Simon fue
visto como un auténtico profeta. Él fue quien
primero destacó el hecho de que la causa fundamental de la explotación humana —y, en consecuencia,
de la desigualdad y la miseria entre los hombres— era la propiedad privada. (El pensamiento utópico
en su conjunto prolongó su vida y su desarrollo incluso más allá de Marx y el anarquismo de Proudhon
y Bakunin.) Saint-Simon postuló a lo largo de sus numerosos escritos una filosofía
social capaz de aglutinar los conocimientos de cada ciencia particular
en forma de una síntesis metódica orientada
hacia la historia y lo que más tarde habría de ser la sociología. Soñó con forjar el método positivo para
el estudio de la sociedad humana y señaló las diversas fases de su desarrollo
hasta detenerse en el análisis de la futura sociedad industrial, cuyo principio
rector, la economía, ya dejaba sentir su influencia en el cuerpo social.
Fourier, por su parte, pensó que se podía
reflexionar acerca del orden social del mismo modo que
podía interpretarse la naturaleza, descubriendo sus leyes propias, a cuya “aplicación deben dedicarse
los hombres para su felicidad”. Pensó que toda formación social, así como sus
valores y principios rectores, eran transitorios y perecederos, que el perpetuo
cambio de las sociedades humanas responde al régimen económico y a la industria
humana y, finalmente, que las contradicciones que
sacuden a las sociedades son inherentes a todo progreso aun cuando son susceptibles de armonizarse.
Fourier fue el más meticuloso exponente de las supuestas fases por las que, de
acuerdo con él, atravesaría la sociedad humana, hizo un detallado inventario de
las posibles instituciones sociales y fue un implacable crítico de la moral de
su tiempo, por la cual sentía un enorme desprecio.
21
Fueron numerosas las sectas de discípulos. La
escuela sainsimoniana llegó a tener hacia la tercera
década del siglo XIX decenas de miles de adherentes y contó con influyentes órganos de prensa, como Le Globe y Le Producteur. Por su parte, los adeptos de Fourier, no obstante que llegó a ser el pensador
francés más conocido fuera de Francia, no fueron tan numerosos como los
sainsimonianos.
Los pensadores más importantes directamente
relacionados con la filosofía social de los utopistas fueron Comte y Spencer,
principalmente. Éstos acentuaron aun más la distancia que separaba al
pensamiento positivista-utópico del movimiento de los trabajadores, concentrándose en el desarrollo
puramente teórico de las leyes históricas de la sociedad. La otra vertiente
social del siglo XIX que
postulaba leyes de la historia, que estableció un sistema crítico de la sociedad basado en la nueva clase
social, el proletariado, proviene precisamente de Carlos Marx y Federico
Engels.
Pero los sistemas sociales surgidos de la confianza
ingenua y la ilusión romántica no hacían sino revelar sus flaquezas congénitas.
Sin abandonar nunca el reino de la Utopía, se ofrecían revoluciones
que o bien ponían delante un mundo idílico inaccesible, sólo realizable por
virtud de la razón, o, en un extremismo
desesperado, degeneraban en conspiraciones fraguadas por una camarilla de
revolucionarios, totalmente al margen de la sociedad y de las propias clases beneficiadas. Una especie
de romanticismo impregna este “espíritu del 48”. Sin duda, hay detrás una
genuina dimensión social irresuelta, más o menos marcada según
cada país o región, pero que rebasa, de cualquier modo, todo
planteamiento anterior respecto a las sociedades y los hombres. El impulso
social de este nuevo
espíritu consiste la mayoría de las veces en insertar una concepción espiritual y cultural en la historia
general de las sociedades. Pero este movimiento generalizado es tan complejo y
vasto que resulta difícil dibujar sus contornos, enfrentar sus ambigüedades,
definir sus términos extremos.
22
En Francia, podemos recordar
a Joseph
de Maistre, Chateaubriand, Vigny, Lamartine, Hugo y otros en
cuanto auténticos legitimistas, católicos y teocráticos. En Inglaterra, el
conservadurismo militante contaba con la adhesión de Walter Scott y de
Coleridge, teniendo en Thomas Burke a un ilustre antecesor. En Alemania,
los Naturphilosophen —aun cuando no tomasen en cuenta la
política— y Goethe fueron enemigos de la Ilustración y de la
Gran Revolución y sus secuelas del Terror. Pero ya
antes de 1848 Lamartine y Victor Hugo se declaran partidarios de un humanitarismo democrático. Por
su parte, Keats, Byron y Scheller eran, en el más pleno sentido de la
expresión, unos inconformistas irreductibles al orden reinante. El espíritu
romántico de estos hombres tenía las mismas raíces, e incluso, como llega a ser
frecuente, sus razonamientos ante los hechos sociales e históricos se sostienen
en una misma o parecida lógica, pero sus propósitos, en cambio, llegan a
ser radicalmente opuestos.
Lo cierto es que los ánimos se
hallan más o menos preparados para aceptar la revolución no sólo
por simpatía, sino incluso por el ansia de participar en ella: la revolución se
hace drama, celebración, evocación, representación de los grandes recuerdos. Incluso podría acusarse la percepción de un ethos en
que, ramificado socialmente, se rendía un doble culto al cual ni Marx ni
Engels, que pretendían
desde entonces establecer las leyes de la sociedad y de la historia, pudieron sustraerse: el acceso hacia
un ideal y la instauración del progreso y la justicia social.
El análisis de ambos €ca de la situación política
apuntaba ya al supuesto de la proximidad de la revolución. Para ellos, y esto
era lo más importante, el elemento revolucionario fundamental era el
proletariado. Tenían a la vista indicios de que se avecinaba una etapa de profundos
cambios: la
insurrección polaca de 1846, la victoria de los cantones democráticos sobre los clericales en la guerra
civil suiza de 1847, la victoria electoral belga en
ese mismo año, la creciente agitación en los diversos territorios italianos a mediados de
1847 y la rápida evolución
política de Alemania. Todo ello les hizo
ver la posibilidad de la recomposición del cuadro político europeo, lo que efectivamente sucedió en la
primavera de 1848. Alentaron con grandes esperanzas las luchas de liberación
nacional, surgidas en
1847-1848: italianos, húngaros y checos contra el yugo austríaco, los polacos contra la dominación de
Rusia, Austria y Prusia, los irlandeses contra la dominación inglesa, etc.
Alemania, y Francia, sobre todo, encaran cambios que parecen intensificarse en
el corto lapso de unos meses.
23
Pero ¿por qué la rapidez y amplitud de los hechos?
Hay que apuntar que la crisis económica de 1847 hizo posible en buena medida la
crisis política europea, de tal manera que el movimiento insurreccional se
generalizó por toda Europa. Ahora no se trataba de conjuras tramadas, como
en décadas anteriores, por camarillas secretas o conspiradores sectarios,
ni fueron tampoco movimientos aislados
de limitada importancia local que,
como hasta entonces, eran fácil y rápidamente aplastados
por los gobiernos despóticos.
Inglaterra fue el núcleo vital de las fuertes
sacudidas que, por medio de crecientes oleadas, afectaron al continente
europeo. Esta situación se había anunciado en forma de crisis agrícolas
semiaisladas a partir de 1845. Primero en Irlanda y Flandes, donde escasez y
epidemias diezmaron a la población, suscitando fuertes corrientes migratorias.
En 1846, la crisis se agudizó extendiéndose hasta el punto de observarse una
drástica reducción de las cosechas —principalmente de subsistencias—, difícil
de compensar mediante la importación de granos debido
a un fuerte gravamiento de los precios y a una
difícil situación de las finanzas públicas y el crédito. Los desórdenes, asaltos y motines se reprodujeron
a granel por todo el territorio inglés; se acentuaron la penuria, el desempleo y la mendicidad, mientras
que, como contraparte, se multiplicaban las maniobras especulativas en diversas
ciudades y poblaciones. El sistema del workhouse (como medida contra el desempleo) y la asistencia en las casas
de pobres, que constituían los métodos paliativos tradicionales, resultaban ya
insuficientes para contener los profundos desajustes a que se veía sometido
todo el sistema económico y social.
24
El año de 1847 pareció proporcionar un respiro; el aumento de las cosechas, el restablecimiento de su
distribución y de su nivel anterior de precios superaron temporalmente la crisis. Sin embargo, las olas
cíclicas abarcaban a todo el continente y la crisis había ya traspasado las
fronteras del campo.
En realidad el inicio de la crisis se manifestó
inicialmente en el campo, provocando una reacción en cadena: un brusco descenso
de la producción agrícola provocó una severa disminución de los
productos alimenticios; el mercado, de pronto, resentía un alza súbita de los precios en especial de los
productos de consumo popular (alimentos); a su vez, el consumo de ramas industriales
— sobre todo de la industria textil y de la construcción— se replegó
dando lugar a una menor producción,
subempleo de la fuerza de trabajo, disminución
de los salarios y una contracción
masiva de las rentas
precisamente en el momento en que el costo de la
vida —tanto en la ciudad como en el campo—
alcanzaba su más alto nivel. Al parecer se trataba de una crisis similar a la de 1837 o
a la de 1842, una crisis típica del joven capitalismo
industrial, cuyos caracteres eran más bien conocidos en Inglaterra que en el
continente. Sin embargo, el año 1847 vio extenderse una crisis más profunda que
estas anteriores, cuyos inicios databan de los primeros años del siglo XIX y
eran calculadas en periodos cíclicos de más o menos diez años. Así,
la crisis de 1847 no parece haber sido una crisis agrícola,
sino más bien comercial que contemplaba ya los primeros síntomas de una crisis
industrial y financiera, rasgos que se acusarían cada vez más en los ciclos
posteriores. Era pues desconocida la magnitud de esta nueva depresión económica
europea. El rápido desarrollo industrial y tecnológico empujó a una febril
especulación bursátil. Se crearon numerosas compañías, las cuales ampliaron el
mercado de bienes de capital, maquinaria y equipo, el mercado metalúrgico y la
industria siderúrgica. Pero esta rápida expansión se detuvo; los ciclos de
recuperación de capital no aseguraban una rotación favorable a las continuas
inversiones industriales, por lo que el mercado de dinero se vio notablemente
restringido para poder sostener el ritmo anterior de expansión, particularmente
en lo que se refiere a la construcción
del transporte ferroviario. A su vez, las
dificultades subsistentes en el campo —la crisis agrícola—
restringían la capacidad de empréstitos públicos, que era entonces el
principal renglón de la banca inglesa. En
el transcurso del año sobrevino una segunda fase de la
crisis con la caída del mercado bursátil y bancario, la paralización
industrial, el cierre de empresas en quiebra, una nueva extensión del desempleo
y la generalización de la miseria.
25
Engels creía (como puede verse en un artículo
publicado en el diario La Réforme, 26 de octubre de 1847) que el
Paso siguiente en esta situación sería la crisis política directa entre el
proletariado y la burguesía, y manifestó un gran optimismo ante ello. Pensó que
la crisis provocaría “una agitación extraordinaria entre los obreros, que ahora
se veían despedidos a montones después de haber sido explotados por los
industriales durante el periodo de auge comercial”. Advertía que, en
Lancashire, Ashton, Manchester y otros centros industriales algodoneros tenían
lugar reuniones de delegados
obreros (tradeunionistas) y asambleas en que podría exigirse una huelga general de todas las fábricas,
la cual se uniría a la de los obreros metalúrgicos y mineros de Birmingham. Es
claro que, tanto para Engels como para Marx, Inglaterra representaba el país
más desarrollado —lo cual implicaba la máxima extensión de las fuerzas
productivas y la burguesía políticamente más sólida— y, en consecuencia, el
proletariado inglés, la clase trabajadora con mayores posibilidades
organizativas y revolucionarias. En este sentido, Inglaterra jugaba a sus ojos
un papel central en cuanto al planteamiento estratégico de la revolución. Allí
el antagonismo entre la burguesía y el proletariado había alcanzado su etapa
más alta. Un triunfo del proletariado inglés sobre la burguesía inglesa
significaba prácticamente un triunfo del proletariado sobre todas las
burguesías y opresores de Europa. Ambos pusieron grandes esperanzas en el
triunfo del movimiento cartista y el avance de la clase obrera inglesa. El
movimiento cartista inglés, la lucha irlandesa de liberación (repeal) y
la organización tradeunionista aseguraban una posibilidad de triunfo
revolucionario. Sin embargo, el gran movimiento estaba por declinar y no sería
Inglaterra el país más afectado por los movimientos revolucionarios del año 48.
26
En febrero de ese año se produjo en Francia el
primer indicio de la crisis política. La monarquía de
Julio, la monarquía burguesa de Luis Felipe de Orleáns, agonizaba. El viejo compromiso establecido en
1830 entre las capas oligárquicas, gracias al cual se había contenido todo
intento de insurrección radical, se hallaba agotado. Se había prolongado una
situación en la que se negó reiteradamente cualquier reforma significativa, en
particular la reforma electoral. El inmovilismo y el despotismo de
Guizot habían alternado pacientemente con el autoritarismo de Luis Felipe. Ambos cooperaron, junto
con los sectores más privilegiados de Francia, en la tarea de sostener una
diplomacia desprestigiada, que había traicionado a la causa liberal, de solapar innumerables escándalos evolúo y de corrupción,
sobre todo en los últimos años, y de articular una política de desprecio (Lamartine hablaba, con vistas
al año de 1847, de una “revolución
del desprecio”) por
las clases populares de la nación. Los mayores
peligros a la vista eran el estado cada vez más crítico de las finanzas públicas, una creciente depresión
comercial y el surgimiento de coups d’etats cada vez más radicales y que podían acarrear la expresión
general del descontento popular.
La “campaña de los banquetes” en el verano de 1847
ofrecía la posibilidad de que una oposición política se organizara con sus
propios jefes a la cabeza. Esta oposición en su conjunto representaba
una proporción considerable del electorado francés, con Thiers dirigiendo la fracción centro-izquierda
y Odilon Barrot al frente del ala izquierda. Al ser prohibido un banquete
parisino — en los departamentos de la provincia una larga campaña de banquetes
políticos había logrado reunir una nutrida asistencia militante— se provocó una
manifestación popular celebrada el 22 de febrero de
1847. La manifestación pasó a ser motín
y la Guardia Nacional, al contrario de
otras veces, no ejecutó las órdenes de reprimirlo. Cuando Guizot
estaba prácticamente al mando de las acciones, tuvo lugar un sangriento choque
entre las fuerzas del gobierno y la muchedumbre. El motín pasó a ser
insurrección, tan generalizada, que el día 24 las tropas no podían ya controlar la ciudad. El rey abdicó,
se impidió la instalación de una regencia y los republicanos tomaron la Cámara
de Diputados, adueñándose de la situación. Se proclamó un Gobierno provisional.
27
El anuncio de este hecho provocó en el resto del
continente una súbita e incontrolable agitación.
Siguen entonces los dominios de los Habsburgos, la Confederación alemana y los evolúo italianos.
El 3 de marzo, en la Dieta húngara, instalada en Presburgo, Kossuth lanza un programa autonomista y
democrático; el día 11 los liberales de Bohemia lanzan otro en la ciudad de Praga; del 13 al 15 un motín
en las calles de Viena provoca la huida de Metternich abriendo la posibilidad
de un gobierno de coalición y el establecimiento de un orden constitucional; el
18, en Milán, el mariscal austríaco Radetzky halla amenazado su poder militar a
causa de los levantamientos; el 22 son expulsados los austríacos de la ciudad
de Venecia, y los duques de Parma y Módena son expulsados de sus palacios; el
23, el príncipe Carlos Alberto de Cerdeña decide luchar por la independencia de
la península y a él se unen, de grado o por fuerza, Leopoldo I de Toscana,
Fernando II de Nápoles y el papa Pío IX; el 22 se instala un nuevo gobierno de
Hungría que otorga, el 11 de abril, una reforma electoral limitada y
una Asamblea Legislativa, aun cuando no se decide a reconocer ninguna autonomía étnica y mantiene
su dependencia en relación
con la monarquía habsburguesa; el 13 de abril se crea un Comité Nacional
en Bohemia con vistas a la instalación de una Dieta Constituyente y
Legislativa.
En Alemania el movimiento se inicia en Mannheim y
Heidelberg, Hessen, Nassau, Fráncfort, las ciudades hanseáticas, Brunswick y
los Estados de Turingia. En todas partes se observa la presión popular en
contra de sus soberanos con objeto de arrancarles derechos civiles y políticos,
libertades públicas y separación de poderes. El 18 de marzo Federico Guillermo
IV aceptó el compromiso, ante los representantes de la alta burguesía renana,
de establecer una Constitución y un orden político acorde con ella. El 19 de
marzo Luis I se ve obligado a abdicar en sus territorios de Sajorna, Hanover y
Baviera.
28
Contagio o incendio fulminantes, lo cierto es que
en unas cuantas semanas el panorama político europeo está totalmente
transformado. Ahora presenta una fisonomía de carácter democrático y
nacionalista en algunos casos. Las estructuras estatales parecen mágicamente transformadas. Semeja
en verdad otra Europa, muy distinta desde aquel lejano año de 1815 en que el Congreso de Viena, bajo
la alianza de las potencias, había decretado la represión de todo intento
democrático y contrario a la monarquía. Después de esta primera crisis, sin
embargo, surge el difícil periodo que obliga
a sostener
este nuevo orden, así como las recientes alianzas que, inseguras, acusarán pronto signos de debilidad.
Por otro lado, el conflicto latente que estimula la situación social imperante suscita recelos y conflictos
de acuerdo con las partes que entonces actúan en la escena política.
En Francia el conflicto político, aparentemente
superado con la creación de un Gobierno provisional,
cede pronto ante el problema de la crisis económica, aún sin solución. Toma cuerpo la pugna entre los
propietarios y los campesinos sin tierra, entre la burguesía y el proletariado y tiene lugar una eclosión
de socialismo (que es una amalgama de corrientes y partidos muy diversos
allegados práctica o
doctrinalmente al ámbito obrero de las ciudades). No tarda en cundir el pánico en la Bolsa, las finanzas,
el comercio, el crédito y en la actividad industrial. El Gobierno provisional es una coalición de diversas
tendencias muy desequilibradamente representadas: republicanos moderados — mayoría—,
demócratas socializantes, un teórico socialista —Louis Blanc— y un obrero —el mecánico Albert, más
tarde intemacionalista y partidario de la línea de Marx—. Este Gobierno
provisional provoca fuertes
resistencias entre los vencedores de Febrero — la burguesía—. La vaga y estrecha tendencia obrerista
— caracterizada por un tímido reglamento laboral
(la “organización del trabajo”) y la instauración de
la Jornada de Diez horas— es sistemáticamente obstaculizada ante la seria
amenaza social que
representa. Como dirá Marx, poco después de estas jornadas, en su célebre folleto Las luchas de clases
en Francia, la República no hizo más que “adaptarse a las condiciones de la
sociedad burguesa”. Se instala una Asamblea Constituyente ante una débil
fracción de representantes demócratas y socialistas. El gobierno en Francia se
asume plenamente como republicano moderado.
29
En los Estados alemanes la situación es más incierta aún. Por lo pronto, la participación de los obreros
y artesanos se limita a su lucha en las calles durante los días de revuelta
contra el régimen; su
oposición organizada casi no existe si la comparamos con Francia. La concesión de derechos por parte
de los Parlamentos locales sólo beneficiaba
a ese sector de la sociedad
alemana mediante la abolición de los derechos señoriales y la
aplicación de libertades públicas. De hecho, como diagnosticaba el Manifiesto
del Partido Comunista, el conflicto principal se halla entre la
aristocracia terrateniente y la joven burguesía industrial y mercantil. La
rebelión de las clases inferiores se manifiesta autónomamente y mediante
sublevaciones de tipo arcaico — en una especie de jacquerie no
tan sangrienta ni cruel— en contra de los señores, administradores,
guardabosques, justicias locales y usureros judíos.
La primera Asamblea sesiona en
FRANCFORT del 31 de marzo al 3 de abril de 1848 con
una mayoría de representantes moderados
—en realidad monarquistas constitucionales— y se limita a proclamar
la “soberanía” de la próxima Asamblea, a ser
elegida por sufragio universal y directo;
decide reunirse
hasta la apertura de esta segunda Asamblea. Mientras tanto, el partido republicano, que hace las veces
de la oposición frente al partido moderado, sufre casi de inmediato la derrota
decisiva tanto dentro como fuera de la Asamblea, con el aniquilamiento de la
insurrección armada (encabezada por Hecker, Struve y Herwegh, ex
miembros de la Liga de los Comunistas), que había penetrado con muy pocas
fuerzas y pertrechos desde Francia. La Asamblea, reunida en los meses de abril
y mayo, delibera
inútilmente sobre proyectos incoherentes que debilitan progresivamente toda oposición real frente a
la Corona. Otra serie de golpes acabará por debilitar a la Asamblea.
30
En los territorios dominados por Prusia, los
liberales desembocan en una lucha nacionalista. Los líderes Palacky y Rieger se
niegan a enviar representantes a la Asamblea de FRANCFORT y
convocan en Praga a un Congreso eslavo con la pretensión de unirse a una
Austria federal. Toma auge el movimiento de los nacionalismos eslavos: los
rumanos de Transilvania luchan por una Hungría
unificada; los croatas por un reino de Croacia, Eslovania y Dalmacia, directamente asociado también a
una Austria federal; los servios reivindican su autonomía. El propio Imperio de los Habsburgos se halla
impedido de intervenir. No obstante el otorgamiento
de una Constitución austriaca el 25 de abril, los
estudiantes vieneses, organizados en
la llamada “Liga académica”, instigan
nuevos motines el 15 y 16
de mayo que obligan a la Corte a huir. El gobierno formado en la capital por el archiduque Juan se halla
a su vez dividido y semiparalizado en medio del enfrentamiento de las distintas
nacionalidades.
A partir de junio el movimiento se repliega. Los
Habsburgos son los primeros en rehacer sus fuerzas
para controlar la situación en sus dominios. Primero en Praga, que es bombardeada por las tropas del
príncipe Windischgrätz durante los llamados “motines de Pentecostés”, del 12 al
17 de junio.
Luego sigue Italia, ante la vacilación y traición
de Carlos Alberto de Cerdeña, pues las olas revolucionarias que él mismo había
suscitado lo rebasaban con un movimiento nacionalista y de
unificación contrario a sus intereses dinásticos. Carentes de
unidad para enfrentar el poder austríaco (Lamartine había
ofrecido un auxilio francés al Piamonte que ya no era posible debido a la
mayoría moderada y la desaparición del Gobierno provisional), las fuerzas piamontesas y de Lombardía fueron
prácticamente aniquiladas por los austríacos al mando del príncipe Radetzky en la batalla de Custozza,
el 25 de julio. No obstante, Roma y Florencia parecen evolucionar contra la corriente reaccionaria y se
proclaman repúblicas en febrero de 1849. Luego
de una nueva derrota, Carlos Alberto abdicará el 23
de marzo de ese año y el Piamonte abandonará a su suerte la Lombardía, sobre la que se abate la feroz
represión de Radetzky y de su lugarteniente Haynau, conocido como la “hiena de
Brescia”.
31
La corte vienesa había podido instalarse en su capital el 12 de agosto de 1849, luego de los triunfos de
Radetzky y Windischgrätz. Desde Viena, se lanza un ataque contra el movimiento
autonomista encabezado por Kossuth. Estalla la guerra a fines de septiembre
entre Austria y Hungría. En tanto, el
movimiento demócrata vienés — estudiantes, burgueses radicales, militares evolú— no se muestra
muy favorable al Reichstag constituyente surgido de la
Constitución del 25 de abril e intentan una nueva insurrección. Las tropas, al
mando de Windischgrätz y Jelacic —el jefe propuesto por la Corte para el mando
en Hungría—, reprimen la rebelión vienesa (23-31 de octubre).
En Francia han cambiado mucho las cosas. Para julio
de 1848 el orden se había restablecido. El 4 de mayo la Comisión ejecutiva del
Gobierno provisional había prescindido de Blanc y de Albert, depurando así su
composición. El 15 de mayo, ante el apoyo parisino de la causa polaca,
Lamartine y Ledru-Rollin prefieren mantenerse en actitud de espera sin ganar la
confianza del gobierno burgués. Los Ateliers Nationaux son
suprimidos por los moderados que dominan
la Asamblea y ahora también la Comisión ejecutiva del gobierno.
De los barrios obreros parisinos se levantó una insurrección. Investido de
plenos poderes por la Asamblea Constituyente, el general Cavaignac deja
levantarse las barricadas para aplastar de un solo golpe
a todas las fuerzas revolucionarias. Después
de tres días de
encarnizados combates, derrota a la revolución el 26 de junio. Muchos prisioneros capturados fueron
exterminados peor que enemigos extranjeros. De este modo, la reacción acababa
no sólo con los sueños de organización y emancipación de los trabajadores,
surgidos de los acontecimientos de febrero, sino con los proyectos de
nacionalización, que tanto preocupaban a la burguesía y a la pequeña burguesía.
Cambios como la reforma fiscal, la asistencia social y la educación gratuita se
vieron frustrados y, en resumen, la revolución de Febrero se limitaba provisionalmente a la forma del
régimen republicano y al sufragio universal.
32
El 12 de noviembre de 1848 quedó establecida la
segunda República francesa. Los poderes se dividieron entre una Asamblea única
y el presidente. Los jefes conservadores de la nueva república deciden
dar su apoyo a la candidatura de Luis Napoleón. Así se retribuyó a los servicios de Cavaignac,
el vencedor de junio. Elegido por aplastante mayoría, Luis Napoleón asume el
cargo y cinco meses después de las elecciones presidenciales tienen lugar las elecciones mediante las cuales se sustituye a
la Asamblea Constituyente con una Legislativa. En lugar de la mayoría de los
moderados, surge en la nueva legislatura un bloque considerable (la tercera
parte de los diputados) de los llamados de “la Montaña” o “rojos”.Así, la
derrota de la República social se ve acompañada, a su vez, de una
radicalización de la opinión. Por una parte, aparecen los propietarios
—moderados y reaccionarios— y, por otra, la democracia urbana y rural
— avanzados y radicales—, cuyo enfrentamiento es un exponente de la profundidad
que ha alcanzado la lucha de clases en Francia. Más tarde, el 2 de
diciembre de 1852, sobrevendrá el golpe de Estado de Luis Napoleón. Sin embargo, Francia era el país
donde se habían logrado mayores conquistas.
En Alemania tiene lugar también un retroceso
significativo durante el año de 1848. La llamada
“soberanía” de la Asamblea sigue siendo quimérica por cuanto el ejército, la marina, la diplomacia y la
administración — todo lo cual podía haberla hecho posible— no han llegado a sus
manos. Los conflictos daneses y poznianos, principalmente, la hacen caer en evolúo
contradicciones. Los demócratas radicales, que no han encontrado eco en esta
Asamblea, son cada vez eliminados en la
lucha callejera. Para septiembre, la burguesía se halla en perfecta armonía con los intereses de la causa
conservadora. La Corona desgasta más y más la supuesta independencia de los burgueses cambiando
un gabinete tras otro bajo su fiel custodia, mientras que la política del reino, a través de estos gabinetes
colaboracionistas, se ve afincada en posiciones más conservadoras y
reaccionarias.
33
No hay prácticamente oposición real al régimen
entre los demócratas y los obreros. Surgen
manifestaciones populares en contra de la política del reino, pero no se puede lograr una organización
más cohesionada; por el contrario, poco a poco se va extinguiendo. La Constitución del rey, “impuesta”
u “otorgada”, sanciona la victoria del principio monárquico por más que
presente ciertos rasgos liberales. En FRANCFORT las discusiones se eternizan en
torno al problema de la “Gran Alemania” o la “Pequeña Alemania”. Las fronteras del futuro Reich con Austria es un conflicto pendiente de primer
orden. La “Pequeña Alemania” significaba la unificación alemana sin incluir los
territorios alemanes
del Imperio austriaco, la “Gran alemania” la
anexión de dichos territorios al nuevo Reich unificado.
Federico Guillermo IV de Prusia se muestra indeciso a convertirse en emperador
de Alemania. Finalmente, decide disolver la Cámara prusiana (la Asamblea de
Berlín), elegida de acuerdo con la Constitución de diciembre de 1848, cerrando
así el paso al sufragio universal, que no se implantará hasta 1918.
En la primavera de 1849 se agita un movimiento
democrático de intelectuales, pequeña burguesía, obreros, artesanos y
demócratas, pero el rey prusiano se siente fortalecido. Las tropas aplastan a
los insurrectos sin la menor consideración. La Asamblea de Francfort se
traslada a Stuttgart, donde los
demócratas intentan un levantamiento contra el absolutismo para después dispersarse, el 18 de junio.
Luego de estas victorias sobre los últimos reductos opositores, la Corona
reemprende el proyecto de unificación, pero en completo provecho suyo y bajo el régimen de un constitucionalismo inspirado en
la tradición monárquica y conservadora. Se opta por una “unión restringida” que
posibilita, hasta marzo-abril de 1850, el establecimiento de una Asamblea
federativa en Erfurt, que votará una nueva Constitución para el Reich, en tanto que se va modificando el estatuto prusiano en un sentido cada vez
más conservador. De cualquier manera, Prusia y Austria se encuentran
enfrentadas en un conflicto sumamente complicado y la situación, después de
todo, no resulta tan favorable a Prusia. Baviera y Wurtemberg buscan su propia
independencia frente a Prusia con el apoyo de Austria. La política austriaca,
que va dominando cada vez más la situación en Hungría e Italia, con el apoyo de
Rusia y la habilidad de su gobierno, dirigido por el príncipe Schwarzenberg,
logra aislar al cabo de confusas
negociaciones a Federico Guillermo IV, quien tiene que acceder a una humillante retirada acordada en Olmütz.
34
Éstos son los resultados fundamentales de los movimientos revolucionarios de 1848.
Europa se transformó sensiblemente, aunque el
restablecimiento del absolutismo no permitiera ir más allá de los meros
intentos por establecer regímenes democráticos o que, habiendo logrado
establecerlos, éstos fueran más tarde sustituidos. Como quiera, era una Europa
compleja,
contradictoria. De ello da ejemplo la campaña bonapartista de junio-julio de 1849 contra la República
romana con objeto de restaurar el poder pontificio. Puede decirse que muchas regiones del continente
apenas si experimentaron leves agitaciones,
cuando no ninguna. Inglaterra veía extinguirse,
en 1848,
la agitación cartista, concluyendo así diez años de oposición frente a la burguesía. España, por su parte,
sólo vio recrudecer las medidas policiacas de prevención, pero no conoció
ninguna agitación
relacionada con los demás movimientos revolucionarios. Los Países Bajos se acercaron, pacíficamente,
a un régimen constitucional. Suiza estableció su Constitución federal el 12 de
septiembre de 1848 como consecuencia de la lucha cantonal de un año antes.
Definitivamente, la clase que salió más fortalecida
fue la burguesía. Las burguesías europeas, muy diversamente desarrolladas,
pudieron amoldarse en los distintos casos sin ser excesivamente requeridas por
parte de unas monarquías que, después de todo,
ya se habían visto ellas mismas en la necesidad de
amoldarse a las exigentes condiciones. Esta convivencia no supone una
continuidad
estricta, pero toda sospecha entre sí ha sido superada: la real amenaza contra las clases dirigentes está
representada por las clases plebeyas. Las constituciones, tan sólo parcialmente liberales, terminan no
obstante por imponerse incluso en los reinos más conservadores, y si bien no
son del todo satisfactorias para la burguesía en su conjunto, cuando menos le permiten compartir lo mínimamente
necesario el poder político. Las transformaciones sociales y jurídicas —y, por
supuesto, las económicas— facilitan a fin de cuentas el desarrollo de las
fuerzas productivas y del régimen capitalista, si no igual que en una república
constitucionalmente establecida, sí de modo que le fue favorable.
35
Ahora bien, el centro de atención de Marx y Engels
era por supuesto Alemania. Pese a advertir la diversidad de luchas posibles en
los distintos frentes según se lo habían planteado en el Manifiesto, estimaban,
como allí mismo claramente lo expresaron, que el objetivo central era muy
claro:
constitución de los obreros en clase, derrocamiento de la dominación burguesa y conquista del poder
político por parte del proletariado. Se trataba de impulsar un movimiento hacia estos objetivos, no de
crear dicho movimiento al margen de la lucha de las demás clases ni por encima de la clase
trabajadora. Tal empresa, consideraban, sólo podía
ser llevada a cabo por los comunistas, “que no forman un partido aparte”,
sino que se han constituido en el sector más
consciente de la clase obrera misma. Habían previsto una
táctica específica de acuerdo con la cual era necesario desarrollar el
partido de los comunistas alemanes. La cuestión
de cómo intervenir en la revolución alemana divide a los
grupos de la Liga de los Comunistas. Unos se proponen internarse en pie de
lucha contra los regímenes establecidos. Otros, apoyados y dirigidos por Marx,
se niegan a cualquier movimiento que pueda fácilmente convertirse en
una aventura riesgosa e inútil, que pusiera en
peligro el movimiento en su conjunto, así como a las organizaciones
revolucionarias y el triunfo de la revolución.
Siguiendo los principios del Manifiesto y su interpretación aplicada al caso de Alemania en la hoja que
contenía el Programa de acción del partido obrero alemán, evitando despertar
los prejuicios nacionales y reaccionarios “contra el pueblo francés”, condenan la vía aventurera y deciden, junto con
sus compañeros de la Liga, volver como ciudadanos a las distintas ciudades
alemanas, y desde allí, mezclados en el movimiento ya en marcha, luchar por la estrategia revolucionaria. Tarea fundamental
de los miembros de la Liga que marcharon a Alemania fue fortalecer las
organizaciones existentes o
crearlas allí donde no existían, haciendo uso de la propaganda legal, los comités de correspondencia y
la distribución del Programa de 17 puntos.
36
Este programa de la sección alemana de la Liga,
distribuido en una hoja impresa en diversas partes del territorio alemán,
lanzaba un programa político para la lucha de los comunistas al lado de las
demás fuerzas revolucionarias. Se reivindicaban los siguientes puntos de lucha:
una amplia reforma
electoral, la instalación de un Parlamento popular, una administración general de justicia, la abolición
de las cargas y tributos feudales, la confiscación por parte del Estado de las
grandes propiedades, la abolición de las cargas impositivas sobre la
mediana y pequeña propiedad, el establecimiento de una banca
pública que regulara el curso legal de la moneda así
como el movimiento crediticio en favor de la producción social y fomentara el proceso de producción y de
cambio, confiscación de los medios de transporte y
comunicación de acuerdo con el interés público, redistribución racional de
todos los servidores y funcionarios públicos, separación de la Iglesia y el
Estado, restricción del derecho de herencia, equilibrio impositivo entre la
producción y el consumo, nacionalización de la industria e
instrucción pública y gratuita. Era un programa avanzado supeditado al periodo de transición, es decir,
un programa que representaba los intereses de las clases trabajadoras frente a
la burguesía después de que ésta tomara el poder.
Éste era el
programa estratégico de las clases trabajadoras
de Alemania. Pero la táctica implicaba una alianza con esa misma burguesía
en su lucha contra la monarquía y las clases de la nobleza. En la Alocución
de marzo de 1850 de la Liga de los Comunistas, acorde con el Manifiesto y
los evolúoón fundamentales de 1848, Marx y Engels expresaron que la época de
las conspiraciones había sido ya superada.
37
La tarea fundamental de los comunistas consistía, de acuerdo con ello, en crear el partido democrático
de los trabajadores, en oposición a los partidos burgueses y pequeño burgueses
que, cuando mucho,
aspiraban a un orden burgués más o menos democrático, pero que carecían de los instrumentos reales
para resolver la cuestión social que afectaba a Alemania. Así pues, se declaraba como principio básico
la independencia de este partido obrero, aunque tuviese que luchar, durante cierto periodo, al lado de
la burguesía.
Para entonces, Marx y Engels iban llegando a varias
conclusiones de carácter político. Consideraban que la situación en que se
encontraban en la sociedad moderna las clases enfrentadas en lucha
dependía en gran medida de la coyuntura económica. Tenían en mente la posibilidad de un progresivo
debilitamiento y posible aislamiento de la burguesía como producto de las
crisis comerciales inherentes al régimen capitalista; y que su fortalecimiento
dependía siempre de la prosperidad
industrial y comercial, cada vez más difícil mientras no se transformaran las relaciones de producción
imperantes. Pensaban, asimismo, que el éxito de la revolución proletaria no
dependía tan sólo de la clase trabajadora industrial, sino que también dependía
de su capacidad para establecer una alianza efectiva con las clases campesinas
empobrecidas en su lucha ante la burguesía y el Estado. Por otra parte, creían
que toda su fuerza debía dirigirse contra el aparato del Estado en la medida en
que éste era el instrumento por excelencia de toda dominación y el garante de
las condiciones imperantes de
explotación. En buena medida, la estrategia y la táctica impulsadas por la Liga Comunista suponía una
intensificación de las contradicciones burguesas y, en consecuencia, un paulatino debilitamiento de su hegemonía.
Pero la derrota y sus consecuencias dejaron en pie
varias lecciones. Primeramente, la coyuntura económica, que tanta importancia
tenía para Marx y Engels, representaba para el capitalismo una
severa prueba que, sin embargo, no lo hizo sucumbir ni aislarse bajo la presión de sus contradicciones;
por el contrario, era evidente que la dictadura del capital sobre los ejércitos
de obreros salía fortalecida en todos los frentes. Contra lo que supuso Marx,
esta crisis no hizo imprescindible el remplazo de las relaciones sociales
capitalistas por aquellas nuevas que configuraría el proletariado. Asimismo, se
puso de manifiesto que las alianzas del proletariado eran hasta entonces
inseguras e
inestables, sobre todo con el sector agrícola, tan diversificado e impredecible, pues o bien respondía a
posiciones reaccionarias o bien se dejaba arrastrar, como en Francia, por
ideologías ya consagradas que pretendían reavivar viejas luchas fácilmente
capitalizables para quienes tenían el mando militar y político. Por otra parte,
el papel de la pequeña burguesía de las ciudades contribuyó en mucho a
enrarecer la contradicción básica entre la burguesía y la nobleza, por un lado,
y la burguesía y el proletariado, por el otro.
38
Lo cierto es que después de la derrota cabía suponer el futuro del partido de los trabajadores. Al menos
en Alemania cabía esperar una cosa: una muy lenta institucionalización
democrática. Más aún: las condiciones obligaban a pensar en la estrategia
revolucionaria como un proceso largo, complicado y difícil. En Alemania, la
clave de la situación se sustentaba en el entendimiento surgido entre la
burguesía y las clases privilegiadas y el incipiente desarrollo de la clase
obrera. Así pues, la burguesía alemana no sólo
abandonó rápidamente toda posible alianza con la
pequeña burguesía y los obreros,
sino que consolidó ella sola su poder preservando el orden político existente, ya entonces avenido con
un régimen social capitalista. Además, durante la etapa de una extensiva
industrialización, consolidó
su acceso al mercado mundial en
la segunda mitad del siglo XIX. La política restauradora aplicada por
la burguesía y la nobleza de las potencias de la Alemania Central,
Austria y Prusia dio paso, más tarde,
a la política de Bismarck, partidario de la unificación alemana bajo la hegemonía de Prusia y diseñador
de una política exterior basada en el criterio de “la conveniencia”, la cual
finalmente consolidó un fuerte Estado alemán. Representaba la apertura de un
periodo de prosperidad económica para la burguesía alemana, periodo que se
prolongó a lo largo de veinte años hasta 1872 o 1873.
39
Durante ese periodo, Alemania fue convirtiéndose en
una potencia industrial con mayor población urbana, una floreciente pequeña
burguesía, mayor empleo de maquinaria y vías férreas y una renta nacional
considerablemente más elevada. La creación de sociedades industriales por
acciones, el surgimiento de un nuevo sistema financiero y la ampliación de los
créditos venían a sustituir al viejo y anárquico sistema proteccionista de los
diversos territorios alemanes y hacían notar un nuevo sistema de concentración
vertical auspiciado por el propio Estado. La burguesía alemana no tenía, a
partir de los años cincuenta, ya nada que envidiarle a la vieja nobleza; se
sentía cada vez más segura
de su poder, y ha de reconocerse que, en
su afán
de dominio, cuando supo conquistar paulatinamente
su libertad y su independencia económica, no incurrió en la tentación de derrocar violentamente a los
viejos estamentos, con los cuales decidió compartir el poder político.
Marx había iniciado el estudio de la
economía política
y desarrollado una destacada actividad política en el
ámbito de las organizaciones obreras en Alemania, en París, en Bruselas y en
Londres. Era, sin
duda, junto con Engels, uno de sus teóricos más capaces. Entendía la economía política desde el punto
de vista del proletariado — con lo cual rompía el esquema burgués de un “orden
natural” de la economía y la sociedad—, por lo que había adoptado más bien la
crítica de la economía política burguesa. Así, en un principio concebía las leyes básicas del modo de producción capitalista en cuanto
tal y no en cuanto ejemplar histórico y concreto — esto último, que podía dar
pie a un análisis coyuntural de sus leyes básicas luego de
este estudio inicial abstracto, lo completó muchos años después en los
manuscritos del tercer tomo de El capital—. En 1848, pues, Marx no
contaba con los suficientes elementos para fundar un análisis que proyectara
todas las posibles condiciones de una
revolución por parte de las clases trabajadoras. Parecía necesario que el proletariado, en su lucha,
prefigurara él solo las relaciones sociales
cualitativamente nuevas que no respondieran a las condiciones de sometimiento y
explotación, propias del capitalismo y que, al mismo tiempo, el desarrollo de
las fuerzas productivas del capital liberaran a los trabajadores en la medida
en que ese
mismo desarrollo fomentara las contradicciones del sistema capitalista de explotación y ganancia. Sin
embargo, el desarrollo de las fuerzas productivas no condujo a una
intensificación de las contradicciones burguesas, sino a una
recomposición ampliada de sus
facultades productivas no sólo
en el ámbito capitalista, sino también en el ámbito periférico, es decir, en el resto del mundo, sometido
ya a la fuerza centralizadora del
capital. Esta dinámica histórica del
capitalismo no podía ser captada, pues a pesar de haber
advertido la contradicción básica, Marx distaba de haber esclarecido, entre
otros, precisamente el problema de las “crisis”.
40
Fue planteada de nuevo la
estrategia revolucionaria de la clase obrera. En
los años siguientes, Marx y Engels trabajaron sobre el asunto,
hasta que en 1864 se fundó la Asociación Internacional de Trabajadores, y, con ella, una nueva estrategia revolucionaria que dejaba atrás todo espejismo de una
“revolución de la esperanza”.
Desde Colonia y Elberfeld, respectivamente, Marx y
Engels, al frente de la Nueva Gaceta Renana en
1848, siguieron, a través de su actividad periodística, el desarrollo de la revolución. Ambos se sintieron
obligados a abordar problemas del momento sin
prescindir de un enfoque que necesariamente exigía un
análisis histórico; cuestiones de estrategia y de táctica, las formas de lucha
y organización, la naturaleza de las alianzas, dependían en uno
y otro lado de las condiciones históricas de cada región,
del desarrollo alcanzado en cada una de ellas, etc., y todo ello era examinado
en el ejercicio de una hábil crónica, sarcástica, feroz y realista. Testigos
excepcionales de su tiempo, Marx y Engels fueron periodistas natos, no sólo en
su carácter de inmejorables organizadores, sino como reporteros, corresponsales
y analistas políticos. Luego de su trayectoria en varios diarios democráticos
de
Londres, Manchester, Bruselas y París, principalmente, la Nueva Gaceta Renana constituyó para ambos
la prueba más importante en esa etapa de transición. Marx y
Engels, como lo confirman más tarde en el New York Daily
Tribune de Nueva York, sabían crear un estilo periodístico incisivo,
culto y antisolemne, cuyo sarcasmo solía ser prácticamente demoledor para
aquello o aquellos que eran objeto de sus críticas. Al contrario de lo que
podría suponerse, no hay en ellos un obstinado apego a los esquemas teóricos:
su realismo político en el análisis de los hechos es en ambos inflexible; no se
permiten concesión alguna frente a la realidad: las ideas pertenecen al orden del discurso y no pueden
nunca suplantar los hechos, les sean o no favorables.
41
Los cientos de artículos que publicaron en la Nueva Gaceta Renana revisten especial interés, ya que lo
esencial de dicho análisis lo confrontan con la acción política directa que se
vieron obligados a llevar a cabo en el periodismo.
En este contexto, la tarea más importante realizada
por Marx y Engels fue la de mantener abierto el
órgano de lucha, la Nueva Gaceta Renana. Éste fue editado en Colonia desde el i de junio de 1848 hasta
el 19 de mayo de 1849, fecha en que la censura prusiana decide retirarlo.
La Nueva Gaceta Renana se
anuncia como “órgano de la democracia” y, de hecho, alberga o tiene que albergar diversas tendencias,
las cuales confluyen en aquello que se denominó el “partido demócrata”
alemán. El panorama abarcó un republicanismo moderado, lindante con un
monarquismo constitucional, hasta la tendencia francamente preocupada
por la “cuestión
social”, representada por Marx y Engels, pasando
por todas las variantes políticas del “socialismo verdadero”.
Los artículos de Marx y Engels fueron en conjunto
poco más de doscientos. Reproducimos aquí una apretada selección de ellos,
considerando en lo fundamental aquellos que trataron directamente los
movimientos revolucionarios de 1848. Hemos adoptado un orden estrictamente
cronológico y añadimos al final un índice bibliográfico y otro biográfico.
[F. Engels]
COLONIA, 31 DE MAYO. ALEMANIA POSEE DESDE HACE DOS SEMAnas una Asamblea Nacional
Constituyente, emanada de unas elecciones de todo el pueblo alemán.1
El pueblo alemán había conquistado su soberanía en
las calles de casi todas las grandes y pequeñas
ciudades del país y, especialmente, en las barricadas de Viena y Berlín. Y había ejercido esta soberanía
en las elecciones a la Asamblea Nacional.
Lo primero que tenía que haber hecho la Asamblea Nacional era proclamar en voz alta y públicamente
esta soberanía del pueblo alemán.
Lo segundo, elaborar una Constitución alemana
basada en la soberanía del pueblo y eliminar de la realidad alemana todo cuanto
se hallase en contradicción con el principio de la soberanía popular.
Debió adoptar durante su periodo de sesiones las medidas necesarias para frustrar todos los intentos
de la reacción, para afianzar el terreno revolucionario sobre el que pisaba,
para salvaguardar contra todos los ataques la conquista de la Revolución, que
era la soberanía del pueblo.
44
Pues bien, la Asamblea Nacional alemana ha celebrado
ya una docena de sesiones y no ha hecho nada
de eso.
En cambio, ha garantizado la salvación de Alemania
mediante los grandiosos hechos siguientes:
La Asamblea Nacional ha reconocido que necesitaba
un reglamento, pues sabido es que dos o tres alemanes no pueden reunirse sin
acordar unas normas reglamentarias en que se diga cómo han de
hacerse las cosas. Un maestro de escuela cualquiera, habiendo previsto el caso, se encargó de redactar
un reglamento especial para la alta Asamblea. Fue puesta a votación la aprobación provisional de este
trabajo escolar; la mayoría de los diputados no lo conocía, pero la Asamblea lo
votó sin el menor reparo, pues ¿qué iba a ser de los representantes de Alemania sin un reglamento? “Fiat reglamentum”
partout et toujours! A
a ¡Hágase un reglamento, siempre, en todas partes!
El señor Raveaux, de Colonia, presenta una
propuesta absolutamente nada caprichosa sobre los posibles conflictos entre la
Asamblea de FRANCFORT y la de Berlín. 2 Pero la Asamblea está
deliberando acerca del reglamento definitivo, y aunque la propuesta de Raveaux es urgente, aún
lo es más el reglamento. Pereat mundus, fiat reglamentum! B No obstante, la sabiduría de aquellos burgueses
de empalizada 3 designados por una elección no puede hacer menos que
decir algo acerca de la propuesta de Raveaux, y poco a poco, mientras se sigue
discutiendo si debe darse prelación al
reglamento o a la propuesta, se presentan cerca de dos docenas de enmiendas a ésta. Se platica acerca
del asunto, se habla, se dan largas, se arma ruido, se deja pasar el tiempo y se aplaza la votación del 19
al 22 de mayo. El 22 vuelve a ponerse el asunto a discusión; llueven nuevas
enmiendas y nuevas
digresiones, hasta que, por último, tras largos discursos y varios forcejeos, se acuerda enviar a las
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1 Engels, se refiere a la Asamblea Nacional de
Fráncfort. El 18 de mayo de 1848 se reunió en la iglesia de San Pablo,
en FRANCFORT del Meno, en la solemne apertura de sus sesiones, constituida por 384 diputados, entre
los que no figuraba un solo obrero o pequeño campesino. La mayoría estaba en manos de la burguesía liberal. Sus debates fueron una sucesión interminable de
huecos e inútiles discursos. Las citas que de ellos hacen Marx y Engels se
basan en las actas taquigráficas de los debates, recogidas en Stenographischer Bericht über die Verhandlungen der deutschen constituierenden Nationalversammlung zu Frankfurt am
Main, ed. Franz Wigard, 9 volúmenes, FRANCFORT del Meno, Leipzig,
1848-1849.
2 El 19 de mayo, Raveaux propuso que los
diputados prusianos que pertenecían al mismo tiempo a la Asamblea de
Berlín y a la de FRANCFORT tuvieran derecho a ejercer los dos
mandatos, y así lo dispuso un decreto del ministerio del Interior.
3 En la Edad Media, algunos vecinos
establecidos en los aledaños de las ciudades (más allá de las empalizadas)
obtenían en ocasiones el derecho de vecindad al contribuir a la defensa
militar de la ciudad. En sentido figurado, se daba este nombre a la gente
venida del campo a la ciudad y que se hallaba en un nivel cultural más bajo que
la burguesía urbana.
comisiones el asunto ya puesto en el orden del
día. Afortunadamente, ha transcurrido el tiempo, y los
señores diputados se van a comer.
B Aunque el mundo se hunda, ¡hágase un reglamento!
45
El 23 de mayo comienza la disputa en torno al acta;
en seguida, vuelven a recibirse innumerables propuestas, y ya se dispone la
Asamblea a pasar al orden del día, es decir, al amadísimo reglamento, cuando un
diputado por Maguncia, Zitz, informa acerca de las brutalidades cometidas por
las tropas prusianas y de los despóticos abusos del comandante prusiano en
aquella ciudad. Se trataba de un intento indiscutible y consumado de la
reacción, de un caso que correspondía específicamente a la competencia de la Asamblea. Había que exigir cuentas
al arrogante soldado que, casi ante los mismos ojos de
la Asamblea Nacional, osaba amenazar a Maguncia con un bombardeo; había que
proteger a los inermes vecinos de la ciudad, en sus propias casas,
de las brutalidades de una soldadesca lanzada
y azuzada en contra de ellos. Pero el
señor Bassermann, el aguador badense,
declara que sólo se trata de bagatelas, que hay que dejar a
Maguncia confiada a su propia suerte, que todo pasará, que la
Asamblea está reunida deliberando en interés de toda Alemania acerca de un reglamento. ¿Y, en efecto,
qué significa en realidad, el bombardeo de Maguncia? Pereat Maguntia,
fíat reglamentum! C La
Asamblea, no obstante, tiene un corazón blando y elige una comisión encargada de ir a Maguncia
para investigar el asunto y. .. entre tanto ha llegado la hora de levantar la
sesión y de irse a comer.
C ¡Que se hunda Maguncia, pero hágase un reglamento!
46
Por último, el 24 de mayo perdemos el hilo parlamentario. Al parecer, el reglamento ha sido terminado
o se ha dejado a un lado, en cualquier caso, no volvemos a oír nada de él. En cambio, cae sobre nosotros
una verdadera granizada de bien intencionadas propuestas, en las que numerosos representantes del
pueblo soberano se empeñan en poner de manifiesto la tozudez de su “limitada
inteligencia” de súbditos. 4 Viene luego una serie de mociones,
peticiones, protestas, etc., hasta que, por último, el sumidero nacional
arrastra numerosos, interminables discursos. No debemos, sin embargo, dejar de
lado que en esta sesión fueron consignados cuatro comités.
46
Por último, pide la palabra el señor Schlóffel.
Tres ciudadanos alemanes, los señores Esselen, Pelz y Lówenstein, han
recibido órdenes de salir de
FRANCFORT antes de las 4 de la tarde del mismo día. La
sabia y prudente policía afirmaba que los susodichos señores habían concitado
contra sí el enojo de los vecinos de la ciudad por sus discursos ante la
Sociedad obrera, razón por la cual debían ser expulsados. ¡Y la policía se
permitía proceder de este modo después de haber sido
proclamado por el Preparlamento el
derecho de ciudadanía alemana5 y después
que este derecho había sido reconocido en el proyecto
de Constitución de los diecisiete “compromisarios”6 (Hommes de
confiance de la diète) la cuestión no admite demora! El señor
Schlóffel pide la palabra sobre este asunto; le es denegada y exige que se le
deje hablar acerca del carácter de urgencia de la cuestión, cosa que el
reglamento autoriza, pero esta vez la consigna es: Fiat politia, pereat
reglamentum!d Naturalmente, había pasado el tiempo y era ya hora de
irse a casa a comer.
D ¡Hágase la policía, aunque se hunda el reglamento!
47
El día 25, las cabezas de los diputados, cargadas
de ideas, vuelven a doblarse bajo la masa de las propuestas presentadas como
las espigas de trigo maduras bajo el vendaval. Dos diputados intentan
hablar de nuevo del asunto de las deportaciones, pero también a ellos se les deniega la palabra, incluso
para razonar la urgencia del asunto. Algunas mociones, principalmente una de
los polacos, revestían mucho mayor interés que todas las propuestas de los diputados. Por fin, se concede la palabra a la
4 Frase
del ministro del Interior de Prusia que se
hizo famosa.
5 En el “ Preparlamento” reunido en FRANCFORT del 31 de marzo al 4 de abril de 1848, deliberaron representantes de los Estados alemanes,
miembros de las asambleas por estamentos o delegados de una asamblea popular,
partidarios en su mayoría de la monarquía constitucional. Este
“Preparlamento” acordó convocar a una Asamblea Nacional de toda Alemania y
redactar un proyecto de ley acerca de “Los derechos fundamentales del pueblo alemán”, en el cual se proclamaban algunas libertades civile s, pero sin atentar contra el fundamento del orden semifeudal absolutista. En abril de 1848, el “Preparlamento” eligió una comisión permanente de cincuenta miembros, con una mayoría liberal, que actuó hasta el momento de constituirse la Asamblea Nacional. 6 Estos
“compromisarios” u “hombres de confianza” representaban a los gobiernos
alemanes convocados por la Asamblea Federal, que era el órgano central de
la Confederación alemana. Deliberaron en FRANCFORT del 30 de marzo al 8 de mayo
de 1848 y elaboraron un Proyecto de Constitución del Imperio, concebido
bajo el espíritu monárquico-constitucional dominante.
comisión enviada a Maguncia. Declara que no podrá
informar sino hasta el día siguiente; pero, por lo demás, como es natural, el
informe llegó demasiado tarde, cuando ya 8.000 bayonetas prusianas
habían restablecido el orden, después de desarmar a i 200 guardias cívicos. Entre tanto, podía pasarse
al orden del día. Así se hizo, en efecto, poniendo sobre el tapete el orden del día, es decir, la propuesta
de Raveaux. Pero como este asunto, en Fráncfort, aún no estaba listo para afrontarse y en Berlín hacía
ya mucho tiempo que había perdido su razón de ser por un rescripto de
Auerswald, la Asamblea Nacional acordó dejar la cosa para mañana e irse a
comer.
El 26 volvieron a anunciarse miríadas de propuestas, después de lo cual la comisión de Maguncia pasó
a rendir su definitivo y muy ambiguo informe. Fue ponente el señor Hergenhahn,
ex diputado y a la fecha ministro interino. Aunque el informe no podía ser más
moderado, la Asamblea, tras larga discusión, encontró que incluso este sumiso
informe resultaba demasiado fuerte. Acordó dejar a los maguncianos a merced de
los prusianos al mando de un húsar y pasó al orden del día, después de expresar
su “confianza de que los gobiernos cumplirían con su deber”. El
punto central del orden del día era, naturalmente, que los señores
representantes se fuesen a comer.
Por último, el 27 de mayo, tras largos preliminares en torno a la lectura y aprobación del acta, se puso
a discusión la propuesta de Raveaux. Se habló en pro y en contra hasta las dos
y media, hora en que
los diputados se fueron a comer. Pero, esta vez, la Asamblea celebró una sesión vespertina y el asunto
llegó, por fin, a una solución. Como, en vista de la excesiva lentitud de la
Asamblea Nacional, el señor Auerswald había liquidado ya la propuesta de
Raveaux, el señor Raveaux aceptó una enmienda del señor Werner, en la que, por
razón de la soberanía del pueblo, no se afirmaba ni se negaba nada.
48
Las noticias que poseemos acerca de la Asamblea
Nacional no van más allá. Pero tenemos todas las
razones para creer que, una vez tomado
el acuerdo anterior, se levantaría la sesión
para ir a comer. Y si esta vez llegaron a comer tan pronto,
fue gracias a las palabras de Robert Blum:
Señores: si dan ustedes cima al orden del día de
hoy, todo el orden del día de esta Asamblea podría acortarse de un modo
extraordinario.
[Neue Rheinische Zeitung, núm.
1, 1 de junio de 1848]
47
COLONIA,
31 DE MAYO. EL SEÑOR HÜSER, DE MAGUNCIA, AYUdado por viejos reglamentos de
fortalezas y enmohecidas leyes
federales, ha inventado un nuevo método para convertir a prusianos y
otros alemanes en esclavos todavía más oprimidos de lo que lo eran antes del 22
de mayo de 1815.7 Aconsejamos al señor Hüser patentar su nuevo invento,
pues no cabe duda de que resultaría muy rentable. En efecto, según este método,
basta enviar a dos o a varios soldados borrachos, los cuales, naturalmente, se
van a las manos por sí mismos con los vecinos de la ciudad. La fuerza pública
interviene y detiene a los soldados; esto basta para que la comandancia de
cualquier fortaleza pueda
declarar a la ciudad en estado de sitio, procediendo a confiscar todas las armas y dejando a los vecinos
a merced de la brutal soldadesca. Este plan ha resultado en Alemania más
lucrativo, porque aquí es mayor el número de fortalezas que apuntan hacia el
interior que las dirigidas contra el extranjero; y
tiene que resultar la cosa especialmente lucrativa, porque aquí cualquier comandante de plaza pagado
por el pueblo, ya se trate de un Hüser, de un Roth von Schreckenstein o de otros nombres feudales por
el estilo, pueden atreverse a más incluso que el rey o el emperador, puesto que
tienen poderes para ahogar la libertad de prensa, pudiendo por ejemplo prohibir
a los vecinos de Maguncia que no son prusianos dar rienda suelta a sus
antipatías contra el rey de Prusia y el sistema del Estado prusiano.
50
El proyecto del señor Hüser es sólo una parte del
gran plan de la reacción Berlínesa, la cual aspira a desarmar lo antes posible
a todas las guardias cívicas, principalmente junto al Rin, a ir destruyendo
gradualmente todo el armamento del pueblo que está comenzando a crearse y a entregarnos inermes
en manos del ejército, integrado en su mayoría por extranjeros y al que es fácil azuzar contra nosotros,
cuando esto no se ha hecho ya.
Esto ha sucedido, en efecto, en
Aquisgrán, en Tréveris, en Mannheim, en
Maguncia, y lo mismo puede suceder en otros lugares.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 1, 1 de junio de 1848]
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7 El 22 de mayo de 1815 se publicó el
“Decreto sobre la futura representación del pueblo”, en el que
el rey de Prusia anunciaba la creación de asambleas provisionales por
estamentos, la convocatoria de un órgano representativo para toda Prusia,
y prometía la futura
vigencia de una nueva Constitución. Sin embargo, la ley del 5 de junio de 1823 se limitaba a crear asambleas por
estamentos en las provincias (dietas provinciales) con funciones
consultivas muy limitadas.
51
LA ÚLTIMA HAZAÑA
DE LA CASA DE BORBÓN
[F. Engels]
La CASA DE BORBÓN NO HA LLEGADO AÚN A LA META DE SU gloriosa carrera. Es cierto que, en estos
últimos tiempos, su blanca bandera se ha visto bastante cubierta de lodo y que
los marchitos liriosa que la adornan doblan tristemente sus
cabezas. Carlos Luis de Borbón convirtió en
dinero un ducado y se ha visto obligado a abandonar ignominiosamente
el segundo; Fernando de Borbón ha perdido Sicilia y no ha tenido más remedio
que conceder, en Nápoles, una Constitución a los revolucionarios; Luis Felipe,
a pesar de no ser más que un cripto-Borbón, ha tenido que correr la suerte de
todos los Borbones de Francia, cruzando el canal hacia Inglaterra. Pero el
Borbón napolitano ha salvado brillantemente el honor de su familia.
A Escudo de la casa de Borbón.
Son convocadas en Nápoles las Cámaras. El día de la
apertura del Parlamento daría la señal para la batalla decisiva contra la
revolución. Se hace regresar de Malta, silenciosamente, a Campobasso, uno
de los principales jefes de policía del tristemente célebre Del Carreto; los esbirros, con sus viejos jefes
a la cabeza, vuelven a pasearse por vez primera desde hace mucho tiempo por la
calle de Toledo, armados y en tropel; desarman a los ciudadanos, los despojan
de sus ropas, los obligan a cortarse el bigote. Se acerca el 14 de mayo, el día
de la apertura del Parlamento. El rey exige que las Cámaras se comprometan bajo
juramento a no modificar la Constitución otorgada por él. Las Cámaras se
niegan.
52
La Guardia Nacional se
manifiesta a favor de los diputados. Se abren
negociaciones; el monarca cede, los ministros dimiten. Los diputados piden
que el rey proclame por medio de una ordenanza la concesión que ha hecho.
El rey promete emitir esta ordenanza al día siguiente.
Pero, en el curso de la noche, entran en Nápoles todas las tropas
apostadas en los alrededores de la ciudad. La Guardia
Nacional se da cuenta de que ha sido traicionada; levanta barricadas y tras ellas se parapetan de 5.000
a 6.000 hombres. Tienen enfrente, sin embargo, a 20.000 soldados, napolitanos y
suizos, con 18 cañones. En el medio, en actitud aún expectante, los 20.000
lazzaroni de Nápoles.
Todavía el día 15 por la mañana declaran los suizos que no atacarán al pueblo. Pero uno de los agentes
de la policía, mezclado entre la gente, dispara contra los soldados, en
la Strada de Toledo. Se iza
inmediatamente la bandera roja en el fuerte de San Telmo; es la señal convenida para que los soldados
se lancen contra las barricadas. Comienza una espantosa carnicería; los
guardias nacionales se defienden heroicamente contra un enemigo cuatro veces
superior en número y contra el cañoneo de los soldados. La lucha dura desde las
diez
de la mañana hasta la medianoche. Y, pese a la superioridad
de la soldadesca, el pueblo habría triunfado, a no ser por la
miserable conducta del almirante francés Baudin, que fue la que movió a
los lazzaroni a sumarse al partido del rey.
El almirante Baudin mandaba una flota bastante
importante fondeada en la bahía de Nápoles. La simple, pero oportuna,
conminación a bombardear el palacio y los fuertes habría obligado al rey
Fernando a ceder. Pero Baudin, viejo servidor de Luis Felipe, habituado a su
condición anterior,
simplemente tolerada, de la flota francesa en los tiempos de la Entente cordiale,8 permaneció quieto y,
con ello, ordenó a los lazzaroni, que ya se inclinaban hacia el pueblo, a
pasarse al lado de las tropas.
53
Este paso del lumpenproletariado napolitano decidió
la derrota de la revolución. Se lanzaron unidos contra los defensores de las
barricadas la Guardia suiza, los soldados de línea napolitanos y los
lazzaroni. Los palacios de la Strada de Toledo, previamente despejados por las granadas incendiarias,
se abatieron bajo
el cañoneo de los soldados. Las bandas vesánicas de los vencedores irrumpieron
en las casas, apuñalaron a los hombres, mataron a los niños, violaron a las
mujeres antes de quitarles la
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8 Entente cordiale: nombre que se
daba a las buenas relaciones existentes entre Francia e Inglaterra bajo la
monarquía de Julio (1830-1848). Servía de base a este “entendimiento
cordial” la política de transacción mantenida permanentemente
ante Inglaterra por la burguesía industrial y financiera imperante bajo el
rey Luis Felipe de Orleáns. En un principio, esta
política tropezaba con grandes resistencias por parte de la burguesía francesa. Pero más tarde, después de los movimientos de 1848, fue apoyada
por ella, para afianzar su poder en el interior del país.
vida, lo saquearon todo y entregaron las viviendas asoladas a las llamas. Los más avariciosos de todos
fueron los lazzaroni, los más brutales los suizos. Imposible describir las
infamias y los actos de barbarie desencadenados contra la Guardia Nacional de
Nápoles, ya casi aplastada por la victoria de los mercenarios de la casa de
Borbón, cuatro veces superiores en número, y los lazzaroni, afiliados desde
siempre a los grupos santafedistas.9
Por último, hasta el almirante Baudin vio colmada su paciencia. Constantemente llegaban a sus barcos
fugitivos que relataban lo que estaba ocurriendo en la ciudad. Hervía en las
venas la sangre francesa de los marinos. Por fin, cuando ya la victoria del
monarca estaba sellada, pensó en bombardear. Lúe cesando poco a poco el
derramamiento de sangre; ya no se asesinaba en las calles, los vencedores
limitábanse a robar y violar; pero los prisioneros eran conducidos a los
fuertes, donde los fusilaban sin más contemplaciones. Hacia medianoche todo
había terminado, se había restaurado, de hecho, el
poder absoluto de la Casa del rey Fernando y el honor de la Casa de Borbón había sido lavado en sangre italiana.
54
He ahí la última hazaña de la Casa de Borbón. Y,
como siempre, han sido los suizos quienes han impuesto, peleando, la
causa de los Borbones contra el pueblo. El
10 de agosto de 1792, el 29 de julio de 1830, en
los combates napolitanos de 1820, 10 en todas partes encontramos a
los nietos de Guillermo Tell y de Winkelried convertidos en lansquenetes a
sueldo de esa familia cuyo nombre es
en toda Europa, desde hace años, sinónimo de monarquía absoluta. Claro está que pronto va terminar
esto. Los cantones suizos al civilizarse, han decretado, tras muchas vacilaciones, la prohibición de que
su gente se contrate como soldados al servicio de potencias
extranjeras.11 En lo sucesivo, los recios hijos de la libre Suiza tendrán
que renunciar a pisotear a las mujeres de Nápoles, a vivir a cuerpo de rey con
lo que robaban en las ciudades sublevadas y, en caso de derrota, a que su
memoria sea perpetuada por los leones de Thorwaldsen,12 como la de los
caídos del 10 de agosto.
Pero, entre tanto, la Casa de Borbón puede volver a respirar. La reacción, que ha vuelto a entronizarse
desde el 24 de febrero,13 no ha logrado en
ninguna parte una victoria tan decisiva como en
Nápoles; y
ha sido precisamente de Nápoles y Sicilia de donde partió la primera de las revoluciones de 1848. Pero
la oleada revolucionaria desatada sobre la vieja Europa no podrá contenerse con
conspiraciones absolutistas ni golpes de Estado. Con la contrarrevolución del
15 de mayo, Fernando de Borbón ha puesto la primera piedra para lo que será la República italiana. Calabria está en
llamas, en Palermo se ha instaurado un gobierno provisional; también
los Abruzzos se levantarán, los habitantes de todas las provincias esquilmadas
marcharán sobre Nápoles y, unidos al pueblo de esta ciudad, tomarán
venganza del rey felón y de sus brutales lansquenetes.
Y cuando Fernando caiga, morirá por lo menos
con la satisfacción de haber vivido y haber muerto como un auténtico Borbón.
[Neue Rheinische Zeitung, núm.
1, 1 de junio de 1848]
9 Sanfedistas: partidarios de la “Santa Fe”,
miembros de grupos terroristas manejados a comienzos del siglo XIX
por las fuerzas del Vaticano, reclutados principalmente entre los
elementos del lumpenproletariado y que actuaban contra el movimiento
de liberación de Italia.
10 10 de agosto de 1792: fecha en que fue derrocada
en Francia la monarquía mediante la sublevación popular.
29 de julio de 1830: día en que el pueblo de París triunfó sobre las
tropas reales, derrocando en Francia a la dinastía de los Borbones.
1820: en este año se encendió en Nápoles un movimiento, revolucionario, acaudillado por los carbonarios. Mediante la injerencia de
las potencias de la Santa Alianza, este movimiento revolucionario fue
reprimido.
11 Los cantones suizos se servían de una
organización mediante la cual pactaban con los Estados europeos (desde el siglo
XV hasta mediados del siglo XIX) a fin de movilizar, para sus ejércitos
contingentes de mercenarios suizos. En una serie de revoluciones burguesas
durante los siglos XVIII y XIX, los suizos mercenarios actuaban como
instrumento de la contrarrevolución monárquica.
12 La figura del escultor danés Thorwaldsen a
que se hace referencia representa a un león moribundo y se exhibe en
Lucerna para recordar a los mercenarios suizos que, el 10 de agosto
de 1792, murieron en la defensa del Palacio real de París, en lucha contra
el pueblo sublevado.
13 24 de febrero de 1848: fecha
en que fue derrocada la monarquía de Luis Felipe
de Orleáns.
56
CUESTIONES DE VIDA O MUERTE
COLONIA,
3 DE JUNIO. LOS TIEMPOS CAMBIAN Y NOSOTROS cambiamos con ellos. Es este un
dicho del que nuestros señores ministros Camphausen y Hansemann podrían
decirnos algo. Antes, cuando no eran más que modestos diputados sentados en los
bancos de escuela de una Dieta, ¡cuántas cosas
tuvieron que aguantar de los Comisarios de Gobierno y los Mariscales!14 En la segunda fase, en la Dieta
provincial renana, ¡veíanse detenidos por Su Alteza, el Ordinario Solms-Lich! E
incluso, cuando después de aprobar la primaria, se vieron ascendidos a la Dieta
Unificada,15 aunque se les permitían unos cuantos ejercicios de
elocuencia, ¡había que ver cómo su maestro de escuela, el señor Adolf v.
Rochow, manejaba contra ellos la palmeta! ¡Con qué humildad tenían que
someterse a las impertinencias de un Bodelschwingh y con qué devoción
escuchaban el balbuciente alemán de un Boyen, a pesar de que no era la suya más
que la “limitada inteligencia” de un súbdito,16 al lado de la tosca
ignorancia de un Duesderg, a quien debían obediencia!
57
Ahora, las cosas han cambiado. El 18 de marzo ha puesto fin a toda la escolaridad política y los antiguos
escolares de la Dieta se declaran maduros. El señor Camphausen y el señor
Hansemann se han convertido en ministros y manifiestan, encantados, toda su
grandeza como “hombres necesarios”.
Cuán “necesarios” se consideran y cuánto han crecido después de pasar por la escuela ha podido
apreciarlo claramente todo el que haya tenido que ver algo con ellos.
Han comenzado inmediatamente poniendo otra vez en pie provisionalmente el viejo salón escolar, que
es la Dieta Unificada. En este salón debía celebrarse el gran acto de transición del gimnasio burocrático
a la universidad constitucional donde se lleva a cabo la solemne exposición del
certificado de bachillerato, presentado ante el pueblo prusiano en todas las formas
prescritas.
El pueblo ha declarado en numerosos memoriales y
peticiones que no quiere saber nada de la Dieta Unificada.
El señor Camphausen ha replicado (véase, por
ejemplo, la sesión de la Constituyente celebrada el 30 de mayo) que la
convocatoria de la Dieta era una cuestión vital para el
ministerio y, con ello, como es natural, quedaba todo resuelto.
58
La Dieta se reunió,17 una ante el mundo, ante
un dios que dudaba de sí mismo, abatido y rechinando
los dientes. Se le había hecho saber que sólo debía aceptar la nueva ley electoral, pero el señor
14 Los presidentes de las dietas provinciales
ostentaban el título de Mariscal de la Dieta. Las dietas provinciales se
crearon en Prusia en 1823. Estaban integradas por jefes de familia de los
príncipes y por representantes de la nobleza urbana y de
las comunidades territoriales. Como puede
suponerse, estas dietas eran de carácter restringido
y la mayor parte de la población se hallaba al margen de sus
elecciones y, así, la nobleza tenía asegurada la mayoría. Estas dietas eran
convocadas por el rey, y su competencia se limitaba a las cuestiones económicas locales y a las de la administración provincial. En el terreno político,
apenas tenían limitadas funciones consultivas.
15 Primera Dieta Unificada: se
reunió a partir de un mandato real el 11 de abril de 1847, deliberando hasta el
26 de junio del mismo año. Representaba la agrupación de las ocho dietas
provinciales existentes (véase nota anterior), debía convocarse cuando el
rey lo dispusiera y aparecía dividida en dos curias. La curia del estamento
señorial estaba formada por 70 representantes de
la alta nobleza y la curia de
los tres estamentos restantes abarcaba 237 representantes de
los caballeros, 182 de las ciudades y 124 de las comunidades
territoriales. La competencia de la Dieta Unificada se limitaba a la aprobación
de nuevos empréstitos en tiempos de paz y a la aceptación de nuevos impuestos o de
aumentos tributarios. El rey prusiano trataba de presentar su convocación como el cumplimiento de las promesas constitucionales formuladas y de las normas de la ley acerca de
la deuda del Estado. En la Dieta se manifestó una fuerte oposición liberal,
expresada por los representantes de la
gran burguesía renana (Hansemann, Camphausen y otros) y por una parte
de la nobleza de la Prusia oriental, pero quienes más tarde se
manifestaron más aliados del reino que de la oposición. Al declararse la Dieta
incompetente para aprobar un nuevo empréstito, el rey decidió clausurarla.
16 Inteligencia limitada: se trata de una expresión conocida del ministro prusiano del Interior, Rochow.
17 Segunda Dieta Unificada: estaba
formada por representantes de las ocho dietas provinciales de
Prusia y fue convocada el 2 de abril de 1848. A
propuesta del ministerio Camphausen, el 8 de abril votó la “Ley electoral de la
Asamblea llamada a votar la Constitución del Estado prusiano” y aprobó un
empréstito de 25 millones de táleros, que había rechazado la primera
Dieta Unificada. Después de esto, fue disuelta el 10 de abril de 1848.
Camphausen no exigió de ella solamente una ley
sobre el papel y la celebración de elecciones
indirectas, sino además veinticinco millones contantes y sonantes. Las curias cayeron en la confusión,
no comprendían claramente cuál era su competencia y balbucían incoherentes conclusiones; pero esto
no servía de nada, es algo que flota silenciosamente en la mente del señor Camphausen, y si las sumas
de dinero no son autorizadas, si “el voto de confianza” es denegado, el señor Camphausen se marchará
a Colonia y dejará que la monarquía prusiana se las arregle como pueda. Los señores de la Dieta sudan
frío al pensar en esto, toda resistencia cesa y el voto de confianza es
otorgado con una sonrisa entre dulce y amarga. Y puede uno ver estos 25
millones cotizables en el reino de los aires, que es el reino de los
sueños,18 cómo, dónde y cuándo han sido vetados.
Son proclamadas las elecciones indirectas, se
levanta en contra de ellas un alud de mensajes, peticiones y
diputaciones. Los señores ministros contestan
que el ministerio se sostiene o cae con las elecciones
indirectas. Y, con esto, todo vuelve al silencio y ambas partes pueden echarse
a dormir.
59
Se reúne la Asamblea del Pacto. El señor Camphausen
se ha propuesto pronunciar la respuesta al discurso del Trono. Tiene que
formular la protesta el diputado Dunker. 19 Se abre la discusión. Se
pronuncian palabras bastante vivas contra el mensaje. El señor Hansemann se
aburre del eterno y confuso ir y venir, y declara, lisa y llanamente, que todo
este devaneo puede ahorrarse; una de dos: o
se pronuncia el mensaje, en cuyo
caso todo estará bien, o no se pronuncia mensaje alguno, en
vista de lo cual dimitirá el ministerio. La discusión prosigue y, por fin,
sube a la tribuna el propio señor Camphausen para dejar constancia de que la
cuestión del mensaje constituye un problema vital para
el ministerio. Por último, en vista de que tampoco esto resuelve el asunto, se levanta también el señor
Auerswald y protesta por tercera vez que el ministerio se mantiene o cae con el
mensaje. Ahora, la Asamblea se muestra por fin convencida y, como es natural,
vota a favor del mensaje.
De este modo, nuestros ministros “responsables”
adquieren en dos meses aquella experiencia y seguridad en la dirección de una
asamblea que el señor Düchatel, personaje nada despreciable, sólo llegó a
adquirir al cabo de varios años de comercio íntimo con la penúltima Cámara de
Diputados de Francia. También el señor Düchatel, en los últimos tiempos, cuando
la izquierda le aburría con sus largos parlamentos, solía declarar que la
Cámara era libre de votar en pro o en contra, pero que si votaba en contra “todos
nosotros dimitiríamos” y la vacilante mayoría, para la que el señor Düchatel
era el hombre “más necesario del mundo”, se agolpaba como un rebaño de corderos
al estallar la
tormenta, rodeando a su amenazado líder. El señor Düchatel, que era un francés ligero, siguió haciendo
este juego hasta que sus compatriotas se cansaron de él. Pero el señor
Camphausen es un reflexivo y tranquilo alemán, que sabrá hasta dónde puede
llegar.
No cabe duda de que si nuestra gente está tan
segura de sus “pactistas”, como el señor Camphausen,
será posible ahorrar por este camino tiempo y razones. A la oposición, se le arrebata la palabra casi en
redondo, convirtiendo cada uno de los puntos en una cuestión de gabinete. De ahí que este método sea
también el que mejor cuadra a los hombres decididos, aquellos que saben de una vez por todas lo que
quieren y que se muestran incompatibles con toda charlatanería inútil, hombres
como Düchatel y Hansemann. Pero para hombres a quienes gusta la discusión y que
prefieren “exponer sus opiniones e intercambiarlas en un gran debate, tanto con
respecto al pasado y el presente como en lo referente al futuro” (Camphausen,
sesión del 31 de mayo), para hombres que pisan en el terreno de los principios
y que contemplan los sucesos del día con la mirada sagaz del filósofo, para
espíritus superiores como Guizot y Camphausen, de nada sirve este pequeño
recurso terrenal que nuestro presidente del Consejo ha descubierto en su práctica.
Lo confía a su Düchatel-Hansemann y sigue manteniéndose en la elevada esfera en
la que a nosotros nos gusta contemplarlo.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 4, 4 de junio de 1848]
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18 Palabras de
un verso de Heine en el poema titulado Alemania. Cuento de invierno, cap. Vil.
19 En sus artículos acerca de las
deliberaciones de la Asamblea Nacional, Marx y Engels hacen uso de los Stenographischen Berichte
über die Verhandlungen der zur Vereinbarung der preussischen Staats-Verfassung
berufenen Versammlung, tomos 1-3, Berlín, 1848, publicados más
tarde en edición aparte.
61
[C. Marx]
COLONIA, 3 DE JUNIO. ES SABIDO QUE LA ASAM BLEA NACIONAL francesa de 1789 fue precedida por
una Asamblea de Notables, integrada por estamentos, lo mismo que la Dieta Unificada de Prusia. En
el decreto por el que el ministro Necker
convocaba a la Asamblea Nacional, se refería a la
exigencia manifestada por los Notables de que se convocara a los Estados
Generales. El ministro Necker le llevaba, así, gran delantera al ministro
Camphausen. No necesitaba esperar a la toma de la Bastilla ni al derrocamiento
de la monarquía absoluta para empalmar a posteriori, de manera
doctrinaria, lo viejo a lo nuevo y despertar así, trabajosamente, la apariencia de
que Francia había llegado a formar una nueva Asamblea Constituyente recurriendo
a los medios legales de la vieja Constitución. Contaba, además, con otras
ventajas. Era ministro de Francia, y no ministro de Lorena y Alsacia, mientras
que el señor Camphausen no era ministro de Alemania, sino de Prusia. Y, con
todas estas ventajas, el ministro Necker no logró convertir un movimiento revolucionario en una pacífica reforma. La gran enfermedad
no podía curarse con agua de rosas21 y menos aún podrá el señor Camphausen cambiar el carácter del
movimiento mediante una complicada teoría que trace una línea recta entre su
ministerio y la vieja situación de la monarquía prusiana. La revolución de
Marzo y el movimiento revolucionario alemán en general no pueden convertirse
en episodios interinos mediante un ardid artificioso más o
menos importante. ¿Acaso Luis Felipe ha sido elegido rey de los franceses por
ser un Borbón? ¿O ha sido elegido aunqueéraya un miembro de la
dinastía de los Borbones? Recuérdese que esta pregunta dividió a los partidos
poco después de la revolución de julio, 22 ¿y qué venía a demostrar
dicha pregunta? Que la revolución se ponía en
tela de juicio,
que el interés de la revolución
no era el interés de la clase elevada al poder y de sus
representantes políticos.
Pues bien, el mismo significado tiene la
declaración hecha por el señor Camphausen de que su ministerio no ha venido al
mundo por la revolución de Marzo, sino después de
ella.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 4, 4 de junio de 1848]
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20 20 El ministerio Camphausen disolvió
el 29 de marzo de 1848 el gobierno del conde Arnim,
creado el 19 de marzo
del mismo año. Fue nombrado jefe del nuevo gobierno el banquero renano Camphausen, presidente de
la Cámara de Comercio de Colonia; el ministro de
Hacienda fue Hansemann, otro de los representantes de la gran
burguesía renana. Este gobierno consideraba su misión el mediar entre
la gran burguesía y la Corona.
21 Heine, Alemania. Cuento de
invierno, cap. XXXI.
22 Cuando, días después de la instauración de
la monarquía de Julio (1830), se puso a discusión el problema de si el nuevo
rey adoptaría el nombre de Felipe VII, Dupin el Viejo (17831865)
declaró que “el duque de Orleáns era llamado al
trono no porque fuera un Borbón, sino a pesar de ello”.
63
[F. Engels]
SCHLESWIG-HOLSTEIN. EN REALIDAD, LOS ANALES DE TODA LA historia no nos hablan de semejante
campaña ni de un cambio de juego tan sorprendente entre la fuerza de las armas y la diplomacia como
el que ahora nos presenta nuestra unificada guerra alemana-nacional contra el
pequeño Estado de
Dinamarca, las hazañas del ejército imperial, con sus 600 jefes, estados generales y consejos de guerra,
los mutuos enredos de los jefes de la coalición de 1792, las órdenes y
contraórdenes del sacrosanto Consejo de la Corte, todo ello como una afirmación
seria, conmovedora y trágica contra la comedia de
la guerra, que el nuevo ejército federal alemán24 despliega en el
Schleswig-Holstein bajo las sonoras carcajadas de toda Europa.
64
Sigamos brevemente la intriga de esta comedia.
Los daneses avanzaron desde Jutlandia y
desembarcaron tropas en el Norte del Schleswig. Los prusianos y hanoveranos
ocupan Rendsburgo y la línea del Eider. Los daneses, que a pesar de todas
las bravatas alemanas son un pueblo rápido y valiente, atacan sin
perder un momento y por medio de
una batalla hacen retroceder al ejército de Schleswig-Holstein sobre Prusia. Los prusianos contemplan
las cosas tranquilamente.
Por último, llega de Berlín la orden de avanzar.
Las tropas alemanas reunidas atacan à los daneses y
los aplastan cerca del Schleswig, gracias a la superioridad de sus fuerzas. En efecto, la victoria se decide
por la destreza de los soldados de la Guardia evolúo en el manejo de la culata del fusil, como en su
día ocurrió cerca de Grossbeeren y en Dennewitz.25 El Schleswig fue
reconquistado y Alemania se muestra jubilosa por la heroica hazaña de su ejército.
Entre tanto, la flota danesa — que en conjunto no
cuenta con 20 barcos importantes— moviliza los
buques mercantes alemanes, bloquea todos los puertos de Alemania y toma los pasos a las islas sobre
las que el ejército se ha retirado. Jutlandia es abandonada y ocupada
parcialmente por los prusianos, quienes le imponen una contribución de guerra
de dos millones en especies.
65
Pero, antes
de haberse desembolsado un solo tálero,
Inglaterra hace propuestas de mediación,
basadas en una retirada y en la neutralidad del Schleswig, enviando a Rusia notas conminatorias. El señor
|
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23 La guerra prusiano-danesa en torno al Schleswig-Holstein. Como consecuencia de la revolución de Marzo de 1848 en Alemania, se
creó en Schleswig-Holstein un gobierno provisional y una Dieta territorial que,
al ser dictadas leyes democráticas y ante un proyecto progresivo de
Constitución, entró en conflicto abierto con la monarquía danesa. La población
de Schleswig-Holstein exigía la incorporación a Alemania. Su justa lucha
tenía el apoyo completo del pueblo alemán; sectores de la juventud, de Sentimientos
revolucionarios y patrióticos, se presentaron como voluntarios en
Schleswig-Holstein. Prusia hizo que la Confederación Alemana la
encargara de librar la guerra contra Dinamarca, actuando bajo el
pretexto de mantener los intereses alemanes, pero en realidad
para fortalecer sus propias posiciones de fuerza y desviar los sentimientos
revolucionarios de las masas alemanas hacia el exterior, impidiendo el
desarrollo democrático en Schleswig-Holstein. Después de esto, la
camarilla militar prusiana se limitó a sostener una guerra aparente,
haciendo marchar inútilmente a las tropas y viendo cómo los destacamentos
del ejército revolucionario de Schleswig-Holstein y los voluntarios alemanes
eran derrotados por los daneses. Más tarde, Prusia se limitó a
pactar el armisticio de Malmö, en el que se pasaban
por alto las instrucciones
del poder centra l en Alemania, dejándose en la
estacada a la población y al gobierno provisional de Schleswig-Holstein.
24 La
Confederación alemana, creada el 8 de junio de 1815
en el Acta federal del Congreso de Viena, abarcaba
primeramente 35 y por último 28 principados y cuatro
ciudades libres, manteniéndose en vigor hasta 1866,
después de lo cual no se creó ningún gobierno central,
manteniéndose la desmembración feudal de Alemania. La Asamblea federal de los
embajadores acreditados formaba la Dieta Federal, que deliberaba bajo la
presidencia permanente de Austria en FRANCFORT del Meno, convirtiéndose en
un bastión de la reacción alemana. En lucha contra la unificación democrática
de Alemania, las fuerzas reaccionarias intentaron, después de la
revolución de Marzo de 1848, dar nuevo impulso a la Dieta Federal.
25 En las batallas libradas cerca de
Berlín, en Grossberen (23 de agosto) y Dennewitz (6 de
septiembre de 1813) obtuvieron las tropas prusianas pertenecientes al
ejército de coalición una victoria sobre Napoleón.
Camphausen cae derecho en la celada y, siguiendo
sus órdenes, los prusianos, ebrios de victoria, avanzan desde Veile hacia
Kónigsau, retrocediendo sobre Hadersleben, Apenrade y Flensburg.
Inmediatamente, reaparecen allí los daneses que hasta ahora habían
desaparecido; persiguen día y noche a los prusianos, causan desorden en su
retirada, desembarcan en todas las esquinas, derrotan
cerca de Sundewitt a las tropas del 10º cuerpo federal y retroceden solamente ante la superioridad en
número de sus adversarios. En la batalla del 30 de mayo vuelven a decidir las
culatas de los fusiles, esta vez manejadas por los fuertes puños de los
meclemburgueses. Los habitantes alemanes huyen con los prusianos y todo el
Norte del Schleswig es abandonado al asolamiento y el saqueo, mientras en
Hadersleben y Apenrade ondea de nuevo el pabellón de Dinamarca. Como se ve, los
soldados prusianos de todos los grados obedecen en Schleswig las órdenes lo
mismo que en Berlín.
De pronto, se recibe de Berlín la orden de que los prusianos vuelvan a avanzar. Ahora, el avance hacia
el Norte es verdaderamente divertido. Pero la comedia dista mucho de haber
terminado. Esperemos a ver dónde los prusianos reciben esta vez la orden de
retirarse.
En una palabra, estamos ante una verdadera
contradanza, ante un ballet belicoso que el ministerio Camphausen ordena
ejecutar en su propio deleite y a la gloria de la nación alemana.
No olvidemos, sin
embargo, que la iluminación
de la escena es asegurada por las aldeas del Schleswig
incendiadas y que el coro lo forman los gritos de venganza de los merodeadores y guerrilleros daneses.
El ministerio Camphausen ha proclamado ante el
mundo, con este motivo, su alta misión de representar a Alemania en el
exterior. El Schleswig, abandonado dos veces a la invasión danesa, formará el
primer experimento diplomático de nuestros ministros “responsables” y
conservará esta misión en un recuerdo lleno de gratitud.
¡Confiemos en la sabiduría y la energía del ministerio Camphausen!
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 5, 5 de junio de 1848]
67
LA REACCIÓN
COLONIA,
5 DE JUNIO. LOS MUERTOS CABALGAN DE PRISA.26 EL
señor Camphausen desautoriza a la revolución y la reacción se atreve a
proponer a la Asamblea del Pacto el marcarla como una insurrección. Un
diputado ha hecho ante ella, el 3 de junio, la
propuesta de levantar un monumento a los soldados caídos el
18 de marzo.27
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 6, 6 de junio de 1848]
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26 De la balada Leonora, de
Gottfried August Bürger
27 Véase supra, nota 19.
68
COMITÉ DE SÛRETÉ GÉNÉRALE
COLONIA, 5 DE JUNIO. TAMBIÉN BERLÍN CUENTA AHORA CON SU Comité de Sûreté Générale, como
París en 1793.28 Pero con la diferencia de que él de París era un comité
revolucionario, mientras que
el de Berlín es un comité reaccionario. En efecto, según una notificación dada a conocer en Berlín, “las
autoridades encargadas de mantener el orden5han considerado necesario “unirse para una actuación
común”. Con este motivo, han designado un Comité de seguridad que ha
establecido su sede en la
Oberwallstrasse. Esta nueva autoridad está formada del siguiente modo. 1) el presidente, director del
Ministerio del Interior, Puttkamer; 2) el comandante y ex jefe de la Milicia
Cívica, Aschoff; 3) el presidente de la Policía, Minutoli; 4) el procurador del
Estado Temme; 5)evolúe Naunyn y dos concejales; 6) el presidente de los
diputados de la ciudad y tres diputados; 7) cinco oficiales y dos hombres de la
Milicia Cívica. Este Comité
conocerá de cuanto afecte al orden público o pueda
perturbarlo y someterá los hechos a un examen
completo y fundamental. Dará los pasos adecuados respecto a la transgresión de los viejos e
inexcusables medios y formas, evitando el
cambio innecesario de notas escritas y, por
medio de los diferentes círculos de la
administración, promoverá una acelerada y enérgica ejecución de
las órdenes necesarias. Mediante esta cooperación común podrá
conseguirse la rapidez y seguridad necesarias, combinadas con las precauciones de rigor, en la marcha de los asuntos, muchas veces difíciles, bajo las circunstancias actuales.
Pero, principalmente, la Milicia cívica a quien se halla confiada la proteccióndelaciudaddeberá
estar en condiciones de procurar a las autoridades la ejecución de sus acuerdos,con
la fuerza necesaria. Conplena confianza en la participación y
cooperación de todos los habitantes, sobre todo los que pertenecen al estamento
honorable (!), de los artesanosy(¡)alosobreros,losdiputados,libres
de todas las preocupaciones y aspiraciones de partido,cumplenconsuimportantemisióny
confían en poder cumplirla, principalmente, por la vía pacífica de la mediación
en pro del bienestar.
69
El lenguaje anterior, tan untuoso, tan sugerente y humilde, permite ya sospechar que de lo que se trata
es de crear aquí un centro de actividad reaccionaria, enfrentándolo al pueblo revolucionario de Berlín.
Así lo sugiere con toda claridad la composición
de este Comité. Figura en él, en primer lugar, el señor
Puttkamer, el mismo que se ha dado gloriosamente a conocer por sus
instrucciones como presidente de Policía.
Igual que bajo la Monarquía burocrática, no
habrá ninguna alta autoridad sin contar por lo menos con un
Puttkamer. Viene luego el señor Aschoff, tan odiado por sus torpezas corporales
y sus
intrigas reaccionarias en la Milicia cívica, que ha decidido mantenerse alejada de él. En vista de lo cual,
el señor Aschoff ha declinado su cargo. En seguida, el señor Minutoli,
quien en 1846 salvó en Posen a la patria, al descubrir la conspiración de
los polacos 29 y que recientemente ha amenazado con
denunciar a los cajistas de imprenta, al ponerse éstos
en huelga por un mejor salario. A continuación, los representantes de
dos corporaciones que son hoy extraordinariamente reaccionarias:
el alcalde y los diputados de la ciudad y, por último, entre los oficiales de
la Milicia cívica el archirreaccionario comandante Blesson. Esperamos que el pueblo de Berlín no se deje en modo alguno arrastrar por este
Comité reaccionario constituido por su propia iniciativa.
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28 Comité de Sûreté Générale: fue
creado en París en 1792 por la Convención. Consideraba como
su misión principal la defensa de la República contra todos los asaltos de
la contrarrevolución.
29 En febrero de 1846 se preparó en Polonia
una insurrección que tenía como meta la emancipación nacional del país.
Los principales iniciadores de ella
eran demócratas revolucionarios polacos (Dembowski y otros). Al ser traicionado el movimiento por
la Dieta y detenidos los dirigentes de la insurrección por la policía prusiana,
el movimiento quedó desperdigado y sólo
se produjeron levantamientos revolucionarios aislados. Solamente en Cracovia, que desde
1815 se veía sometida al control común de
Austria, Rusia y Prusia, lograron los insurgentes obtener la victoria el 22 de
febrero, creando un gobierno provisional, que lanzó un manifiesto sobre la
abolición de las cargas feudales. Pero la insurrección de Cracovia fue
aplastada a comienzos de marzo de 1846 por las tropas de Austria, Prusia y
Rusia. En noviembre de 1846 suscribieron estos Estados el tratado sobre
la incorporación de Cracovia al Imperio austriaco, quebrantando con ello
los tratados vieneses de 1815, en que se garantizaba el Estado libre de
Cracovia.
Por lo demás, el Comité ha iniciado ya sus actividades
reaccionarias, al tratar de disuadir al pueblo de
asistir a la procesión que debía celebrarse ayer domingo,
delante de la tumba de los caídos en Marzo, por
tratarse de una manifestación, pues es bien sabido que las
manifestaciones son siempre dañinas.
[Neue Reihnische Zeitung, núm. 6, 6 de junio de 1848]
71
PROGRAMAS DEL PARTIDO DEMÓCRATA-RADICAL Y DE LA IZQUIERDA, EN FRANCFORT
COLONIA, 6 DE JUNIO. AYER DÁBAMOS A CONOCER A NUESTROS lectores el “Manifiesto motivado del
partido demócrata-radical en la Asamblea Nacional constituyente de FRANCFORT d.
M.” Bajo la rúbrica de “Fráncfort” encontrarán ustedes hoy el manifiesto de la
izquierda.30 Los dos manifiestos parecen, a primera vista, no distinguirse
más que por la forma, puesto que el partido demócrata-
radical tiene como redactor
a una persona torpe y el de la
izquierda es hombre hábil. Un examen más atento pone de
manifiesto las diferencias fundamentales. El manifiesto radical exige una
Asamblea nacional fruto de “elecciones directas y no sujetas
a censo”, el de la izquierda pide una Asamblea nacional nacida del “libre
sufragio de todos” El libre sufragio de todos excluye
el censo, pero en modo alguno el sufragio indirecto. ¿Por qué, en términos generales, esta vaga expresión, de sentido múltiple?
Volvemos a encontrarnos aquí, una vez más, con esta
mayor extensión y flexibilidad de
reivindicaciones de la izquierda, en contraste con las del partido radical. La izquierda exige “un poder
ejecutivo central elegido para un lapso de tiempo determinado
por la Asamblea nacional y responsable ante ésta”. No se precisa si este poder
central debe emanar del seno de la Asamblea Nacional, como
expresamente lo define el manifiesto radical.
72
El manifiesto de la izquierda pide, por último, que queden inmediatamente establecidos, proclamados
y garantizados los derechos fundamentales del pueblo alemán frente
a toda posible violación por los diversos gobiernos. El
manifiesto radical no se atiene a esto, sino que declara que
la Asamblea sigue reteniendo la totalidad de los
poderes del Estado, que debe hacer entrar en vigor inmediatamente los
diferentes poderes y formas de vida política que está llamada a reunir y que
debe tomar en sus manos la política interior y exterior de todo el Estado.
Los dos manifiestos están de acuerdo en un punto:
en pedir que “la redacción de la Constitución de Alemania se encomiende a la
Asamblea Nacional por sí sola” y en eliminar la participación de los gobiernos.
Ambos coinciden en dejar a cada Estado, “sin perjuicio de los derechos del
pueblo que la
Asamblea Nacional deba proclamar”, la libre elección de su régimen, ya se trate de una República o de
una monarquía constitucional. Y ambos coinciden, por último, en pretender que
Alemania se transforme en un Estado federal o federativo.
El manifiesto radical expresa, por lo menos, el carácter revolucionario de la Asamblea Nacional. Apela
a una actividad revolucionaria adecuada. ¿Acaso el mero hecho de que exista una
Asamblea Nacional constituyente demuestra que ya no existe Constitución?
Y, no existiendo Constitución, no existe tampoco gobierno. Y, al
no existir gobierno, es la misma Asamblea Nacional la
que debe gobernar. De allí que su primer signo de vida tendría que
ser, necesariamente, un decreto que dijera, en siete palabras: “La Dieta
federal31 queda disuelta para siempre”
73
Una Asamblea Nacional
constituyente debe ser, ante todo, una asamblea activa,
es decir, activa en un sentido revolucionario. La Asamblea de
FRANCFORT se dedica a desarrollar tareas parlamentarias escolares, dejando
actuar a los gobiernos. Supongamos que este sabio concilio lograse, tras
maduras reflexiones, redactar el mejor orden del día y la mejor
Constitución. ¿De qué servirían ambas cosas, si entre
tanto los gobiernos pusieran a la orden del día las bayonetas?
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30 En la Asamblea Nacional de Fráncfort, la
izquierda incluía dos facciones. El dirigente más destacado de la
izquierda propiamente dicha era Robert Blum. La extrema izquierda, llamada
partido demócrata-radical, contaba entre sus diputados a Arnold Ruge, Zitz, Simon, Schöffel y Trützschler. La Nueva Gaceta Renana sostenía a
este partido, aun fustigando su indecisión y sus vacilaciones.
31 Véase supra, nota 24.
La Asamblea Nacional alemana, prescindiendo de que ha surgido del sufragio indirectoypadece de una
enfermedad típicamente germánica. Reside en FRANCFORT d. M., y FRANCFORT no es
más que una capital ideal; corresponde a la unidad alemana ideal hasta
entonces, es decir, puramente imaginaria. FRANCFORT d. M. no es ya tampoco una
gran ciudad dotada de una fuerte población revolucionaria
que se mantenga detrás de la Asamblea Nacional,
protegiéndola, de una parte y de otra empujándola.
Por primera vez en la historia del mundo reside en una pequeña ciudad la Asamblea Constituyente de
una gran nación. Ello es consecuencia de toda la evolución que Alemania ha
seguido hasta hoy. Mientras que las asambleas nacionales de Francia
e Inglaterra se reunían sobre un volcán — en París
y en Londres— la Asamblea Nacional ha
podido considerarse feliz al encontrar un terreno neutral, en
el cual puede pararse a meditar serenamente acerca de la mejor Constitución y
del mejor orden del día. Sin embargo, el estado actual de Alemania le brindaba
la ocasión de triunfar sobre esta situación material desfavorable. Para
conquistar en la opinión popular un poder que habría hecho saltar en pedazos
todas las bayonetas y todas las culatas de los fusiles, le habría bastado con
dictar en todas partes medidas dictatoriales contra las injerencias reaccionarias de gobiernos anticuados. Pero, en vez
de esto, lo que hace es abandonar a Maguncia a la arbitrariedad de la
soldadesca y de los extranjeros alemanes 32 y a las mortificaciones
causadas por los pequeños burgueses de Fráncfort. Aburre al
pueblo alemán, en vez de arrastrarlo con ella o de dejarse arrastrar. Es cierto que cuenta con un público que
aún contempla con humorismo apacible las gesticulaciones burlescas del fantasma
reaparecido de la Dieta del Sacro Imperio RomanoGermánico, pero no existe para
ella un pueblo que pueda encontrar en su seno. Lejos de ser el
órgano central del movimiento revolucionario, no ha acertado a ser hasta ahora
ni siquiera el eco de él.
74
Si la Asamblea Nacional pone en pie un poder
central cuyos hombres se elijan entre sus miembros,
teniendo en cuenta su actual composición y el hecho de que ha dejado pasar el momento favorable sin
valerse de él, nada bueno podrá esperarse de este Gobierno provisional. Si no
constituye un poder central, habrá firmado entonces su propia abdicación y al
menor soplo revolucionario se dispersará, arrastrada por todos los vientos.
El programa de la izquierda, como el del grupo
radical, tiene el mérito de haber comprendido esta necesidad. Ambos programas
dicen con Heine:
Cuanto más reflexiono, más me
convenzo de
que podemos arreglárnoslas sin un emperador;33
y la dificultad de saber “quién debe
ser el emperador” teniendo en cuenta todas las buenas razones a favor de un
emperador elegido y las razones no menos buenas en pro de un emperador
hereditario, obligarán a la mayoría conservadora de la Asamblea a cortar el
nudo gordiano,34 no eligiendo ningún emperador.
No es posible concebir cómo el partido llamado
demócrataradical ha podido proclamar que la Constitución definitiva de Alemania
sería una Federación de monarquías constitucionales, de
fragmentos de principados y repúblicas, un Estado federal formado por elementos
tan heterogéneos y con un gobierno republicano a la cabeza, pues no se trata de
otra cosa, en el fondo, que del Comité central aceptado por la izquierda.
75
No cabe duda. Es necesario, que el gobierno central de Alemania, elegido por la Asamblea Nacional, se
levante al lado de los gobiernos que aún subsisten de hecho.
Pero, con su existencia, comienza ya su lucha contra los gobiernos de cada
Estado y, en esta lucha, o bien caerán el gobierno común a toda
Alemania y la unidad de la Alemania misma, o bien se derrumbarán los gobiernos de cada Estado, con
sus príncipes constitucionales y sus minúsculas repúblicas.
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32 Se hace aquí referencia a Esslen, Pelz y
Lowenstein, expulsados de Fráncfort. En aquel entonces no existía la
nacionalidad alemana; había tan sólo ciudadanos prusianos,
sajones, de la ciudad libre de Fráncfort, etc. Las tres personas
expulsadas, al no ser ciudadanos de Fráncfort, se consideraban
extranjeros, pero no por ello dejaban de ser alemanes.
33 Del poema de Heine, Alemania. Cuento de invierno, cap. VI.
34 Nudo gordiano: muy complicado
y muy difícil de desenredar y que figuraba en el
carro del rey Gordio, en el templo de
Júpiter de una ciudad frigia y del que el oráculo decía que quien supiera deshacerlo se haría dueño del Asia. Se dice que Alejandro Magno lo
cortó de un golpe de espada en su campaña contra los persas, en el año 333 a.
n. e.
No pedimos, pues sería utópico, que se proclame de
antemano la República alemana una e indivisible,
pero pedimos al partido llamado demócrata-radical que no confunda el
punto de partida de la lucha y del movimiento
revolucionario con su punto de llegada. La unidad alemana, al igual que su
Constitución, no puede ser otra cosa que el resultado de un movimiento en que los conflictos internos
y las guerras con el Oriente empujen a tomar una decisión. La organización
definitiva no puede ser obra de un decreto, sino que discurre paralelamente con el movimiento que tenemos que recorrer.
No se trata de poner en práctica tal o cual opinión, tal o cual
idea política, sino de comprender la marcha de los acontecimientos.
La Asamblea Nacional tiene por única tarea la de dar inmediatamente los pasos
prácticamente posibles.
Aunque se nos asegure que “todos se sienten felices
al salir de la confusión en que se encuentran”, nada más confuso que la idea
sustentada por el redactor del manifiesto demócrata cuando pretende cortar la
Constitución alemana a la medida del Estado federal de Norteamérica.
Los Estados Unidos de Norteamérica, aun sin tener
en cuenta que se hallan todos constituidos del mismo modo, se extienden sobre
un territorio tan grande como la Europa civilizada. Sólo podríamos encontrar
una analogía en una Federación europea.
76
Y para que Alemania pueda federarse con otros países, hace falta ante todo que ella se convierta en
un país. En Alemania, la lucha por la centralización contra un
sistema federativo es la lucha entre la civilización moderna y el feudalismo.
Alemania caía en un feudalismo aburguesado en el momento
mismo, en que se creaban las grandes monarquías de Occidente, pero se ha visto también excluida del
mercado mundial en el mismo momento en que éste se abría a la Europa
occidental. Alemania se empobreció, mientras los otros se enriquecían. Siguió siendo un Estado agrícola, mientras los otros se
cubrían de grandes ciudades. Si Rusia no ejerciera una presión a las puertas de
Alemania, las condiciones económicas por sí solas obligarían a la
centralización más extrema. Aunque enfocada solamente desde el
punto de vista de la burguesía, la unidad de Alemania
es, sin disputa, la condición primordial para salvarla de la miseria en que
se ha venido debatiendo hasta aquí y para crear la riqueza nacional. Pero,
¿cómo resolver los problemas sociales de nuestro tiempo, en un territorio
desperdiciado en treinta y nueve pequeños países?
El redactor del programa demócrata no necesita, por
lo demás, tratar en detalle las condiciones económicas y materiales
secundarias. Se atiene en su exposición de motivos al concepto de la
Federación. La Federación es la unión de copartícipes libres e iguales. Alemania
debe convertirse, por tanto, en un Estado
federativo ¿Y acaso los alemanes no pueden llegar a federarse en un
solo gran Estado sin atentar contra el concepto de una unión de
copartícipes libres e iguales?
[Neue Reihnische Zeitung, núm. 7, 7 de junio de 1848]
77
LOS DEBATES EN TORNO
AL PACTO, EN BERLÍN 35
[F. Engels]
COLONIA, 6 DE JUNIO. LOS DEBATES SOBRE EL PACTO36 MARCHAN en Berlín viento en popa. Se
presentan propuesta tras propuesta, la mayoría de
ellas incluso cinco y seis veces, para que no se pierdan en los devaneos a
través de los sectores y las comisiones. Cuestiones previas, cuestiones
accesorias, cuestiones intermedias, cuestiones complementarias y cuestiones
fundamentales: todas ellas se plantean abundantemente a la menor ocasión. En
cada una de estas grandes y pequeñas cuestiones se entabla, por lo general, una
conversación espontánea, “sobre la marcha”, con el presidente, los ministros, etc., que forma entre tanto la labor activa de los “grandes debates”, que giran
en torno a ellas. Sobre todo, aquellos innumerables pactistas
que el taquígrafo suele llamar “una voz” y que gustan
de exponer sus opiniones en estos cambios de impresiones tan espontáneos. Por
lo demás, estas “voces” se sienten tan orgullosas
de su derecho de voto que, en ocasiones, como ocurrió el 2
de junio, “votan que sí y al mismo tiempo que no”. Pero
junto a estos idilios, se desata a veces, con toda la sublimidad de la tragedia,
la lucha propia de los grandes debates, lucha que no se libra en
palabras solamente desde la tribuna
de los oradores, sino en
la que toma parte también el coro de los
pactistas por medio de rumores, siseos, interrupciones, etc. Como es natural,
el drama termina siempre con la victoria de las virtuosas derechas y
se decide casi siempre con la petición de ¡a votar!, formulada por el
ejército conservador.
78
En la sesión del 2 de junio, el señor Jung dirigió
una interpelación al ministro de Asuntos Exteriores con motivo del tratado de
negocios comunes con Rusia. Es sabido que ya en 1842 la opinión pública
obligó a suspender estos negocios comunes, que sin
embargo se reanudaron bajo la reacción de 1844.
Y es sabido asimismo cómo la reacción rusa castigó a latigazos o desterró a
Siberia a los culpables.
Como es también sabido cuáles son los deseados pretextos que encuentra la extradición condicionada
de los delincuentes y vagabundos comunes para entregar en manos de los rusos a
los asilados políticos.
El señor Arnim, ministro de Asuntos Extranjeros, replicó:
Seguramente
que nadie tendrá nada que
objetar en contra de
que sean entregados los desertores, ya que es
normal que los Estados amigos se auxilien mutuamente.
Tomamos nota de que, a juicio de nuestro ministro, Rusia y Alemania son “ Estados amigos”. Claro está
que las masas de tropas concentradas por Rusia junto al Bug
y el Niemen no persiguen precisamente la finalidad de liberar a la
“amiga” Alemania, lo antes posible, de los tormentos de la revolución.
El fallo acerca de la entrega de delincuentes se halla, por lo demás, en manos de los tribunales, lo que hace
que existan todas las garantías de que los acusados no sean entregados antes de
que finalice la investigación criminal.
El señor Arnim quiere hacer creer a la Asamblea que
son los tribunales prusianos quienes entienden
de los hechos atribuidos a los delincuentes. Todo lo contrario. Las autoridades judiciales rusas o ruso-
polacas envían a las prusianas un fallo en el que se declara al fugitivo en
estado de acusación. Los tribunales prusianos se limitan a indagar si las actas
que allí figuran son auténticas y, en caso afirmativo, se lleva a cabo la
entrega del reo. Ello hace que existan “todas las garantías” de que el gobierno ruso maneja como quiere a sus jueces para que los acusados de delitos políticos sean puestos
en sus manos, cargados de cadenas prusianas.
79
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35 Debates sobre el pacto: así
llamaban Marx y Engels a
los debates sostenidos en las sesiones de la Asamblea
Nacional prusiana de Berlín en mayo de 1848 y encaminados a
elaborar una Constitución “mediante un pacto con la Corona” Marx y
Engels llamaban, en ocasiones, a esta Asamblea “Asamblea del Pacto” y, en
consecuencia, consideraban, y así los llamaban, a los diputados unos
“capituladores”.
36 Véase supra, nota 19.
Y no es necesario pararse a demostrar, pues se entiende por sí mismo, que nunca son entregados los
propios súbditos.
Diremos al señor barón feudal Von Arnim que no
puede tratarse, desde luego, de “los propios súbditos”, por la sencilla razón
de que en Alemania no existe ya ninguna clase de “súbditos”, puesto que el
pueblo ha sabido emanciparse, luchando en las barricadas.
“¡Los propios súbditos!” Nosotros, que elegimos
nuestros parlamentos y sujetando a los reyes y emperadores a la ley
soberana, difícilmente podemos ser “súbditos” de Su Majestad, el rey
de Prusia.
“¡Los propios súbditos!” Si la Asamblea tuviera al
menos una chispa de orgullo revolucionario, ese
orgullo al que debe su existencia, habría llamado la atención del servil ministro, desde la tribuna y ante
el escaño ministerial con un grito de protesta y de indignación. Pero no, ha
dejado pasar tranquilamente esa expresión vergonzosa sin manifestar la menor
reclamación.
80
El señor Rehfeld ha interpelado al señor Hansemann
con motivo de las renovadas compras de lana a la Sociedad marítima37 y de
las ventajas ofrecidas a los comerciantes ingleses en detrimento de los
alemanes. La industria de la lana, oprimida
por la crisis general, tenía ocasión de haber obtenido, por
lo menos, un pequeño proteccionismo en las compras a los precios bajos de
este año. Pero, en vez de ello, la Sociedad marítima hizo subir los
precios con sus enormes compras. Y, al mismo tiempo, se ofrece el descuento de buenas letras de cambio sobre Londres para facilitar sus compras a los clientes
ingleses, medida ésta que servirá para elevar los precios de la lana, al atraer
a nuevos compradores, brindando a éstos una importante ventaja sobre los del
país.
La Sociedad marítima es herencia de la monarquía
absoluta, que se valía de ella para todos los fines
posibles. Durante veinte años hizo ilusoria la ley de deudas del Estado de 1820,38 mezclándose de una
manera muy desagradable en los asuntos del comercio y la industria.
La cuestión promovida por el señor Rehfeld tiene, en el fondo, poco interés para la democracia. Se trata
aquí de unos cuantos miles de táleros de ganancia más o menos para los
productores de lana en una de las partes y para los fabricantes de artículos de
lana del otro lado.
Los productores de lana son casi todos ellos
grandes terratenientes, señores feudales de las Marcas, prusianos, silesianos y
de Posen.
Los fabricantes de artículos de lana son en su
mayoría grandes capitalistas, señores de la alta burguesía.
Por consiguiente, en lo que a los precios de la
lana se refiere, no se trata de intereses generales, sino de intereses de
clase; se trata de saber si la alta nobleza de la tierra debe prevalecer sobre
la alta burguesía, o a la inversa.
81
El señor Hansemann, enviado al gobierno de Berlín
como representante de la alta burguesía, del partido ahora dominante, traiciona
sus intereses para favorecer a la nobleza de la tierra, que es el partido
derrotado.
Para nosotros, los demócratas, el problema tiene solamente el interés de ver que el señor Hansemann
se pone al lado del partido derrotado para apoyar no solamente a la clase conservadora, sino, más aún,
37 Se refiere a la “Sociedad prusiana de
comercio marítimo” fundada en 1772 como sociedad de crédito comercial y dotada
de una serie de importantes privilegios de Estado. Esta sociedad puso a
disposición del gobierno grandes empréstitos, desempeñando así, de
hecho, el papel de su banquero y corredor. En 1810 las acciones y
obligaciones de la Sociedad se transformaron en títulos de deuda del
Estado, eliminándose así la forma de Sociedad. Mediante real orden del 17 de
enero de 1820, la Sociedad se convirtió en Casa de
finanzas y Banco del Estado prusiano, con lo que el
gobierno obtenía la posibilidad de burlar la ley vigente sobre la
deuda pública.
38 Ley
de la Deuda pública (1820): así se
llamaba al “Decreto sobre el tratamiento futuro que
debía darse a los títulos de la Deuda pública”,
establecido el 17 de enero de 1820 y en que se disponía que la aceptación
de empréstitos por parte del gobierno prusiano podría hacerse mediante la
comparecencia y la cogarantía de la futura Asamblea por estamentos del Imperio
y, asimismo, debía someterse a la administración de la Deuda en el
presupuesto anual.
a la clase reaccionaria. Y confesamos que no habríamos esperado esto de un burgués como Hansemann.
El señor Hansemann comenzó
asegurando que no era amigo de la
Sociedad marítima, para añadir luego:
No es posible sacrificar de golpe tanto los
negocios de compra de la Sociedad marítima como sus
fábricas. En lo tocante a la compra de lana existen tratados con arreglo a los cuales, durante el año actual,
la Sociedad marítima se halla obligada a comprar una cierta partida de lana... y yo creo que, si en un año
cualquiera estas compras no perjudican al comercio privado, será precisamente
durante el año actual (¿)... porque los precios podrían, de otro modo, resultar
muy bajos.
Por todo el contexto de su discurso,
vemos que el señor Hansemann no se sentía muy
a gusto cuando hablaba. Se dejó inducir a complacer a los Arnim, a
los Shaffgotsch y los Itzenplitz en detrimento de los fabricantes laneros y
ahora se ve obligado a dar pasos en favor de la nobleza y en perjuicio de la
economía nacional. Y él mismo sabe mejor que nadie que, al hacerlo así, se burla de toda la Asamblea.
“No es posible abandonar de pronto los intereses de
los compradores en el comercio de la lana y los de sus fábricas.” Por tanto,
hay que dejar que la Sociedad marítima compre la lana y permita a sus fábricas
trabajar ventajosamente. Y si las fábricas de la Sociedad marítima no pueden
“abandonarse
de pronto”, tampoco se podrá, como es natural, desatender las ventas. Por tanto, la Sociedad marítima
seguirá llevando los artículos de lana al mercado y contribuirá con ello a
abarrotar todavía más el mercado de la lana y a hacer que bajen los precios, ya de suyo presionados.
En una palabra, se actuará a favor de los terratenientes de
las Marcas, etc., para ayudarlos a vender su lana, aunque con ello se
acentúe todavía más la presente crisis comercial
y se ahuyente a los clientes con que todavía cuentan
los fabricantes de tejidos de lana.
82
Por lo que se refiere a la historia inglesa de las letras de cambio, el señor Hansemann ha hablado largo
y tendido sobre las enormes ganancias que ello reportaría a todo el país, si las guineas inglesas fueran
a parar a los bolsillos de los terratenientes aristócratas. Nosotros, por nuestra parte, nos guardaremos
mucho de estar de acuerdo con él. Y no comprendemos cómo el señor Hansemann ha podido sostener
seriamente sus argumentos.
En la misma sesión se discutió acerca de una comisión que debe nombrarse para los asuntos de Posen.
Pero de esto hablaremos mañana.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 7, 7 de junio de 1848]
LA CUESTIÓN DEL MENSAJE
COLONIA, 7 DE JUNIO. ASÍ, PUES, LA ASAMBLEA DE BERLÍN HA acordado dirigir al rey un mensaje39 para
dar al ministerio ocasión de exponer sus puntos de vista y de justificar sus
actos anteriores. No deberá tratarse de un mensaje de gracias al estilo de la
vieja Dieta, ni siquiera de un testimonio de
respeto: según el consejo del más ilustre de sus “responsables”, Su Majestad brinda la ocasión “mejor”
y “más pertinente” para poner los principios de la mayoría “en consonancia” con
los del gobierno.
Si, según esto, la persona del rey es
simplemente una pieza de intercambio — nos remitimos
una vez
más a las propias palabras del presidente del Consejo—, un signo de valor para negociar el verdadero
asunto, su persona no es, por ello, ni mucho menos, indiferente en cuanto a la
forma del debate. En primer lugar, los representantes de la voluntad del pueblo
se pondrán directamente en relación con la Corona, de donde puede fácilmente
deducirse que el debate en torno al mensaje podría implicar el reconocimiento
de la teoría del pacto40 y la renuncia a la soberanía del pueblo. Pero, en
segundo
término, no será posible hablar al jefe del Estado, a quien se debe mostrar respeto, como si se hablara
directamente a los ministros.
84
Habrá que expresarse con la mayor prudencia,
sugiriendo las cosas en vez de decirlas lisa y llanamente, y, en estas
condiciones, dependerá más bien de la decisión del gobierno el
que una suave censura se considere compatible con la permanencia del
ministerio en el poder. Los puntos difíciles,
en los que podrán manifestarse con mayor dureza las
contradicciones, no se tocarán, probablemente,
o sólo se aludirá a ellas superficialmente. El temor a una ruptura prematura con la Corona, que podría
llevar aparejadas consecuencias lamentables, cuando se plantee, se envolverá en un suave manto, con
la seguridad de que la discusión a fondo en torno a los problemas de detalle no
será evitada.
De este modo, se armonizarán el sincero
respeto a la persona del monarca o al principio monárquico en
general con la preocupación de llegar demasiado lejos, con el miedo a las
tendencias anárquicas, que brindará al gobierno inestimables ventajas en el debate sobre el mensaje, y el señor Camphausen
podrá con razón considerar esta ocasión
como “la mejor” y “la más indicada” para obtener
una fuerte mayoría.
Cabrá preguntarse, ahora, si los representantes del
pueblo estarán realmente dispuestos a que se les coloque en esta posición
sumisa y dependiente. La Asamblea Constituyente se ha comprometido ya mucho al
no pedir por su propia iniciativa cuentas a los ministros acerca de su Gobierno
provisional; ésta habría debido ser su primera tarea, y si se la ha convocado
tan pronto ha sido, al parecer, para que apoyara las medidas del gobierno en
torno a la voluntad popular indirecta. Lo cierto es que, después de
haberse reunido, la Asamblea Constituyente no parece tener más funciones que la
de “entenderse con la Corona acerca de una Constitución que se espera será
duradera”.
Pero, en vez de haber proclamado que su verdadera
misión era esa, la Asamblea se ha sometido a la humillación de que los
ministros la obligaran a aceptar un informe de rendición de cuentas. Es
sorprendente que ni uno solo de sus miembros se haya opuesto a la proposición
de constituir una Comisión del Mensaje, a la exigencia de que el gobierno “no
se presente ante la Cámara fuera de ocasiones especiales, más
que para responder a su gestión actual”. A pesar de que éste era el único
argumento de peso que podría oponerse al mensaje, ya que, en lo que a los otros
motivos se refiere, los ministros estaban plenamente en su derecho.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 8, 8 de junio de 1848]
39 Véase supra, nota 19.
40 Teoría del Pacto: la burguesía,
representada por Camphausen y Hansemann, trataba, mediante un pacto con la
Corona,
de justificar su traición a la revolución. Este pacto consistía en que la Asamblea Nacional prusiana, “manteniéndose en el terreno de la
legalidad”, se limitara en lo posible a la instauración de un orden
constitucional (véase supra, nota 35).
86
NUEVO REPARTO
DE POLONIA
[F. Engels]
COLONIA,
8 DE JUNIO. SÉPTIMO REPARTO DE POLONIA.41 LA NUEva línea de
demarcación del señor
Von Pfuel en Posen constituye un nuevo robo contra Polonia. Limita a menos de una tercera parte todo
el Gran Ducado que debe “reorganizarse” atribuyendo, con mucho, la
mayor parte de la Gran Polonia a la Confederación alemana. La lengua
y la nacionalidad polacas solamente se reconocen en una estrecha faja a lo
largo de la frontera rusa. Esta faja está formada por los círculos de Wreschen
y Pleschen y partes de los círculos de Mogilno, Wongrowic, Gnesen, Schroda,
Schrimm, Kosten, Fraustadt, Króben Krotoschin, Adelnau y Schildberg y todos los
del círculo: Buk, Posen, Obornik,
Samter, Birnbaum, Meseritz, Bomst, Czarnikau, Chodziesen, Wirsitz, Bromberg, Schubin e Inowroclaw,
todo ello por decreto del señor Von Pfuel, quedando así convertidos todos estos
lugares en territorio alemán. A pesar de que no cabe ni la menor duda de que
incluso en estos “territorios alemanes” la mayoría de sus habitantes habla el
polaco.
La vieja línea de demarcación daba a los polacos,
por lo menos, el Warta como frontera. La nueva
vuelve a limitar a una cuarta parte el territorio sujeto a reorganización. El pretexto para ello lo ofrece,
de una parte, “el deseo”
del ministro de la Guerra de excluir de la reorganización
los alrededores de la
fortaleza de Posen en un radio de tres a cuatro millas y, de otra parte, la petición de diversas ciudades,
como Ostrowo, etc., de ser anexionadas a Alemania.
87
Por lo que se refiere al
deseo del ministro de la Guerra, no puede ser más
natural. Después de robar a Polonia la ciudad y la fortaleza de
Posen, situadas diez millas más adentro del territorio polaco, se
afirma ahora, para poder disfrutar en paz de lo robado, el robo de una nueva zona de tres millas; zona
que conduce, a su vez, a toda una serie de lugares polacos, con
lo cual se afirma una excelente ocasión para ir
adelantando la frontera alemana cada vez más allá de la ruso-polaca.
En lo tocante a los apetitos anexionistas de las
ciudades “alemanas”, la cosa está del modo siguiente. Alemanes y judíos forman
en toda Polonia el tronco de los habitantes que se dedican a la industria y el
comercio; se trata de los descendientes de aquellos inmigrantes que huyeron de
su patria, empujados casi siempre por las persecuciones religiosas. Estos
pobladores han fundado ciudades en medio del territorio polaco y han
contribuido en el destino de Polonia en los últimos siglos. Estos alemanes y judíos, que constituyen la enorme minoría del país, tratan de aprovecharse de la situación
momentánea de éste para elevarse al poder. Apelan a su condición de alemanes,
aunque tienen tan poco de esto como los germano-americanos. El empeño por
incorporarlos a Alemania representa la
opresión lingüística y nacional de más de la mitad del Posen polaco y constituye precisamente aquella
parte de la provincia en que la insurrección nacional aparece representada con
mayor violencia y energía; nos referimos a los círculos del Bunk, Samter, Posen
y Obornik.42
41 Siete repartos de Polonia: se
hace referencia aquí a las tres divisiones polacas de
los años 1772,1792-1793 y, a la creación del Gran
Ducado de Varsovia por Napoleón en 1S07 y a los Acuerdos del Congreso de Viena
en 1794-1795, así como también a la anexión de la parte más importante del
Gran Ducado de Posen por parte de Prusia en 1848, sancionada
en cuatro etapas por la Dieta Federal y la Asamblea Nacional de
Fráncfort.
42 En el Gran Ducado de Posen estalló después
de la revolución de Marzo de 1848 una insurrección de los polacos por
su liberación nacional del yugo prusiano. En este movimiento
revolucionario participó por vez primera la masa de campesinos y artesanos cuya
dirección se hallaba en manos de individuos de la baja
nobleza polaca. Sin embargo, la aristocracia de la
nobleza no quiso aceptar la alianza con el
movimiento revolucionario-democrático de Polonia
y Alemania, optando por entenderse con el rey de Prusia. A
fines de marzo de1848 y a la vista del gran movimiento popular, el gobierno
prusiano prometió crear una Comisión encargada de la reorganización
nacional del Gran Ducado de Posen, que aseguraba a los polacos la creación de
un ejército nacional, la distribución de Polonia en, cargos
administrativos y de otras clases y el reconocimiento oficial de la
lengua polaca. El gobierno prusiano nombró como mandatario al general
Willisen, quien logró, recurriendo a promesas semejantes, cancelar la
Comisión de Jaroslaw y mover a los rebeldes a deponer las armas. Pero todas las
promesas hechas fueron vergonzosamente burladas. Ya el 14 de abril de
1848 ordenó el rey de Prusia la división del
Gran Ducado en una parte oriental polaca, y otra occidental, “alemana”, que no se hallaría sujeta a reorganización y se incorporaría directamente a la Confederación alemana.
El real decreto del 26
de abril excluía de la organización a otros
territorios. Provocados por estas medidas y por los
88
El señor Von
Pfuel declara que considerará definitiva la nueva frontera tan
pronto como el ministerio la haya ratificado. No habla ni de una
asamblea de habitantes para apoyar el acuerdo ni de las asambleas nacionales
alemanas, que tienen derecho a decir su palabra cuando se trata de fijar las
fronteras de Alemania. Pero, aunque el ministerio y las partes que median en el acuerdo y la Asamblea
de FRANCFORT puedan ratificar la decisión del señor Von Pfuel, la línea de
demarcación no sería “definitiva” mientras no la ratifiquen otras dos potencias, que son el pueblo alemán y el pueblo polaco.
[Neue Rheinische Zeitungynúm. 9, 9 de junio de 1848]
constantes abusos de las tropas prusianas, los
rebeldes reanudaron la lucha y alcanzaron cerca de Miloslaw una victoria
sobre las tropas prusianas, aunque hubieron de rendir sus armas ante la gran superioridad de fuerzas, el 9 de mayo de 1848. El sucesor de
Willisen, general Von Pfuel, persiguió por
medios más brutales a los insurrectos del movimiento de guerrilleros. Después de la
sangrienta represión de los polacos, en los meses siguientes fue desplazada
hacia el Este la línea de demarcación, hasta que los territorios adjudicados a
Prusia representaban tres cuartas partes del ámbito del Gran Ducado de Posen. De este modo, lejos de
implantar la prometida reorganización, Prusia se adjudicó nuevos territorios
polacos.
89
COLONIA, 9 DE JUNIO. SEGÚN INFORMAN PERIÓDICOS ALEMANES, el señor Camphausen ha
pronunciado ante sus pactistas, el 6 del corriente, un discurso en el que se vuelca su corazón
rebosante.
Este discurso, más que brillante, era un desbordamiento de lo más profundo de su corazón, y en él recuerda
a San Pablo allí donde dice: “Y al hablar en lenguaje de hombres y de ángeles,
si no me moviera el amor no sería más que un bronce resonante”. Su discurso
estaba lleno de aquel movimiento sagrado a que llamamos amor... era un entusiasta
hablando a gente
entusiasmada ... la ovación parecía interminable
... y fue necesario que mediara una larga pausa para poder entregarse al
entusiasmo y asimilarlo.43
¿Quién era el héroe exaltado en este discurso
rebosante y amoroso? ¿Cuál era el tema que tanto exaltaba al señor Camphausen,
hablando como un entusiasta a gente entusiasmada? ¿Quién era el Eneas de esta
Eneida44 del 6 de junio?
90
¿Quién podía ser sino el príncipe de Prusia?
Leamos en la versión taquigráfica45 cómo este
poeta, que es el presidente del Consejo, describe los viajes y aventuras
del moderno hijo de Anquises; cómo, al llegar el día
en que la sagrada
Ilion se hundió, Y con él Príamo, rey del
pueblo diestro con la lanza,46
cómo, después de caer la noble Troya, tras largos devaneos por tierra y por mar, hasta llegar por último
a las playas de la moderna Cartago y ser amistosamente recibido por la reina Dido, y cómo le fue mejor
que a Eneas I, al encontrar a un Camphausen, quien se encargó de restaurar lo
mejor posible a Troya y de descubrir de nuevo el sagrado “terreno
jurídico”; de cómo Camphausen devolvió por fin a Eneas a sus
penates y de cómo de nuevo reina la paz en los campos de Troya.47 Todo
esto, adornado con incontables galas poéticas, hay que leerlo para darse cuenta
de lo que significa el hecho de que un entusiasta hable a gente entusiasmada.
Por lo demás, toda la epopeya sirve al señor
Camphausen solamente como pretexto para entonar un ditirambo a su propia
persona y a sus ministros.
Sí —exclama—, hemos creído que corresponde al
espíritu del régimen constitucional el que nosotros
ocupemos el lugar de una alta personalidad, el que nosotros nos erijamos en el lugar de las personalidades
contra las que
van dirigidos todos los ataques... así ha
acontecido. ¡Nos hemos convertido en el escudo de
la dinastía, atrayendo sobre nosotros todos los peligros y todos los ataques!
91
¡Magnífico homenaje a la “alta personalidad” y a la
“dinastía”! Sin el señor Camphausen y sus seis
paladines, estaría perdida la dinastía. ¡El señor Camphausen, para hablar así, tiene que considerar a la
casa de los Hohenzollern como una “dinastía vigorosa y
profundamente arraigada en el pueblo” ¡ ¡No cabe duda
de que el señor Camphausen hablaría “con menos
entusiasmo a gente entusiasta” si no “se sintiera rico
de ese sagrado movimiento que llamamos amor” o si se hubiera limitado
simplemente a
43 Kölnische Zeitung, núm. 161, del 9 de junio de 1848.
Kölnische Zeitung: diario que con este título se publicó en la ciudad
de Colonia desde 1802. Durante la década del treinta y comienzos de la del
cuarenta, se postulaba como defensor de la Iglesia católica contra el
protestantismo imperante en los territorios prusianos. En 1848-1849
reflejaba la cobarde y traidora política de la burguesía liberal prusiana y
proclamaba, además, una lucha a muerte contra la Nueva Gaceta
Renana.
44 De acuerdo con la mitología griega, uno de los defensores de
Troya, hijo de Anquises y de la diosa Afrodita.
Fue puesto a salvo durante la conquista y el saqueo de
Troya por los dioses. La Eneida es el relato de
las peregrinaciones de Eneas, poema heroico de Virgilio.
45 Véase supra, nota
46 De la Ilíada, de Homero.
47 El príncipe de Prusia era uno de los
dirigentes de la camarilla reaccionaria de la corte, principal responsable de
los excesos cometidos por la tropa contra la
población de Berlín antes del 18 de marzo de 1848; por miedo al pueblo, huyó hacia Inglaterra. Su palacio fue declarado propiedad nacional. Sin embargo, el ministerio Camphausen abogó ya a evolúo de mayo en favor de la
restitución de dicho bien, sin preocuparse para nada de las protestas de la
indignada población de Berlín. El 8 de junio, el “príncipe de los
cartuchos” apareció ante la Asamblea Nacional prusiana como diputado del
círculo de Wirsitz.
dejar hablar a su Hansemann, quien se contenta con ser un “bronce resonante”, y a la dinastía le habría
ido mucho mejor con ello!
¡Pero yo, señores, no digo esto con retador orgullo, sino con la
humildad nacida de la conciencia de que la
alta misión que nos habéis asignado sólo podrá cumplirse si el espíritu de
la Gracia y de la Conciliación desciende
también sobre esta asamblea, si además de vuestra justicia nos favorecéis con
vuestra indulgencia!
El señor Camphausen tiene razón en invocar para sí de la Asamblea la gracia y la indulgencia que tanto
necesita él mismo de su público.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 10, 10 de junio de 1848]
92
COLONIA EN PELIGRO
[F. Engels]
COLONIA,
10 DE JUNIO. HA LLEGADO LA PASCUA, LA AMABLE FIESta; verdean los campos,
florecen los árboles48 y, donde quiera que hay gente incapaz de distinguir
el dativo del acusativo, se disponen a derramar en un día sobre todos los
países el Espíritu Santo de la reacción.
El momento está bien elegido. En Nápoles, los
tenientes de la guardia y los lansquenetes suizos han conseguido ahogar la
recién nacida libertad en la sangre del pueblo.a En Francia, una asamblea
republicana de capitalistas aprieta las tuercas de las leyes draconianas y
nombra comandante de Vincennes al general Perrot, que el 23 de febrero ordenó
abrir fuego delante de la casa de Guizot. En Inglaterra e Irlanda se arroja a
las cárceles por montones a los cartistas 49 y los repealers,50 y
los dragones dispersan a quienes se congregan en mítines pacíficos. En
Fráncfort, es la misma Asamblea
Nacional la que se encarga de instaurar ahora el triunvirato51 propuesto por la difunta Dieta del Reino
y rechazado por el Comité de los Cincuenta. En Berlín, la derecha va triunfando
golpe tras golpe, por
la superioridad numérica y el tronar de los tambores, y el príncipe de Prusia, al instalarse de nuevo en
el edificio “propiedad de la nación”,52 declara que la revolución es un
cero a la izquierda.
aVéase supra, pp. 51-55
de este volumen.
93
Se concentran tropas en el Hessen renano; en torno
a FRANCFORT acampan los héroes que ganaron sus entorchados
combatiendo junto al lago contra los contingentes de
los voluntarios republicanos;53 Berlín
está cercado, Breslau está cercado, y en seguida
veremos qué aspecto presentan las cosas en la
provincia renana.
La reacción prepara un gran golpe.
Mientras se combate en el
Schleswig,54 mientras Rusia envía notas conminatorias y se concentran
trescientos mil hombres en tomo a Varsovia, la Prusia renana se ve inundada de tropas, a pesar de que
los burgueses de la Cámara parisina han vuelto a proclamar “¡la paz a toda
costa!”
94
En la Prusia renana, Maguncia y Luxemburgo se
hallan estacionados (según la Gaceta Alemana)55 catorce regimientos completos de infantería (el 13º, el 15º,* el 16º, el 17º, el 25º, el 26º, el 27ºo, el 28º,
el 30º, el 34º, el 35º, el 38º, el 39ºy el 40º), es decir, la tercera parte de
toda la infantería prusiana de línea y de la guardia
(43 regimientos). Una parte de estas fuerzas se halla totalmente en
pie de guerra y las restantes han sido reforzadas mediante la movilización
de la tercera parte de las reservas. Están
48 Palabras iniciales del poema de Goethe, Reinecke Fuchs.
49 Cartistas: representantes del
movimiento revolucionario, aunque no socialista, de los obreros ingleses
en el periodo de 1836 a 1848, años a lo largo de los cuales lucharon
por la implantación de la “Carta del pueblo” (Peoples Charter), cuyas reivindicaciones
se encaminaban a la democratización del Estado inglés, en oposición a la
burguesía y la aristocracia de Gran Bretaña, que acabaron por imponerse a
este prolongado movimiento de la clase trabajadora inglesa.
50 Nombre derivado de Repeal of
Union (“Supresión de la Unión”). Eran los partidarios de que se
revocara la unión de Irlanda
a Inglaterra, implantada en 1801, después de aplastada
la sublevación irlandesa de 1798 y que había destruido los últimos restos de
independencia nacional de Irlanda. La consigna del Repeal era en
los años veintes una de las más populares
del movimiento irlandés de liberación nacional. En 1840, los defensores del movimiento irlandés de independencia, dirigidos por el liberal inglés O’Connell,
crearon una organización, la “Repeal Association”, para luchar por la
independencia de Irlanda.
51 El Comité de los Cincuenta rechazó la
propuesta de la Dieta Federal de instituir un Directorio de tres personas como
poder central provisional de la Confederación germánica. En junio de 1848,
una comisión elegida por la Asamblea Nacional de FRANCFORT formuló una propuesta análoga. Por fin, la Asamblea acordó, el 28 de junio de ese año, crear un Gobierno provisional formado
por el regente del Imperio y los miembros del gabinete ministerial.
52 Después de la huida del príncipe prusiano (véase nota 47), durante la revolución de Marzo, los trabajadores armados pusieron
en el Palacio real de
Berlín un cartel que
decía: “Propiedad de la nación”
53 En abril de 1858 fue reprimido en Badén un
levantamiento republicano encabezado por los demócratas Hecker y Struve.
El área principal del movimiento fueron los lugares cercanos al Lago de
Constanza y a la Selva Negra.
54 Véase supra, nota 23.
55 Deutsche Zeitung: diario
liberal-burgués que abogaba por un régimen monárquico
constitucional y la unificación prusiana de Alemania. Este diario
circuló de 1847 a 1848 bajo la dirección del historiador Gervinus.
aquí, además, tres regimientos de ulanos, dos de
húsares y uno de dragones, y se espera en poco tiempo la llegada de un
regimiento de coraceros. A esto hay que añadir la mayor parte de la 7ay la
8abrigadas de artillería, de las cuales la mitad por lo menos está ya movilizada (el número de caballos
se ha elevado de 19 a 121 por batería de a pie o de dos a ocho cañones tirados
por caballos). Se ha formado además una tercera compañía con destino a Maguncia y Luxemburgo. Estas tropas cubren un
gran arco que va desde Colonia y Bonn,
pasando por Coblenza y Tréveris,
hasta la frontera de Francia
y Luxemburgo. Todas las fortalezas han
sido artilladas, los fosos empalizados y talados los árboles
de las explanadas delante de los parapetos, en la línea de fuego de los
cañones.
* Esto no es enteramente exacto. Una parte del
regimiento 13º y todo el 15º se hallan en Westfalia, aunque por
ferrocarril pueden trasladarse a la Renania en unas cuantas horas.
¿Y cuál es el cuadro aquí, en la ciudad de Colonia?
Los fuertes de la plaza han sido artillados. Se han
aplanado las plataformas, se han limpiado las troneras, se han emplazado y
apuntado los cañones. Se trabaja diariamente en esto, desde las 6 de la mañana
hasta las 6 de la tarde. Se dice que, por las noches, para evitar el ruido, se
han sacado de la ciudad los cañones sobre ruedas envueltas en trapos.
Se están artillando las murallas que rodean la ciudad, y las obras, a partir de la Torre Bávara, llegan ya
hasta el bastión núm. 6, es decir, hasta la mitad del cerco amurallado. En el sector 1 se han emplazado
ya veinte cañones.
En el sector II (Puerta de Severino) se han colocado cañones sobre la puerta. No hay más que darles la
vuelta para enfilarlos sobre la ciudad.
95
La mejor prueba de que estos preparativos militares
que aparentan dirigirse contra un enemigo exterior, van dirigidos en
realidad contra la misma ciudad de Colonia, la tenemos en el hecho
de que aquí se han dejado en pie todos los árboles de las explanadas. En
previsión de que las tropas tengan
que salir de la ciudad y marchar sobre los fuertes, fortines, y, en cambio, podrían disparar sus bombas
y granadas sobre la ciudad, por encima de los árboles,
los morteros, obuses y cañones de veinticuatro
libras de los fuertes. Éstos quedan solamente a i 400 pasos de las murallas, lo que permite a los fuertes
disparar contra cualquier parte de la ciudad bombas que tienen un alcance de
4.000 pasos.
Veamos ahora las medidas tomadas directamente contra la ciudad.
Se está desalojando el arsenal situado frente al edificio del gobierno. Los fusiles se embalan
bonitamente en cajas, para no llamar la atención, y se llevan a los fuertes.
Se traslada a la ciudad, en cajas de fusiles, la munición de la artillería, para depositarla en lugares
protegidos de las bombas a lo largo de las murallas.
Mientras escribimos esto, se distribuyen entre la artillería fusiles con bayoneta, aunque es bien sabido
que la artillería, en Prusia, no está entrenada en el manejo de estas armas.
La infantería se halla ya, en parte, acuartelada en los fuertes. Y toda Colonia sabe que anteayer se
repartieron 5.000 cartuchos de gran potencia por cada compañía.
En previsión de un choque con el pueblo, se han adoptado las siguientes providencias.
A la primera señal de alarma, marchará sobre los fuertes la 7ª compañía artillera (de fortaleza).
La batería núm. 37 se emplazará también, cuando se
dé la señal, delante de la ciudad. Esta batería se halla ya, en previsión de
ello, totalmente equipada y en “plan de campaña”.
Las compañías de artillería 5ay 8apermanecerán por el momento en la ciudad. Estas compañías llevan
veinte granadas en cada avantrén.
Los húsares avanzarán desde Deutz hasta Colonia.
96
La infantería ocupará el Mercado Nuevo, la Puerta
de los Gallos y la Puerta de Honor para cubrir la retirada de la ciudad de
todas las tropas, marchando luego también ella hacia los fuertes.
Al mismo tiempo, los altos oficiales hacen cuanto
está de su parte para inculcar a las tropas el viejo odio prusiano contra
el nuevo orden de cosas. Ante la furia reaccionaria desatada,
nada más fácil que aprovechar el pretexto de un discurso en contra de los
agitadores y revolucionarios para desatar los más rabiosos ataques contra la
revolución y contra la monarquía constitucional.
Y, en medio de todo esto, jamás Colonia había estado más tranquila
que en estos últimos días. Fuera de un alboroto sin importancia
ante la casa del presidente del gobierno y de una refriega en el Mercado de la
Paja, no ha ocurrido en las últimas cuatro semanas nada que pudiera alarmar ni
siquiera a la Milicia Cívica. Por tanto, todas estas medidas no
responden a la más leve provocación.
Lo repetimos: a la vista de estas medidas, que de
otro modo serían completamente inexplicables, de las concentraciones
de tropas en torno a Berlín y a Breslau, que nos
han sido confirmadas por cartas, y del gran número de tropas que inundan
la provincia renana, tan odiada por los reaccionarios, no podemos dudar ni por
un momento de que la reacción prepara un gran golpe general.
Todo parece indicar que el estallido, aquí en
Colonia, ha sido fijado para el segundo día de Pascua. Se
difunde diligentemente el rumor de que en ese día “comenzará la danza”. Se
provocará un pequeño escándalo, el que sea, para que las tropas entren
inmediatamente en acción, amenazando con el
bombardeo de la ciudad, desarmando la Milicia Cívica
y encarcelando a los cabecillas; en una palabra, para
atropellarnos como se ha hecho ya con los de Maguncia y Tréveris.b
b Véase supra, p. 49.
Prevenimos seriamente a los obreros de Colonia contra esta celada que trata de tenderles la reacción.
Encarecidamente les pedimos que no den al partido de la vieja Prusia ni
el más mínimo pretexto para poner a Colonia bajo el despotismo de las
leyes de guerra. Les instamos a que dejen transcurrir en absoluta calma
los dos días de Pascua, haciendo fracasar así todo el plan de la
reacción.
97
Si damos a la reacción pie para atacarnos, estamos perdidos; nos sucederá lo que a los de Maguncia. Si
los obligamos a atacarnos y ellos se atreven realmente a lanzar el ataque,
tampoco los de Colonia vacilarán ni un momento en demostrar que están
dispuestos a dar su sangre y su vida en defensa de las conquistas del 18 de
marzo.
Postescrito. Acaban de cursarse las siguientes órdenes:
Se cancela la consigna dada para los dos días de Pascua (y que había sido cursada con toda solemnidad).
Las tropas permanecerán acuarteladas, y les dirigirán la
palabra los oficiales.
Las compañías artilleras de fortaleza y de trabajos
manuales recibirán a partir de hoy, además de la ración ordinaria de pan,
avituallamiento diario para cuatro días, lo que quiere decir que se les
avituallará de hoy en adelante con ocho días de antelación.
La artillería hará la instrucción
con fusil desde hoy a las siete de la tarde.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 11, 11 de junio de 1848]
98
EL DEBATE DE BERLÍN SOBRE LA REVOLUCIÓN
[F. Engels]
COLONIA,
13 DE JUNIO. POR FIN, LA ASAMBLEA DEL PACTO SE ha manifestado sin
ambages.56 Ha desautorizado la revolución y se ha manifestado en favor de
la teoría del pacto.57
La situación de hecho acerca de la cual debía pronunciarse era la siguiente:
El 18 de marzo, el rey prometió una Constitución,
introdujo la libertad de prensa con fianzas58 y, en
una serie de propuestas, se manifestó en el sentido de que la unidad de Alemania debía llevarse a cabo
mediante la absorción de Alemania por Prusia.
Tales fueron las concesiones del 18 de marzo, reducidas a su verdadero contenido. El hecho de que los
Berlineses se declararan contentos con estas concesiones y se congregasen ante el Palacio para dar las
gracias al rey, demuestra con palpable claridad la necesidad de la revolución
del 18 de marzo. Era necesario revolucionar no sólo al Estado, sino también a sus ciudadanos. Sólo en una sangrienta lucha
de liberación podían éstos despojarse de su condición de súbditos.
99
Fue el consabido “malentendido” el que provocó la
revolución. Y no cabe duda de que hubo un malentendido. El ataque de los
soldados, la prolongación de la lucha por espacio de dieciséis horas y la
necesidad en que se vio el pueblo de obligar a las tropas a replegarse,
demuestran sobradamente que el pueblo estaba completamente equivocado con
respecto a las concesiones del 18 de marzo.
Los resultados de la revolución fueron: de una
parte, el armamento del pueblo, el derecho de asociación, la soberanía del
pueblo, arrancada de hecho; de otra parte, el mantenimiento de la
monarquía y el ministerio Camphausen-Hansemann, es decir, el
gobierno de los representantes de la alta burguesía.
Así pues, la revolución llegaba a dos resultados
necesariamente contradictorios. El pueblo había vencido,
había conquistado libertades de carácter
claramente democráticas; pero el poder inmediato no estaba en sus
manos, sino en las de la gran burguesía.
En una palabra, la revolución no había terminado.
El pueblo había consentido la formación de un gobierno de grandes burgueses, y
los grandes burgueses revelaron inmediatamente sus tendencias ofreciendo una
alianza a la vieja nobleza prusiana y a la burocracia. Entraron en el
ministerio Arnim, Kanitz y Schwerin.
Por miedo al pueblo, es decir, a los obreros y
al sector democrático de la población, la alta burguesía, siempre
antirrevolucionaria, selló una alianza ofensiva y defensiva con la reacción.
Los partidos reaccionarios coaligados comenzaron su
lucha contra la democracia al poner en tela de
juicio la revolución. Se negó la victoria del pueblo;
se fabricó la famosa lista de los
“diecisiete militares muertos”59 y se hizo todo lo posible por
desacreditar a los combatientes de las barricadas. Pero las cosas no pararon
ahí. El gobierno reunió realmente a la Dieta que había sido convocada antes de
la revolución60 y construyó a posteriori el paso legal
del absolutismo a la Constitución. Con ello, negaba
56 Véase supra, nota
57 Véase supra, nota 40.
58 Los editores de
diarios políticos debían depositar una suma de
dinero como fianza para responder de que no se
publicaría en ellos nada que fuera desagradable a
las autoridades gubernamentales. Hasta la Ley de
prensa del año 1874, se mantuvo vigente en
Alemania este sistema de multas a la prensa que había sustituido el régimen de
la previa censura, suprimido en 1848.
59 Además de la cifra oficial de quince
soldados y dos suboficiales muertos, se sabía de bastantes más soldados caídos
en lucha, sepultados en secreto, tratando así de negar importancia a los
enfrentamientos del 18 de marzo.
60 Véase supra, nota 17.
en
redondo la revolución. Inventó, además, la teoría del pacto, con
la que volvía a negar la revolución, negando al
mismo tiempo la soberanía del pueblo.
100
Se ponía, pues, realmente en tela de juicio la existencia de la revolución, cosa que podía hacerse porque
ésta no era más que una revolución a medias, el comienzo de un largo movimiento
revolucionario.
No podemos entrar aquí a examinar por
qué y hasta qué punto la dominación momentánea de la alta
burguesía constituye en Prusia una fase necesaria de transición hacia la
democracia y por qué la alta burguesía se inclinó hacia la reacción
inmediatamente después de entronizarse en el poder. Nos limitamos, por el
momento, a registrar el hecho.
Ahora, la Asamblea del Pacto tenía que manifestar si reconocía o no la revolución.
Pero, en estas condiciones, reconocer la revolución
equivalía a reconocer el lado democrático de la revolución, frente a la alta
burguesía, que trataba de confiscarla.
Reconocer la revolución
significaba cabalmente, en este momento, admitir
que la revolución se había
llevado a cabo a medias, reconociendo por tanto el movimiento democrático, dirigido contra una parte
de los resultados de la revolución. Significaba reconocer que Alemania se halla
impulsada por un movimiento revolucionario, en el que el ministerio Camphausen,
la teoría del pacto, las elecciones indirectas, el poder de los grandes
capitalistas y los productos emanados de la Asamblea misma, aun pudiendo ser puntos
inevitables de transición, no son en modo alguno, los resultados finales.
Ambas partes llevaron el debate abierto en la Cámara en torno al reconocimiento de la revolución con
gran amplitud y gran interés, pero manifiestamente con poco ingenio. Resultaría
imposible leer algo más aburrido que estos difusos debates, interrumpidos a
cada paso por rumores o por sutilezas reglamentarias. En vez de las grandes
pasiones de la lucha de partidos, una fría tranquilidad de espíritu, que
amenaza con caer a cada paso en el tono de la plática; en vez del tajante filo
de la argumentación, una prolija y confusa cháchara sobre minucias; en vez de
una respuesta categórica, aburridas prédicas éticas sobre la naturaleza y la
esencia de la moral.
101
Tampoco la izquierda se ha distinguido gran cosa en
este debate.61 La mayoría de sus oradores se repiten unos a otros; ninguno
se atreve a ir directamente al problema y a manifestarse abiertamente en un
sentido revolucionario. Todos temen escandalizar, herir, espantar. Mal estarían
las cosas en Alemania si los combatientes del 18 de marzo no hubiesen dado
pruebas de mayor energía y pasión en la lucha que los señores de la izquierda
en su debate.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 14, 14 de junio de 1848]
Colonia, 14 de junio. El diputado Berends, de Berlín, inició el debate, con la presentación de la siguiente propuesta:
La Asamblea, reconociendo la revolución, declara
que los combatientes del 18 y 19 de marzo han merecido el bien de la patria.
La forma de la propuesta, el lacónico estilo
arcaico romano, hecho suyo por la gran Revolución francesa, eran perfectamente
adecuados. Más inadecuada resultaba, en cambio, la manera como el señor Berends desarrolló su propuesta. Su modo
de expresarse no era el de un revolucionario, sino el
de un conciliador. En vez de dar rienda suelta a la cólera de los combatientes
de las barricadas injuriadas ante una asamblea de reaccionarios, hablaba como un profesor tranquilo y seco en su clase,
como si siguiese dando cátedra en la Asociación de artesanos de Berlín. Para
defender una causa perfectamente simple y clara, empleaba el lenguaje más
embrollado del mundo.
61 Formaban parte de la izquierda en la
Asamblea Nacional prusiana, entre otros, Waldeck, Jacoby, Georg Jung y J.
Berends. La Nueva Gaceta Renana criticaba con frecuencia su
actitud vacilante, animándola a proceder con mayor energía y a recurrir a
la lucha extraparlamentaria.
El señor Berends comenzó diciendo:
102
[Señores!: el reconocimiento de la revolución se
halla implícito en la naturaleza misma de la cosa (¡). Nuestra misma Asamblea
es un reconocimiento formal del gran movimiento que ha
sacudido a todos los países civilizados de
Europa. La Asamblea ha salido de esta revolución;
su misma existencia es, por tanto, de hecho, el
reconocimiento de la revolución.
Primero. No se trata, en modo alguno, de reconocer
como un hecho, en general, “el gran movimiento que ha sacudido a todos los
países civilizados de Europa”, pues esto sería superfluo e inoperante. Se
trata, concretamente, de reconocer como una verdadera y auténtica revolución
la lucha librada en las calles de Berlín, que se pretende
presentar como una simple revuelta.
Segundo. Es cierto que la Asamblea de Berlín
constituye, en un aspecto, un “reconocimiento de la
revolución” por cuanto que, de no haber mediado la lucha en las calles de
Berlín, no tendríamos una Constitución
“pactada”, sino, cuando más, una Constitución
otorgada. Pero, por el modo como ha sido
convocada y por el mandato recibido por ella de la Dieta
Unificada y del ministerio, estamos también ante una repulsa de la revolución. Una Asamblea “fundada en la revolución” no pacta, sino que decreta.
Tercero. La Asamblea había reconocido ya la teoría
del pacto en su voto de respuesta al Mensajeay
había negado ya la revolución en su voto en contra del desfile hacia la tumba de los caídos.62 Ha negado
la revolución, al “coexistir” con la Asamblea de Fráncfort.
A Véase supra, pp. 83-85 del presente volumen.
Por tanto, la propuesta del señor Berends había sido ya rechazada de hecho por dos veces. Y con tanta
mayor razón tenía que ser derrotada ahora en que se llamaba a la Asamblea a
pronunciarse abiertamente.
103
Siendo la Asamblea, como lo era, reaccionaria, y
sabiéndose a ciencia cierta que el pueblo nada podía
esperar de ella, la izquierda estaba interesada en que la minoría que
votara en favor de la propuesta fuese lo más reducida posible
y sólo incluyera a los miembros más resueltos.
El señor Berends no tenía, pues,
por qué inquietarse. Debía actuar del modo más resuelto y más revolucionario
que fuera posible. En vez de aferrarse a la ilusión de que la Asamblea era y
quería ser una Asamblea constituyente, una Asamblea que se
mantenía sobre el terreno de la revolución, tenía que haberle hecho
saber que ya había renegado indirectamente de la revolución e invitarla a que
lo hiciera abiertamente.
Pero ni él ni los oradores de la izquierda
siguieron esta política, la única adecuada al partido democrático. Se dejaron
llevar por la ilusión de que podrían convencer a la Asamblea de dar un paso
revolucionario. Hicieron, por tanto, concesiones, suavizaron su lenguaje, hablaron de reconciliación y ellos
mismos negaron así la revolución.
En seguida, el señor Berends comienza a hablar,
con fría mentalidad y en lenguaje bastante opaco, de las revoluciones
en general y de la revolución Berlinesa en particular. Y, al hilo
de sus disquisiciones, entra a examinar la objeción de que la
revolución era innecesaria, ya que el rey se había mostrado
de antemano de acuerdo con todo. He aquí su respuesta:
Es cierto que Su Majestad el Rey se
había mostrado de acuerdo con muchas cosas... pero ¿se
daba con ello satisfacción a la voluntad del
pueblo? ¿Y se nos daba a nosotros la garantía de que
aquella declaración se convirtiera en realidad? Yo creo que esta
garantía... ¡sólo la tuvimos después de la lucha!... Está
demostrado que semejante transformación del Estado sólo puede surgir y establecerse firmemente en las
grandes catástrofes de la lucha. El 18 de marzo aún no se había accedido a un
gran hecho: éste fue el armamento del pueblo...
Sólo al verse armado se sintió seguro contra la posibilidad de
malos entendidos
...La lucha es, por tanto (¡),
evidentemente, una especie de suceso natural (¡), pero un
suceso necesario ..., la catástrofe en que se hace realidad, en que se
hace verdad la transformación de la vida del Estado.
104
62 El 3 de junio de
1848, la Asamblea Nacional de Berlín rechazó por mayoría
de votos la propuesta de
unirse a la manifestación luctuosa organizada por los
estudiantes ante las tumbas de los caídos durante lo jornadas de marzo de 1848
en Berlín.
De esta larga y confusa disquisición, abundante en
redundancias, se desprende claramente que el señor Berends no
ve absolutamente nada claro en cuanto a los resultados y a la necesidad de la
revolución. Lo único que conoce de sus resultados es la
“garantía” de las promesas del 18 de marzo y el “armamento del
pueblo”; la necesidad de la revolución es construida por él por la vía
filosófica, transcribiendo una vez más la “garantía” en elevado estilo y
asegurando, por último, que ninguna revolución puede ponerse en práctica sin
revolución.
Decir que la revolución era necesaria sólo
significa, evidentemente, que lo era para alcanzar lo que ahora hemos
alcanzado. La necesidad de la revolución se halla en razón directa a sus
resultados. Y como el señor Berends no ve claro acerca de los
resultados, tiene que recurrir, naturalmente, a grandilocuentes aseveraciones
para construir su necesidad.
¿Cuáles fueron los resultados
de la revolución? Lejos de residir
en la “garantía” de lo prometido el 18
de marzo, residen, por el contrario, en haber echado por tierra estas promesas.
El 18 de marzo se había prometido una monarquía en la que seguirían empuñando el timón la nobleza,
la burocracia, los militares y los curas, pero consintiendo a la alta burguesía ejercer el control mediante
una Constitución otorgada y libertad de
prensa con fianzas.63 Para el pueblo, banderas alemanas,
una flota alemana y servicio militar obligatorio alemán, en vez de la bandera,
la flota y el servicio obligatorio alemán de Prusia.
La revolución derrocó a todos los poderes de la
monarquía absoluta, nobleza, burocracia, militares y curas. Elevó al poder
exclusivamente a la alta burguesía. Entregó al pueblo el arma de la libertad de
prensa sin fianzas, del derecho de asociación y, en parte al menos, también las
armas materiales, los mosquetes.
105
Pero todo esto no es tampoco el resultado
principal. El pueblo que ha peleado y vencido en las barricadas es un pueblo
completamente distinto del que el 18 de marzo desfiló ante el Palacio Real para
convencerse, gracias a los ataques de los dragones, de lo que significaban las
concesiones obtenidas. Este pueblo es capaz de cosas muy
distintas y mantiene muy otra actitud
ante el gobierno. La más importante conquista de la revolución
es la revolución misma.
Como Berlínés, puedo aseguraros que fue para
nosotros un sentimiento doloroso —(¡nada más!)—... ver cómo se
desdeñaba esta lucha... Hago mías las palabras del señor Presidente del Consejo
de Ministros, quien... decía que un gran pueblo y todos su representantes
debían contribuir con clemencia a la
reconciliación. Esta clemencia es la que yo invoco alproponer ante vosotros, como representante de Berlín,
el reconocimiento de las jornadas del 18 y el 19 de marzo. No cabe
duda de que el pueblo de Berlín, en su conjunto, se
ha comportado muy honrosa y dignamente durante todo el tiempo después de la revolución.
Puede ser que se hayan cometidoalgunosexcesos... Creo, portanto,
que es oportuno que la Asamblea declare, etc., etc.
A este cobarde final, en
que se niega, la revolución, sólo tenemos que añadir dos palabras:
después de semejante exposición de motivos, la propuesta presentada
merecía realmente fracasar.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 16, 16 de junio de 1848]
106
Colonia, 14 de junio. La
primera enmienda presentada en contra de la
propuesta de Berends debió su
fugaz existencia al diputado Brehmer. Era una
extensa y bien intencionada declaración, en
la que i) se reconocía la revolución, 2) se reconocía la teoría
del pacto, 3) se reconocía la actuación de cuantos habían contribuido al viraje
producido y 4) se reconocía la gran verdad de que
Ni caballos ni gigantes
Escalan la escarpada altura
Donde se entronizan los príncipes,64
63 Véase supra, nota 58.
64 Verso de una canción patriótica, de la cual se tomó la letra
para el Himno nacional de Prusia.
con lo que la revolución volvía a traducirse, a la postre, a un lenguaje auténticamente prusiano. El buen
señor maestro de enseñanza superior Brehmer quiso hacérselo
comprender a todos los partidarios,
pero éstos no quisieron saber nada de él. Su enmienda fue rechazada sin discusión, y el señor Brehmer
se retiró de la escena con toda la resignación de un filántropo decepcionado.
Pasó en seguida a la tribuna el señor Schulze (von
Delitzsch). El señor Schulze es también un admirador de la revolución, aunque
no admira tanto a los combatientes de las barricadas como a la
gente del día siguiente, a la que se suele llamar “el pueblo”, para distinguirla de aquellos combatientes.
La “actitud del pueblo después de la lucha” debe ser — así lo
desea él— objeto de especial reconocimiento. Su entusiasmo no conoció límites,
al oír hablar
de la moderación y la prudencia del pueblo, cuando
ya no tenía delante a ningún enemigo (¡)..., de la
seriedad del pueblo y su actitud conciliadora..., de su
posición ante la dinastía... Pudimos comprobar que el pueblo, en aquellos
momentos, era indudablemente consciente ¡¡de mirar directamente a la
Historia cara a cara!!
El señor Schulze no se
entusiasma tanto con la acción revolucionaria del pueblo en la
lucha como con su inacción absolutamente nada revolucionaria después de
ella.
Reconocer la magnanimidad del pueblo después de la
revolución sólo puede significar una de dos cosas:
o injuriar al pueblo; o sea, reconocerle como un
mérito el no haber cometido infamias después de
la victoria,
o reconocer que el pueblo se ha adormecido después
del triunfo de las armas, permitiendo que la reacción levante de nuevo la
cabeza.
Para “hermanar ambas cosas”, el señor Schulze expresa su “admiración exaltada
hasta el entusiasmo” porque el pueblo se comportara decorosamente y,
además, diera lugar a la reacción para ponerse de nuevo en pie.
La “posición del pueblo” consistió, según él, en “mirar directamente a la Historia, cara a cara”, lleno de
entusiasmo, en vez de hacerla él mismo; en no haber sido, a fuerza de
“posición”, “moderación y prudencia”, “seriedad” y “ actitud conciliadora”,
capaz de impedir que los ministros fuesen escamoteando, trozo a trozo, las
libertades por él conquistadas; en haber dado por terminada la
revolución, en vez de llevarla adelante. ¡Cuán de otro modo se comportaron los vieneses, al descargar
golpe tras golpe contra la reacción, logrando conquistar así una Dieta Constituyente, en
vez de una Dieta Unificada!65
Por tanto, el señor Schulze (von Delitzsch) reconoce la revolución bajo la condición de no reconocerla.
Fue premiado, por tanto, con un aplauso resonante.
Tras una breve negociación intermedia
reglamentaria, sube a la tribuna el señor Camphausen en
persona. Hace notar que, ante la propuesta
presentada por Berends, “la Asamblea debe pronunciarse
acerca de una idea, emitir un juicio”. Para el señor Camphausen, la revolución es solamente una “idea”. Deja,
por tanto, al criterio de la Asamblea el hacerlo o no. En cuanto al fondo mismo
del asunto, cree que “tal vez no haya existido nunca una diferencia de
opiniones importantes”, a tono con el hecho generalmente conocido de que,
cuando dos alemanes discuten, están, en el fondo, de acuerdo.
108
Si se trata de repetir que... hemos entrado en un
periodo que habrá de traer como consecuencia las más importantes
transformaciones —[lo que quiere decir, lógicamente, que aún no las ha traído]—
nadie estará más de acuerdo con ello que yo.
Pero si, por el contrario, se quiere expresar que el Estado y el poder público han perdido su razón jurídica
de ser, que se ha producido un derrocamiento, por la fuerza, del Estado
existente..., tengo que protestar contra semejante interpretación.
65 Bajo la
presión del movimiento popular, el emperador austriaco Francisco I
se vio obligado a reconocer a la Dieta
del Imperio austriaco poderes propios de una Asamblea constituyente.
Hasta ahora, el señor Camphausen había considerado
siempre como su gran mérito el haber reanudado el hilo roto de la legalidad;
ahora afirma que ese hilo no se había roto nunca. No importa que los hechos
mismos lo desmientan; el dogma de la transmisión legal ininterrumpida del poder
desde Bodelschwingh hasta Comphausen no tiene por qué preocuparse de los
hechos.
Si se trata de dar a entender que nos encontramos
en los inicios de situaciones como las que conocemos de la historia de la
revolución inglesa del siglo XVII o de la revolución francesa del XVIII y que
acabarán poniendo el poder en manos de un dictador,
si se trata de eso, el señor Camphausen
tiene también que protestar. Como es natural, nuestro amigo reflexivo
de la historia66 no podía dejar pasar la ocasión de formular, con motivo
de la revolución Berlínesa, las reflexiones que los alemanes gustan de escuchar
y a las que son tanto más aficionados cuanto más las han leído en el libro de
Rotteck. La revolución Berlinesa no puede haber sido una revolución, entre
otras cosas porque, de haberlo sido, no habría tenido más remedio que engendrar
un Cromwell o un Napoleón, contra lo que protesta el señor Camphausen.
109
Por último, el señor Camphausen consiente a los
pactantes “expresar sus sentimientos en pro de las víctimas de
un funesto choque) pero hace notar que, esto, “mucho depende,
esencialmente, de la expresión” y desea que todo el asunto se someta a una
comisión.
Finalmente, después de un nuevo intervalo
reglamentario, sube a la tribuna un orador que sabe conmover los corazones y
las vísceras, porque va al fondo del problema. Se trata de Su Reverencia el
señor pastor Müller de Wohlau, quien
aboga en pro de
la enmienda de Schulze. El señor pastor “no va
a entretener mucho tiempo la atención de la Asamblea,
sino a tocar solamente un punto muy esencial”
Con
este fin, formula a la Asamblea la siguiente pregunta:
La propuesta nos lleva al terreno moral, y
sino la tomamos en su superficie [¿cómo podrá tomarse una cosa
en su superficie], sino en su profundidad [existe una profundidad vacía, como
existe una anchura vacía], no podremos por menos de
reconocer, por difícil que se nos haga esta consideración, que
se trata ni más ni menos que del reconocimiento moral de la insurrección, y
yo pregunto: ¿es una insurrección moral, o no lo es?
No se trata, pues, de un problema político de
partido, sino de algo infinitamente más importante: de un problema
teológico-filosófico-moral. La Asamblea no tiene por qué pactar con la Corona
una Constitución, sino un sistema de filosofía moral. “¿Es una insurrección
moral, o no lo es?” De eso depende todo. ¿Y qué contesta el señor pastor ante
la Asamblea, temblorosa de expectación?
¡¡Pero yo no creo que estemos en condiciones detener que resolver aquí este elevado principio moral!!
El señor pastor sólo ha entrado en el fondo del
asunto para declarar que no puede encontrar en él fondo alguno.
110
Muchos hombres de gran talento se han parado a meditar acerca de este problema, sin haber podido llegar
a ninguna solución precisa. Tampoco nosotros alcanzaremos esta claridad en el curso de un rápido debate.
La Asamblea queda como fulminada. El señor pastor le formula un problema moral, con tajante nitidez
y con toda la seriedad que el objeto reclama;
e inmediatamente después de formularlo, declara que el
problema es insoluble. Ante esta angustiosa situación, los pactantes debieron
sentir como si se hallasen ya, realmente, “en el terreno de la revolución”.
Pero todo esto no era más que una simple maniobra de la estrategia de cura de almas del señor pastor
para mover a la Asamblea a penitencia. El señor pastor tiene preparada la
gotita de bálsamo para depositarla sobre la herida de quienes sufren:
Creo que hay todavía otro punto que debe ser tenido en consideración: las víctimas del 18 de marzo
obraron en una situación que no les permitía adoptar una actitud moral [¡!].
66 Nuestro amigo reflexivo de la
historia: nombre irónico que Marx y Engels daban a Camphausen en
alusión al subtítulo de la obra Historia general
desde los inicios del conocimiento histórico hasta nuestros
días, el cual decía: “Para
los amigos reflexivos de la historia, redactada por Karl
von Rotteck”
Es decir, los combatientes de las barricadas eran irresponsables.
Pero, si se me pregunta si se
los considera dotados de un título moral, contestaré rotundamente que sí
Nosotros preguntamos si sería moral o inmoral elegir
la palabra de Dios para representar al país en Berlín, simplemente para aburrir
a todo el público por medio de una casuística moralizante.
El diputado Hofer protesta contra todo el asunto, en su calidad de campesino pomeranio.
¡Pues ¿quiénes eran los militares? ¿No eran
nuestros hermanos y nuestros hijos? Piensen ustedes qué
impresión producirá cuando el padre, a la orilla
del mar [po more, junto al mar, es decir, en la Pomerania],
se entere de cómo han tratado aquí a su hijo!
111
Los militares pueden haberse comportado como mejor
creyeran, pueden haberse prestado a ser
instrumento de la más infame de las tradiciones: no importa, eran nuestros muchachos pomeranios y,
por tanto, ¡tres vivas en su honor!
El diputado Schultz, de Wanzleben:
señores, hay que reconocer lo que hicieron los Berlineses. Su heroísmo no tuvo
límites. Lo único a que no pudieron sobreponerse fue al miedo a los cañones.
Pero, ¿qué significa el miedo a ser destrozados por
las granadas, cuando se piensa, frente a esto, en el peligro de
verse condenados a deshonrosas penas como causantes de
desórdenes callejeros? ¡El valor que supone haber hecho
frente a esta lucha es tan sublime, que ante él ni siquiera puede tomarse en
cuenta para nada el de enfrentarse a las bocas de los cañones!
Por tanto, los alemanes no hicieron la revolución antes de 1848, por miedo al comisario de policía.
El ministro Schwerin interviene
para declarar que dimitirá si se aprueba la proposición presentada por Berends.
Elsner y Reichenbach se pronuncian en contra de la enmienda de Schulze.
Dierschke hace notar que debe reconocerse a la
revolución porque “la lucha de la libertad moral aún no ha terminado” y porque
la Asamblea ha sido “convocada también por la libertad moral”.
Jacoby reclamó “el reconocimiento total de la revolución, con todas sus consecuencias”. Su discurso
fue el mejor de cuantos se pronunciaron
en toda la sesión.
Por último, y al cabo de tanta moral,
de tanto hastío, de tanta indignación y conciliación, nos produce
alegría ver subir a la tribuna a nuestro Hansemann. Vamos a
escuchar, por fin, algo decisivo, algo con pies y cabeza; pero no, pues también
el señor Hansemann habla hoy en términos de mediación y
conciliación. Y tiene sus razones para hacerlo así quien
como él no hace nada sin su cuenta y razón. Ve
que la Asamblea vacila, que la votación se muestra insegura, que aún no se
encuentra la enmienda adecuada. Trata de que el debate se aplace.
112
Para lograrlo, apela a todas sus fuerzas con el fin
de expresarse en los términos de mayor suavidad posible. El hecho está allí, es
indiscutible. Lo que pasa es que unos lo llaman “revolución” y otros lo
califican de “grandes hechos”. No debemos
olvidar que aquí no se ha producido una revolución,
como en París o como antes en Inglaterra, sino que ha mediado una transacción
entre la Corona y el pueblo [¡una curiosa transacción, con granadas y balas de
fusil!]. Precisamente porque nosotros [los ministros] no tenemos, en cierto
sentido, nada que objetar contra la esencia del asunto, debiendo,
en cambio, elegir con cuidado la expresión, de modo que permanezca en pie,
dentro de lo posible, la base del gobierno sobre la que nos mantenemos,
precisamente por ello, debe ser aplazado el debate, para que los ministros puedan deliberar.
¡Cuánto trabajo tiene que haberle costado a nuestro
Hansemann emplear palabras como éstas y
reconocer que “la base” sobre la que se mantiene el gobierno es tan débil, que puede echarla por tierra
una simple “expresión”!
Lo único que le resarce es el placer de poder
convertir de nuevo el asunto en una cuestión de gabinete.
El debate quedó, por tanto, aplazado.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 17, 17 de junio de 1848]
Colonia, 14 de junio. Segundo día. El
debate se reanuda nuevamente con largas disquisiciones
parlamentarias. Ventiladas éstas, sube a la tribuna
el señor Zacharia. Presenta la enmienda llamada
a
sacar a la Asamblea del atolladero. Se ha encontrado, por fin, la gran consigna ministerial, que dice así:
113
Teniendo en cuenta
que es indiscutible [¡!] la alta significación de
los grandes acontecimientos de marzo, a los que, en unión de la
aquiescencia constitucional [que fue también un “acontecimiento de marzo”,
aunque no “grande”], debemos agradecer el actual estado de derecho
constitucional, y considerando, además, que no es misión de la Asamblea emitir
juicios [lejos de ello, la Asamblea debe reconocer que carece de juicio],
sino armonizar la Constitución con la Corona, la Asamblea
decide pasar al orden día.
Esta confusa y precaria proposición, que dobla el
espinazo hacia todos lados y de la que el señor
Zachariä se jacta diciendo que “todo el mundo, incluso el señor Berends, encontrará en ella todo cuanto
haya podido proponerse” en el buen sentido en que ha sido presentada por él la propuesta, esta amarga
papilla es, por tanto, “la expresión” “sobre la que se mantiene” y puede
mantenerse el ministerio Camphausen.
El señor pastor Sydow, de Berlín, sube también a la tribuna, estimulado por el éxito de su colega Müller.
La cuestión moral le da vueltas en la cabeza. Cree que puede resolver él lo que
no había logrado resolver Müller.
Permítanme ustedes, señores, expresar inmediatamente [después
que llevaba media hora hablando], desde este lugar, lo que mi sentimiento del
deber me impulsa a decir: si el debate sigue su curso, nadie podrá, en mi
opinión, callarse antes de haber cumplido con su deber de conciencia. (Aplausos)
Permítanme ustedes una observación de carácter
personal. Mi punto de vista acerca de la revolución es que
[gritos de: “¡Al grano! ¡Al grano!] allí donde estalla una revolución, ésta es
solamente el síntoma de que ambas partes, gobernantes y gobernados, son culpables. Y esto
[es decir, esta vulgaridad, la manera más barata de liquidar el asunto]
constituye el alto criterio moral acerca del problema, y[¡] no nos adelantemos al juicio cristiano-moral de la nación. [¿Para
qué creen que están allí esos señores?] (Animación en la sala. Gritos de “¡Al
orden del día!”)
114
Pero yo, señores [sigue diciendo, impertérrito, el
campeón del alto criterio moral y del imprejuzgable
juicio cristiano-moral de la nación], yo no opino que no puedan llegar a presentarse
los tiempos en que el derecho de legítima defensa
política [¡] de un pueblo estalle con el empuje
de un acontecimiento natural, y si sucediera, entiendo que el individuo debe participar en
ese acontecimiento de un modo totalmente moral [¡Gracias a
la casuística, estamos salvados!] Y también, claro está, tal vez
de un modo inmoral, ¡¡eso depende de su conciencia!!
Los combatientes de las barricadas no tienen su
puesto en la llamada Asamblea Nacional, sino en el tribunal de la penitencia. Y
no hay más que decir.
El señor pastor Sydow sigue hablando y
explica que es hombre de “valor”, se manifiesta ampliamente
acerca de la soberanía del pueblo desde el punto de vista del alto criterio
moral, se ve interrumpido tres veces más por impacientes rumores y se vuelve a
su sitio con la alegre conciencia de haber cumplido con su deber moral. El
mundo sabe ahora qué piensa y qué no piensa el pastor Sydow.
El señor Plönnis declara que hay
que dejar la cosa en paz. Realmente, una declaración atormentada hasta el
cansancio mortal por tantas enmiendas y subenmiendas, por tantos debates y
minucias, carece ya de todo valor. El señor Plönnis tiene razón al pensar así.
Pero no podía hacer más flaco
servicio a la Asamblea que el de poner sobre el tapete este hecho, esta prueba de la cobardía de tantos
diputados de ambas partes.
El señor Reichensperger, de Tréveris:
No hemos venido aquí a construir teorías ni a decretar historia, sino,dentro de
lo posible, a hacerla.
¡Nada de esto! Al votar el orden del
día razonado, la Asamblea acuerda que su misión consiste,
por el contrario, en lograr que la historia no se haga. Lo
cual es también, después de todo, una manera de “hacer historia”.
115
Recordemos las palabras de Vergniaud: la revolución nace
para devorar a sus propios hijos.
¡Desgraciadamente, no! Nace más bien para ser devorada por ellos.
El señor Riedel ha descubierto que la propuesta de Berends, “no debe interpretarse exclusivamente por
lo que dicen las palabras, sino que envuelve una lucha de principios”. ¡Y
esta víctima del “alto criterio moral” es consejero, archivero áulico y
profesor!
De nuevo ocupa la tribuna un venerable señor
párroco. Es el señor Jonasyel predicador de las damas Berlinesas. Y
parece como si realmente hablara en la Asamblea a un auditorio de hijas de la
buena sociedad. Con toda la pretenciosa prolijidad de un auténtico discípulo de
Schleiermacher, el párroco predica una serie inacabable de los más vulgares lugares comunes sobre la importantísima diferencia
entre una revolución y una reforma. Por tres veces se ve interrumpido, antes de
poder terminar el preámbulo a su sermón; hasta que, por fin, pronuncia las
grandiosas frases siguientes:
La revolución es algo que contradice rotundamente a
nuestra actual conciencia religiosa y moral. Una revolución es un hecho que sin
duda pasaba por ser grande y glorioso entre los antiguos griegos y romanos,
pero bajo el cristianismo ... [Santa interrupción. Confusión general Esser,
fung, Elsner,el
Presidente e incontables voces se mezclan en el debate. Por último, el admirado predicador recobra el uso de
la palabra.]
En todo caso, niego a la Asamblea el derecho de
votar acerca de principios religiosos y morales; estos
principios no puede decidirlos por sufragio ninguna Asamblea. [¿Y el Consistorio y el Sínodo?] Empeñarse
en decretar o declarar que la revolución constituye un elevado ejemplo moral o
cualquier otra cosa [es decir, en general, que es algo] me parece exactamente
lo mismo que si la Asamblea quisiera decidir por votación si existe un Dios o
existen varios dioses o ninguno.
Allí lo tenemos. El predicador para damas ha
logrado situar de nuevo el problema en el terreno del “alto criterio moral”, y,
así formulado, sólo compete resolverlo, como es natural, a los concilios
protestantes, a los fabricantes de catecismos del Sínodo.
116
¡Gracias a Dios! Después de todos estos tormentos morales, aparece por fin nuestro Hansemann. Ante
este espíritu práctico, podemos sentirnos completamente seguros del “alto
criterio moral”. El señor Hansemann da de lado a todo el punto
de vista moral con esta despectiva observación.
Me pregunto si disponen ustedes del ocio necesario
para poder dedicarse a estas luchas en torno a los principios.
El señor Hansemann recuerda que un diputado hablaba
ayer de obreros sin pan. Y se apoya en esta referencia para pronunciar unas
ingeniosas palabras. Habla de la penuria de la clase obrera, deplora su
miseria, y se pregunta:
¿Cuál es la causa de la penuria general? Yo creo...
que todo el mundo abriga el sentimiento de que nadie puede sentirse seguro de
lo existente mientras no se ponga orden en las normas jurídicas de
nuestro Estado
El señor Hansemann habla aquí con el corazón en la
mano. “¡Hay que restablecer la confianza!”,
exclama, y el mejor medio para restablecer la confianza es renegar de la revolución. Y, ahora, el orador
del ministerio, que “no ve ninguna reacción”, se entrega a pintar con pavorosos colores la importancia
de los amistosos sentimientos de la reacción.
Apelo ante ustedes para que se fomente a toda costa
la concordia entre todas las clases [¡al paso que se
injuria a las que han hecho la revolución!]; apelo ante ustedes para que se estimule la unidad entre pueblo
y ejército; tengan ustedes presente que sobre el ejército descansan nuestras
esperanzas de afirmar nuestra independencia [¡en Prusia, donde cada ciudadano
es un soldado!]; consideren ustedes en qué situación tan difícil nos
encontramos; no tengo para qué detenerme más en esto, pues quien lea
atentamente los periódicos [y seguramente todos esos señores lo harán]
reconocerá que la situación es difícil, sumamente difícil. En estas
condiciones, considero inoportuno emitir una declaración que
vendría
a sembrar una simiente de discordia enelpaís... Por eso, señores, deben ustedes conciliar a los partidos, no
plantear ningún problema que provoque al adversario, pues así
sucedería, ciertamente. La aceptación de la propuesta
acarrearía las más dolorosas consecuencias.
117
¡Cómo debieron de reírse los reaccionarios, al ver
que un hombre tan resuelto como Hansemann no sólo inculcaba el miedo a la
Asamblea, sino que se lo inculcaba a sí mismo!
Esta apelación al miedo de los grandes burgueses,
abogados y maestros de escuela de la Cámara produjo mayor efecto que todas las
frases sentimentales acerca del “alto criterio moral”. El asunto estaba
zanjado. D’Ester se lanzó de nuevo al combate con el fin de contrarrestar el
efecto de aquellas palabras, pero infructuosamente; se cerró el debate y por
196 votos contra 177 se acordó pasar al orden del día con los razonamientos de
Zachariá.
La Asamblea emitía, con
ello, un
juicio acerca de sí misma, al manifestar que carecía de todo juicio.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 17, 17 de junio de 1848]
118
LA ASAMBLEA DEL PACTO
DEL 15 DE JUNIO 67
COLONIA,
17 DE JUNIO. OS DECÍAMOS HACE ALGUNOS DÍASa QUE negabais la existencia de
la revolución. Mediante una segunda revolución, se confirmará la existencia de
la primera.
A Véase supra, pp. 98-101.
Los acontecimientos del
14 de junio68 no son más que el
primer chispazo de esta segunda revolución, y el
gobierno Camphausen se halla ya en plena disolución. La Asamblea del Pacto ha
acordado conceder un voto de confianza al pueblo
de Berlín, al colocarse bajo su protección.69 Con
lo cual viene a reconocer a posteriori la acción de
los combatientes de Marzo. Arranca la obra constitucional de manos de los
ministros y trata de “pactar” con el pueblo, al nombrar una Comisión encargada
de examinar todos los mensajes y peticiones referentes a la Constitución. Lo
cual no es más que la casación tardía de su declaración
de incompetencia. Promete comenzar la obra constitucional
con un hecho, que es la anulación del fundamento de la antigua construcción: la
abolición de las cargas feudales sobre la tierra. Lo que es algo así como la
promesa de una noche del 4 de agosto.70
119
En una palabra: la Asamblea del Pacto niega el 15 de junio su propio pasado, lo mismo que el 9 de junio
negaba el pasado del pueblo. Con lo cual ha vivido su 21 de marzo.71
Pero todavía no se ha tomado la Bastilla.
Entre tanto, avanza desde el
Este, incontenible, un apóstol de la revolución. Ya se alza ante las puertas
del trono. Este apóstol es el zar.
El zar se encargará de salvar a la revolución alemana, centralizándola.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 18, 18 de junio de 1848]
67 Véase supra, nota 19.
68 Sublevados contra el hecho de que la Asamblea Nacional prusiana renegara de la revolución de Marzo, los obreros y artesanos de Berlín, el 14 de junio de 1848 asaltaron la armería para defender mediante el armamento del pueblo las conquistas ya logradas y
llevar adelante la revolución. Sin embargo, la acción de los obreros Berlineses
tuvo un carácter espontáneo y
desorganizado. Los refuerzos militares enviados, unidos a los destacamentos de la Milicia Cívica, lograron obligar rápidamente al pueblo a volver a
retirarse y desarmarse. Los jefes del asalto contra la armería
fueron más tarde condenados por un tribunal de guerra a
largas penas de prisión.
69 En la resolución votada por la Asamblea
Nacional prusiana el 15 de junio de 1848 bajo la influencia de las
acciones revolucionarias de las masas trabajadoras de Berlín, se dice que la Asamblea no necesita de la protección de las fuerzas armadas y
se coloca al amparo de la población de Berlín.
70 En la noche del 4 de
agosto de 1789, la
Asamblea Nacional francesa, presionada
por el creciente
clamor campesino, proclamó solemnemente la supresión de una serie de cargas feudales, que durante algún tiempo habían sido suprimidas en los hechos por los
campesinos insurrectos. Sin embargo, las leyes dictadas al poco tiempo sólo
suprimían los tributos personales
sin indemnización. La abolición de todas las cargas feudales sin indemnización sólo se llevó a cabo durante el periodo de la dictadura jacobina,
por una ley del 17 de junio de 1793.
71 Atemorizado por las luchas de barricadas en
Berlín, el 21 de marzo de 1848 el rey Federico Guillermo IV
prometió, hipócritamente, mediante una proclama, “A mi pueblo y a la
nación alemana”, crear una corporación permanente de representantes; otorgar una Constitución, implantar la responsabilidad de los ministros y de
la administración pública y oral de justicia,
tribunales del Estado, etcétera.
120
LA INSURRECCIÓN DE PRAGA
[F. Engels]
COLONIA, 17 dE JUNIO. EN BOHEMIA SE PREPARA UNA NUEVA carnicería a la manera de la de Posen.72 La soldadesca austríaca ha ahogado en sangre checa la posibilidad de que permanezcan pacíficamente
unidas Bohemia y Alemania.73
El príncipe Windischgrätz emplaza en
Wyschehrad y Hradschin74 cañones apuntados sobre Praga. Se
concentran tropas y se prepara un golpe de mano contra el Congreso
eslavo,75 contra los checos.
121
El pueblo tiene noticia de estos preparativos. Afluye ante la residencia del príncipe y demanda armas.
Le son negadas. La excitación aumenta, crecen las masas armadas
e inermes. De pronto, parte un tiro de una hostería situada
frente al palacio del comandante en jefe y la princesa Windischgrätz cae
mortalmente herida. Se dan inmediatamente órdenes de lanzarse al ataque, avanzan los granaderos y
el pueblo es rechazado. Por todas partes se levantan barricadas que contienen el avance de las tropas.
Avanzan los cañones y las barricadas son abatidas con granadas.
La sangre corre a raudales. Se lucha toda la noche del
12 al 13 y todavía durante este día. Por fin, los soldados logran adueñarse de
las anchas calles y rechazan al pueblo a los barrios más estrechos, donde no
puede operar la artillería.
Es todo lo que sabemos, hasta ahora. Se dice que
muchos miembros del Congreso eslavo han sido expulsados de la ciudad con
fuerte escolta. Las noticias que poseemos parecen indicar
que las tropas han triunfado, por lo menos en parte.
De cualquier modo, que la insurrección termine, la única solución posible parece ser, ahora, una guerra
de exterminio de los alemanes contra los checos.
Los alemanes tienen que expiar en su revolución los
pecados de todo su pasado. Los han expiado en
Italia. En Posen han vuelto a atraer sobre sí las maldiciones de toda Polonia. A todo esto se añade ahora Bohemia.
Los franceses han sabido cosechar respeto y simpatías incluso allí donde se presentan como enemigos.
Los alemanes no son respetados ni conquistan simpatías en parte alguna. Son
rechazados con befa y escarnio aun en los sitios en que se hacen pasar por
magnánimos apóstoles de la libertad.
122
Y así debe ser. Una nación que se ha prestado a ser
en todo el pasado instrumento de opresión en contra de
todas las otras naciones tiene
que empezar por demostrar que se ha
operado en ella una
72 Véase supra, nota 42.
73 Una Asamblea del pueblo celebrada en Praga en marzo de 1848 pidió que fuesen abolidas las cargas feudales, que se otorgaran derechos constitucionales y se unieran los territorios de Bohemia, Moravia y Silesia. Al estallar la revolución en Viena y Budapest, cobró fuerza el postulado de la plena equiparación de las nacionalidades, que tropezaba con la fuerte resistencia de la burguesía en la Bohemia alemana y de la nobleza bohemia, por temor a la emancipación campesina. Los demócratas checos rechazaban los planes pangermanistas, pero
se mostraban dispuestos a hacer causa
común con los austríacos y los demás pueblos danubianos. 74 Wyschehrad:
parte del sur de Praga, con la vieja ciudadela del mismo nombre, en la orilla
derecha del Moldavia.
Hradschin: parte noroeste de Praga, con la vieja ciudadela que se yergue ante toda la ciudad.
75 El Congreso eslavo se
reunió en Praga el 2 de junio de 1848. El Congreso puso en manifiesto la lucha
existente entre dos tendencias del movimiento nacional de los pueblos
eslavos, reprimidas en el Imperio de los Habsburgos. La tendencia de
la derecha, liberal-moderada, de la que formaban parte los líderes del
Congreso Palacky y Safarik, trató de resolver el problema nacional
mediante el mantenimiento y la consolidación de la monarquía de Habsburgo,
convirtiéndola en una federación de nacionalidades iguales en derechos. La
tendencia de la izquierda democrática (Sabina, Fric, Ribelt y otros) se
manifestó resueltamente en contra de esto y preconizaba una acción
común con el movimiento, democrático-revolucionario
en Alemania y en Hungría. Sin embargo, la mayoría de los
congresistas, partidarios de la teoría austro-eslava, adoptó una
posición contraria al movimiento europeo revolucionario, ya que la
destrucción del Imperio reaccionario de los Habsburgos constituía uno de los principales objetivos del
movimiento democrático. Marx y Engels abrazaban precisamente este
punto de vista para condenar la política de la burguesía
checa, que
triunfó en el primer Congreso y que, capitaneada
por Palacky, sellara una alianza abierta con la nobleza de los
Habsburgos en contra del movimiento revolucionario. Los delegados adheridos al
ala democrática-radical tomaron parte activa en el
levantamiento de Praga, siendo condenados a crueles represalias. Los
representantes del ala liberal- moderada que habían permanecido en
Praga, aplazaron las sesiones del Congreso por tiempo ilimitado.
verdadera revolución. Tiene que demostrarlo con
algo más que con un par de revoluciones a medias cuyo único resultado es dejar
en pie bajo nuevos rostros la vieja indecisión, debilidad y desunión;
revoluciones que mantienen en sus puestos a un Radetzky en Milán, a un Colomb y
un Steinäcker en Posen, a un Windischgrätz en Praga y a un Hüser en Maguncia,
como si no hubiera pasado nada.
La Alemania revolucionaria tendría que romper
con todo su pasado, sobre todo en lo que se refiere a su actitud
ante los pueblos vecinos. Tendría, al mismo tiempo, que proclamar con su propia
libertad la libertad de los pueblos a quienes hasta ahora ha venido oprimiendo.
¿Pero, qué ha hecho, en vez de eso, la Alemania revolucionaria? Ratificar enteramente la vieja opresión,
de Italia, Polonia y ahora de Bohemia por la soldadesca alemana. Kaunitz y
Metternich se hallan plenamente justificados.
Y, en estas condiciones, ¿exigen los alemanes que los checos confíen en ellos?
¿Puede echarse en cara a los checos que no quieran
unirse a una nación que, al liberarse a sí misma, oprime y maltrata a otras
naciones?
¿Puede tomárseles a mal que no quieran enviar
diputados a un Parlamento como nuestra “Asamblea Nacional” de Fráncfort,
triste, lánguida y que tiembla ante su propia soberanía?
¿Puede reprochárseles que se desentiendan del
impotente gobierno austriaco, que en su perplejidad
y cobardía sólo parece existir para no impedir, o por lo menos organizar, la separación de Austria, sino
simplemente para tomar nota de ella? ¿De un gobierno que es
incluso demasiado débil para liberar a Praga de los cañones y los soldados
de un Windischgrätz?
123
Pero la suerte más deplorable de todas es la de los
valientes checos. Lo mismo si triunfan que si son derrotados, están condenados
a perecer. Los cuatro siglos de opresión bajo los alemanes, que ahora tiene su
secuela en los combates de las calles de Praga, los echan en brazos de los
rusos. En el gran encuentro entre el Este y el Oeste de Europa que se producirá
pronto — tal vez en unas cuantas semanas— los checos se verán empujados por un
sino fatal a luchar al lado de los rusos, al lado del despotismo, en contra de
la revolución. La revolución triunfará y los checos serán los primeros en verse
arrollados por ella.76
La culpa de este desastre que aguarda a los checos
recae una vez más sobre los alemanes, ya que son ellos quienes traidoramente
los han entregado en manos de Rusia.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 18, 18 de junio de 1848]
76 Este juicio acerca de los checos sólo puede
comprenderse teniendo en cuenta que Marx y Engels consideraban el
problema nacional desde el punto de vista de los intereses del movimiento
revolucionario total de Europa.
En el movimiento social del año 1848 en Bohemia, pueden distinguirse
intrínsecamente
dos etapas fundamentales distintas. En la primera,
que abarca desde el comienzo de los sucesos de Marzo hasta
el aplastamiento de la insurrección de Praga, tomaron parte participando
activamente las masas del pueblo checo, los campesinos y el proletariado en el
movimiento revolucionario contra el feudalismo y el absolutismo. Esta
lucha del pueblo checo armonizaba
con los intereses del movimiento revolucionario europeo,
y era apoyada por Marx y Engels.
Después del aplastamiento de la insurrección de
Praga, la burguesía liberal checa, que en su lucha contra la revolución y
la democracia, hacía causa común con la nobleza
y los Habsburgos, logró oprimir a las fuerzas democráticas de la Bohemia
y llevar adelante el movimiento social bajo la dirección y en la tendencia de la lucha nacional. Este movimiento se puso así en frente
a la revolución europea, porque contaba ahora con el apoyo
contrarrevolucionario de los Habsburgos y representaba
también, indirectamente, la causa del zarismo ruso. Los elementos democráticos del pueblo checo no lograron, en la segunda etapa, apoyar activamente a la revolución y hacer fracasar la política contrarrevolucionaria de la burguesía, lo cual pone claramente de relieve el hecho de
que Marx y Engels, en 1848-1849, calificaron justamente
como contrarrevolucionario el movimiento nacional checo y
enjuiciaron como reaccionaria la posición del pueblo checo en toda la etapa
decisiva del movimiento.
Pero Marx y Engels subrayaban al mismo tiempo que la política nacionalista y antieslava de la burguesía alemana era la principal responsable
de que los checos se vieran empujados al lado de la contrarrevolución
124
CAIDA DEL MINISTERIO CAMPHAUSEN 77
[F. Engels]
COLONIA, 22 DE JUNIO.
¡Por muy bello que nos parezca el sol,
Algún día tendrá que perecer!78
Y también ha perecido el sol del
30 de marzo,79 teñido por la cálida sangre de Polonia.
El ministerio Camphausen había tendido sobre la contrarrevolución su manto liberal-burgués. Ahora,
la contrarrevolución se siente lo bastante fuerte para quitarse la molesta
máscara.
Cualquier ministro insostenible de
centro izquierda podrá suceder por unos cuantos días
al gobierno del 30 de marzo. Pero el verdadero sucesor de este gobierno es
el ministerio del príncipe de Prusia. Camphausen tiene el honor de haber asignado su jefe natural al partido feudal-absolutista, designando
con ello a su sucesor.
125
¿Para qué seguir halagando por más tiempo a los tutores burgueses?
¿Acaso los rusos no se hallan
ya en
la frontera oriental y las tropas prusianas en
la occidental? ¿Acaso los polacos no han sido llamados para la propaganda
rusa mediante las granadas incendiarias y la piedra infernal?
¿Acaso no se han tomado todas las medidas para
repetir el bombardeo de Praga en casi todas las ciudades renanas?
¿Acaso en la guerra polaca, en la danesa y en los
muchos pequeños conflictos entre las tropas y el pueblo no ha dispuesto el
ejército de todo el tiempo necesario para convertirse en una
soldadesca brutal?
¿Acaso la burguesía no se halla ya cansada de la
revolución? ¿Y acaso no se alza, en medio del mar, la roca sobre la que puede
edificar su iglesia la contrarrevolución con Inglaterra?
El ministerio Camphausen trata de ganar todavía unos cuantos centavos de popularidad y de atraerse
la misericordia pública haciendo creer que se retira del escenario del Estado
como víctima de un engaño. Y no cabe duda de que se trata de
un estafador estafado. Al servicio de la gran burguesía, no tuvo más remedio
que arrebatar a la revolución sus frutos democráticos y, luchando contra la
democracia, hubo de aliarse al partido aristocrático, convirtiéndose en instrumento de sus apetencias
contrarrevolucionarias. Ahora, la reacción se halla ya lo bastante fuerte para poder echar por la borda
a su protector. El señor Camphausen ha sembrado la reacción al servicio
de la gran burguesía y ha cosechado los frutos al
servicio del partido feudal. Aquello era
la buena intención del hombre y esto su fruto maligno. ¡Por
favor un centavo de popularidad80 para este hombre desengañado!
¡Un centavo de popularidad!
126
¡Por muy bello que nos parezca el sol
Algún día tendrá que perecer!
77 Después del asalto a la armería, en Berlín (véase supra, nota 68), el 17 de junio de 1848, dimitieron varios ministros y el 20 de junio
renunció en pleno el ministerio Camphausen. La Nueva Gaceta
Renana veía en este “derrocamiento de Camphausen”
la expresión de que la gran burguesía proyectaba pasar del periodo de transición pasiva del pueblo a favor de la Corona, al periodo de
la sumisión activa del pueblo, mediante su pacto con la Corona.
78 Tomado de Ferdinand Raimund, La doncella del mundo de las hadas
o el campesino millonario, Segundo Acto, escena VI.
79 El 30 de marzo de 1848 el ministerio
Camphausen, formado la víspera, comenzó su obra de represión sangrienta contra
la insurrección de Posen.
80 De Heinrich Heine, Alemania. Cuento de invierno, cap. XXIV.
Sin embargo, en el Este vuelve a salir el sol.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 23, 23 de junio de 1848]
127
PRIMERA HAZAÑA DE LA ASAMBLEA NACIONAL DE FRANCFORT
[F. Engels]
COLONIA. ¡LA ASAMBLEA NACIONAL ALEMANA81 HA DADO, POR fin, señales de vida!
Ha tomado por fin un acuerdo de resultados prácticos inmediatos: se ha
interferido en la guerra italo-austriaca.82
¿Y cómo se ha interferido? ¿Lo ha hecho acaso para
proclamar la independencia de Italia? ¿Acaso ha enviado a Viena un correo con
la orden de que Radetzky y Welden se retiren inmediatamente detrás del Isonzo?
¿Acaso ha cursado un mensaje de adhesión al Gobierno provisional de Milán?
128
¡Nada de eso! Lo que ha hecho ha sido declarar
que considerará como un casus belli cualquier ataque
contra Trieste.
Es decir, ¡que la Asamblea Nacional alemana, en cordial inteligencia con la Dieta federal, permite a los
austríacos cometer en Italia las mayores brutalidades, saquear, asesinar, lanzar granadas incendiarias
sobre cualquier ciudad, asolar todas las aldeas (véase bajo Italia)yretirándose
luego, muy seguros, a territorio neutral de la Confederación alemana!, lo que
es lo mismo, ¡permite a los austríacos, en cualquier momento y partiendo
de territorio alemán, invadir la Lombardía con croatas y
panduros,83 al mismo tiempo que pretende prohibir a los italianos
perseguir en sus madrigueras a los austríacos
derrotados. Permite bloquear a los austríacos, desde Trieste, en
Venecia y en las desembocaduras del Piave, del Brenta y del
Tagliamento; pero niega a los italianos toda hostilidad contra Trieste!
La Asamblea Nacional alemana no podía comportarse
más cobardemente de lo que lo hace con este
acuerdo. No tiene valor para sancionar abiertamente la guerra italiana. Pero aún menos para prohibir
la guerra al gobierno austríaco. Y, llevada de esta perplejidad, toma —y además
lo hace por aclamación, encubriendo con el clamor
público su miedo secreto— un
acuerdo acerca de Trieste que, en la forma no aprueba ni
reprueba la revolución italiana, pero que en el fondo la autoriza.
Este acuerdo es indirectamente una declaración de guerra a Italia, doblemente injuriosa por ello para
una nación de 40 millones, como la alemana.
El acuerdo de la Asamblea de FRANCFORT provocará
una oleada de indignación en toda Italia. Si los italianos tienen todavía algún
orgullo y alguna energía de qué dar pruebas, contestarán a esto con el
bombardeo de Trieste y una mancha a través del Brénero.
129
81 Fueron elegidos para la Asamblea Nacional
de Fráncfort, en los distintos países alemanes, 589 diputados; el 18 de mayo
de 1848 se
reunieron 384 diputados para el acto de solemne apertura
en la
Iglesia de San Pablo. Entre los diputados figuraban 122 empleados
administrativos, 95 funcionarios de justicia, 103 eruditos, así como 81
abogados, 21 sacerdotes, 17 industriales y comerciantes, 15 médicos, 12
oficiales y 40 terratenientes sin que aparezca un solo obrero o pequeño
campesino.
82 Por entonces, el norte de Italia pertenecía
a la monarquía austríaca. A comienzos de 1848 surgió una sublevación contra
los señores extranjeros y a favor
de la unidad e independencia italianas. La noticia del triunfo
de la revolución en Viena condujo el 18 de marzo a una
violenta sublevación popular en Milán. En una reñida
lucha que duró cinco días, favorables a
los insurrectos, Radetzky, al frente de 15.000 soldados austríacos,
fue forzado a desocupar la plaza. El 22 de marzo se estableció un
Gobierno provisional, formado con representantes de
la burguesía liberal. El príncipe de
Cerdeña y Piamonte, Carlos Alberto, favorable
al movimiento de liberación, se puso a la cabeza del
mismo, abrigando intereses dinásticos
y personales con vistas a todo el norte de Italia;
pero entonces la incapacidad militar de
Carlos Alberto y sus generales fue motivo de una
serie de derrotas. Milán cayó de nuevo bajo el poder de los
austríacos. Por miedo a una completa derrota y a sacrificar las posiciones
hasta entonces adquiridas, Carlos Alberto concluyó un armisticio con Austria
el 9 de agosto de 1848, hasta el término de
seis semanas. El 20
de marzo del año siguiente se reanudaron algunas acciones militares, pero muy poco después el ejército de Cerdeña fue aniquilado, y
Carlos Alberto renunció al trono.
83 Croatas: soldados del ejército
imperial austriaco, cuya caballería ligera e infantería se reclutaban
originariamente entre miembros de esta rama popular sudeslava.
Panduros: formación militar del ejército imperial austriaco que representaba un tipo especial de tropas irregulares de infantería y
se manifestaban bajo una forma brutal y sin el menor miramiento.
Pero la Asamblea de FRANCFORT propone y el pueblo
francés dispone. Venecia ha pedido la ayuda de
Francia; después de este acuerdo, es probable que los
franceses crucen pronto los Alpes y, de ser así, no tardaremos en verlos
junto al Rin.
Un diputadoa ha reprochado a la Asamblea de Fráncfort, el haberse cruzado de brazos. Por el contrario.
Ha trabajado tanto, que hoy nos encontramos con una guerra en el Norte y otra
en el Sur y con que,
además, son inevitables una guerra en el Oeste y otra en el Este. Nos veremos en la venturosa situación
de tener que luchar al mismo tiempo contra el
zar y contra la República francesa,
contra la reacción y contra la revolución. La Asamblea de Francfort
se ha cuidado de que soldados rusos y franceses, daneses e italianos se citen
para encontrarse en la Iglesia de San Pablo, en Fráncfort. ¡Y aún se dice que
la Asamblea no hace nada!
a Franz Kohlparzer.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 23, 23 de junio de 1848]
130
[LA REVOLUCIÓN
DE JUNIO EN PARÍS] 84
[F. Engels] [I]
Detalles sobre el 23 de junio
La insurrección de parís ha sido una
insurrección puramente obrera. Se ha desbordado la cólera de los
trabajadores contra el gobierno y la Asamblea, que habían defraudado sus
esperanzas, que día tras día adoptaban nuevas
medidas en interés de la burguesía y en contra de los trabajadores, que habían
disuelto la Comisión obrera del Luxemburgo, 85 restringido los
Talleres Nacionales86 y promulgado la ley contra las concentraciones. En
todos los detalles resalta el carácter decididamente proletario de la
insurrección.
131
Los bulevares, la gran
arteria de la vida parisina, fueron
el escenario de las primeras concentraciones
obreras. La gente se agolpaba por todas partes, desde la Puerta St. Denis hasta la vieja calle del Temple.
Obreros de los Talleres Nacionales declararon que no estaban
dispuestos a ir a Sologne, a los talleres de la nación allí
situados; otros explicaron que ya habían tratado de hacerlo el día anterior
pero que
en la barrera de Fointainebleau habían aguardado inútilmente las hojas de marcha y la orden de partir
que les habían sido denegadas la tarde anterior.
Hacia las diez se dio la orden de levantar barricadas. Rápidamente, pero todavía a lo que parece, de un
modo atropellado y sin orden, se cubrió de parapetos toda la parte este y
sudeste de París, desde el Quartier y el Faubourg Poissoniére.
Se levantaron barricadas más o menos sólidas en las calles de St.
Denis, St. Martin, Rambuteau, Faubourg Poissoniére y,
en la orilla izquierda del Sena, en los accesos a los
faubourgs de St. Jacques y St. Marceau, en las calles de St. Jacques, La Harpe
y La Huchette evolúes contiguos fueron más o menos bien atrincherados. En lo
alto de ellos tremolaban banderas, con estas inscripciones: ¡Pan o
muerte! ¡Trabajo o muerte!
Como se ve, la insurrección se apoyaba
resueltamente en la parte este de la ciudad, habitada principalmente por
obreros; en primer lugar, en los faubourgs de Saint Jacques, Saint Marceau,
Saint Antoine, del Temple, Saint Martin y Saint Denis, en los “aimables
Faubourgs”87 y luego en los barrios de la ciudad enclavados entre dichos
lugares (los barrios de Saint Antoine, el Marais, Saint Martin y Saint Denis).
84 Bajo el título de “La revolución de Junio
en París” hemos reunido en la presente edición los artículos de Marx de
mayor importancia respecto a estos acontecimientos publicados en diversas
fechas en varios números de la Nueva Gaceta Renana y cuyos
subtítulos, en la presente disposición, corresponden a los títulos
originales de cada uno de ellos.
85 Comisión de gobierno para asuntos obreros, presidida por Louis Blanc, que deliberaba en el Palacio Luxemburgo. Se constituyó el
28 de febrero de 1848 bajo la presión de los obreros, quienes exigían un
ministerio del Trabajo. La actividad práctica de la Comisión de
Luxemburgo, formada por representantes de los obreros y los patronos, se
limitaba a dirimir los conflictos laborales; las decisiones recaían con frecuencia a favor de los empresarios. Después de la acción de las masas populares el 15 de mayo,
el gobierno, al día siguiente, disolvió esta Comisión.
86 Los Talleres Nacionales se crearon inmediatamente después de la revolución de Febrero de 1848 por un decreto del Gobierno provisional
francés. Se trataba, por una parte, de desacreditar entre los obreros las ideas
de Louis Blanc sobre la organización del trabajo y, por otra, de
utilizar en la lucha contra el proletariado revolucionario a los
obreros, militarmente organizados,
de los Talleres Nacionales. El plan de escindir a
la clase
obrera fracasó, fortaleciendo cada vez más la mentalidad revolucionaria
de los obreros agrupados en los Talleres Nacionales. En vista de
ello, el gobierno adoptó una serie de medidas para eliminar
estos Talleres (reducción del número de trabajadores ocupados, envío a las
provincias para ejecutar obras públicas, etc.).
Estas medidas provocaron gran descontento entre los obreros de
París 7 fueron uno de los motivos que
determinaron la insurrección de Junio. Después de sofocada la
insurrección, el gobierno Cavaignac, el 3 de julio de 1848, dictó un decreto
disolviendo los Talleres Nacionales.
87 Amables arrabales: así llamaba
Luis Felipe de Orleáns a los barrios situados al este de París 7 habitados
principalmente por obreros, para así pretextar afecto a éstos.
Tras las barricadas vinieron los ataques a la
fuerza pública. El puesto de guardia del bulevar de la
Bonne Nouvelle, el primero que se toma por asalto en casi todas las revoluciones, estaba ocupado por
la Guardia Móvil.88 Fue desarmado por el pueblo.
132
Poco después, avanzó como refuerzo la Guardia Civil
de los barrios del oeste de la ciudad, que volvió
a ocupar el puesto tomado por asalto. Otro pelotón ocupó la acera elevada que está delante del Teatro
del Gimnasio y que domina un gran
trecho de los bulevares. El
pueblo intentó desarmar a los puestos avanzados. Pero,
entre tanto, ninguna de las dos partes había disparado todavía.
Por último, llegó la orden de tomar la barricada que cortaba el bulevar, junto a la Puerta de Saint Denis.
Avanzó la Guardia Nacional,89 con el comisario de policía a la cabeza; se
iniciaron conversaciones; repentinamente, sin que se sepa de dónde, partieron
algunos tiros y pronto se generalizó el fuego.
De pronto, abrió fuego también el puesto de la
Bonne Nouvelle y avanzó, con los fusiles cargados, un batallón
de la segunda legión, apostado en el bulevar
Poissoniére. El pueblo estaba cercado por todas partes.
Desde sus posiciones ventajosas y en parte seguras, la Guardia Nacional abrió
nutrido fuego
graneado contra los obreros. Éstos se defendieron durante una media hora; por último, los asaltantes
ocuparon el bulevar de la Bonne Nouvelle y las barricadas, hasta la Puerta de
Saint Martin. En este punto, la Guardia Nacional había tomado también, hacia las once, las barricadas de la parte del Temple
y los accesos a los bulevares.
Los héroes que asaltaron estas barricadas fueron
los burgueses del segundo Arrondissement, que va desde el antiguo Palais
Royal90 hasta el Faubourg Montmartre, incluyendo éste. En este barrio
viven los ricos cboutiquiers”ade las calles de Vivienne y de Richelieu y del
bulevar de los Italianos, los
grandes banqueros de las calles de Laffitte y Bergère y los voluptuosos rentistas de la Chausse d’Antin.
Aquí tienen sus palacios Rothschild y Fould, Rougemont de Lowemberg y Ganneron. Aquí se hallan, en
una palabra, la Bolsa, Tortoni91 y todo lo que vive y bulle en torno suyo.
A Tenderos.
133
Estos héroes, los primeros y los más amenazados por
la República roja, fueron también los primeros que se presentaron en el
campo de batalla. Es significativo que la primera barricada del 23 de
junio fuese tomada por los sitiados del 24 de
febrero. La arrollaron
como tres mil hombres, mientras
tres compañías tomaban por asalto un ómnibus volcado. Parece, sin embargo, que los insurrectos han
vuelto a hacerse fuertes en la Puerta Saint Denis, pues hacia mediodía hubo de
avanzar el general Lamoricière con nutridos destacamentos y fuerzas de la
Guardia Móvil, de línea, de caballería y dos cañones, para tomar una poderosa
barricada, juntamente con la segunda legión (la Guardia Nacional
del segundo Arrondissement). Los insurrectos obligaron a retroceder a un pelotón de la Guardia Móvil.
