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Libro N° 14527. La Pantalla Sexuada. Zecchi, Barbara.


© Libro N° 14527. La Pantalla Sexuada. Zecchi, Barbara. Emancipación. Noviembre 29 de 2025

 

Título Original: © La Pantalla Sexuada. Barbara Zecchi

 

Versión Original: © La Pantalla Sexuada. Barbara Zecchi

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/la-pantalla-sexuada/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

LA PANTALLA SEXUADA

Barbara Zecchi


 

 

La Pantalla Sexuada

Barbara Zecchi

 

 

 

  

 

 

 

 

 

La pantalla sexuada se ocupa de cinco temas centrales de la teoría fílmica feminista (espacio, autoría, placer, cuerpo y violencia) con la intención de revelar cuáles son las dinámicas utilizadas en el cine para desapropiar lo femenino. El título de este volumen hace referencia a dicha desapropiación, a una trasnominación producto de varias prácticas (epistemologías, discursos institucionalizados y tecnologías de género) que obstruyen lo femenino desplazándolo a lo masculino, o que, dicho en otras palabras, universalizan lo masculino. Propósito de este libro es denunciar este fenómeno que ha invisibilizado y sigue invisibilizando la presencia femenina en el séptimo arte e historizar el cine desde un enfoque de género, «sexuándolo».

 

 

 

 

 

Barbara Zecchi

 

La Pantalla Sexuada

 

Cátedra, Feminismos - 122

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 11.10.2025

 

 

 

Barbara Zecchi, 2014

 

Diseño de cubierta: aderal

 

Ilustración de cubierta: Rachael escapes from the screen, de Mikel Monleón, 2014

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r2.1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Índice de contenido

 

 

 

 

Cubierta

 

La pantalla sexuada

 

Feminismos

 

Agradecimientos

 

Introducción

 

CAPÍTULO PRIMERO. Espacio

 

Agencialidad femenina en los espacios pioneros

 

El espacio espectatorial: de la heterotopía al no-lugar

 

Heterotopía

 

No-lugar

 

La mujer en la diégesis

 

El campo

 

El fuera de campo

 

CAPÍTULO 2. Autoría

 

La mujer en la «politique des auteurs»

 

Dos generaciones de autoras pioneras

 

Autoría femenina en la Transición

 

Nuevas autoras

 

CAPÍTULO 3. Placer

 

De lo óptico a lo háptico

 

El placer del movimiento: Rosario Pi Brujas

 

El placer verbal: Josefina Molina

 

El placer visual: Judith Colell

 

El placer de la risa: Marta Balletbò-Coll[124]

 

El placer aural-oral: Isabel Coixet

 

CAPÍTULO 4. Cuerpo

 

El cuerpo erótico

 

Inversiones

 

Imitaciones

 

Subversiones

 

El cuerpo embarazado

 

Glorificar el embarazo[153]

 

Exorcizar el embarazo

 

La envidia del útero

 

El cuerpo invisible

 

El cuerpo maduro

 

El cuerpo enfermo

 

CAPÍTULO 5. Violencia

 

Violencia y representación

 

La representación de la violencia[182]

 

Exhibir la violencia

 

Naturalizar la violencia

 

Travestir la violencia

 

Omitir la violencia

 

La violencia de la representación

 

Bibliografía

 

Filmografía

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Feminismos

 

 

 

Consejo asesor:

 

Paloma Alcalá: Profesora de enseñanza media

 

Montserrat Cabré: Universidad de Cantabria

 

Cecilia Castaño: Universidad Complutense de Madrid

 

Giulia Colaizzi: Universitat de València

 

Mª. Ángeles Durán: CSIC

 

Isabel Martínez Benlloch: Universitat de València

 

Mary Nash: Universidad Central de Barcelona

 

Verena Stolcke: Universidad Autónoma de Barcelona

 

Amelia Varcárcel: UNED

 

Dirección y coordinación: Isabel Morant Deusa: Universitat de València

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A Giorgia, la mia meravigliosa sorella

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Agradecimientos

 

 

 

Cuando algunos pensaban que el feminismo era un movimiento obsoleto[1] y que habíamos alcanzado la paridad entre los géneros —por lo menos sobre el papel[2]—, las mujeres tuvimos que volver a manifestarnos por las calles de España para reclamar lo que se consideraba ya un derecho básico: poder decidir sobre nuestro cuerpo. Este derecho se encuentra nuevamente bajo amenaza por un ataque frontal contra las mujeres, perpetrado por el machismo imperante y por las instituciones que lo apoyan.

 

Quiero por lo tanto empezar estas páginas de agradecimiento haciendo constar aquí mi admiración hacia aquellas mujeres anónimas que, mientras estoy escribiendo estas líneas, desafían al Congreso y a la Iglesia enseñando sus pechos desnudos (demostrando que la lucha feminista es todavía necesaria); y hacia las 60 cineastas que en unas horas se organizaron para hacer un documental que ilustrara el impresionante despliegue de protestas contra la reforma de la ley del aborto liderada por Alberto Ruiz-Gallardón (demostrando que la imagen puede ser un arma poderosa). Asimismo, quiero seguir expresando mi admiración hacia los creadores y las creadoras de aquellas mujeres de ficción, raras excepciones en Hollywood o en España, que se rebelaron contra la opresión patriarcal y que, como en la imagen de la portada de este volumen, trataron de salir de los estereotipos de la pantalla: Rosemary de Roman Polanski, Alice de Martin Scorsese, Thelma y Louise de Ridley Scott, Eva de Sally Potter; o las que protagonizan ese volumen: Soleá de Rosario Pi Brujas, la Gata de Margarita Alexandre, Margarita y Ana de Cecilia Bartolomé, Andrea, Julia y Carmen de Pilar Miró, Paloma de Patricia Ferreira, Pilar de Icíar Bollaín, Hannah de Isabel Coixet, Sofía y Carmen de Inés París, etc. No todas sobrevivieron al intento.

 

Este libro constituye un intento más. A lo largo del camino que me ha llevado a escribir estas páginas, he sido acompañada por muchas personas con las que tengo una gran deuda. Mis profesoras y mentoras que me

 

 

 

 

 

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iniciaron en los estudios de género: Susan Kirkpatrick en UCSD, y Lucia Re y Marga Cottino-Jones en la UCLA. Mis alumnos de la Johns Hopkins que asistieron a mi primera clase sobre cineastas españolas, cuyas fichas han formado el embrión de este estudio: Jordi Minguell, Raquel Anido, Alicia García y Diana Clintoc. A ellos se suman mis doctorandas de la Universidad de Massachusetts: Marta del Pozo, Eva París-Huesca, Lola Juan Moreno, Christina Beaubien, Maribel Rams e Irene Melé Ballesteros. Les debo unos análisis brillantes de las películas que estudio en este volumen y unas acertadas reflexiones sobre los parámetros teóricos que los sustentan.

 

También me siento endeudada con José Madiedo, que me ha abierto las puertas a los estudios de las Digital Humanities y que ha montado el portal que forma el contrapunto digital y la base de datos de este libro, y con las y los que me están ayudando a mantenerlo y actualizarlo: de nuevo tengo que dar las gracias a mis doctorandas Irene, Eva, Maribel y Christina, a las cuales se han sumado Daniel Pope, como traductor, y la primera estudiante subgraduada que ha colaborado como research assistant, Paige Vichich: http://digitalhumanities.umass.edu/gynocine/.

Quiero dar las gracias también a los bibliotecarios de UMass, Peter Stern, Gabriel Stetson y Marilyn Billings, cuya eficiencia en sus respectivas áreas ha simplificado mi vida, tanto en la investigación como en la preparación del material para mis clases. Lo mismo tengo que decir de Margarita Lobo y Trinidad del Río de la Filmoteca Española de Madrid, que hicieron de mis largas horas en las cabinas de visionado una experiencia completamente positiva. Muchas gracias a mis compañeras de CIMA, en particular a Inés París y a Alicia Luna, que me animaron al diálogo entre teoría fílmica y práctica cinematográfica.

 

Una nota de agradecimiento a mis fantásticos compañeros/as de profesión —entre mis mejores amigos y amigas— con los cuales es un enorme placer colaborar y reencontrarnos de conferencia en conferencia: Giulia Colaizzi, Raquel Medina, Tatjana Pavlovic, Jorge Pérez, Isolina Ballesteros, Fran Zurián, Uta Felten, Reyes Lázaro, Domingo Sánchez Mesa, Samuel Amago, Meri Torras, Enric Bou, Núria Triana Toribio, Marta Segarra, Santiago Fouz-Hernández, Anthony Geist, María Jesús Fariña, Linda Gould Levine, Júlia Llompart, Jesús Torrecilla y Margarita Pillado. Y a los amigos que tengo más cerca: Helen Freear-Papio, Michael Papio, Albert Lloret, Regina Galasso, José Ornelas, Gloria Bernabe y Luis

 

 

 

 

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Marentes. Su constante disponibilidad y generosidad hacen que me sienta muy afortunada de pertenecer a este gremio.

 

Y un agradecimiento particular al Consejo asesor de la colección Feminismos de Cátedra, por haber creído en este trabajo, y en particular a Giulia Colaizzi, Isabel Morant y Raúl García por su profesionalidad en las diferentes fases de producción. A Antonio Illescas por sus correcciones y a Plácido Romero e Inmaculada Parra por las numerosas gestiones. A Josefa Díaz, María Dolores Díaz y Manuel Romero por compartir unos recuerdos que me han abierto los ojos sobre la necesidad de historizar mi estudio.

 

Muchas gracias a los colegas del Program of Spanish and Portuguese, con los cuales comparto un proyecto; y a los colegas de Program in Film Studies, con quienes comparto una pasión; a mi Chair, Bill Moebius, por su apoyo incondicional; a Leslie Hiller y a Leah Dodson, por su eficiencia; y a la Universidad de Massachusetts por las numerosas becas para la investigación (los Enhanced Sabbatical Funds y las dos Healey Endowment Grants) que me han permitido llevar a cabo el trabajo preliminar del presente estudio.

Quiero terminar dando gracias a mi gran familia posmoderna: a Antonio, mi compañero de aventuras, y a José, Esther, Nieves, Sam y Alex de Massachusetts; a Mikel y Sergio de California; a Santiago, Olga, Rebeca, David, Andrea, Claudia, Alma y San de Granada; a Maurizio, Sandra y mi madre Anna, de Venecia. Un agradecimiento muy especial va a mi hijo Mikel Monleón, al cual le debo de nuevo una portada fascinante, y a Rachael Garcia, que se prestó a salir retratada en ella. Y otro para Andrea, Claudia y Alma Illescas por algunas de las fotos incluidas en este libro.

Dedico este volumen a mi hermana Giorgia, mi gran cómplice y amiga, mi gran memoria.

 

 

 

 

Introducción

 

 

 

 

El mito de la caverna de Platón, por su énfasis en lo visual (Hannah Arendt dixit), ha ejercido una evidente fascinación para los estudiosos del cine. Entre las numerosas interpretaciones, algunas (Jean-Louis Baudry, 1975, y Giuliana Bruno, 1993, entre otras) leen el imaginario de Platón como una ontología de la imagen en movimiento, una extraordinaria visión ante litteram del concepto de cinematografía. La caverna oscura correspondería a la sala de cine; los prisioneros sin movilidad y mirando siempre en la misma dirección serían los espectadores; las sombras proyectadas en el fondo de la caverna anticiparían la representación audiovisual; lo ilusorio de estas imágenes y sonidos haría referencia a la capacidad de persuasión (y engaño) de la imagen fílmica; y finalmente, el placer de quedar dentro de la cueva mirando las sombras —frente al dolor y al fastidio de ser forzado a salir al exterior para conocer lo real— equivaldría al placer escopofílico del público en el cine, y a su regresión a lo preedípico.

 

Este mito ha sido leído también desde una epistemología feminista. Para la filósofa italiana Luisa Muraro y el grupo Diotima, la operación de salir de la caverna es metáfora de un segundo nacimiento, un «ver la luz» que Platón concibe como un desplazamiento de un orden simbólico intrínsecamente injusto y engañoso, a otro justo y verdadero: una operación, en suma, que delataría una rivalidad de la filosofía, cómplice del patriarcado, con la potencia materna. La mujer queda desnuda y reducida a naturaleza opaca, mientras que la «verdadera» filosofía, y con ella la totalidad de la producción cultural, por defecto masculina, aparecen marcadas por una voluntad mimética de la experiencia femenina de parir —de crear (Muraro, 1991)[3].

 

La historia del cine también ha sufrido esta operación de desplazamiento, este acto de desapropiación de lo femenino que ha sido identificado y denunciado a partir de los años 70 por los primeros estudios ginocríticos de rescate de textos fílmicos (Marjorie Rosen, 1973; Sharon Smith, 1975; etc.). El título de este volumen, La pantalla sexuada, hace

 

 

 

 

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referencia a dicha situación, que más que una metáfora correspondería a una metonimia, a una trasnominación producto de varias prácticas (discursos institucionalizados, epistemologías y tecnologías sociales y de género, diría Teresa de Lauretis) que obliteran lo femenino desplazándolo a lo masculino, o que, en otras palabras, universalizan lo masculino. Como apunta Adriana Cavarero, el pensamiento filosófico occidental se fundamenta en una paradoja, la de asumir «un monstruo irrepresentable, el macho-neutro», en su base epistemológica (1991: 46). De ahí que el hombre sea lo universal, y la mujer lo particular; el hombre el uno y la mujer el otro: «el “hombre” sexuado como masculino se encuentra delante del hombre sexuado como femenino, y así, a partir de sí mismo, lo llama “otro”» (Cavarero, 1991: 44). Sin embargo, según lo que Cavarero llama un pensamiento «sexuado», el hombre es tan depositario del «género» y del «sexo» como la mujer[4]. Al indicar la parcialidad sexuada del hombre —y, por supuesto, de la mujer— pretendo, en primer lugar, denunciar este desplazamiento que ha invisibilizado y sigue invisibilizando la presencia femenina en el séptimo arte y, en segundo lugar, historizar el cine desde un enfoque de género, «sexuándolo[5]».

 

En las páginas de este volumen, utilizando la sofisticada mise-en-scène de Platón como el «hilo rojo» de mi argumento, analizo cinco temas centrales de la teoría fílmica feminista: espacio, autoría, placer, cuerpo y violencia. En un intento de buscar alternativas fuera del imaginario patriarcal, me centro principalmente en el corpus cinematográfico español dirigido por mujeres, un corpus que he sugerido llamar en otro lugar «ginocine» (gynocine) para encontrar una solución a lo que Ruby Rich (1978) ha llamado «la crisis de nombrar[6]». El propósito de La pantalla sexuada es revelar cuáles son las dinámicas que se han usado en el cine para desapropiar lo femenino y estudiar el paulatino proceso de reapropiación, por parte de las mujeres, de un espacio, una mirada y una agencia.

 

En el capítulo primero identifico —y marco sexualmente— diferentes tipos de espacios cinematográficos simbólicos y literales. Alejándome de las teorías de base lacaniana que estudian a la espectadora de forma ahistórica y heteronormativa, empiezo por el lugar concreto donde se sitúa el público: la sala donde se proyecta la película. Se trata de un espacio en proceso de transformación, que evoluciona desde una heterotopía (el espacio «otro» foucaultiano de los primeros cinematógrafos donde las mujeres podían huir de las cadenas patriarcales con la imaginación), al lugar de acoso de las salas semidesiertas en los años 70 y 80, y finalmente al ciberespacio de las descargas piratas o de Netflix, un sitio de transitoriedad y movimiento aparentemente asexuado y anónimo (un no-lugar según la definición de Marc Augé). Otros espacios examinados son, por un lado, el de la producción cinematográfica —que se materializa simbólicamente detrás de la cámara y que se caracteriza por su limitada presencia de mujeres— y, por el otro, el de la diégesis, el lugar por antonomasia del estereotipo femenino —donde las mujeres abundan, aunque para reafirmar y consolidar los papeles de género tradicionales. Y finalmente, siguiendo a Teresa de Lauretis, estudio el lugar de resistencia y de deconstrucción de esos mismos estereotipos: el fuera de campo (off-screen), el lugar simbólico de la representación de las mujeres como sujetos históricos.

 

Con el segundo capítulo me aproximo al concepto de autoría y a las diferentes posturas del feminismo frente a su teorización. Para algunas hay que restar importancia a la figura del director-auteur (por defecto masculina), para reconocer que el dispositivo fílmico es el producto de un equipo, y no de una sola mente, resaltando así una presencia femenina en áreas diferentes a la dirección. Para otras, en cambio, es importante mantener que el autor es el director de la película —o su directora— y rescatar de esta forma las figuras de unas primeras autoras que se dedicaban a la realización en los orígenes del cine. Además, en este capítulo trazo a grandes rasgos las características de las diferentes generaciones de cineastas en España, desde las pioneras a la actualidad; cómo abordan y deconstruyen la representación estereotípica de la mujer; cómo reelaboran los géneros cinematográficos del discurso fílmico hegemónico; cómo emplean un discurso femenino y/o feminista, y forjan un sello —una subjetividad autorial— marcado por el género.

 

En el tercer capítulo me ocupo del concepto de placer, en sus ramificaciones más amplias: empiezo por el placer visual, aproximándome al debate alrededor del texto seminal de Laura Mulvey para indicar su evolución desde una concepción sólidamente binaria que sexuaba al espectador como hombre, a una teorización de la espectadora como sujeto de la escopofilia. ¿Se han alcanzado —cuatro décadas después de «Visual Pleasure» (1975)— alternativas al discurso patriarcal dominante, o según las palabras de Ruby Rich (1998) alternativas al cine de los padres y al

 

 

 

 

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cine de los hijos[7]?. ¿Hay ahora —hubo alguna vez en el pasado— propuestas de desafío entre las cineastas españolas? A continuación me aproximo a unas estrategias del cine de autoría femenina que prescinden del placer visual. Se trata de unos intentos de encontrar formas alternativas a la escopofilia: imágenes que se recrean con el placer del movimiento, que reproducen el placer del desahogo verbal, de la risa y, finalmente, que proponen una sinestesia que supera la simple dicotomía del ver y el ser visto del cine tradicional. Podríamos hablar de ejemplos de cine centrífugo por tratarse de expulsiones y desahogos hacia fuera: cinéticos, verbales, lúdicos, táctiles, aurales y orales.

El objeto tradicional de la escopofilia —el cuerpo femenino— ocupa el cuarto capítulo de La pantalla sexuada. La representación de la mujer en el cine comercial consiste en una tautología (Doane, 1986), puesto que no hay necesidad alguna de que la mirada espectatorial penetre su superficie, buscando su interioridad: la mujer queda reducida a cuerpo, y su «significado» se limita a su mismo significante, su apariencia física. En cambio, numerosas cineastas se aproximan a la corporeidad femenina —al erotismo de la mujer, al embarazo, a la vejez, a la enfermedad, a la imperfección física, etc.—, bien visibilizando lo que el discurso fílmico hegemónico tiende a esconder, o bien, en un movimiento opuesto que traiciona las expectativas creadas por las premisas del discurso fílmico, ocultando el cuerpo y haciéndolo invisible. Si para la mirada cinematográfica tradicional el significado de la mujer es su significante, en los largometrajes dirigidos por las mujeres el significado deriva precisamente de la ausencia de significado del significante.

 

Finalmente, en el quinto capítulo, estudio la relación entre violencia y representación (la representación cinematográfica de la violencia y, a la vez, la violencia de la representación cinematográfica) centrándome en cómo la violencia aparece en los relatos fílmicos: en la inscripción explícita y gráfica de la brutalidad contra la mujer; en la invisibilización del acto violento por medio de una naturalización que lo disfraza de erotismo o lo esconde tras el humor; en la desexuación de la violencia por medio de una inversión de los papeles que posicionan tradicionalmente a la mujer como objeto del acto violento y al hombre como su agente; y, por último, en la elisión de la representación de la violencia, que a menudo logra una denuncia más poderosa del acto brutal que su inclusión misma.

 

 

Desde ángulos diferentes, los cinco capítulos de La pantalla sexuada, por un lado, denuncian, lo que he definido anteriormente como la operación de desapropiación de lo femenino y, por el otro, estudian cómo las mujeres intentan recuperar un espacio autorial por medio de un discurso y de unas prácticas que cuestionan la mirada hegemónica, que ofrecen alternativas al voyeurismo, que rescatan la representación del cuerpo femenino extrañado y que revelan la naturalización de la violencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO PRIMERO

 

 

Espacio

 

 

 

 

Uno de los primeros cinematógrafos de Barcelona —la Sala Mercè, diseñada por Antoni Gaudí[8]— se concibió como un espacio de formas femeninas. Por las imágenes que nos quedan de este local, por los artículos de la época que lo describen, y gracias a la reciente obra de reproducción del arquitecto Antoni González Moreno-Navarro, se puede estimar que sus paredes curvilíneas, de una textura granulosa y ondulada, color carne, reproducían un receptáculo uterino; la cabina de proyección sobresalía como una protuberancia redondeada, pintada de blanco, a modo de voluminosa barriga embarazada, cubierta por unas enaguas y sujeta por dos columnas rosadas como piernas desnudas; y los orificios para el proyector se abrían semejando ombligos en el centro del vientre. Más abajo, entre las piernas, se situaba el escudo mercedario, un cinturón de castidad, sello de garantía de la calidad moral de las proyecciones[9]. La Sala Mercè presentaría un caso extremo de asociación del espacio cinematográfico con lo femenino, una sexuación que constituirá uno de los ejes centrales de este capítulo.

 

La asignación de géneros en el séptimo arte, que establece un sistema binario según el cual la subjetividad de la mirada pertenecería al hombre, mientras que la mujer y lo femenino se construirían como objeto receptor, afecta también al espacio. Desde sus orígenes, el imaginario masculino auterista ha relacionado la sala cinematográfica, y metonímicamente el cine, con lo maternal, como han puesto en evidencia estudios recientes, entre ellos Cinematernity de Lucy Fischer (1996), La scena madre de Giovanna Grignaffini (2002) o Cinematergrafía de María José Gámez Fuentes (2004). Roberto Rossellini (1992), por ejemplo, reitera en sus entrevistas las metáforas de «cinema-útero», o de «útero-proyector[10]». Martin Scorsese recuerda que, de niño, se sentía cobijado «en el vientre de una sala de cine» (New York Magazine, 4 de marzo de 1996). Desde la

 

 

 

 

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teoría, Jean-Louis Baudry (1975), recurriendo a Lacan, postula que la pantalla haría recordar al espectador (hombre por defecto) el pecho materno, sobre el cual, de bebé, se dormía tras ser amamantado. Kaja Silverman, por su parte, define el cine como un «espejo acústico» (acoustic mirror), un envoltorio sonoro que (manteniendo la propuesta de Guy Rosolato) envuelve al bebé como el líquido amniótico en el vientre materno. Hasta Platón, en su prefiguración de la ilusión cinematográfica, concibe la salida de la caverna como una «salida a la luz», un nacimiento. No tiene que asombrar, pues, que una de las primeras salas de la historia del cine, como la de Gaudí en Barcelona, se hubiera configurado por medio de un imaginario antropomórfico femenino (o mejor dicho «ginomórfico» y «matriforme»).

 

En este capítulo me planteo estudiar el cine como un espacio (en un sentido eminentemente abstracto) formado por diferentes lugares sexuados concretos, siguiendo a Marc Augé en su distinción entre espacio y lugar[11]. A las cuatro definiciones de mujer indicadas por Barbara Creed (1989) que operan en el aparato fílmico —la espectadora (the spectator), el personaje femenino en la diégesis (the diegetic), la mujer construida por el imaginario patriarcal (the imaginary) y la mujer teorizada por el feminismo (the theorized), a las cuales yo añadiría una quinta, la mujer que hace cine (the filmmaker)—, propongo asociar otros tantos espacios femeninos, delante, detrás y dentro de la pantalla. Se podrán configurar así diferentes geografías femeninas: el lugar físico concreto de la sala de cine, ocupado por el público en sus butacas; los espacios de la pantalla habitados por diferentes modelos femeninos (la mujer como construcción patriarcal por un lado y su deconstrucción por el otro); el off-screen, o fuera de campo, el espacio simbólico de la mujer en la teoría feminista (De Lauretis, 1984); y finalmente el espacio detrás de la cámara, formado por las mujeres que trabajan en la práctica cinematográfica.

 

En las siguientes páginas pretendo sexuar y a la vez historizar dichos paisajes fílmicos. Primero, la sala de cine: un lugar concreto que en sus orígenes contó con una relevante gestión femenina. Segundo, el espacio espectatorial, que ha ido transformándose desde heterotopía (el espacio «otro», según Foucault), a lugar de amenaza para las mujeres, y finalmente a no-lugar (un espacio de transitoriedad y movimiento, según Augé). Tercero, el espacio de la diégesis: esta se ha ido modificando y enriqueciendo progresivamente con la representación del hombre, pero ha

 

 

 

 

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mantenido a la mujer, por lo general, como icono sin profundidad, como significante sin significado. La mujer con significado quedaría así en un fuera de campo simbólico (De Lauretis, 1987), una especie de «zona salvaje» (wild zone) (Showalter, 1981), o «tierra de nadie» (no man’s land) (Gilbert y Gubar, 1988): el lugar de la representación de las mujeres como sujetos históricos. De ahí que el off-screen sea una atopía reproducida por el imaginario de ciertos textos fílmicos como lugar de deconstrucción del statu —y loco— quo patriarcales. Y por último, en este capítulo y en el siguiente me ocuparé del espacio de la creación: el locus simbólico detrás de la cámara que se ha ido haciendo cada vez más competitivo y ajeno a la mujer y que solo en las últimas décadas ha experimentado un paulatino aumento de la presencia femenina.

 

 

Agencialidad femenina en los espacios pioneros

 

En los estudios sobre la construcción de las primeras salas de exhibición cinematográfica y sobre las primeras programaciones[12] aparece el nombre de varias empresarias, lo que acredita la existencia de una intervención femenina en la gestación y en el desarrollo de estos lugares concretos. Dicha presencia es particularmente interesante para los estudios de género en el cine. A menudo, en los albores del séptimo arte, el empresario exhibidor (o la empresaria exhibidora en este caso) era también proyeccionista y/u operador/a, puesto que las mismas cámaras que se utilizaban para proyectar servían también para filmar. De ahí que sea plausible pensar que en las salas pioneras trabajaban efectivamente las primeras directoras del cine español, a pesar de que su identidad quedaba oculta por la de familiares del otro sexo, como ocurrió con Anaïs Napoleon, cuya existencia se borró tras la de su marido e hijos[13].

 

También se podría especular con que hubiera habido una participación femenina incluso antes, en las barracas en las que algunas familias recorrían España para enseñar las primeras imágenes en movimiento. Los Belio, por ejemplo, antes de instalarse definitivamente en Barcelona en 1892 y crear dos Beliografs, tenían un barracón de figuras de cera, actividad en la cual alcanzaron «una cierta fama y con la que habían recorrido gran parte de la Península […]. Para la familia, era una auténtica vida de nómadas», como comenta Josep del Castillo i López (2003).

 

 

 

 

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Después de recorrer distintos sitios de Barcelona, el barracón se instaló en la Porta de la Pau, y más tarde fue destruido por un incendio[14]. Los Napoleon acudieron en ayuda de los Belio, alquilándoles otro local, el Cinematógrafo Colón, y prestándoles una cámara Lumière. El primer Beliograf se abrió en la Rambla del Centro en 1903, y el segundo en el Paseo de Gràcia en 1906. Luego, por disputas familiares, la sociedad de los Belio se disolvió. Dado este escenario, cabría preguntarse qué papel tuvieron las mujeres de la familia —la madre, Victoria Gracia Gracia, y la hija, Dolores Belio Gracia— en la actividad de los llamados «Hermanos Belio». Jordi Torras i Comamala (2002) comenta, por ejemplo, que entrevistó a María Pilar Schuppisser, descendiente directa de los Belio y vio las fotos de los «hermanos»: «Eran tres: Mariano, Manuel y Dolores

 

  Dolores tocaba el arpa, el piano y el acordeón […]. Dolores, además, era la responsable de diseñar y confeccionar los vestidos de las figuras de cera que se exhibían en la galería de la Porta de la Pau» (195).

Una pregunta análoga se tendría que hacer en el caso de Carmen Pisano. En un documento del Archivo Municipal de Bilbao estudiado por Letamendi y Seguin (1998) durante las fiestas de Bilbao de 1898 se registra la presencia de una barraca de 27 metros, propiedad de Carmen Pisano, dueña de una cámara Lumière. No muy lejos, Enrique Farrús —el legendario Farrusini— tenía su propia barraca de dimensiones más reducidas.

Juan Antonio Cabero, en su seminal Historia cinematográfica española (1949), cita a todos los participantes en las fiestas de Bilbao de

1898, excepto a Carmen Pisano[15]. Esta ausencia es sintomática de la actitud patriarcal del autor del estudio (o de sus fuentes), puesto que Pisano competía con los demás empresarios al tener su propia cámara Lumière y una caseta, que además ofrecía una cabida mayor que la de Farrús. A pesar del silencio de Cabero, todo indica que esta pionera empezó su carrera primero como rival, y luego como socia del que iba a ser su marido, el Farrusini.

 

Enrique Farrús era el creador del espectáculo de la metempsicosis, o el Metempsitógrafo, una variante más de las muchas atracciones con imágenes animadas que durante las últimas dos décadas del siglo XIX entretuvieron a los españoles por toda la península (Pérez Perucha, 1995). Año tras año, la exhibición se repetía y la barraca necesitaba ampliar su espacio. Para su estreno en las fiestas bilbaínas de 1889, el

 

 

 

 

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metempsitógrafo se presentó en una caseta de 20 × 6 metros. Ya para 1893 la caseta había aumentado a 24 × 6 metros, y dos años más tarde, en 1895, a 28 × 7 metros. Un cartel anunciador de la exhibición de 1893 en Barcelona[16], en la Rambla de San Juan de Tarragona, describía el espectáculo como «el más científico y de más asombro».

 

En noviembre de 1898, Farrús instaló en el Paralelo de Barcelona, en sociedad con Estanislao Bravo, un pionero madrileño, el Nuevo Metensmograf (Cabero, 1949), llamado también Cinematógrafo Farrusini, una versión mejorada de la barraca que hasta ese momento se había caracterizado por su condición itinerante (González López, 2005). En La Vanguardia se anuncian sus espectáculos entre 1898 y 1899 (25 de marzo y 19 de diciembre de 1898; 24 de enero, 9 de marzo, 10 de marzo, 15 de marzo, 22 de marzo y 23 de marzo de 1899). Cabe preguntarse si Bravo era el único socio de Farrús, o si Carmen Pisano sería otra socia en la programación y gestión de este espacio estable, invisibilizada por su estatus de «esposa de».

 

A pesar de que hasta la fecha no se han encontrado más referencias sobre Carmen Pisano, me parece un hecho significativo que el museo de figuras de cera de Farrusini donde se representaban escenas sociales, como por ejemplo «los últimos momentos de Santiago Salvador en Montjuich»,

 

se llamara «el gabinete de la señora Farrús» (http://alacantobrer.wordpress.com/2010/03/23/07_el-cine-del-pueblo/). También cabría contemplar la posibilidad de que aquella mujer constantemente sentada en la taquilla del Metensmograf, descrita por unas crónicas como «una señora que iba toda enjoyada y llevaba un sombrero

muy grande en la cabeza» (http://recordsdeterrassa.wordpress.com/category/fotografies-actuals/page/2/), una especie de icono del Metensmograf, fuera ella.

En 1907, Farrús (y probablemente Pisano) dejaron Barcelona para instalarse definitivamente en Zaragoza, sustituyendo la barraca por un edificio, el Teatro-Cine Farrusini. ¿Qué papel habría tenido la esposa de Farrusini en este mítico lugar, donde Buñuel tuvo su bautismo con las imágenes en movimiento? Es de suponer que Carmen Pisano, por su experiencia, continuaría trabajando con el marido, hasta que la pareja se retiró a Barcelona[17]. El 3 de junio de 1912 La Vanguardia anuncia el cierre del Teatro Farrusini de Zaragoza. Una esquela en el mismo diario anuncia la muerte de Carmen Pisano en Barcelona, en octubre de 1929, y

 

 

 

 

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otra, la de Enrique Farrús, en diciembre del mismo año. Por una ironía del destino, los funerales de Carmen Pisano se celebraron en la Iglesia parroquial de Santa Mónica de Barcelona, no muy lejos de donde otra mujer, Anaïs Napoleon, con su familia, había establecido el primer Cinematógrafo Lumière de Barcelona.

 

En mayo de 1896[18], en la Rambla de Santa Mónica se inauguró la Sala Napoleon, gestionada por la fotógrafa Anaïs Tiffón, por su marido Antonio Fernández (llamado Fernando) y por Emilio, el primogénito de los dos. «Napoleon» era una especie de nombre comercial, tomado del padre de Anaïs, que había regentado un exitoso taller de barbero y callista, con el nombre de «Napoleon, artista pedicuro». Anaïs y Antonio habían empezado su colaboración profesional en los años 50, en la misma calle, al lado del taller de Napoleon, con el estudio fotográfico «M. Fernando» que en los 60 pasó a llamarse «Anaïs i Fernando». Finalmente, cuando en 1867 su hijo Emilio, de 16 años, se unió al negocio de los padres, empezó a emplearse la denominación «A. y E. Dits Napoleon». La «E.» era evidentemente la inicial de Emilio, mientras que la «A.» aludía tanto a Anaïs como a Antonio.

 

El hecho de que Antonio asumiera el apellido «artístico» de su suegro y el apodo Fernando dio lugar a la confusión de que se tratara de dos hermanos, los llamados «Hermanos Napoleon», confusión que sigue persistiendo hasta en los trabajos más recientes[19]. Un documentado artículo de María de los Santos García Felguera (2005-2006) sobre la familia Napoleon aclara la confusión y le devuelve a Anaïs el protagonismo tanto en la actividad fotográfica como en la cinematográfica. Cuando en 1882 Antonio, Anaïs y su hijo Emilio constituyen una «sociedad colectiva», queda claro por los documentos que los tres querían continuar dándose a conocer «al público con la denominación A. y E. Dits Napoleon». Estos documentos puntualizaban que Anaïs tenía el mismo nivel de participación en la sociedad que sus otros dos familiares:

 

la dirección y administración de la sociedad [corría] indistintamente a cargo de los tres socios Don Antonio, Don Emilio Fernández y Doña Ana Tiffón […]. Los tres establecen la sociedad por diez años, prorrogables […], destinan como salario «la cantidad de treinta duros mensuales para cada uno», abren «una cuenta corriente para cada socio», y en diciembre reparten «el beneficio líquido entre los tres socios por iguales partes» (García Felguera, 2005-2006: 317)[20].

 

 

 

 

 

 

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1. Edificio de los Napoleon (foto de Alma Illescas).

 

En 1891, los Napoleon decidieron derribar su viejo edificio para construir uno nuevo, lujosísimo [Imagen 1]. Según García Felguera, la elección del arquitecto Francisco Rogent, hijo del famoso Elías, era prueba del «gusto moderno de los Napoleon y [de] sus posibilidades económicas» (319). La tercera planta del edificio se destinaba para las viviendas familiares; la segunda y la primera para dos grandes galerías de retratos y para el estudio fotográfico con un taller de pintura; en los bajos había un jardín, un patio, una cochera y mucho espacio libre que se alquilaba a comercios; y el semisótano llegará a ser la concurridísima Sala Napoleon: aquí, el 10 de diciembre de 1896, con la presencia de los hermanos Lumière (según algunas crónicas) tuvo lugar la primera proyección cinematográfica en Barcelona:

 

la fama que los «Napoleon» disfrutaban en toda España explicaría la elección por parte de los Lumière para que fueran sus representantes comerciales en Barcelona

  Los «Napoleon» no solo consiguieron hacer de la presentación todo un acontecimiento social sino que se anticiparon a su tiempo en cuanto al «marqueting» cinematográfico distribuyendo estratégicamente por toda Barcelona unos sobres amarillos con la siguiente impresión: «La fotografía animada por el Cinematógrafo de los Sres. Augusto y Luis Lumière». En su interior había una cartulina de color amarillo con un agujero de la medida de un

 

 

 

 

 

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fotograma de 35 mm con una muestra de las fotografías formando una cinta

 

cinematográfica que se podía ver por transparencia (http://xtec.net/~xripoll/Gelabert.htm).

 

La Sala Napoleon tenía una serie de características propias —como la calidad del local, su programación, el alto coste de las entradas y el tipo de público que atraía— que la distinguían de los otros primeros cinematógrafos de Barcelona. Joaquim Maria de Nadal, en Cromos de la vida vuitcentista (1946), la describe como un lugar relativamente pequeño (como mucho cabían unas trescientas sillas en la platea y cincuenta en la tribuna), adonde se llegaba pasando por un jardincito y por una sala llena de fotografías. El techo era tan bajo, cuenta el cronista no sin cierta ironía, que a veces en la pantalla se veían proyectadas las plumas de los sombreros de las señoras, como sombras chinescas. Aun así, como indica Josetxo Cerdán, al ser un lugar habilitado en los bajos de un edificio, la Sala Napoleon no era «un incómodo barracón de madera y tela; como tal se trataba de un cine estable, característica esta que […] le obligaba a variar los programas con bastante asiduidad para mantener la capacidad de convocatoria entre su público» (1998: 52).

 

La programación de la Sala Napoleon sugiere una mano «femenina» (es decir: desgrana unas características que la sociedad patriarcal, en la división de los papeles de género, ha atribuido a la mujer). Contaba con sesiones infantiles, «los jueves de moda para niños» (Cerdán, 1998: 57); a diferencia de la programación de otras salas, aquí, «curiosamente, el género de las guerras coloniales y la guerra hispano-americana apenas tuvo incidencia» (Cerdán, 1998: 53). Es más —según Jordi Torrás i Comamala (2002)—, la misma Anaïs Napoleon programaba, con un permiso especial de Roma, una serie de películas religiosas, llamadas «películas vaticanas». Según parece, la propia Anaïs se encargaba de visionar todo lo que se iba a proyectar en su cine y eventualmente editaba las escenas de contenido «ofensivo», como relata Torrás i Comamala (2002: 221). En ciertas sesiones se recaudaban donativos para beneficencia: para la Cruz Roja, para «el Asilo Amparo de Santa Lucía, para ciegos pobres y para caridad particular» (La Vanguardia, 28 de abril de 1909).

 

A diferencia del público de Ferrusini y de Pisano, los Napoleon se dirigían a unos espectadores selectos, «entre la aristocracia y alta burguesía barcelonesa» (Cerdán, 1998: 52). Según un artículo de La

 

 

 

 

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Vanguardia, los Napoleon llegaron a enviar algunas de sus filmaciones a la madre del rey Alfonso XIII, como indica el reportaje titulado «El Rey en Cataluña»:

 

hay que reconocer que la casa Napoleon ha ganado el recort [sic] de la información cinematográfica, pues desde que el Rey llegó a Barcelona ha ido proyectando diariamente las películas impresionadas el mismo día […]. Desde que comenzó la casa Napoleon a exhibir estas notables películas de información del viaje regio, sus salones están siempre rebosando público, que no solo las celebra como se merecen, sino que aplaude con entusiasmo cuando la simpática figura del Rey aparece reproducida. El acreditado fotógrafo señor Napoleon ha tenido la oportuna delicadeza de enviar a Su Majestad la Reina las citadas películas cinematográficas, sacadas estos días con motivo de la llegada de Don Alfonso XIII a esta capital, de modo que la augusta señora desde su palacio habrá podido ver, con todo lujo de detalles, los actos a que ha asistido el Rey su hijo. Sabemos que Doña María Cristina ha agradecido mucho al señor Napoleon el envío de aquellas películas (La Vanguardia, 12 de abril de 1904).

 

Este artículo constituye una prueba más del éxito de la Sala Napoleon y de su relevancia en los círculos sociales prominentes (como ocurría también con el estudio fotográfico, por el cual tenían que pasar todos los que querían «ser alguien» en Barcelona); más aún, revela que los Napoleon usaban su cámara no solo para proyectar cintas compradas, sino también para filmar sus propias películas, como fue el caso del mencionado reportaje diario de la visita del rey en 1904.

 

La sala cinematográfica de la Rambla de Santa Mónica tuvo tal éxito que los Napoleon abrieron en 1901 otra en el Paralelo. Este cine, llamado Cinematógrafo Lumière, tuvo sin embargo una vida breve. Frente a la creciente competencia[21], los Napoleon decidieron abandonar la aventura cinematográfica y volver a dedicarse exclusivamente a la fotografía.

 

Si en la creación de estos primeros albergues de la imaginación, la actividad de Carmen Pisano y de Anaïs Napoleon fue borrada por los nombres de sus maridos, la de otras emprendedoras fue obstaculizada por la censura o por una creciente competencia que ya no dejaba sitio a las mujeres.

En Santiago, la empresaria compostelana Teodora Sáenz de Vallverce se hizo construir entre 1906 y 1908 un «cinematógrafo» en el Campo de San Clemente, donde se alternaban sesiones de imágenes en movimiento con sesiones de variedad: «el barracón de madera, de tres metros de ancho por veintitrés de largo, permaneció abierto durante todo el mes de julio

 

 

 

 

 

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con el fin de atraer al público que acudía multitudinariamente a los festejos organizados en la vecina Alameda» (Cabo, 1992: 50). En 1908, Teodora Sáenz empezó a administrar también otro cinematógrafo en la misma ciudad, el Salón Apolo, un espacio más amplio que el anterior, con un vestíbulo con dos puertas directas a la calle en la planta baja de la Rúa del Villar. Sin embargo la censura y la represión no tardaron en llegar. Justo en esta época, cuando el Salón Apolo se había transformado en un centro concurridísimo y era el punto de reunión de los santiaguinos (Cabo, 1992: 69), el cardenal arzobispo lo denunció por su falta de moralidad, y consiguió que se cerrara en 1909, aunque solo temporalmente. Aun así, Teodora Sáenz pareció no rendirse: ese mismo año pidió permiso para construir un pabellón en la misma ciudad, en la Praza Entrecarreteras (hoy Praza de Galicia), pero no se sabe si este inmueble se llegó a edificar.

 

En Barcelona, en un solar de la actual Via Laietana, comenzó a levantarse en 1918 el que años más tarde fuera el Palacio del Cinema, promovido por otra mujer, Elena Jordi, nombre artístico de Montserrat Casals i Baqué (Cerc, 1882Barcelona, 1945). Esta empresaria teatral y actriz de vodevil, después de pasar del teatro al cine y actuar en tres películas, dirigiendo presuntamente una de ellas, Thaïs (1918), se lanzó a la gran hazaña de construir su propio edificio. Consta que Elena Jordi había comprado este terreno por la ingente suma de medio millón de pesetas. Sin embargo, se trató de una operación «fallida» (Cunill, 1999: 98), puesto que por razones desconocidas la cineasta tuvo que interrumpir las obras y abandonar su proyecto. El edificio se terminó de construir finalmente en 1923 con el nombre de Pathé Palace, que en 1940 se cambió a Palacio del Cinema en Via Laietana: con una capacidad de 1778 espectadores, se convirtió enseguida en «la catedral de la cinematografía», según las palabras de Munsó Cabus (1995). Por los planos del proyecto de Elena Jordi que Josep Cunill incluye en su libro, se puede apreciar que la fachada del edificio actual es la misma que había sido diseñada por la actriz, empresaria y cineasta [Imagen 2].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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2. Edificio diseñado por Elena Jordi (foto de Andrea Illescas).

 

A principios del siglo XX, a lo largo de dos décadas, estos cinematógrafos primerizos se expandieron rápidamente por la península ibérica. Para ilustrar este exitoso crecimiento, González López (2001) comenta que sería interesante crear «un programa de ordenador que pusiera en evidencia este fenómeno por medio de unas luces que fueran apareciendo y desapareciendo encima de un mapa; estas luces podrían informar sobre el carácter más o menos permanente de los locales (con intermitencias) e incluso el tipo de local de que se trata en cada caso

 

 

 

 

 

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(mediante colores)» (42). En mi opinión, a estos indicadores se podrían añadir otros que señalaran la participación femenina en la creación de estos espacios. Con toda probabilidad habría numerosas luces que indicarían una evidente presencia de mujeres en los exordios del cine; incluso estas luces podrían irse apagando, a medida que las salas se fueron transformando y ajustando a los cambios impuestos por la evolución del séptimo arte, de producto artesanal a producto industrial.

 

Las figuras de la empresaria/fotógrafa/cineasta o de la actriz/empresaria/cineasta, de las cuales he hablado en estas páginas, desaparecieron pronto, y la presencia femenina detrás de la pantalla fue disminuyendo a medida que el espacio del cine se fue fragmentando y cada profesión se fue haciendo más especializada y exclusiva[22].

 

Recuperar un lugar de producción femenina en los albores del cine es importante no solo para la historia del séptimo arte, sino también para la teoría feminista y la práctica fílmica femenina. Visto en perspectiva, el paulatino incremento de una presencia de las mujeres en el mundo de la dirección —que ocupará el capítulo siguiente— no corresponde tanto a una conquista, sino más bien a la reconquista de un terreno (en los orígenes del cine) en el cual la agencia femenina no era una excepción.

 

 

El espacio espectatorial: de la heterotopía al no-lugar

 

Si en el espacio detrás de la cámara (el espacio de la realización cinematográfica) hay una presencia masculina predominante que condiciona y determina lo que aparece en la pantalla, paradójicamente, a lo largo de toda la historia del cine, las espectadoras han representado constantemente la mayoría del público en la sala[23], con la única excepción de las salas X. En las siguientes páginas pretendo historizar el espacio espectatorial femenino trazando su evolución desde los comienzos del cine hasta la actualidad. Frente a los estudios de base lacaniana que sitúan a la espectadora como inerte y receptora pasiva de un punto de vista masculino, otras aproximaciones, de enfoque etnográfico, se han centrado en la espectadora «real» que negocia y cuestiona la lectura impuesta por la mirada dominante. Aquellos sexúan el aparato cinematográfico como un espacio visual masculino. Estos, en cambio, lo historizan trasladando el énfasis, según Jackie Stacey, «de la mirada masculina al público

 

 

 

 

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femenino» (1994: vii). Pero esta dicotomía es, en cierta forma, solo aparente.

 

El espacio visual en el cine se articula según dos dimensiones. Por un lado, hay un espacio inscrito en la misma película por el proyecto del director (De Lauretis, 1994b, y Donapetri, 2001): este espacio se construye teóricamente al estudiar cómo las estrategias cinematográficas influyen, manipulan y condicionan la mirada espectatorial. Por otro, hay un espacio construido por las espectadoras mismas, que asimilan y decodifican el discurso fílmico y sus estrategias. Se puede hablar por lo tanto de espectadora interna, implícita (o hipotética), y de espectadora externa (o real). María Donapetry utiliza a este propósito la categorización de Stuart Hall. La primera dimensión correspondería a lo que Hall define como «lectura dominante», que se materializa cuando la espectadora sigue el texto sin cuestionarlo. Como señala Donapetry, Raza da por «sentada una espectadora que se identifique con los modelos femeninos que la película propone» (2001: 55). La segunda dimensión —externa— se estudiaría más bien por medio de las otras dos clasificaciones de Stuart Hall: la de lectura negociada y la de oposición.

 

De forma análoga, Giuliana Bruno (1993) contrapone a la mirada masculina (male gaze) teorizada por Laura Mulvey, la mirada nómada (nomadic gaze) femenina: desde los orígenes del cine, apunta Bruno, la espectadora podía salir de la jaula patriarcal y viajar con la imaginación. Los cines, añade Kuhn (2004: 108), eran nudos de atracción y juventud, imanes de energía donde, a veces, se podía entrar solo después de superar numerosos obstáculos de naturaleza económica y social.

 

 

Heterotopía

 

En la sección anterior de este capítulo me he ocupado del espacio físico de las primeras salas de cine. En estas páginas, siguiendo a Henri Lefebvre (1974), estudiaré la sala de cine como lugar concreto que delimita una abstracción, el espacio espectatorial (donde se funde el acto de mirar con lo que se mira) en el cual negocian tres elementos o fuerzas que superan la aparente dicotomía entre mirada masculina y femenina. Lefebvre los llama «formantes»: el formante de la representación del espacio geométrico, que reduce realidades tridimensionales a dos dimensiones; el formante óptico o visual, que tiende a relegar los objetos a pasividad y distancia; y el

 

 

 

 

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formante fálico, que metafóricamente simboliza fuerza y violencia masculinas, y que cumple la función de ocupar el espacio abstracto con un significante cargado de mitos. En la sala de cine, el espacio espectatorial se origina por la intersección de estas tres fuerzas: no es solo el formante fálico (denunciado por Mulvey et al.), ni una mera (engañosa y naturalizante) transferencia de la realidad tridimensional a la superficie bidimensional de una representación, ni, mucho menos, una simple reducción visual de un objeto a imagen pasiva. En el espacio espectatorial los tres formantes indicados por Lefebvre son complementarios y antitéticos a la vez: los unos implican y —simultáneamente— anulan a los otros en una aparente homogeneidad. Sin embargo, como indicaré más adelante, la homogeneidad del espacio visual se alcanza, a lo largo de la historia del cine, por medio de diferentes equilibrios que cambian según los diversos contextos históricos del séptimo arte: variaciones que el modelo lacaniano invalida al construir un estándar de espectadora abstracto, ahistórico y pasivo.

 

En el espacio espectatorial se supera la antítesis señalada por Michel de Certeau en L’invention du quotidien (1984) entre el sujeto que pasea por la ciudad (marcheur) y el que la mira desde arriba (voyeur). Para este autor, el paseante aprende el texto urbano de una forma superficial: escribe (pasea) sin poder leer. Hace un uso del espacio que no puede ver. El voyeur, por su parte, goza de una posición privilegiada, divina, totalizadora, que le permite leer la complejidad del espacio urbano. En cambio, el público en el cine es a la vez marcheur y voyeur, y no solo el público masculino, sino también el femenino.

 

Desde la aparición de las primeras barracas con imágenes en movimiento, las mujeres, más que los hombres, han acudido al cine en masa, acompañando a niños, o en compañía de hombres, de otras mujeres o incluso solas. Varias crónicas de principios del siglo XX mencionan sus sombreros que impedían la visibilidad a los que tenían «la desgracia de sentarse detrás» (Baldelló, 1946) y que proyectaban sombras en la pantalla (Nadal, 1946), como he comentado anteriormente. Con o sin sombrero, de clase alta (como las que frecuentaban la Sala Napoleon) o de clase baja (como las que iban a ver los inventos del Farrusini), las mujeres disfrutaban de un nuevo placer liberador de movilidad. Movilidad, porque —como relata Giuliana Bruno (1993)— los primeros cines nacieron en los centros neurálgicos de la ciudad, donde pululaba gente paseando.

 

 

 

 

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Movilidad, porque al frecuentar dichos centros neurálgicos —y sus cines

 

— la mujer se transformaba en la flâneuse (la versión femenina del flâneur baudelairiano), sin por ello adquirir las connotaciones negativas que implica este término: si la paseante (la passeggiatrice en italiano, una mujer que sale al espacio público, «haciendo la calle») es una prostituta, la flâneuse es una espectadora. Es más, movilidad, porque el cine —como el tren— es una tecnología que condiciona la percepción óptica de un espectador viajero, o mejor dicho de una espectadora viajera, cómodamente sentada en un asiento, por medio de un viaje a través del espacio y del tiempo. No en vano «el grueso de las [primeras exhibiciones era de] películas de viajes» (Cerdán, 1998: 54). En suma, el cine —para las mujeres— se convirtió muy pronto en un espacio de libertad y hasta de transgresión[24]. Desde finales del siglo XIX las mujeres pudieron ampliar

 

su radio de acción y esta libertad siguió manteniéndose en las décadas siguientes.

 

Estudios como los de Stacey (1994) para los Estados Unidos; Kuhn (2002, 2004) y Massey (2000) para Inglaterra, y Labanyi (2007)[25] y Pelaz y Rueda (2002) para España, ilustran que en gran medida el cine empezó dirigiéndose a las espectadoras como consumidoras de moda y de productos del hogar. Desde la casa la mujer se aventuró rápidamente a nuevos espacios públicos permitidos, como los grandes almacenes y el cine, espacios que en Europa abrieron sus puertas casi simultáneamente. La espectadora era tan necesaria para una economía basada en el consumo como la compradora: «El cine es una especie de vínculo geográfico y zona de depósito entre la casa y los grandes almacenes» (Dalle Vacche, 2008: 237)[26]. Como documentan Julio Montero y María Antonia Paz,

 

las pistas sobre la presencia abundante de mujeres en las salas de cine son numerosas en la prensa. La primera es la relación existente entre la publicidad cinematográfica y el mundo de la moda. En efecto, abundan las referencias […] al cine y a la moda con presentaciones variadas. Entre ellas destacan dos: el cine empleado como medio de exposición de las últimas tendencias de las pasarelas internacionales y la correlación entre la vestimenta de las estrellas y lo que habría de ser la de cualquier mujer que quisiera estar al día (2002: 123).

 

Consumismo, identificación y escapismo plasmaban, y hasta determinaban, la mirada femenina.

 

La experiencia de identificación de la espectadora con las estrellas de cine derivaba en una especie de desdoblamiento de la mujer que desde su

 

 

 

 

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butaca se desplazaba con la imaginación al espacio de la diégesis, transformándose en una «persona separada» (Kuhn, 2004: 108). La imitación de las estrellas continuaba y se materializaba luego en el gran almacén, donde la espectadora —ya consumidora— adquiría productos que la ayudaban a alcanzar la ilusión de la identificación. Este fenómeno, como comenta Stacey, tiene dos posibles lecturas. Por un lado, el consumismo llevaba a la mujer a cosificarse para el placer masculino: «animando a las mujeres a que trabajaran sus cuerpos para convertirse en objetos deseables para los hombres» (1994: 237); pero, por otro lado, era una forma de resistencia a las imposiciones patriarcales y a los papeles tradicionales de madre abnegada y esposa doméstica: «El consumo puede significar una afirmación del yo en oposición a la abnegación que se asociaba con el matrimonio y la maternidad» (1994: 238).

 

Para las espectadoras, el cine establece así, literal y simbólicamente, una suerte de heterotopía foucaultiana. Materializa un «espacio otro» pero a la vez un lugar concreto, en el cual domina el componente abstracto indicado por Lefebvre (1974). Para Foucault (1984), la heterotopía representa, opone e invierte simultáneamente todos los lugares reales de nuestra cultura. Si la utopía no existe, la heterotopía sí: es un espejo de la utopía. Ocupa un espacio, pero funciona como contraespacio[27]. De forma análoga, el cine (sobre todo en su primera época) constituía un espacio entre realidad e imaginario, un espejo de «otra» realidad —un espacio de «tránsito» entre el texto y el público, como decía Giuliana Bruno (1993: 131)— en el cual los espectadores —y en particular las espectadoras— experimentaban otra dimensión. En un artículo que aparece en El Heraldo de Madrid en 1924 se lee: «El film, llave de oro que abre las puertas de lo maravilloso, lleva sus irresistibles tentaciones a los dos sexos: mas es sin disputa a la mujer, y es lógico, a la que más apasiona» (19 de noviembre de 1924).

 

En sus primeras décadas el cine constituía una heterotopía y, también, utilizando el neologismo de Annette Kuhn, una heterocronía. Si ofrecía una libertad limitada cronológicamente (lo que dura la película), este límite temporal era tan importante como la libertad misma:

 

Esta libertad no se recuerda como ilimitada. Más bien, tiene la cualidad algo paradójica de ser abierta y circunscrita a la vez. De ahí que —al estar simultáneamente dentro y fuera del tiempo normal— este tiempo cinematográfico

 

 

 

 

 

 

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evocado se pueda entender, estirando a Foucault, como una heterocronía (2004:

 

109).

 

Según el estudio de Labanyi sobre el público en Madrid y Valencia, las mujeres iban al cine en la posguerra por lo menos una vez por semana y llegaban a pasar de cuatro a siete horas en la misma butaca viendo la misma película en sesión continua (Labanyi, 2007: 106): se trataba de una verdadera «droga cotidiana […] un ritual de grupo» (Martín Gaite, 1987: 191). Esta actividad desempeñaba un importante papel compensatorio frente a la cotidianeidad, una estrategia de supervivencia, sobre todo para las mujeres que con el cine, como ocurría con las canciones populares, intentaban olvidar sus problemas emocionales y materiales (Labanyi, 2007: 2). No es casual que Woody Allen situara la acción de The Purple Rose of Cairo (1985) justo en la época de la gran depresión: la protagonista encontraba refugio para aliviar sus penas económicas y sus frustraciones matrimoniales en la butaca de un cine, adonde acudía diariamente para ver repetidas veces las mismas películas, sola o acompañada por una hermana. El cine le ofrecía la única válvula de escape de lo cotidiano.

 

Según las encuestas de Kuhn (2004), en Inglaterra, a lo largo de los años 30, el calor de los cines y la comodidad de los asientos cobijaba al público en un estado de sensualidad y voluptuosidad. Por su parte, las salas españolas no ofrecían el calor y la comodidad de los cines británicos, tal vez con las excepciones de algunas en Barcelona o Madrid, como el lujoso Monumental Cinema que se abrió en 1923 con un aforo de más de cuatro mil espectadores (Díez Puertas, 2003: 29). Pero a pesar del frío, del humo y de los asientos incómodos de los cines de provincia —y de la censura franquista—, también en España el cine se había convertido, en palabras de Carmen Martín Gaite, en «el umbral a un erotismo colectivo y difuso» (191). Las entrevistas recopiladas para el proyecto de Labanyi en Madrid y en Valencia sobre las décadas de los 40 y 50 confirman los recuerdos de Martín Gaite en Salamanca[28]. Sin embargo —a diferencia del personaje de Cecilia de la película de Woody Allen que mencionaba anteriormente— las espectadoras en España seguían manteniendo un nivel de alerta que les impedía una total inmersión e identificación con las imágenes proyectadas en la pantalla. Por la experiencia de lidiar con un sistema dominado por la censura y la represión franquistas, las españolas

 

 

 

 

 

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de cualquier clase social estaban entrenadas para hacer lecturas de resistencia[29]. En este contexto, para volver a la terminología de Lefebvre (1974), el formante visual —que alejaría y relegaría los objetos de la mirada, haciéndolos pasivos— predominaba frente al fálico y al geométrico. En otras palabras, la violencia de la representación y la naturalización producida por el realismo cinematográfico quedaban controladas por una mirada que sabía ser, cuando convenía, crítica, distante y hasta reificante.

 

Como apunta Labanyi a propósito de sus encuestas, «todas las personas entrevistadas sabían perfectamente que lo atractivo del cine era su falta de realismo: es decir, su articulación de “ilusiones” (esperanzas) que se podían mantener vivas en un momento en el que la realidad frustraba esta posibilidad para la mayoría» (2007: 16). Las espectadoras sabían que la sensación de heterotopía y de heterocronía era engañosa.

 

 

No-lugar

 

A lo largo de la historia del séptimo arte, el placer de ir al cine ha ido siempre acompañado por lo que Annette Kuhn llama «el factor miedo», the fear element. El miedo a que se refiere Kuhn consiste en una perturbación ocasionada por algunas imágenes de la pantalla (que obligaban al público a taparse los ojos con las manos) o por sus repercusiones (como por ejemplo el insomnio o las pesadillas): «Lo que más recordaban los espectadores de los años 30 de las películas de terror

 

 eran, de lejos, […] las respuestas y reacciones que evocaban» (2002: 79). Sin embargo, el miedo en el cine y al cine tiene también otras razones y ramificaciones.

En los orígenes del cine, la mera exposición de la imagen en movimiento producía cierta sensación de desorientación en un público que todavía no había sido educado en las convenciones del lenguaje fílmico. Piénsese por ejemplo en uno de los mitos fundacionales del séptimo arte: el pánico que produjeron los 50 segundos de L’arrivée d’un train en gare de La Ciotat de los hermanos Lumière en unos espectadores que, al no tener conocimientos previos de la magia del cine, pensaron que iban a ser arrollados por una locomotora.

 

En el cuento «Polar estrella» (1928), Francisco Ayala ilustra, literal y figurativamente, los peligros que corría el espectador todavía en los

 

 

 

 

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albores del séptimo arte, traumatizado por las convenciones de un montaje que rompía el realismo y que interrumpía el placer. El protagonista del relato, perdidamente enamorado de la estrella de cine Polar, sufría una serie de traumas mientras miraba anhelante su última película. Primero presenciaba la fragmentación del cuerpo de su ídolo —debida a un fallo técnico— entre dos fotogramas congelados en la pantalla: «El accidente había quebrado el ritmo de la cinta y la cintura de la estrella. La mitad superior de su cuerpo abajo. Los pies, en un segundo piso del écran. Era una terrible pesadilla su cuerpo disociado» (43). Unas secuencias después, cuando la cinta volvió a la normalidad del flujo de los 16 fotogramas por segundo, un corte del montaje y un cambio de toma hacía desaparecer a Polar, justo cuando estaba a punto de desnudarse: «desapareció, en la inhibición absoluta de un cambio de escenario. Él quedó resentido y nervioso, como si le hubieran cerrado la puerta de su alcoba con la llave del agua fría» (44).

 

Al deconstruir el formante geométrico, diría Lefebvre (1974), el artificio cinematográfico queda transparente y desnaturalizado. Se trata al fin y al cabo de una experiencia opuesta a la que vivieron los espectadores de la primera cinta de los Lumière, espantados por las imágenes de un tren llegando a la estación. La reacción de miedo de los franceses se debía al realismo de la representación; la del protagonista de Ayala, en cambio, a la interrupción de dicho realismo. El amante de Polar, desconcertado por la visión del cuerpo fragmentado de su amada, y frustrado por su desaparición justo en el clímax de su intimidad, se sintió abocado al suicidio, para descubrir, sin embargo, que ni con la muerte podía librarse de los trucos cinematográficos: «El dios del cinema tenía dispuesta su caída au ralenti. Descendía blandamente, con suavidad viscosa, desenlazándose en una danza sin música de miembros interminables y ritmo submarino. Horizontal. Vertical. Inclinado. Los pies divergentes. Atrás, los brazos, de nadador… Al llegar al suelo se quebró como si hubiera sido de porcelana» (47).

 

La muerte cinematográfica del protagonista del cuento de Ayala aludía de forma paródica al enorme poder del séptimo arte de influir en la vida moderna (y en la muerte). Dicha influencia llegó a ser de hecho un tema muy recurrente en revistas y periódicos de las primeras décadas del siglo XX: muchos artículos exigían una regulación del espacio

 

 

 

 

 

 

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espectatorial, transmitiendo un sentido de urgencia para «proteger» a las mujeres y a los jóvenes de los presuntos peligros del cine.

 

El miedo a los incendios —que de por sí creaba peligrosísimas situaciones de pánico dentro de las salas— promovió unas normativas de seguridad, que pronto se confundieron con normativas para salvaguardar al público de la «violencia» y la inmoralidad de las películas. Como indica Emeterio Díez Puertas, «la censura cinematográfica en España [venía] practicándose desde los primeros días del cine en virtud del Reglamento de Policía de Espectáculos de 2 de agosto de 1886. Sin embargo, y como ocurr[ió] con las medidas de seguridad, cada vez [eran] más quienes [pedían] una normativa específica para el cine en razón de tres principios […]: protección del honor, lucha contra la pornografía y […] protección de los menores» (2003: 218). En los tres casos la mujer constituía el centro de la discusión, al ser sujeto y a la vez objeto del peligro: tentadora en la pantalla y tentada en la sala, la mujer constituía una amenaza para la moral y para el honor, tanto dentro como fuera del cinematógrafo.

 

En mayo de 1911, Eduardo Sanz y Escartín, senador del Partido Conservador, enfatizaba que «con unas cuantas sesiones de cine algunas niñas [podían] aprender sobre el amor más cosas de las que sab[ían] sus propias madres» (Díez, 2003: 220). El mismo año, Manuel Polo y Peyrolón, senador carlista ultraconservador, propuso, siguiendo el modelo francés, la categorización de las películas en tres clases: solo para «cochinos», solo para hombres y para todos los públicos (Díez, 2003: 221), relegando así a las mujeres —como también ocurría en la política con el voto femenino— al grupo de los menores de edad, puesto que en este caso el término «hombres» no se usaba en su acepción universalizante[30]. El anónimo autor de un artículo del ABC de 1922 afirmaba: «La espiritualidad femenina se ha ido ahogando en el ambiente de sensualidad que el género de vida moderna ofrece incitadoramente […]. El cine es en la pantalla y en la sala un semillero de sugestiones lascivas. La inocencia huye bien pronto y algo más tarde el pudor» (10 de junio de 1922). El Heraldo de Madrid aseguraba, en un informe titulado significativamente «Las peliculeras», que en el cine la mujer era acometida por «el diablo tentador» (19 de noviembre de 1924).

 

También en los Estados Unidos, para hablar de los peligros que el cine reservaba a las mujeres, los periódicos de la misma época usaban un discurso de tintes catastróficos. En el Tribune de Chicago, por ejemplo, se

 

 

 

 

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alegaba que el cine destruía la santidad del hogar de dos formas: primero al enseñar películas «sugerentes» a mujeres y niños, y segundo porque el espacio del cine se oponía directamente a la esfera doméstica. O más aún, en otro artículo del mismo periódico, se aseveraba que las chicas que todavía tenían que jugar con muñecas estropeaban su vida y se perdían yendo al cine (Grieveson, 2004).

Steven Marsh y Parvati Nair (2004) comentan que tal vez la más común dicotomía en los estudios de género es la división entre esfera pública y esfera privada, dicotomía que el cine en cierta forma supera, al ofrecer una ventana hacia el mundo exterior desde «las más íntimas perspectivas espectatoriales» (3). En particular, para la mujer encerrada en la esfera privada, el cine proporciona una salida, aunque temporal, hacia un nuevo espacio público, y hacia nuevos horizontes. Para Marsh y Nair, en este movimiento de salida reside el poder «inquietante» del cine. Se podría añadir que lo inquietante deriva también del hecho de que desde un espacio público se tiene una ventana —o una mirilla— a historias y situaciones privadas. Se trataría entonces de una entrada, a la vez que de una salida: un mirar hacia dentro, un acto de voyeurismo. Giuliana Bruno habla del cine como un «dominio público de pasiones privadas» (1993: 131). El cine ofrece una esfera pública alternativa, que llena con la imaginación los espacios entre la familia, la escuela y el trabajo, «un espacio aparte y un espacio intermedio» (131). Esta ambigüedad del espacio espectatorial se mantiene a lo largo de la historia del séptimo arte, pero con evidentes cambios.

 

Durante el franquismo, como en todo régimen totalitario, no había una división en esferas, ni se podía concebir una esfera pública en el sentido que apunta Habermas, puesto que no existía un espacio autónomo dedicado a regular el poder político. A su vez, el estado había colonizado la esfera privada. O mejor, en palabras de Juan José Linz, había una tendencia «hacia la destrucción de la línea divisoria entre estado y sociedad» (2000: 188). El franquismo lo abarcaba todo y el cine se había transformado en un poderoso vehículo de control y de adoctrinamiento.

La dictadura penetraba en las salas con su ideología, su control policial, su censura y sus noticiarios. El NO-DO ofrecía una imagen de España probablemente tan ficticia como las historias de las películas que se enseñaban a continuación. Pero dentro del cine la censura era invisible, como lo era el hambre: no es casual que las películas neorrealistas

 

 

 

 

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estuvieran prohibidas durante la autarquía[31]. El cine se construía y presentaba como una heterotopía frente al mundo real, el mundo del hambre, de la represión, del miedo. Como comenta una voz anónima femenina en el documental experimental de María Ruido Doropaedia #10, el cine era

 

un lugar de evasión […] que servía para mantener vivas ciertas alternativas al régimen, a lo que estabas viviendo: o sea, resistencia en el sentido de mantener un espacio tuyo. Como el objetivo del fascismo era la colonización del espacio privado por el estado, entonces el cine es algo que te ayuda a conservar un mundo de deseos personales que tú sabes que no puedes satisfacer, pero que no vas a abandonar.

 

En la posguerra, cuando el cinematógrafo se había convertido en la única diversión de una población hambrienta, reprimida y con pocos recursos, como nos recuerda Carmen Martín Gaite en Usos amorosos de la postguerra española, «una mujer decente nunca iba sola al cine, de la misma manera que tampoco entraba sola en un café» (1987: 191). Mujeres solas —como relatan numerosas novelas sobre el hambre de la autarquía— se podían encontrar en la última fila: eran por lo general viudas que trabajaban masturbando a los clientes a cambio de unas pocas monedas, las llamadas pajilleras[32].

 

En unas encuestas que he pasado a unos estudiantes universitarios españoles y a espectadores de diferentes generaciones, queda patente que el tema del miedo en el cine adquiere diferentes significados en diferentes momentos históricos[33]. Para los que iban al cine durante el régimen franquista, el miedo en la sala se relacionaba con las imágenes (películas de terror y consecuentes pesadillas), o bien con la presencia de la mirada panóptica fascista que controlaba a los espectadores por medio de la policía o del acomodador. Era un sistema que hacía la vista gorda a las pajilleras, pero que denunciaba a los que no se levantaban durante el «Cara al sol[34]». Aun así, la sala de cine, como se ha visto, era un lugar de evasión, que ofrecía la apariencia de pausa y de reducto ajeno a lo que imperaba afuera, a lo real.

 

En cambio, durante la Transición, cuando la competencia con la televisión vació las salas, para las mujeres la causa del miedo se desplazó desde la pantalla a las butacas y se relacionó en gran medida con la amenaza de acoso en la misma sala.

 

 

 

 

 

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La época del destape implica una nueva exposición y reificación del cuerpo femenino en la pantalla. Si durante el régimen la represión patriarcal tachaba de amoral a la mujer que cometía la osadía de ir al cine sola, la que cometía la misma imprudencia en democracia se arriesgaba a ser condenada al acoso sexual, si no a la violación. La sala de cine presenta nuevos peligros para la mujer. Si antes la espectadora era víctima de la violencia de la representación (fascista), es decir, la violencia de un cine que funcionaba como arma de control de las mentes femeninas, en la época del destape es víctima de la representación y naturalización de la violencia (en la pantalla) y de la amenaza de violencia (fuera de ella).

 

Cuando la paulatina liberación de la mujer en la Transición desestabiliza el control patriarcal, la sala de cine se transforma en un espejo de lo que el feminismo llama «la cultura de la violación» (rape culture): un sistema que tolera, condona y promueve el control de la mujer por medio de una constante amenaza de violación. No se trata de diferentes niveles de violencia (no es que en el franquismo hubiera menos violencia contra la mujer), sino formas diferentes de un mismo control de la mujer. Como apuntaba Roy Porter (1986) estudiando otro contexto, a épocas de mayores reivindicaciones de los derechos de la mujer corresponde una mayor incidencia de violencia física contra ella. Los abusos al cuerpo constituirían una surplus repression de la cual se serviría el patriarcado en situaciones de ataque al statu quo. Con el cuestionamiento y la reconfiguración de la división entre esfera pública y esfera privada durante la Transición y por parte del feminismo de la segunda ola (véase Fraser, 1990), en un contexto de debates sobre la relación e interdependencia entre lo personal y lo político (de los cuales el logo de Carol Hanisch, «the personal is political», representa la suma), hay una redefinición también del espacio del cine.

 

El cinematógrafo se convierte en los años 70 y 80 en uno de los lugares más peligrosos para la mujer, comparable a las estaciones de metro y los pasajes subterráneos, y no solo en España. Según un artículo del New York Times de Victoria Balfour titulado «Harassment at Movies: Complaints Rare», las mujeres de Manhattan daban tan por asumido que ir al cine solas era arriesgado, que llegaban a asumir también el acoso:

 

Que las mujeres sentadas solas en las salas de cine sean ocasionalmente acosadas por los hombres probablemente no es una sorpresa para nadie. Pero la reacción a este tipo de acoso, al menos según un grupo de mujeres y empresarios de salas de

 

 

 

 

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cine recientemente entrevistado en Manhattan, es a menudo, sorprendentemente, una especie de enfadada resignación (New York Times, 17 de noviembre de 1982).

 

Como apunta Gillian Rose (1993), la sexualidad femenina depende y se ha definido por el espacio: la violación dentro del hogar, por ejemplo, se considera una cuestión privada, mientras que la violación fuera del hogar es vista como un castigo para la mujer que traspasa a lo público.

 

A finales de los años 80, la periodista cinematográfica italiana Piera Detassis elabora un reportaje titulado «La sala vissuta pericolosamente», para documentar su experiencia con el acoso. Durante tres días, frecuenta por la tarde los cines del centro de Milán: «si alguna vez la popularidad ruidosa del cine y la tendencia a transgredir y toquetearse eran parte del séptimo arte, hoy en día, en las salas vacías, quedan únicamente las molestias a las mujeres solas» (1989: 80). En todas las salas donde acude, Detassis soporta situaciones de acoso sexual, actos de exhibicionismo y hasta intentos de agresión.

Esa combinación entre el placer de la libertad de la vida pública y la seguridad de la esfera privada (Kohn, 2004), o esa interacción entre «el civismo de la reunión y el mensaje común que las películas proyectaban» (Firsher, 1996: 4), dejan de caracterizar la sala de cine. De ser una heterotopía, el cinematógrafo pasa a adquirir connotaciones opuestas: no es un hetero topos, el espace autres foucaultiano, donde se suspende lo que ocurre allí fuera, sino un espacio definido por las dinámicas patriarcales de la violencia contra la mujer: el mismo topos, o mejor dicho, una distopia o, por su apariencia utópica, una antiutopía. La película Siete minutos (2009), dirigida por Daniela Fejerman, ilustra con inteligencia la falacia de esta dicotomía: la protagonista, aterrorizada por tener que dar clase a unos presos en la cárcel, busca un momento de sosiego en el cine, pero es precisamente aquí donde es acosada por un preso que la persigue, que se le sienta al lado y que la empieza a tocar. En el relato de Fejerman, el cine se posiciona significativamente como un lugar más peligroso para la mujer que la propia cárcel [Imagen 3].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Mujer acosada en el espacio distópico de la sala de cine (Siete minutos, Daniela Fejerman, 2009).

 

En los años 50, el crítico norteamericano George Bluestone, en su obra seminal sobre la adaptación cinematográfica, Novels into Film (1957), comparaba al receptor de un texto literario con el espectador en el cine[35]. Evidentemente el lector tenía por entonces mucha más libertad que el espectador, al poder volver a leer una misma página, saltar otra, o dejar la lectura para otro momento. El espectador, en cambio, según Bluestone, se tenía que someter a los horarios de una sala de cine y a la autoridad del ritmo de un proyector. La situación del lector de Bluestone en el medio siglo transcurrido desde la publicación de Novels into Film hasta la actualidad ha quedado prácticamente inalterada, incluso pese al cambio del papel a la tableta Kindle y al iPad; en cambio, el espectador ha sido sometido a una verdadera revolución, desde la proyección en las primeras salas de cine aterciopeladas, donde le acompañaba un acomodador con linterna y donde se encontraba rodeado por un público tan numeroso como ruidoso que fumaba y comía, a los multicines impersonales, a menudo desiertos, de los centros comerciales, impregnados de olor a palomitas y a Coca-Cola; al alquiler de las películas en los videoclubs, que llevan el cine al televisor de casa; y finalmente a la digitalización de Netflix y al Blu-ray, o a las películas descargadas legal o ilegalmente de la red, que se pueden ver en cualquier sitio y en cualquier momento. De los siete artes, el «séptimo» es probablemente el que, desde la pérdida del «aura» teorizada por Walter Benjamin (1936), ha experimentado más cambios[36]. La

 

 

 

 

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enajenación que ha vivido el artista a principios de siglo XIX la está viviendo ahora el director de cine (o la directora), que encuentra sus películas en los «top manta» antes de su estreno[37]. Si para Benjamin, la obra de arte moderna había perdido su aura, pero todavía podía reconocer el original, la obra de arte hipermoderna es una copia que ha perdido su original.

