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Libro N° 14526. Lógica Y Teoría Del Conocimiento. Fingermann, Gregorio


© Libro N° 14526. Lógica Y Teoría Del Conocimiento. Fingermann, Gregorio. Emancipación. Noviembre 29 de 2025

 

Título Original: © Lógica Y Teoría Del Conocimiento. Gregorio Fingermann

 

Versión Original: © Lógica Y Teoría Del Conocimiento. Gregorio Fingermann

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/logica-y-teoria-del-conocimiento/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

LÓGICA Y TEORÍA DEL CONOCIMIENTO

Gregorio Fingermann


 

 

Lógica Y Teoría Del Conocimiento

Gregorio Fingermann

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 

 

 

 

 

 

 

 

«Lógica y teoría del conocimiento» de Gregorio Fingermann es que es un libro que examina las bases de la lógica y la teoría del conocimiento, enfocándose en la naturaleza de la lógica como el estudio de la estructura del pensamiento y la teoría del conocimiento como el análisis de cómo los seres humanos adquieren conocimiento y si este es verdadero. Aborda el objeto de la lógica, diferentes concepciones de la misma y sus principios fundamentales.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 

 

 

 

Gregorio Fingermann

 

Lógica Y Teoría Del Conocimiento

 

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 17.11.2025



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Título original: Lógica y teoría del conocimiento

 

Gregorio Fingermann, 1938

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r3.0 (ePub 3)

 

Para una óptima experiencia de lectura, use la opción Fuente Original / Fuente del editor / Predeterminada.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

GREGORIO FINGERMANN

 

L   ÓGI      CA Y    TEORÍA    DEL

 

CONOCIMIENTO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

ADVERTENCIA A LA 1.ª EDICIÓN

 

 

 

 

Después de las “Lecciones de Psicología”, voces amigas —voces tentadoras— me incitaron a que escribiese una Lógica, que sirviera de complemento a la Psicología, siguiendo el mismo método explicativo y de acuerdo con un idéntico criterio pedagógico. No he podido sustraerme a tales incitaciones amistosas.

 

En la redacción de las presentes “Lecciones de Lógica” me he ceñido casi estrictamente a los nuevos programas oficiales por dos tazones obvias: En primer lugar, porque facilita la tarea del profesor y del alumno, y en segundo lugar, porque la ordenación actual de la materia es más lógica, que es lo menos que se puede pedir a un programa de Lógica… En este sentido debemos congratularnos por las modificaciones introducidas en el programa de esta asignatura, porque hay en él, desde ahora, una mayor unidad filosófica.

 

Sin embargo, en algunas partes es demasiado detallado y en otras sumamente sintético. Ejemplo del primer caso son los puntos relativos a las variedades del silogismo y del segundo la mera alusión a la Teoría del Conocimiento. Como no hay en el plan de los estudios secundarios ningún otro curso de Filosofía General, he creído necesario tratar con cierta amplitud los problemas del conocimiento que son tan fundaméntalas para una cultura filosófica, consagrándoles, por esta razón, dos capítulos íntegramente. Además, he dedicado algunos párrafos al “psicologismo” y su crítica, a la “fenomenología” de Husserl y a la “logística”, temas todos de palpitante actualidad. Muchos otros puntos, que no figuran en el programa, van impresos en tipo menor.

 

He tenido muy en cuenta el fin pedagógico del libro. Por esta razón he distribuido el material en veinte breves capítulos, bastante equilibrados, que son otras tantas lecciones, de manera que puedan ser explicadas cómodamente en veinte semanas. Quedan, así, del tiempo escolar disponible algunas semanas más para la intensificación de ciertos puntos y para los repasos.

 

Si he logrado, aunque fuese en parte, mi objeto, y si no he defraudado totalmente las esperanzas de los colegas y amigos, me daré por muy satisfecho.

 

G. FINGERMANN

 

 

 

 

 

ADVERTENCIA A LA 28.ª EDICIÓN

 

 

 

 

El programa de Lógica ha sufrido una leve modificación consistente en un agregado acerca de los problemas fundamentales de la Filosofía, con el objeto de dar a los estudiantes una mayor cultura filosófica. Por tal motivo he dedicado el último capítulo a la Filosofía y sus problemas, temas que he desarrollado también y con más amplitud en mis Lecciones de Filosofía.

 

G. FINGERMANN

 

 

Marzo de 1977



 

 

 

 

 

 

Índice de contenido

 

 

 

Advertencia de la 1.ª edición

 

Advertencia de la 28.ª edición

 

Capítulo 1. Objeto de la lógica

 

1. El pensamiento como objeto de la lógica

2.  Contenido y forma de los pensamientos. Diferencias

 

3. La lógica como ciencia formal

4. La lógica como disciplina normativa

5 Lógica y psicología. Diferencias

6. El psicologismo

7. La fenomenología

8. División de la lógica

9. Definición de la lógica

 

Capítulo 2. Diversas concepciones de la lógica

 

1. La concepción aristotélica

2. La concepción baconiana

3. La concepción empirista

4. La concepción idealista

5. El concepto puro. Croce

6. La logística

7 . El Círculo Vienés (Wiener Kreis).

 

Capítulo 3. Los principios lógicos

 

1. Coherencia y derivación de los pensamientos

2. Principios y axiomas lógicos

3. Principio de identidad

4. Principio de contradicción

5. Principio del tercero excluido

6. Principio de razón suficiente

7. Discusión y críticas antiguas y actuales

 

Capítulo 4. El concepto

 

1. La simple aprehensión

2. Doctrina psicológica del concepto

3. Lógica del concepto

4. Naturaleza y función del concepto

5. Caracteres de los conceptos

 

6. Clases de conceptos

7. Extensión y comprensión de los conceptos

8. Conceptos particulares y universales

9. La división lógica y la definición como desarrollo del concepto

10. La expresión del concepto: los términos

11. Las categorías

12. Sobre la naturaleza de las ideas: Nominalismo. Realismo. Conceptualismo

 

Capítulo 5. El juicio

 

1. La doctrina psicológica del juicio

2. Teoría analítica del juicio

3. Lógica del juicio. Estructura del juicio

4. Naturaleza de la relación en el juicio

5. El juicio y su contenido objetivo

6. Clasificación de los juicios

7. Juicios analíticos y sintéticos

8. Juicios de experiencia. Juicios de razonamiento

9. Juicios de existencia y juicios de valor

10. Operaciones lógicas

11. La expresión del juicio: La proposición

12. Análisis de las proposiciones

13. Las proposiciones impersonales

14. Teoría de la cuantificación del predicado

15. Clasificación de las proposiciones

 

Capítulo 6. La definición

 

1. Concepto de la definición

2. Definiciones verbales, conceptuales y reales

3. Otras clases de definiciones

4. Las nociones indefinibles

5. Los predicables y la definición

6. Normas prácticas

 

Capítulo 7. El razonamiento

 

El razonamiento desde el punto de vista psicológico

2. La doctrina del razonamiento

3. Estructura y características del razonamiento

4.  Las dos formas de conclusiones: inferencias inmediatas e inferencias mediatas

5. Formas de razonamiento

6. La deducción

 

7. La inducción

8. La inducción aristotélica y la inducción baconiana

9. La analogía

10. La expresión del razonamiento

 

Capítulo 8. El silogismo

 

El silogismo como inferencia mediata

2. Elementos del silogismo

3. Reglas del silogismo

4. Figuras del silogismo

5. Modos del Silogismo

6. Principios del silogismo

7. Variedades del silogismo

8. Silogismos hipotéticos y silogismos disyuntivos

9. El dilema

10. La crítica del silogismo

 

Capítulo 9. Los sofismas

 

1. Necesidad de conocer los sofismas

2. Clasificación de los sofismas

3. Sofismas verbales

4.  Sofismas de pensamiento o sofismas propiamente dichos

 

5. Remedios del error

 

Capítulo 10. Teoría del conocimiento.

 

1. El fenómeno del conocimiento

2. Proceso intuitivo y proceso discursivo

3. Los problemas del conocimiento

4. Posibilidad del conocimiento

 

Capítulo 11. Teoría del conocimiento (Continuación)

 

1. El origen del conocimiento

2. La esencia del conocimiento

3. Formas del conocimiento

4. Trascendencia del conocimiento

 

Capítulo 12. La verdad

 

1. El problema de la verdad

2. Grados de asentimiento

3. La certeza

4. La duda

5. La opinión

6. La probabilidad

 

7. El cálculo de probabilidades

8. Criterios de la verdad

9. Discusión

 

Capítulo 13. El saber científico

 

1. Conocimiento vulgar y conocimiento científico

2. Conocimiento filosófico. Sus caracteres

3. La ciencia como sistema de conocimientos

4. El valor de la ciencia

 

Capítulo 14. Clasificación de las ciencias

 

1. Los objetos de las ciencias. Teoría del objeto (Meinong)

2.  Formas del conocimiento científico: matemáticas, ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu

3.  La clasificación de las ciencias. Sentido filosófico de este problema

 

4. Examen de algunas de las clasificaciones clásicas

 

Capítulo 15. Del método

 

1. Idea del método

2. Desarrollo del método científico

3. Galileo

4. Descartes

5. Bacon

6. Análisis y síntesis. Diferencias

7. Análisis de los matemáticos

 

Capítulo 16. Lógica matemática

 

1. Objeto de la matemática

2. La demostración matemática. Su naturaleza peculiar

3. Elementos de la demostración

4. Sobre el origen de las nociones matemáticas

5.  Procedimientos analíticos y procedimientos sintéticos. La reducción al absurdo

 

Capítulo 17. Lógica de las ciencias de la naturaleza

 

1. Concepto de naturaleza. Naturaleza y cultura

2. Noción de causa y de ley

3. La experiencia

4. La observación y el experimento

5. Los cuatro métodos experimentales de Stuart Mill

6. La clasificación natural

Capítulo 18. Las leyes naturales

 

1. La hipótesis

2. Hipótesis especiales e hipótesis generales

3. Las hipótesis generales

4. Ejemplos de hipótesis generales

5. Las leyes naturales. Sus caracteres

6. Leyes causales y leyes de coexistencia

7. Ley estadística

8. Valor de las leyes científicas

9. El determinismo

 

Capítulo 19. Las ciencias del espíritu

 

1. Concepto de espíritu

2. Formas de la actividad espiritual

3.  Método específico: predominio de lo individual y método de comprensión

4.  La psicología y las ciencias histórico-sociales como ciencias de la realidad

5. Las ciencias históricas

6. El método histórico. La crítica histórica

7. Concepciones de la historia

8. La sociología. Los hechos sociales

9. El método de la sociología

 

Capítulo 20. La filosofía y sus problemas

 

1. Concepto de la filosofía

2. Problemas de la filosofía

3. Disciplinas filosóficas

4. El problema ético

5. La ética material de los valores y la ética formal

6. La ley moral y la conducta humana

7. El individuo y la persona

8. La estética

9. El problema gnoseológico

10. El problema metafísico

11. Dios y el origen del ser

12.  Posición de la teoría del conocimiento en el sistema de la filosofía

 

13. Los métodos de la filosofía

 

Sobre el autor

 

Notas



 

 

  

1

 

 

 

 

 

 

OBJETO DE LA LÓGICA

 

1.  El pensamiento como objeto de la lógica. — 2. Contenido y forma de los pensamientos. Diferencias. — 3. La lógica como ciencia formal — 4. La lógica como disciplina normativa. — 5. Lógica y patología. Diferencias. — 6. El psicologismo. — 7. La fenomenología 8. La División de la lógica. — 9. Definición de la lógica.

 

 

1.El pensamiento como objeto de la lógica

 

 

La lógica es una de las ciencias más antiguas. Tanto es así, que se atribuye a Aristóteles (384-322 a. J. C.) la paternidad de esta disciplina. Sin embargo, los lógicos no están todavía de acuerdo acerca del objeto de esta ciencia, y a esto se deben las diversas definiciones que se han dudo de ella. Es preciso, por lo tanto, como tarea previa, determinar con un precisión su objeto, para poder definirla.

 

Es sabido que cada ciencia se ocupa de un grupo particular de objetos que constituyen el material conque trabaja: las matemáticas se ocupan del número y del espacio; la física, de los fenómenos que ocurren en el mundo de la materia; la biología, de los fenómenos y de los procesos vitales; la psicología, de los fenómenos psíquicos, es decir, de los hechos que ocurren en la conciencia: percepciones, imágenes, sentimientos, voliciones, pensamientos, etc. Queda ahora un interrogante: ¿de qué hechos se ocupa la lógica? Desde ya, podemos decir que la lógica se ocupa del pensamiento, o, mejor dicho, de los pensamientos. Expresada del modo como dejamos consignado, esta determinación podría dar origen a una



 

 

 

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confusión entre la psicología y la lógica, puesto que, como vimos, también la psicología se ocupa, entre otras cosas, del pensamiento.

 

Pero veamos: ¿se ocupa la psicología realmente de los pensamientos? Antes de responder a esta cuestión, debemos distinguir entre el “pensamiento” y el “pensar”. El pensamiento es un producto de un proceso psicológico, y el pensar es ese proceso. Ahora podemos decir, hecha ya esta distinción, que la psicología no se ocupa del pensamiento como tal, sino que, entre otros fenómenos y procesos, se ocupa también del pensar, mientras que la lógica se ocupa de los pensamientos exclusivamente, considerándolos en sí mismos, como si fueran objetos reales. La lógica prescinde del proceso del pensar y prescinde también del sujeto que piensa[1]. Por consiguiente, tanto el pensar, como el sujeto que piensa, pertenecen a la psicología y quedan excluidos del ámbito de la lógica. La tarea de la lógica queda así circunscripta solamente a los pensamientos.

 

Ahora bien, si reflexionamos acerca de la peculiaridad de los pensamientos, notamos que todo pensamiento expresa algo, se refiere a algo[2], tiene un objeto acerca del cual piensa. No existe un pensamiento que no sea pensamiento acerca de algo. No concebimos un pensamiento vacío de contenido. Pero, recíprocamente, todo pensamiento tiene una forma en que ese pensamiento es expresado. Por consiguiente, en el proceso real del pensar hemos de distinguir, de acuerdo con los lógicos modernos, especialmente con Pfänder, cinco factores:

 

1.º Un sujeto pensante que produce el pensamiento.

 

2.º El pensar mismo, considerado como proceso psíquico que se desarrolla en el tiempo, y que puede ser corto o largo, para cesar luego.

 

3.º Un pensamiento determinado, que es su contenido, fruto del pensar.

 

4.º El objeto al que se refieren el pensamiento y el sujeto pensante.

 

5.º La forma verbal en que es expresado el pensamiento.

 

Si estudiamos ahora, aunque someramente, estos cinco factores y sus recíprocas relaciones, llegamos a las siguientes conclusiones: ante todo, es preciso admitir que el sujeto puede existir sin que esté necesariamente pensando. No es preciso que piense para existir, aunque, por lo general, el sujeto piensa aun cuando su conciencia se halla ocupada por otros hechos psíquicos. En cambio, no podemos concebir un pensar que no se verifique



 

 

 

 

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en un sujeto pensante, en una conciencia personal. Además, como vimos más arriba, no existe un pensar “vacío”, desprovisto de contenido. Todo pensamiento tiene un objeto al cual se refiere, y puede ser aislado y separado, en cierto modo, del proceso del pensar que lo produjo. Por último, el pensamiento es susceptible de ser fijado por la escritura y pensado por otros varios sujetos pensantes. Por esta razón, podemos decir que los pensamientos, una vez elaborados y fijados, son creaciones intemporales, es decir, son productos espirituales independientes de toda duración. Están fuera del tiempo. El proceso del pensar, en cambio, trascurre, se desenvuelve; esto quiere decir que tiene un comienzo y un fin. El pensamiento, una vez elaborado y fijado, queda permanentemente. Consideremos este pensamiento: “A los hombres se degüella; a las ideas, no”. Aquí vemos que este pensamiento, mientras se elaboraba en el espíritu del autor, era un proceso con cierta duración, pero una vez fijado en la piedra o en el papel, resulta ya independiente de todo tiempo. Se hace intemporal.

 

Debemos agregar todavía que los pensamientos no están ligados necesariamente al lenguaje, puesto que se da también en el hombre un pensar silencioso y mudo. Sólo cuando el pensamiento está elaborado en su totalidad y conservado, puede expresarse mediante formas verbales en el tiempo. Una prueba de que el pensamiento no está ligado necesariamente al lenguaje, es que un mismo pensamiento puede expresarse de diversos modos verbales y en idiomas diferentes. He aquí estas dos proposiciones:

 

El héroe de los Andes murió en el extranjero.

 

San Martín falleció fuera de la patria.

 

Ambas proposiciones expresan el mismo pensamiento, tienen el mismo sentido; sin embargo, las palabras que lo expresan, visual y acústicamente, son diferentes.

 

Del análisis de los cinco factores que acabamos de mencionar, resulta que el sujeto pensante y el proceso del pensar son objetos de la psicología, en tanto que los objetos o contenidos de los pensamientos a que éstos se refieren, son la finalidad de las ciencias particulares. Por último, las expresiones verbales en que pueden fijarse los pensamientos son el objeto de la lingüística y de la gramática.



 

 

 

 

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Después de todas estas consideraciones, podemos determinar y precisar el objeto de la lógica, diciendo: se trata del estudio de los pensamientos en sí, de los productos del pensar. Es la ciencia sistemática de los pensamientos (Pfänder).

 

 

2. Contenido y forma de los pensamientos. Diferencias

 

En cada pensamiento debemos distinguir la materia y la forma. La materia es el contenido, el objeto acerca del cual se piensa. Es el dato de la experiencia sensible. La forma, en cambio, es el modo por el cual el pensamiento se convierte en propiedad de nuestro intelecto. Se trata, en suma, del conjunto de operaciones que realiza nuestro intelecto para adquirir un determinado conocimiento o para expresar un pensamiento. Tomemos un ejemplo para aclarar lo que acabamos de decir:

 

“La independencia argentina se proclamó 324 años después del descubrimiento de América”; “en la sangre, los glóbulos rojos están en relación de 1000 a 1, con respecto a los glóbulos blancos”; “la intensidad de la luz está en razón inversa al cuadrado de la distancia”; “el agua, en igualdad de volumen, es más pesada en estado líquido”. Si se comparan estos cuatro juicios, se observa que, siendo iguales por su forma, son diferentes en cuanto a su contenido, es decir, con respecto a la materia que expresan. Por su forma, en efecto, son juicios de relación cuantitativa, puesto que expresan la existencia de una determinada relación matemática entre el sujeto y el predicado. En cambio, por los hechos que expresan, uno de estos juicios es histórico, el segundo se refiere a un hecho biológico, y los dos últimos a fenómenos físicos.

 

Vamos a dar algunos ejemplos más sencillos todavía. Si decimos: “Todos los rumiantes son mamíferos”; “todos los metales son minerales”, vemos que por su forma ambos juicios son universales afirmativos. En cambio, son diferentes por su contenido: el primero se refiere a un hecho de la zoología, mientras que el segundo expresa una verdad de la mineralogía. Lo mismo ocurre con estos juicios: “Ningún pez es rumiante”; “ningún cuadrilátero es un círculo”. Ambos son, por su forma, universales negativos, pero por su contenido el primero hace mención a un hecho biológico y el segundo se refiere a un hecho de la geometría.



 

 

 

 

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En cada ciencia la materia es, por consiguiente, el asunto de que se ocupa, el objeto de que trata. Así, la materia de la física son ningunos fenómenos, como los del calor, los de la electricidad, los del mundo, etc. En cambio, la forma está dada por las diferentes operaciones que realizamos para obtener cada una de estas ciencias. La primera operación consiste en agrupar bajo un mismo rótulo todos los fenómenos relativos al calor; y bajo otro rótulo los que se refieren a la electricidad, etc. Obtenemos así una clasificación. La clasificación es, por lo tanto, una operación lógica, común a todas las ciencias. Después de haber efectuado la clasificación de los fenómenos, el hombre de ciencia investiga las relaciones existentes entre los diversos fenómenos, y, por último, trata de determinar las leyes que los rigen, ludas estas distintas operaciones, que terminan en la determinación de las leyes científicas, son procedimientos lógicos comunes a todas las ciencias. Por esta razón, algunos filósofos han definido la lógica como la ciencia que estudia los principios formales del conocimiento, es decir, aquellas condiciones que deben cumplirse para que un conocimiento, cualquiera que sea su contenido, pueda considerarse como verdadero y bien fundado, y no como una mera ocurrencia o como una hipótesis sin base ninguna[3].

 

Debemos agregar que materia y forma son conceptos correlativos, do manera que ninguno de ellos puede existir sin el otro. No hay conocimiento sin forma, ni tampoco puede darse una forma vacía, desprovista de contenido. Sin embargo, somos capaces de considerar uno de los términos independientemente de la determinación particular del otro. Así, somos capaces de concebir el círculo como simple forma, si pensamos en lo que tienen de común todos los círculos reales, haciendo abstracción de sus diversos tamaños y de las demás cualidades que puedan tener. De un modo análogo, podemos considerar un color como simple materia, si prescindimos de la forma real que posee ese color[4].

 

3. La lógica como ciencia formal

 

Basándose en esta distinción entre contenido y forma de los pensamientos, algunos filósofos, especialmente Kant, consideran la lógica como una ciencia formal, es decir, aquella ciencia que estudia las formas



 

 

 

 

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del pensamiento prescindiendo de todo contenido. Pero ya hemos visto que sólo en cierta medida puede aislarse la forma de la materia. Como quiera que sea, las formas que reviste el pensamiento son las que le dan un carácter fijo y permanente, frente a la variedad cambiante del contenido de nuestras ideas. En consecuencia, la tarea de la lógica consistirá, según esta doctrina, en fijar dichas formas en cualquier clase de pensamiento, ya se trate de pensamientos simples, ya se trate de otros más complejos y desarrollados. En este sentido es una ciencia teórica, especulativa, porque obtiene sus resultados por procesos de abstracción y de análisis.

 

 

4. La lógica como disciplina normativa

 

Considerada de este modo la tarea de la lógica, se ve que se opone a otra concepción según la cual la misión de la lógica consistiría en fijar “normas ideales” para poder distinguir los pensamientos correctos de los falsos. Sería, en suma, un sistema de medios para alcanzar juicios correctos. Las reglas formuladas se convierten así en normas que han de respetarse si queremos que nuestros pensamientos sean verdaderos. La lógica sería, pues, una ciencia “normativa” como son la ética y la estética. Tal es la opinión de Wundt, quien coloca a la lógica entre las ciencias normativas en contraposición a las ciencias de leyes. Las ciencias normativas, según él, no formulan leyes, sino que ofrecen normas, reglas ideales a las cuales se ha de tender.

 

Esta doctrina guarda cierta analogía con una muy anterior, según la cual, la lógica es una disciplina práctica, didáctica, una verdadera técnica porqué aspira a suministrarnos ciertas reglas para llegar a resultados seguros. Se trataría de un verdadero arte, y así es definida esta disciplina por los lógicos de Port-Royal, cuyo famoso tratado se titula La lógica o el arte de pensar[5].

 

A este respecto conviene hacer notar que todas las ciencias especulativas pueden trasformar sus verdades en reglas imperativas. Tomándolo en este sentido se puede reconocer el carácter normativo de la lógica, pero esto significa solamente que la lógica, que es por naturaleza teorética, posee al mismo tiempo la cualidad vigorizar las facultades de mentales[6]. Además, como observa Husserl, no es preciso discutir si la



 

 

 

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lógica es un arte o una ciencia, puesto que cada disciplina normativa supone como fundamento una o varias disciplinas teoréticas o especulativas. Esto quiere decir que la lógica ha de tener un contenido teorético independiente de toda normación. Para que una ciencia sea realmente normativa debe investigar científicamente las relaciones entre las condiciones objetivas que trata da someter a norma y la norma fundamental. En resumen, toda disciplina normativa exige el conocimiento de ciertas verdades no normativas, las que toma de ciertas ciencias teoréticas[7].

 

5 Lógica y psicología. Diferencias

 

Al establecer la diferencia entre el pensar y el pensamiento, vimos que el pensar es un proceso que ocurre en el tiempo, dentro de un sujeto pensante. Vimos, también, que el pensamiento, como tal, puede existir formulado ya, y que en este caso es intemporal, puesto que no está en el tiempo. Esta primera distinción nos muestra de un modo claro la diferencia fundamental que existe entre la psicología y la lógica. A la primera, corresponde el estudio del sujeto pensante y de los procesos psicológicos reales que ocurren en él, entre los cuales está también el proceso del pensar. En cambio, la lógica no debe ocuparse de los procesos psíquicos del pensar, sino del pensamiento elaborado y formulado. Debe estudiar los pensamientos mismos, analizarlos en sus formas, en su estructura, en sus enlaces y demás caracteres que pueden tener, prescindiendo en absoluto del sujeto que pudo haberlos elaborado.

 

Esta distinción clara entre la tarea de la psicología y de la lógica es el resultado de los trabajos de Husserl y de sus discípulos, especialmente Alexander Pfänder y Aloys Müller. Los tratadistas anteriores, al estudiar las diferencias entre estas dos ciencias, consideraban como tarea propia de la psicología la investigación de los fenómenos y procesos psíquicos, entre ellos el pensar, tal como es en realidad, sin atenerse a la validez y a la corrección de los pensamientos. Por consiguiente, igual valor ha de tener para la psicología un pensamiento correcto como uno falso, porque lo único que le interesa al psicólogo es saber cómo se forman las ideas, los juicios y los razonamientos. Para la lógica no quedaba más tarea que la de



 

 

 

 

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establecer las leyes que debe seguir el pensamiento para tener validez, ser correcto y libre de toda contradicción. De acuerdo con este criterio, la psicología era considerada como una ciencia de hechos, y la lógica como una ciencia ideal, puesto que su misión consistía en establecer normas ideales para el razonamiento correcto.

 

 

6. El psicologismo

 

Algunos filósofos de mediados del siglo pasado y de los comienzos del actual no hacen una diferenciación entre la psicología y la lógica. Esta tendencia, que ha dominado hasta hace muy poco, considera que los fundamentos teóricos de la lógica residen en la psicología. De acuerdo con esta manera de concebir las relaciones entre estas dos ciencias, la lógica se vincula con la psicología como la agrimensura con la geometría, como la higiene con la fisiología. Según Stuart Mill, la lógica debe íntegramente sus fundamentos a la psicología. Para Lipps, más extremista aún, la lógica debiera subordinarse a la psicología como parte integrante de ella[8]. A esta tendencia de fundamentar la lógica en la psicología se la designa con el nombre de psicologismo.

 

El psicologismo, como tendencia, debemos hacerlo notar, no se refiere exclusivamente a la lógica y a los objetos lógicos, sino que se extiende también a la ética y a la estética, porque considera que los objetos éticos y los objetos estéticos son de carácter anímico y, por consiguiente, también ellos deben caer dentro de la esfera de la psicología.

 

 

7. La fenomenología

 

Los lógicos modernos, encabezados por Husserl, han hecho la crítica del psicologismo. En sus Investigaciones lógicas, Husserl muestra que el psicologismo conduce al relativismo y al escepticismo y por consiguiente, renuncia a toda verdad. Para salvar este escollo, ofrece un método riguroso de investigación científica, que es la intuición esencial o fenomenológica. Veamos brevemente en qué consiste este método.

 

Ante todo hay que limitarse a los fenómenos, sin salirse de ellos. Es preciso renunciar a toda explicación, porque explicar un fenómeno es salir



 

 

 

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de él. Sólo debemos contentarnos con “describir” el fenómeno. Aquí surge el problema de cómo podemos aprehender el fenómeno. A esta cuestión responde Husserl di ciendo que el fenómeno es aprehendido por intuición. Pero, la intuición sensible representación, percepción), no es la única forma de intuición. Hay, según él, infinidad de objetos no sensibles, que se nos aparecen con tanta o más claridad y en forma tan inmediata como los objetos sensibles. La intuición, según Husserl, es una aprehensión inmediata, que se opone al pensamiento conceptual que es conocimiento mediato. A este género de intuición lo designa con el nombre de intuición de esencias o esencial.

 

La intuición esencial es distinta de la intuición individual que es suministrada por un objeto existente en determinado momento y lugar. Además, la percepción de un objeto varía de momento a momento, según que varíen las condiciones de su producción. Ahora bien, si se hace abstracción de todos estos cambios accidentales y de la existencia misma del objeto, sólo queda la esencia, lo eterno, lo inmutable de ese objeto. Hay ciencias que se ocupan exclusivamente de esencias como la matemática pura. En efecto, son esencias matemáticas el triángulo, la recta, el círculo, el número, etc., que se consideran independientemente de toda representación concreta.

 

Pero no es éste el único campo de la fenomenología. Al lado de las esencias matemáticas se encuentran otras esencias, tales como las estéticas, las éticas, las lógicas, las psicológicas, etc. El objeto de la fenomenología es intuir estas esencias y describirlas con una precisión análoga a la. matemática.

 

El método fenomenológico suministra, con la intuición de las esencias lógicas, un criterio para diferenciar lo lógico de lo psicológico, porque investiga el puro ser de cada fenómeno, de donde resulta que la fenomenología es, para Husserl, la base de toda ciencia rigurosa y exacta.

 

 

8. División de la lógica

 

Hemos visto que el objeto de la lógica son los pensamientos considerados en sí mismos bajo las diversas formas que registren. Ahora bien, estas formas se distinguen por su grado de complejidad, por cuyo



 

 

 

 

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motivo se clasifican generalmente en simples y complejas, aunque, en realidad, no hay una forma lógica simple. Se trata, más bien, de una simplicidad relativa.

 

Las formas simples, que son las formas elementales del pensamiento, son el concepto, el juicio y el raciocinio. Cualquier pensamiento que se considere, por grande que sea su complejidad, puede reducirse, en última instancia, a estas tres formas elementales. A la parte de la lógica que trata de las formas elementales del pensamiento se la designa generalmente con el nombre de lógica formal. La segunda parte, que se ocupa de las formas más complejas, constituye la metodología. Ella estudia las formas metódicas, que están constituidas, a su vez, por combinaciones de las formas más simples. Esas formas complejas responden a procedimientos destinados a adquirir nuevos conocimientos, o bien a ordenar en un sistema los conocimientos adquiridos. Otra finalidad de la metodología es suministrar la prueba de los conocimientos.

 

En virtud de estas razones, los lógicos hablan de dos clases de métodos: el método inventivo, que suministra los procedimientos para la adquisición de nuevas verdades, y el método sistemático, que nos procura las normas para la ordenación de los conocimientos existentes.

 

Pero la labor de la lógica no se agota en estas dos tareas. Mediante el pensamiento, que reviste ya sea formas simples, ya sea formas complejas, se persigue otra finalidad, que es la búsqueda de la verdad. Falta saber, entonces, qué es verdad, cuál es su esencia y, sobre todo, cuál debe ser el criterio para reconocer algo como verdadero y cierto. A esto tiende la tercera parte de la lógica, que es la criteriología o lógica crítica.

 

 

9. Definición de la lógica

 

Como la lógica tiene tres tareas principales, y los diversos investigadores contemplaron solamente uno u otro aspecto de ella, se comprende que esto haya originado una diversidad de definiciones de esta ciencia. En realidad, se trata de definiciones parciales, que se refieren ya a una, ya a otra parte de la lógica. Vamos a mencionar sólo algunas de estas definiciones. Para Aristóteles, la lógica es la “ciencia de la demostración” porque sólo se preocupa de formular reglas para alcanzar verdades



 

 

 

 

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mediante la demostración. Para Kant, la lógica es la “ciencia de las leyes necesarias del entendimiento y de la razón”. Para Stuart Mill, es la “ciencia de las operaciones intelectuales que sirven para la estimación de la prueba”. Se ve claramente que cada autor ha visto un aspecto del problema, y aunque la definición de Stuart Mill parece una vuelta a la de Aristóteles, es un retorno sólo aparente. Aristóteles habla de demostración, y Stuart Mill, de prueba; pero para el filósofo inglés la verdadera demostración es la prueba inductiva, en tanto que para el griego también tiene valor demostrativo la prueba deductiva.

 

Es preciso, por lo tanto, intentar una definición unitaria que englobe la triple tarea de la lógica en su totalidad. Por esto, podrá definirse la lógica diciendo que es la “ciencia de las leyes y de las formas del pensamiento, que nos da normas para la investigación científica y nos suministra un criterio de la verdad”.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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DIVERSAS CONCEPCIONES DE LA LÓGICA

 

1.      La concepción aristotélica. — 2. La concepción baconiana. — 3. La concepción empirista. — 4. La concepción idealista. — 5. El concepto puro. Croce. — 6. La logística. — 7. El círculo vienes.

 

 

1.La concepción aristotélica

 

 

De muy diversos modos ha sido considerada la lógica, constituyendo la concepción formalista y la concepción metafísica los dos extremos opuestos de la serie. La lógica formalista concibe la lógica como una técnica, y sus formas y procedimientos son considerados como auxiliares del conocer. La lógica metafísica, en cambio, con Hegel a la cabeza, identifica el pensar y el ser, y cree posible un saber por puros conceptos. De este modo, identifica la lógica con la metafísica, puesto que las leyes necesarias del pensamiento resultarían ser también las leyes necesarias del “ser”. Dentro de estas dos posiciones extremas, vamos a analizar algunas concepciones, siguiendo, en cierto modo, el desarrollo histórico de la lógica.

 

La lógica, como ciencia, es una creación del genio griego y sus comienzos deben buscarse en las sutilezas de Zenón de Elea, quien vivió unos 500 años antes de Cristo. Por su parte, los sofistas, con sus discusiones, que niegan la existencia de una verdad general, contribuyeron al planteamiento de los problemas lógicos, especialmente al valor de la demostración. Por último, Platón preparó el material de la lógica con sus diálogos socráticos acerca de la naturaleza de las ideas, del concepto de la



 

 

 

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ciencia, de la relación entre el pensamiento y la opinión, de la división y definición de los conceptos.

 

Pero corresponde a Aristóteles la gloria de haber sido el primero en tratar con todo detalle la lógica, y por esta razón se lo considera, con justicia, su fundador. En un principio se llamó Analítica, en virtud del título de las obras en que trató los problemas lógicos. Más tarde, los escritos de Aristóteles, relativos a estos asuntos, fueron reunidos por sus discípulos con el título de Organon, por considerar que la lógica era un instrumento para el conocimiento de la verdad.

 

Para Aristóteles, la lógica es una propedéutica, es decir, una introducción para los otros estudios, y tiene por fin indicar el camino por el cual se puede lograr un conocimiento científico. Así como ve en la retórica el arte de la persuasión, ve en la lógica el arte de la investigación y de la prueba científica. El problema que se plantea Aristóteles es el siguiente: de qué modo es posible probar y demostrar que un conocimiento es verdadero, es decir, que tiene una validez universal. Aristóteles encuentra el fundamento de la demostración en la deducción, procedimiento que consiste en derivar un hecho particular de algo universal. La forma en que se efectúa esa derivación es el silogismo, por cuya razón la silogística llega a ser el centro de la lógica aristotélica.

 

Veamos ahora cómo fundamenta Aristóteles su doctrina. De acuerdo con la escuela socrática, considera que mediante el concepto, es decir, con la idea general, el espíritu aprehende la realidad, la naturaleza eterna y absoluta de las cosas. Por consiguiente, la definición de un concepto debe suministrarnos la esencia del objeto, el conocimiento completo de dicho concepto. Se llega a la definición mediante el razonamiento, que es el encadenamiento de las ideas. Como los conceptos son la realidad, el encadenamiento que se establece en nuestro pensamiento entre los conceptos corresponde a las relaciones de la realidad misma. En consecuencia, las leyes del pensamiento abstracto son, para Aristóteles, las leyes del mundo real. En el juicio debe aparecer como ligado aquello que en realidad está ligado y como separado aquello que está separado[1]. En su lógica investiga Aristóteles cómo nuestros conceptos se encadenan en el espíritu, y formula la teoría de dicho encadenamiento. Se trata, pues, de un razonamiento abstracto en forma de silogismo, independiente de toda



 

 

 

 

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experiencia. Es la deducción formal, cuyas reglas estableció de un modo inconmovible; hasta el extremo de que Kant consideraba la lógica aristotélica como algo perfecto y acabado. Al tratar el razonamiento silogístico, volveremos sobre el asunto.

 

 

2. La concepción baconiana

 

Durante toda la Edad Media, y en los comienzos de la Moderna, la filosofía aristotélica, tanto su lógica como su concepción del mundo, reinó en las escuelas en forma absoluta. En este período de la filosofía, que es conocido por ello con el nombre de Escolástica, los escritos originales de Aristóteles eran casi ignorados, de manera que sus doctrinas, especialmente la lógica, se estudiaban principalmente en las obras de sus comentaristas, entre los cuales se destacaban las del filósofo árabe Averroes (1126-1198).

 

Pero con el Renacimiento comienza a sentirse una fuerte oposición contra la lógica de Aristóteles, a quien se acusa de querer explicar el mundo de la realidad con hipótesis desprovistas de todo fundamento. Se aspira a crear una ciencia nueva de la naturaleza, basada en la experiencia y en las invenciones de la vida práctica. En efecto, el Renacimiento había trasformado las ideas acerca del mundo y del hombre cuya emancipación espiritual se opera íntegramente. Ya no se juzga al hombre según su relación con la iglesia o con su gremio, sino que él mismo es objeto de interés y de consideración.

 

Por su parte, los humanistas, aunque no habían sentido directamente la influencia de la nueva ciencia de la naturaleza, también reclamaban contra la lógica tradicional, y exigían su reforma. Consideraban que el silogismo no era capaz de suministrar nuevos conocimientos, puesto que sólo servía para sacar conclusiones formales de hipótesis sentadas previamente por autoridad. Esta necesidad de la reforma se hizo sentir con violencia en los siglos XV y XVI, mediante una serie de tentativas de modificaciones, declaraciones y programas…

 

Entre estos reformadores culmina Francis Bacon de Verulam (1561-1626). Sería, sin embargo, un error considerar a este filósofo y político inglés como el fundador de la ciencia experimental. Los



 

 

 

 

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verdaderos creadores de la nueva ciencia fueron Leonardo de Vinci (1452-1519), Johann Kepler (1571-1630) y sobre todo Galileo Galilei (1546-1642). Bacon mismo, con toda modestia, declara que no es un guerrero de la nueva cruzada, sino un simple heraldo que estimula al combate. Pero esto no quita importancia a su obra, puesto que recogió los pensamientos y las esperanzas de su siglo, que vio nacer una ciencia nueva. Si es cierto que no contribuyó a su fundación, predijo, en cambio, que la nueva ciencia, fundada en la experiencia, influiría sobre la vida humana, porque “saber es poder”.

 

Pero Bacon no es una figura aislada en este movimiento. Tuvo como precursores al francés Pierre de la Ramée (Petrus Ramus, 1515-1572), al filósofo y médico español Francisco Sánchez (1550-1623) y a los pensadores italianos Bernardino Telesio (1509-1588), Tomás Campanella (1568-1639), Giordano Bruno (1548-1600). Hay que hacer notar, sin embargo, que en Bacon las directivas para un buen método en las ciencias son mucho más perfectas que en los humanistas y empíricos que intentaron reformar la lógica.

 

Veamos ahora en qué consiste la reforma baconiana. Ante todo, considera que la ciencia es el instrumento más eficaz para que las fuerzas de la naturaleza se vuelvan útiles al hombre. Los hechos de la naturaleza deben ser observados con imparcialidad y con objetividad. Bacon critica los métodos antiguos, que considera falsos, puesto que suponen al espíritu humano demasiado sublime para descender a hacer experiencias, bastándole arrancar la verdad de su propio fondo. Además, le parece que ha habido un excesivo respeto al pasado y a los pensadores antiguos. Los antiguos somos nosotros, exclama paradójicamente, puesto que tenemos más experiencia que ellos.

 

Después de una crítica severa a la doctrina tradicional, trata de ofrecer un nuevo método en su libro Novum Organum, que es la segunda parte de su obra capital, titulada Instauratio magna scientiarum. El Nuevo Organon viene, pues, a oponerse al “Organon” de Aristóteles. En su obra combate rudamente al silogismo aristotélico, sosteniendo que este instrumento es incapaz de suministrar nuevos conocimientos, puesto que está minado por un vicio sofístico, toda vez que, si es falsa la conclusión, también es falsa la premisa de la cual se deriva. Es preciso, por lo tanto, un



 

 

 

 

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nuevo instrumento, un nuevo órgano. Ese órgano es la inducción, que desempeña en la investigación de las nuevas verdades científicas el papel principal.

 

 

3. La concepción empirista

 

Sin embargo, todas las críticas dirigidas a la lógica aristotélica no lograron abatirla; sirvieron solamente para limitar su valor. Quedó establecido que el pensamiento abstracto no puede hacernos descubrir cosa alguna, y que sólo es fecundo el pensamiento cuando se apoya sobre el experimento y la inducción. La lógica de Aristóteles quedó, así, reducida, valiendo únicamente como forma de exposición de las verdades descubiertas por otros métodos. La lógica aristotélica se redujo a una lógica formal que debe completarse con una lógica real. Esta fue también la concepción de Kant, para quien la lógica formal es una ciencia rigurosa y definitiva, pero que no pertenece a la realidad. Corresponde a otros métodos proporcionar al pensamiento real un contenido objetivo.

 

Fue a mediados del siglo XIX, gracias, principalmente, a John Stuart Mill (1806-1873), cuando se operó una nueva y profunda reforma de la lógica. Se concibe la lógica como una ciencia positiva que debe tratar las ciencias, sus métodos y los procesos del espíritu humano como hechos. Debe buscar empíricamente, es decir, por la observación e inductivamente partiendo de los hechos particulares, los principios que aplica el pensamiento y las reglas que pone en práctica para lograr sus resultados.

 

La obra de Stuart Mill, publicada en 1843 con el título de Sistema de lógica deductiva e inductiva, no sólo aspira a una fundamentación psicológica de la lógica, sino que acentúa el punto de vista metodológico. Es la primera formulación de la doctrina de los métodos donde se tienen en cuenta las necesidades y resultados de las ciencias especiales[2]. Por esta razón, define Stuart Mill la lógica como “la ciencia de las operaciones intelectuales que sirven para la estimación de la prueba”. Esto quiere decir que es el procedimiento general, que va de lo conocido a lo desconocido, y de las operaciones auxiliares de esta operación fundamental. Como se ve, es una lógica real que tiene por objeto los hechos, y no las ideas o las leyes a priori.



 

 

 

 

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A esta dirección empirista pertenecen también Bain, Spencer, Stanley Jevons, en Inglaterra; Lotze, Sigwart y Wundt, en Alemania, y W. James y John Dewey, en los Estados Unidos.

 

 

4.La concepción idealista

 

 

a)  Idealismo subjetivo. El término “idealismo” ha sido empleado por los filósofos de muy distinto modo. Pero no obstante su diversa acepción, debemos considerar la doctrina designada por este término en el sentido de que todo aquello que existe, o todo aquello que podemos conocer, tiene un carácter mental, es decir, que existe sólo en nuestro pensamiento. Algunos ejemplos aclararán mejor este concepto. El hombre común, el hombre carente de cultura filosófica, considera que los objetos que nos rodean, las casas, los muebles, los árboles, etc., tienen una existencia propia y totalmente independiente de los espíritus que piensan en dichas cosas. Todavía más: considera los objetos, opuestos a las representaciones que tienen de las cosas mismas, y que éstas pueden seguir persistiendo aunque los espíritus desaparezcan, como pueden haber existido antes de haber espíritus o conciencias.

 

El idealismo, en cambio, es una doctrina diferente. Sostiene que la única realidad no son los objetos, las cosas, sino las representaciones, los fenómenos, las “ideas” que tenemos de ellos en la conciencia. No conocemos directamente las cosas. Sólo tenemos datos suministrados por los sentidos y estos datos sensibles son los únicos objetos de cuya existencia tenemos seguridad. De esto se infiere que conocer algo es estar en una conciencia, en un espíritu, y como de los objetos sólo tenemos representaciones conscientes, resulta que lo único real es lo mental.

 

Debemos a Jorge Berkeley (1685-1753), obispo anglicano de Cloyne, Irlanda, la primera exposición clara del idealismo. Berkeley parte de la base de que los datos de nuestros sentidos no pueden tener una existencia independiente de nosotros. Por consiguiente, esos datos existen en nuestro espíritu, en nuestra conciencia. Por esto dice “Esse est percipi”: existir es ser percibido. Esto quiere decir que sólo tiene existencia lo que es percibido por el sujeto que piensa. Sólo puede ser conocido aquello que



 

 

 

 

 

 

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forma parte de la conciencia de alguien, de un espíritu. Se trata, pues, de un idealismo subjetivo.

 

Berkeley designa con el nombre de “idea” a todo lo que es inmediatamente conocido, a las sensaciones y percepciones como a las representaciones. El color que vemos, el sonido que oímos, la imagen que evocamos, son para él ideas. De los objetos sólo tenemos percepciones y representaciones, de modo que su existencia real no está fuera de lo percibido. La percepción es lo único seguro y real. Los objetos no son más que agrupaciones de sensaciones y percepciones, de manera que su existencia es puramente mental.

 

Pero no debe entenderse con esto que las cosas mismas tienen una existencia “en” el espíritu. Como hace notar Bertrand Russell, cuando decimos que tenemos una persona en el espíritu no significamos con esto que la persona misma está enteramente en el espíritu, sino que tenemos en el espíritu el pensamiento de esta persona. Cuando decimos, con Berkeley, que el árbol debe estar en nuestro espíritu para que podamos conocerlo, sólo queremos significar que el pensamiento del árbol —es decir sus representaciones de color, tamaño, forma, etc.— debe estar en nuestro espíritu[3].

 

En resumen, para el idealismo, tal como lo concibe Berkeley, sólo hay espíritus, es decir, conciencias con sus contenidos representativos y que el universo, el mundo de los cuerpos materiales, sólo existe como representación. El idealismo de Berkeley, como se ve, amenaza convertirse así en un solipsismo (de “solus ipse”), es decir, sólo existo yo y el mundo es mi representación.

 

b)    El idealismo absoluto. Hegel. El idealismo subjetivo, tal como aparece en Berkeley, quien reduce todo al espíritu humano, conduce al escepticismo. Esta dificultad es la que trata de salvar Hegel (1770-1831) con su idealismo absoluto. En su sistema, el conocimiento de las cosas no es relativo, como ocurre en Kant, sino que es absoluto. Veamos previamente en qué consiste el relativismo kantiano. Según Kant, no es posible el conocimiento del mundo real. La “cosa en sí”, que él llama “noúmeno”, no es asequible por la experiencia. El mundo real, de las cosas en sí, es un mundo cerrado al que apenas podemos acercarnos, pero nunca penetrar en él porque nos separa una valla infranqueable que es nuestra



 

 

 

 

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propia estructura psíquica. Lo único que conocemos del mundo son las representaciones, las meras apariencias de los objetos, los “fenómenos” que nuestra inteligencia ordena en el espacio y en el tiempo. Pero los fenómenos son hechos subjetivos por excelencia y no deben ser confundidos con la impenetrable e inaccesible realidad. Al establecer, pues, una separación entre el mundo incognoscible de las cosas en sí y el mundo asequible de los fenómenos, Kant estipuló la relatividad de nuestro conocimiento, toda vez que únicamente podemos penetrar, con nuestra razón, en uno solo de ambos mundos, en el mundo de los fenómenos.

 

Hegel, en cambio, identifica el ser, es decir la realidad, con él pensamiento, con la idea. El pensamiento es la sustancia de la realidad. La realidad del mundo equivale a la realidad de la razón, por eso declara que “lo racional es real y lo real es racional”. La tarea de la lógica no es sólo la de explicar cómo el entendimiento logra aprehender la realidad, sino que ha de describir la realidad misma. La lógica se identifica así con la metafísica, que es la ciencia de lo absoluto, con la diferencia de que en vez de cosas y seres Hegel no pone más que ideas. La lógica formal tiene para él escaso valor. Para Hegel, la lógica se convierte así en la ciencia de la idea pura y debe seguir su evolución hasta hacerse exterior y convertirse en naturaleza. Pero ¿cómo es posible que se verifique esa evolución de la idea? Hegel nos dice que ello se produce en virtud de un proceso dialéctico. Veamos en qué consiste esta dialéctica. En primer lugar, Hegel afirma la existencia del ser, es decir, que hay algo que existe, que “es”. Consideremos el presente juicio: “ninguna cosa existe”. Si esto es cierto, tenemos que el juicio mismo existe y que en cambio es falso lo que en él se expresa. Por consiguiente, toda verdad puede ser negada con excepción del concepto del ser que envolvería una contradicción.