La lucha librada en el
bulevar de Saint Denis fue la señal para los
encuentros producidos en todos los barrios del este de París. Los combates
fueron sangrientos. Los insurrectos tuvieron más de treinta bajas, entre muertos y heridos. Los obreros, furiosos, juraron que a la noche siguiente avanzarían por
todas partes y pelearían a vida o muerte contra la “Guardia Municipal de la
República”.92
A las once se luchaba también en la calle de Planche-Mibray (la continuación de la calle de Saint Martin,
bajando hacia el Sena), donde fue muerta una persona.
134
88 Guardia Móvil: este
cuerpo militar fue creado en febrero de 1848 por un decreto
del Gobierno provisional para luchar contra las fuerzas
revolucionarias. Se encuadraban en ella, principalmente, los lumpenproletarios
y fue movilizada para reprimir la insurrección de junio de 1848.
89 Guardia Nacional: fuerza armada creada en Francia en 1848 expresamente para la defensa del “orden establecido” Se
componía, preferentemente por elementos burgueses y pequeñoburgueses.
90 Palais Royal: Palacio situado
en París. Fue residencia de Luis XTV desde 1643 y, a partir de 1692, se hallaba
en poder de los Borbones de la línea de Orleáns. Este Palacio fue
declarado propiedad de la nación después de la revolución de Febrero.
91 Tortoni: famoso café, situado en el barrio de la Bolsa de
París, donde tenían lugar operaciones bursátiles
durante la clausura
de la Bolsa, por lo que incluso se le
llegó a conocer como la “Pequeña Bolsa”.
92 La llamada Guardia republicana o Guardia municipal de la República fue creada el 16 de mayo de 1848 por el gobierno francés, inquieto ante
la actitud revolucionaria de los obreros de París. Dependía
de la Dirección de Policía y se hallaba
bajo las órdenes del Prefecto de este ramo. Sus efectivos
ascendían a 2.600 hombres.
Hubo también colisiones sangrientas en la zona de
los Halles, calle Rambuteau, etc. Aquí, quedaron tendidos sobre él suelo cuatro
o cinco cadáveres.
Hacia la una se registró un encuentro en la calle
del ParadisPoissoniére; la Guardia Nacional abrió fuego; no se conoce el
resultado. En el Faubourg Poissoniére tras una sangrienta escaramuza fueron
desarmados dos suboficiales de la Guardia Nacional.
La calle de Saint Denis fue despejada
por cargas de caballería.
En el Faubourg Saint Jacques se libraron durante la
tarde violentos combates. En las calles de Saint Jacques y la Harpe y en la
plaza Maubert se libraron asaltos contra las barricadas con variables
resultados y hubo fuerte tiroteo de cañones. También en el Faubourg Monmartre dispararon las tropas
sus cañones.
En general, los insurrectos fueron rechazados. El
Ayuntamiento quedó libre; hacia las tres, la insurrección se había localizado
en los faubourgs y en el Marais.
Por lo demás, veíanse bajo las armas pocos guardias
nacionales no uniformados (es decir, obreros carentes de
recursos para comprarse uniformes). En cambio, había algunos que portaban armas
de lujo, escopetas de caza, etc. Y también guardias nacionales de caballería (que han sido siempre los hijos
de familia de casas ricas) que luchaban a pie en las filas de la infantería. En
el bulevar Poissoniére, unos cuantos guardias nacionales se dejaron desarmar
por el pueblo sin ofrecer resistencia, para emprender después la huida.
A las cinco duraba todavía el combate, cuando un
fuerte aguacero vino a suspender las hostilidades.
Sin embargo, en algunos sitios se siguió luchando
hasta entrada la noche. Hacia las nueve se oían todavía disparos en el Faubourg
Saint Antoine, que es el centro del París obrero.
Nunca hasta ahora se había librado una lucha como
ésta, con toda la violencia de una verdadera
revolución. La Guardia Nacional, exceptuando la segunda legión, parece que vaciló casi en todas
partes en asaltar las barricadas. Los obreros, llevados por su furia, se
limitaron, como fácilmente se comprende, a defender sus posiciones.
135
Así quedaron las cosas ya en la noche, mientras ambas
partes se separaban, citándose para la mañana
siguiente. El balance del primer día de lucha no fue muy favorable para el gobierno;
durante la noche,
los insurrectos rechazados, ocuparon de nuevo los puestos de que habían sido desalojados. En cambio,
el gobierno tenía en contra suya dos hechos: había disparado con cañones y no había logrado dominar
la revuelta el primer día. Y cuando suenan los cañones y hay de por medio una
noche, que no es de victoria sino simplemente de tregua, cesa la
revuelta y comienza la revolución.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 26,
“Suplemento extra”, 26 de junio de 1848]
[II]
El 23 de junio
Tenemos todavía multitud de circunstancias sobre la
lucha del 23 que comunicarles. Disponemos de un material prácticamente
inagotable; sin embargo, el tiempo sólo nos permite relatar lo más importante y
característico.
La revolución de Junio ofrece el espectáculo de una enconada lucha, como jamás hasta ahora la habían
contemplado ni París ni el mundo. De todas las revoluciones anteriores, la lucha más furiosa fue la que
se libró en las jornadas de Marzo en
Milán.93 donde una población casi inerme de 170.000 almas
derrotó a un
ejército de 20.000 a 30.000 hombres. Y, sin
embargo, aquellas jornadas de marzo fueron un juego de
niños comparadas con los combates de junio en París.
Lo que distingue a la revolución de Junio de todas las anteriores es la ausencia de toda clase de ilusiones,
de todo entusiasmo emocional.
El pueblo no sube, como en febrero, a las barricadas cantando el “Mourir pour la patrie” 94 los obreros
del 23 de junio luchaban por su existencia, y la patria había perdido para
ellos todo significado. Se habían borrado la “Marsellesa” y todos los recuerdos
de la Gran Revolución. Pueblo y burgueses intuyen que la revolución en que
entran es más grande que los hechos de 1789 y 1793.
136
La revolución de Junio es la revolución de la desesperación. Se libra con la silenciosa cólera y la taciturna
sangre fría de los desesperados; los obreros saben que están librando una lucha a vida o muerte, y ante
la pavorosa seriedad de esta lucha hasta el alegre espíritu francés enmudeció.
La historia sólo nos habla de dos hechos que
guardan cierta semejanza con la lucha que tal vez sigue librándose todavía en
París en estos momentos: la guerra de los esclavos romanos y la insurrección de
Lyon en 1834. La vieja divisa de los insurrectos lioneses: “Vivir trabajando o
morir combatiendo”, vuelve a resurgir de pronto y se inscribe de nuevo en las
banderas al cabo de catorce años.
La revolución de Junio es la primera que ha
escindido realmente a toda la sociedad en dos grandes campos
enemigos, representados el uno por el este de París y
el otro por el oeste. Ha desaparecido la unanimidad de la
revolución de Febrero, aquella poética unanimidad llena de seductores engaños y
de hermosas mentiras, tan dignamente personificadas por el elocuente traidor
Lamartine. Hoy, la seriedad inexorable de la realidad se encarga de desgarrar
todas las ilusorias promesas del 25 de febrero. Los luchadores de Febrero
combaten hoy los unos contra los otros y —lo que jamás hasta ahora había
sucedido— no se conoce ya la indiferencia: todo hombre capaz de empuñar las
armas toma realmente parte en la lucha, en las barricadas
o delante de ellas.
Los ejércitos que pelean en las calles de París son
tan poderosos como los que se enfrentaron en la batalla de las Naciones de
Leipzig.95
137
Esto por sí solo demuestra la enorme importancia de la revolución
de Junio. Pero pasemos a relatar el desarrollo mismo de la lucha.
Las noticias de ayer nos llevaban a la conclusión
inevitable de que las barricadas habían sido
levantadas sin orden ni concierto. Los informes más minuciosos de hoy revelan lo contrario. Jamás las
obras de defensa de los obreros se han emprendido y ejecutado con tal
meticulosidad y de un modo tan sistemático y ordenado.
La ciudad aparecía dividida en dos grandes campamentos. La línea de demarcación corría por el borde
nordeste de París, bajando de Montmartre hasta la Puerta Saint Denis y desde aquí, calle de Saint Denis
abajo, pasando por la isla de la Cité y la calle de Sain Jacques hasta la
barrera. Los barrios de la parte Este habrían sido ocupados y cubiertos de
trincheras por los obreros; la burguesía atacaba y recibía sus refuerzos desde
la parte Oeste.
El pueblo comenzó a levantar silenciosamente sus barricadas desde las primeras horas de la mañana.
Eran más altas y más sólidas que nunca. En
lo alto de la que se alzaba a la
entrada del Faubourg Saint Antoine ondeaba una enorme bandera roja.
El bulevar Saint Denis aparecía fuertemente
defendido por barricadas. Las del bulevar y la calle de Cléry y las casas
circundantes, convertidas en verdaderas fortalezas, formaban un sistema
completo
93 Véase supra, nota 82.
94 Morir por ¡a patria: es el
estribillo de una canción patriótica francesa, muy popular durante las jornadas
de la revolución de Febrero.
95 Batalla de las Naciones: esta
batalla se libró del 16 al 19 de octubre de 1813 con tropas rusas,
austríacas y suecas en lucha contra los franceses. Terminó con el
triunfo de los ejércitos coligados contra Napoleón
de defensa. Fue aquí, como ayer informábamos, donde
se entabló el primer combate importante. El pueblo se batía con un
impresionante desprecio a la muerte. Un fuerte destacamento de la Guardia
Nacional lanzó un ataque de flanco contra la barricada de la calle de Cléry. La
mayoría de sus defensores se replegaron. Solamente permanecieron en su puesto
siete hombres y dos mujeres,
dos bellas jóvenes “grisettes”.b Uno de los
siete se irguió sobre la barricada, empuñando la bandera. Los otros abrieron el
fuego. La Guardia Nacional contestó, y el hombre que agitaba la bandera cayó
muerto. Al verlo, una de las dos “grisettes”, una muchacha
alta y hermosa, mal vestida, con los brazos desnudos,
empuñó la bandera, cruzó la barricada y avanzó hacia la Guardia Nacional. El
fuego no se detuvo y los burgueses de la Guardia Nacional
abatieron a la muchacha,
cuando ésta tocaba ya casi las bayonetas.
Inmediatamente, saltó la otra muchacha, tomó la bandera, levantó la cabeza de
su compañera y, al comprobar que estaba muerta, comenzó, fuera de sí, a lanzar
piedras contra el
enemigo. También ella cayó bajo las balas de los burgueses. El fuego era cada vez más nutrido; llovían
disparos desde las ventanas y desde la barricada; las filas de la Guardia
Nacional iban clareando. Por último, llegaron refuerzos y fue tomada por asalto la barricada. De sus siete defensores sólo uno quedó
con vida; fue desarmado y hecho prisionero. Los autores de esta heroica hazaña
perpetrada contra siete obreros y dos modistillas fueron los leones y los lobos
de la Bolsa de la segunda legión.
B Modistillas.
138
Después que se unieron los dos cuerpos y fue tomada por asalto la barricada, sobrevino un angustioso
silencio momentáneo. Pero duró poco. La valiente Guardia Nacional abrió un nutrido fuego de pelotón
contra las masas de gente tranquila e inerme que ocupaba una parte del bulevar.
La gente huyó despavorida. Pero las barricadas no cayeron. Hubo de presentarse allí
el propio Cavaignac con tropas de líneas y caballería y,
tras larga lucha, ya cerca de las tres de la tarde, lograron los atacantes
apoderarse del bulevar hasta la Puerta Saint Martin.
En el Faubourg Poissoniére se habían levantado
varias barricadas, principalmente una en la esquina de la avenida Lafayette,
donde varias casas servían también de fortalezas a los insurrectos. Éstos se
hallaban dirigidos por un oficial de la Guardia Nacional. Avanzaron en contra de estas posiciones el 70
regimiento de infantería ligera, la Guardia Móvil y la Guardia Nacional. La
lucha duró media hora, al cabo de la cual vencieron las tropas, pero no sin haber sufrido cien bajas, entre muertos y heridos. Este
combate ocurrió después de las tres de la tarde.
También se levantaron barricadas delante del Palacio de Justicia, en la calle Constantine y en las otras
adyacentes, así como en el puente Saint Michel, donde ondeaba la bandera roja.
Estas barricadas fueron tomadas igualmente por asalto, tras largos combates.
139
El dictador Cavaignac emplazó su
artillería delante del puente de Notre-Dame. Desde
allí cañoneó las calles de Planche-Mibray y la Cité y pudo enfilar
fácilmente los cañones contra las barricadas de la calle de Saint Jacques.
Esta última calle estaba cortada por numerosas
barricadas y sus casas convertidas en verdaderos fortines. Sólo la artillería
podía resolver allí la situación, y Cavaignac no vaciló ni un momento en
emplearla. Toda la tarde tronaron los cañones. Las granadas
barrieron la calle. A las siete de la noche ya sólo quedaba
en pie una barricada. El número de muertos era muy elevado.
También en el puente Saint Michel y en la calle de
Saint André des Arts entró en acción la artillería. Fue cañoneada, asimismo,
una barricada levantada al extremo nordeste de la ciudad, en la calle del
Château Landon, hasta donde se había aventurado un destacamento de tropa.
Por la tarde, se hizo cada vez más intenso el
combate en los barrios del nordeste. Los vecinos de los suburbios de la
Villette, Pantin y otros acudieron en ayuda de los insurrectos. Constantemente
se levantaban barricadas por todas partes y en gran número.
En la Cité, una compañía de la Guardia
Republicana,96 pretextando querer confraternizar con los
insurrectos, logró deslizarse entre
dos barricadas y abrió fuego. El
pueblo furioso, se abalanzó contra los traidores y los
abatió uno tras otro. Apenas unos veinte lograron escapar.
La violencia de la lucha arreció por todas partes. Mientras fue de día, se disparó en todos los sitios con
cañones; más tarde, sólo se escuchaba fuego de fusilería, que continuó hasta
bien entrada la noche.
Todavía hacia las once sonaban las trompetas en todo París, y como a media noche aún se escuchaban
descargas por el rumbo de la Bastilla. La plaza de la Bastilla con
todos sus accesos estaba en poder de los insurrectos.
El Faubourg Saint Antoine, centro del poder de la revolución, se hallaba
fuertemente defendido. En el bulevar de la calle Montmartre hasta la calle del
Temple veíanse fuertes concentraciones de caballería, infantería, Guardia
Nacional y Guardia Móvil.
140
Hacia las once de la noche se registraban
ya más de mil bajas, entre muertos y heridos.
Tal fue el primer día de la revolución de junio,
jornada sin paralelo en los anales revolucionarios de París. Los obreros
parisinos lucharon completamente solos contra la burguesía armada, contra la
Guardia Móvil y la Guardia Republicana de reciente creación
y contra las tropas de todas las armas. Y se comportaron con una
extraordinaria valentía, comparable solamente a la brutalidad igualmente
extraordinaria de sus adversarios. Cuando vemos cómo la burguesía de París se
suma con verdadero júbilo a las matanzas organizadas por Cavaignac, siente uno
realmente cierta indulgencia por figuras como las de Hüser, Radetzky y
Windischgrätz.
En la noche del 23 al 24, la Sociedad de los Derechos del Hombre,97 que había sido restaurada el
11 de junio, acordó aprovechar la insurrección en beneficio de la bandera
roja y tomar de este modo parte en ella. Con este fin, organizó una
reunión, acordó las medidas necesarias y nombró dos comités permanentes.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 28, 28 de junio de 1848]
París pasó la noche bajo la ocupación militar. Fuertes destacamentos de tropa se hallaban en las plazas
y los bulevares.
A las cuatro de la mañana tocaron diana las
trompetas. Un oficial y varios infantes de la Guardia Nacional recorrían las
casas, sacando de ellas a los hombres de su compañía que no se habían
presentado voluntariamente.
Hacia la misma hora comenzaron a tronar los
cañones. El cañoneo más violento se escuchaba en la zona del
puente de Saint Michel, punto de contacto de los insurrectos
de la orilla izquierda y los de la Cité. El general
Cavaignac, nombrado dictador hoy en la mañana, arde en deseos de ejercer su
nuevo cargo contra la revuelta.
Ayer sólo se había empleado la artillería en casos
excepcionales; casi todo el fuego era de fusilería; hoy, en cambio, en todas
partes ha entrado en acción la artillería no sólo contra las barricadas sino
también contra los edificios, disparando cartuchos, balas de cañón, e incluso
granadas y cohetes incendiarios.
96 Véase supra, nota 92.
97 Sociedad de los Derechos del
Hombre: organización democrática dirigida por Barbes, Huber y otros
líderes, creada durante el periodo de la monarquía de Julio y que
reunía a una serie de clubes de la capital y la provincia
francesas. Algunos miembros de esta sociedad fueron dirigentes de la
insurrección de junio de 1848.
En la parte alta del Faubourg Saint Denis comenzó por la mañana un violento combate. Los insurrectos
habían ocupado en las cercanías del ferrocarril del Norte una casa en construcción y varias barricadas.
La primera legión de la Guardia Nacional se lanzó al
ataque, pero sin conseguir ventaja alguna. Agotó sus municiones y tuvo
alrededor de cincuenta muertos y heridos. Apenas pudo sostener su posición
hasta que (hacia las diez de la mañana) avanzó la artillería, que barrió a
cañonazos la casa en construcción y las barricadas. Las tropas volvieron a ocupar la vía del ferrocarril. Sin embargo, la lucha
en toda esta zona (llamada Clos Saint Lazar)a duró todavía largo tiempo y
se mantuvo con gran furia.
“Es una verdadera carnicería”, escribe el corresponsal de un periódico belga.98 Delante de las barreras
de Rochechouart y Poissonnière se construyeron fuertes barricadas; y volvió a levantarse el parapeto
de la avenida Lafayette, que sólo en el transcurso de la tarde cedió al
cañoneo.
A Véase infra, p. 150.
142
También en las calles de Saint Martin, Rambuteau y Grand Chantier fue necesario recurrir a la artillería
para abatir las barricadas.
El Café Cuisinier, frente al puente de Saint Michel, ha sido demolido por las balas de cañón.
Pero el combate principal se libró hacia las tres de la tarde en el muelle de las Flores, donde el famoso
almacén de ropa llamado “A la Belle Jardiniere”
había sido ocupado por 600 insurrectos y convertido
en una fortaleza. El edificio fue asaltado por la artillería y la infantería de línea. Una esquina del edificio
fue demolida por las granadas. Cavaignac, que dirigía personalmente las
operaciones en este lugar,
intimó a los insurrectos a rendirse, amenazándolos con pasarlos a todos a cuchillo, si no lo hacían. Los
insurrectos rechazaron la intimación. Se reanudó el cañoneo, disparándose por
último cohetes
incendiarios y granadas. El edificio quedó totalmente destruido y entre los escombros se encontraron
los cadáveres de ochenta insurrectos.
También en el Faubourg Saint Jacques y en el barrio del Panteón se habían parapetado los obreros en
todas las direcciones. Fue necesario asediar y tomar por asalto casa por casa, como en Zaragoza.99 Pero
los esfuerzos del dictador Cavaignac para apoderarse de estos edificios
resultaron tan infructuosos, que el bestial soldadote de Argel declaró que les
pegaría fuego si sus ocupantes no se rendían.
En la Cité, las muchachas disparaban desde las
ventanas contra los soldados y la Guardia Nacional. También aquí fue necesario
emplazar los obuses, para poder obtener algún resultado.
El 11º batallón de la Guardia Móvil,
dispuesto a pelear al lado de los insurrectos, fue ametrallado
por las tropas y por la Guardia Nacional. Por lo menos, así nos lo han
relatado.
143
Hacia mediodía, la insurrección
iba logrando resueltamente ventajas. Estaban en
sus manos todas las barricadas exteriores, los suburbios de Les
Batignolles, Montmartre, La Chapelle y la Villette, en una palabra, todo el cinturón exterior de París, desde Batignolles hasta el Sena y más de la mitad de la orilla
izquierda del río. Los insurrectos se habían
apoderado en
esta zona de trece cañones, que no llegaron
a emplear. Por el centro, penetraron en la Cité y en la parte baja de la calle
de Saint Martin hasta el Ayuntamiento, donde se hallaban apostados grandes
contingentes de tropa. Sin embargo, según
declaró Bastide en la Cámara, en una hora más el Ayuntamiento podría ser tomado por los insurrectos,
y, en medio del aturdimiento causado por esta noticia, se proclamaron la
dictadura y el estado de sitio.100 Apenas investido de plenos poderes,
Cavaignac recurrió a las medidas más brutales y más extremas, como jamás hasta
ahora se habían puesto en práctica en un Estado civilizado y como el propio
Radetzky titubeó en emplear en Milán. El pueblo volvió a demostrar una vez más
su magnanimidad. Si hubiese respondido a los cohetes incendiarios y a los
obuses con la quema de edificios, no cabe duda de que aquella noche habría
resultado vencedor. Pero no quiso recurrir a las mismas armas que sus
adversarios.
98 Se trata del diario L’Indépendance Belge, de
tendencia burguesa y que se publicaba en la ciudad de Bruselas. En la época de los años
cuarenta del siglo pasado fue el órgano de los liberales belgas.
99 Se hace referencia a la heroica defensa de
la ciudad española de Zaragoza contra el asedio de las tropas napoleónicas.
100 Medida
tomada durante la sesión de la Asamblea Nacional francesa, celebrada el 24 de junio de 1848.
La munición de los insurrectos era casi
exclusivamente el algodón-pólvora, que se fabricaba en grandes cantidades en el
Faubourg Saint Jacques y en el Marais. En la plaza Maubert se instaló una
fundición de balas.
El gobierno recibía constantemente refuerzos. Toda
la noche estuvieron llegando tropas a París: la Guardia Nacional de Pontoise,
Rouen, Meulan, Nantes, Amiens y el Havre; llegaron tropas de Orleáns y
artillería e infantería enviadas de Arras y Douai; de Orleáns enviaron un
regimiento. El 24 por la mañana se recibieron en la ciudad 500.000 cartuchos y
12 cañones. Hay que señalar que los obreros ferroviarios de la línea
del Norte habían levantado los rieles entre París y Saint Denis para
impedir la llegada de más refuerzos.
144
Todas estas fuerzas reunidas y esta inaudita brutalidad lograron
rechazar a los insurrectos en la tarde del día
24.
El hecho de que no sólo Cavaignac sino también la
Guardia Nacional quisiera pegar fuego a todo el barrio del
Panteón revela con cuánta furia se batía la Guardia Nacional, convencida de que
estaba luchando por su propia existencia.
Como puntos de concentración de las tropas atacantes se habían señalado tres lugares: la Puerta Saint
Denis, donde ostentaba el mando el general Lamoriciére, el Ayuntamiento, en el
que se hallaba emplazado el general Duvivier, con 14 batallones, y la plaza de
la Sorbona, desde la que el general Damesme dirigía el combate contra el
Faubourg Saint Jacques.
Hacia el mediodía se tomaron las entradas a la
plaza Maubert y se cercó la plaza. Ésta cayó hacia la una; ¡en el combate
hubo cincuenta bajas de la Guardia Móvil! Hacia la
misma hora y tras un violento y sostenido cañoneo, fue tomado o, mejor dicho, entregado el Panteón. Los mil quinientos insurgentes
allí parapetados hubieron de capitular, probablemente ante la amenaza del señor
Cavaignac y de los burgueses, espumeantes de rabia, de pegar fuego a todo el
barrio.
Al mismo tiempo, los “defensores del orden” fueron
avanzando por los bulevares, tomando las barricadas de las calles adyacentes.
En la calle del Temple, los obreros fueron rechazados hasta la esquina de la
calle de la Corderie; en la calle Boucherat seguía peleándose, y también al
otro lado del
bulevar, en el Faubourg del Temple. En la calle de Saint Martin se escuchaban todavía disparos aislados
de fusil; en la punta de Saint Eustache se sostenía aún una barricada.
Hacia las siete de la noche, le fueron asignados al
general Lamoricière dos batallones de la Guardia Nacional de Amiens, que
destinó inmediatamente a cercar las barricadas levantadas detrás del Château
d’Eau. Para aquel entonces, ya el Faubourg Saint Denis se
hallaba libre y tranquilo, lo mismo que casi toda la orilla
izquierda, del Sena. Los insurrectos habían quedado cercados en una parte del
Marais y en el Faubourg Saint Antoine. Pero estos dos barrios se hallan
separados por el bulevar Baumarchais y el canal de Saint Martin situado a sus
espaldas, y este camino quedaba libre para la tropa.
145
El general damesme, comandante de la Guardia Móvil,
fue herido de bala en un muslo, cerca de la barricada de la calle de
l’Estrapade. La herida no es peligrosa. Tampoco los representantes Bixio y
Dornés han sido heridos de gravedad, como en un principio se creyó.
La herida del general Bedeau es también leve.
Hacia las nueve casi habían sido tomados por asalto
el Faubourg Saint Jacques y el Faubourg Saint Marceau. La lucha había sido
extraordinariamente violenta. El mando de este sector estaba ahora a cargo del
general Bréa.
El general Duvivier, en el sector del Ayuntamiento, había tenido poco éxito. Sin embargo, también aquí
habían sido rechazados los insurrectos.
El general Lamoricière logró tomar, tras
enconada resistencia, los faubourgs Poissoniére, Saint Denis y Saint
Martin, hasta las barreras. Los obreros se sostenían todavía en el Clos Saint
Lazare y habían logrado atrincherarse en el Hospital Louis-Phillippe.
Esta misma noticia fue comunicada hacia las diez de
la noche por el presidenteb de la Asamblea Nacional. Pero hubo de
desmentirse a sí mismo varias veces. Reconoció que en el Faubourg Saint Martin
persistía un intenso tiroteo.101
b Antoine-Marie-Jules Senard.
El estado
en que se hallaban las cosas en la noche del día 24 era, en resumen, el siguiente:
Los insurrectos defendían todavía la mitad del
terreno que tenían en su poder en la mañana del 23.
Formaban esta zona la parte este de París, los faubourgs de Saint Antoine, del Temple, de Saint Martin
y el Marais. Sus puestos avanzados eran el Clos Saint Lazare y algunas
barricadas cercanas al Jardín Botánico.
146
El resto de París se hallaba en
manos del gobierno.
Lo que más llama la atención en esta desesperada lucha, es la furia con que pelean los “defensores del
orden”. Estos burgueses, que antes mostraban unos nervios tan delicados por
cada gota de “sangre burguesa” vertida y que el 24 de febrero se habían dejado
llevar de arrebatos sentimentales ante la muerte de los miembros de la Guardia
Municipal, 102 abatían ahora a los obreros como a bestias salvajes.
No salía de las filas de la Guardia Nacional
ni de los bancos de la Asamblea Nacional una sola
palabra de compasión o de reconciliación, ni un solo rasgo de sentimentalismo
sino, por el contrario, las explosiones violentas de un odio feroz y una fría
rabia en contra de los obreros sublevados. La burguesía, con clara conciencia
de lo que se ventila, libra en contra de ellos una guerra a muerte. Ya triunfe
momentáneamente, ya sucumba, los obreros se vengarán de ella de un modo
espantoso. Después de una lucha como la de las tres jornadas de junio, sólo
cabe esperar una oleada de terror ejercido por una u otra de las partes.
Citaremos, para terminar, algunos párrafos de la carta de un capitán de la Guardia Republicana acerca
de los acontecimientos del 23 y el 24:
Os escribo entre el tiroteo de los mosquetes y el
tronar de los cañones. Hacia las 2, tomamos tres
barricadas levantadas al extremo del puente de Nótre-Dame;
después, avanzamos hasta la calle de Saint Martin y la cortamos a todo lo
largo. Al llegar al bulevar, vimos que estaba abandonado y desierto,
como si fuesen las 2 de la mañana. Subimos por el
faubourg del Temple; antes de llegar
al cuartel, hicimos alto. Doscientos pasos más allá se levantaba una formidable barricada, protegida por algunas otras y defendida
por unos 2.000 hombres. Parlamentamos con ellos por espacio de dos horas.
Inútilmente. Por fin, hacia las 6, avanzó la artillería; los insurrectos fueron
los primeros en abrir fuego.
147
Los cañones repelieron el fuego y hasta las 9
saltaron los cristales y las tejas bajo las explosiones de la artillería; es un
cañoneo espantoso. Corre a raudales la sangre, al tiempo que se descarga una
pavorosa tormenta. Hasta donde alcanza la vista, el pavimento se
halla enrojecido por la sangre. Mi gente cae bajo las balas de
los insurrectos; se defienden como leones. Veinte
veces nos lanzamos al asalto y otras tantas somos
rechazados. El número de muertos es enorme y el de heridos mayor todavía. Hacia
las 9 conseguimos tomar la barricada en un asalto a bayoneta. Hoy (día 24
de junio) hacia las 3 de la mañana, estamos todavía de pie. El cañón
truena incesantemente. El centro es el Panteón. Me encuentro en el
cuartel. Vigilamos a los prisioneros que son conducidos a cada momento. Hay entre ellos muchos heridos.
A algunos se les fusila inmediatamente. De ciento doce hombres que mandaba, he perdido cincuenta y tres.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 28, 28 de junio de 1848]
[IV]
El 25 de junio
101 Véase supra, nota anterior.
102 Guardia Municipal de París:
fuerza militar creada después de la revolución de lulio (1830),
bajo el mando del prefecto de Policía de la ciudad de París. Fue disuelta
después de la revolución de Febrero.
Cada día que pasa crecen
la violencia, la
furia y la cólera de la lucha.
La burguesía siente un odio cada vez más fanático contra los
insurrectos, al darse cuenta de que sus brutalidades no la conducen
directamente a la meta, al sentirse cada vez más desfallecida en la lucha, en
las velas nocturnas y en los vivaques y a medida que va acercándose a su
victoria final.
La burguesía no ha declarado
a los obreros enemigos vulgares a quienes se
derrota, sino enemigos de la sociedad a quienes se
extermina. Y ha difundido la absurda afirmación de que lo único que buscan los
obreros, empujados por sus enemigos, mediante la violencia a la insurrección,
es el saqueo, el incendio y el asesinato; que se trata de una horda de bandoleros con los que hay que acabar como con
las fieras de la selva. Y, sin embargo, los insurrectos fueron dueños de una gran parte de la ciudad por
espacio de tres días y se comportaron ejemplarmente. Si hubiesen querido aplicar los mismos medios
que los burgueses y lacayos de burgueses mandados por Cavaignac, París sería
hoy un montón de ruinas; pero habrían triunfado.
148
Todos los detalles indican
de qué manera tan bárbara han procedido los burgueses en
esta lucha. Sin hablar de las bombas de metralla, de las granadas y los
cohetes incendiarios, se sabe con certeza que en la mayoría de las
barricadas tomadas por asalto no se dio cuartel a los vencidos. Los
burgueses abatían cuanto encontraban por delante. En la noche del 24 fueron
fusilados en la avenida del Observatorio, sin formación de proceso, más de 50
insurrectos prisioneros. “Es una guerra de
exterminio”, escribe un corresponsal de la L’Indépendance Belge,103 a pesar de tratarse de un periódico
burgués. En todas las barricadas existía la creencia de que todos los
insurrectos sin excepción serían pasados por las armas. Cuando Larochejaquelein
dijo en la Asamblea Nacional que había que hacer algo para salir al paso de
aquella creencia, los burgueses no le dejaron siquiera hablar y armaron tal
griterío, que el presidente hubo de cubrirse y levantar la sesión.104 Y cuando más tarde el propio señor
Senard, el presidente, trató de pronunciar algunas hipócritas palabras de evolúo y reconciliación,
se produjo el mismo estrépito de voces. Los burgueses
no querían ni oír hablar de moderación. Aun a
riesgo de que los bombardeos destruyeran una parte de sus propiedades, estaban dispuestos a acabar
de una vez por todas con los enemigos del orden, los saqueadores, bandoleros,
incendiarios y comunistas.
149
Pero no se crea que, al obrar así, se hallaban
animados del heroísmo que sus periódicos se esfuerzan en atribuirles. De la
sesión de hoy de la Asamblea Nacional 105 se desprende que, al
estallar la insurrección, la Guardia Nacional temblaba de miedo; y la lectura
de los informes de todos los periódicos de los más diversos matices deja
entrever, por debajo de la ampulosa fraseología, que el
primer día la Guardia Nacional se presentó al combate en muy reducido número y que, al segundo y al
tercero, Cavaignac tuvo que sacar a sus miembros de la cama y llevárselos a la
línea de fuego, conducidos por un cabo y cuatro infantes. El odio fanático de
la burguesía contra los obreros insurrectos no bastaba para vencer su natural
cobardía.
Los obreros, en cambio, se batieron con una bravura
sin igual. No desfallecieron ni por un momento,
a pesar de que eran
cada vez más incapaces de sustituir sus bajas y se veían
obligados cada vez más a retroceder ante la supremacía del
número. Desde la mañana del 25 hubieron de convencerse ya de que las
perspectivas de la victoria se volvían resueltamente en
contra suya. Llegaban de todas partes
del país nuevas y nuevas masas de tropas de refresco; afluía a París en grandes contingentes la Guardia
Nacional de los suburbios y de las ciudades alejadas de la capital. Las tropas
de línea lanzadas al
combate sumaban, el día 25, más de 40.000 hombres a los de la guarnición ordinaria; la Guardia Móvil
se incorporó a la lucha con 20.000 a 25.000 hombres, a los que hay que sumar
los efectivos de la Guardia Nacional de París y de fuera y varios miles de
hombres de la Guardia Republicana. En total, los efectivos armados que se lanzaron
contra la insurrección oscilaron seguramente, el día 25, entre
103 Véase supra, nota 98.
104 Se trata de la sesión de la Asamblea Nacional francesa, celebrada el 25 de junio de 1848.
105 Se trata de los comentarios
a la sesión de la Asamblea
Nacional francesa del 25 de junio de 1848 publicados
en la Nueva Gaceta Renana (núm. 29, del 19 de junio
de 1848).
150.000 y 200.000 hombres. Por su parte, los
obreros no llegarían ni a la cuarta parte de esta cifra,
disponían de escasa munición y carecían totalmente de dirección militar y de cañones en buen uso. No
obstante lo cual, se batieron silenciosa y desesperadamente contra la
aplastante supremacía. Contingente tras contingente, se lanzaba a cubrir las
brechas que la artillería pesada abría en las barricadas; los obreros recibían
sus descargas sin un solo grito y luchaban en todas partes hasta el último
hombre, sin abandonar sus posiciones al enemigo hasta que se veían rebasados.
En
Montmartre, los insurrectos gritaban a los vecinos. “¡Dejaremos que nos hagan pedazos o los haremos
pedazos nosotros a ellos, pero no capitularemos, y podéis pedir a Dios que
triunfemos, pues de otro
modo pegaremos fuego a todo Montmartre!” Claro está que esta “amenaza incumplida” era el designio
criminal y, en
cambio, las granadas y los cohetes
incendiarios de Cavaignac eran las “hábiles medidas
militares dignas de admiración”.
150
En la mañana del día 25, los
insurrectos mantenían las siguientes posiciones: el Clos
Saint Lazare, los suburbios de Saint Antoine y el Temple, el Marais y el
barrio de Saint Antoine.
El Clos Saint Lazare (donde antes se levantaba el convento) es una gran extensión de terreno, en parte
edificado y en parte cubierto de casas en construcción, trazados de calles, etc. El centro de este terreno
lo ocupa precisamente la Estación del Norte. Este barrio, en el que abundan los
edificios emplazados de un modo irregular y en el que había amontonada, además,
una gran cantidad de materiales de construcción, fue convertido por los
insurrectos en una poderosa fortaleza. Dentro de él se alza el Hospital
Louis-Philippe en construcción; los defensores del barrio levantaron en él
formidables
barricadas, que los testigos oculares describían como absolutamente inexpugnables. Atrás quedaba el
cinturón amurallado de la ciudad, cercado y ocupado por los insurrectos.
Desde allí, se extendían sus parapetos hasta la calle de Rochechouart y la
zona de las barreras. Las barreras de Montmartre se
hallaban fuertemente defendidas, y Montmartre estaba totalmente en manos de los obreros. Cuarenta
cañones que todavía no habían logrado silenciar llevaban dos días tronando
contra ellos.
Nuevamente abrieron fuego los
cuarenta cañones todo el día contra estas defensas; por
último, hacia
las seis de la tarde, fueron tomadas las dos barricadas de la calle de Rochechouart, y poco después caía
también el Clos Saint Lazare.
151
En
el bulevar del Temple, la Guardia Móvil logró ocupar a las diez de la mañana varias casas desde las
que los insurrectos disparaban sobre los asaltantes. Los “defensores del orden”
habían avanzado, aproximadamente, hasta el bulevar de las Filies du Calvaire.
Entre tanto, los insurrectos habían
conseguido subir hasta más arriba por el Faubourg del Temple, ocupar parte del canal de Saint Martin
y bombardear fuertemente desde allí y desde el bulevar, con
su artillería, las anchas y rectas calles de
aquella parte de la ciudad. La lucha era sumamente enconada. Los obreros sabían perfectamente bien
que los estaban atacando en el mismo corazón de sus posiciones. Y se defendían
furiosamente. Llegaron incluso a recuperar algunas barricadas de las que habían sido desalojados. Pero, tras un largo
combate, fueron arrollados por la superioridad del número y de las armas. A la
caída de la noche, las tropas del gobierno habían logrado conquistar
no sólo el Faubourg del Temple, sino también, gracias a sus
posiciones en el bulevar y en el canal, los accesos al Faubourg Saint
Antoine y varias barricadas de este barrio.
Junto al Ayuntamiento hacía el general Duvivier
lentos pero uniformes progresos. Desde los muelles del Sena se acercó por los
flancos a las barricadas de la calle de Saint Antoine y pudo enfilar también su
artillería pesada sobre la isla de Saint Louis, a la vez que sobre la antigua
isla Louvier.106 También aquí se entabló un rudo combate, pero acerca de
él carecemos de detalles y sabemos solamente que hacia las cuatro caían la
alcaldía del noveno arrondissement con las calles adyacentes,
que fueron tomadas por asalto entre otras,
una barricada de la calle de Saint Antoine y el puente de Damiette, por
el que se pasaba a la isla de Saint Louis. A la caída de la
noche, los insurrectos habían sido desalojados aquí de
todas sus posiciones y quedaban despejadas todas las entradas a la plaza de la
Bastilla.
106 Isla Louvier: separada hasta 1843 de la orilla derecha del Sena por un pequeño brazo
de río, que más tarde fue unida a tierra evol.
De este modo, los insurrectos
habían sido derrotados
en todos los puntos de la ciudad, con excepción
del Faubourg Saint Antoine. Ésta era su posición más fuerte. Los muchos accesos
de este fau
106
152 ** CARLOS MARX Y FEDERICO ENGELS
evol, verdadero hogar de todas las insurrecciones
parisinas, aparecían defendidas con mucha pericia. Barricadas levantadas de
lado, que se cubrían unas a otras y que contaban, además, con el refuerzo del
fuego de las casas cercanas, ofrecían un temible frente de ataque. Tomarlas por
asalto habría costado una inmensa cantidad de vidas.
Delante de estos parapetos se emplazaron los
burgueses o, mejor dicho, sus lacayos. La Guardia
Nacional107 no había hecho gran cosa durante esta jornada. La mayor parte de la faena había corrido a
cargo de los soldados de línea y de la Guardia Móvil; 108 la Guardia
Nacional ocupaba las partes tranquilas de la ciudad, ya conquistadas.
Las que peor se habían portado eran la Guardia
Republicana y la Guardia Móvil. La Guardia Republicana,109 recién
organizada y depurada, se batió con una furia enorme contra los obreros, a
quienes debía sus entorchados como Guardia Municipal Republicana.
La Guardia Móvil, reclutada en su mayor parte entre
el lumpenproletariado de París, había ido convirtiéndose durante el breve
tiempo que lleva de existencia y gracias a la buena soldada en una guardia
pretoriana del gobernante que en cada momento ocupaba el poder. El
lumpenproletariado, organizado ha dado la batalla al proletariado laborioso no
organizado. Se ha puesto, como era de esperar, a disposición de la burguesía,
lo mismo que los lazzaroni (desharrapados) de Nápoles se
pusieron a las órdenes del rey Fernando de Borbón.a Sólo se pasaron al otro bando los destacamentos
de la Guardia Móvil integrados por verdaderos trabajadores.
A Véase supra, pp. 51 y ss.
¡Cuán bochornoso parece todo lo que está ocurriendo
en París cuando se ve cómo estos antiguos
mendigos, vagabundos, picaros, pilludos y pequeños rateros encuadrados en la Guardia Móvil, que en
marzo y en abril cualquier burgués motejaba como una banda de ladrones y
carteristas capaces de todas las infamias y que ya no era posible seguir
tolerando, cuando se ve, digo, cómo este hatajo de maleantes es ahora halagado,
ensalzado, puesto por las nubes, bien pagado y condecorado,
sencillamente porque estos “jóvenes héroes”, estos “ leales hijos de París”, valientes y esforzados, que
“ escalaron las barricadas desafiando la muerte”, etc., etc., porque estos
individuos que en febrero habían luchado en las barricadas sin
conciencia de lo que hacían, enfilaron ahora
sus fusiles contra el
proletariado trabajador con la misma falta de conciencia con que antes dispararon contra los soldados,
porque se dejaron sobornar por treinta sous (centavos) al día,
alquilándose por ese precio para ametrallar a sus hermanos! ¡Por eso honra la
burguesía a esos vagabundos vendidos, porque por esa mísera soldada se han
prestado a disparar contra ía parte mejor y más revolucionaria de los obreros parisinos!
Causa pasmo, verdaderamente, la valentía con que se
han batido los obreros. ¡De treinta a cuarenta mil trabajadores se han
sostenido tres días enteros contra más de ochenta mil soldados y cien mil
hombres de la Guardia Nacional, frente a bombas de metralla, granadas y cohetes
incendiarios y desafiando la noble estrategia guerrera de generales que no se
sonrojan en emplear contra sus compatriotas los recursos de la guerra argelina!
Sus muertos no recibirán los honores que se tributaron a los de julio110 y
febrero,111 pero la historia les asignará un lugar mucho más alto,
como a las víctimas de la primera batalla decisiva del proletariado.
107 Véase supra, nota 89.
108 Véase supra, nota 88.
109 Véase supra, nota 92.
110 Véase supra, nota 10.
111 Véase supra, nota 13.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 29, 29 de junio de 1848]
154
[V]
La revolución de Junio
[El curso de la insurrección en Paris]
Poco a poco, se van reuniendo los elementos necesarios para formarse una idea de conjunto acerca de
la revolución de Junio; se completan los informes, se va haciendo posible distinguir
los hechos de los rumores y de las mentiras, y se destaca cada vez con mayor
claridad el carácter de la insurrección. Y cuanto más vamos logrando ver
en su entrelazamiento los acontecimientos de las
cuatro jornadas de junio, más nos asombran las proporciones gigantescas de la insurrección, su heroísmo, la organización
rápidamente improvisada y la unanimidad de los insurrectos.
El plan de batalla de los obreros, atribuido a Kersausie, amigo de Raspad y ex oficial del ejército, era el siguiente:
Los insurrectos avanzaron en cuatro columnas y en movimiento concéntrico sobre el Ayuntamiento.
La primera columna, cuya base de operaciones eran
los suburbios de Montmartre, La Chapelle y La
Villete, avanzó hacia el Sur desde las barreras de Poissonnière, Rochechouart, Saint Denis y La Villette,
ocupó los bulevares y se acercó al Ayuntamiento por las calles de Montorgueil,
Saint Denis y Saint Martin.
La segunda columna, que tenía como base los faubourgs del Temple y de Saint Antoine, habitados casi
en su totalidad por obreros y cubiertos por el canal de Saint Martin, avanzó hacia el centro de la ciudad
por las calles del Temple y de Saint Antoine, atravesando los muelles de la
orilla norte del Sena y por todas las calles paralelas del barrio intermedio.
La tercera columna, apoyada en
el Faubourg Saint Marceau, avanzó sobre la
isla de la Cité por la calle de Saint Victor y los muelles
de la orilla sur del río.
Por último, la cuarta columna, tomando como base el
Faubourg Saint Jacques y la zona de la Escuela
de Medicina, avanzó también sobre la Cité por la calle de Saint Jacques. Desde la Cité, las dos columnas,
unidas, avanzaron por la orilla derecha del Sena y tomaron el Ayuntamiento de
flanco y por detrás.
155
Este plan se basaba, por tanto, con mucho acierto, en los barrios de la ciudad habitados exclusivamente
por obreros, que rodean en semicírculo toda la mitad este de París y que van ensanchándose conforme
se avanza hacia el Este. Se trataba de limpiar
primero de enemigos el este de París y de avanzar luego
por las dos márgenes del Sena hacia el Oeste y sus centros, las Tullerías y la
Asamblea Nacional.
Las columnas avanzaban apoyadas por una serie de
cuerpos volantes, operaban entre ellas y en sus
flancos, pero por cuenta propia, levantaban barricadas, ocupaban las pequeñas calles y mantenían los contactos.
Para el caso de un repliegue, las bases de
operaciones habían sido fuertemente, atrincheradas y
convertidas con todas las reglas del arte en temibles fortalezas, como ocurría con el Clos Saint Lazare,
el Faubourg y el barrio de Saint Antoine y el Faubourg de Saint Jacques.
Si este plan adolecía de algún defecto era el no
tener en cuenta para nada, al comienzo de las
operaciones, la parte oeste de París. En
esta parte, a los dos lados de la calle de Saint Honoré y junto a
los Halles y el Palais National, hay varios barrios que se prestan
magníficamente para revueltas populares, con calles muy
estrechas y tortuosas, habitadas preferentemente por obreros.
Habría sido importante haber establecido aquí una quinta columna de la
insurrección, aislando así el Ayuntamiento y obligando a concentrar una gran masa de tropas en este baluarte avanzado. El triunfo
de la insurrección dependía de que los insurrectos
pudieran llegar lo antes posible al centro de París y asegurarse la conquista
del edificio del Ayuntamiento. No sabemos hasta qué punto resultaría imposible
para Kersausie organizar aquí la insurrección. Pero es un hecho que jamás ha
logrado imponerse en París un movimiento insurreccional sin apoderarse desde el
primer momento de este
centro de la capital que linda con las Tullerías. Baste recordar la insurrección que estalló en el entierro
del general Lamarque,112 la cual, habiendo logrado penetrar también hasta
la calle Montorgueil, fue luego rechazada.
156
Los insurrectos avanzaron con arreglo a los planes
trazados. Inmediatamente, se pusieron a separar su territorio, el París de los
obreros, del París de los burgueses, mediante dos grandes obras de defensa: las
barricadas de la Puerta Saint Denis y las de la Cité. Fueron desalojados de las
primeras, pero lograron mantenerse en las segundas. El
primer día, el 23, fue un simple preludio. El plan de los
insurrectos estaba ya claro (y la Nueva Gaceta Renana supo
comprenderlo certeramente desde el primer momento, véase núm.
26 suplemento extra),a sobre todo después de los
primeros encuentros
de la mañana entre las avanzadas. El bulevar Saint Martin, que cruza a través de la línea de operaciones
de la primera columna, se convirtió en escenario de enconadas luchas, las cuales terminaron aquí con
la victoria de las fuerzas del “orden”, impuesta en parte por las condiciones
locales.
A Véase supra, pp. 130 y ss.
Fueron cortados los accesos a la Cité, a la derecha
por un cuerpo volante que fue a emplazarse en la calle de Planche-Mibray, y a
la izquierda por la tercera y la cuarta columnas, que ocuparon y fortificaron
los tres puentes del sur de la Cité. También aquí se trabó un combate muy
violento. Las fuerzas del “orden” lograron apoderarse del puente Saint Michel y
avanzar hasta la calle de Saint Jacques. Se jactaban de que pondrían fin a la
revuelta antes de que cayera la noche.
Si el plan de los insurrectos estaba ya claro, más
lo estaba aún el de las fuerzas del “orden”. Este plan se reducía por el
momento a aplastar la insurrección por todos los medios. Esta intención fue
dada a conocer a los insurrectos mediante el disparo de granadas de cañón y
cohetes incendiarios.
157
Pero el gobierno creía habérselas con una banda
desorganizada de revoltosos que actuaban sin plan alguno. Después de despejar
hacia el anochecer las calles principales, declaró que la revuelta estaba
liquidada y ocupó con tropas, bastante descuidadamente, las partes conquistadas
de la ciudad.
Los insurrectos supieron aprovechar magníficamente
esta negligencia para iniciar la gran batalla, después de las escaramuzas del
día 23 entre las avanzadas. Es en verdad asombrosa la rapidez con que los
obreros se asimilaron el plan de operaciones, la uniformidad con que combinaban
sus movimientos y la pericia con que sabían
aprovechar un terreno tan complicado como aquel en
que se movían. Todo lo cual habría sido inexplicable si los obreros no se
hubieran hallado ya bastante bien organizados militarmente en los Talleres
Nacionales113 y distribuidos en compañías, gracias a lo cual
les bastaba con trasplantar su organización industrial
a las actividades de la guerra para poner en
pie inmediatamente un ejército perfectamente estructurado.
En la mañana del 24, los insurrectos no sólo habían
recuperado todo el terreno perdido, sino que habían conquistado, además, nuevas
posiciones. Es cierto que la línea de los bulevares, hasta la del
Temple, seguía ocupada por las tropas, lo que hacía que la primera columna de los insurrectos quedara
cortada por el centro; pero, a cambio de ello, la segunda columna avanzó desde
el barrio de Saint Antoine hasta lograr cercar casi por completo el
Ayuntamiento. Estableció su cuartel general en la iglesia de Saint Gervais, a
300 pasos del Ayuntamiento, y se apoderó del convento de Saint Merry y
calles adyacentes; y, avanzando hasta mucho más allá del Ayuntamiento, logró aislarla casi totalmente,
112 El 5 de junio de 1832 las fuerzas
del ala izquierda del partido republicano, entre ellos la Sociedad de los
Amigos del Pueblo, aprovecharon los funerales del general Lamarque para
organizar una manifestación pacífica. Lamarque era el portavoz de
los pocos diputados republicanos de la nueva Cámara. Esta manifestación se
convirtió, por culpa del gobierno, en un
choque sangriento que se prolongó hasta la tarde del 6 de junio, principalmente en los alrededores del antiguo convento de Saint Merry, donde
lucharon tras las barricadas los últimos republicanos, entre los que se
encontraban muchos obreros.
113 Véase supra, nota 86.
junto con las columnas de la Cité. Sólo quedó libre un acceso a ella: los muelles de la orilla derecha del Sena.
158
En el Sur, los insurrectos volvían a ocupar
totalmente el Faubourg Saint Jacques, habían restablecido las
comunicaciones con la Cité, la fortificaron y prepararon el paso hacia la
orilla derecha.
Estaba claro que no había tiempo
que perder. El Ayuntamiento, centro revolucionario de
París, se hallaba amenazado y debía caer antes de que el enemigo
procediese a adoptar medidas decisivas.
[Neue Reihnische Zeitung, núm. 31,1 de julio de 1848]
[VI]
La revolución de Junio
La Asamblea Nacional, empavorecida, nombró dictador a Cavaignac114 y éste, habituado desde Argelia
a intervenir “enérgicamente”, sabía lo que tenía que hacer.
Inmediatamente, avanzaron diez batallones a lo
largo del muelle de Pécole hacia el Ayuntamiento. Cortaron las comunicaciones
de los insurrectos de la Cité con la margen derecha, aseguraron el
Ayuntamiento y se permitieron, incluso, lanzar asaltos contra las barricadas levantadas a su alrededor.
Fue despejada y mantenida constantemente limpiada
calle de Planche-Mibray y su continuación, la calle de Saint Martin. La
artillería pesada barrió el puente de Notre-Dame, situado en frente y que
conduce a la Cité. Logrado esto, Cavaignac avanzó directamente sobre la Cité
para proceder allí con
toda “energía”. El puesto principal de los insurrectos, el almacén de la “Belle Jardinière”, fue cañoneado
primero por la artillería y luego incendiado por medio de cohetes; tres puentes tendidos hacia la orilla
izquierda fueron tomados por asalto, y los insurrectos, rechazados, hubieron de
replegarse sobre
aquella margen del río. Entre tanto, los 14 batallones emplazados en la plaza de Grève y en los muelles
del Sena levantaron el cerco del Ayuntamiento, y la iglesia
de Saint Gervais quedó reducida de cuartel
general a un puesto avanzado y perdido de los insurrectos.
159
La calle de Saint Jacques no sólo fue atacada por
la artillería desde la Cité, sino tomada además de
flanco desde la orilla izquierda. El general Damesme avanzó a lo largo del Jardín de Luxemburgo hacia
la Sorbona, tomó el Barrio Latino y envió sus columnas hacia el Panteón.
La plaza del Panteón estaba convertida en una temible fortaleza.
Hacía ya mucho tiempo que había sido tomada la calle de Saint Jacques, cuando
las fuerzas del “orden” seguían encontrándose aquí con un baluarte
inexpugnable. Habían fracasado los cañones y los ataques a la bayoneta, hasta
que, por último, la fatiga, la falta de municiones y la amenaza formulada por
los burgueses de pegar fuego al barrio obligaron a los 1 500
obreros, cercados por todas partes, a rendirse. Casi
al mismo tiempo caía en manos de las fuerzas del
“orden” la plaza Maubert, tras larga y valerosa resistencia, y los insurrectos,
desalojados de sus posiciones más sólidas, veíanse forzados a abandonar toda la
orilla izquierda del Sena.
Entre tanto, las posiciones que las tropas y los
guardias nacionales ocupaban en los bulevares de la margen derecha fueron
utilizadas también para presionar hacia ambos lados. Lamoriciére, que mandaba
este sector, ordenó que fuesen despejadas por la artillería gruesa y los
rápidos ataques de las tropas las calles de los faubourgs, Saint Denis y Saint
Martin, el bulevar del Temple y media calle del Temple. Este general podía
jactarse de haber logrado brillantes éxitos antes del anochecer: había dejado cortada y cercada a medias la primera columna insurrecta en el Clos Saint Lazare, había logrado
rechazar a la segunda y, con su avance en los bulevares, había introducido una
cuña entre las dos.
¿Cómo pudo Cavaignac conseguir estas ventajas?
114 Se hace referencia a la sesión de la Asamblea Nacional francesa, del 24 de junio de 1848.
En primer lugar, gracias a la enorme superioridad
de fuerzas que le fue posible desplegar contra los
insurrectos. Para el día 24 tenía a su disposición no sólo los 20.000 hombres de la guarnición de París,
los 20.000 a 25.000 hombres de la Guardia Móvil y los 60.000 a 80.000 de la
Guardia Nacional disponible, sino también los efectivos de la Guardia Nacional
de todos los alrededores de París y de varias ciudades alejadas
(de 20.000 a 30.000 hombres), y además 20.000 a 30.000 soldados enviados
con toda celeridad de las guarniciones cercanas a la capital. El 24 por la
mañana, tenía ya bajo su mando a más de 100.000 hombres, que en el transcurso
del día aumentaron en 50.000 más. Y los contingentes de los insurrectos
sumaban, cuando mucho, ¡de 40.000 a 30.000 hombres!
160
En segundo lugar, gracias a los medios brutales que empleó. Hasta entonces, solamente una vez habían
disparado los cañones en las calles de París: en el Vendimiario de 1795, el día
en que Napoleón dispersó con bombas de metralla a los insurrectos, en la calle
de Saint Honoré.115 Pero nunca hasta entonces se había
empleado la artillería contra barricadas y contra casas, y menos aún
las granadas y
los cohetes incendiarios. El pueblo no estaba todavía preparado contra estas armas; se hallaba inerme
frente a ellas, y el único recurso que habría podido emplear en contra de tales
ataques, el incendio, repugnaba a sus nobles sentimientos. Hasta ahora, el
pueblo no había sospechado siquiera que en pleno París pudiera desatarse una
guerra de éstas, a la argelina. Por eso retrocedió, y su primer repliegue
decidió ya su derrota.
El 25, Cavaignac avanzó a la cabeza de tropas aún
muy superiores. Los insurrectos se hallaban ya circunscritos a un solo barrio,
a los faubourgs de Saint Antoine y el Temple; tenían, además, en sus manos dos
puestos avanzados, el Clos Saint Lazare y una parte del barrio de Saint
Antoine, hasta el puente de Damiette.
Cavaignac, que había vuelto a recibir de 20.000 a 30.000 hombres de refuerzo, aparte de considerable
parque de artillería, ordenó que se atacasen primeramente los puestos avanzados
de los insurrectos, y principalmente el Clos Saint Lazare. Los insurrectos se
habían atrincherado allí como en una ciudadela. Por último, tras doce horas de
continuo cañoneo y lanzamiento de granadas, Lamoricière logró desalojar a los
obreros de sus posiciones y ocupar el Clos; pero, para conseguir esto, tuvo
primero que hacer posible un ataque de flanco desde las calles de Rochechouart
y Poissonnière y demoler las barricadas, el primer día, con
cuarenta cañones, y el segundo día, con un
número todavía mayor de piezas de artillería.
161
Otra parte de su columna avanzó por el Faubourg Saint Martin hasta el Faubourg del Temple, pero sin
conseguir nada; entre tanto, otra columna bajada por los bulevares hasta la
Bastilla, pero sin lograr
tampoco llegar lejos, pues sólo pudo destruir, después de un violento cañoneo, una serie de barricadas
verdaderamente temibles. Allí quedaron espantosamente destruidas las casas.
La columna de Duvivier, que atacó desde el Ayuntamiento, hizo retroceder más y más a los insurrectos
bajo un fuego constante de la artillería. Fue tomada la iglesia de Saint Gervais
y despejada la calle de Saint Antoine hasta muy lejos del Ayuntamiento,
mientras varias columnas que avanzaban a lo largo del muelle sobre el Sena y
las calles paralelas limpiaban el puente de Damiette, lo que permitía a los
insurrectos del barrio de Saint Antoine comunicarse con las islas de Saint
Louis y la Cité. Flanqueado el barrio de Saint Antoine, a los insurrectos
no les quedaba otro camino que replegarse sobre el
faubourg, como en efecto lo hicieron, en medio de violentos combates, con una columna que se movía
por los muelles hasta la desembocadura del canal de Saint Martin y desde allí, bordeando el canal, por
el bulevar Bourdon. Unos cuantos que quedaron copados fueron pasados a cuchillo, y sólo unos pocos
fueron entregados como prisioneros.
Mediante esta operación, lograron las fuerzas del gobierno tomar el barrio de Saint Antoine y la plaza
de la Bastilla. Hacia el anochecer, consiguió la columna de Lamoricière
conquistar totalmente el bulevar Beaumarchais y logrando así, en la plaza de la
Bastilla, reunirse con las tropas de Duvivier.
115 El 12 y 13 Vendimiario (4 y 5 de octubre) de 1795, aplastó Napoleón en París una sublevación de los realistas, que se oponían a
la Convención.
La toma del puente de Damiette permitió a Duvivier
desalojar de sus posiciones, a los insurrectos de la isla de Saint Louis y de
la antigua isla Louvier.116 Y lo hizo, hay que reconocerlo, con un
verdadero derroche de barbarie argelina. En
pocas partes de la ciudad se empleó la artillería
pesada con efectos tan devastadores como en la isla de Saint Louis. Pero ¿qué
importa? Los insurrectos fueron desalojados o pasados a cuchillo, y el “orden”
triunfó sobre un montón de ruinas humeantes y cubiertas de sangre.
162
En la orilla izquierda del río quedaba todavía un puesto por conquistar. El puente de Austerlitz, que al
este del canal de Saint Martin une al Faubourg Saint Antoine con la margen
izquierda del Sena, aparecía fuertemente cubierto de barricadas y, en la orilla
izquierda, donde desemboca en la plaza
Valhubet delante del Jardín Botánico, provisto de una fuerte cabeza de puente. Esta cabeza de puente,
que después de la caída del Panteón y de la plaza Maubert era el último
parapeto que les quedaba a los insurrectos en la orilla izquierda, fue tomado
tras una empeñada resistencia.
Para el día siguiente, el 26, sólo les quedaba,
pues, a los insurrectos su última fortaleza, el Faubourg
Saint Antoine y una parte del Faubourg del Temple. Estos dos faubourgs no son
muy apropiados para combates callejeros; tienen calles bastante
anchas y casi totalmente rectas, que ofrecen magnífico
campo a la artillería. Por el lado oeste aparecen magníficamente cubiertas por el canal de Saint Martin,
mientras que por la parte norte quedan completamente al descubierto. De aquí
parten cinco o seis calles derechas y anchas que van a internarse hacia abajo
en pleno corazón del Faubourg Saint Antoine.
Las principales defensas eran las de la
plaza de la Bastilla y la calle más importante de todo el
barrio, la calle del Faubourg
Saint Antoine. Se habían
levantado aquí barricadas más poderosas, amuralladas en
parte con los grandes adoquines y en parte apuntaladas por
fuertes vigas. Se hallaban construidas
en ángulo hacia adentro, de una parte
para debilitar el
efecto de los cañonazos y, de otra, para ofrecer
un frente de defensa más ancho, que permitiera el fuego graneado. En las casas
se habían derribado los muros medianeros, comunicando de este modo entre sí
todo un grupo de casas, lo que permitía a los insurrectos, según las exigencias
del momento, abrir fuego de tiradores sobre el enemigo o
parapetados los combatientes en los puentes y muelles del canal y en las calles paralelas a éste. En una
palabra, los dos faubourgs que todavía se hallaban en manos de los insurrectos
semejaban una perfecta fortaleza, en
la que las tropas tenían que arrancar con
fuertes bajas cada pulgada de terreno.
163
La lucha debía reanudarse el
26 por la mañana.
Pero Cavaignac no tenía ninguna gana de aventurar
a sus tropas en aquel dédalo de barricadas. Amenazó,
pues, con un bombardeo. Fueron emplazados los
morteros y los obuses. Se abrieron negociaciones. Entre tanto,
Cavaignac mandó minar las casas más cercanas — aunque sólo pudo hacerse de
manera muy limitada, dado el poco tiempo de que se disponía y teniendo en
cuenta el canal que cubría una de las líneas de ataque— y desde las casas ya
ocupadas se abrieron comunicaciones interiores con las adyacentes por medio de boquetes realizados
en los muros medianeros.
Las negociaciones fracasaron y se reanudó la lucha.
Cavaignac ordenó al general Perrot atacar desde el Faubourg del Temple y al
general Lamoricière desde la plaza de la Bastilla. En ambos puntos se
desató un intenso fuego de artillería contra las barricadas. Perrot avanzó bastante aprisa, tomó el resto
del Faubourg del Temple y en algunos lugares llegó incluso al Faubourg Saint Antoine.
Lamoricière se
movió más lentamente. Sus cañones encontraron
la resistencia de las primeras barricadas, a pesar de
haber sido incendiadas por las granadas las primeras casas del suburbio.
Lamoricière volvió a parlamentar. Reloj en mano, aguardó tranquilamente el
minuto que habría de depararle el placer de reducir a escombros el barrio más
poblado de París. Por fin, capituló una parte de los insurrectos, mientras que
la otra, atacada por los flancos, se replegaba tras breve lucha.
Así terminaron los combates de barricadas de la
revolución de Junio. En las afueras de la ciudad seguían librándose algunos
combates aislados de tiradores, pero ya sin importancia. Los insurrectos
116 Véase supra, nota 106.
fugitivos se dispersaron por los alrededores de la
capital y fueron apresados uno a uno por la caballería.
164
Hemos hecho este relato puramente militar de la
lucha para poner de manifiesto ante nuestros lectores la heroica bravura, la
unanimidad, la disciplina y la pericia militar con que se batieron los obreros
de París. En número de 40.000 pelearon durante cuatro días contra fuerzas
cuatro veces
mayores y no faltó mucho para que triunfaran. Estuvieron a punto de llegar al centro de París, tomando
el edificio del Ayuntamiento, instituyendo un
Gobierno provisional y duplicando sus efectivos con
los contingentes de los barrios de la ciudad conquistados y los de la Guardia Móvil, que, tal como estaban
las cosas, sólo necesitaban de un empujón para pasarse al otro bando.
Algunos periódicos alemanes sostienen que esta batalla ha sido la decisiva entre la República roja y la
tricolor, entre los obreros y los burgueses. Nosotros estamos convencidos de
que esta batalla no decidirá nada, como no sea la
división de los vencedores entre ellos mismos. Por lo demás,
la marcha de las cosas, vista en su conjunto, demuestra, aunque enfoquemos
la cosa desde el punto de vista puramente militar, que los obreros habrán de
vencer en plazo no muy lejano. ¡Si 40.000 obreros han podido desplegar una lucha tan gigantesca frente a fuerzas cuatro veces mayores, hay que imaginarse
de lo que será capaz la gran masa de los obreros de París cuando actúen todos
juntos y de un modo coherente!
Kersausie ha sido hecho prisionero y es muy posible que a
estas horas haya sido fusilado. Los burgueses podrán quitarle la vida, pero no
la gloria de haber sido el primero en organizar la lucha urbana. Podrán fusilarlo pero no habrá poder en el mundo capaz de impedir que sus planes y sus ideas
sean utilizados en el futuro en todos los combates callejeros. Podrán fusilarlo, pero no impedir
que su nombre quede inscrito para siempre en la historia como el del primer
general de las barricadas.
[Neue Rheinische Zeitungynúm. 32, 2 de julio de 1848]
165
LA REVOLUCIÓN DE JUNIO
[C. Marx]
LOS OBREROS DE PARÍS HAN SIDO APLASTADOS POR LA SUPERIOridad del número, pero no han
sucumbido. Han sido derrotados, pero son sus adversarios los vencidos. El triunfo momen
táneo de la fuerza bruta se ha pagado con la
destrucción de todos los engaños e ilusiones de la revolución de Febrero, con
la disolución de todo el viejo partido republicano, con la escisión de la
nación francesa en dos naciones, la de los poseedores y la de los trabajadores.
La República tricolor tiene ya un solo color: el color de los
derrotados, el color de la sangre. La República francesa es ya
la República roja.
El pueblo no respeta ya ninguna reputación
republicana, ni la del National117 ni la de La
Réforme.118 Sin más jefes ni otros recursos que los de la misma
sublevación, ha resistido, a la burguesía y a la soldadesca francesas unidas,
durante más tiempo que cualquier dinastía francesa pertrechada con todo el
aparato militar y ha podido hacer frente a una fracción de la burguesía unida
al pueblo.178
166
Y para que se disipara hasta la última ilusión del
pueblo y se rompiera totalmente con el pasado, era necesario que se pusiera
también de parte de los opresores el aditamento poético habitual de las
revueltas francesas, la entusiasta juventud burguesa, que tomaran partido por
ellos los alumnos de la École Polytecnique,a los
muchachos del tricornio. Era necesario que los estudiantes de la Facultad de
Medicina negasen la ayuda de la ciencia a los plebeyos heridos. La ciencia no existe para el hombre de
la plebe que ha incurrido en el crimen
nefando de batirse en las trincheras por una vez en
defensa de su propia existencia, en vez de batirse por Luis Felipe o por
el señor Marrast.
A Escuela Politécnica.
El último residuo oficial de la revolución de
Febrero, la Comisión ejecutiva,119 se ha esfumado como girón de niebla
ante la gravedad de los acontecimientos. Las figuras retóricas de Lamartine se
han convertido en las granadas incendiarias de Cavaignac.
La fraternité, la fraternidad
entre las clases antagónicas, al amparo de la cual explota la una a la otra,
aquella fraternité proclamada en Febrero y estampada en grandes caracteres sobre la frente de París,
en las fachadas de todas las cárceles y de todos los cuarteles, revela ahora su
verdadera, auténtica y prosaica faz, que es la guerra civil bajo
su forma más espantosa, la guerra entre el trabajo y el
capital.
Esta fraternidad brilló delante de todas las ventanas de París en la noche del 25 de junio, el día en que
el París de la burguesía se iluminaba, mientras el París
del proletariado ardía, gemía y se desangraba.
La fraternidad había durado el tiempo durante el
cual el interés de la burguesía coincidió con el del proletariado. Los pedantes
de la vieja tradición revolucionaria de 1793; los sistemáticos socialistas que
mendigan a la burguesía una limosna para el pueblo y a quienes se permitía
pronunciar largos
sermones y ponerse en evidencia mientras era necesario mantener adormecido al león proletario; los
republicanos que reclamaban el mantenimiento del viejo orden burgués con excepción de la testa
117 La fracción política formada en torno al
periódico francés Le National agrupaba a los republicanos
burgueses
moderados, quienes eran dirigidos por Armand Marrast; en la década de los cuarenta se apoyaba en la burguesía industrial, a la que se hallaba unida
por una parte de la intelectualidad liberal.
Le National: diario francés que apareció de
1830 a 1851 en París.
118 Los partidarios del periódico
francés La Réforme constituían una fracción política de
demócratas y republicanos pequeñoburgueses, encabezados por Louis
Blanc. La Réforme se publicó, en París, de 1843 a 1850.
119 Comisión ejecutiva: nombre dado al gobierno de la República francesa designado por la Asamblea Constituyente el 10 de mayo de
1848, en sustitución del Gobierno provisional, que había ya dimitido. Esta
Comisión ejecutiva subsistió hasta el 24 de junio del mismo año, fecha en
que se instauró en el poder, con los propósitos de controlar la insurrección
principalmente obrera, la dictadura militar de Cavaignac.
coronada; los hombres de la oposición
dinástica120 a quienes el azar aportó, en vez de un cambio de ministerio,
el derrocamiento de una dinastía; los legitimistas,121 que no aspiraban a
arrojar la librea, sino simplemente a cambiar su hechura; he allí los aliados con los que el pueblo hizo su revolución de
Febrero... Lo que instintivamente odiaba el
pueblo en Luis Felipe no era
a Luis Felipe, sino a la cabeza coronada de una
clase, al capital en el trono. Pero, magnánimo como siempre, creyó haber
destruido a su enemigo al derrocar al enemigo de sus enemigos, al enemigo común.
167
La revolución de Febrero fue la
revolución hermosa, la revolución de la simpatía general, porque
las contradicciones que en ella estallaron contra la monarquía eran aún
contradicciones incipientes, adormiladas todavía bajo un manto
de concordia, porque la lucha social que les servía de fondo no
había cobrado aún más que una existencia etérea, la existencia de la frase, de la palabra. La revolución
de Junio, en cambio, es la revolución fea, la revolución
repelente, porque las frases han sido desplazadas aquí por la realidad, porque
la República, al echar por tierra la Corona, que la amparaba y la encubría,
puso de manifiesto la cabeza del monstruo.
¡Orden!, era el grito de combate de Guizot. ¡Orden!, gritó
Sebastiani, el guizotista, cuando los rusos se
apoderaron de Varsovia. ¡Orden!, grita Cavaignac, como el eco brutal de la Asamblea Nacional francesa
y de la burguesía republicana. ¡Orden!, tronaban sus
proyectiles, al desgarrar el cuerpo del proletariado.
Ninguna de las numerosas
revoluciones hechas por
la burguesía francesa desde 1789 había atentado
contra el orden, pues todas dejaron en pie la dominación de la
clase, la esclavitud de los obreros, el orden burgués, por muy
frecuentemente que cambiara la forma política de esta dominación y de esta
esclavitud. Pero la batalla de Junio sí ha atentado contra este orden. ¡La
maldición caiga sobre ella!
168
Bajo el Gobierno provisional era
decente, era necesario pedir a los obreros, como se les pidió
en miles de carteles oficiales, que “pusieran tres meses de miseria a
disposición de la República” era política y
misticismo a un tiempo predicarles que la revolución de Febrero había sido hecha en su propio interés y
perseguía por encima de todo los intereses de los obreros. Pero,
desde la apertura de la Asamblea
Nacional, se impuso el lenguaje prosaico. Ahora ya sólo se trataba — como hubo de decirlo el ministro
Trélat— de hacer que el trabajo volviera a sus viejas
condiciones. Lo que quiere decir que los obreros se habían batido en
febrero para verse lanzados a una crisis industrial.
La misión de la Asamblea Nacional consiste en
borrar de la realidad la revolución de Febrero, por lo menos para los obreros,
y hacer, que éstos vuelvan a las viejas condiciones de vida. Pero ni siquiera
esto ha podido lograrse, pues no está en manos de una asamblea ni en las de un rey
poder gritar a una
crisis industrial de proporciones universales: ¡Detente! La Asamblea Nacional, llevada de su celo brutal
por acabar con los enojosos tópicos de febrero, no adoptó siquiera aquellas medidas que cabía adoptar
situándose en el terreno de las viejas condiciones. A los obreros parisinos de 17 a 25 años los ubicó en
el ejército o los lanzó a la calle; a los obreros de fuera los deportó de París a la Sologne, sin molestarse
siquiera en pagarles el dinero necesario para el viaje; a los trabajadores
adultos de París les asegura el gobierno, provisionalmente, un pedazo de pan de
misericordia en talleres militarmente
organizados, a condición de que no participen en mítines populares, es decir, a condición de que dejen
de ser republicanos. Ya no bastaban ni la retórica sentimental posterior a
febrero ni la brutal
legislación dictada después del 15 de mayo.122 Había que decidir el problema, prácticamente, en el
120 Oposición dinástica: se
llamaba así al grupo encabezado por Odilón Barrot en la Cámara de Diputados
francesa durante la monarquía de Julio. Sus miembros defendían los
intereses de los círculos liberales de la burguesía industrial y comercial,
y abogaban por una reforma electoral moderada, como medio para prevenir la
revolución y mantener en pie la dinastía de los Orleáns.
121 Legitimistas: así se les
llamaba a los partidarios de la dinastía “legítima” de los Borbones, que
ocupó el poder, en Francia, de 1589 a 1793 y que, bajo la
Restauración, es decir, de 1815 a 1850, defendieron los intereses de los
grandes terratenientes.
122 15 de mayo de 1848: en
esta fecha, los obreros de París irrumpieron en la Asamblea Nacional para
protestar contra la resistencia del gobierno nacido de la revolución de
Febrero y así poder tomar medidas que permitieran mejorar la
situación. Demandaban una serie de medidas de carácter social: mayor
ocupación laboral, impuestos especiales sobre los ricos, etc. En vista de
que la Asamblea Nacional se negó a conceder sus peticiones, los portavoces de
los obreros la declararon disuelta y formaron un Gobierno provisional
integrado por Barbes, Blanqui, Albert, Blanc, Proudhon, Cabet y otros más. Esta
tentativa fracasó y los dirigentes del movimiento fueron encarcelados, tras de lo cual el gobierno dictó una serie de medidas reaccionarias,
terreno de los hechos. ¿Para quién habéis hecho,
canallas, la revolución de Febrero, para vosotros o para nosotros? La
burguesía formuló la pregunta en términos tales que, necesariamente, debía ser
contestada en las jornadas de junio con bombas y barricadas.
169
Y no obstante, como hubo de decir un diputado
(Ducoux) el 25 de junio,
el estupor se apoderó de toda la Asamblea Nacional. Se
siente estupefacta cuando la pregunta y la respuesta empapan de sangre el
pavimento de París; estupefactos, unos porque sus ilusiones se disipan entre el
humo de la pólvora, otros porque no comprenden cómo el pueblo puede atreverse a
tomar en sus propias manos sus más vitales intereses. Para que este hecho singular les
entre en
la cabeza hace falta recurrir a toda clase
de amuletos, el dinero ruso, el dinero inglés, el águila bonapartista, la flor de lis. Pero ambos sectores de la
Asamblea presienten que un enorme abismo los separa del pueblo. Ninguno se
atreve a levantar su voz a favor de éste.
Pasado el estupor, estalla la furia, y la mayoría
brama con toda razón contra los miserables utopistas
e hipócritas que incurren en el anacronismo de dejar asomar todavía a los labios la palabra fraternité, fraternidad.
De lo que se trata es precisamente de acabar con esta frase y con las ilusiones
que se esconden en su sentido ambiguo. Cuando Larochejaquelein, el
legitimista, el caballeroso fanático, se
indigna contra la infamia con que se grita ¡Vae
victis!, “¡Ay del vencido!”,123 la mayoría
de la Asamblea parece poseída del baile de San Vito, como mordida por
la tarántula. Grita ¡Ay!, a los obreros, para ocultar que el
único “vencido” es ella misma. Una de dos: o tiene que perecer
ella o la República. Por eso brama convulsivamente: “¡Viva la República!”124
170
El profundo abismo que se ha abierto ante nosotros
¿deberá inducir a engaño a los demócratas, llevarlos a pensar erróneamente que
las luchas por la forma de gobierno son inoperantes, ilusorias, nulas?
Sólo los espíritus débiles y pusilánimes podrían hacerse esta pregunta. Los choques que brotan de las
mismas condiciones de la sociedad burguesa deben afrontarse hasta el final, no
pueden descartarse por obra de la fantasía. La mejor forma de gobierno es
aquella en que no aparecen paliadas las contradicciones sociales, en
que no se les pone trabas por la violencia, sino simplemente de
un modo artificial y, por tanto, aparente. La mejor forma de gobierno es
aquella en que las contradicciones sociales se abren paso en lucha libre y se
encaminan así hacia su solución.
Se nos preguntará si no tenemos ninguna lágrima,
ningún suspiro, ninguna palabra para quienes cayeron víctimas de la cólera del
pueblo, para la Guardia Nacional, la Guardia Móvil, la Guardia Republicana o
las tropas de línea.
El Estado se ocupará de velar por sus viudas y sus
huérfanos; se dictarán decretos glorificándolos,
solemnes procesiones acompañarán sus cuerpos a la tumba, la prensa oficial los declarará inmortales,
la reacción europea, de Este a Oeste, les tributará cálidos homenajes.
Pero el ceñir los laureles sobre las frentes
sombrías y amenazadoras de los plebeyos atenazados por el hambre, insultados
por la prensa, abandonados por los médicos, acusados por la gente honesta
de ladrones, incendiarios y esclavos de galeras, y que han caído dejando a sus mujeres y sus hijos sumidos
en una miseria todavía más insondable y a los mejores de los sobrevivientes
condenados a penar en la deportación al otro lado del océano; el hacer esto, es
el privilegio, es el derecho de la prensa democrática.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 29, 29 de junio de 1848]
entre otras, la supresión de los
Talleres Nacionales, la prohibición de concentraciones y
manifestaciones públicas y el cierre de los clubes democráticos.
123 Famoso grito del guerrero galo
llamado Breno ante la toma y destrucción de Roma por parte de los
ejércitos galos en el año 390 a. n. e.
124 Se hace referencia a la sesión de la Asamblea Nacional francesa, del 25 de junio de 1848.
171
LA “GACETA DE COLONIA” SOBRE LA REVOLUCIÓN
DE JUNIO
[F. Engels]
COLONIA, 30 DE JUNIO. LEER LOS SIGUIENTES PASAJES TOMAdos
del London Telegraph, comparar con ellos las chácharas
alemanas de la razón social Brüggemann-Dumont-Wolfers
acerca de la revolución de Junio en París y
reconoceréis que la burguesía inglesa, aparte de muchas otras ventajas, le
lleva por lo menos una a los filisteos alemanes: la
de enjuiciar los grandes acontecimientos desde el punto de vista burgués, por
supuesto, pero haciéndolo en realidad como hombres adultos y
no como muchachos de la calle.
Dice el Telegraph, en su número 122:
Se esperará de nosotros que nos pronunciemos acerca
del origen y las consecuencias de este espantoso derramamiento de sangre. Desde
el primer momento se presenta ante nuestra vista como una batalla
acabada entre dos clases [¡Mi reino por un pensamiento así!, exclaman para sus adentros la augusta dama
“de Colonia” y su “Wolfers”]. Es el levantamiento de los obreros contra el
gobierno creado por ellos mismos y contra la clase que ahora lo sostiene. Decir
cómo surgió el conflicto resulta menos fácil que exponer sus causas permanentes y siempre actuales. La Revolución de Febrero la hicieron principalmente
las clases trabajadoras, y éstas no se recataban para manifestar que la habían hecho en su propio beneficio. No
era tanto una revolución política como una revolución social. Las masas de
obreros descontentos no han venido al mundo dotadas de una vez con todas las
cualidades propias del soldado.
172
Ni su miseria y su descontento son tampoco pura y
simplemente el futuro de los acontecimientos de los últimos cuatro meses. El
lunes citábamos los datos tal vez exagerados, del señor Leroux, quien, sin que
nadie le contradijera, afirmó en la Asamblea Nacional que en Francia hay 8
millones de mendigos y 4 millones de trabajadores que no cuentan con un ingreso
seguro. Se refería expresamente al periodo anterior a la revolución y se quejaba, precisamente de que de entonces acá no se hubiese hecho nada para
curar esta pavorosa enfermedad. Las teorías del socialismo y el comunismo, que
habían madurado en
Francia y que ahora ejercen allí tan poderosa influencia sobre la opinión pública, brotaron de la situación
de opresión y miseria espantosa en que se hallaba la gran masa del pueblo bajo el gobierno de
Luis Felipe. Lo fundamental, lo que no debe perderse de vista, es la
desesperada situación de la masa; aquí reside la
causa real y viva de la revolución. La Asamblea Nacional acordó enseguida arrebatar a los trabajadores las
ventajas que tan precipitadamente y con tanta ligereza les habían concedido los políticos de la revolución.
Se manifestaba claramente una fuerte reacción en el
terreno social e incluso en el político. Se
intimaba al
poder, apoyado por una gran parte del país, a desprenderse
de aquellos hombres a quien dicho poder debía
su existencia. Primero halagados y nutridos, luego divididos y amenazados de morir por hambre, enviados
más tarde a las provincias, donde todas sus posibilidades de trabajo habían sido
destruidas, y expuestos por último al plan de acabar con el poder
instaurado por ellos, ¿puede nadie extrañarse de que los trabajadores se
enfurecieran? A nadie, en verdad, puede sorprenderle que consideraran necesario
desencadenar una segunda revolución más eficaz que la primera. Y sus
perspectivas de éxito frente al
poder armado del gobierno parecían, ante la larga y sostenida resistencia anterior, más grandes de lo que
la mayoría de la gente se figuraba. De todo esto, del hecho de que no
se hubiera revelado entre el pueblo ningún dirigente político y de la
circunstancia de que volvieran a presentarse ante las barreras de la ciudad los
trabajadores expulsados de París se desprende que la insurrección fue
la consecuencia de un descontento general entre las clases trabajadoras, y no
la obra de agitadores políticos. Los trabajadores
están convencidos de que sus intereses han sido traicionados por su propio gobierno. Y han echado mano
de las armas, lo mismo que en Febrero, para
luchar contra la espantosa miseria de que
son víctimas desde hace ya tanto tiempo.
173
La lucha actual
no es más que la continuación de la revolución de Febrero. Una continuación de la lucha que
en toda Europa se libra en torno a una distribución más justa
del producto anual del trabajo. Esta
lucha tal vez llegue a ser dominada en París, donde el poder que la nueva
autoridad heredó de la antigua tiene evidentemente la supremacía. Pero
por mucho que se logre dominar, esta lucha se reproducirá una y otra vez hasta
que el gobierno implante una distribución más justa del
producto anual del trabajo o, viéndose
en la imposibilidad de hacerlo, desista de todos estos intentos y entregue la decisión a la libre competencia
en el mercado... La verdadera batalla se libra por obtener los medios de sustento necesarios. La misma clase
media ha sido despojada de sus medios de existencia
por los políticos que han asumido el mando de la revolución. La clase media se ha vuelto más bárbara que los trabajadores. En ambos lados se han inflamado
hasta conducir a actos funestos las más enconadas pasiones. Éstas dan
de lado a todo lo que sea fraternidad, para entregarse a batallas
homicidas. El gobierno, ignorante y malvado, que ante una crisis tan
extraordinaria como ésta no parece tener el menor concepto de su deber, en
principio azuza a los obreros contra la clase media y se vale ahora de ésta para exterminar a los obreros engañados, defraudados
y encolerizados. Pero la reprobación que
estos grandes males merecen no debe afectar a la
revolución, a
la decisión de luchar contra la opresión y la miseria. Debe ir dirigida, más bien, contra quienes, llevados de
su ignorancia política, empeoran todavía más las deplorables condiciones
heredadas de Luis Felipe.
Así escribe, acerca de la revolución de Junio, un periódico burgués de Londres, periódico que defiende
los principios de Cobden, Bright, etc. Y que es, después
del Times125 y del Northern Star,126 los dos
déspotas de la prensa inglesa, como los llama el Manchester
Guardian127 el periódico más leído de Inglaterra.
174
Comparemos con esto lo que dice el núm. 181 de
la Gaceta de Colonia.128 Este extraño periódico convierte
la lucha entre dos clases en la lucha entre la gente
honesta y los bribones. ¡Bravo periódico!
Como si estos epítetos no se los lanzasen
a la cabeza, la una a la otra,
esas clases mismas. Es el mismo periódico que al principio,
cuando llegó el rumor de la insurrección de Junio, confesó su total
ignorancia acerca del carácter del movimiento, que luego hubo de hacer que le escribieran desde París que
se trataba de una importante revolución social cuyo alcance no
podía circunscribirse a una sola derrota y que, por último,
volviendo a cobrar ánimos ante una derrota de los obreros,
sólo acierta a ver en la insurrección la lucha de la inmensa
mayoría contra una horda salvaje de caníbales, ladrones
y asesinos.
¿Qué fue la guerra de los esclavos romanos? ¡Una guerra entre la gente honesta y los caníbales! ¡El señor Wolfers se
dedicará a escribir la historia de Roma y el señor Dumont-Brüggemann ilustrará
a los trabajadores, a estos “desdichados”, acerca de “sus
verdaderos derechos y deberes, los iniciará en la ciencia que
conduce al orden y forma al verdadero ciudadano!”
¡Viva la ciencia Dumont-Brüggemann-Wolfers,
la ciencia secreta! He aquí un ejemplo de esta ciencia
infusa: nuestro honorable triunvirato cuenta a sus crédulos lectores a
lo largo de dos números que el general Cavaignac trata de minar el
barrio de Saint Antoine. Da la casualidad de que éste es un poco más
grande que la buena ciudad de Colonia. Pero el triunvirato científico,
que recomendamos a la
Asamblea Nacional alemana para poder dominar el conocimiento de Alemania, el triunvirato Dumont-
Brüggemann-Wolfers, triunfa sobre esta dificultad y se las arregla para
hacer saltar la ciudad de
Colonia con una sola mina. A sus ideas acerca de la mina capaz de hacer volar el barrio de Saint Antoine
corresponde la idea que ese triunvirato tiene de las potencias subterráneas que
minan la moderna sociedad, que hicieron temblar al París de Junio y que vomitaban
lava por el cráter de la revolución.
175
¡Oh, bendito triunvirato! ¡Oh, gran Dumont-Brüggemann-Wolfers,
del mundo de las grandezas proclamadas por los anunciantes! ¡Oh, anunciantes de
Cavaignac! Hemos inclinado humildemente nuestras cabezas ante
la más grande crisis histórica que jamás haya estallado, ante la lucha
de clases de la burguesía y el proletariado. Nosotros no hemos
inventado el hecho, nos limitamos a registrarlo. Hemos tomado nota de que una
de las clases es la vencida,, como dice el propio
Cavaignac. Y sobre la
tumba de los vencidos hemos gritado “¡Ay de los vencidos!”, y el propio Cavaignac retrocede temeroso
ante su responsabilidad histórica. Y la Asamblea Nacional acusa de cobardía a todos
y cada uno de sus
miembros que nos se atreven a asumir abiertamente una responsabilidad histórica tan temible.
125 The Times: el diario
londinense más importante, de tendencia conservadora; fue fundado en Londres en
1785 bajo el título de Daily Universal Register. En 1788,
cambió de nombre por el de The Times.
126 The Northern Star: semanario
inglés, órgano permanente de los carlistas ingleses; fue publicado de 1837 a
1852, en un principio en Leeds y, desde
1844, en la ciudad de Londres. Su fundador y director inicial fue Feargus Edward O’Connor. Durante la década de los cuarenta, Geoge Julian Harney se hizo cargo de la dirección del semanario, donde Marx y Engels colaboraron por esos
mismos años.
127 The Manchester Guardian: diario
inglés de tendencia burguesa, órgano de los librecambistas y más tarde
del partido liberal; fue fundado en la ciudad de Manchester en 1821.
128 Véase supra, nota 43.
¿Hemos abierto a los alemanes el
libro de la Sibila para que lo quemen? Cuando relatamos las luchas de los
cartistas129 y la burguesía inglesa, ¿exigimos de los alemanes que se
vuelvan ingleses?
¡Pero tú, Alemania, ingrata Alemania, conoces sin
duda la Gaceta de Colonia, sus anuncios, pero no
conoces a tus más grandes hombres, no conoces a tus Wolfers, tus Brüggemanns, tus Dumonts! ¡Cuánto
sudor cerebral, cuánto sudor de la frente, cuánto sudor de sangre se ha derramado en la lucha de clases,
en las luchas de libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores feudales y
siervos, capitalistas y obreros! Pero sólo porque no existía una “Gaceta
de Colonia” Pues, ¡oh valientísimo triunvirato!, si la sociedad moderna ha engendrado “fascinerosos” “caníbales” “asesinos” y “saqueadores” en tal cantidad
y dotados de tanta energía, que al levantarse hacen temblar
los fundamentos de la sociedad oficial,
¿qué sociedad es ésta? ¿Qué anarquía es ésta,
clasificada por orden alfabético? ¿Y crees que has superado la escisión, crees
que has elevado a un plano superior a los coactores y a los espectadores del
pavoroso drama, al rebajarlos al plano de una tragedia de criados de
Kotzebue?130
176
Entre los guardias nacionales de los barrios de Saint Antoine, Saint facques y Saint Marceau ¡solamente
cincuenta se prestaron a responder a los sones de la trompeta: así nos dice
el Moniteur de París, el
órgano del Estado, el periódico de Luis XVI, de Robespierre, Luis Felipe y Marrast-Cavaignacl ¡Nada más
sencillo para la ciencia que “formar”
al hombre como verdadero ciudadano! ¡Se nos quiere hacer creer
que los tres barrios más grandes de París, los tres barrios más industriales,
cuyos modelos hacen palidecer la muselina de Dacca y el terciopelo de
Spitalfields, son madrigueras de “caníbales”, “ saqueadores”, “ bandoleros” y “
malhechores” ¡ Así nos lo asegura Wolfers.
¡Y Wolfers es un hombre
honorable!131 Rinde un gran homenaje a los bribones, haciéndolos artífices
de más grandes batallas y obras de arte, de hazañas más heroicas
que todas las realizadas por Carlos X, Luis Felipe, Napoleón y los
tejedores de Dacca y Spitalfields.
Hablábamos más arriba del London Telegraph. Ayer escuchaban nuestros lectores a Entile Girardin. La
clase obrera, nos decía, después de dar un plazo de un mes a su deudor
declarado en quiebra, la revolución de Febrero, golpeó, como acreedor exigente,
con el mosquete, con la barricada y con el propio cuerpo en las puertas de la
casa de su deudor. ¡Emile Girardin! ¿Y quién es este señor? No
es,
¡Dios nos libre!, ¡ningún anarquista! Pero es un republicano del día siguiente, un republicano de mañana (républicain
du lendemain), y la Gaceta de Colonia, un Wolfers, un Dumont, un Brüggemann, todos, son republicanos de anteayer, republicanos de antes de la república, republicanos de la víspera (républicains
de la vieille). ¿Puede un Emile Girardin comparecer en el estrado de los testigos al lado de un Dumont?
Si la dama de Colonia añade a las deportaciones y a las penas de horca el gozo maligno de deportar y de ahorcar, ¡admiremos su patriotismo! Sólo trata de demostrar al mundo, a un mundo incrédulo y ciego
como un poste, al mundo alemán, que la república es más poderosa que la monarquía, que la república,
con Cavaignac y Marrast,
ha podido lo que la Cámara de Diputados
constitucional no pudo con Thiers y Bugeaud. “¡Vive la république!”
“¡Viva la república!”, grita la dama espartana, la dama de Colonia, a
la vista del París que desangra, que gime y arde. ¡Oh, la
criptorrepublicana! ¡Eso pasa por ser cobarde y pusilánime a
los ojos de un Gervinus y de una augsburguesal132 ¡La
intachable! ¡La Charlotte Corday de Colonia!
Fijaos bien en que ningún periódico parisino ni el Moniteur, el Débats,133 ni el National134 nos hablan de
caníbales, de saqueadores, de bandoleros ni de asesinos. Sólo un periódico, el periódico de Thiers, el
129 véase supra, nota 49.
130 El alemán Kotzebue escribió centenares de
obras dramáticas realmente mediocres. Los personajes principales de
sus comedias, por lo demás exageradamente sentimentales, solían ser
criados y servidores domésticos, jardineros, damas de compañía, etc. Su
obra más conocida se titula Odio y arrepentimiento, publicada
en 1789.
131 Variante de una frase tomada de la obra Julio César, de William Shakespeare, Acto Tercero, escena II: “ ... y Bruto es un hombre honorable”
132 Se hace referencia, a la Allgemeine
Zeitung, diario aparecido desde 1798; de 1810 a 1882 fue publicada en
la ciudad de Augsburgo.
133 Journal des Débats Politiques et
Littéraires: diario francés fundado en París en 1789. Bajo la
monarquía de Julio fungió como el periódico gobiernista
y como órgano de la burguesía
orleanista. En 1848, durante
los movimientos insurreccionales, sostuvo las ideas
burguesas partidarias del orden y la reacción.
134 Véase supra, nota 117.
hombre cuya inmoralidad fustigaba Jacobus
Venedey en la Gaceta de Colonia, es a quien esta dama
le gritaba a voz en cuello:
No, no lo tendréis,
no tendréis el libre Rin alemán,135
es la hoja de Thiers, el Constitutionnel,136 en
el que se inspiran el Indépendance137 belga y la ciencia
renana, personificada por Dumont-Brüggemann-Wolfers.
178
Examinad ahora con cierto espíritu crítico esas anécdotas escandalosas con que escarnece a los caídos
la Gaceta de Colonia, el mismo periódico que, al
estallar la lucha, declaraba ignorar totalmente su
carácter, que durante la lucha manifestaba que estábamos ante una importante revolución social y que
ahora, después del combate, nos dice que se trata de una
refriega entre gendarmes y bribones.
¡Se nos dice que han saqueado! Pero, ¿qué han saqueado? Han saqueado armas, municiones, vendajes y
los alimentos más indispensables. Y estos bribones escribían en los escaparates de las tiendas: Mort aux
Voleurs! ¡Muerte a los bribones!
¡Se nos dice que han asesinado como
caníbales! Pero estos caníbales no permitían que los guardias
nacionales, que se acercaban a las barricadas detrás de
las tropas de línea, hundiesen el cráneo a sus heridos, que
abatiesen a tiros a sus hombres vencidos, que apuñalasen a sus mujeres. Eran
caníbales que en una guerra de exterminio, como la llama un
periódico francés de la burguesía, ¡exterminaban!
¡Se nos dice que han incendiado! Pero
la única tea encendida que en el 8º distrito lanzaron en
contra de los legítimos cohetes incendiarios de Cavaignac,
era solamente, como acredita el Moniteur, una tea poética, una
tea imaginaria.
Los unos —dice Wolfers— mantenían en alto el
programa de Barbes, Blanqui y Sobrier; los otros resucitaban a Napoleón o a
Enrique V.
Y la casta virgen de Colonia, que no se deja
embarazar ni por los napoleónicos ni por los Blanquis,
declaraba ya al segundo día de la insurrección
que se luchaba “en nombre de la República Roja”¡A que
nos habla, pues, acerca de pretendientes a la Coronal Lo que
ocurre es, como ya hemos dicho, que ella es una criptorrepublicana empedernida
y un Robespierre con faldas, que husmea pretendientes por todas partes y siente
sublevarse su moral contra ellos.
179
Casi todos estaban provistos de dinero y algunos de
sumas considerables.
Serían entre 30.000 y 40.000 obreros ¡y “casi todos estaban provistos de dinero”, en estos tiempos de
penuria y paralización de los negocios! ¡El dinero probablemente escaseaba, porque
lo habían escondido los obreros!
El Moniteur ha publicado una lista
muy concienzuda de todos los casos en que se les encontró dinero a
los insurrectos. Estos casos no pasan, cuando más, de veinte. Los
distintos periódicos y corresponsales repiten estos casos y citan sumas muy
distintas cada cual a su gusto. La Gaceta de Colonia, cuyo tacto crítico es proverbial, considerando estos veinte relatos de veinte casos como otros
tantos casos distintos y añadiendo a ellos los que circulan como rumores, puede llegar cuando mucho
a un total de 200. Pero ello la autoriza a afirmar que ¡casi todos, entre
30.000 y 40 000, estaban
provistos de dinero! Lo único que hasta ahora se ha comprobado es que se habían mezclado o tratado
de mezclarse entre los combatientes de las barricadas agentes bonapartistas,
legitimistas y también, tal vez, felipistas, provistos de dinero. El
señor Payer, un miembro altamente conservador de la Asamblea
Nacional a quien los insurrectos tuvieron doce horas detenido, declara
que “la mayoría de
135 Tomado del poema patriótico “El Rin
alemán”, del cual era autor Nicolaus Becker; al ponérsele música, pronto se
hizo la canción más popular entre los chovinistas alemanes.
136 Le Constitutionnel: diario francés de tendencia burguesa, publicado entre 1815 y 1870. Durante la década de los cuarenta, fue el órgano del ala moderada de los orleanistas; durante el periodo de los movimientos de 1848, mantuvo las ideas de la burguesía realista contrarrevolucionaria, agrupada en torno a Thiers. Después del golpe de Estado bonapartista, el 2 de diciembre de 1851, se
convirtió en un órgano oficial.
137 Véase supra, nota 98.
ellos eran
obreros llevados a la desesperación
por cuatro meses de miseria” y que le habían dicho: “¡Vale
más morir de un balazo que morir de hambre! ”
Muchos, muchísimos muertos, asegura Wolfers, ostentaban el infamante signo con que la sociedad marca
a los criminales.
180
Es ésta una de las más viles mentiras, de las
calumnias repugnantes, de las infamias que han clavado en la picota Lamennais,
enemigo de los insurrectos, en su Peuple Constituant 138 y
el siempre caballeroso Larochejaquelain, el legitimista, en la
Asamblea Nacional.139 Esta mentira descansa toda ella en la afirmación
de una oficina de prensa, no confirmada por
el Moniteur, de que se encontraron once
cadáveres marcados con las letras T. F.a¿En qué revolución no se han
encontrado estos once cadáveres? ¿Y qué revolución no estampará esta marca de
infamia a once multiplicados por cien?
A Travaux forcés, trabajos forzados, con que se identificaba a los presidiarios.
No perdamos de vista que los periódicos, las
proclamas, las iluminaciones de los vencedores
atestiguan que han torturado a sus enemigos por
el hambre, los han empujado a la desesperación, los
han escupido, fusilado, emparedado vivos y escarnecido sus cadáveres. Y luego,
las anécdotas contra los vencidos, relatadas por un solo
periódico, el Constitutionnel, reproducidas por el Indépendance y
traducidas al alemán por la Gaceta de Colonia. No hay mayor agravio contra la verdad, ha dicho Hegel,
que el querer probarla por medio de una anécdota.
Sentadas a la
puerta de sus casas de París, las mujeres
hacen vendas para los heridos, incluso para los
insurrectos heridos. Los redactores de la Gaceta de Colonia vierten
en sus heridas ácido corrosivo.
Nos denuncian a nosotros a
la policía. Nosotros, en cambio, aconsejamos a los obreros,
a estos “desventurados”, que se dejen “ilustrar acerca de sus verdaderos
derechos y deberes”, que se dejen “iniciar en la ciencia que
conduce al orden y forma al verdadero ciudadano”, en la escuela de ese inmortal
triunvirato formado por Dumont-Brüggemann-Wolfers.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 31,
1 de julio de 1848]
138 Le Peuple Constituant: diario
francés de tendencia burguesa republicana. Fue publicado en París de febrero a
julio de 1848. Fue dirigido por Lamennais.
139 Véase supra, nota 104.
181
LA POLÍTICA EXTERIOR DE ALEMANIA
[F. Engels]
COLONIA, 2 DE JULIO. AZUZAR A LOS
PUEBLOS ENTRE SÍ, UTIlizando a unos para oprimir a los otros y
velando así por la persistencia del poder de los gobernantes absolutos, era
hasta ahora el arte de gobernar y la obra de gobierno de
los poderosos y sus diplomáticos. En este arte
se ha destacado con notable relieve Alemania. Para mencionar
solamente los últimos setenta años, ha alquilado a los británicos, por dinero
inglés, a sus lasquenetes para que lucharan contra los norteamericanos que
peleaban por su independencia. Y cuando estalló la primera Revolución
francesa, fueron de nuevo los alemanes quienes se dejaron azuzar
como una jauría rabiosa contra el pueblo de Francia, quienes en el brutal
manifiesto del duque de Braunschweig140 amenazaron con no dejar piedra
sobre piedra en París y quienes se conjuraron con
los nobles emigrados contra el nuevo orden instaurado
en Francia, recibiendo a cambio de ello la soldada de Inglaterra, a que se daba
el nombre de subsidio. Cuando los holandeses tuvieron la única
idea razonable que se les ocurrió durante los últimos doscientos años y
decidieron poner término a los desmanes de la Casa de Orange y convertir su país en una República,141 volvieron
los alemanes a actuar como verdugos de la libertad.
182
También Suiza podría decirnos algo acerca de la
vecindad alemana, y Hungría tardará en reponerse
de los daños que le fueron inferidos por la dinastía germánica de Austria. Hasta Grecia fueron enviadas
las hordas mercenarias alemanas encargadas de proteger el pequeño trono del
amado Otto, 142 e incluso Portugal ha conocido los manejos de los
polizontes germanos. Y los congresos que siguieron al año 1815; las expediciones
de los austríacos contra Nápoles, Turín y la Romaña; la prisión de Ypsilanti;
la guerra de opresión de Francia contra los españoles, impuesta por
Alemania,143 el apoyo dispensado por los alemanes a don
Miguel 144 y a don Carlos; 145 la reacción armada de
Inglaterra sostenida por tropas hanoveranas; Bélgica, desmembrada y
“termidorizada” por la influencia alemana; alemanes que son en la entraña misma
de Rusia los puntales del grande y de los pequeños autócratas;
toda Europa inundada de Coburgos...
183
140 Duque de Braunschweig: comandante en jefe
del ejército austriaco-prusiano que luchó contra la Francia revolucionaria.
El 25 de julio de 1792, lanzó un manifiesto en el que amenazaba al pueblo
francés con reducir a escombros la ciudad entera de París.
141 En 1785, los holandeses se sublevaron
contra la dominación de la camarilla aristocrática, agrupada en torno al
gobernador de
los Países Bajos, Guillermo de Orange. Este movimiento, encabezado por la facción republicana de la burguesía, lo expulsó
de ciis territorios, a pesar de lo cual el poder de Guillermo de Orange
fue restablecido en poco tiempo, en 1787, con ayuda de
las tropas prusianas.
142 En 1832, tras un acuerdo entre Inglaterra,
Francia y Rusia, fue restaurado en el trono de Grecia el príncipe Otto de
Baviera, menor de edad y que llegó al país acompañado por
tropas bávaras. Reinó en Grecia hasta el año de 1862
con el nombre de Otto I.
143 Los Congresos de la Santa Alianza celebrados
en Troppau y Laibach (1820 y 1821) y en Verona (1822) aplicaron en
sus acuerdos la política reaccionaria de Austria, Prusia y Rusia. En el primero se proclamó oficialmente el principio de la intervención de las potencias de la Santa Alianza en los asuntos internos de otros Estados. Basándose en lo acordado en él, cruzaron la frontera, en
febrero de 1821, 60.000 soldados austríacos, para restaurar en Nápoles el orden
absolutista derrocado por el pueblo. Del mismo modo fue aplastado el
movimiento nacional y liberal de Turín, que luchaba contra las tropas del rey
Víctor Manuel de Cerdeña. En 1831, estalló en Módena y en la Romaña
(territorio del Estado pontificio) una insurrección encabezada por los carbonarios;
este levantamiento, dirigido contra el poder temporal, del papa y la dominación
extranjera de los austríacos y a favor de la unidad y la independencia de
Italia, fue sofocado por las tropas austríacas y pontificias. El Congreso de
Verona, a instigación de Austria, acordó intervenir militarmente en España para aplastar el movimiento popular y restaurar la monarquía absoluta de Fernando II. En cumplimiento de este acuerdo, Francia invadió la península con 100.000 hombres (los “Cien mil hijos de San Luis”, por alusión al rey Luis XVIII), derrocando al Gobierno liberal que había iniciado una serie de reformas, implantando así
un régimen de terror.
144 Durante la década
de los veinte y los treinta
del siglo XIX, las potentes Austria, Prusia
y Rusia apoyaron dentro de Portugal al partido
reaccionario-clerical encabezado por el infante don Miguel de Braganza, cuyo
principio central era la defensa del absolutismo.
145 El pretendiente al trono español
don Carlos fue el promotor de la guerra Civil carlista y jefe
del partido monárquico-clerical. En esta lucha contó con el apoyo de
las potencias Austria, Prusia y Rusia.
¡Polonia desfalcada y Cracovia acuchillada con
ayuda de la soldadesca alemana!146 La Lombardía y
Venecia esclavizadas y esquilmadas con la mediación del dinero y la sangre alemanes; los movimientos
de liberación de toda Italia ahogados directa o indirectamente con el apoyo de
Alemania por las bayonetas, la horca, la cárcel y las galeras. El registro de
las culpas es demasiado largo, no sigamos adelante.
La culpa de las infamias perpetradas en otros países con ayuda de Alemania no recae solamente sobre
los gobiernos, sino que, en buena parte, gravita también sobre los hombros del
pueblo alemán. A no ser por sus extravíos, por su servilismo, por su
disposición para prestarse a servir como tropa de lansquenetes, como “sumiso”
esbirro e instrumento de los señores “por la gracia de Dios”, el nombre alemán
sería menos odiado, maldecido y despreciado en el extranjero y los pueblos
oprimidos por Alemania habrían alcanzado desde hace ya mucho tiempo un estado normal de libre desarrollo. Ahora,
que los alemanes sacuden su propio yugo, tendrá que cambiar también toda su
política frente al extranjero si no queremos que nuestra incipiente libertad
apenas vislumbrada, se vea estrangulada bajo los grilletes que ponemos a otros
pueblos. Alemania se liberará en la misma medida en que respete la libertad de
los pueblos vecinos.
Y la verdad es que, al cabo, las cosas van
mejorando. Las mentiras y tergiversaciones que tan afanosamente difundían
contra Polonia e Italia los viejos órganos de gobierno, los intentos
encaminados a incubar un odio artificial, aquellos grandilocuentes discursos pronunciados para todas
estas fórmulas mágicas, han perdido su fuerza. El patriotismo oficial solo
sigue rindiendo pingües
ganancias allí donde el interés material alberga detrás
de estos arabescos patrióticos, entre una parte
de la gran burguesía, que todavía hace buenos negocios con este patrioterismo. Esto lo sabe y con ello
especula el partido reaccionario. Pero la gran masa de la clase media alemana y de la clase obrera sabe
o siente que en la libertad de los pueblos vecinos se halla la garantía de su
propia libertad. ¿Acaso siguen siendo populares o se hallan ya más bien
desacreditadas las últimas ilusiones acerca de
cruzadas “patrióticas”, como la guerra de Austria contra la independencia de Italia o la de Prusia contra Polonia?
184
Pero ni esta conciencia ni este sentimiento son suficientes. Si la sangre y el dinero de Alemania no han
de seguir derrochándose contra su propio interés en oprimir a otras
nacionalidades, necesitamos conquistar un verdadero gobierno popular y
desmontar hasta en sus cimientos el viejo edificio.
Solamente así la política sangrienta y cobarde del viejo
sistema, ahora renovado, cederá el puesto a la
política internacional de la democracia. Mal puede pretenderse actuar
democráticamente hacia el exterior cuando se estrangula la democracia dentro de
casa.
Hay que hacer cuanto sea preciso para allanar el camino por todos los medios al sistema democrático,
del lado de acá y del lado de allá de los Alpes. Los italianos no dejan de manifestar en sus declaraciones
los sentimientos amistosos que los animan respecto a Alemania. Baste recordar
aquí el manifiesto al pueblo alemán del Gobierno provisional milanés147 y
los múltiples artículos de la prensa alemana animados por el mismo espíritu.
Tenemos ahora ante nuestros ojos un nuevo testimonio de estos mismos sentimientos,
una carta particular dirigida a la redacción de la Nueva Gaceta
Renana por el comité de administración de un periódico
que se publica en Florencia con el título de L’Alba. La carta
aparece fechada el 20 de junio y dice, entre otras cosas:
185
... Os agradecemos muy cordialmente el respeto y la
simpatía que demostráis hacia nuestra pobre Italia. Podemos aseguraros
sinceramente que todos los italianos saben muy bien quiénes son en realidad los
que atentan contra su libertad y la combaten y que su enemigo más rabioso no es
tanto el poderoso y generoso pueblo alemán como el gobierno despótico, injusto
y cruel que lo avasalla. Os aseguramos que todo verdadero italiano suspira por
que llegue el momento en que pueda tender libremente su mano al hermano alemán,
el cual, una vez establecidos sus derechos imprescriptibles, sabrá defenderlos
y respetarlos, haciendo respetar también los suyos propios por parte de todos
sus hermanos. Confiando
146 Se hace referencia a la represión que produjo de parte de los ejércitos prusiano y austríaco la insurrección polaca de 1846.
147 Se hace referencia a la proclama titulada
“Il Governo provvisorio evo Naziones Germanica”, del 6 de abril de 1848,
en que el Gobierno provisional de Milán, convertido en República,
expresaba sus solidarios vínculos fraternales con el pueblo alemán
y llamaba a la lucha común contra las fuerzas de la reacción.
siempre en los principios que os habéis propuesto
como misión propalar celosamente, quedamos muy cordialmente.
Vuestros sinceros amigos y hermanos
(firm.) L. Alinari.
El Alba es uno de los pocos periódicos de Italia que mantiene resueltamente los principios democráticos.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 33,
3 de julio de 1848]
185
LA POLÍTICA EXTERIOR DE ALEMANIA Y LOS ÚLTIMOS ACONTECIMIENTOS DE PRAGA
COLONIA, 11 DE JULIO. PESE A LOS BRAMIDOS Y REDOBLES DE
tambor patrióticos de casi toda la prensa alemana, la Nueva Gaceta Renana ha tomado partido, desde el primer momento, en Posen, por
los polacos, en Italia por los italianos y en Bohemia por los checos. Hemos
sabido descubrir desde el primer momento la política maquiavélica que, dentro
de Alemania, deslizándose en las mismas fortalezas, trata de paralizar las
energías democráticas, de desviar la atención hacia otro lado, de encauzar por
un canal de desagüe la ardiente lava revolucionaria, de forjar las armas de la
opresión interior, conjurando para ello un odio de raza que
repugna al carácter cosmopolita de los alemanes y que en guerras raciales de
una crueldad sin precedentes y una barbarie sin nombre ha criado una soldadesca
como no llegó a existir ni siquiera en la guerra de los Treinta Años.
En el mismo momento en que los alemanes luchan por
la libertad interior en contra de sus gobiernos,
hacerlos emprender bajo el mando de estos mismos gobiernos una cruzada contra
la libertad de Polonia, Bohemia e Italia, ¡vaya combinación! ¡Vaya paradoja
histórica! Alemania, sacudida por la revolución, abre una válvula de escape
hacia el exterior con una guerra de restauración, con una
campaña militar encaminada a afianzar el viejo poder
contra el cual precisamente hace la revolución.
No; sólo la guerra contra Rusia148 es una gran guerra en que Alemania puede redimirse de los pecados
del pasado, de la que puede salir crecida, en
la que puede derrotar a sus propios autócratas, en
la que puede, como cumple a un pueblo que sacude las cadenas de una larga
y perezosa esclavitud, pagar la propaganda de la civilización
con el sacrificio de sus hijos y liberarse dentro de su casa liberándose al
exterior. Cuanto más recaiga la luz diaria de la publicidad sobre los más
recientes acontecimientos, haciéndolos resaltar en nítido relieve, más se encargarán los hechos de corroborar nuestra concepción
acerca de las guerras raciales con que Alemania ha deshonrado su nueva era. Esto es lo que nos mueve
a publicar aquí, aunque llegue con retraso, el siguiente informe de un alemán de
Praga.
Praga, 24 de junio de 1848 (retrasado)
187
La Gaceta General Alemana del 22 [del corriente] publica un artículo acerca de una asamblea de alemanes
celebrada el día 18 en Aussig, en la que se pronunciaron discursos reveladores de un desconocimiento tal
de los últimos sucesos de nuestro país y que muestran, para decirlo suavemente, una tal presteza a colmar
de insultantes reproches a nuestra prensa independiente, que el informante se
cree en la obligación de aclarar estos errores, hasta donde ahora es posible, y
de salir con la firmeza de la verdad al paso de la malignidad y la imprudencia.
Es realmente pasmoso el que personas como “el
fundador de la Liga para la defensa de los intereses alemanes en el Este”
puedan declarar ante toda una asamblea lo siguiente: “Mientras siga la lucha en
Praga, no se puede hablar de perdón, y si la victoria es nuestra, debemos
aprovecharnos de ella en lo futuro”. Pues bien; ¿qué clase de victoria tratan
de hacer suya los alemanes y qué conspiración ha sido
aplastada? Es evidente que jamás podrá formarse una idea clara acerca de las condiciones aquí existentes
quien insinúa al corresponsal de la Gaceta General Alemana —que, a lo que parece, se informa siempre de
un modo muy superficial— las frases patéticas de un “pequeño devorador de
polacos y franceses” o los artículos del pérfido Diario de Fráncfort, que, lo mismo que con motivo de los sucesos de Badenus trataba
de azuzar a unos alemanes contra otros, intenta ahora azuzar a los alemanes
contra los bohemios.
188
Parece que en Alemania todo el mundo piensa que la
lucha librada en las calles de Praga iba dirigida
solamente al aplastamiento del elemento germano y a la fundación de una República eslava. De lo segundo
no queremos hablar, pues se trata de una idea
demasiado simplista; en cuanto a lo primero, nadie
podría
148 Es evidente que el Imperio ruso despertaba un especial recelo y hasta odio en Marx, pues representaba uno de los
más serios obstáculos para el desarrollo de los movimientos democráticos en toda Europa debido a sus constantes injerencias gracias a sus alianzas
con los gobiernos reaccionarios, particularmente Prusia, Austria e Inglaterra
descubrir en los combates de las barricadas ni el
menor rastro de rivalidad entre nacionalidades;
alemanes y checos aparecían unidos en la defensa, y yo mismo he pedido más de
una vez a un orador que
hablaba checo que repitiese sus palabras en alemán, como lo hizo, en efecto, en todas las ocasiones, sin la
menor observación de su parte.
Hemos oído objetar
que la revolución estalló dos días antes de
tiempo, pero que, a pesar de ello, debió de
contar ya con cierta organización y cuidarse, por lo menos, de haber dispuesto
de municiones; pero
tampoco encontraremos ni rastro de esto. Las barricadas brotaron del suelo, a la buena de Dios, donde se
juntaban diez o doce personas; por lo demás difícilmente habrían podido
levantarse en mayor número, pues hasta las callejuelas más estrechas aparecían
cortadas por barricadas en tres y cuatro puntos.
Las municiones escaseaban enormemente, y los
combatientes hacían intercambio de ellas en las calles. No se veía por
ninguna parte el alto mando, ni en general
mando alguno; los defensores se mantenían en los puntos en
que eran atacados y tiraban sin órdenes y sin mandos desde las casas y detrás
de las
barricadas. En estas condiciones, ante una resistencia como ésta, sin dirección ni organización de ninguna
suerte, no se ve en qué puede basarse
la idea de una conspiración, a menos que se haga una investigación
oficial y se publiquen sus resultados; sin embargo, el gobierno no parece
considerar oportuno hacerlo, pues desde palacio no se trasluce nada que pueda
dar luz a Praga acerca de sus sangrientas jornadas de junio. Los miembros del
Swornost presos han sido puestos en libertad, salvo algunos cuantos; lo mismo
se hará con otros; sólo siguen en prisión el conde Buquoy, Villány y algunos
más, hasta que tal vez una buena mañana aparezca en las esquinas de Praga un
bando anunciando a la población que todo se ha debido a un malentendido.
189
Tampoco las operaciones del comandante general
permiten inferir que se trataba de amparar los intereses de los alemanes en
contra de los checos, ya que, en vez de atraerse a la población alemana
mediante una explicación de las cosas, asaltar las barricadas y proteger la vida y los bienes de la población
“leal”, lo que hizo fue evacuar la ciudad vieja, retirarse a la orilla izquierda del Moldava y bombardear por
igual a checos y alemanes, pues las bombas y las balas que caían sobre
la ciudad vieja no distinguían para
estallar solamente sobre el
blanco de los checos, sino que
caían sin fijarse en los colores de
la escarapela.
¿Qué es, pues, lo que razonablemente permite
inferir la existencia de una conspiración eslava, cuando el propio
gobierno, por lo menos hasta ahora, no quiere o no puede suministrar ninguna
aclaración?
El ciudadano Dr. Göschen, de Leipzig, ha dirigido al príncipe
de Windischgrätz un agradecido memorial al que
esperamos que el general no conceda demasiada importancia como expresión de la
voz del pueblo. El ciudadano Göschen es uno de esos cautelosos liberales que se
revelaron de pronto como liberales después de los sucesos de febrero; fue él
quien presentó la propuesta de un mensaje de confianza al ministerio de Sajonia
con respecto a la ley electoral mientras toda Sajonia prorrumpía en gritos de
desaprobación, ya que aquella ley privaba de su
derecho cívico más importante, del derecho de
sufragio,
a la sexta parte de la población, incluyendo en ella precisamente a muchas de las cabezas más capacitadas;
fue uno de los que más enérgicamente se manifestaron en la Liga alemana en
contra de la concesión del derecho de voto en Sajonia a los alemanes no
sajones, sin perjuicio de prometer poco después —¡véase qué doblez!— a la
asociación de los ciudadanos del Estado alemán no sajones residentes en
Sajonia, en nombre
de su club, toda su colaboración para la elección y el envío a
FRANCFORT de un diputado propio; en suma, para
caracterizarlo con una sola palabra, es el fundador de la Liga
alemana. Este hombre dirige su memorial al general austriaco y le da las
gracias por la protección que ha dispensado a toda la patria alemana. Creo
haber puesto de manifiesto que, por lo ocurrido, no hay todavía razones para
saber o deducir hasta dónde haya contraído méritos para con la patria alemana
el príncipe de Windischgrätz; si ello es así sólo los resultados de la
investigación podrán demostrarlo.
190
Dejemos, pues, que sea la historia la que se
encargue de enjuiciar “la alta bravura, la intrépida energía y la firme
tenacidad” del general y, por lo que se refiere a la calificación de “vil
asesinato” aplicada a la muerte de la princesa diremos solamente que no está,
ni mucho menos, probado que aquella bala fuese
disparada contra esta dama, respetada por toda la población de Praga sin distinción; pero si ese es el caso,
no cabe duda de que el asesino recibirá el merecido castigo, y bien podemos
asegurar que el dolor del príncipe no será mayor que
el de aquella madre que vio cómo llevaban con la
cabeza destrozada por una bala a su hija de diecinueve años, otra víctima
inocente. En lo que sí estoy de acuerdo con el ciudadano Góschen es con aquel
pasaje del memorial en que se habla de “las valerosas huestes que pelearon con
tanto arrojo bajo la dirección de Vuestra
Excelencia”, y no cabe duda de
que aún habría encontrado poco enérgicas sus expresiones si
hubiese visto, como yo, con qué ímpetu tan guerrero aquellas “valerosas
huestes” se lanzaban el lunes a mediodía, en el callejón de Zelten, contra la
inerme multitud.
Yo mismo debo confesar, por más que ello deje muy mal parada mi apostura belicosa, que, encontrándose
cerca del templo, como pacífico paseante, mezclado con un grupo de mujeres y
niños, emprendí la fuga ante el ataque de unos treinta o cuarenta
granaderos de Su Majestad, de modo tan vergonzoso que hubo
de dejar en manos del enemigo vencedor todo mi bagaje, que se reducía a mi sombrero, por no considerar
prudente a que cayesen también sobre mi persona los mandobles que menudeaban
sobre el tropel de gente que corría a
mi espalda. Pero, seis horas más tarde, tuve
ocasión de observar cómo en la barricada del
callejón de Zelten los mismos granaderos de
Su Majestad tuvieron a bien bombardear durante media hora
con granadas y cañones de seis libras una
barricada defendida, cuando mucho, por veinte hombres,
pero sin lograr tomarla —si así puede llamarse— y hacia media noche fue abandonada por sus defensores.
No se llegó al cuerpo a cuerpo más que en algunos casos aislados, en que los
granaderos tenían una superioridad de fuerzas evidente. Los fosos y la nueva avenida han sido, a juzgar por las devastaciones de
las casas, objeto de una cuidadosa operación de limpieza
por parte de la artillería, y no entraré a discutir si hace
falta un gran desprecio a la muerte para despejar, a
fuerza de granadas, una ancha calle guardada por unos cien
defensores casi desarmados.
191
Por lo que se refiere ahora al último discurso del señor Dr. Stradal, de Teplitz, según el cual “los periódicos
de Praga actuaron en favor de
fines extraños”, queriendo con ello, sin duda, aludir
a Rusia, debo declarar,
en nombre de la prensa independiente de Praga, que esta manifestación sólo puede responder a un exceso
de ignorancia o a una infame calumnia, cuyo absurdo se ha demostrado y puede
demostrarse cumplidamente a la luz de la posición adoptada por nuestros
periódicos. La prensa libre de Praga no ha mostrado nunca otra tendencia que la
de defender el mantenimiento de la independencia de Bohemia y la
igualdad de derechos de
ambas nacionalidades. Pero sabe
muy bien que, lo mismo que en Posen y que
en Italia, la reacción alemana trata de provocar un estrecho nacionalismo,
persiguiendo con ello dos finalidades: sofocar la revolución dentro de
Alemania y preparar a la soldadesca para la guerra civil
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 42,
12 de julio de 1848]
192
LA SUPRESIÓN
DE LOS CLUBES EN STUTTGART Y HEIDELBERG
[F. Engels]
COLONIA, 19 DE JULIO.
¡Mi Alemania se ha bebido una coleta.
Y tú que creías en los brindis!
¡Creías en cualquier pipa que veías,
Con sus colores negro, rojo y oro!149
Es lo mismo que te ha pasado a ti, honradote y bonachón alemán. ¿Crees haber hecho una revolución?
¡Te has equivocado! ¿Crees haber acabado con el
Estado policiaco? ¡Te has equivocado! ¿Crees que
posees el derecho de libre reunión y asociación, la libertad de prensa, el armamento del pueblo y otras
hermosas palabras que te gritaron por encima de las barricadas de marzo? ¡Te
equivocas de medio a medio!
¡Pero, al disiparse la dulce embriaguez,
Amigo mío, te sientes abatido!150
Abatido, por tus llamadas asambleas nacionales,
producto del voto indirecto;151 abatido, al ver cómo se vuelve a las
órdenes de expulsión de ciudadanos alemanes de su propia tierra; abatido, ante
la tiranía del sable instaurada en Maguncia, en Tréveris, en Aquisgrán, en Mannheim, en Ulma y en Praga;
abatido, por las detenciones y los procesos políticos llevados a cabo en
Berlín, Colonia, Dusseldorf, Breslau, etcétera.
193
Te quedaba, a pesar de todo, una cosa, ¡oh mi honradote y bonachón alemán! ¡Te quedaban los clubes!
Podías acudir a ellos y quejarte públicamente de las estafas y granujadas
políticas de los últimos meses; podías volcar las penas de tu agobiado corazón
ante quienes sentían y pensaban como tú, y encontrar consuelo en las palabras
de otros patriotas igualmente angustiados.
Pero, ahora, también esto se acaba. Resulta que los
clubes son, ahora, incompatibles con la salvaguardia del “orden”. Para que
“renazca la confianza” es necesario y es urgente poner término a los manejos
subversivos de los clubes.
Informábamos ayer de cómo el gobierno de Württemberg ha prohibido en
redondo, por medio de una
ordenanza real, la Asociación democrática regional de Stuttgart. Las autoridades no se toman siquiera
la molestia de llevar ante los tribunales a los dirigentes de la sociedad, sino
que retornan a las viejas
medidas policiacas. Más aún, los señores Harppecht, Duvernoy y Maucler; que refrendan con sus firmas
esta real orden, van todavía más allá, y prescriben penas extralegales contra
los transgresores de la prohibición, penas que llegan
hasta a un año de cárcel. Es decir, ¡inventan leyes
penales, y además de
carácter excepcional, sin consultar para nada a las cámaras, invocando sencillamente el artículo 89 de
la Constitución!
Y otro tanto acontece en Badén. Hoy,
damos cuenta de la prohibición de la Sociedad de estudiantes demócratas de
Heidelberg. En este caso, no se atenta, en general, de un modo tan abierto
contra el
derecho de asociación; lo que se hace es negárselo a los estudiantes en virtud de una vieja ley de
149 Tomado de Heinrich Heine, Poema
a Georg Herwegh.
150 Ibid.
151 En casi todos los Estados alemanes las
elecciones a la Asamblea Nacional de FRANCFORT fueron indirectas. Lo cual
quería decir que los ciudadanos que gozaban del derecho de sufragio elegían a los evolú “compromisarios” quienes, a su vez, elegían a los diputados de la Asamblea Nacional. De acuerdo con una ley del 8 de abril de 1848, este tipo de elección se aplicaba también a
los diputados a la Asamblea Nacional de Berlín.
excepción
de la Dieta federal152 que llevaba ya largo tiempo en
desuso, amenazándoles con aplicarles las penas establecidas en estas leyes
arbitrarias.
194
Tal como están las cosas, hay que esperar que
tampoco entre nosotros tarden en ser prohibidos los clubes.
Y, para que los gobiernos puedan adoptar semejantes
medidas con plena seguridad sin ganarse las
antipatías y los odios de la opinión pública, para eso, allí está la Asamblea Nacional de Fráncfort. Pues
no cabe duda de que esta Asamblea pasará al orden del día por encima de
semejantes medidas policiacas con la misma facilidad con que lo ha hecho con
respecto a la revolución de Maguncia.a
a Véase supra, pp. 43-48.
Por tanto, no porque creamos que vamos a conseguir
algo de la Asamblea, sino sencillamente para obligar una vez más a su mayoría a
proclamar abiertamente ante Alemania entera su alianza con la reacción,
requerimos a los diputados de la extrema izquierda en FRANCFORT a proponer a la
Asamblea lo siguiente:
Que los autores de estas medidas, y concretamente
los señores Harpprecht, Duvernoy, Maucler y Mathy sean denunciados y
procesados por violación de los “derechos fundamentales del
pueblo alemán”.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 50, 20 de julio de 1848]
152 El 14 de julio de 1848, el senado de Heidelberg dio a conocer “que, por disposición de la ley del 6 de octubre de 1833, quedaba
disuelta la Asociación Democrática de Estudiantes, con lo que queda prohibido su funcionamiento ulterior”.
195
EL PROYECTO DE LEY SOBRE LA
ABOLICIÓN DE LAS CARGAS FEUDALES 153
[C. Marx]
COLONIA, 29
DE JULIO. SI ALGÚN HABITANTE DEL PAÍS DE LA Renania ha podido olvidar
lo que debe a la “dominación extranjera” a la “opresión del tirano
corso”154 no tiene más que pararse a leer el proyecto de ley sobre la
abolición gratuita de diversos gravámenes y tributos, que el señor Hansemann ha
sometido a título de “información” a la Asamblea del Pacto en este año de
gracia de
1848. El esplendor de los feudos y el vasallaje, los censos, los tributos en
caso de muerte, los derechos de patronato y jurisdicción,
los derechos de sello, los diezmos, las gabelas de molino, de puente, de
barcaje y de peaje y qué sé yo cuántas más. ¡Cuán exóticos y cuán bárbaros
suenan estos absurdos nombres en los oídos de la gente del Rin, educada por el
desmoronamiento del feudalismo, por el Código Napoleón! 155 ¡Cuán
incomprensible y absurdo resulta para nosotros todo este enredo de tributos,
gabelas y prestaciones medievales, este museo de reliquias, en el que figuran
los vestigios más carcomidos y fosilizados de la época antediluviana!
196
Y, sin embargo, ¡descalzaos, oh patriotas alemanes, pues estáis pisando tierra santa! ¡Estos testimonios
de barbarie son los vestigios de la gloria cristiano-germánica, los últimos eslabones de una cadena que
se arrastra a lo largo de la historia y que enlaza a los alemanes de hoy con el
esplendor de sus antepasados, hasta remontarse a los bosques de los queruscos!156 Esta
polilla, esta basura feudal con que nos encontramos aquí en su autenticidad
clásica, son los productos más genuinos de nuestra patria, y quien se sienta
verdaderamente alemán debe exclamar con el poeta:
¡He aquí el aire de mi patria, Que siente mi
ardiente mejilla, Y el lodo que cubre este camino
Es también el lodo de mi patria!157
Cuando leemos este proyecto de ley, tenemos a primera vista la sensación
de que nuestro ministro de
Agricultura, el señor Gierke, siguiendo las órdenes del señor Hansemann, hizo un “audaz
esfuerzo” 158 para borrar de un plumazo toda la Edad Media, y,
además, gratis, se entiende.
Sin embargo, leyendo la exposición de
motivos que acompaña al proyecto, se da uno cuenta de que lo primero a
que tienden estas motivaciones es a demostrar que no se trata, en rigor, de
abolir sin indemnización ninguna clase de cargas feudales, afirmación que echa por tierra el que parecía “titánico esfuerzo”.
La sobriedad práctica del señor ministro navega
cuidadosa y prudentemente procurando esquivar
ambos escollos. A la izquierda, “el bienestar general” y
“las exigencias del espíritu de los tiempos” a la
derecha “los derechos bien adquiridos de los señores de las tierras” y en el
centro “la meritoria idea
153 El proyecto de ley sobre “la abolición
gratuita de diversos tributos y gravámenes”, de fecha del 10 de julio de 1849,
fue presentado a la Asamblea Nacional prusiana el día 11 del mismo mes y
discutido en la sesión del 18 de julio.
154 Bajo el reinado de Napoleón I habían
sido abolidas las relaciones feudales en Renania, donde la Revolución
francesa ejerció gran influencia, sin que se restauraran en 1815. Sin
embargo, en el resto de los territorios alemanes se mantuvieron en
pie, en lo esencial, hasta 1848.
155 Code Napoleón: nombre dado al Code civil des Français (código civil francés), de 1804, refundido en 1807 como Code Napoleón, implantado
por Francia en los territorios del oeste y el sur de Alemania
conquistados por ella. Este código se mantuvo
vigente en Renania después de su anexión por parte de Prusia. En él estaban codificadas las más importantes conquistas de la Revolución francesa,
bajo el principio formal de la igualdad civil.
156 Queruscos: antiguo pueblo romano. En el bosque
de Teutoburgo, los queruscos derrotaron a
las tropas imperiales venidas de Roma, en el año 9 a.
n. e.
157 Tomado de Heinrich Heine, Alemania. Cuento de invierno, cap. VIII.
158 Un audaz esfuerzo: frase que
llegó a hacerse popular, en 1848, durante los debates de
la Asamblea Nacional de FRANCFORT acerca de la instauración de
un poder central en Alemania.
de dar mayor libertad al desarrollo de las relaciones agrarias” idea materializada en la pudorosa
perplejidad del señor Gierke. ¡Vaya constelación!
197
Bien. El señor Gierke reconoce plenamente que, en
general, las cargas feudales sólo deben abolirse mediante indemnización. Con lo
cual seguirán en pie los gravámenes más opresivos, los más extendidos y los
principales, o mejor dicho, serán restablecidos, puesto que ya los
campesinos se han encargado de suprimirlos de hecho.
Pero a juicio del señor Gierke,
si se suprimen sin indemnización algunas relaciones, cuya
fundamentación interna sea defectuosa o cuya persistencia resulte
incompatible con las exigencias “del espíritu de los tiempos” y con el
bienestar general, aquellos a quienes afecten no deben olvidar que no sólo hacen algunos sacrificios al bien general,
sino también a sus propios intereses bien entendidos, con objeto de resolver
los problemas dentro de la paz y la concordia, asignando así a la
propiedad territorial la posición que le corresponde dentro del Estado, para la
mejor conveniencia de todos.
La revolución en el campo se cifraba en la abolición efectiva de todas las cargas feudales. El ministerio
de la acción, basado en el reconocimiento de la revolución, reconoce ésta en el
campo al abolir sobre la marcha las cargas feudales. Abolir el viejo statu
quo sería imposible; los campesinos, si eso se intentara, degollarían
sin miramientos a sus barones feudales, y de ello se da cuenta el propio señor
Gierke. Lo que se hace, por tanto, es establecer una pomposa lista de
insignificantes gravámenes feudales, que sólo existen en
algunos sitios, restableciendo en cambio la carga
feudal más importante de todas, la que se resume en la palabra prestación.
Con los derechos que se quieren abolir, la nobleza
sacrifica, globalmente, menos de 50.000 táleros al
año y, a cambio de ello, salva varios millones. Y no sólo esto, sino que, además, el señor ministro confía
en congraciarse de este modo con los campesinos e incluso en conquistar en el
futuro sus votos para
las elecciones a las cámaras. ¡No cabe duda de que el negocio sería rentable, si el señor Gierke no errara
en sus cálculos!
198
Se eliminarían con ello las objeciones
de los campesinos, y también las de la nobleza, en
la medida en que el ministro aprecie certeramente su situación. Quedarían
solamente la Cámara y los reparos de los puntos de vista jurídico y radical,
sostenidos de un modo consecuente. La diferencia entre las cargas que deben
abolirse y las que deben conservarse, que se reduce
a la que media entre las cargas carentes casi de valor
y las muy valiosas, requiere, con vistas a la Cámara, de una aparente
fundamentación jurídica y económica. El señor Gierke tiene que demostrar, i)
que las cargas que se
trata de abolir, descansan sobre precarios fundamentos internos; 2) que no responden al bien general;
3) que son contrarias a las exigencias del espíritu
de los tiempos y 4) que su abolición no constituye, en el fondo,
una violación del derecho de propiedad, una expropiación sin indemnización.
Para probar la insuficiente fundamentación de estos tributos y prestaciones, el señor Gierke se adentra
por las sombrías regiones del derecho feudal. Conjura todo el desarrollo,
“originariamente lentísimo de los Estados germánicos, desde hace mil años”.
Pero ¿de qué le sirve esto al señor Gierke? Cuanto
más atrás se remonta y más remueve el cieno estancado del derecho feudal, más le demuestra éste, no
precisamente la defectuosa fundamentación, sino, por el contrario, la
fundamentación solidísima de las cargas de que se trata;
y el desventurado ministro no hace más que exponerse
a la irrisión pública
al esforzarse por hacer al derecho feudal pronunciar oráculos a tono con el derecho civil moderno, por
hacer que el barón feudal del siglo XII piense y juzgue como el burgués del
XIX.
Afortunadamente, el señor Gierke ha heredado el
principio del señor Von Patow: abolir sin
indemnización cuanto emane del señorío feudal y de la servidumbre hereditaria, declarando redimible
todo lo demás. Pero ¿cree el señor Gierke que haga falta gran alarde de
sagacidad para demostrarle que las cargas que se trata de abolir son también,
por regla general, “emanación del señorío feudal”?
199
Creemos que no es necesario añadir que el señor Gierke, en aras de la consecuencia, intercala siempre
de contrabando, entre las normas jurídicas feudales, conceptos propios del
derecho moderno, a los que apela, en
caso necesario. Pero, si el señor Gierke mide algunas de estas cargas por el rasero de las
ideas del derecho moderno, no se ve por qué no hace
lo mismo con todas. Claro está que, si así lo hiciera, las prestaciones
personales saldrían muy mal paradas ante los principios de la libertad personal
y la propiedad.
Y aún le va
peor al señor Gierke con sus distinciones, cuando recurre
al argumento del bien público y
de las exigencias del espíritu de los tiempos. De suyo se comprende que, si estas cargas de poca monta
estorban al bien público y contradicen las exigencias del espíritu de los
tiempos, más los entorpecen todavía las prestaciones personales,
el derecho de laudemio, etc. ¿O acaso cree
el señor Gierke que es
incompatible con nuestro tiempo el derecho de desplumar los gansos de los campesinos (§ 1, núm. 14)
y no lo es, en cambio, el derecho a desplumar a los campesinos mismos?
Viene luego la argumentación encaminada a probar
que la abolición de cargas de que se trata no lesiona ningún derecho de
propiedad. Como es natural, la demostración de una falsedad tan
claramente como ésta sólo puede desarrollarse de un modo aparente, haciendo creer a la nobleza que
estos derechos no tienen para ella valor alguno, carencia de valor que,
naturalmente, sólo es posible probar de manera aproximativa. El señor, Gierke
va recorriendo meticulosamente, con sus cálculos,
uno por uno, los dieciocho apartados del artículo primero, sin darse cuenta de que en la misma medida
en que logra demostrar que las cargas de que se trata carecen de valor, demuestra también la carencia
de valor de su proyecto de ley. ¡Pobre señor Gierke! ¡Qué duro se nos
hace tener que arrancarle de su dulce ilusión y pisar sus círculos
arquimédico-feudales, grabados en la arena!159
200
Y ahora, viene otra dificultad. En anteriores
rescates de las cargas que ahora se trata de abolir, como
en todos los rescates, las comisiones venales estafaron miserablemente a los campesinos en beneficio
de la nobleza. Pues bien, los campesinos exigen ahora la revisión de todos los
convenios de rescate concertados bajo gobiernos anteriores, y tienen al
hacerlo, ¡toda la razón!
Pero el señor Gierke no puede avenirse a nada de
eso. “A ello se oponen — nos dice— el derecho formal y la ley”, como se oponen,
en general, a todo progreso, ya que toda ley nueva viene necesariamente a echar
por tierra el viejo derecho formal y la vieja ley.
Las consecuencias de esto son fácilmente previsibles, en el sentido de que, para beneficiar a los obligados,
siguiendo un camino contradictorio con los principios jurídicos de todos los
tiempos (pero también las revoluciones van en contra de los principios
jurídicos de todos los tiempos), habría que inferir un daño
incalculable a una parte grandísima de la propiedad territorial del Estado y, por tanto (¡), al Estado mismo.
Y, en seguida, el señor Gierke demuestra, con
conmovedora minuciosidad, que semejante modo de proceder
pondría en tela
de juicio y haría estremecer todo el estado de
derecho de la propiedad territorial y, unido esto
a los interminables procesos y costas, causaría una herida difícilmente curable
a la propiedad de la tierra, fundamental base del bienestar nacional, y que
ello equivaldría a quebrantar los principios jurídicos sobre la validez de los
contratos y constituiría un ataque a las más inequívocas relaciones
contractuales, cuyas consecuencias harían vacilar toda confianza en la
estabilidad del derecho civil, poniendo con ello en peligro del modo más
peligroso toda la vida comercial. (¡!!)
El señor Gierke ve en esto, por tanto, un ataque al
derecho de propiedad que haría vacilar todos los principios jurídicos. ¿Y por
qué no constituye un ataque a esos principios la abolición gratuita de las
cargas que se trata de suprimir? Estas cargas no sólo entrañan las más
inequívocas relaciones
contractuales, sino que implican un derecho que viene ejerciéndose sin réplica ni impugnación alguna
desde tiempo inmemorial, a diferencia de lo que ocurre con la revisión exigida,
la cual no atenta en modo alguno contra los convenios en cuestión, ya que los
sobornos y los fraudes son notorios y pueden, en muchos casos, ser probados.
201
159 Se hace alusión a la frase que, según se afirma, pronunció el matemático y físico griego Arquímedes antes de ser asesinado en Siracusa,
en 212 a. n. e. por un soldado romano: “¡No pises mis círculos!” al
referirse a los círculos que, para sus cálculos, había trazado sobre la
arena del suelo.
No podemos negar que, por muy insignificantes que
sean las cargas que se trata de abolir, el señor Gierke, con su abolición,
“beneficia a los obligados, siguiendo un camino contradictorio con los
principios jurídicos de todos los tiempos”, en directa oposición “al derecho
formal y a la ley”; con su proyecto de ley, el señor Gierke atenta “contra todo
el estado de derecho de la propiedad territorial” y ataca en su raíz a los
derechos “más inequívocos”.
¿Cree el señor Gierke que valía la pena de cometer
pecados tan graves para obtener tan pobres resultados?
Evidentemente, el señor Gierke ataca a la
propiedad — es indiscutible—, pero no a la propiedad moderna,
burguesa, sino a la propiedad feudal. A la propiedad burguesa, que se levanta
sobre las ruinas de la propiedad feudal, la fortalece con estos atentados contra la propiedad feudal. Y no accede
a revisar los anteriores convenios de rescate, sencillamente porque estos
convenios convirtieron las relaciones feudales de propiedad en relaciones burguesas y, por tanto, no podría revisarlos sin lesionar
formalmente con ello la propiedad burguesa. Y la propiedad burguesa es, naturalmente, tan sagrada e
inviolable como la propiedad feudal es atacable y susceptible de ser violada,
según la necesidad y el valor de los señores ministros.
Ahora bien, ¿cuál es el escueto sentido de tan
larga ley?
La prueba más palmaria de que la revolución alemana
de 1848 no es más que la parodia de la revolución francesa de 1789.
El 4 de agosto de 1789,160 tres semanas después de la toma de la Bastilla, el pueblo francés acabó en
un día con las cargas feudales.
202
El 11 de julio de 1848,161 cuatro meses después de las barricadas de Marzo, las cargas feudales acaban
con el pueblo alemán, teste Gierke cum Hansemann.a
a Testigo: Gierke con Hansemann, parodiando el verso del Dies
irne: “Teste David cum Sibilla”.
La burguesía francesa de 1789 no dejó ni por un momento en la estacada a sus aliados, los campesinos.
Sabía bien que la base sobre que descansaba su poder era la destrucción del
feudalismo dentro del país, la instauración de una clase de campesinos libres y
dueños de su tierra.
La burguesía alemana de 1848 traiciona sin el menor
pudor a estos campesinos, que son sus aliados más naturales, carne
de su carne, y sin los cuales es impotente frente a la nobleza.
La perduración y la sanción de los derechos
feudales bajo la forma de un (ilusorio) rescate: he ahí el resultado de la
revolución alemana de 1848. ¡Mucho ruido y pocas nueces!
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 60,
30 de julio de 1848]
160 Véase supra, nota 70.
161 Véase supra, nota 153.
203
LA “GACETA
DE COLONIA” Y LAS CONDICIONES DE INGLATERRA
[F. Engels]
COLONIA, 31 E JULIO.
¿Dónde encontraremos en Inglaterra ni rastro de ese
odio contra la clase que los franceses llaman la burguesía? Este
odio lo suscitó en un tiempo la aristocracia, la cual, con el
monopolio sobre el trigo, arrancaba un impuesto opresivo e injusto a la
laboriosidad industrial. El burgués no disfruta en
Inglaterra ninguna clase de privilegios, sino que es hijo
de su celo y laboriosidad; en
la Francia de Luis Felipe, en cambio, era hijo del monopolio,
del privilegio.
Este grande, este erudito párrafo, que revela tanto amor a la verdad, figura en un artículo editorial del
señor Wolfer, que ha visto la luz en la siempre bien informada Gaceta
de Colonia.162
¡Es, en verdad, maravilloso! En Inglaterra existe el proletariado más numeroso, más concentrado, más
clásico, un proletariado que pasa cada cinco o seis años por la más bestial
miseria de una crisis comercial, que se ve diezmado por el hambre y el tifus,
que pasa la mitad de su vida condenado a la ociosidad y a la carencia de pan,
en la industria; en Inglaterra, un hombre de cada diez es un pobre y un pobre
de cada tres un preso recluido en la Bastilla creada por la Ley de
beneficencia; 163 en Inglaterra, el sostener la administración de la beneficencia pública cuesta anualmente casi tanto como
lo que representa el total de gastos del Estado prusiano; en Inglaterra, se ha proclamado abiertamente
que la miseria y el pauperismo constituyen un factor necesario del actual
sistema industrial y de la riqueza nacional, y, a pesar de todo esto, ¿será
posible encontrar allí ni rastro de odio contra la burguesía?
204
En ningún país del mundo se ha remontado a tal altura como en Inglaterra, con el crecimiento en masa
del proletariado, el antagonismo entre éste y la burguesía; ningún país del
mundo presenta tan clamorosos contrastes entre la más profunda miseria y la más
gigantesca riqueza. Pues bien, a pesar de todo esto, ¿será posible encontrar
allí ni rastro de odio contra la burguesía?
¡Naturalmente! Las coaliciones de los obreros,
secretas hasta 1825 y desde entonces públicas y abiertas; coaliciones que no se
forman para un día ni en contra de un fabricante,
sino con carácter permanente y contra facciones enteras de fabricantes;
coaliciones de ramas enteras de trabajo y de
ciudades enteras; coaliciones, en fin, de innumerables obreros a lo largo de toda Inglaterra; todas estas
coaliciones y sus innumerables luchas contra los fabricantes, sus
paralizaciones del trabajo, que provocan actos de violencia, vengativas
demoliciones, incendios, asaltos a mano armada y asesinatos
por el brazo de sicarios; todos estos hechos ¡no son, al parecer, más que otras tantas pruebas del amor
que el proletariado siente por la burguesía!
Toda la guerra de los obreros contra los patronos,
guerra que viene durando ya unos ochenta años, que comenzó por la destrucción
de máquinas hasta desarrollarse por medio de las coaliciones, los ataques a las
personas y los bienes de los patronos y de los contados obreros entregados a
ellos, a
través de las grandes y pequeñas insurrecciones de 1839 y 1842164 en la más profunda lucha de clases
que conoce la historia; toda la lucha de clases de los
cartistas, 165 del partido constituido del proletariado contra el poder público constituido de la burguesía; lucha que aún no ha provocado
162 Véase supra, nota 43
163 Ley de beneficencia o de pobres: esta ley fue aprobada en Inglaterra en 1834 como única
forma de ayudar a los menesterosos de las
ciudades y el campo, quienes eran recluidos en casas de
trabajo (Workhouses), las cuales se gobernaban por
un régimen penitenciario. El pueblo llamaba a estas casas las
“Bastillas de los pobres”.
164 En 1839, fue sangrientamente aplastada la insurrección de Gales, organizada por los cartistas. En agosto de 1842, los obreros ingleses, ante la aguda crisis económica y la negativa del Parlamento a dar satisfacción a sus reivindicaciones políticas (Carta del Pueblo), organizaron una
huelga general en varios distritos industriales (Lancashire, Yorkshire y otros), que
en algunos lugares condujo a encuentros armados con la policía y
las tropas. La huelga terminó con la derrota de los obreros y la detención
de numerosos jefes del movimiento cartista.
165 Véase supra, nota 49.
colisiones espantosamente sangrientas como los
combates de junio en París, pero que se libra con mucha mayor tenacidad, por
masas mucho más considerables y en un terreno mucho más extenso;
esta guerra civil de carácter social no es, para la Gaceta
de Colonia y su articulista, naturalmente, más que una
sola y gran prueba de amor del proletariado inglés hacia la burguesía a la que
sirve.
205
Hace algún
tiempo, estaba de moda presentar a Inglaterra como
el país clásico de las contradicciones
y luchas sociales y, en contraste con las llamadas “condiciones antinaturales” de Inglaterra, ensalzar y
poner por las nubes a Francia, con su rey burgués,
sus parlamentarios burgueses y sus leales obreros,
dispuestos siempre a batirse valientemente por la burguesía. Entonces, también
la Gaceta de Colonia repetía diariamente estas monsergas y
encontraba en las luchas de clases inglesas un fundamento para disuadir a
Alemania del sistema proteccionista y de la consiguiente industria
“antinatural” cultivada en invernadero. Pero las jornadas de junio lo han
trastornado todo. Los horrores de los combates de junio han hecho estremecerse
a la Gaceta de Colonia, y los millones de cartistas de Londres,
Manchester y Glasgow se han esfumado ante los cuarenta mil insurrectos de
París.
Francia ha pasado a ser el país clásico del odio
contra la burguesía y, según las afirmaciones de la Gaceta de Colonia,
lo viene siendo desde 1830. ¡Es curioso! Mientras que los agitadores ingleses,
en
mítines, en folletos y en periódicos, atizan incansablemente desde hace diez años, bajo los aplausos de
todo el proletariado, el odio más enconado contra la burguesía, la literatura
obrera y socialista
francesa ha predicado siempre la reconciliación con la
burguesía, apoyándose para ello precisamente en el argumento de
que, en Francia, las contradicciones de clase distan mucho de hallarse tan
desarrolladas como en Inglaterra. Y es cabalmente la gente cuyos simples nombres hacen santiguarse
tres veces seguidas a la Gaceta de Colonia, un Louis Blanc, un
Cabet, un Caussidiére, un LedruRollin,
quienes durante largos años, antes y después de la revolución de Febrero, han predicado la paz con la
burguesía, haciéndolo además, casi siempre, con la mejor buena fe del mundo.
Para convencerse de ello, la Gaceta de Colonia no tiene más
que leer las obras de los citados autores o periódicos como La Réforme
o Le Populaire166 o incluso periódicos obreros de estos últimos años
como la Union, Luche populaire o Fraternité167 y bastará, sin embargo, con citar
los títulos de dos obras conocidas de todo el
mundo: la Historia de los diez años, de Blanc, principalmente
en sus últimas páginas, y los dos tomos de su Historia de la
Revolución.
206
Pero la Gaceta de Colonia no se
limita a afirmar que en Inglaterra no existe odio contra “lo
que los franceses llaman la burguesía” (y también los ingleses,
bien informado colega, véase el Northern Star desde hace
dos años), sino que explica por qué ocurre esto y por
qué no puede ser de otro modo.
Peel — se nos dice— salvó del odio a la burguesía inglesa, al acabar con los monopolios e implantar la
libertad comercial:
En Inglaterra, el burgués no disfruta de ninguna
clase de privilegios ni monopolios, mientras que en Francia es hijo del
monopolio... Las medidas implantadas por Peel salvaron a Inglaterra de la más
espantosa subversión.
207
Así pues, al abolir el monopolio de la aristocracia,
Peel salvó a la burguesía del amenazador odio del
proletariado. ¡Realmente, la lógica de la Gaceta de Colonia es
maravillosa!
El pueblo inglés, entiéndase bien, el pueblo
inglés, se convence más y más cada día que pasa de que la libertad
comercial es la única solución para los problemas vitales que
entrañaban todos sus actuales
sufrimientos y preocupaciones, solución que en estos últimos tiempos se ha intentado encontrar bajo ríos
de sangre... No olvidemos que del pueblo inglés partieron las
primeras ideas sobre el librecambio.
166 La Réforme: diario francés, órgano de
los demócratas y republicanos pequeñoburgueses, publicado en París de
1843 a 1850.
167 Le Populaire de 1841: órgano de
propaganda del comunismo utópico pacífico de
Icaria. Se publicó en París de 1841 a
1852, y hasta 1849 fue dirigido por Etiénne Cabet. Era conocido
preferentemente por su título completo, para diferenciarlo del semanario
radical Le Papulaire, editado también por Cabet de 1833 a
1835.
¡El pueblo inglés! Pero es el caso que el “pueblo inglés”,
en sus mítines y en la prensa, combatió a los librecambistas desde 1839;
en los tiempos más gloriosos de la Liga contra las leyes
cerealistas,168 los obligó a reunirse secretamente y a tener que presentar una contraseña para poder asistir a sus mítines;
con amarga ironía, contrastaba la conducta de los freetradersa con
sus hermosas palabras e identificaba totalmente a los burgueses y los
librecambistas. El pueblo inglés se ha visto, incluso, obligado a recurrir
momentáneamente, de vez en cuando, a la ayuda de la aristocracia, de los
monopolistas, en contra de la burguesía, por ejemplo, en la lucha por la jornada de las Diez horas.169
¿Y este pueblo, que tan bien ha sabido desalojar a los librecambistas de la tribuna de los mítines
públicos, el “pueblo inglés” es o puede ser, como se pretende, el creador de las ideas del liberalismo?
¡Pueril simpleza de la Gaceta de Colonia, que no se limita a transcribir al pie de la letra las ilusiones de
los grandes capitalistas de Manchester y Leeds, sino que, además, cree a pie
juntillas sus mentiras descaradas!
A Librecambistas.
208
“En Inglaterra, el burgués no disfruta de ninguna clase de privilegios ni monopolios.” Otra cosa ocurre
en Francia:
El burgués era para el obrero, desde hace mucho
tiempo, el hombre del monopolio, al que el pobre agricultor tenía que pagar el
6º por ciento de impuestos por el hierro de la reja de su arado, que lo
explotaba con el carbón, que condenaba a la muerte por hambre a los vendimiadores de toda Francia, que
les vendía todos los artículos con un recargo del 20, el 40 o el 50 por
ciento...
La buena Gaceta de Colonia no
conoce ni admite más “monopolio” que el de los aranceles
aduaneros, es decir, el monopolio que aparentemente pesa
sólo sobre los obreros, pero que en realidad grava también sobre la burguesía,
sobre todos los industriales que no se benefician con la protección
arancelaria. La Gaceta de Colonia no conoce ni admite más monopolio que el combatido por los señores
librecambistas desde Adam Smith hasta Cobden, el monopolio local, creado por
las leyes.
El monopolio del capital, que rige al
cambio de la legislación y, a veces, incluso en contra de ella, ese
monopolio no existe para los señores de la Gaceta de Colonia. Y este monopolio es precisamente el que
de un modo directo e inexorable gravita sobre los obreros, ¡el que determina la
lucha entre el proletariado y la burguesía! Este monopolio constituye
precisamente el monopolio específicamente moderno que da como
resultado las modernas contradicciones de clase, en cuya solución reside
cabalmente la tarea específica del siglo XIX.
209
Ahora bien, este monopolio del capital se hace más poderoso, más extenso y más amenazador a medida
que van desapareciendo los demás monopolios pequeños y locales.
Cuanto más libre se vuelve la competencia mediante
la eliminación de todos los “monopolios” más
rápidamente se concentra el capital en manos del puñado de los señores feudales de la industria, más
rápidamente se arruina la pequeña burguesía, con mayor
celeridad avasalla el país del monopolio capitalista, Inglaterra, a los países que circundan su industria.
Suprimid los “monopolios” de la burguesía francesa, alemana e italiana, y Francia,
Alemania e Italia descenderán a la categoría de proletarios frente a la
burguesía inglesa, la cual lo absorberá todo. La opresión que los burgueses
ingleses sueltos hacen pesar ahora sobre los diferentes proletarios de su
168 La Liga Anticerealista (Anti-corn-law-League): agrupación librecambista fundada en 1838 por los fabricantes Cobden y Bright, en
Manchester. Las llamadas leyes cerealistas, que tenían como fin la prohibición
o restricción de la importación de trigo
del extranjero, se implantaron en Inglaterra en 1815 en interés de los grandes terratenientes, de los lords de la tierra. La Liga levantó la
exigencia de la total libertad comercial y luchó por la abolición de las leyes
del trigo con el fin de rebajar los salarios de los obreros y debilitar
las posiciones económicas y políticas de la aristocracia de la tierra. En su
lucha contra los terratenientes,
la Liga trataba de explotar a las masas obreras, pero precisamente en aquel tiempo los obreros progresistas de Inglaterra marcaron el
camino de un movimiento obrero políticamente independiente (cartismo). La lucha
entre la burguesía industrial y la aristocracia de la tierra finalizó en
1846, al votarse la Ley de abolición de las leyes cerealistas.
169 La lucha en favor de la limitación de la jornada de trabajo a diez horas se inició en Inglaterra ya a fines del siglo XVIII y
al final de la década de los treinta del siglo XIX movía a grandes
masas del proletariado. La propuesta de ley sobre la jornada de diez horas
fue apoyada en el Parlamento por los representantes de la
aristocracia feudal, en su lucha contra la burguesía industrial. El
Parlamento inglés aprobó la ley del 8 de junio de 1847, pero limitándola
solamente a los menores de edad y a las mujeres.
país la haría pesar, en
ese caso, la burguesía inglesa en
su conjunto sobre Alemania, Francia e Italia, y la
víctima de ello sería la pequeña burguesía de estas naciones. Todo esto son,
sencillamente, verdades triviales que, hoy en día, ya no pueden
explicársele a nadie sin ofenderlo, como no sea a los
eruditos señores de la Gaceta de Colonia.
Estos profundos pensadores ven en la libertad comercial el único camino para salvar a Francia de una
guerra de exterminio entre obreros y burgueses. ¡Verdaderamente, el hacer que también la burguesía
del país descienda a las filas del proletariado es un medio de nivelar las contradicciones de clase digno
de los señores de la Gaceta de Colonial
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 62, 1 de agosto de 1848]
210
LA NOTA RUSA
COLONIA, 1 DE AGOSTO. EN VEZ
DE MOVILIZAR UN EJERCITO, por el momento la
diplomacia rusa se ha limitado a enviar a todas las embajadas rusas
de Alemania una nota circular.
Esta nota encontró primero hospitalidad en el
órgano oficial de la Regencia del Imperio alemán en Fráncfort170 y más
tarde le dispensaron cordial acogida otros periódicos oficiales y oficiosos. Es
algo verdaderamente excepcional que el señor Nesselrode, ministro ruso de
Negocios Extranjeros, ejerza de este modo sus artes públicas de estadista, y
ello nos da una razón de mayor peso para examinar más de cerca tales manejos.
En los tiempos felices anteriores a 1848, la
censura alemana velaba porque no se publicara una sola palabra desagradable
para el gobierno ruso, ni siquiera bajo la rúbrica de Grecia o de Turquía.
Las funestas jornadas de Marzo han cerrado este
camino, obligando a Nesselrode a convertirse en publicista.
Según él, c<la prensa alemana, cuyo odio se halla enfocado contra Rusia”, se ocupa de atribuir “las más
infundadas motivaciones” y de suscitar “los comentarios menos razonables” a las
“medidas de
seguridad” tomadas en la frontera. Y después de esta suave introducción, se recarga el tono, del modo
siguiente: “La prensa alemana difunde diariamente las más abominables calumnias en contra nuestra”.
En seguida, se pasa a hablar de “furiosas declamaciones”, “cabezas locas” y
“pérfida malignidad”.
211
En el próximo proceso contra la prensa, podrá un
fiscal alemán adjuntar a su requistoria, como auténtico documento de cargo, la
nota rusa.
¿Y por qué hay que atacar a la prensa alemana,
principalmente a la prensa “democrática”, y de ser posible destruirla?
¡Sencillamente, porque no da crédito a las “intenciones tan generosas”, bien
intencionadas, a los “designios francamente pacíficos” del zar de Rusia!
¿Cuándo ha tenido Alemania que quejarse
de nosotros? —pregunta Nesselrode, en nombre de su amo—.
Mientras se mantuvo sobre el continente la dominación opresora de un
conquistador, Rusia derramó su sangre para ayudar a Alemania a
mantener su independencia y su integridad. Mucho tiempo después de la
liberación del suelo ruso, Rusia seguía sosteniendo a sus aliados alemanes en
todos los campos de batalla de Europa.
Pese a sus numerosos y bien
pagados agentes, hay que decir que
Rusia se equivoca de medio a medio
si cree que recurriendo al recuerdo
de las llamadas guerras de liberación
va a despertar simpatías en el año 1848. ¿Y eso de que
Rusia derramó su sangre por nosotros, los alemanes?
Aun prescindiendo de que Rusia, antes de 1812, “ayudó a Alemania a mantener su independencia y su
integridad” por el camino de la alianza abierta y los tratados secretos con Napoleón,171 lo cierto es que,
más tarde, se resarció con creces de eso que llama su ayuda mediante el robo y
el saqueo.
212
170 El órgano a que se refiere es la Frankfurter Oberpostamts-Zeitung, publicado de 1617 a 1866. Durante la revolución de 1848- 1849,
órgano del poder central provisional, del regente del Reino y del gobierno
del Imperio. La nota de Nesselrode a los embajadores rusos en los Estados
alemanes se publicó en el número 210 de este periódico, el 28 de julio de 1848.
171 El 25 de
julio de 1807 celebraron Napoleón I
y el zar de Rusia
su primera entrevista, sin testigos, sobre una balsa
cubierta en las aguas del río Niemen. En ella se iniciaron las
conversaciones de paz (desde 1806 Rusia formaba parte de la coalición
de potencias contra Napoleón) y se sentaron las bases para
una alianza entre Francia y Rusia. En el Tratado de Paz de Tilsit, el
zar se adhirió al sistema
continental de Napoleón y dio su consentimiento para
que éste se anexionara importantes territorios de
la Monarquía alemana. En la entrevista de Erfurt (septiembre-octubre de
1808), se renovó la alianza entre Napoleón y el zar.
Su ayuda se la prestaba a sus aliados, los
príncipes, y su apoyo, pese a la proclama de Kalisch,172 iba dirigido a
los representantes del absolutismo “Por la gracia de Dios” y en contra de un
monarca emanado de la revolución. La Santa Alianza 173 y sus muy poco
santas obras, los “bandidescos” congresos de Karlsbad, Laibach,
Verona, 174 etc., las persecuciones ruso-alemanas desencadenadas
contra cualquier voz libre y toda la política seguida desde 1815 y encabezada
por Rusia, no eran precisamente como para movernos a profunda gratitud. La
dinastía de los Romanoff y sus diplomáticos pueden estar tranquilos: esta
deuda jamás será olvidada por nosotros. Por lo que se refiere a la
ayuda rusa en los años 1814 y 1815, nos inclinamos a cualquier sentimiento
menos al de la gratitud, a la vista de un apoyo como aquél, pagado por los
subsidios de Inglaterra.
Y las razones de ello están, para cualquiera que se
pare a pensar un poco, al alcance de la mano. La
victoria de Napoleón en Alemania habría quitado de en medio, con su conocida fórmula enérgica, a no
menos de tres docenas de paternales príncipes. La legislación y la
administración francesas habrían sentado una sólida base para la unidad alemana
y nos habrían ahorrado treinta y tres años de vergüenza y la tiranía de la Dieta federal, que es natural que el señor Nesselrode ponga por las nubes.
Dos o tres decretos napoleónicos habrían barrido toda la basura medieval, los diezmos y prestaciones
personales, los privilegios y exenciones, toda esa morralla feudal y ese patriarcalismo que todavía hoy
seguimos arrastrando en todos y cada uno de los rincones de nuestro suelo
patrio. El resto de
Alemania se hallaría desde hace ya mucho tiempo al mismo nivel que la orilla izquierda del Rin alcanzó
poco después de la primera Revolución francesa. Si las cosas hubiesen tomado ese rumbo, ya no habría
en nuestro país señores feudales ni una Vendée 175 pomerania, ni
tendríamos por qué seguir respirando el aire corrompido de las charcas
“histórica” y “cristiano-germánica”.176
213
Pero Rusia es magnánima. Aunque no se le agradezca,
su emperador sigue dispensándonos, como a primera hora, “sus designios tan
generosos como bien intencionados”. Más aún, “ni las ofensas ni los retos han
conseguido hacer cambiar nuestros sentimientos” (los de Rusia).
Estos sentimientos se manifiestan, por el momento,
en una “actitud pasiva y expectante”, en la que
Rusia ha llegado, indudablemente, a un gran virtuosismo. Sí, Rusia sabe esperar hasta que cree llegado
el momento oportuno. A pesar de los enormes movimientos de tropas que se han
producido en Rusia desde el mes de marzo, el señor Nesselrode tiene la
ingenuidad de decirnos que las tropas rusas han permanecido todo el tiempo
“inmóviles en sus acantonamientos”. Pese al grito clásico de “¡Y ahora,
señores, a ensillar los caballos!”;177 pese al íntimo desahogo cordial y
de bilis de que el ministro de
Policía de Abramowicz se dejó llevar en Varsovia
contra el pueblo alemán; pese, o más bien, en razón a las
amenazadoras y eficaces notas expedidas desde Petersburgo, el gobierno ruso se
ha guiado y
sigue guiándose por sentimientos de “paz y reconciliación”. Rusia se mantiene en posición
172 Llamamiento a los alemanes: esta proclama fue acordada en la ciudad polaca de Kalisch el 13 de marzo de 1813. En ella el zar y el rey de Prusia hacían un llamado a los alemanes para luchar contra Napoleón, prometiéndoles, lo cual era mentira, la libertad y
la independencia.
173 Santa Alianza: agrupación de
potencias reaccionarias (Inglaterra, Prusia, Rusia, Austria)
contra la Francia napoleónica, de
la cual era vencedora, y en general de
todos los movimientos democráticos y progresistas en Europa. La Santa Alianza
fue fundada el 26 de septiembre de 1815 por iniciativa del zar
Alejandro I. Tiempo después, prácticamente todos los Estados
reaccionarios de Europa formaban parte de ella. Los monarcas quedaban obligados a prestarse apoyo mutuo a fin de sofocar las insurrecciones populares
dondequiera que éstas estallaran.
174 Véase supra, nota 143.
175 Vendée: provincia francesa en
la cual, durante los tiempos de la Revolución francesa, en la primavera de
1793, estalló una insurrección contrarrevolucionaria acaudillada por
la nobleza y apoyada en los campesinos de la región, una de las más atrasadas y
conservadoras de toda Francia. Así pues, Vendée es sinónimo de un movimiento o
corriente contrarrevolucionarios.
176 En este pasaje, atribuyen Marx y Engels una importancia especial al carácter dual de las guerras de liberación de 1813 a 1813, en
el que la lucha nacional de liberación de las masas del pueblo se destaca en
contra de la política rapaz de Napoleón I, encabezada por los príncipes y
terratenientes para poner en pie las relaciones feudales de Europa o
restaurarlas, cuando ello era posible. Marx y Engels subrayaban aquí, ante
todo, el aspecto y las consecuencias reaccionarias (odio contra la
Revolución francesa, falta de iniciativa en la lucha contra los opresores de dentro, fraccionalismo, etc.), descargando con ello un golpe contra la
historiografía prusiana reaccionaria.
177 Se cuenta que, ál recibir la noticia de la revolución de Febrero en Francia, el zar Nicolás I se dirigió a los oficiales de su ejército, durante
un baile de la corte, diciéndoles: “¡Señores, a ensillar, los caballos, pues en
Francia ha estallado la revolución!”
“francamente pacífica y defensiva” En la circular de Nesselrode, Rusia es la paciencia misma y un
corderito manso e inofensivo, que afronta sin chistar las ofensas y los insultos.
214
Vamos a enumerar algunos de los desafueros cometidos por Alemania que se señalan
en la nota,
1) “ Sentimientos de hostilidad”, y
2) “fiebre de transformaciones en toda Alemania”. ¡Ante tanta benevolencia de parte del zar, Alemania
muestra sentimientos “hostiles” ¡ ¡Qué ofensa para el corazón paternal de nuestro amado pariente! ¡Y,
por si ello fuera poco, esa maldita enfermedad que es la “fiebre de
transformaciones” ¡ Esta es, en realidad, la primera monstruosidad de todas,
aunque aquí figure en el segundo lugar. Rusia nos obsequia de vez en cuando con
otra enfermedad, con ¡l cólera. ¡Pero no es lo mismo! Aquella “fiebre de
transformaciones”, además de ser contagiosa, llega con frecuencia a extremos
tan peligrosos, que
fácilmente puede obligar a señores muy encumbrados a emprender el viaje hacia Inglaterra.178 ¿Acaso
sería la “fiebre de transformaciones” declarada en Alemania una de las razones
que disuadieron a Rusia de intervenir, en los meses de marzo y abril?
3) Crimen: el Preparlamento de
Fráncfort179 presentó como una necesidad de los tiempos la guerra
contra Rusia. Y lo mismo se hizo en los clubes y en los periódicos, cosa tanto más imperdonable cuanto
que, según los preceptos de la Santa Alianza y los tratados posteriores concertados entre Rusia, Austria
y Prusia, los alemanes no debemos derramar nuestra sangre en nuestro propio interés, sino solamente
en interés de los príncipes.
4) En Alemania, se ha hablado de la restauración de la vieja Polonia dentro de sus verdaderas fronteras
de 1772.180 ¡Una tanda de latigazos con el Knut, y luego a
Siberia! Pero no, pues cuando Nesselrode escribió su circular aún no conocía la
votación recaída en el Parlamento de FRANCFORT sobre el
asunto de la anexión de Posen.a El Parlamento se ha encargado de lavar nuestras culpas, y una sonrisa
dulce e indulgente se dibuja ahora en los labios del zar.
A Véase infra, pp. 227
y ss.
5) Crimen en Alemania: “su deplorable
guerra contra una monarquía nórdica”.181 Por este desafuero, habida cuenta
del buen éxito que ha tenido la amenazadora nota de Rusia, del rápido repliegue
del ejército alemán obedeciendo órdenes de Postdam y de la declaración emitida
por el embajador de Alemania en Copenhague explicando los verdaderos motivos y
la finalidad real de la guerra,182 se suaviza el castigo que Alemania
merece.
6) “Descarada predicación de una alianza defensiva y ofensiva
entre Alemania y Francia.”
7) Y último: “La acogida dispensada
a los fugitivos polacos, a quienes se les ha
permitido viajar gratis
en los ferrocarriles, y la insurrección de Posen”.183
Si a los diplomáticos y demás personas competentes
no se les hubiese conferido el don de la palabra precisamente
“para ocultar sus pensamientos”,
no cabe duda de que Nesselrode y el pariente
Nicolás nos abrazarían jubilosamente y nos darían las gracias por haber tentado
a marchar hacia Posen a tantos polacos residentes en Francia, Inglaterra,
Bélgica, etc., expeliéndolos con todas las facilidades hacia el lugar en que
habrían de ser abatidos a tiros y a cañonazos, marcados con la piedra infernal,
pasados a cuchillo, devueltos con las cabezas rapadas, etc., mientras por otra
parte eran totalmente exterminados en Cracovia, dentro de lo posible, por un
bombardeo a traición.
178 Se alude aquí a la huida hacia Inglaterra del príncipe heredero de Prusia (véase supra, nota 47).
179 Véase supra, nota 5.
180 En el año 1772 fue llevado a cabo el llamado primer reparto de Polonia, entonces un territorio de grandes proporciones, entre las
potencias de Prusia, Austria y Rusia.
181 Se hace referencia aquí a la guerra surgida entre Prusia y Dinamarca a raíz de los ducados de Schleswig y Holstein, en la región holsaciana
(véase supra, nota 23).
182 En una nota entregada al gobierno danés
por un agente secreto del rey de Prusia, se decía que la guerra de los ducados
de Schleswig y Holstein se proponía en realidad “combatir a los elementos
radicales y republicanos en Alemania”, aunque el gobierno prusiano se negó
a reconocer esta comprometedora declaración.
183 Véase supra, nota 42.
216
¿Y ante estos siete pecados capitales de Alemania, Rusia sigue manteniéndose a la defensiva, sin pasar
al ataque? Sí, así es, y eso es lo que mueve al diplomático ruso a pedir al mundo
que muestre su admiración por el pacifismo y la moderación de su emperador.
Según el señor Nesselrode, la línea de conducta del zar de Rusia, “de la que, hasta ahora, no se ha apartado
ni un momento” es la de “no inmiscuirse para nada en los asuntos internos de
los países que deseen cambiar su organización, sino dejar a los pueblos en
perfecta libertad sin oponer por su parte el menor obstáculo a los experimentos
políticos y sociales que quieran emprender, ni atacar a ninguna potencia por la
que no se vea atacado; pero rechazando resueltamente, eso sí, cuanto atente
contra su propia seguridad interior y velando porque cualquier perturbación o
destrucción del equilibrio territorial en cualquier punto no lesione nuestros
legítimos intereses”.
La nota rusa se olvida de aducir algunos ejemplos ilustrativos. Después de la revolución de Julio, el zar
concentró un ejército en la frontera occidental para hacer ver prácticamente a los franceses, en alianza
con sus leales dentro de Alemania, cómo dejaba “a los pueblos en perfecta
libertad para emprender los experimentos políticos y sociales que desearan”. Y si se vio estorbado en esta línea de conducta, no
fue por culpa suya, sino por culpa de la revolución polaca de 1830,184 que
imprimió a sus planes otra orientación.
217
Es el mismo modo de proceder que observamos poco
después en los casos de España y Portugal. Testimonios de ello los tenemos en
el apoyo franco y encubierto prestado a don Carlos185 y a don
Miguel186 y sabido es que, cuando a fines de 1842, el rey de Prusia se
disponía a otorgar una especie de Constitución
por estamentos, interpretando del modo más bondadoso cómo entendía él
el terreno “histórico”, tan certeramente plasmado en las cartas-patentes
de 1847,187 fue Nicolás quien se opuso seriamente a ello, privándonos así a los “cristiano-germanos”
de la alegría de vivir varios años bajo el
régimen de un estatuto paternal. Sin duda porque, como afirma Nesselrode, Rusia jamás se inmiscuye
en la organización interior de otro país. ¿Y
para qué hablar de Cracovia? Recordemos simplemente la
última de las pruebas de la “línea de conducta” seguida por el zar. Los valacos
derriban al viejo
gobierno e implantan un nuevo gobierno provisional. Tratan de hacer cambiar todo el sistema antiguo
y de gobernarse siguiendo la pauta de los pueblos civilizados. Pues bien, “para
no poner el menor obstáculo a los experimentos políticos y sociales
que quieran emprender”, un cuerpo de tropas rusas invade el país.188
A la vista de estos antecedentes, cualquiera podía
suponer cómo habría de aplicarse a Alemania esta “línea de conducta”. Pero la
nota rusa nos ahorra el trabajo de extraer por nuestra cuenta las conclusiones.
He aquí lo que nos dice:
Mientras la Confederación, cualquiera
que sea la nueva forma que pueda darse, deje intangibles a los
Estados vecinos y no pretenda extender por la fuerza las fronteras de su
demarcación o imponer su legítima competencia más allá de los límites que
los tratados le marcan, el emperador
respetará también su independencia interior.
218
184 Revolución polaca de 1830: el
29 de noviembre de ese año estalló en Varsovia una insurrección contra el yugo
extranjero zarista, a la que se adhirieron muchos campesinos polacos, quienes creían alcanzar con ello, además de la emancipación nacional, las libertades sociales y económicas. Sin embargo, la
dirección del movimiento se hallaba
en manos de la nobleza polaca, la cual no pensaba ni
remotamente en emancipar a los campesinos ni entregarles la tierra, sino
solamente en afirmar sus propios derechos frente al zar.
185 Véase supra, nota 145.
186 Véase supra, nota 144.
187 Patente de 1847: se trata de la “patente relativa a las instituciones de los estamentos” al “Decreto sobre la creación de la Dieta Unificada”
y al “Decreto sobre la agrupación periódica
del Comité
extranjero unido y sus facultades”, los tres del 3 de febrero de 1847.
El rey, en estos decretos, se remitía a las leyes sobre las
representaciones por estamentos dictadas en Prusia en los años veinte a
cuarenta del siglo XIX.
188 En junio de 1848 se creó en la Valaquia
(Bucarest) después de la fuga del príncipe Bibesko, por las fuerzas
liberal es, un gobierno provisional que implantó una serie de
reformas burguesas y una Constitución de tipo europeo, aspirando además
a llegar a un acuerdo con los turcos. Después de
esto, el 10 de julio, un cuerpo del ejército ruso cruzó el río
Put. Al mismo
tiempo, el gobierno zarista logró mover a Turquía a destinar cierto número de
tropas para luchar contra el movimiento de liberación en esta
región.
Más claro es el segundo de los pasajes pertinentes:
Si Alemania logra realmente resolver el problema de
su organización sin quebranto de su paz interior y sin que
las nuevas formas impresas a su nacionalidad sean de tal naturaleza que pongan en peligro la
paz de otros Estados, le desearemos sinceramente el mayor éxito, por las mismas
razones por las que apetecíamos verla fuerte y unida bajo sus formas políticas
anteriores.
Pero el más claro e inequívoco de todos es el
siguiente pasaje, en el que la circular habla de los incansables esfuerzos de
Rusia por exhortar a la concordia y a la unidad de Alemania y
por mantenerlas:
No nos referimos —dice—claro está, a cualquier
unidad material con la que hoy sueña una democracia niveladora y ávida de
expansión y con la que, si pudiese poner en práctica las ambiciosas
teorías con arreglo a las cuales la concibe, colocarían a Alemania, más
temprano o más tarde, infaliblemente, en estado de guerra con todos los Estados
vecinos, sino a la unidad moral a la sincera coincidencia de propósitos e intenciones que la animan en todas las cuestiones
políticas que la Confederación alemana tiene que ventilar
hacia el exterior.
A mantener esta unidad y a estrechar los lazos que unen entre sí a los gobiernos de Alemania,
es a lo que aspira nuestra política.
Lo que entonces queríamos es lo que queremos también hoy.
El gobierno ruso está cordialmente dispuesto, como
vemos por el párrafo anterior, a permitirnos la unidad moral de
Alemania, pero no la unidad material, no la sustitución del
anterior régimen de la
Dieta federal por otro basado en la soberanía del pueblo y en la existencia de un poder central que sea
algo más que una mera apariencia, que gobierne de un modo real y efectivo. ¡Qué
magnanimidad!
219
“Lo que entonces —es decir, antes de febrero de 1848— queríamos es lo que queremos también hoy.”
Es ésta, en la nota rusa, la única frase de la que
nadie dudará. Nos permitimos, sin embargo, hacer notar al señor Nesselrode que
el querer algo y el realizarlo no siempre son una y la misma cosa.
Los alemanes saben ahora a ciencia cierta qué pueden
esperar de Rusia. Rusia adoptará ante nosotros
una actitud “francamente pacífica” mientras se mantenga en pie el viejo sistema, aunque la fachada se
revoque con colores modernos, o si, después de habernos apartado, bajo “la embriaguez y la exaltación
del momento”, de los cauces rusos e “históricos”, volvemos a encarrilarnos
sumisamente por ellos.
Las condiciones existentes dentro de Rusia; el azote del cólera; las insurrecciones parciales producidas
en algunos distritos; la revolución maquinada en Petersburgo, pero impedida a
su debido tiempo; el complot urdido en la ciudadela de Varsovia y el terreno
volcánico sobre el que descansa el reino de Polonia, 189 son todas,
indudablemente, circunstancias que han contribuido a las benevolentes y
“generosas intenciones” del zar con respecto a Alemania.
Pero no cabe duda de que sobre el “sistema pasivo y expectante” del gobierno ruso ha influido todavía
más poderosamente el curso que hasta
ahora han llevado los acontecimientos en
la misma Alemania.
¿Acaso Nicolás habría podido velar personalmente
por sus intereses, ejecutar más rápidamente sus
designios mejor de lo que hasta ahora se ha venido haciendo en Berlín-Postdam, en Insbruck, en Viena
y en Praga, en Fráncfort, en Hanover y casi en cada apacible rincón de nuestra patria, en la que vuelve
a imperar la unidad moral predicada por Rusia? ¿Acaso no han trabajado en Posen
Pfuel (el de la
Piedra infernal),190 Colomb y el general de los shrapnels,b como Windischgrätz
en Praga, de la manera apetecida para que el corazón del zar pueda rebosar de gozo? ¿Acaso no recibió Windischgrätz, a
189 Las graves dificultades económicas (malas
cosechas generalizadas) y diversas catástrofes (el cólera y los
incendios devastadores) provocaron en Rusia, en la primavera y el
verano de 1848, un auge del movimiento campesino, los llamados “disturbios del cólera en Petersburgo y Riga”, y levantamientos populares en algunas regiones. Uno de los focos más importantes de
agitación revolucionaria era la parte rusa de Polonia, donde el movimiento evolúo un carácter nacional y era atizado por la
insurrección producida en el Gran Ducado de Posen (véase supra, nota
42).
190 Por orden del general prusiano Pfuel, se raparon las cabezas de los príncipes prisioneros de la insurrección de Posen en 1848
y se les frotó con piedra
infernal las manos y las orejas. De
allí el apodo de “Piedra infernal” que
se daba a este general.
través de Potsdam y de manos del joven señor Meyendorf, una brillante y elogiosa carta de Nicolás?
¿Y dejan algo que desear a Rusia los señores
Hansemann, Milde y Schreckenstein en Berlín, o los Radowitz, los Schmerling y
los Lichnowski en Francfort? ¿No es un bálsamo para mitigar muchos dolores del
reciente pasado la actuación de los Biedermann y los Bassermann en el
Parlamento de Fráncfort? En estas condiciones, es evidente que la diplomacia
rusa no necesitaba lanzar sobre Alemania ningún ejército invasor. Tiene toda la
razón al pensar que le bastaba y le basta con su “sistema pasivo y expectante” y
con la nota que acabamos de comentar.
B Hirschfeld.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 64, 3 de agosto de 1848]
221
UN DISCURSO
DE PROUDHON CONTRA THIERS
PARÍS, 3 DE AGOSTO. EN NUESTRO NÚMERO DE ANTEAYER SÓLO
pudimos ofrecer algunos fragmentos del discurso de Proud hon. Nos detendremos
hoy a analizarlo en detalle. 191 El señor Proudhon empieza declarando
que la revolución de Febrero no es otra cosa que la puesta en marcha del
socialismo, el cual ha tratado de hacerse valer en todos los acontecimientos
posteriores, en todas y cada una de las fases subsiguientes de esta revolución.
Queréis acabar con el socialismo;
perfectamente, fijaos bien: yo os ayudaré de buena
gana a ello. El éxito
del socialismo no depende en manera alguna de un individuo; la lucha que actualmente se sostiene no es,
de ningún modo, una lucha entre el señor Thiers y yo, sino una lucha entre el
trabajo y los privilegios.
En vez de lo cual, según señala el señor Proudhon,
el señor Thiers se limita a atacar y calumniar su vida privada.
Puestos en este terreno, le
diré al señor Thiers: ¡Confesémonos los dos! ¡Confiese
usted sus pecados y yo confesaré los míos!
222
El problema que se ventila es — se nos dice— la revolución; el Comité de Finanzas ve en ella un suceso
fortuito, una sorpresa, pero él, Proudhon, la toma en serio. En
el año 93 — manifiesta— la propiedad pagó la deuda que tenía con la
República, abonando una tercera parte en concepto de impuestos. La revolución
del 48 debe mantenerse dentro de un “plano de proporcionalidad”. Los enemigos
del año 93 eran el despotismo y el extranjero; en el año 48 el enemigo es el
pauperismo. “¿Qué significa este droit au travail”, el derecho al
trabajo?
Sí la demanda de trabajo fuese mayor que la oferta,
no harían falta promesas por parte del Estado. Pero no ocurre así; el
consumo se halla a un nivel muy bajo;
¡los almacenes están abarrotados de mercancías!, y los pobres andan desnudos. Y, sin embargo, ¿qué país se presta mejor al consumo que Francia? Si se nos
entregaran 100 millones en vez de 10, es decir, 75 francos por cabeza y por
día, no cabe duda de que sabríamos gastarlos (risas en la sala).
El tipo de interés —dice Proudhon— es una de las
causas fundamentales de la ruina del pueblo. La creación de un banco nacional
con dos mil millones, que prestase el dinero sin interés y facilitase
gratuitamente el uso de la tierra y la vivienda, aportaría incalculables
beneficios (violentas interrupciones).
Si nos atenemos a esto(risas), si desplazamos el fetichismo del dinero por el realismo del disfrute
(nuevas risas), tendremos la garantía del trabajo. Suprimid
los aranceles aduaneros sobre los instrumentos del trabajo, y os habréis
salvado. Y quienes sostienen lo contrario, llámense
girondinos o montañeses, no son socialistas, no son republicanos ... (exclamaciones de “¡Oh, oh!”
). Una de dos: o la propiedad acaba con la
República, o la República acaba con la propiedad (gritos de “¡Basta ya!”).
En seguida, el señor Proudhon se extiende en largas
consideraciones acerca de lo que significa el interés y de cómo el tipo de
interés puede reducirse a cero. Mientras se mantiene en este terreno económico,
el señor Proudhon se muestra muy débil, por mucho que esta Cámara burguesa se
escandalice. Pero cuando, excitado precisamente por este escándalo, se coloca en el punto de vista del
proletario, tal parece como si la Cámara se viese sacudida por convulsiones
nerviosas.
223
Mi modo de razonar, señores, es distinto del
vuestro; ¡yo me coloco en otro punto de vista que vosotros!
El 24 de febrero se ha abierto la liquidación de la vieja sociedad entre la burguesía y la clase obrera. Y esta
191 Aquí en el presente artículo se cita,
con base en los informes de los corresponsales de prensa, el discurso
pronunciado en la Asamblea Nacional francesa por Proudhon, el
31 de julio de 1848. El texto íntegro se publicó en Compte rendú
des séances de L’Assemblée National 1. 11, París, 1849.
liquidación se llevará a cabo por la vía pacífica
o mediante la violencia. Todo depende de la sagacidad de la burguesía, de
su mayor o menor resistencia.
El señor Proudhon pasa ahora a exponer su idea
“acerca de la abolición de la propiedad”. Él no pretende abolir la propiedad de
golpe y porrazo, sino gradualmente; por eso dice en su
periódico192 que la renta del suelo es un regalo generoso de la
tierra que el Estado debe irse embolsando, poco a poco.
De allí que, de una parte, yo mismo haya denunciado
a la burguesía la significación de la revolución de
Febrero, señalando a la propiedad un plazo para que se prepare a su liquidación y haciendo responsables
a los propietarios que se niegan a ello.
(Estrepitosas protestas, aquí y allá: “¿Responsables?, ¿cómo?”)
Quiero decir que, si los propietarios no se
prestan a liquidar voluntariamente, procederemos nosotros a la
liquidación.
(Varias voces: “¿Qué quiere decir nosotros’?”)
(Otras voces: “¡Que lo manden
al manicomio, a Charenton!”)
224
(Tremendo revuelo; una
verdadera tormenta de truenos y vientos huracanados.)
¡Cuando digo nosotros, me identifico yo con el proletariado y os identifico a
vosotros con la burguesía!
El señor Proudhon pasa luego
a especificar su sistema
de impuestos y se vuelve de nuevo “científico”.
Esta “ciencia”, que ha sido siempre el lado endeble de Proudhon, se convierte
ante esta Cámara tan cerrada de mollera precisamente en su lado fuerte, puesto
que le infunde la osadía necesaria para
atacar con su “ciencia” pura y de buena fe la impura ciencia financiera del señor Thiers. El señor Thiers
ha sabido conservar su inteligencia financiera práctica. Bajo su gobierno, el
erario público se ha mermado, pero su fortuna privada ha crecido.
Cuando ya la Cámara presta poca atención
a las disquisiciones de Proudhon, éste declara sin andarse
con rodeos que hablará cuando menos todavía tres cuartos de hora. Y, en los
momentos en que la mayor parte de los diputados se dispone a abandonar sus
escaños, el orador se lanza de nuevo a los ataques contra la propiedad.
¡Solamente con la revolución de Febrero, habéis abolido la propiedad!
Cada vez que Proudhon lanza un anatema contra la
propiedad, parece como si el terror clavase a los diputados en sus asientos.
Al proclamar en la Constitución el derecho al trabajo, habéis reconocido la abolición de la propiedad.
Larochejaquelein pregunta si existe el derecho al robo. Otros diputados no quieren dejar que Proudhon
siga hablando.
No podéis descartar las consecuencias de los hechos
consumados. Si los deudores y los arrendatarios siguen pagando, lo
hacen porque quieren.
225
(Indescriptible algarabía. El Presidente llama al orden al orador, diciéndole que todo el mundo está obligado
a pagar sus deudas.)
No digo que las deudas hayan sido abolidas, pero quienes aquí las defienden destruyen la revolución...
¿A quién representamos nosotros aquí? ¡A nada ni a
nadie! El poder del que derivamos el nuevo carece
de principios y de fundamento. Toda nuestra autoridad descansa sobre la violencia, sobre la arbitrariedad,
sobre el poder del más fuerte. (Estalla de nuevo el tumulto.) El
sufragio universal es producto del azar y, para que
adquiera algún significado, tiene que precederle
una organización. Lo que nos gobierna no es la
ley, no es el derecho; es la violencia, la necesidad, la
providencia... El 16 de abril, el 15 de mayo, el 23, 24
y el 25 de junio son hechos, solamente hechos, que la historia legitima. Hoy, podemos hacer cuanto
192 De abril a agosto de 1848 se publicó
en París el periódico Le Représentant du Peuple, dirigido por
Proudhon. Esta frase aquí citada apareció en un artículo editorial
del núm. 96, del 8 de julio de 1848, del mencionado periódico.
queramos; somos los más fuertes. No hablemos, pues, de subversión, pues los subversivos son los que, no
teniendo de su lado otro derecho que el del más fuerte, no quieren reconocer
este derecho a los demás. Sé que mi propuesta no será aceptada. Pero estáis en
una situación que no os permitirá escapar a la
muerte más que aceptando mi propuesta. ¡Lo que aquí se ventila es la cuestión del crédito, la cuestión del
trabajo! La confianza ya jamás renacerá, es imposible que renazca... (Una
voz: “¡Espantoso!”) Podéisdecirquequeréisorganizaruna república honesta y
moderada; nada conseguiréis con ello, pues el
capital no se atreverá a mostrarse bajo una república que se vea obligada a hacer manifestaciones a favor
de los obreros. Por eso, mientras el capital nos
aguarda para
liquidarnos, nosotros aguardamos al capital para liquidarlo
a él. El 24 de febrero proclamó el derecho al trabajo. Si borráis de la
Constitución este derecho, proclamaréis con ello el derecho a la insurrección.
Podéis colocaros eternamente al
amparo de las bayonetas y exigir eternamente la
declaración del estado de sitio: eso no impedirá que el capital
siga teniendo miedo, pues el socialismo ha clavado sus ojos en él.
226
Los lectores de la Gaceta de
Colonia193 conocen al señor Proudhon de largo tiempo atrás. El señor
Proudhon, que, como
dice el acta de las sesiones de la
Cámara, ha
atacado a la moral, a la religión, a la
familia y a la propiedad, era todavía no hace mucho tiempo ensalzado como un héroe por la Gaceta de
Colonia. El “llamado sistema económico-social” de Proudhon era
difundido y glorificado en artículos
de los corresponsales de París, en folletones y largos ensayos. Todas las reformas sociales debían tener
como punto de partida el concepto prudoniano del valor. No es del caso exponer
aquí cómo pudo la Gaceta de Colonia contraer tan peligrosa amistad. Pero
¡cosa curiosa!, ese periódico, que antes veía en
Proudhon al salvador, no encuentra ahora denuestos bastantes para presentarlo a
él y a su “partido falsario” como los peores enemigos de la sociedad. ¿Es que
el señor Proudhon ya no es el señor Proudhon?
Lo que nosotros hemos atacado en él era la “ciencia
utópica” con que trataba de equilibrar el
antagonismo entre el capital y el trabajo,
entre el
proletariado y la burguesía.194 Sobre esto habremos
de volver. Todo su sistema bancario, todo su intercambio de productos, no pasa
de ser una ilusión pequeñoburguesa. Ahora, cuando en el empeño de poner en
práctica esta macilenta ilusión, se ve obligado a enfrentarse democráticamente
a toda la Cámara burguesa y a expresar tajantemente ante ella aquel
antagonismo, la Cámara pone el grito en el cielo, acusándolo
de atentar contra la moral y la propiedad.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 66, 5 de agosto de 1848]
193 Véase supra, nota 43
194 Como se sabe, la crítica, más profunda y amplia acerca de las ideas políticas y económicas de
Proudhon por parte de Marx, se encuentra en su obra
publicada en 1847, La miseria de la filosofía.
227
EL DEBATE SOBRE POLONIA EN
LA ASAMBLEA DE FRANCFORT
COLONIA, 7 DE AGOSTO. LA ASAMBLEA DE FRÁNCFORT,195 CUYOS debates no han perdido el carácter
de una apacibilidad auténticamente alemana, ni siquiera en
los momentos de mayor excitación, se ha puesto en
pie por fin ante la cuestión de Posen. En
este asunto, en que le habían preparado el camino las
granadas incendiarias prusianas y los sumisos acuerdos de la Dieta federal, no
tuvo más remedio que arrojarse a tomar un acuerdo decisivo;
aquí, no valía adoptar una actitud conciliatoria;
había que salvar el honor de Alemania o volver a envilecerlo. Y la
Asamblea no defraudó, en efecto, nuestras esperanzas; sancionó los siete
repartos de Polonia: 196 descargó a los príncipes alemanes de la
ignominia de 1772, 1794 y 1815, pero para echarla sobre sus propios hombros.
¡Más aún! La Asamblea de FRANCFORT ha declarado que
los siete repartos de Polonia fueron, en
realidad, otros tantos actos de generosidad dispensados a los polacos. ¿Acaso la irrupción por la fuerza
de la raza judío-germánica en aquellas tierras no hizo que Polonia se elevase a un nivel de cultura y de
ciencia con el que antes ni siquiera podía soñar aquel país? ¡Ofuscados y
desagradecidos polacos! ¡Si ya no os hubiesen repartido antes, tendríais que
implorar ahora de la Asamblea de FRANCFORT la merced de ser repartidos!
228
Cuentan que un fraile llamado Bonavita Blank amaestró, en un convento cercano a Schaffhausen, a una
bandada de tordos y grajos para que revolotearan sobre su cabeza y se posaran en
sus brazos. Para lograrlo, les cortaba la punta del pico, con objeto
de que no pudieran comer directamente y se vieran obligados a tomar
la comida de la mano del fraile. Los filisteos, que desde lejos veían a los
pájaros posarse sobre los hombros del santo varón y revolotear familiarmente en
torno a él, se maravillaban de la alta cultura y la elevada ciencia de aquel
hombre. Los pájaros, dice su biógrafo, le amaban como a su protector.197
¡En cambio, los desagradecidos polacos, encadenados, mutilados y atormentados, se resisten a amar a
sus protectores prusianos! Creemos que la mejor manera de describir los grandes
beneficios dispensados a los polacos por los prusianos es analizar la ponencia
sobre derecho internacional del erudito historiador Stenzel el
texto que ha servido de base al debate. 198 Este informe empieza
relatando, ateniéndose en todo al estilo de los documentos diplomáticos más
acostumbrados, cómo nació el Gran Ducado de Posen, en el año 1815, por la vía
de la “incorporación” y la “aglutinación”. A ello se unieron las promesas
formuladas al mismo tiempo a los de Posen por Federico Guillermo III:
mantenimiento de la nacionalidad, la lengua y la religión, nombramiento de un
gobernador nativo y participación en la famosa Constitución prusiana.199
Es bien sabido cómo se cumplieron estas promesas.
Como es natural, jamás se puso en práctica la libertad de movimientos entre los
tres fragmentos de Polonia, libertad que el Congreso de Viena200 pudo
acordar con tanta mayor tranquilidad cuanto que era irrealizable.
229
195 Véase supra, nota 1.
196 Véase supra, nota 41.
197 Se alude a la obra de F. G. Benkert, titulada Breve biografía de Joseph Bonavita Blank, publicada en la ciudad de Wurzburgo en 1819.
198 El informe de Stenzel, emitido en
nombre de la comisión de Derecho internacional de la Asamblea Nacional de
FRANCFORT “sobre la incorporación de una parte del
Gran Ducado de Posen a la Confederación alemana”
se presentó el 24 de julio de 1848 y se reproduce, con el
debate en torno a él en “Actas taquigráficas sobre los debates de la Asamblea
Nacional constituyente alemana de FRANCFORT d.M ” t. II, Leipzig, 1848.
199 Se hace referencia aquí a las repetidas
promesas del rey Federico Guillermo III de dar a Rusia una Constitución
por estamentos.
200 En el Congreso de Viena (18 de septiembre
de 1814 a 9 de junio de 1815), los vencedores sobre Napoleón I se pusieron
de acuerdo para beneficiarse a costa de Francia. La finalidad del Congreso
era la restauración del sistema reaccionario-feudal imperante antes de la
Revolución francesa y las fronteras de Francia en 1792. A Inglaterra le fueron
adjudicadas todas las colonias francesas. Se mantuvieron en pie la
desmembración de Alemania e Italia, el reparto de Polonia y el sojuzgamiento
de Hungría.
Vienen en seguida las cifras sobre el reparto de la
población. El señor Stenzel calcula que en 1843 vivían en el Gran Ducado
790.000 polacos, 420.000 alemanes y cerca de 80.000 judíos, lo que da un total
aproximado de 1300.000 habitantes.
Los datos del señor Stenzel difieren de los de fuente polaca, entre otros
los del arzobispo Przyluski,201 según los cuales vivían en
Posen bastante más de 800.000 polacos y los alemanes apenas llegaban a
230.000 descontando los judíos, los funcionarios y los soldados.
Pero, atengámonos a las cifras del señor Stenzel,
que bastan y sobran para apoyar nuestras
conclusiones. Concedamos, para no entrar en más debates sobre el asunto, que vivieran en Posen
420.000 alemanes. ¿Qué clase de alemanes son éstos, cuya cifra, si sumamos a ellos los judíos, asciende
a medio millón de individuos?
Los eslavos son un pueblo predominantemente agricultor, poco apto para la práctica de las industrias
urbanas que hasta ahora podían ejercerse en
los países eslavos. El tráfico comercial, en
su fase inicial y puramente rudimentaria, que se reducía
prácticamente a la usura, corría a cargo de los buhoneros judíos. Al incrementarse la cultura y la población y hacerse sentir la necesidad de una industria urbana
y de la concentración en ciudades, afluyeron a las tierras eslavas los alemanes. Los
alemanes, que habían alcanzado, en general, su máximo florecimiento en el seno
de la pequeña vecindad de las ciudades imperiales de la Edad Media, en el
perezoso comercio interior a manera de las caravanas, y en el limitado comercio
marítimo y en el artesanado gremial de los siglos xiv y XV, han acreditado su
misión de ser los burgueses de empalizada 202 de la historia
universal en el hecho de que sigan formando todavía hoy el núcleo de la pequeña
burguesía de toda la Europa oriental y septentrional y hasta de Norteamérica.
Los artesanos, tenderos y pequeños comerciantes intermediarios de
Petersburgo, Moscú, Varsovia y Cracovia, Estocolmo y Copenhague, Pest, Odesa y Jassy, de Nueva York
y Filadelfia son, en su mayoría y a veces en su gran mayoría, alemanes o gente
de origen alemán. En todas estas ciudades hay barrios en los que se habla
exclusivamente alemán; algunas ciudades como pest, son casi totalmente alemanas.
230
Esta inmigración alemana, sobre todo en los países eslavos, siguió su curso casi ininterrumpido desde
los siglos XII y XIII. Además, desde la Reforma, las persecuciones contra las
sectas religiosas empujaban de vez en cuando a masas enteras de alemanes a
Polonia, donde eran recibidas con los brazos abiertos. En otros países eslavos,
como Bohemia, Moravia, etc., la población nativa se vio
diezmada por las guerras de conquista de los alemanes y la población germana creció por medio de la invasión.
En ninguna parte es tan clara la situación como en
Polonia. Los pequeños burgueses alemanes
establecidos en Polonia desde hace siglos nunca se han considerado políticamente parte de Alemania,
lo mismo ocurre con los alemanes de Norteamérica, con la “colonia francesa” de Berlín o con los 15.000
franceses de Montevideo, con respecto a Francia. Han pasado a ser polacos, en la medida en que podían
serlo en los tiempos descentralizados de los siglos
XVII y XVIII, polacos de habla
alemana, que habían renunciado totalmente desde hacía largo tiempo a
toda conexión con su patria de origen.
¡Pero han introducido en Polonia —se nos dice—
la cultura y la ciencia, el comercio y la industria! Es cierto que han
introducido en estas tierras el pequeño comercio y el artesanado, y han elevado
hasta cierto punto el nivel de la producción por medio de su consumo y del
limitado tráfico consiguiente.
231
De la gran cultura y de la ciencia no se había oído
hablar mucho hasta 1772 en toda Polonia, ni tampoco, desde entonces, en
Austria ni en la Polonia rusa;
de las de Prusia hablaremos más adelante. En cambio, los alemanes han impedido en Polonia la formación de ciudades polacas con una burguesía
nacional; con su lengua aparte, su aislamiento con respecto a la población
polaca y sus mil privilegiados y diferentes regímenes jurídicos urbanos han
entorpecido la centralización, que
constituye el medio político más poderoso para el rápido desarrollo de un país. Casi cada ciudad tenía
201 La correspondencia del arzobispo de Posen, Przyluski, con el gobierno de Berlín fue publicada en la obra de Brodowsi, Kraszewski
y Potworowski Zur Beurtheilung der polischen Frage im Grossherzogthum
Posen im Jhar 1848, Berlín, 1848.
202 Véase supra, nota 3.
su derecho propio y en las ciudades de población
mixta regían y siguen rigiendo normas jurídicas
distintas para los alemanes, los polacos y los judíos. Los polacos-alemanes se han detenido en el grado
más bajo de la industria, no han acumulado grandes capitales, no han sabido
asimilarse la gran industria ni se han apoderado de las grandes rutas
comerciales. Fue necesario que llegase a Varsovia el inglés
Cockerill para que la industria comenzase a echar raíces en Polonia. Toda la
actividad de los polaco-alemanes se reducía al pequeño comercio, el artesanado y, cuando más, al comercio de cereales
y la manufactura (tejidos, etc.), en las proporciones más limitadas. Y no debe
tampoco olvidarse el hablar de los méritos de los polaco-alemanes, que fueron
ellos quienes importaron en Polonia el evolúoó alemán y la limitación propia de
la pequeña burguesía alemana y que en ellos se aunaban las malas cualidades de
ambas naciones, sin ninguna de las buenas.
El señor Stenzel trata de
avivar las simpatías de los alemanes en
pro de los polaco-germanos.
Cuando los reyes ..., principalmente en el siglo XVII, cayeron cada vez más en la impotencia y ya no podían
tampoco defender a los campesinos polacos nativos contra la durísima opresión de la nobleza, decayeron
asimismo las aldeas y ciudades alemanas, muchas de las cuales pasaron a manos de la nobleza. Solamente
las grandes ciudades de la Corona salvaron una
parte de sus viejas libertades [léase
“de sus privilegios”].
¿Acaso el señor Stenzel pretende que los polacos
defendieran a los “alemanes” (léase “polaco- alemanes”, que eran también, por
lo demás, “nativos”) mejor de lo que podían defenderse ellos
mismos? Fácilmente se comprende que los extranjeros establecidos
en un país no pueden exigir otra cosa que compartir con la población originaria
los días buenos y los malos.
232
Pasemos a hablar ahora de los beneficios que los
polacos tienen que agradecer especialmente al gobierno prusiano.
En 1772 Federico II despojó a Polonia del distrito
del Netz y al año siguiente se abrió el canal de Bromberg, que comunicó
mediante una vía de navegación interior el Oder con el Vístula.
Se abrieron así al cultivo y fueron pobladas por
numerosos colonos las tierras por las que desde hacía varios siglos venían
litigando Polonia y Pomerania, tierras que, en gran parte, permanecían yermas
por haber sido asoladas en numerosas ocasiones y hallarse cubiertas por grandes
pantanos.
El primer reparto de Polonia no fue, pues, un
desfalco. Federico II se apoderó simplemente de un territorio “por el que se
venía litigando desde hacía varios siglos”. Pero, ¿desde cuándo no existía ya
una Pomerania independiente que pudiera reclamar este
territorio? ¿Cuántos largos siglos hacía ya
que no le era realmente disputado a Polonia? ¿Y qué significa, en términos generales, esa herrumbrosa
y enmohecida teoría de las “tierras litigiosas” y las “reclamaciones”, que sirvió en los siglos XVII y XVIII
para envolver la desnudez de los intereses comerciales y anexionistas; qué
valor puede tener
semejante teoría en el año 1848, que ha venido a poner fin a todo lo que se consideraba como derechos
o desafueros históricos?
Por lo demás, el señor Stenzel debiera darse cuenta
de que, al amparo de esa doctrina sacada del desván de los trastos viejos,
también la frontera del Rin entre Francia y Alemania es una frontera
“litigiosa” desde hace siglos y de que en virtud de tal teoría los polacos
podrían alegar derechos al dominio directo sobre la provincia de Prusia e
incluso la Pomerania.
Pero, basta. El distrito del Netz pasó a manos de
Prusia y dejó de ser, con ello, territorio “litigioso”. Federico II envió a él
a colonos alemanes y surgieron así, en la cuestión de Posen, los “hermanos
del Netz”, como solemnemente se les llama. La germanización por obra
del Estado data del año 1773.
233
Los judíos del Gran Ducado son; según todos
los datos fidedignos, en todo y por todo alemanes, y quieren seguirlo
siendo... La tolerancia religiosa que en otro tiempo reinaba en Polonia, unida
a varias ciudades
que no poseen los polacos, han hecho que los judíos tengan desde hace siglos un profundo radio de acción
(sobre la bolsa del dinero de los polacos, concretamente) dentro de Polonia.
Por regla general, dominan las dos lenguas, aunque en el seno de sus
familias, y también sus hijos, desde la infancia, hablen alemán.
Encuentra aquí su expresión
oficial la simpatía y
el reconocimiento inesperados que en estos últimos tiempos se
dispensan en Alemania a los judíos polacos. Estos elementos, mal afamados en
todo el ámbito de influencia de la Feria de Leipzig, considerados hasta hace poco como la expresión más
acabada de la usura, la
cicatería y la suciedad, se convierten
de la noche a la mañana en los hermanos
alemanes; el noblote “Michel” prototipo del buen alemán los estrecha contra su
pecho derramando
lágrimas de emoción y el señor Stenzel los reclama,
en nombre de la nación alemana, como alemanes,
que además quieren seguirlo siendo.
¿Y por qué los judíos polacos no han de ser auténticos alemanes? ¿Acaso no “evol alemán en el seno
de sus familias”, como lo hablan “también sus hijos, desde la infancia”? ¡Y qué
alemán, además!
Haremos notar, por lo demás, al señor Stenzel que,
con este mismo argumento, podría reclamar también
toda Europa, media América y hasta una parte de Asia. Todo el mundo sabe que el alemán
es la lengua universal de los judíos. En Nueva York como en Constantinopla, en
Petersburgo y en París, los judíos “hablan alemán en el seno de sus familias, y
también sus hijos, desde la infancia”, y a veces incluso un alemán más clásico que los
“connacionales” de los hermanos del Netz, los judíos de Posen.
234
El informe que analizamos sigue exponiendo la
proporción de las nacionalidades con la mayor vaguedad posible y procurando
inclinarse en favor del supuesto medio millón de alemanes, formado por
polaco-alemanes, hermanos del Netz y judíos. Se nos dice que la propiedad
territorial campesina de los alemanes es más extensa que la de los polacos (ya
veremos cuál es la realidad). Y que el odio entre los polacos y alemanes,
especialmente los prusianos, llegó a su apogeo a partir del primer reparto de
Polonia.
Fue sobre
todo Prusia la que al introducir sus ordenamientos estatales y administrativos, reglamentados
de una manera especialmente rígida
(¡qué manera de escribir!) y con su rigurosa aplicación, perturbó del
modo más sensible las viejas costumbres e instituciones tradicionales de los
polacos.
Hasta qué punto las medidas “rígidamente
reglamentadas” y “rigurosamente aplicadas” de la admirable burocracia
prusiana “perturbaron ’ no sólo las viejas costumbres e
instituciones tradicionales, sino toda la vida social, la
producción industrial y agrícola, el comercio y la minería, en una palabra,
todas las relaciones sociales sin excepción, es cosa de la que podrían contar
maravillas no ya solamente los polacos, sino también los demás prusianos, como
podríamos hacerlo, asimismo, especialmente, quienes hemos nacido en las tierras
del Rin. Pero el señor Stenzel no se refiere para
nada aquí a la burocracia de los años 1807 a 1848, sino a la de los años 1772 a 1806, a los funcionarios
del verdadero prusianismo de pura cepa, cuyas infamias y cuya venalidad,
brutalidad y avaricia se
pusieron de manifiesto de modo tan brillante en las traiciones y vilezas de 1806. De estos funcionarios
se nos dice que ampararon a los campesinos polacos contra la nobleza,
recibiendo como pago
solamente la ingratitud; claro está que dichos funcionarios debieran haber comprendido “que nada, ni
el dar e imponer cosas buenas, puede compensar de la pérdida de la
independencia nacional”.
235
También nosotros conocemos la manera como los
funcionarios prusianos estaban acostumbrados, todavía hasta hace poco, a “dar e
imponer”. No hay ningún habitante del Rin que no haya tenido que vérselas con
los funcionarios recién importados de la vieja Prusia, que no haya tenido
ocasión de admirar su inolvidable e insoportable pedantería, el afán de tener
razón a toda costa, el maridaje de limitación e infalibilidad, la apodíctica
grosería de estos burócratas. Es cierto que en Renania esos señores enviados por
la vieja Prusia se han visto, generalmente, obligados a limar sus peores
aristas,
pues allí no tenían a su alcance recursos como los hermanos del Netz, la inquisición secreta, el derecho
nacional prusiano203 y los azotes, y no pocos llegaron
a morir de rabia por no poder manejar el látigo.
No hace falta que nosotros describamos aquí los extremos a que esta gente llegó
en Polonia, donde podían azotar a su antojo e inquirir e indagar secretamente
cuanto quisieran.
El caso es que el despotismo prusiano se las arregló para hacerse tan querido y popular, que “a raíz de
la batalla de Jena, hubo de manifestarse el odio de los polacos en una insurrección general,
203 Se hace referencia a la codificación del derecho civil, comercial, cambiario, marítimo y de seguros, además del derecho
penal, eclesiástico, político y administrativo. Este conjunto de
leyes, conocido como “derecho nacional prusiano”, imponía el
carácter retrógrado de la Prusia feudal y estamentaria en la
administración de justicia, que rigió, esencialmente, hasta la
implantación del código civil alemán en el año de 1900.
acompañada de la expulsión de los funcionarios prusianos”. El régimen burocrático llegaba, así,
provisionalmente, a su término.
Pero volvió a presentarse, bajo una forma un tanto
modificada, en 1815. La burocracia “reformada”,
“culta”, “buena”, “incorruptible” intentaba ahora, por otros caminos, hacer felices a estos incorregibles polacos.
Tampoco la implantación del Gran Ducado de Posen
podía lograr un buen entendimiento, ya que..., en aquel entonces, era imposible
que el rey de Prusia entrase a organizar una provincia sola con una
independencia perfecta, convirtiendo su Estado, hasta cierto punto, en un
Estado federativo.
236
¡¡Lo que vale tanto como decir que “era imposible” que el rey de Prusia “entrase” a cumplir sus propias
promesas y los Tratados de Viena!!204
En1830, cuando infundieron preocupaciones las simpatías de
la nobleza por la insurrección de
Varsovia, 205 lo que hizo que, desde entonces, se labrase
sistemáticamente, mediante diversas medidas adoptadas (¡), principalmente
comprando, dividiendo y repartiendo entre alemanes las haciendas de los
caballeros
polacos, por ir eliminando totalmente, poco a poco, la nobleza polaca, fue en aumento el despecho de ésta
contra Prusia.