 

Para Isabel Coixet, lo que ha muerto no es el cine, sino su «carácter sacro» (¿su aura?) y cierta manera de verlo. Sin embargo, la reproducción (digital) le ha ofrecido otro alcance:

 

Mal que nos pese, esa densa oscuridad del fuera de campo de una sala de cine está dando sus últimos coletazos. Ver una película en casa, sea en un monitor de televisión o en la pantalla de un ordenador es un acto de consumo cuyo fuera de campo es la cotidianidad: los niños que juegan, la cafetera que silba, el desorden en las estanterías, la vida doméstica que lima la abstracción que propone una película, cualquier película. El espectador de hoy, mientras ve una película en su ordenador, come, fuma, twitea, contesta correos, cuelga comentarios en los muros de los amigos. Así son las cosas. La relación entre lo visible y lo invisible se ha modificado. La noche artificial en la que te sumerge una película vista en una sala no tiene ya el carácter sacro que tenía para muchas generaciones de espectadores (El País, 2 de febrero de 2011).

 

En la actualidad, el cine ocupa un espacio —o, como dice Judith Butler (2011), genera un espacio— diferente. Si antes estaba circunscrito a los límites físicos y temporales de la sala cinematográfica, ahora, en un contexto de redefinición de las topografías humanas, el cine goza de una nueva libertad y con él, su público. Pero se trata de una libertad aparente.

 

Retomando de Hannah Arendt el concepto de espacio, Judith Butler (2011) cuestiona la división entre esfera pública y esfera privada, y propone que «el verdadero espacio se encuentra entre la gente» (the true space lies between the people). Para Arendt, como para Butler, se tiene que redefinir el espacio como producto de las personas que actúan en él; no estaría así ligado a un lugar, sino que construiría su propio lugar. En La condición humana (1958), Arendt había afirmado que la acción y el discurso generan un espacio que halla su lugar en cualquier sitio y en cualquier momento: un espacio generado y sexuado por los cuerpos e inscrito en el cuerpo. De ahí que los internautas que ven una película en sus ordenadores estarían generando un espacio espectatorial desvinculado del de la sala de cine: un nuevo espacio sin un lugar específico.

 

 

 

 

 

 

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Cabría aquí preguntarse si se podría estirar el concepto de este espacio dislocado y «verdadero» y dislocado de la performatividad (o, en nuestro caso, de la mirada), y equipararlo al no-lugar teorizado por Augé (1992). El no-lugar es un espacio de tránsito y de flujo (como las autopistas, los aeropuertos, los centros comerciales o las estaciones de metro) que desplaza la hegemonía del lugar fijo de la identidad estable (de la modernidad), a la inestabilidad de la dislocación sobremoderna. Para Augé, «la sobremodernidad es productora de no-lugares, es decir, de espacios que no son en sí lugares antropológicos y que contrariamente a la modernidad baudelairiana, no integran los lugares antiguos» (1992: 83).

 

El nuevo espectador del cual habla Coixet —que ve la película y a la vez twitea, contesta correos y escribe en Facebook— tiene las características del viajero del no-lugar de Augé:

 

El espacio como práctica de los lugares y no del lugar procede en efecto de un doble desplazamiento: del viajero, seguramente, pero también, paralelamente, de paisajes de los cuales él no aprecia nunca sino vistas parciales, «instantáneas»

  espacios donde el individuo se siente como espectador sin que la naturaleza del espectáculo le importe verdaderamente. Como si la posición de espectador constituyese lo esencial del espectáculo, como si, en definitiva, el espectador en posición de espectador fuese para sí mismo su propio espectáculo (1992: 91).

 

Augé no define a este viajero según cuestiones de raza, clase o género, puesto que una de las características del no-lugar es precisamente el anonimato de sus transeúntes. Estudios recientes, como los de Julia Dobson (1999) o Paul Lyons (2002), entre otros, sugieren que el no-lugar ofrece al ser humano una nueva libertad. Para Lyons, «la supermodernidad puede sugerir una cualidad utópica de los “no lugares” en los que categorías como raza / género / queer ya no comportan significados predeterminados» (115). Linda McDowell sostiene que «en los no-lugares los atributos de género y tal vez hasta nuestros cuerpos sexuados se vuelven poco importantes» (1999: 6). Julia Dobson, a su vez, añade que si el no-lugar se caracteriza por su falta de referente histórico, social y personal, entonces «este tipo de espacio, que evidentemente no está colonizado por las convenciones de género, puede proporcionar los sitios más adecuados y convenientes para afirmar la presencia del sujeto femenino» (248). Por esa apariencia de anonimato, el género —como otros signos de identidad que nos categorizan y marcan, como la raza y la edad — está en disputa (diría Judith Butler, 1990).

 

 

 

 

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Para Augé (1992), la oposición entre lugar y no-lugar nos permite entender que la división entre esfera pública y privada se ha desplazado e incluso ha desaparecido. Hombres y mujeres pueden ver cine en las pantallas de sus portátiles, o hasta de sus móviles, mientras esperan el embarque del avión, o la llegada del tren; o mientras viajan; o en cualquier otro sitio: desde el hogar a la oficina; desde la sala de espera de un dentista a la escuela, en completa —pero a mi entender ilusoria— libertad. La espectadora, antes asustada por la oscuridad amenazante de la sala de cine, ve las películas sin tener que lidiar con el miedo a los lugares marcados por la cultura de la violación. La cinéfila puede disfrutar de los filmes sin tener que someterse a la tiranía de las distribuidoras, que castiga a menudo la producción femenina, y a los horarios de una sala de cine. Con la digitalización, los estudiosos del séptimo arte pueden analizar ahora, en las aulas o en la comodidad de sus casas, unas películas cuyo visionado hasta hace relativamente poco se limitaba a las filmotecas o a algún ciclo de un cine-club; y los Digital Humanities están paulatinamente rescatando un corpus fílmico en peligro de extinción.

 

Como decía, esta libertad es solo ilusoria: en el no-lugar de Augé la diferencia (sexual, racial o económica) es irrelevante solo en apariencia, porque es ahí donde, de hecho, adquiere mayor trascendencia. El viajero anónimo es sometido a formas de violencia legales o ilegales: al escrutinio de unas cámaras a menudo invisibles que lo vigilan, y al control de unos representantes del orden que intervienen, cuando los signos de identidad del ser anónimo no corresponden con lo que se ha definido como norma[38].

 

No somos ni anónimos ni invisibles: tomando prestada una expresión de Judith Butler (2011), la agencialidad es siempre corporal, también cuando es virtual. Los mismos ojos invisibles que nos vigilan en los lugares de tránsito nos siguen con su mirada panóptica cuando alquilamos o descargamos películas de la red, tomando nota de los títulos que elegimos, registrando lo que vemos, cuándo lo vemos y hasta desde dónde lo vemos.

 

El no-lugar espectatorial pertenece a lo que Fredric Jameson (1991) llama el «hiperespacio posmoderno», un espacio que trasciende la habilidad del sujeto humano de posicionarse, incapaz de poder organizar perceptualmente y cognitivamente lo que lo rodea. En este espacio sufrimos la incapacidad de concebir, por lo menos por ahora, «la gran red

 

 

 

 

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de comunicación global multinacional y descentrada en la que nos encontramos atrapados como sujetos individuales» (1991: 25).

 

En este hiperespacio donde estamos conectados a nuestros ordenadores como si el cuerpo no terminara con la piel, como si nos prolongáramos en la máquina, la espectadora, a semejanza del cyborg teorizado por Donna Haraway (1991), tiene dos opciones: ser diosa o cyborg. Giulia Colaizzi (2006) comenta que el cyborg es «el sujeto múltiple, político y teórico de la postmodernidad, y del feminismo en tanto teoría crítica del proyecto postmoderno, un sujeto que, en su socavamiento de la “política de identidad” de la modernidad, expone lo que Judith Butler llama “la cesura entre lo fantasmático y lo real”» (148); es mediante este sujeto múltiple que «lo real se reconoce en tanto fantasmático, es decir, ideológico, siempre tendencioso, producto de lo histórico-social» (180-181).

 

Parafraseando a Haraway, y tomando prestada su elección binaria, o bien podemos aceptar que no haya un lugar para las mujeres en estas redes y, como las espectadoras de antaño, hipnotizadas delante de las estrellas de cine, quedarnos en «nuestro lugar» y creernos diosas (o ángeles del hogar); o bien, conseguir «nuevos acoplamientos, nuevas coaliciones», si aprendemos «cómo leer estas redes de poder y de vida social[39]». Si elegimos esta segunda opción, el reto de ser cyborg corresponderá al que ha sido planteado de forma diferente y en otros contextos por teóricas como Julia Kristeva (1974) o Juliet Mitchell (1966): la mujer-cyborg (la nueva espectadora) tendrá que aprender cómo sobrevivir en esta nueva diáspora.

 

 

 

La mujer en la diégesis

 

En El tragaluz del infinito (1991), Noël Burch define la pantalla como un «espacio habitable» que se ha ido enriqueciendo progresivamente de profundidad. El cine primitivo tenía una «soberbia indiferencia» hacia la reproducción de la tridimensionalidad de lo real. Hasta 1915, la llaneza de la representación se debía principalmente a cinco factores: la homogeneidad de la iluminación, la inmovilidad del objetivo, la posición frontal y horizontal del plano, el uso del telón de fondo pintado, y la posición de los actores, lejos del objetivo y sin movimiento axial. La perspectiva renacentista que ahora domina la representación fílmica fue el

 

 

 

 

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resultado de una gradual ocupación de este «espacio», que se completó cuando se llegó a la conclusión de que, para mantener la metáfora del título de la obra seminal de Burch, más allá de los contornos del tragaluz, se encontraba el infinito (1991: 186).

 

La conquista del infinito implicó también una transformación en la representación de los personajes: la superficialidad bidimensional de la tipología del primer cine se fue modificando en un intento de tridimensionalidad y de exploración de la interioridad del individuo. Como ilustra Panofsky (1936), el lenguaje fílmico primitivo se basaba en una iconografía de signos que facilitaba la comprensión por medio de unas simples convenciones de información básica inmediata, fácilmente reconocibles:

 

Allí surgieron, identificables por la apariencia estandarizada, por el comportamiento y por sus características, los tipos claramente reconocibles de la mujer fatal y de la chica heterosexual […], del hombre de familia, y del villano, este último marcado por un bigote negro y un bastón […]. Un mantel de cuadros significaba, inequívocamente, un ambiente «pobre pero honesto»; un matrimonio feliz, que pronto se encontraría en peligro a causa de las sombras del pasado, se simbolizaba por el gesto de la joven esposa sirviendo el café del desayuno a su marido (112).

 

Este fenómeno tiene implicaciones ideológicas muy importantes para los estudios de género. A medida que las técnicas cinematográficas se fueron desarrollando y a medida que el público fue aprendiendo las convenciones del lenguaje fílmico, los personajes que se representaban en la pantalla fueron adquiriendo cada vez más sofisticación y profundidad, y dejaron de ser meros estereotipos. Sin embargo, habría que revisar las observaciones de Panofsky y de Burch (1991) desde un enfoque sexuado: según argumenta Claire Johnston (1973: 23-24), si la representación de los hombres se ha ido enriqueciendo de detalles y de matices, la mujer se ha mantenido como silueta bidimensional, como estereotipo de sí misma, y ha perdido su significado denotativo. Como ocurre con los mitos, un signo puede perder su significado denotativo al ser anulado por un nuevo —y más poderoso— significado connotativo que llega a ocupar el lugar de la denotación. De forma análoga, en el cine, el signo «mujer» ha perdido su significado real (el ser mujer) al haber sido presentado siempre por medio de sus estereotipos (ángel inocente, vampiresa castradora o poco más). El estereotipo se ha convertido así en significado denotativo, en su esencia.

 

 

 

 

 

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El campo

 

Con la conquista del espacio diegético y de la profundidad de los personajes, el discurso fílmico se ha naturalizado invisibilizando el hecho de que la representación sigue basándose en estereotipos con pretensión de realismo, realismo que convierte el cine de ficción de Hollywood en uno de los fundamentales medios de transmisión de la opresión ideológica de la mujer. Los primeros textos de crítica cinematográfica feminista se proponían revelar precisamente dicha naturalización, denunciando los estereotipos. El estudio pionero sobre este tema, From Reverence to Rape: The Treatment of Women in the Movies (1974) de Molly Haskell, analiza la evolución de las diferentes caracterizaciones femeninas en Hollywood desde el cine mudo hasta los años 70. Haskell señala unas constantes que se han ido manteniendo a lo largo de la historia del séptimo arte: Hollywood promueve las relaciones tradicionales de pareja, la heteronormatividad, ensalza el sacrificio femenino, y glorifica a la mujer que elige el amor y la familia frente a la vida profesional. Si los actores no envejecen, las actrices en cambio tienen una vida breve[40]. Haskell apunta que desde los orígenes, entre las estrellas de cine, «las mujeres tenían unas tipologías más definidas que los hombres» (1974: 46). En la iconografía del cine mudo, las mujeres —más que los hombres— se dividían según unas categorías que tenían trascendencia mítica. Encontramos la virgen (rubia y pequeña), la vampiresa (morena y delgada), la madre (en carne) y la mujer de mundo (un cruce entre vampiresa y virgen). Haskell analiza la evolución de estos estereotipos cinematográficos en correspondencia con la evolución de la mujer en la sociedad patriarcal, que en realidad es más bien un proceso de involución. Como comenta desde el propio título de su libro, las mujeres pasan de ser reverenciadas a ser violadas[41].

 

La mayoría de las películas de los años 20, por ejemplo, son historias románticas creadas alrededor de la figura de una diva, cuyo nombre aparece en la pantalla antes que el título de la película. En este período, Haskell destaca que hay más mujeres que hombres entre las estrellas de cine, y que estas protagonizan el mundo del espectáculo (1974: 49). Hasta mediados de los años 30, antes de las restricciones y la censura del Motion Picture Production Code, la sexualidad femenina se inscribe en las historias con naturalidad, sin intención de criticar o demonizar el deseo de la mujer. Con el Production Code, sin embargo, cambian los modelos

 

 

 

 

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femeninos, y las mujeres que aparecen en las pantallas en los años 30 y 40 cambian de lugar: salen de la alcoba para entrar en la oficina[42]. De la mujer glamurosa y sensual (tipo Greta Garbo o Marlene Dietrich) se pasa a la mujer activa y profesional (como por ejemplo Katharine Hepburn y Rosalind Russell). Se forjan nuevos modelos fuertes y asexuales, mujeres artífices de su propia trayectoria personal, que promueven la paridad entre sexos. Es más, según Haskell, la igualdad entre hombres y mujeres en las tramas tiene una correspondencia formal en la pantalla, en el estilo y en el montaje: por ejemplo, se nota el uso frecuente de composiciones simétricas o de plano doble.

Con el final de la Segunda Guerra Mundial, empieza un proceso involutivo. Cuando las mujeres comienzan a constituir una verdadera amenaza para la supremacía económica masculina, Hollywood participa y contribuye a la restauración del statu quo. Con la vuelta de los hombres a los puestos de trabajo que habían sido ocupados por las mujeres en su ausencia, se restablecen los papeles tradicionales, y en el cine «las heroínas tuvieron que ser reducidas a un tamaño de ficción, domesticadas o desarmadas» (1974: 8). Desde mediados de los años 40, las mujeres no solo pierden terreno en todas las áreas de producción detrás de la pantalla, sino que también dejan su posición prominente en la misma pantalla. Por lo general las relaciones de pareja pierden inocencia y ganan en perversión. Los modelos femeninos se alternan entre la superwoman, inteligente y aguda, pero masculinizada (como Katharine Hepburn); la mujer neurótica, que no consigue encontrar satisfacción en la familia; o la mujer «mala», hundida en el mundo del crimen, traicionera, amoral y perversa. El equilibrio entre papeles masculinos y femeninos anteriores a la guerra empieza a verse alterado, y la desigualdad entre los sexos se nota también desde un punto de vista formal en la composición de los planos.

 

En los años 50 la superwoman va desapareciendo, mientras que la «mala» hace una parodia de sí misma. Hay un evidente desplazamiento desde la mujer como agente a la mujer como fetiche; desde la interioridad a su exterioridad, a su cuerpo; y, formalmente, desde composiciones de plano doble (que comprenden a un hombre y a una mujer representados simétricamente) a primeros planos, casi obsesivos, de las piernas y el escote de las actrices; del modelo encarnado por Katharine Hepburn se pasa a los patrones personificados por Judy Holliday o Marilyn Monroe. El sexo llega a ser el tema central de esta época, pero sigue sin mostrarse

 

 

 

 

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en la pantalla. Empiezan a escasear los papeles de protagonistas femeninos, hecho que conlleva a una reflexión metacinematográfica de la figura en decaimiento de la estrella de cine y ontológica de la metáfora de la mujer como actriz:

 

La idea de que la actuación es la quintaesencia de lo «femenino» conlleva un desdén casi imperceptible, una insinuación de que no se trata de la profesión más noble o más digna. Actuar es hacer un juego de rol, hacer un juego de rol es mentir, y mentir es un juego de mujeres (243).

 

En los años 60 y 70, con la crisis del cine y la desaparición del star system, se van produciendo cada vez menos películas y —según Haskell— como mucho, con suerte, una actriz consigue tener un papel cada tres años. Hasta en las mejores actuaciones, las mujeres están destinadas a roles degradantes, como los de prostitutas, amantes, borrachas, psicóticas o solteronas. La mujer ideal es una joven blanca, ingenua y poco inteligente.

 

En resumen, con el transcurrir de la historia del cine de Hollywood, la estrella reverenciada por las masas va bajando de su pedestal paulatinamente, para transformarse en fetiche objeto del voyeurismo y de la violencia masculina. A lo largo de este recorrido va desapareciendo también la solidaridad entre mujeres[43]. Esta situación se mantiene en la actualidad, puesto que en las películas de Hollywood raras veces las mujeres interactúan entre ellas. Si lo hacen, es para hablar únicamente de sus relaciones sentimentales con los protagonistas (hombres).

 

La presencia femenina en las pantallas del cine español sufre una evolución parecida a la de Hollywood. El cine mudo forja unas figuras fuertes, interpretadas por divas de la talla de Imperio Argentina, Raquel Meller o Concha Piquer. Estas actrices continúan dominando el espacio cinematográfico también después de la crisis, con el cambio al sonoro, a principios de los años 30. Como ocurría en Hollywood, entre las estrellas que triunfan en estas primeras décadas, «las actrices son mucho más conocidas y más apreciadas por el público que los actores» (Ruiz Muñoz y Sánchez Alarcón, 2008: 32)[44]. En 1932 se funda la productora CIFESA (Compañía Industrial Film Española), que, siguiendo el modelo de Hollywood, crea un «star system [basado] en un modus operandi de tipo capitalista» que practica una política de «monopolio del talento», con sueldos muy considerables para las estrellas. Para el remake de La

 

 

 

 

 

 

 

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hermana San Sulpicio, una película que cuesta 350 000 pesetas, Imperio Argentina cobra 26 000 (Bordería Ortiz, 2000: 538)[45].

 

En la posguerra, estos modelos femeninos son suplantados rápidamente por otros, forjados por la ideología franquista y controlados por su censura. Si a mediados de los años 30, el Production Code de Hollywood saca a las mujeres de la cama y las traslada a su lugar de trabajo, en España, ya desde 1937, la Junta Superior de Censura saca a las mujeres de la calle (en las adaptaciones de las zarzuelas) o del campo (en los dramas rurales) y las encierra en casa o en la iglesia.

 

Como botón de muestra de este cambio, baste pensar en la transformación de las protagonistas femeninas desde los grandes éxitos anteriores a la guerra a las nuevas versiones de las mismas obras realizadas durante el franquismo. Estos remakes se apropian de unos éxitos españoles, los purgan y domestican, con la intención de difundir una nueva versión de los mismos —a veces realizada por el mismo director del original— más en consonancia ideológica con el régimen, para solapar y obliterar la anterior[46]. Los ejemplos son numerosos: en 1954 Luis Lucia se encarga del remake de Morena Clara, que había sido realizada por Florián Rey en 1936; en 1942 Florián Rey saca una nueva versión de La aldea maldita que él mismo había dirigido en 1930; La verbena de la paloma (José Buchs, 1921) tiene dos refundiciones: por Benito Perojo en 1935 y por José Luis Sáenz de Heredia en 1963; lo mismo pasa con La hermana San Sulpicio, con dos versiones de Florián Rey, en 1927 y en 1932, y una de Luis Lucia en 1952; o Nobleza baturra, realizada por Juan Vilá Vilamala en 1925, por Florián Rey en 1935 y por Juan de Orduña en 1965; entre otros ejemplos. El rasgo diferenciador más llamativo de estos remakes es la recreación de los personajes femeninos en clave completamente desexualizada. Por ejemplo, en el remake de Morena Clara, la gitana interpretada por Lola Flores enamora al fiscal no tanto por su sensualidad y belleza, ingredientes fundamentales en la primera versión de Imperio Argentina, como por su simpatía e ingenio. Los numerosísimos primeros planos, y los campo-contracampos que acercan las caras de los amantes en 1936, se sustituyen por los más prudentes planos medios de la versión de 1954. Incluso cuando en el remake Lola Flores baila delante de Fernando Fernán Gómez, se mantiene alejada de él, actuando más bien para la cámara y dándole la espalda al hombre. De una forma parecida, la versión de 1942 de La aldea maldita elimina todas las connotaciones

 

 

 

 

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explícitas a la prostitución, en la cual había caído la protagonista en el original de 1930. En la refundición franquista es Juan quien deja a Acacia y no viceversa, y el burdel se transforma ambiguamente en una taberna. Observaciones análogas se podrían hacer para todos los remakes que he indicado arriba, remakes que castigan el deseo erótico, la independencia y la iniciativa de la mujer que caracterizaban a los originales.

 

El prototipo femenino de las pantallas del cine franquista de la autarquía es el personaje de Marisol en Raza (1941), un «panfleto político» según la definición de Gubern, dirigido por José Luis Sáenz de Heredia, con argumento de Jaime de Andrade (seudónimo del mismo Francisco Franco). El personaje de Marisol, interpretado por Ana Mariscal, encarna lo que en otro lugar (Zecchi, 2002) he definido como la aporía de la mujer falangista: una mujer que aprueba la reducción de su identidad, que supedita su voluntad a la del hombre, y que acepta ser dominada por el otro sexo tanto en la esfera pública como en la privada. Sin embargo, si por un lado reproduce al pie de la letra el molde decimonónico del ángel del hogar, por el otro puede ser activa, visible y hasta tener un perfil público con su participación en los servicios institucionalizados por la Sección Femenina[47]. Esta ambigüedad entre acción y pasividad, entre atrevimiento y renuncia es sintomática en la construcción del personaje de Marisol, la novia de José Churruca (el alter ego cinematográfico de Franco): es una mujer abnegada, pero a la vez con capacidad de iniciativa. Por un lado, intercede con astucia para salvar al hombre al que ama, José, que gracias a sus acciones logra escaparse de los «rojos»; por otro, subordina su deseo de formar una familia a las exigencias de la patria y, gracias a su sacrificio, José se reincorpora a la lucha del bando nacional y España queda «a salvo».

 

La ambigüedad presente en Raza se hace aún más obvia en los dramas históricos de Juan de Orduña. Locura de amor (1948), Agustina de Aragón (1950) o La leona de Castilla (1951) desarrollan modelos femeninos activos, fuertes y dominantes. Ahora bien, hay unos límites evidentes: para Isolina Ballesteros,

 

la rebeldía y el heroísmo femeninos son permitidos y reivindicados siempre que sean puestos al servicio de la Nación. La mujer heroica podrá serlo siempre que se mantenga en su rol de mediadora, acompañante y facilitadora de la empresa militar masculina […], delegando en última instancia su efímero protagonismo

 

 

 

 

 

 

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para recuperar el rol doméstico y maternal que le ha sido asignado o mantenerlo a través de la mitificación, la locura o la muerte (1999b: 18).

 

En 1951, con Alba de América, se concluye el género histórico, y el cine franquista reducirá la mujer a la figura más coherente y unívoca de ángel del hogar, madre y esposa abnegada y pasiva. Significativamente, este mismo año se vuelve a estrenar Raza con el nuevo título de Espíritu de una Raza, una nueva versión purgada de todos los detalles falangistas. Si los cambios correspondían al proceso de decadencia de la Falange, como consecuencia de la derrota del fascismo en el nuevo ordenamiento mundial, me parece relevante que en la nueva versión se sacrifique también la voz de timbre bajo y sensual de Ana Mariscal, doblada por otra más anodina. Simbólicamente, se calla a una actriz que será la única mujer que, como se verá en el siguiente capítulo, conseguirá tener una voz propia a lo largo de las cuatro décadas de la dictadura franquista, dirigiendo unas películas cuyos modelos femeninos serán tan problemáticos para el régimen como el de Marisol[48].

 

Ahora bien, el cine de oposición que empieza a surgir en los años 50 no presenta importantes alternativas en lo que respecta a la representación femenina. Si es cierto que, como comenta José Planes Pedreño (2011), «[e]n la década de los cincuenta, Juan Antonio Bardem y Luis García Berlanga introdujeron las primeras bocanadas críticas sobre la desigualdad sexual» y, en las décadas de los sesenta y setenta, el así llamado Nuevo Cine Español «denotó pronto una inquietud por el papel de la mujer en la sociedad española», a mi entender este corpus no se propone denunciar la condición de la mujer, sino más bien utilizar figuras femeninas como instrumentos de denuncia del anquilosamiento y la represión de la sociedad franquista que ellas mismas representan.

 

Películas como Calle Mayor (Juan Antonio Bardem, 1956), Novio a la vista (Luis García Berlanga, 1954), La tía Tula (Miguel Picazo, 1964), Ana y los lobos (Carlos Saura, 1972) o Cría cuervos (Carlos Saura, 1976), entre otras, denuncian la represión sexual, la influencia de la religión en la vida de los españoles, las costumbres retrógradas, entre otros problemas, por medio de figuras de mujeres que encarnan dicha represión. Estas protagonistas, como sugiere María Castejón Leorza, son alegorías de la España franquista:

 

 

 

 

 

 

 

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Esas madres castradoras, superlativas y deprimidas simbolizan la España de la dictadura y la España que agoniza. Son personajes sugerentes y, en cierto modo rompedores, pero no subversivos […]. Sobre ellos recae la responsabilidad de la opresión de toda la sociedad, un límite evidente de cara a ofrecer nuevos modelos de identificación (2012: 18).

 

De hecho, junto a Isabel, la protagonista de Calle Mayor, que representa el drama de una mujer soltera a los 35 años en un pueblo atrofiado y asfixiante, Bardem había creado a María José de Castro, con Muerte de un ciclista (1955), peligrosa seductora que arrastra al hombre a un final trágico por su falta de remordimientos[49]. Isabel y María José representan diferentes facetas de la misma sociedad franquista: una rancia y anquilosada, otra insensible e indiferente.

 

Más aún, el cine de oposición presenta a las mujeres como objeto de la violencia. El tema de la brutalidad contra el cuerpo femenino es sutilmente analizado por Marsha Kinder en Blood Cinema (1993). Para Kinder, «los excesos más violentos se producen en el cine de la oposición» (138), excesos que consisten en una «erotización» de la violencia, que apunta a los genitales y que se desplaza hacia víctimas sucedáneas, como los animales, los niños y las mujeres:

 

Durante la época franquista, la representación de la violencia fue reprimida, al igual que la representación de las relaciones sexuales, del sacrilegio y la política; esta represión ayuda a explicar por qué la oposición antifranquista podía utilizar la violencia erotizada de manera tan efectiva para hacer un discurso político, es decir, para exponer el legado de brutalidad y tortura que se escondía detrás de la belleza superficial de la estética fascista y neocatólica (138).

 

Baste pensar en las mujeres de Saura, torturadas hasta la muerte por unos hombres en Ana y los lobos o por el cáncer en Cría cuervos. Lo mismo se podría decir de las protagonistas de Buñuel —Viridiana, Tristana (en las homónimas películas de 1961 y 1970, respectivamente) o Sévérine en Belle de jour (1967)—, a las cuales el director les reserva castigos a menudo violentos[50]: «Las mujeres de Buñuel son fabulosas masoquistas. Les encanta ser mutiladas, torturadas y degradadas. Es un verdadero misterio que el movimiento feminista no cuestione a Buñuel» (Mayersberg, 1983: 258).

 

Poco cambia con la Transición: según una expresión de Ignacio Prado, en esta época se pasa desde «la misoginia surrealista hasta la androginia posmoderna» (1998: 76) o, en palabras de John Hopewell sobre

 

 

 

 

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Almodóvar, el cine evoluciona «de la posguerra a la posguarra» (1989: 444). Como ocurre en Hollywood, en las pantallas de los años 70 y principios de los 80, según Virginia Guarinos, hay un «mantenimiento de estereotipos femeninos antiguos y sabidos en simultaneidad con nuevos perfiles de mujer que terminarán convirtiéndose en nuevos estereotipos» (2008: 51). Guarinos distingue entre cuatro modelos de mujer «en construcción» en las películas de la Transición: «la folclórica», todavía arraigada a patrones franquistas, en Donde hay patrón… (Mariano Ozores, 1978) o en Ese oscuro objeto del deseo (Luis Buñuel, 1977); «la destapada», que se desnuda para el placer masculino, víctima de un sexismo que a menudo se acerca a violencia machista, tanto en numerosas películas de clasificación S (un ejemplo es No desearás al vecino del quinto, dirigida por Ramón Fernández, 1970) como en otras que no tienen esta calificación (entre ellas, La escopeta nacional, de Luis García Berlanga, 1978); «la moderna», una mujer inmersa en la esfera laboral, que se independiza de un marido inútil, como, por ejemplo, la protagonista de ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este? (Gutiérrez Aragón, 1978) o de otras películas de la así llamada «tercera vía»; y finalmente «la liberada», «una mujer hecha, madura, en la mayoría de los casos madre, con ideas políticas» (59), como la que se representa en Asignatura pendiente (José Luis Garci, 1976), en Tigres de papel (Fernando Colomo, 1977) o en Opera prima (Fernando Trueba, 1979).

 

En este recorrido por la presencia femenina en el espacio diegético del corpus fílmico español, Pedro Almodóvar se sitúa como una importante piedra miliar, un signo de cambio, tanto radical como, a mi entender, meramente cosmético. Puesto que la mayoría de las películas de Almodóvar es ginocéntrica, y su galería de retratos femeninos es aparentemente rompedora con los moldes tradicionales, gran parte de la crítica lee su obra como favorable a la mujer, progresista, si no incluso feminista y se le ha dado el apodo de «director de mujeres» (las llamadas «chicas Almodóvar»). Si bien es innegable que el cine de Almodóvar es ginocéntrico (más de dos tercios de sus 18 largometrajes hasta la fecha están protagonizados por personajes femeninos) y rompedor (el mundo femenino imaginado por su producción es sexualmente desinhibido, resiliente y solidario), eso no significa que reniegue del statu quo machista. En primer lugar, la desinhibición sexual no es necesariamente liberación, sino que a menudo roza la perversión (en Pepi, Luci, Bom…,

 

 

 

 

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1980; o en Matador, 1986); en segundo lugar, si las protagonistas son capaces de afrontar con valor las adversidades, terminan por aceptar una derrota de retorno a los moldes patriarcales —como en los finales de ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984) o de Kika (1993), donde sendas protagonistas se complacen por volver al orden establecido; o de ¡Átame! (1990), en la cual Marina termina por enamorarse de su victimizador y desear formar con él una familia. Es más, un tema tan candente en la sociedad española como el de la violencia de género es objeto de burla (en Kika) o llega a ser romantizado (en Hable con ella, 2002). Y la amistad femenina tiene más bien rasgos de una complicidad que amenaza el orden glorificado por las diégesis: es muy significativo a este respecto el aparentemente inocuo retrato de numerosas ancianas limpiando las tumbas de sus maridos en Volver (2006). En definitiva, las mujeres de Almodóvar difieren de las representaciones femeninas tradicionales solo en apariencia. En sustancia, son figuras que hay que temer, castigar y encauzar.

 

El estudio de Aguilar (2010) sobre «La representación de las mujeres en las películas españolas: un análisis de contenido» en el cine más reciente[51], concluye que la mayoría de los filmes de autoría masculina — que representa nada menos que el 93 por 100 de la producción total— cuenta con una escasísima presencia femenina: «El 79,3 por 100 de los filmes dirigidos por varones tienen a otros varones como protagonistas

 

  Como las realizadoras solo dirigen poco más del 7 por 100 de las películas que se producen en nuestro cine, el resultado es que los filmes españoles adolecen de una grave distorsión: las mujeres están sub-representadas» (233). En este corpus, los personajes femeninos solo existen por lo general en función de los hombres: cuando aparecen en la pantalla las mujeres no hablan entre ellas (en el 62 por 100 de las películas) y solo forman parte de la historia de un varón; toman decisiones más allá del terreno amoroso solo en el 13,8 por 100 de estas películas; y si en estos relatos se incluyen a menudo situaciones de solidaridad masculina (en el 82,7 por 100 de este corpus), la amistad entre mujeres está ausente casi por completo. Es más, las actitudes misóginas se condenan solo en un 3,4 por 100 de las películas dirigidas por varones, mientras que las acciones machistas se presentan de una forma positiva en el 13,8 por 100 de estos relatos. En cambio, ninguna película dirigida por mujeres condona la violencia de género.

 

 

 

 

 

 

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En este imaginario masculino actual, solo seis películas del corpus estudiado por Aguilar tienen como protagonistas a mujeres: prostitutas (Princesas); asesinas (Volver, Los otros); una loca, únicamente centrada en la dependencia emocional hacia un hombre (Juana la Loca); una niña que tiene que sacrificar su vida por el hermano (El laberinto del fauno), y una neurótica (La comunidad)[52].

 

Las conclusiones del estudio de Pilar Aguilar son alarmantes y demoledoras: el cine contemporáneo «crea un universo simbólico que vigoriza y actualiza una visión androcéntrica y patriarcal del mundo. Asigna un repertorio de comportamientos machistas para los varones y una posición dependiente para las mujeres. Refuerza un imaginario que subordina a las mujeres y que constituye el substrato de la violencia de género» (271). En otras palabras, por lo general, el espacio de la diégesis se caracteriza por figuras femeninas desenfocadas que existen exclusivamente en relación a los hombres: son estereotipos vacíos y siluetas sin profundidad, que naturalizan los discursos misóginos y heteronormativos de la sociedad patriarcal. La mujer no tiene un espacio propio en el cine comercial —ni en Hollywood ni en España.

 

 

El fuera de campo

 

Para concluir este estudio sobre los espacios cinematográficos, me ocuparé en esta sección del «fuera de campo», el lugar simbólico de la teoría fílmica feminista que a menudo tiene un correspondiente programáticamente concreto en la práctica cinematográfica femenina. Teresa de Lauretis ha explicado elocuentemente que en los discursos hegemónicos (entre los cuales está el del cine comercial) las mujeres se representan y universalizan como esencia, como arquetipo patriarcal y como «otras en relación al hombre» (other from man) (De Lauretis, 1987: 2), por medio de una operación que simplifica la complejidad de la diversidad femenina en una simple ecuación: mujeres (con minúscula) = Mujer (con mayúscula). Ahora bien, como no existe ninguna realidad social fuera de su propia construcción, ¿en qué espacio se sitúan las representaciones femeninas «auténticas», en el sentido de no esencialistas y no universalizadas?, ¿se puede concebir una construcción fuera de — exenta de— la normativización patriarcal? En este contexto, resulta ser

 

 

 

 

 

 

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particularmente efectiva la metáfora acuñada por Teresa de Lauretis de scene off-screen (escena fuera de campo).

 

Teresa de Lauretis utiliza el concepto de fuera de campo para referirse a la realidad que se infiere, que existe a pesar de que no se vea y que no se represente:

 

Porque ese «otro lugar» no es un pasado mítico lejano o alguna historia utópica futura: es la otra parte del discurso aquí y ahora, los puntos ciegos, o el fuera de campo, de sus representaciones. Lo concibo como un espacio en los márgenes de los discursos hegemónicos, espacios sociales tallados en los intersticios de las instituciones y en las grietas y fisuras de los sistemas de poder-conocimiento (1987: 25).

 

En el dispositivo fílmico, el off-screen es un espacio que queda fuera de lo visible, cuya existencia se insinúa tanto por elementos presentes en la misma pantalla, por su relación paradigmática con lo que se encuentra dentro del campo, como por las connotaciones sintagmáticas con otras tomas anteriores o posteriores. De ahí que, siguiendo a Teresa de Lauretis, el fuera de campo funcione como poderosa metáfora de ese «otro lugar» donde se sitúa el discurso feminista: una metáfora de esos intersticios y esas grietas en los mismos discursos dominantes, donde las construcciones de género no hegemónicas se producen sin que se reconozcan como representaciones.

 

En este intento de definir un lugar fuera del discurso patriarcal participan también, en mayor o menor medida, otras feministas: pensemos por ejemplo en el «espacio lúdico» (ludic space) de Laura Mulvey, en la «chora» de Julia Kristeva, en la «zona salvaje» (wild zone) de Elaine Showalter o hasta en la «escritura del cuerpo» (l’écriture du corps) de Luce Irigaray y Hélène Cixous. A pesar de las evidentes diferencias, en cierta forma todos estos imaginarios comparten la misma concepción espacial del scene off-screen, al ser lugares alternativos al orden simbólico y a la ley del padre: son lugares epistemológicos abstractos, puesto que no se puede concebir un discurso completamente fuera de las estructuras dominantes, pero a la vez espacios concretos de la representación de las mujeres (en plural, con minúscula), frente a la Mujer eterna: espacios de la experiencia femenina y de la lucha feminista.

 

Según Noël Burch (1991), el cine se compone de dos tipos diferentes de espacios: uno concreto, que se encuentra dentro de la pantalla, y uno imaginario, fuera del marco, ausente pero a la vez presente: el fuera de

 

 

 

 

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campo. Dicho fuera de campo se divide a su vez, para Burch, en seis segmentos, que corresponden a seis diferentes áreas de «límites fluctuantes» y de «existencia episódica»: los cuatro primeros están delimitados por los lados centrífugos, como los llamaría Bazin, del encuadre (que continúan la imagen contenida en la pantalla más allá de sus cuatro lados, sus límites); la quinta área sería el espacio detrás de la cámara, el «espacio de producción». Como comenta Khatchadourian, «nadie va a negar que hay un espacio fuera de la pantalla “detrás” de la cámara que es muy distinto de los cuatro segmentos de espacio que limitan las líneas del marco, aunque los personajes de la película, por lo general, acceden a este espacio simplemente pasando a la derecha o a la izquierda de la cámara» (1987: 171); y finalmente Burch identifica una sexta área que se encontraría dentro del campo pero fuera del alcance de la vista, como por ejemplo cuando alguien desaparece detrás de algo o detrás del horizonte. Estas seis áreas son extensiones imaginarias del espacio que pertenece a la acción «en el campo» (on-screen)[53].

 

Mientras que para Burch el campo es un espacio concreto y el fuera de campo es un espacio imaginario, para Jacques Aumont (1985) los dos son espacios imaginarios —ambos reversibles e intangibles, ambos ficticios—, pero con intenciones por lo general igualmente realistas. Si bien coincido con Aumont en considerar los dos espacios como imaginarios, reversibles e intangibles, es evidente que el fuera de campo exige otro nivel de esfuerzo para la mente del espectador y de la espectadora, otro orden de imaginación, y una mayor sofisticación en el manejo del lenguaje fílmico (hay que recordar, como comentaba Gilles Deleuze (1991), que el fuera de campo surge a partir del cine sonoro). El fuera de campo, por lo tanto, se presta a ser interpretado como «espacio otro», como lugar de la deconstrucción de lo que se ve y que se naturaliza como real. Su mera existencia demuestra que el cine no es vida real, sino construcción, ficción.

 

Para terminar este capítulo indicaré cinco ejemplos diferentes de uso del off-screen —desde lo más literal a lo más metafórico—, que corresponden a mi entender a sendas propuestas feministas. Como se ha visto anteriormente y como se reiterará a lo largo de este libro, una de las mayores preocupaciones de la teoría fílmica feminista es la de revelar que la imagen en la pantalla no es real, sino una construcción. En este sentido, el uso extrañante del espacio off-screen —en su forma más amplia—

 

 

 

 

 

 

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funciona como un arma poderosa para cuestionar y poner en evidencia la naturaleza ficticia de la imagen.

 

El primer ejemplo, el más literal, corresponde a dos de las primeras áreas del off-screen según la clasificación de Burch, que continúan la imagen contenida en la pantalla más allá de sus lados derecho e izquierdo. En la película argentina La mujer sin cabeza (Lucrecia Martel, 2008), cuyo título, ya de por sí, se ha interpretado como referencia al uso del fuera de campo (Carlos Rodríguez, 2010), el momento catártico de la acción ocurre más allá del encuadre. A la derecha del límite de la pantalla se produce un atropello cuya víctima, al avanzar del coche y de la mirada espectatorial, se queda fuera de campo:

 

Dejando el dispositivo fijo en el interior del automóvil que conduce Verónica, primero se nos muestra el camino que recorremos, luego solo a la conductora (en donde tiene lugar el fuera de campo), y finalmente el camino que dejamos con el perro-niño atropellado […]. El plano central del fuera de campo se encuentra unido por el «hilo» comunicante con su plano antecesor y sucesor, pero su función desorientadora lo distingue de los otros dos. En él Verónica vive el atropello que reconocemos solo por el sonido que se produce y luego, inexplicablemente, permanecemos junto a ella en un plano fijo. Existe una intención en el personaje de bajar e incluso una intención de mirada fuera de campo hacia el accidente, pero estas dos acciones no se cumplen (Rodríguez, 2010).

 

Lo llamativo en el uso que hace Martel de este fuera de campo es que en el discurso fílmico comercial la cámara se habría movido para revelar lo ocurrido más allá de los bordes de lo visible [Imagen 4]. Los márgenes de la pantalla, como apuntaba Burch, son fluctuantes y los campos reversibles, y lo que en un primer momento queda fuera, creando suspense, termina por incluirse, por una necesidad de coherencia narrativa y de pacto silencioso con el público. En el caso de la película de Martel, en cambio, se oye el atropello y se ve la reacción de la responsable del accidente, pero nunca se ve al atropellado; la cámara no se mueve, obedeciendo a la voluntad de la protagonista de mantener alejado de su campo visual lo que ha ocurrido fuera del alcance de su mirada (y de la nuestra). Se podría hablar de un off-screen «subjetivo», puesto que corresponde a la subjetividad de la protagonista en contra del deseo del público y de la lógica del discurso fílmico que naturaliza el artificio de la construcción cinematográfica. De esta forma, el público se queda en vilo por lo menos hasta el final de la cinta, a merced de la directora, que se

 

 

 

 

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revela así por lo que es: un deus ex machina que crea ficciones y las disfraza de realidad, y que tiene el poder de guiar a su antojo la mirada del público. En el cine comercial se trata de un artificio invisible; en el cine de Martel, el artificio queda visibilizado gracias a este uso intencionadamente extrañante del fuera de campo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

4. El atropello en el espacio fuera de campo (La mujer sin cabeza, Lucrecia Martel, 2008).

 

Un segundo ejemplo es el que Burch llama «espacio de la producción». Desde las primeras directoras de cine ha habido un interés por comentar —y hasta por representar— los mecanismos del artificio fílmico. En la película neorrealista Segundo López (1953), Ana Mariscal recurre a un fuera de campo feminista, al deconstruir, como ya ha apuntado Susan Martin-Márquez (1999), el melodrama, un género que se ha cebado en representaciones femeninas estereotípicas. Una música de violines hace de trasfondo a una escena lacrimógena, donde una mujer se está muriendo en su cama mientras cuenta al protagonista su vida de sufrimientos y de desencantos amorosos. Poco después, sin embargo, la cámara revela que la música no es extradiegética, sino que pertenece al fuera de campo. El plano se mueve hacia la calle y muestra a un hombre que pide limosna mientras toca un violín: «de forma astuta, una representación aparentemente exagerada y no mimética se muestra anclada en otra realidad aún más patética» (118). Al intercambiarse el fuera de campo con el campo, lo que parecía una secuencia tópica del melodrama se transforma en una denuncia social de la pobreza que sufren el hombre en la calle y la mujer en la cama. Más adelante, en esta misma cinta, por medio de otro recurso metacinematográfico, la directora continúa su intento explícito de desenmascarar las convenciones del lenguaje fílmico hegemónico, enseñando el «espacio de la producción» de otro filme. Segundo López consigue un trabajo de extra en el rodaje de una película.

 

 

 

 

 

 

 

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Al ver que un actor en una escena de duelo se tira al suelo haciéndose el muerto, corre en su auxilio, porque no entiende que se trata de ficción. Mariscal habla así de nuevo sobre lo artificial del cine cuando enseña el propio «espacio de la producción» que el protagonista toma erróneamente por un espacio «real». Unos años después, en La quiniela (1959), Mariscal (por medio de un personaje que, significativamente, interpreta ella misma), hablará aún más explícitamente sobre lo que insinúa en su primera película. En este caso el objeto de crítica son las novelas de la radio, que encandilan a las mujeres contándoles historias de amor que no tienen correspondencia con la realidad. En esta cinta se opone así al discurso ficticio de las novelas radiofónicas (y del cine comercial), que engañan a las mujeres al presentar una realidad que no existe, el neorrealismo del discurso metacinematográfico de su propio cine, que desenmascara el artificio fílmico que reifica y estereotipa la realidad femenina.

 

En otros casos, este «espacio de la producción» puede llegar a formar el marco del relato. El mediometraje Margarita y el lobo (Cecilia Bartolomé, 1969) empieza y termina con unas tomas del set en el cual se está rodando la propia película. La historia —que empieza por la anulación del matrimonio de Margarita y Lorenzo, y termina, pocos días después, con el traslado de ella a su nuevo piso de mujer separada— se desarrolla en cinco secciones, cada una marcada por una secuencia que comienza con el primer plano de una claqueta. En cada una de estas escenas Margarita está hablando en público con un micrófono —como si estuviera dando una conferencia— sobre un tema candente del feminismo, que se vinculará a la diégesis: el amor, la subjetividad femenina, el adulterio, el lesbianismo y la libertad. Las incursiones de la claqueta y las tomas rodadas en el set, que pertenecen a lo que tendría que quedar fuera de campo, ofrecen un discurso metacinematográfico de fuertes connotaciones feministas. La película empieza con unos picados que revelan lo que está «detrás» de la cámara: hay atrezzi, cables, raíles, micrófonos y el equipo de producción que observa a los actores. Un cura, vestido de negro, se encuentra en una posición simétricamente opuesta a la de la directora, vestida de blanco. No hay márgenes entre lo que es el campo y lo que se encuentra fuera de campo, y un travelling, con un movimiento casi pendular, pasa de un grupo a otro. Este ejercicio se repite al final de la cinta. Margarita consigue por fin librarse del marido y del amante, y se muda a su propio piso. Se encuentra finalmente sola y, en un gesto de alegría, se echa boca

 

 

 

 

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arriba en el colchón y levanta las piernas. Sin embargo, este encuadre final, que comienza con un primer plano de Margarita tumbada en su antigua cama de soltera, va abriéndose por medio de un zoom out, y la toma empieza a abarcar, como al principio, lo que está fuera de campo. Se revela así que Margarita no está sola, sino rodeada de gente: los primeros que se descubren son su marido y su amante (o mejor dicho, los actores que los interpretan), sentados, observándola [Imagen 5]; luego aparece la directora, a la cual la actriz comenta enseguida que se le tienen que haber visto las bragas cuando levantó las piernas; siguen varios cámaras y actores, y finalmente el que daba vida al cura. Esta secuencia final permite diversos niveles de interpretación. En primer lugar, al enseñar lo que normalmente no se ve, se denuncia la naturalización de la construcción fílmica. En palabras de Patricia Waugh (1984), al llamar la atención sobre el artefacto, se cuestiona la relación entre ficción y realidad; en segundo lugar, la aparición de las figuras que habían simbolizado las instituciones contra las cuales Margarita se había rebelado (la Iglesia y el matrimonio) marca de forma enfática el hecho de que no existe un espacio fuera de la sociedad patriarcal: el space off-screen de Teresa de Lauretis no es una heterotopía, sino una utopía. Si Margarita estaba por fin sola, la actriz que la interpreta no lo está, y se preocupa, con ademanes de mujer poco liberada, de que se le hayan visto las bragas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  El espacio de la producción se hace visible: Margarita no está sola (Margarita y el lobo, Cecilia Bartolomé, 1969).

 

En este estudio de diferentes espacios fuera de campo, me parece interesante incluir también un cuarto tipo, bastante sui generis, que no se encuentra en la clasificación de Burch, por corresponder a una realidad del cine más reciente. Me refiero a los textos que han sido eliminados de una

 

 

 

 

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película —por censura ideológica, de mercado, por cuestiones de tiempo o por razones de orden artístico—, pero que no han desaparecido por completo. Solo recientemente el público puede tener acceso a estas escenas eliminadas, gracias a la reproducción en DVD que las incluye como «extras». A mi entender, estos textos se pueden definir como «fuera de campo» por constituir extensiones imaginarias de la película fuera de su marco —espacios que se prestan a la deconstrucción de una lectura literal de la película.

 

Un ejemplo particularmente fértil de este cuarto tipo de fuera de campo nos lo proporciona Miguel y William (Inés París, 2007), una película que cuenta la historia de Leonor, una mujer española criada en Inglaterra, que vuelve a España para casarse con su prometido, que resulta ser un hombre celoso y violento. En España, Leonor conoce a Miguel de Cervantes, y con la ayuda de su amante inglés (William Shakespeare, que la había seguido en sus andanzas) y de su nuevo amigo español, se dedica a escribir una obra teatral. Finalmente, el mismo día de la boda, el marido muere por un ataque al corazón, dejando a Leonor viuda, rica, y libre de poder seguir cultivando con Shakespeare y Cervantes su pasión teatral. Esta es la historia que el público sigue en los cines: «una mujer […] es la que lleva el peso del guion, pero tanto el título como los argumentos de venta de la película se referían a los dos genios de la literatura. No es fácil vender películas que tengan protagonistas femeninas» (2013: 114), comenta la directora. Ahora bien, en los «extras» se puede ver una escena inicial eliminada, que revela las verdaderas razones por las cuales Leonor deja Inglaterra, y que enseña así, desde el principio de la historia, el carácter feminista del discurso de la película. Leonor accede a volver a España porque ahí puede dedicarse al teatro, ya que en Inglaterra había una ley que impedía a las mujeres actuar. Lo que parece una decisión de conveniencia (un matrimonio sin amor) en la versión final de la película, correspondía originalmente a un deseo de la protagonista de desarrollar sus aspiraciones, reprimidas en Inglaterra por unas leyes misóginas. La creatividad de la protagonista y el discurso explícitamente feminista de la directora quedan así relegados a este off-screen[54].

 

Y, finalmente, para concluir (y este podría ser el quinto ejemplo de fuera campo), el espacio off-screen se puede entender, en sentido más amplio, como metonimia de toda la producción femenina. No es casual que Giuliana Bruno y Maria Nadotti titulen su libro sobre el corpus

 

 

 

 

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cinematográfico realizado por mujeres en Italia Off Screen (1988). Por ahora, el cine realizado por directoras —el gynocine— está aún «fuera de campo» o más bien, simbólicamente, es un fuera de campo. Por suerte, como se ha dicho, el campo y el fuera de campo son reversibles, así que no hay que perder las esperanzas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 2

 

 

Autoría

 

 

 

 

El mito de la caverna de Platón, que, como se ha visto anteriormente, articula una prefiguración del dispositivo cinematográfico, no hace referencia alguna a un «autor» de la elaborada mise-en-scène. ¿Quién ha encadenado a los prisioneros? ¿Quién es el responsable de organizar el desfile de la gente y de los objetos cuya imagen se proyecta en el fondo de la caverna? ¿Quién enciende y regula el fuego? ¿Quién compone los sonidos y los diálogos que producen los ecos, y quién decide sobre los objetos que tienen que pasar delante del fuego? El relato platónico evoca, en cierta forma, lo que Peter Wollen (1972) ha definido como un «metteur-en-scène film» frente a un «auteur film». Mientras que el «auteur film» se empapa de la personalidad —de la firma— de un autor, el «metteur-en-scène film» es una obra de equipo: un texto (visual) al cual se ha trasladado el significado de otro texto (escrito), sin que un autor haya dejado su sello. Es como si se tratara de un producto de un autor invisible o inexistente: para el filósofo norteamericano Stanley Cavell, «las películas surgen de la magia; desde el interior de la tierra» (1979: 39); y ese «interior de la tierra» evocado por Cavell nos traslada metafóricamente a la caverna platónica.

 

Es precisamente esta magia, esta impresión de que no hay nadie detrás del aparato fílmico para disponer y decidir sobre lo que el público ve, lo que naturaliza el artificio creando una pretensión de realidad. La ausencia de la subjetividad de un autor conduce a una mayor pretensión de realidad objetiva, con la cual se naturalizan los estereotipos cinematográficos que han reforzado la creación patriarcal de la Mujer (con mayúscula, como se ha visto en el capítulo anterior). Si se identificara, en cambio, a un autor como el creador de la película, se desmantelaría en cierta forma dicha invisibilidad del mecanismo artístico, pero se incurriría en otro problema: el riesgo de crear un mito, el de un genio creador, un auteur que, por

 

 

 

 

 

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defecto, sería un hombre. En ambos casos, la crítica feminista tiene que actuar. En el primero, tiene que deconstruir los estereotipos; en el segundo, tiene que deconstruir el mito y, como diría Barthes, matar al autor (hombre).

 

El concepto de auteur —uno de los temas más candentes de la teoría fílmica feminista— ha originado un debate que se articula sobre la base de dos posiciones opuestas: por un lado, la de restar importancia a la figura del director-auteur, para señalar que el dispositivo fílmico es el producto de un equipo, y no de una sola mente, y resaltar así una presencia femenina en otras áreas aparte de la dirección (Mayne, 1990, y Martin, 2003). La otra posición corresponde al intento de recuperar la obra de las mujeres en el campo de la dirección, y de esta manera rescatar del anonimato y del olvido una presencia femenina autorial en la historia del cine y en particular en sus comienzos (Rosen, 1973, y Smith, 1975)[55]. Como se verá en estas páginas, las dos posiciones —reconocer el trabajo de equipo y rescatar las figuras femeninas en el campo de la dirección— son compatibles e igualmente fundamentales para una reescritura sexuada de la historia del cine.

 

 

 

La mujer en la «politique des auteurs»

 

Las discusiones sobre el concepto de autoría empiezan muy pronto, y en los principios de la historia del séptimo arte se pueden subsumir al más amplio debate sobre cine popular frente al Film d’Art. Ya en la primera década del siglo XX, cuando el cine todavía se concibe como costilla de Adán de la literatura y del teatro[56], el escritor tiene más peso que el director: en Alemania, por ejemplo, se acuña el término autorenfilm, una noción que da mayor importancia al «guionista». Sin embargo, el concepto de cinéma d’auteur, que surge en los años 20 en Francia, se establece en oposición al autorenfilm alemán, al privilegiar por primera vez al director sobre todo el equipo (Hayward, 2001). En Italia también, por los años 30, el guionista Alberto Consiglio (1936) resta peso, en sus trabajos teóricos, a la figura del escritor. Otra postura es la de Erwin Panofsky (1947), en los Estados Unidos, que en «Style and Medium in the Motion Pictures», considera que la creación de un filme —como si se tratara de la edificación de una catedral— es obra de un equipo en el cual todo el

 

 

 

 

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mundo tiene un papel igualmente importante[57]. Otra oposición en estas primeras discusiones es la de auteur frente a littérateur, es decir, entre el autor original y el que adapta los textos literarios traduciéndolos literalmente al lenguaje fílmico.

 

Finalmente, en Francia, con la afortunada fórmula de caméra-stylo acuñada por Alexandre Astruc en 1948, se establece la llamada politique des auteurs, que será promocionada por los críticos de la revista Cahiers du Cinéma desde su fundación en 1951. La politique des auteurs fusiona la figura del director con la del guionista: «Lo que implica, claro está, que el propio guionista haga sus filmes. Mejor dicho, que desaparezca el guionista […]. La puesta en escena ya no es un medio de ilustrar o presentar una escena, sino una auténtica escritura. El autor escribe con su cámara de la misma manera que el escritor escribe con una estilográfica» (Astruc, 2007: 224). Los críticos de Cahiers du Cinéma (entre ellos François Truffaut) atacan el cine (francés) de los «padres» (cinéma de papa) y celebran lo novedoso y distintivo que caracteriza el cine de Hollywood (en particular «autores» como Hitchcock, Howard Hawks, John Ford y Samuel Fuller). Truffaut (1954) insiste en que el «hombre de cine» no es el guionista: «estas audacias […] son las de directores y no las de literatos» (2007: 239). En el debate participa también André Bazin (1957), que a pesar de no estar de acuerdo con la elección de estos términos, mantiene que la crítica cinematográfica debe ocuparse de identificar en las películas las huellas de la personalidad de sus creadores, su firma y su estilo. Truffaut, como Bazin, no contraponía el cine basado en adaptaciones al cine d’auteur (basado en guiones originales), ya que los autores que alababa también trabajaban con textos literarios. No se trataba de descartar las adaptaciones, sino ciertas formas de adaptar.

 

En 1962, con el ensayo «Notes on the Auteur Theory», el crítico Andrew Sarris importa a los Estados Unidos el concepto de «politique des auteurs» (que traduce como «auteur theory») y en su libro The American Cinema: Directors and Directions, 1929-1968 (publicado el mismo 1968) crea un canon de «buen cine». Esta guía de alrededor de 200 «hombres de cine», como los llamaba Truffaut, es efectivamente solo de «hombres», puesto que en ella aparecen únicamente dos mujeres: Ida Lupino y Mae West. De las dos, Sarris resalta su capacidad en la actuación, pero critica su labor como directoras. Las compara con Lillian Gish, «aquella actriz de las actrices» que después de dirigir una película había declarado que ese

 

 

 

 

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no era trabajo «para una señorita». A este propósito, Sarris comenta con ironía que «sin duda, Simone de Beauvoir diría lo contrario, pero el número tan exiguo de mujeres impide poner a prueba esta cuestión» (1996: 216).

 

En La pasión del significante (2007) Giulia Colaizzi desnaturaliza la labor de exclusión y desautorización de la producción femenina que lleva a cabo Sarris en su creación de un canon, y denuncia su «adscripción a la lógica del inconsciente patriarcal» (59) por lo menos a dos niveles: en primer lugar Colaizzi revela «los modos de fabricación de la verdad, de la apariencia de verdad» (2007: 58) del texto de Sarris, avalado por su autoridad de crítico reconocido y por la aparente objetividad de su discurso académico[58]. En segundo lugar, por medio de un estudio ampliamente documentado del contexto en el cual se produce el trabajo de Sarris, Colaizzi pone de manifiesto de forma contundente que la producción de estas directoras —y de muchas otras que el crítico norteamericano ignora por completo— no era para nada desestimable, ni invisible, sino «des/conocida» (68): «Lo que este des/conocimiento produce es, por un lado, la exclusión y el menosprecio de obras y trayectorias que otras miradas al cine han mostrado como valiosas y enriquecedoras y, por el otro, la sexualización de la imagen y de los discursos en lugar de su radical politización» (2007: 68).

 

En la misma línea que Sarris, la revista británica Movie publica en el número de junio de 1962 una categorización análoga que divide los directores en «grandes», «brillantes», «muy talentosos», «talentosos», «competentes o ambiciosos» y «el resto». En el listado aparecen de nuevo solo dos mujeres, que se sitúan en los últimos grupos: Shirley Clarke en la de «competentes y ambiciosos», y Muriel Box entre los que quedan etiquetados como «el resto». Estos ejemplos sumarios son significativos de un fenómeno más amplio de desapropiación de lo femenino que sigue hasta la fecha.

Como decía en las páginas anteriores, la teoría feminista mantiene posiciones encontradas sobre la teoría de auteur. Simbólicamente, la cámara-pluma (la caméra-estilo, según Astruc) del auteur tiene connotaciones que recuerdan las de la pluma-pene teorizada por Gilbert y Gubar. Angela Martin, en un artículo titulado «Refocusing Authorship in Women’s Filmmaking» (2003), afirma que si un auteur es quien expresa una visión personal (Peter Kast, 1951) y quien explora temas éticos y

 

 

 

 

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metafísicos, revelando tanto las «emociones primarias del hombre» (Jacques Rivette, 1955) como su «significado interior» (Andrew Sarris, 1962), para las mujeres, dicho significado interior, o dichas emociones primarias, no tienen sentido al ser masculinas por defecto. En otras palabras, concluye Martin, «el enfoque autorista […] no tiene nada que ver con el cine de las mujeres» (2003: 128). Pero esta situación puede y debe cambiar. En un sistema en el cual las mujeres han sido silenciadas y en el cual la producción femenina ha sido igualmente víctima de un constante ostracismo (obras olvidadas, desapropiadas o mal distribuidas), el público, en palabras de Viviane Forrester (1976), desconoce lo que ven los ojos de las cineastas[59]. De ahí que —parafraseando a los críticos citados por Angela Martin— para descubrir, o recuperar, las emociones primarias, el significado interior y la visión personal de las mujeres, el cine tiene que dejar hablar, y dejar mirar, a las «autoras».

 

La directora española Josefina Molina lamenta que «nunca en los primeros veinte años de mi vida pude ver una película dirigida por una mujer aunque desde muy pequeña estaba acostumbrada a ver cine» (2003: 78). Como consecuencia de esta falta de tradición femenina, las cineastas de su generación vivieron en un estado de orfandad que les causaba inseguridad y que les producía desconfianza:

 

¿Qué tradición tenía, pues, una mujer que se dedicaba a dirigir cine en España al final de la década de los sesenta del siglo pasado? Las películas de aquellas mujeres se esfumaron en el tiempo. No son analizadas, ni vistas, ni mencionadas. Son como hojas al viento de una oportunidad incontrolada. Intentaron ser positivas, amoldarse a las circunstancias, sacar cuatro de donde solo había dos, lucharon inútilmente por conseguir hacer su trabajo con escasos medios. Tuvieron que producirse sus películas y nadie confió en ellas (Molina, 2003: 78).

 

Si Molina parece denunciar la inutilidad de los esfuerzos de la mujer, la crítica feminista le otorga un sentido: paulatinamente, gracias a la incesante labor de archivo de unas estudiosas, se ha ido recobrando la obra de unas autoras pioneras[60]. Vuelve así a inscribirse en la historia del cine lo que se «había esfumado», y se promueve de esta forma una tradición femenina.

 

En su famoso «The Death of the Author» de 1968, Roland Barthes había proclamado la muerte del autor, desplazado por el lector del texto. Ahora bien, en un contexto en el cual las autoras no han nacido aún, puesto que las mujeres todavía luchan para que se reconozca su autoría y

 

 

 

 

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su autoridad, parecería cuando menos paradójico hablar de su muerte. No se puede deconstruir un texto, antes de rescatarlo y reconstruirlo: «no es tanto una cuestión de deconstrucción sino de reconstrucción» (Butler, 2002: 61). De ahí que un sector de la teoría fílmica feminista se apropie de la teoría de auteur al concebirla como una labor de rescate de las pioneras y de construcción —o reconstrucción— de un canon femenino.

 

La obra de las directoras actuales puede leerse, literal y simbólicamente, como un acto de reapropiación de un espacio —en los orígenes del cine— marcado por la presencia autorial de la mujer. Marjorie Rosen (1973) y Sharon Smith (1975), en sus textos seminales sobre la producción femenina, empiezan este rescate en los Estados Unidos en los años 70; el artículo de Francis Lacassin «Out of Oblivion: Alice Guy-Blache» (1971) rescata la obra de la pionera francesa. Para Italia hay que esperar dos décadas más: Paola Faloja, con su documental Le pioniere della macchina da presa (1993), y Giuliana Bruno, con su libro sobre Elvira Notari (1993), inauguran una línea de investigación sobre el cine de las pioneras en Italia. Marjorie Rosen concluye su libro afirmando que la presencia de unas mujeres en los exordios del séptimo arte es lo que nos permite crear un continuum femenino: «eran nuestras pioneras. Sin embargo, durante demasiado tiempo todas sus contribuciones han estado cogiendo polvo, sufriendo un “eclipsamiento precipitado” y falta de reconocimiento. Y eso nos niega un legado, una piedra angular sobre la que construir» (1973: 380)[61].

 

Si por un lado la teoría de autor es fundamental para el rescate de la producción femenina, por el otro, como comenta Judith Mayne (1993), al identificar al autor con el director, se niega la significativa presencia de una firma femenina que contribuye al producto fílmico en ámbitos diferentes a los de la dirección, como por ejemplo en el guion, en el sonido o en la actuación:

 

El que convencionalmente se identifique el autor con el papel de director puede obliterar o negar que sí aparecen firmas femeninas en el cine de forma significativa. Por ejemplo, la consideración del papel de quien escribe el guion — a menudo olvidado, a menudo mujer— podría aumentar la relevancia de la impronta femenina en el texto fílmico, y el papel de la actriz no siempre se ajusta a la común sabiduría feminista acerca de la mirada masculina controladora encarnada por el hombre director —el testimonio de Bette Davis es un buen ejemplo (1993: 93).

 

 

 

 

 

 

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En España, si ampliáramos el concepto de autoría según lo que propone Judith Mayne, podríamos señalar los nombres de unas actrices, en los albores del cine, que con su personalidad y labor dejaron una huella comparable a la de los directores, como, por ejemplo, las estrellas Raquel Meller[62] e Imperio Argentina; o más tarde, ya con el sonoro, Rosita Díaz Gimeno o Estrellita Castro. ¿Era acaso Florián Rey «más autor» que Imperio Argentina? Andrew Sarris (1962) afirma que Marlon Brando nos ha enseñado que una película se puede hacer perfectamente sin un director (562), y Roland Barthes en «El rostro de la Garbo» (1957) asevera que la actriz sueca, en una época en la cual una estrella de cine podía sumergir al público en un éxtasis profundo, mostraba «una especie de idea platónica de la criatura […]. Como lenguaje, la singularidad de Garbo era de orden conceptual» (http://www.orgulloybizarria.com.ar/2010/12/el-rostro-de-la-garbo.html). De forma análoga, Imperio Argentina, que «rompía materialmente las barreras de la pantalla para conectar fulminantemente con los espectadores» (Comas, 2004: 89), llegó pronto a formar lo que Bazin definía como un estándar de referencia, con un estilo personal que funcionaba como una firma[63].

 

Molly Haskell, en From Reverence to Rape (1974), estudia a algunas estrellas femeninas que «se resistían» frente a los modelos tradicionales dictados por el guion y por el director (como, por ejemplo, Rosalind Russell, Katharine Hepburn y Bette Davis). Es también el caso de Ana Mariscal, en su controvertido papel de Marisol, la «novia de Franco» en Raza (José Luis Sáenz de Heredia, 1942). Como señala Susan Martin-Márquez (1999), en algunas secuencias de la película, se puede ver que Mariscal cambiaba de expresión antes del corte, abandonando la sonrisa angelical o levantando los ojos al cielo. ¿Era Marisol la que estaba cuestionando su propio papel de mujer sumisa o era Mariscal la que deconstruía el personaje que interpretaba? Tal vez la diferencia sea irrelevante, puesto que esta ambigüedad apunta al carácter performativo del género sexual (Butler, 1990), y al hecho de que la feminidad es de por sí, como había propuesto Joan Rivière en 1929, una mascarada[64].

 

A estas actrices hay que añadir también algunas escritoras o guionistas. Daniela Fejerman habla sobre la condición del guionista, que «tiene que tener vocación de invisibilidad. O sea, el guionista es el que escribe, el primero que crea todo un universo y, sin embargo, tiene que desaparecer absolutamente cuando comienza el rodaje de esa película» (Camí-Vela,

 

 

 

 

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2005: 366). Esto es doblemente cierto con respecto a las guionistas, invisibles por su profesión y por su género[65]. De las pioneras, hay que rescatar —entre otras— a María Comendador, que además de actuar en dos docenas de películas en los años 20, como, por ejemplo, Carolina, la neña de plata (José Codornié, 1927), escribe el argumento de tres largometrajes dirigidos por José Buchs: Expiación (1919), La venganza del marino (1920) y Víctima del odio (1921); o a Concha Méndez Cuesta, la guionista de Historia de un taxi (Carlos Emilio Nazarí, 1927), una comedia de enredo sobre una confusión entre sexos en la cual la protagonista se disfraza de hombre.

 

Como apunta Molly Haskell (1974), el rechazo feminista al auterismo es más emocional que teórico. Se trata de una expresión de indignación frente al hecho de que la mayoría de los directores ha sido —y sigue siendo— masculina, y frente a la presencia de un evidente techo de cristal con el que por fin se están enfrentando las directoras más jóvenes, buscando apoyo institucional[66].

 

Peter William Evans, en Spanish Cinema. The Auteurist Tradition (1999), dedica solo uno de sus veinte estudios a una mujer, Pilar Miró[67]. En la introducción, sin embargo, reconoce que entre los cineastas emergentes hay un número considerable de autoras, como Chus Gutiérrez, Icíar Bollaín, Gracia Querejeta, Azucena Rodríguez e Isabel Coixet. Diez años después de la publicación del libro de Evans, estas cineastas, a las cuales se deben añadir otras, como por ejemplo Marta Balletbò-Coll, Patricia Ferreira, Judith Colell, Helena Taberna, Laura Mañá o Inés París, han ido produciendo un corpus que cuenta con numerosos títulos y que se caracteriza por un discurso personal y por un estilo propio: una firma autorial.

 

En las siguientes páginas, siguiendo el ejemplo de Rosen (1973), Haskell (1974) y Smith (1975), me propongo señalar una presencia femenina en la dirección cinematográfica en España desde los principios del cine, identificando cuatro generaciones de autoras[68]. Entiendo de esta forma el término «generación» como una categoría definida no solo por un espacio y un momento histórico específicos, sino también como un locus de cuestionamiento (simbólico y literal) de la presunta neutralidad sexual del lenguaje fílmico. Mantengo así el término «generación» (en lugar de «etapa» o «período») para subrayar que cada uno de estos momentos de la

 

 

 

 

 

 

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producción fílmica femenina está marcado «genéricamente». Es decir, cada generación origina —o «engendra»— un sistema epistemológico sexuado, condicionado y elaborado por la diferencia. Resalto así no tanto el primer significado de la palabra latina genus —tipo, origen, especie— que está en la raíz de generatio, sino su otra acepción, la de género sexual.

 

El Goya a la mejor dirección novel de Mar Coll por Tres dies amb la família (2010) marca un momento clave en la historia del cine español, no solo porque interrumpe un período de siete años durante el cual los premios a la dirección se habían entregado exclusivamente a hombres[69], sino sobre todo porque Coll recibe la estatuilla de manos de cuatro directoras (Bollaín, Ferreira, Querejeta y Gutiérrez). Ese suceso marca el relevo de una nueva generación de mujeres cineastas, y simboliza la existencia de una tradición femenina reconocida por la misma Academia[70]. Además, este gesto escenifica el final de un fenómeno que había caracterizado el cine femenino español: la falta de comunicación entre generaciones de cineastas.

 

En el pasado, cada generación actuaba de forma pionera a causa del silencio historiográfico —de la sistemática eliminación de la producción de la autora del canon fílmico— que impedía una continuidad entre las diferentes épocas de dirección femenina (Solá y Selva, 2002: 22). Es más, hasta hace poco, entre las cineastas no había ni un espíritu generacional común, ni la conciencia de ser parte de un grupo (y menos de un grupo discriminado). En un ambiente hostil hacia la mujer, como el de la industria cinematográfica, cada directora trabajaba de francotiradora, y entre generación y generación no se pudo producir ninguna «hermandad secreta de una subcultura» que es típica, por el contrario, del mundo de las escritoras (Gilbert y Gubar, 1998: 65). O más bien, si ha existido de forma implícita y subconsciente, dicha hermandad no se ha percibido de manera evidente y menos aún se ha manifestado abiertamente, por lo menos hasta una época muy reciente. En el mediometraje dirigido por Cecilia Bartolomé Margarita y el lobo (1969) se encuentra una clara ilustración de esta problemática. En la película, Margarita (como la misma Bartolomé) vive en un mundo masculino, y lucha contra la misoginia y contra los estereotipos femeninos reductivos, gracias a su inteligencia, valentía y determinación, pero sin la ayuda de otras mujeres. De manera muy relevante, se echa en falta la solidaridad femenina en esta cinta. La misma Bartolomé, hablando de su experiencia con las otras dos directoras de su

 

 

 

 

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generación, Pilar Miró y Josefina Molina, afirma que, a pesar de conocerse desde siempre, nunca se concibieron como un colectivo: «no hubo ningún intento de agruparnos» (Diario de Noticias, 16 de junio de 2007).

 

Salvo algunas excepciones[71], lo normal era que no hubiera intertextualidad, ni diálogo, ni —tomando prestado un concepto de Harold Bloom (1973)— ansiedad de influencia: cuando las directoras de la segunda generación emprendieron en la Transición su aventura cinematográfica, lo hicieron de nuevo como pioneras. Al no tener madres, no tenían que desmarcarse de sus propias precursoras ni huir de sus textos y «desviarlos y malinterpretarlos» —como dice Bloom a propósito del canon literario— para superar su influencia. El «estado de “orfandad”» (1994: 97), rasgo peculiar, para Jaume Martí-Olivella, del cine español de la posguerra, llega a ser alegoría e idiosincrasia de la experiencia cinematográfica femenina. Cabría aquí preguntarse si la producción fílmica de la mujer ha estado marcada, en cambio, por la «ansiedad de autoría» (anxiety of authorship), característica, según Sandra Gilbert y Susan Gubar (1979), del mundo literario femenino. Las escritoras, al no tener madres literarias (o al tener muy pocas), han vivido constantemente la experiencia de ser las primeras y de tener que iniciarse en un espacio por conquistar, sufriendo así «una ansiedad construida a partir de temores complejos y apenas conscientes hacia esa autoridad que a la artista femenina le parece ser por definición inapropiada para su sexo» (Gilbert y Gubar, 1998: 65).