 

Este concepto de “ser” es el más abstracto, el más puro y el más vacío. Si de cualquier objeto eliminamos todas sus cualidades y atributos y sólo dejamos su carácter de “ser” de manera que únicamente podemos afirmar del objeto que existe, vemos que ese objeto no puede diferenciarse de ningún otro objeto. El concepto del seres, pues, vacío de todo contenido y, por lo tanto, se identifica con su contrario, el no ser, la nada absoluta en la cual se convierte. Esta síntesis superior del “ser” y del “no ser” es el devenir, algo que es y que todavía no es (werden, en alemán). El devenir



 

 

 

 

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es, por consiguiente, una evolución que resulta de una síntesis de contrarios. Según Hegel la contradicción domina en el mundo, puesto que es el motivo que anima e impulsa la evolución de las cosas. Este movimiento que de la tesis va a la antítesis para formar la síntesis, es la dialéctica.

 

En resumen, el idealismo presenta dos formas principales: el idealismo subjetivo y el idealismo absoluto, objetivo o lógico. El idealismo subjetivo o psicológico sostiene la tesis de que toda realidad está encerrada en la conciencia del sujeto. Las cosas no son más que contenidos de conciencia. El idealismo absoluto o lógico toma también como punto de partida la conciencia, pero considera solamente los juicios como un sistema objetivo de juicios, pensamientos, es decir, los elementos lógicos. Los objetos son engendrados por el pensamiento, es decir, que de ellos sólo tenemos conceptos, ideas. Por esta razón, se ha llamado al idealismo absoluto, o lógico, también panlogismo, puesto que reduce toda la realidad a algo lógico.

 

 

5. El concepto puro. Croce

 

Entre los autores modernos, que han sido influidos por la filosofía de Hegel, debemos mencionar a Benedetto Croce y a Giovanni Gentile. Croce identifica, en primer lugar, el concepto con el juicio y con el silogismo. Por esto su lógica es “la ciencia del concepto puro”. El concepto es la universal; por consiguiente, no es representación ni condensación de representaciones, puesto que toda representación es individual. Para él un concepto puro sería el de “cualidad”, de “belleza”, de “finalidad”, etc. En cambio, son ficciones conceptuales o pseudos conceptos los conceptos como “casa”, “gato”, “rosa”, etc., porque su contenido es suministrado por un grupo de representaciones y hasta por una sola representación[4]. Oponiéndose al concepto psicológico de la formación de los conceptos, Croce afirma que los pseudos conceptos son posteriores a los conceptos verdaderos y puros. Así, la “casa”, el “gato”, la “rosa”, presuponen la cantidad, la cualidad, la existencia, etc., que son conceptos no finitos, conceptos puros, pero que tienen un fin práctico porque “hacen posible por medio de un nombre, despertar y llamar a reunión multitudes de



 

 

 

 

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representaciones”. Como se ve, la lógica de Croce no es una verdadera lógica, sino una filosofía del espíritu, una verdadera metafísica.

 

 

6. La logística

 

Una reforma muy interesante de la lógica formal, verificada en la segunda mitad del siglo pasado, es la que se designa con el nombre de logística o algoritmo lógico. Tomando como modelo los métodos y los procedimientos del razonamiento matemático, se ha intentado establecer una lógica formal más general y más completa que la tradicional. La logística equivaldría a la lógica, lo que el álgebra es a la aritmética. Los lógicos de esta tendencia, merced a operaciones simples, como el cálculo que está sometido a reglas fijas, tratan de establecer todas las formas posibles del razonamiento. Se valen de una serie de signos sobre los cuales operan y que representan tanto conceptos como juicios. Con esto, nos suministran indistintamente la lógica del juicio como la del razonamiento. Para estos lógicos razonar equivale a calcular de acuerdo con ciertas reglas, combinando ciertos signos.

 

Los orígenes de la logística se encuentran ya en los trabajos de Leibniz, quien trató toda su vida de conseguir una notación directa de las ideas que permitiera reconstruir las formas complejas del pensamiento. La logística tiende a reducir todo a relaciones, es decir, a razonamientos. Para esto es preciso obtener una esquematización del pensamiento, que permita combinar signos como lo hace el matemático. Tales investigaciones fueron realizadas por lógicos y matemáticos, especialmente en el siglo pasado. Merecen citarse particularmente los nombres de Morgan (1806-1871), Boole (1815-1864), Schröder (1841-1902). Jefe de los logísticos de comienzos de este siglo fue el matemático italiano Peano (1858-1932); posteriormente, Bertrand Russell figuró como el principal sostenedor de esta tendencia, seguido de Padoa, Couturat y de los filósofos de la escuela de Viena, encabezada por Rudolf Carnap[5].

 

Se trataba, pues, de encontrar símbolos que expresaran no sólo palabras y frases, sino las ideas, para libertar el pensamiento de los equívocos del lenguaje. Como los símbolos son ajenos a todo lenguaje natural, tienen un carácter universal y no necesitan traducción, porque su significado resulta de la función que desempeñan.

Para tener una idea de esos signos tomamos algunos ejemplos de los símbolos que más se han generalizado[6].

 

El signo = significa la idea de “ser la misma cosa que…”.

 

El signo  significa pertenencia.

 

El signo  significa inclusión.

 

El signo  significa reunión lógica de dos ciases (vertebrados  invertebrados = animales).

 

El signo ∩ significa: y (ejemplo: rombo ∩ rectángulo = cuadrado).

 

Como es fácil de ver, aquí se contemplan todas las clases de relaciones que pueden existir entre los conceptos, y no sólo la relación de pertenencia de que se ocupa la lógica tradicional al estudiar los juicios. En efecto, la lógica tradicional únicamente considera las relaciones de sujeto y predicado que se establecen mediante el verbo ser. Los reformadores observan que hay muchas otras relaciones que se expresan mediante los relativos, las conjunciones y las preposiciones. De manera que si la lógica ha de ser instrumento que exprese la realidad de nuestros pensamientos, es menester que contemple todas estas relaciones posibles. Además, el verbo ser no siempre expresa una relación de inclusión. He aquí algunos ejemplos:

 

1.º Las vacas son rumiantes.



 

 

 

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2.º Los días de la semana son siete.

 

3.º La bandera argentina es azul y blanca.

 

4.º Los vertebrados y los invertebrados son animales.

 

5.º Andrade y Lugones son poetas argentinos.

 

6.º Juan y Pedro son socios.

 

Estas proposiciones expresan, con la misma palabra “son”, seis relaciones distintas. Unas veces expresan una relación de inclusión, otras veces de igualdad o de alternativa, etc. Lo mismo ocurre con la conjunción “y” de las últimas cuatro proposiciones. En cambio, mediante los símbolos, cada una de las proposiciones precedentes adquiere su expresión propia.

 

1.º Las vacas  rumiantes.

 

2.º Los días de la semana = siete.

 

3.º La bandera argentina es azul ∩ blanca.

 

4.º Los vertebrados y los invertebrados  animales.

 

5.º Andrade y Lugones  poetas argentinos.

 

6.º Juan y Pedro  socios.

 

En resumen, la ampliación de la lógica, como hace notar Carlos Menger, “consiste en dar, al lado de las proposiciones en que se afirma un predicado de un sujeto, otras cuyo objeto son relaciones[7]”.

 

7 . El Círculo Vienés (Wiener Kreis).

 

Queremos dedicar unas pocas líneas a un movimiento filosófico que se inició alrededor de 1930. Se trata de la llamada “Escuela de Viena”, encabezada por el profesor Rudolf Carnap[8]. Esta escuela, que podemos llamar neopositivista, tiene por antecesores al físico y filósofo Ernesto Mach. Los pensadores del Círculo Vienés aspiran a suprimir toda filosofía, es decir, toda ciencia que trate de establecer proposiciones… filosóficas en forma especulativa. Se limitan a querer ofrecer con claridad las proposiciones de las ciencias empíricas mediante el análisis de la lógica. Lo que ha de remplazar a la filosofía es una lógica de la ciencia (Wissenschaftslogik). La lógica de la ciencia ha de aplicarse a analizar los conceptos, las proposiciones, las inferencias y las teorías de la ciencia. Su objeto es establecer una ciencia unitaria. No existen varias ciencias con métodos diferentes, o con distintas fuentes de conocimiento. Según esta escuela, no hay más que “la ciencia” en la cual todos los conocimientos encuentran su sitio. Su aparente diversidad no es más que la diversidad de lenguaje que emplean las diferentes partes de la ciencia. Únicamente la estructura, la forma, puede ser descrita científicamente, pero no las esencias, como pretenden la fenomenología y los fenomenólogos de la escuela de Husserl. El contenido común del conocimiento humano no consiste más que en fórmulas de estructura, expresadas por el lenguaje. Las cualidades experimentadas subjetivamente —la pena, el placer— no son más que experiencias vividas y no conocimientos. De acuerdo con la opinión de Bertrand Russell, el Círculo Vienés considera que la lógica y la matemática —que es una rama de la lógica— tienen un carácter tautológico, es decir analítico. Rechaza todo apriorismo no admitiendo más que los enunciados experimentales fundados sobre el dato, y los enunciados de la lógica y de la matemática.

 

Para Otto Neurath todos los enunciados de la ciencia pueden ser formulados en el lenguaje de la física. Es la doctrina del fisicalismo.



 

 

 

 

 

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Para el profesor Schlick, el principio del neopositivismo consiste en que el sentido de una proposición reside únicamente en su verificación, mediante los datos, pero no quiere decir que los datos sean reales. Así, la existencia de un planeta puede verificarse, con la misma seguridad, por la comprobación de perturbaciones astronómicas que por la observación de un punto luminoso en el telescopio.

 

En resumen, el Círculo Vienés, por los medios modernos de la lógica de las ciencias —la logística, la sintaxis lógica del lenguaje, el fisicalismo, la investigación de los fundamentos matemáticos, etc.—, lucha contra la metafísica y en favor de una ciencia unitaria, como lo ha hecho en el Congreso Internacional de Filosofía Científica reunido en París en 1935. Sin duda, como dice Alfred Stern, no es difícil probar que la filosofía especulativa no es más que un verbalismo insensato cuando se trata de una metafísica como la de Martín Heidegger, quien descubre que “la nada engendra la negación” (das nicht nichtet) y que plantea este problema aparentemente profundo: “¿la nada existe porque hay negación o al contrario existe la negación porque existe la nada?”[9]. Carnap fustiga semejante malabarismo verbal, tan diferente de una filosofía, asimismo especulativa, como es la de Kant[10].



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LOS PRINCIPIOS LÓGICOS

 

1.    Coherencia y derivación de los pensamientos. — 2. Principios y axiomas lógicos. — 3. Principio de identidad.

 

— 4. Principio de contradicción. — 5. Principio del tercero excluido. — 6. Principio de razón suficiente. — 7. Discusión y criticas, antiguas y actuales.

 

 

1.Coherencia y derivación de los pensamientos

 

 

La inteligencia es una actividad que se ejerce en el tiempo, puesto que los pensamientos, o mejor dicho el pensar, es un proceso de cierta duración, durante el cual se van sucediendo y desenvolviendo ideas. Pero entre las ideas que se suceden debe haber un enlace tal que no sea puramente mecánico, como ocurre en la simple asociación, sino que debe existir una consecuencia sistemática. A esta consecuencia sistemática entre las ideas y pensamientos la llamamos coherencia.

 

Una condición indispensable para que haya coherencia es que la consecuencia sea establecida por una conciencia inteligente. No basta tener contenidos particulares en la conciencia, porque tales contenidos puede tenerlos también un demente. Es necesario que haya, además, conciencia de las relaciones entre los contenidos, y que éstos sean conectados en un solo conjunto, sean ideas o juicios. De este modo resulta que un juicio es verdadero cuando es consecuencia de otro juicio verdadero, es decir, si está ligado de tal modo que forme un todo indisoluble dentro de un sistema de juicios. La coherencia implica, pues, no sólo consecuencia, sino que la consecuencia debe concordar con el



 

 

 

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resto de nuestro pensamiento, y por esto hablamos de una consecuencia sistemática.

 

En efecto, no toda serie de pensamientos es una serie coherente o lógica ya que puede haber un pensamiento cuyos miembros no guarden entre sí ninguna relación. Esto ocurre, como acabamos de ver, en las series asociativas que son puramente mecánicas, obedeciendo a leyes psicológicas. También tenemos ejemplos de esta naturaleza en la incoherencia de los dementes y en los “disparates” en que incurren frecuentemente los hombres distraídos. Precisamente los disparates se caracterizan porque entre sus elementos no podemos establecer ningún nexo lógico, ninguna “paridad”, pues sus elementos son dispares. Las series incoherentes se producen por semejanzas exteriores y crecen por agregación externa, como ocurre con las rimas, consonantes y asonantes, que obedecen a razones psicológicas.

 

En cambio, las series lógicas o coherentes son reflexivas y se producen por las semejanzas y las diferencias que realmente existen entre los objetos o entre las ideas que son sus equivalentes intencionales. Su crecimiento se debe a un proceso de coordinación y de subordinación de los conceptos mismos entre sí. Si decimos: el “oro y el platino son metales preciosos”, queremos significar que entre los objetos preciosos podemos incluir los metales y entre éstos al oro y al platino. Decimos, entonces, que el concepto “metal” se halla subordinado al concepto “objeto precioso”. En cambio, el concepto “oro” y el concepto “platino” están coordinados entre sí y ambos subordinados, a su vez, al concepto “metal”. Esto es pensar coherentemente.

 

La forma más simple en que se presenta la serie lógica o coherente es el juicio, en el cual se establecen relaciones de conceptos del género que acabamos de citar. De esto resulta que la exigencia fundamental de la actividad del pensar lógico es la coherencia. Ahora bien, esta exigencia encuentra su fundamento en ciertos principios que son las leyes del pensamiento, de las cuales nos ocuparemos a continuación.

 

 

2. Principios y axiomas lógicos



 

 

 

 

 

 

 

 

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La exigencia fundamental de la actividad del pensar es, en efecto, la coherencia entre los elementos del pensamiento. Además, los pensamientos deben derivar con “necesidad” de otros pensamientos. La cuestión es ahora averiguar si esta coherencia y esta derivación obedecen a algún principio o a alguna ley a la cual debe someterse todo pensamiento, cualquiera que sea su contenido. En otras palabras, se trata de saber si existe algún principio o alguna ley que rige las relaciones lógicas y que nos asegure la validez de nuestro razonamiento. Si estas leyes existen, debemos saber cuáles son y cómo es que la razón las encuentra por simple reflexión, extrayéndolas de sí misma y no de la experiencia.

 

Todo nuestro razonamiento está fundado, en efecto, sobre ciertos principios o axiomas lógicos, que han sido considerados como verdaderas leyes del pensamiento. Estos principios son: el de identidad, el de contradicción, el del tercero excluido y el de razón suficiente. Los tres primeros fueron formulados por Aristóteles y el último por Leibniz.

 

Debemos hacer notar que estos principios no rigen únicamente para los pensamientos, sino que, siendo principios a priori, y mucho más amplios, valen para todo objeto, para todo Ser, cualquiera que sea la esfera a que pertenece. En realidad se trata de principios ontológicos.

 

 

3. Principio de identidad

 

Este principio, que se expresa con la fórmula A es A, significa que un concepto o una idea es igual a ella misma y no cambia en el momento en que se piensa. Tomada en un sentido literal, la palabra identidad indica que una cosa es siempre la misma, no obstante los diferentes nombres que se le aplican, o bien a pesar de las diversas circunstancias en que la consideramos. Si decimos: “Juan es bueno” y en el instante mismo en que atribuimos la cualidad de “bueno”, el sujeto “Juan” cambiara, el atributo ya no correspondería al primer sujeto sino al segundo.

 

Pero debemos hacer notar que el principio de identidad bajo la fórmula A es A sería completamente infecundo si los dos términos del juicio —el sujeto y el predicado— expresaran la misma cosa, donde el predicado repitiese lo que dice el sujeto. Se trataría, en tal caso, de un juicio desprovisto de todo sentido, es decir, que sería un juicio tautológico. Así,



 

 

 

 

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cuando decimos “una casa es una casa”, “una planta es una planta”, expresamos un juicio tautológico que, por serlo, no nos aporta ningún conocimiento nuevo.

 

Para que la identidad sea realmente una guía para el conocer, este principio debe ser tomado en sentido relativo. Es preciso, entonces, que el predicado exprese algunas cualidades inherentes al sujeto. Si decimos “San Martín es el héroe de los Andes”, queremos significar que los caracteres que distinguen a San Martín coinciden totalmente o, en su mayor parte, con los caracteres del héroe de los Andes. Por esta razón podemos hacer sustituciones, toda vez que entre ambos términos hay equivalencia. Esto se observa justamente en la demostración matemática. El principio de identidad importa, pues, la legitimidad de las sustituciones como medio para la prueba, porque hay una equivalencia entre un concepto y los caracteres que lo constituyen.

 

Sin embargo, existen casos en que se formulan juicios en los cuales el sujeto y el predicado se expresan por términos absolutamente idénticos y no son, a pesar de esto, juicios tautológicos. Cuando decimos “la juventud es la juventud”, con el primer término queremos significar la edad juvenil y con el segundo los caracteres inherentes a esa edad. Si decimos “la miseria es la miseria”, el sujeto se refiere al hecho real de la miseria, y con el predicado se alude a todas las consecuencias que derivan de ella.

 

 

4. Principio de contradicción

 

Este principio establece que si hay dos juicios, de los cuales uno afirma y otro niega la misma cosa, no es posible que ambos sean verdaderos al mismo tiempo. Si tenemos los juicios A es A y A no es A, es imposible que ambos sean verdaderos a la vez. En cambio, si uno de ellos es verdadero, el otro es necesariamente falso.

 

Aristóteles ha considerado este principio como el más cierto de todos porque la verdad de los demás principios se refiere directa o indirectamente al principio de contradicción. Así, si pensamos como verdadero lo opuesto, es lo mismo que considerar como verdadero un pensamiento contradictorio. Tomemos el siguiente axioma: “dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí”. La evidencia de este axioma



 

 

 

 

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radica en el hecho de que afirmar lo contrario es afirmar que son y no son iguales a una tercera.

 

La fórmula dada al principio de contradicción por los lógicos, posteriores a Aristóteles, especialmente por Leibniz y por Kant, resulta un poco diferente. Es ésta: A no es (no A). Si comparamos ambas fórmulas se observa que la aristotélica se refiere a la relación existente entre dos juicios, de los cuales uno es afirmativo y el otro es negativo, mientras que la fórmula de Leibniz se refiere a la relación de sujeto y predicado en el mismo juicio. Para Aristóteles, si uno de los juicios es verdadero el otro es falso. Para Leibniz resulta falso aquel juicio en el cual el sujeto y el predicado se contradicen. No es posible que A sea distinto de A, es decir, que A no tenga los caracteres de A.

 

Con todo, si se analiza bien se observa fácilmente que en el fondo las dos fórmulas expresan las mismas cosas, siendo la segunda más general y más completa porque extiende el principio de contradicción a todas las formas del conocimiento, tanto al juicio y al concepto, como al raciocinio.

 

Sin embargo, se dan casos en que son igualmente verdaderos dos juicios en que uno afirma y el otro niega la misma cosa, es decir, juicios contradictorios. Así, si decimos “algunos alumnos son estudiosos”, “algunos alumnos no son estudiosos”, vemos que ambos juicios son verdaderos. Pero se trata aquí de juicios particulares. La contradicción es sólo aparente porque no se trata del mismo sujeto, sino que una parte de los alumnos está formada por los que son estudiosos y otra parte por los que no son estudiosos.

 

El valor del principio de contradicción se muestra dudoso cuando se emplea en forma artificiosa, como aquella famosa del cretense Epiménides, quien afirmó que todos los cretenses eran mentirosos. Pero se trata aquí de un raciocinio falso, de un sofisma, porque reúne cosas que deben estar separadas. El juicio de Epiménides es verdadero si se refiere a todos los cretenses, excluyéndose él mismo del grupo. Pero si él se incluye entre los cretenses, el juicio formulado es falso.

 

 

5. Principio del tercero excluido

 

Establece este principio que cuando tenemos dos juicios contradictorios, tales como A es B y A no es B, no se da una tercera posibilidad, no existe un tercer modo de ser, porque uno de estos juicios



 

 

 

 

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necesariamente debe ser verdadero, puesto que los dos no pueden ser falsos al mismo tiempo. Debemos optar entre el  y el no. Supongamos estos dos juicios contradictorios: “el oro es un metal”, “el oro no es un metal”. Uno de ellos es necesariamente verdadero, porque ambos no pueden ser negados al mismo tiempo.

 

Según este principio, cuando existen dos juicios que se contradicen, uno de ellos es verdadero si hemos reconocido que el otro es falso, quedando excluida toda posibilidad de un tercer juicio o un tercer modo de ser. De ahí el nombre de tercero excluido dado a este principio. Pero hay que advertir que este principio no establece cuál de los dos juicios es el verdadero y cuál el falso, sino que señala simplemente que dos juicios contradictorios no pueden ser falsos simultáneamente.

 

Contra este principio se han formulado algunas objeciones en vista de que su aplicación presenta ciertas dificultades. Pero estas dificultades dependen de la forma ambigua en que se plantea el problema. Sea el siguiente ejemplo: Si viendo a un hombre parado en el umbral de la puerta preguntamos si está dentro o no está dentro de la habitación, parece evidente que no está ni dentro ni fuera de ella sino en el umbral mismo, lo que implicaría una tercera posibilidad. Pero estar en el umbral significa, en realidad, no estar dentro de la habitación, de modo que el principio conserva toda su validez. Otro ejemplo: ¿El tablero de ajedrez es negro o no es negro? A primera vista parece que ambos juicios son falsos, porque el tablero no es negro ni no es negro: es blanco y negro. Pero blanco y negro no es negro, de modo que el tablero no es negro.

 

La dificultad deriva, como lo observó Sigwart, de la naturaleza de la negación, que ha quedado indeterminada y de la cual no puede decirse en qué sentido propiamente niega[1].

 

6. Principio de razón suficiente

 

Este principio concierne al orden y a la dependencia de los pensamientos. Es diferente de los tres principios ya enunciados que se refieren a la consistencia íntima del pensamiento en sí mismo y en sus partes. Establece este principio que para nuestro pensamiento sólo son verdaderos aquellos conocimientos que podemos probar suficientemente,



 

 

 

 

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basándonos en otros conocimientos reconocidos como verdaderos. Esto quiere decir que si aceptamos como verdadero un pensamiento, debemos dar las razones por las cuales nosotros lo acep tamos, y esas razones deben ser en número suficiente para que lleven el convencimiento de la verdad de lo que afirmamos. Veamos un ejemplo. Nosotros creemos en la redondez de la tierra, y esta creencia se basa en una serie de razones, entre otras en que a gran distancia el barco que se aproxima sólo nos muestra la punta de sus mástiles; en que partiendo de un punto y siguiendo continuamente en la misma dirección se llega al punto de partida por el lado opuesto, etc. Estas son razones que se consideran como “suficientes” para fundamentar nuestra creencia en la esfericidad de la tierra.

 

Pero es preciso hacer notar que esto no quiere decir que todos nuestros conocimientos han de tener su razón en otros conocimientos. Hay conocimientos cuya verdad la adquirimos directamente por nuestros sentidos. Hay otros que admitimos simplemente porque no hacerlo sería una contradicción inconcebible, como los axiomas de la matemática. Pero aun en estos casos, el principio tiene su vigencia porque siempre damos las razones suficientes de nuestra creencia.

 

El principio de razón suficiente fue formulado por primera vez por Leibniz como un principio fundamental de todos nuestros conocimientos, pero no hizo una distinción clara entre este principio y el de causa. Según él, “todas las cosas deben tener una razón suficiente por la cual son lo que son y no otra cosa”. Corresponde a Arturo Schopenhauer (1788-1860) el haber hecho esta distinción con toda claridad. El principio de causa es un principio objetivo que establece la relación existente entre los hechos de la experiencia, es decir, el nexo de las cosas en una sucesión temporal. La causa no puede reducirse a una simple razón, porque es por sí misma un hecho. Schopenhauer distingue cuatro fuentes, cuatro raíces, para el principio de razón suficiente, que son más bien cuatro principios independientes:

 

1.º El principio de razón suficiente aplicado al cambio, al devenir, es el principio de causa.

 

2.º El principio de razón suficiente aplicado al conocer, vale decir, el principio del conocimiento. Este estipula que todo juicio que expresa un conocimiento debe tener su fundamento y justificación en otros juicios.



 

 

 

 

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3.º El principio de razón suficiente aplicado al ser independiente de todo tiempo. Es el principio de ser. Esto significa que las partes de un todo deben estar relacionadas entre sí y cada una se halla determinada y condicionada por sus partes constitutivas. Ejemplo: una figura Geométrica.

 

4.º El principio de razón suficiente aplicado al obrar. Es la motivación. De todos estos principios, los que interesan a la lógica son los que se refieren a la verdad y al conocimiento. Hay que hacer notar que aquí se confunde el punto de vista de la psicología con el de la lógica. Si por razón entendemos el motivo que tenemos para considerar algo como verdadero, puede ser exacto el principio, pero entonces ya no pertenece a la lógica

 

sino a la psicología[2].

 

 

7. Discusión y críticas antiguas y actuales

 

Los principios lógicos fueron objeto de discusión y de críticas desde muy antiguo. La validez de los principios de identidad y de contradicción fue sostenida y otras veces impugnada por los filósofos. Estos dos principios, enunciados por primera vez por los filósofos eleáticos, eran algo más que leyes a las cuales debía sujetarse el pensamiento. Los consideraban como algo objetivo que permite determinar la naturaleza de lo real. Heráclito, filósofo griego de Efeso (siglo V a. J. C.), veía que la única realidad era el cambio y la trasformación incesante de las cosas, con lo cual pierde su valor el principio de contradicción. Sostiene que la contradicción coexiste porque todo lo existente se destruye y se renueva constantemente. Cuando creemos afirmar que una cosa es permanente sufrimos una ilusión porque todo está en perpetuo cambio, en un incesante devenir. Todo fluye y pasa como un río. No podemos, dice, bañarnos dos veces en el mismo río, porque siempre sus aguas son nuevas. El río es y no es. Somos y no somos. El bien y el mal son una sola y misma cosa. Todo resulta de la lucha de los contrarios. La lucha es, pues, el rey y señor de todas las cosas.

 

Más radical fue la oposición de los sofistas, quienes consideraron a estos principios tanto válidos como contradictorios, puesto que afirmaban que de todo se podía probar el “sí” y el “no” indistintamente.



 

 

 

 

 

 

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No obstante estas críticas y objeciones, los principios fueron mantenidos por la mayor parte de los grandes filósofos. En el siglo pasado la discusión fue renovada por Hegel y por Herbart, quienes encuentran que el movimiento y el cambio, es decir, el “devenir”, es inconciliable con el principio de identidad. En este siglo el filósofo Emilio Meyerson (1859-1933) consideró el principio de identidad como el único válido porque toda explicación científica de un fenómeno es una verdadera identificación, una sustitución de igualdades, es decir, un remplazo de conceptos equivalentes o de cantidades que se equivalen, como ocurre en la demostración matemática. En las ciencias tratamos je explicar un fenómeno por su causa. La causa es la que produce o debe producir el efecto. Hay un nexo entre la causa y el efecto, y la convicción de la existencia de este nexo, que une la causa y el efecto, se cebe a que hemos demostrado la identidad fundamental entre estos dos términos[3]. Para la escuela fenomenológica de Husserl y de sus secuaces más representativos, como Pfänder[4], el principio de identidad no es un principio lógico sino psicológico. Si con la fórmula A es A significamos que “todo objeto es igual a sí mismo”, para ser un principio lógico debe referirse a objetos lógicos, siendo los conceptos los objetos lógicos elementales. Por consiguiente, este principio, si se refiere a los conceptos y no a los objetos a que hace referencia, significaría que “todo concepto es igual a sí mismo”. Las letras de la fórmula no serían tomadas en su sentido real sino en el sentido lógico. Pero no es a los conceptos, exclusivamente, a que debe referirse el principio de identidad, porque en tal forma sería un caso especial válido para ciertos objetos lógicos: los conceptos. Para ser un principio supremo debe referirse, pues, a los juicios y declarar algo acerca de la verdad de los juicios. La verdad de un juicio consiste para los fenomenólogos en la concordancia del juicio con el comportamiento del objeto al cual hace referencia. El principio de identidad no determina el sentido de la verdad, sino que declara qué juicios son necesariamente verdaderos. Se refiere a juicios de determinada estructura, a los juicios positivos, en los cuales el concepto-sujeto es idéntico al concepto-predicado[5].

 

Para terminar, estos filósofos dicen, con otras palabras y en un modo más retorcido, lo que ya dijeron otros en forma más llana y clara. Lo



 

 

 

 

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mismo podemos decir de sus críticas a los restantes principios lógicos. Su mayor mérito es haber deslindado el punto de vista psicológico del lógico. En cuanto al principio de contradicción, vimos que Heráclito negaba este principio al afirmar la coexistencia de los contrarios. En nuestros días, el filósofo y matemático inglés Bertrand Russell ha negado que el principio de contradicción sea una ley del pensamiento. Nuestra creencia en este principio tiene una raíz psicológica. La “creencia, dice, en el principio de contradicción es una creencia relativa a cosas, no sólo relativa a pensamientos. No es, por ejemplo, la creencia de que si pensamos que un árbol es un haya no podemos pensar al mismo tiempo que no es un haya; es la creencia de que si el árbol es un haya, no puede al mismo tiempo no ser un haya. Así, el principio de contradicción se refiere a cosas y no meramente a pensamientos[6]”.

 

Como se ve, toda la dificultad se debe a la confusión de los puntos de vista psicológico y lógico. Esta es también la crítica que endereza Husserl a la interpretación psicológica que Stuart Mill da al principio de contradicción. En efecto, Stuart Mill enseña que este principio es una de las más tempranas generalizaciones sugeridas por la experiencia, porque el creer y el no creer algo implica dos distintos estados de espíritu. La interpretación de Stuart Mill no proporciona, según Husserl, ninguna auténtica ley, sino que suministra una ley empírica, completamente vaga, y que no es verificada por la ciencia. Podría ocurrir que en distintos individuos coexistiesen juicios contradictorios, como ocurre efectivamente. Por lo tanto, habría que precisar con mayor exactitud que en un mismo individuo, en una misma conciencia, dos actos de fe contradictorios no pueden durar un momento por pequeño que sea. Además, podría acontecer que en los dementes y en los estados de hipnosis se dieran creencias francamente contradictorias. Por esta razón, para este filósofo no se trata de una verdadera ley porque carece de universalidad. El principio de contradicción debe entenderse, por consiguiente, como una ley lógica y no psicológica, es decir, que dos proposiciones contradictorias no son ambas verdaderas, lo mismo si coexisten en el mismo lapso que si están separadas por algún intervalo. Los dos miembros del par en cuestión no son ambos justos, es decir, conformes a la verdad.



 

 

 

 

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Después de todo, es ésta la sana doctrina sustentada por su creador Aristóteles, cuya validez nadie ha osado negar, ni siquiera los empiristas, como Stuart Mill, que sólo trataron de buscar la génesis, el origen psicológico, de los principios lógicos que se nos aparecen con una evidencia axiomática.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El CONCEPTO

 

1.   La simple aprehensión. — 2. Doctrina psicológica del concepto. — 3. Lógica del concepto. — 4. Naturaleza y función del concepto. — 5. Caracteres de los conceptos. —

 

6.  Clases de conceptos. — 7. Extensión y comprensión de los conceptos. — 8. Conceptos particulares y universales. — 9. La división lógica y la definición como desarrollo del concepto. — 10. La expresión del concepto: los términos.—

 

11. Las categorías. — 12. Sobre la naturaleza de las ideas: Nominalismo, Realismo, Conceptualismo.

 

 

1.La simple aprehensión

 

 

Se entiende por simple aprehensión al acto por el cual la inteligencia toma posesión o concibe algo, sin afirmar ni negar nada de ese algo.

 

Se trata de la primera operación de nuestro espíritu dirigida al conocimiento. En última instancia consiste en la “concepción”, o sea en la captación de conceptos o ideas. En efecto, si percibimos un objeto, que llamamos “hombre”, o “árbol”, o “mar”, además de la imagen sensorial de esos objetos, tenemos las “ideas” o “conceptos” correspon dientes a dichos objetos, formados de acuerdo con determinados procesos psicológicos.

 

Ahora bien, al pensar en “hombre”, en “árbol” o en “mar” no expresamos ningún pensamiento, no formulamos ningún juicio, es decir, que no negamos ni afirmamos nada de estos conceptos. Sólo pensamos, concebimos o aprehendemos esos conceptos en forma aislada. Cuando nuestro espíritu se apropia del concepto de “hombre”, no pensamos si es



 

 

 

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alto o no es alto, si es blanco o no es blanco, es decir, que no formulamos juicio alguno. Pensamos simplemente en “hombre” y nada más. Se trata, como se ve, de algo incompleto, de algo imperfecto, puesto que nuestro espíritu queda como en suspenso. Esta forma elemental y primaria en que un objeto de pensamiento, es decir, una idea, se ofrece a nuestro espíritu es lo que se llama “simple aprehensión”.

 

Debemos agregar todavía que la simple aprehensión es un acto único e indivisible. Cuando pensamos la idea de “hombre” o de “árbol”, ese acto de pensamiento no está formado por partes, porque se refiere a un objeto que es una unidad en sí mismo, o es considerado como un objeto indivisible. Es algo simple, de ahí el nombre dado a esta operación intelectual.

 

La “simple aprehensión” o la concepción es, como dijimos, la primera operación de la inteligencia. La segunda operación es el juicio y la tercera el razonamiento, según la lógica tradicional.

 

 

2. Doctrina psicológica del concepto

 

Si analizamos una frase o una oración cualquiera encontramos que está formada por palabras que son sus elementos constitutivos. De igual modo, si consideramos el pensamiento que es expresado por dicha oración encontramos que está formado por ideas o conceptos. Los conceptos son, pues, los elementos con que construimos nuestros pensamientos. Pero así como no hablamos con palabras sueltas, tampoco pensamos con conceptos aislados. La forma fundamental del lenguaje es la proposición, es decir, una síntesis de un sujeto gramatical con un predicado gramatical. Del mismo modo la forma típica del pensamiento es el juicio, que es la síntesis de dos ideas o conceptos, de los cuales uno es el concepto-sujeto y el otro el concepto-predicado.

 

Sin embargo, la proposición no siempre consta de dos palabras, sujeto y predicado; puede constar de una sola palabra, en la cual se engloba el sujeto y el predicado. Así, cuando decimos “venga”, es lo mismo que decir “yo deseo que usted venga”. Puede estar formada asimismo de tres vocablos, como cuando decimos, por ejemplo, “el agua es potable”. Aquí encontramos un elemento más, la cópula (es) que establece el enlace entre



 

 

 

 

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el sujeto (agua) y el predicado (potable). Pero cualquiera que sea la forma de la proposición, ésta siempre afirma o niega algo, es decir, expresa un juicio que es una relación entre conceptos.

 

Ahora veamos qué son estos conceptos y cómo se forman en nosotros. Se trata aquí de un proceso psicológico que se puede seguir a través de la evolución mental del niño. En verdad, los conceptos, que carecen de todo contenido representativo, se forman sobre la base de imágenes y de representaciones que, en último análisis, no son más que vestigios vagos de sensaciones y representaciones individuales de los objetos que hemos tenido anteriormente. Algunos ejemplos aclararán este proceso. Tomemos un caso muy sencillo: queremos averiguar cómo se forma en el niño el concepto de “pan”. Si el niño ve por primera vez un trozo de pan debemos suponer que se forma en él una imagen visual del objeto “pan”, esto es, que tiene de él una percepción. Pero como la experiencia se repite un gran número de veces hay que suponer que en la memoria se forman disposiciones de estas percepciones visuales, de manera que en un momento dado el niño llega a “reconocer visualmente” el objeto pan.

 

Pero hay que tener en cuenta que el niño no tiene únicamente representaciones visuales de ese objeto. A las representaciones visuales se unen generalmente percepciones del gusto y del tacto que se fusionan íntimamente hasta el extremo de que pronto la criatura puede reconocer el pan por otra vía que no sea solamente la vista. Además, pronto interviene un factor nuevo, que tiene suma importancia en la formación del concepto: al conjunto de las percepciones parciales que se refieren al objeto “pan” se une la palabra “pan”. El niño ve, toca, gusta el pan y al mismo tiempo oye el nombre “pan”, con lo cual se establece, a su vez un nuevo enlace íntimo. De esta manera, cuando oye la palabra “pan” en ausencia del objeto se representa íntimamente el pan con todas sus cualidades sensoriales. Tiene así una idea individual de “pan”, de un pan determinado.

 

Pero el proceso no se detiene en este punto. Lo más frecuente es que el pan que se le presenta al niño no guarda siempre la misma forma, ni tamaño, ni color, ni sabor. Sin embargo, a este conjunto de representaciones va unida también la palabra “pan”. Debemos suponer que en



 

 

 

 

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esta etapa se opera en el niño un nuevo proceso mental: las impresiones comunes se refuerzan, mientras que las impresiones accidentales se esfuman y se borran. De esta manera, de las diferentes percepciones del objeto “pan” queda algo así como un esquema formado por los caracteres esenciales de dicho objeto. Por esta razón se puede decir que el concepto es la reunión de los caracteres esenciales de un grupo de representaciones.

 

La idea de “pan” deja de ser, desde este momento, una mera representación del objeto “pan”. Le falta, precisamente, el carácter representativo, objetivo. Es un concepto, puesto que es válido para cualquier clase de pan. Tiene validez universal[1].

 

3. Lógica del concepto

 

Acabamos de ver que, en la formación del concepto, la palabra desempeña un papel fundamental porque sirve para dar una designación unitaria a una pluralidad de representaciones. Además, una vez formado el concepto se observa que éste no puede conservarse sin el auxilio de la palabra, puesto que es el medio de fijar y de dar estabilidad al pensamiento, que de otro modo sería vago y fugitivo; pero hay que hacer notar que la palabra es sólo el soporte del pensamiento, y no el pensamiento mismo.

 

La palabra se hace más necesaria cuanto más abstracta es la idea. Si decimos “la virtud es loable” o “el espacio es infinito”, difícilmente podríamos expresar estos pensamientos por otros medios que no fuesen palabras. Hay muchos actos virtuosos: la abnegación, el sacrificio, la lealtad, la honestidad, etc.; pero la “palabra” virtud los engloba a todos, y corresponde al “concepto” virtud, que sólo se refiere a los rasgos “comunes” a todos estos actos virtuosos. Estos caracteres comunes son las notas que encontramos constantemente y que se hallan ligadas entre sí de un modo racional. El concepto es, pues, la.reunión de dichas notas esenciales, comunes, que hemos abstraído de una pluralidad de representaciones, dándoles una unidad.

 

Esta separación, este aislamiento de los caracteres esenciales, nos muestra la naturaleza abstracta del concepto. La distinción que se hace



 

 

 

 

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corrientemente entre lo concreto y lo abstracto no se refiere a los conceptos mismos, sino a los objetos a que hacen referencia. Los conceptos, aun aquellos en que pensamos cosas concretas, son siempre abstractos[2]. Es indudable que los conceptos que se refieren a objetos individuales son menos abstractos que los que se refieren a especies o a géneros. Los conceptos “Sarmiento” y “Paraná” son menos abstractos que “sanjuanino” y que “río”, y éstos, a su vez, menos abstractos que “hombre” y que “agua”. Más abstractos aún que estos últimos son, por ejemplo, “humanidad” y “sustancia”.

 

No debe confundirse, por consiguiente, el concepto con el objeto a que se refiere. Los objetos son los correlatos intencionales de los conceptos[3] entendiéndose por “intencional” el acto mental de referirse a algo, de dirigirse a algo. No hay ninguna semejanza entre el concepto y el objeto a que hace referencia, salvo en los casos en que el objeto sea, a su vez, un concepto. El concepto no es la reproducción del objeto. El concepto “fuego” no reproduce el objeto “fuego”. No tiene ninguno de sus caracteres. El concepto “fuego” no quema, ni brilla, ni se apaga.

 

Sin embargo, muchas veces nuestro pensamiento conceptual, es decir, cuando pensamos con ideas, va acompañado por representaciones de los objetos. A veces ocurre que esas representaciones reflejan exactamente los conceptos a que se refieren, pero lo más frecuente es que esas representaciones no coincidan con los objetos a que se dirigen los conceptos, o no pueden representarse en absoluto. Si decimos “la virtud es loable”, “el espacio es infinito”, “el concepto de ser es el concepto más vacío y se confunde con la nada”, no podemos tener, en ninguno de estos casos, una representación concreta, particular, sino la comprensión de las palabras que son los soportes de las ideas.

 

 

4. Naturaleza y función del concepto

 

Como acabamos de ver, el concepto es, por su naturaleza, abstracto, puesto que está constituido por las señales o notas esenciales, abstraídas de una pluralidad de representaciones. Este conjunto de cualidades, o notas esenciales, constituyen el contenido, o sea la esencia de cada concepto, y por él se distingue de cualquier otro concepto. Si pensamos en el animal



 

 

 

 

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llamado “elefante” sabemos que se trata de cierto vertebrado mamífero, paquidermo con larga trompa y grandes colmillos. El objeto a que se refiere el concepto de “elefante” es cierto paquidermo. En cambio, el contenido de dicho concepto serán las cualidades, la trompa, los colmillos, que distinguen al elefante de otros paquidermos. En consecuencia, podemos decir que un concepto está constituido por su contenido, es decir, por sus señales, que a su vez son conceptos. Así, el concepto “elefante” tiene por contenido los conceptos “paquidermo”, “trompa”, “colmillos”, etc. El concepto es, pues, una reunión de conceptos. La mejor prueba de esto es que podemos sustituir un concepto por su contenido. Si preguntamos: “¿qué animal es mamífero, paquidermo, de gran tamaño, fuerte, con larga trompa y largos colmillos?”, fácilmente se nos responderá que es el elefante. La sustitución es posible en virtud del principio de identidad, que ya conocemos, y que nos dice que un concepto es idéntico a sí mismo, vale decir, que está determinado por las señales de su contenido.

 

Pero en el contenido de cada concepto debemos distinguir dos clases de caracteres o notas: 1.º hay caracteres indispensables, esenciales, necesarios, sin los cuales no podemos pensar el concepto; 2.º los caracteres accidentales que pueden existir, pero que no son necesarios para que tengamos el concepto. Así, en el concepto “hombre”, encontramos muchas señales: ser racional, sensible, blanco, civilizado, etc., pero las señales “racional” y “sensible” son esenciales, puesto que la racionalidad es el carácter distintivo del hombre, que supone ya el de ser sensible. En cambio, “civilizado”, “blanco”, etc., son notas accidentales, puesto que pueden faltar sin que deje de subsistir el concepto “hombre”. El concepto “reloj” tiene como caracteres esenciales el ser invento humano y servir para medir el tiempo. Sus carácteres accidentales o posibles son más numerosos: el reloj puede ser de oro, de plata, de acero, etc., pero estas señales deben ser compatibles con sus caracteres esenciales. (Grau).

 

Se comprende que, para la determinación de un concepto, lo importante son las señales esenciales, su contenido constitutivo, y no el contenido posible, es decir, los caracteres o señales accidentales. Los conceptos que nos formamos de los objetos sólo comprenden un número limitado de sus caracteres. En la evolución de las ideas en el curso del tiempo, más de una vez se ha tomado como nota necesaria lo que más



 

 

 

 

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tarde se vio que era un carácter secundario y posible. El concepto que tenemos hoy del “átomo” es diferente del que tuvieron los antiguos. En resumen: el concepto es lo que es merced a su contenido. De aquí que hay conceptos que son iguales aunque se expresen por diferentes palabras. Su función es constituir pensamientos mediante juicios en que entran en relación varios conceptos.

 

 

5. Caracteres de los conceptos

 

Nosotros no pensamos con conceptos sueltos. Si analizamos cualquier pensamiento, tal como se manifiesta en un juicio, encontramos siempre una relación de conceptos. Y aunque pensemos un concepto aisladamente, siempre implica otro concepto u otros conceptos. El concepto de “átomo” implica el concepto de “materia”, porque no podemos concebir el átomo sino formado de materia. El concepto “automóvil” es pensado en relación con el concepto “vehículo”, y éste, a su vez, con el de “medio de trasporte”, etc. Siempre, cuando pensamos y hablamos, no hacemos más que relacionar ideas, conceptos. El encadenamiento, o sea la relacionabilidad, es el primer carácter del concepto (Masci). Un segundo carácter lógico,es la universalidad, que puede tener un doble significado. En primer lugar, de un objeto no podemos tener más de un concepto, mientras que imágenes o representaciones de dicho objeto podemos tener muchas. Del elefante podemos tener muchas representaciones e imágenes, de sus diferentes posturas, en diferentes sitios, sus diferentes tamaños, distintos colores, etc. Pero el concepto “elefante” es uno solo. En el segundo sentido, la universalidad significa que el concepto vale para todos los objetos a que hace referencia.

 

 

6. Clases de conceptos

 

Para una clasificación de los conceptos han de tenerse en cuenta, más que el concepto considerado en sí mismo, las relaciones que pueden establecerse entre ellos, puesto que en nuestro pensamiento real los conceptos se presentan siempre en una íntima trabazón. Estas relaciones



 

 

 

 

 

 

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pueden ser de tres clases: la de identidad, la de oposición y la de dependencia.

 

1.º De acuerdo con la identidad podemos establecer una primera clase de conceptos: los conceptos idénticos, que son aquellos que tienen iguales notas constitutivas. Pero hay que hacer notar que si todos los elementos del uno corresponden exactamente a los del otro, los dos conceptos se confunden para formar uno solo. Debe entenderse, pues, la identidad en un sentido relativo, en que sólo la mayor parte de las señales de los conceptos han de ser comunes. Así, pueden considerarse como idénticos los conceptos “robo” y “hurto”, en que la diferencia estriba, según el código penal, en que el hurto es la apropiación ilegítima de lo ajeno, mientras que el robo es la misma apropiación ¡legítima pero con fuerza en las cosas o con violencia física en las personas.

 

Contrarios a los conceptos idénticos son los conceptos dispares. Pero así como no existen dos conceptos absolutamente idénticos, tampoco existen dos conceptos absolutamente heterogéneos, puesto que siempre hay entre ellos alguna señal común. Así, los conceptos “árbol” y “voluntad” tienen como señal común, puramente intelectual, la de ser realidades. Los conceptos heterogéneos no pueden parangonarse entre sí, porque el conocimiento del uno resulta inútil para el otro. Por esta razón llamamos “disparates” a los juicios en que intervienen conceptos dispares.

 

Hay, además, otras dos formas de identidad: la equipolencia y la reciprocidad. Son equipolentes o equivalentes aquellos conceptos que con diversas notas señalan el mismo objeto. Así, el “héroe de los Andes” y el “libertador del Perú” son conceptos equipolentes porque denotan a la misma persona San Martín. Se llaman recíprocos o correlativos los conceptos que no pueden ser pensados el uno sin el otro. Son aquellos que denotan un objeto, el cual supone otro, como “padre” e “hijo”, “maestro” y “discípulo”.

 

2.º Según su oposición, los conceptos pueden ser contradictorios y contrarios. Son contradictorios cuando uno de los conceptos es la negación pura y simple del otro, como “blanco” y “no blanco”. Son contrarios si uno de ellos no sólo expresa la exclusión del otro, sino que indica, además, una cualidad positiva diversa de la del otro. Los conceptos “blanco” y “negro” son contrarios, porque el negro no sólo excluye la



 

 

 

 

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cualidad de blanco, sino que es una cualidad positiva diferente de blanco (Morselli).