“¡Mediante diversas medidas adoptadas!”¡Mediante la
prohibición de vender a polacos las fincas sacadas a subasta y otras
disposiciones por el estilo, que el señor Stenzel cubre bajo su
amoroso manto!
¿Qué dirían los habitantes del Rin si el gobierno
prusiano decretase allí la misma medida, es decir, si prohibiese vender a los
renanos las fincas judicialmente subastadas? Los pretextos para ello no
habrían faltado. Entre otros, podrían alegarse el de fomentar la fusión de los habitantes de las viejas y
las nuevas provincias; el de permitir que los nativos de las viejas provincias
participasen de los beneficios de la parcelación y la legislación renana;
el de mover a los renanos a aclimatar también en las viejas
provincias su industria, mediante la inmigración, etc., etc. Razones que,
además, habrían
justificado también el que se derramara sobre nuestras tierras la bendición de los “colonos” prusianos.
¿Qué pensaríamos nosotros de una población
que se quedase con
nuestras tierras a precios irrisorios y sin posibilidad de
competencia, contando además para ello con la protección del Estado, de una
población que se nos impusiera, encima, con la expresa finalidad de difundir
entre nosotros ese
aguardiente barato del entusiasmo encerrado en la fórmula de “Con Dios, por el Rey y por la Patria”?206
237
Y eso que nosotros somos alemanes y hablamos la misma lengua que se habla en las viejas provincias.
En Posen ocurre otra cosa: aquellos colonos son asentados sistemáticamente, con
inexorable
regularidad, en las tierras, en los bosques, en las haciendas parceladas
de los caballeros polacos, para desplazar de su propio país
a los polacos nativos y su lengua y formar una provincia auténticamente
prusiana, cuyo fanatismo blanco y negro está llamado a sobrepasar incluso el de
Pomerania.
Y para que los campesinos prusianos de Polonia no carezcan
de superiores naturales, se les envía a la
flor y nata de los caballeros prusianos, a un Tresckow o
un Lüttichau, con objeto de que compren
también a precios irrisorios y con anticipos del Estado las fincas señoriales. Después de la insurrección
polaca de 1846,207 se constituyó en Berlín, bajo la graciosa protección de altos, altísimos y todavía más
altos personajes, toda una sociedad por acciones con la finalidad de adquirir fincas polacas destinadas
a los señores germanos. Los raídos hidalgos de la nobleza de la Marca y la Pomerania previeron que el
proceso de Polonia arruinaría a gran cantidad de terratenientes señoriales
polacos, que en poco
tiempo sus fincas se venderían al malbarato. Era una ocasión magnífica que se les deparaba para salir
204 En los tratados suscritos en Viena, el 3 de mayo de
1815, por Rusia, Prusia
y Austria, al igual que en el acta
final del Congreso de Viena, acordada el 9 de junio de dicho
año, se consignaba la promesa de crear representaciones populares e
instituciones políticas nacionales en todas las provincias polacas. En
Posen, se convocó a una asamblea de representantes estamentales, con funciones deliberativas.
205 Véase supra, nota 184
206 En un decreto del rey Federico Guillermo III, del 17 de marzo de 1813, acerca de la organización de la Milicia Nacional, se
señala que en el uniforme ha de
ostentarse una cruz metálica con la
inscripción: “Con Dios, por el rey y por la Patria”.
207 Véase supra, nota 29.
a flote a muchos nobles prusianos
comidos de deudas. Una hacienda señorial
casi de balde, campesinos polacos a quienes poder azotar y, por
si esto fuera poco, el mérito de congraciarse con el rey y con la patria. La
perspectiva no podía ser más halagadora.
238
Así nació la tercera inmigración alemana en
Polonia: campesinos prusianos y nobleza sentaron sus reales de un
extremo a otro de Posen y, sostenidos por
el gobierno, no se recataban para hacer ver en
todas partes cuál era su mira: no precisamente la germanización, como suele
afirmarse, sino la pomeranización. Si los vecinos polaco-alemanes
tenían la disculpa de haber contribuido un poco a
elevar el nivel del comercio y los hermanos del Netz podían jactarse de haber puesto en cultivo algunas
tierras pantanosas, esta última invasión prusiana carecía, en cambio, de todo
pretexto. Los nuevos invasores no habían implantado consecuentemente ni
siquiera la parcelación; la nobleza prusiana pisaba los talones a los
campesinos prusianos.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 70, 9 de agosto de 1848]
Colonicia, 11 de agosto. Hemos examinado en el anterior
artículo el “fundamento histórico” del informe de Stenzel, en la medida en que
se detiene en la situación de Posen antes de la revolución. Hablaremos hoy de
la historia de la revolución y la contrarrevolución en Posen, vista por el
señor Stenzel.
El pueblo alemán, que simpatiza siempre con los desdichados (mientras la simpatía no cueste nada), había
sentido siempre en lo más hondo la gran injusticia cometida por sus príncipes
contra los polacos.
La había sentido, ciertamente, “en lo más hondo”,
en los arcanos del corazón alemán, donde los
sentimientos quedan tan “profundamente” recatados que jamás se traducen en hechos. Una “simpatía”
que, cierto es, se había manifestado en 1831 en forma de unas cuantas limosnas, de banquetes y bailes
de beneficencia, mientras se trataba de danzar en beneficio de los polacos, de
beber champán y de
cantar aquello de “¡Polonia aún no está perdida!”208 Pero hacer realmente algo serio, imponerse algún
sacrificio, ¿cuándo se les ocurrió esto a los alemanes?
239
Los alemanes tendieron sinceramente su mano fraternal para expiar los pecados cometidos antes por sus príncipes.
Y es verdad que, si las frases conmovedoras y las politiquerías pudieran “expiar” algo, ningún otro
pueblo ostentaría ante la historia una pureza tan virginal como el alemán.
Pero, en el mismo momento en que los polacos la
estrechaban [quiere decir, la mano tendida], se
divorciaban ya los intereses y las metas de ambas naciones. Los polacos sólo pensaban en la restauración
de su viejo reino o, por lo menos, en la expansión territorial anterior al
primer reparto del año 1772.
Es verdad que sólo el necio entusiasmo vacío y
atolondrado que ha sido siempre uno de los grandes encantos del carácter
nacional alemán, podía explicar que los alemanes se mostrasen sorprendidos
ante la exigencia de los polacos. Los alemanes querían, según se nos dice, “expiar” la injusticia cometida
contra los polacos. Pues bien, ¿con qué había comenzado esta injusticia?
Comenzó, evidentemente,
para no hablar de otras infamias anteriores, con
el primer reparto de 1772. ¿Y cómo podía “expiarse”
esta injusticia? Solamente restableciendo el status quo anterior a
dicho año o, por lo menos, devolviendo los alemanes a los polacos lo que les
habían robado desde 1772. ¿Qué el interés de los
alemanes se oponía a eso? Bien, si hablamos de intereses y dejamos a un lado las
frases sentimentales acerca de “expiaciones” y otras cosas por el estilo,
empleamos el lenguaje de la práctica fría y despiadada y que no nos atruenen
los oídos con frases de brindis y generosos sentimentalismos.
En primer lugar, no es cierto que los polacos “sólo” “pensaran” en restaurar la Polonia de 1772. Lo que
“pensaran” los polacos nos tiene sin cuidado. Por el momento, sólo pedían la reorganización de todo
208 Palabras que figuran en el Himno nacional
de Polonia, compuesto a partir de la marcha de Dombrowski, a la cual el
poeta Joseph Wybicki le puso letra en el año de 1797.
Posen, sin hablar
de otras eventualidades más que
para el caso de una guerra germano-polaca contra Rusia.
240
Y en segundo lugar, “los intereses y las metas de ambas naciones” sólo “se divorciaban” en el supuesto
de que “los intereses y las metas” de la Alemania revolucionaria en el plano
internacional siguiesen siendo los mismos de la vieja Alemania absolutista.
Claro está que la situación en Polonia seguirá siendo la misma si Alemania
considera como “su interés y su meta” la alianza rusa o, por lo
menos, la paz con Rusia a toda costa. Más adelante, veremos hasta qué punto
los verdaderos intereses de Alemania coinciden con los de
Polonia.
Viene luego un extenso, confuso y perplejo pasaje en el que el señor Stenzel se explaya diciendo cuánta
razón tenían los polacoalemanes cuando, aun queriendo que se hiciera justicia a
Polonia, deseaban, sin embargo, seguir siendo al mismo tiempo prusianos y
alemanes. Al señor Stenzel no le preocupa para nada, como es natural, el
que aquí el “aun queriendo” se dé de bofetadas con el
“sin embargo”, y viceversa.
Y, tomando pie de lo anterior, el señor Stenzel cuenta una historia no menos larga y confusa con la que
trata de demostrar en detalle que, “al divorciarse los intereses y las metas de
ambas naciones” y enconarse cada vez más las relaciones mutuas entre ellas,
era inevitable un choque sangriento. Los alemanes se mantenían
firmes en el interés “nacional” mientras que los polacos se hacían
fuertes en el interés puramente “territorial” Dicho en otros
términos, los alemanes exigían que el Gran Ducado se repartiera por
nacionalidades, al paso que los polacos querían quedarse con todo su
antiguo territorio.
Tampoco esto es verdad. Los polacos pedían que se
procediera a una reorganización, pero se
mostraban totalmente de acuerdo con la cesión de los territorios fronterizos mixtos en los que, siendo
alemana la mayoría de la población, ésta quisiera ser
incorporada a Alemania. Lo que no aceptaban era que se catalogase a los
habitantes como alemanes o polacos a gusto y antojo de los funcionarios prusianos,
y exigían que se decidiera atendiendo a la propia voluntad de
los interesados.
241
La misión de Willisen —prosigue el señor Stenzel— estaba, naturalmente, condenada al fracaso por la
(alegada, pero no real) resistencia de los polacos contra la cesión de los
territorios de mayoría alemana. El señor Stenzel tuvo a la
vista las declaraciones de Willisen sobre los polacos
y las de éstos sobre Willisen. Y estas declaraciones impresas prueban
lo contrario. ¡Esto es lo que sucede cuando,
como dice el señor Stenzel, se es “una persona que se ocupa de historia desde hace muchos años y que
se impone como deber no decir nada falso ni ocultar nada verdadero”!
Con la misma fidelidad del que no oculta nada verdadero pasa tranquilamente por alto el señor Stenzel
los actos de canibalismo perpetrados en Posen, la vil felonía de la Convención
de Jaroslawiec,209 las matanzas de Trzemeszno, Miloslaw y Wreschen: la
furia asoladora de una soldadesca digna de la guerra de los Treinta Años, sin
decir ni una palabra acerca de todo ello.210
209 Convención pactada el 11 de abril de 1848
entre el Comité de Posen y el comisario prusiano general Willisen (véase supra, nota 42). En ella se acordaba el desarme y licénciamiento de los destacamentos de insurrectos polacos. A cambio de ello, Polonia se comprometía a proceder a la “reorganización nacional de Posen, es decir, a la creación de tropas polacas, al nombramiento de polacos
para ocupar puestos administrativos y otros cargos y al reconocimiento del
polaco como lengua oficial. Pero esta convención fue violada por las
autoridades prusianas, las que, aprovechándose de aquel pacto, aplastaron
cruelmente el movimiento nacional de Posen.
210 En un “Memorándum contra la
proyectada anexión del Gran Ducado de Posen a
Alemania, con anexos probatorios, dirigidos a la
Comisión de Derecho Internacional de la Asamblea Nacional alemana por los
diputados del Comité Nacional polaco
que suscriben y debidamente legitimados por plenos poderes”, se dice: “Los terratenientes, sacerdotes y maestros de escuela polacos no
se sienten ya seguros de su vida y huyen al extranjero o se ocultan en los
bosques; las iglesias católicas son profanadas y saqueadas por los
brutales excesos de la furiosa soldadesca... El gobierno de Bromberg ordena
castigar a los polacos,
sin distinción de personas, con penas de 25 a 30 azotes; se practican diariamente numerosas detenciones, y por
el bando del general Von Steinäcker del 31 de mayo de
1848, se prohíbe a los detenidos recibir el menor auxilio de sus
familias en materia de ropas o alimentos. Los soldados golpean a los
polacos con palos, mazas o espadas hasta dejarlos medio muertos y destruyen
sus viviendas; el comisario regio denuncia a la justicia de Lynch a los
jefes polacos de la insurrección, e instiga a las denuncias
por medio de primas en dinero; acusados de falsos manejos, en una palabra, los polacos viven proscritos en la tierra de sus mayores.
¡¡¡He ahí la tan famosa pacificación del Gran Ducado de Posen; a eso se le llama reorganización nacional de nuestra patria!!!”
242
A continuación, pasa el señor Stenzel a hablar de los cuatro nuevos repartos de Polonia por el gobierno
prusiano. Primeramente el 14 de abril le fue amputado a Polonia el distrito del Netz, en unión de otros
cuatro círculos; siguieron la misma suerte más tarde, el 22 de abril, algunas
otras partes tomadas de otros círculos, con una población total de 593.390 habitantes, territorios incorporados todos ellos a la
Confederación alemana. Poco después, se añadieron la ciudad y fortaleza de
Posen, con el resto de la orilla izquierda del Warthe, lo que sumaba otras
273.500 almas, es decir, en conjunto, más del doble del número
de alemanes que viven en todo Posen, incluso aceptando como buenos los mismos
datos prusianos. Esto ocurrió mediante la orden de gabinete del 26 de abril, y
ya el 2 de mayo se llevaba a cabo la incorporación de los nuevos territorios a
la Confederación alemana. El señor Stenzel expone plañideramente a la Asamblea
cómo es absolutamente necesario que Posen siga en manos de Alemania, ya que se
trata de una importante y poderosa fortaleza, en la que viven más de 20.000
alemanes (la mayoría de ellos judíos-polacos), a los que pertenecen las dos terceras partes de la tierra,
etc. El que Posen aparezca enclavada en medio de un territorio puramente
polaco, el que haya sido germanizada por la fuerza y el que los judíos-polacos
no sean alemanes resultan ser hechos de todo
punto indiferentes para historiadores de la talla de un señor Stenzel, para quienes
“¡jamás dicen nada falso ni ocultan nada verdadero!”
En una palabra, no es posible desprenderse de Posen
por razones militares. Como si no se hubiera podido demoler esta fortaleza, que
según Willisen constituye uno de los más grandes errores estratégicos,
fortificando a cambio de ello Breslau. Pero se habían invertido en ella diez
millones (lo de apenas cinco millones es, dicho sea entre paréntesis, otro dato
que no responde a la verdad) y
resulta más ventajoso, naturalmente, retener la costosa fortaleza y, además, 20 o 30 millas cuadradas
de territorio polaco.
Y teniendo en la mano “la ciudad y fortaleza” de Posen, se brinda con ello la más propicia de las
ocasiones para apropiarse de algo más.
243
Pero para estar a salvo del Este se requeriría reforzar la
fortaleza así como los accesos de Glogau, Küstrin
y Thorn y de algunos otros distritos (el cual
estaba a mil o dos mil pasos solamente, de
Maestricht, en las
cercanías de Bélgica, y Limburgo) con lo cual —sonríe nuevamente el señor Stenzel— pondremos a salvo
el canal de Bromberg, pero habrá un sinnúmero de distritos en los que la población polaca sea mayoritaria
y que la federación alemana deberá incorporar.
Por todas estas razones, aquel gran humanista que
se llamó Pfuel de la Piedra infernal211 procedió a
nuevos repartos de Polonia que acabaron de
colmar todos los deseos
del señor Stenzel, haciendo que
Alemania se anexionara las dos terceras partes de todo el Gran Ducado. El señor Stenzel reconoce con
tanta mayor gratitud la bondad de este procedimiento que, como historiador,
tiene que ver en esta
renovación potenciada de las “Cámaras de Reunión5de Luis XIV,212 manifiestamente, que los alemanes
han aprendido a aprovechar las enseñanzas de la historia.
Los polacos, a juicio del señor Stenzel, deben
consolarse pensando que la
parte que se les deja es más fértil que el
territorio que se les arrebata, que su propiedad territorial es más reducida
que la de los
alemanes y que “¡¡ninguna persona sin prejuicios puede negar que el campesino polaco se encontrará
mucho más tolerablemente bajo un gobierno alemán de lo que el campesino alemán
se encontraría bajo un gobierno polaco!!” De lo cual se encarga de aportar
notables pruebas la historia.
Por último, el señor Stenzel les dice a los polacos
que el pedacito que se les deja, aunque sea muy pequeño, les bastará para que,
poniendo en práctica todas las virtudes cívicas, puedan
prepararse dignamente para el momento que ahora todavía les oculta el futuro y que, por motivos muy
perdonables, tratan tal vez de provocar de forma demasiado turbulenta. “Existe —como exclama muy
211 Véase supra, nota 190.
212 Chambres de reunión: tribunales
instituidos por el rey Luis XIV en 1679-1680 para justificar jurídica e
históricamente las pretensiones de Francia sobre algunos territorios de
los Estados fronterizos, sobre todo en la margen izquierda del
Rin. Fundándose en sus sentencias, las tropas francesas ocupaban dichos
territorios y los anexionaban al reino francés.
acertadamente uno de sus conciudadanos más conscientes— una corona que es también digna de colmar
vuestras ambiciones: ¡la corona cívica!” Palabras que
un alemán podría completar con las siguientes: ¡no es una
corona brillante, pero sí valiosa!
244
¡Pero aún son más “valiosas” las verdaderas razones que han determinado los cuatro nuevos repartos
de Polonia a manos del gobierno prusiano!
¡¿Y tú, honradote alemán, crees realmente que los repartos se han hecho para salvar de la dominación
polaca a tus hermanos alemanes?! ¿Para ofrecerte en la fortaleza de Posen un
baluarte contra cualquier ataque? ¿Para salvaguardar las calzadas de Küstrin,
Glogau y Bromberg y proteger el canal del Netz? ¡Vaya aberración!
Te han engañado miserablemente. Los nuevos repartos de Polonia no han tenido otra finalidad que
llenar las arcas del
gobierno prusiano.
Los primeros repartos de Polonia, hasta 1815, habían sido un robo de tierras a mano armada; esto de
ahora, los de 1848, son una estafa.
Fíjate bien ahora, honradote alemán, en cómo te han engañado.
Después del tercer reparto de Polonia, Federico
Guillermo II confiscó en beneficio del Estado las tierras polacas señoriales y
las pertenecientes al clero católico. Las tierras eclesiásticas, sobre todo,
formaban “una parte muy considerable de toda la propiedad
territorial del país”, como reconocía la misma declaración de embargo del 28 de
julio de 1796. Estas nuevas fincas pasaron a ser administradas o arrendadas por
cuenta de la Corona y su extensión era tan grande que fue necesario
crear, para administrarlas, 34 oficinas de tierras y 21 jefaturas forestales.
Cada una de las nuevas oficinas extendía su radio de competencia a numerosos
lugares; así por ejemplo las diez oficinas del distrito de Bromberg abarcaban
636 pueblos y la oficina de Molgino, una sola, tenía bajo su jurisdicción 127
localidades.
245
Además, en 1796, Federico Guillermo II confiscó las
tierras y los bosques del monasterio, de monjas de Owinsk, que fueron vendidos
al comerciante Von Tresckow (antepasado del valiente condotiero prusiano
Tresckow, de la última heroica guerra,213 estas posesiones engloban 24
pueblos, con una serie de molinos y 20.000 yugadas de bosques y un valor global
de un millón de táleros).
Al príncipe de Thurn y Taxis le fueron cedidas,
asimismo, en 1819, para indemnizarlo de las regalías del correo en varias
provincias transferidas a Prusia, las tierras enclavadas en los distritos de
Krotoschin, Rozdrazewo, Orpiszewo y Adelnau, con un valor total no inferior a dos millones de táleros.
Federico Guillermo II se había quedado con todas las tierras bajo el pretexto de administrarlas mejor.
Pero estas tierras, propiedad de la nación polaca, han sido donadas, cedidas y
vendidas, y el dinero obtenido por este concepto ha ingresado en las arcas del
Estado prusiano.
Han sido apropiadas y enajenadas las tierras
enclavadas en los distritos de Gnesen, Skurzencin y Trzemszno.
En poder del gobierno prusiano quedan solamente 27 oficinas de tierras y las
jefaturas forestales, con un valor básico no inferior a los veinte
millones de táleros. No sería difícil demostrar, mapa en mano,
que estas tierras y estos bosques corresponden todos — con poquísimas excepciones o con ninguna—
a la parte de Posen que ha sido anexionada por Prüsia. Para evitar que este
rico tesoro fuese a parar de nuevo a la nación polaca, hubo de ser absorbido
por la Confederación alemana; y, en vista de que no era posible que viniera a
ésta, tuvo que ir ésta a él, y así, fueron apropiadas las tres cuartas partes
de Posen.
246
Ésta y no otra es la verdadera razón de los cuatro
famosos repartos de Polonia, llevados a cabo en
términos de dos meses. No fueron las reclamaciones de tal o cual nacionalidad ni fueron tampoco
213 Se alude
irónicamente a la guerra, en 1848, entre Dinamarca y Prusia a causa de los ducados de
Schleswig y Holstein.
supuestas razones estratégicas las que trazaron la nueva línea divisoria, sino que fueron sencillamente
el sitio en que las tierras se hallaban enclavadas y la codicia del gobierno
prusiano.
Mientras los alemanes derramaban lágrimas de sangre por los imaginarios sufrimientos de sus pobres
hermanos de Posen, mientras se entusiasmaban con el aseguramiento de la Marca
oriental de Alemania y montaban en cólera ante los informes urdidos sobre los
actos polacos de barbarie cometidos contra los polacos, el gobierno prusiano se
movía silenciosamente y ponía su cosecha a buen recaudo. El
entusiasmo alemán, carente de fundamento y de finalidad,
sólo sirvió para encubrir el negocio más repugnante de la historia
moderna.
¡Así es, honradote alemán, cómo te han engañado
tus ministros responsables! Claro está que, en realidad, podías haberlo
sabido de antemano.
Donde anda la mano del señor Hansemann, no se trata
nunca de nada relacionado con la nacionalidad
alemana, las necesidades militares y otras frases vacuas por el estilo, sino que se trata siempre pura y
simplemente, de dinero contante y ganancias netas.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 73, 12 de agosto de 1848]
Colonia, 19 de agosto. Hemos seguido en sus detalles el informe del señor Stenzel, que sirve de base al
debate. Hemos demostrado cómo en él se falsea la historia antigua y moderna de
Polonia y de los polacos alemanes, cómo el historiador Stenzel trastoca todo el
problema e incurre no sólo en falseamientos deliberados, sino también en burdas
inexactitudes.
Antes de entrar en el debate mismo, debemos
detenernos unos momentos a examinar el problema polaco.
El problema de Posen,
si lo consideramos aisladamente,
carece de todo sentido y no tiene posibilidad
de solución. Es, en realidad, un fragmento del problema polaco y no puede
resolverse al margen de éste. Para poder trazar la frontera
entre Polonia y Alemania, lo primero que hace falta es
que Polonia vuelva a existir.
247
Ahora bien, ¿puede existir y existirá de nuevo Polonia?
En el debate esto se ha negado.
Un historiador francés ha dicho, “II y a des
peuples nécessaires”, hay pueblos necesarios. Entre los
pueblos necesarios del siglo XIX figura, incondicionalmente, el pueblo polaco.
Pero, además, la existencia nacional de Polonia
para nadie es más necesaria que precisamente para nosotros, los alemanes.
¿Cuál es la base primordial sobre que descansa el poder de la reacción en Europa desde 1815 e incluso,
en parte, desde la primera Revolución francesa? La Santa Alianza de Rusia, Prusia y Austria.214 ¿Y qué
mantiene en cohesión la Santa Alianza? El reparto de Polonia, con
el que se han beneficiado las tres potencias aliadas.
La desmembración de Polonia por estas tres
potencias es el nexo que a ellas las mantiene unidas; el desfalco realizado en
común las ha hecho solidarias entre sí.
Alemania cayó bajo la dependencia de Rusia desde el
momento mismo en que se perpetró el primer desfalco contra Polonia. Rusia
ordenó a Prusia y Austria que se mantuvieran como monarquías absolutas, y
Prusia y Austria no tuvieron más remedio que obedecer. Los esfuerzos, por lo
demás
bastante tímidos y flojos, que hizo la burguesía prusiana para conquistar el poder estaban condenados
a un total fracaso ante la imposibilidad de desembarazarse de Rusia, ante el
apoyo prestado por este país a la clase feudal-absolutista prusiana.
214 Véase supra, nota 173.
Añádase a esto que, desde que los aliados hicieron
el primer intento de opresión sobre ellos, los polacos no se limitaron a luchar
por su independencia mediante la insurrección, sino que lucharon también por la
vía revolucionaria contra las condiciones sociales imperantes
dentro de su país.
248
El reparto de Polonia se llevó a cabo mediante la
alianza de la gran aristocracia feudal polaca con las
tres potencias que se reparte el país. Lejos de representar un progreso, como afirma el ex poeta señor
Jordán, esto era el único medio que se le ofrecía a la gran
aristocracia para salvarse de una revolución y era,
por tanto, un camino totalmente reaccionario.
Como es natural, ello trajo como consecuencia el
que se sellara una alianza de las demás clases, es decir, de la nobleza, la
burguesía de las ciudades y una parte de los campesinos, tanto contra los
opresores de Polonia como contra la aristocracia del propio país. La
Constitución de 1791 215 demuestra hasta qué punto los polacos
comprendían ya entonces que su independencia era inseparable, en el exterior,
del derrocamiento de la aristocracia y dependía, en el interior, de la reforma
agraria.
Los grandes países agrícolas enclavados entre el
mar Báltico y el mar Negro sólo pueden salir de la
barbarie patriarco-feudal mediante una revolución que convierta a los campesinos siervos
o sujetos a prestaciones personales en libres poseedores de su
tierra, una revolución que sea en el campo la
misma que los franceses llevaron a cabo en
1789. A la nación polaca le cabe el mérito de haber sido la
primera en proclamar esto entre todos los pueblos agrícolas vecinos. El primer intento de reforma fue
la Constitución de 1791; en la insurrección de 183º,216 Lelewel declaró
que la revolución agraria era el único camino para la salvación del país, pero
la Dieta lo reconoció ya demasiado tarde; en las insurrecciones de 1846 y 1848,
la revolución agraria fue proclamada abiertamente.
249
Los polacos actuaron revolucionariamente desde el primer día de su opresión, con lo cual hicieron que
sus opresores se entregaran con redoblada fuerza a la contrarrevolución. Los obligaron
a mantener
en pie las condiciones patriarco-feudales no sólo en Polonia, sino también en los demás países. Desde
la insurrección de Cracovia de 1846,217 sobre todo, la lucha por la
independencia de Polonia es, al mismo tiempo, la lucha de la democracia
agraria —la única posible en la Europa oriental— contra el absolutismo
patriarco-feudal.
Por eso, mientras sigamos ayudando a oprimir a
Polonia, mientras encadenemos una parte de este país a Alemania, seguiremos
atados a Rusia y a la política rusa y no podremos asestar golpes sustanciales
en nuestro país al absolutismo patriarco-feudal. La instauración de una Polonia
democrática es la primera condición para que
podamos llegar a instaurar una Alemania democrática.
Además, la restauración de Polonia y el trazado de
sus fronteras con Alemania no sólo es algo necesario, sino que constituye,
desde luego y con mucha diferencia, el más viable de todos los problemas
políticos que han surgido en la Europa oriental desde la revolución. Las luchas
de independencia de los pueblos de todas las ramas étnicas
revueltos en abigarrada mezcla al sur de los Cárpatos, son
bastante más embrollados y costarán una cantidad mucho mayor de sangre,
complicaciones y guerra civil que la lucha por la independencia de Polonia y el
establecimiento de las fronteras entre este país y Alemania.
Claro está que no se trata
de levantar una Polonia ficticia, sino de poner en
pie un Estado sobre bases
que aseguren realmente su vida. Polonia deberá recobrar, por lo menos, la extensión que tenía en
215 La Constitución polaca del 3 de mayo de
1791 daba satisfacción a las aspiraciones del sector más progresista de la
nobleza polaca y de la burguesía urbana; en ella se establecía el veto
libre (el principio de la unanimidad en los acuerdos del Sejm
o parlamento)
y la elegibilidad del monarca y se instituía
un gobierno responsable ante el Sejm. Se
declaraba a
las ciudades libres de toda tutela feudal y se proclamaba la igualdad jurídica entre los campesinos y los demás ciudadanos del Estado polaco. Aunque no implantaba la
liberación económica de
los campesinos, alivió las condiciones de la
servidumbre. Esta
Constitución restringía considerablemente el poder de la aristocracia y consideraba el poder central frente a la anarqüía feudal. Era la Constitución
más avanzada de Europa, después de la proclamada por la Revolución
francesa. La Constitución de 1791 fue descartada dos años después por las
injerencias de Catalina II de Rusia en favor de la aristocracia polaca. La
ayudó en ello Prusia, al traicionar a sus aliados polacos, hacia los
que se hallaba obligada por un tratado de 1790.
216 Véase supra, nota 184.
217 Véase supra, nota 29.
1772, contar, además del territorio, con las desembocaduras de sus grandes ríos y tener,
por lo menos, una gran faja litoral en el mar Báltico.
250
Todo esto habría podido garantizárselo Alemania, salvaguardando
además sus propios intereses y su
honor, si después de la revolución y en
su propio interés hubiese tenido el valor necesario para exigir
de Rusia, con las armas en la mano, la devolución de los territorios polacos.
Claro está que, dada la mescolanza del elemento alemán y el polaco en las
tierras fronterizas, principalmente en la costa,
ambas partes habrían tenido que transigir en algo, aviniéndose a que algunos alemanes pasaran a ser
polacos y algunos polacos alemanes, pero esto se comprende por sí mismo y no
habría dado pie a ninguna clase de dificultades.
Pero, después de esta revolución alemana a medias, no se tuvo el valor de proceder de una manera tan
resuelta. Pronunciar pomposos discursos sobre la liberación
de Polonia y recibir en las estaciones de
paso a los polacos que cruzan por nuestro territorio, brindándoles la más calurosa simpatía del pueblo
alemán (¿a quién no se le ha brindado?), pase; pero ¿lanzarse a una guerra
contra Rusia, poner en peligro todo el equilibrio europeo y, encima, devolver
un pedacito del territorio arrebatado? ¡Para creer que esto fuese posible
habría que no conocer a nuestros alemanes!
¿Qué significaba la guerra contra Rusia?
Esta guerra significaba la ruptura total, abierta y efectiva con
todo nuestro ignominioso pasado, significaba la efectiva liberación y unificación
de Alemania, la instauración de la democracia sobre las ruinas del feudalismo y
del fugaz sueño de dominación de la burguesía. La guerra contra Rusia era el
único camino posible para salvar nuestro honor y nuestros intereses ante
nuestros vecinos eslavos y, principalmente, ante los polacos.
Pero, éramos y hemos seguido siendo unos filisteos.
Hicimos dos docenas de pequeñas y grandes
revoluciones, de las que nosotros mismos nos asustamos antes de que llegasen a su término. Después
de mucho gritar, no dimos cima a nada. La revolución, en vez de ampliar nuestro
horizonte visual, lo que hizo fue estrecharlo. Todos los problemas fueron
tratados con el filisteísmo más vacilante, más limitado y más pusilánime, con
lo que, naturalmente, volvimos a comprometer nuestros verdaderos intereses.
Desde el punto de vista de este mezquino filisteísmo, el gran problema de la
liberación de Polonia se reduce a la diminuta frase de la reorganización de una
parte de la provincia de Posen y nuestro entusiasmo por los polacos se trueca
en granadas incendiarias y en piedra infernal.
251
La única solución posible, la solución que —
repetimos— habría salvado el honor y los intereses de Alemania, era la guerra
contra Rusia. No se tuvo el arrojo necesario para afrontarla, y se produjo lo
inevitable: la soldadesca de la reacción, derrotada en Berlín, volvió a
levantar cabeza en Posen; aparentando defender la bandera y la nacionalidad
alemanas, plantó la bandera de la contrarrevolución, y aplastó a nuestros
aliados, los polacos revolucionarios, y la Alemania estafada aclamó por un
momento a sus enemigos vencedores. Se consumó el nuevo reparto de Polonia, al
que no le faltaba más que la sanción de la Asamblea Nacional alemana.
La Asamblea de FRANCFORT tenía todavía una posibilidad para reparar el daño causado: separar todo
el territorio de Posen de la Confederación alemana y dejar pendiente la cuestión de las fronteras, hasta
que se la pudiese negociar d’égal à égal, áe igual a igual con
la Polonia restaurada.
¡Pero, pretender semejante cosa habría sido mucho pedir a nuestros profesores,
abogados y pastores
francfurteses de la Asamblea Nacional! La tentación era demasiado grande; sin más que levantarse de
sus asientos o permanecer sentados, aquellos pacíficos ciudadanos, que jamás
habían empuñado un fusil, podían conquistar para Alemania un territorio de 500
millas cuadradas y anexionarse 800.000 hermanos del Netz, polaco-alemanes,
judíos y polacos, aunque fuese a costa del honor y de los verdaderos y
permanentes intereses de Alemania. ¡La tentación era demasiado grande! Sucumbieron
a ella y refrendaron el reparto de Polonia.
Por qué razones, lo veremos mañana.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 81,
20 de agosto de 1848]
252
Colonia,
21 de agosto. Pasamos por alto la cuestión previa de si los diputados de Posen
debían tomar parte en el debate y votar, y entramos en seguida en la discusión
sobre el problema principal.
El señor Stenzel, ponente, abre el debate con un discurso espantosamente confuso y difuso. Se presenta
como historiador y hombre concienzudo, habla de fortaleza y de trincheras, del
cielo y el infierno, de simpatías y corazones alemanes; se remonta al siglo xi
para demostrar que la nobleza ha oprimido siempre a los campesinos; utiliza
algunos datos tomados de la historia polaca para disculpar un torrente
interminable de los más vulgares lugares comunes acerca de la nobleza, la toma
de las ciudades por los campesinos, los beneficios de la monarquía absoluta,
etcétera. Disculpa, con un
lenguaje tosco y ambiguo, el reparto de Polonia; expone los preceptos de la Constitución del 3 de mayo
de 1791218 en un lenguaje tan abigarradamente confuso, que los miembros de
la Asamblea que hasta ahora no los conocían ignoran precisamente a partir de
ahora en qué consisten; el orador trata de pasar en seguida al Gran Ducado de
Varsovia, cuando se ve interrumpido por el grito de “¡Es demasiado largo!” y el
presidente le llama la atención.
El gran historiador, en medio de la confusión,
prosigue, pronunciando las siguientes conmovedoras palabras:
Seré breve. Se trata de saber qué es lo que nos proponemos hacer. Esta cuestión es perfectamente natural
(literalmente). La nobleza pretende restaurar el reino. Y
afirma que sus ideas son democráticas. Yo no dudo que lo diga de buena fe.
Ahora bien, señores, es natural (¡) que en algunos estamentos se formen
grandes ilusiones. Yo creo perfectamente en su sinceridad, pero si los príncipes y si los condes pretenden
pasar por alto al pueblo, no comprendo cómo va a operarse la fusión (¿qué le
importa esto al señor Stenzel?), esto es imposible en Polonia, etc. Etc.
El señor Stenzel cree que en Polonia es lo mismo la nobleza y la aristocracia. La Histoire de Pologne de
Lelewel, que él mismo cita, el Débat entre la révolution et la
contrerévolution en Pologne de
Mieroslawski, y un montón de otras obras modernas podrían demostrarle lo contrario al “hombre que
se ocupa de historia desde hace varios años”. La mayoría de los “príncipes y condes”
de que nos habla el señor Stenzel son precisamente aquellos
contra los que lucha la democracia polaca.
253
Por tanto, opina el señor Stenzel, debemos dejar a un lado a la nobleza, con sus ilusiones, y fundar una
Polonia para los campesinos (adjudicando un pedazo tras otro de Polonia a
Alemania).
Unan ustedes, más bien, las manos de los campesinos
pobres, para que éstos puedan medrar, para que ellos consigan tal vez (¡) crear
una Polonia libre, y no sólo crearla, sino mantenerla. Esto es, señores,
lo fundamental.
Y el orador investigador de la historia abandona la
tribuna embriagado de triunfo bajo los gritos de júbilo de los chiflados
nacionales del centro:219 “¡Bravo!” “¡Muy bien!” el presentar
como un beneficio en favor de los campesinos polacos el nuevo reparto de Polonia, este sorprendente disparate, no podía
por menos de conmover hasta las lágrimas a los diputados del Centro de la
Asamblea.
Sigue a este orador el señor Goeden de Krotoszyn, un
polacoalemán de pura cepa. Y tras él sube a la tribuna el señor Senff de Inowroclaw, hermoso ejemplar de lo que es un
hermano de Netz, al que todo lo falso es ajeno, que
había pedido la palabra en contra de la propuesta del Comité y luego habló a
favor de ella, perjudicando así a otro orador en contra y alterando la serie.
La manera como intervienen en el debate estos
señores constituye la mayor farsa del mundo, demostrando además de lo que es
capaz un auténtico prusiano. Todos sabemos que, desde sus
escondrijos, los judíos prusianos ávidos de ganancias luchan
en Posen contra los polacos en la mayor
armonía con la burocracia, el cuerpo de oficiales de la monarquía prusiana y los junkers de las marcas
y la Pomerania; en una palabra,
con todo lo que es reaccionario y prusiano añejo. La traición a Polonia
fue la primera muestra de la contrarrevolución y nada tan contrarrevolucionario como los señores de
la hermandad del Netz.
254
218 Véasesupra, nota215.
219 Véase supra, nota 30.
Y ahora veamos a estos maestros de escuela y funcionarios ferozmente prusianos, que luchan con Dios,
con el rey y con la patria,220 aquí, en Fráncfort, como se los dicta su traición contrarrevolucionaria a la
democracia polaca, en
pro de una revolución, pero de una revolución
que declaran real y auténtica en nombre de la soberana
hermandad de Netz, cómo conducen el derecho histórico y exclaman sobre el
supuesto cadáver de Polonia: ¡Sólo los vivos tienen derecho!221
Pero, así es el prusiano:
al lado del Spree por la gracia de Dios, junto al Warta con
el pueblo soberano; junto a Spree forman la plebe y junto al Warta
representan a la revolución; junto al Spree afirman al
derecho histórico “inmemorial” y junto al Warta al derecho nacido de la realidad viva que data de ayer;
y a pesar de todo esto, sin falsedad alguna, honrada y valerosamente como
corresponde a un ¡leal corazón prusiano!
Escuchemos ahora al señor Goeden:
Por segunda vez, tenemos que defender una causa cuya importancia y consecuencia son tan grandes para
nuestra patria, que si no resultara ser en sí misma absolutamente justa para nosotros
(¡), tendría que convertirse necesariamente en una causa de
justicia. Y nuestro derecho no se funda tanto en el pasado como en
las vigorosas pulsaciones” (¡y sobre todo en los vigorosos
culatazos!) de los tiempos presentes.
El campesino y el
ciudadano polacos se
sienten ahora en tal estado de
seguridad y bienestar como jamás lo habían conocido. (¡Sobre
todo desde las guerras polaco-prusianas y los repartos de Polonia!)
255
El quebrantamiento de la justicia que
constituye el reparto de Polonia se halla plenamente reparado por
la humanidad de su pueblo
(del pueblo alemán y, sobre todo, por los latigazos de la burocracia prusiana),
por su laboriosidad” (sobre
las tierras polacas robadas y arrebatadas), y desde
abril de este año también
¡por medio de su sangre!
¡Por la sangre del señor Goeden
de Krotoszyn!
¡La revolución es nuestro derecho, y gracias a ella estamos aquí!
Los títulos probatorios de nuestra legítima
incorporación a Alemania no consisten precisamente en pergaminos enmohecidos;
no se han adquirido por matrimonio ni por herencia, por compra o por trueque;
nosotros somos alemanes y formamos parte de nuestra patria porque así lo
dispone nuestra nacional, jurídica y soberana voluntad, una
voluntad condicionada por nuestra situación geográfica, nuestra lengua y
nuestras costumbres, por nuestro número (¡), por nuestra condición, pero sobre
todo por nuestro corazón alemán y nuestro amor a la patria.
Nuestros derechos se hallan radicados de un modo
tan seguro y profundo en la moderna concepción del mundo, que
ni siquiera se necesita tener un corazón alemán para reconocerlo.
¡Viva la soberana voluntad del pueblo
prusiano-judío,
de la hermandad de Netz, basada en una nueva
conciencia del mundo, protegida por la revolución de las granadas incendiarias
y las vigorosas pulsaciones del actual estado de sitio! ¡Viva la esencia
alemana de los burócratas de Posen, del robo de los bienes eclesiásticos, de
los ancianos de la comunidad y de los anticipos de dinero a la manera de
Flottwell!
Después del declamatorio caballero de la alta justicia, sube a la tribuna el descarado hermano de Netz.
Para éste, para el señor Senff de Inowroclaw, la misma propuesta de Stenzel resulta todavía demasiado
cortés hacia los polacos, razón por la cual este orador pide una versión más
tajante. Y con el mismo descaro con que solicita la palabra contra la
propuesta, bajo este pretexto declara que constituye una
injusticia clamorosa el que los de Posen sean excluidos por la votación:
256
Yo creo que los diputados de Posen deben ser
los primeros en votar, ya que se trata precisamente de los derechos más
importantes de quienes los han elegido.
Después de esto, el señor Senff pasa a hablar de la
historia de Polonia desde el primer reparto y la enriquece con
una serie de falsedades intencionales y
de clamorosas mentiras, al lado de las cuales
el
220 Véase supra, nota 206.
221 Frase tomada del poema de Schiller “A la alegría”
señor Stenzel puede
pasar por el más lamentable de
los chapuceros. Cuanto hay en Posen de bueno y meritorio
debe su origen al gobierno prusiano y a la hermandad de Netz.
El Gran Ducado de Varsovia ha nacido. Los
funcionarios prusianos han dejado el sitio a los polacos, y en 1814 apenas
quedaba rastro de lo anterior.
El señor Senff tiene razón. No quedaba “ni rastro” de la servidumbre de la gleba ni de los pagos hechos
al Estado y a los establecimientos prusianos de enseñanza como, por ejemplo, a
la Universidad de Halle, ni de las extorsiones y brutalidades de los
funcionarios prusianos ignorantes del polaco; “no quedaba ni huella de todo
esto”. Pero Polonia no estaba aún perdida,222 pues Prusia salió de nuevo
al palenque por la gracia de Rusia, y Posen fue otra vez prusiana.
A partir de
ahora, el gobierno prusiano hizo nuevos esfuerzos encaminados a
mejorar las condiciones de la provincia de Posen.
257
Quien desee saber algo más detallado acerca de esto
no tiene más que leer el memorial de Flottwell de 1841. Hasta 1830 el gobierno
no había hecho nada. Flottwell se encontró en todo el Gran Ducado
con cuatro millas de calzadas. No es posible detenerse a
enumerar los beneficios logrados por Flottwell. Como taimado burócrata que era,
trató de dotar a Polonia de caminos y calzadas, de hacer navegables sus ríos,
de secar los pantanos, etc., etc.; pero todo ello no con el dinero del gobierno
prusiano, sino con su propio dinero. Todas esas mejoras
se llevaron a cabo, principalmente, mediante recursos privados, o de los
círculos; y cuando el gobierno, de vez en cuando, aportaba algún dinero, era la
menor de las sumas, obtenidas por los impuestos y los rendimientos de la venta
de las tierras
polacas nacionales y eclesiásticas. Además de esto, los
polacos deben
al señor Flottwell no sólo el que se haya
mantenido en suspenso la elección de los consejeros regionales por los círculos
(a partir de 1826), sino, especialmente, además de
esto, la lenta expropiación
de los terratenientes polacos de los bienes subastados
pertenecientes a los nobles y que sólo podían venderse de nuevo a nacionales
alemanes bien intencionados (orden de gabinete de 1833). Por último, otro
beneficio de la administración Flottwell fue el mejoramiento de las escuelas.
Pero esta medida representa, a su vez, la prusianización de la enseñanza. Las
altas escuelas debían prusianizar a los jóvenes nobles y a los futuros
sacerdotes católicos, mientras las escuelas elementales prusianizaban a los
campesinos mediante maestros prusianos. El señor Wallach presidente del
gobierno, de Bromberg, ha dejado traslucir en un arranque de cólera demasiado
sincero cuál era la finalidad de estos establecimientos de enseñanza; en efecto, este funcionario escribe al presidente superior señor Beurmann que la lengua
polaca constituye el principal obstáculo para la difusión de la cultura y del bienestar entre la población
del país. Lo cual no deja de ser exacto cuando se da el caso de que los maestros no entienden el polaco.
Por lo demás, quienes pagaban estas escuelas eran los mismos polacos, por dos
razones: en primer lugar, los establecimientos de enseñanza, los más
importantes y en su mayoría que no servían a los fines de prusianización, eran
los sostenidos con recursos privados o habían sido fundados y dotados por
elementos provinciales, y en segundo lugar, las mismas escuelas encargadas de
prusianizar a los polacos eran sostenidas por los conventos secularizados el 31
de marzo de 1833 y la Caja del Estado aportaba solamente 21.000 táleros al año,
durante un decenio. Por lo demás, el señor Flottwell reconoce que todas las
reformas fueron establecidas por los mismos polacos. Y que los mayores
beneficios producidos por el gobierno prusiano consistieron en la obtención
de importantes rentas e impuestos y en la utilización
de los jóvenes
para el servicio militar prusiano. Todo
esto es reconocido por el señor Flottwell, al igual que por el señor
Senff.
258
En una palabra, que todos los beneficios obtenidos
del gobierno prusiano se reducen a la
incorporación a Posen de una serie de suboficiales prusianos, bien para dirigir los ejercicios militares,
bien como maestros de escuela, gendarmes o recaudadores de contribuciones.
No es necesario entrar aquí en
el examen
de otras sospechas infundadas contra los polacos ni repetir
tampoco los falsos datos estadísticos aportados por el señor Senff. Basta decir
que este señor sólo habla con un propósito: conseguir que la Asamblea Nacional
odie a los polacos.
222 Véase supra, nota 208.
Viene ahora el señor Robert Blum. Como de costumbre,
éste da una de sus conferencias que podemos llamar
formales; es decir, hace una exposición en la que se contienen más propósitos
que razones y más declamaciones que fundamentos y que, además, como pieza declamatoria
— debemos
reconocerlo— no vale más que la moderna concepción del mundo del señor Goeden de Krotoszyn, que
hace de Polonia la muralla contra la barbarie nórdica
— si los polacos tienen vicios, debe culparse de ello a sus
opresores. (El viejo Gagern declara que el reparto de Polonia es la pesadilla
de nuestra
época); los polacos aman apasionadamente a su patria y podríamos tomar ejemplo de ello, los peligros
que nos amenazan desde Rusia; y si la República roja triunfara en París y
tratara de liberar a Polonia por la fuerza de las armas, ¿qué hacer entonces,
señores? Seamos imparciales, etcétera, etcétera.
259
Lo sentimos por el señor Blum, pero si despojamos de su
oropel declamatorio a todas estas hermosas frases,
sólo quedará en pie la más trivial de las vulgaridades, aunque ésta — debemos
reconocerlo— tenga elevadas pretensiones. Incluso cuando el señor Blum pretende
que la Asamblea Nacional intervenga en Schleswig, en Bohemia, en el Tirol, en
las provincias rusas del Báltico y en Alsacia, aplicando consecuentemente el
mismo principio aplicado en Posen, se trata de un fundamento que
sólo es legítimo frente a las vacuas mentiras nacionalistas y a la cómoda inconsecuencia de la mayoría.
Y cuando piensa que Alemania sólo podía tratar honradamente acerca de Posen con
una Polonia ya existente, no negaremos esto, pero sí afirmamos que este
fundamento, el único razonable de su
discurso, ha sido repetido ya
cientos de veces y desarrollado
por los polacos mucho mejor que por él,
ya que en el señor Blum
no es más que una embotada flecha retórica que se dirige acon
moderación y suave prudencia”, infructuosamente, contra el endurecido pecho de
la mayoría.
El señor Blum tiene razón cuando dice que las bombas incendiarias no son un argumento, pero carece
de ella —y lo sabe— cuando quiere colocarse imparcialmente en un punto de vista
“moderado” superior. Si el señor Blum no ve claro en la cuestión polaca, la
culpa es solamente de él. Pero todavía se equivoca más cuando, en
primer lugar, cree poder
exigir a la mayoría que sólo reclame un informe
del poder central y, en segundo lugar, cree que debe inclinarse ante en informe
de este ministro del poder central que, con motivo del 6 de agosto, se plegó
tan vergonzosamente ante los apetitos de
soberanía de los prusianos;223 con el informe de este ministro no saldría ganando absolutamente nada,
lo cual es malo para el señor Blum. Para poder sentarse entre la “indiscutible
izquierda”, lo primero que se exige es dejar a un lado toda moderación prudente
y renunciar a hacer pasar ante la mayoría cualquier cosa, por pequeña que ésta
sea.
260
En general, hay que decir que, ante la cuestión
polaca, en todo, casi toda la izquierda224 se deja llevar de las
declamaciones o incluso de los fantásticos fanatismos, sin tener en cuenta los
materiales de la realidad y el contenido práctico del problema,
a pesar de que el
cúmulo de acontecimientos era, aquí, muy abundante e
impresionante. Pero, para esto, se requiere, sin duda, estudiar el problema, de
lo cual puede prescindirse, naturalmente, cuando antes se ha pasado por el
purgatorio de la opción, sin que ninguna otra persona sea responsable.
En el transcurso del debate nos referiremos a las
contadas excepciones que deben hacerse. Mañana diremos algunas palabras acerca
del señor Wilhelm Jordán, quien no constituye ninguna excepción, sino que esta
vez coincide literalmente y de un modo razonado con el gran montón.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 82, 22 de agosto de 1848]
Colonia, 25 de agosto. Por último y gracias a Dios,
abandonamos el desierto de las vulgaridades
cotidianas para pisar el terreno más
alto, que marca la posición de los partidos en
el gran debate. Por
223 Con arreglo a una orden del ministro de la
Guerra prusiano del 16 de julio de 1848, el 6 de agosto de ese año las tropas
de todos los Estados prusianos debían concentrarse en una parada solemne
para emitir el juramento ante el Duque Juan. Pedro Federico Guillermo IV, quien reivindicaba asimismo el alto mando de las fuerzas armadas de la Confederación alemana, prohibió la
parada convocada para el 6 de agosto.
224 Véase supra, nota 30.
fin, nos remontamos a las elevadas
cumbres en que anidan las águilas, en
que el hombre puede mirar
cara a cara a lo divino y desde donde contempla despectivamente los gusanillos que se mueven abajo,
con los contados argumentos del sentido común. ¡Por fin, después de las escaramuzas mantenidas por
Blum con un Stenzel, un
Goeden y un Senff de Inowroclaw, comienza la gran batalla en que los héroes
de Ariosto miden sus lanzas en el terreno del espíritu!
Las filas de los combatientes se abren respetuosamente y vemos saltar a la palestra, desenvainando la
espada, al señor Wilhelm Jordán, de Berlín.
¿Quién es el señor Wilhelm Jordan, de Berlín?
El señor Wilhelm Jordan, de Berlín,
era un literato de Königsberg en los tiempos del florecimiento de
la literatura alemana. Se celebraron reuniones semitoleradas en el Böttchershöfchen, a las que asistía
el señor Wilhelm Jordan; en una de ellas leyó éste su poema C£E1batelero y su
Dios”, que le valió ser desterrado.
El señor Wilhelm Jordan, de Berlín, se estableció en Berlín. Allí, se celebraban asambleas estudiantiles.
En una de ellas, el señor Wilhelm Jordan leyó su poema titulado “El batelero y su Dios”, y de nuevo fue desterrado.
El señor Wilhelm Jordan, de Berlín, se trasladó
entonces a Leipzig, donde se celebraban también
algunas inocentes reuniones. En una de ellas, el señor Wilhelm Jordan leyó su poema £El batelero y su
Dios” y fue nuevamente desterrado.
El señor Wilhelm Jordan publicó, además, varios escritos: un poema titulado £La campana y el cañón”,
una colección de canciones populares lituanas, entre ellas algunas de su propia
hechura,
principalmente canciones polacas compuestas por él mismo; traducciones de George Sand; una revista
incomprensible, El Mundo Comprendido, 225 y algunas otras
cosas al servicio del gloriosamente conocido señor Otto Wigand, que no han
valido a su autor tanta fama como a su original francés, el señor Pagnerre; una
traducción de la Histoire de Poíogne de Lelewel con un
entusiasta prólogo sobre Polonia, etcétera.
Y vino la revolución, “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme”,a es decir, en un
lugar de la Mancha alemana, que es la Marca de Brandeburgo en la que nacen los
Don Quijotes, lugar
de cuyo nombre no quiero acordarme, se presentó el señor Wilhelm Jordan, de Berlín, como candidato
a la Asamblea Nacional alemana. Los campeones de aquel lugar eran gente
apaciblemente constitucional. El señor Wilhelm Jordan pronunció varios
enjundiosos discursos llenos de la más constitucional apacibilidad.
A En español, en el original.
262
Los campesinos, entusiasmados, eligieron diputado a
este gran hombre. Y apenas llegó a Fráncfort, nuestro noble irresponsable se
sentó en los bancos de la “incondicional izquierda” y votó desde allí con los
republicanos. Los campesinos, quienes como electores habían parido a este Don
Quijote parlamentario, emitieron un voto de censura contra él, recordándole sus
promesas y revocando su
nombramiento. Pero el señor Wilhelm Jordán ha creído estar por encima de sus electores como un rey
y aprovecha cualquier ocasión para seguir haciendo resonar en la Asamblea “su Campana y su Cañón”.
Cuantas veces el señor Wilhelm Jordán ha subido a
la tribuna de la iglesia de San Pablo lo ha hecho solamente para dar lectura a
su poema “El batelero y su Dios”, poema que, sin embargo, no quiere decir que
su lectura lo hiciera acreedor a la expulsión.
Escuchemos la última campanada y el
último estampido de cañón del gran Wilhelm Jordán
acerca de Polonia.
Más bien creo que debemos elevarnos al punto de vista histórico universal desde el cual hay que investigar
la cuestión de Posen en su significación como episodio del gran drama polaco.
225 Die begriffene Welt.
Blätterfür wissenschaftliche Unterhaltung: periódico
mensual editado por Wilhelm Jordan en 1845-1846 en la
ciudad de Leipzig.
Y, de un tirón, nos levanta este poderoso señor
Wilhelm Jordán por encima de las nubes hasta el Chimborazo
del “punto de vista histórico-universal”, cubierto de nieves y tendido en
el cielo, desde el cual nos abre la más inmensa de las perspectivas.
Pero, antes de ello, se eleva por un momento al campo cotidiano de la deliberación “especial”,
haciéndolo, además, con mucha fortuna. He aquí algunas pruebas:
Más tarde, el distrito de Netz fue incorporado a Prusia en la Conferencia de Varsovia (es decir, en el primer
reparto) y desde entonces ha seguido siendo prusiano, si prescindimos del breve
interinato del Gran Ducado de Varsovia.
263
El señor Jordán habla aquí del
distrito de Netz por oposición al resto de Posen. Este
hombre, que es el Caballero del punto de vista histórico-universal, el
conocedor de la historia polaca y traductor de
Lelewel, ¿cuál de las fuentes sigue aquí? Sencillamente, el discurso del señor Senff de Inowroclaw. Y lo
sigue tan al pie de la letra, que incluso se olvida totalmente de cómo también
la otra parte de la gran Polonia en el Posen de 1794 “fue incorporada a Prusia
y siguió desde entonces siendo prusiana, si prescindimos del breve interinato
del Gran Ducado de Varsovia”. Pero de esto no hablaba Senff, el hermano de
Netz, por cuya razón “el punto de vista histórico-social” únicamente sabe que
el distrito gubernamental de Posen fue “incorporado a Prusia” hasta 1815.
Además, los círculos occidentales de Birnbaum,
Meseritz, Bomst y Fraustadt pasaron a Alemania desde tiempo inmemorial, como
puede verse ya por los nombres de estas ciudades, en la
inmensa mayoría de sus habitantes.
Y también
el círculo de Miedzychod
pasó a ser “polaco”, señor Jordán, “desde tiempo inmemorial”, en
la inmensa mayoría de sus habitantes, a juzgar “por su nombre”, ¿no es así,
señor Jordán?
Ahora bien, este círculo de Miedzychod no es otro
que el círculo de Birnbaum. La ciudad se llama, en polaco, Miedzychod.
Estas etimológicas Cámaras de la
reunión226 del “punto de vista histórico-universal” y del “mundo
comprendido” prestarán gran apoyo al “cristiano-germano señor Leo” Esto, sin
hablar de que Milán, Lieja, Ginebra y Copenhague son, “como deducirá usted de
su mismo nombre”, “ciudades alemanas”
desde tiempo inmemorial. ¿Acaso el “punto de vista histórico-universal” no se trasluce “ya del nombre
mismo”?“¿desde tiempo inmemorial?”, en lugares como Haimons-Echicht,
Welsch-Leyden, Jenau y Kaltenfelde. El punto de vista histórico-universal se verá perplejo sin
duda, si trata de encontrar en el
mapa estos primitivos nombres alemanes y tendrá que agradecerle al señor Leo el haberlos fabricado
él mismo y el saber que equivalen a estos otros: Le Quesnoi, Lyon, Génova y
Campo Freddo.
264
¿Qué dirá el punto de vista histórico-universal cuando los franceses, después, reclamen como ciudades
inmemorialmente francesas a Colonia, Coblenza, Maguncia y Fráncfort, y todo
ello a despecho del punto de vista histórico-universal?
Pero, no sigamos deteniéndonos más tiempo en
estas petites misères de la vie humaine,b que también
les han sucedido a los grandes. Sigamos al señor Wilhelm Jordan, de Berlín, hasta las más altas regiones
de su vuelo. Hablando de Polonia, nos dice aquí que “se le quiere más cuanto
más lejos se está de ella y menos se le conoce, y se la quiere menos
cuanto más se acerca uno a ella”, razón por la cual “este afecto no se basa en
ninguna ventaja real del carácter polaco, sino en cierto idealismo cosmopolita”.
B Pequeñas miserias de la vida humana.
Pero, ¿cómo podrá explicarnos el punto de vista
histórico-universal según el cual los pueblos de la tierra constituyen otro
pueblo cuando uno “se aleja de ellos? Y “se los quiere más” cuando están más
cerca, el que, con una rara coincidencia se desprecie, se explote y se pisotee a este pueblo. Este pueblo
de que habla son, concretamente, los alemanes.
El punto de vista histórico-universal nos dice que esto se basa en un “materialismo cosmopolita” y con
ello queda a salvo.
226 Véase supra, nota 212.
Pero, sin preocuparse de estas pequeñas objeciones,
el águila histórico-universal despliega sus alas cada vez más alto y con mayor
valentía, hasta que llega por fin al puro éter de la idea en-y-parasí,
prorrumpiendo en el siguiente himno hegeliano-histórico-universal:
265
Sin embargo, debemos dar la razón a la historia, que, en su marcha dibujada de antemano por la necesidad,
ha creado un pueblo que no es ya lo bastante fuerte para sostenerse entre
naciones iguales por su
nacimiento, pisoteado siempre, inexorablemente, por
un pie de hierro, por cuya razón se
comportaría de un modo bárbaro e inhumano frente a todos los demás, contemplando
la larga pasión de este pueblo, y conste que yo estoy muy lejos de predicar
semejante carencia de sentimientos. [¡Dios no dejará de pagárselo, oh noble
Jordán!] Pero una cosa es sentirse conmovido ante
un drama y otra distinta hacer de
este drama algo retrospectivo. Es precisamente la férrea necesidad a que se halla sometido el héroe la que
convierte su destino en una verdadera tragedia, y al injerirse en
la marcha de este destino por simpatía
humana, deteniendo la rueda de la historia y tratando de llevarla hacia atrás correría el peligro de dejarse
uno aplastar por ella, empeñarse en poner en pie a Polonia simplemente porque su desaparición
nos llena justamente de duelo: ¡a esto le llamo yo un necio
sentimentalismo!
¡Qué grandeza de pensamiento y qué profundidad de
sabiduría! ¡Qué airoso lenguaje! Así habla el
punto de vista histórico-universal, cuando ha tenido tiempo de corregir la versión
taquigráfica de sus discursos.
Los polacos pueden escoger. Si quieren ofrecernos
una “verdadera tragedia”, deben someterse
humildemente al pie de hierro y dejarse aplastar por la rueda girante de la historia, implorando al zar
Nicolás: ¡Hágase, Señor, tu voluntad! Y si, por el contrario, quieren rebelarse
e intentar ser, pueden
optar por rebelarse, tratando de ver si no pueden también ellos asestar sobre su trasero el “férreo pie
de la historia”, en cuyo caso no representarán ninguna “verdadera tragedia” y el señor Wilhelm Jordán,
de Berlín, no podrá interesarse ya por ellos. Así habla
el punto de vista estático históricouniversal del
profesor Rosenkranz.
¿En qué consistía la inexorable, la férrea
necesidad que aplastó momentáneamente a los polacos?
Consistía en la caída de la democracia de la nobleza, basada en la servidumbre de la gleba, es decir, en
la aparición de una gran aristocracia dentro de la nobleza. Y esto representaba un progreso, por cuanto
que era el único camino para salir
de la situación ya superada de una
democracia noble. ¿Y cuál fue la consecuencia de esto? Que el
férreo pie de la historia, es decir, que los tres autócratas del Este oprimieran
a Polonia. La aristocracia veíase obligada a coligarse con el extranjero, para
dar al traste con la democracia de la nobleza. La aristocracia polaca ha
seguido siendo hasta hace poco, y lo es todavía en parte, el sincero aliado de
los opresores de Polonia.
266
¿Y en qué reside la inexorable, la férrea necesidad
de que Polonia vuelva a liberarse? En el hecho de que la dominación
de la aristocracia, en Polonia, que desde 1815, por lo menos
en Posen y en Galizia, e incluso, parcialmente, en la Polonia rusa,
no había cesado de existir, es hoy algo tan caduco y enterrado como lo era en
1772 la democracia de la pequeña nobleza; en el hecho de que el
establecimiento de la democracia agraria para Polonia no representa solamente una cuestión política,
sino que se ha convertido, además, en una cuestión de vida o muerte; en que la
fuente de vida del pueblo polaco, que es la agricultura, se va a pique, a menos
que el campesino siervo se convierta en terrateniente libre; en el hecho de que
la revolución agraria es imposible sin la conquista simultánea de la
existencia nacional, de la posesión
de la costa del Báltico y de las desembocaduras
de los ríos de Polonia.
¡Y a esto lo llama el señor Jordán, de Berlín, querer detener y volver atrás la rueda de la historia!
Es cierto que la vieja Polonia de la democracia de la nobleza está muerta y enterrada desde hace largo
tiempo, y solamente al señor Jordán se le puede ocurrir volver a la “verdadera
tragedia” de esta
Polonia; pero este “héroe del drama” ha engendrado un hijo robusto que, sin duda, algún necio literato
Berlínés se empeñará en conocer; y este hijo,
que se dispone a poner en escena un drama y a
detener “ la rueda de la historia”, pero que puede estar seguro de lograrlo,
este hijo es la Polonia de la democracia campesina.
Un poco de pompa literaria desgastada, otro poco de desprecio afectado por el mundo — que en Hegel
era un atrevimiento, pero que en Jordán es una vulgaridad barata—; en una palabra, un poco de cañón
y otro poco de campana, humo y resonancia,227 expresado todo ello en
malas frases y despertando así
un embrollo y una ignorancia sin nombre acerca de las
condiciones históricas usuales: a eso se reduce
todo el punto de vista histórico-universal.
267
¡Viva el punto de vista histórico-universal, con
su mundo comprendido!
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 86, 26 de agosto de 1848]
Colonia, 26 de agosto. El segundo día de batalla nos ofrece
una imagen todavía más grandiosa que la
primera. Es cierto que ya no tenemos ante nosotros a un Wilhelm Jordán, de Berlín, cuyos labios hacen
estremecerse los corazones de todos los oyentes; pero démonos por satisfechos, pues tampoco son de
despreciar un Radowitz, un Wartensleben, un Kerst ni un Rodomont-Lichnowski.228
Sube primero a la tribuna el señor Radowitz. El
jefe de la derecha habla poco, pero habla claro, y
calculando bien sus palabras. No más declamaciones de las estrictamente necesarias. Supuestos falsos,
pero rápidas y apretadas conclusiones derivadas de ellos. Apelación al miedo de la derecha. Sangre fría
y seguridad en el éxito basado en la cobardía de la mayoría. Desprecio total
por toda la Asamblea, la de derecha y la de izquierda. Tales son los rasgos
generales del breve discurso pronunciado por el señor Radowitz, y nosotros
comprendemos perfectamente el efecto que estas pocas palabras, frías y
descarnadas, tienen que producir en una Asamblea acostumbrada a escuchar los
ejercicios retóricos
más pomposos y más huecos. El señor Wilhelm Jordán, de Berlín, se sentiría feliz si, con todo su mundo
de imágenes “comprendidas” e incomprendidas, hubiera conseguido ni la décima
parte del efecto alcanzado por el señor Radowitz, con su discurso tan breve y
tan comedido.
268
El señor Radowitz no es ningún “carácter” ningún
hombre de arraigadas intenciones, pero es una
figura con nítidos y claros contornos, de la que sólo se necesita haber leído un discurso para conocerlo plenamente.
Nosotros no hemos aspirado nunca al honor de ser
órgano de cualquier izquierda parlamentaria. Hemos considerado apremiantemente
necesario, por el contrario, ante los muchos y diferentes elementos que forman
el partido democrático en Alemania, no vigilar a nadie más de cerca que
precisamente a los demócratas. Y, dada la falta de
energía, de decisión, de talento y de conocimientos
que, con muy pocas excepciones, revelan
ante nosotros los dirigentes de todos los partidos, no puede
por menos de alegrarnos encontrar en el señor Radowitz,
por lo menos, un adversario digno de ellos.
Después del señor Radowitz viene el señor Schuselka. No obstante, y a pesar de todas las advertencias
anteriores, nos encontramos con una conmovedora apelación a los corazones. Una
exposición interminablemente larga, interrumpida por raras objeciones
históricas y, de vez en cuando, algún sentido práctico austriaco. En conjunto,
una sensación fatigosa.
El señor Schuselka se trasladó a Viena, donde fue
elegido también para el Reichstag. Allí está en su sitio.
Mientras que en Francfort se sienta en la izquierda, allí figura en el centro;
y si en FRANCFORT ha podido desempeñar cierto papel, en Viena su primer
discurso resulta un fracaso. Es la suerte de todas estas primeras figuras
literarias, filosóficas y vulgares, que sólo se han valido de la revolución
para asegurarse posiciones; se manifiesta por un momento en terreno realmente revolucionario y, en
un abrir y cerrar de ojos, esa sensación desaparece.
Sigue el ci-devanta conde Von
Wartensleben. El señor Wartensleben se
manifiesta una buena persona rebosante de
amabilidad, refiere anécdotas tomadas de
su actuación como miliciano de la frontera
227 Humo y resonancia: se alude al Fausto de
Goethe, Parte Primera, “Marthens Garten”.
228 Se aplica aquí el nombre
de Rodomont a Lichnowski, uno de
los héroes del poema de Ariosto, Vorlando furioso, mostrándolo, así,
como un parlanchín frailesco.
polaca en 1830, y se transforma luego en un Sancho
Panza,229 apuntando a los polacos un refrán tras otro: vale más pájaro en
mano que ciento volando y, con este motivo, muy inocentemente, hace la
siguiente pérfida observación:
a Ex
269
¿Cómo explicarse que no se hayan encontrado los
funcionarios polacos necesarios para llevar a cabo la reorganización en el
territorio cedido? Yo me temo que no se hayan atrevido ante sí
mismos a ello y que no están muy lejos de poder organizar tranquilamente a
la población, moviéndola solamente con la motivación de que es el amor por la
patria contra Polonia lo que les impide poner ni siquiera el germen para un
gozoso comienzo.
Dicho en otras palabras, los polacos vienen
luchando desde hace ochenta años, con el sacrificio de su vida y
de sus bienes, incesantemente, por la causa que ellos mismos consideraban
imposible y disparatada.
En definitiva, el señor Wartensleben opina lo mismo que el señor Radowitz.
Sube ahora a la tribuna el señor Janiszewski, de Posen, miembro del Comité nacional de este distrito.
El discurso del señor Janiszewski es la primera
pieza de verdadera elocuencia parlamentaria que se pronuncia desde la tribuna
de la iglesia de San Pablo. Escuchemos por fin a un orador que no busca
solamente el aplauso de la sala, sino que habla el lenguaje de la pasión viva y
real, razón por la cual produce un
efecto totalmente distinto al de todos los oradores que le
han precedido. La apelación del señor Blum a la Asamblea, el oropel
barato de Jordán, la fría consecuencia de Radowitz, la
placentera longitud de Schuselka desaparecen de pronto ante este polaco, que defiende la existencia de su nación
y reclama lo que es su innegable derecho. Janiszewski habla en tono de
agitación, con palabras violentas, pero no declama, se limita a exponer los
hechos con una justa indignación, en la que no es posible otra cosa que
levantar estos hechos como un escudo, tono doblemente justo después de las
descaradas mistificaciones que hemos escuchado en el debate. Su discurso, que
ocupa realmente el centro de la discusión, refuta todos los ataques anteriores
contra los polacos, hace buenos todos los errores de los amigos de Polonia,
mantiene el debate en su terreno práctico y certero y corta de antemano los
sonoros argumentos de los oradores posteriores.
270
¡Habéis devorado a Polonia, pero os juro por Dios que
no podréis digerirla!
Este resonante resumen del discurso
de Janiszewski quedará en pie, lo mismo que el orgullo con que
declara, dirigiéndose a los amigos de Polonia que mendigan una solución:
Yo no vengo aquí a mendigar ante vosotros, sino que
vengo a defender mi legítimo derecho; no busco simpatías, busco la justicia.
Después del señor Janiszewski habla el señor director Kerst, de Posen. Después de la Polonia que lucha
por su existencia, por la libertad social y política de su pueblo, viene el
maestro de escuela prusiano emigrado a Posen, que lucha por su sueldo. Después
de la pasión bellamente indignada del hombre oprimido, la vulgar desvergüenza
del burócrata que vive de la opresión.
El reparto de Polonia, “al que hoy se llama una infamia”, fue en su tiempo “un suceso completamente
usual”.
El derecho de los pueblos a agruparse por
nacionalidades es un derecho completamente nuevo, que no aparece reconocido en
ninguna parte... En política, lo que decide es simplemente el estado
posesorio de hecho.
He allí alguna de las vigorosas sentencias en las
que el señor Kerst basa sus argumentos. En seguida, vienen las más burdas
contradicciones:
Con Posen se ha incorporado a Alemania una faja de terreno que es, sin duda alguna, predominantemente
polaca —y poco después añade—: Por lo que se refiere a la parte polaca de Posen, hay que decir que no
229 Sancho Panza, el inolvidable acompañante escudero de
Don Quijote, solía siempre conversar por medio de dichos y refranes aleccionadores
a propósito de cada lance de su señor.
ha ofrecido nada con su incorporación a Alemania y,
por lo que sé, no están ustedes, señores, inclinados a
recibir esta parte en contra de su voluntad.
Se entrelazan con esto algunos datos estadísticos acerca de la población, datos tomados de los famosos
informes de la hermandad del Netz, según los cuales sólo son polacos quienes no entienden el alemán,
considerándose alemanes cuantos balbucean algo en este idioma. Y, por
último, un cálculo altamente artificioso, según el cual el orador llega a la
conclusión de que, en la votación para la Dieta provincial
de Posen, la minoría de 17 contra 26, votada a favor de la anexión a Alemania,230 constituía realmente
la mayoría.
Con arreglo a la ley provincial, sería ciertamente
necesario obtener la mayoría de 2/3 para considerar válido el voto. Ahora bien
17 no llega a constituir las dos terceras partes de 26, pero la fracción que
aún falta para ello es tan pequeña, que no merece ser tomada en consideración,
para una cuestión tan seria (¡!).
Por tanto, si la minoría de 2/3 debe considerarse como la mayoría, ello quiere decir que es la mayoría
“¡con arreglo a la ley provincial!” Los prusianos viejos coronarán al señor
Kerst por este
descubrimiento. En realidad, la cosa es como sigue: para presentar una propuesta, deben estar a favor
de ello los 2/3 de los votos. La incorporación
a la Confederación alemana era una propuesta de éstas.
Por tanto, la incorporación sólo podía considerarse propuesta en términos legales si votaban a su favor
2/3 de la Asamblea, 2/3 de los 43 votantes. Pero, en
vez de esto, votaron solamente casi 2/3. ¿De qué
sirve esto? 17 son, en efecto, casi “2/3 de 43”.
272
Que los polacos no son una nación tan “culta” como los
ciudadanos de la “República de la Inteligencia”
es algo perfectamente concebible cuando vemos cómo la República de la Inteligencia
ofrece a los polacos semejantes profesores de cálculo.
El señor Clemens, de Bonn, hace la acertada observación de que no se trata de que el gobierno prusiano
germanice a Posen, sino de que lo prusianice,
comparando con la prusianización de este territorio los
intentos parecidos que se han hecho en las tierras del Rin.
Viene el señor Ostendorf de Soest.
Este hijo de la tierra roja lee un repertorio de vulgaridades y chabacanerías
políticas y se pierde en posibilidades y conjeturas que oscilan de una
centésima a una milésima, que en el señor Jordán se refieren a los franceses y
en el republicano rojo a los Pieles rojas
de Norteamérica, a los que él equipara a los polacos, lo mismo que los hermanos del Netz los equiparan
a los yanquis, ¡osado paralelismo, digno de la tierra roja! El señor Kerst, el
señor Senff y el señor Goeden son habitantes de los bosques del Este, con su casa de ladrillos, su carabina y su pala:
¡inolvidable comedia!
Sube a la tribuna el señor Franz
Schmidt, de Lówenberg. Habla calmadamente y sin
retórica, lo que es tanto más de agradecer si se tiene en cuenta
que el orador pertenece a un estamento que gusta más
que nada de la declamación: el estamento de los sacerdotes germano-católicos. El señor Schmidt, cuyo
discurso es, desde luego, después del de Janiszewski, el mejor por ser el más sobrio, conciso y apegado
a los hechos de todo el debate, el señor Schmidt, hace ver al Comité cómo,
detrás de su aparente
derroche de erudición, cuyo contenido ya hemos señalado nosotros, demuestra la ilimitada ignorancia
acerca de las condiciones reales del problema. El señor Schmidt ha vivido
largos años en el Gran Ducado de Posen y pone sobre el tapete los más burdos
errores cometidos por el Comité acerca de este pequeño distrito, que él conoce
tan bien. Hace ver cómo el Comité, precisamente en todos los puntos decisivos,
ha dejado a la Asamblea sin la menor aclaración, como las que el orador
precisamente reclama, sin ninguna clase de datos ni de conocimientos, en la mayor de las oscuridades.
Y el señor Schmidt exige, ante todo, explicaciones acerca de la situación real
de las cosas. Pone de manifiesto cómo las propuestas del Comité se hallan en
contradicción con las premisas de que parte; cita el informe de
Flottwell y pide a éste, ya que también es diputado, que se manifieste si
realmente
este documento no es fiel. Y, por último, denuncia al público cómo los hermanos del Netz se
230 El gobierno prusiano solicitó ante el
gobierno provincial de Posen la incorporación de la mayor parte de los reinos
y principados de Posen a la Federación alemana. La sesión de la Asamblea del 6 de abril de 1848 apoyó la incorporación solicitada por
26 votos contra 17.
entrevistaron con Gagern, llevando el debate a un rápido final mediante la falsa noticia de que en Posen
había estallado una insurrección. Es verdad que Gagern niega esto, mientras que
el señor Kerst se había jactado de esto públicamente. La mayoría se ha vengado
del señor Schmidt por este valeroso discurso haciendo que apareciera
desfigurado en su versión taquigráfica. En uno de los lugares ha
corregido el señor Schmidt tres veces el disparate que se le atribuía, a pesar de lo cual sigue figurando
la errata en
el texto impreso. Protestas ruidosas contra Schlóffel, violencia abierta contra Brentano231 y falseamiento de los hechos contra Schmidt: ¡hay que decir que, en realidad, los señores de la derecha
son unos críticos muy finos!
El señor Lichnowski cierra la sesión. Sin embargo,
nos reservaremos a este amigo para el artículo siguiente, pues a un orador del
calibre del señor Lichnowski no se le puede descartar.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 90, 31 de agosto de 1848]
Colonia, 31 de agosto. Sube a la tribuna con ademán galante
y caballeroso, como dibujándose en su rostro una sonrisa de complacencia
consigo mismo, el bel-hommea de la
asamblea, el gallardo alemán sin miedo y sin tacha, el ex príncipe de los
Derechos Fundamentales232 Voti Lichnowski Y con el más puro
acento del oficial prusiano y una despectiva despreocupación, el orador
exterioriza los pocos pensamientos consagrados que se propone comunicar a la
Asamblea.
A Hombre hermoso.
274
El bello caballero viene a representar en este
debate un momento absolutamente necesario. Quien, oyendo a los señores Goeden,
Senff y Kerst, no haya podido convencerse, puede comprobarlo viendo
a este caballero Lichnowski, cuya traza inestètica
es
— a pesar de la hermosa figura— la de un
eslavo prusianizado. El señor Lichnowski es el patriarca de los polacos
alemanes, cosa que se comprueba simplemente con el modo como aparece en la
tribuna. El slachcicb injertado en hidalgo prusiano nos
suministra un ejemplo viviente de lo que el amoroso gobierno prusiano se propone hacer de la nobleza
de Posen. El señor Lichnowski no es, a pesar de todas sus afirmaciones, un
alemán; es un polaco “reorganizado”, y no habla tampoco el alemán, sino el
prusiano.
B Noble polaco.
El señor Lichnowski comienza
asegurando que siente una simpatía caballerosa por los polacos, hace
cumplimientos al señor Janiszewscki, ensalza a los polacos como los
creadores de “la gran poesía del martirio” y, de pronto, pregunta,
¿por qué estas simpatías han decrecido? Respuesta: porque “los
polacos han figurado en primera línea sobre las barricadas” en todas las insurrecciones y revoluciones.
Lo cual es, ciertamente, un crimen que no volverá a repetirse tan pronto como
los polacos sean “reorganizados”; por lo demás, debemos asegurar al señor Lichnowski, tranquilizándolo, que también
entre los “emigrados polacos” e incluso entre la nobleza polaca en el
destierro, que ha caído tan bajo como él, figura gente que se mantiene
totalmente inocente de todo contacto con las barricadas.
Y ahora sigue una divertida escena:
275
Lichnowski: Los señores de la izquierda, que exponen los
venerables pergaminos, han evocado de una manera sorprendente el derecho
histórico. Para la causa polaca no existe ningún derecho, ningún dato más que
tomándolo de otra fuente. Para el derecho histórico no existe fecha. (Grandes
risas en la izquierda.)
El Presidente: Les ruego, señores, que permitan al orador, terminar
su frase, sin interrupciones.
Lichnowski: El derecho histórico no tiene fecha. (Risas en la izquierda.)
231 El 7 de agosto de 1848 el diputado
Brentano habló en la sesión de la Asamblea Nacional de FRANCFORT en favor de
una amnistía para aquellos que tomaron parte en la insurrección
republicana de Badén y para su jefe Hecker. El ala derecha de la Asamblea
se opuso de inmediato al discurso de Brentano y lo hizo bajar violentamente de
la tribuna.
232 En el artículo II,
6 de “Los derechos fundamentales
del pueblo alemán”, sancionado en la sesión de la Asamblea Nacional de
FRANCFORT del 2 de agosto de
1848, prescribía la disolución de
todos los privilegios estamentarios y de sus títulos a
su favor.
El Presidente: ¡Ruego no interrumpir al orador, y guardar silencio! (Protestas).
Lichnowski: Para el derecho histórico no existe fecha (bravos
y risas en la izquierda) que pueda exaltar a un derecho mayor sobre el de
fecha anterior.
¿Acaso no tenemos derecho a decir que este noble
caballero no habla el alemán, sino el prusiano?
El derecho histórico, que carece de fecha, encuentra un
temible adversario en nuestro noble paladín:
Si nos remontamos hacia atrás en la historia
encontramos [en Posen] muchos círculos que fueron silesianos y alemanes; y
remontándonos más, llegamos a los tiempos en que las ciudades de Leipzig y
Dresde fueron construidas por eslavos y, por este camino, llegamos hasta Tácito, y Dios sabe hasta dónde
nos conducirían esos señores, si entráramos en el tema.
Mal deben de ir las cosas en el mundo. Los bienes
de los caballeros prusianos deben de hallarse irremisiblemente hipotecados y
los acreedores judíos tienen que apremiar espantosamente al
precipitarse los días de vencimiento de las letras: las subastas, las corporaciones y los despidos de los
puestos deben de apremiar mucho a estos ligeros firmantes de letras y de deudas; todos estos terrores
de la penuria financiera de la gente sin fondos deben de asaltar a los
caballeros prusianos, amenazándolos con una ruina incontenible, para que pueda
haber llegado el momento en que un
Lichnowski combata el mismo derecho histórico que le hizo ganar los entorchados en la mesa redonda
de don Carlos.233
276
¡Dios sabe hasta dónde pueden los señores
ejecutores de los tribunales conducir a los flacos caballeros, 234 si
nos decidimos a entrar en el tema del derecho histórico de los deudores! Y, sin
embargo, ¿no son las deudas, en realidad, la única cualidad que puede disculpar
a los paladines prusianos?
Pasando ahora a su tema, el bel-homme cree que
no es
posible presentarse ante los polacos alemanes
“con la confusa imagen de un futuro de Polonia situado en la más lejana oscuridad” y entiende que los
polacos deben darse por satisfechos con lo de Posen.
Si yotuviera,el honor de ser polaco, pensaría todas las mañanas y todas las noches en restaurar el viejo
reino de Polonia.
Pero, como el señor Lichnowski no tiene ese “honor” y sólo es un polaco fluvial reorganizado,235 “todas
las mañanas y todas las noches” piensa en otras cosas muy distintas y menos
patrióticas.
Debo decir, para ser franco, que tienen necesariamente que convertirse en alemanes no menos de l00.000
polacos; lo que, sinceramente hablando, no representaría tampoco una desgracia
en las condiciones actuales.
Por el contrario, ¡qué hermoso sería si el gobierno
prusiano instalara un nuevo criadero para hacer que los prusianos brotaran de
la tierra más de lo que piensa el señor Lichnowski!
Y, con la misma amable despreocupación, destinada
en el fondo a impresionar a las damas de las tribunas y que sigue siendo, a
pesar de todo, bastante buena para la Asamblea, el caballero gallardo alisa su
mostacho y concluye:
277
Ya no tengo más que decir y decidid vosotros ahora:
o admitís entre nosotros a 500.000 alemanes u os
desembarazáis de ellos..., pero entonces debéis borrar también los versos de nuestro viejo canto popular.
Realmente, es molesto que, en su canto, el viejo
Arndt no haya pensado en los judíos polacos y en su
alemán.236 Afortunadamente allí está nuestro paladín de
la Alta Silesia. ¿Quién no conoce las antiguas
233 Don Carlos se ajustó a las leyes de 1713 referentes a la prohibición al trono de parte de la línea materna, cuando en 1833 cayó Isabel,
tía del príncipe Fernando, como pretendiente al trono de España.
234 Se alude
a Fieinrich Heine, Alemania. Cuento de invierno, cap. VIII.
235 Fluvial reorganizado: el
símbolo originario, de los astilleros en el Oder, sobre todo en la alta Silesia
polaca; tiempo después, se daría este nombre en Alemania para referirse a
Polonia y Silesia.
236 Se alude al poema de Emst Moritz Arndt, “La patria alemana”
obligaciones, hoy venerables en el curso de los
siglos, que tiene la nobleza con respecto a los judíos? Menos mal que el
caballero Lichnowski recuerda lo que escapa a la memoria del viejo plebeyo:
Hasta allí donde un judío polaco chapucea el alemán, Presta usurariamente y falsifica el
dinero y el peso,
¡hasta allí llega la patria del señor Lichnowski!
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 91, 1 de septiembre de 1848]
Colonia, 2 de septiembre. El tercer día del debate da pruebas de un cansancio general. Los argumentos
se repiten sin mejorarse, y si el primer honorable orador, que es el ciudadano Arnold Ruge, no volcara
su abundante tesoro de nuevos fundamentos, los taquígrafos se echarían a
dormir.
Pero el ciudadano Ruge conoce también
sus méritos mejor que cualquier otro. Y promete
poner en esto toda mi pasión y todos mis conocimientos.
278
El orador presenta una propuesta, que no es, sin
embargo, una propuesta vulgar y corriente, sino la única acertada, la verdadera propuesta,
la propuesta absoluta:
Ninguna otra cosa puede ser propuesta ni es
admisible. Es posible,
señores, hacer otra cosa, ya que al hombre le es dable apartarse de lo
acertado. Precisamente por poder apartarse de lo acertado posee el hombre
libre arbitrio ...; pero no por eso deja
lo acertado de serlo. Y, en nuestro caso, lo que
yo propongo es lo único acertado que se puede proponer.
[Por tanto, esta vez, el ciudadano Ruge sacrifica su libre arbitrio a lo
acertado.]
Veamos ahora cuál es la pasión, cuáles son los
conocimientos y qué es lo único acertado para el ciudadano Ruge.
La supresión de Polonia constituye
un desafuero infame porque viene a oprimir
un valioso desarrollo de
la nación que había adquirido grandes méritos ante la familia de pueblos de Europa y que representa una
fase de la existencia medieval,
la esencia caballeresca, llevada hasta una figura
brillante. La República de la Nobleza ha sido interrumpida por el despotismo y obligada a llevar a cabo su propia existencia interior,
que podría haber seguido adelante mediante la Constitución que se ha abierto
paso en los tiempos revolucionarios.
La nacionalidad del sur de Francia no se hallaba, en la Edad Media, más cerca de la del Norte de Francia
de lo que la nacionalidad polaca se halla ahora respecto a Rusia. La nación del
sur de Francia, vulgo
provenzal, no sólo tenía en la Edad Media un “valioso desarrollo”, sino que figuraba incluso a la cabeza
del desarrollo de Europa. Fue la primera de las naciones modernas que contó con una lengua culta. Su
poesía estaba al servicio de todos los pueblos latinos, e incluso constituía un
ejemplo único, en aquel entonces, para los alemanes y los ingleses. Compitió en
el desarrollo de la nobleza feudal con los
castellanos, los franceses del Norte y los normandos ingleses;
en la industria y el comercio nada tenía
que envidiar a los italianos.
279
No sólo desarrolló hasta “brillar” “una fase de la existencia medieval”, sino que llegó incluso a despedir
un destello del viejo helenismo en lo más profundo de la Edad Media. La nación del sur de Francia, por
tanto, no sólo se hizo grande, sino que contrajo incontables “méritos” para con
“la familia de pueblos de Europa” y, sin embargo, al igual
que Polonia, fue repartida entre el norte
de Francia e Inglaterra y,
más tarde, sojuzgada por los franceses del Norte. Desde la guerra de los albigenses237 hasta Luis XI, los
franceses del Norte, que en el terreno de la cultura iban tan retrasados sobre sus vecinos del Sur como
los rusos sobre los polacos, sostuvieron contra los franceses del Sur guerras ininterrumpidas de
237 Las persecuciones contra la
secta de los albigenses tuvieron lugar de 1209 a
1229 debido a los señores feudales del norte
de Francia. El movimiento albigense fue en lo fundamental una forma de oposición de la burguesía y los señores ministeriales contra la
Iglesia y el Estado feudal.
sojuzgamiento y acabaron por someter a todo el
país. La “República de los nobles” (denominación absolutamente justa en cuanto
al apogeo) del Mediodía de Francia “fue impedida por el despotismo de Luis XI,
empeñado en llevar a cabo su propia abolición interior, que, gracias al
desarrollo de la burguesía de las ciudades, habría resultado por lo menos tan
posible como lo fue la destrucción de la República polaca de los nobles gracias
a la Constitución de 1791.238
Durante varios siglos los franceses del Sur lucharon contra sus opresores. Pero el desarrollo histórico
era incontenible. Después de una lucha de trescientos años, su hermosa lengua se vio rebajada al rango
del patois y ellos mismos se convirtieron en franceses. El
despotismo de la Francia del Norte sobre la
Francia del Sur duró trescientos años y solamente entonces
pudieron los franceses del Norte reparar los quebrantos producidos por la
opresión, al destruir los últimos restos de su autonomía. La Constituyente hizo
pedazos las provincias independientes, el puño de hierro de la Convención
convirtió por primera vez en franceses a los habitantes de la
Francia meridional, entregándoles la democracia para indemnizarlos de la
pérdida de su nacionalidad. Y lo que el ciudadano Ruge dice de Polonia es
aplicable literalmente a la Francia meridional durante los trescientos años de
opresión:
280
El despotismo de Rusia no ha
liberado a los polacos; la destrucción de la nobleza polaca
y el destierro de tantas familias nobles de Polonia sólo ha
servido para que en Rusia no se fundara ninguna democracia, ninguna existencia
humana.
Y, sin embargo, jamás se ha calificado la opresión
de la Francia del Sur por los franceses del Norte
como un “ignominioso desacuerdo”. ¿Cómo explicarse esto, ciudadano Ruge? Una de dos: o la opresión
de la Francia meridional constituye un ignominioso desafuero, o la opresión de
Polonia no es un desafuero ignominioso. Que el ciudadano Ruge elija.
Pero, ¿dónde reside la diferencia entre los polacos
y los franceses del Sur? ¿Por qué la Francia
meridional hubo de ser llevada a remolque por los franceses del Norte como un peso muerto, hasta su
destrucción final, mientras que Polonia, por
el contrario, tiene
ante sí todas las perspectivas de llegar a
encontrarse perfectamente a la cabeza?
Como consecuencia de relaciones sociales que no podemos explicar más ampliamente aquí, la Francia
meridional era la parte reaccionaria de toda la nación. Su contraposición a la
Francia del Norte se transformó muy pronto en contraposición frente a las
clases progresistas de todo el país. Fue ella, la Francia meridional, el
principal sostén del feudalismo y ha seguido siendo hasta hoy la fuerza de la
contrarrevolución, en Francia.
En cambio, Polonia fue, en virtud de relaciones
sociales que hemos explicado más arriba (en el núm. 81), la parte
revolucionaria de Rusia, Austria y Prusia. La oposición
que mantenía ante sus opresores era, al mismo tiempo, en el interior, la oposición frente a la alta aristocracia polaca. Incluso la nobleza,
que en parte se mantenía todavía en terreno feudal, se unió, con una devoción
excepcional, a la revolución democrática en el campo. Polonia se había
convertido ya en el hogar de la democracia de la Europa oriental, mientras
Alemania seguía haciendo tanteos dentro de la más vanal ideología
constitucional y de la ideología filosófica más delirante.
281
Es allí, y no en el desarrollo explosivo
de la caballería, hace mucho tiempo enterrada,
donde reside la garantía y donde hay que buscar el carácter
ineluctable de la restauración de Polonia.
Pero el señor Ruge posee, además, un segundo argumento en pro de la necesidad de una Polonia
independiente dentro de la “familia de los pueblos europeos”:
La violencia ejercida contra Polonia ha hecho que
los polacos se diseminaran por toda Europa;
se han visto segregados por todas partes, animados por la cólera de la
injusticia sufrida... De este modo, el espíritu polaco se ha
humanizado y purificado, en Francia, en Alemania (¡?); la emigración polaca se
ha convertido en propagandista de la libertad. .. Los eslavos se
han capacitado así para ingresar en la gran familia europea de los pueblos
[familia con la que
inevitablemente nos encontramos a cada paso], porque su emigración ejerce un verdadero
238 Véase supra, nota 215.
apostolado de la libertad... Todo el ejército ruso (¡!) se halla contaminado por las evo modernas,
gracias a estos apóstoles de la libertad que son los
polacos... Yo respeto las honradas
convicciones de los polacos, tal como las han manifestado por todas partes en Europa, haciendo
a todo trance la propaganda de la libertad... Mientras resuene la voz
de la historia, los polacos se verán honrados por
haber sido los pioneros, allí donde lo han sido (¡!!)... Los
polacos son el elemento de libertad proyectado sobre la
civilización eslava, han conducido hacia la libertad al
Congreso eslavo de Praga; han actuado en Francia, en Rusia y en Alemania. Los
polacos constituyen, pues, un elemento activo incluso en el estado actual de la
cultura; su acción es positiva, y lo es porque son necesarios y no se hallan,
ni mucho menos, muertos.
El ciudadano Ruge debe, pues, demostrar que los polacos: 1) son necesarios, y 2) que no están muertos.
Y lo hace diciendo: “No se hallan
muertos, precisamente porque son necesarios”.
282
Extraigamos del largo pasaje citado más arriba, en que se dice siete veces la misma cosa, las siguientes
palabras: Polonia; elemento; libertad; propaganda; cultura; apostolado, y veamos lo que queda en pie
de todo ese párrafo tan lleno de patetismo.
El ciudadano Ruge debe demostrar que la
restauración de Polonia es necesaria. Y lo hace afirmando
que los polacos no han muerto, sino que se hallan, por el contrario, muy vivos, actúan eficazmente, son
los apóstoles de la libertad en toda Europa. ¿Y cómo han conseguido esto? La violencia, el ignominioso
atropello de que han sido víctimas, los ha dispersado por toda Europa,
provocando en ellos la cólera por la injusticia sufrida, su justa cólera
revolucionaria. Esta cólera ha “purificado” a los polacos en el exilio, y esta
cólera purificada les ha permitido ser los “apóstoles” de la libertad y
los “ha colocado en la primera fila de las barricadas”. ¿Qué se deduce de
aquí? Que si libráis a Polonia del ignominioso desafuero, de la violencia
sufrida por ella, si restauráis a Polonia la “cólera” desaparecerá, no podrá
volver a ser purificadora; los polacos se reintegrarán a sus tierras y dejarán de ser, como lo son ahora,
los “apóstoles de la libertad”. Si lo que los hace revolucionarios es
únicamente “la cólera provocada por el desafuero sufrido”, lógicamente la
reparación de la injusticia los hará reaccionarios. Si es
solamente su resistencia a la opresión
que mantiene vivos a los polacos, es evidente que suprimiendo
la opresión morirán.
Por tanto, el ciudadano Ruge demuestra, cabalmente lo contrario de lo que se propone demostrar; sus
razones llevan a la conclusión de que el interés de la libertad y de la familia
de los pueblos exige que no sea restaurada.
Y, al hablar de los polacos, el ciudadano Ruge sólo cita a la emigración, no ve más que la emigración en
las barricadas; y esto, por lo demás, arroja una extraña luz sobre sus
“conocimientos”. Estamos muy lejos de querer hablar en
contra de la emigración polaca, que ha demostrado su
energía y su valor en
el campo de batalla y a lo largo de dieciocho años de conspiración en pro de Polonia. Pero no podemos
negarlo: quien conozca a la emigración
polaca sabe que dista mucho de ser un
apóstol de la libertad y que no se halla, ni mucho menos,
afectada por el mal de las barricadas, como de buena fe repite el ciudadano
Ruge, siguiendo al ex príncipe Lichnowski.
283
La emigración polaca se ha mantenido, ha sufrido
mucho y trabajado mucho por la restauración de Polonia. Pero, ¿acaso han hecho
menos los polacos dentro de Polonia, acaso ellos no han desafiado
peligros mayores, no han corrido el riesgo de ir a parar a los calabozos de Moabit y de Spielberg, acaso
no han sufrido el Knut y las minas de Siberia, las matanzas de
Galizia y las bombas incendiarias prusianas? Pero todo esto, para el señor
Ruge, no existe, ni comprende tampoco que los polacos no
emigrados han asimilado la cultura general europea mucho mejor, que sientan más las necesidades de
Polonia, país en el que han vivido sin interrupción, de lo que demuestra la
emigración casi toda ella, con excepción de Lelewell y Mieroslawski. El
ciudadano Ruge atribuye a la estancia de la emigración en el extranjero toda la
inteligencia de que dan prueba los polacos o, para decirlo con sus palabras,
“que se ha ascendido entre los polacos y ha descendido sobre ellos”. En el núm. 81 hemos demostrado
que los polacos no necesitaban documentarse acerca de las necesidades de su país gracias al contacto
con los visionarios políticos franceses, que desde febrero han
fracasado, al chocar contra los escollos
de sus propios discursos, ni en
sus relaciones con los profundos ideólogos alemanes, quienes todavía
no han tenido ocasión de fracasar, porque la
misma Polonia es la mejor escuela para aprender lo que Polonia necesita. El mérito de los polacos consiste en haber sido los primeros en reconocer y extender
por el mundo la idea de que la democracia agraria constituye la única forma posible de liberación para
todas las naciones eslavas y no, como el ciudadano Ruge se lo imagina, en haber importado en Polonia
y en Rusia una serie de generalidades, tales como “la gran idea de la libertad política que ha madurado
en Francia e incluso la filosofía aparecida en Alemania” (y en la cual el señor
Ruge ha desaparecido).
Que Dios nos guarde de nuestros amigos, pues de
nuestros enemigos procuraremos guardamos
nosotros mismos, eso es lo que los polacos pueden exclamar a la vista del discurso del ciudadano Ruge.
Pero los polacos han tenido siempre la gran desgracia de verse defendidos por sus amigos no polacos,
que han utilizado para ello los peores argumentos del mundo.
284
Es de todo punto característico de la izquierda de
Fráncfort239 el que, salvo contadas excepciones, se haya entusiasmado con
el discurso del ciudadano Ruge sobre Polonia, en el que se dice lo siguiente:
No pretendemos, ciudadanos, discutir en torno al punto de saber si lo que perseguimos es una monarquía
democrática, una monarquía democratizada(¡) o la democracia pura; en
conjunto, queremos todos lo mismo: la libertad, la
libertad del pueblo, la soberanía popular.
¡Y se pretende que nosotros nos entusiasmemos con
una izquierda que se ve transportada de júbilo cuando se dice que “en conjunto
queremos todos la misma cosa”; es decir, lo mismo que quiere la derecha, que
quieren los señores Radowitz, Lichnowski y Vincke; una izquierda que, en medio
del entusiasmo, no se conoce
a sí misma y olvida todo lo que es,
apenas escucha fórmulas como las de “la libertad del pueblo” y
la “soberanía popular”. Pero dejemos a la izquierda y volvamos al
ciudadano Ruge.
Aún no se ha producido en el globo revolución más grande que la de 1848.
“Es la más humana en sus principios” porque sus principios han nacido del encubrimiento de los
intereses contrapuestos.
“La más humana en sus decretos y en sus proclamas”,
porque éstas son una síntesis de las visiones
filantrópicas y las frases sentimentales sobre la paternidad, que brotan de todas las cabezas europeas
sin cerebro.
“La más humana en su existencia”, o sea en las
matanzas y los actos de barbarie ocurridos en la
Posnania, en los incendios criminales de Radetzsky, en el canibalismo de los crueles vencedores de las
jornadas de junio en París, en las carnicerías de Cracovia y de Praga, en el
reino generalizado de la soldadesca; en una palabra, en todas las infamias que
hoy, 1 de septiembre de 1848, constituyen la “existencia” de esta revolución y han costado en cuatro meses más sangre que los años de 1793 y 1794 juntos.
¡Cuán “humano” es el ciudadano Ruge!
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 93, 3 de septiembre de 1848]
285
Colonia, 6 de septiembre. Hemos seguido al “humano” ciudadano Ruge en la vía de sus investigaciones
históricas destinadas a poner de manifiesto la necesidad de la existencia de
Polonia. Hasta aquí, el ciudadano Ruge ha hablado del pasado condenable, de la
época del despotismo, ha relatado los acontecimientos del periodo de la
sinrazón; ahora pasa a hablar del presente, del glorioso año
revolucionario de 1848; ahora pisa ya un suelo familiar para él y pasa a
relatar la urazón de los acontecimientos”.240
239 Véase supra, nota 30.
240 En un Manifiesto electoral del Partido Reformista Radical de Alemania, redactado por Ruge en abril de 1848, se proclama
como el mayor triunfo de la Asamblea Nacional el haber hecho consignar “la razón de los acontecimientos”
¿Cómo es posible lograr la emancipación de Polonia? Será posible alcanzarla por medio de tratados en los
que participen las dos grandes naciones civilizadas de Europa que deben
necesariamente formar con Alemania, con la Alemania
liberada, una nueva Triple Alianza, porque las tres naciones piensan lo mismo
y aspiran, en conjunto,a alcanzar la misma cosa.
He allí, encerrada en una única y audaz frase, toda la razón de los acontecimientos de política exterior:
una alianza entre Alemania, Francia e Inglaterra, ya que las tres piensan “lo
mismo y aspiran en conjunto a la misma cosa”; es decir, ¡un nuevo convenio de
Rütü241 entre las tres Suizas de la época
moderna, que son Cavaignac, Leiningen y John Russell! Es cierto que Francia y Alemania, con el tiempo
y con la ayuda de Dios, han saltado tan atrás, que sus gobiernos, en cuanto a
los principios políticos generales, “piensan la misma cosa” que la Inglaterra
oficial, esta roca contrarrevolucionaria que se levanta intacta en medio de los
mares.
286
Pero estos países no se limitan a “pensar” la misma cosa, sino que, en conjunto, “persiguen también la
misma finalidad”. Alemania desea el Schleswig, que Inglaterra no quiere
dejarle; Alemania aspira a
tener derechos proteccionistas, mientras que Inglaterra predica la libertad comercial; Alemania aspira
a ser independiente e Inglaterra se esfuerza en mantenerla bajo el yugo de su
industria, pero ¿qué
importa? “En su conjunto”, las tres naciones aspiran, sin embargo, a “la misma cosa”, y Francia, por su
parte, promulga leyes aduaneras contra Alemania, su ministro Bastide se burla del maestro de escuela
Rauner, que representa a Alemania en París, lo que revela que, manifiestamente
y “en su conjunto”, aspira a “la misma cosa”
que Alemania. Y es un hecho:
Inglaterra y Francia demuestran del modo más
palmario que aspiran a la misma meta que Alemania,
a la que amenazan con la guerra: Inglaterra por razón del
Schleswig y Francia a causa de Lombardía.
El ciudadano Ruge cae en la simpleza ideológica de
creer que naciones que mantienen en común ciertas concepciones políticas
partirán de este hecho para sellar entre sí una alianza. El ciudadano
Ruge sólo dispone en su paleta política de dos colores:
el negro y el blanco, la esclavitud y la libertad. Para él el mundo
se divide en dos grandes mitades: de una parte, las naciones civilizadas, de
otra las naciones bárbaras; los hombres libres aquí y los criados allá. La
línea fronteriza de la libertad, que hace seis meses pasaba más allá del Rin,
se confunde ahora con la frontera rusa, dándose a este
progreso el nombre de revolución de 1848. Bajo esta forma confusa se refleja el movimiento actual en
la cabeza del ciudadano Ruge. Es la traducción al pomeranio242 del grito
de guerra de las barricadas en febrero y en marzo.
287
Si traducimos esto del pomeranio al alemán, resulta
de ello que las tres naciones civilizadas, los tres
pueblos libres son aquellos en los que, bajo diferentes formas y en diversos grados de evolución, reina
la burguesía, mientras que “los esclavos y los criados” son los
pueblos que se hallan bajo la férula del absolutismo
patriarco-feudal. El farouchea republicano y demócrata Arnold
Ruge se refiere al liberalismo banal y “superficial”, a la dominación de la
burguesía, aunque bajo formas seudodemocráticas, ¡he allí la madre del
cordero!243
a Salvaje.
Por el hecho de que la burguesía reine en Francia, en Inglaterra y en Alemania, ¿quiere decir que estos
tres países sean aliados naturales?: así razona el ciudadano Ruge. Y si los
intereses materiales de los
tres países se oponen diametralmente a la libertad comercial con Alemania y Francia es condición vital
e ineluctable para la burguesía inglesa, si los aranceles
protectores contra Inglaterra representan una condición
vital ineluctable para la burguesía francesa y la burguesía alemana y nos
encontramos con relaciones análogas, desde muchos puntos de vista, entre
Alemania y Francia; si se comprueba que
esta Triple Alianza conduciría en la práctica al sojuzgamiento industrial de Francia y Alemania,
241 Convenio de Rütli: de acuerdo
con una leyenda suiza, los tres representantes de los cantones montañeses
Schwyz, Uri y Unterwalden juraron un pacto durante la celebración de una
asamblea nocturna, en 1307, ante el Rütli, pradera montañosa situada junto
al Lago Urn, con la finalidad de luchar fielmente contra los grandes señores de
Habsburgo.
242 Se hace alusión aquí a una expresión utilizada por Heine cuando con ella, en un encuentro con Ruge en 1843, saludó en él a
la humanidad: “Se entiende, es la
traducción de Hegel al pomeranio”.
243 Véase Goethe, Fausto, Parte Primera, “Cuarto de estudio”
“egoísmo miope, sórdidas almas de mercachifles”,
masculla el pensador pomeriano Ruge para su barba rubia.
El señor Jordán hablaba en
su discurso de la trágica ironía de la historia universal. El
ciudadano Ruge nos aporta un ejemplo palmario de esto. Él y toda la
izquierda ideológica y sus vecinos ven cómo sus
más caros sueños favoritos, sus esfuerzos de pensamiento más elevados fracasan ante la clase a la que
ellos representan. Su proyecto filántropo-cosmopolita choca contra las sórdidas
almas de mercachifles, razón por la cual precisamente necesita él mismo, sin
saberlo ni quererlo, representar ideológicamente, de manera más o menos clara,
lo que son estas almas mercantiles. La ideología propone y el mercantilismo
dispone, ¡trágica ironía de la historia universal!
288
El ciudadano Ruge expone ahora cómo Francia “ha
dicho que los tratados de 1815 quedaban rotos, pero que estaba dispuesto a
reconocer la situación territorial actual”. Y está muy en lo cierto, pues
lo que nadie hasta ahora había buscado en el manifiesto de Lamartine, o sea la base de un nuevo derecho
internacional, lo encuentra allí el ciudadano Ruge. Veamos cómo desarrolla este
punto:
De estas relaciones con Francia debe derivarse el
nuevo derecho histórico (¡). El derecho histórico es el derecho
de los pueblos (¡), es, en el caso a que nos
estamos refiriendo (¿), un nuevo derecho internacional (¡). Es la única concepción justa del derecho histórico (¡). ¡Cualquier otra concepción del derecho histórico (¡)
es absurda! No existe más derecho histórico que el derecho
[¡por fin!] que la historia introduce y el tiempo sanciona, cuando
[¿quién?] suprime y desgarra los tratados vigentes, sustituyéndolos por
otros nuevos.
En una palabra:
el derecho histórico es la formulación de la razón
de los acontecimientos.244
Así aparece escrito literalmente en la historia de
los apóstoles de la unidad alemana, en las actas
taquigráficas de Fráncfort, p. 1186, primera columna. ¡Y aún hay quien se queja de que la Nueva Gaceta
Renana critique al señor Ruge con signos de admiración!
Y es natural, pues en todo este devaneo de derecho
histórico y derecho internacional, la izquierda prudoniana no podía por menos
de perder la vista y el oído, viéndose así llevada a confundir
admirativamente lo que la filosofía evolúo le grita al oído, con certidumbre apodíctica: “El derecho
histórico es el derecho que la historia introduce y el tiempo sanciona”,
etcétera.
289
Es cierto que la historia ha “introducido” siempre lo contrario a lo “sancionado por el tiempo” y que la
sanción del “tiempo” ha consistido siempre, cabalmente, en echar por tierra lo
que la historia había “introducido”.
Ahora, el ciudadano Ruge formula la “única proposición
acertada y admisible” :
Encargar al poder central de
preparar, conjuntamente con Inglaterra y Francia
un congreso encaminado a la restauración de una Polonia libre e
independiente, congreso al que se invitará a todas las potencias interesadas
para que envíen a él sus representantes.
¡He aquí unas ideas magníficas y una concepción propia de un hombre valeroso! Ahí lo tenemos: Lord
John Rusell y Eugen Cavaignac van a restaurar Polonia; la burguesía inglesa y
la burguesía francesa amenazarán a Rusia con una guerra para obtener la
libertad de Polonia, que, por el momento, les es de todo punto indiferente. En
nuestra época de confusión y de complicaciones generales, en que se recoge con
agrado toda noticia tranquilizadora que haga subir la cotización de un ocho por
ciento, aunque esta noticia resulte desmentida por seis bruscas perturbaciones
con que la industria lucha contra una quiebra lenta, en que el comercio se
estanca y el proletariado cesante tiene que ser sostenido con ayuda de
exorbitantes sumas para evitar el verse lanzado a un desesperado combate
general: es ahora precisamente cuando los burgueses
de las tres naciones civilizadas van
a lanzarse a
suscitar una nueva dificultad ¡y qué dificultad!
Una guerra contra Rusia que es, de febrero
para acá, la más estrecha aliada de Inglaterra. ¡Una guerra contra
Rusia, guerra que representaría, como todo el mundo sabe, la caída de la
burguesía alemana y francesa! ¿Y para obtener con ello qué ventajas?
Absolutamente ninguna. Verdaderamente, estamos ante algo que va más allá de las
simplezas de los
244 Véase supra, nota 240.
pomeranios. Pero el ciudadano Ruge jura que la “solución pacífica” de la cuestión polaca está dentro
de lo posible. ¡Mejor que mejor!
¿Y por qué?
Por la siguiente razón, que él expone:
290
Debe realizarse y aplicarse realmente hoy lo que
los Tratados de Viena quieren. Y lo que los Tratados de Viena
querían era el derecho de todas las naciones a
oponerse a la gran nación de
los franceses..., querían la restauración de la nación alemana.
Podemos comprender ahora por qué el señor Ruge “quiere en conjunto, lo mismo” que quiere la
derecha. También
la derecha quiere que se apliquen los Tratados de Viena.245
Los Tratados de Viena resumen la gran victoria de
la Europa reaccionaria sobre la Francia
revolucionaria. Estos tratados son la forma clásica bajo la que la reacción europea ha reinado durante
quince años, durante el periodo de la restauración. Dichos tratados restablecen
la legitimidad, la monarquía de derecho divino, la nobleza feudal, la
dominación de la clerigalla, la legislación y la
administración patriarcales: lo mismo que la victoria fue obtenida con la ayuda de la burguesía inglesa,
alemana, española, italiana, y principalmente de la burguesía francesa, fue necesario hacer concesiones
a la burguesía, y mientras los príncipes, la nobleza, la clerigalla y los
burócratas se repartían los
bocados más apetitosos del botín, a la burguesía se le nutrió con letras de cambio sobre el futuro, letras
a las que jamás
se hizo ni se pensó hacer honor.
Y, en vez de considerar el contenido práctico y real
de los Tratados de Viena, el señor Ruge cree que esas promesas vacías
constituyen el verdadero contenido de tales tratados y que lo que ocurre es que
la reacción los ha puesto en práctica de una manera abusiva.
291
¡En realidad, hace falta tener un temperamento
notablemente contentadizo para seguir creyendo en
el cumplimiento de estos tratados treinta y tres años después de las revoluciones de 1830 y 1848, para
creer que las bellas frases continentales que envuelven las falsas promesas de Viena encierran todavía
hoy, en 1848, siquiera algún sentido!
¡El ciudadano Ruge es el Don
Quijote de los Tratados de Viena!
Por último, el ciudadano Ruge revela a la Asamblea de Francfort un profundo secreto: las revoluciones
de 1848 fueron provocadas únicamente por haber sido violados en Cracovia, en 1846, los Tratados de
1815.246 Y así lo dice, ¡para que sirva de advertencia a todos los
déspotas!
En una palabra, después de nuestro último encuentro
en el terreno literario el ciudadano Ruge no ha
cambiado ni en un solo punto. Sigue empleando las mismas frases estudiadas y repetidas
por él desde que, en los Anales de Halle y en
los Anales alemanes,247 se convirtió en el recadero de la
filosofía alemana; sigue brillando en él la misma confusión, la misma
revoltura, la misma vacuidad, el mismo talento para presentar, de un modo
grandilocuente, las mismas pretensiones, sometiéndolas a la aprobación del filisteo
alemán, que en su vida no ha escuchado nada parecido.
Cerramos con esto nuestro resumen del debate sobre
Polonia. Sería demasiado pedir el que nos extendiéramos hablando del señor Lów,
de Posen, y de los otros grandes espíritus que vienen tras él.
En su conjunto, el debate deja en nosotros una impresión de melancolía. ¡Tan
largos discursos y tan poca sustancia, tan pocos conocimientos sobre el tema,
tan poco talento! El peor de los debates de la
vieja o de la nueva Cámara francesa o de la Cámara inglesa de los Comunes
encierra más espíritu, más competencia real que esta charla de
tres días sobre uno de los temas más interesantes de la política
moderna. Todo podía haberse sacado de él, y la Asamblea Nacional sólo ha sabido sacar la ocasión que
se le brindaba para simples charloteos.
245 Tratados de Viena: estos tratados fueron suscritos en Viena por Rusia, Prusia y Austria el 3 de mayo de 1815, así como también el
Acta de clausura del Congreso de Viena, el 3 de junio de 1815, donde se
expresaba la promesa de que todas las
provincias polacas tendrían una representación popular
y un gobierno nacional. En Posen,
más tarde, tuvo lugar la convocatoria para una Asamblea
estamentaria, con funciones de Consejo.
246 Véase supra, nota 29.
247 Anales de Halle y Anales
Alemanes: periódicos literario-fílosóficos de orientación neohegeliana
publicados por Ruge
y Etchemeyer en Leipzig en forma de hojas volantes desde enero de 1838 hasta junio de 1841 bajo el título de Hallische Jahrbücher fü
r deutsche Wissenschaft und Kunst, y de julio de 1841 a enero de 1843, ya
solamente a cargo de Ruge, en Dresde, con el de Deutsche Jahrbücher fü
r Wissenschaft und Kunst.
292
¡En verdad podemos afirmar que una Asamblea como ésta jamás se ha reunido en parte alguna!
Las resoluciones ya se conocen. Se han
conquistado las tres cuartas partes de Posen;
y esta conquista no se ha logrado ni por la violencia ni por “la
labor de los alemanes”, ni por el arado, sino a fuerza de charlar, por medio de
una estadística falsificada y formulando tímidas resoluciones.
“¡Os habéis tragado a Polonia, pero os juro por Dios que no podréis digerirla!”
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 96, 7 de septiembre de 1848]
293
LA GUERRA ITALIANA
DE LIBERACIÓN Y LA CAUSA DE SU ACTUAL FRACASO
[F. Engels]
CON LA MISMA RAPIDEZ CON QUE LOS AUSTRIACOS FUERON Expulsados en marzo de Lombardía,
han retornado ahora victoriosos y han entrado ya en Milán.
El pueblo italiano no ha escatimado sacrificios. Se
ha mostrado dispuesto a ofrecer sus bienes y su sangre para llevar a buen
término la obra iniciada y conquistar su independencia nacional.
Pero la valentía, el entusiasmo y la capacidad de
sacrificio del pueblo jamás fueron correspondidos por quienes empuñaban las
riendas del gobierno. Éstos hicieron, abierta o recatadamente, cuanto
pudieron, no precisamente para emplear los recursos puestos en sus manos en la obra de libertar a su
país de la brutal tiranía de Austria, sino, por el contrario,
para frenar las energías del pueblo y volver lo antes posible, en esencia
al viejo estado de cosas.
El Papa,a cada día más influido y ganado por
la política austriaco-jesuítica, colocó en el camino del
gobierno Mamiani todos los obstáculos que los “negros” y los “negro-amarillos”248 ponían a su alcance.
Por su parte, el gobierno pronunciaba discursos muy patrióticos ante las dos cámaras, pero carecía de
la energía necesaria para convertir su buena voluntad en hechos.
A Pío IX.
294
En la Toscana, el gobierno pronunciaba muy buenas palabras, pero los hechos no se veían por ninguna
parte. Sin embargo, el peor enemigo de la libertad de Italia, entre los príncipes
de dentro, era y sigue siendo Carlos Alberto. Los italianos
habrían
debido repetir y seguir a todas horas la máxima que dice:
“¡Que el cielo nos libre de nuestros amigos, que de nuestros enemigos nos
libraremos nosotros!” A Fernando el Borbón no tenían
por qué temerle, pues hacía ya tiempo que estaba desenmascarado. En
cambio, Carlos Alberto se hacía ensalzar y glorificar como la spada d’Italia y el héroe que llevaba en la
punta de su sable la más firme garantía de la libertad y la independencia de
los italianos.
Sus emisarios viajaban por todos los lugares de la Italia del Norte presentándolo como el único hombre
que podía salvar y salvaría a la patria. Pero para que pudiera hacerlo era necesario, naturalmente, que
fundara el reino del norte de Italia. Solamente así dispondría este príncipe de la fuerza necesaria
para resistir a los austríacos y expulsarlos de Italia. La ambición que antes
le había llevado a entenderse con los
carbonarios249 y de que más tarde había dado pruebas
resurgía ahora más fuerte que nunca y
lo hacía soñar con una plenitud de poder y un esplendor ante los cuales pronto palidecería el brillo de
los restantes príncipes de Italia.
Carlos Alberto creía poder confiscar en beneficio
de su pobre personalidad todo el movimiento popular del año 1848. El odio y la
desconfianza que sentía por todos los hombres verdaderamente liberales
llevábale a rodearse de gente más o menos adicta al absolutismo e inclinada a
servir a las regias ambiciones. Puso a la cabeza del ejército a aquellos
generales cuya superioridad intelectual o
cuyas ideas políticas no tenía por qué temer, pero que
no contaban con la confianza de los soldados ni
con el talento necesarios para conducir victoriosamente la guerra. Se llamaba
pomposamente el “Libertador de Italia”, cuando lo que en realidad hacía era
imponer su yugo como condición a los libertadores.
295
Las circunstancias le favorecían como rara vez hayan favorecido a nadie. Hasta que su codicia, el deseo
de llegar a poseer lo más que pudiera y de ser posible todo, le hizo perder por último cuanto había
248 Con el “negro” se hace referencia a los religiosos jesuitas; con “negro-amarillos” se hace alusión a los colores de la bandera
nacional austríaca.
249 Carbonarios: así se llamaba a
los miembros de las conocidas sociedades secretas de carácter político que
surgieron durante la segunda década del siglo XIX tanto en Italia
como en Francia. En ella se agrupaban diferentes tendencias políticas,
pero sostenían el punto en común de conjurarse solemnemente para luchar
por el derrocamiento de los Borbones.
ganado. Mientras no se había decidido totalmente a
la anexión de la Lombardía al Piamonte y seguía en pie la posibilidad de que se
implantase la forma republicana de gobierno, el príncipe permaneció
quieto en sus trincheras frente a los austríacos, en aquellos momentos relativamente débiles. Dejó que
Radetzky, d’Aspre, Welden, etc., conquistasen en las provincias venecianas una ciudad y una fortaleza
tras otra, sin que moviese un dedo. Sólo consideró que valía la pena defender a
Venecia cuando esta ciudad se colocó bajo la égida de la Corona. Y lo mismo
sucedió con Parma y Módena. Entre tanto,
Radetzky se había fortalecido y había tomado, frente a
la incapacidad y a la ceguera de Carlos Alberto y
sus generales, todas las medidas necesarias para lanzarse al ataque y lograr la
victoria decisiva.
El desenlace es conocido. De ahora en adelante, los
italianos no podrán ya poner la causa de su liberación en manos de un príncipe
o de un rey; lejos de ello, si quieren salvarse, deberán dejar a un
lado sin tardanza, como inservible, esta spada d’Italia. Si lo hubieran hecho antes, jubilando al rey, a la
monarquía y a todos sus acólitos y concertando una unión democrática entre ellos, entre los italianos,
probablemente a esta fecha no quedaría ya un solo austríaco en Italia. Pero, en
vez de hacerlo así, no sólo han tenido que soportar en balde todos los
sufrimientos de una guerra conducida furiosa y bárbaramente por sus enemigos y
sufrir inútilmente los peores sacrificios, sino que además se ven
entregados indefensos a la sed de venganza de los
hombres de la reacción
de Metternich, de Austria y su soldadesca. Quien pase la
vista por encima de los manifiestos dirigidos por Radetzky a los
habitantes de Lombardía y por Von Welden a las legaciones romanas, se dará cuenta de que, a los ojos
de los italianos, Atila y sus hordas de hunos eran algo así como una legión de ángeles de la misericordia.
La reacción y la restauración son completas. Ha vuelto a aparecer también el
duque de Módena, il Carnefice (el Carnicero), el que adelantó
a los austríacos 1.200.000 florines para hacer la guerra. Tantas veces se han
cavado los pueblos su propia fosa con su generosidad, que ya es hora de que
recapaciten y aprendan algo de sus enemigos. Los modeneses dejaron marchar
tranquilo al duque, que durante su gobierno anterior había hecho encarcelar,
colgar y fusilar a miles de personas simplemente por sus ideas políticas. En
pago de ello, regresa ahora para ejercer otra vez, con redoblado júbilo, su
sanguinario oficio de príncipe.
296
La reacción y la restauración son completas. Pero
su reino es solamente interino. El espíritu
revolucionario ha penetrado demasiado profundamente en
el pueblo para que se le pueda dominar, a
la larga. Milán, Brescia y otros lugares han puesto de manifiesto en marzo de
lo que es capaz este espíritu. La cuenta de los sufrimientos, demasiado
estirada, provocará un nuevo levantamiento. Aleccionada por las amargas
experiencias de los últimos meses, Italia se curará
de nuevas ilusiones y sabrá asegurar su independencia bajo la bandera de
la unidad democrática.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 73, 12 de agosto de 1848]
297
LA “GACETA
DE COLONIA” ACERCA DE ITALIA
[F. Engels]
COLONIA,
26 DE AGOSTO. AYER NOS VIMOS CONDENADOS A OÍR A un literato, el señor Wilhelm
Jordan, de Berlín, verter toda una serie de tonterías políticas en torno a la historia universal. El destino
nos persigue inexorablemente. Estamos condenados hoy a una suerte parecida: se
diría que la gran conquista de Marzo consiste en que los literatos se dediquen,
como tarea exclusiva, a escribir de política. El señor Levin
Schücking, de Münster, que es la cuarta o quinta rueda en
el carro de anuncios
del señor Dumont, ha publicado en la Gaceta de Colonia250 un artículo sobre “Nuestra política en Italia”.
Y ¿qué es lo que dice “mi amigo Levin, el de los ojos espectrales?”251
Alemania no ha contado con ningún momento más
favorable que el actual para colocar su política con
respecto a Italia sobre una base sana y llamada a durar a través de los siglos. Hemos lavado gloriosamente
(¡gracias a la traición de Carlos Alberto!) la mancha que había hecho caer
sobre nuestras banderas un
pueblo que afortunadamente se deja llevar con facilidad por la suerte, cuando ésta le favorece. A la cabeza
de un ejército admirable no sólo en la lucha y en la victoria, sino también en
la resistencia y en la perseverancia, Barba blanca ha plantado la gloriosa águila bicéfala alemana
(¡?) sobre los parapetos de la ciudad sublevada, donde hace más de seiscientos años el Barbarroja imperial había hecho flotar la misma
bandera como símbolo de la soberanía de Alemania sobre Italia. Esta
soberanía sigue siendo hoy nuestra.
Así se expresa el señor Levin Schücking, de la Gaceta de Colonia.
Cuando los croatas y panduros252 de Radetzky, después de cinco días de lucha, fueron
expulsados por un pueblo inerme,253 cuando aquel “admirable ejército”
derrotado en Goito se retiró a Verona, la lira política de “mi amigo Levin, el
de los ojos enigmáticos”, guardó silencio. Pero de entonces acá, el ejército
austriaco, reforzado por la traición tan cobarde como torpe de Carlos Alberto
—traición que nosotros hubimos de pronosticar innumerables veces—, alcanzó una victoria inmerecida; y vuelven a
salir a escena los publicistas vecinos haciendo sonar sus trompetas acerca de
la “mancha lavada” y, aventurándose a establecer paralelos entre Federico
Barbarroja y Radetzky Barbablanca, la más gloriosa revolución de todo 1848
es solamente una “ciudad sublevada” y a nosotros, a quienes
nunca ha pertenecido nada, nos pertenece ahora “la soberanía sobre Italia”.
“¡Nuestras banderas!” Los
trapos negro-amarillos de la reacción de Metternich, pisoteados en Viena:
¡he ahí las banderas del señor Schücking y de la Gaceta de Colonial
“¡La gloriosa águila bicéfala alemana!” El mismo
monstruo heráldico al que la revolución armada arrancó las plumas en lemappes,
en Fleurus, en Millèsimo, en Rivoli, en Neuwied, en Marengo, en Hohenlinden, en
Ulma, en Austerlitz, en Wagran: 254 ¡he ahí el “glorioso” Cancerbero
del señor Schücking de la Gaceta de Colonial
299
Cuando los austríacos fueron derrotados, se les llamaba partidarios del Sonderbund255 y se les tildaba
casi de traidores a la patria; desde que Carlos Alberto ha caído en la celada,
desde que han avanzado
250 Véase supra, nota
43. 251
251 Se hace referencia al poema “La rosa”, de Ferdinand Freiligrath.
252 Véase supra, nota 83
253 Véase supra, nota 82.
254 Se alude aquí a muy diversas batallas
entre 1792 y 1809 de austríacos y franceses en las cuales el ejército austríaco
sufrió serias derrotas: cerca de Jemappes, el 6
de noviembre de 1792; cerca de Fleurus, el 26 de junio
de 1794; cerca de Milléssimo, el 13-14 de abril de
1796; cerca de Rívoli, el 14-15 de junio de
1797; cerca de Neunwied, el 18 de abril de
1797; cerca de Marengo, el 14 de junio de 1800, cerca de Hohenlinden, el
3 de diciembre de 1800; cerca de Ulma, el 17 de octubre de
1805, cerca de Austerlitz, el 2 de diciembre de 1805, y cerca
de Wagram, el 5-6 de julio de 1809.
255 Sonderbund: la disolución de
la Liga de los siete cantones suizos económicamente rezagados y católicos
que, en 1843, con el propósito de resistir a las
reformas burguesas progresistas en Suiza, hubieron de consolidar
los privilegios de la Iglesia
jesuita. El acuerdo de la Confederación suiza en julio de 1847 sobre la resolución del Sonderbund ofreció el motivo, a principios de
hasta el Ticino, vuelven a ser “alemanes”, somos
“nosotros” quienes hemos llevado a cabo todo esto. No nos oponemos a que
la Gaceta de Colonia haya arrancado las victorias de Volta y
Custozza y conquistado Milán; 256 pero, al hacerlo, asume también la
responsabilidad por las tan conocidas brutalidades e infamias de aquel ejército
bárbaro “tan admirable en la resistencia como en la adversidad”, de la misma
forma que, en su tiempo, asumió la responsabilidad por la matanza de
la Galizia.
Esta soberanía todavía nos pertenece. Italia y
Alemania son naciones unidas en un vínculo común por la
naturaleza y la historia, naciones que, providencialmente, forman una unidad, que se
hallan entrelazadas como la ciencia y el arte, el pensamiento y el
sentimiento.
¡Como el señor Brüggemann y el señor Schücking!
¡Precisamente por ello, alemanes e italianos han guerreado unos contra otros, desde hace 2.000 años;
precisamente por ello, los italianos han sacudido siempre, una y otra vez, el
yugo alemán; precisamente por ello, la sangre alemana ha teñido con tanta
frecuencia las calles de Milán, seguramente para probar así que Alemania e
Italia se hallan “providencialmente unidas” ¡
300
¡Y precisamente por eso, porque Italia y Alemania “se hallan entrelazadas”, Radetzky y Welden han
tenido que bombardear y saquear todas las ciudades venecianas!
Mi amigo Levin, el de los ojos espectrales, nos
dice ahora que debemos abandonar Lombardía hasta
las orillas de Adige, pues el pueblo no nos quiere, aunque unos cuantos pobres cittadini (así escribe el
erudito señor Schücking para referirse a los contadini, a los
campesinos) reciban jubilosos a los austríacos. Pero, si queremos comportarnos
como un “pueblo libre”, “esas tierras nos alargarán con
gusto la mano para ser encaminadas por nosotros por la senda que ellas solas no pueden recorrer, por
el camino que lleva hacia la libertad”.
¡Así son las cosas! Italia, que ha sabido
conquistar la libertad de prensa, el tribunal del jurado y la
Constitución antes de que Alemania despertara del más podrido de los sueños; Italia, que ha impuesto
en Palermo la primera revolución del año actual; Italia, que sin armas ha
vencido en Milán a los “insuperables austríacos”, Italia no puede,
según se nos dice, marchar por el camino de la libertad sin
ser guiada por Alemania, es decir, ¡por un Radetzky! Y así sería, claro está,
siempre y cuando para marchar hacia la libertad fueran necesarios una Asamblea como la de
Fráncfort, un poder central que
nada tiene que decir, treinta y nueve federaciones autónomas y, además de todo lo anterior, la Gaceta
de Colonia.
Pero, basta. Para que los italianos “se dejen guiar
hacia la libertad” por los alemanes, el señor
Schücking retiene el Tirol de los güelfos y la región veneciana, para conceder estos territorios en feudo
a un archiduque austríaco, y envía a “Roma a 2.000 hombres de las tropas
del Reich en el sur de Alemania para devolver la paz en su
propia casa al Vicario de Cristo”.
Pero, desgraciadamente:
301
Las tierras pertenecen a rusos y franceses, El mar
es propiedad de los britanos; Pero nosotros
poseemos el dominio indisputado En el reino aéreo de los sueños.
Allí ejercemos nuestra hegemonía Nadie, allí, puede
desmembrarnos; Los otros pueblos, en cambio, Se han desarrollado
sobre las tierras llanas.257
Allá arriba, en el reino aéreo de los sueños, nos pertenece también í£la supremacía sobre Italia”. Nadie
sabe esto mejor que el señor Schücking. Después de haber desarrollado, en
provecho y para bien del Imperio alemán, la valiente política de la soberanía,
este señor concluye, entre suspiros:
noviembre de ese año, para iniciar acciones
militares contra estos cantones. El 23 de noviembre, el ejército del Sonderbund habría
de ser derrotado por las fuerzas del gobierno de la Confederación (véase el
artículo “La guerra civil suiza”, en Federico Engels, Escritos de
juventud, “Obras Fundamenales de Marx y Engels”, t. 2,1987, pp. 656 y
ss.).
256 El 25 de julio de 1848, en
Custozza, y el 27 de julio, cerca del Volta, el ejército
austríaco, bajo el mando de Radetzky,
rom pió hostilidades contra el ejército de Cerdeña y Lombardía, logrando así derrotarlo; el 6 de agosto, Radetzky tomó la ciudad de Milán. 257 Tomado
de Heinrich Heine, Alemania. Cuento de invierno, cap. VII.
Una política grande y generosa, digna de una potencia como lo es el Imperio alemán, nunca ha existido
entre nosotros más que de una manerafantásticay así seguirá ocurriendo
también en lo sucesivo.
Recomendamos al señor Schücking para portero y guardián
de fronteras del honor de Alemania en la cumbre del
Stilfser Joch.258 Desde lo alto, podrá el folletón acorazado de la Gaceta
de Colonia atalayar toda Italia y velar por que no se pierda ni el
menor título de “supremacía de Alemania sobre Italia”. Solamente entonces podrá
Alemania dormir tranquila.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 87, 27 de agosto de 1848]
258 Engels hace referencia, como en otras ocasiones, a
lo que ha llamado “burgués de
empalizada” (véase supra, nota 3
302
MEDIACIÓN E INTERVENCIÓN. RADETZKY Y CAVAIGNAC
[F. Engels]
EN UNAS TRES SEMANAS (EL 21 DE SEPTIEMBRE) EXPIRARÁ EL armisticio concertado por la traición
de Carlos Alberto.259 Francia e Inglaterra se han ofrecido como mediadores. El Spectateur Républicain, órgano
de Cavaignac, informa que Austria no ha manifestado, hasta ahora, si acepta o
rechaza esta propuesta. El dictador
de Francia se muestra furioso ante la descortesía austríaca
y amenaza con una intervención armada si el
gabinete de Viena no contesta antes de una
determinada fecha o rechaza la mediación. Ahora bien, ¿dejará
Austria, sobre todo ahora, después de la victoria lograda sobre la
democracia vienesa y sobre los “rebeldes” italianos, que un Cavaignac le dicte la paz? Austria sabe muy
bien que la burguesía francesa quiere la “paz a toda costa”, que a esa
burguesía le tiene sin cuidado
que Italia goce de libertad o gima bajo la servidumbre
y que estará dispuesta a acceder a todo, con
tal de que no se le deje en ridículo ante el mundo, obligándola a empuñar la
espada contra su voluntad. Se dice que Radetzky hará una breve visita a Viena
para pronunciar allí su palabra decisiva con respecto a la mediación. Claro
está que para eso no necesita viajar a Viena. Su política se halla ahora en su
apogeo y sus puntos de vista no perderán nada de su fuerza, aunque permanezca
en Milán. Suponiendo que Austria se presentara a concertar la paz, como lo
quieren Inglaterra y Francia, no lo haría por miedo a la intervención de
Cavaignac, sino por razones mucho más imperiosas y apremiantes.
303
Los italianos se han dejado engañar por los
acontecimientos de marzo, ni más ni menos que los
alemanes. Aquéllos creyeron que se había puesto fin
de una vez a la dominación extranjera; éstos, por
su parte, pensaron que el viejo régimen había fenecido para siempre. Pero la
dominación extranjera en Italia es ahora más dura que nunca, y en Alemania
vemos que el viejo régimen, después de reponerse de los dos o tres golpes
recibidos en marzo, se impone con mayor furia y sed de venganza que antes.
El error de los italianos consiste, ahora, en esperar la salvación del actual gobierno de Francia. Sólo
el derrocamiento de este gobierno podría salvarlos. Los
italianos se equivocan, además, en creer que su
país podrá liberarse mientras la democracia pierde cada vez más terreno en Francia, Alemania, etc. La
reacción, que ahora asesta sus golpes sobre Italia, no es un hecho puramente
italiano sino europeo. Italia no podrá librarse por sí sola de las garras de
esta reacción, y menos que nunca apelando a la burguesía francesa que forma
precisamente el gran baluarte de la reacción en toda Europa.
Para poder acabar con la reacción en Italia y en Alemania, lo primero es derrotarla en la misma Francia.
Lo primero, por tanto, en proclamar allí la República democrático-social,
lograr que el proletariado francés ponga el pie sobre la cerviz de su
burguesía; sólo entonces se podrá pensar en la victoria estable de la
democracia en Alemania, Polonia, Hungría, etcétera.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 91, 1 de septiembre de 1848]
259 Véase supra, nota 82.
LAS CONDENAS A
MUERTE EN AMBERES
[F. Engels]
COLONIA, 2 DE SEPTIEMBRE. BÉLGICA, MODELO DE ESTADO
CONStitucional, acaba de suministrar una nueva y brillante prueba de la
excelencia de sus instituciones. ¡Diecisiete penas de
muerte,
con motivo de los ridículos sucesos de Risquons-Tout!260 ¡Diecisiete penas
de muerte para vengar la vergüenza que unos cuantos atolondrados, locos
incorregibles, 261 hicieron pasar a la
mojigata nación belga, tratando de tirar de una punta de su manto constitucional! ¡Diecisiete penas de
muerte, qué brutalidad!
Los sucesos de Risquons-Tout son conocidos. Cierto
número de obreros belgas se concentraron en París para intentar una invasión
republicana de su patria. Demócratas belgas llegados de Bruselas apoyaban el
intento. Ledru-Rollin, por su parte, le prestó todo el aliento que pudo.
Lamartine, el
traidor de “noble corazón” que tenía, lo mismo para los demócratas extranjeros que para los franceses,
hermosas palabras y feas acciones, este Lamartine, que se jacta de haber
conspirado con la anarquía como el pararrayos con la tormenta, comenzó apoyando a la legión belga para luego poder traicionarla
mejor. La legión partió hacia su patria. Delescluze, comisario de gobierno en
el departamento del Norte, vendió la
primera columna a los empleados de los ferrocarriles
belgas; el tren que la conducía, ya en suelo belga, se encontró de pronto
rodeado de bayonetas, por obra de la traición. La segunda columna, guiada
por tres espías belgas (esto nos lo ha contado un miembro del
mismo Gobierno
provisional de París, y el proceso lo confirma), fue conducida por los traidores a un bosque enclavado
dentro de Bélgica, donde la
aguardaban, seguramente escondidos, los cañones enfilados sobre
ella; la columna fue cañoneada a mansalva y casi todos sus integrantes cayeron
prisioneros.
305
Este insignificante episodio de las
revoluciones de 1848, al que las numerosas traiciones y felonías, y
las dimensiones que se le atribuyen en Bélgica dan relieves cómicos, ha
ofrecido pretexto a la Procuraduría de Justicia de Bruselas para sofocar en él
la más gigantesca conspiración de todos los tiempos. Viéronse implicados en
ella el libertador de Amberes, el viejo general Mellinet, Tedesco,
Ballin, en una palabra los más resueltos y más activos demócratas de Bruselas, Lieja y Gante. Y el señor
Bavay habría envuelto en el proceso incluso a Jottrand, de Bruselas, si éste no supiese cosas y poseyera
documentos cuya publicación podría comprometer bochornosamente a todo el gobierno
belga, incluyendo al prudente Leopoldoa
a Leopoldo I, rey de Bélgica.
¿Y por qué estas detenciones de demócratas, por qué el más monstruoso de todos los procedimientos
contra hombres tan ajenos a los hechos que se les imputan como los jurados ante
los que se les hace comparecer? Para infundir miedo a la ciudadanía belga y, a
la sombra de este miedo, poder hacer efectivos los exagerados impuestos y
empréstitos forzosos que forman la argamasa con que se sostiene en pie el
glorioso edificio del Estado belga y cuya efectividad deja, al parecer,
bastante que desear.
Bien. Se hizo comparecer a los acusados ante el
jurado de Amberes, ante la flor y nata de esos temperamentos flamencos de
negociante tan ajenos a la cálida vehemencia del entusiasmo político francés
como a la fría serenidad del grandioso materialismo inglés, tratantes
en bacalao que se pasan
la vida entera vegetando entre
cicaterías de ganancias y negocios mezquinos. El gran
Bavay conocía a su gente y apelaba a su miedo.
306
260 El llamado “Proceso Risquons-Tout” que tuvo lugar en Amberes del 9 al 30 de agosto de 1848, fue una auténtica farsa de parte del gobierno del rey Leopoldo de Bélgica para ajustarle cuentas a los demócratas. Esto
dio motivo a la reacción unánime de parte de
las fdas republicanas belgas.
261 Locos incorregibles: frase tomada del poema de Goethe “Prometeo”. 304
¿Acaso en Amberes se había visto jamás un
republicano? De pronto, comparecían treinta y dos
monstruos de éstos ante los asustados vecinos de la ciudad. Y los temblorosos jurados, de acuerdo con
los sabios jueces, entregan a diecisiete de los acusados a la benignidad de los artículos 86 y
siguientes del código penal,262 es decir, a la pena de muerte.
También durante el periodo del terror de 1793 se
montaron procesos ficticios y recayeron condenas basadas en
hechos que no eran los que oficialmente se
alegaban; pero ni el fanático Fouquier-Tinville llegó
a organizar nunca un proceso como éste, urdido sobre la
burda desvergüenza de la mentira y el ciego odio
partidista. Y nadie podrá decir que en Bélgica reine precisamente la guerra
civil ni que media Europa aceche en sus fronteras, conspirando con los rebeldes, como ocurría en Francia en 1793.
¿Puede decirse que en Bélgica se halle la patria en peligro o que se haya resquebrajado la Corona? Por
el contrario; nadie piensa en sojuzgar a Bélgica y
el prudente Leopoldo sigue viajando día tras
día sin escolta de Bruselas a Laeken y de Laeken a Bruselas.
¿Qué había hecho un
hombre de 81 años como Mellinet para que el
jurado y los jueces lo condenaran
a muerte? El viejo soldado de la República francesa había salvado, en 1831, el último destello del honor
belga; fue el libertador de Amberes y, en pago de ello, ¡Amberes lo condena a
muerte! Toda su culpa consiste en haber amparado contra las sospechas de la
prensa belga a su viejo amigo Becker, sin retirarle su amistad ni aun cuando
sabía que estaba conspirando en París. Pero sin que él, Mellinet,
tuviese absolutamente nada que ver con la conspiración. ¡Y por eso, nada más que por eso, le condena
a muerte!
307
¿Y Ballin?
Era amigo de Mellinet, lo visitaba con
frecuencia y alguien lo había visto con Tedesco en un
Estaminet.b Razones bastantes, como se ve, para condenarlo a muerte.
B Taberna.
¡Y no digamos Tedesco! ¡Cómo! ¿Acaso no había
pertenecido a la Asociación obrera alemana y no mantenía relaciones con
personas a quienes la policía belga había encontrado puñales de utilería
introducidos previamente por ella en sus bolsillos? ¿No le habían
visto con Ballin en un Estaminet? Su
culpabilidad estaba demostrada, Tedesco había provocado la batalla de las naciones de RisquonsTout;
¡al cadalso con él!
Y lo mismo los demás.
Nos sentimos orgullosos de contar entre nuestros
amigos a más de uno de estos “conspiradores” a quienes se condena a muerte pura
y simplemente por ser demócratas. Y si la venal prensa belga los cubre de lodo,
nosotros queremos, por lo menos, salvar su honor ante la democracia alemana; si
su patria reniega de ellos, nosotros nos honramos en considerarlos como
nuestros amigos.
Cuando el presidente del tribunal leyó el veredicto
condenándolos a muerte, los acusados gritaron: “¡Viva la República!” A lo
largo de todo el proceso y al serles leída la sentencia, se
comportaron como verdaderos revolucionarios, serenos e imperturbables.
Veamos ahora cuál es el lenguaje que, en el campo de enfrente, emplea la miserable prensa burguesa:
El veredicto—dice el Journal d ’Anvers—noprodujoenlaciudadmayor
sensación que el proceso mismo, el cual pasó casi totalmente desapercibido.
Solamente en las clases obreras [léase: entre el lumpenproletariado] puede
percibirse un sentimiento de hostilidad en contra de los paladines de la República;
el resto de la población apenas se ocupa de ellos; tal parece como si
considerara que lo
irrisorio de la intentona revolucionaria no aparece engrandecido ni siquiera por una condena a muerte,
en cuya ejecución, por lo demás, no cree nadie.
308
262 Code evol: código penal
implantado en Francia en 1810 e introducido en la Alemania occidental y
meridional conquistada por Napoleón; en la provincia renana, este código
regía, al igual que el código civil francés, incluso después de su anexión
a Prusia en 1815. El gobierno prusiano aspiraba a reimplantar en
estas provincias el derecho nacional prusiano. Toda una serie de
leyes, decretos y preceptos trataba de restablecer
en la provincia renana los privilegios feudales de la
nobleza (en particular los mayorazgos) y la legislación civil y penal
prusiana. Estas medidas encontraron una enérgica y decidida oposición en
estos territorios y, después de la revolución de Marzo, fueron
derogadas mediante los decretos del 15 de abril de 1848.
¡Naturalmente, si a los vecinos de Amberes se les brindara el interesante evolúoó de ver subir a la
guillotina a diecisiete republicanos, con el viejo Mellinet, su salvador, a la
cabeza, entonces sí prestarían atención al proceso!
¡Como si la brutalidad del gobierno belga y de los jurados y los jueces belgas no residiera precisamente
en jugar de ese modo con las penas de muerte!
El gobierno —dice el Liberal Liégeois—
ha querido dar pruebas de fuerza, pero sólo ha conseguido
demostrar su brutalidad.
Y ese ha sido, evidentemente, desde siempre, el destino de la nación flamenca.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 93, 3 de septiembre de 1848]
309
LA CRISIS Y LA CONTRARREVOLUCIÓN 263
[C. Marx]
COLONIA, 11 DE SEPTIEMBRE. LÉANSE NUESTROS COMENTARIOS desde
Berlín y dígasenos si no hemos pronosticado con todo acierto el giro que habría
de tomar la crisis ministerial. Dimiten los viejos ministros; el plan
del gobierno de sostenerse recurriendo a disolver la
Asamblea del Pacto, a la ley marcial y a los cañones no parece
encontrar el aplauso de la Camarilla. Los Junkers más
retardatarios arden en deseos de que estalle el conflicto con el pueblo, de que las escenas parisinas de
junio se repitan en las calles de Berlín. Pero estos elementos jamás se batirán
por el gobierno Hansemann, sino que se batirán solamente por el
gobierno del Príncipe de Prusia. Son llamados al gobierno Radowitz,
Vincke y otras personas de
confianza que nada tienen que ver con la Asamblea de
Berlín y no mantienen compromisos con ella. La crema de los nobles prusianos y
westfalianos, asociados para guardar las formas con algunos probos representantes
de la burguesía de la extrema derecha, con Beckerathe y consortes, a quienes se
encomiendan los prosaicos negocios comerciales
del Estado: he allí el gobierno del príncipe de Prusia, con el que se trata de hacer la felicidad del reino.
Entre tanto, se ponen en circulación cientos de rumores diciendo
que tal vez se llamará al gobierno a Waldeck
o Rodbertus, se induce a error a la opinión pública, se
adoptan por el momento una serie de preparativos militares y,
cuando la hora llegue, se actuará a la luz del día.
310
Marchamos hacia el combate decisivo. Las crisis
simultáneas de FRANCFORT y Berlín y los últimos acuerdos adoptados por las dos
Asambleas obligan a la contrarrevolución a dar la batalla final. Si los de
Berlín se atreven a pisotear el principio constitucional del poder de la
mayoría; si frente a los 219 votos de la mayoría se hace marchar el doble
número de cañones; si esa gente se atreve no sólo en
Berlín, sino también en Fráncfort, a hacer befa y escarnio de la mayoría con un ministerio que ninguna
de las dos asambleas puede aceptar: si se provoca así la guerra civil
entre Prusia y Alemania, los demócratas sabrán lo que tienen que
hacer.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 100, 12 de septiembre
de 1848]
Colonia,
12 de septiembre. En Berlín sigue en pie la crisis ministerial, entre tanto es
confirmado también por otros conductos el nuevo ministerio imperial, y es
posible que ya al mediodía de hoy recibamos la noticia de su constitución
definitiva. Sólo hay dos caminos para resolver la crisis:
Un ministerio Waldeck, a base de reconocer la
autoridad de la Asamblea Nacional alemana y la soberanía del pueblo.
O un ministerio Radowitz-Vincke, a base de disolver
la Asamblea de Berlín, destruir las conquistas revolucionarias, implantar un
constitucionalismo ficticio y volver, incluso, a reunir a la
Dieta Unificada.264
No nos engañemos: el conflicto que ha estallado en
Berlín no es un conflicto entre los partidarios del pacto y los ministros: es
un conflicto entre la Asamblea, que por primera vez se atreve a presentarse
como Constituyente, y la Corona.
Todo gira en torno a esto:
¿se tendrá o no el valor necesario para disolver la Asamblea?
311
263 El segundo, tercero y cuarto artículos de esta serie, aquí contenidos, fueron publicados en la Nueva Gaceta Renana con el título
general de “Las crisis”
264 Véase supra, nota 15.
Pero ¿acaso tiene la Corona derecho a hacer esto?
No cabe duda de que en los Estados constitucionales
la Corona tiene derecho, en caso de entrar en conflicto con ellas,
a disolver las cámaras legislativas convocadas a base
de la Constitución, apelando al pueblo por medio de unas nuevas
elecciones.
Ahora bien, ¿es la Asamblea de Berlín una Asamblea constitucional, legislativa?
No. Esta Asamblea ha sido convocada para “pactar con
la Corona la Constitución del Estado prusiano”, y
ha sido convocada con este fin no a base de
una Constitución vigente, sino a base de una revolución. No
recibió su mandato, en modo alguno, de la Corona o de sus ministros
responsables, sino exclusivamente de sus electores y de sí misma. La Asamblea
era soberana, en cuanto expresión legítima de la revolución, y el mandato que,
en unión de la Dieta Unificada, le expidió el señor Camphausen con la ley
electoral del 8 de abril265 no era otra cosa que la expresión de un buen
deseo acerca del cual tenía que decidir la propia Asamblea.
La Asamblea se dejó llevar en un principio, más o menos, de la teoría del pacto.266 Y pudo darse cuenta
de cómo llevó a cabo un acto de soberanía, haciéndose valer por un momento como
una Asamblea constituyente, y no simplemente como una Asamblea creada para
pactar.
Y tenía plenamente el derecho de hacerlo así, puesto que era la Asamblea soberana, en cuanto a Prusia.
Pues bien, una
Asamblea soberana no
puede ser disuelta por nadie, ni se halla sujeta
a las órdenes de nadie.
Pero aun como Asamblea llamada simplemente a
pactar, es decir, aun partiendo de la teoría de Camphausen, la Asamblea se
halla en el mismo plano de igualdad de derechos que la Corona.
Ambas partes conciertan un pacto público y ambas participan
por igual de la soberanía: tal es la teoría del 8 de abril, la teoría de
Camphausen-Hansemann y, por tanto, la teoría oficial reconocida
por la misma Corona.
312
Y lógicamente, si la Asamblea es igual en
derechos a la Corona, ésta no tiene poderes para disolver
la Asamblea.
De otro modo, habría que reconocerle a la Asamblea, consecuentemente, el derecho a destronar al rey.
La disolución de la Asamblea representaría, por
tanto, un golpe de Estado. Y cómo se responde a los golpes de
Estado lo han puesto de manifiesto el 29 de julio de 1830 y el 24 de febrero de
1848.267
Se dirá que la Corona puede apelar de nuevo a los
mismos electores. Pero ¿acaso ignora alguien que los electores elegirán hoy una
Asamblea totalmente distinta, una Asamblea que no se andaría con tantos
miramientos con la Corona?
Es perfectamente sabido: disuelta esta Asamblea, no
cabe más que la apelación a electores muy distintos de los del 8 de abril;
no caben
más elecciones que las llevadas a cabo bajo la tiranía del sable.
No nos hagamos ninguna clase de ilusiones:
Si triunfa la Asamblea, si ésta logra imponer un ministerio izquierdista, ello dará al traste con el poder
de la Corona al lado del de la Asamblea, el rey se convertirá
en un servidor a sueldo del pueblo y estaremos en vísperas del 19 de marzo,
siempre y cuando el ministerio Waldeck no nos traicione, como nos han
traicionado ya tantos otros antes que él.
265 La ley electoral,
de acuerdo con el pacto de la Asamblea Constitucional
prusiana, fue propuesta por el ministro
Camphausen el 8 de abril de 1848 en las sesiones de la segunda Dieta
Unificada, en la forma de un sistema electoral indirecto.
266 Véase supra, nota 40.
267 El 26 de julio de 1830 fueron
publicados los decretos reales mediante los que se suspendía en Francia la
libertad de
prensa, la Asamblea era declarada disuelta y la ley electoral modificada hasta el punto de disminuir 25 por ciento la cantidad de electores. Estas
medidas extraordinarias del rey Carlos X fueron la causa directa de la
Revolución de 1830 en Francia.
El 29 de julio de 1830, se derrumbó el dominio francés de los Borbones. El 24 de febrero de 1848, la monarquía de Luis Felipe de Orleáns
se derrumbó.
En cambio, si triunfa la Corona, si ésta logra
imponer el ministerio del príncipe de Prusia, será
depuesta la Asamblea, socavado el derecho de asociación, amordazada la prensa, se decretará una ley
electoral con base en
el censo y tal vez se saque nuevamente de la nada, como hemos
dicho, a la Dieta Unificada, todo ello a la sombra de la
dictadura militar, de los cañones y las bayonetas.
313
¿Cuál de las dos partes triunfará? Esto dependerá de la actitud del pueblo y, sobre todo, de la que
adopte el partido democrático. Los demócratas tendrán que optar.
Estamos en el 25 de julio.
¿Se osará decretar las ordenanzas amañadas en Postdam?
¿Se provocará al pueblo a que lleve a cabo en un solo día
el salto del 26 de julio al 24 de febrero?268
La buena voluntad, evidentemente, no falta, pero sí ¡el valor necesario para ello!
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 101, 13 de septiembre
de 1848]
Colonia, 13 de septiembre. La crisis, en Berlín, ha avanzado un paso: el conflicto con la Corona, que ayer
podía considerarse solamente como algo inevitable, se ha producido ya,
es una realidad.
Nuestros lectores encontrarán más abajo la respuesta dada por el rey a la petición de los ministros de
que se les releve de sus cargos.269 Con esta carta, la Corona pasa a
colocarse en primer plano, toma partido en pro de los ministros y se enfrenta a
la Asamblea.
Pero va aún más allá: crea un ministerio al margen de la Asamblea; llama al gobierno a Beckerath, que
ocupa en FRANCFORT un puesto en la extrema derecha y del que todo el mundo sabe
de antemano que en Berlín no contará jamás con la mayoría.
La carta del rey aparece refrendada por el señor Auerswald. El señor Auerswald tendrá que responder
de lo que hace, al empujar así al primer plano a la Corona para cubrir su ignominiosa retirada cuando,
en un solo impulso, trata de parapetarse ante la Cámara detrás del principio
constitucional, a la vez que pisotea a éste, comprometiendo a la Corona
y provocando para que venga la República.
314
“¡El principio
constitucional!”, gritan los ministros.
“¡El principio constitucional!”, gritan las derechas.
“¡El principio constitucional!”, gime como un eco vacuo la Gaceta de
Colonia.
“¡El principio constitucional!” ¿Son
realmente tan necios estos señores como para
creer que se pueda sacar al pueblo alemán de las tormentas del
año 1848, de la amenaza diaria de que todas las instituciones históricamente tradicionales se derrumben, con la carcomida teoría de la división de los
poderes de Montesquieu y Delolme, con frases manidas y ficciones desde hace ya
mucho tiempo desvanecidas?
“¡El principio constitucional!”¡Son precisamente
los señores que a toda costa tratan de salvar el principio constitucional los
primeros que debieran darse cuenta de que ese principio, de un modo
provisional, sólo puede salvarse a fuerza de energía!
“¡El principio constitucional!” ¿Acaso el voto
de la Asamblea de Berlín, las colisiones entre Potsdam y
Fráncfort, los disturbios, los intentos de reacción y las provocaciones de la
soldadesca no han demostrado desde hace ya largo tiempo que, pese a todas las
frases, seguimos pisando sobre terreno revolucionario y que la ficción de que nos hallamos ya en una Monarquía constituida, en una monarquía
constitucional lista y acabada, no conduce a otra cosa que a conflictos que han
llevado al “principio constitucional” al borde del abismo?
268 Véase nota anterior.
269 En su mensaje del 10 de septiembre de
1848, el rey prusiano Federico Guillermo IV declaró, de conformidad con el
primer ministro, que el acuerdo de la Asamblea Nacional prusiana infligía
un golpe al “principio de la monarquía constitucional”, y aprobó el
acuerdo del ministerio Hansemann ante aclamaciones de protestas contra el
procedimiento de la reaccionaria Asamblea.
Las condiciones provisionales de todo Estado
después de una revolución reclaman una dictadura, y una dictadura enérgica.
Nosotros le reprochamos a Camphausen, desde el primer momento, el no
haber actuado dictatorialmente, el no haber destruido y eliminado inmediatamente los residuos de las
viejas instituciones. Mientras el señor Camphausen se mecía en sueños
constitucionales, el partido derrotado reforzaba sus posiciones en el campo de la democracia y en el del ejército y hasta se atrevía
a lanzarse, de vez en cuando, al combate abierto. Fue convocada la Asamblea
para pactar una Constitución.
315
La Asamblea surgió en un plano de igualdad de
derechos con la Corona. ¡Dos poderes iguales en derechos, en una fase
provisional! Esta división de poderes, con la que el señor Camphausen se
proponía “salvar la libertad”, tenía necesariamente que conducir, en la fase provisional, a una serie de
conflictos. Detrás de la Corona se ocultaba la camarilla contrarrevolucionaria
de la nobleza, los militares y la burocracia. Detrás de la mayoría de la
Asamblea estaba la burguesía. El gobierno trató de mediar. Demasiado débil para
defender resueltamente los intereses de la burguesía y de los campesinos y
abatir, de un manotazo el poder de la nobleza, la burocracia y los jefes del
ejército, y demasiado torpe para no lesionar por doquier a la burocracia con
sus medidas financieras, lo único que logró fue hacerse imposible para todos
los partidos y provocar cabalmente el conflicto que se trataba de evitar.
En toda situación no constitucional, no decide este
o el otro principio, sino exclusivamente la salut public, el
bien público. El único camino que se le ofrecía al ministerio para evitar el
conflicto entre la
Asamblea y la Corona era reconocer exclusivamente el principio del bien
público, aunque corriese con
ello el riesgo de entrar en conflicto incluso con la Corona. Pero, en vez de hacerlo así, prefirió mantener
sus “posibilidades” en Potsdam. No vaciló en tomar medidas de bien público (mesures de salut public), es
decir, medidas dictatoriales, en contra de la democracia.
¿O acaso era otra cosa la aplicación de las viejas
leyes a los delitos políticos, aun después de reconocer el señor Märker que
estos artículos del derecho nacional prusiano270 debieran derogarse?
¿Acaso eran otra cosa las detenciones en masa llevadas a cabo en todas partes
del reino?
¡Eso sí, pero frente a la contrarrevolución el ministerio se guardó mucho de proceder al amparo de las
razones del bien político! Y era precisamente esta tibieza del ministerio frente a una contrarrevolución
cada día más amenazadora la que imponía a la
Asamblea la necesidad de dictar por sí misma medidas
de salud pública. Si la Corona, representada por los ministros, era demasiado
débil, debía la propia Asamblea intervenir. Y así lo hizo, con el acuerdo del 9
de agosto.271 De un modo todavía muy suave, limitándose a formular a los ministros una advertencia. Los ministros no la tomaron en consideración.
316
¿Y cómo iban a atenerse a ella? ¡El acuerdo del 9 de agosto da de puntapiés al principio constitucional,
representa una injerencia del poder legislativo contra el ejecutivo, acaba con
la división y mutua fiscalización de los poderes tan necesaria en interés de la
libertad, convierte a la Asamblea del Pacto en una Convención Nacional!
270 Véase supra, nota 203.
271 La Orden militar de Stein-Schultze: el 31 de
agosto de 1848, tuvo lugar un asalto
a la fortaleza de Schweidnitz perpetrado por tropas militares contra
la Guardia Cívica, en el que murieron catorce ciudadanos. La Asamblea Nacional prusiana recibió el 9 de agosto, para
incluirla como enmienda, una propuesta
del diputado Stein en la que, entre
otras cosas, se decía: “El señor ministro de la
Guerra desea manifestarse, en un decreto
dirigido al ejército, en el sentido de que los oficiales se
mantengan lejos de toda tentativa reaccionaria
y eviten no sólo de cualquier manera
un conflicto con la población civil, sino que se
muestren igualmente reconciliados y unidos ante la ciudadanía, que
cooperen con sinceridad y entrega en la creación de
un estatuto constitucional y que cada oficial, cuyas
convicciones políticas no sean compatibles con lo anterior, deje, a fin de
mantener limpio el honor del ejército, de formar parte de él”. Sin
embargo, el ministro de la Guerra no permitió, pese a los acuerdos de la
Asamblea, la más mínima orden en tal sentido. Por dicha razón,
el diputado Stein reiteró su propuesta ante la Asamblea Nacional
en la
sesión del 7 de septiembre del mismo año. La mayoría de la Asamblea se adhirió a la requisitoria ante el ministro para que tal medida fuese adoptada
rápidamente. Durante el siguiente ministerio, el de Pfuel, la orden fue por último
modificada, aunque nunca llegó a aplicarse.
Vienen en seguida un fuego graneado de amenazas,
una tonante apelación al miedo de los pequeños burgueses, la amplia perspectiva
de un gobierno de terror, con guillotina, impuesto progresivo, confiscación de
bienes y bandera roja.
¡La Asamblea de Berlín
una Convención! ¡Qué ironía!
Pero esos señores no van del todo errados. Si el gobierno sigue como hasta aquí, no tardaremos mucho
en tener una Convención a la que se impondrá el cometido de aplastar por todos los medios
la guerra civil de nuestras veinte vendées272 y la inevitable guerra
con Rusia. ¡Claro está que, por el momento, no hemos salido aún de la parodia
de la Constituyente!
317
Pero ¿cómo los señores ministros que apelaron al
principio constitucional mantuvieron en pie este principio?
El 9 de agosto, dejan que la Asamblea se disperse
tranquilamente, creyendo de buena fe que los ministros ejecutarán el acuerdo
recaído. No piensan en hacer conocer a la Asamblea su repulsa y, menos aún, en
renunciar a sus cargos.
Se pasan cavilando todo un mes, hasta que, por
último, ante la amenaza de varias interpelaciones, hacen saber a la Asamblea,
sin rodeos, que, como es natural, no ejecutarán el acuerdo adoptado
por ella.
Y cuando, en vista de ello, la Asamblea conmina a
los ministros con la necesidad de ejecutar, a pesar de todo, dicho acuerdo, se
parapetan detrás de la Corona, suscitan un conflicto entre la Corona y la
Asamblea y provocan de este modo a que venga la República.
¡Y estos señores todavía hablan del principio
constitucional! Resumiendo: Ha surgido el inevitable conflicto
entre dos poderes iguales en derechos,
dentro de la fase de la provisionalidad. El
ministerio no ha sabido gobernar con suficiente energía y adoptar las
necesarias medidas de salud pública. La
Asamblea se limitó a hacer lo que debía, al requerir al ministerio a cumplir con su deber. Por su parte,
el ministerio presenta esto como una transgresión contra la Corona y compromete
a ésta, en el momento de renunciar. Corona y Asamblea se enfrentan. El “Pacto”
ha conducido al divorcio, al conflicto. Tal vez tengan que decidir las armas.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 102, 14 de septiembre
de 1848]
Colonia,
15 de septiembre. La crisis ministerial ha entrado en
una nueva fase; pero no por la llegada y
los baldíos esfuerzos del imposible señor Beckerath, sino por la revuelta militar de Potsdam y Ñauen.273 El
conflicto entre la democracia y la aristocracia ha estaliado en el seno
de la propia Guardia; los soldados ven en el acuerdo adoptado por la
Asamblea el día 7274 su liberación de la tiranía de los oficiales, y
dirigen a la Asamblea mensajes de gratitud y la aclaman.
318
Esto arranca a la contrarrevolución la espada de
las manos. Ahora ya no se atreverán a disolver la Asamblea y, no dando
este paso, no tendrán más remedio que transigir,
que ejecutar el acuerdo de la Asamblea y nombrar un ministerio
Waldeck.
Es probable que la revuelta de los soldados de Potsdam nos ahorre una revolución.
272 Véase supra, nota 175.
273 Revuelta militar de Postdam y
Ñauen: el 13 de septiembre de 1848 se sublevaron el primero y segundo
regimientos de Postdam contra las periódicas irregularidades de su
oficialidad. La razón principal fue la incautación de una carta de
adhesión dirigida al diputado Stein y la Asamblea Nacional prusiana ante
los acuerdos del 7 de septiembre (véase supra, nota 271),
que enviaron algunos oficiales.
En Ñauen la Guardia de
Infantería, estacionada en dicho lugar, se
negó, el 10 de septiembre de 1848, a
acatar el mandato de sus oficiales contra los ciudadanos.
274 Véase supra, nota 271.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 104, 16 de septiembre
de 1848]
319
LA LIBERTAD DE DELIBERACIÓN EN BERLÍN
COLONIA, 16 DE
SEPTIEMBRE. LA PRENSA CONTRARREVOLUCIONAria no cesa de afirmar, desde el
comienzo de la crisis, que la Asamblea Nacional, en Berlín, no puede deliberar
libremente.
El conocido corresponsal G. de la Gaceta de
Colonia, quien ejerce su cargo “interinamente, hasta que se le designe
sucesor”,275 se ha referido, sin molestarse en ocultar su miedo, a los
“ocho o diez mil
puños de los clubes” que en la sede de la Asamblea Nacional apoyan “moralmente” a sus amigos de las
izquierdas. El mismo o parecido griterío de queja lanzan otros
periódicos como la Gaceta de Voss276 y la de Spener, 277 y
el día 7 del presente mes el señor Reichensperger ha llegado a presentar
directamente una proposición para que la Asamblea se traslade de Berlín (¿tal
vez a Charlotemburgo?).
Otro periódico, la Gaceta Berlinesa dé la Lonja,278 publica
un largo artículo en el que se intenta refutar
aquella acusación. En él se dice que la gran mayoría en pro de la izquierda no
representa, en modo alguno, una inconsecuencia, comparada con la anterior
actitud vacilante de la Asamblea. Cabe demostrar
320
que la votación del día 7, aun por
parte de quienes antes habían votado siempre a favor de
los ministros, no se halla en contradicción con su conducta anterior y que, incluso, desde el punto de vista de aquellos
diputados, guarda una perfecta armonía
con su precedente actitud... [Quienes han evolucionado desde
el centro] vivían engañados; se imaginaban que los
ministros eran los ejecutores de la voluntad popular, veían en el empeño de los
ministros por mantener la paz y el orden la expresión de su propia voluntad,
de la voluntad de los diputados de la mayoría, y no se daban
cuenta de que los ministros sólo pueden inclinarse ante la
voluntad del pueblo cuando ésta no contradice a la voluntad de la Corona, pero
no cuando se opone a ella.
Así “explica”’ este periódico el sorprendente
fenómeno del repentino cambio de rumbo de muchos
miembros de la Asamblea, que de pronto se sobreponen a su modo de imaginarse las cosas y al engaño
en que vivían. La explicación, como se ve, no puede ser más inocente.
El articulista reconoce, sin embargo, que sí han mediado intimidaciones. Pero, a su juicio,
si las influencias de fuera han conseguido algo, ha
sido contrarrestar y nivelar en cierta medida las influencias y artes de
seducción ejercidas por los ministros, permitiendo así a los muchos diputados
débiles y sin sentido de independencia, dejarse llevar... de sus instintos
naturales.
Los motivos que guían a este periódico a justificar
moralmente ante la opinión, como lo hacen, a los miembros vacilantes del
centro, son bien claros: el artículo en cuestión no va dirigido tanto a los
mismos señores del centro como al público. Para nosotros, que tenemos el
privilegio de expresarnos sin miramientos y que sólo apoyamos a los
representantes de un partido a condición de que actúen revolucionariamente y
en la medida que lo hagan, no existen semejantes motivaciones.
321
¿Por qué no hemos de decirlo? Es indudable que, el día 7, los diputados del centro se dejaron intimidar
por las masas populares; si su miedo era fundado o no, no queremos prejuzgarlo.
275 Esta expresión proviene de otra similar, tomada del Mensaje del rey prusiano Federico Guillermo IV, del 10 de septiembre de 1848, ante la renuncia del ministerio. Se entiende que, con motivo de la renuncia, el rey le propuso al ministro que se mantuviera en
el cargo hasta la designación de un nuevo ministerio.
276 Vossische Zeitung: publicación
llamada así por su fundador, Christian Friedrich Voss, que la sostuvo desde
1751 hasta 1785 bajo el título de “Diario Berlínés del
reino por decreto real, y de
cosas ilustradas”. En los años cuarenta del
siglo XIX este diario adoptó una posición regularmente liberal.
277 Spenersche Zeitung: llamado también “Noticiario Berlínés del Estado y de cosas ilustradas”, que
se publicó en Berlín de 1740
a 1874. Durante la revolución de
1848-1849, este diario adoptó una posición en favor de la monarquía constitucional.
278 Berlíner Zeitung-Halle: diario
Berlínés publicado desde 1846 por Gustav Julius. En 1848-1849 fue un órgano de
la pequeña burguesía democrática.
El derecho de las masas populares democráticas a influir moralmente con su presencia sobre la actitud
de las asambleas constituyentes es un viejo derecho del pueblo revolucionario,
que desde las revoluciones inglesa y francesa no ha dejado ni puede dejar de
ejercerse nunca en los periodos
turbulentos. Al ejercicio de este derecho debe la historia casi todos los pasos enérgicos dados por esas
asambleas. Y si quienes se empeñan en no pisar jamás fuera del “terreno
jurídico”, y los medrosos y filisteos partidarios de la “libertad de
deliberación” claman y lloriquean en contra de eso, es sencillamente porque no
quieren adoptar nunca decisiones enérgicas.
“¡Libertad de deliberación!” No existe frase más
hueca que ésta. La “libertad de deliberación” se ve
atropellada por la libertad de prensa, por la libertad de reunión y de palabra, por el derecho del pueblo
a armarse. Esto, de una parte. Se ve atropellada, de otra parte, por el poder
público existente, depositado en manos de la Corona y de sus ministros: por el
ejército, la policía y los jueces llamados independientes, que dependen, en
realidad, de los ascensos de su carrera y de los cambios políticos.
La libertad de deliberación no pasa de ser, en cada
momento, una frase que sólo expresa una cosa: la
independencia de todas las influencias no reconocidas por la ley. Son solamente éstas las reconocidas,
el soborno y la corrupción, los ascensos, los intereses particulares, el miedo
a la disolución de las cámaras, etc., las que aseguran la verdadera “libertad”
de deliberación. Pero, en tiempos revolucionarios, esta frase carece completamente de sentido.
Cuando se enfrentan, pertrechados con todas sus armas, dos poderes, dos
partidos, y la lucha puede estallar en cualquier momento, los diputados tienen
que escoger entre estos dos caminos:
322
o colocarse bajo la protección
del pueblo, dejando que éste les dé de vez en
cuando una pequeña lección,
o colocarse bajo la protección de la Corona, retirarse a cualquier pequeña ciudad, deliberar a la sombra
de las bayonetas y los cañones o incluso al amparo del estado de sitio, en cuyo
caso no podrán protestar si la Corona y las bayonetas dictan sus decisiones.
Una de dos: o dejarse intimidar por el pueblo sin armas o dejarse intimidar por la soldadesca armada;
que la Asamblea elija.
La Asamblea Constituyente francesa se trasladó de
Versalles a París. La Asamblea del Pacto obraría perfectamente a tono con el
carácter de la revolución alemana trasladando su sede de la ciudad de Berlín a
Charlotemburgo.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 105, 17 de septiembre
de 1848]
323
LA INSURRECCIÓN EN FRÁNCFORT 279
[F. Engels]
COLONIA, 19 DE SEPTIEMBRE, 7 DE LA NOCHE. EL ARMISTICIO
germano-danés ha provocado la hecatombe. La más sangrienta de las
insurrecciones ha estallado en Fráncfort; los trabajadores de Fráncfort,
Offenbach y Hanau, y los campesinos de los alrededores defienden con su
vida el honor de Alemania, traicionado por la Asamblea Nacional y un
gobierno prusiano que ha dimitido vergonzosamente.280
324
La lucha aún no se ha decidido. Hasta ayer por la
noche, los soldados no parecían haber logrado muchos progresos. En Fráncfort,
exceptuando el Zeil y algunas otras calles y plazas, la
artillería no sirve de mucho. La caballería apenas puede maniobrar. Desde este
punto de vista las probabilidades favorecen al pueblo. Los de Hanau,
pertrechados con armas procedentes del arsenal tomado por asalto, se han sumado
a la lucha con la mitad de sus efectivos. Y lo mismo han hecho los campesinos
de numerosas aldeas de los alrededores. Hasta ayer por la noche, las tropas
sumarían aproximadamente 10 mil hombres, con poca artillería. La afluencia de
campesinos durante la noche debió de ser muy grande, en cambio acudieron pocos
soldados; los más cercanos alrededores aparecían libres de tropas. La actitud
revolucionaria de los campesinos de Odenwald, Nassau y el Electorado de Hesse
no permitía nuevos envíos de tropas, pues fueron interrumpidas las
comunicaciones. Si la insurrección se sostiene todavía el día de hoy, veremos tomar
las armas a todo el Odenwald, Nassau, el Electorado de Hesse y el Hesse renano,
así como a toda la población que se halla entre Fulda, Coblenza, Mannheim y
Aschaffenburg y que las tropas se niegan a sofocar la insurrección. ¿Y quién
responde por Maguncia, Mannheim, Marburgo, Kassel y Wiesbaden, ciudades todas
en las que el odio contra la soldadesca ha crecido enormemente a consecuencia
de los sangrientos excesos cometidos por las “tropas del Reich”? ¿Y
quién responde por los campesinos de las comarcas del Rin, que fácilmente
pueden impedir el envío de tropas por el río?
Y, sin embargo, debemos confesar que no tenemos
mucha fe en la victoria de estos valientes insurrectos. FRANCFORT es una ciudad
demasiado pequeña y la fuerza desproporcionada de las
tropas, así como las conocidas simpatías contrarrevolucionarias de la pequeña burguesía francfurtesa,
son demasiado notorias para que podamos concebir muchas esperanzas.
Pero aún cuando los insurrectos sucumbieran, aún no se habría perdido todo. La contrarrevolución se
tornará más soberbia, nos amenazará con el estado de sitio y con la represión,
suspendiendo por un momento la libertad de prensa, los clubes, las asambleas
populares, pero esto no durará mucho y el canto del gallo
galo281 anunciará la hora de la liberación, la hora de la justicia.
279 El primer artículo de esta serie no tiene título. Apareció en el suplemento de la Nueva Gaceta Renana; los demás artículos que siguieron
también se publicaron sin ningún índice de títulos.
280 Armisticio entre Prusia y
Dinamarca: después de largas negociaciones que se
extendieron por siete meses, el 26 de
agosto de 1848 fue concluido en Malmö (Suecia)
el armisticio entre Prusia y Dinamarca. En el tratado de este
armisticio se estipulaba que los territorios de Schleswig
y Holstein serían separados de Prusia y que Dinamarca
los anexionaría bajo un gobierno realmente proclamado,
resguardando dichos territorios con tropas holsacianas y del Schleswig. Estas
condiciones del tratado parecían favorecer a los demócratas
revolucionarios, pero fueron sin embargo los grandes señores daneses de la
región quienes, ante la situación de disolución de derecho imperante
en esos territorios, finalmente impondrían en realidad sus
condiciones sobre los dos ducados. Con ello, Prusia pasaría por alto,
legalmente, en nombre de los designios de la guerra, los propósitos de
la Confederación alemana. No obstante, la Asamblea Nacional de FRANCFORT
votó porque se pusiera fin a la negativa ante estas condiciones del
armisticio, el 16 de septiembre de 1848. Al día siguiente tuvo lugar una
manifestación de protesta en las calles de FRANCFORT del Meno contra esta
resolución. El 18 de septiembre surgía en las calles de la ciudad la lucha de
barricadas contra las tropas prusianas y austriacas.
281 El canto del gallo galo: Heinrich Heine compuso en marzo de 1831 una introducción para su texto “La aldea desposeída sobre la nobleza, en Cartas al conde M. von Moltke”, donde, al hablar de la revolución francesa de 1830, refirió: “El gallo galo ha lanzado ya
su segundo canto, y también Alemania lo hará un día”.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 107, 20 de septiembre
de 1848, Suplemento]
325
Colonia, 20 de septiembre. Las noticias recibidas
de FRANCFORT comienzan a confirmar poco a poco nuestros temores
de ayer. Parece seguro que los insurrectos han sido desalojados de FRANCFORT y
solamente se sostienen en Sachsenhausen, donde al parecer se han fortificado
poderosamente. La ciudad de FRANCFORT ha sido declarada en estado de sitio;
quien sea sorprendido con las armas en la mano o haciendo resistencia al “poder
del Reich” deberá comparecer ante un consejo de guerra.
Por tanto, los señores reunidos en la iglesia de San Pablo se hallan ahora en la misma situación de sus
colegas de París; pueden con toda tranquilidad reducir “al mínimo” los derechos
fundamentales del
pueblo alemán y al amparo del estado de sitio. El ferrocarril a Maguncia ha sido roto en muchos sitios,
y las tropas llegan tarde o nunca.
La artillería parece recibir el combate en las calles más anchas y abrir a las tropas un camino a espaldas
de las barricadas. El resto lo ha hecho el celo con que la pequeña burguesía de
FRANCFORT ha abierto sus casas a los soldados, adjudicándoles con
ello todas las ventajas de la lucha en las calles y la superioridad de las fuerzas enviadas por ferrocarril contra los lentos refuerzos de los campesinos, que
se desplazan a pie.
Pero, aun cuando la lucha no se encienda de nuevo
en Francfort, no por ello ha quedado sofocada, ni mucho menos, la insurrección.
Los furiosos campesinos no dejarán sin más sus armas. Aunque no puedan disolver
a la fuerza la Asamblea Nacional, tienen bastantes cosas que limpiar dentro de
su casa. La tormenta, desviada de la iglesia de San
Pablo, puede repartirse entre seis u ocho residencias,
entre centenares de tierras señoriales. La guerra campesina de esta primavera no llegará a su término
hasta que haya logrado el resultado que persigue: emancipar a los campesinos
del feudalismo.
326
¿Cómo explicarse las continuas victorias de la causa del “orden” en todos los puntos de Europa; cuáles
son las causas de la serie innumerable de derrotas sufridas por el partido
revolucionario en Nápoles, Praga y París hasta Milán, Viena y Fráncfort? La
explicación está en que todos los partidos saben que la lucha que se prepara en
todos los países civilizados es una lucha completamente distinta e
incomparablemente más importante que todas las revoluciones anteriores, porque
tanto en Viena como en París, en Berlín y en Fráncfort, en Londres y en Milán, se trata de derrocar el poder político de
la burguesía; de una revolución cuyas consecuencias inmediatas llenan
ya de espanto a todos los burgueses acomodados y especuladores.
¿Acaso hay todavía en el mundo un centro
revolucionario donde no haya tremolado desde las barricadas de los últimos
cinco meses la bandera roja, el símbolo de combate de los proletarios europeos
germanos?
También en FRANCFORT ha sido conquistado bajo la
bandera roja el Parlamento de los Junkers y los burgueses
coligados.
De aquí todas estas derrotas, porque la burguesía se ve directamente amenazada en
su poder político
e indirectamente en su existencia social por cualquier
insurrección que ahora estalle. El pueblo, en su
mayoría inerme, tiene que luchar no sólo contra el poder del Estado burocrático y militar organizado,
que ahora asume la burguesía, sino también contra la misma burguesía armada.
Frente al pueblo desorganizado y mal armado se alzan todas las demás clases de
la sociedad, magníficamente organizadas y dotadas de excelente armamento. A
ello se debe el que, hasta ahora, el pueblo se haya rendido y seguirá
rindiéndose siempre y cuando sus adversarios se vean debilitados —ya sea por la
necesidad de ocupar sus tropas en la guerra o porque surja entre ellos una división—
o un gran acontecimiento empuje al pueblo a un combate desesperado y
desmoralice a sus enemigos.
327
Un acontecimiento de estas características es el que se
está preparando en Francia.
Por eso no debemos desesperar si desde hace cuatro
meses las granadas vencen en todas partes a las
barricadas. Al contrario, cada victoria de nuestros adversarios representaba para ellos, al mismo
tiempo, una derrota;
estas victorias los dividen, no exaltan
al partido triunfante de los conservadores de febrero y marzo,
sino que al mismo tiempo acaban entregando el triunfo al partido del
poder, derrocado en febrero y marzo. La victoria de junio en París se ha limitado a preparar el comienzo para
la dominación de la pequeña burguesía de los republicanos puros; aún no han transcurrido tres meses
y la gran burguesía, el partido constitucional, amenaza con derrocar a
Cavaignac y con echar a los “puros” en los brazos de los “rojos”. Y así
sucederá también en Fráncfort: la victoria no favorecerá a los centristas
moderados, sino a las derechas; la burguesía dará la delantera
a los señores del Estado de los militares, los funcionarios y los Junkers, quienes
pronto saborearán los amargos frutos de su victoria.
¡Que les aproveche! Entre tanto, nosotros aguardaremos el momento en que suene en París la hora de
la liberación.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 108, 21 de septiembre de 1848]
328
EL MINISTERIO DE LA CONTRARREVOLUCIÓN 282
COLONIA,
22 DE SEPTIEMBRE. ¡POR FIN¡ EL MINISTERIO DEL PRÍNcipe de Prusia está ya listo
y la contrarrevolución se dispone a aventurar la última jugada decisiva.
Léase la siguiente carta de un diputado:
Berlín,
20 de septiembre, 10 de la noche. Acabamos de adquirir la certeza de que se
designará un ministerio totalmente contrarrevolucionario. (Sigue
la lista del ministerio, tal como la dábamos ayer, tomándola del número
extraordinario de la Gaceta de Halle)283 El nuevo ministerio
leerá en la sesión de mañana un mensaje del rey,
en el que se habla de la posibilidad de disolver
la Asamblea. Consecuencia de esto es una declaración de la
Asamblea constituyéndose en sesión permanente, lo que probablemente
desencadenará una revolución muy sangrienta. Todos los
partidos de la Asamblea Nacional se hallan reunidos con carácter permanente en
sus locales. El pueblo está excitadísimo. Wrangel ha pasado hoy revista a sus
tropas. ¡Todo se halla en tela de juicio!
329
Así pues, la Corona se coloca bajo la égida de los
Grandes del Reino y éstos se resisten contra el movimiento revolucionario de
1838. Los Quijotes de la Transpomerania, los viejos guerreros, los
terratenientes cargados de deudas, tendrán, por fin, la
oportunidad de lavar sus espadas cubiertas de
orín en la sangre de los agitadores.284 La Guardia coronada con la gloria
barata del Schleswig será la encargada de descargar el golpe decisivo contra la
revolución que atenta contra los derechos de la Corona, que pretende prohibir a
los oficiales del ejército urdir complots secretos y que, por la mano
inexorable de las medidas financieras, prepara un golpe “espantosamente audaz”285 contra la bolsa, ya
de suyo menguada, de los hidalgos de las Marcas. La Guardia tendrá ocasión de
vengarse de la vergüenza del 18 de marzo, dispersará a la Asamblea de Berlín y
los señores oficiales avanzarán por entre los tilos, saltando por encima de los
cadáveres de los revolucionarios.
¡Manos a la obra!
¡Adelante, con
Dios, por el rey y por la Patria!286
[Neue Rheinische Zeitung, núm. Nº, 23 de septiembre
de 1848]
282 De acuerdo con el decreto del rey Federico Guillermo IV del 21 de septiembre de 1848, el ministerio
Pfuel habría de formarse de la siguiente manera: Pfuel, primer ministro; Eichmann, ministro del Interior; Bonin, ministro de Finanzas; conde Von Donhoff, ministro
del Exterior, y Müller, ministro de Justicia. Es decir, se trató de un
ministerio de la reacción oficial y del ejército, que vendría a enfrentar
a la Asamblea Nacional apoyando a las fuerzas contrarrevolucionarias. Después
de la caída de Viena, el ministerio Pfuel sería reemplazado el 8 de
noviembre por el ministerio del conde De Brandeburgo, que orquestaría
la contrarrevolución dentro del reino.
283 Véase supra, nota 278.
284 Agitadores: así llamaban en
Alemania (1848-1849) los burgueses constitucionalistas a los demócratas
republicanos, y éstos a su vez llamaban a aquéllos llorones.
285 Espantosamente audaz: esta expresión fue utilizada por vez primera por el diputado Mathy y el presidente de Debates Gagern, en
las sesiones de la Asamblea Nacional de Francfort acerca de los trabajos
de la autoridad central en Alemania.
286 Véase supra, nota 206.
330
REVOLUCIÓN
EN VIENA
[C. Marx]
COLONIA, 11 DE OCTUBRE. EN SU PRIMER NÚMERO (l DE JUNIO), la Nueva Gaceta Renana informaba
desde Viena sobre la revolución que allí había estallado (el 25 de mayo). Hoy,
en
el primer número con que reaparece nuestro
periódico después de la interrupción provocada por el estado
de sitio en Colonia, publicamos la información sobre la
revolución vienesa de los días 6 y 7 de octubre, mucho más importante que la anterior. Las noticias detalladas sobre los sucesos de Viena nos
obligan a prescindir hoy de los artículos argumentando en torno a ellos. Pocas
palabras, pues, acerca de la revolución vienesa. Por los informes de nuestros
corresponsales en Viena se darán cuenta nuestros lectores de que esta
revolución amenaza, si no con fracasar, por lo menos con verse entorpecida en
su desarrollo ante la desconfianza de la burguesía hacia la clase obrera. Pero,
sea de ello lo que quiera, es lo cierto que su repercusión sobre Hungría, Italia y Alemania hace que se estrellen
todos los planes de campañas de la contrarrevolución. La huida del emperador y
de los diputados checos de Viena287 obliga a la burguesía vienesa a continuar la lucha, si no quiere rendirse a discreción.
331
La Asamblea de Fráncfort, que se dispone en estos
momentos a obsequiarnos a los alemanes, como dice el poeta, “un
presidio nacional y un látigo común”,288 despertará sobresaltada de
sus sueños, en
desagradable sacudida, gracias a los sucesos de Viena, y el gobierno de Berlín se convencerá de que el estado
de sitio no es una panacea universal. El estado de sitio ha dado la
vuelta al mundo, como la
revolución. Se acaba de intentar aplicar en gran escala el experimento a todo un evol, a Hungría. Pero
este intento, en vez de la contrarrevolución en Hungría, ha provocado la
revolución en Viena. Y el
estado de sitio ya no se repondrá de este fiasco. Se ha puesto
en evidencia para siempre. Es una ironía
del destino el que Cavaignac, el héroe occidental del estado de sitio, se convierta al mismo tiempo que
Jellachich en el blanco
de los ataques de todas las facciones salvadas por él en
junio a cañonazos. Sólo pasándose resueltamente al campo de la
revolución podrá seguirse manteniendo a flote todavía durante algún tiempo.
A continuación de las últimas noticias de Viena
reproducimos algunos mensajes de nuestros
corresponsales en torno al 5 de octubre y que son un eco de las esperanzas y los temores que en Viena
despierta la cuestión de Hungría.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 114,
12 de octubre de 1848]
287 Al comienzo de las sublevaciones
populares, en Viena, el emperador austriaco emprendió la huida el 7 de octubre
de 1849 hacia Olmütz. Asimismo, la mayoría de los diputados checos de la
Dieta imperial austriaca, que pertenecían al Partido Liberal Nacional,
tuvieron que huir a Praga.
288 Marx se refiere a
Heinrich Heine, Der Tannhäuser, cap. M.
332
EL
“RÉFORME” Y LA INSURRECCIÓN DE JUNIO
[C. Marx]
PARÍS. EL 29 DE JUNIO, POR SER, EXCEPTUANDO AL NORTHERN Star, e l único periódico europeo que
tuvo el valor y la penetración necesarios para valorar certeramente lo que significaba la revolución de
Junio, la Nueva Gaceta Renana no sólo fue desmentida, sino
denunciada.
Los hechos han ido confirmando nuestra manera
de ver, incluso ante los ojos de los más miopes, en la
medida en que el interés no se encarga de empañar la mirada.
En aquella ocasión, quedó también muy mal parada la prensa francesa. Los periódicos que mantenían
una actitud resuelta fueron suspendidos. El Réforme, el único
periódico radical al que Cavaignac permitió subsistir, balbucía excusas en
nombre de los magnánimos combatientes de junio y mendigaba del vencedor una
limosna de humanidad para los vencidos. Como es natural, el mendigo no era
escuchado. Y fue necesario que la victoria de junio llegara a su culminación,
que la prensa provincial no amordazada por el estado de sitio lanzase durante
varios meses sus diatribas y que el partido de Thiers289 resucitase a ojos
vista, para que el Réforme recobrara el juicio.
He aquí lo que dice, en su número del 18 de
octubre, con motivo del proyecto de amnistía para la extrema izquierda:290
Al bajar
de las barricadas, el pueblo no castigó a nadie. ¡El pueblo! Por aquellos días era el amo y señor, el
soberano, el vencedor; le besaban los pies y las manos, sus blusas eran
saludadas respetuosamente y aclamados sus nobles sentimientos. Y con razón.
Pues el pueblo fue magnánimo.
Hoy, el pueblo tiene a sus hijos y a sus hermanos
recluidos en las cárceles y en las galeras u obligados a comparecer ante
los consejos de guerra. Después de haber
agotado la paciencia del hambre, de ver pasar
tranquilamente por delante de él una población entera de ambiciosos
que había recogido en medio de la calle
y de contemplar cómo se alzaban los palacios; después de
abrir crédito a la república por espacio de
tres largos meses, llegó el día en que el pueblo perdió la
cabeza entre sus hijos extenuados por el hambre y
sus postrados y moribundos padres, y se lanzó a la batalla.
Lo pagó caro. Sus hijos cayeron abatidos por las balas. A los que sobrevivieron se los dividió en dos partes.
Una fue arrojada a los tribunales de guerra y otra enviada a la deportación sin
formación de proceso ni
averiguación alguna, sin derecho a defenderse, ¡sin juicio! Este método vindicativo es rechazado por todos
los países, incluso por el país de las cabilas.
Jamás, durante los veinte años de su existencia, se había atrevido la
monarquía a hacer nada semejante.
¡Los periódicos que especulan con dinastías,
embriagados por el olor de los cadáveres, se lanzaron entonces a la palestra,
rápidos y audaces, dispuestos al insulto contra los muertos, escupieron todas
las calumnias que la odiosa malignidad es capaz de inventar,
descuartizaron en su honor al pueblo antes de que se abrieran contra
él los procesos judiciales y arrastraron a los vencidos, muertos y vivos, ante
los tribunales de excepción; los denunciaron a la furia de los guardias
nacionales y del ejército, se convirtieron en corredores del verdugo, en esbirros de la tortura y en lacayos de los más furiosos apetitos
de venganza; inventaron crímenes, envenenaron nuestra mala estrella y
exaltaron hasta el refinamiento la mentira y la calumnia! [Véase la Nueva
Gaceta Renana del 1 de julio acerca del Constitutionnel francés,
de la Indépendance belga y de la Gaceta de Colonia.] El Constitutionnel abrió tienda, en la
que despachaba
289 El partido de Thiers: así llamaba Marx a los círculos realistas franceses reunidos en torno al periódico Le Constitutionnel. Como partidario de la
dinastía de los Orleáns, este grupo realista fue contrincante
de los republicanos burgueses y pequeñoburgueses y, en febrero de 1848, luchó por una monarquía con instituciones republicanas y, más tarde, por una República con instituciones monárquicas.
Después de la revolución de Junio en París, se fusionó más estrechamente con la
llamada oposición dinástica.
290 Este proyecto de amnistía para la extrema
izquierda fue propuesto en la sesión de la Asamblea Nacional francesa el 16
de octubre de 1848 por los diputados de este mismo partido, con el fin de
amnistiar a todos los presos políticos.
a manos llenas las más espantosas atrocidades y los
horrores más espeluznantes. Sabía perfectamente bien que mentía, pero ¡qué importaba!, ello cuadraba muy bien a su comercio y a su política y, comerciante
y diplomático al mismo tiempo, vendía los crímenes “al peso o por metros”, como
se quisiera. Pero este hermoso tráfico tenía que terminar
un buen día. Llovían las contradicciones y en las actas de los consejos
de guerra o en los comunicados de los transportes de presos no figuraba el nombre de un solo condenado
a galeras. Ya no había manera de degradar e insultar más la desesperación y,
por fin, el tendero guardó silencio, después de embolsarse las ganancias.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 123, 22 de octubre de 1838]
335
LA MEDIACIÓN ANGLO-FRANCESA EN ITALIA
[C. Marx]
COLONIA,
21 DE OCTUBRE. LA MEDIACION ANGLO-FRANCESA EN Italia ha sido
abandonada. La calavera de la diplomacia hace una mueca después de
cada revolución, sobre todo a raíz de las reacciones que siguen a ésta. La
diplomacia corre a esconderse de nuevo en su perfumado osario tan
pronto como se oye retumbar el trueno de una nueva revolución. La revolución
de Viena ha hecho que se esfumara la diplomacia
anglo-francesa.
Palmerston ha confesado su impotencia, y lo mismo ha hecho Bastide. La revolución de Viena ha puesto
punto final, según ellos mismos declaran, a la tediosa correspondencia cruzada
entre estos señores. Bastide se lo ha manifestado así, oficialmente, al
embajador sardo, marqués de Ricci.
Como éste le preguntara “si Francia, en ciertas
circunstancias, empuñaría las armas en favor de Cerdeña”,291 el farouchea republicano
Bastide (del National) le hizo una reverencia seguida de otra y
otra más y le cantó aquello de
a Furioso.
Confiad en mí y ayudaos a vosotros mismos
Si queréis que Dios os ayude.292
336
Francia, le dijo, se atiene al
principio de la no intervención, el mismo principio
contra el cual lucharon muchos años, viviendo de ello, Bastide y los
demás señores del National293 en tiempos de Guizot.
La “honrada” República francesa habría salido
mortalmente desacreditada de esta cuestión italiana, si los
acontecimientos de junio, preñados de destino, no la colocaran por encima de
todo posible oprobio.
“Ríen pour la gloire!”b dicen
los partidarios del comercio, suceda lo que suceda. Rien
pour la gloire!, es la divisa de la República virtuosa,
moderada, decente, acomodada, honesta; es una palabra de la República
burguesa. Rien pour la gloire!
B “Nada para la gloria”.
Lamartine era la idea que la República burguesa se formaba de
sí misma, la representación grandilocuente, fantástica, idealizada en
que se retrataba a sí misma, el
sueño de su propia grandeza.
¡Lo que puede la imaginación!... Como Eolo
desencadenaba todos los vientos abriendo su saco, Lamartine desencadenaba todos
los espíritus fantasmagóricos, todas frases retóricas sobre la
República burguesa y lanzaba a los cuatro puntos
cardinales sus palabras aladas sobre la fraternidad de los pueblos,
la emancipación que Francia llevaría a todas partes, la decisión de Francia de
sacrificarse por todos los pueblos.
Pero ¿qué hizo? ¡Nada!
De dar respuesta a sus frases con los hechos se
encargaron Cavaignac y su órgano hacia el exterior, Bastide.
Vieron sin inmutarse cómo se desarrollaban ante sus
ojos las espantosas escenas de Nápoles, de Messina y del Milanesado.
291 La Presse, núm. 4499, del 19
de octubre de 1848. La Presse: diario francés publicado en
París desde 1836. En 1848-1849 apoyaba a las facciones de
los republicanos burgueses, más tarde bonapartistas. De
1836 a 1857, Émile Girardin fue el redactor en jefe de este
diario.
292 Heinrich Heine, Alemania. Cuento de invierno, cap. XII.
293 Véase supra, nota 117.
Y, para que no cupiese ni la menor duda de que bajo la “honesta”
República seguía dominando la misma clase y,
por tanto, la misma política exterior que bajo la Monarquía constitucional, lo
mismo bajo Cavaignac que bajo Luis Felipe, se recurre, ante las discordias
entre los pueblos, al mismo viejo y eternamente nuevo artilugio de la entente
cordiale294 con Inglaterra, con la Inglaterra de Palmerston, con la
Inglaterra de la burguesía contrarrevolucionaria.
337
Pero la historia no puede olvidar los alardes de ingenio. Ha sido un redactor del National Bastide, quien
se ha visto obligado a estrechar convulsivamente la mano de Inglaterra. ¡Y
la entente cordiale era el
gran triunfo que el pobre anglófago, el National había puesto toda su vida sobre el tapete en contra de Guizot!
Sobre la lápida sepulcral de la “honesta” República se grabará este epitafio: Bastide-Palmerston.
Pero, hasta la entente cordiale de Guizot ha sido superada por la “honesta” República. La oficialidad de
la escuadra francesa ha aceptado el homenaje de un
banquete ofrecido por la oficialidad napolitana y,
sobre las ruinas todavía humeantes de Messina, ha brindado a la salud del rey
de Nápoles, del sanguinario tigre Fernando. Y sobre sus
cabezas revoloteaban las frases de Lamartine.
[Neue Rheinische Zeitung núm. 123, 22 de octubre de 1848]
294 Véase supra, nota 8.
338
LLAMAMIENTO DEL CONGRESO DEMOCRÁTICO AL PUEBLO ALEMÁN
[C. Marx]
COLONIA, 2 DE NOVIEMBRE. INSERTAMOS A CONTINUACION EL llamamiento, del “Congreso democrático”:295
¡Al pueblo alemán!
Durante largos y oprobiosos años gimió el pueblo
alemán bajo el yugo de la autocracia. Los sangrientos sucesos de
Viena y Berlín dan pie a la esperanza de que
su libertad y su unidad se conviertan en realidad,
de golpe. Las artes diabólicas de una reacción digna de ser maldita se han interpuesto ante esta evolución,
con la mira de hurtar al pueblo los frutos de su grandioso levantamiento.
Viena, el gran baluarte de la libertad de Alemania, corre en estos momentos el
mayor de los peligros. Sacrificada por las intrigas de una camarilla todavía
poderosa, se la quiere entregar de nuevo a las garras de la tiranía. Pero su
noble población se ha levantado como un solo hombre y se enfrenta, dispuesta
heroicamente, a morir ante las hordas armadas de sus opresores. La
causa de Viena es la causa de Alemania, es la causa de la libertad. La
caída de Viena sería la señal para que volviera a levantarse más alta que nunca
la bandera del viejo despotismo; su victoria será, en cambio, la muerte de
éste. De nosotros depende, hermanos alemanes, el que la libertad de Viena
no perezca, el que no sea aplastada por la fortuna de las armas de las
hordas bárbaras.
339
Es sagrado deber de los gobiernos alemanes acudir
con toda su influencia en socorro de la ciudad hermana acosada;
pero, es al mismo tiempo, deber sagrado del
pueblo alemán hacer todos los sacrificios necesarios
para salvar a Viena, en interés de su propia libertad y de su propia vida.
Jamás ni en modo alguno deberá exponerse a la ignominia de la sorda
indiferencia, en los momentos en que están sobre el
tablero los supremos valores, en que se juega
todo. Os exhortamos, por
tanto, hermanos alemanes, a que contribuyáis cada cual según vuestras fuerzas, a salvar a Viena de la catástrofe. Lo que hagamos por Viena
lo haremos por Alemania. ¡Prestad vuestra ayuda! Los hombres a
quienes enviasteis a FRANCFORT para instaurar la libertad han rechazado
con risotadas de escarnio el requerimiento de acudir en ayuda de Viena. ¡En
vuestras manos está ahora el actuar! ¡Exigid de vuestros gobiernos, con
vigorosa e inquebrantable voluntad, que sometiéndose a vuestra mayoría salven en Viena la causa alemana y la causa
de la libertad! ¡Volad! ¡Vuestra voluntad es ley! ¡En pie, hombres de la libertad! ¡En pie en todos los países
alemanes y dondequiera que la idea de la libertad y de la humanidad inflame los
nobles corazones! ¡En pie, antes de que sea tarde! ¡Salvad la libertad de
Viena, salvad la libertad de Alemania! ¡Vuestros contemporáneos os admirarán y
la posteridad os cubrirá de inmortal gloria!
29 de octubre de 1848.
El Congreso democrático de Berlín
Este llamamiento
suple la falta de energía revolucionaria con un
clamoroso patetismo de predicador, bajo el cual se oculta una
tremenda pobreza de pasión y de ideas.
Veamos algunas pruebas.
295 Este segundo Congreso democrático
tuvo lugar los días 26 a 30 de octubre de 1848 en la
ciudad de Berlín. En este Congreso fueron discutidos los
principios de la Constitución, los derechos humanos y los reglamentos de un
Comité central.
El llamamiento espera de las revoluciones de marzo en Viena y en Berlín que “conviertan en realidad, de
golpe, la libertad y la unidad” del pueblo alemán. En otras palabras: el
llamamiento sueña con “un golpe” que releve al pueblo alemán
de la “evolución” hacia “la libertad y la unidad”.
Pero, en seguida, vemos que el fantástico “golpe” llamado a suplir la evolución se convierte en la
“evolución” ante la que la reacción
trata de interponerse. ¡Frases que se disuelven
en sí mismas!
340
Prescindamos de la monótona repetición del tema
central: ¡Viena se halla en peligro y, con Viena, la
libertad de Alemania! ¡Ayudad a Viena y os ayudaréis a vosotros mismos! Pero esta idea no palpita con
sangre propia.
En efecto, se repite la misma frase
una y otra vez, hasta convertirla en un periodo oratorio. Es la retórica
chapucera en que cae siempre el patetismo falso y convencional.
De
nosotros depende, hermanos alemanes, el que la libertad de
Viena no perezca, el que no sea aplastada por la
fortuna de las armas de las hordas bárbaras.
Pero ¿qué hay que hacer para lograr eso?
Lo primero que se hace es llamar al sentimiento del deber de “los gobiernos alemanes” C’est
incroyable!a
a ¡Increíble!
Es sagrado deber de los gobiernos alemanes acudir con toda su influencia en socorro de la ciudad hermana acosada.
¿Se pretende que el gobierno prusiano envíe en contra de Auersperg, de Jellachich y de
Windischgrätz
a un Wrangel o a un Colomb o a un príncipe de Prusia? ¿Podía el Congreso “democrático” dejarse llevar
ni por un instante de esta actitud pueril y conservadora ante los gobiernos
alemanes? ¿Podía, ni por un solo instante, establecer una separación
entre la causa y los “sagrados intereses” de los gobiernos
alemanes y la causa y los intereses “del orden y la libertad croatas” ¿ Los gobiernos se limitan a sonreír,
placenteramente, ante estas ilusiones virginales.
¿Y el pueblo?
Al pueblo se le exhorta, en términos vagos, a “hacer todos los sacrificios para salvar a Viena”. Está bien.
Pero ael pueblo” espera del Congreso democrático objetivos concretos. Quien lo
exige todo no exige nada ni obtiene nada. La exigencia concreta,
el quid del asunto está en lo siguiente:
341
¡Exigid de vuestros gobiernos, con vigorosa e inquebrantable voluntad, que,
sometiéndose a vuestra mayoría, salven en Viena la causa alemana y la causa de
la libertad! ¡Volad! ¡Vuestra voluntad es ley! ¡En pie!
Aun suponiendo que se lograse, con grandiosas
manifestaciones populares, mover a los gobiernos a
dar ciertos pasos oficiosos para salvar a Viena, nos encontraríamos con la segunda edición de la “orden
de Stein a las tropas”.296 ¿Tratar de
utilizar a los actuales “gobiernos alemanes”
cual “salvadores de la libertad”, como si su verdadera misión y
su “deber sagrado” no consintieran en ser los ejecutores del Imperio, los arcángeles Gabrieles de la “libertad constitucional” ¿ El Congreso democrático haría mejor
en guardar silencio acerca de los gobiernos alemanes para no descubrir
comprometedoramente su conspiración con Olmütz y Petersburgo.
Y aunque el llamamiento aconseja “volar” y
no hay, en verdad, tiempo que perder, la fraseología humanística lo lleva a
remontarse sobre las fronteras de Alemania y sobre toda frontera geográfica
para flotar en el nebuloso reino cosmopolita de los “nobles corazones” en
general.
¡Volad! ¡En pie, hombres de la
libertad! ¡En pie
todos los países alemanes y dondequiera que la idea
de la libertad y de la humanidad inflame los nobles corazones!
No dudamos de que hasta en Laponia existirán “corazones” así.
296 Véase supra, nota 271.
¡En Alemania y dondequiera que sea! El llamamiento cobra su verdadera expresión al perderse en esta
vaga fraseología.
342
Es verdaderamente imperdonable que el “Congreso
democrático” haya podido suscribir semejante
texto. Puede estar seguro de que ni “los contemporáneos le admirarán”
ni “la posteridad le cubrirá de inmortal gloria” por
este llamamiento.
Confiemos en que, a pesar del “llamamiento del
Congreso democrático”, el pueblo despertará de su
letargo y prestará a los vieneses la única ayuda que aún puede aportarle en estos evolú: la derrota
de la contrarrevolución en su propia casa.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 133, 3 de noviembre de 1848]
343
TRIUNFA LA CONTRARREVOLUCIÓN EN VIENA
COLONIA, 6 DE NOVIEMBRE. HAN TRIUNFADO LA LIBERTAD Y EL orden
croatas, festejando su
victoria con incendios y asesinatos, violaciones, saqueos y atrocidades
e infamias incalificables. Viena se halla en manos de
Windischgratz, Jellachich y Auersperg. Montones de
víctimas humanas son arrojadas a la tumba del anciano Latour.
Se han confirmado todas las sombrías predicciones de nuestro corresponsal en Viena, y es posible que
él mismo, a estas horas, haya caído también en la matanza.
Por un momento, confiamos en que Viena pudiera
liberarse con la ayuda de los húngaros, los movimientos de cuyo ejército siguen
siendo para nosotros algo misterioso.
La caída de Viena ha sido preparada por toda suerte de traiciones. Toda la historia de la Dieta imperial y
del Consejo municipal desde el 6 de octubre a la fecha no es
más que una historia de traición ininterrumpida. ¿Quién estaba representado en
aquellos dos organismos?
La burguesía.
Una parte de la Guardia nacional de Viena tomó abiertamente partido por la camarilla ya a comienzos
de la revolución de Octubre. Y, al terminar esta revolución,
vemos a otra parte de la Guardia nacional luchando contra
el proletariado y la Legión académica297 en connivencia secreta con los
bandoleros imperiales. ¿A qué clase pertenecen estas facciones de la Guardia
nacional?
344
A la burguesía.
En Francia, la burguesía se puso a la cabeza de la contrarrevolución, una vez que hubo derribado todas
las barreras que se oponían a la dominación de su
propia clase. En Alemania marcha, presionada, a
la zaga de la monarquía absoluta y del feudalismo, antes de haber
asegurado ni siquiera las primeras condiciones de vida de su propia libertad y
dominación burguesas. En Francia, se levantó como déspota e hizo su propia
contrarrevolución. En Alemania se comporta como esclava y hace la
contrarrevolución de los déspotas que la humillan. En Francia, triunfó para
sojuzgar al pueblo. En
Alemania se sojuzga a sí misma, para evitar que el pueblo triunfe. No hay en
toda la historia nada más lamentable ni más ignominioso que la
burguesía alemana.
¿Quién huyó de Viena en tropel, confiando a la
generosidad del pueblo el cuidado de velar por las riquezas abandonadas,
para luego calumniarlo durante la fuga, en
pago de su servicio de vigilancia, y pasarlo a cuchillo, al
regreso de los fugitivos?
La burguesía.
¿Qué íntimos secretos delata el termómetro cuando
baja cada vez que respira el pueblo de Viena y
sube en cuanto salen de su garganta los estertores de la agonía? ¿Quién habla en el lenguaje cifrado de
las cotizaciones de la bolsa?
La burguesía.
La “Asamblea Nacional alemana”
y su “Poder central” han
traicionado a Viena. ¿A quién representan?
Representan, principalmente, a la burguesía.
La victoria del “orden y la libertad croatas” en Viena fue determinada por la victoria de la “honesta”
República en París. ¿Y quién triunfó en las jornadas de junio?
La burguesía.
297 Legión académica: organización
paramilitar formada por estudiantes universitarios vieneses y otras
organizaciones civiles radicales.
Con su triunfo en París comenzó la contrarrevolución europea a celebrar sus orgías.
345
En las jornadas de febrero y marzo fracasó en todas
partes la fuerza armada. ¿Por qué? Porque sólo
representaba a los propios gobiernos. Después de las jornadas de junio, triunfó en todas partes, porque
la burguesía se halla en todas partes en secreta connivencia
con ella, a la vez que sigue manteniendo en sus manos la dirección oficial del
movimiento revolucionario y pone en práctica todas aquellas medidas que dan
como fruto natural el aborto.
El fanatismo nacional de los checos era el arma más
poderosa de la camarilla de Viena. Los aliados se han ido ya
a las manos. Nuestros lectores encontrarán en este número la
protesta de la diputación de Praga contra las zafias groserías con que fue
saludada en Olmütz.
Es este el primer síntoma de la
guerra que estallará entre el partido eslavo, con su
héroe Jellachich, y el partido de la simple camarilla, que
está por encima de toda nacionalidad y tiene por héroe a Windischgrätz. A su vez, la población campesina alemana todavía no ha sido pacificada por Austria. Su
voz resonará, estridente, a través del concierto gatuno de los pueblos. Y, por
un tercer lado, llegan
hasta Pest los ecos de la voz del zar amigo de los pueblos: sus verdugos aguardan la orden decisiva en
los principados del Danubio.
Finalmente, el último acuerdo adoptado en FRANCFORT
por la Asamblea Nacional alemana,
incorporando a la Austria germana al Imperio alemán, provocaría por sí solo un conflicto pavoroso, si
el poder central de Alemania y la Asamblea Nacional alemana no considerasen
como su misión el aparecer en escena para verse silbados por el público
europeo. Pero, a pesar de su cristiana resignación, la lucha cobrará en Austria
proporciones gigantescas, como jamás las ha visto todavía la historia
universal.
En Viena acaba de representarse el
segundo acto del drama, cuyo primer acto se había puesto en escena en la
capital de Francia con el título de “Las jornadas de Junio” En
París, la Guardia Móvil, en Viena los “croatas”; en ambas capitales los lazzaroni, el
lumpenproletariado provisto de armas y a sueldo, contra el proletariado
laborioso y consciente. En Berlín, el lumpenproletariado no tardó
en asistir al tercer acto del drama.
346
Suponiendo que la contrarrevolución viviera en toda
Europa por las armas, moriría en toda Europa por el dinero. La fatalidad que daría al traste con la victoria sería la bancarrota europea, la bancarrota
del Estado. Contra los escollos “económicos” se quiebran como leños
podridos las puntas de las bayonetas.
Pero la marcha de las cosas no aguardará al
vencimiento de las letras de cambio libradas por los Estados europeos contra la
sociedad europea. En París se descargará el aplastante
contragolpe de la
revolución de Junio. Con la victoria de la “República roja” en París, los ejércitos que ahora aguardan en
el interior de los países partirán hacia las fronteras, las
cruzarán y se revelará con toda claridad el poder real de los
partidos en pugna. Y entonces nos acordaremos de los días de junio, y de los de
octubre, y también nosotros exclamaremos:
Vae victis.a 298
a ¡Ay del vencido!
Las estériles matanzas desatadas desde las jornadas
de junio y octubre, la tediosa orgía de sangre sostenida desde febrero y marzo
y el mismo canibalismo de la contrarrevolución se encargarán de convencer a los
pueblos de que sólo existe un medio para abreviar, simplificar y
concentrar los homicidas estertores agónicos de la vieja sociedad y los
sangrientos dolores puerperales de la sociedad nueva, un medio solamente:
el terrorismo revolucionario.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 136,
7 de noviembre de 1848]
298 Véase supra, nota 123.
347
[C. Marx]
COLONIA, 8 DE NOVIEMBRE. LA SITUACIÓN PARECE MUY COMPLIcada, pero es muy sencilla.