 

Antes de que Mar Coll recibiera el Goya de sus madrinas, cuatro generaciones de directoras habían trabajado sin el respaldo de una tradición femenina. La primera, que corresponde a la producción del cine mudo, se podría enmarcar entre dos fechas: desde 1898, cuando Carmen Pisano aparece en las fiestas de Bilbao, hasta 1921, año en que Helena Cortesina realiza su largometraje Flor de España o la leyenda de un torero. La segunda generación, ya con el sonoro, trabaja durante la guerra y el franquismo: su principio corresponde a El Gato montés de Rosario Pi en 1935, y su final a El paseíllo, última película de Ana Mariscal en 1968. La tercera generación empieza en la Transición, con Vera, un cuento cruel (1973) de Josefina Molina[72] y sigue hasta 1996, año del estreno de las últimas películas de Cecilia Bartolomé y Pilar Miró (Lejos de África y Tu nombre envenena mis sueños respectivamente). Este año es simbólico en la historia del cine de mujeres: por un lado, supone el final de la

 

 

 

 

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producción de dos figuras clave; por el otro, corresponde a un boom de la presencia femenina detrás de la cámara: en 1996 se estrenan nueve películas dirigidas por mujeres. La andadura de la cuarta generación —que en la actualidad sigue siendo muy activa— arranca antes, en 1988, año en que se realizan las óperas primas de Cristina Andreu (Brumal), de Isabel Coixet (Demasiado viejo para morir joven) y de Ana Díez (Ander eta Yul), que serán nominadas para el Goya a la mejor dirección novel. Ana Díez se hará con la estatuilla. A estas tres directoras se irá sumando una treintena de jóvenes cineastas. En el año 2009, que marca el relevo de la quinta generación, se bate un nuevo récord, con el estreno de 18 películas de dirección femenina. Junto a Mar Coll, debutan también Ana Pérez y Marta Arribas (Cómicos), Anna Sanmartí (Tierra habitada), Sonia Escolano y Sadrac González (Myna se va), Ana Rosa Fernández Diego (Héctor y Bruno), Arantxa Aguirre (El esfuerzo y el ánimo), Paula de Luque (El vestido y azul), Anna Bofarull (Notes al pem), Alicia Garaialde (El secret de la lluna), Antonia San Juan (Tú eliges) y Lucía Herrera (L’escaezu). Un cambio de guardia bastante prometedor.

 

 

Dos generaciones de autoras pioneras

 

La historia del cine español está marcada en sus orígenes por una manipulación. Jon Letamendi denuncia que durante el franquismo se invirtieron de forma arbitraria las fechas de dos películas para que el tema religioso de Salida de misa de 12 del Pilar (1898) —un cortometraje de un minuto dirigido por el aragonés Eduardo Gimeno Correas— apareciera como inicio de la historia del cine español. El «error», lamenta Letamendi (1998), se sigue manteniendo también en estudios recientes. En realidad, la primera película de la historia del cine español es Riña en un café (1897) del catalán Gelabert, un mediometraje de 20 minutos que —por su argumento y por la proveniencia de su autor— debe de haber sido considerado por el régimen como poco apropiado para representar los comienzos del cine español. Una manipulación parecida se produce en la historia del cine español femenino con respecto a su desaparecida primera película, Flor de España o la leyenda de un torero (1921) [Imagen 6]. Antes de la guerra, en las reseñas y los anuncios del largometraje, Helena Cortesina aparece como la única directora de la cinta, pero paulatinamente

 

 

 

 

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su autoría se va eclipsando. Para empezar, se añade a José María Granada como codirector y, finalmente, para restablecer el orden patriarcal, se produce una inversión y el nombre de él aparece primero, delante del de la mujer. Juan Antonio Cabero, en su Historia de la cinematografía española. Once jornadas: 1896-1948, publicada en 1949, no enmienda el error. La base de datos del Ministerio de Cultura mantiene esta desapropiación al asignar la dirección de la película a Granada y a Cortesina (en este orden)[73]. En el Centro Virtual Cervantes, un artículo titulado «Pioneros» continúa la desautorización de Cortesina al indicar que «el primer largometraje realizado en España que se exhibió en Iberoamérica se llamaba, justamente, Flor de España (1920), y estaba

 

dirigido por José María Granada» (http://cvc.cervantes.es/actcult/cine/historia/pioneros.htm). En el artículo no hay mención alguna de Cortesina.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  La pionera Helena Cortesina en un fotograma de su película perdida Flor de España (Flor de España o la leyenda de un torero, Helena Cortesina, 1921).

 

En España, del cine mudo femenino han quedado solamente unos nombres relacionados, bien con el mundo de la fotografía, bien con el teatro[74]. Como se ha visto en el capítulo anterior, algunas de estas figuras están relacionadas con la compra de las primeras cámaras Lumière, según Letamendi no anterior a mayo de 1897 (post quem de la producción cinematográfica en España), y con el establecimiento de los primeros albergues de las imágenes en movimiento. Las pioneras de nuestro cine eran por lo tanto muy probablemente también las primeras empresarias, o mejor dicho, las primeras empresarias eran también las primeras directoras. Ya he hablado en el capítulo anterior de algunas de ellas: Carmen Pisano, Anäis Napoleon y Elena Jordi.

 

Carmen Pisano, probablemente la primera figura femenina dueña de una cámara Lumière, aparece en las fiestas de Bilbao de 1898, donde

 

 

 

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monta una caseta para exhibiciones de naturaleza varia y para la proyección de «imágenes en movimiento». Todo parece indicar que, por entonces, Pisano era aún soltera y competía con aquel que, como se ha visto, iba a ser más adelante su socio —y marido—, el catalán Enrique Farrús, «el Farrusini». Anäis Napoleon, famosa fotógrafa catalana, empezó con una tienda de daguerrotipos que pronto se transformó (con la colaboración del marido) en un importante estudio fotográfico. Por estas mismas fechas, la pareja montó el primer cinematógrafo Lumière en Barcelona. Beatriz Azpiazu es otra mujer dueña de una cámara Lumière a finales de siglo: con la muerte de su marido en 1899, hereda su taller fotográfico, que se había convertido recientemente en estudio cinematográfico. De estas tres pioneras, sin embargo, sabemos muy poco y solo podemos especular con que hubieran usado sus cámaras también para filmar. Aunque es muy plausible pensarlo, no tenemos de momento ninguna constancia palpable[75].

 

Desde el mundo del teatro —aparte de una tal Isabel Roy citada por Josefina Molina y por Victoria Fonseca, de la cual no he conseguido encontrar ninguna información[76]— se han rastreado dos figuras más hasta la fecha: la catalana Elena Jordi (Cerc, 1882-Barcelona, 1945) y la valenciana Helena Cortesina (Valencia, 1904-Buenos Aires, 1984). De las dos tenemos suficientes documentos que atestiguan su salto desde los bastidores al mundo del cine (incluso reseñas de sus películas). Elena Jordi, después de trabajar con Margarita Xirgu, montó una compañía de vodevil de gran éxito y se transformó rápidamente en una gran estrella. Además de su talento empresarial —del cual he hablado en el capítulo anterior— llegó a ser una aplaudida actriz y un admirado modelo de gran elegancia. Por su parte, Helena Cortesina, que también empezó bajo la guía de Xirgu, creó su propia compañía de arte dramático alternando su trabajo de actriz teatral con el de bailarina. Hay constancia de que las dos pasaron al cine y de que dirigieron solo una película, en ambos casos perdida. Elena Jordi, tras actuar en tres películas de la productora Studio Films, dirigió Thäis (1918), adaptación del libreto de Massianes. Cortesina, en cambio, realizó una españolada, Flor de España o la leyenda de un torero (1921), una historia de amor entre una bailarina y un torero, protagonizada por la misma Cortesina, al lado de Jesús Tordesillas. Es posible que Jordi y Cortesina se conocieran porque, a pesar de los veinte años de diferencia, las dos trabajaron con Margarita Xirgu, y compartieron

 

 

 

 

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los mismos ambientes teatrales de Barcelona[77]. A pesar de la desaparición de Thäis y de Flor de España, nos quedan entusiasmadas reseñas de ambas cintas, reseñas que no delatan ninguna sorpresa por el hecho de que se trate de obras de mujeres. Esto nos llevaría a pensar que no fueron las únicas.

 

Tenemos que esperar al cine sonoro, con la Segunda República, para encontrar la primera cinta de autoría femenina que no ha desaparecido, El Gato montés (1935) dirigida por Rosario Pi Brujas (Barcelona, 1899-1967), que hasta hace poco se consideraba la ópera prima del cine femenino español. A diferencia de las directoras de la generación anterior, Rosario Pi no venía ni del teatro ni de la fotografía. Según Caparrós Lera, la catalana era dueña de una tienda de ropa íntima que quebró en la época de la depresión. Sin embargo, por los anuncios que se encuentran en La Vanguardia sobre la «casa de moda Rosario Pi, S. A.» entre octubre de 1926 y diciembre de 1930, se puede deducir que el local, que se hallaba situado en el céntrico Passeig de Gràcia, esquina con Carrer de Valencia, era más bien una tienda de alta costura de gran éxito, que contaba con numerosas modelos, por la cual tienen que haber pasado estrellas del mundo del espectáculo [Imagen 7]. No sería improbable que Rosario Pi cerrara su empresa de moda, no tanto forzada por razones económicas, como especula Caparrós, sino empujada por gente del espectáculo que frecuentaba su tienda. Pi se aventuró en la producción cinematográfica con la aportación financiera del mexicano Emilio Gutiérrez Bringas y con la colaboración de Pedro Ladrón de Guevara, hermano de María Fernanda Ladrón de Guevara, actriz teatral que por esos años, con el actor Rafael Rivelles, su marido, había dejado el escenario por la gran pantalla y en 1930 se había mudado a Hollywood[78].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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7. Sede de Rosario Pi, S. A. (foto de Claudia Illescas).

 

En Madrid, Rosario Pi fundó la Star Films y produjo la primera película de Edgar Neville, el mediometraje Yo quiero que me lleven a Hollywood. Finalmente, en 1935, pasó a la dirección con una adaptación de la zarzuela El Gato montés de Manuel Penella, en la cual se hablaba de forma explícita sobre el papel de la mujer en el cine, y sobre el séptimo arte como un poderoso artificio. Su segunda y última película (desafortunadamente perdida), Molinos de viento (1937), interpretada por María Mercader, es también adaptación de una zarzuela, la pieza homónima de Pablo Luna y Luis Pascual Frutos. Esta película nunca se pudo estrenar en la España republicana:

 

Después de seis meses de rodaje en una Barcelona devastada por la guerra, y después del trabajo de posproducción en París, Molinos de viento finalmente se terminó. Pero la película nunca se mostró en la España republicana, y solo disfrutó de una breve temporada en las pantallas nacionales tras el final de la guerra en la primavera de 1939. Sorprendentemente, la película también se estrenó en Nueva York, donde fue mal recibida por un reseñador, que, desconociendo claramente la precariedad de una producción en tiempos de guerra —o tal vez simplemente impasible frente a ella, la rechazó calificándola como «de clase casi primitiva» (Martin-Márquez, 1999: 83).

 

Después de una temporada en Italia, acompañada o acompañando a Mercader, Rosario Pi volvió a España a la misma actividad de antes de

 

 

 

 

 

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dedicarse al cine. Según relata Martin-Márquez, trabajó para la firma de alta costura Marbel, que vestía a actrices, entre ellas a Ana Mariscal: irónicamente este será el único hilo que hilvana una tradición femenina en esta época.

 

Rosario Pi se introduce en un momento histórico en el cual la presencia de la mujer se impulsaba en todos los campos. El espíritu liberal fomentado por la Segunda República otorgaba cierto innegable reconocimiento a la autoría femenina. Susan Martin-Márquez reseña, a este propósito, un intercambio entre el crítico cinematográfico Jesús Alsina en Arte y Cinematografía (1931) y la dramaturga y periodista gallega María Luz Morales en Films Selectos (1931) en dos artículos que recogían las discusiones de la época sobre la diferencia entre los sexos en las cuales habían participado también Gregorio Marañón y, antes, Leopoldo Alas[79]. Por razones opuestas, tanto Alsina como Morales defendían la participación femenina en la dirección cinematográfica: el primero porque pensaba que al ser detallista la mujer estaba particularmente capacitada para el séptimo arte; Morales, en cambio, no creía que hubiera que diferenciar entre habilidades femeninas y masculinas, puesto que las mujeres eran tan fuertes como los hombres y estaban igualmente cualificadas para dedicarse al cine.

 

En los Estados Unidos, cuando la producción cinematográfica no sufría aún el condicionamiento del mundo competitivo de una poderosa industria, no se discriminaba por el sexo:

 

Recurrir a las mujeres no siempre fue un anatema en Hollywood. En sus comienzos, sobre todo, y antes de que la industria se convirtiera en una poderosa operación elitista, su hambre de material y cineastas dejaba poco espacio a los prejuicios de género. Hacia el final de la Primera Guerra Mundial, la lista de las mujeres que había contribuido significativamente al cine americano era bastante más sustancial de lo que es hoy en día (Rosen, 1973: 367).

 

Todos los indicios hacen pensar que lo mismo pasaba en España. En particular, la época de la Segunda República fue un momento propicio para la incursión de la mujer en la autoría artística, y su participación en la realización cinematográfica se percibía como algo novedoso —como novedoso era el séptimo arte— pero no anormal.

 

Desafortunadamente, esta situación relativamente favorable para la mujer duró poco, y durante las cuatro décadas del franquismo contamos solo con la obra de dos directoras: Margarita Alexandre (León, 1923) y

 

 

 

 

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Ana Mariscal, seudónimo de Ana María Rodríguez Arroyo (Madrid, 1921-1995). En este sentido, su presencia en el campo de la dirección cinematográfica en plena autarquía se produjo bajo el signo de la excepcionalidad. Las dos cineastas no sintieron estar conquistando un territorio ajeno a su sexo, ni intentaron conocerse. No vivieron su experiencia como pioneras, como modelos para las nuevas generaciones; no buscaron alianzas, ni solidaridad con su sexo. Y dada su excepcionalidad, no tuvieron argumentos para poder defender la presencia femenina en este campo. En sus numerosas entrevistas, Margarita Alexandre parece no tener ninguna conciencia de la casualidad de que las dos debutaran el mismo año, 1953, Mariscal con Segundo López, aventurero urbano, y Alexandre con Cristo. A pesar de sus evidentes diferencias ideológicas (mientras Alexandre apoyaba la revolución cubana, Mariscal asumía el papel de musa de Franco), las dos mujeres tuvieron trayectorias parecidas. Las dos desarrollaron carreras multifacéticas: Alexandre como actriz, directora, productora, guionista, traductora, montadora y hasta directora de teatro musical; Mariscal como actriz y directora de cine y de teatro, como productora, escritora de ensayos, docente y conferenciante e incluso autora de una novela. Las dos pasaron a la dirección desde la actuación; ambas trabajaron con sus maridos, figuras que hasta cierto punto permanecieron en un segundo plano; las dos montaron su propia productora (Alexandre, la Nervión Films, y Mariscal, la Bosco Films); y las dos contribuyeron a incorporar importantes innovaciones en la industria del cine español (Alexandre importó desde los Estados Unidos el cinemascope, y Mariscal debutó introduciendo en España el neorrealismo italiano).

 

Margarita Alexandre, antes de dejar España por una larga temporada durante la cual trabajó en Cuba para el ICAIC y en Italia con Gillo Pontecorvo, codirigió con Rafael Torrecilla tres largometrajes: Cristo (1953), un documental que reconstruye la vida de Jesús por medio de cuadros, que no se hizo, explica la directora, «por ningún sentimiento religioso» (Camí-Vela, 2007: 102); La ciudad perdida (1955), un thriller sobre la vuelta de un comunista a Madrid, por el que tuvo que lidiar con la censura; y La Gata (1956), un melodrama entre la españolada y el drama rural, con el cual se proponía deconstruir los estereotipos folclóricos de los dos géneros. Mariscal, por su parte, dirigió diez largometrajes, por medio de los cuales experimentó diferentes géneros tales como el neorrealismo

 

 

 

 

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—en Segundo López, guerrero urbano (1953), La quiniela (1959) y El camino (1965)—, la españolada —en Feria de Sevilla (1961), Los duendes de Andalucía (1965), Vestida de novia (1967) y El paseíllo (1968)— y el drama político —en Con la vida hicieron fuego (1957), Hola muchacho (1961) y Occidente y sabotaje (1963). A pesar de este innegable protagonismo en el mundo del cine, en muchas ocasiones la figura de Ana Mariscal se despachó por su vinculación con el franquismo, como si hubiera sido la Leni Riefenstahl española: aun así, Mariscal afirmó reiteradamente no haber tenido una vida profesional fácil. En el prólogo de 1992 a Hombres (novela que la actriz había escrito en 1943, pero que la censura secuestró enseguida), Mariscal reflexiona con cierta amargura sobre los problemas que tuvo por sus «desafíos» (como, por ejemplo, haber interpretado en escena el papel de un hombre —el del mismo Don Juan— en su producción de la obra de Zorrilla; o haber dirigido una película neorrealista que denunciaba la pobreza en la capital española; o más aún por esa misma novela que se leyó como un alegato contra el matrimonio):

 

Por hacer de Don Juan me levantaron un proceso literario. A la película [Segundo López] le dieron tercera categoría, lo que significaba que no había quien la estrenara. Solo la novela fue prohibida, totalmente descaradamente […]. Todo esto puede parecer una contradicción, dada mi aureola de actriz mimada por el régimen del anterior jefe de estado, generalísimo Franco. Eso dicen. Es una falacia. Esa aureola es gratuita (1992: 40-41).

 

Estas mujeres empezaron a contribuir a la familiarización del público con una mirada diferente, enseñando la versión femenina de lo que, como he indicado anteriormente, Rivette había llamado las «emociones primarias del hombre» y Sarris «el significado interior del individuo». La poca difusión de sus obras, sin embargo, impidió que estas autoras pioneras pudieran establecerse como modelos para sus sucesoras.

 

 

Autoría femenina en la Transición

 

La tercera generación, que debuta en la Transición, compartía con las dos anteriores los mismos rasgos de orfandad y la misma falta de espíritu generacional: es llamativo, por ejemplo, que Josefina Molina, a pesar de adaptar la novela de Miguel Delibes El camino para la televisión, poco

 

 

 

 

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más de una década después de la versión de Ana Mariscal (1963) para el cine, no la hubiera buscado ni como referente implícito:

 

Ana Mariscal era, en la época en que yo ingresé en la Escuela, la única mujer que dirigía cine en España, la única cuyas películas eran comentadas. Pero en 1963 ya era una estrella en declive y su cercanía al régimen de Franco la separaba de las nuevas generaciones. Las dificultades económicas de su productora Bosco Films la obligaban a hacer películas de pretendida comercialidad que no fueron bien en taquilla y al fin tuvo que cerrarla. Ana Mariscal murió en 1995, fue, además de directora, actriz de gran éxito, escritora, conferenciante, pero, en una ocasión en que coincidí con ella, pude advertir su rencor por no tener el reconocimiento ni la comprensión que ella creía merecer (2003, 78).

 

Las palabras de Molina revelan que entre directoras se vivía una experiencia marcada por unos sentimientos de rivalidad que, a mi entender, eran evidentes mecanismos de autodefensa.

 

Josefina Molina (Córdoba, 1936), Pilar Miró (Madrid, 1940-1997) y Cecilia Bartolomé (Alicante, 1945) coincidieron en la mítica Escuela Oficial de Cinematografía de Madrid (EOC): Miró se licenció en Guion en 1968, Molina la siguió un año después, especializándose en Dirección, y Bartolomé se graduó en 1970 también en Dirección. En una entrevista, como ya he citado, Cecilia Bartolomé confiesa que las tres directoras, a pesar de conocerse de siempre, nunca se concibieron a sí mismas como un colectivo femenino: «no hubo ningún intento de agruparnos», y añade que, por el contrario, Pilar Miró ostentó siempre una evidente animosidad contra las mujeres, cierta «misoginia» (Diario de Noticias, 16 de junio de 2007). Miró y Molina coincidieron en varios proyectos en la misma escuela: trabajaron en la práctica final de la EOC de Claudio Guerín, Luciano (1965), Molina en calidad de ayudante de dirección y Miró en el guion; ambas fueron suspendidas en la asignatura impartida por Carlos Saura (Miró dos veces); colaboraron en el programa televisivo Revista para mujer, y hasta escribieron juntas un libro de «temas femeninos», financiado por la Revlon, bajo el común seudónimo de «Natasha». Sin embargo, no hubo ningún atisbo de compañerismo entre ellas sino, más bien, cierta rivalidad.

 

Miró, Molina y Bartolomé ocupan un espacio conceptual y discursivo caracterizado por la ausencia casi absoluta de una genealogía femenina, sin referencias sexuadas propias de su género, y por lo tanto, sin la posibilidad de una colocación simbólica. Ahora bien, a pesar de no tener

 

 

 

 

 

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contacto entre ellas, se establecieron en cambio como madres y como modelos para las generaciones más jóvenes: Molina se lo propuso explícitamente en la conclusión de su autobiografía, Sentada en un rincón: «Me considero un paso más, un precedente más, en la historia del cine de mujeres en España y estoy segura de que nuevas generaciones mejorarán lo hecho por las que les hemos precedido» (2003: 80).

 

Los tres largometrajes de Cecilia Bartolomé ¡Vámonos, Bárbara! (1975), Después de… (1981) y Lejos de África (1996) desarrollan aspectos de la experiencia femenina que se encontraban ya esbozados en Margarita y el lobo (1969), mediometraje que Bartolomé había dirigido como práctica de fin de curso para la EOC. Esta comedia musical abordaba el tema del divorcio, que será el detonante de la acción de ¡Vámonos, Bárbara!; el tema de la discriminación de la mujer frente a la ley civil y canónica, que desarrollará posteriormente en el documental Después de…; y el de la amistad femenina que se desplazaba y confundía con atracción lesbiana, que volverá en Lejos de África.

Cecilia Bartolomé empieza su trayectoria explorando las relaciones de pareja: sus dos primeras protagonistas se separan del marido en una época anterior a la Ley del divorcio, en el primer caso sin el apoyo de ninguna otra mujer, y en el segundo con la ayuda de amigas y de una hija solidaria. Otro tema presente desde su ópera prima es la oposición entre esfera doméstica y esfera pública. La carretera en Margarita y el lobo es el espacio de la manifestación de la arrogancia machista: el lugar de un desafío entre hombres que cuesta la vida a la mejor amiga de Margarita. En ¡Vámonos, Bárbara!, la carretera se «feminiza»: Ana deja la esfera doméstica para retomar las riendas de su vida, y coge simbólicamente el coche del marido, para emprender un empoderante viaje con su hija en pos de su propia realización e independencia. Con Después de… lo privado se traslada a lo político: la calle, antes trasfondo de la road movie femenina[80], se transforma en el gran testigo de las primeras protestas feministas. En este documental, Bartolomé entrevista a hombres y mujeres de todo el espectro ideológico para hablar de una amplia variedad de cuestiones políticas, entre las cuales se presta particular atención a temas que atañen a la mujer, tales como el aborto. Con Lejos de África, finalmente, la cineasta amplía su mirada a cuestiones de raza, ambientando su historia en la colonia española de Guinea Ecuatorial —lugar donde Bartolomé vivió parte de su infancia— en los tiempos que preceden a la

 

 

 

 

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independencia; la película se centra en la amistad interracial de dos mujeres, compañeras desde niñas, amistad que se torna en rivalidad a causa de un hombre. Con estas cuatro películas Bartolomé experimenta diferentes registros: la comedia musical, el documental político, la road movie y el relato autobiográfico, para un discurso que denuncia con consistencia la situación subalterna de la mujer (más allá de diferencias ideológicas, generacionales y raciales).

 

Josefina Molina también cuenta con un corpus muy variado: Vera, un cuento cruel (1973) es un drama sobre la memoria y el olvido; Función de noche (1981) experimenta con el cinéma vérité; Esquilache (1989) se adentra en el drama histórico; Lo más natural (1990) se sirve de la comedia romántica; y La Lola se va a los puertos (1993) explora la españolada. A pesar de las evidentes diferencias, como la misma directora explica en un artículo para la revista de estudios feministas Duoda, todas estas cintas se centran en la «libertad de iniciativa de las mujeres»:

 

en Función de noche […] una mujer de mi generación hace balance de su vida, detecta sus puntos oscuros y rompe un silencio tradicional haciendo valer su derecho a la reflexión sobre sí misma […]. En Esquilache, el personaje interpretado por Ángela Molina toma una decisión final: en el futuro no dejará que la utilicen […]. La protagonista de Lo más natural rompe el tabú social que impide a una mujer de edad amar a un hombre joven. La Lola se va a los puertos es el manifiesto de independencia de una mujer comprometida fundamentalmente con su arte (2003: 79).

 

La obra de Josefina Molina crea retratos de mujeres cada vez más independientes y cada vez más capaces de afirmar su propia subjetividad y autonomía. Molina empieza con el personaje femenino fantasmal de Vera, un cuento cruel, sin cuerpo y sin voz; sigue en Función de noche con el desahogo doloroso de una mujer de mediana edad, que se siente estafada por haber creído en los hombres, pero que concibe su felicidad solo en relación con una pareja; pasa después a la joven sirvienta en Esquilache, que aprende a no apoyarse en el otro sexo porque solo le ofrece palabras vacías; y a la exitosa abogada de Lo más natural, que invierte los parámetros tradicionales de pareja saliendo con un hombre más joven; y finalmente, en La Lola se va a los puertos, retrata a una verdadera artista y creadora, que antepone su autonomía y su trabajo a la dependencia sentimental y al amor.

 

 

 

 

 

 

 

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Como su última protagonista, Josefina Molina se define a sí misma como artista autónoma e independiente. Entra en el debate de la teoría de autor afirmando que el creador de una película es el director (o la directora):

 

la música es el concepto de la película; en sí misma es un acto de creación de primera magnitud. Y, sin embargo, creo que la intervención del músico en este proceso creativo está marcada, para bien o para mal, por quien ha dirigido el filme. Y ello a pesar de que creo, también, que una película no es, esencialmente, solo de quien la dirige (2000: 121).

 

Pilar Miró, por su parte, a pesar de los ataques y las polémicas, ha sido la única directora de su generación que fue reconocida como una autora. Ciertamente ha sido la cineasta hasta la fecha con más visibilidad en la historia del cine español, con nueve largometrajes, dos cargos administrativos[81], y dos procesos judiciales que provocaron mucho ruido, a pesar de que de los dos salió completamente absuelta[82]. Miró representa, como afirma Núria Triana Toribio, el caso de una mujer que,

 

a pesar de renegar vehementemente de cualquier conexión con el feminismo, proporcionó el ataque más directo a la industria del cine español dominado por los hombres mediante la adopción de lo que, algunos críticos han insinuado, son «tácticas excesivamente masculinas». Miró fue castigada por esta transgresión una y otra vez. Aun así, los críticos e investigadores tuvieron que tomarla en serio como artista (1998: 231).

 

Para María Antonia García de León, Miró se desmarcaba de las otras mujeres como estrategia de supervivencia en un terreno masculino (161). En una ocasión la directora afirmó que «[h]e podido llegar a ejercer mi profesión haciéndome perdonar que soy mujer» (García de León, 1994, 168). Sin embargo, si bien es cierto que Pilar Miró era una feminista crítica del feminismo y una socialista decepcionada con el PSOE, también es verdad que hubo una evidente evolución ideológica y discursiva en su trayectoria.

 

Con su primera protagonista, Pilar Miró desafió claramente las normas de representación de lo femenino; en La petición (1976), Teresa era la más axiomática negación de todos los estereotipos atribuidos por la sociedad patriarcal a la mujer: fría, insensible, manipuladora, sexualmente activa, sádica y gratuitamente violenta. Con El crimen de Cuenca (1979) Pilar Miró repitió el desafío y pagó las consecuencias de haber creado un

 

 

 

 

 

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imaginario de violencia nada usual para una mujer: «cuando una mujer sobrepasa la línea y se convierte en el centro de atención (como en varios casos en la carrera de Miró) se pone en marcha el “control discursivo” (“patologización” o difamación)» (Triana, 1998: 235). Sin embargo, a pesar de los numerosos intentos de «matar a la autora», Miró retomó una y otra vez la cámara. Con El crimen de Cuenca sufrió el más violento acoso a la libertad de expresión en la historia del cine español: la cinta fue incautada y la directora detenida y puesta en libertad provisional, pendiente de ser juzgada por un tribunal militar que le pedía seis años de reclusión por injurias a la Guardia Civil. Absuelta de todos los cargos, volvió a la dirección con una película autobiográfica, Gary Cooper, que estás en los cielos… (1980), seguida por la que se ha considerado «la otra cara de la moneda», Hablamos esta noche (1982). Después de una pausa durante el trienio 1982-1985 —en el cual, como Directora General de Cinematografía, implementó el controvertido decreto Miró (1984)[83]—, volvió al cine con Werther (1986). Este mismo año fue nombrada por el PSOE Directora del Ente Público de Radiotelevisión Española, y nuevamente pagó el precio de su ya ineludible visibilidad, encontrándose en el centro de un escándalo de proporciones exageradas por algo tan marcadamente femenino como la ropa[84]. Es evidente que, como ella misma afirmó en una entrevista, «de haber sido yo el señor Miró nadie hubiera hablado de mis calzoncillos» (El Mundo, 25 de octubre de 1997). Finalmente volvió a rodar y cosechó numerosos premios y la aprobación del público con Beltenebros (1992), El pájaro de la felicidad (1993), El perro del hortelano (1995) y Tu nombre envenena mis sueños (1996), hasta su muerte repentina en 1997.

 

La obra de Pilar Miró se puede dividir en dos etapas marcadas por dos discursos diferentes: la primera (1976-1986) se caracteriza por unas diégesis dominadas por la soledad, el desánimo y la rendición; la segunda (1992-1996), por un sentido de confianza, optimismo y autoafirmación. En su trayectoria se percibe un desplazamiento desde la soledad y la rivalidad femeninas de los relatos iniciales, a la solidaridad —y hasta al amor— entre mujeres de sus últimos trabajos.

 

En la primera época, Miró recrea a sus protagonistas según los parámetros de lo que se suele definir como feminismo de la igualdad, para los cuales la mujer concibe su emancipación por medio de una reivindicación de su paridad (igualdad) con el hombre; de ahí que las

 

 

 

 

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protagonistas de estos largometrajes iniciales —Teresa, Andrea, Varona y Carlota— sean figuras «masculinizadas», en cuyos actos, o «actos sexuados» (gender acts), según Judith Butler, asumen el rol masculino. En cambio, en la segunda etapa, el enfoque se traslada a lo «femenino», a la (homo)sexualidad de la mujer, que caracteriza el movimiento de liberación de la segunda ola, a través de una exaltación de la diferencia.

 

En su primera época, Miró desarrolla enfoques y tonos muy diversos: dos filmes ambientados en el pasado (La petición y El crimen de Cuenca), dos en la actualidad (Gary Cooper… y Hablamos esta noche) y una sofisticada transposición al presente de un texto del siglo XVIII (Werther); dos adaptaciones literarias (La petición y Werther), una investigación histórica (El crimen de Cuenca) y una autobiografía (Gary Cooper…); en esta época Miró realiza incursiones en la clase alta (La petición), en la clase baja (El crimen de Cuenca) y en la burguesía (Hablamos esta noche y Werther); y se aventura en introspecciones del género femenino (Gary Cooper…) y del masculino (Hablamos esta noche y Werther). Más allá de la evidente variedad, el denominador común de estas primeras cinco películas es la fragilidad del ser humano y la rendición de sus personajes.

 

En esta primera etapa, Pilar Miró dibuja retratos de individuos que, a pesar de su dignidad o tal vez precisamente por ella, terminan en un suicidio literal o metafórico. El Mudo en La petición sucumbe a la maldad de la mujer a la que ama, dejándose matar; los dos pastores protagonistas de El crimen de Cuenca ceden a la violencia de la tortura y terminan por confesar un asesinato que no han cometido; en Gary Cooper, que estás en los cielos…, la enfermedad fuerza a Andrea a un cambio de prioridades y a una rendición frente a la medicina y a su cuerpo que la traiciona; en Hablamos esta noche, Luis María se suicida al no poder superar el dilema de poder elegir entre amistad y principios éticos; y finalmente en Werther, el protagonista se somete al poder de un amor profundo y avasallador y termina por quitarse la vida de un disparo.

 

La segunda etapa de su producción fílmica se caracteriza por la misma diversidad de registros que he señalado en su época anterior. Miró retoma temas y discursos de la primera época, pero esta vez de forma más compleja y elaborada. Empieza por una adaptación, fiel y literal, de una obra que relaciona dos momentos en la historia del franquismo: la posguerra y los años 60 (Beltenebros); pasa a una película de guion original, de inspiración autobiográfica (El pájaro de la felicidad); sigue

 

 

 

 

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con una adaptación en verso de una obra premoderna (El perro del hortelano); y finalmente lleva a la pantalla una novela actual sobre la Guerra Civil (Tu nombre envenena mis sueños). Como ocurría en su primera época, Miró alterna presente y pasado, y experimenta con varios géneros: el film noir, la película histórica, la comedia y el drama. Las cuestiones sexuales se hacen más centrales y se desarrolla una experiencia lesbiana en El pájaro de la felicidad, a la cual solo se aludía en cintas anteriores.

 

A las cinco víctimas de su primera etapa (el Mudo, los dos pastores, la directora de televisión, el honesto trabajador de la central nuclear y Werther), Miró contrapone en su segunda época cuatro ganadores: al final de Beltenebros, Darman consigue descubrir la trampa que le habían tendido y el error en el cual había quedado atrapado durante casi dos décadas. El largo flashback termina con el incendio del cine en el cual había asesinado a un hombre inocente, y donde finalmente mata al verdadero culpable, el líder de su partido que lo había engañado. Las llamas borran así su pasado y le abren camino hacia un nuevo futuro. En El pájaro de la felicidad, Carmen, a diferencia de la protagonista de Gary Cooper, que estás en los cielos…, consigue encontrar su propia realización por medio del descubrimiento de una nueva solidaridad femenina y gracias al amor hacia otra mujer. La protagonista de El perro del hortelano, Diana, condesa de Belflor, se ha visto como continuación de la aristocrática Teresa de su primera película. Diana, «una mujer poderosa y libre, sin ataduras familiares, sin marido ni compromisos de ningún tipo, sin padres u otros parientes que condicionen su actuación» (Pérez Millán, 2007: 256), consigue por su astucia e inteligencia conquistar al hombre que desea y mueve a su antojo a los que la rodean, como hacía Teresa. Sin embargo, no vive en el ambiente claustrofóbico de La petición, bajo el firme control y la disciplina de los padres. Si la lucha de Teresa con sus dos subalternos (el Mudo y Miguel) resulta siempre absolutamente desigual, en el caso de Diana hay una continua alternancia de fuerzas: las de género frente a las de clase. Y finalmente, Julia, la protagonista de Tu nombre envenena mis sueños, conseguirá vengarse de la muerte de su compañero matando al asesino.

 

En síntesis, la producción de Miró, truncada por la muerte prematura de la autora, había evolucionado en correspondencia con los cambios de posturas del movimiento feminista. Se podría afirmar que tanto Pilar Miró

 

 

 

 

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como Cecilia Bartolomé y Josefina Molina —a pesar de su sistemático rechazo a cualquier postura de emancipación femenina— fueron de hecho las autoras pioneras del feminismo en el cine, al ser las primeras que lucharon sistemáticamente por medio de su obra en contra del sistema patriarcal, al desmarcarse de un contexto cinematográfico dominado por tópicos machistas, creando unos modelos femeninos de gran fuerza. Su labor continuará en la producción de la cuarta generación de realizadoras españolas.

 

 

 

Nuevas autoras

 

A diferencia de las directoras que las han precedido, las cineastas que trabajan en la actualidad y que, en su mayoría, se han asociado recientemente en CIMA (Asociación de Mujeres Cineastas y de Medios Audiovisuales) dialogan de múltiples formas con sus progenitoras. Por ejemplo, Eva Lesmes tiene conciencia de que Miró y Molina han abierto caminos: «La época de Pilar Miró, [y de] Josefina Molina era diferente. Ellas luchaban contra viento y marea por hacer algo que las mujeres no hacían y a lo que era muy difícil acceder» (Camí-Vela, 2001: 88). Isabel Coixet comenta que cuando hizo su primera película había más misoginia y que Pilar Miró era la única que había conseguido entrar en un mundo exclusivamente masculino: «Parecía como que Pilar Miró tenía un monopolio de hacer cine y las demás éramos hijas que intentábamos seguir» (entrevistada por Camí-Vela, 2001: 56). Marta Balletbò-Coll dedica de forma explícita su tercer largometraje, Sévigné, a Pilar Miró, con un epígrafe. Muchos son los ejemplos de intertextualidad: por ejemplo, Inés París y Daniela Fejerman empiezan Semen: una historia de amor con una escena que recuerda el largo plano final de Gary Cooper, que estás en los cielos…; y Patricia Ferreira, en El alquimista impaciente, retoma el tema de la corrupción de una central nuclear por medio de unas secuencias que evocan los escenarios de Hablamos esta noche. La nueva relación entre generaciones de cineastas se simboliza por la presencia de Josefina Molina como presidenta de honor de CIMA.

 

Esta cuarta generación cuenta con un número de directoras consolidadas y respetadas que han conseguido producir un corpus de películas reconocido por importantes premios, y apreciado por un

 

 

 

 

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considerable número de espectadores[85], que las sitúa en la historia del cine español como «autoras»: Isabel Coixet, Icíar Bollaín, Chus Gutiérrez, Gracia Querejeta, Inés París, Judith Colell, Laura Mañá, Helena Taberna y Patricia Ferreira. A estas cineastas se puede sumar otro grupo, más numeroso, de directoras cuya producción es tal vez menos visible porque se distribuye poco y mal: Ana Díez, Rosa Vergés, Dunia Ayaso, Balletbò-Coll, María Ripoll y María Lidón, entre otras. Todas ellas siguen trabajando y su obra va aumentando y haciéndose cada vez más visible.

 

Si la generación de Pi Brujas, Alexandre y Mariscal, y luego la de Miró, Molina y Bartolomé, se caracterizaban por la variedad de registros discursivos, las directoras de esta cuarta generación desarrollan un estilo más personal y especializado. Se percibe un paulatino incremento de la seguridad autorial en la evolución de su discurso. Rosario Pi mezclaba diferentes estilos en El Gato montés (desde el melodrama al expresionismo, etc.) casi como si estuviera buscando una voz propia dentro del mismo largometraje. Las siguientes directoras (Alexandre, Mariscal, Molina, Bartolomé y Miró) no exploran diversos géneros dentro de una misma película, sino a lo largo de sus trayectorias. Las directoras de la cuarta generación, en cambio, no experimentan con varios registros, sino que asumen enseguida un estilo propio y una propia voz autorial. Icíar Bollaín se caracteriza, por ejemplo, por su realismo social; Marta Balletbò-Coll, por el autorretrato paródico de la experiencia lesbiana; Inés París, por su comedia antipatriarcal; Azucena Rodríguez, por unos bosquejos corales femeninos; Chus Gutiérrez, por su interés en la otredad racial y sexual; Gracia Querejeta, por las meditaciones sobre la familia y las relaciones edípicas; Laura Mañá, por su realismo mágico; Isabel Coixet, por sus reflexiones sobre el amor y la muerte; Judith Colell, por sus dramas corales.

 

Una característica de esta generación que la diferencia de las anteriores es que prefiere el guion original a la adaptación. El corpus de las pioneras, en cambio, contaba con numerosas versiones al celuloide de obras literarias firmadas por hombres. Desde Pi Brujas (que lleva a la pantalla una exitosa zarzuela de Penella), a Pilar Miró (que adapta a Zola, a Goethe, y más adelante a Muñoz Molina y a Lope de Vega), pasando por Ana Mariscal (que lleva a la pantalla textos de Leocadio Mejías y de Miguel Delibes) y Josefina Molina (que reelabora obras de los hermanos Machado y de Delibes), las directoras de las primeras generaciones

 

 

 

 

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recurren como base para su obra fílmica, en gran medida, a creaciones literarias de «padres» consagrados. El hecho de acudir a voces masculinas ya establecidas se podría ver no tanto como indicio de cierta «ansiedad», sino como muestra de lo que Antoine Jaime llama «deseo de seguridad»: «se correrá menos riesgo de equivocarse basándose en una obra de éxito, en vez de trabajar con un guion original, del que nadie puede decir a ciencia cierta cuál será su acogida por parte de los espectadores» (2000: 29). Aun así, contar con la obra acreditada de un padre literario, recurso al cual acuden también los «hijos» (según la expresión de Ruby Rich que mencionaba antes), como apunta Jaime «no es siempre la señal de una falta de ambición o de capacidad artística. Muy al contrario» (Jaime, 2000: 29). En segundo lugar, la adaptación de obras de precursores masculinos corresponde al intento revisionista teorizado por Adrienne Rich como fórmula de supervivencia de la mujer en el mundo literario masculino: «el acto de mirar hacia atrás, de ver con ojos nuevos, de entrar en un texto antiguo desde una nueva dirección crítica… un acto de supervivencia» (1979: 90). Parafraseando el conocido lema de Audre Lorde[86], las primeras generaciones utilizaban los mismos instrumentos del dueño (sus textos) para desmantelar su casa (la sociedad patriarcal). Se apoderan de una voz masculina y feminizan su discurso. En cambio, las cineastas de esta cuarta generación —siguiendo con la metáfora de Lorde— prefieren desmantelar el patriarcado usando sus propios instrumentos: hay adaptaciones de obras escritas por mujeres, como el caso de Brumal (Cristina Andreu, 1988), que traslada al lenguaje fílmico un cuento de Cristina Fernández Cuba, o Done (Judith Colell, 2000), que lleva al cine una colección de cuentos de Isabel Clara Simó, pero por lo general, la generación actual comparte el haber abandonado casi completamente el recurso a la adaptación. Muchas directoras colaboran en la redacción de sus guiones, o los escriben completamente: Icíar Bollaín, Isabel Coixet, Inés París, Dunia Ayaso, Cristina Andreu, Patricia Ferreira, solo por citar algunas, además de directoras son guionistas[87].

 

En este corpus se encuentran muy pocos intentos que pretenden forjar un lenguaje cinematográfico alternativo, por medio de unos desafíos estéticos de negación escopofílica y diegética, según los parámetros teóricos (y prácticos) de Laura Mulvey. Tal vez se podría mencionar el experimento de Sexo por compasión (2000), en el cual Laura Mañá utiliza la alternancia entre el blanco y negro y el color en un relato sin

 

 

 

 

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coordenadas temporales o espaciales; o, de la misma directora, el realismo mágico de Morir en San Hilario (2005). Asimismo, Isabel Coixet en A los que aman (1998) crea una escenografía en la que falta todo indicio cronológico: «al no situarla temporalmente me permite hacer una película más abstracta, de este modo puedo expresar mejor los sentimientos[88]». Por su parte, con Sexo oral (1994), un documental de entrevistas sobre la vida sexual de hombres y mujeres de diferentes edades, clases sociales y orientaciones sexuales, Chus Gutiérrez lleva a cabo una subversión de las expectativas visuales, al utilizar un título que pertenece al campo semántico del género pornográfico (cfr. Colaizzi, 2007).

 

De todas formas, más allá de estos esporádicos experimentos formales, esta nueva generación se caracteriza más bien por un afán de reformular la representación de la mujer por medio de un cine comercial, al alcance de todos los públicos, para cuestionar así los parámetros representativos tradicionales y dominantes. Las películas de estas dos últimas décadas consiguen lidiar con «cuanto hay en juego en la imagen de la mujer y para las mujeres en un mundo dominado por los medios de comunicación de masas y la imagen, donde los estereotipos de la feminidad constituyen a la vez un bien de consumo y un medio para promover el consumo» (Colaizzi, 1995: 17). De ahí que Icíar Bollaín, por ejemplo, afirme haber querido con su primer largometraje Hola, ¿estás sola? (1995) romper con los estereotipos de representación femenina, para ofrecer en su pantalla «algo que nunca había visto: dos chavalas que desde su punto de vista, haciendo las cosas, no son la novia, ni la hermana, ni la hija de nadie» (Camí-Vela, 2001: 43).

 

Por consiguiente, las películas contemporáneas del gynocine desafían los presupuestos patriarcales, en prácticamente todos los géneros cinematográficos, y deconstruyen a menudo los parámetros hegemónicos que caracterizan cada género: en otras palabras,

 

se adueñan de un fondo de provisión cinematográfico y lo revalúan cinematográficamente; desde la deconstrucción del esperpento, los géneros teatrales y la parodia en el caso de Balletbò-Coll; desde el préstamo de géneros exógenos y ubicuos o marcados por la especificidad del idioma o de la locación en las afueras de Coixet; desde la retórica intencionadamente realista, costumbrista y socializante de Bollaín […] es ahí donde se ven, en la tesitura de convivir con otras construcciones de identidad y escrituras audiovisuales (Díaz y Cerdán, 2002: 83).

 

 

 

 

 

 

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El discurso de esta nueva generación es fundamentalmente ginocéntrico — aborda cuestiones que atañen principalmente a la existencia femenina y a la experiencia de ser mujer— y deconstruye a menudo los clichés y los tópicos de la representación femenina que han sido naturalizados por la mirada del hombre. Su cine forja así modelos representativos «desde adentro» —en palabras de la directora Dolores Payás—, modelos alternativos a los del discurso fílmico dominante[89]. En las pantallas empiezan a aparecer figuras de mujeres y temáticas femeninas poco exploradas en el cine hegemónico: su versión de lo privado (la sexualidad femenina, los deseos, el lugar de la mujer en la familia, la maternidad, su percepción de la violencia sexual) y también su versión de la historia (pasada y presente: desde la memoria de la dictadura al terrorismo, desde el colonialismo a la inmigración). De ahí que, en la comedia —como apuntan Barry Jordan y Rikki Morgan-Tamosunas—, el humor femenino «normalmente se basa en escenarios construidos y explotados cómicamente desde el punto de vista específicamente femenino: la inversión de roles, por ejemplo, y las estrategias para hacer frente a los hombres intransigentes» (1998: 125), como por ejemplo ocurre en Cómo ser mujer y no morir en el intento (Ana Belén, 1991), en Pon un hombre en tu vida (1996) y en El palo (2001), ambas dirigidas por Eva Lesmes, en Muere, mi vida (Mar Targarona, 1995) y en Semen: una historia de amor (Daniela Fejerman e Inés París, 2005). En el thriller, la mujer que investiga según los patrones tradicionales de este género es víctima de su propia curiosidad y necesita ser salvada por un hombre, como ilustra Kathleen Klein y como hemos visto en las pantallas desde Hitchcock a Amenábar. En cambio, en los relatos de esta generación, la mujer se siente perfectamente dueña de sus acciones, como ocurre con las protagonistas de Patricia Ferreira en Sé quién eres (2000) y en El alquimista impaciente (2002).

 

Más aún, las películas que desarrollan temáticas históricas nos ofrecen una versión femenina de la memoria: en Entre rojas (Azucena Rodríguez, 1995), el recuerdo de las cárceles franquistas se centra en la situación de las presas; en Los años oscuros (Arantxa Lazcano, 1993) se explora la experiencia de una niña en la posguerra en Euskadi; Yoyes (Helena Taberna, 1999) relata la lucha de la exterrorista vasca en su intento de regresar a España; y Para que no me olvides (Patricia Ferreira, 2005) narra la tragedia de dos mujeres que lidian con el recuerdo de un ser querido que

 

 

 

 

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ha muerto. Siguiendo el ejemplo de Pilar Miró en Tu nombre envenena mis sueños, estos relatos se concentran en el dilema —a veces imposible de solucionar con coherencia, o con vida— de la mujer dividida entre postura política y experiencia privada. El logradísimo personaje de Julia Buendía creado por Miró, que se debatía, primero, entre los sentimientos de lealtad hacia los miembros fascistas de su familia y su pasión amorosa por un militante republicano, y, luego, entre sus deseos de venganza por la muerte del amante y su nueva vida sentimental, encarna también el prototipo femenino de la memoria histórica de esta generación de directoras. Azucena Rodríguez desarrolla la figura de una mujer que ingresa en la cárcel «por vía vaginal» —como dice la misma directora— ajena a la política y que adquiere, al entrar en contacto con las otras presas, una conciencia de izquierdas; por su parte, Arantxa Lazcano se centra en la historia de una niña dividida entre diferentes modelos de conducta y diferentes afectos: los padres nacionalistas vascos, la escuela represiva de monjas y el mundo liberador de la calle y de sus amigos. Yoyes, en la película de Helena Taberna, a pesar de saber que volver a su tierra y a su familia significará morir, no puede resistirse a la llamada de su niña. Y en Para que no me olvides (2005), Patricia Ferreira entreteje diferentes niveles de la memoria, niveles que no se pueden separar: la memoria histórica, colectiva, familiar e individual. Los dos varones (el abuelo y el nieto) están volcados en la recuperación de la historia, y las dos mujeres (la madre y la nuera) luchan por no olvidar al ser querido. Al final, Ferreira revela que la memoria no tiene fronteras ni entre público y privado ni entre géneros.

 

Las películas preocupadas por temáticas actuales también están protagonizadas, en su gran mayoría, por una mujer (generalmente muy joven aunque no faltan numerosos retratos de mediana edad) totalmente dueña del espacio extradoméstico[90], insertada en la esfera pública sin añorar la privada[91]. Las pocas amas de casa se vuelven locas (Cuando vuelvas a mi lado, Querejeta, 1999), putas (Sexo por compasión, Mañá, 2000), delincuentes (El palo, Lesmes, 2001), se suicidan (Retrato de mujer con hombre al fondo, Rodríguez, 1997), o viven con angustia su dependencia económica del marido del cual intentan librarse (Done, Colell, 2001)[92]. A menudo son víctimas de la violencia doméstica (Te doy mis ojos y María la Portuguesa). La maternidad —un tema dominante en el cine de autoría masculina de los años 90— se encuentra

 

 

 

 

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prácticamente ausente de este corpus fílmico femenino. Pocas son las excepciones: Puede ser divertido (Azucena Rodríguez, 1995), en la cual el nacimiento de una niña se inscribe como elemento catártico resolutivo; La Moños (Mireia Ros, 1997), donde una niña constituye la encarnación —y el sustituto— de un amor hacia un hombre ya muerto; Sexo por compasión (Laura Mañá, 2000), en la cual la criatura funciona como fruto de un renacimiento colectivo; y Muere, mi vida (Mar Targarona, 1995), donde el bebé representa un premio al triunfo femenino en la lucha contra el hombre. Por lo general, cuando se habla de ello, la experiencia de ser madre es vivida por la mujer como impedimento para su realización laboral (Insomnio, Chus Gutiérrez, 1997), sexual (Em dic Sara, Dolores Payás, 1998, y Puede ser divertido, Azucena Rodríguez, 1995) y sentimental (Cuando vuelvas a mi lado, Gracia Querejeta, 1999). Epítome de esta reinterpretación del papel maternal es el personaje de Andrea en Done (Judith Colell, 2001) —claro homenaje a esa Andrea mironiana que deseaba tener un hijo en Gary Cooper, que estás en los cielos…, también interpretada por Mercedes Sampietro—, que admite con tranquilidad que no le gustan sus hijos y que no piensa volver a verlos. En Semen: una historia de amor (Inés París y Daniela Fejerman, 2005) se plantean nuevas formas de maternidad (y paternidad) y de familia, con la advertencia de que la mujer no debe perder el control de su cuerpo frente a los avances de la ciencia.

 

Tampoco se idealiza la relación de pareja. Si una historia sentimental (con un hombre)[93] sigue siendo el motor fundamental de las acciones y decisiones de la mujer actual, ya no hay absolutas e incondicionales rendiciones femeninas al amor de un varón —salvo en algunos casos todavía embebidos de clichés patriarcales, como Souvenir (Rosa Vergés, 1994) o, sobre todo, Cuando el mundo se acabe te seguiré amando (Pilar Sueiro, 1998). Hay más bien cuestionamientos fundamentales del amor heterosexual, tratado a menudo como disfraz o desplazamiento del placer sexual (diría Irigaray), o como mero trasfondo en la búsqueda de una identidad propia. Por lo que se refiere a la representación del sexo, existe un intento explícito por parte de las directoras de proponer una mirada que se aleje de la mímesis del discurso hegemónico. Ya en 1988, Ana Díez con Ander eta Yul decide llevar a la pantalla lo que ella define como «el único punto de vista femenino que no está dado en el cine» (Camí-Vela, 2001: 68). Dolores Payás, por su parte, condena con contundencia que la manera

 

 

 

 

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de abordar la sexualidad femenina en el cine ocurra por medio de una concepción masculina del sexo que se centra en la penetración (Camí-Vela, 2001: 105). En su comedia Mejor que nunca (2009), la protagonista, interpretada por Victoria Abril, descubre cuando ya es abuela que el placer sexual puede prescindir de la penetración. A su vez, tanto Helena Taberna como Patricia Ferreira prefieren incluir en las escenas de cama primeros planos que muestran los cuerpos masculinos en vez de los femeninos, e Icíar Bollaín —en Flores de otro mundo— opta simplemente por no incluir desnudos.

 

Las relaciones lesbianas, en cambio, se inscriben con cierta insistencia en este corpus, continuando la trayectoria iniciada por Pilar Miró con El pájaro de la felicidad. En El domini del sentits (en el segmento «El tacte» dirigido por Nuria Olivé-Bellés, 1996), en Done (Colell, 2000), en Costa Brava (Balletbò-Coll, 1995), en ¡Cariño, he enviado los hombres a la luna! (Balletbò-Coll, 1998), en Sévigné (Balletbò-Coll, 2004), en El grito en el cielo (Ayaso y Sabroso, 1998), en A mi madre le gustan las mujeres (París y Fejerman, 2002) y en Sexo oral (Gutiérrez, 1994), el homoerotismo es presentado como prolongación de una solidaridad femenina y como solución a los conflictos presentes en las relaciones heterosexuales[94]. Y por lo que se refiere a la otredad racial, esta generación visibiliza a «la extranjera» y se solidariza con ella en Flores de otro mundo (Bollaín, 1999), Poniente (Gutiérrez, 2002), Extranjeras (Taberna, 2003), Un novio para Yasmina (Cardona, 2008) y Retorno a Hansala (Gutiérrez, 2008).

 

Si las imágenes proyectadas en la caverna de Platón formaban, como decía en las primeras páginas de este capítulo, un «metteur-en-scène film» que engañaba a los espectadores, el cine femenino desnaturaliza el artificio. Las autoras (como el prisionero de Platón que sale de la cueva y vuelve para convencer a los demás de que salgan) obligan a los espectadores a una realidad que no están acostumbrados a ver en el cine comercial, una realidad que —como ocurre con cierta crítica misógina— menosprecian y de la cual se burlan. Por consiguiente, este corpus fílmico de autoría femenina contrasta con la producción más comercial: para Pilar Aguilar (1999), en su estudio panorámico del cine de los años 90, una constante de la filmografía dominante es la representación, no cuestionada, de mujeres cosificadas (1999: 154), de mujeres violadas (1999: 94-101)[95] y de mujeres que encuentran su realización en el trabajo doméstico (1999:

 

 

 

 

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150). De ahí que se pueda afirmar que las películas de esta generación contienen una buena dosis de transgresión, a diferencia de las obras de los nuevos realizadores que, como afirman tanto Carlos Losilla (2000)[96] como Jesús Palacios (1998)[97], tienen un nivel de subversión mínimo. Ambos críticos —sin hacer un análisis de género— citan entre las excepciones a este común acato y conformismo, películas dirigidas precisamente por mujeres.

 

La dignidad personal, la necesidad de liberarse de los vínculos y de los tabúes patriarcales[98] y la solidaridad femenina son, en cambio, los presupuestos de las acciones de este universo femenino, que llega a superar las barreras de clase —en Muere, mi vida (Mar Targarona, 1995), Entre rojas (Azucena Rodríguez, 1995), ¡Cariño, he enviado los hombres a la luna! (Balletbò-Coll, 1998) y El palo (Eva Lesmes, 2001)—, de raza —en Lejos de África (Bartolomé, 1996), Los baúles del retorno (María Miró, 1995) y Flores de otro mundo (Bollaín, 1999)— y de edad —en Done (Colell, 2001), en El palo y en La Moños (Mireia Ros, 1997). El denominador común de todos estos retratos de mujeres es, en suma, la búsqueda y la afirmación de una identidad propia, desde un sistema epistemológico femenino. Done y Em dic Sara se sitúan en este corpus cinematográfico como modelos casi programáticos de afirmación de una esencia femenina alternativa a la presentada en el cine tradicional, que se establece desde los mismos títulos. Done (trad. Nosotras) se articula como respuesta en clave feminista a la película Ellas. Por su parte, Em dic Sara reconoce en el subtítulo que «[p]or fin alguien habla de nosotras».

 

En síntesis, las realizadoras de estas dos décadas, con un creciente afianzamiento de su propia voz, contribuyen al imaginario fílmico autorial español retratando un complejo universo femenino y consolidando la presencia de las mujeres detrás de la cámara.

Otro fenómeno importante entre las cineastas de esta generación es el de la coautoría. Para Inés París:

 

Es fundamental mostrar la posibilidad de colaboración entre mujeres. O sea, acabar con esta idea tan destructiva de que las mujeres siempre estamos compitiendo, no solo para conseguir un macho, sino también para conseguir un puesto de trabajo, para triunfar, etc. […]. Además en el plano ideológico, nosotras somos muy críticas de la idea o concepto de autor con mayúsculas. No creemos que la obra de arte sea el producto de una mente privilegiada que expresa su subjetividad. En el cine el autor se ha convertido en el director de la película, y es

 

 

 

 

 

 

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un falso mito porque una película es un trabajo de equipo, desde el guion hasta la dirección, la interpretación y el equipo técnico (Camí-Vela, 2001: 364).

 

Inés París ha codirigido dos largometrajes con Daniela Fejerman, Sonia Escolano con Sadrac González, Ana Pérez con Marta Arribas, Candela Figueira con Maitena Muruzábal, y Oliva Acosta con Elena Ortega, entre otras; Icíar Bollaín, que empezó su carrera como actriz, protagoniza Sublet, ópera prima de Chus Gutiérrez, y a su vez Chus Gutiérrez tiene un pequeño papel en Te doy mis ojos de Bollaín. Las dos se ven también trabajando juntas detrás de la cámara en Sexo oral, película de la cual Gutiérrez es directora y Bollaín ayudante de dirección. Para sus dos largometrajes hasta la fecha, Mar Coll se ha rodeado de equipos formados casi exclusivamente por mujeres.

 

Para concluir este capítulo quisiera reflexionar sobre la conciencia de estas directoras de estar contribuyendo a un cine de autor (o de autora), conciencia que las lleva a dejar en sus películas unos indicios (en el sentido barthiano), unos sellos autoriales, con la doble función de sacar a las mujeres de lo marginal y desnaturalizar el artificio fílmico. En «The Female Authoritarial Voice», Kaja Silverman (2003) analiza las breves apariciones de Hitchcock en sus propias películas, que han hecho de su perfil un sello inconfundible. En Marnie, en particular, Hitchcock no se limita a su postura tradicional, sino que sorprende al público dándose la vuelta y mirando a la cámara de frente en una demostración de autoridad: «se da la vuelta para mirar con audacia a la cámara y al público, como alguien que claramente tiene el control de los dos» (67). Para Silverman, estas apariciones del director son intentos narcisistas del autor de presentarse como su propio origen textual, que tienden en realidad a disminuir su autoridad. Cuando el autor fuera del texto se desplaza al personaje dentro del texto, se revela como humano, perdiendo su aura de deus ex machina, y desnaturalizando el artificio. Sin embargo, se podrían también indicar otras implicaciones de este gesto que Silverman define como narcisista. Para volver a lo que he planteado en el capítulo anterior, se trata en definitiva de una intromisión del fuera de campo (del espacio de la producción) en el campo, que puede conllevar, como se ha visto, un potencial subversivo, al deconstruir la falacia realista de la imagen.

 

No tiene que asombrar, pues, que numerosas directoras españolas recurran a una operación análoga. La presencia de la cineasta en la

 

 

 

 

 

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pantalla haría alusión al lugar simbólico de la representación de las mujeres como sujetos históricos, al lugar de deconstrucción del statu —y loco— quo patriarcal. Ana Mariscal, por ejemplo, lleva a cabo una estratagema parecida en prácticamente todos sus largometrajes, con breves apariciones en roles secundarios, en los cuales mira con descaro a la cámara. Pilar Miró, por su parte, tiene brevísimos papeles de extra: interpreta por ejemplo a una enfermera entre las que preparan el quirófano de Andrea en Gary Cooper, que estás en los cielos…; y en Beltenebros, en una foto de la Guerra Civil, aparece vestida de miliciana. Es más, Miró usa a Mercedes Sampietro como alter ego en sus papeles más autobiográficos, hasta el punto de que la actriz llega a encarnar la cara cinematográfica de la directora. Cecilia Bartolomé, por su parte, se asoma al final de su mediometraje Margarita y el lobo; Icíar Bollaín se retrata a sí misma cantando en un karaoke en su primera película, Hola, ¿estás sola?; Daniela Fejerman e Inés París aparecen brevemente en algunas secuencias de Semen: una historia de amor; Helena Taberna se muestra en una secuencia final de Extranjeras, abrazada por las protagonistas de sus entrevistas; y Silvia Munt en el documental Gala es una constante presencia metacinematográfica que habla de su propio trabajo. Marta Balletbò-Coll no solo dirige, escribe y produce sus películas, sino que también las protagoniza.

 

Es más, si las directoras no aparecen directamente en la pantalla, dejan en sus películas indicios de su autoría: me estoy refiriendo, por ejemplo, al soldadito de plomo de Pilar Miró que aparece en sus dos películas más autobiográficas —Gary Cooper, que estás en los cielos… y El pájaro de la felicidad— o al libro Way of Seeing de John Berger, presencia subliminal en varias películas de Isabel Coixet.

Si la aparición de un autor ya tan consolidado como Hitchcock delante de su propia cámara se puede leer como un acto de narcisismo, para las cineastas este mismo gesto tiene definitivamente otro significado. Sus incursiones en la pantalla tienen siempre cierta trascendencia epistemológica que habla del poder de la imagen y la naturalización de los estereotipos. En sus películas, Ana Mariscal asume el rol de una mujer sola (divorciada, soltera o viuda) cuya mirada seduce al personaje masculino. En Los duendes de Andalucía, por ejemplo, aparece en una de las primeras secuencias en un bar, mirando con insistencia al protagonista, mientras fuma y bebe. Su personaje no tiene relevancia alguna para la

 

 

 

 

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diégesis y no vuelve a aparecer en todo el largometraje; sin embargo, su mirada autorial y el primer plano de sus ojos, que se fijan en la cámara sin pestañear, quedan grabados en el público dejando una traza, a lo largo de la cinta, como si se tratara de una voice-over o, diría, una gaze-over (una mirada superpuesta). En Hola, ¿estás sola?, Icíar Bollaín aparece como clienta de un karaoke; empieza cantando de manera inexperta, pero coge paulatinamente confianza y, finalmente, canta con seguridad y aplomo. Este progresivo afianzamiento del personaje interpretado por Bollaín-actriz en su propia película parece aludir a su experiencia como directora de su ópera prima [Imagen 8]. Pilar Miró, en su papel de enfermera de Andrea en Gary Cooper, que estás en los cielos…, parece vigilar en el quirófano el bienestar de su protagonista, su alter ego que se pone en manos del ginecólogo [Imagen 9]. En Semen, Inés París toma el propio lugar del ginecólogo, una figura tradicionalmente interpretada por un hombre, que simboliza, como se verá más adelante en el cuarto capítulo, el control patriarcal sobre el cuerpo de la mujer por antonomasia [Imagen 10].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

8. Bollaín en la película que dirige (Hola, ¿estás sola?, Icíar Bollaín, 1995).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Miró (a la derecha) en la película que dirige (Gary Cooper, que estás en los cielos…, Pilar Miró, 1980).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  París (a la izquierda) en la película que dirige (Semen: una historia de amor, Inés París y Daniela Fejerman, 2005).

 

En definitiva, la presencia de la directora en la pantalla desafía al público, deconstruyendo la neutralidad del discurso cinematográfico y revelando la existencia en el fuera de campo de una «creadora» que media entre el público de la sala y el imaginario proyectado en la pantalla. La incursión de la realizadora delante de la cámara es un recordatorio de una presencia femenina fuera de campo que, como se ha visto en el capítulo

 

 

 

 

 

 

 

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anterior, funciona como un toque de extrañamiento para despertar a los espectadores de la ilusión realista producida por el dispositivo fílmico.

 

La presencia femenina a ambos lados de la cámara refuerza su autoría, duplicándola. La directora no es un deus ex machina que pierde su aura, como Silverman decía de Hitchcock, sino una dea ex machina hecha carne que se acerca a su público para hablar directamente con él: es el prisionero de Platón liberado que vuelve a la cueva para convencer a sus compañeros de que la realidad es diferente. En definitiva, la incursión de la directora en la pantalla tiene una trascendencia análoga a la del texto de Viviane Forrester que afirmaba que el público ignora lo que ven los ojos de las mujeres: es un gesto empoderante con el cual la autora puede afirmar su subjetividad, su existencia y su creatividad: una reconquista de la caverna.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 3

 

 

Placer

 

 

 

 

Hasta hace relativamente poco, el artículo de Laura Mulvey «Visual Pleasure and Narrative Cinema», escrito en 1973 y publicado en 1975 en la revista británica Screen, ha constituido, utilizando la expresión de Shohini Chaudhuri (2006), el debate de la teoría fílmica feminista. Como consecuencia del éxito de este estudio, desde mediados de los años 70 hasta finales de los 80, la escopofilia (el placer de mirar), el sentido de la vista y el sexo de la mirada habían dominado los discursos teóricos sobre el placer en el cine. Solo en época más reciente el enfoque se ha desplazado hacia otros sentidos: hacia el oído, sobre todo gracias al estudio de Kaja Silverman, The Acoustic Mirror (1988), y hacia el tacto, con los trabajos de Laura Marks «The Skin of the Film: Intercultural Cinema, Embodiment and the Senses Screen» (2002) y Touch: Sensuous Theory and Multisensory Media (2002), entre otros.

 

Los supuestos de Mulvey sobre la mirada espectatorial y en contra de la escopofilia y del cine narrativo habían provocado un abanico de reacciones desde diferentes sectores del feminismo, que llegaron a suponer la base teórica de unas aplicaciones prácticas de cine feminista. Desde el enfoque heteronormativo en el espectador, por defecto varón en el estudio de Mulvey, se pasó a una reflexión sobre la subjetividad de la espectadora tanto hetero como homosexual que culminó en el número especial de Camera Obscura, «The Spectatrix» (editado por Janet Bergstrom y Mary Ann Doane en 1989). Las propuestas que se fueron articulando, o bien negaban la posibilidad de una mirada espectatorial femenina —Kaplan (1983) afirmaba que la mujer solo podía mirar como hombre y Mulvey

 

(1981) volvía al tema hablando de travestismo de la espectadora—; o bien reivindicaban la subjetividad visual de la mujer. Como se estudiará en las siguientes páginas, entre los numerosos planteamientos, se postulaba que el público femenino se situaba como sujeto de la escopofilia, bien por

 

 

 

 

 

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mascarada (Doane, 1982), por masoquismo (Silverman, 1988), por histeria (Melchiori, 1988) o por deseo de movilidad (Bruno, 1993). Barbara Creed (1989), por su parte, proponía que el concepto de espectadora no se limitara al de la mujer real en la sala de cine, sino que se expandiera también a la espectadora diegética (en la pantalla), a la imaginaria (construida por la ideología patriarcal a la cual se dirigía la película) y a la teorizada (la espectadora de la teoría fílmica feminista). Se cuestionó también la universalización de la mirada espectatorial desde unas premisas hegemónicas que naturalizaban al espectador de la sala como un ser blanco, occidental, de clase media, que eclipsaban cuestiones de raza, de clase (De Lauretis, 1987; Tagg, 1988; Gaines, 1984) o históricas (Labanyi, 2007; Kuhn, 2002 y 2004). A este propósito es particularmente fértil, a mi entender, el caso español: «Visual Pleasure and Narrative Cinema» se publicó el mismo año de la muerte de Franco, coincidiendo simbólicamente con el final de una época en la cual la supresión del placer era la norma en España, cuando tanto mujeres como hombres se encontraban forzados a una ceguera institucionalizada por la censura. En este contexto, la eliminación del placer visual propuesta por Mulvey como deconstrucción del statu quo fílmico no podía ser un arma ni progresista ni feminista, sino más bien una reiteración de los parámetros represivos de la censura.

 

Como punto de partida de este capítulo, propongo una aproximación al debate generado por el texto de Mulvey[99], trazando un recorrido sumario desde el planteamiento sólidamente anclado a una concepción binaria de la teórica británica, al enfoque en la subjetividad de la espectadora; desde la negación del placer visual y de la narratividad, a una vuelta al cine narrativo y placentero; y desde la escopofilia, a un énfasis en el placer de otros sentidos. En segundo lugar, con el propósito de historizar y contextualizar estas premisas teóricas, indicaré cómo el cine español realizado por mujeres articula formas de placer alternativas a la escopofilia. Para ello utilizaré cinco textos fílmicos que corresponden a cinco momentos diferentes en la historia del cine español. El primero, El Gato montés (Pi Brujas, 1935), rodado al final de la Segunda República, evoca el deseo de espacios abiertos, de libertad y de movimiento; el segundo, Función de noche (Molina, 1981), enmarcado en el contexto del inmediato posfranquismo, inscribe el placer como un desahogo verbal tras un largo y forzado silencio. El tercero, el corto «La vista» (Colell, 1996)

 

 

 

 

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en la cinta colectiva El domini dels sentits (1996), corresponde al cine de los años 90, a una época de evidente incremento de la presencia femenina detrás de la cámara, dentro de unas relaciones de género que paulatina pero inexorablemente se están redefiniendo. Este momento supone un intento de reapropiación de la mirada voyeurista como satisfacción del placer femenino. En el cuarto texto, Costa Brava (Balletbò-Coll, 1995), el placer de la risa llega a ser un arma feminista poderosa, como nos había enseñado Hélène Cixous en su ensayo La risa de la Medusa (1975a). Y finalmente, en Map of the Sounds of Tokyo (Coixet, 2009), la escopofilia se desplaza al placer de otros sentidos: el oído, el tacto y el gusto. En las cinco películas podríamos hablar de cine centrífugo, por tratarse de expulsiones y desahogos hacia fuera: cinéticos, verbales, visuales, lúdicos, hápticos, aurales y orales.

 

 

 

De lo óptico a lo háptico

 

Traducido, antologizado, reeditado[100] y citado incontables veces, «Visual Pleasure and Narrative Cinema» de Laura Mulvey ha sido, en ocasiones, descontextualizado y mal interpretado, y ha sufrido, en cierta forma, el mismo tratamiento —denunciado por la teórica británica— al cual ha sido sometido el cuerpo femenino en el cine comercial, despedazado en la pantalla en partes que lo aíslan y lo separan de la diégesis. Aun así, hoy en día, sigue siendo, en palabras de Giulia Colaizzi, un «texto emblemático de una reflexión que ya no entiende el género solo como diferencia sexual, sino como una tecnología en sí (cfr. De Lauretis, 1987), un dispositivo de producción cultural inserto en un sistema político-ideológico, cuya función es la creación y naturalización de las nociones opuestas y complementarias de la feminidad y masculinidad» (2001: ix).

 

Utilizando como instrumento analítico el psicoanálisis de Freud y Lacan, combinado con el marxismo, en su vertiente althusseriana[101], Laura Mulvey se proponía revelar cómo el inconsciente de la sociedad patriarcal había estructurado formalmente el discurso fílmico estableciendo así la asignación de los papeles de género en el cine comercial. Esta premisa ya de por sí era problemática, puesto que, según uno de los más conocidos lemas del feminismo acuñado por Audre Lorde (1984), del cual he hablado en el capítulo anterior, las herramientas del

 

 

 

 

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dueño no desmantelarán nunca la casa del dueño: es decir, no se puede deconstruir un discurso falocéntrico (como el del cine comercial) por medio de otro discurso falocéntrico (como el del primer psicoanálisis).

 

Según Ruby Rich (1999), el punto débil de Mulvey es su aparente convicción de la neutralidad de sus instrumentos analíticos, «de manera que la voz feminista de la crítica ha sido silenciada a menudo por la propia metodología» (45). Más que un ataque a la metodología de «Visual Pleasure», el comentario de Rich se tiene que situar dentro de una crítica más amplia a la validez del discurso freudiano para la teoría feminista y dentro de la difícil relación entre psicoanálisis y feminismo[102]. En realidad, para ser justos, Mulvey no hace un uso ingenuo de dicha disciplina y titula explícitamente la primera sección de su texto «Un uso político del psicoanálisis» (1975: 3). De hecho, como apunta Colaizzi, un logro fundamental de la feminista británica es precisamente su empleo feminista de las herramientas psicoanalíticas. Mulvey «desplaza hacia el discurso teórico sobre el cine la politización de la sexualidad, eje y reivindicación fundamental del proyecto crítico-teórico del feminismo en los años 60-70, y abre decididamente la reflexión feminista a las herramientas analíticas ofrecidas por el psicoanálisis» (2007: 104-105).

 

Resumiendo, Mulvey toma de Freud el concepto de «escopofilia» en sus dos aspectos, activo y pasivo, y lo aplica al dispositivo fílmico. La oscuridad de la sala de cine en la cual el espectador (hombre por defecto) se sumerge y se aísla de los demás, y el resplandor de las imágenes que se desarrollan ante su mirada, recrearían un estado onírico que promovería la ilusión voyeurista de estar espiando un mundo prohibido y privado, satisfaciendo así el placer erótico (masculino heterosexual) de objetivar a la mujer al contemplarla furtivamente. Sin embargo, sigue Mulvey, el placer de mirar no puede separarse del miedo a la castración provocada por la imagen femenina. Dicha ansiedad produce unos mecanismos de defensa que o bien tienden a controlar y dominar a la mujer (despedazando su cuerpo en primeros planos icónicos, en fragmentos y recortes que satisfacen el fetichismo masculino y dejan de ser amenazantes)[103], o bien la neutralizan, por medio de una punición (se la condena al silencio, a la reclusión o a la muerte, como ocurre por ejemplo en numerosas películas de Hitchcock). La pantalla cinematográfica funcionaría más aún como un espejo en el cual el espectador (de nuevo hombre por defecto) recrearía el momento de reconocimiento de su propia imagen, por medio de su

 

 

 

 

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identificación narcisista con las estrellas masculinas (egos ideales). Se trataría de escopofilia pasiva, en su aspecto narcisista, según el concepto lacaniano de la llamada fase del espejo, que correspondería a la constitución del primer esbozo del ego.

 

El sistema de Mulvey establece unas oposiciones binarias (hombre/mujer, activo/pasivo), que corresponden a la desigualdad sexual en el tejido social y en las relaciones de género reproducidas por el cine. El hombre (el héroe en la pantalla y el espectador en la sala) se posiciona como sujeto de la mirada, y la mujer como su objeto (o, utilizando el neologismo de Mulvey, como «to-be-looked-at-ness», o «ser-mirada-idad», según la traducción al español de Santos Zunzunegui, 1988). Más aún, si en el cine la presencia de la mujer constituye un elemento indispensable de espectáculo, esta misma presencia tiende a funcionar en contra del desarrollo de la línea argumental. La historia (llevada por el hombre) se detiene en momentos de contemplación de la mujer. El hombre lleva la acción; la mujer interrumpe la acción en pausas contemplativas. El espectador, en su identificación narcisista con el héroe de la pantalla, adquiere la ilusión de estar ordenando y controlando la narrativa.

 

Ahora bien, si el cine comercial se articula alrededor de este sistema binario para el cual el hombre es sujeto de la mirada y agente de la diégesis, y la mujer es objeto de dicha mirada y pausa de contemplación, para Mulvey la eliminación del placer visual y de la narratividad constituyen alternativas feministas al discurso cinematográfico patriarcal hollywoodiense, armas de destrucción, según sus palabras, del voyeurismo y del narcisismo que relegaban a la mujer a fetiche o a memoria en el inconsciente recreado en la pantalla. Como se verá, estas premisas teóricas sustentarían varios ejercicios prácticos realizados por diversas directoras como Chantal Akerman, Marguerite Duras, Sally Potter, Yvonne Rainer y Suzan Pitt, entre otras.

