© Libro N° 14531. El Capitalismo Histórico. Wallerstein, Immanuel. Emancipación. Noviembre 29 de 2025
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EL CAPITALISMO HISTÓRICO
Immanuel Wallerstein
El
Capitalismo Histórico
Immanuel
Wallerstein
EL CAPITALISMO HISTÓRICO
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Immanuel Wallerstein
1988
Primera edición, enero de 1988
©Siglo XXI de España Editores, S. A. Calle
Plaza, 5. 28043 Madrid Primera edición en inglés, 1983 Verso
Editions, Londres
©Immanuel Wallerstein
Título original: Historical capitalism
DERECHOS RESERVADOS CONFORME A LA LEY
Impreso y hecho en España Printed and made in
Spain Diseño de l a cubierta: El Cubrí ISBN: 84-323-0620-7
Depósito legal: M.
43.231-1987 Compuesto en Fernández Ciudad, S. L.
Impreso en Closas-Orcoyen, S. L. Polígono Igarsa Paracuellos
de Jarama (Madrid)
Introducción
l. LA MERCANTILIZACIÓN DE TODAS LAS COSAS: LA PRODUCCIÓN DE CAPITAL
2. LA POLÍTICA DE ACUMULACIÓN: LA LUCHA POR LOS BENEFICIOS
3. LA VERDAD COMO OPIO:
RACIONALIDAD Y RACIONALIZACIÓN
4. CONCLUSIÓN: SOBRE EL PROGRESO Y LAS TRANSICIONES
VII
INTRODUCCION
Son muchos los libros escritos sobre el capitalismo
por marxistas y otros autores de la izquierda política, pero la mayoría de
ellos adolecen de uno de estos dos defectos. Los unos son básicamente análisis
lógico-deductivos que parten de definiciones de lo que se piensa que es en
esencia el capitalismo y examinan luego hasta qué punto se ha desarrollado éste
en diversos lugares y épocas.
Los segundos se centran en las presuntas grandes transformaciones del sistema capitalista a partir de
un punto reciente en el tiempo, y todo el tiempo anterior sirve de contraste mitológico para considerar
la realidad empírica del presente.
Lo que me parece urgente,
la tarea a la que se ha consagrado en
cierto sentido la totalidad de mi obra
reciente, es ver el capitalismo como un sistema histórico, a lo largo de toda su historia y en su realidad
concreta y única. Me he fijado,
por tanto, la tarea de describir esta realidad, de
delinear con precisión lo que siempre ha estado cambiando y lo que nunca
ha cambiado (de tal forma que podríamos denominar la realidad entera bajo un
solo nombre).
Creo, como muchos otros, que
esta realidad es un todo integrado. Pero muchos
de los que mantienen
esta opinión la defienden en forma de un ataque a otros por su supuesto «economicismo», o su
«idealismo» cultural, o su excesivo hincapié
en los factores políticos y «voluntaristas». Tales críticas, casi por su propia
naturaleza, tienden a caer de rebote en el vicio opuesto al que atacan. Por
consiguiente, he tratado de presentar muy claramente la realidad global
integrada, tratando sucesivamente su expresión en los terrenos económico,
político e ideológico-cultural.
VIII
Finalmente, permítaseme decir unas palabras sobre
Karl Marx. Fue una figura monumental en la historia intelectual y política
moderna. Nos ha dejado un gran legado, conceptualmente rico y
moralmente inspirador. Sin embargo, deberíamos tomar en serio lo que dijo de que no era marxista, y
no desecharlo como una ocurrencia.
Marx sabía, cosa que muchos de los que se dicen
discípulos ·suyos no saben, que era un hombre del siglo XIX cuya visión
estaba inevitablemente limitada por esa realidad social. Sabía, cosa
que muchos no saben, que una formulación teórica sólo es comprensible y utilizable en relación con la formulación
alternativa a la que aquélla ataca explícita o implícitamente, y que es
totalmente irrelevante para formulaciones de otros problemas basados en otras
premisas. Sabía, cosa que muchos no saben, que había una tensión en la
presentación de su obra entre la exposición del capitalismo como un sistema
perfecto (lo que de hecho nunca había existido históricamente) y el análisis de
la realidad cotidiana concreta del mundo capitalista.
Utilicemos, pues, sus escritos del único modo
sensato: como los de un compañero de lucha que sabía tanto como él sabía.
1
l. LA MERCANTILIZACION
DE TODAS LAS COSAS: LA PRODUCCION DE CAPITAL
El capitalismo es, ante todo y sobre todo, un
sistema social histórico. Para comprender sus orígenes, su funcionamiento o sus
perspectivas actuales tenemos que observar su realidad. Por supuesto, podemos
intentar resumir esta realidad en una serie de enunciados abstractos, pero
sería absurdo utilizar tales abstracciones para juzgar y clasificar la
realidad. Por tanto, en lugar de eso propongo
tratar de describir cómo ha sido realmente el capitalismo en la práctica, cómo ha funcionado en cuanto
sistema, por qué se ha desarrollado de la manera en que lo ha hecho y a dónde
conduce en la actualidad.
La palabra capitalismo se deriva de capital. Sería
lícito, pues, suponer que el capital es un elemento clave en el capitalismo.
Pero, ¿qué es el capital? En una de sus acepciones, es simplemente riqueza
acumulada. Pero cuando se usa en el contexto del capitalismo histórico tiene
una definición más específica. No es sólo la reserva de bienes de consumo,
maquinaria o derechos autorizados a cosas
materiales en forma de dinero. El capital en el capitalismo histórico sigue refiriéndose por supuesto a
estas acumulaciones de esfuerzos de un trabajo pasado que todavía no han sido gastados; pero si esto
fuera todo, entonces se podría decir que todos los sistemas históricos, hasta
el del hombre de
Neanderthal, han sido capitalistas, ya que todos ellos han tenido alguna de estas reservas acumuladas
que encarnaban un trabajo pasado.
2
Lo que distingue al sistema social histórico que llamamos capitalismo histórico es que en este sistema
histórico el capital pasó a ser usado (invertido) de una forma muy especial.
Pasó a ser usado con el objetivo o intento primordial de su autoexpansión. En
este sistema, las acumulaciones pasadas sólo eran «Capital» en la medida en que
eran usadas para acumular más capital. El proceso fue sin duda complejo, e
incluso sinuoso, como veremos. Pero es a ese objetivo implacable y curiosamente
asocial del poseedor de capital —la acumulación de más capital—, así como a las relaciones que este poseedor
de capital tenía por tanto que establecer con otras personas para conseguir ese
objetivo, a los que llamamos capitalistas. Es indudable que éste no era el
único propósito. En el proceso de producción
intervenían otras consideraciones. Pero la cuestión es: en caso de conflicto, ¿qué consideraciones ten-
dían a prevalecer? Siempre que, con el tiempo, fuera la acumulación de capital
la que regular mente predominara sobre otros objetivos alternativos, tenemos
razones para decir que estamos ante un sistema capitalista.
Un individuo o un grupo de individuos podría por
supuesto decidir en cualquier momento que le
gustaría invertir capital con el objetivo de adquirir más capital. Pero, antes de llegar a un de terminado
momento histórico, no había sido nunca fácil para tales individuos hacerlo
con buenos resultados. En los sistemas anteriores, el largo y
complejo sistema de la acumulación de capital se veía casi
siempre bloqueado en uno u otro pun to, incluso en aquellos casos en que
existía su condición inicial: la propiedad, o amalgama, de una reserva de
bienes no consumidos previamente en manos de unos
pocos. Nuestro capitalista en potencia necesitaba siempre obtener el uso de trabajo, lo que significaba
que tenía que haber personas que pudieran ser atraídas o forzadas a trabajar.
3
Una vez conseguidos los trabajadores y producidas
las mercancías, estas mercancías tenían que ser comercializadas de alguna
forma, lo que significaba que tenía que haber tanto un sistema de distribución
como un grupo de compra dores con medios para comprar las mercancías. Estas
tenían
que ser vendidas a un precio que fuera superior a los costes totales (en el punto de venta) soportados
por el vendedor y, además, este margen de diferencia tenía que ser más de lo
que el vendedor necesitaba para su propia subsistencia. En lenguaje moderno,
tenía que haber una ganancia. El propietario de la ganancia tenía entonces que
ser capaz de retenerla hasta que se diera una oportunidad razonable para
invertirla, momento en que todo el proceso tenía que renovarse en el punto de
producción.
En realidad, antes de llegar a los tiempos
modernos, esta cadena de procesos (llamada a veces ciclo
del capital) rara vez se completaba. Por un lado, muchos de los eslabones de la cadena eran
considerados, en los sistemas sociales históricos
anteriores, irracionales y/o inmorales por los poseedores de la autoridad
política y moral. Pero aun sin la interferencia directa de aquellos que tenían
el poder de interferir, el proceso se veía habitualmente frustrado por la
inexistencia de uno o más elementos de proceso: reserva
acumulada en forma monetaria, fuerza de trabajo
destinada a ser utilizada por el productor, red de distribuidores,
consumidores que fueran compradores.
Faltaban uno o más elementos porque, en los
sistemas sociales históricos anteriores, uno o más de estos elementos no estaba
«mercantilizado» o lo estaba insuficientemente. Esto significa que el
proceso no era considerado como un proceso que pudiera o debiera realizarse a través de un
«mercado».
4
El capitalismo histórico implicó, pues,
una mercantilización generalizada de unos procesos —no sólo
los procesos de intercambio, sino también
los procesos de producción, los procesos de distribución y
los procesos de inversión— que anteriormente habían
sido realizados a través de medios distintos al
«mercado». Y, en el curso de su intento
de acumular más y más capital, los capitalistas han intentado
mercantilizar más y más procesos sociales en todas las esferas de la vida
económica. Dado que el capitalismo es un proceso asocial, de aquí se desprende
que ninguna transacción social ha estado intrínsecamente exenta de una posible
inclusión. Esta es la razón de que podamos decir que el desarrollo histórico
del capitalismo ha implicado una tendencia a la mercantilización de todas
las cosas.
Pero no era suficiente mercantilizar los procesos sociales. Los procesos de producción estaban unidos
entre sí en complejas cadenas de mercancías. Consideremos, por
ejemplo, un producto tí pico que ha sido ampliamente producido y vendido a
lo largo de la experiencia histórica del capitalismo: una
prenda de vestir. Para producir una prenda de vestir se suele necesitar, como mínimo, tela, hilo, algún
tipo de maquinaria y fuerza de trabajo. Pero cada uno de estos elementos ha de ser producido a su vez.
Y los elementos que intervienen en su producción han de ser producidos a su vez. No era inevitable —
ni siquiera era habitual— que cada uno de los subprocesos en esta cadena de
mercancías estuviera mercantilizado. De hecho, como veremos, la ganancia es a
menudo mayor cuando no todos los
eslabones de la cadena están mercantilizados. Lo que está claro es que, en tal cadena, hay un
conjunto
muy amplio y disperso de trabajadores que reciben algún tipo de remuneración que se registra en los
libros de contabilidad como costes.
5
Hay también un conjunto mucho menor, pero por lo
general igualmente disperso, de personas (que además no están por lo común
vinculadas entre sí como socios económicos, sino que operan como
entidades económicas distintas), las cuales comparten
de alguna manera el margen final existente en
la cadena de mercancías entre los costes totales de producción
de la cadena y los ingresos totales con seguidos
gracias a la venta del producto final.
Una vez que hubo tales cadenas de mercancías entre los múltiples procesos de producción, está claro
que la tasa de acumulación para todos los «capitalistas» juntos pasó a
estar en función de la amplitud del margen que se pudiera crear, en
una situación en la que este margen podía fluctuar considerablemente. La tasa
de acumulación para un capitalista en concreto, sin embargo, es taba en función
de un proceso de «competencia» en el que las recompensas más
altas eran para aquellos que tenían mayor perspicacia para juzgar, mayor capacidad para controlar a su fuerza de trabajo y mayor
acceso a las restricciones políticamente determinadas sobre operaciones con
cretas del mercado (conocidas genéricamente como «monopolios») .
Esto creó una primera contradicción elemental en el
sistema. Aunque el interés de todos los
capitalistas, tomados como clase, parecía ser reducir todos los costes de producción, estas reducciones
de hecho con frecuencia favorecían a unos capitalistas en
contra de otros, y por consiguiente algunos preferían incrementar su
parte de un margen global menor a aceptar una parte menor je un margen global
mayor. Además, había una segunda contradicción fundamental en el sistema. A
medida que se acumulaba más y más capital, se mercantilizaban más y más
procesos y se producían más y más mercancías, uno de los requisitos clave para
mantener la circulación era que hubiera más y más compradores.
6
Sin embargo, al mismo tiempo,
los esfuerzos por reducir los costes de producción reducían a menudo
la circulación y la distribución del dinero, y de este modo inhibían la
constante expansión de los
comprado res, necesaria para completar el proceso de acumulación. Por el contrario, la redistribución
de la ganancia global de una forma que
pudiera haber incrementado la red de
compradores reducía a menudo el margen
global de ganancia. De aquí que los empresarios
a nivel individual se movieran en una dirección para impulsar
sus empresas (reduciendo, por ejemplo, sus costes de trabajo) mientras que
simultáneamente se movían en otra dirección (como miembros de una clase
colectiva) para aumentar la red global
de compradores (lo que inevitablemente implicaba, para algunos productores
al menos, un incremento de los costes de trabajo).
La economía del capitalismo ha estado, pues,
gobernada por el intento racional de maximizar la acumulación. Pero lo que era
racional para los empresarios, no era necesariamente racional para los
trabajadores. Y, lo que es aún más importante: lo que era racional para todos
los empresarios como
grupo colectivo no era necesariamente racional para un empresario determinado. Por tanto, no basta
decir que cada uno velaba por sus propios intereses. Los
propios intereses de cada persona a menudo movían
a ésta, de forma muy «racional», a emprender actividades contradictorias. El
cálculo del interés real a largo plazo se hizo pues sumamente complejo, aun
cuando ignoremos en la actualidad hasta qué punto la percepción de sus propios
intereses por parte de cada uno estaba encubierta y distorsionada por complejos
velos ideológicos. Por el momento, su pondré provisionalmente que el
capitalismo histórico engendró realmente al homo economicus, pero
añadiré que éste estaba, casi inevitablemente, un tanto confuso.
7
Había, sin embargo, una restricción «objetiva» que limitaba la confusión. Si un determinado in dividuo
cometía constantemente errores de apreciación en el terreno económico, ya fuera
por ignorancia,
fatuidad o prejuicios ideológicos, este individuo (o
empresa) tendía a no sobrevivir en el mercado. La
bancarrota ha sido el filtro depurador del sistema capitalista que ha obligado constantemente a todos
los agentes económicos a seguir más o menos los caminos trillados,
presionándolos para actuar de forma que colectiva mente hubiera una acumulación
de capital cada vez mayor.
El capitalismo histórico es, pues, ese escenario integrado, concreto, limitado por el tiempo y el espacio,
de las actividades productivas dentro del cual la incesante acumulación de
capital ha sido el objetivo o «ley» económica que ha gobernado o prevalecido en
la actividad económica fundamental. Es ese
sistema social en el cual quienes se han regido por tales reglas han tenido un impacto tan grande sobre
el conjunto que han creado las condiciones, mientras que los otros se
han visto obligados a ajustarse a las normas o a sufrir las consecuencias. Es
ese sistema social en el cual el alcance de esas reglas (la ley del valor) se
ha hecho cada vez más amplio, los encargados de aplicar estas reglas se han
hecho cada vez más intransigentes y la penetración de estas reglas en el tejido
social se ha hecho cada vez mayor, aun cuando la oposición social a tales
reglas se haya hecho cada vez más fuerte y más organizada.
8
Utilizando esta descripción de lo que se entiende
por capitalismo histórico, cualquiera de nosotros puede determinar
a qué escenario integrado, concreto, limitado por el
tiempo y el espacio, se refiere. Mi opinión es que la génesis de este
sistema histórico se localiza en la Europa de finales del siglo xv, que el
sistema se extendió con el tiempo hasta cubrir todo el globo hacia finales del
siglo XIX, y que aún hoy cubre todo el globo. Me doy cuenta de que una delimitación
tan superficial de las fronteras del tiempo y el espacio suscita dudas en muchas personas. Estas dudas son, sin embargo, de dos tipos
diferentes. En primer lugar están las dudas empíricas. ¿Estaba Rusia dentro o
fuera de la economía-
mundo europea en el siglo XVI? ¿Cuándo se incorporó exactamente el Imperio otomano a la economía-
mundo capitalista? ¿Podemos considerar una determinada zona interior de un
determinado Estado en un determinado momento como verdaderamente «integrada» en
la economía-mundo capitalista? Estas preguntas son importantes, tanto por sí
mismas como porque al intentar responder a ellas nos
vemos obligados a precisar más nuestros análisis de los procesos del capitalismo histórico. Pero no es
éste el momento ni el lugar adecuado para contestar a los numerosos
interrogantes empíricos sometidos a continuo debate y elaboración.
El segundo tipo de duda es el que se plantea la
utilidad de la clasificación inductiva que acabo de sugerir. Hay algunos que se
niegan a aceptar que se pueda decir jamás que existe el capitalismo a no ser
como una forma específica de relación social en el lugar de trabajo: la de un
empresario privado que emplea asalariados. Hay otros que afirman que cuando un
determinado Estado ha nacionalizado sus industrias y proclamado su adhesión a
las doctrinas socialistas, ha puesto fin, con esos actos y como resultado de
sus consecuencias, a la participación de ese Estado en la economía-mundo
capitalista. Estos no son interrogantes empíricos, sino teóricos, y trataremos de abordarlos en el curso
de este análisis. Abordarlos deductivamente sería inútil, sin embargo, ya que
no llevaría a un debate racional, sino simplemente a un choque entre fes
opuestas.
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Por consiguiente, los abordaremos heurísticamente, afirmando que nuestra clasificación
inductiva es más útil que las clasificaciones alternativas porque abarca más
fácilmente y elegantemente lo que sabemos colectivamente en la actualidad acerca de la realidad histórica y porque nos proporciona una
interpretación de esta realidad que nos permite actuar más eficazmente sobre el
presente.
Examinemos, pues, cómo ha funcionado realmente el
sistema capitalista. Decir que el objetivo de un productor es la acumulación de
capital es decir que tratará de producir tanto como le sea posible de una
determinada mercancía y ofrecerla a la venta con el mayor margen de ganancia
para él. Sin
embargo, esto lo hará dentro de una serie de restricciones económicas que, como decimos, existen «en
el mercado». Su producción total está forzosamente limitada por la
disponibilidad (relativamente inmediata) de cosas tales como factores materiales de producción, fuerza de trabajo, clientes y acceso
al dinero efectivo para ampliar su base de inversión. La cantidad que puede
producir con ganancia y el margen de ganancia al que puede aspirar están también limitados por la capacidad de sus
«Competidores» de ofrecer el mismo artículo a precios
de venta más bajos: en este caso no se trata de
los competidores de cualquier lugar del mercado mundial, sino de los que están
introducidos en los mismos mercados locales, in mediatos y más restringidos en
los que él vende (independientemente de cómo sea definido este mercado en un
caso determinado). La expansión de su producción estará también restringida por
el grado en que su producción ampliada dé lugar a una reducción de los
precios en el mercado «local» capaz de reducir realmente la ganancia total obtenida con su producción total.
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Todas éstas son restricciones objetivas, es decir,
que existen sin necesidad de que un determinado productor o participante activo
en el mercado tome un determinado conjunto de decisiones. Estas
restricciones son la consecuencia de un proceso social
total que se da en un lugar y tiempo concretos.
Por supuesto, siempre hay además otras restricciones, más susceptibles de
manipulación. Los gobiernos pueden adoptar, pueden haber adoptado ya, diversas
medidas que de alguna forma transformen las opciones económicas y por
consiguiente el cálculo de las ganancias. Un determinado
productor puede ser el beneficiario o la víctima de las medidas existentes. Un de terminado productor
puede tratar de persuadir a las autoridades políticas de que cambien las
medidas en su favor.
¿Cómo han actuado los productores para maximizar su
capacidad de acumular capital? La fuerza de trabajo ha sido siempre un elemento
central y cuantitativamente significativo en el proceso de producción. Al
productor que trata de acumular le preocupan dos aspectos
diferentes de la fuerza de trabajo: su
disponibilidad y su coste. El problema de la
disponibilidad se ha planteado habitualmente de la siguiente manera: las
relaciones sociales de producción que eran fijas (una fuerza de trabajo estable
para un determinado productor) podían tener un coste bajo si el mercado era
estable y el tamaño de la fuerza de trabajo óptima para un momento determinado.
Pero si el mercado de ese producto decaía, el hecho de que la fuerza de trabajo fuera fija incrementaba
su coste real para el productor. Y si el mercado de ese producto se
incrementaba, el hecho de que la
fuerza de trabajo fuera fija hacía que al productor le fuera imposible aprovechar las oportunidades de ganancia.
Por otra parte, también una fuerza de trabajo
variable tenía desventajas para los capitalistas. Una fuerza de trabajo
variable era por definición una fuerza de trabajo que no trabajaba necesaria
mente de forma continua para el mismo productor. A tales trabajadores debía, pues, preocuparles, por lo que
se refiere a su supervivencia, su nivel de
remuneración en función de un período de tiempo lo suficientemente largo como
para contrarrestar las variaciones en los ingresos reales. Es decir, los
trabajadores tenían que ser capaces de sacar de los períodos en que trabajaban
lo suficiente como
para cubrir los períodos en los que no recibían remuneración. Por consiguiente, una fuerza de trabajo
variable a menudo costaba a los productores más
por hora y por individuo
que una fuerza de trabajo fija.