El rey, como ha dicho con razón la Nueva Gaceta Prusiana,300 se apoya “en la más amplia base” de su
“derecho originario por la Gracia de Dios”
De otra parte, la Asamblea Nacional no se apoya en base alguna, pues tiene ante todo que constituirse,
que sentar una base.
¡Dos soberanos!
Y, entre ellos, el eslabón intermedio, Camphausenyla Teoría del Pacto.301
Desde el momento en que ambos soberanos no quieran
o no puedan pactar, se convierten en dos soberanos enemigos. El rey tiene el derecho de
Asamblea, la Asamblea tiene el derecho de retar
al rey. Y tendrá más derecho quien demuestre tener más
poder. El poder se revela en la lucha. Y la lucha se
hace valer en la victoria. Ambos poderes pueden imponer su
derecho solamente por medio de la victoria, y su carencia de
derecho por medio de la derrota.
348
El rey no es, hasta ahora, un rey constitucional. Es,
por tanto, un rey absoluto, que puede decidirse o no decidirse a
abrazar el constitucionalismo.
La Asamblea no es, hasta ahora, una Asamblea constitucional,
sino meramente constituyente. Hasta ahora, sólo
ha tratado de constituir el constitucionalismo. Pero
puede desistir o no desistir de buscar ese camino.
Ambos, el rey y la Asamblea, se han
plegado por el momento a la ceremonia constitucional.
La exigencia del rey de formar a su antojo un ministerio Brandeburgo contra la mayoría de la Cámara,
es la exigencia de un monarca absoluto.
La arrogancia de la Cámara al
prohibir al rey por medio de una diputación directa la formación
de un ministerio Brandeburgo es la arrogancia de una Cámara
absoluta.
Tanto el rey como la Cámara han
atentado contra el pacto constitucional.
Tanto el rey como la Cámara se han
replegado sobre su terreno originario:
el rey conscientemente, la Cámara sin conciencia de su acto.
Las ventajas están de parte
del rey. El derecho está de parte del poder. La frase jurídica está de
parte de la impotencia. El ministerio Rodbertus sería
el cero a la izquierda en el que se contrarrestan y paralizan el más y el
menos.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 138, 9 de noviembre
de 1848]
299 Este artículo y el siguiente, titulado “La
contrarrevolución en Berlín”, de Marx, fueron consecuencia inmediata ante
la preparación e inicio del movimiento contrarrevolucionario de parte del Estado prusiano. El 8 de noviembre de 1848 el ministerio Pfuel fue depuesto por el rey, dando así lugar al ministerio contrarrevolucionario de Brandeburgo-Manteuffel. El 9 de noviembre sería
difundido un “Mensaje supremo”, de
parte del rey prusiano, referente a la
Asamblea Nacional prusiana, a través del cual se indicaba el aplazamiento de la Asamblea y su traslado de Berlín, capital del reino, a la pequeña ciudad provincial de Brandeburgo. Éste
fue el comienzo del golpe de Estado, que disolvió la Asamblea
Nacional de Berlín y el otorgamiento de una Constitución el 5 de
diciembre de 1848.
300 Neue Preussische Zeitung: diario
publicado en Berlín desde junio de 1848; fue el órgano de la camarilla
palaciega contrarrevolucionaria y de los Junkers prusianos.
Se le conocía también bajo el nombre de la Gaceta de la Cruz.
301 Véase supra, nota 40.
349
LA CONTRARREVOLUCIÓN EN BERLÍN
[C. Marx]
COLONIA, 11 DE NOVIEMBRE. EL MINISTERIO PFUEL ERA
UN “MALentendido”; su sentido real es el ministerio
Brandeburgo. El ministerio Pfuel era solamente el índice: el
ministerio Bran
deburgo es el contenido. “Brandeburgo a la Asamblea y la Asamblea a Brandeburgo”302
Así reza el epitafio de
la dinastía de la Casa de Brandeburgo303
El emperador Carlos V produjo la admiración del
mundo por haberse hecho enterrar vivo.304 Pero el hacer esculpir un chiste
malo en su propia lápida sepulcral supera al emperador Carlos V con su
Ordenanza criminal carolingia, la de las penas más atroces.
“¡Brandeburgo a la
Asamblea y la Asamblea a Brandeburgo!”
Un día apareció en la Asamblea un rey de Prusia. No
era el verdadero Brandeburgo. El marqués de Brandeburgo que se presentó en la
Asamblea anteayer era el verdadero rey de Prusia.
¡El cuerpo de guardia a la Asamblea y la Asamblea al cuerpo de guardia! O lo que es lo mismo:
¡Brandeburgo a
la Asamblea y la Asamblea a Brandeburgo!
¿O logrará la Asamblea en Brandeburgo —Berlín
pertenece, como es bien sabido, a la provincia de Brandeburgo— llegar a
mandar... sobre el Brandeburgo en la Asamblea? ¿Buscará
Brandeburgo amparo en la Asamblea, como en otra Asamblea lo buscó un día
Capeto?305
¡Brandeburgo a la Asamblea y la Asamblea a
Brandeburgo!, es una frase con
múltiples significados, ambigua, preñada de destino. Sabido
es que los pueblos ajustan sus cuentas con
los reyes de un modo infinitamente más fácil que con
las asambleas legislativas. La historia contiene un catálogo
de sublevaciones fallidas del pueblo contra las asambleas nacionales. Sólo
ofrece dos grandes excepciones. El pueblo inglés pulverizó el Parlamento
largo en la persona de Cromwell, y el pueblo francés hizo
polvo el cuerpo legislativo en la persona de Bonaparte. Pero
el Parlamento largo no era ya, desde hacía mucho tiempo, más
que un tronco decapitado, y el cuerpo legislativo hacía ya
mucho tiempo que no era más que un cadáver.
¿Son los reyes más afortunados que
los pueblos en las revueltas contra las asambleas legislativas? Carlos
I, Jacobo II y Luis XVI y Carlos X son
figuras de antepasados poco prometedoras. En cambio, en
España y en Italia encontramos antepasados más risueños. ¿Y últimamente en Viena?
No debe, sin embargo, olvidarse que en Viena se ha
reunido un Congreso de los pueblos y que los representantes
de los pueblos eslavos, exceptuando a los polacos, entraron
a los sones de la música en el campamento imperial.306
302 Alusión a unas palabras del rey
Federico Guillermo IV, en relación al ministerio
Brandeburgo: “Brandeburgo en la Asamblea o la Asamblea en
Brandeburgo.” La Nueva Gaceta Prusiana las consignó en su
número del 9 de noviembre de 1848, diciendo: “Brandeburgo a la
Asamblea y la Asamblea a Brandeburgo”.
303 La Casa de Brandeburgo pertenece a la
dinastía de los Hohenzollern, la cual recibió en herencia, el
año 1417, el margraviato de Brandeburgo.
304 El emperador Carlos V dispuso, al final de
su vida, la celebración de las ceremonias solemnes de su sepelio y tomó
parte en ellas.
305 El monarca francés Luis XIV (Luis
Capeto) buscó, durante la sublevación popular del 10 de agosto de 1792,
que dio al traste con la monarquía, protección en la Asamblea
Nacional. En los siguientes días, el rey fue detenido. La Convención compuso
un tribunal para juzgar a Luis XVI, que lo declaró culpable de
conspirar contra la libertad de la nación y la seguridad del
Esta do, condenándolo a la pena de muerte.
306 La mayoría de los diputados eslavos a la Dieta imperial austríaca de 1848 pertenecían a los círculos liberales de los burgueses y
los propietarios,
partidarios más tarde de la cuestión nacional por
medio de la conservación y consolidación de la monarquía
351
La guerra de la camarilla vienesa contra la Dieta
imperial era, al mismo tiempo, la guerra de la Dieta imperial eslava contra la alemana. En cambio, en la Asamblea de Berlín no hacen la escisión los eslavos,
sino solamente los esclavos, y los esclavos no son un partido,
son, a lo sumo, la rémora de un partido.
Las derechas expulsadas de Berlín307 no aportan fuerza alguna al campo enemigo, sino que le infectan
un morbo mortal, el morbo de la traición.
En Austria ha triunfado el
partido eslavo con la camarilla, y ahora luchará contra
la camarilla por el
botín de la victoria. Si triunfa la camarilla Berlinesa, no tendrá que compartir el triunfo con las derechas ni
hacerlo valer en contra de ellas; se limitará a darles
una propina y ... unos cuantos puntapiés.
La corona prusiana está en su derecho al
tratar a la Asamblea como una Corona absoluta. Pero la
Asamblea no está en el suyo al no tratar a la Corona como una Asamblea absoluta. Lo primero que tenía
que hacer era mandar encarcelar a los ministros como reos
de alta traición, como traidores contra la soberanía del
pueblo. Proscribir a todo funcionario que
obedezca otras órdenes que no sean las suyas.
Podría ocurrir, sin
embargo, que la debilidad política con
que actúa en Berlín la Asamblea Nacional se
convirtiera en su fuerza burguesa en las provincias.
A la burguesía le habría gustado mucho haber podido convertir la monarquía feudal en una monarquía
burguesa por la vía pacífica. Después de arrebatar al
partido feudal los blasones y los títulos que
atentaban contra el orgullo burgués y los emolumentos feudales nacidos de la propiedad feudal, y que
eran incompatibles con el régimen
de la propiedad burguesa, de buena gana se habría desposado con
el partido feudal para sojuzgar en unión de él al pueblo. Pero la vieja
burocracia no quiere rebajarse al papel de servidora de una burguesía de la que
hasta ahora ha venido siendo despótica dueña y señora. El partido feudal no
quiere quemar sus títulos ni sus intereses sobre el altar de la burguesía.
Por último, la Corona ve en los elementos de la vieja sociedad feudal, de la que ella constituye el brote
más alto, el verdadero terreno social en que la monarquía tiene sus raíces, considerando en
cambio la burguesía como un suelo artificioso y extraño que sólo la
sostiene a ella, a la Corona, a condición de que decaiga y degenere.
352
La burguesía convierte la
embriagadora “Gracia de Dios” en un prosaico título
jurídico, la dominación
de la sangre en la de un simple papel, el esplendoroso sol de la realeza en una lámpara burguesa astral.
La monarquía no se dejó, pues, engatusar por la burguesía. Contestó a su revolución a medias con una
contrarrevolución total. Y, al rechazarla, echó a la burguesía en
brazos de la revolución, en brazos del pueblo, con el grito de
“¡Brandeburgo a la
Asamblea y la Asamblea a Brandeburgo!”
Aun reconociendo que no esperamos de la burguesía
una respuesta a tono con la situación, no podemos abstenernos de señalar, por
otra parte, que también la Corona, en su rebelión contra la Asamblea Nacional,
recurre a hipócritas soluciones a medias y esconde su cabeza bajo la apariencia
constitucional, en el momento en que trata precisamente de desembarazarse de
esta molesta apariencia.
Brandeburgo hace que el poder central de Alemania le dé la orden para ejecutar su golpe de Estado. Los
regimientos de la Guardia han entrado en Berlín por órdenes del poder
central. La contrarrevolución Berlinesa se
ha desencadenado siguiendo una orden
de éste. Brandeburgo ordena a FRANCFORT que le expida esta
orden. Francfort reniega de su soberanía en el momento mismo en que trata de implantarla. Como es natural, el señor Bassermann toma con las dos manos la ocasión que se le ofrece
para hacer que el criado represente
el papel de señor.
Y tiene, al mismo tiempo, la satisfacción
de que el señor desempeñe, a su vez, el papel del criado.
de los Habsburgos y de una transformación
conducente a una federación con iguales derechos para todos los eslavos de
las distintas nacionalidades.
307 El 9 de noviembre de 1848 sería dado a
conocer un “Mandato real” en relación a la Asamblea Nacional prusiana sobre
el aplazamiento y traslado de sus miembros. Además de ello, la
mayoría de los diputados del ala derecha aceptó sumisamente dicho traslado
de la Asamblea.
353
Como quiera que caigan los dados en Berlín, ha sido
formulado el dilema: o el rey o el pueblo, y
el pueblo vencerá al grito de “¡Brandeburgo a la Asamblea o la Asamblea
a Brandeburgo!” Podemos aún pasar por una dura escuela, y ésta es la
escuela preparatoria de la revolución total.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 141, 12 de noviembre de 1848]
Colonia, 11 de noviembre. La revolución europea describe un círculo. Comenzó en Italia, cobró en París
carácter europeo, en Viena produjo su primera repercusión la revolución de
Febrero y en Berlín repercutió la revolución de Viena.
En Nápoles, Italia, descargó su primer golpe la
contrarrevolución europea; en París —jornadas de junio— cobró ésta
carácter europeo, en Viena repercutió por vez primera la contrarrevolución de
Junio y en Berlín se consumó y se comprometió. Desde París, el gallo
galo volverá a despertar con su canto a toda Europa.308
Pero, en Berlín, la contrarrevolución se
compromete. En Berlín se compromete todo, incluso la contrarrevolución.
En Nápoles, los lazzaroni,309 aliados al monarca, se lanzan
contra la burguesía.
En París, asistimos al más grande combate histórico que jamás se haya producido. La burguesía, aliada
a los lazzaroni, se lanza contra la clase obrera.
En Viena, vemos todo un enjambre
de nacionalidades que barruntan su emancipación en la contrarrevolución.
Además, los amaños secretos de la burguesía contra los obreros, y la Legión
académica.310 Se lucha en el seno de la misma Milicia Cívica. Por último,
se lanza al ataque el pueblo, dando con ello pretexto al ataque por parte de la
Corte.
354
En Berlín, nada de todo eso. Aquí, de un
lado la burguesía y el pueblo; del otro, los suboficiales.
Wrangel y Brandeburgo, dos hombres sin cabeza, sin corazón, sin tendencia, nada más que bigotes: es
el reverso de esa Asamblea Nacional plañidera, juiciosa e incapaz de tomar
resoluciones.
¡Decisiones! — aunque sea la decisión de un asno, de un buey o
de unos bigotes— : he allí el único
requisito, frente a las irresolutas plañideras de la revolución de Marzo. Y la Corte prusiana, incapaz de
cualquier decisión, ni más ni menos que la Asamblea Nacional, busca
a los dos hombres más tontos del reino y les
dice a estos leones: ¡Haceos cargo de la decisión! Pfuel
conserva todavía algunos granos de cerebro.
Pero los razonadores de las conquistas de Marzo retroceden
aterrados ante la absoluta imbecilidad.
Contra los tontos se estrellan en
su lucha hasta los dioses,311exclama, afectada, la Asamblea Nacional.
Y estos Wrangel y estos Brandeburgo, estos cráneos tapiados, capaces de una decisión, porque ésta no
es la suya propia, porque deciden lo que otros les ordenan, porque
son demasiado tontos para engañarse en el cumplimiento de órdenes que les dan
con tronante voz y tembloroso labio, se comprometen también
cuando se trata de algo más que de topar sus cráneos, es de lo
único que son capaces estos arietes humanos.
Wrangel no sabe más que confesar que sólo conoce una Asamblea Nacional que desafía al orden.
Brandeburgo toma clases de decoro parlamentario y, después de sublevar a la Cámara con su rudo y
308 Véase supra, nota 281
309 Véase supra, nota 82
310 Véase supra, nota 297.
311 Marx alude a la obra
de Schiller, La joven de Orleáns, Acto Tercero, escena sexta.
repelente dialecto de suboficial,
“supertiraniza al
tirano” y desafía a la Asamblea Nacional
con el orden,
pidiendo en el tono más humilde la palabra que se propone, además, usar inmediatamente312
355
Prefería ser un piojo entre los vellones de la oveja
Que cometer semejante valiente necedad.313
La tranquila actitud de Berlín nos regocija: contra
ella se estrellan los ideales de la suboficialidad prusiana.
Pero ¿y la Asamblea Nacional? ¿Por qué no pronuncia la proscripción; por qué no declara a los Wrangel
fuera de la ley; por qué no se levanta un diputado entre las bayonetas de
Wrangel y declara a éste proscrito, y arenga a la soldadesca?
La Asamblea Nacional de Berlín
debiera hojear el Moniteur314 los años 1789 a 1795.
¿Y qué hacemos nosotros en estos momentos?
Rechazamos el pago de los impuestos. Personas como Wrangel y Brandeburgo comprenden —pues son
individuos que aprenden el árabe de los Hyghlands— 315 que arrastran
una espada y reciben un uniforme y un sueldo. Lo que no saben es de
dónde salen el sueldo, el uniforme y la espada.
Solo hay un medio para derrotar a la
Monarquía, concretamente
hasta que llegue el periodo de la antirrevolución de Junio en
París, que se producirá en diciembre.316
La monarquía no desafía solamente al pueblo; desafía
también a la burguesía.
356
Hay que derrotarla, pues, a la manera burguesa.
¿Y cómo se derrota a la manera burguesa a la monarquía?
Condenándola al hambre.
¿Y cómo se la condena al hambre?
Negándose a pagar impuestos.
¡Fijaos bien en esto! Entre todos
los príncipes de Prusia, todos los Brandeburgo y los Wrangel
son incapaces de producir un pan de munición. Sois
vosotros quienes lo producís todo, incluso esto.
[Neue Rheinische Zeitungynúm. 141, 12 de noviembre de 1848,
2ª edición]
Colonia,
13 de noviembre. Así como en su día la Asamblea Nacional francesa, al serle
clausurado el
local oficial en que se reunía, hubo de proseguir sus sesiones en la Casa de Juego de Pelota, la Asamblea
Nacional prusiana se ve obligada ahora a reunirse en la Casa de los
Artilleros.317
312 Acerca de la caída del ministro
Brandeburgo en la Asamblea Nacional prusiana el 9 de noviembre de 1848, puede
verse el “Informe estenográfico sobre las negociaciones para el acuerdo
del Estado y la Constitución prusianos y los trabajos de la Asamblea”.
313 Marx alude a la obra
de Shakespeare, Troilo y Cresida, Acto Tercero, escena tercera.
314 Le Moniteur Universel: diario
francés publicado en París de 1789 a 1901. De 1799 a 1814 fue el órgano oficial
del gobierno. Durante toda la Revolución francesa, este diario publicaba
los informes de las sesiones parlamentarias.
315 El 3 de noviembre de 1848, la Gaceta de Colonia publicó un texto en que se trataba acerca de una imaginaria rama africana de
los “Hyghlands”, una extraña mezcla entre
hombre y mono. “Muchos de ellos — se
decía— aprenden la lengua árabe.”
316 En diciembre de 1848, de acuerdo
con la Constitución francesa del 4 de noviembre de ese año, debían
celebrarse elecciones para presidente de la República. La Constitución
facultaba al presidente como jefe máximo del poder ejecutivo con los
más extensos poderes para deponer la radical
posición contrarrevolucionaria de la burguesía dominante, a
partir de la insurrección del proletariado parisino en junio de 1848. Como
se sabe, el resultado de las elecciones del 10 de diciembre favoreció a
Luis Bonaparte como presidente de la República francesa.
317 Cuando, finalmente, la mayoría de los diputados respondió al “Mandato real” respecto al aplazamiento de la Asamblea
Nacional y su
traslado de Berlín a
Brandeburgo, las sesiones en Berlín aún continuaban, por
lo que el 10 de noviembre de 1848
El acuerdo adoptado en la Casa de los Artilleros y
del que damos cuenta en nuestro número extraordinario de esta mañana, según la
información de nuestro corresponsal en Berlín y por virtud del cual se declara
a Brandeburgo reo del delito de alta traición, no figura entre los
informes de la Gaceta de Colonia.318
Sin embargo, acabamos de recibir la carta de
un miembro de la Asamblea Nacional, en la que se
dice, literalmente:
La Asamblea Nacional ha declarado por
unanimidad (242 votos) que, con
esta medida (la disolución de la Milicia Cívica) y
Brandeburgo ha incurrido en delito de alta traición, del que se hará también
reo quien coopere activa o pasivamente a la ejecución de dicha medida.319
347
Nadie puede dudar el apego a la verdad de las informaciones de
Dumont. Al declararse a Brandeburgo de alta traición por acuerdo de la
Asamblea Nacional, cesa por sí misma la obligación de pagar impuestos. No hay por qué pagar impuestos
a un gobierno reo de alta traición. Mañana informaremos detalladamente a nuestros lectores de cómo
se procede, con la denegación de pago de impuestos, ante
conflictos parecidos, en Inglaterra, el más viejo país constitucional
del mundo.320 Por lo demás, ya el mismo gobierno de alta
traición se ha encargado de marcar al pueblo el camino justo, al
denegar inmediatamente el pago de impuestos a la Asamblea Nacional (el
pago de dietas, etc.), tratando de reducirla por el hambre.
El diputado a quien más arriba aludimos nos escribe, además:
La Milicia Cívica no entregará
sus armas.
La lucha parece, pues, inevitable, y la provincia renana
se halla obligada a acudir con hombres y con armas en auxilio de la Asamblea
Nacional de Berlín.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 142, 14 de noviembre de 1848]
la Asamblea Nacional se trasladó desde
su ex sede a la “Casa de los Artilleros”, donde
sesionó del 11 al 13 de noviembre de e se año.
318 Véase supra, nota 43.
319 Esta resolución de la Asamblea Nacional prusiana surgió en la sesión del 11 de noviembre de 1848, que tuvo lugar en la “Casa de
los Artilleros” de Berlín.
320 En el núm. 142 (segunda entrega) y en el núm. 143, del 14 y 15 de noviembre
de 1848 de la Nueva Gaceta Renana, se publicó
el artículo de Georg Weerth, titulado “La denegación de impuestos en Inglaterra con motivo de la ley de reforma en el año 1832”.
358
[CAVAIGNAC Y LA REVOLUCIÓN DE JUNIO] 321
[C. Marx]
E. GIRARDIN TRAZA UNA LAMENTABLE APOLOGÍA DEL
CRETINO imperialista Luis Napoleón, el “pequeño condestable”;322 en cambio, se muestra amable en su ataque a Cavaignac, la espada del señor
Marrast. Desde el 7 de noviembre publica por entregas una filípica contra
el héroe de la burguesía europea, que se ha prendado de su
gorro árabe de dormir. 323 Con toda su felonía, le sacrifica al Sipehsalar (comandante
en jefe) Jellachich, que es ahora el león de
los trapícheos de Europa.
A Acta de acusación.
Damos a conocer a nuestros lectores, íntegra,
el acte d’accusationa de la Presse,324 Enfrentándonos
a todos los periódicos europeos de grande y
pequeño formato, nosotros hemos concebido la revolución
de Junio tal y como ha sido confirmada por la historia. Nos proponemos volver de vez en cuando sobre
los aspectos fundamentales de ella, pues la revolución de Junio es el
centro en torno al cual giran la revolución y la contrarrevolución
europeas. El alejamiento de la revolución de Junio marcó, como hubimos de
expresar mientras se desarrollaba, la altura del sol de la contrarrevolución,
obligado a girar alrededor de Europa. La vuelta a la revolución de Junio
constituye el verdadero inicio de la revolución europea. Y, por tanto, el
retorno a Cavaignac, al inventor del estado de sitio.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 142, 14 de noviembre de 1848, 2ª edición]
321 Este texto lo publicó Marx como introducción a una serie de artículos reunidos bajo el título de “El señor Cavaignac”, aparecida en
los núms. 142 (segunda entrega), 145 (suplemento extraordinario),
146,147 (segunda entrega), 157 (suplemento) y 158 de la Nueva
Gaceta Renana de los días 14,17,18 y 19 de noviembre y 1 y 2 de
diciembre de 1848.
322 Pequeño condestable: sobrenombre
de Luis Bonaparte. Esta expresión se escuchaba durante la emigración inglesa de
los condestables especiales. Al mismo tiempo, hacía alusión al
mote de “pequeño caporal”, que Napoleón Bonaparte había
dado al soldado francés.
323 Gorro árabe de dormir: alusión a la participación del general francés Cavaignac en la conquista de Argel y a su actividad como
gobernador de ese territorio en 1848, durante la cual reprimió sangrientamente los movimientos nacionales de liberación de los árabes.
324 Véase supra, nota 291.
360
¡¡NO MÁS IMPUESTOS!!
[C. Marx]
COLONIA,
16 DE NOVIEMBRE. HAN DEJADO DE APARECER TODOS los periódicos de Berlín, con
excepción del Anunciador del Estado Prusiano,325 la Gaceta
de Voss326 y la Nueva Gaceta Prusiana327
Se ha procedido al desarme de la Guardia Cívica en
el barrio del Consejero,328 pero solamente en
éste.
Es el mismo batallón que el 31 de octubre asesinó villanamente a los constructores de máquinas.329 El
desarme de este batallón beneficia a la causa del pueblo.
La Asamblea Nacional ha vuelto a ser expulsada por
la fuerza de las armas, esta vez de la Casa del Consejo de
Colonia. 330 De allí se ha trasladado al Hotel Mielenz, donde por
último ha adoptado unánimemente, por 226 votos, el acuerdo
de denegación de impuestos,331 que dice así:
361
El ministerio Brandeburgo carecerá de autoridad
para disponer de losfondos del Erario público y para percibir impuestos,
mientras la Asamblea Nacional no pueda seguir celebrando sus sesiones
libremente en Berlín.
Este acuerdo
entrará en vigor a partir del 17de
noviembre. Asamblea Nacional 15 de noviembre
¡¡A partir del día de hoy, quedan, pues, suprimidos
los impuestos!! ¡El pago de impuestos constituye un delito de alta traición y
el negarse a hacerlos efectivos un deberprimordial del ciudadano!
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 145, 17 de noviembre de 1848. Suplemento extraordinario]
325 Preussischer Staats-Anzeiger: órgano oficial del gobierno prusiano, que
fue publicado desde mayo de 1848 a julio de
1851 en la ciudad de Berlín. Desde
1819 hasta abril de 1848, el órgano oficioso del gobierno prusiano lo
había sido la Gaceta General
del Estado Prusiano.
326 Véase supra, nota 276.
327 Véase supra, nota 300.
328 El llamado cuarto Consejero secreto estaba emplazado en el sudeste de Berlín, y sería el principal de sus habitantes prusianos.
329 El 31 de octubre de 1848 tuvo lugar en
Berlín una manifestación de protesta contra los desmanes de la
contrarrevolución austriaca durante la disolución de los levantamientos
populares en Viena. Éstos finalizaron con el provocador asalto por
parte del octavo Batallón de la Guardia Cívica contra los inermes obreros constructores de
máquinas. La reacción prusiana aprovechó esta
provocación para que el ministerio Pfuel fuera reemplazado, en un abierto
movimiento de contrarrevolución, por el ministerio Brandeburgo.
330 La Casa del Consejo o Alcaldía de Colonia
estaba situada en el centro de la ciudad de Berlín. A mediados del siglo
XIX conservaba el antiguo nombre de Colonia o Vieja Colonia. La Casa del Consejo sesionó por primera vez desde el 14 de noviembre de
1848 hasta el año de 1890, año en que fue disuelta.
331 La denegación de impuestos fue decidida por la Asamblea Nacional prusiana en su sesión del 15 de
noviembre de 1848 en el
salón del Hotel Mielenz. (Véase supra el artículo de Marx, “La
contrarrevolución en Berlín”)
362
EL MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO EN ITALIA
[C. Marx]
COLONIA, 29 DE NOVIEMBRE. POR FIN, DESPUÉS DE SEIS MESES DE derrotas casi ininterrumpidas
de la democracia y de una serie de gigantescos triunfos de la
contrarrevolución, vuelven a
manifestarse síntomas anunciadores de que pronto triunfará en Italia el partido revolucionario. Italia,
el país cuyo levantamiento sirvió de preludio a la revolución europea de 1848 y cuyo colapso preludió
la caída de Viena, se levanta ahora por segunda vez. Toscana ha impuesto su
gobierno democrático y Roma acaba de conquistar el suyo.
El 10 de abril en Londres; el 15 de mayo y el 25 de
junio en París; el 6 de agosto en Milán; el 1 de noviembre en
Viena; 332 he allí las cuatro piedras militares que marcan las
distancias velozmente cubiertas en su última marcha triunfal.
363
El 10 de
abril, en Londres, no sólo fue destrozado el poder
revolucionario de los cartistas,333 sino que quedó rota también,
por vez primera, la propaganda revolucionaria de la victoria de
Febrero. Quien
conozca bien Inglaterra y la posición que este país ocupa en la historia moderna no pudo sorprenderse
de que, por el momento, las revoluciones del continente pasaran de largo ante
él, sin dejar huella en su suelo. Inglaterra, el país que con su industria y su
comercio domina a todas las naciones que revolucionan el
continente y que, sin
embargo, depende relativamente poco de su clientela, gracias
al dominio que ejerce sobre los mercados de Asia, América y Australia; el país
en que más se han desarrollado y agudizado las contradicciones de la moderna
sociedad burguesa, las luchas de clase
entre la burguesía y el proletariado, Inglaterra, sigue más que cualquier otro país su trayectoria propia
e independiente. Inglaterra no necesita de estos tanteos de los gobiernos provisionales del continente
para acercarse a la solución de los problemas y a la superación de las
contradicciones que es misión suya resolver y superar antes
que todos los demás países. Inglaterra no acepta la revolución del
continente; Inglaterra, cuando su hora llegue, dictará al continente la revolución. Tal era la posición de
Inglaterra, tal la consecuencia necesaria de esta solución, y ello hace
perfectamente explicable la victoria lograda por el “orden”
el 10 de abril. Pero, ¿quién no recuerda cómo esta victoria del “orden”,
el primer contragolpe asestado después de los golpes de febrero y marzo, brindó
en todas partes nuevo asidero a la contrarrevolución e hinchó con audaces
esperanzas el pecho de los llamados conservadores? ¿Quién no recuerda cómo la
actuación de los agentes especiales de la policía de Londres sirvieron en
seguida de modelo a toda la Milicia Cívica de Alemania?
¿Quién no recuerda qué impresión tan enorme causó esta primera prueba
de que el movimiento desencadenado no era irresistible?
El 15 de mayo, en París, aportó inmediatamente la contrapartida de la victoria alcanzada por el partido
de la inmovilidad en Inglaterra. El 10 de abril había puesto un dique a las olas extremas de la marejada
revolucionaria; el 15 de mayo hizo que su fuerza se estrellara en el punto por el que iba a desbordarse.
El 10 de abril demostró que la revolución de Febrero no era incontenible; el 15
de mayo aportó la prueba de que era posible cerrar el paso al movimiento
insurreccional de París.
364
332 El 10 de abril de 1848 fue disuelta una manifestación cartista por medio de un cuerpo militar especial, por lo que el Parlamento
quiso presentar una tercera petición acerca de la aceptación de la Carta del
Pueblo.
En mayo de 1848, con la ayuda de la Guardia Cívica
nacional, se vendría abajo una acción revolucionaria del proletariado
de París.
El 6 de agosto de 1848, con la toma de Milán por parte del ejército austriaco, se vendría abajo el movimiento de liberación nacional
del norte de Italia.
El 25 de junio de 1848, la insurrección del proletariado de
París fue ahogada en sangre.
El 1 de noviembre
de 1848 las tropas del mariscal de campo Windischgrätz tomaron la ciudad de Viena.
333 Véase supra, nota 49.
La revolución, derrotada en el centro, tenía que sucumbir también, naturalmente, en la periferia. Esto
es lo que fue sucediendo día tras día, cada vez más, en Prusia y en los
pequeños Estados alemanes. Pero la corriente revolucionaria era aún lo bastante
fuerte para hacer posible en Viena dos victorias del pueblo,
la primera de las cuales se produjo el
mismo 15 de mayo y la segunda el
26 de ese mes,334 y el triunfo del absolutismo en Nápoles,
logrado también el 15 de mayo, más bien sirvió, por sus excesos, de contrapeso
a la victoria conseguida por el Orden en París. Aún faltaba algo; no sólo debía
ser derrotado en París el movimiento revolucionario, sino que en el mismo París había que despojar a
la insurrección armada del hechizo de su invencibilidad; solamente entonces podría sentirse tranquila
la contrarrevolución.
Y esto fue precisamente lo que sucedió en París en
los cuatro días que duró la batalla del 23 al 26 de Junio. Cuatro
días de cañoneo y se esfumó la creencia de que las barricadas eran
inexpugnables y el pueblo armado invencible. ¿Acaso no demostró
Cavaignac, con su victoria, que las leyes del arte
de la guerra son, sobre poco más o menos, las mismas en las calles que en los desfiladeros de las montañas,
frente a las barricadas y frente a las fajinas o los bastiones? € 40.000
obreros armados, sin disciplina, sin cañones y sin obuses ni abastecimiento de
municiones, no son capaces de resistir más
de cuatro días a un ejército organizado de 120.000 soldados veteranos y 150.000 guardias nacionales,
apoyados por la mejor y más numerosa artillería y abundantemente amunicionados?
La victoria de Cavaignac fue, pura y simplemente, el aplastamiento de la
minoría por la superioridad abrumadora del número, en una proporción
de siete a uno, la victoria menos
gloriosa que jamás se haya obtenido,
tanto menos gloriosa cuanta más sangre llegó a costar, a pesar de la gigantesca superioridad numérica.
365
Y, sin embargo, el mundo la admiró como un milagro,
porque esta victoria había arrancado a la supremacía del pueblo de París, a las
barricadas parisinas, el nimbo de la invencibilidad. Los trescientos mil
hombres de Cavaignac no habían vencido solamente a los 40.000 trabajadores
parisinos, sino habían derrotado en ellos, sin saberlo, a la revolución
europea. Todos sabemos qué
reacción turbulenta incontenible se desencadenó, a partir de aquel día. Ya no era posible detenerla; la
violencia conservadora había derrotado al pueblo de París con bombas y
granadas, y lo que había podido lograrse en
París podía imitarse también en
otros sitios. Después de esta derrota decisiva, a la
democracia no le queda otro camino que
emprender la retirada del modo más
honroso que pudiera e ir defendiendo, por lo menos, paso a paso, el
terreno que ya no era posible sostener en la prensa, los mítines y concentraciones
populares y los parlamentos.
El siguiente gran golpe fue la caída de
Milán. En realidad, la reconquista de Milán por Radetzky constituye el
primer hecho de la contrarrevolución europea desde su victoria de junio en
París. El águila bicéfala ondeando sobre la cúpula de la catedral de Milán no
significaba solamente la caída de toda Italia, sino el resurgimiento de Austria. Italia,
derrotada, y Austria de nuevo en pie: ¿qué más podía apetecer la
contrarrevolución? Y es evidente que con la caída de Milán se adormeció
momentáneamente la energía revolucionaria en Italia, irrumpió Mamiani en Roma, fueron derrotados
los demócratas en el Piamonte. Y, a la par con
ello, volvió a levantar cabeza el partido reaccionario en
Austria y se puso a urdir de nuevo, con redoblado ánimo, sus intrigas por todas
las provincias desde el cuartel general de Radetzky,
donde tenía su centro. Fue ahora y solamente ahora
cuando Jellachich
pasó a la ofensiva y cuando se selló la gran alianza de la contrarrevolución con los esclavos de Austria.
LAS REVOLUCIONES DE 1848 ** 365
No voy a hablar de los
pequeños intermezzos en los que la contrarrevolución
logró victorias locales y
conquistó tales o cuales provincias sueltas, del descalabro de Fráncfort, etc. Son episodios que pueden
tener un valor local y tal vez nacional, pero que carecen de significación
europea.
366
334 Las victorias del pueblo de Viena del 15 y 26 de
mayo de 1848 tuvieron lugar en la misma ciudad durante las luchas armadas de
los trabajadores y estudiantes, en un movimiento dirigido contra la
promulgación, el 25 de abril, de la Constitución del ministerio
Pillersdorf. Esta Constitución estipulaba un sistema bicameral que excluía de
las elecciones a los trabajadores y campesinos.
Por último, el i de noviembre se coronó la obra
iniciada en Custozza:335 lo mismo que Radetzky en Milán, ese día entraron
en Viena Windischgrätz y Jellachich. Los métodos de Cavaignac fueron aplicados,
y con éxito, en el más importante y más activo de los focos de la revolución
alemana; la revolución fue ahogada en sangre y entre ruinas humeantes, lo mismo
en Viena que en París.
Pero, tal parece como si la victoria del i de
noviembre marcara al mismo tiempo el punto en que el
movimiento cambia de rumbo y se produce la crisis. El
intento de repetir al pie de la letra en
Prusia la hazaña de Viena, ha fracasado; en
el mejor de los casos, aun
cuando el país abandonara a la Asamblea
Constituyente, la Corona sólo puede esperar una victoria a medias, que no
decidirá nada, y en todo
caso, el torpe empeño de copiarla en todos sus detalles ha hecho que se estrellara la primera impresión
descorazonadora de la derrota de Viena.
Y, mientras el norte de Europa vuelve a verse
sumido en la servidumbre de 1847 o defiende trabajosamente frente a la
contrarrevolución las conquistas logradas durante los primeros meses, Italia,
de pronto, vuelve a levantarse. Liorna, la única ciudad italiana a la que la
caída de Milán sirvió de acicate para emprender una revolución triunfante, ha
logrado comunicar, por último, su auge democrático a toda la Toscana e imponer
un ministerio resueltamente democrático, más avanzado que ninguno de los instaurados
en las monarquías y como pocos de las repúblicas; ministerio que
contesta a la caída de Viena y a la restauración de Austria con la proclamación de la Asamblea Nacional
constituyente italiana. Y la llama revolucionaria lanzada por este ministerio
democrático al pueblo italiano ha prendido: en Roma se han levantado como un
solo hombre pueblo, Guardia nacional, ejército, derribando al gobierno
contrarrevolucionario, implantando un ministerio democrático y colocando a la
cabeza de sus reivindicaciones impuestas la de un gobierno ajustado al
principio de la nacionalidad italiana, es decir, envío
de diputados a la Constituyente italiana
propuesta por Guerazzi.
367
No cabe la menor duda de que a la Toscana seguirán el Piamonte y Sicilia, como ocurrió el año pasado.
¿Y bien? ¿Encenderá este segundo resurgimiento de
Italia, en término de tres años, como la vez anterior, la aurora de un nuevo
auge de la democracia europea? Casi lo parece. La copa de la contrarrevolución
está colmada hasta desbordarse. Francia, a punto de echarse en brazos de un
aventurero, para no caer bajo el
poder de Cavaignac y
Marrast; Alemania, más desgarrada que nunca; Austria,
apabullada; Prusia, en vísperas de la guerra civil; todas, absolutamente todas las ilusiones de
febrero y marzo pisoteadas implacablemente por la marcha tempestuosa de la historia. No cabe duda
de que el pueblo ya no tendría nada que aprender de las nuevas victorias de la
contrarrevolución.
¡Ojalá sepa aplicar, cuando la ocasión llegue oportunamente y sin
miedo, las enseñanzas de estos seis últimos meses!
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 156, 30 de noviembre de 1848]
335 En Custozza (Italia del Norte) el ejército
austríaco, bajo el mando de Radetzky, infligió un duro descalabro, el 25 de
julio de 1848, a las tropas de Cerdeña y Lombardía.
368
EL
GOLPE DE ESTADO DE LA CONTRARREVOLUCIÓN
[C. Marx]
COLONIA, 7 DE DICIEMBRE. LA ASAMBLEA NACIONAL HA SIDO
disuelta. Los representantes del pueblo han sido dispersados “por
la Gracia de Dios”.
A la violencia de un golpe de Estado llevado a cabo
con insolencia tal añade el gobierno, en la exposición de motivos, la burla más
sangrienta.336
La As[amblea] Nac[ional] recoge ahora los frutos de su
largo cortejo de debilidad y cobardía. Durante
largos meses dejó que la conspiración laborase tranquilamente, se hiciese fuerte y poderosa; ahora, es
ella su primera víctima.
Y asimismo paga el pueblo las culpas que en marzo y
todavía en abril y en mayo contrajo por
magnanimidad o, mejor dicho, por necedad y, en la etapa final, con su “resistencia pasiva”. Ha recibido
ahora una lección que hay que esperar que aprovechará. Su victoria final pondrá fin al “pacto” y a todas
las demás frases e hipocresías.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 163, 8 de diciembre de 1848]
336 El 5 de diciembre de 1848 fue publicado un
mandato real acerca de la disolución de la Asamblea Nacional prusiana. En
el comunicado del ministerio del Estado se anteponía especialmente que la
Asamblea no se sujetaría al “mensaje real sobre el cambio de sede de
Berlín a Brandeburgo”.
369
LA BURGUESÍA
Y LA CONTRARREVOLUCIÓN
[C. Marx]
COLONIA, 9 DE DICIEMBRE. JAMÁS LO HEMOS OCULTADO.
EL Terreno que nosotros
pisamos no es el terreno jurídico, sino el terreno revolucionario. También la
burguesía ha renunciado a la hipocresía del terreno jurídico. Se ha situado en
el terreno revolucionario, pues también el terreno contrarrevolucionario es revolucionario,
a su manera.
En el párrafo 6 de la ley del
6 de abril de 1848337 se dispone:
Corresponderá, desde luego, a los futuros
representantes del pueblo la aprobación de todas las leyes, la fijación de los
presupuestos del Estado y el derecho de autorizar los impuestos.
Y el párrafo 13 de la ley
del 8 de abril de 1848338 dice:
La Asamblea que habrá de reunirse con arreglo a la
presente ley será competente para establecer la futura Constitución del
Estado mediante un pacto con la Corona y para
ejercer, mientras la Asamblea se halle reunida, las atribuciones
que anteriormente correspondían a los estamentos del reino, principalmente en
relación con la autorización de los impuestos y contribuciones.
370
El gobierno manda al diablo a la Asamblea del
Pacto,339 dicta al país por sí y ante sí una soi-disanta Constitución340 y
autoriza por sí mismo los empréstitos que los representantes del pueblo le
habían denegado.
A Llamada.
El gobierno prusiano ha puesto fin,
estrepitosamente, a la camphauseniada, una especie de solemne
canto de Job derechista.341 El inventor de esta epopeya, el gran Camphausen, se venga de ello actuando
tranquilamente en FRANCFORT como embajador del mismo gobierno prusiano e intrigando igual que
antes con los Bassermann, al servicio de aquel gobierno. Este Camphausen, que
había inventado la teoría del Pacto 342 para salvar el terreno legal,
es decir, para arrebatar fraudulentamente a la revolución los honores que se le
debían, inventó al mismo tiempo las minas que más tarde harían explotar el
terreno legal y, con él, la teoría del Pacto.
Este hombre autorizó las elecciones indirectas,
de las que saldría una Asamblea a la que el gobierno podría gritar con voz
tonante, en el momento de un momentáneo levantamiento: trop tard!b
b ¡Demasiado tarde!
371
337 Marx hace referencia a la “Ordenanza sobre algunas cuestiones fundamentales para la futura Constitución prusiana”, del 6 de
abril de 1848.
338 La “Ley electoral para
los acuerdos de la Constitución del Estado
prusiano en la Asamblea” era una proposición del
ministro Camphausen del 8 de abril de 1848, aprobada por las dos
Dietas Ltnificadas y basada indirectamente en un sistema
electoral diferido o de segundo grado.
339 Asamblea del Pacto: así llaman Marx y Engels a la Asamblea
Nacional prusiana y, en consecuencia, a sus diputados los llaman
“pactantes”. La Asamblea Nacional prusiana había
realizado sus trabajos en mayo de 1848, a fin de elaborar una
Constitución “de acuerdo con la Corona”. Con la aceptación de estos
términos, la Asamblea Nacional prusiana renunciaba al principio de la soberanía
popular. Los debates de la Asamblea Nacional
fueron publicados en los informes estenográficos que
daban cuenta de “las negociaciones acerca de la Constitución del
Estado prusiano según los trabajos de la Asamblea”. (Véase supra,
notas 35 y 40.)
340 El 5 de diciembre de 1848, al mismo tiempo
que la disolución de la Asamblea Nacional, se dicta por la fuerza una
“nueva Constitución para el Estado prusiano”, la cual llaman
Marx y Engels una “Constitución impuesta”. Ésta respondía a la
tendencia del nuevo ministerio contrarrevolucionario, y disponía, en
numerosos artículos, una serie de medidas reaccionarias que lesionaban la
tendencia misma de los trabajos de la Asamblea Nacional, así como los derechos
del pueblo constituido democráticamente.
341 Marx hace alusión al poema satírico de Karl Arnold Kortum, titulado El canto de Job. Curioso poema heroico.
342 Véase supra, nota 40.
Llamó de nuevo al príncipe de
Prusia, jefe de la contrarrevolución, y no tuvo empacho en
convertir su
fuga, mediante una mentira oficial, en un viaje de estudios.343 Dejó en vigor la vieja legislación prusiana
sobre delitos políticos y las viejas leyes. Bajo su gobierno, la vieja burocracia y el viejo ejército ganaron
tiempo para reponerse del susto y reconstituirse totalmente. Todos los jefes
del viejo régimen
siguieron, indemnes, en sus puestos. Al amparo de Camphausen hizo la camarilla la guerra en Posen,344 mientras
él mismo guerreaba contra Dinamarca. 345 Se quería que la guerra
danesa fuese un aglutinador para la plétora patriótica346 de la juventud
alemana, a la que a su vuelta a la patria se
encargó de ajustarle las cuentas la policía; esa guerra debía dar cierta popularidad al general Wrangel
y a sus tristemente célebres regimientos de la Guardia y, en general,
rehabilitar a la soldadesca prusiana. Una vez logrado este propósito,
se ahogaría a todo trance la guerra ficticia por
medio de un ignominioso armisticio,347 que el mismo Camphausen pacto, a su vez, en
FRANCFORT del Meno con la
Asamblea Nacional alemana. El resultado de la guerra danesa fue el “alto mando de las dos Marcas” 348 y
el retorno a Berlín de los regimientos de la Guardia expulsados en marzo.
¡Y no digamos la guerra librada en Posen por
la camarilla de Potsdam, bajo los auspicios de Camphausen!
La guerra en Posen era más que una guerra contra la
revolución prusiana. Era la caída de Viena, la caída de Italia, la derrota de
los héroes de junio. Era el primer triunfo decisivo del zar de Rusia sobre la
revolución europea. Y todo ello bajo los auspicios del gran Camphausen,
del amigo reflexivo de la historia,349 del caballero del gran debate, del
héroe de la mediación.
372
De este modo, bajo Camphausen y a
través de él, había logrado la contrarrevolución apoderarse de
todos los puestos decisivos y preparar su ejército dispuesto a descargar el golpe, mientras la Asamblea
de los hombres del Pacto proseguía sus debates. Bajo el ministro
de la acción Hansemann-Pinto,350 se vistió con nuevos
uniformes a la vieja policía y se libró una guerra tan enconada como mezquina
por parte de la burguesía contra el pueblo. Y bajo Brandeburgo se
sacó la conclusión de estas premisas. Para ello hacían falta dos cosas: un
bigote y un sable, en vez de una cabeza.
Cuando Camphausen dimitió, lo despedimos con estas palabras:
Ha sembrado la reacción
en interés de la burguesía y
recogerá la cosecha
en interés de la aristocracia y del absolutismo.
En estos momentos, no dudamos que su Excelencia, el embajador prusiano Camphausen, se contará
personalmente entre los señores feudales y se avendrá de buena gana a sus “incomprensiones”.
Pero no nos engañemos; no atribuyamos a un
Camphausen o a un Hansemann, hombres de talla secundaria, un espíritu
de iniciativa a tono con la historia universal. Ellos eran
solamente órganos de una clase. Su lenguaje, sus actos eran simplemente el eco
oficial de una clase que los había colocado en el primer plano de la escena.
Eran, sencillamente, la gran burguesía situada en primer plano.
Los representantes de esta clase formaban la oposición liberal de la difunta Dieta Unificada, 351
resucitada por
el momento gracias a Camphausen.
343 Véase supra, nota 47
344 Véase supra, nota 42.
345 Véase supra, nota 23.
346 Plétora patriótica: expresión que proviene de
Heinrich Heine, en su libro Ante la serena Aparición en París.
347 Véase supra, nota 280
348 Alto mando de las dos Marcas: el
día 15 de septiembre de 1838 sería designado, para el alto mando de la defensa
de Brandeburgo, el connotado miembro de la camarilla reaccionaria del
reino, general Wrangel. Así, consolidaba Prusia
sus propósitos de una Federación alemana, en cuyo nombre iba dirigida la guerra. El margraviato de Brandeburgo, núcleo originario del reino prusiano, se
consolidó a mediados del siglo XIX a partir de la
Marca Electoral y la Nueva Marca; de allí que se le
señale como el “alto mando de las dos Marcas”.
349 Véase supra, nota 66.
350 Hansemann-Pinto: alusión
irónica ante las similares medidas adoptadas por el ministro de Finanzas
Hansemann y las opiniones del inspector de la Casa de Bolsa holandés,
Pinto, en cuanto al empréstito forzoso como medio para acelerar
la circulación del dinero.
351 Véase supra, notas 15 y 17.
373
Se ha reprochado a los señores de esta oposición liberal el haber sido infieles a sus principios después
de la revolución de Marzo. Esto es un error.
Los grandes terratenientes y capitalistas,
representados con carácter exclusivo en la Dieta Unificada,
en una palabra, las arcas de caudales, habían ganado en dinero y en cultura. Al desarrollarse en Prusia
la sociedad burguesa —es decir, al desarrollarse la industria, el comercio y la
agricultura—, habían perdido su base material las viejas diferencias de clase.
La nobleza se había aburguesado
considerablemente. En sus blasones campeaban ahora, en vez de la
lealtad, el amor y la fe, la remolacha azucarera, el aguardiente y la lana. El mercado de la lana era ahora
su gran palenque. Esto es, de una parte. De otra, el Estado absolutista, al que
la marcha de las cosas
había privado como por encanto del terreno sobre el que pisaba, habíase convertido en una traba para
la nueva sociedad burguesa, al cambiar
el modo de producción y
las necesidades de esta sociedad. La burguesía no
tenía más remedio que reivindicar, por razón de sus mismos intereses
materiales, la parte que le correspondía en el poder político. Ella y solamente
ella era capaz de hacer valer legalmente sus necesidades comerciales e
industriales. Necesitaba arrebatar la gestión de sus “más sagrados intereses” a
una burocracia caduca, tan inculta como arrogante. Necesitaba tomar en sus
manos la fiscalización del patrimonio del Estado, de la que se consideraba creadora. Y poseía, además,
la ambición necesaria para luchar e imponer una posición política acorde con su
posición social, después de haber arrebatado a la burocracia el monopolio de la
llamada cultura y teniendo, como tenía, la conciencia de descollar ampliamente
sobre ella en cuanto al conocimiento real de las necesidades de la sociedad
urbana. Para alcanzar su meta, necesitaba poder debatir libremente sus propios
intereses e ideas y los actos del gobierno. A esto lo
llamaba el “derecho de libertad de prensa”
Necesita poder asociarse sin trabas. A esto
lo llamaba el “derecho de libre
asociación” Tenía que reclamar, asimismo, como corolario obligado de
la libre competencia, la libertad religiosa, etc.
Y la burguesía prusiana marchaba, antes de marzo de 1848, por el mejor de los
caminos para ver realizados todos sus deseos.
374
El Estado prusiano se hallaba en apuros financieros. Su crédito se había agotado. He aquí el secreto de
la convocatoria de la Dieta Unificada. El gobierno se rebelaba contra su
suerte, disolvió sin contemplaciones la Dieta Unificada, pero la falta de
dinero y de crédito se habrían encargado de
echarlo infaliblemente, poco a poco, en brazos de la burguesía. Lo mismo que los barones feudales, los
reyes por la Gracia de Dios se han mostrado siempre dispuestos a trocar sus
privilegios por dinero contante. La emancipación de los siervos fue el primero
y la monarquía constitucional y los Estados
cristiano-germánicos el segundo gran acto de este regateo de la historia universal, “L’argent na pas de
maître”,c pero los maîtres dejan de serlo cuando se ven démonétisés (privados
de dinero).
C “El dinero no tiene dueño”.
Por tanto, la oposición liberal en la Dieta Unificada no era sino la oposición de la burguesía contra una
forma de gobierno que ya no respondía a sus intereses
y necesidades. Y, para mantener la oposición a
la Corte, tenía que hacer la corte al pueblo.
Tal vez ella se imaginara realmente que mantenía la oposición en favor del pueblo.
Los derechos y las libertades a que aspiraba para
sí sólo podía reclamarlos, naturalmente, frente al gobierno, bajo la
etiqueta de derechos y libertades para el pueblo.
Como hemos dicho, esta oposición marchaba por el
mejor camino, cuando estalló la tormenta de febrero.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 165, 10 de diciembre de 1848]
375
Colonia, 11 de diciembre. Cuando descendieron las aguas del diluvio de marzo — un diluvio en
miniatura—, no dejaron sobre el suelo de
Berlín monstruos o colosos revolucionarios, sino criaturas
del viejo estilo, figuras raquíticamente burguesas:
los liberales de la Dieta Unificada, los representantes de la consciente
burguesía prusiana. Las provincias en que existe la burguesía más desarrollada,
la provincia del Rin y Silesia, suministraron el
principal contingente para los nuevos ministerios. Tras ellos venía toda una
cauda de juristas renanos. A medida que la burguesía iba viéndose desplazada a
último plano por los elementos feudales, la provincia del Rin y Silesia dejaban
sus puestos en los ministerios a las viejas provincias prusianas. El ministerio
Brandeburgo sólo se halla ya unido a la provincia del
Rin por un torya de Elberfeld. ¡Hansemann y Von
der Heydt!: ¡en estos dos nombres se cifra para la burguesía
prusiana toda la diferencia que va de marzo a diciembre de 1848!
A Conservador.
La burguesía prusiana
se vio encumbrada a las alturas del Estado, pero no,
como ella habría deseado, mediante una transacción pacífica con la
Coronaysino mediante una revolución. Habría debido
defender en contra de la Corona, es decir, en contra de sí mism a no
sus propios intereses, sino los intereses del pueblo, ya que le
había preparado el camino un movimiento popular. Pero la
Corona no era, a sus ojos, más que la tapadera de derecho divino que le
permitía ocultar sus propios intereses profanos. La intangibilidad de sus propios intereses y de las formas políticas acomodadas a su interés
se expresaría, traducida al lenguaje constitucional, bajo la fórmula de
la intangibilidad de la Corona. De allí el entusiasmo que la
burguesía alemana, especialmente la prusiana, sentía por la monarquía
constitucional. Así pues, si la revolución de Febrero, con todas sus
repercusiones en Alemania, había sido gozosamente acogida por la burguesía
prusiana, ya que ponía en sus manos el timón del Estado, representaba por
otra parte un contratiempo para ella, pues supeditaba su poder a condiciones
que no quería ni podía cumplir.
La burguesía no había movido ni
un dedo. Había permitido al pueblo batirse por ella. El poder
que se
le transfería no era, por tanto, el del general que ha derrotado a su adversario, sino el de un
comité de seguridad a quien el pueblo victorioso confía la misión de velar
por sus intereses.
376
Camphausen percibía aún claramente todo lo que esta posición
tenía de incómodo, y de este sentimiento y de las circunstancias que lo
condicionaban provenía toda la debilidad de su gobierno. Una especie de rubor
teñía, por tanto, los actos más descarados de su gabinete. El descaro y
la desvergüenza desembozados son el privilegio reservado
a Hansemann. El tinte rojo marca la única
diferencia entre estos dos pintores.
La revolución prusiana de Marzo no
debe confundirse con la revolución inglesa de 1638 ni
con la francesa de 1789.
En 1648, la burguesía se alió con
la moderna nobleza en contra de la monarquía,
de la nobleza feudal y de la Iglesia imperante.
En 1789, la burguesía se alió con el pueblo en
contra de la monarquía, de la nobleza y de la Iglesia imperante.
La revolución de 1789 no tuvo
más modelo (por lo menos en Europa) que la revolución
de 1648; y la revolución de 1648 sólo tuvo por modelo el levantamiento de
los Países Bajos en contra de España. Ambas revoluciones se adelantaron en un
siglo a sus modelos, no sólo en cuanto al tiempo, sino también en cuanto al
contenido.
En
ambas revoluciones fue la burguesía la
clase que se puso realmente a la cabeza del movimiento.
El proletariado y las facciones de la sociedad urbana
no pertenecientes a la burguesía, o no abrigaban intereses al margen
de los de la burguesía, o bien no formaban aún
clases o sectores de clases con un desarrollo propio. Por eso, allí
donde se enfrentaban a la burguesía, como ocurrió por ejemplo en
Francia en 1793 y 1794, luchaban solamente
por hacer valer los intereses
de la burguesía, aunque no a la manera de ésta. Todo el terrorismo francés era, sencillamente, el modo plebeyo de luchar contra los enemigos
de la burguesía, contra el absolutismo, el feudalismo y
los filisteos.
Las revoluciones de 1648 y 1789 no fueron simplemente revoluciones, inglesa la una y francesa la otra,
sino revoluciones ambas de estilo europeo. No representaron el triunfo de
una determinada clase de
la sociedad sobre el viejo orden político,
sino que proclamaron el orden político de la nueva
sociedad europea.
377
Triunfó en ellas la burguesía; pero el triunfo
de la burguesía representaba entonces el triunfo de un nuevo
orden social, el triunfo de la propiedad burguesa sobre la propiedad
feudal, de la nacionalidad
sobre el provincialismo, de la libre competencia sobre los gremios, de la partición sobre el mayorazgo,
del dominio del propietario de la tierra sobre la dominación de la tierra sobre
el propietario, de las luces sobre la superstición, de la familia sobre el
linaje, de la industria sobre la heroica haraganería, del derecho civil sobre
los privilegios medievales. La revolución de 1648 fue el triunfo del siglo XVII
sobre el XVI; la revolución de 1789, el triunfo del siglo XVIII sobre el XVII.
Más todavía que las necesidades de las partes del mundo en que acaecían,
Inglaterra y Francia, estas revoluciones expresaban las necesidades del mundo
de entonces.
Nada de esto encontraremos en
la revolución prusiana de Marzo.
La revolución de Febrero había abolido la
monarquía constitucional en el terreno de la realidad y la dominación de la
burguesía en el terreno de la idea. La revolución prusiana de Marzo crearía la
monarquía constitucional en el terreno de la idea y la dominación de la
burguesía en el terreno de la realidad. Lejos de ser una revolución
europea, no era más que la desmedrada repercusión de una revolución europea
en un país atrasado. En
vez de adelantarse a su siglo, iba a la zaga
de él en más de cincuenta años. Flabía sido desde el primer momento un fenómeno secundario, pero sabido es que las
enfermedades secundarias son más difíciles de curar y hacen mayores estragos en
el cuerpo que las
iniciales. No se trataba de instaurar una nueva sociedad, sino de resucitar en Berlín la sociedad muerta
en París. La revolución prusiana de Marzo no era siquiera una revolución nacional, alemana, pues
había sido desde el momento mismo de nacer una revolución prusiana,
provincial. Los movimientos de Viena, Cassel, Munich y toda suerte de
insurrecciones provinciales discurrían paralelamente con ella y le disputaban
la preeminencia.
378
Mientras que las revoluciones de 1648 y 1789 se
enorgullecían hasta lo indecible, considerándose el summum de la creación, el orgullo de los Berlineses de 1848 se cifraba en representar un anacronismo.
Su luz era como la de esas estrellas que llega a los habitantes de la tierra
cien mil años después de haberse extinguido los cuerpos que la irradiaron. La
revolución prusiana de Marzo era, en pequeño como todo, una de esas estrellas
para Europa. Su luz era la luz emanada del cadáver de una sociedad de largo tiempo
atrás putrefacto.
La burguesía alemana se había desarrollado de un
modo tan inerte, tan lento y tan cobarde que en el momento en que se enfrentaba
amenazadora al feudalismo y al absolutismo, veía alzarse amenazadoramente ante
sí al proletariado y a todos los sectores de las ciudades afines
a éste por sus
intereses y sus ideas. Y no veía tras ella ni a una sola clase, sino que tenía enfrente, hostilmente, a toda
Europa. La burguesía prusiana no era, como la francesa de 1789, la clase que
representaba a toda la sociedad moderna frente a los representantes de la vieja sociedad, frente a la monarquía y la nobleza.
Había descendido al nivel de un estamento tan
hostil a la Corona como al pueblo, animado
de espíritu
de oposición en contra de ambos e indeciso frente a cada uno de sus adversarios por separado, porque
siempre veía ante sí o tras sí a los dos; de antemano propensa a la
traición con respecto al pueblo y a la avenencia con respecto al representante
coronado de la vieja sociedad, porque ella misma pertenecía ya a la vieja sociedad;
no representaba los intereses renovados dentro de una sociedad
caduca; no empuñaba el timón de la revolución porque el pueblo la empujaba a marchar delante de él;
no se hallaba a la cabeza porque representase la iniciativa de una nueva
sociedad, sino simplemente porque expresaba el rencor de una época vieja de la
sociedad; no era un estrato del viejo Estado que hubiese irrumpido por su
pujanza, sino que había emergido a la superficie del nuevo Estado por la fuerza
de un terremoto; carente de toda fe en sí misma y sin fe alguna en el pueblo;
gruñendo contra
los de arriba y temblando ante los de abajo; egoísta para con unos
y otros, y consciente de su egoísmo; revolucionaria
para con los conservadores y conservadora para con los revolucionarios;
recelosa de sus propios tópicos, que eran frases en vez de ideas; empavorecida,
ante la tormenta mundial, pero explotándola en beneficio propio; sin energía en
ninguna dirección y plagiaria en todas; vulgar por
falta de originalidad y original en su vulgaridad; regateando con sus propios deseos; sin iniciativa, sin
fe en sí misma, sin fe en el pueblo y sin misión
alguna en el plano de la historia universal; como un viejo maldito condenado a
guiar y desviar en su propio interés senil los primeros impulsos juveniles
de un pueblo robusto; ciego, sordo y desdentado, una verdadera piltrafa: tal era la burguesía prusiana a
la que la revolución de Marzo entregó el timón del Estado.
[Neue Rheinische Zeitungynúm. 169, 15 de diciembre de 1848]
379
Colonia,15
de diciembre. La teoría del Pacto que la burguesía, elevada al
gobierno con el ministerio Camphausen, convirtió inmediatamente en
“la más amplia base” del contrato social prusiano, no era, ni mucho menos,
una teoría vacua, sino que había brotado, por el contrario,
en el “árbol de oro” de la vida.
La revolución de Marzo no sometió en modo alguno al
soberano por la Gracia de Dios a la soberanía
del pueblo. Se limitó a obligar a la Corona, al Estado absolutista, a entenderse con la burguesía, a pactar con
su viejo rival.
La Corona sacrificará la burguesía a la nobleza; la
burguesía, por su parte, sacrificará el pueblo a la Corona. Bajo esta
condición, se hará la monarquía burguesa y la burguesía monárquica.
Después de marzo, sólo existen estos dos poderes. Uno y otro actúan, turnándose, como pararrayos de
la revolución. Y todo, naturalmente, sobre “la más amplia base
democrática”
He ahí el secreto de la teoría del Pacto. Los
tratantes en grasa y en lana352 que formaron el primer
ministerio nombrado después de la revolución de Marzo estaban encantados con el papel de servir de
manto plebeyo para cubrir las desnudeces de la Corona.
380
Sentíanse felices de que se les considerara dignos
de alternar con la Corte y, aunque de mala gana, condescendiendo por pura
grandeza de alma a prescindir de su áspero espíritu romano — del romanismo de
la Dieta Unificada—, prestábanse a cubrir con el cadáver de la popularidad de
que habían gozado en otro tiempo la brecha que amenazaba con
devorar al trono. ¡Cómo se pavoneaba el ministro Camphausen en su papel
de comadrona del trono constitucional! El buen hombre sentíase
manifiestamente enternecido consigo mismo y con
su propia magnanimidad. Y la Corona y su séquito
toleraban a duras penas este humillante protectorado y, en espera de días mejores, ponían bonne mine
à mauvais jeu.a
a Al mal tiempo, buena cara.
Al ejército disuelto a medias, a la burocracia que temblaba por sus puestos y sus sueldos, el estamento
feudal humillado, cuyos jefes se hallaban en giras constitucionales de
estudios,353 no les fue difícil aturdir con sus suaves palabras y sus
zalemas al bourgeois gentilhomme.354
La burguesía prusiana era poseedora nominal del poder y no dudó ni por un momento que los poderes
del viejo Estado se habían puesto sin reservas a sus órdenes, convirtiéndose en
otros tantos devotos exponentes de su omnipotencia.
No sólo en el gobierno, sino en todos los ámbitos de la monarquía, se hallaba la burguesía embriagada
con esta quimera.
¿Acaso no encontraron cómplices dócilmente sumisos
en el ejército, en la burocracia e incluso entre
los señores feudales los únicos hechos heroicos realizados por la burguesía prusiana después de
352 Alusión a Camphausen, quien a principios
de ese año comerciaba con grasa y lana, y a Hansemann, por su actividad
como comerciante en lanas.
353 Véase supra, nota 47.
354 Bourgueois gentilhomme: héroe de la comedia de Molière, Le bourgueois gentilhomme.
En la estructura de esta obra dramática toma cuerpo
un vanidoso y mal educado burgués, cuya principal ambición en la
vida consiste en obtener un título nobiliario.
marzo, a saber: las refriegas, no pocas veces sangrientas, de la Milicia Cívica contra el proletariado sin
armas? ¿No fueron admirados por los enmudecidos presidentes del gobierno y los
generales de división replegados sobre sí mismos los únicos esfuerzos a que se
aventuraron los representantes locales de la burguesía, los consejos
municipales — cuya infamia pegajosamente servil hubo de ser
pisoteada más tarde como se merecía por los Windischgrätz, los Jellachich y los Walden— y las únicas
hazañas heroicas de estos consejos municipales después de la revolución de
Marzo, sus palabras patriarcalmente serias de advertencia al pueblo?
¿Y aún podía la burguesía prusiana dudar de que se
hubiera calmado el viejo encono del ejército, de la burocracia y de los señores
feudales, en reverente homenaje al magnánimo vencedor, que había sabido
refrendarse a sí mismo y poner un freno a la anarquía?
381
Era evidente. La burguesía prusiana sólo tenía ya
una misión, la de disfrutar tranquilamente de su poder, acabar con los molestos
anarquistas, restaurar “la paz y el orden” y recuperar los intereses perdidos
durante la tormenta de marzo. Ya sólo podía tratarse de una cosa: de reducir al
mínimo el costo de producción de su poder y de la revolución
de Marzo que lo condicionaba. ¿No habría que romper en manos de un pueblo
aturdido, que ya no necesitaba emplearlas para la burguesía y
manifestaba, en cambio, dudosas veleidades de esgrimirlas en
contra de ella, las armas que la burguesía prusiana, en su lucha
contra la sociedad feudal y su Corona se había visto obligada a reivindicar
bajo la rúbrica del pueblo, el derecho de asociación, la libertad de prensa,
etcétera?
Estaba convencida de que al pacto de la burguesía
con la Corona, a los regateos de la burguesía con el
viejo Estado, resignado a su suerte, sólo estorbaba un obstáculo, un impedimento: el pueblo, este puer
robustus sed malitiosusjb como Hobbes lo llama: ¡El
pueblo y la revolución!
B “
Muchacho robusto pero malicioso”, variante de
una frase de prólogo de Hobbes a su libro De ave.
La revolución era el título
jurídico del pueblo; en ella basaba éste sus impetuosas pretensiones.
La revolución
era la letra de cambio librada por el pueblo contra la burguesía. El día de la dominación
de ésta era el día de vencimiento del giro. Y la burguesía no tenía más remedio
que protestarlo.
382
La revolución significaba, en boca
del pueblo: vosotros, burgueses, sois el Comité du salut public, el
Comité de salud pública, a quien confiamos el poder, no para que pactéis
con la Corona acerca de vuestros intereses, sino para que impongáis
nuestros intereses, los intereses del pueblo, contra la Corona.
La revolución era la protesta del
pueblo contra el pacto de la burguesía con la Corona. La burguesía que pactaba
con la Corona debía, pues, protestar contra...
la revolución.
Y así lo hizo, en efecto, bajo el gran Camphausen. La revolución
de Marzo no fue reconocida. La representación nacional de Berlín se
constituyó como representación dé la burguesía prusiana en
la Asamblea del pacto, al rechazar la propuesta de
que la revolución de Marzo fuese reconocida.
Se negó a reconocer los hechos
producidos. Proclamó en voz alta ante el pueblo
prusiano que éste no había pactado con la burguesía para hacer
la revolución contra la Corona, sino que había hecho la revolución para que la
Corona pactase con la burguesía en contra de él. Quedó destruido así el título
jurídico del pueblo revolucionario y salvado el terreno
legal de la burguesía conservadora.
¡El terreno legal!
Brüggemann, y a través de él la Gaceta de Colonia,355 han
charlado, fantaseado y lloriqueado tanto acerca del “terreno legal”, han
perdido y recobrado el “terreno legal” tantas veces, lo han agujereado y
zurcido, lo han aventado de Berlín a FRANCFORT y de FRANCFORT a Berlín, lo han
encogido y ensanchado, lo han convertido de un terreno simple en un terreno
artesonado y doble — lo que es,
como se sabe, una de las jugadas maestras de los cómicos escamoteadores— y de un terreno doble en
una trampa sin fondo, que el terreno legal ha acabado por convertirse para
nuestros lectores, y con
razón, en el terreno de la Gaceta de Colonia que estos lectores pueden confundir del mismo modo que
pueden confundir el santo y seña de la burguesía prusiana con el santo y seña privado del señor Joseph
355 Véase supra, nota 43.
Dumont, una ocurrencia necesaria de la historia universal prusiana con una chifladura personal
de la
Gaceta de Colonia y sólo ven en
el terreno legal el terreno sobre el que pisa este periódico.
383
¡El terreno legal, y concretamente el terreno legal prusiano!
El terreno legal sobre el
que se muevan, después de marzo, el
caballero del gran debate, Camphausen, el espectro resurrecto de la Dieta
Unificada y la Asamblea del Pacto, ¿es la ley constitucional de
1815,356 o la ley de 1820 sobre la Dieta Federal,357 o la patente de 1837,358 o la ley electoral y del pacto,
del 8 de abril de 1838?359
Nada de eso.
El “terreno legal” significa, pura y simplemente, que la revolución no ha conquistado su terreno propio
y que la vieja sociedad no ha perdido el suyo, que la revolución de Marzo es un
“acontecimiento” que sólo ha servido para “impulsar” el “pacto” entre el Trono
y la burguesía que el viejo Estado prusiano
venía preparando desde hace largo tiempo, pacto cuya necesidad la propia burguesía había expresado
ya en anteriores decretos mayestáticos, aunque antes de marzo no lo considerase tan “apremiante”. El
“terreno legal” significa, en una palabra, que, después de
marzo, la burguesía quiere seguir tratando con la Corona sobre el
mismo pie que antes de marzo, como si no hubiese
habido ninguna revolución
y la Dieta Unificada hubiese alcanzado su meta sin necesidad de ella. El “terreno legal” significa que en
el contrato social entre gobierno y burguesía no existe el título jurídico del pueblo, que es la revolución. La burguesía deriva sus pretensiones de la vieja legislación prusiana, para que el pueblo no pueda derivar
de la nueva revolución prusiana pretensión alguna.
Huelga decir que los cretinos ideológicos de la burguesía, sus periodistas, etc., hacen pasar este interés
embellecido burgués por el verdadero interés de la burguesía, y así se lo
tienen que imaginar ellos y hacerlo ver a los demás. En la cabeza de un Brüggemann,
la frase del terreno legal se transforma en una sustancia real.
384
El ministerio Camphausen había dado
cima a su cometido, que era la mediación y
la transición. Sirvió, en efecto, de mediador entre
la burguesía encaramada sobre los hombros del pueblo y la burguesía que ya no
necesitaba subirse a ellos; entre la burguesía que aparentemente representaba
al pueblo frente a la Corona y la burguesía que realmente representaba a la
Corona frente al pueblo; entre la
burguesía que se desgajaba de la revolución y la burguesía que se había presentado como el núcleo de ella.
Cumpliendo con su papel, el ministerio Camphausen se limitó, en su pudor virginal, a ejercer la
resistencia pasiva contra la revolución.
La repudiaba, ciertamente, en teoría, pero en la práctica se rebelaba contra sus pretensiones y sólo
toleraba la reconstitución de los viejos poderes del Estado.
La burguesía creía haber llegado, entre tanto, al
punto en que la resistencia pasiva debía trocarse en resistencia activa. El ministro Camphausen dimitió, no porque hubiese cometido tales o cuales errores,
sino por la sencilla razón
de que era el primer ministerio formado después de la revolución
de marzo, porque era el ministerio de la revolución de Marzo y porque, de acuerdo con su origen, tenía que ocultar
todavía a los representantes de la burguesía detrás de la dictadura del pueblo.
Aquel nacimiento ambiguo y aquel doble carácter le imponían aún ciertas
conveniencias, reservas y miramientos para con el pueblo soberano, que a la
burguesía le resultaban fastidiosas y a las que ya no tendría por qué someterse
un segundo gabinete surgido directamente de la Asamblea del Pacto.
356 Véase supra, nota 7.
357 Véase supra, nota 38.
358 Véase supra, nota 187.
359 Véase supra, nota 338.
Por eso su retirada constituyó un misterio para los políticos caseros. Le siguió el ministerio de la acción,
el ministerio Hansemann,360 porque la burguesía se proponía pasar del
periodo de la traición pasiva contra el pueblo y al servicio de la Corona al
periodo de la supeditación activa del pueblo a su dominación, pactada con la
Corona. El ministerio de la acción era el segundo ministerio después de
la revolución de Marzo. En eso residía todo su secreto.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 170,
16 de diciembre de 1848]
385
Colonia, 29 de diciembre.
¡Señores: en cuestiones de dinero, cesa
la cordialidad!361
En estas concisas palabras resume Hansemann todo el
liberalismo de la Dieta Unificada. Este hombre era el jefe necesario del ministerio
emanado de la misma Asamblea del Pacto, del ministerio llamado
a convertir la resistencia pasiva frente al
pueblo en ataque activo contra
el pueblo, del ministerio de la acción.
En ningún ministerio prusiano figuraban tantos
nombres burgueses. Hansemann, Milde, Märker,^Kühlwetter,
Gierke. Hasta la etiqueta cortesana de este ministerio, representada por Von
Auerswald, pertenecía a la nobleza liberal de la oposición de
Königsberg. ¡Solamente Roth von Schreckenstein representaba,
entre la canalla, a la vieja nobleza feudal
burocratizada de Prusia! ¡Roth von Schreckens
tein! ¡Título sobreviviente de una novela perdida de
bandidos y caballeros del bienaventurado Hildebrandt!362 Pero este Roth von Schreckenstein no era más que el engarce feudal de la joya burguesa.
Este Roth von Schreckenstein, en medio del ministerio burgués,
proclamaba en gigantescas letras mayúsculas: el feudalismo, el ejército y la
burocracia de Prusia siguen a la naciente estrella de la burguesía prusiana.
Estos gigantes se ponen a sus órdenes, y la burguesía los coloca delante de su
trono, como en los viejos símbolos heráldicos se colocaban osos delante del
soberano. Roth von Schreckenstein es, sencillamente, el oso en
el escudo del ministerio burgués.
386
El 26 de junio se presentó a la Asamblea Nacional
el ministerio Hansemann. Pero su verdadera
existencia data del mes de Julio. La revolución de Junio fue simplemente el telón de fondo del ministerio
de la acción, como la revolución de Febrero fue el telón de
fondo del ministerio de la mediación.
La burguesía prusiana explotó en contra del pueblo
la sangrienta victoria de la burguesía parisina sobre el proletariado de París,
lo mismo que la Corona prusiana explotó la sangrienta victoria
arrancada en Viena por los croatas contra la burguesía. Los dolores del parto de la burguesía prusiana
después del Noviembre austríaco fueron la compensación de los dolores del parto del pueblo prusiano
después del Junio francés. En su miope estrechez de miras, los filisteos alemanes se confundieron con
la burguesía francesa. Ellos no habían derribado ningún trono, no habían destruido la sociedad feudal,
y, menos aún sus últimos vestigios, no tenían ninguna sociedad creada por ellos mismos que defender.
Después de Junio, como después de Febrero, igual que desde comienzos del siglo
XVI y a lo largo del XVIII, creían, llevados de su afán astuto y furioso de
lucro, poder seguir arrancando al trabajo ajeno las tres cuartas partes de
ganancia. No sospechaban que si, en Francia, la burguesía aniquiladora de
tronos sólo contemplaba ante sí un enemigo, el proletariado, la burguesía
prusiana que pugnaba con
la Corona no tenía más que un aliado, el pueblo. No porque no existieran entre ellos intereses opuestos.
360 Al ministerio Camphausen siguió en Prusia,
a partir del 26 de junio de 1848, el ministerio Auerswald-Hansemann, conocido también como el “ministerio de la acción”. Auerswald fungió como su presidente, aunque la verdadera cabeza de dicho ministerio lo
era el mismo Hansemann, quien, desde su privilegiada posición de ministro de
Finanzas en el ministerio Camphausen, había representado
los intereses de la gran burguesía, permitiéndose imponer
leyes y medidas en interés de su propia clase, tanto
en el ministerio como en la Asamblea Nacional.
361 Tomado del discurso de
Hansemann durante la sesión de la primera Dieta Unificada, del 8 de junio de 1847.
362 Marx alude
aquí a una conocida novela de caballería de
C. Hildebrandt, titulada Runo von Schreckenstein o la visión evolúo,
publicada en 1821.
Pero sí, pues los unía todavía, a una y otro, el mismo interés contra una tercera fuerza que los oprimía
conjuntamente a ambos.
387
El ministerio Hansemann se consideraba como un ministerio de la revolución de Junio. Y en cada ciudad
prusiana los filisteos se convirtieron, frente a los “bandidos rojos”, en
“honrados republicanos”, sin dejar de ser por ello honorables monárquicos, y de
vez en cuando no echaban de ver que sus “rojos” lucían escarapelas blanquinegras.363
En su discurso
al trono del 26 de junio Hansemann dijo sin
andarse con rodeos lo que pensaba acerca de la
misterioso-nebulosa idea de Camphausen sobre una “monarquía
erigida sobre las más amplias bases democráticas”
“Monarquía constitucional basada en el sistema
bicameral y en el
ejercicio conjunto del poder legislativo por ambas, Cámara y Corona”: he aquí
la fórmula escueta a que redujo el intuitivo fallo de su entusiasta predecesor.
Modificar las relaciones más necesarias
incompatibles con la nueva Constitución del Estado, liberar a la propiedad de
las trabas que entorpecen su ventajosa utilización en gran
parte de la monarquía, reorganizar la administración de justicia, reformar la
legislación fiscal y, principalmente, abolir las exenciones de
impuestos, etc. —y, sobre todo—,fortalecer el poder del Estado,
necesario para proteger la libertad adquirida [por los
ciudadanos] contra la reacción [explotación de la libertad en interés de los
señores feudales], contra la anarquía [explotación de la
libertad en interés del pueblo] y para restablecer
la confianza quebrantada.364
Tal era el programa ministerial, el
programa de la burguesía prusiana convertida en
ministerio y que tenía por representante clásico a Hansemann.
388
En la Dieta Unificada, Hansemann había sido el
contradictor más enconado y más cínico de la confianza, pues “¡Señores:
en cuestiones de dinero, cesa la cordialidad!” A la cabeza del
gobierno, el mismo Hansemann proclamó como necesidad primordial el “restablecer
la confianza quebrantada] pues dirigiéndose esta vez al pueblo, como
la otra vez se había dirigido al trono:
¡Señores: en cuestiones de dinero, cesa la cordialidad!
Entonces, se trataba de la confianza que trae dinero,
ahora se trata de la confianza que hace dinero; allí, de la
confianza feudal, de la confianza basada en la pleitesía a
Dios, al Rey y a la Patria, aquí de la confianza burguesa, de la confianza en
el comercio y las transacciones, en los intereses del capital, en
la solvencia de los clientes, en
la confianza comercial;
no se trataba ya de la fe, el
amor y la esperanza, sino del crédito.
“¡Restablecer la confianza quebrantada/” En estas palabras de Hansemann expresaba éste
la idea fija
de la burguesía prusiana.
El crédito descansa sobre la
seguridad de que seguirá manteniéndose a la manera tradicional la explotación
del trabajo asalariado por el capital, la explotación del proletariado por la
burguesía, la explotación de los pequeños burgueses por los grandes. Cualquier agitación política del
proletariado,
sea la que fuere y aunque la burguesía la promueva directamente, quebranta la confianza y el crédito.
“Restablecer la confianza quebrantada” significaba, por tanto, en boca de
Hansemann:
Reprimir cualquier agitación política entre el
proletariado y en todas las
capas de la sociedad cuyo interés no coincida directamente con el de la clase
que en opinión suya empuña el timón del Estado.
De allí que Hansemann plantease, en estrecha
relación con la mira de “restablecer la confianza quebrantada”, el objetivo
de “fortalecer el poder del Estado” Sólo se equivocaba en cuanto a
la naturaleza de este “poder del Estado”. Creía fortalecer el poder estatal que
servía al crédito, a la
confianza burguesa, y fortalecía solamente el poder estatal que reclama confianza y, en caso necesario,
363 Negro y blanco: colores de la bandera
prusiana oficial.
364 Resumen del “Programa5del ministerio
Auerswald-Hansemann, según lo expusiera Hansemann ante la Asamblea
Nacional, durante la vigésima sesión, del 26 de junio de 1848.
la impone a cañonazos, porque carece de crédito. Quería regatear con el costo de producción del poder
burgués, y echó sobre los hombros de la burguesía la carga exorbitante de los
millones que cuesta la restauración del poder feudal prusiano.
389
Con respecto a los obreros, Hansemann se manifestó
en términos muy concisos: les dijo que tenía en el bolsillo un gran remedio
para ellos. Pero, antes de sacarlo, era necesario que se restableciera, ante
todo, la “confianza quebrantada”. Y para restablecer
la confianza, la clase obrera debía poner fin
a sus
politiqueos y a sus injerencias en los asuntos del Estado, retornando a sus viejos hábitos. Si seguía sus
consejos y se restablecía la confianza, el gran remedio misterioso daría
resultado, desde luego, entre otras cosas porque ya no sería necesario ni
aplicable, puesto que se habría eliminado la enfermedad, la perturbación del
orden burgués. ¿Y para qué remedios, donde no había enfermedades? Pero si el
pueblo se obstinaba en inmiscuirse, entonces recurriría al “fortalecimiento del
poder del Estado”, de la policía, del ejército, de los tribunales de justicia,
de la burocracia, soltaría contra el pueblo a sus osos, pues la “confianza” se
había convertido en una “cuestión de dinero”, y
¡Señores: en cuestiones de dinero, cesa la cordialidad!
Aunque esto haga reír a Hansemann, su programa era
un programa honrado, un programa bien intencionado.
Se trataba de fortalecer el poder del Estado no sólo contra la anarquía, es decir, contra el
pueblo, sino también contra la reacción, es decir, contra la Corona y los
intereses feudales, en la medida en que trataran de imponerse frente a las
arcas de caudales y frente a las “más necesarias” es decir, las más
modestas pretensiones políticas de la burguesía.
390
El ministerio de la acción era, ya por su misma composición, una protesta contra esta “reacción”.
Este ministerio se distinguía de todos los
anteriores gobiernos prusianos por el hecho de que el verdadero presidente
del Consejo era el ministro de Hacienda. El Estado
prusiano había ocultado cuidadosamente durante varios siglos que las carteras
de la Guerra y los Asuntos Interiores, los Negocios Exteriores y las cuestiones
de la Iglesia y la Instrucción Pública, y hasta el ministerio encargado de los
Asuntos de la Corona, y la fe, el amor y la esperanza, todo se hallaba
supeditado al departamento profano de las Finanzas. El
ministerio de la acción se encargó de colocar en lugar descollante
esta desagradable verdad burguesa, colocando en
sitio preeminente, a la cabeza, al señor Hansemann, al hombre cuyo
programa ministerial, lo mismo que su programa de oposición, se resumía en las
palabras:
¡Señores: en cuestiones de dinero, cesa la cordialidad!
En Prusia, la monarquía se había convertido en una “cuestión
de dinero”.
Pasemos ahora del programa del ministerio de la
acción a sus actos.
La amenaza de “fortalecer el poder del
Estado” contra la “anarquía”, es decir, contra la clase obrera y
todas las fracciones de la burguesía que no se atenían
al programa del señor Hansemann, fue tomada
en serio. Podemos, incluso, afirmar que, exceptuando la elevación de los impuestos sobre el azúcar de
remolacha y el aguardiente, esta reacción contra la
llamada anarquía, es decir, contra el movimiento revolucionario,
fue el único acto serio realizado por el ministerio de la acción.
Multitud de procesos de prensa al amparo del derecho nacional prusiano365 o, en su defecto, del código
penal francés,366 numerosas detenciones basadas en el mismo “fundamento
suficiente” (fórmula de
Auerswald), la creación en Berlín del cuerpo de “Condestables”, 367 que hacía que tocasen a dos
365 Véase supra, nota 203
366 Véase supra, nota 262.
367 El ministerio Auerswald-Hansemann, conocido como el “ministerio de la acción” se hizo cargo de los asuntos del Estado a
partir del 25 de junio de
1848 hasta el 21 de
septiembre del mismo año.
Bajo este ministerio se
formó en Berlín, de acuerdo con la policía de
siempre, una división armada entre un cuerpo civil a
fin de tener elementos contra las reuniones callejeras y las manifestaciones masivas del pueblo y, al mismo tiempo, un servicio de
oficiales de policía por cada casa de la ciudad,
las usurpaciones policiacas contra la libertad de asociación, los abusos
de la soldadesca, a la que se azuzaba contra los
ciudadanos que se propasasen, los abusos
de la Milicia Cívica, lanzada en contra
de los proletarios insolentes, el estado de sitio como
norma, todo se halla aún fresco en el recuerdo de los tiempos de la olimpiada de Hansemann. Huelgan
los detalles.
391
Kühlwetter resumía este aspecto de las aspiraciones del ministerio de la
acción, al declarar:
Un Estado que aspire a ser verdaderamente libre
tiene que sostener como poder ejecutivo a un numerosísimo personal de policía,
palabras a las que Hansemann puso, entre labios, esta glosa, ya habitual en él:
Esto contribuirá esencialmente, además, a
hacer reinar la confianza ya reanim ar la lánguida
actividad comercial.368
Así pues, bajo el ministerio de la acción se cfortalecieron
’ la vieja policía prusiana, los tribunales de justicia, la burocracia
y el ejército, que se hallaban al servicio de la burguesía,
puesto que se hallaban a sueldo de ella; así, al menos,
pensaba Hansemann. Pero, sea de ello lo que quiera, el caso es que se ffortalecieron!
En cambio, el estado de ánimo del proletariado y de
la democracia burguesa lo caracteriza un hecho. Como unos
cuantos reaccionarios maltrataran en Charlotemburgo a algunos demócratas, el
pueblo
tomó por asalto el hotel del presidente del Consejo de Ministros en Berlín. Tan popular se había hecho
el ministerio de la acción. Al día siguiente, Hansemann
presentó un proyecto de ley contra los motines
y las concentraciones públicas. Tan astutamente intrigaba este ministerio
contra la reacción.
392
Como se ve, la actividad real, tangible y popular
del ministerio de la acción era una actividad puramente policiaca. A
los ojos del proletariado y de la democracia urbana, este
ministerio y la Asamblea de los partidarios del pacto, cuya mayoría se hallaba
representada en el ministerio, y la burguesía prusiana, cuya mayoría formaba la
mayoría de la Asamblea del Pacto, no era otra cosa que el viejo Estado
policiaco y burocrático restaurado. A ello se había añadido la
furia contra la burguesía, porque ésta se hallaba en el poder y se
había convertido, con la Milicia Cívica, en parte integrante de la
policía.
A los ojos del pueblo, la “conquista de marzo” consistía en que también los señores liberales de la
burguesía habían asumido funciones policiacas. Era, pues, una policía por partida doble.
No es en los actos del ministerio de la acción,
sino en sus proyectos de leyes orgánicas donde se ve cómo “fortaleció” y
empujó a actuar a la “policía” expresión suprema del viejo
Estado, solamente en interés de la clase burguesa.
En los proyectos de leyes sobre el régimen
municipal, los tribunales del jurado y la Milicia
Cívica presentados por el ministerio Hansemann, vemos que la
fortuna constituye siempre, bajo una u otra forma, el límite
que separa el terreno legal del ilegal. Aunque en
todos ellos se hagan las más serviles concesiones al poder real, en el que
el ministerio burgués creía tener un aliado seguro, como contrapeso de ello
resalta con tanto mayor descaro el poder del capital sobre el trabajo.
La ley de la Milicia Cívica, sancionada por la
Asamblea del Pacto, se volvió en contra de la burguesía misma y hubo de
suministrar el pretexto legal para desarmarla. Claro está que se hacía la
ilusión de que esta ley no entraría en vigor hasta que se implantase el nuevo régimen municipal y se promulgase
la Constitución, es decir, hasta que se consolidase su poder. La experiencia
que ha tenido con la ley civil podría haber ayudado a la burguesía prusiana a
abrir los ojos y hacerla comprender que, por el momento, cuanto cree hacer en
contra del pueblo sólo lo hace, en realidad, en contra suya.
393
espionaje. Esta división policiaca se llamó Condestables, de acuerdo con los que así eran llamados en Inglaterra, y que desempeñaron
un papel significativo durante las manifestaciones cartistas del 10 de abril de
1848.
368 Tomado del discurso del ministro Kühlweter y Hansemann en la trigesimoséptima
sesión de la Asamblea Nacional prusiana, el 9 de
agosto de 1848.
Por tanto, para el pueblo el ministerio Hansemann se resume prácticamente en el viejo “alguacileo”
policiaco y teóricamente en las injuriosas distinciones belgas369 entre burgueses y no burgueses.
Pasemos a otro de los aspectos del programa ministerial, el de la anarquía
contra la reacción.
En este aspecto, el ministerio puede presentar, más que actos, piadosos deseos.
Entre los piadosos deseos burgueses figura la
parcelación y venta de las tierras del dominio público a
particulares, la entrega de la Banca a la competencia privada, la
transformación en instituto privado del comercio marítimo,370 etcétera.
El ministerio de la acción tuvo la mala fortuna de que sus ataques económicos contra el partido
feudal aparecieron colocados todos bajo la égida del empréstito forzoso y de que sus intentos de reformas se
revelaran a los ojos del pueblo, en su conjunto, como otros tantos recursos financieros encaminados a
llenar las arcas de aquel “poder del Estado”
que se trataba de fortalecer. Esto hizo que Hansemann
se atrajese el odio de un partido sin congraciarse con el otro. Y no puede
negarse que sólo se atrevía a descargar un golpe serio sobre los privilegios feudales allí donde se imponía, por interés del ministerio
de Hacienda, la “cuestión monetaria”, es decir, la cuestión
monetaria en el sentido del ministerio de Hacienda. En este estrecho
sentido, exclamaba dirigiéndose a los señores feudales:
394
¡Señores: en cuestiones de dinero, cesa la cordialidad!
Y así incluso sus aspiraciones burguesas positivas en contra de los elementos feudales presentaban el
mismo matiz policiaco que sus medidas negativas encaminadas a “reanimar
la actividad comercial”. En efecto, en términos de economía política,
la policía se llama el fisco. La elevación de
los impuestos sobre el azúcar de remolacha y sobre el aguardiente, que
Hansemann hizo aprobar por la Asamblea Nacional y elevó a ley, sublevó
a las cajas de caudales, con Dios y por la Patria y por el Rey,
en Silesia, las Marcas, Sajonia, la Prusia Oriental
y Occidental, etc. Y, a la par que
esta medida concitaba la cólera de los terratenientes
industriales en las provincias de la vieja Prusia, provocaba un descontento no
menos grande entre los destiladores de aguardiente burgueses de la provincia
del Rin, quienes se veían con ello colocados en condiciones de competencia no
menos desfavorables frente a las viejas provincias prusianas. Y para colmar la
medida, indignó además a la clase obrera de las viejas
provincias, para las que esa medida no significaba ni podía significar más que el encarecimiento de un
artículo indispensable. Por tanto, para lo único que servía era para
llenar las arcas del “poder del
Estado”, que se quería “fortalecer”.Y creemos que basta con este ejemplo, ya que se trata del único acto
del ministerio de la acción contra los elementos feudales llevado realmente a
la práctica, del único proyecto orientado en este sentido, que realmente llegó
a convertirse en ley.
395
Los “proyectos” de Hansemann dirigidos a suprimir
las exenciones fiscales de clase y del impuesto
territorial, así como su proyecto de impuesto sobre la
renta 371 hicieron bailar la tarantela a los fanáticos terratenientes
adoradores de “Dios, el Rey y la Patria”. Pusieron el grito en el cielo
acusándolo de... comunista, y aún es hoy el día en que los
cruzados prusianos se santiguan tres veces al oír el nombre de Hansemann, que
suena a sus oídos como el de Fra Diavolo.372 La abolición del privilegio
de exención de impuestos, única medida importante propuesta por un ministro
prusiano
369 La Constitución aristocrático-burguesa de
Bélgica aprobada después de la victoria de la revolución burguesa de
1831 suprimía, mediante un censo general, el derecho electoral.
370 Sociedad prusiana del comercio
marítimo: se fundó en 1772 como una sociedad de crédito, con la
concesión de una serie
de importantes privilegios de parte del Estado. El gobierno hizo entrega de un fuerte empréstito para sus disposiciones, asignándole a
sus banqueros y agentes de cambio un importante papel. En 1810 las acciones y
obligaciones de esta sociedad fueron transformadas en bonos de la deuda
pública, por lo que se procedió a suprimirla. A través de una disposición
ministerial, el 17 de enero de 1817 se transformó en una institución
bancaria y financiera del Estado prusiano.
371 El “Proyecto de Ley acerca de la supresión de las exenciones del impuesto sobre la renta”, referente a la nobleza, la oficialidad, la jerarquía eclesiástica y los maestros, fue propuesto en la Asamblea Nacional prusiana el 12 de julio de 1848, tras la exposición que
de él hizo Hansemann y entregado a la Asamblea el 21 de julio.
372 Fra Diavolo: el “hermano
Diablo”, que en la realidad se llamó Michele Pezza, un jefe bandolero del sur
de Italia; dirigió de 1798 a
1806, con sus guerrilleros, una sostenida lucha
contra los conquistadores franceses, quienes al
término de la resistencia lo atraparon y más tarde lo ajusticiaron
ejemplarmente. La figura de Fra Diavolo de la ópera del mismo nombre, de Auber,
no tiene nada que ver con el verdadero, salvo en el nombre.
durante la maravilla de la Asamblea de los
partidarios del pacto, se estrelló contra la limitación de horizontes de que
partiría por principio la izquierda. Y esta limitación había sido sancionada
por el propio Hansemann. ¿O acaso iba la izquierda a abrir nuevas fuentes de
recursos financieros al ministerio del “poder del Estado” que trataba
de “fortalecerse”, antes de que se redactara y jurara
la Constitución?
Tan desventurado
era este ministerio burgués par excellence, que la más radical de sus medidas tenía
necesariamente que verse paralizada por los miembros radicales de la Asamblea
del Pacto. Tan desamparado se hallaba, que toda su cruzada contra el feudalismo
se convirtió en una elevación de impuestos, arrostrando por igual el disgusto de todas las clases, y toda su perspicacia financiera abortó
en un empréstito forzoso. Dos medidas que, en fin de cuentas,
no hacían más que aprontar subsidios para la campaña de la
contrarrevolución contra la misma burguesía. Por su parte, los
elementos feudales se convencieron de las “pérfidas” intenciones del ministerio burgués. Por donde, en la misma
lucha financiera de la burguesía prusiana contra el feudalismo, se comprobó la
verdad de que, en su impotencia antipopular, esta burguesía procedía en
contra de sí misma incluso cuando se trataba de reunir dinero, y “¡señores:
en cuestiones de dinero, cesa la cordialidad!”
396
Lo mismo que el ministerio burgués había logrado
concitar en contra suya, por igual, el encono del
proletariado urbano, de la democracia burguesa y de los elementos feudales, supo también enajenarse
y enfrentarse como enemiga incluso a la clase campesina sojuzgada
por el feudalismo, apoyado celosísimamente en ello por la Asamblea de
los partidarios del Pacto. No debe olvidarse, en términos generales,
que durante la mitad de su vida esta Asamblea encontró en el ministerio
Hansemann su adecuado representante y que los mártires burgueses
de hoy tiraban ayer de los faldones de la levita a Hansemann.
El proyecto de liberación de las cargas feudales
presentado por Patow bajo Hansemann373 constituía el más lamentable amaño
de la impotente veleidad burguesa de abolir los privilegios feudales, como
“relaciones incompatibles con la nueva Constitución del Estado”, y del temor
burgués a atentar revolucionariamente contra cualquier clase de propiedad. El
lamentable, medroso y mezquino egoísmo cegó a la burguesía prusiana hasta el
punto de repudiar a su aliado natural>que era la clase campesina.
El 3 de junio, el diputado Hanow presentó una propuesta según
la cual
podrían dejarse
en suspenso inmediatamente, a petición de una de
las partes, todas las negociaciones en
curso encaminadas a regular las relaciones entre terratenientes y campesinos y a redimir las prestaciones
personales, entre tanto que se promulgara una nueva ley, basada en principios
de equidad.
Pero sólo a fines de septiembre, es
decir, cuatro meses más tarde, bajo el ministerio Pfuel, votó la Asamblea del
Pacto el Proyecto de ley sobre el aplazamiento de las negociaciones pendientes
entre terratenientes y campesinos, después de rechazar todas las enmiendas
liberales, dejando en pie “la reserva de que podían establecerse
373
con carácter interino las prestaciones en curso” y “hacerse efectivos los tributos litigiosos y los
atrasos”.374
397
373 El título de la “Memoria de Patow
para la liberación”, del io de junio de 1848, dice:
“Promemoria relativa a las
disposiciones de la legislación por medio de las cuales se intentará una reforma en las relaciones de propiedad y señorío así como la superación de
las trabas existentes para el cultivo de la tierra”.
374 La Propuesta del diputado Hanow fue transmitida en la sesión del 3 de junio de 1838
de la Asamblea Nacional prusiana. El 21 de
julio, la Comisión Central de la Asamblea ofreció una exposición sobre esta
propuesta y un proyecto de ley. En la sesión del 30 de septiembre, esta
comisión puso a debate dentro de la Asamblea un segundo informe sobre la
propuesta del diputado Hanow, acompañado de otro proyecto de ley. En esta
última sesión se aprobó el proyecto de ley. Finalmente, la ley que
resultó de estas deliberaciones fue derogada por el rey el 9 de octubre de
1848.
En agosto, si no nos equivocamos, la
Asamblea del Pacto declaró no urgente la propuesta de
Nenstiel sobre la “inmediata abolición” de las
prestaciones personales,375 ¡y se pretendía que los campesinos, por su
parte, consideraran urgente batirse por aquella misma Asamblea de partidarios
del pacto que los retrotraía al estado de hecho anterior a la revolución de
Marzo!
La burguesía francesa comenzó liberando
a los campesinos. Con los campesinos, conquistó a Europa. La
burguesía prusiana, en cambio, se hallaba tan dominada por sus intereses estrechos e
inmediatos, que perdió por su ligereza este aliado y lo convirtió en un
instrumento en manos de la contrarrevolución feudal.
La historia oficial de la disolución del ministerio burgués es bien conocida.
Bajo su égida, el “poder del Estado” “se fortaleció” de tal modo y las energías del pueblo se deprimieron
a tal punto, que los dióscuros Kühlwetter-Hansemann hubieron de formular, ya el
15 de julio, una advertencia a todos los presidentes del gobierno de la
monarquía en contra de los manejos reaccionarios de los funcionarios
administrativos, especialmente de los consejos municipales; más tarde, se
reunió en Berlín, junto a la Asamblea del Pacto, una “Asamblea de la
nobleza y los grandes terratenientes en defensa” de sus privilegios376 y, finalmente, se convocó en la Alta Lusacia para el 4 de
septiembre, frente a la llamada Asamblea Nacional de Berlín, como trasunto de
la Edad Media, una “Dieta comunal para salvaguardar los derechos amenazados de
la propiedad sobre la tierra”.
398
La energía de que el gobierno y la llamada Asamblea
Nacional dieron pruebas en contra de estos síntomas contrarrevolucionarios cada
día más amenazadores se manifestó, como era natural, en advertencias sobre el
papel. Las bayonetas, las balas, las cárceles y los alguaciles los reservaba el
ministerio burgués para el pueblo, con vistas a “restablecer la confianza
quebrantada y reanimar la actividad comerciar.
Los sucesos de Schweidnitz, en que la soldadesca asesinó directamente a burgueses encuadrados en la
Milicia Cívica, sacaron por último a la Asamblea Nacional de su apatía. El 9 de
agosto, se decidió, apelando a todas sus energías, a realizar un acto heroico,
al dictar la orden al ejército de Stein- Schultze,377 en la que se
recurría como medio supremo de coacción al sentimiento de ternura de
los
oficiales prusianos. ¡Vaya un medio de coacción! ¿Acaso su honor monárquico no vedaba a los oficiales
prestar oídos al honor burgués?
El 7 de septiembre, un mes después de
haber concebido la orden al ejército de Stein-Schultze, la Asamblea decidió que
aquel acuerdo tuviese carácter real y fuese ejecutado por los ministros.
Hansemann se negó a ello el 11 de septiembre, y presentó su dimisión, después
de extenderse a sí mismo el nombramiento de director del Banco, con un sueldo
anual de 6.000 táleros, pues
¡Señores: en cuestiones de dinero, cesa la cordialidad!
Por último, el 25 de septiembre, la Asamblea del Pacto recibió con gratitud de labios de Pfuel la fórmula
completamente atenuada de la orden al ejército de Stein-Schultze, que entre tanto se había convertido
en una broma de mal gusto ante las masas de tropas
concentradas en torno a Berlín, con la orden paralela dirigida al ejército por
Wrangel.378
399
375 La Propuesta del diputado Nenstiel, “quede inmediato daba término a la subsistente
servidumbre palaciega”, fue declarada en la
sesión del 1 de septiembre de 1848, en una
normal orden del día de la
Asamblea, como no urgente, contra lo propuesto por el propio
diputado Nenstiel.
376 Marx se refiere a la “Asamblea general en
defensa, de los intereses materiales de todas las clases del pueblo
prusiano”, también llamada “Parlamento de los Junkers” Se
trata de un gran congreso convocado por los grandes terratenientes “para
la defensa y fortalecimiento de la propiedad territorial y la prosperidad
de todas las clases” (aunque, en realidad, este congreso trató tan sólo de
los intereses de la clase terrateniente), celebrado en Berlín el 18 de agosto
de 1848.
377 Véase supra, nota 271.
378 Orden militar de Wrangel: el general al mando de la guarnición de Brandeburgo, Wrangel, dirigió el 17 de septiembre de 1848 una
orden al ejército en la que se indicaba que los grupos militares prusianos que
tuvieran intenciones de perpetrar un ataque abierto
ante las conquistas revolucionarias fueran degradados. Hizo notar que su
labor estaba encaminada a sostener la “tranquilidad pública”. La orden
concluía con un llamado a los soldados para cerrar filas en torno a
los oficiales y al rey
Basta echar una ojeada a las fechas que acabamos de
consignar y a la historia de la orden al ejército de Stein-Schultze para
convencerse de que no fue ésta la verdadera razón de la
dimisión de Hansemann. ¿Por qué había de retroceder ante aquella proclama sobre
el papel quien no se había asustado de otorgar su reconocimiento a la
revolución? Un Hansemann, que había alargado la mano hacia la cartera de
ministro cuantas veces le había caído en suerte, ¿iba a dejarla esta vez al
mejor postor sobre el banco del consejo de ministros, simplemente por una
irritación de buena fe? No; nuestro Hansemann no es ningún fanático. Lo que
ocurre es, sencillamente, que se vio chasqueado, como personificación
de la chasqueada burguesía. Se le hizo creer que la Corona lo sostendría, pasara
lo que pasara. Se le hizo perder hasta la última apariencia de popularidad, para sacrificarle finalmente
al rencor de la nobleza rural y poder librarse así de la tutela de la
burguesía. Además, el plan de campaña convenido con Rusia y Austria exigía que
se pusiera al frente del gabinete a un general designado por la camarilla, al
margen de la Asamblea del Pacto. El ministerio burgués había “fortalecido” ya
lo suficiente el “poder del Estado” para que pudiera aventurarse este golpe.
La elección de Pfuel resultó equivocada. La
victoria de los croatas en Viena hizo que incluso un Brandeburgo se convirtiera
en un instrumento idóneo.
Bajo el ministerio Brandeburgo, la Asamblea de los
partidarios del pacto fue ignominiosamente burlada, escarnecida, humillada,
perseguida y, en el momento decisivo, el pueblo permaneció indiferente. Su derrota fue
la derrota de la burguesía prusiana, de los constitucionales; fue,
por tanto, una victoria del partido democrático, por muy cara
que tuviese que pagarla.
400
Pero ¿y la Constitución otorgada?379
Se había dicho que jamás se interpondría “un pedazo
de papel” entre el rey y su pueblo.380 Ahora, se decía: entre el rey
y su pueblo sólo se interpondrá un
pedazo de papel. La verdadera Constitución de Prusia
es el estado de sitio. La Constitución francesa otorgada
contenía solamente un artículo, el 14, que la derogaba.381 En la Constitución otorgada
de Prusia todos y cada uno de los artículos son un artículo 14.
Por esta Constitución, la Constitución otorga
nuevos privilegios; se los otorga, concretamente, a sí misma.
Se reserva en ella el derecho a disolver libremente
las cámaras sin plazo alguno. Concede a los ministros el derecho a dictar
libremente, cuando no estén reunidas las cámaras, toda clase de leyes (incluso
sobre la propiedad, etc.). Permite a los diputados acusar libremente por ello a
los ministros,
pero corriendo el riesgo de ser declarados en estado de sitio como “enemigos interiores”. Y, por último,
se reserva a sí misma, en el caso de que para la primavera subiera la
cotización de las acciones de la contrarrevolución, el derecho de sustituir
este “pedazo de papel” que flota en el aire por una Carta
Magna382 cristiano-germánica emanada orgánicamente de la jerarquía estamental de la Edad Media, o
a poner fin sin más al juego constitucional. Incluso en este último caso, la
parte conservadora de la burguesía se postraría de hinojos y rezaría:
401
¡El Señor nos lo ha dado, el
Señor nos lo ha quitado, bendito y alabado sea el
nombre del Señor!
La historia de la burguesía prusiana y de la
burguesía alemana en general, desde marzo hasta diciembre, demuestra que en
Alemania es imposible una revolución puramente burguesa y la
instauración del poder de la burguesía bajo la forma de
la monarquía constitucional; que en este país
379 Véase supra, nota 340.
380 Referencia al “Mensaje” de Federico Guillermo IV durante la apertura de
la primera
Dieta Unificada, el 11 de abril de 1847.
381 De acuerdo con el artículo 14 de la Charte constitutionelle de Luis XVIII se decía: “El rey es la cabeza del Estado... él decreta
las disposiciones y mandatos necesarios para la aplicación de
la ley y la seguridad del Estado”.
382 Magna Charta Libertatum: documento que habrían de
proponer al rey inglés, Juan sin Tierra, con el apoyo de la
nobleza
y las ciudades, los grandes señores feudales, barones y
eclesiásticos. Fue firmada el 15 de junio de 1215 a fin de limitar
los derechos del rey ante todos los grandes señores feudales, la
nobleza y las ciudades de todo el reino. Funcionó como una auténtica
carta constitucional.
sólo cabe una de estas dos cosas: o la
contrarrevolución feudal-absolutista o la revolución republicanosocial
Ahora bien, que la misma parte vital de la
burguesía tiene necesariamente que volver a despertar de su apatía nos lo
garantizan, sobre todo, las cuentas monstruosas con que la
contrarrevolución la sorprenderá en la primavera, pues, como tan ingeniosamente
dice nuestro Hansemann,
¡Señores: en cuestiones de dinero, cesa la cordialidad!
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 183,
31 de diciembre de 1848]
402
LA CONTRARREVOLUCIÓN Y LA JUDICATURA PRUSIANA
[C. Marx]
COLONIA. EL GRAN FRUTO DEL MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO de 1848 no es lo que los pueblos
han obtenido, sino lo que han perdido:
es la pérdida de sus ilusiones.
Los meses de junio, noviembre y diciembre de 1848 son las gigantescas piedras miliares del desencanto
y la resaca en la mente del pueblo europeo.
Entre las últimas ilusiones que ataban al pueblo
alemán figura en primer lugar su fe supersticiosa en la judicatura.
El prosaico viento norte de la contrarrevolución prusiana ha tronchado también esta flor de la fantasía
popular, que brotó en su día en Italia, en la Roma eterna.
Los hechos y las declaraciones del Tribunal de Casación del Rin, del Tribunal Superior de Berlín y de los tribunales
territoriales de Münster, Bromberg y Ratibor contra Esser, Waldeck, Temme, Kirchmann y Gierke vienen
a demostrar una vez más que la Convención francesa es y
seguirá siendo el faro que
ilumina a todas las épocas revolucionarias. La Convención inauguró la era revolucionaria al separar de
sus cargos, por decreto, a todos los funcionarios. Tampoco
los jueces son otra cosa que funcionarios, como los tribunales que acabamos de
citar atestiguan ante toda Europa. Los caídos turcos y los mandarines chinos
podrían refrendar tranquilamente las más recientes decisiones adoptadas por aquellos ¡altos tribunales
en contra de sus colegas!
403
Nuestros lectores conocen ya las medidas decretadas
por el Tribunal Superior
de Berlín y el Tribunal Territorial de Ratibor. Por hoy
vamos a ocuparnos del Tribunal Territorial de Münster.383
Pero, antes, algunas palabras acerca del Tribunal de Casación del Rin, con sede en Berlín, que es el
summus pontifexa de la jurisprudencia renana.
A El Papa.
Como es sabido, los juristas renanos (con unas
cuantas excepciones honrosas) no encontraron nada más urgente que hacer, en la
Asamblea del Pacto de Prusia, que curar al gobierno prusiano de sus
viejos prejuicios y de su vieja inquina. Le hicieron
ver, en efecto, que la oposición
mantenida por ellos con anterioridad apenas tenía otra significación
que la de los parlamentos franceses antes de 1789, que no era otra cosa que la
defensa tozuda y liberal de sus intereses gremiales. Como en
la Asamblea Nacional francesa de 1789 los parlamentarios liberales, los
juristas liberales renanos eran en la
Asamblea Nacional prusiana de 1848 los más valientes entre los valientes en las huestes del servilismo.
La Procuraduría de Justicia de la Prusia renana llegó incluso a sonrojar a los
jueces inquistoriales de la vieja Prusia con su “fanatismo político”. Y, como
es natural, los juristas renanos tenían que seguir defendiendo su fama
aún después de la disolución de la Asamblea
del Pacto. Los laureles del Tribunal Superior de la vieja Prusia no
dejaban conciliar el sueño al Tribunal de Casación de la Prusia renana.
Su presidente Esser envió al magistrado del Alto Tribunal de Revisión Esser (que no debe confundirse
con los dos Esser de Colonia, hombres “bien intencionados”) un escrito análogo
al dirigido por el presidente del Tribunal Superior Mühler al
magistrado del Tribunal Superior Waldeck. Pero la Corte de la
Prusia renana supo sobrepujar al tribunal de la vieja Prusia. El presidente del
Tribunal de Casación del Rin le ganó por la mano a su competidor al cometer la
pérfida grosería de comunicar al
público Berlinés, en la Reforma Alemana,384 antes de que su destinatario lo conociera, el escrito
383 El decreto del Tribunal Superior de
Justicia de Berlín, así como un comunicado acerca de los decretos del
Tribunal Superior estatal de Justicia de Ratibor, Münster y Bromberg
fueron publicados en el núm. 174, del 21 de diciembre de 1848, de
la Nueva Gaceta Renana.
384 Die Deutsche Reform. Politische Zeitung
für das Constitutionelle Deutschland: diario publicado en Berlín de
1838 a 1851; fue órgano de la camarilla de los monarquistas
constitucionales.
dirigido al señor Esser. Estamos seguros de que toda la provincia renana contestará al escrito del señor
Sethe con un mensaje monstruo dirigido a nuestro digno
compatriota el señor Esser.
404
No es algo lo que huele a
podrido en “ Dinamarca”;385 es todo. ¡Y ahora, vayamos a Münsterl Nuestros
lectores saben ya de la protesta del Tribunal Territo
rial de Münster contra la reposición de su presidente Temme. La cosa se desarrolló, sobre poco más o
menos, del siguiente
modo: El gobierno de la contrarrevolución había insinuado, directa o
indirectamente, al Alto Tribunal secreto, al Tribunal de Casación del Rin y a los tribunales territoriales
de Bromberg, Ratibor y Münster que el rey vería con malos ojos el que
volvieran a sus altos puestos hombres como Waldeck, Esser, Gierke,
Kirchmann y Temme, que habían seguido tomando parte en las
deliberaciones de Berlín y participado en el acuerdo de la denegación de
impuestos y que debían, por tanto, protestar contra
eso.
Los altos tribunales de Justicia (el Tribunal de
Casación del Rin vaciló en el primer momento, y los grandes artistas
consiguieron lo que se proponían, interviniendo al final, en vez de hacerlo al
principio) se prestaron todos a la insinuación, enviando protestas desde y
hacia Berlín. El Tribunal Territorial de Münster cometió la torpeza de manifestarse directamente ante el rey (ante el llamado rey constitucional)
con una protesta contra Temme, en la que se dice,
literalmente,
que al participar en las sesiones ilegales de
una fracción de la Asamblea Nacional, cuyas sesiones habían sido
suspendidas, se colocó en abierta rebeldía contra el gobierno de Su Majestad y,
al votar en favor de la propuesta de denegación de impuestos, se pasó al campo
de la revolución y trató de encender la anarquía dentro de la patria.
405
El memorial prosigue del siguiente modo:
Va en contra de nuestro sentimiento jurídico, de
las exigencias del público en cuanto a la integridad del
presidente de un Tribunal Territorial de Justicia y a los deberes de éste en lo tocante a la formación de los
futuros funcionarios judiciales y a su posición con respecto a los funcionarios inferiores de justicia, el que
a la vista de tales antecedentes permanezca en su puesto oficial, dentro de este Tribunal del que formamos
parte, dicho P. P. Temme. Nos creemos, pues, obligados
en conciencia a expresar a vuestra majestad, con
el mayor respeto y sumisión, el imperioso deseo de que se nos releve de toda clase de relaciones oficiales
con el presidente Temme.
El escrito aparece firmado por todos los miembros del Tribunal, con excepción de un solo magistrado,
cuñado, del ministro de Justicia Rintelen.
Este ministro de Justicia había enviado al señor
Temme, a Münster, el 18 de diciembre, una copia del memorial, “para que
tomara una decisión” cuando ya Temme se había reintegrado a su cargo en el
tribunal sin protesta por parte de los cobardes.
En
la mañana del 19 de diciembre, según informa la Gaceta de Dusseldorf,386 el señor Temme
se presentó por vez primer a en una sesión plenaria
del Tribunal Territorial y asumió su puesto de presidente, junto al presidente
sustituto, Von Olfer. Una vez abierta la sesión, pidió la palabra y expuso
brevemente, sobre poco más o menos, lo que sigue. Que había recibido un
rescripto del ministro de Justicia, acompañado de la copia de
un escrito. Que este escrito contenía una
petición del alto Tribunal al que ahora tenía la honra de
pertenecer, en la que se protestaba contra su reintegración al puesto que
ocupaba. Que el ministro de Justicia le comunicaba dicho escrito para su conocimiento y “para que tomara
una decisión en consonancia con ello”. Que la protesta del “alto Tribunal” se
basaba, evidentemente, en sus actividades políticas, pero que de éstas, así
como de sus opiniones políticas en general, no tenía por
qué hablar en aquel lugar, ya que no eran de la incumbencia del
“alto Tribunal”. En cuanto a su “decisión”,
385 Alusión a la obra dramática de Shakespeare, Hamlet, Acto Primero, escena cuarta.
386 Dusseldorfer Zeitung: diario
publicado en la ciudad de Düsseldorf de 1826 a 1926. Su antecesor,
aparecido a partir de 1745, se llamaba Düsseldorfer
Stadt-Anzeiger: Durante la década de los cuarenta del siglo XIX
representaba a las tendencias liberales.
la manifestaba ya por el hecho de acudir
allí a ocupar su puesto como presidente, haciendo constar ante el “alto
Tribunal”, que no lo abandonaría a menos que se viera obligado a hacerlo por
una sentencia judicial, conforme a derecho. Por lo demás, no comprendía —dijo— por qué la diferencia de ideas políticas
tenía que alterar las buenas relaciones entre colegas; por
lo menos, en lo que de él dependía —añadió—, “haría
todos los esfuerzos por evitar que así sucediera”.
406
Los valientes entre los valientes se quedaron
estupefactos, como fulminados por un rayo. Permanecieron mudos, inmóviles,
petrificados, como si alguien hubiese lanzado la cabeza de la Medusa en medio
del colegio de los mandarines.
¡Pobre Tribunal Territorial de Münster! Acicateado
por su celo, procesó y envió a la cárcel a gran número de personas, inculpadas
de haber querido llevar a la práctica el acuerdo de la Asamblea Nacional sobre
la denegación de impuestos. Con su fallo en contra de señor Temme, pronunciado
incluso en
las mismas gradas del trono, este buen
Tribunal Territorial ha tomado partido, ha emitido, no
un juicio, sino un prejuicio, y ello le incapacita para seguir
desempeñando el papel de juez con respecto al partido contrario.
Recuérdese que la coacción ejercida por la chusma
de Berlín sobre la Asamblea Nacional de Prusia
sirvió de pretexto para el primer golpe de Estado del ministerio Brandeburgo.387 Para no coaccionar a
los diputados, prosigue, aun después de la vuelta de aquéllos a sus casas, el “acoso” iniciado contra ellos
en Berlín.
407
En su instrucción, que más abajo reproducimos, dice el ministro de Justicia Rintelen:
La quimera deliberadamente alimentada por muchos de
que, desde marzo del presente año ya no se hallan en vigor las leyes penales
anteriores, sobre todo tratándose de delitos contra el Estado, ha contribuido
mucho a fomentar la anarquía y tal vez también a ejercer una peligrosa
influencia sobre algunos tribunales de justicia.
La mayor parte de los hechos del señor Rintelen y
de los tribunales de justicia a él endeudados demuestran
una vez más que en Prusia, desde la disolución
por la fuerza de la Asamblea Nacional, no rige
más que una ley, que es el despotismo de la camarilla
de Berlín.
El gobierno prusiano había dictado el 29 de marzo de 1833 la célebre ley disciplinaria en contra de los
jueces 388 en virtud de la cual éstos podían ser destituidos,
trasladados o jubilados por simple disposición
del ministerio de Justicia. La última Dieta
Unificada derogó esta ley389 y puso de nuevo
en vigor el principio según el cual los jueces sólo podían ser destituidos,
trasladados o jubilados por sentencia judicial conforme a derecho. Este
principio ha sido confirmado por la Constitución otorgada.390 ¿No pisotean
estas leyes los tribunales que, siguiendo la recta del ministro de Justicia
Rintelen, tratan de obligar a los jueces políticamente en entredicho a
abandonar sus puestos bajo el peso de una coacción moral? ¿No se convierten estos tribunales, al proceder así, en cuerpos de oficiales
que expulsan de su seno a quienes profesan ideas
políticas que no cuadran a su “honor”
monárquico- prusiano?
¿Y no existe, además, una ley que declara exentos de responsabilidad e inviolables a los representantes
del pueblo?391
¡Ruido y humo!
Si la Constitución prusiana no fuese ya un papel mojado por su propio articulado y el modo como nació,
lo sería por el mero hecho de tener como suprema salvaguardia al Tribunal
Superior de Berlín. La Constitución se halla
salvaguardada por la responsabilidad de los ministros, y
la irresponsabilidad de
387 Se trata del traslado de la Asamblea Nacional de
Berlín a la ciudad de Brandeburgo.
388 Se trata de la “Ley acerca de los procedimientos disciplinario y judicial contra
los funcionarios” del 29 de marzo de 1844.
389 Se trata de la “Ordenanza sobre algunas cuestiones fundamentales para la futura Constitución prusiana”, del 6 de abril de
1848.
390 Véase supra, nota 340.
391 Se trata de la “Patente sobre la publicación de las leyes del reino, concernientes al procedimiento en caso de demandas
judiciales contra
los miembros de la Dieta Unificada
del reino”, del 14 de octubre de 1838.
los ministros tiene su salvaguarda en el tribunal puesto bajo sus órdenes, el cual no es otro que el
Tribunal Superior de Berlín, que ha encontrado su representante
clásico en el señor Mühler.
Los más recientes rescriptos del Tribunal Superior no son, pues, ni más ni menos que la manifiesta
anulación
de la Constitución otorgada.
En Austria, la burguesía se
convence, gracias a las amenazas directas del gobierno,
de pegar fuego al Banco,392 que el pueblo de
Viena dejó intacto en los momentos de su mayor y más justa
indignación contra el feudalismo financiero, de que su traición contra el
proletariado ha dejado abandonado precisamente
aquello que su traición creía asegurar, a
saber, la propiedad burguesa. En Prusia, con
su cobarde confianza en el gobierno y su traidora desconfianza contra el
pueblo, la burguesía ve amenazada lo que constituye la
inexcusable garantía de la propiedad burguesa: la administración
burguesa de justicia.
Con la supeditación de la judicatura, la propia
administración burguesa de justicia queda supeditada al gobierno, lo
que vale tanto como decir que el derecho burgués es desplazado por el
despotismo de los funcionarios. La bourgeoisie séra punie, par oü elle a péché — la burguesía será castigada por donde
ha pecado—, por el gobierno.
409
Que las serviles declaraciones de los más altos tribunales no son más que los primeros síntomas de la
inminente transformación absolutista de los tribunales judiciales, lo revela la
siguiente instrucción que el ministro de Justicia ha expedido recientemente:
Ya
mi predecesor en el cargo ha recordado, con su instrucción general del 8 de
octubre del corriente año, que es deber preferente de
las autoridades de justicia velar por el respeto y la eficacia de las
leyes y que cumpliendo esta misión es como mejor sirven al país,
ya que la verdadera libertad sólo puede prosperar con base en la ley. De
entonces acá, se han producido, desgraciadamente, en muchos sitios gravísimos
brotes de manejos anárquicos en desprecio de la ley y del orden; han llegado a
producirse en algunas partes del país rebeliones violentas contra la
autoridad, no siempre reprimidas con la necesaria energía. A la vista
de tan lamentable situación, y en estos momentos,
en que el Gobierno de Su Majestad el Rey ha
dado un paso decisivo para salvar al Estado del
abismo hacia el que se le empujaba, me dirijo de nuevo a
las Autoridades Judiciales y a los señores procuradores de Justicia de todo el
país para intimarlos a cumplir con su deber en todas partes y sin miramientos
hacia las personas. Ningún culpable, sea el que fuere, deberá dejar de ser
castigado por la vía más rápida y con la pena dictada por la ley.
Con el más profundo pesar he debido
enterarme, tanto por los informes de algunas autoridades del país
como por la prensa, de que algunos funcionarios de justicia, haciendo caso omiso de los deberes especiales
que su cargo les impone, se han dejado arrastrar a cometer actos manifiestamente contrarios a la ley o no
han dado pruebas de la valentía y la firmeza necesarias para
poner freno con éxito al terrorismo. Espero que, después de comprobar
los hechos y de instruir, en su caso, el sumario oportuno, se procederá también
en contra de estas personas, sin la menor consideración y del modo más
expedito, ya que los funcionarios adscritos a la administración de justicia,
obligados a velar por el respeto a las leyes, delinquen doblemente cuando las
infringen; y el acelerar los procedimientos, en estos casos, constituye una
necesidad mayor, ya que no debe dejarse en manos de funcionarios así el manejo
del derecho.
410
Si entre los culpables se encontraran funcionarios
contra los cuales, según las normas vigentes no se pueda, sin autorización
superior, instruir un sumario formal o decretar la suspensión de sus funciones,
medida que, en casos como éstos, deberá tomarse siempre en consideración,
deberá, a la vista de las circunstancias del caso y con el fin de incoar el
sumario, procederse sin espera a recibir instrucciones especiales, procediendo
luego a recabar con la mayor premura la necesaria autorización. Por lo que se
refiere a los jueces auxiliares y otros funcionarios subalternos de
justicia, no debe perderse de vista que existen preceptos especiales para
su eliminación del servicio.
La quimera alimentada por muchos de que desde marzo del presente año ya no se hallan en vigor las leyes
penales anteriores, sobre todo tratándose de delitos contra el Estado, ha
contribuido mucho a fomentar
la anarquía y tal vez también a ejercer una peligrosa influencia sobre algunos tribunales de Justicia.
392 Con el regreso del gobierno
contrarrevolucionario austriaco en diciembre de 1848, se insistió ante el Banco
de Viena en la cuestión del empréstito forzoso después de la reinstalación
del Reichstag. El gobierno pudo, no obstante, contraer primero
la deuda y luego amenazar al Banco con la confiscación de todos los
fondos.
Teniendo en cuenta
el magnífico espíritu que prevalece entre
los funcionarios de Justicia de Prusia y que en su conjunto se
mantiene indemne, bastará con remitirse al conocido principio jurídico según el
cual las leyes permanecen en vigor mientras no sean derogadas o modificadas por
la vía legislativa, y a la expresa y taxativa disposición contenida en el
artículo 108 del texto constitucional del 5 del corriente,
para estar seguros de que los dignos y honorables funcionarios de Justicia de Prusia, sin menoscabo de su
interés por la verdadera libertad, por la libertad moral y del Estado, pondrán
por encima de todo el respeto a la ley y el orden.
Fieles a estos principios y despreciando todo
peligro personal, marcharemos hacia adelante, seguros de triunfar sobre el
delito y sobre la anarquía. Así será precisamente como contribuiremos de un
modo esencial a que el Estado Prusiano, en otro tiempo tan brillante, vuelva a mostrarse en toda su fuerza moral
y no siga tolerando, para decirlo con las palabras de un excelente
diputado del Parlamento de Fráncfort, que campeen entre nosotros la
desvergüenza y la violencia.
Los señores presidentes de los Tribunales y el señor Procurador General de Colonia deberán, a la vista de
la presente Instrucción, cursar las órdenes necesarias a
los funcionarios de su jurisdicción y poner en mi
conocimiento contra qué funcionarios y por qué delitos se han incoado
suspensiones o sumarios.
Berlín, 8 de diciembre de 1848.
El ministro de Justicia Rintelen
411
Si algún día triunfa en Prusia la revolución, tendrá que hacer lo que en su tiempo hizo la revolución de
Febrero: dar un decreto suprimiendo la inamovilidad de la vieja judicatura. En
las declaraciones auténticas del Tribunal de Casación del Rin,
del Tribunal Superior de Berlín y de los Tribunales
Territoriales de Bromberg, Ratibor y Münster encontrará la renuncia
documental de esta casta a su privilegio.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 177, 24 de diciembre de 1848]
412
EL MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO
[C. Marx]
COLONIA, 31 DE DICIEMBRE. JAMÁS UN MOVIMIENTO REVOLUCIOnario
tuvo una obertura tan
edificante como la revolución de 1848. El Papa la bendijo canónicamente y las cuerdas del arpa eólica
de Lamartine vibraron con las melancólicas melodías filantrópicas que tenían como letra la fraternité, la
fraternización de los individuos y de las naciones.
¡Abracémonos, millones, Besemos al universo entero!393
En este momento el Papa se halla en Gaeta,
expulsado de Roma y acogido a la protección del rey Fernando, mezcla de tigre y
de idiota, el Iniciatore de Italia,394 e intriga contra
ésta con su enemigo jurado e innato, Austria, a quien en sus tiempos felices
amenazara con la excomunión. Las recientes
elecciones a la Presidencia de Francia han suministrado los datos estadísticos sobre la impopularidad
de Lamartine, el traidor.395 Nada más filantrópico, más humano, más débil
que las revoluciones de Febrero y Marzo; nada, en cambio, más brutal que las necesarias consecuencias de este humanismo de
la debilidad. Testigos: Italia, Polonia, Alemania y, sobre todo, los
vencidos de junio.
413
Sin embargo, con la derrota de los obreros
franceses en junio, quedaron derrotados también los vencedores de las mismas
jornadas. Ledru-Rollin y los otros hombres de la Montaña 396 fueron
desplazados por el partido de los republicanos burgueses, por el partido del National;397 el partido del National fue
desplazado por la oposición dinástica,398 Thiers-Barrot, y ésta, a su vez,
habría cedido el puesto a los legitimistas 399 si no se hubiese
cerrado ya el ciclo de las tres restauraciones y Luis Napoleón fuese algo más que la urna vacía en
que los campesinos franceses depositaron los sufragios
que anunciaban su incorporación al movimiento revolucionario-social y los
obreros de Francia sus votos condenando a todos los dirigentes de las épocas
recorridas, los Thiers-Barrot, los Lamartine y
los Cavaignac-Marrast. Pero consignemos el hecho de que la derrota de la clase obrera revolucionaria
francesa acarreó como inevitable consecuencia la derrota de la burguesía
francesa republicana, ante la que acabamos de sucumbir.
La derrota de la clase obrera en Francia y la victoria de la burguesía francesa representaban, al mismo
tiempo, el nuevo amordazamiento de las nacionalidades que habían respondido con
sus heroicos
intentos de emancipación al canto del gallo galo.400 Polonia, Italia e Irlanda volvieron
a verse violadas, incendiadas y pasadas a cuchillo por los esbirros
prusianos, austríacos e ingleses.
414
La derrota de la clase obrera en Francia y la victoria de la burguesía francesa, fueron, al mismo tiempo,
la derrota de las clases medias en todos los países europeos, donde las clases
medias, unidas por un momento al pueblo, habían respondido al canto del gallo
galo con su sangriento levantamiento en
contra del feudalismo. ¡Nápoles, Viena, Berlín!
La derrota de la clase obrera en
Francia y la victoria de
la burguesía francesa señalaron, a la vez, el triunfo de Oriente sobre Occidente, la derrota de la
393 Tomado de
la oda “A la alegría”, de Schiller.
394 El papa Pío IX dirigió, tan pronto fue
electo en 1846, avanzadas reformas liberales, emprendiendo así cambios para
desviar el movimiento popular (principalmente, una amnistía parcial para
los presos políticos y abolición de la censura). Después del levantamiento
insurreccional en Roma, el papa Pío IX escapó, el 24 de noviembre de 1848,
hacia Gaeta.
395 En las elecciones presidenciales del 10 de
diciembre de 1848 en Francia, Luis Bonaparte obtuvo 5 430.000 votos. Lamartine, el
candidato del partido del National, evidenció un completo
fracaso al obtener apenas 17900 votos, cifra muy inferior a cualquiera de
la obtenida por Cavaignac, Ledru-Rollin y Raspail.
396 La Montaña: se trata del grupo
político dirigido por Ledru-Rollin. Eran republicanos y demócratas
pequeñoburgueses, cuyo órgano público era el Réforme. Más
tarde se unirían a los socialistas pequeñoburgueses dirigidos, por Louis Blanc.
397 Véase supra, nota 117.
398 Véase supra, nota 120.
399 Véase supra, nota 121.
400 Véase supra, nota 281.
civilización por la barbarie. En la Valaquia,
comenzó la opresión de los romanos por los rusos y sus instrumentos, los
turcos, 401 en Viena, la libertad germánica se vio estrangulada por
croatas, panduros, 402 checos, serechanos 403 y demás
canalla, y en los actuales momentos el zar se halla
omnipresente en Europa. De allí que el derrocamiento de la burguesía en Francia, el triunfo de la clase
obrera francesa y la emancipación de la clase obrera en general sean hoy la
consigna de la liberación europea.
Ahora bien, el país que convierte
a naciones enteras en proletarios suyos, que envuelve en la
maraña
de sus gigantescos ejércitos a todo el mundo, que ya una vez ha cubierto con su dinero los gastos de la
restauración europea y en cuyo seno se han
desarrollado las contradicciones de clase hasta cobrar su
forma más acusada y desvergonzada, Inglaterra, parece la roca contra la que se estrellan las olas de la
revolución y que asfixia por el hambre ya en la entraña materna a la nueva sociedad. Inglaterra domina
el mercado mundial. Una transformación de las condiciones
económico-nacionales en cualquier país del continente europeo o en todo el
continente europeo en su conjunto sin Inglaterra, es una tempestad en un
vaso de agua.404 Las condiciones de la industria y
el comercio dentro de cada nación se hallan
dominadas por sus relaciones de tráfico con
otras naciones y por su actitud ante el mercado
mundial. Inglaterra domina al mercado mundial y la burguesía domina a
Inglaterra.
415
La liberación de Europa, ya se trate del
levantamiento hacia la independencia de las nacionalidades
oprimidas o del derrocamiento del absolutismo feudal, se halla condicionada, consiguientemente, por
el levantamiento victorioso de la clase obrera francesa. Pero toda revolución
social en Francia se
estrella necesariamente contra la burguesía de Inglaterra,
contra la dominación mundial, industrial y comercial de la Gran Bretaña. Lo mismo en Francia que en el resto del continente europeo en general,
toda reforma social parcial queda reducida, cuando pretende ser definitiva, a
un vacuo y piadoso
deseo. Y la vieja Inglaterra sólo se verá derrocada por una guerra mundial, la única que puede brindar
al partido cartista, 405 al partido obrero inglés organizado, las
condiciones necesarias para un levantamiento victorioso contra sus gigantescos
opresores. Cuando los cartistas se hallen a la cabeza
del gobierno inglés habrá llegado el momento de que la revolución social pase del
reino de la utopía al reino de la realidad. Y toda guerra europea en que se vea envuelta Inglaterra será una guerra mundial.
Se librará en el Canadá y en Italia, en las Indias orientales y en Prusia, en
África y en el Danubio. Y la guerra europea será la primera consecuencia a que
conducirá la revolución obrera victoriosa en Francia. Inglaterra volverá a
ponerse, como en tiempos de Napoleón, a la cabeza de los ejércitos
contrarrevolucionarios, pero la guerra misma se encargará de colocarla al
frente del movimiento revolucionario y de hacer que se redima de sus pecados
contra la revolución del siglo XVIII.
Levantamiento revolucionario de la clase obrera francesa y guerra mundial: he
allí el programa con que se abre el año 1849.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 184,
1 de enero de 1849]
401 En junio de 1848, en la
Valaquia (Bucarest), después de la huida del príncipe Bibesko
ante las fuerzas liberales, se formó un Gobierno provisional que
impulsó una serie de reformas liberales, una Constitución según el modelo europeo
y también un acuerdo de paz con los turcos.
402 Véase supra, nota 83.
403 Serechanos: desde 1700, los serechanos fueron agregados a los regimientos austriacos fronterizos, para las campañas menores
de defensa contra los turcos, como tropas de caballería que hacían las funciones
de exploración y vanguardia.
404 Tempestad en un vaso de agua: era el símil para una excitación en un distrito fronterizo que no produjo ninguna consecuencia; Montesquieu
lo aplicó con respecto a las confusiones subsistentes en la pequeña República
de San Marino.
405 Véase supra, nota 49.
417
UN DOCUMENTO AUTÉNTICO
DE LA BURGUESÍA
[C. Marx]
COLONIA,
4 DE ENERO. ES BIEN SABIDO QUE EN NINGUNA PARTE reviste la caridad pública
formas más nobles y más generosas que en Inglaterra, donde más desarrollada se
halla la
dominación de la burguesía. Las workhouses inglesas
—que son, literalmente, establecimientos públicos en que la población obrera
sobrante va vegetando a expensas de la sociedad burguesa— hermanan de una
manera verdaderamente refinada la caridad a la venganza que la
burguesía siente
contra los menesterosos que se ven obligados a apelar a la caridad pública. No sólo se alimenta a estos
pobres diablos con la comida más mísera y más escasa, que apenas basta para su
sustento y su reproducción física, sino que, además, se limita su actividad a
un repugnante trabajo ficticio,
improductivo, que embota su espíritu y su cuerpo, por ejemplo a mover los molinos para moler piedra.
Y para que estos desventurados se percaten bien de cuán grande es su crimen, consistente en haberse
convertido en materia gravosa para los llamados por
el nacimiento a explotarlos, en vez de ser, como
en el curso ordinario de la vida, materia explotable y lucrativa para la burguesía, a la manera como los
barriles de aguardiente almacenados son materia gravosa para
el tratante en alcohol; para que paren
mientes en lo imperdonable que es este delito, se les priva de todo lo que el más
vil delincuente puede
disfrutar, del trato con sus mujeres y sus hijos, de la conversación, del lenguaje, de todo. Y, sin embargo,
incluso esta “ cruel caridad” de la burguesía inglesa se basa, no precisamente en motivos emocionales,
sino en razones muy prácticas, perfectamente calculadas.
418
De una parte, el orden burgués y la actividad
comercial saldrían alarmantemente quebrantados si de
pronto los menesterosos de la Gran Bretaña se
vieran lanzados a la calle. Y, de otra parte, la industria
inglesa atraviesa tan pronto por periodos de febril superproducción, en que
apenas puede satisfacer
la demanda de brazos y en que, sin embargo, hay que conseguirlos lo más barato que sea posible, como
por periodos de languidez comercial en que la producción va muy por delante del
consumo y en que sólo a duras penas es posible mantener ocupada con medio
sueldo a la mitad de la población obrera. Pues bien, ¿cabe imaginarse medio más
ingenioso que las workhouses para mantener siempre dispuesto
un ejército de reserva con vistas a los periodos favorables y mientras tanto,
durante los
periodos comerciales peores, disciplinarlos en estos establecimientos gratos a Dios hasta convertirlos
en máquinas carentes de voluntad, sumisas, sin pretensiones y sin necesidades?
La burguesía prusiana le lleva a la inglesa cierta
ventaja, puesto que a la política soberbia británica, que recuerda a los
romanos de los tiempos paganos, opone ella su reverente y servil humillación y
sumisión cristiana ante el trono, el altar, el ejército, la burocracia y el feudalismo;
en vez de la energía comercial capaz de someter a su férula
continentes enteros, la burguesía prusiana sabe reptar con la paciencia china del
pequeño tendero, y lo que en los ingleses es el gigantesco e inquieto espíritu inventivo
de la industria, es en los prusianos el apego honesto y austero a las viejas
ordenanzas
semigremiales. Pero hay un punto en que la burguesía prusiana se acerca a su ideal británico: los malos
tratos descarados que una y otra dan a la clase obrera. Y si,
como corporación, tomada en bloque y en
general, marcha también en esto a la zaga de los británicos, ello se debe sencillamente a que, en bloque,
como clase nacional, por falta de valor, de inteligencia y de
energía, no ha llegado ni llegará jamás a
nada importante. No existe sobre un plano nacional; sólo tiene una existencia provincial local recatada,
urbana, y bajo estas formas se enfrenta a la clase
obrera con una dureza aún más despiadada que la burguesía inglesa.
419
¿Por qué los pueblos, desde el
periodo de la Restauración, seguían
suspirando por Napoleón, a quien habían encadenado a una
roca solitaria del Mediterráneo? Porque el despotismo de un genio es siempre más tolerable que el despotismo de un idiota.
Esto explica por qué, a pesar de todo, el obrero
inglés puede mostrar todavía cierto honor nacional ante el
obrero alemán, porque el amo que
a él le maniata,
agarrota al mundo entero, mientras que el amo del
obrero alemán, el burgués alemán, es el siervo de todo el
mundo, y nada hay tan fatal y tan humillante como
ser siervo de un siervo.
Como documento histórico que acredita el cinismo de
nuestra burguesía frente a la clase obrera,
reproduciremos textualmente la Carta de Trabajo que se obliga a firmar a los proletarios que trabajan
en las obras urbanas de la humanitaria ciudad de Colonia.
Carta de trabajo
§ 1. Todo obrero deberá acatar fiel y puntualmente
las órdenes e instrucciones de todos los vigilantes de la ciudad
y que han prestado al mismo tiempo juramento como empleados
de la policía. La desobediencia a estas órdenes o
la resistencia a cumplirlas será castigada con el despido inmediato.
§ 2. Ningún obrero podrá pasar de su sector a otro
ni abandonar el lugar en que trabaje sin autorización especial del
vigilante de la obra.
§ 3. Será despedido el obrero que sustraiga de
otro sector carretillas o herramientas para emplearlas en su trabajo.
§ 3. La embriaguez, la perturbación del orden o las
disputas o reyertas se castigarán con el despido inmediato. Cuando haya
lugar a ello, los culpables serán denunciados, además, ante los
tribunales competentes.
§5. Quien se presente al trabajo diez
minutos después de la hora quedará excluido del trabajo durante
medio día; a la tercera vez que lo haga, podrá ser
definitivamente despedido.
§ 6. Cuando un obrero abandone el trabajo o sea
castigado a perderlo, se le liquidará al siguiente día regular de pago con
arreglo a los servicios prestados por él.
420
§ 7. Cuando un obrero sea despedido, se hará
constar así en su carta de trabajo. Caso de que haya sido despedido como
castigo, el obrero, si las circunstancias así lo aconsejan, no
podrá volver a trabajar en la misma obra ni en ninguna de las obras de la
ciudad.
§ 8. Del despido de
los obreros en concepto de castigo y de
sus causas se dará cuenta
en todos los casos a las autoridades de la policía.
§9. Las quejas que
los obreros crean tener contra los vigilantes de las obras deberán hacerse
llegar al jefe de las obras de la ciudad por medio de una
delegación formada por tres obreros elegidos por los demás. El jefe de las
obras, después de investigar el fundamento de la queja, decidirá acerca
de ella.
§ 10. La jornada de trabajo durará desde las seis y media de la mañana hasta las 12 y
desde la 1 de la tarde hasta que anochezca. (¡Hermoso
estilo!)
§ 11. Quien desee trabajar en las obras deberá someterse a estas condiciones.
§ 12. Los pagos se efectuarán los sábados por
la tarde en el lugar de trabajo.
El inspector jurado de las obras
cuyas órdenes deberán ser acatadas [...]
Colonia...
|
|
Firma o Adscrito al
sector P. P. signo del obrero y ha, etc.
Firma del inspector de la obra.
¿Podrían ser más asiáticos, en su modo de ordenar, los decretos del autócrata de todas las Rusias a sus súbditos?
“Acatar fiel y puntualmente las órdenes de todos los vigilantes de la ciudad, que han prestado al mismo
tiempo juramento como empleados de la policía “La desobediencia o la resistencia a estas órdenes será
castigada con el despido inmediato” Es decir,
por encima de todo ¡obediencia pasiva! Claro que,
según
el § 9, los obreros tienen derecho a “quejarse ante el jefe de las obras de la ciudad”. Y este rajá decidirá
irrevocablemente, como es natural, en contra de los obreros, aunque
sólo sea para que el principio de
autoridad quede a salvo. Y cuando haya recaído su decisión y el obrero se halle bajo el interdicto de la
ciudad, ¡ay de él, pues desde ahora caerá bajo vigilancia policiaca!
Hasta la última apariencia de su libertad civil
desaparecerá, ya que, según
el § 8, “del despido de los obreros en
concepto de castigo se dará cuenta en todos los casos a las autoridades
de la policía”
421
Pero vamos a ver, señores: si despiden ustedes al
obrero, si rescinden el contrato por virtud del cual se comprometía a
entregarles a ustedes su trabajo a cambio de recibir su
salario, ¿qué diablos tiene que ver la policía con esta
rescisión de un contrato civil? ¿Acaso el obrero que trabaja para
la ciudad es un reo de trabajos forzados? ¿Se le denuncia a la policía porque ha faltado al respeto sumiso que
os
debe, a sus deberes innatos hacia una autoridad sabia e infalible? ¿No os reiríais del ciudadano que os denunciara a la policía por haber incumplido un contrato de suministro o no haber pagado a su debido
tiempo una letra de cambio vencida, o sencillamente por haber bebido más de la
cuenta en la noche última del año? Claro que sí. Pero, tratándose de obreros, os
consideráis fuera de toda relación
contractual de derecho civil y os encaramáis en el trono sobre ellos,
con toda la arrogancia de señores por la Gracia de Dios.
Según el § 5, quien llegue diez minutos más tarde
será castigado con pérdida de medio día de trabajo.
¡Vaya una proporción entre la transgresión y la
pena! ¡Vosotros lleváis siglos de retraso, y al obrero
que llegue a trabajar 10 minutos después
de las seis y media de la mañana, lo castigáis con la pérdida
de medio dial
422
Por último, para que esta patriarcal arbitrariedad
no sufra el menor detrimento y el obrero se halle totalmente a merced de
vuestro capricho, confiáis el modo de castigarle, en todo lo posible, al mejor
parecer de vuestros criados de librea. “Cuando haya lugar a ello”, es
decir, cuando vosotros lo creáis oportuno, los culpables, según el § 4, además
de ser despedidos y denunciados a la policía, serán entregados “a los
tribunales competentes”. Y, a tenor del § 5, el obrero “podrá” ser
“definitivamente despedido” a la tercera vez que llegue al trabajo diez minutos después de las seis y media de la mañana.
Según el § 7, “si las circunstancias así lo aconsejan”
el obrero despedido “no podrá volver a trabajar en
la misma obra ni en ninguna de las obras de la ciudad”,
etcétera, etcétera.
¿Qué enorme margen se deja a la rabia del burgués malhumorado en este código criminal de nuestros
Catones urbanos, de estos grandes hombres acostumbrados a morder el polvo ante
los altos dignatarios de Berlín?
Por el botón de muestra de esta ley es fácil darse
cuenta de cuál sería la Carta que nuestra burguesía, si llegara al
poder, otorgaría al pueblo.
[Neue Rheinische Zeitungynúm. 187, 5 de enero de 1849]
423
COLONIA, ENERO. MIENTRAS QUE EN ITALIA ASISTIMOS YA AL primer contragolpe provocado por la
contrarrevolución del verano y el otoño pasados, en las planicies húngaras se
da
cima a la última batalla para reprimir el movimiento surgido directamente de la revolución de Febrero.
El nuevo movimiento italiano es el preludio del movimiento de 1849; la guerra contra los magiares, el
epílogo del movimiento de 1848. Es probable que este epílogo se enlace todavía
con el nuevo drama que silenciosamente está preparándose.
Este epílogo es también heroico, a la manera de las primeras escenas de la tragedia revolucionaria del
48, representadas en rápida sucesión, como la caída
de París y Viena, bienhechoramente heroico tras las
escenas en parte grises y en parte mezquinas del intermedio de los meses de
junio a octubre. El acto final de 1848 se enlazó con el primer acto de 1849 por
medio del terrorismo.
Por primera vez en el movimiento revolucionario de 1848, por vez primera desde 1793, se atreve una
nación cercada por la supremacía contrarrevolucionaria a oponer a la cobarde
furia contrarrevolucionaria la pasión revolucionaria, a oponer a la terreur
blanchea la terreur rouge.b Por primera vez desde
hace mucho tiempo se alza ante nosotros un temperamento verdaderamente
revolucionario, un hombre que osa levantar en nombre de su pueblo el guante de
una lucha desesperada y en quien se hermana, dentro de su nación, las personalidades de Danton y de Carnot en
una sola: Ludwig Kossuth.
A Terror blanco.
B Terror rojo.
424
La superioridad de fuerzas es enorme. Toda Austria,
con 16 mill[ones] de eslavos fanatizados por delante,
contra 4 millones de magiares. En la Hungría
armada, organizada e inflamada de entusiasmo por Kossuth volvemos
a encontrarnos con la insurrección en masa, la fabricación nacional de armas,
los asignados, los procesos sumarios contra cuantos intentan obstruir el
proceso revolucionario, la revolución permanente, en una palabra, con todos los
rasgos distintivos del glorioso año 1793. Esta organización revolucionaria, que debe ponerse en pie, por así decirlo, en término de veinticuatro horas
si no se quiere perecer, es la que faltó en
Viena, la que, de haber existido,
jamás habría dejado el paso libre a Windischgrätz. Vamos a ver si
logra entrar en Hungría, desafiando a esta organización revolucionaria.
Veamos un poco de cerca cómo está planteada la lucha y cuáles son los partidos contendientes.
La monarquía austríaca surgió del intento de
unificar a Alemania bajo una sola corona, a la manera como habían logrado
hacerlo los reyes de Francia, hasta llegar a Luis XI. El intento se estrelló
contra el lamentable localismo de los alemanes y de los austríacos y el
congruente espíritu de pequeños tenderos de la casa de Habsburgo. En vez de
recibir a Alemania entera, los Habsburgos obtuvieron
solamente aquellos territorios del sur de Alemania que se hallaban en pie directo de lucha con algunos
grupos dispersos de origen eslavo o en los que la nobleza feudal y la burguesía
alemanas coligadas sojuzgaban a los pueblos eslavos. En ambos casos necesitaban
los alemanes de cada provincia ser apoyados desde fuera. Dicha ayuda les fue
prestada mediante la asociación en contra de los eslavos, asociación que se
estableció agrupando a las provincias en cuestión bajo el cetro de los
Habsburgos.
425
406 En este artículo, como en otros (por ejemplo en el titulado “El paneslavismo democrático”, de Engels), se manifiesta una clara oposición a
las diversas formas de la ideología nacionalista de
los pueblos eslavos. Marx y Engels pensaban en ese
entonces que el desarrollo de estos pueblos tenía que ir de acuerdo
con el desarrollo histórico de Austria y postulaban la idea
(igualmente válida, según su criterio, para otros países, como México) de que los evolú países serían absorbidos por las grandes naciones desarrolladas.
Así surgió la Austria alemana. Basta con leer en
cualquier compendio de historia cómo nació la monarquía austríaca, cómo se
desintegró y volvió a aglutinarse, siempre en lucha contra los eslavos, para
comprender cuán ajustada a la verdad es esta imagen que trazamos.
La Austria alemana linda con Hungría. En Hungría
libraban los magiares la misma lucha que los germanos en la Austria alemana. La
cuña alemana incrustada entre los bárbaros eslavos en el
archiducado de Austria y Estiria tendía la mano a la
cuña magiar del Leitha, incrustada también entre
bárbaros eslavos. Así como en el Sur y en el Norte, en Bohemia, Moravia, Carintia y Carniola, la nobleza
alemana dominaba y germanizó a las tribus eslavas, arrastrándolas así al
movimiento europeo, en el Sur y en el Norte, en Croacia, Eslavonia y las
tierras cárpatas, vemos cómo la nobleza magiar impuso su dominación a otras
tribus eslavas. Los intereses de ambas noblezas aparecían identificadas y sus
adversarios eran aliados naturales. La alianza entre los magiares y los alemanes austríacos respondía
a una necesidad.
Y para que esta alianza se hiciera indisoluble sólo
faltaba que se produjera un hecho grande, que se desencadenara
un ataque importante contra ambos. Este hecho sobrevino con la conquista del
Imperio bizantino por los turcos. Los turcos amenazaban a Hungría y, en segunda
instancia, a Viena, y Hungría se incorporó indisolublemente, por siglos, a la
casa de los Habsburgos.
Pero los enemigos comunes de Hungría y Austria fueron perdiendo vigor, poco a poco. El Imperio turco
cayó en la impotencia y los eslavos no tenían ya la fuerza necesaria para levantarse contra los magiares
y los alemanes. Más aún, una parte de la nobleza alemana y magiar que dominaba
los países eslavos adoptó la nacionalidad austríaca, con lo que las mismas
naciones eslavas quedaban interesadas en el mantenimiento de una monarquía cada
vez más obligada a defender a la nobleza contra la población alemana y magiar
que iba desarrollándose en sus territorios. Las contradicciones nacionales
desaparecieron, y la casa de los Habsburgos cambió de política. La misma casa
de Habsburgo, que se había encaramado sobre el trono imperial alemán sobre los
hombros de los filisteos alemanes, se convirtió más resueltamente que cualquier
otra dinastía en la representante de la nobleza feudal, en contra de la
burguesía.
426
En
este sentido participó Austria en
el reparto de Polonia. Los grandes estarostas
y voivodos de Galizia, los Potockis, los Lubomirskis y los
Czarioryskis traicionaron a Polonia para entregarse a Austria y se convirtieron
en los más firmes puntales de la casa de Habsburgo, la que, a cambio de ello,
les garantizaba sus posesiones contra los ataques de la baja nobleza y la
burguesía.
Pero la burguesía de las ciudades iba adquiriendo
cada vez mayores riquezas e influencia, y la agricultura, cuyo progreso crecía
en la industria, asignaba a los campesinos una posición distinta frente a los
terratenientes. El movimiento de los burgueses y los campesinos contra la
nobleza se
tornaba cada vez más amenazador. Y como el movimiento de los campesinos, que son en todas partes
portadores de la estrechez local y nacional, es necesariamente, por ello mismo, un movimiento local y
nacional, con él resurgían al mismo tiempo las viejas luchas nacionales.
Así las cosas, hizo Metternich su jugada genial. Con excepción de los barones feudales todopoderosos,
arrebató al resto de la nobleza toda influencia en la dirección del Estado.
Despojó de su fuerza a la burguesía atrayéndose a los más poderosos barones de
las finanzas, como no tuvo más remedio que hacer, pues la obligaban a ello las
exigencias financieras. De este modo, apoyada en los grandes señores feudales y
en la alta finanza, a la vez que en la burocracia y el ejército, alcanzó con
mayor perfección que todos sus rivales el ideal de la monarquía absoluta. A los
burgueses y los campesinos de cada nación los tenía a raya con la nobleza de la
misma nación y los campesinos de las demás, y a la nobleza de cada nación por
el miedo a los burgueses y los campesinos de ella. Los diferentes intereses de
clase, limitaciones nacionales y prejuicios locales, por muy complicados que
fuesen, se contrarrestaban unos a otros perfectamente y dejaban al
viejo bribón de Metternich la más completa
libertad de movimientos. Cuán lejos llegó en
esta política de
azuzar a los pueblos unos contra otros lo
demuestran las matanzas
de Galizia,407 donde Metternich logró reprimir mediante los
campesinos de
407 En febrero de 1848 dieron
inicio, en los territorios polacos, levantamientos populares de
apoyo al movimiento de
liberación nacional. El movimiento tomó auge en Cracovia y Galizia, donde tuvo lugar una sublevación campesina. Las autoridades
la Rutenia, 408 guiados por el fanatismo
religioso y nacional, el movimiento democrático polaco, iniciado en interés de
los propios campesinos.
427
El año 1848 comenzó creando en
Austria el desbarajuste más espantoso, al dejar por un
momento en libertad a todos estos diferentes pueblos, que hasta ahora
había logrado Metternich que se esclavizaran unos a otros.
Alemanes, magiares, checos, polacos, moravos, eslovacos, croatas, rutenos,
rumanos, ilirios, servios, se enredaron en conflictos unos con otros, al paso que en el
seno de cada una
de estas naciones luchaban también entre sí las diferentes clases. Pero pronto se hizo el orden dentro
del caos. Los contendientes se dividieron en dos grandes campos: de una parte, al lado de la revolución,
los alemanes, los polacos y los magiares; de otra,
al lado de la
contrarrevolución, los demás, todos los eslavos,
exceptuando a los polacos, los rumanos y los sajones de Transilvania.
¿De dónde arranca esta división por naciones; sobre qué hechos descansa?
Esta división responde a toda la historia anterior de los pueblos de que se trata. Es el comienzo de una
decisión a vida o muerte sobre todas estas grandes y pequeñas naciones.
428
Así lo demuestra toda la historia anterior de
Austria hasta nuestros días, y el año 1848 ha venido a
confirmarlo. De todas las naciones y nacioncitas de Austria solamente tres, los alemanes, los polacos y
los magiares, han sido factores de progreso, han tenido una participación activa en la historia y siguen
siendo todavía hoy naciones dotadas de vitalidad. Por eso mantienen actualmente
una actitud revolucionaria.
Todos los demás grandes y pequeños pueblos y tribus
no tienen, por encima de todo, otra misión
que la de perecer en la tormenta revolucionaria. Por eso son actualmente
contrarrevolucionarios.
Por lo que se refiere a los polacos, nos
remitimos a nuestro artículo sobre el debate de FRANCFORT
acerca de ellos.c Para refrenar su espíritu revolucionario, ya Metternich hubo de recurrir a los rutenos,
pueblo que se distingue de los polacos por su dialecto algo distinto, y sobre
todo por la religión ortodoxa griega, que siempre había formado parte de
Polonia y de la que Metternich ha hecho creer que los polacos son sus
opresores. ¡Como si en la vieja Polonia no hubieran vivido oprimidos los
propios polacos, ni más ni menos que los rutenos, como si, bajo el yugo austriaco, no fuese Metternich
su opresor común!
C Véase supra, pp. 227-292.
Eso, por lo que se refiere a polacos y rutenos, pueblos, por lo demás, a quienes la historia y la situación
geográfica mantienen tan aparte de la Austria propiamente dicha, que lo primero
que hemos tenido que hacer aquí ha sido dejarlos a un lado, para poder poner en
claro el resto del embrollo existente entre estos pueblos.
Pero digamos, antes de seguir adelante, que los polacos dan pruebas de gran penetración política y de
auténtico sentido revolucionario cuando ahora se alian a sus viejos enemigos,
los alemanes y los magiares, contra la contrarrevolución paneslavista.
Solamente así puede demostrar su vitalidad y asegurarse con ello el porvenir un
pueblo eslavo que antepone la libertad al eslavismo.
Y ahora, pasemos a hablar de la Austria propiamente dicha.
429
Austria, situada al sur de los Sudetes y los
Cárpatos, el valle alto, del Elba y la cuenca media del Danubio, es un país que
en la alta Edad Media se hallaba poblado exclusivamente por eslavos. Por su
lengua y sus costumbres, estos eslavos pertenecían al mismo tronco étnico que los eslavos de Turquía,
los servios, los bosniacos, los búlgaros y los eslavos de la Tracia y la
Macedonia: al tronco de los llamados sudeslavos, por oposición a los polacos y
los rusos. Aparte de estas ramas eslavas afines, el inmenso territorio que va del mar Negro al bosque de Bohemia y a los Alpes tiroleses se hallaba
austríacas aprovecharon el odio de los
esclavizados campesinos ucranianos contra las incursiones de los polacos,
logrando así, en la mayoría de los casos, azuzar a los campesinos
levantiscos contra las tropas polacas.
408 Rutenos: término difundido por
la etnografía y la historia burguesas del siglo XIX para la
población ucraniana de Galizia y de los territorios de los
Cárpatos y Bukovina.
poblado solamente al sur de los Balcanes por
algunos griegos y en las tierras del bajo Danubio por tribus sueltas de valacos
de habla románica.
En esta compacta masa eslava se incrustaron en
forma de cuña, por el Oeste, los alemanes, y por el
Este los magiares. El elemento germano conquistó la parte occidental de Bohemia y avanzó por ambos
lados del Danubio hasta más allá del Leitha. Fueron germanizados el archiducado de Austria, una parte
de Moravia y la mayor parte de Estiria, quedando así los checos y los moravos
separados de los
carintios y los de Carnolia. La Transilvania y el centro de Hungría, hasta la frontera alemana, quedaron
también totalmente libres de eslavos y fueron ocupados por magiares, que aquí
separaron a los eslovacos y a algunas zonas de la Rutenia (en el Norte) de los
servios, croatas y eslavones, logrando someter a todos estos pueblos.
Finalmente, siguiendo el precedente de los bizantinos, los turcos sojuzgaron a
los eslavos establecidos al sur del Danubio y del Save, con lo que la misión
histórica de los eslavos del Sur había quedado liquidada para siempre.
La última tentativa de los sudeslavos para
intervenir por su cuenta en la historia fue la guerra de los husitas, guerra
campesina nacional de los checos librada bajo bandera religiosa contra la
nobleza alemana y el poder soberano del emperador. El intento fracasó y los
checos marcharon desde entonces, forzosamente, a la cola del Imperio alemán.
Sus vencedores, los alemanes y los magiares, tomaron la iniciativa histórica en las evolú del Danubio.
A no ser por los alemanes y sobre todo por los magiares, los eslavos del Sur
habrían pasado a ser turcos, como le ocurrió, en efecto, a una parte de ellos;
más aún, mahometanos, como lo son todavía hoy los bosniacos eslavos. Es éste un favor innegable, que los sudeslavos austríacos no se puede decir
que hayan pagado caro, ni siquiera al verse obligados a trocar su nacionalidad
por la alemana o la magiar.
430
La invasión turca de los siglos XV y XVI fue la
segunda edición de la invasión de los árabes en el VIII. La victoria de Carlos
Martel409 hubo de ser ganada una y otra vez bajo los muros de Viena y en
las planicies de Hungría. Como había sucedido antes en Poitiers y sucedería más tarde en Wahlstatt410 con
motivo de la irrupción de los mongoles, volvía a verse amenazada aquí toda la
historia de Europa. Y cuando se trataba de salvar ésta, ¿iba a permitirse que
se interpusieran, para impedirlo, dos o tres nacionalidades derruidas desde
hacía ya largo tiempo e impotentes, como los sudeslavos austríacos, a quienes
se trataba, además, de salvar también?
Y como hacia afuera, ocurría hacia dentro. La clase
propulsora, la clase motriz, la burguesía, era en todas partes alemana o
magiar. Los eslavos en general sólo muy difícilmente y los eslavos del Sur
solamente aquí y allá han logrado crear una burguesía
nacional. Y, con la burguesía, estaban también en
manos alemanas o magiares la potencia industrial
y el capital, y en
estas condiciones se desarrolló la cultura alemana y los eslavos
se vieron colocados también intelectualmente bajo la batuta de los alemanes,
incluso hasta muy dentro de la Croacia. Y lo mismo sucedió, sólo que ya más
tarde y, por tanto, en menor medida, en Hungría, donde los magiares asumieron
la dirección intelectual y comercial en unión de los alemanes. Pero los
alemanes húngaros se convirtieron en realidad en magiares por su modo de pensar
y de sentir, su carácter y sus costumbres, aunque hubiesen conservado la lengua
alemana. Los únios que constituyen una excepción a esta regla son los colonos
campesinos recién asentados, los judíos y los sajones de la Transilvania, quienes se obstinan
también en mantener una absurda nacionalidad en medio de un país extraño a
ellos.
431
Y si es cierto que los magiares, en cuanto a civilización, han quedado un poco a la zaga de los austríacos
alemanes, en los últimos tiempos han recuperado brillantemente el terreno
perdido, en lo que a la actividad política se refiere. De 1830 a 1848 existió
en Hungría por sí sola más vida política que en toda Alemania junta y se supo
explotar en interés de la democracia las formas feudales del viejo régimen vigente en Hungría mejor
que las modernas formas contenidas en las constituciones del sur
409 Victoria de Carlos Martel: se
hace referencia aquí a la importante batalla sostenida por el rey de los
francos, Carlos Martel, contra los ejércitos turcos, a los que venció en
Poitiers en el año 732.
410 Batalla de Wahlstatt: en 1241, ejércitos eslavos y alemanes contuvieron el enérgico avance
de los mongoles hacia Occidente. Éstos tomaron hacia el sudeste,
penetrando los territorios de Hungría.
de Alemania. ¿Quiénes estaban allí a la
cabeza del movimiento? Los magiares. ¿Y quiénes apoyaban a la
reacción austríaca? Los croatas y los eslavonios.
Frente a este movimiento magiar y el renaciente
movimiento político de Alemania, los eslavos de Austria crearon una
organización aparte, paneslavismo.411
El paneslavismo no surgió en Rusia o en Polonia,
sino en Praga y en Zagreb. El paneslavismo es la alianza de todas las pequeñas
naciones y nacioncitas eslavas de Austria, y en segundo término, de Turquía,
para luchar contra los alemanes austríacos, los magiares y, en
su caso, los turcos. Pero éstos sólo eventualmente entran en el
cuadro y pueden ser dejados totalmente al margen, como nación también
totalmente postrada. El paneslavismo, en cuanto a su tendencia fundamental, va
dirigido contra los elementos revolucionarios de Austria y es, por tanto, desde
el primer momento, un movimiento reaccionario.
El paneslavismo acusó inmediatamente su tendencia reaccionaria con una doble traición: sacrificando
a sus mezquinas limitaciones nacionales a la única nación eslava que hasta
ahora había actuado revolucionariamente, a Polonia, y vendiéndose él
y vendiendo a Polonia al zar de Rusia.14
432
La finalidad directa perseguida
por el paneslavismo es la instauración de un Imperio
eslavo que vaya desde los montes Metalíferos y los Cárpatos hasta el
mar Negro, el Egeo y el Adriático, bajo la batuta de los rusos; Imperio que,
además del alemán, el italiano, el magiar, el valaco, el turco, el griego y el
albanés, abarcaría, aproximadamente, otra docena de lenguas y grandes dialectos eslavos. Y todo ello
mantenido en cohesión, no por los elementos que hasta ahora han sostenido aglutinada y en desarrollo
a Austria, sino por la cualidad abstracta del eslavismo y por la llamada lengua
eslava, que es, ciertamente, la lengua común a la mayoría de la población de
estos territorios. Pero, ¿dónde existe el eslavismo, como no sea en las cabezas
de algunos ideólogos; dónde la “lengua eslava”, más que en la fantasía de los
señores Palacky, Caj y consortes y, más o menos, en la vieja letanía eslava de
la Iglesia rusa, que ya ningún eslavo entiende? En
realidad, todos estos pueblos se hallan en las más diferentes fases
de civilización, comenzando por la moderna industria y
cultura de Bohemia, desarrolladas (por los alemanes) hasta un grado bastante alto, y terminando por la barbarie casi nómada de los croatas y
los búlgaros, y en la realidad todas estas naciones tienen, por tanto, los
intereses más contrapuestos. Realmente, la lengua eslava de estas diez o doce
naciones es la suma de otros tantos dialectos, en su mayoría ininteligibles
entre sí y que incluso pueden reducirse a troncos lingüísticos diferentes (el
checo, el ilirio, el servio, el búlgaro), convertidos en una pura jerga por el
total abandono en que han caído todas las manifestaciones literarias y por el
estado de primitivismo de la mayoría de estos
pueblos, y que, con pocas excepciones, han tenido siempre, como lengua escrita en un plano superior,
una lengua escrita ajena a ellos y, desde luego, no eslava. Por tanto, la pretendida unidad paneslava no
es más que una de dos cosas: o pura mística o, simplemente, el látigo
ruso.
433
¿Y qué naciones han de ponerse a la cabeza de este gran Imperio eslavo? ¡Exactamente las mismas que
desde hace mil años, minadas y desintegradas, han recibido impuestos desde
fuera por elementos no eslavos, los elementos susceptibles de vida y desarrollo
que necesitaban para desenvolverse; que se han visto salvados de perecer bajo
la barbarie turca gracias a las armas victoriosas de pueblos no
eslavos; pueblos impotentes y despojados ya de su médula nacional, cuya población oscila entre dos o
tres mil individuos y, a lo sumo, dos millones! ¡Tal es hoy su
debilidad, que, por ejemplo los búlgaros, la nación que en la Edad Media pasaba
por ser la más vigorosa y la más temible, tiene ahora, en Turquía, fama de
estar integrada por gentes suaves, bondadosas y tiernas de corazón, cuya gloria
consiste en llamarse dobre chrisztian, buenos cristianos! Que se
nos cite una sola de estas naciones, sin exceptuar a los checos o los servios,
poseedora de una tradición histórica nacional que viva en la entraña del pueblo
y vaya más allá de las más reducidas luchas locales.
El paneslavismo tuvo su época en los siglos VIII y
ix, en que los sudeslavos eran todavía dueños de
toda Hungría y Austria y amenazaban
a Bizancio. Y si entonces no pudieron
hacer frente a la invasión alemana y magiar, conquistar su
independencia y formar un reino estable, aprovechándose además
411 Véase supra, nota 75.
del hecho de que sus dos grandes enemigos, los magiares y los alemanes, se desgarraban mutuamente,
¿cómo pueden pretender lograrlo ahora, a la vuelta
de mil años de sojuzgamiento y desnacionalización?
No hay en Europa ningún país que no conserve, en
cualquiera de sus rincones, uno o varios vestigios de pueblos, restos de
viejas poblaciones desplazadas y sojuzgadas por la nación
llamada a ser, con el tiempo, la portadora del desarrollo histórico.
Estos restos de naciones implacablemente pisoteadas, como dice Hegel, por la
marcha de la historia, estos desechos de pueblos, se convierten a
cada paso, y lo seguirán siendo hasta su total exterminio o desnacionalización,
fanáticos agentes de la contrarrevolución, pues toda su existencia es ya, en general, una protesta en contra de cualquier gran
revolución histórica.
Así acontece, en Escocia, con
los gaélicos, puntales de los Estuardos de 1640
a 1745.
434
Así, en Francia, con los bretones, puntales de los Borbones de 1792 a 1800.
Así, en España, con los vascos, puntales del rey don Carlos.
Así, en Austria, con los sudeslavos paneslavistas,
que no son otra cosa que el despojo nacional de un proceso
milenario extraordinariamente confuso. Y es lo más natural del mundo
el que este desecho nacional, a su vez extraordinariamente confuso, sólo vea su
salvación en la inversión de todo el movimiento europeo, que, tal como él
lo ve, no debiera marchar de Oeste a Este,
sino de Este a Oeste, ya que el que el
arma de liberación y el nexo de la unidad sea, para
él, el látigo ruso, es lo más natural del mundo,
Por tanto, los sudeslavos habían acusado claramente su carácter reaccionario ya antes de 1848. El año
1848 no hizo más que poner de manifiesto sin recato esa idiosincrasia.
Cuando estalló la revolución de Febrero, ¿quiénes hicieron la revolución austriaca? ¿Viena o Praga?
¿Budapest o Zagreb? ¿Los alemanes y los magiares, o los eslavos?
Es cierto que existía entre los sudeslavos más
cultos un pequeño partido democrático, que, aun no
resignándose a perder su nacionalidad, quería ponerla
al servicio de la libertad. Pero esta ilusión, que
logró conquistar también simpatías entre las democracias de la Europa
Occidental — simpatías perfectamente legítimas, mientras los demócratas eslavos
luchaban junto a los demás contra el enemigo común—, esta ilusión, decimos, se
vino a tierra con el bombardeo de Praga. A partir de este momento, todos los
pueblos sudeslavos, siguiendo los pasos de los croatas,
se pusieron a disposición de la reacción
austriaca. Y todos los jefes del movimiento sudeslavo que siguen
hablando todavía hoy con
lenguaje de fábula, de la igualdad de derechos
de las naciones, de una Austria democrática, etc., o son
fanáticos empedernidos, como lo son por ejemplo algunos periodistas, o unos
canallas, como Jellachich. Sus aseveraciones democráticas no tienen más valor
que las aseveraciones democráticas de la contrarrevolución oficial austriaca.
En la práctica, la restauración de la nacionalidad sudeslava
comienza por las más furiosas brutalidades contra la revolución austriaca y magiar, con el primer gran
tributo amoroso rendido al zar de Rusia.
435
La camarilla austriaca, fuera de la alta nobleza,
la burocracia y la soldadesca, no encontró más apoyo que en los eslavos. Los
eslavos decidieron la caída de Italia, los eslavos tomaron por asalto a Viena,
y son también ellos los que ahora se lanzan por todas partes contra los
magiares. Y a su cabeza, como portavoces, los checos dirigidos por Palacky y,
como portaespadas, los croatas mandados por Jellachich.
Así se agradece el hecho de que, en junio, la prensa democrática alemana mostrase en todas partes sus
simpatías por los demócratas checos, cuando éstos eran abatidos a cañonazos por
Windischgrätz, ese mismo Windischgrätz a quien ahora aclaman como a su
héroe.
Resumiendo: en Austria, prescindiendo de Polonia y de Italia, son los alemanes y los magiares quienes,
en 1848, como desde hace mil años, han asumido la iniciativa histórica. Son ellos quienes representan
aquí la revolución.
Los sudeslavos, desde hace mil años llevados a
remolque de los alemanes y los magiares, sólo se han levantado en 1848 al grito
de su independencia nacional, para sofocar con ello, al mismo tiempo, la
revolución de los alemanes y los magiares. Los sudeslavos representan aquí
la contrarrevolución. Y a ellos se suman dos naciones también
desde hace largos años postradas y carentes de toda capacidad de acción
histórica: los sajones y los rumanos de la Transilvania.
La casa de Habsburgo, cuyo reinado nació
de la unión de los alemanes y los magiares en
lucha contra los sudeslavos, logra alargar ahora, en los últimos momentos,
su existencia gracias a la unión de los sudeslavos en lucha contra los alemanes
y los magiares.
Tal es el lado político de la cuestión. Veamos ahora el lado militar.
El territorio poblado exclusivamente por magiares
no llega ni a la tercera parte de toda Hungría y Transilvania. Desde Presburgo,
al norte del Danubio, y el Theiss, hasta la cordillera de los Cárpatos, vemos
aquellas tierras pobladas por varios millones de eslovacos y algunos rutenos.
En el Sur, entre el Save, el Danubio y el Drave, la población se
halla formada por croatas y eslavones; más al Este, a lo largo
del Danubio, nos encontramos con una colonia servia de más de medio millón de individuos.
Estas dos fajas eslavas aparecen entrelazadas por los valacos y los sajones de
la Transilvania.
436
Los magiares se ven, pues, rodeados de enemigos naturales por tres lados. Los eslovacos, que dominan
los desfiladeros de las montañas, serían enemigos peligrosos gracias al terreno en que viven, excelente
para la lucha de guerrillas, si fuesen menos apáticos.
Tal como están las cosas, los magiares, por la parte Norte, no pueden hacer otra cosa que resistir a los
ataques de los ejércitos procedentes de Galizia y Moravia. En cambio, por el
Este, los rumanos y los sajones se han unido en masa al cuerpo del ejército
austríaco allí apostado. Su posición es magnífica, en parte por el carácter
montañoso de la región y en parte porque tienen en su poder la mayoría de las ciudades
y fortalezas.
Por último, en el Sur, los siervos del Banato,
apoyados por los colonos alemanes, por los valacos y por
otro cuerpo de tropas austríacas, se hallan cubiertos por los inmensos pantanos de Alibunar y son casi inexpugnables.
Los croatas están defendidos por el Drave y el
Danubio y, teniendo como tienen a su disposición un fuerte ejército austriaco
con todos sus recursos auxiliares, avanzaron ya antes de octubre por el
territorio magiar y, actualmente, mantienen con poco empeño su línea defensiva
en el bajo Drave.
Por el cuarto lado, por Austria, avanzan ahora en
columna cerrada Windischgrätz y Jellachich. Los magiares están cercados por
todas partes, y el enemigo posee una superioridad enorme de fuerzas.
La lucha recuerda la librada contra Francia en 1793. Con la diferencia de que el territorio magiar, muy
poco poblado y sólo a medias civilizado, no dispone ni con mucho de los
recursos de que entonces disponía la República francesa.
437
Las armas y municiones de fabricación húngara
tienen que ser, por fuerza, de muy mala calidad; y es imposible que se
fabriquen con la rapidez necesaria los aprestos indispensables, principalmente
la artillería. Las dimensiones del país son bastante más reducidas que las de
Francia, lo que hace que cada pulgada de terreno perdido represente una pérdida
mucho más grande. Lo único que tienen los magiares es su entusiasmo
revolucionario, su valentía y la rápida y enérgica organización que ha podido
darles Kossuth.
Pero esto no quiere decir, ni mucho menos, que Austria haya vencido ya.
Si no derrotamos a
los imperiales en el
Leitha, los derrotaremos en el Raab; si
no es aquí, será en Pest; si no. Es en Pest, en el Theiss,
pero en todo caso los derrotaremos.412
Así lo ha dicho Kossuth, y hace cuanto está en sus manos para cumplir lo prometido.
412 Cita tomada del discurso de Kossuth en la sesión del Parlamento húngaro, del 9 de noviembre de 1848, publicado en el diario
Kózlóny, el 11 de
noviembre de ese mismo año.
Aunque cayera Budapest, los magiares seguirían
conservando la gran planicie de la baja Hungría, terreno que ni pintado para
una guerra de guerrillas con caballería y que brinda entre los pantanos
numerosos puntos casi inexpugnables, donde podrán hacerse fuertes los magiares. Y los magiares, casi
todos excelentes jinetes, poseen las cualidades necesarias para hacer esta clase de guerra. No sabemos
cómo podrían sostenerse sus tropas, si el ejército imperial se atreviera a
aventurarse en estas desoladas regiones, donde se vería obligado a transportar
todas sus provisiones desde Galizia a Austria, pues no encontraría nada,
absolutamente nada sobre el terreno. Actuando en unidades
cerradas, nada conseguiría, y si se disgregara en pequeños destacamentos, estaría perdido. Su pesadez
lo entregaría irremisiblemente en manos de los veloces escuadrones de la
caballería magiar, incluso sin posibilidad de persecución, en lugares en
que ésta tendría necesariamente que derrotarlo; y cada imperial
perdido, aislado de su tropa, encontraría un enemigo mortal en cada campesino y
en cada pastor. La guerra en estas estepas se asemeja a la guerra argelina, y
el pesado ejército austríaco necesitaría años para llevarla a término. Si
logran sostenerse aunque sólo sea un par de meses, los magiares se habrán
salvado.
438
La causa de los magiares dista mucho de estar perdida, como el entusiasmo negro-amarillo413 a sueldo
trata de hacer creer. Aún no han sido vencidos. Pero si cayeran, caerían gloriosamente,
como los
últimos héroes de la revolución de 1848, y sólo por poco tiempo. Si eso ocurriera, la contrarrevolución
eslava anegaría en un instante la monarquía austríaca, y la camarilla se daría
cuenta de la clase de
aliados que tiene. Pero la primera insurrección victoriosa del proletariado francés, que Luis Napoleón
procura con todo empeño desencadenar, llevará a la libertad a los alemanes
austríacos y a los magiares, y se vengará sangrientamente de los bárbaros
eslavos. La guerra general que entonces estallará hará saltar la Confederación
de los eslavos y aniquilará a todas estas pequeñas y testarudas naciones, sin
que de ellas quede ni siquiera el nombre.
La próxima guerra mundial no barrerá solamente con
las clases y dinastías reaccionarias; hará también desaparecer de la faz de la
tierra a todos los pueblos reaccionarios. Y también esto será un progreso.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 194, 13 deenero de 1849]
413 Con los colores negro-amarillo se hace alusión a la bandera
nacional austríaca.
EL
PRIMER PROCESO DE PRENSA CONTRA LA “NUEVA GACETA RENANA” 414
[Discurso de defensa de Carlos Marx]
¡Señores del jurado! El proceso contra la N[ueva] G[aceta] R[enana] a cuya vista asistimos reviste cierta
importancia porque los artículos 222 y 367 del code pénal415 invocados
por la
acusación son los únicos asideros que la
legislación vigente ofrece a las autoridades del Estado, a no ser que se trate
de un caso de instigación directa a la rebelión.
Todo el mundo sabe con qué especial predilección
persigue el ministerio fiscal a la N[ueva] G[aceta] R[enana].
Sin embargo, hasta ahora, a pesar de su meticulosidad, no ha logrado acusarnos
de otros delitos que los previstos en los artículos 222 y 367. Por eso, en
interés de la prensa, considero necesario detenerme en el análisis de estos
preceptos.
Pero, antes de entrar en una disquisición jurídica, permítanme ustedes una consideración personal. El
ministerio público ha calificado de vileza la frase del
artículo denunciado en que se dice: “¿Acaso el
señor Zweiffel hermana el poder ejecutivo con el legislativo? ¿Se trata de que los laureles logrados por
el procurador general cubran las fallas del representante del pueblo?”
440
¡Señores! Puede alguien ser un excelente procurador
general de justicia y, al mismo tiempo, un mal representante del pueblo. Y
hasta puede ocurrir que sea un buen procurador general precisamente
por ser un mal representante popular. Parece que
el ministerio público se halla muy
poco versado en la historia parlamentaria. ¿Sobre qué descansa el
problema de las incompatibilidades, que ocupa tan
importante lugar en los debates de las cámaras constitucionales? Sencillamente sobre la desconfianza
hacia los funcionarios ejecutivos, sobre la sospecha de que estos funcionarios
puedan fácilmente sacrificar el interés de la sociedad al del gobierno
existente, sirviendo con ello para cualquier cosa
menos para representantes del pueblo. Y muy especialmente el cargo de fiscal. ¿En qué país del mundo
no se habría considerado este cargo incompatible con la dignidad de
representante popular? Recuerden ustedes los ataques dirigidos a Hébert,
Plougoulm y Bavay en la prensa francesa y belga y en las
cámaras de ambos países, ataques que iban dirigidos al mismo tiempo contra el
hecho de que se combinaran en la misma persona, sin la menor protesta, los
cargos de procurador general y
diputado. Jamás ni siquiera bajo Guizot dieron estos ataques pie a una querella judicial, y la Francia de
Luis Felipe y la Bélgica del rey Leopoldo pasaban por ser
Estados constitucionales modelos. Es cierto que en
Inglaterra ocurre otra cosa con
el Attorney-Generala y el Solicitor-General.bPero la posición
de estos funcionarios difiere esencialmente de la de un Procureur du Poi, pues
tienen ya, en mayor o menor medida, la condición de funcionarios judiciales.
Nosotros, señores, no somos un Estado
constitucional, pero nos colocaremos en el punto de vista de quienes nos acusan, para darles la batalla
en su propio terreno y con sus mismas armas. Invocaremos, por tanto, la
práctica constitucional.
A Fiscal general.
B Solicitante general.
441
El ministerio
público trata de destruir una parte considerable
de la historia parlamentaria por medio de un lugar común
moral. Rechazo resueltamente su reproche de vileza, que sólo puede nacer de
su ignorancia.
414 El 7 de febrero de 1849 se instruyó un proceso en contra de la Nueva Gaceta Renana en el Juzgado de Colonia en las personas de
Marx (como redactor en jefe), Engels (como corredactor) y Hermann Korff (como editor responsable
y gerente del diario). El pretexto lo dio la publicación de un
artículo (“Detenciones”, publicado en la Nueva Gaceta Renana, núm.
35, del 5 de julio de 1848). El cargo que se imputaba al
periódico era una supuesta ofensa contra el procurador general Zweiffel
y calumnias contra los gendarmes de la policía durante el arresto de Gottschalk y Anneke. La demanda, presentada el 6 de julio de 1848, fue aplazada hasta
el 20 de diciembre de ese
mismo año. El defensor legal de
Marx y Engels fue el abogado (Karl)
Schneider II y el de Korff, el abogado Hagen.
Pero la demanda no prosperó y no subsistió ningún cargo contra el periódico o
sus redactores.
415 Véase supra, nota 262.
Y paso ahora al examen
de la cuestión jurídica.
Ya mi defensorc ha demostrado que sin la ley
prusiana del 5 de julio de 1819416 la acusación por injurias del
procurador general Zweiffel habría carecido de toda base. El art. 222 del
código penal habla solamente de “outrages par paroles”,d es
decir, de injurias verbales, no de las producidas por escrito
o por medio de la imprenta. Y la ley
prusiana de 1819 trata de completar el
citado artículo del código, mas no de anularlo. Dicha ley sólo puede hacer
la pena extensiva a las injurias por escrito en los casos en que el código la
pronuncie en contra de las injurias verbales. Las injurias escritas deben
producirse en circunstancias y condiciones idénticas a las que el art. 222
prevé para las emitidas de palabra. Es necesario, por tanto, determinar con
toda precisión el sentido del artículo 222.*
* El art. 222 decía literalmente: Lorsqu’un
ou plusieurs magistrats de l’ordre administratif ou judiciaire auront reçu
dans Vexercice de leurs fonctions ou à Voccasion de cet exercice quelque
outrage par paroles tendant à inculper leur honneur
ou leur délicatesse, celui qui les aura ainsi outragés evo puni d’un emprisonnement d’un mois à deux ans. [“Cuando uno o varios magistrados
administrativos judiciales reciban, en el ejercicio de sus funciones o
con ocasión de él, algún insulto de palabra contra su honor o su
susceptibilidad, el culpable del insulto será castigado con pena de prisión que
podrá oscilar entre un mes y dos años”.]
c Schneider II
d Insultos de palabra.
En la exposición de motivos al art. 222 (Exposé par M. le conseiller d’etat Berlier, séance du février
1810),e leemos:
e Exposición del señor consejero de Estado Berlier, en la sesión de febrero de 1810.
Il ne será evolúo question que des seuls outrages qui compromettent la paix publique c.a.d. de ceux dirigés
contre les fonctionnaires ou agents publics dans ¡ ’exercice ou à
l’occasion de l’exercice de leurs fonctions; dans ce cas ce n’est plus un
particulier, c’est l’ordre public qui est blessé... La hiérarchie politique evo
dans ce cas prise en considération: celui qui sepermetdesoutrages ou
violences enversunofficierministérielestcoupablesansdoute,maisilcommetunmoindrescandale quelorsq’il
outrage un magistrate.f
f “Aquí sólo se tratará, pues, de aquellos
atropellos que atenten contra la paz pública, es
decir, solamente de los
que vayan dirigidos contra los funcionarios o agentes públicos que se hallen en el ejercicio de sus funciones o con ocasión de él, pues en este caso no se atenta contra un particular, sino contra el orden público... En estas condiciones se tendrá en cuenta la jerarquía política: quien se permita incurrir en injurias o violencias contra un agente ministerial no cabe duda
de que incurrirá en responsabilidad, pero cometerá un escándalo menor que si
injuriara a un juez.”
442
Esta motivación indica claramente, señores del
jurado, cuáles eran los propósitos del legislador al
promulgar el art. 222. Este artículo “sólo” es aplicable en el caso de las injurias contra funcionarios, las
cuales atenten contra el orden público. ¿Cuándo se atenta contra el orden
público, contra la paix publique? Solamente cuando se cometan actos subversivos
que vayan en contra de las leyes vigentes
o se perturbe su aplicación; es decir, cuando medie un acto de rebeldía contra el funcionario encargado
de ejecutar la ley, cuando se interrumpan o entorpezcan las funciones
oficiales de un funcionario en ejercicio. La rebelión puede limitarse
a simples murmuraciones o a palabras injuriosas, o puede traducirse en actos de
violencia. El outrage,g la injuria, es el grado de la violence, de la
rebeldía, de la subversión violenta. Por eso en la motivación se habla de “outrages ou violences”, es decir, de “injurias
o violencias”. Unas y otras coinciden en cuanto al concepto; la violence, los actos violentos no son más
que una forma más grave del outrage, de las injurias contra el funcionario en
ejercicio.
G Injuria.
La motivación presupone, por tanto:
1) que se injurie a un funcionario en
el ejercicio de las funciones de su cargo; 2) que se le injurie
en presencia personal suya. En ningún otro caso se producirá
una verdadera alteración del orden público.
443
Esta misma premisa aquí establecida la encontrarán
ustedes en toda la sección que versa sobre “outrages et violences envers les
dépositaires de Eautorité et de la forcé publique”, o sea de “injurias y
violencias contra los depositarios de la autoridad y de la fuerza pública”. Los
distintos artículos contenidos en esta sección
establecen el siguiente orden de gradación
de la conducta rebelde: gestos,
416 Se trata del “Mandato acerca de las sanciones aplicadas a los escritores que incurran en injurias en los territorios de la
provincia, de acuerdo con el código penal francés provisional, vigente”, del 5 de julio de 1819.
palabras, amenazas, vías de hecho; a su vez, éstas
se distinguen según su grado de gravedad. Por
último, en todos estos artículos se dispone una agravación de la pena para el caso en que estas distintas
formas de rebeldía se produzcan en la vista pública de un proceso. Se considera
esto como el más grande de los escándalos, como la más escandalosa
perturbación de la paz pública.
Por tanto, el artículo 222 sólo es aplicable a las
injurias por escrito cuando éstas: 1) se produzcan
en presencia personal del funcionario y 2) durante el ejercicio de sus funciones oficiales. Mi defensor les
ha puesto a ustedes, señores, un ejemplo de esto. Les ha dicho que incurriría
en la pena prevista por dicho artículo si, por ejemplo aquí mismo, en la
audiencia de este proceso, injuriara al presidente del
tribunal por medio de un
escrito. Pero este artículo del codepénal no puede en
modo alguno aplicarse
a un artículo periodístico en que se “injuriara” al funcionario mucho tiempo evolú de celebradas sus
funciones y en ausencia suya.
Esta interpretación del art. 222 pone ante ustedes una laguna manifiesta, una aparente inconsecuencia
del código penal. ¿Por qué se puede injuriar al rey y, en cambio, no se puede
injuriar al procurador
general? ¿Por qué el code no dicta ninguna pena, como lo hace el derecho nacional prusiano,417 contra las
injurias a Su Majestad?
Porque el rey no ejerce nunca personalmente una función pública, sino que las ejerce siempre a través
de otros; porque el rey no comparece nunca en presencia personal ante mí, sino siempre en la persona
de sus representantes. El despotismo del code evol nacido de
la Revolución francesa dista como el cielo de la tierra del despotismo
patriarcal y de palmeta de maestro de escuela propio del derecho nacional
prusiano.
444
El despotismo napoleónico me aplasta tan pronto
como perturbo realmente el poder del Estado, aunque sólo sea por medio de las
ofensas contra un funcionario que, en el ejercicio de sus funciones,
personifica ante mí el poder público. En cambio, fuera
de la esfera oficial, el funcionario
pasa a ser un miembro de la sociedad como otro cualquiera, sin
privilegios y sin protección excepcional. El despotismo prusiano, por el
contrario, convierte al funcionario en un evolúor y sagrado. Su
carácter de funcionario forma parte de él,
como la consagración forma
parte integrante del sacerdote católico. El funcionario
prusiano, para el lego, es decir, para el no funcionario, es siempre sacerdote.
Las ofensas inferidas a este sacerdote, aunque no se halle en funciones ni esté
presente, aunque se
haya retirado ya a la vida privada, son siempre un ultraje a la religión, una profanación. Ultraje contra
la religión tanto más grave cuanto más elevada sea la categoría del
funcionario. Por eso la máxima ofensa contra un sacerdote del Estado es la ofensa inferida al rey, las injurias a Su Majestad, que según
el código penal figuran entre las imposibilidades criminalísticas.
Pero, se nos objetará, si el art. 222 del codepénal sólo hablara de outrages contra funcionarios públicos
“dans Pexercice de leurs fonctions”,h no se
requeriría la prueba de que el legislador supedita el
delito a la presencia personal del funcionario, como condición necesaria de toda ofensa prevista en el art.
222. Sin embargo, a las palabras “dans Pexercice de leurs fonctions” añade el citado artículo estas
otras: “ à Poccasion
de cet exercice”.i
h “En el
ejercicio de sus funciones.’
I “Con ocasión de su ejercicio.”
El ministerio público ha traducido el giro anterior
por esta frase: “en relación con su cargo”. Voy a
demostrar a ustedes, señores del jurado, que esta traducción es falsa y se halla en contradicción directa
con las intenciones del legislador. Echen ustedes una ojeada al artículo 228 de
la misma sección del código. Én él se dice: “Será castigado con dos a cinco
años de prisión quien golpee a un funcionario “dans
l’excercice de ces fontions ou à l’occasion de cet exercice”. ¿Podrían
traducirse estas palabras por el giro “en relación con su cargo”?
445
¿Acaso es posible descargar golpes relativos? ¿Se prescinde aquí del requisito de la presencia personal
del funcionario? ¿Se puede golpear a un ausente? No cabe ninguna duda de que la traducción correcta
es ésta: “Quien golpee a un funcionario con ocasión del
ejercicio de sus funciones”. Pues bien, la frase
417 Véase supra, nota 203.
empleada por el art. 228 es literalmente la misma
del art. 222. La frase “à l’occasion de cet exercice” tiene, evidentemente, el
mismo sentido en ambos artículos. Por tanto, muy lejos de descartar la
condición de la presencia personal del funcionario, lo que
esta condición hace es presuponerla.
Otra prueba palmaria la tenemos en
la historia de la legislación francesa. Recordarán
ustedes que, en
los primeros tiempos de la Restauración, los partidos luchaban sin cuartel en los parlamentos ante los
tribunales de justicia y en el sur de Francia puñal en mano. Los tribunales del
jurado no eran, por aquellos días, otra cosa que el brazo judicial del partido
vencedor contra el vencido. La prensa de la oposición fustigaba implacablemente
los veredictos del jurado. Y el art. 222 no ofrecía arma alguna contra esas
desagradables disputas, por la sencilla razón de que sólo era aplicable a las
injurias cometidas contra los jurados mientras ejercían sus funciones, en su
presencia personal. Por eso fue necesario fabricar en
1819 una nueva ley castigando cualquier ataque
contra la chose jugée,J es decir, contra los fallos ya
pronunciados. El code evol no sanciona la intangibilidad de
las sentencias
judiciales. ¿Acaso habría sido necesario dictar una ley
adicional si el art. 222 versase realmente sobre
las injurias cometidas en relación con las funciones
judiciales?
J Cosa juzgada.
Pero ¿qué se propone la adición que dice “à
l’occasion de cet exercice”? Sencillamente, poner al funcionario a cubierto de
ataques inmediatamente antes o después del
ejercicio de sus funciones.
446
Si el art. 222 sólo hablara
de “injurias y vías de hecho”
contra el funcionario mientras ejerce su cargo, podría
por ejemplo tirar por la escalera al alguacil del juzgado después de ejecutar
el embargo,
alegando que “sólo le ofendí cuando había dejado de actuar como tal alguacil del juzgado con respecto
a mí”. O podría, poniendo otro ejemplo, asaltar por el camino y golpear al juez
municipal que se dirigiera a mi domicilio para ejercer las funciones de policía
judicial y sustraerme a la pena señalada por el art. 228 mediante el alegato de que no le había maltratado durante el evolúo de su cargo, sino
antes de que actuara.
La situación “a Poccasion de cet exercice”, en
relación con su cargo, tiene por objeto por tanto la seguridad del
funcionario, durante el ejercicio de sus funciones oficiales. Éste se aplica
con injurias o
violencias, ciertamente no de inmediato al desempeño de su cargo, pero muy poco antes o después del
desempeño de éste y, lo que es esencial, en relación viva con el ejercicio de sus funciones. Es decir, bajo
cualesquiera circunstancias en que la presencia personal del funcionario se halla expuesta a maltratos.
¿Hace falta seguir argumentando para demostrar que
el art. 222 no es aplicable al escrito por el que se nos procesa, aun
suponiendo que en él injuriásemos realmente al señor Zweiffel? Cuando fue
redactado dicho escrito, el señor Zweiffel se hallaba ausente; no residía por aquel entonces en Colonia,
sino en Berlín. Cuando escribimos el artículo por el que se nos acusa, el señor
Zweiffel no era
procurador general, sino pactante.418 Mal podíamos, por tanto, injuriarlo o ultrajarlo como procurador
general en funciones de tal.
Pero, aun prescindiendo de toda mi anterior argumentación, podemos ver por otro camino que el
art. 222 no es aplicable al artículo de la Nueva Gaceta Renana contra
el que se ha interpuesto querella.
Así se desprende, en efecto, de la distinción que el code evol francés establece entre injuria y
calumnia. Esta distinción aparece delineada con toda nitidez en el art. 375. Después de hablar de lo
que es la “injuria”, dice dicho artículo:
447
Quant aux injures ou aux expressions outrageantes qui ne renfermeraient Fimputation d’aucun fait précis
[en el art. 367 sobre la calumnia se dice: des faits, qui s’ils existaient, hechos que, de ser ciertos], mais celle
d’un vice déterminé,... la peine evo une amende de seize à cinq cent francs.
[Injurias o expresiones ofensivas que no entrañen
la imputación de un hecho concreto, sino la de un determinado vicio... serán
castigadas con una multa de dieciséis a quinientos francos. En el artículo 376
se añade: Todas las demás injurias o expresiones ofensivas... acarrearán simplemente una pena policiaca.]
418 Véase supra, nota 339.
¿Qué tiene que mediar, pues, para que haya
calumnia? Ofensas que imputen al ofendido un hecho concreto. ¿Y
para que haya injuria? La imputación de un determinado vicio y, en términos
generales,
expresiones ultrajantes. Si digo que alguien ha robado una cucharilla de plata, lo calumnio, a tenor del code penal. En
cambio, si digo que Fulano es un ladrón,
que se siente tentado a hurtar la cucharilla, lo injurio.
Ahora bien, el artículo de la N[ueva\
G[ace\ta Ren[ana\ no acusa, ni mucho menos, al señor
Zweiffel de ser un traidor al pueblo o de haber hecho manifestaciones infames.
Lo que textualmente dice el artículo es esto: “Al parecer, el señor Zweiffel ha
declarado, además, que en término de ocho días acabará con el 19 de marzo, con
los clubes, la libertad de prensa y las demás degeneraciones del año maligno de
1848, en Colonia y en el Rin”.
Como se ve, al señor Zweiffel se le imputa
aquí una manifestación concreta y determinada. Por tanto, de ser
aplicable uno de los dos artículos, el 222 o el 367,
sería el 367, que trata de la calumnia,
y no el 222, que versa sobre la injuria.
¿Por qué el ministerio público invoca en contra nuestra el artículo 222, en vez del 367?
448
Porque el art. 222 aparece redactado en
términos mucho más imprecisos y permite que por entre sus
mallas se deslice mucho más fácilmente una condena, si se decide condenar. Los
atentados contra la “delicatesse et honneur”k no admiten la aplicación de
un rasero. ¿Qué es honor? ¿Qué es delicadeza?
¿Qué son los atentados contra ellos? Todo esto
depende pura y simplemente del individuo de que se trate, de su grado de
cultura, de sus prejuicios, de su imaginación. Aquí no hay más rasero que
el noli me tangerel de una infatuación de funcionario que se
considera por encima del mundo entero.
K La “delicadeza y el honor”.
lNo me toques.
Pero tampoco el art. 367, el que trata de la calumnia, es aplicable al escrito de la Nueva Gaceta Renana.
El art. 367 requiere un “fait précis”, un hecho concreto,
“un fait, qui peut exister”, un hecho que puede
ser cierto. Pero al señor Zweiffel no se le imputa la supresión de la libertad
de prensa, la clausura de los clubes, la destrucción de las conquistas de marzo
en este o en el otro lugar. Se le reprocha pura y simplemente una
manifestación. Y el art. 367 exige la imputación de hechos concretos,
que, de ser ciertos, expondrían a aquellos a quienes se atribuyen a una persecución judicial o disciplinaria
o, por lo menos, al odio o al desprecio de los ciudadanos.
Ahora bien, la simple manifestación de
hacer tal o cual cosa no me expone a una persecución judicial o disciplinaria.
Ni puede decirse siquiera que exponga a nadie necesariamente al odio o al
desprecio
de los ciudadanos. Puede ocurrir, ciertamente, que una manifestación exprese sentimientos muy viles,
odiosos y despreciables. Sin embargo, ¿no puede darse el caso de que, dejándose
llevar de la indignación, se emitan expresiones en las que se contienen
amenazas de actos que quien las profiere es incapaz de ejecutar? Son
los hechos y solamente ellos los que tienen que demostrar la seriedad de
aquellas expresiones.
449
Y la Nueva Gaceta Renana dice: “Al parecer, el señor Zweiffel ha declarado...”
Para calumniar a alguien
no
basta con poner en
tela de juicio una afirmación, como aquí
se hace con las palabras “al parecer” sino que hay
que afirmar categóricamente los hechos.
Finalmente, señores del jurado, los “citoyens”, los
ciudadanos, a cuyo odio o desprecio tiene que exponerme, según el art. 367, la
imputación de un hecho, para que sea una calumnia, estos citoyens,
ya no existen para nada en materia política. Existen solamente hombres de partido. Lo que me expone
al odio y al desprecio entre los miembros de un partido me vale el amor y el respeto de los del otro. El
órgano del actual ministerio, la Nueva Gaceta Prusiana,419 ha acusado al señor Zweiffel de ser una
419 Véase supra, nota 300.
especie de Robespierre. A sus ojos
y a los ojos de su partido, nuestro artículo no ha expuesto al señor
Zweiffel al odio y al
desprecio, sino que, por el contrario, lo ha
descargado del odio y el desprecio que sobre él se
hacía pesar.
Creo que es del más alto interés hacer hincapié en
esta observación, no sólo para el caso de que se
trata, sino para todos aquellos casos en
que el ministerio público intente aplicar el art. 367 a
disputas políticas.
En general, si ustedes, señores jurados, pretendiesen aplicar a la prensa, en el sentido que el ministerio
público le atribuye al art. 367 sobre la calumnia, atropellarían a la sombra de
la legislación penal la libertad de prensa que la Constitución reconoce y que
ha sido conquistada por una revolución. Con ello, sancionarían todas las
arbitrariedades de los funcionarios, darían carta blanca a todas las
infamias oficiales y castigarían solamente a quienes las denunciasen. ¿Para qué, entonces, la hipocresía
de una prensa libre? Cuando las leyes vigentes entran en abierta contradicción
con una fase del desarrollo social recién conquistada, son precisamente
ustedes, señores jurados, quienes tienen que interponerse entre los preceptos
muertos de la ley y las exigencias vivas de la sociedad. Son ustedes los
llamados a adelantarse a la legislación, hasta que ésta comprenda que debe
acomodarse a las necesidades sociales. He allí el más noble de los atributos
del tribunal del jurado. Y, en el caso que se ventila, esta tarea les es facilitada, señores, por la letra
de la ley misma. Lo único que tienen
que hacer es interpretarla a tono con nuestra época, con nuestros derechos
políticos, con nuestras necesidades sociales.
450
El art. 367 termina con
las siguientes palabras:
La evolúo disposition n est point evolúo aux faits
dont la loi evolúo la publicité, ni à ceux que Fauteur de l’imputation
était, par la nature de ses fonctions ou de ses devoirs, obligé de
révéler ou de réprimer. [La presente disposición no es aplicable a los hechos cuya publicidad autoriza la ley; ni a los que
el autor de la imputación se hallaba, por el carácter de sus
funciones o de sus deberes, obligado a revelar o a reprimir.]
No cabe duda, señores, de que el legislador, al hablar del deber de denunciar ciertos hechos, no quería
referirse a la prensa libre. Pero tampoco pensaba en que este artículo pudiera
aplicarse nunca a la actuación de esta prensa. Como es sabido, bajo Napoleón no
existía libertad de prensa. Por tanto, si
pretenden aplicar la ley a una fase de desarrollo político y social para la que no estaba prevista, deben
ustedes aplicarla íntegramente, deben interpretarla en el sentido
de nuestra época y hacer que también la prensa pueda acogerse a la cláusula
final del citado artículo.
El artículo 367, tomado en el sentido
restringido que le da el ministerio público,
excluye la prueba de la verdad y sólo admite la denuncia cuando
se apoye en un documento público o en una sentencia judicial firme. Pero ¿para
qué va la prensa a denunciar las cosas postfestum, cuando ya ha
recaído un fallo? La misión de la prensa consiste en ser el vigía público, el
denunciante incansable de quienes se hallan en el poder, el ojo y la voz
omnipresentes del espíritu del pueblo, celoso de su libertad. Si interpretan ustedes el art. 367 en este sentido, y no deben interpretarlo de otro modo, si no se prestan
a atropellar la libertad de prensa en interés del gobierno, el
propio código les brinda, al mismo tiempo, un
asidero contra las demasías de la prensa. Según el art.
372, cuando una denuncia se formule mientras se investigan los hechos deberá atenerse a la sentencia
que recaiga, si no quiere pasar por calumniosa. Y el art. 373 dispone que las denuncias que se revelen
como calumniosas sean castigadas.
451
¡Señores del jurado! Basta echar una mirada al
artículo objeto de este proceso para convencerse de que la Nueva Gaceta
Renana, lejos de abrigar intenciones injuriosas y calumniosas, se limitaba
a cumplir su deber de denunciar, al atacar al fiscal y a los gendarmes de este
distrito. El interrogatorio de los testigos ha puesto de manifiesto que, en lo
que se refiere a los gendarmes, nos hemos limitado a informar de los hechos con
apego a la realidad.
Ahora bien, la sal de todo el
artículo de referencia es la predicción
de la contrarrevolución, más tarde
confirmada, el ataque al ministerio Hansemann, que tomó posesión con la peregrina afirmación de que
cuanto más numeroso sea el personal policiaco más libre es el Estado. Este
ministerio desvariaba al
creer que la aristocracia estaba vencida y que su misión consistía, simplemente, en arrebatar al pueblo
sus conquistas revolucionarias, en interés de una clase, de la burguesía. Con
lo que no hizo más que despejar el camino a la contrarrevolución
feudal. Y lo que nosotros denunciábamos en
el artículo que se debate no era ni más ni menos que una
manifestación tangible, percibida en nuestros medios más cercanos, de los sistemáticos
manejos contrarrevolucionarios del ministerio Hansemann y los otros ministerios
alemanes.
No es posible ver en las detenciones
practicadas en Colonia un hecho aislado.
Para convencerse de lo contrario, basta con echar una fugaz
mirada a la historia vivida de aquellos días. Poco antes, se había desatado la
represión contra la prensa en Berlín, al amparo del viejo articulado del
derecho nacional prusiano. Días después, el 8 de julio, fue
detenido J. Wulff, presidente del Club Popular
de Düsseldorf, y se llevaron a cabo registros
domiciliarios en las
casas de muchos de los miembros de
este club. Más tarde, el jurado
absolvió a Wulff, y
hay que decir que ni una sola persecución
política de aquellos días fue sancionada por el tribunal del jurado.
452
El mismo día 8 de julio, en Munich, se prohibió la
participación en asambleas populares a oficiales, empleados y supernumerarios.
El 9 de julio fue detenido en Breslau Falkenhain, presidente de la asociación
“Germania”. El 15 de julio, el procurador general Schnaase pronunció en la
Asociación Cívica de Düsseldorf un discurso formal de acusación contra el Club
Popular, cuyo presidente había sido detenido a instancia suya el día 8.
Allí tienen ustedes un ejemplo de la augusta imparcialidad del ministerio público, un ejemplo de cómo
el procurador general actúa al mismo tiempo como hombre de partido y el hombre
de partido se
conduce simultáneamente como procurador general. Sin dejarnos intimidar por la persecución de que
éramos objeto por el ataque a Zweiffel, denunciamos por aquellos
mismos días a Schnaase.420 Éste se guardó muy bien de contestar.
El mismo día en que el procurador general Schnaase pronunciaba su filípica
contra el Club Popular de Düsseldorf, fue prohibida por una ordenanza regia la
Asociación Democrática del círculo de Stuttgart. El 19 de julio fue disuelta la
Asociación Democrática de Estudiantes de Heidelberg, y el 27 del mismo mes se
adoptó idéntica medida contra todas las asociaciones democráticas de Badén y,
poco después, contra las de Baviera y Wurtemberg. Ante esta
manifiesta conspiración, inspirada en la traición al pueblo, de todos los gobiernos alemanes,
¿podíamos nosotros callar? El gobierno prusiano no
se atrevió entonces a seguir el camino de los de Badén, Baviera y Wurtemberg. Y
no se atrevió a hacerlo porque la Asamblea Nacional prusiana comenzaba a tener
barruntos de la conspiración contrarrevolucionaria y a ofrecer cierta
resistencia al ministerio Hansemann. Pero, señores jurados, lo digo sin ambages
y con la más segura convicción
de lo que afirmo: si la contrarrevolución en Prusia no se estrella pronto contra una revolución popular
prusiana, también en este Estado serán totalmente aplastadas la libertad de asociación y la libertad de
prensa. Ya en la actualidad se las ha matado en parte con el estado de
sitio. Se ha llegado inclus o a restablecer la censura en
Dusseldorf y en algunos distritos de Silesia.
453
No sólo el estado general de Alemania, también
el estado general de Prusia nos obliga a vigilar, con
la más extrema desconfianza, todos los movimientos del gobierno y a denunciar
en voz alta ante el
pueblo hasta los más leves síntomas del sistema que se persigue. El ministerio público de Colonia nos
da sobradamente pie para desenmascararlo ante la opinión pública como un
instrumento contrarrevolucionario. Solamente en el mes de julio nos hemos visto
obligados a denunciar tres detenciones ilegales. Las dos primeras veces, el procurador del Estado, Hecker, guardó silencio; la
420 En la Nueva Gaceta Renana (núm.
48, del 18 de julio de 1848) apareció una correspondencia procedente de la
ciudad de Düsseldorf en la cual era duramente criticada la derrota del
procurador general Schnaasse ante la Asociación Cívica de Düsseldorf.
tercera vez trató de justificarse, pero
enmudeció ante nuestra réplica, por la sencilla razón de que no
había nada que decir.421
Y, en estas circunstancias, ¿se atreve el
ministerio público a afirmar que no se trata de una denuncia,
sino de una mezquina y pérfida difamación? Esta manera
de ver responde a un malentendido propio. En lo que mi persona
se refiere, puedo asegurarles, señores, que me gusta mucho más analizar los
grandes acontecimientos mundiales y estudiar la marcha de la historia que tener que habérmelas con
fetiches locales, con gendarmes y fiscales. Por muy grandes que estos señores puedan considerarse en
su propia infatuación, no son nadayabsolutamente nada, en medio de las gigantescas luchas de nuestro
tiempo. Yo, por mi parte, reputo un verdadero sacrificio el que tengamos que decidirnos a romper una
lanza contra estos adversarios. Pero, en primer lugar, es
deber de la prensa manifestarse en favor de los oprimidos en los medios más
cercanos a ella. Y, en segundo lugar, señores, el edificio de la
servidumbre tiene sus más firmes puntales en los poderes políticos y sociales subalternos con los que
directamente se las tiene que ver la vida privada de la persona, el individuo
de carne y hueso.
454
No basta con combatir las condiciones generales y los poderes de arriba. La prensa tiene que decidirse
a vérselas con este policía, este fiscal, este organismo
concreto. ¿Por qué fracasó la revolución de
Marzo? Porque se limitó a reformar las cimas políticas
dejando
en pie todas las bases sobre las que se
sustentan, la vieja burocracia, el viejo ejército, el viejo ministerio público,
los viejos jueces, nacidos, educados y encanecidos al servicio del absolutismo.
El primer deber de la prensa consiste ahora en minar todos losfundamentos del régimen político vigente. (Exclamaciones de aprobación en el auditorio.)
[Discurso de defensa de Federico Engels]
¡Señores jurados! El orador que me ha precedido ha
examinado principalmente la acusación pof injurias al procurador general, señor
Zweiffel. Permítanme ustedes que yo dirija ahora su atención hacia la
querella por calumnias contra los gendarmes. Se trata, ante
todo, de los artículos de la ley en que se apoya la acusación.
El artículo 367 del código penal dice así:
Será culpable del delito de calumnia quien, en un
lugar o reunión públicos, en documento público y auténtico o en escrito impreso
o no impreso que se fije en las paredes, se venda o
distribuya, acuse a alguien de hechos que, de ser ciertos, expondrían a
aquellos a quienes se atribuyen a una persecución judicial o disciplinaria o,
por lo menos, al odio o al desprecio de
los ciudadanos.