 

Masci considera poco rigurosa esta distinción, por cuyo motivo admite tres formas de oposición de los conceptos: /imitativos, privativos y contrarios. Los conceptos limitativos, como “no hombre”, “no blanco”, pueden servir, como los conceptos positivos y determinados, para designar un objeto. Indican, en efecto, toda la multiplicidad de los caracteres de un objeto, menos la propiedad eliminada. Los conceptos privativos son una especie de los limitativos, y denotan la ausencia de ciertas cualidades que los objetos debieran poseer en estado normal. Así, “sordo”, “mudo”, “ciego”, “muerto”, son conceptos privativos. En tanto que denotan la ausencia de cualidades son negativos. Pero se diferencian, por su forma, de los conceptos negativos, a pesar de que, materialmente considerados, son modificaciones de aquéllos. Más estrictamente pueden ser definidos como conceptos positivos en su forma, pero negativos en su contenido.

 

Los conceptos contrarios son considerados, no como negativos exclusivamente, sino como los extremos de una serie de cualidades que pertenecen al mismo género. Deben considerarse como contrarios los conceptos “triste” y “alegre”, para estados temperamentales; la “actividad” y la “pereza”, para la cualidad moral de la acción; “derrochador” y “avariento”, con relación al amor al dinero.

 

3.º Según su dependencia, los Conceptos pueden ser subordinados y coordinados. Los conceptos subordinados, como “género” y “especie”, son aquellos que están contenidos en otros que los abarcan. Estos son más extensos y constituyen el género. El concepto menos extenso es el subordinado y constituye la especie. Así, el concepto “mamífero” está subordinado al de “vertebrado”, y éste, a su vez, lo está con respecto a “animal”, etcétera.

 

Se llaman conceptos coordinados aquellos que dependen en igual grado de un concepto común al cual están subordinados. Se trata, por consiguiente, de conceptos de especie, que pertenecen a un mismo género. Así, los conceptos “metal” y “metaloide” son conceptos coordinados que se hallan subordinados en igual grado al concepto genérico de “mineral”. Si observamos los elementos constitutivos de una ciencia cualquiera encontramos que, en realidad, no se trata más que de un conjunto de



 

 

 

 

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conceptos coordinados y subordinados entre sí, de un modo sistemático, que encuentra su expresión más clara en el cuadro sinóptico. La matemática y las ciencias naturales ofrecen los mejores ejemplos de estas relaciones de subordinación de los conceptos, que son la base de la clasificación y de la división. He aquí un ejemplo:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Se ve claramente aquí que las figuras planas y sólidas están coordinadas entre sí, y ambas subordinadas al concepto genérico de “figuras”.

 

Otras clasificaciones. — Algunos lógicos modernos, particularmente Pfänder, clasifican los conceptos tomando en cuenta los objetos a que se refieren o bien la función que desempeñan. Como los objetos o las funciones son muy variados, también lo son los conceptos, resultando de estas consideraciones una clasificación como la siguiente:

 

1.º Conceptos de objetos. — Estos pueden ser: a) conceptos “sustantivos”, es decir, relativos a cosas. Son independientes y no necesitan completarse por otros conceptos; b) conceptos “adjetivos”, es decir, relativos a cualidades; c) conceptos de “acción”, y d) conceptos “adverbiales”. Estos dos últimos se diferencian según que hagan o no independientes los objetos a que se refieren ya sea tomándolos en reposo o en acción, o bien extendidos en el tiempo.

 

2.º Conceptos relacionantes. — Estos dependen de la naturaleza de las relaciones que postulan. Así tenemos el concepto “por”, “y”, “contra”, “con”, etc. Todas estas palabras tienen una significación. Si decimos “dilatación por calor”, el concepto “por” establece no sólo una relación entre dilatación y calor, sino que esta relación es objetiva además de indicar causalidad.

 

3.º Conceptos funcionales puros. — Estos ejercen diversas funciones lógicas, como la de indicar, ligar, destacar, interrogar, afirmar, desear, rogar, aconsejar, ordenar, ampliar, limitar, conceder, privar y discutir. Todos estos conceptos requieren ser complementados. Algunos de ellos pueden unirse a objetos sustantivos para formar conceptos independientes.

 

Resumiendo, hay que reconocer con este autor que todos los juicios, que todos los pensamientos, se refieren necesariamente a objetos, que pueden ser cosas o conceptos y pensamientos. Por esta razón, los conceptos de objetos son elementos necesarios del juicio, pero ellos solos no alcanzan a formar juicios o pensamientos. Es necesario, pues, que a los conceptos se agreguen otras especies de conceptos para construir juicios completos.



 

 

 

 

 

 

 

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7. Extensión y comprensión de los conceptos

 

Se entiende por extensión de un concepto el número más o menos considerable de objetos o de individuos a los cuales puede referirse dicho concepto. En términos lógicos esto significa que un concepto puede tener bajo sí un gran número de otros conceptos, o sea, empleando la terminología de Stuart Mill, es el número de individuos que denota.

 

La comprensión, en cambio, es el número más o menos grande de caracteres que contiene el concepto, número que puede variar de un concepto a otro. Se trata, pues, de las diversas cualidades o propiedades que el concepto connota (Stuart Mill). Así, el concepto “mineral” tiene una extensión mayor que el concepto “oro”, puesto que designa, además del oro, a un gran número de otros minerales. Pero, a su vez, la comprensión del concepto “oro” es mayor que el de “mineral”, porque

 

además de los caracteres comunes a todos los minerales, el oro posee caracteres particulares que lo diferencian y especifican.

 

Cuando los conceptos son subordinados, como ocurre con “mineral” y “oro”, con “paquidermo” y “elefante”, la comprensión y la extensión se encuentran en razón inversa entre sí. El concepto que tiene mayor extensión es al mismo tiempo el que posee menor comprensión y viceversa. Hamilton representa esta relación por una doble pirámide en la cual el vértice indica la menor extensión, y la base la mayor, si consideramos el concepto desde el punto de vista de la extensión. Pero si lo consideramos desde el punto de vista de la comprensión, la base representa la mayor comprensión y el vértice la menor[4]. Así, “vertebrado” es el concepto de mayor extensión en una serie que va hasta el concepto “Sarmiento” (fig. 1). En cambio, el orden está invertido cuando nos referimos a la comprensión del concepto “Sarmiento” (fig. 2).



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Debemos hacer notar que si los conceptos son heterogéneos y no están subordinados unos a otros, la regla de esta relación carece de valor, como ocurre con los conceptos “mamífero” y "mineral”.

 

 

8. Conceptos particulares y universales

 

Cada concepto tiene su extensión propia, pero en el uso podemos aplicarla para todos los objetos a los cuales se refiere, o bien limitarla a cierto número de ellos. Así, podemos referirnos a todos los minerales o a algunos minerales. En el primer caso, el concepto ha sido tomado en toda su extensión. Se trata de un concepto universal. Cuando decimos “el hombre”, nos referimos a todos los hombres. Si decimos, en cambio, “algunos hombres”, “ciertas plantas”, se trata de conceptos particulares porque nos referimos a una parte de los hombres, a un número limitado de plantas.

 

Algunos lógicos distinguen todavía los conceptos individuales (o singulares) y los conceptos colectivos. Los conceptos individuales convienen a un solo objeto o ser, indivisible en nuevas clases, como “Sarmiento”, “este árbol”. Pero esto no significa que el concepto haya perdido su universalidad. El concepto “Sarmiento” vale para todas las representaciones que tenemos del prócer, en los distintos momentos de su vida, en sus diversas actitudes, etc. El concepto individual “este árbol” es válido para todas las imágenes que tenemos de un árbol determinado.



 

 

 

 

 

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Conceptos colectivos son aquellos cuyo objeto está constituido por la reunión de varios objetos tomados como uno solo; ejemplo: el “ejército”, una “alameda”, el “Estado”, etcétera.

 

Las diferencias entre conceptos de individuo, de género y de especie dependen, pues, de la extensión y de la comprensión de los conceptos entre los cuales hay una relación de subordinación. Estas diferencias, como ya lo vimos, son relativas, puesto que un mismo concepto puede ser específico con respecto a aquel al cual está subordinado, y genérico con respecto a los que le están subordinados. Sólo carecen de esta relatividad los conceptos individuales en los cuales se convierten los conceptos específicos por un aumento de su comprensión o contenido.

 

 

9. La división lógica y la definición como desarrollo del concepto

 

Si tenemos en cuenta las relaciones que acabamos de exponer entre la comprensión y la extensión de los conceptos, vemos que los conceptos genéricos tienen menos comprensión y más extensión que los conceptos específicos correspondientes. Los conceptos de “especie” están contenidos dentro de la extensión del género. Por consiguiente, si determinamos con precisión en un concepto las diferentes especies que contiene habremos realizado una división del concepto, con lo cual dicho concepto habrá alcanzado un máximo desarrollo en su determinación. La división se propone, pues, determinar la extensión de un concepto. Consiste en fijar de un modo completo las especies que se hallan contenidas dentro de un concepto, considerado éste como concepto genérico.

 

Además de la extensión, ya sabemos que cada concepto tiene su comprensión, vale decir, una serie de señales o notas de diverso valor. Unas de estas señales son comunes a varios conceptos, mientras que otras son características y propias. Por esto se ha dicho que un concepto es igual al conjunto de sus señales características. Con esto llegamos a la definición del concepto, que se expresa en un juicio, en el cual el sujeto es el concepto mismo, y el predicado el carácter o los caracteres que constituyen su contenido. De esto se infiere que la definición del concepto es una verdadera ecuación y, por lo tanto, el concepto por desarrollar debe poder equipararse al concepto desarrollado en sus diversas señales. Al



 

 

 

 

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decir que es una ecuación queremos significar que la definición debe ser recíproca. Así, si decimos “la democracia es la forma del Estado en la cual, con arreglo a la Constitución, la soberanía corresponde a la totalidad de los ciudadanos”, el concepto “democracia” es el concepto no desarrollado, y debe ser igual al concepto desarrollado: “aquella forma de Estado en la cual, con arreglo a la Constitución, la soberanía corresponde a la totalidad de los ciudadanos[5]”. El concepto es, desde el punto de vista lógico, igual a su definición.

 

 

10. La expresión del concepto: los términos

 

Al tratar de la formación de los conceptos, que es un proceso psicológico, hemos visto el papel importante que le corresponde a la palabra, especialmente cuando se trata de conceptos generales y abstractos. Mediante la palabra, el concepto, una vez formado, se fija y conserva. Además, el lenguaje permite que los conceptos sean trasmitidos a nuestros semejantes. La expresión del concepto es el término.

 

La palabra pura, considerada en sí misma, es un conjunto de sonidos, o de signos visuales, que carecen de valor por sí mismos, pero sirven de soporte al pensamiento, o bien para trasmitir el pensamiento cuando hablamos con los demás. Tanto es así que una palabra cuyo significado ignoramos, como ocurre con los vocablos de una lengua desconocida que escuchamos, no nos aporta ninguna idea. Es para nosotros puro sonido y ruido.

 

No hay que identificar, pues, la palabra con el pensamiento. Podemos tener pensamientos sin palabras y sin representaciones, como nos ocurre cuando poseemos la idea y nos falta la palabra para expresarla. En tales casos, hay pensamiento, pero éste es vago e impreciso. Además, una misma palabra puede tener diversas significaciones, lo que da lugar a errores y equívocos. No es la palabra, por sí misma, lo que vale, sino su significado escrito. De ahí la necesidad de una terminología exacta que fije con precisión el valor de las palabras equívocas en sus diversas significaciones. Por desgracia, el lenguaje no es tan rico como para tener una palabra para cada idea.



 

 

 

 

 

 

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En resumen: lo que importa en lógica es el pensamiento expresado y formulado mediante palabras, es decir, por términos. Sin embargo, “término” no es sinónimo de “palabra”, porque un término puede constar de una o varias palabras. Así, si decimos “casa” expresamos el concepto mediante el término “casa”, que es una palabra, pero si decimos “la casa de altos que está en la acera de enfrente”, el término está constituido por todo este conjunto de palabras.

 

 

11. Las categorías

 

Hemos visto que los conceptos pueden ser ordenados en una serie creciente o decreciente, de acuerdo con su comprensión y su extensión. En un extremo de la serie podemos colocar el concepto de máxima extensión, que es el que tiene mínimo contenido, y en el otro extremo el concepto de máxima comprensión y de mínima extensión. Tendremos así una ordenación jerárquica de los conceptos, un verdadero sistema, cuyo límite inferior estará representado por ciertos objetos individuales, como “Sarmiento”, la “torre Eiffel”, ”la batalla de Chacabuco”, etc. Por encima, coronando todos estos conceptos, estarán los conceptos de mínimo contenido pero que poseen la máxima extensión. Estos últimos conceptos son las categorías.

 

Las categorías son, pues, las clases más generales de conceptos, y a ellas se subordinan todos los demás conceptos. La palabra “categoría”, que significa “forma de enunciación”, procede de Aristóteles, que fue el primero en dar una clasificación de dichos conceptos universales, agrupándolos en diez órdenes. Según Aristóteles, lo que en realidad existe y está determinado por su forma es el objeto individual, y a él le conviene

 

a designación de sustancia. Los objetos individuales que existen por sí son sustancias, pero pueden manifestarse de diversos modos, constituyendo las categorías. Las diez categorías de Aristóteles, incluyendo la oe sustancia, que es la categoría esencial porque no puede haber juicio sin sujeto, son las siguientes:

 

1.a de sustancia; ejemplo: casa, hombre.

2.a de cantidad; ejemplo: de tres, cuatro metros.



 

 

 

 

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3.a de calidad; ejemplo: blanco, bueno.

4.a de relación; ejemplo: triple, mayor.

5.a de lugar; ejemplo: en la calle.

6.a de tiempo; ejemplo: ayer, el año pasado.

7.a de posición; ejemplo: acostado, parado.

8.a de estado; ejemplo: está armado, está enfermo.

9.a de acción; ejemplo: come, corta.

 

10.a de pasión; ejemplo: se ha cortado, se ha quemado.

 

Estas diez categorías parece que fueron tomadas por Aristóteles inspirándose en la gramática, puesto que coinciden con las diez funciones gramaticales. Ya en la antigüedad los estoicos hicieron una crítica a la doctrina aristotélica, y trataron de reducir las categorías a cuatro clases: 1a la de “sustancia” o cosa; 2a la de “cualidad necesaria”; 3a la de ”cualidad accesoria”; 4a la de ”relación".

 

Más famosa es la clasificación propuesta por Manuel Kant (1724-1804), para quien las categorías son nociones fundamentales, formas a priori de nuestro pensamiento, con las cuales la inteligencia abarca todo dato de la experiencia. Según Kant, las categorías son doce y derivan de las cuatro clases de juicios.

 

 

totalidad

 

realidad

Cantidad

pluralidad

Modalidad

limitación

 

unidad

 

negación

 

sustancia

 

posibilidad

Relación

causa

Cualidad

existencia

 

reciprocidad

 

necesidad

 

Para Kant, pensar significa conocer mediante conceptos; por esto nuestra inteligencia se sirve de los conceptos para formar juicios, es decir, establecer síntesis, uniones, reduciendo una pluralidad dada intuitivamente a una unidad objetiva. Los lógicos modernos admiten, por lo general, sólo tres clases de conceptos supremos: 1.º Conceptos de objetos (sustancia); 2.º Conceptos de propiedad (es decir, cualidades, ya sean estados o accidentales); 3.º Conceptos de relaciones (es decir, que existen entre objetos o entre las cualidades mismas). Esto significa que todos nuestros



 

 

 

 

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conceptos, que constituyen la trama de nuestros pensamientos, se refieren a cosas, a propiedades o a relaciones. Pero todas estas tres clases de conceptos están incluidas en un género superior: es la categoría del ser, del objeto en general. Este concepto es el más extenso y el menos determinado: es el puro ser.

 

 

12. Sobre la naturaleza de las ideas: Nominalismo. Realismo. Conceptualismo

 

La teoría del concepto dio origen en la Edad Media a una querella que se hizo famosa, entre los nominalistas, los realistas y los conceptualistas. El nominalismo representa en la Edad Media las tendencias empíricas del espíritu humano. Para los nominalistas, los conceptos generales, o sea, los universales, no son más que meros nombres, representaciones vacías sin ningún contenido real. Según la opinión de los nominalistas, cuyo representante más conspicuo fue Rocelin de Compiègne (muerto después de 1120), no existe nada universal, y por lo tanto no existen ni los géneros ni las especies. Sólo existen los nombres creados por el hombre para designar objetos semejantes. Lo único que existe son los seres o las cosas individuales, de manera que no hay pensamiento puro, sino sólo representaciones sensibles de lo individual.

 

En los tiempos modernos, una actitud semejante es la que adoptan Berkeley, Hume, Condillac, y entre los contemporáneos, Stuart Mill, Spencer y Taine, filósofos empíricos, que sólo reconocen como elementos del conocimiento los que provienen de la experiencia. Por esto se ha dicho que todo empirista es nominalista, porque para él la experiencia sólo proporciona imágenes particulares, y cuando pensamos únicamente lo hacemos mediante imágenes, aunque creemos que pensamos con conceptos. Esta es, por ejemplo, la doctrina de Stuart Mill. El error, como se ve, consiste en confundir el concepto con la imagen particular.

 

El realismo representa una doctrina totalmente opuesta al nominalismo. Los realistas, cuyo defensor más decidido fue Guillermo de Champeaux (1070-1121), creían, apoyándose en la autoridad de Platón, en la realidad objetiva de las ideas, es decir, de los conceptos universales. Sostenían que los universales estaban presentes esencialmente y pertenecían a todos los individuos que abarcaban. Por consiguiente, no habría ninguna diferencia esencial entre los individuos; sólo se distinguen por la diversidad de los caracteres accidentales.

 

Esta doctrina viene, pues, a negar la existencia de lo individual. Es una especie de panteísmo en que todo ser individual participa de algo real que es la idea, lo universal. Así, por ejemplo, hay muchos papeles blancos, que se distinguen por su claridad o matiz, pero todos ellos son blancos, porque todos participan de la “idea” de blancura. La única realidad sería la “idea de blanco”, y los objetos individuales tendrían, entre sí, diferencias accidentales. La idea abstracta “blancura” existe porque existen objetos blancos. Pero desde el comienzo ya se hicieron objeciones a esta doctrina. Si el concepto general, vale decir, el ser sustancial “hombre”, se encuentra en Pedro, no puede encontrarse exactamente igual en Juan y en los demás hombres, porque entonces todos los hombres serían idénticos.

 

El conceptualismo es una posición media entre el nominalismo y el realismo, adoptada y propagada por Abelardo (1079-1142). Según esta opinión, que salió triunfante en la disputa, lo universal es un mero concepto, pero no una palabra vacía. Todo lo contrario. Los universales son palabras animadas de sentido, que nosotros, al juzgar, enunciamos de una pluralidad de objetos. Pero el concepto no es sólo un producto subjetivo de la conciencia. Tiene su realidad objetiva en las



 

 

 

 

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cosas mismas porque de lo contrario no podría ser abstracto. De manera que ya está antes en las cosas. Las ideas generales son, pues, productos de la abstracción, creaciones o concepciones del espíritu, y no simples representaciones, ni meras palabras vacías.

 

Para terminar diremos que la dificultad del problema surgió de la confusión psicológica del origen y formación de los conceptos, con el problema metafísico que se pregunta si hay en la naturaleza algo real que corresponda a las ideas, a los conceptos, creados por el espíritu.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL JUICIO

 

1.   La doctrina psicológica del juicio. — 2. Teoría analítica del juicio. — 3. Lógica del juicio. Estructura del juicio. — 4. Naturaleza de la relación en el juicio. — 5. El juicio y su contenido objetivo. — 6. Clasificación de los juicios. — 7. Juicios analíticos y sintéticos. — 8. Juicios de experiencia y juicios de razonamiento. — 9. Juicios de existencia y juicios de valor. — 10. Operaciones lógicas. — 11. La expresión del juicio: La proposición. — 12. Análisis de las proposiciones. — 13. Las proposiciones impersonales. —

 

14.    Teoría de la cuantificación del predicado. — 15. Clasificación de las proposiciones.

 

 

1.La doctrina psicológica del juicio

 

 

Cuando pensamos, cuando expresamos un pensamiento, no emitimos ideas sueltas, conceptos aislados. Los conceptos se presentan siempre en una conexión determinada, en una síntesis que les presta unidad. Esta unidad del pensamiento, en su forma más sencilla, es el juicio. Ahora bien, desde el punto de vista psicológico, prescindiendo de toda consideración lógica, tiene igual valor el juicio de un demente, el de un niño o el de un sabio. No nos interesa ni la corrección, ni la veracidad del juicio. Lo único que importa es su formación, su constitución[1] .

 

Consideremos, por ejemplo, el siguiente juicio: “el pizarrón es negro”. Al emitirlo encontramos en la conciencia, mediante la introspección, nada más que palabras, es decir, un grupo de fenómenos auditivos y



 

 

 

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verbomotores. Pero el juicio es algo más que una simple percepción de palabras. Nosotros “entendemos” el significado de este juicio. Además, a la percepción de las palabras se agregan, por lo general, ciertas imágenes, como la de un pizarrón, por ejemplo. Pero tampoco esta imagen es el juicio, puesto que las imágenes pueden faltar o variar de persona a persona.

 

Siguiendo el análisis y descomponiendo el juicio “el pizarrón es negro”, encontramos que sus partes más importantes son los conceptos “pizarrón” y “negro”. Pero entre ambos conceptos existe la partícula “es”, que significa la relación entre “pizarrón” (sujeto) y “negro” (predicado). Esta relación quiere decir que el objeto “pizarrón” tiene la cualidad de negro, o que la cualidad de negro es inherente al objeto “pizarrón”.

 

Ahora se comprenderá fácilmente cómo se forman los juicios. La psicología nos enseña que los procesos sensoriales ocasionan fenómenos concomitantes de la conciencia. Al ver por primera vez el pizarrón tenemos una percepción del objeto. Pero como la percepción se repite, quedan de ella disposiciones en la memoria que se ligan a la palabra “pizarrón”. De este modo, al oír la palabra evocamos la imagen del objeto mentado. Pero esto no es un juicio todavía, como puede comprobarse cuando leemos un pasaje difícil y entendemos las palabras, pero no su conjunto. Después de un gran esfuerzo puede ocurrir que demos con el sentido. Esto quiere decir que hay otro factor en el juicio, el significado, que en realidad no es otra cosa que ideas que acompañan a otras ideas. Se trata de una relación que se expresa comúnmente por la cópula “es”, pero puede revestir otras formas, como las preposiciones, las conjunciones, los adverbios, etc. Se trata de productos psíquicos abstractos, cuya base es la memoria, y que entran en juego cuando son provocados por estímulos reproductores, expresándose por medio de la palabra. Esto se comprende observando el lenguaje de los niños o de los salvajes, cuyo poder de abstracción es pobre. Ese lenguaje carece, por esto justamente, de las partes nobles que son las preposiciones, las conjunciones, los adverbios, etc., que establecen las más finas relaciones entre las ideas. Gracias a estas relaciones se efectúa una verdadera síntesis, que se caracteriza por ser un producto nuevo, algo más que los meros conceptos que entran en relación.



 

 

 

 

 

 

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Un análisis psicológico más profundo nos revela que algo más ocurre en la conciencia cuando establecemos una relación. Si comparamos dos objetos o dos ideas sólo vemos dos objetos o tenemos dos deas sucesivamente. Pero estas percepciones o representaciones van acompañadas de cierto sentimiento de comodidad, de “familiaridad”, o bien de “incomodidad”, vale decir, de “extrañeza”. En el primer caso, hablamos de una “semejanza”; en el segundo, de una “diferencia”, psicológicamente considerada, la relación consiste esencialmente en este proceso que acabamos de analizar. Las ideas de “pizarrón” y de “negro” se relacionan, porque ambas producen el mismo estado afectivo. Si decimos que “Juan es más alto que Pedro”, esto significa que la idea “más alto” se ha conectado con el concepto general de magnitud, y por esto hablamos de una relación.

 

 

2. Teoría analítica del juicio

 

La síntesis que se establece entre “pizarrón” y “negro” no significa que tenemos primero aislados los conceptos “pizarrón” y “negro”, y que establecemos después dicha síntesis. Los elementos del juicio, es decir, el sujeto y el predicado, se nos dan simultáneamente en la percepción misma. No vemos por separado el pizarrón, por una parte, y el color negro por otra. Percibimos ambas partes en un solo acto perceptivo; pero más tarde, por un proceso de análisis, separamos ambos elementos y los aislamos artificialmente. Esta es la doctrina sustentada por Wundt y llamada, por esta razón, “teoría analítica del juicio”. También por esta razón algunos lógicos consideran el juicio como la forma primordial del pensamiento, cuando en realidad el juicio, lógicamente considerado, es una reunión de conceptos y, por lo tanto, es el concepto la parte elemental.

 

 

3. Lógica del juicio. Estructura del juicio

 

Acabamos de ver que en el juicio se establece una relación entre conceptos. Pero en esta relación siempre se enuncia algo de algo. Es así como Aristóteles, a quien siguieron después muchos lógicos, definió el



 

 

 

 

 

 

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juicio diciendo que era un “discurso en el cual se afirma o se niega algo de algo”, sólo que para él “enunciar” se reduce a afirmar o a negar.

 

Como quiera que sea, siempre en un juicio encontramos dos miembros y nada más que dos miembros por más complicada que se presente la forma gramatical del juicio: el sujeto, o sea el objeto acerca del cual se enuncia algo, y el predicado, o sea lo que se enuncia (Grau).

 

Consideremos, por ejemplo, los juicios siguientes y veremos que no obstante su complicación gramatical, lógicamente constan de dos miembros:

 

 

Sujeto lógico                                                                                        Predicado lógico

 

1) Un hombre……………………………                               escribió

 

2) Un hombre de 30 años                                                           escribió una interesante novela.

 

3) Un hombre extranjero de 30 años que había vivido aquí…………………………………………

escribió una interesante novela sobre

 

nuestras costumbres nacionales.

 

 

 

Como acabamos de ver, un juicio puede expresarse por muchas palabras y pocas palabras. Hay juicios que constan de un solo vocablo. Son los llamados “juicios abreviados”. Así, cuando decimos “venga”, “tome”, “trabaja”, queremos significar lo siguiente: “yo deseo que usted venga”, “deseo que usted tome”, “yo quiero que trabajes”, etc., donde “yo” es el sujeto lógico y las palabras restantes el predicado.

 

Los miembros, unidos en determinada relación, el sujeto y el predicado, vale decir, los conceptos, no son por sí mismos ni verdaderos ni falsos. Sólo expresan la verdad o el error cuando entran en una relación, cuando constituyen un juicio. Sólo los juicios son verdaderos o falsos. Los conceptos aislados podrán ser posibles o imposibles, según la composición de su contenido, y los objetos o las representaciones correspondientes podrán ser reales o irreales, pero la verdad y la falsedad son las características del juicio.

 

Veamos ahora la función de la cópula. Se trata de un concepto funcional que desempeña dos tareas: 1.º, la de referir, porque refiere al



 

 

 

 

 

 

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sujeto un predicado, y 2.º, la de enunciar, porque si no existe cópula no se puede enunciar el juicio.

 

Por lo que respecta al sujeto, que es el miembro al cual se aplica el predicado, hay que hacer notar que es lógicamente una unidad, aunque gramaticalmente conste de varias proposiciones. Es el objeto de la enunciación, y como se trata de un concepto puede ser un concepto de sosa, de propiedad, o de relación.

 

En cuanto al predicado, que es el miembro que se enuncia, puede constar gramatical mente de varias palabras o de una combinación de palabras. Es también una unidad y representa la parte enunciativa del juicio. Se pueden distinguir dos clases de predicados. Los de la primera clase enuncian algo del sujeto, como una cualidad inherente al sujeto, como una característica interna suya, como por ejemplo, “la sangre es roja”, “la miel es dulce”, “el oro es un metal”, etc. La segunda clase de predicados es aquella en que el predicado indica alguna relación con el sujeto de manera que los dos miembros pueden considerarse como independientes o distintos. Pueden enunciar relación de cantidad, de espacio, de tiempo, etc., como cuando decimos “la intensidad de la luz está en relación inversa al cuadrado de la distancia del foco”; “la brújula se inventó antes del descubrimiento de América”.

 

 

4. Naturaleza de la relación en el juicio

 

Veamos ahora cuáles pueden ser las relaciones entre el sujeto y el predicado. Según Aristóteles, a quien siguen Kant y Hegel, en el juicio, el concepto del sujeto está subordinado al concepto del predicado como la especie está comprendida dentro de la extensión del género. A esta clase de subordinación Aristóteles la designa con el nombre de sub-sunción. Si decimos “el elefante es un paquidermo”, el concepto “elefante” está contenido dentro de la extensión del concepto “paquidermo”; es una especie del género paquidermo. Es decir, que el concepto elefante está subsumido en el concepto paquidermo.

 

Autores más modernos, como Hamilton, consideran en cambio que, en el juicio, tanto la extensión del sujeto como la del predicado es idéntica. Cuando decimos “todos los planetas giran alrededor del sol”, este juicio,



 

 

 

 

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en realidad, debiera expresarse del siguiente modo: “todos los planetas son planetas que giran alrededor del sol”. En esta forma se ve que la extensión del concepto sujeto, “todos los planetas”, no es menor que el del sol”, sino que tienen igual extensión, porque el concepto del sujeto “todos los planetas” ya reduce y limita la extensión del predicado “giran alrededor concepto-predicado “giran alrededor del sol”. Esta es la teoría de /a identidad de la extensión del sujeto y predicado.

 

 

5. El juicio y su contenido objetivo

 

Todo juicio determinado hace referencia a algo que no es el juicio mismo. Está dirigido a un objeto que está fuera del juicio. Ese algo que está como enfrentado al juicio es su contenido objetivo. Si decimos “el carbón es negro”, el contenido objetivo de este juicio es la materia “carbón” y el hecho de ser “negro”. Los elementos del juicio no son, por consiguiente, ni la materia carbón, ni la cualidad de negro a que se refiere. El juicio consta única y exclusivamente de conceptos, que son distintos de toda materia y de todo color. El contenido objetivo está configurado, diseñado, por el juicio y reside fuera de él. Por esto decimos que es trascendente. El juicio no hace más que mentar el contenido, porque es sólo una referencia a algo trascendente. Este acto, de referirse a algo, es lo que se llama intencionalidad, característica propia de todo acto anímico. De ahí que se haya dicho que el contenido objetivo es el correlato intencional del juicio[2].

 

Pero el contenido objetivo de un juicio no siempre es un objeto material, como en el caso del carbón, puesto que puede referirse también a otro juicio o a un concepto, como ya lo vimos al hablar de las diferentes clases de sujeto. Pero de cualquier modo que se consideren estos juicios y estos conceptos incluidos en los contenidos objetivos, tampoco son elementos del juicio a que se refieren, sino que asimismo están frente a éste como algo exterior. Si decimos “la virtud es loable” o “el heroísmo humano puede llegar a extremos insospechados”, aquí, en estos ejemplos, el contenido objetivo son conceptos, pero no son estos conceptos mismos los elementos del juicio, sino las ideas y cualidades mentadas por dichos conceptos.

 

 

6. Clasificación de los juicios

 

Debemos a Kant un cuadro sistemático de los juicios que se ha hecho clásico. Kant clasifica los juicios ordenándolos de acuerdo con la tradición, desde Aristóteles, en cuatro categorías, según su cantidad, su cualidad, su relación y su modalidad.

 

1.º De acuerdo con la cualidad los juicios pueden ser afirmativos, negativos e infinitos. Estos últimos fueron agregados por Kant.

 

Son afirmativos aquellos juicios en que el predicado expresa una señal del sujeto, es decir, cuando el predicado forma parte de la comprensión del sujeto, como por ejemplo, “el oro es metal”.



 

 

 

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Son juicios negativos aquellos en que el predicado no conviene al sujeto. Son juicios de limitación. La negación no dice cuál es el juicio verdadero, expresando solamente la falsedad de un juicio positivo posible. El juicio negativo supone, pues, el afirmativo, por ejemplo “el hierro no es elástico”, “los hongos no tienen clorofila”, “los hombres no son cuadrumanos”.

 

Son infinitos aquellos juicios donde la señal expresada por el predicado conviene o no conviene al sujeto, pero está indeterminada. Es decir, se trata de aquellos juicios en que no se dice del sujeto lo que es, sino lo que no es. De esta manera se establece un límite entre el sujeto y todas las señales que no son el sujeto. Kant dice que estos juicios no deben confundirse con los negativos. En éstos la negación afecta siempre a la cópula, mientras que en los infinitos sólo afecta al predicado. Así, “el alma no es mortal” es un juicio negativo. En cambio “el alma es no mortal (o inmortal)” es un juicio infinito.

 

Se han formulado muchas críticas al juicio infinito. Se ha hecho notar especialmente que puede ser reducido al juicio afirmativo, puesto que si decimos “el alma es no mortal”, que equivale a afirmar “el alma es inmortal”, se trata de un juicio afirmativo.

 

2.º De acuerdo con su cantidad, los juicios pueden ser universales, particulares e individuales, según que el predicado se extienda a toda una clase entera de objetos, como el juicio “todos los correntinos son argentinos”, o bien que se aplique a una parte de una clase determinada, como cuando decimos “algunos argentinos son correntinos” o, por último, si se extiende a un solo individuo, como cuando expresamos el juicio “Sarmiento fue un gran civilizador”.

 

3.º Por su relación, los juicios se dividen en categóricos, disyuntivos e hipotéticos.

 

Son juicios categóricos aquellos en que la afirmación es absoluta, puesto que no depende de ninguna condición: “el calor dilata los cuerpos”, “la sangre circula en nuestras arterias y venas”.

 

Se llaman disyuntivos aquellos juicios cuyo sujeto lógico puede ser determinado de muchas maneras, vale decir, que puede tener varios predicados, pero debe ser determinado por uno solo de dichos predicados,



 

 

 

 

 

 

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como por ejemplo: “los minerales pueden ser sólidos, líquidos o gaseosos”.

 

Son juicios hipotéticos esos juicios en que la relación que establece el enlace entre el sujeto y el predicado está subordinada a otra relación que es una condición. La primera parte, que es la condición, se llama hipótesis, y la segunda, tesis. Véase este ejemplo: “Si la fatiga es una intoxicación, eliminando ciertas toxinas debe desaparecer la fatiga”.

 

4.º Con respecto a la modalidad, los juicios pueden ser problemáticos, asertóricos y apodícticos.

 

Juicios problemáticos son aquellos en que la relación entre el sujeto y el predicado se expresa como posible. Obedece a la fórmula “puede ser”, como en el juicio: “el cáncer puede tener como causa un bacilo”.

 

Se llaman asertóricos los juicios donde la relación entre el sujeto y el predicado implica una realidad, siendo su fórmula “es”. Así, “la tuberculosis es producto de un bacilo” es un juicio asertórico.

 

Son juicios apodícticos aquellos en que la relación entre el sujeto y el predicado expresa una necesidad, y su fórmula es “debe ser” : “es preciso alimentarse para poder vivir”. Tres por cuatro son doce (3 × 4 = 12).

 

Juicios compuestos. — Esta clasificación sólo abarca los juicios simples, es decir, aquellos juicios que se componen solamente de sujeto, de predicado y de cópula. A primera vista, el juicio hipotético parece ser una excepción, pero no lo es en realidad. Aquí el sujeto, en vez de ser un concepto, es todo un juicio, pero desempeña la función de un concepto. Sus dos miembros son la hipótesis y la tesis y entre ambos se establece la relación. Se ha tratado de reducir el juicio hipotético al categórico. Así, la expresión “si la columna mercurial sube, indica que hay fiebre”, puede reducirse a esta otra expresión: “la columna mercurial que sube, indica que hay fiebre”, pero como se ha hecho notar, esta reducción no es posible en todos los casos.

 

Dejando de lado el juicio hipotético que, en realidad, es un juicio simple, veamos qué son juicios compuestos. Estos juicios indican que el sujeto o el predicado no constan de conceptos, sino de juicios. Se distinguen tres clases de juicios compuestos:

 

1.º Los juicios copulativos tienen un sujeto compuesto, siendo simple su predicado que es aplicable a todos los sujetos. Ejemplo: “Tanto los



 

 

 

 

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animales como los vegetales son cuerpos orgánicos”.

 

2.º Juicios conjuntivos son los que tienen un predicado compuesto, por cuyo motivo pueden convenir al sujeto muchos predicados: “El general Mitre fue tanto un militar prestigioso como un notable historiador y político”.

 

3.º Los juicios divisivos se caracterizan por tener el sujeto formado de partes sueltas, como puede verse en este ejemplo: “Los cuerpos orgánicos son en parte animales y en parte vegetales”.

 

 

7. Juicios analíticos y sintéticos

 

Debemos también a Kant la clasificación de los juicios en analíticos y sintéticos.

 

Se dice que un juicio es analítico cuando el concepto del predicado se halla contenido en el concepto del sujeto. El predicado se obtiene mediante el análisis del sujeto, siendo un desarrollo del mismo. Cuando decimos “el triángulo es una figura de tres ángulos”, el predicado “figura de tres ángulos” ya está contenido en el concepto “triángulo”, que es el sujeto. No se agrega, pues, ningún carácter nuevo. Lo mismo ocurre cuando decimos “los cuerpos son extensos”. De la comprensión del concepto “cuerpo” sacamos el carácter “extenso”, puesto que no podemos concebir un cuerpo, cualquiera que sea su tamaño, sin extensión.

 

En el juicio sintético, en cambio, el predicado no surge necesariamente del análisis del sujeto. El predicado agrega un dato nuevo, aportado por la experiencia. Si decimos “el oro se funde a cierto grado de calor”, tenemos un juicio sintético porque el concepto de “fundirse” no está implícito en el concepto “oro”. Lo mismo acontece en el juicio “todos los cuerpos son pesados”. Aquí se trata también de un juicio sintético, puesto que la idea de “pesantez” no es implícita a la idea de cuerpo, puesto que podemos concebir cuerpos sin peso como el péndulo ideal. La “pesantez” es una cualidad posible de los cuerpos obtenida por experiencia.

 

Según lo que queda dicho, y éste es el pensamiento de Kant, el juicio analítico es explicativo y no aporta ningún dato nuevo a nuestro conocimiento. Es la expresión de una inmanencia necesaria, porque nos



 

 

 

 

 

 

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dice que un carácter es inherente a un ser y que éste no puede ser pensado sin aquel carácter.

 

Los juicios sintéticos también expresan una inmanencia, pero aquí se trata de una inmanencia contingente, posible, es decir, que puede ser o no ser, de manera que podemos concebir la idea del predicado, pero también podemos concebir su contrario. Podemos concebir que el oro se funde a cierta temperatura, pero podemos pensar también lo contrario, vale decir, que no se funde a dicha temperatura.

 

Si consideramos ahora estas dos clases de juicios, vemos, como lo ha hecho notar Kant, que únicamente los juicios analíticos, que son a priori, vale decir, anteriores a toda experiencia, son absolutamente seguros, universales y necesarios, mientras que los juicios sintéticos, que son a posteriori, es decir, que son empíricos y derivan de la experiencia, sólo tienen valor subjetivo. No implican necesidad y su generalidad es relativa.

 

 

8. Juicios de experiencia. Juicios de razonamiento

 

Los juicios de experiencia son a posteriori y derivan de la observación, ya sea interna o externa. Si decimos “la hoja es verde” enunciamos un juicio de experiencia porque ha sido suministrado por la percepción y no requiere ningún razonamiento. Pero hay otros juicios que necesitan de un razonamiento previo para su enunciación. Si decimos “el obrero que no toma precauciones se expone a sufrir accidentes”, expresamos un juicio que igualmente deriva de la experiencia, pero éste requiere un razonamiento previo.

 

 

9. Juicios de existencia y juicios de valor

 

Una distinción importante que hacen los lógicos contemporáneos, es la que se refiere a los juicios de existencia y los juicios de valor.

Los juicios de existencia son juicios de hecho. Se trata de comprobaciones en las cuales el predicado expresa la idea de existencia. Si decimos “el oro es metal”, “el trabajo es productivo”, “estos hombres son franceses”, expresamos juicios en que el sujeto forma parte de la realidad efectiva o posible. La relación que se establece entre el sujeto y el predicado se basa en la experiencia.

 

Los juicios de valor se distinguen, en cambio, por tener como carácter esencial la apreciación de las cosas, su estimación, su valor. Hay objetos, ya sean reales o ideales, que tienen para el sujeto consciente, para el hombre, más importancia que otros. Somos nosotros quienes apreciamos y valorizamos las cosas. Los objetos son, entonces, como portadores de valor. El valor, en realidad, carece de una existencia objetiva, aunque nosotros lo objetivamos como si fuera cosa. Pero su esencia íntima consiste en una relación de los objetos con respecto a nuestros deseos y apreciaciones. Las cosas, por sí mismas, no son ni bellas, ni santas, ni nobles. Somos nosotros



 

 

 

 

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quienes damos valor a las cosas diciendo que son bellas, que son santas, que son nobles. Los juicios de valor presuponen cosas, seres y actos a los cuales aplicamos una valoración. Estos valores pueden ser estéticos, morales, religiosos, sociales, etc., y hacen el papel de verdaderos estímulos provocando nuestra reacción afectiva y decidiendo nuestros actos. Así, para unos la belleza es considerada como el máximo valor, para otros, la vida religiosa, para otros la acumulación de bienes materiales, etc. Para unos, la forma de gobierno más valiosa será la autocrática, para otros, la democrática, siendo la contraria un no-valor. Se comprende que entre estos dos extremos opuestos es posible toda una serie de gradaciones, constituyéndose así una escala de valores. Las opiniones políticas, religiosas, estéticas, etcétera, implican, pues, una valoración.

 

Este concepto de valor se hizo popular merced a la obra de Federico Nietzsche (1844-1900), quien predica la restauración de los valores en un sentido aristocrático. Critica los valores morales en vigencia, los valores éticos que son la base de nuestra cultura occidental, diciendo que la moral cristiana es una moral de esclavos. Según él, la tabla de valores debe invertirse, poniendo en la cúspide a los "fuertes que crean valores”. La abnegación, la justicia, el sacrificio, la bondad, la caridad, la solidaridad humana, son para él no-valores. Sólo el fuerte tiene derecho a la vida y al dominio…

 

 

10. Operaciones lógicas

 

Las operaciones lógicas más importantes que podemos efectuar mediante los juicios son los razonamientos. Pero además del razonamiento que se construye con juicios existe otro razonamiento formado por imágenes, en que una imagen sugiere, casi automáticamente, a otra imagen. Esta forma de razonamiento es común en los niños de corta edad y probablemente es el razonamiento, por decirlo así, de los animales. Así, el niño que se quemó con una plancha eléctrica ya no acercará su dedo a la plancha, aunque ésta no tenga conexión eléctrica. Es que la percepción de la plancha le ha evocado el recuerdo de la quemadura. Ha habido, pues, un razonamiento que ha ido de un caso particular a otro caso particular, que es la forma más común de razonamiento. El niño no se hace esta reflexión: “las planchas queman, este objeto es una plancha, luego esto quema”. Basta la percepción para la ejecución correcta de un acto especial.

 

Pero a la lógica no le interesan estas operaciones mentales. Lo que le interesa son las operaciones conceptuales, los razonamientos mediante juicios, en que de un juicio, o de varios juicios, se llega a otro juicio nuevo. A estas operaciones lógicas llamamos inferencias.

 

La inferencia es inmediata cuando de un juicio llegamos necesariamente a otro, sin necesidad de un juicio intermediario. Así, del juicio “todos los monos son cuadrumanos” inferimos directamente que



 

 

 

 

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“todos los cuadrumanos son monos”. Si “todos los automóviles son vehículos” concluimos que “algunos vehículos son automóviles”. Si “todos los metales son buenos conductores de electricidad” resulta que también “algunos metales son buenos conductores de electricidad”. Trataremos este punto con más detalle en el capítulo Vil al abordar el razonamiento y las dos formas de conclusiones.

 

Se llama inferencia mediata a aquella que de un juicio se llega a otro “mediante” un tercer juicio que hace de intermediario. Ejemplo:

 

“Todos los metales son buenos conductores de la electricidad”. “El cobre es un metal”, luego

 

“El cobre es un buen conductor de la electricidad”.

 

Este último juicio es la conclusión, y hemos llegado a él a través del juicio intermediario “el cobre es un metal” que ha servido para establecer el enlace.

 

 

11. La expresión del juicio: La proposición

 

Los juicios que son en realidad vivencias, en el sentido de que ocurren en la conciencia individual, hallan su expresión en las proposiciones. Podemos decir, por lo tanto, que la proposición es la expresión de un juicio. Desde el punto de vista lógico, lo que interesa es el juicio expresado, de ahí la necesidad de considerar la estructura de la proposición. La proposición es el vehículo del pensamiento y es al juicio lo que la palabra es al concepto. Llegamos al pensamiento, al juicio, a través de las proposiciones. Por consiguiente, hay que establecer bien la diferencia entre la proposición verbal y el juicio, que constituye el sentido de la proposición. La proposición es algo así como la vestimenta, lo exterior, mientras que el juicio es lo interior, lo que anima con el pensamiento dicha forma exterior. Además, como hace notar Pfänder, la relación que existe entre el juicio y la proposición es que dicha relación no puede invertirse: la proposición es la expresión de un juicio, pero el juicio no expresa la proposición.

 

Otra diferencia fundamental es que la proposición verbal consta de palabras, que, a su vez, constan de letras que producen sonidos. En cambio, el juicio no está formado de palabras, sino de conceptos, que no



 

 

 

 

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son nunca elementos de la proposición. En la proposición hablamos de términos.

 

Esta diferencia fundamental se hace evidente en los casos en que con una misma proposición expresamos juicios muy diversos. Así, cuando decimos: “¿quiere alcanzarnos el libro?”, se trata de una proposición que tiene una forma interrogativa, pero, como juicio, expresa un deseo como éste: “deseo que me alcance el libro”. Del mismo modo ciertas formas imperativas también expresan deseos, como cuando exclamamos: “váyase al infierno”.

 

En las proposiciones deben distinguirse, pues, el sentido patente y el sentido recóndito, y este último a veces resulta cubierto, total o parcialmente por el primero, dando motivo a los malentendidos.

 

 

12. Análisis de las proposiciones

 

Por el hecho de que la proposición es la expresión de un juicio se infiere que los elementos fundamentales del juicio son también los de la proposición, es decir, el sujeto (S), el predicado o atributo (P), y la cópula o verbo que establece el enlace entre estos dos miembros.

 

Desde el punto de vista puramente verbal el sujeto puede expresarse por medio de un sustantivo, un verbo, un adverbio, etc., con la condición de que desempeñe la función de un sustantivo. Ejemplo: “Buenos Aires es una ciudad moderna”, “trabajar es la obligación del hombre”, “el retardo en llegar ocasiona perjuicios”.

 

Con frecuencia se dan proposiciones en que el sujeto está tácito o sobreentendido, como cuando decimos: “escribo”, que equivale a decir: “yo estoy escribiendo”. En la primera forma, el sujeto “yo” está implícito en el tiempo del verbo. Lo mismo puede decirse acerca del predicado. Este puede expresarse por un sustantivo, por un adjetivo, un verbo, un adverbio, etc., que sirven para calificar al sujeto, o bien para completar el sentido del verbo, como en las proposiciones siguientes: “Juan es bueno”, “trabajar es la ley del hombre”, “renovarse es vivir”, “el mundo progresa lentamente”.

 

 

13. Las proposiciones impersonales



 

 

 

 

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Esta clase de proposiciones merece una consideración aparte. Se caracterizan por dejar indeterminado al sujeto en cuanto a su contenido. Por esto algunos lógicos prefieren llamarlas “proposiciones de sujeto indeterminado” (Grau). Pero el análisis de estas proposiciones descubre también en ellas la existencia de los dos miembros fundamentales, el sujeto y el predicado. El contenido es una modificación, un fenómeno, que percibimos, y el sujeto es la causa no percibida que produce dicho fenómeno. Cuando decimos “llueve”, “truena”, “amanece”, “hace un año”, el sujeto es la causa de dichos fenómenos, y “llueve”, “truena”, etc., son los predicados.