Cuando tenemos una contradicción, y aquí tenemos una en el meollo mismo del proceso de producción
capitalista, podemos estar seguros de que el resultado será un compromiso
histórica mente difícil. Repasemos lo que sucedió de hecho. En los sistemas
históricos que precedieron al capitalismo
histórico, la mayoría de las fuerzas de trabajo (nunca todas ellas) eran fijas. En algunos casos, la fuerza
de trabajo del productor se reducía a él mismo o a su familia, y por tanto era
fija por definición. En algunos casos, una fuerza de trabajo no relacionada con
el productor por lazos de parentesco le era
adscrita mediante diversas regulaciones legales y/o consuetudinarias incluyendo diversas
formas de esclavitud, servidumbre por deudas, regímenes permanentes de
tenencia, etc.). Algunas veces la adscripción era vitalicia. Otras veces era
por períodos limitados, con una opción de renovación; pero esta limitación del
tiempo sólo tenía sentido si existían alternativas realistas en el momento de
la renovación. Ahora bien, la rigidez de estos
regímenes planteaba problemas no sólo a los productores
concretos a quienes estaba adscrita una determinada fuerza de trabajo, sino también a todos los otros
productores, ya que evidentemente sólo podían ampliar sus actividades en la medida en que existieran
fuerzas de trabajo disponibles no fijas.
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Estas consideraciones constituyeron la base, tal
como a menudo se ha descrito, del auge de la institución del trabajo
asalariado, allí donde existía un grupo de personas permanentemente disponibles
para trabajar más o menos para el mejor postor. Llamamos a este proceso:
mercado de trabajo, y a las personas que venden su trabajo: proletarios. No
digo nada nuevo si afirmo que, en el capitalismo histórico, ha habido una
creciente proletarización de la fuerza de trabajo. La afirmación no sólo no es
nueva, sino que tampoco es en absoluto sorprendente. Las ventajas del proceso
de
proletarización para los productores han sido ampliamente documentadas. Lo sorprendente no es que
haya habido tanta proletarización, sino que haya habido tan poca. Tras cuatro
siglos al menos de existencia de este sistema social-histórico, no se puede
decir que la cantidad de trabajo plenamente proletarizado en la economía-mundo
capitalista llegue hoy en total ni siquiera a un cincuenta por ciento.
Sin duda esta estadística está en función de cómo se mida y a quién se mida. Si usamos las estadísticas
oficiales de los gobiernos acerca de la llamada población activa,
primordialmente los varones adultos formalmente disponibles para un
trabajo remunerado, podemos encontrar que el porcentaje de
asalariados es hoy razonablemente alto (si bien, incluso en ese caso, cuando se calcula a nivel mundial,
el porcentaje real es inferior al que suponen la mayoría de las formulaciones
teóricas). Sin embargo, si consideramos a todas las personas cuyo trabajo se
incorpora de una u otra forma a la cadena de mercancías —abarcan do así a
prácticamente todas las mujeres adultas y también a un número muy alto de
personas preadultas y posadultas (es decir, los jóvenes y los viejos)—,
entonces nuestro porcentaje de proletarios cae en picado.
13
Demos un paso más antes
de proceder a nuestra medición. ¿Es conceptualmente
útil aplicar la etiqueta
«proletario» a un individuo? Lo dudo. En el
capitalismo histórico, como en los sistemas históricos anteriores, los
individuos han tendido a vivir dentro del marco de unas estructuras
relativamente estables que comparten un fondo común de ingresos actuales y
capital acumulado, a las que podríamos llamar unidades domésticas (households).
El hecho de que los límites de estas unidades domésticas estén cambiando
continuamente por las entradas y salidas de los individuos no impiden que sean
la unidad de cálculo racional en términos de remuneraciones y gastos. Las
personas que desean sobrevivir cuentan
todos sus ingresos potenciales, independientemente de la fuente de la que
procedan, y los valoran en función
de los gastos reales que deben realizar. Tratan
de sobrevivir como
mínimo; luego, con más ingresos, tratan de disfrutar de un estilo de vida que encuentran satisfactorio;
y por fin, con más ingresos todavía, tratan de participar en el juego capitalista como acumuladores de
capital. Para todos los propósitos reales, la
unidad doméstica es la unidad económica que se dedica a tales actividades. Esta
unidad doméstica es habitualmente una unidad relacionada por lazos de
parentescos, pero a veces no lo es, o al menos no lo es exclusivamente. En la
mayoría de los casos es co-residencial, pero esta tendencia ha retrocedido a
medida que avanza la mercantilización.
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Fue en el contexto de esta estructura de unidades domésticas donde comenzó a imponerse a las clases
trabajadoras la distinción social entre trabajo productivo y trabajo improductivo. De hecho, el trabajo
productivo llegó a ser definido como un trabajo que devengaba
dinero (primordialmente trabajo que devengaba un salario), y el
trabajo improductivo como un trabajo que, aunque muy necesario, era
meramente una actividad de «subsistencia» y que por tanto, se decía, no producía un
«excedente» del que pudiera apropiarse alguien. Este trabajo, o bien no
estaba en absoluto mercantilizado o bien implicaba una producción simple (pero
en este caso verdaderamente simple) de mercancías. La diferenciación entre los
tipos de trabajo fue consolidada mediante la creación de papeles específicos
vinculados a ellos. El trabajo productivo (asalariado) se convirtió
primordialmente en la tarea del varón adulto/padre y secundariamente de los
otros varones adultos (más jóvenes) de la unidad doméstica. El trabajo
improductivo (de subsistencia) se convirtió primordialmente en la tarea de la
mujer adulta/madre y secundariamente de las otras mujeres, así como
de los niños y los ancianos. El
trabajo productivo era realizado fuera de la unidad doméstica, en el «centro de trabajo». El trabajo no
productivo era realizado dentro de la unidad doméstica.
Las líneas divisorias no eran nítidas,
indudablemente, pero con el capitalismo histórico se hicieron
muy claras y apremiantes. La división
del trabajo real
por géneros y edades no fue, por supuesto, una
invención del capitalismo histórico. Probablemente existió siempre, aunque sólo
fuese porque para algunas tareas hay requisitos y limitaciones biológicos
(de género, pero también de edad). La familia
jerárquica y/o la estructura de unidades domésticas no fueron tampoco una invención del capitalismo.
Estas también existían desde hacía mucho tiempo.
Lo que hubo de nuevo en el capitalismo histórico
fue la correlación entre división del trabajo y valoración del trabajo. Los
hombres tal vez hayan hecho a menudo un trabajo diferente del de
las mujeres (y los adultos un trabajo diferente del de los
niños y ancianos), pero en
el capitalismo histórico ha habido una constante devaluación del
trabajo de las mujeres (y del de los jóvenes y viejos) y un paralelo hincapié
en el valor del trabajo del varón adulto. Mientras que en otros sistemas
hombres y mujeres realizaban tareas específicas (pero normalmente iguales), en el capitalismo histórico el varón
adulto que ganaba un salario fue clasificado como el «cabeza de familia», y la
mujer adulta que trabajaba en el hogar como el «ama de casa». Así, cuando se
empezaron a compilar estadísticas
nacionales, que eran a su vez un producto de un sistema capitalista, todos los cabezas de familia fueron
considerados miembros de la población activa, pero no así las amas de casa. De
este modo se institucionalizó el sexismo. El aparato legal y paralegal de la distinción y la discriminación por géneros
siguió de forma totalmente lógica las huellas de esta valoración diferencial
del trabajo.
Podemos señalar aquí que los conceptos de infancia/adolescencia amplia y de «jubilación» de la fuerza
de trabajo no asociada a la enfermedad o la debilidad
han sido también concomitantes específicos de
la aparición de una estructura de unidades domésticas en el capitalismo histórico. A menudo han sido
consideradas como exenciones «progresistas» del trabajo. Sin embargo, tal vez
sea más correcto considerarlas como redefiniciones del trabajo como no trabajo.
Para más inri, las actividades formativas de los niños y las variopintas tareas de los adultos jubilados han sido calificadas de
«divertidas» y la devaluación de sus contribuciones
laborales de razonable contrapartida a su liberación de las «fatigas» del
trabajo «real».
16
En cuanto ideología, estas distinciones
contribuyeron a asegurar que la mercantilización del trabajo fuera extensiva
pero al mismo tiempo limitada. Por ejemplo, si tuviéramos que calcular cuántas
unidades domésticas de la economía mundo han obtenido más de un cincuenta por
ciento de sus ingresos reales (o de su renta total en todas sus formas) del
trabajo asalariado fuera de la unidad
doméstica, creo que nos sentiríamos asombrados por la exigüedad del porcentaje: esto no sólo ha
ocurrido en siglos anteriores, sino que ocurre también hoy, aunque el porcentaje haya probablemente
crecido de forma constante a lo largo del desarrollo histórico de la economía
mundo capitalista.
¿Cómo podemos explicar esto? No creo que sea muy
difícil. Partiendo del supuesto de que un pro
ductor que emplea mano de obra asalariada prefiere siempre y en todo lugar pagar menos que más, la
exigüedad del nivel al que los asalariados podrían permitirse aceptar el
trabajo está en función del tipo de unidades domésticas en
el que los asalariados vivan a lo largo de su vida. Dicho de forma muy
sencilla: a idéntico trabajo con idénticos niveles de eficacia, el asalariado
que viviera en una unidad doméstica con un
alto porcentaje de ingresos salariales (
llamémosla una unidad doméstica proletaria) tendría un
umbral monetario por debajo del cual le parecería manifiestamente irracional
realizar un trabajo superior al de un asalariado que viviera en una unidad
doméstica con un bajo porcentaje de ingresos salariales (llamémosla una unidad
doméstica semiproletaria).
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La razón de esta diferencia entre lo que podríamos
llamar umbrales salariales mínimos aceptables
tiene que ver con la economía de supervivencia. Allí donde una unidad doméstica proletaria dependía
primordialmente de unos ingresos sala riales, éstos tenían que cubrir los
costes mínimos de la supervivencia y la reproducción. Sin embargo, cuando los
salarios constituían una parte me nos importante del total de los ingresos de
la unidad doméstica, a menudo para un individuo resultaba racional aceptar un
empleo a un nivel de remuneración que representaba una parte inferior a la
proporcional (en términos de horas trabajadas) de los ingresos reales —aun
cuando supusiera la consecución del necesario dinero líquido ( necesidad que
con frecuencia venía legalmente impuesta)— o implicaba la sustitución de un trabajo en tareas todavía menos remunerativas por este
trabajo remunerado con un salario.
Lo que sucedía entonces en estas unidades
domésticas semiproletarias era que quienes producían otros tipos de ingresos
reales —es decir, básicamente la producción doméstica para el propio consumo o
para la venta en el mercado local, o para ambas cosas a la vez—, ya fueran
diversas
personas de la unidad doméstica (de cualquier sexo o edad) o la misma persona en diversos momentos
de su vida, creaban excedentes que hacían
que bajara el umbral del salario mínimo aceptable. De esta
forma, el trabajo no asalariado permitía a algunos productores pagar un salario
inferior a sus
trabajadores, reduciendo así sus costes de producción e incrementando sus márgenes de ganancia. No
es de extrañar, pues, que, por regla general, todos los que empleaban mano de
obra asalariada prefirieran que sus asalariados vivieran en unidades domésticas
semiproletarias en lugar de proletarias. Si ahora consideramos la realidad
empírica local en el tiempo y en el espacio del capitalismo histórico,
descubrimos bruscamente que la norma estadística
ha sido que los asalariados vivieran en unidades domésticas
semiproletarias en lugar de proletarias. Desde el punto de vista intelectual,
nuestro problema se invierte de pronto. De explicar las razones de la
existencia de la proletarización, hemos pasado a explicar por qué el proceso ha
sido tan incompleto. Ahora tenemos que ir todavía más lejos: ¿por qué ha
seguido avanzando la proletarización?
18
Permítaseme decir desde ahora que es muy dudoso que
la creciente proletarización mundial pueda ser atribuida primordialmente a las
presiones sociopolíticas de los estratos empresariales. Muy al contrario.
Parece ser que tienen muchos motivos para hacerse los remolones. En
primer lugar, como acabamos de argumentar, la transformación de un número
significativo de unidades domésticas semiproletarias en unidades domésticas
proletarias en determinadas zonas tendió a aumentar el salario mínimo real pagado
por los que empleaban mano de obra asalariada. En segundo lugar, la mayor
proletarización tuvo con secuencias políticas, como analizaremos más adelante,
que fueron
negativas para los que empleaban mano de obra asalariada y también acumulativas, incrementándose
así todavía más los niveles salariales en determinadas zonas geográfico económicas. De hecho, los que
empleaban mano de obra asalariada sentían tan poco
entusiasmo por la proletarización que, además de fomentar la división
del trabajo por géneros y edades, también estimularon, con sus esquemas de
empleo y a través de su influencia en el campo político, el re conocimiento de grupos étnicos definidos,
tratan do de vincularlos a papeles específicos en el mundo laboral, con
diferentes niveles de
remuneración real por su trabajo. La etnicidad creó un caparazón cultural que consolidó los esquemas
de la estructura de unidades domésticas semiproletarias. El hecho de que la aparición de esta
etnicidad haya realizado también una labor de
división política entre las clases trabajadoras ha sido un plus político para
los que empleaban mano de obra asalariada, pero no, creo yo, el primer motor de
este proceso.
19
Sin embargo, para poder comprender cómo ha llegado a producirse un incremento de algún tipo en la
proletarización a lo largo del tiempo en el capitalismo histórico, tenemos que
volver a la cuestión de
las cadenas de mercancías en las que están situadas las múltiples actividades productivas específicas.
Debemos olvidar la imagen simplista de que el «mercado» es un lugar donde se
encuentran el productor inicial y el consumidor final. Es indudable que estos
mercados existen y siempre han existido. Pero en el capitalismo histórico las
transacciones de mercado han constituido un pequeño porcentaje del total. La
mayoría de las transacciones han implicado un intercambio entre dos
productores inmediatos situados en una larga cadena de mercancías. El comprador compraba un
«insumo» para su proceso productivo. El vendedor
vendía un «producto semiacabado», es decir, semiacabado en función de su uso
final en el consumo individual directo.
La lucha por el precio en estos «mercados
intermedios» representaba un esfuerzo por parte del comprador para arrancar al
vendedor una porción de la ganancia obtenida de todos los procesos de trabajo
anteriores a lo largo de la cadena de mercancías. Esta lucha estaba sin duda
determinada en puntos concretos del tiempo y del
espacio por la oferta y la
demanda, pero nunca de forma exclusiva. En primer
lugar, por supuesto, la oferta y la demanda pueden ser manipuladas a través de
restricciones monopolistas, que han sido la regla más que la excepción. En segundo lugar, el vendedor
puede modificar el precio en ese punto
a través de una integración vertical. Allí donde
el «Vendedor» y el «comprador» eran de hecho y en última instancia la
misma empresa, el precio podía ser arbitrariamente amañado con fines fiscales o
de otro tipo, pero tal precio nunca representaba la interacción de la oferta y
la demanda. La integración vertical, al igual que el monopolio «horizontal», no
ha sido rara. Estamos por supuesto familiarizados con sus ejemplos más
espectaculares: las compañías con carta de privilegios de los siglos XVI al
XVIII, las grandes casas comerciales del siglo XIX, las transnacionales del
siglo XX. Todas éstas eran estructuras globales que trataban de abarcar todos
los eslabones posibles de una determinada cadena de mercancías. Pero los
ejemplos menores
de integración vertical, que abarcaban solamente unos pocos (o incluso dos) eslabones de una cadena,
han sido aún más frecuentes. Parece razonable afirmar que la integración
vertical ha sido la norma
estadística del capitalismo histórico, y no esos puntos del «mercado» en las cadenas de mercancías en
los que el vendedor y el comprador eran realmente distintos y antagónicos.
Ahora bien, las cadenas de mercancías no han
seguido direcciones geográficas aleatorias. Si las
dibujáramos todas en un mapa, advertiríamos que han adoptado una forma centrípeta. Sus puntos de
origen han sido múltiples, pero sus puntos de destino han tendido a converger
en unas pocas áreas. Es decir, han tendido a ir de las periferias de la
economía-mundo capitalista a los centros. Es difícil rebatir esto como una
observación empírica. La pregunta real es por qué ha sucedido. Hablar de
cadenas de mercancías significa hablar de una amplia división social del
trabajo que, en el curso del desarrollo histórico del capitalismo, se ha hecho
más y más extensiva en el plano funcional y
geográfico y, simultáneamente, más y más jerárquica. Esta jerarquización del espacio en la estructura
de los procesos productivos ha llevado a una polarización cada vez mayor entre
el centro y las zonas periféricas de la economía-mundo, no sólo de acuerdo con
criterios distributivos (niveles reales de ingresos, calidad de vida), sino también,
y lo que es más importante, en los escenarios de la acumulación de capital.
21
Al principio,
cuando comenzó este proceso, es tas diferencias espaciales eran
bastante pequeñas, y el grado de especialización espacial era
limitado. Sin embargo, dentro del sistema capitalista, las diferencias
existentes (ya fuera por razones ecológicas o históricas) fueron exageradas,
reforzadas y consolidadas. En este proceso fue crucial la intervención de la
fuerza en la determinación del precio.
Indudablemente, el uso de la fuerza por una de las partes en una transacción de mercado para mejorar
el precio no fue una invención del capitalismo. El intercambio desigual es una
práctica antigua. Lo notable del capitalismo como sistema histórico fue la
forma en que se pudo ocultar este intercambio desigual; de hecho se pudo
ocultar tan bien que incluso los adversarios reconocidos del
sistema no
han comenzado a desvelarlo sistemáticamente sino
tras quinientos años de funcionamiento de este mecanismo.
La clave para ocultar este mecanismo central está
en la estructura misma de la economía-mundo capitalista, la aparente separación
en el sistema capitalista mundial entre la arena económica (una división social
del trabajo a nivel mundial con unos procesos de producción integrados, todos
los cuales operan en favor de la incesante acumulación de capital) y la arena
política (compuesta en apariencia por Estados soberanos aislados, cada uno de
los cuales es responsable autónomo de sus decisiones políticas dentro de su
jurisdicción y dispone de fuerzas armadas para respaldar su autoridad). En
el mundo real del capitalismo histórico,
casi todas las cadenas de mercancías de cierta
importancia han atravesado estas fronteras
estatales. Esta no es una innovación
reciente. Es algo que ha venido sucediendo desde el mismo
comienzo del capitalismo histórico. Más aún: la transnacionalidad de las
cadenas de mercancías es un rasgo descriptivo tanto del mundo capitalista del
siglo XVI como del mundo capitalista del siglo XX.
22
¿Cómo funcionaba este intercambio
desigual? Partiendo de una diferencia real en
el mercado, debido
a la escasez (temporal) de un proceso de producción complejo o a escaseces artificiales crea das manu
militari, las mercancías se movían entre las zonas de tal manera que el área con el artículo menos
«escaso» «vendía» sus artículos a la otra área a un
precio que encarnaba un factor de producción (coste) real mayor que el de un
artículo de igual precio que se moviera en dirección opuesta. Lo que realmente
sucedía era que había una transferencia de una parte de la ganancia total (o
excedente) producida por una zona a otra.
Era una relación de centricidad-perifericidad. Por
extensión podemos llamar «periferia» a la zona perdedora y «centro» a la
ganadora. Estos nombres reflejan de hecho la estructura geográfica de los
flujos económicos.
Inmediatamente encontramos diversos mecanismos que
a lo largo de la historia han incrementa do
esta disparidad. Allí donde se producía una
«integración vertical» de dos eslabones en una cadena de
mercancías, era posible desviar una parte aún mayor del excedente total hacia el centro de lo que hasta
entonces había sido posible. Asimismo, la desviación del
excedente hacia el centro concentraba allí el capital
y ponía a disposición del centro unos fondos desproporcionados para continuar
la mecanización, lo que permitía a los productores de estas zonas conseguir
ventajas competitivas
adicionales en los productos existentes y crear nuevos productos raros con los que renovar el proceso.
La concentración de capital en las zonas del centro creó tanto la base fiscal como la motivación política
para construir aparatos de Estado relativamente fuertes, entre cuyas múltiples
capacidades figuraba la de asegurar que los aparatos del Estado de las zonas
periféricas se hicieran o siguieran siendo relativamente más débiles. De este
modo podían presionar a estas estructuras estatales para que aceptaran e
incluso fomentaran en su jurisdicción una mayor especialización en tareas
inferiores dentro de la jerarquía de las cadenas de mercancías, utilizando mano
de obra peor pagada y creando (reforzando) la estructura de unidades domésticas
adecuada para permitir la supervivencia de esta mano de obra. De este modo, el
capitalismo histórico creó los llamados niveles salariales históricos tan
dramáticamente divergentes en las diferentes zonas del sistema mundial.
Decimos que este proceso ha permanecido oculto. Con
ello queremos decir que los precios reales siempre parecían ser negociados en
un mercado mundial sobre la base de unas fuerzas económicas impersonales. El
enorme aparato de fuerza latente (abiertamente usado de forma esporádica en las
guerras y en las épocas de colonización) no tenía que ser invocado en cada una
de las transacciones para asegurar que el intercambio fuese desigual. Más bien,
el aparato de fuerza aparecía en escena sólo cuando se producía un desafío
significativo al nivel existente de intercambio desigual. Una vez terminado el
grave conflicto político, las clases empresariales del mundo podían pretender
que la economía operaba únicamente por consideraciones de la oferta y la
demanda, sin reconocer cómo
había llegado históricamente la economía-mundo a un
punto concreto de la oferta y la demanda y qué
estructuras de fuerza estaban respaldando en ese mismo momento las diferencias «consuetudinarias»
en los niveles salariales y en la calidad real de vida de las fuerzas de
trabajo del mundo.