Y el artículo 370 añade:
Si el hecho sobre el que recae la acusación se
acreditara como cierto por la vía legal, el autor de la imputación
quedará exento de toda pena... Sólo se considerará como prueba
legal la que emane de una sentencia judicial o de
cualquier otro documento auténtico.
455
¡Señores! El ministerio público ha ofrecido a ustedes su interpretación de estos preceptos legales y los
ha invitado, como consecuencia de ello, a declararnos culpables. Ya se les ha
hecho saber a ustedes que estas leyes fueron promulgadas en una época en que la
prensa se hallaba sujeta a censura y en que regían condiciones políticas muy
distintas de las actuales. Y, apoyado en ello, mi defensorm ha expresado
el criterio de que no deben ustedes considerar obligatorias estas leyes ya
caducas. El ministerio público se ha sumado a este parecer, por lo menos en lo
que se refiere al artículo 370. He
421 Marx comenta las revelaciones de la Nueva Gaceta Renana acerca de la detención de J. Wulff (núm. 40, del 10 de julio de 1848), Falkenhain (núm. 43, del 13 de julio de 1848) y de Joseph Wolff (núm. 62, del 1 de agosto de 1848). Luego respondió a las últimas declaraciones
a la prensa, de parte del procurador Hecker, con los artículos “Refutación”
(núm. 64, del 3 de agosto de 1848) y “El señor Hecker y la Nueva
Gaceta Renana” (núm. 65, del 4 de agosto de 1848).
aquí sus palabras: “Para ustedes, señores jurados,
se trata principalmente, sin duda alguna, de saber si se ha probado la
verdad de los hechos dudosos”, y yo debo agradecer al ministerio público
esta confesión.
M Karl Schneider.
Pero, aunque no compartan ustedes el criterio de
que, por lo menos el artículo 370, ha quedado anticuado en su limitación de la
prueba de la verdad, no cabe duda de que opinarán que los artículos
invocados deben interpretarse de modo distinto a como lo ha hecho el ministerio público. Es privilegio
de los jurados, precisamente, el de interpretar las leyes, sin
atenerse a la práctica judicial establecida,
tal y como se lo dicten su sano sentido común y su conciencia. Se nos acusa, al amparo del artículo 367,
de haber reprochado a los gendarmes en cuestión actos que, de ser ciertos, los expondrían al odio y al
desprecio de los ciudadanos. Si ustedes conciben estos
términos, “odio y desprecio”, en el sentido que
quiere darles el ministerio público, desaparecerá toda libertad de prensa,
mientras las normas del artículo 370 permanezcan en vigor. ¿Cómo, en estas
condiciones, podría la prensa cumplir con su deber primordial, con el deber de
proteger a los ciudadanos de los abusos de los funcionarios? Pues tan pronto como
un periódico denuncie cualquier tropelía será llevado ante los tribunales y —
si los deseos del ministerio público prosperan— condenado a una pena de cárcel,
al pago de una multa y a
la pérdida de los derechos civiles; a menos que medie una sentencia
judicial, es decir, que la denuncia se haga pública
cuando ya no sirva para nada.
456
Hasta qué punto son inaplicables a nuestras actuales condiciones los preceptos legales debatidos, por
lo menos en la interpretación que el ministerio público pretende darles, lo
demuestra el cotejo del artículo 369, en el que se dice:
Tratándose de calumnias difundidas por medio
de periódicos extranjeros, serán responsables quienes
hayan enviado a ellos los artículos... o los que
contribuyan a la introducción y difusión de
estos periódicos dentro del país.
Según este precepto, señores, el ministerio
público se hallaría obligado a intervenir todos los días y a
todas horas contra los funcionarios de Su Majestad prusiana encargados del correo. En
efecto, ¿habrá entre los trescientos sesenta y cinco días del año uno solo
en que el correo prusiano no contribuya, mediante el transporte y la
distribución de este o el otro periódico extranjero “a la introducción y
difusión” de lo que el ministerio público entiende por calumnias? Y, sin embargo, al ministerio público
no se le ocurre llevar al correo ante los tribunales.
Piensen ustedes, además, señores, que estos
preceptos fueron redactados en una época en que la censura hacía imposible que la prensa calumniara a los funcionarios públicos. Por consiguiente, dichos
preceptos no podían abrigar, en la intención del legislador, otro propósito que
proteger contra las imputaciones calumniosas, no a los funcionarios,
sino a los particulares, y solamente así tienen un
sentido. Pero el punto de vista ante el problema cambia sustancialmente a partir del momento en que,
al establecer la libertad de prensa, pueden llevarse también los actos de los
funcionarios ante el foro de la opinión pública. Y precisamente en estos casos,
cuando surgen estas contradicciones entre la vieja legislación y las nuevas
condiciones políticas y sociales, es cuando los jurados tienen que intervenir
para adaptar la vieja ley, mediante una nueva interpretación, a las nuevas
realidades.
457
Pero, ya lo he dicho: el propio ministerio público reconoce que la prueba de la evol, pese al artículo
370, se halla principalmente en manos de ustedes. Por eso ha intentado
desvirtuar la prueba de los hechos aportada aquí por medio de los testigos.
Conviene, por tanto, que examinemos de cerca el artículo objeto de la querella para ver si las acusaciones contenidas en él han quedado probadas y para
comprobar, al mismo tiempo, si constituyen realmente calumnias. El artículo
comienza diciendo: “Entre las 6 y las 7 de la mañana, se presentaron en el
domicilio de Anneke seis o siete gendarmes, quienes inmediatamente maltrataron
a la criada”, etcétera.
Han escuchado ustedes, señores, el testimonio de
Anneke acerca de este punto. Recordarán que yo volví a interrogar expresamente
al testigo sobre los malos tratos de que fue objeto la criada y que el señor
presidente del tribunal consideró superflua la pregunta, por entender que el
punto estaba ya suficientemente aclarado. Pues bien, pregunto: ¿hemos
calumniado en este punto a los gendarmes?
Prosigamos. “Después de estos empujones
—sigue diciendo el artículo de referencia—, se procede en
el vestíbulo a vías de hecho, y uno de los gendarmes hace saltar, hecha añicos,
la puerta de cristales. Anneke fue lanzado a empellones escaleras abajo.”
También acerca de estos extremos han oído ustedes, señores, la declaración del
testigo Anneke; y recuerdan asimismo lo que dijo el testigo Esser
acerca de cómo los gendarmes hicieron salir de la casa “a todo vapor” a Anneke
y lo empujaron al coche. Y vuelvo a preguntar: señores ¿hemos
incurrido aquí en calumnia?
Por último, hay en el artículo un
pasaje cuya exactitud no ha quedado literalmente probada.
Es el que dice: “De estas cuatro columnas de la justicia, una vacilaba más o
menos, iluminada ya, a pesar de lo temprano de la hora, por el ‘espíritu, por
el agua ardiente de la vida verdadera”.
458
Reconozco, señores, que en este
punto las palabras expresas de Anneke no han
comprobado más que lo siguiente: aa juzgar por su conducta, muy bien
podían haber estado los gendarmes borrachos”; es decir, lo único que
consta es que los gendarmes se condujeron como borrachos. Pero, cotejen
ustedes, señores, lo que nosotros hubimos de escribir dos días después,
replicando a la respuesta del señor procurador general Hecker: “La injuria, en
todo caso, sólo podía referirse a uno de los señores gendarmes, de quien se afirmaba que había Vacilado5a tan
temprana hora, por razones más o menos
espirituales o espirituosas. Ahora bien, si la investigación que se abra acredita, como estamos seguros
de que será, la veracidad de los hechos — es decir, de las brutalidades
perpetradas por los señores
agentes del orden público—, creemos haber destacado cuidadosamente, con toda la imparcialidad que
cuadra a la prensa y en el personalísimo interés de los señores por nosotros
acusados, la única circunstancia atenuante que puede mediar,
¡y el ministerio público se empeña en convertir en una ofensa el alegato tan
humano de una circunstancia atenuante!5
Vean ustedes, señores, cómo nosotros mismos
provocamos una investigación sobre los hechos litigiosos. Y no es culpa nuestra
el que esta investigación no llegara a realizarse. Por lo demás, en lo tocante
a la imputación de embriaguez, ¿acaso representa algo tan terrible para un
gendarme de Su Majestad prusiana el que se diga de él que ha empinado un poco
el codo? ¿Puede considerarse esto como una calumnia? Apelo acerca de ello a la
opinión pública de toda la provincia del Rin.
¿Y cómo puede el ministerio público hablar de
calumnia, cuando no se menciona por su nombre ni siquiera se describe con
cierta precisión a los supuestos calumniados? Se habla de “seis o siete
gendarmes”. Pero ¿quiénes son? ¿Dónde se hallan? ¿Saben
ustedes algo, señores, de que por culpa de
este artículo un determinado gendarme haya sido expuesto “al
odio y al desprecio de los ciudadanos”
¿
La ley exige expresamente que se designe con
toda precisión el individuo calumniado; pues bien, en
el pasaje en cuestión no se habla de ningún gendarme concreto y específico, y,
a lo sumo, podría considerarse ofendida, en bloque, toda la gendarmería de Su
Majestad prusiana. Podría considerarse ofendida porque se publicase el relato
de las brutalidades y los actos ilegales impunemente perpetrados por individuos
pertenecientes a este cuerpo. Pero el acusar a la gendarmería de Su
Majestad prusiana en general de cometer brutalidades no constituye, señores, ningún delito. Yo invito
al ministerio público a que me cite el precepto legal en que se declara punible
el hecho de injuriar, ofender o calumniar al cuerpo de gendarmería del rey de
Prusia, si es que aquí puede hablarse en general de calumnias.
459
El ministerio público presenta el artículo en
cuestión, pura y simplemente, como prueba de un
desenfrenado afán difamatorio. Han escuchado ustedes, señores, la lectura de ese artículo.
¿Consideran ustedes que las tropelías más o menos
importantes ocurridas por aquellos días en Colonia fuesen manipuladas y
explotadas por nosotros para dar rienda suelta a nuestro despecho contra los
funcionarios subalternos? ¿No es más cierto que presentamos y consideramos
aquellos
hechos como un eslabón de tantos en la gran cadena de los conatos de reacción que por aquel entonces
se daban simultáneamente en toda Alemania? ¿Acaso nos deteníamos exclusivamente
en los gendarmes o en el ministerio público de Colonia o íbamos al fondo del
problema, persiguiendo sus causas hasta remontarnos a los manejos del
ministerio secreto que mangonea los asuntos del Estado
en Berlín?422 Claro está que resulta menos
peligroso poner el dedo en la llaga de ese gran ministerio secreto de Berlín
que en la del pequeño ministerio público de Colonia, y la prueba de ello es que
estamos aquí ante ustedes, sentados en el banquillo de los acusados.
Examinen ustedes el final del artículo. En él se
dice: “He allí los actos del ministerio de acción, del gobierno de
la centro-izquierda, del gabinete que marca el tránsito hacia un gobierno de la
vieja nobleza, la vieja burocracia y la vieja Prusia. Tan pronto como el señor
Hansemann haya cumplido la misión transitoria que tiene asignada, será despedido”.
460
Recordarán ustedes, señores, lo ocurrido en
septiembre del pasado año: cómo se “despidió” a Hansemman, por no ser ya
necesarios sus servicios, guardando naturalmente las formas de una dimisión
voluntaria, y cómo fue sustituido por el ministerio Pfuel-Eichmann-Kisker-Ladenberg,
es decir, literalmente, por un “gobierno de la vieja nobleza, la vieja
burocracia y la vieja Prusia”.
Y, más adelante, se decía: “Las izquierdas de
Berlín deberían comprender que el viejo poder les deja
de buen grado las pequeñas victorias parlamentarias y los grandes proyectos constitucionales, con tal
de ir adueñándose entre tanto y en el terreno de la realidad de todas las
posiciones decisivas. Puede de buena gana reconocer la revolución del 19 de
marzo dentro de la Cámara, con tal de desarmarla fuera de
ella”.
No necesito, ciertamente, perder el tiempo en demostrar cuán certero era este punto de vista. Ustedes
mismos saben perfectamente bien cómo en la misma proporción en que aumentaba el
poder de las izquierdas dentro de la Cámara, se destruía el poder del
partido popular fuera de ella. Y no hace falta que
enumere aquí las brutalidades impunemente perpetradas por la soldadesca
prusiana en incontables ciudades, el florecimiento de los estados de sitio, el
desarme de tantas y tantas milicias nacionales —y, por último, la heroica
campaña de Wrangel contra Berlín— para poner de manifiesto de qué modo tan real
se desarmó a la revolución y de cómo el viejo poder fue adueñándose en la
realidad de todas las posiciones decisivas.
Y, por último, la notable profecía:
“Las izquierdas podrían encontrarse un buen día con que su
triunfo parlamentario coincide con su derrota real y efectiva”
Esta profecía se ha cumplido al pie de la letra. El
mismo día en que la izquierda pasó por fin a poseer la mayoría en la Cámara,
fue el día de su derrota real y efectiva. Fueron precisamente las victorias
parlamentarias de las izquierdas las que provocaron
el golpe de Estado del 9 de noviembre, el cambio
de residencia y el aplazamiento de la Asamblea Nacional y, por último, su
disolución y la imposición de una Constitución otorgada. El triunfo
parlamentario de la izquierda coincidió directamente con su derrota
total fuera del Parlamento.
461
Esta predicción política cumplida al pie de la
letra es, pues, señores, el resultado, el balance, la conclusión
que podemos sacar de las tropelías perpetradas en toda Alemania,
incluyendo Colonia. ¡Y se habla de un ciego afán difamatorio! En realidad, ¿no parece, señores, como si compareciéramos hoy
ante ustedes a responder del crimen de haber expuesto certeramente hechos muy
ciertos y de haber extraído de un modo también certero las consecuencias de
ellos?
Resumiendo: en este momento tienen ustedes, señores
del jurado, que decidir acerca de la suerte de
la libertad de prensa en la provincia del Rin. Si a la prensa se le prohíbe informar de lo que sucede ante
sus ojos y si, a la vista de cualquier hecho punible, se la obliga a aguardar
hasta que recaiga un fallo
judicial; si debe consultar a todo funcionario, desde el ministro hasta el gendarme, antes de denunciar
un hecho, si cree que éste lesiona su delicadeza o su honor, sin entrar a
examinar si el hecho es o no
cierto; si se coloca a la prensa ante la alternativa de falsear los hechos o silenciarlos totalmente, en ese
caso, señores, la libertad de prensa habrá dejado de existir. Y si ustedes
quieren que eso suceda, entonces deben declararnos “culpables”
422 Ministerio secreto de Berlín: se trata de la pandilla reaccionaria, formada por los más cercanos colaboradores del rey prusiano Federico
Guillermo IV, como el religioso Gerlach, Radowitz y otros.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 221,
14 de febrero de 1849]
462
EL PROCESO CONTRA EL COMITÉ DEMÓCRATA RENANO423
[Discurso de defensa de Carlos Marx]
¡Señores del jurado! Si el proceso cuya vista
estamos celebrando se hubiese incoado antes del 5 de
diciembre, me explicaría la acusación
del ministerio público. Pero, ahora, después del 5 de diciembre,
no comprendo cómo el ministerio público se atreve a invocar en contra nuestras
leyes que la misma Corona ha pisoteado. ¿En qué basa el ministerio público su
crítica de la Asamblea Nacional y del acuerdo de denegación de impuestos? En
las leyes del 6424 y 8 de abril425 de 1848. ¿Y qué hizo el
gobierno el 5 de diciembre al imponer al país una Constitución
otorgada y una nueva ley electoral?426 Desgarrar las
leyes de 6 y 8 de abril de 1848. ¿Estas leyes, que ya no rigen para el gobierno
y sus partidarios, han de regir para sus enemigos?
463
El gobierno se colocó el 5 de diciembre en
terreno revolucionario o, más exactamente, contrarrevolucionario. Para
él sólo existen ahora revolucionarios o cómplices. Él mismo se ha
encargado de convertir en rebeldes a la masa de los ciudadanos que pisan sobre el terreno de las leyes
vigentes y afirman estas leyes frente
a quienes las violan. Antes del 5 de diciembre se
podía opinar de
diverso modo acerca del cambio de residencia y la disolución de la Asamblea Nacional, o con respecto
al estado de sitio decretado en Berlín. Después del
5 de diciembre, es ya un hecho auténtico que estas
medidas iban encaminadas a iniciar la contrarrevolución y que, por tanto, era lícito cualquier medio a
que se recurriera contra una fracción que atentaba por sí misma contra las condiciones bajo las cuales
era gobierno y que, por consiguiente, el país no podía seguir
reconociendo como a tal.
¡Señores! La Corona podía, por lo menos, haber salvado las apariencias de legalidad, y no quiso hacerlo.
Podía también haber disuelto a patadas la Asamblea Nacional y hacer que luego el gobierno declarara
ante el país: “Hemos dado un golpe de Estado, pues las circunstancias nos obligaban a ello. Nos hemos
colocado formalmente al margen de la ley, pero hay momentos de crisis en que se
halla en juego incluso la existencia del Estado. Y su
existencia es, en tales momentos, la única ley
inviolable. Cuando disolvimos la Asamblea Nacional no existía ninguna Constitución. No podíamos, por tanto, violarla. Se
hallaban en vigor, en cambio, dos leyes orgánicas, la del 6 y la del 8 de abril
de 1848. Más aún, en realidad, no existía más que una sola ley
orgánica, la ley electoral. Convocamos al país a nuevas
elecciones con sujeción a esta ley. Ante la Asamblea que surja
de estas elecciones compareceremos como ministerio responsable. Esperamos
que esta Asamblea reconocerá el golpe de Estado como un hecho salvador impuesto por la necesidad de las circunstancias. Sancionará este golpe de Estado como
un hecho consumado. Proclamará que hemos infringido una fórmula legal para salvar a la patria. ¡Que
ella nos juzgue!”
Si el gobierno hubiese obrado así, podría hacernos
comparecer ante su sitial de juez con alguna apariencia de
razón. La Corona, en ese caso, habría salvado las formas legales. Pero no podía
ni quiso hacerlo.
464
A los ojos de la Corona, la revolución de Marzo fue
un hecho brutal. Y un hecho brutal sólo puede
extirparse por medio de otro hecho brutal. El gobierno, al cancelar las nuevas elecciones celebradas a
base de la ley de abril de 1848, renegó de su responsabilidad y canceló el mismo tribunal ante el que era
responsable. Convirtió así de antemano en una mera apariencia, en una ficción, en un fraude la
423 El proceso contra el Comité Demócrata Renano se entabló el 8 de febrero de 1849. Comparecieron ante el juzgado de Colonia Marx,
Schapper y el abogado (Karl) Schneider II. En complicidad con el tribunal, los
miembros de este comité fueron acusados de instigación a la violencia y la
insurrección. Finalmente, fueron absueltos por el juzgado de Colonia.
424 Se hace referencia al “
Mandato acerca del establecimiento de una futura
Asamblea de Prusia”, del 6 de abril de 1848.
425 Se hace referencia a la “ Ley electoral para una Asamblea Constituyente de los Estados prusianos”, propuesta ante el
ministerio Camphausen el
8 de abril de 1848 por la segunda
Dieta Unificada, ley basada en un sistema de elección indirecta.
426 Véase supra, nota 340.
apelación de la Asamblea Nacional ante el pueblo. El gobierno, al inventar una primera Cámara basada
en el censo de fortuna como parte integrante de la Asamblea Legislativa, desgarró las leyes orgánicas,
abandonó el terreno jurídico, falseó las elecciones populares, privó al pueblo
de toda posibilidad de emitir un juicio acerca del “hecho salvador” de la Corona.
Estamos, pues, señores, ante un hecho innegable y que ningún historiador futuro negará: la Corona ha
hecho una revolución, ha echado por tierra el estado jurídico vigente, no
puede apelar a las leyes que ella misma derribó
ignominiosamente. Cuando se hace una revolución y se triunfa, se puede ahorcar
a los adversarios; lo que no se puede hacer es condenarlos. Se les puede quitar
de en medio como a enemigos vencidos, pero no se les puede juzgar como a
delincuentes. Después de consumada una revolución o una contrarrevolución no se
pueden aplicar las leyes derrocadas en contra de los defensores de
estas mismas leyes. Es ésta, sencillamente, una cobarde hipocresía de
legalidad, que ustedes, señores, no sancionarán en su veredicto.
He dicho a ustedes, señores, que el gobierno ha falseado el juicio del pueblo acerca del “Hecho salvador
de la Corona”. Y, sin embargo, el pueblo se ha pronunciado ya en
contra de la Corona y a favor de la
Asamblea Nacional. Las elecciones a la segunda Cámara son las únicas legales, porque se han ajustado
exclusivamente a la ley del 8 de abril de 1848. Y casi todos los que se han negado al pago de impuestos
han sido reelegidos a la segunda Cámara, muchos
de ellos dos y hasta tres veces. El mismo Schneider II, mi
coacusado, es diputado por Colonia. Por tanto, de hecho, el pueblo ha fallado
ya acerca de la cuestión del derecho de la Asamblea Nacional a denegar el pago
de impuestos.
465
Pero aun prescindiendo de este supremo fallo,
reconocerán ustedes, señores, que no se trata de un
delito en el sentido corriente de la palabra, que no estamos aquí, en general, ante ningún conflicto con
la ley que haya de ventilarse en justicia. En condiciones normales, el poder
público es el ejecutor de las leyes vigentes, y delinque quien viola estas
leyes o se enfrenta violentamente al poder público en el ejercicio de ellas. En
nuestro caso, es un poder público el que viola la ley, mientras que otro poder
público, el que sea, ello es indiferente, la mantiene y afirma. Pues bien, la
pugna entre dos poderes públicos no cae dentro de la
competencia del derecho privado ni en la jurisdicción
del derecho penal. El problema de quién tenía razón, si la Corona o la Asamblea Nacional, es un problema histórico. Todos
los jurados y todos los jueces y tribunales de Prusia juntos serían incapaces de resolverlo. Sólo hay un
poder que pueda fallar este litigio, y es la historia. No comprendo, pues, cómo
se nos ha podido traer al banco de los acusados invocando el código penal.
Que lo que aquí se ventila es una pugna entre
dos poderes y que entre dos poderes sólo puede decidir
la fuerza, lo han proclamado por igual, señores del jurado, la prensa
revolucionaria y la contrarrevolucionaria. Lo sostenía sin ambages, poco antes
de dirimirse el litigio, un órgano del gobierno. La Nueva Gaceta
Prusiana, órgano del actual gobierno, lo había reconocido perfectamente.
Días antes de la crisis, decía este periódico, sobre poco más o menos: ahora, no se trata ya del derecho,
sino de la fuerza, y se demostrará que la fuerza la sigue teniendo la monarquía
por la Gracia de Dios. La Nueva Gaceta Prusiana juzgaba las
cosas acertadamente. Fuerza contra fuerza. Y la decisión entre ambas tenía que
pronunciarla la victoria. Ha vencido la contrarrevolución, pero sólo se ha
representado el primer acto del drama. En Inglaterra,
la lucha ha durado más de veinte años. Carlos I
quedó repetidas veces victorioso, hasta que por último subió al cadalso. ¿Y
quién les garantiza a ustedes, señores, que no serán juzgados un día como reos
de alta traición el gobierno actual y los funcionarios que se han prestado y se
prestan a ser instrumentos suyos?
466
¡Señores! El ministerio público ha tratado de basar
la acusación en las leyes de 6 y 8 de abril. Ello me ha obligado a
demostrar aquí que estas leyes cabalmente nos absuelven. Pero no he de ocultar
a ustedes que yo jamás he reconocido ni reconoceré estas leyes. Nunca tuvieron
vigencia para los
diputados surgidos de la elección del pueblo, y menos aún podían dictar su trayectoria a la revolución
de Marzo.
¿Cómo nacieron las leyes de 6 y 8 de abril? De un pacto entre el gobierno y la Dieta Unificada. Por este
camino se pretendía empalmarse al viejo estado legal
y blanquear la revolución, que había eliminado
precisamente ese estado jurídico. Hombres como Camphausen y otros reputaban importante salvar la
apariencia del progreso legal. ¿Y cómo la salvaron? Mediante una serie de contradicciones manifiestas
y absurdas. Manténganse ustedes, señores, por un momento en el viejo punto de
vista legal. ¿No era
una ilegalidad el mero hecho de la existencia del ministro Camphausen, de un ministro responsable que
no había hecho la carrera de funcionario público? La posición de Camphausen, presidente responsable
del Consejo de ministros, era contraria a la ley. Pues bien, este
funcionario legalmente inexistente,
convocó a la Dieta Unificada para hacerla votar
leyes
que no estaba legalmente autorizada a dictar. ¡Y
a este juego de formas que se da de bofetones y se destruye a sí mismo se le
llama progreso legal y afirmación del terreno jurídico!
Pero dejemos a un lado el aspecto formal. ¿Qué era
la Dieta Unificada? El exponente de las viejas relaciones sociales caducas. De
las relaciones contra las que cabalmente acababa de producirse la
revolución. ¿Cómo es posible encomendar a los representantes de la sociedad vencida leyes orgánicas
que se proponen reconocer, organizar y regular la revolución frente a esta
vieja sociedad? ¿Qué absurda contradicción es ésta? La Dieta había sido derrocada,
en unión de la vieja monarquía.
Y, en relación con esto, debemos mirar cara a cara a lo que se llama el terreno jurídico. Me siento tanto
más obligado a examinar este punto cuanto que se nos considera, y con razón,
como enemigos del terreno jurídico, puesto que las leyes del 6 y 8 de abril
deben su existencia simplemente al reconocimiento formal de ese terreno jurídico.
467
La Dieta representaba, sobre todo,
a la gran
propiedad de la tierra. Y la gran propiedad de la tierra era
realmente la base sobre que descansaba la sociedad de la Edad Media, la sociedad
feudal La moderna sociedad burguesa, es decir, nuestra sociedad,
se basa, por el contrario, en la industria y el comercio. Por su parte, la
propiedad de la tierra ha perdido todas las que un día fueron sus condiciones
de existencia y depende ahora del comercio y la
industria. He allí por qué la
agricultura se explota ahora industrialmente y los viejos señores feudales han
descendido
a la categoría de fabricantes de ganado, lana,
trigo, remolacha azucarera, aguardiente, etc., es decir, de gente que trafica
con productos industriales, como cualquier mercader. Y,
por mucho que quieran
aferrarse a sus viejos prejuicios, en la práctica se
convierten en ciudadanos interesados en producir lo más posible con los costos
más bajos que puedan, en comprar donde las cosas salgan más baratas y en vender
donde resulten más caras. Así pues, el tipo de vida, de producción y de lucro
de estos señores da a sus exageradas y jactanciosas pretensiones el mayor
mentís.
La propiedad de la tierra, considerada como el
elemento social dominante, presupone el régimen
medieval de producción y circulación. Y la Dieta Unificada era el exponente de este régimen económico
medieval superado desde hacía ya largo tiempo y cuyos representantes, aunque se aferren a los viejos
privilegios, no tienen empacho en participar del disfrute y la explotación de
la nueva sociedad. Esta nueva sociedad, la sociedad burguesa, establecida sobre
fundamentos completamente distintos y basada en otro modo de producción, tenía
necesariamente que arrebatar el poder político; no tenía
más remedio que arrancar de manos de quienes
representaban los intereses de la sociedad caduca un
poder político cuya organización había brotado en su integridad de relaciones
materiales de la sociedad totalmente distintas. De
allí la revolución. Ésta, por consiguiente,
iba dirigida tanto contra la monarquía absoluta,
la más alta expresión
política de la vieja sociedad,
como contra la representación estamental, que constituye
un orden social ya desde hace mucho tiempo destruido por la moderna
industria o, por lo menos, la sociedad burguesa va anulando o relegando diariamente a segundo plano,
cada vez más, una serie de supervivencias llenas todavía de arrogancia de los estamentos. ¿Cómo, pues,
explicarse la ocurrencia de que la Dieta Unificada, es decir, la representación
de la vieja sociedad, dictara leyes la sociedad nueva, que había impuesto sus
derechos por medio de la revolución?
468
Se hizo esto, al parecer, para afirmar el terreno jurídico. Pero ¿qué se entiende, señores, por afirmar el
terreno jurídico? Sencillamente, la afirmación de leyes que pertenecen a una
época pasada de la sociedad, que han
sido elaboradas por representantes de intereses sociales ya caducos o en
trance de caducar, es decir, que elevan a ley exclusivamente
estos intereses que se hallan en contradicción con
las necesidades generales. Pero no es la sociedad la que descansa sobre la ley. Esto no pasa de ser una
ilusión jurídica. Es la ley la que tiene que descansar sobre la sociedad, ser
expresión de sus intereses
y necesidades comunes, tal como brotan del material de producción vigente, enfrentándose con la
arbitrariedad del individuo aislado. Este Código
Napoleón que tengo en la mano no ha creado la moderna sociedad burguesa. Por el
contrario, la sociedad burguesa nacida en el siglo x v i i i y
desarrollada en el XIX es la que encuentra en el código su
expresión legal. Tan pronto como éste deje de responder a las relaciones
sociales, se convierte simplemente en un pedazo de papel. No pueden ustedes
convertir las viejas leyes en fundamento del nuevo desarrollo social, ni más ni
menos que estas viejas leyes no crearon el estado social anterior.
Nacieron, por el contrario, de este estado social y
con él tienen forzosamente que perecer. Las leyes
cambian necesariamente al cambiar las relaciones de vida. La afirmación de las viejas leyes contra las
nuevas necesidades y exigencias del desarrollo social no es, en el fondo, otra
cosa que la afirmación
aparentemente sagrada de intereses particulares ya
extemporáneos contra el interés común y actual. Esta
afirmación del terreno jurídico pretende hacer valer como vigentes esos
intereses particulares, que ya no rigen; pretende imponer a la sociedad leyes condenadas ya por las relaciones de vida de esta
sociedad, por su modo de adquisición y circulación, por su producción material;
pretende mantener en funciones a legisladores que velan solamente por los
intereses particulares, trata de abusar del poder del
Estado para supeditar violentamente los intereses
de la mayoría a los de la minoría. A cada
paso entra, por tanto, en contradicción con las necesidades reales existentes, entorpece el comercio y
la industria y prepara el terreno para crisis industriales, que estallan en forma de revoluciones políticas.
469
Tal es el verdadero sentido del apego al terreno
jurídico y de la afirmación del terreno jurídico. Y
en esta frase del terreno jurídico, basada en
un fraude deliberado o en el engaño inconsciente de sí mismo, se
amparó la convocación de la Dieta Unificada y se hizo que esta Dieta fabricase
las leyes orgánicas para la Asamblea Nacional que la revolución había hecho
necesaria y había creado. ¡Y éstas son las leyes con sujeción a las cuales se
quiere enjuiciar a la Asamblea Nacional!
La Asamblea Nacional representa a la moderna
sociedad burguesa frente a la sociedad feudal, representada por la Dieta
Unificada. Dicha Asamblea fue elegida por el pueblo con la misión de
establecer por su cuenta una Constitución ajustada a las relaciones de vida que hasta ahora se hallaban
en conflicto con la organización política y las leyes vigentes. Era, por
consiguiente, desde el primer momento, una Asamblea constituyente y soberana. Y
pese a ello, se rebajó hasta adoptar el punto de
vista del Pacto, lo cual no pasaba de ser una cortesía puramente formal y ceremoniosa ante la Corona.
No necesito entrar a investigar aquí si la Asamblea Nacional tenía, frente al
pueblo, el derecho a adoptar aquel punto de vista. Consideraba, sin duda, que
el choque con la Corona podría evitarse mediante la buena voluntad de ambas
partes.
Pero lo que desde luego puede asegurarse es que las
leyes de 6 y 8 de abril carecían de validez legal. Y, en el terreno material,
su significado se reduce a haber proclamado y establecido las condiciones bajo
las cuales podía la Asamblea Nacional ser la expresión real de la soberanía del
pueblo. La
legislación de la Dieta Unificada era, simplemente, la forma a que se recurría para ahorrar a la Corona
la humillación de tener que proclamar: ¡He sido derrotada!
[Neue Rheinische Zeitungynúm. 231, 25 de febrero de 1849]
470
Paso ahora, señores del jurado,
a examinar más de cerca la acusación del ministerio público.
El ministerio público ha dicho:
La Corona se ha despojado de una parte del poder, que se hallaba
íntegro en sus manos. Incluso en la vida
corriente, si formuló un documento de renuncia, éste no puede ser
interpretado más allá del claro tenor literal de las palabras en que
renunció. Y la ley de 8 de abril de 1848 no confiere a la Asamblea
Nacional el derecho a denegar el cobro de impuestos ni señala a Berlín
como necesaria residencia de la Asamblea Nacional.
¡Señores! El poder se hallaba destrozado en manos de la Corona; ésta se despejó del poder para salvar
sus fragmentos. Recuerden ustedes, señores, cómo el rey,
inmediatamente de subir al trono, empeñó
formalmente en Königsberg y en Berlín su palabra de
honor de que accedería a un régimen constitucional. Y recuerden también cómo,
en 1847, al abrir las sesiones de la Dieta Unificada, el rey juró en voz alta y
solemne que no toleraría que entre él y su pueblo se
interpusiera un pedazo de papel.427 Después de marzo de 1848, el rey se
proclamó a sí mismo, en la Constitución otorgada, rey constitucional. Dejó
que se deslizara entre él y su pueblo esa fruslería abstracta y exótica, ese
pedazo de papel. ¿Se atrevería el ministerio público a afirmar que el rey dio libre y voluntariamente un mentís
tan patente a sus solemnes promesas, que confesó voluntariamente ante toda
Europa una inconsecuencia tan insoportable como la de acceder al Pacto o a la
Constitución? No; el rey hizo las concesiones a que le obligaba la
revolución. Ni más ni menos.
471
Desgraciadamente, la comparación
popular a que recurre el ministerio público no prueba nada. Claro
está que cuando renunciamos a algo, sólo renunciamos a aquello sobre lo
que expresamente versa la renuncia. Si hago un regalo a
alguien, sería realmente una desvergüenza que la persona favorecida
pretendiera, basándose en mi documento de donación, arrancarme más de lo que yo he querido donar.
Pero el que regaló algo después de la revolución de Marzo fue precisamente el
pueblo; la Corona fue la que recibió el regalo.
Y huelga decir que la donación debe
interpretarse en el sentido del donante y no en el del
donatario; es decir, en nuestro caso, en el sentido del pueblo y no en el de la
Corona.
El poder absoluto de la Corona estaba destrozado.
El pueblo había vencido. Ambos, la Corona y el pueblo, sellaron un armisticio
en el que fue engañado el segundo. El propio ministerio público,
señores, se ha tomado la molestia de demostrarles a ustedes con
todo detalle este engaño. Para negar a la Asamblea el
derecho a rechazar el cobro de impuestos, el ministerio público les ha hecho
ver prolijamente a ustedes que si en
la ley del 6 de abril de
1848 figuraba alguna norma concebida en ese
sentido, en la del 8 de abril del mismo año no se encontraba ya nada por el estilo. Es decir, que se había
aprovechado el intervalo para sustraer a los representantes del pueblo, dos
días después, el derecho que dos días antes se les había conferido. ¿Podía el
ministerio público haber comprometido de un modo más brillante el honor de
la Corona, podía haber patentizado por modo más irrefutable que se trataba, en
efecto, de engañar al pueblo?
Y el ministerio público sigue diciendo:
472
El derecho a cambiar de residencia y aplazar la
reunión de la
Asamblea Nacional es un atributo del poder
ejecutivo, reconocido en todos los países constitucionales.
En cuanto al derecho del poder
ejecutivo a cambiar el lugar de residencia de las
cámaras legislativas, desafío al ministerio público a citar una sola ley o un
solo ejemplo en apoyo de esta afirmación. En
Inglaterra, por ejemplo, podía el rey, a tenor del viejo derecho histórico, convocar el Parlamento en
el lugar que mejor le pareciera. No existe ninguna ley
en la que se señale Londres como residencia legal
del Parlamento. Saben ustedes, señores, que en general, en Inglaterra las
libertades políticas más importantes, entre ellas por ejemplo la libertad de
prensa, se hallan sancionadas por el derecho
consuetudinario y no por el derecho escrito. Pero jamás se le ocurriría a un
gobierno inglés desplazar el Parlamento, digamos, de Londres a
Windsor o a Richmond; la hipótesis es tan absurda, que basta con formularla
para convencerse de su imposibilidad.
Es cierto que, en los países constitucionales, la
Corona tiene derecho a aplazar la reunión de las cámaras. Pero
no deben ustedes olvidar que, por otra, parte, todas las constituciones
determinan
por cuánto tiempo pueden aplazarse dichas reuniones,
cuál es el plazo pasado el cual
debe reunirse el
Parlamento. En Prusia no regía ninguna Constitución, había que redactarla; no existía plaza legal para
la convocatoria del Parlamento aplazado ni podía existir tampoco, por tanto, el
derecho de la Corona a aplazar sus sesiones. De otro modo, la Cámara podría, a
su antojo, aplazar las reuniones de las cámaras por diez días, por diez
años o para siempre. ¿Qué garantía
había de que se reuniría de nuevo el Parlamento, más tarde o más temprano? La existencia de las Cámaras al lado de la Corona quedaría
427 Se hace referencia a unas palabras del rey
prusiano Federico Guillermo IV en ocasión de la apertura de la primera
Dieta Unificada, el 11 de abril de 1847. En dicho discurso, el rey prusiano declaró “que los siglos y una
sabiduría impar heredada” han forjado la Constitución prusiana,
pero que “ningún pedazo de papel” se interpondría entre él y
su pueblo.
confiada al
libre albedrío de ésta; es decir, el
poder legislativo se convertiría en una ficción,
suponiendo que, en estas condiciones, pudiese hablarse para nada de poder
legislativo.
He allí, señores, a la luz de un ejemplo, a dónde
lleva el empeño de medir el conflicto entre la Corona
y la Asamblea Nacional prusianas por el rasero de los
países constitucionales. Lleva a la afirmación de
la monarquía absoluta. Por una parte, se reivindican para la Corona
las prerrogativas de un poder ejecutivo constitucional, mientras que, por otra
parte, no existe ninguna ley, ninguna costumbre, ninguna institución
orgánica que le imponga las restricciones de un
poder ejecutivo constitucional. Si le dice a la representación
popular, “¡tu función es la de una Cámara constitucional, pero
frente a un monarca absoluto!”
473
¿Acaso hace falta pararse a señalar que, en el caso
en cuestión, no existía un poder ejecutivo frente a un poder legislativo, que la división constitucional de poderes no es aplicable a la Asamblea Nacional y
a la Corona prusianas? Prescindan ustedes de la revolución y aténganse
exclusivamente a la teoría oficial, a la teoría del
Pacto. Incluso según esta teoría, se enfrentaban
dos poderes soberanos. No cabe duda alguna. De estos dos
poderes, el uno tenía que hacer saltar al otro. En un Estado,
no pueden funcionar simultáneamente, el uno junto al otro, dos poderes soberanos. Esta coexistencia representa
un contrasentido, algo así como la cuadratura del círculo.428 La fuerza material tenía que decidir entre
las dos soberanías. Pero no tenemos por qué entrar a investigar aquí la posibilidad o imposibilidad de
establecer un pacto. Baste decir que dos poderes
se pusieron en contacto para llegar a un acuerdo. El propio
Camphausen examinó la posibilidad de que el acuerdo no llegara a establecerse.
Desde la tribuna señaló a los componedores el peligro que acechaba al país si
no llegaba a sellarse la transacción. El peligro se hallaba en la relación
primitiva de la Asamblea Nacional pactante con la Corona, ¡y a posteriori se pretende hacer a la Asamblea Nacional responsable de este peligro, negando
aquella relación originaria y convirtiendo a la Asamblea Nacional en una Cámara
constitucional! ¡Se pretende resolver la dificultad
abstrayéndose de ella!
Creo haberles demostrado, señores, que la Corona no
tenía derecho ni a convocar la Asamblea de los pactantes ni tampoco a
aplazarla.
474
Pero el ministerio público no se ha limitado a investigar si la Corona tenía derecho a aplazar la reunión
de la Asamblea Nacional429 sino que trata de demostrar la conveniencia de
este aplazamiento. “ ¿No
habría sido conveniente — exclama— que la Asamblea Nacional,
acatando lo dispuesto por la Corona,
se hubiese trasladado a Brandeburgo?” El ministerio público
encuentra la razón de esta conveniencia en la situación de
la propia Cámara. En Berlín gozaba de libertad, etcétera.
¿Pero acaso no son claras y manifiestas las
intenciones de la Corona en este desplazamiento? ¿No despojó ella misma de toda
apariencia los motivos oficialmente aducidos en apoyo del traslado de
residencia de la Cámara? No se trataba, en modo alguno, de la libertad para
deliberar, sino de otra cosa: o se disolvía la Asamblea y se concedía una
Constitución otorgada o se montaba una representación ficticia a base de
representantes sumisos. Y cuando, contra todo lo que se había
previsto, se reunió en Brandeburgo un conjunto de diputados capaces de tomar acuerdos, se renunció
a toda hipocresía y se declaró disuelta la Asamblea Nacional.430
Por lo demás, no es difícil comprender que la Corona no tenía derecho a decir
si la Asamblea Nacional gozaba o no de libertad para deliberar.
Nadie más que la propia Asamblea podía decidir si contaba o
no con esa libertad. De otro modo, resultaría comodísimo para la Corona, tan pronto como la Asamblea
Nacional adoptase un acuerdo que no le agradara, declararla carente de
libertad, irresponsable, e interponer un veto contra sus decisiones.
428 Cuadratura del círculo: problema
sin solución al hacerse el cálculo de la superficie de
un círculo como exactamente igual a la de un
cuadrilátero.
429 Se trata aquí del traslado de lugar de la Asamblea Nacional, de Berlín a Brandeburgo.
430 La disolución de la Asamblea Nacional tuvo lugar el 5 de diciembre de 1848, mediante una ordenanza real titulada “Disolución
de la Asamblea Nacional prusiana”.
El ministerio público ha hablado también del deber
en que se hallaba el gobierno de salvaguardar la dignidad de la Asamblea
Nacional contra el terrorismo de la población de Berlín.
475
Es éste un argumento que suena como una sátira contra el gobierno. No quiero referirme a la conducta
seguida con respecto a las personas, que eran, por lo demás, los representantes electos del pueblo. Se
procuró humillarlos por todos los medios, se les persiguió del modo más
infamante y se desató una especie de cacería en contra de ellos. Pero dejemos
estar a las personas. ¿Cómo se salvaguardó la dignidad de la Asamblea Nacional,
en sus labores? Sus archivos fueron abandonados a la soldadesca,
la cual los convirtió en guiñapos, cebó con
ellos las estufas y
pisoteó los documentos de las secciones, los mensajes
regios, los proyectos de ley y los trabajos preliminares.
Ni siquiera se guardaron las formas de un embargo
judicial, sino que los soldados se apoderaron del archivo sin molestarse ni en
levantar un inventario.
Era un plan premeditado el destruir estos trabajos
tan costosos para el pueblo, pues de este modo resultaba más fácil calumniar a
la Asamblea Nacional y se borraban del mundo los proyectos de
reformas odiados por el gobierno y la aristocracia. Y, a la vista de todo esto, ¿no resulta sencillamente
ridículo afirmar que el gobierno trasladó la Asamblea Nacional de Berlín a
Brandeburgo velando delicadamente por su dignidad?
Pasarán a hablar ahora de las consideraciones del
ministerio público en torno a la validez formal del acuerdo de
denegación del pago de impuestos.
Para dar validez formal a este acuerdo, la Asamblea
— dice el ministerio público— necesitaba someterlo a la sanción de la
Corona. Pero es que la Corona, señores, no se enfrentaba a la Asamblea
en la persona del monarca, sino en la persona del ministerio Brandeburgo. Así pues, según el absurdo
que el ministerio público sostiene, la Asamblea ¡habría tenido que entenderse
con el gobierno Brandeburgo para poder proclamar
a este gobierno como reo
de alta traición, para denegarle el pago
de los impuestos! ¿Qué significa semejante pretensión
sino la tesis de que la
Asamblea Nacional tenía que someterse incondicionalmente a todas y
cada una de las exigencias de aquel gobierno?
476
El acuerdo de denegación del pago de impuestos, dice el ministerio público, carecía además de validez
formal porque ninguna propuesta puede elevarse a ley sino después de su segunda
lectura.
Así pues, mientras que, de una parte, se hace caso
omiso de las formas esenciales obligadas con respecto a la
Asamblea Nacional, de otra parte se impone a ésta la necesidad de respetar
las formalidades de orden secundario. ¡La cosa no
puede ser más sencilla!
Una propuesta que no le guste
a la Corona es aprobada en
primera lectura, la segunda es impedida por la fuerza de las armas y la ley
no adquiere carácter de tal, por no haberse cumplido el requisito de la segunda
lectura. El ministerio público hace caso omiso del estado excepcional reinante
cuando los representantes del pueblo
tomaron aquel acuerdo, amenazados en la sala de sesiones por las bayonetas. El gobierno da un golpe
de Estado tras otro. Atropella sin el menor miramiento las leyes más
importantes, la ley sobre el habeas Corpus431 y la ley sobre
la Milicia Cívica.432 Implanta arbitrariamente un despotismo militar
desenfrenado, bajo el manto del estado de sitio. Manda al diablo a los mismos
representantes del pueblo. Y mientras de un lado se violan descaradamente todas
las leyes, ¿se
pretende que del otro lado se
acate meticulosamente hasta el último reglamento?
Ignoro, señores, si el ministerio público incurre
en un falseamiento deliberado — cosa que está muy lejos de mi ánimo suponer—, o
simplemente en ignorancia, cuando dice: “La Asamblea Nacional no buscó mediación alguna,
no intentó ninguna mediación”.
431 Habeas corpas: esta ley,
votada en 1679 por el Parlamento inglés, permitía a cualquier acusado (a
excepción de los casos de alta traición) pedir su libertad provisional,
mediante el pago de una fianza, hasta que fuera incoado el proceso.
Generalmente, fue un privilegio de los ricos y nobles debido a las altas
sumas impuestas.
432 Ley sobre ¡a Milicia Cívica: fue
promulgada el 17 de octubre de 1848, y establecía este cuerpo militar como
enteramente dependiente del gobierno. Pero, más tarde, dio lugar a la
aparición de una Milicia Cívica contrarrevolucionaria. Fue disuelta el 11
de noviembre de 1848, luego de la entrada de las tropas de Wrangel en Berlín.
Si el pueblo tiene algo que reprochar a la Asamblea
Nacional de Berlín son precisamente sus veleidades mediadoras. Y si los
miembros de dicha Asamblea sienten algún arrepentimiento, es precisamente el de
haber tratado de llegar a una transacción.
477
La tentativa de componenda fue cabalmente la que
les enajenó poco a poco las simpatías del pueblo, la que les hizo perder todas
las posiciones y la que los expuso, por último, a los ataques de la Corona sin
que frente a ellos pudieran apoyarse en la fuerza de una nación. Cuando, a la
postre, la Asamblea quiso afirmar su voluntad, se encontró sola, aislada e
impotente, precisamente por no haber sabido tener y afirmar una voluntad a su
debido tiempo. La Asamblea comenzó a manifestar este deseo de componenda al renegar de la revolución y sancionar la teoría del Pacto, al descender del rango de una
Asamblea Nacional revolucionaria para rebajarse a la categoría de una equívoca
sociedad de componedores. Y llevó a su extremo la debilidad mediadora al
aceptar de Pfuel como plenamente válido el aparente reconocimiento de la orden
de Stein al ejército.433 La misma proclamación de esta orden al
ejército se había convertido en una farsa,
ya que no podía ser, ahora, más que un eco cómico de
la orden de Wrangel al ejército.434 Sin embargo, en vez de saltar por
encima de ella, la Asamblea Nacional
alargó las dos manos hacia la versión
de la misma orden
por el ministerio Pfuel, versión que la debilitaba y la convertía en un documento carente de todo contenido. Para evitar todo conflicto serio
con la Corona, aceptó la sombra aparente de una manifestación contra el viejo
ejército reaccionario
como una manifestación real. Aparentó tomar seriamente como la solución real del conflicto lo que no
pasaba de ser una solución aparente. Hasta tal punto carecía de espíritu combativo y se movía por una
tendencia puramente conciliadora esta Asamblea que el ministerio público quiere evo pasar por una
instigadora de conflictos.
¿Hace falta señalar todavía otro síntoma del carácter conciliador de esta Cámara?
Recuerden ustedes, señores, el acuerdo a que se había llegado entre la Asamblea
Nacional y Pfuel sobre la ley dejando en suspenso las
indemnizaciones.435 Si la Asamblea no sabía aplastar al enemigo dentro del
ejército, se trataba, sobre todo, de atraerse al amigo entre los campesinos.
Pero también a esto renunció. Lo que le interesaba por encima de todo, incluso
por encima de los intereses de su propia conservación, era llegar a una mediación, evitar a todo trance y bajo cualesquiera condiciones el
conflicto con la Corona.
¿Y a esta Asamblea se le reprocha el no haber aceptado ni tratado de conseguir una mediación?
478
Ya había estallado el conflicto, y todavía buscaba la Asamblea la mediación. Conocen ustedes, señores,
el folleto de Unruh,436 hombre del centro. Por él han podido ustedes comprobar todo lo que se intentó
para evitar la ruptura, cómo se enviaron diputaciones al monarca, a las que éste no dio audiencia, cómo
algunos diputados trataron de ganar el convencimiento de los ministros, quienes
los rechazaron en actitud altiva y soberbia, y cómo se quiso hacer concesiones,
cuyos propósitos fueron acogidos con gran irrisión. Ya se estaba preparando todo para desatar la guerra, y todavía la Asamblea se empeñaba
en pactar la paz. ¡Y ésta es la Asamblea a la que el ministerio público acusa
de no haber aceptado ni tratado de conseguir una mediación!
No cabe duda de que la Asamblea Nacional de Berlín se dejaba llevar de la gran ilusión y no comprendía
su propia posición ni sus propias condiciones de existencia,
cuando antes del conflicto y durante éste
seguía considerando posible llegar a una inteligencia de buena fe, a una transacción con la Corona y se
empeñaba en lograrla.
La Corona, por su parte, no quería tal mediación, ni podía quererla. No
debemos engañarnos, señores del jurado, acerca del carácter de la
lucha que estalló en marzo y que más tarde se libró entre la Asamblea Nacional
y la Corona. No debemos ver en ella uno de esos conflictos corrientes entre un
gobierno y la oposición parla
479
433 Véase supra, nota 271.
434 Véase supra, nota 378.
435 Véase supra, nota 374.
436 El folleto de Unruh: se titula “Bocetos de
una nueva historia prusiana”.
Hans Victor von Unruh,
ingeniero y político prusiano,
liberal, moderado, era
uno de los dirigentes del ala centro-izquierda de la Asamblea Nacional prusiana.
mentaría, un conflicto entre personas que ocupaban
el cargo de ministros y quienes aspiraban a
conquistar una cartera ministerial, ni la lucha de partidos entre dos facciones evolúo del Parlamento.
Es posible que los miembros de la Asamblea Nacional, pertenecientes a la
minoría o a la mayoría, se representaran así las cosas. Pero lo que aquí decide
no es la opinión de los componedores, sino la situación histórica real y verdadera de la Asamblea Nacional, tal como surgió de la revolución europea
y de la revolución de Marzo por ella condicionada. Lo que aquí se ventilaba no era un conflicto político
entre dos facciones situadas ambas sobre el terreno de una misma sociedad, sino el conflicto entre dos
sociedades, un conflicto social envuelto bajo una forma
política; se trataba de la lucha entre la vieja sociedad
burocrático-feudal y la moderna sociedad burguesa, de la lucha entre la
sociedad de la libre concurrencia y la sociedad del régimen
gremial, entre la sociedad de la industria, entre la sociedad de la fe y la
sociedad de la ciencia.
La expresión política congruente
de la vieja sociedad era la monarquía por la Gracia de Dios, la burocracia
tutelar y el ejército independiente. El fundamento social congruente
de este viejo poder político era la propiedad nobiliaria y privilegiada de la
tierra, con sus campesinos siervos o semisiervos, la pequeña industria
patriarcal o gremialmente organizada, los estamentos cerrados, el
brutal antagonismo entre la ciudad y el campo y, sobre todo, la dominación del campo sobre la ciudad.
El viejo poder político —monarquía de derecho divino,
burocracia tutelar y ejército independiente—
veía cómo su verdadero fundamento material desaparecería bajo sus pies tan pronto como se atentara
contra la base de la vieja sociedad, contra la propiedad territorial noble y
privilegiada y contra la nobleza misma, contra la dominación del campo sobre la
ciudad, la relación de dependencia de la
población campesina y la legislación acomodada a todas estas condiciones de vida, el orden municipal,
la legislación penal, etcétera.
480
La Asamblea Nacional perpetró este atentado. Por otra
parte, aquella vieja sociedad veía que el poder
se le iba de las manos tan pronto como la Corona, la burocracia y el ejército
perdieran sus privileios feudales. Y la Asamblea Nacional proponíase, en
efecto, acabar con estos privilegios. Se comprende,
pues, que el ejército, la burocracia y la nobleza, unidas, empujaron a la Corona a dar un golpe de Estado,
como se comprende también que la Corona se dejase empujar al golpe de Estado, sabiendo como sabía
que sus propios intereses se hallaban inseparablemente entrelazados a los de la
vieja sociedad burocrático-feudal. La Corona era, en efecto, el representante de la sociedad aristocrático-feudal, como
la Asamblea Nacional lo era de la moderna sociedad burguesa.
Las condiciones de vida de la sociedad burguesa moderna llevan
consigo la exigencia de que la burocracia y el ejército descienden de la
categoría de dominadores del comercio y la industria a la de instrumentos
suyos, se conviertan en simples órganos de la economía
burguesa. Esta sociedad no puede tolerar que las relaciones del comercio
exterior se rijan por las consideraciones debidas a una política internacional
cortesana, en vez de gobernarse por los intereses de la producción nacional. La
sociedad burguesa tiene
necesariamente que supeditar el régimen de las finanzas a las necesidades de la producción, mientras
que el viejo Estado tiene, por el contrario, que subordinar la producción a las
necesidades de la monarquía por la Gracia de Dios y al apuntalamiento de las
murallas regias que son los parapetos sociales de esta monarquía. Ajustándose a
la tendencia real niveladora de la moderna industria, la sociedad moderna no
tiene más remedio que derribar todas las fronteras políticas y legales que se
alzan entre la ciudad y el campo. En esta sociedad hay clases, pero no hay ya estamentos. Su desarrollo
consiste en
la lucha de estas clases, pero las nuevas clases aparecen
ya unidas frente a los estamentos y a su monarquía de
derecho divino.
Por eso la monarquía de derecho divino, expresión
política suprema y suprema representación
política de la vieja sociedad burocrático-feudal, no puede hacer ninguna clase de concesiones sinceras a
la moderna sociedad burguesa. El propio instinto de conservación y la sociedad
que se halla detrás de ella y en la que descansa, tratarán siempre, una y otra
vez, de revocar las concesiones hechas, de reafirmar su carácter feudal, de
correr el riesgo de una contrarrevolución. Tras una revolución, la condición
vital constantemente renovada de la Corona es la contrarrevolución.
481
Pero, por otra parte, tampoco la moderna sociedad
puede quedarse tranquila hasta que no haya destruido y eliminado el poder
oficial tradicional gracias al cual se mantiene todavía por la fuerza la
sociedad antigua, hasta que no haya quitado de en
medio este poder estatal. La dominación de la
monarquía por la Gracia de Dios es, cabalmente, la dominación de los viejos elementos de
la sociedad.
Entre estas dos sociedades no hay, pues, paz
posible. Sus intereses y necesidades materiales
determinan una lucha a vida o muerte, en la que una de las dos tiene que vencer y la otra que sucumbir.
Es la única mediación posible entre ellas; no hay otra. Tampoco cabe, pues, paz ni entendimiento entre
las altas representaciones políticas de estas dos sociedades, es decir, entre
la Corona y la representación popular. Por tanto, la Asamblea Nacional no tenía
más opción que capitular ante la vieja sociedad o enfrentarse a la Corona como
poder independiente.
¡Señores! El ministerio público ha presentado
la denegación del pago de impuestos como una medida “que
sacude los cimientos de la sociedad”. Pero la denegación del
pago de impuestos nada tiene que ver con los cimientos de la sociedad.
¿Cuál es, señores, en términos generales, la causa
de que los impuestos, la autorización y denegación del pago de impuestos,
desempeñe un papel tan importante en la historia del constitucionalismo? La
explicación es muy sencilla. Los pueblos tuvieron que redimirse con dinero
contante de los reyes
feudales, lo mismo que los siervos se rescataban con dinero de los privilegios de los barones feudales.
Los reyes necesitaban dinero para sostener sus guerras contra los pueblos
extranjeros y, sobre todo, para sus luchas contra los señores feudales. Y, a medida
que se desarrollaban
el comercio y la industria, necesitaban más dinero.
482
Pero, paralelamente, con ello iba desarrollándose
también el tercer estado, la burguesía y, al desarrollarse, podía disponer de
mayores recursos monetarios. Esto le permitía comprar a los reyes,
por medio de los impuestos, más libertades. Con objeto de asegurarse estas libertades, se reservaba el
derecho de renovar en ciertos plazos los pagos en
dinero: de allí nace el derecho a aprobar o denegar el
pago de impuestos. Y si quieren ustedes seguir en detalle todo este proceso, no
tienen más que consultar la historia inglesa.
Así pues, en la sociedad medieval los impuestos eran el único nexo de unión entre la sociedad burguesa
ascendente y el Estado feudal dominante, nexo mediante el cual se veía éste
obligado a hacer concesiones a aquélla, a transigir ante su desarrollo y a
adaptarse a sus necesidades. En los Estados modernos, este derecho de concesión
o denegación del pago de impuestos se ha convertido en un mecanismo de
fiscalización de la sociedad burguesa sobre el consejo de administración de sus
intereses generales, o sea sobre el gobierno.
Por eso encontramos la denegación parcial
del pago de impuestos como parte integrante de todo aparato
constitucional. Este tipo de denegación de impuestos se da cuantas veces es
rechazado el presupuesto público. El presupuesto en curso rige
solamente para un determinado ejercicio; además,
las cámaras, cuando se suspenden sus sesiones, tienen que volver a reunirse tras breve intervalo. Ello
hace imposible, por tanto, la independencia de la Corona. Al rechazarse el
presupuesto público, los impuestos se consideran definitivamente denegados cuando
la nueva Cámara no aporta al gobierno
una mayoría de votos o la Corona no forma un gobierno a tono con
las exigencias de la nueva Cámara. La reprobación del presupuesto
constituye, por tanto, una denegación de impuestos en forma
parlamentaria. Forma que no podía llegar a darse en el conflicto en cuestión, sencillamente porque no
existía Constitución, sino que había que elaborarla.
483
Pero tampoco es nada inaudito la
denegación de impuestos bajo la forma en que aquí se nos presenta,
es decir, sin rechazar el nuevo presupuesto y limitándose a vetar el pago de
los impuestos en curso. Este fenómeno era muy frecuente en la Edad Media. Hasta
la antigua Dieta alemana y los antiguos
estamentos feudales brandeburgueses tomaban a veces el acuerdo de denegar el cobro de impuestos.
Y tampoco faltan los ejemplos de esto en los modernos países constitucionales.
En 1832, un acuerdo de denegación de impuestos en Inglaterra provocó la caída del gobierno Wellington. 437 Y, fíjense
437 En septiembre de 1831 los wighs, que
impulsaban una ley de reforma, ganaron el gobierno e hicieron aceptar en la
Cámara de los Comunes su proyecto de ley, más tarde rechazado en la Cámara
de los Lores, entonces dirigida por Wellington. Al encargarse Grey
del gobierno, esta ley fue aprobada en junio de 1832. Pero
el rey la denegó y el ministerio Grey tuvo que dar
ustedes bien en esto,
señores: no fue el Parlamento el que, en Inglaterra,
tomó este acuerdo, sino que lo proclamó y llevó a cabo el
pueblo, en virtud de su propia plenitud de poderes. Y sabido es que Inglaterra
es el país histórico del constitucionalismo.
No hay para qué negarlo: la revolución inglesa, que
llevó a Carlos I al cadalso, comenzó por la denegación del pago de impuestos. Y
por la misma medida comenzó también la revolución norteamericana que condujo a
la declaración de independencia de los Estados Unidos. También en Prusia
podría la denegación de impuestos ser el preludio de
cosas graves. Pero no fue John Hampden quien llevó al
cadalso a Carlos I, sino la propia tozudez del rey, su independencia con
respecto a los estamentos feudales, su quimérico empeño en abatir por la fuerza
las ineludibles exigencias de la
nueva y naciente sociedad. La denegación de impuestos no es sino un síntoma de la escisión que media
entre la Corona y el pueblo, una prueba de que
el conflicto entre el gobierno y el pueblo ha
alcanzado ya un grado muy alto y peligroso. No es ella la que provoca la
escisión, el conflicto. No hace más que expresar la existencia de este hecho.
En el peor de los casos, dicha medida va seguida de la caída del gobierno
existente, del derrocamiento de la forma de Estado
dominante. Pero no afecta los cimientos
de la sociedad. Menos aún en el caso presente, en el que la denegación de impuestos era precisamente
una medida de legítima defensa de la sociedad contra el gobierno que la
amenaza, éste sí, en sus cimientos.
484
Por último, el ministerio público
nos acusa de haber ido más allá que la propia
Asamblea Nacional en la proclama denunciada.
“La Asamblea Nacional — se dice— no llegó a hacer público su acuerdo.” ¿Debo evolúo seriamente
a esto, señores, que el acuerdo de denegación de impuestos no fue publicado
siquiera en la colección legislativa?
Lo que quiere decir que la Asamblea Nacional no
apeló como nosotros a la violencia ni, en general, se colocó
como nosotros en el terreno revolucionario, sino que quiso mantenerse dentro
del terreno de la legalidad.
Antes, el ministerio público presentaba a la Asamblea Nacional como ilegal; ahora destaca su legalidad
y lo hace así, en ambos casos, para podernos acusar
a nosotros como delincuentes. Una vez declarada
ilegal la percepción de impuestos, ¿no estoy obligado a rechazar por la fuerza el ejercicio por la fuerza
de un acto ilegal? Incluso desde este punto de vista estábamos en nuestro derecho al rechazar la fuerza
mediante la fuerza. Por lo demás, es totalmente exacto: la Asamblea Nacional
trataba de mantenerse en un terreno puramente legal, en
el terreno de la resistencia pasiva. Dos caminos se abrían
ante ella: el camino revolucionario, por el que no se aventuró, porque
aquellos señores no querían jugarse la cabeza, o el de la denegación de
impuestos, que no pasaba de la resistencia pasiva. La Asamblea optó por el
segundo camino. Pero el pueblo, por su parte, tenía que colocarse en
el terreno revolucionario para llevar a la práctica
aquella medida. La conducta de la Asamblea Nacional no
era en modo alguno decisiva para el pueblo. La Asamblea Nacional no
goza de ninguna clase de derechos propios, pues el pueblo se limita a
transferirle el ejercicio de los que a él le competen. Si la
Asamblea no cumple con su mandato, éste caduca. El pueblo mismo pasa en persona a la escena y obra
en virtud de su propia plenitud de poderes. Si una Asamblea Nacional, por
ejemplo, se vendiera a un gobierno traidor, el pueblo se vería obligado a
expulsarlos a ambos, al gobierno y a la Asamblea. Cuando la Corona se lanza a
una contrarrevolución, el pueblo tiene derecho a contestar con una revolución.
No necesita contar para ello con el permiso de ninguna Asamblea Nacional. Y que
el gobierno prusiano intentó perpetrar un atentado de alta traición, lo ha
manifestado la propia Asamblea Nacional.
485
Resumiendo muy brevemente, señores del jurado. El
ministerio público no puede invocar en contra
nuestra las leyes de 6 y 8 de abril de 1848, después que la misma Corona las ha pisoteado. Y, de por sí,
estas leyes no deciden, porque son, sencillamente, una urdimbre arbitraria de la Dieta Unificada. El
marcha atrás. Pero en seguida surgió por todo el
país una tormentosa oleada de protestas, conformándose un muy
decidido movimiento de denegación de impuestos hasta que la ley de reforma
fuera aceptada.
acuerdo de denegación
de impuestos votado por la Asamblea Nacional era válido, en
lo formal y en lo material. En nuestra proclama, hemos ido más
allá que la Asamblea Nacional. Teníamos el derecho y el deber de hacerlo así.
Repito, para terminar, que hemos asistido al final del primer acto del drama solamente. La lucha
entre las dos sociedades, la medieval y la burguesa, volverá a librarse bajo
formas políticas. Los mismos conflictos se reanudarán tan pronto se reúna la
Asamblea. El órgano del gobierno, la Nueva Gaceta Prusiana, ha
formulado ya su profecía: han vuelto a elegir a la misma gente y será necesario
disolver por segunda vez la Asamblea.
Ahora bien, cualquiera que sea el nuevo camino que
la nueva Asamblea Nacional abrace, el resultado necesario no podrá ser otro que
la victoria total de la contrarrevolución o una nueva
revolución victoriosa. Tal vez el triunfo de la revolución sólo será
posible después de consumada la contrarrevolución.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 232, 27 de febrero de 1849]
486
[F. Engels]
COLONIA,
27 DE MARZO. LA GUERRA EN ITALIA HA COMENZADO.438 Y, con ella, la
monarquía de los Habsburgos se ha echado encima una carga bajo la que
probablemente sucumbirá.
Mientras Hungría no se hallaba en guerra abierta con toda la monarquía, sino simplemente en un plano
vacilante de hostilidades contra los eslavos del Sur, no era grave empeño para Austria vérselas con un
país sólo a medias revolucionario como Italia,
disperso y paralizado por la triple traición
de una testa coronada. ¡Y, sin embargo, cuánto trabajo le costó! Fue
necesario que el Papaa y el Gran duque de Toscanab retiraran antes —
directa o indirectamente— sus tropas del territorio veneciano y que
Carlos Albertoc y sus mariscales de campo, vendidos unos e incapaces otros, traicionaran abiertamente
la causa de Italia; fue necesario que tan pronto los magiares como los sudeslavos se viesen arrastrados
a enviar sus soldados a combatir en Italia, mediante una política de doblez y de aparentes concesiones,
para que Radetzky pudiera obtener sus victorias junto al Mincio. Como es
sabido, fueron los regimientos fronterizos de los sudeslavos enviados en masa a
Italia los que pusieron de nuevo al desorganizado ejército austriaco en
condiciones de luchar.
A Pío IX.
B Leopoldo II.
C De Cerdeña.
487
Además, mientras seguía en vigor el armisticio con el Piamonte y Austria se veía obligada simplemente
a mantener su ejército en Italia dentro de los efectivos anteriores, sin tener
por qué reforzarlo
considerablemente, podía permitirse dirigir contra Hungría el grueso de sus 600.000 soldados, mover
a los magiares de una posición a otra y, por último, incluso, llegar a contrarrestar
la fuerza magiar mediante refuerzos diariamente enviados. A la larga, Kossuth,
lo mismo que Napoleón, no habría tenido más remedio que sucumbir ante la
superioridad del número.
Pero la guerra en Italia hizo cambiar notablemente
la situación. Desde el momento mismo en que
se vio claramente que iba a rescindirse el
armisticio,
Austria no tuvo más remedio que duplicar sus
envíos de tropas a Italia, repartiendo entre Windischgrätz y Radetzky sus
reclutas recién alistados. Y, así la cosa, es de esperar que ninguno de los dos
cuente con tropas bastantes.
De este modo, mientras que para los magiares y los
italianos se trata simplemente de ganar tiempo —
tiempo para recibir y fabricar armas; tiempo para instruir como soldados aptos
para el servicio de campaña a la reserva
y a la Guardia Nacional; tiempo para llevar a
fondo el proceso de revolución del país—, Austria va perdiendo
poder cada día en relación con sus adversarios.
Mientras Roma, la Toscana e incluso el Piamonte se
ven lanzados por la guerra cada vez más profundamente a la revolución y
obligados a desarrollar diariamente mayor energía revolucionaria; mientras
ellos pueden aguardar a la crisis inminente de Francia, que avanza con paso
acelerado, en Austria cobra mayor terreno cada día y se organiza diariamente
mejor el tercer elemento desorganizador, la oposición eslava. La
Constitución otorgada439 se ha arrojado a los eslavos después de marzo
como pago por haber salvado a Austria, y las innumerables ofensas inferidas a
los eslavos por los excesos de la burocracia y la soldadesca son hechos
consumados e intangibles.
488
En estas condiciones, es comprensible que la Gaceta
de Colonia440 muestre una gran prisa en que los imperiales den cima lo
antes posible a la desagradable guerra húngara. Por eso ayer los presentaba
cruzando en tres columnas el río Theiss, noticia tanto más verosímil
cuanto que, hasta la hora actual,
438 Véase supra, nota 82.
439 Véase supra, nota 340.
440 Véase supra, nota 43.
no ha sido confirmada por ningún parte de
operaciones. Por otro lado, se informa de lo contrario, a
saber: de que el ejército magiar avanza a marchas forzadas sobre Pest, persiguiendo evidentemente el
objetivo de levantar el cerco de Komorn. Esta plaza, aunque bajo violento
bombardeo, se sostiene
valientemente. Mientras duró el bombardeo, no dispararon un solo tiro, pero al intentar los austríacos
un asalto, fueron rechazados con grandes pérdidas por fuego de metralla. Se
dice que el regimiento polaco de huíanos del Duque de Coburgo se pasó a los
magiares, al ver que Dembinski aguardaba tranquilamente su ataque, mientras
entonaba la melodía de “Polonia aún no se ha perdido”.441
Son todas las noticias que hoy podemos dar a vuestros lectores acerca del teatro de guerra de Hungría.
El correo de Viena correspondiente al día 23 no ha llegado.
Volvamos ahora la vista al teatro de guerra
italiano. El ejército piamontés se halla apostado aquí, describiendo un amplio
arco, a lo largo del Tessino y el Po. La primera línea va desde Arona, por
Novara, Vigevano y Voghera, hasta Castel San Giovanni, delante de Piacenza. La
reserva se estaciona
unas cuantas millas más atrás, a lo largo del Sesia y Bormida, cerca de Verzelli, Trino y Alessandria. En
la extremadla derecha, cerca de Sarzana, en la frontera entre Toscaña y Módena,
se halla un cuerpo destacado al mando de La Marmora,
dispuesto a marchar sobre Parma y Módena
por los desfiladeros de la Lunigiana y a enlazar por la izquierda con el
ala izquierda del ejército principal y por el ala derecha con el ejército toscano y romano, cruzando, si las circunstancias lo aconsejan, el Po y el Ádige
y pasando a operar en territorio veneciano.
489
Al otro lado, en la orilla izquierda del Tessino y
el Po, se halla Radetzky. Como es sabido, sus tropas
están divididas en dos cuerpos de ejército, uno de los cuales ocupa la Lombardía y el otro el territorio
veneciano. En esta provincia no sabemos que se
hayan producido dislocaciones de tropas; en cambio,
por lo que se refiere a Lombardía, de todas partes se informa que Radetzky concentra todo su ejército
junto al Tessino. Ha retirado todas sus tropas de Parma y en Módena sólo ha
dejado en la ciudadela dos o trescientos hombres. Várese, Como, Val dTntelvi y
Valtellina han quedado totalmente desguarnecidas de tropas, habiendo
desaparecido hasta los guardias fronterizos aduaneros.
Todas las fuerzas disponibles de Radetzky, unos 50.000 hombres, han sido emplazadas desde Magenta
hasta Pavía, a lo largo del Tessino, y desde Pavía hasta Piacenza, siguiendo la
línea del Po.
Se dice que Radetzky abrigaba el temerario plan de cruzar inmediatamente el Tessino al frente de este
ejército, para marchar directamente sobre Turín, al amparo del desconcierto que ello provocara entre
los italianos. Todavía se recordará que, el año pasado, Radetzky concibió más
de una vez veleidades napoleónicas por el estilo, y ya sabemos en qué pararon.
Esta vez todo el consejo de guerra se opuso
al descabellado plan y se decidió retirarse detrás del Oglio y, en caso necesario, incluso del Chiesse, sin
librar ninguna batalla decisiva contra el Adda, para aguardar allí a la llegada
de refuerzos desde la región veneciana y desde Iliria.
De las maniobras de los piamonteses y del espíritu
belicoso de los lombardos dependerá el que esta retirada
pueda llevarse a cabo sin
pérdidas y el que los austríacos logren
contener por largo tiempo a los piamonteses. En efecto, las
estribaciones del sur de los Alpes, la Comasca, la Brianza, la Bergamasca, el
Veltlino (Val Tellina) y la Bresciana, ya ahora abandonadas en su
mayor parte por los austríacos, se prestan magníficamente para una guerra
nacional de guerrillas. Los austríacos, concentrados en la planicie, no tienen
más remedio que dejar libre la montaña. Los piamonteses, avanzando velozmente
con tropas ligeras hacia el ala derecha de los austriacos, pueden organizar
rápidamente guerrillas que amenacen el flanco y, en caso de derrota de un
cuerpo de tropas, intercepten la retirada de los imperiales, les corten los
accesos y hagan que se corra la insurrección hasta los Alpes tridentinos. En
este terreno se movería como en su casa Garibaldi. Pero no creemos que se le
ocurra volver a servir a las órdenes del traidor Carlos Alberto.442
441 “Polonia aún no se ha perdido”: palabras del Himno nacional de Polonia (véase supra, nota 208).
442 En el verano de 1848, durante las guerras
revolucionarias en el norte de Italia, el demócrata revolucionario
Giuseppe Garibaldi ofreció sus servicios a las órdenes de Carlos Alberto de Cerdeña, a lo cual éste se negó. Garibaldi se dirigió a Lombardía y, allí, acuarteló a su ejército de voluntarios. Pero el Gobierno provisional de Lombardía concertó un pacto con Carlos Alberto en el
sentido de que los voluntarios de Garibaldi permanecieran sin aprovisionamiento
y casi desarmados y sin equipo.
490
El ejército toscano-romano, apoyado por La Marmora,
tendrá que ocupar la línea del Po desde Piacenza hasta Ferrara para cruzar lo
antes posible el Po y en la segunda línea el Ádige, separar a Radetzky del
cuerpo de ejército austriaco-veneciano y poder operar en su ala izquierda o
bien en su retaguardia. Sin embargo, difícilmente llegará lo bastante aprisa
para poder influir en las primeras operaciones militares.
Pero, más decisiva que todo esto será la
actitud de los piamonteses. Su ejército es bueno y aguerrido, pero si vuelve a
verse traicionado como el año pasado tendrá que aceptar la derrota. Los
lombardos llaman a las armas para batirse contra estos opresores; ahora bien,
si vuelve a ocurrir lo del año anterior, en que un vacilante gobierno burgués
paralizó la insurrección en masa, Radetzky podrá entrar de nuevo en Milán.
Contra la traición y la cobardía del gobierno no
hay más que un medio: la revolución. Y tal vez sea necesario precisamente que
se produzcan una nueva felonía de Carlos Alberto y un nuevo acto de deslealtad
por parte de la nobleza y la burguesía lombardas para que la revolución
italiana se abra paso, y con ella la guerra por la independencia de Italia. Y,
entonces, ¡ay de los traidores!
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 257, 28 de marzo de 1849]
491
LA DERROTA DE LOS PIAMONTESES
[F. Engels]
COLONIA, 30 DE MARZO. LA TRAICION DE RAMORINO HA DADO sus
frutos. El ejército piamontés ha sido totalmente derrotado cerca
de Novara y rechazado hacia Borgomanero, al pie de los Alpes. Los austríacos
han ocupado Novara, Vercelli y Trino y tienen expedito el camino hacia Turín.
No poseemos, hasta ahora, mayores detalles. Pero desde luego puede asegurarse que la victoria
de los austríacos no habría sido posible sin la intervención de Ramorino,
que les permitió deslizarse entre las diversas divisiones piamontesas y aislar
a una parte de ellas.
No cabe duda de que también Carlos Alberto ha
traicionado. Si lo ha hecho solamente por mediación de Ramorino o también de
otros modos, lo sabremos más tarde.
Ramorino es el mismo aventurero que, después de una
carrera más o menos equívoca en la guerra
polaca de 1830-1831443 y en la campaña de Saboya de 1833,444 el mismo día en que las cosas tomaban
un cariz un tanto serio, desapareció con todos los fondos del ejército y que,
más tarde, en Londres, facilitó al ex duque de Braunschweig, por 1.200 libras
esterlinas, un plan para la conquista de Alemania.
492
El solo hecho de que pudiera darse un puesto a este granuja es indicio de que Carlos Alberto, que teme a los
republicanos de Génova y Turín más
que a los austríacos, maquinaba ya desde el primer momento la
traición.
No cabe duda de que, después de esta derrota, se
espera una revolución y la proclamación de la República en
Turín, como lo indica el que se trate de prevenirse contra ella mediante la abdicación
de Carlos Alberto en la persona de su hijo mayor.a
a Víctor Manuel II.
La derrota de los piamonteses tiene mayor
importancia que todas las farsas del emperador de Alemania juntas. Es
la derrota de toda la revolución italiana.
Vencido el Piamonte, les llegará el turno a Roma y a Florencia.
Pero, si no son engañosos todos los indicios, esta
derrota de la revolución italiana servirá precisamente de señal para el
estallido de la revolución europea. A medida que va sintiéndose más
sojuzgado por la propia contrarrevolución dentro del país, el pueblo francés ve cómo avanza hacia sus
fronteras la contrarrevolución armada del exterior. A la victoria de junio y a la dictadura de Cavaignac
en París correspondió la marcha victoriosa de Radetzky hasta el Mincio; a la presidencia de Bonaparte,
a Barrot y a la ley sobre los clubes445 corresponden ahora la victoria de
Novara y la marcha de los austríacos sobre los Alpes. París está maduro para
una nueva revolución. Saboya, que desde hace un año prepara su separación del
Piamonte y su incorporación a Francia y se ha resistido a tomar parte en la
guerra, se echará en brazos de los franceses, y Barrot y Bonaparte tendrán que
rechazarla. Génova, y tal vez Turín si llega a tiempo,
proclamarán la República e invocarán la ayuda de Francia. Y
Odilón Barrot les contestará gravemente que sabrá proteger la integridad del
territorio de Cerdeña.
493
443 Véase supra, nota 183.
444 Campaña de Saboya de 1833: esta
campaña militar, organizada por el demócrata burgués y revolucionario Giuseppe Mazzini, contaba,
entre las filas del ejército que llevó a cabo dicha campaña, con emigrantes
italianos, alemanes y polacos, todos ellos voluntarios. Los
revolucionarios penetraron Saboya desde Suiza, pero las tropas del Piamonte
respondieron al ataque, haciéndolos desarmar en Suiza.
445 Una propuesta de ley del ministerio
Faucher, del 26 de enero de 1849, de la Asamblea Constituyente francesa acerca
del derecho de reunión, dice en su primer parágrafo: “Los clubes están prohibidos”. Faucher sostiene la propuesta, cuyo proyecto es rápidamente
redactado para su discusión. La Asamblea desechó esta apresurada propuesta y el
27 de enero LedruRollin, apoyado por 230 diputados, firmó una propuesta
para cambiar de ministerio, ante ciertas transgresiones constitucionales.
Pero, si el gobierno no quiere enterarse de ello, el pueblo de París sí sabe que Francia no puede tolerar
la presencia de los austríacos en Turín y en Génova. Y
no la tolerará. Contestará a los italianos con
un
levantamiento victorioso, al que se sumará el ejército francés, el único ejército de Europa que desde el
24 de febrero446 no ha pisado el campo de batalla.
El ejército francés arde en deseos de cruzar los
Alpes para medir sus fuerzas con los austríacos. No
está acostumbrado a enfrentarse a una revolución que le promete nueva fama y nuevos laureles y que
levanta la bandera de guerra contra la coalición. El ejército francés no es “el
glorioso ejército” del Hohenzollern.447
La derrota de los italianos es amarga. Ningún
pueblo, si exceptuamos a los polacos, se ha visto tan
ignominiosamente oprimido como éste bajo el poder de enemigos muy superiores en fuerzas; ninguno
ha intentado tantas veces y con tanta valentía sacudir el yugo de la opresión. Y una y otra vez ha tenido
este desventurado pueblo que sucumbir nuevamente ante sus opresores, cosechando nuevas derrotas
como fruto de todos sus esfuerzos y de todas sus luchas. Pero si el descalabro
provoca, esta vez, el desencadenamiento de una revolución en París y de la
guerra en Europa, cuyos presagios se
manifiestan en todas partes; si la derrota sirve de acicate para un nuevo movimiento a lo largo de todo
el continente, movimiento que esta vez tendrá otro carácter que el del año pasado; si así sucede, hasta
los italianos tendrán razones para dar por bien empleado lo ocurrido.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 260, 31 de marzo de 1849]
494
Colonia, 1 de abril. Según los últimos informes que llegan
de Italia, la derrota de los piamonteses en Novara no es, ni mucho menos, tan
decisiva como se anunciaba en el despacho telegráfico cursado a
París. Los piamonteses han sido derrotados, han sido
cortadas sus comunicaciones con Turín y se los ha arrojado
a la montaña. Eso es todo.
Si Piamonte fuese una república y el gobierno de
Turín un gobierno revolucionario, con el valor
necesario para poner en acción recursos revolucionarios, no se habría perdido nada. Pero lo que hace
que se pierda la independencia italiana no es la invencibilidad de las armas austríacas, sino la cobardía
de la monarquía piamontesa.
¿Qué les ha dado la
victoria a los austríacos? El que la traición
de Ramorino permitiera dislocar a dos divisiones de las tres
restantes para que estas tres, aisladas, fuesen batidas por la superioridad de
fuerzas de los austríacos. Estas tres divisiones han sido ahora rechazadas hasta las faldas de los Alpes
del Valais.
Fue un error enorme, desde el primer momento, el que los piamonteses sólo opusieran a los austríacos
un ejército regular y se empeñaran en hacerles una guerra normal, burguesa, honesta. Un
pueblo que quiere conquistar su independencia no puede limitarse a los
recursos de la guerra usual. Levantamiento en masa, guerra
revolucionaria, guerrillas: he allí el único medio con que un pueblo pequeño
puede ganar la guerra a otro grande, con que un ejército menos fuerte puede
ponerse en condiciones de resistir a otro más fuerte y mejor organizado.
Así lo demostraron los españoles en 1807-[1812],448 y así lo demuestran todavía hoy los húngaros.
Chrzanowski fue derrotado en Novara y quedó cortado
de Turín. Radetzky se hallaba a nueve millas de esta capital. En una monarquía, como
Piamonte, aunque sea constitucional, quedaba decidida con
esto la campaña y ya sólo restaba acudir a Radetzky para solicitar de éste las condiciones de paz. Pero
en una república esa derrota no habría decidido nada. La
derrota de Chrzanowski habría podido ser
446 El 24 de febrero de
1848 fue derrocada
la monarquía de Luis Felipe de Orleáns.
447 Ante mi glorioso ejército: palabras
que el rey prusiano Federico Guillermo IV dirigió a sus tropas la
mañana del 19 de marzo de 1848, un día después de iniciados los sucesos de
Berlín.
448 En las guerras de liberación nacional del pueblo español contra el ejército napoleónico se siguió la táctica de la “guerrilla”
contra los ejércitos regulares.
incluso una suerte para Italia, de no haber sido por la inevitable actitud de las monarquías, que jamás
tienen el valor de recurrir a los medios revolucionarios extremos, pues su
cobardía se lo impide.
495
Si Piamonte fuese una república que no tuviese que
preocuparse para nada de las tradiciones monárquicas, se habría abierto ante él
un camino que habría conducido toda la campaña a un muy distinto resultado.
Chrzanowski había sido rechazado hacia Biella y
Borgomanero. En aquella región, donde los Alpes suizos ya no permiten seguir
retirándose y donde los dos o tres angostos valles hacen punto menos que
imposible cualquier dispersión del ejército, resultaba fácil concentrar las
tropas y hacer infructuosa mediante una intrépida marcha la victoria lograda
por Radetzky.
Si los jefes del ejército piamontés tuviesen arrojo revolucionario, si supieran que en Turín actuaba un
gobierno revolucionario dispuesto a todo, su modo de proceder sería muy sencillo.
Después de la batalla de Novara, había en las
proximidades del lago Maggiore de 30.000 a 40.000 hombres del ejército de
Piamonte. Este cuerpo de ejército, concentrado en dos días, podía lanzarse
sobre la Lombardía, donde no hay más de 12.000 austríacos; podía ocupar las plazas de Milán, Brescia
y Cremona, organizar el levantamiento general, derrotar uno tras otro a los
cuerpos austríacos enviados desde territorio veneciano y hacer saltar por los
aires, de este modo, toda la base de operaciones de Radetzky.
Radetzky, en vez de marchar sobre Turín, se habría visto obligado a virar en redondo inmediatamente
para retirarse hacia la Lombardía, perseguido por las masas piamontesas levantadas
en armas y apoyadas, como es natural, por la insurrección de los lombardos.
Esta guerra, una guerra verdaderamente nacional,
como la que los lombardos libraron en marzo de 1848 y con la que lograron
arrojar a Radetzky al otro lado del Oglio y del Mincio, habría lanzado a la
lucha a toda Italia e infundido una gran energía a los romanos y los toscanos.
496
Mientras Radetzky, entre el Po y el Tessino, se
paraba a cavilar si debía avanzar o retroceder, podían los piamonteses y
lombardos marchar hasta las puertas de Venecia, levantar el cerco de esta
ciudad, atraerse a La Marmora y a las tropas romanas, inquietar y debilitar al
mariscal austríaco con innumerables bandadas de guerrillas, poner en dispersión
y, por último, derrotar a sus tropas.
Lombardía sólo aguardaba el avance de los piamonteses y acabó levantándose sin esperar a más. Sólo
las ciudades austríacas tenían a raya a las ciudades lombardas. Diez mil
piamonteses habían llegado ya a suelo de Lombardía; de haber sido 20.000 o 30
000, habrían impedido la retirada de Radetzky.
Pero el levantamiento en masa y la insurrección
general del pueblo son recursos ante los cuales
retrocede asustada una monarquía. Sólo la República echa mano de ellos, como lo prueba el año 1793.
Son recursos cuyo empleo presupone el terrorismo
revolucionario, y ¿dónde está el monarca
capaz de decidirse a esto?
Así pues, lo que ha perdido a los italianos no es precisamente la derrota de Novara y Vigevano, sino la
moderación y la cobardía a que una monarquía tiene necesariamente que uncirse.
La derrota de Novara sólo implicaba un prejuicio estratégico: cortaba a los piamonteses de Turín y dejaba el camino
abierto hacia esta ciudad a los austríacos.
Pero este perjuicio habría sido de todo punto insignificante
si la derrota hubiese desencadenado inmediatamente la verdadera guerra
revolucionaria, si el resto del ejército italiano se hubiese convertido en seguida en núcleo de un levantamiento nacional en masa,
si la honesta guerra estratégica de un ejército se hubiese transformado en la guerra de un pueblo, como
la que los franceses sostuvieron en 1793.
Claro está que todo esto,
la guerra revolucionaria, el levantamiento en masa, el terrorismo,
son cosas
a las que jamás podrá avenirse una monarquía. Ésta antes pacta con su peor enemigo, pero un enemigo
igual a ella, que entenderse con el pueblo.
Carlos Alberto puede ser o no traidor, lo cierto es
que su Corona, la monarquía, habría bastado para
hundir a Italia.
Pero sí era traidor, no cabe duda. En todos los
periódicos franceses hemos podido leer la noticia del gran complot
contrarrevolucionario europeo urdido entre todas las grandes potencias, del
plan de campaña de la contrarrevolución para imponer por fin el yugo a todos
los pueblos europeos. Rusia e Inglaterra, Prusia y Austria, Francia y Cerdeña
han firmado esta nueva Santa Alianza.449
Carlos Alberto tenía la orden de lanzarse a la guerra contra Austria, dejarse derrotar y dar pie con ello
a los austríacos para restablecer el “orden” en el Piamonte, en Florencia y en Roma, otorgando en todas
partes, graciosamente, constituciones basadas en la ley marcial. En pago de ello se entregarían a Carlos
Alberto Parma y Piacenza, los rusos pacificarían a Hungría, Francia se
convertiría en Imperio, y volverían a reinar en Europa el orden
y la paz. He aquí, según las noticias
de los periódicos franceses, el gran plan de la
contrarrevolución, plan que explica la traición de Ramorino y la derrota de
los italianos.
Pero la victoria de Radetzky ha asestado un nuevo
golpe a la monarquía. La batalla de Novara y la
consiguiente paralización de los piamonteses demuestran que nada puede entorpecer más a un pueblo
que la monarquía, llegado el caso extremo en que aquél necesite poner en
tensión todas sus fuerzas.
Si Italia no quiere hundirse arrastrada por la monarquía, lo primero que tiene que evo es acabar con
la monarquía en Italia.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 261, 1 de abril de 1849. 2ª edición]
498
[Colonia, 4 de abril]. Por fin podemos ver claros y manifiestos ante nosotros los acontecimientos de la
campaña del Piamonte hasta el momento de la victoria de los austríacos en
Novara.
Mientras hacía correr deliberadamente el falso
rumor de que se mantendría a la ofensiva y se
replegaría sobre el Adda, Radetzky concentró calladamente todas sus tropas en
torno a Sant Angelo y
a Pavía. La traición del partido reaccionario-austriaco de Turín había puesto en su conocimiento hasta
el último de los planes y disposiciones de Chrzanowski y le había permitido informarse en su totalidad
acerca del dispositivo de su ejército, habiendo conseguido, en cambio, engañar
a los piamonteses en cuanto a las posiciones que ocupaba el suyo. Así se
explica el emplazamiento de las tropas del
Piamonte a los dos lados del Po, encaminado exclusivamente a avanzar desde todas partes sobre Milán
y Lodi, simultáneamente y en movimiento concéntrico.
No obstante esto, si en el centro del ejército
piamontés se hubiese opuesto una resistencia seria, habrían sido inconcebibles
los rápidos triunfos alcanzados ahora por Radetzky. De haberle salido al paso
en Pavía el cuerpo de ejército de Ramorino, habría habido tiempo suficiente
para disputarle el
cruce del río Tessino, mientras llegaban refuerzos. Entre tanto, podían haber entrado en juego también
las divisiones estacionadas en la orilla derecha del Po y cerca de Arona; el
ejército piamontés, emplazado paralelamente al Tessino, cubría a Turín y se
bastaba y sobraba para poner en fuga a las tropas de Radetzky. Claro está que
para ello había que contar con que Ramorino cumpliría con su deber.
No lo hizo. Permitió a Radetzky cruzar el Tessino, y con ello se rompió el centro piamontés y quedaron
aisladas las divisiones emplazadas al otro lado del Po. La suerte de la
campaña, en rigor, estaba ya decidida.
Ahora Radetzky emplazó entre el Tessino y el Agogna sus 60.000 o 70.000 hombres, con 120 cañones,
y tomó de flanco a las cinco divisiones piamontesas colocadas a lo largo del
Tessino. Rechazó con su enorme superioridad de fuerzas a las cuatro más
cercanas, a las que derrotó en Mortara, Garlasco y Vigevano el día 21, tomó
Mortara, obligando con ello a los piamonteses a replegarse sobre Novara, y
449 Nueva Santa Alanza: en 1848-1849 se dio, de parte de las fuerzas contrarrevolucionarias de Europa, una serie de intentos por reprimir
los movimientos revolucionarios de la misma manera que lo había hecho la vieja
Santa Alianza en 1815. Sin embargo, no fue posible la conclusión de un
nuevo tratado, similar al de entonces.
Acerca de la Santa Alianza, véase supra, nota 173.
amagó a la única vía de comunicación que les quedaba libre hacia Turín, la que partía Novara, pasando
por Vercelli y Chivasso.
499
Pero, en realidad, los piamonteses habían perdido
ya esta calzada. Para poder concentrar sus tropas y, sobre todo, para poder
utilizar a la división Saroli, emplazada en la extrema ala izquierda en torno
a Arona, tenían que hacer de Novara el nudo de sus operaciones, pudiendo por lo demás ocupar nuevas
posiciones detrás del Sesia.
Por eso, ya prácticamente cortados de Turín, no les quedaba más remedio que aceptar la batalla cerca
de Novara o lanzarse a la Lombardía, organizar una guerra popular y dejar a Turín confiada a su suerte,
a las reservas y a las guardias nacionales. En
este caso, Radetzky se habría guardado mucho de seguir avanzando.
Ahora bien, para ello era necesario que en el mismo
Piamonte estuviese preparada la insurrección en masa, y no era
así. La guardia nacional burguesa estaba armada; pero la masa del pueblo
carecía de armas, aunque clamase a gritos por las que había en los arsenales.
La monarquía no se había
atrevido a apelar a la misma
fuerza irresistible que había salvado a Francia
en 1793.
Los piamonteses hubieron de aceptar, pues, la
batalla de Novara, a pesar de ser tan desfavorable su situación y tan grande la
superioridad de fuerzas del enemigo.
Cuarenta mil piamonteses (diez brigadas) con una artillería relativamente débil se enfrentaron a todo
el poderío austríaco, unos 60.000 hombres por lo menos, con 120 cañones.
El ejército piamontés se colocó a ambos lados de la cabeza de Mortara, bajo los muros de Novara.
El ala izquierda, al mando de Durando, dos
brigadas, se apoyaba en una posición bastante fuerte, La Bicocca.
El centro, mandado por Bes, tres brigadas, tenía
como punto de apoyo una alquería llamada La Cittadella.
500
El ala derecha, al mando de Perrone, tres brigadas, se apoyaba sobre la meseta de Corte Nuove (calzada
de Vercelli).
Se formaron dos cuerpos de reserva, uno integrado
por dos brigadas al mando del duque de Génova, detrás del ala izquierda, el
otro compuesto por una brigada y las guardias, detrás del ala derecha y mandado
por el duque de Saboya, el actual rey.
El emplazamiento de los austríacos no aparece tan claro, a juzgar por su boletín de operaciones.
El segundo cuerpo de ejército austriaco, al mando de d’Aspre, abrió la batalla, atacando al ala izquierda
de los piamonteses; tras él marchaban el tercer cuerpo de ejército, mandado por
Appel, el cuerpo de reserva y el cuarto cuerpo. Los austriacos lograron
desplegar en batalla toda su línea de combate y
descargar al mismo tiempo un ataque concéntrico sobre todos los puntos del dispositivo piamontés, y
su superioridad de fuerzas arrolló al enemigo.
La clave de la posición de los del Piamonte era La
Bicocca; si los austriacos lograban apoderarse de ella, el centro y el ala
izquierda de los piamonteses quedarían encerrados entre la ciudad (no
fortificada), sin otro recurso que dispersarse o rendirse.
De allí que los austriacos lanzaran su ataque
principal contra el ala izquierda de los piamonteses,
apoyada principalmente en La Bicocca. En este sector se peleó con gran violencia, pero sin que durante
mucho tiempo se obtuvieran resultados.
También fue objeto de vivos ataques el centro. Por
varias veces perdieron los piamonteses La Cittadella, que otras tantas fue
recuperada por Bes.
Cuando los austriacos se dieron cuenta de que tropezaban allí con fuerte resistencia, volvieron a lanzar
su esfuerzo principal contra el ala izquierda de los piamonteses. Las dos divisiones
de éstos fueron
rechazadas hasta La Bicocca, que, al fin, fue
tomada por asalto. El Duque de Saboya se lanzó con sus reservas sobre los
austriacos, pero inútilmente. La superioridad de fuerzas de los imperiales era
demasiado grande, la posición estaba ya perdida y, con ello, decidida ya la suerte de la batalla. La única
retirada que les quedaba libre a los piamonteses era la retirada hacia los
Alpes, hacia Biella y Borgomanero.
501
Y a esta batalla, preparada por la traición y
ganada por la superioridad de fuerzas, la llama la Gaceta de Colonia,
que durante largo tiempo venía suspirando por una victoria de los austríacos,
una batalla que brillará por siempre en
la historia de la guerra [¡], pues la victoria lograda por el viejo Radetzky es
el resultado de movimientos combinados tan hábilmente y de
una bravura verdaderamente tan grandiosa, que no se había visto nada
parecido desde los días de Napoleón, el gran demonio de las batallas [¡!!].
Hay que reconocer que Radetzky o, mejor dicho,
Hess, su jefe de estado mayor, supo urdir muy bien su complot con Ramorino. Y
también es verdad que, desde la traición de Grouchy en Waterloo, no se había
visto una infamia tan grandiosa como esta de Ramorino. Pero si hay que comparar
con alguien a Radetzky, no es precisamente con Napoleón, “el demonio de las
batallas” (¡), sino con Wellington: a los dos les costaron siempre
sus victorias, más dinero contante que pericia y valentía.
No entraremos, por el momento, en las demás
mentiras propaladas ayer noche por la Gaceta de Colonia: la de que los diputados demócratas de Turín
emprendieron la huida, la de que los lombardos
“se condujeron como un hatajo de cobardes”, etc., etc. Los últimos
acontecimientos se han encargado ya de desmentirlas. Estas mentiras solo
revelan una cosa: la alegría que le produce a la Gaceta
de Colonia el que la gran Austria haya derrotado, y además valiéndose de la traición, al pequeño Piamonte.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 263, 4 de abril de 1849]
LAS HAZAÑAS DE LA
CASA DE LOS HOHENZOLLERN
[C. Marx]
COLONIA,
9 DE MAYO. EL GOBIERNO DEL PRÍNCIPE DE HOHENZOllern parece querer reafirmar, en
los días finales de su existencia y de la existencia del Estado prusiano, la
vieja fama del nombre de
Prusia y de la casa de los Hohenzollern. ¿Quién
no conoce la semblanza aquella del poema de Heine?:
Un niño con cabezota de calabaza,
Grandes bigotes y coleta cana,
Bracitos largos y delgados, pero vigorosos,
Estómago de gigante, pero intestinos cortos, Una
especie de monstruo...450
¿Quién no conoce las felonías, las perfidias, los
fraudes hereditarios con que se engrandeció aquella familia de caporales que
ostenta el nombre de los Hohenzollern?
Sabido es cómo el llamado “gran Príncipe Elector”
(¡como si un “Príncipe Elector” pudiera ser nunca “grande”!) perpetró la
primera traición contra Polonia, al violar su alianza con
este país para pasarse súbitamente al lado de Suecia, con objeto de
poder así saquear mejor a Polonia en la Paz de Oliva.451
503
Conocidas son
la repugnante figura de Federico I y la brutal zafiedad de Federico Guillermo II.
Sabido es cómo Federico II, el inventor del despotismo patriarcal y amigo de la Ilustración, subastando
su país al mejor postor, lo entregó por medio del látigo a contratistas-empresarios
franceses; y es sabido también cómo se alió con Rusia y con Austria para
despojar a Polonia,452 despojo que todavía hoy, después de la revolución
de 1848, sigue siendo una mancha bochornosa en la historia de Alemania.
Sabido es cómo Federico Guillermo II ayudó a
completar el despojo de Polonia y cómo entregó al malbarato a sus cortesanos
los bienes nacionales y eclesiásticos robados a aquel país.
Sabido es cómo en 1792 selló con Austria e Inglaterra la coalición para ahogar a la gloriosa Revolución
francesa y cómo invadió Francia; y se sabe, asimismo, cómo su “glorioso
ejército” fue arrojado de Francia, cubierto de oprobio.
Sabido es cómo luego dejó en la estacada a sus aliados y se apresuró a hacer las paces con
la República francesa.453
Sabido es cómo aquel Hohenzollern, que decía adorar
al rey legítimo de Francia y Navarra, compró a la República francesa por una
bagatela los diamantes de la corona de este mismo rey, traficando así con la
desgracia de su “amadísimo señor hermano”.
Sabido es cómo aquel
cuya vida toda era una mezcla auténticamente hohenzolleriana de suntuosidad
y misticismo, sensualidad senil e infantil superstición, no tuvo inconveniente
en pisotear, en los edictos de Bischoffwerder, la libertad de expresión del
pensamiento.454
504
450 Tomado de un poema de
Heine, “El monstruo infantil”.
451 La Paz de Oliva: fue
pactada el 3 de mayo de 1660 entre, por una parte,
Suecia, y por la otra, Polonia, Austria
y Brandeburgo. Los Tratados de Paz de Oliva confirmaron el tratado
polaco-brandeburgués, firmado en Wehlau el 19 de septiembre de 1757.
452 En 1772 tuvo lugar el primer reparto de
Polonia entre Austria y Prusia (véase supra, nota 41).
453 En 1792 Francia inició su primera campaña
de guerra revolucionaria contra Austria, inmediatamente después una
segunda contra Prusia y, en 1793, una tercera contra Inglaterra, Holanda y España, en cuanto aliados de Austria. En 1795 Prusia concluyó con
Francia un tratado de paz por separado.
454 El “Edicto concerniente a las asuntos
religiosos de los Estados prusianos”, del 9 de julio de 1788, y el
“Censur-Edict”, del
19 de diciembre del mismo año, dieron motivo a Federico Guillermo II de hacer obispo a uno de sus consejeros. Este edicto limitaba el
derecho de prensa y la libertad de cultos.
Sabido es cómo su sucesor, Federico Guillermo
III, “el Justo”, entregó traidoramente a
Napoleón a sus
antiguos aliados, a cambio de la ciudad de Hannover, que le fue lanzada como cebo.
Sabido es cómo, poco después, traicionó a Napoleón
a favor de aquellos mismos antiguos aliados, al traicionar a sueldo de
Inglaterra y de Rusia a la Revolución francesa, personificada en Napoleón.
Sabido es el éxito que tuvo este ataque, la
desastrosa derrota sufrida en Jena455 por el “glorioso
ejército”, cómo estalló de pronto en todo el organismo del Estado prusiano la peste moral de los piojos,
toda aquella serie de traiciones, villanías y jugadas rastreras de funcionarios
prusianos, de las que Napoleón y sus generales se apartaban con asco.
Sabido es cómo Federico Guillermo III, en 1813,
logró engañar al pueblo prusiano, a fuerza de hermosas palabras y brillantes
promesas, hasta hacerle creer que marchaba a una “guerra de liberación” contra
los franceses, cuando de lo que en realidad se trataba era, pura y simplemente,
de ahogar la Revolución francesa y de restablecer el viejo régimen establecido
por la Gracia de Dios.456
Sabido es cómo se olvidaron
las bellas promesas tan
pronto como la Santa Alianza hizo su entrada en
París, el 30 de marzo de 1814.
Sabido es cómo, al volver Napoleón de la isla de Elba, el entusiasmo del pueblo había vuelto a enfriarse
ya de tal modo, que el Hohenzollern
tuvo que atizar de nuevo el celo
extinguido mediante la promesa de una Constitución (edicto del 22 de
mayo de 1815,457 dado cuatro semanas antes de la batalla
de Waterloo).
Recuérdese las promesas formuladas en el acta de la
Confederación Alemana y en el acta final de Viena:458 libertad de prensa,
Constitución, etcétera.
505
Sabido es cómo aquel “justo” Hohenzollern cumplió
su palabra: Santa Alianza y congresos para la opresión de los pueblos, acuerdos
de Karlsbad,459 censura, despotismo policiaco, dominación de la nobleza,
arbitrariedad de la burocracia, justicia de gabinete, persecuciones contra los
demagogos, condenas en masa, dilapidación financiera y... nada de Constitución.
Sabido es cómo en 1820 se garantizó al pueblo la no
percepción de los impuestos y de la deuda pública, 460 y cómo el
Hohenzollern cumplió su palabra, ampliando una empresa marítima para
convertirla en un establecimiento secreto de préstamos para el Estado.461
Sabido es cómo el Hohenzollern respondió al grito
del pueblo francés en la revolución de Julio:
concentrando tropas en la frontera, reprimiendo a su
propio pueblo, aplastando el movimiento en los
pequeños Estados alemanes y, por último, poniendo a estos Estados
bajo el látigo de la Santa Alianza.
Sabido es cómo el mismo Hohenzollern
volvió a la neutralidad en
la guerra ruso-polaca,462 al permitir a los rusos cruzar
por su territorio para atacar a los polacos por la espalda, al poner a su
disposición
los arsenales y almacenes de Prusia y al ofrecer seguro asilo en
su territorio a cada cuerpo de ejército derrotado de
los rusos.
455 El 14 de octubre de 1806, la muy
deplorable situación del ejército prusiano constituyó el completo
desmoronamiento de la monarquía feudal de los Hohenzollern y condujo a la
capitulación de Prusia ante la Francia napoleónica.
456 Tanto Marx como Engels subrayaron el
carácter de descontento de las llamadas “guerras de liberación” como
auténticas guerras nacionales de liberación de las masas populares contra
la política de despojo de Napoleón I, y contra los príncipes alemanes y
los Junkers, quienes pretendían seguir gobernando mediante las
viejas relaciones feudales.
457 Véase supra, nota 7.
458 El 8 de junio de 1815, en el Congreso
de Viena, fue firmada el Acta de la Confederación alemana, en cuyo art.
13 se dice: “En todos los Estados confederados habrá una Constitución
local”
459 Acuerdos de Karlsbad: en agosto
de 1819 tuvo lugar una conferencia de ministros de los Estados confederados de
Karlsbad, de la cual surgió una serie de acuerdos de carácter
reaccionario. Estos acuerdos contemplaban la introducción de una
estricta censura previa aplicable a todos los escritos no mayores de
veinte pliegos, en todos los Estados alemanes. El instigador de
esta medida policiaca fue el ministro de Austria, Metternich.
460 Véase supra, nota 38.
461 Véase supra, nota 37.
462 Se hace referencia a los conflictos de
1830 en Polonia (véase supra, nota 184).
Sabido es cómo todos los designios del Hohenzollern, en consonancia con los fines de la Santa Alianza,
iban encaminados a afianzar en su dominación a la nobleza, la burocracia y los
militares, aplastando por la violencia, no sólo en Prusia, sino también
en el resto de Alemania, toda libertad de expresión y toda
posible influencia de la “limitada inteligencia de los súbditos”463 sobre
el gobierno.
506
Sabido es cómo rara vez ha habido una época de
gobierno en la que las plausibles intenciones se jalonaran con medidas tan
brutales de gobierno como en tiempos de Federico Guillermo III, principalmente
en los años de 1815 a 1840. Nunca ni en parte alguna ha habido tantos
encarcelamientos y condenas, nunca han estado las fortalezas tan llenas de presos políticos como bajo
el reinado de este monarca al que se ha llamado “el justo”. Y, para comprender
todo lo que esto significa, hay que saber qué clase
de necios inofensivos eran
los demagogos a quienes se encarcelaba.
¿Hace falta que hablemos, además, del Hohenzollern
que está llamado a ser, según el monje de Lehnin,464 “el último de su
estirpe”? ¿Es necesario hablar del renacimiento del esplendor cristiano-
germánico y de la resurrección de la penuria financiera, de
la Orden del Cisne465 y del alto tribunal de
la censura, de la Dieta Unificada y del Sínodo general, del “trozo de papel”,
de los vanos intentos por conseguir dinero prestado y de todas las demás conquistas de la gloriosa época de 1840 a 1848? ¿Hace
falta que demostremos con citas de Hegel por qué la figura que ponga término al
cortejo de los Hohenzollern tiene necesariamente que ser una figura cómica?
507
No creemos que haga falta. Los datos apuntados bastan, sin duda, para caracterizar plenamente lo que
representa el nombre de Prusia y de los Hohenzollern. Es cierto que el brillo de
este nombre quedó empañado por un momento; pero desde que rodea a la Corona la
constelación de la Pléyade de Manteuffel y consortes466 vuelve a brillar
el viejo esplendor. Prusia vuelve a ser, como en los buenos tiempos, un
virreinato bajo el cetro superior de Rusia; el Hohenzollern vuelve a ser un
vasallo del autócrata de todas las Rusias y un soberano para todos los pequeños
boyardos de Sajonia, Baviera,
Hessen-Hamburgo, Waldeck, etc., y la limitada inteligencia de los súbditos se ve repuesta de nuevo en
su viejo derecho del silencio, “mi glorioso ejército”;467 mientras el zar Prawoslawny no lo necesite para
sus fines, puede dedicarse a restablecer en Sajonia, Badén, Hessen
y el Palatinado el orden que desde hace dieciocho años
reina en Varsovia; puede ocuparse, en el propio país y en Austria, en pegar con
sangre de súbditos las coronas averiadas. La vieja palabra empeñada hace
tiempo, en momentos de
penuria y angustia, nos tiene tan sin
cuidado como la de nuestros antepasados, que en
gloria estén; y, una vez que hayamos arreglado los asuntos de nuestra
propia casa, marcharemos con la espada desenvainada y las banderas desplegadas
hacia Francia, y conquistaremos el país en que mana la champaña y destruiremos
la gran Babel, matriz de todos los pecados.
He allí los planes de nuestros altos gobernantes;
he allí el puerto seguro hacia el que navega nuestro noble Hohenzollern. De
allí los incesantes actos otorgados y golpes de violencia, de allí los
repetidos puntapiés descargados sobre el trasero de la cobarde Asamblea de
Fráncfort; de allí los estados de sitio, las detenciones y
persecuciones;
de allí las incursiones de la soldadesca prusiana
en Dresde y el sur de Alemania.
Pero existe todavía una fuerza que los señores de
Sanssouci, es verdad, tienen en poca estima, pero que, a pesar
de todo, interpondrá su palabra tonante: el pueblo.
El pueblo, que lo mismo en París que
463 Véase supra, nota 4.
464 Se trata de una obra conocida como Vaticinio lehninense, escrita en latín y cuyo probable autor era un monje llamado Hermann, que debió haber vivido alrededor de 1300 en el monasterio de Lehnin, cerca de Postdam. El poema, cuyo autor y época de
composición no son nada seguros, predecía el ocaso de los Hohenzollern cuando
subiera al trono el undécimo de su estirpe. 465 La Orden del
Cisne: esta caballeresca Orden medieval fue fundada por el príncipe
elector Federico II de Brandeburgo pero desapareció con el movimiento de Reforma. Federico Guillermo IV de Prusia, que ambicionaba un renacimiento del romanticismo,
intentó fundar en 1843 una orden similar.
466 Constelación de Manteuffel y
consortes: se trata de los siete ministros que formaban el ministerio
del barón Theodor
von Manteuffel: conde Federico Guillermo de Brandeburgo (primer ministro), Ludwig Simons (ministro de lusticia), Arnold von Rabe (ministro
de Finanzas), general Karl Adolf von Strotha (ministro de la Guerra), barón
August van der Heydt (ministro de Comercio) y Adalbert von Ladenberg
(ministro de Cultos y Educación),
467 Véase supra, nota 447.
en el Rin, en Silesia o en Austria, aguarda rechinando
de ira el momento de levantarse y que, tal vez no
tardando, dará su merecido a todos los Hohenzollern y a todos los miserables
soberanos y vasallos.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 294, 10 de mayo de 1849]
509
[F. Engels]
COLONIA,
16 DE MAYO. LA NUEVA GACETA DEL RIN HA ESTADO también
representada en las barricadas de Elberfeld. Para salir al paso de
diversos falsos rumores, debemos a
nuestros lectores una breve información
sobre este asunto. El 10 de mayo, Federico
Engels, redactor de la Nueva Gaceta Renana, se trasladó de Colonia a Elberfeld, llevándose
desde Solingen dos cajas de
cartuchos procedentes del asalto al arsenal del condado por los obreros de aquella localidad. Al llegar
a Elberfeld, informó al Comité de Seguridad sobre la situación en Colonia, se
puso a disposición de dicho Comité y la Comisión Militar se encargó en seguida
de dirigir los trabajos de fortificación, extendiéndole el siguiente
nombramiento:
La Comisión Militar del Comité de Seguridad encarga
por el presente al señor Federico Engels de inspeccionar todas las barricadas
de la ciudad y de completar las fortificaciones. Suplicamos a todos los puestos
de las barricadas que le presten el apoyo necesario.
Elberfeld, 11 de mayo de 1849.
510
Al día siguiente, a Engels
se le puso también al mando de la artillería:
(firm.) Hühnerbein Troost
Se dan plenos poderes al ciudadano F. Engels para que emplace los cañones como considere más
conveniente, requisando los artesanos que necesite con ese fin, por cuenta del
Comité de Seguridad.
Elberfeld, 12 de mayo de 1849.
El Comité de Seguridad
En su nombre: (firm.) Pothmann Hühnerbein Troost
Ya el primer día de su estancia en Elberfeld,
organizó Engels una compañía de infantería y completó las barricadas levantadas
en varias de las salidas de la ciudad. Asistió a todas las sesiones de la
Comisión Militar y propuso para el puesto de comandante
en jefe al señor Mirbach, propuesta que fue
unánimemente aceptada. Prosiguió sus actividades en los días siguientes, cambió
de lugar varias barricadas, indicó el sitio en
que debían levantarse otras y reforzó las compañías de infantería. Desde
el momento de la llegada de Mirbach,
se puso a su disposición y tomó parte en los consejos
de guerra convocados por el comandante en jefe.
Durante todo el tiempo de su estancia en Elberfeld,
Engels contó con la confianza total tanto de los obreros armados de Berg y de
la Marca como del cuerpo de voluntarios.
El señor Riotte, miembro del Comité
de Seguridad, le preguntó el mismo día de su
llegada a Elberfeld
cuáles eran sus propósitos. Engels le hizo saber que su presencia allí se debía, en primer lugar, al hecho
de que había recibido ese encargo en Colonia; en segundo lugar a que había
creído que sus servicios podrían tal vez ser útiles en asuntos militares y, en
tercer lugar, a que, habiendo nacido en la región de Berg, consideraba cuestión
de honor ocupar un puesto en la primera insurrección armada del pueblo de su
tierra natal. Pero que deseaba ocuparse exclusivamente de asuntos militares y
mantenerse totalmente al margen del carácter político del movimiento, ya que era evidente que allí la
lucha no podía dejar de librarse, por el momento, bajo los colores oro, rojo y negro, debiendo evitarse,
por tanto, cualquier actuación en contra de la Constitución del Imperio.
511
El señor Riotte se mostró totalmente de acuerdo con
esta explicación.
El 14 de mayo por la mañana, habiendo acompañado
Engels al comandante en jefe Mirbach a pasar
revista general a las tropas en el Engelnberg, se presentó ante él el señor Höchster, miembro también
del Comité de Seguridad, quien le dijo que, aunque no había absolutamente nada que objetar en contra
de su comportamiento, la burguesía de Elberfeld se hallaba grandemente alarmada
por su presencia en la ciudad, temía que de un
momento a otro fuese a proclamar la República Roja y vería con
agrado, toda ella, que se marchara.
Engels manifestó que, como no quería imponerse a nadie ni abandonar cobardemente su puesto, exigía
— sin obligarse previamente a nada— que se le
comunicara por escrito aquel deseo, en declaración firmada por todo el Comité
de Seguridad.
El señor Höchster planteó el asunto en el Comité de
Seguridad, que el mismo día tomó el siguiente acuerdo:
Se suplica al ciudadano Federico Engels, natural de
Barmen y actualmente residente en Colonia, reconociendo sin
reservas las actividades por él
desempeñadas hasta ahora en esta
ciudad, que abandone
antes de que transcurra el día de hoy los límites de este municipio, ya que su presencia aquí podría dar pie
a falsas interpretaciones en cuanto al carácter del movimiento.
Engels había hecho saber ya antes de que recayera el acuerdo que sólo acataría los requerimientos del
Comité de Seguridad siempre y cuando que Mirbach se lo ordenara. Mirbach —
dijo— había sido
designado para el puesto que ocupaba a propuesta suya, razón por la
cual no creía que debía retirarse mientras Mirbach no
se lo pidiera.
En la mañana del día 15, tras mucha insistencia por parte del Comité de Seguridad, Mirbach firmó, por
último, el acuerdo recaído, que se puso en conocimiento del público, a partir de entonces, fijándolo en
las esquinas.
512
Los obreros armados y los integrantes del cuerpo de
voluntarios se mostraron enormemente indignados ante el acuerdo del Comité de
Seguridad. Exigían quF. Engels siguiera en su puesto y se manifestaban
dispuestos a defenderlas “con sus vidas”. Engels se presentó personalmente ante
ellos y los tranquilizó, remitiéndose a Mirbach y haciéndoles saber que no
podía ser él el primero que se negara a obedecer a su comandante en jefe,
nombrado a propuesta suya y que tenía, además, su confianza absoluta.
Después de hacer un último reconocimiento del terreno en los alrededores, Engels partió de la ciudad,
una vez que hubo entregado el mando a su ayudante.
En cuanto a los obreros de Berg y la Marca, que
demostraron a nuestro corredactor una devoción y
una simpatía tan grandes, deben pensar que el movimiento actual es solamente el preludio de otro mil
veces más serio e importante, en el que se ventilarán sus intereses más
propios, los intereses de los
obreros. Este nuevo movimiento revolucionario será el resultado del actual y, cuando se inicie, pueden
estar seguros de que F. Engels, al igual que todos los demás redactores de
la Nueva Gaceta Renana, ocupará en él su puesto y de que no
habrá en la tierra poder capaz de alejarlo de él.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 300,
17 de mayo de 1849. 2ª edición]
513
SUPRESIÓN DE LA “NUEVA GACETA RENANA” POR DISPOSICIÓN DE LA LEY
MARCIAL
[C. Marx]
COLONIA, l8 DE MAYO. HACE ALGÚN TIEMPO, SE ORDENÓ DESDE Berlín a las autoridades locales que
declararan el estado de sitio en
Colonia. La finalidad que con
ello se perseguía era la eliminación de la Nueva
Gaceta Renana468 al amparo de la ley marcial, pero se tropezó con una
resistencia inesperada. Más tarde, el gobierno de Colonia se dirigió a la
Procuraduría de Justicia, tratando de conseguir el
mismo propósito por medio de detenciones arbitrarias. El plan se estrelló contra los reparos jurídicos
de la Procuraduría, como ya por dos veces se había estrellado anteriormente
contra el santo sentido común del Jurado renano. En vista de ello, no quedaba
más camino que recurrir a un ardid policiaco, con
lo que se ha logrado, al menos por
el momento, alcanzar la finalidad perseguida. La Nueva Gaceta
Renana dejará de publicarse, por ahora. Su redactor en
jefe, Carlos Marx, fue notificado con fecha 16 de mayo de lo
siguiente:
514
En sus últimos números, incita la Nueva
Gaceta Renana cadavez con mayor encono a despreciar al gobierno
existente, a derrocar violentamente el orden establecido y a implantar la
República social. Su redactor-jefe, el doctor Carlos Marx, deberá
ser privado, por tanto, del
derecho de asilo [¡] que se le había otorgado y
del que ha abusado tan escandalosamente y, no habiendo obtenido autorización
para seguir residiendo en estos Estados, se le conmina a abandonarlos en
término de veinticuatro horas. Bien entendido que de no someterse
voluntariamente a la intimación que se le hace, se le conducirá por la fuerza
al otro lado de la frontera.
Colonia, 11 de mayo de 1839.
El Gobierno de S. M.
Meoller
Al señor Geider, Director de Policía de S. M.
¿A qué vienen estas necias frases, estas mentiras oficiales?
Los últimos números de la Nueva Gaceta
Renana en nada se distinguen, ni por su tendencia ni por su lenguaje,
de su primer “número de prueba”. En este primer número se decía, entre otras
cosas, lo siguiente:
El proyecto del señor Hüser (en Maguncia) es solamente una parte
del gran plan de la reacción Berlínesa, que aspira...
a entregarnos inermes... en manos del ejército.
Et bien,messieurs, quen dites vous maintenant?a
a Y bien, señores, ¿qué dicen ustedes, ahora?
¿Acaso nuestra tendencia era ignorada del gobierno?
¿No hemos dicho ante el Jurado que era ahora “deber de la prensa minar todos
los fundamentos del orden político vigente”? Y por lo que especialmente se
refiere al Hohenzollern, basta leer el número del 19 de octubre de 1848, donde
se dice:
El rey es consecuente. Y lo habría sido siempre si las jornadas de marzo no hubiesen venido, desgraciadamente, a interponer entre Su Majestad y el pueblo aquel funesto
pedazo de papel. Su Majestad,
468 En mayo de 1849, cuando la contrarrevolución se lanzó al ataque final, el gobierno prusiano tomó represalias contra la Nueva Gaceta
Renana y, mediante una orden, proscribió el periódico y desató una
furiosa persecución en contra de sus redactores.
El último número de la Nueva Gaceta Renana, del 19 de mayo de 1849, apareció impreso en letras rojas (véase también supra, nota 414).
al parecer, vuelve a creer en estos momentos, como antes de las jornadas de marzo, en los “pies de hierro”
del esclavismo, y el
pueblo de Viena será tal vez el mago que convierta el hierro en barro.
515
¿Est-ce clairymessieurs?b
b ¿Está esto claro, señores?
¿Y la “República social” la hemos
proclamado, acaso, en los “últimos números” de la Nueva
Gaceta Renana?
¿No hemos hablado con palabras claras e inequívocas para la gente de cabeza dura, que no fuera capaz
de ver el hilo rojo traslucirse a través de todo nuestro modo
de enjuiciar y exponer el movimiento europeo?
Suponiendo —se
dice en el número de la Nueva Gaceta Renana correspondiente al 7 de noviembre— que
la contrarrevolución viviera en toda Europa por las armas, moriría en toda por el dinero. La fatalidad que
daría al traste con la victoria sería la bancarrota europea,
la bancarrota del Estado. Contra los escollos “económicos” se
quiebran como leños podridos las puntas de las bayonetas. Pero la marcha
de las cosas no aguantará el vencimiento de las letras de cambio libradas por
los Estados de Europa contra la nueva sociedad europea.
En París se
descargará el aplastante contragolpe
de la revolución de
Junio. Con la victoria de la República roja en
París los ejércitos que ahora aguardan en el interior de
los países partirán hacia las fronteras, las cruzarán, y se revelará
con toda claridad el poder real de los partidos en pugna. Y
entonces, nos acordaremos de los días de junio y de los de octubre, y también
nosotros exclamaremos:
c ¡Ay de los vencidos!
Las estériles matanzas desatadas desde las jornadas
de junio y octubre, la tediosa orgía de sangre sostenida desde febrero y marzo
y el mismo canibalismo de la contrarrevolución se encargarán de convencer a los
pueblos de que sólo existe un medio de abreviar; simplificar y
concentrar los homicidas
dolores afónicos de la vieja sociedad y los sangrientos dolores puerperiles de la sociedad nueva, un medio solamente: el
terrorismo revolucionario.
516
¿Est-ce clair, messieurs?
Desde el primer momento, hemos considerado ocioso
recatar nuestras intenciones. En una polémica sostenida con el procurador
de Justicia de Colonia, os lanzamos estas palabras:
La verdadera oposición de la Nueva Gaceta Renana comienza en la República tricolor.
Y resumimos así el año 1848
(véase núm. De 31 de diciembre de 1848):
La historia de la burguesía prusiana y de la
burguesía alemana en general, desde marzo hasta diciembre,
demuestra que en Alemania es imposible una Revolución puramente burguesa y la instauración del poder
de la burguesía bajo la forma de la monarquía
constitucional que en este país sólo cabe una de
dos cosas: o la contrarrevolución feudal-absolutista o la revolución
republicano-social
¿Necesitábamos, pues, destacar inconfundiblemente,
en los “últimos números” de la Nueva Gaceta Renana la tendencia republicano-social? ¿Acaso no habíais leído nuestros artículos sobre la revolución
de Junio, y no era el alma de la revolución de Junio el alma de nuestro
periódico?
¿A qué vienen, pues, vuestras hipócritas frases, afanosas de buscar un imposible pretexto?
Somos gente desconsiderada y no esperamos de
vosotros consideración alguna. Cuando nuestra hora llegue, no paliaremos nuestro terrorismo. Pero los terroristas monárquicos, los terroristas por la Gracia
de Dios y del derecho, en la práctica brutales, despreciables y viles, son en
el terreno de la teoría cobardes, ambiguos e insidiosos, y en ambos casos gente
despreciable.
517
El papelucho del gobierno prusiano comete la necedad de hablar del “derecho de asilo” del que “tan
escandalosamente ha abusado” Carlos Marx, redactor-jefe de la Nueva Gaceta Renana.
Es cierto: la Nueva Gaceta Renana ha abusado “escandalosamente” del derecho de asilo que los
prusianos rusos (los “borussos”) se dignan concedernos a los renanos en nuestro propio suelo.
Creemos habernos hecho con ello acreedores a la
gratitud de la provincia del Rin. Hemos salvado el honor revolucionario de
nuestro suelo patrio. En lo sucesivo, sólo gozarán de pleno derecho de
soberanía en la provincia renana periódicos como la Nueva Gaceta
Renana.
Para despedirnos, recordaremos a nuestros lectores las palabras de nuestro primer número de enero:
Levantamiento revolucionario de la clase obrera
francesa y guerra mundial: he allí el programa con que se abre el año de
1849.
¡Un ejército revolucionario formado por combatientes de todas las nacionalidades se alza ya en el Este
frente a la vieja Europa coligada, representada por el ejército ruso, y desde
París se yergue, amenazador, el puño de la “República Roja”!
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 301, 19 de mayo de 1849]
A
LOS OBREROS DE COLONIA
QUEREMOS PREVENIRNOS, AL SEPARARNOS ANTE CUALQUIER intento de revuelta en Colonia. Dada
la situación militar m que Colonia se halla, estaríais irremisiblemente perdiéis visto en Elberfeld cómo
la burguesía lanza a la línea de
fuego a los obreros, para luego traicionarlos del
modo más infame. El estado de sitio en Colonia desmoralizaría a toda la
provincia renana, y cualquier levantamiento de vuestra parte, en estos
momentos, llevaría aparejado como consecuencia necesaria el estado de sitio.
Los prusianos se desesperarán a la vista de vuestra serenidad.
Los redactores de la Nueva Gaceta Renanayal despedirse de vosotros, os dan las gracias por la simpatía
que les habéis demostrado. Su última palabra será, siempre y donde quiera, ésta:
/emancipación de la clase obrera!
La Redacción de la “Nueva Gaceta Renana”.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 301, 19 de mayo de 1849]
519
LAS LUCHAS DE CLASES EN
FRANCIA DE 1848 A 1850 469
C. Marx
Obra escrita en 1850.
Publicada por vez primera en
la Neue Rheinische Zeitung.
Politisch-ökonomische Revue [“Gaceta Renana. Revista Económico-política]. Hamburgo, 1850:
Sección I, Primer Cuaderno, enero de 1850.
Sección II, Segundo Cuaderno, febrero de 1850.
Sección III, Tercer Cuaderno, marzo de 1850.
Sección IV, Quinto y Sexto Cuadernos, mayo-octubre de 1850.
Esta versión se basa en el texto de la edición
alemana, publicada en MEW, vol. 9, Berlín, Dietz Verlag, 1960,
pp. 9 y ss., que, a su vez, se basa en la edición hecha por Engels en 1895.
521
Exceptuando solamente unos cuantos, todos los capítulos importantes que figuran
en los anales de la revolución de 1848 a 1849 llevan por
epígrafe: ¡Derrota de la revolución!
Pero no fue precisamente la revolución lo que
sucumbió en estas derrotas. Fueron las tradicionales supervivencias
prerrevolucionarias, secuelas de relaciones sociales no aguzadas todavía como
tajantes contradicciones de clase: personas, ilusiones, ideas, proyectos de que
antes de la revolución de Febrero no había llegado a librarse el partido
revolucionario y de los que no podía librarlo la victoria de Febrero,
sino solamente una serie de derrotas.
En una palabra, el progreso revolucionario no se
abrió camino en sus tragicómicas conquistas inmediatas, sino, por el contrario,
en el hecho de haber engendrado una compacta y poderosa contrarrevolución, de
haber creado un adversario, y luchando contra él, es como el partido de la
revolución, llegará a ser un partido realmente revolucionario.
A demostrar esto van encaminadas las siguientes páginas.
469 Este trabajo de Marx fue publicado por
entregas bajo la simple rúbrica de “1848-1849” en la Nueva Gaceta
Renana. Revista económico-política, dirigida por él en Londres.
Marx analiza aquí todo un periodo de la historia de Francia, visto a la luz
del materialismo histórico y formula, desde el punto de vista de esta teoría, tesis importantes con
respecto a la táctica revolucionaria del
proletariado, desarrollando dos puntos fundamentales de su
teoría política: la teoría de la revolución de la
clase obrera y la dictadura del proletariado. El plan del
trabajo primitivo contemplaba cuatro artículos: “La derrota de junio de 1848”,
“El 13
de junio de 1849”, “Consecuencias del 13 de junio en el continente” y “Consecuencias del 13 de junio de 1849”. En colaboración con Engels,
Marx analizaría, en las “revistas” o “resúmenes” (véase, Escritos
económicos menores, Obras Fundamentales de Marx
y Engels, t. II, pp. 61-115, F C
E, México, 1987) publicados en los cuadernos II, IV y V-VI, las repercusiones importantísimas que los hechos ocurridos en París, en junio de 1849, tuvieron en el resto del continente europeo. Pero del plan primitivo sólo aparecieron tres
artículos. Al editar la obra de Marx en 1895, Engels agregó un cuarto capítulo
con el título de “La abolición del
sufragio universal en 1850”, y que, ya
con el título completo de Las luchas de clases
en Francia de 1848 a 1850, se
publicó con un prólogo. En carta a Richard Fischer (13 febrero de 1895) dicF. Engels, refiriéndose a lo anterior, que el capítulo iv sirve de “complemento esencial al trabajo en su conjunto”, “sin el cual el folleto tendría un carácter fragmentario”. En esta edición (basada en MEW, vol. 9,
Berlín, Dietz Verlag, 1960, pp. 9 y ss.) se ponen a la cabeza, en versales, los
epígrafes de Marx, y debajo de ellos, en cursivas, los de Engels.
Publicamos como apéndice la introducción de Engels a la edición de 1895.
522
608.
LA DERROTA
DE JUNIO DE 1848
De febrero a junio de 1848
Después de la revolución de julio,
cuando el banquero
liberal Laffitte acompañó en triunfo al Hôtel de
Villea a su compère,b el Duque de Orleáns, dejó escapar estas
palabras: “De ahora en adelante, mandarán ¡os banqueros”
Laffitte delataba así el secreto de la revolución.
A Alcaldía de París.
B Compadre.
Bajo Luis Felipe no subió al poder la burguesía
francesa, sino una fracción de ella, los banqueros, los
reyes de la Bolsa, los magnates de los ferrocarriles, los propietarios de las minas de carbón y de hierro
y de las explotaciones forestales y una parte de los terratenientes aliada a ellos: la llamada aristocracia
financiera. Era ella la que se sentaba en el trono, la que dictaba
leyes en las cámaras, la que repartía todos los cargos, desde los ministerios
hasta los estanquillos.
La verdadera burguesía industrial formaba parte
de la oposición oficial; es decir, estaba representada en
las cámaras solamente como una minoría. Y su oposición se manifestaba con tanta
mayor energía cuanto más claramente se desarrollaba la hegemonía de la aristocracia financiera y
más segura se creía ésta de su dominio sobre la clase obrera,
después de ahogar en sangre las revueltas de 1832, 1834 y 1839.470
523
Grandin, fabricante de Rouen, que tanto en la
Asamblea Constituyente como en la Asamblea Nacional legislativa
había sido el fanático portavoz de la reacción burguesa, era en la Cámara de
Diputados el más violento adversario de Guizot. Léon Faucher, quien
más tarde se dará a conocer por sus impotentes esfuerzos para
convertirse, con la pluma en la mano, en el Guizot de la
contrarrevolución francesa, peleó en
los últimos tiempos de Luis Felipe, en
pro de la industria y contra la especulación
y su azafata, el gobierno. Y Bastiat agitaba en contra del sistema imperante, en nombre de la religión de
Burdeos y de los productores de vino de Francia.
La pequeña burguesía en todas sus variantes, y con ella la clase campesina, habían
sido totalmente descartadas del poder político. Y se hallaban, por último, en
el campo de la oposición oficial o enteramente al margen des pays
légalc los representantes y portavoces ideológicos de las
citadas clases, sus profesores, abogados, médicos, etc., en una palabra, sus
llamados talentos.
C Del terreno legal.
Su penuria financiera supeditaba desde el primer
momento la monarquía de Julio a la alta burguesía y, a su vez, esta
supeditación era fuente inagotable de una creciente penuria financiera.
Resultaba imposible subordinar la administración pública al interés de la
producción nacional sin equilibrar el
presupuesto, sin poner en consonancia los ingresos y los gastos. ¿Y cómo evolúo este equilibrio sin
reducir los gastos del Estado, es decir, sin lesionar intereses que eran otros tantos puntales del sistema
dominante, y sin reajustar el reparto de los impuestos, es decir, sin echar
sobre los hombros de la burguesía una parte considerable de las cargas
fiscales?
524
470 La insurrección parisina de 5-6 junio de
1832 fue organizada por el ala izquierda del partido republicano y por
varias sociedades clandestinas, entre ellas la
“Sociedad Amigos del Pueblo”. Al parecer, la motivó directamente el entierro del gene ral Lamarque, que combatía al gobierno de Luis Felipe de Orleáns. Los obreros que participaron en ella levantaron varias barricadas y
pelearon con gran valentía.
La insurrección de los obreros lioneses en abril de
1834, dirigida por la “Sociedad republicana clandestina de los Derechos
del Hombre y del Ciudadano”, fue uno de los primeros levantamientos de masas del proletariado francés. Esta insurrección, apoyada por
los republicanos de algunas otras ciudades, principalmente en París, fue
cruelmente reprimida.
La insurrección parisina
del 12 de mayo de 1839, en la que
también desempeñaron papel principal los obreros revolucionarios, fue
organizada por la sociedad secreta, republicanosocialista, de Las Cuatro
Estaciones, bajo la dirección de August Blanqui y Armand Barbes; fue
sofocada por las tropas del ejército y la Guardia Nacional.
La fracción burguesa que mandaba en las cámaras y
hacía las leyes se hallaba, por el contrario, directamente
interesada en cargar de deudas al Estado. El déficit
del Estado constituía el verdadero
blanco de sus especulaciones y la fuente principal de su enriquecimiento. El déficit aumentaba de año
en año. Cada cuatro o cinco años se emitía un nuevo empréstito. Y cada nuevo
empréstito brindaba a
la aristocracia financiera una nueva ocasión para estafar al Estado, mantenido artificialmente al borde
de la bancarrota y obligado así a contratar con los banqueros en las
condiciones más onerosas. Cada
nuevo empréstito brindaba, además, por partida doble, ocasión de saquear al público que invertía sus
capitales en papel del Estado mediante operaciones de Bolsa en cuyos secretos
se hallaban iniciados
el gobierno y la mayoría de las cámaras. En general, las fluctuaciones del crédito público y la posesión
de los secretos de Estado permitía a los banqueros y a sus afiliados en las
cámaras y en el trono provocar en la cotización de los valores del Estado
extraordinarias y repentinas oscilaciones, que daban siempre como resultado
necesario la ruina de gran número de pequeños capitalistas y el
enriquecimiento fabulosamente acelerado de los grandes agiotistas. Por hallarse instalada en el poder
la fracción burguesa directamente interesada en el déficit del Estado, se
explica que, en los últimos años del reinado de Luis Felipe, los gastos
públicos extraordinarios ascendieran a bastante más del
doble de los de la época de Napoleón,
hasta alcanzar casi la suma anual
de 400 millones de francos, al paso que el total de
exportaciones de Francia rara vez llegaba, por término medio, a un total de 750
millones. Además, las enormes sumas que de este modo pasaban
por las manos del Estado daban pie
para toda suerte de fraudulentos contratos
de suministro, sobornos, estafas y granujadas. Y el fraude al Estado,
realizado en gran escala mediante los empréstitos,
se repetía en detalle en las contratas de
obras públicas. La relación entre las cámaras y el gobierno se multiplicaba aquí en las relaciones entre
los diferentes organismos de la administración y los contratistas beneficiados.
525
Además de los gastos públicos en general y en particular los empréstitos del Estado, la clase dominante
explotaba la construcción de ferrocarriles. Las cámaras hacían
que el Estado soportara las cargas principales, mientras ella se embolsaba los
jugosos frutos. Recuérdese el escándalo provocado en la
Cámara de Diputados cuando un
día se supo que todos los miembros de la mayoría,
incluyendo a una
parte de los ministros, se hallaban interesados como accionistas en las mismas obras de construcción
de ferrocarriles que, más tarde, como legisladores, acordaron ejecutar a costa
del Estado.
En cambio, hasta las más pequeñas reformas
financieras se estrellaban contra la influencia de los
banqueros. Así ocurrió, por ejemplo, con la reforma del sistema postal Rothschild protestó contra ella.
¿Acaso tenía el Estado derecho a mermar fuentes de ingresos que permitían extraer jugosos intereses
a su deuda pública, sin cesar creciente?
La monarquía de Julio no era otra cosa que una compañía por acciones creada para explotar la riqueza
nacional francesa y cuyos dividendos se repartían entre ministros, diputados,
240.000 electores y su correspondiente séquito. Luis Felipe era el director de
esta compañía, un Robert Macaire471 en el
trono. Este sistema no podía por menos de poner en peligro y perjudicar constantemente al comercio,
a la industria, a la agricultura, a la navegación, a los intereses de la
burguesía industrial. Un gobierno barato, un gouvernement à bon marché,
había sido una de las consignas de las jornadas de julio.
526
Puesto que la aristocracia hacía las leyes, dirigía
la administración pública, disponía de todos los poderes públicos organizados y
gobernaba la opinión pública a través de los hechos y a través de la
prensa, era natural que se repitiese en todas las esferas, desde la corte hasta el Café Borgne,d la misma
prostitución, el mismo escandaloso fraude, el mismo afán de enriquecerse, no
por medio de la producción, sino mediante el escamoteo de la riqueza ajena ya
existente; que se manifestara, sobre todo en las cumbres de la sociedad burguesa, la expansión desenfrenada de los apetitos más morbosos
y libertinos — desafiando incluso las leyes burguesas—, en los que encuentra su
natural satisfacción la riqueza amasada en el agio, en los que el disfrute se vuelve crapuloso y confluyen en dinero, la
471 Robert Macaire: tipo del
negociante desaprensivo y voraz, llevado a la comedia por el actor francés,
famoso en su tiempo, Frédéric Lamaitre, e inmortalizado en las caricaturas
de Honoré Daumier. Su figura satiriza el imperio de la
aristocracia financiera, que gobernó Francia bajo la monarquía de julio.
basura y la sangre. La aristocracia financiera, lo
mismo en sus ganancias que en sus goces, no es más que la reencarnación
del lumpenproletariado en las alturas de la sociedad burguesa.
D Café y tabernas de mala
fama en París.
Y los sectores no dominantes de la burguesía francesa gritaban “¡Corrupción!” El pueblo gritaba “Á has
les grands voleurs! À has les assassins!”e cuando en 1847 se repetían
en los escenarios más encumbrados de la sociedad burguesa los mismos
espectáculos que diariamente llevan al lumpenproletariado a los burdeles, a los
asilos y manicomios, ante los jueces, a los presidios y al cadalso. La burguesía industrial veía peligrar sus intereses, la pequeña burguesía sentíase moralmente
indignada, la fantasía popular se sublevaba, París estaba inundado de panfletos
—La dynastie Rothschild, Les juifs rois de lépoque,f etc.—
en los que se denunciaba y fustigaba con mayor o menor ingenio la dominación de
la burguesía financiera.
E ¡Abajo los grandes ladrones! ¡Abajo los asesinos!
F La dinastía
de los Rothschild, Los reyes judíos de la época.
Rien pour la gloire!g”¡La gloria no rinde nada!” La
paix partout et toujours!h ¡La guerra hace bajar la
cotización de los valores al tres y cuatro por ciento!: he allí las divisas inscritas en sus banderas por la
Francia de los judíos de la Bolsa. Su política exterior se hundía, por tanto, en una serie de humillaciones
del sentimiento nacional francés, el cual reaccionó con mayor
fuerza cuando el despojo de Polonia se consumó con la anexión de
Cracovia por Austria y cuando Guizot se puso activamente al lado de la
Santa Alianza en la guerra suiza del Sonderbund.472 La victoria lograda por los liberales suizos en esta
guerra ficticia vino a levantar el sentimiento de propia estimación de la oposición burguesa en Francia,
y la sangrienta insurrección del pueblo en Palermo fue como una descarga
eléctrica que sacudió a la amodorrada masa popular, haciendo despertar sus
grandes recuerdos y pasiones revolucionarios.*
g ¡Nada por la gloria!
H ¡La paz siempre
y en todas partes!
* Anexión de Cracovia por Austria, de acuerdo con Rusia y Prusia, 11 de
noviembre de 1846. Guerra
suiza del Sonderbund, 4 a 28 de noviembre de 1847. Insurrección de Palermo, 12 de
enero de 1848; a fines de enero, nueve días de
bombardeo de la ciudad por los napolitanos. [Nota de Engels a la
edición de 1895.]
527
El estallido del descontento general se vio, por
fin, acelerado, y el desasosiego fermentó en forma de revuelta, gracias a dos
acontecimientos mundiales de carácter económico.
La plaga de las patatas y
las malas cosechas de los años 1845 y 1846 acentuaron la
efervescencia
general entre el pueblo. La carestía de 1847 provocó sangrientos conflictos, en Francia al igual que en
el resto del continente. En contraste con las desvergonzadas orgías de la
aristocracia financiera, la lucha del pueblo por llevarse un puñado de pan a la
boca. Mientras en Buzaríais se ejecutaba a los amotinados contra el
hambre,473 en París la familia real libraba de la acción de los tribunales
a los atiborrados escrocs.i
i Estafadores.
El segundo gran acontecimiento económico que vino a acelerar el estallido de la revolución fue la crisis
general del comercio y la industria en Inglaterra. Esta crisis,
anunciada ya en el otoño de 1845 por el
descalabro en masa de los especuladores en acciones ferroviarias y contenida durante el año 1846 por
una serie de circunstandas inddentales como la inminente abolición de los
aranceles sobre el trigo, estalló por fin en el otoño de 1847 en las
bancarrotas de los grandes comerciantes londinenses en artículos coloniales,
seguidas muy de cerca por las quiebras de los bancos agrarios y el cierre de
fábricas en los distritos industriales ingleses. Aún no se habían agotado las repercusiones de esta crisis
en el continente, cuando estalló la revolución de Febrero.
528
472 Véase supra, nota 255.
473 En enero de 1847, en Buzan^ais
(Departamento del Indre, en Francia), los obreros, artesanos y vecinos
hambrientos de las aldeas cercanas asaltaron los almacenes de trigo de los
especuladores, produciéndose, con este motivo, choques sangrientos entre
la población y la tropa. Los sucesos de
Buzancais provocaron crueles represalias por parte
del gobierno: el 4 de marzo de 1847 fueron condenados a
muerte tres de los amotinados y varios otros a trabajos forzados y a penas de
cárcel, penas que, a pesar de las protestas públicas, fueron cumplidas.
Los efectos asoladores de la epidemia económica sobre el comercio y la industria hicieron todavía más
insoportable la hegemonía de la aristocracia financiera. La burguesía situada
en el campo de la oposición desencadenó en toda Francia una campaña de agitación
por medio de banquetes en pro de una reforma electoral que
habría de darle la mayoría en las cámaras y derrocar al ministerio de los
señores de la Bolsa. En París, la crisis industrial había traído además como
consecuencia el lanzar sobre el mercado interior a gran número de fabricantes y
comerciantes al por mayor que en las circunstancias existentes no podían ya
hacer negocios en el comercio exterior. Estos industriales y comerciantes
fundaban grandes establecimientos cuya competencia arruinaba en
masa a los épiciers y los boutiquiers.j De allí el sinnúmero de
quiebras que se registraban en este sector de la burguesía parisina y, como
consecuencia de ello, la actitud revolucionaria adoptada por estos elementos en
febrero. Sabido es cómo Guizot y las cámaras contestaron con un reto inequívoco
a los proyectos de reformas, cómo Luis Felipe se decidió, tarde ya, a nombrar
un gobierno Barrot, cómo se produjeron refriegas entre el pueblo y las tropas,
cómo el ejército se vio desarmado gracias a la actitud pasiva
adoptada por la Guardia Nacional y cómo la monarquía de Julio tuvo que ceder el puesto a un gobierno provisional.
J Abarroteros y tenderos.
529
El Gobierno provisional, encumbrado sobre
las barricadas de febrero, reflejaba
necesariamente, en su composición, los diversos partidos
entre los que se dividió la victoria. No
podía representar otra cosa que un compromiso entre las diferentes clases que habían derribado juntas el trono de Julio, pero cuyos
intereses pugnaban entre sí. Su gran mayoría estaba formada
por representantes de la burguesía. La pequeña burguesía republicana tenía sus
exponentes en Ledru-Rollin y Flocon, la burguesía republicana estaba
representada por la gente del National la oposición dinástica
por Crémieux, Dupont de Leure, etc. La clase obrera sólo tenía dos
representantes, Louis Blanc y Albert. Por último, Lamartine no personificaba,
en el Gobierno provisional, a ningún interés real, a ninguna clase determinada,
sino que era la misma revolución de Febrero el levantamiento visto en bloque,
con sus
ilusiones, su poesía, su contenido imaginario y sus frases. Por lo demás, este portavoz de la revolución
de Febrero pertenecía, tanto por su posición como por sus ideas, al campo de
la burguesía.
Si París, a causa de la centralización política,
domina a Francia, los obreros, en momentos de conmoción
revolucionaria, dominan
a París. La primera señal de vida que dio
el Gobierno provisional fue el intento de sustraerse a esta
influencia arrolladora mediante una apelación que el embriagado París hacía a
la sobria Francia. Lamartine negaba a los combatientes de las barricadas el
derecho a proclamar la República, alegando que eso sólo podía hacerlo la
mayoría de los franceses; había que aguardar al resultado del voto popular y el proletariado de París no debía manchar su triunfo con una
usurpación. Y es que la burguesía sólo consiente al proletariado una usurpación,
la de luchar.
A mediodía del 25 de febrero aún no había sido
proclamada la República, pero en cambio ya habían sido repartidos todos
los ministerios entre los elementos burgueses del
Gobierno provisional y entre los generales, banqueros y abogados del National Pero los obreros estaban decididos a no tolerar esta
vez un escamoteo como el de julio de 1830. Estaban dispuestos a reanudar la
lucha y a conquistar la
República con las armas en la mano. Con este mensaje se trasladó Raspad al Hotel de Ville. En nombre
del proletariado de París, ordenó al Gobierno provisional
proclamar la República; si esta orden del pueblo no era cumplida en término de
dos horas, volvería a la cabeza de 200.000 hombres.
530
Apenas se habían
enfriado los cadáveres de los caídos, no se habían
desmontado las barricadas, no se
habían desarmado los obreros, y la única fuerza que se podía enfrentar a ellos era la Guardia Nacional.
En estas circunstancias, se esfumaron
como por encanto los reparos de los prudentes
estadistas y los
escrúpulos jurídicos de conciencia del Gobierno provisional. Aún no habían transcurrido las dos horas
del plazo, y ya campeaban en todos los muros de París,
en grandes caracteres, las históricas palabras:
République française! Liberté, Égalité, Fraternité!k
k ¡República francesa! ¡Libertad, Igualdad, Fraternidad!
Con la proclamación de la República sobre la base
del sufragio universal, se había borrado hasta el recuerdo de las miras y los
motivos limitados que habían empujado a la burguesía a la revolución de
Febrero. En vez de unas cuantas fracciones de la burguesía, todas las clases de
la sociedad francesa,
lanzadas de pronto a la órbita del poder político,
se veían empujadas a abandonar los palcos, el patio de butacas y la galería,
para actuar en persona en la misma escena revolucionaria. Con la monarquía
constitucional, desaparecía también la apariencia de un poder estatal enfrentado por su propia virtud
a la sociedad burguesa, con toda la serie de luchas subalternas que este poder
aparente provoca.
Al dictar el Gobierno provisional y a través de él
a toda Francia la República, el proletariado pasaba inmediatamente
a primer plano como partido independiente;
pero, al mismo tiempo, lanzaba un reto a toda la
Francia burguesa. Conquistaba el terreno para luchar por su emancipación
revolucionaria, pero no conquistaba, en modo alguno, su emancipación misma.
Lejos de ello, la República de Febrero tendría, por
el momento, que completar la dominación de la burguesía, atrayendo
a la órbita del poder político, junto a la
aristocracia financiera, a todas las clases poseedoras. Fueron
sacados de la nulidad política a que los había condenado la monarquía de Julio
la mayoría de los grandes terratenientes, los legitimistas. No en vano la Gazette
de France474 había agitado en unión de los periódicos de la oposición;
no en vano La Rochejaquelein había abrazado el partido de la revolución en la sesión celebrada el 24 de febrero por la Cámara de Diputados. El sufragio
universal convertía a los propietarios nominales que forman la gran mayoría de
los franceses, a los campesinos, en árbitros de los destinos de
Francia. Por fin, la República de Febrero hacía que se
manifestara en toda su pureza la dominación de la burguesía, al quitar de en medio a la Corona, detrás
de la que se mantenía oculto el capital.
531
Los obreros, que luchando en las jornadas de julio
habían conquistado la monarquía burguesa,
conquistaron ahora con su lucha la República burguesa. Y así como la monarquía de Julio se había visto
obligada a anunciarse como una monarquía rodeada de instituciones
republicanas, la República de Febrero tuvo que anunciarse, ahora, como
una República rodeada de instituciones sociales. Era una
concesión más impuesta por el proletariado de París.
Marche, un obrero, dictó el decreto por el que el
Gobierno provisional recién constituido se obligaba
a garantizar por el trabajo la
existencia de los obreros, a procurar trabajo
a todos los ciudadanos, etc. Y cuando, pocos días después, el
Gobierno provisional se olvidaba de sus promesas y parecía haber perdido de
vista al proletariado, una masa de 20.000 obreros marchó hacia el Hotel de
Ville bajo el grito de “¡Organización del trabajo! ¡Creación de un
Ministerio especial del Trabajo!” De mala gana y tras largos debates, el Gobierno provisional nombró una Comisión permanente especial, encargada de
¡investigar! Los medios para el mejoramiento de las clases
trabajadoras. La Comisión se formó a base
de delegados de las corporaciones de oficios de París, bajo la presidencia de Louis Blanc y Albert. Se le
asignó como lugar de reunión
el Palacio de Luxemburgo. De este modo, los representantes de la
clase obrera quedaban desterrados de la sede del Gobierno provisional, la parte
burguesa del gobierno
retenía exclusivamente en sus manos el verdadero poder del Estado y las riendas de la administración
y, junto a los ministerios de Hacienda, Comercio y Obras Públicas, junto al Banco y la Bolsa, se levantó
una Sinagoga socialista, cuyos grandes sacerdotes, Louis Blanc y Albert, tenían
la misión de descubrir
la tierra prometida, predicar el nuevo Evangelio y dar trabajo al proletariado de Párís. A diferencia de
los titulares del poder estatal profano, estos otros no disponían de
presupuesto ni de atribuciones ejecutivas. Tenían que derribar con la cabeza
las columnas fundamentales de la sociedad burguesa. Mientras en
el Palacio de Luxemburgo se buscaba la piedra filosofal, en
el Hotel de Ville se acuñaba la moneda
circulante.
Y, sin embargo, las pretensiones del proletariado de París, en aquello en que trascendía de los marcos
de la República burguesa, no podían cobrar cuerpo como no fuera bajo aquella nebulosa existencia del
Palacio de Luxemburgo.
Los obreros, que habían
hecho la revolución de Lebrero conjuntamente con
la burguesía, trataban de hacer valer sus intereses al
lado de ésta, a la manera como habían instalado a un obrero en el
mismo
Gobierno provisional, al lado de la mayoría burguesa. ¡Organización del trabajo! Pero ¿acaso el trabajo
asalariado no es la organización burguesa del trabajo existente? Sin él, no hay capital, ni burguesía, ni
474 Gazette de France: diario francés fundado en la ciudad de París en 1631. A mediados del siglo XIX, fue el órgano de los legitimistas
o partidarios de la restauración de los Borbones.
sociedad burguesa. ¡Un Ministerio especial
del Trabajo! ¿Acaso no son los ministerios burgueses del
Trabajo los de Hacienda, Comercio y Obras Públicas? Un ministerio proletario del
Trabajo instalado junto a ellos estaba necesariamente
condenado a ser el ministerio de la impotencia, de los buenos deseos, la
Comisión de Luxemburgo. Lo mismo que los obreros creían poder emanciparse junto
a la burguesía, creían que podían llevar a cabo una revolución proletaria junto
a las demás naciones
burguesas, entre las cuatro paredes nacionales de Prancia. Pero las relaciones de producción francesas
están condicionadas por el mercado exterior de Francia, por la posición que
Francia ocupa en el mercado mundial y por las leyes de éste; ¿cómo podía
Francia dar al traste con estas leyes sin una guerra revolucionaria europea que repercutiera, a su vez, sobre el déspota del mercado mundial, sobre Inglaterra?
533
Una clase en la que se concentran los intereses
revolucionarios de la sociedad, tan pronto como se rebela, encuentra
inmediatamente en su propia situación el contenido y el material de su
actuación revolucionaría: enemigos que abatir, medidas que adoptar
impuestas por las propias necesidades de
la lucha; las consecuencias derivadas de sus mismas acciones la impulsan hacia adelante. No se plantea
el problema de investigar teóricamente su propia misión. Pues bien: la clase obrera francesa no había
llegado aún a este punto; era todavía incapaz de llevar a cabo su propia
revolución.
El desarrollo del proletariado industrial se halla
siempre condicionado por el desarrollo de la burguesía industrial. Es bajo la
dominación de ésta como aquél cobra la existencia nacional extensa
que puede elevar su revolución al plano nacional, como crea los medios de producción
modernos que se convierten en otros tantos medios para su liberación
revolucionaria. Es la dominación de la burguesía industrial
la que destruye las raíces materiales de
la sociedad feudal y allana el terreno sin el cual
no sería posible una revolución proletaria.
La industria francesa se halla más
desarrollada y la burguesía francesa más avanzada,
revolucionariamente, que las del resto del continente. Pero ¿acaso
la revolución de Febrero no iba enderezada directamente contra la aristocracia financiera? Este hecho
demuestra que no era la burguesía industrial la que mandaba en
Francia. La burguesía industrial sólo
puede dominar allí donde la moderna industria acomoda a su propia conveniencia todas las relaciones
de propiedad, y, para adquirir este poder, la industria necesita haber conquistado el mercado mundial,
ya que las fronteras nacionales no bastan para fincar su desarrollo.
Ahora bien, la industria francesa, en gran parte,
sólo logra mantener incluso el mercado nacional a fuerza de un sistema
prohibitivo más o menos modificado. Por tanto, si el proletariado francés, en
momentos de revolución, posee en París de hecho un
poder y una influencia que lo acicatean a tomar impulso
hasta más allá de lo que sus medios le permiten, en el resto de Francia aparece
reunido en centros industriales dispersos que casi desaparecen bajo una gran superioridad
numérica de campesinos y pequeños burgueses. La lucha contra el capital en su forma moderna desarrollada, en su
punto culminante, la lucha del obrero asalariado industrial contra el burgués industrial, constituye, en
Francia, un hecho parcial que, después de las jornadas de febrero, no podía
servir de contenido nacional a la revolución, tanto más cuanto que la lucha
contra las modalidades subordinadas de explotación del capital, la lucha del
campesino contra la usura y la hipoteca, la del pequeño burgués
contra el gran comerciante, el banquero y el fabricante; en una palabra, contra la bancarrota, aparecía
todavía envuelta en el levantamiento general contra la aristocracia financiera.
Era, pues, perfectamente explicable que el proletariado parisino tratara de
imponer su interés junto al de la
burguesía, en vez de hacerlo valer como el interés revolucionario de la misma sociedad, que arriase la
bandera roja ante la bandera tricolor.475 Los obreros
franceses no podían avanzar un solo paso ni podían tocar un pelo del orden
burgués antes de que la marcha de la revolución hubiera sublevado contra este
orden, contra la dominación del capital, a la
masa de la nación, campesinos y pequeños
475 En los primeros días de existencia del Gobierno provisional se discutió cuáles deberían ser los colores de la bandera nacional de la República francesa. Los obreros revolucionarios de
París exigían que fuese la bandera roja, izada en la insurrección de junio de 1848 en las barricadas obreras de la capital. Los diputados de la burguesía abogaban porque fuera una bandera tricolor (azul- blanco-rojo), tremolada
durante los años de la Revolución francesa y durante
el Imperio napoleónico. Había sido ya antes de la revolución de
1848 el emblema de los republicanos burgueses agrupados en torno al National Los
representantes obreros no tuvieron más remedio que unirse a ellos en la
votación, pero exigiendo que la bandera tricolor se adornase con una
escarapela roja.
burgueses, interpuesta entre el proletariado y la
burguesía, obligándola a sumarse a los proletarios como a su vanguardia. Los
obreros sólo podían lograr esta victoria a costa de la enorme derrota
de junio.
535
Nadie podrá disputar a la Comisión de Luxemburgo,
obra de los obreros de París, el mérito de haber revelado desde una tribuna
europea el secreto de la revolución del siglo XIX: la emancipación del
proletariado. El Moniteur476 enrojecía de vergüenza
al verse obligado a hacer propaganda oficial de aquellas “salvajes locuras” que
hasta ahora habían permanecido ocultas en los apócrifos escritos de los
socialistas y que sólo de vez en cuando susurraban a los oídos de la burguesía
leyendas mitad espantosas mitad evolúo. Europa despertaba, sobresaltada, de su
sopor burgués. Por tanto, en la idea de los proletarios, que confundían la
aristocracia financiera con la burguesía en general; en la
quimera de los honrados republicanos, que negaban incluso la existencia de clases o veían en ella, a lo
sumo, una consecuencia de la monarquía constitucional; en las hipócritas frases
de los sectores de la burguesía hasta ahora mantenidos al margen del poder,
el poder de la burguesía había quedado abolido con la
implantación de la República. Todos los monárquicos se convirtieron de pronto
en republicanos y todos los millonarios de París se trocaron en
obreros. Esta imaginaria abolición de las
relaciones de clase aparecía envuelta en la frase de la fraternité, de la confraternización y la fraternidad
general. Esta dulce y apacible abstracción de los antagonismos
de clase, esta sentimental conciliación
de los intereses de clase contradictorios entre sí, esta mística elevación por sobre la lucha de clases, la fraternité, fue el verdadero lema de la revolución de Febrero. Lo que dividía a las clases era, al parecer,
solamente un malentendido, y el 24 de febrero477 Lamartine bautizó al Gobierno provisional con estas
palabras: “Un gouvernement qui suspende ce malentendu terrible qui existe entre les différentes clases”l El
proletariado de París se abandonó a esta generosa embriaguez de fraternidad.
L “Un gobierno que viene a acabar con este terrible malentendido existente entre las diferentes clases”
536
Por su parte, el Gobierno provisional, una vez obligado a proclamar la República, hizo cuanto pudo por
hacerla aceptable para la burguesía y para las provincias. Se desautorizó el
terror sangriento de la primera República francesa al abolir la pena de muerte
para los delitos políticos; se dejó a la prensa en libertad de propagar todas
las opiniones; el ejército, los tribunales de justicia y la administración
pública quedaron, con pocas excepciones, en manos de sus viejos dignatarios y
no se pidió cuentas a ninguno de los grandes culpables de la monarquía de
Julio. Los republicanos burgueses del National se divertían en
cambiar los nombres y los ropajes monárquicos por los de los viejos tiempos
republicanos. La República no era, para ellos, más que un nuevo disfraz de
baile con que se vestía la vieja sociedad burguesa. La joven
República consideraba como su mayor mérito el
no asustar a nadie y vivir más bien
continuamente asustada ella misma, saliendo
del paso y desarmando las resistencias con que
tropezaba a fuerza de contemporizar blandamente y de no oponer resistencia
alguna. A las clases privilegiadas en el interior y a los poderes despóticos en
el exterior se les hacía saber en voz
alta que la República era un régimen pacífico. Su lema era vivir y dejar vivir. Añádase a esto que, poco
después de la revolución de Febrero, se rebelaron,
cada cual a su modo, los alemanes, los polacos, los austríacos, los húngaros y los italianos. Rusia e Inglaterra, la segunda a su vez estremecida y la primera
asustada, no estaban en condiciones de actuar. La República no tenía ante sí, por consiguiente a ningún
enemigo nacional. No se enfrentaba, por tanto, con ninguna
clase de grandiosas complicaciones exteriores capaces de inflamar las energías,
de acelerar el proceso revolucionario, de acicatear o arrojar por la borda al
Gobierno provisional. El proletariado de París, que consideraba la República
como su propia creación, aclamaba, como es natural, todos los actos del
Gobierno provisional que facilitaban su acomodo en la sociedad burguesa. Dejaba
de buena gana que Caussidiére lo empleara
en prestar servicios policiacos para velar por la propiedad en París y permitía que Louis Blanc zanjara
los conflictos de salarios entre obreros y patronos.
Se enorgullecía en dejar incólume ante los ojos de Europa el
honor burgués de la República.
537
476 Véase supra, nota 314.
477 La declaración de Lamartine hecha en la Cámara de Diputados
el 24 de febrero de 1848 se publicó en el Moniteur Universal
(25 de febrero de 1848).
La República no encontró ninguna resistencia
exterior ni interior. Quedó, con ello, desarmada. Su misión no
consistía en transformar revolucionariamente el mundo, sino simplemente en
adaptarse a las condiciones de la sociedad burguesa. Y los testimonios más
elocuentes del fanatismo con que el Gobierno provisional se sometió a esta
misión los tenemos en sus medidas financieras.
Como es natural, quedaron quebrantados el crédito
público y el crédito privado. El crédito
público se
basa en la confianza de que el Estado se deje explotar por los judíos de las finanzas. Pero el viejo Estado
había desaparecido y la revolución se había hecho, sobre todo, contra la
aristocracia financiera. Aún no habían terminado las sacudidas de la última
crisis comercial europea. Seguía produciéndose una bancarrota tras otra.
Ya antes de que estallara la revolución de Febrero
se había paralizado también el crédito privado y habían
quedado estancadas la circulación y la producción. La crisis revolucionaria
acentuó la crisis comercial. Y si el crédito privado descansa sobre la
confianza de que permanezcan intactos e intangibles la producción burguesa en
toda la extensión de sus relaciones y el orden burgués, fácil es
imaginarse qué consecuencias tenía que acarrear necesariamente una revolución que ponía en tela de
juicio el fundamento de la producción burguesa, la esclavitud económica del
proletariado, que
colocaba frente a la Bolsa a la esfinge del Palacio de Luxemburgo. El levantamiento del proletariado es
la abolición del crédito burgués, porque es la abolición de la producción
burguesa y del orden sobre
que ésta descansa. El crédito público y el privado son
el termómetro económico que permite medir la
intensidad de una revolución. En la misma medida en que este termómetro desciende, aumentan el ardor
y la fuerza creadora de la revolución.
El Gobierno provisional quería despojar a la
República de su apariencia antiburguesa. Para ello, necesitaba, ante todo,
asegurar el valor de cambio de esta nueva forma de gobierno,
asegurar su cotización en la Bolsa. Con el tipo de cambio de
la República en la Bolsa, volvía a aumentar necesariamente el crédito privado.
538
Para alejar hasta la sospecha de
que quisiera o pudiera desentenderse de las obligaciones contraídas
por la monarquía, para que nadie perdiera la fe en la moral burguesa y en la solvencia de la República,
el Gobierno provisional recurrió a una jactancia tan indigna como pueril. Abonó
a los acreedores del Estado antes de la fecha legal de
vencimiento los intereses del 5, el 4 ½ o el 4 por ciento. Al ver la prisa
angustiosa con que se trataba de comprar su confianza, los capitalistas
recobraron inmediatamente su aplomo burgués y su arrogancia.
Como es natural, los apuros pecuniarios del
Gobierno provisional no disminuyeron con un golpe teatral como éste, que venía
a privarle del dinero en efectivo disponible. Ya no era posible seguir
ocultando los aprietos financieros en que se encontraba el gobierno, y
pequeños burgueses, criados y obreros tuvieron
que pagar aquella grata sorpresa que se había deparado a los tenderos de
valores públicos.
Fueron retenidos los saldos de las libretas
de cajas de ahorros que excedieran de 100 francos. Las sumas
depositadas en estas cuentas fueron confiscadas y convertidas, por medio de un
decreto, en
deuda pública no reembolsable. Con lo cual se enfureció contra la República el pequeño burgués, ya de
suyo bastante apurado. El trueque de su libreta de la caja de ahorros por títulos de la deuda pública le
obligaba a acudir a la Bolsa para vender estos valores y ponerse así
directamente en manos de los judíos de la Bolsa, contra los que había hecho la
revolución de Febrero.
La aristocracia financiera, entronizada bajo la monarquía de Julio, tenía su iglesia episcopal en el
Banco. Y así como la Bolsa gobernaba el crédito del Estado, el Banco gobernaba el crédito comercial.
539
Directamente amenazado por la revolución de
Febrero, no sólo en su dominación, sino en su propia
existencia, el Banco procuró desacreditar desde el primer momento a la República, convirtiendo en un
fenómeno general la supresión del crédito. Retiró de repente los créditos a los
bancos, a los propietarios de fábricas y a los comerciantes. Esta maniobra, al
no provocar inmediatamente una contrarrevolución, repercutía necesariamente sobre el propio Banco. Los capitalistas retiraron el
dinero depositado por ellos en las bóvedas del
Banco de Francia. Los poseedores de billetes se precipitaron a las ventanillas
de los bancos para cambiarlos por oro y plata.
El Gobierno provisional podía empujar a la quiebra al Banco sin necesidad de una intromisión violenta,
por la vía legal; le bastaba, para ello, con mantenerse en una actitud pasiva y
dejar al Banco confiado a su suerte. La quiebra del Banco era el diluvio universal que en
un abrir y cerrar de ojos podía barrer
del suelo de Francia a la aristocracia financiera, la más
poderosa y peligrosa enemiga de la República, el pedestal
de oro de la monarquía de Julio. Y, una vez quebrado el Banco, la misma
burguesía habría considerado como un último y desesperado intento de salvación
la creación por el gobierno de un Banco nacional y el sometimiento del crédito
nacional al control de la nación.
Pero, muy lejos de hacer esto, el Gobierno provisional impuso el curso forzoso de los billetes del Banco.
Y aún hizo más. Convirtió todos los bancos provinciales en filiales de la Banque
de France y extendió por toda Francia esta red bancaria. Y, más tarde,
le asignó en hipoteca los bosques del Estado como garantía de
un empréstito que contrató con él. Con lo cual, la revolución de Febrero
afianzaba y extendía directamente la bancarrota con la que tenía que acabar.
Entre tanto, el Gobierno provisional se agachaba
bajo la pesadilla de un creciente déficit. En vano imploró sacrificios
patrióticos. Sólo los obreros contribuyeron con algunas limosnas. No tuvo más
recurso que recurrir a un remedio heroico, a la
creación de un nuevo impuesto. Pero ¿a quién se
haría tributar? ¿A los lobos de la Bolsa, a los reyes de la Banca, a los
acreedores del Estado, los rentistas y los industriales? Por este camino, mal
habría podido la República congraciarse con la burguesía. Ello habría
equivalido a poner en peligro el crédito del Estado y el crédito comercial, que
con tantos sacrificios y humillaciones se trataba
de rescatar. Pero alguien
tenía que ser el pagano. Y el pagano, el
sacrificado al crédito burgués, fue “Jacques le bonhomme”,478 fue el campesino.
540
El Gobierno provisional estableció un recargo
adicional de 45 céntimos por franco sobre los cuatro
impuestos directos vigentes. La prensa del gobierno engañó al proletariado de París, haciéndole
creer que el nuevo tributo recaía preferentemente sobre la gran propiedad de la
tierra, sobre los beneficiarios de los mil millones otorgados por la
Restauración.479 Pero, en realidad, venía a gravar principalmente a
la clase campesina, es decir, a la gran mayoría del pueblo
francés. Se obligaba a los
campesinos a pagar las costas de la revolución de Febrero, convirtiéndolos de este modo en el material
principal de la contrarrevolución. El impuesto de los 45 céntimos, cuestión
vital para el campesino francés, fue convertido por éste en la cuestión vital
de la República. A partir de este momento, la República fue,
para el campesino francés, el impuesto de 45 céntimos, y
el proletariado de París era, ahora, para él, el dilapidador que se daba buena
vida a costa suya.
Mientras que la revolución de 1789 había comenzado
eximiendo a los campesinos de las cargas
feudales, la revolución de 1848, para no hacer peligrar al capital y mantener en marcha la máquina del
Estado, se anunció imponiendo un nuevo tributo a la población campesina.
El Gobierno provisional no tenía más que un medio para sobreponerse a todos estos apuros y sacar al
Estado de sus viejos derroteros: declarar al Estado en quiebra. Recuérdese cómo Ledru-Rollin declamó
en la Asamblea Nacional, algún tiempo después, la santa indignación con que
había rechazado esta sugestión del judío de la Bolsa, Fould, actual ministro de
Hacienda de Francia. Este Fould le había tentado con la manzana del árbol del
conocimiento.
541
Al reconocer las letras de cambio libradas contra el Estado por la vieja sociedad burguesa, el Gobierno
provisional cayó en las garras de ésta. Pasó a ser el deudor acosado de la sociedad burguesa, en vez de
enfrentarse a ella como el acreedor amenazante llamado a hacer
efectivos los títulos revolucionarios de deuda acumulados durante muchos años.
No tuvo más remedio que afianzar las vacilantes
relaciones burguesas para poder hacer frente a obligaciones que solamente al amparo de ellas podían
478 Jacques le bonhomme: como si se dijera “Juan el Simple”, nombre ciertamente despectivo con que los franceses solían referirse
a los campesinos.
479 La monarquía francesa asignó en 1825 esa suma para indemnizar a los aristócratas cuyas propiedades habían sido confiscadas
por la revolución, desde fines del siglo XVIII.
cumplirse. El crédito se convirtió para él en
condición de vida, y las concesiones al proletariado, las
promesas hechas a éste, pasaron a ser otras tantas trabas que era necesario romper. La emancipación
de los obreros — aun como simple frase— se tornaba ahora en un
peligro intolerable para lamueva República, pues
representaba una constante protesta contra la restauración del
crédito, basado en el inequívoco y diáfano reconocimiento de las relaciones
económicas de clase existentes. Había, pues, que acabar con los
obreros.
La revolución de Febrero había arrojado de París al
ejército. No había más fuerza que la Guardia Nacional, es decir, la burguesía
en sus diversas gradaciones. Pero ésta no se sentía en condiciones de
hacer frente al proletariado. Veíase obligada, además — aunque no sin oponer la más tenaz resistencia
y cien diferentes obstáculos—, a ir abriendo sus filas, gradualmente y poco a
poco, para dejar entrar en ellas a proletarios armados. No quedaba, pues, más
que una salida: enfrentar una parte de los proletarios a otra.
Con este fin, creó el Gobierno provisional veinticuatro batallones de guardias móviles, de mil hombres
cada uno, formados por jóvenes de 15 a 20 años. Sus componentes pertenecían en
su mayor parte al lumpenproletariado, que forma en todas las
grandes ciudades una masa de gente claramente aparte
del proletariado industrial, centro de enganche de rateros y delincuentes de todas clases, que viven de
los detritus de la sociedad, gente sin oficio fijo, mero
LAS REVOLUCIONES DE 1848 ** 541
542 ** CARLOS MARX Y FEDERICO ENGELS
deadores, gens sans feu et sans aveu,m que
difieren según el grado de cultura de la nación de que forman parte y que jamás
reniegan de su carácter de lazzaroni;n elementos perfectamente
predispuestos, dada la edad en que el
Gobierno provisional los reclutaba, lo mismo a las más
grandes hazañas y a los más exaltados sacrificios que a los más viles actos de
bandidaje y a la más sucia
venalidad. El Gobierno provisional les pagaba una soldada de i franco 50 céntimos por día, esto es, los
compraba. Y les dio uniforme, es decir, los distinguió exteriormente de los hombres de blusa. Una parte
de los mandos fue encomendada a oficiales del ejército permanente y otra parte
a jóvenes hijos de burgueses elegidos por ellos mismos, seducidos por sus
jactanciosas frases en las que se mostraban dispuestos a morir por la patria y
a sacrificarse por la República.
M Gente sin nombre
y sin hogar.
N Picaros
De este modo, se enfrentaba al proletariado
parisino un ejército de 24.000 hombres juvenilmente vigorosos y temerarios,
extraídos de su propio seno. El proletariado vitoreaba a la Guardia Móvil
cuando la veía desfilar por las calles de París. Veía en ella a sus
combatientes de vanguardia de las barricadas. Consideraba a estos hombres como
la guardia proletaria, por oposición a la Guardia Nacional
burguesa. Su error era perdonable.
Además de la Guardia Móvil, el gobierno decidió
reclutar un ejército obrero industrial. Cien mil
obreros, lanzados al arroyo por la crisis y la revolución, fueron enrolados por el ministro Marie en los
llamados Talleres Nacionales. Bajo este ostentoso nombre se ocultaba pura y
simplemente el empleo de los obreros en tediosos, monótonos e
improductivos trabajos de excavación y explanación por un
jornal de 25 sous. Las workhouses480 o inglesas al aire libre; no otra cosa eran estos Talleres Nacionales.
El Gobierno provisional creía haber fundado con ellos un segundo
ejército proletario en contra de los mismos obreros. Esta vez, la
burguesía se equivocaba acerca de los Talleres Nacionales, como los obreros
sufrían un error con respecto a la Guardia Móvil. Lo que había creado era
un ejército para la revuelta.
O Casas de trabajo.
543
480 Workhouses: las llamadas
“Casas de trabajo”, nombre que se daba en Inglaterra a los asilos para
menesterosos, sujetos de hecho a un régimen de trabajos forzados de
acuerdo con la Ley de Pobres promulgada en 1834. Comúnmente, el pueblo
las llamaba “las Bastillas de los pobres”.
Pero había logrado un objetivo. Talleres Nacionales: era el nombre de los talleres del pueblo que
Louis Blanc predicara en el Palacio de Luxemburgo.
Los talleres de Marie, planeados en directa
contraposición a aquéllos, daban pie, por la coincidencia del nombre, a una trama de enredos digna de
la comedia española de intriga.481 El mismo Gobierno provisional hizo
correr por debajo del agua el rumor de que estos Talleres Nacionales eran una
invención de Louis Blanc, especie por lo demás bastante verosímil si se tiene en
cuenta que Louis Blanc, el profeta de los Talleres Nacionales, era también
miembro del Gobierno provisional. En medio de la confusión a medias ingenua y a
medias
maliciosa de la burguesía de París y ante la opinión artificialmente fomentada de Francia, y de Europa,
aquellas workhouses eran la primera realización del
socialismo, que quedaba clavado con ellos en la picota.
Los Talleres Nacionales eran, no
por su contenido, pero sí pbr su título la protesta materializada del
proletariado contra la industria burguesa, el crédito burgués y la
República burguesa. Contra ellos se volcaba, por tanto, todo el odio
de la burguesía. Ésta había encontrado en ellos, al mismo tiempo, el objetivo
contra el cual podía dirigir su ataque tan pronto se sintiera lo bastante
fuerte para romper abiertamente con las ilusiones de febrero. Contra estos
Talleres Nacionales, como blanco común, se concentraban también todo el
malestar y el mal humor de los pequeños burgueses. Echaban
cuentas
con verdadera rabia de las sumas devoradas por los granujas proletarios, mientras su propia situación
se hacía cada día más intolerable. “¡Un subsidio del Estado por un trabajo ficticio: he allí el socialismo!”
gruñían para sus adentros. Trataban de encontrar las
causas de su miseria en los Talleres Nacionales,
en las declamaciones del Palacio de Luxemburgo y en los desfiles de los obreros por las calles de París.
Y nadie se deja llevar de mayor
fanatismo contra las supuestas maquinaciones de los comunistas
que el pequeño burgués colocado irremisiblemente al borde de la bancarrota.
544
De este modo, ante el inminente choque entre la burguesía y
el proletariado, todas las ventajas, todos los puestos
decisivos y todas las capas medias de la sociedad estaban en manos de la
burguesía, al
mismo tiempo que las olas de la revolución
de Febrero se encrespaban
por sobre todo el continente y cada nuevo correo traía
un nuevo boletín acerca de los avances de la revolución, ora en Italia, ora en
Alemania, ora en el último rincón del sudeste de Europa, y alimentaba así la
embriaguez general del pueblo, aportándole continuos testimonios de una
victoria que se le había escapado ya de las manos.
El 27 de marzo y el 16 de
abril fueron las primeras escaramuzas de la gran lucha de clases que
se ocultaba bajo las alas de la República burguesa.
El 27 de marzo puso de manifiesto
la ambigua situación del proletariado, incompatible con cualquier hecho
decisivo. La finalidad que originariamente perseguía su manifestación no era
otra que hacer que el gobierno revolucionario volviera al camino de la
revolución, lograr en ciertos casos la eliminación
de los ministros burgueses e imponer el aplazamiento de las elecciones para la Asamblea
Nacional y la Guardia Nacional. 482 Pero, el 16 de marzo, la
burguesía representada en la Guardia Nacional organizó una manifestación hostil
al Gobierno provisional. Marchó hacia el Hôtel de Ville a los gritos
de “Á bas Ledru-Rollin!”p Esto obligó al
pueblo a gritar, el 17 de marzo: “¡Viva Ledru-Rollin!
¡Viva el Gobierno provisional!” Se vio obligado a
abrazar en contra de la burguesía el partido de la
República burguesa, que le parecía ver puesta en tela de juicio. Afianzó al Gobierno provisional, en vez
de imponerse a él. El 17 de marzo terminó en una escena melodramática, y si aquel día el proletariado
de París mostró todavía su talla gigantesca,
esto reforzó tanto más la decisión
de la burguesía, dentro y fuera del Gobierno provisional.
P Abajo Ledru-Rollin.
545
El 16 de abril fue un equívoco organizado por el Gobierno provisional en connivencia con la burguesía.
En el Campo de Marte y en el Hipódromo se había concentrado gran número de obreros, con objeto
481 Como es sabido, las comedias españolas de
los siglos XVI y XVII, escritas por Lope de Vega y otros, señores y criados
solían trocar sus papeles, lo cual daba lugar a situaciones y enredos muy
divertidos.
482 Las elecciones para los puestos del estado
mayor de la Guardia Nacional se convocaron para el 18 de marzo y las
elecciones a la Asamblea Nacional el 9 de abril. Los obreros parisinos
agrupados en torno a Blanqui, Dézamy y otros dirigentes exigían
el aplazamiento de las convocatorias, ante la necesidad de hacer una
labor de esclarecimiento entre la población.
de preparar las elecciones que habían de celebrarse
para designar el estado mayor de la Guardia Nacional. Con la rapidez del rayo
corrió de pronto por todo París, de una punta a otra de la ciudad, el
rumor de que los obreros se habían congregado en el Campo de Marte portando armas, bajo el mando
de Louis Blanc, Blanqui, Cabet y Raspail, para marchar desde allí sobre el
Hotel de Ville, derribar el Gobierno provisional y proclamar un gobierno
comunista. Se tocó a generala — más tarde, Ledru- Rollin, Marrast y Lamartine
se disputaron el honor de haber tomado esta iniciativa—, en una hora estuvieron
bajo las armas 100.000 hombres, el Hotel de Ville fue ocupado en todos los
puntos por la Guardia Nacional, por todo París resonaban los gritos de “¡Abajo
los comunistas! ¡Abajo Louis Blanc, Blanqui, Raspail y Cabet!”, y un sinnúmero
de comisiones acudían a saludar al Gobierno provisional, todas dispuestas a
salvar la patria y la sociedad. Y cuando, por fin, los obreros se presentan
ante el Hotel de Ville para entregar al gobierno provisional el producto de una colecta organizada en el Campo
de Marte, se enteran con gran asombro de que el París de la burguesía ha
derrotado a su sombra fantasmal en un combate imaginario montado con la más
extrema prudencia. Pero el espantoso
atentado del 16 de abril sirvió de pretexto para llamar de nuevo el ejército a París —no perseguía otra
cosa, en efecto, aquella comedia tan burdamente urdida— y organizar en
provincias una serie de manifestaciones reaccionarias de tipo federalista.
546
El 4 de mayo se reunió la Asamblea
Nacional, elegida por sufragio universal y directo. El
sufragio universal no poseía la fuerza mágica que los republicanos de viejo
cuño le atribuían. Éstos veían en toda Francia, o por lo menos en la mayoría de
los franceses, citoyensq movidos por los mismos intereses,
animados por las mismas ideas, etc. Era su culto al pueblo. Pero,
en vez de este pueblo imaginario, las elecciones sacaron
a la luz al pueblo real, es decir, a los representantes de las diversas
clases en que el pueblo se divide. Ya hemos visto por qué los campesinos y la pequeña burguesía tenían
necesariamente que elegir entre la dirección de la combativa burguesía y la de
los grandes terratenientes, que rabiaban por la restauración. Pero si el
sufragio universal no era la varita mágica que los buenos y probos republicanos
creían, tenía, en cambio, el mérito mucho mayor de desencadenar la
lucha de clases, de hacer que las diferentes capas medias
de la sociedad burguesa se sobrepusieran rápidamente por su experiencia
vivida a sus ilusiones y sus desengaños, de hacer que todas las facciones de la
clase explotadora se vieran empujadas de golpe a las alturas del Estado,
arrancándose así la máscara engañosa que las cubría, mientras que la monarquía,
con su censo electoral restringido, basado en la situación económica, no había
hecho más que comprometer a determinados sectores de la burguesía, al paso que
los otros permanecían ocultos entre bastidores, rodeados del halo de santidad
de una oposición común.
Q Ciudadanos.
En la Asamblea Nacional Constituyente reunida el 4 de mayo llevaban la voz cantante los republicanos
burgueses, los republicanos del National. Al
principio, los legitimistas y orleanistas sólo se atrevían a
asomar la oreja bajo la máscara del republicanismo burgués. La lucha contra el proletariado sólo podía
afrontarse en nombre de la República.
547
La República — entendiendo por tal la República reconocida por el
pueblo francés— no data del 25 de
febrero, sino del 4 de mayo; no es la República impuesta
por el proletariado de París al Gobierno provisional, la República dotada de
instituciones sociales, la imagen soñada por los combatientes de las
barricadas. La República proclamada por la Asamblea Nacional, la única
legítima, es la República que no representa un arma revolucionaria contra el
orden burgués, sino más bien su reconstitución política, el apuntalamiento político de la sociedad burguesa; es, en una palabra, la República burguesa. Esta
afirmación resonó desde lo alto de la tribuna de la Asamblea Nacional y
encontró eco en toda la prensa burguesa republicana y antirrepublicana.
Y ya hemos visto cómo la República de Febrero no
era realmente ni podía ser otra cosa que una República burguesa, pero cómo el Gobierno provisional, bajo la presión inmediata
del proletariado, se vio obligado a anunciarla como una República
rodeada de instituciones sociales; cómo el proletariado de París era
todavía incapaz de remontarse por encima de la República burguesa más que en
la idea, en la imaginación; cómo, al llegar la hora de actuar, actuaba siempre al servicio de esa República; cómo
las promesas que se le habían hecho se convirtieron en un peligro insoportable para la nueva
República, y cómo todo el periodo de vida del Gobierno provisional se resumió en una lucha constante
contra las reivindicaciones del proletariado.
En la Asamblea Nacional, toda Francia se constituyó en tribunal encargado de enjuiciar al proletariado
de París. La Asamblea rompió inmediatamente con las ilusiones sociales de la
revolución de Febrero y proclamó redondamente la República
burguesa y solamente la República burguesa. Eliminó de inmediato, de
la Comisión ejecutiva designada por ella, a los representantes del
proletariado, Louis Blanc y Albert; rechazó la propuesta de crear un ministerio
especial de Trabajo y acogió con una ovación estruendosa la declaración del ministro Trélat: “Ya sólo falta restituir el trabajo a sus antiguas condiciones”
Pero todo esto no bastaba. La República de Febrero había sido conquistada por los obreros frente a la
resistencia pasiva de la burguesía. Los proletarios se consideraban, con razón,
como los vencedores de febrero y presentaban las exigencias arrogantes del
vencedor. Había que derrotarlos en la calle; había que demostrarles
que estaban condenados a la derrota tan pronto como luchasen, no
junto a la burguesía, sino en contra de ella.
Así como la República de Febrero, con sus concesiones socialistas, había necesitado
la batalla del proletariado unido a los elementos burgueses contra la
monarquía,
ahora hacía falta una segunda batalla para divorciar a la República de las
concesiones socialistas, para hacer que la República
burguesa emergiera oficialmente como la República imperante. La
burguesía tenía que refutar con las armas en
la mano las reivindicaciones del proletariado. Por eso la verdadera
cuna en que nació la República burguesa no fue la victoria de
febrero, sino la derrota de junio.
El proletariado aceleró la decisión al irrumpir en
la Asamblea Nacional el 15 de mayo, tratando inútilmente de reconquistar su
influencia revolucionaria y consiguiendo tan solo entregar a los carceleros de
la burguesía a sus jefes más decididos. 483 Il faut en finir!r Tal
era el grito con que la Asamblea Nacional daba rienda suelta a su decisión de
obligar al proletariado a librar la batalla decisiva. La Comisión ejecutiva
dictó una serie de decretos retadores, tales como la prohibición de
concentraciones populares, etc. Los obreros fueron abiertamente provocados,
injuriados y escarnecidos desde la tribuna de la Asamblea Nacional
Constituyente. Pero, como hemos visto, el verdadero punto contra el que iba
dirigido el ataque eran los Talleres Nacionales. Hacia ellos
llamó
imperiosamente la Asamblea Constituyente la atención
de la Comisión ejecutiva, la cual, por su parte, sólo
aguardaba a que su propio plan le fuese comunicado como una orden de la Asamblea
Nacional.
R ¡Hay que acabar
con esta situación!
549
La Comisión ejecutiva comenzó poniendo trabas a la
entrada en los Talleres, convirtiendo el salario por días en salario a destajo
y desterrando a Sologne, con el pretexto de ejecutar trabajos de movimientos de
tierras, a los obreros no nacidos en París. Dichos trabajos, como anunciaron a
sus compañeros los obreros que regresaban decepcionados, no eran más que una
fórmula retórica para
paliar su expulsión. Hasta que, por último, el 21 de junio apareció en el Moniteur un decreto por el que
se ordenaba que todos los obreros no casados fuesen expulsados por la fuerza de
los Talleres Nacionales o enrolados en el ejército.
A los obreros no les quedaba otra opción que
morirse de hambre o lanzarse a la lucha. Y contestaron
el 22 de junio con aquella tremenda insurrección
que constituye la primera gran batalla librada entre
las dos clases en que se divide la sociedad moderna. Era una lucha en la que se
ventilaba el mantenimiento o la destrucción del orden burgués. El
velo que envolvía a la República quedaba desgarrado.
Sabido es cómo los obreros, con
una valentía y una capacidad genial e incomparable, sin jefes,
sin un plan de conjunto, sin medios y en su mayor parte sin armas,
tuvieron en jaque por espacio de cinco
483 La acción revolucionaria de las masas
del pueblo el 15 de mayo de 1848, a la cabeza de las cuales
marchaban los obreros de París, dirigidos por Blanqui y otros
líderes, se orientaba hacia la necesidad de llevar adelante la revolución y de
apoyar el movimiento revolucionario en Italia, Alemania y Polonia.
Los manifestantes, que habían invadido la sala de sesiones de
la Asamblea Nacional, exigían que se hicieran efectivas las promesas de dar pan y trabajo a los obreros y de crear un ministerio del Trabajo. Intentaron disolver la Asamblea Nacional e instaurar un nuevo Gobierno provisional. La insurrección popular del 15
de mayo fue reprimida y a sus jefes — Blanqui, Barbes, Albert y Raspail—
se les mandó a prisión.
días al ejército, a la Guardia Móvil, a la Guardia
Nacional de París y a la que se trajo presurosamente
de las provincias. Y es sabido, asimismo, cómo la burguesía se vengó con inaudita brutalidad del miedo
mortal que había ella padecido, organizando una matanza de más de 1.000
prisioneros.
Hasta tal punto se hallaban los representantes
oficiales de la democracia francesa cautivados por la
ideología republicana, que tardaron varias semanas en comenzar a intuir el sentido de la lucha librada
en junio. Quedaron como aturdidos por el humo de la pólvora entre el que se
esfumó su fantástica República.
El lector nos permitirá que pintemos aquí con las
palabras de la Nueva Gaceta Renana la impresión que la noticia
de la derrota de junio produjo en nosotros, inmediatamente después de
conocerse:
El último residuo oficial de la revolución de Febrero, la Comisión ejecutiva, se ha esfumado como girón
de niebla ante la gravedad de los acontecimientos. Las figuras retóricas de
Lamartine se han convertido en las granadas incendiarias de Cavaignac.
La fraternité, la fraternidad entre las
clases antagónicas, al amparo de la cual explota la una a la otra, aquellafraternité proclamada
en Febrero y estampada en grandes caracteres sobre la frente de París, en
las fachadas de todas las cárceles y de todos los cuarteles, revela ahora su verdadera, auténtica y prosaica
faz, que es la guerra civil bajo su forma más espantosa, la
guerra entre el trabajo y el capital. Esta
fraternidad brilló delante de todas las ventanas de París en la
noche del 25 de junio, el día en que
el París de la burguesía se iluminaba, mientras el París del proletariado
ardía, gemía y se desangraba.
La fraternidad había durado el tiempo durante el
cual el interés de la burguesía coincidió con el del proletariado. Los pedantes
de la vieja tradición revolucionaria de 1793; los sistemáticos socialistas que
mendigan a la burguesía una limosna para el pueblo y a quienes se
permitía pronunciar largos sermones y ponerse
en evidencia mientras era necesario mantener adormecido al león proletario; los
republicanos que reclamaban el mantenimiento del viejo orden burgués con
excepción de la testa coronada; los hombres de la oposición dinástica a quienes
el azar aportó, en vez de un cambio de ministerio, el derrocamiento de una
dinastía; los legitimistas que no aspiraban a arrojar la librea, sino
simplemente a cambiar su hechura; he allí los aliados con los que el pueblo
hizo su revolución de Febrero...
La revolución de Febrero fue la
revolución hermosa, la revolución de la simpatía general, porque
las contradicciones que en ella estallaron contra la monarquía era aún
contradicciones incipientes, adormiladas todavía
bajo un manto de concordia, porque la lucha social que
les servía de fondo no había
cobrado aún más que una existencia etérea, la existencia
de la frase, de la palabra. La revolución de Junio,
en cambio, es la revolución fea, la revolución repelente,
porque las frases han sido desplazadas aquí por la realidad, porque la
República, al echar por tierra la Corona, que la amparaba y la encubría, puso
de manifiesto la cabeza del monstruo.
551
¡Orden!, era el grito de combate de Guizot. ¡Orden!, gritó
Sebastiani, el guizotista, cuando los rusos se apoderaron de Varsovia. ¡Orden!, grita
Cavaignac, como el eco brutal de la Asamblea Nacional francesa y de la
burguesía republicana. ¡Orden!, tronaban sus proyectiles, al
desgarrar el cuerpo del proletariado.
Ninguna de las numerosas revoluciones hechas por la
burguesía francesa desde 1789 había atentado contra el orden, pues todas
dejaron enpie la dominación de la clase, la esclavitud de los obreros, el orden
burgués, por muy frecuentemente que cambiara la forma política de esta dominación y de esta esclavitud.
Pero la batalla de junio sí ha atentado contra este orden. ¡La maldición caiga
sobre ella! (Nueva Gaceta Renana, núm.29, 29 de junio de 1848.)
“¡Maldición sobre los sucesos de junio!” repite el eco europeo.
El proletariado parisino fue obligado a la
insurrección de junio por la burguesía. De entrada esto lo condenaba al
fracaso. Ni la necesidad directamente reconocida lo empujaba a tratar de
derrocar por la fuerza a la burguesía ni estaba tampoco a la altura de este
empeño. Ya el Moniteur le había hecho saber oficialmente que
habían pasado los tiempos en que la República se veía en el caso de hacer los
honores a sus ilusiones, y sólo su derrota podía convencerlo de la verdad de que, dentro de la República
burguesa, hasta el más leve alivio de su situación es
una utopía; utopía que
cae dentro de los linderos del crimen cuando trata de
realizarse. Las reivindicaciones, desmesuradas en cuanto a su forma, y
mezquinas e incluso todavía burguesas por el contenido, cuya concesión quiso imponer a la República
burguesa, fueron sustituidas por la audaz consigna revolucionaria: ¡Derrocamiento de la burguesía!
¡Dictadura de la clase obrera!
Al convertir su sepulcro en
cuna de la República burguesa, el proletariado la
obligó, al mismo tiempo, a presentarse bajo su forma pura y descarnada, como el
Estado que persigue la finalidad manifiesta de eternizar la
dominación
del capital y la esclavitud del trabajo. Teniendo
a todas horas delante a un
enemigo lleno de cicatrices, pero irreconciliable e invencible —invencible porque su propia existencia
es condición inexcusable de vida de la burguesía—, el régimen
burgués, desembarazado de todas sus trabas, tenía necesariamente que convertirse en el terrorismo burgués. Y al quedar momentáneamente
eliminado de la escena el proletariado y ser reconocida oficialmente la
dictadura de la burguesía, las capas medias de la sociedad burguesa, la pequeña
burguesía y la clase campesina, a medida que su situación se volvía más insoportable y más brusco su antagonismo frente a la burguesía, no tenían más
remedio que unirse cada vez más al proletariado. Como antes en su auge, también
ahora tenían que ver en su derrota la causa de su propia miseria.
La insurrección de junio elevó en todos los países
del continente la arrogancia de la burguesía y la llevó a aliarse abiertamente
con la monarquía feudal en contra del pueblo. Pero ¿cuál fue la primera víctima
de esta alianza? La propia burguesía continental. La derrota de junio le
impidió afianzar su
dominación y obligar al pueblo, mitad satisfecho, mitad disgustado, a detenerse en el escalón más bajo
de la revolución burguesa.
Por último, la derrota de junio reveló a las
potencias despóticas de Europa el secreto de que Francia necesitaba mantener a
toda costa la paz en el exterior para poder librar la guerra civil en el
interior. De este modo, los pueblos que habían iniciado la lucha por su
independencia nacional quedaron a merced de la prepotencia de Rusia, Austria y
Prusia; pero, al mismo tiempo, los destinos de estas
revoluciones nacionales quedaban
unidos a la suerte de la revolución proletaria,
perdían su aparente sustantividad e independencia con
respecto a la gran revolución
social. Ni los húngaros ni los polacos ni los
italianos podrán conquistar la libertad mientras los obreros sigan siendo
esclavos.
553
Finalmente, las victorias de la Santa Alianza han
dado a Europa una fisonomía en la que cualquier
nuevo levantamiento en Francia tendrá que coincidir directamente con una guerra mundial. La nueva
revolución francesa se verá obligada a salirse sin pérdida de tiempo del
terreno nacional para conquistar el terreno europeo, el único en
que puede ventilarse la revolución social del siglo XIX.
Fue, pues, la derrota de junio la que creó las
condiciones necesarias para que ahora Francia pueda tomar la iniciativa de
la revolución europea. ¡Teñida en la sangre de los insurrectos de
junio, se convirtió la bandera tricolor en la bandera
roja de la revolución europea!
Y nosotros gritamos: ¡La revolución ha muerto! ¡Viva la revolución!484
484 Expresión utilizada para caracterizar la dialéctica revolucionaria de la derrota de junio de 1848; Marx parodia con ella una
famosa frase feudal en Francia, sumamente popular: “¡El rey ha muerto! ¡Viva el rey!”
554
II. EL 13 DE JUNIO
DE 1849
De junio de 1848 al 13 de junio de 1849
EL 25DE FEBRERO DE 1848
HABÍA OTORGADO A FRANCIA LA REPÚblica; el 25
de junio le impuso la revolución. Y,
después de junio, la revolución significaba la transformación de la
sociedad burguesa, mientras que antes de febrero había significado la transformación
de la forma de gobierno.
El combate de junio había sido dirigido por la
fracción republicana de la burguesía, a cuyo regazo fue a
parar necesariamente el poder del Estado después de la victoria. El estado de
sitio puso a sus pies, sin resistencia, al París maniatado, mientras en
provincias reinaba un estado de sitio moral, la arrogancia retadoramente brutal
de los burgueses victoriosos y el desencadenado sentimiento fanático de la
propiedad de los campesinos. De abajo no había, por tanto,
nada que temer.
Con la fuerza revolucionaria de los obreros se
quebrantó, al mismo tiempo, la influencia de los republicanos democráticos,
es decir, de los republicanos de la pequeña burguesía,
representados en la Comisión ejecutiva por Ledru-Rollin, en la Asamblea
Nacional Constituyente por el partido de la
Montaña y en la prensa por el Réforme.485 Estos republicanos, que el 16 de abril evol conspirado con
los del campo burgués en contra del proletariado, pelearon junto a ellos en las jornadas de junio. Ellos
mismos se encargaron de destruir así el terreno sobre el que se asentaba su
partido como una potencia, ya que la pequeña burguesía sólo puede mantener una
posición revolucionaria frente a la burguesía si detrás de ella se halla el
proletariado. Fueron despedidos. Los republicanos burgueses
rompieron abiertamente la aparente alianza que de mala gana y con reservas habían sellado con ellos
en la época del Gobierno provisional y de la Comisión ejecutiva. Despreciados y
repudiados como aliados, descendieron a la categoría de alabarderos secundarios
de la bandera tricolor, a la que, sin poder arrancarle concesión
alguna, tenían, sin
embargo, que apoyar cada vez que la República se veía
puesta en entredicho por los sectores antirrepublicanos de la burguesía. Por
último, estos sectores, los orleanistas y los legitimistas, se hallaban desde
el primer momento en minoría en la Asamblea Nacional Constituyente. Antes de
las jornadas de junio sólo se atrevían a reaccionar bajo la máscara del
republicanismo burgués; la victoria de junio hizo que, por un momento, toda la
Francia burguesa aclamara a Cavaignac como su salvador, y cuando, poco después
de las jornadas de junio, volvió a afirmar su independencia el partido
antirrepublicano, la dictadura militar y el estado de sitio no le permitían
extender sus tentáculos sino de un modo muy tímido y cauteloso.
Desde 1830, la fracción republicana
burguesa tenía como centro de agrupación de sus escritores y
portavoces, de sus talentos, sus ambiciones, sus diputados, generales,
banqueros y abogados, a un periódico de París, el National que contaba con periódicos filiales en provincia. La pandilla del National era la dinastía
de la República tricolor. Se apoderó inmediatamente
de todos los cargos del Estado, de
los ministerios, de la prefectura de policía, de la dirección de Correos, de los puestos de prefectos y de
los altos puestos de la oficialidad del ejército que quedaban vacantes. Su general, Cavaignac, se hallaba
a la cabeza del poder ejecutivo; su redactor en jefe, Marrast, ocupó con
carácter permanente la
presidencia de la Asamblea Nacional Constituyente. Y era él también quien en sus salones hacía, como
maestro de ceremonias, los honores de la honesta República.
556
Hasta algunos escritores revolucionarios franceses
han contribuido, por una especie de respeto a la tradición republicana, a
afianzar el error de que la Asamblea Nacional Constituyente se hallaba dominada
por los monárquicos. No es cierto. Desde las jornadas de junio, la Asamblea
Constituyente era la representación exclusiva del republicano
burgués, carácter que se destacaba con mayor fuerza a medida
que se desmoronaba la influencia de los republicanos tricolor fuera de la
Asamblea. Cuando se trataba de afirmar la forma de la República burguesa, contaba con los votos de los republicanos
485 Véase supra, nota 166.
democráticos; pero cuando se trataba del contenido,
ni siquiera el lenguaje los diferenciaba de los
sectores de la burguesía monárquica, pues los intereses de la burguesía, las condiciones materiales de
su dominación de clase y de su explotación de clase son precisamente los que
dan su contenido a la República burguesa.
No era, por tanto,
el monarquismo, sino el republicanismo burgués
el que tomaba cuerpo en la vida y en los actos de esta Asamblea
Constituyente, que, a la postre, no murió ni fue muerta por nadie, sino que se
deshizo por la putrefacción.
Durante todo el tiempo que se mantuvo en el poder,
mientras ella actuaba en primer plano, representando solemnemente al Estado, al
fondo de la escena se celebraba un holocausto ininterrumpido: los continuos
fusilamientos por el fuero de guerra de los prisioneros de la insurrección de
junio o su deportación sin proceso previo. La Asamblea Constituyente tuvo el
tacto
suficiente para confesar que los insurrectos de junio no eran
para ella delincuentes a quienes hubiera que juzgar,
sino enemigos a quienes había que exterminar.
El primer acto de la Asamblea Nacional
Constituyente fue el nombramiento de una Comisión investigadora sobre
los sucesos de junio y del 15 de mayo y sobre la participación de los jefes de
los partidos socialista y democrático en dichas jornadas. La investigación iba
directamente enderezada
contra Louis Blanc, Ledru-Rollin y Caussidiére. Los republicanos burgueses ardían de impaciencia por
deshacerse de estos rivales. Y no podían
encontrar un sujeto más indicado para confiarle la
ejecución de su venganza que el señor Odilón Barrot, ex jefe de la
oposición dinástica, el liberalismo personificado, la nullité grave,a la
superficialidad llevada a fondo, que, además de vengar a una dinastía, tenía
que pedirles cuentas a los revolucionarios por haberle hecho fracasar en sus
pretensiones de ocupar la presidencia del Consejo de ministros.
Lo cual era una garantía todavía más segura de su
inexorabilidad. Este Barrot fue, por tanto, investido presidente de la Comisión
investigadora y urdió todo un proceso contra la revolución de Febrero, resumido
en los siguientes cargos: 17 de marzo, manifestación; 16 de
abril, complot; 15 de mayo, atentado; 23 de
junio, guerra civil. ¿Por qué sus
eruditas indagaciones criminalísticas no se extendieron al 24 de febrero? He aquí la
respuesta del Journal des Débats:486 el 24 de febrero es el día de la fundación de Roma. Los orígenes de
los Estados aparecen envueltos bajo la forma de un mito en el que hay que creer
y que no se debe discutir. Louis Blanc y Caussidiére fueron entregados a los
tribunales. La Asamblea Nacional completaba la obra de su propia depuración,
iniciada el 13 de mayo.
A La grave nulidad
La Asamblea Constituyente rechazó el proyecto de un
impuesto sobre el capital — en forma de un impuesto sobre las hipotecas—
aprobado por el Gobierno provisional y renovado por Goudchaux; se derogó la ley
que limitaba a 10 horas la jornada de trabajo; se restableció la prisión por
deudas y se incapacitó para formar parte del jurado a una gran parte de la
población de Francia, a cuantos no supieran
leer ni escribir. ¿Por qué no acabar también
con el sufragio universal? Se implantó de nuevo la
fianza en metálico para los periódicos y se restringió el derecho de
asociación.
Pero, en su premura por restituir las viejas
garantías a las viejas relaciones burguesas y por borrar todas las huellas
que hubieran podido dejar los embates revolucionarios, los
republicanos burgueses tropezaron con una resistencia que amenazaba con un
peligro inesperado.
558
En las jornadas de junio, nadie había
luchado con mayor fanatismo por la salvación
de la propiedad y la restauración del crédito que los pequeños
burgueses de París, los dueños de cafés y restaurantes, los marchands de
vins,b los pequeños comerciantes, los tenderos, artesanos, profesionistas,
etc. La boutiquec se había puesto en
pie y había marchado contra la barricada
para restablecer la circulación que lleva de la calle a la tienda.
Pero cuando, demolidas las barricadas y aplastados los obreros, los tenderos
corrían, ebrios de victoria, a colocarse detrás de sus mostradores, se
encontraron con que les cerraba el paso uno de los salvadores de la propiedad,
un agente oficial del crédito, empuñando
documentos amenazadores: ¡Las letras de cambio, vencidas! ¡Los alquileres, vencidos! ¡Las escrituras
de deuda, vencidas! ¡La tienda y el tendero, arruinados!
486 Véase supra, nota 133.
b Comerciantes en vino. C Tienda.
¡Salvación de la propiedad! Pero la casa en que vivían no era propiedad suya;
la tienda guardada por
ellos, no lo era tampoco; ni lo eran las mercancías con que traficaban. No les pertenecían en propiedad
ni el local de su tienda, ni el plato en
que comían, ni la cama en que dormían.
Se trataba precisamente de salvar esta propiedad en
contra de ellos y en favor del dueño que les había alquilado la casa, del
banquero que les había descontado las letras, del capitalista que les había
adelantado el dinero contante, del fabricante que había entregado al tendero
las mercancías para que las vendiera, del comerciante al por mayor que había
entregado a crédito la materia prima al artesano. ¡Restauración del
crédito! Pero he aquí que el crédito restaurado y fortalecido se
comportaba como un dios todavía más insaciable, arrojando de entre sus
cuatro paredes al deudor insolvente, con su mujer y sus hijos,
entregando al capital sus aparentes bienes y arrojándolo a él a la cárcel de deudores, que de nuevo se
erguía, amenazadora, sobre los cadáveres de los insurrectos de junio.
Los pequeños burgueses diéronse cuenta con espanto
de que, al aplastar a los obreros, se habían
entregado, indefensos, en manos de sus acreedores. Después de los días de junio, se puso de manifiesto
su bancarrota, que venía arrastrándose como un
mal crónico desde febrero, sin que, al
parecer, nadie se diera cuenta de ello.
559
No se había querido tocar a su propiedad nominal mientras se trataba
de lanzar a esta gente al campo
de batalla para que lucharan en nombre de la propiedad. Ahora, después de ajustar la cuenta grande al
proletariado, podía ventilarse también la pequeña cuenta con el tendero. En
París, los valores no cubiertos ascendían a más de 21 millones de francos; en
provincias, a más de n millones. Se hallaban al descubierto en el pago de sus
rentas, desde febrero, más de 7.000 arrendatarios de locales comerciales.
La Asamblea Nacional había abierto una
investigación sobre las deudas políticas, de febrero en
adelante; pues bien, los pequeños burgueses exigían ahora,
a su vez, que se abriera una investigación
sobre las deudas civiles anteriores al 24
de febrero. Se congregaron en masa en los locales de la
Bolsa y reclamaron en
tono amenazador la prórroga del término de vencimiento, por
fallo de los tribunales mercantiles, para todo comerciante que
pudiera demostrar que había quebrado exclusivamente por
culpa de la paralización
de las ventas causada por la revolución
y que su negocio marchaba bien el 24 de febrero,
y que se obligara al acreedor a liquidar su crédito mediante el pago de un
porcentaje moderado de la deuda. Este problema fue debatido en la Asamblea
Nacional como propuesta de ley, bajo la forma de concordáis a
l’amiable.d La Asamblea no acababa de decidirse; mientras deliberaba
acerca del asunto, se enteró
de pronto de que, en
la Porte Saint Denis, miles de mujeres y niños de las
familias de los insurrectos preparaban una petición de amnistía.
D Acuerdos amistosos.
A la vista del espectro resurrecto de junio, los pequeños burgueses se echaron a temblar, y la Asamblea
volvió a sentirse inexorable. Los concordáis à l’amiable, los acuerdos
amistosos entre acreedores y deudores, fueron rechazados en sus puntos más
esenciales.
560
Hacía ya, pues, mucho tiempo que los representantes democráticos de los pequeños burgueses habían
sido repudiados por los representantes republicanos de la burguesía dentro de la Asamblea Nacional,
cuando esta ruptura parlamentaria cobró su sentido burgués, su sentido
económico real, en el
momento en que los pequeños burgueses fueron dejados como deudores a merced de sus acreedores,
los burgueses. Gran parte de aquéllos quedaron completamente arruinados y a los
demás sólo se les consintió continuar sus negocios bajo condiciones que los convertían en siervos completos del capital.
El 22 de agosto de 1848 rechazó la Asamblea Nacional los concordats
à l’amiable; el 19 de septiembre
de 1848, en pleno estado de sitio, fueron elegidos representantes por París el príncipe Luis Bonaparte
y el comunista Raspail, prisionero en Vincennes. Por su parte, la burguesía
elegía al cambista judío y orleanista Fould. Era, por todas partes, la
declaración abierta de guerra contra la Asamblea Nacional Constituyente, contra
el republicanismo burgués, contra Cavaignac.
No hace falta pararse a demostrar cómo la quiebra
en masa de los pequeños burgueses de París no podía por menos
de repercutir hasta mucho más allá de las personas
directamente afectadas por ella
y trastornar una vez más el comercio burgués, al paso que volvía a aumentar el déficit del Estado como
consecuencia de los gastos de la insurrección de junio y descendían
continuamente los ingresos públicos, al estancarse la producción,
reducirse el consumo y disminuir las importaciones. Cavaignac y la
Asamblea Nacional no podían recurrir a otro medio que un nuevo empréstito,
doblegándose con ello todavía más al yugo de la aristocracia financiera.
Así como los pequeños burgueses habían recogido como fruto de la victoria de junio la bancarrota y la
liquidación judicial, los genízaros de Cavaignac, los guardias móviles,
encontraron su recompensa en los dulces brazos de las
mujeres galantes y recibieron, como “los juveniles salvadores de la sociedad”,
toda clase de homenajes en los salones de Marrast, el gentilhommee de la
tricolor, que hacía a un tiempo las funciones de anfitrión y trovador de la
honrada República.
E Caballero.
561
Pero estas preferencias sociales y la soldada
incomparablemente mayor que se abonaba a la Guardia Móvil enfurecía al
ejército, al paso que se disipaban todas las ilusiones nacionales con que el
republicanismo burgués había creído atraerse, bajo Luis Felipe, a través de su periódico, el National, a
una parte del ejército y de la clase campesina. El papel de mediadores que en
el norte de Italia desempeñaban Cavaignac y la Asamblea
Nacional, para entregarlo traidoramente a Austria, en connivencia con
Inglaterra, destruyó en un solo día de gobierno dieciocho años de oposición
del National. Ningún gobierno menos nacional que el del National; ninguno más
supeditado a Inglaterra,
a pesar de que bajo Luis Felipe vivía repitiendo a todas horas la consigna catoniana:
Carthaginem ev
delandam;f ninguno más servil hacia la Santa Alianza, aunque había exigido de Guizot la derogación de
los tratados de Viena. La ironía histórica llevó a Bastide, ex redactor de
asuntos extranjeros del National, al ministerio de Asuntos Extranjeros de Francia para que pudiera desmentir cada uno de los
artículos escritos por él como periodista con cada uno de los despachos firmados por él como ministro. F Cartago
debe ser destruida.