 

Las reacciones al artículo de Mulvey llegan enseguida y se articulan en torno a tres críticas fundamentales: a la naturalización de la mirada espectatorial como masculina; al sistema de oposiciones binarias y su lógica heteronormativa; y a la validez del psicoanálisis freudiano y lacaniano para una epistemología feminista.

Para Ruby Rich (1978), las mujeres, como los hombres, reaccionamos a lo que vemos en la pantalla y lo relacionamos con nuestra propia experiencia: «¿Acaso no interactúo con ese texto y con ese contexto, con

 

 

 

 

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una considerable ausencia de pasividad?» (45). Ruby Rich insiste en que no hay razones para afirmar que la espectadora es un imposible: una mujer puede ser, al igual que el hombre, sujeto de la mirada. Según Doane (1982), Mulvey excluye a las espectadoras, como hizo Freud en 1933, literalmente, con el público femenino durante su ponencia sobre la feminidad, «Die Weiblichkeit», al definir a la mujer como el enigma que suscita la curiosidad de los hombres, mero objeto de estudio. En el artículo de Mulvey, como en Freud, la mujer queda representada en un texto sobre ella, pero no para ella.

 

Ann Kaplan (1983), en cambio, piensa que el cine, con sus tres miradas masculinas (la mirada del actor en el texto fílmico, la del espectador que se identifica con esta mirada y la mirada original del director), fuerza a la mujer —cuando se encuentra en la posición de sujeto

— a una inevitable identificación con el hombre. Los espectadores de la sala miran como hombres, incluso si se trata biológicamente de mujeres: «La mirada no es necesariamente masculina (en sentido literal), pero poseer y ejercer la mirada, dados nuestro lenguaje y la estructura del subconsciente, es estar en posición “masculina”» (1998: 62). ¿Qué implica ser una espectadora en posición masculina? ¿En qué consiste mirar como hombre siendo mujer? Mulvey, en sus reconsideraciones sobre el papel de la mirada espectatorial, tituladas «Afterthought on “Visual Pleasure and Narrative Cinema”» (1981), que consisten más bien en una reelaboración de su tesis anterior (y no en una negación de sus premisas), recurre al concepto freudiano de fase fálica preedípica. Para Freud, las niñas, antes del complejo de Edipo, viven una etapa activa que luego suprimen al entrar en la fase edípica. La mirada espectatorial de la mujer es masculina, puesto que la espectadora estaría asumiendo una posición activa (como la protagonista de Duel in the Sun, que entre portarse como «una señorita» o actuar como «un marimacho», termina por elegir lo segundo). Sin embargo, la mujer asume ese papel como una forma de travestismo, que vive incómodamente, de manera inadecuada y disconforme.

Al concepto de «travestismo» de Mulvey, Mary Ann Doane contrapone el de «mascarada» en «Film and the Masquerade: Theorising the Female Spectator» (1982) y más tarde en The Desire to Desire (1987). Si travestirse implica asumir la sexualidad del otro (la espectadora se traviste de hombre), en el caso de la «mascarada» la espectadora (en una posición de sujeto) se disfrazaría de mujer. Doane toma prestado el

 

 

 

 

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concepto de «mascarada» de Joan Rivière, que en un texto de 1929, «La féminité en tant que mascarade», argumenta que la mujer puede vestir la feminidad como una máscara. Para Rivière se trata de una estrategia defensiva a la cual recurren especialmente las mujeres en posición de poder, que para parecer menos amenazantes —menos masculinas— se disfrazan exagerando su feminidad, práctica tan común que esta mascarada no se puede distinguir de la feminidad «real». Doane propone que la espectadora mira «a una mujer, como si fuera un hombre con el poder fálico de la mirada […], con el fin de ser esa mujer» (1990: 157), insistiendo en que la mascarada es una estrategia subversiva, de resistencia, que ofrece a la espectadora suficiente distancia como para reconocer e identificar los estereotipos de la representación femenina en la pantalla.

 

En Italia, Paola Melchiori (1988) añade a estas dos posturas una tercera, fuertemente influida por las nociones planteadas por Julia Kristeva y por el feminismo de la segunda ola. Si el cine es el producto de la mirada masculina que se enfoca en el cuerpo femenino, la mujer se adhiere a dicha mirada por mímesis y por histeria: por mímesis, porque la mirada del hombre contiene también la mirada preedípica de la identificación primaria con la madre, una fusión del bebé (tanto niña como niño) con el cuerpo materno típica del momento prevoyeurista; y se adhiere por histeria (cfr. Kristeva, 1974), porque la mujer es, a la vez, objeto y sujeto de su propia mirada. En ambos casos, la mujer (a diferencia del hombre) se encontraría en el cine en una fase regresiva.

 

A mi entender, la ambigüedad conceptual de «mascarada», «travestismo» e «histeria» problematiza de forma evidente la polaridad binaria de la cual se acusaba a «Visual Pleasure», pero no consigue dar el paso fundamental para salir fuera de una ontología heterosexual —cfr. por ejemplo las limitaciones análogas señaladas por Adrienne Rich (1983), en los postulados de Luce Irigaray (1977) y de Nancy Chodorow (1978). De hecho los ataques más vehementes al artículo de Mulvey denuncian su lógica heteronormativa y, sobre todo, su uso binario del complejo de Edipo[104]. Admitiendo las premisas de Mulvey de que la mujer en el cine clásico es objeto del placer visual masculino, ¿puede la espectadora lesbiana asumir el papel de espectador, hombre heterosexual (Ellsworth, 1986)? O suponiendo que lo asume, ¿se le negaría de esa forma la especificidad del placer del mirar lesbiano, que no coincide

 

 

 

 

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necesariamente con el voyeurismo masculino (Mayne, 1993)? Patricia White (1995 y 1999) refuta «Visual Pleasure and Narrative Cinema» por ser emblemático de las categorías heteronormativas que han caracterizado durante décadas la teoría fílmica feminista sobre la mirada espectatorial (1999: 29), rechazando las mismas premisas psicoanalíticas. La relación de la teoría lesbiana con el psicoanálisis es cuando menos ambigua, o citando de nuevo a White, «los y las homosexuales sospechan comprensiblemente del psicoanálisis» (1995: 87). Por un lado, para algunas pensadoras (entre ellas Adrienne Rich, 1983), el «continuum» homosexual se explica como prolongación de la unión preedípica del paradigma madre e hija; por otro, se rechaza precisamente esta misma concepción del lesbianismo como derivado de una fase presexual de vínculo primario con la figura materna, porque conduce a una reducción de la experiencia lesbiana a un estado de regresión.

 

Teresa de Lauretis (1994b), partiendo de la premisa de que no existe una sola forma de deseo homosexual, y de que no se puede limitar la identidad lesbiana a meras cuestiones de comportamiento sexual, afirma que el placer visual de una espectadora homosexual se tiene que definir en términos de diferencia sexual: no tanto de diferencia entre sexualidad masculina y sexualidad femenina, como de diferencia entre homosexualidad y heterosexualidad. El deseo lesbiano se ha definido por medio de parámetros heterosexuales, que lo explican como si se tratara de una «masculinización», de una imitación del deseo masculino (1994b: 111). De esta forma, De Lauretis critica los conceptos de «mascarada» (Doane) y «travestismo» (Mulvey), por su necesidad de invocar similitudes con el contexto heterosexual, y a la vez rechaza la imagen de la

 

«lesbiana-que-sería-hombre» (lesbian-who-would-be-man) tan convencional en la teoría feminista (heterosexual).

A las objeciones a la heteronormatividad del planteamiento de Mulvey, se añaden las críticas por la falta de referencias a consideraciones de raza y de clase. Jane Gaines (1984) mantiene que cuando se usa un modelo psicoanalítico para explicar cuestiones relacionadas con la experiencia afroamericana, forzamos una universalización errónea, reafirmando así, inadvertidamente, normas de clase media blanca: «El escenario freudiano-lacaniano puede eclipsar el escenario de las relaciones de raza y género en la historia afroamericana, ya que estas dos argumentaciones sobre la sexualidad son fundamentalmente incongruentes» (1990: 337).

 

 

 

 

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Para Gaines, el problema principal del artículo de Mulvey es que asume una postura universalizante, queriendo hablar por todo el mundo. Mulvey olvida así que las «relaciones visuales» (looking relations, según Gaines) están estrictamente vinculadas a cuestiones de raza y clase (De Lauretis, 1987; Tagg, 1988; Traube, 1992), y condicionadas, como sabemos por Foucault, por relaciones de poder.

Cabe aquí preguntarse cómo funcionaría el modelo de «Visual Pleasure and Narrative Cinema» en el contexto español. Como premisa, hay que tener en cuenta, según he adelantado en las primeras páginas de este capítulo, que el artículo de Laura Mulvey surge en un contexto sustancialmente diferente al de la situación sociopolítica española. Cuando Mulvey proponía en 1975, como desafío al discurso dominante, la eliminación del placer visual, España acababa de salir de cuarenta años de censura (y de supresión del placer) y por primera vez desde el comienzo del régimen franquista se pudo ver un desnudo femenino en la pantalla — en La trastienda, dirigida por Jorge Grau (1975)—, acontecimiento que llenó las salas con un número récord de espectadores (y de espectadoras) [105]. Inmediatamente después de este primer desafío, en septiembre de 1976, en la portada de la revista Interviú, se exponía de la misma forma Pepa Flores, la actriz que había dado vida a Marisol —la niña icono del franquismo—, que deconstruía, por medio de la exhibición de su cuerpo desnudo, y a través de su mirada desafiante, la máscara que le había impuesto el régimen y la mascarada que había tenido que interpretar.

 

Hasta 1977, la censura franquista había controlado oficialmente el «nivel de escopofilia» permitido al público español. Las películas del cine clásico de Hollywood —las que Laura Mulvey ponía en escrutinio en su artículo— se habían depurado y expurgado (las connotaciones religiosas de estos verbos no son fortuitas), si es que llegaban a admitirse. Por su parte, el cine español oficial franquista creaba, por un lado, ideales femeninos de pureza y sumisión, mujeres encerradas dentro del hogar doméstico que poco encajaban con el «to-be-looked-at-ness» mulveyano (modelos como la Florencia Bécquer de la versión franquista de La aldea maldita dirigida por Florián Rey en 1942); por otro, daba vida a mujeres patrióticas, activas como activo era el perfil femenino acuñado por la Sección Femenina de Falange, cuya aparición en la pantalla no implicaba una pausa contemplativa (cfr. por ejemplo Marisol, en Raza, dirigida por José Luis Sáenz de Heredia en 1942). Las que se salían de estos

 

 

 

 

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parámetros tenían un castigo final, también en el cine de oposición, como se ha visto en el primer capítulo. Si estas mujeres no se construían según las tecnologías de género denunciadas por Mulvey, eso no significaba ni mucho menos que se tratara de modelos liberados. La mujer representada en la pantalla de los cines de la España franquista no era un ser autónomo, sino al contrario, una imagen oprimida por medio de otros paradigmas de representación que implicaban su sumisión, pureza, asexualidad, sacrificio y abnegación. A su vez, el cine de oposición, como pone en evidencia el estudio de Marsha Kinder (1993), sometía a la mujer a códigos semióticos diferentes de los de Hollywood. En las películas más progresistas, se desplazaba la violencia del régimen hacia los más débiles, y a las mujeres —como a los animales o a los niños— se les asignaba el papel de víctimas «sucedáneas» (como por ejemplo en Ana y los lobos, dirigida por Carlos Saura en 1972).

 

Como pone en evidencia Giuliana Bruno (1993) en su estudio sobre el nacimiento del séptimo arte en Nápoles, visto históricamente, el cine proporcionaba una nueva libertad a la mujer condenada a estar encerrada en casa, la del placer de la «mirada móvil» y del movimiento: la satisfacción de una necesidad escapista (en el sentido literal de la palabra) de salir de la realidad, de escaparse, aunque solo con la mirada y la imaginación. Según se ha visto en el capítulo primero, a los estudios sobre la mirada espectatorial basados en el psicoanálisis que han dominado por más de dos décadas la teoría fílmica feminista, en los últimos años se han añadido —y contrapuesto— trabajos de enfoque etnográfico como los de Jackie Stacey (1994) y Annette Kuhn (2002, 2004). Por medio de unas entrevistas, estas investigaciones se han centrado en la práctica de ir al cine como una experiencia cultural, según lo que Michel de Certeau (1980) ha definido como «l’invention du quotidien», revelando la capacidad de las espectadoras de negociar y cuestionar la lectura impuesta por la mirada dominante. El trabajo colaborativo dirigido por Jo Labanyi (en prensa) sigue esta línea etnográfica historizando y contextualizando la experiencia espectatorial en España, con entrevistas a mujeres que iban al cine en la posguerra y que, por lo general, tenían plena conciencia del poder de la imagen y de cómo el séptimo arte influía en sus vidas.

 

De ahí que los experimentos de cine feminista que surgieron alrededor de Mulvey y del feminismo de la segunda ola no podían ser pertinentes en la España de la Transición, cuando la lucha de la mujer acababa de salir de

 

 

 

 

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la clandestinidad, y la segunda ola feminista confluía y quedaba ahogada por las reivindicaciones de necesidad primaria que caracterizaron a la primera. En España no encontramos una respuesta «práctica» a las propuestas teóricas de Mulvey, salvo quizá en Función de noche de Josefina Molina, filme que estudiaré en breve, o tal vez en época más reciente, con Meeting of Two Queens (Cecilia Barriga, 1991) y con Sexo oral (Chus Gutiérrez, 1994). En contraste, todas las directoras que empezaron a trabajar durante la Transición se subieron al carro del destape, o de algo que se podría definir como una versión femenina de este: es el caso de Pilar Miró con La petición (1976), Josefina Molina con el corto «La tilita» de Cuentos eróticos (1979) o Isabel Mulá con Depravación (1982).

 

En cambio, en Inglaterra, Estados Unidos, Francia y Alemania apareció enseguida una oleada de experimentos prácticos de cine feminista en torno al texto de Mulvey: directoras como Marguerite Duras, Chantal Akerman, Sally Potter, Susan Pitt, Yvonne Rainer, el grupo de las Frauen und film y la misma Laura Mulvey, entre otras[106], proponían forjar un discurso alternativo que superara y eliminara la escopofilia inherente a la mirada cinematográfica masculina, por medio de cortometrajes y largometrajes construidos sin narratividad alrededor de la supresión del placer. La eliminación del placer visual y de la narratividad eran, según Mulvey, armas feministas para construir un lenguaje cinematográfico femenino alternativo al discurso hegemónico. Es evidente que estas reflexiones —expuestas fundamentalmente en los años 70 y 80— no constituían simples intentos de alternativas formales a la sintaxis fílmica dominante, sino que más bien representaban unos desafíos[107].

 

En Francia, el grupo feminista Des femmes de Musidora (formado en 1973 por actrices y directoras con el objetivo de promover la producción fílmica femenina y de mejorar la distribución de su obra)[108] publicó en 1976 la antología Paroles … elles tournent. Viviane Forrester, en «Le regard des femmes» —un texto poético con un tono entre proclama y advertencia al estilo de La risa de la Medusa de Cixous (1975a)—, denunciaba la ausencia de la mirada femenina. A la pregunta ¿qué ven los ojos de las mujeres?, Forrester contestaba que no lo sabía. Sabía solo lo que veía ella, como individuo femenino, pero no sabía lo que veían las otras mujeres. En cambio sí sabía lo que veían los hombres: un mundo mutilado y privado de la mirada femenina.

 

 

 

 

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La mirada de nosotras las mujeres, no la conocemos. ¿Qué es lo que ve dicha mirada? ¿Cómo secciona, inventa, descifra el mundo? No sé. Conozco mi mirada, la mirada de una mujer, pero ¿el mundo visto por las demás? Conozco solo lo que ven los hombres […]. La mirada de la mujer es ausencia, una ausencia que no solo crea un vacío, sino que pervierte, altera, cancela cualquier propuesta. La mirada de las mujeres, esto es lo que no se ve. Es lo que ha sido sustraído y robado (1976: 13).

 

Forrester concluía con una advertencia: las mujeres estaban por adquirir — o ya habían adquirido— la práctica de hacer cine, y para ello aprenderían a observar y a observarse con una «mirada natural[109]». Sin embargo, los experimentos cinematográficos que ponían en práctica dichas premisas teóricas llegaban a la paradoja de reducir inevitablemente el cine de mujeres al espacio que ya le había sido asignado: los márgenes. Para la directora italiana Liliana Cavani, dicha automarginación era un ejercicio elitista, puesto que estos experimentos no podían tener ningún resultado si no apelaban a un público más amplio y si se mantenían separados de la lucha política.

 

Ruby Rich (1999) comenta que el cambio desde el texto fílmico antinarrativo a la ficción fílmica narrativa en los años 90 se debía fundamentalmente a razones económicas. En los Estados Unidos, el National Endowment for the Humanities dejó de financiar estos experimentos feministas. Lisa Cartwright y Nina Fonoroff (1994) explican que las llamadas New Narrative Filmmakers que empezaron a trabajar a finales de los años 80, a pesar de reconocer que la «obvia» relación entre imagen y sentido es una construcción ideológica, no tenían más remedio que aceptarla provisionalmente como «realidad» en sus películas, confesando que el placer que ofrece la narratividad resultaba necesario (128). Además, la adopción de técnicas experimentales en producciones comerciales de cultura popular (como en la publicidad y en la MTV) había puesto en duda el valor subversivo de un acercamiento vanguardista (127). De hecho, el mismo cine experimental, a pesar de deconstruir la narratividad y la escopofilia, no alteraba necesariamente el discurso hegemónico del cine tradicional con respecto a la mujer. Al negar el placer visual, insisten Bruno y Nadotti (1988), se corre el riesgo de que el feminismo derive en moralismo.

 

A este respecto, en época más reciente, Laura Mulvey reflexiona sobre el callejón sin salida en el que se había estancado la teoría fílmica feminista en los años 80 y 90. En «Unmasking the Gaze» (2001), Mulvey

 

 

 

 

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opina que hay que superar una aproximación meramente psicoanalítica, y contextualizar la experiencia femenina: «el concepto estático y textual de la mirada, influido por el psicoanálisis, todavía tiene, a mi juicio, una validez obvia, de sentido común. Sin embargo, ya no puede prescindir de factores sociales y económicos que podrían informar su particular inflexión en un momento histórico dado» (2001: 8).

 

Si el enfoque sobre el placer visual ha dominado hasta hace relativamente poco la teoría fílmica feminista, hay que destacar que el dispositivo fílmico alimenta también otros placeres que están recibiendo una atención nueva por parte de la teoría. La vista no es el único sentido interpelado en la sala de cine, sino que también se involucran el oído y hasta el tacto. Kaja Silverman (1988) define la pantalla como un espejo acústico (acoustic mirror) que envuelve al público con sus sonidos, voces y ruidos. Si el estudio de la representación de la mujer en el cine se ha centrado en la construcción de su imagen como objeto de la mirada, Silverman —todavía desde el psicoanálisis— propone desplazar el enfoque a su voz. Las bandas sonoras del cine clásico atan sistemáticamente las mujeres a sus cuerpos por medio de una insistente sincronización: la voz femenina está siempre ligada a un cuerpo, «corporizada». En cambio, la voice-over —la voz omnisciente y «descorporizada»— corresponde fundamentalmente a una subjetividad masculina. De esta forma, el cine despoja a la mujer de su autoridad lingüística, la autoridad de la voz que envuelve al bebé en el útero materno antes de nacer. El bebé reconoce esta voz materna (un sonido evidentemente descorporizado) antes que los otros sonidos y antes de reconocer a la madre; y, después de nacer, esta misma voz tiene un papel crucial en su crecimiento: es la lengua que lo acompaña aprobándolo o reprobándolo. El discurso fílmico hegemónico, en cambio, invierte esta relación de poder de la voz de la madre con el hijo y, según Silverman, le asigna a la mujer el lugar del bebé: un ser sin competencia lingüística. El público envuelto en el espejo acústico de la sala de cine oye «todos los elementos repudiados de su balbuceo infantil» (1988: 81), una voz que contamina el orden del «lenguaje apropiado» (81). Como se verá más adelante, varias directoras intentan devolverle a la mujer la autoridad lingüística que se le ha negado en el cine comercial[110].

 

Más aún, el dispositivo cinematográfico también puede reproducir una experiencia táctil. En 1977, James Monaco comentaba que si la textura era

 

 

 

 

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un elemento por lo general ajeno al discurso fílmico, en realidad tenía su relevancia: «la textura, aunque a menudo no se menciona cuando se habla de estética fílmica, también es importante, no solo en términos inherentes al sujeto, sino también en cuanto a la textura o al grano de la imagen» (1977: 157). Tres décadas después de Monaco, Laura Marks propone analizar la experiencia sensorial táctil en el cine, distinguiendo entre «visualidad óptica» (optic visuality) y «visualidad háptica» (haptic visuality). A diferencia de lo que ocurre con la mirada tradicional del cine, lo táctil entra en juego cuando la imagen reproduce una impresión palpable. La vista funciona como órgano del tacto, cuando se promueve una sensorialidad que no se focaliza únicamente en la vista, sino que evoca —tanto por medio de la granulosidad de la imagen, como por el recurso a la inscripción de escenas de contactos físicos— una manera de mirar que de cierta forma «acaricia» la superficie. La visualidad óptica, en cambio, la «penetra».

 

Laura Marks sexúa su teorización a pesar de desmarcarse de Luce Irigaray: a diferencia de la filósofa francesa, Marks opina que el recurso de las mujeres a lo táctil es más bien una estrategia:

 

Existe la tentación de ver lo háptico como una forma de visión femenina, según la tesis, por ejemplo, de Luce Irigaray de que «la mujer siente más placer tocando que mirando» y que los genitales femeninos son más táctiles que visuales. Mientras que muchos han adoptado la noción de tactilidad como una forma femenina de percepción, prefiero ver lo háptico como una estrategia visual feminista, una tradición visual underground en general, en lugar de una cualidad femenina en particular (2002: 7).

 

Como indicaré en este capítulo, numerosas directoras siguen esta «estrategia feminista» de acudir a percepciones desvinculadas de la visualidad óptica, de diversas formas. Continuando con la propuesta reciente de Mulvey de contextualizar e historizar la experiencia femenina, en las siguientes páginas voy a identificar, por medio del estudio de algunas películas españolas del gynocine, unos ejemplos de creación de placeres alternativos al statu quo del placer visual, discursos de resistencia y de afirmación de una (o mejor dicho de «otra») experiencia. Si para Bette Gordon (1990) lo «alternativo» es por definición un espacio en los márgenes, asignado a la mujer por la sociedad patriarcal, estos textos fílmicos proponen alternativas que, como se verá, no sugieren ni subalternidad ni marginalidad.

 

 

 

 

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El placer del movimiento: Rosario Pi Brujas

 

Cuatro décadas antes del artículo de Laura Mulvey, en 1935, al final de la Segunda República, Rosario Pi Brujas escribe y dirige El Gato montés, largometraje basado en la zarzuela homónima de Manuel Penella (1916). Si Plácido Domingo define la obra de Penella como «la respuesta española a la Carmen de Mérimée» (www. tenorissimo.com/domingo), podríamos afirmar que la cinta de Rosario Pi Brujas es la respuesta femenina a la pieza de Penella.

 

La película, al igual que la zarzuela, sigue la historia de una mujer gitana, Soleá, que, sin ningún sentido de culpabilidad, se divide entre el amor de dos hombres: el bandido Juan (el Gato montés del título) y el torero Rafael. A diferencia de la Carmen de Mérimée, cuyo deseo por el torero —y por otros hombres— es condenado por el bandido que terminará matando por celos a la gitana, nadie culpabiliza a Soleá por amar a dos hombres a la vez, a pesar de la evidente rivalidad entre Juan y Rafael.

La zarzuela de Penella termina con el sacrificio del Gato montés, que decide morir por no poder vivir sin la mujer a la que ama. En cambio, la muerte del Gato montés en la cinta de Pi Brujas es más bien una solución de conveniencia: representa la única opción del fugitivo frente a los guardias civiles que lo van a arrestar. Quien muere por amor es Soleá, que no puede soportar vivir sin el torero, cuando aquel sufre una cogida mortal en la Maestranza. Se trata de un cambio de enfoque sexual: la zarzuela es más androcéntrica —gira en torno al heroísmo y el valor de los dos hombres—, mientras que la película de Rosario Pi es ginocéntrica: la cámara nunca abandona a Soleá, y su muerte por amor constituye la catarsis de la diégesis fílmica.

 

En la película, la mezcla de géneros (el musical, el drama folclórico, la comedia y el melodrama) y la ingeniosa reflexión metacinematográfica llevada a cabo por el personaje de la criada (figura ausente de la zarzuela)

 

h                                                                                                                    marcan un intento obvio de romper con lo que Ann Kaplan (1983) llama el «“olvido” semiconsciente» de la mirada fílmica masculina tradicional de que el cine es una construcción: con «la imitación aparente del mundo social en el que vivimos [… ] que esconde que la película es una fabricación, y perpetúa la ilusión de que a los espectadores se les muestra algo que es “natural”» (1998: 35). Hay una constante ruptura con

 

 

 

 

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el realismo debida a un uso casi obsesivo, y extrañante, de diferentes recursos técnicos. Por ejemplo, como transición entre secuencia y secuencia, Rosario Pi recurre muy a menudo a la llamada cortinilla, de manera que un plano emergente parece empujar al anterior fuera de la pantalla. Para que no pasen desapercibidas, utiliza cortinillas de formas geométricas diferentes que a menudo acompañan el tono de la diégesis [Imágenes 11 y 12]: por ejemplo, las puntas corresponden a las peleas, las curvas a momentos románticos y las hélices al movimiento. Al subrayar el continuo cambio entre escenario y escenario, estas transiciones producen un despertar constante del público. De una manera parecida, también son llamativos los numerosos saltos de eje en las secuencias de plano-contraplano. Tanto la técnica de la cortinilla, muy frecuente en Hollywood en los años 30 y 40, como los saltos de eje —una extraña tradición del cine español de la época (Torres, 1999)—, ofrecen en conjunto una fuerte impresión de velocidad, una sensación de movimiento al cual el público se halla sometido para seguir el desarrollo de la historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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11 y 12. Diferentes usos de la cortinilla: placer móvil (El Gato montés, Rosario Pi Brujas,

 

1935).

 

 

 

 

 

 

 

 

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Como se ha visto en el primer capítulo, para Giuliana Bruno (1993), en sus orígenes, el cine reconfiguraba la oposición entre público y privado, representando, para la mujer de cualquier clase social, una forma de escape de lo doméstico y una apropiación del espacio exterior. El dispositivo fílmico abría una ventana a un mundo vedado:

 

El cine proporcionó una forma de acceso a los espacios públicos, una ocasión para socializar y salir de casa. Ir al cine provocó una liberación de la mirada de la mujer, lo que le permitió renegociar, en un nuevo ámbito de intersubjetividad, la configuración de lo público/privado (1993: 95).

 

Al movilizar la mirada del público femenino, el cine permitía a la mujer conquistar espacios prohibidos y conseguir así la libertad de «pasear», sin por ello entrar en terreno peligroso o caer en el ostracismo social. Bruno contrapone el placer visual masculino (teorizado por Mulvey) a la mirada móvil (nómada) femenina, sugiriendo que en la base del placer cinemático hay formas de «transitio» (162).

 

Soleá se caracteriza por su «goce de movilidad». La mirada del público sigue los movimientos de la gitana, sus paseos deambulando por las calles andaluzas y sus salidas en coche por carreteras polvorientas, recorriendo con ella las unas y las otras, empujada por las cortinillas, saltando de eje en eje entre plano y contraplano. La película alterna espacios abiertos y espacios cerrados: Soleá pertenece a los primeros, de ahí que las sillas, las jaulas de los pájaros y las rejas de las ventanas sevillanas —filmadas por medio de primeros planos casi obsesivos— se inscriben como símbolos represivos de clausura, parálisis y estancamiento[112].

 

Dentro de este mismo sistema semántico se podría interpretar también la muerte de Soleá, que de otra forma sería inexplicable. Más que muerte por amor, se podría hablar de muerte por enclaustramiento, por inmovilidad. En una secuencia llena de dramatismo y tensión, las mujeres (Soleá y la madre del torero) que habían sido encerradas en una capilla durante la corrida, al oír los gritos del público, adivinan la tragedia [Imagen 13]. Cuando por fin les abren la puerta, el ángulo de la cámara en plano picado, de estética expresionista, filmando desde arriba a Soleá, que corre desesperada, empequeñece su figura, y dramatiza su horror, magnificando su consternada huida tras la muerte de su prometido.

 

 

 

 

 

 

 

 

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13. Las mujeres encerradas durante la corrida (El Gato montés, Rosario Pi Brujas, 1935).

 

En la siguiente secuencia, Soleá se está dejando morir, tumbada exánime e inerte en su cama. Su inmovilidad se interrumpe de nuevo cuando el Gato montés entra en el velatorio, coge en sus brazos el cuerpo sin vida de la amada y se lo lleva a su cueva cabalgando por las montañas. Ahí el bandido encontrará la muerte. En el desenlace, un fundido transforma la muerte de Soleá y del bandido en un sueño lleno de dinamismo, que repite una secuencia del principio de la cinta en la cual los dos, todavía niños, duermen mecidos dulcemente por el movimiento de su carruaje.

 

Para Torres (1999), el final de El Gato montés, impregnado «del mejor espíritu surrealista y verdadero canto al amour fou» (357), prefigura por su tono necrófilo el desenlace de Abismos de pasión (1953), versión de Buñuel de la novela de Emily Brontë Cumbres borrascosas (1847). Hay que destacar que dicho final anticipa también el de la adaptación cinematográfica de la misma novela dirigida por William Wyler en 1939. En el texto literario, las palabras de Cathy antes de morir expresan su clara animadversión por el enclaustramiento: hablando de la vida terrenal, Cathy afirma que está cansada, «cansada de estar encerrada aquí» (254)[113]. La visión de la muerte como liberación de una cárcel se traduce y simplifica

 

 

 

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en la película de William Wyler por medio de la expresión del deseo de Cathy de asomarse a la ventana y ver cumbres borrascosas (deseo que no se encuentra en la novela). Al igual que el Gato montés en la película de Pi Brujas, Heathcliff llevará en sus brazos a Cathy, sacándola de su lecho de muerte. Buñuel, por su parte, transforma estos imaginarios femeninos de movimiento y libertad en una semántica opuesta de ansia de profundidad. La penetración dentro de la tumba de la amada, como si se tratara de una enorme vagina, corresponde a un abismo de pasión dentro del cual hay que irrumpir fálicamente y morir[114].

 

La diferencia entre la película de Buñuel y la de Pi Brujas es que mientras para este el deseo es un abismo, para la directora el placer se encuentra en la superficie. La mirada móvil y el placer de «transitio» de Rosario Pi Brujas tendrán sin embargo un corto recorrido. La libertad que evoca su película se truncará con el estallido de la Guerra Civil.

 

 

El placer verbal: Josefina Molina

 

El más absoluto sentido de inmovilidad y claustrofobia gravita, en cambio, sobre el drama documental Función de noche (1981) dirigido por Josefina Molina. La acción principal se sitúa en un reducido espacio escénico —el camerino de la actriz Lola Herrera— y transcurre en tiempo real. Lola y su exmarido (y también actor) Daniel Dicenta, después de siete años de matrimonio y catorce de separación, se enfrentan hablando de su relación pasada, observados por unas cámaras ocultas. Como comenta John Hopewell (1989), parte de la fascinación de esta película se debe a la ambigüedad de que el público nunca puede saber con absoluta certeza si Lola Herrera y Daniel Dicenta están actuando o son ellos mismos. Aún mayor ambigüedad encontramos en el juego de intertextualidad entre el diálogo aparentemente improvisado de la ex-pareja y el monólogo de Carmen, la protagonista de Cinco horas con Mario (1966) de Miguel Delibes. La referencia al texto del novelista es obvia, puesto que Función de noche se rueda cuando Lola Herrera está efectivamente representando la adaptación teatral de la novela, bajo la dirección de la misma Josefina Molina. Es más, algunas secuencias del monólogo teatral se alternan con la filmación en el camerino, contribuyendo al tono de estancamiento y parálisis de la película y al desahogo verbal de su protagonista.

 

 

 

 

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Función de noche pertenece a una época en que, después de un largo silencio femenino, tres mujeres empiezan a dedicarse a la dirección (Pilar Miró, Cecilia Bartolomé y la propia Josefina Molina), produciendo películas de fuertes tintes feministas. Como decía anteriormente, el largometraje de la cordobesa es probablemente el que mejor corresponde formal y temáticamente a los experimentos coetáneos del cine feminista radical —europeo y norteamericano— al poner en práctica la destrucción del placer visual y de la narratividad tradicionales[115].

 

La acción principal transcurre entre las cuatro paredes del camerino, donde Lola le cuenta a Daniel cuánto sufrió por su culpa. Lamenta sus numerosas traiciones durante los años de matrimonio, y su total desinterés hacia los hijos durante los años de separación. Habla con dolor de su vida sentimental (nadie se ha interesado por ella) y sexual (siempre ha fingido sus orgasmos). Otras secuencias intercaladas en la acción principal muestran a Lola en un despacho eclesiástico, con un cura que le lee la anulación del matrimonio y que la critica por sus errores, y en una clínica, con un médico de cirugía estética que le da consejos sobre cómo cambiar su cuerpo y su vida[116]. Desde lo más personal e íntimo, el ataque de Lola llega a abarcar lo social, lo generacional y lo institucional. Lola se presenta así como frágil víctima de su exmarido, de la Iglesia, de la medicina, de la falta de educación sexual y de los principios patriarcales que rigieron la sociedad franquista.

 

De ahí que el espacio reducido del camerino, sin ventanas ni aperturas, con un calor estancado (los actores sudan visiblemente y se lamentan por la falta de aire), así como los despachos del cura y del médico, sean metáforas de la vida claustrofóbica de la mujer en la España de la dictadura [Imagen 14]. La película pone «en evidencia las dificultades que tuvieron que soportar las mujeres de su propia generación —Molina nació en 1936—, coartadas por la sociedad profundamente patriarcal y autoritaria de la España de este siglo» (Torreiro, 1995: 393). De esta forma, la denuncia de la condición femenina durante el franquismo se traslada cinematográficamente a una semiótica de opresión. La falta de narratividad corresponde a la toma de conciencia de la mujer de que su vida ha estado vacía; esta falta de acción de la película se traduce en el lamento de Lola, que sollozando afirma: «Yo no he vivido[117]». La ausencia de placer visual es reflejo de la declaración de anorgasmia de la protagonista. El cuerpo desnudo de Lola en las secuencias con el médico

 

 

 

 

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no se ofrece como objeto placentero susceptible de ser espiado, sino como cuerpo examinado clínicamente, sin ningún atisbo de erotismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Desahogo verbal en el espacio claustrofóbico del camerino (Función de noche, Josefina Molina, 1981).

 

La sensación de falta de futuro —condensada en las palabras de Lola «yo nunca conoceré el amor» (eufemismo por «yo nunca conoceré el placer sexual»)— se deconstruye a través de las inserciones de otras secuencias abiertas, liberatorias. A lo estático del escenario, y de las tomas en el camerino (y en el teatro, en el despacho del cura y del médico), se opone tanto el movimiento de las secuencias intercaladas dedicadas a los hijos adolescentes de la pareja —representantes de una nueva generación de españoles y españolas sin tantas represiones ni tabúes sexuales— como, sobre todo, el paseo de Lola Herrera con Juana Ginzo, la amiga que siempre ha hecho lo que le ha apetecido sin preocuparse del «qué dirán». La cámara sigue los movimientos de las dos mujeres con un plano picado diagonal, con la misma técnica empleada en El Gato montés cuando Soleá sale corriendo de la capilla. En ambos casos se trata de tomas que dan una sensación de apertura y de huida de un enclaustramiento anterior. La voz en off de Lola habla de sus deseos y propósitos para mejorar su vida.

 

En el cine hegemónico, el sujeto masculino goza no solo de autoridad visual sino también de autoridad lingüística. En «Dis-embodying the

 

 

 

 

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Female Voice», Kaja Silverman (1990) estudia cómo la mujer ha sido caracterizada en el cine y en la literatura por todo menos por el silencio: «Ella habla mucho […]. Es en gran parte a través de su cháchara, de su mala leche, de sus dulces murmullos, de sus amonestaciones maternas y de su destreza verbal que la conocemos» (309). Pero su voz —sus palabras— no tienen ninguna autoridad. La voz masculina, en cambio, no solo tiene autoridad en la diégesis fílmica, sino también fuera de ella. La voz en off (tan común en los documentales y en los thrillers), autoritaria y autorizadora, es tradicionalmente una voz masculina, la palabra —el Verbo — incuestionable.

 

Por su parte, la voz femenina en la novela de Delibes es represiva y conservadora; su autoridad le viene dada por estar criticando y atacando a alguien que no puede contestar por estar muerto. El monólogo de Carmen cerca del cadáver de su marido correspondería a la voz femenina tradicional en los discursos hegemónicos masculinos. En la obra de Molina, sin embargo, algunas de las mismas acusaciones adquieren un tono muy diferente, puesto que Daniel habla, y sigue por lo tanto manteniendo el control de la situación. La voz de Lola es cuestionadora más que acusadora, temerosa y cautelosa frente a la del hombre que parece, como decía Carmen Martín Gaite en otro contexto[118], atrofiarle las palabras. Así pues, el marido «progre» se alinea y se confunde con el cura, con el médico y hasta con el mismo Franco. Pero Lola nunca le ataca directamente. Su afirmación reiterada de «nos han estafado» —su uso del pronombre personal plural en lugar del singular «me»— incluye al exmarido entre las víctimas de la sociedad patriarcal franquista.

 

En Función de noche no hay narratividad (la sintaxis fílmica se articula por escenas y no por secuencias)[119] y la escopofilia —activa y pasiva— es muy sui generis. El público se coloca en la posición de voyeur, pero lo que espía no corresponde a los parámetros del placer visual tradicional. Lo mismo ocurre con el narcisismo, porque la mirada masculina del espectador, el love affair, diría Mulvey, de su propia imagen con la del actor en la pantalla, se deconstruye también sin que se establezca un ego ideal masculino. El protagonista queda en entredicho por las palabras de Lola, que lo cuestiona y lo presenta como hombre atado a los valores patriarcales que él mismo parece querer rechazar. Por ejemplo Daniel afirma haber creído que Lola no había llegado virgen a la boda porque no demostró pudor la primera noche; o se enfada cuando Lola

 

 

 

 

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le confiesa haber fingido siempre sus orgasmos para no ofenderlo en su hombría[120]. A la escopofilia del lenguaje cinematográfico tradicional, Molina opone otra situación de voyeurismo, un «voyeurismo acústico» al hacernos oír unas conversaciones íntimas. Sheila Rowbotham (1983) afirma que el cotilleo (gossip), las risitas (giggling) y los cuentos de vieja (old wives’ tales) son formas de hablar que se asocian especialmente con la mujer y que se consideran a menudo como signo de inferioridad femenina. Se trata sin embargo, según Rowbotham, de maneras importantes de percepción y de descripción que establecen una relación entre experiencia y teoría. Para Elisabetta Rasy (1978), estas formas de comunicación femenina subalternas son desahogos y salidas de lo cotidiano, expulsiones desde el interior, que expresan lo reprimido dando peso a lo que el hombre percibe como nimio[121]. Tienen por tanto un carácter mucho más empoderante de lo que argumenta Kaja Silverman: el éxito de la película confirma su trascendencia.

 

Es gracias a lo que definiría como la cháchara (el desahogo verbal) que Lola consigue hablar de lo que ha vivido y abrirse nuevos caminos para el futuro. De tímida, su voz se hace cada vez más firme y segura. Una vez concluido su desahogo verbal en el espacio claustrofóbico del camerino, en el epílogo, el objetivo de la cámara nos traslada a su nueva casa, cuyas numerosas ventanas están completa y simbólicamente abiertas [Imagen 15]. La película termina con la voice-over de Lola llena de positividad y optimismo, que confirma al público que su desahogo verbal —del cual hemos disfrutado y aprendido— no ha sido en balde.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Sobreimposición de imágenes de ventanas abiertas acompaña la voice-over femenina (Función de noche, Josefina Molina, 1981).

 

 

 

El placer visual: Judith Colell

 

Seis décadas después de Un chien andalou, la directora catalana Judith Colell retoma el plano detalle del ojo (y el tropo de la mujer en la ventana) como elemento paradigmático del segmento «La vista» que dirige para la película El domini dels sentits (1996), una obra colectiva en la cual participan otras cuatro mujeres[122]. No deja de ser significativo que en el momento más álgido de la dirección cinematográfica española femenina, una directora se detenga en una reflexión metacinematográfica sobre la mirada de la mujer y sobre el placer visual. Elige para ello a la actriz Silvia Munt —que a su vez había sido directora de cortometrajes— para representar a una «mujer-voyeur». Judith Colell reivindica la subjetividad de la mirada femenina, una mirada transgresora (la protagonista espía y saca fotografías a su vecino), marginada (la vida de la mujer es completamente solitaria), pero que actúa como estímulo de autoafirmación (la mirada le da placer, fuerza y poder).

 

El contexto en que surge la obra de Colell corresponde a un momento récord de presencia femenina en el campo de la dirección cinematográfica

 

 

 

 

 

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(13 por 100 en 1995). De las películas que se estrenan en el bienio 1995-1996, hay 18 largometrajes dirigidos por mujeres, de los cuales 10 son óperas primas (que constituyen prácticamente la cuarta parte de los filmes dirigidos por realizadores noveles). El domini dels sentits entronca con la preocupación ya definitivamente central en el cine femenino de representar nuevos modelos de mujer. Lisa Cartwright y Nina Fonoroff (1994) hablan a este propósito de un uso «neofeminista» del cine, que propone representaciones «alternativas» a las hegemónicas (138). En Italia, en estos mismos años, se estrena el largometraje Domino (1988), dirigido por Ivana Massetti, una película que plantea la misma problemática que El domini dels sentits, al desarrollar una reflexión sobre la relación entre el dominio de la mirada y el placer erótico.

 

Según María Ruido (2000), «ya en la década de los 90, mujeres artistas

 

  radicalizan la postura de la primera generación del feminismo y proponen nuevas posibilidades para la elaboración de una mirada femenina placentera […] muy críticas con la radical negación de la década de los 70 […]. Frente al discurso disruptivo y, tal vez, un tanto moralista del feminismo de los 70, el feminismo de los años 90 trata de recuperar el sentido del placer y de incorporar una mirada no-colonizada a su repertorio» (Ruido, 2000: 58). El domini dels sentits —al igual que Domino en Italia— presenta modelos de mujeres fuertes, independientes y dominantes, preocupadas fundamentalmente por su propio placer sexual. En El domini dels sentits, las protagonistas de los cinco segmentos controlan completamente la situación y para la satisfacción de su placer están dispuestas a cualquier acto transgresor del statu quo: relaciones lesbianas, sexo público, suicidio o hasta homicidio. Sin embargo, no se condenan sus elecciones en ningún caso. Estos cortometrajes tienen el mismo potencial subversivo feminista de ciertas cintas pornográficas que, como comenta la directora norteamericana Bette Gordon (1990), no atan la sexualidad femenina ni a la reproducción ni a la domesticidad: «la pornografía se convierte en un lugar de exploración feminista sobre lo que hay que decir del deseo, qué tipo de fantasías moviliza y cómo estructura las diversas sexualidades» (1990: 418).

Si estableciéramos un diálogo entre El domini dels sentits y la película canadiense The Five Senses (1999), dirigida por Jeremy Podeswa, veríamos que, a pesar de una temática análoga, la cinta femenina articula una deconstrucción de los parámetros masculinos del cine comercial que

 

 

 

 

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tres años más tarde, en cambio, The Five Senses reproducirá al pie de la letra. El largometraje catalán se compone de cinco cortos distintos, cada uno protagonizado por una actriz diferente y dirigido por una cineasta diferente. En la película de autoría masculina esa colaboración múltiple se funde en una obra única, un relato monolítico y centralizado firmado por un único director. Los cortos que forman la película femenina están protagonizados únicamente por mujeres, mientras que en la película canadiense los sentidos giran alrededor de las historias de tres hombres y dos mujeres. A los retratos atípicos de El domini dels sentits (son todas mujeres solteras, independientes y sin ataduras), Podeswa contrapone modelos femeninos tradicionales (las que no son madres son mujeres frágiles, cargadas de problemas existenciales). El domini dels sentits se presenta como una poderosa llamada a la satisfacción completa del deseo físico femenino y de su representación. No es así en la película del canadiense, en la cual la satisfacción de los sentidos (sobre todo en el caso de las mujeres) conlleva una censura implícita: si todos los protagonistas viven historias de fracasos, se condena solo la búsqueda del placer de las mujeres; en las historias relacionadas con el tacto y con la vista, la satisfacción del deseo femenino es causa de una potencial tragedia. El voyeurismo femenino, tan exaltado en el corto de Colell, es tratado como patología en la película de Jeremy Podeswa.

 

En el caso del cortometraje de Colell, el placer sexual femenino es fundamentalmente placer visual, voyeurista. El diálogo-confrontación del corto de Colell con Rear Window (Hitchcock, 1954) es evidente. En esta, un fotógrafo aventurero, Jeff (James Stewart), se encuentra forzado a un rol femenino por estar en «casa con la pata quebrada». Observa el exterior —desde una ventana— sin poder salir. Su pasividad llega a ser prácticamente absoluta, puesto que ni siquiera saca fotos desde su ventana. Invirtiendo los roles tradicionales, el sujeto de la acción es su novia Lisa (Grace Kelly). En el corto de Colell, se vuelven a restablecer los papeles y la «ventanera» estática es una mujer. Esther (interpretada por Silvia Munt) es también fotógrafa, y testigo desde su ventana de un asesinato en el piso de enfrente. Pero a diferencia de la película de Hitchcock, en lugar de incriminar al culpable, llega a protegerle y a salvarle. Mientras que la mirada indiscreta de Jeff-James Stewart tiene una finalidad y una utilidad (la de resolver un crimen), la mirada indiscreta de Esther-Silvia Munt no tiene otra finalidad que la de afirmar el placer de la mujer de ser sujeto de

 

 

 

 

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la mirada [Imagen 16]. El crimen es para ella totalmente incidental e irrelevante y el público queda con la duda de que se haya cometido realmente[123]. Su función diegética es la de aumentar su sentido de poder con respecto al objeto de su mirada: en otras palabras, es una mirada empoderante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

16. Voyeurismo femenino («La vista», en El domini dels sentits, Judith Colell, 1996).

 

La primera secuencia de Colell retoma casi literalmente el íncipit de Rear Window. El objetivo de Hitchcock recorre horizontalmente las ventanas del edificio de enfrente del piso de Jeff, para luego entrar en el mismo apartamento del fotógrafo, y enseñarnos sus obras enmarcadas y colgadas en las paredes, reveladoras de la vida aventurera de su autor. El movimiento de la cámara de Colell repite el panning de Hitchcock y entra en la casa de su protagonista, pero las fotos que enfoca son completamente borrosas y no delatan ningún contenido sobre el pasado o sobre la actividad presente de la fotógrafa. En la película de Hitchcock, Jeff manda una carta anónima al criminal para obligarle a cometer un error. En la de Colell, es el criminal quien escribe una carta a la fotógrafa que, sin embargo, prefiere ignorar el contenido y tirarla. Los diálogos de la película de Hitchcock entre Jeff y Lisa se transforman en silencios en la de Colell.

 

 

 

 

 

 

 

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En síntesis, mientras que Hitchcock construye una película narrativa y, diría Mulvey, tradicionalmente masculina, Colell desarrolla una historia cargada de metáforas femeninas: las fotos de Esther no tienen contenido narrativo; la protagonista no habla, no cuenta nada, y ni siquiera lee la carta que le manda el asesino. En cambio, prefiere la repetición cíclica de su rutina, solo interrumpida por el acontecimiento provocado por el hombre. Se opone así la historia lineal masculina de Hitchcock, llena de acontecimientos, a la no-historia cíclica de la mujer (según los parámetros de Kristeva en «El tiempo de las mujeres», 1979), reforzada por el uso repetido de tomas que utilizan el travelling circular de Colell. A su vez, este corto yuxtapone la escopofilia femenina a la masculina: aquella, voyeurista; esta, narcisista. La mirada de la fotógrafa enmarcada por la ventana y por el objetivo de la cámara tiene como único fin el placer de mirar. Podríamos decir que está vacía de contenido narrativo (como vacías son las fotos borrosas que la mujer revela), hasta el momento en que se cruza con la del hombre y capta desde la ventana dos escenas características del cine comercial: la primera de sexo y la segunda de violencia. El placer del vecino, por su parte, es eminentemente narcisista. El hombre se deja observar fingiendo no saber que es visto y maquina un plan para utilizar a la mujer por medio de la seducción y del chantaje emocional. Quiere atrapar a Esther dentro de sus discursos de violencia y de seducción, pero ella opone desde el principio resistencia. Ella, sin embargo, no quiere saber nada del asesinato, ni siquiera dejarse seducir. Cuando tiene que acudir a la comisaría para confirmar la coartada del asesino, Esther se encuentra en una posición de absoluto dominio. Está separada de su vecino por un cristal, pero mientras el presunto asesino ve un espejo, ella puede verle a él. En esta situación, el hombre depende totalmente de su mirada y de su palabra.

 

Esther decide mentir. El monosílabo que pronuncia para apoyar la coartada —un «sí» entrecortado— es una de las poquísimas palabras que salen de su boca a lo largo de toda la película. Sin embargo, a pesar de salvarle, se niega a entablar una relación con el hombre.

En todo el corto, la protagonista se enfrenta a una disyuntiva: aceptar ser parte del juego del hombre (asumiendo el rol de objeto de la mirada masculina y de su placer) o mantener su independencia. Fuera de la diégesis de la película, la dicotomía que afronta el personaje implicaría para la directora, o bien asumir el discurso dominante con el riesgo de que

 

 

 

 

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la autorrepresentación cayera en una mímesis de la representación femenina según parámetros masculinos, o bien forjar un discurso femenino. La protagonista —como la directora— opta por la segunda posibilidad, a pesar de que su decisión la margine del sistema epistemológico masculino: la mirada femenina carece de sentido para el hombre, que en la última secuencia, desde su ventana, repara en la mujer que sigue vigilándole, y sacude negativamente la cabeza.

 

Al final, la sonrisa hierática de Esther recuerda a la sonrisa de la Medusa de Hélène Cixous. Es ella la que tiene el control y el poder de salvar al hombre-objeto de su mirada. Ya no necesita el desahogo de la cháchara, ni su voz es la expulsión de la subalterna: su silencio y su laconismo están repletos de intención, de autoridad y de sentido.

 

 

 

El placer de la risa: Marta Balletbò-Coll[124]

 

Marta Balletbò-Coll, directora, guionista, protagonista y productora de la primera película dirigida por una mujer sobre un tema explícitamente lesbiano, Costa Brava (1995), «cuenta las andanzas de una guía turística catalana que, en un paralelismo con lo que fue el proceso de producción de su película en la realidad, hará todo lo que esté a su alcance para montar su obra» (Merino, 1999: 18). Como Hélène Cixous con su escritura femenina, Marta Balletbò-Coll obliga a que el espectador mire de frente a la Medusa para ver que no aniquila, que es guapa y se ríe. Dice la filósofa francesa:

 

El hombre está encaminado a aspirar a la gloriosa monosexualidad fálica. A fuerza de afirmar la primacía del falo, y de aplicarla, la ideología falocrática ha producido más de una víctima: como mujer, he podido sentirme obnuvilada por la gran sombra del cetro, y me han dicho: adóralo, adora lo que tú no levantas. Pero, al mismo tiempo, han cargado al hombre con ese grotesco y poco envidiable destino de quedar reducido a un solo ídolo de cojones de barro. Y como observan Freud y sus seguidores, de tener tanto miedo a la homosexualidad (1995a: 45).

 

Costa Brava (rodada en inglés, durante 13 días, según su página web oficial) desglosa dos niveles diegéticos distintos que se alternan: la historia de amor entre Montserrat y Anna (una ingeniera sísmica norteamericana y una guía turística catalana con ambiciones de dramaturga) y un monólogo teatral, «Love Thy Neighbour», escrito e interpretado por la propia Anna, que da voz a un ama de casa que descubre su homosexualidad al

 

 

 

 

 

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enamorarse de su vecina. La obra teatral dentro de la película constituye la teoría que vertebra la práctica. Por un lado, en el monólogo, el ama de casa explica, mientras recoge la ropa que había tendido en la terraza de su piso de Barcelona, con el trasfondo —irónico e irreverente— de la Sagrada Familia, que «el orgasmo por penetración es estadísticamente insignificante», y que «no sabía que el sexo podía ser tan tierno. Con Carlo, me encanta, pero es satisfacción rudimental. Con ella… ¡es grande!». Por el otro, Anna pone en práctica lo que su personaje teatral relata en el monólogo. Sin embargo, la relación entre las dos mujeres no deja de tener obstáculos. Anna no puede librarse de su fijación por una dramaturga de la cual está enamorada desde hace cinco años y con la cual ha tenido solo dos encuentros sexuales. Por eso Anna se define a sí misma más como una «chiflada» que como una lesbiana. Montserrat, por su parte, insatisfecha con sus relaciones heterosexuales, se resiste a admitir su lesbianismo: «No soy una lesbiana solo porque duermo contigo». La diégesis sigue las etapas del desarrollo de la historia de Anna y Montserrat, que se va solidificando entre complicidad, humor y ternuras.

 

En esta película no se presenta ninguna escena de cama. En un logrado intento de deconstrucción de la imagen tradicional que sitúa a la mujer en la pantalla como objeto del voyeurismo masculino, la representación visual del sexo desaparece por completo. Esta omisión, con todo, no implica que el sexo esté ausente. Al contrario, se establece como un importante —si no central— tema de conversación. Las dos mujeres hablan abiertamente de sus habilidades en la cama, de sus relaciones anteriores, y en este contexto la risa sirve como arma para desdramatizar situaciones problemáticas.

 

Hay que destacar también que lo lúdico de la película alcanza al mismo lenguaje fílmico. En varias ocasiones, Costa Brava antropomorfiza los encuadres y la música, dándole a la cámara una subjetividad cómica. Por ejemplo, cuando Anna y Montserrat se dan el primer beso dentro del coche, la cámara «actúa» de una forma voyeurista (quiere espiar a las dos mujeres) pero con timidez (parece no atreverse a entrar). Se trata de planos objetivos, porque el punto de vista no pertenece a ningún personaje en particular, pero los movimientos de la cámara no son neutrales ni invisibles: como si tuviese curiosidad, el encuadre cambia de posición desde la toma de un árbol cerca del coche, a su sombra, a la ventanilla del vehículo, y allí la cámara se queda quieta, como si se tratara de una

 

 

 

 

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mascota obediente, esperando fuera y renunciando al intento de ver lo que pasa dentro. Pero poco después vuelve a intentarlo, repitiendo los mismos movimientos desde el otro lado del coche, enfocando una piña, un tronco y de nuevo el coche, pero sin ir más allá. Una estrategia parecida se puede observar a propósito del uso de la música, que a pesar de ser extradiegética, se interrumpe para resaltar cambios de actitudes en los personajes, con la misma apariencia de subjetividad que he señalado para los encuadres. Por ejemplo, una canción extradiegética acompaña con un ritmo alegre los movimientos de Anna, mientras esta decora su piso tras la decisión de Montserrat de mudarse a vivir con ella. Pero se interrumpe repentinamente, cuando Anna descubre las bragas rojas de su compañera en la cama y observa algo molesta la intrusión de ese elemento en lo que antes era su espacio exclusivo. El silencio subraya humorísticamente el fastidio de Anna, que recoge la prenda con la punta de un lápiz, como si se tratara de algo contaminante [17]. Finalmente la música se reanuda, con el mismo ritmo alegre, cuando Anna toma la decisión de tirar el slip de su pareja a la basura. Con estas estrategias, Marta Balletbò-Coll muestra que el propio lenguaje fílmico (fuera de la diégesis) puede ser fuente de risa, y consigue revelar de forma enfática que el dispositivo cinematográfico no es nunca neutral, a pesar de que el cine comercial tiende a invisibilizar su construcción.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  El placer de la risa: intrusión cómica en la vida de Anna (Costa Brava, Marta Balletbò-Coll, 1995).

 

 

 

 

 

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Es alrededor de los años 70 cuando el feminismo se apodera de la risa como «trasgressione massima», según las palabras de Carla Lonzi (1976), en un acto de insubordinación que el hombre no sabe cómo parar. La filósofa francesa Hélène Cixous, en su famoso ensayo-manifiesto de la écriture féminine, La risa de la Medusa (1975), había definido la risa femenina como gesto de subversión. La mujer que escribe se ríe de «la verdad» patriarcal y deconstruye la representación (falocéntrica) de la sexualidad femenina que en realidad no es ni misteriosa ni amenazante: «Para ver a la Medusa de frente basta con mirarla: y no es mortal. Es hermosa y se ríe» (1995a: 21). Más aún, la mujer destruirá los miedos de castración freudianos simbolizados por la cabeza de la Medusa, y «tendrá la última risa». De una forma análoga, Luce Irigaray (1977) afirma que la risa es la primera forma de liberación de la mujer de una opresión secular, el equivalente femenino —intraducible— de la seriedad fálica:

 

[E]n primer lugar río. ¿Primera liberación de una opresión secular? ¿No es acaso lo fálico la seriedad del sentido? La mujer, y la relación sexual, ¿lo exceden tal vez «en primer lugar» con la risa? Por otra parte, entre ellas las mujeres empiezan riendo. Escapar de la inversión lisa y llana de la posición masculina es, en todo caso, no olvidarse de reír. No olvidar que la dimensión del deseo, del placer, es intraducible, irrepresentable, ilocalizable, en la «seriedad» —la adecuación, la univocidad, la verdad…— de un discurso que pretende decir su sentido (2009: 121).

 

Mary Daly (1978) comenta que no hay nada más subversivo que «el sonido de las mujeres que se ríen a carcajadas del patriarcado. Esta risa es la única verdadera esperanza» (1990: 17); el humor funciona como un gesto poderoso de deconstrucción del discurso del poder. Para Ruby Rich (1978), la comedia cinematográfica —un género que define como «meduseo» (medusan), basándose en el artículo de Cixous— tiene un poder revolucionario, que todavía no ha sido tomado bastante en consideración, con un indiscutible potencial demoledor de la ley del padre: «como un deflactor del orden patriarcal y un extraordinario nivelador y reinventor de la estructura dramática» (1999: 39). La comedia utiliza el humor de forma disruptiva para atacar no solo al hombre y al sexismo, sino también a los estereotipos heterosexuales y a la complacencia homofóbica. Asimismo, por medio de la risa, se consigue deconstruir las fantasías románticas acuñadas por el patriarcado para encandilar a la mujer, y enseñar la posibilidad de cambio (uno de los objetivos

 

 

 

 

 

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fundamentales del feminismo, según la historiadora Gerda Lerner, 1986). Para la cineasta Inés París: «La visión irónica de la realidad, la transgresión, la desdramatización de los problemas y el optimismo vital son mi naturaleza emocional e intelectual. Me encanta hacer reír a los espectadores […] permitirles ver la vida de una manera positiva y esperanzada» (Inés París­ escribe sobre Miguel y William).

La sociedad burguesa decimonónica privaba a la mujer del placer de la risa: no era un comportamiento apropiado para una dama reírse de los chistes que, por su ingenuidad, no podía ni entender ni mucho menos contar (Barreca, 1992)[125]. Esta exclusión de la mujer del humor llegó a tener una justificación psicoanalítica. Freud mismo, en el ensayo El chiste y su relación con el inconsciente (1905), considera la ausencia de lo femenino como el elemento central del humor. Para Freud, el chiste sustituye un impulso erótico (de un hombre hacia una mujer), que para su manifestación necesitaría la presencia de la destinataria, que por ser objeto de la excitación masculina tendría que escuchar el chiste y compartir la excitación. Sin embargo, sobre todo cuando el humor entra en los círculos sociales de clase alta, la mujer representa el obstáculo principal para la expresión del impulso erótico masculino, porque las damas no pueden tolerar —por su socialización— ninguna manifestación de sexualidad no disimulada. La influencia femenina llega así a ser un elemento intimidatorio de las dinámicas del proceso cómico. De ahí que la mujer, a la cual se dirige la broma, queda excluida y el chiste se sitúa en un espacio de nur für Männer, de solo hombres (119-120).

 

Poder disfrutar el placer de la risa en el cine es por lo tanto —literal y simbólicamente— una conquista que tiene las mismas connotaciones de género que he identificado para la articulación de los otros placeres estudiados en este capítulo. Muchas directoras siguen el ejemplo de Marta Balletbò-Coll —Inés París, Daniela Fejerman, Rosa Vergés, Mar Targarona, Isabel Gardela, Eva Lesmes, Laura Mañá, Dolores Payás, María Ripoll, Chus Gutiérrez, Dunia Ayaso (con Félix Sabroso), Yolanda García Serrano (con Juan Luis Iborra) y Teresa de Pelegrí (con Dominic Harari), entre otras— y la comedia llega a ser, después del drama, el discurso preferido del gynocine (y de su público).

 

 

El placer aural-oral: Isabel Coixet

 

 

 

 

 

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Vivimos en una cultura que sitúa lo visual en una posición jerárquicamente superior a lo auditivo. El sonido se ha estudiado mucho menos que la imagen: por ser tan persistente (omnipresente y omnidireccional) tendemos a ignorarlo (Monaco, 1977). A pesar de que en el cine tres de los cinco «canales de información fílmica» identificados por Christian Metz (1980) son auditivos (el hablado, la música y los ruidos), el sonido se deja a menudo en un segundo plano, y a veces se conceptualiza de una forma que tiene significado solo en función de la imagen: «sostenemos que estamos hablando de sonido, pero en realidad estamos pensando en la imagen visual de la fuente del sonido» (1980: 29). Theodor Adorno y Hanns Eisler (1974) dan una explicación sociológica a esta falta de interés hacia lo acústico. En Composing for the Films comentan que la vista fue el medio primario con el cual el orden burgués ganó su supremacía: en un mundo industrializado, mirar es lo que permite distinguir los productos de consumo de una forma selectiva y definitiva. El oído, en cambio, no tiene esta capacidad. La percepción acústica corresponde a una tecnología arcaica: «se podría decir que reaccionar principalmente con el oído inconsciente en vez de con el ojo vigilante es, en cierto sentido, contradecir la era neoindustrial y su antropología» (20).

 

Esta subalternidad del oído frente a la vista tiene relevancia para una epistemología feminista y para la teoría de género. Irigaray (1977) apunta que los hombres tienden a privilegiar la vista frente a los otros sentidos más que las mujeres, causando así un empobrecimiento de las relaciones físicas. La vista se ha teorizado como apoyo fálico del voyeurismo y del fetichismo (instintos y defensas marcados por Freud como masculinos); por contraste, el oído adquiriría el cariz de una opción «femenina». Según Mary Ann Doane (1980), la voz parece prestarse fácilmente como alternativa a la imagen, como el medio con el cual la mujer puede «hacerse oír». Sin embargo, advierte Doane, hay también que recordar que en el psicoanálisis la voz es el instrumento de prohibición del orden patriarcal[126].

 

En Map of the Sounds of Tokyo (2009)[127], Isabel Coixet explora las posibilidades de privilegiar el oído frente a la vista, con evidente conciencia de las implicaciones y retos señalados en las citas anteriores. Si en el cine tradicional se establece un contrato audiovisual que subordina la banda sonora a lo visual, en esta película las imágenes de muchas secuencias están subordinadas a lo aural. Para utilizar la antigua

 

 

 

 

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terminología de Siegfried Kracauer (1960), el sonido de la película (excepto en las secuencias con voice-over) es más «actual» que «comentarista». Sin embargo, en numerosas tomas, los ruidos se amplifican selectivamente y se evidencian de forma extrañante, a expensas de la imagen.

 

En la cinta de Coixet, el público se deja transportar por las ondas acústicas, sube hasta sobrevolar la ciudad (en panorámicas aéreas con un apoyo musical empático) y baja hasta sus entrañas, donde se rodea del bullicio de las calles, de los canales, de los restaurantes y de las ferias; y de los murmullos de los cementerios, de los templos, de los interiores de las casas y de los hoteles con habitaciones temáticas. Se pasa de una extensión vasta del universo auditivo a una extensión nula (que se centra en sonidos puntuales), poniendo al público en una situación análoga a la del voyeur con respecto a la imagen, espiando, sin ser escuchado, con el oído. Se logra así captar la relevancia del sonido frente a la imagen, más «poderoso», como diría Doane (1980), puesto que, en relación con la vista, tiene un alcance superior: los sonidos doblan esquinas y traspasan paredes y los oímos detrás —o hasta dentro— de nosotros.

 

Los personajes se crean y se caracterizan por medio de sonidos: los aullidos de dolor inconsolable de Nagara (por el suicidio de su hija Midori); el llorar más contenido y frío de Ishida, el asistente de Nagara (secretamente enamorado de Midori); la verborrea de David, el comerciante de vinos (que necesita hablar de su amor hacia Midori y que no consigue enamorarse de Ryu); y los misteriosos silencios de Ryu, la joven asesina a sueldo que trabaja por las noches en una lonja de pescado (que en lugar de matar a David, se enamora de él).

Más aún, el filme antropomorfiza lo auditivo, al asignar el papel de ingeniero de sonido a un personaje masculino sin nombre en un homenaje al grabador de ruidos de trenes de Café Lumière (Hou Hsiao-Hsien, 2003). Esta estrategia le da a la banda sonora, figurativamente, cierta subjetividad. Las voces, los ruidos, la música y los efectos no parecen ser el fruto de un equipo desconocido (al cual el público le presta por lo general poca atención, como sugieren las citas anteriores), sino producto de un ser con cara y voz dentro de la misma diégesis [Imagen 18]. Su anonimato le confiere al personaje una dimensión irreal, casi sobrehumana, como si fuera un acousmêtre. Su aura[128], sin embargo, tiene límites: a diferencia de la voice-over del cine clásico, cuyo poder

 

 

 

 

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reside, dice Kaja Silverman (1988), en su posesión del conocimiento y en su privilegiada e incuestionable actividad de interpretación, el narrador homodiegético de Coixet tiene focalización externa, puesto que sabe menos que el personaje y que el público[129]. Sus límites se ponen de inmediato en evidencia. Empieza su narración hablando de lo poco que sabe del personaje femenino de Ryu:

 

nunca supe si era hija única o tenía hermanos, si sus padres vivían o habían muerto. Si había sacado buenas notas en el colegio. Si creía en Dios o algo así. Si cuando veía una viejecita por la calle pensaba de repente qué aspecto tendría ella misma al cabo de los años. Si había sufrido. Si se había enamorado alguna vez. Saber quién era Ryu se convirtió en una obsesión para mí (Coixet, 2009: 23).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

18. El ingeniero de sonido: un acousmêtre (Map of the Sounds of Tokyo, Isabel Coixet, 2009).

 

En su afán por entender a Ryu, el narrador la graba y la escucha repetidamente. Si este ejercicio tiene un contrapunto visual (es decir, vemos al hombre con sus aparatos, auriculares y cintas: índices que materializan los sonidos), se insinúa al público que su práctica se extiende fuera de la imagen, como ocurre con su voice-over, haciendo de él el responsable también de los sonidos «acousmáticos». El narrador parece ser el agente del manejo de los sonidos que envuelven a la mujer en la película y que —como dijo Pirandello en Si gira (1916)— determinan su realidad.

La voz y los ruidos que produce Ryu se captan y amplifican de forma extrañante, como si se tratara de primeros planos auditivos que la caracterizan: el estridor de la sierra eléctrica cuando corta el pescado; el fluir del agua de la manguera cuando limpia el suelo de la lonja; el chirriar

 

 

 

 

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de las botas de goma cuando arrastra los pies en el agua; el frotar del limón en su cuerpo cuando se ducha, al amanecer, sin intercambiar palabra alguna con sus compañeras de trabajo; el chasquear gomoso de los mochis de fresa que mastica ávidamente cuando vuelve a la soledad de su piso; el succionar de sus labios cuando sorbe ramen. Ryu se refugia en los silencios de los cementerios, donde restriega cuidadosamente las lápidas de sus víctimas, y en el de los templos, donde escribe sus deseos en tablitas tintineantes. También en las escenas de sexo, sus suaves gemidos de placer, lejos de los jadeos del cine tradicional, contribuyen a la definición de su identidad.

 

Asimismo, las relaciones de Ryu se establecen también a través de los sonidos. Su amistad con el narrador empieza en un restaurante, cuando él se queda fascinado por su manera de comer ramen, haciendo unos ruidos que le recuerdan a su madre cuando tomaba sopa. Y el interés de Ryu hacia David, el comerciante de vinos catalán, se despierta de la misma forma: en una secuencia que alterna los primeros planos de sus caras, dobladas encima de sus cuencos, se comparan sus diferentes maneras — los diferentes sonidos— de sorber la sopa. David no puede prescindir de su educación occidental que le obliga a comer sin producir sonido alguno, pero, por eso, se salpica la camisa. Esto produce la hilaridad de Ryu, que sorbe los tallarines de forma rápida y limpia, pero muy ruidosa [Imagen 19].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Los sonidos conectan a David y a Ryu: placer oral-aural (Map of the Sounds of Tokyo, Isabel Coixet, 2009).

 

 

 

 

 

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Para la mirada espectatorial tradicional (occidental, masculina), Ryu corresponde a la otredad. Es misteriosa, indescifrable, y, según la crítica (también occidental y masculina), imposible o poco creíble[130]. El público puede identificarse y simpatizar con el hombre español —del cual conoce la historia— pero ella permanece en lo desconocido. La diégesis nunca explica el porqué de su doble vida, de su soledad, de su tristeza, ni el porqué de su amor por David. Hasta su último gesto (la mujer muere por una bala destinada a su amante) es ambiguo, ya que, por un lado, se puede leer como el tradicional sacrificio femenino: un suicidio para salvar la vida del hombre al que ama. Por otra parte, se inscribe como un acto de redención: el suicidio de Ryu respondería, en cierta forma, a una necesidad de la mujer de expurgar sus crímenes, una necesidad de la cual el público es testigo cuando la observa (y la oye) limpiando las tumbas de sus víctimas. Su gesto es incomprensible también para David, que desconoce la vida secreta de Ryu, y mira con cara de asombro el cuerpo sin vida de la mujer entre sus brazos. Asimismo, el sacrificio de Ryu tiene una explicación de carácter psicoanalítico: correspondería al suicidio femenino estudiado por Julia Kristeva (1974), como resultado de la histeria de la mujer (dividida entre orden semiótico y simbólico; entre silencio y lengua del padre): un suicidio, dice Kristeva, sin dramas ni tragedias, como si fuera simplemente cuestión de hacer una transición inevitable, irresistible y obvia.

 

Ryu no pertenece a la realidad de las fantasías subjetivas e individuales, sino —figurativamente— a lo «indefinible» fuera del lenguaje. Isabel Coixet dice no haber tenido ninguna pretensión realista a la hora de crearla: «la vida real se mezcla en el cuento que es la película

  No la he escrito como una película realista. El de ella es un personaje con una base real pero sin pretensiones realistas» (Fotogramas, noviembre de 2009: 92). Y lo mismo se puede decir de su contexto. En otra entrevista, Coixet reconoce que le costó mucho «vencer la idea de que […] podía escribir un guion sobre Japón. Conozco el país, pero no soy una experta. Ahora me parece un milagro. Ahí está mi Japón imaginario, construido con lo que he visto allí» (El País, 23 de agosto de 2009, la cursiva es mía), y por supuesto, también con lo que ha oído. Al construir al personaje femenino como otredad e irrealidad y al asignarle el silencio, el discurso fílmico de Map of the Sounds of Tokyo otorga a la mujer una posición que, en el psicoanálisis, correspondería a un escenario preedípico

 

 

 

 

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(y prelingüístico) dominado por la figura de la madre. Es relevante, en este imaginario, que el ingeniero de sonido quede fascinado por Ryu por recordarle ruidos maternos y que termine sintiendo una verdadera fijación por ella.

 

Si lo auditivo, como se ha visto anteriormente, es para Adorno «arcaico» (anterior a la revolución tecnológica y a la pérdida del aura), y si la base del sistema epistemológico grecolatino es fundamentalmente aural[131], para Freud lo acústico representa un retorno a los orígenes, que se relacionaría con la «escena primaria» (cuando el ser humano, en sus primeros meses de vida, oye —o imagina oír—, sin entender, a los padres durante el coito)[132]. Para Laplanche y Pontalis (1967), la escena primaria provoca tres fantasías de «los orígenes», que para Judith Mayne (1990) corresponderían a los orígenes de la fantasía cinematográfica: los orígenes del individuo; de la sexualidad (y de la diferencia entre los dos sexos); y del miedo a la castración.

 

Asimismo, el primer recurso del recién nacido para medir el espacio es aural. La percepción de los sonidos —incluso antes del lenguaje— traza las primeras diferencias: la voz del padre y la voz de la madre. Un bebé distingue la voz materna antes que los otros sonidos y reconoce a su madre por el oído antes que por la vista. Guy Rosolato teoriza la existencia de un «envoltorio acústico» (envelope sonore) que envuelve al recién nacido, y que funciona como espejo en el cual descubre su voz (y su identidad). Como se ha visto, Kaja Silverman (1988) retoma dicho concepto y lo desplaza a su interpretación del cine clásico, en el cual la voz femenina constituye un «espejo acústico» con resultados ambivalentes: por un lado, el público recobra la fusión y plenitud con la madre, pero, por otro, el/la espectador/a oye todos los elementos que despreciaba de sus balbuceos primitivos.

 

El personaje de Ryu implica una regresión a una esfera que se puede definir según el eje de lo auditivo, una vuelta a la chora semiótica (en griego «útero», un locus de nutrición, para Platón), una articulación esencialmente heterogénea, según Kristeva, de ritmos vocálicos y cinéticos, sin sentidos racionales. A diferencia de lo «Real» lacaniano, las pulsaciones de la chora semiótica, anteriores a la ley del padre y a los procesos de representación lingüísticos, pueden reaparecer e irrumpir en lo simbólico: «la relación del ser hablante con el espacio materno es precisamente una relación “arcaica” donde las fronteras son inexistentes o

 

 

 

 

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inestables, una relación de ósmosis en la cual la separación, si es que está en curso, nunca es del todo nítida» (1980: 45)[133]. El percibir y procesar sonidos, cuando todavía las acciones se determinan por instintos irracionales, correspondería a una primera etapa prelingüística psicosexual que, en diferentes contextos, Freud y Klein definen como fase oral. El ser humano vive una experiencia semiótica de unidad y de fusión con el cuerpo de la madre, que percibe como indiferenciado del suyo. La plenitud se logra por medio de la satisfacción del placer oral de chupar y de mamar. Significativamente, en Map of the Sounds of Tokyo se establece una muy estrecha relación entre lo aural, lo oral y lo sexual[134].

 

A lo largo de su trayectoria, Isabel Coixet ha ido proponiendo alternativas al discurso fílmico falologocéntrico. En esta película explora el dominio de lo auditivo (frente a la vista), del silencio (frente al lenguaje), de lo indefinible (frente a la realidad), de lo semiótico (frente a lo simbólico), y para eso —como Julia Kristeva para su Des Chinoises[135] — recurre a Oriente (frente a Occidente)[136].