24
Ahora podemos volver a preguntamos por qué ha
habido algún tipo de proletarización. Recordemos la contradicción fundamental
entre el interés individual de cada empresario y el interés colectivo de
todas las clases capitalistas. El intercambio desigual servía por definición a estos intereses co lectivos,
pero no a muchos de los intereses individuales. De esto se desprende que aquéllos cuyos intereses no
se veían inmediatamente servidos en un momento determinado (porque ganaban
menos que sus competidores) trataban constantemente de cambiar las cosas en su
favor. Es decir, trataban de competir con más éxito en el mercado, bien
haciendo que su producción fuera más eficiente, bien utilizando la influencia
política para conseguir nuevas ventajas monopolistas.
La fuerte competencia entre los capitalistas ha
sido siempre una differentia specifica del capitalismo
histórico. Aun cuando pareciera estar voluntariamente restringida (por medio de
acuerdos de tipo
cártel), ello se debía principalmente a que cada competidor pensaba que tal restricción optimizaba sus
propios márgenes. En un sistema basado en la incesante acumulación de capital,
ninguno de los participantes podía permitirse el lujo de abandonar su
permanente tendencia hacia una rentabilidad a largo plazo, a no ser que
quisiera autodestruirse.
Así pues, la práctica monopolista y la motivación
competitiva han sido realidades paralelas del capitalismo histórico. En tales
circunstancias, es evidente que ningún esquema específico que uniera los
procesos productivos podía ser estable. Muy al contrario: siempre sería de
interés para un gran número de empresarios rivales tratar de alterar el esquema
específico de un momento y un lugar
determinado sin preocuparse a corto plazo por el impacto global de tal comportamiento. Aquí operaba
indiscutiblemente la «mano invisible» de Adam Smith, en el sentido de que el
«mercado» imponía
restricciones al comportamiento individual, pero sería muy curiosa una interpretación del capitalismo
histórico que sugiriese que el resulta do ha sido armonioso.
25
El resultado parece haber sido más bien, de nuevo como observación
empírica, un ciclo alternante de
expansiones y estancamientos del sistema en su conjunto. Estos ciclos han implicado fluctuaciones de
tal significación y regularidad que es difícil no creer que son intrínsecas al funcionamiento del sistema.
Si se me permite la analogía, parecen ser el mecanismo respiratorio del
organismo capitalista, que inhala el oxígeno purificador y exhala los desechos
venenosos. Las analogías son siempre peligrosas, pero ésta parece especialmente adecuada. Los desechos acumulados eran las ineficiencias económicas
que con regularidad se incrustaban
políticamente a través del proceso de intercambio desigual
antes descrito. El oxígeno purificador era la asignación más eficiente de los
recursos (más eficiente en el sentido de que
permitía una mayor acumulación
de capital), que permitía la reestructuración regular
de las cadenas de mercancías.
Lo que parece haber sucedido cada cincuenta años
aproximadamente es que, dados los esfuerzos de un número cada vez mayor de
empresarios por hacerse con los puntos más rentables de las cadenas de
mercancías, se producían tales desproporciones en las inversiones que nosotros
hablamos, de
modo que induce un tanto a error, de superproducción. La única solución a estas desproporciones era
una conmoción en el sistema productivo que diera como resultado una
distribución más equitativa. Esto suena lógico y simple, pero sus consecuencias
han sido siempre masivas.
26
Significaba en cada ocasión una mayor concentración de operaciones en los eslabones de la cadena de
mercancías que estaban ya más atestados. Esto su ponía la
eliminación tanto de algunos empresarios como de algunos trabajadores
(aquéllos que trabajaban para empresarios que se iban a la quiebra y también
aquéllos que trabajaban para otros que se mecanizaban aún más a fin de reducir
los costes unitarios de producción). Este cambio también permitía a los
empresarios «degradar» ciertas operaciones en la jerarquía de la cadena de mercancías, lo que les permitía dedicar fondos de inversión
y esfuerzos a otros eslabones de la cadena de
mercancías que, al ofrecer inicialmente insumas más
«escasos», eran más rentables. La «degradación» de
determinados procesos en la escala jerárquica también llevaba a menudo a una
reubicación geográfica parcial. Para esta reubicación geográfica
resultaba muy atractivo el desplazamiento hacía zonas
donde el coste de la mano de obra era inferior,
aunque desde el punto de vista de la zona a la que se desplazaba la industria,
la nueva industria implicase habitualmente un in cremento del nivel salarial
para algunos sectores de la fuerza de trabajo. Precisamente ahora estamos viviendo una de estas reubicaciones masivas a nivel mundial en
las industrias del automóvil, el acero y la electrónica. Este fenómeno de reubicación ha formado parte
del capitalismo histórico desde el comienzo.
Estos reajustes han tenido tres consecuencias
principales. Una de ellas ha sido la constante reestructuración geográfica del
sistema mundial capitalista. Sin embargo, aunque las cadenas de mercancías han
sido significativamente reestructura das cada cincuenta años, aproximadamente,
se ha mantenido el sistema de cadenas de mercancías jerárquicamente
organizadas. Determinados
procesos de producción han experimentado un deseenso en la jerarquía, al insertarse otros nuevos en
la parte superior.
27
Y determinadas zonas geográficas han acogido
a niveles jerárquicos de procesos en continuo cambio.
Así pues, determinados productos han pasado por «ciclos de producto», al comenzar siendo productos
del centro y terminar convirtiéndose en productos periféricos. Además,
determinadas posiciones se han desplazado hacia arriba o hacia abajo, por lo
que respecta al bienestar comparativo de sus
habitantes. Pero para llamar «desarrollo» a tales reajustes tendríamos primero que demostrar que ha
habido una reducción de la polarización global del sistema. Empíricamente,
parece que esto no ha ocurrido; más bien la polarización se ha incrementado a
lo largo de la historia. Se puede decir, pues, que estas reubicaciones
geográficas y del producto han sido verdaderamente cíclicas.
Sin embargo, los reajustes han tenido una segunda consecuencia, muy diferente. Nuestro término
«superproducción», que induce a error, llama la
atención sobre el hecho de que el dilema inmediato se ha planteado siempre por
la ausencia de una demanda mundial suficiente de algunos productos claves del
sistema. Es en esta situación donde los intereses de los trabajadores coinciden
con los intereses de una minoría de empresarios. Los trabajadores han tratado
siempre de incrementar su parte de excedente, y los momentos de crisis
económica del sistema han ofrecido a menudo tanto un incentivo suplementario e
inmediato como una oportunidad suplementaria de proseguir sus luchas
de clases. Una de las formas más efectivas e inmediatas de incrementar sus ingresos reales que tienen
los trabajadores es la mayor mercantilización de su propio trabajo. A menudo han tratado de sustituir
aquellas partes de los procesos de producción domésticos que devengan escasas cantidades
de ingresos reales, y en particular diversos tipos de producción simple de
mercancías, por trabajo asalariado. Una de las principales fuerzas impulsoras
de la proletarización ha sido la de los propios trabajadores de todo el mundo.
Han comprendido, a menudo mejor que sus autoproclamados portavoces
intelectuales, que la explotación en las unidades domésticas semiproletarias es
mucho mayor que la explotación en las plenamente proletarizadas.
28
Ha sido en los momentos de estancamiento cuan do
algunos propietarios-productores, en parte respondiendo a la presión política
de los trabajadores y en parte creyendo que los cambios estructurales en las
relaciones de producción les beneficia rían frente a los
propietarios-productores rivales, han unido sus fuerzas, tanto en el campo de
la producción como en el político, para impulsar la proletarización de un
sector limitado de los trabajadores en alguna parte. Este proceso que nos
proporciona la clave esencial para saber por qué ha habido un incremento en la proletarización, dado
que la proletarización ha llevado a largo plazo a una reducción de los niveles
de ganancia en la economía-mundo capitalista.
Es en este contexto donde deberíamos considerar el
proceso del cambio tecnológico, que no ha sido tanto el motor como la
consecuencia del capitalismo histórico. Las principales «innovaciones»
tecnológicas han sido, en primer lugar, la creación de nuevos productos
«escasos», en cuan to tales
sumamente rentables, y, en segundo lugar, la de procesos para reducir el trabajo. Han sido respuestas
a las fases descendentes de los ciclos, formas de aplicar las «invenciones» para fomentar el proceso de
acumulación de capital. Estas innovaciones sin duda afectaron con frecuencia a
la organización de la producción. Des de un punto de vista histórico, dieron un
impulso hacia la centralización de muchos procesos de trabajo (la fábrica, la
cadena de montaje). Pero es fácil exagerar el cambio. Los procesos de
concentración de las tareas de producción física han si do con frecuencia
analizados sin tener en cuenta los procesos de descentralización opuestos.
29
Esto es especialmente evidente si traemos a
colación la tercera consecuencia del reajuste cíclico. Adviértase que, dadas
las dos consecuencias ya mencionadas, tenemos que explicar una aparente
paradoja. Por un lado, hablábamos de la continua concentración de acumulación
de capital en la polarización histórica de la distribución. Simultáneamente,
sin embargo, hablábamos de un proceso lento, pero constante, de proletarización
que, afirmábamos, ha reducido realmente los niveles de ganancia.
Una solución fácil sería decir que el primer proceso es
simplemente mayor que el segundo,
lo cual es cierto. Pero además la disminución de los niveles de ganancia ocasionada por el incremento
de la proletarización
ha sido hasta ahora compensada con
creces por otro mecanismo que ha actuado en
sentido contrario.
Otra observación empírica que puede hacerse
fácilmente acerca del capitalismo histórico es que su
emplazamiento geográfico ha crecido constantemente con el tiempo. Una vez más, el ritmo del proceso
ofrece la mejor clave para su explicación. La incorporación de nuevas zonas a
la división social del trabajo del capitalismo histórico no se produjo de una
sola vez. De hecho, se produjo en estallidos periódicos, aunque cada una de las
sucesivas expansiones pareció estar limitada en su amplitud. Indudablemente, una
parte de la explicación reside en el mismo desarrollo tecnológico del propio
capitalismo histórico. Las mejoras en el transporte, las comunicaciones y los
armamentos hizo que
fuera progresivamente menos caro incorporar regiones cada vez más alejadas de las zonas del centro.
Pero esta explicación, todo lo más, nos da una condición necesaria, pero no
suficiente del proceso.
30
A veces se ha afirmado que la explicación reside en la constante búsqueda de nuevos mercados en los
que realizar las ganancias de la producción capitalista. Sin embargo, esta
explicación no concuerda con los hechos históricos. Las áreas externas al
capitalismo histórico se han mostrado en general reacias a comprar sus
productos, en parte porque no los «necesitaban» en términos de su propio
sistema económico y en parte porque a menudo carecían de los medios necesarios
para comprarlos. Sin duda ha habido excepciones. Pero en general era el mundo capitalista el que buscaba los productos
de la arena externa y no al revés. Siempre que un determinado lugar era
conquistado militarmente, los empresarios capitalistas se quejaban de la
ausencia de mercados reales en él y actuaban a través de los gobiernos
coloniales para «crear aficiones».
La búsqueda de mercados no sirve como explicación.
Una explicación mucho más plausible es la búsqueda de mano de obra a bajo
coste. Des de un punto de vista histórico, prácticamente todas las nuevas zonas
incorporadas a la economía-mundo han establecido niveles de remuneración real
que
estaban en la parte inferior de la jerarquía de niveles salariales del sistema mundial. Prácticamente no
habían desarrollado unidades domésticas plenamente proletarias y no habían sido
incitadas a desarrollarlas. Por el contrario, la política de los estados
coloniales (y de los estados semicoloniales reestructurados en aquellas zonas
que no habían sido oficialmente colonizadas) parecía destinada
precisamente a fomentar la aparición de esa unidad doméstica semiproletaria que, como hemos visto,
hacía posible el umbral más bajo posible de nivel salarial. La
política típica de tales estados implicaba una
combinación de mecanismos fiscales, que obligaban a cada unidad doméstica a
realizar algún trabajo asalariado, y restricciones a la libertad de movimientos o separación forzosa de los miembros
de la unidad doméstica, lo que reducía considerablemente la posibilidad de una plena proletarización.
31
Si añadimos a este análisis la observación de que
las nuevas incorporaciones al sistema mundial del
capitalismo tendían a estar correlacionadas con fases de estancamiento en la economía mundo, resulta
evidente que la expansión geográfica del sistema mundial servía para
contrarrestar el proceso de reducción de las ganancias inherente a una mayor
proletarización, al incorporar nuevas fuerzas de trabajo destinadas a ser
semi-proletarizadas. La aparente paradoja se desvanece. El impacto de la
proletarización en el proceso de polarización se ve compensado, tal vez con
creces, al menos hasta
ahora, por el impacto de las incorporaciones. Y los procesos de trabajo
de tipo fabril como porcentaje del total se han
incrementado menos de lo que habitualmente se afirma, dado el denominador en
constante expansión de la ecuación.
Hemos invertido mucho tiempo en esbozar cómo ha
actuado el capitalismo histórico en la arena estrictamente económica. Ahora
estamos prepara dos para explicar por qué surgió el capitalismo como sistema
social histórico. Esto no es tan fácil como a menudo se piensa. Lejos de ser un
sistema
«natural», como algunos apologistas han tratado de
mantener, el capitalismo histórico es un sistema patentemente absurdo. Se
acumula capital a fin de acumular más capital. Los capitalistas son como
ratones en una rueda, que corren cada vez más deprisa a fin de correr aún más de prisa. En el proceso,
sin duda, algunas personas viven bien, pero otras viven en la miseria; y ¿cómo
de bien, y durante cuánto tiempo, viven los que viven bien?
32
Cuanto más reflexiono sobre ello, más
absurdo me parece. No sólo
creo que la inmensa mayoría de la población del
mundo está objetiva y subjetivamente en peores condiciones materiales que en
los sistemas históricos anteriores, sino que, como veremos, pienso que se puede argumentar que también
están en peores condiciones políticas. Todos nosotros estamos tan influenciados
por la ideología justificadora del progreso que ha configurado este sistema
histórico, que nos resulta difícil admitir incluso los grandes inconvenientes históricos de este sistema. Hasta
un denunciador tan enérgico del capitalismo histórico como Karl Marx
hizo gran hincapié en su papel históricamente progresivo. No
creo que sea progresivo en
absoluto, a menos que por «progresivo» simplemente se entienda aquello
que es históricamente posterior y cuyos orígenes pueden ser explicados por algo que lo ha precedido.
El balance del capitalismo histórico, sobre el que volveré, es tal vez complejo, pero el cálculo inicial en
términos de la distribución material de los bienes y de la asignación de las
energías es en mi opinión muy negativo.
Si esto es así, ¿por qué surgió un sistema
semejante? Tal vez precisamente para lograr ese fin. ¿Qué
cosa más convincente que un razonamiento que afirma que la explicación del origen de un sistema era
conseguir un fin que de hecho ha conseguido? Sé que la ciencia moderna nos ha
apartado de la
búsqueda de las causas finales y de toda consideración de intencionalidad (especialmente cuando ésta
es tan intrínsecamente difícil de demostrar de forma empírica). Pero la ciencia
moderna y el capitalismo histórico han mantenido una estrecha alianza, como
sabemos; así pues, debemos
sospechar de la autoridad de la ciencia a propósito de esta cuestión: la modalidad del conocimiento de
los orígenes del capitalismo moderno. Permítaseme esbozar simplemente una
explicación histórica de los orígenes del capitalismo histórico sin intentar
desarrollar aquí la base empírica de tal argumento.
33
En el mundo de los siglos XIV y XV, Europa fue el
escenario de una división social del trabajo que, en
comparación con otras áreas del mundo se encontraba, en lo que respecta a las fuerzas productivas, a
la cohesión de su sistema histórico y a su estado relativo de conocimiento
humano, en una fase intermedia: ni tan avanzada como en algunas áreas, ni tan
primitiva como en otras. Marco Polo, debemos recordar, que procedía de una de
las subregiones cultural y económicamente «avanzadas» de Europa, se sintió totalmente
abrumado por lo que encontró en sus viajes por Asia.
La arena económica de la Europa feudal estaba pasando en esta
época por una crisis muy importante, generada en su
interior, que estaba conmoviendo sus cimientos sociales. Sus clases dominantes
se estaban destruyendo mutuamente a gran velocidad, mientras que su sistema de
tierras (base de su
estructura económica) se estaba volviendo más flexible, con una considerable reorganización que iba
en el sentido de una distribución mucho más igualitaria de lo que había sido la
norma. Además, los pequeños campesinos estaban demostrando una gran eficiencia
como productores. Las estructuras políticas en general se estaban debilitando y
su preocupación por las luchas intestinas entre los que
tenían el poder político hacía que quedara poco tiempo para reprimir la fuerza creciente de las masas
de la
población. El aglutinante ideológico del catolicismo
estaba sometido a grandes tensiones y en el mismo seno
de la Iglesia estaban naciendo movimientos igualitarios. Las cosas estaban
realmente cayéndose a pedazos.
34
Si Europa hubiese continuado en
la senda
por la que se encaminaba, es difícil creer que los
esquemas de la Europa feudal medieval, con su sistema sumamente estructurado de
«estamentos», pudieran haberse consolidado de nuevo. Mucho más probable es que
la estructura social de la Europa feudal
hubiera evolucionado hacia un sistema de productores a pequeña escala, relativamente iguales, con la
consiguiente nivelación de las aristocracias y descentralización de las
estructuras políticas.
Si esto habría sido bueno
o malo, y para quién, es un tema de especulación
y de poco interés. Pe ro es evidente que la perspectiva debió de
intranquilizar a los estratos superiores de Europa: de intranquilizarlos y de
asustarlos, especialmente cuando se dieron cuenta de que su armadura ideológica
también se estaba desintegrando. Sin sugerir que nadie verbalizara
conscientemente tal intento, podemos ver, comparando la Europa de 1650 con la
de 1450, que ocurrieron las siguientes cosas. En 1650, las estructuras básicas
del capitalismo histórico como sistema social viable habían sido establecidas y
consolidadas. La tendencia hacia la igualación de las recompensas había sido
drásticamente invertida. Los estratos superiores se habían hecho de nuevo con el control de la política
y la ideología. Había un nivel razonablemente alto de continuidad entre las
familias que formaban
parte de los estratos superiores en 1450 y las que formaban parte de los estratos
superiores en 1650. Además, si sustituyéramos la fecha de 1650 por la
de 1900, encontraríamos que la mayoría de las comparaciones con 1450 seguían
siendo válidas. Fue sólo en el siglo XX cuando hubo algunas
tendencias significativas en una dirección diferente, signo, como veremos, de que el sistema histórico
del capitalismo, tras cuatro o cinco siglos de florecimiento, ha entrado
finalmente en una crisis estructural.
Tal vez nadie haya verbalizado el intento, pero ciertamente parece como si la creación del capitalismo
histórico en cuanto sistema social hubiera invertido especialmente una tendencia
que los estratos superiores temían, y establecido en su lugar una tendencia que
servía aún mejor a sus intereses. ¿Es esto tan absurdo? Sólo para quienes
fueron sus víctimas.
36
2. LA POLITICA DE ACUMULACION:
LA LUCHA POR LOS BENEFICIOS
La acumulación incesante de capital por la acumulación
incesante de capital puede parecer a primera
vista un objetivo socialmente absurdo. Sin embargo, ha tenido sus defensores,
que habitualmente lo han justificado por los beneficios sociales a largo plazo
a los que pretendía conducir. Analizaremos más adelante hasta qué punto estos
beneficios sociales son reales. Sin embargo, dejando a un lado
cualquier beneficio colectivo, está claro que amasar un capital permite un consumo muy incrementado
a muchos individuos (y/o pequeños grupos). Que el consumo incrementado mejore
realmente la calidad de vida de los consumidores es otra cuestión, que también
pospondremos.
La primera pregunta que plantearemos es: ¿quién
obtiene los beneficios individuales inmediatos? Parece razonable afirmar que la
mayoría de las personas no han esperado a una valoración de los beneficios a
largo plazo o de la calidad de vida resultante de tal consumo (ya sea para la
colectividad o para los individuos)
para decidir que vale la pena luchar por
los beneficios individuales inmediatos tan obviamente
asequibles. De hecho, éste ha sido el eje de la lucha política dentro del
capitalismo histórico. Esto es en realidad lo que queremos decir
cuando afirmamos que el capitalismo histórico es
una civilización materialista.
En términos materiales no sólo han sido grandes las recompensas para quienes han llegado en cabeza:
también las diferencias entre las recompensas materiales de los de arriba y los
de abajo han sido grandes y se han hecho mayores con el tiempo en el conjunto
del sistema mundial.
37
Ya hemos analizado los procesos económicos que
explicaban esta polarización de la distribución de las recompensas. Ahora
deberíamos centrar nuestra atención en cómo se las han arreglado los individuos
dentro de tal sistema económico para conseguir ventajas para sí mismos y con
ello negárselas a otros. También deberíamos considerar cómo se las han
arreglado las víctimas de esta mala distribución, en primer lugar, para
minimizar sus pérdidas en el funcionamiento del sistema, y, en segundo lugar,
para transformar este sistema, responsable de tan manifiestas injusticias.