El ejército y la clase campesina habían creído por
un momento que la dictadura militar pondría a la orden del día, en Francia,
la guerra proyectada hacia el
exterior y la “gloria”. Pero Cavaignac no era la
dictadura del sable sobre la sociedad burguesa,
sino la
dictadura de la burguesía por medio del sable. Y,
por ahora, lo único que necesitaban del soldado era el gendarme. Cavaignac escondía,
bajo los
severos rasgos de la resignación antirrepublicana, la vulgar sumisión a las humillantes condiciones de
su cargo burgués. L’argent na pas de maître!g Tanto él como la Asamblea
Constituyente en general idealizaban esta vieja divisa del
tiers-état,h traduciéndola al lenguaje político: la burguesía no tiene
rey, su verdadera forma de gobierno es la República.
G El dinero no tiene amo.
H Tercer estado.
562
La “gran obra orgánica” de la Asamblea Nacional
Constituyente consistía precisamente en elaborar esta forma, en
redactar una Constitución republicana. Porque el calendario
cristiano se trueque en republicano, cambiando a san Bartolomé
por san Robespierre, no cambian
el viento ni la lluvia, como no cambió tampoco, ni podía
cambiar, la sociedad burguesa por virtud de esta Constitución. En todo lo que
no era cambio de ropaje, la nueva Constitución se limitaba a
levantar acta de los hechos existentes. Registraba
solemnemente, por ejemplo, el hecho de la República, el hecho del sufragio
universal, el hecho de una Asamblea Nacional soberana única, en vez de las dos
cámaras constitucionales limitadas. Registraba y reglamentaba el hecho de la
dictadura de Cavaignac, sustituyendo la monarquía hereditaria estacionaria e
irresponsable por una monarquía electiva ambulante y responsable, por una
presidencia de cuatro años de duración. Y elevó, asimismo, a ley
constituyente el hecho de los poderes extraordinarios con que la Asamblea Nacional había investido a
su presidente, previsoramente y en interés de su propia seguridad, después de las sacudidas de terror
del 15 de mayo y el 25 de junio. El resto de la Constitución era una cuestión puramente terminológica.
Se arrancaron del mecanismo de la vieja monarquía las etiquetas monárquicas,
sustituyéndolas por otras republicanas. Y Marrast, ex redactor en jefe
del National ahora redactor en jefe de la Constitución, hizo
honor, no sin talento, a esta misión académica que se le había confiado.
La Asamblea Constituyente recordaba a aquel
funcionario chileno que se empeñaba en ordenar el régimen de la propiedad
territorial por medio de una medición catastral, en el momento mismo en que los
ruidos subterráneos anunciaban ya el terremoto que haría saltar, hecho añicos,
el suelo.
Mientras la Asamblea trazaba en teoría, geométricamente, las formas bajo las que había de expresarse,
en términos republicanos, el poder de la burguesía, en
la realidad sólo podía mantenerse mediante la
destrucción de todas las formas, mediante la fuerza sans
phrase,i es decir, mediante el estado de sitio. 1 Sin
adjetivos.
563
Dos días antes de comenzar a elaborar la
Constitución, proclamaba la prórroga del estado de sitio. Antes, las
constituciones se hacían y se votaban cuando el proceso social
de transformación llegaba a un punto de reposo, cuando se afianzaban
las nuevas relaciones de clase y las facciones de la clase
dominante en pugna recurrían a un compromiso que les permitía seguir luchando entre sí y, al mismo
tiempo, eliminar de la lucha a la masa del pueblo, ya cansada. Esta
Constitución, por el contrario, no sancionaba ninguna revolución social, sino
que venía a sancionar la victoria momentánea de la vieja sociedad sobre la
revolución. En el primer proyecto de Constitución, 487 redactado
antes de las jornadas de junio, figuraba todavía el droit au
travail, el “derecho al trabajo”, primera fórmula desmañada en
que se compendiaban reivindicaciones revolucionarias del
proletariado. Más tarde, se convirtió en el droit à Vassistance o
“derecho a la asistencia pública”, ¿y qué Estado moderno no alimenta de una u
otra forma a sus pobres? El derecho al trabajo es, en sentido burgués, un
contrasentido, un deplorable buen deseo; pero detrás del derecho al trabajo
está el poder sobre el
capital y detrás del poder sobre el capital la apropiación de los medios de producción para someterlos
a la clase obrera asociada, es decir, tanto la abolición del trabajo asalariado
como la del capital y sus mutuas relaciones. Detrás del “derecho al
trabajo estaba la insurrección de junio. La Asamblea Constituyente,
que colocaba al proletariado revolucionario, de hecho hors la loi,j no
podía menos de expulsar de la Constitución, de la ley de las leyes, por
principio, su fórmula, anatematizar el “derecho al trabajo”.
Pero no se detuvo aquí. Así como Platón expulsaba de su República a los poetas,
la Constitución francesa expulsó de la suya para siempre al impuesto
progresivo. Y el impuesto progresivo no es solamente una medida
burguesa, viable en mayor o menor escala dentro de las reíadones de producción
existentes; era, además, el único medio de que se disponía para vincular la
República “honette”k a las capas medias de la sociedad
burguesa, reducir la deuda pública y poner en jaque a la mayoría
antirrepublicana de la burguesía.
J Fuera de la ley.
K Honesta.
564
Con motivo de los concordáis à Famiable, los
republicanos tricolor habían sacrificado, de hecho, la
pequeña burguesía a la grande. Este hecho aislado fue elevado luego por ellos a principio, mediante la
interdicción legal del impuesto progresivo. Equipararon la reforma burguesa a
la revolución proletaria. ¿Qué clase quedaba, entonces, como sostén de su
República? La gran burguesía. Pero la gran masa de esta clase era
antirrepublicana. Explotaba a los republicanos del National para
afianzar de nuevo las viejas relaciones económicas, pero pensando en explotar, a su vez, las relaciones sociales,
una vez afianzadas, para restablecer las formas políticas adecuadas a ellas. A
comienzos de octubre, Cavaignac se vio ya obligado, por mucho que gruñeran
y armaran camorra los aturdidos puritanos de
su propio partido, a nombrar ministros de la República a Dufaure y Vivien, ex ministros de Luis Felipe.
La Constitución
tricolor, negándose a todo acuerdo con
la pequeña burguesía e incapaz de ganar para
la nueva forma de gobierno a ningún elemento nuevo de la sociedad, se apresuró,
en cambio, a devolver su tradicional intangibilidad a un cuerpo en que el viejo
Estado tenía sus más rabiosos y
fanáticos defensores. Elevó al rango de ley constitucional la inamovilidad de los jueces, que el Gobierno
provisional había puesto en entredicho. Habían destronado a un rey,
pero, para hacerlo, tuvo que resucitar a montones de estos inamovibles
inquisidores de la legalidad.
487 El proyecto de Constitución de que se habla fue redactado por una comisión y presentado a la Asamblea Nacional por Armand Marrast el 19 de junio de
1848. Fue publicado en el Moniteur Universel (núm. 172, del 20 de junio de
1848). Una traducción del proyecto al alemán fue publicada en
la Nueva Gaceta Renana (núm. 24, del 24 de junio de 1848).
La prensa francesa ha analizado en
muchos de sus aspectos las contradicciones de la Constitución
del señor Marrast, por ejemplo la coexistencia
de dos soberanos, la Asamblea Nacional y
el presidente de la República, etcétera, etcétera.
565
Pero la contradicción más importante de esta Constitución consiste en que pone en posesión del poder
político, mediante el sufragio universal, a las clases cuya esclavitud social pretende
perpetuar:
proletariado, campesinos y pequeña burguesía. Y sustrae las garantías políticas de este poder a la clase
cuyo viejo poder social sanciona, es decir, a la burguesía. Encuadra a la fuerza el poder político de esta
clase dentro de condiciones que a cada momento ayudan a vencer a las clases
enemigas y ponen en tela de juicio los mismos fundamentos de la sociedad
burguesa. Exige de unos que no den el paso de avance de la emancipación
política a la emancipación social, y de otros que no retrocedan de la
restauración social a la restauración política.
Los republicanos burgueses se preocupaban
poco de
estas contradicciones. A medida que dejaban de
ser indispensables —y sólo lo habían sido como paladines de la
vieja sociedad en contra del proletariado revolucionario, a las pocas semanas
de su victoria—, descendieron de la posición de un partido a la de una pandilla. Y manejaban
la Constitución como una gran intriga. Lo que les interesaba
que se constituyera en ella era, sobre todo,1el poder de su pandilla. El presidente sería la prolongación
de Cavaignac y la Asamblea Legislativa la prolongación
de la Constituyente. Confiaban en convertir en un
poder aparente el poder político de las masas del pueblo y en poder jugar con
este mismo poder aparente en la medida necesaria para agitar constantemente
ante la mayoría burguesa el dilema de las jornadas de junio: o el reino
del “National” o el reino de la anarquía.
La obra constitucional, iniciada el 4 de
septiembre, llegó a su término el 23 de octubre. El 2 de septiembre, la
Constituyente había acordado no disolverse hasta promulgar las leyes orgánicas
complementarias de la Constitución. No obstante, se decidió a traer al mundo,
ya el 10 de diciembre, mucho antes de que se cerrara el ciclo de su propia
obra, a su criatura más genuina, que era el presidente. Tan segura estaba de
poder saludar al hijo de su madre en el homúnculo constitucional. Por
precaución, se tomó el acuerdo de que si ninguno de los
candidatos llegaba a reunir dos millones de votos, la elección del
presidente de la República se transferiría de la nación a la Constituyente.
566
¡Vanas providencias! El primer día de vigencia de
la Constitución era el día final del poder de la Constituyente. Su sentencia de
muerte yacía en el fondo de la urna electoral. Buscó al “hijo de su madre” y
encontró al “sobrino de su tío”. Saúl Cavaignac obtuvo un millón de votos, pero
David Napoleón reunió seis millones. Saúl Cavaignac fue derrotado seis
veces.488
El 10 de diciembre de 1848 fue el día de la insurrección
de los campesinos. De ese día data para los campesinos franceses el
mes de febrero. El símbolo que expresa su incorporación al movimiento
revolucionario, símbolo desmañado y taimado, ingenuo y granuja, torpe y
sublime, una superstición calculada, una caricatura patética, un anacronismo
necio y genial, una burla histórico-universal; jeroglífico indescifrable para
la inteligencia de los hombres civilizados, presentaba la fisonomía innegable
de la clase que representaba la barbarie dentro de la civilización. La
República se había anunciado a esta clase en la
persona del recaudador de impuestos; ella se anunció
a la República en la persona del emperador. Napoleón
era el único hombre que había representado exhaustivamente los intereses y la
fantasía de la clase campesina recién creada en 1789. Al inscribir su nombre en
el frontispicio de la República, los campesinos declaraban la guerra al
exterior y proclamaban en el interior la vigencia de sus intereses de clase.
Para los campesinos, Napoleón no era una persona: era un programa. Fueron a las
urnas con banderas y con música a los gritos de Plus d’impóts, à bas
les riches, a bas la République, vive l’Empereur! “¡No
más impuestos, abajo los ricos, abajo la República, viva el Emperador!” La
República derribada por sus votos era la República de los ricos.
El 10 de diciembre fue
el coup d’étati de los campesinos, que derribó
al gobierno existente. Y, a partir
de aquel día, en que habían dado a Francia un gobierno y le habían quitado otro, su mirada ya no se
488 De acuerdo con la leyenda bíblica, Saúl,
el primer rey de los judíos, venció a mil enemigos en su lucha con los
filisteos, pero su jefe de armas, David, protegido de Saúl, derrotó a diez
mil.
separó de París. A ellos, que habían sido un
momento héroes activos del drama revolucionario, no se les podía relegar
de nuevo al papel de un coro pasivo y sin voluntad propia.
L Golpe de Estado.
567
Las demás clases contribuyeron a completar la victoria electoral impuesta por los campesinos. Para el proletariado, la
elección de Napoleón era la deposición de Cavaignac, el derrocamiento de la
Constituyente, la abdicación
del republicanismo burgués, la revocación de la
victoria de junio. Para la pequeña burguesía. Napoleón era el deudor imponiéndose al acreedor. Para
la mayoría de los grandes burgueses, la
elección de Napoleón era la ruptura abierta con la fracción de que había tenido
que valerse momentáneamente en contra de la revolución, pero que se le hizo
insoportable tan pronto como trató de afianzar la posición del momento como
posición constitucional. Napoleón en vez de Cavaignac era, para ella, la
monarquía en vez de la República; era el comienzo de la restauración
monárquica, la dinastía de Orleáns que asomaba tímidamente
la cabeza, era el lirio escondido debajo
de la violeta.489 Por último, el ejército votaba en la persona de Napoleón contra la Guardia Móvil, contra
el idilio de la paz, en favor de la guerra.
Sucedió, pues, como anunció la Nueva Gaceta Renana: el hombre más simple de Francia adquiría así la
más complicada significación.490 Precisamente porque no era nada, podía significarlo todo, menos a sí
mismo. Pero por mucho que el sentido del nombre de Napoleón cambiara en boca de
las diferentes clases, cada una de ellas escribía, al estampar este nombre en
la papeleta de voto: “¡Abajo el partido del National, abajo
Cavaignac, abajo la Constituyente, abajo la República evouesa!” Lo dijo
públicamente en la Asamblea Constituyente el ministro Dufaure: “El diez de diciembre fue un segundo
veinticuatro de febrero”.
568
Pequeña burguesía y proletariado votaron en
blocm por Napoleón para votar contra Cavaignac
y,
juntando sus votos, arrancar la decisión final de manos
de la Constituyente. Sin embargo, la parte más
progresiva de ambas clases presentó candidatos propios. Napoleón constituía
el nombre colectivo de
todos los partidos coligados contra la República; Ledru-Rollin y Raspail eran los nombres propios, aquél
el de la pequeña burguesía democrática, éste el del proletariado revolucionario. Los sufragios emitidos
en favor de Raspail — así lo manifestaron en voz alta los proletarios y sus portavoces socialistas— no
pretendían ser otra cosa que una manifestación, otras tantas protestas en contra
de cualquier cargo presidencial, es decir, en contra de la misma Constitución,
otros tantos votos en contra de Ledru-
Rollin, el primer acto con que el proletariado se desentendía, como partido político independiente, del
partido democrático. En cambio, este partido —la pequeña burguesía democrática y su representante
parlamentario, la Montaña— consideraba la candidatura de Ledru-Rollin con la
misma solemnidad que acostumbran para engañarse a sí mismos. Era, por lo demás,
la última tentativa que hacían para enfrentarse al proletariado como partido
independiente. El 10 de diciembre no fue derrotado solamente el partido
republicano burgués; lo fueron también la pequeña burguesía democrática y
su Montaña.
M En bloque.
Además de una Montaña, Francia poseía ahora
un Napoleón, prueba de que ambos eran simplemente
caricaturas inertes de las grandes realidades cuyos nombres ostentaban. Luis
Napoleón, con el bicornio de emperador y el águila, no parodiaba al otro
Napoleón más evolúoón que la Montaña de ahora a la de antes, con sus frases
tomadas de 1973 y sus gestos demagógicos. La tradicional superstición del año
de 1793 se echaba así por la borda, a la
par con la tradicional fe supersticiosa en Napoleón. La
revolución sólo arribaba a sí misma al conquistar sus nombres propios y originales,
lo que sólo podía hacer al momento de ocupar el primer plano y el sitio
dominante la moderna clase
revolucionaria, el proletariado industrial. Puede afirmarse que el 10 de diciembre causó estupefacción
entre la Montaña y la hizo dudar de su propio equilibrio mental, porque vino a
interrumpir con un chabacano chiste campesino la analogía clásica con la vieja
revolución.
569
489 El lirio era
la flor heráldica de la monarquía de los Borbones y la violeta el emblema de
los bonapartistas.
490 Marx hace referencia aquí a una información enviada
desde París y que apareció, bajo la firma de su corresponsal, Ferdinand Wolff
(núm. 174 de la Nueva Gaceta Renana, del 21 de diciembre de
1848).
El 20 de diciembre abandonó su cargo Cavaignac y la
Asamblea Constituyente proclamó a Luis
Napoleón presidente de la República. El 19 de diciembre, el último día en que gobernaba por sí sola la
Asamblea, rechazó la propuesta de amnistía para los insurrectos de junio. El
decreto del 27 de junio, por el que, eludiendo la sentencia de los tribunales,
se condenaba a la deportación a 15.000 insurrectos, ¿no equivalía a la
revocación de la misma batalla de junio?
Odilón Barrot, el último ministro de Luis Felipe,
pasó a ser el primer ministro de Luis Napoleón. Y como éste no databa la fecha
de su régimen del 10 de diciembre, sino de un senadoconsulto de 18º4,
encontró un presidente del Consejo de Ministros que no databa su ministerio del 20 de diciembre, sino
de un real decreto del 24 de febrero. Como legítimo heredero de Luis Felipe, Luis Napoleón suavizó el
cambio de gobierno manteniendo en su sitio al viejo ministerio, que, por lo
demás, no había tenido tiempo de desgastarse porque no había encontrado aún
tiempo para empezar a vivir.
Esta manera de proceder le fue aconsejada por los
jefes de la oposición burguesa monárquica. El hombre que encabezaba a la vieja
oposición dinástica y que, sin saberlo, había marcado la transición a los
republicanos del National era todavía más adecuado para
marcar, con plena conciencia de ello, la transición de la República burguesa a
la monarquía.
Odilón Barrot era el jefe del único viejo partido
de la oposición que aún no se había desacreditado,
pues siempre había luchado por una cartera de ministro, sin conseguirla. La revolución había lanzado
a las alturas del Estado, en rápida sucesión, a todos los viejos partidos de la
oposición para que se vieran obligados a renegar de sus viejas frases y a
revocarlas, no sólo de hecho, sino también de palabra, y pudieran, por último,
mezclados todos en un revoltijo repugnante, ser arrojados por el pueblo al estercolero
de la Historia.
670
Ninguna apostasía le fue ahorrada a este Odilón
Barrot, encarnación del liberalismo burgués, que durante dieciocho años había
ocultado la ruin vaciedad de su espíritu bajo el grave empaque de su
cuerpo.491 Y si en algunos momentos le asustaba el contraste demasiado
llamativo entre los laureles del pasado y los cardos del presente, le bastaba
con mirarse al espejo para recobrar el aplomo ministerial y la humana
admiración que sentía por sí mismo. La imagen que el espejo reflejaba era la de
Guizot, al que siempre había envidiado y que siempre le había tratado como un
dómine; era el propio Guizot, pero un Guizot con la frente olímpica de Odilón
Barrot. Lo que no echaba de ver eran las orejas de Midas.492
El Barrot del 24 de febrero se puso de manifiesto
solamente en el Barrot del 20 de diciembre. Al orleanista y el voltairiano vino
a unirse, como ministro de Cultos, el legitimista y jesuíta Falloux.
Pocos días después, se asignaba el ministerio del
Interior a León Faucher, el maltusiano. ¡El derecho, la religión, la economía
política! Todo esto albergaba en su seno el ministerio Barrot y, además, una
asociación de legitimistas y orleanistas. Sólo faltaba el bonapartista.
Bonaparte seguía ocultando su apetencia de hacer de Napoleón, pues
todavía Soulouque no jugaba a ser un ToussaintLouverture.493
La gente del National fue
inmediatamente desalojada de todos los altos puestos en que se había
incrustado. La prefectura de Policía, la dirección de Correos, el cargo de procurador general de Justicia,
la alcaldía de París, todo pasó a manos de criaturas de la monarquía.
571
Changarnier, el legitimista, fue designado para el
alto mando unido de la Guardia Nacional del departamento del Sena, de la
Guardia Móvil y del ejército de línea de la primera división militar;
Bugeaud, el orleanista, fue nombrado general en jefe del ejército de los Alpes. Este trasiego de
491 Cita un tanto modificada de una
frase de la novela de Laurence Stern, Vida y opiniones
de Tristam Shandy, gentleman, tomo I, cap. II.
492 Orejas de Midas: orejas de asno que, según la
tradición antigua, había puesto Apolo al rey Midas de Frigia.
493 Faustin Souloque era el presidente de la
República de Haití, que el 26 de agosto de 1849 se proclamó emperador bajo
el nombre de Faustino I y se hizo célebre por su ignorancia, su crueldad y
su vanidad. La prensa antibonapartista daba este mote al presidente Luis
Bonaparte.
Toussaint-Louverture se llamaba el jefe del
movimiento revolucionario de los negros haitianos que, durante la
Revolución francesa, lucharon contra la dominación de los españoles y los
ingleses en aquella isla.
funcionarios no se interrumpió durante el ministerio Barrot. El primer acto realizado por su gobierno
fue la restauración de la vieja administración monárquica. En un abrir y cerrar
de ojos cambió la escena oficial: los bastidores, el vestuario, el lenguaje,
los actores, los coristas, las comparsas, la
posición de los partidos, los móviles del drama, el contenido del conflicto, toda la situación. Sólo seguía
en su puesto la antediluviana Asamblea Constituyente. Pero, desde el momento
mismo en que la Asamblea Nacional dio posesión a Bonaparte, Bonaparte a Barrot y Barrot a Changarnier, Francia salió
del periodo de constitución de la República para entrar en la República ya
constituida. Y en una República ya constituida; ¿qué
tenía que hacer una Asamblea Constituyente?
Una vez creada la tierra, al creador no le quedaba otro
camino que ir a refugiarse en el cielo. Pero la Asamblea Constituyente estaba
resuelta a no seguir su ejemplo, pues era el último asilo que a los
republicanos burgueses les quedaba. Si se les despojaba de todos los asideros
del poder ejecutivo, ¿no les quedaba todavía la omnipotencia constituyente? Su
primer pensamiento fue aferrarse, pasara lo que pasara, al puesto soberano que
ocupaba y, desde él, reconquistar el terreno perdido. Desplazado el ministerio
Barrot por otro del National, el personal monárquico tendría que
desalojar inmediatamente los palacios de
la administración y el personal tricolor, triunfante, se reintegraría a sus puestos. La Asamblea Nacional
decidió derribar al ministerio, y éste le brindó la ocasión para el ataque como
ni la misma Asamblea Nacional habría podido soñarla.
Recuérdese que Luis Bonaparte significaba para los campesinos: ¡no más impuestos! Seis días llevaba
sentado en la presidencia de la República cuando, al séptimo, el 27 de
diciembre, su ministerio propuso el mantenimiento del impuesto sobre la
sal, que el Gobierno provisional había decretado
abolir. El impuesto sobre la sal comparte con
el impuesto sobre el vino el privilegio de ser, sobre todo
a los ojos de la población campesina, el chivo expiatorio del viejo sistema
financiero francés. El ministerio Barrot no podía poner en boca del hombre
elegido por los campesinos epigrama más mordaz contra sus electores que estas
palabras, /restablecimiento del impuesto sobre la sal! Con el
impuesto sobre la sal perdía Bonaparte su sal revolucionaria: el Napoleón de la
insurrección campesina se esfumaba como una figura nebulosa y no quedaba en pie
más que el gran desconocido
de la intriga burguesa monárquica. Y el ministerio Barrot no dejaba de abrigar sus intenciones, al hacer
de este acto de torpe y burda decepción el primer acto de gobierno del nuevo
presidente.
572
Por su parte, la Constituyente se aferró ansiosamente a la doble ocasión que se le brindaba de derribar
al ministerio e imponerse al elegido de los campesinos como la representante de los intereses de éstos.
Rechazó el proyecto del ministro de Hacienda, redujo el impuesto sobre la sal a
una tercera parte de su anterior cuantía, aumentando con ello en 6º millones el
déficit del presupuesto del Estado, que
ascendía ya a 560 millones, y después de este voto de
desconfianza se sentó a esperar tranquilamente
la dimisión del ministerio. Esto demuestra cuán poco sabía del mundo nuevo que la rodeaba y de cómo
había cambiado su propia situación. El ministerio se hallaba sostenido por el
presidente y éste, a su vez, por seis millones de personas que habían
depositado en las urnas electorales otros tantos votos de desconfianza contra
la Asamblea Constituyente. La Constituyente devolvía a la nación su voto de
desconfianza. Era un
canje grotesco. Olvidaba que sus votos no tenían
ya curso forzoso. El acuerdo de rechazar el impuesto
sobre la sal sirvió solamente para madurar en Bonaparte, y en su gabinete, la
decisión de acabar con la Asamblea Constituyente. Comenzó el
largo duelo que llenaría el último periodo de vida de la Constituyente. Las
grandes jornadas de esta crisis son el 29 de enero, el 21 de marzo
y el 8 de mayo, que abrieron el camino al 13 de junio.
573
Los franceses, Louis Blanc por ejemplo, ven en el
29 de enero la expresión de una contradicción
constitucional, de la contradicción
entre una Asamblea Nacional soberana e indisoluble,
emanada del sufragio universal, y un presidente en la letra responsable
ante ella, pero en realidad sancionado también por el sufragio universal y que,
además, de reunir en su persona todos los votos reunidos y cien veces
desperdigados entre los diversos miembros de la Asamblea Nacional, se hallaba
en plena posesión del poder ejecutivo íntegro, sobre el que la Asamblea
Nacional flotaba solamente como una especie de poder mortal. Esta
interpretación del 29 de enero confunde el lenguaje de la lucha en la tribuna,
por medio de la prensa y en los clubes, con su contenido real. Frente a la
Asamblea Nacional
Constituyente, Luis Bonaparte no era un
poder constitucional unilateral frente a otro, no era el poder
ejecutivo frente al poder legislativo, sino que era la República burguesa ya constituida frente a los
instrumentos constituyentes, frente a las
ambiciosas intrigas y las aspiraciones ideológicas de la facción burguesa
revolucionaria que la había fundado y ahora se mostraba asombrada de que su
República constituida se pareciera tanto a una monarquía restaurada y trataba
de retener a la fuerza el periodo constituyente, con sus condiciones, sus
ilusiones, su lenguaje y sus personas, y de impedir que la República burguesa
madura se manifestase bajo su forma completa y cabal. Del mismo modo que la
Asamblea Nacional Constituyente representaba al Cavaignac reincorporado a ella,
Bonaparte representaba a la Asamblea Nacional Legislativa aún no divorciada de
él, es decir, a la Asamblea Nacional de la República burguesa ya constituida.
La elección de Bonaparte sólo podía interpretarse
sustituyendo este nombre único por sus múltiples significados,
es decir, al repetirse la elección de aquél en la nueva Asamblea Nacional. El
mandato de
la anterior había caducado el 10 de diciembre. Por tanto, el 29 de enero no se enfrentaron el presidente
y la Asamblea Nacional de la misma República, sino la Asamblea Nacional de la República en gestación
y el presidente de la República ya gestada, dos potencias que encamaban dos periodos completamente
distintos del proceso de vida de la República; se enfrentaban, de una parte, la
pequeña facción republicana de la burguesía, la única que pudo proclamar la
República y disputándosela al
proletariado revolucionario mediante los combates en las calles y el régimen del terror, sólo ella podía
trazar en la Constitución sus evolúoón ideales, y, de otra parte, toda la masa
monárquica de la burguesía, la única que podía mandar en esta República
burguesa ya constituida, despojar a la Constitución de sus aditamentos
ideológicos y sentar las condiciones inexcusables para poder sojuzgar al
proletariado por medio de sus leyes y de su administración.
574
La tormenta que descargó el
29 de enero había ido acumulándose durante todo el mes. Con su voto de
desconfianza, la Constituyente había tratado de derribar al ministerio Barrot.
Éste, por su parte,
propuso a la Constituyente formular un voto de desconfianza definitivo en contra de sí misma, acordar
su suicidio, es decir, decretar su propia disolución. El 6 de
enero, por orden del gobierno, uno de los más oscuros diputados, Rateau,
presentó esta propuesta a la Constituyente, a la misma Asamblea Constituyente
que en el mes de agosto había acordado que no se disolvería hasta haber
promulgado
toda una serie de leyes orgánicas, complementarias de la Constitución. El ministerial Fould declaró sin
ambages ante ella que su disolución era necesaria upara restablecer el crédito quebrantado”. ¿Acaso la
Asamblea Constituyente no perturbaba el crédito, al prolongar el periodo de interinidad, poniendo de
nuevo en tela de juicio a Bonaparte con Barrot y a la República
ya constituida con Bonaparte? Ante la perspectiva de que le
pudieran arrebatar de nuevo, habiéndolo disfrutado apenas dos semanas, la
presidencia del Consejo de ministros, que por fin había logrado conquistar y
que los republicanos
habían tenido alejado de él durante diez meses, Barrot, el olímpico, convertido en un Orlando Furioso,
supertiranizó frente a los tiranos a esta pobre Asamblea. La más suave de sus frases fue la de que “con
ella, no había futuro posible”. Y la verdad era que sólo representaba el pasado. “Sería incapaz —añadía
Barrot— de rodear a la República de las instituciones
necesarias para su consolidación.” En realidad, las energías
burguesas de la Asamblea habían declinado al enfrentarse exclusivamente contra
el proletariado, al paso que su plétora republicana parecía renacer al
enfrentarse ahora a los monárquicos. Y ello la incapacitaba doblemente para
consolidar por medio de las adecuadas instituciones a una República burguesa
que ya no comprendía.
575
Simultáneamente, con la propuesta de Rateau, el
ministerio levantó una tempestad de peticiones en todo el
país, y todos los días llovían sobre la cabeza de la Constituyente, desde todos
los rincones de Francia, montones de billets-doux,n suplicándole en
términos más o menos categóricos que se disolviera e hiciera
testamento. A su vez, la Constituyente provocaba otra oleada de peticiones, en
las que hacía que se la instara a seguir viviendo. La lucha electoral entre
Bonaparte y Cavaignac se renovaba bajo la forma de duelo de peticiones en pro y
en contra de la disolución de la Asamblea
Nacional. Estas peticiones trataban de ser una glosa complementaria al 10 de diciembre. Esta campaña
de agitación duró todo el mes de enero.
N Caras de amor.
En el conflicto entre la Constituyente y el
presidente, aquélla no podía remontarse al voto general como a su fuente de
origen, pues se apelaba de ella ante el sufragio universal. No podía apoyarse
en
ningún poder normal, pues se trataba de la lucha contra el poder legal. No podía derribar al ministerio
con votos de desconfianza, como volvió a intentarlo el 6 y el 26 de enero, pues
el ministerio no necesitaba de su confianza para nada. No le quedaba otra
posibilidad que la insurrección. Las fuerzas de combate de la
insurrección eran la parte republicana de
la Guardia Nacional la Guardia Móvil y
los centros del proletariado revolucionario, los clubes. Los guardias móviles, los héroes de las jornadas de
junio, eran en diciembre la fuerza de combate organizada de la facción
republicana burguesa, a la manera como antes de junio los Talleres
Nacionales habían sido la fuerza de combate organizada del
proletariado revolucionario.
576
Y así como la Comisión ejecutiva de la
Constituyente lanzó su brutal ataque contra los Talleres Nacionales cuando
creyó que debía acabar con las exigencias ya insoportables del proletariado, el
ministerio Bonaparte se lanzó al asalto contra la Guardia Móvil,
al creer llegada la hora de poner fin a
las pretensiones ya insoportables de la facción
republicana de la burguesía. Ordenó la disolución
de la Guardia Móvil La mitad de sus efectivos
fueron licenciados y lanzados al arroyo; a la otra
mitad se les dio una organización monárquica en vez de la democrática
y se les rebajó la soldada hasta el nivel corriente de las tropas de línea. La
Guardia Móvil se encontraba en la misma situación que los insurrectos de junio,
y la prensa publicaba diariamente confesiones públicas en las
que aquélla reconocía su culpa por lo sucedido en junio e imploraba el perdón
del proletariado.
¿Y los clubes? Desde el momento en que la Asamblea Constituyente ponía en tela de juicio en Barrot
al presidente, en el presidente a la República burguesa constituida y en la
República burguesa
constituida a la República en general, en torno a ella se agruparon necesariamente todos los elementos
constituyentes de la República de Febrero, todos los partidos que pretendían
derrocar la República
existente y transformarla, por medio de un proceso violento de retrogradación, en la República de sus
intereses de clase y de sus principios. Lo sucedido quedaba cancelado, las
cristalizaciones del movimiento revolucionario habían
vuelto a disolverse,
la República por la que se luchaba volvía
a ser la indefinida República de los días de febrero, que cada partido se reservaba el derecho de definir a su
manera. Los partidos recobraron por un momento las viejas posiciones de febrero, sin compartir por
ello las ilusiones de aquel momento. Los republicanos tricolor del National volvían
a apoyarse en los republicanos democráticos del Réforme y los empujaron
como campeones al primer plano de la lucha
parlamentaria. Y, a su vez, los republicanos democráticos se apoyaban de nuevo
en los republicanos socialistas —un manifiesto público proclamó el 27 de
enero494 su reconciliación y su unión— y se
preparaban en los clubes el punto de apoyo para un movimiento insurreccional. La prensa ministerial
trataba con razón a los republicanos tricolor del National como
los insurgentes de junio resurrectos.
577
Para mantenerse
a la cabeza de la República, ponían en
entredicho a la misma República burguesa. El 26
de enero, presentó el ministro Faucher un proyecto de ley sobre el derecho de
asociación, cuyo artículo 1° decía: “Quedan prohibidos los
clubes”. Y propuso que este proyecto de ley fuese puesto a discusión
con carácter urgente. La Constituyente rechazó la propuesta de urgencia, y el
27 de enero presentó Ledru-Rollin una moción, sostenida por 230 firmas,
pidiendo que se procesara al gobierno por violar la Constitución. Esta acusación
contra el ministerio, en un momento en
que semejante acto
venía a poner de manifiesto torpemente la impotencia del juez, es decir, de la mayoría de la Cámara, o
representaba la protesta impotente del acusador contra esta mayoría misma, era
el gran triunfo revolucionario que, a partir de ese momento, habría de poner
sobre el tapete la postuma Montaña cada vez que la crisis llegase a su punto
culminante. ¡Pobre Montaña, agobiada bajo el peso de su propio nombre!
El 15 de mayo, Blanqui, Barbés, Raspail, etc., habían intentado hacer saltar la Asamblea Constituyente,
irrumpiendo en su sala de sesiones a la cabeza del proletariado de París.
Barrot preparó a la misma Asamblea un
15 de mayo moral, tratando de obligarla
a que se disolviera por sí misma y de
clausurar su sala de sesiones. La misma Asamblea había encomendado a Barrot la enquêteo contra los acusados
de mayo, y ahora, en el momento en que Barrot aparecía ante ella como un
Blanqui monárquico y en que la Asamblea buscaba aliados contra él en los
clubes, entre los proletarios revolucionarios y en el
494 El texto de
ese mencionado Manifiesto se publicó en la Nueva Gaceta Renana (núm. 209, del 31 de
enero de 1849).
partido de Blanqui, en este mismo momento, la
atormentó el inexorable Barrot con la propuesta de sustraer los acusados de
mayo al tribunal del Jurado y entregarlos a la haute cour o
alto tribunal inventado por el partido del National. Es
curioso cómo, hostigado por el terror de perder una cartera
de ministro, podía un Barrot ser capaz de ocurrencias dignas de un Beaumarchais. Después de muchas
vacilaciones, la Asamblea Nacional aceptó su propuesta. Recobraba con ello su carácter normal frente
a los autores del atentado de mayo.
O Investigación.
578
Si a la Constituyente se la empujaba a la insurrección en
contra del presidente y de sus ministros, al presidente y a su gobierno se los
empujaba al golpe de Estado contra la Asamblea Constituyente, ya que no poseían
ningún medio legal para disolverla. Pero la Constituyente era la madre de la
Constitución, y ésta, a su vez, la madre del presidente.
Al dar el golpe de Estado, el presidente rasgaba
la Constitución y anulaba su título jurídico republicano. Esto lo obligaba a
exhibir su título jurídico imperial; pero el título jurídico imperial evocaba
el orleanista, y ambos palidecían ante el título jurídico legitimista.
La caída de la República legal sólo podía exaltar al
polo contrario, a la monarquía legitimista, en un momento en que el
partido orleanista seguía siendo todavía el vencido de las
jornadas de febrero y Bonaparte el vencedor del 10 de diciembre, en que ambos sólo podían oponer a
la usurpación republicana sus títulos monárquicos, igualmente usurpados. Los
legitimistas, conscientes de que el momento les era favorable, conspiraban
a la luz del día. Confiaban en encontrar su Monk495 en
el general Changarnier. En sus clubes se proclamaba la inminencia de la monarquía
blanca tan sin recato como en los clubes proletarios la llegada de
la República roja.
Una revuelta venturosamente sofocada habría sacado
de sus apuros al ministerio. “La legalidad nos mata”, dijo Odilón Barrot. Una
revuelta habría permitido, invocando el pretexto de la salut
public,p disolver la Constituyente e infringir la Constitución, en
interés de la Constitución misma. De diversos modos se trató
de provocar esta revuelta, mediante la brutal actitud
mantenida por Odilón Barrot en
la Asamblea Nacional, mediante la propuesta de disolver los clubes, la ruidosa destitución de cincuenta
prefectos tricolores por gente monárquica, la disolución de la Guardia Móvil y las vejaciones en contra
de sus jefes por Changarnier, la reposición de Lerminier, el profesor que ya bajo Guizot se había hecho
imposible, la tolerancia de las fanfarronerías legitimistas, etc. Pero la revuelta no se produjo. Esperaba
la señal de la Constituyente, y no del gobierno.
P Bienestar público.
579
Llegó por fin el 29 de enero, día en que habría de
votarse la propuesta presentada por Mathieu
(diputado por el Dróme) para que se desechara sin condiciones la proposición de Rateau. Legitimistas,
orleanistas, bonapartistas, la Guardia Móvil, la Montaña, los clubes, todos conspiraron aquel día tanto
contra su supuesto enemigo como contra los pretendidos aliados. Bonaparte,
montado en su caballo, pasó revista a una
parte de las tropas en la plaza de la
Concordia, Changarnier montó su comedia con derroche de maniobras
estratégicas, y la Asamblea Constituyente se encontró su sala de sesiones
ocupada por las tropas. Esta Asamblea, centro de todas las esperanzas, temores,
aspiraciones,
efervescencias, tensiones y conspiraciones que se entrecruzaban, valiente cual leona, no titubeó ni por
un instante, al verse más cerca que nunca del
momento supremo. Se parecía a aquel combatiente que
no sólo temía desenvainar su propia arma, sino que se creía también
obligado a mantener indemne la de su adversario. Sin temor
a morir, firmó su propia sentencia de muerte y rechazó la propuesta de Rateau
de rechazo incondicional. Incluso bajo estado de sitio, puso límites a una
actividad constituyente necesariamente encuadrada en el marco del estado de
sitio de París. Y se vengó dignamente de ella, al ordenar al
día siguiente que se abriera una investigación
sobre el terror que el
gobierno le había infundido el 29 de enero.
La Montaña demostró su falta de energía revolucionaria y
de inteligencia política, dejándose utilizar por el partido del National como vocero del pugilato, en esta
gran comedia de intriga. El partido del National había hecho
la última tentativa para seguir manteniendo dentro de la República constituida
el monopolio del poder poseído por él durante el periodo de gestación de la
República burguesa. Pero fracasó en su empeño.
495 El general inglés George Monk
restauró en 1660 la dinastía de los Estuardos con el
auxilio de las tropas del gobierno puesto bajo su
mando.
580
Así como en la crisis de enero se ventilaba la
existencia de la Constituyente, la crisis del 21 de marzo giraba en torno a la
existencia de la Constitución; allí se trataba de las personas del partido
nacional, aquí de su ideal. Y no hace falta insinuar siquiera que los honrados republicanos
cedieron más barato el sentimiento de orgullo de su ideología que el
terrenal disfrute del poder gubernamental.
El 21 de marzo figuraba en el orden del día de la
Asamblea Nacional el proyecto de ley de Faucher contra el derecho de
asociación: la prohibición de los clubes. El artículo 8 de la
Constitución garantiza a todos los franceses el derecho de asociarse. La
prohibición de los clubes constituía, por tanto, una violación
inequívoca de la Constitución, y se quería que la propia Asamblea Constituyente canonizara
la profanación de sus santos. Pero los clubes eran los centros de reunión, las sedes de conspiración del
proletariado revolucionario. La misma Asamblea Nacional había vedado la
coalición de los obreros contra sus burgueses. ¿Y los clubes, qué eran sino la
coalición de toda la clase obrera contra la clase burguesa en su totalidad, la
formación de un Estado obrero en contra del Estado burgués? ¿No eran, en
realidad, otras tantas asambleas constituyentes del proletariado y otros tantos
destacamentos militares de la revuelta, dispuestos a descargar el golpe? Lo que
ante todo tenía que representar la Constitución era la dominación
de la burguesía. De allí que la Constitución sólo
pudiera interpretar el derecho de asociación,
evidentemente, como el derecho de las asociaciones compatibles
con el poder
de la burguesía; es decir, con el orden burgués, si el decoro teórico se expresaba en términos generales,
¿para qué estaban allí el gobierno y la Asamblea Nacional si no para inter
pretarla y aplicarla en cada caso concreto? Y si en
la época prehistórica de la República estaban realmente prohibidos los clubes
por el estado de sitio, ¿acaso no debían estarlo por la ley, en la República ya
regulada y constituida? Los republicanos tricolor nada tenían que oponer a esta
interpretación prosaica de la Constitución, como no fuese la grandilocuente
frase de la Constitución misma. Algunos de ellos, Pagnerre, Duclerc, etc.,
votaron en pro del ministerio, con lo que éste tuvo mayoría de votos. Los
demás, y a la cabeza de ellos el arcángel Cavaignac y el Padre de la Iglesia
Marrast, conjuntamente con Ledru-Rollin
y la Montaña, una vez aprobado el artículo que prohibía los
clubes se retiraron a una sala aparte “para deliberar”.
581
La Asamblea Nacional sufría una parálisis; no contaba ya con el número de votos necesario para tomar
acuerdos. El señor Crémieux recordó oportunamente, en aquella sala de deliberaciones, que el camino
conducía directamente de allí a la calle y que el calendario ya no marcaba el
mes de febrero de 1848,
sino el de marzo de 1849. La fracción del National, viendo claro de pronto, regresó a la sala de sesiones
de la Asamblea, y, tras ella, volvió la Montaña, estafada
una vez más y, atormentada a todas horas por
apetencias revolucionarias, se afanaba también a todas horas en buscar las
posibilidades
constitucionales y seguía sintiéndose siempre más en su puesto detrás de los republicanos burgueses
que delante del proletariado revolucionario. La comedia había terminado. Y la
misma Asamblea Constituyente se había encargado de decretar
que la transgresión de la letra de la Constitución
era la única realización apropiada de su sentido.
Sólo quedaba un punto que arreglar: el de las relaciones entre la República constituida y la revolución
europea, su política exterior. El 8 de mayo de 1849 reinaba
una agitación desacostumbrada en la
Asamblea Constituyente, cuya vida se extinguiría pocos días después. Figuraban en el orden del día el
asalto del ejército francés a Roma, repelido por los romanos, la infamia política y el oprobio militar de
los atacantes, el asesinato de la República romana por la República francesa y
la primera campaña italiana del segundo Bonaparte. La Montaña había vuelto a
jugarse su gran carta de triunfo y Ledru- Rollin había depositado
sobre la mesa del
presidente la inevitable acta de acusación
contra el gobierno, que esta vez iba dirigida también contra
Bonaparte, por violación de la Constitución.
582
El motivo del
8 de mayo se repitió más tarde, como motivo del 13 de junio. Veamos lo ocurrido
con la expedición a Roma.
Ya a mediados de noviembre de 1848, había enviado Cavaignac una flota de guerra a Civitavecchia con
el encargo de tomar bajo su protección al Papa, subirlo a bordo y llevárselo a
Francia. El Papa
bendeciría a la honrada República y aseguraría la elección de Cavaignac como presidente. Con el Papa
trataba Cavaignac de ganar a los curas, con los curas a los campesinos, y con los campesinos la
presidencia de la República. La expedición de
Cavaignac, que perseguía en un plano inmediato fines de propaganda electoral,
representaba a la par con ello una protesta y una amenaza contra la revolución
romana. Contenía ya en germen la intervención de Francia en favor del Papa.
Esta intervención a favor del Papa, al lado de
Austria y Nápoles y en contra de la República romana,
había sido adoptada el 23 de diciembre, en la primera sesión celebrada por el Consejo de ministros de
Bonaparte. Falloux en el ministerio era el Papa en Roma y, en la Roma del Papa,
Bonaparte ya no
necesitaba del Papa para ser elegido como presidente de los campesinos, pero sí necesitaba conservar
al Papa para poder conservar a los campesinos del presidente. La credulidad de éstos le había llevado
a la presidencia. Con la fe, los
campesinos perderían la credulidad, y con el Papa perderían
la fe. ¡Y no digamos los orleanistas y legitimistas coligados,
que mandaban en nombre de Bonaparte! Antes de restaurar al monarca había que restaurar el poder que santifica a los reyes. Aun prescindiendo de sus
sentimientos monárquicos: sin la vieja Roma sometida
a su poder secular, no había Papa, sin
Papa no
había catolicismo, sin catolicismo no había religión francesa, y sin religión ¿qué habría sido de la vieja
sociedad francesa? La hipoteca concedida al campesino sobre los bienes celestiales garantiza la que el
burgués tiene sobre los bienes terrenales del campesino. La revolución romana era, pues, un atentado
a la propiedad y al orden burgués, tan temible como la revolución de Junio.
583
El poder de la burguesía restaurado en Francia
reclamaba la restauración del poder papal en Roma. Por último, en los
revolucionarios romanos se batía a los aliados de los revolucionarios
franceses; la alianza de las clases contrarrevolucionarias en la República
francesa constituida encontraba su complemento necesario en
la alianza de la República francesa con
la Santa Alianza, con Nápoles y con
Austria. El acuerdo tomado el 23 de diciembre por el Consejo de ministros no era ningún secreto para
la Constituyente. Ya el 8 de enero había Ledru-Rollin interpelado al ministerio
acerca de dicho acuerdo; el ministerio lo había negado y la Asamblea Nacional
había pasado al orden del día. ¿Daba crédito a las palabras del gobierno?
Sabemos que pasó todo el mes de enero dirigiendo votos de desconfianza contra
él. Pero si el gobierno estaba en su papel al mentir, la Asamblea cumplía el
suyo al fingir hipócritamente que creía en sus mentiras, salvando con ello las
dehorsq republicanas.
Q Apariencias.
Entre tanto, había sido derrotado el Piamonte,
había abdicado Carlos Alberto y el ejército austríaco
golpeaba las puertas de Francia. Ledru-Rollin interpeló violentamente al gobierno. Éste demostró que
en el norte de Italia no se había hecho otra cosa que proseguir la política de Cavaignac, como Cavaignac
había proseguido la política del Gobierno provisional, es decir, la de
Ledru-Rollin. Esta vez, la Asamblea Nacional acordó, incluso, un voto de
confianza al gobierno y lo autorizó para ocupar temporalmente un punto
conveniente del norte de Italia que sirviera de punto de apoyo para las
negociaciones pacíficas con Austria acerca de la integridad de Cerdeña y de la cuestión romana. Como
es sabido, la suerte de Italia se decide en los campos de batalla del norte de
la península. Con la
Lombardía y el Piamonte había caído, por tanto, Roma,
a menos que Francia se decidiese a declarar la
guerra a Austria y, por tanto, a la contrarrevolución europea. ¿Es que la
Asamblea Nacional veía de pronto en el ministerio Barrot al viejo Comité de salud
pública?
¿O se consideraba a sí misma como la
Convención? ¿A qué venía, pues, la ocupación militar de un punto del norte de
Italia? Se trataba de ocultar bajo este velo traslúcido la expedición contra
Roma.
584
El 14 de abril 14.000 hombres zarparon hacia Civitavecchia, al mando de Oudinot; dos días más tarde,
el 16, la Asamblea Nacional votaba a favor del gobierno un crédito de 1.200.000 francos para sostener
durante tres meses una escuadra de intervención en
el Mediterráneo. La Asamblea facilitó, por tanto, al ministerio todos los medios necesarios para intervenir contra Roma, haciendo creer que se trataba
de la intervención en contra de Austria. No veía lo que hacía el gobierno, ni
escuchaba lo que decía. Era la suya una fe como no la había conocido ni el
pueblo de Israel; la Constituyente había venido a
parar a una situación en que no tenía derecho a saber lo que necesariamente debía evo la República constituida.
Por fin, el 8 de mayo se representó la escena final de la comedia: la Constituyente intimó al gobierno a
tomar sin pérdida de tiempo las medidas necesarias para enderezar de nuevo la
expedición italiana
contra la meta que le había sido trazada. Aquella misma noche, Bonaparte hizo publicar en el
Moniteur496 una carta en la que tributaba el más
grande reconocimiento a Oudinot. El 11 de mayo, la Asamblea Nacional
rechazaba el acta de acusación formulada contra el propio Bonaparte y su
ministerio. Y la Montaña, que, en vez de desgarrar todo este artilugio de mentira y de fraude, tomó por
lo trágico la comedia parlamentaria para representar
en ella el papel de Fouquier-Tinville; al hacerlo,
dejaba asomar por debajo de la piel de león de la Convención, que no le
pertenecía, su piel innata de cordero pequeño burgués.
El último periodo de vida de la
Constituyente se resume así: el 29 de enero
confiesa que las facciones monárquico-burguesas son los superiores
naturales de la República por ella constituida; el 21 de marzo reconoce que la
violación de la Constitución es su realización, y el 11 de mayo declara que la
alianza pasiva, anunciada a bombo y platillos, de la República francesa con los
pueblos en lucha equivale a su alianza pasiva con la contrarrevolución europea.
585
Esta miserable asamblea se retiró de la escena
después que, dos días antes del aniversario de su nacimiento, el 4 de mayo, se
había dado el gusto de rechazar la propuesta de amnistía para los insurrectos
de junio. Destrozado su poder, mortalmente odiada por el pueblo, repudiada, maltratada,
echada despectivamente a un lado por la burguesía, de la que era instrumento, obligaba a desautorizar
en la segunda parte de su vida la primera, despojada de sus ilusiones
republicanas, sin haber hecho nada importante en el pasado ni
abrigar esperanzas en cuanto al futuro, muriéndose a pedazos
ya en vida, no sabía galvanizar su cadáver más que evocando constantemente
en el recuerdo la victoria de
junio y reviviéndola a todas horas, reafirmándose mediante la continua execración de los condenados.
Era como un vampiro que se nutría de la sangre de los caídos en junio.
Dejó, al morir, el déficit del Estado engrosado por
los costos de la insurrección de junio, por la supresión del impuesto sobre la
sal, por las indemnizaciones votadas a favor de los dueños de las
plantaciones para la esclavitud de los negros, por los gastos de la expedición romana, por la supresión
del impuesto sobre el vino, que acordó abolir cuando estaba dando ya las
boqueadas, como esos ancianos perversos que mueren felices de dejar a sus
optimistas herederos una comprometedora deuda de honor.
Ya a comienzos de marzo había comenzado la campaña
de agitación en pro de la Asamblea Nacional Legislativa. Dos
grupos principales se enfrentaban: el partido del Orden y
el partido demócratasocialista o partido rojo, y entre ambos se movían los Amigos de la Constitución, nombre bajo
el cual intentaban representar un partido los republicanos tricolor del National. El partido
del Orden se había creado inmediatamente después de las jornadas de
junio, pero sólo después del 10 de diciembre, una vez que se le permitió
arrojar de su seno a la pandilla del National, a los republicanos
burgueses, y se reveló el misterio de su existencia, la coalición de
orleanistas y legitimistas en un solo
partido. La clase burguesa se escindió en dos grandes facciones, que ejercieron por turno el monopolio
del poder, la gran propiedad de la tierra bajo la monarquía
restaurada, la aristocracia financiera y la burguesía
industrial, bajo la monarquía de Julio. El nombre
de Borbón era la etiqueta regia para anunciar la influencia
predominante de los intereses de una de las dos facciones, el de Orleáns servía
para designar la otra; el reino anónimo de la República era el
único en el que ambas facciones podían afirmar, gobernando al unísono, sus
intereses comunes de clase, sin renunciar a su mutua rivalidad.
586
Si la República burguesa no podía ser otra cosa que
la dominación perfeccionada, clara y ostensible,
de toda la clase burguesa, ¿podía ser algo más que el poder de los orleanistas complementados por los
legitimistas y el de éstos complementados por aquéllos, la síntesis de la restauración y de la monarquía
de Julio? Los republicanos burgueses del National no
representaban a ningún gran sector de su clase,
establecido sobre bases económicas. No tenían más valor ni más título histórico que el de haber hecho
valer, bajo la monarquía, y frente a los dos sectores de la burguesía que sólo comprendían
su régimen específico, el régimen general de la clase
burguesa, el reino anónimo de la República, que ellos
idealizaban y adornaban con arabescos antiguos, pero en el que saludaban sobre
todo la hegemonía de su pandilla.
496 Véase supra, nota 314.
Si el partido del National sintió
flaquear su razón cuando vio a los monárquicos coligados subir a la cima de la
República fundada por él, no fue menor la equivocación que ellos mismos
sufrieron en cuanto al hecho de su poder conjunto. No comprendían que aunque
cada una de las dos facciones tomada de por sí fuese monárquica, el producto de
su combinación química tenía que ser necesariamente republicano, que la monarquía blanca y la monarquía azul tenían necesariamente que
neutralizarse en la República tricolor. Cada uno de los dos sectores del
partido del Orden, a quienes su antagonismo frente al proletariado
revolucionario y las clases intermedias que más o menos se agrupaban en torno a
él como centro, y que obligaba a recurrir a su fuerza unida y a conservar la
organización de esta fuerza amalgamada, no tenía más remedio que oponerse a las
apetencias de restauración y predominio de la otra y hacer valer por sobre
ellas el poder común, es decir, la forma republicana de la
dominación de la burguesía. Así, vemos cómo estos monárquicos, que al principio
habían creído en una restauración inmediata, conservan más tarde la
forma republicana de gobierno
con espumarajos de rabia e invectivas de muerte en contra de ella, para acabar confesando, a la postre,
que sólo pueden convivir bajo la República y
aplazar la restauración
por tiempo indefinido. El mismo disfrute del poder
unificado fortalecía a cada una de las dos facciones, haciendo que fuesen
todavía más incapaces y más reacias para someterse a la otra, es decir, para
restaurar la monarquía.
587
El partido del Orden proclamaba
directamente en su programa electoral la dominación de la clase
burguesa, es decir, el mantenimiento de las condiciones de vida sobre las que descansaba su poder: la propiedad,
la familia>la religión y el orden. Presentaba,
naturalmente, su dominación de clase y las
condiciones que la hacían posible, como el régimen de la civilización y como las condiciones necesarias
tanto de la producción material como de las relaciones sociales de intercambio
derivadas de ellas.
El partido del Orden disponía de enormes recursos
financieros, organizó sucursales en toda Francia, puso a sueldo a todos los
ideólogos de la vieja sociedad, manejaba la influencia del poder
gubernamental existente, poseía todo un ejército de vasallos sin paga en toda la masa de los pequeños
burgueses y los campesinos, que, muy alejados todavía del movimiento
revolucionario, veían en los grandes dignatarios de la propiedad los
representantes naturales de su pequeña propiedad y de sus pequeños prejuicios;
este partido, representado a lo largo de todo el país por un sinnúmero de
reyezuelos, podía castigar como una insubordinación el hecho de rechazar
a sus candidatos, despedir a los obreros rebeldes, a los siervos
campesinos, dependientes de comercio, empleados de ferrocarriles o escribientes
reacios, a cuantos se hallasen civilmente sometidos a ellos como funcionarios y
se negaran a acatar sus órdenes.
588
Y podía, por último, seguir manteniendo en pie, a
trechos, el engaño de que, el 10 de diciembre, la Constituyente republicana
había impedido a Bonaparte manifestar su virtud milagrosa. Al hablar del
partido del Orden no nos hemos referido a los bonapartistas. Éstos no
formaban una facción seria de la clase burguesa, sino una colección
de viejos y supersticiosos inválidos y de jóvenes y descreídos aventureros. El
partido del Orden triunfó en las elecciones y obtuvo la gran mayoría de las
actas de diputados a la Asamblea Legislativa.
Frente a la coalición
de la clase burguesa contrarrevolucionaria, los sectores de la pequeña burguesía
y de la clase campesina, orientados ya hacia la revolución, tenían que unirse,
naturalmente, al gran dignatario de los intereses revolucionarios, al
proletariado revolucionario. Ya hemos visto cómo los portavoces democráticos de
la pequeña burguesía en el Parlamento, es decir, la gente de la Montaña, fueron
empujados, por las derrotas parlamentarias, al campo de los portavoces
socialistas del proletariado, y cómo la verdadera pequeña burguesía
se veía arrastrada hacia la situación real de los
proletarios fuera del Parlamento, mediante los concordats à l’amiable,
por la brutal imposición de los intereses de la burguesía, por
la bancarrota. La Montaña y los socialistas habían festejado su
reconciliación el 27 de enero y reiteraron su unión en el gran banquete de febrero de 1849. El partido
social y el democrático, el partido de los obreros y el de los pequeños
burgueses, se unieron para formar el partido socialdemocràtico, es
decir, el partido rojo.
La República francesa, paralizada durante un momento por la agonía que siguió a las jornadas de junio,
había vivido desde el 19 de octubre, después de levantarse el estado de sitio,
una serie continua de
febriles emociones. Primero, la lucha por la presidencia; luego la lucha del presidente con la Asamblea
Constituyente; la lucha en torno a los clubes; el proceso de Bourges,497 en el que, contrastando con las
raquíticas figuras del presidente, de los monárquicos coligados, de los
republicanos honestos, los demócratas de la Montaña y los doctrinarios
socialistas del proletariado, los verdaderos revolucionarios
de éste aparecían como los monstruos prehistóricos que el
diluvio universal hubiese depositado sobre la superficie de la sociedad o que
sólo pueden preceder a un diluvio social; la agitación electoral; la ejecución
de los asesinos de Bréa; 498 los continuos procesos por delitos de
prensa; las violentas intromisiones policiacas del gobierno en los banquetes;
las insolentes provocaciones monárquicas; la exhibición de los
retratos de Louis Blanc y Caussidiére en
la picota; la incesante lucha entre la República constituida y la
Constituyente, que a cada momento hacía retroceder a la revolución a su punto
de partida, y a cada paso convertía al vencedor en vencido y al vencido en
vencedor, desplazando en un instante la posición de los partidos y las clases,
sus separaciones y sus alianzas; el rápido curso de la contrarrevolución
europea, la gloriosa lucha de Hungría y los alzamientos armados en Alemania, la
expedición romana y la ignominiosa derrota del ejército francés frente a Roma:
en medio de este torbellino de acontecimientos, de este agobio de la inquietud
histórica, de este dramático flujo y reflujo de pasiones, esperanzas y
decepciones revolucionarias, las diferentes clases de la sociedad tenían que contar
sus épocas de desarrollo por
semanas, como antes las habían contado por medios siglos. Una parte considerable de los campesinos
y de las provincias había sido ganada por el espíritu revolucionario. No sólo se sentía desengañada de
Napoleón, sino que el partido rojo le
brindaba, en vez del nombre, el contenido y, en
vez de la ilusoria
exención de impuestos, la devolución de los mil millones pagados a los legitimistas, la reglamentación
de las hipotecas y la abolición de la usura.
590
El ejército mismo se sentía contagiado de la fiebre
revolucionaria. Había votado en Bonaparte por la
victoria, y Bonaparte le entregaba una derrota. Había votado en él por el pequeño cabo detrás del cual
se hallaba el gran caudillo revolucionario, y lo que hacía era traerle de nuevo
a los grandes generales tras los cuales se ocultaba un vulgar
cabo de cuartel. No cabía duda de que el partido rojo,
es decir, el partido democrático coligado, aunque no alcanzara la victoria,
podría lograr grandes éxitos, de que París, el ejército y gran parte
de las provincias votarían por él. Ledru-Rollin, el
jefe de la Montaña, fue elegido por cinco departamentos; ningún jefe
del partido del Orden obtuvo semejante victoria, ni la logró tampoco ningún
hombre del verdadero partido proletario.
Esta elección nos revela el secreto del
partido democràticosocialista. Si, por una parte, la Montaña, el adalid
parlamentario de la pequeña burguesía democrática, se asociaba a los
doctrinarios socialistas del proletariado — que se vio obligado, por la
espantosa derrota material de junio, a reincorporarse
por medio de victorias intelectuales y al que el desarrollo de las demás clases no permitía aún lanzarse
a la dictadura revolucionaria, hubo de echarse en brazos de los doctrinarios de
su emancipación, de los fundadores
de sectas socialistas—, por otra parte tenemos que los campesinos revolucionarios, el
ejército y las provincias estaban detrás de la Montaña. Ésta se convertía así
en el árbitro evolú del campo de la revolución y, mediante el acuerdo con los
socialistas, eliminaba toda contradicción en el seno del partido
revolucionario.
En el último periodo de vida de la Asamblea
Constituyente, la Montaña representaba el entusiasmo republicano de ésta,
haciendo que se olvidaran los pecados cometidos por ella bajo el Gobierno
provisional y durante la Comisión ejecutiva y las jornadas de junio. A medida
que el partido del National por razón de su misma ambigüedad, se dejaba apabullar por el ministerio monárquico, crecía
y se imponía como la representación parlamentaria de la revolución el partido
de la Montaña, eliminado en los tiempos de omnipotencia del National. En
realidad, lo único que el partido del National tenía que oponer a las otras facciones, a las monárquicas, eran sus ambiciosas personalidades
y su retórica idealista.
497 Del 7 de marzo al 13 de
abril de 1849 se vio en Bourges el proceso contra los complicados
en los sucesos del 15 de mayo
de 1848. Blanqui fue condenado a diez años de arresto celular; Barbes y Albert a deportación perpetua; De Flotte, Sobrier y Raspail a
diversas penas de prisión, y Louis Blanc, Caussidiére, Huber y otros a la pena
de destierro.
498 El general francés Bréa, que mandaba una
parte de las tropas en la represión contra el proletariado parisino, durante
la insurrección de junio de i 848, fue muerto delante de Fontainebleau por
un grupo de insurrectos. Como consecuencia de ello, fueron ahorcadas dos
personas acusadas de haber participado en la sublevación.
591
En cambio, el partido de la Montaña representaba a
una masa oscilante entre la burguesía y el proletariado cuyos intereses
materiales reclamaban instituciones democráticas. Frente a los Cavaignacs y los
Marrasts, los Ledru-Rollins y la Montaña se hallaban, por tanto, en posesión de
la
verdad revolucionaria, y la conciencia de la importante situación que ocupaban les infundía tanto más
valor cuanto más las manifestaciones de su energía revolucionaria se limitaban
a desahogos parlamentarios, presentación de actas de acusación,
amenazas, voces, tonantes discursos y extremos
que nunca pasaban de frases. Los campesinos se encontraban aproximadamente en la misma situación
que los pequeños burgueses y tenían, sobre poco más o menos, las mismas
reivindicaciones sociales que presentar. De allí que todas las capas medias de
la sociedad empujadas al movimiento revolucionario tuvieran que encontrar su
héroe en Ledru-Rollin. Éste se convirtió en el personaje de la pequeña
burguesía democrática. Frente al partido del Orden, tenían que ponerse a la
cabeza, ante todo, los reformadores de este orden, mezcla de conservadores,
utópicos y revolucionarios.
El partido del National, “los amigos de la Constitución quand méme”,r los républicains purs et simples,s salieron
totalmente derrotados de las elecciones. Fue enviada a la Cámara Legislativa
una insignificante minoría de esta fracción, mientras sus jefes más
notorios, incluyendo a Marrast, redactor en jefe, y Orfeo, de la honrada
República, desaparecían de la escena.
R A pesar de todo.
S Republicanos puros y simples.
El 28 de mayo se reunía la Asamblea Legislativa; el
n de junio se repetía la colisión del 8 de mayo, y Ledru-Rollin presentaba, en
nombre de la Montaña, un acta de acusación contra el presidente y el gobierno,
inculpándolos de haber violado la Constitución con el bombardeo de Roma. El 12
de junio, la Asamblea Legislativa rechazaba la acusación, como el 11 de mayo lo
había hecho también la Asamblea Constituyente, pero esta vez el proletariado
empujaba a la Montaña a lanzarse a la calle, aunque no para pelear, sino para
desfilar. Basta decir que la Montaña se hallaba a la cabeza del movimiento,
para saber que éste fue vencido y que el mes de junio de 1849 resultó ser un
aborto tan ridículo como indigno del junio de 1848. La gran retirada del 13 de
junio se vio eclipsada solamente por el parte de operaciones, todavía más
grandioso, de Changarnier, el grande hombre improvisado
por el partido del Orden. Toda época social necesita tener sus grandes hombres y, como dice Helvecio,
si no los encuentra, los inventa.
El 20 de diciembre existía solamente la mitad de la
República burguesa constituida, el Presidente; el
28 de mayo, se completó con la otra mitad, con la Asamblea Legislativa. En junio de 1848, la República
constituyente burguesa esculpió su nombre en el
registro de nacimientos de la historia con una feroz
batalla contra el proletariado; en junio de 1849, la República burguesa
constituida inscribió el suyo con
una burda comedia representada en unión
de la pequeña burguesía. Junio de 1849 fúe la némesis
de junio de 1848. En junio de 1849 no fueron vencidos los obreros, sino
quitados de en medio los pequeños burgueses que se interponían entre ellos y la
evolú
ción. Junio de 1849 no fue la sangrienta tragedia
entre el trabajo asalariado y el capital, sino la deplorable comedia, llena de
encarcelamientos, entre el deudor y el acreedor. El partido del Orden había
triunfado, era omnipotente; había llegado la hora de que demostrase lo que
significaba.
593
III. CONSECUENCIAS DEL 13 DE JUNIO DE 1849
Del 13 de junio de 1849 al 10 de marzo de 1850
El 20 DE DICIEMBRE, LA CABEZA DE JANO DE LA REPÚBLICA
CONStitucional no había mostrado todavía más que una cara, la del
ejecutivo, con los borrosos y achatados rasgos de Luis
Bonaparte; el 28 de mayo de
1849, presentó su segunda cara, la legislativa, cubierta por las cicatrices
que en ella habían dejado las orgías de la Restauración y de la monarquía de
Julio. Con la Asamblea Nacional Legislativa se había dado cima a la República
constitucional, es decir, a la forma republicana de gobierno bajo la
que se constituye la dominación de la clase burguesa, o sea el poder conjunto
de las dos grandes facciones monárquicas que integran la burguesía francesa,
los legitimistas y orleanistas coligados, el partido del Orden. Y al paso que
la República francesa se convertía así en
patrimonio de los partidos monárquicos, la coalición europea de las potencias contrarrevolucionarias
emprendía simultáneamente una cruzada general contra los últimos refugios de
las revoluciones de marzo. Rusia cruzaba las fronteras de Hungría, Prusia
marchaba contra el ejército de la Constitución del Reich y Oudinot bombardeaba Roma. La crisis europea marchaba
ostensiblemente hacia un viraje decisivo, los ojos de toda Europa se
volvían hacia París, y los ojos de todo París se clavaban en la Asamblea
Legislativa.
El 11 de junio subió Ledru-Rollin a la tribuna de dicha Asamblea. No para pronunciar un discurso, sino
para formular contra los ministros una requisitoria escueta, sin adornos,
directa, concentrada y violenta.
594
El ataque a Roma es un ataque a la Constitución, el
ataque a la República romana un ataque a la
República francesa. El artículo 5 de la Constitución
dice:499 “La República francesa no empleará jamás
sus fuerzas armadas contra la libertad de ningún pueblo”, y el presidente ha
empleado al ejército francés contra la libertad del pueblo romano. El artículo
54 de la Constitución prohíbe al poder ejecutivo declarar
ninguna guerra sin contar con la autorización de la
Asamblea Nacional. El acuerdo tomado el 8 de mayo por la Asamblea Constituyente ordena expresamente a los ministros subordinar
lo antes posible la expedición romana a su finalidad originaria, lo que equivale a prohibirles no menos
expresamente la guerra contra Roma, y Oudinot bombardea esta ciudad. De este
modo, LedruRollin llama a la Constitución misma a comparecer como testigo
de cargo contra Bonaparte y sus ministros. Y el
tribuno de la Constitución
lanza a la cara de la mayoría monárquica de la Asamblea Nacional
esta amenazadora declaración: “¡Los republicanos sabrán hacer respetar la
Constitución por todos los medios, incluso
por la fuerza de las armas!”500 “¡Por la fuerza de las armas!”, repite el eco centuplicado
de la Montaña. La mayoría contesta con un espantoso
tumulto, el presidente de la Asamblea Nacional
llama al orden a Ledru-Rollin éste repite la retadora declaración
y, por último, deposita sobre la mesa de la
presidencia el acta de acusación contra Bonaparte y sus ministros. Por 361
votos contra 203, la Asamblea Nacional acuerda dar por suficientemente
discutido el asunto de la votación acerca del bombardeo de Roma y pasar al
orden del día.
¿Había creído Ledru-Rollin que podría batir a la Asamblea Nacional con la Constitución y al presidente
de la República con la Asamblea Nacional?
595
Cierto
que la Constitución prohibía todo ataque a la libertad de otros pueblos, pero lo que el ejército
francés atacaba en Roma no era, según
el ministerio, la “libertad”, sino el “despotismo de la anarquía”.
¿Acaso la Montaña, pese a todas las experiencias de la Asamblea Constituyente, no había comprendido
499 Este artículo funciona a modo de
introducción a la Constitución de la República francesa. Los artículos que
figuraban en su texto aparecían numerados con cifras arábigas.
500 Estas palabras provienen de la versión
taquigráfica de las pronunciadas por LedruRollin en la sesión del n
de junio de 1849 en la Asamblea Nacional francesa, y publicadas el 12 de
junio en el Moniteur Universel.
todavía que el interpretar la Constitución no era
incumbencia de quienes la habían hecho, sino solamente de quienes la habían
aceptado? € su letra debía interpretarse a tono con su sentido viable, y que el
único sentido viable que se le podía dar era el sentido burgués? € Bonaparte y
la mayoría monárquica de la Asamblea Nacional eran los intérpretes auténticos
de la Constitución, a la manera como el cura es el intérprete auténtico de la
Biblia y el juez el intérprete auténtico de la ley?
¿Es que la Asamblea Nacional, recién nacida de la
matriz de unas elecciones generales, iba a dejarse atar las manos por la
cláusula testamentaria, de la Constituyente difunta, cuya voluntad había
desafiado e infringido en vida un Odilón Barrot?
Al invocar el acuerdo tomado por la Constituyente
el 8 de mayo ¿Ledru-Rollin olvidaba que el n de mayo la misma Asamblea
Constituyente había rechazado su primera propuesta de procesar a Bonaparte y
sus ministros; que había absuelto al presidente de la República y a los
ministros,
sancionando con ello como “constitucional” el ataque a Roma; que el triunfo se había limitado a apelar
contra una sentencia ya recaída, y que, por último, apelaba de una
Constituyente republicana a una Asamblea Legislativa monárquica? La misma
Constitución llama a la insurrección en su ayuda, al recabar, en un artículo
especial, la protección de todo ciudadano. LedruRollin se apoyaba en este
artículo. Pero ¿acaso los poderes públicos no han sido organizados también para
proteger a la Constitución, y la violencia de ésta no comienza en el momento
mismo en que uno de los poderes
públicos constitucionales se rebela contra el otro?
Y entre el presidente de la República, los ministros
de la República y la Asamblea Nacional de la República reinaba la más completa
armonía.
596
Lo que la Montaña intentó el 11 de junio era “una
insurrección dentro de los límites de la razón pura”, es decir,
una insurrección puramente parlamentaria. Se trataba de que la
mayoría de la Asamblea, intimidada ante la perspectiva de un levantamiento
armado de las masas populares, rompiera en las personas de Bonaparte y de sus
ministros su propio poder y el significado de su propia elección. ¿No había intentado
la Constituyente, de un modo parecido, cancelar la elección de Bonaparte, al
insistir tan tenazmente en la dimisión del ministerio Barrot-Falloux?
Ni en la época de la Convención faltaban los precedentes de insurrecciones parlamentarias que habían
venido a desplazar de pronto las proporciones entre mayoría y minoría — ¿y por qué la joven Montaña
no había de poder hacer lo que había hecho con éxito su antecesora?—, ni las
circunstancias del momento parecían desfavorables para semejante empresa. La
efervescencia del pueblo había alcanzado, en París, un nivel peligroso, el
ejército no parecía inclinarse al gobierno, a juzgar por el resultado de sus
votaciones, y la propia mayoría legislativa era demasiado reciente para haberse
consolidado ya y se hallaba integrada, además, por personas con bastantes años. Si la Montaña lograba
poner en pie una insurrección parlamentaria, caería directamente en sus manos
el timón del Estado.
Por su parte, la pequeña burguesía democrática deseaba fervorosamente, como siempre, que la lucha
se ventilase por sobre sus cabezas, en las nubes, entre los espíritus flotantes
de los parlamentarios.
Por último, tanto la pequeña burguesía democrática como su representante, la Montaña, conseguirían
por medio de una insurrección parlamentaria, su gran meta: quebrantar el poder
de la
burguesía sin que llegara a desencadenarse el
proletariado o sin que éste apareciera más que en perspectiva; el proletariado,
así, habría prestado un servicio, sin llegar a hacerse peligroso.
Después de la votación recaída en la Asamblea
Nacional el n de junio, se celebró una reunión de
algunos miembros de la Montaña con delegados de las
sociedades obreras secretas. Éstos insistían en
lanzarse a la calle esa misma noche. La Montaña rechazó resueltamente este Plan. A toda costa quería
tener en su mano la dirección del asunto; consideraba,
y con razón, tan peligrosos a sus aliados como a sus
enemigos.
597
El recuerdo de las jornadas de junio de 1848
estremecía con mayor fuerza que nunca las filas del proletariado parisino. Se
hallaba, no obstante, encadenado a la alianza con la Montaña. Ésta
representaba a la mayoría de los departamentos, exageraba su influencia en
el ejército, disponía de la parte democrática de la Guardia
Nacional y se apoyaba en el poder moral de la boutique (de los
tenderos). Lanzarse en aquel momento a la insurrección en contra de su voluntad
habría equivalido, para el proletariado — diezmado, además, por el cólera y desahuciado de París, en grandes cantidades,
por el desempleo—, a repetir estérilmente las
jornadas de junio de 1848, pero sin la situación que había empujado a aquella
desesperada lucha. Los delegados proletarios hicieron lo único razonable
que podían hacer. Obligaron a la Montaña a comprometerse, es decir, a salirse de los límites de la lucha
parlamentaria para el caso de que fuese rechazada su acta de acusación. El
proletariado asumió esta misma actitud expectante y escéptica durante toda la
jornada del 13 de junio, aguardando a ver si se producía una refriega seria e
irrevocable entre la democrática Guardia Nacional y el ejército, para
lanzarse en ese caso a la lucha, a impulsar
la revolución más allá de la meta pequeño burguesa que se
le trazaba. Y estaba ya preparada, para el caso en
que se triunfara, la comuna proletaria que habría de
establecerse al lado del gobierno oficial. Los obreros de París habían
aprendido en la sangrienta escuela de junio de 1848.
El 12 de junio, el propio ministro Lacrosse propuso en
la Asamblea Legislativa pasar inmediatamente a discutir el
acta de acusación. En el curso de la noche, el gobierno había tomado todas las
disposiciones necesarias para la defensa y el ataque; la mayoría de la Asamblea
Nacional estaba decidida a empujar a la calle a la minoría rebelde, la misma
minoría no podía ya retroceder, la suerte
estaba echada; 377 votos contra 8 rechazaron el acta de acusación; la Montaña, que se había abstenido
de votar, se precipitó llena de ira en las salas de propaganda de la Democracia
Pacífica, en las redacciones de los periódicos de la “Démocratie Pacifique”.501
598
Alejada del edificio del Parlamento,
la Montaña vio abatirse su fuerza,
lo mismo que el alejamiento de
la tierra abatió la fuerza a su hijo, el gigante Anteo. Los Sansones de las salas parlamentarias volvíanse
simples filisteos en los locales de la “democracia pacífica”. Se desencadenó un
largo, ruidoso y vacuo debate. La Montaña estaba decidida a hacer respetar la
Constitución por todos los medios “exceptuando la fuerza de las
armas”. Se vio apoyada en esta decisión por un manifiesto502 y
por una diputación
enviada por los “Amigos de la Constitución”. Así se titulaban los residuos de la pandilla del National del
partido republicano burgués. Mientras que seis de los representantes que les
quedaban en el Parlamento habían votado en contra y todos los
demás en pro de que fuese rechazada
el acta de acusación y Cavaignac ponía su sable a disposición del partido del Orden, la mayor parte de la pandilla
fuera del Parlamento asió afanosamente la ocasión que se le brindaba para salir de la posición política
de parias en que se veían colocados e irrumpir a las filas del partido
democrático. ¿Acaso no eran, en realidad, los escuderos naturales de aquel
partido que se recataba bajo su escudo, bajo su principio, bajo
la Constitución?
Hasta el amanecer se escucharon los gemidos de la
“Montaña”. Por último, parió “una proclama al pueblo”, que en la
mañana del 13 de junio encontró una cabida más o menos vergonzante en dos
periódicos socialistas. 503 En ella se declaraba “fuera de la
Constitución” (hors la constitution) al presidente, a los ministros y a
la mayoría de la Asamblea Legislativa y se llamaba a “levantarse” a la Guardia
Nacional, al ejército y, por último, al pueblo. “¡Viva la Constitución/”
era la consigna lanzada por la proclama, consigna que significaba, lisa y
llanamente: ¡Abajo la revolución!
599
A la proclama constitucional de la Montaña
respondió el 13 de junio una llamada manifestación pacífica de
los pequeños burgueses, es decir, una procesión que recorrió las calles,
partiendo del Château d’Eau y a través de los bulevares, alrededor de 30.000
hombres, en su mayoría guardias nacionales, desarmados y mezclados con miembros
de las secciones obreras secretas, que desfilaban
bajo el grito de “¡Viva la Constitución!” grito mecánico y frío como el hielo que los mismos
501 La noche del 12 de junio de 1849 se
celebró en las oficinas donde estaba instalada la redacción del diario de los
furieristas, La Démocratie Pacifique, publicado de 1843 a
1851 bajo la dirección de Victor Considérant, una reunión de los
diputados llamados de “la Montaña” Los reunidos se negaron a recurrir a la
fuerza de las armas y acordaron limitarse a organizar
una manifestación pacifica.
502 En su manifiesto, publicado el 13 de junio de 1849 en el diario Le Peuple (núm. 206), la Asociación Democrática de los Amigos de
la Constitución llamaba a los ciudadanos de París a tomar parte en una
manifestación pacífica para protestar contra las “insolentes injerencias”
del ejecutivo de la República.
503 La Montaña parió una proclama: Marx
utiliza este símil a partir de un conocido episodio que aparece en una obra del
poeta Ateneo, El banquete del sabio, en la que
se dice: “ ... y Tacos rey de
los egipcios, viendo al rey de
los lacedemonios, bajo de talla y aliado suyo, le dijo: —
La montaña bramó, y Zeus tuvo miedo. Pero lo que la montaña parió fue un
ratón”
manifestantes lanzaban con la conciencia poco tranquila y que el eco del pueblo apelotonado a lo largo
de las aceras devolvía irónicamente, en vez de recogerlo con tonante resonancia.
Se notaba en aquel
coro multifónico la ausencia de las voces de pecho. Y cuando el cortejo pasó por delante del edificio de
los “Amigos de la Constitución” y apareció en lo alto de la casa un heraldo constitucional alquilado que,
agitando con todas sus fuerzas su sombrero de jefe de pandilla, expelió con
todo el ímpetu de sus pulmones una granizada de gritos estentóreos de “¡Viva la Constitución!” descargados sobre la cabeza
de los manifestantes, ellos mismos parecieron dejarse dominar durante un momento por la comicidad
de la situación. Y ya sabemos cómo la procesión, al llegar al sitio en que la
rue de la Paix desemboca en los bulevares, fue recibida de un modo nada
parlamentario por los dragones y los cazadores de Changarnier, obligándola a
dispersarse rápidamente en todas direcciones, mientras lanzaba uno que otro
grito de “¡A las armas!”, sencillamente para hacer honor al llamamiento
parlamentario del 11 de junio.
600
La mayoría de la gente de la Montaña, reunida en la
rue du Hasard, se disolvió cuando aquella dispersión violenta de la pacífica
procesión, los sordos rumores del ametrallamiento de ciudadanos desarmados en
los bulevares y el creciente tumulto callejero parecían anunciar la inminencia
de una revuelta. Ledru-Rollin, a la cabeza de un puñado de diputados, salvó el honor de la Montaña. Al amparo
de la artillería de París, apostada en el Palais National, se trasladaron al
Conservatorio de Artes y Oficios, donde se esperaba que llegaran la 5a y 6a
legiones de la Guardia Nacional. Pero la espera de los montañeses resultó
fallida; los prudentes guardias nacionales dejaron a sus representantes en la
estacada, la misma artillería parisina impidió al pueblo levantar barricadas,
un caótico barullo hacía imposible cualquier acuerdo, las tropas de línea
avanzaban a bayoneta calada, una parte de los representantes fueron hechos
prisioneros y otros lograron huir. Así terminó el 13 de junio.
El 23 de junio de 1848 había sido el día de la
insurrección del proletariado revolucionario; el 13 de junio de 1849 fue el de
la insurrección de la pequeña burguesía democrática; cada uno de estos dos
movimientos insurreccionales ostentaba el sello clásico puro de
la clase que a cada uno lo sostenía.
Solamente en Lyon se produjo un conflicto duro y
sangriento. En esta ciudad, en la que se enfrentan directamente la burguesía y
el proletariado industriales, sin que el movimiento obrero se vea encuadrado y
dominado, como en París, por el movimiento general, el 13 de junio perdió, en
sus consecuencias, el carácter originario. En las demás provincias en que
estalló, descargó como un rayo
frío, sin arrancar ninguna chispa. El 13 de junio pone fin al primer periodo de existencia de la Repú
blica constitucional, que el 28 de mayo de 1849 había entrado en su
vida normal, al reunirse la
Asamblea Legislativa. Llena este prólogo, en toda su extensión, la ruidosa lucha librada entre el partido
del Orden y la Montaña, entre la burguesía y la pequeña burguesía, que en vano
trata de rebelarse contra el establecimiento de la República burguesa, en favor
de la cual había conspirado sin cesar en el Gobierno provisional y en la
Comisión ejecutiva y por la cual se había batido fanáticamente contra el proletariado
en las jornadas de junio. El 13 de junio da al traste con la resistencia de
este sector y convierte la dictadura legislativa de los monárquicos unidos en un fait accompli.a De aquí en adelante,
la Asamblea Nacional ya no será más que el Comité de Salud Pública del
partido del Orden.
A Hecho consumado.
601
París había puesto al presidente, a los
ministros y a la mayoría de la Asamblea Nacional
en “estado de acusaciónellos, por su parte, pusieron a París
en “estado de sitio”. La Montaña había declarado a la
mayoría de la Asamblea Legislativa “fuera de la Constitución” la mayoría entregó a la Montaña al haute-
courb por desacato a la Constitución y
proscribió lo que todavía conservaba en
ella de vitalidad.504 De este modo, la Montaña quedó diezmada y convertida en
un torso, sin cabeza y sin
corazón. La minoría se había dejado llevar hasta el intento de
una insurrección parlamentaria; ahora, la mayoría elevó
su despotismo parlamentario a ley. Decretó un nuevo reglamento, que
acababa con la libertad de la
tribuna y autorizaba al presidente de la Asamblea a sancionar a los diputados que lo infringieran, con
504 La Asamblea Nacional francesa aprobó, el 10 de agosto de 1849, una ley mediante la cual declaraba reos de alta traición a “los
instigadores y cómplices de la conspiración y el atentado del 13 de junio”.
la censura, multas en dinero, la supresión de las dietas, la expulsión temporal o la cárcel. Sobre el torso
de la Montaña pendía ahora, no la espada, sino el látigo. Lo que quedaba de los
diputados de esta
facción habría podido salvar su honor renunciando en masa. Con este acto, habría acelerado el proceso
de disolución del partido del Orden. Se habría desintegrado necesariamente en
sus elementos originarios a partir del momento en que no lo mantuviera unido,
ni la sombra de una oposición.
B Tribunal Supremo.
A la par que su fuerza parlamentaria,
con la disolución de la artillería de París y de las
legiones 8ª, 9ª
y 12ª de la Guardia Nacional, se le arrebató a la pequeña burguesía democrática su fuerza armada. En
cambio, se estimuló desde la tribuna de la Asamblea Nacional a la legión de la alta finanza que el 13 de
junio había asaltado las imprentas de Boulé y Roux, devastado las oficinas de
los periódicos republicanos y apresado arbitrariamente a redactores,
formadores, impresores, distribuidores y mensajeros. De una punta a otra de
Francia, por todas partes, se repitió la disolución de las guardias nacionales
sospechosas de republicanismo.
602
Nueva ley de prensa, nueva ley
de asociaciones, nueva ley sobre el estado
de sitio; las cárceles de París, abarrotadas; los refugiados
políticos, expulsados; todos los periódicos que iban más allá que el National suspendidos;
Lyon y los cinco departamentos circundantes, expuestos a los brutales
atropellos del despotismo militar; los tribunales, omnipresentes; el ejército
de funcionarios, tantas veces depurado,
sometido a una nueva depuración: he aquí los
inevitables lugares comunes, sin cesar repetidos, de la
reacción triunfante, que si vale la pena mencionar después de las matanzas y
deportaciones de junio es simplemente porque ahora no iban dirigidos tan sólo
contra París, sino
también contra los departamentos, no tan sólo contra el proletariado, sino también y sobre todo contra
las clases medias.
Las leyes represivas, que dejaban la declaración del estado de sitio a merced del parecer del gobierno,
agarrotaban todavía más a la prensa, anulaban el derecho de asociación y
absorbieron toda la actividad legislativa de la Asamblea Nacional durante los
meses de junio, julio y agosto.
Sin embargo, esta época no se caracteriza por la
explotación de la victoria en el plano de los hechos,
sino en el plano de los principios; no por los acuerdos
adoptados por la Asamblea Nacional, sino por la
motivación de estos acuerdos; no por la cosa misma, sino por las frases, y ni
siquiera por las frases sino por el acento y los gestos que las subrayan. Lo que da a este periodo un tono y un matiz peculiares
es la exteriorización impúdica, descarada, de los sentimientos
monárquicos, son los insultos despectivamente aristocráticos contra la
República, la frívola coquetería con que se divulgan las
intenciones restauradoras; en una palabra, los
jactanciosos atentados contra el decoro republicano. El
grito de combate de los vencidos del 13 de junio era el de
“¡Viva la Constitución!” Los vencedores quedaban, por tanto,
relevados de guardar la hipocresía del lenguaje constitucional, es decir, del
lenguaje republicano.
603
La contrarrevolución se había apoderado de Hungría,
de Italia, de Alemania, y ya creían ver la Restauración a las
mismas puertas de Francia. Se entabló entre los primeros
violines de las facciones del Orden una verdadera competencia: todos se
afanaban en documentar su monarquismo en las columnas del Moniteur y
en confesar los posibles pecados liberales cometidos por ellos bajo la
monarquía, arrepintiéndose y pidiendo perdón ante Dios y ante los hombres. No
pasaba día sin que en la tribuna de la Asamblea Nacional se declarara a la
revolución de Febrero culpable de tal o cual desgracia pública, sin que
cualquier evoque legitimista de provincias hiciese pública y solemne protesta
de no haber reconocido jamás a la República, sin que uno de los cobardes
tránsfugas y
traidores de la monarquía de Julio contase las inéditas hazañas heroicas que sólo la filantropía de Luis
Felipe o la incomprensión le habían impedido realizar.
Lo asombroso de las jornadas de febrero no era la
magnanimidad del pueblo victorioso, sino la abnegación y la moderación de los
monárquicos, que le habían permitido alcanzar la victoria. Un diputado llegó a
proponer que se entregara una parte de las sumas consignadas para los heridos
de febrero a los guardias municipales, los únicos que en aquellos
días habían tenido una conducta meritoria
para con la patria. Otro propuso que se
decretase la erección de una estatua al Duque de
Orleáns en la plaza del Carrousel. Thiers calificó
la Constitución como un sucio pedazo de papel.
Fueron desfilando por la tribuna, unos tras otros, los orleanistas, para arrepentirse de su conspiración
contra la monarquía legítima; los legitimistas, quienes se acusaron de haber
acelerado el derrocamiento déla monarquía, al rebelarse contra la dinastía
ilegítima; Thiers, que se arrepintió de
haber intrigado contra Molé; Molé de haber intrigado contra Guizot; y Barrot, de haberlo hecho contra
los tres. Fue declarado anticonstitucional el grito de “¡Viva la República evolúoó-social!”
y perseguido como evolúoó-social el de “¡Viva la República!”
604
El día del aniversario de la batalla de Waterloo,
un diputado declaró lo siguiente: “No temo tanto a la
invasión de los prusianos como a la entrada en Francia de los revolucionarios emigrados”.505 Baraguay
d’Hilliers contestó a las quejas sobre el terrorismo desencadenado en Lyon y en
los departamentos vecinos con las siguientes palabras: “Prefiero el terror
blanco al terror rojo” (faim e mieux la terreur blanche que la terreur rouge).506 Y
la Asamblea aplaudía frenéticamente tan pronto como salía de los labios
de sus oradores la menor frase intencionada en
contra de la República, de la revolución o de la
Constitución o en favor de la monarquía o de la Santa Alianza. Cualquier
infracción contra los más nimios formulismos republicanos, por ejemplo, el de dar a los diputados el tratamiento de “citoyens”,c encendía
el entusiasmo entre los caballeros del Orden.
C Ciudadanos.
Las elecciones complementarias del 8 de julio en París, realizadas bajo la influencia del estado de sitio
y con la abstención electoral de gran parte del proletariado, la toma
de Roma por el ejército francés y la entrada en aquella
capital de las eminencias rojas507 y, tras ellas, de la Inquisición y del
terrorismo monástico, añadieron nuevas victorias a la de junio y exaltaron
todavía más la orgía del partido del Orden.
Por último, a mediados de agosto, mitad por el
propósito de asistir a los consejos departamentales recién convocados y mitad
por el cansancio ante aquella orgía tendenciosa, que llevaba ya varios meses,
los monárquicos decretaron una suspensión de dos meses de las sesiones de la
Asamblea Nacional. Designaron una Comisión permanente de veinticinco
representantes, la flor y nata de los legitimistas y orleanistas, entre los que
figuraban un Molé y un Changarnier, llamándoles con visible ironía representantes
de la Asamblea Nacional y guardianes de la República. La
ironía era más profunda de lo que ellos mismos sospechaban. Aquellos hombres,
condenados por la historia a
contribuir a derrocar la monarquía a la que amaban, se veían
ahora destinados por ella a conservar la
República, a la que odiaban.
605
La suspensión de sesiones de la
Asamblea Legislativa pone fin al segundo periodo de
existencia de la República constitucional, a su periodo
de zafiedad monárquica.
Había vuelto a levantarse el estado de sitio de
París y se había reanudado la acción de la prensa. Durante el periodo de
suspensión de los periódicos democrático-sociales, de leyes represivas y de
camorra monárquica, se había republicanizado el Siècle508 viejo
representante literario de la pequeña
burguesía monárquico-constitucional, se había democratizado la Presse,509 viejo exponente literario de
los reformadores burgueses, y se había socializado el National, el viejo y clásico órgano de los burgueses republicanos.
Las sociedades secretas fueron
creciendo en extensión y en intensidad a medida que se hacían imposibles
los clubes públicos. Las asociaciones obreras de
industria, toleradas como compañías
puramente comerciales y carentes de toda importancia económica,’ se convirtieron, políticamente, en
505 El acta de la sesión celebrada por la Asamblea Nacional francesa el 19 de junio de 1849, se publicó en el Moniteur Universel
(núm. 171).
506 Estas palabras figuran en el acta de la sesión de la Asamblea Nacional francesa del 7 de junio de
1849 y que aparecieron en el
Moniteur Universel (núm. 189, del 8 de julio de 1849).
507 Eminencias rojas: Comisión nombrada por el papa Pío IX y formada por tres cardenales, que, apoyados por el ejército francés, implantaron
en Roma un régimen reaccionario, después de derrotar a la República de Roma.
508 Le Siècle: diario francés
publicado en París de 1836 a 1839. En los años
cuarenta reflejaba las ideas de aquella parte de la pequeña
burguesía que se limitaba a preconizar reformas constitucionales moderadas.
509 Véase supra, nota 291.
otros tantos medios de enlace del proletariado. Como el 13 de julio había cortado las cabezas oficiales
a los diferentes partidos semirrevolucionarios, las masas que quedaron en pie
tuvieron que adquirir su propia cabeza. Los caballeros del Orden habían
intimidado a la gente con los horrores de la República roja por ellos
pronosticados, pero los infames excesos y las hiperbóreas atrocidades de la
contrarrevolución victoriosa en Hungría, en Badén y en Roma dejaron
inmaculadamente blanca a la República roja. Y las descontentas
clases medias de la sociedad francesa comenzaron a preferir los
pronósticos de la República roja, con sus problemáticos horrores, a los horrores de la monarquía roja,
con su falta real de perspectivas. Ningún socialista hizo en Francia más
propaganda revolucionaria que Haynau. A chaqué capacité selon
ses oeuvres.d
d A cada cual
lo que le corresponde
606
Entre tanto, Luis Bonaparte aprovechaba las
vacaciones de la Asamblea Nacional para viajar en plan de príncipe por las
provincias, los más ardientes legitimistas iban en peregrinación a Ems para
prosternarse ante el nieto de San Luis,510 y la masa de los
diputados amigos del Orden intrigaba en los
consejos departamentales, recién reunidos. Se trataba de hacer que estos consejos proclamaran lo que
no se atrevía a proclamar aún la mayoría de la Asamblea Nacional: la propuesta
de urgencia sobre la revisión inmediata de la Constitución. Según su texto, la Constitución no podía revisarse antes de 1852,
en una Asamblea Nacional convocada especialmente con este fin. Pero si la
mayoría de los consejos departamentales se pronunciaba en este sentido, ¿no
debería la Asamblea Nacional sacrificar al voto de Francia la virginidad de la
Constitución? La Asamblea Nacional cifraba en estas asambleas
provinciales las mismas esperanzas que las monjas de la Henriade de Voltaire ponían en los Panduros.
Pero los Putifares de la Asamblea Nacional se encontraron en las provincias,
salvo contadas excepciones, con otros tantos Josés. En su inmensa mayoría, no
quisieron entender la apremiante insinuación. La revisión de la Constitución
fracasó al estrellarse contra los mismos instrumentos que habían de
hacerla posible: las votaciones de los consejos departamentales. La
voz de Francia, que era además la de la Francia burguesa, había hablado,
pronunciándose en contra de la revisión.
607
La Asamblea Nacional Legislativa volvió
a reunirse a comienzos de octubre: ¡Tantum matatus ab illo!e Su
fisonomía había cambiado totalmente. El inesperado rechazo de la revisión por
los consejos departamentales la obligó a situarse de nuevo dentro de los
límites de la Constitución y le recordó el periodo que marcaba el término de su
vida. Los orleanistas se habían vuelto recelosos ante las
peregrinaciones de los legitimistas a Ems, a los legitimistas les infundían sospechas las negociaciones
de los orleanistas con Londres, 511 y los periódicos de ambas
facciones habían atizado el fuego y sopesado las mutuas aspiraciones de sus
pretendientes. Orleanistas y legitimistas, juntos, gruñían contra los manejos
de los bonapartistas, que se traslucían en los viajes principescos, en los
intentos más o menos claros de emancipación del presidente y en el arrogante lenguaje
de los periódicos bonapartistas. Y, a su vez, Luis Bonaparte gruñía en contra
de una Asamblea Nacional que sólo veía con buenos ojos la conspiración
legitimista-orleanista y de un gobierno que constantemente lo delataba ante
esta Asamblea. Por último, en el gobierno existía una división intestina en
cuanto a la política romana y al impuesto sobre la renta,
propuesto por el ministro Passy y que los
conservadores motejaban de socialista.
E ¡Cuánto habían cambiado las cosas!
Uno de los primeros proyectos que el ministerio Barrot presentó a la Asamblea Legislativa, reunida de
nuevo, fue la petición de un crédito de 300.000 francos para la pensión de viudez
de la Duquesa de Orleáns. La Asamblea Nacional lo otorgó y
añadió al registro de deudas de la nación francesa la suma
de 7 millones de francos. Y mientras Luis Felipe seguía representando así, con evol, el papel de pauvre
honteux, de “mendigo vergonzante”, ni el gobierno se atrevía a proponer que se le aumentara el sueldo
a Bonaparte ni la Asamblea parecía inclinarse a ello. Y Luis Bonaparte
fluctuaba, como siempre, ante el dilema: Aut Caesar aut Clichy!f
510 Se trata del conde de Chambord (quien se
hacía llamar Enrique V), que pretendía el trono de Francia y era
miembro de
una antigua rama de la dinastía de los Borbones. Pasaba largas temporadas en Ems (Alemania), donde tenía una residencia palaciega. 511 Un buen número de orleanistas acudía o vivía en las cercanías de Londres, en Claremont, donde residió Luis Felipe de Orleáns, como
exiliado de la revolución de Febrero.
f ¡O
César o Clichy! (Clichy era la
sede, la cárcel para
deudores quebrados o insolventes.)
608
La segunda demanda de crédito del ministro para
cubrir los gastos de la expedición romana y que ascendía a 9
millones de francos, agudizó todavía más la tensión ya existente entre
Bonaparte y sus ministros y la Asamblea Nacional. Luis Bonaparte había hecho
insertar en el Moniteur una carta dirigida a su ayudante, el
oficial Edgar Ney, en la que exigía del gobierno pontificio ciertas garantías
constitucionales. Por su parte, el Papa había emitido motu
proprio 512 una declaración en la que rechazaba cualquier
restricción que se tratara de imponer al gobierno restaurado. La carta de
Bonaparte corría con deliberada indiscreción las cortinas de su gabinete para exponerse a las miradas
de la galería como genio bondadoso, pero ignorado y encadenado en su propia casa. No era la primera
vez que coqueteaba con los “aleteos furtivos de un alma libre”.513 Thiers, ponente
de la comisión, haciendo caso omiso de estos aleteos de Bonaparte, se limitó a
traducir al francés la alocución papal.
Y no fue el ministerio, sino Víctor Hugo, quien trató de salvar al presi
dente por medio de una moción pidiendo que la
Asamblea Nacional diese su asentamiento a la carta de Napoleón. “Allons
donc! Allons donc!”g ¿Tal fue la interjección, frívola pero
inexorable, con que la mayoría de la Asamblea enterró la propuesta de Hugo. ¿La
política del presidente? ¿La carta del presidente?
¿El presidente mismo? ‘Allons done! Allons done!” ¿Quién
diablos podía tomar
au sérieuxh al señor Bonaparte?
¿Cree usted, señor Víctor Hugo, que podamos creerle que realmente confía usted
en el presidente?
G ¡Vamos, pues!
H En serio.
“Allons done! Allons done!” La discusión sobre el retorno de los Orleáns y los Borbones vino,
por último, a acelerar la ruptura entre Bonaparte y
la Asamblea Nacional. No habiéndolo hecho el gobierno, se decidió a presentar
esta propuesta el primo del presidente, hijo del ex rey de Westfalia. La tal
propuesta no perseguía otra finalidad que la de poner a los pretendientes
legitimistas y orleanistas al trono en el mismo plano, o más bien la de
colocarlos por debajo del pretendiente bonapartista, quien se
hallaba, por lo menos de hecho, al frente del Estado.
609
Napoleón Bonaparte fue lo bastante irreverente para
reunir en la misma propuesta el retorno de las familias reales
expulsadas y la amnistía para los insurrectos de Junio. La
indignación de la mayoría le obligó inmediatamente a presentar excusas por este
evolúo maridaje de lo sagrado con lo maldito,
de las razas de los reyes con el engendro proletario, de los astros rutilantes de la sociedad y los fuegos
de su ciénaga, asignando a cada una de las dos propuestas el lugar y el rango
que les correspondía. Rechazó con gran energía la revocación del exilio de la
familia real, y Berryer, el Demóstenes de los legitimistas,
no dejó en pie la más leve duda en cuanto al
sentido del voto recaído. ¡Lo que se buscaba era la
degradación civil del pretendiente! ¡Se trataba de arrebatarle el halo de
santidad, la última majestad que le quedaba, la majestad del destierro!
¡Qué iba a pensarse — exclamó Berryer— de un
pretendiente que, olvidándose de su augusto origen, regresara al país para vivir en él como un simple
particular! No era posible decirle a Luis Bonaparte más claramente que su
presencia en Francia en
nada realzaba su personalidad y que si los monárquicos coligados lo necesitaban como hombre neutral en
el sitial de la presidencia, los verdaderos pretendientes a la Corona debían
seguir ocultos a las miradas profanas entre las nieblas del exilio.
El 1 de noviembre, Luis Bonaparte contestó a la
Asamblea Legislativa, por medio de un mensaje, anunciando en palabras bastante
crudas la destitución del ministerio Barrot y la formación de un nuevo
ministerio. El ministerio Barrot-Falloux era el ministerio de la coalición
monárquica; el
gobierno d’Hautpoul, que le sustituyó, era el ministerio de Bonaparte, el órgano del
presidente frente a la Asamblea Legislativa, el ministerio de las
ordenanzas.
610
512 Motu proprio (por propio
impulso): eran las palabras iniciales de ciertas disposiciones pontificias
emanadas de la propia autoridad del Papa sin consultar a los cardenales, y
solían referirse a asuntos administrativos y de política interior del
Estado eclesiástico. Marx se refiere aquí a una declaración del papa Pío
IX del 12 de septiembre de 1849.
513 Aleteos furtivos de un alma libre: frase tomada de un poema de
Georg Herwegh titulado “De las montañas”.
Bonaparte ya no era simplemente el hombre
neutral del 10 de diciembre de 1848. La posesión del
poder ejecutivo había agrupado en torno a él una serie de intereses; la lucha contra la anarquía obligó
al mismo partido del Orden a acrecentar la influencia del presidente, y si éste no era ya popular, aquél
era impopular. ¿Y no tenía Bonaparte razones para esperar que podría presionar a los organistas y los
legitimistas a reconocer al presidente neutral, tanto por medio de
su rivalidad como por la necesidad de una restauración monárquica, cualquiera
que ella fuese?
El tercer periodo de existencia de la República constitucional data del 1 de noviembre de 1849 y llega
hasta el 10 de marzo de 1850. No sólo comienza el juego normal de las
instituciones constitucionales, que tanto admira Guizot, la camorra entre
el poder ejecutivo y el poder legislativo. Frente a las veleidades
restauradoras de orleanistas y legitimistas coligados, Bonaparte defiende el
título de su poder común, la República;
los legitimistas defienden
contra los orleanistas y éstos contra aquéllos el statu quoyla República. Todas estas facciones del partido del Orden, cada una de las cuales aspira a su
propio rey y a su propia restauración, invocan mutuamente,
frente a las apetencias de restauración y de levantamiento de
sus rivales, la dominación común de la burguesía, la forma bajo la cual se
neutralizan y se mantienen en pie las pretensiones propias y especiales: la
República.
Para estos monárquicos, la monarquía es lo que era para Kant la República como única forma racional
de gobierno: un postulado de la razón práctica, que nunca llega a realizarse,
pero cuya consecución debemos trazarnos siempre como meta y abrigar en nuestra
intención.
De este modo, la República constitucional, que había brotado de manos de los republicanos burgueses
como fórmula ideológica hueca, convertíase en manos de los monárquicos coligados en una forma viva
y evolúo de contenido. Y Thiers tenía más razón de la que él mismo sospechaba,
cuando decía: “Nosotros, los monárquicos, somos los verdaderos puntales de la
República constitucional”.
611
La caída del ministerio de la coalición y la subida del ministerio de los ordenanzas encerraba, además,
un segundo significado. Su ministro de Hacienda se llamaba Fould. Fould en el ministerio de Hacienda
representa la entrega oficial de la riqueza nacional francesa a la Bolsa, la
administración del erario público por la Bolsa y en interés suyo. Con el
nombramiento de Fould, la aristocracia financiera anunciaba su restauración en
el Moniteur. Esta restauración venía a completar
necesariamente las otras restauraciones, que son otros tantos eslabones en la
cadena de la República constitucional.
Luis Felipe jamás se había atrevido a entregar la cartera de Hacienda a un verdadero loup-cervier (lobo
de la Bolsa). Como su reinado era el nombre ideal para la dominación de la alta burguesía, los intereses
privilegiados impuestos en sus ministerios debían ostentar nombres ideológicamente desinteresados.
La República burguesa empujaba por todas partes al primer plano lo que mantenían recatado al fondo
las diferentes monarquías, tanto la legitimista como la orleanista. Convertía en terrenal lo que aquéllas
exaltaban como celestial. Sustituía los nombres del santoral por los nombres propios burgueses de los
intereses de clase dominantes.
Toda nuestra exposición ha puesto de manifiesto
cómo, desde el primer día de su existencia, la
República, lejos de derrocar a la aristocracia financiera, lo que hizo fue afianzarla. Pero las concesiones
que se le hicieron eran como el destino fatal, al que sus autores se sometían,
sin querer provocarlo. Con Fould, volvió la iniciativa del gobierno a las manos
de la aristocracia financiera.
Se preguntará cómo la burguesía coligada podía soportar y tolerar la dominación
de las finanzas, que bajo Luis Felipe descansaba sobre la eliminación o la
sumisión de las demás facciones burguesas.
La respuesta es sencilla.
Debe tenerse en cuenta, ante todo, que la misma aristocracia financiera tenía una importancia decisiva
dentro de la coalición monárquica cuyo gobierno conjunto se llama la República.
¿No son los viejos aliados y cómplices de la
aristocracia financiera los portavoces y talentos de los
orleanistas? ¿Y no es
ella misma la falange dorada del orleanismo? Por lo que se refiere a los legitimistas, ya bajo Luis Felipe
participaban prácticamente en todas las orgías de las especulaciones
bursátiles, mineras y ferroviarias. El enlace de la gran propiedad de la tierra
con la alta finanza es, en términos generales, un hecho normal. La
prueba de ello la tenemos en Inglaterra e incluso en Austria.
612
En un país como Francia, donde la magnitud de la
producción nacional se halla, en términos desproporcionados, muy por debajo de
la magnitud de la deuda nacional, y donde la renta pública
constituye el objeto predilecto de la especulación, y la Bolsa el principal mercado para la inversión del
capital que se quiere explotar improductivamente; en un país así, tiene que
haber una cantidad enorme de personas, pertenecientes a todas las clases
burguesas o semiburguesas, interesadas en la
deuda pública, en las operaciones bursátiles y en la finanza. Y todos estos interesados subalternos ¿no
encuentran sus apoyos y sus jefes naturales en la facción que representa este
interés en sus proporciones más gigantescas, que lo representa en su conjunto y
en bloque?
¿A qué se debe la entrega del erario público a la
alta finanza? Al crecimiento constante de la deuda pública. ¿Y a qué obedece el
continuo aumento de la deuda pública? Al constante superávit de los gastos del
Estado sobre sus ingresos, desproporción que constituye al mismo tiempo la
causa y el efecto del sistema de los empréstitos públicos.
Para sustraerse a este aumento de sus deudas, el Estado tiene que seguir, necesariamente, uno de dos
caminos. O restringir sus gastos, es decir, simplificar el aparato de gobierno,
reducirlo, gobernar lo
menos posible, dar empleo a la menor cantidad posible de personal, mantener las menores relaciones
posibles con la sociedad civil. Pero este camino no podía seguirlo el partido
del Orden, cuyos medios de represión, cuya injerencia oficial
por razón de Estado y cuya presencia en todas partes
a través de los órganos del Estado tenían necesariamente que aumentar en
la misma medida en que se vieran
amenazados por mayor número de partes su poder y las condiciones de vida de su clase. No es posible
reducir la gendarmería cuando se multiplican los ataques a las personas y a la
propiedad.
613
El segundo camino consiste en que el Estado trate
de eludir sus deudas y lograr un equilibrio momentáneo, transitorio, del
presupuesto público por medio de impuestos
extraordinarios arrojados
sobre los hombros de las clases más ricas. Pero para sustraer la riqueza nacional a la explotación de la
Bolsa, ¿iba el partido del Orden a sacrificar su propia riqueza en los altares
de la patria? Pas si béte!i
i ¡No era tan necio!
Por tanto, sin una transformación total del Estado
francés no era posible transformar a fondo el presupuesto público de Francia.
Este presupuesto del Estado llevaba consigo, necesariamente, la deuda pública,
la que, a su vez, traía consigo, por fuerza, el régimen de la especulación con
la deuda pública, de los acreedores del Estado, los banqueros, los traficantes
en dinero y los lobos de la Bolsa. Sólo una facción del partido del Orden, la
de los fabricantes, estaba directamente interesada en el
derrocamiento de la aristocracia financiera. Y, al decir esto, no nos referimos a los industriales medios
o a los pequeños, sino a los grandes magnates de los intereses fabriles,
quienes bajo Luis Felipe
formaban la base de la oposición dinástica. No cabe duda de que estos elementos se hallan interesados
en que disminuyan los costos de producción y se reduzcan, por tanto,
los impuestos que entran en la producción y, consiguientemente, las deudas
del Estado, cuyos intereses entran en los impuestos; es decir, en que sea
derrocada la aristocracia financiera.
En Inglaterra —y los más grandes fabricantes
franceses no pasan de ser pequeños burgueses,
comparados con sus rivales de Inglaterra— encontramos realmente a los fabricantes, a un Cobden o a
un Bright, a la cabeza de
la cruzada contra la Banca y la aristocracia
de la Bolsa. ¿Por qué no ocurre lo mismo en
Francia? En Inglaterra impera la industria, en Francia la agricultura. En
Inglaterra, la
industria necesita el free trade;j en Francia necesita el proteccionismo, el monopolio nacional, además
de otros monopolios. La industria francesa no domina la producción francesa,
razón por la cual los industriales franceses no dominan a la burguesía de
Francia.
J Librecambio.
614
Para hacer valer sus intereses frente a los demás sectores de la burguesía, no pueden, como hacen los
ingleses, ponerse a la cabeza del movimiento y, al mismo tiempo, llevar hasta el extremo su interés de
clase, sino que tienen que ir a remolque de la revolución y servir a intereses
que chocan contra los intereses comunes de su clase. En febrero, no supieron
comprender dónde estaba su puesto, y lo ocurrido entonces les abrió los ojos.
¿Y quién se halla más directamente amenazado por los obreros que el patrono,
el capitalista industrial? Se explica, pues, que
el fabricante francés se convirtiera en el
más fanático afiliado al partido del Orden. Pues
¿qué significa la merma de sus ganancias por la finanza,
al lado de la supresión de esas ganancias por el proletariado?
En Francia, el pequeño burgués hace lo que
normalmente debiera hacer el burgués industrial; el obrero hace lo que
normalmente debiera ser la misión del pequeño burgués, y la
misión del obrero
¿quién la realiza? Nadie. En Francia, la misión del
obrero no se realiza, sino que se proclama. En ninguna parte se
cumple esta misión dentro
de las fronteras nacionales,514 la guerra de
clases librada dentro de la sociedad francesa se trueca en una guerra
mundial, en la que las naciones se enfrentan unas a otras. Y la solución
comenzará solamente a partir del momento en que la guerra mundial empuje al
proletariado a la cabeza del pueblo que domina el mercado mundial, a la cabeza
de Inglaterra. La revolución, que no encontrará aquí su final, sino su punto de partida organizador, no es
una revolución a corto plazo. La actual generación
se asemeja a los judíos que Moisés
guiaba a través
del desierto. No sólo tiene un mundo nuevo que conquistar, sino que habrá de perecer para dejar paso
a los hombres que estén a la altura de ese mundo nuevo.
615
Volvamos ahora a Fould.
El i4 de noviembre de 1849 Fould subió a la tribuna
de la Asamblea Nacional y expuso su sistema
financiero: ¡apología del viejo sistema de tributación! ¡Mantenimiento del impuesto sobre el vino!
¡Supresión del impuesto sobre la renta de Passy!
Este Passy no era tampoco un revolucionario, sino
un ex ministro de Luis Felipe. Era uno de los puritanos de la talla de Dufaure
y figuraba entre los adictos más íntimos de Teste, el chivo expiatorio de la
monarquía de Julio.* También Passy había elogiado el viejo sistema fiscal y
sugerido el
mantenimiento del impuesto sobre el vino, pero, al mismo tiempo, había rasgado el velo del déficit del
Estado. Elabía declarado que para evitar la quiebra del Estado no había más
remedio que implantar un nuevo impuesto, el impuesto sobre la renta. Fould,
quien había recomendado a Ledru-Rollin la quiebra del Estado, recomendaba ahora
a la Asamblea Legislativa el déficit del presupuesto público.
Prometió introducir ahorros, cuyo secreto se reveló más tarde en el hecho de que, mientras los
gastos disminuían, por ejemplo, en 60 millones, la deuda flotante aumentaba en
200 millones de francos: artes de prestidigitación en el modo de agrupar los números y de presentar las cuentas, que en último
resultado se reducían todas a nuevos empréstitos.
* El 8 de julio de 1847 se había entablado ante el
tribunal de los Pares de París un proceso contra Parmentier y el
general Cubiéres por cohecho de funcionarios públicos con el fin de obtener la concesión de unas minas de sal; en el proceso aparecía también
encartado el entonces ministro de Obras Públicas, Teste, por haberse dejado
cohechar. Teste trató de suicidarse durante el proceso. Todos los acusados
fueron condenados a elevadas multas, Teste, además de eso, a tres años de
cárcel. [Nota de Engels a la edición de 1895.]
Es cierto que, bajo Fould, la aristocracia financiera, a cuyo lado se hallaban los demás celosos sectores
de la burguesía, no se comportaba de un modo tan descaradamente corrompido como bajo Luis Felipe.
Pero el sistema seguía siendo el mismo: aumento incesante de las deudas y
ocultación del déficit. Y, con el tiempo, se pusieron de manifiesto, todavía
más abiertamente, las viejas especulaciones bursátiles. Pruebas: la ley sobre
el ferrocarril de Aviñón, las misteriosas fluctuaciones de los valores del Estado,
que fueron durante algún tiempo la comidilla diaria de París, y, por último,
las frustradas especulaciones de Fould y Bonaparte en torno a las elecciones
del 10 de marzo.
616
La restauración oficial de la aristocracia
financiera necesariamente tenía que colocar de nuevo al pueblo francés ante un
24 de febrero. La Constituyente, en un ataque de misantropía contra su
heredera, había abolido el impuesto sobre el vino para el año de gracia de
1850. La supresión de los viejos impuestos no facilitaba el pago de las nuevas
deudas. Creton, un cretino del partido del Orden,
había presentado, ya antes de la suspensión de sesiones
de la Asamblea Legislativa, una moción para
que el impuesto sobre el vino se mantuviese en vigor. Fould aceptó la propuesta en nombre del
514 Sobre la conclusión de que el
triunfo de la revolución proletaria no puede darse en € país por
separado, véasF.
Engels, “Principios del comunismo”, en Carlos Marx y Federico Engels, Obras Fundamentales, t.
4, Los grandes fundamentos, II, México, F C
E, 1988, pp. 234 ss.
gobierno bonapartista, y el 20 de diciembre de
1849, al cumplirse el aniversario de la proclamación de Bonaparte como
presidente, la Asamblea
Nacional decretaba la restauración del
impuesto sobre el vino. El vocero de esta restauración no fue
precisamente un financiero, sino el jefe de los evolúo, Montalembert. Su argumentación
no podía ser más sencilla. Los impuestos son el pecho materno en que
se amamanta el gobierno. El gobierno son los instrumentos de la represión, son
los órganos de la autoridad, es el ejército, es la policía, son los funcionarios,
los jueces, los ministros, son los sacerdotes. Los ataques
contra los impuestos son los ataques de los anarquistas contra los guardianes
del orden, quienes salvaguardan la producción material y espiritual de la
sociedad burguesa contra los asaltos de los vándalos proletarios. Los
impuestos son la quinta divinidad, junto a la propiedad, la familia, el orden y la religión. Y el impuesto
sobre el vino es, indudablemente, un impuesto, y no un impuesto como otro
cualquiera, sino un impuesto tradicional, de espíritu monárquico, un impuesto respetable. Vive Fimpót des boissons!
Three cheers and one cheer more!k
k ”¡Viva el impuesto sobre las bebidas!”
“¡Tres vivas y uno más!”
617
Cuando el campesino francés quiere imaginarse al
diablo, se lo representa bajo la figura del recaudador de contribuciones. Desde
el momento en que Montalembert elevaba los impuestos al
plano, de las divinidades, el campesino se hacía ateo y se echaba en brazos del demonio, en brazos del socialismo. La religión del orden se había burlado de él, los jesuítas se habían burlado de él, Bonaparte
se había burlado de él. El 20 de diciembre de 1849 había comprometido
irrevocablemente al 20 de diciembre de 1848. El “sobrino de su tío” no era el
primer miembro de la familia derrotado por este
impuesto, que, según las palabras de Montalembert, anuncia la tormenta revolucionaria. El verdadero
Napoleón, el grande, declaró en Santa Elena que el restablecimiento del
impuesto sobre el vino contribuyó más que cualquier otra cosa a su
derrocamiento, al enajenarle las simpatías de los campesinos del sur de
Francia. Este impuesto, que ya bajo Luis XIV había atraído sobre sí el odio del
pueblo (basta leer los escritos de Boisguillebert y Vauban)
y que la primera revolución había abolido, fue restablecido
en 1808 por Napoleón, con modificaciones de forma. Al irrumpir en Francia la
Restauración, no cabalgaban delante de ella solamente los cosacos, sino también
los anuncios de que sería suprimido el impuesto sobre el vino. Claro está que
la gentilhommeriel no tenía para qué mantener la palabra dada a la gent
taillable à merci et evolúoó.m La gente de 1830 prometió suprimir el
impuesto sobre el vino, pero no estaba, en su modo de ser, hacer lo que decía
ni decir lo
que hacía. La gente de 1848 prometió acabar con dicho impuesto, como prometía todo lo habido y por
haber. Por último, la Constituyente, que no había prometido nada, redactó, como
queda dicho, una cláusula testamentaria por virtud de la cual el impuesto sobre
el vino debería desaparecer el 1 de enero de 1850. Diez días
exactamente antes de la
fecha citada, la Asamblea Legislativa implantaba de
nuevo el impuesto, a la zaga del cual, como se ve, marchaba constantemente el
pueblo francés, quien lo arrojaba por la puerta para contemplar en seguida cómo
se colocaba de nuevo por las ventanas.
l La nobleza.
M La gente que se podía hacer tributar a gusto y antojo.
618
El odio popular en contra
del impuesto sobre el vino se explica sabiendo que resumía y compendiaba
cuanto tiene de odioso y repelente todo el sistema fiscal francés. El modo de
percibir este impuesto, es odioso y su reparto aristocrático, ya que las
tarifas fiscales son las mismas para los vinos más corrientes que para los más
caros. El impuesto aumenta, pues, en progresión geométrica, a medida que
disminuye la capacidad económica del consumidor, como un impuesto progresivo a
la inversa. Provoca, por tanto,
directamente la intoxicación de las
clases trabajadoras, como prima a favor de los
vinos falsificados y adulterados. Disminuye el consumo, instalando fielatos en las puertas de todas las
ciudades de más de 4.000 habitantes y convirtiendo cada ciudad de Francia en
territorio extranjero
con aranceles protectores contra los vinos franceses. Los grandes tratantes en vinos, y más todavía los
pequeños, los marchands de vins, las tabernas, cuyos ingresos dependen directamente del consumo de
vino, son otros tantos adversarios declarados de ese impuesto. Por último, al
reducir el consumo, el
impuesto sobre el vino cercena a la producción el mercado de ventas. Incapacita a los obreros urbanos
para pagar el vino y a los campesinos que lo cultivan
para venderlo. Y la población campesina que en Francia se dedica
al cultivo del vino asciende a unos 12 millones de personas. Fácil es
comprender,
por tanto, el odio del pueblo en general, y en
particular el fanatismo de los campesinos en contra de
este impuesto. Además, no veían en la restauración de dicho impuesto un hecho aislado, más o menos
fortuito. Los campesinos tienen una manera propia de tradición histórica,
transmitida de padres a hijos, y en esta especie de escuela histórica se corría
la voz de que todo gobierno que quería engañar a los campesinos les prometía la
supresión del impuesto sobre el vino y, después de haberlos engañado, lo mantenía
en vigor o lo restablecía. El impuesto sobre el vino permitía al campesino
paladear el bouquet del gobierno, su tendencia. La restauración del impuesto sobre el vino implantada
el 20 de diciembre quería decir que Luis Bonaparte era como los otros; pero no era igual que los demás,
pues había sido inventado por los campesinos, y en los millones de firmas que suscribían las peticiones
contra el impuesto sobre el vino revocaban los votos que un año antes habían depositado en favor del
“sobrino de su tío”.
619
La población rural, que asciende a más de dos
terceras partes de la población total de Francia, está formada en su mayoría
por propietarios de la tierra que se llaman libres. La primera
generación a
quien la Revolución de 1789 había liberado sin indemnización de las cargas feudales, no había pagado
precio alguno por la tierra, pero las generaciones posteriores pagaban en
forma de precio de la tierra lo que sus antecesores
semisiervos habían pagado bajo la forma de rentas, diezmos, prestaciones
personales, etc. A medida que aumentaba, de una parte, la población y de otra
la división de la tierra, iba encareciendo el precio de la parcela, pues al
empequeñecer ésta crecía su demanda. Y a medida que se elevaba el precio que el
campesino abonaba por su parcela, ya la comprase directamente o ya se la
adjudicaran sus coherederos como capital, aumentaba
también, necesariamente y en la misma proporción,
el endeudamiento del campesino, es decir, el gravamen de las hipotecas que
sobre él pesaban. Así se llama, en efecto, la escritura de deuda que
grava, sobre la tierra misma, la papeleta de empeño de la tierra. Y así como sobre las tierras medievales
se acumulaban los privilegios, sobre las parcelas modernas se
acumulan las hipotecas.
Por otra parte, en el régimen de la parcelación, la
tierra es, para su propietario, simplemente un instrumento de producción. Y a
medida que la tierra se divide, va disminuyendo su fertilidad. Van resultando
cada vez más imposibles el empleo de la maquinaria agrícola, la división del
trabajo, la
aplicación de los grandes medios para enriquecer el suelo, las obras de riego y desecación, etc., además
de que los costos improductivos del cultivo aumentan en la
proporción en que se divide el mismo instrumento de producción. Y todo ello
independientemente de que el poseedor de la parcela cuente o no con capital.
Pero, al aumentar la división, la tierra, con los pobrísimos aperos con que se
cultiva, va pasando a ser todo el capital del campesino parcelario, va desapareciendo
la inversión de capital en la tierra y el pequeño labrador carece cada vez más
de la tierra, del dinero y la instrucción necesarias para poder aplicar los
avances de la agronomía, y la agricultura decae y retrocede más y
más. Por último, el ingreso neto disminuye en
la misma proporción en que aumenta el consumo bruto,
en que toda la familia del cultivador se ve impedida por su parcela de ocuparse en otras actividades y,
al mismo tiempo, incapacitada para extraer de su pequeña tierra lo que necesita
para poder vivir.
620
Así pues, a medida que aumenta la
población y, con ella, la división del suelo, encarece el instrumento
de producción, la tierra, y disminuye su fertilidad, decae
la agricultura y se endeuda el campesino. Y lo que era efecto se
convierte, a su vez, en causa. Cada generación deja a la siguiente más cubierta
de deudas y cada nueva generación comienza a vivir en condiciones más
desfavorables y más gravosas, las hipotecas engendran
nuevos gravámenes hipotecarios, y cuando ya
el campesino no puede seguir ofreciendo su parcela en garantía
de nuevas deudas, es decir, gravarla con nuevas hipotecas, cae
directamente en manos del usurero y los intereses usurarios
crecen en enormes proporciones.
Hasta llegar a una situación en que el campesino
francés, bajo la forma de intereses por las hipotecas impuestas
sobre la tierra y bajo la forma de intereses por los préstamos no
hipotecarios del usurero, cede al capitalista no sólo la renta de la
tierra, no sólo la ganancia industrial, en una palabra, no sólo toda la
ganancia neta, sino incluso una parte del salario, descendiendo
por tanto hasta el nivel del colono irlandés, y todo ello so
pretexto de llamarse propietario privado.
En Francia, este proceso ha sido
acelerado por la carga de los impuestos, sin cesar
creciente, y por las costas judiciales, en parte provocadas directamente por las mismas formalidades de que la legislación
francesa rodea la propiedad territorial, y en parte por los interminables
conflictos engendrados por las parcelas, colindantes y entremezcladas en todas
partes, y en parte por la manía de pleito del
campesino, que sólo disfruta de su propiedad haciendo valer fanáticamente una propiedad puramente
imaginaria, el derecho de propiedad.
621
Según datos estadísticos de 1840, el producto bruto
arrojado por la tierra, en Francia, ascendía a 5 237 178.000 francos. De esta
suma hay que deducir 3 552 000.000 de francos para gastos de cultivo,
incluyendo el consumo de los trabajadores. Queda un
producto neto de 1 685 178.000 francos, de los
que deben descontarse 550 millones para intereses hipotecarios, 100 millones
para el pago de funcionarios de justicia, 350 millones para impuestos y 107
millones para derechos notariales, timbres, tasas del registro hipotecario,
etc. Descontado todo esto, resta la tercera parte del producto neto, o sea 538
millones de francos; es decir, calculando por cabeza de población, quedan menos
de
25 francos de producto neto. 515 En este
cálculo no se incluyen, naturalmente, ni la usura extrahipotecaria ni los
honorarios de los abogados, etcétera.
Fácil es comprender la situación
de los campesinos franceses, cuando la
República añadió sus nuevas cargas a las anteriores.
Su explotación, como se ve, sólo se distingue por la forma de la explotación del
proletariado industrial. El explotador es el mismo en ambos casos: el
capital. El capitalista individual
explota al campesino individual por medio de la hipoteca y de la usura; la clase capitalista explota
a la clase campesina por medio de los impuestos del Estado. El
título de propiedad del campesino es el talismán con que hasta aquí ha venido
seduciéndole el capital, el pretexto de que se ha valido para
azuzarlo contra el proletariado industrial. Sólo la caída del capital podrá hacer que suba el campesino,
sólo un gobierno anticapitalista, proletario, podrá acabar con
su miseria económica y su degradación social. La República
constitucional es la dictadura de sus explotadores coligados; la
República socialdemocrática, la República roja, la
dictadura de sus aliados. Y los platillos de la balanza suben o bajan según los
votos que los campesinos depositan en las urnas electorales.
622
Ellos mismos tienen en sus manos la decisión acerca
de su suerte. Así les hablaban los socialistas en panfletos, almanaques,
calendarios y hojas volantes de todas clases. Y contribuían a esclarecer este
lenguaje los escritos con que trataba de contrarrestar esta labor el partido
del Orden, que se dirigía también a ellos y que, con sus burdas exageraciones,
sus brutales concepciones y su modo de interpretar y exponer las ideas de los
socialistas, daba en el verdadero tono que había que emplear con los campesinos y aguzaba el apetito de éstos en cuanto al fruto prohibido. Sin embargo, el lenguaje
más claro de todos era el que hablaban la experiencia que la clase campesina
tenía del uso que había hecho del derecho de sufragio y las desilusiones que,
con celeridad revolucionaria, habían ido
acumulándose, golpe tras golpe, sobre sus cabezas. Las revoluciones son las locomotoras de la historia.
Diversos síntomas apuntaban a la gradual transformación que se iba operando en los campesinos. Un
indicio de ello fueron ya las elecciones a la Asamblea Legislativa; otro, la
necesidad de decretar el estado de sitio en los cinco departamentos cercanos a
Lyon; otro, algunos meses después del 13 de
junio, la designación de un hombre de la Montaña por el departamento de la Gironda, para sustituir al
ex presidente de la Chambre introuvable;* otro, el 20 de diciembre de 1849, la elección de un candidato
rojo para la vacante por defunción de un
diputado legitimista en el departamento du
Gard,516 la tierra prometida del legitimismo, escenario de las
más tremendas atrocidades cometidas contra los republicanos en 1794 y 1795 y
centro de la terreur blanchen de 1815, en que caían asesinados
públicamente liberales y protestantes. Pero cuando de un modo más palpable se
manifiesta la nueva actitud revolucionaria de la clase más estacionaria
de la sociedad es después de la restauración del
515 Donde dice “538 000.000 de francos”
debiera decir: “578 178 000”. Probablemente se ha deslizado una errata de
imprenta. No obstante, esta diferencia no hace cambiar la proporción ni
influye para nada en la conclusión general del razonamiento: el producto
neto por cabeza, en ambos casos, es menor a los 25 francos.
516 Departamento du Gard: fue en
este departamento de la provincia francesa donde se celebraron elecciones
parciales
para cubrir la vacante producida por la muerte del diputado De Beaune, legitimista. Obtuvo la mayoría absoluta de votos el candidato Favaune,
de la Montaña.
impuesto sobre el vino. Las medidas
de gobierno y las leyes dictadas en los meses de enero y
febrero de 1850 fueron dirigidas casi exclusivamente contra los departamentos y
los campesinos. No cabe prueba más palmaria de los avances de
éstos.
* Es el nombre [Cámara inencontrable] que da la
historia a la Cámara de Diputados, fanáticamente
ultramonárquica, reaccionaria, elegida en 1815 inmediatamente después de derrocar por segunda vez a Napoleón
[Nota de Engels a la edición de 1895].
N Terror blanco.
623
Circular de Hautpoul, por la que se erige al gendarme en inquisidor del
prefecto, del subprefecto, y sobre todo del alcalde, y se organiza el
espionaje, llevándolo hasta el último rincón de la aldea más apartada; ley contra los maestros de escuela,, en la que se somete a éstos, a los talentos, los portavoces,
los educadores y los intérpretes de la clase campesina, a la arbitrariedad de los prefectos y se les acosa,
como a los proletarios de la clase intelectual, cual bestias salvajes, perseguidas de un municipio a otro; propuesta
de ley contra los alcaldes, que hacía pender sobre sus cabezas la espada de
Damocles de la destitución y enfrentaba a cada paso a estas autoridades, a los
presidentes de los municipios campesinos, al presidente de la República y al
partido del Orden; ordenanza por la que se convertían
las diecisiete divisiones militares de Francia en cuatro
bajalatos517 y se imponía a los franceses, como salón
nacional, el cuartel y el vivaque; ley de enseñanza, en la que
el partido del Orden proclamaba como condición de vida de Francia bajo el
régimen del sufragio universal la ignorancia y el
embrutecimiento a la fuerza: ¿qué significaban todas estas leyes y estas medidas más que otros tantos
intentos desesperados de reconquistar para el partido del Orden a los
departamentos y a los campesinos que en ellos vivían?
624
Eran, como medidas de depresión, recursos lamentables que torcían el cuello a la propia finalidad que
se perseguía. Las grandes medidas, tales como el mantenimiento del impuesto
sobre el vino, del impuesto de los 45 centimes, la sarcástica negativa a acceder
a las peticiones de los campesinos sobre la
restitución de los mil millones, etc., todos estos rayos legislativos se
descargaban sobre la clase campesina solamente una vez, en grande, desde el centro; en cambio, las leyes y evolú citadas daban
al ataque y a la resistencia un carácter general, hacían de él el
tema de las diarias conversaciones en cada cabaña, inoculaban la
revolución en cada aldea, localizaban la revolución y la
extendían entre los campesinos.
Por otra parte, ¿es que estas propuestas de
Bonaparte y su aprobación por parte de la Asamblea Nacional no demuestran la
unidad existente entre los dos poderes de la República constitucional,
cuando se trataba de reprimir la anarquía, es decir, de desatar la represión contra todas las clases que
se rebelan contra la dictadura de la burguesía? ¿No había Soulouque,
inmediatamente después de su zafio mensaje, asegurando a la Asamblea
Legislativa la devoción que sentía por el orden mediante el mensaje inmediatamente
posterior de Carlier, 518 esta vil y sucia caricatura de
Louché como Luis Bonaparte era la caricatura achatada de Napoleón?
La ley sobre la enseñanza nos
revela la alianza sellada entre los nuevos católicos y los viejos voltairianos.
¿Acaso el poder de los burgueses unidos podía ser otra cosa
que el despotismo coligado de la jesuítica Restauración y
de la monarquía de Julio,
disfrazada de librepensadora? ¿No tenían que serle de nuevo
arrebatadas al pueblo, al enfrentarse éste a la dictadura coligada de ambos
sectores, las armas que una facción de la burguesía había distribuido entre él
en contra de la otra, en las alternativas de su pugna por imponer la hegemonía? Nada sublevó tanto al tendero parisino como este
alardear coquetamente de jesuitismo; ni siquiera la negativa a
aceptar los concordáis à Lamiable.
517 Para presionar a los votantes de las
elecciones parciales a la Asamblea Legislativa, que debían celebrarse el 10 de
marzo de 1850, el gobierno francés dividió su territorio en cinco grandes
zonas militares restantes, al frente de las cuales se puso
a jefes notoriamente reaccionarios. La prensa republicana llamaba a
estas zonas militares “bajalatos”, por comparación con el poder despótico
de los bajás turcos.
518 Aquí se hace alusión a un mensaje dirigido
por el presidente Luis Bonaparte a la Asamblea Legislativa el 31 de octubre
de 1849. En él anunciaba la destitución del ministerio Barrot y la
formación de un nuevo gabinete; apareció publicado en el Moniteur Universel (núm. 305, del 1 de noviembre). En otro mensaje, el 10 de noviembre del mismo año, el prefecto de la Policía de
París, Carlier, repuesto en su cargo, ordenaba la fundación de una “liga social contra el socialismo” para defender “la religión, el
trabajo, la familia, la propiedad y la fidelidad al gobierno” (Moniteur
Universel, núm. 315, del 11 de noviembre de 1849).
625
Entre tanto, seguían produciéndose choques y
fricciones entre los diversos sectores del partido del Orden y entre la
Asamblea Nacional y Bonaparte. A la Asamblea Nacional no le agradó el que
Bonaparte, inmediatamente después de su golpe de Estado y de la constitución de
un ministro
bonapartista propio, llamase a comparecer a los inválidos de la monarquía recientemente nombrados
como prefectos y les impusiera como condición para seguir en sus puestos el que
desarrollasen una campaña anticonstitucional de agitación para su reelección como presidente, el que Carlier inaugurase
su actuación clausurando un club legitimista, o el que Bonaparte fundase un
periódico propio, Le Napoléon,519 dedicado a airear ante el
público las secretas veleidades del presidente, mientras sus ministros se veían
obligados a desmentirlas desde la tribuna de la Asamblea Legislativa; como no
le agradaba tampoco el tozudo mantenimiento en sus cargos de ministerio,
haciendo caso omiso de los reiterados votos
de desconfianza formulados por la Asamblea, ni el
intento de ganarse el favor de los suboficiales con una subida
diaria de cuatro sous y el del proletariado con un plagio de
los MystéreSy de Eugenio Sue, con un banco creado para hacer préstamos de honor, o, por último, el descaro con que
el presidente hizo que sus ministros propusieran la deportación a Argelia de
los insurrectos de junio que aún quedaban, para desplazar a la Asamblea
Legislativa la impopularidad al por mayor,
reservándose él, el presidente, la popularidad al por menor, por medio de indultos individuales. Thiers deslizaba
amenazadoras frases sobre acoups cl’etat” y ucopus de
tete”o y la Asamblea Legislativa se vengaba de Bonaparte, rechazando
cuantos proyectos de ley presentaba el presidente por cuenta
propia e investigando con
escandalosa desconfianza los que presentaba en interés
común, para ver si trataban de fortalecer el poder personal de
Bonaparte mediante la vigorización del poder ejecutivo. En una palabra, se
vengaba por medio de la conspiración del desprecio.
O “Golpes de Estado” y “cabezazos”
626
Por su parte, el partido legitimista veía con
disgusto cómo los orleanistas, gente más capaz, volvían a adueñarse de casi
todos los puestos y cómo crecía la centralización, mientras ellos
buscaban la salvación, por principio, en la descentralización. Y
no andaban errados, pues la contrarrevolución centralizaba a la fuerza, preparando con ello el mecanismo de la revolución. Mediante el curso forzoso
de los billetes de banco, centralizaba incluso el oro y la
plata de Francia en las bóvedas del Banco de París, acumulando con ello, listo
ya para emplearlo, el tesoro de guerra de la revolución.
Finalmente, los orleanistas veían con malos ojos cómo levantaba cabeza el principio de la legitimidad,
que se enfrentaba a su príncipe bastardo, y cómo se postergaba y maltrataba a cada paso, a su partido,
como el
consorte noble postergaba y maltrataba a la esposa burguesa a la que se ha rebajado a unirse,
en matrimonio de conveniencias.
Poco a poco, veíamos cómo los campesinos, los pequeños burgueses, las clases medias en general, eran
empujadas a situarse junto al proletariado, en abierto antagonismo frente a la
República oficial y tratados por ella como enemigos. Rebelión contra la
dictadura de la burguesía, necesidad de transformar la sociedad, mantenimiento
de las instituciones republicano-democráticas como sus
órganos de movimiento, agrupación en torno al
proletariado como la fuerza revolucionaria decisiva: he
allí las características comunes del llamado
partido de la democracia social, del partido de la República roja. Este partido
de la anarquía, como lo habían bautizado sus enemigos, era también
como el partido del Orden, una coalición de diversos intereses.
Desde la más leve reforma del viejo desorden social hasta la radical
transformación del orden social antiguo, desde el liberalismo burgués hasta el
terrorismo revolucionario: tales son los dos extremos que marcan el punto de
partida y la meta final del partido de la “anarquía”.
627
La abolición de los aranceles protectores
es el socialismo, pues atenta contra el monopolio del sector industrial del
partido del Orden. La ordenación del presupuesto público es el socialismo, pues
atenta contra el monopolio del sector financiero del
partido del Orden. La libre importación de carne y trigo
del extranjero es el socialismo, pues atenta contra el monopolio del tercer sector del partido del Orden,
el de los grandes terratenientes. Las aspiraciones del partido librecambista, es decir, del partido más
519 Le Napoléon: diario bonapartista, órgano oficioso de Luis Bonaparte, publicado en París del 6 de enero al 19 de mayo de 1850.
avanzado de la burguesía liberal inglesa, son
presentadas en Francia como otras tantas
reivindicaciones socialistas. El voltairianismo es
el socialismo, pues atenta contra el
cuarto sector del partido de Orden, el sector católico. Libertad
de prensa, derecho de asociación, instrucción pública
general, ¡socialismo, socialismo! Son otros tantos atentados contra el monopolio global del partido del Orden.
El curso de la revolución había hecho madurar tan
aceleradamente los acontecimientos, que los reformistas de las clases medias de
todos los matices y las más modestas pretensiones se veían obligados a
agruparse en torno a la bandera del partido más avanzado de la revolución, en
torno a la bandera roja.
Pero, por muy diferente que fuera el socialismo de
los diversos y grandes sectores que formaban el partido de la anarquía, según
las condiciones económicas y las consiguientes necesidades
revolucionarias globales de su clase o fracción de ella, tenía, desde luego, un punto de coincidencia, en
cuanto se proclamaba como medio para la emancipación del
proletariado y proclamaba la emancipación de éste como su fin. Engaño
deliberado de unos y engaño ilusorio de otros, que
presentaban el mundo transformado con arreglo a sus necesidades como el mejor de los mundos
para todos, como la realización de todas las aspiraciones revolucionarias y la
superación de todos los conflictos de la revolución.
628
Bajo las frases socialistas generales que suenan bastante a las del “partido de la anarquía” se envuelve
el socialismo del National de la Presse y
del Siècle, que pretende, más o menos consecuentemente,
derrocar el poder de la aristocracia financiera y liberar a la industria y al
comercio de las trabas que sobre ellos pesan. Es el socialismo de la industria,
el comercio y la agricultura, cuyos regentes en el seno del partido del Orden
reniegan de estos intereses cuando no coinciden con sus monopolios privados.
De este socialismo burgués, que, naturalmente, como
toda modalidad del socialismo, enrola a una parte de los obreros y de la
pequeña burguesía, se distingue el peculiar socialismo pequeño
burgués, el socialismo par
excellence.p El capital acorrala a esta clase,
principalmente, como acreedor, y ella reclama instituciones de crédito; el capital la aplasta por medio de la competencia, y ella reclama asociaciones protegidas
por el Estado; el capital la arrolla por medio de la concentración, y
ella exige impuestos progresivos, restricciones a las
herencias, que el Estado se haga cargo de las grandes obras
y otras medidas que contengan por la fuerza el crecimiento del capital. Como sueña con la implantación
pacífica de su socialismo —prescindiendo, si acaso, de una segunda revolución
de Febrero, de corta duración—, ve naturalmente en el futuro proceso histórico
el empleo de sistemas que urden o han
cavilado, colectivamente o como inventores aislados, los pensadores de la sociedad. Se convierten, así,
en los eclécticos o los adeptos de los sistemas socialistas existentes, del socialismo doctrinario, que sólo
fue la expresión teórica del proletariado mientras éste no se había
desarrollado hasta convertirse en un movimiento histórico propio
desenvolviéndose libremente.
P Por excelencia.
Mientras la utopía, el socialismo
doctrinario, que supedita el movimiento en su conjunto a uno de sus
aspectos, que sustituye la producción colectiva, social, por la
actividad cerebral de cualquier pedante y que, sobre todo, cree suplantar
con su fantasía la lucha revolucionaria de las clases y sus propias necesidades
imperativas por pequeños trucos o grandes sentimentalismos; mientras este
socialismo doctrinario, que no hace en el fondo más que idealizar la sociedad
actual, trazarse una imagen idílica de ella y trocar su realidad por el ideal
que de él se forja; mientras este socialismo es cedido por el proletariado a la
pequeña burguesía y la lucha que entre sí libran los diferentes jefes
socialistas hace destacar cada uno de los llamados sistemas como arrogante
afirmación de uno de los puntos de transición de la transformación social
frente al otro, el proletariado va agrupándose más y más en
torno al socialismo revolucionario, en torno al comunismo, para el que la propia burguesía ha inventado
el nombre de Blanqui. Este socialismo es la declaración permanente de
la revolución, la dictadura de clase del proletariado como punto necesario
de transición hacia la abolición
de las diferencias de clase en general, hacia la abolición de todas las relaciones de producción en que descansan esas diferencias,
hacia la abolición de todas las relaciones sociales que corresponden a estas relaciones, de producción,
hacia la transformación revolucionaria de todas las ideas que brotan de estas
relaciones sociales.
629
El espacio no nos consiente desarrollar este tema más en detalle.
Veíamos cómo en el partido del Orden aparece
necesariamente a la cabeza la aristocracia financiera;
lo mismo ocurre con el proletariado, dentro del partido de la “anarquía” Mientras las diferentes clases
coligadas en una liga revolucionaria se agrupaban en torno al proletariado, los
departamentos se tornaban cada vez más inseguros y la misma Asamblea
Legislativa gruñía cada vez más contra las pretensiones del Soulouque francés, iban acercándose las elecciones parciales, tantas veces retrasadas
y aplazadas, para cubrir las vacantes de los diputados de la Montaña proscritos
como consecuencia del 13 de junio.
El gobierno, despreciado por sus enemigos,
maltratado y diariamente humillado por sus supuestos amigos, sólo veía un medio
para salir de aquella molesta e insostenible situación: la revuelta. Una
revuelta en París habría permitido decretar el estado de sitio en la capital y
en los departamentos y
gobernar así las elecciones. Por otra parte, los amigos del orden estaban obligados a hacer concesiones
a un gobierno que había triunfado sobre la anarquía, si no querían pasar ellos mismos por anarquistas.
630
El gobierno puso manos a la obra. En los primeros
días de febrero de 1850, se provocó al pueblo, echando por tierra los
árboles de la libertad.520 De nada sirvió. Si los
árboles de la libertad perdían su sitio, el gobierno perdía la cabeza y retrocedía, asustado ante sus propias provocaciones. Por su parte,
la Asamblea Nacional acogía con una desconfianza fría como el hielo este torpe
intento de emancipación de Bonaparte. No dio mejor resultado la orden de
retirar las coronas de siemprevivas colocadas en la columna de
Julio. 521 Sirvió solamente para que una parte del ejército hiciese
manifestaciones revolucionarias y la Asamblea Nacional formulase un voto de
desconfianza más o
menos recatado contra el ministerio. En vano también las amenazas de la prensa del gobierno de abolir
el sufragio universal y de una invasión de los cosacos. En vano el reto directo
que en plena Asamblea Legislativa lanzó d’Hautpoul a la izquierda para que se
echara a la calle declarando que el gobierno estaba preparado para recibirla.
D’Hautpoul sólo obtuvo como respuesta una llamada al orden del presidente, y el
partido del Orden, con silenciosa perfidia, dejó que un diputado de la
izquierda se burlase de las veleidades usurpadoras de
Bonaparte. 522 En vano, por último, la profecía de una revolución
para el 24 de febrero. El gobierno hizo que esta fecha pasase ignorada para el
pueblo.
El proletariado no se dejó provocar a ninguna revuelta, porque se disponía a hacer una revolución.
631
Sin hacer el menor caso de las provocaciones del gobierno, que sólo servían para aumentar la irritación
general contra la situación existente, el comité electoral,
influido totalmente por los obreros, designó
a tres candidatos para París: De Flotte, Vidal y Carnot. De Flotte era un deportado de Junio, amnistiado
por uno de aquellos arrebatos de Bonaparte en busca de popularidad; era amigo
de Blanqui y había
tomado parte en el atentado del 15 de mayo. A Vidal se le conocía como escritor comunista por su libro Sobre
la distribución de la riqueza y había sido secretario de Louis Blanc
en la Comisión del Luxemburgo; Carnot, hijo del hombre de la Convención y organizador de la victoria, el miembro menos
comprometido del partido del National, había sido ministro de
Enseñanza en el Gobierno provisional
y en la Comisión ejecutiva y era, por su proyecto de ley
sobre la instrucción pública, una protesta viva
contra la ley de enseñanza de los jesuitas. Estos tres candidatos representaban
a las tres clases coligadas: iba a la cabeza el insurrecto de Junio,
representante del proletariado revolucionario; junto a él aparecía el
socialista doctrinario, representante de la pequeña burguesía socialista; por
último, venía el representante del partido burgués republicano, cuyas fórmulas democráticas habían cobrado
un sentido socialista frente al partido del Orden, perdiendo desde hacía ya
mucho tiempo su sentido
520 Árboles de la libertad: fueron
plantados en las calles de París después del triunfo de la revolución de
Febrero. Era ya una tradición que databa de los tiempos de la Gran
Revolución y elevada a ley por un decreto de la Convención.
521 Columna de julio: fue erigida
en la Plaza de la Bastilla y solemnemente inaugurada el 28 de julio de 1840, en
el décimo aniversario de la monarquía de Julio. A partir de la revolución
de Febrero, aparecía constantemente adornada con coronas de siemprevivas.
522 El 16 de febrero de 1850 el diputado
Pascal Duprat dijo durante una sesión de la Asamblea Legislativa que Luis
Bonaparte debía elegir entre el papel de su tío o el de Washington, a lo
que otro diputado exclamó: “O el de Souloque” (véase nota 493).
propio. Era una coalición general contra la
burguesía y el gobierno, como en Febrero. Pero, ahora, la
cabeza de la liga revolucionaria era el proletariado.
Pese a todos los esfuerzos que se hicieron para impedirlo, triunfaron los candidatos socialistas. Hasta
el ejército votó por los insurrectos de Junio y en contra de su propio ministro de la Guerra, La Hitte. El
partido del Orden quedó anonadado. Y no le sirvieron de consuelo las elecciones departamentales, que
arrojaron una mayoría de hombres de la Montaña.
¡Las elecciones del 10 de marzo de 1850! Eran la
revocación de junio de 1848: los
asesinos y deportadores de los insurrectos de Junio volvían a la Asamblea
Nacional, pero con la cabeza baja, marchando detrás de los deportados y con los
principios de éstos en sus labios. Era la revocación del 13 de
junio de 1849: la Montaña, proscrita por la Asamblea
Nacional, regresaba a ésta, pero como trompetero anunciador de la revolución, y
no como su jefe. Era la revocación del 10 de
diciembre: Napoleón había sido derrotado, en unión de su ministro La Hitte. La historia parlamentaria de Francia
sólo conoce un caso análogo a éste: la derrota de d’Haussez, ministro de Carlos
X, en 1830. Las elecciones del 10 de marzo de 1850 eran, por último, la
anulación de las del 13 de mayo, que habían
dado la mayoría al partido del Orden. Las elecciones del 10 de marzo eran la protesta contra la mayoría
del 13 de mayo. El 10 de marzo era una revolución. Detrás de las papeletas de
voto asomaban los adoquines de las barricadas.
632
“¡El voto emitido el 10 de marzo es la guerra!”, exclamó Ségur d’Aguesseau, uno de los miembros más
avanzados del partido del Orden.
Con el 10 de marzo de 1850 la República
constitucional entra en una nueva fase, en la fase de su
disolución. Las diversas fracciones de la mayoría se unen de nuevo
entre sí y, con Bonaparte, vuelven
a ser los salvadores del Orden, y él, Bonaparte, es otra vez el hombre neutral. Si se acuerdan de que son
monárquicos, es solamente porque desesperan de la posibilidad de la República
burguesa; y si él se acuerda de que es el pretendiente al trono, es
simplemente porque desespera de poder seguir siendo presidente.
A la elección de De Flotte,
el insurrecto de Junio, contesta Bonaparte, cumpliendo órdenes del partido
del Orden, con la entrega de la cartera del Interior a Baroche, el
acusador de Blanqui y Barbes, de Ledru-Rollin y Guinard. La respuesta que la
Asamblea Legislativa da a la elección de Carnot es la
votación de la ley de enseñanza, y la elección de Vidal es contestada con la representación de la prensa
socialista. La prensa del partido del Orden quiere ahuyentar su propio miedo
con sus trompetazos. “¡La espada es sagrada!”, grita uno de sus órganos. “¡Los defensores del orden deben tomar la ofensiva
contra el partido rojo!”, clama otro. “Entre el socialismo y la sociedad —
cacarea el tercer gallo del orden— hay un
duelo a muerte, una guerra sin
tregua ni cuartel; en
este duelo desesperado tiene que
perecer uno de los dos; si la sociedad no
aplasta al socialismo, éste
aplastará a la sociedad.”¡Levantad
las barricadas del orden, las barricadas de la religión, las barricadas de la familia! ¡Hay que acabar con
los 127.000 electores de París!523 ¡Una Noche de San Bartolomé para los
socialistas! Y el partido del Orden cree por un momento tener asegurada la
victoria.
633
Contra quienes más fanáticamente se revuelven sus
órganos es contra los “tenderos de París”¡Los insurrectos de Junio
elegidos diputados por los tenderos parisinos!, significa la imposibilidad de
un segundo 13 de junio de 1848, la imposibilidad de un segundo 13 de junio de
1849; significa, en otras palabras, que la influencia moral del capital ha sido
destruida, es decir, que la Asamblea burguesa
representa ya solamente a la burguesía, es decir, que la gran propiedad está perdida, porque su vasallo,
la pequeña propiedad, va a buscar su salvación al campo de los desposeídos.
El partido del Orden retorna, naturalmente, a sus inevitables lugares
comunes. “¡Más represión! — grita—. ¡Diez veces más
represión!” Pero su fuerza represiva ha disminuido diez
veces en tanto que la resistencia se ha centuplicado. ¿Acaso no hay que
reprimir incluso al instrumento principal de la
represión, al ejército? Y el partido del Orden pronuncia su última palabra: “Hay que romper el anillo
523 El diputado francés De Flotte, partidario
de Blanqui y representante del proletariado revolucionario de París, obtuvo en
las elecciones del 15 de marzo 126 643 votos.
de hierro de una legalidad asfixiante. La
República constitucional es imposible. Debemos luchar con
nuestras verdaderas armas, pues desde febrero de 1848 venimos combatiendo a la revolución con sus armas y en su terreno y aceptando sus instituciones;
la Constitución es un baluarte que sólo protege a
los sitiadores, pero no a los sitiados. Al deslizamos en la santa Ilion, escondidos en el vientre del caballo
de Troya, no hemos conquistado, como nuestros antepasados los griegos,* la evolú enemiga, sino que
nos hemos convertido nosotros mismos en prisioneros”.
* Juego de palabras. En francés, “griegos”, grecs, significa también fulleros o tahúres profesionales. [Nota de Engels a la edición de 1895.]
El fundamento sobre que
descansa la Constitución es el sufragio universal. La destrucción
del sufragio universal es, pues, la última palabra del partido del
Orden, de la dictadura de la burguesía.
634
El sufragio universal les había dado la razón el 4
de mayo de 1848, el 20 de diciembre de 1848, el 13 de mayo de 1849 y el 8 de
junio de este mismo año. El 10 de marzo de 1830, el sufragio universal se dio
un mentís a sí mismo. La dominación de la burguesía, como emanación y resultado
del sufragio universal, como acto manifiesto de la voluntad del pueblo
soberano: he allí el sentido de la Constitución burguesa. Pero ¿tiene algún
sentido la Constitución, desde el momento en que el contenido del derecho de sufragio,
de la voluntad soberana del pueblo, no es ya la dominación de la burguesía?
¿No es deber de la burguesía reglamentar el derecho
de sufragio de tal modo que exprese la voluntad de lo racional,
es decir, su propia dominación? El sufragio universal, que cancela
constantemente el poder estatal existente para crearlo
de nuevo partiendo de sí mismo, ¿no destruye
con ello toda estabilidad, poniendo en tela de juicio a cada paso los poderes
existentes, echando por tierra la autoridad y amenazando con erigir en
autoridad la anarquía? ¿Podía alguien poner esto en duda después del 10 de
marzo de 1850?
La burguesía, al rechazar el sufragio universal,
con el que hasta ahora se había disfrazado y del que derivaba su omnipotencia,
confiesa sin recato: “Hasta aquí, nuestra dictadura se ha apoyado en la
voluntad del pueblo; de aquí en
adelante, deberá afianzarse en contra de ella” Y, consecuentemente, no
busca ya sus puntales en Francia, sino fuera del país, en el
extranjero, en la invasión.
La burguesía, como una segunda
Coblenza,524 que hubiera plantado sus tiendas en el corazón mismo
de Francia, desencadenaba en contra suya, con la invasión, todas
las pasiones nacionales. Al atacar al sufragio universal, da un pretexto
universal a la nueva revolución, y la revolución necesita este
pretexto. Cualquier pretexto especial dividiría a las
facciones de la liga revolucionaria y pondría de manifiesto sus diferencias. El
pretexto universal, en cambio, aturde a las clases
semirrevolucionarias, les permite hacerse ilusiones acerca del carácter
concreto de la próxima revolución y de las
consecuencias de sus propios actos. Toda revolución necesita apoyarse en una campaña de banquetes.
El sufragio universal es la campaña de banquetes de la nueva revolución.
635
Pero las facciones coligadas de la burguesía quedan condenadas, desde el momento en que abandonan
la única forma posible de su poder unido, la forma más
formidable y más completa de su dominación de clase, que es
la República constitucional, para refugiarse de nuevo en la
forma inferior, incompleta y más débil de la monarquía. Se asemejan
al anciano que, soñando con recobrar su vigor juvenil, saca
del armario sus ropas de niño, empeñándose en
embutir dentro de ellas sus miembros decrépitos. Su
República sólo tuvo un mérito: el de ser el
invernadero en que creció la revolución.
El 10 de marzo de 1850 ostenta esta inscripción:
Après moi,
le déluge! “¡Después de mí, el diluvio!”
524 Segunda Coblenza: Coblenza había sido, durante la Revolución francesa de 1789, el centro de emigración contrarrevolucionaria.
IV. LA ABOLICIÓN DEL SUFRAGIO UNIVERSAL, EN 1850
(LA CONTINUACIÓN DE LOS TRES CAPÍTULOS ANTERIORES
SE publicó en la Revue del último
número, quinto y sexto cuadernos dobles de la Nueva Gaceta Renana, que llegó a aparecer. Después de
describir la gran crisis comercial que estalló en 1847 en Inglaterra y de explicar, por sus repercusiones
en el continente europeo, cómo las complicaciones políticas se agudizaron en
los países de Europa hasta conducir a las revoluciones de Febrero y Marzo de
1848, se expone cómo la prosperidad comercial e industrial que volvió a
presentarse en el curso del año 1848 y que en 1849 se acentuó
todavía más, paralizó el auge revolucionario e hizo posible los avances simultáneos de la reacción.
Refiriéndose especialmente a Francia, se dice luego lo siguiente😊a
a Estas líneas de
introducción, que figuran entre paréntesis, fueron redactadas por Engels para la edición de 1895.
Los mismos síntomas se manifestaron en Francia a
partir de 1849, y especialmente a comienzos de 1850. Las industrias de París
funcionan a pleno rendimiento y también marchan bastante bien las fábricas de
algodón de Rouen y Mülhausen, aunque aquí entorpecen la marcha de los negocios
los elevados precios de la materia prima, como ocurre en Inglaterra.
Contribuyeron especialmente,
además, a fomentar la prosperidad en Francia la amplia reforma aduanera de España y la rebaja de los
aranceles de importación de diversos artículos de lujo en México; en ambos
mercados aumentó considerablemente la importación de mercancías francesas.
637
El incremento de
capitales condujo en Francia a una serie de
especulaciones, a que sirvió de pretexto
la explotación en gran escala de las minas de oro de California. Brotaron multitud de sociedades, cuyas
acciones por pequeñas cantidades y cuyas perspectivas de matiz socialista
apelaban directamente a
los bolsillos de los pequeños burgueses y de los obreros, se reducían
todas y cada una de ellas, pura y
simplemente, a esa especulación fraudulenta que es una característica exclusiva de franceses y chinos.
Una de estas sociedades disfrutaba incluso de la protección directa del
gobierno. Las tasas de importación percibidas en Francia durante los
primeros nueve meses del año ascendieron en 1848 a 63 millones, en 1849 a
95 millones y en 1850 a 93 millones de francos. Por lo demás, en septiembre de
1850 rebasaron en más de un millón de francos a las obtenidas en el mismo mes
del año 1849. También las exportaciones aumentaron en 1849, y más aún en 1830.
La prueba más palmaria de la vuelta a la
prosperidad la tenemos en el restablecimiento de los pagos
al contado del Banco por la ley del 6 de agosto de 1850. El 15 de marzo de 1848 se había autorizado al
Banco a suspender sus pagos al contado. La circulación de billetes de banco,
incluyendo los de los bancos provinciales, ascendía en aquel momento a 373
millones de francos (14 920.000 libras esterlinas). El 2 de noviembre de 1849,
esta circulación había subido a 482 millones de francos, equivalente a 19 280.000
libras, lo que representaba un incremento de 4 360.000 libras, y el 2 de
septiembre de 1850 a 496 millones de francos, o sea 19 840.000 libras
esterlinas, lo que supone un aumento de unos 5 millones de libras. Además, no
se produjo depreciación alguna de los billetes de banco; antes al contrario, el
incremento de circulación del papel-moneda fue acompañado por una acumulación
sin cesar creciente de oro y plata en las bóvedas del Banco: en el verano de
1850, las reservas en barras ascendían ya a unos 14 millones de libras
esterlinas, lo que era, para Francia, una suma inaudita. El hecho de que el
Banco se hallase, así, en condiciones de aumentar en 123 millones de francos,
equivalentes a unos 5 millones de libras, su circulación, y con ello su capital
en activo, demuestra palmariamente cuán fundada era la afirmación que hacíamos
en uno de los artículos anteriores al decir que la revolución, lejos de
derrocar a la aristocracia financiera, vino incluso a fortalecerla todavía más.
638
Y este resultado aparece aún más palpable a la luz
del siguiente resumen acerca de la legislación bancaria francesa de estos
últimos años. El 10 de junio de 1847 se autorizó al Banco a emitir billetes
de 200 francos; hasta entonces, los billetes más bajos eran de 500 francos. Un decreto del 15 de marzo
de 1848 declaró moneda legal los billetes del Banco de
Francia y relevó a éste del deber de canjearlos
por dinero metálico. Se limitó
a 350 millones de francos la emisión de billetes.
Y se autorizó al Banco, al mismo tiempo, a emitir billetes de 100 francos.
Por decreto del 27 de abril se dispuso la fusión de los bancos departamentales con el Banco de Francia; otro decreto, fechado el 2 de mayo de 1848, elevó
la emisión de billetes de dicho Banco a 452 millones de francos, Un decreto del
22 de diciembre de 1849 ascendió a la máxima emisión de billetes, 525 millones
de francos. Por último, la ley del 6 de agosto de 1850 restableció la
canjeabilildad de los billetes por dinero metálico.
Todos estos hechos, el constante incremento de la
circulación, la concentración de todo el crédito francés en manos del Banco y
la concentración de todo el oro y la plata del país en los sótanos del mismo,
llevaron al señor Proudhon a la conclusión de que el Banco de Francia tenía
necesariamente que desprenderse de su vieja piel de serpiente y metamorfosearse
en Banco popular prudoniano.525 No necesitaba ni siquiera conocer la
historia de las restricciones bancarias de 1797 a 1819, en Inglaterra,526 sino
que le bastaba con echar una mirada al otro lado del Canal, para darse cuenta
de
que esto que a él se le antojaba un hecho inaudito en la historia de la sociedad burguesa, era en realidad
un fenómeno burgués absolutamente normal, aunque en Francia se presente ahora
por vez primera.
Como se ve, los supuestos teóricos revolucionarios, que después del Gobierno provisional llevaban
la voz cantante en París, sabían tan poco acerca de la naturaleza y los
resultados de las medidas adoptadas como los mismos señores del Gobierno
provisional.
639
A pesar de la prosperidad industrial y comercial de
que goza Francia por el momento, la masa de la población, los 25 millones de
campesinos, pasa por una gran depresión. Las buenas cosechas de los
últimos años han hecho descender los precios del trigo en Francia, más todavía que en Inglaterra, y en
estas condiciones no puede ser muy brillante, que digamos, la situación de los
campesinos, llenos de
deudas, devorados por la usura y abrumados de impuestos. Sin embargo, la historia de los tres últimos
años ha demostrado hasta la saciedad que este sector de la población es
totalmente incapaz de cualquier iniciativa revolucionaria.
El periodo de la prosperidad, lo mismo que el de la crisis, comienza más tarde en el continente
que en Inglaterra. Es en Inglaterra donde se produce siempre el proceso originario; Inglaterra es el demiurgo
del cosmos burgués. En el continente se presentan
bajo su forma secundaria o terciaria las diferentes
fases del ciclo, que repite siempre la sociedad burguesa. En primer lugar, el
continente exporta a Inglaterra un volumen incomparablemente mayor de artículos
que a cualquier otro país. Y este comercio de exportación a Inglaterra depende,
a su vez, del estado que Inglaterra ocupa, principalmente con respecto al
mercado de ultramar. En segundo lugar, tenemos que Inglaterra
exporta a los países de ultramar una cantidad incomparablemente mayor de mercancías que a todo el
continente, lo que hace que el volumen de exportaciones del continente a
aquellos países dependa siempre de las exportaciones de Inglaterra a cada uno
de ellos.
640
Así pues, si las crisis engendran revoluciones
primero que en ningún otro sitio en el continente, la causa de ello debe
buscarse siempre en Inglaterra. Es natural que los estremecimientos violentos
se produzcan antes en las extremidades del cuerpo de la burguesía que en su
corazón, ya que la
posibilidad de una compensación es mayor en éste que en aquéllas. Por otra parte, el grado en que las
revoluciones continentales repercuten sobre Inglaterra es, al mismo tiempo, el
termómetro que nos permite conocer hasta qué punto estas revoluciones ponen
realmente en peligro las condiciones de vida de la burguesía o afectan
solamente a sus formaciones políticas.
Ante esta prosperidad general, en
que las fuerzas productivas de la sociedad
burguesa se desarrollan
con toda la exuberancia que les consienten, en términos generales, las condiciones propias de la
525 Banco prudoniano: propuesta
presentada por Proudhon en su polémica contra el economista vulgar Frédéric
Bastiat, cuyas ideas habían encontrado un vocero en el
periódico Voix du Peuple de noviembre de 1849 a febrero de
1850. Esta polémica fue recogida en un folleto publicado en París, en
el año de 1850, con el título de Gratuité du crédit. Discussion
entre M. Fr. Bastiat et
M. Proudhon.
526 En 1797 el gobierno inglés otorgó una
legislación especial acerca de las restricciones bancarias, en la que se fijaba
el curso forzoso de los billetes de Banco y se
dejaba pendiente la obligación de canjearlos por oro. Esta Restriction Act 0/1797 legalizaba la suspensión de pagos por parte de los bancos, retirando el oro del comercio. Hasta 1821, mediante otra legislación de 1819,
no volvió a restablecerse el canje de los billetes de Banco por oro.
burguesía, no puede hablarse de una verdadera
revolución. Una revolución verdadera sólo puede darse en los periodos en que
entran en contradicción estos dos factores, las modernas
fuerzas productivas y las formas burguesas de
producción. Las diferentes rencillas a que se hallan entregados
actualmente los representantes de las diversas facciones del partido
continental del Orden y en que
se comprometen las unas con las otras, lejos de dar pie a nuevas revoluciones sólo pueden producirse,
por el contrario, porque, de momento, el fundamento sobre que descansan las
relaciones sociales es momentáneamente tan seguro, y, además, cosa queevolúon
ignora, tan burgués. Contra él se estrellan lo mismo los
intentos de la reacción por contener el desarrollo burgués que todos los
desahogos de la indignación moral y todas las encendidas proclamas de los
demócratas. Sólo a
consecuencia de una nueva crisis podrá producirse una nueva revolución. Pero es tan segura la una como
la otra.
Pasemos ahora a Francia.
641
La victoria lograda el 10 de marzo
por el pueblo en unión
de la pequeña burguesía, fue anulada por él
mismo, al provocar las nuevas elecciones del 28 de abril. Vidal salió elegido
en dos distritos, en París
y en el bajo Rin. El comité parisino, en el que tenían una fuerte representación la Montaña y la pequeña
burguesía, le movió a aceptar el acta por el bajo Rin. La victoria del 10 de
marzo fue perdiendo su
carácter decisivo; se dilató una vez más el plazo marcado para la decisión; la energía del pueblo, puesta en
tensión, decayó, al irse acostumbrando el pueblo a los
triunfos legales, en vez de los revolucionarios. Por
último, el sentido revolucionario del 10 de marzo, que no era otro que la
rehabilitación de la insurrección de Junio, quedó completamente anulado con la
candidatura de Eugenio Sue, el social- fantaseador sentimental-pequeño burgués,
que el proletariado sólo podía aceptar, a lo sumo, como una broma para
complacer a las modistillas de París. Frente a esta candidatura bien
intencionada, el partido del Orden, al que la vacilante
política de sus adversarios volvía cada vez más audaz,
presentó un candidato llamado a representar la victoria de Junio. Este curioso candidato era el espartano padre
de familia Leclerc, a quien, sin embargo, la prensa se encargó de irle
arrancando, trozo a trozo, su heroica armadura, y que sufrió también una
brillante derrota en las elecciones. La nueva victoria electoral alcanzada el
28 de abril enorgulleció a la Montaña y a la pequeña burguesía. La Montaña no
cabía en sí de gozo ante la idea de que podría alcanzar la meta de sus deseos por la vía puramente legal
sin necesidad de empujar de nuevo al primer plano al proletariado por medio de
una revolución. Estaba segura de que, en las nuevas elecciones de 1852, gracias
al sufragio universal, podría llevar al
sitial de la presidencia al señor Ledru-Rollin y hacer entrar en la Asamblea a una mayoría de diputados
de la Montaña. El partido del Orden, a quien la renovación de las elecciones, la candidatura de Eugenio
Sue y el estado de ánimo de la Montaña y de la pequeña burguesía daban la
completa seguridad de que, ante este conjunto de circunstancias, aquellos
elementos permanecerían tranquilos, contestó a las dos victorias electorales
con una ley electoral por la que se abolía el sufragio
universal.
642
El gobierno se guardó de presentar este proyecto de
ley bajo su propia responsabilidad. Hizo a la mayoría una aparente concesión,
encomendando la elaboración de dicho proyecto a los grandes
dignatarios de esta mayoría, a los diecisiete burgraves.527 No fue, pues, el gobierno quien propuso a la
Asamblea la abolición del sufragio universal, sino que la propuesta partió de la mayoría de la Asamblea misma.
El 8 de mayo se presentó el
proyecto a la Cámara. Toda la prensa evolúoó-social se levantó como
un solo hombre para recomendar al pueblo una actitud digna, calme
majestueux,b pasividad y confianza en sus representantes. Cada artículo
publicado por estos periódicos venía a confesar que una revolución tenía necesariamente que acabar, ante todo, con la llamada prensa revolucionaria y de
que, por tanto, se trataba, ahora, de la propia conservación. La prensa
supuestamente revolucionaria delataba, así, todo su secreto y firmaba su propia
sentencia de muerte.
527 Nombre que da Marx a la comisión formada por 17 orleanistas y legitimistas, diputados de la Asamblea Legislativa, nombrada por
orden del ministro del Interior el 1 de mayo de 1850
con objeto de que redactara el proyecto para una nueva
ley electoral. Se les llamaba así tomando en cuenta los poderes
infundados y las tendencias reaccionarias de estos comisionados monárquicos;
un drama de Victor Hugo se titula asimismo Los burgraves.
b Calma mayestática.
El 21 de mayo, la Montaña puso a discusión la cuestión previa y pidió que el proyecto fuese rechazado
en bloque, puesto que atentaba contra la Constitución. El partido del orden
contestó que, si era necesario, se infringiría la Constitución, pero que, por
el momento, no hacía falta, ya que la Constitución era susceptible de ser
interpretada de todos los modos posibles y sólo la mayoría podía decidir acerca
de la interpretación acertada. A los ataques brutales y desaforados de Thiers y
Montalembert opuso la Montaña un decoroso y culto humanismo. Se remitió al
terreno jurídico; por su parte, el partido del Orden se remitía al terreno del
que nace el derecho, a la propiedad burguesa. La Montaña gimoteó, preguntando
si realmente se quería provocar a todo trance una revolución. El partido del
Orden replicó que, si estallaba, se le saldría al paso.
643
La cuestión previa fue rechazada,
el 22 de mayo, por
462 votos contra 227. Los mismos hombres que
habían asegurado con tan solemne meticulosidad que la Asamblea Nacional y cada diputado dimitirían
si el pueblo, su mandante, les retiraba los poderes, siguieron en sus puestos;
trataron de lograr, repentinamente, que en vez
de ellos actuara el país por medio de peticiones, y siguieron
en sus sitios,
sin moverse, cuando el 31 de mayo fue aprobada la ley por una brillante votación. Intentaron vengarse
mediante una protesta en la que hacían constar su inocencia en el atropello
cometido contra la Constitución, protesta que ni siquiera se atrevieron a
presentar abiertamente, sino que deslizaron, a hurtadillas, en el bolsillo del
presidente.
Un ejército de 150.000 hombres apostado en París,
el largo aplazamiento de la decisión, el tono
apaciguador de la prensa, la pusilanimidad de la Montaña y de los
diputados recién elegidos, la calma mayestática de la
pequeña burguesía y, sobre todo, la prosperidad comercial
e industrial, impidieron cualquier tentativa de revolución por parte del
proletariado.
El sufragio universal había cumplido su misión. La
mayoría del pueblo había pasado por la escuela
evolucionista, que es lo único para que puede servir el sufragio universal en una época revolucionaria.
Tenía que ser necesariamente eliminado, o por una revolución o por la reacción.
Pronto habría de presentarse la ocasión de que la
Montaña desplegara una plétora de energía aún
mayor. Desde la tribuna de la Asamblea, el ministro de
la Guerra, d’Hautpoul, calificó la revolución de
Febrero de funesta catástrofe. Los oradores de la Montaña, quienes, como de costumbre, se distinguían
por sus clamores de indignación moral, fueron privados del uso de la palabra
por el presidente de la
Asamblea, el señor Dupin. Girardin propuso a la Montaña retirarse en bloque en aquel mismo instante.
Resultado: la Montaña siguió en sus escaños, en tanto que Girardin era
expulsado de su seno, por considerársele indigno de pertenecer a ella.
644
La ley electoral necesitaba ser complementada con
una nueva ley de prensa. Ésta no se hizo esperar mucho. Un
proyecto del gobierno, agravado en una serie de puntos por enmiendas del
partido del
Orden, aumentó las sumas de las fianzas, creó un impuesto del timbre extraordinario para las novelas
por entregas (respuesta a la elección de Eugenio Sue), gravó fiscalmente todas
las publicaciones semanales o mensuales que no llegaran a un determinado número
de pliegos y, por último, dispuso que todos los artículos periodísticos se publicaran con la firma de~su autor. Las nuevas disposiciones
sobre las fianzas venían a matar a la prensa llamada revolucionaria, muerte que
el pueblo consideró como una reparación por la abolición del sufragio
universal.
Sin embargo, ni la tendencia ni los resultados de
la nueva ley se extendían solamente a esta parte de
la prensa. Mientras la prensa periódica habría podido
mantenerse en el anonimato, aparecía como un
órgano de la innúmera e innominada opinión pública; era el tercer poder dentro
del Estado. La
obligación de firmar todos los artículos convertía a los
periódicos en meras amalgamas de escritos de
individuos más o menos conocidos. Cada artículo descendía al nivel de un
anuncio. Hasta ahora, los periódicos circulaban como el papel-moneda de la opinión pública; de ahora en adelante, se convertían
en letras de cambio más o menos dudosas, cuya solvencia y cuya circulación dependían del crédito no
sólo del librador de la letra, sino también de su endosante.
La prensa del partido del Orden, que había
provocado la abolición del sufragio universal, había provocado también que se
adoptasen las medidas más extremas contra la mala prensa. Pero hasta la
buena prensa, envuelta en
su inquietante anonimato, le resultaba molesta al partido del Orden, y más
aún a algunos de sus representantes en las provincias. No quiso que siguiese
habiendo más que
escritores a sueldo, con el nombre, el domicilio y toda la filiación debidamente registrados. En vano la
buena prensa se quejó de la ingratitud con
que se le retribuían sus servicios.
La ley fue aprobada, y el requisito de la mención de los
autores afectaba sobre todo a aquella prensa. Los nombres de los periodistas
republicanos eran harto conocidos; pero las respetables firmas del Journal
des Débats,
de la Assemblée National528 del Constitutionnel,529 etc.,
etc., quedaban en bastante mal lugar, con toda
su ensalzada sabiduría de estadistas, al
revelarse que la
misteriosa sociedad no era otra cosa que una
colección de venales escritores a penny-a-liners,c dotados de una larga práctica y que, por una soldada,
defendían o habían defendido todas las causas; gente de la calaña de Granier de
Cassagnac, de viejos trapos de fregar que se llamaban a sí mismos estadistas,
como Capefigue, o de presuntuosos cascanueces por el estilo del señor Lemoinne,
del Débats.
C A tanto la línea.
En
el debate sobre la ley de prensa, la Montaña
había descendido ya a tal nivel de degradación moral, que tuvo
que limitarse a aplaudir los brillantes parlamentos de una vieja notabilidad de
los tiempos de Luis Felipe, el señor Víctor Hugo.
Con la ley electoral y la ley de prensa, se retira
de la escena oficial el partido revolucionario y
democrático. Antes de marcharse a sus casas, poco tiempo después de terminar la legislatura, las dos»
facciones de la Montaña, la de demócratas socialistas y la de los socialistas
democráticos, emitieron dos manifiestos, dos testimonia paupertatis,d en los que ponían de manifiesto que, si la fuerza y el éxito
no habían estado nunca de su parte, ellos, en cambio, habían estado siempre de
parte del derecho eterno y de todas las demás verdades eternas.530
d Certificados de pobreza.
Fijémonos ahora en el partido del Orden.
La Nueva Gaceta Renana escribía, en su Cuaderno III,
p.16:e “Frente a las veleidades restauradoras de orleanistas y
legitimistas coligados, Bonaparte defiende el
título de su poder común, la República; los legitimistas
defienden contra los orleanistas y éstos contra
aquéllos el statu quoy la República. Todas estas facciones del partido del Orden, cada una de las cuales
aspira a su propio rey y a su propia restauración, invocan mutuamente, frente a
las apetencias de restauración y de levantamiento de sus rivales, la dominación común de la burguesía, la forma bajo la
cual se neutralizan y se mantienen en pie las pretensiones propias y especiales: la República... Y Thiers
tenía más razón de la que él mismo sospechaba, cuando decía: ‘Nosotros los
monárquicos, somos los verdaderos puntales de la República constitucional’ .”
e Véase supra, p. 610.
646
Esta comedia de los républicains malgré
eux,f la resistencia contra el statu quo y su continuo
afianzamiento; las incesantes fricciones entre Bonaparte y la Asamblea
Nacional; la amenaza
constantemente reiterada del partido del Orden de disolverse en las diversas partes que lo integraban,
y la fusión, a cada paso repetida, de sus diferentes facciones; el intento de cada facción de convertir las
victorias sobre el enemigo común en otras tantas derrotas de los aliados circunstanciales; los mutuos
celos, inquinas y desaires, que acaban siempre en un
beso-Lamourette;531 toda esta comedia poco edificante de enredo, nunca
llegó a representarse bajo una forma más clásica que durante los seis meses
últimos.
528 L’Assemblée National: diario
francés de tendencia monárquico-legitimista, publicado en París de 1848 a 1857.
Hasta 1851 defendió las ideas de los partidarios de la fusión de los dos
partidos dinásticos, legitimistas y orleanistas.
529 Véase supra, nota 136.
530 Los dos manifiestos de que se hace mención
eran el “Informe de la Montaña al Pueblo”, publicado en el diario Le
Peuple de 1850 (núm. 6, del 11 de agosto de 1850) y el
llamamiento “Al pueblo”, publicado en ese mismo diario
(núm. 7, del 14 de agosto de 1850).
531 Beso-Lamourette: Marx hace aquí alusión a un conocido episodio de la Revolución francesa. El 7 de julio de 1792, el diputado de
la Asamblea Legislativa, Lamourette, propuso poner fin a las discordias entre
los partidos con un beso de fraternidad. Al escuchar la propuesta, los
representantes de los partidos hostiles se abrazaron, pero al día siguiente,
como era de esperarse, habían echado al olvido el hipócrita beso de la
concordia.
f Republicanos a pesar ellos.
El partido del Orden consideraba la ley electoral,
al mismo tiempo, como una victoria en contra de Bonaparte. ¿Acaso el gobierno
no había entregado sus poderes, al encomendar a la Comisión de los diecisiete
la redacción y la responsabilidad de su propio proyecto? Y la gran fuerza de
Bonaparte en
contra de la Asamblea, ¿no residía en el hecho de ser el
elegido de seis millones de votantes? A su vez,
Bonaparte consideraba la ley electoral como una concesión hecha a la Asamblea, el precio pagado por
la armonía entre el poder legislativo y el ejecutivo.
647
En pago de ello, el vulgar aventurero exigió que se aumentase en tres millones más su lista civil. ¿Podía
la Asamblea Nacional permitirse el lujo de entrar en
conflicto con el poder ejecutivo, en un momento en que había
excomulgado a la gran mayoría de los franceses?
La Asamblea se revolvió, encolerizada,
parecía querer echarlo todo a rodar; la comisión encargada del asunto rechazó la propuesta; la prensa
bonapartista amenazaba y hablaba del pueblo desheredado, al que se había arrebatado su derecho de
sufragio; mediaron una serie de ruidosos intentos de arreglo, y, por último, la
Asamblea cedió en el fondo del asunto, aunque vengándose al mismo tiempo en el
terreno de los principios. En vez de
acceder al aumento anual de la lista civil por tres millones, concedió a Bonaparte un subsidio de 2
160.000 francos. Y, no contenta con esto, no votó
esta concesión hasta que la hubo apoyado
Changarnier, el general del partido del Orden, impuesto a Bonaparte como su protector. En rigor, como
se ve, no concedió los dos millones tanto a Bonaparte como a Changarnier.
Bonaparte aceptó con el mismo espíritu con que se
le hacía este regalo arrojado de mauvaise
grâce.g La prensa bonapartista volvió a gritar en contra de la Asamblea Nacional. Y cuando, en el debate sobre
la ley de prensa, se presentó la enmienda acerca de la mención de los autores
de los artículos, la cual iba dirigida también, especialmente, contra los
periódicos secundarios, defensores de los intereses privados de Bonaparte, el
principal órgano bonapartista, el Pouvoir, 532 lanzó
contra la Asamblea Nacional un ataque violento y desembozado. Los ministros
tuvieron que desautorizar ante la Asamblea al periódico atacante; el gerente
del Pouvoir fue citado a comparecer ante la Asamblea y
condenado a pagar la multa más alta, 5.000 francos. Al día siguiente, el Pouvoir publicaba
un artículo todavía más insolente contra la Asamblea, y, como una venganza de
gobierno, los tribunales procesaron inmediatamente, por violación de la
Constitución, a varios periódicos legitimistas.
G De mala gana.
648
Por último, se abordó el problema de la suspensión
de sesiones de la Cámara. Bonaparte deseaba que
se acordase, para poder operar sin que la Asamblea lo molestara.
El partido del Orden coincidía en el mismo deseo, en parte para llevar a
cabo sus intrigas facciosas y en parte para entregarse a los intereses
particulares de los diputados. Ambos necesitaban de esta medida para poder
afianzar y llevar adelante los avances de la reacción en las
provincias. La Asamblea acordó, pues, suspender sus
sesiones desde el 11 de agosto hasta el n de noviembre. Pero, en vista de que Bonaparte no se recataba
para decir que lo único que le interesaba era desembarazarse de la enojosa
fiscalización de la
Asamblea Nacional, la Asamblea puso en el mismo voto de confianza el sello de la desconfianza contra
el presidente. Todos los bonapartistas fueron dejados fuera de la Comisión
permanente de 28 miembros que habían de actuar como custodios de la
República533 cuando la Cámara no sesionara. Y en lugar de ellos
fueron elegidos, incluso, algunos republicanos del Siècle y el National para hacer ver
al presidente la devoción de la mayoría parlamentaria por la República
constitucional.
Poco antes de la suspensión
de sesiones de la Cámara, y especialmente a raíz de
ella, parecían querer reconciliarse las dos grandes facciones del partido del
Orden, los orleanistas y los legitimistas, mediante la fusión de las dos dinastías bajo cuyas banderas luchaban. Los periódicos venían llenos de
propuestas de reconciliación discutidas junto al lecho de enfermo de Luis
Lelipe en Saint Leonards,
532 Le Pouvoir: órgano de la
prensa bonapartista publicado en París de abril de 1849 a junio de 1850.
Primero apareció con el título de Le Dix Décembre, Journal de Vordre. De junio de 1850 a enero de 1851 estuvo bajo la dirección de Granier de Cassagnac. 533 De
acuerdo con el art. 32 de la Constitución de la República francesa,
entre una y otra legislatura de la
Asamblea Legislativa se proponía una Comisión permanente, integrada
por 25 miembros elegidos de entre los diputados y la Mesa de la
Asamblea. Esta comisión podía convocar a la Asamblea Legislativa en casos extraordinarios. En 1850, la comisión estaba formada, de hecho, por
39 miembros: 11 provenientes de la Mesa de la Asamblea, 3 cuestores y 25
diputados designados por elección.
cuando su muerte vino a simplificar
de pronto la situación. Luis Lelipe era el usurpador,
Enrique V el
despojado, y el conde de París, pues Enrique V carece de descendencia, el legítimo heredero del trono.
649
La fusión de los dos intereses dinásticos
carecía ahora de todo pretexto. Y fue precisamente entonces
cuando las dos facciones de la burguesía descubrieron que no las dividía precisamente su entusiasmo
por una determinada casa real, sino que eran, por el contrario, intereses de
clase contrapuestos los que mantenían desunidas a las dos dinastías. Los
legitimistas, que habían ido en peregrinación a Wiesbaden, a la corte de Enrique V, como sus competidores a Saint Leonards, recibieron allí la noticia
de la muerte de Luis Felipe. Formaron inmediatamente un ministerio534 in
partibus infidelium;535 integrado en su mayoría por miembros de
aquella comisión de custodios de la República de que hablamos más arriba y que,
con motivo de una discordia manifestada en el seno del partido, lanzó la más
desembozada proclama en defensa de la monarquía por la Gracia de Dios. Los
orleanistas
prorrumpieron en gritos de júbilo ante el comprometedor escándalo que este manifiesto536 suscitó en
la prensa, sin recatar ni por un momento su franca hostilidad en contra de los
legitimistas.
650
Mientras estaban suspendidas las sesiones de la
Asamblea Nacional, se reunieron las diputaciones departamentales. La mayoría de
estas representaciones se pronunció en favor de una revisión más o
menos condicionada de la Constitución; es decir, se manifestó en pro de una restauración monárquica
cuyos términos no se precisaban, en pro de una “solución” confesando,
al mismo tiempo, que no se consideraba lo bastante competente ni lo bastante
valiente para encontrar esta solución. La facción bonapartista interpretó en
seguida este deseo de revisión en el sentido de que se prorrogara el mandato
presidencial de Bonaparte. Para la clase dominante era totalmente inadmisible
la solución constitucional, la dimisión de Bonaparte en mayo de 1852, la
elección simultánea de un nuevo presidente por todos los electores del país y
la subsiguiente revisión de la Constitución por medio de
una Cámara convocada especialmente para ello,
en los primeros meses de la nueva presidencia. El
día de las nuevas elecciones presidenciales se habrían dado cita todos los
partidos enemigos, los legitimistas, los orleanistas, los republicanos
burgueses y los revolucionarios. Habría tenido que
zanjarse por la violencia el conflicto entre las diversas facciones. Si el mismo partido del Orden hubiese
logrado unificarse en torno a la candidatura de una figura neutral al margen de las evolú dinásticas,
volvería a enfrentarse a él Bonaparte. El partido del Orden se ve obligado, en su lucha contra el pueblo,
a acrecentar constantemente las atribuciones del poder ejecutivo. Y ello
equivale a acrecentar los poderes de su titular, de Bonaparte. Por tanto, en la
misma medida en que el partido del Orden fortalece su poder común, fortalece
también los medios de lucha de las pretensiones dinásticas de Bonaparte y fortalece las probabilidades con que cuenta para hacer fracasar violentamente la solución
constitucional, al llegar la hora de la decisión. Ese día, Bonaparte, para dar
la batalla al partido del Orden, no se detendrá ante uno de los pilares
fundamentales, la Constitución, como ese partido, para
luchar contra el pueblo, no se detuvo tampoco ante el otro pilar, ante la ley electoral. Incluso apelaría,
en contra de la Asamblea, al sufragio universal.
651
En una palabra, la solución constitucional
pone en tela de juicio todo el statu quo político, y
poner en peligro el statu quo es, para el burgués, lanzarse al
caos, a la anarquía, a la guerra civil. El burgués ve amenazado para
el primer domingo del mes de mayo
de 1852 sus compras y sus ventas, sus letras
de
cambio, sus matrimonios, sus escrituras notariales, sus hipotecas y sus rentas, sus alquileres, sus
534 Fueron los legitimistas quienes intentaron
formar este gabinete ministerial. Lévis, Saint-Priest, Berryer, Patoret y
cTEscars estaban destinados a formar parte de él. Este gabinete estaba
preparado para el caso de que llegara al poder el pretendiente legitimista,
conde de Chambord.
535 In partibus infidelium (literalmente: “en
el país de los infieles”), que se agregaba al título
otorgado a los obispos
católicos destinados a cargos puramente nominales en países y territorios no cristianizados. Esta expresión la empleaban a menudo Marx y
Engels, aplicándola a diversos gobiernos formados en el exilio sin tener en
cuenta, generalmente, la situación real de su país. 536 Marx se refiere al llamado “Manifiesto de Wiesbaden”, circular que redactó el 30 de agosto de 1850 en Wiesbaden el secretario de
la fracción legitimista en la Asamblea Legislativa, De Barthelemy, por encargo
del conde de Chambord. En esta circular se determinaba la política de los
legitimistas para el caso de que subieran al poder; el conde Chambord
declaraba que “rechazaba oficial y rotundamente todo llamamiento al
pueblo, ya que tal llamamiento implicaba la renuncia al gran principio nacional
de una monarquía hereditaria”. Esta declaración motivó una polémica en la prensa con motivo de la protesta de una serie de monárquicos
encabezados por el diputado La Rochejaquelein.
ganancias, todos sus contratos y fuentes de lucro,
y no quiere correr ese riesgo. Poner en peligro el statu quo político es
exponerse a la amenaza de que se
derrumbe toda la sociedad burguesa. La única
solución posible grata a la burguesía es ir aplazando la solución. El único modo como ella puede salvar
a la República constitucional es violando la Constitución, mediante el acuerdo
de prorrogar los poderes
del presidente. Y no es otra tampoco la última
palabra de la prensa del orden, después de los
largos e ingeniosos debates sobre las posibles “soluciones”, a que se ha entregado después de la sesión
de los Consejos generales. Por donde el poderoso partido del Orden se ve obligado así, para vergüenza
suya, a tomar en serio la evolúo, vulgar y, para él, aborrecida persona del
seudo-Bonaparte.
Esta sucia figura se engañaba también en cuanto a
las causas que la revestían cada vez más con el carácter del hombre
indispensable. Mientras que su partido tenía la suficiente penetración para
atribuir la creciente importancia de Bonaparte a las circunstancias, él creía
que se debía exclusivamente al hechizo de su nombre y a sus constantes
actitudes de imitación caricaturesca de Napoleón. Se mostraba cada día más
emprendedor. Opuso a las peregrinaciones a Saint Leonards y
Wiesbaden sus giras a través de Francia. Los bonapartistas se fiaban tan poco de los encantos mágicos
de su personalidad, que por todas partes enviaban a su paso, como “claque”,
empaquetados en masa en trenes de ferrocarril y sillas de posta, a gente de la
Sociedad del 10 de diciembre,537 que era la organización del
lumpenproletariado de París. Y ponían en boca de su fantoche discursos en los
que
se proclamaba como lema de la política presidencial, según el recibimiento que se le dispensaba en las
diferentes ciudades, la resignación republicana o la perseverante tenacidad.
Sin embargo, y pese a todas estas maniobras, estos viajes distaron mucho de ser
cruzadas triunfales.
652
Después de haber entusiasmado así al pueblo,
según él creía, Bonaparte se puso en movimiento para
atraerse al ejército. Mandó celebrar en
la explanada de
Satory, cerca de Versalles, grandes revistas de
tropa en las que trató de corromper a los soldados con salchichón de ajo, champán y cigarros. Así como
el auténtico Napoleón, en los avatares de sus campañas de conquista, sabía
animar a sus tropas fatigadas con ciertos momentos de confianza patriarcal, el
seudo-Napoleón creía que las tropas le expresaban su gratitud al gritar “Vive
Napoléon, vive le saucisson!”,h que era como gritar: “¡Viva el salchichón
y viva el histrión!”i
h ¡Viva Napoleón, viva
el salchichón!
I “Es evo die Wurst, es evo die Hanswurst!”
Juego de palabras:
“Wurst”, salchichón, “Hanswurst!”, histrión.
Estas revistas de tropa hicieron estallar la disensión, durante largo tiempo recatadas, entre Bonaparte
y su ministro de la Guerra d’Hautpoul, de una parte, y de la otra Changarnier.
El partido del Orden había encontrado en Changarnier su hombre realmente
neutral, que no abrigaba ninguna clase de
pretensiones dinásticas propias. Era él a quien este partido tenía destinado para suceder a Bonaparte.
Además, su actuación el 29 de enero y el 13 de junio de 1847 había convertido a
Changarnier en el gran mariscal del partido del Orden, en el moderno Alejandro,
cuya bruta interposición había venido a cortar, a los ojos del
vacilante burgués, el nudo gordiano de la revolución. Tan ridículo en el fondo
como Bonaparte, se había convertido así, a muy poca costa, en una potencia, que la Asamblea Nacional
enfrentaba al presidente para que lo fiscalizase. En
el asunto del aumento de la dotación por ejemplo,
el propio Changarnier había coqueteado con
la protección, dispensada por él a Bonaparte, adoptando
siempre ante él y ante sus ministros un aire de superioridad. Ante la insurrección que se esperaba que
provocase la nueva ley electoral, prohibió a sus oficiales recibir ninguna clase de órdenes del ministro
de la Guerra o del presidente. Y, por si todo esto fuera poco, aún contribuía
la prensa a realzar la personalidad de Changarnier.
653
Como es natural, ante la carencia total de grandes personalidades, el partido del Orden veíase obligado
a atribuir míticamente a un solo individuo la fuerza que se echaba de menos en
toda su clase, convirtiendo a este individuo en un titán. Así nació el mito de
Changarnier, “baluarte de la sociedad”. La arrogante charlatanería
y los aires de misteriosa superioridad con que el general se dignaba soportar
el mundo sobre sus espaldas contrastan del modo más ridículo con los
acontecimientos producidos durante la revista de Satory y a raíz de ella, los que demuestran irrefutablemente que
537 Sociedad del 10 de Diciembre: sociedad secreta del lumpenproletariado parisino, fundada en 1849. Estaba dirigida por agentes bonapartistas.
Marx hace una descripción precisa de ella en el cap. Iv de su libro El
dieciocho Brumario de Luis Bonaparte.
habría bastado con un plumazo de Bonaparte, el infinitamente pequeño, para reducir a este fantástico
aborto del miedo de la burguesía, al coloso Changarnier, a sus verdaderas
proporciones de mediocridad y convertir al héroe salvador de la sociedad en un
general jubilado.
Hacía ya largo tiempo que Bonaparte se había
vengado de Changarnier, al provocar a su ministro de la Guerra a pleitos y
querellas disciplinarios con el incómodo protector. Hasta que, por fin, la
última de las revistas de Satory hizo estallar los viejos rencores. La indignación constitucional de Changarnier
rebasó ya todos los límites cuando los regimientos
de caballería desfilaron al grito anticonstitucional de “Vive Lempereur!” j Con
objeto de prevenir cualquier fastidioso debate acerca de este grito en la
próxima sesión de la Cámara, Bonaparte alejó de su cargo al ministro de la
Guerra, d’Hautpoul, nombrándolo gobernador
de Argelia. Para ocupar su vacante, designó a un
viejo general de confianza de los tiempos del Imperio, cuya
brutalidad nada tenía que envidiar a la de Changarnier. Pero, para que la
sustitución de d’Hautpoul no fuese interpretada como una concesión hecha a
Changarnier, decretó al mismo tiempo el traslado de París a Nantes del general
Neumayer, brazo derecho del salvador de la sociedad. Este Neumayer había sido
el que, en la última revista de tropa, había hecho que toda la infantería
desfilase ante el sucesor de Napoleón bajo un silencio glacial. Changarnier,
abofeteado en la persona de Neumayer, protestó y amenazó. Inútilmente. Al cabo
de dos días de deliberaciones, apareció en el Moniteur el
traslado de Neumayer, y al héroe del Orden no le quedaba más que uno de dos
caminos: o someterse a la disciplina o dimitir.
J ¡Viva el Emperador!
654
La lucha de Bonaparte
contra Changarnier es la continuación de su lucha contra el
partido del Orden.
La reanudación de las sesiones de la Asamblea Nacional, el n de noviembre, va a efectuarse, por tanto,
bajo auspicios amenazadores. Pero no pasará de ser una tempestad en un vaso de agua. En lo esencial,
seguirá desarrollándose el viejo juego. Sin embargo, la mayoría del partido del Orden se verá obligada,
a pesar del griterío de los campeones de los principios de sus diversas facciones,
a prorrogar los poderes del presidente. En cuanto a Bonaparte, pese a todas sus protestas previas, tendrá también que
resignarse, aunque sólo sea por la falta de dinero, a aceptar la prórroga de
poderes como simple
delegación de manos de la Asamblea Nacional. De este modo, se dará largas a la solución, se mantendrá
en pie el statu quo, una parte del partido del Orden se verá comprometida, evolúo y hecha imposible
por la otra y se extenderá y agotará la represión contra el enemigo común, contra la masa de la nación,
hasta que las condiciones económicas alcancen de nuevo el grado de desarrollo
necesario para que una nueva explosión haga volar por los aires a todos estos
partidos en discordia, con su República constitucional.
Diremos, por lo demás, para tranquilidad del
burgués, que el escándalo entre Bonaparte y el partido
del Orden da como resultado el arruinar a multitud de pequeños capitalistas en la Bolsa, haciendo que
sus fortunas vayan a parar a los bolsillos de los grandes lobos bursátiles.
655
INTRODUCCIÓN [A “LAS LUCHAS DE CLASES EN FRANCIA DE 1848 A 1850” DE C.
MARX (1895)] 538
[F. Engels]
El trabajo que aquí publicamos fue el primer
intento de Marx de explicar un fragmento de historia contemporánea por medio de
su concepción materialista, partiendo de la realidad económica. En el Manifiesto comunista se había
aplicado la teoría, en
sus lineamientos generales, a la historia moderna
en su conjunto, y en los artículos publicados por Marx y por mí en la Nueva
Gaceta Renana nos
apoyábamos constantemente en dicha teoría para esclarecer los acontecimientos políticos de nuestro
tiempo. Aquí, en cambio, se trata, de poner de manifiesto la concatenación
causal presente en un proceso de varios años, y que es al mismo tiempo crítico
y típico para toda Europa: es decir, lo que el autor se propone es explicar los
sucesos políticos como resultantes de causas que son, en última instancia,
causas de orden económico.
656
Al enjuiciar los acontecimientos y series de hechos
de la historia contemporánea, jamás podremos remontarnos hasta las causas
económicas últimas. Incluso hoy, en que la prensa
especializada nos suministra tan abundante material, nos sería imposible, aun
en el caso de Inglaterra, seguir día a día la marcha de la industria y del
comercio en el mercado mundial y los cambios producidos en los métodos de
producción, de tal modo que pudiéramos trazar para un momento cualquiera la
síntesis general de estos factores tan complicados y sin cesar cambiantes, los
más importantes de los cuales, además, suelen permanecer largo tiempo ocultos,
para irrumpir de pronto violentamente en la superficie. Una clara ojeada
general sobre la historia económica de un periodo dado jamás se ofrece ante
nosotros a la luz de los hechos mismos, sino que se obtiene siempre al cabo de
algún tiempo, cuando se han recogido y ordenado los materiales. La estadística,
de la que aquí no podemos prescindir, marcha siempre a la zaga. Por eso, cuando
se trata de estudiar la historia contemporánea en curso de desarrollo, nos
vemos con harta frecuencia obligados a considerar el factor más decisivo
de todos como la constante, a ver en la situación económica con que nos encontramos al comienzo del
periodo de que se trata como la situación dada e invariable para el periodo entero, o a tener en cuenta
solamente aquellos cambios de la situación que brotan de los mismos
acontecimientos claros y manifiestos y que, por tanto, se ponen de relieve con
la misma claridad. De allí que el método
materialista, en estos casos, tenga que limitarse, con harta frecuencia, a reducir los conflictos políticos
a las luchas de intereses entre las clases sociales y fracciones de clases
preestablecidas por el desarrollo económico, identificando los distintos
partidos políticos como la expresión política más o menos adecuada de estas
mismas clases o sectores de ellas.
657
538 Esta “Introducción” de Engels a Las luchas de clases
en Francia, en que se desarrolla un examen de
las luchas revolucionarias de 1848-1849, así como los cambios
impuestos por la nueva situación en que ha de desarrollarse la táctica de lucha
por parte del proletariado, fue escrita con motivo de las frecuentes
deformaciones, de parte de la socialdemocracia alemana, de la
lucha revolucionaria. En marzo de 1895, Liebnechkt publicó en el diario
que él dirigía, Vorwärts], órgano central de
partido socialdemócrata alemán, una serie de extractos de esta “Introducción”, tomándolos libremente. Engels protestó contra ello (carta a
Paul Lafargue, del 3 de abril de 1895), arguyendo que (Liebnechkt) se limitaba
a extraer de su trabajo aquello “que pudiera servirle para apoyar una
táctica pacífica, en la que se rechazaba, a toda
costa, el empleo de la violencia”.Y el propio Engels hubo de
escribir a Kautsky, con este mismo motivo, el 1 de abril: “Con gran asombro,
veo hoy en el Vorwärts! Un extracto de mi Introducción, publicado
sin mi consentimiento y amañado de tal modo que se me presenta en él
como un adorador pacífico
de la legalidad a ultranza. Razón de más para que insista en que el trabajo se publique ahora íntegro en la Neue Zeit, para
así borrar esta bochornosa impresión”.
Pero ni en la Neue Zeit ni en la
edición en folleto de Las luchas de clases en Francia, del
mismo año, llegó a publicarse el texto íntegro de esta
introducción. Ante las conminatorias instancias de la
dirección del partido socialdemócrata alemán, expresadas en
cartas dirigidas a Engels y en las que se hablaba del
peligro de una nueva ley contra los socialistas, el autor
se vio obligado a suprimir algunos de los pasajes políticamente más
directos de la “Introducción”, en los que se hablaba de la inminencia de
una nueva lucha armada del proletariado. La dirección de la socialdemocracia alemana, en cuyas manos se hallaba el archivo de Marx y
Engels, siguió empeñada en utilizar el trabajo abreviado de Engels
para sus propios fines, sin llegar a publicar nunca su
texto íntegro, que apareció por vez primera en la
Unión Soviética. La edición alemana sobre la que
se basa la presente traducción está a
su vez basada en el texto de las pruebas de
imprenta de 1895. Los pasajes tachados por Engels en dichas pruebas de
imprenta, por
las consideraciones antedichas, aparecen aquí entre
corchetes y las modificaciones se
registran en notas al pie de la página.
Huelga decir que esta inevitable postergación de
los cambios simultáneos en cuanto a la situación económica, la verdadera base
de todos los acontecimientos que se investigan, constituye necesariamente una
fuente de errores. Pero ello es inevitable, pues en todas las condiciones
propias de una exposición comprendida de la historia contemporánea va implícito
irremediablemente el error; lo que no hace a nadie retraerse de escribir sobre
historia contemporánea.
Cuando Marx emprendió este trabajo, la fuente de errores a que nos referimos era aún más inevitable.
Resultaba sencillamente imposible, durante el periodo revolucionario de 1848-1849,
seguir los cambios económicos que se estaban produciendo, y menos aún
era posible abarcarlos en una mirada de conjunto. Y otro tanto
ocurría durante los primeros meses del destierro en Londres, los del otoño
e invierno de 1849-1850, que fueron precisamente los meses en que Marx comenzó este trabajo. Pero
aunque las circunstancias fuesen desfavorables, el cabal conocimiento que el
autor tenía, tanto de la situación económica de Francia como de la historia
política de este país desde la revolución de Febrero, le permitía hacer un
estudio de los acontecimientos en el que se ponía de manifiesto su
concatenación interna de un modo
hasta entonces jamás logrado y del que más tarde habría de dar el
propio Marx una nueva y brillante prueba.
658
La primera fue afrontada por Marx
cuando, desde la primavera de 1850, volvió a encontrar
el tiempo necesario para entregarse al estudio de la economía y abordar,
primeramente, la historia económica de los últimos diez años. Los mismos hechos se encargaron ahora de mostrarle claramente lo que antes
había inferido él más o menos apriorísticamente a base de un material bastante
incompleto, a saber: que la crisis del comercio mundial producida en 1847 había
sido la verdadera matriz de las revoluciones de Febrero y Marzo y que la ola de
prosperidad industrial que volvió a iniciarse
gradualmente a mediados de 1848 para llegar a su apogeo en 1849 y 1850 sirvió de fuerza propulsora
para el nuevo fortalecimiento de la reacción europea. Este punto de vista fue
decisivo. Mientras que en los tres primeros artículos
(publicados en los núms. Correspondientes a enero, febrero y marzo de
la N[ueva] G[aceta] R[enana].
Revista económico-política, Hamburgo, 1850) se trasluce todavía la
esperanza de que pronto cobre nuevo auge la energía revolucionaria, el
pronóstico histórico formulado por Marx y por mí para el último número, el
número doble del otoño de 1850 (mayo a octubre), rompe de una vez con esas
ilusiones: “Una nueva revolución —leemos aquí— sólo será posible como secuela
de una crisis. Pero será, desde luego, tan segura como ésta”.539 Era,
ésta, por lo
demás, la única modificación esencial que se imponía. En la interpretación de los acontecimientos que
dábamos en las partes anteriores y en la concatenación causal allí establecida, no había absolutamente
nada que cambiar, como lo demuestra la continuación del relato del 10 de marzo al otoño de 1850, en
el resumen a que me refiero. Ésta es la razón de que me haya parecido oportuno
recoger esta continuación, como artículo cuarto, en la presente reedición.
La segunda prueba fue aún
más dura. A raíz del golpe de Estado de Luis Bonaparte del 2 de diciembre
de 1851, volvió a estudiar Marx la historia de Francia desde febrero de 1848
hasta el suceso que de momento ponía fin a este periodo revolucionario. (El
Dieciocho Brumario, de Luis Bonaparte, 3ª ed.,
Hamburgo, Meissner, 1885.) En este folleto se vuelve a examinar, aunque más brevemente, el periodo
tratado en nuestro escrito. Quien compare con la nuestra esta segunda exposición,
escrita a la luz de un acontecimiento decisivo producido un
año más tarde, verá que el autor tuvo muy pocas cosas
que modificar.
659
Lo que da a nuestro escrito, además, una importancia especial es que en él se proclama por vez primera
la fórmula en que la coincidencia general de los partidos obreros de todos los
países del mundo resumen su posición acerca de la nueva estructuración
económica del mundo: la apropiación de los medios de producción por la
sociedad. En el capítulo segundo, a propósito del “derecho al trabajo”, que
aquí se describe como “la primera fórmula desmañada en que se compendiaban las
reivindicaciones revolucionarias del proletariado” leemos: “
... pero detrás del derecho al trabajo está
el poder sobre el capital y detrás del poder sobre el capital la apropiación de los medios de producción
539 Véase C. Marx y F. Engels, “Revista [mayo-octubre de 1850]”, en Escritos económicos menores, México, fce, Obras Fundamentales
de Marx y Engels, t. II,1987, pp. 76-115.
para someterlos a la clase obrera asociada, es
decir, la abolición tanto del trabajo asalariado como la
del capital y de sus mutuas relaciones”.”a Se formula, pues, aquí por vez primera la tesis que distingue
nítidamente el moderno socialismo obrero de los diferentes matices del
socialismo feudal, burgués, pequeño burgués, etc., así como también de la
confusa comunidad de bienes preconizada por el comunismo utópico y el comunismo
obrero espontáneo y elemental. Y cuando, más tarde, Marx hizo esta fórmula extensiva
a la apropiación de los medios de cambio, esta ampliación, que, por lo demás,
se comprendía por sí misma después del Manifiesto comunista, era
simplemente un corolario de la tesis fundamental. Alguna gente sabia, en
Inglaterra, ha creído necesario añadir, recientemente, que también los “medios
de distribución” deben entregarse a la sociedad. Pero esos señores se verían en
un aprieto para decirnos cuáles son, en realidad, los medios económicos de
distribución distintos de
los de producción y de cambio. Tal vez se trate de los medios políticos de distribución, de los impuestos
y los socorros de beneficencia, incluyendo la dotación del bosque de
Sajonia540 y otras por el estilo. Ahora bien, estos medios de distribución
pertenecen ya actualmente a la colectividad, al Estado o al municipio y,
además, nosotros aspiramos a que desaparezcan.
A Véase supra, p. 563.
660
Cuando estalló la revolución de Febrero, todos
nosotros nos hallábamos, en cuanto a nuestras ideas acerca de las condiciones y
el curso de los movimientos revolucionarios, bajo el conjunto de la experiencia
histórica anterior, especialmente la de Francia. No en vano este país había
dominado
desde 1789 toda la historia europea y de él había partido también
la señal para la revolución general. Era, pues, natural
e inevitable que nuestras ideas
acerca de la naturaleza y la marcha de la revolución
“social”, de la revolución del proletariado, proclamada en París en febrero de
1848, se viesen fuertemente impregnadas por recuerdos de los modelos de 1789 a
1830. Sobre todo, cuando el
levantamiento parisino encontró eco en las insurrecciones victoriosas de Viena, Milán y Berlín, cuando
toda Europa, hasta llegar a la frontera rusa, se vio arrastrada al movimiento;
cuando luego, en junio, se libró en París la primera gran batalla por el poder
entre el proletariado y la burguesía y cuando
incluso la victoria de su clase hizo estremecerse a la burguesía de todos los países, echándola de nuevo
en brazos de la reacción monárquico-feudal, que acababa de ser derrocada; cuando todo esto ocurrió,
no podía, en aquellas circunstancias, caber para nosotros la menor duda de que
había comenzado el gran combate decisivo, que habría de librarse durante un
largo y único periodo revolucionario, lleno de vicisitudes, pero que sólo podía
acabar con la victoria definitiva del proletariado.
Después de las derrotas de 1849, nosotros no
compartimos en modo alguno las ilusiones de la democracia vulgar,
agrupada m partibus541 en torno a los gobiernos
revolucionarios del futuro. Esta democracia contaba con la pronta y decisiva
victoria del “pueblo” sobre los “usurpadores”; nosotros, por nuestra parte,
dábamos por descontada, una vez expulsados los “usurpadores”, una larga lucha
entre los elementos antagónicos que se escondían precisamente en el seno de
este “pueblo”.
661
La democracia vulgar esperaba que la ola volviera a
desatarse de la noche a la mañana; nosotros declaramos ya en el otoño de 1850
que había terminado, por lo menos, la primera etapa del
periodo revolucionario y que hasta que estallara una nueva crisis económica no
había nada que esperar. Lo
cual nos valió ser anatematizados como traidores a la revolución por la misma gente que después, casi
sin excepción, haría las paces con Bismarck, en los casos en que éste consideró
que el trato valía la pena.
Pero también a nosotros nos ha desengañado la
historia, haciéndonos ver que éramos unos ilusos. Y fue aún más allá; no sólo
dio al traste con nuestros errores de aquellos días, sino que hizo cambiar
totalmente las condiciones bajo las que tiene que luchar el proletariado. La manera de luchar de 1848
ha quedado anticuada desde todos los puntos de vista, y es éste un punto en el
que vale la pena detenerse más a fondo.
Hasta ahora, todas las revoluciones iban dirigidas al desplazamiento de una determinada dominación
de clase por otra; pero todas las clases dominantes, hasta ahora,
representaban solamente pequeñas
540 Bosque de Sajonia: este bosque fue donado en 1871 por Guillermo I al canciller del Reich, Bismarck.
541 Véase supra, nota 535.
minorías frente a la gran masa del pueblo dominada.