 

Algunos autores, como Pfänder, dan otra interpretación a las proposiciones impersonales, considerándolas como proposiciones incompletas en que sólo aparece el predicado. El sujeto vendría a ser el lugar en que aparecen los fenómenos. Cuando decimos “llueve”, “truena”, etc., queremos significar “aquí llueve”, “en la ciudad truena”, etc., donde el “aquí” desempeña la función del sujeto. Pero, en cualquier forma, siempre hay sujeto y predicado.

 

No faltan, sin embargo, quienes dan una interpretación completamente opuesta a estas proposiciones. El predicado estaría oculto, siendo, en cambio, el sujeto la parte expresada. Así, cuando decimos “llueve”, “truena”, etcétera, el sujeto es “truena” “llueve”, y el predicado sería el verbo “es” o “está”, que implica la acción de llover o de tronar, puesto que en vez de “llueve”, podemos decir “lloviendo está”, “tronando está”, donde el sujeto es “lloviendo”, “tronando”, etc., y el predicado el verbo “está”.

 

 

14. Teoría de la cuantificación del predicado

 

Según la lógica tradicional, el sujeto de toda proposición tiene cierta extensión, vale decir, que posee una cantidad: es universal o particular, lo que significa que el sujeto está “cuantificado”. En cambio, el predicado no lo está. Si decimos “todos los hombres son mortales”, “los monos son cuadrumanos”, no atribuimos ninguna cantidad determinada a los predicados “mortales” y “cuadrumanos”.



 

 

 

 

 

 

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Pero el filósofo escocés Guillermo Hamilton (1788-1856) ha tratado de introducir en la lógica un nuevo principio, que sus discípulos han considerado como complemento de la doctrina de Aristóteles. Se trata de la doctrina de la cuantificación del predicado.

 

Según Hamilton, en toda proposición también el predicado es pensado con cierta cantidad y extensión lo mismo que el sujeto. Así, cuando decimos “todos los hombres son mortales”, en realidad pensamos que “todos los hombres son algunos mortales”, puesto que hay seres mortales que no son hombres. Cuando decimos “todos los monos son cuadrumanos”, queremos significar que “todos los monos son todos los cuadrumanos”, porque no hay cuadrumano que no sea mono. Para ser lógicos debemos expresar, mediante palabras, lo que en realidad pensamos. Si pensamos el predicado como una totalidad, debemos hacerlo preceder del calificativo todo, y si lo pensamos como parte, aquél debe llevar el calificativo alguno. Cuando atribuimos un predicado a un sujeto pensamos dicho sujeto subordinándolo a otro concepto. Cuando decimos “el hombre es un animal”, colocamos el concepto “hombre” bajo el concepto “animal”. Pero esto no basta. Es preciso saber, además, qué porción ocupa un concepto dentro, de otro concepto, si éste es más extenso que el primero. De donde resulta que el predicado es pensado con una cantidad o extensión igual al sujeto. Según este principio, resultan ocho clases de proposiciones, cuatro afirmativas y cuatro negativas, que son:

 

1.º Afirmativas toto-totales: Donde el S y P son tomados en toda su extensión: “todos los hombres son racionales” (que equivale a decir, “todos los hombres son todos los racionales”).

 

2.º Afirmativas toto-parciales: Aquí el S es tomado en toda su extensión y el P particularmente. Ejemplo: “todas las vacas son rumiantes” (equivale a “todas las vacas son algunos rumiantes”).

 

3.º Afirmativas partí-totales: El sujeto es particular y el predicado universal. Ejemplo: “alguna figura es cuadrilátera” (equivale a “alguna figura es todo cuadrilátero”).

 

4.º Afirmativas partí-parciales: Aquí el S y el P son ambos particulares. Ejemplo: “algunos equiláteros son triángulos” (equivale a “algunos equiláteros son algunos triángulos”).



 

 

 

 

 

 

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5.º Negativas toto-totales: Donde el S es excluido en toda su extensión del predicado: “ningún triángulo es cuadrado” (equivale a “ningún triángulo es ningún cuadrado”).

 

6.º Negativas toto-parciales: En que el S, tomado en toda su extensión, es excluido de una parte de la extensión del predicado: “ningún pez es mamífero” (equivale a “ningún pez es algún mamífero”).

 

7.º Negativas parti-parciales: Aquí una parte de la extensión del sujeto está excluida de una parte solamente de la extensión del predicado. Ejemplo: “algún triángulo no es equilátero” (equivale a “algún triángulo no es alguna figura equilátera”).

 

8.º Negativas partí-totales: En que sólo una parte del S está excluida de la extensión del P. Ejemplo: “alguna figura equilátera no es ningún triángulo”.

 

La ventaja que ofrece esta teoría es que simplifica las reglas de la conversión de las proposiciones, es decir, el paso del sujeto al papel del predicado y de éste al sujeto. En segundo lugar, las proposiciones se reducen, en el fondo, a ecuaciones entre el sujeto y el predicado, puesto que el uno y el otro son ¡guales en extensión.

 

Los símbolos. — La cuantificación del predicado admite cuatro proposiciones más que las de la cuantificación del sujeto cuyos símbolos son: A (para las universales afirmativas); E (para las universales negativas); I (para las particulares afirmativas); O (para las particulares negativas).

 

Thompson, discípulo de Hamilton, emplea nuevos símbolos para ellas: U e Y para las afirmativas y las letras griegas η y ω para las negativas. Los símbolos U e Y representan el predicado como distribuido en las afirmativas, y η y ω como no distribuidos en las proposiciones negativas. El cuadro siguiente representa la forma de las ocho proposiciones[3].

 

U: Todo S es todo P                     Proposiciones afirmativas.

 

A:  Todo S es algún.P

 

I: Algún S es algún P

 

Y: Algún S es todo P

 



 

 

 

 

 

 

 

 

 

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E:  Ningún S es ningún P η: Ningún S es algún P

 

Proposiciones negativas.

 

ω: Algún S no es algún P

 

O: Algún S es ningún P

 

 

 

 

 

 

 

15.Clasificación de las proposiciones

 

 

Siendo la proposición la expresión del juicio, todo lo que se ha dicho respecto a la clasificación del juicio vale también para la proposición. Veamos ahora qué expresan las proposiciones. Debemos hacer notar que mediante las proposiciones podemos expresar simples enunciaciones, hacer interrogaciones, manifestar deseos, o bien impartir órdenes, formular ruegos, etcétera.

 

De acuerdo con estas diferentes formas expresivas podemos clasificar las proposiciones en cuatro grupos: 1.º, enunciativas; 2.º, interrogativas; 3.º, optativas; 4.º, imperativas.

 

1.º Proposiciones enunciativas. — Son aquellas cuyo sentido expresa la afirmación o negación simple y llana de algo, sin implicar ninguna condición, como cuando decimos: “Juan trabaja en el campo”. Por lo general, tienen un sujeto determinado.

 

2.º Proposiciones interrogativas. — Son proposiciones que incluyen una pregunta, vale decir, que expresan la duda sobre algo. Por esta razón podemos decir que la interrogación presupone otras clases de juicios o

 

 

 

 

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proposiciones. La raíz psicológica de la interrogación es el sentimiento de una incertidumbre que produce la duda acerca de la verdad o legitimidad de un juicio enunciado. Mediante la pregunta tratamos de disipar esa incertidumbre. La pregunta es la expresión de la incertidumbre juntamente con el deseo de vencerla. Las dos cosas simultáneamente. Si preguntamos: “¿Es Pedro médico?”, significa lógicamente esto: “no sé si Pedro es médico y deseo saberlo”. Se trata de un juicio relativo a otro juicio cuya verdad es incierta y se desea tener la certidumbre acerca de su verdad o falsedad.

 

3.º Proposiciones optativas. — Estas proposiciones expresan un deseo y pueden formularse de distinto modo, ya sea como enunciación, como interrogación o en forma imperativa. La proposición “si yo tuviera un lápiz” puede expresar el deseo de tener un lápiz, pero también puede significar una orden de que me alcancen el lápiz. “¿Quiere permitirme su lápiz?” expresa un deseo en forma interrogativa; en cambio, ¡“viva la patria”! es un deseo en forma imperativa.

 

4.º Proposiciones imperativas. — Esta clase de proposiciones incluyen la idea de orden, ruego, consejo, advertencia, etc., y asimismo pueden revestir diversas formas. Así, en los ejemplos siguientes tenemos diversas proposiciones imperativas: “¿por qué no cumples con tu deber?”, “¡no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy!”, “no conviene que te acuestes tarde”, son otras tantas proposiciones imperativas.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA DEFINICIÓN

 

1.    Concepto de la definición. — 2. Definiciones verbales, conceptuales y reales. — 3. Otras clases de definiciones. —

 

4.   Las nociones indefinibles. — 5. Los predicables y la definición. — 6. Normas prácticas.

 

 

1.Concepto de la definición

 

 

Los conceptos, ya lo vimos en un capítulo anterior, están constituidos, en su conjunto, de señales o notas de las cuales unas son genéricas, es decir, que son comunes a todo un género de objetos, en tanto que otras son calificativas y específicas, propias de una especie. Pero todas estas notas son múltiples y su valor es desigual para el significado del concepto. Por esto, una primera exigencia es elegir, entre el cúmulo de los elementos del concepto, aquellos que son característicos y pueden servir para determinarlo con claridad y precisión. Esta es, precisamente, la tarea de la definición, que consiste en la determinación de un concepto mediante la fijación de sus caracteres esenciales. Toda definición se expresa mediante un juicio en el cual el sujeto está formado por el concepto que se quiere definir y el predicado por el carácter o los caracteres por los cuales se define el sujeto. El sujeto se llama por esto definido y el predicado definente. Como los caracteres que constituyen el contenido de un concepto pueden ser accidentales y esenciales, la ciencia, que busca lo general, debe excluir de la definición todos los caracteres particulares y accidentales, reteniendo sólo lo esencial. Llamamos esencia de un objeto, o de un concepto, al complejo de caracteres íntimos que persisten en



 

 

 

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medio de las variaciones y de las modificaciones accidentales. Es todo aquello que el ser posee en sí mismo y sin lo cual no podría existir. En cambio, llamamos accidente a toda modificación fortuita o a todo carácter accesorio producido por circunstancias externas.

 

Sin embargo, un carácter accidental mismo puede ser objeto de definición. Así, no se puede definir al hombre por medio de alguna enfermedad que pueda padecer, pero se puede definir la enfermedad por sus caracteres esenciales, excluyendo sus accidentes particulares con los cuales aquél puede estar en contra (Morselli). Por consiguiente, en la definición deben entrar aquellas señales diferenciales que sirven para distinguir el concepto que se trata de definir, de otros conceptos, ya sean semejantes o bien que pertenezcan a otras clases. Por esta razón, se dice que la definición se hace por el género próximo y la diferencia específica. Esto quiere decir que se debe indicar la clase más cercana que pertenece al objeto que se quiere definir y atribuirle los caracteres de dicha clase. Tratemos de explicarnos mejor. Ya sabemos que los conceptos se contienen y se envuelven unos a otros según su extensión. Podemos representarnos la serie de conceptos como una pirámide o como un sistema de circunferencias concéntricas, la más pequeña de las cuales se compone de los individuos, y la más extensa por la idea más vasta de ser. En esta jerarquía de conceptos, cada uno de los términos inferiores participa de los caracteres de los géneros superiores a los cuales se agrega algún elemento nuevo diferencial.

 

Por consiguiente, la definición consiste en determinar el lugar que ocupa un concepto dentro de este sistema jerárquico de las ideas. Trata de indicar a qué género inmediatamente superior debe ser referido el concepto a definirse. Si queremos definir el “paquidermo”, se dirá que es un “mamífero”, término, que representa todos los caracteres del grupo más

 

.general a que corresponde. En efecto, a los mamíferos corresponden los paquidermos, rumiantes, carniceros, etc. Pero ya no Tendremos que decir que es un “animal vertebrado”, porque este carácter ya está implícito en el concepto de “mamífero”.

 

Por lo que respecta a la diferencia específica debemos señalar que con este término se quiere significar que la diferencia debe ser verdadera, es decir, que debe corresponder a la especie que se toma en consideración.



 

 

 

 

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Así, el tener mamas será la diferencia específica para los mamíferos dentro del género próximo que es el de “vertebrados”; tener piel gruesa será la diferencia específica para los paquidermos dentro del género próximo que es el de mamífero, etcétera.

 

 

2. Definiciones verbales, conceptuales y reales

 

Como nosotros expresamos conceptos mediante palabras, resulta que toda definición, que explica el significado de una palabra, puede considerarse como definición verbal o nominal. En cambio, existe otra clase de definición, que es la real o de cosa, que explica la naturaleza misma de la cosa, y por último la definición conceptual que proporciona el sentido del concepto expresado por una palabra.

 

La definición verbal tiene por objeto, pues, explicar y determinar en forma precisa el significado y el valor de una palabra mediante otras palabras de significación conocida. Como los vocablos cambian con frecuencia de significado en el curso del tiempo, es preciso fijar su sentido permanente, a pesar de las significaciones particulares que puede adquirir en diferentes épocas. De este modo se evitan los equívocos que se originan cuando no se ha especificado bien el significado que se le quiere dar a la palabra[1]. No debe confundirse la definición verbal con la explicación etimológica o sintáctica, tarea esta última de la gramática y no de la lógica. Decir, por ejemplo, “la psicología es la ciencia del alma”, “la democracia es el gobierno del pueblo”, no es hacer definiciones verbales. Aquí sólo se ha puesto en castellano el equivalente de las palabras griegas “democracia” y “psicología”. La definición verbal tiene valor lógico. Se propone determinar el concepto que es pensado cuando aplicamos cierta palabra a un gran número de objetos designados por ella; quiere dar la razón por la cual el uso lingüístico aplica un mismo vocablo a varios objetos. Si queremos llegar a la definición de lo heroico o de lo sublime hay que ver previamente en cuantos sentidos y modos llamamos heroicas a ciertas acciones y sublimes a ciertos objetos.

 

Sin embargo, no es muy fácil hacer definiciones verbales. Las dificultades se presentan cuando el significado de las palabras oscila entre diversos conceptos cuyos elementos comunes no se pueden encontrar de



 

 

 

 

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primer intento. Así ocurre con vocablos cuyos elementos constitutivos son productos históricos de diferentes momentos epocales, como sucede con las palabras “sociedad”, “pueblo”, “iglesia”, “Estado”, etcétera.

 

Cuando las definiciones verbales son posibles, ellas preparan las definiciones lógicas. No tienen gran importancia en las ciencias de la naturaleza, porque los objetos de estas ciencias tienen cierta estabilidad que se refleja en la constancia del sentido de las palabras. Pero en las ciencias del espíritu, o morales, tienen muchísima importancia porque sus conceptos fluctúan grandemente. No es posible una definición de la “justicia”, de la “virtud”, si antes no sabemos a qué actos llamamos justos o virtuosos.

 

La definición conceptual tiene por objeto darnos la esencia de un concepto. Sólo puede suministrar el valor intrínseco del definido si indica los caracteres comunes que éste posee con otros conceptos análogos, mostrando, al mismo tiempo, los rasgos que lo diferencian. Como ya lo hemos visto, esta clase de definiciones se realiza por el género próximo y la diferencia específica. La definición conceptual, que es identificación y diferenciación, es la función central del entender, puesto que conocer es, en el fondo, identificar y diferenciar.

 

La definición real apunta hacia el objeto a que hace referencia el concepto, sobrepasando a éste en cuanto a su contenido.Para tener una definición real bastará agregar a la definición conceptual un carácter que le corresponde a ese concepto, pero que no es esencial. Si a la definición conceptual de elefante, “paquidermo, de larga trompa y grandes colmillos”, agregamos el carácter de “vivir en países cálidos”, habremos logrado una definición real.

 

En verdad, las únicas definiciones que tienen importancia son las conceptuales, puesto que siempre definimos conceptos y no cosas, por más que nuestro pensamiento haga referencia a cosas.

 

No siempre es fácil definir bien, especialmente cuando se trata de conceptos que son el resultado de un desarrollo histórico o bien cuando se trata de conceptos científicos en que las nuevas investigaciones van agregando continuamente nuevos caracteres. Así, la definición del concepto “átomo”, del concepto de “electricidad”, han sufrido una gran evolución en el tiempo. Es evidente que las dificultades son menores cuando se trata de ciencias exactas, como la matemática, puesto que los elementos que constituyen la definición son todos conocidos. Las definiciones de “curva”, de “recta”, de “cono”, etc., son bien precisas.



 

 

 

 

 

 

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3. Otras clases de definiciones

 

Consideradas desde otro punto de vista, las definiciones pueden ser analíticas y sintéticas o genéticas.

 

Es analítica la definición cuando el concepto del definido se resuelve en una serie de otros conceptos. Es la más clara y la que se adopta tanto en las ciencias experimentales como en las racionales. En estas últimas se aplica cuando las propiedades primarias son consideradas como elementos necesarios del definido. Así, la definición de la circunferencia “como curva cerrada cuyos puntos equidistan del centro”, es analítica. La mayor parte de las definiciones de las ciencias naturales son analíticas, como la que se da comúnmente a la “herencia fisiológica”, diciendo que es “la trasmisión de ciertos caracteres especiales del organismo de los progenitores a sus descendientes”.

 

La definición es sintética cuando al determinar los caracteres del concepto se sigue el proceso por el cual se ha formado el definido. Es una definición constructiva, puesto que el concepto se forma mediante la síntesis de elementos más simples. Algunos lógicos la llaman también definición genética.

 

 

4. Las nociones indefinibles

 

Hay que hacer notar que no todos los conceptos pueden ser definidos. Como toda definición se construye con conceptos, llegamos a conceptos que ya no son definibles, porque ya no hay otros más extensos dentro de los cuales quepan, u otros menos extensos que quepan en él. Estos conceptos indefinibles son de tres clases:

 

1.º Los conceptos relativos a fenómenos de conciencia, considerados en sí mismos. Así, un ciego de nacimiento no puede tener la idea de color por más que se le dé una definición. Un sordo no tendrá la idea de sonido. Tampoco puede tenerse una idea de un sentimiento que uno no ha experimentado por sí mismo.

 

Sin embargo, de un dato inmediato de la conciencia podemos dar una designación extrínseca, puesto que toda experiencia cae bajo un género. Así, no podemos definir el “rojo”, pero podemos decir que es una



 

 

 

 

 

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sensación cromática y explicar cómo se produce. Lo mismo ocurre con los conceptos individuales o los nombres propios.

 

2.º No podemos definir el concepto “este banco”, “Sarmiento”, “José García”, “Buenos Aires”. Estos conceptos sólo admiten una descripción que los explique haciendo uso de sus caracteres accidentales. Los conceptos individuales no se pueden definir porque carecen de diferencia específica. No se distinguen más que por caracteres accidentales, por accidentes.

 

3.º Tampoco el género supremo, es decir, la “categoría”, puede ser definida, puesto que le falta la diferencia y el género próximo.

 

Ahora es el caso de preguntar cómo estos conceptos generales supremos, que no se definen, pueden existir en el espíritu. Si no están construidos sintéticamente, con otras nociones, como dice Goblot, es indudable que son resultado de análisis. Son percibidos por el espíritu a título de residuos de abstracción. “El análisis del conocimiento empírico extrae de éste elementos que no se pueden descomponer, lo que hace suponer que son simples. Sí, en efecto, lo son, no pueden ser ya construidos por síntesis, es decir, definidos[2]”.

 

5. Los predicables y la definición

 

En virtud de la razón inversa que existe entre la extensión y la comprensión de los conceptos, éstos, como ya lo sabemos, pueden ordenarse en una escala jerárquica. El menos extenso es el individuo y el más extenso el concepto de ser. Cuando el concepto se aplica a un grupo de objetos que tienen rasgos comunes, son conceptos degenero o de especie, según su mayor o menor extensión. Pero los conceptos pueden referirse también a las diferencias si se trata de un atributo particular, de un carácter esencial, por el cual se distingue una especie de otra. Además, hay conceptos que pueden ser atributos esenciales, pero no los primeros. Se trata entonces de una propiedad del objeto. En cambio, cuando el concepto es un verdadero modo que puede ser separado, por lo menos en el espíritu, se trata de un carácter accidental o accidente.

 

Pues bien, estas cinco clases de conceptos generales que, desde los tiempos de Porfirio (233-305), se designan con el nombre de universales,



 

 

 

 

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son los predicables porque constituyen todo aquello que puede atribuirse a un sujeto. Estos cinco predicables son: el género, la especie, la diferencia, la propiedad y el accidente.

 

Así, por ejemplo, todo predicado de “hombre” significa:

 

1.º El género (vale decir, una parte solamente: animal);

 

2.º La especie, es decir, la esencia completa del sujeto (animal racional);

 

3.º La diferencia (es decir: ser racional);

 

4.º Lo propio (es decir: una cualidad que se añade a los caracteres

 

esenciales, como ser: dotado de lengua/e);

 

5.º El accidente (vale decir: un carácter fortuito, que puede ser o no

 

ser, como: nacido en Buenos Aires).

 

Vamos a tratar estos conceptos con algún detalle.

 

1.º El género es un concepto universal o predicable que contiene bajo sí otros conceptos como subordinados. Así, el concepto “animal” contiene los conceptos “hombre”, “perro”, etcétera.

 

2.º La especie es un, predicable contenido en otro más extenso; perro, caballo, etc., están contenidos en el concepto “animal”.

 

No hay que confundir la especie, desde el punto de vista de la lógica, con la especie de que tratan las ciencias de la naturaleza. Lógicamente, el concepto de “especie” es un concepto inferior con respecto a otro superior. En las ciencias de la naturaleza la especie representa un grupo concreto y determinado de seres que constituye el último término de la clasificación.

 

Un mismo concepto puede ser, pues, desde el punto de vista lógico, ya género, ya especie, según la manera que se lo considere. Además, puede concebirse en esta ordenación un género supremo, que no puede ser ya especie porque no hay nada superior a él. De igual modo podemos concebir, en el grado más bajo de la serie, conceptos que ya no son ni géneros, ni especies, porque sólo hay el individuo. Es lo que se llama la “especie ínfima”.

 

3.º La diferencia es lo que distingue un concepto de otro. Puede ser “genérica” o “específica”, según que distinga los géneros o las especies.

 

4.º La propiedad (lo propio). Este concepto puede tomarse como equivalente a “cualidad” o “atributo”. Debemos, pues, entender por “propiedad” de un objeto cualquier cualidad, señal o carácter por el cual



 

 

 

 

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dicho objeto es lo que es. Así, “blancura” es una propiedad de la nieve, como la amarillez lo es del oro, la dulzura de la miel, etc. Pero como estas propiedades no tienen el mismo valor y la misma importancia, se han dividido en propiedades esenciales y no esenciales. La lógica de Port-Royal explica la propiedad de este modo: “cuando hemos hallado la diferencia que constituye una especie, es decir, su principal atributo esencial que la distingue de todas las demás, particularmente de todas las demás especies, si consideramos su naturaleza y encontramos todavía un atributo ligado necesariamente con aquel atributo, y por consiguiente conviene a toda la especie y a esta única especie, omni et soli, la llamamos “propiedad[3]”.

 

5.º Se llama accidente lo que puede estar presente o ausente sin que por esto el concepto deje de ser tal. Así, el color negro, o blanco, es un carácter accidental, un accidente, para el concepto “hombre”. El concepto de hombre no implica el color negro o blanco. El “accidente” es opuesto a la “esencia”.

 

Estos son los cinco famosos universales o predicables, cuya naturaleza suscitó tantas discusiones desde que Porfirio los expuso en su “Introducción a las categorías de Aristóteles”, por cuyo motivo se lo consideró durante mucho tiempo como el inventor de ellos, cuando en realidad ya los había tratado el Estagirita. Su importancia intrínseca es muy relativa, porque sirve de muy poco saber que hay géneros, especies, diferencias, propiedades esenciales y accidentales. La verdadera importancia que estos conceptos o predicables revisten corresponde más bien al papel que desempeñan en la definición. En efecto, lo importante es distinguir los verdaderos géneros de los objetos, las verdaderas especies de cada género, sus verdaderas diferencias, sus verdaderas propiedades y los accidentes que les convienen. Y ya hemos visto que en la definición conceptual, las ideas de género, de especie y de diferencia, tienen una importancia capital, porque son la base de esta operación lógica. Mediante ellas se determina un concepto, pues se indica su género inmediatamente superior, fijando su situación lógica y los caracteres esenciales que lo diferencian de las otras especies del mismo género.

 

 

6. Normas prácticas



 

 

 

 

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Se han dado diversas normas que deben observarse para lograr una buena definición lógica. Las principales reglas prácticas son las siguientes:

 

1.º La definición debe indicar los atributos esenciales del concepto que se define. Esto significa que se debe determinar el género próximo y la diferencia específica.

 

2.º Lo definido no debe entrar en la definición. Esto quiere decir que el definente no debe repetir con las mismas formas gramaticales o con otras diferentes el mismo concepto que expresa el definido. De lo contrario ya no se trataría de una definición, sino de una verdadera tautología, como cuando se dice que “hombre veraz es aquel que siempre dice la verdad”.

 

3.º La definición no debe ser circular. Con esto se quiere significar que no se debe explicar el definido mediante el definente y viceversa, lo cual implica el error del círculo vicioso. Este error se comete cuando se define el concepto “planta” como “ser organizado que posee vida vegetal”, o el concepto de “elemento” como “sustancia simple”.

 

4.º La definición debe ser clara y exacta. Esto quiere decir que la definición no debe ser ni demasiado amplia, ni demasiado estrecha. Han de evitarse las expresiones impropias, oscuras o figuradas, como cuando se define lo bello como “el esplendor de lo verdadero”, o Cuando Aristóteles define el “alma” como “entelequia” o primera forma de cuerpo organizado, lo que posee “vida potencial”.

 

5.º La definición no debe ser negativa cuando puede ser afirmativa. Esta regla, que con frecuencia no se aplica, significa que la definición debe decir lo que el definido es, y no lo que no es, puesto que debe determinar los caracteres propios. Faltamos a esta regla cuando decimos que “un hombre virtuoso es el que no tiene vicios”. Por lo general, esta clase de definición revela que no hay un conocimiento seguro y profundo del objeto que se quiere definir, o bien que la ciencia a que pertenece dicho objeto no ha adquirido suficiente perfección.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL RAZONAMIENTO

 

1.  El razonamiento desde el punto de vista psicológico. — 2. La doctrina del razonamiento. — 3. Naturaleza y características del razonamiento. — 4. Las dos formas de conclusiones: inferencias inmediatas e inferencias mediatas.

 

— 5. Formas del razonamiento. — 6. La deducción. — 7. La inducción. — 8. La inducción aristotélica y la inducción baconiana. — 9. La analogía. — 10. La expresión del razonamiento.

 

 

1.El razonamiento desde el punto de vista psicológico

 

 

Cuando expresamos pensamientos no emitimos juicios aislados. Por lo general, un juicio sugiere otro juicio, estableciéndose también entre ellos una relación. A este encadenamiento de juicios, en que uno de ellos es la consecuencia del otro, o de otros, llamamos razonamiento. Partimos de algo conocido, expresado en el primer juicio, y llegamos a algo nuevo, a una solución buscada, a algo que era desconocido. El mecanismo del razonamiento consiste en una verdadera sustitución de conceptos, en que ponemos un concepto en lugar de otro, porque hemos hallado que hay entre ellos una relación de identidad. Simbólica mente podemos representar el proceso en la siguiente forma: A = B; B = C; luego A = C. Si decimos “todos los metales son buenos conductores de la electricidad”, fácilmente surge a la conciencia el juicio de que el cobre será un buen conductor de la electricidad. Hemos encontrado así una relación entre dos ideas que antes nos era desconocida.



 

 

 

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Pero en la vida real no efectuamos los razonamientos en forma tan clara y progresiva. Nuestras ideas se mueven frecuentemente por saltos, sin darnos cuenta de los intermediarios. Muchos de nuestros juicios ya están hechos por una larga experiencia de la humanidad. Nosotros los heredamos, pero seguramente su elaboración costó grandes esfuerzos a nuestros antecesores. La forma más simple del razonamiento es la que va de lo particular a ¡o particular. Esto se observa en los niños y en los animales. El niño o el animal hace sustituciones. Traslada, o trasporta, como lo demostró Köhler en sus experimentos hechos con monos, a la situación nueva la situación conocida. Así, si un niño se quemó con una plancha caliente, ya no se acercará a la plancha aunque ésta carezca de la conexión eléctrica. Aquí tenemos un razonamiento típico por imágenes: Una imagen particular suscita otra imagen particular. Es decir, la percepción de la plancha evocó el recuerdo de una experiencia[1]. El material con que razonamos puede ser tanto las ideas o conceptos, como las percepciones o las imágenes, puesto que el resultado es llegar a situaciones nuevas, a conclusiones.

 

 

2. La doctrina del razonamiento

 

Pero la forma más perfecta del razonamiento, la más compleja a la vez, es el razonamiento conceptual, es decir, por conceptos, cuando de uno o de varios juicios derivamos otro juicio. El juicio nuevo es la conclusión. A esta forma superior de razonamiento se designa con el nombre de inferencia. Inferir es, pues, una operación lógica que consiste, como dijimos, en derivar de uno o varios juicios otro juicio. Pero este juicio nuevo debe ser una consecuencia necesaria de los anteriores. La lógica del razonamiento debe darnos así la teoría de la inferencia, ha de estudiar los fundamentos de esta operación y sus clases, y las condiciones que deben cumplirse para que la conclusión sea correcta.

 

 

3. Estructura y características del razonamiento

 

Es preciso hacer notar, en primer lugar, que no todo enlace de juicios constituye un raciocinio. Cuando decimos “el elefante es un animal y el



 

 

 

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automóvil es un vehículo” hemos enlazado dos juicios, pero no hemos hecho un raciocinio. Para que haya raciocinio es necesario que un juicio sea una consecuencia del otro. El juicio resultante es la conclusión, y los otros juicios, si hay varios, son las premisas.

 

Las condiciones que debe llenar todo raciocinio, para que sea tal, son las siguientes:

 

1.º Debe haber un orden lógico entre los juicios, de modo que primeramente estén dadas las premisas y que en segundo término esté la conclusión (Pfänder).

 

2.º El raciocinio debe ser concluyente, es decir, que la conclusión, debe surgir de las premisas. No se trata de un proceso arbitrario sino que la razón suficiente de la conclusión radica en la relación de los juicios entre sí.

 

Para que un raciocinio sea concluyente, una condición general es que haya una conexión de verdad entre las premisas y la conclusión. Además, para que el raciocinio exista realmente, la conclusión debe ser distinta de las premisas. De lo contrario, no habría progreso de pensamiento porque la conclusión no haría más que repetir nuevamente el mismo juicio.

 

 

4. Las dos formas de conclusiones: inferencias inmediatas e inferencias mediatas

 

Cuando la consecuencia fluye directamente de un solo juicio decimos que se trata de una inferencia inmediata. Entre el juicio que sirve de premisa única y la conclusión no hay un juicio intermediario. Así, por ejemplo, si del juicio “todos los automóviles son vehículos” derivamos directamente que “algunos vehículos son automóviles” tenemos una inferencia inmediata. En cambio, tenemos una inferencia mediata cuando de un juicio se llega a otro mediante el concurso de un tercer juicio que hace de intermediario. Así, por ejemplo, si decimos:

 

Todos los metales son maleables.

 

El oro es un metal.

 

El oro es maleable.

 

Hemos hecho aquí una inferencia mediata, puesto que “mediante” el juicio “el oro es un metal” hicimos el tránsito hasta la conclusión.



 

 

 

 

 

 

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Las inferencias inmediatas pueden ser de distintas clases, según sean las modificaciones formales o trasformaciones de los juicios, por medio de las cuales se deduce la conclusión de las premisas. Las formas fundamentales son las siguientes:

 

Por subalternación, por obversión o equipolencia, por oposición, por conversión y por contraposición.

 

1.º Por subalternación. Se obtiene una conclusión por subalternación cuando de un juicio universal inferimos otro particular, quedando invariable la cualidad. El juicio universal se llama subalternante y el particular subalterno.

 

El tránsito de un juicio al otro está sometido a las siguientes reglas: a) De la verdad del juicio subalternante se puede inferir la verdad del subalterno, pero de la verdad del subalterno no se puede concluir la verdad del subalternante. Esto se comprende fácilmente porque lo que es verdad para una clase es verdad con respecto a una parte de la misma, pero no a la recíproca. Así, si es cierto que “todos los mamíferos son vertebrados”, también es cierto que “algunos mamíferos son vertebrados”. Pero si es verdad que “algunas repúblicas son unitarias”, de esto no se puede inferir que “todas las repúblicas son unitarias”, b) De la falsedad del juicio subalterno se infiere la falsedad del subalternante, pero de la falsedad de este último no se concluye la falsedad del subalterno. Veamos algunos ejemplos: si digo “algunos hombres, son perfectos” (lo que es falso), será falso el juicio subalternante “todos los hombres son perfectos”. Consideremos ahora el juicio “todos los minerales son metales” (que es falso). Aquí no se infiere que el juicio particular “algunos minerales son metales” sea falso. El subalternante puede ser falso y el subalterno verdadero.

 

2.º Por obversión o equipolencia (o equivalencia formal). Se obtienen conclusiones por equipolencia cuando de un juicio dado, y sin variar la posición de sus miembros, se deduce otro juicio que sólo es diferente del anterior en cuanto a la forma. Estas trasformaciones pueden ser de varias especies. Así, de un juicio afirmativo podemos inferir otro de igual valor por doble negación, como por ejemplo, “si todo héroe es valiente”, resulta que “ningún héroe es no valiente”. Aquí rige el principio de que dos negaciones afirman (Duplex negatio affirmans). También de un juicio



 

 

 

 

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general podemos deducir otro universal, o equivalente, como en el caso siguiente:

 

Todo mal es pasajero.

 

Ningún mal dura mucho tiempo.

 

3.º Por oposición. Se llaman conclusiones por oposición aquellas inferencias inmediatas por las cuales, de la verdad o de la falsedad de un juicio, de una cantidad determinada, inferimos la falsedad o la verdad del juicio correspondiente a la cualidad contraria. Esto quiere decir que son opuestos aquellos juicios que, teniendo el mismo sujeto y el mismo predicado, difieren ya sea en cualidad solamente, ya sea, a la vez, en cualidad y en cantidad.

 

Las conclusiones por oposición pueden ser de tres clases: contrarias, subcontrarias y contradictorias.

 

La lógica tradicional incluye también a las subalternas entre estas conclusiones. Pero, en la subalternación, no hay oposición cualitativa. Sólo hay subordinación de un juicio a otro con respecto a su cantidad.

 

a)     Son contrarios cuando los juicios opuestos, siendo ambos universales, uno de ellos es afirmativo y el otro negativo. Con respecto a la verdad de las conclusiones, por oposición contraria, debemos decir que rige la siguiente regla:

 

Si uno de los juicios es verdadero se puede inferir la falsedad del otro; pero ambos no pueden ser verdaderos al mismo tiempo. Pero la recíproca no tiene validez, porque si uno de los juicios es falso no se puede concluir que el otro es verdadero, puesto que los dos pueden ser falsos. Ejemplos: “todos los metales son maleables” (verdadero); “ningún metal es maleable” (falso); “todos los hombres son virtuosos” (falso); “ningún hombre es virtuoso” (falso).

 

b)   En los subcontrarios ambos juicios son particulares, y de ellos uno es afirmativo y el otro negativo. Estos juicios pueden ser ambos verdaderos, pero no falsos a la vez. De la verdad de uno de ellos no se concluye, pues, la verdad del otro. Así, son verdaderos estos dos juicios: “algunos hombres son prudentes”, “algunos hombres no son prudentes”.

 

c)   Los contradictorios son aquellos juicios que difieren a la vez en cantidad y cualidad, es decir, si uno es universal negativo, el otro es particular afirmativo. Ejemplo: “todos los metales son maleables”, “algún



 

 

 

 

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metal no es maleable”; “ningún mamífero es ave”, “algún mamífero es ave” (aquí ambas conclusiones son falsas).

 

4.º Por conversión. La inferencia por conversión consiste en obtener un juicio mediante el cambio del sujeto al lugar del predicado y éste al del sujeto, sin cambiar la cualidad del juicio. Cuando el juicio resultante tiene la misma cantidad del juicio primitivo se dice que la conversión es simple. Ejemplo: “todos los monos son cuadrumanos”, “todos los cuadrumanos son monos”. Pero cuando hay diferencia en la cantidad, entonces la conversión se hace por accidente o limitación. Así, del juicio: “todos los correntinos son argentinos” inferimos que “algunos argentinos son correntinos”, mediante la limitación del predicado “argentino” que pasa a ser sujeto en la conclusión.

 

Para la conversión de los juicios rigen las siguientes reglas:

 

a)  Los juicios universales afirmativos se convierten por limitación en particulares afirmativos. “Todos los automóviles son vehículos”; “algunos vehículos son automóviles”.

 

b)    Los juicios universales negativos se convierten simplemente. Ejemplo: “ningún mamífero es ave”; “ningún ave es mamífero”.

 

c)        Los juicios particulares afirmativos pueden convertirse simplemente: “algunos mamíferos son animales acuáticos”; “algunos animales acuáticos son mamíferos”.

 

d)  Los particulares negativos no permiten una conclusión necesaria por conversión. Si decimos: “algunos hombres no son abogados”, no podemos inferir que “algunos abogados no son hombres”.

 

Las definiciones y las igualdades matemáticas se convierten simplemente: Así, 3 × 7 = 21 se convierte en 21 = 3 × 7.

 

5.º Por contraposición. La contraposición es el resultado de la combinación, de la equivalencia u obversión, con la conversión. Esta se produce cuando los miembros de la premisa cambian entre sí de lugar y además los juicios que eran afirmativos se hacen negativos y los negativos se trasforman en afirmativos. Así, del juicio: “todas las poesías de Víctor Hugo son grandilocuentes” podemos inferir por contraposición el juicio siguiente: “ninguna poesía no grandilocuente es de Víctor Hugo”.

 

La contraposición pura, o simple, es posible en los juicios universales afirmativos, como en el ejemplo citado, lo mismo que en los juicios



 

 

 

 

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particulares negativos. Ejemplo: “algunos pueblos asiáticos no han progresado”, “algunos pueblos que no progresaron son asiáticos”.

 

Los juicios universales negativos admiten conclusiones por contraposición limitada o impura. Se convierten en juicios particulares afirmativos. Ejemplo: “ningún delincuente es útil para la sociedad” se trasforma en este juicio: “algunos miembros inútiles de la sociedad son delincuentes”. En realidad, si se analiza bien se advierte que las inferencias por contraposición y por conversión no son conclusiones reales. Como lo ha observado Stuart Mill, los juicios obtenidos por contraposición no son consecuencia sino que dicen en forma verbal indirecta a misma cosa expresada por las proposiciones directas.

 

Las relaciones entre los juicios, especialmente en lo que se refiere a su oposición y subalternación, se hacen más claras mediante el cuadro

 

□ repuesto por el filósofo bizantino del siglo XI, Miguel Psellio, cuadro que algunos atribuyen a Boecio (470-524).

 

De acuerdo con este cuadro, los lógicos indican con la letra A el juicio universal afirmativo; con la letra E, el universal negativo; con I, el juicio particular afirmativo y con O, el juicio particular negativo.

 

Estos símbolos no son arbitrarios. Las vocales A e I han sido tomadas de la palabra latina afirmo y las otras dos, E y O,de la oaiabra negó.

 

 

5. Formas de razonamiento

 

Acabamos de ver que todo razonamiento lógico consiste, esencialmente, en inferir de uno, o de varios juicios, otro juicio nuevo que es la conclusión. Cuando de un juicio universal llegamos a una conclusión particular decimos que se ha efectuado un razonamiento deductivo. Así, si sabemos que todos los metales son maleables deducimos que el cobre también será maleable.

 

Pero no siempre razonamos de este modo. Las leyes científicas, que son juicios universales, no se nos revelan por un acto de misteriosa intuición. Newton, para llegar a formular la ley que dice “todos los cuerpos caen con la misma velocidad en el vacío”, observó varios cuerpos que, puestos a una misma altura en un tubo vacío, caían al mismo tiempo.



 

 

 

 

 

 

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A esta forma de razonar, en que se parte del examen de una serie de casos particulares para llegar a un juicio universal, llamamos inducción.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hay, además, otra forma de razonar. Si observamos que dos cosas tienen caracteres comunes, concluimos fácilmente que también deben ser comunes los caracteres restantes. Es el razonamiento por analogía.

 

La deducción, la inducción y la analogía son, pues, las formas que revisten nuestros razonamientos.

 

 

6. La deducción

 

La historia de las ciencias nos muestra el papel importante que esta forma de razonamiento desempeña en la investigación científica, especialmente en la matemática y en ciertas ramas de la física. En efecto, a medida que se van descubriendo nuevas leyes mediante el procedimiento inductivo, por otro lado, por el razonamiento deductivo, se aplica el principio descubierto para la explicación de los casos particulares. Explicar un hecho significa, pues, esencialmente, encuadrar ese hecho en la ley. Por esta razón, podemos decir que la deducción consiste en partir de un principio general ya conocido para inferir de él consecuencias particulares. De ahí que este modo de razonar sea considerado como opuesto al inductivo, por el cual, de los hechos y de los conocimientos particulares se remonta a las leyes y a los principios generales.



 

 

 

 

 

 

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El razonamiento deductivo desempeña dos funciones en la investigación científica.

 

1.º Una de sus funciones consiste en hallar el principio desconocido de un hecho conocido. Se trata aquí de referir el fenómeno a la ley que lo rige. Puede consistir también en reducir una ley secundaria a una ley más general y más vasta que la englobe. Si vemos, por ejemplo, que la columna mercurial sube en el termómetro, decimos que hay calor porque este fenómeno particular está regido por el principio de que el calor dilata los cuerpos. La experiencia nos muestra que el salicilato, como remedio, es bueno para las afecciones reumáticas. Pero aún no sabemos a qué ley obedece la acción del salicilato. Kepler había descubierto las leyes del movimiento de los planetas. Pero estas leyes sólo tuvieron su explicación completa cuando Newton las dedujo de otras leyes más generales: “la ley de la fuerza tangencial que tiende a lanzar el planeta sobre la tangente de su órbita y de la ley de la fuerza centrífuga o de gravitación, que tiende a arrojar el planeta sobre el sol con un movimiento acelerado”.

 

2.º La segunda función de la deducción consiste en descubrir la consecuencia desconocida de un principio conocido. Es decir, si conocemos cierta ley podemos aplicarla a casos particulares menores. Si sabemos que la intensidad de la luz está en razón inversa al cuadrado de la distancia, es fácil saber, mediante un simple cálculo, a qué distancia debemos colocar un foco para obtener cierta intensidad luminosa. Hay que hacer notar que el procedimiento deductivo presupone una inducción previa, mediante la cual se indagan las leyes más simples, que sirven de fundamento a la deducción. Las leyes más generales, que son las leyes causales, sirven de premisas de la deducción. En la matemática, que es la ciencia típicamente deductiva, se parte de ciertos principios generales, que son las nociones matemáticas, como los axiomas, los postulados y las definiciones. Hoy se reconoce como un hecho la base inductiva de los axiomas, que son, en realidad, las leyes más generales de la cantidad y del espacio. Estos axiomas, que son considerados como verdades evidentes, sirven de fundamento a la demostración. Una vez descubiertas las leyes más generales mediante la inducción, “deducimos” de ellas las leyes menos generales. Lo que ha pasado con las ciencias matemáticas, que ya prescinden de la experiencia porque han llegado a la perfección, está



 

 

 

 

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ocurriendo con la física, algunos de cuyos capítulos, como la óptica, la acústica y la electricidad, son casi enteramente deductivos gracias al empleo del cálculo. La astronomía teórica puede servir como modelo del uso de la deducción para descubrimientos nuevos. Recuérdese que Leverrier descubrió el planeta Neptuno por simple cálculo, por deducción. No había visto al planeta, y hasta se cuenta que no quería mirarlo porque no tenía necesidad de ello para saber que estaba allí. Fue un astrónomo de Berlín quien confirmó el descubrimiento pocos días después que Leverrier había presentado su memoria a la Academia de Ciencias.

 

En resumen, también las ciencias experimentales, como la física y la química, cuyas leyes se han obtenido por inducción, pueden considerarse como deductivas, siempre que el procedimiento deductivo siga inmediatamente a la inducción, es decir, si de las verdades más generales se derivan consecuencias menos generales.

 

 

7. La inducción

 

El razonamiento inductivo sigue un camino diferente. Nos lleva a la consideración de los hechos particulares y a las leyes que los rigen. Llamamos ley a aquel juicio en que se establece una relación constante y necesaria entre dos fenómenos. En primer lugar, es preciso averiguar cuándo hay realmente una relación constante entre un fenómeno y otro (relación causal), y en segundo lugar, con qué derecho extendemos a “todos” los casos de la misma especie las relaciones necesarias determinadas por “algunos” casos solamente. Vamos a aclarar esta distinción con un ejemplo. Supongamos que hemos comprobado que una barra de hierro que ayer cabía en un estuche de madera hoy ya no puede entrar en él. Medimos la longitud del estuche y comprobamos que es la misma de ayer. De esto concluimos que la barra de hierro se ha dilatado. Pero ahora se trata de saber cuál es el fenómeno o conjunto de fenómenos que pueden ser considerados como condiciones determinantes, o sea la “causa” de la dilatación. Si merced a un cierto número de experiencias y de razonamientos descubrimos que el fenómeno buscado es el aumento de la temperatura, estamos en el derecho de afirmar que en los casos comprobados el aumento de temperatura y la dilatación de la barra están



 

 

 

 

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ligados por una relación necesaria. Es en este momento cuando surge el segundo problema. ¿Con qué derecho podemos generalizar, universalizar, dicha relación y afirmar que es verdadera para “todos” los otros casos de la misma especie, casos que no hemos observado nunca y quizás no observaremos jamás? ¿Con qué derecho podemos asegurar que siempre, y en todas partes, en determinadas condiciones el calor dilata al hierro?

 

Al hombre de ciencia le interesa sólo la primera cuestión y todos sus esfuerzos se dirigen a solucionarla. Cuando ha encontrado una relación que considera esencial, él la formula como ley universal, sin preocuparse de demostrar su “validez” mediante otros razonamientos. El problema de la “validez” de las leyes, como tales, es un problema de carácter filosófico. Se trata de determinar el fundamento de la inducción. Trataremos este punto más detalladamente cuando estudiemos las nociones de “causa” y de “ley” al considerar las ciencias de la naturaleza.

 

En el razonamiento inductivo, hasta llegar a la formulación de la ley definitiva, el pensamiento recorre diversas etapas, entre las cuales debemos distinguir las siguientes:

 

1.º La observación de los hechos, 2.º, formulación de una hipótesis, o sea una ley provisional; 3.º, verificación de la hipótesis mediante la experimentación, y 4.º, formulación de la ley definitiva.

 

 

8. La inducción aristotélica y la inducción baconiana

 

Lo que acabamos de exponer se refiere al concepto moderno de la inducción. Sin embargo, ya Aristóteles habla de la inducción, pero en un sentido diferente. Para él, la inducción, que llama enumeración perfecta, es el razonamiento que afirma de un género lo que pertenece a cada una de las especies. Se trata de una simple generalización, en que se parte del hecho individual para llegar a la totalidad. Se enumeran todos los individuos de un grupo, se determina la propiedad común a cada uno de los individuos y se concluye que dicha propiedad pertenece también al grupo. He aquí un ejemplo de inducción aristotélica:

 

“Los fenómenos afectivos, intelectuales y volitivos se caracterizan por ser hechos de la conciencia. Los fenómenos afectivos, intelectuales y volitivos son todas las clases de fenómenos psíquicos; por consiguiente,



 

 

 

 

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los fenómenos psíquicos se caracterizan por ser hechos de conciencia”. Como se ve, se ha hecho una enumeración completa de los hechos pertenecientes a un grupo, o de las especies de un género. Pero no siempre es posible hacer la enumeración total. Para determinar que el calor dilata los metales habría que probar dicha propiedad en todos y cad| uno de los metales, y no en algunos solamente. En realidad, enumera lo que ya se sabe previamente, de manera que no se adquiere por este procedimiento ningún conocimiento nuevo.