 

La primera escena del filme vincula directamente el cuerpo femenino con la comida y con el sonido (o con su ausencia). La secuencia se rueda en un restaurante de Tokio, lleno de humo, bullicio y hombres de negocios borrachos. Por contraste, unas mujeres desnudas, en posición supina encima de unas mesas, fungen de bandeja a unas piezas de sushi, cuyos colores vivaces contrastan con la blancura de su piel y de sus pelucas rubias. La escopofilia —el placer de mirar— se desplaza a sitofilia —el placer de comer encima de un cuerpo desnudo. Los comensales (todos hombres) se acercan a las mujeres y escogen unos bocados que engullen con placer, sin tan siquiera dignarse mirarlas, como si se tratara realmente de bandejas. Las mujeres, por su parte, permanecen absolutamente mudas e inmóviles [Imagen 20]. De repente, uno de los comensales, el empresario Nagara, al oír lo que le susurra su asistente, reacciona con un inesperado gesto de rabia y dolor, barriendo con su brazo todas las piezas de comida del cuerpo de una de las mujeres-bandeja. Esta se levanta asustada, y mira con pavor a su alrededor, cubriéndose los pechos desnudos con las manos y recobrando su humanidad, a través de su expresión de miedo y estupor. Las demás mujeres-bandeja la imitan [Imagen 21]. Algunos comensales, ya borrachos, repiten riendo los gestos de Nagara; otros se asustan al ver que las mujeres-bandeja se animan y emiten sonidos, y dejan de ser

 

 

 

 

 

 

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inanimadas y mudas[137]. Literal y figurativamente, la reificación de la «mujer-comida» —objeto de sitofilia— queda deconstruida. Esta escena inicial anticipa uno de los temas centrales de la película: la relación entre sonido y comida; entre lo aural y lo oral.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

20 y 21. Las mujeres-bandeja inanimadas se mueven (Map of the Sounds of Tokyo, Isabel Coixet, 2009).

 

Los personajes se interrelacionan comiendo. Como se ha visto anteriormente, Ryu y el narrador se conocen en un almuerzo a base de ramen; se encuentran de nuevo en pequeños restaurantes, en casa de él o en cementerios, y mientras comen, el ingeniero de sonidos graba sus lacónicos intercambios. Tanto David como Ryu trabajan en ámbitos

 

 

 

 

 

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relacionados con la comida: él tiene una tienda de vinos, ella es empleada de una lonja de pescado; mientras él cata vinos, moviendo y oliendo líquidos bermejos en copas transparentes, ella corta inmensos atunes y limpia con una manguera el suelo manchado por unos charcos de sangre igualmente bermejos.

 

Gregorio Belinchón habla de la sensualidad de las escenas en las que

 

Ryu come mochis:

 

Los mochis son unos pasteles japoneses de pasta de arroz glutinoso. Redondos, esponjosos, bastante pegajosos, de múltiples rellenos. Ryu, la asesina profesional

 

  se alimenta de ellos. Le gustan los rellenos de fresa. Los mete en el microondas 20 segundos y los deglute con absoluta indiferencia, aunque en su interior parece bullir un pequeño placer. Por eso, cuando más cerca está de David

 

  es cuando comparte un mochi, cuya masa, alargada en un hilillo chicloso, une sus bocas. Un momento turbador, mágico, de esos que descubren la química entre dos actores […]. «Son cosas así las que me turban y erotizan», afirma Isabel Coixet (El País, 23 de agosto de 2009).

 

Si los comentarios de Belinchón se limitan a lo visual, hay que añadir que también los sonidos que acompañan el placer de saborear los mochis tienen una fuerte carga erótica, como si se tratara de chasquidos de besos apasionados. Cuando Ryu está con David, la comida adquiere tal nivel de sensualidad que desemboca inevitablemente en secuencias de sexo oral.

 

A diferencia del cine comercial, en el cual las escenas de sexo aluden a penetraciones y felaciones, en Map of the Sounds of Tokyo se representan principalmente escenas de cunnilingus. Para Coixet, la película gusta más a las mujeres porque «a los hombres esto de que haya tanto sexo oral les descoloca» (Fotogramas, noviembre de 2009: 92). Ryu se deja «comer» por David —que llega a comentar el sabor a limón de su sexo—, en secuencias filmadas con cámara en mano, muy de cerca. La técnica que se emplea para las escenas eróticas recuerda la que se utiliza en The Secret Life of Words para marcar el despertar de la protagonista al placer: un plato de gnocchi que la protagonista engullía afanosamente se convertía en el detonante que la rescata de su apatía y de su anestesia sexual. Los movimientos mareantes de la secuencia con cámara al hombro no tienen la función de ofrecer mayor realismo, como ocurre generalmente en el cine tradicional, sino la de subrayar la confusión que acompaña el deseo, al cual el público, por los planos subjetivos, está invitado a participar.

 

 

 

 

 

 

 

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La ambivalencia entre el comer y el ser comido se ramifica figurativamente en un imaginario que evoca el de la madre semiótica, fuente de nutrición y de placer para el bebé, pero también castradora. La doble vida de Ryu implica ambivalencias y oposiciones que se podrían reducir a la polaridad edípica: por un lado, su aspecto dulce y femenino y, por el otro, la pistola fálica cargada con dos balas que lleva en el bolso; con David, sus silencios; y con Ysoza, su voz. Si en su relación sentimental Ryu es lacónica y pasiva (dejando que sea él quien decide las reglas del juego, y no solo en el sexo), con el hombre que le paga para matar es elocuente y articulada: es ella la que impone las normas. Esta ambivalencia del personaje femenino no es inusual en el film noir. La crítica —Belinda Budge (1988) y Christine Gledhill (1998), entre otros— coincide en reconocer que al público se le hace sentir algún grado de compasión hacia la predadora, la antagonista en el cine negro. Sin embargo, su destrucción constituye una lección moral: su mismo poder terminará por destruirla.

 

Después de su primer encuentro sexual con David, Ryu duda unos segundos apuntando con su pistola al cuerpo desnudo e indefenso del amante dormido. Pero no aprieta el gatillo. Inesperadamente, Ryu se enamora de su víctima y será su amor (en lugar de su poder) lo que la lleva a la muerte. La diégesis de Map of the Sounds of Tokyo deconstruye así el modelo tradicional del film noir[138].

 

Pero donde se invierten de forma más evidente los mecanismos ideológicos del film noir es, una vez más, en el uso de los sonidos. La muerte de Ryu no equivale a su destrucción, sino a la realización de su deseo, el deseo de que David pronuncie su nombre:

 

Avanzando a la espalda de David, distinguimos ahora a Ysoza-san, que se dirige hacia él. Ryu lo ve y en sus ojos puede leerse otra determinación. Hace girar ligeramente a David, para protegerlo de Ysoza-san. David concentrado en besarla, no ha visto a Ysoza-san.

—Di mi nombre.

 

—Ryu.

 

—Más veces. Dilo más veces.

 

—Ryu Ryu Ryu…

 

Ysoza-san saca lentamente una pistola del bolsillo. La mira como si fuera algo completamente ajeno a él. Ryu oye el chasquido del cargador y ahora obliga a David a girar completamente, de manera que es ella la que recibe el impacto de la bala (105-106).

 

 

 

 

 

 

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Como una heroína del film noir, Ryu termina muriendo, pero a diferencia de los parámetros tradicionales de este género, su final no implica su silencio, sino su voz. Ryu termina su vida con una petición muy concreta que, según se verá al final, había escrito en una tablilla del templo y que constituía su deseo secreto: que David la llamara por su nombre. David le había dicho que cuando hacía el amor con ella pensaba en la amante suicida: por eso necesitaba oírle decir «Ryu», para ser ella misma y no otra. Para Lacan, uno de los primeros significantes que representan el sujeto, haciéndolo existir, es el nombre propio: cuando se pronuncia un nombre propio, su enunciado equivale a su significación (es decir, al proceso con el cual al significante se le atribuye un significado). De esa forma, el placer oral se transforma en deseo aural, auditivo, y Ryu, por medio de un sonido (el de su nombre), deja lo semiótico para adquirir significado simbólico.

 

En cierta forma, a nivel autorial, Coixet logra lo mismo que su personaje. El cine constituye una topología, un mapa de espacios al servicio de la ilusión fílmica, que a menudo se han jerarquizado u obliterado recíprocamente. Al privilegiar lo auditivo frente a lo visual, y al ordenar los sonidos en un mapa, la película de Coixet realiza dos operaciones aparentemente opuestas: por un lado, propone una vuelta a lo semiótico (a lo preedípico, heterogéneo, múltiple), representado —como se ha visto en las páginas anteriores— por lo auditivo. Sin embargo, por el otro, organiza dicha heterogeneidad por medio de un mapa, una normativa simbólica: Coixet ofrece así unas alternativas al universo simbólico por medio de otro sistema simbólico[139].

 

En definitiva, la publicación de la novela ilustrada Mapa de los sonidos de Tokio se puede explicar como un intento ulterior de ordenar y transformar lo auditivo semiótico en ley, por medio de la palabra escrita y publicada. De forma sistematizada, la voice-over del narrador homodiegético (el ingeniero de sonido) se transcribe en la novela en cursiva, y sus sonidos se transforman en las acotaciones de un narrador (o narradora) omnisciente heterodiegético/a en tercera persona.

 

Si, en palabras de Doane, «el logro supremo de la ideología patriarcal es que no tiene un exterior» (1999: 374), Coixet intenta ofrecer alternativas desde «adentro», por medio de la palabra oída (en el cine) y escrita (en su novela). Logra así lo que Juliet Mitchell (1966) había

 

 

 

 

 

 

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definido como el único desafío posible a la ley dominante, un desafío por medio de lo simbólico, de un nuevo simbolismo, de una nueva ley:

 

No se puede elegir lo imaginario, lo semiótico, el carnaval, como una alternativa a lo simbólico, como una alternativa a la ley. Está establecido por la ley, precisamente, como su propio espacio lúdico, como su propia área de alternativa imaginaria, pero no como una alternativa simbólica. Así que, políticamente hablando, es solo lo simbólico, un nuevo simbolismo, una nueva ley, lo que puede desafiar la ley dominante (1984: 291).

 

El final de la película pone orden: el español vuelve a España, la mujer asesina es asesinada, y una manguera limpia su sangre, lo mismo que ella hacía con la sangre del pescado que preparaba. Pero el imaginario de Coixet socava la ley, desde otra ley. En la película, Ryu quiere oír su nombre y la voz de David satisface el deseo aural de Ryu y del público; de la misma forma, en la novela el deseo de Ryu se materializa por medio de la palabra escrita:

 

Es verano. Grillos y ligera brisa. Vemos al narrador limpiando una tumba, la de Ryu. Luego, se sienta con una caja bento y una cerveza.

 

El deseo que Ryu escribió en las tablillas del templo de Komagome se cumplió. Hay un mochi de fresa en la tumba. Las tablillas con el nombre de Ryu chocan entre sí. Su sonido se une al silencio de un cementerio en verano (111-112).

 

Las acotaciones atribuyen sentido a lo que antes era indescifrable: el deseo de Ryu se expresa a través del narrador/ingeniero de sonido (ahora omnisciente), se materializa como escritura (en la tablilla y en la novela) y adquiere trascendencia al transformarse en un sonido que se une al silencio de la muerte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 4

 

 

Cuerpo

 

 

 

 

El cuerpo de la mujer es el objeto imprescindible y fundamental de la producción cinematográfica comercial. Su representación consiste en una tautología, como diría Mary Ann Doane (1986), puesto que, para la comprensión de la diégesis fílmica, no hay exigencia alguna de que la mirada espectatorial —tanto literal como figuradamente— vaya más allá de su superficie, en busca de su interioridad[140]. La Mujer se reduce a cuerpo: el «significado» (las mujeres) se resuelve en su mismo significante (su apariencia física).

 

Como se ha visto en los capítulos anteriores, en el dispositivo fílmico hegemónico, el cuerpo femenino funciona a dos niveles: como objeto para el placer erótico —y sádico— masculino (del director, del actor y del espectador) y como fetiche. Por un lado, la cámara lo fragmenta aislando sus partes (la cara, las piernas, etc.) en primeros planos sin profundidad. Por otro (o mejor, paralelamente), el cine crea estrellas, mujeres demasiado lejanas para ser amenazantes. En ambos casos, la presencia femenina prescinde del desarrollo del relato, congelando el flujo de la acción en momentos de contemplación.

 

En la cultura occidental, el legado de Descartes —que afianza, como apunta Meri Torras, «la constitución y funcionamiento jerárquico de un conjunto de binomios relacionados e interdependientes que privilegia el primer término de cada uno como lugar del saber» (2006: 12)— define la civilización en oposición a la barbarie, el espíritu en oposición a la materia, lo eterno a lo perecedero, la cultura a la natura y, por supuesto, la mente al cuerpo y el hombre a la mujer. Solo el cuerpo embarazado, afirma Julia Kristeva, representa un estado liminal en el cual natura y cultura se confrontan y las fronteras se disuelven (1983). Estas dicotomías se reproducen en el cine comercial: la acción (el hombre) se contrapone a

 

 

 

 

 

 

 

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la pausa de contemplación (el cuerpo de la mujer); la mente masculina es el motor de la diégesis, mientras que la mujer se reduce a espectáculo.

 

Según Claire Johnston (1973), en los orígenes del cine, tanto los personajes masculinos como los femeninos eran iconos y convenciones sin profundidad; sin embargo, a medida que el discurso fílmico se ha ido sofisticando, el hombre ha ido adquiriendo cierta tridimensionalidad: la cámara ya no se limita a describir su superficie, sino que se adentra en su interioridad. La mujer, en cambio, se ha quedado en silueta, en cuerpo:

 

en los inicios del cine, el público tenía mucha dificultad para descifrar lo que aparecía en la pantalla. Se introdujo entonces una iconografía fija para ayudar a la comprensión y proporcionar a los espectadores unos datos básicos para comprender la narrativa […]. A medida que el cine se fue desarrollando, estereotipar al hombre se consideró cada vez más como un impedimento para desarrollar la noción de «personalidad»; en el caso de las mujeres, esto no fue así: la ideología dominante las siguió presentando como eternas e inmutables, a excepción de las modificaciones relacionadas con la moda, etc. (Johnston, 2000: 23).

 

Las directoras del cine español, sin embargo, subvierten por lo general esta situación y hacen del cuerpo un espacio de reescritura (cfr. Luce Irigaray, 1977) o un campo de batalla (cfr. Barbara Kruger, 1999)[141], corporizando el pensamiento (cfr. Meri Torras, 2006): el cuerpo marcado genéricamente toma la palabra y descubre/denuncia los discursos que lo han constituido. Ya Foucault nos había enseñado que el cuerpo no se puede concebir fuera de los procesos de poder del discurso y de la mirada.

 

En las siguientes páginas me centraré en el estudio del significado de dicho cuerpo en un contexto en el que su significante deja de ser el vehículo privilegiado del placer cinematográfico, socavando así la espectacularización y reificación características del cine tradicional. Tomando las mismas premisas psicoanalíticas de Laura Mulvey (1975), la italiana Paola Melchiori (1988) mantenía que al representar el cuerpo femenino, la directora recobraría la mirada primaria omnipotente de identificación preedípica con la madre. De ahí que la mirada de la cineasta sea prevoyeurista y por lo tanto extática (de éxtasis) y estática (de cuadros fijos, de planos inmóviles), fuera de la diégesis de la película. Para Viviane Forrester (1976), sin embargo, puesto que la mujer ha sido históricamente privada de una mirada propia, al representar a su propio sexo, no delataría una mirada diferente de la hegemónica. Las cineastas no pueden prescindir

 

 

 

 

 

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de la ventriloquia de los cánones tradicionales masculinos. También para Doane, puesto que el fetiche exorcizaría el miedo a la castración, la mujer «debe encontrar extremadamente difícil, si no imposible, asumir la posición de fetichista» (1990: 137). Teóricamente hablando, el fetichista no puede más que ser hombre, y la mujer un cuerpo fetiche.

 

A mi entender, como pretendo demostrar en este capítulo, el gynocine no se suscribe ni a la visión estática/extática del cuerpo de la mujer (que, por cierto, es algo sospechosa de no diferir de la hegemónica) ni a la visión de que el cuerpo femenino agote por completo su significación al ser objeto-fetiche de la mirada masculina (heteronormativa). Como mencionaba anteriormente, por lo general, las cineastas cuestionan — declarada o implícitamente— cómo el cuerpo de la mujer se inscribe en el cine hegemónico. A pesar de no asumir los planteamientos postulados por el cine experimental feminista extranjero, las directoras españolas minan el fetichismo de la imagen femenina por medio de representaciones alternativas a las del discurso falocéntrico, sin prescindir de la narratividad ni del placer, enseñando lo que normalmente no se ve, y omitiendo lo que normalmente se enseña. De esta forma plasman en su filmografía un cuerpo femenino cuyo significado es el motor fundamental de la diégesis y cuyo significante es finalmente un detalle prescindible, y lo consiguen por lo menos en tres contextos diferentes.

 

En primer lugar, cuando las directoras se centran en el erotismo femenino, contraponen a lo fálico una sexualidad que rehúye, como diría Susan Suleiman (1985), la rigidez de formas estrictamente localizadas. Es el caso, por ejemplo, de una de las primeras películas que nos han quedado del corpus fílmico femenino, La Gata (Margarita Alexandre y Rafael Torrecilla, 1955), que representa a una mujer sensual en un contexto (el franquismo) en el cual impera la representación de la mujer angelical. O de La petición (Pilar Miró, 1976), donde la sexualización femenina contrasta —por su presencia activa— con la reificación a la que el destape había condenado a la mujer. O más aún es el caso de películas más actuales, como Em dic Sara (Dolores Payás, 1998) o Ander eta Yul (Ana Díez, 1988), que se centran en el placer del tacto. Como decía Irigaray en Este sexo que no es uno (1977), el imaginario hegemónico masculino se ha centrado de manera estricta siempre en lo mismo, en el falo y en la penetración, sin asumir que la geografía del placer del cuerpo de la mujer es mucho más sutil y compleja de lo que normalmente se representa.

 

 

 

 

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En segundo lugar, las cineastas reinterpretan el cuerpo embarazado. Lo ensalzan por medio de una glorificación que no deja de tener ciertos niveles de transgresión, en películas como Puede ser divertido (Azucena Rodríguez, 1995) y Sexo por compasión (Laura Mañá, 1999). Lo normalizan incluso en situaciones de embarazos considerados «anormales», como en el caso de Lo más natural (Josefina Molina, 1990). Y finalmente deconstruyen la quimera de autopaternidad del imaginario masculino, en largometrajes como Semen: una historia de amor (Inés París y Daniela Fejerman, 2005).

 

En tercer lugar, el gynocine da visibilidad, y hasta erotiza, lo que el cine falocéntrico ha ignorado tradicionalmente. Las directoras incluyen en sus relatos cuerpos «invisibles» por ser «imperfectos» (invisibilizados por el discurso fílmico dominante): enfermos —como por ejemplo los de las protagonistas de Gary Cooper, que estás en los cielos… (Pilar Miró, 1980), My life without me (Isabel Coixet, 2003) o Elegy (Coixet, 2008)— o definidos «enfermos» por el sistema epistemológico patriarcal —la mujer «madura» en algunas películas de Josefina Molina, o en ¡Vámonos, Bárbara! (Cecilia Bartolomé, 1978), entre otros ejemplos. Estas películas proponen una escenificación del cuerpo que se supera, paradójicamente, por medio de un fenómeno inverso: el de alejarse, de manera explícita, de su enfoque, en un proceso que Joana Mansó (2008) ha definido como la invisibilización del cuerpo sexuado. Como se verá, dicha operación resulta ser significativa por traicionar en algunos casos las expectativas creadas por las mismas premisas del discurso fílmico. Si para la mirada cinematográfica tradicional el significado de la mujer es su significante, en estos largometrajes de autoría femenina el significado deriva precisamente de la ausencia de significante.

 

 

El cuerpo erótico

 

En esta sección pretendo estudiar cómo las cineastas españolas representan la sexualidad femenina invirtiendo, imitando o subvirtiendo, en mayor o menor medida, el fetichismo al cual ha sido condenado el cuerpo de la mujer por el statu quo fílmico. Con «inversión» me refiero al intento de algunas directoras (como Manane Rodríguez, por ejemplo) que no proponen una sexualidad femenina «diferente», sino que se limitan a

 

 

 

 

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posicionar a la mujer en el lugar que tradicionalmente mantiene el hombre. En este ejercicio es el cuerpo del varón el que queda relegado a un papel de fetiche. En cambio, con «imitación», o «adhesión», me refiero a los casos en que la cámara asume la mirada masculina, manteniendo intacto el imaginario hegemónico, al proponer modelos de mujeres fetiche. Y finalmente, con «subversión», pienso en las propuestas de modelos de sexualidad femenina alternativos, muy en línea con los intentos feministas (en particular de la segunda ola) de desmontar los discursos falocéntricos sobre el cuerpo de la mujer.

 

Estas respuestas al fetichismo dominante, vistas según la progresión que propongo en mi estudio, apuntan a un recorrido hacia lo que Kuhn (1982) llama una aproximación «femenina» que sin embargo no se basaría en la vista, sino en el tacto. Si, como ha sugerido Irigaray, el placer sexual de la mujer es prominentemente táctil —por centrarse en el contacto continuo de los labios vaginales—, pretendo sugerir que la preferencia del tacto sobre la vista puede ser la clave de una respuesta feminista al orden simbólico fílmico. Los dos primeros casos que examinaré (los de inversión y de imitación) corresponderían aún a un intento de masculinización; con el tercero (la subversión) haré referencia a experimentos que intentan prescindir del fetichismo y del voyeurismo fálicos.

 

 

Inversiones

 

Retrato de mujer con hombre al fondo (Manane Rodríguez, 1997) cuestiona el discurso hegemónico hollywoodiense por medio de una inversión de los parámetros que marcan la división de los roles de género tradicionales, y crea un personaje femenino que encarna el oxímoron del psicoanálisis: la mujer fetichista[142]. La protagonista de la película de Rodríguez encarna todos los estereotipos que la sociedad patriarcal atribuye al hombre. Su vida profesional es más importante que su vida sentimental. No quiere amor, sino sexo. Como los personajes masculinos de las comedias del destape, que no pueden apartar los ojos de las mujeres en biquini en la playa (pero sin las mismas connotaciones irónicas), la protagonista de Rodríguez mira descaradamente los cuerpos de los hombres tomando el sol en bañador. Hasta en la cama asume un papel «masculino», gozando de encuentros sexuales rápidos, con posiciones coitales de dominio, y orgasmos precoces que dejan insatisfechos a sus

 

 

 

 

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pasivos amantes. Por medio de una banal inversión, su deseo escopofílico toma la forma de voyeurismo y de fetichismo. Es una mujer fálica o, mejor dicho, como se verá más adelante, una mujer vaginal, según la expresión de Carla Lonzi (1970) [Imagen 22].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Inversión de papeles: la mujer observa los traseros masculinos en la playa (Retrato de mujer con hombre al fondo, Manane Rodríguez, 1997).

 

A su vez, dicha inversión llega a abarcar lo extradiegético: en la película de Rodríguez, la cámara somete el cuerpo masculino a una fragmentación análoga a la que el cine tradicional efectúa con la mujer. El cuerpo viril queda entrecortado por los planos de la cámara y transformado en icono sin profundidad (Kaplan, 1983); en un significante sin significado (Doane, 1986); en un «to-be-looked-at-ness» (Mulvey, 1975); y en un masoquista (Silverman, 1992). Sin lugar a dudas, este proceso tiene cierto potencial de extrañamiento: consigue mostrar a un público tradicional la artificialidad del dispositivo cinematográfico y logra desnaturalizar la división clásica de los papeles de género en el cine. Para Silverman, el masoquismo masculino tiene un componente radical: «el hombre masoquista fomenta las pérdidas y las divisiones en las que se basa la identidad cultural, negándose a ser suturado o recompensado. En resumen, irradia una negatividad hostil al orden social» (1992: 206). Sin embargo, este intercambio de roles no propone en realidad nada novedoso, porque se limita literal y figurativamente a una inversión de los estereotipos

 

 

 

 

 

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hegemónicos que deja intacta la dicotomía objeto-sujeto. Naomi Schor (1985) se pregunta si la concepción de una mujer fetichista consiste en una versión actualizada de la envidia del pene o en una apropiación de la perversión. Al utilizar la palabra «fetichista» con el atributo «femenino» en lugar de «masculino», ¿no se está acaso sustituyendo una forma de sexismo por otra? O por lo menos —puesto que el sexismo no puede engendrarse como masculino por tratarse de una cuestión de poder, como objetaría Teresa de Lauretis (1990b)—, ¿no se está llevando a cabo una banal inversión de roles que no implica un significativo adelanto en las cuestiones de género? Para Steve Neale (1983), el hombre fetiche es inevitablemente feminizado por las normas patriarcales. Transformar al hombre en espectáculo equivaldría a aceptar precisamente lo que se quiere rechazar.

 

 

Imitaciones

 

El segundo ejemplo de respuesta al fetichismo (que he definido como adhesión o imitación) se encuentra en largometrajes que se limitan a reproducir modelos femeninos que —en apariencia— poco difieren de los tradicionales. En este caso, la aproximación al fetichismo seguiría los parámetros ilustrados por Zavitzianos (1971): el fetiche sustituye el pene del padre[143]. En Juego de Luna (Mónica Laguna, 2001) y en A los que aman (Isabel Coixet, 1998) se incluyen representaciones de cuerpos femeninos glamurosos y perfectos —como el de Ana Torrent en la primera, y el de Monica Bellucci en la segunda [Imagen 23 y 24]. En la diégesis de estas dos películas, ambas mujeres comparten una situación de dependencia afectiva con un padre muerto que constituía la única fuente de apoyo en su infancia, y que reemplaza la figura materna ausente. Los cuerpos de las dos protagonistas se prolongan con extensiones fálicas: Bellucci con la espada y Torrent con el taco de billar —en ambos casos instrumentos relacionados con la vida de sus padres— y ofrecen a la mirada del varón, con narcisismo, sus cuerpos masculinizados por sus apéndices.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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23 y 24. Billar y esgrima: cuerpos femeninos con apéndices fálicos (Juego de Luna, Mónica Laguna, 2001; y A los que aman, Isabel Coixet, 1998).

 

En realidad, el cambio de género detrás de la cámara conlleva una novedad: en las dos películas sendas mujeres no son víctimas pasivas, sino mujeres con poder, seres andrógenos erotizados, no solo para la mirada del público masculino, sino también para la espectadora homo y heterosexual. Estos ejemplos constituyen casos inusuales —por ser algo extremos— en la producción fílmica femenina; lo más común es que las directoras desarrollen una sutil pero sistemática subversión de las normas fálicas de representación, que implica un desplazamiento desde la vista al tacto, y —

 

 

 

 

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parafraseando a Irigaray (1977)— desde la rigidez de unas formas estacionarias a lo heterogéneo de las formas difusas.

 

 

Subversiones

 

Más comunes son los ejemplos de lo que he definido como «subversiones». En el contexto desexualizante del franquismo, La Gata (Alexandre y Torrecilla, 1955) representa un temprano reto: una subversión estética y temática. La sensualidad de la película no pasó desapercibida, hasta tal punto que unos años después, en Francia, sin la autorización de sus creadores, La Gata se distribuyó en salas de cine pornográfico, con unas escenas de sexo explícito añadidas, representadas por unos extras anónimos[144].

María, la protagonista del largometraje, es una mujer que rebosa sensualidad, por sus miradas insinuantes, por sus gestos impulsivos y por sus poses voluptuosas. Al despertarse, se estira y bosteza como una gata. Por la noche, se levanta a deshora para montar a caballo. Se pelea por celos con otras mujeres, luchando con uñas y dientes, de manera felina. Tiene una relación muy particular con el ganado, que la reconoce y le obedece. Hasta los toros se amansan en su presencia. Y trata a su padre de igual a igual: lejos de ser la tradicional figura patriarcal del cine franquista, el dueño del cortijo entiende y respeta las decisiones de su hija.

 

Alexandre y Torrecilla subvierten las relaciones de género tradicionales haciendo de María un personaje dominante, sin por eso feminizar al personaje masculino. A pesar de que él afirme explícitamente su identidad sin vacilación alguna («Juan nací y Juan soy y nadie me va a quitar lo que me dio mi madre»), también articula claramente el sentido de control al cual se siente sometido por la Gata («Eres la primera que me manda»).

En una secuencia que desde una perspectiva feminista se leería como un intento de violación, María resiste los acosos de Juan con firmeza [Imagen 25]. A diferencia de escenas análogas en el cine coetáneo —en las cuales la mujer se ablanda frente al ardor del hombre y su «no» deja paso rápidamente al consentimiento—, en la película de Alexandre, María no se rinde. Juan recapacita enseguida y le pide disculpas. Al ponerse en evidencia que con la fuerza no puede conseguir su amor y que el rechazo

 

 

 

 

 

 

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de una mujer no permite interpretaciones ambiguas, se deconstruye uno de los «mitos mortales» de la violación según Susan Brownmiller (1975).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

25. Intento de violación (La Gata, Margarita Alexandre y Rafael Torrecilla, 1955).

 

La subversión de los papeles de género sigue hasta el final, cuando María pone en riesgo su vida, sin titubeos, para salvar a su hombre de una posible denuncia, y finalmente es alcanzada por un disparo. La muerte de la Gata podría parecer una concesión de Alexandre y Torrecilla al statu quo patriarcal, puesto que encaja con el mito de la mujer sacrificada ensalzado por el régimen, y se podría interpretar como castigo por su conducta. Sin embargo, la muerte de la Gata no termina con su sensualidad. Juan sigue queriéndola después de su desaparición. De hecho es ella la que sigue deseándole y persiguiéndole aun cuando su cuerpo ha dejado de vivir. En las primeras secuencias de la película, que recuerdan —como ocurría con El Gato montés (Pi Brujas, 1935)— la atmósfera de Wuthering Heights, Juan siente en su vagabundear desesperado la presencia física y palpable de María: «no puedo dormir. Ella me busca… bravía e indómita como los toros… arisca o cariñosa como los gatos». La sensualidad del personaje femenino trasciende el cuerpo y se extiende a su entorno: el viento que sopla con insistencia, el oscurecer de la tarde y el mugir de los toros que se quejan porque huelen «el viento de las vacas», marcan el clima siniestro y a la vez pasional del largometraje, y subrayan una presencia femenina que va más allá del cuerpo y de lo visible.

 

La película lleva a cabo una subversión del punto de vista tradicional, detrás (y delante) de la cámara. En numerosas secuencias la protagonista sostiene sin pudor la mirada del hombre hacia el cual se siente atraída.

 

 

 

 

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Unos planos subjetivos muestran a Juan a través de los ojos insinuantes y desafiantes de María. Es más, el cuerpo del hombre es objeto de la mirada de la directora, que se centra a menudo en sus detalles: cuando se lava el torso desnudo, los primeros planos, en este caso filmados con una cámara objetiva, se fijan detenidamente en la piel del hombre, poniendo en evidencia, con claroscuros, el entramado de sus venas y de sus músculos [Imagen 26]. O cuando Juan torea por la noche, la mirada de Alexandre sigue los movimientos sensuales de su figura viril bajo la luz de la luna. Estos primeros planos del cuerpo masculino erotizado constituyen poderosas metáforas de unas escenas de sexo —cuya inclusión en la pantalla, en los años 50, habría sido inconcebible—, y evocan un placer (heterosexual) de subjetividad femenina[145].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Cuerpo masculino objeto de la mirada femenina (La Gata, Margarita Alexandre y Rafael Torrecilla, 1955).

 

En cambio, las secuencias que resaltan la sensualidad de María — cuando por ejemplo se lava los brazos desnudos frente a un espejo— aluden a una forma de placer femenino «diferente»: táctil y múltiple [Imagen 27]. Los planos americanos que la retratan en estas secuencias evidencian que la mujer goza al tocar su propio cuerpo, y evocan una sexualidad que Hélène Cixous llamará «la otra bisexualidad»: «aquella en la que cada sujeto no encerrado en el falso teatro de la representación falocéntrica, instituye un universo erótico […]. Es la mujer quien irrumpe, y se beneficia, en esta bisexualidad transportada, que no anula las diferencias sino que las potencia, las persigue, las aumenta. Multiplicación de los efectos de inscripción del deseo en todas las partes de mi cuerpo y

 

 

 

 

 

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del otro cuerpo» (1975a: 44-45)[146]. Adelantándose dos décadas a los discursos teóricos del feminismo francés e italiano (Cixous, Irigaray y Lonzi, entre otras), Alexandre articula de manera embrionaria formas de placer sexual femenino que logran recuperar un imaginario —y un cuerpo

 

— que los discursos patriarcales del cine hegemónico le habían confiscado a la mujer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

27. Placer háptico de la Gata (La Gata, Margarita Alexandrey Rafael Torrecilla, 1955).

 

Como La Gata, La petición (Pilar Miró, 1976) se centra en el erotismo femenino, presentando formas de placer que desafían las tradicionales y que distinguen —parafraseando nuevamente a Cixous— lo erógeno de lo heterogéneo. La película de Miró adapta casi literalmente el cuento de Émile Zola «Pour une nuit d’amour» (1882), pero desplaza la subjetividad del deseo desde el hombre a la mujer. El texto francés se centra en la figura del flautista y en su atracción hacia Teresa. El protagonista acepta ser cómplice de ella a cambio de la noche de amor a la cual se alude en el título. Pilar Miró silencia este personaje masculino —literalmente hace de él un mudo— quitándole la profundidad psicológica que tiene en la caracterización de Zola. En el texto de autoría masculina es el deseo del flautista —y no el deseo de Teresa— el motor fundamental de la acción. La película, en cambio, traslada el enfoque hacia la mujer, que se transforma en un ser definitiva e indudablemente cruel. En Zola, por el contrario, la duda final diluye la maldad de Teresa: el lector no llega nunca a saber con certeza si la muerte del flautista ha sido causada por envenenamiento (y en este caso la culpable sería la mujer) o si se trata de

 

 

 

 

 

 

 

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un suicidio por amor. Por su parte, la protagonista de Miró mata con alevosía a su cómplice.

 

El personaje de Teresa se construye en oposición a las expectativas creadas por su entorno y, diría Butler, a las normas performativas de su género: sus acciones contrastan con su estatus social, con su educación en un convento de monjas, con su apariencia de señorita modosa, con su habitación de niña buena, con el camisón blanco que lleva cuando se acuesta, y hasta con el traje inmaculado que se pone para la fiesta de su petición.

El cuerpo femenino es el eje de la acción, agente de la narrativa y motor de los hechos. Por un lado, la protagonista lo utiliza para seducir a los personajes masculinos y para obtener sus favores; por otro, la directora lo usa como vehículo para una exposición de la sexualidad femenina fuera de las normas fálicas, y esto se hace palpable por lo menos en dos situaciones. La primera ocurre durante el reencuentro de Teresa ya adulta con su antiguo compañero de juegos, el hijo de la criada, con el cual inicia de inmediato una relación sexual. El gesto de dolor de la mujer y la simbólica ruptura de un tiesto durante el coito apuntan a la virginidad de Teresa [Imagen 28]. No por eso le había faltado satisfacción erótica en el convento, según ella misma relata. Teresa hace referencia a una experiencia lesbiana con sus amigas, aludiendo a un placer que prescinde de la penetración vaginal. La segunda situación tiene lugar durante el clímax de la película, en el momento en que Teresa mata accidentalmente a su amante. La escena culmina con un orgasmo de la mujer cuando se supone que el pene del fallecido ya no está erecto [Imagen 29]. Como diría Carla Lonzi (1970), el de Teresa es el cuerpo de una mujer «clitoridea» y no «vaginal», de una mujer que, contradiciendo las narrativas falocéntricas, no necesita ser penetrada para su propio placer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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28. La ruptura del tiesto-himen (La petición, Pilar Miró, 1976).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

29. Erotismo femenino: orgasmo sin penetración (La petición, Pilar Miró, 1976).

 

La secuencia que representa a Teresa alcanzando un orgasmo después de la muerte de su amante produce enseguida cierta perplejidad entre algunos sectores de la crítica. Como relata Susan Martin-Márquez (1999), Carlos Semprún Maura dice con sarcasmo que el hecho de que Teresa tenga un orgasmo haciendo el amor con un cadáver es científicamente imposible: «cuando se enfrenta a una escena que se aleja de manera tan

 

 

 

 

 

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radical de la noción tradicional de que el placer femenino depende, en sentido literal y figurado, del pene erecto, el único recurso de Semprún Maura es evocar la autoridad superior (masculina) del discurso científico» (1999: 265).

 

Teresa es una mujer sádica, que disfruta humillando al amante con insultos (durante las relaciones sexuales lo llama repetidamente «estúpido») y que goza del dolor que provoca en el cuerpo masculino (con cera caliente, bofetadas y mordiscos). Dicho sadismo contrasta una vez más con el discurso fílmico hegemónico que obliga a la mujer a padecer situaciones masoquistas y le reserva al hombre el privilegio de ser sádico. Más aún, el sadismo de Teresa discrepa también de la norma de la representación femenina en el cine de oposición que, para Marsha Kinder (1993), se caracterizaba por la erotización de la violencia y por el desplazamiento de la violencia hacia víctimas «sustitutas», en particular animales, niños y mujeres[147].

 

En cierta forma se podría decir que, si por un lado La petición se desmarca de la estética de la violencia del cine anti-franquista, por elegir como víctima «sucedánea» al hombre, por el otro mantiene intacto — desde un punto de vista ideológico— el mismo discurso de denuncia, puesto que las víctimas son unos subalternos y Teresa una mujer de la aristocracia. La petición habla del poder que una mujer puede tener sobre un hombre gracias a su posición social. Si en La Gata de Alexandre y Torrecilla, María se había enamorado de uno de los trabajadores de su padre, de una manera análoga, en La petición, Teresa, hija de unos aristócratas, tiene una relación sexual con el hijo de una de sus criadas. Para Martin-Márquez (1999), La Gata parece implicar que María, por su ventaja de clase, tiene un mayor control sobre su sexualidad y puede perseguir su propio deseo. La cuestión de clase es sin lugar a dudas central en ambas películas, puesto que lleva a obliterar las normas de género. En ambos casos, es precisamente el hecho de que estas mujeres tienen poder social sobre el hombre objeto de su deseo lo que permite el desarrollo de la subversión y lo que conlleva que el poder se prolongue hasta lo más corporal y físico.

 

La petición había sido encasillada por ciertos sectores de la crítica en la producción del destape, por dos razones tautológicas: por la elección de la actriz que la protagoniza, Ana Belén[148], y porque dicha actriz se desnuda. Sin embargo, los desnudos no se limitan a la superficie del

 

 

 

 

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cuerpo para la mirada del espectador, no son gratuitos o —en expresión de Barry Jordan y Rikki Morgan (1998)— superficiales y cosméticos[149], sino que están en función de la expresión del deseo de la mujer por la mujer misma. La propia Miró sintetiza su planteamiento cuando afirma: «Yo solo “las” desnudo cuando la historia lo justifica» (cit. Martin-Márquez, 1999: 151).

 

Tenemos que llegar a finales de los años 90 para encontrar dos películas que articulan de manera programática y explícita lo que Alexandre había insinuado en La Gata y que Miró había sugerido en La petición. En Em dic Sara (Dolores Payás, 1998) y en Ander eta Yul (Ana Díez, 1988), las escenas de sexo exploran intercambios sensuales que definen la geografía erógena femenina como difusa, diversificada, polimorfa y heterogénea (cfr. Irigaray, 1977): una sexualidad clitoridea y háptica que prescinde del falo erecto. Para Suleiman (1985), la insistencia en la penetración ha impedido ver que la sexualidad femenina es fundamentalmente múltiple y táctil: «La sexualidad de la mujer no es una, sino múltiple; no se basa en la mirada que objetiva, sino en el tacto que une; no en la rigidez de formas estrictamente localizadas, sino en la fusión de elementos múltiples, difusos y funcionalmente no diferenciados» (Suleiman, 1985: 13). Sin embargo, en estas películas, hay un evidente interés en proponer —de una manera casi didáctica— formas de sexualidad femenina alternativas a las que se inscriben tradicionalmente en el cine hegemónico. En Em dic Sara, la protagonista, una profesora universitaria de literatura inglesa, se acuesta con uno de sus estudiantes y le «enseña» lo que tiene que hacer para darle placer. Puesto que Sara no consigue alcanzar un orgasmo con la mera introducción del pene, le explica al joven cómo estimularla táctil y oralmente. Dolores Payás evidencia el hecho de que el cine patriarcal ha construido el cuerpo de la mujer (y su sexualidad) según parámetros fálicos que gravitan alrededor de la penetración, parámetros que piensa desmentir. En una entrevista afirma:

 

 

 

¿Cómo se aborda en el cine la sexualidad femenina? Muy simple, un señor penetra a una señora y acto seguido —oh, milagro— ella se pone a orgasmear. Todas nosotras sabemos que esto no va así de ninguna manera. ¿Por qué, entonces, no lo desmentimos? ¿Por qué no reivindicamos tranquilamente nuestra sexualidad? No lo hacemos porque la pauta —en lo que respecta a la sexualidad

 

— es la penetración. Desde luego, a los hombres les turba pensar que la penetración no nos es suficiente. Porque para ellos sí lo es. Es el súmmum; es el

 

 

 

 

 

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acto sexual. Y así, en lo que respecta al cine, el clítoris no existe (Camí-Vela, 2001: 105).

 

El discurso de Payás encaja en las teorías de la segunda ola feminista, de vindicación de la «diferencia» sexual femenina: entre otros temas, se resalta la importancia del clítoris, órgano central del placer femenino ignorado por el psicoanálisis. La feminista italiana Carla Lonzi, en su seminal «La donna clitoridea e la donna vaginale» (1970), afirma que la cultura sexual patriarcal, al ser rigurosamente procreadora, ha desarrollado para la mujer un modelo de placer vaginal. Sin embargo, mantiene Lonzi, «el sexo femenino es el clítoris, el sexo masculino es el pene» (77), de ahí que la vagina sea simplemente una cavidad del cuerpo femenino que recoge el esperma y que lo envía al útero para la fecundación. Según Lonzi, si para el hombre el mecanismo del placer está estrictamente relacionado con la reproducción, no es así para la mujer. La imposición de una coincidencia entre placer femenino y reproducción ha sido un «gesto de violencia cultural que no tiene contrapunto en ningún otro tipo de colonización» (78)[150]. Dicha violencia tiene una dimensión literal en las culturas que imponen a las mujeres la ablación del clítoris, y una dimensión simbólica en las culturas que les imponen modelos de placer estrictamente vaginales y heteronormativos.

 

Por su parte, Ana Díez afirma que en su Ander eta Yul (1988) hay un explícito propósito de representar el cuerpo de la mujer desde el punto de vista de la mujer: «el único punto femenino que no está dado en el cine es quizás en el acto amoroso porque todos son coitos de jadeos y de gimnasia. Pero el acto amoroso no lo he visto y me interesa cada vez más. Para acabar con el mito […]. Porque todavía domina esa gimnasia, la fantasía que lleva el hombre por dentro por la educación, la pornografía, las películas» (Camí-Vela, 2001: 68). Estos propósitos se trasladan a una escena de cama en la cual los dos amantes se acarician lentamente mostrando una sensualidad que abarca el cuerpo entero, sin referencias a la penetración o al orgasmo masculino. Los planos secuencia se despliegan casi a cámara lenta, con imágenes borrosas e indistintas. No tiene que sorprender que, consecuentemente, como había ocurrido con La petición, la crítica (masculina) vea esta escena con cierta perplejidad. Carlos Roldán (1999) sugiere que Sara es simplemente el producto de la imaginación de Ander y que su historia es imposible.

 

 

 

 

 

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De manera significativa, el cuerpo del hombre funciona en estas películas como contrapunto necesario (como instrumento) a los discursos de género de las directoras. Al proponer diferentes representaciones de sexualidad femenina, las cineastas alteran también los modelos tradicionales de representación de la sexualidad masculina. Como se ha visto, según Laura Mulvey (1975) el espectador siempre es sujeto de la mirada, también cuando la cámara enfoca un cuerpo masculino. Cuando el hombre se representa de forma pasiva, el cuerpo masculino funciona como objeto de la mirada narcisista que empodera al espectador y que evoca una plenitud preedípica: las estrellas masculinas se sitúan en la película como objetos del placer escopofílico narcisista del espectador (nunca de la espectadora), que goza identificándose con los actores en la pantalla. Con esta propuesta, la dicotomía activo-masculino frente a pasivo-femenino quedaría intacta. Las películas que he analizado en esta sección socavan, sin embargo, dicha oposición. La mujer es agente de la acción y sujeto del placer, sin por eso relegar al hombre a un papel de objeto (de cuerpo). Hasta en La petición —donde el amante de Teresa mantiene una posición subordinada (por razones de clase) y masoquista (como parte del juego sexual)— el hombre opera de forma igualmente activa en el intercambio erótico que disloca la penetración en favor de una actuación de mayor polimorfismo[151].

 

 

El cuerpo embarazado

 

En la cultura occidental el cuerpo de la mujer embarazada se establece como un concepto ambiguo entre lo real (una entidad biológica) y lo ideal (una construcción social) (Eisenstein, 1988). Dicho cuerpo constituye el locus más paradigmático del cuestionamiento de las categorías convencionales de sujeto y objeto, de individualidad y otredad (Stacey, 1997), encarnando el verdadero campo de batalla —según la famosa metáfora de la fotógrafa Barbara Kruger, «Tu cuerpo es un campo de batalla» (Your body is a battleground)— de los discursos de poder y hasta del movimiento feminista.

 

Solo a partir de los años 70, el feminismo empieza a cuestionar la convicción —que había caracterizado en gran medida los movimientos de la primera ola, en particular a Simone de Beauvoir (1949) y a Shulamith

 

 

 

 

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Firestone (1970)— de que solo librando a la mujer de su papel biológico en la reproducción se conseguía emanciparla. Hélène Cixous (en el ensayo «La joven nacida» de 1975) denuncia que el feminismo (de la primera ola) haya considerado la maternidad, a priori, como una trampa: «una trampa consistente en convertir a la mujer-madre en un agente más o menos cómplice de la reproducción: reproducción capitalista, familiarista, falocentrista. Denuncia, prudencia, que no sería necesario convertir en prohibición, en nueva forma de represión» (1995b: 51). Sin embargo, solo unos años antes, esta glorificación de la différance, de la capacidad reproductiva de la mujer, no habría podido concebirse dentro del feminismo. En la novela autobiográfica Bambino mio (1979), Lidia Ravera se disculpa y a la vez se justifica por su decisión de tener un hijo. Como consecuencia de su elección, escribe para criticar la posición feminista que negaba la maternidad: «Pero miradnos, cansadas y rotas, inválidas en el afecto, madres negadas construidas en la negación de nuestras madres, para los ojos del mundo mujeres reducidas a la mitad o imitaciones desexuadas del varón» (1979: 15).

 

En época más reciente, se produce otra vuelta de tuerca: para Luisa Muraro (1991), las mujeres tienen que proponer alternativas que trasciendan las construcciones semióticas para reconocer la existencia de la «Madre simbólica»:

 

Yo sentía y actuaba como si la mujer que me trajo al mundo fuera enemiga de mi independencia simbólica. Y como si eso implicara necesariamente mi separación de ella y su fin […]. Luego aprendí que, para su existencia libre, una mujer necesita simbólicamente el poder de la madre, así como lo necesitó físicamente para venir al mundo […]. Yo afirmo que amar a la madre hace orden simbólico (1991: 88).

 

Como se ha visto anteriormente, Juliet Mitchell había propuesto en Women: The Longest Revolution (1966) que, en términos políticos, solo una nueva ley podía desafiar la ley dominante (1984: 291). El concepto y la práctica social de la maternidad tienen que redefinirse precisamente dentro del orden simbólico, para poder derogar la ley del padre.

 

El discurso cinematográfico no se sustrae a este abanico de reflexiones sobre la maternidad, en un contexto de baja natalidad y de discursos pronatalistas[152]. En las siguientes páginas me centraré en diversas aproximaciones del imaginario fílmico español, tanto femenino como masculino, al cuerpo embarazado. Hablaré, en primer lugar, de películas

 

 

 

 

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que presentan el embarazo de forma poco problematizada, como solución y realización femenina; en segundo lugar, indicaré unos discursos opuestos, que responden a la desmitificación o patologización de la gestación; y finalmente me referiré a unos imaginarios caracterizados por la fantasía masculina de «autopaternidad» o de la «maternidad del hombre», imaginarios que prescinden del cuerpo de la mujer.

 

 

Glorificar el embarazo[153]

 

Tanto Solas (Benito Zambrano, 1999) como Puede ser divertido (Azucena Rodríguez, 1995) desarrollan una crítica del sistema patriarcal, la primera centrándose en unas mujeres proletarias de los barrios marginales de Sevilla, y la segunda retratando figuras de clase alta de un barrio adinerado de Madrid. A pesar de la común denuncia, ambas películas diluyen su potencial feminista al proyectar el embarazo y la maternidad como realización —y salvación— de la mujer. En cambio, Sexo por compasión (Laura Mañá, 1999) parodia dicha glorificación, en un trasfondo de realismo mágico que denuncia, de forma mordaz, los dobles estándares de género.

 

Solas se centra en la relación entre una madre (Rosa) y una hija (María) que, después de años sin verse, se ven obligadas a convivir durante una temporada. Su relación pasa por dos etapas: hostilidad de la hija hacia la madre, en un principio; y luego, solidaridad y comprensión recíproca. La violencia doméstica de la cual ambas son víctimas es la causa de su separación. Rosa —demasiado débil para proteger a su hija— se rinde silenciosamente a los abusos de un marido alcohólico. Por su parte, María, rebelándose contra el despotismo del padre, para no revivir la historia de la madre, deja el pueblo y se muda a Sevilla. Sin embargo, al quedarse en paro, encuentra refugio en el alcohol, y de la violencia paterna pasa a los abusos de su pareja.

 

En un primer momento, la relación entre María y su madre — conflictiva y sin comunicación— evoca una época del feminismo en la cual la liberación de la mujer se veía en términos de negación de la Madre. Ann Kaplan (1992) explica dicha negación con estas palabras:

 

Nuestras propias luchas con el complejo de Edipo impedían cualquier identificación fácil con la opresión de la madre, aunque sí podíamos identificarnos con la opresión femenina en muchas otras áreas […]. En el plano

 

 

 

 

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subconsciente, estábamos enfadadas con la madre por dos razones: primero, porque no nos daba la independencia que necesitábamos ni los recursos para descubrir nuestras identidades; segundo, porque no nos daba la protección adecuada contra una cultura patriarcal ajena que nos producía daños psicológicos, culturales y (en ocasiones) físicos (1992: 307-308).

 

Ana Fernández —la actriz que encarna el papel de María— comenta que el personaje a quien da vida «es una mujer que […] no quiere ser como es, porque se da cuenta de que corre el peligro de repetir los mismos fallos que su madre» (El País Espectador, 7 de marzo de 1999). Lo que María rechaza es el modelo de maternidad que representa Rosa, un paradigma que corresponde al pie de la letra al perfil decimonónico de la madre-ángel-del-hogar, mujer sumisa, abnegada y volcada en el sacrificio. Su única identidad es la de madre y esposa: no es accidental que no se sepa su nombre hasta el final de la película, después de muerta, cuando la cámara enfoca su lápida[154].

 

Según la relectura de Nancy Chodorow (1978) de las teorías freudianas, la formación de la identidad de la niña —en relación con su progenitora— sería diferente de la del niño. Mientras que el niño adquiere su identidad negando la identificación con la madre (precedente a la fase edípica), la niña, por su parte, seguiría identificándose con ella. Madre e hija mantendrían siempre una relación de simbiosis/identificación entre ellas. Esta interpretación de la relación entre madre e hija corresponde históricamente a la segunda ola del feminismo que, como se ha visto, empieza a defender una postura de identificación y solidaridad con la figura materna. Solas articula un cambio similar en el desarrollo de los personajes: María empieza a entender a la madre cuando se da cuenta de que comparte con ella una misma experiencia de violencia social y doméstica, de que sufre una parecida relación abusiva y de que aguanta la miseria de una vida sin recursos. Por otro lado, a medida que la hija se maternaliza —y su toma de conciencia de estar embarazada representa el principio de este proceso—, la madre se «desangeliza» a través de la expresión de su propio deseo. María empieza a amar a su madre cuando ve a la mujer que hay en ella, y sobre todo cuando decide ser madre a su vez. Zambrano establece así el continuum entre madre e hija a través del embarazo: al final de la película Rosa muere, pero nace otra Rosa —la niña de María—, eslabón necesario para que las dos mujeres se encuentren simbólicamente y para que sus vidas vacías (estaban «solas») adquieran

 

 

 

 

 

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significado. En definitiva el cuerpo embarazado de María se superpone al cuerpo maltratado de su experiencia anterior.

 

Con todo, Zambrano concluye su obra, de toques neorrealistas, con un final más bien utópico. María acepta que el anciano que se había enamorado de su madre adquiera el papel de abuelo adoptivo. El bebé se sitúa como elemento catártico de redención, rompiendo así, con un final conmovedor más propio de los cuentos de hadas, el tono crudamente realista mantenido a lo largo de la diégesis fílmica. Zambrano utiliza para su última secuencia la narración (la voz de María en off) acompañada de una almibarada música de violines, y nos informa de que María sigue «trabajando en el mismo sitio [como mujer de la limpieza], pero ya las manos las tiene acostumbradas y ya no le duelen tanto» y que gracias a la niña «se le ha quitado aquel dolor que tenía por dentro, y además ya no tiene pesadillas». La maternidad se proyecta como solución al alcoholismo, al insomnio, al dolor y probablemente también a la situación económica de María, puesto que el abuelo piensa vender su piso y quiere llevarse a madre y niña a su pueblo. No se plantea ninguna duda sobre la futura felicidad y estabilidad de María, y nada se comenta sobre su próxima dependencia económica de un hombre ya mayor y de su experiencia de madre soltera sin trabajo en un pueblo andaluz (del cual, o de otro parecido, no nos olvidemos, se había escapado antes por agobio)

[155].

 

Un modelo de maternidad aparentemente opuesto al de la película de Zambrano es el que presenta Azucena Rodríguez en Puede ser divertido (1995). Las protagonistas de la película de autoría femenina, dos mujeres divorciadas madres de dos niños, no comparten la misma situación económica de María y Rosa, sino que viven holgadamente del dinero que les pasan sus respectivos exmaridos; tampoco comparten sus problemas sociales. Lo único que preocupa a Alicia y a Carmen es la satisfacción de su deseo sexual, por lo que sus hijos resultan ser a menudo un estorbo. Ambas mujeres corresponden al modelo de la madre orgásmica o fálica, opuesta al ángel del hogar. Sin embargo, a diferencia de las representaciones tradicionales que reprochan y atacan a este tipo de madre, Azucena Rodríguez introduce dicho paradigma no tanto como el contrario de la madre ideal, sino más bien como modelo positivo.

 

Al igual que en Solas, la relación entre las dos mujeres pasa por dos etapas. En un principio, Carmen todavía está anclada en unos parámetros

 

 

 

 

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de sumisión y sacrificio, dejándose explotar por su exmarido y soñando con poder encontrar a uno nuevo con «las características de un príncipe azul». Pero su amiga Alicia la ayuda a cambiar y a abandonar unos ideales convencionales de madre y esposa abnegada para transformarse en una mujer en busca de efímeros encuentros sexuales.

 

La progresiva transformación de Carmen de mujer objeto (abnegada y anorgásmica) a mujer sujeto (de su propio placer) gracias a la amiga más experta, evoca la práctica de affidamento postulada por el grupo de la Libreria delle donne de Milán[156]. De esta forma, la potencial rivalidad entre las dos mujeres, interesadas por el mismo hombre, se transforma en solidaridad y complicidad femenina: según dicha práctica, Alicia se transformaría en lo que, como se ha visto anteriormente, Luisa Muraro (1991) llama «la madre simbólica». En este contexto, la solidaridad entre las dos amigas se concreta en el plan explícito de compartir al mismo hombre, objeto sexual con el significativo nombre de Ángel.

 

Puede ser divertido termina con un parto. Carmen se queda embarazada de Ángel y él desaparece de su vida. La niña en el vientre materno —que se llamará también Alicia, como la amiga— representa el eslabón de unión entre las dos mujeres, desplazando así la figura del padre y anticipando una nueva etapa en su relación.

A pesar de que ambas películas proyectan y ensalzan modelos femeninos opuestos —la abnegación maternal en la película de cuño masculino y la autosatisfacción hedonista en la de autoría femenina—, las dos terminan ambiguamente de forma parecida. En ambos casos se propone lo que definiría como formas de maternidad alternativa (¿fuera del orden semiótico?) que cuestionan los papeles tradicionales de paternidad/maternidad. Tanto María, en la película de Zambrano, como Carmen, en el filme de Azucena Rodríguez, deciden tener un bebé a pesar de que los padres respectivos las hayan dejado. En los dos casos, los padres serán reemplazados por figuras alternativas: un «abuelo adoptivo» (el vecino de María, cuyo apodo sirve para clarificar que su relación con María es asexual) y una mujer (la amiga Alicia; tampoco en este caso hay insinuación alguna sobre una posible relación sexual entre ella y Carmen).

 

Pese a los intentos obviamente transgresores, las dos películas no consiguen proyectar ninguna alternativa real al discurso patriarcal, por glorificar exactamente lo que están condenando: todo indica que tanto la maternidad de María como la de Carmen, con las cuales terminan ambas

 

 

 

 

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películas, funcionan como única solución y alternativa a la soledad y al vacío, y que el bebé tendrá una función redentora, pacificadora y unificadora. En otras palabras, el Padre es sustituido por el bebé (el Hijo) y la cadena de sumisión patriarcal se mantiene intacta.

 

En cambio, en Sexo por compasión (1999), por medio de un tono lúdico y de un estilo que se acerca al realismo mágico, Laura Mañá presenta un modelo de maternidad que, a pesar de su celebración, tiene carácter subversivo, o mejor dicho, tiene carácter subversivo precisamente por su celebración. En un pueblo perdido, en un lugar no identificado, Dolores, una mujer de unos cuarenta años, para recuperar al marido que la ha dejado porque es demasiado santa, decide pecar y acostarse con todos los hombres que lo deseen. De «santa» se transforma en «puta», o más bien en una «puta santa», hecho que cambia de forma radical el pueblo, devolviéndole literalmente el color. Los vecinos pueden acudir a Dolores (que ha cambiado su nombre por Lolita) para pedirle cariño, comprensión, y sexo por compasión; las vecinas, por su parte, se alegran de que sus maridos hayan vuelto a tener energía vital y deseo sexual. Dolores-Lolita subvierte el modelo de «perfecta casada» y su cuerpo redondo, pequeño y maduro, que tanto atractivo suscita a su alrededor, desafía los cánones tradicionales de representación de la perfección física femenina [Imagen 30].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  El cuerpo maduro: Dolores/Lola, desafío estético y temático (Sexo por compasión, Laura Mañá, 1999).

 

 

 

 

 

 

 

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Al final de la película, Dolores anuncia a todos los vecinos su embarazo. El bebé será un símbolo del renacimiento del pueblo, que cuenta con solo una niña y que no ha visto ningún embarazo en la última década. Nadie —ni la futura madre— sabe quién es el padre biológico del bebé, y así se decidirá que el recién nacido será hija, o hijo, de todos. La representación consagrada de la feminidad, en expresión de Kristeva (1983), no corresponde en el relato de Mañá a lo «virginal maternal» sino más bien a una maternidad colectiva, resultado de un ejercicio de prostitución. Dolores llegará de esta forma a encarnar simultáneamente los tres papeles que la sociedad patriarcal atribuye tradicionalmente a la mujer: es paradójicamente —e irónicamente— santa, puta y madre a la vez. Su cuerpo encarna múltiples subversiones: desafía el statu quo científico, puesto que a pesar de su edad queda embarazado; desafía el statu quo social, porque aunque no se sepa quién es el padre biológico se celebra su embarazo (celebración en la cual termina por participar el mismo cura del pueblo), y desafía el statu quo cinematográfico, dado que, a pesar de ser maduro y redondo, se presenta como la encarnación de la belleza.

 

 

Exorcizar el embarazo

 

Como indica Juliet Mitchell (1974), el sexo femenino, al ser biológicamente diferente del masculino (por la menstruación, el embarazo, el parto y la menopausia, etc.), se ha definido, en la historia occidental, como un problema médico. Para Rosi Braidotti (1996), las teorías sobre la concepción de seres monstruosos que han dominado los discursos pseudocientíficos desde Aristóteles hasta el siglo XIX no son más que unas versiones extremas de la profunda ansiedad de la sociedad patriarcal hacia las nociones de embarazo y de parto. Pero es a finales del siglo XIX cuando el invento de la obstetricia —que profesionaliza el parto, desapropiando así al mundo femenino de las comadronas para dárselo a los médicos[157]

 

— deja de tener su halo romántico y empieza a tratarse como una patología que necesita atención médica. Las fotografías de embarazos anormales que aparecen en los primeros manuales de obstetricia —como en A Textbook of Obstetrics (1898) de Barton Cooke Hirst— producen verdadera repulsión. Son cuerpos femeninos obesos y deformes, con

 

 

 

 

 

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protuberancias anormales, que reclaman la intervención del hombre y su ciencia.

 

En España también, según el estudio de Catherine Jagoe,

 

en el siglo XIX la salud tiene un género, el masculino. El varón es la pauta del cuerpo sano, desde el cual se mide el sexo femenino […]. Se creía que las funciones reproductivas de la mujer no solo la hacían proclive a sufrir achaques y enfermedades corporales, sino que podían acarrear estados psicológicos alterados, trastornos mentales, melancolía profunda, amagos de homicidio e infanticidio, y semilocura. Todo indica que la mujer normal, tal y como se la construía, es una figura liminal cuya fisiología linda con la enfermedad (1998: 307).

 

En el siglo XIX se desarrolla en España la ginecología bajo las premisas de que la pubertad, la gestación, el parto y la menopausia son desviaciones patológicas desde la norma de la salud humana, norma representada por el hombre.

 

Tanto la película Gordos (Daniel Sánchez Arévalo, 2009) como Lo más natural (Josefina Molina, 1990) hablan de manera explícita sobre la patologización de la mujer embarazada: Sánchez Arévalo critica al hombre que rechaza el cuerpo preñado; Molina, por su parte, presenta el parto de una mujer de edad cercana a la menopausia como una experiencia natural.

 

Como Daniel Sánchez Arévalo afirma en una entrevista, Gordos no es un canto a la delgadez: «estoy harto de los estándares de belleza que nos intentan imponer» (García de Francisco, 2009). La obesidad es más bien una metáfora para contar historias de gente que tiene un vacío vital. La gordura —como resultado de comer compulsivamente por razones de ansiedad, depresión, inseguridad o aburrimiento— constituye el eje de cuatro de los cinco relatos que entretejen la cinta. El quinto, sobre Abel, un terapeuta para pacientes con problemas de sobrepeso, y Paula, una atractiva profesora de gimnasia de un instituto, representa una problemática algo diferente, puesto que el sobrepeso de Paula no es debido a una mala alimentación, sino a su embarazo.

 

Paula vive los cambios de su cuerpo con cierta ambigüedad. A pesar de desear ser madre, sufre por haber sido obligada por el ginecólogo a hacer reposo, y se resiente del distanciamiento que percibe de su compañero, pensando que la culpa es suya y de su incipiente gordura. Abel, por su parte, empieza a sentir una progresiva repulsión hacia el cuerpo de ella, hasta el punto de que llega a no poderla tocar ni mirar. Su rechazo corresponde a la postura que, como se ha visto anteriormente, ha

 

 

 

 

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dominado los discursos médicos que patologizan el embarazo como una

 

condición monstruosa, o usando el juego de palabras homófonas de

Barbara Creed, como the site/sight of horror (1993)[158]: «no puedo

 

mirarte y no sé qué hacer. Me provocas mucho rechazo», le dice Abel a

 

Paula en una pelea, pero añade: «no concibo mi vida sin ti. No sé qué

 

hacer». El rechazo termina cuando Paula vuelve a su peso normal después

 

de dar a luz, pero el comportamiento de Abel a lo largo del embarazo de su

 

compañera ya no tiene solución. Paula quiere terminar la relación y la

 

mirada cinematográfica se solidariza completamente con la mujer. El

 

director comenta: «En Gordos hay seis mujeres. Los más pringados, los

 

que la cagan todo el rato, son los hombres: no se hacen cargo de su mierda

 

y se la quieren colocar a su pareja, que la devuelve con una bofetada de

 

realidad»

 

(http://www.fotogramas.es/Media/Imagenes/Peliculas/Gordos/(offset)/

 

8).

 

Paula tendrá un parto muy sencillo, sin el apoyo de Abel, ni de ningún otro familiar o amigo. Irá sola al hospital y sola dará a luz. Los gemidos durante las contracciones y su expresión de dolor se yuxtaponen a imágenes paralelas de Abel jadeando de placer en la cama con otra mujer. La cámara deja fuera de campo a la amante y el montaje produce la impresión de que en realidad Abel está haciendo el amor con Paula, cuyo último grito, el que acompaña la salida del bebé, corresponde al orgasmo de él. De esta forma, el discurso cinematográfico de Sánchez Arévalo devuelve al embarazo y al parto su naturalidad: es algo tan sencillo como hacer el amor. Paula recobra enseguida su peso normal, pero Abel, por haber patologizado la condición de ella, no conseguirá recuperar a su pareja.

 

También en Lo más natural (Josefina Molina, 1990) se rescata el cuerpo embarazado de lo que la medicina define como contra natura. En esta película, según las palabras de la misma directora, se «rompe el tabú social que impide a una mujer de edad amar a un hombre joven» (Molina, 2003: 79). En ella se expone el cuerpo de una Charo López de casi cincuenta años, que interpreta el papel de una mujer que no solo tiene un compañero más joven que ella, sino que también se queda embarazada. Barry Jordan y Rikki Morgan-Tamosunas comentan que «el parto y la maternidad adquieren connotaciones liberadoras de independencia que

 

 

 

 

 

 

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raramente se asocian con estas experiencias específicamente femeninas» (1998: 136).

 

En una de las primeras secuencias del filme, la protagonista, Clara, se tira a la piscina de su mansión en una búsqueda simbólica de purificación y cambio. Acaba de ocurrirle lo estereotípico: su marido le ha anunciado que la deja por una mujer más joven. Al final de la película, Clara se sumerge en las mismas aguas para dar a luz a una niña, de forma natural, sin quirófano ni anestesia.

A los pocos meses de separación del marido, la vida de Clara cambia radicalmente: vuelve a trabajar fuera de su hogar, descubre el placer sexual, se enamora de Andrés, un joven ecologista, pero se queda embarazada de su exmarido y decide no interrumpir la gestación[159]. Josefina Molina presenta como natural una serie de situaciones que el sistema patriarcal considera como contra natura: la edad de la parturienta, que se acerca a la menopausia, y la diferencia de edad entre ella y Andrés. También se presenta como natural la nueva familia extensa posmoderna: la relación entre exesposos, sus hijos y sus nuevas parejas. Todos están presentes durante el parto: Clara da a luz en el agua de la piscina de su casa, ayudada por el futuro padre (no biológico) y de la mano de su hija; la compañera del padre (biológico) mira a Clara desde el borde de la piscina; y el exmarido y futuro padre observa el parto desde una hamaca, con lágrimas de emoción en los ojos. Como comenta María Suárez Lafuente,

 

una bebé nace, emergiendo del agua, como una esperanza renovada para otras posibilidades. Ella pertenece un poco a todos los presentes y, por lo tanto, cimenta las relaciones familiares recién establecidas. Al bebé se le da el nombre emblemático de Gaia, la Madre Tierra, la unidad cósmica y la naturaleza —Gaia es el clarín del cambio (2003: 404).

 

Molina termina la película haciendo un guiño. Las últimas secuencias de la cinta aparecen tomadas de forma movida y algo desenfocadas, porque han sido realizadas con la cámara del hijo de Clara, que está filmando el parto [Imagen 31]. El hecho de que la mirada cinematográfica (o mejor dicho metacinematográfica) de una escena tan llena de connotaciones feministas sea masculina es, a mi entender, un detalle relevante: el niño no solo hereda simbólicamente de la madre y de los otros adultos unos modelos de conducta liberatorios para la mujer, sino que también hereda de Molina su

 

 

 

 

 

 

 

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mirada feminista. Tal vez se trate de un comentario de la directora sobre un futuro del cine (y de la mirada masculina) indudablemente prometedor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Embarazo y parto de la mujer madura: lo más natural (Lo más natural, Josefina Molina, 1990).

 

 

La envidia del útero

 

En La Orestea, en el juicio por un crimen de matricidio cometido por un mortal, Esquilo pone en escena un despliegue de árbitros inmortales (Apolo, Atenas y las Furias): Orestes había asesinado a su madre Clitemnestra, para vengarse de la muerte de su padre Agamenón. El proceso se desarrolla sobre un tema central: ¿qué crimen es peor: que un hijo mate a su propia madre o que una mujer mate a su marido? La argumentación de la defensa, que consigue la absolución de Orestes, se basa en la falsa hipótesis de que «una madre no es la que normalmente se denomina paridora de un hijo, sino nodriza de la semilla recién sembrada. Engendra el que fecunda» (1998: 339). Atenas misma, la jueza, se presenta como una prueba de que la mujer no cuenta en la procreación. La diosa «no fue concebida en una unión matrimonial, ni se formó en la oscuridad del útero, sino cual feto que el propio dios dio a luz. ¡Mas sin padre ninguna mujer podría parir!» (1998: 339). Así, puesto que Orestes no le

 

 

 

 

 

 

 

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debe la vida a su madre, sino a su padre, se justifica que vengue la muerte de este, matando a su asesina.

 

Unos veinticinco siglos después de esta aparatosa escenificación de la desapropiación de la mujer de su poder procreador, desapropiación respaldada por discursos pseudocientíficos[160], Rosa Montero pone en la boca de una niña su mordaz deconstrucción. En Crónica del desamor (1979), tres amigas se reúnen para charlar, mientras sus hijos juegan. Las voces de los niños las interrumpen:

 

—Tú no tienes colita, tú no tienes —dice el Curro con todos los visos de estar enseñándola.

 

—Pero cuando yo sea mayor tendré pechos y tú no —contesta la vocecita de Jara —, y además podré tener un niño en la barriga y tú no puedes.

 

Ríen las tres ante la salida de los críos.

 

—Toma ya complejo de castración —dice Ana con risueño acento.

 

—[…] Estoy segura de que Freud se sacó lo del complejo de castración de la manga para ocultar el tremendo complejo que tienen los hombres por no poder parir, no te fastidia (1999: 206).

 

Lo que Montero atribuye en su novela a la sabiduría infantil es teorizado por Gayatri Spivak (1987) por medio de una deconstrucción de uno de los más conocidos axiomas del psicoanálisis: «el útero ha sido definido siempre por el hombre como ausencia, para encubrir una ausencia del propio hombre: la falta, precisamente, de un lugar tangible de la producción» (45). Con eso, Spivak no propone trivializar o desestimar la envidia del pene, sino definir el útero como espacio de producción en lugar de ausencia, no tanto para emancipar la verdad de todo sistema de poder, sino para separar —siguiendo a Foucault— el poder de la verdad desde las formas hegemónicas dentro de las cuales está actualmente operando.

 

La feminista italiana Luisa Muraro (1991), siguiendo a Luce Irigaray, señala que la filosofía ha nacido de la rivalidad con el poder de procrear de la mujer. La alegoría de la caverna de Platón, como se ha visto a lo largo de este libro, es una metáfora obvia de un segundo nacimiento: dejar la cueva —el orden de la Madre— implica el abandono de un reino intrínsecamente falso. La filosofía presenta al Padre como el verdadero autor de una vida no ilusoria.

Si esta desapropiación y desplazamiento del poder femenino de generar han existido desde la antigüedad, emergen con particular vigor en

 

 

 

 

 

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épocas caracterizadas por fundamentales redefiniciones de los papeles de género[161]. Cuando el control de la sexualidad femenina a través de la reducción (y encasillamiento) de la mujer al papel de ángel del hogar y de madre abnegada no es arma suficiente para poder superar la dependencia del hombre del poder reproductivo femenino[162], el sistema patriarcal crea un imaginario de formas alternativas de reproducción que prescinden precisamente del cuerpo de la mujer: desde la mitología a la biblia, desde el futurismo a la ciencia ficción, se ha ido negando «hasta el “valor de uso” más aparentemente indiscutible de la mujer, su papel en la reproducción humana» (Re, 1989: 254).

 

Todo sobre mi madre (Pedro Almodóvar, 1999) articula un doble ejercicio: glorifica la maternidad como única realización de la mujer (en el personaje de Marina) y a la vez encarna la ilusión de una maternidad masculina (en la figura de Esteban-Lola). Como ya he indicado, a pesar de que el cine de Almodóvar sea ginocéntrico y antipatriarcal y que, como indica Marvin D’Lugo (2002), esté constantemente desmontando la imagen tradicional de la familia, su discurso paródico no altera la estructura narrativa clásica y el desorden es siempre seguido por el orden y por el restablecimiento del statu quo. Esto pasa también en Todo sobre mi madre. Como apunta Jacqueline Cruz,

 

no deja de ser curioso que la trama […] gire en torno a la representación teatral de Un tranvía llamado deseo, puesto que el único deseo que aparece aquí es el de ser madre (o el de ser mujer para poder ser madre). No hay sexualidad femenina en la película: esta aparece, o sublimada en la maternidad o degradada en la prostitución y el lesbianismo. Y digo degradada porque esa es la representación que se hace de ella: el descampado de la periferia barcelonesa donde se concentran las prostitutas, y al que acude Manuela buscando a Lola, es una especie de Averno grotesco, y la relación lésbica entre Huma y Nina es cuando menos enfermiza (2003: 162).

 

Para Cruz (2003), no tiene que sorprender que la Comisión Episcopal Española de Medios y de Comunicación, a pesar del lenguaje explícito y a pesar de la trama irreverente de la película (una monja muere de sida, después de dar a luz a un niño que había concebido con un travestí), le otorgue la clasificación de «Muy buena» (2003: 162).

 

Todo sobre mi madre desarrolla un diálogo muy explícito con Todo sobre Eva (All About Eve, conocida en España con el título de Eva al desnudo, dirigida por Joseph Mankiewicz en 1950), una película que no se

 

 

 

 

 

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centra en la figura de una madre, sino en otros dos modelos femeninos: por un lado, la esposa, que sacrifica su brillante carrera por el marido, y, por el otro, la amenazante trepadora dispuesta a todo (hasta a prostituirse) para hacer carrera (Eva). Almodóvar recupera a Eva, y la rescata en Manuela, una mujer también capaz de cualquier cosa, pero no por interés profesional, sino por su papel de madre. Una vez «maternizada», la protagonista pierde los atributos que hacían de ella un individuo egoísta y traidor, y adquiere la faceta de mujer-madre abnegada y altruista. De ahí que, si la película americana está dominada por un mundo femenino de engaños y mentiras, la española se caracteriza por una atmósfera de solidaridad y complicidad entre mujeres. Mientras la Eva americana encarna el miedo de los años 50 al prototipo femenino de la posguerra (una mujer independiente volcada en su carrera, que no necesita un hijo para sentirse realizada), la Manuela española representaría lo opuesto de Eva: una madre volcada en el hijo. Almodóvar rescata al personaje femenino, y anula su carácter amenazador, pero al convertirlo en madre abnegada anula su subjetividad.