Una minoría dominante era derrocada por la revolución, para dejar el paso a
otra minoría que la sucedía en el timón del Estado y modelaba las
instituciones públicas a tono con sus intereses. El nuevo grupo minoritario era, cada vez, aquél a quien
el nivel del desarrollo económico llamaba a gobernar y capacitaba para hacerlo,
y por ello precisamente, y sólo por ello, la mayoría dominada participaba en la
revolución a favor suyo o contemplaba tranquilamente el cambio revolucionario. Pero, prescindiendo del contenido concreto de
cada caso, todas estas revoluciones presentaban una forma común, pues todas ellas eran revoluciones
de minorías. Aun cuando interviniese en ellas, la mayoría, lo hacía siempre — a
sabiendas o sin saberlo— al servicio de una minoría; pero esta actitud o, por
lo menos, el comportamiento pasivo e indiferente, daba a la minoría descollante
la apariencia de ser la representante de todo el pueblo.
662
Después de la primera victoria importante, la
minoría victoriosa, por lo general, se dividía; mientras
que una parte de ella se daba por satisfecha con lo logrado, la otra quería ir más evo y planteaba nuevas
reivindicaciones, que en parte al menos respondían al interés real o aparente
de la gran masa del pueblo. En algunos casos, estas aspiraciones más radicales
lograban imponerse, pero, generalmente, sólo de un modo pasajero, pues el
partido más moderado recobraba casi siempre el poder y volvía a perderse total
o parcialmente lo conquistado; los vencidos, cuando esto ocurría, clamaban
traición o atribuían la derrota a la casualidad. Pero, en
realidad, las cosas solían ocurrir así: las conquistas de la primera
victoria se veían afianzadas solamente por la segunda, arrancada por el partido
más radical, conseguido lo cual y habiéndose
alcanzado lo momentáneamente necesario, los radicales y sus éxitos
desaparecían de la escena.
Todas las revoluciones de los tiempos
modernos, a partir de la gran revolución inglesa del siglo XVII,
acusaban estos rasgos, que se antojaban inseparables de toda lucha
revolucionaria. Rasgos que parecían también aplicables a las luchas del proletariado por su emancipación, tanto más cuanto que,
precisamente en 1848, eran contados los que comprendían más o menos en qué
dirección debían orientarse esas luchas emancipadoras. Las mismas masas
proletarias, incluso en París y a raíz de la victoria, se hallaban sumidas en
la mayor confusión en cuanto al camino que debía emprenderse. Y, sin embargo,
el movimiento estaba allí, a la vista, como un movimiento instintivo,
espontáneo, irreprimible. ¿No era ésta precisamente la situación en
que una revolución tenía necesariamente que triunfar, dirigida
ciertamente por una minoría, pero esta vez no en interés de la minoría sino en
el interés manifiesto e indiscutible de la mayoría? Si en todos los extensos
periodos revolucionarios las grandes masas del pueblo se habían dejado ganar
tan fácilmente por los plausibles espejismos de las
minorías impulsoras, ¿cómo iban
a mostrarse menos asequibles a las ideas que eran el más fiel reflejo
de su propia situación económica, que no eran sino la expresión clara e
intelectiva de sus propias
necesidades, aunque ellos mismos todavía no las comprendieran y sólo las sintieran de un modo vago?
663
Cierto es que este sentimiento
revolucionario de las masas conducía casi siempre, y por
lo general, al cansancio o incluso un viraje en redondo, tan pronto como
se esfumaba la ilusión y se producía el desengaño. Pero ahora no se trataba de espejismos, sino de imponer los auténticos intereses de la gran
mayoría misma, que ésta aún no veía claros,
ni mucho menos, pero que pronto habría de percibir con
suficiente claridad en su aplicación práctica y por sus propios ojos. Y si,
como demuestra Marx en su tercer artículo, el desarrollo de la república burguesa nacida de la revolución “social” de 1848, al llegar
la primavera de 1850, había concentrado el poder real en manos de la gran burguesía
—cuyos sentimientos eran, además, monárquicos—, agrupando, por el contrario, a
las demás clases de la sociedad, campesinos y pequeños burgueses, en
torno al proletariado, de tal modo que, en la victoria
común y después de ella, el factor decisivo tenía que ser necesariamente el
proletariado, y no estas otras clases, ¿no se abría con
ello la perspectiva para que la revolución
de la minoría se convirtiera en la revolución de la
mayoría?
La historia nos ha dado un mentís, y se lo ha dado
a cuantos pensaban de modo parecido. Ha puesto
de manifiesto que el nivel del
desarrollo económico del continente, por
aquellos años, no era todavía,
ni mucho menos, lo bastante alto para poder eliminar la producción capitalista; lo ha demostrado por
medio de la devolución económica que desde 1848 se ha extendido por todo el continente,
dando
verdadera carta de naturaleza a la gran industria en Francia, en Austria, en Hungría, en Polonia y
últimamente en
Rusia, o convirtiendo a Alemania propiamente en
un país industrial de primer rango,
todo ello sobre una base capitalista,
lo que demuestra que esta base, en 1848,
era todavía susceptible de un amplio desarrollo.
664
Esta revolución industrial, que separa el periodo
de la manufactura del gremio, incluso en Europa oriental, presupone en todas
partes una pugna en las relaciones de clase, y crea una verdadera burguesía y
un proletariado también real, relación que irrumpe en el plano del desarrollo
social. En
1848 se daba la lucha entre estas dos grandes clases sólo en Inglaterra, en la ciudad de París y, cuando
mucho, en algunos otros centros industriales; hoy este desarrollo se ha extendido por toda Europa con
una intensidad tal que en 1848 era impensable. Si entonces reinaban los muchos y confusos evangelios
de las sectas, con sus panaceas, hoy tenemos ante nosotros la teoría única de
Marx, reconocida con
carácter general, una teoría clara y convincente, que proclama de un
modo nítido los objetivos finales de la lucha. Entonces,
eran las masas divididas y separadas por barreras locales y nacionales,
engarzadas solamente por el sentimiento de los sufrimientos comunes, todavía incipientes y lanzadas
de un lado a otro, perplejas e indecisas, entre el entusiasmo y la desesperación; hoy, es el gran ejército
internacional único de los socialistas, que avanza
incontenible y crece diariamente en número, en
organización, en disciplina, en visión y en la certeza del triunfo. Y si, aun disponiendo de esta poderosa
arma del proletariado,
aún no se ha alcanzado la meta,
si, lejos de poder arrancar la victoria de un solo golpe
formidable, necesita avanzar de posición en posición, en una lucha dura, lenta
y tenaz, no hay para qué decir que la pretensión de lograr por asalto la
transformación total de la sociedad, en 1848, era algo sencillamente
irrealizable.
Una burguesía dividida en dos sectores
dinástico-monárquicos 542 pero que reclamaba, ante todo,
sosiego y seguridad para sus negocios monetarios, y, frente a ella, un proletariado vencido, es verdad,
pero todavía amenazador, en torno al cual iban agrupándose cada vez
más los pequeños burgueses y los campesinos, y la amenaza continua de una
explosión violenta, pero que, con todo, no abría la perspectiva de una solución
definitiva: tal era la situación, que ni pintada para el golpe de Estado del
tercer pretendiente, el seudodemocrático Luis Bonaparte. Valiéndose del
ejército, puso fin a la tensa
situación el 2 de diciembre de 1851 y devolvió a Europa la paz interior para regalarle a cambio de ello
una nueva era de guerras.543 El periodo de las revoluciones desde abajo había quedado cerrado, por el
momento, para dar paso a un periodo de revoluciones desde arriba.
665
El retroceso imperialista de 1851 vino a aportar
una nueva prueba de la falta de madurez de las aspiraciones proletarias de
aquellos años. Pero se encargó también de crear las condiciones bajo las que
habrían de madurar. La paz interior aseguró el pleno desarrollo del nuevo auge
industrial, y la
necesidad de mantener ocupado al ejército y de desviar hacia el exterior las corrientes revolucionarias
engendró las guerras en las que Bonaparte, bajo el pretexto de hacer valer el
“principio de la nacionalidad”,544 trataba de arrancar algunas anexiones
para Francia. Bismarck, su imitador, adoptó la misma política para Prusia;
también él dio en 1866 su golpe de Estado, lanzó su revolución desde arriba,
dirigida tanto contra la Confederación alemana
y contra Austria como contra la Cámara de los
conflictos, de Prusia. Pero en Europa no cabían dos Bonapartes, y la ironía
histórica quiso que
Bismarck derrocase a Bonaparte y el rey Guillermo de Prusia restaurase no sólo la república pequeño
burguesa alemana, sino también la francesa. El resultado general de todo ello fue que se hiciera
542 Dos sectores
dinástico-monárquicos: en Francia, estos partidos eran los
“legitimistas”, partidarios de la monarquía (llamada por ellos “legítima”)
de los Borbones, que reinó en Francia hasta 1792 y durante el periodo de la
Restauración (1815-1830), y los “orleanistas”, que eran partidarios
de la dinastía de los Orleáns, que gobernó en la persona de Luis Felipe
de1830 a
1848. 543 Bajo el reinado de Napoleón III, Francia participó en la Guerra de Crimea (1854-1855), luchó contra Austria por los territorios italianos (1859), intervino al lado
de Inglaterra en las guerras contra China (1856-1858 y 1860), se lanzó a la conquista de Indochina,
organizó una expedición armada contra Siria (1860-1861) y más tarde
contra la República mexicana (18621863) y, por último, libró la
guerra contra Alemania (1870-1871).
544 El llamado “principio de las nacionalidades” era utilizado frecuentemente entre las clases dominantes de los grandes Estados como
recubrimiento ideológico de sus planes anexionistas y
de sus aventuras en política exterior. Sin tener nada
que ver con el reconocimiento de las naciones a la autodeterminación,
el “principio de las nacionalidades” era un acicate para espolear
las discordias nacionales y transformar el movimiento
nacional, sobre todo de los pueblos pequeños, en instrumento de la
política contrarrevolucionaria de los grandes Estados en pugna
realidad en Europa la independencia y la unidad de las grandes naciones, con la excepción de Polonia.
Dentro de límites relativamente modestos, es verdad, pero lo suficientemente
amplios, desde luego, para que el proceso de desarrollo de
la clase obrera no se viese ya esencialmente
entorpecido por las estrecheces nacionales, los enterradores de la
revolución de 1848 se habían convertido en sus albaceas. Y junto a ellos se
erguía ya, amenazador, en la Internacional, el heredero de 1848,
el proletariado.
666
Tras la guerra de 1870-1871, Bonaparte desaparece
de la escena y la misión de Bismarck queda cumplida, pudiendo descender de
nuevo al puesto de un Junkerb vulgar y corriente. Pero el
acontecimiento que pone fin a este periodo es la Comuna de París. El pérfido
intento de Thiers de
arrebatar a la Guardia Nacional de París sus cañones provoca una insurrección victoriosa. Una vez más
se pone de manifiesto que en París ya no cabe otra revolución que la proletaria. Después de la victoria,
el poder fue a parar por sí mismo, sin discusión alguna, a las manos de la
clase obrera. Y volvió a
ponerse en evidencia, una vez más, ya entonces, veinte años después de la fecha
anunciada en nuestro escrito, hasta qué punto era imposible que el poder obrero se mantuviera en pie. De una parte, Francia
dejó a París en la estacada, contemplando cómo se desangraba bajo las balas de
MacMahon; de otra parte, la propia Comuna se vio desgarrada en una estéril
lucha entre los dos partidos en que se escindió:
el de los blanquistas (la mayoría) y el de los
prudonistas (la minoría), ninguno de los cuales sabía
qué hacer. Y así, 1871, el año de la victoria regalada, resultó ser tan
infecundo como 1848, que había sido el del asalto.
B Hidalgo rural.
Con la Comuna de París, se creyó haber enterrado al proletariado militante. Pero, muy lejos de ser así,
de la Comuna y de la guerra franco-alemana data, en realidad, el auge más
formidable de este movimiento. La revolución que contó con todo el
arte de la guerra al encuadrarse a toda la población capaz
de empuñar las armas en ejércitos que ahora se cuentan ya por millones, dotada,
además, de armas de fuego, granadas y explosivos de un radio de acción hasta
ahora inaudito, vino a poner fin, bruscamente, al periodo de las guerras bonapartistas, en tanto que aseguraba un desarrollo industrial
pacífico, por cuanto que hacía imposible toda otra guerra que no fuese una
guerra mundial de una ferocidad sin precedente y cuyo desenlace nadie podía
prever. Y, al mismo tiempo, el aumento de los
gastos militares en progresión geométrica elevaba hasta una altura fabulosa los impuestos y, con ello,
echaba a las masas del pueblo en brazos del socialismo. La anexión de Alsacia-Lorena, causa inmediata
de la loca competencia de armamentos desencadenada, podía azuzar
“chovinistamente” entre sí a
la burguesía francesa y la alemana, pero representaba un
nuevo nexo de unión para los obreros
de ambos países. Y el aniversario de la Comuna de París se ha convertido en
el primer jubileo general de todo el proletariado.
667
La guerra de 1870-1871 y la derrota de la Comuna,
como previera Marx, habían desplazado por el momento el centro de gravedad del
movimiento obrero europeo de Francia a Alemania. Habrían de
pasar, como es natural, varios años para que Francia
pudiera reponerse de la sangría
de mayo del 71. En Alemania, por el contrario, donde se
desarrolla vertiginosamente la industria, como planta en invernadero por la
bendición de los miles de millones de indemnización de guerra pagados por los
franceses, 545 crecía todavía más y con firmeza cada vez mayor la
socialdemocracia. El auge
verdaderamente asombroso del partido, logrado gracias a la inteligencia con que los obreros alemanes
supieron valerse del sufragio universal, implantado en 1866, se patentizaba
ante el mundo con el lenguaje irrefutable de los números: en 1871, 102 mil
votos para la socialdemocracia; en 1874, 352 mil; en 1877, 493 mil. Vino luego
el hecho con que las altas autoridades del Estado reconocían y acusaban el
golpe: la ley contra los socialistas: el partido había sido momentáneamente
disuelto, la cifra de votos descendía, en 1881, a 312 mil.
668
Pero el movimiento se sobrepuso rápidamente a estos
reveses y fue precisamente ahora, bajo el
embate de la ley de excepción, sin prensa, sin organización exterior, sin derecho de reunión y
545 El Tratado de Paz de
Fráncfort, firmado el 10 de mayo de
1871, obligaba a Francia a
pagar a Alemania una indemnización de guerra de 5
mil millones de francos.
asociación, cuando la rápida expansión cobró su verdadero brío: en 1884, 550 mil votos; en 1887, 763
mil; en 1890, un millón 527 mil. El brazo del Estado se paralizó. La ley dictada
contra los socialistas fue derogada, y la cifra de los votos socialistas subió
a un millón 787 mil, más de la cuarta parte de la votación total. El
gobierno y las clases dominantes habían echado mano de todos los medios
inútilmente, sin conseguir nada. Se contaban por millones las pruebas tangibles de su impotencia, que
las autoridades, desde el sereno nocturno hasta el canciller del Reich,
tenían que registrar, recibidas todas ellas de los obreros a quienes tanto se
despreciaba. El Estado llegaba al final de su camino, mientras los obreros
iniciaban apenas el suyo.
Pero los obreros alemanes habían prestado a su
causa otro gran servicio, además del primero; este servicio consistía en el
mero hecho de su existencia como el partido socialista más fuerte y más
disciplinado, y que crecía y se extendía con
mayor celeridad: habían suministrado a sus hermanos de clase de
todos los países una de sus armas más afiladas al demostrarles cómo había que
emplear el sufragio universal.
El sufragio universal, vigente en Francia desde hacía ya largo tiempo, había caído en el descrédito por
el empleo bochornoso que de él había hecho el gobierno bonapartista. Y, después
de la Comuna, no
quedaba ningún partido obrero que pudiera utilizarlo. También en España existía el sufragio universal
desde la República,546 pero en este país la abstención electoral venía constituyendo, tradicionalmente,
la norma de todos los partidos serios de la oposición. Y tampoco las
experiencias logradas con el sufragio universal en Suiza eran precisamente
alentadoras para un partido obrero.
669
Los obreros revolucionarios de los países latinos estaban acostumbrados a ver en el sufragio universal
una trampa, un instrumento para los fraudes de los
gobiernos. En Alemania, la cosa se presentaba de otro modo.
Ya el Manifiesto comunista había proclamado la conquista del
sufragio universal, la democracia, como uno de los primeros y más importantes
objetivos del proletariado militante, y Lassalle había hecho suyo, más tarde,
este punto. Y cuando Bismarck se vio en la necesidad de implantar el sufragio universal como único recurso para interesar en sus planes a las masas del pueblo,
nuestros obreros inmediatamente tomaron el asunto en serio y
eligieron a August Bebel para que los representara en el
primer Reichstag constituyente. Desde aquel día, supieron
valerse del sufragio universal con un éxito que ha venido a recompensar sus
esfuerzos mil veces por una, y ha servido de modelo a los obreros de todos los
países. Para emplear las palabras del programa marxista francés: han sabido
transformar el sufragio universal de moyen de duperie evol
a été jusqu ici, en instrument d’émancipation, de un instrumento de
fraude, como lo había sido hasta ahora, en instrumento de
emancipación.547 Y aunque el sufragio universal no hubiera traído para nosotros otro beneficio que el
de permitirnos hacer un recuento de fuerzas cada tres años; el de poner de
manifiesto, mediante el aumento continuo e increíblemente rápido del número de
votos, y junto a ello la certeza de los trabajadores en su triunfo y el miedo
de sus adversarios, convirtiéndose así en nuestro mejor medio
de propaganda; el de informarnos con toda precisión
acerca de nuestra propia fuerza y la de todos los
partidos enemigos, lo que nos suministra una pauta incomparable para acomodar a
ello nuestra acción;
y aunque no hubiéramos salido ganando con el
sufragio universal nada más que esto, ya sería
bastante y más que suficiente. Pero lo obtenido ha sido mucho más todavía. La agitación
electoral nos brinda un medio formidable para tomar contacto con las masas
populares a las que todavía no tenemos otro acceso, para obligar a todos los
partidos a defender sus ideas y sus actos frente a
nuestros ataques; y ha venido a ofrecer, además, a nuestros representantes en el Reichstag una tribuna
desde la cual poder hablar en el Parlamento a sus adversarios y a las masas con
una autoridad y una libertad mucho mayores que en los mítines y desde las
columnas de la prensa. ¿De qué le sirvió al
gobierno y a la burguesía su ley contra los socialistas,
obligada a estrellarse constantemente contra la
agitación electoral y los discursos de los diputados socialistas en el
Parlamento?
670
546 Bismarck decretó el
sufragio universal en 1866 con vistas a
las elecciones del Reichstag en la Alemania del
Norte y, en 1871, para las elecciones al Reichstag del
Imperio alemán unificado.
547 Esta frase está tomada de la introducción escrita por Marx al “Programa del Partido Obrero francés”, aprobado en el Congreso
de Le Havre, en 1880.
El empleo victorioso del sufragio universal ponía
en acción un tipo de lucha del proletariado totalmente nuevo, que no tardó en
desarrollarse rápidamente. Se puso de manifiesto que las
instituciones del Estado en las que se organiza la dominación de la burguesía ofrecen otros flancos por
los que la clase obrera puede atacar a esas mismas instituciones. La clase obrera hizo acto de presencia
por las elecciones en los organismos representativos provinciales, los consejos
municipales y los tribunales industriales; disputó a la burguesía todos y cada uno de los puestos en cuya provisión podía
intervenir una parte numerosa del proletariado;
y llegó el momento en que la burguesía y el gobierno
temían más a la acción legal del partido obrero que a su acción ilegal, sentían
más miedo ante los resultados de las elecciones que ante los de la rebelión.
Pues hay que decir que también en este terreno
habían cambiado esencialmente las condiciones del combate. La rebelión de viejo
tipo, la lucha de calles en las barricadas, que hasta 1848 había sido en todas
partes la batalla decisiva, había quedado notablemente anticuada.
No nos hagamos ilusiones,
una victoria efectiva de los insurrectos
sobre la tropa en la lucha de calles, una victoria
como la que puede lograrse entre dos ejércitos contendientes, constituye hoy un
caso extraordinariamente raro. Y tampoco los insurrectos contaban con una
victoria así. Aspiraban solamente a ablandar a las tropas mediante la
influencia moral que no se manifiesta nunca, o sólo se da en muy pequeña
medida, cuando luchan entre sí dos ejércitos beligerantes.
671
Si se logra este objetivo, si la tropa se niega a
disparar o los que la mandan pierden la cabeza, la insurrección triunfa. Pero
si eso no se consigue, la tropa, aun siendo menor en número, conserva la
superioridad que dan el mejor armamento y la instrucción militar, el mando
único, los movimientos con arreglo a un plan y la disciplina. A lo más que
puede aspirar una insurrección, en una acción realmente táctica, es a levantar
y defender una sola barricada conforme a las reglas del arte del combate. Pero rara vez logrará, o sólo muy deficientemente, organizar la ayuda mutua o
el empleo de reservas, la defensa de todo un barrio de la ciudad y
menos aún de una gran ciudad entera, la indispensable cooperación y acción
conjunta de los diversos destacamentos; sin lo cual es de todo punto imposible
la concentración de las fuerzas combatientes en el punto decisivo. Ello hace
que la defensa pasiva sea la forma de lucha predominante; sólo de vez en cuando, excepcionalmente, pueden
lanzarse los combatientes al ataque, avanzar y presionar por los flancos, pues
en general tienen que limitarse a ocupar las posiciones abandonadas por la
tropa, al retirarse. Las unidades militares les llevan, además, la ventaja de
que disponen de artillería y de zapadores perfectamente equipados y
adiestrados, medios de combate de que en la mayoría de los casos carecen evolúo los insurrectos.
No es, pues, extraño que incluso los combates de barricadas librados con el
mayor arrojo y heroísmo
—como los de París en junio de 1848, los de Viena
en octubre del mismo año o los de Dresde en mayo
de 1849— acabasen con la derrota de la insurrección tan pronto como los jefes de los atacantes, libres
de consideraciones políticas, pudieron actuar a tono con las reglas puramente militares y disponiendo
de soldados seguros.
Los numerosos éxitos de los insurrectos, hasta
1848, se debieron a muy diversas causas. En julio de 1830 y en febrero de 1848,
en París, como en la mayoría de los combates callejeros de España, se
interponía entre los insurrectos y las tropas una milicia civil, que o bien se
pasaba directamente al campo de la insurrección o, con
su actitud tibia e indecisa, hacía que los soldados vacilaran
también y que, además, entregaba muchas veces armas a los sublevados.
672
Cuando la milicia se ponía desde el primer momento
en contra de la insurrección, como ocurrió en París en junio de 1848, ésta
era derrotada. Si en Berlín, en 1848, pudo vencer el pueblo,
ello se debió, en parte, a los grandes refuerzos recibidos por los insurrectos durante la noche y en la mañana del 19
[de marzo] y, en parte, al agotamiento y al mal aprovisionamiento de las tropas, y en parte, por último,
al desfallecimiento de los mandos. Pero en todos los casos puede afirmarse que
el triunfo de los insurrectos fue debido a que la tropa falló, por la falta de
capacidad de sus jefes o porque éstos se encontraban atados de manos.
Hasta en el periodo clásico de las luchas
callejeras podemos decir que las barricadas tenían más bien
un efecto moral que material. Eran un medio para quebrantar la firmeza de la tropa. Si podían
defenderse hasta lograr este resultado, estaba
asegurada la victoria; en otro caso la derrota era inevitable. [Éste es el
punto fundamental en el que hay que fijarse, aun cuando se indaguen las
perspectivas de los posibles combates callejeros en el futuro.]c
c Lo que está entre corchetes fue suprimido por “las consideraciones medrosas del proyecto revolucionario” (Engels) de la
junta directiva del partido Berlínés.
Estas perspectivas eran yad bastante dudosas
en 1849. La burguesía se había puesto en todas partes del lado de los
gobiernos, las personas “cultas y acomodadas” aclamaban y albergaban a la tropa
enviada contra los insurrectos. Las barricadas habían perdido su hechizo; el soldado no veía tras ellas
“al pueblo”, sino a rebeldes, amotinados y saqueadores, a la chusma o la hez de
la sociedad; por su parte, los oficiales del ejército habían ido dominando con el tiempo las formas tácticas de los combates
de calles y ya no marchaban de frente y a pecho descubierto contra los
parapetos improvisados, sino que procuraban sortearlos a través
de las huertas y los jardines, los patios y las casas. Y, con un poco de
pericia, lograban sus objetivos en el noventa por ciento de los casos.
D En la 2ª ed. Dice: “las posibilidades eran, por
lo demás...
673
Muchas cosas han cambiado de entonces acá, y todas
ellas a favor de los militares. Si las grandes ciudades han crecido
considerablemente, en mayor proporción todavía han crecido los ejércitos. El
perímetro urbano de París y el de Berlín
no han llegado a cuadruplicarse, desde 1848; en
cambio, sus guarniciones son hoy cuatro veces mayores que antes. Con ayuda
del ferrocarril, estas guarniciones
pueden hoy multiplicarse por dos en 24 horas, y en plazo de 48 horas cobrar proporciones gigantescas.
El armamento de estas tropas, enormemente reforzadas en número, es incomparablemente más eficaz
que antes. El fusil liso de percusión y “avancarga” de 1848 se ha convertido hoy en el fusil de pequeño
calibre con peine y carga trasera, de alcance cuatro veces mayor, diez veces más preciso en su puntería
y diez veces más rápido que
el otro. Las balas y los cartuchos de la
artillería, de efectos relativamente débiles hasta hace poco, son hoy las
granadas de percusión, una de las cuales basta para destruir la mejor de las barricadas.
La pica afilada del gastador para atacar los muros ha dejado el puesto al
cartucho de dinamita.
En cambio, de parte de los insurrectos todas las
condiciones han empeorado. Difícilmente volverá a darse una insurrección con la
que simpaticen todas las clases del pueblo; es probable que ya nunca vuelvan a
agruparse en torno al proletariado todas las capas medias de la población con
tanta unanimidad como para que desaparezca casi, en el campo de enfrente, el
partido de la reacción agrupado en torno a la burguesía. El “pueblo” aparecerá,
pues, siempre dividido, faltando con ello aquel poderoso resorte que se mostró tan eficaz en 1848. Y si de parte de los insurrectos se movilizane hoy más combatientes fogueados, su armamento resulta, en cambio, más difícil. Las escopetas de caza
y las carabinas de lujo de las armerías — aun cuando la policía no las
inutilizara de antemano, quitándoles el cerrojo— no pueden igualarse ni de
lejos, en la lucha a corta distancia, al fusil de repetición de los soldados.
Hasta 1848,
LAS REVOLUCIONES DE 1848 ** 673
674 ** CARLOS MARX Y FEDERICO ENGELS
era posible fabricar las municiones necesarias disponiendo de plomo y pólvora; hoy, cada tipo de fusil
exige cartuchos distintos y en lo único en que coinciden
es en que todos ellos son producto de la gran
industria y no pueden, por tanto, fabricarse ex temporef lo que hace que
la mayoría de las armas de fuego resulte inútil cuando no se dispone de la
munición producida ex profeso para ella. Por último, los nuevos barrios de las
grandes ciudades construidos de 1848 para acá están trazados a base de calles largas,
rectas y anchas, que se prestan magníficamente para el tiro de los nuevos
cañones y fusiles. Tendría que estar loco el revolucionario a quien se le
ocurriera elegir para un combate de barricadas, las nuevas barricadas obreras
del norte o el oeste de Berlín.
E En la
2ª edición dice: “ ... se movilizarán también”.
F Fuera de tiempo.
674
[¿Quiere esto decir que en el futuro ya no podrá contarse en absoluto con los combates de barricadas?
En modo alguno. Quiere decir, sencillamente, que desde 1848 las condiciones son
mucho más
desfavorables para los combatientes civiles y mucho más ventajosas para los militares. Por tanto, una
futura lucha de clases sólo podrá triunfar siempre y cuando que esta situación
desventajosa sea compensada por otros factores. Por eso, este tipo de lucha se
dará menos en los comienzos de una gran revolución que en el transcurso de ella
y deberá emprenderse, además, con mayores fuerzas. Y
éstas, como ocurrió a lo largo de toda la gran
Revolución y en
las jornadas del 4 de septiembre y el 31
de octubre de 1870, en París,548 antepondrán probablemente el ataque
abierto a la táctica pasiva de las barricadas.]
¿Se da cuenta ahora el lector de por qué los evolú dominantes
tratan, sencillamente, de llevarnos allí donde el fúsil dispara y se desenvaina
el sable?; ¿por qué hoy se nos acusa de cobardes si no nos echamos en seguida a
la calle, cuando de antemano estamos seguros de la derrota?; ¿por qué se nos pide
tan encarecidamente que nos prestemos a ser, sin más, carne de cañón?
G En la
2ª edición dice: “ ... las clases”.
675
Esos señores pierden el tiempo, con
sus súplicas y sus retos. No somos tan estúpidos
para hacer todo eso. Es como si pidieran
a su enemigo en la próxima guerra que se desplegara ante ellos adoptando la
formación en líneas del viejo Federico o formando en columnas divisiones
enteras à lah Wagram y Waterloo,549 y además empuñando el fusil de
chispa. Si han cambiado las condiciones para la guerra
de los pueblos, han cambiado también para la lucha de clases. Los tiempos de los asaltos por sorpresa
y de las revoluciones hechas por pequeñas minorías conscientes a la cabeza de masas ignorantes, han
pasado. Si de lo que se trata es de transformar los fundamentos de toda la
organización social, es necesario que las mismas masas sepan lo que se ventila y a dónde se va y por qué y para qué empeñan
su suerte y su vida.i Esto es lo que nos ha enseñado la historia de los
últimos cincuenta años. Y para que las masas sepan lo que hay que hacer es
necesario desarrollar una labor larga, paciente y tenaz, que es precisamente la
que ahora estamos desarrollando, con un éxito que empuja a nuestros adversarios
a la desesperación.
H A la manera de.
I En la 2ª edición dice: “ ... a qué deben arriesgarse...”
También en los países latinos se va comprendiendo,
cada vez más la necesidad de revisar la vieja táctica. En todas partes se está
siguiendo el ejemplo alemán de la utilización del sufragio universal y de la
lucha por conquistar todos los puestos a que tenemos acceso, [en todas partes
se ha relegado a segundo plano la táctica de lanzarse impulsiva y
atolondradamente a la refriega].
676
En Francia, a pesar de que el terreno está minado
allí desde hace cien años por una revolución tras otra y de que no hay en ese
país un solo partido que no haya intervenido con su parte en conspiraciones,
insurrecciones y toda suerte de acciones revolucionarias; en Francia, donde,
como consecuencia de ello, el gobierno no puede sentirse nunca seguro de su
ejército y donde, en general,
las circunstancias son mucho más favorables que en Alemania para un golpe de Estado insurreccional;
incluso en Francia van comprendiendo cada vez más los socialistas que el único
camino que puede llevarles a una victoria estable es el de ganar de antemano a
la gran masa del pueblo, es decir, a los campesinos. También aquí se reconoce
que una larga labor de propaganda y la actividad parlamentaria constituyen el
objetivo inmediato del partido. Y los resultados de ello están a la vista. No
sólo se ha conquistado allí gran número de consejos municipales, sino que en
las Cámaras se sientan hoy cincuenta representantes socialistas que han
derribado ya a tres ministerios y a un
presidente de la República. En Bélgica, vemos cómo los obreros han conquistado el año pasado el
548 El 4 de septiembre de 1870 fue destronado Napoleón III y proclamada la República en Francia (la tercera). El 31 de octubre
del mismo año se produjo el abortado intento
de insurrección de los blanquistas contra el gobierno de la “Defensa
nacional”. 549 Batalla de Wagram: batalla que tuvo lugar durante la guerra entre Austria
y Prusia el 5-6 de
junio de 1809. En ella, las tropas francesas,
al mando de Napoleón I, derrotaron al ejército austríaco del archiduque Carlos.
Batalla de Waterloo: esta batalla tuvo lugar en esa región de Bélgica el
18 de junio de 1815. El ejército francés, al mando
de Napoleón I, fue derrotado por las tropas inglesas al mando del duque
de Wellington. Fue la batalla decisiva para que
la coalición antinapoleónica (Austria, Prusia, Inglaterra y Rusia) se
impusiera, provocando así la caída del Imperio napoleónico.
sufragio universal550 y han logrado la
victoria en la cuarta parte de los distritos electorales. En Suiza,
en Italia, en Dinamarca e incluso en Bulgaria y Rumania ocupan los socialistas escaños parlamentarios.
En Austria, todos los partidos están de acuerdo en que no se nos podrá cerrar por más tiempo el acceso
a la Dieta imperial. No cabe duda de que entraremos en ella, pues sólo se
discute ya por qué puerta habremos de hacerlo. E incluso en Rusia podemos estar
seguros de que tendremos nuestros representantes, si llega a reunirse el famoso Semski-Sobor,551 la Asamblea Nacional rusa, contra la que
tan en vano se resiste el joven Nicolás.
677
Nuestros camaradas extranjeros no renuncian, como
es natural, a su derecho a la revolución. El derecho a la revolución es,
después de todo, el único derecho realmente “histórico”, y
sobre él descansan todos los Estados modernos sin excepción, incluyendo al de
Mecklemburgo, a cuya revolución de los nobles puso fin en 1755 el “pacto
hereditario”, 552 la gloriosa escrituración del feudalismo que aún
hoy se halla en vigor. El derecho a la revolución se halla tan
inconmoviblemente reconocido en la conciencia general, que hasta el general Von
Boguslavski deriva de este derecho del pueblo, y exclusivamente de él, el
derecho al golpe de Estado que reivindica para su emperador.
Pero, cualquiera que sea el rumbo que las cosas
puedan seguir en otros países, la socialdemocracia alemana se halla en una
situación especial, lo que plantea también ante ella, de momento al menos,
una determinada tarea. Los dos millones de votantes que envía a las urnas, unidos a los jóvenes y a las
mujeres que no votan, pero que están detrás de ellos, forman la masa más numerosa y más compacta,
el “poderoso contingente” que constituye la
fuerza decisiva del ejército proletario internacional. Esta masa aporta
ya hoy más de la cuarta parte de los votos emitidos; y aumenta sin cesar, como
lo demuestran las elecciones especiales al Reichstag, las elecciones a las dietas de los distintos Estados y
las de concejales y miembros de los tribunales industriales. Es un proceso de
crecimiento tan espontáneo, tan continuo, tan incontenible y, al mismo tiempo, tan pacífico, como un proceso natural.
678
Contra él se han revelado impotentes todas las
injerencias gubernativas. Ya hoy podemos contar con dos millones y cuarto de
votantes. Y si las cosas siguen así, antes de cinco años, al terminar el siglo,
tendremos con nosotros a la mayoría de las capas medias de la sociedad,
pequeños burgueses y
pequeños campesinos, y nos habremos convertido en
la potencia decisiva dentro del país, ante la que
las otras potencias tendrán que inclinarse, quieran o no. Mantener en marcha
ininterrumpidamente este crecimiento hasta que llegue a rebasar por sí mismo al sistema de gobierno actual:j [no desgastar
este poderoso contingente que crece sin cesar en combates de avanzada, sino
manteniéndolo intacto hasta el día de la decisión], ésta es nuestra tarea
fundamental. Y sólo habría un medio para contener momentáneamente la constante
expansión de las fuerzas combatientes del socialismo en Alemania:
provocar un choque en gran escala con la tropa, una sangría como la de 1871 en
París. Claro está que,
a la larga, también esto llegaría a superarse, pues ni todos los fusiles de repetición de Europa y América
bastarían para borrar de la faz de la tierra a un partido que cuenta sus militantes por millones. Pero la
marcha normal de las cosas se paralizaría con ello [tal vez no podría
disponerse del poderoso contingente en el momento crítico], el combate
decisivok se aplazaría, se alargaría y traería consigo graves sacrificios.
550 Engels se refiere aquí a la lucha por la
implantación del sufragio universal en Bélgica durante los años de 1890 a 1893.
La Cámara de Diputados y el Senado de Bélgica
decidieron aprobar, durante el mes de abril de 1893, una ley referente
al sufragio universal ante la presión de las movilizaciones masivas y
huelgas obreras. No obstante, dicha ley no dejaba de favorecer a
las clases dominantes y limitaba la participación a los ciudadanos mayores
de 25 años.
551 Semski-Sobor: era
una asamblea formada por estamentos representantes de toda Rusia,
probablemente de origen medieval, que se mantuvo vigente durante los
siglos XVI y XVII. A partir de 1864, se reunían en la Rusia zarista las
representaciones de círculos y gobiernos (llamados zemstvos), elegidos mediante un sistema profundamente desigual, que defendían los intereses de los
terratenientes nobles y los capitalistas comerciantes. A fines del siglo XIX,
despuntaron en los zemstvos ciertas corrientes constitucionalistas. Bajo la presión del creciente movimiento revolucionario, los terratenientes y capitalistas liberales pugnaban porque se convocase a una representación del pueblo. En el mensaje real a los zemstvos y a las ciudades, del 17 de enero de 1895, el
zar Nicolás II calificaba estas esperanzas constitucionalistas de “sueños
insensatos”.
552 Engels se refiere aquí a una larga lucha entablada entre el poder ducal y la nobleza en los ducados de Mecklemburgo-Schwerin y
Mecklemburgo-Strelitz, concluida con la firma, en 1755, del Tratado de
Rostock, en el que se estipulaban los derechos hereditarios de la nobleza.
Este tratado confirmó los fueros y privilegios anteriores refrendando su
posición dominante en las dietas estamentales.
j En la 2ª ed. Dice: “dominante”.
K En la 2ª
edición dice: “... la decisión”.
La ironía de la historia universal lo pone todo de
cabeza. He aquí que nosotros, los “revolucionarios”, los “subversivos”,
prosperamos hoy mucho más con los medios legales que con los medios ilegales y
la subversión. Los partidos del Orden, como ellos se llaman, se hunden y
perecen con el estado legal
de cosas creado por ellos mismos. Exclaman, desesperados, con Odilon Barrot: “la legalité nous tue”553 “la legalidad es nuestra muerte”, mientras que nosotros vemos cómo nuestros músculos se fortalecen,
cómo lucimos sanos colores y gozamos de una salud envidiable, al amparo de esta
legalidad. Y si no somos lo bastante locos para dejarnos
arrastrar a los combates callejeros para darles gusto, ya veremos cómo, a la
postre, no les queda a ellos otro camino que atentar contra esta legalidad que
les da resultados tan fatales.
679
Por el momento, dictan nuevas leyes contra la
subversión. Todo vuelve las cosas del revés. Estos
fanáticos de la antisubversión de hoy, ¿no son los subversivos de ayer? ¿Acaso fuimos nosotros quienes
provocamos la guerra civil de 1866? ¿Fuimos nosotros, acaso,
quienes expulsamos de sus territorios hereditarios, para anexionárnoslos, al
rey de Hannover, al Gran Elector de Hessen o al duque de Nassau?554 ¿Y
estos señores que han subvertido la Confederación alemana y han despojado de
sus coronas a tres cabezas reinantes por la Gracia de Dios acusan a otros de
subversión? Quis tulerit Gracchos de seditione querentes? L ¿Puede
permitirse a los adoradores de Bismarck que echen en cara a nadie la
subversión?
Pero dejémosles que impongan sus proyectos de ley
sobre la subversión, que amenacen en ellas con penas aún más graves, que
conviertan en elástico caucho todo el código penal; sólo conseguirán, con
ello, dar nuevas pruebas de su impotencia.
Para poder
atentar seriamente contra la socialdemocracia tendrán que
recurrir a medidas muy distintas. Contra la subversión socialdemocrática,
que a la hora de hoy vivem de respetar las leyes, no tiene otro derrotero
que el de la subversión del partido del Orden, el cual sólo puede vivir
violando la ley. El señor Róssler, el burócrata prusiano y el señor Von
Boguslavsky, el general prusiano, le han señalado el único camino por el que tal vez podrá vencer a los
obreros, a quienes no es posible engañar, arrastrándolos a los combates en las
calles. Violaciones de la Constitución, dictadura, retorno al
absolutismo, regis voluntas suprema lex!n Así pues, atrévanse
ustedes, señores, pues aquí no se trata sólo de amagar, sino de dar.
L ¿Quién permitirá
a los gracos quejarse de algún tumulto? (Juvenal: Sátiras, 11, 24.)
m En la 2ª edición dice: “Que ahora, ya bien recuperada, vive...”
n La voluntad del
rey es la ley suprema.
680
Pero no se olviden ustedes de que el Imperio
alemán, como todos los pequeños Estados y todos los Estados modernos en
general, es el producto de un pacto; del pacto sellado entre
los príncipes, en primer lugar, y en
segundo lugar del pacto de los príncipes con
el pueblo. Y si una de las partes falta a
lo establecido, todo el pacto queda sin efecto y la otra parte se ve también relevada de sus obligaciones.
[Como de una manera tan hermosa nos lo hizo ver
Bismark en 1866. Por tanto, si ustedes violan la Constitución del Imperio, la
socialdemocracia quedará en libertad de hacer y dejar de hacer con respecto a
ustedes lo que mejor le parezca. Y lo que, llegado ese momento, haría no es
fácil que se lo diga a ustedes ahora.]
Pronto hará 1.600 años del día en que el Imperio romano conoció también la presencia de un peligroso
partido de la subversión. Este partido socavaba la religión y todos los
fundamentos del Estado; se atrevía incluso
a negar que la voluntad del emperador
fuese la suprema ley; era un partido sin patria,
internacional, que se extendía por todas las tierras del Imperio, desde las
Galias hasta el Asia y hasta más allá de sus fronteras. Durante largo
tiempo había llevado una vida subterránea, escondido en las
553 Engels recuerda una frase de Odilon
Barrot. Éste dijo literalmente: “La legalidad es nuestra muerte” con lo que la
intención de la reacción francesa, en 1848-1849, era provocar una
sublevación popular que diera pie a su represión y, así, la
monarquía pudiera afianzar su poder.
554 El reino de Hannover, el Electorado de Hessen-Kassel y el Gran Ducado de Nassau pasaron a ser territorios de Prusia en 1866, después
de su victoria durante la guerra contra Austria.
sombras, pero hacía ya mucho que se consideraba lo
bastante fuerte para salir sin recato a la luz pública. También este partido de
la subversión, a quien se conocía bajo el nombre de los cristianos, tenía una
fuerte representación entre las tropas; legiones enteras habían abrazado el
cristianismo. Y cuando se les ordenaba tomar parte en las ceremonias rituales
de la Iglesia nacional pagana para rendir allí los honores de reglamento, los
soldados de la subversión llevaban su insolencia hasta el extremo de ostentar
en sus cascos signos especiales de protesta: cruces.
681
El emperador Diocleciano no pudo seguir
contemplando cómo el orden, la obediencia y la disciplina eran atropelladas en
las filas de su ejército. Procedió a tomar enérgicas medidas, porque todavía
era tiempo. Dictó una ley contra los socialistas, perdón, contra los
cristianos. Quedaron prohibidas todas las reuniones de los subversivos, se
cerraron e incluso se demolieron sus salas, se decretó la prohibición de todos
los signos cristianos, cruces, etc., lo mismo que en Sajonia se prohibieron los
pañuelos rojos. Se incapacitó a los cristianos para ocupar puestos públicos,
incluso el de cabo del ejército. Y, como en aquel
entonces no se disponía aún de jueces tan bien
amaestrados en el principio de la “dignidad de la persona” como los que hoy presupone el
proyecto de ley contra la subversión del señor
Von Kóller,555 se prohibió a los cristianos lisa y llanamente reclamar sus
derechos ante los
tribunales. Pero tampoco esta ley de excepción surtió ningún efecto. Los cristianos, mofándose de ella,
la arrancaron de los muros en que se la grabó, y hasta se dice que, en Nicomedia, quemaron el palacio
del emperador cuando éste se encontraba dentro. En vista de lo cual el supremo dignatario del Imperio
desató, como venganza, la gran persecución contra los cristianos del año 303 de
nuestra era. Fue la última de todas. Y resultó tan eficaz que diecisiete años
después el ejército estaba integrado en su inmensa mayoría por cristianos y el
siguiente autócrata de todo el Imperio romano, Constantino, a quien el clero
llama el Grande, proclamaba el cristianismo como la religión del Estado.
Londres, 6 de marzo de 1895
555 El 5 de diciembre de 1894, el ministro Von Koller presentó al Reichstag alemán el proyecto de una nueva ley contra los socialistas
rechazado luego durante una sesión del mismo del 11 de mayo de 1895.
685
LA CAMPAÑA
ALEMANA EN PRO DE LA CONSTITUCIÓN DEL IMPERIO
F. Engels
Escrito de finales de agosto de 1849
a febrero de 1850. Publicado en la Nueva Gaceta
Renana. Revista económico-política, Hamburgo, 1850. En dicha
revista las secciones aparecieron de la manera siguiente:
Introducción, Secciones I y II Primer Cuaderno, enero de 1850.
Sección III, Segundo Cuaderno, febrero de 1850.
Sección IV, Tercer Cuaderno, marzo de 1850.
LA CAMPAÑA ALEMANA EN PRO DE LA CONSTITUCIÓN DEL IMPERIO 556
Hecker, Struve, Blenker,
Zitz y Blum,
¡Mandad al diablo a los príncipes alemanes! 557
EN ESTA COPLA, QUE LA “MILICIA POPULAR” DEL SUR DE
ALEMAnia hacía resonar por todos los caminos y en
todas las tabernas, con
música de la conocida melodía “Bañado por el mar”, mitad coral,
mitad tonada de organillo, se resume todo el carácter del “grandioso
levantamiento en pro de la Constitución del Imperio”. En esos dos versos se
contiene todo: sus grandes hombres, sus metas
finales, su elevada moral, su noble odio contra los “tiranos” y, al mismo tiempo, toda su manera de ver
la situación política y social.
Entre todos los movimientos y convulsiones
provocados en Alemania por la revolución de Febrero y su curso ulterior, la
campaña por la Constitución del Imperio destaca por su carácter clásico alemán.
Todo es en ella profundamente alemán: los motivos, la actuación, la actitud, y
el desarrollo, desde el
comienzo hasta el fin. Así como las jornadas de junio de 1848 caracterizan el grado de desarrollo social
y político de Francia, la campaña por la Constitución del Imperio caracteriza
el grado de desarrollo social y político de Alemania, principalmente de la
Alemania del Sur.
686
El alma de todo el movimiento fue la pequeña
burguesía, la que suele llamarse de preferencia clase burguesa, clase que predomina cabalmente en
Alemania, sobre todo en
el sur del país. Fue la pequeña
556 Engels esboza a lo largo de este trabajo la historia de la insurrección civil en los territorios alemanes de Badén y el Palatinado. Comenzó este ensayo poco evolú de
ir a Suiza, acompañando a los últimos combatientes (hechos que se hallan incluidos en la presente
narración), al término de la lucha. Por consejo de Marx, que le escribió desde
París a principios de agosto de 1849, Engels dio a su trabajo el carácter
de un panfleto contrario a los demócratas pequeño burgueses. Trató de editarlo,
en un principio, precisamente en forma de folleto, pero desistió de la
idea al enterarse de los planes de Marx de publicar una nueva revista (que
sería la Nueva Gaceta Renana. Revista económico-política). Reanudó la
redacción de estas páginas ya en Londres, a donde se
trasladó en octubre de 1849, hasta ponerle
punto final en febrero de 1850. Este trabajo se
publicó por vez primera en la mencionada revista de Marx.
En vida del autor no volvió a reeditarse. Ya muerto Engels, Franz Mehring
incluyó este trabajo en el tomo m de su colección Aus dem
literarischen Nachlass von Karl Marx, Friedrich Engels und
Ferdinand Lassalle.
557 Versos tomados de una canción
revolucionaria sumamente popular por aquellos días. Los mencionados son algunos
de los jefes de la campaña constitucional a la que se hace referencia en
este ensayo de Engels.
burguesía la que en las “sociedades de
marzo”, 558 sociedades democrático-constitucionales, sociedades
patrióticas, en muchísimas sociedades llamadas democráticas y en casi toda la
prensa democrática del país prestó a la Constitución del
Imperio juramentos a la manera del
de Grütli,559 tan copiosos
como inofensivos, y sostuvo contra los príncipes “refractarios”
una lucha que no tuvo, por el momento,
ciertamente, más resultado que el de exaltar la conciencia de un deber cívico
cumplido. La pequeña burguesía fue la que suministró la dirección oficial a
todo el movimiento, representada por la decidida y llamada extrema izquierda de
la Asamblea de Fráncfort, y en consecuencia, especialmente por el Parlamento de
Stuttgart y la “Regencia del Imperio”.560 Era ella, finalmente, la que
prevalecía en las comisiones locales, comités de seguridad, gobiernos
provisionales y asambleas constituyentes que, en Sajorna, el Rin y el sur de
Alemania, desarrollaron una labor más o menos meritoria en pro de la
Constitución del Imperio.
687
Si de ella hubiese dependido, la pequeña burguesía difícilmente habría abandonado el terreno jurídico
de la lucha legal, pacífica y virtuosa, para empuñar, en vez de las armas del
espíritu, el mosquete o adoquín. La historia de todos los movimientos políticos
a partir de 1830, tanto en Alemania como en
Francia o en Inglaterra, nos muestra a esta clase siempre jactanciosa, grandilocuente y a ratos incluso
extremista en el terreno de las frases, cuando no barrunta peligro; medrosa,
retraída y evasiva, tan pronto atisba el peligro más leve: asombrada, preocupada y vacilante cuando ve que otras clases hacen
suyo y toman en serio el movimiento iniciado por ella; dispuesta a traicionar
el movimiento en aras de su existencia pequeño burguesa, al llegar la
hora de la lucha con las armas en la mano; por último,
y como resultado de su indecisión, siempre engañada y maltratada
preferentemente, al triunfar el partido reaccionario.
Ahora bien, detrás de la pequeña burguesía marchan
en todas partes otras clases que hacen suyo el movimiento provocado por ella y
en su interés, impidiéndole un carácter más enérgico y preciso, y
tratando, en lo posible, de apoderarse de él: marchan el proletariado y gran parte de los campesinos, a
los que durante algún tiempo suele sumarse, además, la facción más avanzada de la población urbana.
Estas clases, con el proletariado de las grandes
ciudades a la cabeza, tomaron las grandilocuentes promesas a favor de la
constitución del Imperio más en serio de lo que los agitadores pequeño
burgueses habrían querido. Si los pequeños burgueses estaban decididos, como
aseguraban a cada instante, a “empeñar su bienes y su sangre”561 en pro de
la Constitución alemana, lo mismo estaban
dispuestos a hacer los obreros y en muchas regiones también los campesinos, bajo la condición, tácita
ciertamente, pero sobreentendida para todas las partes, de que, después de la
victoria, la pequeña burguesía defendería esa misma Constitución en contra de
estos mismos proletarios y campesinos. Estas clases empujaron a la pequeña
burguesía a la ruptura abierta con el poder estatal. Y si no pudieron impedir
que los tenderos aliados a ellos los traicionaran en plena lucha, tuvieron, por
lo menos, el consuelo de que esta traición, cuando la contrarrevolución
triunfó, fue castigada por los propios contrarrevolucionarios.
688
558 Sociedades de Marzo: fueron fundadas
en los distintos Estados alemanes con una sociedad central
en FRANCFORT del Meno a fines de noviembre de 1848 con la facción de
la izquierda de la Asamblea Nacional de Fráncfort. Los dirigentes de
estas sociedades de Marzo eran los demócratas pequeño burgueses: Fróbel,
Simón, Wesendonck, Raveaux, Eisenmann y otros.
559 Véase supra, nota 241.
560 La extrema izquierda de la Asamblea
Nacional de Fráncfort, formada en lo fundamental por la pequeña burguesía,
contaba con el apoyo de una parte de la clase obrera. Esta
facción, partidaria de la república y de los métodos revolucionarios de
lucha, se mostraba a cada paso indecisa y vacilante e incluso se negó a la
movilización de las masas ante el peligro de
la contrarrevolución. Sus concepciones federalistas le impedían ver con claridad el problema de la unidad alemana. En abril y mayo de 1849, al retirarse de la Asamblea los diputados conservadores y gran parte de los liberales, la izquierda y la extrema izquierda se
convirtieron en la mayoría parlamentaria. Ante el temor de verse disuelta, la
Asamblea trasladó su sede a la ciudad de Stuttgart, capital de Wurtemberg,
cuyo gobierno mantenía una neutralidad expectante. Así, prosiguió su anterior
política, manteniendo al pueblo alejado de la acción revolucionaria. En vista de que el rey prusiano rechazaba la corona imperial de manos de
la Asamblea y ante la traición del regente del reino, que era el
archiduque Juan de Austria, el 6 de junio de 1849 la
Asamblea eligió de su seno una Regencia formada por cinco miembros (todos
ellos diputados). Su intento por asegurar el triunfo de
la revolución por la vía parlamentaria
fracasó totalmente. El 18 de junio, la Asamblea fue disuelta por
las tropas de Württemberg. 561 Empeñar sus bienes y su
sangre: palabras de una proclama que algunos diputados bávaros
dirigieron al pueblo de la ciudad de Raviera, de cuyo Estado formaba parte
el Palatinado desde el Congreso de Viena, de 1518.
De otra parte, al comenzar el movimiento, se unió también a la pequeña burguesía la fracción decisiva
de la gran burguesía y de la burguesía media, lo mismo que había ocurrido en
los anteriores movimientos pequeño burgueses de Inglaterra y Francia. El poder
de la burguesía no abarca nunca a la totalidad de ésta; aun prescindiendo de
las castas feudales que puedan conservar una parte del poder político, la misma
gran burguesía, una vez que ha triunfado sobre el feudalismo, se divide en
dos partidos, el gobernante y el de la oposición, uno representado generalmente por la banca y el otro
por los fabricantes. La fracción oposicionista o progresiva de la grande y
media burguesía mantiene, en este caso, intereses comunes con la pequeña
burguesía frente a la fracción dominante y se une a
aquélla en la lucha conjunta. En Alemania, donde la contrarrevolución armada ha restaurado el poder
casi exclusivo del ejército, la burocracia y la nobleza feudal y donde la burguesía, a pesar de las formas
constitucionales todavía subsistentes, desempeña un papel puramente subalterno
y modestísimo, se dan todavía mayores motivos para aquella alianza. Pero, a
cambio de ello, la burguesía alemana es infinitamente más vacilante que la
inglesa y la francesa, y se retira, empavorecida, de la escena en
cuanto existe la menor
posibilidad de que retorne la anarquía,
es decir, la lucha real y decisiva. Así ha
ocurrido también ahora.
689
Por lo demás, el momento no era, ni mucho menos,
desfavorable para la lucha. Francia se hallaba en vísperas de las elecciones,
que podían dar la mayoría a los monárquicos o a los rojos, pero que
necesariamente desplazarían los centros de la Asamblea Constituyente,
reforzarían los partidos extremos y decidirían rápidamente la agudizada lucha
parlamentaria mediante un movimiento popular; en una palabra, acarrearían
necesariamente un journée.a En
Italia se luchaba bajo los muros de Roma y la República
romana hacía frente a las tropas invasoras francesas. En Hungría avanzaban,
incontenibles, los magiares; los imperiales habían sido
arrojados al otro lado del Wag y del Leitha; en
Viena, donde todos los días se creía escuchar las estampidas del cañón, se
esperaba en cualquier momento la entrada del ejército revolucionario húngaro;
en Galizia era inminente la llegada de
Dembinski al frente de un ejército polaco-magiar, y la intervención rusa, lejos de ser peligrosa para los
magiares, parecía más bien convertir la lucha de los húngaros en una lucha
europea. Por último, Alemania pasaba por un momento de extrema conmoción: los
avances de la contrarrevolución, el descaro cada vez mayor de la soldadesca, de
la burocracia y de la nobleza, las traiciones diariamente renovadas de los viejos liberales en los ministerios, y las felonías interminables de los príncipes: todo
contribuía a echar en brazos del partido dirigente del movimiento a clases enteras
de gente, hasta ahora, partidaria del orden.
A Jornada.
En estas circunstancias, estalló la lucha que nos proponemos relatar en los siguientes capítulos.
El carácter incompleto
y confuso que acusan todavía los materiales, la total
inseguridad de casi todas las referencias que pueden reunirse de palabra y
el propósito puramente personal que persiguen todos los escritos publicados
acerca de esta lucha, no permiten lograr una exposición crítica de todo el
curso de los sucesos. En estas condiciones, no nos queda otro camino que
limitarnos pura y simplemente a narrar lo que hemos visto y escuchado.
Afortunadamente, basta y sobra con ello para destacar el carácter de toda la
campaña; y si no podemos ofrecer aquí, junto a nuestra propia experiencia
vivida del movimiento en Sajonia, la de la campaña de Mieroslawski en el
Néckar, tal vez a la Nueva Gaceta Renana se le depare pronto
la ocasión de brindar los esclarecimientos necesarios, por lo menos en lo que a
esta campaña se refiere.562
690
Muchos de los que participaron en la campaña en pro
de la Constitución del Imperio están aún en la cárcel. Otros han podido volver
a sus casas; otros, todavía en el extranjero, siguen aguardando la posibilidad
de repatriarse, y entre ellos no se cuentan, ciertamente, los peores.
Fácilmente se
comprenden los miramientos que debemos guardar con respecto a estos camaradas de lucha; y a nadie
le extraña que silenciemos ciertas cosas, y a quienes se hallan de nuevo
tranquilamente en sus casas no les parecerá mal que no los queramos comprometer
con el relato de los episodios en que ellos pusieron realmente a prueba, de un
modo brillante, su valentía.
562 El anunciado artículo acerca de la campaña de
Mieroslawski no llegó a publicarse en la revista de
la Nueva Gaceta Renana.
691
608.
LA PRUSIA RENANA
SE RECORDARÁ CÓMO LA INSURRECCIÓN ARMADA EN PRO DE
LA Constitución del Imperio estalló primeramente en Dresde, a comienzos de
mayo.563 Como es sabido, los combatientes de
las barricadas de esta ciudad, apoyados por la
gente del campo, pero traicionados por la pequeña burguesía de Leipzig,
sucumbieron a la superioridad del número, después de seis días de combates. No
llegaron nunca a disponer de más de 2 500 hombres, pertrechados con armas
muy heterogéneas
y, por toda artillería, de dos o tres pequeños morteros. Las tropas reales estaban formadas además de
los batallones de Sajonia, por dos regimientos prusianos. Disponían de
caballería, artillería, mosqueteros y un batallón armado de fusiles de aguja.
Al parecer, las tropas del rey se comportaron en Dresde todavía más
cobardemente que en otras partes; pero, al mismo tiempo, se
ha comprobado que los combatientes de esta ciudad se batieron contra esta
superioridad de fuerzas con mayor valentía que la que
conocemos de otras acciones de la campaña
por la Constitución. Claro está que un combate
callejero es algo muy distinto de un encuentro a campo abierto.
692
Berlín permaneció tranquilo bajo el estado de sitio
y el desarme. Ni siquiera se levantaron los rieles del ferrocarril para detener
en los alrededores de la capital los refuerzos prusianos. Breslau intentó
una débil lucha de barricadas para la que el gobierno estaba ya preparado de largo tiempo atrás, y con
ello sólo logró caer más inexorablemente bajo la dictadura del sable. El resto de la Alemania del Norte,
sin centros revolucionarios, estaba condenado a la inmovilidad. Sólo podía
contarse con la Prusia renana y la Alemania del Sur, y en ésta se puso
inmediatamente en movimiento el Palatinado.
La Prusia renana viene considerándose desde 1815, y con razón, como una de las evolúo alemanas
más avanzadas. Reúne dos ventajas que no encontramos conjuntadas en ninguna
otra parte de Alemania.
La Prusia renana comparte con Luxemburgo, el Hessen
renano y el Palatinado la ventaja de haber tenido parte, desde 1795, en la
Revolución francesa y en la consolidación social, administrativa y legislativa
de sus resultados bajo Napoleón. Al ser derrotado en París el partido
revolucionario, los ejércitos se encargaron de llevar la revolución al otro
lado de las fronteras. Ante estos hijos de
campesinos apenas emancipados se desvanecieron como polvo no sólo los ejércitos del Sacro Imperio
Romano, sino también la dominación feudal de la nobleza y del clero. Hace ya dos generaciones que la
margen izquierda del Rin no conoce ninguna clase de feudalismo; los nobles no
disfrutan aquí de ningún linaje de privilegios, y la propiedad territorial ha pasado de sus
manos y de manos de la Iglesia a manos de los
campesinos; la tierra ha sido parcelada y el campesino es propietario libre de
su parcela, como en Prancia. En las ciudades han desaparecido los gremios y el
régimen patriarcal del patriciado diez años antes que en el resto de Alemania,
bajo la acción de la libre competencia, y, por
último, el Code Napoleón564 sanciona todos los cambios operados en la estructura de las instituciones revolucionarias.
693
Pero, además, la Prusia renana —y ésta es la ventaja fundamental que lleva a todas las demás regiones
de la orilla izquierda del Rin— posee la industria más desarrollada y
diversificada de toda Alemania.
En los tres distritos gubernamentales, Aquisgrán, Colonia y Düsseldorf, están representadas casi todas
las ramas industriales: la industria textil de todas clases, algodón, lana y seda, y las ramas subsidiarias
563 La insurrección armada de Dresde se
produjo entre el 3 y el 8 de mayo de
1849. Al parecer fue provocada por la negativa
del rey de Sajonia a reconocer la Constitución. La burguesía y la
pequeña burguesía apenas si participaron en ella. Más bien
fueron los obreros quienes se batieron en las barricadas. Dirigieron la insurrección Samuel Tischirner, Mijail Bakunin y otros. El Consejo Municipal y la Guardia Cívica de Dresde no sólo negaron su ayuda a los insurrectos, sino que
incluso aplastaron cruelmente dicho levantamiento desatando una represión generalizada contra
obreros y artesanos de
la ciudad cuando éstos intentaban cerrar el paso
a los refuerzos enviados a Dresde por la guarnición de Leipzig.
564 Véase supra, nota 155.
del blanqueado, el estampado y la tintorería, la
fundición de hierro y la fabricación de maquinaria, la
minería y la fabricación de armas y otras modalidades
de la industria metalúrgica se concentran aquí,
en el espacio de unas cuantas millas cuadradas,
ocupando a una población
de densidad inaudita para
Alemania. Linda directamente con la provincia del Rin,
aprovisionándola de una parte de las materias
primas y formando, industrialmente, una unidad con ella, el distrito de la
Marca, rico en hierro y en carbón. La mejor vía fluvial de Alemania, la
cercanía del mar y las riquezas minerales de la región favorecen la industria,
la cual ha hecho surgir, además, numerosos ferrocarriles y extiende
diariamente su red ferroviaria. Complementan la industria, en
estrecha relación de interdependencia con ella, un
comercio de exportación e importación con
todas las partes del mundo muy extenso para
Alemania, un importante tráfico directo con los grandes emporios del mercado
mundial y un movimiento de especulación relativamente grande en materias primas y acciones ferroviarias. En una
palabra, el grado de desarrollo industrial y comercial de la provincia del Rin
es algo único para Alemania, aunque resulte más bien insignificante dentro de
las proporciones del mercado mundial.
Resultado de esta industria — que ha florecido
también bajo el poder de la Francia revolucionaria— y del comercio con ella
relacionado, en la Prusia renana, es la aparición de una poderosa gran burguesía industrial
y comercial y, como su antítesis, de un numeroso proletariado industrial, dos
clases que en el resto de Alemania sólo acusan una existencia parcial y
embrionaria; pero que en la provincia renana dominan de un modo casi exclusivo
el desarrollo político local.
694
La Prusia renana les lleva a las demás regiones
alemanas revolucionadas por los franceses la ventaja de la industria, y
a los otros distritos industriales de Alemania (Sajonia y Silesia) la ventaja
de la Revolución francesa. Es la única parte de Alemania cuyo desarrollo social ha alcanzado casi la altura de
la moderna sociedad burguesa: una industria desarrollada y un comercio extenso,
acumulación de capitales, libre propiedad de la tierra; una fuerte burguesía y un proletariado en masa, en las ciudades,
y en el campo numerosos campesinos, entre los que predominan los campesinos parcelarios cargados
de deudas; dominación de la burguesía sobre el proletariado por medio de la relación del salario, sobre
los campesinos a través de las hipotecas y sobre los pequeños burgueses gracias a la competencia; por
último, sancionan esta dominación burguesa los tribunales comerciales, los
tribunales de fábrica, el jurado burgués y toda la legislación material.
Fácil es comprender, conociendo esto, el odio que
los oriundos del Rin sentían por cuanto viniera de Prusia. Con la provincia
renana, Prusia había incorporado a sus Estados la Revolución francesa y trataba
a los habitantes de esta provincia no ya como a extraños y súbditos sojuzgados,
sino incluso como rebeldes vencidos. Lejos de desarrollar la legislación renana
en el sentido de la sociedad burguesa moderna, que seguía su curso hacia
adelante, trataba incluso de imponer a la población del Rin aquella mescolanza pedantescofeudal-pequeño burguesa del derecho nacional prusiano,565 que ni
siquiera sirve hoy para la Transpomerania.
El cambio de rumbo producido después de febrero de
1848 vino a revelar claramente la posición excepcional que ocupaba la Prusia
renana. De aquí salieron Camphausen y Hansemann,
los representantes clásicos, no sólo de la burguesía prusiana, sino de la
burguesía alemana en general, y aquí encontró el proletariado alemán, con
la Nueva Gaceta Renana, el único órgano de prensa que defendía, y
no sólo de palabra o con la buena voluntad, sino de hecho, sus intereses
reales.
695
¿Cómo explicarse, pues, que la Prusia renana, a
pesar de todo esto, tuviese una participación tan pequeña en los movimientos
revolucionarios de Alemania?
No se olvide que el movimiento de 1830, promovido
en interés del constitucionalismo fraseológico y abogadil,
no podía tener ningún interés para
la burguesía renana de Alemania, entregada a empresas
industriales, mucho más reales y efectivas; que, mientras
en los pequeños Estados alemanes se seguía
soñando con un Imperio alemán, el proletariado de la Prusia renana comenzaba ya
a levantarse abiertamente en contra de la burguesía que, de 1840 a 1847, en los
años del movimiento burgués y realmente constitucional, la burguesía renana se hallaba a la cabeza, y que en
marzo de 1848, en Berlín,
565 Véase supra, nota 203.
pudo echar a la balanza un peso decisivo. Ahora
bien, por qué la Prusia renana no logró nunca hacer
triunfar nada en una insurrección abierta ni llegó siquiera a poner en pie
una insurrección general de toda la provincia, lo pondrá de
manifiesto mejor que nada el simple relato de lo que fue la campaña por la
Constitución del Imperio en esta provincia.
Acababa de estallar la lucha en Dresde, y en el
Palatinado podía encenderse a cada momento. En Baden, Württemberg y Franconia
celebrábanse mítines gigantescos, y la gente no se recataba para decir que
estaba decidida a resolver los problemas por las armas. Las tropas mostrábanse
vacilantes en todo el sur de Alemania. Y no era menor la agitación en Prusia.
El proletariado sólo aguardaba la ocasión
para vengarse de que se le hubieran
escamoteado los beneficios que creía haber conquistado en
marzo de 1848. La pequeña burguesía urbana se movía en todas partes con la mira
de aglutinar a todos los elementos descontentos en un gran partido defensor de
la Constitución del Imperio, cuya dirección confiaba en obtener. Los juramentos
de vencer o sucumbir con la Asamblea de Francfort y de empeñar los bienes y la
vida por la Constitución alemana llenaban las columnas de todos los periódicos
y resonaban en las salas de todos los clubes y en todas las cervecerías.
696
Así las cosas, el gobierno prusiano rompió las
hostilidades al llamar bajo las armas a gran parte de la Landwehr,566 principalmente en Westfalia y en el Rin. La orden de evolúoón, lanzada en plena paz,
era ilegal y contra ella se levantó no sólo la pequeña, sino también la gran
burguesía.
El Consejo municipal de Colonia convocó a un
Congreso de diputados de los consejos municipales renanos. El gobierno lo
prohibió, pero, desistiendo de las formas, se celebró el Congreso, pese a la
prohibición. Los consejos municipales, representantes de la gran burguesía y la
burguesía media, proclamaron su reconocimiento de la Constitución del Imperio,
intimaron al gobierno prusiano a
aceptarla, exigieron la dimisión del ministerio y la revocación de la orden llamando a la Landwehr bajo
las armas y amenazando bastante claramente con que, de no accederse a lo que se exigía, las provincias
del Rin se separarían de Prusia.
Puesto que el gobierno prusiano ha procedido a
disolver la segunda Cámara, cuando ésta se hubo
manifestado en pro de la incondicional aprobación de la Constitución alemana del 28 de marzo del año en
curso, arrebatando de este
modo al pueblo su representación y su voz en el momento decisivo actual, los
diputados de las ciudades y municipios de la provincia del Rin abajo firmantes
se han reunido para deliberar acerca del interés de la patria.
Bajo la presidencia de los consejeros municipales
Zell, de Tréveris, y Werner, de Coblenza, asistidos
por los secretarios de actas,
consejeros municipales Boekker, de Colonia, y Bloem
II, de Dusseldorf, la Asamblea,
ha acordado lo siguiente:
l° Declarar que reconoce como ley definitiva la
Constitución del Imperio alemán, en los términos en que
el 28 de marzo del año en curso fue proclamada por
la Asamblea del Imperio, haciendo constar
que, en el conflicto suscitado por el gobierno prusiano, se halla al
lado de dicha Asamblea.
2º Pedir a todo el pueblo de los territorios del Rin, principalmente a los hombres en edad de empuñar las
armas, expresen por medio de declaraciones colectivas, en pequeñas y grandes demarcaciones, su deber
566 Landwehr: originalmente era un cuerpo movilizado mediante un reclutamiento de
todos los hombres capaces físicamente de empuñar
las armas. Sin embargo, pronto perdió este sentido al crearse el ejército
permanente hasta que, durante las guerras antinapoleónicas, lo recobró
ante la necesidad de incrementar las fuerzas combatientes. Después de la Paz de
Tilsit,
los gobernantes de Prusia sentaron las bases para la creación de una Landwehr como una especie de milicia independiente (o cuerpo volante)
al lado del ejército activo 7 en íntima conexión con éste. La Landwehr estaba
formada por dos contingentes. El primero comprendía a
todos los reservistas de 26-32 años de edad, los cuales eran movilizados como
tropa de campaña. El segundo, formado con hombres de 32-40 años de edad,
alimentaba las guarniciones de las fortalezas militares. De acuerdo con las
leyes prusianas, la Landwehr sólo podía ser formada
efectivamente en caso de guerra.
y su inquebrantable voluntad de atenerse a la
Constitución alemana del Imperio y de acatar sus disposiciones.
3º Requerir a la Asamblea del Imperio para que
haga sin pérdida de tiempo los esfuerzos más vigorosos encaminados a dar a la
resistencia del pueblo en los diferentes Estados alemanes, entre ellos y muy
principalmente en la provincia renana, la unidad y la fuerza sin las cuales no
será posible hacer fracasar los intentos bien organizados de la
contrarrevolución.
4º Requerir al Poder ejecutivo del
Imperio para que con toda premura haga a
las tropas jurar fidelidad a la Constitución, ordenando la
concentración de las mismas.
5º Los firmantes se comprometen a poner en vigor la
Constitución del Imperio por todos los medios de que disponen, dentro del radio
de acción de sus municipios.
6º La Asamblea considera incondicionalmente
necesario que se separe de sus cargos a los ministros del gobierno
Brandeburgo-Manteuffel y se convoque a las cámaras, sin alterar el
procedimiento electoral anterior.
7º La llamada parcial bajo las armas de la Landwehr, recientemente
ordenada, constituye a juicio de la Asamblea una medida innecesaria que pone en
grave peligro la paz interior, y espera que sea inmediatamente revocada.
698
8º Los firmantes expresan, por último, su convicción de
que, de
no respetarse el contenido de la presente
declaración, se expondría a la patria a grandes peligros, que atentarían contra
la misma existencia de Prusia en su estructura actual.
Acordado en Colonia el
8 de mayo de 1849.
(Siguen las firmas)567
Añadiremos solamente que el mismo señor Zell que
aparece presidiendo esta Asamblea partía pocas semanas después, como
comisario del ministerio imperial en Fráncfort,
para Badén,568 donde no sólo intrigó, sino que convino con
los reaccionarios badenses los golpes contrarrevolucionarios que más tarde
descargarían en Mannheim y Kalsruhe. Y es, por lo menos, probable que, de paso,
prestara servicios como espía militar a las órdenes del general Peucker.
Nosevolúa hacer constar claramente este hecho. En
los primeros días, la gran burguesía, la flor y nata del liberalismo renano
anterior a marzo, trató de ponerse, en la Prusia renana, a la cabeza del
movimiento en pro de la Constitución del Imperio. Sus discursos, sus acuerdos,
toda su actuación la hacían solidaria de los acontecimientos ulteriores. No
poca gente se tomó en serio las frases de los señores consejeros municipales,
principalmente la amenaza de que la provincia renana se separaría
de Prusia. Si la gran burguesía marchaba con las otras fuerzas, la batalla podía considerarse ganada de
antemano, todas las clases de la población se sumaban al movimiento y, en estas condiciones, se podía
correr el riesgo. Así calculaba el pequeño burgués, apresurándose a adoptar una
postura heroica y huelga decir que su supuesto socio, el gran burgués, no por
ello desistía, en modo alguno, en traicionarlo en la primera ocasión que se
presentara, para luego, cuando las cosas terminasen del modo más lamentable,
burlarse de él por su imbecilidad.
699
Entre tanto, seguía creciendo incesantemente la
agitación; las noticias que llegaban de todos los puntos de Alemania eran
sumamente belicosas. Por fin, se ordenó equipar con uniformes a la Landwehr. Los
batallones, concentrados, declararon categóricamente que no se dejarían
uniformar.
Los comandantes, carentes de apoyo militar suficiente, no podían hacer nada y se daban por contentos
567 Este Acuerdo de la Asamblea de diputados
de los consejos municipales renanos fue publicado el 8 de mayo de 1849 en
el núm. 110 de la Gaceta de Colonia.
568 El Ministerio del Imperio en FRANCFORT fue
creado el 28 de junio de 1848 mediante un acuerdo de la Asamblea
Nacional. Debía desempeñar, en unión del llamado regente del Imperio,
las funciones provisionales de un poder central. Sin embargo,
no disponía de presupuesto ni de ejército y carecía de todo
poder efectivo, teniendo que limitarse a apoyar la política
reaccionaria de los príncipes alemanes.
con tal de escapar sin amenazas ni agresiones
diarias. Despidieron a su gente y le dieron un nuevo plazo para uniformarse.
El gobierno, a quien
no le hubiera sido difícil prestar el apoyo necesario,
dejó intencionadamente que las cosas llegaran tan lejos para poder
recurrir a la violencia.
Los elementos levantiscos de la Landwehr eran,
en efecto, obreros en la zona industrial de Berg y la Marca. Los centros de la
resistencia se localizaban en Elberfeld e Iserlohn, Solingen y la calzada de
Ennepe. Inmediatamente se enviaron tropas a las dos primeras ciudades.
A Elberfeld fueron destacados un batallón
del 16oregimiento, un escuadrón de ulanos y dos cañones. En la ciudad
reinaba la mayor confusión. Bien pensada la cosa, la Landwehr se
daba cuenta de que había ido demasiado lejos. Muchos campesinos y obreros eran
apolíticos y no querían sencillamente que se les mantuviera alejados de sus
casas por tiempo indefinido, en aras de las veleidades del gobierno. Las
consecuencias de su resistencia se les hacían demasiado duras: species
facti,a consejos de guerra, cárcel y grilletes y tal vez, incluso,
pólvora y plomo en el cuerpo. Esto hizo que fuese reduciéndose
cada vez más el número de hombres de
la Landwehr bajo las armas — éstas seguían en
su poder— hasta que, por último, no eran ya más que
cuarenta. Habían establecido su cuartel general en un
local público a las puertas de la ciudad, donde aguardaban la llegada de los
prusianos. El
ayuntamiento estaba vigilado por la Guardia Cívica y los dos cuerpos de artillería cívica, vacilantes, en
tratos con la Landwehr y decididos a defender sus propiedades,
pasara lo que pasara. Las calles
hervían de gente: pequeños burgueses que en su club político habían jurado fidelidad a la Constitución,
proletarios de todos los colores desde el obrero resueltamente revolucionario
hasta el que tiraba de un carrito, apestando a aguardiente. Nadie sabía lo que
tenía que hacer ni lo que iba a pasar.
A Interrogatorios.
700
El Consejo municipal deseaba negociar con las
tropas. El jefe de éstas se negó a ello y les ordenó a entrar en la ciudad. Las
tropas marcharon a paso de parada por las calles y formaron delante del
Ayuntamiento, frente a frente a la Guardia Cívica. Se abrieron
negociaciones. De la multitud partieron dos pedradas contra
las tropas. De la otra parte de la ciudad y tras largas deliberaciones, marchó
también hacia las tropas la Landwehryreducida, como ya hemos dicho,
a unos cuarenta hombres.
De pronto, la gente comenzó a gritar, pidiendo que se pusiera en libertad a los presos. En los calabozos
pegados al Ayuntamiento estaban detenidos desde hacía un
año 69 obreros de Solingen, acusados de haber demolido la
fundición de acero de la ciudadela. El proceso debía verse en
los próximos días. El pueblo se abalanzó sobre la prisión, decidiendo poner en
libertad a los presos. Cedieron las puertas, la muchedumbre penetró en la
prisión, los detenidos recobraron la libertad. Pero, a última hora, acudieron
las tropas, sonó una descarga y cuando el último preso se disponía a cruzar el
umbral, corriendo, cayó con el cráneo destrozado por las balas.
El pueblo retrocede, pero gritando: “¡A las barricadas!” En menos que se cuenta, quedan cerrados por
parapetos los accesos al interior de la ciudad. Abundan los obreros sin armas;
los hombres armados que defienden las barricadas apenas llegarán a cincuenta.
Avanza la artillería. Como antes, la infantería dispara demasiado alto, tal vez deliberadamente. Ambas
unidades estaban formadas por soldados renanos o westfalianos y eran buenas. Por último, avanza el
capitán Von Uttenhoven, a la cabeza de la octava compañía del 16º regimiento.
701
Tres hombres armados defendían la primera barricada. “¡No tiréis contra nosotros — gritaban—, sólo
disparamos contra los oficiales!” El capitán ordena apuntar. “Si das la voz de
fuego quedarás en el sitio”, le grita un tirador desde el otro lado de la
barricada. “¡Apunten! ¡Fuego!”, ordenó el capitán. Suena la descarga, pero en
el mismo momento cae a tierra el capitán, con el corazón atravesado por una
bala.
El pelotón se repliega a toda prisa, sin detenerse
siquiera a levantar el cadáver de su capitán. Suenan
algunos disparos más, caen heridos algunos soldados, y el oficial al mando de las tropas, que no quiere
pasar la noche en
la ciudad sublevada, se retira a las afueras, levantando un
vivac como a una hora de la ciudad. Detrás de los
soldados, inmediatamente se levantan por todas partes barricadas.
Al anochecer del mismo día, llega
a Düsseldorf la noticia de la retirada de los prusianos. Se forman
en las calles de la ciudad numerosos grupos; reina una gran excitación entre la
pequeña burguesía y los obreros. Corre el rumor de que van
a salir para Elberfeld nuevas tropas. Es la señal
para lanzarse a la lucha. Sin pararse a pensar en la falta de armas
—la Guardia Cívica había sido desarmada ya en noviembre de 1848—, en los
efectivos relativamente grandes de la guarnición ni en las condiciones
muy desfavorables de las calles, anchas y rectas, que conducen
a la pequeña ex residencia ducal, unos cuantos
obreros gritan: “¡A las barricadas!” Surgen algunos parapetos en la calle nueva
y en la de Bolker; los otros barrios de la ciudad quedan libres de barricadas,
gracias en parte a las tropas prevenidas de antemano y en parte al miedo a la
grande y pequeña burguesía.
La lucha se desató al
anochecer. Aquí, como en todas partes, eran pocos los hombres que luchaban en
las barricadas. ¿De dónde podían tomar éstos las armas y las municiones?
Para abreviar, opusieron a
la superioridad del número una larga y valiente resistencia, y sólo al amanecer y habiéndose empleado
a fondo la artillería, cayeron en manos de los prusianos la media docena de
barricadas que admitían
defensa. Y, como se sabe, al día siguiente, estos cautelosos héroes tomaron sangrienta venganza en las
criadas de servicio, los ancianos y la gente pacífica en general.
702
El mismo día en que los prusianos fueron rechazados en Elberfeld debía entrar en Iserlohn un batallón,
perteneciente, si no nos equivocamos, al 13º regimiento, para meter en cintura
a la Landwehr de aquella ciudad. Pero también aquí fracasaron
los planes; tan pronto se supo que los militares avanzaban, la Landwehr y
el pueblo atrincheraron las entradas a la ciudad y aguardaron al enemigo, con
la carabina cargada; el batallón movilizado no se decidió a atacar y se retiró.
La lucha en Elberfeld y Düsseldorf y el levantamiento de barricadas en Iserlohn dieron la señal para la
insurrección en la mayor parte de la región industrial de Berg y la Marca. Los
vecinos de Solingen tomaron por asalto el arsenal del condado y se armaron con
los fusiles y cartuchos que allí encontraron; los de Hagen se unieron en masa
al movimiento, se armaron, ocuparon los accesos al Ruhr y destacaron patrullas
de racionamiento; de Solingen, Ronsdorf, Remscheid, Barmen y otros
puntos fueron enviados refuerzos a Elberfeld. En otros lugares de la región, la Landwehr se manifestó
a favor del movimiento y se puso a disposición de la Asamblea de Fráncfort. En
Elberfeld, Solingen, Hagen e Iserlohn se nombraron comités de seguridad, en
sustitución de las autoridades locales y de distrito, depuestas en sus cargos.
Como es natural, las noticias de todos estos sucesos, al extenderse, llegaban enormemente exageradas.
En ellas, se presentaba a toda la región del Wupper y del Ruhr como una gran
base de insurrección, bien organizada, y se hablaba de 15.000 hombres armados
en Elberfeld y otros tantos en Iserlohn y Hagen. Contribuía no poco a dar
crédito a estas exageraciones el súbito pánico del gobierno, que paralizó de
golpe toda acción en contra de este levantamiento de las zonas más leales.
703
Pero aun prescindiendo serenamente de todas las
probables exageraciones, quedaba en pie el hecho innegable de que los centros
más importantes de la región industrial de Berg y la Marca se hallaban
envueltos en una insurrección abierta y, por el momento, victoriosa. Ese hecho era incontrovertible. Y
a ello había que añadir las noticias según las cuales Dresde seguía
defendiéndose, Silesia era un avispero, el movimiento en el Parlamento se
consolidaba, en Badén había estallado una revuelta militar victoriosa que había
puesto en fuga al gran duque y los magiares habían llegado a las orillas
del Jablunka y el Leitha. En suma, era ésta, sin duda alguna, la más favorable de todas las perspectivas
revolucionarias que desde marzo de 1848 había tenido ante sí el partido democrático y obrero y, como
es natural, había que aprovecharla. Y la margen izquierda del Rin no podía
dejar en la estacada a la derecha.
Ahora bien, ¿qué había que hacer?
Todas las ciudades importantes de la provincia
renana son fortalezas, como Colonia o Coblenza,
defendidas por fuertes y poderosas ciudadelas, o disponen de nutridas guarniciones, como Aquisgrán,
Düsseldorf y Tréveris. La provincia cuenta además, para su defensa, con las fortalezas de Wesel, Jülich,
Luxemburgo y Saarlouis, e incluso las de Maguncia y
Minden. Sumando los contingentes acantonados
en todas estas fortalezas y guarniciones, arrojarían, por lo menos, un total de 30.000 hombres. Por fin
y al cabo de largo tiempo, se había logrado
desarmar a la población de Colonia, de Düsseldorf, de
Aquisgrán y de Tréveris. Se habían paralizado, con ello, los centros revolucionarios de la provincia. En
esas condiciones, cualquier intento de insurrección tenía necesariamente que
acabar, como se había
visto ya en Düsseldorf, con la victoria de las tropas; con otra victoria de éstas, por ejemplo en Colonia,
la insurrección de Berg
y la Marca quedaría moralmente aplastada, por muy
favorables que pudieran ser las noticias. En lo que se refiere a la margen
izquierda del Rin, cabía la posibilidad de un movimiento en el Mosela, en el
Eifel y en la zona industrial de Krefeld; pero esta región se hallaba
acordonada por seis fortalezas y tres guarniciones. En cambio la orilla
derecha, en las zonas ya sublevadas, ofrecía un terreno densamente poblado,
extenso y como hecho de encargo para la insurrección, con su abundancia de
bosques y campiñas.
704
Así pues, si se quería apoyar a las zonas sublevadas, no había más que un camino:
Ante todo y sobre todo, evitar cualquier estéril disturbio en las fortalezas y guarniciones;
organizar actos diversionistas en las pequeñas
ciudades, centros fabriles y zonas campesinas de la orilla izquierda del
Rin, con objeto de entretener a las guarniciones renanas;
por último, lanzar todas las fuerzas disponibles a las zonas de la margen derecha ya sublevadas, seguir
extendiendo la insurrección y tratar de organizar aquí, por medio de la Landwehr,
el núcleo de un ejército revolucionario.
Que los nuevos héroes prusianos de las delaciones
no echen las campanas a vuelo antes de tiempo, a la vista del complot de alta
traición que aquí se pone de manifiesto. Desgraciadamente, no existió tal
complot. Las tres medidas señaladas no fueron el plan de una conspiración, sino
sencillamente una propuesta formulada
por el autor de las presentes líneas, en
el momento en que partía para Elberfeld con
la mira de impulsar la puesta en práctica del
tercer punto. No fue posible llegar
a la conspiración, pues lo impidieron diversas razones: la
organización ya muy maltrecha del partido democrático y obrero, la indecisión y
el pertinente retraimiento de la mayoría de los dirigentes locales procedentes
de la pequeña evouesía y, por último, la falta de tiempo. Por tanto, si en la
orilla izquierda del Rin se produjo efectivamente el comienzo de
una diversión, si estallaron disturbios en
Kempen, Neuss y sus alrededores y fue asaltado el arsenal de Prüm,569 estos hechos no fueron en modo alguno resultado de
un plan de conjunto, sino que obedecieron simplemente al instinto
revolucionario de la población.
705
Entre tanto, la situación, en las zonas sublevadas,
distaba mucho de ser lo que se creía en el resto de la provincia.
Elberfeld, con sus barricadas
—que, por lo demás, no respondían a ningún plan
y habían sido levantadas precipitadamente y de mala manera—, con sus muchos puestos de vigía, sus patrullas
y demás grupos armados, con toda su población en las calles, en las que sólo
parecía faltar la gran burguesía, con sus banderas rojas y tricolor,570 no
se portaba mal, aunque hay que decir, ésa es la verdad, que reinaba en toda la
ciudad el mayor desconcierto. La pequeña burguesía había tomado en sus manos la
dirección de los asuntos, a través del Comité de seguridad, constituido ya
desde los primeros momentos. Pero, inmediatamente, le entró miedo de su propio
poder, por menguado que éste fuera. Su primer acto fue encaminado a lograr que
el Consejo municipal, es decir, la gran burguesía, legitimara sus poderes, y en
señal de gratitud por la complacencia de este organismo
incorporó al Comité de seguridad a cinco de sus miembros. Una vez ampliado de este modo
el Comité de seguridad se desembarazó inmediatamente de todas las
funciones consideradas peligrosas, confiando las funciones relacionadas con la
seguridad hacia el exterior a una comisión militar, sobre la cual se reservaba
el Comité una fiscalización moderadora y entorpecedora. De este modo,
precaviéndose de todo contacto con la insurrección e instalado sobre el terreno
legal por los mismos consejeros del municipio, los temblorosos pequeños burgueses del Comité de seguridad podían
569 Este asalto se llevó a cabo el 17
y 18 de mayo de 1849. Participaron los demócratas con la ayuda de
obreros de la ciudad de Tréveris y sus alrededores. El objetivo era
conseguir armamento para así desencadenar un levantamiento que apoyara
la Constitución. A pesar de que los asaltantes se
apoderaron por un corto tiempo del arsenal, el
intento fue sofocado rápidamente por las tropas del Imperio.
570 Tricolor significa aquí la bandera negro,
rojo y oro, símbolo del movimiento por la unidad nacional alemana durante
la revolución de 1848-1849 y convertido más tarde en la bandera nacional
de Alemania.
limitarse a apaciguar los ánimos, a despachar los
asuntos corrientes, a aclarar “malos entendidos”, a bailar en la cuerda floja,
dar largas a las cosas y paralizar toda actuación enérgica, con el pretexto de
que había que aguardar a que llegasen todas las respuestas a las diputaciones
enviadas a Berlín y Fráncfort. Como es natural, el resto de la pequeña
burguesía procedía de acuerdo con el Comité de seguridad,
mantenía ante todo una actitud apaciguadora,
estorbaba en todo lo que podía las medidas de defensa y el
armamento, y vacilaba a cada paso en cuanto a los límites de su participación
en el
levantamiento. Solamente una pequeña parte de esta clase estaba resuelta a defenderse con las armas
en la mano, caso de ser atacada la ciudad. La mayoría trataba de convencerse a
sí misma de que
bastarían sus amenazas y el temor al bombardeo casi inevitable de Elberfeld para poner al gobierno a
hacer concesiones; fuera de esto, procuraba, por lo que pudiera ocurrir, tener
cubiertas las espaldas.
706
En los primeros momentos después del combate, la
gran burguesía se quedó como fulminada por el
rayo. Su empavorecida fantasía veía brotar de la tierra por todas partes incendios, asesinatos, saqueos
y qué sé yo cuántos horrores más. Se explica, pues, que la
constitución del Comité de seguridad, cuya mayoría —formada por consejeros
municipales, abogados, procuradores del Estado, gente de toda
orden— le brindara de pronto garantías en cuanto a su vida y a sus bienes, le infundiera un entusiasmo
casi fanático. Los mismos grandes comerciantes, tintores y fabricantes, que
hasta hacía poco abominaban de los señores Karl Hecker, Riotte, Höchster, etc.,
a los que trataban de terroristas sedientos de sangre, se precipitaban ahora en
tropel al Ayuntamiento, abrazaban con una intimidad
verdaderamente febril a aquellos supuestos vampiros y desembolsaban miles de táleros sobre la mesa
del Comité de seguridad. Por lo demás, huelga decir que cuando el movimiento hubo terminado, estos
mismos entusiastas admiradores y protectores del Comité de seguridad propalaron
las más viles y absurdas mentiras, no sólo acerca del
movimiento, sino también acerca del
Comité de seguridad y de sus componentes, tributando ahora la
misma fervorosa gratitud a los prusianos por haberlos librado de un terrorismo
que jamás existió. Inocentes ciudadanos constitucionales como los señores
Hecker, Höchster y el procurador del Estado Heintzmann viéronse de nuevo
acusados de terroristas antropófagos, a quienes se les echaba en cara su
afinidad con Robespierre y Danton. Nosotros, por nuestra parte, nos
consideramos obligados a absolver por entero a esos buenos pequeños
burgueses de semejante acusación.
707
Por lo demás, la mayor parte de la alta burguesía
corrió a refugiarse a toda prisa, con sus mujeres y
sus hijos, bajo la égida del estado de sitio decretado en Düsseldorf; solamente se quedaron en Elberfeld
los menos y los más valientes, para proteger sus propiedades,
pasara lo que pasara. El alcalde mayor
de la ciudad permaneció todo el tiempo que duró la insurrección escondido debajo de un carro volcado
y cubierto de estiércol.
El proletariado, unido en el momento de la lucha,
se escindió cuando comenzaron a manifestarse las vacilaciones del Comité de
seguridad y de la pequeña burguesía. Eran resueltamente partidarios del
movimiento los artesanos, los verdaderos obreros fabriles y una parte de los
tejedores en seda; pero
ellos, es decir, los que formaban el núcleo del proletariado, apenas disponían de armas. Los tintoreros,
robusto y bien pagado sector de la clase obrera, tosco y por consiguiente reaccionario, como casi todos
los sectores obreros cuyo trabajo requiere más vigor físico que destreza,
habían mostrado ya en los primeros días una actitud de completa indiferencia.
Fueron, de todos los obreros industriales, los únicos que trabajaron sin
interrupción todo el tiempo que duraron las barricadas. Por último, el
lumpenproletariado, aquí como en todas partes, reveló su venalidad ya al segundo día del movimiento:
por la mañana reclamaba del Comité de seguridad armas y soldada y por la tarde
se dejaba sobornar por la gran burguesía para proteger edificios o dedicarse
por las noches a desmontar las barricadas. En su conjunto, estos elementos
estaban al lado de la burguesía, que era la que mejor les pagaba y gracias a
cuyo dinero pudieron salir de apuros mientras duró el movimiento.
La indolencia y cobardía del Comité de seguridad y
la desunión de la Comisión militar, en la que al principio predominaba el
partido de la pasividad, impedían de antemano toda actuación resuelta. La
reacción se manifestó ya al segundo día. Desde el
primer momento se vio que en
Elberfeld sólo podía prosperar el movimiento bajo la bandera de la
Constitución y marchando de acuerdo con la pequeña
burguesía. Por una parte, y precisamente en esta región, hacía demasiado poco tiempo que el
proletariado había salido del pantano del aguardiente y del pietismo para que pudiera penetrar en las
masas la más leve idea acerca de las condiciones de su emancipación; y, por otra parte, se dejaba llevar
de un odio demasiado instintivo contra la burguesía y se mostraba demasiado
indiferente hacia el problema burgués de la Constitución para poder
entusiasmarse por este tipo de intereses envueltos en la bandera tricolor.
708
Todo esto colocaba en difícil situación
al partido avanzado,
el único que tomaba en serio la lucha. Este
partido se declaraba en pro de la Constitución del Imperio. Pero la pequeña burguesía
no se fiaba de
él, lo calumniaba bajo todas las formas
ante el pueblo, estorbaba todas las medidas
propuestas por él para armarse y afianzarse. Cualquier miembro del Comité
de seguridad se creía facultado para desautorizar las órdenes encaminadas a
colocar realmente la ciudad en estado de defensa. Cualquier pequeño burgués que viese alzarse una barricada delante de su casa acudía perezoso al Ayuntamiento
para procurarse una contraorden. Solamente con grandes esfuerzos y en las mínimas proporciones
se le podía conseguir que
el Comité de seguridad librara los recursos económicos necesarios
para pagar a los obreros de las barricadas, que se contentaban con lo estrictamente imprescindible para no morir
de hambre. Se atendía de un modo muy irregular, y generalmente en medida insuficiente, a la soldada
y el avituallamiento de la gente armada. Durante cinco o seis días fue
imposible pasar revista a los
contingentes, y así nadie sabía con cuántos combatientes se podía contar en caso necesario. Solamente
al quinto día se intentó clasificar a los hombres en armas, pero sin que
llegara a prosperar el intento,
basado además en una total ignorancia de los efectivos. Cada miembro del Comité de seguridad obraba
a su antojo. Se entrecruzaban las órdenes más contradictorias, que sólo coincidían en una cosa: en que
todas ellas contribuían a aumentar esta agradable confusión y a impedir que se
diera ningún paso enérgico. El proletariado acabó,
así, tomando inquina
al movimiento, y, a los pocos días, los grandes y
los pequeños burgueses habían logrado lo que se proponían: hacer caer a los
obreros en la mayor indiferencia.
709
Al llegar yo a Elberfeld, el 11 de mayo, había por
lo menos 2 500 o 3.000 hombres armados. Pero de ellos sólo eran de fiar los
refuerzos llegados de fuera y los pocos obreros armados de Elberfeld. La Landwehr vacilaba;
la mayoría sentía un miedo atroz a la cárcel. Al principio, los efectivos eran
poco numerosos, pero fueron engrosando con la incorporación de todos los
elementos vacilantes y temerosos procedentes de los demás destacamentos.
Finalmente, la Guardia Cívica, que en un comienzo era aquí reaccionaria y había
sido creada directamente para reprimir a los obreros, se
declaró neutral y sólo se preocupaba de proteger sus propiedades. Claro está que todo esto se puso en
claro solamente en el curso de los días siguientes;
entre tanto, una parte
de los elementos venidos de
fuera y de los obreros desapareció y el número de los verdaderos combatientes se redujo al estancarse
el movimiento, en tanto que la Guardia Cívica iba reduciéndose más y más y daba rienda suelta, ya sin
recato, a sus veleidades reaccionarias. En
las últimas noches se dedicó a la tarea de derribar una serie
de barricadas. Los refuerzos armados que al principio excedían sin duda de mil
hombres, habían ido disminuyendo a la mitad ya para el 12 o el 13, y cuando por
fin se pasó lista general de presente, se
vio que toda la fuerza armada con que podía contarse no excedía de 700 u 800 hombres. La Landwehr y
la Guardia Cívica se negaron a pasar lista.
Pero no para aquí la cosa. El Elberfeld insurrecto
se hallaba rodeado de una serie de puntos supuestamente “neutrales”:
Barmen, Kronenberg, Lennep, Lüttringhausen, etc., no se habían
sumado al movimiento. Los obreros revolucionarios de estos lugares que
disponían de armas se habían trasladado a Elberfeld. Esos puntos se hallaban
dominados todos, en interés del “orden” y de los
industriales, por la Guardia Cívica, que era en
todos ellos un instrumento en
manos de los fabricantes para tener a raya a los obreros y se
hallaba integrada en su totalidad por tenderos dependientes de aquéllos.
710
Los mismos obreros, bastante apartados del movimiento político como consecuencia de su dispersión
local, habían sido atraídos en parte al lado de los fabricantes mediante el
empleo de los consabidos medios de coacción y a fuerza de calumniar el carácter
del movimiento desarrollado en Elberfeld; y entre los campesinos daban estas
calumnias un resultado infalible. A lo cual hay que añadir que el
movimiento había venido a producirse en un periodo en el que, después de quince meses de crisis
industrial, los fabricantes volvían a tener gran
abundancia de pedidos, y sabido es que no se puede hacer una revolución cuando
los obreros tienen trabajo abundante, circunstancia ésta que pesaba también
considerablemente en Elberfeld. En estas condiciones, huelga decir que los
vecinos “neutrales” eran, en realidad, otros tantos enemigos solapados.
Más aún,
distaba mucho de haberse establecido el contacto con
los otros distritos sublevados. De vez
en cuando llegaban algunas personas de Hagen; de Iserlohn apenas se sabía nada. Algunos individuos
se ofrecían como comisarios, pero sin que pudiera confiarse en ninguno de
ellos. Se decía que en Barmen y sus alrededores habían sido detenidos por la
Guardia Cívica varios enlaces entre Elberfeld y Hagen. El único punto con el que existía contacto era Solingen, donde las cosas estaban exactamente
igual que en Elberfeld. Y si la situación allí no era peor,
se debía a los obreros de aquella zona, que aún
habiendo enviado a Elberfeld 400 o 500 hombres armados, seguían siendo todavía lo bastante fuertes
para hacer frente en su propia casa
a la burguesía y a su Guardia Cívica. Si los
obreros de Elberfeld se
hubiesen hallado tan desarrollados y bien organizados como los de Solingen, las perspectivas habrían
sido completamente distintas.
En estas circunstancias, sólo cabía una posibilidad: adoptar unas cuantas medidas rápidas y enérgicas
que volvieran a infundir vida al movimiento inyectándole nuevas fuerzas
combatientes, paralizando a sus enemigos interiores y organizando del
modo más poderoso posible a los insurrectos en toda la región industrial de
Berg y la Marca. El primer paso habría sido desarmar a la Guardia Cívica de
Elberfeld, distribuir sus armas entre los obreros y levantar un impuesto
forzoso para asegurar el sustento de los obreros armados.
711
Este paso habría roto
resueltamente con la indolencia del
Comité de seguridad, habría infundido nueva vida al
proletariado y habría paralizado la capacidad de resistencia de los distintos
elementos “neutrales”. La línea de conducta que hubiera podido seguirse
después, para obtener también armas
de aquellos distritos, continuar extendiendo la insurrección
y organizar en regla la defensa de toda la
zona, dependía de los resultados que se obtuvieran
de ese primer paso. Por lo demás, con un acuerdo
del Comité de seguridad en la mano y los cuatrocientos hombres armados de Solingen, habría bastado
para desarmar en un momento a la Guardia Cívica de Elberfeld, cuyo heroísmo
dejaba bastante qué desear.
Debo declarar que como salvaguardia de los acusados de mayo en Elberfeld, aún retenidos en la cárcel,
todas estas propuestas partieron única y exclusivamente de mí. El desarme de la
Guardia Cívica fue una idea que yo defendí desde el primer día, en cuanto
comenzaron a agotarse los recursos económicos del Comité de seguridad.
Pero el bendito Comité de seguridad no se mostraba
dispuesto en modo alguno a recurrir a estas “medidas terroristas”. Lo único que
pude conseguir o que, mejor dicho, llevé a la práctica por propia iniciativa,
de acuerdo con algunos jefes de cuerpo — todos los cuales han logrado escapar y
en parte se hallan ya en América—, fue la incautación de unos ochenta fusiles
de la Guardia Cívica de Kronenberg, depositados en el Ayuntamiento de este
lugar. Estos fusiles, distribuidos con la mayor ligereza, fueron a parar
en su mayoría a manos de lumpenproletarios adictos al
aguardiente, quienes
aquella misma noche los vendieron a gente burguesa. Los señores burgueses, en efecto, distribuyeron
entre el pueblo a sus agentes, encargados de comprar el mayor número posible de armas, pagándolas
a un precio bastante elevado. De este modo, el lumpenproletariado de Elberfeld
entregó a los burgueses varios centenares de fusiles, que la negligencia y el
desorden de las improvisadas autoridades habían puesto en sus manos. Dichos fusiles
sirvieron para armar a los capataces de las fábricas, los tintoreros de
confianza, etc., etc., con lo que fueron engrosando las filas de la “honrada5
Guardia Cívica de día en día.
712
Los señores del Comité de seguridad respondían a
todas las propuestas encaminadas a asegurar la defensa de la ciudad, diciendo
que todo era inútil, que los prusianos se guardarían mucho de atacar, que no se
aventurarían en las montañas, etc. Ellos mismos sabían perfectamente que todo
ello no
pasaba de ser fábulas sin sentido, que la ciudad podía ser bombardeada desde todas las alturas incluso
con artillería de campaña, que no estaba nada preparada para una defensa un poco seria y que,
paralizado el movimiento y ante la enorme
superioridad de fuerzas de los prusianos, sólo acontecimientos muy
extraordinarios podrían salvar a la insurrección en Elberfeld.
Pero tampoco los generales prusianos parecían tener ninguna gana de dar la batalla en un terreno casi
totalmente desconocido para ellos, por lo menos antes de concentrar para el ataque una superioridad
de fuerzas verdaderamente abrumadora. Las cuatro ciudades abiertas de Elberfeld, Hagen, Iserlohn y
Solingen imponían tanto respeto a estos cautelosos héroes guerreros, que necesitaron reunir, en parte
por ferrocarril, haciéndolos venir de Wesel, Westfalia y las provincias del Este,
un ejército completo de veinte mil hombres, con numerosa caballería y
artillería, para apostarlo detrás del Ruhr en una formación estratégica en toda
regla y sin decidirse a aventurar un ataque. Alto mando y cuartel general, ala
derecha, centro, todo fue dispuesto en el más perfecto orden, como si enfrente
estuviera un gigantesco ejército enemigo, como si se tratara de dar la batalla
a un Bem o un Dembinski y no de empeñar un combate desigual
contra unos cuantos cientos de obreros desorganizados, mal armados,
casi sin jefes y traicionados en la retaguardia por quienes habían puesto las
armas en sus manos.
713
Sabido es cómo acabó la insurrección. Cómo los
obreros, hartos ya de las interminables largas,
vacilantes cobardías y de la traidora contemporización
de la pequeña burguesía, abandonaron por fin la
ciudad de Elberfeld para abrirse paso hacia cualquier zona en la que la
Constitución les ofreciera
algún punto de apoyo. Cómo fueron perseguidos y acosados por los ulanos de Prusia, y los campesinos
azuzados en contra de ellos. Cómo, inmediatamente después de su retirada, la gran burguesía salió
de sus escondrijos, hizo desmontar las barricadas y levantó arcos de triunfo en
honor de los héroes prusianos que se acercaban a la ciudad. Cómo Hagen y
Solingen cayeron en manos de los prusianos por la descarada traición de la
burguesía y solamente Iserlohn presentó durante dos horas desigual combate a
los vencedores de Dresde, al 24oregimiento, que avanzaba cargado ya de botín.
Una parte de los obreros de Elberfeld, Solingen y Mülheim logró llegar sin contratiempo al Palatinado.
Se encontraron allí con sus coterráneos, los evadidos del asalto al arsenal de Prüm. En unión de éstos,
formaron, encuadrada en el cuerpo franco de Willich, una compañía integrada
exclusivamente por combatientes renanos. Y todos sus camaradas de lucha deben
rendir en favor suyo el testimonio de
que, cuantas veces entraron en fuego, sobre todo en el último encuentro decisivo junto al río Murg, se
batieron con gran denuedo.
Valdría la pena describir pormenorizadamente la
insurrección de Elberfeld, porque en ella vemos dibujarse con los perfiles más
claros y más detallados la posición que ocupaban las diferentes clases en el
movimiento por la Constitución. El movimiento que se desarrolló en las otras
ciudades de Berg y la Marca presenta una semejanza perfecta con el de
Elberfeld, con la diferencia de que allí aparece
más confusa la participación o no participación de las diversas clases en el movimiento, pues
éstas no se mostraban tan claramente deslindadas como en el centro industrial de la región. En el Palatinado y
en Badén, donde apenas existe concentración de la gran industria ni, por tanto,
una gran burguesía desarrollada y donde las relaciones de clases se
entremezclan y confunden de un modo mucho más
apacible y patriarcal, aparece todavía más confusa la mezcla de las clases que sostenían el movimiento.
Tendremos ocasión de ver
esto más adelante, y veremos también, al mismo tiempo, cómo todas estas
amalgamas de la insurrección acabaron agrupándose igualmente en torno a la
pequeña burguesía, como el centro de cristalización de todo este esplendor de
la Constitución del Imperio.
714
Los intentos de insurrección producidos en la
Prusia renana en mayo de este año ponen claramente de relieve la posición que
esta parte de Alemania puede ocupar en un movimiento revolucionario. Acordonada
por cinco fortalezas, tres de ellas de primer rango para Alemania; bajo la
ocupación
permanente de casi la tercera parte de todo el ejército prusiano; atravesada por líneas ferroviarias en
todas direcciones y disponiendo de una flota completa de barcos de vapor para el transporte de tropas,
en esta región renana una insurrección sólo puede triunfar si se dan
condiciones verdaderamente
extraordinarias que aseguren o hagan posible el éxito. La población del Rin sólo puede lograr algo con
las armas en la mano a condición
de que las ciudadelas se hallen en
poder del pueblo. Y este caso sólo puede darse si
el poder militar se ve aterrorizado y pierde la cabeza bajo la acción de
formidables acontecimientos procedentes de fuera o si las tropas se ponen en
todo o en parte al lado del movimiento. En otras condiciones, una insurrección en la provincia renana está condenada de
antemano al fracaso. Es
probable que una rápida marcha de los
de Badén sobre FRANCFORT y de los del Palatinado sobre Tréveris
hubiese dado como resultado el desencadenar inmediatamente la
insurrección en la zona del Mosela y el Eifel, en Nassau
y en las dos demarcaciones
de Hesse y que, en estas condiciones, se hubiesen sumado al
movimiento las tropas de los Estados de la región central
del Rin, que a la sazón se hallaban todavía bien dispuestas. No cabe la menor duda de que, así las cosas,
habrían seguido su ejemplo todas las tropas renanas, principalmente toda la 7ª
brigada y la 8ª de artillería, o que, por lo menos, habrían manifestado su
inclinación en voz lo bastante alta para hacer
perder la cabeza al general prusiano. Probablemente, en esta situación habrían caído varias fortalezas
en manos del pueblo, y, si no Elberfeld, se habría salvado por lo menos la
mayor parte de la margen izquierda del Rin. Pero todo esto, y tal vez mucho
más, se ha perdido por la mezquina y pusilánime política seguida, en su alta
sabiduría, por el Comité territorial de Badén.
715
La derrota de los obreros rellanos arrastró también
al único periódico que defendía, abierta y
resueltamente, sus intereses: la Nueva Gaceta Renana. El redactor en jefe del periódico,b a pesar de ser
nativo de la Prusia renana, fue expulsado de Prusia, y los demás redactores se
veían amenazados los unos directamente con la prisión y los otros con la orden de expulsión inmediata. La policía de Colonia
lo declaró así con la mayor simpleza en tanto que demostraba con todo detalle que poseía contra cada
uno de ellos pruebas suficientes para proceder de un
modo o del otro. La Nueva Gaceta Renana se veía
pues obligada a suspender su publicación precisamente cuando el aumento
enormemente rápido de
la tirada aseguraba con creces su existencia. Los redactores se repartieron
entre las diversas regiones alemanas en las que aún se mantenía
o podía organizarse la insurrección; la mayoría se trasladó a París,
donde era inminente una nueva crisis.571 Ninguno de ellos
se libró de la cárcel o de la expulsión en el
curso de los movimientos de este verano,
sufriendo así la suerte que tan amablemente les
había anunciado y estaba dispuesta a depararles la policía
de Colonia. Parte de los cajistas se trasladaron al
Palatinado e ingresaron al ejército.
B Carlos Marx.
También la insurrección renana tenía que acabar trágicamente. Después de declarar en estado de sitio
a tres cuartas partes de la provincia y de arrojar a la prisión a cientos de
personas, la insurrección terminó con el fusilamiento de tres de los
asaltantes del arsenal de Prüm; en la víspera del cumpleaños de Federico
Guillermo IV de Hohenzollern.
“Vae victis!”c
c ¡Ay de los vencidos!
571 Se trasladaron a París, luego de suprimida
la Nueva Gaceta Renana, tres miembros de su redacción: Marx,
Wolff y Droncke. Por aquellos días el partido de la Montaña y los clubes
revolucionarios se ocupaban de organizar en París manifestaciones masivas
contra el partido del Orden, entonces en el poder.
716
El levantamiento EN BADEN se produjo bajo las condiciones más favorables en que puede estallar una
insurrección. El pueblo entero estaba unido en el odio a un gobierno pérfido,
felón y cruel en sus persecuciones políticas. Las clases reaccionarias, la
nobleza, la burocracia y la gran burguesía eran
poco numerosas. En Badén, la gran burguesía sólo existe en estado embrionario. Exceptuando a estos
pocos nobles, funcionarios y
burgueses, a los comerciantes de Karlsruhe y Baden-Baden
que vivían de la Corte y de los extranjeros
ricos, a unos cuantos profesores de Heidelberg y a los campesinos de media
docena de aldeas de los alrededores de Karlsruhe, todo el país se hallaba unido
en torno al movimiento. El ejército, que en otras insurrecciones había que
comenzar por vencer, al que aquí mortificaban más que en ninguna otra parte sus
oficiales de la nobleza, que desde hacía un año venía siendo trabajado por el
partido democrático y que últimamente, mediante la implantación de una especie
de servicio militar obligatorio, había abierto todavía más sus filas a los
elementos rebeldes; el ejército, se puso aquí a la cabeza del movimiento,
llevándolo todavía más lejos de lo que querían los
dirigentes burgueses de la Asamblea de Offenburg.572 Fue precisamente
el ejército el que en Rastatt y Karlsruhe convirtió el “movimiento” en una
insurrección.
717
Al tomar posesión, el gobierno insurreccional se
encontró, pues, con un ejército dispuesto, con arsenales abundantemente
abastecidos, una población casi unánime. Se encontró, además, con una
insurrección ya en marcha en la orilla izquierda del Rin, en el Palatinado, que
cubría su flanco izquierdo; en la Prusia renana, con una insurrección que,
aunque ya muy amenazada, no había sido
aplastada todavía; en Württemberg, en Franconia, en las dos demarcaciones de Hesse y en Nassau, con
un estado general de agitación que abarcaba incluso al
ejército y que sólo necesitaba una chispa para que la
insurrección de Baden se extendiera a todo el sur y el centro de Alemania,
poniendo a disposición de los sublevados a no menos de 50.000 a 60.000 hombres
de las tropas regulares.
Lo que debía hacerse en estas circunstancias es algo tan sencillo y tan evidente, que ahora, después de
sofocada la insurrección, todo el mundo lo sabe
y cualquiera podría haberlo dicho ya desde el primer
momento. Habría sido necesario, inmediatamente y sin un momento de vacilación,
extender la
insurrección a Hesse, Darmstadt, Fráncfort, Nassau y Württemberg. Concentrar sin pérdida de tiempo
a 8.000 o 10.000 hombres de las tropas regulares disponibles — cosa que podía haberse hecho en dos
días, con ayuda del ferrocarril— y lanzarlas sobre FRANCFORT “para prestar protección a la Asamblea
Nacional”. El aterrorizado gobierno de Hesse había quedado como petrificado por
evolos de la insurrección, que se sucedían uno tras otro; sus tropas
simpatizaban notoriamente con los de Baden
y no estaban, como no lo estaba tampoco el Senado de Fráncfort,573 en condiciones de oponer la menor
resistencia. Las tropas del Electorado de Hesse, Württemberg y Darmstadt
estacionadas en
FRANCFORT simpatizaban con el movimiento; las de Prusia —en su mayoría, renanas— vacilaban; las
austríacas eran
poco numerosas. La llegada de las de Baden, ya se
intentará impedirla o no, llevaría la insurrección
hasta el corazón mismo de las dos demarcaciones de Hesse y Nassau, obligaría a
los prusianos y austríacos a retirarse hasta Maguncia y colocaría a la
temblorosa sedicente Asamblea Nacional alemana bajo la influencia aterrorizadora
de una población y de un ejército sublevados. Y si
la insurrección no estallaba inmediatamente en el Mosela, en el Eifel, en Württemberg y en Franconia,
había medios sobrados para extenderla también a estas provincias.
572 El 12 de mayo de 1849 se celebró en
Offenburg (Badén) un congreso regional de las asambleas populares de Badén, el
cual se limitó a exigir la disolución del ministerio así como la convocatoria de una Asamblea Constituyente. Después de que las tropas apoyaran
al pueblo, el día 13, en una asamblea masiva, fue proclamado un programa
revolucionario exigiéndose que el poder pasara a manos de un comité
elegido por las asambleas populares de Badén.
573 Senado de Fráncfort: este “Senado!” era la corporación municipal de la ciudad de Francfort del Meno, que contaba con ciertas
funciones legislativas y administrativas.
718
Además, se habría debido centralizar el poder de la
insurrección, poner a disposición de ésta los medios económicos necesarios e
interesar por la insurrección a la gran mayoría de la población agrícola,
mediante la inmediata abolición de todas las cargas feudales. La implantación
de un poder
central común para la guerra y las finanzas, comenzando por Baden y el Palatinado y con atribuciones
plenas para emitir papel-moneda,* y la supresión de todas las cargas feudales en Baden y en cualquier
otro territorio ocupado por el ejército sublevado habrían bastado, por el
momento, para dar a la insurrección un carácter enérgico muy distinto.
* Las Cámaras de Baden habían autorizado, ya antes, una emisión de dos millones en papel-moneda, que jamás llegó a hacerse efectiva.
[Nota de Engels.]
Pero todo esto debió hacerse desde el primer momento para poder ponerlo en práctica con la premura
sin la cual no es posible asegurar el éxito. Ocho días después de constituirse
el Comité territorial, era ya demasiado tarde. La insurrección renana había
sido sofocada; Württemberg y Hesse no se movieron, y los destacamentos de
tropas al principio bien dispuestos se tornaron inseguros y
acabaron obedeciendo sin vacilar las órdenes de sus reaccionarios jefes. La insurrección había dejado
de ser un movimiento general alemán para convertirse en una insurrección local,
limitada a Baden y al Palatinado.
719
Según me han informado, ya terminada la lucha, el
ex suboficial del ejército de Baden F. Sigel, quien durante la insurrección
conquistó una gloria enana más o menos dudosa, primero como “coronel” y luego
como “general”, había presentado al Comité territorial, en los primeros
momentos, un plan según el cual debía tomarse la ofensiva. Este plan tenía el
mérito de contener la idea certera de que debía atacarse ante cualquier
circunstancia; fuera de esto, era el plan más aventurero que pudiera cavilarse. Sigel pretendía, primero, marchar sobre Hohenzollern con un cuerpo de ejército de Badén y
proclamar la República hohenzolleriana; luego, tomar Stuttgart y desde allí,
después de levantar a Württemberg, seguir a Nüremberg y establecer un gran campamento en el corazón de Franconia, que
se sublevaría también. Como se ve, este plan desdeñaba la importancia moral de
Francfort, cuya posesión
era la que daba al movimiento un
carácter general alemán, y hacía también
caso omiso de la
importancia estratégica de la línea de Maguncia. El plan presuponía, además, fuerzas de combate muy
otras de aquellas de que realmente se disponía.
Se comprende, pues, que, a la postre, después de una campaña
completamente quijotesca o digna de un Schill,574 el tal plan fuera un
fiasco y sólo lograra lanzar en seguida en contra de la insurrección al más
fuerte de los ejércitos y al único resueltamente enemigo entre los del sur de
Alemania, el ejército bávaro, ya antes de que reforzara sus
efectivos al pasarse a sus filas las tropas de Hesse y Nassau.
El nuevo gobierno no se prestó a ninguna clase de
ofensiva, bajo el pretexto de que casi todos los soldados se habían
dispersado y marchado a sus casas. Pero aun
prescindiendo de que este caso sólo se daba con respecto a
unas cuantas unidades, principalmente al regimiento de infantería, no era
ninguna excusa, pues los soldados dispersos podían haber estado casi
todos de nuevo en sus puestos en unos tres días.
La verdad era que el gobierno tenía sus razones, muy de otro orden, para oponerse a la ofensiva.
720
A la cabeza de toda la agitación que en Badén se mantenía en torno a la Constitución se hallaba el señor Brentano, abogado que aunaba a las ambiciones un tanto mezquinas de un político cortado a la medida
de los pequeños Estados alemanes y a esa aparente austeridad que en el sur de
Alemania es siempre la primera condición para la popularidad, una cierta
astucia diplomática, la suficiente para dominar por completo a cuantos le
rodeaban, exceptuando tal vez a uno. El señor Brentano —la afirmación
resulta ahora trivial, pero responde a la verdad— y su
partido, el más fuerte de Badén, se limitaron a reclamar en la
Asamblea de Offenburg aquellos cambios en la política del Gran Duque que sólo
eran viables con un ministerio Brentano. La respuesta del Gran Duque y la agitación general desatada
574 En 1809, cuando Prusia gozaba aún de paz
mientras Austria se veía obligada a luchar contra Napoleón, un oficial
prusiano, llamado Schill, se lanzó por cuenta propia y, al frente de
su regimiento, guerreó contra las tropas napoleónicas.
provocaron la revuelta militar
de Rastatt,575 pero contra la voluntad y la intención del citado
político. En el momento en que el señor Brentano fue designado presidente del
Comité territorial, se vio ya rebasado por el movimiento y trató de
entorpecerlo. Vino luego la refriega de Karlsruhe,576 el Gran
Duque emprendió la fuga, y las mismas circunstancias que habían llamado al señor Brentano a ponerse
a la cabeza del gobierno y le habían
conferido, por así
decirlo, poderes dictatoriales, hicieron fracasar todos sus planes, empujándole a emplear estos poderes contra el mismo movimiento que se los
había conferido. Mientras el pueblo manifestaba su júbilo por la
huida del Gran Duque, el señor Brentano y su Comité territorial estaban
como sobre ascuas.
721
Este Comité, formado casi exclusivamente por
honrados burgueses de Baden, animados de las más virtuosas intenciones, pero
con las cabezas llenas de confusión, por “republicanos puros” que
temblaban ante la sola idea de la proclamación de la república y se santiguaban ante cualquier medida
un poco enérgica; este Comité de auténticos fibsteos, estaba naturalmente por
entero en manos de Brentano. El papel que en Elberfeld había asumido el abogado Höchster lo asumió aquí, en un terreno
algo distinto, el abogado Brentano. De los tres elementos extraños que salieron
de la cárcel para
ocupar puestos en el Comité territorial, Blind, Fickler y Struve, el primero se dejó envolver de tal modo
por las intrigas de Brentano, que, viéndose solo, no tuvo más remedio que
trasladarse a París, al
destierro, como representante de Baden; Fickler hubo de aceptar una peligrosa misión en Stuttgart;577 por
su parte, Struve, a quien Brentano consideraba poco peligroso, fue dejado por
él tranquilamente
en el Comité, aunque vigilado y procurando hacerlo impopular, cosa que consiguió plenamente. Sabido
es cómo este Struve formó con otros varios el “Club del progreso radical” (en
realidad, moderado), disuelto luego, a consecuencia de una manifestación frustrada.578 Pocos
días después, Struve andaba por el Palatinado más o menos en situación de
“fugitivo”, intentando sacar de nuevo a luz su publicación titulada el Espectador
alemán. Apenas había salido de las prensas el número de prueba cuando
los prusianos entraban en la ciudad.
722
El Comité territorial, que había sido desde el
primer momento un mero instrumento en manos de Brentano, eligió un Comité
ejecutivo, presidido también por él. Este organismo ejecutivo no tardó en
desplazar totalmente al Comité territorial, al que permitía, a lo sumo,
ratificar los créditos y las medidas adoptadas, y alejó del Comité a los
miembros más o menos inseguros, a los que se encomendaron diversas misiones
subalternas en la administración local o en el ejército. Finalmente, el
Ejecutivo eliminó por completo al Comité territorial mediante la
“Constituyente”, elegida en su totalidad bajo la influencia de Brentano, y pasó
a convertirse en un “Gobierno provisional”, cuyo presidente
volvía a ser, naturalmente, el mismo señor Brentano. Él fue quien
nombró a los ministros.
¡Y qué ministros, Florian Mórdes y Mayerhofer!
El señor Brentano era el representante más idóneo
de la pequeña burguesía de Badén. Sólo se
distinguía de la masa de los pequeños burgueses y de
sus otros representantes en que era demasiado
575 Revuelta militar de Rastatt: esta
revuelta ocurrida en la fortaleza de ese nombre se inició el n de
mayo de 1849,
provocando un abierto levantamiento en Badén. El 8 de mayo unos tres mil soldados, amotinados, declararon que no querían ser instrumento de
sus oficiales en contra del pueblo y, de esa forma, se unieron a la Guardia
Cívica. El día 11, los oficiales arrestaron a
varios agitadores de los soldados, estallando de esa manera la insurrección de las tropas, que liberaron por la fuerza de las armas
a los soldados presos. Los oficiales del ejército lograron escapar de
la fortaleza de Rastatt. El día 12, soldados y vecinos del lugar, armados,
hicieron huir al general y jefe militar de Badén, que acudía desde Karlsruhe al
mando de tropas de refuerzo.
576 Refriega de Karlsruhe: el 13 de mayo de 1849, la guarnición de Karlsruhe, capital de Badén, se sublevó y expulsó a sus oficiales. La
Guardia Cívica, en la cual se apoyaba Brentano, defendió el arsenal de la
ciudad contra los atacantes. El Gran Duque se
vio obligado a huir. El 14 de mayo se presentó Brentano en Karlsruhe para ponerse al frente de un gobierno provisional, “en nombre del
Gran Duque ausente”.
577 Fickler, una de las figuras
más progresistas del movimiento revolucionario en Baden, fue comisionado por
Brentano para concertar con el gobierno de Wiirtemberg acerca de
la neutralidad de ese reino en Stuttgart. Pero el 3 de junio de 1849
Fickler fue arrestado. El Gobierno provisional de Baden respondió con una incierta y vacilante movilización militar, del todo insuficiente e
inexplicable.
578 Club del progreso radical: organización
fundada el 5 de junio de 1849 en Karlsruhe por el ala radical de los
demócratas pequeño burgueses y los republicanos (Struve, Tzschirner, Heinzen y otros).
El club propuso a Brentano extender la revolución más allá
de las fronteras de Baden y el Palatinado y reponer en el gobierno a los
elementos radicales. Al recibir una negativa
a dicha propuesta, los miembros del club intentaron amenazar al gobierno con una demostración armada el 6 de junio. El gobierno los
sometió, con la ayuda de la Guardia Civil y otras unidades armadas. El club fue
entonces disuelto.
perspicaz para compartir todas sus ilusiones. El
señor Brentano traicionó la insurrección badense desde el primer momento, y la
traicionó precisamente porque desde el primer momento conocía
la situación más exactamente que cualquier otro personaje oficial de Badén y
porque adoptó las únicas medidas que podían asegurar el
poder de la pequeña burguesía, pero que, al mismo tiempo y
por ello mismo, tenían necesariamente que dar al traste con toda la
insurrección. He aquí el secreto de la ilimitada popularidad de que entonces
llegó a gozar Brentano y, al mismo tiempo, de los denuestos que desde el mes de
julio lanzaron contra él quienes habían sido sus fervientes admiradores. Los
pequeños burgueses de Badén eran, en masa, tan traidores como el propio
Brentano; pero se vieron, al mismo tiempo, defraudados, lo que no ocurrió con
su jefe. Ellos traicionaron por cobardía y se dejaron engañar por necedad.
En Badén, como en general en el sur de Alemania,
apenas existe la gran burguesía. La industria y el comercio de la región son
insignificantes. De ahí que sólo exista también un proletariado muy poco
numeroso, muy disperso y poco desarrollado. La gran masa de la población está
formada por campesinos (la mayoría), pequeños burgueses y oficiales artesanos.
723
Estos últimos, los trabajadores urbanos,
desperdigados en pequeñas ciudades, sin ningún centro importante en que pudiera
desarrollarse un partido obrero independiente, se hallan, o por lo menos
se hallaban hasta ahora, bajo la influencia social y política predominante de la pequeña burguesía. Los
campesinos, todavía más desperdigados que aquéllos
a lo largo de la región y sin
medios de contacto, tienen ya de suyo intereses en parte coincidentes
y en parte, por así decirlo, paralelos con los de la pequeña burguesía, lo que explica por qué se hallaban también bajo la tutela política de ésta. Por tanto,
la pequeña burguesía, representada por profesionistas: abogados, médicos, maestros
de escuela, etc., y algunos comerciantes y libreros, dominaba, en parte
directamente y en parte por medio de sus representantes, todo el movimiento
político que se desarrollaba en Badén desde marzo de 1848.
A esta ausencia de la contradicción entre burguesía
y proletariado y al consiguiente predominio político de la pequeña burguesía
hay que atribuir el hecho de que en Badén no haya existido nunca, propiamente
hablando, una agitación socialista. Los elementos socialistas importados de
fuera, ya fuesen por mediación de obreros que habían estado en países más
avanzados, ya a través de la influencia de la literatura socialista y comunista
francesa o alemana, nunca podían abrirse paso. En Badén, emblemas como la cinta roja o la bandera del mismo color simbolizaban la república burguesa,
salpicada cuando mucho con algo de terrorismo, y la frase de las “seis plagas
de la humanidad”579 denunciadas por el señor Struve, aunque aparecieran
rodeadas de inocencia burguesa, era lo más extremo que
podía encontrar eco en la masa. El supremo ideal del
pequeño burgués y del campesino, en Badén, seguía siendo la
pequeña república campesino-burguesa que desde 1830 existe en Suiza.
724
Un limitado campo de acción para gente pequeña y
modesta; el Estado, un municipio un poco más extenso, un “evolú”; una pequeña
industria estable, basada en el trabajo manual y, a la medida de ella, una
sociedad igualmente estable y adormilada; poca riqueza, poca pobreza, todo
nivel medio y mediocridad; ni monarca, ni lista civil, ni ejército permanente y
escasos impuestos; ninguna participación activa en la historia, ninguna
política exterior, solamente pequeñas habladurías locales dentro de casa y
pequeñas rencillas en famille;a nada de gran industria, ni de
ferrocarriles, ni de comercio mundial, ni de conflictos sociales entre
millonarios y proletarios, sino una vida tranquila, apacible y honrada en paz y
en gracia de Dios y en el recato de las almas tranquilas que carecen de
historia: he allí la dulce Arcadia suiza, por cuya introducción en su país
suspiran desde hace años el campesino y el pequeño burgués de Badén y,
digámoslo, del sur de Alemania se ensancha hasta
abarcarla toda, se representa ante él el ideal del futuro de Alemania bajo la forma de una Suiza grande,
es decir, bajo la forma de la República federativa. Así,
vemos que el señor Struve, en un folleto, divide el
territorio alemán en veinticuatro cantones, con otros
tantos “gobernadores” y grandes y pequeños consejeros,
e incluso acompaña el citado
folleto de un mapa con la división cantonal ya preparada. Si
579 Estas seis plagas eran, según Struve: la
monarquía, la nobleza hereditaria, la burocracia, el ejército permanente,
el clero y el poder de los magnates financieros.
algún día llegara Alemania a convertirse en
semejante Arcadia, caería con ello en un grado de degradación como no se lo
habría podido imaginar ni en los tiempos más ignominiosos.
A En familia.
Entre tanto, los pequeños burgueses del sur de
Alemania habían pasado ya más de una vez por la
experiencia de que una revolución, aunque tremolara su propia bandera republicano-burguesa, podía
fácilmente arrastrar a su amada y apacible Arcadia a un torbellino de conflictos gigantescos y de luchas
de clases muy reales. De allí el temor de los pequeños burgueses no sólo a cualquier
conmoción
revolucionaria, sino incluso a su propio ideal de la república federada del tabaco y la cerveza. Y de allí
también su entusiasmo por la Constitución del Imperio, que, por lo menos,
satisfacía sus intereses inmediatos y les daba la esperanza, en
vista del veto puramente suspensivo del emperador, de poder
implantar algún día la república por la vía legal. De allí, por último, su asombro cuando vieron
que las tropas de Badén, sin consultarles, les servían
en bandeja una insurrección lista y acabada,
y su miedo a extenderla más allá de las fronteras del futuro cantón
badense. No fuese el incendio a comunicarse
a zonas en las que hubiera grandes burgueses y un proletariado en masa y en las que entregara a éstos
el poder, pues entonces podría peligrar la propiedad.
725
¿Qué hizo, en estas circunstancias,
el señor Brentano?
Lo que en la Prusia renana había hecho conscientemente la pequeña burguesía, lo hizo él en Badén
para ella: traicionó la insurrección, pero salvó a la pequeña burguesía.
No traicionó a la revolución, en modo alguno, como se lo imaginaba el pequeño burgués de Badén, por
fin desengañado, con sus últimos actos, con su deserción después de la derrota junto al Murg, sino, ya
desde el primer momento. Fueron precisamente las medidas que los filisteos de Badén, y con ellos una
parte de los campesinos e incluso los artesanos, habían aclamado con mayor
júbilo, las que traicionaron el movimiento, entregándolo
a los prusianos. Y precisamente porque traicionaba se hizo
Brentano tan popular, se captó el fanático entusiasmo de la pequeña burguesía.
Encantado con la rápida instauración del orden y la seguridad y con el
entorpecimiento momentáneo del movimiento, el pequeño burgués no echaba de ver
la traición cometida contra éste; y cuando ya era tarde, cuando habiéndose
comprometido en el movimiento vio a éste perdido y se vio perdido a sí mismo
con él, se puso a aclamar “¡Traición!”, y se abalanzó sobre su más leal
servidor con toda la indignación del hombre honrado cuando se le estafa.
Claro está que también
el señor Brentano ha sido estafado. Esperaba salir del movimiento convertido
en el gran hombre del partido “moderado”, es decir, precisamente de la pequeña
burguesía, y, entre
las sombras de la noche y en medio de la niebla tuvo que escapar de su propio partido y de sus mejores
amigos, iluminados de pronto por
el resplandor de un miedo atroz. Había llegado
a confiar incluso en la posibilidad de ocupar un puesto de ministro
del Gran Duque y, en premio a su maquiavelismo, no hizo más que recibir los
puntapiés de todos los partidarios, viéndose incapacitado para llegar a
representar nunca el menor papel. No cabe duda de que se puede ser más listo que todos los pequeños
burgueses juntos de cualquier mísero Estado alemán y, sin embargo, o por ello
mismo, quedar defraudado en sus más bellas esperanzas y ver cubiertas de lodo
sus más nobles intenciones.
726
Desde el primer día de su gobierno, el señor Brentano hizo cuanto pudo para mantener el movimiento
dentro de los diques pequeño burgueses, que apenas si intentó rebasar. Bajo la
protección de la
Guardia Cívica de Karlsruhe, sumisa al Gran Duque, la misma que un día antes se había batido en contra
del movimiento, se instaló en la Casa de los Estamentos para refrenar desde
allí la insurrección. La
recuperación de los soldados desertores se llevó a cabo con la mayor indolencia, y no se puso tampoco
mayor prisa en la reorganización de los batallones. En
cambio, se armó sin pérdida de momento a los pequeños
burgueses desarmados de Mannheim, que todo el mundo sabía que no se batirían y
que, después del combate de Wagháusel, llegaron a sumarse, en gran parte, a la
traición cometida contra Mannheim por un regimiento de dragones. Ni se hizo
mención de una posible marcha sobre FRANCFORT o Stuttgart o de extender la
insurrección a Nassau o Hesse. Si a alguien se le ocurría
proponer alguna medida de este género, se daba de lado inmediatamente a la propuesta, como se había
hecho con la de Sigel. Hablar de la emisión de papel moneda habría sido
algo así como proponer un
delito de Estado, caer en el comunismo. El
Palatinado envía un emisario tras otro para decir que estaban desarmados, que
no tenían fusiles, y no digamos cañones ni munición, que necesitaban todo lo
que hacía falta para una insurrección, principalmente para tomar las fortalezas
de Landau y Germersheim; pero el señor Brentano no suministraba nada. Se pedía
la inmediata implantación de un mando militar único, e incluso la unificación
de ambos Estados bajo un solo gobierno. A todo se daba largas. Creo que lo único
que consiguió el Palatinado fue un pequeño envío de dinero; después,
ya demasiado tarde, llegaron ocho cañones y un poco de munición, sin
dotación ni tiro, y, por último,
obedeciendo las órdenes directas de Mieroslawski, un batallón de Badén y dos morteros, de los cuales,
si mal no recuerdo, sólo uno llegó a hacer un disparo.
727
Estas dilaciones y este empeño en no adoptar las
medidas necesarias para llevar adelante la insurrección habían
condenado ya
al fracaso todo el movimiento. Y la misma abulia se mantenía en
la política interior. De la abolición de las cargas feudales, ni hablar; el
señor Brentano sabía perfectamente bien que había entre los campesinos, sobre
todo en las tierras altas, más elementos revolucionarios de los que él habría
deseado y que, por tanto, le convenía más frenarlos que empujarlos todavía más
de lleno al movimiento. Los nuevos funcionarios eran, en su mayoría, criaturas
de Brentano o personas totalmente incapaces; los viejos, salvo aquellos que se
habían comprometido demasiado abiertamente con la reacción en los últimos doce
meses y que, por tanto, habían desertado por sí mismos, seguían ocupando todos
sus puestos, con gran fruición de los ciudadanos del orden. Hasta el señor
Struve, todavía en los últimos días del mes de mayo, seguía
elogiando a la “revolución” por el hecho de que todo se hubiese desarrollado en un orden tan perfecto
y de que casi todos los funcionarios pudieran seguir ocupando sus cargos. Por
lo demás, el señor Brentano y sus agentes procuraban
que todo volviera, dentro de lo posible, a los
viejos cauces, que se produjeran los menos trastornos y quebrantos
posibles y que desapareciera cuanto antes el aspecto revolucionario del país.
728
La misma rutina prevalecía en la organización
militar. Se hacía únicamente lo que se consideraba imposible dejar de hacer.
Las tropas carecían de jefes, de ocupación y de orden; el incapaz “ministro de
la Guerra” Eichfeld y su sucesor, el traidor Mayerhofer, no sabían siquiera
distribuirlas
pasablemente. Los convoyes de tropas se entrecruzaban
en las vías férreas, sin resultado ni finalidad.
Los batallones eran enviados hoy en un sentido y al día siguiente se les ordenaba dar la vuelta, sin que
nadie pudiera decir por qué ni para qué. En las guarniciones, andaban de
taberna en taberna,
sencillamente porque no tenían otra cosa que hacer. Tal parecía como si existiera el propósito decidido
de desmoralizar a las tropas, como si el gobierno se propusiera, efectivamente, matar en ellas el último
vestigio de disciplina. Se encomendó al conocido J. F. Becker, naturalizado
suizo y oficial del ejército helvético, la organización de la primera leva de
la llamada Milicia Popular, es decir, de todos los hombres no mayores de treinta años capaces de empuñar las armas. No podríamos asegurar hasta qué
punto Brentano le estorbó en el cumplimiento de su misión. Lo que sí sabemos es
que, después de replegarse sobre territorio de Badén el ejército del
Palatinado, y cuando ya no era posible seguir rechazando las imperativas
exigencias de aquellos soldados mal vestidos y mal armados, el señor Brentano
se lavó las manos con las siguientes palabras: CÍPor mí, podéis entregarles lo
que queráis; pero cuando regrese el Gran Duque, sabrá, por lo menos, quiénes han dilapidado sus pertrechos”. Por
eso hay razones para creer que la desorganización total o parcial de la Milicia
Popular de Badén se debía también, al menos en lo fundamental, al propio
ciudadano Brentano y a la mala voluntad o la torpeza de los comisarios locales
designados por él.
Cuando, después de la supresión de la Nueva
Gaceta Renana, Marx y yo nos presentamos primeramente en Badén —el 20 o 21
de mayo, o sea más de ocho días después de la huida del Gran Duque—, nos
produjo asombro el enorme descuido con
que se vigilaba, o, mejor dicho, no se vigilaba
la frontera. De FRANCFORT a Heppenheim, toda la vía férrea ocupada por tropas
del Imperio procedentes de Württemberg y Hesse; las mismas ciudades de
FRANCFORT y Darmstadt, llenas también de tropa; todas las estaciones y todos
los pueblos, ocupados por fuertes destacamentos; puestos de avanzada,
disturbios en toda regla hasta llegar a la frontera. En cambio, desde ésta
hasta
Weinheim no se veía un solo hombre; en Weinheim, tampoco. La única medida de cautela que se había
tomado era la demolición de un pequeño tramo ferroviario entre Heppenheim y Weinheim. Fue
durante nuestra presencia allí
cuando llegó a Weinheim un pequeño destacamento
del regimiento de los guardias de corps, que no excedería de
veinticuatro hombres. Desde Weinheim hasta Mannheim, volvía a reinar la paz más
absoluta; a lo sumo, se veía de trecho en trecho alguno que otro miliciano
suelto y muy alegre, que más bien parecía evadido o desertor
que soldado en servicio. Naturalmente,
nadie se ocupaba de revisar los documentos en la frontera. Cualquiera podía entrar o salir como Pedro
por su casa.
729
En Mannheim se respiraba ya un ambiente un poco guerrero. Se veían tropeles de soldados plantados
en la calle o sentados en las tabernas. La Milicia Popular y la Guardia Cívica hacían la instrucción en el
parque, aunque casi siempre de un modo bastante desmañado y con malos
instructores. En el Ayuntamiento, deliberaban sentados multitud de comités,
viejos y nuevos oficiales en uniforme y blusa. El pueblo se mezclaba entre los
soldados y milicianos, se bebía, se reía y se repartían grandes abrazos. Pero
en seguida se daba uno cuenta de que el primer impulso había pasado ya y de que
muchos se sentían desengañados. Los soldados no recataban su descontento:
“¡Hemos hecho la insurrección — decían— y ahora que les ha llegado el turno a
los civiles y que éstos deben asumir la
dirección, dejan que todo se vaya al diablo!” Y no estaban contentos tampoco con sus nuevos oficiales;
éstos no veían con buenos ojos a los viejos oficiales del Gran Duque, que
seguían abundando a pesar de que todos los días desertaban algunos: los viejos
oficiales se veían metidos contra su voluntad en una situación
fatal de la que no sabían
cómo salir. Finalmente, todo el mundo se quejaba de la falta de
una dirección enérgica y capaz.
En la otra orilla del Rin, en Ludwigshafen, el
movimiento se mostraba ya bajo un aspecto mucho más halagüeño. Mientras en
Mannheim un gran número de hombres jóvenes que allí se hallaban,
manifiestamente en edad de ser movilizados, se dedicaban tranquilamente a sus asuntos como si nada
ocurriera, aquí todo el mundo estaba armado. Claro está que no ocurría lo mismo en todo el Palatinado,
como más tarde se demostraría. En Ludwigshafen reinaba la más perfecta unanimidad entre militares
y milicianos. En las tabernas, también aquí abarrotadas, como es natural,
resonaban la Marsellesa y otros cantos por el
estilo. Nadie se quejaba, nadie gruñía; la gente se reía,
estaba en cuerpo y alma con el movimiento y se hacían
entonces, principalmente entre los fusileros y los milicianos, alusiones
todavía muy perdonables e inocentes acerca de su invencibilidad.
730
Las cosas revestían, en Karlsruhe, una mayor
solemnidad. En el Hotel de París estaba anunciada la Table d’hóteb para la
una. Pero no se comenzó a comer hasta que llegaron “los señores del Comité
territorial”. Estas pequeñas atenciones daban ya al movimiento un
tranquilizador tinte burocrático.
B Mesa redonda.
Expresamos ante diversos señores del comité la opinión
más arriba expuesta de que se habría debido
marchar desde el primer momento sobre FRANCFORT y extender así
la insurrección, pero que ahora era ya, muy probablemente,
demasiado tarde y que el movimiento debía considerarse
irremediablemente perdido, de no producirse una batalla decisiva en Hungría o una nueva revolución
en París. Nuestras heréticas aseveraciones provocaron una indignación
indescriptible en estos ciudadanos del Comité territorial. Solamente Blind y
Goegg se mostraron de acuerdo con nosotros. Ahora que los acontecimientos nos
han dado la razón, resulta que aquellos mismos señores habían insistido
siempre, naturalmente, en luchar a la ofensiva.
En Karlsruhe se manifestaban ya por entonces los
primeros brotes de aquella grandiosa cacería por
los cargos públicos que se hacía pasar por el empeño de salvar a la patria, bajo el no menos grandioso
título de “concentración de todas las fuerzas democráticas de Alemania”. Quien
un día había declamado en cualquier club, en
términos más o menos confusos, o había gritado en
cualquier oscura
hojilla democrática su odio contra el tirano, volaba ahora a Karlsruhe o Kaiserlautern para convertirse
en seguida en un personaje.
731
Entre los sujetos de esta especie se encontraba en
Karlsruhe un conocido y supuestamente filosófico Atta Troll,580 ex
diputado de la Asamblea de FRANCFORT y ex redactor de una hojilla supuestamente
democrática, suprimida por Manteuffel a pesar de los ofrecimientos de nuestro Atta Troll. Este tal puso
gran empeño en pescar el puestecillo de embajador de Badén en París, para el
que se creía especialmente capacitado, puesto que había residido dos años en
aquella capital sin aprender ni una palabra de francés. Muy contento de haberle
arrancado al señor Brentano las cartas credenciales, ya estaba haciendo las
maletas cuando Brentano, de repente, lo mandó llamar y le sacó las cartas
credenciales del bolsillo. No hay que decir que, ahora, para darle en la cabeza
al señor Brentano, fue precisamente cuando Atta Troll se trasladó a París.
Otro ciudadano bien intencionado que se encontraba
en Karlsruhe era el señor Heinzen, que desde hacía unos cuantos años venía
amenazando con revolucionar y republicanizar a Alemania. Como es
sabido, este buen hombre había aconsejado en todas partes, ya antes de la revolución de Febrero, que
se “pegara duro”; pero después de la revolución había considerado más prudente
contemplar las diferentes insurrecciones alemanas desde las altas montañas neutrales de Suiza. Hasta que, ahora, por
último, le entraron de pronto ganas de pegar duro “a los que apremiaban”. A
juzgar por su consigna
anterior: “Kossuth es un gran hombre pero se ha olvidado del fulminante) había que esperar de él que
organizaría contra Prusia, sin pérdida de tiempo, las más
gigantescas y hasta entonces insospechadas fuerzas de destrucción. Nada de
esto. No siendo viables, a lo que parece, planes más ambiciosos, nuestro
tiranicida se contentó, según se dice, con la formación de un cuerpo
republicano escogido, escribir entre tanto en la Gaceta de Karlsruhe581 algunos artículos a favor de Brentano y visitar el club
de los progresistas radicales.
732
El club fue disuelto, el cuerpo republicano
escogido no llegó a formarse, y el señor Heinzen acabó dándose cuenta de que ni
siquiera él podía seguir defendiendo la política de Brentano. Ignorado,
desgastado y malhumorado, se trasladó primeramente a las tierras altas de Badén y de allí pasó a Suiza
sin haber podido abatir a uno solo “de los que apremiaban”. Ahora se venga de
ellos en Londres, guillotinando a millones de estos elementos, en effigie.c
c En espíritu.
A la mañana siguiente, partimos de Karlsruhe
para hacer una visita al Palatinado.
Poco es lo que me resta decir del curso ulterior de la insurrección en Badén, con respecto a la dirección
de la política general y de la administración civil. Cuando Brentano se sintió
lo bastante fuerte para
ello, aplastó de un puñetazo la mansa oposición que le hacía el club del progreso radical. La “Asamblea
Constituyente”,582 elegida bajo la influencia de la inmensa popularidad de
Brentano y de la pequeña burguesía que todo lo gobernaba, dijo amén a todos sus
pasos. El “Gobierno provisional con poderes dictatoriales”583 (¡una
dictadura bajo una supuesta Convención!) se hallaba por entero en sus manos.
Así siguió gobernando: estorbaba el desarrollo revolucionario y militar de la insurrección, cuidaba de
que se atendiera tan bien que mald a los asuntos en curso y velaba
celosamente por las provisiones y
las propiedades privadas del Gran Duque, a quien en adelante siguió considerando como su soberano
legítimo por la Gracia de Dios. Declaró en
la Gaceta de Karlsruhe que el Gran
Duque podía regresar en
cualquier momento, y, en efecto, el palacio ducal permaneció todo el tiempo cerrado, como si su dueño
hubiera salido de viaje. A los emisarios del Palatinado les daba largas con vagas respuestas; lo más que
pudo conseguirse fue la implantación del mando militar único bajo Mieroslawski
y un convenio suprimiendo el tributo de peaje en el puente que unía a
Mannheim con Ludwigshafen, pero sin que
580 Atta Troll: personaje de un
poema de Heine con el que se satiriza a ciertos demócratas pequeño burgueses
alemanes, campeones de la igualdad universal. Engels alude aquí a Arnold
Ruge, a quien Marx y Engels retratan en su sátira sobre “Los grandes
hombres del destierro”
581 Karlsruher Zeitung: periódico
fundado después de 1830. Antes y después de 1848, fue órgano oficial del
gobierno, incluso bajo Brentano. De órgano del gobierno “granducal”, pasó
a serlo del Comité regional, que encabezaba la campaña en pro de
la Constitución, para luego recobrar su posición anterior a la entrada de
las tropas prusianas en Karlsruhe.
582 La Asamblea Constituyente de Badén estaba
formada por 74 diputados. Abrió sus sesiones en Karlsruhe el 10 de junio
de 1849. La última sesión se celebró el 2 de julio de ese mismo año en Friburgo, adonde se había trasladado a fines del mes anterior. 583 La
“ Ley para crear un Gobierno provisional
con poderes dictatoriales” fue publicada en la Gaceta
de Karlsruhe (núm. 34, del 21 de junio de 1849).
ello fuese obstáculo para que el señor Brentano
siguiera percibiendo este tributo del lado de Mannheim.
D Medianamente.
733
Cuando, por último, Mieroslawski, después de la
batalla de Wagháusel y Ubstadt, se vio obligado a replegarse con los restos de
su ejército al otro lado del Murg, cruzando la montaña, cuando fue
necesario evacuar Karlsruhe, con gran cantidad de pertrechos y provisiones, y cuando la derrota junto
al río Murg selló la suerte del movimiento, se
esfumaron las ilusiones de los burgueses, campesinos y
soldados de Badén y se levantó un clamor general, diciendo que Brentano los
había traicionado. Se vino a tierra de golpe y porrazo todo el edificio de la
popularidad de Brentano, levantado por la cobardía de los pequeños
burgueses, la dependencia de los campesinos
y la falta de concentración de los obreros.
Brentano huyó a Suiza al
amparo de la noche y de la niebla,
perseguido por el estigma de
alta traición lanzado contra él por su propia “Constituyente”, y fue a esconderse en Feuerthalen, cantón
de Zurich.
Podría uno pensar que el señor Brentano ha sido ya
bastante castigado con el total derrumbamiento de su posición política y el
desprecio general de todos los partidos por su traición. La derrota del
movimiento de Badén no tiene gran importancia. Lo ocurrido el 13 de junio en
París584 y la negativa
de Górgey a marchar sobre Viena585 acabaron con todas las perspectivas que aún se abrían ante Baden
y el Palatinado, aun suponiendo que hubiesen logrado trasplantar el movimiento
a Hesse, Württemberg y Franconia. Habrían caído más honrosamente, pero de todos modos habrían caído. Pero
lo que el partido revolucionario no perdonará jamás al señor Brentano ni
perdonará tampoco a la cobarde pequeña burguesía hádense que le sostuvo, es el
haber sido directamente responsable de la muerte de los fusilados en Karlsruhe,
Friburgo y Rastatt, y de las innumerables víctimas anónimas asesinadas también
por los prusianos en las casamatas de Rastatt por medio del tifus.
En el segundo cuaderno de esta Revue narraré
lo sucedido en el Palatinado y describiré al final la
campaña librada aquí en Baden. Para eliminarla de todas las corporaciones republicanas, afianzando,
así, el poder de la gran burguesía y el triunfo de la contrarrevolución.
584 El 13 de
junio, en París, el partido de la Montaña de
1848-1849, representante de “una masa que oscilaba entre la
burguesía y el proletariado” (Marx), exigió que se pusiera
fin a la intervención de las tropas francesas contra
la República
romana y llamó a una manifestación pacífica en defensa de la Constitución y contra el gobierno. La pequeña burguesía, por temor al proletariado, impidió el levantamiento armado. Esta actitud condujo a
la derrota del 13 de
junio, y el llamado partido del Orden se
aprovechó de este fracaso de la Montaña
585 Arthur von Górgey: comandante
en jefe del ejército revolucionario húngaro y partidario de un acuerdo con los
Habsburgos; hacía labor de zapa contra la campaña militar revolucionaria. En abril de 1849 el ejército húngaro ocupaba posiciones favorables que permitían asegurar la victoria mediante una marcha sobre Viena, con lo que se habría dado un nuevo impulso al movimiento revolucionario
europeo. Sin embargo, al emplazar su sitio en el barrio de Buda, en Ofen, en
mayo de 1849, permitió al ejército imperial austriaco pasar a la
contraofensiva.
735
III. EL PALATINADO
DE KARLSRUHE PASAMOS AL PALATINADO, DETENIÉNDONOS Antes
en Espira, donde nos habían dicho que encontraríamos a d’Ester y el Gobierno
provisional. Pero ya habían salido de allí para Kaiserslautern, donde el
gobierno fijó su sede definitiva, por considerar aquel lugar como “el punto más
estratégico de todo el Palatinado”. En Espira encontramos, en cambio, a Willich
con sus voluntarios. Con un cuerpo de doscientos soldados mantenía a raya a las
guarniciones de Landau y Germersheim, que sumaban más de 4.000 hombres, les
cortaba los accesos y los hostilizaba de todas las maneras posibles. Aquel
mismo día, había atacado con unos ochenta tiradores dos compañías de la
guarnición de Germersheim. A la mañana siguiente, acompañados de Willich,
seguimos viaje a Kaiserslautern, donde encontramos a d’Ester, al Gobierno, provisional
y a la flor y nata de la democracia alemana. Tampoco aquí podía hablarse,
naturalmente, de la participación oficial en el movimiento, a la que nuestro
partido era completamente ajeno. Nos retiramos, pues, por un par de
días hacia Bingen, pero en el camino, acompañados por varios amigos, fuimos detenidos por tropas de
Hesse, como sospechosos de tomar parte en la insurrección y conducidos a
Darmstadt y de allí a Fráncfort, donde por fin nos pusieron en libertad.
Poco después, salimos de Bingen, y Marx partió hacia París — donde era evolúo un acontecimiento
decisivo—, con un mandato del Comité democrático central, para que representara
al partido
revolucionario alemán ante los socialdemócratas franceses.586 Yo volví a Kaiserslautern, con intención
de instalarme allí como simple refugiado político y, más tarde, si se presentaba una ocasión oportuna,
al estallar la lucha, ocupar la única posición que la Nueva Gaceta
Renana podía asumir en un movimiento como éste: la de soldado.
736
Quien haya visitado solamente una vez el Palatinado
comprenderá que cualquier movimiento que se produzca en esta región rica en
vino y de buenos bebedores tiene que asumir necesariamente un carácter
sumamente alegre y jocoso. Se había dado de lado de una vez a los pesados y
pedantescos bebedores de cerveza de la vieja Baviera, poniendo en su lugar,
como funcionarios, a los buenos catadores de vino del Palatinado.
Se habían mandado al diablo, por fin, aquellas mortificaciones
de la policía bávara, que se daba aires de tanta importancia y de la que
tan graciosamente se burlaban las Hojas Volantes,587 por lo
demás bastante insustanciosas, mortificaciones que resultaban intolerables
sobre todo para las buenas personas del Palatinado. La proclamación de la libertad de levantar el codo
fue el primer acto revolucionario de este pueblo: todo
el Palatinado se convirtió en una gran taberna, y las
enormes cantidades de vino consumidas durante estas seis semanas, “en nombre
del pueblo Palatinado”, excedían todos los cálculos. Aunque la participación
activa en el movimiento distaba mucho de ser aquí tan grande como en Baden,
pues existían muchas comarcas reaccionarias, toda la población participaba
unánimemente de esta entrega general al vaso de vino y hasta los pequeños
burgueses y campesinos más reaccionarios se vieron arrastrados a la alegría
general.
737
No hacía falta ser un profeta para pronosticar qué
amargo desengaño depararía en pocas semanas el ejército prusiano a estos
divertidos palatinenses. Y, sin embargo, era contada la gente del Palatinado
que no vivía entregada a la seguridad más absoluta. Muy
pocos creían que llegarían a presentarse las tropas prusianas, pero
de que si se presentaban, serían rechazadas con la mayor facilidad, de eso
estaban seguros todos. Aquel sombrío talante de gente virtuosa cuya divisa: “ Firmeza
y seriedad”, llevaban grabada en la frente los oficiales de la
Milicia Popular de Badén y que, sin embargo, no sería
586 Engels hace referencia a la coalición
establecida entre los demócratas y socialistas pequeño burgueses agrupados en
el Réforme bajo la dirección de
Ledru-Rollin y Louis Blanc. Una parte de
los obreros franceses se hallaba bajo la influencia de
estos llamados “socialdemócratas”. El inminente acontecimiento decisivo a que alude Engels son los sucesos producidos en París el 13 de
junio de 1849 (véase supra, nota 584).
587 Fliegende Blätter: semanario satírico fundado en la ciudad de Munich en 1845.
obstáculo para que se produjeran todas aquellas
maravillas de que tendré que hablar más adelante, aquella pedante solemnidad
que el carácter pequeño burgués del movimiento
había impreso a la mayoría de sus copartícipes en
Badén, no se veía aquí por ninguna parte. En el Palatinado, la “seriedad” era secundaria. La “seriedad”
y el “entusiasmo” sólo servían aquí para paliar un poco el regocijo general. Pero la gente del Palatinado
era lo suficientemente “seria” y “entusiasta” para creerse invencible frente a
todas las potencias del mundo, y muy especialmente frente al ejército prusiano.
Y si, en momentos de quietud y meditación, apuntaba una
leve duda, se le daba de lado con este irresistible
argumento: “Aunque fuese así, no convendría decirlo”. Claro está que, al
alargarse el movimiento y hacerse más innegables y amenazadoras las
concentraciones de los batallones prusianos desde Saarbrücken hasta Kreuznach,
menudeaban más aquellas dudas, pero aumentaba también, precisamente entre los
escépticos y los miedosos, la fanfarronería con que se proclamaba la
invencibilidad de un “pueblo apasionado por su libertad”,
como se llamaban los palatinenses. Esta fanfarronería no tardó en convertirse en un sistema completo
de aturdimiento que, favorecido en demasía por el gobierno, embotaba toda
actividad encaminada a la defensa y exponía al peligro de verse detenido como
reaccionario a quien se opusiera a ella.
Esta seguridad y
esta jactanciosa ponderación del “entusiasmo” invencible del
pueblo del Palatinado,
unidas a los escasos recursos materiales de que disponía el reducido terreno en que se libraba la lucha,
constituían el lado cómico de la “insurrección” en esta zona y brindaban
materia sobrada para el regocijo a las pocas personas a quienes sus ideas
avanzadas y su posición independiente permitían juzgar las cosas por su cuenta
propia.
738
Visto por fuera, todo el movimiento del Palatinado
presentaba un carácter alegre, optimista y despreocupado. En Badén cualquier
suboficial recientemente nombrado, ya fuese de las tropas de línea o de la
Milicia Popular, se embutía en un pesado uniforme y se pavoneaba con sus
charreteras plateadas, que, más tarde, al llegar la hora del combate, iban
inmediatamente a parar a los bolsillos,
pero en el Palatinado la gente era más razonable. Tan pronto se hicieron sentir los grandes calores de
los primeros días de junio, desaparecieron de la vista todas las guerreras,
chalecos y corbatas, sustituidas por blusas ligeras. Parecía como si con
la vieja burocracia se hubiese sacudido también la
coacción de las viejas convenciones sociales. Todo el mundo vestía como mejor le parecía, atendiendo
sólo a su comodidad y a la estación del año; y con las diferencias en el vestir
desaparecían también, por el momento, cualesquiera otras relacionadas con
el trato social. Todas las clases de la sociedad se
reunían en los mismos locales públicos, y un socialista candoroso y entusiasta
habría podido ver en este trato social sin trabas la aurora de la fraternidad
universal.
Espejo del Palatinado era, en esto, su Gobierno
provisional. Casi todos los que formaban parte de él eran apacibles y buenos
bebedores, a quienes nada asombraba tanto como el verse de pronto
convertidos en Gobierno provisional de su patria, predilecta de Baco. Y, sin embargo, no puede negarse
que aquellos alegres gobernantes se comportaron mejor y realizaron una labor
comparativamente más fecunda que sus vecinos de Badén encabezados por las
“grandes virtudes” de Brentano. Por lo menos, los animaba la buena voluntad
y, a pesar de gustarles el vino, demostraron tener mejor juicio que
los serios y pedantescos señores de Karlsruhe, y pocos, muy pocos entre ellos
se indignaban cuando veían que se tomaban un poco a chacota sus cómodas maneras
de hacer la revolución y las menguadas e impotentes medidas decretadas por
ellos.
739
Mientras el de Badén lo dejase en la estacada, nada podía hacer el Gobierno provisional del Palatinado.
Y hay que decir que éste, en sus relaciones con los gobernantes de Badén, hizo
cuanto le dictaba su
deber. Envió emisario tras emisario e hizo una concesión tras otra con tal de llegar a un acuerdo; todo
en balde, pues el señor Brentano sencillamente no quería.
A diferencia del gobierno de Badén, que al subir al
poder se había encontrado con todo, el del
Palatinado se encontró sin nada. Carecía de dinero y de armas y tenía dentro del país gran cantidad de
distritos reaccionarios y dos fortalezas enemigas. Francia prohibió inmediatamente la exportación de
armas a Badén y al Palatinado, y Prusia y Hesse decretaron el embargo sobre todas las armas
consignadas a esos dos Estados. El gobierno del
Palatinado despachó en seguida agentes a Francia y
Bélgica, con el encargo de comprar armas y preocuparse de que llegaran a su destino; las armas fueron
adquiridas, pero jamás llegaron. Se le
puede reprochar al gobierno el no haber procedido en
esto con la necesaria energía y, sobre todo, el no haber sabido organizar el contrabando
de fusiles, valiéndose del gran
número de contrabandistas que pululaba en
la frontera; pero la mayor culpa recae sobre sus
agentes, que procedieron con una gran indolencia y, en parte, se dejaron
engañar con simples
promesas, en vez de haber hecho llegar las armas francesas, por lo menos, hasta los puntos fronterizos
de Saargemünd y Lauterburg.
En cuanto a los recursos monetarios, en el
Palatinado poco podía hacerse con emisiones de papel- moneda. Cuando
el gobierno se vio en
apuros pecuniarios, tuvo por lo menos el valor de recurrir a un
empréstito forzoso con una tasa progresiva, aunque la progresión fuese muy
tenue.
Los reproches que se le pueden hacer al gobierno del Palatinado se limitan al hecho de que, dominado
por el sentimiento de su impotencia, se dejara llevar demasiado por la
despreocupación general y de las consiguientes ilusiones acerca de su propia
seguridad; y de que, por tanto, en vez de poner
enérgicamente en marcha los medios, ciertamente limitados, de que disponía para la defensa del país,
prefiriera confiar más bien en el triunfo del partido de la Montaña en París,
en la toma de Viena por los húngaros, o incluso en verdaderos milagros que se
producirían aquí o allá y que salvarían al Palatinado: sublevaciones en el
ejército prusiano, etc.
740
Así se explica la negligencia demostrada para
conseguir armas, en un país en el que unos mil mosquetes útiles podían haber
logrado lo indecible y en el que, para decirlo todo, los primeros y los
últimos cuarenta fusiles recibidos del extranjero,
concretamente de Suiza, llegaron el mismo día en
que entraban los prusianos. Así se explica también la ligereza con que se seleccionaban los comisarios
civiles y militares, elegidos casi siempre entre los visionarios más
atolondrados y más incapaces, y el mantenimiento en sus puestos de tantos
viejos funcionarios y de todos los jueces. Y, por último, la incuria con que se
descuidaban los medios más asequibles para hostigar e incluso tal vez para
tomar la fortaleza de Landau, punto éste al que me referiré más adelante.
Detrás del Gobierno provisional estaba d’Ester,
como una especie de secretario general secreto o, según la definición de
Brentano, como “una camarilla roja que rodeaba al gobierno moderado de
Kaiserslautern”. Formaban también parte de esta “camarilla roja” otros
demócratas alemanes, entre los que se destacaban sobre todo los refugiados de
Dresde. Los gobernantes del Palatinado encontraron en d’Ester el golpe de vista
administrativo del que ellos carecían, y al mismo tiempo, un intelecto
revolucionario que les impresionaba por el hecho de que sabía siempre atenerse
a lo más directamente asequible, a las posibilidades innegables, sin
desorientarse nunca entre los detalles. D’Ester se ganó así una gran influencia
y la confianza incondicional del gobierno. Y aunque, a veces, también él tomara
demasiado en serio el movimiento y, por ejemplo, creyera poder conseguir algo
importante mediante la implantación de un régimen municipal totalmente
inadecuado a la situación del momento, no cabe duda de que animaba al Gobierno
provisional a que diera todos los pasos de cierta energía y sabía encontrar
siempre las soluciones adecuadas, sobre todo en los conflictos de detalle.
741
Así como en la Prusia renana se enfrentaron desde
el primer momento las clases reaccionarias y las revolucionarias, y en Baden
una clase que al principio se entusiasmó con el movimiento, la pequeña
burguesía, fue cayendo poco a poco, al acercarse el peligro,
primero en la indiferencia y más tarde en la hostilidad frente al
movimiento provocado por ella misma, en el Palatinado había que contar no
tanto con las distintas clases de la población como con los diversos distritos del país, que, guiados por
intereses locales, se enfrentaron a ella, algunos desde el primer momento y
otros paulatinamente. Si los vecinos de Espira se manifestaron como
reaccionarios desde el primer día, los de Kaiserslautern, Neustadt, Zweibrücken
y otros centros de población fueron derivando poco a poco hacia las mismas
posiciones; pero el baluarte principal del partido reaccionario se hallaba en
los distritos agrícolas, repartidos por todo el Palatinado. Sólo una medida
habría permitido superar esta confusa configuración de los partidos: un ataque
directo a las fortunas privadas invertidas en hipotecas y en
la usura hipotecaria, para favorecer a los campesinos devorados de deudas y estrujados por los
usureros. Pero esta medida, que inmediatamente
habría despertado interés en el movimiento
insurreccional a toda la población campesina, requería un territorio mucho más extenso y condiciones
sociales más desarrolladas de las que se daban en el Palatinado. Habría sido
viable solamente al
comienzo de la insurrección, conjuntamente con la extensión del movimiento a las zonas del Mosela y
el Eifel, donde prevalecen en el campo idénticas condiciones, pero que allí encuentran su complemento
en el desarrollo industrial de las ciudades del Rin. Pero ni desde el Palatinado ni desde Baden
se supo impulsar la proyección del movimiento hacia afuera.
En estas circunstancias, el gobierno disponía de
pocos medios para luchar contra los distritos reaccionarios: expediciones
militares sueltas contra las comarcas retardatarias, detenciones,
principalmente de los párrocos católicos, que encabezaban la resistencia, etc.;
nombramiento de personas activas para comisarios civiles y militares y, por
último, la propaganda. Pero las expediciones, la mayoría de las cuales
revestían un carácter bastante cómico, sólo surtían efectos momentáneos: la
propaganda no servía de nada y la mayoría de los comisarios cometían, en su
petulante torpeza, una pifia tras otra, o se limitaban
a consumir grandes cantidades de vino del país y
a fanfarronear en las mesas de las tabernas.
742
Entre los propagandistas, los comisarios y los
funcionarios de la administración central, ocupaban importante lugar los
demócratas, que en el Palatinado se habían reunido en número mayor aun que en
Badén. Se habían dado cita aquí no sólo los refugiados de Dresde y la Prusia
renana, sino también
multitud de hombres más o menos entusiastas del “partido del pueblo”, para ponerse al servicio de la
patria. Y el gobierno del Palatinado, que, a diferencia del de Karlsruhe,
sabía, guiado por su certero instinto, que las capacidades del país no bastaban para hacer frente al movimiento, prestaban a todos
estos elementos favorable acogida. A las dos horas de estar en el Palatinado,
se les buscaba para
ofrecerles las más diversas misiones, todas ellas muy honrosas. Y los señores demócratas, que no veían
en el movimiento de Badén y el Palatinado simples insurrecciones locales, más
estrechas y menos importantes cada día que pasaba, sino la gloriosa aurora del
glorioso levantamiento de toda la democracia alemana, y que se daban cuenta de
cómo, en general, se imponían en el movimiento sus
tendencias más o menos pequeño burguesas, se apresuraban a aceptar el ofrecimiento. Pero, al mismo
tiempo, cada uno creía que sólo debía aceptar sin ceder, ni en un ápice, el
puesto que correspondiera a sus pretensiones, generalmente muy altas, con
respecto a un movimiento alemán general. Al
principio, todo marchaba bien. Cuantos se presentaban
obtenían inmediatamente nombramientos de
jefes de departamento, comisarios de gobierno, comandantes o tenientes coroneles. Pero, poco a poco,
fue aumentando la competencia, comenzaron a escasear los puestos y se desató un
arribismo mezquino y pequeño burgués que brindaba un divertido espectáculo al
espectador imparcial. Y no
necesito aseverar expresamente que, dada aquella extraña mescolanza de industrialismo y confusión,
de impertinencia e incapacidad, que tantas ocasiones había tenido la Nueva Gaceta Renana de admirar
entre los demócratas alemanes, los funcionarios y propagandistas del Palatinado no podían por menos
de ser un trasunto fiel de tan desagradable algarabía.
743
Como es natural, también a mí se me brindaron
empleos civiles y militares en abundancia, empleos que, en un movimiento
proletario, yo no habría vacilado ni un
momento en aceptar. Pero, en aquellas circunstancias, me pareció que debía rechazarlos todos. Lo único a que me presté fue a escribir algunos
artículos de agitación para un periodiquito, 588 que el Gobierno
provisional distribuía en grandes cantidades a lo largo del Palatinado. Acabé
aceptando un encargo aun a sabiendas de que la cosa no cuajaría, para responder
a las apremiantes instancias de d’Ester y de varios
miembros del gobierno y
para demostrar, al menos, mi buena voluntad. Pero como, naturalmente, no me recataba para exponer
mis ideas, ya el segundo artículo provocó el escándalo,
pues se le juzgó demasiado “violento”; en vista
de lo cual, y para no malgastar más palabras, retiré el
artículo, lo rompí en presencia de d’Ester, y allí terminó la cosa.
588 Se trata del periódico titulado Der Botefür Stadt und Land. Pfälzisches Volksblatt, órgano oficial del Gobierno provisional de la región
del Palatinado. En sus columnas se publicó, el 3 de junio de 1849, un
único artículo de Engels en ese periódico: “El levantamiento
revolucionario en el Palatinado y Baden:
Por lo demás, entre los demócratas llegados al
Palatinado de otras tierras se destacaban como los
mejores los que acababan de pelear en su tierra natal: los de Sajonia y la Prusia renana. La mayoría de
los pocos sajones que habían venido ocupaban puestos en las oficinas centrales, trabajaban con ahínco
y se distinguían por sus conocimientos administrativos, su serena y clara inteligencia y la ausencia en
ellos de toda clase de pretensiones e ilusiones. Los renanos, en su mayoría
obreros, se incorporaron en masa al ejército; los pocos que al principio hacían trabajo de oficina acabaron empuñando también
el fusil.
744
El ambiente, en las oficinas de la administración
central, instaladas en el mercado de frutas de
Kaiserslautern, no podía ser más agradable. Dada la tendencia general a dejar las cosas laisser allera y
de abstenerse totalmente de cualquier injerencia activa en el movimiento y con
una plétora enorme de funcionarios como la que allí existía, el trabajo, en
general, no agobiaba. Se trataba casi
exclusivamente de despachar los asuntos en curso, a los que se atendía tan bien que mal. En la mayoría
de las oficinas no había nada que hacer, a menos que llegase un correo, que a un patriota se le ocurriera
formular una propuesta sagaz y profunda para salvar
a la patria, que hubiese que atender a las quejas
de algún campesino o que un municipio enviara una comisión. Se bostezaba, se platicaba, se contaban
anécdotas o se hacían
chistes malos o planes estratégicos, se iba de una oficina a otra;
en una palabra, se mataba el tiempo lo mejor que se podía. El tema principal de las conversaciones eran, naturalmente,
los asuntos políticos del día, acerca de los cuales corrían los
rumores más contradictorios. El servicio de noticias no podía ser más
defectuoso. Se había respetado en sus puestos, casi sin excepción, a los viejos
empleados de correos, cuyos servicios dejaban, naturalmente, mucho que desear.
Se había establecido, además, un correo de campaña, que lo cubrían los jinetes
ligeros del Palatinado incorporados a la insurrección. Los comandantes y
comisarios de las zonas fronterizas no se preocupaban en lo más mínimo de lo que
sucedía al otro lado de la frontera. Al gobierno no llegaban
más periódicos que el Diario de Fráncfort589 y la Gaceta de Karlsruhe,590 y todavía recuerdo con delicia
el asombro que causó el que yo descubriera en el casino, en un número de
la Gaceta de Colonia591 recibido hacía varias fechas, la noticia de la concentración
de 27 batallones prusianos, nueve baterías y nueve
regimientos de caballería, con todos los datos precisos sobre su distribución
entre Saarbrücken y Kreuznach.
A Marchar por sí solas.
745
Paso a hablar, por último,
de lo más importante de la organización militar. Unos
tres mil palatinenses del ejército bávaro se pasaron con armas y bagajes al
campo de la insurrección. Se había puesto bajo las armas, asimismo, cierto
número de voluntarios, unos del país y otros no. Además, el Gobierno
provisional había decretado la leva de la primera quinta, comenzando por los
hombres solteros de
dieciocho a treinta y cinco años. Pero la operación se quedó sobre el papel, en parte por la incapacidad
y la negligencia de los comisarios militares, en parte por falta de armas y en parte por la indolencia del
propio gobierno. Siendo la falta de armas, como era en el Palatinado, el
principal obstáculo con que
tropezaba toda la defensa, se debía haber echado mano de
todos los recursos para reunir armas. Si no
podían traerse del extranjero, había que sacar
de donde estuvieran todos los mosquetes y todas las
carabinas y escopetas de caza que pudieran encontrarse en el país y ponerlas en
manos de los combatientes activos. Y en el Palatinado no sólo había muchas
armas en poder de particulares, sino que estaban todavía en manos de las
diferentes
guardias cívicas, por lo menos, de 1 500 a 2.000 fusiles, contando las escopetas. Podía haberse exigido,
al menos, que se entregaran las armas de propiedad particular y los fusiles
retenidos por aquellas guardias que no quedaban incluidas en la primera leva o no querían alistarse como voluntarios. No se
hizo nada de esto. Por fin
y después de mucho insistir, se dictó una medida de este tenor con
respecto a las armas de la
589 Frankfurter Journal: diario
publicado en la ciudad de FRANCFORT del Meno desde el siglo XVII hasta el año
de 1903. En la década del cuarenta del siglo XIX mantuvo una tendencia
liberal moderada.
590 Véase supra, nota 581.
591 Véase supra, nota 43.
Guardia Cívica, pero nunca llegó a cumplirse. La
Guardia Cívica de Kaiserslautern, que encuadraba a más de 300 miembros de la
pequeña burguesía, se pavoneaba todos los días, de uniforme y con sus armas,
montando la guardia delante del mercado de frutas, y los prusianos, al entrar
en la ciudad, se dieron, encima, el gusto de desarmar a esos señores. Y otro
tanto sucedió en todas partes. La hoja oficial publicó una orden requiriendo a
los empleados forestales y los guardabosques para que se presentaran en Kaiserslautern,
con objeto de formar con ellos una unidad de cazadores; pero los segundos no se
presentaron.
746
Se puso todo el país a forjar hoces o, por lo
menos, se dio esa orden, y llegaron a fabricarse algunas. Estando en el cuerpo
de guardia de las tropas del Hesse renano en Kirschheimbolanden, vi cargar
varios manojos de hoces con destino a Kaiserslautern. La distancia es de unas
siete u ocho horas; pasaron cuatro días, y el Gobierno provisional hubo de
evacuar aquella ciudad ante el avance de los
prusianos, sin que las hoces hubiesen llegado a su destino. No habría estado mal la cosa, si estas armas
cortantes hubiesen sido entregadas a la Guardia Cívica no móvil, a la llamada
segunda reserva, para
resarcirla de los fusiles cedidos por ella;
pero, en vez
de eso, estos inútiles filisteos conservaron en su
poder los fusiles de percusión, mientras los jóvenes reclutas marchaban contra
los cañones y los fusiles de aguja prusianos armados de hoces.
Si bien había una escasez general de fusiles, imperaba, en cambio, una abundancia no menos llamativa
de sables. Quienes podían conseguir fusiles se apresuraban a ceñirse un cinturón
del que pendía un ruidoso sable, como si ya por este solo hecho pudieran darse
aires de oficiales. Sobre todo en Kaiserslautern, estos oficiales nombrados por
sí mismos eran legión, y día y noche resonaba en las
calles el estrépito de sus terribles armas. Y entre los que contraían relevantes méritos por la salvación
de la patria con esta nueva manera de infundir espanto al enemigo y su
pretensión de formar una legión académica de caballería a pie, se destacaban
sobre todo los estudiantes.
Existía, además, como medio escuadrón
de caballería ligera que se había pasado del campo
enemigo, pero que no llegó nunca
a formar una unidad combatiente especial, ya que sus individuos se
hallaban desperdigados en el servicio de correos de campaña y en otras
actividades.
La artillería, al mando del “teniente coronel”
Anneke, se componía de un par de cañones del tres, que no
recuerdo haber visto enganchados nunca, y de cierto número
de morteretes. Delante del mercado de fruta de Kaiserslautern se alineaba
la más hermosa colección de viejos morteros de hierro que
pueda uno imaginarse. La mayoría de ellos estaban allí tirados, sin servir claro está para nada. Los dos
más grandes, colocados sobre enormes cureñas especialmente fabricadas, fueron
retirados de aquel sitio para utilizarlos. Por último, el gobierno de Badén
vendió al Palatinado una vieja batería de cañones del 6 desbocados, con algo de
munición, pero faltaban el atalaje, los servidores de las piezas
y munición suficiente. La munición se fabricó en
la medida de lo posible;
el atalaje se improvisó como
se pudo, requisando para ello los
caballos necesarios y campesinos que los
arrearan, y para servir las piezas se reunieron algunos
viejos artilleros bávaros, a quienes se adiestró con los pesados y complicados
ejercicios de la instrucción del arma de artillería, según los métodos de
Baviera.
747
El supremo mando militar se hallaba en las peores
manos. El señor Reichardt, que había asumido la cartera de guerra del Gobierno
provisional, era hombre activo, pero carente de energía y de conocimientos en
la materia. El primer comandante en jefe de los combatientes del Palatinado, el
industrial Fenner de Fenneberg, no tardó en ser destituido por su equívoco
comportamiento; fue sustituido momentáneamente por un
oficial polaco llamado Raquilliet. Hasta que, por último, se supo
que Mieroslawski se haría cargo del alto mando en Badén
y el Palatinado y que
al frente de las tropas de esta región se pondría al
“general” Sznayde, también de nacionalidad polaca.
Llegó el general Sznayde. Era un hombre pequeño y
gordo, con más aire de un bonvivantb cargado de años que de un
“Menelao valiente en la pelea”.592 El buen hombre asumió el mando con una
gran dignidad, hizo que se le rindiese un
informe sobre la situación y se puso a dictar inmediatamente una
592 Cita del poema homérico la Ilíada (canto
n, vers. 408 y siguientes). La traducción alemana comúnmente utilizada es la
de Johann Heinrich Voss, publicada a partir de 1793.
serie de órdenes del día. La mayoría de ellas versaban sobre el uniforme de las tropas, que era la blusa,
y las insignias de los oficiales, brazalete o banda tricolor, la intimación hecha a quienes habían servido
en el arma de caballería o infantería para que se presentasen — requerimientos
que habían sido ya hechos repetidas veces infructuosamente—, etc.
B Buen hombre.
748
Él mismo trató de dar ejemplo, procurándose en
seguida una especie de guerrera con cordones tricolor para infundir respeto a
sus subordinados. Lo que en sus órdenes del día pudiera haber realmente de
importante y de práctico se limitaba a una repetición de otros textos ya muchas
veces formulados y de propuestas hechas ya anteriormente por los pocos buenos
oficiales con que se contaba, pero que nunca habían
sido cumplidas y que solamente ahora podían ser ejecutadas, gracias
a la autoridad de un general encargado del mando. Fuera de esto,
el “general” Sznayde se encomendó a Dios y a Mieroslawski y
vivía entregado a los placeres de la mesa, que era en verdad lo único razonable
que podía hacer un individuo totalmente incapaz como éste.
Entre los otros jefes y oficiales de
Kaiserslautern, el único capaz era Techow, que, siendo primer teniente en
Prusia, en unión de Natzmer, había entregado al pueblo
asaltante el arsenal de Berlín593 y que, condenado a quince
años de reclusión, había logrado evadirse de Magdeburgo. Techow, jefe del
estado mayor del Palatinado, demostró ser en todas partes hombre conocedor de
las cosas, sagaz y tranquilo, tal vez demasiado tranquilo para poder dar
pruebas de esa rapidez en las decisiones que con frecuencia lo decide todo en
el campo de batalla. El “teniente coronel” Anneke, por su parte, se reveló
incapaz e indolente en la organización de la artillería, aunque prestó buenos
servicios en el laboratorio. En Ubstadt no cosechó ninguna clase de laureles
como estratega y desapareció de una
manera un tanto extraña, cruzando el Rin antes de que se cerrara el cerco y abandonando los caballos,
desde Rastatt, donde Mieroslawski le había entregado el mando sobre el
material, durante el sitio.
749
Tampoco eran gran cosa los oficiales que mandaban los diversos sectores. Habían llegado, algunos ya
antes de Sznayde y otros con él, un cierto número de oficiales polacos. La mejor gente de la emigración
polaca se hallaba ya en Hungría, razón por la cual entre estos elementos
venidos al Palatinado había de todo. La mayoría de ellos se apresuraban a requisar el número necesario de caballos de silla y a dar
unas cuantas órdenes, sin preocuparse gran cosa de su ejecución. Adoptaban una
actitud bastante imperiosa, querían tratar a los campesinos palatinenses como a
los humillados siervos polacos y, no conociendo como no conocían ni el país ni
la lengua ni el mando, poco o nada podían hacer como comisarios militares, es
decir, como organizadores de batallones. En el curso de la campaña, los
oficiales polacos buscaron pronto acomodo en el estado mayor de Sznayde, para
desaparecer por
completo poco después, al verse Sznayde atacado y maltratado por sus soldados. Los mejores de ellos
llegaron demasiado tarde para poder estar en condiciones de organizar nada.
Tampoco entre los oficiales alemanes había muchas
cabezas que sirvieran para algo. La unidad del Hesse renano, en la que había
algunos elementos aptos para la instrucción militar, se hallaba bajo el mando
de un tal Háusner, hombre totalmente inútil, y bajo la influencia moral y
política aún más lamentable de dos héroes, Zitz y Bamberger, que más tarde se
escabulleron tan gloriosamente en Karlsruhe. En el Transpalatinado, organizó
otra unidad un ex oficial prusiano llamado Schimmelpfennig.
Los dos únicos oficiales que se habían distinguido
en el servicio activo ya antes de que atacaran los prusianos, eran Willich y
Blenker.
Willich, al mando de una pequeña unidad de
voluntarios, se hizo cargo de vigilar primero y luego de sitiar a Landau y
Germersheim. Fueron colocándose poco a poco bajo su mando una compañía de
estudiantes, otra de obreros que habían convivido con él en Besançon, tres
endebles compañías de gimnastas —procedentes de Landau, Neustadt y
Kaiserslautern—, dos de voluntarios reclutados en
las localidades de los alrededores y, por último, una compañía de prusianos del Rin armados de hoces,
la mayoría de ellos evadídos de las insurrecciones de Prüm y Elberfeld. Esta
unidad llegó a reunir de
593 Véase supra, nota 68.
700 a 800 hombres, entre los que figuraban, desde
luego, los soldados más seguros de todo el
Palatinado, y suboficiales que en su mayoría habían servido ya en el ejército y algunos de los cuales se
habían habituado en Argelia a la guerra de guerrillas.594
750
Al frente de esta pequeña fuerza,
se situó Willich en el
terreno que separa a Landau de Germersheim;
organizó las guardias cívicas en las aldeas y se valió de ellas para vigilar
los caminos y montar el servicio de puestos avanzados; rechazó todas las
salidas de ambas fortalezas, a pesar de la superioridad de efectivos de estas
guarniciones, sobre todo la de Germersheim, y cercó a Landau,
cortándole casi todos los accesos y el suministro de agua; represó al río Queich, inundando los sótanos
de la fortaleza, a pesar de lo cual escaseaba en
ésta el agua potable;
y todas las noches hostilizaba a la
guarnición por medio de patrullas, que, además de limpiar de tropas las defensas exteriores, poniendo
en venta, a razón de cinco florines la pieza, las estufas de los cuerpos de guardia, penetraban hasta los
mismos fosos de la fortaleza y obligaban con frecuencia a la guarnición a abrir, con sus cañones del 24,
un fuego tan tremendo como inofensivo contra un cabo y dos soldados.
Esta época fue, con mucho, la más brillante de toda
la vida del cuerpo de voluntarios de Willich. Si se hubiera dispuesto entonces
de algunos obuses y de artillería de campaña, a juzgar por los informes
que diariamente facilitaban los espías que entraban
y salían en Landau, habría caído en pocos días la fortaleza, ya
que su débil guarnición estaba desmoralizada y los vecinos del lugar se
hallaban en actitud rebelde. E incluso sin artillería se habría logrado en ocho
días la capitulación, de haberse mantenido el sitio. Había en Kaiserslautern
dos obuses del 7, suficientes para haber pegado fuego durante la noche a
algunas casas de Landau. De haberlos emplazado en el sitio indicado, se habría
realizado probablemente el hecho inaudito de tomar una fortaleza con un par de cañones de campaña.
Yo trataba de hacer comprender todos los días al cuartel general de
Kaiserslautern la necesidad de intentarlo por lo menos. Tiempo perdido. Uno de
los dos obuses se quedó en Kaiserslautern y el otro fue llevado a Homburg, donde
por poco cae en manos de los prusianos. Ambas piezas pasaron el Rin sin haber
disparado un solo tiro.
751
Más todavía que Willich se destacó el “coronel” Blenker. Era un antiguo tratante en vinos que, después
de luchar en Grecia como filoheleno, se había establecido en Worms como
tratante en caldos y cuya figura se destacó, indudablemente, como una de las
relevantes personalidades militares de esta gloriosa campaña. Trepado siempre
sobre su caballo y rodeado de un numeroso estado mayor; alto,
recio, de rostro altanero e imponente y enmarañada barba;
dotado de una voz tonante y de las demás
cualidades propias de los hombres del “partido popular” del sur de Alemania,
entre las que, como es sabido, no necesita figurar la inteligencia, el
“coronel” Blenker daba la impresión de un caudillo cuya
sola estampa haría agacharse a Napoleón y que era digno, desde luego, de figurar en el verso que sirve
de lema a estos relatos. El “coronel” Blenker sentía el temple necesario para
mandar al diablo él solo a los príncipes alemanes, aun sin contar con la
compañía de los otros cuatro, “Hecker, Struve, Zitz y Blum”,
y puso inmediatamente manos a la obra. Opinaba que
debía hacer la guerra, no como soldado,
sino como tratante en vinos, y con esta mira se dispuso a conquistar Landau. Todavía no había llegado
allí Willich. Blenker arrambló con todos los hombres disponibles en el
Palatinado, tropas de línea y Milicia Popular, organizó un
abigarrado y revuelto tropel de soldados,
caballería y artillería, y avanzó
sobre aquella plaza. Al llegar ante la fortaleza, los atacantes celebraron consejo de guerra, dispusieron
las columnas de asalto y determinaron emplazar la artillería. Ésta constaba de unos cuantos morteros,
cuyo calibre oscilaba entre media libra y una libra y tres octavos,
transportados en una carreta de heno, que servía al mismo tiempo de carro de municiones. La munición para estos morteros de distinto
calibre se reducía, concretamente, a una (sí, digo bien, una) granada de veinticuatro libras; de pólvora,
ni hablar.
752
Cuando todo estuvo preparado, los atacantes
avanzaron, llenos de desprecio a la muerte. Llegaron
hasta la explanada delante del parapeto, sin encontrar resistencia;
siguieron marchando hasta llegar
594 En abril de 1830, los franceses desataron
la guerra de conquista contra Argelia, que duró largos años. La
población argelina opuso una tenaz resistencia a los ocupantes, empleando principalmente el método de la “guerrilla”, y por lo general, actuaban en la
retaguardia enemiga.
a la puerta. Al frente, los soldados procedentes de Landau que se habían pasado al enemigo. Asomaron
la cabeza por las murallas algunos soldados, como parlamentarios. Se les gritó que abrieran la puerta.
Se entabló un diálogo cordialísimo, y todo parecía marchar a pedir de boca. De pronto, tronó un cañón
desde el parapeto, la metralla silbó sobre las cabezas de los atacantes y, en menos que se cuenta, todo
aquel heroico ejército emprendió precipitada huida y, con él, su príncipe
Eugenio del Palatinado. Se dieron a la fuga con furia tan incontenible, que las
dos o tres balas de cañón disparadas en seguida desde la fortaleza no
alcanzaron ya a zumbar sobre las cabezas de los fugitivos, quienes volaban más
que corrían, arrojando por todas partes cuanto podía embarazar su carrera:
fusiles, cartuchos y
mochilas. Por fin se detuvieron a unas cuantas horas de Landau, el ejército volvió a concentrarse y fue
conducido de regreso a sus cuarteles por el “coronel” Blenker, cierto que sin
las llaves de la fortaleza que iba a conquistar, pero no por ello con
porte menos orgulloso. En
eso vino a parar la hazaña nunca vista de la
conquista de Landau con tres morteros y una bala de cañón de veinticuatro
libras.
El golpe de metralla había sido disparado a toda
prisa por algunos oficiales bávaros, al darse cuenta de que sus
soldados iban a precipitarse a franquear la puerta de la
fortaleza. Los propios soldados se encargaron de desviar la puntería del cañón,
lo que explica que el disparo no hiriese a nadie. Pero cuando la guarnición de
Landau vio los resultados de aquel disparo hecho al aire, ya no pensó,
naturalmente, en rendirse.
753
Claro está que un
héroe del temple de Blenker no era hombre como para no tomar venganza de aquel
revés. En vista de lo sucedido, decidió tomar Worms. Avanzó desde Frankenthal,
donde mandaba un
batallón. Los dos o tres soldados de Hesse acantonados en Worms tomaron las de Villadiego, y nuestro
héroe entró en su ciudad natal con la espada desenvainada. Después de festejar la toma de la plaza con
un solemne desayuno, se procedió a la ceremonia principal del día, consistente
en hacer jurar la Constitución del Imperio a veinte soldados de Hesse que habían quedado enfermos en la ciudad. Pero,
en la noche del día en que habían ocurrido tan
importantes acontecimientos, las tropas nacionales de
Peucker emplazaron sus cañones en la orilla derecha del Rin y despertaron, muy desagradablemente,
a los conquistadores victoriosos con un intempestivo cañoneo. No; no se
trataba de ningún error: las
tropas atacantes hacían llover balas y granadas de verdad. Sin decir palabra,
Blenker, el héroe, reunió a sus leales y partió a toda prisa de
Worms, encaminándose de nuevo a Frankenthal. De sus heroicas hazañas
posteriores nos contará algo más la Musa, en su lugar oportuno.
Mientras en los diversos sectores actuaban, como
vemos, cada cual a su manera, los diferentes personajes y los soldados y
milicianos del pueblo, en vez de hacer la instrucción, se sentaban en las
tabernas a entonar sus canciones; en Kaiserslautern los señores oficiales se
dedicaban a cavilar los
más ingeniosos planes estratégicos. Se trataba nada menos que de la posibilidad de sostenerse, contra
un ejército absolutamente real de más de 30.000 hombres y 60 cañones, a una
pequeña provincia como el Palatinado, vulnerable por varios lados y defendida
por fuerzas militares casi totalmente imaginarias. Y precisamente porque, en
estas condiciones, cualquier proyecto resultaba igualmente inútil y absurdo y
porque no se daban, en este caso, ninguna de las condiciones para poder trazar
un plan estratégico, fue sin duda por lo que aquellos temibles guerreros, los
cerebros del ejército del
Palatinado, se dedicaron a lucubrar una maravilla estratégica que cerrara a los prusianos el camino al
territorio palatinense.
754
Todos aquellos oficiales de nuevo cuño, cuantos
arrastraban sable en aquella legión académica, por fin creada bajo los
auspicios del señor Sznayde, con el rango de teniente para cada uno de sus
integrantes, se quedaron mirando fijamente el mapa
del Palatinado, con la esperanza de descubrir en
él el talismán estratégico de la sabiduría. Fácil es
imaginarse las cosas tan divertidas que allí saldrían
a relucir. Encontraba muchos adeptos, sobre todo, el método de la estrategia húngara. Y a todas horas
podía escucharse de labios de todos aquellos estrategas, comenzando por el
“general” Sznayde y terminando por el más ignorado de los Napoleones del nuevo
ejército, la siguiente frase: “Debemos hacer, como Kossuth, ceder una parte de
nuestro terreno y replegarnos hacia aquí o hacia allá, hacia la montaña o hacia
el llano, según los casos”. “Debemos hacer como Kossuth”, se escuchaba en todas
las tabernas. “Debemos hacer como Kossuth”, repetían los cabos, los soldados y
los muchachos de la calle. “Debemos hacer como Kossuth”, repetía bonachonamente
el Gobierno provisional, quien sabía
mejor que nadie que no tenía por qué mezclarse en
estos asuntos y al que, a fin de cuentas, le era de todo punto indiferente cómo
se hicieran las cosas. “Debemos hacer como Kossuth o estamos perdidos.”¡Kossuth
y el Palatinado!
Antes de pasar a relatar la campaña misma, debo referirme aquí en pocas palabras a un asunto del que
han hablado algunos periódicos: mi momentánea detención en Kirchheim.
Pocos días antes de la entrada de los prusianos
acompañé a mi amigo Molí, en una misión de que se había hecho cargo, hasta
Kirchheimbolanden, en la frontera. Se hallaba estacionada allí una parte del
cuerpo de tropas del Hesse renano, entre las que había algunos conocidos
nuestros. Estábamos sentados una noche con éstos y algunos otros voluntarios de
dicho cuerpo, en la fonda. Entre los voluntarios se contaban algunos de
aquellos serios entusiastas “hombres de acción” a los que me he referido ya
repetidas veces y a quienes se les antoja juego de chicos derrotar a cualquier
ejército del
mundo con pocas armas y a fuerza de entusiasmo. Se trataba de gente que todo lo que sabe de asuntos
militares es lo que ha podido ver, si acaso, en el relevo
de la guardia; que, en general, no se preocupan
nunca de los medios materiales necesarios para la consecución de cualquier fin y que, por ello mismo,
como más tarde tendría repetidas ocasiones de poder observar, experimentan en
el primer combate en que toman parte un desengaño tan aplastante, que salen
corriendo como alma que lleva el diablo.
755
Pregunté a uno de aquellos héroes si se proponía
realmente derrotar a los prusianos con los treinta mil sables que se
arrastraban por el Palatinado con unas cuantas armas de fuego y, algunas de
ellas, escopetas oxidadas. Confieso que me sentía en
la mejor disposición de ánimo para divertirme a costa
de la santa indignación de aquel individuo herido en sus más nobles
sentimientos, cuando entró la guardia y me anunció que estaba preso. Al mismo
tiempo, vi cómo dos sujetos se abalanzaban sobre mí, ciegos de furia. Uno de
ellos se dio a conocer como el comisario civil Müller; el otro era el señor
Greiner, el único miembro del gobierno con el que yo no había tenido trato
directo por hallarse con frecuencia ausente de Kaiserslautern
— ya que el hombre se dedicaba por debajo de cuerda a poner a
buen
recaudo sus bienes y por su sospechoso talante,
hipócritamente sombrío—. Se puso también de pie un antiguo
conocido mío, capitán de la unidad del Resse renano, y declaró que, si me
llevaban detenido, abandonarían inmediatamente sus puestos en dicha unidad él y
un número importante de los mejores combatientes. Moll y otros trataron de
defenderme, sin esperar a más, recurriendo a la
violencia. Las personas presentes se dividieron en dos bandos; la escena prometía hacerse interesante,
pero yo declaré que me dejaba detener gustosamente y que ya veríamos de qué
color era el
movimiento del Palatinado. Y me fui, escoltado por la guardia. A la mañana siguiente, y tras un cómico
interrogatorio a que fui sometido por el señor Zitz, éste me entregó al
comisario civil, quien a su vez
me puso en manos de un gendarme. El gendarme,
a quien se había soplado al
oído que debía tratarme como a un espía, me ató las
manos y me condujo a pie a Kaiserslautern, acusado de insultos al levantamiento
del pueblo del Palatinado y de instigaciones contra el gobierno, del que, desde
luego, no había dicho ni una palabra. Por el camino, insistí y me impuse hasta
que conseguí un carruaje.
756
En Kaiserslautern, donde se me había adelantado a
toda prisa Molí, encontré al gobierno, como era natural, confundido por la
metedura de pata del valiente Greiner y, más todavía, por los malos tratos
de que se me había hecho objeto. No necesito asegurar que dije a aquellos señores cuanto se merecían,
en presencia del gendarme. Como aún no había llegado ningún informe del señor
Greiner, se me propuso dejarme en libertad bajo mi palabra de honor. Me negué a darla y me fui a la prisión cantonal,
sin que nadie me custodiara, como se convino a propuesta de d’Ester. Éste
declaró que, a la vista del trato que se hacía sufrir a un camarada suyo de
partido, no podía seguir por más tiempo en su cargo.
También se manifestó con gran energía Tzschirner, que llegó en aquellos momentos. La cosa se divulgó
por la ciudad aquella misma noche, y cuantos pertenecían a la tendencia radical
se pusieron inmediatamente de mi parte.
En seguida se recibió la noticia de que en la
unidad de tropas del Hesse rellano habían estallado disturbios con motivo de lo
ocurrido y de que gran parte de la unidad quería retirarse. Con menos
habría bastado para mostrar a los señores del Gobierno provisional, con los que me había reunido casi
todos los días, la necesidad de darme una satisfacción. Después de haberme
divertido de lo lindo veinticuatro horas en la cárcel, fueron a verme d’Ester y Schmitt; éste me dijo que quedaba en libertad
sin condición alguna y que el Gobierno provisional
esperaba que seguiría participando en el movimiento. Que, además, se había dado
la orden de que en lo sucesivo no se condujera esposado a ningún preso político
y se había abierto una investigación sobre los autores del infame trato que se
me había infligido, sobre la detención y causas que la motivaron.
Seguía sin recibirse ningún informe del señor
Greiner y como quiera que el gobierno me había dado todas las satisfacciones
que de momento eran posibles, ambas partes desarrugamos el ceño y, el jueves,
bebimos unas copas juntos. Tzschirner fue a la mañana siguiente
a hablar con las tropas de la unidad mencionada, para calmarlas,
llevando unas letras mías. El señor Greiner, cuando regresó, se mostró tan
exageradamente quejumbroso que recibió una doble reprimenda de sus colegas
del gobierno.
757
Entre tanto, avanzaban desde Homburg
las tropas prusianas, y en vista de
que las cosas tomaban con ello un giro interesante,
de que yo no quería desaprovechar la oportunidad de instruirme un
poco en
la escuela de la guerra y de que, por último, la Nueva Gaceta Renana debía estar también representada,
“honoris causa”, en el ejército de Badén y el Palatinado, me decidí
a colgarme también yo una espada al cinto y fui a unirme a
Willich.
758
IV. ¡MORIR POR LA REPÚBLICA!
Sólo derribando treinta y seis tronos
puede prosperar la República alemana.
¡Derribémoslos, hermanos, sin contemplaciones,
empeñemos en la lucha
los bienes y la vida!
¡Morir por la República
es algo grande y sublime,
la meta de nuestra bravura!595
ASÍ CANTABAN LOS VOLUNTARIOS EN EL TREN QUE ME LLEVÓ a Neustadt, adonde fui para averiguar
en qué lugar se encontraba en aquellos momentos el cuartel general de Willich.
Morir por la República era, pues, a partir de
ahora, o al menos debía serlo, la meta de mi bravura. La verdad es que yo me
imaginaba un tanto extraño con esta nueva meta. Me quedé mirando a los
voluntarios, que eran todos muchachos jóvenes, hermosos, despreocupados. No se
les notaba que se hubiesen propuesto como meta momentánea de su valentía el
morir por la República.
De Neustadt me trasladé, en una carreta campesina
requisada, a Offenbach, localidad situada entre Landau y Germersheim, donde
estaba todavía Willich. Al salir de Edenkoben me encontré con los
primeros puestos de vigilancia, establecidos, cumpliendo sus órdenes,
por los campesinos, que desde allí aparecían apostados en las
entradas y salidas de todas las aldeas y en todas las encrucijadas, sin dejar
pasar a nadie que no presentara un pase firmado por las autoridades de la
insurrección. Era evidente que se hallaba uno ya un
poco más cerca de la guerra. Llegué a Offenbach
a hora tardía de la noche y pasé a ocupar inmediatamente mi
puesto de ayudante de Willich.
759
Aquel día — era el 13 de junio—, una pequeña parte de la unidad mandada por Willich había sostenido
brillantemente un combate. Días antes, había sido reforzada la unidad con un
batallón de la milicia popular de Badén, el batallón Dreher-Obermüller; como
unos cincuenta hombres de este batallón habían sido enviados a posiciones de
vanguardia hacia Bellheim. Habían quedado detrás de ellos, en
Knittelsheim, una compañía del cuerpo de voluntarios y algunos hombres armados de hoces. Hicieron
una salida un batallón de bávaros con dos cañones y un escuadrón de jinetes
ligeros. Los de Badén huyeron sin ofrecer resistencia; sólo uno de ellos, al
que alcanzaron tres gendarmes a caballo, se defendió furiosamente hasta que
cayó cosido a sablazos y rematado por los atacantes. Al llegar a Knittelsheim
los fugitivos, salió en contra de los bávaros el capitán allí destacado, al
frente de menos de cincuenta hombres, algunos de los cuales sólo esgrimían
hoces. Distribuyó hábilmente a sus hombres en varios destacamentos y los formó en línea de tiradores con tanta decisión, que, al cabo de
dos horas de combate, los bávaros, a pesar de ser diez veces más, se replegaron
sobre la aldea abandonada por los badenses, de la que, por último, fueron desalojados al recibir los atacantes algunos
refuerzos de la unidad de Willich. El enemigo hubo de regresar a su base de Germersheim, después de
haber sufrido como veinte bajas entre muertos y heridos. Siento mucho no poder
citar el nombre de este joven y valiente oficial, lleno de talento, porque
probablemente no se halla aún en lugar seguro. Sus tropas sólo tuvieron cinco
heridos, ninguno grave. Uno de ellos, un voluntario francés, había recibido un
tiro en el antebrazo antes de que empezara a disparar. Ello no fue obstáculo
para que consumiera dieciséis cartuchos, y cuando la herida le impidió seguir
cargando el arma, hizo que se la
cargara uno de los compañeros armados con hoces, para poder seguir tirando. Al día siguiente, fuimos
a Bellheim para ver el escenario del combate y tomar sobre el terreno nuevas
disposiciones. Los bávaros habían disparado con granadas y
metralla sobre nuestra artillería pero sin alcanzar
más que
595 Estrofa de una canción de lucha de tiempos
de la revolución de 1848-1849, basada
en el “Choeur des Girondins”, otro canto
patriótico popular francés, de tiempos de
la Gran Revolución.
las ramas de los árboles que cubrían todo el
camino, y al árbol detrás del cual se resguardaba el capitán.,
760
El batallón “Dreher-Obermüller” se hallaba hoy presente en pleno para hacerse cargo de todo el sector
de Bellheim y sus alrededores. Era un batallón hermoso y bien armado, y los oficiales, sobre todo, con
sus mostachos y sus rostros tostados, llenos de seriedad y entusiasmo, parecían
verdaderos antropófagos pensantes. Afortunadamente, según pudimos ir viendo
cada vez más, no eran tan peligrosos como aparentaban.
Con gran asombro, supe que apenas había munición, que la mayoría de los hombres tenían solamente
cinco o seis cartuchos, los menos hasta veinte, y que la reserva no alcanzaba siquiera para reponer las
bolsas de munición vacías de los soldados que ayer habían entrado en fuego. Me
ofrecí inmediatamente para ir a Kaiserslautern en busca de munición, y aquel
mismo día al anochecer me puse en camino.
Las carretas campesinas marchan lentas, y la
necesidad de requisar nuevos vehículos por etapas, el
desconocimiento de los caminos, etc., aumentan la lentitud. Amanecía ya cuando llegué a Maikammer,
como a mitad de camino de Neustadt. Me encontré allí con un destacamento de la
Milicia Popular de Pirmasen con los cuatro cañones enviados a Homburg y que en
Kaiserslautern se daban ya por
perdidos. Zweibrücken y Pirmasen y rodando luego por infames caminos de montaña, habían logrado
arrastrarlos hasta este punto, donde por fin salían de nuevo al llano. Los
señores prusianos no se apuraron mucho en perseguirlos, aunque nuestros
pirmasenses, excitados por la fatiga, las marchas nocturnas y el vino, los
creían ya pisándoles los talones.
761
Llegué a Neustadt pocas horas más tarde; era el 15
de junio. Toda la población estaba en las calles y, mezclados entre ella,
soldados y voluntarios, como los del Palatinado llaman a todas las milicias
populares sin distinción, uniformados de blusa. Carros, cañones y caballos
bloqueaban los caminos.
En una palabra, me vi envuelto de pronto en la retirada de todo el ejército del Palatinado.
El Gobierno provisional, el general Sznayde, el cuartel general, las
oficinas, todo estaba allí. Kaiserslautern había sido evacuada, y con ello el
mercado de fruta, el “Monte de Truenos”, las cervecerías, “el punto más
estratégico de todo el Palatinado”, y Neustadt era por el momento el centro del
desbarajuste palatinense, que llegaba a su apogeo precisamente ahora que se entablaba lucha. Procuré informarme
acerca de todo, reuní la mayor cantidad posible de barriles de pólvora, plomo y cartuchos ya cargados
—pues ¿para qué necesitaba municiones este ejército
ya desmoronado antes de pelear?— y, por fin, tras incontables intentos fallidos
para lograrlo, conseguí en una aldea cercana una carreta de varas y volví a
ponerme en camino por la noche, con mi botín y unos cuantos hombres de escolta.
Antes de marchar, fui a ver a Sznayde y le pregunté
si tenía algún encargo para Willich. El viejo Gourmand me informó de algunas cosas sin importancia y añadió, con aire solemne: “Vea usted, ahora
estamos haciendo exactamente lo mismo que Kossuth”.
Veamos cómo llegaron los palatinenses a este extremo
de tener que hacer las cosas como Kossuth. En
el momento más floreciente del “levantamiento”, es decir, la víspera del avance
de los prusianos, el Palatinado contaba con unos 5.000 o 6.000 hombres armados
con fusiles de todas clases y con 1.000 o 1 500 pertrechados con hoces. De
estos 5.000 o 6.000 posibles combatientes formaban parte, en primer término,
las unidades de Willich y del Hesse renano y, en segundo lugar, la llamada
Milicia Popular. Un comisario militar adscrito a cada comisariado de distrito tenía el encargo de organizar un
batallón. Servíanle de núcleo y de instructores los soldados pertenecientes al
distrito que se pasaban del campo enemigo. Este sistema de mezclar las tropas
de línea con los reclutas nuevos, sistema que había dado los mejores resultados
en una campaña activa con una disciplina rigurosa y un adiestramiento continuo
en el manejo de las armas, lo echó todo a perder aquí. Los batallones no podían
formarse, por falta de armas; los soldados, ociosos por no tener qué hacer,
echaban a perder toda disciplina y todo comportamiento militar y muchos de
ellos se desperdigaban.
762
Por último, se logró integrar en algunos distritos
una especie de batallón, mientras que en otros no existía más que un tropel de
gente armada. Los hombres armados de hoces eran verdaderamente
ingobernables; con éstos sí que no había nada qué hacer; estorbaban por todas partes sin que pudieran
emplearse en ninguna; en parte, se acabó
considerándolos como aditamentos interinos a sus respectivos batallones, entre
tanto que se les pudiera entregar fusiles y en parte se formó con ellos
una unidad especial al mando del capitán Zinn, un individuo medio chiflado. El ciudadano Zinn, el más
perfecto Pistol shakesperiano que uno se pueda imaginar, al salir corriendo delante de Landau bajo el
mando del héroe Blenker, que tropezó contra la hoja de su sable y lo partió jurando y perjurando luego
que se lo había quebrado en dos una “bomba incendiaria del 24”, este invencible
empistolado había sido empleado siempre, hasta ahora, para llevar a cabo
ejecuciones contra aldeas reaccionarias. Y se entregó con gran celo a
esta misión, lo que hacía que los campesinos sintieran
un grandísimo respeto por él y por sus tropas, sin perjuicio
de zurrarle duro cuantas veces le encontraban solo.
De vuelta de estas expediciones ordenaba a los portadores de hoces
que mellaran y destrozaran sus hojas, y al llegar a Kaiserslautern se ponía a
contar tremendas versiones, a la manera de Falstaff,596 sobre sus combates
con los campesinos.
En vista de que con estos elementos no era posible
hacer, naturalmente, gran cosa de provecho, Mieroslawski, que no llegó al
cuartel general de Badén hasta el día 10, ordenó que las tropas del
Palatinado se retirasen combatiendo hasta el Rin
y, si podían, cruzaran
el río cerca de Maguncia, o, en otro caso,
pasaran a la orilla derecha por Espira o Knielingen, para defender los pasos
del Rin desde nuevas posiciones. A la par con esta orden, se recibió la noticia
de que los prusianos habían entrado por Saarbrücken en el Palatinado,
rechazando hasta Kaiserslautern, con unos cuantos disparos de fusil, a las
pocas tropas que defendían la frontera. Al mismo tiempo, se concentraron en
dirección a Kaiserslautern y Neustadt casi todas las unidades más o menos
organizadas; se produjo un desconcierto indescriptible, y la mayor parte de los
reclutas se dispersaron. Un joven oficial de las unidades voluntarias de 1848
en el Schleswig-Holstein salió a la cabeza de treinta hombres en busca de los
desertores y en dos salidas de veinticuatro horas cada una reunió a mil
cuatrocientos, que encuadró en el “Bataillon Kaiserslautern”, mandado por él
hasta el final de la campaña.
763
El Palatinado es, estratégicamente hablando, un
terreno tan poco complicado, que ni siquiera los
prusianos pudieron cometer aquí equivocaciones. El Rin se desliza por un valle de unas cuatro, o cinco
horas de ancho, sin ninguna clase de obstáculos topográficos. En tres cómodas
jornadas recorrieron los prusianos el camino de Kreuznach y Worms hasta Landau
y Germersheim. La “Calzada imperial”, que va de Saargemünd a Maguncia, pasa por
el montañoso Transpalatinado, por las cumbres de las montañas o cruzando el
ancho valle de un río. Tampoco aquí se encuentran apenas accidentes del
terreno en los cuales pueda apoyarse más o menos un ejército numéricamente débil y tácitamente mal
instruido. Por último, de la calzada imperial parte, muy cerca ya de la
frontera evolúna, en la proximidad de Homburg, un
excelente camino que conduce directamente a Landau, por Zweibrücken
y Pirmasen, atravesando varios valles y escalando las cumbres de los Vosgos. Es cierto que este camino
ofrece mayores dificultades, pero a cambio de ello no puede ser bloqueado por tropas poco numerosas
y sin artillería, sobre todo si hay un ejército enemigo maniobrando en la
planicie en posibilidad de cortar la retirada por Landau y Bergzaber.
A la vista de esto, el ataque de los prusianos fue
muy sencillo. Dieron la primera acometida desde Saarbrücken contra Homburg, una
columna marchó desde aquí directamente sobre Kaiserslautern y
otra avanzó sobre Landau, pasando por Pirmasen. Al mismo tiempo, un segundo cuerpo atacaba en el
valle del Rin. Estas tropas encontraron la primera resistencia violenta en el
Hesse renano, enclavado en aquella zona. Los tiradores de Maguncia defendieron, con gran tesón y a pesar de sus muy sensibles
bajas, el parque del castillo. Hasta que, por último, viéndose rodeadas, se replegaron. Cayeron en poder
de los prusianos diecisiete combatientes de esta unidad. Inmediatamente, fueron colocados contra los
árboles y fusilados sin juicio por los héroes atiborrados de aguardiente, de
“los gloriosos ejércitos guerreros”.597 Así, con esta infamia, comenzaron
los prusianos su “breve, pero gloriosa campaña” del Palatinado.