¿Cómo han llevado a cabo los individuos, o los
grupos de individuos, sus luchas políticas en el capitalismo histórico? Hacer
política es tratar de cambiar las relaciones de poder en un sentido más
favorable para los intereses de uno y de este modo reorientar los procesos
sociales. Para lograrlo es
preciso encontrar palancas de cambio que permitan la máxima ventaja con el mínimo desembolso. La
estructura del capitalismo histórico ha sido tal que las palancas de ajuste
político más eficaces han sido las estructuras estatales, cuya misma
construcción fue, como hemos visto, uno de los logros institucionales centrales
del capitalismo histórico. No es pues casual que el control del poder del
Estado, la conquista del poder del Estado en
caso necesario, haya sido el objetivo estratégico esencial
de todos los principales actores en la arena política a lo largo de la historia
del capitalismo moderno. La crucial importancia del poder del Estado para los
procesos económicos, aun definidos muy estrictamente, es sorprendente cuando se
examina de cerca cómo funcionaba realmente el sistema.
38
El primero y más elemental de los elementos del
poder del Estado era la jurisdicción territorial. Los Estados tenían fronteras.
Estas fronteras estaban jurídicamente determinadas, en parte mediante la
proclamación legal por el Estado en cuestión y en parte mediante el
reconocimiento diplomático por
otros Estados. Indudablemente, las fronteras podían ser disputadas y habitualmente lo eran: es decir,
el reconocimiento jurídico venía de
dos fuentes (el propio Estado y los otros Estados) que
estaban en conflicto. Tales diferencias eran solventadas en última instancia
bien por una sentencia, bien por la fuerza (y la resultante aquiescencia
final). Muchas disputas duraban mucho tiempo en forma latente, aun cuando
muy pocas de ellas sobrevivían más de una generación. Lo esencial era el
perenne presupuesto ideológico por parte de todos de que tales disputas podían
ser finalmente zanjadas y de hecho lo eran. Lo conceptualmente impermisible en
el sistema de Estados moderno era el reconocimiento explícito de una imbricación
permanente de jurisdicciones. La soberanía como concepto se basaba en la ley
aristotélica de la exclusión del término medio.
Esta doctrina filosófico-jurídica hizo posible de
terminar la responsabilidad del control de los movimientos entre las
fronteras de los distintos Estados. Cada
Estado tenía jurisdicción formal sobre sus propias fronteras en
lo referente al movimiento de bienes, capitales y fuerza de trabajo. De aquí
que cada Estado pudiera influir
hasta cierto punto en las modalidades con
las que operaba la división social del trabajo de la
economía mundo capitalista. Además, cada Estado podía ajustar en cualquier
momento estos mecanismos simplemente cambiando las normas que regían el flujo de los factores de
producción a través de sus fronteras.
Normalmente analizamos estos controles
de frontera en función
de la antinomia entre ausencia total
de controles (libre cambio) y ausencia total de libertad de movimientos (autarquía). En realidad, en la
mayoría de las épocas y en la mayoría de los países, la política estatal se ha situado en la práctica entre
estos dos
extremos. Además, las políticas para los movimientos de
bienes, de capitales y de fuerza de
trabajo han sido específicamente diferentes. En general, el movimiento de fuerza de trabajo ha estado
más restringido que los movimientos de bienes y de capitales.
Desde el punto de vista de un productor
determinado, situado en algún lugar de una cadena de mercancías,
la libertad de movimientos era deseable mientras
este productor fuera económicamente competitivo con los otros productores de las mis mas mercancías en el mercado mundial. Pero cuando
éste no era el caso, las diversas restricciones fronterizas frente a los productores rivales podían elevar
los costes de éstos y beneficiar a un productor por lo demás menos eficiente. Dado que, por definición,
en un mercado en el que había múltiples productores de una determinada
mercancía, una mayoría sería menos eficiente que una minoría, siempre ha habido
una constante presión para imponer restricciones mercantilistas a la libertad
de movimientos a través de las fronteras. De aquí que la primera gran lucha
—una lucha feroz y continua— tuviera como eje la política estatal de fronteras.
Dado que, sin embargo, la minoría más eficiente era relativamente rica y poderosa, siempre ha habido
otra presión opuesta para abrir las fronteras o, más específicamente, para
abrir algunas fronteras.
Dado, además, que cualquier conjunto de productores (y especialmente el de los ricos y poderosos) se
veía directamente afectado por la política estatal de fronteras no sólo de los Estados en los que estaba
físicamente localizada su base económica (que podían o no ser los mismos de los
que eran ciudadanos), sino también de las de muchos otros Estados, determinados
productores económicos estaban interesados en perseguir sus objetivos políticos
simultáneamente en varios Estados, y a menudo en muchos de ellos. La idea de
que cada individuo debería limitar su participación política a
su propio Estado era profundamente antitética para quienes perseguían la acumulación de capital por
la acumulación de capital.
40
Por supuesto, una forma de alterar las reglas sobre
lo que podía o no cruzar las fronteras, y en qué condiciones, era cambiar las
fronteras a través de la incorporación total de un Estado por otro
(unificación, Anschluss, colonización), a través de la apropiación
de un territorio o a través de la secesión
o la descolonización. El hecho de que los cambios de fronteras tengan
un impacto inmediato en los esquemas de la división social del trabajo en
la economía-mundo ha sido un factor esencial en las consideraciones de quienes
se han opuesto a un determinado cambio de fronteras o lo han
defendido. El hecho de que una movilización ideológica en torno a la definición de las naciones pueda
hacer más o menos posibles ciertos cambios específicos de fronteras ha dado
contenido económico inmediato a los movimientos nacionalistas, en la medida en
que tanto los participantes como otros
han pensado en la posibilidad de una política estatal específica tras el proyectado cambio de fronteras.
El segundo elemento del poder del Estado de fundamental importancia para el
funcionamiento del capitalismo histórico ha sido el derecho legal de los
Estados a determinar las normas que rigen las relaciones sociales de producción
dentro de su jurisdicción territorial. Las estructuras de Estado modernas se
arrogaron este derecho a revocar o modificar cualquier conjunto de
relaciones consuetudinarias.
41
Como cuestión de derecho, los Estados no reconocían ninguna limitación a su ámbito legislativo fuera
de las que ellos mismos se imponían. Incluso allí donde determinadas
constituciones hablaban de
boquilla de ciertas limitaciones derivadas de unas doctrinas religiosas o del Derecho natural,
reservaban a algún organismo o a alguna persona,
definidos constitucionalmente, el derecho a interpretar esas doctrinas.
Este derecho a legislar el tipo de control del
trabajo no era en modo alguno meramente teórico. Los Estados han usado
regularmente este derecho, a menudo de una forma que implicaba una
transformación radical de los esquemas existentes. Como era de esperar, en el
capitalismo histórico los Estados han legislado de una forma que incrementaba
la mercantilización de la fuerza de trabajo, aboliendo diversos tipos de
restricciones consuetudinarias a los movimientos de los trabajadores de un
puesto a otro. Además, imponían a los trabajadores unas obligaciones fiscales
en metálico que a menudo obligaban a ciertos trabajadores a realizar un
trabajo asalariado. Pero, por otra parte, como ya hemos visto, los Estados,
mediante sus acciones legales, a menudo obstaculizaban también una plena
proletarización al imponer limitaciones residenciales o al insistir en que los
grupos de parentesco conservaran ciertos tipos de obligaciones hacia sus
miembros en materia de asistencia.
Los Estados controlaban las relaciones de producción.
Primero legalizaron y más tarde proscribieron ciertas
formas de trabajo forzoso (esclavitud, obligación de trabajar en obras
públicas, servidumbre
temporal, etc.). Crearon reglas que regían los contratos de trabajo, incluyendo garantías y obligaciones
recíprocas mínimas y máximas. Decretaron los límites de la movilidad
geográfica de los trabajadores no sólo fuera de sus fronteras, sino
también dentro de éstas.
42
Todas estas decisiones estatales fueron tomadas en relación directa con las implicaciones económicas
para la acumulación de capital. Esto se puede comprobar fácilmente examinando
el enorme número
de debates, registrados cuando ocurrieron, en torno a opciones legales o administrativas alternativas.
Además, los Estados han dedicado por lo regular considerables energías en hacer
que los grupos
recalcitrantes, y más especialmente los trabajadores recalcitrantes, cumplieran sus regulaciones. Rara
vez los trabajadores han sido libres de ignorar las restricciones legales que
pesaban sobre sus acciones. Muy al contrario: la rebelión de los trabajadores,
individual o colectiva, pasiva o activa, ha provocado habitualmente una pronta
respuesta represiva por parte del aparato de Estado. Indudablemente, los
movimientos de la clase obrera organizada podían, con el tiempo, imponer
ciertas limitaciones a la actividad represiva, así como conseguir
que las reglas fueran modificadas en cierta medida en su favor, pero tales movimientos obtenían en buena medida estos resultados gracias
a su capacidad de afectar a la composición política de los aparatos de Estado.
Un tercer elemento del poder de los Estados ha sido la capacidad impositiva. Los impuestos no fueron
en modo alguno un invento del capitalismo histórico: las estructuras políticas
anteriores también utilizaron los impuestos como fuente de ingresos para los
aparatos de Estado. Pero el capitalismo histórico transformó los impuestos en
dos sentidos. Los impuestos se convirtieron en la principal (y de hecho
aplastante) fuente regular de ingresos estatales, en contraposición a los
ingresos estatales derivados de la incautación irregular por la
fuerza a personas dentro o fuera de la jurisdicción oficial
del Estado (incluyendo la incautación a otros Estados).
43
En segundo lugar, los impuestos han sido un
fenómeno en constante expansión a lo largo del desarrollo histórico de la
economía-mundo capitalista en cuanto porcentaje del valor total creado o
acumulado. Esto significa que los Estados han sido importantes en función de
los recursos que
controlaban, dado que los recursos no sólo les permitían aumentar la acumulación de capital, sino que
eran a su vez distribuidos y por consiguiente entraban directa o indirectamente
en la nueva acumulación de capital.
Los impuestos eran un poder que atraía la hostilidad y la resistencia hacia la propia estructura estatal,
a la que veía como una especie de villano incorpóreo que se apropiaba de los
frutos del trabajo de
otros. Lo que hay que tener siempre presente es que había fuerzas fuera del Gobierno que presionaban
para que hubiese determinados impuestos, porque el proceso llevaría a una
redistribución directa
para ellos o permitiría al Gobierno crear economías externas que mejorarían su posición económica o
penalizarían a otros de una forma económicamente favorable al primer grupo. En
resumen, la capacidad impositiva era uno de los medios más inmediatos por los
que el Estado ayudaba directamente al proceso de acumulación de capital
anteponiendo unos grupos a otros.
Los poderes redistributivos del Estado han sido
analizados en la mayor parte de los estudios únicamente en función de su
potencial de nivelación. Este es el lema del Estado de bienestar. Pero la
redistribución ha sido mucho más utilizada, de hecho, como mecanismo para polarizar la distribución
que como mecanismo para hacer que converjan los ingresos reales. Son tres los
mecanismos principales que han incrementado la polarización de las recompensas
por encima de la polarización ya resultante del funcionamiento normal del
mercado capitalista.
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En primer lugar, los gobiernos han podido amasar, a través del proceso impositivo, grandes sumas de
capital que han redistribuido entre personas o grupos que eran ya grandes propietarios
de capital, a través de las subvenciones oficiales. Es tas subvenciones
han tomado la forma de donativos abiertos, por lo general con la poco
convincente excusa del pago de un servicio público (lo que implica
esencialmente el sobrepago de este servicio). Pero también han tomado
la forma menos directa de la asunción por parte del Estado de
los costes de desarrollo del producto, que probable mente podrían
haber sido amortizados por una lucrativa venta posterior, para traspasar luego la actividad económica
a empresarios no estatales a un coste nominal precisamente en el punto de
conclusión de la fase de desarrollo costoso.
En segundo lugar, los gobiernos han podido amasar grandes sumas de capital a través de unos canales
formalmente legales y a menudo legaliza dos de imposición que se han convertido
luego en terreno
abonado para una malversación a gran es cala, ilegal, pero de hecho ilimitada, de fondos públicos. Este
robo de rentas públicas, así como los correspondientes
procedimientos impositivos corruptos a nivel privado han sido
una importante fuente de acumulación privada de capital a lo largo del
capitalismo histórico.
Finalmente, los gobiernos han redistribuido las
rentas entre los ricos utilizando el principio de la individualización de la
ganancia para la socialización del riesgo. A lo largo de toda la historia del
sistema capitalista, cuanto mayor ha sido el riesgo —y las pérdidas— más
probable ha sido que el Gobierno interviniera para impedir bancarrotas e
incluso para restituir pérdidas, aunque sólo fuera por el trastorno financiero
que deseaba evitar.
45
Aunque estas prácticas de redistribución anti
igualitarias han sido el lado vergonzoso del poder del Estado (vergonzoso en el
sentido de que los gobiernos se sentían un tanto embarazados por estas
actividades y trataban de mantenerlas ocultas), la provisión
de capital social general por parte de los gobiernos ha sido
abiertamente esgrimida e incluso defendida como un papel esencial del Estado en
el mantenimiento del capitalismo histórico.
Desembolsos esenciales para la reducción de los
costes de múltiples grupos de propietarios- productores —por ejemplo, la
energía básica, el transporte y la infraestructura informativa de la
economía-mundo— han sido en buena medida realizados y costeados con fondos
públicos. Aunque sin duda es cierto que la mayoría de las personas han sacado
algún beneficio de este capital social
general, no es cierto que todas ellas hayan sacado el mismo beneficio. La ventaja ha correspondido, de
modo desproporcionado, a aquéllos que ya eran grandes propietarios de capital
al tiempo que eran pagados con un sistema impositivo mucho más igualitario. De
aquí que la construcción de un capital social general haya servido para
fomentar la acumulación de capital y su concentración.
Finalmente, los Estados han monopolizado, o tratado
de monopolizar, las fuerzas armadas. Mientras
que las fuerzas policiales eran orientadas en buena medida hacia el mantenimiento del orden
interior (es decir, la aceptación por parte
de los trabajadores de los papeles y las recompensas que les habían
sido asignados), los ejércitos han sido mecanismos mediante los
cuales los productores de un Estado han podido influir
directamente en la posibilidad de que sus competidores
en otros Estados tuvieran que solicitar la cobertura protectora de sus propios aparatos de Estado. Esto nos lleva al
último rasgo
del poder estatal, que ha sido crucial. Aunque los tipos
de poder que ha ejercido cada Estado han
sido similares, el grado de poder de cada aparato de Estado ha variado
enormemente.
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Los Estados han estado situados en una jerarquía de poder efectivo que no puede ser medida ni por el
tamaño y la coherencia de sus burocracias y ejércitos ni por sus formulaciones
ideológicas acerca de
sí mismos, sino por su capacidad efectiva de
fomentar con el tiempo la concentración de capital
acumulado dentro de sus fronteras en comparación con los Estados rivales. Esta capacidad efectiva ha
llevado consigo la capacidad de refrenar a las fuerzas militares hostiles, la
capacidad de aplicar regulaciones ventajosas en el propio
Estado e impedir
a otros Estados hacer lo mismo, y la capacidad
de refrenar a sus propios trabajadores y reducir la capacidad de los rivales de
hacer otro tanto. El verdadero criterio para medir su fuerza es su resultado económico a medio plazo. El uso abierto de la
fuerza por parte del aparato de Estado para controlar a sus propios
trabajadores, técnica costosa y desestabilizadora, es con
más frecuencia un signo de debilidad que
de fuerza. Los aparatos de Estado verdaderamente fuertes
han podido, de una u otra forma, controlar a sus trabajadores por medio de
mecanismos más sutiles.
Hay, pues, muchos aspectos diferentes en los que el
Estado ha sido un mecanismo crucial para la
acumulación máxima de capital. De acuerdo con su ideología, se suponía que el capitalismo implicaba
la actividad de unos empresarios privados liberados
de la interferencia de los aparatos de Estado. En
la práctica, sin embargo, esto no ha sido nunca realmente cierto en
ninguna parte. Es inútil especular
con que el capitalismo podría haber florecido sin el papel activo del Estado moderno. En el capitalismo
histórico, los capitalistas han contado con su capacidad de utilizar los aparatos de Estado en beneficio
propio en las diversas formas que hemos esbozado.
47
Un segundo mito ideológico ha sido el de la soberanía del Estado. El Estado moderno no fue nunca una
entidad política completamente autónoma. Los Estados se desarrollaron y fueron con figurados como
partes integrantes de un sistema interestatal, que era un conjunto de reglas
dentro de las cuales los Estados tenían que actuar y un conjunto de
legitimaciones sin las cuales los Estados no podían sobrevivir. Desde el punto
de vista del aparato de Estado de un determinado Estado, el sistema
interestatal representaba restricciones a su voluntad. Estas restricciones
habían de ser buscadas en las prácticas de la diplomacia, en las reglas
formales que regían las jurisdicciones y los contratos
(derecho internacional) y en los límites al modo y las circunstancias en que se podía librar una guerra.
Todas estas restricciones iban en contra de la ideología oficial de la
soberanía. Sin embargo, la soberanía no fue nunca entendida como una total
autonomía. El concepto fue más bien entendido como la existencia de límites a
la legitimidad de la interferencia de un aparato de Estado en el funcionamiento
de otro.
Las reglas del sistema interestatal no eran
aplicadas, por supuesto, por consentimiento o consenso, sino por la voluntad y
la capacidad de los Estados más fuertes de imponer estas restricciones, en
primer lugar, a los Estados más débiles, y en segundo lugar a cualquier otro.
Recordemos que los Estados estaban situados en una jerarquía de poder. La misma
existencia de esta jerarquía
proporcionaba la principal limitación a la autonomía de los Estados. Sin duda, la situación global podía
inclinarse hacia la desaparición del poder de los Estados en la medida en que la jerarquía se construía
con
una cúspide piramidal y no con una meseta en
lo alto. Esta posibilidad no era hipotética, ya que la
dinámica de la concentración del poder militar llevaba a intentos reiterados de transformar el sistema
interestatal en un imperio mundo.
48
Si tales intentos no tuvieron nunca éxito en el capitalismo histórico fue porque la base estructural del
sistema económico y los intereses claramente percibidos de los principales
acumuladores de capital eran fundamentalmente contrarios a una transformación
de la economía-mundo en un imperio- mundo.
Ante todo, la acumulación de capital era un juego en el que había constantes incentivos para entrar en
competencia y por tanto siempre había una cierta dispersión de las actividades
productivas más
rentables. De aquí que, en todas las épocas, numerosos Estados tendieran a tener una base económica
que los hacía relativamente fuertes. En segundo lugar, los acumuladores de
capital, en cualquier Estado, utilizaban sus propias estructuras estatales para
que los ayudaran a acumular capital, pero también necesitaban algún sistema de
control contra sus propias estructuras estatales. Pues si su
aparato de Estado se hacía demasiado fuerte podía, por razones de equilibrio político interno, sentirse
libre de responder a presiones igualitarias internas. Frente a esta amenaza,
los acumuladores de capital necesitaban la amenaza de burlar a
su propio aparato de Estado estableciendo alianzas con
otros aparatos de Estado. Esta amenaza sólo era
posible cuando no había un único Estado que dominara el conjunto.
Estas consideraciones formaban la base objetiva del
llamado equilibrio de poder, por el cual entendemos que los numerosos Estados
fuertes y semifuertes en el sistema interestatal en todo
momento han tendido a establecer alianzas (o, en caso de necesidad, a variarlas) de forma que ningún
Estado por sí solo pudiera dominar a todos los demás.
49
Que el equilibrio de poder se mantenía gracias a
algo más que a una mera ideología política es algo que podemos ver si
observamos los tres casos en que uno de los Estados fuertes consiguió
temporalmente un relativo dominio sobre los demás, relativo dominio que podemos
llamar hegemonía. Los tres casos son la hegemonía de las Provincias Unidas
(Países Bajos) a mediados del siglo XVII, la de Gran
Bretaña a mediados del siglo XIX
y la de los Estados Unidos a mediados del siglo XX.
En cada uno de los casos, la hegemonía llegó tras
la derrota de un pretendiente militar a la conquista
(los Habsburgo, Francia, Alemania). Cada una de las hegemonías fue sellada por una «guerra mundial»,
una lucha masiva, en tierra, sumamente destructiva, intermitente, de treinta
años de duración, en la que intervinieron todas las potencias militares
importantes de la época. Estas luchas fueron, respectivamente, la guerra de los
Treinta Años de 1618-48, las guerras napoleónicas (1792-1815) y
los conflictos del siglo entre 1914 y 1945, que deberían ser concebidos como una única y larga «guerra
mundial». Hay que señalar que, en cada uno de los casos, el vencedor había sido
una potencia
primordialmente marítima antes de la «guerra mundial», pero se había transformado en una potencia
terrestre a fin de ganar esta guerra contra una potencia terrestre
históricamente fuerte que parecía estar tratando de transformar la
economía-mundo en un imperio-mundo.
Sin embargo, la base de la victoria no fue militar. La realidad primordial fue de carácter económico: la
capacidad de los acumuladores de capital situados en un Estado concreto de competir con ventaja con
todos los demás en las tres principales esferas
económicas: la producción agroindustrial, el comercio y las
finanzas. Específicamente, durante breves períodos los acumuladores de capital
en el Estado hegemónico fueron más eficientes que sus competidores
situados en otros Estados fuertes, y de este modo se hicieron con los mercados
incluso dentro de las áreas «domésticas» de estos últimos.