 

La inducción baconiana, o enumeración imperfecta, es totalmente diferente. Se llama así por haber sido Lord Bacon quien expuso sus principios con toda claridad. Es la inducción moderna, que consiste en llegar a una proposición general por el examen de una serie de casos particulares. Pero esa proposición general no considera únicamente los casos observados, sino también un número indeterminado de otros casos semejantes a los primeros y todos los que se puedan producir en el futuro.

 

 

9. La analogía

 

El razonamiento analógico es el más frecuente y el más simple de los raciocinios. Es el que va de lo particular a lo particular. Consiste, como dice Stanley Jevons, “en esperar que si se dan circunstancias semejantes a otras que antes se dieron, las cosas continúen sucediendo del modo que antes han sucedido en semejantes circunstancias”.

 

Si vemos que un relámpago ilumina el cielo, esperamos oír un trueno, porque en casos anteriores el trueno ha seguido siempre al relámpago. Si nos disponemos a calentar un poco de agua y al rato comienza a cantar, esperamos que pronto hervirá, porque siempre ha sucedido así' Por esta manera sencilla de razonar se cuenta, que fue descubierto el oro en Australia. Un minero observó que las montañas de la Nueva Gales del Sud se parecían a las de California, donde él había estado cavando en minas de oro. De esto infirió que, siendo semejantes las montañas del país nuevo a las de California, en varios aspectos, debían serlo también en otros aspectos y tendrían también oro en su interior[2].

 

Pero este sencillo modo de razonar, de semejante a semejante, nos engaña muchas veces. Por esto, el razonamiento analógico debe ser



 

 

 

 

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considerado como una inferencia de probabilidad, porque su conclusión sólo tiene certidumbre aproximada.

 

La analogía no es sinónimo de semejanza. Se trata de una semejanza imperfecta. Como forma de razonamiento, que tiende a darnos nuevos conocimientos, puede considerarse la analogía como una inferencia que de la semejanza comprobada en algunos aspectos concluye por afirmar la semejanza en otros aspectos.

 

Como se comprende, su empleo es muy delicado, porque en los espíritus poco precisos y poco rigurosos en sus observaciones, la analogía se funda, a veces, en muy contados caracteres comunes. Los mitos del hombre primitivo se deben, precisamente, a estas analogías superficiales, falsas analogías. En cambio, el verdadero razonamiento analógico se funda en el valor de los caracteres que se comparan. Trata de eliminar los caracteres accidentales tomando sólo los esenciales. Así, para el profano, el murciélago es un ave; para el naturalista, se trata de un mamífero.

 

La analogía puede ser de dos clases. Puede referirse a los términos, o bien a las relaciones. Si de la semejanza entre dos órganos se infiere la semejanza de sus funciones, tenemos, en la primera semejanza, una analogía relativa a los términos, y en la segunda, una analogía respecto a las relaciones. Debe distinguirse, además, la inferencia analógica de la inducción. Algunos lógicos consideran la analogía como una deducción basada en una inducción anterior, con lo cual sólo aparentemente procedería de particular a particular. Si tenemos los fenómenos A y B, que tienen como caracteres comunes a, b, c, d, y comprobamos que en el primero se encuentra también un carácter x, concluimos que, asimismo, B posee el carácter x. Ejemplo típico es el descubrimiento del pararrayos. Franklin había notado que la chispa eléctrica y el rayo tenían algunos caracteres comunes, y de esta observación concluyó que también su causa debía ser común: la descarga eléctrica.

 

Además, para que el razonamiento analógico sea correcto es preciso que entre los caracteres a, b, c, d y el carácter x haya una relación constante y necesaria, es decir, que tenga el valor de una ley. No ha de tratarse de un hecho accidental, porque entonces nos llevaría a una analogía errónea.



 

 

 

 

 

 

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Por otra parte, la analogía es siempre hipotética: incluye, como ya lo vimos, una probabilidad. Si comparamos algunos tumores con el tumor canceroso y encontramos caracteres comunes, concluimos que también el cáncer es producto de un bacilo. Pero esto es sólo una hipótesis, una probabilidad, que únicamente la experiencia debe comprobar.

 

El razonamiento por analogía tiene mucha importancia, tanto en la vida práctica como en la ciencia. Cuando de la consideración de ciertas manifestaciones exteriores, del hombre o del animal, inferimos sus estados interiores de dolor, de tristeza, de alegría o de cólera, no hacemos más que razonamientos analógicos, comparándolos con nuestros propios estados interiores. También en la historia y en el arte, en la etimología, se emplea este método (Grau). Basándonos en nuestras vivencias y en su expresión concluimos sobre las vivencias de los primitivos, por analogía en sus manifestaciones.

 

 

10. La expresión del razonamiento

 

Así como la palabra es la expresión del concepto, y la proposición enuncia el juicio, así la argumentación es la exteriorización de un raciocinio. La argumentación consiste en un conjunto de proposiciones eslabonadas cuyo fin es convencer a otro de lo que se afirma o se niega. Sirve también para demostrar la verdad o el error en una proposición.

 

Lo mismo que la inferencia, la argumentación puede ser inductiva y deductiva. Es inductiva cuando es la expresión de un raciocinio que, partiendo de proposiciones particulares, llega a expresar, mediante otra proposición, un conocimiento de validez general. En cambio, la argumentación es deductiva si expresa un razonamiento que, de una o varias proposiciones de mayor extensión, llega a una proposición de extensión menor. Cuando analizamos una argumentación cualquiera descubrimos, en el sistema de proposiciones que la forman, dos partes principales: 1.ª, un antecedente o premisa, que es la proposición que sirve de punto de partida, y 2.ª, la conclusión, que es la proposición que surge como consecuencia necesaria del antecedente. Por esta razón, se llama también consecuente.



 

 

 

 

 

 

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Hay que tener presente que en toda argumentación queremos probar, descubrir o investigar algo. Este “algo” que se quiere probar, o que se quiere defender contra un adversario es la tesis. Con frecuencia se da, como opuesta a la tesis la antítesis.

 

Se trata, en este caso, de dos proposiciones que son, o que parecen ser, contradictorias, y a favor de las cuales se pueden dar razones. Esta clase de oposición es la que Kant llama antinomia. A veces, la tesis y la antítesis dejan de parecer contradictorias cuando nos colocamos desde un punto de vista más elevado, que envuelve y limita tanto a la una como a la otra. Esta conciliación de la tesis y de la antítesis es lo que constituye la síntesis (Hegel).

 

Se distinguen varias clases de argumentos, siendo los principales los siguientes: argumentos a priori y a posteriori; argumentos ontológicos y teleológicos.

 

Un argumento es a priori o a posteriori, según que se fundamente o no sobre los hechos. La prueba ontológica de la existencia de Dios es a priori, porque consiste en decir que es contradictorio afirmar e imposible de concebir una perfección que no existiría. En cambio, la prueba teleológica (de telos = fin) es a posteriori, puesto que se funda en la comprobación de relaciones de finalidad en la naturaleza. Algunos de los argumentos más comunes son falsas argumentaciones. De ellos hablaremos al tratar los sofismas.

 

Pero la expresión más perfecta del razonamiento la encontramos en el silogismo. En efecto, el silogismo es al razonamiento lo que la proposición es al juicio, y el término al concepto. Se trata de un razonamiento expresado en proposiciones.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL SILOGISMO

 

1.  El silogismo como inferencia mediata. — 2. Elementos del silogismo. — 3. Reglas del silogismo. - 4. Figuras del silogismo. — 5. Modos del silogismo.— 6. Principios del silogismo. — 7. Variedades del silogismo. — 8. Silogismos hipotéticos y silogismos disyuntivos. — 9. El dilema. — 10. La crítica del silogismo.

 

 

El silogismo como inferencia mediata

 

La forma más perfecta del razonamiento deductivo es el silogismo. Se trata de una inferencia mediata, puesto que de un juicio se llega a una conclusión a través de otro juicio que sirve de mediador. Por consiguiente, el silogismo consta de tres juicios enlazados de tal modo que, sentados los dos primeros, se sigue necesariamente el tercero. Esta es, precisamente, en esencia, la definición de Aristóteles, a quien se debe la teoría del silogismo, y que alcanzó un gran desarrollo por obra de los lógicos de la última época de la antigüedad y de la Edad Media. El mecanismo silogístico es sumamente ingenioso, y el principio en que se basa consiste en afirmar que aquello que está contenido en el género está también en la especie. En otros términos, se puede decir que el silogismo es un encadenamiento tal de ideas, que la relación, que se supone ignorada, entre dos conceptos, puede ser descubierta gracias a una doble relación previamente conocida que une cada una de dichas ideas a una tercera. El mecanismo del silogismo se comprende mejor suponiendo que se trata de probar una tesis, es decir, una proposición que se pone en duda. Queremos



 

 

 

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saber, por ejemplo, si el sol es una estrella. Para responder a esta cuestión comparamos sucesivamente los conceptos contenidos en el juicio con este otro concepto: “astro brillante de luz propia”. El razonamiento se formula del modo siguiente:

 

Todo astro que brilla con luz propia es una estrella; el sol brilla con luz propia; luego: el sol es una estrella.

 

Aquí tenemos precisamente un silogismo cuyo mecanismo y cuyos elementos son fáciles de notar.

 

 

2. Elementos del silogismo

 

En efecto, si analizamos un silogismo, como el del ejemplo, encontramos que se compone esencialmente de tres conceptos, o tres términos, unidos de dos en dos, en tres juicios o tres proposiciones. Términos y proposiciones tienen nombres especiales. Así, se llama término mayor al concepto que tiene mayor extensión, y cuyo símbolo es P (predicado de la conclusión). Se llama término menor al concepto de menor extensión, simbolizado por S (sujeto de la conclusión), y término medio al que tiene una extensión intermediaria, representado por M.

 

En cuanto a los juicios que forman el silogismo, dos de ellos son las premisas, porque están puestas, por lo menos en espíritu, antes que el tercero, qué es la conclusión. Se llama premisa mayor la proposición que enuncia la relación entre el término mayor (P) y el término medio (M). La que enuncia la relación entre el término medio (M) y el término menor (S), se llama premisa menor.

 

En las premisas entran los tres términos, pero en la conclusión nunca entra el término medio, puesto que sirve para formarla.

 

Para Aristóteles, el tipo perfecto de raciocinio silogístico es el de la subsunción, que consiste en establecer la dependencia entre dos conceptos, como la que existe entre especie y género. Así, el concepto individual está subsumido a la ley general, como el concepto “hombre” está subsumido al de “animal racional”. Consideremos el silogismo clásico:

 

 

M           PTodos los hombres son mortales.



 

 

 

 

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S            MSócrates es un hombre.

 

S            PSócrates es mortal.

 

 

 

En este ejemplo, el término mayor (P) es mortal; el término medio (M) es hombre; y el término menor (S) es Sócrates. El término menor, Sócrates, está subsumido al concepto mortal, es decir, que está en situación de dependencia, y esta relación se efectúa mediante el término medio. Gráficamente puede representarse esta dependencia mediante los tres círculos concéntricos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De lo expuesto se comprende que no pueden elegirse arbitrariamente los juicios como premisas de un silogismo. Sólo es posible la conclusión cuando las premisas guardan relación lógica necesaria. La conclusión fluye, así, con necesidad.

 

 

3. Reglas del silogismo

 

Para que una conclusión fluya necesariamente de las premisas, es preciso que las relaciones establecidas entre los términos satisfagan ciertas condiciones. Es así como la lógica tradicional ha formulado al principio cinco reglas y después ocho, de las cuales, cuatro se refieren a los términos, y las cuatro restantes corresponden a las proposiciones. Dichas reglas podrían reducirse a una sola condición: que la premisa mayor contenga implícitamente la conclusión y que la premisa menor la ponga en evidencia. Las ocho reglas son las siguientes:

 

1.º El silogismo sólo debe tener tres términos: el medio, el mayor y el menor.— En efecto, si hay menos de tres términos, no se trata ya de una



 

 

 

 

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deducción mediata, y si hay más de tres, el argumento ya no es silogismo, o se descompone en varios silogismos.

 

2.º El término medio no debe entrar en la conclusión. — En efecto, la función del término medio es hacer evidente la relación que une el término mayor al menor, y esta relación debe ser enunciada por la conclusión.

 

3.º El término medio debe ser tomado, por lo menos una sola vez, en toda su extensión. —Si fuese tomado dos veces particularmente podría acontecer que las dos partes consideradas coincidan totalmente, que coincidan en parte o que sean completamente ajenas la una de la otra. Ninguna conclusión se podría extraer de tales premisas. Así, si decimos: “algunos hombres son sabios” y “algunos hombres son prudentes”, no se puede concluir ni que los sabios son prudentes, ni que los hombres prudentes son sabios.

 

4.º Los términos mayor y menor no deben ser tomados en la conclusión con mayor extensión que en las premisas. — Esto se comprende fácilmente, puesto que si los términos mayor y menor se tomaran en la conclusión con mayor extensión que en las premisas, habría un razonamiento que iría de lo particular a lo universal, y no de lo universal a lo particular, como exige la naturaleza del silogismo. Esto es lo que acontece cuando se construye un silogismo como éste: “Las plantas venenosas causan graves daños: algunas plantas son venenosas; luego, todas las plantas son peligrosas”.

 

5.º De premisas afirmativas no se puede inferir una conclusión negativa. — En efecto, si las premisas son afirmativas enuncian que los términos mayor y menor convienen con el término medio. De manera que si los tres convienen entre sí queda excluida toda conclusión que se oponga a esa conveniencia. Por esto resulta erróneo el siguiente razonamiento: “El rayo es producto de una descarga eléctrica; aquí cayó un rayo; luego, aquí no se produjo una descarga eléctrica”.

 

6.º De premisas negativas no se saca conclusión. — En verdad nada podemos concluir de estas dos proposiciones: “los españoles no son turcos”; “los turcos no son cristianos”.

 

7.º De dos premisas particulares tampoco se puede sacar una conclusión. — Así, ¿qué conclusión podemos derivar de estas



 

 

 

 

 

 

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proposiciones particulares? : “algunos hombres son prudentes”; “algunos hombres son médicos”.

 

8.º La conclusión sigue la parte más débil de las premisas. — Se llama la parte más débil a la proposición negativa con respecto a la afirmativa, y la particular con respecto a la universal. En consecuencia, si una de las premisas es negativa, la conclusión es negativa: si una de las premisas es particular, la conclusión es particular.

 

Para el primer caso puede servir este ejemplo:

 

Ningún hombre es infalible.

 

Todos los médicos son hombres.

 

Luego: Ningún médico es infalible.

 

Para el segundo caso:

 

Todos los metales.son maleables.

 

Algunos minerales son metales.

 

Luego: Algunos minerales son maleables.

 

Examinando el primer caso vemos que en una de las premisas, uno de los términos (médico) conviene con el término medio (hombre). En la segunda premisa se establece que el otro término (infalible) no conviene al término medio, de donde se concluye que los términos mayor y menor no convienen entre sí.

 

 

4. Figuras del silogismo

 

Si consideramos las diferentes combinaciones que resultan de la posición del término medio (M) con los otros términos de las proposiciones, tenemos lo que llamamos las figuras del silogismo. Las figuras dependen, pues, del lugar que el término medio ocupa en las premisas: unas veces es sujeto, otras es predicado, y otras veces sujeto y predicado en una o en ambas premisas. De esta combinación resultan las cuatro figuras siguientes:

 

1.ª figura:



 

 

 

 

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M           PTodos los mamíferos son vertebrados.

 

S            MLos paquidermos son mamíferos.

 

S            PLos paquidermos son vertebrados.

 

 

 

En esta figura el término medio (M) hace de sujeto en la premisa mayor y de predicado en la menor. Para Aristóteles, el silogismo de esta figura representa el tipo más perfecto del razonamiento deductivo, porque va de la ley al fenómeno, de la condición a lo condicionado. Pero, para ser válido, es preciso que la premisa mayor sea universal afirmativa o universal negativa, y la premisa menor afirmativa.

 

2.ª figura:

 

P          MNingún mentiroso merece fe.

 

S          MTodo hombre de bien merece fe.

 

S          PNingún hombre de bien es mentiroso.

 

 

 

Como se ve, en la segunda figura el término medio (M) hace de predicado en ambas premisas. La premisa es universal y una de las premisas es negativa.

 

3.ª figura:

 

M           PAlgunos malvados amasan grandes fortunas.

 

M           STodos los malvados son miserables.

 

S            PAlgunos miserables amasan grandes fortunas.

 

 

 

En esta figura el término medio (M) hace de sujeto en ambas premisas.

 

La premisa menor es afirmativa y la conclusión particular.

 

 

4.ª figura:

 

P            MNingún desdichado está contento.

 

M           SAlgunos hombres contentos son pobres.

 

S            PAlgunos pobres no son desdichados.



 

 

 

 

 

 

 

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La cuarta figura tiene el término medio (M) como predicado de la premisa mayor y como sujeto de la menor. Esta figura se llama también silogismo galénico, porque se atribuye a Galeno, el famoso médico griego que vivió alrededor del año 200 de la Era Cristiana. Los otros tres fueron formulados por Aristóteles. Esta figura no es una forma independiente del silogismo, sino que puede reducirse a las tres figuras aristotélicas. Además, en el razonamiento deductivo natural no se emplea casi nunca esta forma de inferir. Lo más común es derivar la conclusión de las premisas, según la primera figura aristotélica.

 

 

5. Modos del Silogismo

 

Si examinamos las tres proposiciones que forman el silogismo, observamos que pueden ser todas ellas universales afirmativas, o bien una de ellas universal afirmativa, y las restantes universales negativas; también puede ser una de ellas universal afirmativa y las demás particulares afirmativas, etc. Pues bien, a este aspecto particular que presenta el silogismo, según la naturaleza de las tres proposiciones, se llama modo del silogismo. Tomemos, por ejemplo, el silogismo siguiente, formado por tres proposiciones en A (universales afirmativas):

 

A:  Todos los cuerpos son pesados.

 

A:  Todos los gases son cuerpos.

 

A:  Luego, todos los gases son pesados.

 

Veamos ahora un silogismo en que la premisa mayor es en A y la menor en I (particular afirmativa) y la conclusión igualmente en I.

 

A: Todo mamífero es vertebrado.

 

I: Algunos animales que viven en el agua son mamíferos.

 

I: Luego, algunos animales que viven en el agua son vertebrados.

 

Si se combinan de tres en tres todas las formas de las cuatro clases de proposiciones (A, E, I, O), se obtienen 64 combinaciones posibles (4 × 4 × 4 = 64). Pero no todas ellas son válidas, porque algunas son contrarias a las reglas del silogismo. Quedan sólo 19 modos correctos, que



 

 

 

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se distribuyen en las cuatro figuras ya estudiadas y en la siguiente forma: Cuatro pertenecen a la primera figura, cuatro a la segunda, seis a la tercera y cinco a la cuarta.

 

Los escolásticos, que examinaron los modos silogísticos válidos para cada figura, combinaron unos famosos versos latinos que comienzan con las palabras artificiales Barbara, Celarent, Darii, en que las vocales de cada una de ellas muestran la cantidad y la cualidad de las premisas y de la conclusión de los silogismos correctos. He aquí los versos que servían de índice mnemotécnico:

 

Barbara, Celarent, Darii, Ferioque prioris, Cesare, Camestres, Festino, Baroco secundaeTercia, Darapti, Disamis, Datisi, Felapton, Bocardo, Ferison habet, Quarta insuper addit, Bramantip, Camenes, Dimaris, Fesapo, Fresison.



 

A

 

Darii    I

 

I

 

E

 

Ferio   I O



Todas las fieras son carnívoras.

 

Algunos animales son fieras.

 

Algunos animales son carnívoros.

 

 

Ningún insecto tiene más de tres

 

pares de patas.

 

Algunos parásitos son insectos.

 

Algunos parásitos no tienen más

 

de tres pares de patas.



 

 

 

6. Principios del silogismo

 

Un problema que se plantea ahora es averiguar de qué naturaleza son las relaciones entre las premisas y la conclusión. Para los silogismos categóricos, es decir, en que las premisas son juicios categóricos, se han formulado varias teorías para fundamentar la inferencia deductiva. La más antigua es la de la extensión, y se debe a Aristóteles. Está representada por la teoría de la subsunción. De acuerdo con esta doctrina, la extensión del término menor (S) está contenida en la extensión del término medio (M), y la extensión de ésta está contenida, a su vez, en la del término mayor (P), como si se tratara de la relación de tres circunferencias concéntricas. De



 

 

 

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este modo resulta que la extensión de S está dentro de la de P. Es decir, para emplear la fórmula aristotélica, se diría que S es una especie del género M, yM, a su vez, una especie del género P. Es la doctrina sostenida por Kant y también por los lógicos de Port-Royal, quienes sostienen que “una de las premisas debe contener la conclusión y que la otra debe hacerla ver[1]”.

 

Otra teoría es la de la sustitución. Esta establece la identidad de la extensión de los tres conceptos S, M y P. Estos conceptos no están contenidos uno en la extensión del otro, sino que se sustituyen, porque se consideran de idéntica extensión. Así, la igualdad es sustituida por la igualdad de otra igualdad, como una serie de ecuaciones de miembros equivalentes. El tipo de razonamiento resulta, pues, el siguiente:

 

S = M, M = P, resulta que S = P.

 

Son los lógicos matematicistas quienes se adhieren a esta doctrina desde la reforma de Hamilton. En resumen, podemos decir que en los silogismos deductivos hay, entre las premisas y la conclusión, la misma relación que entre el principio lógico y la consecuencia. Así resulta que de la verdad de las premisas se deriva la verdad de la conclusión, siempre que la deducción formal ha sido legítima. Y a la inversa, de la falsedad de la conclusión se infiere que una de las premisas es falsa o que la deducción formal no es legítima (Grau).

 

 

7. Variedades del silogismo

 

Hasta aquí hemos examinado los silogismos simples, enunciados en forma plena y rigurosa. Pero con frecuencia no formulamos completamente el silogismo, faltando alguno de sus miembros, o bien el orden de éstos parece alterado. Como no se ven claramente las tres partes del razonamiento, muchos no creen que se trate de silogismos. De este hecho resultan ciertas variedades del silogismo, que vamos a tratar brevemente.

 

1)   Entimema. — Es un silogismo abreviado, puesto que una de las premisas está tácita, o se considera sobreentendida. Es una forma muy frecuente de argumento, tanto en la expresión verbal como escrita. Por



 

 

 

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ejemplo: “Eres falible porque eres hombre”. En el Nuevo Testamento, en los versículos de los Bienaventurados, del Sermón de la Montaña, tenemos ejemplos hermosísimos de entimemas, en que la conclusión está antes que la premisa: “Bienaventurados son los misericordiosos, porque ellos obtendrán misericordia”. La premisa sobreentendida es ésta: “todos los que obtendrán misericordia son bienaventurados”. El silogismo, desarrollado en forma completa, resultaría así:

 

“Todos los que obtendrán misericordia son bienaventurados. ”Todos los misericordiosos obtendrán misericordia; luego: todos los misericordiosos son bienaventurados”.

 

Debemos hacer notar que siempre que encontramos en un argumento palabras como porque, puesto que, por consiguiente, por lo tanto, etc., hemos de estar seguros que hay allí una premisa tácita, y el todo puede trasformarse en un silogismo.

 

Sucede a veces que dos proposiciones del entimema se condensan en una sola proposición. A esta forma la designa Aristóteles con el nombre de sentencia entimemática, que ilustra con el siguiente ejemplo: “Mortal, no guardes odio inmortal”. El entimema perfecto sería: “Tú eres mortal, que tu odio no sea inmortal”. El argumento silogístico entero sería:

 

“Quien es mortal no debe guardar odio inmortal; ”tú eres mortal,

 

luego no debes guardar un odio inmortal”.

 

2)  El epiquerema. — Es otra variedad del silogismo y se distingue en que una o ambas premisas van acompañadas de pruebas. Como ejemplo de epiquerema se cita la defensa que Cicerón hizo de Milón, discurso que puede reducirse al siguiente silogismo:

 

“Está permitido matar a quien nos arma emboscada. Clodio quiso matar a Milón en una emboscada. Milón tuvo, pues, derecho de matar a Clodio”.

3)    El polisilogismo. — Es una cadena de silogismos en que la conclusión del primero sirve de premisa al segundo silogismo. El primero de ambos silogismos es el prosilogismo y el segundo es el episilogismo. Ejemplo:

 

A es B Los mamíferos son vertebrados.

 

C es A Los carnívoros son mamíferos.



 

 

 

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C es B Los carnívoros son vertebrados.

 

D es C Las fieras son carnívoros.

 

D es B Las fieras son vertebrados.

 

4)   El sorites. — Consiste en una serie de proposiciones encadenadas de tal modo que el predicado de la primera es sujeto de la segunda, el predicado de la segunda resulta sujeto de la tercera, y así sucesivamente, hasta que en la conclusión se juntan el sujeto de la primera proposición con el predicado de la última. La reflexión del zorro que no pasa el río helado, según el relato de Plutarco, es un buen ejemplo de sorites:

 

Lo que hace ruido se mueve, lo que se mueve no está helado, lo que no está helado es líquido, lo que está líquido cede al peso, luego: este hielo ruidoso cede al peso.

 

El sorites puede ser progresivo y regresivo.

 

1.ª Serie progresiva:

 

A es B Rocinante es un caballo.

 

B es C Un caballo es un cuadrúpedo.

 

C es D Un cuadrúpedo es un animal.

 

D es E Un animal es un organismo.

 

A es E Rocinante es un organismo.

 

2.ª Serie regresiva:

 

A es B Un animal es un organismo.

 

C es A Un cuadrúpedo es un animal.

 

D es C Un caballo es un cuadrúpedo.

 

E es D Rocinante es un caballo.

 

E es B Rocinante es un organismo.

 

Resumen

 

Silogismo                Completo                   Simple (las formas comunes)



 

 

 

 

 

 

 

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Resumen

 

 

 

 

 

 

Compuesto (polisilogismo)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Simple: entimema

 

epiquerema

 

Incompleto

 

Compuesto

 

 

 

sorites.

 

 

 

 

 

 

 

8. Silogismos hipotéticos y silogismos disyuntivos

 

Hemos hablado hasta aquí de los argumentos categóricos, es decir, de aquellos que afirman o niegan pura y simplemente, sin establecer una condición o alternativa. Trataremos ahora de los silogismos compuestos, que son los hipotéticos y los disyuntivos. Aristóteles trató sólo de los silogismos categóricos.

 

Se llama silogismo hipotético a aquel silogismo cuya premisa mayor es un juicio hipotético, es decir, que afirma una relación bajo cierta condición. La premisa menor es categórica, vale decir, que afirma que la condición se cumple, o no se cumple. La conclusión, entonces, afirma o niega la relación. Hay, por lo tanto, dos modos de silogismo hipotético.

 

a)  el modus ponens, o constructivo, que establece que la condición se cumple, con lo cual la conclusión resulta categórica:

 

Si A es B, C es D.   Si llueve a tiempo la cosecha será buena



 

 

 

 

 

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A es B                     Ha llovido a tiempo.

 

 C es D                 La cosecha será buena.

 

b)   El modus tollens o destructivo establece que la condición no se cumple, con lo cual la conclusión se hace negativa.

 

Si A es B, C es D.   Si llueve a tiempo la cosecha será buena

 

A no es B                 No ha llovido a tiempo.

 

 C no es D             La cosecha no será buena.

 

Silogismo disyuntivo. Se caracteriza este silogismo por estar constituida la premisa mayor por un juicio disyuntivo. Tiene también dos formas:

 

a)    Modus ponendo tollens. — Aquí la premisa mayor es una proposición disyuntiva, es decir, que puede tener varios predicados. La premisa menor afirma uno de los predicados, de manera que la conclusión excluye los demás predicados posibles.

 

 

A es B o C       Tú te equivocas o mientes.

 

Pero A es B     Tú te equivocas.

 

A no es C     Tú no mientes.

 

b)  Modus tollendo ponens. — Se llama así esta forma, porque al negar una de las alternativas debe afirmar la otra:

 

A es B o C     Tú te equivocas o mientes.

 

A no es B      Tú no te equivocas.

 

A es C Tú mientes.

 

 

 

9. El dilema

 

El dilema es un razonamiento compuesto, pues en realidad es un silogismo hipotético disyuntivo. La premisa mayor es una proposición disyuntiva y la menor una proposición hipotética que enuncia que una u otra alternativa es o no es dada. La conclusión es idéntica en ambos casos. Mediante el dilema se pone al adversario entre dos alternativas, que son los cuernos del dilema, pero cualquiera que sea la que elija, la conclusión será la misma y no habrá escapatoria. Como la conclusión puede ser afirmativa o negativa, hay dos formas de dilema:



 

 

 

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a)   Modus ponens. — Aquí la premisa mayor es una proposición hipotética-disyuntiva que establece una consecuencia única para todos los casos formulados por la hipótesis. Puede servir de ejemplo el argumento del ministro inglés Morton, en tiempo de Enrique VIII, para obtener dinero de los obispos:

 

“Si gastan, decía, es porque son ricos, luego deben pagar; si no gastan nada, es que ahorran y también deben pagar”.

 

b)    En el modus tollens la premisa mayor determina “todas” las consecuencias de una hipótesis, y la menor establece que ninguna de ellas es posible. De donde resulta que la conclusión niega la verdad de la hipótesis. Se cita como ejemplo, para este modo, el dilema de Hugo Grocio (1583-1645) contra la tortura:

 

“El torturado o es bastante fuerte para resistir los tormentos, o es tan débil que no puede soportarlos. Si es fuerte, dirá lo que quiere y podrá mentir. Si es débil, dirá lo que quieren los jueces. En uno como en otro caso, mediante la tortura no se puede descubrir la verdad”.

 

El dilema, para tener validez, debe reunir varias condiciones:

 

a)  En primer lugar, la premisa mayor debe considerar todos los casos posibles de la hipótesis.

 

b)  La relación de condición a condicionado en la premisa mayor debe ser verdadera. En el famoso dilema de Ornar, a quien se atribuye el incendio de la biblioteca de Alejandría, se falta a estas condiciones. He aquí el argumento de Ornar:

 

“Los libros de la biblioteca que concuerdan con el Corán son inútiles y si son contrarios al Corán, son nocivos y también inútiles”, ^ero había que demostrar previamente si el Corán es la expresión de a verdad…

 

c)  La relación de condición a condicionado debe ser no sólo verdadera, sino también necesaria. He aquí un argumento dilemático contra el matrimonio que tomamos de la Lógica de Port-Royal. “Si la mujer con quien uno se casa es bella, ocasiona celos; si es fea, desagrada; luego no hay que casarse”. Pero no es necesario que una mujer hermosa provoque los celos, puesto que puede ser prudente y virtuosa.

 

d)  El dilema no ha de poder volverse contra quien lo esgrime. Así, por ejemplo, el sofista Protágoras amenazaba con entablar un pleito a su discípulo moroso que había prometido pagarle cuando ganara la primera



 

 

 

 

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causa. El argumento era éste: “O gano yo la causa y tú tendrás que pagarme por sentencia del juez; o la ganas tú y entonces tendrás que pagarme de acuerdo al convenio que hemos establecido”. Pero el dilema podía retorcerse en favor del discípulo: “Si gano yo, la sentencia del juez me exime del pago; si pierdo, también quedo eximido en virtud del convenio”.

 

 

10. La crítica del silogismo

 

Desde los escépticos griegos hasta nuestros días no se ha dejado de discutir el valor del silogismo, y hasta se ha llegado a negar que ésta sea la verdadera forma de raciocinio. Entre los críticos más famosos de la antigüedad hay que mencionar a Carnéades de Cirene (214-129, a. C.) y a Sexto Empírico (del siglo II de la Era Cristiana).

 

Carnéades, escéptico de la segunda Academia, sostiene que no podemos fundar ningún conocimiento ni sobre nuestros sentidos ni sobre nuestra razón, que son las dos fuentes de nuestro conocimiento. Los sentidos no pueden suministrarnos ningún conocimiento seguro porque nos engañan. Tampoco la razón puede aportarnos conocimientos seguros porque mediante el razonamiento podemos probar el pro y el contra de una doctrina. En cuanto al silogismo, sostenía que toda premisa, para ser legítima, debe tener su prueba y ésta, a su vez, otra prueba, hasta el infinito.

 

Sexto Empírico, médico de Alejandría, dice que toda afirmación debe ser sometida a un examen, ha de llevar la duda a todas las cosas y abstenerse de toda afirmación o de toda negación. Tal es la tarea del escéptico. Por lo que atañe al silogismo, dice que éste no nos enseña nada nuevo, porque no extiende el campo de nuestros conocimientos. No es un medio de inferencia que facilite el tránsito de una verdad conocida a una desconocida. La conclusión ya está incluida en la premisa mayor. En efecto, digamos:

 

Todos los hombres son mortales;

 

Sócrates es hombre,

 

Sócrates es mortal.



 

 

 

 

 

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De antemano estamos convencidos de la verdad de la proposición particular. En consecuencia, el silogismo, según Sexto Empírico, no podrá hacernos conocer algo diferente de lo que ya sabíamos antes. No es la forma más correcta y típica del razonamiento, sino un artificio sofístico con que disfrazamos nuestra ignorancia, puesto que en vez de probar nuestras opiniones sólo expresa en forma diferente las mismas opiniones que queremos probar.

 

Lord Bacon (1561-1626). Como ya lo vimos, combate rudamente la lógica aristotélica, especialmente al silogismo. Sostiene que el silogismo es un sofisma, porque adolece del vicio de una petición de principio que consiste en partir del punto adonde se quiere llegar. Dice que si no es verdadera la conclusión tampoco es verdadera la premisa mayor. Al querer probar con ésta la conclusión nos olvidamos que si la conclusión no es verdadera no es verdadera la premisa mayor. Es decir, se prueba la conclusión por medio de la premisa y la verdad de ésta por la conclusión.

 

En el fondo la crítica de Bacon reproduce las objeciones de Sexto Empírico, que encontramos también en las de Stuart Mill y en las de Spencer.

 

John Stuart Mill (1806-1873), para responder a las objeciones hechas al silogismo, cambia radicalmente la teoría del raciocinio en general y la del raciocinio deductivo en particular. Si el silogismo va de lo general a lo particular, como quiere la forma clásica, contiene una petición de principio, puesto que la conclusión ya se presupone en la premisa mayor. De manera que debemos admitir que nuestro raciocinio no va de lo universal a lo particular, sino de lo particular a lo particular. Cada experiencia nos hace esperar que todo caso futuro será semejante al experimentado, y la expectativa, la creencia, crece en razón del número de las experiencias concordantes. De donde resulta que la premisa mayor no es otra cosa que un registro abreviado de inferencias, una especie de seguridad de que las experiencias pasadas son suficientes para concluir una experiencia futura. En toda proposición general hay, según Stuart Mill, dos partes, la que se refiere a los casos observados y la que se refiere a los casos no observados. La proposición general misma es una inferencia, puesto que de los casos observados ha ido a los no observados todavía. La conclusión, por su parte, se refiere a un grupo de casos no observados y



 

 

 

 

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repite lo que dice implícitamente la proposición general. De donde resulta que nosotros no inferimos de la premisa mayor sino de acuerdo y en conformidad con ella, vale decir, en conformidad con aquel número de experiencias, de las cuales la premisa mayor es una abreviación. La verdadera premisa, la premisa real, el antecedente lógico de la conclusión, es la suma de casos particulares, de los cuales, mediante la inducción, hemos formado la proposición general, que es una fórmula abreviada pero sumamente útil.

 

Herbert Spencer (1820-1903) ha formulado una aguda crítica al silogismo. Este filósofo inglés, más audaz que Mill, dice que nunca razonamos por silogismos. Es cierto que existen verdades que parecen establecerse mediante dos premisas, pero hay unas que necesitan procedimientos muy simples y otras que requieren procedimientos más complejos. Resulta de esto, que el silogismo no expresa los movimientos naturales del pensamiento que descubre la conclusión.

 

Toda proposición particular, dice Spencer, nos sugiere una proposición general por influencia de experiencias pasadas, y de la proposición general volvemos a lo particular. De donde resulta, que toda deducción comienza con una relación inferida espontáneamente, y que toda inferencia es inductiva. El silogismo es, pues, para este filósofo, como para Stuart Mill, una inducción disfrazada y toda la lógica se reduce a la teoría de la inducción J de la prueba experimental.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LOS SOFISMAS

 

Necesidad de conocer los sofismas. — 2. Clasificación de los sofismas. — 3. Sofismas verbales. — 4. Sofismas de pensamiento. — 5. Remedios del error.

 

 

1. Necesidad de conocer los sofismas

 

No sabemos nunca bien lo que es una cosa si no somos capaces de darnos cuenta de su opuesta, dice Stuart Mill. Para que la lógica del razonamiento sea completa debe comprender, pues, tanto la teoría de los razonamientos correctos como de los incorrectos. Aun los hombres más ilustres, agrega, a menudo razonan mal, y el único medio de evitar los malos razonamientos es el hábito de razonar bien, es la familiaridad con los principios del razonamiento correcto y la práctica en la aplicación de esos principios. Resulta, por consiguiente, sumamente útil averiguar en qué consisten y cuáles son estas diversas clases de razonamientos incorrectos que los hombres cometen y con los cuales se apartan de la verdad. Estos errores y equivocaciones en el razonamiento se llaman sofismas o falacias, es decir, modos engañosos de razonar. Cuando el error lógico se comete sin intención de engañar se dice que es un paralogismo; en cambio, si tiene la intención de engañar es un sofisma. Hoy se llaman, indistintamente, sofismas ambas clases de errores lógicos. Sin embargo, lógicos hay que consideran que los sofismas deben ser excluidos de todo tratamiento especial propio de la lógica, puesto que ésta sólo ha de ocuparse del razonamiento correcto porque resultaría ilógico estudiar los sofismas en la lógica. Pero a esto se ha hecho observar que del mismo



 

 

 

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modo que se tiene el dominio completo de la anatomía normal mediante el conocimiento de la anatomía patológica, y la psicología normal se completa con estudios especiales como la psiquiatría, también la lógica, como ciencia del pensamiento correcto y de la demostración, debe enseñar, asimismo, los errores en que se suele caer cuando se hacen demostraciones falsas.

 

Pero conviene hacer una salvedad. Aunque la anatomía normal se completa con la anatomía patológica y la psicología con la psiquiatría, todas estas ciencias permanecen independientes. En cambio, el razonamiento verdadero y el sofisma no dan origen a diferentes ciencias, sino que forman parte de la misma ciencia aunque sus campos sean distintos. Los sofismas no son simples faltas contra la norma lógica, sino que son, como dice Masci, razonamientos falsos que parecen verdaderos, y por eso la lógica debe enseñar a descubrir las causas de la simulación[1].

 

2. Clasificación de los sofismas

 

Se debe a Aristóteles la clasificación más antigua de los sofismas, quien los divide en dos grupos principales: sofismas verbales y sofismas materiales o de pensamiento, según que el error del razonamiento dependa de los vocablos o de los hechos a que se refieren. Pero esta clasificación no es muy exacta porque no se enumeran en ella todas las falacias posibles ni se indican sus causas. Tampoco son exactas, por la misma razón, las clasificaciones más modernas como la de Stuart Mill, con ser la más importante. Este filósofo distingue los sofismas en morales e intelectuales de acuerdo con las causas que producen los errores en el razonamiento. El primer grupo no cabe dentro de la lógica, pero el segundo grupo sí, aunque, como se ha observado, está lejos de ser completo porque no establece una conexión entre las diversas clases de sofismas o los considera desde diferentes puntos de vista: en unos se nace referencia a las causas mentales que los producen, y en otros se toma en cuenta la especie de prueba que simulan.

 

Nosotros adoptaremos la clasificación propuesta y expuesta por Masci, a quien siguen muchos lógicos modernos y que resulta ser, en el fondo, una combinación de la aristotélica con la de Stuart Mill.



 

 

 

 

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3. Sofismas verbales

 

Estos sofismas, en que el vehículo del error son los vocablos, fueron estudiados por Aristóteles, quien ha distinguido varias especies; las principales son las siguientes:

 

1.º La homonimia. Este sofisma consiste en el uso de términos ambiguos, es decir, palabras que tienen varios significados sin hacer las distinciones necesarias. Así, por ejemplo, caemos en este sofisma cuando razonamos del modo siguiente:

 

“Es un deber hacer el bien a nuestros prójimos, por consiguiente hay que deber a nuestros prójimos”. En realidad, cuando se emplea un término que tiene dos significados distintos es que se han usado dos conceptos diferentes sin distinguirlos. Se ha faltado al principio de identidad. El ejemplo que acabamos de dar es sencillo y fácilmente se advierte dónde está el error. Pero con frecuencia se argumenta defectuosamente sin percatarse de que se comete un verdadero sofisma de ambigüedad verbal.

 

Cuéntase que cuando en Inglaterra se promulgó la ley que castiga a los mendigos que piden limosna, muchos dijeron que esa ley comprendía a las Hermanas de Caridad, que suelen pedir limosna, y a toda persona o institución que pide dinero para obras benéficas. El error aquí se comete al convertir simplemente la proposición “el mendigo pide limosna”, diciendo que “todo el que pide limosna es un mendigo”. El mendigo se caracteriza por vivir de la limosna y ser una carga para la comunidad en que actúa, sin devolverle nada útil, lo que no acontece con las instituciones benéficas.

 

2.º La anfibología. Este sofisma depende de una deficiencia sintáctica que da lugar a una doble interpretación, como ocurre cuando decimos “Juan presentó al hermano al médico”. Es conocida la respuesta ambigua del oráculo cuando el guerrero lo consulta: “irás a la guerra, vencerás no morirás”.

 

3.º El acento. Se comete este sofisma cuando la ambigüedad resulta de la pronunciación, como por ejemplo: “Sí, es exacto; si es exacto”. En el primer caso es categórico, en el segundo condicional. Otro ejemplo:

 

“Sí, Juan cantará mañana”; “si Juan cantara mañana”.

 

4.º Figura de dicción. Consiste este sofisma, que puede llamarse también de sentido figurado, en cambiar el significado lógico de una



 

 

 

 

 

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palabra por su sentido real. Ejemplo: “Caballo es una palabra, el caballo come pasto, luego la palabra come pasto”.

 

Hay casos en que no es muy fácil reconocer que se ha concluido del sentido metafórico el sentido real, como cuando se dice, de acuerdo con Fourier, que “las pasiones nos atraen, luego hay una ley de atracción pasional tan necesaria como la atracción universal”.

 

5.º Sofisma dei respectivo. Consiste este sofisma en concluir de una proposición que sólo es verdadera en un aspecto, como si fuese verdadera y absoluta en todos sus aspectos. Los filósofos megáricos, a quienes se deben muy ingeniosos sofismas, formularon el siguiente: “Lo que soy yo, no es Diógenes; yo soy hombre, luego Diógenes no es hombre”. También es conocido este otro: “Lo que no se ha perdido se tiene; tú no has perdido los cuernos, luego los tienes”.

 

Algunos lógicos mencionan todavía algunos sofismas más, como el de composición y el de división.

 

El sofisma de composición se comete cuando se afirma, de cosas reunidas, lo que sólo es cierto cuando son separadas. Ejemplo de este sofisma es el del calvo, debido también a la escuela megárica: “Si arrancamos un cabello de la cabeza de un hombre, no lo dejaremos calvo; arrancándole dos, tres, etc., tampoco; luego podemos arrancarle uno a uno los cabellos y no lo dejaremos calvo”.

 

El sofisma de división consiste en afirmar de cosas separadas lo que sólo puede afirmarse de su conjunto. Así, por ejemplo, si del hecho de que el Congreso votó un subsidio para el hospital X, concluimos que el diputado Juan Pérez votó dicha suma, caemos en la mencionada falacia.

 

En resumen, estas dos falacias dependen de la confusión de un término colectivo por un distributivo, y viceversa, y puede expresarse en la siguiente fórmula:



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Si se examinan bien estos sofismas, fácilmente se advierte que en casi todos os casos se trata, más que de razonamientos erróneos, de verdaderos juegos de palabras. Son ingeniosos calembours que a nadie engañan, y donde se descubre fácilmente el error.

 

 

4. Sofismas de pensamiento o sofismas propiamente dichos

 

Estos sofismas, de acuerdo con la clasificación de Masci, a quien sigue también Morselli, pueden ser de tres clases:

 

1.º Sofismas relativos a las premisas.

 

2.º Sofismas relativos a la conclusión.

 

3.º Sofismas relativos a la consecuencia lógica de la prueba.



 

 

 

 

 

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Pertenecen al primer grupo los sofismas de falsa causa y de petición de principio.

A)  Sofismas de falsa causa. — Estudiados ya por Aristóteles, derivan del hábito de asociar la idea de causalidad a la simple idea de sucesión o concomitancia. Estos sofismas pueden revestir varias formas, siendo las principales las siguientes:

 

a) Post hoc, ergo propter hoc. Un hecho ha ocurrido después de otro, por consiguiente el primero es causa del segundo. Así, por ejemplo, la medicina antigua prohibía a las personas acaloradas beber agua fría porque se había observado que el tifus seguía con frecuencia al uso del agua fría y se creía que la enfermedad se debía a un enfriamiento interno. En realidad, el agua fría no puede producir tifus sino cuando contiene los bacilos de la enfermedad.

 

b)     Cum hoc, ergo propter hoc. Un hecho se ha producido simultáneamente con otro, luego el primero es causa del segundo. Muchas supersticiones populares se deben a este sofisma, como por ejemplo: durante el eclipse del sol se produjo el terremoto, luego el eclipse del sol es la causa del terremoto.

 

c)  Sine hoc, ergo propter hoc. Un hecho se produjo justamente cuando faltaba otro hecho determinado, luego esta falta es la causa del hecho primero. Hay muchas personas, supersticiosas desde luego, que no emprenden nada sin una práctica determinada. Si omiten esa práctica y fracasan en la empresa atribuyen el mal éxito al hecho de no haber observado dicha práctica.

B) Sofisma de petición de principio. — Se incurre en este sofisma cuando se toma como principio de prueba la misma tesis que se quiere probar. Es volver al punto de partida, petere principium. Aristóteles, que estudió detenidamente este sofisma, es quien ha incurrido en él, como lo probó Galileo. He aquí el razonamiento de Aristóteles: “La naturaleza de las cosas pesadas es tender al centro del mundo; la experiencia nos muestra que las cosas pesadas tienden al centro de la tierra; luego el centro de la tierra es el centro del universo”. Hay aquí una petición de principio, porque lo que quiere demostrar Aristóteles es que la tierra está en el centro del universo.



 

 

 

 

 

 

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El círculo vicioso es una derivación de la petición de principio. Consiste en probar una proposición mediante el apoyo de otra proposición que a su vez sólo puede ser probada por la primera. Es decir, que se prueba A con B y B con A. En este sofisma incurre Descartes cuando prueba la veracidad divina por la autoridad de la evidencia, y la autoridad de la evidencia por la veracidad divina. Un ejemplo notable igualmente encontramos en Platón cuando prueba la “espiritualidad” del alma fundándola en la inmortalidad, y a su vez prueba la “inmortalidad” del alma basándola en su carácter espiritual.

 

Al segundo grupo, a los sofismas relativos a la conclusión, pertenecen los siguientes:

A)   Sofisma por ignorancia del asunto, o sea, “ignoratio elenchi”. — Puede ser este sofisma de varias especies, siendo el principal el que consiste en probar una tesis que está fuera de cuestión. En este sofisma incurren algunos sociólogos cuando para probar que la libertad política es un mal citan los excesos de la libertad extrema. Pero lo que está en cuestión es la libertad política y no los excesos de la libertad.

 

B)  Sofisma ad verecundiam. — Consiste esta falacia en apoyarse en alguna autoridad ilustre para sostener una tesis por no tener a mano otros argumentos en que fundarse.