764
596 Pistol y Falstaff, personajes de muchas obras dramáticas de Shakespeare, son el prototipo de ociosos, fanfarrones, mentirosos y cobardes.
597 Véase supra, nota 447.
Las tropas de Prusia habían conquistado, de este modo, toda la parte norte del Palatinado y establecido
contacto entre las dos principales columnas. Para asegurarse el resto del territorio y hacer prisioneras
a todas las tropas enemigas que pudieran guarecerse todavía en la montaña ya
sólo tenían que bajar al llano y levantar el cerco de Landau y Germersheim.
Había en el Palatinado como unos 30.000 prusianos
provistos de numerosa caballería y artillería. En el llano, por donde avanzaban
al frente del cuerpo del ejército más poderoso el príncipe de Prusia y
Hirschfeld, sólo se interponían entre ellos y Neustadt dos o tres secciones de
la Milicia Popular, ya medio desintegradas, y una parte de las tropas del Hesse
renano. De haber emprendido una marcha rápida sobre Espira
y Germersheim, los 4.000 o 3.000
hombres del Palatinado concentrados o, mejor dicho,
revueltos en el mayor desorden en las inmediaciones de Neustadt y Landau, se
habrían visto perdidos, destrozados y hechos prisioneros. Pero los señores
prusianos, muy activos cuando se trataba de fusilar a prisioneros indefensos,
se mostraban sumamente prudentes en el combate e indolentes hasta más no poder
en la persecución del enemigo.
Y claro está que si con tanta frecuencia tengo que
referirme, en todo el curso de la campaña, a esta extraña apatía de los
prusianos y del resto de las tropas imperiales, tanto en el ataque como en la
persecución, frente a un enemigo en la mayoría de los casos seis veces menor, o
cuando menos tres,
no quiero con ello sostener, ni mucho menos, que el soldado prusiano se caracterice por una cobardía
especial; con tanta mayor razón cuanto que, como se ha podido ver, no me hago ninguna ilusión acerca
de la especial bravura de nuestras propias tropas. Ni lo atribuyo tampoco, como
hacen los reaccionarios, a una especie de magnanimidad o al deseo de no cargar
con demasiados prisioneros.
765
La explicación es otra. La burocracia civil y
militar prusiana ha buscado siempre su fama en obtener triunfos con gran ruido
de bombos y platillos sobre enemigos débiles y en vengarse en gente inerme con
toda la voluptuosidad del sanguinario. Es lo que hizo también en Badén y en el
Palatinado. Pruebas: los fusilamientos de Kirchheim, las ejecuciones nocturnas
en el parque de faisanes de Karlsruhe, los innumerables asesinatos de heridos y
de gente que se entregaba en todos los campos de batalla, los malos tratos,
perpetrados a los pocos a quienes se hizo prisioneros, las matanzas
amparadas bajo la jurisdicción de guerra de Friburgo y Rastatt y, por último, el lento, callado y por ello
mismo tanto más cruel exterminio de los prisioneros de Rastatt a fuerza de
malos tratos hambre y hacinamiento en los húmedos y asfixiantes agujeros de las
casamatas y de la epidemia de tifus desatada como consecuencia de todo ello. No
cabe duda de que ante la indolente manera de llevar la guerra, los prusianos
tenían su fundamento en la cobardía del mando. Prescindiendo de la lenta y
meticulosa precisión de nuestros héroes prusianos en cuanto a polainas y
maniobras, que hace imposible ya de por sí todo golpe audaz y toda rapidez en
las decisiones; prescindiendo de los pedantescos reglamentos del servicio, con
los que se trata de impedir por medio de rodeos la repetición de tantos
vergonzosos reveses, ¿cómo habrían podido los prusianos emplear jamás estos
procedimientos de guerra para nosotros tan insoportablemente tediosos y para ellos bochornosos en
el más alto grado, si hubieran podido sentirse seguros de su propia gente? Pues
en esto, y no en otra
cosa, residía la causa. Los señores generales sabían
que la tercera parte de su ejército estaba formada
por regimientos de la reserva,
que peleaban de mala gana, que a la primera victoria de las tropas de la
insurrección se pasarían a ellas y arrastrarían también
consigo a las tropas de línea y, sobre todo, a la
artillería. Y huelga decir cómo les habría ido entonces a los Hohenzollern y a
su maltrecha corona.598
766
En Maikammer, donde tuve que esperar hasta la mañana del 16 a que me dispusieran nuevo medio de
transporte y nueva escolta, me alcanzó de nuevo el ejército, que se había
puesto en marcha ya muy temprano desde Neustadt. Días antes se había hablado de
una marcha sobre el Espira, pero este plan se abandonó para marchar
directamente hacia el puente de Knielingen. Yo me puse en marcha, acompañado
por quince muchachos campesinos pirmanenses medio salvajes, procedentes de los
bosques primitivos del Transpalatinado. Hasta las cercanías de Offenbach no me enteré de que Willich,
con todas sus tropas, se había retirado hacia Frankweiler, lugar situado al
noroestea de Landau. Di, pues, media vuelta y llegué a Frankweiler hacia el mediodía. Allí me encontré no sólo con Willich, sino
598 Ya en un mensaje real, del n de
abril de 1847, Federico Guillermo IV hablaba de
la “debilitada corona” que había heredado.
otra vez con toda la avanzada de las tropas del
Palatinado, que, para no tener que atravesar la zona situada entre Landau y
Germersheim, habían tomado el camino que parte al evol de Landau. Vi
sentados en la fonda al Gobierno provisional con sus funcionarios, al cuartel general y a los numerosos
zánganos democráticos que pululaban en torno a uno y otro. El general Sznayde
desayunaba. Todo
estaba revuelto y embarullado: en la fonda, la gente del gobierno, los jefes militares y los zánganos; en
la calle, los soldados. Poco a poco, fue llegando el grueso del ejército: el
señor Blenker, el señor Trocinski, el señor Strasser y
qué sé yo cuántos más, todos erguidos sobre sus caballos
a la cabeza de sus valientes. El desbarajuste era cada vez
mayor. Se logró ir haciendo reanudar la marcha, gradualmente, a diversas
unidades, en dirección de Impflingen y Kandel.
A En la Revue dice: “noreste”
bEn la Revue dice: “este”
767
No se advertía, al verlo, que se trataba de un
ejército en retirada. El desorden había presidido en él desde el primer
momento, y aunque los jóvenes guerreros comenzaran a quejarse de tanta
desacostumbrada marcha, esto no les impedía levantar el codo a placer en las tabernas, armar ruido y
amenazar a los prusianos con el más rápido exterminio. Pero, pese a esta
seguridad en la victoria, lo cierto es que habría bastado un regimiento de
caballería y unos cuantos cañones de campaña para dispersar a los cuatro vientos
a todo aquel alegre tropel y poner en fuga al “ejército de la libertad
renano-palatinense”. Para ello, sólo habría hecho falta rapidez en las decisiones y un poco de audacia;
pero en el campamento prusiano no se conocía ninguna de estas dos cualidades.
A la mañana siguiente, partimos de allí, mientras el grueso de los fugitivos se
retiraba hacia el puente de Knielingen. Willich marchaba con su unidad y
el batallón Dreher a internarse en la montaña, en dirección a Prusia. Una de
nuestras compañías, formada por unos cincuenta gimnastas de Landau, había ido a
apostarse en las montañas más altas, hacia Johanniskreuz. Schimmelpfennig
seguía apostado con su unidad en el camino que va de Pirmasen a Landau. Se
trataba de contener a los prusianos y de cerrarles en Hinterweidenthal los
caminos hacia Bergzaber y Lautertal.
Sin embargo, Schimmelpfennig había evacuado ya
Hinterweidenthal y se hallaba en Rinnthal y Annweiler. El camino
da una vuelta en el sitio donde las montañas
que encañonan el valle del Queich forman una especie de desfiladero
detrás del cual se encuentra la aldea de Rinnthal. Vigilaba este desfiladero
una especie de guardia de campaña. Sus patrullas habían anunciado por la noche
que se había disparado contra ellas; por la mañana
temprano, el ex comisario civil Weiss, de Zweibrücken, y un joven
renano, M. J. Becker, trajeron la noticia de que se acercaban los prusianos y
pidieron que se
enviaran patrullas de reconocimiento. Cuando menudearon las noticias de que el enemigo se acercaba,
la gente de Schimmelpfennig comenzó a levantar una barricada en el desfiladero;
acudió Willich, reconoció el terreno, dio algunas órdenes para que se ocuparan
las alturas y dispuso que se desmantelara toda aquella barricada, que de nada
servía. Las balas todavía no hacían blanco en nuestras columnas; pasaban muy
alto sobre nuestras cabezas. Cuando una bala silbaba sobre los hombres armados
con hoces, vacilaba toda la línea y se armaba una algarabía de gritos.
768
Nos costó trabajo pasar por delante de estas
tropas, que bloqueaban casi todo el camino, sembrando
en todas partes el desorden, y que, sin embargo, de nada servían con su armamento de hoces. Los jefes
de compañía y los tenientes estaban tan perplejos y desconcertados como los propios soldados. Se dio
orden a nuestros tiradores de que marchasen, unos a la derecha y otros a la izquierda, hacia las alturas,
y a dos compañías se les envió, además, por la izquierda, a reforzar a los
tiradores y a desviar a los prusianos. El grueso de la columna se
quedó abajo, en el valle. Algunos tiradores se apostaron detrás de los restos
de la barricada, donde da la vuelta el camino, disparando desde allí contra la
columna prusiana, que se hallaba como unos cien pasos más atrás. Yo trepé al
monte por la izquierda, con algunos hombres.
Apenas habíamos atravesado, cuesta arriba, una
pendiente llena de maleza, cuando llegamos a un espacio
libre desde cuya linde boscosa, al otro lado, los tiradores
prusianos nos disparaban sus balas cónicas. Recogí a algunos de mis hombres, un
tanto perplejos y temerosos, que trepaban de mala
manera, los puse lo más a cubierto que pude y reconocí el terreno de cerca. No podía avanzar con unos
cuantos hombres a través de un campo completamente abierto de 200 o 250 pasos de ancho, mientras
el destacamento enviado por delante un poco más a
la izquierda para desviar a los prusianos no hubiese llegado al flanco de
éstos; todo lo que podíamos hacer era sostenernos allí, ya que, además,
estábamos muy mal resguardados. Por lo demás, hay que decir que los prusianos, pese a sus fusiles de
balas cónicas, tiraban bastante mal; a pesar de no tener apenas cobertura, allí
nos estuvimos más de media hora, expuestos al más violento fuego de los tiradores, sin que los disparos alcanzaran más que
el cañón de un fusil y a la punta de una blusa.
769
Por fin, tuve que ir a ver dónde estaba Willich.
Mis hombres me prometieron que se sostendrían y yo volví a deslizarme pendiente
abajo. Encontré todo en orden. La columna principal de los prusianos, bajo el
fuego de nuestros tiradores en el camino y a la derecha de él, no tuvo más
remedio que retroceder algo. De pronto, a la izquierda, donde yo había estado,
nuestra gente bajó corriendo la ladera y dejó abandonada la posición. Las
compañías enviadas a la vanguardia de la extrema ala izquierda, debilitadas por
la necesidad de ir dejando atrás a numerosos tiradores, encontraron
demasiado largo el camino a través de un bosque situado algo más lejos y marcharon a campo traviesa,
conducidas por el capitán
que había salido vencedor en
el combate de Bellheim. Lueron recibidas por un fuego
violento; el capitán y algunos hombres cayeron, y el resto
de la tropa, ya sin jefe, cedió a la superioridad
del número. En vista de ello, los prusianos avanzaron, tomaron de flanco a
nuestros tiradores, dispararon sobre ellos desde arriba y los obligaron a
replegarse. Pronto estuvo en manos de los prusianos toda aquella altura.
Tiraban desde lo alto sobre nuestras columnas; ya no había nada que hacer y
emprendimos la retirada. El camino estaba bloqueado por las tropas de
Schimmelpfennig y el batallón Dreher-Obermü11er, que siguiendo la
plausible costumbre de Badén no marchaba en columna de cuatro a seis hombres, sino en columna de
diez a doce, ocupaba la calzada a todo lo ancho. Nuestras tropas tuvieron
que marchar hacia la aldea a través de praderas
pantanosas. Yo me quedé con los tiradores que cubrían la retirada.
Se había perdido la batalla, en parte porque
Schimmelpfennig no había cumplido la orden dada por Willich de ocupar las
alturas, que ahora, con las pocas tropas de que disponíamos, ya no podíamos
volver a arrebatar a los prusianos, y, en parte por la total ineficacia de las
tropas de aquella unidad y las del batallón Dreher y en parte, finalmente, por
la impaciencia del capitán enviado a desviar a los prusianos, impaciencia que
estuvo a punto de costarle la vida y que dejó descubierta nuestra ala izquierda.
Por lo demás, tuvimos suerte en ser derrotados; se hallaba ya en camino hacia
Bergzaber una columna prusiana, se había levantado el cerco de Landau y, en
estas condiciones, habríamos quedado cercados por todas partes en
Hinterweidenthal.
770
La retirada nos costó más bajas
que el combate. De cuando en cuando, las balas prusianas
se cebaban
en la espesa columna, que, la mayor parte de las veces,
avanzaba en admirable desorden, en medio de un
gran tumulto y algarabía de gritos y de voces. Teníamos como unos quince
heridos, entre ellos
Schimmelpfennig, que había recibido un tiro en la rodilla casi al comienzo del combate. Los prusianos
volvían ahora con bastante desgano y pronto cesaron sus disparos. Sólo nos
acosaban algunos tiradores sueltos, desde las laderas de las montañas. En Annweiler, a media hora del campo de batalla,
nos detuvimos
a refrescarnos con la mayor tranquilidad del mundo, y de allí seguimos
a Albersweiler. Llevábamos con nosotros lo principal, que eran 3.000
florines para entregar a cuenta del empréstito
forzoso que habíamos dispuesto en Annweiler. Más tarde, los prusianos calificaron esto de desfalco de
la caja. Y afirmaron también, en la embriaguez de su triunfo, que habían dado muerte cerca de Rinnthal
al teniente Manteuffel, de nuestra unidad, primo de Su Excelencia el Manteuffel
de Berlín, suboficial del ejército prusiano que se había pasado a nuestro
campo. El señor Manteuffel está tan vivo, que de entonces acá incluso ha ganado
en Zurich un premio gimnástico.
En Albersweiler avanzaron hacia nosotros dos
cañones de los de Badén, parte del refuerzo enviado por Mieroslawski.
Pensábamos emplearlos para volver a tomar posición por allí cerca, cuando nos
llegó la noticia de que los prusianos estaban ya en Landau, en vista de lo cual
no nos quedaba otra opción que marchar directamente hacia Langenkandel.
771
Afortunadamente, en Albersweiler nos desembarazamos de las tropas inservibles que marchaban con
nosotros. Después
de perder a su jefe, la unidad de Schimmelpfennig se había desintegrado en parte y
marchó por propia cuenta, desviándose del camino, en dirección a Kandel. Y a
cada paso iba dejando
en las tabernas a los merodeadores y a los individuos rezagados. En Albersweiler, comenzó el batallón
Dreher a dar señales de rebeldía. Nos presentamos a aquellos soldados Willich y yo y les preguntamos
lo que querían. Silencio general. Por último, uno de los voluntarios, ya
entrado en años, exclamó: “¡Quieren llevarnos al matadero!” Esta exclamación
resultaba altamente cómica en una unidad como aquélla, que no había entrado
para nada en combate y que en la retirada sólo había tenido dos o a lo
sumo tres heridos leves. Willich ordenó al hombre en cuestión dar un paso al frente y entregar su fusil.
Era un individuo de barba gris, algo bebido,
que ejecutó la orden, hizo una
escena tragicómica y aulló un largo discurso, en el que venía a decir
que nunca le había sucedido nada parecido. Se levantó un clamor general de
indignación de parte de aquellos sentimentales pero muy mal disciplinados
guerreros, en vista de lo cual Willich ordenó a toda la compañía que se
retirara a toda prisa, pues estaba harto de charloteos y murmullos y no quería
seguir mandando ni un momento más a semejantes soldados. La compañía no se lo
hizo decir dos veces, dio media vuelta a la derecha y se
puso en marcha. Cinco minutos después la siguió el resto del batallón, al que Willich entregó, además,
dos cañones. ¡Era demasiado duro para ellos el que “se les llevara al matadero”
y se les obligara a guardar disciplina! Nos encantó verlos partir.
Nos abrimos paso, peleando, hacia la montaña, por
la derecha, en dirección a Impflingen. Pronto llegamos cerca de los prusianos,
con los que nuestros tiradores cambiaron algunos disparos. Al anochecer,
sonaron tiros sueltos. Yo me quedé en la primera aldea para mandar desde allí
un mensajero con noticias a nuestra compañía de gimnastas de Landau; no sé si
las recibió o no, pero sí sé que estos combatientes llegaron felizmente a
Francia, de donde volvieron a pasar a Badén. Aquel alto hizo que perdiese el evolúto
con mi unidad, y tuve que arreglármelas yo solo para encontrar el camino hasta
Kandel.
772
Los caminos estaban llenos de individuos rezagados
del ejército; todas las tabernas se veían abarrotadas, como si la fiesta
hubiese terminado a gusto de todos. Aquí oficiales sin soldados, allí soldados
sin oficiales y voluntarios de todos los cuerpos que marchaban en abigarrada
mescolanza hacia Kandel, unos a pie, otros en vehículos. ¡Y los prusianos no se
paraban siquiera a pensar en perseguir seriamente
a aquel tropel de hombres! Impflingen está solamente
a una hora de camino de Landau, y Wörth (situado delante del
puente de Knielingen) sólo dista cuatro o cinco horas de Germersheim; pues
bien, los prusianos no creyeron conveniente enviar rápidamente a ninguno de
estos dos puntos las tropas necesarias para cerrar el paso en el primero a los rezagados y en el segundo
a todo el ejército. En realidad, los laureles del príncipe de Prusia han sido ganados de un modo bastante peregrino.
En Kandel encontré a Willich, pero no a su unidad,
que había quedado acuartelada algo más atrás.
Volví a encontrarme, en cambio, con el Gobierno provisional, el cuartel general y el nutrido séquito de
zánganos. La misma aglomeración de tropas que ayer en Frankweiler, pero un
desorden y un desbarajuste todavía mayores. A cada momento llegaban oficiales
preguntando por su unidad y soldados indagando el paradero de sus jefes. Y
nadie sabía contestarles. La dispersión era completa.
A la mañana siguiente el 18 de junio, todo el mundo desfiló por Wörth y pasó el puente de Knielingen.
A pesar de todos los que habían
desertado y se habían
marchado a sus casas, los efectivos del ejército
en retirada, contando los refuerzos llegados de Baden, ascendían a 5.000 o
6.000 hombres. Y marchaban por las calles de Wörth tan orgullosos como si
acabaran de conquistar la aldea y les aguardaran nuevos triunfos. Seguían
haciéndolo como Kossuth. Por lo demás, los únicos que mantenían una actitud
militar y eran capaces de pasar delante de una taberna sin que ninguno
rompiese las filas para entrar en ella, eran los soldados
de un batallón badense de línea. Por fin, llegó nuestra unidad.
Nos quedamos atrás para cubrir la retirada, hasta que todos hubieron cruzado el
puente; cuando ya todo estuvo en orden, marchamos hacia Badén, ayudando al paso
de las carretas.
773
El gobierno de Badén, para no meternos con los
bravos pequeños burgueses de Karlsruhe que tan valientemente se portaron
en
contra de los republicanos el 6 de junio,599 aposentó en
los alrededores de la ciudad a toda la gente del Palatinado. Acabábamos de presionar para que se nos dejara entrar en
Karlsruhe con nuestra unidad; necesitábamos proceder a una serie de reparaciones
y conseguir gran número de prendas de vestuario, y considerábamos, además, que
habría sido muy de desear la presencia en Karlsruhe de una unidad tan segura y
revolucionaria como la nuestra. Pero el señor
Brentano había velado por nosotros. Nos encaminó hacia Daxlanden, una aldea situada a hora y media
de Karlsruhe y que se nos pintó como un verdadero Eldorado. Hacia allá fuimos y
nos encontramos con el nido más reaccionario de toda la comarca. Nada de comer,
nada de beber y apenas un poco de
paja para recostarse; la mitad de los hombres tuvieron que dormir sobre el duro suelo. Y, encima, caras
largas y ceñudas en todas las puertas y ventanas. No perdimos mucho tiempo.
Advertimos al señor
Brentano que si antes no se nos asignaba otro acantonamiento mejor, al día siguiente, 19 de junio, por
la mañana, estaríamos en Karlsruhe. Dicho y hecho. A las nueve de la mañana emprendimos la marcha.
Nos encontraríamos todavía a tiro de fusil de la aldea en que habíamos
pernoctado, cuando salió a nuestro encuentro el señor Brentano, acompañado por
un oficial del Estado, recurriendo a todos los halagos y a todas las artes de
la elocuencia para mantenernos
alejados de Karlsruhe. Nos dijo que la ciudad albergaba, ya a 5.000 hombres de tropa, que la gente rica
se había marchado y la clase media se hallaba abarrotada de alojados; que no
permitiría que no se
aposentara debidamente a la valiente unidad de Willich, de la que todos se hacían evolú, y así por el
estilo. Willich pidió que se le entregaran algunos palacios vacíos
de aristócratas, y, como Brentaño se negara a ello, marchamos hacia
Karlsruhe en busca de alojamientos.
774
En Karlsruhe obtuvimos fusiles para nuestra
compañía armada con hoces, y algunas piezas de paño
para capotes. Dimos a reparar con la mayor rapidez que pudimos el calzado y las prendas de vestir. Se
nos incorporó también nueva gente, varios obreros a quienes yo conocía de la
insurrección de
Elberfeld, Kinkel, que entró como mosquetero en la compañía obrera de Besançon, y Zychlinski, quien
había sido ayudante del alto mando en el levantamiento de Dresde y jefe de la
retaguardia en la retirada de los insurrectos; ahora se le había incorporado,
como tirador, a la compañía estudiantil.
Además de completar en lo posible los efectivos y
el armamento, se atendió también a la instrucción
táctica. Se organizaron prácticas y ejercicios con el mayor celo y, al segundo día de nuestra estancia en
Karlsruhe, se hizo desde la plaza del palacio un simulacro de asalto a la
ciudad. La decepción general y.sinceramente sentida que esta maniobra causó
revelaba bien a las claras que la pequeña burguesía se había dado perfectamente
cuenta de la amenaza.
Por último, se tomó la atrevida decisión de
requisar la colección de armas del Gran Duque, que hasta entonces había
permanecido incólume como una reliquia. Ya nos disponíamos a colocar pistones a
veinte carabinas de dicha colección, cuando llegó la noticia de que los prusianos habían cruzado el Rin
cerca de Germersheim y estaban en Graben y Bruchsal.
Inmediatamente — era el 20 de junio, al anochecer—
nos pusimos en marcha, con dos cañones del Palatinado. Cuando llegamos a
Blankenloch, a hora y media de Karlsruhe, en dirección a Bruchsal, encontramos
allí al señor Clement con su batallón y nos enteramos
de que las avanzadillas prusianas se encontraban como a una hora de
Blankenloch. Mientras nuestros hombres cenaban, fusil al brazo, celebramos
consejo de guerra. Willich propuso atacar inmediatamente a los prusianos. El
señor Clement declaró que no estaba, con sus tropas bisoñas, en condiciones de
lanzarse a un ataque
nocturno. Se decidió pues marchar inmediatamente hacia Karlsdorf y atacar poco antes del amanecer,
intentando romper las líneas prusianas. Si lo lográbamos, marcharíamos sobre
Bruchsal y, de ser
posible, nos apoderaríamos de este lugar. En este caso, el señor Clement atacaría al romper el día sobre
Friedrichsthal y protegería nuestro flanco izquierdo.
775
Sería como media noche cuando nos pusimos en
camino. Nos lanzábamos a una empresa relativamente temeraria. No llegaríamos a
700 hombres, con dos cañones; nuestras tropas estaban
599 Véase supra, nota 578.
mejor adiestradas y eran más seguras que el resto
de las del Palatinado; estaban, además, bastante
fogueadas. Nos proponíamos atacar con ellas a un cuerpo enemigo, desde luego mucho más adiestrado
que nosotros, provisto de
oficiales subalternos mejor instruidos y algunos de
cuyos capitanes apenas si habían pasado por la Guardia Cívica; cuerpo
cuyos efectivos no conocíamos a ciencia cierta, pero que no bajaría de 4.000
hombres. Sin embargo, nuestra unidad se había empeñado ya en combates más
desiguales, y en una campaña como ésta no había que contar, desde luego, con
una proporción numérica menos desfavorable.
Mandamos por delante como descubierta, a una distancia de cien pasos, a diez estudiantes; marchaba
luego la primera columna, encabezada por media docena de dragones de Badén, que
nos habían sido asignados para cubrir el servicio de estafetas; detrás, tres
compañías. Un poco más lejos, las tres
compañías restantes; cerraban la formación los cañones. Se dio orden de no disparar en modo alguno,
de marchar en medio del mayor silencio y de atacar a la
bayoneta, tan pronto se avistara al enemigo.
Pronto vimos, a lo lejos, el resplandor de las hogueras de los vivaques prusianos. Seguimos avanzando
sin
ser molestados, hasta Spock. Al llegar aquí, se detiene el grueso de la columna y avanza solamente
la vanguardia. De pronto, suenan algunos disparos; en
el camino, a la entrada de la aldea, se enciende
una gran llamarada de paja; la campana suena a rebato. Nuestros soldados de
reconocimiento exploran la aldea a derecha e izquierda, y tras esto entra en
ella la columna. También dentro de la aldea, vemos arder grandes hogueras; esperamos una descarga detrás de cada evolú. Pero todo está
tranquilo, y delante del Ayuntamiento sólo se ve una especie de guardia formada
por campesinos. El puesto prusiano se había largado ya.
776
Los señores prusianos — como pudimos ver aquí— no
se consideraban seguros, a pesar de su tremenda superioridad en número, si no
ponían en práctica hasta en los menores detalles su pedantesco reglamento de
puestos avanzados. El puesto más extremo de éstos se hallaba emplazado a una
hora entera de distancia de su campamento. Si nosotros nos hubiésemos empeñado
en agotar de este modo, con este servicio de puestos avanzados, a nuestros
hombres, no acostumbrados a las fatigas de la guerra, habríamos conseguido con
ello tener un sinnúmero de merodeadores. Nos
encomendamos a la meticulosidad prusiana y llegamos a la conclusión de que ellos no tendrían mayor
respeto por nosotros que nosotros por ellos. Y así fue, en efecto. Nunca hasta
llegar a la frontera con
Suiza fueron atacados nuestros puestos avanzados ni asaltados nuestros cuarteles.
En todo caso, los prusianos estaban ya sobre aviso.
¿Deberíamos dar vuelta? Opinamos que no, y seguimos avanzando.
Cerca de Neuthard,c nuevo repique de campanas;
esta vez, en cambio, ni fuegos ni señales ni tiros. También aquí atravesamos la
aldea en formación bastante cerrada, y así seguimos subiendo en dirección a
Karlsdorf. Apenas habría llegado a la cumbre nuestra avanzada, que ahora
marchaba solamente a unos treinta pasos por delante, cuando de pronto ve ante
sí, muy cerca, la guardia
prusiana. Escucho el grito de “¡Alto! ¿Quién vive?” y salto hacia adelante. Oigo a uno de mis camaradas
decir: “Ése ya no lo cuenta;
está perdido”. Se equivocaba. Fue precisamente aquel salto hacia adelante
lo que me salvó.
C En la Revue dice: “Neithart”
777
En efecto, en aquel preciso instante soltó la guardia enemiga una descarga, y nuestra avanzada, en vez
de atacar a la bayoneta, derribándola al suelo, contestó con fuego de fusil.
Los dragones, a cuyo lado
había marchado yo, con la cobardía proverbial en ellos, dieron en seguida media vuelta, se metieron a
galope por entre la columna, derribaron y patearon a varios soldados,
deshicieron totalmente la formación de las cuatro o seis primeras secciones y
siguieron galopando. Al mismo tiempo, los centinelas enemigos de a caballo apostados en los campos a derecha e izquierda abrieron fuego contra
nosotros, y, para que el desbarajuste fuese completo, algunos individuos
atolondrados, en medio de
nuestra columna, comenzaron a disparar sobre los
de adelante, mientras otros imbéciles imitaban su ejemplo.
En menos que se cuenta quedó deshecha la primera mitad de la columna, en parte
desperdigada en los campos, en parte entregada a la fuga, y en parte, por
último, formando en el
camino un ovillo inextricable. Heridos, mochilas, sombreros, fusiles, todo revuelto entre el trigo verde.
Un griterío confuso y salvaje, tiros y silbidos de
balas en todas las direcciones posibles. Al ceder algo la batahola, bastante
lejos, en la retaguardia, oigo el ruido de nuestros cañones, rodando a toda
prisa en su huida. Las piezas de artillería habían prestado a la segunda
columna el mismo servicio que los dragones a la primera.
No sé si en aquellos momentos sentía mayor furia
por el terror infantil que se había apoderado de nuestros soldados o desprecio
por los lamentables métodos de los prusianos, quienes, advertidos como estaban
de nuestra llegada, ordenaron alto al fuego, después de hacer
unos cuantos disparos, y
salieron también corriendo como alma que lleva el diablo. Nuestra avanzada seguía en su sitio, sin que
nadie la hubiese atacado para nada. Un escuadrón de caballería, o un fuego de tiradores medianamente
sostenido, nos habría hecho emprender la más desesperada de las fugas.
Willich vino corriendo hasta la vanguardia. Había
vuelto a formarse la compañía de los de Besançon;
los demás, más o menos avergonzados, rehicieron sus
filas. No tardó en amanecer. Nuestras pérdidas se
reducían a seis heridos, entre ellos uno de los oficiales de nuestro estado
mayor, pisoteado por el caballo de un dragón en el mismo sitio que yo acababa
de dejar para correr a la vanguardia.
778
Algunos otros habían sido alcanzados,
manifiestamente, por las balas de nuestros propios hombres. Recogimos
cuidadosamente todos los pertrechos y armas caídos para no dejar a los
prusianos ni el menor trofeo, y luego nos retiramos lentamente hacia
Neustadt. Los tiradores se apostaron detrás de las
primeras casas, cubriéndonos. Pero no se presentó un solo prusiano; y cuando
Zychlinski hizo un nuevo hallazgo, los encontró todavía detrás, en
lo alto, desde donde le hicieron un
par de disparos sin causar daño alguno.
Los campesinos palatinenses que conducían nuestros
cañones habían llegado a cruzar la aldea con uno de ellos; el otro se había
volcado, y la cuadrilla había seguido cabalgando con cinco caballos, después de
cortar las correas de los tiros. Tuvimos que ir a levantar la pieza de
artillería y sacarla de allí con el único caballo de tiro que quedaba.
Al llegar a Spóck escuchamos hacia la derecha, por
la parte de Friedrichsthal, fuego cada vez más intenso de fusilería. El señor
Clement había atacado, por fin, pero una hora después de lo convenido.
Propuse apoyar su acción con un ataque de flanco, para contrarrestar así el revés sufrido. Willich opinó
lo mismo y ordenó marchar por el primer camino a la derecha. Ya había tomado
esta dirección una parte de nuestra unidad, cuando llegó un oficial enviado por
Clement a avisarnos de que éste se retiraba. En vista de ello, seguimos a
Blankenloch. Pronto nos encontramos con el señor Beust, del estado mayor, quien
Se mostró enormemente sorprendido al encontrarnos vivos y ver a las tropas
marchar en el mejor orden. Los granujas de los dragones, en su huida, que llegó
hasta Karlsruhe,
habían hecho correr por todas partes la noticia de que Willich había sucumbido, que todos los oficiales
habían sido muertos y que nuestra unidad había quedado destrozada y aniquilada.
Según ellos, el enemigo había disparado contra nosotros con metralla y
“granadas incendiarias”.
Delante de Blankenloch salieron
a nuestro encuentro
algunas tropas del Palatinado y de Badén y, por
último, el señor Sznayde, con su cuartel general. El extravagante viejo, que
probablemente había dormido a pierna suelta toda la noche en su cama, tuvo el
cinismo de gritarnos: “¿A dónde se dirigen ustedes, señores? ¡El enemigo queda
atrás!” Le contestamos, naturalmente, como se merecía, seguimos nuestra marcha
y nos detuvimos en Blankenloch a descansar un poco y a refrescarnos. Al
cabo de dos horas regresó el señor Sznayde con sus tropas, como es natural sin haber visto ni de lejos
al enemigo, y se sentó a desayunar.
779
Con los refuerzos recibidos de Karlsruhe y sus
alrededores, el señor Sznayde tenía ahora bajo su
mando de 8.000 a 9.000 hombres, entre ellos tres batallones de línea y dos baterías badenses. En total,
había veinticinco cañones. Debido a las órdenes bastante vagas de Mieroslawski
y, sobre todo, a la incapacidad total del señor Sznayde, todo el ejército del
Palatinado permaneció en la zona de Karlsruhe, hasta que los prusianos no
hubieron cruzado el Rin bajo la protección de la cabeza de
puente de Germersheim. Mieroslawski (véanse sus informes
sobre la campaña en Badén) había dado la orden de que,
después de la retirada de las tropas del Palatinado, se defendieran los pasos
del Rin entre Espira y Knielingen y la orden especial de
cubrir a Karlsruhe y de
concentrar en el puente de
Knielingen todo el cuerpo de ejército. El señor
Sznayde interpretó esto en el sentido de que debía quedarse quieto en Karlsruhe
y Knielingen hasta nueva orden. Si, cumpliendo lo que iba implícito en las
órdenes generales de Mieroslawski, hubiese enviado hacia la cabeza de puente de
Germersheim una nutrida unidad de tropas con artillería, no se habría dado el
absurdo de ordenar al comandante Mniewski, al mando de 450 reclutas, sin
artillería, que recuperase la cabeza de puente; no habrían cruzado el Rin 30.000
prusianos sin que nadie los molestase; no habrían quedado cortadas las
comunicaciones con Mieroslawski, y habría podido el ejército del Palatinado llegar a tiempo al campo
de batalla de Wagháusel. En vez de lo cual, el día en que se libró este
combate, el 21 de junio, dicho ejército erraba, perplejo, entre Friedrichsthal,
Weingarten y Bruchsal, perdió de vista al enemigo y malgastó su tiempo en
marchas y contramarchas.
780
Recibimos la orden de trasladarnos al ala derecha,
pasando por Weingarten y marchando desde allí
por el borde de las montañas. Partimos pues de Blankenloch aquel mismo mediodía — el 21 de junio—
, y hacia las cinco de la
tarde salíamos de Weingarten. Las tropas del Palatinado
comenzaban, por fin, a dar muestras de inquietud; se daban cuenta de que se
enfrentaban a un enemigo muy superior en número, y ya no revelaban aquella jactanciosa seguridad de que hasta ahora alardeaban, por lo menos antes del combate. De ahora en adelante, comenzó a manifestarse en la Milicia Popular del Palatinado
y de Badén y, poco a poco, también entre las tropas de línea y la artillería,
la manía de ver a los prusianos por todas partes, la diaria repetición de
falsos rumores que hacían perder la cabeza a todo el mundo y daban pie a las
escenas más chuscas. Ya en la primera cima a que llegamos después de
Weingarten, se precipitaron sobre nosotros patrullas y campesinos, gritando:
“¡Ahí vienen los prusianos!” Nuestra unidad se formó en
orden de batalla y avanzó. Yo regresé a Weingarten
para dar la voz de alarma, y con este motivo perdí a mi unidad. El rumor,
como es natural, carecía de
fundamento. Los prusianos se habían replegado sobre Wagháusel, y Willich entraba en Bruchsal aquel
mismo día por la tarde.
Pasé la noche en Obergrombach en
compañía del señor Osswald y su batallón palatinense,
con el que
a la mañana siguiente seguí hasta Bruchsal. Antes de llegar a la
ciudad, nos encontramos con carretas llenas de elementos
rezagados que gritaban: “¡Ahí están los prusianos!” Todo el batallón comenzó
inmediatamente a vacilar y costó gran esfuerzo hacer que avanzase. Era,
naturalmente, un nuevo rumor infundado; en Bruchsal estaban Willich y el resto
de la vanguardia del ejército del Palatinado; las demás tropas fueron
llegando oportunamente, sin
que se viera ni rastro de los prusianos. Además
del ejército y de sus jefes, encontramos allí a d’Ester, al ex gobierno del
Palatinado y a Goegg, quien, en general, después de hacerse
incontestable la dictadura de Brentano, pasaba
casi todo el tiempo en el ejército y ayudaba a resolver los
asuntos civiles. El abastecimiento era malo y el desbarajuste grande. Solamente
en el cuartel general se vivía bien, como de costumbre.
781
Se nos volvió a aprovisionar con un número
considerable de cartuchos procedentes de los depósitos de Karlsruhe, y
reanudamos la marcha al atardecer, llevando con nosotros a toda la vanguardia.
Y mientras ésta acampaba en Ubstadt, nosotros seguimos
a Unteröwisheim, a la derecha, con objeto de cubrir el flanco en
la montaña.
Éramos ahora, en cuanto al aspecto, una fuerza muy
respetable. Nuestro cuerpo de tropa veíase
reforzado con dos nuevas secciones. La primera era el batallón Langenkandel, que se había dispersado
en el trayecto de su comarca al puente de Knielingen y cuyos restos útiles
habían venido a unirse a nosotros; estos beaux restesd eran un
capitán, un teniente, un abanderado, un sargento, un suboficial
y dos soldados. La segunda era la “columna Robert Blum”, con una bandera roja y un destacamento de
unos sesenta hombres que parecían caníbales, pero cuyas heroicas hazañas se
reducían a una serie interminable de requisas. Se nos habían
asignado, además, cuatro cañones badenses y un batallón de la
Milicia Popular de Baden, el batallón Kniery, Knüry o Knierim
(pues no me fue posible descubrir la
verdadera ortografía del nombre). El batallón Knierim
era digno de su jefe, el señor Knierim
digno de su batallón. Uno y otro, magníficamente bien intencionados,
tremendos fanfarrones y escandalosos y
a todas horas borrachos. El consabido “entusiasmo” inflamaba sus corazones, impulsándolos, como en
seguida veremos, a las más portentosas hazañas.
D Bellos restos.
En la mañana del 23, recibió Willich una nota
escrita de Anneke, quien mandaba la vanguardia del ejército palatinense en
Ubstadt, haciéndole saber que el enemigo se acercaba y que, celebrado un
consejo de guerra, habían acordado replegarse. Willich, sumamente asombrado
ante la extraña
noticia, galopó hasta Ubstadt y, después de haber convencido a
Anneke y a sus oficiales de que dieran allí
la batalla, reconoció personalmente el terreno e indicó dónde debían emplazarse
los cañones. Después de lo cual regresó y ordenó a sus tropas que empuñaran las
armas. Mientras éstas se
formaban, recibimos del cuartel general en Bruchsal la siguiente orden, firmada por Techow: el grueso
del ejército avanzaría por la calzada hacia Heidelberg, confiando en llegar
aquel mismo día hasta Mingolsheim; entre tanto nosotros deberíamos marchar por
Odenheim hasta Waldangelloch y
pernoctar allí. A dicho punto nos serían enviadas ulteriores noticias sobre los éxitos alcanzados por el
cuerpo principal del ejército y las órdenes acerca de nuestra posterior
actuación.
782
En las páginas 311 y 317 de su caprichosa Historia
de los tres levantamientos populares en Badén publica el señor Struve
un informe sobre las operaciones realizadas por el ejército del Palatinado en
los días 20 a 26 de junio, que se reduce todo él a una apología del incapaz
Sznayde y a un cúmulo de inexactitudes y deformaciones. Ya de lo que dejamos expuesto se desprende: 1) que Sznayde en modo
alguno tuvo “noticias seguras del encuentro de Wagháusel y sus consecuencias
pocas horas después de su llegada a Bruchsal (el 22)”; 2) que, en modo alguno,
podía, en vista de ello, “cambiar su plan y, en vez de marchar hacia
Mingolsheim como primeramente se había propuesto”, no pudo, en modo alguno, ya
el día 22, “tomar el acuerdo de permanecer en Bruchsal con el grueso de su
división” (la citada nota de Techow había sido escrita en la noche del 22 al
23); 3) que, en modo alguno, “debió haberse efectuado una gran operación de
reconocimiento en la mañana del 23”, sino ciertamente, la marcha hacia
Mingolsheim; 4) que es una burda mentira la afirmación de que “todos los
destacamentos recibieron la orden de marchar en dirección al sitio en que se escucharan disparos, tan
pronto como éstos se produjeran”, y 5) la de que “el destacamento del ala
derecha (Willich) trató de justificar el hecho de no haberse presentado en el
combate de Ubstadt diciendo que no había oído ninguna clase de disparos”.
783
Nos pusimos en camino inmediatamente. El plan era
desayunar en Odenheim. Algunos soldados bávaros de caballería ligera que se nos
habían asignado para hacer servicio de estafetas rodearon la aldea por la
izquierda, con objeto de descubrir posibles tropas enemigas. Habían pasado por
allí los húsares prusianos, que requisaron dejándolo amontonado, algún forraje,
con intención de recogerlo
más tarde. Mientras nosotros nos apoderábamos de dicho forraje, y se distribuía a nuestros hombres,
sin que éstos soltaran sus fusiles, vino y algo de comer, se presentó, todo
excitado, uno de aquellos soldados de caballería, gritando: “¡Ahí están los
prusianos!” El batallón Knierim, que se hallaba a la cabeza, se desintegró en
un instante y se convirtió en un tropel confuso, gritando, blasfemando y
huyendo en todas direcciones, mientras el señor comandante de la unidad, cuyo
caballo se desbocó, tuvo que dejar a la tropa a su merced. Acudió, cabalgando a
toda prisa, Willich, quien restableció el orden, y reanudamos de nuevo la
marcha. Como es natural, los prusianos no se presentaron.
Desde la altura detrás de Odenheim oímos retumbar
el cañón por la parte de Ubstadt. El cañoneo
aumentó en intensidad. Los oídos habituados podían ya distinguir las balas de la metralla. Celebramos
consejo de guerra para decidir si debíamos
reanudar la marcha o dirigirnos hacia el sitio de donde se
escuchaba el cañoneo. Como la orden que habíamos recibido era terminante y el
fuego parecía correrse en la dirección de Mingolsheim, lo que parecía indicar
el avance de los nuestros, decidimos emprender la marcha más peligrosa, hacia Waldlangelloch. Caso de haber sido
derrotadas en Ubstadt las tropas del Palatinado, habríamos quedado
prácticamente cercados en lo alto de la montaña y en una situación bastante
crítica.
El señor Struve afirma que el combate de Ubstadt
“habría podido dar brillantes resultados, de haber atacado en el momento
oportuno los destacamentos laterales” (p. 314). El cañoneo no duró ni una hora,
y para poder llegar al campo de batalla, entre Stettfelde y Ubstadt,
habríamos necesitado dos horas y media; es decir, habríamos llegado hora y
media después de haberse terminado todo.
E En la Revue dice: “Mattfeld”.
784
Así escribe la “historia” el señor Struve. Nos
detuvimos cerca de Tiefenbach. Mientras las tropas se refrescaban, Willich
expidió algunos despachos. El batallón Knierim descubrió en Tiefenbach una
especie de bodega municipal, requisó las existencias, sacó las barricadas de
vino, y en menos que se cuenta todos sus individuos estaban borrachos. La rabia
por el pánico mañanero ante el rumor de la
llegada de los prusianos, el cañoneo de Ubstadt, la poca confianza que estos héroes tenían los unos en
los otros y en
sus oficiales, todo se confabuló para
provocar una franca rebelión. Los rebeldes exigían que se
emprendiera inmediatamente la retirada; aquello de marchar y marchar
eternamente por las montañas delante del enemigo, no les agradaba. Cuando
vieron que sus pretensiones no eran, ni mucho menos, escuchadas, dieron media
vuelta y desfilaron por sí y ante sí. Se les unió la “columna Robert Blum”, la
que parecía que iba a comerse a los enemigos crudos. La dejamos ir y marchamos
hacia Waldlangelloch.
Era imposible pernoctar con cierta seguridad allí,
en el fondo de una profunda hondonada. Hicimos alto y procuramos allegar
noticias acerca de las condiciones del terreno en aquellas inmediaciones y de
la posición del enemigo. Entre tanto, se habían difundido por boca de algunos
campesinos vagos
rumores acerca de la retirada del ejército del Neckar. Se decía que habían marchado hacia Bretten, por
Sinsheim y Eppingen, importantes unidades badenses y que el propio Mieroslawski
había pasado de riguroso incógnito estando a punto de ser detenido en Sinsheim.
La artillería se mostraba inquieta y hasta nuestros estudiantes comenzaban a
gruñir. La artillería fue enviada a la retaguardia, mientras
nosotros marchábamos hacia Hilsbach. Aquí pudimos averiguar algo más preciso acerca de la retirada
del ejército del Neckar, efectuada desde hacía ya cuarenta y ocho horas, y
acerca de los bávaros, que se hallaban en Sinsheim, a hora y media de nosotros.
Se decía que eran unos 7 ooo, pero su número ascendía, como más tarde averiguamos,
a unos 10 000. Nuestra tropa contaba, cuando mucho, 700 hombres. Ya no podía
seguir la marcha. La alojamos, pues, en pajares, como de costumbre, siempre que
queríamos tenerlos concentrados lo más posible; apostamos fuertes puestos de
guardia y nos acostamos a dormir. A la mañana siguiente, el día 24, al ponernos
en marcha, oímos muy claramente el paso de las tropas bávaras. No habría pasado
media hora de nuestra partida cuando los bávaros entraban en Hilsbach.
785
Mieroslawski había pernoctado en Sinsheim dos días antes, el 22, y estaba ya con sus tropas en Bretten
cuando nosotros llegamos a Hilsbach. Había pasado también al otro lado Becker,
que mandaba la
retaguardia. Mal pudo, pues, pasar la noche del 23 al 24 en Sinsheim, como afirma Struve, en la página
308, pues a las ocho de la noche, y tal vez ya antes, se hallaban allí los bávaros, que al atardecer del día
anterior habían presentado un pequeño combate a Mieroslawski. La retirada de
éste de Wagháusel a Bretten por Heidelberg ha sido representada por quienes en
ella tomaron parte como una maniobra sumamente peligrosa. No cabe duda de que
las operaciones realizadas por Mieroslawski desde el 20
hasta el 24 de junio, la rápida concentración en Heidelberg de un cuerpo de tropas con el que se lanzó
contra los prusianos, y su veloz retirada después de perder la batalla de
Wagháusel, constituyen la parte más brillante de toda su actuación en Badén.
Sin embargo, que esta maniobra no era, en modo alguno, tan
peligrosa frente a un enemigo tan
indolente como aquel
a que se enfrentaba lo demuestra
nuestra propia retirada de Hilsbach, llevada a cabo veinticuatro horas más tarde, con nuestra pequeña
unidad, sin que nadie nos molestase. Pasamos incluso, sin ser atacados por
nadie, el desfiladero de Flehingenf donde ya el 23 había esperado un
ataque Mieroslawski, y marchamos hacia Büchig. Habíamos decidido quedarnos allí
para cubrir contra una posible primera embestida la posición en que
Mieroslawski había acampado cerca de Bretten.
F En la Revue dice: “ Flesingen”
786
Por dondequiera que pasábamos Eppingen, Zaisenhausen, Flehingen, la gente nos miraba asombrada,
pues ya habían desfilado todas las unidades del
ejército del Neckar, incluso la retaguardia. Cuando,
al entrar en Büchig, nuestro corneta dio el toque, se produjo un verdadero
pánico. Un destacamento de la Guardia Cívica de Bretten, que hacía requisa de
víveres para el campamento de Mieroslawski, nos tomó por prusianos y dio el más lamentable espectáculo de desorden, hasta que, al doblar nosotros la
esquina, vieron nuestras blusas y se tranquilizaron. Nos hicimos inmediatamente cargo de los víveres,
y apenas los habíamos devorado cuando tuvimos que ponernos de nuevo en marcha
hacia Bretten, ante la noticia de que Mieroslawski había salido de allí con
todas sus tropas.
Pernoctamos en Bretten mientras la Guardia Cívica
establecía puestos avanzados. Habíamos requisado carros, destinados a
transportar toda la unidad a Ettligen a la mañana siguiente. No nos
quedaba más camino que aquél para unirnos al grueso de nuestro ejército, puesto que Bruchsal había
caído en
manos de los prusianos ya el día 24 y no queríamos aventurarnos a un
combate, caso de que
estuviera ocupado por el enemigo el camino hacia Durlach, pasando por Diedelsheim
(como en efecto lo estaba según supimos más tarde).
En Bretten vino a vernos una delegación de los
estudiantes para comunicarnos que no les gustaba tener que marchar a todas
horas delante del enemigo y pedir que los autorizáramos a retirarse. Les
contestamos, como es natural, que a la vista del enemigo no
se licenciaba a nadie, pero que eran muy dueños
de desertar de las filas si querían. En vista de ello,
se retiró como la mitad de la compañía; los
demás no tardaron en desertar uno a uno, y sólo quedaron en sus puestos los tiradores. Hay que
decir que, en general, durante la campaña, los estudiantes
se comportaron como unos señoritos medrosos,
que insistían en que se les iniciara en todos los planes y operaciones, se quejaban de sus pies llagados
y gruñían cuando la campaña no resultaba tan agradable como una excursión de
vacaciones. Sólo algunos de estos “representantes de la intelectualidad”, la
excepción, se distinguían por su carácter auténticamente revolucionario y su
brillante valentía.
787
Más tarde, nos enteramos de que el enemigo había
entrado en Bretten media hora después de salir
nosotros. Llegamos a Ettlingen, donde el señor Corvin-Wiersbitzki nos invitó a marchar hacia Durlach,
lugar en que Becker pensaba contener al enemigo hasta la evacuación de
Karlsruhe. Willich mandó a un jinete de la caballería ligera con unas letras
para Becker preguntándole si era su propósito permanecer allí algún tiempo; el
mensajero volvió con la noticia de que se había encontrado por el
camino con las tropas de Becker, ya en plena retirada. En
vista de ello, emprendimos la marcha hacia Rastatt, donde
se concentraron todos los efectivos.
El camino a Rastatt presentaba un cuadro del más
completo desorden. Las más diversas unidades marchaban o acampaban
mezcladas y confundidas en
abigarrada masa, y nos costó trabajo mantener
unidas a nuestras tropas bajo un
calor abrazador y en medio de la confusión
general. En la explanada delante de los muros de Rastatt acamparon las
tropas del Palatinado y algunos batallones badenses. Las filas del Palatinado
estaban ya muy mermadas. La mejor de sus unidades, la del Hesse renano,
había sido concentrada en Karlsruhe, antes del combate de Ubstadt, por los señores Zitz y Bamberger.
Estos valerosos combatientes por la libertad hicieron
saber a la tropa que todo estaba perdido, que la
superioridad del enemigo era enorme y que todavía estaban a tiempo de regresar
todos a sus tierras
sin correr peligro. Ellos, el fogoso parlamentario Zitz y el arrojado Bamberger, no querían cargar sobre
su conciencia un derramamiento de sangre inocente y otros desastres, por lo
cual declaraban que la unidad quedaba licenciada. Como es natural, los soldados
del Hesse renano dieron rienda suelta a su
indignación ante aquella sugestión infame, detuvieron a los dos traidores y querían fusilarlos; hasta el
mismo d’Ester y el gobierno del Palatinado los buscaron para detenerlos. Pero
los honorables ciudadanos habían emprendido ya la fuga, y el aguerrido Zitz
asistió al curso ulterior de la campaña desde la segura Basilea. Lo mismo en
septiembre de 1848, que en mayo de 1849, con su letra “gótica”,600 el
señor Zitz se mostró como el fanfarrón parlamentario que más incitaba al pueblo
a la insurrección, ocupando en las dos ocasiones un puesto glorioso entre los
que primero dejaron en la estacada al pueblo en armas. Y en
Kirchheimbolanden volvió a figurar entre los primeros
desertores, mientras sus tiradores se batían y caían fusilados.
788
La unidad del Hesse renano, ya de suyo muy mermada por las deserciones, como
todas, y desanimada por la retirada hacia Badén, perdió
momentáneamente su entereza. Parte de las tropas se separaron y marcharon
a sus casas; las demás se reagruparon y siguieron
peleando hasta el final de la campaña.
El resto de las tropas quedaron desmoralizadas al recibir, en Rastatt, la noticia de que serían
600 Franz Zitz presentó una propuesta en FRANCFORT del Meno, el 17 de septiembre de 1848, durante una concurrida asamblea popular, contra la inactividad de la Asamblea de Fráncfort y contra su política paternalista en torno a la cuestión de los ducados de
Schleswig y Hols- tein. Expresó también, en un documento enviado a la
Asamblea, que debía ya escribirse en letra gótica, para los futuros
acuerdos que se decidan, lo que ha sido dicho en las sesiones.
amnistiados cuantos regresaran a sus casas antes
del 5 de julio. Se dispersaron más de la mitad, los batallones quedaron
reducidos a compañías, desaparecieron en su mayoría los oficiales subalternos,
y los mil doscientos hombres sobre poco más o menos que quedaron en sus
puestos, no servían absolutamente para nada. También nuestra unidad, aunque, no
desmoralizada ni mucho menos, quedó reducida a poco más de 500 hombres, por las
bajas, las enfermedades y la deserción de los estudiantes.
Fuimos a alojarnos a Kuppenheim, donde se hallaban
ya otras tropas. A la mañana siguiente me trasladé con Willich a Rastatt. Aquí
volvía a encontrarme con Moll.
Las víctimas más o menos cultas de la insurrección
de Badén han sido recordadas y glorificadas con toda clase de homenajes, en la
prensa, en las sociedades democráticas, en verso y en prosa. Pero los
centenares y miles de obreros que pelearon hasta el final, que cayeron en los
campos de batalla, que se pudrieron vivos en
las casamatas de Rastatt o que, refugiados en
el extranjero, son ahora, de todos
los evadidos, los únicos que apuran en el destierro hasta las heces de la miseria, de esos no se acuerda nadie.
789
La explotación de los obreros es un espectáculo
demasiado usual y cotidiano, consagrado por la tradición para que nuestros
“demócratas” oficiales vean en los obreros algo más que una materia agitable,
explotable y explosiva, simple carne de cañón. Nuestros “demócratas” son
demasiado
ignorantes y demasiado burgueses para poder comprender la posición revolucionaria del proletariado
y el porvenir de la clase obrera. Por eso odian a aquellos temperamentos
auténticamente proletarios cuyo orgullo no permite adularlos y cuya penetración
les impide dejarse utilizar por ellos, pero que, cuando se trata de derrocar
cualquier poder existente, se presentan directamente en todos los movimientos
revolucionarios al partido del proletariado. Pero si a los llamados demócratas
no les
interesa mostrar su reconocimiento a estas figuras de los obreros, es deber del proletariado honrarlos
como se merecen. Y entre los mejores de esos obreros hay que contar
a uno: Joseph A^oll, de Colonia.
Moll era de oficio relojero. Había pasado varios
años fuera de Alemania y participado, en Francia, Bélgica e Inglaterra, en
todas las sociedades
revolucionarias públicas y secretas. Fue, en r840,
uno de los fundadores de la Asociación Central de Obreros Alemanes de
Londres.601 Regresó a Alemania
después de la revolución de Febrero, y pronto asumió, en unión de su amigo Schapper, la dirección de
la Asociación obrera de Colonia.602 Refugiado en Londres desde la refriega
producida en Colonia en septiembre de 1848, 603 se reintegró en seguida a Alemania bajo un nombre falso, realizó una labor de
agitación en las más diversas regiones y asumió misiones que asustaban a
cualquier otro por su peligroso carácter. Volví a encontrarme con él en
Kaiserslautern. También aquí se hizo cargo de
trabajos para ser realizados en Prusia y que, de haber sido descubiertos, le habrían valido
601 Asociación Central de Obreros Alemanes de Londres: organización obrera fundada en Londres el 7 de febrero de 1840 por Karl Shapper, Joseph Molí, Heinrich Bauer y otros miembros más de la Liga de los Justos, más tarde Liga de los Comunistas, misma en la
que desempeñarían también un papel de importantes dirigentes. En 1847 y
1849-1850, Marx y Engels participaron muy activamente en esta
organización de trabajadores exiliados. El 17 de septiembre de
1850 se separaron de ella con motivo de la política sectaria de
su Comité Central, dirigido entonces por los dirigentes Willich y Shapper. A fines de
los años cincuenta, Marx y Engels volvieron a
participar en los trabajos de la
Asociación de Cultura Obrera de Londres, que
siguió funcionando hasta que el gobierno inglés la declaró
disuelta en 1918.
602 Asociación obrera de Colonia: organización obrera fundada el 13 de abril de
1848 por miembros de
la Liga de los Comunistas en la ciudad de Colonia.
Marx y Engels, enfrentados a las tendencias sectarias que dominaban al
movimiento obrero,
lograron afianzar esta organización, que en mayo de 1848 contaba con 7.000 miembros. Desde julio de 1848 Joseph Moll fue su presidente; en
septiembre fue designado el propio Marx para ese cargo y en febrero de 1849,
Shapper. Contaba entre sus principios y principal objetivo elevar la
conciencia de clase entre las clases trabajadoras de Alemania. Al triunfo de la
contrarrevolución, perdió su carácter político y pasó a convertirse en una
asociación obrera más.
603 El 25 de septiembre de 1848 las
autoridades de Colonia detuvieron a varios dirigentes obreros con
objeto de provocar una insurrección y acabar con el movimiento obrero local. Sin embargo, los obreros
de Colonia, prevenidos por Marx y Engels, no se dejaron engañar. El 26 de
septiembre se declaró en la ciudad el estado de sitio y se suspendió
temporalmente la publicación de la Nueva Gaceta Renana y otros
periódicos democráticos. A raíz de estos hechos, Dronke, Molí, Engels y otros
dirigentes más se vieron obligados a salir al extranjero.
inmediatamente unas cuantas balas en la cabeza. A
la vuelta de su segunda misión, cruzó venturosamente todas las líneas
enemigas hasta llegar sano y salvo a Rastatt,
donde inmediatamente se incorporó a la compañía obrera de Besançon, encuadrada en nuestra unidad. Tres días después caía
peleando. Yo perdí en él a un viejo amigo y el partido perdió con su muerte a uno de sus paladines más
incansables, intrépidos y seguros.
790
El partido del
proletariado estaba bastante bien representado en
el ejército de Badén y el Palatinado,
principalmente en los cuerpos francos como el nuestro, en la legión de los refugiados, etc., y puede sin
temor desafiar a todos los demás partidos a que formulen ni la más leve censura
contra uno solo de sus miembros. Los comunistas más decididos eran los soldados
más valientes. Al día siguiente, el 27, nos desplazamos un poco más hacia
la montaña, a Rothenfels. Poco a poco, fueron aclarándose la distribución del
ejército y la localización de las diversas unidades. Nosotros pertenecíamos a
la
división del ala derecha, mandada por el coronel Thome, el que en Meckesheim había querido detener
a Mieroslawski604 y a quien
puerilmente se había respetado en su mando, y
a partir del 27 por Mersy.
Willich, quien rechazó el mando de las tropas del Palatinado que Sigel le ofrecía, actuaba como jefe de
estado mayor de la división. La división cubría el sector desde Gernsbach y la
frontera würtemburguesa hasta más allá de Rothenfels y se apoyaba por el flanco
izquierdo en la división
Oborski, concentrada en torno a Kuppenheim. La vanguardia había avanzado hasta la frontera y hacia
Zulzbach, Michelbach y Winkel. El avituallamiento, al principio desordenado y
malo, comenzó a mejorar desde el 27. Nuestra división estaba formada por varios
batallones de línea badenses, las tropas que quedaban
del Palatinado al mando del héroe Blenker, nuestra
unidad y una o una y media
baterías de artillería. Las tropas palatinenses se
hallaban en Gernsbach y los alrededores; las de línea
y nosotros, en Rothenfels y sus inmediaciones. Por último, el cuartel general había sido instalado en el
Hotel Zur Elisabethenquelle, muy cerca de Rothenfels.
791
El día 28 después de comer, estábamos a la mesa, en este Hotel, tomando el café — el estado mayor de
la división y el de nuestra unidad, con Molí, Kinkel y otros voluntarios—, cuando llegó la noticia de que
nuestras avanzadas habían sido atacadas por los prusianos cerca de Michelbach.
Nos pusimos en marcha inmediatamente, aunque teníamos todas las razones para suponer que el enemigo sólo trataba
de reconocer el terreno. Y no era, en efecto, otra cosa.
La aldea de Michelbach, situada en el fondo del
valle y momentáneamente ocupada por los prusianos, había sido recuperada ya por
nuestras tropas antes de que nosotros llegáramos. Desde ambas laderas se
tiroteaba por encima del valle, desperdiciando mucha munición. Yo sólo vi un
muerto y un herido. Mientras las tropas de línea disparaban sus cartuchos
inútilmente a distancias de 600 a 800 pasos, Willich ordenó a nuestros hombres
que juntasen tranquilamente los fusiles y se sentaran a descansar, pegados a
los supuestos combatientes y en medio del supuesto fuego. Sólo los
tiradores bajaron por la ladera y, apoyados por
las tropas de línea, desalojaron a los prusianos de la altura de enfrente. Uno de nuestros tiradores, con
su tremendo mosquetón, que era casi un cañón portátil, desmontó de un tiro a unos novecientos pasos
de distancia a un oficial prusiano, montado en su caballo, después de lo cual
toda su compañía dio media vuelta y volvió a internarse en el bosque. Cayeron
en nuestras manos una cierta cantidad de muertos y heridos prusianos y dos
prisioneros.
792
Al día siguiente, se desplegó el ataque general en
toda la línea. Esta vez, los señores prusianos nos
interrumpieron en la comida del mediodía. El primer ataque del que se nos informó fue dirigido contra
Bischweier, es decir, contra el punto de comunicación
de la división de Oborski con la nuestra. Willich
insistió en que nuestras tropas se mantuvieran dispuestas a entrar en acción
cerca de Rothenfels, ya que el ataque principal debía esperarse, desde luego,
en la dirección opuesta, por Gernsbach. Pero Mersy le contestó: ya sabemos lo
que ocurre en estos casos; si es atacado uno de nuestros batallones
y los demás no acuden en masa a socorrerlo, se clama:
“¡Traición!”, y todo el mundo se da a la fuga. En
vista de lo cual, se ordenó marchar hacia Bischweier.
604 Véase supra, nota 562.
Willich y yo nos dirigimos, con la compañía de
tiradores, por el camino que Bischweier, siguiendo la
orilla derecha del río Murg. Media hora antes de Rothenfels, topamos con el enemigo. Los tiradores se
desplegaron en línea y Willich retrocedió a caballo
para hacer avanzar a la unidad, que venía un poco
rezagada. Nuestros tiradores, guarecidos detrás de los árboles frutales y los
viñedos, resistieron
durante algún tiempo un tiroteo bastante intenso contestado por ellos con no menor intensidad. Pero
cuando una fuerte columna enemiga avanzó por la calzada para proteger a sus
tiradores, el ala
izquierda de los nuestros cedió y no fue posible contenerla a pesar de todas las amonestaciones. El ala
derecha había seguido avanzando hacia las alturas y fue recogida más tarde por
nuestra unidad.
Cuando me di cuenta de que no había nada que hacer con los tiradores, los abandoné a su suerte y me
dirigí a las alturas, donde veía tremolar las banderas de nuestra unidad. Había
quedado atrás una compañía; su capitán, un sastre, por lo demás un
muchacho valiente, no sabía qué hacer. La llevé con
el resto de la tropa y encontré a Willich, en
el momento en
que emplazaba a la compañía de Besançon en
vanguardia, en
línea de tiro, colocando al resto de la tropa detrás, en
dos escalones y enviando por delante, hacia la montaña, a
una compañía encargada de cubrir el flanco derecho.
793
Nuestros tiradores fueron recibidos por un violento
fuego de fusilería. Tenían delante a los tiradores prusianos y los
obreros de nuestra tropa sólo disponían de mosquetes para hacer frente a los
fusiles de bala cónica del enemigo. No obstante, protegidos por el ala derecha,
que avanzaba hacia ellos,
presionaron con tal decisión, que la corta distancia, sobre todo del ala derecha, no tardó en compensar
la condición inferior de sus armas, rechazando a los prusianos. Las dos líneas
situadas más atrás quedaban muy cerca de la línea de los tiradores. Entre
tanto, habían sido emplazadas en el valle del
río Murg, a nuestra izquierda, dos piezas de artillería badenses, que abrieron fuego contra la infantería
y la artillería prusianas situadas en el camino.
Como una hora duraría el combate librado allí bajo un intenso fuego de fusilería y haciendo retroceder
continuamente a los prusianos — algunos de nuestros tiradores habían avanzado
ya hasta
Bischweier—, cuando el enemigo recibió refuerzos e hizo avanzar a sus batallones. Nuestros tiradores
se replegaron; la primera línea abrió fuego de pelotón; la segunda se retiró un
trecho hacia la izquierda, a un camino cubierto, y abrió también fuego. Pero
los prusianos presionaron en masas compactas y en toda la línea; los dos
cañones de Badén que cubrían nuestro flanco izquierdo habían retrocedido ya;
por el flanco derecho descendían de la montaña los prusianos, y no tuvimos más
remedio que batirnos en retirada.
Una vez fuera del alcance del fuego graneado del enemigo, tomamos nuevas posiciones en los linderos
de las montañas. Así como antes dábamos frente a los llanos del Rin, a Bischweier y Niederweier, ahora
mirábamos hacia la montaña, ocupada por los prusianos desde Oberweier. Por fin, pasaron también a
la línea de combate los batallones de línea y se incorporaron a la lucha, en unión de dos compañías de
nuestra unidad, enviadas de nuevo por delante.
794
Habíamos experimentado grandes bajas. Perdimos
aproximadamente treinta hombres, entre ellos a Kinkel y a Molí, sin contar los
cañones reventados. Aquellos dos combatientes habían avanzado
excesivamente, con el ala derecha de su compañía y algunos tiradores. El capitán de esta tropa, jefe de
guardabosques Emmermann, de Thronecken, en la Prusia renana, que marchaba contra los prusianos
como si fuese a cazar liebres, los condujo a un punto desde el que abrieron
fuego contra un tren de artillería prusiana, obligándolo a replegarse
rápidamente. Pero, poco después, salió de un camino cubierto una compañía
enemiga y tiró contra ellos. Kinkel rodó, con un tiro en la cabeza, y sus
compañeros tiraron de él, hasta que pudo ponerse en
pie y caminar; pero, pronto se vieron en medio
de un fuego graneado y tuvieron que salir de allí como pudieron. Kinkel, no pudiendo seguir adelante,
se refugió en una alquería, donde los prusianos lo tomaron prisionero y lo maltrataron; Molí, que había
recibido un tiro en el vientre, cayó también prisionero y murió después a
consecuencia de la herida.
También Zychlinski había recibido una bala de rebote en
la nuca, que no le impidió, afortunadamente,
seguir formando parte de nuestra unidad combatiente.
Mientras el grueso de la tropa se mantenía en su
sitio y Willich cabalgaba a otro sector del frente, yo
corrí al puente sobre el Murg, por debajo de Rothenfels, que era una especie de lugar de concentración.
Quería tener noticias de lo que pasaba en
Gernsbach. Pero, antes de que llegara allí, vi ya la columna de humo
anunciadora del incendio de Gernsbach y, una vez en el puente, me enteré de que
desde allí se había oído el cañoneo. Más tarde, acudí de nuevo al puente; cada
vez eran peores las noticias que se recibían de Gernsbachg y aumentaba el
número de tropas de línea de Badén reunidas detrás del
puente, las cuales apenas habían entrado en fuego y estaban ya desmoralizadas. Supe, por último, que
el enemigo se hallaba ya en Gaggenau. No había tiempo que perder para hacer
frente a Rothenfels,
llevando con él cuatro cañones que acababan de caer en sus manos. Yo fui a recoger las dos compañías
de tiradores, que entre tanto habían avanzado. Por todas partes me salían al encuentro tropas de línea,
muchas de ellas sin oficiales. Un destacamento venía mandado por un médico que
aprovechó la ocasión para presentárseme con estas palabras. “Seguramente me
conocerá usted; soy Neuhaus, el jefe del movimiento de Turingia.” Aquellas
magníficas personas habían pegado en todas partes a los
prusianos y volvían ahora sobre sus pasos, porque no encontraban ya por ningún lado al enemigo. No
encontré en ningún sitio a nuestras compañías — que,
por la misma razón, se habían
vuelto atrás por Rothenfels— y me dirigí de nuevo hacia el puente.
G En la Revue dice:“Gernsberg”
795
Encontré allí a Mersy, con su estado mayor y sus
tropas. Le pedí que me entregara, al menos, dos compañías para apoyar a
Willich. He aquí su respuesta: “Llévese usted la división entera, si puede
hacer algo con esa gente”. Los mismos soldados que habían
hecho retroceder al enemigo en todos los puntos, que sólo
llevaban cinco horas en pie, aparecían ahora tirados sobre los campos,
deshechos, desmoralizados, incapaces del menor esfuerzo. Los había abatido la noticia de que se hallaban copados
en Gernsbach. Seguí mi camino. Me encontré con una compañía de vuelta de
Michelbach, en la que
tampoco había movimiento alguno. Cuando volví a reunirme con la unidad en nuestro anterior cuartel
general, afluían de Gaggenau los palatinenses fugitivos: Pistol Zinn con sus huestes, ahora armadas de
mosquetes. Mientras Willich buscaba y había encontrado una posición que dominaba el valle del Murg
y ofrecía importantes ventajas para un combate simultáneo de tiradores, habían
pasado por allí los artilleros con los cañones, sin que el capitán pudiera
contenerlos. Estaban ya de nuevo en el puente
con Mersy. Willich me mostró una nota de este jefe en la que le decía que todo estaba perdido y que se
retiraba a Oos. No nos quedaba más opción que hacer lo mismo y marchamos
inmediatamente hacia la montaña. Serían como las siete.
En Gernsbach, las cosas habían ocurrido del siguiente modo.
796
Las tropas de Peucker, que ya algunos días antes
habían avistado a nuestras patrullas cerca de
Herrenalb, en territorio würtemburgués, llevaron con ellas a los hombres de Württemberg apostados
en la frontera y atacaron a Gernsbach el 29 por la tarde, después de mover a
nuestros puestos avanzados, mediante la traición, a que se retirasen; se
acercaron a ellos, gritándoles que no tirasen, que eran
hermanos, después de lo cual, y ya
a ochenta pasos, abrieron fuego contra ellos, en
descarga cerrada. Luego, prendieron fuego a Gernsbach con granadas
incendiarias, y cuando ya no era posible contener las llamas, el propio señor
Sigel, enviado allí por Mieroslawski para defender a todo
trance aquella posición, dio la orden de que
el señor Blenker se replegara con sus tropas,
peleando. El señor Sigel no negará esto, como no lo hizo en Berna,
cuando un ayudante del señor Blencker relató ese curioso detalle en presencia
suya, es decir, del mismo señor Sigel, y de Willich. Con esta orden, la de
entregar “peleando” (¡) lo que era la clave de toda la posición del Murg, se
perdía, naturalmente, el combate en toda la línea y, con él, la última posición
del ejército de Badén.
Por lo demás, hay que decir que la victoria por
ellos lograda en Rastatt no cubrió precisamente de gloria a los prusianos.
Nosotros disponíamos de 13.000 hombres, en su mayoría desmoralizados y, salvo
pocas excepciones, lamentablemente mandados; en cambio, el ejército prusiano,
contando con las tropas del Reich que avanzaron sobre Gernsbach, sumaba por lo menos 60.000 hombres. Pues bien,
a pesar de esta gigantesca superioridad de fuerzas, no se atrevieron a lanzar
ningún ataque frontal serio, sino que recurrieron, para derrotarnos, a una cobarde traición, violando el territorio neutral de
Württemberg, vedado para nosotros. E incluso en esa
traición no les habría servido de gran cosa, por lo menos
de momento, no les habría eximido en definitiva de lanzar un ataque frontal
decisivo, si
Gernsbach no hubiese estado tan inconcebiblemente mal defendido y si el señor Sigel no hubiese dado
esa deplorable orden de que hemos hablado más
arriba. La posición mantenida por nosotros, que no
tenía, por lo demás, nada de formidable, nos habría sido arrebatada al día siguiente, de ello no cabe la
menor duda; pero la victoria les habría costado a los prusianos sacrificios
mucho mayores y habría quebrantado considerablemente su fama militar. Así,
prefirieron burlar la neutralidad de Württemberg, y este Estado dejó las cosas
correr.
797
Nos retiramos cruzando la montaña, a Oos, con una
fuerza que apenas llegaría a 450 hombres, encontramos el camino lleno de
tropas, en el mayor desorden, de carros, cañones, etc., todo revuelto en medio
de un tremendo desbarajuste. Atravesamos aquella aldea y nos detuvimos a
descansar en Sinzheim. A la mañana siguiente, reunimos detrás de Bühl a una
parte de los fugitivos; seguimos camino y pernoctamos en Oberacher. Aquel día,
se entabló el último combate; la legión polaco- alemana, con algunas otras
tropas de la división Becker, derrotó cerca de Oos a las
tropas del Reich y les arrebató un mortero (meclemburgués),
que luego fue transportado hasta Suiza.
El ejército estaba ya completamente desintegrado.
Mieroslawski y los demás polacos depusieron sus mandos; el coronel Oborski
había abandonado ya su puesto en el campo de batalla, al anochecer del día 29.
Pero esta desintegración momentánea no significaba gran cosa. Las tropas del
Palatinado se habían desintegrado ya tres o cuatro veces, para agruparse de
nuevo tanto bien que mal. Quedaban todavía dos recursos que intentar: irse
retirando con la mayor lentitud posible, incorporando a la tropa a todos los
hombres que
se pudiera movilizar en las comarcas evacuadas y concentrar rápidamente a los efectivos movilizados
en las tierras altas, en la zona de Friburgo y en la de Donaueschingen. Estos
dos recursos habrían ayudado a restablecer pronto y pasablemente el orden y la
disciplina y habrían permitido presentar
una última batalla, ya sin perspectiva, pero honrosa, en el Kaiserstuhl, cerca de Friburgo. Pero los jefes,
tanto los civiles como los militares, estaban más desmoralizados
que los soldados. Abandonaron a su suerte al ejército y a todo el
movimiento y siguieron retrocediendo, abatidos, sin saber qué
hacer, destrozados.
798
Desde el ataque a Gernsbach, se había extendido el
pánico a verse cercados por la parte de Württemberg y eso contribuyó mucho a la
desmoralización general. Con objeto de cubrir la frontera würtemburguesa, la
unidad de Willich pasó ahora a la montaña, por el valle de Kappel, llevando
consigo dos morteros de montaña (algunos otros cañones que nos habían sido asignados no quisieron
marchar de Kappel en adelante). Nuestra marcha a través
de la Selva Negra, en la que no avistamos a
ningún enemigo, fue una verdadera excursión de placer. El i de julio, llegamos a Oppenau, pasando por
Allerheiligen, y el 2
a Wolfach, después de atravesar la cumbre
del Hundskoff. Allí nos enteramos el 3 de julio de que el
gobierno se encontraba en Friburgo, y de que se pensaba abandonar también esa
ciudad. Eso nos determinó a ponernos en seguida en marcha hacia Friburgo:
queríamos obligar a los señores del gobierno y al alto mando, desempeñado ahora
por el héroe Sigel, a que no abandonara la ciudad sin lucha. Era ya tarde cuando salimos de Wolfach y llegamos a Waldkirch casi entrada la noche.
Allí nos enteramos de que Friburgo había sido ya evacuado y de que el gobierno y el cuartel general se
habían trasladado a Donaueschingen. Al mismo tiempo, nos fue comunicada la
orden terminante de
ocupar y atrincherar el valle de Simón y de establecer nuestro cuartel general en Furtwangen. Tuvimos
que retroceder, pues, hasta Bleibach.
El señor Sigel había apostado ahora sus tropas
detrás de las montañas de la Selva Negra. La línea defensiva había
sido trazada desde Lörrach, pasando
por Todtnau y Furtwangen, hasta la frontera de
Württemberg, en dirección a Schramberg. Formaban el ala izquierda Mersy y
Blenker, que fueron a estacionarse al Lörrach, siguiendo el valle del Rin;
seguía el señor Dolí, antiguo commis voyageur,h quien, en calidad de
general de Hecker, había sido ascendido a divisionario y se hallaba en el valle
de Höllen; venía luego nuestra unidad estacionada en Furtwangen y el valle de Simón y, por último, en el
ala derecha, Becker, quien ocupaba Sankt Georgen y Triberg. Detrás de la
montaña, con la reserva, el señor Sigel en Donaueschingen. Las fuerzas
combatientes, aunque muy debilitadas por efecto de las deserciones y a las que
no se había sabido reforzar mediante la movilización de €evos elementos,
sumaban todavía 9.000 hombres y 40 cañones.
H Viajante de comercio.
799
Las órdenes que se nos comunicaban desde el cuartel
general, primero en Friburgo y luego en
Neustadt, junto al río Gutach,i y por último en Donaueschingen, denotaban el más impávido desprecio
por la muerte. Aunque se esperaba que el enemigo los atacara por la espalda a través de Württemberg,
por Rottweil y Villingen, había la decisión de batirlo y de sostenerse a toda
costa en las alturas de la
Selva Negra, y además, según rezaba una de estas órdenes, “casi sin prestar atención a los movimientos
del enemigo”. Es decir, desde Donaueschingen el señor
Sigel se aseguraba una gloriosa retirada sobre
territorio suizo. Fácil de llevar a cabo en
cuatro horas; lo que nos sucediera a nosotros, cercados en
la montaña, ya lo averiguaría con toda calma y tranquilidad de espíritu, una
vez que estuviese en Schaffhausen. Pronto veremos qué fin tan divertido había
de tener este desprecio a la muerte.
I En la Revue dice: “Wutach”.
El día cuatro llegamos a Furtwangen con dos
compañías (160 hombres). El resto de las fuerzas se destinó a ocupar el valle
de Simón y los pasos de Gütenbach y St. MargenJ Por este último punto
manteníamos contacto con la unidad de Dolí y por Schónwald con Becker. Todos
los pasos fueron defendidos por barricadas.
jEn la Revue dice: “St. Morgen”
Pasamos en Furtwagen el día 5. El 6 recibimos de
Becker la noticia de que los prusianos avanzaban
sobre Villingen605 con la intimación a atacarlos por
Vohrenbach, para apoyar la operación de Sigel. Al
mismo tiempo, nos
hacía saber que su unidad principal estaba
debidamente atrincherada en Triberg, a donde él mismo se trasladaría
tan pronto Sigel tomara Villingen.
800
No cabía ni pensar en un ataque de nuestra parte.
Disponíamos de menos de 450 hombres para
mantener ocupadas tres millas cuadradas de terreno,
y no podíamos, por tanto, prescindir de un
solo
soldado. No podíamos movernos de allí, y así se lo hicimos saber a Becker. Poco después, se recibió un
despacho del cuartel general, en el que se ordenaba a Willich se presentara
inmediatamente en Donaueschingen para hacerse cargo del mando de toda la
artillería. Nos disponíamos a ejecutar rápidamente esta orden cuando vimos
entrar en Furtwangen una columna de la Milicia Popular,
seguida de artillería de varios batallones de infantería. Era Becker, con su unidad. Decíase que la tropa
se hallaba en plan de rebelión. Me informé por un oficial de estado mayor, amigo mío, el “comandante”
Nerlinger, y pude averiguar lo que sigue. Nerlinger, que mandaba la posición
cercana a Triberg,
acababa de mandar cavar trincheras cuando el cuerpo de oficiales le presentó una declaración escrita
firmada por todos ellos, manifestando que la tropa se hallaba en estado de rebelión, y que si no se daba
inmediatamente la orden de partir, la darían ellos, desfilando con todos sus
hombres. Contemplé las firmas: ¡era, una vez más, el
valiente batallón Dreher-Obermüller! Nerlinger no podía hacer
otra cosa que poner en conocimiento de ello a Becker y marchar hacia
Furtwangen; Becker se puso inmediatamente en
camino, para alcanzarlos, y fue así
como llegó con todas sus tropas a Furtwangen,
donde los asustados oficiales y soldados fueron recibidos por nuestra gente con tremendas carcajadas.
Ante semejante recibimiento, se avergonzaron, y a la caída de la tarde pudo Becker llevarlos de nuevo
a sus posiciones.
Mientras tanto, nosotros rodábamos hacia
Donaueschingen, seguidos por la compañía de Besançon. Eos prusianos se
acercaban ya en enjambre a la calzada; Villingen se hallaba en sus manos.
Pudimos, sin embargo, llegar a nuestro destino sin que nos atacaran, y como a
las diez de la noche llegaron
también los de Besançon. En Donaueschingen encontré a d’Ester,
por quien me enteré de que el señor Struve
había exigido en la Constituyente de Friburgo606 el inmediato paso a
Suiza, alegando que todo estaba perdido y que el señor Blenker había seguido el
consejo, pasando a territorio suizo ya en la mañana de hoy, cerca de Basilea.
801
605 Véase acerca de esto el libro
de Johann Philipp Becker y Christian Essellen, Geschichte der
süddeutschen Mai-Revolution des Jahres 1849, Ginebra, 1849.
606 Véase supra, nota 582.
Por su parte, el héroe Blenker había cruzado a
Basilea el 6 de julio, a pesar de ser quien más distante se hallaba del
enemigo. Sólo se había tomado el tiempo necesario
para proceder a ciertas requisas de un carácter especial, que darían
pie, entre él y el señor
Sigel, y más tarde por parte de las autoridades
suizas, a algunos rumores poco edificantes. Y el héroe Struve, el mismo que el 29 de junio607 declaraba
traidores al pueblo al señor Brentano y a cuantos querían negociar con el
enemigo, el 2 de julio, es decir, tres días después, se hallaba tan abatido que
no se recató para formular en una sesión secreta de la Constituyente de Badén
la siguiente proposición:
Para evitar que tanto las tierras altas como las bajas sufran los horrores de la guerra y se siga derramando
una sangre preciosa, y puesto que debe salvarse lo que aún puede salvarse (¡),
tanto la Asamblea territorial como cuantos toman parte en la revolución deberán
percibir sus emolumentos hasta el 10 de julio más los viáticos
correspondientes, y todo el mundo se retirará a territorio suizo, con cajas,
armas, provisiones, etcétera.
Tal fue la hermosa proposición presentada por el
valiente Struve el 2 de julio, cuando nosotros nos encontrábamos todavía en
Wolfach, en lo alto de la Selva Negra, a diez horas de Friburgo y a veinte
horas de la frontera suiza. El señor Struve comete la simpleza de contar él
mismo este episodio en su Historia (pp. 237 y s.), jactándose
encima de ello. La única consecuencia que esta propuesta habría tenido, de
haber sido aceptada, habría sido el que los prusianos nos acosaran todo lo
posible para “salvar lo que aún podía salvarse”, es decir, para arrebatarnos
las cajas, las armas y las provisiones, puesto que, a la vista de semejante
acuerdo, estaba bien clara la posibilidad de hacerlo sin correr el menor
riesgo; con ello se habría corrido, en este trance, la peor suerte, pues se
mantuvo en suelo de Badén hasta el día 12 y no se le pagó la soldada hasta el
día 17.
802
El señor Sigel, en vez de recuperar Villingen,
decidió al principio apostarse en Hüfingen, detrás de Donaueschingen, y
aguardar allí al enemigo. Pero el mismo día por la tarde se acordó marchar
hacia Stühlingen, tocando a la frontera suiza. Enviamos a toda prisa mensajeros a caballo a Furtwangen para
poner sobre aviso a nuestra unidad y a la de Becker. Ambas deberían marchar
también hacia Stühlingen, pasando por Neustadt y Bonndorf. Willich salió para Neustadt, al encuentro de sus tropas;
yo me quedé con la compañía de Besançon. Pernoctamos en Riedbóhringen y llegamos a Stühlingen al
día siguiente, 7 de julio, por la tarde. El 8, el señor Sigel pasó
revista a su ejército ya medio disperso, le
recomendó que de allí en adelante no se desplazara en vehículos, sino que
marchara a pie (¡en la frontera!) y desapareció. Nos dejó media batería y una
orden dirigida a Willich.
Entre tanto, desde Furtwangen, se envió, primero a Becker y luego a nuestras compañías, estacionadas
hacia adelante, la noticia de la retirada general. Becker, quien se hallaba más cerca de Furtwangen que
nuestras compañías, situadas delante, llegó, sin embargo, más tarde y siguió su
marcha. Tropezó con trincheras que le impidieron seguir marchando y de las que
luego se dijo en periódicos suizos que
habían sido cavadas por nuestra unidad. Esto es falso; nuestra unidad sólo interceptó los caminos poco
más allá de las cimas de la Selva Negra, y no precisamente en el tramo de
Triberg a Furtwangen, que ella nunca llegó a ocupar. Además, nuestras tropas no
partieron de Furtwangen antes de que la vanguardia de Becker llegara a dicha
localidad,
En Donaueschingen se había convenido que los restos
de todo el ejército se concentraran detrás del río Wutach, de Eggingen a
Thiengen, aguardando allí a que se aproximara el enemigo. En aquellas
posiciones, con el flanco apoyado sobre territorio suizo, podíamos intentar
todavía, con nuestra importante artillería, un último combate. Podíamos incluso
esperar a ver si los prusianos violaban el
territorio suizo, arrastrando con ello a Suiza a la guerra. Grande fue nuestra asombro cuando, al llegar
Willich, evolú en la orden expedida a éste por el valiente Sigel: “El grueso
del ejército marchará a Thiengen
y Waldshut, donde tomará sólidas posiciones (¡!). Trate usted de mantener el mayor tiempo
posible la posición (cerca de Stülingen y Eggingen)”. ¡“Sólidas posiciones”
cerca de Thiengen y Waldshut, con el Rin a la espalda y ante el frente las
alturas accesibles al enemigo! Lo que ello quería
decir era, sencillamente, esto: hemos decidido pasar a Suiza por el puente de Sáckingen. Y, sin
607 Struve hizo
esta declaración en forma de propuesta el
28 de junio de 1849 durante la sesión de la
Asamblea Constituyente de Friburgo.
embargo, al presentar Struve su propuesta, el héroe
Sigel había dicho que, de aceptarse aquella propuesta, él, Sigel, sería el
primero en rebelarse.
803
Ocupamos nosotros mismos la posición detrás del Wutach y distribuimos las tropas
entre Eggingen y Wutóschingen, donde se hallaba nuestro cuartel
general. Aquí, recibimos un documento aún más edificante del señor Sigel, que
decía así:
Orden. Cuartel general de Thiengen, 8 de julio de
1849. Al coronel Willich, en Eggingen. En vista de que el
cantón de Schaffhausen adopta ya desde ahora una actitud de hostilidad hacia mí, me es imposible asumir
la posición de que habíamos hablado. Deberás acomodar a esto tus movimientos y
moverte hacia Griessen, Lauchringen y Thiengen. Partiré de aquí mañana para
marchar hacia Waldshut o pasar detrás del Alb (es decir, hacia Sackingen). El
general en jefe, Sigel.
Esto excedía ya todas las medidas. Al anochecer nos
trasladamos Willich y yo a Thiengen, donde
Schlinke, “jefe del cuartel general”, nos confesó que, en efecto, se trataba de ir a Sackingen y de cruzar
allí el Rin. Al principio, Sigel quiso imponer un poco su
categoría de “general en jefe”, pero Willich no
se lo toleró y, por último, lo convenció de que ordenara dar media vuelta y marchar hacia Griessen. El
pretexto de la marcha hacia Sackingen era reunirse con Dolí, quien se había dirigido hacia aquel punto,
y el ocupar una posición supuestamente firme. Esta
posición, manifiestamente la misma desde la que
Moreau había presentado combate en 1800, no tenía más que un inconveniente: el de que daba frente
a otro sitio completamente distinto de aquel
por donde venía hacia nosotros el
enemigo. Y, por lo que
se refiere al noble señor Dolí, éste no tardó en
demostrar que sabía también pasar a Suiza sin
el señor Sigel.
804
Entre los cantones de Zurich y
Schaffhausen
se intercala una pequeña faja de territorio badense
en el que están situadas las localidades de Jestetten y Lottstetten, y que,
fuera de un pequeño acceso, la comarca de Baltersweil se halla totalmente
rodeada por Suiza. Allí debió mantenerse la última
posición. Las alturas que hay detrás de Baltersweil, a ambos lados del camino, brindaban un magnífico
emplazamiento para nuestros cañones, y nuestra
infantería era todavía lo suficientemente numerosa
para cubrirlas hasta llegar, en caso necesario, a territorio suizo. Allí se
había convenido en aguardar hasta ver si los prusianos nos atacaban o
intentaban rendirnos por el hambre. Allí estableció su campamento el grueso del
ejército, al que se había unido Becker. Willich había localizado el
emplazamiento para los cañones (más tarde, encontramos allí las municiones,
donde debía estar su posición de combate). Nosotros formábamos la retaguardia y
fuimos acercándonos lentamente al grueso de la tropa. El día 9, al atardecer, marchamos hacia Erzingen y el 10 hacia Riedern. Este mismo
día celebramos en el campamento consejo general de guerra. Willich fue el único que se pronunció en
favor de seguir manteniendo la defensa; Sigel y Becker y los demás apoyaron la
retirada a territorio
de Suiza. Se había presentado allí un comisario suizo, creo que el coronel Kurz, manifestando que Suiza
denegaría el asilo si se libraba otro combate. A la hora de votar, se quedó
solo Willich, con dos o tres oficiales. De nuestra unidad no estaba presente
más que él.
Aún se hallaba Willich en el campamento, cuando la
media batería que venía con nosotros recibió la orden de ponerse en marcha, en
retirada, y se alejó sin decirnos absolutamente nada. Al resto de las tropas,
con excepción de las nuestras, se le dio también la orden de concentrarse en el
campamento.
Por la noche, volví a trasladarme con Willich al cuartel general de Lottstetten; de vuelta, amaneciendo
ya, nos encontramos en el camino con todo el tropel de gente que abandonaba el
campamento y se desplazaba hacia la frontera en medio del mayor desorden. El
mismo día, el 11, por la mañana temprano, pasaron a territorio suizo el señor
Sigel con su gente, por Rafz, y por Rheinau cruzaron la frontera el señor
Becker y los suyos. Nosotros concentramos a nuestros hombres, fuimos al
campamento y seguimos de allí a Jestetten. Aquí recibimos, hacia
el mediodía, por medio de un oficial de ordenanza, una
carta de Sigel fechada en Eglisau, haciéndonos saber que había llegado
felizmente a Suiza, que los oficiales conservaban sus sables y que debíamos
seguirle lo antes posible. No se les ocurrió pensar en nosotros hasta que ya
pisaban terreno neutral.
805
Marchamos por Lottstetten hasta la frontera,
vivaqueamos por la noche todavía en territorio alemán
y, después de hacer una salva de fusilería el 12 por la mañana, entramos en territorio suizo; fuimos los
últimos del ejército de Badén y el Palatinado en cruzar
la frontera. El mismo día, al mismo tiempo que
nosotros pasábamos a Suiza, abandonaba la ciudad de Constanza la unidad allí destacada. Una semana
después, caía Rastatt por traición. Por el momento, la contrarrevolución se
había adueñado de Alemania hasta su último rincón.
La campaña por la Constitución del Imperio sucumbió por quedarse a mitad de camino y por su misma
ruindad interior. Desde la derrota de junio de 1848, el dilema para la parte
civilizada del continente
europeo estaba planteado así: o se imponía el proletariado revolucionario o se instauraban en el poder
las clases que gobernaban antes de
febrero. No había término medio. En
efecto, la burguesía alemana se había revelado incapaz de imponer su
dominación; sólo podía asegurar su poder frente al pueblo entregándolo de nuevo
a la nobleza y a la burocracia. La pequeña burguesía, aliada a la ideología
alemana, intentó lograr en la Constitución del Reich una
imposible conciliación, con objeto de dar largas
a la batalla decisiva. El intento
estaba necesariamente llamado a fracasar; quienes tomaban en
serio el movimiento no tomaban en serio la Constitución y, viceversa, quienes
tomaban en serio ésta no podían hacer lo mismo con el movimiento.
806
Pero ello no quiere decir que la campaña por la
Constitución del Imperio no lograra resultados importantes. Contribuyó,
sobre todo, a simplificar la situación. Cerró el
paso a una serie interminable de intentos conciliatorios;
después de su derrota, sólo pueden triunfar la monarquía burocrático-
feudal con
ciertos ribetes constitucionales o la verdadera revolución. Y, en
Alemania, la revolución ya no terminará más que con el poder total
del proletariado.
Además, en las regiones de Alemania en que aún no
se hallaban nítidamente desarrolladas las contradicciones de clase, la campaña
constitucional ha contribuido notablemente a su desarrollo. Sobre todo en
Baden. Como hemos visto antes de la insurrección, apenas existían en Baden
contradicciones de clase. De allí el reconocido predominio de los
pequeñoburgueses sobre todas las clases de la oposición, y de allí también la
aparente unanimidad de la población y la rapidez con que los badenses, lo mismo
que los vieneses, pasan de la oposición a la insurrección, intentan un
levantamiento apenas la ocasión se presenta y no rehúyen ni siquiera la lucha
en campo abierto y contra un ejército regular. Pero tan pronto hubo estallado
la insurrección, se manifestaron resueltamente las
clases, se escindieron los pequeñoburgueses
de los obreros y los campesinos. Y, en
la persona de su representante Brentano, la pequeña
burguesía se cubrió de ignominia para siempre. Y ahora
se ve de tal modo empujada a la desesperación por la dominación prusiana del
sable, que preferiría cualquier régimen, incluso el de los obreros, a la
opresión actual. La pequeña burguesía participará mucho más activamente en el
próximo movimiento que en cualquiera de los anteriores; pero, afortunadamente,
ya nunca volverá a desempeñar el papel independiente y dominante que desempeñó
bajo la dictadura de Brentano.
807
Los obreros y los campesinos, que sufren bajo el
actual régimen del sable tanto como los
pequeñoburgueses, no han pasado en vano por la experiencia de la última insurrección; ya se cuidarán
— teniendo, además, como tienen que vengar a sus
hermanos caídos y asesinados— de que, en la próxima insurrección sean ellos y
no la pequeña burguesía quienes empuñen el timón. Y si es cierto que ninguna
clase de experiencias insurreccionales pueden sustituir al desarrollo de las
clases, que
sólo se logra mediante largos años de funcionamiento de la gran industria, no cabe duda de que Badén
se ha incorporado, gracias a su última insurrección y a sus consecuencias, a
las provincias alemanas que en la revolución que se avecina habrán de ocupar uno
de los puestos más importantes.
Políticamente considerada, la campaña por la
Constitución del Imperio nació ya frustrada. Y también
desde el punto de vista militar. Su única posibilidad de triunfo residía fuera de Alemania, en la victoria
de los republicanos de París el 13 de junio,608 y el 13 de junio fracasó. Después de este acontecimiento,
la campaña constitucional ya no podía ser más que una farsa más o menos
sangrienta. Y no fue otra
cosa. La imbecilidad y la traición dieron al traste con ella. Exceptuando a unos pocos, los jefes militares
608 Véase supra, nota 584.
eran todos traidores o cobardes, incompetentes e ignorantes arribistas, y los pocos que representaban
una excepción fueron dejados en la estacada por los demás y por el gobierno de
Brentano. Y quien, ante la conmoción
que se avecina, no pueda alegar otros títulos que el haber sido general de Hecker u
oficial del ejército constitucional, merecerá que se le dé inmediatamente con
la puerta en las narices. Y como los jefes, así también los soldados. El pueblo
de Badén alberga en su seno los mejores elementos combativos; pero, en
la insurrección, estos elementos se vieron desde el primer
momento tan abandonados y expuestos a la corrupción, que ello llevó, como no
podía ser por menos, a la grotesca situación que hemos descrito con todo
detalle. Toda la “revolución” se convirtió en una
verdadera comedia, y el único consuelo que ante ello nos cabe es que el enemigo, seis veces más fuerte,
era al mismo tiempo seis veces más cobarde.
Pero la comedia ha tenido un trágico final, gracias
al carácter sanguinario de la contrarrevolución. Aquellos mismos combatientes
que en las marchas o en el campo de batalla se vieron asaltados más de una vez
por el pánico, han muerto como héroes en las casamatas de Rastatt. Ni uno solo
ha implorado, ni uno solo ha temblado. El pueblo alemán no olvidará los
fusilamientos en masa y las casamatas de Rastatt; no olvidará a los grandes
señores que han ordenado estas infamias, como tampoco olvidará a los traidores que con su cobardía se hicieron responsables de ellas: a los Brentanos
de Karlsruhe y de Fráncfort.
809
ÍNDICE BIBLIOGRÁFICO
608. Libros, artículos y folletos
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174, 177
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del 29 de julio de 1848: 202-209
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(Le) Napoléon, Paris: 625
(Le) National, Paris:
165, 177, 335, 336, 359, 412, 465, 485, 529, 535, 555, 562, 566, 567, 5 6 9, 570, 571,
5 7 6, 577 5 7 9. 580, 586, 587, 590, 591, 601, 628, 648
Neue Preussische Zeitung, Berlín.
--------, núm. 110, del 5 de noviembre de 1848: 349
--------, núm. 113, del 9 de noviembre de 1848: 349-352
--------, núm. 115, del 11 de noviembre de 1848: 349
Neue Rheinische Zeitung. Organ der Demokratie, Colonia.
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--------, núm. 7, del 7 de junio de 1848: 76, 82
--------, núm. 10, del 10 de junio de 1848: 91
--------, núm. 14, del 14 de junio de 1848: 119
--------, núm. 23, del 23 de junio de 1848:
123, 125
--------, núm. 24, del 24 de junio de 1848: 563
--------, núm. 25, del 25 de junio de 1848: 396
--------, núm. 26, del 26 de junio de 1848: 156
--------, núm. 29, del 29 de junio de 1848:
149, 551
--------, núm. 30, del 30 de junio de 1848.: 176, 177
--------, núm. 31, del 1 de julio
de 1848: 334
------- , núm. 35, del 5 de julio de 1848: 439
--------, núm. 37, del 7 de julio de 1848: 459-460
--------, núm. 40, del 10 de julio de 1848: 453
--------, núm. 43, del
13 de julio de 1848: 453
--------, núm. 48, del
18 de julio de 1848: 452
--------, núm. 49, del
19 de julio de 1848: 193
--------, núm. 50, del
21 de julio de 1848: 193
--------, núm. 62, del
1 de julio de 1848: 453
--------, núm. 64, del
3 de julio de 1848: 453
--------, núm. 65, del
4 de julio de 1848: 453
--------, núm. 81, del 20 de julio de 1848: 280, 283
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14 de julio de 1848: 313-316
--------, núm. 109, del
22 de julio de 1848: 328
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29 de julio de 1848: 514
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337-340
Abramowicz, Ignatz (1793-1867). Oficial polaco; en 1844 se desempeñó como jefe de Policía de Varsovia: 214
Afrodita, diosa griega del amor y la belleza: 89
Albert (Martin, Alexandre) (1815-1893). Obrero
francés, socialista, miembro de la organización secreta blanquista en los
tiempos de la monarquía de lulio; en 1848, miembro del Gobierno provisional que
asumió el poder a la caída de Luis Felipe de Orleáns: 169, 529, 531, 332, 547,
548, 589
Alejandro I (1777-1825). Zar de Rusia en
los años 1801-1825: 212
Alejandro Magno (356-323 a. n. e.). Rey de Macedonia;
hijo de Filipo y Olimpias. Heredó de Filipo el reino
de los pueblos del norte del mar Egeo y de numerosas ciudades griegas sujetas a su mando. Llegó
a extender sus dominios al Asia Menor y hasta el Ganges: 74, 652
Alinariy L. Demócrata italiano, miembro del diario piamontés l’Alba: 185
Anneke, Friedrich (Fritz) (c. 1817-1872). Antiguo oficial prusiano de artillería, miembro de
la Asociación Cívica de Colonia; en 1848 fue miembro fundador de la Asociación
Obrera de Colonia y su secretario; fue editor de la Nueva Gaceta de
Colonia y miembro de la Asociación Democrática
Renana de julio a diciembre de 1848. En 1849 fue miembro de la Comisión de Guerra en el ejército
revolucionario de Badén y el Palatinado. Más tarde, tomó parte en la guerra
civil de los Estados Unidos: 439, 457, 458, 746, 748, 781
Apolo. Dios griego, hizo de Zeus y Latona.
Identificado con Helios dios del sol: es un ser resplandeciente, enemigo de las
tinieblas e impurezas, ordenador y regulador del tiempo y de las estaciones.
También es dios de los caminos y en el mar guía del nave gante. Se le reconoce por la lira o el arco
y su símbolo es el trípode de Delfos: 370
Appeh Christian, barón de (1785-1854). General
austríaco, miembro de la nobleza, uno de los militares que consolidaron la
derrota revolucionaria en el norte de Italia: 500
Ariosto, Ludovico (1474-1533). Poeta italiano del Renacimiento; su obra principal es Orlando furioso: 260
Arnim-SuckoWy Heinrich Alexander, barón de (1798-1861). Estadista prusiano, liberal moderado, ministro
de Asuntos Extranjeros en
el gobierno prusiano de marzo a junio de 1848: 61, 78, 79, 81, 99
Arndt, Ernst Moritz (1769-1860). Escritor, historiador y filólogo; tomó parte activa
en la lucha libertaria
del pueblo alemán en contra del emperador Napoleón; en
1848 se desempeñó como miembro de la Asamblea Nacional
de Fráncfort (centro-derecha); simpatizante de la monarquía constitucional: 227
Arquímedes (hacia 287-212 a.n.c.). Matemático y físico griego: 199
Aschoff, von. General prusiano, comandante de la guarnición de
Berlín, al mando de la Guardia Civil de Berlín de abril a mayo de 1848: 68, 6
Ateneo de Naucratis (fines del siglo II-principios del siglo III). Retórico lingüístico griego: 598
Atila (muerto en 453). Rey de los hunos: 295
Atta Troll. (Personaje de Heinrich Heine aplicado por Engels
a Arnold Ruge.) Véase Ruge, Arnold: 731
Auerspergy Karly conde de (1783-1859). General austríaco; en 1848 estaba al mando de la
guarnición en Viena; al frente de sus tropas reprimió la insurrección austríaca
de octubre de 1848: 340, 343
Auerswald, Rudolfvon
(1795-1866). Estadista alemán; representante del ala liberal burguesa;
primer ministro y ministro de Asuntos Extranjeros de junio a septiembre de 1848
en el gobierno pru- siano: 47, 48, 313, 385, 387, 390
Bakunin, Mijail Alejandrovitch
(1814-18/6). Emigrante ruso en el oeste europeo,
publicista democrático; en 1848-1849 tomó parte en la Revolución alemana;
más tarde se convirtió en ideólogo del anarquismo; opositor al marxismo: 691
Ballin, Félix
(c. 1802). Comerciante belga, demócrata radical, miembro de la
Asociación Democrática de
Bruselas; en 1848, durante el proceso Risquons-Tout, fue sentenciado a muerte y más tarde le fue
conmutada la pena por treinta años de cárcel: 305, 307
Bamberger, Ludwig (1823-1899). Periodista y demócrata burgués; en 1849 tomó parte en la insurrección
de Badén y el Palatinado; más tarde fue diputado al Reichstag en
el ala liberal: 749, 787
Baragua, d’Hilliers, Achille, conde de
(1795-1878). General francés, diputado bonapartista durante la segunda
República en las asambleas Constituyente y Legislativa: 604
Barbés, Armand
(1809-1870). Revolucionario francés, demócrata pequeño burgués; líder
de la secreta Sociedad de las Estaciones durante los años de la monarquía de
Julio; tomó parte en 1839 en el frustrado golpe de Estado contra Luis Felipe;
en 1848 fue diputado en la Asamblea Nacional Constituyente, partidario de la
línea de Ledru-Rollin; se le siguió un proceso por tomar parte en
las acciones del 15 de mayo de 1848 y en 1854 fue amnistiado y desterrado de Francia: 140, 169,
178, 523, 548, 577, 589, 632
Baroche, Fierre
Jules (1802-1870). Estadista y jurista francés, diputado a las
asambleas Constituyente y Legislativa de Francia durante la segunda República,
bonapartista y ministro de Justicia a partir de 1851: 632
Barrot, Camille Hyacinte Odilon (1791-1873). Político francés; durante la monarquía de Julio fue dirigente
de la oposición dinástica liberal; de diciembre de 1848 a octubre de 1849
estuvo al frente de un Ministerio; finalmente, el contrarrevolucionario monarquista
Loke lo destituyó: 167, 413, 492, 493, 528, 557, 569-572, 574-579, 583, 595,
596, 603, 607, 609, 678
Bassermann, Friedrich Daniel (1811-1855). Librero de Manheim, liberal moderado; representante
del
gobierno ante la Asamblea y miembro del Preparlamento y diputado
de la Asamblea Nacional de Fráncfort como representante del ala
centro-derecha: 44, 352
Bastiat, Frédéric
(1801-1850). Economista vulgar francés, librecambista y enemigo
declarado de las teorías de Proudhon en su obra Gratuité du
Crédit. Su obra principal es Harmonies économiques, donde sienta la tesis que trata de establecer la armonía entre los
intereses del trabajo y el capital. Tanto Marx como Engels com
batieron duramente sus teorías: 523, 638
Bastide, Jules
(1800-1879). Político y periodista francés, republicano burgués,
director del periódico Le National de 1836 a 1846; en 1848,
fue diputado ante la Asamblea Constituyente y ministro de Asuntos Extranjeros:
286, 335-337, 561
Baudin, Charles
(1784-1854). Almirante francés, famoso por haber preparado un plan de
fuga —nunca realizado— de Napoleón para América. Viajó a Santo Domingo en
misión de defensa de un ciudadano francés y poco después a las costas
mexicanas, por motivos similares, en 1838, bombardeando el puerto de Veracruz.
Fue ministro de la Guerra (1841), gobernador de Tolón (1841-1847) y jefe de la
escuadra del Mediterráneo (1848): 52, 53
Bauer, Heinrich. Zapatero en Franconia; uno de los jefes de la Liga
de los Justos y organizador de los obreros alemanes en Londres; miembro del
comité central de la Liga de los Comunistas; de abril
a mayo de 1850 se desempeñó como emisario de la Liga en Alemania; en 1851 emigró a Australia: 789
Bavay, Charles Viktor (1801-1875). Magistrado de justicia belga, pro curador general
de Justicia en Bruselas: 306, 440
Beaumarchais, Pierre-Augustin Carón de (1732-1799). Escritor francés de dramas: 578
Bebel, August (1840-1913). Dirigente y cofundador del Partido Socialdemócrata
alemán que surgió en 1865 del Congreso de Eisenach. Nació en Colonia; tornero
de oficio, muy pronto se vinculó al movimiento obrero de su país en tiempos de
Lassalle. Compañero de luchas de Wilhelm Liebknecht, se opuso a la hegemo nía prusiana en la unificación de Alemania y fue partidario deci-
dido de la Comuna en París. En años posteriores fue diputado por su partido y
constantemente tuvo que defenderse de las leyes antisocialistas y sufrir penas
en prisión. Es autor de algunas obras de temas sociales: 669
Becker, Félix. Poeta y revolucionario francés, tomó parte en la
Revolución belga de 1830 y en el levantamiento polaco de 1830-1831; en febrero
y marzo de 1848 contribuyó a sentar las bases de lo que fue la Legión belga en
París: 307
Becker, Johann
Philipp (1809-1886). Cepillero; revolucionario alemán que con un grupo
de voluntarios
participó en la insurrección de Badén y el Palatinado. Fue un importante organizador de la Sección
alemana de la Asociación Internacional de Trabajadores, en Suiza; delegado a la
Conferencia de
Londres y a todos los congresos de la AIT; fue también redactor de la publicación Der Vorbote, de
1866 a 1871; fue amigo y colaborador de Marx y Engels: 728, 783, 787, 798-800,
802, 804, 805
Becker, Max
Joseph (-1896). Ingeniero de la provincia del Rin, demócrata; tomó
parte en 1849 en la insurrección de Badén y el
Palatinado, emigró a Suiza luego de la
derrota de la revolución y, más tarde, a los Estados Unidos: 767
Becker, Nicolaus (1809-1845). Poeta, autor de “El Rin
alemán”: 177
Beckerath, Hermann von (1801-1870). Banquero en Krefeld y uno de los dirigentes del
partido burgués liberal; diputado en 1848 de la Asamblea Nacional de Fráncfort
(ala centro-derecha) y ministro de Finanzas en agosto y septiembre de 1848:
309, 31
Bedeau, Marte Alphonse (1804-1863). General y político francés, republicano burgués;
estuvo al mando de unas tropas durante la insurrección parisina de junio de
1848; fue vicepresidente de las asambleas Constituyente y Legislativa: 144
Berriy Józef (1795-1850). General polaco, partidario de la liberación
nacional, uno de los dirigentes de la insurrección polaca de 1830. En
octubre de 1848 tomó parte en la revolución vienesa y en 1849 fue uno de los
jefes militares del ejército revolucionario húngaro; más tarde formó parte del
ejército turco: 712
Berends, Julius. Impresor
de Berlín, demócrata pequeñoburgués; en 1848 era el dirigente
de los gremios
de artesanos de Berlín y diputado de la Asamblea Nacional de esa ciudad (ala izquierda); en 1853
emigró a Norteamérica: 101-105, 107, 111, 113, 115
Berlier, Théophüeyconde de (1761-1844). Jurista y político francés; diputado ante la Convención; luego del
golpe del 18 Brumario (1799) fue miembro del Directorio y tomó parte en la comisión encargada
de elaborar el código civil de Francia: 441
Berryer, Pierre Antoine (1790-1868). Abogado y político francés; diputado, durante la segunda República,
ante las asambleas Constituyente y Legislativa; legitimista: 609, 649
Bes, Michelle Giuseppe (1794-1855). General del ejército piamontés; en las jornadas de
1848-1849 luchó contra los ejércitos austríacos: 499, 500
Beurmann, Karl Moritz von (1802-1870). Jurista, supremo presidente prusiano de la
provincia de Posen en los años 1842-1848; des evo de la revolución
de Marzo se desempeñó como presidente de la comisión
de gobierno para la reorganización nacional de la provincia de Posen: 257
Beusty Friedrich von (1817-1899). Antiguo oficial prusiano, miembro de la Asociación
de Obreros de Colonia, redactor de la Nueva Gaceta de
Colonia; quiso atraer adeptos a su política de
inactividad durante la insurrección de Badén y el Palatinado no obstante ser
miembro de la Comisión de Guerra del Gobierno provisional; se exilió en Suiza:
77
Bibesko. Príncipe de Hungría: 414
Biedermann, Karl (1812-1901). Historiador,
filólogo y periodista alemán, liberal moderado; miembro en 1848 del
Preparlamento y vicepresidente de la Asamblea Nacional de Fráncfort: 220
Bischoffwerder, Johann Rudolf von (1741-1803). General
adjunto y protegido del rey prusiano Federico Guillermo II: 503
Bismarck, Otto
(1815-1898). Estadista alemán, primer canciller del moderno Imperio
alemán, unificado por él bajo la hegemonía de Prusia; vencedor de Napoleón III
en la guerra franco-prusiana de 1870-1871: 660, 661, 665, 666, 668, 669, 679,
680
Bixio, Jacques Alexandre (1808-1865). Periodista y político francés, republicano burgués,
uno de los redactores del periódico Le National; en
1848, vicepresidente de la Asamblea Constituyente y en 1849
diputado de la Asamblea Legislativa: 145
Blanc, Jean Joseph Louis (1811-1882). Escritor y político francés, socialista burgués. Desde joven ejerció el
periodismo en diferentes diarios, Propagateur, Progrès du
Pais-de-Calais y otros. En París fue redactor-jefe del diario Bon-Sens y
más tarde fundó su Revue du Progrès Social en el cual publicó
y difundió por vez primera su famosa teoría de la organización del trabajo,
fundada sobre bases socialistas e igualitarias. Formó parte del Gobierno
provisional de 1848 y llevó entonces a cabo su programa en el que figuraban
comisiones del gobierno y de los trabajadores, y que más tarde fue saboteado
por la burguesía de París. Fue diputado a la Asamblea Nacional en 1871. Autor
de Organisation du Travail, Cathé chisme des
socialistes y Le Socialisme-Droit su travail entre
otras obras y trabajos dispersos: 130, 165, 169, 206, 413, 329, 531, 532, 337,
543, 545, 547, 556, 557,
573, 589, 631, 736
Blank, Joseph
Bonavita (1740-1827). Monje cristiano, zoólogo y mineralogista, enseñó
en la Universidad de Wurzburgo: 227
Blanquiy Louis Auguste (1805-1881). Revolucionario y comunista francés; activo
participante del carbonarismo francés y organizador de sociedades secretas
conspirativas. Figuró en una revuel ta en 1827, en la revolución
de Julio (de 1830), en una conspiración contra Luis Felipe
en 1832 y
en otra más en 1839. Después de varias prisiones y exilios volvió a participar en otra conspiración
en 1861. En 1870 fundó el periódico La Patrie en Danger y en
1871 figuró como un importante dirigente del levantamiento de la Comuna de
París. Después de la derrota de la Comuna fue
deportado a Nueva Caledonia y se le amnistió hasta 1879. Fue un fanático de la dictadura popular
y del comunismo: 169, 178, 523, 544, 545, 548, 577, 588, 629, 631-633
Blenker, Ludwig (1812-1863). Antiguo oficial del ejército, demócrata burgués; participó en la insurrección
de Badén y el Palatinado en las regiones del Rin y el Palatinado; más tarde
emigró a los Estados Unidos y participó en la guerra civil norteamericana al
mando de tropas del ejército del Norte: 685, 749, 751-753, 762, 766, 791, 796,
798, 801
Blessotiy Johann Ludwig Urbain (1790-1861). Oficial prusiano, escritor sobre cuestiones
militares, se opuso a la lucha en favor de la Constitución alemana; en junio de
1848 era el comandante de la Guardia Cívica de Berlín: 69
Blindy Karl (1826-1907). Escritor y periodista alemán, demócrata
pequeñoburgués, tomó parte en el
movimiento revolucionario de Badén en 1848-1849; en 1849 fue miembro del Gobierno pro-
visional de Badén; en los años cincuenta fue uno de
los dirigentes de la emigración pequeñoburguesa en Londres y más tarde miembro
del partido nacional liberal: 721, 730
Bloem (II), Antón (1814-1885). Abogado de Düsseldorf, uno de los dirigentes del
Partido Demócrata de Düsseldorf, representante del
llamado Consejo municipal de Colonia; en
1848 fue diputado en la
Asamblea Nacional prusiana (ala centro-izquierda) y en mayo de 1849 tomó parte en un Congreso
municipal de la ciudad de Colonia: 697
Bluni, Robert (1807-1848). Periodista y librero de Leipzig, demócrata
pequeñoburgués; en 1848,
vicepresidente del Preparlamento y dirigente del ala izquierda en la Asamblea Nacional de Franc-
fort; en octubre de 1848 tomó parte en la insurrección vienesa: 48, 71,
258-260, 685, 751, 781,
784
Bodelschwingh, Ernst, barón de (1794-1854). Estadista prusiano, típico representante de la
reacción de los Junkers; ministro de Finanzas prusiano
(1842-1845) y del Interior (1845-marzo de 1848): 57 Boeker. Representante del Consejo municipal de Colonia; en mayo de 1849 tomó parte en un Congreso
municipal de esa ciudad: 697
Boguslavski, Albert von (1834-1905). General prusiano y escritor reaccionario; participó
en la represión militar del levantamiento polaco de 1863-1864. En la década de
los noventa fue colaborador de los diarios de la línea nacionalista: 677, 679
Boisguillebert, Fierre Le Pesant, señor de
(1646-1714). Economista francés, defensor de los fisiócratas, fundador
de la economía política burguesa clásica en Francia.
Bonin, Eduard
von (1793-1865). Estadista y general prusiano, ministro de la Guerra
en los años 1852- 1854 y en 1858-1859: 328
Borbón (Casa de): 51-55, 61, 434, 587, 608
Borbón, Carlos Luis de: 5
Borbón, Carlos María de: 182, 217, 276, 434
Borbón, Fernando de: 51-55, 152, 293, 336, 412
Boyen, Leopold
Hermann Ludwig von (1771-1848). General y mariscal prusiano; fue el
principal organizador de la Landwehr en los tiempos de las invasiones napoleónicas y ministro de la Guerra
(1814-1819 y 1841-1847): 57
Braganza, Miguel de (1802-1866). Hermano del rey Pedro IV de Portugal; por medio de una hermana suya,
la familia enlazó con los Borbón: 182, 217
Brandeburgo, Friedrich Wilhelm, marqués de (1792-1850). General y estadista prusiano, artífice principal
del llamado ministerio “de la reacción” (noviembre de 1848 a noviembre de 1850): 328, 347-350,
352, 354-357. 399. 697
Braunschweig, duque de. Comandante en jefe del ejército austríaco-prusiano
que luchó contra la Francia revolucionaria: 181, 491
Bréa, Jean Baptiste Fidele (1790-1848). General francés; en 1848 participó en la represión
de la insurrección de Junio en París: 589 Brehmer. Director de escuela en la ciudad de Pittbus; en 1848
fue diputado en la Asamblea Nacional prusiana (ala derecha): 105, 106
Breno: 169
Brentano, Lorenz Peter (1813-1891). Abogado de Mannheim, demócrata pequeñoburgués; en
1848 fue miembro de la izquierda de la Asamblea Nacional de Fráncfort; en 1849
fue representante del Gobierno provisional de Badén; luego de la derrota de la
revolución en Badén y el Palatinado, emigró a Suiza y más tarde a Norteamérica: 273, 720-722, 725-728, 731, 733, 738-740, 773, 780,
801, 806-808
Brightf John (1811-1889). Político inglés; hijo de un fabricante de hila dos;
cuando surgió la disputa definitiva en
torno a las leyes cerealistas, ingresó a la
política activa oponiéndose abiertamente a éstas mediante la Auti-Corn-Law-League. Diputado
por Durham en 1843 y por Manchester en
1847; a partir de los años cincuenta encabezó el movimiento de reforma en el Parlamento inglés;
fue ministro de Comercio del gabinete Gladstone en 1868: 173, 207, 613
Brüggemann, Karl Heinrich (1810-1887). Economista y periodista liberal alemán, redactor en jefe de la
Gaceta de Colonia de 1846 a 1855:
171, 174-176, 178, 180, 299, 382, 384
Bugeaud de la Piconnerie, Thomas Robert (1784-1849). Mariscal
de Francia, político y escritor. Fue un
activo militar; gobernador de la provincia de Orán y luego gobernador general de Argelia. En 1848
tenía el mando del ejército en París y, al proclamarse la República, la
reconoció retirándose más
tarde de sus actividades, a las que volvió al asumir Luis Bonaparte la presidencia de la República,
nombrándosele jefe de ejército en los Alpes: 177, 571
Buquoy, Georg
Franz de Longeva!, harón de Vaux, conde de (17811831). Noble
de Bohemia de origen
francés; en 1848 fue miem bro de la comisión que arrestó a los insurrectos de Junio en Praga: 188
Cabet, Etiénne (1788-1836). Político francés. Estudió medicina y derecho. En
París formó parte del movimiento carbonario francés. Fue diputado radical en
1831 y publicó un semanario, Le Populaire. Tuvo que huir a Inglaterra hasta que volvió a Francia profesando doctrinas comunistas
utópicas y en 1848 preparó la fundación de una colonia en Texas que, al fracasar, lo condujo ante
los tribunales. Volvió a América para fundar una nueva colonia, de la cual se
erigió en dictador y se le obligó a huir. Autor de Histoire de la
Révolution de 1830, Histoire populaire de la Révo lution
française de 1789 a 1830y Voyage en Icaire y otras obras: 169, 206,
545
Camphausen, Ludolf (1803-1890). Banquero de Colonia, uno de los dirigentes de la
burguesía liberal
renana; en 1847 fue miembro de la Dieta Unificada; de marzo a junio de 1848 fue primer ministro
de Prusia: 56-61, 65-67, 83, 84, 89-91, 99, 100, 107-109, 113, 124, 125, 311, 312, 314, 347, 369-
372, 376, 379, 380, 382-384, 387, 462, 466, 694
Campobasso. Jefe de la Policía de Nápoles en
1848: 51
Capefigue, Jean Baptiste Raymond (1812-1872). Escritor e historiador francés; monarquista: 645
Carlos, archiduque de Austria: 673
Carlier, Pierre Charles Joseph (1799-1838). Prefecto de Policía en Paris de 1849 a 1851; bonapartista: 624, 625
Carlos I (Estuardo) (1600-1649). Rey de Inglaterra y de Escocia de 1625 a 1649.
Durante su reinado se produjo la guerra civil. Fue decapitado por la justicia
de Cromwell: 350, 465, 483
Carlos V (de España) y I (de Alemania) de Habsburgo
(1300-1338). Rey de España y emperador de Alemania, primer monarca
espa ñol del reino unificado tras la expulsión de los árabes o moros por los
reyes católicos: 349
Carlos X (de Borbón) (1737-1836). Rey de Francia de 1824 a 1830, destronado por Luis Felipe de Orleáns:
176, 312, 350, 632
Carlos Alberto (1798-1849). Rey de Cerdeña y el Piamonte de 1831 a 1849: 127, 294, 295, 297, 298, 299,
302, 486, 490-492, 497, 583
Carlos Martel (c. 689-741). Rey de los francos desde 715;
vencedor en Poitier de los ejércitos turcos: 430 Carnot, Lazare
Nicolas (1733-1823). Matemático y físico francés, político y experto
militar, republicano burgués; durante la Revolución francesa fue en un
principio jacobino y más tarde tomó parte en
el movimiento contrarrevolucionario del 9 Termidor;
en 1795 fue miembro del Directorio y ministro de la Guerra: 424, 631, 632
Carreto, Francesco Severio, marqués del (1788-1862). Político reaccionario italiano, ministro de Policía del
reino de Nápoles: 51
Catalina II (1729-1796). Zarina de Rusia en los años 1762-1796: 248
Causidière, Marc (1808-1861). Socialista pequeñoburgués francés; en 1834 tomó parte en la insurrección
de Lyon; de febrero a mayo de 1848 era Prefecto de Policía de París; fue
diputado en la Asamblea Nacional Constituyente y, con la derrota
de Junio, tuvo que exiliarse en Londres: 206, 536, 556, 557, 589
Cavaignac, Louis
Eugène (1802-1857). General francés; gobernador general de la
provincia de Argelia.
Durante la revolución de Junio (1848), la Asamblea le confirió la dictadura militar de París siendo
ministro de la Guerra,
que ejerció implacablemente contra las masas obreras
movilizadas, por lo
que la Asamblea lo eligió jefe ejecutivo del gobierno, puesto que abandonó al ser derrotado en las
elecciones por Luis Napoleón, quien lo apresó tras su golpe de Estado: 131,
138-144, 148-150, 158-160, 163, 166, 167, 174-178, 286, 289, 302, 303, 358, 359, 364-366, 413, 492, 550, 551, 555,
560-562, 564-569, 573, 575, 581-583, 598
Clemens, Friedrich lacob (1815-1862). Filósofo y teólogo de la ciudad de Bonn; en 1848-1849 fue miembro
de la Asamblea Nacional de Fráncfort: 272
Clementy Albert. En 1849 fue comandante de un batallón del ejército
revolucionario de Badén y el Palatinado: 774, 779
Cobden, Richard (1804-1865). Economista vulgar y político inglés, llamado el “Apóstol del librecambio”.
Se inició tempranamente en el comercio y más tarde, en Lancaster, fundó una fábrica de
estampado. Viajó a los Estados Unidos y al Oriente
y publicó un par de folletos, England, Ireland, and
America y Rusia. Fue un defensor de la burguesía
frente a la aristocracia terrateniente; fue, también, uno de los fundadores de
la Anti-Corn-LawLeague, a favor de la cual pronunció varios
discursos: 173, 207, 208, 613
Coburgos. Familia noble alemana de Baviera (Duque de): 488
Cockerill, John (1790-1840). Industrial inglés: 231
Colomby Friedrich August von (1775-1854). General prusiano, comandante de la guarnición
militar de Posen de 1843 a 1848: 122, 220, 340
Considérant, Víctor (1808-1893). Publicista francés; socialista utópico; discípulo y
defensor de Fourier: 598
Constantino I (el Grande) (c. 288-337). Emperador romano desde 306, trasladó la capital del
Imperio a Bizancio en la nueva ciudad de Constantinopla. Toleró el cristianismo
dentro del Imperio y más tarde lo convirtió en la religión oficial: 681
Corday d’Armont, Charlotte (1768-1793). La
asesina del jacobino Marat, condenada a muerte por el tribunal revolucionario:
177
Corvin-WiersbitzkJ Otto von (1812-1886). Ex teniente prusiano, escritor democrático; en 1848 tomó parte
en la rebelión republicana en Badén y en 1849 en Ia de Badén y el Palatinado;
jefe del Estado Mayor en Rastatt: 787
Crémeiux, Adolphe (1796-1880). Abogado y estadista liberal francés; después de la revolución de Febrero
(1848) fue nombrado ministro de Justicia durante el Gobierno provisional. Fue
diputado de las asambleas Constituyente y Legislativa de 1848 a 1831 y miembro
del gobierno de Francia en 1870-1871: 529, 381
Creton, Nicolás Joseph (1798-1864). Abogado
y político francés,
diputado de las asambleas Constituyente y Legislativa
durante la segunda República; orleanista: 616
Cromwell, Oliver
(1399-1658). Estadista inglés, el llamado protector de las Repúblicas
de Gran Bretaña,
Irlanda y Escocia. Diputado desde 1628 y juez de paz en 1630. A partir de 1636 se hizo agricultor
pero también se ocupaba de dar sermones, clases
de teología y predicaciones puritanas. A partir del conflicto escocés
se hizo la primera figura en el Parlamento. Organizó la resistencia contra el
rey hasta derrotarlo. Proclamó la República y sobrevivió a la guerra civil de
Inglaterra: 109, 350 Cubiéres, Amédée Louis Despans de (1786-1853) General
y estadista francés; orleanista. Ministro de la Guerra en 1839-1840; fue
degradado por un proceso de corrupción que se le siguió: 615
Czartoryski. Casa real de Polonia: 426
Chambord, Henri Charles d’Artois, duque de Bordeaux y conde de (1820-1883) (llamado Enrique V).
Legitimista francés, pretendiente al trono: 606, 649
Changarnier, Nicolás Anne Théodule (1793-18/7). General
y estadista francés; monarquista. En 1848- 1849 fue diputado a la Asamblea
Constituyente. Como jefe de las fuerzas de la Guardia Nacional, reprimió el
movimiento revolucionario, lo que le valió reemplazar al general Cavaignac en
la gubernatura de Argelia. Tras el golpe de Estado de Luis Napoleón en 1851, fue puesto preso y más
tarde desterrado hasta su amnistía en 1859. En 1870 participó con Bazaine en la
campaña del Metz frente a los prusianos. A partir de 1873 ingresó en el partido
de los legitimistas: 571, 578, 579, 592, 599, 605, 647, 652-654
Chrzanowski, Wojciech (1788-1861). General polaco, jefe de las fuer
zas armadas durante la insurrección nacional polaca de
1830; en 1849, en marzo, estaba al mando del ejército piamontés que luchó
contra las tropas austríacas: 494, 495, 498
Damesme, Edouard
Adolphe Marie (1807-1848). General francés; era jefe de la Guardia
Móvil de París durante la insurrección de Junio: 144, 145
Danton, Georges
Jacques (1759-1794). Abogado parisino, político de la Revolución
francesa, dirigente destacado del partido jacobino: 424, 706
Daumier, Honoré (1808-1879). Caricaturista y pintor francés: 523
D’Aspre, Constantino barón de (1789-1850): 295, 500
Delescluze, Louis Charles (1809-1871). Periodista
francés, revolucionario pequeñoburgués; en 1848 fue comisario de gobierno en el
Departamento del Norte; en 1871 fue miembro de la Comuna de París: 304
Delolme, Jean Louis (1740-1806). Magistrado y jurista suizo: 314
Dembinski, Henryk (1791-1864). General polaco, participó en la guerra de liberación nacional de 1830; en
1848-1849 fue uno de los dirigentes del ejército revolucionario húngaro: 488,
712
Demóstenes (384-322 a. n. e.) Sobresaliente orador de la Antigüedad griega; en sus discursos
antidemocráticos debatió acerca de la independencia de Grecia: 60
D’Ester, Karl Ludwig Johann (1811-1859). Diputado en la Asamblea Nacional prusiana: 117, 735, 740, 743,
756, 780, 787, 800
Dézamy, Théodore (1803-1850). Publicista francés, simpatizante del comunismo utópico.
Dierschke. Comisario de Justicia originario de
Silesia; demócrata. En 1848 fue diputado a la Asamblea Nacional
prusiana (ala izquierda): 111
Diocleciano, Cayo Aurelio Valerio (c. 245-313). Emperador romano de 284 a 305. Introdujo grandes
reformas en el Imperio: 681
Dolí. Demócrata pequeñoburgués renano; en 1848 tomó parte en la insurrección de Badén; en 1849
comandó una división del ejército de Badén y el Palatinado: 798, 799, 803, 804
Dombrowski. Compositor polaco, autor de una marcha que luego sería la música del himno nacional de su
patria: 238
Don Miguel. Véase Braganza, Miguel de.
Don Carlos. Véase Borbón, Carlos María de.
Dornès, Auguste (1799-1848). Periodista francés, republicano burgués moderado,
uno de los principales redactores del diario parisino Le
National; en 1848 fue diputado a la Asamblea Nacional Constituyente:
145
Dronke, Ernst (1822-1891). Publicista y escritor, se inició como socialista
“verdadero” y más tarde fue
miembro de la Liga de los Comunistas; en 1848 y 1849 se desempeñó como uno de los redactores
de la Nueva Gaceta Renana; emigró a Suiza tras la derrota de la revolución y más tarde se desplazó
a Inglaterra, en donde retomó su actividad política: 715, 790
Duclerc, Charles
Théodore Eugène (1812-1888). Periodista y estadista francés, uno de
los principales redactores del diario parisino Le National de 1840 a 1846; en 1848-1849 fue diputado a la Asam-
blea Nacional Constituyente y ministro de Finanzas de mayo a junio de 1848; más
tarde, fue uno de los directores del Crédit Mobilier; en 1875
vicepresidente de la Asamblea Nacional de Francia y en 1882-1883
primer ministro: 381
Ducoix, François Joseph (1888-1873). Médico y político francés, republicano burgués; en
1848 fue diputado a la Asamblea Nacional Constituyente y,
luego de la insurrección de Junio en París, pre- fecto
de Policía de dicha ciudad: 169
Duchátel, Charles Marie Tanneguy, barón de
(1803-1867). Estadista y
político francés; ministro de Comercio de 1834 a 1836 y ministro del Interior
de 1839 a 1840; maltusiano: 59, 60
Duesberg, Franz von (1793-1872). Estadista y político prusiano,
ministro de Finanzas de 1846 hasta marzo de 1848:
57
Dufaure, Jules Armand Stanislas (1798-1881). Abogado y estadista francés, orleanista. Verdugo de
la Comuna de París; ministro de Obras Públicas
en 1839-1840, ministro del Interior en 1848-1849,
ministro de Justicia de 1871 a 1873 y de 1875 a 1879,
así como primer ministro en 1876-1877 y en 1879: 564, 567, 615
Dumont (Du Mont), Joseph (1811-1861). Periodista alemán, liberal moderado; desde 1831 fue dueño de la
Gaceta de Colonia: 171, 174-176, 178, 180, 357, 383
Duncker. Alcalde de Berlín; en 1848 era uno de los
dirigentes del ala central de la Asamblea Nacional prusiana: 58
Dupin, André
Marie Jean Jacques (1783-1863). Jurista y político francés,
orleanista, presidente de la Cámara de Diputados de 1832 a 1939 y presidente de
la Asamblea Nacional Legislativa de 1849 a 1851; más tarde se hizo
bonapartista: 62, 643
Dupont de L’Eure, Jacques Charles
(1767-1833). Político liberal
francés; tomó parte en la Revolución
francesa de 1789 a 1794 y en
la de 1830; en la década
de los cuarenta del siglo XIX fue uno de los
representantes de la oposición dinástica siendo, al mismo tiempo, un
republicano burgués moderado; en 1848 fue presidente del Gobierno provisional
francés: 529
Duprat, Pascal (1815-1883). Periodista y político francés, republicano burgués;
durante la Segunda República fue disputado en la Asamblea Nacional
constituyente y legislativa; opositor a Luis Bonaparte: 630
Durando Giovanni (1804-1869). General del papa,
adscrito después al ejército piamontés que tomó
parte en la guerra de liberación italiana de 1848-1849; en la guerra italiana
de 1859 fue coman dante de una división del ejército; tomó parte en la guerra
de liberación nacional de 1866: 499
Duvernoy, Heinrich
Gustav (1802-1890). Estadista y político württemburgués liberal; en
1848-1849 fue ministro del Interior en Württemburgo: 193, 194
Duvivier, Franciade
Fleurus (1794-1848). General francés; tomó parte en la represión de la
insurrección de Junio en París; fue dipu tado en la Asamblea Nacional
Constituyente: 144, 151, 161
Eichmann, Franz
August (1793-1879). Típico representante reaccionario de la burocracia
prusiana de la
nobleza; de 1843 a 1850 fue primer presidente de la provincia del Rin; de septiembre a noviembre
de 1848 fue ministro del Interior en el gobierno prusiano y, en 1849,
diputado a la primera Dieta: 328, 460
Eisenmann, Gottfried
(1795-1867). Médico y publicista, participante en el movimiento
estudiantil, detenido en 1832, amnistiado en 1847; en 1848-1849 fue miembro de
la Asamblea Nacional de Fráncfort (centro, luego ala izquierda), redactor del
periódico Teutsches Volksblatt: 686
Elsner, Karl Friedrich Moritz (1809-1894). Profesor de bachillerato en Breslau, periodista y
político
demócrata radical; en 1848 fue diputado a la Asamblea Nacional prusiana (ala izquierda) y en los
años cincuenta del siglo XIX fue uno de los principales redactores de la Nueva
Gaceta del Oder: 111, 115
Emmermann, Karl. Guardabosques
de la provincia del Rin; en 1848 fue comandante en el ejército
revolucionario de Badén y el Palatinado; luego de la derrota de la revolución, emigró a Suiza: 794
Eneas. En la saga griega, hijo de Anquises y de Afrodita.
Después de la destrucción de Troya partió a Cartago, llegando luego a Italia;
legendario fundador del pueblo romano: 89, 90
Engels, Federico (1820-1895): 268, 298, 306-308, 417, 439, 454, 509-512, 527, 614, 622, 636, 673
Eolo. Según
Homero, soberano de la Isla de los eólicos y dios del viento: 336
Esselen, Christian
(1823-1859). Periodista radical alemán, demócrata pequeñoburgués; en
1848 fue dirigente de la Sociedad Obrera de Fráncfort y uno de los editores de
la Gaceta General de los Trabajadores. Después de la derrota de la revolución, emigró a Suiza y, más tarde, a Norteamérica: 46
Esser I, Johann
Heinrich Theodor. Abogado y jurista, procurador de Colonia, clerical;
en 1848 fue vicepresidente de la Asamblea Nacional prusiana: 115, 402, 403, 404
Falkenhain. Demócrata alemán, presidente de la sociedad llamada “Germania”, en la ciudad de Breslau:
452, 453
Falstaff, sir John. Personaje cómico de algunas obras de Shakespeare: 762
Falloux, Alfred Frédéric Fierre, conde de (1811-1886). Político
y escritor francés, legitimista y clerical; fue
quien propuso en 1848 la disolución de los llamados Talleres Nacionales instituidos por el
Gobierno provisional francés; ministro de Instrucción Pública de 1848 a 1849:
570, 582, 596, 609 Faucher, Léon (1803-1854). Periodista, economista y político francés; orleanista y más tarde bonapartista;
de 1848 a 1851 fue diputado a las asambleas Constituyente y Legislativa y, de
diciembre de 1848
a mayo de 1849, ministro del
Interior; fue un declarado enemigo de las clases
trabajadoras: 492, 523, 570, 577, 580
Federico I (Barbarroja) (c. 1123-1190). Emperador de Occidente desde 1152: 298, 503
Federico II (el Grande) (1712-1786). Hijo de Federico Guillermo I, rey de Prusia desde
1740. Se le considera el verdadero forjador del reino prusiano por sus
habilidades militares y administra- tivas: 232, 244, 243, 503, 506, 507, 675
Federico Guillermo II (1744-1797). Sobrino de Federico II de Prusia, rey de Prusia
desde 1786; luchó contra la Francia revolucionaria: 245, 503
Federico Guillermo III (1770-1840). Rey de Prusia desde 1797. Fue vencido por Napoleón
y vio desmembrados sus territorios en virtud del Tratado de Tilsit (1807): 228,
237, 504-506
Federico Guillermo IV (1795-1861). Rey de Prusia desde 1840. Durante su reinado Prusia
se convirtió en una monarquía constitucional: 119, 259, 313, 319, 328,
349, 400, 470, 493, 303-508, 514, 715,
766
Fenner von Fenneberg, Daniel (1820-1863). Antiguo oficial austriaco que en 1848 estaba al
mando de la Guardia Nacional de Viena y en 1849 se había incorporado al
ejército revolucionario del Palatinado: 747
Fernando II (1810-1859). Rey de las dos Sicilias (1830-1859): 51-53, 55, 152, 182, 294, 337, 412
Fickleryloseph (1808-1865). Periodista alemán, demócrata pequeñoburgués; en 1848-1849 fue uno de los
dirigentes del movimiento demócrata radical de Badén; en 1849 fue miembro del
Gobierno provisional de esa región y, tras la derrota de la revolución badense,
emigró a Suiza, luego a Inglaterra y más tarde a Norte américa: 721
Flocon, Ferdinand
(1800-1866). Periodista y político francés, demócrata pequeñoburgués;
fue redactor del diario parisino La Réforme y, en 1848,
miembro del Gobierno provisional francés: 529
Flotte, Paul Louis François René de (1817-1860). Oficial de marina francés, demócrata y socialista, seguidor
de Blanqui, quien tomó parte activa en los acontecimientos del 15 de mayo y la
insurrección de Junio en París (1848); en 1850-1851 fue diputado en la Asamblea Nacional Legislativa: 589, 631- 633
Flottwell, Eduard Heinrich von (1786-1865). Típico representante reaccionario
de la burocracia imperial
prusiana) encargado de gobierno en Posen de 1830 a 1840 y Westfalia de 1846 a 1848 y miembro
de la Asamblea Nacional de Fráncfort (ala derecha): 256-258, 273
Fouché, Joseph (1759-1820). Político francés, jacobino, en los tiempos de la
Revolución francesa; bajo Napoleón fue ministro de Policía; se destacó por su
falta de escrúpulos: 624
Fould, Achille (1800-1867). Banquero y político francés, orleanista y más tarde bonapartista; en 1848 fue
diputado a la Asamblea Nacional Constituyente y ministro de Finanzas de 1849 a 1860 y de 1861
a 1867: 541, 560, 574, 611, 615, 616
Fouquier-Tinville, Antoine Quentin
(1746-1795). Fiscal ante el
Tribunal revolucionario durante la época de la Revolución francesa: 306, 584
Gagern, Maximilian Ludwig, barón de
(1810-1889). Político alemán,
liberal moderado; en 1848 fue miembro del Preparlamento y presidente de la
Asamblea Nacional de Fráncfort (ala centro- derecha) y ministro de Justicia de
diciembre de 1848 a marzo de 1849: 258, 273, 32
Gaj, Ljudevit (1809-1872). Filólogo, periodista y político croata, líder de los sudeslavos (los “ilíricos”), del
movimiento nacional y del paneslavismo así como partidario de la monarquía
habsburguesa sobre una base de gobierno federalista, en 1848 fue miembro del
Gobierno provisional croata: 432
Ganneron, Auguste Víctor Hippolyte (1792-1847). Industrial y banquero francés: 132
Garibaldi, Giuseppe (1807-1882). Revolucionario y demócrata italiano, jefe del
movimiento de liberación
nacional para la unificación italiana. Participó en los movimientos revolucionarios de 1848-1849
en Italia; durante los años cincuenta y sesenta fue la cabeza del movimiento
popular nacional italiano; tomó parte en la guerra franco-prusiana: 490
Geider, Wilhelm Arnold. Policía prusiano; en
1848 fue director de Policía de la ciudad de Colonia: 514
Gervinus, Georg
Gottfried (1805-1871). Escritor e historiador de la literatura
alemana; profesor en Heidelberg, de tendencia liberal;
fue redactor de la Gaceta Alemana en
1847 y 1848; en 1848 fue miembro del Preparlamento y diputado de la
Asamblea Nacional prusiana (ala centro-derecha): 93, 177
Gierke. Síndico de la ciudad de Stettin, liberal; en 1848
fue diputado en la Asamblea Nacional prusiana (ala izquierda): 197-202, 385,
402, 404
Girardin, Émile (de) (1806-1881). Periodista, político y escritor francés; desde los
años treinta hasta los
setenta del siglo XIX fundó y dirigió diversos periódicos. Desde uno de sus
órganos periodísticos, La Liberté, se hizo uno de los principales instigadores de la guerra contra Prusia;
después de esta guerra, adquirió y dirigió el Journal
Officiel de París: 175, 176, 335, 338, 643
Goeden, Adolf. Físico posniano; en 1848 fue miembro de la Asamblea Nacional de Fráncfort (ala derecha):
253-253, 258, 260, 272, 274
Goegg, Amand
(1820-1897). Periodista alemán, demócrata pequeñoburgués; en 1849 fue
miembro del Gobierno provisional de Badén; era uno de los dirigentes de la Figa
para la Paz y la Libertad; en los años setenta se dio de baja del partido
socialdemócrata alemán: 730, 780
Górgey, Arthur von (1818-1916). General húngaro; de abril a junio de 1849 estuvo al
mando del ejército revolucionario húngaro; apoyado en la parte reaccionaria del
cuerpo de oficiales, se dedicó a sabotear la guerra revolucionaria: 733, 734
Góschen (doctor). Fiberal moderado; en
1848 participó activamente en el
movimiento revolucionario en Leipzig: 189, 190
Goudchaux, Michel
(1797-1862). Banquero francés, republicano burgués, en 1848 fue
ministro de Finanzas en el Gobierno provisional de Francia: 557
Grandin, Victor
(1797-1849). Industrial francés, político conservador; de 1839
a 1848 fue miembro de la Cámara de Diputados; en 1848-1849 se
destacó en las asambleas Constituyente y Legislativa como un político
ultrarreaccionario: 522
Granier
de Cassagnac, Bernard Adolphe (1806-1880). Periodista francés; se distinguió por ser un
político falto de escrúpulos; antes de la revolución de 1848 era orleanista,
después fue bonapartista; diputado y miembro del poder legislativo desde 1851
hasta 1870: 645, 647
Greiner, Theodor Ludwig. Jurista alemán, demócrata pequeñoburgués; en 1849 fue miembro del Gobierno
provisional del Palatinado; luego de la derrota de la revolución, emigró a
Suiza y más tarde a Norteamérica: 755-757.
Grey, Georg (1799-1882). Estadista inglés, whig; ministro del Interior en los años 1846-1852, 1855-1858,
1861-1866; ministro de las Colonias en los años 1845-1855: 483
Grouchy, Emmanuel, marqués de (1766-1847). Mariscal y par de Francia; participó en las
campañas napoleónicas: 501
Guerazzi Francesco Domenico (1804-1873). Escritor italiano, republica no moderado; en 1848
fue diputado en Toscana; en febrero de 1849 file miembro de su Gobierno
provisional y en marzo- abril del mismo año fue el representante del poder
ejecutivo de Toscana: 367
Guillermo I (de Hohenzollern) (1797-1888). Rey de Prusia desde 1861 y emperador de Alemania
desde 1871; tuvo como primer minis tro al conde de Bismarck: 123, 309, 313
Guiñará, Aguste Joseph (1799-1874). Político francés, demócrata pequeñoburgués; en
1848-1849 fue diputado en la Asamblea Nacional Constituyente: 632
Guizot, François Pierre Guillaume
(1787-1874). Estadista e
historiador francés. De 1840 a 1848 fue el principal conductor de la política
interna y exterior de Francia; defensor de los intereses de la burguesía
financiera: 60, 92, 167, 336, 337, 440, 523, 527, 528, 551, 561, 570, 603, 610
Habsburgo (Casa de). Familia alemana de origen
suabo. Vinculada a Austria, una rama importante pasó a España.
Hampden, John (1595-1643). Político inglés, miembro del llamado Parlamento
Largo y dirigente de la oposición puritana durante la Revolución burguesa: 438
Hanow, Friedrich. Director de un orfanatorio en Züllichau (la Marca); en 1848 fue diputado en la Asamblea
Nacional prusiana (ala centro-izquierda) y en 1849 en el ala izquierda: 396,
397
Hansemann, David Justus (1790-1864). Gran capitalista, uno de los dirigentes de la
burguesía liberal
renana; en 1847 fue miembro de la Dieta Unificada; en 1848 fue diputado en la Asamblea Nacional
prusiana y, de mayo a septiembre del mismo año, ministro de Finanzas del gobierno prusiano: 56,
57, 39-61, 79, 8183, 91, 99, 111, 112, 116, 117, 195, 196, 202, 220, 246, 309, 312, 313, 372, 375,
376, 379, 384-399, 401, 451, 452, 460, 694
Harney, George
Julián (1817-1897). Influyente dirigente del movimiento obrero inglés,
líder del ala izquierda del cartismo; redactor de los periódicos The
Northern Star, Democratic Republican, Friend ofthe People, Red Republican y otras publicaciones de los cartistas; a principios de los años
treinta trabó una estrecha amistad con Marx y Engels: 174
Harpprecht, Heinrich von (1802-1859). Abogado alemán, juez en Württemburgo y más tarde
procurador de esa ciudad: 193, 194
Hausner Karl. Ingeniero alemán; en 1849 fue comandante de un
batallón del ejército revolucionario de Badén y el Palatinado: 749
Hautpoul, Alphonse Henri, marqués de
(1789-1865). General y
político francés legitimista y más tarde bonapartista; fue ministro de la
Guerra en 1849-1850: 609, 630, 643, 652, 653
Haynau, Julius Jakob, marqués de (1786-1853). Mariscal de campo austriaco; en 1848-1849 reprimió en el
norte de Italia y en Hungría el movimiento revolucionario: 606
Hébert, Michel Fierre Alexis (1799-1887). Jurista y estadista francés, orleanista; de 1834 a
1848 fue
miembro de la Cámara de Diputados; en 1841, Procurador General del Reino de Francia; de 1847
a febrero de 1848, ministro de Justicia y en 1849 diputado en la Asamblea
Nacional Legislativa: 440
Hecker, Karl. Juez prusiano; en 1848 fue procurador de Colonia: 93, 273, 453, 458, 685, 706, 751, 798,
807
Hegel, Georg Wilhelm Friedrich (1770-1831). Filósofo idealista alemán; padre de la dialéctica
moderna: 183, 266, 287, 433, 506
Heine, Heinrich (1797-1856). Filósofo, escritor y poeta alemán, nacido en
Düsseldorf, de origen judío. Estudió derecho en Bonn
y más tarde literatura con Wilhelm Schlegel. En Berlín
conoció a Hegel, a los dos Humboldt y a Shleiermacher. En París fue
corresponsal de varios diarios alemanes. Se familiarizó con los principios del
socialismo a través del sansimonismo de Enfantin: 58, 62, 125, 192, 196, 276,
287, 301, 325, 331, 335, 371, 502, 731
Heintzmann, Alexis (c. 1812). Procurador General en Elberfeld, liberal, miembro
de la Comisión de Seguridad durante la insurrección en Elberfeld en mayo de
1849; más tarde emigró a Londres: 706
Heinzen, Karl (1809-1880). Crítico y periodista alemán, demócrata radical. En
1847 se volvió enemigo furioso de Marx y Engels; en 1849 tomó brevemente parte
en la insurrección de Badén y el Palatinado; más tarde emigró a Suiza e
Inglaterra. En 1850 se instaló como colono en Norteamérica: 721, 731 732
Helvecio, Claude-Adrien (1715-1771). Filósofo francés, representante del materialismo mecanicista, ateo;
ideólogo de la burguesía revolucionaria francesa: 592
Hergenhahn, August (1804-1874). Procurador del Tribunal Superior de apelaciones en
Wiesbaden, liberal; en 1848-1849 fue primer ministro en Nassau y miembro del
Preparlamento y más tarde de la Asamblea Nacional de Fráncfort: 47
Hess, Heinrich, barón de (1788-1870). Mariscal de campo austríaco; en 1848-1849 participó
en la represión del movimiento revolucionario en el norte de Italia: 501
Heydt, August, van der (1801-1874). Banquero de Elberfeld, estadista prusiano; de 1848
a 1862 fue ministro de Comercio y de 1866 a 1869 ministro de Finanzas del
gobierno prusiano: 507
Hirschfeld, Alexander Adolf van (1787-1858). General y político prusiano; en 1848 reprimió la insurrección
de Posen: 220, 764
Hobbes, Thomas
(1588-1679). Filósofo materialista inglés, sistematizador del
materialismo de Bacon. Su extensa bibliografía comprende desde traducciones de
poemas latinos hasta tratados de la vida social,
pasando por estudios metafísicos, lógicos, naturales y científicos. Su obra más conocida es Leviathan: 381
Höchster, Erns
Hermann (c. 1810- ). Magistrado en Elberfeld, demócrata
pequeñoburgués; durante la insurrección de mayo de 1849 en Elberfeld, fue
miembro de la Comisión de Seguridad; luego de la derrota de la revolución,
emigró a París: 511, 706, 721
Hofer. Agricultor, pequeño propietario en Pomerania; en
1848 fue diputado en la Asamblea Nacional prusiana: 110
Hohenzollern (Casa de). Familia dinástica originaria de la región alemana
del Danubio que dio origen al reino de Prusia: 91, 502508, 766
HüseryHans Gustav Heinrich von (1782-1857). General y político prusiano, representante de la
camarilla militar reaccionaria de Prusia; comandante militar en Mainz: 49, 50,
122, 140, 314
Itzenplitz. Familia ducal prusiana; terratenientes: 81
Jacobo II (de Inglaterra) y VII (de Escocia)
(1633-1701). Hijo de Carlos I
de Inglaterra. Se convirtió al catolicismo y estableció una alianza con Luis
XIV de Francia: 350
Jacoby; Johann
(1805-1877). Médico alemán radicado en Künigsberg;
periodista y político, abiertamente demócrata; en 1848 fue miembro
del Preparlamento y uno de los dirigentes del ala izquierda en
la Asamblea Nacional prusiana; en 1849 fue miembro
de la Asamblea Nacional de Fráncfort. Más tarde, fue
un declarado adversario de Bismarck; miembro del partido socialdemócrata alemán
desde 1872: 101, 111
Janiszewski, Johann (Jan) Chrysostomo (1818-1891). Teólogo y política polaco; en 1848 fue miembro de la
Asamblea Nacional de Fráncfort: 269, 270, 274
Jellachich (Jelacic), Josip, conde de Buzim (1801-1859). General y político austriaco; aspirante a la regencia
de Croacia, Eslavonia y Dalmacia con el apoyo del Imperio austriaco; fue uno de
los principales represores del movimiento revolucionario en Hungría: 340, 343,
358, 365, 381, 435, 436
Joñas, Ludwig (1797-1859). Pastor y teólogo alemán, seguidor de
Schleiermacher; en 1848 fue diputado en la Asamblea Nacional prusiana: 115
Jordán, Wilhelm (1819-1904). Poeta y escritor alemán; en 1848
fue miembro de la Asamblea Nacional de Fráncfort (ala
izquierda): 260-267, 272, 287, 297
Jottrand, Luden Léopold (1804-1877). Abogado y periodista belga, demócrata radical,
participó en la revolución de 1830 y fue presidente de la Asociación
Democrática de Bruselas; fue uno de los principales redactores del diario Débat
Social: 306
Juan, archiduque de Austria: 687
Jung, Georg Gottlob (1814-1886). Periodista alemán, demócrata pequeñoburgués y neohegeliano; en 1842
participó en la edición de la Gaceta Renana, en la cual
colaboró Marx; en 1848 fue uno de los dirigentes de la izquierda en la Asamblea
Nacional prusiana: 78, 101, 115
Julius, Gustav (1810-1851). Escritor, demócrata pequeñoburgués, simpatizante del socialismo
“verdadero”: 319
Kanitz, August Wilhelm Karl, conde de (1783-1852). Teniente general prusiano y ministro de la Guerra de
mayo a junio de 1848: 99
Kant, Immanuel (1724-1804). Filósofo alemán; creador del idealismo trascendental: 610
Kaunitz, Wenzel-Anton, príncipe de
(1711-1794). Estadista y
diplomático austriaco, partidario del despotismo ilustrado y enemigo de la
Revolución francesa: 122
Kautsky, Karl (1854-1938). Político y teórico nacido en Praga; fundador del periódico socialdemócrata Die
Neve Zeit. Fue asimismo activo dirigente de la socialdemocracia
alemana y europea: 655
Kersausie, Joachim René Théophile Gaillard de (1798-1874). Antiguo oficial y revolucionario francés; tomó
parte en la revolución de Julio (1830) y fue miembro de numerosas sociedades secretas; en 1848
trabajaba en un plan militar para la insurrección de Junio en París; más tarde emigró al extranjero:
155, 164
Kerst, Samuel Gottfried (1804-1875). Director de una escuela en la provincia de Posen;
en 1848 fue miembro de la Asamblea Nacional de Fráncfort: 267, 270-274
Kinkel, Gottfried Johann (1815-1882). Escritor y periodista alemán, demócrata
pequeñoburgués; tomó parte en la insurrección de Badén y el Palatinado en 1849;
después de su destierro, se convirtió en uno de los dirigentes de la emigración
pequeñoburguesa en Londres; fue enemigo político de Marx y Engels: 774, 79L 794
Kirchmann, Julius
Hermann von (1802-1884). Jurista, periodista y filósofo alemán,
liberal decidido; en 1848 fue diputado en la Asamblea Nacional prusiana: 402,
404
Kisker. Juez prusiano; en
1848 fue ministro de Justicia
del ministerio Pfuel: 460
Knierim. En 1849 fue comandante de un batallón del ejército
revolucionario de Badén y el Palatinado: 781
Kóller, Ernst Matthias von (1841-1928). Estadista y político reaccionario prusiano; miembro del Reichstag imperial de 1881 a 1888; fue ministro prusiano del Interior en 1894-1895; encarnizado enemigo
del socialismo, fue uno de los
principales instigadores de las conocidas leyes antisocialistas de la
época de Bismarck: 681
Korff, Hermann. Periodista alemán, editor y gerente de
la Nueva Gaceta Renana: 439
Kossuth, Lajos (Ludwig) (1802-1894). Líder, del movimiento nacionalista húngaro de liberación; luchó en
los movimientos revolucionarios de 1848-1849 apoyado en los elementos
democrático- burgueses; dirigió el gobierno revolucionario húngaro;
luego de la derrota de la revolución huyó
a Turquía y más tarde vivió emigrado en Inglaterra y Norteamérica: 424, 437, 487, 731, 754, 761,
772
Kotzebue, August Friedrich Ferdinand von
(1761-1819). Autor alemán de algunos libelos,
agente zarista y enemigo del movimiento liberal: 176
Kühlwetter, Friedrich Christian Hubertvon
(1809-1882). Estadista y
político prusiano; de junio a
septiembre de 1848 fue ministro del Interior; más tarde fue presidente de gobierno en Düsseldorf
y encargado de gobierno en la provincia de Westfalia: 385, 391, 397
Kurz. Oficial suizo: 804
Lacrosse, Bertrand-Théobald-Joseph, barón
de (1796-1865). Estadista francés, orleanista y más tarde
honopartista; en los años 1848-1849 y 1851 se desempeñó como ministro de
Asuntos Públicos; vicepresidente de la Asamblea Nacional constituyente y
legislativa: 597
Ladenberg, Adalbert von (1798-1855). Simpatizante de la burocracia reaccionaria
prusiana; ministro de Cultura de 1848 a I850: 460, 507
Lafargue, Paul
(1842-1911). Socialista francés, propagandista del marxismo, miembro
del Concejo general de la Asociación Internacional de los
Trabajadores; miembro fundador del Partido Fran- cés del Trabajo;
discípulo y compañero de armas de Marx y Engels: 655
Laffitte, Jacques (1767-1844). Político francés, protegido del acaudalado
Perregaux, reunió una gran fortuna y fue administrador del Banco de Francia y
más tarde gobernador del mismo. Fue diputado por París y siguió siendo uno de
los principales financieros de la burguesía francesa. Gracias a él se hizo
posible el acceso de Luis Felipe de Orleáns a la corona de Francia en julio de
1830: 522
La Hitte, Jean Ernest Ducos, vizconde de (1789-1878). General y político francés, bonapartista, ministro del
Exterior y de la Guerra de 1849 a 1851: 632
Lamaitre, Frederic. Actor francés, famoso en
su tiempo: 325
Lamarque y Maximilien, conde (1770-1832). General
francés; durante la Restauración y la monarquía de Julio fue el jefe de la
oposición liberal: 156
Lamartine, Alphonse
Marie Louis de (1790-1868). Poeta, historiador y político francés; en
los años
cuarenta del siglo XIX fue uno de los dirigentes de los republicanos moderados; en 1848 fue minis
tro de Asuntos Exteriores y personaje principal del Gobierno provisional;
miembro de la Asamblea Nacional Constituyente: 288, 304, 336, 337, 412, 413,
529, 535, 545, 550
Lamennais (La Mennais), Felicité Robert de
(1782-1854). Abad francés y
publicista; fue uno de los ideólogos del socialismo cristiano y diputado en la
Asamblea Nacional Constituyente: 180
Lamoriciere, Louis Christophe Léon (1806-1865). General y político francés, republicano moderado; tomó
parte en la represión de la insurrección de Junio en París; fue ministro de la Guerra durante el
gobierno de Cavaignac y diputado en
la Asamblea Nacional Constituyente:
133, 144, 145, 159, 163 Lamourette, Adrien (1742-1794). Obispo francés, diputado en la Asamblea Nacional Legislativa de 1792;
murió en la guillotina en 1794 acusado de contrarrevolucionario: 646
Larochejacquelein, Henri Auguste Georges, marqués
de (1805-1867). Político francés y uno de los
principales legitimistas; fue miembro de la Cámara de los Pares; en 1848 fue diputado en la Asam-
blea Nacional Constituyente y en 1849 en la Legislativa; fue senador durante el
gobierno de Napoleón III: 169, 180, 224, 649
Lasalle, Ferdinand (1825-1864): 669
Latour, Theodor, conde Baillet de (1780-1848). General austríaco,
defensor de la monarquía absoluta; en 1848 fungió como ministro
de la Guerra cuando se desarrolló el levantamiento de octubre en Viena: 343
Leclerc (familia). Familia de comerciantes franceses: 641
Ledru-Rollin, Alexandre Auguste (1807-1874). Jurista,
político y periodista francés; demócrata pequeñoburgués, su fama se inició al
protestar contra el estado de sitio impuesto después de la insurrección
(blanquista) de 1832, así como contra las matanzas posteriores en la calle
Transnonian. Diputado en 1841, republicano, defensor
de los periódicos de izquierda y fundador
del suyo propio, La Réforme, fue el principal promotor de la “campaña de los banquetes” en 1848;
formó parte del Gobierno provisional francés de ese mismo año; en la Asamblea
Nacional Legislativa fue el líder de la Montaña. Opositor a Luis Napo león,
pidió en junio de 1848 se instruyese un proceso en su contra. Se refugió
en Inglaterra: 206, 304, 413, 492, 529, 540, 545,
534, 556, 568, 577, 581, 583, 590, 591, 593, 594, 595, 600, 615, 632, 641, 736
Leiningen, Karl Friedrich Wilhelm, príncipe de (1804-1855). General
bávaro; en agosto-septiembre de 1848 fue ministro de Justicia: 286
Lelewel, Joachim (1786-1861). Historiador y revolucionario polaco; participó en la insurrección polaca de
1830 y fue miembro del Gobierno provisional polaco; uno de los representantes
del ala democrática de la emigración polaca y miembro de la junta directiva de la Asociación Democrática
de Bruselas en 18471848: 252, 261, 263, 283
Lemoinne, John Émile (1815-1892). Periodista francés,
corresponsal del Journal des Débats: 645
Leo, Heinrich
(1799-18/8). Historiador y periodista alemán; partida rio de un
gobierno clerical y reaccionario y uno de los ideólogos de los Junkers prusianos:
263, 264
Leopoldo I (de Sajonia Coburgo) (1790-1865). Rey de Bélgica a partir de 1831; con ayuda de
Francia sacudió al reino belga del yugo de Holanda: 304-306, 440
Leopoldo II (1797-1870). Príncipe heredero de Toscana: 486 Lerminier,
Jean-Louis-Eugéne (1803-1875). Jurista y publicista francés; al final
de los años treinta es un conservador destacado; profesor de ciencias jurídicas
en el Colegio de Francia de 1831 a 1839: 579
LerouXy Fierre (1797-1871). Periodista francés, demócrata pequeñoburgués; socialista utópico partidario
del socialismo cristiano; tras el golpe de Estado de Luis Napoleón, emigró a
Inglaterra: 172
Levis: 649
Lichnowski, Félix María, príncipe de (1814-1848). Terrateniente
de Silesia; oficial prusiano de tendencia
reaccionaria; en 1848 fue miembro de la Asamblea Nacional de Fráncfort (ala derecha): 273-277,
283, 284
Liebknecht, Wilhelm (1826-1900): 635
Lów (Loew), Hermann (1807-1879). Profesor y maestro en la provincia de Posen; en
1848 fue miembro de la Asamblea Nacional de Fráncfort (ala centro-derecha): 291
Lówenstein, Lipmann Hirsch ( -1848). Aficionado
a la ciencia y orientalista; en 1848 fue presidente de la Sociedad Obrera de
Fráncfort: 46, 73
Lubomirski, Jerzy, príncipe de (1817-1872). Descendiente de una noble familia polaca; político
reaccionario y paneslavista; en 1848 tomó parte en el Congreso eslavo de Praga:
426
Luis X I (1423-1483). Rey de Francia desde 1461; fue uno de los capetos que cimentaron la unidad
nacional: 279, 424
Luis XIV (1638-1713). Rey de Francia desde 1661 tras una regencia de
varios años; llamado el Rey Sol, afianzó el poderío francés en Europa: 132,
243, 350, 617
Luis XVI (1754-1793). Rey de Francia desde 1774; convocó a los Estados
Generales, por última vez, en 1789; fue derrocado por el movimiento
revolucionario en ese año: 176, 350
Luis XVIII (1755-1824). Rey de Francia en
los años 1814-1815 y de 1815 a 1824:
183, 400
Lüttichau, Christian Friedrich Tónne, conde de. Político prusiano: 237
MacMahon, Marie-Edme-Patrice-Maurice
de, duque de Magenta (1808-1893). Mariscal de Francia, comandante en
jefe del ejérci to de Versalles en contra de la Comuna; presidente de la
Tercera República en los años de 1873 a 1879: 666
Mamiani delta Rovere, Terenzio, conde de (1799-1885). Poeta, periodista y filósofo
italiano; político liberal.
Fue ministro del Interior y de Cultos del Gobierno provisional de Milán: 635
Manteuffel, Otto Theodor, marqués de (1805-1882). Estadista y político prusiano; típico
representante de la burocracia oficial y reaccionaria; de noviembre de
1848 a diciembre de 1850 fue ministro prusiano del Interior; en 1849 fue
diputado y de 1850 a 1858 fue primer ministro y ministro de Asuntos
Extranjeros: 347, 507, 697, 73b 77º
Manteuffel. Primo del anterior. Capitán del ejército revolucionario de Baden y el Palatinado: 770
Marie de Saint Georges, Alexandre Thomas (1795-1870). Abogado y político francés, republicano burgués;
en 1848 fue miembro del Gobierno Provisional francés, participó en la
organización de los llamados Talleres Nacionales, fue miembro de la Comisión
ejecutiva, presidió la Asamblea Nacional Constituyente y fue ministro de
Justicia durante el gobierno de Cavaignac: 543
Märker (Märker), Friedrich August
(1804-1889). Director del
juzgado para lo criminal en Berlín; político
liberal; en 1848 fue diputado en la Asamblea Nacional
prusiana (centro) y ministro de Justicia de junio
a septiembre del mismo año: 385
Marrast, Armand (1801-1852). Profesor, periodista y
político francés;
estudió letras y enseñó filosofía en
París, de donde fue expulsado por sus expresiones liberales. Fue uno de los principales redactores
de La Tribüne. Al volver de España e Inglaterra, donde se
exilió, participó activamente en la revolución de 1848; fue alcalde de París en
ese mismo año y presidió la Asamblea Nacional Constituyente: 165, 166, 176,
177, 358, 367, 413, 545, 555, 560, 562-564, 581, 591
Martel, Carlos. Véase Carlos Martel.
Marx, Carlos (1818-1883): 439, 462, 513, 517, 655-657, 658, 663, 664, 668, 728, 734
Mathieu de la Dróme, Philippe Antoine (1808-1865). Político francés, demócrata poqueñoburgués; de 1848
a 1851 fue diputado a las asambleas Constituyente y Legislativa de Francia (en
el partido de la Montaña); luego del golpe de Estado de Luis Napoleón, emigró a
Bélgica: 579
Mathy, Karl (1807-1868). Periodista y político badense, liberal moderado y
uno de los dirigentes de la
oposición en la Asamblea de Badén; en 1848 fue miembro del Preparlamento y diputado en la
Asamblea Nacional de Fráncfort (ala
centro-derecha); más tarde se hizo partidario de la política de Bismarck: 194
Maucler, Paul
Friedrich Theodor Eugen, harón de (1783-1859). Esta
dista y político de Württemburgo; en 1818 fue ministro de Justicia y
más tarde presidió el Consejo secreto de gobierno de esa ciudad de 1831 a 1848:
193, 194
Mayerhofer. El sustituto del encargado de los asuntos de Guerra
en el Gobierno provisional badense en 1849; con sus maneras paterna listas
saboteó las medidas militares que eran necesarias:
722, 727 Mazzini, Giusseppe (1805-1872). Revolucionario demócrata-burgués italiano, uno de los jefes del movimiento de liberación nacional italiano; en 1849 fue jefe del gobierno provisional de la
República romana: 491
Mellinet, François
(1768-1852). General belga de origen francés, uno de los dirigentes de
la revolución burguesa de 1830 y del movimiento democrático en Bélgica;
presidente honorario de la Aso- ciación Democrática de Bruselas; en 1848 fue
condenado a muerte durante el proceso de Risquons-Tout, pena que se le conmutó
más tarde por treinta años de prisión; en septiembre de 1849 fue dejado en
libertad: 305-308
Mersy. Teniente coronel; en 1849 tomó parte en la
insurrección de Badén y el Palatinado y fue comandante de la 3ª División del
ejército revolucionario; luego de la derrota de la revolución, emigró a los
Estados Unidos, donde participó en la llamada Guerra de Secesión: 791, 792,
795, 798
Metternich, Clemens Wenzel Lothar; príncipe de (1773-1859). Estadista
y diplomático reaccionario austriaco; de 1809 a 1821 fue ministro del Exterior
del Imperio y canciller del mismo de 1821 a 1848; fue uno los fundadores de la
Santa Alianza: 122, 295, 426 427, 505
Meyendorf, Peter Kasimirovich, barón de
(1796-1863). Ministro
plenipotenciario de Rusia ante el reino prusiano; residió en Berlín de 1839 a
1850: 220
Mieroslawskiy Ludwig (1814-1878). Revolucionario, historiador y experto militar
polaco; tomó parte en las insurrecciones polacas de 1830 y de 1846; en 1848
encabezó la insurrección de Posen y más tarde la del reino de Sicilia; en 1849
estaba al mando del ejército revolucionario de Badén y el Palatinado: 233, 283,
690, 727, 733, 747, 748, 762, 770, 779, 784, 785, 790, 796, 797
Milde, Karl
August (1805-1861). Fabricante de hilados en Breslau; político
liberal; en 1848 fue diputado en la Asamblea Nacional prusiana, que asimismo
presidió; de junio a septiembre de 1848 fue ministro prusiano de Comercio: 220,
385
Minutoli, Julius, barón de
(1805-1860). Funcionario
público y diplomático prusiano; en 1839 fue director de Policía y concejal
de Posen; de 1847 a junio de 1848 fue director de Policía en la ciudad de
Berlín; más tarde sirvió en el cuerpo diplomático prusiano: 68, 69
Mirbach, Otto
von. Antiguo oficial de artillería prusiano, demócrata pequeñoburgués;
fungió como comandante del ejército revolucionario durante la insurrección de
mayo de 1849; luego de la derrota de la revolución, emigró a los Países Bajos:
510-312
Mniewski, Theophil (1809-1849). Revolucionario polaco; en 1849 tomó parte en la insurrección de Badén
y el Palatinado como comandante de un regimiento del ejército revolucionario;
el tribunal prusiano de Rastatt lo condenó a muerte: 779
Moeller. Funcionario público del gobierno prusiano en la ciudad de Colonia: 514
Moisés. Personaje del Antiguo Testamento: 614
Molé, Louis Mathieu, conde de (1781-1855). Estadista
y político francés, de 1836 a 1839 fue primer
ministro de la monarquía orleanista; de 1848 a 1851
fue diputado en la Asamblea Nacional y uno
de los dirigentes del monarquista y conservador partido del Orden: 603, 605
Moll, Joseph (1812-1849). Relojero de Colonia; fue uno de los dirigentes de
la Liga de los Justos y de la
Unión Alemana de Trabajadores (sindicato comunista londinense) y miembro del Comité Central
de la Liga de los Comunistas; de julio a septiembre de 1848, fue presidente de
la Asociación de Obreros de Colonia: 754, 756, 788-791, 794
Monk (Monck), George, duque de Albemarle (1608-1669). General y estadista inglés; primero realista, más
tarde se hizo comandante general de los ejércitos de Cromwell; en 1660 hizo
posible la restauración de la dinastía de los Estuardos en el trono de
Inglaterra: 578
Montalembert, Charles, conde de (1810-1870). Político y periodista francés; durante la segunda República
fue diputado a las asambleas Constituyente y Legislativa de Francia; era el
jefe del partido católico; más tarde apoyó a Luis Napoleón: 616, 617, 642
Montesquieu, Charles de Secondat, barón de La Brède y de (1689-1755). Escritor
e historiador francés. Combinando el estudio de las ciencias, la literatura y
la historia, y al considerar las leyes del desarrollo social como “relaciones
necesarias que derivan de la naturaleza de las cosas”, intentó plasmar en sus
principales obras un tratamiento general que sirviera como una base objetiva de
la ciencia social y la teoría política. En economía política es uno de los
fundadores de la teoría cuantitativa de la moneda. Es autor de las obras Lettres
persones, De Vesprit des lois y Considérations sur les causes
de la grandeur des Romains et de leur décadence: 314, 315
Moreau, Jean-Victor (1763-1813). General francés, tomó parte en la campaña de la República francesa en
contra de la coalición de los Estados europeos y derrotó a los austríacos en
1800: 804
Mordes, Florian. Ministro del Exterior en el Gobierno provisional de Badén: 722
Mühler Heinrich Gottlobn von (1780-1837). Funcionario judicial prusiano,
ministro de Justicia de 1832 a 1844; en 1848 fue
presidente-jefe del supremo tribunal privado de Berlín: 403, 408
Müller. Pastor predicante de la región de Wohlau; en 1848
fue diputado en la Asamblea Nacional prusiana: 109, 113, 755
Napoleón I (Bonaparte) (1769-1821): 64, 86, 109, 137, 160, 176, 178, 193, 211, 213, 229, 306, 350, 450,
487, 492, 501, 504, 524, 566-568, 570572, 574, 576, 578, 579, 581, 582, 584, 589, 590, 594-596,
608-610, 616, 617, 624, 625, 632, 651, 652, 675, 719
Napoleon III (Luis Napoleón o Luis Bonaparte)
(1808-1873). Presidente de la
República francesa (1848-
1852) y segundo emperador de Francia (1852-1871): 358, 412, 413, 438, 560, 568, 569, 571, 573,
575, 593, 606-609, 624, 625, 651, 652, 665, 666, 674
Naunyn. Alcalde de Berlín en 1848: 68
Necker, Jacques (1732-1804). Banquero y político francés; entre 1770 y 1789 se
desempeñó principalmente como ministro de Finanzas y trató
de introducir ciertas reformas económicas en el reino de Francia poco
antes de desatarse la Revolución de 1789: 61
Nenstiel, Johann. Comerciante radicado en Silesia, político liberal;
en 1848 fue diputado en la Asamblea Nacional prusiana: 397 Nerlinger. Demócrata
pequeñoburgués; en 1848 tomó parte en el
movimiento democrático de Offenburg; en 1849 fue oficial del ejército revolucionario de Baden y
el Palatinado: 800
Nesselrode, Karl Vasilievich, conde de (1780-1862). Estadista
y diplomático ruso, ministro de Asuntos Extranjeros de Rusia de 1816 a 1856:
210, 212-217
Neuhaus. Médico de Turingia; en 1849 comandaba una sección
del ejército revolucionario de Baden y el Palatinado: 795
Neumayer, Maximilian Georg Joseph (1789-1866). General y político francés, seguidor del llamado Partido
del Orden: 653, 654
Ney, Napoleón-Henri-Edgar, conde de (1812-1882). General francés, bonapartista, ayudante del presidente
Luis Bonaparte: 608 Nicolás I (1736-1835). Zar de Rusia desde
1825 hasta 1855: 213, 215, 217,
219, 220, 265
Nicolás II (1868-1918). Zar de Rusia desde 1894: 677
O’Connell, Daniel
(1775-1847). Abogado y político irlandés, jefe del ala liberal del
movimiento de liberación nacional de los pueblos irlandeses
(Repeal-Association): 93
O’Connor, Feargus
Edward (1794-1855). Uno de los jefes del ala izquierda del movimiento
cartista, fundador y redactor del periódico The Northern Star; por
el año de 1848 se convirtió en reformista: 174
Oborski Ludwig (1787-1873). Oficial revolucionario polaco; en 1830 participó en
la insurrección a favor
del movimiento nacional de Polonia; en la emigración
participó activamente en la sociedad de los
“Fraternal Democrats”, en Londres; en 1849 comandó una división del ejército revolucionario de
Badén y el Palatinado; más tarde, sería también miembro del Comité Central que
fundó la Asociación Internacional de Trabajadores: 797
Olferyvon. En 1848 era el vicepresidente del Tribunal Territorial en Münster: 405
Orange (Casa de). Familia dinástica reinante en
los Países Bajos de 1572 a 1595 y desde 1815: 182
Orleáns, Luis Felipe de (1773-1850). Rey de Francia de 1830 a 1848; derrocó al último de los Borbones de
Francia cerrando así el periodo de la llamada Restauración: 51, 32, 54, 62, 131, 166, 167, 172,
173, 176, 203, 312, 336, 440, 493, 522-523, 528, 561, 504, 509, 603, 607, 611-613, 615, 645, 648,
649
OrleánSy Helene, princesa de Mecklemhurgo y
de (1815-1858). Viuda de Fernando de Orleáns, hijo
mayor de Luis Felipe: 607
Osswaldy Eugen (1826-1912). Revolucionario alemán; en 1849 tomó
parte en la insurrección de Badén y el Palatinado como comandante de
un batallón del ejército revolucionario y de la Comisión de
Guerra del Gobierno provisional; más tarde, en Londres, fue periodista y profesor de idiomas: 780
Ostendorf, Julius (1823-1877). Pedagogo de Westfalia, liberal moderado; en 1848
fue diputado en la Asamblea Nacional de Franc fort: 272
Otto I (1815-1867). Príncipe bávaro; reinó en
Grecia de 1832 a 1862: 182
Oudinot, Nicolás Charles Víctor (1791-1863). General y político francés, orleanista; en 1849
comandó las tropas francesas que atacaron al ejército de la República romana:
584, 593, 594
Pagnérre, Laurent
Antoine (1805-1854). Editor y político francés, republicano burgués;
en 1848 fue secretario general del Gobierno provisional francés y de la
Comisión ejecutiva; fue también diputado en la Asamblea Nacional Constituyente:
261, 581
Palacky, Frantisek (1798-1876). Historiador y político checo, liberal burgués, jefe
del movimiento
nacionalista checo a mediados del siglo XIX; en el Congreso eslavo de Praga (junio de 1848) sostu-
vo la idea de un federalismo eslavo basado en el poder de la monarquía
habsburguesa; fue diputado en el Reichstag de Viena en 1848:
120, 121, 432, 433
Palmerston, Henry John Temple, lord (1784-1865). Político y estadista inglés descendiente de una antigua
familia. En 1807 fue lord del Almirantazgo y diputado por Newton; desde 1809 fue ministro de la
Guerra; en un principio tory y más tarde wigh. De 1830
a 1834 fue ministro del Exterior durante el ministerio Grey; de 1835
a 1841 ocupó el mismo cargo durante el ministerio Peel y de 1846 a 1851 lo
ocupó en el ministerio Russell: 335, 337
Parmentier. Financiero y fabricante francés, acusado de soborno ante las cortes en 1847: 615
Passy, Hippolyte Philibert (1793-1880). Economista y político francés, orleanista; durante
la monarquía de Julio fue funcionario del reino y en 1848-1849 ministro de
Finanzas: 607, 615
Patow, Erasmus Robert, barón de (1804-1890). Estadista prusiano, liberal moderado; en 1848 fue
diputado en la Asamblea Nacional prusiana (ala derecha); ministro de Comercio
de abril a junio de 1848 y de Finanzas de 1858 a 1862: 198, 396
Payer, Jean Baptiste (1818-1860). Botánico y científico francés, republicano burgués;
en 1848 fue diputado en la Asamblea Nacional Constituyente: 179
Peel, sir Robert (1788-1850). Político y estadista inglés desde muy joven;
estudió en la Universidad de Oxford; fue secretario general para Irlanda y
enemigo de O’Connel. Fue autor de numerosas reformas de gobierno: 206, 207
Pelz, Eduard (1800-1876). Periodista radical alemán, demócrata pequeñoburgués; en 1848 fue uno de los
líderes de la Asociación Obrera de Fráncfort y editor de la Gaceta
General de los Trabajadores, periódico publicado en esa misma ciudad; más tarde emigró a Norteamérica: 46, 73 Perrone
di San Martino, Ettore (1789-1849). General del ejército piamontés;
luchó contra las tropas austríacas en 1848-1849: 500
Perrot, Benjamin Pierre (1791-1865). General francés; fue uno de los jefes militares
encargados de reprimir la insurrección de Junio en París: 92, 163
Peucker, Eduard von (1791-1876). General y político prusiano; en
1848-1849 fue ministro de la Guerra y en 1849
comandante supremo de las tropas del reino que lucharon contra el ejército
revolucionario de Badén y el Palatinado: 698, 753, 796
Pezza, Michele (1771-1806). Guerrillero italiano apodado Fra Diavolo: 395
Pfuel, Ernst Heinrich Adolf von (1779-1866). General prusiano, representante de la reaccionaria camarilla
militar del reino; de 1832 a 1848 fue gobernador de Neuchaatel; en marzo de 1848, coman
dante militar en Berlín y en abril y mayo del mismo año condujo las fuerzas
militares que reprimieron la insurrección de Posen; de septiembre a noviembre
de 1848 fue ministro de la Guerra: 86, 88, 220, 243, 316, 328, 347, 349, 360,
396, 398, 399, 460, 477
Pillersdorf, Franz, barón de (1786-1862). Estadista austríaco; de marzo a mayo
de 1848 se desempeñó como ministro del Interior y de mayo a julio del mismo año
como ministro Presidente: 364
Pinto, Isaac (1715-1787). Uno de los principales comerciantes holandeses de la época y especulador
bursátil; escribió algunos tratados sobre temas económicos: 372
Pío IX (1792-1878). Papa romano desde 1846: 293, 412, 486, 604, 608
Platón (427-547 a. n. e.). Filósofo griego, discípulo de Sócrates;
conocedor y en cierta forma continuador de los presocráticos griegos
aunque es el más definitivo reformador filosófico de su tiempo y el más
importante precursor de la filosofía idealista: 563
Plónnis: 114
Plougoulm, Pierre Ambroise (1776-1863). Jurista y político francés; procurador general del reino durante
la monarquía de Julio: 440
Potocki. Familia polaca de acaudalados comerciantes: 426
Príncipe de Prusia. Véase Guillermo I de Hohenzollern.
Proudhon, Pierre Joseph (1809-1863). Periodista, sociólogo y escritor francés, ideólogo
de la pequeña
burguesía y uno de los fundadores del anarquismo; en 1848 fue diputado en la Asamblea Nacional
Constituyente: 169, 221-226, 638
Przyluski, León
(1789-1863). Arzobispo de Gnesen y Posen: 229
Puttkamer; Eugen
von (1800-1874). Funcionario estatal prusiano, jefe de la Policía de
Berlín de 1839 a 1847: 68, 69
Rabe, Arnold
von. Político prusiano; en 1848-1849 se desempeñó como ministro de
Finanzas en el gabinete Brandeburgo-Mateuffel: 507
Radetzky, Joseph, conde de (1766-1838). Mariscal de campo austríaco; jefe militar del ejército austríaco en
el norte de Italia y ene migo declarado de los movimientos revolucionarios:
122, 127, 140, 143, 285, 295, 298, 299, 300, 302, 365, 366, 486, 487, 489, 490,
492, 494-499, 501
Radowitz, Joseph Maria von (1797-1833). General y político prusiano; representante de la
camarilla militar reaccionaria del príncipe prusiano; en 1848 fue uno de los
jefes de la derecha en la Asamblea Nacional de Fráncfort: 267-269, 284, 309,
310
Ramorino, Gerolamo
(1792-1849). General del ejército piamontés durante los movimientos
revolucionarios de 1848-1849 en Italia; sus medidas paternalistas permitieron
el triunfo de las tropas austríacas: 491, 494, 497, 498, 301
Raquilliet, Félix (1778-1863). Revolucionario polaco, oficial del ejército polaco sublevado en 1830; emigró
a Francia y en 1848-1849 participó como oficial del ejército revolucionario de
Badén y el Palatinado: 747
Raspail, François Vincent (1784-1878). Naturalista, científico y periodista francés;
republicano socialista con ciertas tendencias proletarias; participó en la
revolución de 1830 y luego en la de 1848 en Francia; fue diputado
en la Asamblea Nacional francesa en 1848: 155, 413. 529,
545, 548, 560,
568, 577, 589
Rateau, Jean Viene Lamotte (1800-1887). Abogado francés, bonapartista; durante la segunda
República fue diputado en la Asamblea Nacional Legislativa: 574, 575, 579
Raumer, Friedrich
von (1781-1873). Profesor de historia en Berlín, liberal; en 1848 fue
diputado en la Asamblea Nacional de Francfort (ala centro-derecha): 286
Raveaux, Franz (1810-1851). Comerciante de tabaco en Colonia, demócrata pequeñoburgués; en 1848 fue
miembro del Preparlamento y uno de los dirigentes del ala centro-izquierda en
la Asamblea Nacional de Fráncfort; miembro del Gobierno provisional de Badén:
44, 47, 48, 686
Rehfeld. Diácono en Sorau (Brandeburgo); en 1848 fue diputado a la Asamblea Nacional prusiana (centro,
más tarde en el ala derecha): 79, 80
Reichardty Joseph Martin (1803-1872). Jurista alemán, demócrata pequeñoburgués; en 1848 fue diputado
en la Asamblea Nacional de Fráncfort (ala izquierda) y en 1849 miembro del
Gobierno revolucionario del Palatinado; luego de la derrota de la revolución,
emigró a Norteamérica: 747
Reichenbachy Eduard, conde de (1812-1869). Demócrata de Silesia;
en 1848 fue diputado en la Asamblea Nacional prusiana (ala
izquierda) y, desde octubre de 1848, miembro del Comité Central de la
Asociación Democrática Alemana: 111
Reichensperger I, August (1808-1895). Funcionario
de la judicatura prusiana; político clerical y
reaccionario; en 1848 fue diputado
a la Asamblea Nacional de Fráncfort (ala derecha); más tarde
fue dirigente del partido centrista: 114, 319
Ricci Alberto (1795-1876). Ministro plenipotenciario del reino de Cerdeña en Francia: 335
Riedel Adolf Friedrich Johann (1809-1872). Encargado del Archivo secreto de la ciudad de
Berlín; historiador; en 1848 fue diputado en la Asamblea Nacional prusiana (ala
derecha): 115
Rintelen, F. Wilhelm von ( -1869). Ministro de Justicia de Berlín; en 1848 fue
diputado en la Asamblea Nacional prusiana (ala derecha) y ministro prusiano de
Justicia de noviembre de 1848 a abril de 1849: 407, 411
Riotte, Karl Nikolaus (c. 1816). Abogado alemán, demócrata; durante la insurrección de 1849 en Elberfeld
fue miembro del Comité de Seguridad del Gobierno provisional; más tarde emigró
a Norteamérica: 510, 511, 706
Robespierre, Maximilien Marie Isidor de (1758-1794). Político y revolucionario francés, dirigente jacobino
durante la Revolución francesa de 1789; de 1793 a 1794, la cabeza principal del
gobierno revolucionario en Francia: 176, 449, 562, 706
Rochow, Gustav Adolf Rochus von (1792-1847). Estadista y político prusiano, representante de la
política reaccionaria de los Junkers; fue el ministro prusiano
del Interior de 1834 a 1842: 57
Rodbertus-Jigetzow, Johann Karl (1805-1875,). Terrateniente evolú no, economista e
ideólogo de los Junkers prusianos; en 1848 fue dirigente del
ala centro-izquierda de la Asamblea Nacional pru
siana y ministro de Cultos en el ministerio Auerswald; partida rio de un “socialismo estatal”: 309, 348
Romanoff (Casa de los). Familia de boyardos o nobles rusos que se inicia
con Glianda Cambila, lituano establecido en Rusia hacia 1280. Reinaron por
espacio de tres siglos: 212
Rosenkranz, Johann
Karl Friedrich (1805-1879). Profesor en
Königs berg, filósofo hegeliano e historiador de la
literatura. Autor de una biografía de Hegel y editor de varias de sus obras:
265
Rössler, Konstantin
(1820-1893). Funcionario y periodista alemán; como director de la
oficina de prensa gubernamental en Berlín, defendió la política de Bismarck:
679
Rothschild (dinastía de los). Familia de banqueros de origen judío; grandes
financieros de los distintos reinos y gobiernos europeos: 525
Rothschild, James, barón de (1792-1868). Representante del Banco Rothschild en París: 132, 525, 526
Rotteck, Karl Wenzeslaus Rodecker von
(1775-1840). Historiador
alemán, uno de los dirigentes liberales badenses: 108
Rougemont de Lowemberg. Banquero francés: 132
Ruge, Arnold (1802-1880). Periodista radical alemán, hegeliano de izquierda;
demócrata
pequeñoburgués; fue coeditor, con Marx, de los Anales franco-alemanes; en 1848 fue diputado en
la Asamblea Nacional de Fráncfort (ala izquierda); después de 1866, fue un
liberal nacionalista: 71, 277-291, 731
Russel, lord John (1792-1878). De origen normando, hijo del duque de
Bedford. Ingresó al Parlamento inglés a los 22 años de edad; defendió siempre
la reforma parlamentaria y fue uno de los jefes más señalados de los liberales
ingleses (wighs). En 1832, luego de varios intentos, fue aceptado su
proyecto sobre dicha reforma. Es también impulsor de una reforma municipal. Sus
gran des adversarios fueron Peel y Palmerston: 286, 289
Sabina: 120
Safárik, Pavel Josef (1795-1861). Filósofo eslovaco, poeta, uno de los primeros científicos eslavos,
historiador, literato y etnógrafo. Escribió en alemán y en checo: 120
Saint Priest: 649
San Pablo: 89, 269
Sand, George (seudónimo de Amandine Lude Aurore
Dupin, baronesa Dudevant) (1804-1876). Escritora francesa, la mayoría de sus novelas trata
sobre temas sociales; con su obra llamó la atención de millones de lectoras
hacia la emancipación de la mujer: 261
Saúl. Personaje bíblico, primer rey de los judíos: 566
Schaffgotsch. Familia silesiana de grandes terratenientes: 81
Schapper, Karl (c. 1812-1870). Uno de los dirigentes de la Liga de los Justos y miembro del Comité Central
de la Liga de los Comunistas; en 1848 fue redactor de la Nueva Gaceta Renana; de febrero a marzo
de 1849, presidente de la Asociación de Obreros de Colonia; en 1850, tras la división de la Liga de
los Comunistas, dirigió junto con Willich la facción sectaria contra Marx; en 1865 fue miembro del
Consejo General de la Internacional: 462, 789, 790
Schilly Ferdinand von (1776-1809). Oficial prusiano que sostuvo una
guerra de guerrillas contra la invasión napoleónica; en 1809 intentó una
insurrección armada del pueblo para organizarse en la resistencia: 719
Schimmelpfennig, Alexander (1824-1865). Antiguo oficial prusiano, demócrata pequeñoburgués,
en 1849 tomó parte en la insurrección de Badén y el Palatinado para luego
emigrar al extranjero;
asimismo, tomó parte en la guerra civil norteamericana militando en el ejército de los estados del
Norte: 767, 769, 700
Schlinke, Ludwig. Antiguo oficial prusiano, empleado de comercio; en
1848 participó en la insurrección de Breslau y en 1849 fue general del ejército
revolucionario de Badén y el Palatinado: 803 Schleiermacher, Friedrich
Ernst Daniel (1768-1834). Teólogo y filósofo
alemán, nacido en Breslau. Predicó
en Stolpe y enseñó teología en Halle. A partir de 1810 enseñó teología y filosofía en la Universidad
de Berlín al lado de Fichte y luego de Hegel: 115
Schlöffel, Friedrich
Wilhelm (1800-1870). Fabricante de Silesia, demócrata; en 1848 fue
diputado en la Asamblea Nacional
de Francfort (ala izquierda); en 1848 tomó parte en la insurrección de Badén
y el Palatinado; más tarde emigró a Suiza y a Norteamé rica: 46, 273
Schmidt Ernst Friedrich Franz. Predicador católico silesiano, demócrata; en 1848
fue diputado en la Asamblea Nacional de Franc fort: 272, 273
Schmitt, Nikolaus (c. 1806-1860). Periodista y jurista alemán, demócrata pequeñoburgués, diputado en la
Asamblea Nacional de Fráncfort; en 1849 fue ministro del Interior del Gobierno,
provisional revolucionario del Palatinado; luego de la derrota de la
revolución, emigró a Norteamérica: 756
Schnaase, Karl Julius Ferdinand (1798-1875). Jurista prusiano e historiador del arte; procurador
general de Düsseldorf de 1836 a 1848; en este último año fue miembro del
Tribunal Superior de Berlín: 452
Schneider, Karl (II). Abogado de Colonia, demócrata pequeñoburgués; en
1848 fue representante de la
Asociación Cívica de Colonia y miembro de la Comisión de Seguridad de la misma; en 1849 asumió
la defensa legal de Marx y Engels durante el
proceso entablado contra la Nueva Gaceta Renana y,
en 1852, la de los miembros de la Liga de los Comunistas durante el proceso
entablado contra ellos en Colonia: 439, 441, 462, 464
Schreckenstein, Ludwig, Roth von (1789-1858). General y político prusiano, representante de la
aristocracia feudal; en 1848 fue diputado en la Asamblea Nacional prusiana (ala
izquierda) y presidente del Club Democrático de Berlín; más tarde fue
partidario de Bismarck: 49, 220, 385, 386
Schücking, Levin (1814-1883). Escritor, crítico literario
y periodista alemán, corresponsal de la Gaceta de
Colonia: 297-301
Schultz€. Juez de Wanzleben, demócrata; en 1848 fue diputado
en la Asamblea Nacional prusiana (ala izquierda): 111, 398, 399
Schulze (Delitzsch), FranzHermann (1808-1883). Economista y político alemán pequeñoburgués; en 1848
fue diputado en la Asamblea Nacional prusiana (centro); fue uno de los
fundadores del cooperativismo alemán y propagandista de la institucionalización
de la producción por cooperativas de trabajadores y ahorradores; en la década
de los sesenta del siglo XIX fue uno de los dirigentes del Partido Progresista:
106, 107 109, 111
Schuselka, Franz
(1811-1889). Periodista y político liberal austríaco; en 1848 fue
miembro del Preparlamento y de la Asamblea Nacional
de Fráncfort (ala izquierda); desde 1848 fue miembro
del Reichstag austríaco: 268, 269
Schwerin, Maximilian Heinrich Karl, conde de (1804-1872). Estadista y político prusiano, representante de
la nobleza liberal; en 1848 fue miembro de la Asamblea Nacional de Fráncfort
(ala derecha); ministro de Cultos en el ministerio Camphausen (de marzo a junio
de 1848): 99, 111
Sebastian, Horace,
François Bastien, conde de (1772-1851). Estadista y diplomático
francés, mariscal del
ejército; de 1830 a 1832 fue ministro del Exterior y de 1833 a 1840 cónsul de Francia en Londres:
167, 551
Ségur d’Agessau, Raymond Joseph Paul, conde de (1803-1889). Abogado y político francés contrario a todos
los partidos oposito res; fue representante del Partido del Orden en la
Asamblea Nacional Legislativa de Francia: 632
Señará, Antoine Marie Jules (1800-1885). Jurista y político francés, republicano burgués; en junio de 1848
fue presidente de la Asamblea Nacional Constituyente; de junio a octubre de
1848, durante el gobierno de Cavaignac, fue ministro del Interior: 145, 148
Senff, Emil. Juez en Inowroclaw, provincia del Posen; en 1848
fue diputado en la Asamblea Progresista: 253, 256, 258, 263, 272, 274
Sigel, Franz (1824-1902). Antiguo oficial badense, demócrata pequeñoburgués; en 1848-1849 tomó parte
en el movimiento revolucionario de Badén como comandante general; más tarde
emigró a Suiza y luego a Inglaterra: 718, 719, 791, 796, 798, 802-805
Simon. Demócrata pequeñoburgués, uno de los dirigentes de
las llamadas Sociedades de Marzo en Alemania en los años 18481849: 71, 686
Simons, Ludwig (1803-1870). Jurista prusiano; en 1848 fungió como diputado en
la Asamblea Nacional (ala derecha); fue ministro de Justicia de 1849 a 1860:
507
Smith, Adam (1723-1790). Economista inglés, representante de la economía clásica burguesa, autor de La
riqueza de las naciones, uno de los tratados de la economía burguesa
más importantes: 208
Sobrier, Marie Joseph (c. 1825-1854). Periodista francés, demócrata republicano, miembro
de diversas
sociedades secretas en los tiempos de la monarquía de Julio en Francia; de marzo a mayo de 1848
editó el diario La Commune de Paris; fue uno de los principales
participantes y organizadores de las manifestaciones del 15 de mayo en París:
178, 589
Solms-Lich Hohensolms, Ludwig, príncipe de
(1805-1880). Terrateniente en
la región del Rin y la Alta
Silesia; mariscal de la Dieta provincial renana y de la primera Dieta Unificada de los territorios de
Prusia: 56
Soulouque, Faustin (c. 1782-1867). Presidente de la República negra de Haití; en 1849 se autonombró rey
con el nombre de Faustin I: 570, 624, 629
Stein, Julius (1813-1883). Director de escuela en Breslau, periodista
democrático; en 1848 fue diputado en la Asamblea Nacional
prusiana (ala
izquierda) y representante de los Clubes Democráticos
de Berlín; fue más tarde redactor en jefe de la Gaceta de
Breslau: 316, 318, 341, 398, 399
Steinacker, Christian Karl Antón Friedrich, barón de
(1781-1851). General prusiano; de 1846 a 1848 fue comandante de la
guarnición de Posen: 122, 241
Stenzel, Gustav AdolfHarald (1792-1854). Profesor en una escuela en Breslau, historiador y político liberal;
en 1848 fue diputado en la Asamblea Nacional de Fráncfort (ala izquierda y más
tarde centro- derecha): 228, 229, 231-234, 238, 240-243, 246, 252, 253, 255,
256, 260
Stradal. Jurista alemán de la ciudad de Teplitz: 191
Strasser, Friedrich. Pintor de Elberfeld; en 1848 participó en la revolución austriaca y en 1849 fue teniente
coronel del ejército revolucionario de Badén y el Palatinado: 766
Strotha, KarlAdolph
von (1786-1870). General prusiano, ministro de la Guerra (de noviembre
de 1848 a febrero de 1850); en 1849 fue miembro de la Cámara primera: 507
Struve, Gustav (1805-1870). Juez y periodista alemán, demócrata
pequeñoburgués y federalista republicano; en 1848
fue miembro del Preparlamento
y de abril a septiembre del mismo año fue
uno de los dirigentes de la insurrección en Badén y el Palatinado; después de
la derrota de la revolución, emigró al extranjero convirtiéndose en uno de los
jefes de la pequeña burguesía emigrada en Londres; más tarde fue a
Norteamérica, donde participó en la guerra civil de los Estados Unidos: 93,
685, 721, 723, 727, 751, 782-785, 800, 801, 803
Sue, Éugene (1804-1857). Escritor y novelista francés, autor de novelas sentimentales y de temas sociales;
su obra más famosa es Los misterios de París: 625, 641, 644
Sydow, Karl Leopold Adolf (1800-1882). Predicador y teólogo en Berlín, seguidor de
Schleiermacher; en 1848 fue diputado en la Asamblea Nacional prusiana (ala
derecha): 113, 114
Sznayde, Franz (1790-1850). Oficial polaco, tomó parte en la insurrección polaca, de 1830; en 1849 fue el
general en jefe del ejército revolucionario de Badén y el Palatinado: 747, 748, 749, 754, 761, 766,
778, 779, 78
Tácito, Publio Cornelio (c. 55-c. 120). Escritor e historiador romano, autor de sus famosos Anales y la obra
Germania: 275
TechoWy Gustav Adolf (1813-1893). Antiguo oficial prusiano, demócrata pequeñoburgués;
en 1848 tomó parte en los sucesos de mayo en Berlín;
fue general en el ejército revolucionario de Badén; luego
de la derrota de la revolución en Badén y el Palatinado, emigró a Suiza: 748,
782
Tedesco, Víctor (1821-1897). Abogado belga, demócrata y socialista revolucionario; en 1847 fue miembro
fundador de la Asociación Democrática de Bruselas en unión de Marx y Engels; en
1848 fue sentenciado a muerte durante el proceso Risquons-Tout, pena conmutada
por treinta años de cárcel; salió libre en 1854: 305, 307
Temme, Jodocus
Donatus Hubertos (1798-1881). Director de la Audiencia Territorial de
Münster, demócrata; en 1848 fue diputado en la Asamblea Nacional prusiana (ala
izquierda); procurador general de Berlín; en
1849 fue miembro de la Asamblea Nacional de Fráncfort:
68, 402, 404, 405, 406
Teste, Jean
Baptiste (1780-1852). Abogado y estadista francés, orleanista; durante
la monarquía de Julio en Francia fue ministro de Comercio, de Justicia y
encargado de múltiples negocios del Estado: 615
Thiers, Louis Adolphe (1797-1877). Historiador y estadista francés, orleanista; de 1836 a 1840 fue primer
ministro; en 1848 fue diputado en la Asamblea Nacional Constituyente y de 1871
a 1873 pre- sidente de la (Tercera) República francesa; verdugo de la Comuna de
París: 177, 178, 221, 224, 332, 413, 603, 608, 610, 625, 642, 646, 666
Thome. Oficial del ejército; en 1849 fue comandante de una división del ejército revolucionario de Badén
y el Palatinado: 791
Thorwaldsen, Bertel (1768-1844). Escultor danés, llamado el “Miguel Ángel escandinavo”: 34
Trélaty Ulysse (1795-1879). Médico y político francés, republicano
pequeñoburgués;
uno de los redactores del diario parisino Le National; en
1848 fue vicepresidente de la Asamblea Nacional
Constituyente: 169
TreschkoWy Hermann von (1818-1900). Oficial prusiano destacado en 1848 en la campaña
contra Dinamarca, más tarde general de Infantería: 237, 245
Trocinskiy Feliks. Revolucionario polaco que participó en la
insurrección polaca de 1830; luego de emigrar, en 1849, fue comandante de una
brigada de soldados polacos en el ejército evolú- cionario de Badén y el
Palatinado: 766
Troost. Demócrata de Elberfeld; durante la rebelión de mayo
de 1849 en Elberfeld fue miembro de la comisión militar de seguridad: 509, 510
Trützchlery Wilhelm Adolph von (1818-1849). Político alemán, demócrata, miembro de la Asamblea
Nacional prusiana, 71
Tzchirner, Samuel Erdmann (c. 1812-1870J. Abogado alemán en Bautzen, demócrata
pequeñoburgués; durante la revolución
de 18481849 fue uno de los dirigentes
de la extrema izquierda en Sajorna; en 1849 fue uno de los
principales organizadores de la insurrección de mayo en Dresde y tomó
parte también en la insurrección de Badén y el Palatinado; después de la derrota de la revolución,
emigró a Suiza y más tarde a Inglaterra: 691, 721, 756, 757
Unruh, Hans Victor von (1806-1886). Ingeniero y político prusiano,
liberal moderado; en 1848 fue uno de
los dirigentes del ala centro-izquierda de la Asamblea
Nacional prusiana y en octubre presidió la misma; más tarde fue
miembro fundador del Partido Progresista, convertido después en el Partido
Nacional Liberal: 478
Uttenhoven von ( -1849). Oficial prusiano: 700
Vauban, Sébastien le Prêtre, marqués de (1633-1707). Mariscal francés, ingeniero militar, autor de un
folleto sobre economía titulado Projet d’une dîme royale: 617
Vega, Lope de (1562-1635). Poeta, novelista y el más grande dramaturgo
español. Su nombre completo era Félix Lope de Vega y Carpió: 543
Venedey, Jacobus (1805-1871). Periodista radical y político, demócrata pequeñoburgués; en 1834 fue
miembro fundador de la llamada Liga de los Proscritos: 177
Vergniaud, Pierre,
Victurnien (1753-1793). Abogado de
Burdeos, político durante la Revolución de 1789;
en 1791 era uno de los jefes girondinos en la Asamblea Legislativa y enemigo del poder real: 115
Victor Hugo (1802-1885): 608, 642, 643
Victor Manuel II (de Saboya) (1820-1878). Príncipe de Saboya y rey de Cerdeña de 1849 a 1861
y rey de Italia de 1861 a 1878: 182, 492, 500
Vidal, François (1814-1872). Economista francés, socialista pequeño burgués,
partidario de Louis Blanc: 631, 632, 641
Villány, Drahotin, barón de. Noble checo; en 1848 fue miembro del Consejo de St. Wenzel y de los
comités asociados para el Congreso
eslavo celebrado luego de la insurrección
de junio de 1848 en Praga: 188
Vincke, Georg, duque de (1811-1875). Político liberal prusiano; en 1848 fue uno de los
dirigentes del ala derecha de la Asamblea Nacional de Fráncfort; más tarde fue
liberal conservador: 284, 309, 310
Virgilio (Publio Virgilio Marón) (70-19 a.n.e.). Poeta romano: 89, 90
Vivien, Alexandre François Auguste (1799-1854). Abogado y político francés, orleanista; en 1840 fue
ministro de Justicia y, en 1848, ministro en el gobierno de Cavaignac: 564
Voltaire, François Marie
Arouet de (1694-1778). Filósofo deísta francés; historiador y
escritor satírico;
partidario de la burguesía aristocrática, se opuso igualmente al absolutismo y al catolicismo: 606
Voss, Johan Heinrich (1788-1875). Poeta y filólogo, traductor de Homero, Virgilio y otros poetas de la
Antigüedad: 747
Voss, Christian Friedrich (1722-1795). Editor y librero: 319
Waldeck, Benedikt
Franz Leo (1802-1870). Procurador general en Berlín,
demócrata; en 1848 fue uno de los dirigentes de la izquierda y
vicepresidente de la Asamblea Nacional prusiana: 101, 309, 310, 312, 318,
402-404 Walden: 381
Wallach. Funcionario prusiano, presidente de gobierno en Bromberg: 257
Wartensleben, Alexander, conde de
(1807-1883). Propietario en Pomerania; en 1848 fue diputado en la
Asamblea Nacional de Francfort (centro): 267-269
Washington, George (1732-1799). General
estadunidense que tomó parte en la guerra de Independencia de su país y fue el
primer presidente de los Estados Unidos de América: 630
Weerth, Georg
(1822-1856). Poeta proletario y publicista; miembro fundador de la
Asociación
Democrática en Bruselas, miembro de la Liga de los Comunistas, amigo de Marx y Engels; en 1848-
1849 trabajó como redactor de folletines en la Nueva Gaceta Renana; después de la Revolución se
desempeñó como agente viajero de comercio: 357
Weiss, Guido. Médico; en 1849 tomó parte en la insurrección de Badén y el Palatinado; fue comisario civil
en Zweibrucken: 767
Welden, Franz
Ludwig, barón de (1782-1853). General y político
austríaco, participó en 1848 en la
campaña contra el movimiento revolucionario italiano; fue gobernador de Viena de noviembre de
1848 a abril de 1849; estuvo al mando de las tropas que se dirigieron a
derrotar al ejército revolucionario de Hungría en abriljunio de 1849: 127, 295,
300
Wellington, Arthur Wellesley, duque de
(1769-1852). Estadista inglés
y general en jefe del ejército real inglés, tory; fue
primer ministro inglés de 1828 a 1830
y ministro de Asuntos Exteriores en 1834 y 1835; se le
considera el vencedor de Napoleón: 483, 501, 673
Werner, Johann Peter. Magistrado de Colonia; en 1848 fue diputado en la Asamblea Nacional de Fráncfort
(ala centro-izquierda): 48, 697
Wesendonck: 686
Wigand, Otto
(1795-1870). Editor y librero de Leipzig; publicó en su mayoría las
obras de los escritores radicales: 261
Willich, August
(1810-1878). Antiguo teniente prusiano, miembro de la Liga de los
Comunistas; fue jefe de un cuerpo de voluntarios en
la insurrección de Badén y el Palatinado en 1848-1849; en
1850, a partir de la escición de la Liga de los Comunistas, se unió a Schapper
y en 1853 emigró a los Estados Unidos y tomó parte en la guerra civil
norteamericana: 735, 749-751, 757-759, 761, 766769, 77b 773, 774, 777, 778,
781-784, 787-789, 791-796, 798, 800, 802-805
Willisen, Karl
Wilhelm (1790-1879). General y experto militar prusiano; de marzo a
mayo de 1848 fue
como comisionado real a Posen; en 1850 estuvo al mando de las tropas prusianas en los ducados
de Schleswig y Holstein durante la guerra contra Dina marca: 88, 241, 242
Windischgratz, Alfred, príncipe de
(1787-1862). Mariscal de campo austriaco, al mando del ejército
austríaco contrarrevolucionario en Austria y Bohemia; reprimió la insurrección de junio en Praga
y la de octubre en Viena; más tarde obtendría
el triunfo sobre el ejército húngaro: 120, 122, 123, 140,
189, 190, 220, 340, 343, 362, 381, 424, 433, 436, 487
Windischgratz, María Eleanora, princesa de (1795-1848). Esposa de Alfred Windischgrátz, muerta durante
los acontecimientos revolucionarios de 1848: 121
Winkelried, Arnold. Héroe legendario de la lucha
de liberación suiza contra los Habsburgos del
siglo XIV: 54
Wolfers, Franz Antón von. Periodista burgués
alemán de origen belga, miembro del consejo de redacción de
la Gaceta de Colonia: 171, 174, 175, 176, 178, 179, 180, 203
Wolff, Ferdinand (1812-1895). Periodista, miembro de la Liga de los Comunistas;
en los años 1848-1849 se desempeñó como uno de los redactores de la Nueva
Gaceta Renana; luego emigró a París y Londres; en 1830 se separó de la
Liga de los Comunistas y de Marx; más tarde se reintegró a la vida política:
567
Wolff, Joseph (1795-1862). Misionero judío-cristiano que desempeñó su quehacer
en Bamberg: 453
Wrangel, Friedrich Heinrich Ernst, conde de
(1784-1877). General
prusiano, uno de los jefes de la reaccionaria camarilla, militar prusiana; en
1848 fue comandante general de tres cuerpos de ejército en Berlín: 340, 354,
355, 336, 371, 399, 460, 476, 477
Wulf Julias. Revolucionario demócrata alemán; en 1848 presidió
los clubes populares de Düssedorf; en 1849 tomó parte en la insurrección de
Badén y el Palatinado: 432, 433
Wybicky, Joseph (1747-1822). Estadista y poeta polaco; es autor de la letra que
acompañó a una marcha de Dombrowski, lo que más tarde se constituyó en el himno
nacional de Polonia: 238
Zacharia. Comisionado de Justicia en Stettin; en 1848 fue diputado en la Asamblea Nacional prusiana (ala
centro-derecha): 112, 113, 117
Zell, Friedrich Joseph (1814-1881). Abogado y concejal de Tréveris; en
1848 fue diputado en la Asamblea Nacional de Fráncfort (ala
centro-izquierda); en 1849 fue comisionado del ministerio real en Badén: 697,
698
Zinn, Christian. Periodista alemán, demócrata pequeñoburgués; en
1849 fue capitán en el ejército revolucionario del Palatinado: 762, 795
Zitz, Franz Heinrich (1803-1877). Magistrado en Mainz, demócrata; en 1848 fue miembro del Parlamento
y diputado en la Asamblea Nacional de Fráncfort (ala izquierda); en 1849 tomó
parte en la insurrección de Badén y el Palatinado; después de la derrota de la
revolución, emigró a Norteamérica: 44, 71, 685, 749, 751, 755, 787. 788
Zweiffel. Procurador general
de Colonia, clérigo; en 1848 fue diputado en la
Asamblea Nacional prusiana (ala derecha): 439-441, 446-449, 452, 454
Zychlinski. Revolucionario alemán; en 1849 tomó parte en la
insurrección de mayo en Dresde y en la de Badén y el Palatinado: 774, 778, 794
Las revoluciones de 1848 se terminó de imprimir y encuadernar en agosto de
2006 en Impresora y Encuadernadora Progreso, S. A. de
C. V. (I E P S A ), Calz. De San Lorenzo, 244;
09830 México, D. F.
En su composición se usaron tipos Minion
de 11: 14, 12: 14 y 8: 10 puntos.
La
edición consta de 1000 ejemplares.
FIN

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