 

Al morirse su único hijo Esteban, Manuela pierde su identidad de madre y deja el trabajo de enfermera, perdiendo de esta forma también su identidad profesional. Solo al final de la película, al adoptar al hijo seropositivo de Rosa, Manuela llega a recobrar su papel maternal. Se transforma así simbólicamente en una especie de mítica «Virgen» (es madre sin haber tenido un encuentro sexual) de un niño milagroso (por haber negativizado su enfermedad) que puede salvar a la humanidad, si no del pecado original, sí del sida (definido por ciertos sectores de la Iglesia como castigo de Dios para la homosexualidad)[163]. Sin embargo, Manuela nunca más recupera su subjetividad profesional, ni cuando participa en los congresos médicos sobre el sida, a los cuales asiste no por ser enfermera, sino por ser madre de un niño seropositivo milagroso.

 

Stephen Maddison (2000) comenta que las mujeres de Almodóvar tienen alternativas a las relaciones patriarcales:

 

Las mujeres tienen opciones fuera de sus relaciones con los hombres. El hecho de que en Todo sobre mi madre el personaje de Stella sea interpretado por Nina, que está manteniendo una relación lesbiana con la actriz que interpreta Blanch, refuerza este efecto. Las mujeres tienen opciones, experiencias, oportunidades que no incluyen a los hombres (267-268).

 

 

 

 

 

 

 

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Sin embargo, a mi entender, las opciones que les otorga Almodóvar a sus personajes femeninos son solo aparentes. Es cierto que en Todo sobre mi madre falta la figura de un padre «real» (en términos patriarcales): el de la monja, que sufre Alzheimer, está mentalmente ausente; Esteban-Lola, el travestí, no existía para su primer hijo y es más bien una figura materna para el segundo. Pero también es cierto que, paradójicamente, la ausencia de una ley del Padre se presenta como el origen de los problemas de los personajes, y solo la vuelta al Padre (o al Hijo) restablecerá el orden. Nina, por ejemplo, consigue salir de la drogadicción —y significativamente del lesbianismo— al casarse con un hombre y al tener un hijo. Manuela se escapa de la vida de abusos de su marido solo cuando lo puede sustituir por otro hombre, el hijo que va a tener, y vuelve a la búsqueda del marido al perder al hijo. Se sentirá por fin realizada cuando es nuevamente madre de un niño (de nuevo varón). Y Huma consigue cierta estabilidad psicológica gracias a su nueva relación con Agrado (una «mujer» con la presencia simbólica del pene)[164].

 

Como se ha visto en las películas de Azucena Rodríguez o de Benito Zambrano, Almodóvar está postulando formas alternativas de maternidad más allá del control de una figura paterna. Sin embargo, eso no implica necesariamente que Almodóvar esté sugiriendo la posibilidad de una maternidad fuera del orden patriarcal. La propuesta de Almodóvar es «diferente» solo porque abre el concepto de maternidad a todo individuo, separándola del cuerpo femenino, sin la necesidad de una gestación y un parto, e incluyendo así al hombre.

 

Sin embargo, en el fondo, las madres almodovarianas —ancladas en modelos de glorificación del sacrificio femenino— anulan su subjetividad por la del hijo; y conciben la maternidad como solución y realización. En este sentido, Almodóvar absorbe la identidad femenina con lo materno. Cuando consagra, como diría Julia Kristeva, la representación de lo femenino como lo «materno virginal» (1983), Almodóvar elimina también referencias al deseo sexual de la mujer. Esta es la primera película de Almodóvar en la que no hay sexo en la pantalla, y en la que ninguna mujer goza del placer sexual: la maternidad desexualiza a los personajes y el sida tiñe el sexo de enfermedad y castigo.

Más aún, al crear un mundo donde toda mujer es madre a pesar de no ser necesariamente madre biológica[165], Almodóvar refuerza la negación de una identidad femenina separada de lo materno. En cierta forma, puesto

 

 

 

 

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que la ausencia de la madre biológica no impide la maternidad, la película sugiere la posibilidad de una maternidad alternativa que prescinda del embarazo y, por supuesto, también del cuerpo femenino. De ahí que se pueda imaginar una «maternidad» sin la trascendencia simbólica que hasta ahora ha tenido el cuerpo de la mujer.

 

En conclusión, la película de Almodóvar aparece en una época en que la procreación —sin necesidad del cuerpo femenino— es ya una realidad. En Todo sobre mi madre el enfoque sobre la realización de la maternidad sin necesidad de dar a luz evoca la posibilidad de que pueda ser llevada a cabo por el hombre. El director manchego consigue insinuar, debajo del disfraz de un mundo totalmente femenino, una realidad que paradójicamente puede en potencia prescindir precisamente de la mujer.

En Semen: una historia de amor (2005), Inés París y Daniela Fejerman contestan a esta posibilidad de que la biología pueda hacer caso omiso de la mujer. El largometraje se abre con una toma que nos traslada a una película de 25 años antes, Gary Cooper, que estás en los cielos… (1980) de Pilar Miró. Una mujer está siendo llevada en camilla al quirófano, y un largo plano secuencia del techo del pasillo y de las placas de las luces de neón se alinea con su punto de vista, como en una secuencia final de la cinta de Miró. Sin embargo, si la protagonista de Gary Cooper, que estás en los cielos… tenía un embarazo molar con metástasis, y su recorrido hacia el quirófano para que le practicaran una histerectomía correspondía al final de su fertilidad, si no de su vida, en Semen: una historia de amor, la mujer tiene un embarazo normal y dará a luz a un niño sano, Serafín, el protagonista de la película, que llegará a ser biólogo especializado en inseminación artificial. En ambas cintas se reflexiona sobre el control de la fertilidad, de la reproducción y, en última instancia, del cuerpo de la mujer. Andrea, en Gary Cooper…, en un momento de resignación la noche anterior a la operación, rompía dos huevos y los echaba por el fregadero [Imagen 32]. En Semen, Serafín relaciona la imagen de su fregadero, y de un huevo tirado entre los platos sucios, con una sensación análoga de desazón y descontrol [Imagen 33]. Ahora bien, si el gesto de Andrea simbolizaba su impotencia frente a la incapacidad de controlar su propio cuerpo, Serafín sufre por no poder controlar el cuerpo de la mujer en la cual se está gestando «su propio hijo».

 

 

 

 

 

 

 

 

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  El huevo tirado en el fregadero: resignación ante la infertilidad (Gary Cooper, que estás en los cielos…, Pilar Miró, 1980).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  El huevo tirado en el fregadero: descontrol por la imposibilidad de procrear (Semen: una historia de amor, Inés París y Daniela Fejerman, 2005).

 

Serafín nace el día de la muerte de Franco, y su voz en off narra que sus padres interpretaron de forma opuesta esta coincidencia. La madre pensaba que su hijo iba a pertenecer a una nueva era, mientras que el padre, pesimista recalcitrante, creía que «había nacido con mala pata». En realidad, Serafín desarrolla unos valores más bien conservadores, que él justifica por su infancia traumática: abandonado por la madre cuando tenía seis años, es criado por un padre depresivo, que se pasa todo el día en la

 

 

 

 

 

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cama mirando la televisión y bebiendo. Más de una vez, a lo largo de la película, reitera su deseo de estabilidad, «sentir los pies bien puestos sobre la tierra». Serafín necesita imperiosamente controlar su realidad caótica y lo consigue hasta que un día conoce a Ariadna y todo vuelve a desequilibrarse.

 

Para empezar, Serafín fecunda secretamente a Ariadna con su propio semen; luego, se enamora de ella y cuando le pide la mano, para poder «dar un nombre» a su hijo biológico, se entera de que en realidad la mujer está prestando el útero a su hermana Penélope (que desea ser madre a pesar de no poder concebir), y que Ariadna, en cambio, no tiene ningún deseo de maternidad [Imagen 34]. La historia se complica aún más cuando Serafín rapta a un bebé, pensando erróneamente que es el fruto de su inseminación, y lo cría hasta llegar a quererlo de tal manera que ante la coyuntura de tener que elegir entre irse con Ariadna o quedarse con el niño, escoge lo segundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Cuerpo de la gestante subrogada (Semen: una historia de amor, Inés París y Daniela Fejerman, 2005).

 

De esta forma, el largometraje comete infracciones fundamentales contra el statu quo patriarcal: la completa separación entre maternidad y deseo maternal y la también completa separación entre paternidad y relaciones sanguíneas. Al comportamiento conservador de Serafín —que por ejemplo quiere casarse con Ariadna, «para darle al niño un apellido», o que le regaña porque por su trabajo «se juega la vida de aquella criatura que lleva dentro, ese hijo que le ha hecho»— Ariadna responde afirmando

 

 

 

 

 

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que el niño no necesita el apellido de Serafín, y que, en última instancia, se trata de «mi vida, mi cuerpo y mis decisiones».

 

La historia termina con Serafín confesando toda la verdad a Ariadna y aceptando la realidad (cómicamente enredada) de ser padre de un hijo que no es suyo, mientras que su hijo (biológico) es hijo (adoptivo) de la hermana soltera de su novia. Este alegato a favor de la paternidad no biológica es también, en términos más generales, una invitación a que el hombre consiga ver a la mujer más allá de sus funciones reproductoras y que llegue a aprender «su lengua». Para volver al texto clásico del feminismo La risa de la Medusa (1975), Hélène Cixous, jugando con el doble sentido del verbo voler (que en francés significa «volar» pero también «robar»), incita a las mujeres a que roben al hombre su «vieja lengua masculina» y a que emprendan el vuelo, hablando a través de lo que les ha sido históricamente confiscado: su propio cuerpo y su propia sexualidad. El lenguaje femenino se alejará de las constricciones de la sintaxis tradicional, y corresponderá a la sexualidad de la mujer: un texto femenino será así múltiple, difuso y abierto, como el erotismo de la mujer, que no se relega al placer fálico unitario y localizado, sino que se mueve en diversas direcciones. En cierta forma, el texto fílmico de París y Fejerman corresponde a estos parámetros, al ser un pastiche múltiple e híbrido de diferentes estilos.

 

Si París y Fejerman construyen un texto que Cixous definiría como femenino, a su vez, Ariadna, la protagonista de este texto, usa una «lengua femenina»: sabe reírse del machismo (las afirmaciones patriarcales de Serafín le parecen «graciosas») y, al ser trapecista, «vuela». Más aún, queda claro el intento incluyente de las directoras: Ariadna quiere hacer a Serafín partícipe de su pasión por las alturas y «enseñarle a volar». Lo intenta primero subiéndose con él en un columpio, pero —en una secuencia que pone en evidencia su miedo— Serafín insiste en que «el hombre no ha sido hecho para volar. Los pies son para tenerlos bien plantados en la tierra». Y finalmente lo consigue en la conclusión de la película, cuando Ariadna le pide que tenga valor de hacer locuras y lo obliga a ser voluntario en su espectáculo. Después del pánico inicial, y de una caída, Serafín empieza a disfrutar y a aprender el idioma de Ariadna. Consigue mirar, desde lo alto, a su tan poco tradicional familia. La voice-over de Serafín dice: «quién podía imaginar que iba a acabar aquí arriba, colgado, colgadísimo. Ahí está Penélope con su hijo, que lleva mis genes y

 

 

 

 

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los de Ariadna, y Próspero que no los lleva, pero que es mi hijo». Y por fin, desde arriba, «volando» junto a Ariadna, él también se puede burlar de los valores patriarcales y preguntar: «¿a alguien le importa quién puso la primera gota?».

 

En un artículo de 1986, Ann Snitow se muestra realmente preocupada por los progresos de la ciencia en el campo de la natalidad, y confiesa encontrarse dividida entre su fe típicamente americana en un doctor paternalista, y su impulso feminista de desdeñar a «ese cerdo sexista»: «Las nuevas tecnologías ofrecen una ocasión para especular, y para organizarnos» (1986: 46). En mi opinión, es fundamental que las mujeres aplaudamos los progresos de la ciencia, sin por ello perder de vista la necesidad de mantener el control de nuestro propio embarazo y de nuestro propio cuerpo.

 

 

El cuerpo invisible

 

Como se ha visto en las secciones anteriores, las directoras, volviendo a usar una expresión de Meri Torras (2006), han «corporizado el pensamiento», por medio de representaciones que otorgan sentido al cuerpo para desafiar el imaginario hegemónico que lo reifica y vacía de significado. En las últimas páginas de este capítulo estudiaré cómo al corporizar el pensamiento también se ha invisibilizado —descorporizado

 

— el cuerpo tradicionalmente visible, y a la vez se ha visibilizado el cuerpo que normalmente no se ve.

En Cómo ser mujer y no morir en el intento (Ana Belén, 1991) hay una secuencia paradigmática que se puede usar como metáfora de este fenómeno: la protagonista, interpretada por Carmen Maura, en lugar de someterse dócilmente a la autoridad del ginecólogo (la figura que, como se ha visto, encarna por antonomasia el control del cuerpo femenino), reacciona con impaciencia a sus exploraciones y cuando él empieza a palparle con excesiva insistencia los pechos, le grita: «¡Bueno ya!, ¿no?». Esta actitud y estas palabras de rebeldía contra el poder de la ciencia masculina parecen trasladarse a un desafío a las normas de representación fílmica en general: el cuerpo de la mujer deja de ser diversión y espectáculo en el gynocine.

A pesar de que la sexualidad femenina es un tema central de dicha producción, se inscribe en el relato fílmico a menudo de forma extrañante:

 

 

 

 

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la estrategia generalizada es que se utilicen las premisas tradicionales que sustentan la escopofilia y la reificación de la mujer en el cine, para traicionar las expectativas del espectador tradicional. En otras palabras, se anticipa la representación del fetiche pero no se lleva a cabo la satisfacción de dicha anticipación. Como parte de este mismo fenómeno hay que destacar que la exposición de desnudos femeninos y las escenas de cama se van haciendo menos frecuentes. Esto se traslada figurativamente a tramas donde la ausencia de secuencias de sexo es más significativa que su presencia[166]. En Flores de otro mundo (1999), por ejemplo, como explica la misma Icíar Bollaín, «hay tres parejas, hay escenas de cama en las que se supone que follan, pero aquí no se ve una teta […]. La jefa de producción me decía: “un hombre a la chica negra la desnuda en la primera escena […] aunque solo sea para verla él”» (Camí-Vela, 2001: 48). Lo mismo ocurre en El alquimista impaciente (2002) de Patricia Ferreira. Este largometraje sigue el típico formato de película policíaca, con una pareja de investigadores (hombre y mujer); sin embargo, a pesar de la atracción mutua que acabaría —en un imaginario tradicional— en una escena de cama, y a pesar de la presencia de una actriz y un actor que se han visto desnudos en otras películas, dicha escena nunca se produce.

 

Este fenómeno llega a alcanzar un nivel discursivo en dos películas-manifiesto de un nuevo acercamiento al cuerpo —Sexo oral (Chus Gutiérrez, 1994) y Sexo por compasión (Laura Mañá, 1999)— que, a pesar del título, no incluyen escenas de sexo. Giulia Colaizzi comenta que:

 

Chus Gutiérrez juega desde el comienzo —desde el mismísimo título— con la imaginación y las expectativas del posible receptor o, mejor dicho, con las expectativas que especialmente en lo referente al sexo puede crear en el espectador. Ahí donde un título tan explícito y «prometedor» como «Sexo oral» podía hacer esperar una película de fuerte contenido erótico, o incluso pornográfica, el espectador se encuentra expuesto, a lo largo de los 92 minutos de duración del filme, a una oralidad sexual absolutamente literal (2007: 110).

 

Lo «oral» del título, reforzado por la imagen de una boca sensual mordiendo una fresa en los carteles de la película, no corresponde en la diégesis a la representación de una particular actividad sexual, sino a sexo en teoría. Los personajes, en unas entrevistas, «hablan» de sexo, pero no lo practican delante de la cámara. Una estrategia análoga se emplea en Sexo por compasión, película en la cual la protagonista —como he indicado anteriormente— no pertenece al prototipo físico del cine erótico y donde

 

 

 

 

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el sexo anunciado en el título ocurre detrás de una puerta. No hay nada pornográfico o erótico (según los cánones tradicionales) en Sexo por compasión.

 

Y aún más ajenos a dichos cánones son los cuerpos que ocuparán las siguientes páginas. Para concluir este capítulo, me acercaré a la representación de unos cuerpos por lo general «invisibles» en el cine comercial: por un lado, el de la mujer madura y, por el otro, el de la mujer enferma.

 

 

El cuerpo maduro

 

En el contexto de la sociedad occidental contemporánea obsesionado con la perfección física y con la eterna juventud, la representación cinematográfica del cuerpo de la mujer madura corresponde a un desafío temático y estético[167]. La mujer de más de 40 años ha sido, hasta hace relativamente poco, no solo la gran invisible en el cine comercial sino también en los estudios de género: Margaret Cruikshank (2006) señala que el campo de Aging Studies es nuevo y todavía no ha tenido mucha repercusión en el pensamiento feminista.

 

Hollywood ha sido y sigue siendo particularmente despiadado con las actrices de mediana edad. Los ejemplos son numerosos: en el contexto de involución de la situación femenina después de la Segunda Guerra Mundial, se producen Sunset Boulevard (Billy Wilder, 1950) y All About Eve (Joseph L. Mankiewicz, 1950), películas muy poco amables con la mujer que está envejeciendo. Las opciones que Hollywood le otorga no son alentadoras: o bien puede volverse loca (como Norma Desmond, protagonista de la primera) o retirarse y desaparecer (como Margo Channing —Bette Davis— en All About Eve). Casi veinte años después, con The Graduate (Mike Nichols, 1967), la situación no parece haber cambiado de manera relevante. Mrs. Robinson (interpretada por una Ann Bancroft de solo 38 años) es representada como una vieja ninfomaníaca abocada a la humillación y al ridículo. Tendremos que esperar a los años 70 para que a Hollywood se asome otro punto de vista. Ellen Burstyn encuentra en el guion de Alice Doesn’t Live Here Anymore (dirigida por Scorsese en 1974) una figura femenina inusual: una viuda de mediana edad que busca su realización personal y la prefiere a la posibilidad de una satisfacción sentimental. Como Alice, también la protagonista de An

 

 

 

 

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Unmarried Woman (Paul Mazursky, 1978), abandonada por el marido por una mujer más joven, aprende que «nada cuenta más en la vida que la independencia emocional» (Swartz, http://www.slate.com/id/2093444)

[168].

 

En la actualidad, salvo unas esporádicas excepciones —por ejemplo Something’s Gotta Give (Nancy Meyers, 2003), que presenta el cuerpo espléndido de una Dianne Keaton de cincuenta años, deseada por dos hombres; Calendar Girl (Nigel Cole, 2003), en la cual el desafío que implica la espectacularización del cuerpo de la mujer mayor sigue presentándose como provocación, o, en España, La mujer invisible (Gerardo Herrero, 2007), con guion de Belén Gopegui, que reflexiona precisamente sobre la invisibilidad femenina después de los cuarenta—, la norma general es que para las actrices de mediana edad se reserven (cuando el cine se acuerda de ellas) muy pocos papeles. Las que habían sido desnudadas cuando ofrecían a la cámara un cuerpo glamuroso, al llegar a la madurez, o bien desaparecen, o bien, si siguen actuando, ya no se quitan la ropa: es el caso de Victoria Abril, tapada púdicamente por primera vez en su carrera en una secuencia de cama en Sin noticias de Dios (Agustín Díaz Yanes, 2001); y si exponen su cuerpo se arriesgan a ser ridiculizadas por la prensa, como le ocurrió a Sharon Stone en Basic Instinct 2 (Michael Caton-Jones, 2006).

 

El caso de Basic Instinct 2 es particularmente significativo y revelador del problema: antes de que saliera la secuela de la película que la lanzó al éxito, Sharon Stone había comentado en una entrevista que por fin en Hollywood una mujer de 45 años podía representar papeles en los cuales se le permitía revelar su verdadera edad y todavía podía tener una carrera interesante. Sin embargo, el fracaso de Basic Instinct 2 y los durísimos ataques de la crítica que se concentraban casi exclusivamente en un solo factor, el de la edad de la actriz, parecen desmentir su optimismo. Por ejemplo, un crítico cinematográfico comenta con sorna: «¿[Sharon Stone] se da cuenta de lo patético que resulta, o realmente cree que está celebrando su sexualidad como una mujer mayor? […]. Basic Instinct 2 es una objetiva lección de primer orden sobre la degradación a la que pueden llegar las actrices de Hollywood, especialmente las de más de 40 años» (http://www.thesimon.com/magazine/articles). Un hecho curioso, a mi entender, es que el guion de por sí nunca revele que la seductora asesina es una mujer de mediana edad. A pesar de haber sido una película pensada

 

 

 

 

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para la misma Sharon Stone, los productores parecen no haber querido explotar lo que, de hecho, iba a despertar la curiosidad del público: que la protagonista que se desnudaba tenía casi cincuenta años. Tal vez se trataba de una curiosidad que carecía de la libido que el guion quería despertar.

 

En la actualidad, el bisturí y el botox han conseguido aplazar la edad en que la mujer deja de ser objeto escopofílico, pero la situación de fondo sigue inalterada, puesto que la edad atañe a factores culturales más que biológicos, factores estrictamente condicionados por cuestiones de género. Me parece muy reveladora en este contexto la película dirigida por Manuel Lombardero En brazos de la mujer madura (1997), que sigue las experiencias sexuales del joven Andrés (Juan Diego Botto), de mujer en mujer, durante los años de la Guerra Civil y de la inmediata posguerra. Su primer encuentro erótico es con una aristócrata americana (Faye Dunaway); luego pasa a una prostituta, a una adolescente, a una obrera, a una intelectual y finalmente a una violinista. Andrés recibe algo de cada mujer con la que se acuesta. Pero ¿dónde está la mujer madura a la cual alude el título? Menos Ingrid Rubio, todas las actrices son efectivamente algo mayores que Juan Diego Botto: pero ¿maduras? Si Faye Dunaway, en la época del rodaje, tenía efectivamente algo más de 50 años, las otras actrices enseñan cuerpos perfectos de menos de 40 años: Joanna Pacula tiene 39; Rosana Pastor, 36, y Florence Pernel, 30. Y hay que puntualizar que en la diégesis no hay ninguna pista que nos indique que el adjetivo «madura» se refiere a la capacidad de juicio y no a la «madurez» en sentido estrictamente biológico.

 

Sobra señalar, por supuesto, que el sistema epistemológico patriarcal asigna al hombre «maduro» una experiencia diferente. Según Kegan Gardiner:

 

el envejecimiento masculino y el femenino están marcados culturalmente de forma muy asimétrica: la devaluación de las mujeres mayores es una parte importante de la valoración sexista de todas las mujeres según su apariencia y deseabilidad sexual […]. Por lo general los hombres disfrutan de un período más largo en la cresta de la ola, mientras que las mujeres escalan la pendiente de la deseabilidad social con mayor rapidez, pero también son arrojadas de su cumbre antes (2002: 98).

 

¿Cómo se representa el cuerpo de la mujer que envejece en el gynocine? ¡Vámonos, Bárbara! (Cecilia Bartolomé, 1978) y Función de noche (Josefina Molina, 1981) reflexionan sobre la situación de la mujer de

 

 

 

 

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mediana edad después del divorcio, sobre su lucha con la nueva soledad y sobre su relación con el sexo. Estas películas pertenecen a la época más candente del movimiento feminista, que implicaba, entre otros logros fundamentales, el surgir de una nueva ontología de la política del cuerpo; sin embargo, curiosamente, dicha toma de conciencia se limita al cuerpo de la mujer joven. En este sentido, las películas de Bartolomé y de Molina —con sus introspecciones sobre la experiencia de una mujer madura— son precursoras de una temática que solo ahora, treinta años después, empieza a preocupar a los estudios de género. La historiadora Lois W. Banner (1992) justifica el relativo poco interés del movimiento feminista de las décadas de los 70 y 80 hacia cuestiones generacionales, explicando que «nos rebelábamos contra las generaciones más viejas que percibíamos como antifeministas» (1992: 6). Roberta Rubenstein (1999) opina que los cambios que el feminismo catalizaba en la esfera pública, temas de igualdad social y económica, dejaban de lado cuestiones personales más íntimas, como la edad, la sexualidad y lo que se podría definir como igualdad erótica, en particular en la mediana o en la tercera edad. Por su parte, Kathleen Woodward (2002) señala el hecho de que tanto las feministas en la academia como su público —la población estudiantil— son jóvenes, y por lo tanto menos interesadas en cuestiones que preocupan a las mujeres de otra generación.

 

A mi entender, Josefina Molina y Cecilia Bartolomé han sido pioneras en esta temática por la peculiar situación del feminismo en España, que ha visto surgir sus dos olas prácticamente a la vez, con el final de la dictadura[169]. De ahí que las pensadoras clave de la emancipación y de la liberación de la mujer, que no habían podido ser activas antes, ya son de mediana edad cuando por fin pueden actuar[170]. Esa situación atañe también a las cineastas.

 

En Función de noche, además de la denuncia de la situación femenina en el enclaustramiento patriarcal que he estudiado en el capítulo anterior, Molina lamenta que la mediana edad tenga que implicar, para la mujer, el cese del atractivo sexual, y cuestiona la concepción instituida por la autoridad del discurso científico de que la menopausia es el advenimiento de la vejez. La cámara de Molina enfoca en un primer plano los pechos desnudos de Lola Herrera, tocados (y humillados) por las manos de un cirujano plástico, que los palpa y los manosea para resaltar su flacidez y blandura [Imagen 35].

 

 

 

 

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  Menosprecio del discurso científico hacia la mujer menopáusica (Función de noche, Josefina Molina, 1981).

 

La cámara refleja la mirada científica que, como dice Foucault, no observa solo el exterior, sino que «penetra» y desmitifica. La protagonista había acudido al cirujano para mejorar su apariencia física con una reducción de mamas; sin embargo, el médico, con toda su autoridad científica, la desanima[171]. Su recurso es recordarle lo inevitable de su estado menopáusico, que corresponde al final de su etapa reproductiva y erótica. El médico encarna en esta película el discurso científico patriarcal que ha menospreciado el cuerpo femenino desde la antigüedad asociándolo con lo patológico y situándolo como anormal e imperfecto frente a lo normal y a lo sano: el cuerpo masculino. Si la menstruación, la lactancia, el embarazo y hasta el orgasmo de la mujer se han tratado en algún momento de la historia de la medicina como patologías, la menopausia se ha inscrito en los discursos científicos como el momento final del sentido y de la función de la mujer, como su muerte simbólica.

 

Si la estrategia de extrañamiento de Molina es denunciar sin erotizar, Cecilia Bartolomé usa una técnica opuesta: expone el cuerpo ya no joven de Amparo Soler Leal para una subversión análoga, pero en este caso por medio de su sexualización. ¡Vámonos, Bárbara! (1978) empieza con una secuencia que sigue siendo, también para un público actual, inusual y sorprendente: la cámara deja entrever, detrás de una pecera, el cuerpo

 

 

 

 

 

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desnudo de una mujer madura que hace el amor con un hombre mucho más joven que ella [Imagen 36]. El discurso subversivo se hace evidente cuando, después del coito, la mujer da las gracias al amante y llama al marido para pedirle el divorcio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

36. Sexualización del cuerpo maduro (¡Vámonos, Bárbara!, Cecilia Bartolomé, 1978).

 

Acompañada por una hija solidaria —la adolescente Bárbara—, y respaldada por el apoyo de una comunidad de mujeres —la tía y las amigas—, Ana empieza su nueva vida realizando un viaje por carretera. Más de una década antes de Thelma & Louise (1991), Cecilia Bartolomé desarrolla una road movie feminista, cuya función, como en la película americana, es el «empoderamiento» de la mujer[172]. Sin embargo, el desenlace de ¡Vámonos, Bárbara! es mucho más positivo y optimista. El final abierto —que contrasta con la conclusión «masculina» de Thelma & Louise— deja entrever un abanico de nuevas posibilidades para la mujer que ha conseguido vencer el miedo de dar el paso fundamental hacia su propia independencia. Como apunta Deirdre English (1983), los logros del feminismo empezaron paradójicamente por des-responsabilizar a los hombres y dejar a las mujeres en situaciones de vulnerabilidad y precariedad. La respuesta del marido de Ana corresponde a estos patrones: le congela inmediatamente las cuentas, la denuncia por abandono de hogar y reclama a la niña judicialmente.

 

Los hombres que Ana encuentra a lo largo de su aventura corresponden, en una inversión de los parámetros del cine clásico denunciados por Mulvey (1975), a una suspensión de la acción y del viaje.

 

 

 

 

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Como en las coetáneas An Unmarried Woman (Paul Mazarsky, 1978) y Alice Doesn’t Live Here Anymore (Martin Scorsese, 1974), se limitan a satisfacer su placer, pero resultan no funcionar como compañeros de andanzas y, menos aún, compañeros de vida. Al final madre e hija deciden que no quieren «volver a lo mismo» y que «prefieren estar solas».

 

Como apunta Jorge Pérez, el modelo de maternidad propuesto por

 

Bartolomé es novedoso:

 

Con su modelo de maternidad permisiva, Ana se diferencia no solo del modelo de mujer doméstica sumisa, sino también de otra representación común de la madre en el cine español: la matriarca dominante […]. Ana no cumple con este repetido arquetipo de la tradición cultural española. Deja a Bárbara crecer por su cuenta, permitiéndole la libertad de pasar tiempo con su amigo, sin reprimirle sus incipientes deseos sexuales (2008: 9).

 

El rito del paso de Ana, desde la opresión y humillación matrimonial hasta la independencia, incluye también una completa toma de conciencia de que su cuerpo, de mediana edad, no le impide disfrutar sexualmente. Su exposición en el relato fílmico (en la escena inicial y cuando se desnuda, sin darse cuenta, delante de un grupo de clientes en la tienda de la amiga) tiene por lo menos dos funciones. Desde un punto de vista temático, se inserta como contrapunto lúdico a una vida de pareja infeliz en la cual el marido encontraba su satisfacción sexual fuera del hogar. Desde un punto de vista estético, la exposición de Ana corresponde a una desmitificación del cuerpo joven y a una manifestación del deseo erótico que puede suscitar la mujer madura.

 

Desafortunadamente, estos primeros experimentos fílmicos de rescate de la mujer de cierta edad siguen constituyendo una excepción también en el corpus de autoría femenina (español y no español), y las mismas directoras que habían contribuido a su afianzamiento parecen perder el optimismo inicial. Me estoy refiriendo a Pilar Miró, que abandona a su musa Mercedes Sampietro —después de haber enseñado la incipiente celulitis de su cuerpo desnudo en El pájaro de la felicidad (1993)—, para rodar sus siguientes largometrajes con la más joven Emma Suárez; o a Josefina Molina, que aborda esta problemática con cierta ambivalencia.

En Lo más natural (1990), como se ha visto, hay desnudos de la protagonista de casi cincuenta años, que no solo tiene una pareja mucho más joven que ella, sino que se queda embarazada, naturalizando así lo que el sistema patriarcal presenta como contra natura. Sin embargo, con

 

 

 

 

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La Lola se va a los puertos (1993), la directora parece no estar ya del todo convencida de que a una mujer mayor le convenga un hombre más joven. Al adaptar la obra teatral homónima de Machado, que ya había sido llevada al cine por Juan de Orduña (1947), le añade un elemento que no se encuentra en sus dos referentes: que Lola (interpretada por Rocío Jurado) es una mujer madura. Como en el texto de los Machado, don José, un joven y atractivo señorito andaluz, se enamora perdidamente de ella. Sin embargo, en la adaptación de Molina, la diferencia de edad resulta ser la razón fundamental que lleva a Lola a dejar al hombre al que ama. Es más, Molina incluye solamente desnudos integrales masculinos, sin dejarnos entrever nada del cuerpo de la protagonista [Imagen 37]. Esta elección es ambigua. Si por un lado puede interpretarse como una decisión de orden feminista en contra de la espectacularización del cuerpo de la mujer, por otra parte incide implícitamente en el hecho de que el cuerpo de la mujer de mediana edad ya no es espectáculo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  La mano de Lola acaricia el joven cuerpo masculino (La Lola se va a los puertos, Josefina Molina, 1993).

 

Dentro de este panorama de titubeos y ambigüedades, en época más reciente, Em dic Sara (1998) de Dolores Payás y Done de Judith Colell (2000) constituyen importantes excepciones. La primera se establece desde la secuencia inicial (el 40 cumpleaños de la protagonista) como una reflexión de «una mujer asustada» sobre lo que implica no ser ya joven. ¿Cómo aceptar un cuerpo que ha dejado inexorablemente de ser lo que era antes? Sara se mira al espejo y constata que pesa igual que siempre pero que ya ha perdido la lozanía de la juventud. A pesar de eso, sigue con

 

 

 

 

 

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libido y con una vida sexual activa, de la cual disfruta sin moralismos ni temores. Tiene experiencia y ha superado muchos miedos y eso gracias a su edad. Rechaza el control patriarcal de su compañero y del médico y reacciona asumiendo el control de sí misma. Al amigo ginecólogo que le pregunta si usa protección, le contesta:

 

—Con los dedos…

 

—Joder, ¡eso es una barbaridad!

 

—Estoy harta de meterme cosas por arriba y por abajo. Se acabó.

 

—Entonces te ligo las trompas.

 

—Pero bueno, los tíos nos proponéis mutilaciones con una alegría que resulta sospechosa. Deja mis trompas en paz. Me gustan.

 

Más aún, el cuerpo de Sara se presenta por medio de unos planos que ponen de relieve su sensualidad. El objetivo de la cámara lo enfoca en unas secuencias de sexo que tienen como meta el cuestionamiento (para volver a utilizar la expresión de Carla Lonzi, 1970) del «placer vaginal» femenino. Tanto Dolores Payás como Judith Colell no presentan el sexo (y más específicamente el sexo en las relaciones heterosexuales) como el sine qua non de la felicidad de la mujer madura. De hecho, en las dos películas, las mujeres que logran prescindir de ello, y de los hombres, se sienten liberadas. Una amiga de Sara —una mujer de más de 60 años— se define totalmente emancipada e independiente por haber decidido vivir sin relaciones sexuales (heterosexuales), no teniendo así que depender del hombre y de su deseo. Rechaza de esta forma los discursos patriarcales que hacen de la mujer mayor soltera una infeliz: «Ahora tenemos que seguir haciendo el amor porque sí. Por obligación. Me parece ridícula esa obsesión de alargar la vida sexual. Eso es otra trampa. Me siento liberada porque ya no estoy en el mercado del sexo». De la misma forma, en Done, una mujer de cierta edad (interpretada por Mercedes Sampietro) le dice con satisfacción al terapeuta, que le pregunta si sigue manteniendo relaciones sexuales con el marido, que «en eso sí que no ha podido conmigo. Me hago la muerta. Resistencia pasiva. Le digo que se me ha secado la vagina. No sé si me cree, pero hace tiempo que no insiste». Significativamente, todas las relaciones sexuales que se inscriben en la película de Colell (con la única excepción de las lesbianas) equivalen a prostitución: la diégesis desarrolla un obvio paralelismo entre la prostituta, que consigue un piso y una mensualidad fija, fingiendo amor y orgasmos,

 

 

 

 

 

 

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y su vecina, que para conseguir dinero del marido finge desearle y gozar del sexo [Imagen 38 y 39].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

38. La prostituta finge un orgasmo con su cliente (Done, Judith Colell, 2000).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

39. La vecina finge un orgasmo con su marido (Done, Judith Colell, 2000).

 

Para deconstruir los paradigmas culturales sobre la edad, estos mismos relatos utilizan también el cuerpo del hombre. Por un lado, el varón joven se presenta como figura fundamental en el intercambio sexual, para mostrar que una mujer mayor puede seguir siendo atractiva: es lo que ocurre, por ejemplo, en Em dic Sara o en Lo más natural. En otros casos, las cineastas incluyen cuerpos masculinos ya no jóvenes para desmitificar el encanto del hombre maduro: así parecen equilibrar y compensar la injusticia de las normas culturales subrayando que, en realidad, la biología ha favorecido a la mujer, ya que no necesita una erección para el coito. La cámara de las cineastas muestra cuerpos masculinos de cierta edad (muy

 

 

 

 

 

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poco en forma) para enfatizar la falta de atractivo de su apariencia, y para revelar que la edad afecta a la capacidad sexual del hombre más que a la de la mujer: los ejemplos son numerosos.

 

En Done, mientras que el personaje femenino interpretado por Mercedes Sampietro empieza una nueva relación con un hombre de su edad, su exmarido se esfuerza para satisfacer sexualmente a la joven prostituta de la cual se ha enamorado. La directora expone el cuerpo del hombre de una manera poco dignificante, en una escena de cama en la cual él piensa que está dando placer a la mujer. Sin embargo, un primer plano de la expresión de ella demuestra que está aburrida y molesta por la pobre actuación de su cliente.

Lo mismo ocurre en Flores de otro mundo, película que se ha encasillado en la temática del cine sobre la inmigración, pero que explora también otra problemática, la de los conflictos generacionales. El fracaso de la relación de Milady con Carmelo no se debe solo a razones de incomunicación entre razas diferentes, como la crítica ha sugerido, sino también a la falta de entendimiento entre generaciones: Milady y Carmelo se llevan más de treinta años. Cuando la cubana llega al pueblo, su exuberante juventud y los tonos vivos de su ropa contrastan con la falta de color del paisaje, con la piel amarillenta y arrugada de los viejos sin dientes que la observan y con el pelo gris de Carmelo. El pasodoble que el español intenta enseñarle a la cubana —que como veremos disfruta más de la música discotequera— no le es ajeno por ser un baile «extranjero» sino más bien por ser para gente de otra edad. Cuando él la lleva a la cama por primera vez, parece evidente que Milady no quiere que se desnude. Así consigue que Carmelo alcance un orgasmo prematuro con la simple estimulación de sus genitales a través del pantalón. Esta secuencia incide también en la falta de control eyaculatorio del cincuentón [Imagen 40].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  El cuerpo del hombre maduro: falta de control eyaculatorio (Flores de otro mundo, Icíar Bollaín, 1999).

 

Un diseño parecido emerge en la adaptación de Pilar Távora de Yerma (1999), a pesar de que en este contexto el problema sexual relacionado con la edad del hombre no es precocidad orgásmica, sino ausencia de libido. Si en la obra lorquiana la falta de deseo sexual de Juan se debía fundamentalmente a su obsesión con el trabajo, el hecho de que Távora elija a Juan Diego (con casi sesenta años), para el papel de marido de Yerma, añade a la diégesis otro elemento, con otras implicaciones: la edad de Juan es la causa de su falta de apetito sexual y de la «esterilidad» de Yerma.

 

En Elegy (Coixet, 2008), es precisamente esta diferencia de edad lo que hace imposible la relación entre los dos protagonistas. En esta película, el cuerpo joven y perfecto de Penélope Cruz se expone y se transforma en espectáculo, objeto de las miradas voyeuristas del protagonista y del público. Sin embargo, el final del relato problematiza precisamente dicho espectáculo. Elegy realiza una deconstrucción de la reificación del cuerpo glamuroso al representarlo cuando enferma. La belleza de la protagonista y su juventud habían constituido su primer atractivo, pero también habían sido la causa de la inseguridad del hombre mayor que la amaba y la razón de la ruptura de su relación. Su historia vuelve a ser posible solo cuando el cuerpo de la protagonista tiene que ser mutilado por un cáncer de mama: «Ahora yo soy mayor que tú», afirma ella. Al dejar de ser glamurosa, la protagonista se hace visible. Del cuerpo anterior solo quedan las fotos sacadas antes de la cirugía. Ya ha dejado de ser fetiche.

 

 

El cuerpo enfermo

 

 

 

 

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Como ya he comentado, Gary Cooper, que estás en los cielos… (1980) tal vez sea la película más autobiográfica de Pilar Miró, por narrar la historia de una exitosa directora, Andrea, cuya carrera —y vida— es amenazada por una grave enfermedad. Como su alter ego cinematográfico, Miró también tuvo que lidiar con un cuerpo que la había «traicionado», en palabras de la protagonista de su largometraje, llevándola al quirófano durante la época de su mayor éxito profesional [Imagen 41].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  El cuerpo enfermo: Andrea mira en el espejo el vientre que la traiciona (Gary Cooper, que estás en los cielos…, Pilar Miró, 1980).

 

Andrea, cuyo nombre es una obvia alusión a su «masculinidad», consigue hacer carrera en un mundo fundamentalmente hostil hacia la mujer, logrando el respeto de sus compañeros de trabajo, también de los más machistas, al actuar como hombre. Viste con ropa poco femenina, habla con seguridad y decisión, es independiente, y renuncia a lo que se define tradicionalmente como femenino (una familia), por lo tradicionalmente masculino (una carrera profesional). Llega incluso a conseguir domar su cuerpo de mujer, doblegándolo a sus propias exigencias laborales, al hacer coincidir las interrupciones de sus embarazos con el final de sus producciones.

 

Sin embargo, si actúa como hombre, tiene que rendirse frente a la inevitable realidad biológica de que es mujer. Esta toma de conciencia, que

 

 

 

 

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evoca las discusiones entre feminismo de la primera ola y feminismo de la segunda, se hace aún más poderosa porque Miró elige para su protagonista una enfermedad que solo puede padecer una mujer: una mola maligna de la placenta (producto anormal de una gestación), que marca su cuerpo sexuándolo como femenino y que paradójicamente le impide poder engendrar. Como señala Kathleen Vernon,

 

bajo la perversa lógica de punición de la película, el cáncer enfrentará a Andrea con una realidad en la que ella es ante todo un cuerpo, un cuerpo de mujer antes que nada […]. Una mujer que ha tenido un aborto se castiga con un embarazo maligno, la amenaza de la esterilidad y la muerte. Ella, que controla el aparato de reproducción mecánica, ahora será controlada por un aparato médico masculino (2002: 109-110).

 

A lo largo de las cuarenta y ocho horas en que se desarrolla la historia, los dos días que preceden a la intervención quirúrgica, Andrea intenta mantener el dominio de su cuerpo —de una manera casi ritual— a través del control sobre unos objetos que se posicionan como iconos de su sexo (una urna de arcilla, las tuberías de su baño, etc.) y de su fertilidad (unos huevos y un vaso de leche). Va a una subasta y consigue, después de una larga contienda con un hombre, adquirir una urna. Desplaza su cuidado desde su útero enfermo a este frágil recipiente, que guarda entre las manos, al salir de la subasta, con delicadeza y cariño. Como ocurría con el tiesto en La petición, esta vasija de arcilla tan quebradiza como su útero funciona como un sucedáneo de su sexualidad. Sin embargo, no tiene poder sobre ella, puesto que, si consigue obtenerla, no la puede pagar. De una manera análoga, intenta ella sola arreglar las tuberías de su baño, pero el grifo sigue sin funcionar[173]. O más aún, como ya he indicado, la noche anterior a la operación, cuando prepara la cena, termina por sacrificar poderosos símbolos de fertilidad —unos huevos y un vaso de leche— tirándolos por el fregadero[174].

 

Ante la evidencia de que ya no tiene el control de sí misma, Andrea, literal y simbólicamente, ha de acudir a los demás. Empieza por hablar con su propio cuerpo, delante del espejo, rogándole que no le haga «esta putada». Luego pasa a los afectos más cercanos —la madre y el compañero—, que sin embargo le fallan como interlocutores. Resulta evidente que «la película es un vehículo para denunciar la soledad de la mujer como único pago a su lucha por mantenerse independiente y segura

 

 

 

 

 

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de sí misma y por escapar del papel tradicional de víctima» (Ballesteros, 1995: 5). No le queda más remedio que recurrir a unos entes superiores, los tres articulados como poderosos símbolos patriarcales, tres «Padres en los Cielos».

 

El primero es el actor Gary Cooper, cuya presencia en el filme ha sido leída unánimemente por la crítica como un símbolo de «antihéroe», un hombre que rechaza «actitudes de poder y conocimiento, tradicionales en otros prototipos masculinos de Hollywood y que, a diferencia de los protagonistas masculinos que conviven con la protagonista, se presenta (según la propia clasificación de Miró) como “un hombre íntegro, coherente y honesto”» (Ballesteros, 1995: 9). Sin embargo, hay que destacar que Andrea guarda la foto del actor (que invoca como si fuera un «Dios Padre») en un baúl de recuerdos de su infancia, junto a la foto de otro padre, el suyo, vestido con su uniforme de general. Más allá de las simpatías que el actor pueda suscitar, su personaje —en la foto vestido de cowboy con pistolas— también es un icono poderoso del wéstern —el género masculino por antonomasia— y de Hollywood, contra cuyo dominio la misma Pilar Miró había estado luchando.

 

Andrea pasa luego a su primer novio, Bernardo, con el cual tuvo una historia que terminó de la manera más tradicional: él no podía estar a la altura del espíritu independiente de ella y termina por casarse con una amiga de Andrea. Me parece significativo que Miró haya elegido para este personaje el nombre de un santo que asiste y refugia a los extraviados. De hecho, Bernardo será el que acompañará a Andrea hasta el quirófano. Aún más significativo es su trabajo: es un arquitecto restaurador de iglesias. El símbolo de la restauración —que Miró retomará en El pájaro de la felicidad— tiene aquí connotaciones de «conservar» y «recomponer» (¿el statu quo representado por la Iglesia?).

Pero la mayor invocación es a un tercer «ente superior», a otro «Dios Padre»: la medicina. Andrea se entrega completamente a las manos de su médico, que por su prepotencia no difiere de los que encarnan la autoridad patriarcal del discurso científico de las películas analizadas anteriormente. Rikki Morgan pone en relación la mirada del doctor con la mirada cinemática. La mirada fílmica reifica el cuerpo postrado de Andrea enfocándolo por medio de unos planos detalle de los pies y de las rodillas durante el examen pélvico, y de su útero «reducido a una deshumanizante imagen escaneada en la pantalla del monitor. Estas imágenes —más tarde

 

 

 

 

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(literalmente) reflejadas en la contemplación de su propio cuerpo en el espejo— encarnan el vínculo conceptual entre la mirada cinematográfica y la mirada controladora de la conciencia dominante» (1999: 187).

 

Si al principio de la película Andrea había conseguido controlar al ginecólogo, y hasta enfrentarse a él, quejándose del hecho de que «ni siquiera puedo opinar», no es así ante la inminente operación. Tumbada en la camilla, con el cuerpo desnudo tapado por una simple sábana verde, en un estado de absoluta vulnerabilidad, Andrea tiende sus brazos al hombre que la va a operar en un gesto de rendición. La película termina congelando en la última imagen esta postura dramática [Imagen 42].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Simbólica rendición de la mujer al poder masculino de la medicina (Gary Cooper, que estás en los cielos…, Pilar Miró, 1980).

 

Cabría aquí preguntarse si este final señala (en el contexto de escisión y de desencanto del movimiento feminista durante las Jornadas de Granada de 1979) una derrota femenina o el principio de un renovado intento de compromiso con el hombre[175].

 

El mismo tema de la mujer enferma de cáncer de ovarios reaparece en Mi vida sin mí, de Isabel Coixet (2003). Sin embargo, para Ann, una joven que limpia por la noche la universidad donde no ha podido estudiar, y que, por haber tenido su primera hija cuando solo tenía 17 años, no ha podido desarrollar su vida, no hay ninguna esperanza. Le quedan únicamente unos meses de vida. En este tiempo, Ann planea, primero, mantener el control de su cuerpo, impidiendo que la medicina lo secuestre para sus pruebas y

 

 

 

 

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análisis. Segundo, quiere satisfacer unos deseos físicos básicos, todos significativamente relacionados con el sentido del tacto: sentir la lluvia en su piel, la tierra mojada bajo sus pies; acariciar la cara hirsuta de su padre; abrazar al amante; acurrucarse con las niñas en la cama. Y tercero, planear su vida sin ella: buscar una nueva mujer para su marido, y grabar en unas cintas mensajes y consejos para todos a los que ama[176].

 

A diferencia de los médicos de las películas estudiadas anteriormente, el de Coixet teme mirar a su paciente a la cara. Ann consigue controlarlo: en lugar de medicamentos le pide caramelos, y lo involucra en su diseño de «su vida sin ella», por medio de las grabaciones que el médico tendrá que entregar a sus niñas en cada cumpleaños. A nivel simbólico, Ann triunfa donde Andrea falla: tiene el control del aparato de reproducción mecánica (las cintas), y utiliza el aparato médico para mantener un control sobre su producción biológica (sus hijas). En cambio, la paciente de Miró «viola el último tabú, reclamando el poder de la reproducción mecánica frente al dominio biológico natural de la reproducción femenina» (Vernon, 2002: 109).

 

En un contexto en el cual Almodóvar nos ha enseñado que hasta el cuerpo de la mujer en coma puede ser erótico para la mirada masculina y que nunca puede estar a salvo de la violencia fálica —en otras palabras, que la mujer sigue siendo un cuerpo, también cuando el cuerpo no vive (o está en estado vegetal, como se verá en el siguiente capítulo, en mi análisis de Hable con ella)—, Isabel Coixet imagina la posibilidad de prescindir del cuerpo. Gary Cooper, que estás en los cielos… terminaba con una total rendición de la mujer frente al médico. La vida profesional de la protagonista dependía de un cuerpo que la traicionaba y abandonaba. En Mi vida sin mí, en cambio, esta dependencia y esta rendición se superan. Si en Elegy la mujer consigue ser visible precisamente cuando su cuerpo deja de serlo, en Mi vida sin mí la protagonista planea una presencia más allá de la vida. Tal vez se trate de una poderosa metáfora del futuro de la imagen femenina en la pantalla: una representación y un discurso que van más allá de la reificación del cuerpo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 5

 

 

Violencia

 

 

 

 

En este capítulo me centro en la relación entre violencia y representación (en la representación de la violencia y, a la vez, en la representación como violencia), relación que no puede prescindir de consideraciones de género, puesto que, como mantiene Teresa de Lauretis (1990b), la violencia se sexúa y se engendra en la representación.

 

Antes de nada, como premisa, me parece necesario indicar los diferentes tipos de violencia (contra la mujer) que se despliegan en el cine. Primero, la violencia de la propia industria cinematográfica, industria que ha victimizado —literal y simbólicamente— a las mujeres, al excluirlas por lo general de cualquier área diferente de la actuación: los datos del volumen Cine y género en España: una investigación empírica (2010), coordinado por Fátima Arranz, son suficiente botón de muestra de esta situación, de la cual me he ocupado en el primer capítulo de este libro.

Segundo, la violencia del canon (y de sus historiadores), que ha silenciado el corpus fílmico femenino, corpus que solo recientemente se ha ido reivindicando. Como se ha visto, desde Juan Antonio Cabero al Cervantes Virtual, la producción de las mujeres ha sufrido una obliteración sistemática, que ha alterado la historia del cine español, la cual, en última instancia, aún es la historia del cine español masculino.

 

Tercero, la representación de la violencia y su relación con el referente externo. La reconstrucción fílmica del acto violento para la satisfacción de la escopofilia del espectador (o, como se ha visto, de la espectadora) difiere de la violencia que ocurre fuera de la pantalla (la violencia real, histórica, actual o «de ahí afuera», en palabras de Nancy Armstrong, 1989). Una vez asumido que hay diferencia entre la violencia real y su traducción fílmica, ¿cuál es la relación entre las dos?, ¿es la representación de la violencia en el cine la causa de la violencia en el mundo real o, por el contrario, es la violencia real la causa de la violencia en el cine?

 

 

 

 

 

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Cuarto, la violencia contra el público; el cine engaña a los espectadores, forzados —o encadenados, según la alegoría de Platón estudiada por Jean-Louis Baudry (1978)— a presenciar una ilusión de realidad: «El prisionero de Platón es víctima de una ilusión de realidad; es decir, para más precisión, de lo que se llama alucinación cuando se está despierto y sueño cuando dormido; es víctima de la impresión, de la impresión de realidad» (1978: 30-31). Si los «espectadores» de Platón eran hombres por defecto, como ya he indicado anteriormente, la violencia atañe en particular al público femenino.

 

Y, finalmente, en quinto lugar, la violencia de la representación. El concepto de representación apunta al hecho de que lo que se ve es una fabricación y no algo verdadero. Sin embargo, por su tendencia al realismo, el discurso fílmico comercial encubre dicha construcción, la disimula y la presenta al público como verdad. La capacidad del discurso fílmico de naturalizar y de crear una ilusión de realidad ha sido de hecho una de las preocupaciones centrales de la teoría fílmica feminista, y uno de los primeros objetivos en la deconstrucción del discurso cinematográfico hegemónico. La violencia de la representación no es solo lo que Kuhn define como lo específicamente cinematográfico (las características formales que enfocan, encuadran o fragmentan el objeto de la escopofilia), sino también la violencia del discurso y de sus construcciones (violencia que ha creado la Mujer eterna y que ha naturalizado su fabricación). Como sugiere a este propósito Mary Nash:

 

Las representaciones culturales han sido decisivas en la construcción de nuevas identidades dentro de la sociedad contemporánea. Podemos considerarlas como uno de los ejes de la construcción sociocultural de la diferencia, del «otro», del colectivo social diferente. Dentro de este contexto, el estudio sobre las representaciones culturales de género, como discurso central en la construcción de la contemporaneidad occidental, aporta luz sobre los mecanismos socioculturales que actúan en la negación continua de las mujeres como sujetos políticos e históricos. Las representaciones culturales juegan así un papel decisivo en tanto que mecanismos de subalternidad, aunque pueden también actuar como formas de resistencia (2006: 40).

 

En este capítulo me acercaré a la relación entre representación de género y violencia contra la mujer a través del estudio de películas dirigidas por hombres y mujeres —tan diversas como Irréversible (Gaspar Noé, 2002), Hable con ella (Pedro Almodóvar, 2002), Solo mía (Javier Balaguer, 2001), El crimen de Cuenca (Pilar Miró, 1979), Tu nombre envenena mis

 

 

 

 

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sueños (Miró, 1996), Te doy mis ojos (Icíar Bollaín, 2003), Palabras encadenadas (Laura Mañá, 2003) y María la Portuguesa (Dácil Pérez de Guzmán, 2001)— para indicar cuáles son las diferentes estrategias de inscripción y de elisión de la violencia en el cine, y cuáles son las implicaciones de estas diferentes formas de escenificación del acto violento.

 

 

 

Violencia y representación

 

The Great Train Robbery (Edwin S. Porter, 1903) —cinta que se inscribe en la historia del cine como la primera película de contenido narrativo, privando al cine femenino de este mérito[177]— termina con una toma de «meros efectos sensacionalistas», según Eisenstein (1942): el primer plano de un bandido que, al mirar directamente a la cámara, dispara a sus perseguidores y, metonímicamente, al público [Imagen 43]. Para Eisenstein, este primer plano no tiene la misma función «significativa» que los de D. W. Griffith, sino que cumple una función simplemente efectista. Si la trama de The Great Train Robbery se hilvana a través de planos generales y de planos medios, este primer plano no encaja con el tejido fílmico del resto de la película, al implicar un salto visual extrañante. De hecho, se concibió originalmente como una secuencia extradiegética, que no pertenecía al resto de la historia y que el operador podía poner tanto al final como al principio de la cinta. Sin embargo, es precisamente la naturaleza extrañante de este plano lo que, a mi entender, constituye un colofón denso de sentido, por ser una imagen que apunta explícitamente a la relación semiótica y metacinematográfica entre cine y violencia: tal vez no sea accidental que el verbo inglés to shoot tenga las dos acepciones de «disparar» y «rodar». Mientras la cámara dispara/filma al bandido, el bandido mira/dispara al público. La representación de la violencia se convierte en una articulación de la violencia de la representación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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43. Disparar/filmar (The Great Train Robbery, Edwin S. Porter, 1903).

 

Desde los comienzos del séptimo arte, la violencia es parte integrante del imaginario fílmico: para D. W. Griffith, «las películas tienen un apetito voraz por la violencia, al igual que los humanos; la violencia es intrínseca a la naturaleza del cine y a la naturaleza humana» (Rothman, 2001: 39). Muy pronto se condena el cine acusándolo de producir efectos perniciosos en la sociedad. Los detractores de la representación fílmica de la violencia argumentan que es responsable de un incremento de la brutalidad real. Este argumento ha servido para justificar numerosas formas de control de la imagen fílmica prácticamente desde los inicios de la industria cinematográfica. En España, «la censura cinematográfica viene practicándose desde los primeros días del cine en virtud del Reglamento de Policía de Espectáculos de 2 de agosto de 1886 (Gaceta de Madrid, del 5). Sin embargo, y como ocurre con las medidas de seguridad, cada vez son más quienes piden una normativa censora específica» (Díez Puertas, 2003: 218-219). En los Estados Unidos, ya en 1909, un grupo reformista de Nueva York (The People Institute) funda el National Board of CensorshiSus normativas se basan en ocho prohibiciones, de las cuales dos se refieren directamente a la representación de la violencia[178]. La Corte Suprema de los Estados Unidos llega a fallar que el cine es «capaz de hacer daño y tiene el poder para hacerlo» (Rothman, 2001: 38). En España, pocos años después, el Real Decreto del 19 de octubre de 1913 establece la censura previa de películas en toda la península. En 1921, para un proyecto presentado por el Consejo de Protección a la Infancia, los diputados mauristas alegan un texto del jurista Montero de los Ríos, con la

 

 

 

 

 

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intención de demostrar que el cine provoca trastornos en los jóvenes. El texto argumenta que «algunos procesos se siguen en la actualidad por hechos cometidos por autores víctimas de tan fatal sugestión, y en estos mismos días se produjo gran alarma en Salamanca porque se descubrió que unos niños, impresionados y subyugados por las hazañas de un héroe de película, se disponían a envenenar las fuentes públicas» (Díez Puertas, 2003: 223).

 

Poco ha cambiado la situación cincuenta años después. En los Estados Unidos, durante la administración de Nixon, el United States Surgeon General publica un informe que respalda de manera «científica» la percepción de que la violencia en los mass media insensibiliza al público, incitándole a reproducirla en situaciones reales (Howitt y Cumberbatch, 1975). En Francia, el dossier «Médias et violence» en los Cahiers de la sécurité intérieure de 1995 defiende la misma tesis. Olivier Mongin comenta a este propósito que «este movimiento de insensibilización frente a la violencia es partícipe, paradójicamente, de una sociedad en la que la violencia se ha vuelto hipersensible» (1998: 19).

En este contexto, Catharine MacKinnon (1988 y 1993) y Andrea Dworkin (1987 y 1988) emprenden una lucha contra la violencia y la pornografía —que se extiende a una crítica en contra de cualquier representación de escenas explícitamente sexuales en la pantalla—, equiparando la imagen con la acción y la representación de la violencia con la violencia misma. Bajo el lema de «Decirlo es hacerlo. Hacerlo es decirlo» (To say it, is to do it. To do it, is to say it), Dworkin y MacKinnon redactan una ordenanza para la ciudad de Minneapolis, que define la pornografía como discriminación contra la mujer, para permitir así que las víctimas de abusos sexuales puedan demandar a la industria pornográfica. Como era de esperar, la propuesta no prospera. Según comenta mordazmente Carlin Romano (1993) en un artículo en The Nation, cuando Catharine MacKinnon en Only Words (1993) aboga por la prohibición de la pornografía identificándola con la violencia sexual, parece no entender la diferencia entre ser expuesta a la representación del sexo y ser violada. El problema fundamental de los grupos antiporno es no querer distinguir entre la representación de una acción y la acción misma (Diamond, 1985). En cambio, para los grupos feministas pro-sex, o sex-positive, la pornografía es una forma de libertad sexual, y la libertad sexual es un componente imprescindible de la libertad femenina[179].

 

 

 

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Por su parte, los defensores de la puesta en escena del acto violento abogan por la libertad de expresión[180]; afirman que «la poesía de la violencia ha sido siempre parte de la expresión artística» (Pisters, 2003: 80); aseveran que el cine violento condena la violencia; y hasta destacan que es la violencia real lo que tiene un impacto en el cine y no viceversa. David Slocum (2000 y 2001), por ejemplo, no se limita a afirmar que el cine refleja lo que ocurre en la sociedad —y que a épocas de mayor violencia corresponden películas más violentas— sino que llega a sostener que es la violencia en la sociedad la que determina la propia normativa estilística, el tipo de producciones dominantes, las prácticas de exhibición y hasta las tecnologías cinemáticas[181]. La historia de la violencia plasma, según Slocum, la historia del cine.

 

Una aproximación análoga es la de Marsha Kinder. En Blood Cinema (1993), la estudiosa norteamericana argumenta que el cine español se caracteriza por un uso excesivo de escenas gráficas de brutalidad, al ser reflejo de una nación cuya historia ha sido marcada

 

por una guerra civil fratricida con repercusiones sangrientas; por el largo período del franquismo que hizo glamurosa la muerte; por una profunda inmersión en las convenciones de la contrarreforma que fetichizó las heridas sangrantes de Cristo y de otros mártires; y por una «Leyenda Negra» de crueldad y violencia que se remonta a la Inquisición y a la Conquista, que los españoles han tratado de superar durante los últimos quinientos años (1993: 1).

 

Es más, según Kinder, en el cine español, la omisión de la violencia correspondería paradójicamente a una estética fascista, mientras que su inclusión se asociaría primariamente con el cine de oposición y su denuncia de la brutalidad y de la tortura escondidas bajo «la belleza superficial de la estética fascista y neocatólica» (1993: 138). Por último, Marsha Kinder sexúa dichas conclusiones, manteniendo que si la mujer en el cine franquista se idealiza en modelos de delicadeza y fragilidad que necesitan la protección masculina, en la producción de la oposición la mujer es a menudo la víctima preferida de la brutalidad del hombre. Aludiendo a la metáfora de Molly Haskell (1974) que se ha visto en el capítulo primero de este libro, el franquismo reserva a la mujer la «reverencia» y el cine antifranquista la «violación». En definitiva, en la representación, no hay distinción entre las dos, puesto que ambas representan diferentes estrategias en la construcción de la Mujer como

 

 

 

 

 

 

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creación patriarcal: un ser eterno inviolable que hay que proteger y controlar, o un ser peligroso y culpable que hay que castigar.

 

 

La representación de la violencia[182]

 

Sin pretender agotar la posibilidad de cubrir exhaustivamente una teorización del tema, me propongo explorar, en las siguientes páginas, algunas de las más recurrentes aproximaciones a la violencia contra la mujer en el cine contemporáneo, para estudiar qué estrategias cinematográficas la denuncian y cuáles la legitiman, cuáles la sexúan y cuáles la desexúan, con el fin de señalar que dichas estrategias (y su interpretación) no pueden prescindir de consideraciones de género. Lo que me propongo, por lo tanto, no es una lectura literal —o «superficial» según el sentido que le da a este término Annette Kuhn (1982)— de la representación fílmica de la violencia contra la mujer, sino un estudio de cómo funciona lo «específicamente cinematográfico» (Kuhn) en relación con la mirada espectatorial forjada (y engendrada) por el discurso fílmico y por su contexto.

 

En primer lugar, me referiré a la modalidad de representación más frecuente y evidente en el cine: la inscripción explícita de la violencia, gráficamente registrada por la cámara. Dicha inscripción puede tener objetivos opuestos: o bien estimular el sadismo de la mirada voyeurista del espectador, como ocurre, por lo general, en el porno violento, o bien provocar al público y producir rechazo. En este último caso, como ilustraré en breve, la mirada espectatorial no es necesariamente «masculina». La víctima no es objeto de la mirada sadovoyeurista del hombre, como diría Mulvey (1975), ni del masoquismo de la espectadora, como señalan Doane (1982) o Kaplan (1983), sino objeto del sadismo de su violador con el cual el/la espectador/a no se identifica necesariamente. En otras palabras, la sexuación de la mirada espectatorial no está predeterminada por las reglas freudianas o lacanianas de la formación del sujeto, sino que está establecida por el discurso fílmico —por su construcción ideológica— y de ahí que se vincule más bien a la teoría del sujeto trazada por Althusser.

 

En segundo lugar, me centraré en los discursos que ocultan la violencia del texto fílmico. La brutalidad se hace invisible por medio de su

 

 

 

 

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naturalización, disfrazándola de erotismo o escondiéndola tras el humor. Estaríamos por lo tanto ante casos de representación sui generis, puesto que la violencia no se posiciona dentro del texto cinematográfico sino que reside en su interpretación (según una lectura feminista). Este caso de naturalización corresponde a los parámetros del cine hegemónico postulados por Laura Mulvey, por los cuales la mujer es construida como objeto de lo que he definido anteriormente como la «trinidad» voyeurista (y sádica) del director, del protagonista y del espectador —los tres eminentemente masculinos. Como dice Amelia Valcárcel, «declarar “natural” una desigualdad tan patente ha hecho comodísimo no tener que tomarse nunca en serio la igualdad humana» (1994: 11).

 

En tercer lugar, me aproximaré a ejemplos en los cuales se invierten los papeles que posicionan a la mujer como sujeto del acto brutal, evocando así en gran medida el miedo ancestral del hombre hacia la mujer, que tiende a desexuar la violencia. Bastante recurrentes son las expresiones de violencia que llamaría «medéica»: la mujer toma la venganza en sus manos y de víctima se transforma en verdugo, adquiriendo, de esta manera, una posición masculina. Estos ejemplos corresponden, como veremos, a una visión desexuante que hace invisible la diferencia de género.

Y, finalmente, estudiaré unas modalidades de representación que eliden la violencia, y se centran en cambio en sus consecuencias. En términos lacanianos, la traza de la brutalidad física, articulada a través de una constante amenaza, desarrolla una denuncia más poderosa que su inclusión misma. Asimismo, el voyeurismo y el narcisismo no constituyen ya experiencias escopofílicas de derivación preedípica, sino prácticas estrictamente determinadas por las relaciones sociales de poder entre sexos.

Centraré mi atención en unas películas no solo como relatos fílmicos sobre la representación de la violencia, sino también como textos sobre la violencia de la representación. Teniendo en cuenta el poder del lenguaje cinematográfico —lo que Giulia Colaizzi define como una fuerza «de persuasión no suficientemente cuestionada» que tiene «efectos extremadamente poderosos (y virtualmente perniciosos)» (2001: v)—, estudiaré cómo estos textos desafían las representaciones hegemónicas de la violencia y qué alternativas ofrecen.

 

 

 

 

 

 

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Exhibir la violencia

 

En los años 80 y 90, entre los discursos críticos con las propuestas teóricas y prácticas de Laura Mulvey, para la cual un cine feminista no podía ser ni placentero ni narrativo, figuran los provocadores Pleasure and Danger (1984) de Carol Vance y Hard Core (1999) de Linda Williams[183] que critican la retórica antipornográfica que afirma —como se ha visto— que toda expresión sexual es masculina e inherentemente sádica y que reprimen así cualquier forma de deseo escopofílico de la mujer (tanto lesbiano como heterosexual). Más aún, lamentan Vance y Williams, al descartar cualquier muestra de sexo y de violencia —por identificar la violencia con su representación—, las aproximaciones antiplacer y antiporno anulan la posibilidad de una denuncia de la violencia por medio de su reproducción en la pantalla.

 

Según lo que propone Diana Russell (1993), hay que distinguir entre las representaciones realistas de violencia, que tienen la intención de ayudar a que los espectadores entiendan la agonía vivida por sus víctimas, y las representaciones que apoyan, aprueban y animan dichos deseos y dichos comportamientos (1993: 4). A pesar de que la posibilidad de determinar las «intenciones» del director —que además no es el único autor de una película, según se ha visto en el segundo capítulo de este libro

 

— es un ejercicio un tanto insostenible, dicha apertura hacia lo sexualmente explícito tiene (más allá de las intenciones de sus creadores) una clara validez, puesto que lo menos explícito puede llegar a ser más abusivo y más degradante que su gráfica visualización en la pantalla.

La película francesa Irréversible (2002), dirigida por Gaspar Noé, constituye un ejemplo muy útil a la hora de hablar de estrategias que denuncian la violencia por medio de su inscripción. Su diégesis gira alrededor de la cruenta violación de una mujer embarazada, eje narrativo situado simbólicamente en el centro del texto fílmico.

La cinta pertenecería al género de violencia-y-venganza (el marido se venga de la violencia de la cual su mujer ha sido víctima) si no fuera por el montaje: el filme empieza por el final de la historia (o sea, por la venganza) y termina por el principio (cuando la mujer descubre que está embarazada). La inversión en la representación del orden de los acontecimientos produce un efecto extrañante y opuesto al resultado alcanzado por las películas tradicionales de este género. El público no se

 

 

 

 

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encuentra sometido al deseo mimético de represalia del protagonista porque, cuando se lleva a cabo, la venganza es inexplicable para el espectador, que todavía no ha visto la violación. Aún más extrañante es el hecho de que la venganza resulte no tener sentido, porque quien muere no es el violador sino un hombre que no está implicado en el delito. La película condena tanto la violación como la violencia de la venganza.

 

Gaspar Noé sexúa el objeto de la violencia y al sujeto que la observa. La víctima es representada según las condiciones de desventaja y vulnerabilidad que caracterizan la experiencia femenina. La violación se consuma porque, a pesar de ser mujer, la protagonista sale de una fiesta sola, por la noche, sin la compañía del marido; porque, por como está vestida, es tomada por una prostituta; porque entra en un pasaje subterráneo sin iluminación; y porque, a pesar de intentar defenderse, nada puede hacer ante la superioridad física del agresor.

De la misma forma, el espectador (que hasta ahora he definido según la forma masculina) se «engendra» como femenino al sentirse forzado por las estrategias cinematográficas a vivir la experiencia de la víctima. La larga secuencia de la violación, de la cual ya el público ha visto —por el montaje inverso— el espeluznante resultado, pone literalmente a prueba la capacidad de mantener la mirada. Toda la escena es un plano fijo en el interior de un túnel oscuro que causa una sensación claustrofóbica[184]. La cadencia de la secuencia, sin pausas ni cortes, está marcada por el chillar angustioso de la víctima y por los movimientos rítmicos del violador encima de su cuerpo. La cámara fija a ras del suelo, a la altura de la cara de la mujer, produce una sensación de inmovilidad que encauza la mirada del público forzándole a la misma posición de subordinación. Más aún, cuando el agresor, al concluir el acto sexual, se ensaña brutalmente con la cara de la víctima, destrozándola a puñetazos y a patadas, el punto de vista se levanta del suelo —acompañando el intento de incorporarse de la mujer

 

— y capta esta segunda etapa de agresión desde un plano filmado con cámara al hombro (que registra las vibraciones y movimientos del operador). No se trata de un plano subjetivo, puesto que el plano nunca nos ofrece el punto de vista de la violada, pero tampoco objetivo, por tratarse de un plano que imita de cerca los movimientos de la víctima: una cámara humanizada, un vehículo a través del cual el público ve lo sucedido y se hace parte integrante de la escena.

 

 

 

 

 

 

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La reflexión sobre la mirada espectatorial se reitera por la breve aparición de una figura humana casi imperceptible al fondo del túnel, mientras la escena de la violación ocupa el primer plano: un peatón, voyeur accidental, como metáfora del propio espectador, baja al pasaje subterráneo, se queda mirando por unos breves instantes, y decide enseguida volver sobre sus pasos [Imagen 44]. Si Noé habla con esta breve aparición sobre el miedo —y la pasividad— de la sociedad frente a la violencia, también subraya el hecho de que esta secuencia de violación no apela al placer escopofílico ni al deseo de espiar. La violencia evoca unívocamente —tanto para el peatón en el túnel como para el público en la sala— miedo, horror y rechazo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  La violación en primer plano y el peatón-voyeur en el fondo (Irréversible, Gaspar Noé, 2002).

 

De ahí que, más que por una situación predeterminada en el inconsciente (e inevitablemente masculina), la experiencia del espectador está vinculada y establecida por el hecho fílmico puntual. Como comenta Ann Kibbey (2005), la aproximación de Mulvey ha añadido una justificación más a las racionalizaciones culturales de la violencia de los hombres contra las mujeres. La propuesta teórica de derivación psicoanalítica hace que la identificación del público con la mirada patriarcal sea inevitable, por el mero hecho de ser sujeto del placer escopofílico, sin tener en consideración que, en primer lugar, si el espectador en la sala se puede adherir a la mirada que le ofrece el director, también hay espacio para que la cuestione. En segundo lugar, si asume la mirada de la víctima, no tiene que ser necesariamente por placer

 

 

 

 

 

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masoquista (Doane, 1982; Kaplan, 1983), ni por una fuerza de atracción hacia la imagen materna preedípica evocada en la pantalla (Melchiori, 1988), ni por un contradictorio «doble deseo» (De Lauretis, 1984), sino también (o más bien) por una identificación con su situación y con su historia tal como la narra y la presenta la diégesis fílmica. Y, finalmente, como he intentado demostrar con el análisis de esta secuencia, el espectador asume una particular postura, no tanto —o no solo— por los mecanismos comunes a toda película (la sala oscura, el aislamiento entre los espectadores, el sentido de separación entre el público y la imagen en la pantalla, elementos que reconstruirían, según Mulvey, una vuelta a una situación preedípica), sino también —y sobre todo— por las técnicas discursivas, por la sintaxis fílmica, y por la fuerza ideológica de una película específica, elementos que no necesariamente canalizan la identificación (o complicidad) del público hacia el personaje masculino.

 

¿Qué ocurre cuando la víctima representada es un hombre, mientras que el sujeto de la mirada que crea el imaginario de violencia es una mujer? La película El crimen de Cuenca (Miró, 1979) constituye un ejemplo extremo de lo inaceptable que resulta para las instituciones hegemónicas que una mujer sobrepase los límites que la sociedad patriarcal le otorga en el campo de la creación[185]. Aunque la película se lea como una afrenta a la Guardia Civil en un momento todavía muy cercano a la dictadura, y más allá de que se trate de un alegato en contra de la tortura y a favor de la recuperación de la memoria histórica, no puede pasar desapercibido que las implicaciones de género inherentes a El crimen de Cuenca son, a mi entender, la causa principal de la reacción en contra de la película y de su directora[186]. Como sugiere Núria Triana Toribio (1998), el público español de la Transición está acostumbrado a escenas de brutalidad, como por ejemplo en Ana y los lobos (Carlos Saura, 1972), en Furtivos (José Luis Borau, 1975) o en Pascual Duarte (Ricardo Franco, 1975). Aun así, la reacción de los responsables del Ministerio de Cultura, que encienden la mecha, y de la crítica, que echa leña al fuego, se pueden explicar solo porque Miró se apodera de una mirada tradicionalmente masculina[187].

 

El crimen de Cuenca se transforma en la cinta de más atención mediática en la historia del cine español al ser «la primera película prohibida tras la desaparición de la censura» (Cambio 16, 24 de agosto de 1981). La reacción de la prensa y del mundo de la cultura frente al

 

 

 

 

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secuestro es inmediata y unánime: «Hubo editoriales, polémicas en la radio, y la firma de intelectuales reclamando “la inmediata exhibición de El crimen de Cuenca en su versión íntegra y sin cortapisas” porque lo contrario supondría “un gesto arbitrario, un abuso de poder, la demostración palpable de que la censura ideológica sigue vigente y, en definitiva, una medida anticonstitucional”» (Galán, 2006: 134). Pero más allá de denunciar la afrenta contra la libertad de expresión, hay cierta evidente complicidad —utilizando la metáfora de Oliver Stone— en intentar matar al mensajero o, mejor dicho, a la mensajera.

 

La película de Miró relata unos acontecimientos históricos ocurridos entre 1910 y 1926 en Osa de la Vega, en la provincia de Cuenca. Dos pastores, León Sánchez y Gregorio Valero, son acusados del asesinato de un compañero, José María Grimaldos, «El Cepa». La Guardia Civil —con la complicidad del juez, del diputado de derechas, Contreras, y del cura— consigue arrancarles una confesión por medio de la tortura. A pesar de su inocencia, y del hecho de que el cadáver del Cepa nunca llega a encontrarse, León y Gregorio son condenados a dieciocho años de cárcel, de los cuales cumplen siete. Al final de la historia, el Cepa aparece vivo. Los intentos de Contreras de ocultar la noticia terminan fracasando y se reconoce la inocencia de León y de Gregorio cuando ya es demasiado tarde para condenar a las autoridades responsables de su calvario.