50
Cada una de
estas hegemonías fue breve. Cada una de
ella llegó a su fin en buena medida por razones
económicas, más que por razones político-militares. En cada uno de los casos,
la triple ventaja económica temporal chocó contra dos
escollos de la realidad capitalista. En
primer lugar, los factores que habían contribuido a la mayor
eficiencia económica podían ser siempre copiados por otros —no por los
verdaderamente débiles, pero sí por aquellos que tenían una fuerza medía— y los
últimos en llegar a cualquier proceso económico tienden a tener la ventaja de
no tener que amortizar las
existencias más antiguas. En segundo lugar, la potencia hegemónica tenía mucho interés en mantener
ininterrumpida la actividad económica y por consiguiente tendía a comprar la
paz laboral mediante
una redistribución interna. Con el tiempo, esto llevó a una reducción de la competitividad que puso fin
a la hegemonía. Además, la conversión de la potencia hegemónica en una potencia con
«responsabilidades» militares marítimas y
terrestres muy amplías implicaba una creciente carga
económica para el Estado económico, contrarrestando de
este modo su bajo nivel de gastos militares de la
«preguerra mundial».
De aquí que el equilibrio de poder —constructivo
tanto para los Estados débiles como para los fuertes— no fuera un epifenómeno
político que pudiera ser fácilmente contrarrestado. Estaba arraigado en las
formas mismas de acumulación del capital en el capitalismo histórico. Tampoco
era el equilibrio de poder simplemente una relación
entre aparatos de Estado, porque los actores dentro
de cualquier Estado dado actuaban normalmente más allá de sus propias fronteras, bien directamente,
bien a través de alianzas con actores de otras partes. Por consiguiente, al
valorar la política de un Estado dado, la distinción entre lo interno y lo
externo resulta excesivamente formal y no es demasiado útil para que entendamos
cómo ocurrieron realmente las luchas políticas.
51
Pero, de hecho, ¿quién luchaba con quién? Esta no
es una pregunta tan obvia como se podría pensar,
a causa de las presiones contradictorias dentro del capitalismo histórico. La lucha más elemental, y en
ciertos aspectos la más obvia, fue la que se libró entre el pequeño grupo de
los grandes beneficiarios del sistema y el amplio grupo de sus víctimas. Esta
lucha se desarrolla bajo muchos nombres y disfraces. Allí donde la línea divisoria entre los
acumuladores de capital y sus trabajadores dentro de un Estado
determinado está trazada con bastante claridad, hemos tendido a llamar a esto
una lucha
de clases entre capital y trabajo. Esta lucha de clases tuvo lugar en dos escenarios: la arena económica
(tanto en el lugar de trabajo real como en el «mercado» amorfo más amplio) y la
arena política. Está
claro que en la arena económica ha habido un conflicto de intereses directo, lógico e inmediato. Cuanto
mayor era la remuneración de los trabajadores, menos excedente que daba como
«ganancia». Sin duda, este conflicto ha sido amortiguado a menudo por
consideraciones a más largo plazo y a más amplia escala. El acumulador de
capital tenía intereses comunes con sus trabajadores frente a otros pares de
otras partes del sistema. Y una mayor remuneración a los trabajadores podía en
ciertas circunstancias retornar a los acumuladores de capital como ganancia
diferida, a través del mayor
poder adquisitivo global en la economía-mundo. Sin embargo, ninguna de estas otras consideraciones
ha podido eliminar jamás el hecho de que la división de un
excedente dado fuera de suma nula, y por consiguiente la tensión
ha sido forzosamente continua. Así pues, ha encontrado una expresión continua
en la competencia por el poder político dentro de los diversos Estados.
52
Sin embargo, dado que, como sabemos, el pro ceso de
la acumulación de capital ha llevado a su
concentración en algunas zonas geográficas, dado que el intercambio desigual que explica esto ha sido
posible gracias a la existencia de un sistema interestatal que contiene una jerarquía de Estados, y dado
que los aparatos de Estado tienen un poder limitado para alterar el
funcionamiento del sistema, la lucha entre los acumuladores de capital a nivel
mundial y los trabajadores a nivel mundial ha encontrado también una clara expresión en los esfuerzos de diversos grupos por llegar al poder dentro
de determinados Estados (más débiles) a fin de utilizar el poder del Estado
contra los acumuladores de capital situados en
los Estados más fuertes. Siempre que
esto ha ocurrido, hemos tendido a hablar de
luchas antiimperialistas. Sin duda, aquí también la cuestión ha sido a menudo
oscurecida por el
hecho de que las líneas internas de cada uno de los dos Estados implicados no siempre han coincidido
exactamente con el impulso que se encuentra tras la lucha de clases en la
economía-mundo en su conjunto. Algunos acumuladores de capital del Estado más
débil y algunos elementos de los trabajadores en el más fuerte descubrieron
ventajas a corto plazo en definir las cuestiones políticas en términos
puramente nacionales en lugar de definirlas en términos clase nacionales. Pero
los
grandes impulsos movilizado res de los movimientos «antiimperialistas» no fue ron nunca posibles, y
por consiguiente rara vez se alcanzaron ni siquiera objetivos limitados, salvo que el contenido de clase
de la lucha estuviera presente y fuera usado, al menos implícitamente, como
tema ideológico.
53
Hemos observado también que el proceso de formación
de grupos étnicos estuvo estrechamente unido al de formación de la fuerza de
trabajo en determinados Estados, sirviendo como código aproximado de posición
en las estructuras económicas. Por consiguiente, siempre que esto se ha
producido de forma más agudizada o cuando las circunstancias han ejercido una presión más fuerte a
corto plazo sobre la supervivencia, los conflictos entre los acumuladores de capital y los sectores más
oprimidos de la fuerza de trabajo han tendido a tomar la forma de luchas lingüístico-racial-culturales,
dado que estos elementos de descripción están en estrecha correlación con la pertenencia a una clase.
Allí donde esto ha ocurrido y siempre que esto
ha ocurrido, hemos tendido a hablar de luchas
étnicas o nacionalistas. Sin embargo, exactamente igual que en el caso de las
luchas antiimperialistas, estas luchas rara vez han tenido éxito, a menos que
pudieran movilizar los sentimientos que surgían de la
lucha de clases subyacente por la apropiación del excedente producido dentro del sistema capitalista.
Sin embargo, si sólo prestamos atención a la lucha
de clases, porque es a la vez obvia y fundamental, perderemos de vista otra
lucha política que ha absorbido al menos tanto tiempo y energía como aquélla en
el capitalismo histórico. Porque el sistema capitalista es un sistema que ha
enfrentado a unos con otros a todos los acumuladores de capital. Dado que el
modo por el cual se lleva a cabo la acumulación incesante de capital es el de
realizar ganancias a partir de una actividad económica, frente a los esfuerzos
de otros competidores, ningún empresario individual ha podido jamás
ser otra
cosa que el voluble aliado de otros empresarios, so pena de ser eliminado de la escena competitiva por completo.
54
Empresario contra empresario, sector económico contra sector económico, empresarios de un Estado
o grupo étnico contra empresarios de otro: la lucha ha sido incesante por
definición. Y esta lucha incesante ha asumido constantemente una forma
política, precisamente por el papel central de los Estados en la acumulación de
capital. Algunas veces, estas luchas dentro de los Estados han sido simplemente
luchas entre el personal de los aparatos de Estado y en torno a una política de
Estado a corto plazo. Otras veces, sin embargo, han sido luchas en torno a
cuestiones «constitucionales» más amplias que determinan las reglas
que rigen la dirección de las luchas a más corto plazo y, por
tanto, la probabilidad de que prevalezca una u otra facción. Siempre que estas luchas han sido
«constitucionales» por naturaleza, han
requerido una mayor movilización ideológica. En estos casos, se oye hablar de
«revoluciones» y «grandes reformas» y al bando perdedor se le cuelgan a menudo
etiquetas ignominiosas (pero analíticamente inadecuadas). En la medida en que
las luchas políticas,
pongamos por caso por la «democracia» o la «libertad» contra el «feudalismo» o la «tradición», no han
sido luchas de la clase obrera contra el capitalismo, han sido esencialmente
luchas entre los acumuladores de capital por la acumulación de capital. Tales
luchas no han sido el triunfo de una burguesía «progresista» contra unos
estratos reaccionarios, sino luchas intraburguesas.
Por supuesto, el uso de consignas ideológicas
«universalizadoras» acerca del progreso ha sido útil desde el punto de vista
político. Ha sido una forma de asociar la movilización de la lucha de clases a
uno de los bandos en las luchas entre acumuladores. Pero esta ventaja
ideológica ha resultado a menudo un arma de dos filos que ha desencadenado
pasiones y ha debilitado las restricciones represivas de la lucha de clases.
55
Este ha sido, por supuesto, uno de los dilemas
constantes de los acumuladores de capital en el capitalismo histórico. Se han
visto obligados por el funcionamiento del sistema a actuar con solidaridad de
clase entre sí frente a los esfuerzos de los trabajadores por imponer unos
intereses contrarios, y simultáneamente a luchar sin cesar entre sí tanto en el
terreno económico como en el político. Esto es exactamente lo que entendemos
por contradicción dentro del sistema.
Muchos analistas, al advertir que hay luchas distintas de las luchas de clases que absorben buena parte
de las energías políticas gastadas en total, han llegado
a la conclusión de que el análisis de
clase es de dudosa utilidad para comprender la lucha política. Esta
es una curiosa inferencia. Parecería más sensato llegar a la conclusión de que
estas luchas políticas que no tienen una base de clase, es decir, las luchas
entre acumuladores por conseguir una ventaja política, son
prueba de una grave debilidad política estructural dentro de la clase de los acumuladores en su actual lucha de clases a nivel mundial.
Estas luchas políticas pueden ser redefinidas como
luchas por configurar las estructuras institucionales de la economía-mundo
capitalista a fin de construir el tipo de mercado mundial cuyo funcionamiento
beneficie automáticamente a determinados actores económicos. El «mercado»
capitalista no ha sido nunca algo dado y menos aún una constante. Ha sido una creación regularmente
reelaborada y ajustada.
56
En cualquier momento dado, el «mercado» ha
representado un conjunto de reglas o restricciones resultantes de la compleja
interacción de cuatro importantes conjuntos de instituciones:
- los múltiples Estados vinculados en un sistema interestatal;
- las múltiples «naciones», ya sean
plenamente reconocidas o luchen por esta definición pública
(incluyendo como subnaciones a los «grupos
étnicos»), en difícil e incierta relación con
los Estados;
- las clases, con un perfil ocupacional en evolución y grados oscilantes de conciencia;
- y las unidades con unos ingresos
comunes que participan en una unidad doméstica común y combinan a múltiples
personas que participan en múltiples formas de trabajo y obtienen ingresos de
múltiples fuentes, en difícil relación con las clases.
En esta constelación de fuerzas institucionales no había estrellas polares. No había entidades
«primordiales» que tendieran a prevalecer sobre las formas institucionales por las que presionaban
los acumuladores de capital en tándem con, y en
oposición a, la lucha de los trabajadores para resistirse a la apropiación
de su producto económico. Los límites
de cada una de las variantes de una forma
institucional, los «derechos» que legalmente y de facto podía reinvidicar,
variaban
sustancialmente de una zona a otra de la economía-mundo tanto a lo largo del tiempo cíclico como del
secular. Si la cabeza del analista cuidadoso da vueltas al contemplar esta vorágine institucional, puede
mantener el rumbo recordando que en el capitalismo histórico los acumuladores no han tenido objeto
más elevado que fomentar la acumulación y que los trabajadores no han podido tener por tanto objeto
más elevado que sobrevivir y reducir su carga. Una vez recordado esto, se puede
entender muy bien la historia política del mundo moderno.
En particular, se puede comenzar a apreciar en su complejidad las posiciones perifrásticas y a menudo
paradójicas o contradictorias de los movimientos antisistémicos que han surgido
en el capitalismo histórico. Comencemos con el dilema más elemental de todos.
57
El capitalismo histórico ha operado dentro de una
economía-mundo, pero no dentro de un Estado- mundo. Muy al contrario. Como
hemos visto, las presiones estructurales han actuado en contra de la
construcción de un Estado mundo. Muy al contrario, las presiones estructurales se han opuesto, como
hemos visto, a la construcción de un Estado-mundo. Dentro de este sistema, hemos subrayado el papel
crucial de los múltiples Estados, a la vez las estructuras políticas más
poderosas y sin embargo de limitado poder. De aquí que la reestructuración de
unos Estados dados representara para los trabajadores la vía más prometedora
para mejorar su posición y al mismo tiempo una vía de valor limitado.
Debemos comenzar examinando lo que podríamos
entender por un movimiento antisistémico. La palabra movimiento implica algún
impulso colectivo de naturaleza algo más que momentánea. De hecho, en todos los
sistemas históricos conocidos se han producido, por supuesto, protestas o
levantamientos de algún modo espontáneos de los trabajadores. Han servido como
válvulas de seguridad para la ira contenida; o en ocasiones, de un modo algo
más eficaz, como mecanismos que han puesto límites secundarios a procesos de explotación.
Pero en términos generales, la rebelión como técnica sólo ha funcionado en los
márgenes de la autoridad central, en especial cuando las burocracias centrales
estaban en fase de desintegración.
La estructura del capitalismo histórico cambió
algunos de estos datos. El hecho de que los Estados estuvieran situados en un
sistema interestatal hacía que las repercusiones de las rebeliones o
levantamientos se dejaran sentir, a menudo muy rápidamente, más allá pe los
confines de la jurisdicción política inmediata dentro de la cual ocurrían. Las
llamadas fuerzas «exteriores» tenían pues poderosos motivos para acudir en
ayuda de los aparatos de Estado atacados. Esto hacía más difíciles las
rebeliones.
58
Por otra parte, la intromisión de los acumuladores
de capital, y por consiguiente de los aparatos de Estado, en la vida diaria de
los trabajadores era mucho más intensa en general bajo el capitalismo histórico
que bajo los sistemas históricos anteriores. La incesante acumulación de
capital llevaba a repetidas presiones para reestructurar
la organización (y la ubicación) del trabajo,
para incrementar la cantidad de trabajo absoluto y para llevar a cabo la
reconstrucción psico-social de la fuerza de trabajo. En este sentido, para la
mayor parte de los trabajadores del mundo, la dislocación, la
desarticulación y la explotación eran aún mayores. Al mismo tiempo, la dislocación social socavaba los
modos conciliadores de socialización. En conjunto, pues, los motivos para
rebelarse eran reforzados, a pesar de que las posibilidades de éxito se veían
quizá objetivamente reducidas.
Fue esta tensión suplementaria la que llevó a la gran innovación en la tecnología de la rebelión que se
desarrolló en el capitalismo histórico. Esta in novación fue el concepto de
organización permanente. No es sino en el siglo XIX cuando comenzamos a ver
cómo se crean unas estructuras históricas continuas y burocratizadas en sus dos
grandes variantes históricas: los movimientos obreros socialistas y los
movimientos nacionalistas. Ambos tipos de movimiento hablaban un lenguaje
universal, esencialmente el de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y
fraternidad. Ambos tipos
de movimiento se arropaban con la ideología de la Ilustración: la inevitabilidad del progreso, es decir,
la emancipación humana justificada por unos
derechos humanos inherentes. Ambos tipos de movimiento apelaban al futuro
frente al pasado, a lo nuevo frente a lo viejo. Incluso cuando era evocada la
tradición, lo era como la base de un renacimiento.
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Cada uno de los dos tipos de movimiento tenía, bien
es cierto, un interés diferente y, por tanto, en principio, un escenario
diferente. Los movimientos obreros socialistas se interesaban por los
conflictos entre los trabajadores asalariados, urbanos, sin tierras (el
proletariado) y los propietarios de las estructuras económicas en las que
trabajaban (la burguesía). Estos movimientos insistían en que el
reparto de recompensas por el trabajo era
fundamentalmente desigual, opresivo e injusto.
Era natural que tales movimientos surgieran primero en
aquellas partes de la economía-mundo que tenían una
fuerza de trabajo industrial significativa, y en particular en Europa
occidental.
Los movimientos nacionalistas se interesaban por
los conflictos entre los numerosos «pueblos oprimidos» (definidos en función de
unas características lingüísticas y/o religiosas) y los «pueblos»
dominantes de una jurisdicción política dada, al tener los primeros muchos menos derechos políticos,
oportunidades económicas y formas legítimas de expresión cultural que los
segundos. Estos movimientos insistían en que el reparto de «derechos» era
fundamentalmente desigual, opresivo e
injusto. Era natural que tales movimientos surgieran
primero en aquellas regiones semiperiféricas de la
economía-mundo, tales como el Imperio austro-húngaro, donde la distribución
desigual de los grupos étnicos nacionales en la jerarquía del reparto del trabajo
era más obvia.
En
general, hasta hace muy poco, estos dos tipos de movimiento se han
considerado a sí mismos muy
diferentes entre sí e incluso antagónicos. Las alianzas
entre ellos eran juzgadas tácticas y temporales. Sin
embargo, desde un principio resulta sorprendente hasta qué punto ambos tipos de
movimiento compartían ciertas semejanzas estructurales.
60
En primer lugar, tras largos debates, tanto el
movimiento obrero socialista como el nacionalista adoptaron la decisión básica
de convertirse en organizaciones y la decisión concurrente de que su objetivo
político más importante era la toma del poder estatal (aun cuando, en el caso
de algunos movimientos nacionalistas, esto implicara la creación de nuevas
fronteras estatales).
En segundo lugar, la decisión sobre la estrategia a
seguir —la toma del poder— exigía que estos movimientos movilizaran a las
fuerzas populares sobre la base
de una ideología contraria al sistema, esto es,
revolucionaria. Estaban en contra del sistema existente —el capitalismo
histórico—,
construido sobre unas desigualdades estructuradas y básicas entre capital y trabajo, centro y periferia,
que los movimientos trataban de superar.
Por supuesto, en un sistema desigual hay siempre
dos formas en que un grupo de bajo rango puede tratar de salir de su bajo
rango. Puede tratar de reestructurar el sistema de modo que todos tengan igual
rango. O puede tratar simplemente de desplazarse hacia un rango superior en la
distribución
desigual. Como sabemos, los movimientos antisistémicos, por mucho que se interesaran por objetivos
igualitarios, siempre incluyeron elementos cuyo objetivo, inicial o finalmente, eran
tan sólo tener una
«movilidad ascendente» dentro de la jerarquía
existente. Los propios movimientos siempre han sido conscientes de esto.
Sin embargo, han tendido a analizar este problema en
términos de motivaciones personales: los puros de corazón contra los traidores a la causa. Pero cuando en el análisis los
«traidores a la causa» parecen
omnipresentes en todos los ejemplos de movimientos tal
como se han desarrollado históricamente, uno se siente inclinado a
buscar explicaciones estructurales y no motivacionales.
61
La clave del problema puede estar de hecho en la
decisión estratégica básica de hacer de la toma del poder estatal el eje de las
actividades del movimiento. La estrategia tuvo dos consecuencias
fundamentales. En la fase de movilización, incitó a todos los movimientos a establecer alianzas tácticas
con grupos que en modo alguno eran «anti sistémicos» con el fin de alcanzar su
objetivo estratégico. Estas alianzas modificaron la estructura de los propios
movimientos antisistémicos, incluso en el estadio de la movilización. Y lo que
es aún más importante, en muchos casos la estrategia triunfó finalmente. Muchos
de los movimientos consiguieron un poder estatal parcial o incluso total.
Estos
movimientos triunfantes se enfrentaron entonces a
la realidad de las limitaciones del poder estatal dentro de la economía-mundo
capitalista. Se dieron cuenta de que el funcionamiento del sistema
interestatal los obligaba a ejercer su poder de una forma que modificaba los objetivos «antisistémicos»
que eran su razón de ser.
Esto parece tan obvio que hay
que preguntarse por qué los movimientos basaron su estrategia en
un objetivo aparentemente tan contraproducente. La respuesta era muy sencilla:
dada la estructura política del capitalismo histórico, no tenían mucha
elección. No parecía haber una estrategia alternativa más prometedora. La toma
del poder estatal prometía al menos cambiar el equilibrio de poder entre los
grupos contendientes. Es decir, la toma del poder representaba una reforma del
sistema. Las reformas de hecho mejoraban la situación, pero siempre a costa de
reforzar también el sistema.
¿Podemos resumir, pues, la labor de los movimientos
antisistémicos en el mundo durante ciento
cincuenta años simplemente como el reforzamiento del capitalismo histórico a través del reformismo?
No, pero esto se debe a que la política del
capitalismo histórico ha sido algo más
que la política de los
diversos Estados. Ha sido también la política del sistema interestatal. Los movimientos antisistémicos
han existido desde un principio no sólo a nivel individual, sino también como
un todo colectivo, aunque nunca organizados burocráticamente. (Las múltiples internacionales no han incluido nunca a
la totalidad de estos movimientos.) Un factor clave en la fuerza de cualquier
movimiento ha sido siempre la existencia de otros movimientos.
62
La existencia de otros movimientos ha proporcionado
a cualquier movimiento dado tres tipos de apoyo. El más obvio es el material:
útil, pero tal vez de mínima importancia. Un segundo apoyo es el de la
diversión. La capacidad de un Estado fuerte de intervenir frente a un
movimiento antisistémico
situado en un Estado débil, por ejemplo, ha estado siempre en función de cuántas otras cosas figuraran
en su agenda política inmediata. Cuanto más ocupado estaba un Estado con un
movimiento local, menos capaz era de ocuparse de un movimiento distante antisistémico. El tercero y más fundamental
de los apoyos es el que se da al nivel de las mentalidades colectivas. Los
movimientos aprendían de los errores de los otros y eran estimulados por los
éxitos tácticos de los otros. Y los esfuerzos de los movimientos a nivel
mundial afectaban al clima político básico a nivel mundial: las expectativas,
el análisis de las posibilidades.