 

C)  Sofisma ad hominem. - Se incurre en esta falacia cuando se quiere llevar al adversario a aceptar una opinión nuestra demostrando que ésta deriva de una afirmación de él, o que se halla conforme con algún acto cometido por él.

 

Al tercer grupo de falacias corresponden los sofismas de observación incompleta, de mala observación, de falsa generalización y de falsa analogía.

 

A)    Sofisma de observación incompleta. — Se incurre en esta falacia cuando no se han observado ciertos hechos, o se han dejado de observar as circunstancias en que determinados hechos se han producido. Hay personas que consideran a los que dicen la buenaventura como profetas, puesto que éstos predicen los acontecimientos futuros. Pero hay observación incompleta porque no tomamos en cuenta los casos en que no predijeron acertadamente. Por otra parte, es posible que, en determinados casos, acierten a predecir el futuro porque se les avisó lo que iba a ocurrir.



 

 

 

 

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Hay aquí, por lo tanto, una incompleta observación de circunstancias porque no observamos en qué condiciones se predice el hecho.

 

Muchas veces son los sabios quienes incurren en esta falacia. Se refiere que cuando Galileo descubrió las manchas solares, un filósofo aristotélico no quiso mirar por el telescopio porque el descubrimiento le pareció atentatorio a la tesis de Aristóteles sobre la incorruptibilidad de las cosas del cielo.

 

B)   Sofisma de mala observación. — Depende esta falacia, las más de las veces, de nuestros prejuicios y de nuestros sentimientos. Con frecuencia creemos ser observadores objetivos e imparciales cuando, en realidad, nuestra observación es alterada por nuestros preconceptos o por nuestros intereses. Ejemplo típico de este sofisma es la oposición que encontró el sistema de Copérnico, basada en el testimonio de los sentidos, que nos muestra que el sol se mueve alrededor de la tierra inmóvil. En realidad, sólo hay la apariencia de que el sol se pone y se levanta.

 

Cuanto mayor es la ignorancia de la gente, cuanto mayor es su falta de cultura intelectual, con más facilidad comete esta clase de errores. Así, los testigos, en los pleitos judiciales, presentan muy a menudo como hechos observados lo que en realidad no son más que opiniones, algo que han inferido y nada más.

 

C)    Sofisma de falsa generalización. — Este sofisma es el más frecuente y se debe al abuso que hacemos de la misma inteligencia en la ciencia. Consiste en atribuir a toda una clase, a un grupo entero, lo que es propio de algunos individuos solamente. La tendencia natural a generalizar es tanto mayor cuanto menor es la cultura y la disciplina científica del hombre. Como observa Bain, bastará que hayamos conocido una vez a un alemán, a un ruso, a un chino, para que nos permitamos formar juicios acerca de sus respectivos pueblos. Si un remedio nos ha dado buen resultado una vez, creemos que siempre producirá el mismo efecto, no obstante la diversidad de circunstancias.

 

La generalización es la tarea más elevada de la ciencia puesto que consiste en formular leyes, pero es preciso saber evitar las exageraciones porque al carecer de los fundamentos necesarios, a causa de una inducción defectuosa, se habrán alcanzado falsas leyes.



 

 

 

 

 

 

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En resumen, la falsa generalización es una inducción defectuosa. Y como la inducción es la fuente más importante tanto de nuestros conocimientos científicos, como de las normas para nuestros menesteres de la vida práctica, resulta que el peligro de la falsa generalización es mayor que en cualquier otro razonamiento erróneo. De ahí que es preciso precaverse contra esta amenaza mediante inducciones lo más completas posible. La observación de los hechos debe ser metódica y escrupulosa y conducida con un sentido crítico para la distinción de los casos y de sus diferencias. En las ciencias de la naturaleza se ha conseguido, en el último siglo, obtener métodos cada vez más escrupulosos, por esto también los resultados logrados son más perfectos. Pero en las ciencias históricas y sociales no se ha progresado tanto, por ello es que aun hoy se hacen en estas ciencias, generalizaciones peligrosas. Stuart Mill ofrece ejemplos típicos de estas falsas generalizaciones que yacen en el fondo de las máximas populares: “lo que nunca ha sido, nunca será”, dice el sentido común, y de acuerdo con esta máxima se arguye que los negros nunca fueron tan civilizados como los blancos, por consiguiente, es imposible que lleguen a serlo jamás. Las mujeres no son, en su conjunto, iguales en energía intelectual a los hombres; por lo tanto, el sexo masculino es superior al femenino. Los filósofos son inaptos para los negocios porque algunos lo fueron en efecto, etc. En todos estos sofismas se han hecho inducciones incompletas, sin eliminación de lo fortuito[2].

 

D)  Sofisma de falsa analogía. — Se produce este sofisma cuando de lo que es verdad en un caso determinado se concluye que es verdad también en un caso semejante al primero en algún punto o en algún aspecto solamente.

 

La analogía es la forma del razonamiento más primitiva, casi instintiva diríamos, y por esto es fácil cometer analogías imperfectas. Así, si decimos que la tierra se parece a los planetas en varios aspectos, y si de esto inferimos que también en los planetas debe haber habitantes como los de la tierra, hacemos un falso razonamiento analógico.

 

Un ejemplo interesante de falsa analogía, que ofrece Stuart Mill, es el argumento en favor del gobierno despótico porque se parece al de los padres. Pero ¿en qué se parece? En que es irresponsable. Ahora bien, ¿es la irresponsabilidad la causa de que sea bueno el gobierno paternal? No. Es



 

 

 

 

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el afecto y es la ilustración superior de los padres lo que hace que sea bueno ese régimen, lo cual no puede decirse que exista en los gobernantes. Pero cuando faltan esas dos cualidades en los padres, y sólo queda la irresponsabilidad, su gobierno es malo. De donde resulta que no puede considerarse la irresponsabilidad, que es a única analogía, como capaz de producir la otra analogía que se desea: a bondad del gobierno.

 

Ejemplo también de falsa analogía es la que podemos encontrar en Spencer cuando compara, los pueblos con los organismos vivos, porque tanto los unos como los otros están condenados a envejecer después de tener juventud y madurez. Pero esto no es más que aparente. En el organismo vivo, la vejez se refiere a los progresos de los cambios de estructura que conducen a la senectud. En un cuerpo social, en un pueblo, no hay vejez. El progreso, los cambios, sólo significan crecimiento. De acuerdo con este modo de razonar, “se ha sostenido que el engrandecimiento de las capitales es un mal porque son el corazón del Estado y la hipertrofia del corazón es una enfermedad[3]”.

 

5. Remedios del error

 

No es muy difícil dar reglas para evitar el error, pero más difícil es tenerlas presentes y seguirlas. En realidad, todas ellas se reducen a la aplicación fiel de las reglas de la lógica y están resumidas en las cuatro reglas metódicas de Descartes:

 

1.º No juzgar sino después de un examen de un conocimiento cabal de los hechos. Evitar la prevención y la precipitación.

 

2.º Distinguir bien las cuestiones unas de otras y en cada una de ellas dividir las dificultades y tratarlas sucesivamente.

 

3.º No contentarse con dividir las dificultades sino también graduarlas, escalonándolas de modo que se vaya de lo simple a lo compuesto y de lo más fácil a lo más difícil.

 

4.º Reunir todos los elementos de una cuestión y no juzgar sino cuando se está seguro de no haber omitido nada. Así, si queremos juzgar el carácter de una persona, debemos tener en cuenta todas las acciones de su vida; si se trata de política, deben considerarse las circunstancias históricas, económicas, sociales, etc., en que se ha desarrollado.



 

 

 

 

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Los sofismas, tanto verbales como los de pensamiento pueden resumirse en el cuadro siguiente:



 

 

 

 

 

 

1. Verbales

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sofismas

 

 

 

 

2. De

 

pensamiento



RESUMEN

 

1. Homonimia

 

2. Anfibología

 

3. Acento

 

4. Figura de dicción

 

5.  Sofisma del respectivo

 

 

 

 

 

1.  Sofismas relativos a las premisas

 

 

 

 

 

 

 

2.  Sofismas relativos a la conclusión

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

3.  Sofismas relativos a la consecuencia lógica de la prueba



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1. Falsa causa

 

 

2. Petición de principio y círculo vicioso

 

 

 

 

1.  Ignorancia del asunto

2.  Ad verecundiam

3. Ad hominem

 

 

 

 

 

 

1.  Observación incompleta

2.  Mala observación

3.  Falsa generalización

4.  Falsa analogía



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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TEORÍA DEL CONOCIMIENTO

 

1.   El fenómeno del conocimiento.— 2. Proceso intuitivo y proceso discursivo.— 3. Los problemas del conocimiento.—

4.  La posibilidad del conocimiento.

 

 

 

1.El fenómeno del conocimiento

 

 

El estudio de los sofismas nos ha mostrado que cuando se falta a las leyes del pensamiento incurrimos en errores lógicos y llegamos, por consiguiente, a conclusiones falsas. Pero, aunque los razonamientos sean correctos por su forma, esto no es garantía suficiente de que también sean verdaderos por su contenido. Necesitamos, por lo tanto, un criterio para la verdad del contenido de un juicio.

 

Como todos nuestros conocimientos se formulan en juicios, y éstos tienen sus fuentes, ya sea en la percepción sensible, ya sea en ciertos axiomas que suponemos evidentes, es preciso averiguar si efectivamente nuestras percepciones corresponden a la realidad y si los axiomas con que los elaboramos coinciden también con la realidad.

 

La rama de la filosofía, precisamente, que aspira a aclarar estas cuestiones es la teoría del conocimiento o Gnoseología. Se trata, pues, de una explicación e interpretación del conocimiento humano. Nuestra inteligencia, que es el instrumento mediante el cual conocemos el mundo y por el cual analizamos los fenómenos, es a su vez sometida a examen para averiguar el alcance de su poder cognoscitivo.

 

Veamos, ante todo, en qué consiste esencialmente un conocimiento. En primer lugar mediante él análisis distinguimos en todo conocimiento dos



 

 

 

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factores: 1.º el sujeto y 2.º el objeto, es decir, una conciencia y ciertos fenómenos que corresponden a algo objetivo, a algo exterior, y al cual se refieren. En el conocimiento se hallan frente a frente el sujeto y el objeto, entes que se encuentran eternamente separados el uno del otro. El conocimiento no es otra cosa que la relación entre estos dos factores: el sujeto y el objeto.

 

 

2. Proceso intuitivo y proceso discursivo

 

En todo conocimiento nosotros aprehendemos siempre un objeto. Esto quiere decir que el sujeto toma posesión de un objeto. No podemos caracterizar ni describir un conocimiento que no se refiera a algo. Pero esta toma de posesión no significa que el objeto, como tal, se introduce en la conciencia del sujeto. El sujeto tiene conocimiento, o sabe algo del objeto, gracias a ciertas percepciones y representaciones de dicho objeto. A este modo de conocer llamamos conocimiento intuitivo y proceso intuitivo, a su mecanismo.

 

Pero ahora es el caso de preguntar si realmente hay conocimiento en la percepción. Un examen de la cuestión nos muestra que en la percepción sólo tenemos una representación de un objeto, pero nada sabemos acerca de él. Para tener un verdadero conocimiento debemos formular un juicio. “El conocimiento sólo se da en el juicio”[1].

 

Es claro que nuestro conocimiento comienza por las percepciones, y este proceso ocurre también en los animales y en los niños, cuyo raciocinio no se efectúa por conceptos sino por meras imágenes. A veces también los adultos, cuando su pensamiento se halla intensamente ocupado en alguna cosa, reaccionan y obran casi mecánicamente obedeciendo al influjo de los estímulos. En estos casos, el sujeto no está tan íntimamente ligado con las representaciones que tiene. Pero tan pronto como su atención se dirige a la relación, entre el estímulo y la reacción, surge el conocimiento mediante la formulación de un juicio. En la simple percepción, vale decir, en el proceso intuitivo, el sujeto parece que estuviera en actitud pasiva. En cambio, en todo acto de conocimiento hay un proceso activo del “yo”.

 

Sin embargo, para la filosofía tradicional el conocimiento intuitivo tiene otro significado. Distingue dos clases de intuición: la intuición



 

 

 

 

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sensible y la intuición racional. Esta última es todo lo que conoce el espíritu, por un acto único, y no por una sucesión de actos. Para Descartes la intuición sensible no da más que nociones confusas. En cambio, la intuición racional suministra en un solo acto las nociones simples, los axiomas, como ocurre en la matemática. Opuesta a la intuición es la deducción, que implica un movimiento del espíritu que infiere una cosa de otra.

Pero además del conocimiento primario, que es el conocimiento intuitivo, tenemos otra clase de conocimiento. Es aquel que va de lo conocido a lo desconocido, pasando a través de una serie de juicios intermediarios. Es el proceso discursivo, que no es otra cosa que el razonar. En este último establecemos relaciones entre juicios para llegar a un juicio nuevo. El conocimiento intuitivo es inmediato y se ofrece directamente a la conciencia; en cambio, el conocimiento discursivo es mediato, porque llega a conclusiones “mediante” una cadena de juicios intermediarios que hacen de eslabones.

 

 

3. Los problemas del conocimiento

 

Una de las más graves y profundas cuestiones que se plantea la filosofía es, como hemos visto, la que se refiere al conocimiento humano. Como nuestro conocimiento es conocimiento de objetos, de cosas que parecen existir independientemente de nosotros, se trata de averiguar si es posible alcanzar a conocerlos en realidad, o bien si existen, por el contrario, límites para dicho conocimiento. Otra cuestión es la que se refiere al origen, o sea, a la fuente de nuestro conocer. ¿Deriva el conocimiento de la experiencia o se origina en la razón? Una tercera cuestión se refiere a la esencia del conocimiento. Se trata de la relación del sujeta y el objeto. ¿Existe realmente el objeto, o es, por el contrario, el sujeto quien determina al objeto?

 

Un cuarto problema es el que se plantea respecto a las formas del conocimiento. ¿Además del conocimiento racional, hay otra clase de conocimiento, un conocimiento intuitivo, opuesto a él?

Por último, se plantea la cuestión del criterio de la verdad. Se trata de tener un signo que nos diga, en un caso concreto, si un conocimiento que



 

 

 

 

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poseemos es verdadero o no.

 

El problema del conocimiento se divide, pues, de acuerdo con Hessen, a quien seguimos en esta exposición, en cinco problemas parciales, que en el curso de la historia de la filosofía han tenido diversas soluciones. Estos cinco problemas son:

 

1.º Sobre la posibilidad del conocimiento humano.

 

2.º Sobre el origen del conocimiento.

 

3.º Sobre la esencia del conocimiento.

 

4.º Sobre las formas del conocimiento.

 

5.º Sobre el criterio de la verdad.

 

Vamos a tratar a continuación, en dos capítulos, los cuatro primeros problemas, dedicando un capítulo aparte para el criterio de la verdad.

 

 

4. Posibilidad del conocimiento

 

Este problema se refiere al valor de nuestro conocimiento. Se trata de saber si es posible conocer algo y, además, si ese conocimiento tiene algún valor. Para resolver esta cuestión se han emitido diversas soluciones, siendo las principales las seis siguientes: el dogmatismo, el escepticismo, el subjetivismo (relativismo), el pragmatismo, el criticismo y el positivismo.

a)  El dogmatismo. — Esta posición, que es la más antigua, afirma la posibilidad del conocimiento. Considera que el contacto entre el sujeto y el objeto es real, vale decir, que el sujeto es capaz de aprehender el objeto. Esta opinión se apoya en la confianza ilimitada en la razón humana. Para esta doctrina nuestro saber no tiene límites. El dogmatismo considera que tanto los objetos de la percepción como los del pensamiento, y asimismo los valores, pueden ser obtenidos directamente, sin ninguna deformación. El espíritu es capaz de conocer la realidad tal cual es.

 

El dogmatismo, como se advierte fácilmente, es una postura ingenua, sobre todo en los filósofos griegos anteriores a Sócrates. No ve que el conocimiento es sólo una relación entre el sujeto y el objeto. No se preocupa todavía de examinar el poder cognoscitivo de la inteligencia. Filósofos dogmáticos fueron en la antigüedad Platón y Aristóteles, y en los



 

 

 

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tiempos modernos los racionalistas del siglo XVII, como Descartes, Leibniz, Wolff. Esto no quiere decir que en estos últimos falte la reflexión sobre el problema del conocer, sino que ellos adoptan una posición filosófica sin haber examinado, previamente, el poder cognoscitivo de la razón humana. Sólo por este motivo Kant considera a estos filósofos como dogmáticos.

b)  El escepticismo. — Esta doctrina es una posición opuesta a la del dogmatismo. Niega que el sujeto pueda aprehender el objeto y tener, por consiguiente, conocimiento de él. Como extiende la duda a todos los conocimientos resulta que es preciso abstenerse de formular cualquier juicio. Además, considera que nuestro conocimiento está influido por la naturaleza del sujeto, a causa de lo limitado del poder de los órganos del conocimiento, ya sean los sentidos o la inteligencia, y por depender, además, de las circunstancias exteriores, de tiempo, de lugar y de ambiente.

No hay que confundir el escepticismo metódico con el escepticismo sistemático. El primero consiste en poner en duda todo lo que se nos presenta como verdadero para poder, de este modo, ir eliminando lo que hubiera de falso y llegar a un conocimiento seguro. Tal la duda metódica de Descartes.

El escepticismo sistemático, en cambio, es una posición de principio. Niega que podamos tener conocimientos verdaderos y seguros.


El escepticismo radical se encuentra en los filósofos de la antigüedad, considerándose a Pirron de Elis (360-270, a J. C.) como al fundador de dicha escuela. Niega que las cosas puedan ser accesibles, tanto a los sentidos como a la razón. Por esto podemos afirmar o negar lo que queremos. Con esto niega las leyes lógicas del pensamiento, especialmente el principio de contradicción. Como no hay conocimiento verdadero, aconseja la abstención de todo juicio.

 

Un escepticismo más moderado es el que representan Arquesiiao (316-241) y Carnéades de Cirene (214-129), de quien hemos hablado al mencionar la crítica a la lógica aristotélica. Según estos filósofos no podemos alcanzar conocimientos seguros porque no sabemos si nuestros juicios concuerdan con la realidad.

 

Entre los escépticos posteriores, que vuelven a la posición del pirronismo, debemos mencionar a Sexto Empírico. En los tiempos modernos encontramos, asimismo, filósofos escépticos. Los más famosos son Miguel de Montaigne (1533-1592), aunque el suyo es un escepticismo ético, y David Hume (1711-1776), a quien se puede considerar como representante de un escepticismo metafísico.

 

c)  El subjetivismo y el relativismo. — Estas dos tendencias derivan del escepticismo. Mientras el escepticismo enseña que no existe un conocimiento verdadero y cierto, el subjetivismo y el relativismo sostienen que hay una verdad, pero que su validez es limitada.



 

 

 

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Para el subjetivismo la verdad es algo que depende totalmente del individuo, de su estructura psicológica. Depende del sujeto que conoce y juzga. El subjetivismo es individual cuando la validez se limita al sujeto individual. El subjetivismo es general cuando se refiere al género humano.

 

El relativismo se entronca con el subjetivismo. También para esta doctrina la validez de nuestros conocimientos es limitada. La verdad es relativa, pero aquí' la limitación, en vez de radicar en la naturaleza del sujeto, depende de factores externos, como la época, la influencia del medio, el círculo cultural o político, etcétera.

 

El subjetivismo y el relativismo también se encuentran ya en la antigüedad, siendo los representantes más notables los sofistas. Para Protágoras, “el hombre es la medida de todas las cosas”, porque éstas son lo que parecen ser a cada uno, en un momento dado. La verdad depende, como el gusto, del sentimiento momentáneo de los individuos. Protágoras es, así, un representante típico del subjetivismo individual.

 

Como ejemplo de partidario del relativismo podemos mencionar a Osvaldo Spengler (1880-1936), quien en su obra “La decadencia de Occidente” sostiene que “sólo hay verdades en relación a una humanidad determinada”, con lo cual la validez de las verdades coincide con la época y con el medio en que actúan sus defensores[2].

 

Pero debemos observar aquí que el subjetivismo y el relativismo incurren en una contradicción análoga a la del escepticismo. Por una parte sostienen que existe una verdad, y por otra, que no hay una verdad de validez universal. Esto significa dos cosas: o el juicio es falso y entonces no tiene validez para nadie, o es verdadero y entonces es válido para todos, por tener validez universal.

 

d)    El pragmatismo. — Esta doctrina no niega la posibilidad del conocimiento. Su posición no es negativa. Por el contrario, es positiva. Suministra un nuevo concepto de la verdad. Para el pragmatismo (de pragma = acción) lo verdadero significa lo útil, lo valioso, lo que tormenta la vida.

El pragmatismo parte de una concepción especial del ser humano. Para él el hombre no es un ser pensante exclusivamente. Es, ante todo, un ser práctico, destinado a actuar. La finalidad de la inteligencia no es la de descubrir verdades teóricas, sino para actuar en la realidad. De manera que será verdad todo aquello que le permita actuar con congruencia en la vida, todo aquello que le resulte útil y provechoso, especialmente para la vida social.

Se considera a William James (1842-1910), psicólogo y filósofo estadounidense, como el fundador del pragmatismo. También pertenecen a esta orientación filosófica el psicólogo y educador John Dewey y el filósofo inglés F. C. S. Schiller. Entre los filósofos alemanes que participan de este modo de pensar se cuenta a Federico Nietzsche (1844-1900), para



 

 

 

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quien la verdad “sólo sirve para designar aquella función de juicio que conserva la vida y sirve para la voluntad de poderío”.

Si se observa bien, se nota que el error en que incurren los pragmatistas consiste en identificar lo “verdadero” y lo “útil”, conceptos de sentido completamente diferente. Sin embargo, hay que reconocer que Nietzsche no hace esta identificación. Sólo opina que nunca formulamos juicios verdaderos en el sentido de una concordancia entre el pensamiento y el objeto, sino que muchas veces nuestro espíritu trabaja con representaciones completamente falsas porque le sirven para la vida.

 

e) El criticismo. — El somero análisis de las doctrinas que anteceden nos muestra que el subjetivismo, el relativismo y el pragmatismo son, en el fondo, formas del escepticismo, cuya antítesis es el dogmatismo. Ahora bien, existe una tercera posición intermedia entre el dogmatismo, que tiene una fe ciega en la razón, y el escepticismo, que niega toda posibilidad de un conocimiento verdadero. Esta posición es el criticismo (de krinein = examinar).

El criticismo examina el poder cognoscitivo mismo. Investiga las fuentes del conocimiento y distingue entre los problemas que puede resolver y aquellos otros que están fuera de su alcance y que, por lo tanto, permanecen sin solución.

Fundador de esta doctrina es Manuel Kant (1724-1804), quien considera que no es posible el conocimiento del mundo real. La cosa en sí, que él llama el “noúmeno”, no es asequible por la experiencia. El mundo real de las cosas en sí es un mundo cerrado al cual apenas podemos acercarnos, pero nunca penetrar en él, porque nos separa una barrera infranqueable que es nuestra propia estructura psíquica. Lo único que conocemos del mundo son las representaciones, las meras apariencias de los objetos, es decir, los “fenómenos” que nuestra inteligencia ordena en el espacio y en el tiempo. Sin embargo, hay en nosotros una tendencia a sobrepasar los límites del mundo de los fenómenos y a penetrar en el mundo de las cosas en sí, en los “noúmenos”, cuya existencia suponemos, pero que no podemos comprobar.

 

Según Kant, es posible el conocimiento, pero éste se reduce únicamente al mundo de los fenómenos, pero lo que no podemos conocer



 

 

 

 

 

 

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es la realidad como es en sí misma. Sólo conocemos la realidad en la forma como ésta se nos aparece, es decir, en su aspecto formal.

Como se ve, también el de Kant es un relativismo, pero de otro género. Estipula la relatividad de nuestro conocimiento, puesto que únicamente podemos penetrar, con nuestra razón, en uno solo de ambos mundos, en el mundo de los fenómenos. La filosofía kantiana resulta ser, por esto, la llave maravillosa que nos abre el amplio camino iluminado por la crítica, que no deja al pensamiento anquilosarse en el dogmatismo, ni perderse tampoco en el escepticismo estéril.

 

f)  El positivismo. — Esta dirección, que tiene por fundador al filósofo francés Augusto Comte

 

(1798-1857) es una consecuencia de la doctrina de Kant. El positivismo, de acuerdo con el criticismo kantiano, sostiene que existen límites para nuestro saber, como para nuestro no-saber. Por esto, el positivismo limita el valor del conocimiento al campo de la experiencia, vale decir, a los fenómenos y a sus relaciones. Restringe, pues, su acción a las ciencias positivas, considerando solamente los hechos, puesto que no podemos conocer la esencia de las cosas, las causas primeras y los fines últimos. Debemos concretarnos así a la observación de los hechos, de los fenómenos, experimentar en ellos, compararlos, ver sus semejanzas y diferencias, buscar sus relaciones constantes, y determinar las leyes de su producción.

 

Al circunscribir sus tareas a límites modestos, el positivismo elimina toda consideración ajena a las leyes y a las relaciones que se observan entre los fenómenos. El positivismo se concreta, así, a las ciencias especiales, y su filosofía procede, como estas ciencias particulares, ocupándose exclusivamente de los hechos. Para el positivismo, los hechos, que son los fenómenos, deben ser explicados por medio de otros hechos. De este modo queda excluida la posibilidad de toda metafísica, disciplina filosófica que se ocupa de las esencias, del ser, de las cosas en sí.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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TEORÍA DEL CONOCIMIENTO

 

(Continuación)

 

El origen del conocimiento.— 2. La esencia del conocimiento.— 3. Formas del conocimiento.— 4. Trascendencia del conocimiento.

 

 

1. El origen del conocimiento

 

Este problema se refiere a las fuentes de donde derivan nuestros conocimientos. Si nosotros tenemos realmente ciertos conocimientos es preciso averiguar cómo llegamos a poseerlos, cuáles son las vías que nos conducen a su posesión, cuáles son sus fuentes. ¿Es la experiencia, es la razón, o son ambos factores los que colaboran en determinada medida para nuestro conocer?

 

Tomemos, por ejemplo, el conocimiento formulado en el juicio siguiente: “el calor dilata los cuerpos”. ¿Cómo hemos llegado a este conocimiento? Es indudable que su fundamento se encuentra en ciertas percepciones. Hemos visto que el fuego calienta los cuerpos. Más tarde, midiéndolos, hemos visto que su volumen ha cambiado. Hemos tenido, pues, dos percepciones, una después de otra. Esto es mera experiencia. Sin embargo, nosotros concluimos que un fenómeno es el resultado del otro, que uno es la causa del otro. La causa “no” es percibida, “no” es suministrada por nuestros sentidos. Es el fruto de la inteligencia. Por consiguiente, en este conocimiento debemos reconocer dos factores: uno suministrado por la experiencia, y el otro que ha sido aportado por el pensamiento. La cuestión consiste, ahora, en averiguar cuál de estos dos



 

 

 

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factores es el más importante y el más decisivo para nuestro saber. A este respecto se han ofrecido cuatro soluciones: a) el racionalismo; b) el empirismo; c) el intelectualismo, y d) el apriorismo.

 

a)   El racionalismo. — Esta doctrina halla en el pensamiento, en la razón, la fuente más importante y más decisiva para el conocimiento. Para que exista verdaderamente un conocimiento es preciso que éste tenga los caracteres de la universalidad y de la necesidad. Esto significa que la cosa o, mejor dicho, el juicio formulado, debe ser un resultado forzoso, una consecuencia necesaria y válida en todas partes y para todos los seres racionales.

 

Esta clase de conocimientos es la que nos suministra, con sus axiomas, la matemática, ciencia fundada en la razón y sobre la cual no tiene acción la experiencia. Si decimos “dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí”, vemos que es forzoso que así sea, y que habría una contradicción lógica si se quisiera sostener lo contrario. Pero si decimos, en cambio, “el calor dilata los cuerpos”, notamos que este juicio no expresa ya una necesidad lógica, porque bien podría ser que el calor no dilatase los cuerpos. No es la razón la que nos garantiza la veracidad de esta última afirmación, sino la experiencia.

 

Todo verdadero conocimiento se funda, pues, para el racionalismo, en el pensamiento, en la razón. Esta tiene el predominio y ha de ser considerada anterior a la experiencia. En efecto, en la matemática,que es la ciencia que sirve de modelo a los racionalistas, el pensamiento reina con exclusividad y la experiencia no desempeña ningún papel. Todos los conocimientos se derivan, con necesidad lógica, de ciertas nociones supremas, las nociones matemáticas, que son las definiciones, los axiomas y los postulados.

 

Entre los filósofos racionalistas de la antigüedad deben ser contados Parmenides, Demócrito, Sócrates, Platón y Aristóteles.

Parménides considera la razón como la única fuente del conocimiento real. Para Demócrito, fundador de la escuela atómica, el único conocimiento verdadero y seguro es el racional, mientras que el conocimiento fundado en los sentidos es oscuro e incierto. Platón, como su maestro Sócrates, considera que los sentidos no pueden conducirnos nunca a un verdadero saber. Sobre la base de los sentidos sólo podemos formar una mera opinión (doxa). La razón, en cambio, es capaz de suministrar un saber cierto (episteme). Platón distingue, así, claramente entre opinión y ciencia. Para Aristóteles, el órgano de la verdad inmediata y más elevada es la razón.

 

En los tiempos modernos los representantes más destacados de la dirección racionalista fueron Descartes, Espinoza y Leibniz. Estos filósofos consideran a la matemática como la ciencia ideal y la



 

 

 

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toman como modelo. Mediante la razón quieren dar una concepción matemática del universo. Según Descartes, tenemos una serie de ideas innatas que no derivan de la experiencia y que son los fundamentos del conocimiento. Espinoza, subyugado por el rigor lógico de la matemática, escribe su Ética planteando teoremas al modo geométrico y los demuestra partiendo de definiciones, de axiomas y de postulados. Para Leibniz, la razón es un sentido superior, mediante la cual podemos aprehender las cosas de un modo claro, de acuerdo con principios que saca de ella misma. Las verdades eternas y universales, como los axiomas, son productos de la razón. Cree también en las ideas innatas, pero éstas no son tan acabadas como en la doctrina de Descartes. Según Leibniz, nuestro espíritu tiene la facultad innata de formar ciertas ideas independientemente de la experiencia. Por esto corrige el célebre aforismo aristotélico: “nihil est in intellectu quod prios non fuerit in sensu”, con este agregado: “nisi ipse intellectu”, es decir, “nada hay en el intelecto que antes no haya estado en los sentidos, salvo el intelecto mismo”.

 

b)  El empirismo. — El empirismo (de empeiria = experiencia) sostiene la tesis de que la única fuente del conocimiento humano es la experiencia. Esta doctrina es, así, la antítesis del racionalismo. Para el empirismo no hay conocimiento a priori. Todo nuestro saber deriva de la experiencia exclusivamente. En el espíritu humano no se pueden encontrar ideas y principios innatos anteriores a toda experiencia.

 

En apoyo de esta tesis los empiristas hacen notar que ni en la mente infantil, ni en la del hombre primitivo, se dan ideas innatas. Todo lo contrario. El alma del niño comienza a despertar por la acción de los estímulos sobre los sentidos. La mente humana debe considerarse, más bien como una tabla rasa, una hoja en blanco, en que la experiencia va escribiendo sus propios signos. De esto resulta que es la experiencia, vale decir, el factor empírico, el único instrumento mediante el cual progresa nuestro conocimiento.

 

Una consecuencia de esta tesis es que una condición indispensable para adquirir nuevos conocimientos es tener nuevas experiencias. Todas nuestras ideas, todos nuestros conocimientos, aun los más abstractos y generales, derivan de la experiencia. Tomemos, por ejemplo, la idea de sustancia. Este concepto no se ha formado sino a base de la “coexistencia” de cualidades que se dieron en forma regular empíricamente. La idea de causalidad es el resultado de la percepción de una “sucesión” regular de fenómenos.

 

Para los empiristas, el error fundamental del racionalismo es haber considerado una sola ciencia, la matemática, y concebido sobre este modelo todas las demás ciencias.

 

Las ideas empiristas aparecen en la antigüedad, primero en los sofistas, especialmente en Protágoras, y más tarde en los epicúreos y estoicos. Son estos últimos quienes por primera vez



 

 

 

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comparan el alma con una tabla de escribir. Tanto los epicúreos como los estoicos consideran la percepción sensible como fuente primordial de todo saber.

En los tiempos modernos los más ¡lustres partidarios del empirismo fueron John Locke (1632-1704) y David Hume (1711-1776). Locke combate la teoría de las ideas innatas. Sostiene que en nuestro ^espíritu no se encuentran principios metafísicos o morales innatos, sino que todas nuestras ideas derivan, directa o indirectamente, de la experiencia. Nuestro espíritu es un “papel en blanco”, que la experiencia va cubriendo poco a poco con su escritura. Hume, por su parte, da un desarrollo vigoroso al empirismo de Locke. La experiencia es para él la fuente de todos nuestros conocimientos. Todas las ideas se originan en las impresiones y no son más que copias de las impresiones. El mismo principio de causa tiene para él su fundamento en la experiencia. Cuando vemos un hecho que sigue constantemente a otro de manera tal que no podemos pensar en el primero sin esperar que se produzca el segundo, se forma en nosotros el hábito de asociar íntimamente los dos hechos entre sí. Llamamos causa al primero y efecto al segundo. El principio de causa descansa, pues, en el hábito y éste es fruto de la experiencia.

 

El filósofo francés Condillac (1715-1780) trasformó el empirismo en sensualismo, porque sólo admite la percepción exterior mediante los sentidos, negando la experiencia interna. Reprocha a Locke el haber admitido dos clases de experiencia, la externa y la interna. Para él sólo hay una fuente de conocimiento, la sensación, de la cual salen todas las demás facultades.

 

En el siglo XIX, el representante máximo del empirismo es John Stuart Mill (1806-1873). Más radical que sus antecesores británicos, reduce hasta el conocimiento matemático a la experiencia. El mismo origen empírico atribuye asimismo a las leyes lógicas del pensamiento. Para Stuart Mill estas leyes son generalizaciones de la experiencia pasada.

 

c)     El intelectualismo. — Esta dirección trata de conciliar el racionalismo con el empirismo. Considera que ambos factores participan en la producción del conocimiento. Con el racionalismo, sostiene que hay juicios que tienen el carácter de necesidad y de universalidad, pero no admite que los elementos de estos juicios, es decir, los conceptos, sean frutos a priori de la razón. Sostiene que estos conceptos derivan de la experiencia. Para el intelectualismo, además de las representaciones sensibles están los conceptos, que difieren de las representaciones pero que se originan en ellas. De esto resulta que la experiencia y el pensamiento, en colaboración, constituyen la base del conocimiento humano.

 

Este punto de vista fue sostenido en la antigüedad por Aristóteles, quien hace una síntesis del racionalismo y del empirismo. Las ideas no forman un mundo aparte que flota por encima de las cosas, como pensaba Platón. Las ideas están dentro de las cosas concretas. Son las formas esenciales de las cosas.

 

La doctrina fue desarrollada en la Edad Media por Santo Tomás de Aquino (1225-1274), quien admite también, con Aristóteles, dos clases de facultades del intelecto: el intelecto agente y el intelecto posible. Comenzamos por recibir, de las cosas concretas, imágenes sensibles de las cuales el intelecto agente extrae las imágenes generales. Estas últimas son recibidas por el intelecto posible, pudiendo así juzgar sobre las cosas.



 

 

 

 

 

 

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d)    El apriorismo. — Esta posición, que algunos llaman también criticismo, reconoce como fundador a Kant. Para el apriorismo, las únicas fuentes del conocimiento son, asimismo, la experiencia y el pensamiento, la razón; sólo que trata de conciliar estas dos doctrinas en una teoría única. Sin embargo, la solución que ofrece es opuesta al intelectualismo. Contra el empirismo afirma que nuestro conocimiento presenta ciertos conocimientos a priori, que no derivan de la experiencia; de ahí el nombre de “apriorismo” dado a esta doctrina. Contra el racionalismo dice que no conocemos la realidad de las cosas en sí mismas, sino tales como se manifiestan en los fenómenos.

 

De acuerdo con esta doctrina, todo conocimiento de la realidad comprende dos factores: uno empírico, llamado materia, proporcionado por las impresiones de los sentidos o por las experiencias de nuestra sensibilidad interior. El otro factor consiste en la forma y es dado a priori. Estas formas son algo así como moldes vacíos que la experiencia llena con contenidos concretos. Pero como las raíces del conocimiento son dos, constituidas por los sentidos y la razón, existen también dos especies de formas a priori: las formas de la intuición sensible son el espacio y el tiempo, y mediante ellos se ordena la experiencia. Las otras formas a priori corresponden al entendimiento, y son las doce categorías en las cuales ordenamos nuestros conceptos.

 

Según esta doctrina, el pensamiento no se conduce en forma pasiva, sino que interviene de un modo activo. Las intuiciones sin los conceptos, dice Kant, son ciegas; los conceptos sin las intuiciones son vacíos. Esto quiere decir que nuestro pensamiento, mediante las formas del espacio y el tiempo, pone orden en el caos de los datos de nuestras percepciones disponiéndolos, ya en una sucesión, ya en una yuxtaposición. Además, establece enlaces entre dos series de percepciones, considerando a una de ellas como causa y a la otra como efecto. Esta conexión es posible mediante una forma apriorística del entendimiento, que es la categoría de la causalidad.

 

En resumen: el conocimiento puro, es decir, el conocimiento exento de todo conocimiento empírico, es posible por la acción conjunta de estas dos clases de formas, cuyo ejemplo típico lo encontramos en la ciencia matemática, en la lógica y en las ciencias naturales teóricas. En cambio, no



 

 

 

 

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poseemos ningún conocimiento directo de las cosas en sí, porque nuestro intelecto no trabaja independientemente de nuestros sentidos. Nos vemos, así, reducidos a partir, en nuestros conocimientos, de la consideración de los fenómenos, vale decir, de las manifestaciones de la materia que se nos ofrece en el espacio y en el tiempo. Lo que está más allá de nuestra experiencia, lo que es “trascendente” a nuestra conciencia, no es posible conocer.

 

 

2. La esencia del conocimiento

 

Este problema se refiere a la realidad de nuestros conocimientos, a la realidad de la existencia del mundo exterior. ¿Lo que conocemos corresponde a una realidad objetiva, o es pura ficción nuestra, meras ideas y representaciones que sólo existen en nosotros y por nosotros? También a este problema se han dado diversas respuestas, que pueden agruparse en dos órdenes: 1.º soluciones premetafísicas, y 2.º soluciones metafísicas.

 

a)      Entre las soluciones premetafísicas debemos mencionar el objetivismo y el subjetivismo. Para el objetivismo, el elemento decisivo,

 

entre los dos miembros —objeto y sujeto— que constituyen la relación del conocimiento, es el objeto. El sujeto está determinado por el objeto. El sujeto reproduce las cualidades del objeto. Este se encuentra como algo situado en el exterior, frente a la conciencia del sujeto.

 

La primera formulación de esta doctrina la encontramos en Platón con su teoría de las Ideas. Para él las ideas son, en efecto, realidades objetivas. Frente al mundo sensible de los fenómenos hay un mundo suprasensible, el de las ideas, cuyo conocimiento adquirimos mediante una intuición no sensible, que es la intuición intelectual.

 

En nuestros días este pensamiento platónico reaparece en la filosofía de Edmundo Husserl (1859-1938), fundador de la Fenomenología. Este filósofo distingue una intuición sensible, que tiene por objeto las cosas concretas, las cosas individuales, y una intuición no sensible, cuya finalidad son las esencias generales de las cosas. Lo que Platón llama idea, Husserl lo denomina esencia.

 

El subjetivismo es, en cambio, la dirección que fundamenta el conocimiento en el sujeto. Pero no se trata aquí de un sujeto individual, concreto, sino de un sujeto superior trascendente, Dios, por ejemplo, como encontramos en San Agustín, quien coloca las ideas platónicas en el espíritu divino. Las esencias ideales residen, pues, en la razón divina, son pensamientos de Dios. El conocimiento es posible porque halla su fundamento en lo absoluto, es decir, Dios.

En nuestros tiempos, el subjetivismo ha sido defendido por los neokantianos de la Escuela de Marburgo (Hermann Cohen, Paul Natorp). Sólo que el sujeto en quien se opera el conocimiento es un sujeto lógico, es decir, una conciencia en general, formada por el conjunto de las leyes y los conceptos supremos de nuestro conocimiento. Gracias a estos medios la conciencia del sujeto



 

 

 

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define el objeto, lo produce, para emplear la terminología de Cohen. No existen objetos independientes de la conciencia, sino que todos los objetos son engendros, productos del pensamiento[1].

 

b)  Las principales respuestas de carácter metafísico son el realismo, el idealismo y el fenomenalismo.

 

1) El realismo. — Esta posición, que es la más antigua, sostiene que hay cosas reales independientes de la conciencia. Le parece natural considerar que las cosas, que están fuera de nosotros, y nosotros mismos, son tales como los percibe la conciencia. Nuestras percepciones y representaciones son retratos fieles de las cosas. Así, para el realismo, los objetos son realmente rojos y verdes, claros y oscuros, dulces o amargos, blandos o duros. No hace una distinción entre la percepción y el objeto percibido. Cree que las cosas se nos ofrecen inmediatamente, en sí mismas, tales como son. Este es, como se ve, un realismo ingenuo, cuya influencia se advierte en la vida práctica, como cuando decimos que el sol se levanta y se pone, por más que sabemos que es la tierra la que gira. Esto se debe a que en la vida sólo nos interesan los fenómenos, las apariencias, y no aquello que podemos abarcar únicamente con el pensamiento.

 

Diferente de este modo de ver es el realismo crítico. Considera que las propiedades o cualidades de las cosas, tales como los colores, los sabores, los sonidos, etc., sólo existen en nuestra conciencia y surgen cuando determinados estímulos actúan sobre nuestros órganos sensoriales. Las percepciones sólo son fenómenos de nuestra conciencia y dependen de la naturaleza de ésta. Esta opinión se apoya en ciertos hechos, tales como las ilusiones, las alucinaciones, los sueños, el daltonismo, etcétera, que nos convencen de que las percepciones sensible» dependen de factores subjetivos y que no son copia fiel de la realidad. Sin embargo, se debe suponer que existe algo objetivo en las cosas y que es la causa de la aparición de dichos fenómenos[2].

 

2) El idealismo. — Esta doctrina sostiene la tesis de que no existen cosas reales independientemente de la conciencia que conoce. Una forma típica de esta forma de pensar la encontramos en el filósofo Jorge Berkeley, de quien ya hablamos en los primeros capítulos al tratar de la lógica idealista. Según Berkeley, todas las cualidades de los cuerpos que percibimos son relativas a nosotros. Los cuerpos no son otra cosa que los contenidos de nuestra percepción. Una manzana, por ejemplo, no consiste



 

 

 

 

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más que en un complejo de sensaciones visuales, olfativas, gustativas y táctiles. La existencia de las cosas consiste en su percepción; de ahí la fórmula esse est percipi: existir es ser percibido.

 

De esto resulta que la única realidad son nuestras percepciones, nuestra conciencia con sus contenidos, por cuya razón se llama también a esta posición conciencialismo o idealismo subjetivo (psicológico).

 

Una posición distinta ocupa el idealismo objetivo o lógico. Este toma como punto de partida la objetividad de la ciencia, tal como aparece en las obras científicas. Esta objetividad se hace manifiesta en la conciencia, como una serie de pensamientos, de juicios, de raciocinios y no por un cúmulo de procesos psicológicos. Para esta doctrina, el ser de las cosas no se reduce a ser percibidas, sino a ser “engendradas” por el pensamiento, como un producto del pensamiento. Un ejemplo aclarará mejor este concepto. Consideremos un trozo de madera. Para el realista, la madera existe como objeto, fuera e independientemente de la conciencia del sujeto. Para el idealista subjetivo, la madera sólo existe en nuestra conciencia como conjunto de fenómenos. Para el idealista objetivo o lógico, la madera no existe ni en nosotros, ni fuera de nosotros. Necesita ser engendrada por el pensamiento, y esto se produce en la forma siguiente: al formar el concepto madera, nuestro pensamiento produce el objeto madera. La madera no es, por lo tanto, un objeto real, ni un contenido de la conciencia. No es más que un concepto, un ser lógico, un ente ideal[3].

 

Este idealismo, llamado también panlogismo porque reduce toda la realidad a algo conceptual, lógico, es sostenido por la Escuela de Marburgo, de la cual ya hemos hablado y que encuentra sus antecedentes más en Hegel que en Kant.

 

3)   El fenomenalismo. — Esta doctrina, fundada por Kant, trata de conciliar las dos tendencias opuestas, la del realismo y la del idealismo. El fenomenalismo (de fenómeno = apariencia) sostiene que no conocemos las cosas como son en sí, sino como se nos aparecen. Considera que existen cosas reales pero que no podemos conocer su esencia, su naturaleza íntima. Lo único que nos es dado conocer son los fenómenos, es decir, contenidos de conciencia.



 

 

 

 

 

 

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Coincide, pues, esta doctrina con el realismo en que admite cosas reales, pero también coincide con el idealismo en que limita su conocimiento a la conciencia, de donde resulta que no se puede conocer la cosa en sí. Lo único que podemos conocer son los fenómenos que ordenamos, como ya lo vimos, en el espacio y en el tiempo, porque espacio y tiempo son formas de la intuición sensible, funciones de nuestra sensibilidad que obran de un modo espontáneo e involuntario. Es así como todo lo que percibimos y todo lo que pensamos sólo existe en relación a nosotros. El espíritu es el que impone al mundo sus leyes propias, y así es posible que este mundo fenoménico sea inteligible.

 

En resumen, el fenomenalismo, como lo encontramos en Kant, puede sintetizarse en la siguiente forma: 1.º no podemos conocer la cosa en sí; 2.º nuestro conocimiento queda limitado a los fenómenos; 3.º el mundo de los fenómenos surge a nuestra conciencia porque ordenamos el material sensible de acuerdo con las formas a priori de la intuición y del entendimiento.

 

 

3. Formas del conocimiento

 

Aquí se trata de saber cuáles son las especies del conocimiento, es decir, en qué forma aprehendemos un objeto, porque conocer es aprehender espiritualmente algo. Todos o casi todos nuestros conocimientos son adquiridos en forma mediata, mediante operaciones lógicas que pasan por diversas etapas. Se trata de un conocimiento discursivo, como ya lo vimos al comienzo de este capítulo. La cuestión que se plantea ahora es la siguiente: ¿es ésta la única forma de conocimiento, o existe otra forma, la intuitiva, como sostienen algunos filósofos? Vamos a examinar brevemente esta cuestión.

 

Cuando hablamos aquí de intuición no nos referimos a la intuición sensible, sino a una intuición no sensible, espiritual, cierto acto inmediato del conocer. Según los intuicionistas, hay una intuición racional, otra emocional y otra volitiva, cuyos órganos de conocimiento son, respectivamente, la razón, el sentimiento y la voluntad. En los tres casos hay un conocimiento inmediato de un objeto. De manera que si consideramos en cada objeto tres aspectos, la esencia, la existencia y el



 

 

 

 

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valor, tendremos tres clases de intuiciones de un objeto: para la intuición de la esencia servirá la razón, para la intuición de la existencia, la voluntad, y para la intuición de los valores, la emoción.

 

El primero que habla de una intuición espiritual es Platón, quien dice que las ideas son intuidas inmediatamente por la razón. San Agustín, influido por Plotino, habla de una intuición de la verdad eterna. Es una visión mística de Dios. Pero esta visión se presenta con un carácter emocional y no racional. En esto se opone justamente a la escolástica medieval que sólo distingue un conocimiento discursivo racional.

Con Descartes vuelve a aparecer el concepto de la intuición intelectual. Es una forma autónoma de conocimiento. No se trata de una inferencia ni de un pensamiento discursivo. Es una intuición inmediata en que se siente vivir con sus pensamientos: pienso, luego existo.