 

Pilar Miró alterna hábilmente varios registros para diferentes enfoques diegéticos: el discurso objetivo y distante de la reconstrucción de acontecimientos históricos (por medio de rótulos y fechas) se entreteje con la denuncia política (por medio de la representación gráfica de la violencia) y con el estudio de introspección psicológica de los personajes. Estos tres enfoques producen reacciones diferentes. Todavía antes de que se terminara la filmación, el tema histórico provoca los primeros ataques a Miró, cuando entre los ciudadanos de Cuenca se hace un llamamiento en contra de la película. Las acometidas adquieren tonos de orden misógino, y la directora llega a ser tildada de «bruja» (Diario de Cuenca, 22 de noviembre de 1979). Estas protestas sin embargo no prosperan. En cambio, la respuesta a la denuncia política de El crimen de Cuenca, que llega un día antes del estreno, da sus frutos. El 12 de diciembre de 1979, el Ministerio de Cultura suspende la emisión de la licencia de exhibición, alegando que algunas de las escenas del filme pueden constituir delito, y traslada el caso al ministerio fiscal. El Juzgado Militar Permanente dicta

 

 

 

 

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una orden de secuestro de la película, que se lleva a cabo sin ser notificada ni a la directora ni a Alfredo Matas, su productor. La misma Pilar Miró es sometida a un procesamiento por el tribunal militar, acusada de delito de injurias a la Guardia Civil. La cineasta vivirá unos meses de miedo y parálisis en el contexto amenazante del intento de golpe de Estado de Tejero, del 23 de febrero de 1981. La cinta se estrena por fin en agosto de ese mismo año.

 

Por lo que se refiere al tercer enfoque, el estudio introspectivo de los personajes, que para la misma Miró constituye el centro de la película y la parte más lograda, es en realidad lo que pasa más desapercibido de su trabajo. En una entrevista, la cineasta comenta que

 

lo fundamental de El crimen de Cuenca es contar cómo se puede llegar a destruir a dos personas, cómo se les puede llegar a convertir en dos animales, física y psíquicamente, a través de la aplicación de unos procedimientos salvajes. El tema central es la desintegración del ser humano, y coincidía que la película se podía constituir sobre unos hechos reales (El País, 16 de agosto de 1981).

 

Miró alterna un discurso tradicionalmente sexuado como masculino (la denuncia política y la representación de la violencia) con un discurso que corresponde a lo que se le atribuye típicamente a la mujer (el estudio de las emociones). La excesiva visibilidad de uno, sin embargo, invisibiliza completamente al otro. Aquel es causa de escándalo; este (como es de esperar con todo discurso femenino) es condenado al silencio, como la misma Miró había previsto. En una entrevista a Cambio 16 antes del estreno, Miró afirma que «la han destrozado […]. Todo el mundo irá a verla con los ojos manipulados, irán a ver la película del escándalo, la película de las torturas» (4 de mayo de 1980)[188].

 

A pesar de ser tildada como la película de las torturas, las escenas que representan la brutalidad física contra los dos prisioneros no llegan a sumar diez minutos. Los torturadores someten a Gregorio a una rueda de palizas, a amenazas con un hierro en el cuello y dentro de la boca, le afeitan violentamente con una cuchilla, y con unas tenazas le quitan pedazos de bigote. A León le arrancan las uñas y le cuelgan de unas tuberías por los genitales. Pese a lo evidentemente gráfico de estas imágenes, Antonio Doval Pais destaca que «la sobriedad se conserva en el aplomo que mantienen las víctimas hasta el final» (2005: 145). A mi entender, las escenas de tortura de esta película prescinden por completo

 

 

 

 

 

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del gusto meramente sádico de muchos productos fílmicos con los cuales se ha querido asociar la cinta de Miró. Las imágenes se plasman por medio de contrastes pictóricos de luces y sombras que evocan la técnica del chiaroscuro tenebrista. Implícitamente, la directora equipara a los torturados con los mártires representados en los cuadros de un Caravaggio, un Ribalta o un Ribera [Imagen 45]. Sin embargo, por lo general, la crítica se ensaña contra Miró por estas secuencias y denuncia que los actores sufrieron verdaderas heridas y contusiones durante la filmación: por ejemplo, se relató que Miró dejó a Cervino colgado de las tuberías con los testículos atados a una cuerda durante horas, incluso mientras el equipo se tomaba un descanso, «y que al regreso de la pausa, Pilar se le acercó para comprobar que la cuerda falsa que rodeaba sus genitales no era visible para la cámara, y que fijándose más en detalle en el cuerpo semidesnudo, chasqueó los dedos a la altura del pene, y le ordenó: “¡A ver si tenemos aquí un poco más de alegría!”» (Galán, 2006: 128). Estas anécdotas, que tenían como objetivo «demonizar» a Miró pintándola como una mujer insensible y violenta, desplazan paradójicamente la responsabilidad de los acontecimientos desde los torturadores históricos a la directora que los había hecho revivir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

45. Representación de la tortura en chiaroscuro (El crimen de Cuenca, Pilar Miró, 1979).

 

 

 

 

 

 

 

 

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Como apunta Núria Triana Toribio (1998), los ataques a Miró no proceden solo de los grupos conservadores, sino también de los ideológicamente más afines a la directora: «Miró, que solo siguió las directivas del cine de oposición y logró el objetivo deseado de llegar a las masas con su mensaje, parece haber sido condenada al ostracismo a causa de su éxito por algunos de sus críticos “compañeros de armas”» (1998: 237). Caparrós Lera (1992) y John Hopewell (1989) constituyen un buen botón de muestra del ensañamiento de la crítica —de derechas y de izquierdas— con el éxito de Miró. Caparrós, por ejemplo, habla del «mal gusto supino» de la secuencias de tortura y comenta la supuesta falta de honestidad de su guion: «[Miró] resucita una crónica negra de la España ancestral, que está “condimentada” por diversas escenas de sadismo, obscenidad, violencia atroz y un mal gusto supino […]. Pilar Miró ha compuesto un guion que pretende ser objetivo pero sabe a manipulación

 

  Sin entrar en la discusión de si es honesto o no sacar a la luz esos trapos sucios de nuestra “leyenda negra” peninsular» (1992: 204), Caparrós parece olvidar, como comenta Núria Triana Toribio, que la representación de la tortura (nada gratuita en esta película) difícilmente puede ser «de buen gusto» (1998: 238). John Hopewell, por su parte, comenta que «la composición artística y los tonos amarillentos y marrones de las escenas rurales dan a la película un aire de sadismo de suplemento dominical […]. Por encima de todo, las escenas de tortura son brutalmente reales, se componen de primeros planos agresivos y de imágenes estándar de tortura, como por ejemplo, la de arrancar las uñas» (1989: 143). Nadie se quejó por el mal gusto de las secuencias de brutalidad en las películas de Carlos Saura o de Ricardo Franco de la misma época; de ahí que se pueda argüir que a la crítica no le molestaba nada más que un factor: que se tratara de escenas concebidas por una mujer: «Solo se puede concluir que los factores clave que diferencian a El crimen de Cuenca de otras películas de su género en ese momento eran el sexo de su director, y su éxito arrollador» (Triana Toribio, 1998: 238).

A lo largo de su carrera cinematográfica y administrativa, Pilar Miró rompe los esquemas patriarcales una y otra vez. En esta cinta subvierte los parámetros del cine hegemónico por escenificar un imaginario de violencia; subvierte también los parámetros del cine de oposición por hacer que el objeto de la brutalidad sea el cuerpo masculino; es más, transgrede las normas tradicionales de representación, puesto que dicha

 

 

 

 

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brutalidad tiene como blanco nada menos que los atributos de la virilidad de los dos pastores (la barba, el bigote y los genitales). En definitiva, Miró vuelve a repetir la osadía iconoclasta —o mejor dicho «faloclasta»— de enseñar un pene flácido, osadía que le había causado problemas ya con su primera película. Se trata de un doble desafío, puesto que, según las normas del discurso fílmico hegemónico, como he señalado en el capítulo anterior, el desnudo masculino frontal está prohibido: el pene se enseña solo en el cine porno y en erección. Miró pagó caros estos atrevimientos, pero eso no le impidió seguir adelante con sus actos de subversión y con sus desafíos a las normas impuestas por la sociedad patriarcal y su cine.

 

 

Naturalizar la violencia

 

Uno de los éxitos comerciales del cine español de los años 90, la comedia Salsa rosa (1991), dirigida por Manuel Gómez Pereira, condensa en gran medida, en su secuencia inicial, los «mitos mortales de la violación», según Susan Brownmiller (1975: 311): 1) todas las mujeres quieren ser violadas; 2) ninguna mujer puede ser violada en contra de su voluntad; 3) la mujer se lo busca; 4) mejor que la mujer no oponga resistencia, sino que lo disfrute. El personaje femenino interpretado por Maribel Verdú provoca a un hombre con todo lo tópico: minifalda, escote y movimientos del cuerpo; al primer pellizco en la pierna no opone ninguna resistencia, sino que sonríe coqueta, y una vez asaltada consigue salvarse sin mucha dificultad gracias a la intervención de una vecina que desanima al violador atacándole con el contenido de las bolsas de la compra. Después del intento de violación las dos mujeres se abrazan sonriendo: no ha pasado nada serio y el violador, ridiculizado por los acontecimientos, queda como un personaje caricaturesco[189].

 

Si Salsa rosa es un ejemplo bastante obvio de trivialización de la violencia sexual, hay otros casos insidiosamente más sutiles. Hable con ella (2002) de Pedro Almodóvar es uno de ellos. La penetración del cuerpo de Alicia —penetración presentada por el discurso de la película como un gesto romántico de amor abnegado— se lleva a cabo sin el consentimiento de la mujer, ya que ella se encuentra en coma. Dicha violación no solo no se condena (a pesar de que el benigno agresor termine en la cárcel y se suicide) sino que, al contrario, se proyecta como un acto supremo de amor que le otorga vida a la mujer. De ahí que la víctima de la

 

 

 

 

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película no sea la mujer, sino Benigno, el mismo violador, que por culpa de unas leyes tildadas de crueles, que no comprenden la bondad de su gesto, sacrifica su vida para salvar a la amada.

 

Sin querer entrar en una discusión sobre la intencionalidad del director, hay que señalar que la diégesis fílmica, leída desde un punto de vista feminista, revela unas estructuras ideológicas que desafían la lectura generalizada de que el cine de Almodóvar tiene sensibilidad hacia la situación de la mujer. De hecho, al disfrazar la violación y ocultar la naturaleza sexual del acto, su discurso invisibiliza la subordinación femenina y trivializa la violencia contra la mujer. Más allá de obvias consideraciones sobre la pasividad absoluta de los personajes femeninos de esta película, hay que recurrir a lo específicamente cinematográfico por un lado, y a la recepción de la película por el otro, para ver el poder «velludo» (como lo llamaría Amelia Valcárcel) de naturalización del statu quo patriarcal del cine de Almodóvar.

 

En Hable con ella, el espectador tiene solo un punto de vista: el de Benigno. El espectador nunca puede tomar el lugar de «ella», porque el contraplano no asume nunca la subjetividad de la mujer en coma. De ahí que una identificación con el personaje femenino, una sutura (según Jean-Pierre Oudart, 1977) que permita tomar su lugar cuando se encuentra fuera del cuadro, sea virtualmente imposible. La película apela a una mirada espectatorial masculina: la ambigüedad sexual que caracteriza la visión del cine almodovariano queda suspendida cuando el espectador ve a través de los ojos del protagonista el cuerpo deseado e impotente de la joven. La mirada de Benigno —y la del amigo periodista— fuerzan al espectador a adquirir la misma posición de dominio visual falocéntrico, dominio que erotiza al objeto de su acto voyeurista[190].

 

¿Por qué la penetración del cuerpo de Alicia en Hable con ella no se lee como un acto de violencia? ¿Por qué esta agresión se percibe de manera tan diferente a la de otra mujer en coma, la Novia en Kill Bill, de Tarantino? El punto de partida en ambas películas es el mismo: ni Alicia ni la Novia manifiestan querer mantener relaciones sexuales con sus respectivos violadores, pero mientras en la película de Tarantino el rechazo de ella queda claramente expresado (y su punto de vista es articulado en el plano subjetivo), en la de Almodóvar la subjetividad femenina simplemente no existe. ¿Nos tenemos, pues, que quedar con las buenas intenciones matrimoniales de Benigno para juzgar la naturaleza de

 

 

 

 

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la relación entre estos dos personajes? A diferencia de la Novia, la inerte y muda Alicia —así como las mujeres mudas y con los ojos vendados de la obra Café Müller con la cual empieza Hable con ella— es «protegida» por la mano del hombre atento. Su opinión al respecto, su deseo de no tener que depender de sus cuidados es inexistente por ser para el director irrelevante.

 

En Hable con ella, la violación contra el cuerpo inerte de la mujer no se ve. Su representación se desplaza a un corto en blanco y negro —una película que Benigno cuenta a Alicia antes de penetrarla— con el título «El amante menguante»: un hombre, reducido de tamaño por una poción, entra en la vagina de su compañera que está durmiendo, para así suicidarse. En ambos casos, en el corto y en el largometraje, la mujer es la bella durmiente que no puede reaccionar, aceptando o rechazando el metafórico beso del príncipe azul y en ambos casos el gesto del príncipe, que se pierde en ella (penetrándola), equivale a un sacrificio (redentor). En la película, la violación se sublima en un gesto romántico, y en el corto se convierte en un chiste y queda, más que ironizada, «humorizada».

 

Esta total pasividad, este absoluto silencio y falta de subjetividad a la cual la protagonista de Almodóvar está condenada, no es una novedad en su cine. A una situación similar de docilidad había llegado Marina en ¡Átame! (1990) más de diez años antes. Eso sí, Marina había opuesto resistencia al deseo del hombre y por eso había sido pegada y maltratada hasta ser doblegada a la más absoluta mansedumbre. Los «mitos mortales» de la violación según Brownmiller encajan perfectamente en su personaje.

 

¡Átame! había dividido a la crítica dando origen a interpretaciones contrapuestas[191]. Sin embargo, desde un punto de vista feminista, la posibilidad de una ambivalencia interpretativa es una falacia, pues como indica claramente el lema de una de las campañas en contra de los malos tratos domésticos acuñado en España por el Instituto de la Mujer, la violencia tiene solamente una interpretación: «Si te pega, no te quiere». Su trivialización a través de la parodia no puede más que contribuir a la perpetuación de su invisibilidad.

 

El hecho de que esta película se haya podido leer como desafiante y hasta feminista me parece revelador del poder del discurso de Almodóvar, que, avalado por un éxito internacional seguro, y por medio de una aparente transgresión, termina por ensalzar comportamientos patriarcales y modelos femeninos tradicionales. Aún más reveladora resulta ser la casi

 

 

 

 

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total ausencia de debate sobre Hable con ella. Por lo general, se ha visto a Benigno como a un salvador bueno (como su nombre indicaría) y no como el responsable de una persecución y de un acto de violencia sexual contra una mujer. El discurso paródico de ¡Átame! ha desaparecido para dejar paso a lo literal: en Hable con ella, la mujer es la mujer pretérita, literalmente ausente y literalmente sin voz. Sin embargo —o tal vez precisamente por ello—, la crítica ha definido esta película como la más delicada, y la más sensible, de Almodóvar. Roberto Nepoti en una reseña en La Repubblica (30 de marzo de 2002) declara: «Almodóvar se ha hecho bueno». Y en El País, G. Cabrera Infante comenta muy poco sutilmente que:

 

Hay una forma clara de voyeurismo al tener frente al ojo ávido de la cámara […] los senos turgentes de Leonor Watling y así sentir como necesaria la reacción de amante tierno y eterno de Benigno, porque Hable con ella es el antídoto fabricado por él […]. Esta es la película más delicada de Almodóvar (El País Espectáculos, 6 de noviembre de 2004; la cursiva es mía).

 

Un relato en apariencia tan inofensivo —por su aclamada delicadeza— es así ideológicamente mucho menos inocente que una película (como por ejemplo Irréversible de Gaspar Noé) cuya explícita crudeza articula un claro rechazo a la barbarie de la violación. En el cine de Almodóvar la violación no es un acto clara y unívocamente brutal. El «hable con ella» del título es un ejercicio unidireccional, puesto que la mujer no puede contestar y la violación se transforma en el beso del príncipe azul que otorga vida: el mito de la bella durmiente queda sin cuestionar.

 

 

Travestir la violencia

 

Numerosos relatos cinematográficos desarrollan con insistencia el caso improbable (como nos indican las estadísticas) de una mujer que, para salir de una situación de violencia, se transforma en victimizadora, consiguiendo —como en Kill Bill (Quentin Tarantino, 2003) o en Death and the Maiden (Roman Polanski, 1994)— ganar físicamente al hombre y transformarse en sujeto de la persecución. En otros casos —entre ellos la película Thelma & Louise (Ridley Scott, 1991) constituye tal vez el ejemplo más logrado—, la mujer que intenta vengarse —o simplemente salvarse— termina por sucumbir. En el primer caso, el discurso fílmico

 

 

 

 

 

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lleva a cabo una inversión de papeles (la mujer adquiere una posición masculina, y el hombre femenina); en el segundo, la inversión —el desorden— es solo temporal y la película termina por restablecer al final el orden patriarcal.

 

Entre las primeras, Solo mía (2001), ópera prima de Javier Balaguer, desarrolla una historia de malos tratos con final feliz: la protagonista toma su venganza, consigue atar y amordazar a su exmarido, y termina disparándole, condenándolo a la más completa subordinación, postrado en silla de ruedas. La película representa un almibarado estudio de violencia doméstica, en el que la víctima termina victoriosa: no solo se libera de la persecución, sino que también se queda en una situación económica muy privilegiada[192].

 

De una manera análoga, en La promesa (Hector Carré, 2004), la violencia doméstica transforma a la mujer en una serial killer que mata, sin querer, a todos los que se interponen en su huida. El director declara en una entrevista que su intención con esta película consiste en mostrar «cómo la violencia, la falta de comunicación y la falta de amor pueden provocar distorsiones en la percepción de tal nivel, que se pueden

 

convertir en lo que llamamos locura» (http://www.labutaca.net/films/25/lapromesa.htm). Sin embargo, a mi entender, lo que consigue esta película no es tanto un análisis de las posibles consecuencias de los malos tratos, sino más bien el retrato siniestro y aterrador de una mujer enloquecida. A pesar de querer solidarizarse con la mujer victimizada, estos directores terminan de hecho por hablar de la mujer como amenaza, representando así, más que el abuso a la mujer, el miedo ancestral del hombre hacia el continente negro (un ser desconocido y temido, según la conocida metáfora de Irigaray)[193]. Este tipo de «imágenes femeninas fuertes», según Pam Cook y Claire Johnston (1990), no son necesariamente agentes independientes, sino meros significantes codificados por la cultura patriarcal.

 

Según el estudio de Hilary Neroni (2005), la figura de la mujer violenta en el cine comercial corresponde a momentos de redefinición de los papeles de género. La norma es que el personaje femenino, frente a la violencia de la cual es víctima, dependa de la protección de un hombre. La mujer que reacciona a la violencia defendiéndose a sí misma, o vengándose, aparece, según Neroni, sobre todo en tres momentos históricos definidos: inmediatamente después de la Segunda Guerra

 

 

 

 

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Mundial, con la vuelta forzada de las mujeres al hogar; en los años 70, en un momento álgido del movimiento feminista, y en la actualidad.

 

Más que con un momento de redefinición de lo femenino, Tu nombre envenena mis sueños (Pilar Miró, 1996) se ha relacionado con la experiencia personal de Pilar Miró y su presunto deseo de venganza (Fotogramas, noviembre de 1996) a raíz de los acontecimientos que la llevaron a un juicio por malversación de fondos públicos (cfr. ca2). Joaquín Leguina la ayudó a «satisfacer su deseo» proporcionándole la novela sobre la cual se basa la última película de la directora: «una película sobre una mujer que se venga de sus enemigos» (Diego Galán, 2006: 358). Relacionar Tu nombre envenena mis sueños con la experiencia personal de Miró —como ocurrió también con Beltenebros— corresponde al intento de la prensa, ya señalado anteriormente, de caracterizar a la directora madrileña como una mujer poco femenina y hasta violenta. En realidad esta película contribuye poderosamente a una denuncia de la Guerra Civil y de la barbarie fascista, de las cuales nadie está a salvo, ni una mujer que se quiere mantener en la seguridad de la esfera familiar. Tu nombre envenena mis sueños es un alegato en contra de la violencia y a la vez en contra de la postura neutral de los que no se quieren comprometer y que, de esa forma, llegan indirectamente a ser responsables de la violencia.

 

Aquí también, como ya ocurría en Beltenebros, la organización del relato se complica por medio de diferentes planos cronológicos y narrativos. La acción empieza en los años 50 en el cementerio de Madrid, donde los dos protagonistas —Ángel Barciela y Julia Buendía— se reencuentran después de diez años sin verse: la voz en off del hombre nos traslada con un flashback a la posguerra, y relata cómo conoció a aquella mujer de la cual se enamoró con locura y cuyo nombre, en una paráfrasis de unos versos de Luis Cernuda, envenena sus sueños. El entonces comisario de policía Barciela estaba investigando el triple asesinato de unos quintacolumnistas y, entre la gente que tuvo que interrogar para recabar información sobre el caso, se encontraba Julia. La exposición de Julia Buendía al comisario abre el segundo nivel narrativo —un flashback dentro del flashback— que traslada al público aún más atrás en el tiempo, a los años de la Guerra Civil. En esa época Julia trabajaba en un cabaret y amaba a Jaime, un dirigente de las Juventudes Socialistas que muere a manos de unos fascistas, huéspedes del padre de Julia.

 

 

 

 

 

 

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Al final de la película, Ángel Barciela descubrirá que el asesino que estaba buscando es la misma mujer de la cual se había enamorado, que se había vengado de la muerte del novio matando al culpable [Imagen 46]. Las dos historias (la de Julia y Jaime durante la guerra y la de Julia y Ángel en la posguerra) se van entrelazando en una estructura que se podría comparar con la cinta de Möbius[194], un sencillo, pero fascinante, descubrimiento matemático que Barciela explica con entusiasmo a Julia el día en que salen juntos a bailar. Mientras la voice-over del excomisario cuenta a un narratario extradiegético (el público) la historia de su amor por Julia, ella cuenta a Barciela, narratario intradiegético, la historia de los acontecimientos en su casa durante la Guerra Civil. Se invierten así los papeles tradicionales, puesto que él habla de amor, mientras que ella de cuestiones políticas. Más aún, si la presencia de Barciela corresponde a una pausa en la acción de la película, Julia es el motor de los acontecimientos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

46. La mujer sujeto de la venganza (Tu nombre envenena mis sueños, Pilar Miró, 1996).

 

Finalmente, el público se da cuenta de que la historia de Barciela y la de Julia, como ocurre con la superficie de la cinta de Möbius, tienen una sola cara, porque cuando los dos se confiesan enamorados, ella tendrá que dejar el país para huir de la ley o de un inevitable ajuste de cuentas: la voice-over del excomisario termina comentando que «anduvimos juntos sobre una cinta de Möbius y pasamos al otro lado de la cinta, al vacío». Los acontecimientos históricos no son un mero trasfondo de la historia

 

 

 

 

 

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privada, sino que forman parte integrante de la misma. En este sentido, la película de Miró se podría comparar con la novela de Mercè Rodoreda, La plaça del Diamant, en la cual se narra cómo la guerra repercute en el ambiente doméstico. Pero, en la película de Miró, la versión femenina de la contienda, vista y vivida dentro de la esfera privada por una mujer, tiene un giro inesperado que en realidad es solo aparente (como la misteriosa vuelta de tuerca de la cinta de Möbius): la mujer, que puesta a elegir entre su familia y la política elige la primera, aprende en carne propia que las dos no pueden separarse: de nuevo, como en la cinta matemática, hay una sola cara. La última vez que Julia y Jaime se encuentran, Julia revela a su novio que su padre ha tenido que dar refugio en su casa a tres miembros de la quinta columna. A pesar de que Jaime la intenta convencer animadamente de que tiene que denunciarlos a la Junta de defensa, porque «pueden estar matando a nuestra gente», Julia no lo quiere hacer por no comprometer a sus familiares: «Es mi padre, mi hermano, mi familia. Si le pasara algo a mi padre o a mi hermano, creo que no podría volverte a mirar en la cara […]. Tú piensas en construir una sociedad comunista. Yo pienso en que mi padre no sufra». Estas serán las últimas palabras de Julia a Jaime. Julia piensa salvar a su familia, pero su decisión es una sentencia de muerte para su novio: sus «huéspedes» matan a Jaime ese mismo día.

 

Julia no es la primera mujer violenta en una película de Pilar Miró, pero sus acciones, a diferencia de las de Teresa, la protagonista de La petición, no son gratuitas; aun así, sobrepasan los márgenes de las convenciones de la mujer violenta en el cine comercial. Según la directora, «en las películas siempre se vengan los hombres. En las de Scorsese, por ejemplo, la violencia, la venganza, es siempre de los hombres. Es una estupidez, pero pensé que sería interesante hacer algo con un personaje femenino que en determinadas circunstancias, también es capaz de hacer una acción violenta» (El País, 11 de mayo de 1996). Los otros ejemplos de asesinas en el cine español se mueven por lo general dentro del entorno familiar: o son esposas, víctimas de la violencia doméstica, que actúan en legítima defensa, o por exasperación, matando al marido —como en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (Almodóvar, 1984), Volver (Almodóvar, 2006), María la Portuguesa (Pérez de Guzmán, 2001)—, o son madres fálicas y celosas que terminan por matar a sus hijos —en La muerte de Mikel (Uribe, 1984) y en Furtivos (Borau, 1975). Julia Buendía, por su

 

 

 

 

 

 

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apariencia femenina y delicada, tiene la misma excepcionalidad que la protagonista de Map of the Sounds of Tokyo (Coixet, 2009).

 

Cuando la mujer toma en sus manos su propia venganza y se transforma en sujeto de la violencia, propone Teresa de Lauretis, se sexúa —o mejor dicho se «engendra» (para mantener el doble sentido del verbo to engender en inglés)— como hombre. Teresa de Lauretis distingue entre dos tipos de violencia y en ambos casos el sujeto es «masculino»: «el “hombre” es, por definición, sujeto de la cultura y de cualquier acto social» (1990b: 250). El primer tipo es un intercambio violento entre iguales, y por lo tanto el objeto de esta rivalidad es masculino como el sujeto; el segundo tipo es entre desiguales, un acto violento de un hombre hacia un objeto que se engendra como femenino por encontrarse en una situación de inferioridad (sea ese mujer u hombre). De ahí que, por ejemplo, la Novia de Kill Bill deje de «ser mujer» en el momento en que deja de ser víctima.

 

Esta desexuación tras una inversión de papeles se consigue en el cine, o bien saliendo del discurso realista (como en el caso de Kill Bill), o bien por medio de otros recursos que pretenden mantener la coherencia realista. En Death and the Maiden, por ejemplo, la elección de los actores —una altísima y masculina Sigourney Weaver cuya fuerza y coraje ya se habían apreciado en la trilogía Alien y un menudo Ben Kingsley cuya docilidad había caracterizado su representación en Ghandi— no pone en duda la superioridad física de ella cuando la vemos atar y amordazar a su presunto torturador. No es así en Solo mía, donde, para llegar a la misma situación (él, amordazado y atado a una silla), el director tiene que recurrir a una pausa (unos fotogramas oscuros) y a una elipsis, omitiendo un detalle fundamental: cómo una delgadísima Paz Vega ha conseguido reducir físicamente a Sergi López. Dicha omisión delata la improbabilidad de este acontecimiento.

 

Al posicionar a la mujer como sujeto de la venganza, estas películas defamiliarizan (como se ha visto en el capítulo 3) la iconografía tradicional femenina por medio de lo que Mary Ann Doane (1982), elaborando el concepto de fetichismo femenino estudiado por Mulvey y por Johnston, ha llamado «mascarada»: o sea, la construcción de modelos cinematográficos femeninos por medio de la adopción —fetichista— de la apariencia de un hombre, para exorcizar el miedo a la castración.

 

 

 

 

 

 

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Sin lugar a dudas, bien por encarnar la castradora del discurso psicoanalítico, o bien por evocar a la Eva bíblica o a la Medea mitológica, estos personajes femeninos suponen una obvia amenaza al sistema patriarcal, pero, sobre todo, dichas inversiones de papeles contribuyen a otro intento de enmascaramiento: la desexuación de la violencia y la falacia de que el hombre sea tan víctima como la mujer. En otras palabras, estos relatos disfrazan, no tanto (o no solo) a la mujer, sino la violencia misma[195].

Dicho disfraz es cuestionado en otro grupo de películas, en las cuales la mujer que se rebela termina por volver a su posición inicial de víctima. En estos textos fílmicos, la superioridad de la protagonista —lograda a menudo gracias a su capacidad de usar un arma, según la fórmula desarrollada en Thelma & Louise (Ridley Scott, 1991)— no es suficiente para que la mujer consiga prevalecer. Así ocurre por ejemplo en ¡Dispara! (1993), dirigida por Carlos Saura. Para este relato sobre la violación y sus consecuencias, Saura elige dos símbolos sexuales (Antonio Banderas y Francesca Neri), los desexualiza y los desexúa. Antonio Banderas no encarna el mito del macho hispano acuñado por Hollywood, sino el de un personaje inseguro y femenino. Al enamorarse, piensa dejar su trabajo de periodista para seguir a la mujer a la que quiere. Asimismo, Francesca Neri no es el frágil objeto del deseo sexual de Las edades de Lulú (Bigas Luna, 1990) sino una mujer independiente, fuerte y masculina, con una peculiaridad: su asombrosa destreza con las armas. Violada salvajemente por tres jóvenes, usa el fusil para responder a la sangre con la sangre: mata a los tres violadores y dispara a todos los que se interponen en su huida.

 

Sin embargo, a diferencia de las películas estudiadas anteriormente, en esta, la venganza y la huida de la mujer no tendrán éxito. La protagonista de ¡Dispara! terminará muriendo en una cabaña, rodeada por coches de policía, cuerpos militares y fuerzas antiterroristas. Si por un lado (en el contexto de violencia social y política de finales de los ochenta, marcado por la presencia de ETA) el propósito de Saura parece apuntar al hecho de que la violencia produce irremediablemente violencia, por otro, con este largometraje se establece también un sentido de solidaridad con la situación femenina: ni siquiera la mujer fálica consigue salvarse de la desigualdad del sistema patriarcal que, castigándola en su amago de dominio, la devuelve —utilizando sus instituciones y su violencia— a una posición subalterna de víctima. Lo mismo le ocurre a Julia Buendía en Tu

 

 

 

 

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nombre envenena mis sueños, que tiene que dejar su país y al hombre al que ama; y a Ryu en Map of the Sounds of Tokyo, que pagará sus acciones con su propia vida.

 

En la medida en que la violencia se materializa dentro de unas estructuras sociales de desigualdad entre el hombre y la mujer, se debe entender fundamentalmente en términos sexuales y, como precisa Monique Plaza usando una afirmación que demuestra que la distinción entre género y sexo sigue siendo válida, cuando un hombre es violado, es violado «en cuanto mujer» (Plaza, 1980: 31). Hay que señalar por lo tanto, siguiendo a Teresa de Lauretis (1990b), que la propuesta de Michel Foucault de no tratar la violación como una agresión específicamente sexual, sino como un acto de violencia como cualquier otro, pretendiendo así, con ello, que no haya ninguna censura ni ningún control del sexo, no considera el hecho de que la violación no ocurre en un lugar abstracto, sino en una sociedad donde la construcción de la división de géneros (y de la Mujer eterna) está estrictamente vinculada tanto al sexo como a la violencia. De hecho, con este propósito, Susan Brownmiller llega a afirmar que la capacidad que tiene el hombre de penetrar el cuerpo de una mujer sin su consentimiento ha sido y sigue siendo el origen principal de la opresión del género femenino: según Brownmiller, la violación es el agente fundamental del control del hombre y de la subordinación de la mujer. No es un simple acto de violencia, sino una institución social que permite la perpetuación del dominio patriarcal (Brownmiller, 1975: 14). Para De Lauretis, desexualizar la violencia sexual, y hablar en contra de la penalización y de la represión sexuales a lo Foucault, equivaldría a apoyar la opresión de las mujeres o, mejor dicho, implicaría respaldar las prácticas y las instituciones que producen la Mujer en términos sexuales y que, a la vez, fomentan su opresión por razones de género (1990b: 245). Desexualizar la violencia sexual significa desexuarla, o, mejor dicho, «degenerizarla», haciendo invisible la diferencia —y la discriminación— entre géneros.

 

 

Omitir la violencia

 

En el contexto del debate sobre la Ley Orgánica contra la Violencia de Género en España aprobada en 2004, se estrenan tres películas impactantes sobre el tema de los abusos domésticos: María la Portuguesa

 

 

 

 

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(Dácil Pérez de Guzmán, 2001), Te doy mis ojos (Icíar Bollaín, 2003) y Palabras encadenadas (Laura Mañá, 2003). Los tres largometrajes coinciden en narrar la historia de unas mujeres víctimas de sus respectivos maridos, aunque difieren en los desenlaces. En el caso de la película de Laura Mañá, la protagonista termina muriendo asesinada por el marido. En la de Dácil Pérez de Guzmán, en cambio, la mujer consigue librarse de su agresor matándolo. En Te doy mis ojos, la liberación del personaje femenino corresponde a su decisión de irse de casa abandonando al marido. Los tres largometrajes coinciden en omitir la representación de la violencia contra la mujer y en deserotizar su cuerpo. La ausencia de la inscripción de la violencia no corresponde a un intento de naturalización, como había indicado a propósito de la segunda tipología de este estudio, sino, al contrario, a una afirmación de que los malos tratos existen sin que haya violencia física o sin que esta se vea. Las amenazas y el miedo son de por sí una forma muy obvia de abuso, aunque a menudo invisible.

 

Bollaín decide quitar de la versión final de la película —de manera programática y explícita— todas las escenas de malos tratos físicos que había filmado anteriormente, para concentrarse fundamentalmente en el miedo y en la confusión de la víctima[196]. Otro tanto ocurre en el relato de Laura Mañá, Palabras encadenadas, donde a pesar de que la amenaza de violencia impregna toda la película y el espectador vive y comparte el terror de la mujer, la única violencia concretamente física es el asesinato final, cuando el hombre le clava la navaja en el vientre. Sin embargo, significativamente, también este último gesto de agresión se omite en cierta forma, puesto que el objetivo de la directora enfoca en primer plano la cara de la víctima y la violencia la hemos de deducir por su mirada de horror y de dolor. Es el mismo asesino quien —en un ejercicio metacinematográfico— nos la enseña con su propia cámara. En María la Portuguesa, de una forma análoga, la violencia física se sitúa en las elipsis entre el enfurecimiento del marido (gritos, golpes a las paredes, amenazas con la correa) y las heridas de la mujer, heridas progresivamente más visibles: desaparición de su sonrisa, miedo en los ojos, gritos, moratones en la espalda, cortes en la cara y fractura del brazo [Imagen 47].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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47. Amenazas de violencia (María la Portuguesa, Dácil Pérez de Guzmán, 2001).

 

Estos relatos demuestran que se puede conseguir una impresionante representación de la violencia sin que esta se vea. Si en Solo mía de Javier Balaguer los explícitos malos tratos van aumentando a lo largo de la cinta, nunca logran producir en el público la tensión que se alcanza con la representación del miedo de las protagonistas en estas películas de autoría femenina. Ver las palizas al personaje interpretado por Paz Vega (en Solo mía) no es tan impactante como ver a la protagonista temblar de terror en Te doy mis ojos, estremecerse por el miedo a ser torturada en Palabras encadenadas u oír sus gritos en María la Portuguesa.

 

También queda patente en estas cintas el intento común de deserotizar la exhibición del cuerpo femenino[197]. En el caso de María la Portuguesa, no se incluye ningún desnudo, ni ninguna escena de contenido erótico. En Te doy mis ojos, en un arrebato de celos, el marido desnuda a su víctima y la encierra fuera del balcón: dicha exposición, que no conlleva la complicidad voyeurista del espectador, no tiene la intención de agradar o excitar al público de la sala, sino más bien de producir conmoción [Imagen 48]. En Palabras encadenadas, la protagonista deserotiza su desnudez, desafiando al exmarido que iba a violarla, hasta el punto de que el hombre no consigue tener una erección. Al desexualizar a la mujer, y al presentar desnudos (o semidesnudos) nada glamurosos ni atractivos, las directoras afirman que, desde su subjetividad, la mujer no es espectáculo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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48. La mujer abusada: desnudo femenino extrañante (Te doy mis ojos, Icíar Bollaín, 2003).

 

Las tres películas difieren, sin embargo, en lo que anteriormente he llamado la «desexuación» de la violencia. En María la Portuguesa, la protagonista, en la enésima pelea, mata al marido con dos disparos. Este (poco probable) final «feliz» se presenta como la única solución frente a la incomprensión y la insensibilidad a los malos tratos del statu quo patriarcal —representado por la figura de la madre— y a un sistema legal y policial completamente ineficaz. Te doy mis ojos y Palabras encadenadas, sin embargo, dialogan con esta inversión de papeles sexuales. Si en la película de Bollaín hay un comentario irónico sobre el significado simbólico de llevar faldas, cuando la hermana se casa en pantalones con un escocés feminista en kilt, la de Mañá subvierte la transformación de la mujer, en el cine tradicional, de víctima en verdugo. Al comienzo de la historia, la protagonista, amordazada y atada a una silla —en una secuencia que recuerda la de las películas de Polanski y de Balaguer—, es torturada por su exmarido, que la amenaza de muerte. Pero más tarde la mujer cree descubrir —junto a los espectadores— que se trata de una broma de mal gusto, una venganza del hombre que no le perdona que ella quiera separarse de él. Una vez desaparecido el miedo de la escena, la mujer se convierte en la verdadera responsable de la tensión entre ambos, en términos además que parecen apuntar a una falsa explotación, por parte de ella, de la denuncia por violencia doméstica. Hasta aquí el relato seguiría el modelo tradicional de la mujer que se convierte en la verdadera culpable. Al final, sin embargo, descubrimos que su exmarido ha estado utilizando los discursos que neutralizan la violencia

 

 

 

 

 

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doméstica (es decir: que la mujer miente, inventa los abusos o los provoca) y que ella es efectivamente la víctima.

 

Tanto Dácil Pérez de Guzmán como Icíar Bollaín critican a las mujeres de la generación anterior, víctimas silenciosas para las cuales la obediencia al marido y la abnegación femenina constituían fundamentos incuestionables del matrimonio[198]. Con esta diferenciación generacional las directoras establecen una nueva conciencia histórica en la que se ofrecen salidas a la violencia y al abuso[199].

 

 

La violencia de la representación

 

Finalmente, Te doy mis ojos, Palabras encadenadas y María la Portuguesa aluden a la violencia de la representación: a la representación de por sí como forma de violencia tanto a nivel diegético como de lenguaje fílmico.

 

Si el «te doy mis ojos» de Bollaín apunta a la incapacidad de ver —y de verse— de la mujer abusada, como la misma protagonista afirmará en el desenlace, las «palabras encadenadas» del título de Mañá se refieren al silencio femenino. Las dos directoras, reflexionando sobre estas simbólicas —e históricas— mutilaciones femeninas, dialogan explícitamente con la representación fílmica de la mujer. A la protagonista inconsciente de Almodóvar en Hable con ella, que no puede ni ver ni hablar, Bollaín y Mañá oponen mujeres metafóricamente ciegas y mudas, ancladas a tropos femeninos de mutilación y sumisión eternas: los ojos entregados y las palabras encadenadas. En el caso de Te doy mis ojos, es la mujer quien se entrega y quien ofrece, en un juego erótico a petición de su marido, sus partes del cuerpo (dame tu espalda, te doy mi espalda; dame tus piernas, te doy mis piernas, etc.), y quien termina por ofrecerle —sin que él se los pida— sus ojos y su boca[200]. Con la entrega de su posibilidad de hablar (la boca) y de ver (los ojos), la subordinación de su subjetividad —la mutilación— es completa. En Palabras encadenadas es el hombre quien amenaza a su exmujer, «la chica del cuerpo perfecto», con mutilarla, empezando, en un juego macabro, por sacarle un ojo con una cuchara. La atmósfera de horror se refuerza por la presencia siniestra, en la sala donde la protagonista se encuentra prisionera, de muñecas amputadas, de fotos de cadáveres desmembrados y de vídeos donde el

 

 

 

 

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asesino ha grabado sus crímenes. Sin embargo, la amenaza concreta de mutilación nunca llega a cumplirse, porque el verdadero objetivo de la violencia son las palabras de la mujer. Cuando se le quita la mordaza, la protagonista pronuncia unas frases que el verdugo graba y que, una vez manipuladas, terminan por denunciarla.

 

Dácil Pérez de Guzmán, por su parte, dialoga con la violencia de la representación de la mujer desesperada por amor, como María la Portuguesa, la mujer glorificada por el imaginario patriarcal de la copla de Carlos Cano. La protagonista de la película, al igual que la María de la copla, «conoció a ese hombre en una noche de “vinho verde” y calor, y entre palmas y fandangos la fue enredando, le trastornó el corazón. Y en las playas de Isla se perdieron los dos, donde rompen las olas, besó su boca y se entregó». María se desespera cuando el contrabandista al que ama muere por un disparo, y vaga sin reposo cantando su fado. La película de Dácil Pérez se centra en lo que ocurre después del enamoramiento y de la noche de «vinho verde»: el después conlleva una boda, un hijo y unas palizas. El cuento de hadas —el amor eterno de la copla— se transforma prosaicamente en violencia doméstica.

 

La violencia contra el cuerpo de la mujer se traslada en las tres películas a un cuestionamiento de la mutilación de la imagen femenina del cine tradicional. Mientras la cámara del lenguaje fílmico hegemónico despedaza y fragmenta el cuerpo de la actriz en unos close-ups (satisfaciendo así la escopofilia fetichista del espectador, diría Mulvey), aquí, dicha mutilación se articula claramente como un ejercicio de violencia. El juego de autoinmolación de la protagonista de Te doy mis ojos evoca el tradicional sacrificio femenino, en un acto metafórico de masoquismo del cual conseguirá, al final, salir[201]. Sin embargo, la cámara de Bollaín, incluso en la secuencia de sexo, no despedaza los cuerpos que filma, sino que se mueve esencialmente entre el plano medio y el plano americano. No hay primeros planos de partes del cuerpo que no sean la cara, con las únicas excepciones de un plano detalle de las piernas de la protagonista, regadas de orina, y de un primerísimo plano de sus ojos cuando él le pone las manos en la cara: en ambos casos, el fin de estos close-ups es enseñarnos de cerca las consecuencias del miedo en el cuerpo de la mujer.

 

El despedazamiento de la imagen femenina llega a ser literal en Palabras encadenadas, donde la amenaza de mutilación del cuerpo

 

 

 

 

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perfecto de la protagonista tiene un referente directo en los vídeos y en las fotos preparados por el asesino, con la concreta finalidad de enseñarnos por medio de la imagen su dominio de la violencia. Como un director, el exmarido tiene el poder de decidir cómo la mujer se representa: manipula su imagen (frente a la policía), orquesta sus palabras, establece el montaje de la historia que maquina, y controla lo que nosotros podemos ver: después de grabar con su cámara de vídeo el homicidio de su exesposa [Imagen 49], decide apagarla cuando procede a la violación del cadáver, por considerar que lo que hace con su mujer es un asunto privado. El despedazamiento tradicional de la imagen femenina se desplaza, en María la Portuguesa, a imágenes que fragmentan unos planos en los cuales aparece la imagen del perseguidor: el plano de la reja de la cárcel donde José se hallaba encerrado por haber maltratado a su compañera anterior [Imagen 50]; el de la ventana que hace de trasfondo al primer encuentro de Carmen y José; o el de la puerta de la casa de la madre de Carmen, que separa a José de su mujer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  El asesino mira el asesinato que ha cometido y filmado (Palabras encadenadas, Laura Mañá, 2003).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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50. Despedazamiento de la imagen del perseguidor.

 

En resumen, estos tres relatos se caracterizan por un doble intento de denuncia de la violencia contra la mujer: a nivel diegético tienen una función parecida a la de las campañas de sensibilización; y a nivel de lenguaje fílmico llevan la denuncia al campo de la toma de conciencia del poder de la imagen, y a la denuncia implícita de la violencia de la representación.

 

En conclusión, si hay una clara diferencia entre la violencia real y la violencia representada dentro de la pantalla, no hay diferencia —como ya ha señalado Teresa de Lauretis (1990b)— entre la representación de la violencia y la violencia de la representación: en el cine (en la representación fílmica), estos dos conceptos no se pueden separar. Este libro trata en última instancia de la violencia del cine: si en el presente capítulo abordo las diferentes estrategias de configurar cinematográficamente la violencia contra la mujer, en todo el volumen me aproximo a la violencia de la representación: la violencia que sexualiza a la mujer y que desexúa el cine, encadenando a su público, como en la alegoría de Platón, a una visión engañosa que tergiversa la realidad de las mujeres como sujetos históricos.

 

 

 

 

 

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Es más, al hilo de estas consideraciones —siguiendo a Nancy Armstrong (1989)—, cabe afirmar también que cualquier forma de representación implica, en mayor o menor medida, una forma de violencia: cada vez que hablamos, contamos, nombramos o representamos, estamos ejerciendo una forma de poder —y por tanto de violencia. Hasta mi intento de sexuar el corpus cinematográfico que estudio, y hasta mi propia definición de lo que pertenece o de lo que queda fuera del gynocine, son actos de violencia. La cuestión no es cómo renunciar a este poder —sin él no podríamos ni enseñar, ni escribir, ni hacer cine, ni hacer crítica—, sino cómo ser políticamente conscientes de ello[202].

 

Y termino con esta reflexión, como corolario de mi toma de conciencia de las elecciones, exclusiones y limitaciones de este capítulo y de todo mi trabajo; en otras palabras, de la violencia de mi discurso. Solo desde esta posición, puedo afirmar la necesidad de hacer teoría fílmica feminista y sexuar la pantalla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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A mi madre le gustan las mujeres (Inés París y Daniela Fejerman, 2002), 139

 

Abismos de pasión (Luis Buñuel, 1953), 174

 

Agustina de Aragón (Juan de Orduña, 1950), 72

 

Al diablo con amor (Gonzalo Suárez, 1973), 233 n.

 

Alba de América (Juan de Orduña, 1951), 73

 

La aldea maldita (Florián Rey, 1930 y 1942), 71, 161

 

Alice Doesn’t Live Here Anymore (Martin Scorsese, 1974), 267, 275 All About Eve (Joseph Mankiewicz, 1950), 255, 267

 

El alquimista impaciente (Patricia Ferreira, 2002), 129, 134, 134 n., 265

 

Amor de hombre (Yolanda García Serrano y Juan Luis Iborra, 1997), 133 n., 139 n.

 

Ana y los lobos (Carlos Saura 1972), 74, 75, 162, 305

 

Ander eta Yul (Ana Díez, 1988), 107, 138, 217, 233, 235

 

Los años oscuros (Arantxa Lazcano, 1993), 361

 

Los arlequines de seda y oro (Ricard Baños, 1919), 100 n.

 

L’arrivée d’un train en gare de La Ciotat (Auguste y Louis Lumière, 1895), 48

 

Asignatura pendiente (José Luis Garci, 1976), 77

 

Asparagus (Suzan Pitt, 1979), 163 n.

 

Assunta Spina (Gustavo Serena, 1914), 173 n.

 

¡Átame! (Pedro Almodóvar, 1990), 77

 

 

 

 

 

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Aunque la hormona se vista de seda (Vicente Escrivá, 1971), 233 n.

 

 

Bachelor Mother (Garson Kanin, 1939), 67 n. Baise-moi (Virginie Despentes y Coralie Trinh Thi, 1998), 317 n. Basic Instinct 2 (Michael Caton-Jones, 2006), 268

 

Los baúles del retorno (María Miró, 1995), 141 Belle de jour (Luis Buñuel, 1967), 75, 76 n.

Beltenebros (Pilar Miró, 1992), 125, 126, 127, 144, 318, 319 Bodas de sangre (Carlos Saura, 1981), 176 n. Brumal (Cristina Andreu, 1988), 107, 131

 

Café Lumière (Hou Hsiao-Hsien, 2003), 198

 

Calendar Girl (Nigel Cole, 2003), 268

 

Calle Mayor (Juan Antonio Bardem, 1956), 74 El camino (Ana Mariscal, 1963), 105 n., 117, 118 El camino (Josefina Molina, 1977), 105 n., 118

Cariño, he enviado los hombres a la luna (Marta Balletbó-Coll, 1998), 138, 141

 

Carne trémula (Pedro Almodóvar, 1997), 257 n.

 

Carolina, la neña de plata (José Codornié, 1927), 102

 

Un chien andalou (Luis Buñuel, 1929), 183

 

La ciudad perdida (Margarita Alexandre y Rafael Torrecilla, 1954), 117 Cómicos (Ana Pérez y Marta Arribas, 2009), 107

 

Cómo ser mujer y no morir en el intento (Ana Belén, 1991), 134, 264 La comunidad (Álex de la Iglesia, 2000), 79

 

Con la vida hicieron fuego (Ana Mariscal, 1957), 117

 

Costa Brava (Marta Balletbò-Coll, 1995), 138, 152, 189, 190, 191, 192 El crack (José Luis Garci, 1981), 176 n.

 

 

 

Página 270

 

Cría cuervos (Carlos Saura, 1976), 74, 75

 

El crimen de Cuenca (Pilar Miró, 1979), 123 n., 124, 125, 126, 265 n., 291 Cristo (Margarita Alexandre y Rafael Torrecilla, 1953), 116, 117 Cuando el mundo se acabe te seguiré amando (Pilar Sueiro, 1998), 138 Cuando vuelvas a mi lado (Gracia Querejeta, 1999), 136, 137

Cuentos eróticos (VVAA, 1979), 163

 

 

Death and the Maiden (Roman Polanski, 1994), 316, 322 Demasiado viejo para morir joven (Isabel Coixet, 1988), 107 Depravación (Isabel Mulá, 1982), 163

 

Después de… (Cecilia Bartolomé, 1981), 120 Días contados (Imanol Uribe, 1994), 134 n. ¡Dispara! (Carlos Saura, 1993), 323, 324

El domini dels sentits (VVAA, 1996), 152, 183, 184, 185, 187 Domino (Ivana Massetti, 1988), 184

 

Donde hay patrón… (Mariano Ozores, 1978), 76

 

Done (Judith Colell, 2000), 131, 136, 137, 138, 141, 276, 278, 279, 280 Doropaedia #10 (María Ruido, 2010), 53

 

Dos putas o historia de amor que termina en boda (Pedro Almodóvar, 1974), 257

 

Duel in the Sun (King Vidor, 1946), 151 n., 157

 

Los duendes de Andalucía (Ana Mariscal, 1965), 117, 144

 

 

Las edades de Lulú (Bigas Luna, 1990), 324 Elegy (Isabel Coixet, 2008), 217, 281, 288 Ellas (Luis Galvao Teles, 1996), 133 n.

Em dic Sara (Dolores Payás, 1998), 137, 140 n., 141, 217, 233, 234, 276, 279

 

 

 

 

Página 271

 

En brazos de la mujer madura (Manuel Lombardero, 1997), 269 Entre rojas (Azucena Rodríguez, 1995), 134, 141

L’escaezu (Lucía Herrera y Juan Luis Ruiz, 2009), 107 La escopeta nacional (Luis García Berlanga, 1978), 76 Ese oscuro objeto del deseo (Luis Buñuel, 1977), 76 El esfuerzo y el ánimo (Arantxa Aguirre, 2009), 107 Esquilache (Josefina Molina, 1989), 121, 122

Espíritu de una Raza (José Luis Sáenz de Heredia, 1950), 73 Expiación (José Buch, 1919), 363 Extranjeras (Helena Taberna, 2003), 139, 144

 

La fe (Rafael Gil, 1947), 75 n.

 

La fée aux choux (Alice Guy-Blaché, 1896), 292 n.

 

Feria de Sevilla (Ana Mariscal, 1961), 117

 

Film About a Woman Who (Yvonne Rainer, 1974), 163 Five Senses (Jeremy Podeswa, 1999), 185

Flor de España o la leyenda de un torero (Helena Cortesina, 1921), 106, 108, 109, 112

 

La flor de mi secreto (Pedro Almodóvar, 1995), 257 n.

 

Flores de otro mundo (Icíar Bollaín, 1999), 136 n., 138, 139, 141, 265, 280, 281

 

Función de noche (Josefina Molina, 1981), 121, 122, 151, 163, 175, 176, 176 n., 178, 180, 182, 270, 271, 272

 

Furtivos (José Luis Borau, 1975), 305, 322

 

 

Gala: Elena Dimitrievna Diakonova (Silvia Munt, 2003), 144

 

Gary Cooper que estás en los cielos (Pilar Miró, 1980), 124, 125, 126, 127, 129, 137, 143, 144, 145, 146, 217, 259, 260, 282, 283, 284, 287, 288

 

 

 

 

Página 272

 

La Gata (Margarita Alexandre y Rafael Torrecilla, 1955), 117, 216, 224, 225, 226, 227, 228, 232, 233

 

El Gato montés (Rosario Pi Brujas, 1935), 106, 112, 114, 129, 151, 169, 170 n., 171, 174, 179, 226

 

La gitana blanca (Ricardo de Baños, 1919), 100 n. The Gold Diggers (Sally Potter, 1983), 163 n. Gold Diggers of 1933 (Mervyn LeRoy, 1933), 67 n. Gordos (Daniel Sánchez Arévalo, 2009), 248, 249 The Graduate (Mike Nichols, 1967), 267

The Great Train Robbery (Edwin Porter, 1903), 292

 

El grito en el cielo (Dunia Ayaso y Félix Sabroso, 1998), 138 El gust (Teresa de Pelegrí, 1996), 183 n.

 

Hablamos esta noche (Pilar Miró, 1982), 124, 126, 129

 

Hable con ella (Pedro Almodóvar, 2002), 78, 140 n., 175 n., 288, 291, 312, 313, 314, 315, 330, 364

 

Héctor y Bruno (Ana Rosa Fernández Diego, 2009), 107

 

La hermana San Sulpicio (Florián Rey, 1927 y 1932), 71, 111 n.

 

La hermana San Sulpicio (Luis Lucia, 1952), 70, 71

 

Historia de un taxi (Carlos Emilio Nazarí, 1927), 102

 

Historias del Kronen (Montxo Armendáriz, 1995), 140 n.

 

Hola, ¿estás sola? (Icíar Bollaín, 1995), 132, 141, 144, 145

 

Hola muchacho (Ana Mariscal, 1961), 117

 

 

India Song (Marguerite Duras, 1975), 163 n.

 

Insomnio (Chus Gutiérrez, 1997), 137

 

Irréversible (Gaspar Noé, 2002), 291, 301, 303, 316

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 273

 

 

Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles (Chantal Akerman, 1975), 163 n.

 

Juana la Loca (Vicente Aranda, 2001), 79 Juego de Luna (Mónica Laguna, 2001), 136

 

Kika (Pedro Almodóvar, 1993), 77, 78, 140 n., 257 n.,

 

Kill Bill: Vol. 1 (Quentin Tarantino, 2003), 199 n., 313, 316

 

Kill Bill: Vol. 2 (Quentin Tarantino, 2004), 199 n.

 

Km. 0 (Yolanda García Serrano y Juan Luis Iborra, 2000), 139 n.

 

 

El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006), 79 Ladri di biciclette (Vittorio De Sica, 1948), 52 n.

 

Lejos de África (Cecilia Bartolomé, 1996), 107, 120, 121, 141

 

La leona de Castilla (Juan de Orduña, 1951), 72

 

Lluvia en los zapatos (María Ripoll, 1998), 136

 

Lo más natural (Josefina Molina, 1990), 121, 122, 217, 248, 249, 251, 265 n., 276, 279

 

Locura de amor (Juan de Orduña, 1948), 72

 

La Lola se va a los puertos (Josefina Molina, 1993), 121, 122, 265 n., 276, 277

 

Los lunes al sol (Fernando León de Aranoa, 2002), 329 n., 330 n.

 

 

Map of the Sounds of Tokyo (Isabel Coixet, 2009), 152, 167, 197, 198, 201, 202, 204, 206, 208, 209, 322, 324

 

Margarita y el lobo (Cecilia Bartolomé, 1970), 86, 87, 105, 107 n., 120, 144

 

María la Portuguesa (Dácil Pérez de Guzmán, 2001), 136, 291, 322, 325, 327, 328, 330, 333

 

Marnie (Alfred Hitchcock, 1964), 143

 

 

 

 

 

Página 274

 

Matador (Pedro Almodóvar, 1986), 77

 

Meeting of Two Queens (Cecilia Barriga, 1991), 163 Mejor que nunca (Dolores Payás, 2009), 138 Miguel y William (Inés París, 2007), 88

Molinos de viento (Rosario Pi Brujas, 1937), 114 La Moños (Mireira Ros, 1997), 137, 141 Morbo (Gonzalo Suárez, 1972), 233 n.

 

Morena Clara (Florián Rey, 1936), 71 Morena Clara (Luis Lucia, 1954), 71

Morir en San Hilario (Laura Mañá, 2005), 132

 

¡Muere, mi vida! (Mar Targarona, 1995), 134, 137, 141

 

La muerte de Mikel (Imanol Uribe, 1984), 322

 

Muerte de un ciclista (Juan Antonio Bardem, 1955), 75

 

La mujer invisible (Gerardo Herrero, 2007), 268

 

Mujer sin cabeza (Lucrecia Martel, 2008), 83, 84

 

Mujeres al borde de un ataque de nervios (Pedro Almodóvar, 1988), 257 n.

 

My life without me (Isabel Coixet, 2003), 217

 

Myna se va (Sonia Escolano y Sadrac González, 2009), 107

 

 

Nathalie Granger (Marguerite Duras, 1972), 163 n.

 

Natural Born Killers (Oliver Stone, 1994), 295 n.

 

Night Porter (Liliana Cavani, 1975), 304 n.

 

No desearás al vecino del quinto (Ramón Fernández, 1970), 76 Nobleza baturra (Juan Vilá Vilamala, 1925), 71

 

Nobleza baturra (Florián Rey, 1935), 71 Nobleza baturra (Juan de Orduña, 1965), 71

 

 

 

 

Página 275

 

Notes al pem (Anna Bofarull, 2009), 107

 

Novio a la vista (Luis García Berlanga, 1954), 74

 

Un novio para Yasmina (Irene Cardona, 2008), 139

 

 

Occidente y sabotaje (Ana Mariscal, 1963), 117

 

L’oïda (Maria Ripoll, 1996), 183 n.

 

L’olfacte (Isabel Gardela, 1996), 183 n.

 

Opera prima (Fernando Trueba, 1979), 77

 

Los otros (Alejandro Amenábar, 2001), 79

 

 

El pájaro de la felicidad (Pilar Miró, 1993), 125, 126, 127, 138, 140 n., 144, 276, 285

 

Palabras encadenadas (Laura Mañá, 2003), 291, 326, 327, 328, 329, 330, 331, 332, 333

 

El palo (Eva Lesmes, 2001), 134, 136, 141

 

Para que no me olvides (Patricia Ferreira, 2005), 135 Pascual Duarte (Ricardo Franco, 1975), 305

El paseíllo (Ana Mariscal, 1968), 106, 117 Pepi, Luci, Bom (Pedro Almodóvar, 1980), 77

Perdona, bonita, pero Lucas me quería a mí (Dunia Ayaso y Félix Sabroso, 1996), 139 n.

 

El perro del hortelano (Pilar Miró, 1996), 104 n., 125, 126, 127

 

La petición (Pilar Miró, 1976), 123, 125, 126, 127, 163, 217, 228, 230, 231, 232, 233, 233 n., 236, 284, 321

 

Pon un hombre en tu vida (Eva Lesmes, 1996), 134 Poniente (Chus Gutiérrez, 2002), 139 Princesas (Fernando León de Aranoa, 2005), 79 La promesa (Hector Carré, 2004), 317

 

 

 

 

 

Página 276

 

Puede ser divertido (Azucena Rodríguez, 1995), 137, 217, 239, 242, 244 The Purple Rose of Cairo (Woody Allen, 1985), 46, 137

 

¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este? (Fernando Colomo, 1978), 77

 

¿Qué he hecho yo para merecer esto? (Pedro Almodóvar, 1984), 77, 322 La quiniela (Ana Mariscal, 1959), 85, 117

 

Raza (José Luis Sáenz de Heredia, 1941), 101, 161 Rear Window (Alfred Hitchcock, 1954), 185, 186 Retorno a Hansala (Chus Gutiérrez, 2008), 139

 

Retrato de mujer con hombre al fondo (Manane Rodríguez, 1997), 136, 139, 219, 220

 

The Riddle of the Sphinx (Laura Mulvey, 1976), 163 Riña en un café (Fructuós Gelabert, 1897), 108 Roma, città aperta (Roberto Rossellini, 1945), 52 n.

 

Salida de misa de 12 del Pilar (Eduardo Gimeno Correas, 1898), 108 Salsa rosa (Manuel Gómez Pereira, 1991), 140, 311, 312 Salt (Phillip Noyce, 2010), 70

 

Sé quién eres (Patricia Ferreira, 1999), 134, 265 n.

 

El secret de la lluna (Alicia Garaialde, 2009), 107

 

The Secret Life of Words (Isabel Coixet, 2005), 104 n., 129 n., 131 n., 208 Segunda piel (Gerardo Vera, 1999), 133 n., 139 n.

 

Segundo López, aventurero urbano (Ana Mariscal, 1953), 85, 116, 117

 

Semen: una historia de amor (Inés París y Daniela Fejerman, 2005), 129, 134, 137, 144, 146, 217, 259, 260, 261

 

Sévigné (Marta Balletbò-Coll, 2004), 128, 138

 

Sexo oral (Chus Gutiérrez, 1994), 132, 139, 142, 163, 265, 266

 

 

 

 

Página 277

 

Sexo por compasión (Laura Mañá, 2000), 132, 136, 137, 217, 239, 245, 246, 265, 266

 

Siete minutos (Daniela Fejerman, 2009), 57

 

Sin noticias de Dios (Agustín Díaz Yanes, 2001), 268 Sobreviviré (Alfonso Albacete y David Menkes, 1999), 139 Solas (Benito Zambrano, 1999), 239, 241, 243

Solo mía (Javier Balaguer, 2001), 134 n., 291, 316, 317, 322, 327 Something’s Gotta Give (Nancy Meyers, 2003), 268 Souvenir (Rosa Vergés, 1994), 138

 

Sublet (Chus Gutiérrez, 1991), 142

 

Sunset Boulevard (Billy Wilder, 1950), 267

 

 

El tacte (Núria Olivé-Bellés, 1996), 138, 183 n.

 

Taxi (Carlos Saura, 1996), 141 n.

 

Te doy mis ojos (Icíar Bollaín, 2003), 104 n., 129 n., 131 n., 134 n., 136, 142, 265 n., 291, 326, 327, 328, 328 n., 329, 330, 330 n., 331, 332

 

Tengo una casa (Mónica Laguna, 1996), 136 n. Tesis (Alejandro Amenábar, 1996), 134 Thaïs (Elena Jordi, 1918), 36, 112

 

Thelma & Louise (Ridley Scott, 1991), 273, 274, 316, 323, Thriller (Sally Potter, 1979), 163 n. La tía Tula (Miguel Picazo, 1964), 74

 

Tierra habitada (Anna Sanmartí, 2009), 107

 

Tigres de papel (Fernando Colomo, 1977), 77

 

La tilita (Josefina Molina, 1979), 163

 

Todo sobre mi madre (Pedro Almodóvar, 1999), 254, 255, 256, 257, 259 Una tragedia al cinematografo (Enrico Guazzini, 1913), 43 n.

 

 

 

 

 

Página 278

 

La trastienda (Jorge Grau, 1975), 161

 

Tres dies amb la família (Mar Coll, 2010), 104

 

Tristana (Luis Buñuel, 1970), 75, 76 n.

 

Tú eliges (Antonia San Juan, 2009), 107

 

Tu nombre envenena mis sueños (Pilar Miró, 1996), 107, 125, 127, 135, 265 n., 291, 318, 320, 324,

 

El último viaje de Robert Ryland (Gracia Querejeta, 1996), 136 n., 139 n.

 

An Unmarried Woman (Paul Mazursky, 1978), 267, 268 n., 275

 

Upper World (Roy Del Ruth, 1934), 67 n.

 

 

¡Vámonos, Bárbara! (Cecilia Bartolomé, 1978), 120, 217, 270, 273, 274, 274 n.

 

La venganza del marino (José Buch, 1920), 102

 

Vera, un cuento cruel (Josefina Molina, 1973), 106, 121, 122 La verbena de la paloma (José Buchs, 1921), 71

La verbena de la paloma (Benito Perojo, 1935), 71

 

La verbena de la paloma (José Luis Sáenz de Heredia, 1963), 71

 

Vestida de novia (Ana Mariscal, 1967), 117

 

Víctima del odio (José Buch, 1921), 102

 

Vida conyugal sana (Roberto Bodegas, 1974), 233 n.