Cuando estos movimientos crecieron en número, en
historia y en éxitos tácticos, parecieron más
fuertes como fenómeno colectivo, y porque parecían
más fuertes lo fueron. La mayor fuerza colectiva
a nivel mundial sirvió de freno a las tendencias «revisionistas» de los movimientos que tenían el poder
estatal —nada más, pero nada menos, que eso— y esto tuvo un efecto mayor de
debilitamiento de la estabilidad política del capitalismo histórico que la suma
de los efectos de reforzamiento del sistema de la toma del poder estatal por
los sucesivos movimientos individuales.
63
Finalmente entró en acción otro factor. A medida
que las dos variedades de movimientos
antisistémicos se propagaban (los movimientos obreros socialistas desde unos pocos Estados fuertes
a todos los demás, y los movimientos nacionalistas desde unas pocas zonas
periféricas a todas las demás), la distinción entre los dos tipos de movimiento
se hacía cada vez más borrosa. Los movimientos obreros socialistas descubrieron
que los temas nacionalistas eran centrales para sus esfuerzos de movilización y
su ejercicio del poder estatal. Pero los movimientos nacionalistas descubrieron
lo contrario. A fin de movilizar eficazmente y gobernar, tenían que canalizar
las preocupaciones de los trabajadores por una reestructuración igualitaria. A
medida que los temas comenzaban a superponerse a las formas organizativas
características tendían a desaparecer o a fundirse en una sola estructura, la
fuerza de los movimientos antisistémicos, especialmente como conjunto colectivo
a nivel mundial, se incrementaba espectacularmente.
Uno de los puntos fuertes de los movimientos
antisistémicos es que han llegado al poder en un gran
número de Estados. Esto ha cambiado la política vigente en el sistema mundial. Pero este punto fuerte
ha sido también su punto débil, dado que los llamados regímenes
posrevolucionarios continúan
funcionando como parte de la división social del trabajo del capitalismo histórico. Por tanto, han
actuado, queriendo o sin querer, bajo las
implacables presiones de la tendencia a la acumulación incesante de capital. La
consecuencia política a nivel interno ha sido la continuada explotación de los
trabajadores, aunque de una forma reducida y mejorada en muchos casos. Esto ha llevado, a tensiones
internas paralelas a las existentes en Estados que no eran
«posrevolucionarios», y esto a su vez ha provocado la aparición de nuevos
movimientos antisistémicos dentro de estos Estados.
64
La lucha por los beneficios ha proseguido tanto en
estos Estados posrevolucionarios como en todas
partes, porque, dentro del marco de la economía-mundo capitalista, los imperativos de la acumulación
han operado a lo largo del sistema. Los cambios en las estructuras estatales han alterado la política de
la acumulación, pero todavía no han sido capaces de terminar con ella.
Inicialmente, dejamos para más tarde las preguntas:
¿hasta qué punto han sido reales los beneficios en el capitalismo histórico?
¿Hasta qué punto ha sido importante el cambio en la calidad de vida?
Ahora debería estar claro que no existe una respuesta sencilla. «¿Para quién?», deberíamos preguntar.
El capitalismo histórico ha implicado una creación monumental de bienes
materiales, pero también una polarización monumental de la recompensa. Muchos
se han beneficiado enormemente, pero
muchos más han conocido una reducción sustancial de sus ingresos reales totales y de la calidad de su
vida. La polarización ha sido, por supuesto, también espacial, y de aquí que en
algunas áreas haya parecido no existir. Esto también ha sido la consecuencia de una lucha por los beneficios. La geografía
del beneficio ha variado frecuentemente, enmascarando de este modo la realidad
de la polarización. Pero en el conjunto de la zona tiempo-espacio abarcada por
el capitalismo histórico, la acumulación incesante de capital ha significado el
ensanchamiento incesante de la distancia real.
65
3. LA VERDAD COMO OPIO: RACIONALIDAD Y RACIONALIZACION
El capitalismo histórico ha sido, como sabemos,
prometeico en sus aspiraciones. Aunque el cambio científico y tecnológico ha
sido una constante de la actividad histórica humana, sólo ha sido en el
capitalismo histórico donde Prometeo, siempre allí, ha sido «liberado», como
dice David Landes. La
imagen colectiva básica que tenemos ahora de esta cultura científica del capitalismo histórico es la de
que fue propuesta por unos nobles caballeros contra la firme resistencia de las
fuerzas de la cultura
«tradicional» y acientífica. En el siglo XVII fue
Galileo contra la Iglesia; en el XX, el «modernizador»
contra el pope. En todo momento se afirmó que se trataba de la «racionalidad» frente a la
«superstición» y de la
«libertad» frente a la «opresión intelectual». Esta oposición se
suponía que era
paralela (e incluso idéntica) a la revuelta, en el terreno de la economía política, del empresario burgués
contra el terrateniente aristocrático.
Esta imagen básica de una lucha cultural a nivel
mundial ha tenido una premisa oculta, relativa a la
temporalidad. Se suponía que la «modernidad» era temporalmente nueva, mientras que la «tradición»
era temporalmente vieja y anterior a la modernidad;
de hecho, en algunas versiones radicales de esta
imagen, la tradición era ahistórica y, por tanto,
virtualmente eterna. Esta premisa era históricamente falsa
y por consiguiente fundamentalmente engañosa.
66
Las múltiples culturas, las múltiples «tradiciones»
que han florecido dentro de las fronteras tiempo- espacio del capitalismo
histórico, no han sido más primordiales que los múltiples marcos
institucionales. Han sido en gran medida la creación del mundo moderno, parte
de su andamiaje
ideológico. Por supuesto, ha habido vínculos entre las diversas «tradiciones» y los grupos e ideologías
anteriores al capitalismo histórico, en el sentido de que aquéllas a menudo han
sido construidas utilizando algunos materiales históricos e intelectuales ya
existentes. Además, la reivindicación de tales vínculos transhistóricos ha
desempeñado un importante papel en la cohesión de los grupos en sus luchas
político-económicas dentro del capitalismo histórico. Pero, si deseamos
comprender las
formas culturales que adoptan estas luchas, no podemos permitirnos el lujo de tomar las «tradiciones»
al pie de la letra, y en particular no podemos permitirnos el lujo de suponer que las
«tradiciones» son de hecho tradicionales.
Fue en beneficio de quienes deseaban facilitar la
acumulación de capital como se crearon las fuerzas de trabajo en
los lugares adecuados y al nivel más bajo
posible de remuneración. Hemos analizado ya cómo la
remuneración inferior de las actividades económicas periféricas de la economía
mundo fue
posible gracias a la creación de unidades domésticas en las que el trabajo asalariado desempeñaba un
papel secundario como fuente de ingresos. Una de las formas en que tales unidades fueron «creadas»,
es decir, presionadas para que se estructuraran, fue la «etnización» de la vida
comunitaria en el capitalismo histórico. Lo que en tendemos por «grupos
étnicos» son los grupos considerables de personas a las que estaban reservados
ciertos papeles ocupacionales/económicos en relación con
otros grupos de este tipo que vivían en las proximidades geográficas. La simbolización externa de este
reparto de la fuerza de trabajo era la «cultura» distintiva del grupo
étnico: su religión, su lenguaje, sus
«valores», su conjunto particular de normas de comportamiento cotidiano.
67
Por supuesto, con esto no quiero decir que hubiera
algo así como un sistema perfecto de castas en el capitalismo histórico. Pero,
siempre que consideremos unas categorías ocupacionales lo suficientemente
amplias, sugiero que hay, y siempre ha habido, una correlación bastante
estrecha entre etnia y papel ocupacional/económico en las diversas zonas
tiempo-espacio del capitalismo histórico. Y también sugiero que estos repartos
de la fuerza de trabajo han variado con el tiempo, y que, a medida que
variaban, variaba también la etnia por lo que respecta a las fronteras y los
rasgos cultura les que definen el grupo, y que apenas existe correlación entre
el actual reparto étnico de la fuerza de trabajo y los modelos de los supuestos
antecesores de los actuales grupos étnicos en los períodos anteriores al
capitalismo histórico.
La etnización de la fuerza de trabajo mundial ha
tenido tres consecuencias principales que han sido importantes para el
funcionamiento de la economía-mundo.
En primer lugar, ante todo, ha hecho posible la
reproducción de la fuerza de trabajo, no en el sentido de proporcionar ingresos
suficientes para la supervivencia de los grupos, sino en el sentido de
proporcionar suficientes trabajadores de cada categoría a los niveles de
expectativas de ingresos apropiados en
términos tanto de las cantidades totales como de las formas que tomarían
los ingresos de la unidad doméstica. Además, precisamente porque la mano
de obra estaba etnizada, su reparto era flexible. La movilidad ocupacional y geográfica a gran escala ha sido facilitada, y no dificultada, por
la etnia. Bajo la presión de unas condiciones económicas cambiantes, todo lo
que se necesitaba para cambiar el reparto de la fuerza de trabajo era que
algunos individuos emprendedores tomaran la iniciativa en el reajuste
ocupacional o geográfico y fueran recompensados por ello; esto ejercía
rápidamente un efecto natural de «atracción» sobre otros miembros del grupo
étnico para modificar su ubicación en la economía-mundo.
68
En segundo lugar, la etnización ha proporciona do
un mecanismo incorporado de formación de la
mano de obra, asegurando que una buena parte de la socialización en tareas ocupacionales se realizara
dentro del marco de unas unidades domésticas étnicamente definidas y no a costa de los que emplean
mano de obra asalariada o de los Estados.
En tercer lugar —y lo que es probablemente más
importante— la etnización ha consolidado la jerarquía de los papeles
ocupacionales/económicos, proporcionando un fácil código para la distribución
de la renta global, revestida de la legitimación de la «tradición».
Ha sido esta tercera consecuencia la que ha sido estudiada con más detalle y la que ha formado uno de
los pilares más significativos del capitalismo histórico: el racismo
institucional. Lo que en tendemos
por racismo tiene poco que ver con la xenofobia que existió en diversos sistemas históricos anteriores.
La xenofobia era, literalmente, miedo al «extranjero». El racismo dentro del
capitalismo histórico no
tuvo nada que ver con los «extranjeros». Muy al contrario. El racismo fue el modo por el cual diversos
sectores de la fuerza de trabajo dentro de la misma estructura económica fueron
obligados a relacionarse entre sí. El racismo fue la justificación ideológica
de la jerarquización de la fuerza de
trabajo y de la distribución sumamente desigual de sus recompensas. Lo que entendemos por racismo
es un conjunto de enunciados ideológicos combinado con un conjunto de
prácticas continuadas cuya consecuencia ha sido el mantenimiento de una fuerte correlación entre etnia y reparto de la fuerza de
trabajo a lo largo del tiempo. Los enunciados ideológicos han
asumido la forma de alegaciones de que los rasgos
genéticos y/o «culturales» duraderos de los diversos grupos son la principal
causa del reparto diferencial de las posiciones en las estructuras económicas.
69
Sin embargo, la creencia de que ciertos grupos eran «superiores» a otros por lo que se refiere a ciertas
características importantes para el rendimiento en el terreno económico ha aparecido siempre antes,
y no después, de la ubicación de estos grupos en la
fuerza de trabajo. El racismo ha sido siempre post
hoc. Se ha afirmado que aquéllos que están económica y políticamente oprimidos
son culturalmente
«inferiores». Si, por alguna razón,
cambiara la ubicación en la jerarquía económica, la ubicación en la
jerarquía social tendería a seguir su ejemplo (con un cierto desfase, sin duda,
dado que siempre se tarda una generación o dos en erradicar los efectos de una
socialización anterior).
El racismo ha servido como ideología global para
justificar la desigualdad. Pero ha sido mucho más. Ha servido para socializar a
los grupos en su propio papel dentro de la economía. Las actitudes inculcadas
(los prejuicios, el comportamiento abiertamente discriminatorio en
la vida cotidiana) han
servido para establecer el marco del comportamiento legítimo y apropiado para uno mismo y para los
demás en su unidad doméstica y su grupo étnico. El racismo, como el sexismo, ha
funcionado como ideología autorrepresiva, modelando las expectativas y
limitándolas.
El racismo no sólo ha sido autorrepresivo; ha sido también opresivo. Ha servido para mantener a raya
a los grupos de rango inferior y para utilizar a los grupos de rango intermedio
como soldados sin sueldo del sistema policial mundial. De esta forma, no sólo
se han reducido significativamente los
costes financieros de las estructuras políticas, sino que se ha hecho más difícil para los grupos
antisistémicos movilizar a amplias masas de la
población, dado que el racismo ha enfrentado estructuralmente a víctimas contra
víctimas.
70
El racismo no ha sido un fenómeno sencillo. Ha
habido, en cierto sentido, una línea de falla básica a
nivel mundial que ha determinado el estatus relativo en el sistema mundial en su conjunto: se trata de
la línea de «color». Lo «blanco», lo propio del estrato superior, no ha sido
por supuesto un fenómeno fisiológico, sino social, como lo evidencia la
posición históricamente cambiante a nivel mundial (y nacional), de acuerdo con
«líneas de color» socialmente definidas,
de grupos tales como los europeos meridionales, los
árabes, los mestizos latinoamericanos y los asiáticos orientales.
El color (o la fisiología) ha sido una etiqueta
fácil de utilizar, ya que es intrínsecamente difícil de disfrazar, y
ha sido utilizada en la medida en que ha resultado
históricamente conveniente, dados los orígenes del capitalismo histórico en
Europa. Pero cuando no ha resultado conveniente ha sido descartada o modificada
en favor de otras características identificadoras. En muchos lugares, los
conjuntos de características identificadoras han sido, pues, muy complejos.
Cuando se considera el hecho adicional de que la división social del trabajo ha evolucionado constantemente, la identificación
étnica/racial se convierte en una base muy poco sólida para determinar las
fronteras de los grupos sociales existentes. Los grupos van y vienen y cambian
su autodefinición con considerable facilidad (y son
percibidos por los otros como dotados de diferentes fronteras con igual
facilidad). Pero la volatilidad de las fronteras de un grupo dado no
es incompatible con la persistencia de una jerarquía
global de grupos, es decir, la etnización de la fuerza de trabajo mundial, y de hecho probablemente sea
una función de ella.
71
El racismo ha sido, pues, un pilar cultural del
capitalismo histórico. Su vacuidad intelectual no le ha impedido
cometer terribles crueldades. No obstante, dado
el auge de los movimientos antisistémicos en el mundo en los últimos
cincuenta o cien años, recientemente ha sido objeto de duros ataques.
De
hecho, hoy en día el racismo, en sus variantes más burdas, está sufriendo una cierta deslegitimación a
nivel mundial. El racismo, sin embargo, no ha sido el único pilar ideológico
del capitalismo histórico. El racismo ha sido de la mayor importancia para la
construcción y la reproducción de las fuerzas de trabajo adecuadas. Su
reproducción, sin embargo, ha sido insuficiente para permitir la acumulación
incesante de capital. No se podía esperar que las fuerzas de trabajo actuaran eficaz y continuamente a
menos que fueran dirigidas por cuadros. Los cuadros también tenían que ser
creados, socializados y reproducidos. La ideología primaria que ha operado para crear,
socializar y reproducir estos cuadros no ha sido la ideología
del racismo. Ha sido la del universalismo.
El universalismo es una epistemología. Es un conjunto de creencias acerca de lo que se puede conocer
y de cómo se puede conocer. La esencia de esta tesis es que existen enunciados generales significativos
acerca del mundo —el mundo físico, el mundo social— que son verdaderos
universal y permanentemente, y que el objeto de la ciencia es la búsqueda de
estos enunciados generales de una forma que elimine todos los llamados
elementos subjetivos, es decir, todos los elementos históricamente
determinados, de su formulación.
La creencia en el universalismo ha sido la piedra angular del arco ideológico del capitalismo histórico.
El universalismo es una fe tanto como una epistemología. No sólo requiere respeto,
sino también veneración por el fenómeno escurridizo, pero supuestamente real de
la verdad.
72
Las universidades han sido a la vez los talleres de
la ideología y los templos de la fe. Harvard luce en su escudo el lema Veritas.
Aunque siempre se ha afirmado que nunca se podría conocer la verdad de
forma definitiva —esto es lo que se supone que distingue a la ciencia moderna de la teología medieval
occidental— también se ha afirmado constantemente que la búsqueda de la verdad era la razón de ser
de la universidad, y más generalmente de toda actividad intelectual. Keats, para justificar el arte, decía
que «la verdad es la belleza, la belleza es la verdad». En los
Estados Unidos, una de las justificaciones políticas de las libertades
civiles más utilizadas es que la verdad sólo puede ser conocida como resultado
de la interacción que tiene lugar en el «mercado libre de ideas».
La verdad, como ideal cultural, ha funcionado como
un opio, tal vez el único opio serio del mundo
moderno. Karl Marx decía que la religión era el opio del pueblo. Raymond Aron replicaba que las ideas
marxistas eran el opio de los intelectuales. En ambas pullas polémicas hay una
dosis de perspicacia. Pero, ¿es la perspicacia la verdad? Me gustaría sugerir
que tal vez la verdad haya sido el opio real, tanto del pueblo como de los
intelectuales. El opio, sin duda, no es indefectiblemente malo. Calma el dolor.
Permite a la gente evadirse de la dura realidad cuando teme que la
confrontación con esa
realidad sólo pueda precipitar las inevitables pérdidas o decadencias. Pero, no obstante, la mayoría de
nosotros no recomendamos el opio. Ni Marx ni Raymond Aron lo hicieron. En la mayoría de los países
y para la mayoría de los fines, el opio es ilegal.
73
Nuestra educación colectiva nos ha enseñado que la
búsqueda de la verdad es una virtud desinteresada, cuando de hecho es una
racionalización interesada. La búsqueda de la verdad,
proclamada como la piedra angular del progreso y, por
tanto, del bienestar, ha estado, como mínimo, en consonancia con el
mantenimiento de una estructura social jerárquica y desigual en una serie de
aspectos específicos. Los procesos que implicó la expansión de la
economía-mundo capitalista —la periferización de las estructuras económicas, la
creación de estructuras estatales débiles que participaran en el sistema
interestatal y estuvieran limitadas por él— llevaron consigo una serie de
presiones al nivel cultural: proselitización cristiana, imposición de un
lenguaje europeo, instrucción en tecnologías y costumbres específicas, cambios
en los códigos legales. Muchos de estos cambios
fueron llevados a cabo manu militari. Otros fueron conseguidos mediante la persuasión de los
«educadores», cuya autoridad estaba respaldada en
última instancia por la fuerza militar. Este
complejo de procesos, al que llamamos a veces «occidentalización» o, aún más arrogantemente,
«modernización», fue legitimado por la deseabilidad
de compartir tanto los frutos como la fe en la ideología del universalismo.
Tras estos cambios culturales forzosos se ocultaban
dos motivos principales. Uno de ellos era la eficiencia económica. Si de unas
determinadas personas se esperaba que se comportaran de determinada manera en
el terreno económico, era eficiente tanto enseñarles las normas culturas
requeridas como erradicar las
normas culturales rivales. El segundo era la seguridad política. Se creía
que si las llamadas elites de las áreas periféricas se «occidentalizaran», se las apartaría de sus «masas»
y por consiguiente serían menos proclives a la revuelta, y ciertamente menos
capaces de organizar a sus seguidores en
una revuelta. Esto resultó ser un
error de cálculo monumental, pero era plausible y
durante un tiempo funcionó. (Un tercer motivo fue la hybris por
parte de los conquistadores. No la descarto, pero no es necesario invocarla
para explicar las presiones culturales, que habrían sido igualmente grandes en
su ausencia).
74
Mientras que el racismo servía como mecanismo de
control de los productores directos a escala mundial, el universalismo servía
para dirigir las actividades de la burguesía de otros Estados y de diversas
capas medias a escala mundial hacia unos cauces que maximizaran la integración
de los procesos de producción y el buen funcionamiento del sistema
interestatal, facilitando con ello la acumulación de capital. Esto requería la
creación de un marco cultural burgués a escala mundial que pudiera ser injertado en las variantes «nacionales». Esto era especialmente importante para la ciencia
y la tecnología, pero también en el ámbito de las ideas políticas y las
ciencias sociales. El concepto de una cultura «universal» neutral a la que
serían «asimilados» los cuadros de la división mundial del trabajo (la voz
pasiva es aquí importante) pasó, pues, a ser uno de los pilares del sistema
mundial a
medida que éste evolucionaba históricamente. La exaltación del progreso, y más tarde de la
«modernización», resumía este conjunto de ideas,
que servían menos como ver daderas normas de acción social que como símbolos de
un estatus de obediencia y participación en las capas superiores del mundo. La
ruptura con las bases religiosas del conocimiento, supuestamente limitadas
desde el punto de vista cultural, en
favor de unas bases
científicas supuestamente transculturales sirvió como
autojustificación de una forma de imperialismo cultural especialmente perniciosa. Dominó en nombre
de la liberación intelectual; se impuso en nombre del escepticismo.
75
El proceso de racionalización, central para el
capitalismo, ha requerido la creación de una capa
intermedia que incluye a los especialistas de esta racionalización, tales como administradores,
técnicos, científicos y educadores. La misma
complejidad no sólo de la tecnología, sino también del sistema social ha hecho
esencial que esta capa sea amplia y se expanda con el tiempo. Los fondos
utilizados para sustentarla han sido obtenidos del excedente global, tal como
es extraído a través de
empresarios y Estados. En este sentido elemental, pero fundamental, estos cuadros han formado parte
de la burguesía cuya pretensión de participar en el reparto del excedente ha recibido una determinada
y precisa forma ideológica con el concepto de capital humano en el siglo XX. Al
tener relativamente poco capital
real que transmitir como herencia de su unidad doméstica, estos
cuadros han tratado de garantizar la sucesión asegurando a sus hijos un acceso
preferencial a los canales educativos que
garantizan la posición. Este acceso preferencial ha sido convenientemente presentado como un logro,
supuestamente legitimado por una «igualdad de oportunidades» estrictamente
definida.