 

En nuestros días es Henri Bergson (1859-1941) quien ha popularizado el concepto de intuición. Según él, nuestra inteligencia es incapaz de penetrar en la esencia de las cosas. Esta sólo puede lograrse mediante la intuición, que tiene un carácter irracional.

 

Expuesto así, brevemente, el concepto de la intuición como forma del conocimiento, veamos ahora si hay algún fundamento para reconocerlo como tal. La Escuela de Marburgo, con Hermann Cohen, niega valor a la intuición como método de conocimiento. Sólo hay un conocimiento racional, discursivo con el método deductivo basado en él.

 

También los filósofos Windelband y Rickert lo rechazan en todas sus formas. Pero algunos autores, como Augusto Messer, admiten la intuición, pero sólo para los valores éticos y estéticos. No niega que muchas veces las hipótesis y las teorías científicas, lo mismo que los sistemas metafísicos, descansan en intuiciones que se adelantan a la penosa investigación que avanza paso a paso. Pero toda intuición, por más luminosa que sea, debe resistir, para su validez, la prueba de la inteligencia. De lo contrario es una simple “ocurrencia”, cuyo valor y legitimidad es por lo menos dudosa. Muchos hombres manifiestan, en efecto, una aversión profunda por la comprobación crítica, debido a que no buscan el conocimiento sino que van en pos de impresiones siempre nuevas de fuerte efecto sentimental. Por esto atacan a la inteligencia y elogian el sentimiento y la intuición mezclando, de un modo muy difícil de separar, lo legítimo de lo ilegítimo.

 

Es, por lo tanto, un error creer que la intuición ha de proporcionar un conocimiento mejor y más profundo que la “fría y superficial” inteligencia, como dice irónicamente Augusto Messer. Las intuiciones podrán conmover nuestro corazón, pero no suministrar un conocimiento. Sólo podrá suministrar ciertos «latos para el conocimiento, pero será menester que estos datos sean elaborados e interpretados por el pensamiento [4].

 

4. Trascendencia del conocimiento

 

Todo conocimiento, como ya lo vimos, consiste esencialmente en la aprehensión de un objeto por un sujeto, es decir, que un sujeto cognoscente toma posesión de un objeto extramental. Se trata de la intervención de los dos factores en todo conocimiento: el sujeto que conoce y el objeto que es conocido por el sujeto.

 

Debemos concebir, por lo tanto, todo conocimiento como una doble proyección: una que va del sujeto hacia el objeto y la otra que va del objeto hacia el sujeto. Se trata, en otras palabras, de una doble trascendencia: hay un trascender del objeto al sujeto y recíprocamente un trascender del sujeto al objeto.



 

 

 

 

 

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Es fundamental hacer notar que en el proceso del trascender del objeto al sujeto, no es el objeto mismo el que se incorpora en el sujeto, sino que en el sujeto se forma una mera imagen o representación del objeto, su idea, que es algo así como el símbolo del objeto.

 

Si consideramos ahorca el otro aspecto de la trascendencia, es decir, aquella otra actividad que va del sujeto hacia el objeto para aprehenderlo, debemos reconocer que existe en el espíritu humano una fuerte tendencia a sobrepasar los datos de la experiencia sensible y a penetrar en la esencia de las cosas, más allá de los fenómenos que perciben nuestros sentidos. Nuestro espíritu no se contenta con las apariencias fenoménicas. Quiere conocer la esencia íntima de las cosas, la cosa en sí, los “noúmenos”, según la expresión de Kant. De ahí que trasciende, mediante un verdadero salto, por encima de las barreras del mundo perceptible para penetrar, con el pensamiento, en la realidad última, pero incognoscible.

 

Esta tendencia a trascender los límites de nuestro conocimiento sensible es la que ha dado origen a las grandes creaciones del espíritu humano. A ella se deben los mitos y las leyendas de los pueblos primitivos con las primeras y rudimentarias explicaciones acerca de los fenómenos del universo, y más tarde, en forma más racional, es la que ha dado nacimiento a la Filosofía y a la ciencia.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA VERDAD

 

1.  El problema de la verdad.— 2. Grados de asentimiento.

 

— 3. La certeza.— 4. La duda.— 5. La opinión. — 6. La probabilidad. — 7. El cálculo de probabilidades. — 8. Criterios de la verdad.— 9. Discusión.

 

 

1.El problema de la verdad

 

 

Hemos tratado hasta ahora de la posibilidad del conocimiento, de su origen, de su esencia y de sus formas. Nos falta considerar, por último, el criterio que nos permite reconocer si un conocimiento es o no es verdadero.

 

Ante todo, debemos hacer notar que la verdad siempre se expresa en un juicio; por consiguiente, sólo los juicios pueden ser verdaderos o falsos. Los objetos no son ni verdaderos ni falsos: son reales, ideales o imaginarios.

 

Con respecto a este problema, son varios los puntos de vista surgidos en el curso de la historia de la filosofía. Si consideramos cualquier conocimiento, se nota fácilmente que dicho conocimiento ofrece una triple relación:

 

1.º En primer término, todo conocimiento está en relación con el objeto que es conocido.

 

2.º En segundo lugar, el conocimiento de ese objeto se halla en relación lógica y necesaria con otros conocimientos, vale decir, que hay una coherencia entre ellos.



 

 

 

 

 

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3.º El conocimiento se encuentra relacionado con la vida práctica, con lo útil para nuestra existencia.

 

De acuerdo con estas relaciones que puede tener un conocimiento, existen tres conceptos de la verdad, que son:

 

1.º La verdad como una correspondencia entre el conocimiento y el objeto.

 

2.º La verdad considerada como coherencia lógica.

 

3.º La verdad considerada como utilidad práctica (pragmatismo).

 

Vamos a analizar brevemente estas tres concepciones de la verdad.

 

a)   La verdad como relación entre conocimiento y objeto — Esta concepción, que es la más antigua, ha sido formulada por los filósofos escolásticos como “el acuerdo del pensamiento con sus objetos”. Según esta fórmula, un conocimiento es verdadero cuando su contenido concuerda con el objeto al cual se refiere. Se trata, pues, de una concepción trascendente de la verdad, puesto que parte de la base de que el objeto está fuera de la conciencia, que trasciende de ella.

 

Esta concepción de la verdad ha merecido muy severas críticas porque, entendiéndose el acuerdo como una semejanza, se ve que no puede haber ninguna semejanza entre los objetos y los pensamientos, toda vez que son de distinta naturaleza. Sólo puede haber acuerdo entre los pensamientos entre sí. Tal es la opinión de Kant.

 

Los filósofos modernos, a la zaga de Husserl, han vuelto a la vieja fórmula escolástica. Para ellos, la verdad de un juicio es su concordancia en la realidad. Pero no debe confundirse la “realidad” con la “existencia”, puesto que hay juicios verdaderos que no se refieren a algo “real”, como acontece en los juicios matemáticos que se refieren a objetos ideales. El acuerdo no significa, pues, otra cosa que la conveniencia de la relación entre el juicio y el contenido objetivo al cual se refiere dicho juicio.

 

b)   La verdad considerada como coherencia lógica. — Esta concepción de la verdad se basa en el hecho de que debemos renunciar al conocimiento remoto de un objeto diferente del conocimiento. En dicha concepción de la verdad se excluye el objeto, porque éste no puede ser conocido en sí. Por esta razón, dice Kant, que la verdad consiste en la concordancia de los pensamientos entre sí y por las leyes del pensamiento. Más modernamente algunos filósofos empiristas, como Hans Cornelius y



 

 

 

 

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Ernesto Mach, han ampliado esta concepción, considerando la verdad como la concordancia del pensamiento con la experiencia o la percepción, es decir, con hechos de carácter psíquico.

 

Se trata, ya sea en una u otra forma, de un concepto inmanente de la verdad. Esta reside, no en la relación entre el contenido del pensamiento y el objeto que menciona, sino que radica en el pensamiento mismo. Según esta concepción, la verdad es la concordancia del pensamiento consigo mismo, y un juicio es verdadero cuando se ajusta a las leyes y normas del pensamiento. Se trata, pues, de un idealismo lógico.

 

c)      La verdad como utilidad práctica (pragmatismo). — Esta concepción sostiene que la verdad de un juicio consiste en su utilidad para la vida práctica. Es la concepción pragmática de la verdad (de pragma = hecho, acción), sostenida principalmente por W. James. Según esta doctrina, la verdad no es sino aquello que resulta útil para nuestra vida espiritual. Esto no quiere decir que sólo los juicios que son útiles para la vida han de ser aceptados como verdaderos y rechazados como falso.s los que resultan nocivos. Según el pragmatismo, debemos considerar como verdaderos todos aquellos pensamientos y aquellas teorías que nos sirven para explicar los fenómenos y que prestan utilidad para aumentar el caudal de nuestros conocimientos.

 

 

2.Grados de asentimiento

 

 

Otra cosa que es preciso tener en cuenta es que el espíritu humano no crea la verdad ni la falsedad. Nosotros sólo elaboramos ciertas creencias, formuladas en juicios, y estas creencias pueden ser verdaderas o falsas si están o no de acuerdo con determinados hechos.

 

Pero la verdad puede existir sin que nosotros la conozcamos. Se trata en este caso de la ignorancia, que es el desconocimiento de la verdad. En ciertos casos puede acontecer que tengamos algunas razones en favor y otras en contra de una creencia. Suspendemos entonces el juicio relativo a su veracidad. Decimos, en este caso, que hay duda. Pero cuando la creencia se impone con fuerza, sin ninguna dubitación, decimos que hay certeza. Se trata, como se ve, de ciertos estados que tienen sus gradaciones y que van desde la certeza absoluta hasta una sospecha apenas perceptible.



 

 

 

 

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Estas gradaciones con que nuestro espíritu acepta las creencias se llaman, desde Leibniz, grados de asentimiento, es decir, los grados en que el espíritu presta su aprobación a la verdad.

 

En efecto, los pensamientos correctos nos producen un sentimiento de firmeza. En los pensamientos que sólo son verosímiles, el sentimiento de certeza ya no es tan intenso porque sabemos que contra ellos pueden formularse objeciones a causa de las lagunas y de los vacíos dejados en su derivación. Este sentimiento de seguridad, que es la característica de la certeza, puede ir disminuyendo gradualmente mucho más aún, según que aumenten las razones en contra. Después de pasar por la duda puede alcanzar el extremo opuesto. Hablamos entonces de un pensamiento inverosímil. El sentimiento que lo acompaña es negativo; hay como una disminución, y el juicio es rechazado como carente de valor. Observamos, pues, una transición gradual que va de los pensamientos verdaderos a los falsos.

 

 

3. La certeza

 

El estado subjetivo por el cual el espíritu se cree en, posesión de la verdad es la certeza. La certeza no se refiere, pues, a los juicios. Estos pueden ser verdaderos o evidentes. La certeza es un estado psicológico que da seguridad absoluta a una opinión porque no abriga ninguna duda sobre su validez.

 

Aunque la certeza tiene siempre un carácter subjetivo, porque es un estado psicológico, sólo llamamos certeza subjetiva a aquella en que el sujeto no puede comunicarla a los demás porque se funda sobre razones que no son válidas para todos los espíritus. En cambio, la certeza objetiva no depende de ninguna circunstancia personal y, por consiguiente, puede imponerse a cualquier persona. Así, la certeza científica es objetiva, mientras que el testimonio de la conciencia es subjetivo, válido para la persona que experimenta dicho estado.

 

 

4. La duda



 

 

 

 

 

 

 

 

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Cuando con relación a un juicio hay un número de razones en favor y un número igual de razones que militan en contra, se produce en nosotros un estado interior por el cual suspendemos el juicio. No podemos afirmar, ni negar. A este estado lo llamamos duda, cuando es interior, y a su correspondiente manifestación externa, vacilación. La duda supone que el espíritu concibe un juicio como posible, pero al mismo tiempo concibe también como posible su contradictorio. Dudar significa, pues, pensar, sin juzgar.

 

No debe confundirse este grado de asentimiento con la duda metódica, preconizada por Descartes. Se trata aquí de un procedimiento lógico que consiste en rechazar toda opinión aceptada con anterioridad y no admitir ninguna nueva sin estar forzados a admitirla por una evidencia irresistible. La duda metódica ha quedado incorporada, gracias a Descartes, como un principio fundamental del método científico.

 

 

5. La opinión

 

Un estado del espíritu que participa de la duda pero que se inclina más hacia un lado que a otro es la opinión. Se trata de una creencia incompleta, basada en razones que se sabe que son insuficientes. El fundamento de una opinión se encuentra simplemente en razones que tienen cierta probabilidad. Por esto, cuando emitimos una opinión no le atribuimos un valor de universalidad, sino meramente un valor personal.

 

Según Kant, ja opinión es una afirmación en que hay conciencia de que es insuficiente. Si esta opinión es suficiente subjetivamente, pero insuficiente objetivamente, se llama creencia. Cuando es válida, objetiva y subjetivamente, es ciencia.

 

Platón designa con la palabra opinión —doxa— el conocimiento de las cosas sensibles, que con frecuencia resulta falso y jamás exacto.

 

En resumen, la opinión tiene escaso valor, de ahí que la ciencia no se construya con opiniones.

 

 

6. La probabilidad



 

 

 

 

 

 

 

 

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Si tenemos que resolver un problema y nos faltan los elementos necesarios para hallar la solución, el estado de espíritu relativo a dicho problema es la ignorancia. Por el contrario, si poseemos “todos” los datos referentes a dicho problema y los utilizamos debidamente, el estado de espíritu que le corresponde es el saber.

 

Pero si no tenemos presente todos los datos, y tampoco se hallan todos ellos ausentes, nuestro juicio se apoyará en aquellos que constituyen un número mayor. A este estado de espíritu, en el cual hay más razones en favor que en contra para el asentimiento de una creencia, lo llamamos probabilidad. Lo probable es aquello que tiene más posibilidades de ser que de no ser. Veamos un ejemplo que da Janet. ¿Hará buen tiempo mañana? Desde hace varios días que el tiempo se mantiene hermoso. Por lo tanto, hay la probabilidad de que no cambie repentinamente. El viento es favorable y éste es también un dato en favor. Pero ignoramos si cambiará el viento. Nos llega la noticia, si embargo, que en una región próxima el viento ha cambiado. Es éste un dato contrario. Debemos sopesar los datos en favor y los datos en contra. Los datos en favor de una solución son las probabilidades favorables. Los que están en contra son las probabilidades contrarias. Consecuentemente a esto, el partido que tenga más razones en pro será el más probable y el otro el menos probable o improbable.

 

 

7. El cálculo de probabilidades

 

Como la probabilidad aumenta o disminuye de acuerdo con el aumento o disminución de los datos favorables, es posible representar numéricamente la probabilidad de un suceso. En este hecho toma origen el cálculo de probabilidades. Se trata aquí de suministrar lo que es verosímil cuando la investigación científica no alcanza a proporcionarnos leyes de valor universal.

 

La verosimilitud puede ser de dos clases: cualitativa y cuantitativa. Es cualitativa cuando sólo tiende a darnos el grado de aproximación que puede tener un juicio determinado, como por ejemplo, cuando se quiere ver el efecto que una ley tiene sobre la sociedad: la severidad de la pena sobre la disminución de la delincuencia, etc.



 

 

 

 

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La verosimilitud es cuantitativa, vale decir un cálculo de probailidades, si investiga cuál de dos afirmaciones contrarias es la más probable, tomando exactamente en cuenta el número de casos en favor y los casos en contra. Esta relación se expresa matemáticamente mediante un número fraccionario en que el numerador representa los casos favorables y el denominador la totalidad de los casos posibles. Si hemos comprado un billete de lotería, la posibilidad de ganar un premio correspondiente a la terminación del número es de 1/10, porque el billete puede terminar en 0, 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9. Pero es mucho menos probable que ganemos el premio mayor. Si el tiraje es de 30 mil billetes, sólo habrá la probabilidad de ganarlo expresada por la fracción 1/30.000. Se trata, como se ve, de una probabilidad matemática. Estos cálculos se emplean en muchos sectores de la actividad humana: en la resistencia de materiales de construcción, en los pronósticos meteorológicos, y sobre todo en las compañías de seguros para determinar las primas que deben pagar los asegurados. Aquí son las estadísticas las que sirven de base a los cálculos. Últimamente se ha hallado también su utilidad para la psicología aplicada en la determinación de las aptitudes. Se comprueba el valor de un “test” mediante las estadísticas. Si, previo un examen, hemos comprobado que de 100 casos 90 sujetos en la práctica mostraron su capacidad para la aptitud mecánica, podemos diagnosticar que un sujeto que sale airoso en la prueba del laboratorio tiene 90 % de probabilidad de tener éxito también en el taller.

 

De la afirmación de que nunca podemos alcanzar la certeza absoluta ha surgido toda una teoría: el probabilismo, que tiene sus raíces en la filosofía de la antigüedad griega, especialmente en Arquesilao y Carnéades. Según estos filósofos, sólo debemos contentarnos con una simple probabilidad, puesto que la certeza absoluta no es posible.

 

 

8. Criterios de la verdad

 

Una vez determinadas las diversas concepciones de la verdad y los grados de asentimiento, es preciso averiguar si existen notas características por las cuales los conocimientos verdaderos se diferencian en seguida de los falsos. En otras palabras, se trata de saber si existe un criterio infalible



 

 

 

 

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que permita discernir los conocimientos verdaderos de los conocimientos imperfectos. Tal es el problema relativo al criterio de la verdad que ha preocupado a los filósofos de todos los tiempos, dando origen a toda una rama de la lógica: la criteriología (de criterion, que en griego significa instrumento de distinción).

 

Vamos a esbozar a continuación los principales criterios en una ojeada de conjunto.

 

1.º Criterio de autoridad. — Como el hombre, dada la limitación de sus capacidades, no puede ni abarcar ni verificar personalmente todos los conocimientos científicos, se dice que debe aceptar como verdaderas todas aquellas afirmaciones hechas por una persona que sea digna de fe. En efecto, si cada sabio tuviera que comprobar y verificar cada uno de los descubrimientos o afirmaciones hechas por los hombres de ciencia que le precedieron, todo progreso científico sería imposible, puesto que a cada instante se estaría rehaciendo el edificio de la ciencia. Es menester, pues, aceptar ciertas verdades, pero sólo aquellas que emanan de una autoridad que merezca fe. Tal acontece en todas las religiones en que se aceptan ciertas verdades conocidas por revelación divina, puesto que Dios es digno de toda fe.

 

Asimismo, en la historia aceptamos como verdaderas ciertas afirmaciones por emanar de una autoridad lejana o por haber llegado a nosotros por una larga tradición sin preocuparnos mayormente por verificarlas. En nuestra vida cuotidiana también aceptamos como verdaderos ciertos hechos por la simple razón de haberlos conocido mediante personas en quienes confiamos.

 

Pero es en las ciencias donde el criterio de autoridad pierde su vigor, toda vez que la ciencia exige el raciocinio y la comprobación. Esto no quiere decir que aquí debe desecharse toda autoridad. Al contrario, la experiencia de los hombres del pasado constituye una ayuda muy valiosa puesto que nos ahorra tiempo y fatiga, y sus descubrimientos sirven de base para nuevas investigaciones. Sin embargo, el respeto a la autoridad de los hombres de ciencia ha de ser limitado y controlado por una crítica serena y no ser una admiración ciega y exagerada, como la de los hombres de la Edad Media con respecto a Aristóteles, a quien se consideraba como el juez inapelable de la verdad.



 

 

 

 

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2.º El asentimiento universal. — De acuerdo con este criterio, es característico de la verdad el asentimiento que a ella prestan todos los hombres. Si todo el mundo acepta por cierta una afirmación, es porque ella es verdadera. Sin embargo, la experiencia nos demuestra que este criterio carece de valor, puesto que muchas verdades que hoy son aceptadas como evidentes no tuvieron el asentimiento de todos los hombres. Por otra parte, hay conocimientos científicos que por su naturaleza no pueden ser examinados por todos los hombre?. La verdad no es privilegio de una mayoría. Al contrario, las verdades científicas son descubiertas por un número muy limitado de hombres, quienes con frecuencia deben luchar denodadamente contra la mayoría para imponerlas. Recuérdense los casos tan instructivos de Copérnico, de Galileo y de Colón.

 

3.º El sentido común. — Para Tomás Reid (1710-1795), fundador de la escuela escocesa, el criterio infalible para la verdad nos es suministrado por una facultad íntima, especial, común a todos los hombres: el sentido común. Hay, según él, verdades evidentes que debemos aceptar espontáneamente y sin las cuales la ciencia misma no sería posible. Estas verdades nos son sugeridas por el sentido común, pero de cuya naturaleza nada nos dice el filósofo escocés, aunque lo considera un instinto ciego. Sin embargo, el sentido común no es suficiente garantía para aceptar una afirmación como verdadera. Es sabido que muchos errores se cometieron en nombre del sentido común y no sólo por gente ignorante sino también por hombres consagrados a la ciencia. Muchas verdades, precisamente, fueron combatidas por el sentido común y condenadas, mientras que otras, que aceptaba el sentido común, hoy son reconocidas como falsas.

 

4.º Necesidad lógica. — De acuerdo con este criterio, sólo es cierto aquello que está exento de contradicción. Este criterio es una consecuencia del concepto inmanente de la verdad, de Kant, es decir, la afirmación de que la verdad es un acuerdo del pensamiento consigo mismo, o sea, cuando se ajusta a las leyes del pensamiento. Pero como se ha hecho notar, este criterio sólo puede ser válido para una esfera de conocimientos, para las ciencias formales o ideales, como la lógica y la matemática. Así, cuando se trata de objetos reales es menester buscar otros criterios.

 

5.º La evidencia. — Para Descartes, el carácter por el cual se distinguen los conocimientos verdaderos es la evidencia. Según este



 

 

 

 

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criterio, son verdaderos aquellos juicios que aparecen con perfecta claridad y distinción. Pero debemos observar que la claridad y la distinción no son razones suficientes para darle validez objetiva. Pueden darse juicios cuyo contenido aparezca con plena claridad y distinción y que sean totalmente falsos. Hubo, en efecto, muchos pensamientos que por su evidencia la humanidad los consideró durante mucho tiempo como verdaderos y que son, sin embargo, erróneos.

 

6.º Criterio de la experiencia. — Muchos filósofos modernos toman como criterio supremo de la verdad a la experiencia. Esto quiere decir que sólo debe considerarse como verdadero lo que puede confirmar la experiencia y cuando hay imposibilidad de admitir lo contrario. Tal es el pensamiento de Stuart Mill y de Spencer. Estos filósofos consideran que cuando sólo se aplica el principio de contradicción, fundado en la razón exclusivamente, ello puede llevarnos a errores. Así, en efecto, se consideraba inconcebible la redondez de la tierra porque de lo contrario los antípodas debían caer al vacío. Por consiguiente, la certeza absoluta debe buscarse en la experiencia y sólo deben ser admitidos como verdaderos aquellos conocimientos que pueden ser verificados y comprobados por la experiencia. Ademas, la verdad de un juicio debe surgir de la confrontación con los demás juicios que tenemos y, especialmente, si no hay contradicción entre ellos.

 

 

9. Discusión

 

Veamos ahora qué valor tienen los criterios de la verdad examinados hasta ahora. Todos estos criterios, que se toman como signos de la verdad, han surgido de puntos de vista parciales, de manera que no siempre uno solo de ellos es suficiente para decidir acerca del valor de un conocimiento. Por lo general, cuando se examina la verdad que atribuimos a un juicio apelamos a varios criterios, ya sea simultáneamente o sucesivamente. La ausencia de contradicción es, sin duda, un criterio de la verdad, pero no puede servir de criterio general, válido para todo conocimiento, sino, como ya lo vimos, válido únicamente para objetos ideales o para objetos de conciencia. En efecto, podemos tener en nuestra conciencia estados anímicos de las más diversas clases. Aquí hemos de



 

 

 

 

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buscar otro criterio para su validez: la evidencia. De acuerdo con este principio serán verdaderos sólo aquellos juicios que hallen su fundamento en la evidencia, en la inmediatez de nuestros estados de conciencia. El color rojo que percibimos, o el placer que experimentamos, no pueden ser demostrados porque sólo poseen una realidad inmediata para nosotros. La característica de la certeza de nuestras intuiciones sensibles consiste, justamente, en que no puede ser demostrada ni probada en forma lógica. Cada uno de nosotros debe experimentar y vivir sus propias vivencias. De ahí que este criterio carezca de la señal de la universalidad y posea únicamente el carácter de subjetividad. En consecuencia, la evidencia no puede servir de criterio para la estimación de las verdades científicas porque el conocimiento científico debe tener validez universal.

 

Esta validez encuentra su justificación, no en la evidencia, sino en lps leyes lógicas del pensamiento, especialmente en los principios de identidad y de contradicción, que se descubren mediante el análisis de los conceptos sobre los cuales formamos los juicios. Si queremos saber por ejemplo, en qué se funda la verdad de la afirmación “todos los cuerpos son extensos”, mediante el análisis del concepto “cuerpo” encontramos el carácter de “extensión”. Si analizamos el juicio “el todo es mayor que la parte”, vemos que el concepto “todo” incluye la necesidad lógica de ser mayor que la parte, pues el no ser así constituiría una contradicción.

 

Son, por consiguiente, las leyes lógicas del pensamiento los fundamentos últimos de la validez de nuestros juicios. Pero estas leyes lógicas ya no necesitan otra fundamentación. Encuentran su fundamento en sí mismas. Es una “autofundamentación”. Estas leyes son supuestos necesarios, sin los cuales no es posible el pensamiento ni ningún conocimiento que tenga estas leyes. Como dice Hessen, en estas ¡eyes se revela la estructura, la esencia del pensamiento[1].



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL SABER CIENTÍFICO

 

Conocimiento vulgar y conocimiento científico.— 2. Conocimiento filosófico. Sus caracteres.— 3. La ciencia como sistema de conocimientos.— 4. El valor de la ciencia

 

 

1. Conocimiento vulgar y conocimiento científico

 

Antes de determinar los caracteres del conocimiento vulgar y los del conocimiento científico, respectivamente, debemos hacer notar que la ciencia es conocimiento, pero que no todo conocimiento es ciencia. Hay, en efecto, un saber que no es ciencia: es el conocimiento vulgar. Se trata de un conocimiento práctico que precede históricamente al saber científico, y que ha servido de base para el desarrollo paulatino de este último.

 

Si analizamos el conocimiento vulgar y el conocimiento científico vemos que tanto el uno como el otro están constituidos, esencialmente, de juicios y razonamientos que se refieren a determinados objetos. Sin embargo, hay entre ambos conocimientos muy hondas diferencias, derivadas de la finalidad que persiguen y de los métodos que emplean. En primer lugar, el conocimiento vulgar persigue fines prácticos, mientras que el saber científico tiene una finalidad teórica, es decir, que aspira a comprender y explicar los fenómenos. El conocimiento vulgar es individual, subjetivo, en tanto que el conocimiento científico es objetivo, universal, vale decir, que trata de descubrir las leyes a que obedecen los fenómenos.



 

 

 

 

 

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Por lo que respecta a los medios, se ve fácilmente que el conocimiento vulgar no es metódico, ni crítico. Se atiene a la superficie, es decir, a la sugestión de los sentidos, tomando los datos suministrados por la percepción como si fueran la realidad misma. Los juicios que formula el conocimiento vulgar expresan meras opiniones. El conocimiento científico, en cambio, es una reflexión crítica en que la opinión ha sido remplazada por juicios que aspiran a la máxima certeza y a la universalidad.

 

Para el conocimiento vulgar, lo real es lo que percibimos. El mundo de los colores, de las formas, de los sonidos, nos rodea totalmente. El hombre precientífico se ve como sumergido en él, y lo acepta tal como se le aparece: el cielo es azul, el sol es un disco que gira alrededor de la tierra, etc. Pero cuando el hombre nota que algunos fenómenos, aun aquellos de la vida ordinaria, son apariencias, que no corresponden a la realidad, como acontece con las ilusiones, surge la duda sobre la naturaleza de lo percibido. Lo que al principio era una duda parcial se trasforma en duda metódica. Comienza entonces el examen crítico y sistemático del mundo circundante y nace el saber científico. Las opiniones más arraigadas sufren entonces una revisión, para dar lugar a una visión “unitaria” de lo que nos rodea, eliminándose las contradicciones que ofrece el mundo de la percepción. Se ve así que los hechos que parecen tan diferentes a los sentidos obedecen a la misma causa. Los colores y los sonidos no son más que apariencias: en realidad se trata de movimientos vibratorios. Un ejemplo aclarará mejor lo que estamos diciendo. Si observamos un trozo de carbón que arde en nuestra chimenea, vemos la llama, sentimos el calor que se desprende y notamos que va quedando ceniza. Tenemos, así, un conocimiento de hechos que ocurren ante nosotros. Es un conocimiento vulgar, un conocimiento sensorial adquirido mediante los sentidos que no tiene nada de científico. Se compone de un conjunto de sensaciones y de imágenes referidas al exterior y tomadas como una realidad. Si merced a la repetición de los fenómenos y experiencias esperamos que un hecho se produzca, porque estamos habituados a ver cierta sucesión constante de hechos, ligados los unos a los otros, esta espera, esta anticipación, es meramente mecánica: la observamos en el salvaje, en el niño, y hasta en el animal. Sabemos que un fenómeno sucede al otro, pero podría muy bien



 

 

 

 

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ocurrir de un modo diferente. Lo que ignoramos es la causa de esta sucesión. “conocimiento vulgar no es más que la comprobación simple de los datos sensibles, accidentales.particulares y contingentes”.

 

El conocimiento científico tiene otros caracteres. Como ya lo dijimos, los datos suministrados por los sentidos no son más que signos que carecen de valor propio. El carbón que se quema en la chimenea, y el hombre que vive y respira, sufren el mismo proceso químico de la combustión. A un hombre que carece de la menor noción, científica decidle que se está quemando, como el carbón de la chimenea, y veréis su expresión de incredulidad. Es que el saber científico trata de reducir la variedad cambiante de los fenómenos a algo permanente, a algo simple, que escapa a nuestra observación directa: átomos, moléculas, movimiento, etc. La piedra que cae, el aeroplano que remonta, el corcho que flota sobre el agua, son hechos aparentemente heterogéneos, y sin embargo todos ellos obedecen a la misma ley de gravedad.

 

Además, la ciencia trata de explicar los fenómenos. Cuando un cambio se produce tenemos de él cierto conocimiento. Pero si no sabemos cuál es la condición necesaria que lo produce, no tenemos conocimiento científico. Sólo cuando se ha descubierto la condición que lo determina, es decir, su causa, el hecho queda explicado.

 

 

2. Conocimiento filosófico. Sus caracteres

 

El conocimiento filosófico no ofrece diferencia esencial del conocimiento científico. En primer lugar, no hay una fuente especial para el conocimiento científico y otra para el conocimiento filosófico. En segundo lugar, tampoco son diferentes los resultados obtenidos por la filosofía y por la ciencia.

 

Pero si en esencia la filosofía no difiere de la ciencia, hay, sin embargo, un carácter por el cual se distinguen ambas esferas de conocimiento. La .ciencia, como lo hemos dicho, trata de reducir los datos múltiples de los sentidos a cierto número limitado de principios con los cuales explica los fenómenos. El conocimiento filosófico, en cambio, es el examen crítico de estos mismos principios en que se apoya la ciencia. La crítica es, por lo tanto, el rasgo característico por el cual el conocimiento



 

 

 

 

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filosófico se distingue del saber científico. La filosofía, en efecto, indaga en la naturaleza de dichos principios, busca sus contradicciones, sus fundamentos, su origen, y los acepta cuando después de ese análisis crítico no encuentra razones para rechazarlos. El filósofo aborda con intrepidez los problemas que el hombre de ciencia contempla tímidamente. El filósofo plantea y discute las soluciones más o menos aventuradas de las cuales es el primero en desconfiar, y que, aunque frágiles y precarias, no dejan de tener influencia sobre el progreso de la ciencia tímida y paciente[1].

 

Consideradas desde el punto de vista histórico, todas las ciencias han tenido su origen en la filosofía. Así, para la escuela jónica, la filosofía incluye la física, que merced a un progreso natural se independiza de las doctrinas generales que había nutrido al principio. Con la escuela pitagórica la filosofía encierra las matemáticas, que en esa misma escuela progresan bastante como para ser cultivadas como ciencia aparte.

 

Para Platón, filosofía y ciencia se confunden todavía. Aristóteles es el primero en comprender la necesidad de organizar el saber y la indagación científica, y de distinguir los diferentes campos de la investigación consagrando a cada objeto un tratado aparte. Pero todos esos tratados de que se compone la enciclopedia aristotélica son, como observa Goblot, la obra de un mismo espíritu y todas las doctrinas científicas conservan en él su carácter filosófico y metafísico. La historia natural, únicamente, llega a ser casi una ciencia especial. Poco a poco las demás ciencias se desprenden, una a una, hasta adquirir su independencia a medida que logran definir y circunscribir el objeto propio de su estudio y consiguen formular algunos principios propios aplicando métodos especiales de investigación.

 

La última ciencia en desprenderse de la filosofía fue la psicología, cuando ésta se hizo experimental y se crearon laboratorios para la investigación de los fenómenos psicológicos. Por esta razón muchos pensadores consideran hoy a la psicología como una ciencia independiente de la filosofía. Lo mismo aconteció con la estética, que es hoy una ciencia autónoma. La filosofía ha dado, pues, origen a todas las ciencias nutriéndolas con su propia sustancia hasta su emancipación total. Ella



 

 

 

 

 

 

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misma no es ahora más que un residuo, una parte del conocimiento humano cuyo carácter es necesario precisar y determinar todavía más.

 

En realidad, el desprendimiento de las distintas disciplinas de la ciencia madre no ha sido tan absoluto, puesto que siempre subsiste un vínculo que une la filosofía a las ciencias que se separaron de ella. Este vínculo no se refiere al contenido de las ciencias, a su objeto, sino únicamente a sus formas. Mientras que cada ciencia especial tiene por objeto el estudio de un fragmento determinado de la realidad, la filosofía trata de abarcar la totalidad de lo existente. Es la ciencia que investiga la legitimidad de todo conocimiento científico: el instrumento espiritual de que se vale el investigador y los fundamentos en que se apoya para sacar sus conclusiones. Por esto se puede decir que la filosofía aspira a darnos

 

una concepción totalista del mundo —tanto interno como externo— mediante la reflexión que hace el espíritu sobre su propio poder adquisitivo.

 

 

3. La ciencia como sistema de conocimientos

 

Cualquiera que sea la ciencia que se analiza, ya se trate de física, de química, de biología, o de matemática, siempre nos encontramos que se compone de una serie de conocimientos. Pero estos conocimientos, examinados, a su vez, nos muestran que se componen de ideas y pensamientos. En efecto, consideremos una ley científica cualquiera. Sea esta ley física: “la intensidad de la luz está en razón inversa al cuadrado de la distancia”. Es fácil de notar que se trata aquí de un pensamiento, de un juicio universal afirmativo, que traduce un conocimiento basado a su vez en observaciones. Tomemos una demostración matemática. Si la analizamos vemos que se compone de un razonamiento, es decir, de una serie de juicios encadenados los unos a los otros. Podemos afirmar, por consiguiente, que todo el trabajo de la ciencia consiste en elaborar ideas y pensamientos acerca de los objetos, ya sean éstos contenidos de la percepción o meros frutos de la imaginación.

 

Pero estas ideas no son pensamientos sueltos, sin conexión entre sí, sino que, por el contrario, están íntimamente ligados y encadenados mutuamente de tal manera que un pensamiento sirve de base al que le



 

 

 

 

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sigue y así sucesivamente. Hablamos entonces de un sistema de pensamientos puesto que todos ellos hacen referencia a un objeto o a un grupo de objetos.

 

Para que el pensamiento tenga el valor de ciencia debe poseer dos caracteres fundamentales: la universalidad y la objetividad.

 

1.º La universalidad. — Ante todo, el pensamiento debe poseer un valor universal. Esta universalidad puede tener dos significados. En primer lugar, tomado en el sentido de Aristóteles, quiere decir que le ciencia tiene por objeto lograr conceptos generales, captar lo que loe objetos tienen de común, de permanente, lo que se repite en loe fenómenos, lo que persiste a través de todo cambio, vale decir, la clase, la ley. Tomada en este sentido, no hay ciencia de lo individual, de lo particular. Así, la física no se ocupa de la caída de tal o cual cuerpo, ni de la reflexión de tal o cual rayo de luz, sino de la ley general de la caída de los cuerpos y de la reflexión de cualquier rayo luminoso en cualquier tiempo y lugar.

 

El concepto moderno de la universalidad es diferente. Cuando hablamos hoy de universalidad queremos significar con esto que se trate de conocimientos que son válidos para todos los espíritus. Así, cualquier persona que conozca los rudimentos de la aritmética debe reconocer que 3 × 5 = 15. Esto depende de la necesidad lógica con que se derivan los pensamientos de sus antecedentes

 

Además, hoy día se admite la existencia de ciencias que tratan de objetos particulares, de hechos singulares, únicos, que no se repiten nunca, tales como los hechos de la historia y de la geografía. En efecto, hubo una sola vez la revolución francesa de 1789. Los sucesos del 25 de Mayo de 1810 ocurrieron una sola vez y no se repetirán jamás, y si se repitiesen, ya no serían los mismos. Podrán ser parecidos, pero nunca idénticos. Sólo hay una ciudad de Buenos Aires, un país que es Inglaterra, objetos de la geografía. Lo opuesto al saber científico no es, por lo tanto, lo particular, sino la opinión individual cuando no posee los medios de trasformarse en conocimiento universal.

 

2.º La objetividad. — Este carácter es consecuencia del anterior. El pensamiento científico debe adaptarse a la cosa. Una ciencia debe estar fundamentada en hechos que nadie pueda negar, y sólo los hechos, los objetos, deben dirigir la investigación, sin intervención de otros factores



 

 

 

 

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extraños, especialmente los subjetivos. Para esto es menester aislar Is inteligencia, y hacer que trabaje con independencia, como si fuera algo aparte de nuestra naturaleza psíquica, y sobre la cual no tuviese influencia ni los instintos, ni los sentimientos, ni otra clase de intereses Debemos reconocer que es muy difícil lograr esta condición, pero noimposible. Los niños, los pueblos primitivos y la gente poco cultivada»11 la disciplina científica formulan, en efecto, juicios que no son fruto exclusivo de un razonamiento conceptual. Siempre intervienen en «líos factores subjetivos, con lo cual sus juicios tienen la tacha de la parcialidad.

 

El hombre de ciencia debe ser imparcial y para esto ha de acostumbrarse a criticar y dominar sus sentimientos, sus intereses y deseos. Debe aceptar los hechos tales como son. Lo único que ha de interesarle ns saber si el hecho en cuestión existe o no. Además, las observaciones, las ideas, los pensamientos y las conclusiones deben ser expresados con claridad. No hay que confundir la oscuridad con la profundidad. La oscuridad depende, aparte de un lenguaje rebuscado, de no haber distinguido bien los elementos de un problema complejo. Pero si se ha entendido bien el problema y se ha reducido el complejo a sus elementos más sencillos desaparecen la dificultad y la oscuridad. Si hubo alguno, algo oscuro en la expresión de sus pensamientos, como Heráclito de Efeso, esto se debió a que las ideas no se habían distinguido bien entre ellas. Esto ocurre, por lo general, en los comienzos de la investigación científica. Pero aun en estos casos se puede llegar a la claridad cuando mediante un gran esfuerzo mental se logra aislar aquello que es esencial, seguro y firme, de aquello que es vago o impreciso.

 

Para resumir, podemos decir que los pensamientos que constituyen una ciencia deben ser sistemáticamente ordenados y derivados con necesidad lógica de sus antecedentes; por esta razón la matemática, que parte de principios considerados como evidentes para llegar a conclusiones lógicas, es ejemplo de conocimiento seguro. En otras ciencias como la física, la química, la biología, la necesidad lógica de sus derivaciones no es tan grande como en la matemática. Sus conclusiones no pueden demostrarse numéricamente, puesto que sólo tienen un alto grado de probabilidad, aunque este grado de probabilidad no es igual en todas estas ciencias. Así, la verosimilitud es mayor en la física que en la química, y en ésta más



 

 

 

 

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grande que en biología, etc. Por todas estas razones se puede definir la ciencia como un sistema de conocimientos verdaderos y probables, metódicamente fundamentados y relativos a un objeto o a un grupo de objetos.

 

 

4. El valor de la ciencia

 

Ha dicho Bacon, en una sentencia que se ha hecho famosa, que “saber es poder”. Quien conoce las leyes de la naturaleza tiene también el poder de dominarla. Se trata aquí, en primer lugar, de un valor biológico, puesto que tiene una importancia capital para la vida. Las ventajas que nos ofrece son meramente prácticas y utilitarias. Los conocimientos de la física y de la química permiten al hombre protegerse con ventaja de las inclemencias de la naturaleza; construir viviendas, fabricar utensilios y máquinas para ahorrar trabajo y tiempo. Todos estos productos, que no son más que la aplicación de la ciencia a fines prácticos, son los que hacen más amable la vida en el mundo civilizado. Gracias a la ciencia, la humanidad ya no tiembla aterrorizada ante las fuerzas de la naturaleza. Posee los medios para mitigar o evitar el sufrimiento. Antes, el universo era el enemigo que se mostraba siempre hostil al hombre. Ahora, desde el punto de vista científico, el universo no es amigo ni enemigo del hombre, pero puede convertirse en amigo gracias al progreso de la ciencia. Cuanto mayor es el conocimiento científico, mayor es también el dominio que se puede ejercer sobre la naturaleza. De todos los seres de la creación el único que ejerce algo de ese dominio es el hombre, merced a su capacidad de conocimientos científicos, gracias a su pensamiento, a su razón.

 

Una consecuencia de este valor práctico de la ciencia es la fórmula de Augusto Comte, acerca del saber científico: “saber es prever” Cuando se conocen las leyes a que obedecen los fenómenos se pueden prever los hechos y pronosticar los sucesos. Si conocemos las relaciones en que dos cuerpos entran en combinación, y sabemos la duración del proceso por experiencias anteriores, podemos anticipar, prever, lo que acontecerá y en qué momento determinado ocurrirá el hecho. Se comprende que esta previsión tiene sus límites. Cuanto más exacta es una ley, mayor probabilidad habrá de que se cumpla un pronóstico. Por esto, las leyes



 

 

 

 

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expresadas en forma matemática son las más exactas y las que se cumplen con más rigor. Por esto, gracias al cálculo, podemos prever en un momento determinado un hecho. En astronomía, que es la ciencia más cercana a la matemática, podemos prever ciertos fenómenos, fijar el momento y el lugar de su producción. En cambio, en las ciencias históricas no podemos hacer previsiones, ni pronósticos seguros. Como se trata de ciencias que no formulan leyes, todo pronóstico tiene una probabilidad muy limitada.

 

Pero todos estos valores, aunque importantes, son de carácter práctico y utilitario. Existen, además, valores de otro orden, valores ideales de la ciencia y que se refieren a su función teórica. Vamos a examinarlos brevemente. En primer lugar, se ve que la ciencia nos conduce a una prodigiosa unificación de los conocimientos, nuestro pensamiento se ensancha. Nos hace ver que, bajo la variedad infinita de las apariencias, de los cambios, de los fenómenos, actúa un corto número de leyes inmutables. Esta convicción, que es de carácter intelectual, ejerce influencia sobre nuestros afectos, puesto que existe una estrecha relación entre la vida intelectual y la afectiva. Cuando después de laboriosas búsquedas el hombre de ciencia ha llegado a formular una hipótesis, con la cual explica una serie de hechos que antes eran inexplicables; cuando en la serie de sus razonamientos no tropieza con ninguna contradicción y la conclusión surge con necesidad lógica, su satisfacción es inmensa. A veces es ésta su única recompensa. Hay sabios investigadores que viven en la pobreza. No usufructúan de los beneficios de sus descubrimientos porque no tienen interés por los bienes materiales. La satisfacción que les produce el descubrimiento de una verdad es tan intensa que cobra un carácter análogo al del goce estético. Se comprende ahora por qué hay hombres que cultivan la “ciencia por la ciencia”. La ciencia no vale, solamente, por sus aplicaciones prácticas, sino más bien por las ideas que aporta para comprender y explicar el mundo. El alto valor de los hechos astronómicos no reside en sus aplicaciones utilitarias, sino porque son, según Poincaré, los más instructivos de todos. Sólo por la ciencia y por el arte cobran valor las civilizaciones[2].



 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CLASIFICACIÓN DE LAS CIENCIAS

 

1.  Los objetos de las ciencias. Teoría del objeto (Meinong).

 

— 2. Formas del conocimiento científico: matemáticas, ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu. — 3. La clasificación de las ciencias. Sentido filosófico de este problema. — 4. Examen de algunas clasificaciones clásicas

 

 

1.Los objetos de las ciencias. Teoría del objeto (Meinong)

 

 

Todas las ciencias persiguen el mismo fin esencial que es el descubrimiento de las relaciones entre los fenómenos para llegar, donde es posible, a la formulación de leyes. Sin embargo, no estudian los mismos objetos, lo que da a cada una de ellas una fisonomía propia. Por esta razón necesitan de un método especial adecuado a la índole de los objetos que estudian.

 

No existe, por lo tanto, una ciencia sino una pluralidad de ciencias, derivadas de la naturaleza de los objetos.

 

Previo a toda clasificación de las ciencias importa saber cuáles son estos objetos y en qué consiste su naturaleza particular. Es necesario, pues, aclarar, mediante un análisis, el concepto de objeto. Fue el filósofo austríaco Alexius von Meinong quien formuló por primera vez una teoría del objeto.

 

Un carácter esencial del objeto es su existencia, el hecho de “ser”, un “ente”. Pero esta existencia puede ser de dos clases: 1.º, la existencia real, y 2.º, la existencia ideal.



 

 

 

 

 

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Consideramos como reates a aquellos objetos que concebimos como existentes con independencia del sujeto que los piensa. Así, por ejemplo, consideramos como reales a los objetos que percibimos y a los cuales atribuimos un lugar en el espacio y un momento en el tiempo. Cuando esta realidad se refiere a algo empírico, hablamos de realidad física; si se refiere a algo psíquico, decimos que se trata de una realidad espiritual y, por último, si hace referencia a ambas cosas a la vez, decimos que es una realidad psicofísica, neutra, como por ejemplo el hombre, según el punto de vista que se le considere.

 

Concebimos, en cambio, como objetos de existencia ideal aquellos objetos cuya existencia depende del pensamiento, es decir, aquellos que son pensados por un sujeto. Estos, objetos no tienen existencia propia, ni pueden ocupar un lugar en el espacio, ni ser referidos a un momento determinado del tiempo. Por esta razón, se les llama también objetos ideales “intemporales”, supertemporales o eternos, aunque este vocablo es un poco ambiguo[1].

Hay que advertir que el término “ideal” no implica aquí ninguna idea de superioridad, es decir, que no se refiere a valor o a rango. Son objetos de existencia “ideal” los objetos de la matemática pura, como los números, las figuras de la geometría, etc., así como también los conceptos, los juicios y pensamientos de que se ocupa la lógica, y los “valores” que son los objetos de la estimativa: de la ética, de la estética, etcétera.

 

 

2.Formas del conocimiento científico: matemáticas, ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu

 

 

 

De acuerdo con los objetos que estudian las ciencias podemos desde ya distinguir tres grupos de ciencias:

 

1.º Las ciencias matemáticas, que se ocupan de ciertos objetos ideales.

 

2.º Las ciencias de la naturaleza, que tratan de objetos reales de índole corpórea y correspondientes al mundo exterior.

 

3.º Las ciencias del espíritu, cuyo objeto son hechos reales pero de índole psíquica o bien los producidos por la actividad de la psique humana.



 

 

 

 

 

 

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Vamos a determinar con un poco más de precisión estos tres grupos de ciencias.