 

Viridiana (Luis Buñuel, 1961), 75

 

La vista (Judith Colell, 1996), 152, 183, 187 Volver (Pedro Almodóvar, 2006), 322

 

Die weißen Rosen von Ravensberg (Rudolf Meinert, 1929), 111 Werther (Pilar Miró, 1986), 124, 126, 127, Wuthering Heights (A. V. Bramble, 1920), 174

 

 

 

 

 

Página 279

 

Wuthering Heights (William Wyler, 1939), 174, 226

 

 

Yerma (Pilar Távora, 1999), 280, 281

 

Yo quiero que me lleven a Hollywood (Edgar Neville, 1931), 114 Yoyes (Helena Taberna, 1999), 134 n., 135, 265 n.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Un artículo del New York Times (16 de marzo de 2012) por ejemplo se pregunta por qué ya no hay líderes feministas. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Deborah Rhode (1999) estudia las dinámicas sociales que impiden que la desigualdad de género se reconozca en la actualidad como un problema grave. Rhode distingue tres patrones de actitud básicos: 1) la negación de la desigualdad: se desecha por completo que haya todavía discriminación contra las mujeres; 2) la negación de la injusticia: se reconoce la desigualdad, pero se justifica como si fuera consecuencia de decisiones propias de la mujer; 3) la negación de la responsabilidad: en caso de reconocer la desigualdad, no se piensa ser parte del problema ni de la solución. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Esta operación «consiste en transferir a la producción cultural (como las ciencias, el derecho, la religión, etc.) los atributos de la potencia y de la obra de la madre, desnudándola y reduciéndola a naturaleza opaca e informe, sobre la cual el sujeto (cognoscente, legislador, creyente, etc.) tiene que erguirse para dominarla» (1991: 10). (Esta traducción es mía, al igual que las demás del volumen, a no ser que se indique lo contrario en la bibliografía). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  A pesar de lo forzado que pueda resultar en castellano distinguir entre «sexuar» y «sexualizar», prefiero seguir las propuestas del feminismo italiano y utilizar el neologismo «sexuar» (sessuare), y sus derivados, para referirme a lo que en inglés se designa como «to gender», es decir, «marcar por el género sexual», frente a las connotaciones que implicaría en cambio el verbo «sexualizar». <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  En cierta forma, el título de este libro se sustenta en la misma paradoja indicada por Isabel Morant en «El sexo de la historia»: en todo momento las mujeres han sido marcadas por su sexo, discriminadas por ser mujeres, pero a la vez «este sexo tan “patente”, tan considerado, del que tanto se había escrito, del que todo el mundo sabe algo, ha tenido una muy pobre historia o no ha tenido ninguna» (1995: 30). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  El neologismo gynocine es una propuesta para corregir las limitaciones de los términos «cine feminista», «cine femenino» y «cine de mujeres». Por medio de este neologismo soy yo quien marca genéricamente —quien sexúa— este corpus con mi lectura y desde mi punto de vista feminista. El gynocine no es necesariamente feminista: pero su lectura sí lo es. Es más, este término prescinde de una vinculación directa con lo estrictamente biológico, porque sus productos no tienen por qué ser única y exclusivamente filmes dirigidos por mujeres: todo el mundo, prescindiendo de su sexo, puede hacer cine ginocéntrico y feminista. Y si no todo el cine dirigido por mujeres es feminista, todas las películas dirigidas por mujeres pertenecen al gynocine, porque ninguna mujer es inmune a un sistema de prácticas y de instituciones que discriminan y oprimen en términos de sexo-género, ni tan siquiera las más fervientes defensoras de este sistema. Y finalmente, el gynocine incluye a otras «autoras», puesto que el autor de una película no es necesariamente su director/a (Zecchi, 2014). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Ruby Rich llama «Cine de los Padres» al cine comercial y dominante de Hollywood y todas las manifestaciones cinematográficas correspondientes en otras culturas y países. Llama «Cine de los Hijos» al cine de vanguardia, experimental y personal que se encuentra incluido en el canon del mundo artístico (1998: 63). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  La Sala Mercè estuvo funcionando entre 1904 y 1913 en la Rambla de Estudios de Barcelona bajo la dirección del pintor Lluís Graner. Cuando se cerró fue desmantelada por completo. En su lugar se abrió en 1936 el Atlantic Cinema (luego Cine Atlántico), derribado en 1988 para construir un hotel. En La Vanguardia del 3 de noviembre de 1904 se anuncia: «Hoy, a las cinco de la tarde, la Sala Mercè, situada en la Rambla de Estudios, inaugurará sus espectáculos de visiones musicales y proyecciones habladas, dando una sesión especial a las autoridades, prensa y demás personas invitadas». El día siguiente el mismo periódico describe «las misteriosas tonalidades del salón […] que afecta el aspecto de una gruta, con su rústica labor iluminada por tornasolados focos incandescentes de variados matices». Más detalles de cómo era este lugar nos los ofrece el Padre Baldelló, amigo de Gaudí: «toda ella tenía la disposición de una sala moderna, con la rasante del pavimento y de la bóveda dispuesta de modo que tenía una visibilidad perfecta. Las paredes y la bóveda eran de un material muy rugoso y formaban suaves ondulaciones que respondían al

 

sistema de obtener una audición perfecta» (http://www.gaudiclub.com/esp/e_vida/smerce.asp). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  En la revista satírica antieclesiástica Cu-Cut! se comentaba que «el local, gracias a la traza del Sr. Gaudí, está ventilado de tal manera que, sin que uno se dé cuenta de por donde entra, el aire circule allí guapamente, renovándose de una manera insensible y no permitiendo a la atmósfera que se vicie» (Torii, 1983: 256). Jordi Torras i Comamala comenta que otra revista de izquierda, L’Esquella, bromeó sobre el hecho de que «una señora espectadora a la salida del espectáculo buscaba la pila de agua bendita para persignarse; como si saliese de oír misa» (2002: 182). Según Antoni González Moreno-Navarro, la percepción de lo que se representaba en esta sala no pudo nunca librarse de ser condicionada por unas connotaciones debidas a «la vinculación del local con la Iglesia católica y

 

la ingenuidad de la programación» (http://www.upc.edu/web/tallergaudi/nova/fitxers_conferencies/16.pdf ). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Véase Gianni Canova (2002). En su autobiografía, Roberto Rossellini escribe: «el cine como aparato: el cine, la maquinaria de proyección, la oscuridad, el útero que proyecta: el cine como manifestación del inconsciente, el cine que nos separa de la realidad de la vida, incluso cuando nos la revela en la pantalla con una inmediatez deslumbrante» (xv). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Para Michel de Certeau (1984), el «lugar» es un concepto teórico, mientras que el «espacio» es un «lugar practicado», frecuentado y animado por personas, «un cruce de elementos en movimiento»: «los caminantes son los que transforman en espacio la calle geométricamente definida como lugar por el urbanismo» (1984: 85). En cambio, para Marc Augé, el concepto de espacio es más abstracto que el de lugar. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Sada, 1991; Cabo, 1992; Martínez, 1992; Munsó, 1995; González López, 2001, 2005; Cerdán, 1998; entre otros. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Un ejemplo paralelo en el campo de la fotografía es el de la nuera de Anaïs Napoleon, la fotógrafa María Tiffón, que, al quedar viuda, tomó las riendas del estudio de su marido en Madrid, pero siguió firmando su obra con el nombre del difunto esposo. Como comenta García Felguera, «estamos así ante un caso más de fotografías hechas por una mujer […] que aparecen bajo la firma de un hombre» (2005: 325). El apellido «Napoleon» se escribe sin tilde por ser francés. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Jordi Torras i Comamala dice que el incendio causó ingentes pérdidas: quedaron destruidos «el hermoso órgano de valor inestimable, así como los ricos cortinajes, las alfombras, telas al óleo, espejos de moldura dorada… solo se pudieron salvar tres figuras de cera» (2002: 187). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  En sus estudios sobre estas fiestas, Letamendi y Seguin (1998) y Santiago de Pablo (2001) mencionan exactamente a los mismos participantes que Cabero, y además incluyen a Carmen Pisano. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  La información ha sido rescatada por Jon Letamendi del Archivo Municipal de Bilbao: sección 3.ª, legajo 89, documento 7. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Por las esquelas se puede deducir que no tuvieron hijos; de ahí que Carmen Pisano pudo no verse afectada por uno de los principales motivos por los cuales una mujer pública termina por quedar encerrada en la esfera privada. Razón de más para pensar que Pisano tuviera un papel activo en la empresa que ha pasado a la historia del cine exclusivamente bajo el nombre de su marido. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Para Colita y Mary Nash (2005), «cinco días después de la presentación pública del cinematógrafo de los Lumière en Cataluña, los hermanos Napoleon ya habían adquirido el aparato y obtenido la representación de la casa Lumière en Barcelona, en el año 1896» (34). Sin embargo, si damos fe al post quem indicado por Letamendi, esta fecha se tiene que postergar a después de mayo de 1897. En La Vanguardia, las primeras referencias a la Sala Napoleon se encuentran a partir de marzo de 1897. González López aclara que la primera exhibición fue el 10 de diciembre de 1896, pero todavía la cámara no era propiedad de Anaïs y Antonio. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Josetxo Cerdán (1998), por ejemplo, en su estudio de la programación de dicha sala entre 1897 y 1898, habla de los hermanos Fernández «apodados Napoleon» (dits Napoleon), refiriéndose a Fernando (que en realidad, como se ha visto, se llamaba Antonio) y a su hijo Emilio. Mary Nash y Colita piensan en cambio que Anäis y Antonio eran hermanos. Jordi Torras i Comamala, por su parte, indica que los llamados Hermanos «dits» Napoleon eran Antonio y Emilio, hijos de Anaïs. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Anaïs participó de la misma manera en la actividad de la sala cinematográfica y legó a su hijo Emilio, en 1905, «la parte que me corresponde en el cinematógrafo con todos sus útiles y enseres y muebles que tenemos instalados en el entresuelo interior de nuestra casa» (García Felguera, 2005: 95). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  En 1911 el número de cines superaba el centenar, según comenta Palmira González López (2001). Si para algunos estudios (Cerdán, 1998; González López, 2001; Mary Nash y Codina, 2005) el cierre de los dos locales ocurrió en 1908, para García Felguera fue en 1907 cuando pasó a otras manos. Sin embargo un anuncio en La Vanguardia del 28 de abril de 1909 informa de que el Cinematógrafo Napoleon sigue funcionando y ofreciendo un «gran surtido en películas, todos los días estrenos. Los martes, sesión de moda, de 10 a 12 noche. Los jueves, función de broma, con extenso programa de películas cómicas». Un anuncio del 28 de marzo de 1912, en el mismo periódico, informa de que se alquila el gran local del excinematógrafo Napoleon. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  En los Estados Unidos, Marjorie Rosen (1973) comenta por ejemplo que había más directoras en Hollywood en la época pionera que en los años 70: la lista de las mujeres que habían hecho contribuciones significativas era bastante más sustancial que la de hoy (367). La situación actual no ha cambiado. Un reciente informe publicado por la Universidad de Southern California indica que en Hollywood las mujeres constituyen solo el 3 por 100 de los directores y el 13,5 por 100 de los guionistas. Los datos reportados por el volumen coordinado por Fátima Arranz (2010) señalan una situación en España igualmente grave en la actualidad: hay «una tasa de feminidad alarmantemente baja […] una exclusión contundente […] y una presencia notable solo “en las áreas femeninas” — peluquería, maquillaje y vestuario— y sin embargo en el resto [siguen] manteniendo una representación muy alejada de la paridad» (Arranz, 2010: 276). En el mismo estudio, Esperanza Roquero traduce en porcentajes la participación femenina actual, en «la cúspide de la jerarquía ocupacional»: las directoras no llegan a ser el 10 por 100, las guionistas constituyen el 15 por 100, el grupo técnico (cámara, técnico de sonido, sonido directo, montaje de sonido, efectos especiales, steadcam y casting) el 10 por 100; el grupo ejecutor (producción) constituye el 34 por 100. Solo en el vestuario, peluquería y maquillaje, ocupaciones históricamente femeninas, las mujeres llegan a superar el 80 por 100 (Roquero, 2010: 127-158). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Ross Melnick y Andreas Fuchs (2004) documentan una significante — y problematizada— presencia femenina en las primeras salas de cine de los Estados Unidos: «A pesar de las advertencias que amonestaban a las mujeres y los niños a que evitaran estos lugares supuestamente oscuros, sórdidos y peligrosos, donde se tejían cuentos inmorales, las mujeres y los niños eran en realidad una fuente importante de ingresos. De hecho, algunos teatros, como el Teatro de Comique, el más elegante de Boston, anuncian que sus actuaciones continuas son “para hombres, mujeres y niños”, mientras que en Brooklyn, según un informe publicado en 1910, las mujeres parecían dominar los asientos en los cines locales. Moving Pictures World señalaba que “un juez de Brooklyn se quejaba de que las esposas de Brooklyn pasaban tanto tiempo en el cine que sus maridos se veían obligados a conformarse con una cena de charcutería”» (15). Como se verá en esta sección, la situación en España no era muy diferente. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Un corto italiano de 1913, Una tragedia al cinematografo, dirigido por Enrico Guazzini, condensa en sus 8 minutos las ramificaciones de la experiencia femenina en el cine en esa época. En este espacio la espectadora-protagonista encuentra satisfacción a sus deseos reprimidos no solo con la imaginación, sino también encontrándose con su amante. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  En el estudio dirigido por Jo Labanyi, Cinema and Everyday Life in 1940s and 1950s Spain: An Oral History (en prensa), se recogen entrevistas a madrileños y valencianos sobre la experiencia de ir al cine durante las primeras dos décadas de la dictadura franquista. El equipo de Jo Labanyi cuenta con Susan Martin-Márquez, Kathleen Vernon, Eva Woods y Vicente Sánchez Biosca. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Pilar Toboso (2002), en su recorrido histórico por la aparición de los grandes almacenes en Europa, indica que en España hay cierto retraso debido a la economía de autoconsumo de una sociedad con poco poder adquisitivo. En Francia Bon Marché abrió en 1869, en los Estados Unidos Sears apareció en 1886, en Alemania Karstadt en 1881, en Inglaterra Harrod’s en 1874 y en Italia Mele en 1902. A excepción de los Almacenes El Siglo en la Rambla de los Estudios de Barcelona (1881) y de los Almacenes Capitol de Madrid (1916) cuya oferta era bastante limitada, en España hay que esperar hasta mediados de siglo XX para encontrar unos grandes almacenes de estilo europeo. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Según las palabras de Foucault (1984), también existen «lugares reales, lugares efectivos, lugares que están diseñados en la institución misma de la sociedad, que son una especie de contraemplazamientos, de utopías efectivamente realizadas en las cuales los emplazamientos reales, todos los demás emplazamientos reales que se pueden encontrar en el interior de la cultura están a la vez representados, cuestionados e invertidos, una especie de lugares que están fuera de todos los lugares, aunque sean sin embargo efectivamente localizables. Estos lugares, por ser absolutamente otros que todos los emplazamientos que reflejan y de los que hablan, los llamaré, por oposición a las utopías, las heterotopías» (2007). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Carmen Martín Gaite, en su ensayo Usos amorosos de la postguerra española, cuenta que su hermana, «harta de pasar frío, inventó un recurso que acabó poniéndose de moda entre todo su grupo de amigas. Al salir de casa se preparaba una bolsa de agua caliente y se la ataba con unas cintas por debajo del abrigo, con lo cual el consuelo le duraba durante todo el Nodo y la primera parte de la película, menos pródiga en emociones ardorosas» (1987: 192). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Y no solo lecturas de resistencia, sino también que complementaban lo que el cine de oposición no podía decir. El ensayo seminal de José María Castellet de 1957, La hora del lector, apela a los lectores a que se sintonicen con el esfuerzo de producción, a ser coproductores del texto. El autor desea poder «encontrar un lector de buena voluntad que quiera completar su labor. Lector que, a su vez, abrirá las páginas del libro y se enfrentará con un texto que no podrá entender sin esfuerzo» (58). Esta necesidad de descifrar, reconstruir y llenar los huecos del texto dejados por la autocensura se puede fácilmente aplicar también al ejercicio del público en el cine. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Esta solución se desestimó enseguida (y seguramente no porque discriminara a las mujeres), pero algunos días después, el 28 de noviembre de 1911, por Orden Real se implementó la censura en el cine. La censura se abrogó oficialmente en 1977. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  El neorrealismo había empezado a conocerse gracias a la primera y a la segunda semana de cine italiano, celebradas en Madrid, respectivamente, en noviembre de 1951 y en marzo de 1953. Antes de 1950 —año en que se estrenaron, clandestinamente, Roma, città aperta (Rossellini, 1945) y Ladri di biciclette (De Sica, 1948)— este género era prácticamente desconocido: «Por aquellos años el mundo cultural español estaba absolutamente cerrado: no existía más que el cineclub de C. E.C.; incluso el puro sistema de comunicación con el exterior era algo inimaginable» (Fernández, 1992: 27). Como mucho, se tenían referencias indirectas «a través de revistas extranjeras en la mayor parte de los casos, que cumpl[ían], así, un papel supletorio a la vez que aumenta[ban] la ansiedad de aquellos jóvenes por conocer lo que sin duda era uno de los acontecimientos culturales más importantes del momento» (63). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Autores tan diversos como Juan Marsé, Camilo José Cela, Fernando Arrabal, Javier Maqua, entre otros, recuerdan en sus textos a las pajilleras —un término reconocido hasta por el Diccionario de la Real Academia, que en su 23.ª edición le quitará las connotaciones de prostitución—, como figuras casi emblemáticas: «No hay cine sin pajillera. Es como las patatas fritas a la inglesa. Son industrias auxiliares que no se pueden abandonar» (Maqua, 1993: 112). Para Aurora Morcillo, «los cines las toleraban porque traían a clientes e ingresos extra en forma de propina para los ujieres. Algunos de estos clientes daban a los ujieres una comisión. Elegían cualquier hombre que entrara solo en el teatro y lo sentaban donde trabajaban las pajilleras» (2010: 106). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Empecé a estudiar el tema del miedo en el cine en una clase sobre discursos de género que impartí en la Universidad Carlos III de Madrid en 2001 y he continuado mi investigación, todavía inédita, por medio de encuestas y entrevistas a diferentes generaciones de espectadores en Madrid, Barcelona y Granada. Quería dar las gracias en particular a Josefa Díaz, a María Dolores Díaz y a Manuel Romero, por haberse prestado tan amablemente a conversar conmigo y compartir sus recuerdos, recuerdos que me han abierto los ojos sobre la necesidad de analizar el desarrollo histórico del tema que estudio en estas páginas. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Véase a este respecto lo que comenta Jo Labanyi sobre sus entrevistados/as (2007). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Mantengo el masculino universalizante de «espectador» y «lector» del texto original de Bluestone. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  En realidad, para Benjamin, ni el cine tenía aura, al no ser aún arte, ni las estrellas de cine tenían aura, al ser un estrellato «averiado» por su carácter de mercancía. Dada la fecha del texto de Benjamin, el autor no estaba hablando de la reproducción del cine, sino del cine como forma de reproducción (de la naturaleza, de las artes y de la historia). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Me refiero a las declaraciones de Santiago Segura, en La Semana.es (http://www.lasemana.es/afondo/afondo.php?cod=177). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  La apariencia física del viajero, su acento, su ropa, el tipo de coche que conduce, etc., determinan su experiencia en los controles de las autopistas y de los aeropuertos, no-lugares de tránsito en los cuales en ningún momento es anónimo o asexuado. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Para unos estudios sobre la incorporación (y exclusión) de las mujeres en las nuevas tecnologías, véase Castaño (2005 y 2006). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Por ejemplo, vemos a Cary Grant con Katharine Hepburn en los años 30, con Ingrid Bergman en los 40, con Grace Kelly en los 50 y con Sofia Loren en los 60. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  A diferencia de Haskell, Johnston (1973) opina que una aproximación sociológica al estudio de la representación de la mujer en el cine no es válida, porque implicaría una aceptación de la denotación como si se tratara de realidad, y conduciría a una naturalización del mito. Sin embargo, a mi entender, un análisis de la transformación del signo, además del estudio de la transformación de la situación femenina en la sociedad, sigue siendo útil. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Si Ginger Rogers tenía relaciones sexuales sin tener hijos en Gold Diggers (1933) y en Upper World (1934), en 1939 tiene hijos sin sexo en Bachelor Mother: Haskel apunta que de ninguna forma sexo y maternidad podían ser compatibles en Hollywood. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Molly Haskell se pregunta a este propósito «¿Dónde, oh dónde, está el compañerismo, y el tan alabado apoyo mutuo entre las mujeres? Estaba allí, sin promocionarse demasiado, en los años 20: entre las mujeres de Griffith, con Clara Bow y sus amigas de la universidad; en los años 30, entre las buscadoras de oro, con Kay Francis y Aline MacMahon y Eve Arden, y con la ayuda y el apoyo de las mujeres mayores como Binnie Barnes y Billie Burke; en los años 40, con Bette Davis y sus coprotagonistas femeninas; incluso en los años 50, con Marilyn Monroe y sus amigas cazamillonarios. Pero ¿dónde están los equivalentes modernos a estas mujeres en el cine y en la vida real?» (371). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Para Ruiz Muñoz, Lola Flores añade «un valor expresivo en sus canciones y en sus bailes que hace olvidar las posibles carencias de la puesta en escena de las producciones cinematográficas en las que interviene» (2008, 43). De forma análoga, Marisol «contrapone interpretaciones llenas de energía a la blandura de los personajes que le toca interpretar» (43). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Se trata de un sueldo comparable al de las estrellas de Hollywood en la actualidad: Angelina Jolie ganó 15 millones de dólares por Salt, película que tuvo un presupuesto de 110 millones. En ambos casos se trata aproximadamente del diez por ciento del coste de la película. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  De hecho, la misma CIFESA se había fundado con el propósito de «“españolizar” el cine nacional de los años 30 y fomentar la ejemplaridad racial y el patriotismo […]. CIFESA convirtió “la españolada” de origen francés y variante del musical en un género autónomo y la defendió por sus valores raciales, su costumbrismo nacional y su folklorismo» (Ballesteros, 1999b: 52). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Para Mary Nash, dentro de los límites impuestos por el contexto de los roles sexuales, la guerra llegó a transformar la vida de las mujeres «dándoles una mayor autonomía de movimiento y decisión» y fomentando «nuevas expectativas respecto a su propio rol en la sociedad y una conciencia más amplia de sus derechos» (1999: 249). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Estudio esta evolución a propósito de El Ventanal, revista de la sección femenina de FET y de la JONS que en 1946 toma el relevo de las revistas Medina e Y. La primera época se publica entre abril y noviembre de 1946. La segunda se reanuda en febrero de 1947 durante un año. En su segunda época despoja a la figura de la mujer de aquellas connotaciones que se podían leer como símbolos fascistas y la viste de religiosidad y completa abnegación. Si la Sección Femenina pasa de órgano de la Falange a órgano del Movimiento, El Ventanal se adecua a la nueva situación política pasando de revista de mujeres fascistas a revista conservadora del hogar.

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  A María José, el director le aplica el mismo castigo que a la protagonista de la película franquista La fe (1947): una muerte, en ambos casos por un accidente de coche, que restablece el orden. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  No estoy de acuerdo con los planteamientos de Virginia Higginbotham (1989), que lee el cine de Buñuel como feminista (a pesar de su autor). Para Higginbotham: «Al igual que Ibsen, Buñuel no era ningún feminista, pero, al igual que Nora, que cerró aquella puerta, el trío de Buñuel […] Viridiana, Tristana y Belle de Jour sigue sorprendiendo al público

 

cinematográfico de hoy» (http://tell.fll.purdue.edu/RLA-Archive/1989/SpanishHart-pdf/Higginbotham-FF.pdf). En realidad los tres personajes femeninos estudiados por Higginbotham son ejemplos, a mi entender, del discurso misógino de Buñuel, que no denuncia la sociedad patriarcal por victimizar a las mujeres, sino que castiga a la mujer como perpetradora de los valores más rancios de la sociedad patriarcal. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  El artículo de Aguilar estudia obras de Alex de la Iglesia, Julio Medem, Santiago Segura, Vicente Aranda, Javier Fesser, Alejandro Amenábar, Agustín Díaz Yanes, Fernando León de Aranoa y Pedro Almodóvar que corresponden a un mismo marco temporal (2000-2006) frente a obras coetáneas dirigidas por mujeres: largometrajes de Patricia Ferreira, Daniela Fejerman e Inés París, Chus Gutiérrez, Icíar Bollaín, Isabel Coixet, Gracia Querejeta, entre otras. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Estudio el corpus realizado por mujeres en el capítulo siguiente. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Para Khatchadourian, estas seis áreas «son extensiones imaginarias del espacio-acción fenomenológico (creado por las imágenes en el espacio de la pantalla): espacio en el que la acción de una película narrativa “toma lugar” […]. Imaginariamente “llegan a existir” cada vez que algo en el espacio de la acción (y no simplemente una imagen en el espacio de la pantalla), como un personaje, se ve mientras sale del alcance de la cámara y desaparece de la vista, dando un paso fuera del espacio de la pantalla, como podríamos decir erróneamente. No pensamos que el personaje haya dejado de existir cuando ya no se percibe» (1987: 171-172). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  En un workshop de guion en la Universidad de Massachusetts en noviembre de 2011, Inés París enseñó esta secuencia, y explicó la historia que estaba detrás de la decisión de la productora de eliminarla del texto final. La productora argumentó que se trataba de una escena en inglés demasiado larga para el público español. Según París, lo que se quería diluir, en cambio, era el carácter feminista de la decisión de la protagonista. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Este debate corresponde a los planteamientos en los años 70 de la teoría literaria feminista, cuando la ginocrítica se propone el rescate de unos textos de autoría femenina, que la llamada crítica de resistencia (representada por Virginia Woolf y su A Room of One’s Own) desconocía. Por su parte, Elaine Showalter, con A Literature of Their’s Own, consigue recuperar esta presencia femenina en la esfera literaria. Trabajos análogos se están haciendo en la actualidad en otros campos. Colita y Mary Nash, por ejemplo, han organizado la exposición Fotògrafes pioneres a Catalunya en 2005, precisamente para «rescatar la obra desconocida de las primeras generaciones de fotógrafas de nuestro país […] [y para] superar la amnesia histórica y recuperar la etapa perdida de una saga de pioneras que trabajaban en ese terreno antes de la conocida generación contemporánea de fotógrafas profesionales catalanas, que empezaron a dedicarse a ello en los sesenta» (2005: 187). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  De hecho los primeros textos del debate sobre el tema de la autoría igualan —y en cierta forma reducen— el dispositivo fílmico a un texto literario: esta equiparación es explícita en Astruc (1989), que se pregunta: «¿Cómo es posible que en este arte donde una cinta visual y sonora se despliega desarrollando con ello una cierta anécdota (o ninguna, eso carece de importancia), se siga estableciendo una diferencia entre la persona que ha concebido esta obra y la que la ha escrito? ¿Cabe imaginar una novela de Faulkner escrita por otra persona que Faulkner?» (2007: 224). Estas preguntas que equiparan de forma no problematizada la obra de un individuo, con el trabajo de un equipo, derivan todavía de una visón artesanal del cine, en la cual figuras como Chaplin, Welles o Keaton, para nombrar a algunos, participaban en el guion, la dirección, la actuación, la filmación y la edición. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Panofsky utiliza un vocabulario salpicado de metáforas misóginas cuando afirma que el cine es arte comercial, que se arriesga a convertirse en prostituta, pero que si no fuera comercial sería una «vieja solterona» (1997: 120). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  «La retórica del texto —la utilización de la expresión “ya que estamos en el tema”, la repetición de la idea de que estas directoras no merecen nada más que “una nota a pie de página” en la historia del cine— evoca repetidamente la idea de que su trabajo es insignificante» (Colaizzi, 2007: 65). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Como se verá en el capítulo siguiente, Viviane Forrester, en «Le regard des femmes» (1976) se pregunta qué ven los ojos de las mujeres, y contesta que solo sabe lo que ve ella, como individuo femenino, y lo que ven los hombres: un mundo privado de la mirada de las mujeres. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Núria Triana Toribio, siguiendo el consejo de Griselda Pollock «de revolucionar los archivos» (1992: iii), comenta que «si nos cambiamos las gafas autorales, nos encontraremos con una historia muy distinta a la que nos han legado» (2013: 99). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Esta obra de rescate ha reivindicado la producción de unas pioneras que ya forman parte de la historia del cine: entre otros nombres, hay que mencionar en particular los de Alice Guy (1873-1968) y Germaine Dulac (1882-1942) en Francia; Anna Hoffman-Uddgren (1868-1947) en Suecia; Lillian Gish (1893-1993), Dorothy Arzner (1897-1979) y Lois Weber (1881-1939), entre otras, en los Estados Unidos; Olga Preobrazhenskaia (1881-1971) en Rusia; Nell Shipman (1892-1970) en Canadá; Elvira Notari (1875-1946) en Italia, y Aziza Amir (1901-1952) en Egipto. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Raquel Meller debuta en el cine español en 1919 con la españolada en episodios Los arlequines de seda y oro dirigida por Ricard Baños. Su fama internacional se debe a la exportación de su versión breve La gitana blanca. En 1919, Meller se traslada a París y sigue cosechando éxitos: «Innecesario señalar que a un cinema raquítico como el español, la figura de Raquel Meller le venía grande, por lo que no volvería a intervenir en ninguna de sus producciones» (Pérez Perucha, 1995: 74). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Peter Williams Evans (2003) señala que en España, a diferencia de otros países, la tradición del cine de autor «no niega la importancia del cine popular» (4), mientras que, por lo general, la teoría (o política, según Bazin) autorial distingue entre tradición popular y cine de autor. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  La declaración de Serge Daney (1977) a este propósito me parece muy significativa: «Hay algo extraordinario: la forma en que la actriz-autora está a la vez a ambos lados de la cámara, sin que ello tenga ninguna consecuencia. Hay cierta violencia latente que resalta la diferencia con el actor-autor hombre. Miremos a Lewis o a Chaplin: para ellos pasar de un lado de la cámara a otro significa arriesgar parodia, feminización y jugar con este riesgo. Nada de eso pasa con las mujeres» (http://home.earthlink.net/~steevee/Daney_1977.html). Daney parece sugerir que efectivamente la mujer sigue siendo actriz, incluso cuando no lo es. Para el hombre sin embargo actuar implicaría travestirse. Como se verá más adelante, el concepto de «mascarada» de Rivière es retomado por la teoría fílmica feminista con Claire Johnston (1973) y con Mary Ann Doane (1990). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  En cambio, la guionista Alicia Luna se desmarca de la autoría de la película afirmando: «soy la autora de los guiones que he escrito, pero no de las películas que, basadas en mis textos, han dirigido y convertido en películas otras personas» (2013: 125). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  Durante su mandato como presidenta de CIMA (la Asociación de Mujeres Cineastas y de Medios Audiovisuales) entre 2006 y 2012, Inés París tuvo «varios encuentros con el director general del ICAA, Fernando Lara, y la ministra de Cultura, Carmen Calvo, [y] ha conseguido que sus súplicas tengan cabida en el texto de la futura Ley del Cine y esta contemple ayudas para la creación femenina. “La Ley protege que las mujeres podamos seguir haciendo cine”, destacó París, recordando que ya existe la Ley de Igualdad, que también tiene que ser ejecutada en el mundo

 

del cine y del audiovisual» (www.lukor.com/cine/noticias/portada/07062819.htm). <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  No es muy diferente la situación en los Estados Unidos, donde en la actualidad probablemente solo Kathryn Bigelow, Sofia Coppola, y pocas más, se reconocen como autoras. <<

  Las siguientes páginas resumen un estudio más detallado de las cuatro generaciones de directoras que se encuentra en mi libro Desenfocadas: cineastas españolas y discursos de género (2014). <<

  Después de los dos primeros premios Goya a la mejor dirección novel, que fueron ganados por mujeres durante dos años consecutivos (en 1989 y 1990), habrá solo uno más, antes de Mar Coll: el de Ángeles González Sinde en 2003. En la historia del palmarés de las veintitrés ediciones de la gala hasta la fecha, solo tres mujeres han ganado por la mejor dirección: Pilar Miró en 1996 con El perro del hortelano, Icíar Bollaín en 2003 con Te doy mis ojos e Isabel Coixet en 2005 con The Secret Life of Words. <<

  A modo de posdata, cabe aquí mencionar el Goya de Honor de Josefina Molina en 2012. En su discurso, la cineasta comenta: «Sé que estoy aquí en representación también de otras mujeres, de mi generación y de generaciones anteriores, que se han dedicado a este oficio del cine en sus distintas facetas cuando no era fácil. Quisiera compartir este Goya de Honor con ellas y también quisiera compartirlo con mis compañeras de CIMA, la Asociación de Mujeres Cineastas y de Medios Audiovisuales, que ha sabido sustituir el aislamiento por la solidaridad, el análisis y la información. Y cuya labor por la valoración de nuestro trabajo y la visibilidad de las mujeres cineastas de este país, es constante» (http://www.cimamujerescineastas.es/). <<

Como mucho, la conexión entre la primera generación de cineastas y la siguiente se establece entre dos obras, dos adaptaciones de la novela El camino de Miguel Delibes, que tanto Ana Mariscal como Josefina Molina llevan a la pantalla, con una década de diferencia, en 1963 y en 1977 respectivamente. Este eslabón es, sin embargo, una mera excepción, y no tuvo trascendencia alguna. <<

  Si quisiéramos incluir también los mediometrajes, el principio de esta generación se podría hacer coincidir con la cinta Margarita y el lobo de Cecilia Bartolomé en 1969. <<

  En un artículo sobre Jesús Tordesillas en la red (http://ladyfilstrup.blogspot.com/2009/04/jesus-tordesillas-un-generico-de-largo.html), se reproduce el fotograma de la película de Cortesina que se encuentra en el libro de Cabero con la misma leyenda equivocada que desposee a la directora de la autoría de su película. <<

  Hay todavía muy pocos, y muy sumarios, estudios sobre estas figuras femeninas. Elena Jordi es la única que hasta la fecha ha sido objeto de una monografía (por Josep Cunill, 1999) y de una tesis de máster (por Irene Melé Ballesteros, 2013). Para Pisano, véase Jon Letamendi y Jean-Claude Seguin (1998). Susan Martin-Márquez (1999), en su trabajo seminal sobre el cine femenino español, cita a Helena Cortesina y basándose en el catálogo de Palmira González López y Joaquín Cánovas (1993) habla de la existencia de Elena Jordi. Victoria Fonseca, en su monografía sobre Ana Mariscal, hace mención de Carmen Pisano, Helena Cortesina, Isabel Roy y Rosario Pi (en este orden) como precursoras de la directora madrileña. Estas mujeres vuelven a aparecer en el artículo autobiográfico de Josefina Molina «Punto y seguido» (2003). Molina afirma que llegó a saber de ellas «buceando en la sección “La mujer y el cine” de un programa de radio sobre la historia de las primeras mujeres directoras de nuestro país» (77). Rosa Peralta (2007) dedica un espacio considerable a Cortesina en su libro sobre el escenógrafo Manuel Fontanals. Por su parte, Jacqueline Cruz (2011), que menciona a todas estas directoras, observa que Caparrós Lera habla de «doce mujeres cineastas [antes de la década de los 80], pero, como no menciona siquiera a varias de las conocidas (ni a Cortesina, ni a Alexandre, ni a Bartolomé) y, además, describe erróneamente a Pi como “la primera mujer cineasta española” (62), es imposible saber cómo obtiene esa cifra» (19). Más información sobre estas pioneras se puede encontrar en Zecchi (2014). <<

  Mientras escribo estas páginas, estoy dirigiendo el proyecto de Digital Humanities «Gynocine: History of Spanish Women’s Cinema» financiado por la Universidad de Massachusetts, proyecto que tiene como objetivo rescatar estas primeras figuras femeninas y proporcionar herramientas para una reescritura sexuada de la historia del cine español: http://digitalhumanities.umass.edu/gynocine/. <<

  Según la base de datos del Ministerio de Cultura, Isabel Roy actuó solo en la película Carolina, la neña de la plata (José Codornié, 1927), una comedia rodada en Asturias. En el «Diccionario biográfico de Actrices y Actores» que se publica en Blanco y Negro en 1930, aparece la actriz española Isa Roy, cuyo «verdadero nombre es Isabel Roy. Ha trabajado para las pantallas francesa y alemana». Entre sus películas principales se citan, además de Carolina, la neña de la plata, La hermana San Sulpicio, Die weißen Rosen von Ravensberg y Una «soiré» accidentada (Blanco y Negro, 4 de mayo de 1930). No hay mención de su presunta obra como directora. Josefina Molina escribe que «de Isabel Roy, o Roig […] de la que yo hasta hace muy poco no he sabido de su dudosa existencia, algunos muy estudiosos dicen que hizo unos documentales, pero no se sabe sobre qué, ni dónde, ni cuándo» (2003: 77). <<

  Por ejemplo, mientras Helena Cortesina bailaba en un espectáculo con sus dos hermanas en el Principal Palace en diciembre de 1929, Elena Jordi interpretaba La prisionera en el Teatro Principal (según unos anuncios en La Vanguardia desde el 10 al 17 de diciembre de 1929). <<

  Cuando Rosario Pi abrió su negocio de alta costura en Barcelona, María Fernanda Ladrón de Guevara y Rafael Rivelles trabajaban con su compañía teatral a pocas manzanas de distancia: La Vanguardia anuncia sus representaciones en el Teatro Barcelona. <<

  Desarrollo este tema en mi artículo «La desapropiación de la escritora: de la angelización a la ginofagia» (Zecchi, 2007b). <<

  Para un estudio del género del road movie, y de esta película en particular, véase Jorge Pérez (2008 y 2011). <<

  Directora General de Cinematografía entre 1982 y 1985, y Directora General de RTVE entre 1986 y 1989. <<

  El primer juicio fue por supuestas injurias a la Guardia Civil en la película El crimen de Cuenca, y el segundo por malversación de fondos durante su mandato en RTVE. <<

  Con este decreto, Miró creó un sistema para defender el cine nacional frente al cine norteamericano, estableció un modelo de financiación de las películas de calidad, y llevó a cabo un control de los «subproductos» españoles que se empezaron a realizar a partir de 1980. <<

  Fue procesada por malversación de fondos por cargar al erario público 23 000 euros en vestidos (como gastos de representación). Forzada por su partido, devolvió la suma y dimitió. Finalmente fue absuelta de todos los cargos. Como apunta Pilar Cernuda, «lo más sórdido de la operación fue que se trató de presentar a Miró como una mujer con un punto flaco supuestamente muy femenino: la ropa. No se urdió una operación política, no, sino una operación diseñada para presentar a Pilar Miró con defectos propios de mujer» (2000: 140). <<

  Más de un millón de espectadores vio la cinta Te doy mis ojos dirigida por Icíar Bollaín, y casi setecientos mil The Secret Life of Words de Coixet.

  «Las herramientas del amo no desmantelarán nunca la casa del amo» (Lorde, 1984). <<

  La Academia ha reconocido el trabajo como guionistas de algunas de estas directoras: Icíar Bollaín recibe en 2003 el Goya al mejor guion (escrito con Alicia Luna) por Te doy mis ojos e Isabel Coixet en 2005 por The Secret Life of Words. En ambos casos, las cineastas se llevan también el premio a la mejor dirección. <<

  Entrevista a la directora publicada en el folleto del Cine Renoir Princesa de Madrid, con ocasión del estreno de la película en 1998. <<

  Para notar la diferencia de enfoque, bastaría hacer una detallada comparación, por ejemplo, entre Nosotras (2000) de Judith Colell y Ellas (1996) de Luis Galvao Teles, en cuanto a la representación de la divorciada; entre Amor de hombre (1997) de Yolanda García Serrano y Segunda piel (1999) de Gerardo Vera, para el tema de la homosexualidad; entre Yoyes (1999) de Helena Taberna y Días contados (1994) de Imanol Uribe, sobre la representación de la mujer etarra; entre El alquimista impaciente (2002) de Patricia Ferreira y Tesis (1996) de Amenábar, para la representación de la mujer «investigadora»; o entre Te doy mis ojos (2003) de Icíar Bollaín y Solo mía (2001) de Javier Balaguer, para la violencia doméstica. <<

  Hay de todo: una médica, una abogada, una dirigente de empresa, una cantante, una estrella de televisión, una actriz de teatro, una profesora de preescolar, una profesora universitaria, una empleada, una escritora, una pintora, una azafata, una guía de turismo, una ingeniera sísmica y hasta una cigüeña cineasta. <<

  Los relatos construidos alrededor de un protagonista masculino son poquísimos (menos del 15 por 100 de este corpus cinematográfico) y por lo general tratan de hombres en los márgenes del patriarcado: son los homosexuales de Perdona bonita… (Dunia Ayaso y Félix Sabroso, 1996), o de El último viaje de Robert Ryland (Querejeta, 1996); o los jóvenes de Tengo una casa (Laguna, 1996) y de Lluvia en los zapatos (Ripoll, 1998).

  En Flores de otro mundo (1999), Icíar Bollaín desarrolla la figura del ama de casa, mujer fálica amargada, en la madre de Damián. Su personaje va sin embargo evolucionando a lo largo de la película, transformándose en una mujer cariñosa y solidaria, a partir de una mirada y una frase de complicidad femenina con su nuera, delante de la tumba de su marido. En la misma película el papel de ama de casa es rechazado por Milady y por Marirrosi: en ambos casos, el rechazo se produce por un sentido de dignidad personal. Y en Juego de Luna (Laguna, 2001), la protagonista prefiere el mundo del juego de azar y su libertad, a una relación estable. Su decisión final, y toma de conciencia de no querer abandonar una vida sin compromisos, ocurre cuando la cámara subjetiva que refleja la mirada de Luna filma un primer plano de una mamá con un bebé en los brazos. <<

  Por lo general las mujeres retratadas tienen la misma edad que sus compañeros, anulando así «el desfase bastante generalizado» que destaca Pilar Aguilar en el cine masculino: allí no hay «el mínimo recato para “enamorar” ancianos (bien conservados, claro, pero ancianos) y jovenzuelas» (1999: 59). Al contrario, en el gynocine hay casos —como por ejemplo en Em dic Sara— donde se invierte la situación tradicional y es la mujer la que tiene un amante más joven. <<

  Tampoco faltan relatos sobre relaciones gays, como por ejemplo en Km. 0 (Yolanda García Serrano y Juan Luis Iborra, 2000), en Perdona, bonita, pero Lucas me quería a mí (Dunia Ayaso y Félix Sabroso, 1997) o en El último viaje de Robert Ryland (Gracia Querejeta, 1994). Por lo que atañe a la representación de la mujer heterosexual en relación con un hombre gay, Amor de hombre (Yolanda García Serrano y Juan Luis Iborra, 1997) desarrolla «un relato sincero y hermoso […] escrito por gente que conoce muy de cerca lo que en el ambiente se mueve […]. Se destaca como un retrato verdadero [de] la mejor amiga que tiene cada gay» (Lechón Álvarez, 2001: 24-25). Esta historia que no pretende «heterosexualizar» al homosexual a pesar del amor femenino, contrasta con la de otras películas de autoría masculina que han conseguido mayores éxitos taquilleros, a pesar de haber encontrado objeciones desde el mismo mundo gay. Me refiero al «planteamiento absurdo y lamentable» (Lechón Álvarez, 2001: 71) de Sobreviviré (Alfonso Albacete y David Menkes, 1999) y a «la historia que cojea por todos los lados […] pese a la buena respuesta que tuvo por parte de crítica y público» (68) de Segunda piel (Gerardo Vera, 1999). <<

  Para Aguilar, por lo general «un intento de violación puede resultar un incidente cómico, intrascendente, donde el “atacante” termina casi dando lástima» (1999: 47), como por ejemplo en Salsa rosa (Gómez Pereira, 1992) o en Kika (1993) y Hable con ella (2002) de Pedro Almodóvar. En cambio, desde un punto de vista femenino, como en El pájaro de la felicidad (Pilar Miró, 1993) o en Em dic Sara (Dolores Payás, 1998), la violación es una agresión humillante y aterradora. Desarrollo este tema en el quinto capítulo de este libro. <<

  Para Carlos Losilla, «las nuevas generaciones prefieren la irrisión, la caricatura, la deformación de lo cotidiano. Pero no se crea que eso significa una renovación […]. Para empezar, la ruptura es absolutamente falsa […] los nuevos realizadores interpretan la modernidad a su manera, como la remodelación de una herencia de la que dicen abjurar para que el cine español sea lo que nunca ha sido, aborde los temas que nunca se ha atrevido a abordar, penetre en terrenos hasta ahora nunca hollados por él con el fin de dar otra imagen estética de sus intereses. Lo malo es que esa imagen no es otra, sino complementaria. Y lo peor es que su nivel de subversión es tan mínimo que lo máximo que consigue es intentar acercarse al cine norteamericano más comercial» (2000: 33-34). <<

  «La rebeldía juvenil en el cine español de los 90 […] es fundamentalmente blanda […]. Cuesta encontrar […] la rebeldía adolescente mirada con cariño […], la mitología propia del “rebelde” con o sin causa» (Palacios, 1998: 116). Historias del Kronen (Montxo Armendáriz, 1995) es para Palacios una parábola moralista. Los thrillers de Amenábar reflejan «un moralismo maniqueo» (123). Taxi es una «lección moral» (125). En su estudio incluye solo una película de autoría femenina, como excepción: Hola, ¿estás sola? (Bollaín, 1995), por el personaje interpretado por Silke. <<

  Para Mónica Laguna: «El póquer [en El juego de Luna] me sirve como metáfora del juego de la vida […] el tema fundamental de la película no es ese, sino la libertad de elegir tu propia vida, de elegir lo que quieres hacer» (El País, 29 de octubre de 2000). <<

  Tanto en los experimentos fílmicos como en el debate teórico participó la misma Mulvey, respondiendo a las críticas y reelaborando sus propias propuestas. Dos años después de su artículo seminal, Mulvey publica en 1977 «Notes on Sirk and Melodrama», donde empieza a replantearse la cuestión del género del espectador. En 1981 en «Afterthoughts on “Visual Pleasure and Narrative Cinema” inspired by King Vidor’s Duel in the Sun (1946)» reelabora su tesis ampliándola a la mirada espectatorial femenina. En 1989 vuelve sobre el tema, con el volumen Visual and Other Pleasures, que recoge los artículos que marcan la evolución de sus planteamientos después (y también antes) de «Visual Pleasure». En época más reciente, la feminista británica toca de nuevo el tema en una contribución a un volumen de Lectora. Revista de Done i Textualitat, coordinado por Giulia Colaizzi (2001), con «Unmasking the Gaze: Some Thoughts on New Feminist Film Theory and History». <<

  Jane Gaines indica que el texto de Mulvey «en un período de diez años, probablemente ha sido reimpreso más veces que cualquier otro ensayo académico en inglés» (1990: 338). <<

  Gaines (1990) comenta que, en los Estados Unidos, Mulvey ha sido leída demasiado literalmente, sin que se entendiera que la teórica inglesa estaba hablando de inconsciente en términos althusserianos. Además de Louis Althusser, otro referente del artículo de Mulvey es John Berger y su Way of Seeing (1972), un texto seminal —basado en una serie de la BBC con el mismo título— que cuestiona la naturalización de la mirada en el arte occidental y que habla sobre la construcción de la mujer como objeto del hombre. Según Berger, el sujeto masculino observa a la mujer reificada para su placer y paradójicamente la condena por su posición de objeto (a pesar de que dicha posición sea de cuño masculino). <<

  A este propósito, los libros de Juliet Mitchell (1974) y de Teresa de Lauretis (2008) ofrecen estudios contundentes sobre la utilidad del psicoanálisis para el feminismo. Richard Allen (2003), por su parte, argumenta que el psicoanálisis se tiende a usar erróneamente como un instrumento privilegiado y exclusivo para revelar el significado real y escondido de un texto, cuando el enfoque tendría que ser opuesto: es el texto el que tendría que «hablar» al analista. <<

  Mulvey ya había estudiado el concepto de fetichismo en un artículo anterior («Fears, Fantasies and the Male Unconscious or “You Don’t Know What is Happening, Do You, Mr. Jones?”», 1973), haciendo concurrir la teoría freudiana del fetichismo —el fetiche como defensa contra el miedo a la castración— con la de Marx, que estudia dicho concepto, dentro del sistema de producción, como ejemplo de valor abstracto. <<

  Rodowick (1982) llega a afirmar que Freud en este sentido es mucho menos binario que Mulvey. <<

  La película fue un éxito de taquilla: 2 642 790 espectadores. <<

  Me refiero a películas no narrativas como The Riddle of the Sphinx (Laura Mulvey, 1976); Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles (Chantal Akerman, 1975); Nathalie Granger (1972) e India Song (1975), dirigidas por Marguerite Duras; Thriller (1979) y Gold Diggers (1983), dirigidas por Sally Potter; Film About a Woman Who (Yvonne Rainer, 1974), y Asparagus (Suzan Pitt, 1979); entre otras. <<

  Como puntualizan Lisa Cartwright y Nina Fonoroff, el artículo de Laura Mulvey «no era una teoría prescriptiva para la práctica fílmica. Su énfasis está en el uso del psicoanálisis para revelar y desmantelar los mecanismos del patriarcado en el cine narrativo» (1994: 134). <<

  Brigitte Rollet (1998) en su estudio monográfico sobre Coline Serreau relata la historia de este grupo, que se encargó de organizar el primer festival internacional de cine de mujeres en Francia en 1974. <<

  Comenta Françoise Audé en Ciné-modèles, Cinéma d’elles, que el tono de este texto produce «la penosa impresión de triunfalismo en contradicción con la realidad de la entrada de las mujeres en los mecanismos motores y creadores del cine» (1981: 96). En favor de la antología se podría argumentar que su tono —utilizando un neologismo de moda— es «empoderante». Tiene para el cine la misma función que La risa de la Medusa para la literatura, la de empujar a las mujeres a que salgan de la pasividad y a que no tengan miedo a ser autoras: que escriban o, en este caso, que realicen películas. <<

  Sobra indicar que el estudio de Silverman tiene algunos de los problemas que se han identificado en el planteamiento de Mulvey: en primer lugar, su dependencia del psicoanálisis. <<

  La criada es una mujer que desea hacer cine, que afirma estar dispuesta a desnudarse sin pudor delante de la cámara y que comenta la falta de realismo del guion de El Gato montés, diciendo, cuando sube a caballo con el bandido, que le parece «estar en una película». <<

  Estas tomas recuerdan a la película italiana Assunta Spina (Gustavo Serena, 1914) interpretada por Francesca Bertini, que en un documental sobre las pioneras del cine italiano (realizado por Paola Faloja) afirma haber sido la verdadera directora del largometraje. La silla —situada en el centro de varios encuadres, de los cuales salen y entran los personajes— subraya una estética todavía de derivación teatral y señala la impaciencia e inquietud del personaje femenino: Soleá en la película española, como Assunta en la italiana, se sienta, se levanta, se apoya en el respaldo y lo mueve, según su estado de ánimo. Si añadimos el detalle biográfico más recordado de Rosario Pi —el hecho de que una enfermedad infantil la obligó a tener que andar con un bastón durante toda su vida—, podemos afirmar que el deseo de movimiento proyectado por esa cinta no es solo metafórico, sino literal. <<

  Sería interesante poder determinar si los parecidos entre la película de Pi Brujas y la de William Wyler de 1939 tienen que ver con un referente anterior común, una película inglesa muda de A. V. Bramble con Milton Romer y Colette Brettel de 1920, o si Wyler conocía efectivamente la película de Pi Brujas. <<

  Pedro Almodóvar retoma esta metáfora del hundirse y morir en una vagina en el corto en blanco y negro «El amante menguante» que se inserta, como sueño, en Hable con ella (2002), película de la cual hablaré en el quinto capítulo. <<

  Sin embargo, a diferencia de las películas no narrativas del cine experimental feminista, no se quedó en los márgenes. Función de noche tuvo éxito: según la base de datos del Ministerio de Cultura, atrajo a 584 400 espectadores; es decir, más que El crack, la renombrada película de Garci del mismo año, que fue vista por 581 557 personas, y más del doble que Bodas de sangre de Saura, también estrenada en 1981, con 244 355. <<

  El cirujano le explica a la actriz cómo se lleva a cabo una reducción de pechos. A pesar del realismo de esta secuencia, logrado gracias al hecho de que el cirujano no es un actor, queda la duda de que se trate de una construcción que no tiene correspondencia en la vida real de Lola Herrera, puesto que en la novela de Delibes también Carmen se lamentaba a menudo del tamaño de sus pechos. <<

  Como explica Molina, el decorado, rodeado por una cámara oscura, reproducía el camerino del Teatro Marquina de Madrid. Unos espejos de dos caras en cada pared ocultaban ocho cámaras. «Para mí era esencial que tanto Lola como Daniel se sintieran en una habitación, que no vieran las cámaras, que no nos oyeran. Estaban completamente aislados, con una iluminación única. Yo me movía por la cámara oscura, atenta al sonido y en función de lo que decían indicaba el tamaño de los planos. Con los acercamientos intentaba adelantarme a las reacciones de Lola y Daniel, empleando la intuición con todas mis fuerzas para no perder ni un gesto que fuera significativo. Estábamos preparados para seguirles si se movían, pero Lola nunca se movió y Daniel solo en contadas ocasiones. Creemos que en una conversación de este calibre la puesta en escena tiene que ser dinámica, pero la realidad me enseñó que las personas se paralizan también cuando se imaginan en peligro; nada, pues, de gestos dramáticos. Lo paradójico es que se trataba de dos actores» (comunicación personal con la directora, julio de 2014). <<

  Me refiero a El balneario (1954), en el cual la señorita Matilde sueña con un marido que la atemoriza impidiéndole expresarse de forma coherente. <<

  Es un largometraje no narrativo de base retórica, según la categorización propuesta por Ramón Carmona (2000). <<

  Querría señalar dos comentarios falocéntricos sobre esta película. John Hopewell (1989) lee esta secuencia como una venganza de Lola, invirtiendo el orden entre causa y consecuencia: «Hace poco que ha presentado una petición de divorcio, y al verle aparecer pierde por completo los nervios. Tratando de calmarla, él dice que en la cama es la mejor de todas las mujeres que ha conocido, a lo que ella responde confesando que nunca en todo su matrimonio ha tenido un orgasmo, que siempre ha estado fingiendo» (343). Para Augusto Torres (1999), se trata de «una película irregular, que pretende tener una fuerte carga feminista, pero que no acaba de funcionar porque los actores se encuentran un tanto perdidos al improvisar una situación sobre su propia vida que resulta demasiado larga» (342). <<

  Según Rasy, «la cháchara es una condena a muerte del deber cotidiano (como el llanto, el histórico llanto de las mujeres del cual la cháchara sigue el ritmo); es el fenómeno de expulsión: una expulsión desde el interior […]. Es de hecho una cadena de digresiones, que lleva el discurso a las orillas y trae al discurso solo lo que proviene de los márgenes […]. Las principales tareas de la cháchara son dos: dar voz, más que palabra, a lo reprimido (de forma tal que asegure una supervivencia fantasmal); y llevar lo infinitamente grande a lo infinitamente pequeño, reintegrarlo al formato de un sentimiento doméstico, hacer vivir dentro del redil cada acontecimiento o acción […]. Queda una pregunta. Las “chácharas de las mujeres” son una forma de comunicación subalterna, directamente relacionada con la subordinación social general de las mujeres. Representan una expresión y un comportamiento furtivo, ambiguo y traicionero como las conductas vitales de los oprimidos. ¿Esta fértil oscuridad será arrollada por una estéril pretensión de claridad?» (1978: 65-67). <<

  Teresa de Pelegrí (que dirige el segmento sobre «El gust»), Núria Olivé-Bellés («El tacte»), María Ripoll («L’oïda») y Isabel Gardela («L’olfacte»). <<

  Judith Colell habla de esta ambigüedad explicando que: «Para mí siempre ha sido un final abierto para que cada espectador sacara sus conclusiones. En todo caso, si la mató, él depende totalmente de ella involuntariamente […]. Y si no la mató […] él también se presta a que ella siga espiándolo y ahí ya entramos más en una dependencia psicológica y emocional del personaje de él hacia ella y su morbosidad. No sé en este momento qué pienso yo, pero me parece más interesante la segunda opción. La dependencia voluntaria/involuntaria de alguien a quien te sientes unido por un lazo perverso de tu propia psique» (comunicación personal con la directora, abril de 2011). <<

  Realizo un estudio más amplio del tema de la comedia femenina en Zecchi (2013). <<

  El estudio de Walker (1988) revela sin embargo la existencia de una subcultura femenina del humor. <<

  Aquí, a mi entender, se hace necesaria una distinción entre voz entendida como sonido y voz como lengua. En las siguientes páginas usaré el término aural (o auditivo) para hacer referencia a los ruidos y a la voz, frente al lenguaje, manteniendo así, en parte, la división de Guy Rosolato (1974), que distingue entre categorías lingüísticas de «Voix» y «Parole»: Rosolato concibe la «Voix» (que precedería a la «Parole») como una emanación nostálgica de la fusión original con la madre. Siguiendo a Lacan, «Parole» es en cambio la lengua del padre. La teoría de Rosolato está en la base del concepto de espejo acústico propuesto por Kaja Silverman. <<     Me parece relevante destacar que, con esta película, Aitor Berenguer ganó el Prix Vulcain al mejor sonido en el Festival de Cannes 2009, único premio que recibió el largometraje en este certamen. <<

  Para Benjamin, el cine mudo desposee a los actores de sus sonidos y por lo tanto de su realidad (y de su aura). Adorno y Eisler (1974) comentan que el aura vuelve con la llegada del sonoro y de la sincronización, pero se trata de un aura degenerada y manipulada por la tecnología. <<

  Esto se hace evidente en la secuencia del cementerio, cuando la voice-over confiesa no saber por qué Ryu limpia con esmero algunas tumbas, mientras que el público ve —con un recurso técnico empleado por Tarantino en Kill Bill (2003 y 2004) tomado del cómic japonés— unos flashes de imágenes de cuerpos cayéndose por los disparos de Ryu. <<

  Véase por ejemplo Boyero en «Último tango en Tokio», El País, 24 de mayo de 2009; o Sergi Sánchez en su polémica «En contra», Fotogramas, septiembre de 2009. <<

  Para Sergio Pérez Cortés (2004), «en la antigüedad griega y romana, la palabra pronunciada se hallaba encaramada en la cima de la vida civilizada, mientras que la escritura era aún considerada en muchos casos como un medio subsidiario […]. Para la inmensa mayoría, la educación reposaba en el oído, no en la vista […]. No existía un solo aspecto de la actividad intelectual que escapara al contexto oral, aural, memorístico y textual» (9-11). <<

  La escena (que se interpreta como un acto de violencia) produce excitación sexual, pero a la vez asienta las premisas del miedo a la castración y del complejo de Edipo. La primera vez que Freud menciona la escena primaria es en un ensayo de 1915 sobre un caso en que se relaciona una perturbación mental con una experiencia auditiva: el de una mujer que pensaba haber oído, durante un encuentro sexual, el sonido del obturador de una cámara. <<

  Los parámetros kristevianos han sido ampliamente criticados por muchos sectores del feminismo, por ejemplo por Kaja Silverman, que se desmarca de Kristeva porque su teoría posiciona al hablante como necesariamente masculino: «hasta la voz materna se puede escuchar a través de la voz masculina» (1988: 113). <<

  Comenta Coixet en una entrevista que «el sexo y la comida van muy unidos en la película. Cuando la gente dice: “¡Es que follan mucho en esta película!”, yo digo: “¡No follan tanto, comen mucho más!”» (El País, 28 de septiembre de 2009). En otro lugar añade: «Ferran Adrià ha dicho que es una de las películas en las que mejor se muestra el mundo de la comida» («Así suena Japón», El País, 23 de agosto de 2009). <<

  Aproximación que ha sido criticada por arrogante y por condescendiente (cfr. Spivak, 1981). <<

  David Bate (2004) sugiere que la escena primaria tiene como equivalente cultural a Oriente, que en la fantasía de Occidente representa los orígenes. <<

  En la novela Mapa de los sonidos de Tokio (2009), «narración a partir del guion de la película» (según la portada) que incorpora fotogramas del filme, en un híbrido entre relato corto y texto gráfico, Coixet empieza dando una nacionalidad y un nombre a esta mujer bandeja: «Una joven rubia rusa. Con cara de estar a miles de kilómetros de este oscuro local iluminado por la titilante luz de cientos de velas […]. Su rostro inerme, el cuello, los pechos, el estómago, el vientre, el pubis, todo el cuerpo desnudo de esta mujer que se llama Sonia, aunque en este local de Roppongi Hills todo el mundo la llama Ashley, está cubierto de makis, nigiris, sashimi y wakame a modo de cintas sobre los pezones» (15). <<

  Christine Gledhill (1998) distingue cinco elementos recurrentes en este subgénero: 1) la narrativa tiene una estructura de investigación; 2) uso de la voice-over y del flashback; 3) proliferación de puntos de vista; 4) caracterización inestable de la heroína; y 5) un estilo visual “expresionista” que a menudo enfatiza la sexualidad femenina. Para Gledhill, en lugar de centrarse en temas relacionados con el abuso del poder político y económico o en casos de corrupción —característicos del thriller de gánsteres—, el film noir sondea los secretos de la sexualidad femenina y del deseo masculino dentro de una estructura de sumisión y dominio. <<

  En la página web oficial de la película hay un mapa del metro de Tokio, donde cada cosa está en su sitio: recetas, moda, manga, anime, etc.

  Para Doane, cuando el cine comercial usa el cuerpo como espectáculo, objeto de la mirada erótica, la significación se encuentra esparcida por su superficie —una superficie que hace solo referencia a sí misma y que no revela, ni oculta, su interior. No hay ninguna referencia a la interioridad y por lo tanto no hay ninguna caracterización (Doane, 1986: 154). <<

  Me estoy refiriendo a algunos de los famosos eslóganes de la artista, como «Tu cuerpo es un campo de batalla». Volveré a este tema más adelante. Sobre su obra, véase Barbara Kruger por la misma Barbara Kruger (1999). <<

  La dicotomía de hombre-espectador-fetichista frente a mujer-objeto-de-la-mirada-fetiche fue articulada por el mismo Freud, como indicaba anteriormente, en su conferencia «Sobre la sexualidad femenina» (1931), cuando expresa su intención explícita de prescindir de las espectadoras en la sala: la mujer es el problema —el objeto de su estudio—, y no su interlocutor. En los «Tres ensayos sobre una teoría sexual» (1905), Freud había propuesto que el fetichista exorciza la ansiedad de castración, rehusando aceptar que la mujer haya sido castrada, y reemplazando su «herida» con alternativas al falo (como por ejemplo los tacones, el pelo largo, los pies, etc.). Como explica Naomi Schor en «Female Fetishism» (1985), los teóricos que admiten la posibilidad de una mujer fetichista se basan en una interpretación del fetiche más amplia: es decir, el fetiche no compensaría únicamente la falta de pene de la madre sino también unos objetos de la infancia (Dudley, 1954); o bien reemplazaría el pene del padre (Zavitzianos, 1971); o bien correspondería a la experiencia infantil de una mujer que ha sido utilizada por su madre como sustituto del falo (Bonnet, 1977). <<

  Zavitzianos (1971) estudia lo que llama «homovestismo», es decir, la práctica de travestirse con ropa que evoca la autoridad paterna, como uniformes militares o deportivos, para conseguir autoestima y seguridad. Zavitzianos se está refiriendo a una práctica masculina, mientras que, en las dos películas que analizo, las que se travisten como sus padres son mujeres. <<

  Agradezco a Margarita Alexandre esta información y sus comentarios entusiastas y generosos sobre estas páginas. <<

  Susan Martin-Márquez sugiere que también se puede hacer una lectura homosexual de estas escenas. A veces no queda claro si el cuerpo de Juan es objeto de la mirada de María o de José (su adversario). <<

  Cixous opone la noción de «otra bisexualidad» al concepto tradicional de bisexualidad: «fantasía de un ser total que sustituye el miedo a la castración, y oculta la diferencia sexual en la medida en que se experimenta como marca de una separación mítica, indicio de una separación peligrosa y dolorosa… fantasía, pues, de unidad. Dos en uno, y ni siquiera dos» (1995a: 44). Sin embargo, como apunta Adrienne Rich (1983), cuando Cixous habla de «bisexualidad», no llega nunca a referirse concretamente al lesbianismo, ni a afirmar que la heterosexualidad sea una imposición del patriarcado. <<

  Silvia Guillamón-Carrasco destaca que para su adaptación Miró elimina significativamente la violación de Teresa, que marca el principio de la relación sexual entre la joven aristócrata y el hijo de su criada en el texto de Zola: «En el relato […] se concibe la violación de la joven como una anécdota que se equipara con los juegos sadomasoquistas de la pareja, presentándola como el inicio natural de la relación de los amantes. De esta manera, Zola desexualiza la violación, definiéndola como un simple combate de orgullo […]. La violación de Thérèse desaparece por completo en el texto de Miró, donde se plantea el carácter hedonista y consensuado de la relación sexual sadomasoquista y donde se pretende representar el deseo femenino como una búsqueda de sensaciones, de experimentación del cuerpo, que es entendida, asimismo, como una subversión de la norma sexual, una forma de rebelión ante el encorsetamiento que suponen las relaciones convencionales. Sin embargo, esa rebelión es relativa en cuanto no implica un cuestionamiento efectivo de la sociedad patriarcal (y clasista) en la que se desenvuelve» (2012: 298). <<

  Antes de La petición, Ana Belén había protagonizado varias películas de destape, como Aunque la hormona se vista de seda (Vicente Escrivá, 1971); Morbo (1972) y Al diablo con amor (1973), ambas dirigidas por Gonzalo Suárez; y Vida conyugal sana (Roberto Bodegas, 1974). <<

  Barry Jordan y Rikki Morgan-Tamosunas comentan que el cine del destape incluye desnudos (exclusivamente femeninos) que no hacen nada más que reforzar la objetivación del cuerpo femenino como espectáculo: «las políticas de género subyacentes […] eran tan retrógradas como antes» (1998: 113). <<

  Lonzi continúa su argumentación, con respaldo científico: la parte del cuerpo femenino con más terminaciones nerviosas es el clítoris. La vagina es un lugar reactivo solo en su tercio más exterior. El resto de la vagina es una verdadera «imposibilidad anatómica […] como sede del orgasmo» (1974: 92). De esa forma Lonzi desmitifica no solo la penetración, sino también los discursos falocéntricos sobre la importancia del tamaño del pene. <<

  Para un estudio más en detalle de la representación del cuerpo del hombre en el cine dirigido por mujeres, véase Zecchi (2007a). <<

  Estas páginas se nutren del estudio sociológico de esta situación de Ángeles Durán (1999). <<

  En las secciones «Glorificar el embarazo» y «La envidia del útero» de este capítulo, reelaboro un estudio anterior sobre la representación de la maternidad en el cine español (Zecchi, 2005). <<

  Según los parámetros decimonónicos, el ángel del hogar tiene el poder de «salvar» y es precisamente lo que hace —de manera sutil e indirecta— Rosa con María: la hija deja su actitud combativa y enfadada gracias al desarmante amor de la madre. <<

  Gerard Dapena comenta que «ciertas feministas» pueden encontrar reductivo este final, puesto que la perspectiva de Zambrano reduce «el propósito vital de las mujeres a su destino biológico de madres y a su función construida socialmente de cuidadoras» (2002: 31). Por su parte cree que «gracias a la vuelta al campo y a la comunidad, el afecto de María hacia su hija va a florecer en el cálido sol que bañaba nuestra última visión de la cara de su madre» (31). Personalmente dudo que el cálido sol sea suficiente para que un ser humano pueda florecer: ni siquiera en España.

  Es una práctica que se fundamenta en el reconocimiento de una «disparidad de autoridad» (femenina) entre dos mujeres, por la cual una se encomienda (affida, en italiano) a la otra, que se transforma así en su mentora. Para una historia del debate originado en Italia sobre esta práctica, véase De Lauretis (1987). En España, Celia Amorós (1997) la despacha con ironía: «no creemos que el camino adecuado sea […] el reconocimiento y la vinculación a la autoridad de una mujer —el affidamento—, autoridad que “no se mide con la masculina”, ni busca “poder social en el orden patriarcal”. Por supuesto, nadie quiere saber de cuotas ni cosas similares. Su revolución simbólica no es de ese mundo. Los varones antifeministas, oyendo este discurso, pueden respirar tranquilos: las mujeres no les van a dar la lata con reivindicaciones, están muy entretenidas en su particular versión de la cosmópolis ideal, construyendo su orden simbólico. Aunque estos varones no sospechan las subversiones verdaderamente radicales que se van a producir desde este “punto arquimedeo”, en expresión de Luisa Muraro. Sinceramente, tampoco nosotros alcanzamos a verlas por ahora. Será cuestión de paciencia» (447-448). <<

  Para Montserrat Cabré (2001), hay que rescatar una presencia femenina en la historia de la medicina: «las mujeres (médicas u otras sanadoras) no se mencionan en la historiografía profesionalizada hasta finales del siglo XX […]. El resultado ha sido que, a partir de la actividad médica masculina, se ha elaborado la historia universal de las profesiones sanitarias. Justamente lo que las narraciones históricas de algunas mujeres de principios del siglo XX trataron de evitar» (2001: 10). <<

  Es decir: la «vista» del horror (en el doble sentido de espacio que se ve y acción de ver). Para un documentado estudio sobre la patologización del cuerpo femenino, véase el volumen editado por Mary Jacobus, Evelyn Fox Keller y Sally Shuttleworth (1990). <<

  Cierta crítica ha interpretado la elección de Clara como un acto de revancha. Bernard P. E. Bentley comenta que Clara, después del divorcio, consigue reanudar su carrera y encuentra una oportunidad para vengarse de su exmarido (2008: 286). En mi opinión, no hay revancha alguna. <<

  Véase a este propósito el recorrido de Thomas Laqueur (1990) sobre la evolución de la concepción del cuerpo y de la sexualidad en la medicina occidental, desde sus orígenes hasta finales del siglo XIX. <<

  La antropóloga Mary Douglas afirma que el cuerpo es un sistema de símbolos naturales que reproduce metafóricamente cuestiones y categorías sociales. En otras palabras, el cuerpo representa una imagen de la sociedad (1973: 194). Por tanto, si la sociedad se encuentra atacada por una fuerza externa, se refuerzan las normas que gobiernan lo que pertenece a fuera y dentro del cuerpo. <<

  O en palabras de Zillah Eisenstein, desde un punto de vista legal, «el cuerpo “potencialmente” embarazado de la mujer es crucial en su definición de mujer en cuanto madre en la sociedad patriarcal y falocrática. El significado de su cuerpo no existe fuera de este contexto» (1988: 80). <<

  Me estoy refiriendo por ejemplo a las declaraciones del arzobispo de Bruselas, cabeza de la Iglesia belga, en octubre de 2010. <<

  Como se verá en el quinto capítulo, el discurso paródico de Almodóvar disfraza en realidad una añoranza por el orden y por el statu quo patriarcal, característico de toda su filmografía. El desorden siempre será seguido por el orden y la normalidad: por unas bodas o por un hijo o por la vuelta al pueblo; catarsis anunciadas desde el título de su primerísimo cortometraje en Súper 8 de 1974: Dos putas o historia de amor que termina en boda. Por ejemplo, Kika, ¡Átame! y La flor de mi secreto terminan con la vuelta al pueblo y con el orden restablecido; ¿Qué hecho yo para merecer esto?, Mujeres al borde de un ataque de nervios y Carne trémula concluyen con la llegada de un hijo, que vuelve a establecer el orden, la normalidad, la norma patriarcal. <<

  Manuela pierde a su único hijo muy al principio de la película y al final llegará a ser madre adoptiva del otro Esteban (y no madre biológica); la monja muere al dar a luz (pues nunca llega a ser madre); Lola, el travestí, es una «madre» biológicamente padre; y la madre de la monja es la madre ausente, fálica, que rechaza a la hija y al hijo de su hija. <<

  Lo que queda expuesto es el cuerpo del hombre en desnudos frontales con el pene flácido (en un desafío a las normas tradicionales de representación del falo, que solo se permite enseñar erecto y que solo pertenece al cine porno). Ocurre por ejemplo en El crimen de Cuenca (Miró, 1979), en Lo más natural (Molina, 1990), en La Lola se va a los puertos (Josefina Molina, 1993), en Tu nombre envenena mis sueños (Miró, 1996), en Yoyes (Helena Taberna, 1999), en Sé quién eres (Patricia Ferreira, 1999) y en Te doy mis ojos (Icíar Bollaín, 2003). <<

  Los tratados de ginecología del siglo XIX en España caracterizaban el cuerpo femenino a partir de la menopausia con imaginarios de desastre, derrota, drama y hasta de «naufragio sexual» o de «inmensa necrópolis» (Jagoe, 1998: 312). Esta percepción es difícil de desarraigar completamente. Cruikshank comenta que hoy en día seguimos considerando la menopausia como desastre o tragedia en un contexto en el cual el cuerpo participa en las normas del marketing y de la competición y en que se habla de «envejecimiento exitoso» y «envejecimiento productivo» (2006: 40). <<

  An Unmarried Woman en realidad se atreve a muy poco. Excepto el final —en el cual se propone que la mujer vive mejor sola—, la película está llena de clichés sexistas. <<

  Mercedes de Grado (2004) estudia en detalle esta concomitancia de las dos olas feministas en España, y el dilema de la militancia. De Grado aclara que «el feminismo radical no se identifica en absoluto con el de la diferencia» (30). <<

  En términos generales, se suele asociar el movimiento de emancipación femenina con la primera ola, mientras que el de liberación correspondería a la segunda. <<

  Mary Ann Doane (1986) estudia el discurso médico en las películas de Hollywood de los años 40 en las cuales «la mirada erótica se convierte en mirada médica. El cuerpo de la mujer se plantea no tanto como espectáculo, sino como un elemento en el discurso de la medicina, un manuscrito para ser leído por los síntomas que delatan su historia, su identidad» (157). <<

  Jorge Pérez (2008 y 2011) indica que, a diferencia del amplio corpus de «historias de carreteras», tanto en el cine como en la literatura en los Estados Unidos, en España hay relativamente poco antes de los años 90. En este contexto, la película de Cecilia Bartolomé constituye sin lugar a dudas una interesante excepción, no solo por ser el único ejemplo de este género en los años 70, sino también porque quien está al frente es una mujer. Tradicionalmente, las narrativas de carretera exploran la subjetividad masculina. Aprovecho para dar las gracias a Jorge Pérez por su generosidad al proporcionarme su investigación sobre ¡Vámonos, Bárbara! antes de que saliera publicada. <<

  Martin-Márquez señala que la trama de un fontanero que va a reparar «las “tuberías olvidadas” de un ama de casa desesperada» es un cliché del cine porno: «El problema de Andrea se refiere supuestamente al agua de su bañera, que no sale a la temperatura adecuada […]. La instalación de cañerías deterioradas podría verse como la representación de la psicología de Andrea —también tiende a tener “salidas calientes o frías” (sobre todo frías) en sus relaciones personales» (1999: 165). <<

  El sacrificio del huevo y la leche corresponde, para Martin-Márquez, a una manera de ganar cierto control sobre su cuerpo, al visualizar la operación (la extirpación de los ovarios) y sus consecuencias (la infertilidad) (1999: 166). Sin embargo, a mi entender, se trata más bien de un gesto de rendición. <<

  Las Jornadas Feministas que se celebraron en Granada en 1979 ponen de relieve la incompatibilidad de las dos vertientes del movimiento feminista: la socialista (con su doble militancia) y la radical (de militancia única, que no admite compromisos con los partidos «del hombre»). <<

  Cuando Miró descubre su enfermedad utiliza un recurso parecido al de la protagonista de Mi vida sin mí: «Una intervención quirúrgica grave que sufrió unos años antes de realizar la película la había llevado a grabar “a modo de confesión [en unas cintas magnetofónicas] esa especie de balance atropellado que mentalmente se había producido en [su] interior durante las largas horas de pánico ante lo desconocido”» (Ballesteros, 1999a: 8). María Ángeles Durán recurre a una estrategia análoga en su novela autobiográfica Diario de batalla: Mi lucha contra el cáncer (2003).

  La Fée aux Choux (1896) dirigida por Alice Guy-Blaché en realidad es la primera película narrativa de la historia del cine. <<

  «La número cuatro contemplaba las representaciones indebidas de delincuencia; la número cinco prohibía la elaboración o la prolongación innecesaria de la representación del sufrimiento, la brutalidad, la vulgaridad, la violencia o el crimen» (Slocum, 2000: 650). <<

  Una versión abreviada de la transcripción de los Public Hearings se encuentra incluida en el libro de Russell (1993). Para una crítica a la postura de Dworkin y MacKinnon en particular y, más en general, de los grupos WAVPM (Women Against Violence in Pornography and Media) y WAP (Women Against Pornography), véase Ruby Rich (1990), quien habla del daño que el movimiento antiporno (en cuanto policía del sexo) ha hecho al feminismo. <<

  El debate entre Oliver Stone y John Grishman sobre Natural Born Killers —recogido en el libro de Karl French (1996)— constituye probablemente el caso más extremo. Grishman, en «Natural Bred Killers», considera a Stone responsable de las acciones violentas de dos jóvenes, que se justificaron por un crimen que habían cometido diciendo que se inspiraron en la película de Stone. Stone se defiende en «Don’t Sue the Messenger», argumentando que el tipo de censura que propone Grisham sirve para eximir a la gente de la responsabilidad de sus acciones. <<

  Así que, por ejemplo, según Slocum (2000 y 2001), durante los años del Production Code (de 1930 a 1963) la violencia se circunscribió y su función se limitó a ser instrumental, validando así los valores existentes: durante la Segunda Guerra Mundial la representación de la violencia correspondía a una legitimización de la misma en una situación extrema como era la que representaba el conflicto bélico. Con la posguerra aumentan las imágenes gráficas de la violencia. En los años 50 la industria cinematográfica tiene que lidiar con el Comité de Un-American Activities. Los géneros más populares de esta época (el cine de gánsteres y el wéstern) delatan la paranoia de la guerra fría, la ansiedad del consumismo y los traumas de la posguerra; en los años 70 hay una nueva ola de violencia en el cine que reescribe la historia de las guerras. <<

  En esta sección amplío un estudio anterior sobre la representación de la violencia en el cine español (Zecchi, 2006). <<

  «Si el embarazo no deseado, el acoso en la calle, el estigma, el desempleo, las palizas a los homosexuales, la violación y la detención […] se disfrazan de precaución y de falta de acción, […] no queda lugar para la pasión» (Vance, 1984: 75). <<

  Los focos y micrófonos en la parte de arriba de la imagen, que no podían caber fuera de campo por la estrechez del túnel, se tuvieron que borrar digitalmente (debo esta información —y el consejo de estudiar esta película— a Jordi Minguell). <<

  En Italia, solo unos años antes, Night Porter (1975) de Liliana Cavani había tenido una suerte parecida. <<

  La misma Miró comenta a este propósito: «La intervención de los tribunales militares […] no tiene ninguna explicación, puesto que no existe ningún antecedente en la historia del cine español. La película no es ningún alegato contra la Guardia Civil ni tampoco está hecha con vistas a un tipo de repercusiones políticas, sino como un revulsivo contra la injusticia y en contra de los procedimientos violentos para obtener determinadas conclusiones que se quieren obtener. Por lo que se refiere a la aplicación a las actuales circunstancias, creo que este tema tiene vigencia, y por lo visto también lo creen así las autoridades que la han secuestrado» (El País, 2 de enero de 2011). <<

  La crítica se plantea el porqué de tanto escándalo. Caparrós Lera escribe: «Pero ¿qué tiene El crimen de Cuenca para provocar tanta sensación?» (1992: 204); o, un día antes del esperado estreno de la película de Miró, se pregunta José F. Beaumont: «¿Qué ha querido expresar Pilar Miró en la película, que ha levantado tan grandes polémicas, incluso antes de estrenarse?» (El País, 16 de agosto de 1981). <<

  Miró no se equivocaba: cuando se estrenó, su película fue una de las más taquilleras de la historia del cine español. El crimen de Cuenca ya no podía prescindir de sus elementos extracinematográficos. <<

  Pilar Aguilar (1999), al estudiar esta secuencia, incluye un punzante comentario sobre el violador: «Es delgadito y poca cosa. Va peinado con medio flequillo y vestido de manera correcta y anodina. Usa gafas que le confieren un toque de indefensión, un aire de tímido intelectual y le quitan cualquier tinte de brutalidad. No lleva corbata sino pajarita (esta es menos fálica y más folclórica). Explica, para colmo, que es su novia quien la ha elegido (se va a casar, no puede ser malo y, además, su novia lo domina) […]. Después de esta presentación, ¿quién puede temerlo?, ¿quién puede sentirse atacado/a por un tipo así, haga lo que haga?» (1999: 94-95). <<

  Cabría aquí hacer referencia a las reflexiones de Jane Gaines (1990) sobre los estudios fílmicos lesbianos —que he indicado en el capítulo tercero— que han demostrado cómo la mirada femenina homosexual puede cancelar y superponerse a la mirada masculina, encontrando placer escopofílico en un objeto de deseo originariamente construido para el placer del hombre. Sin embargo, en este caso específico, por las razones que acabo de exponer, dudo que la mirada lesbiana pueda identificarse con esta mirada fálica. <<

  Como ya expliqué en otro lugar (Zecchi, 2001), algunos críticos justificaron la violencia como manera de enamorar a la mujer, borrando así los márgenes y las fronteras entre amor pasional y violencia sexual, y leyendo la película como obra antipatriarcal. Otros (en particular la crítica feminista de Estados Unidos) atacaron a Almodóvar por representar escenas de violencia contra la mujer, de manera ofensiva, disfrazándolas de amor. <<

  La crítica ha dicho ya que la historia representada no corresponde a la dura realidad de los malos tratos: «Conforman una pareja “basada en hechos reales” que, aunque parezca increíble, en el cine se expone a sufrir un barniz de suavidad. Porque si los espectadores ven, tal cual, cómo se produce una escena de malos tratos, la carrera comercial de Solo mía corre, quién sabe, el grave peligro de morir en el preestreno. Y es que la realidad supera a la ficción en este caso más que en ninguna otra epopeya» (http://www.clubcultura.com/clubcine/solomia/solomia01.htm). <<

  La película francesa «noeiana» de Virginie Despentes y Coralie Trinh Thi, con el desafiante título de Baise-moi (1998), explota precisamente este miedo usando para ello un relato extremo. <<

  La cinta de Möbius «es un ejemplo fascinante de cómo un pequeño giro, realizado antes de pegar dos extremos de una cinta de papel, logra cambiar las propiedades de esta. Su atracción es patente en muchos aspectos de la vida cotidiana, como la publicidad, la escultura o el cine» (Corbalán, 2007: 119). <<

  Un lema contra los malos tratos acuñado por el Instituto de la Mujer en 1999 animaba a las víctimas a denunciar los abusos diciendo: «Ya no tendrás que seguir maquillando la verdad». <<

  Estas secuencias se pueden ver en los «extras» del DVD. Quedan por lo tanto como una poderosa traza, en sentido lacaniano, en este fuera de campo (con una función ya estudiada en el primer capítulo). <<

  Y no solo femenino. Como se ha visto anteriormente, para mantener el misticismo del falo, el cine hegemónico guarda el pene oculto. En cambio, en el caso de Te doy mis ojos, Bollaín comete una doble infracción al sistema visual falocéntrico: no solo enseña el pene de Luis Tosar, sino que lo hace cuando no está erecto. <<

  En Los lunes al sol (Fernando León de Aranoa, 2002), una mujer que por fin tiene la fuerza de dejar al marido alcohólico cambia de opinión a última hora, cuando él le cuenta que un amigo suyo, abandonado por su mujer por ser un fracasado y un borracho, acaba de suicidarse. Es a esta mujer pretérita, añorada y ensalzada también en el cine más progresista, a la que Icíar Bollaín contesta con Te doy mis ojos. Bollaín empieza donde León de Aranoa termina. Recupera al mismo actor, Luis Tosar, para un papel parecido: un marido frustrado y explotado que, a pesar de estar enamorado de su mujer, abusa de ella. La película de autoría masculina idealiza el sacrificio femenino. El chantaje moral de Los lunes al sol, que glorifica a la mujer mártir salvadora, se deconstruye en la película de Icíar Bollaín, en la que el mito de la mujer abnegada pertenece a otra generación, a la de la madre de la protagonista. <<

  Las numerosas referencias a lo largo de la película al hecho de que a la protagonista se le han olvidado los zapatos corresponden a la deconstrucción de la representación del papel femenino en los cuentos de hadas. Ella no es Cenicienta, ni su marido el Príncipe Azul. <<

  Icíar Bollaín, en una entrevista recogida en los «extras» del DVD, explica que sacó el título de un poema de una mujer afgana que habla de sus ojos debajo del burka. <<

  «El componente masoquista del placer visual de las mujeres ha sido el término de perversión más problemático para las críticas feministas […]. El placer masoquista de las mujeres se ha considerado paradójicamente o bien demasiado normal —la condición demasiado normal, intolerablemente normal de las mujeres—, o bien demasiado perverso para ser tomado seriamente como placer» (Williams, 1999: 273). <<

  Armstrong comenta que «esta idea de la violencia como representación no es fácil de aceptar para la mayoría de los académicos. Implica que cada vez que hablamos por alguien, la estamos inscribiendo con nuestra propia (implícitamente masculina) idea de orden […]. Además, como la reciente crítica al feminismo académico ha puesto de manifiesto, presumiendo de hablar en nombre de la mujer, la teoría feminista a veces se parece a lo que odia, y suprime diferencias de clase, edad y etnia, entre otras» (1989: 25). <<



FIN

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