La cultura científica se convirtió así en el código
fraternal de los acumuladores de capital de todo el mundo. En primer lugar,
sirvió para justificar tanto sus propias actividades como las recompensas
diferenciales de las que se beneficiaban. Promovió la innovación tecnológica.
Legitimó la rigurosa
supresión de las barreras a la expansión de las eficiencias productivas. Generó una forma de progreso
que sería beneficiosa para todos: si no de inmediato, a la larga.
La cultura científica fue, sin embargo, algo más
que una mera racionalización. Fue una forma de socialización de los diversos
elementos que eran los cuadros de todas las estructuras institucionales
necesarias. Como lenguaje común a los cuadros, pero no directamente a la fuerza
de trabajo, se convirtió también en un instrumento de cohesión de clase para la
capa superior que limitaba las perspectivas o la extensión de la actividad
rebelde por parte de los cuadros susceptibles de caer en esa tentación. Además,
era un mecanismo flexible para la reproducción de esos cuadros. Se ajustaba al
concepto conocido hoy como «meritocracia», y anteriormente como «la carriere
ouverte aux talents». La cultura científica creó un marco dentro del cual era posible la movilidad individual sin que
el reparto jerárquico de la fuerza de trabajo se viera amenazado. Por el contrario,
la meritocracia
reforzó la jerarquía. Finalmente, la meritocracia como operación y la cultura científica como ideología
crearon velos que dificultaron la percepción de las operaciones subyacentes del capitalismo histórico.
El gran énfasis en la racionalidad de la actividad científica fue la máscara de
la irracionalidad de la acumulación incesante.
Universalismo y racismo pueden parecer a primera
vista extraños compañeros de cama, cuando no doctrinas
virtualmente antitéticas: el uno abierto, el otro cerrado; el
uno nivelador, el otro polarizador; el uno que invita al
discurso racional, el otro que encarna el prejuicio. Sin embargo, dado que
estas doctrinas se han difundido y han prevalecido conjuntamente con la
evolución del capitalismo histórico, deberíamos examinar más detenidamente las
formas en que han podido ser compatibles.
Hubo un impedimento para el universalismo. No se
abrió camino como una ideología flotante, sino
como una ideología propagada por quienes tenían el poder económico y político en el sistema mundial
del capitalismo histórico. El universalismo fue ofrecido al mundo como un
regalo de los poderosos a los débiles. Timeo Danaos et dona fe
rentes! El regalo encerraba el racismo, porque daba al receptor dos
opciones: aceptar el regalo, reconociendo con ello que estaba en un lugar
inferior de la jerarquía de sabiduría adquirida, o rechazar el regalo, negándose con ello a sí mismo armas que podrían invertir
la situación de poder real desigual.
77
No es extraño que incluso los cuadros que estaban
siendo cooptados al privilegio se mostraran profundamente ambivalentes con
respecto al mensaje del universalismo, vacilando entre un discipulado
entusiasta y un rechazo cultural provocado por la repugnancia hacia los
supuestos racistas. Esta ambivalencia se expresó en los múltiples movimientos
de «renacimiento» cultural. La misma palabra renacimiento, que fue ampliamente
utilizada en muchas zonas del mundo, encarnaba la ambivalencia. Al hablar de
renacimiento se afirmaba una era de gloria cultural anterior, pero también se
reconocía una inferioridad cultural a partir de aquel momento. La misma palabra
renacimiento fue copiada de la historia cultural específica de Europa.
Se podría pensar que la fuerza de trabajo mundial
fue más inmune a esta ambivalencia, al no haber sido
invitada nunca a comer en la mesa del señor. Sin embargo,
en realidad las expresiones políticas
de la fuerza de trabajo mundial,
los movimientos antisistémicos, han estado también profundamente
impregnados de esa misma ambivalencia. Los movimientos
antisistémicos, como ya hemos señalado, revistieron la ideología de
la Ilustración, que era a su vez un producto de la ideología universalista. Por
consiguiente, cayeron en la trampa cultural en la que han
permanecido desde entonces, tratando de socavar el capitalismo histórico,
utilizando estrategias y fijando objetivos a medio plazo que derivaban de las mismas
«ideas de las clases dominantes» a las que trataban de destruir.
78
La variante socialista de los movimientos antisistémicos estuvo desde un principio comprometida con
el progreso científico. Marx, deseoso de distinguirse de los otros a los que denunciaba como
«utópicos», afirmó que abogaba por el «socialismo
científico». Sus escritos hicieron hincapié en los aspectos en
los que
el capitalismo era «progresista». La tesis de que el socialismo
llegaría primero en los países más «avanzados» sugería un
proceso por el cual el socialismo surgiría de un mayor
avance del capitalismo (y como reacción a éste). La revolución socialista
emularía, pues, a la «revolución burguesa» y vendría después de ella. Algunos teóricos posteriores argumentaron incluso que el deber
de los socialistas era, por tanto, tomar parte en la revolución burguesa en
aquellos países donde todavía no se había producido.
Las posteriores diferencias entre la II y la III
Internacional no implicaron un desacuerdo en torno a
esta epistemología, que ambas compartían. De hecho, tanto los socialdemócratas como los comunistas
en el poder han tendido a dar una gran
prioridad al mayor desarrollo de los medios de producción. La
consigna de Lenin, «comunismo es igual a socialismo más electricidad», cuelga
todavía en enormes banderas en las calles de Moscú. En la medida en que estos
movimientos, una vez en el poder —lo mismo socialdemócratas que comunistas—, llevaron a la práctica las consignas estalinistas del
«socialismo en un solo país», fomentaron necesariamente el proceso de
mercantilización de todas las cosas que tan esencial ha sido
para la acumulación global de capital. En la medida en que se mantuvieron
dentro del sistema interestatal —y de hecho lucharon por mantener se dentro de
él frente a los intentos de desalojarlos— aceptaron y favorecieron la realidad
a escala mundial de la dominación de la ley del valor. El
«socialista» se parecía sospechosamente al taylorista desbocado.
79
Ha habido por supuesto ideologías «socialistas» que
han pretendido rechazar el universalismo de la
Ilustración y han abogado por diversas variantes «indígenas» de socialismo para las zonas
periféricas de la economía-mundo. En la medida en que estas formulaciones eran
algo más que mera retórica, parecían
ser intentos de facto de utilizar como unidad
de base de los procesos de mercantilización no
las nuevas unidades domésticas que comparten diversos ingresos, sino entidades comunales mayores
que eran, según se decía, más «tradicionales». En general, estos intentos,
cuando fueron serios,
resultaron inútiles. En cualquier caso, la corriente principal de los movimientos socialistas mundiales
tendió a denunciar estos intentos como formas no socialistas de un
nacionalismo cultural retrógrado.
A primera vista, la variante nacionalista de los movimientos antisistémicos,
por el carácter central de sus temas separatistas, parecía menos
proclive a la ideología del universalismo. Un examen más detenido desmiente,
sin embargo, esta impresión. Ciertamente, el nacionalismo tenía, de modo
inevitable, un componente cultural en cuanto determinados movimientos abogaban
por el refuerzo de las «tradiciones» nacionales, un lenguaje nacional, a menudo
una herencia religiosa. Pero, ¿era el nacionalismo cultural una resistencia
cultural a las presiones de los acumuladores de capital? De
hecho, dos importantes elementos del nacionalismo cultural se movían en direcciones opuestas a esto.
En primer lugar, la unidad elegida como vehículo para contener la cultura
tendía a ser el Estado, que era miembro del sistema interestatal.
La mayoría de las veces era este Estado el que
estaba investido de una cultura «nacional». Prácticamente en todos los
casos, esto implicaba una distorsión de la continuidad cultural, con frecuencia
muy grave. En casi todos los casos, la aserción de una cultura
nacional encerrada en un Estado implicaba inevitablemente tanto la supresión de la continuidad como
su reaserción. En todos los casos, reforzaba las estructuras estatales, y por
consiguiente el sistema interestatal y el capitalismo histórico como sistema
mundial.
80
En segundo lugar, un examen comparativo de las reaserciones culturales en todos estos Estados pone
de manifiesto que, aunque variaban de forma tendían a ser idénticas de
contenido. Los morfemas de
los lenguajes diferían, pero los vocabularios
comenzaban a converger. Los rituales y las teologías de las religiones del
mundo podrían haber sido reforzados, pero comenzaron a ser menos diferentes en
su contenido real que hasta entonces. Y los antecedentes de la cientificidad fueron redescubiertos bajo
muchos nombres diferentes. En resumen, buena parte del nacionalismo
cultural ha sido una charada gigantesca. Más que eso: el nacionalismo
cultural, como la «cultura socialista», ha sido a menudo un importante puntal de la ideología universalista del mundo moderno, suministrándosela a la fuerza de
trabajo mundial en la forma que le resultaba más aceptable. En este sentido,
los movimientos antisistémicos han servido a menudo de intermediarios
culturales entre los poderosos y los débiles, lo que ha enturbiado sus fuentes
más profundas de resistencia en lugar de volverlas cristalinas.
Las contradicciones inherentes a la estrategia de
tomar el poder de los movimientos antisistémicos, combinadas con su aceptación
tácita de la epistemología universalista, han tenido graves consecuencias para
estos movimientos. Han tenido que enfrentarse cada vez más al fenómeno del
desencanto, al que su
principal respuesta ideológica ha sido la reafirmación
de la justificación central
del capitalismo histórico: el carácter automático e inevitable del progreso, o, como ahora se dice en la
URSS, la «revolución científico-tecnológica».
81
Desde el siglo XX, y con creciente vehemencia desde
la década de 1960, el tema del «proyecto civilizacional»,
como gusta llamarlo Anuar Abdel-Malek, ha comenzado a
cobrar fuerza. Mientras que para muchos el nuevo lenguaje de las «alternativas endógenas» ha servido meramente como variante
verbal de los antiguos temas universaliza dores del nacionalismo cultural, para otros el tema encierra
un contenido epistemológico genuinamente nuevo. El «proyecto civilizacional» ha
reabierto la cuestión de si existen realmente las verdades transhistóricas. Una
forma de verdad que refleja la realidad del poder y los imperativos económicos
del capitalismo histórico ha florecido e impregnado el globo. Esto es
cierto, como hemos visto. Pero, ¿hasta qué punto esta forma de verdad arroja
luz sobre el proceso de decadencia de este sistema histórico o sobre la
existencia de alternativas históricas reales a un sistema histórico basado en
la incesante acumulación de capital? Esta es la cuestión.
Esta forma más nueva de resistencia cultural
fundamental tiene una base material. Las sucesivas movilizaciones de los
movimientos antisistémicos en el mundo han reclutado con el tiempo un número
creciente de elementos económica y políticamente más marginales para el
funcionamiento del sistema y menos susceptibles de beneficiarse, aun
eventualmente, del excedente acumulado. Al
mismo tiempo, las sucesivas desmitificaciones de estos movimientos han socavado la reproducción de
la ideología universalista dentro de ellos, y los movimientos han comenzado así a abrirse a un número
mayor de estos elementos que han cuestionado cada vez más sus premisas. En
comparación con el perfil de los participantes en los movimientos
antisistémicos en el mundo de 1850 a 1950, su perfil a
partir de 1950 incluía más habitantes de zonas periféricas, más mujeres, más miembros de grupos
«minoritarios» (independientemente de su
definición) y más trabajadores del extremo menos
cualificado y peor pagado de la escala. Esto sucedía tanto en el mundo en general como dentro de cada
uno de los Estados, tanto en la base como en la dirección. Este cambio en la base social no podría dejar
de alterar las preferencias culturales e ideológicas de los movimientos
antisistémicos en el mundo.
82
Hasta ahora he tratado de describir cómo el
capitalismo ha operado de hecho en cuanto sistema histórico. Sin embargo, los
sistemas históricos son sólo eso: históricos. Nacen y finalmente mueren como
consecuencia de unos procesos internos en los que la exacerbación de las
contradicciones
internas lleva a una crisis estructural. Las crisis estructurales son masivas, no pasajeras. Solucionarlas
lleva su tiempo. El capitalismo histórico entró en su crisis estructural a
comienzos del siglo XX y probablemente verá su defunción como sistema histórico
en algún momento del próximo siglo. Es arriesgado predecir qué vendrá después.
Lo que sí podemos hacer ahora es analizar las dimensiones de la propia crisis
estructural y tratar de percibir las direcciones en las que nos lleva esta
crisis del sistema.
El primer aspecto, y probablemente
el más fundamental de
esta crisis, es que ahora estamos cerca de la
mercantilización de todas las cosas. Es decir, el capitalismo histórico está en
crisis precisamente
porque, al perseguir la acumulación incesante de capital, está comenzando a aproximarse a ese estado
que según Adam Smith era «natural» al hombre, pero que nunca ha existido históricamente. La
«propensión [de la humanidad] a trocar, permutar e
intercambiar una cosa por otra» ha entrado en terrenos y zonas hasta ahora
intactos, y la presión en favor de la expansión de la mercantilización es
relativamente incontrolada. Marx hablaba del mercado como un «velo» que
ocultaba las relaciones sociales de producción.
83
Esto sólo era cierto en el sentido de que, en
comparación con la apropiación local y directa del excedente, la apropiación
indirecta del excedente, a través del mercado (y por consiguiente
extralocal), era más difícil de discernir y, por tanto, más difícil de combatir políticamente para la fuerza
de trabajo mundial. Sin embargo, el «mercado» operaba en
los términos cuantitativos de una medida general, el
dinero, y esto, más que mistificar, clarificaba en
qué medida era realmente apropiado. Con lo que contaban los
acumuladores de capital como cinturón de seguridad político era con que sólo
parte del trabajo se medía de esta forma. En la medida en que el trabajo se
mercantiliza más y más y en que las unidades domésticas se convierten más y más
en un nexo de relaciones mercantiles, la
afluencia de excedente se hace más y más visible. Las contrapresiones políticas se movilizan por tanto
más y más, y la estructura de la economía se convierte más y más en un blanco
directo de la movilización. Los acumuladores de capital, lejos de tratar de
acelerar la proletarización, tratan de frenarla. Pero no pueden
hacerlo del todo, a causa de las contradicciones de sus
propios intereses, ya que son a la vez empresarios individuales y miembros de una
clase.
Hay un proceso constante, imposible de contener
mientras la economía sea accionada por la acumulación incesante de capital. El
sistema puede prolongar su vida aminorando algunas de las actividades que lo
desgastan, pero la muerte siempre acecha en algún lugar del horizonte.
84
Una de las formas en que los acumuladores de
capital han prolongado el sistema ha consistido en incorporarle restricciones
políticas que han obligado a los movimientos antisistémicos a tomar el camino
de la creación de organizaciones formales que usan una estrategia de toma del
poder estatal. Realmente no tenían otra opción, pero la estrategia era
autorrestrictiva.
Sin embargo, como hemos visto, las propias
contradicciones de esta estrategia han provocado una
crisis a nivel político. No se trata de una crisis del sistema interestatal, que todavía funciona muy bien
en su misión primaria de mantener la jerarquía y contener los movimientos de
oposición. La crisis política es la crisis de los propios movimientos
antisistémicos. A medida que la distinción entre movimientos socialistas y movimientos nacionalistas comienza a difuminarse y que un número mayor
de estos movimientos se hace con el poder estatal (con todas sus limitaciones), la colectividad mundial
de los movimientos impone una revisión de todas sus creencias, derivadas de
análisis originales del siglo XIX. Así como el éxito de los acumuladores en su
labor de acumulación ha creado una excesiva mercantilización que amenaza al
sistema como tal, así también el éxito de los movimientos
antisistémicos en su labor de toma del poder ha creado un excesivo refuerzo del sistema que amenaza
con poner fin a la aceptación por parte de la fuerza de trabajo mundial de esta
estrategia autorrestrictiva.
Finalmente, esta crisis es cultural.
La crisis de los movimientos antisistémicos, el cuestionamiento
de la estrategia básica, está llevando a un cuestionamiento de las premisas de
la ideología universalista. Esto está sucediendo en dos campos: los movimientos donde la búsqueda de alternativas
«civilizacionales» se están llevando a cabo
seriamente por primera vez, y la vida intelectual, donde todo
el aparato intelectual que nació a partir
del siglo XIV está siendo puesto lentamente en duda. En parte,
una vez más, esta duda es el producto de su éxito.
85
En las ciencias físicas, los procesos internos de
investigación generados por el método científico
moderno parecen estar llevando al cuestionamiento de la
existencia de las leyes universales que eran sus
premisas. Hoy en día se habla de insertar la «temporalidad» en
la ciencia. En las ciencias sociales
—pariente pobre a un cierto nivel,
pero reina (es decir, culminación) de las ciencias
a otro nivel—, el paradigma desarrollista está siendo explícitamente
cuestionado en su esencia.
La reapertura de las cuestiones intelectuales es,
pues, por un lado, producto del éxito interno y de las
contradicciones internas. Pero es también producto de las
presiones de los movimientos, también en crisis, para poder hacer frente a
las estructuras del capitalismo histórico, cuya crisis es el punto de partida
de todas las demás actividades, y luchar más eficazmente contra ellas.
A menudo se habla de la crisis del capitalismo
histórico como de la transición del capitalismo al socialismo. Estoy de acuerdo
con la fórmula, pero esto no quiere decir mucho. No sé todavía cómo
funcionaría un orden mundial socialista, un orden que redujera radicalmente la distancia del bienestar
material y la disparidad del poder real entre todas las personas. Los Estados o movimientos existentes
que se llaman socialistas no sirven de guía para el futuro. Son fenómenos del
presente, es decir, del sistema mundial del capitalismo histórico, y deben ser evaluados dentro de este marco. Pueden ser los
causantes de la defunción del capitalismo, aunque difícilmente lo serán de
forma uniforme, como ya hemos indicado. Pero el orden mundial futuro se
construirá lentamente, de modos que difícilmente
podemos imaginar y mucho menos predecir. Es por tanto un acto de fe creer que será bueno, o incluso
mejor. Pero sabemos que lo que tenemos no es bueno, y a medida que el
capitalismo histórico ha avanzado en s camino histórico ha empeorado, en lugar de mejorar, en mi opinión, debido a su mismo éxito.
87
4. CONCLUSION: SOBRE EL PROGRESO
Y LAS TRANSICIONES
Si existe una idea que esté asociada con el mundo moderno, que sea de hecho su pieza central, es la de
progreso. Esto no quiere decir que todo el mundo haya creído en el progreso. En
el gran debate ideológico desarrollado públicamente entre conservadores y
liberales, que en parte precedió, pero
más especialmente siguió a la Revolución francesa, la esencia de la postura conservadora residía en la
duda de que los cambios que estaban experimentando
Europa y el mundo pudieran ser considerados como un
progreso, o que el progreso fuera un concepto significativo e importante. Como
sabemos,
eran los liberales quienes anunciaban la nueva era y encarnaban lo que sería en el siglo XIX la ideología
dominante de la economía mundo capitalista, que contaba ya con una larga
existencia.
No es de extrañar que los liberales creyeran en el
progreso. La idea de progreso justificaba toda la transición del feudalismo al
capitalismo. Legitimaba la ruptura de la oposición aún existente a la
mercantilización de todas las cosas y tendía a desestimar todo rechazo del
capitalismo sobre la base de que los beneficios superaban con mucho a los
perjuicios. No es en modo alguno de extrañar, por
consiguiente, que los liberales creyeran en el progreso. Lo que sí es de extrañar es que sus adversarios
ideológicos, los marxistas —los antiliberales, los representantes de las clases
trabajadoras oprimi- das—, creyeran en el progreso al menos con tanta pasión
como los liberales. Sin duda, esta creencia cumplía un importante fin
ideológico también para ellos. Justificaba las actividades del movimiento
socialista mundial sobre la base de que encarnaba la tendencia inevitable del
desarrollo histórico. Además, parecía muy inteligente proponer esta ideología,
por cuanto pretendía utilizar las mismas ideas de los liberales burgueses para
confundirlos.
88
Desgraciadamente había dos defectos secundarios en
la adopción, aparentemente astuta y ciertamente entusiasta, de esta fe secular
en el progreso. Si bien la idea de progreso justificaba el socialismo,
justificaba también el capitalismo. Era difícil cantar las alabanzas del
proletariado sin ensalzar previamente a la burguesía. Los famosos escritos de
Marx sobre la India ofrecían amplias pruebas de esto, pero también lo hacía el
Manifiesto comunista. Además, dado que la medición del progreso era materialista
(¿y cómo no iban los marxistas a estar de acuerdo con esto?), la idea de
progreso podía volverse, y de hecho se ha vuelto en los últimos cincuenta años, contra todos los
«experimentos de socialismo». ¿Quién no ha oído
condenar a la Unión Soviética sobre la base de que
su nivel de vida está por debajo del de los
Estados Unidos? Además, pese a las jactancias de Jruschov,
hay pocas razones para creer que esta disparidad dejará de existir de aquí a
cincuenta años.
La adopción marxista de un modelo evolucionista de
progreso ha sido una enorme trampa, de la que los socialistas no han comenzado
a recelar hasta hace poco, como uno de los elementos de la crisis ideológica
que ha formado parte de la crisis estructural global de la economía-mundo
capitalista.
Simplemente no es cierto que el capitalismo como
sistema histórico haya representado un progreso
con respecto a los diversos sistemas históricos anteriores que destruyó o transformó. Todavía cuando
escribo esto siento el temblor que acompaña al sentimiento
de blasfemia. Temo a la ira de los dioses, porque he sido
forjado en la misma fragua ideológica que todos mis compañeros y he adorado los
mismos santuarios.
89
Uno de los problemas que se plantean
a la hora de analizar el progreso es el de la
parcialidad de todas las mediciones propuestas. Se dice que el
progreso científico y tecnológico es indiscutible y asombroso, lo que sin duda
es cierto, especialmente en la medida en que la mayor parte del conocimiento
técnico es acumulativo. Pero nunca analizamos seriamente cuántos conocimientos
hemos perdido en el barrido de la ideología del universalismo a escala mundial.
O, si lo hacemos, catalogamos estos conocimientos perdidos como mero ( ? ) sentido común. Sin embargo, a los simples
niveles técnicos de la productividad agrícola y la totalidad biológica, hemos
descubierto recientemente que métodos de acción humana descartados hace uno o
dos siglos (proceso impuesto
por unas élites ilustradas a unas masas atrasadas)
tienen a menudo que ser resucitados porque
resultan más eficaces, y no menos. Y lo que es más importante, hemos descubierto en las mismas
«fronteras» de la ciencia avanzada la reinserción
provisional de premisas triunfalmente descartadas hace un siglo o hace cinco.
Se dice que el capitalismo histórico ha
transformado el potencial mecánico de la humanidad. Cada inversión de energía
humana se ha visto recompensada con una cantidad cada vez mayor de productos,
lo que sin duda también es cierto. Pero no calculamos hasta qué
punto esto ha significado que la humanidad ha reducido o incrementado la
inversión total de energía que los individuos por separado, o todas las
personas que están dentro de la economía-mundo colectivamente, han sido
obligados a hacer, ya sea por unidad de tiempo o de por vida. ¿Podemos estar seguros de que el mundo
está menos oprimido en el capitalismo histórico que en sistemas anteriores? Hay muchas razones para
dudarlo, como lo atestigua la incorporación de la compulsión de trabajar a
nuestro super-yo.
90
Se dice que en ningún sistema histórico anterior
disfrutó la gente de una vida material tan cómoda o tuvo una gama de
experiencias vitales alternativas a su disposición tan amplia como en el
sistema actual. Una vez más, esta afirmación parece cierta, se ve confirmada
por las comparaciones que
regularmente hacemos con la vida de nuestros antepasados inmediatos. Sin embargo, las dudas a este
respecto han aumentado constantemente a lo largo del siglo XX, como lo
indican nuestras frecuentes referencias a la «calidad de vida» y la creciente
preocupación por la anomia, la alienación y las enfermedades psíquicas.
Finalmente, se dice que el capitalismo histórico ha traído un masivo incremento
del margen de seguridad humana, frente a los daños y muertes procedentes de
peligros endémicos (los cuatro jinetes del Apocalipsis) y frente a la violencia
errática. Una vez más, esto
es indiscutible a un micronivel (pese a los peligros recientemente redescubiertos de la vida urbana). Pero
¿es realmente cierto a un macronivel,
incluso hasta ahora e incluso omitiendo la
espada de Damocles de una guerra nuclear?
Permítaseme
decir, como mínimo, que no es en modo
alguno obvio que haya más libertad, igualdad y
fraternidad en el mundo actual que hace mil años.
Se podría sugerir de forma razonada que más
bien sucede todo lo contrario. Trato de no idealizar los mundos anteriores al
capitalismo histórico. Eran
mundos de escasa libertad, escasa igualdad y escasa fraternidad. La
única cuestión es si el capitalismo histórico
representó un progreso o un retroceso a estos respectos.
91
No hablo de medir las crueldades comparativas. Esto
sería difícil de imaginar, y también lúgubre, aunque hay pocas razones para ser
optimistas acerca del historial del capitalismo histórico en este terreno. El
mundo del siglo XX puede reivindicar haber mostrado unos talentos poco usuales
de refinamiento en estas antiguas artes. Tampoco hablo del creciente y
realmente increíble despilfarro
social que ha sido el resultado de la carrera competitiva por la incesante acumulación de capital, nivel
de despilfarro que puede comenzar a rayar en lo irreparable.
Más bien quiero basar mi argumentación en
consideraciones materiales, no acerca del futuro social, sino del período
histórico real de la economía-mundo capitalista. El argumento es sencillo,
aunque audaz. Quiero defender la tesis marxista que incluso los marxistas
ortodoxos tienden a enterrar avergonzados, la tesis de la depauperación
absoluta (y no relativa) del proletariado.
Ya estoy oyendo los murmullos de los
amigos. Seguro que no hablas en serio;
seguro que te refieres a la depauperación
relativa. ¿No está el trabajador industrial en unas condiciones
notablemente mejores hoy que en 1800? El trabajador industrial sí, o
al menos muchos trabajadores industriales. Pero los trabajadores industriales
siguen constituyendo una parte relativamente pequeña de la población
mundial. La abrumadora mayoría de los trabajadores mundiales, que viven en zonas rurales u oscilan
entre éstas y los suburbios de la ciudad, están en peores condiciones que sus
antepasados hace quinientos años. Comen menos bien y ciertamente tienen una
dieta menos equilibrada.
Aunque tienen más probabilidades de sobrevivir a su
primer año de vida (a causa del efecto de una higiene social destinada a
proteger a los privilegiados), dudo de que las esperanzas de vida de la mayoría
de la población mundial a partir del primer año de vida sean mayores que antes;
sospecho que más bien sucede
lo contrario. Indiscutiblemente trabajan más: más horas por día, por
año, por
vida. Y dado que lo hacen por una recompensa total
inferior, la tasa de explotación ha aumentado fuertemente.
92
¿Están más oprimidos política y socialmente o más
explotados económicamente? Esto es más difícil
de analizar. Como dijo una vez Jack Goody, las ciencias sociales no poseen euforímetros. Las pequeñas
comunidades en las que la mayoría de las personas vivieron en los sistemas
históricos anteriores
implicaban una forma de control social que ciertamente restringía la elección humana y la variabilidad
social. Indudablemente, esto les parecía a muchos un fenómeno de opresión
activa. Los otros, que estaban más satisfechos, pagaban su contento con una
estrecha visión de las posibilidades humanas.
La construcción del capitalismo histórico ha
implicado, como todos sabemos, la constante disminución, e incluso la total
eliminación, del papel de estas pequeñas estructuras comunitarias. Pero, ¿qué
es lo que ha ocupado su lugar? En muchas zonas, y durante largos períodos, el
papel anterior de las estructuras comunitarias ha sido asumido por
«plantaciones», es decir, por el control
opresivo de unas estructuras político-económicas a gran escala dominadas por «empresarios». De las
«plantaciones» de la economía-mundo capitalista —ya
estén basadas en la esclavitud, el encarcelamiento, la aparcería (forzada o
contractual) o el trabajo asalariado— difícilmente se puede
decir que hayan proporcionado más margen para la
«individualidad». Las «plantaciones» pueden ser consideradas como un
modo excepcionalmente eficaz de extraer plusvalor. Sin duda han existido antes
en la historia humana, pero nunca han sido utilizadas antes de forma tan
extensiva para la producción agrícola, en contraposición a la minería y a la construcción de infraestructura a gran escala
que, sin embargo, han tendido a afectar a un menor número de personas en
términos globales.
93
Incluso allí donde una u otra forma de control
autoritario directo de la actividad agrícola (lo que acabamos de denominar
«plantaciones » ) no sustituyó a unas estructuras comunitarias de control
anteriores, más flexibles, la desintegración de las estructuras comunitarias en las zonas rurales no fue
vivida como una «liberación», ya que fue inevitablemente acompañada de un
control siempre creciente —y de hecho con frecuencia directamente causada por
éste— por parte de las incipientes estructuras estatales, que se han mostrado cada vez menos dispuestas a dejar en manos del productor
directo los procesos autónomos y locales de toma de decisiones. Todo el impulso
ha ido encaminado a forzar un incremento en la inversión de trabajo y en la
especialización de esta actividad laboral (lo
que, desde el punto de vista del trabajador, ha debilitado su capacidad de negociación e incrementado
su aburrimiento).
Pero esto no fue todo. El capitalismo histórico desarrolló un marco ideológico de humillación opresiva
que no había existido nunca con anterioridad y que hoy llamamos sexismo y
racismo. Permítaseme aclararlo. Tanto la posición dominante de los hombres
sobre las mujeres como la xenofobia generalizada estaban muy difundidos, eran
prácticamente universales, en los sistemas históricos anteriores, como ya hemos
señalado. Pero el sexismo fue algo más que la posición dominante de los hombres
sobre las mujeres y el racismo algo más que una xenofobia generalizada.
94
El sexismo fue la relegación de las mujeres a la
esfera del trabajo improductivo, doblemente humillante por cuanto el trabajo
real que se requería de ellas se vio en todo caso intensificado y por cuanto el
trabajo productivo se convirtió en la economía-mundo capitalista, por primera
vez en la historia humana, en la base de la legitimación del privilegio. Esto
constituyó un doble vínculo imposible de romper dentro del sistema.
El racismo no fue el odio o la opresión de un
extraño, de alguien ajeno al sistema histórico. Muy al
contrario: el racismo fue la estratificación de la fuerza de trabajo en el seno del sistema histórico, cuyo
objetivo era mantener a los grupos oprimidos en el seno del sistema, y no
expulsarlos. Creó la justificación para una baja remuneración del trabajo
productivo, a pesar de su primacía en la definición del derecho a una recompensa. Y lo hizo definiendo el trabajo con la remuneración más baja
como una remuneración por el trabajo de más
baja calidad. Dado que esto se hizo ex
definitio, ningún cambio en la calidad del trabajo podría nunca hacer algo
más que cambiar la forma de la acusación;
aunque la ideología proclamara la oferta de una recompensa de movilidad individual para el esfuerzo
individual. Este doble vínculo era igualmente imposible de romper.
Tanto el sexismo como el racismo fueron procesos sociales en los que la «biología» definía la posición.
Dado que la biología era, en cualquier sentido inmediato, socialmente inmutable, se trataba al parecer
de una estructura socialmente creada pero no susceptible de un desmantelamiento
social. Por supuesto, esto no era realmente así. Lo que sí es cierto es que la
estructuración del sexismo y el racismo no podía ni puede ser
desmantelada sin desmantelar todo el sistema histórico
que los creó y que se ha mantenido en aspectos críticos gracias a su
intervención.
95
Así pues, tanto en términos materiales como
psíquicos (sexismo y racismo) ha habido una depauperación absoluta. Esto
significa, por supuesto, que se ha producido un creciente «desfase» en el
consumo del excedente entre el 10-15 por 100 de la población situada en la capa
más alta de la economía-mundo capitalista y el resto. Nuestra impresión de que
esto no ha sido realmente así se ha basado en tres hechos.
En primer lugar, la ideología de la meritocracia ha
funcionado realmente, haciendo posible una considerable movilidad individual e
incluso la movilidad de grupos específicos étnicos y/o
ocupacionales de trabajadores. Sin embargo, esto ha ocurrido sin una transformación fundamental de
las estadísticas globales de la economía-mundo, dado que la movilidad de los individuos (o subgrupos)
ha estado contrarrestada por un incremento en el tamaño del estrato inferior,
ya fuera por la incorporación de nuevas poblaciones a la economía-mundo o por
unas tasas de crecimiento demográfico diferenciales.
La segunda razón por la que no hemos observado ese
creciente desfase es que nuestros análisis
históricos y sociales se han centrado en
lo que sucedía
dentro de las «clases medias», es decir, dentro
de ese 10-15 por 100 de la población de la economía-mundo que consumía más
excedente del que
producía. Dentro de este sector ha habido realmente un aplastamiento relativamente espectacular de
la curva entre la capa más alta (menos del 1 por 100 de la población total) y
los sectores o cuadros realmente «medios» (el resto del 10-15 por 100). Una
buena parte de la política «progresista» de los últimos siglos del capitalismo
histórico ha desembocado en la constante disminución de la distribución
desigual del plusvalor mundial entre el pequeño grupo que se lo reparte. Los
gritos de triunfo de este sector «medio» por la reducción de su desfase
con respecto al 1 por 100 superior han enmascarado la realidad del creciente
desfase entre ellos y el otro 85 por 100.
91
Finalmente, hay una tercera razón por la cual el
fenómeno del creciente desfase no ha ocupado un lugar central en nuestros
análisis colectivos. Es posible que en los últimos diez o veinte años, bajo la
presión de la fuerza colectiva de los movimientos antisistémicos
en el mundo y la aproximación a las asíntotas económicas, haya habido una
aminoración de la polarización absoluta, aun que no de la
relativa. Aun esto debería ser afirmado con precaución y situado en el contexto de quinientos años de
desarrollo histórico de creciente polarización absoluta.
Es esencial analizar la realidad que ha acompañado
a la ideología del progreso porque, a menos que
lo hagamos, no podremos aproximarnos inteligentemente al análisis de las transiciones de un sistema
histórico a otro. La teoría del progreso evolutivo no sólo implicaba el
supuesto de que el sistema posterior era mejor que el anterior, sino también el
de que el nuevo grupo dominante sustituía a un grupo dominante anterior. Por
consiguiente, no sólo el capitalismo era un progreso con respecto al
feudalismo, sino que este progreso se llevaba a cabo esencialmente gracias al
triunfo, el triunfo revolucionario, de la «burguesía» sobre la «aristocracia
terrateniente» (o los «elementos feudales»). Pero si el
capitalismo no era progresista, ¿cuál
es el significado del concepto de revolución burguesa?
¿Hubo una sola revolución burguesa o apareció ésta bajo múltiples disfraces?
Ya hemos argumentado que la imagen de un capitalismo histórico que surgió tras el derrocamiento de
una aristocracia atrasada por una burguesía progresista es falsa. La imagen
básica correcta es más bien la de que el capitalismo histórico fue engendrado
por una aristocracia terrateniente que se transformó en una burguesía porque el
viejo sistema se estaba desintegrando. En lugar de dejar que
la desintegración prosiguiera hasta un término incierto, esa aristocracia terrateniente emprendió una
cirugía estructural radical a fin de mantener y ampliar significativamente su
capacidad de explotar a los productores directos.
97
Sin embargo, si esta nueva imagen es correcta,
rectifica de modo radical nuestra idea de la actual transición del capitalismo
al socialismo, de una economía-mundo capitalista a un orden mundial social.
Hasta ahora, la «revolución proletaria» ha sido copiada, más o menos, de la
«revolución burguesa». De la misma forma que la burguesía derrocó a la
aristocracia, el proletariado derrocará a
la burguesía. Esta analogía ha sido la piedra angular de la acción estratégica del movimiento socialista mundial.
Si no ha habido una revolución burguesa, ¿significa
esto que no ha habido ni habrá una revolución proletaria? De ningún modo, desde
el punto de vista lógico o empírico. Pero sí significa que tenemos que
aproximarnos de un modo diferente al tema de las transiciones. En primer lugar,
hemos de distinguir entre cambio a través de la desintegración y cambio
controlado: lo que Samir Amin ha
llamado la distinción entre «decadencia» y «revolución», entre el tipo de «decadencia» que según él se
produjo con la caída de Roma (y que, según dice, se está produciendo ahora) y
ese cambio más controlado que se produjo cuando se pasó del feudalismo al
capitalismo.
Pero esto no es todo. Pues los cambios controlados (las «revoluciones» de Amin) no necesitan ser
«progresistas», como acabamos de argumentar. Por
consiguiente, debemos distinguir entre la transformación estructural que
dejaría intacta (e
incluso incrementaría) la realidad de la explotación
del trabajo y la que eliminaría este tipo de explotación o al menos lo
reduciría radicalmente. Lo que esto significa es que la cuestión política
esencial de nuestros días no es si habrá una transición del
capitalismo histórico a alguna otra cosa. Esto es tan seguro como pueden serlo estos temas. La cuestión
política esencial de nuestros días es si esta otra cosa, el resultado de la
transición, será fundamentalmente diferente, desde el punto de vista moral, de
lo que ahora tenemos, si será un progreso.
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El progreso no es inevitable. Estamos luchando por
él. Y la forma que toma la lucha no es la del
socialismo frente al capitalismo, sino la de una transición
hacia una sociedad relativamente sin clases frente a una
transición hacia algún nuevo modo de producción basado en las clases (diferente
del capitalismo histórico, pero no necesariamente mejor).
La burguesía mundial no tiene que elegir entre el
mantenimiento del capitalismo histórico y el suicidio. Tiene que elegir entre
una postura «conservadora», por una parte, que llevaría a la continuada
desintegración del sistema y su consiguiente transformación en un orden mundial
incierto, pero probablemente más igualitario, y un atrevido intento, por otra
parte, de hacerse con el control del proceso de transición, en el cual la
propia burguesía revestiría un ropaje «socialista» y trataría de crear con ello un sistema histórico alternativo que dejara intacto el proceso de explotación
de la fuerza de trabajo mundial en beneficio de una minoría.
Es a la luz de estas alternativas políticas reales
que se abren a la burguesía mundial como debemos valorar la
historia tanto del movimiento socialista mundial como
de aquellos Estados donde partidos socialistas han llegado al poder
de una u otra forma.
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Lo primero y lo más importante que hay que recordar
en una valoración de este tipo es que el
movimiento socialista mundial, y de hecho todas las
formas de movimientos antisistémicos, así como todos los Estados
revolucionarios y/o socialistas, han sido productos íntegros del capitalismo
histórico. No han sido estructuras externas al sistema histórico, sino la
excreción de unos procesos internos de ese sistema. Por consiguiente, han
reflejado todas las contradicciones y limitaciones del sistema. No podían ni pueden
hacer otra cosa.
Sus defectos, sus limitaciones, sus efectos
negativos forman parte del estado de cuentas del capitalismo histórico, no de
un hipotético sistema histórico, de un orden mundial socialista, que todavía no
existe. La intensidad de la explotación del trabajo en los Estados
revolucionarios y/o socialistas, la negación de las libertades políticas, la
persistencia del sexismo y del racismo, tienen
mucho más que ver con el hecho de que estos Estados continúan estando situados en zonas periféricas
y semiperiféricas de la economía-mundo capitalista que con las propiedades
peculiares de un nuevo
sistema social. Las pocas migajas que han existido en el capitalismo histórico para las clases
trabajadoras se han concentrado siempre en las
áreas del centro. Esto sigue siendo cierto de forma desproporcionada.
La valoración tanto de los movimientos
antisistémicos como de los regímenes en cuya creación han intervenido no puede,
pues, ser realiza da en función de las «buenas sociedades» que han creado o
dejado de crear. Sólo puede ser realizada de forma razonable preguntándose
hasta qué punto han contribuido a la lucha mundial por asegurar que la
transición del capitalismo sea hacia un orden mundial socialista igualitario.
Aquí la contabilidad es necesariamente más ambigua, a causa del funcionamiento
de los propios procesos contradictorios. Todos los impulsos positivos
llevan consigo consecuencias tanto negativas como positivas. Cada
debilitamiento del sistema en un aspecto lo refuerza en otros aspectos. ¡Pero
no necesariamente en igual grado! Aquí está toda la cuestión.
100
No hay
duda de que la mayor contribución
de los movimientos antisistémicos se ha producido en
sus fases de movilización. Al organizar la rebelión, al transformar las
conciencias, han sido fuerzas liberadoras; y las contribuciones de los
movimientos individuales se han hecho aquí mayores con el tiempo, gracias a un
mecanismo retroactivo de aprendizaje histórico.
Una vez que estos movimientos se han hecho con el
poder político en las estructuras estatales, su
comportamiento ha dejado más que desear, dado que las
presiones sobre ellos para que cambien sus tendencias antisistémicas,
tanto desde fuera como desde dentro de los movimientos, se han incrementado
geométricamente. Sin embargo, esto no ha significado un
balance totalmente negativo para este «reformismo» y este «revisionismo».
Los movimientos en el poder han sido hasta cierto punto prisioneros políticos
de su ideología y por consiguiente han estado sometidos a la presión organizada
de los productores directos dentro del Estado revolucionario y de los
movimientos antisistémicos fuera de ese Estado.
El peligro real se produce precisamente ahora,
cuando el capitalismo histórico se aproxima a su más
completo despliegue: la ulterior extensión de la mercantilización de todas las cosas, la creciente fuerza
de la familia mundial de movimientos antisistémicos, la continuada
racionalización del pensamiento
humano. Este completo despliegue acelerará el hundimiento del sistema histórico, que ha prosperado
porque su lógica hasta ahora sólo ha sido parcialmente realizada. Y
precisamente cuando se esté hundiendo, y por esa razón el subirse al carro de
las fuerzas de la transición parecerá cada vez más atractivo y por consiguiente
el resultado será cada vez menos cierto. La lucha por la libertad, la
igualdad y la fraternidad es larga, camaradas, y el escenario de la lucha estará cada vez más dentro de
la misma familia mundial de las fuerzas antisistémicas.
101
El comunismo es la Utopía, es decir, la nada. Es el
avatar de todas nuestras escatologías religiosas: la llegada del Mesías, la
segunda llegada de Cristo, el Nirvana. No es una perspectiva histórica, sino
una mitología corriente. El socialismo, por el contrario, es un sistema histórico realizable que puede un día
ser instituido en el mundo. No existe interés alguno por un «socialismo» que pretende ser un momento
«temporal» de la transición hacia la Utopía. Sólo
existe interés por un socialismo concretamente histórico, un socialismo que
reúna el mínimo de características definitorias de un sistema histórico
que maximiza la igualdad y la equidad, un socialismo que incremente el control de la humanidad sobre
su propia vida (la democracia) y libere la imaginación.
FIN

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