 

1.º Las ciencias matemáticas. — Los objetos de la matemática son independientes de los hechos de la realidad. Para ser verdaderas estas ciencias no necesitan que sus objetos sean “reales”. Cuando el matemático ha creado ciertas nociones, como las de “número”, de “círculo” o de “triángulo”, da una definición de estas nociones. No necesita que tengan otra realidad que aquella que le suministra la definición. Le hasta que esa noción sea concebible. Después deduce de dichas nociones todas las demás propiedades que resultan lógicamente de aquellas que le sirvieron para definir la noción. Jamás el matemático recurre a la prueba experimental para la demostración de la verdad, porque lo que es cierto empíricamente no por esto es matemáticamente cierto.

 

El matemático elabora, pues, sin otro instrumento que su pensamiento, una ciencia cuyos objetos sólo tienen existencia en el pensamiento. El concepto de “triángulo” no supone que haya realmente triángulos en el mundo real. Habrá objetos triangulares, como habrá superficies más o menos planas, pero el triángulo, el plano o la línea, como tales, no existen en la naturaleza, como no existe, sino en el pensamiento, la cantidad expresada por la fórmula ( a - b ) 5. El triángulo, el círculo, la línea, el

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número, no son, pues, objetos de la percepción sino productos del pensamiento. Es indudable que las nociones de la geometría pueden representarse por dibujos perceptibles, pero esos dibujos no son más que imágenes del triángulo, o del círculo, pero nunca el objeto mismo. Para determinar las propiedades del triángulo, o del círculo no necesitamos estudiar y comparar varios triángulos o varios círculos. Basta determinar, con el pensamiento, las propiedades de uno solo de estos objetos para determinar la naturaleza de todos ellos. Los conceptos matemáticos no varían. Una vez formados resultan ya fijos y permanentes, cosa que no ocurre con los conceptos de la experiencia, que varían de acuerdo con los nuevos descubrimientos o con nuevas observaciones. Por esto, una vez determinada a priori las condiciones de posibilidad de los objetos, es decir, que dadas ciertas propiedades y ciertas hipótesis, pueden deducirse



 

 

 

 

 

 

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de ellas, con todo rigor, sus consecuencias necesarias. De ahí la exactitud y el rigor matemáticos.

 

2.º Ciencias de la naturaleza. — Estas ciencias se ocupan de aquellos objetos que tienen una existencia material y sensible. Tratan de determinar lo que está dado efectivamente en el mundo en que vivimos, sea de índole orgánica o inorgánica. También el físico y el biólogo tratan de deducir y de demostrar, pero esas deducciones y esas demostraciones se basan en principios o leyes obtenidas en forma inductiva mediante la experiencia. De esto resulta que, en último análisis, la certeza suministrada por las ciencias de la naturaleza se fundamenta en la observación de los hechos. Pero debemos agregar que no son tanto los hechos mismos lo que interesa al hombre que cultiva estas ciencias, sino el orden que los rige, las causas que los producen, las leyes a que obedecen.

 

Estas leyes son obtenidas mediante la experiencia y expresan un orden constante. Las leyes de la naturaleza expresan la regularidad del acaecer de los hechos de la naturaleza, que se producen en ella sin ninguna excepción. Las ciencias de la naturaleza nos dicen lo que en determinadas condiciones ocurre y ocurrirá siempre.

 

El conocimiento de estas leyes, de estas regularidades, da al hombre el dominio de la naturaleza y le permite prever los acontecimientos. Pero el hombre quiere saber también por qué ese orden es constante, por que los hechos se producen en forma necesaria. En una palabra, quiere explicar ese orden, esa regularidad, que observa en el acontecer de los fenómenos.

 

¿En qué consiste, pues, la explicación científica que es otra preocupación del hombre de estudio? Explicar un hecho no es otra cosa que determinar la ley a que ese hecho obedece. Si el hecho ocurre en forma arbitraria no podemos tener de él un conocimiento científico. Pero en cambio, si no es arbitrario, es porque hay causas que lo determinan. Se trata, pues, de conocer el determinismo de los fenómenos, vale decir, la ley que los rige.

 

Pero no basta descubrir una ley. La ley no hace más que explicar un hecho. Es menester también buscar una explicación para la ley. Para lograr este nuevo objeto, hay que descubrir una ley más general a la cual aquélla puede reducirse, y así, sucesivamente, hasta llegar a principios irreductibles.



 

 

 

 

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La historia de las ciencias nos proporciona muchos ejemplos de esta especie. Cuando Kepler descubre las leyes del movimiento de los planetas surge la pregunta de por qué describen órbitas elípticas. Esta nueva cuestión queda explicada cuando Newton encuentra que la fuerza que atrae los planetas hacia el sol los mantiene en su órbita, impidiéndoles escaparse por la tangente. Las leyes de Kepler quedan explicadas al ser deducidas de la gran ley de la gravitación. ¿Qué dice esta gran ley? Dice, simplemente, que los cuerpos en el espacio se atraen de acuerdo con ciertas relaciones numéricas. Pero la idea de la atracción, es decir, de una acción a distancia ya no puede ser explicada porque no puede ser reducida a una ley más general.

 

Toda ley qué se establece por la experiencia permanece ininteligible porque no podemos dar su razón última. La demostración, en estos casos, se vuelve a prior/, porque se basa en principios hipotéticos.

 

En resumen, las ciencias de la naturaleza se ocupan del conocimiento de objetos reales y de sus fenómenos, mejor dicho, de las leyes que los rigen, y el procedimiento de investigación de que se valen es la observación, la experiencia.

 

3.º Ciencias del espíritu. — Las ciencias del espíritu, o ciencias morales, como son llamadas por algunos, tienen por objeto la investigación de las manifestaciones conscientes o inconscientes de la actividad mental del hombre. Se trata también de hechos de la realidad, pero de una realidad espiritual. En efecto, el hombre puede experimentar en sí una serie de estados de conciencia: representaciones, sentimientos, deseos, pasiones, ideas, voliciones, etc. Todos estos fenómenos, todas estas vivencias, expresan una actividad psíquica. La ciencia que estudia estos fenómenos, buscando las leyes de su producción y desarrollo, es la psicología. De esto resulta que la psicología viene a ser el centro en torno al cual giran todas las demás ciencias del espíritu.

 

Pero la actividad psíquica del hombre da origen a ciertos productos que, a su vez, pueden ser objeto de nuevas ciencias especiales. Son los productos espirituales en que el espíritu se objetiva, como el lenguaje, la religión, las costumbres, el arte, las instituciones sociales, el derecho, el Estado, etcétera.



 

 

 

 

 

 

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Todos estos productos espirituales son efectos sumamente complejos de una multitud de causas difíciles de aislar. Pero es indudable que algunas de estas causas son las representaciones, las ideas, las creencias, los afectos, las pasiones y las necesidades de los hombres. No se trata de productos individuales sino que, por el contrario, todos estos hechos son el resultado de la actividad colectiva, fruto de la convivencia social, porque el hombre no vive aislado. Por tal razón se consideran a estos productos como hechos sociales, y las ciencias que tienen por objeto su estudio son las ciencias sociales.

 

Debemos hacer notar todavía que estos hechos pueden ser considerados desde dos puntos de vista: 1.º Como hechos concretos, únicos, y en este caso se los estudia tales como han sido en un momento determinado y en un determinado lugar, tomando en cuenta el orden cronológico en que se produjeron: éste es el punto de vista de la historia. 2.º Cómo hechos menos concretos, prescindiendo de toda circunstancia temporal y espacial, considerando las relaciones recíprocas de sus elementos constitutivos para buscar las leyes comunes y generales de su producción y sus variaciones correlativas. Este es el punto de vista de la sociología propiamente dicha.

 

Las ciencias del espíritu, aunque son tan antiguas como las otras, no han adelantado tanto. Todavía no han determinado con precisión ni su objeto, ni sus métodos, pero aspiran a ser algún día tan rigurosas como las otras. Esto se debe a que los hechos de estas ciencias son, como dijimos, productos muy complejos, de una diversidad de causas difíciles de fijar y de medir.

 

 

3. La clasificación de las ciencias. Sentido filosófico de este problema

 

Las ciencias, en su conjunto, tratan de darnos un conocimiento del mundo material que nos rodea y del mundo espiritual que vivimos en nosotros y que expresamos en nuestras obras. Se trata de una serie de hechos diversos entre los cuales observamos, sin embargo la existencia de ciertos lazos y relaciones. Nosotros queremos saber cuáles son estos lazos y estas relaciones. A esto obedece la necesidad de una clasificación de las ciencias. Se trata de determinar el objeto de cada ciencia, marcar sus



 

 

 

 

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límites y ver las relaciones que existen entre ellas, especialmente sus relaciones de subordinación y dependencia. Desde la antigüedad existen ensayos en el sentido de una clasificación de las ciencias, pero este problema aún hoy es objeto de vivas discusiones. Esto se debe a las numerosas dificultades con que se tropieza cuando se quiere elaborar un cuadro sistemático de las ciencias.

 

Ante todo, cualquier clasificación que se haga será provisional puesto que sólo se han de tomar en cuenta las ciencias constituidas en determinada época y no hay razón para creer que no surjan con el tiempo nuevas ciencias. En segundo lugar, las ciencias evolucionan, modifican su aspecto, ya acercándose, ya alejándose unas de otras en virtud de nuevos descubrimientos, porque todavía hay ciencias cuyos contornos son vagos e imprecisos.En tercer lugar, está la diversidad de criterios con que se hace la clasificación, es decir, el punto de vista filosófico que se tiene en cuenta para ordenar en un sistema las ciencias, y ya se sabe que también ese punto de vista es diferente para cada filósofo y para cada época, de acuerdo con el adelanto de las ciencias mismas.

 

En resumen, la importancia filosófica de este problema radica, precisamente, en el punto de vista que preside toda clasificación de las ciencias, viendo los lazos y las relaciones entre los diferentes sectores del saber humano. Algunos filósofos clasifican las ciencias según los fines que persiguen: fines teóricos o prácticos; otros toman como criterio los métodos que emplean. Pero se comprende que ni los fines, ni los métodos, pueden servir de criterio para tal clasificación, puesto que diferentes ciencias pueden tener idénticos fines e iguales métodos y viceversa. Es preciso, por lo tanto, clasificar las ciencias por sus objetos, pero éstos han de ser distinguidos en sus notas esenciales.

 

 

4. Examen de algunas de las clasificaciones clásicas

 

Clasificación de Aristóteles. — Una de las clasificaciones más antiguas de las ciencias es la de Aristóteles, quien las ordena en tres grandes grupos, según los tres fines primordiales que puede proponerse la actividad humana: conocer, obrar y producir. De acuerdo con estos fines, las ciencias pueden ser teóricas, prácticas y poéticas. Las ciencias teóricas



 

 

 

 

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son: la metafísica, la matemática, la física (o sea, las ciencias de la naturaleza). Las ciencias prácticas (que se refieren a la acción) son la moral, la política. Las ciencias poéticas (o estética), que se refieren a la producción, son la poética, la retórica y la dialéctica.

 

Clasificación de Bacon. — También Bacon distingue tres grupos de ciencias, basándose en las funciones del espíritu que son necesarias para su producción: la memoria, la imaginación y la razón. A la memoria corresponde la historia, que puede ser natural y humana (civil). A la imaginación pertenecen la poesía, en el amplio sentido de la palabra, que puede ser narrativa, dramática y parabólica. Por último, a la ciencia del razonamiento corresponden la filosofía que tiene un triple objeto: Dios, la naturaleza y el hombre, que dan nacimiento, respectivamente, a las tres siguientes ciencias: 1.º La teología, que trata de Dios, de los ángeles y de los demonios. 2.º La filosofía natural, que comprende la metafísica, la física y la matemática. 3.º La filosofía humana, o antropología, que abarca la psicología, la lógica, la moral, etcétera.

 

Si examinamos estas dos clasificaciones observamos que los principios en que se apoyan no pueden ser aceptados, puesto que cualquiera que sea la ciencia, intervienen todas las operaciones intelectuales.

 

Clasificación de Ampère. — La primera clasificación objetiva de las ciencias, es decir, basada en los objetos que trata cada ciencia, se debe al sabio francés Ampère, quien en un ensayo publicado en 1834 propuso una clasificación al modo del que emplean los naturalistas para la clasificación de los animales y de los vegetales, según órdenes, géneros, especies, etc. Su clasificación es una división dicotómica, porque distingue en las ciencias dos grandes reinos: 1.º Las ciencias cosmológicas que se ocupan del mundo material y estudian la naturaleza. 2.º Las ciencias noológicas que tratan del mundo moral y espiritual. Cada uno de estos reinos se subdivide, a su vez, en otras dos clases menores. Así, por ejemplo, las ciencias cosmológicas se subdividen en ciencias de la materia inorgánica y ciencias de la materia organizada. Las ciencias noológicas se subdividen en ciencias del espíritu individual y ciencias del espíritu colectivo, etcétera.

 

Mediante este procedimiento, Ampère llega a establecer 128 ciencias especiales que abarcan el campo del saber humano.



 

 

 

 

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Esta clasificación, hay que reconocerlo, es sumamente importante por el criterio que la ha inspirado. Sin embargo, se le puede hacer la objeción de no haber establecido las relaciones y las dependencias mutuas existentes entre las ciencias.

 

Clasificación de Comte. — Al fundador del positivismo, Augusto Comte, se debe una clasificación que se ha hecho famosa. En realidad, no se trata de una clasificación, sino más bien de una ordenación jerárquica de las ciencias. De acuerdo con el fin que persiguen las ciencias, las divide en teóricas y prácticas. Las ciencias teóricas, que son las verdaderas ciencias, pueden considerarse desde dos puntos de vista: 1.º Si buscan leyes generales válidas para todos los casos posibles, pero independientes de un objeto en que se realizan, son abstractas como la matemática y la física. 2.º Si, por el contrario, estudian los seres y los objetos, tales como se nos ofrecen en la experiencia, son concretas. Veamos un ejemplo. Consideremos un organismo vivo. Si estudiamos las leyes generales de la vida, tenemos una ciencia abstracta: la biología. En cambio, si tratamos de determinar mediante las leyes biológicas el modo de vivir de cada especie de ser viviente, tenemos una ciencia concreta como la zoología o la botánica. Estas últimas son ciencias “derivadas”, mientras que las otras, las abstractas, son “fundamentales”.

 

Como las ciencias abstractas se refieren a cierta categoría de leyes, Comte las ordena de acuerdo al siguiente orden jerárquico: 1.º Matemática. 2.º Astronomía. 3.º Física. 4.º Química. 5º Biología. 6º Sociología. Esta ordenación la funda en el hecho de que hay leyes muy simples y generales, y otras que son muy particulares y complejas. Por consiguiente, es posible establecer entre ellas una jerarquía de acuerdo con el doble principio de la complejidad creciente y de la generalidad decreciente. En efecto, las ciencias matemáticas son más generales y menos complejas, mientras que la sociología es la menos general y la más compleja. Es decir, que a medida que las ciencias se hacen menos generales se vuelven más complejas.

 

La clasificación de Comte es, como se ve, una ordenación jerárquica porque cada ciencia presupone la anterior de la cual depende. No se puede estudiar un fenómeno complejo sin conocer previamente el fenómeno más



 

 

 

 

 

 

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simple. Así, la tísica implica la matemática; la química se apoya en la física; la biología en las ciencias precedentes, etcétera.

 

Comte da, además, una razón histórica para su ordenación. Muestra que en el mismo orden fueron surgiendo las ciencias unas después de otras en el curso del tiempo.

 

Las objeciones que se hicieron al sistema de Comte se han dirigido principalmente a la exageración en las diferencias que encuentra en algunas ciencias. Así, la diferencia entre la química y la física es menor de lo que se piensa. Además, la química no es una ciencia tan “fundamental” como la matemática, la física o la biología. Tampoco es tan evidente, como cree, la dependencia lógica e histórica entre las diversas ciencias.

 

Clasificación de Spencer. — Un principio análogo al de Comte es el que sigue Herbert Spencer para clasificar las ciencias. Su lista es larga y compleja, pero en sus ramas esenciales se reduce a tres grupos de ciencias: 1.º, Ciencias abstractas, que se ocupan únicamente de relaciones, es decir, una especie de formas vacías sin contenido, tales como la matemática y la lógica. 2.º, Ciencias abstracto-concretas, que estudian fenómenos, de ahí que sean concretas, pero prescindiendo de los objetos mismos en donde se verifican estos fenómenos; por esto su razón de ser abstractas. Estas ciencias son: la física, la química, etc. 3.º, Las ciencias concretas, que tratan las cosas y seres en toda su complejidad real, como la biología, la psicología y la sociología.

 

Es fácil de ver que la clasificación de Spencer no hace más que completar la de Comte, aunque no muestra las dependencias mutuas entre las ciencias. Además, las ciencias, en el curso de su desarrollo, tienden, ya totalmente, ya en parte, a trasformarse en abstractas de concretas que eran. Por esto, los cuadros o son demasiado rígidos o demasiado vagos en Spencer.

 

Clasificación de Wundt. — Una de las clasificaciones más modernas, y que ha merecido una general aceptación, es la de Guillermo Wundt (1832-1920). Esta clasificación se basa en la índole de los objetos que trata cada ciencia y que, de acuerdo con el estado actual de los conocimientos, pueden ordenarse en tres grupos: 1.º Las ciencias matemáticas; 2º Las ciencias de la naturaleza, y 3º Las ciencias del espíritu.



 

 

 

 

 

 

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Las ciencias matemáticas son puramente formales, pues no se ocupan de ningún contenido particular. Sólo expresan relaciones vacías de contenido sensible[2]. En cambio, las ciencias de la naturaleza y las del espíritu son ciencias reales.

 

Las ciencias de la naturaleza investigan el contenido de la experiencia, pero hacen abstracción del sujeto en quien se produce el conocimiento. En cambio, las ciencias del espíritu se ocupan de los fenómenos en los cuales es principal factor el espíritu humano con su razón y su voluntad. La causalidad física está regida por leyes que son sumamente diferentes de. las leyes que gobiernan el acontecer psíquico. En el mundo físico se nota cierta rigidez, cierta inmutabilidad, obstante el continuo variar de la energía. En el mundo del espíritu, cambio, se observa un continuo aumento de la energía. Es el principio del acrecentamiento de la energía que se opone directamente a la ley de la conservación de la energía que domina en el mundo material. Esto es debido, según Wundt, al hecho de que todo proceso psíquico es una síntesis, un producto completamente nuevo, que presenta propiedades que no se encuentran aisladamente en los elementos que lo constituyen. Es lo que Wundt llama ley de los resultantes creadores o síntesis creadora[3]. Con cada síntesis nueva se enriquece el patrimonio mental porque los elementos, al entrar en combinación, adquieren mu su encadenamiento significados y valores que no tienen aisladamente.

 

Considerando ahora cada uno de estos dos grupos de ciencias, hay que distinguir en ellas: 1.º Las ciencias que se proponen descubrir las leyes que rigen los fenómenos suministrados por la experiencia. Son las ciencias fenomenológicas. 2.º Las ciencias que estudian los hechos en su formación, en su génesis, son ciencias genéticas. 3.º Las ciencias que no consideran los fenómenos, es decir, los cambios, sino que estudian los objetos como tales, como resultados durables y permanentes, buscando sus relaciones, agrupándolos en sistemas, son las  ciencias sistemáticas.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Clasificación de Rickert y Windelband. — Estos filósofos distinguen dos clases de ciencias: las ciencias naturales que investigan las relaciones entre los fenómenos, es decir, las ciencias que se rigen por leyes, cuya expresión se efectúa mediante juicios universales y necesarios. Estas ciencias se llaman también nomotéticas (de nomos = ley). La segunda clase son las ciencias históricas, que estudian la realidad considerada en su aspecto individual. Estas ciencias se ocupan de aquellos hechos que son únicos, que no se repiten nunca, sean hechos de la naturaleza o del espíritu. Para estos filósofos son ciencias históricas la geología, la historia, la meteorología, porque se ocupan de hechos individuales, únicos. Las ciencias históricas sólo tratan de establecer la sucesión de los hechos.

 

Para la historia, una nación, una familia, un grupo social cualquiera, es algo individual, particular, único, y su fin es destacar los caracteres que distinguen dicho grupo, como totalidad, de los otros grupos, considerados como seres concretos lo mismo que si fueran individuos aislados. La historia viene a ser, pues, la ciencia de lo particular, de los hechos individuales que son únicos y que no se repiten. Por esta razón, la historia no puede formular leyes del acaecer histórico que sean válidas tanto para el pasado como para el futuro. No hay, en efecto, en la historia dos individuos idénticos, ni dos sujetos iguales que puedan referirse a una



 

 

 

 

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misma ley general. Los sucesos históricos constituyen series de hechos que se produjeron una sola vez y que no volverán a repetirse. Podrán ocurrir hechos parecidos, análogos, pero nunca serán iguales. De ahí que no podamos predecir un acontecimiento histórico.

 

Las ciencias de la naturaleza, en cambio, estudian los fenómenos que se repiten siempre de igual manera, o que no varían esencialmente. Por esto pueden llegar a formular leyes de su producción.

 

Rickert va más lejos aún. Dice que naturaleza e historia no son realidades distintas, sino la misma realidad contemplada desde dos puntos de vista diferentes. “La realidad se hace naturaleza cuando la consideramos con referencia a lo universal; se hace historia cuando la consideramos con referencia a lo particular e individual”. En consecuencia, con ello opone al proceder generalizador de la ciencia natural, el proceder individualizador de la historia[4].



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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DEL MÉTODO

 

1.    Idea del método — 2. Desarrollo del método. — 3. Galileo. — 4. Descartes. — 5. Bacon. — 6. Análisis y síntesis. Diferencias. — 7. Análisis de los matemáticos

 

 

1.Idea del método

 

 

Cualquiera que sea el objeto que se propone la investigación del hombre de ciencia, siempre su finalidad consistirá en descubrir una verdad o bien demostrar una verdad ya descubierta. Esta doble finalidad no puede lograrse obrando a la aventura y al azar. Como los hechos, objeto de estudio, forman una madeja sumamente complicada y confusa, es menester proceder con cierto orden para lograr poner en ellos la claridad necesaria. Llamamos método, justamente, a la serie ordenada de procedimientos de que se hace uso en la investigación científica para obtener la extensión de nuestros conocimientos.

 

El método presenta, por lo tanto, dos partes: una de ellas se ocupa de ordenar los conocimientos, agrupándolos en sistemas coherentes. Es el método sistemático. La otra parte trata de extender nuestros conocimientos mediante el descubrimiento de nuevas verdades. Es el método inventivo.

 

El método sistemático estudia las formas en que se ordena, en un todo coherente, una serie de conocimientos de manera tal que resulten claras las relaciones y las dependencias reciprocas de las partes componentes del todo. Para lograr este propósito el método sistemático se vale de la definición, de la división y de la clasificación, que nos proporcionan las normas para determinar con exactitud el contenido y la extensión de los



 

 

 

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conocimientos científicos. De este modo resulta posible disponer su ordenación adecuada.

 

Este método es el que se emplea en zoología, en botánica, en mineralogía, etc. En estas ciencias se trata de ordenar en un sistema coherente una multitud de cosas o seres. Esos seres, o cosas, no se inventan. Ningún naturalista inventa una especie de planta o de animal. Y si descubre una especie nueva, no hace más que estudiar sus caracteres para poder ubicarla donde le corresponde dentro de un sistema.

 

El método inventivo, por su parte, tiende a extender el campo de nuestro saber por nuevas adquisiciones. Estas adquisiciones se obtienen pasando de lo conocido a lo desconocido, en dos formas diferentes: 1.º Mediante la búsqueda de las consecuencias que se pueden derivar de un principio general, es decir, la investigación de efectos desconocidos de causas conocidas. Es el procedimiento deductivo. 2.º La segunda forma consiste en buscar el principio a que obedece una consecuencia, es decir, la causa desconocida de un efecto conocido. En este último caso ascendemos desde los hechos hasta descubrir la ley: se trata del procedimiento inductivo.

 

Debemos hacer notar que cuando hablamos del método sistemático y del método inventivo no se quiere significar con esto que las ciencias emplean un método con exclusión de otro. No hay ciencia que pueda prescindir de la definición, de la división y de la clasificación. Así, por ejemplo, si consideramos una ciencia como la física, vemos que para extender sus conocimientos emplea la observación y la experimentación, que son métodos inventivos. Pero al mismo tiempo tiene que suministrar la definición del fenómeno físico para distinguirlo de los demás fenómenos de la naturaleza y dar una clasificación de los mismos. Se trata, como se ve, de procedimientos del método sistemático.

 

 

2. Desarrollo del método científico

 

El método científico es, en sus líneas fundamentales, bastante sencillo. Consiste esencialmente en observar algunos hechos característicos para descubrir las leyes que los rigen. La observación y la generalización son los dos momentos esenciales del método científico, aunque estos dos



 

 

 

 

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momentos son susceptibles de un constante perfeccionamiento. Pero no obstante su sencillez esencial, el método científico, considerado desde el punto de vista de la inducción, ha sido obtenido con grandes esfuerzos. Ha progresado a medida que fue progresando la ciencia misma. Esto quiere decir que el método se origina en la ciencia y que no es anterior a ella. Son los descubrimientos de los grandes genios científicos los que contribuyen al perfeccionamiento del método. Los descubrimientos de un Galileo, de un Newton o de un Pasteur son, en este sentido, los verdaderos guías de investigadores ulteriores, y servirán en adelante como normas metódicas, porque ofrecen la ventaja de ahorrar tiempo y esfuerzos en tanteos previos.

 

El método, como problema de la ciencia, es fruto de los tiempos modernos que arrancan del Renacimiento. Los griegos, a quienes debe tanto la filosofía y el arte, no vieron este problema. Aristóteles identifica el método con la ciencia misma, y aunque habla de la inducción, este procedimiento es totalmente diferente de la inducción moderna y científica. Para Aristóteles, la inducción es un razonamiento que va de lo particular a lo universal, afirmando de un género lo que pertenece a cada una de las especies de dicho género. También la inducción se formula de un modo silogístico, en que se extrae de la colección completa de los casos particulares una regla general que sólo es su resumen. Como se ve, éste no es el concepto que tenemos hoy de una ley. El genio griego fue deductivo y su descubrimiento intelectual mayor fue la geometría, a la que se consideraba como una ciencia a priori derivada de premisas evidentes de por sí. Como los griegos despreciaban todo trabajo manual, también se comprende que desdeñasen todo estudio que necesitara ser comprobado por medio de experimentos. Todavía hoy posee un sentido despectivo el término “empírico”.

 

Sin duda que Arquímedes (257-212 a J. C.) fue el hombre más científico de os griegos. Inventó ingeniosos procedimientos mecánicos para defender la ciudad de Siracusa contra los romanos. Pero es, ante todo, un genio matemático, porque as mismas conclusiones de su obra acerca de la estática se basan en axiomas. Emplea el método deductivo sin recurrir a la experiencia, salvo, quizá, la que según la leyenda le fue sugerida estando en el baño.

Más afectos a la experimentación fueron los árabes. A ellos se deben muchos descubrimientos en química, gracias a su búsqueda del elixir de la vida y de la piedra filosofal, es decir, la trasmutación de los metales en oro. Sin embargo, carecieron de la facultad de generalizar, de elaborar leyes generales de los hechos observados. Sólo les interesaban las cuestiones especiales.

 

Pero hay que reconocer que el mundo occidental tiene una deuda con los árabes. Fueron ellos quienes durante la Edad Media mantuvieron la tradición científica y la trasmitieron a la cristiandad, que comenzó a cultivar las ciencias en las universidades.

 

 

3. Galileo

 

El creador del verdadero método científico, como lo consideramos en la actualidad, fue, sin duda, Galileo Galilei (1564-1642). El vio con toda claridad el verdadero carácter de la inducción. Aunque hoy día tenemos muchos más conocimientos, nada fundamental debe agregarse al método



 

 

 

 

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iniciado por Galileo. De la observación de los hechos particulares pasa a establecer leyes generales que, por ser cuantitativas, son rigurosas y permiten predecir los hechos futuros.

 

No se puede entender bien el significado de la reforma de Galileo si no se tiene una idea de la concepción del mundo en el siglo XV. Esta concepción del mundo no era otra que una herencia de Aristóteles, a la cual se habían agregado algunos aportes de la astronomía de Ptolomeo. En el fondo, no era más que una sistematización de los datos de los sentidos. La imagen que del mundo se tenía entonces era, en resumen, la siguiente: La tierra, inmóvil, ocupa el centro del universo, y en torno a ella giran el sol, la luna, los planetas y las estrellas, fijados a esferas sólidas, pero trasparentes.

 

La tierra y el espacio comprendido entre la tierra y la luna es el “mundo sublunar”, y en él reina el eterno cambio, lo accidental y lo pasajero, el movimiento y el reposo. Arriba, por encima de la esfera de la luna, en la “región celeste”, está el dominio del éter. El movimiento es allí perpetuo y regular, y se produce en forma circular, porque el círculo era considerado como la figura perfecta, puesto que vuelve siempre sobre el mismo punto.

 

Esta imagen del universo concordaba con las doctrinas de Aristóteles, con la Biblia, autoridad de la época, y asimismo con los datos que nos suministran los sentidos. Para suplantarla era menester una dura lucha, no sólo contra la autoridad, sino también contra el testimonio común de los sentidos. Esta lucha fue la grande obra de Copérnico y, sobre todo, de Galileo. A ellos, principalmente, se debe la creación de la nueva ciencia de la naturaleza.

 

Una de las causas esenciales del desarrollo de la nueva ciencia fue, además del movimiento espiritual del Humanismo y del Renacimiento, el gran interés que en las ciudades italianas se despertó por la industria, la mecánica y las obras de ingeniería. Era necesario estudiar las leyes que hacían posibles dichos trabajos. De las obras humanas se pasaba a las grandes obras de la naturaleza, mediante una analogía entre la mecánica humana y la actividad de la naturaleza[1].

 

Consecuencia de la nueva ciencia fue la creación de un nuevo método, un nuevo órgano. La especulación y la construcción apriorística fueron



 

 

 

 

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sustituidas por la observación y el experimento, introduciéndose en este procedimiento el análisis y el cálculo. Galileo considera que la lógica formal sólo sirve para regular y corregir la marcha del pensamiento, pero que es incapaz, como medio, de suministrar nuevos descubrimientos. Para obtener nuevos conocimientos es preciso partir de ciertas experiencias y derivar de ellas una hipótesis. Después hay que demostrar deductivamente que la hipótesis planteada concuerda con otras experiencias. Como se ve, en el método de Galileo se reúnen en forma armónica la inducción y la deducción, la observación y el pensamiento.

 

Entiende por inducción el examen de los casos característicos, porque es imposible el examen de “todos” los casos para formular la hipótesis ideal, cuyas consecuencias habrán de probarse deductivamente, aplicándolas a los hechos particulares. Para realizar con exactitud la deducción y ver si la hipótesis ideal concuerda realmente con la experiencia, es preciso hacer determinaciones cuantitativas, es decir, que se deben medir los fenómenos con precisión. Por esto, el principio de Galileo era “medir todo lo que se puede medir, y hacer mensurable lo que no se puede medir inmediatamente”. No se trata ya de saber por qué ocurren las cosas, sino cómo ocurren, en virtud de qué ley.

 

Considera que la naturaleza nada hace en vano, y que por esta razón sigue los caminos más simples y sencillos. Este principio de la sencillez lo aplica a la noción del movimiento. A este respecto dice que lo más sencillo es que un cuerpo permanezca en el estado en que está, si no interviene una fuerza exterior. Por esto, los cuerpos, por sí mismos, no pueden pasar del reposo al movimiento, ni del movimiento al reposo. Y dado el caso de que un cuerpo estuviese en movimiento, éste seguirá con la velocidad adquirida si se suprimen las causas externas, o sea los obstáculos. Esto no es más que un caso ideal, una hipótesis, porque no hay espacio vacío, pero Galileo demuestra su exactitud con experiencias. En efecto, probó que cuanto más lisas eran unas esferas que hacía correr sobre canaletas de pergamino, y que cuanto más lisas eran esas mismas canaletas, más largo era el recorrido de las esferas. Con esto demostró el principio de inercia.

 

El mismo principio de simplicidad lo aplica, asimismo, para la ley de caída de los cuerpos. Si una piedra, dice, cae desde cierta altura, recibe poco a poco nuevos incrementos de velocidad. Supuso que esos



 

 

 

 

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incrementos se producían también del modo más simple, es decir, que el movimiento era uniformemente acelerado. Para comprobar esta hipótesis recurrió al plano inclinado. Como la velocidad que adquiere un cuerpo en

 

su caída es grande y difícil de medir —dada la imperfección de los instrumentos de que disponía—, midió la velocidad de un cuerpo que desciende por un plano inclinado. Previamente se había convencido de que la velocidad que adquiere un cuerpo que se desliza por un plano inclinado es la misma que toma al ser abandonado en el aire desde la misma altura vertical. Repitió la experiencia con varios planos inclinados y halló que los resultados de sus medidas coincidían con sus cálculos. Comprobó, así, su hipótesis de que la. velocidad era proporcional al tiempo, y sacó, como consecuencia matemática, que el espacio recorrido era proporcional al cuadrado del tiempo. Este solo ejemplo basta para mostrar cuál era el método inaugurado por Galileo y en qué consistía la novedad. Aristóteles, a quien seguían fielmente los escolásticos, sólo se interesaba por las causas últimas de las cosas, y trataba el movimiento como una rama de la metafísica. Galileo considera inútil averiguar por qué ocurre el movimiento. Sólo le interesa saber cómo se efectúa y en virtud de qué leyes se produce.

 

En resumen, hay que reconocer en Galileo al iniciador de la física moderna. El dio el primer paso, difícil y decisivo, que abrió el camino para la ciencia dinámica, con la doctrina del movimiento, que sin él no hubiera alcanzado el desarrollo actual. Es la suya una concepción mecánica de la naturaleza. Todo se reduce a un sistema de átomos y conjunto de átomos que pueden determinarse cuantitativamente y que se mueven de acuerdo con ciertas leyes de la mecánica.

 

 

4. Descartes

 

Se considera a Renato Descartes (1596-1650) como el fundador de la filosofía moderna, no sólo por haber roto con la filosofía anterior a él, para comenzar de nuevo el estudio de los problemas filosóficos, sino también por haber encontrado un nuevo principio, que sirve de fundamentó a todo su sistema. Este principio es el de la evidencia, y el procedimiento de



 

 

 

 

 

 

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llegar a él es la duda metódica. Este método puede resumirse en la siguiente forma:

 

Si queremos llegar a tener conocimientos seguros debemos comenzar por rechazar todas aquellas opiniones sobre las cuales se puede abrigar la más pequeña duda. Es menester romper con todos los prejuicios adquiridos en la niñez, y dudar de todo aquello que no aparezca con el signo de la evidencia. De acuerdo con este principio, debemos tomar como dudosas todas aquellas opiniones recibidas. Debemos dudar de todo, no sólo de la existencia de las cosas sensibles, puesto que los sentidos nos engañan, sino también de las mismas verdades matemáticas, de la existencia del propio cuerpo y hasta de la existencia de Dios, porque todo puede ser como un sueño engañoso.

 

Pero si bien todo puede ponerse en tela de juicio, hay, no obstante, una sola cosa de cuya existencia no podemos dudar, y es esa duda misma, y con ello la existencia de un “yo” que tiene esa duda. Como dudar es pensar, Descartes llega a esta afirmación: “pienso, luego existo”. Esta proposición, que se le aparece con una certeza máxima, con el signo de la evidencia, ha de servirle de modelo para todos los conocimientos que aspiran a ser verdaderos y ciertos. En efecto. Descartes formula como consecuencia la regla general de “que todo lo que se concibe clara y distintamente como ese principio es verdadero”. Basado en esta regla, declara que las nociones matemáticas, como los axiomas, son verdades inconmovibles, porque son evidentes y permiten descubrir nuevas verdades mediante severos razonamientos. La matemática es, pues, para él, un modelo de conocimientos seguros.

 

Otra consecuencia de su célebre proposición es la determinación de la esencia del espíritu. Aunque podemos dudar de todo, y hasta negar la existencia de todo lo que nos rodea, hay algo que subsiste, y es nuestra personalidad pensante. Esta no necesita, para su existencia, de ninguno de los atributos que asignamos a los cuerpos, tales como la extensión. La esencia del espíritu es, pues, para él, nada más que pensamiento, mientras que la esencia y el atributo de la materia es la extensión.

 

Descartes ha dado un resumen de su sistema en su Discurso acerca del método, reduciendo a cuatro todas las reglas de su método, que trascribimos:



 

 

 

 

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“La primera consiste en no aceptar como verdadera cosa alguna que antes no la hubiera reconocido evidentemente como tal; es decir, evitar escrupulosamente la precipitación y la prevención y no comprender en mis juicios nada más que lo que tan clara y distintamente se ofreciera a mi espíritu que nunca hallara ocasión de ponerlo en duda.

 

”La segunda consiste en dividir cada dificultad que examinare en tantas partes que fuera posible ordenar para mejor resolverlas.

 

”Constituye la tercera el guiar ordenadamente los pensamientos, comenzando por los objetos más fáciles y sencillos, para subir paulatina y gradualmente al conocimiento de los más compuestos y suponer ordenados los que naturalmente no se preceden.

 

“Y finalmente, la última estriba en hacer enumeraciones tan completas y resúmenes tan generales que nada en ellos quedara omitido”[2].

 

Estas cuatro reglas tienen para Descartes un sentido bien preciso. Ante todo, rechaza toda autoridad para afirmar la independencia de la razón. En segundó lugar, aclara el concepto de la evidencia, que es racional y no sensible. La segunda regla es una recomendación del análisis, para ir de lo simple a lo compuesto y de lo conocido a lo desconocido. La tercera es una consecuencia de la anterior, y en ella recomienda la ordenación lógica del razonamiento en forma deductiva. La última es consecuencia de las anteriores, y significa que todos los términos de la deducción deben estar rigurosamente encadenados.

 

 

5. Bacon

 

El filosofo que considera necesario colocar la ciencia sobre bases sólidas y construirla sobre la observación de los hechos, es Francis Bacon, barón de Verulam (1561-1626), famoso por sus obras filosóficas como por su actuación política, pues fue ministro de la reina Isabel de Inglaterra. Al método deductivo, empleado hasta entonces en las ciencias, opone el método inductivo. Es preciso partir de la experiencia, es decir, de la observación de los hechos y de la experimentación. Si durante tantos siglos la ciencia fue infecunda, sin producir ningún beneficio para la vida humana, se debió a que todo se reducía a una vacía disputa de palabras.



 

 

 

 

 

 

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Hay que volver, pues, a la naturaleza, observarla, descubrir sus leyes para dominarla.

 

Después de una crítica severa de la doctrina tradicional, trata de ofrecer un nuevo método en su libro Novum Organum, que es la segunda parte de su obra capital titulada Instauratio magna scientiarum. El Nuevo Órgano viene, así, a oponerse al “Órgano” de Aristóteles.

 

En su obra combate rudamente al silogismo aristotélico, sosteniendo que este instrumento es incapaz de suministrar nuevos conocimientos, puesto que está minado por un vicio sofístico, toda vez que, si es falsa la conclusión, también es falsa la premisa de la cual deriva. Es preciso, por lo tanto, un nuevo instrumento, un nuevo órgano, un nuevo método. Este método es la inducción, que desempeña en la investigación el papel principal, pues sólo mediante él se pueden descubrir nuevas verdades científicas.

 

Bacon exige, en primer lugar, que se observen los hechos sin ningún prejuicio, porque son las ideas preconcebidas las que siembran la confusión y falsean las cosas. Los prejuicios, que él llama ídolos, son fantasmas del espíritu y no dejan ver claro. Estos prejuicios son de cuatro clases: 1.º El prejuicio de la tribu (idola tribus) tiene su origen en la naturaleza humana. Se debe a la imperfección de nuestros sentidos, a nuestra tendencia de ver en la naturaleza fines. 2.º El prejuicio de la caverna (idola specus), que resulta de la individualidad propia de cada uno. El mundo se refleja en cada espíritu humano de una manera especial, según sus costumbres, su educación y sus tendencias propias. 3.º El tercer grupo de prejuicios es el que llama ídolo del mercado (idola fori), y tiene su origen en los equívocos del lenguaje. Cuando se oyen palabras se cree que han de contener ideas, y no siempre ocurre esto, puesto que hay palabras que nada dicen. Las palabras tienen un valor relativo, como las monedas en el mercado; por esto no debe atribuírseles un valor absoluto de conocimientos. En vez de palabras, hay que saber cosas, hechos. 4.º Por último, están los prejuicios del teatro (idola theatri), que son suscitados por los sistemas filosóficos y las enseñanzas, por la tradición recibida sin crítica, que nos llenan de errores aunque tienen la apariencia de la verdad, cuando no son más que invenciones como las piezas de teatro, sin ninguna realidad.



 

 

 

 

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Libre el espíritu de todos estos obstáculos, podrá avanzar en los conocimientos científicos, pero el método para el progreso en los conocimientos sólo puede ser el inductivo, es decir, ascendiendo de los hechos comprobados por la experiencia, a la ley. El mayor mérito de Bacon es haber insistido, con todo empeño, en esta afirmación.

 

Hay que hacer notar que Bacon no entiende el concepto de ley como lo entendemos hoy, sino que lo toma en el sentido de una simple generalización. Para él sólo la inducción completa, es decir, la enumeración de todos los casos, tiene un valor de prueba. Pero esto, como se comprende, no es posible.

 

Para llegar a nuevos conocimientos, a nuevas verdades, es preciso hacer una colección metódica de los hechos y agruparlos en tres diferentes categorías, que Bacon designa con el nombre de tablas. La primera, que es la tabla de presencia, contiene ejemplos que concuerdan con la presencia del fenómeno que se quiere investigar. La segunda, que es la tabla de ausencia, ofrece ejemplos en que el fenómeno no se produce. La tercera, llamada tabla de grados, comprende casos en que el fenómeno que se estudia se encuentra en diferentes grados de intensidad, pudiendo presentarse esa variación en el mismo objeto, como en objetos diferentes, lo que permite su comprobación.

 

Estas tres tablas, despojadas de sus consideraciones superfluas, son la base de los tres primeros de los cuatro métodos experimentales de Stuart Mill.

 

 

6. Análisis y síntesis. Diferencias

 

Los fenómenos de la naturaleza, como los hechos del espíritu, se nos presentan en una forma muy compleja y enmarañada. Al primer golpe de vista parecen constituir un conjunto homogéneo, pero algunos cambios, que se observan bien luego, nos muestran que sólo una parte del conglomerado ha sufrido alteración. Lo que quiere saber siempre el hombre es la causa de esta alteración, de este cambio, y como estas causas son asimismo fenómenos, que se presentan en forma compleja, es muy difícil averiguar la causa del cambio observado tomando los dos grupos de fenómenos necesarios—causas y efectos—en su totalidad. Es preciso,



 

 

 

 

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pues, buscar los componentes de cada uno de los complejos, para investigar cual de ellos es el que produce el cambio en los elementos del otro complejo. A esta operación, que consiste en descomponer un complejo en sus elementos constitutivos, llamamos análisis.

 

Una vez hecho el análisis, si queremos verificar si la descomposición se efectuó correctamente, porque podría ser también defectuosa, por un procedimiento complementario se vuelven a unir los elementos encontrados, para ver si de esa unión surge nuevamente el compuesto. A este procedimiento, que es un método de recomposición, se designa con el nombre de síntesis.

 

Tomados en este sentido, como método de descomposición y de recomposición, el análisis y la síntesis se emplean en todas las ciencias, sea de la naturaleza como del espíritu. Así, por ejemplo, cuando el químico ha encontrado por análisis los componentes del agua, por medio de la síntesis verifica si efectivamente los elementos encontrados son sus componentes. Analizando los sonidos mediante los resonadores, llegó Helmholtz a descubrir que el timbre es la resultante del número, altura e intensidad de los sonidos armónicos que acompañan al sonido fundamental o tónica. Este descubrimiento lo verificó produciendo un determinado sonido mediante sonidos simples de diferente intensidad v altura. El análisis y la síntesis facilitan, pues, la búsqueda de la causa de un fenómeno.

 

 

7. Análisis de los matemáticos

 

Sin embargo, los lógicos antiguos y los matemáticos dan otro sentido al análisis, considerándolo como método regresivo. Consiste este procedimiento en remontarse, en forma gradual, de una cuestión a sus condiciones, y de éstas, a su vez, a sus condiciones anteriores, hasta llegar al principio del cual depende la solución. En cambio, la síntesis es el método por el cual desde el principio general se vuelve a descender hacia la consecuencia. Este método sirve para la demostración de teoremas y para la solución de problemas.



 

 

 

 

 

 

 

 

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LÓGICA MATEMÁTICA

 

1.     Objeto de la matemática. — 2. La demostración matemática: Su naturaleza peculiar. — 3. Elementos de la demostración: Definiciones matemáticas. Axiomas. Postulados. Teoremas. — 4. Sobre el origen de las nociones matemáticas. — 5. Procedimientos analíticos y procedimientos sintéticos. La reducción por el absurdo.

 

 

1.Objeto de la matemática

 

 

La matemática se ocupa de objetos ideales, es decir, de objetos independientes de la experiencia, puesto que sólo tienen existencia en el pensamiento. Estos objetos matemáticos abstractos son la cantidad o la magnitud, es decir, todo aquello que es susceptible de aumento o disminución.

 

La magnitud, considerada en sí misma, ofrece dos aspectos esenciales: puede ser discontinua o continua. Es discontinua cuando de una cantidad dada se pasa bruscamente a otra, mayor o menor, sin íntermedio, por simple adición o sustracción, según los casos. El tipo de la cantidad discontinua es el número. Cualquiera que sea la unidad que se toma, siempre se pasa de un número a otro por adición o por sustracción de dicha unidad. Es cierto que entre dos números podemos intercalar un número fraccionario, pero el número fraccionario no es entonces un intermediario, sino que significa un cambio de unidad. En cambio, la cantidad es continua cuando de una cantidad se pasa a otra por intermedios tan pequeños que siempre son menores que cualquier cantidad propuesta de



 

 

 

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antemano. Se trata de tránsitos continuos. El tipo de la cantidad continua es la extensión.

 

El estudio de la cantidad discontinua es el objeto de la aritmética, que trata de los números, siendo el álgebra su prolongación. En efecto, el álgebra surge cuando merced a una generalización superior, los números son remplazados por símbolos que sirven para designar cualquier número y sus relaciones.

 

La ciencia que tiene por objeto la cantidad continua, es decir, las magnitudes que pueden aumentar o disminuir en el espacio, es la geometría. En realidad, esta ciencia no se ocupa del espacio mismo, sino de las figuras que pueden trazarse en él. El espacio no es más que la posibilidad indefinida de las figuras, de las magnitudes y de las situaciones. En efecto,las magnitudes pueden cambiar y la figura permanecer invariable, y a la inversa, puede cambiar la figura sin que varíe la magnitud.

 

Se ha creído durante mucho tiempo que estas dos ciencias, la geometría y la aritmética o el álgebra, eran irreductibles la una a la otra, pero Descartes pudo demostrar lo contrario con el descubrimiento de la geometría analítica, en que una figura geométrica puede ser representada por una ecuación. De este modo, siguiendo las variaciones de las magnitudes, cuya relación expresa la ecuación, se pueden conocer las variaciones de la figura misma.

 

Por todas estas razones se puede decir que la ciencia matemática tiene por objeto determinar las leyes de las variaciones correlativas de las magnitudes.

 

Falta ahora aclarar el concepto de ley que empleamos aquí. Debemos entender por ley, en este terreno, toda ecuación y todo teorema geométrico que expresan una relación posible de magnitudes, puesto que haciendo variar los valores de uno se hace posible conocer las variaciones del otro.

 

Según muchos matemáticos y filósofos, los números mismos y las figuras son verdaderas leyes. Un número es un caso particular y definido de la ley de adición de la unidad consigo misma. Una circunferencia es la expresión de la ley por la cual el geómetra obliga a un punto a desplazarse en un plano permaneciendo siempre a la misma distancia de un punto fijo.



 

 

 

 

 

 

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Sólo que estas leyes no se obtienen por la experiencia, sino que son suministradas a priori por el espíritu[1].

 

2. La demostración matemática. Su naturaleza peculiar

 

Se dice generalmente que el método de las matemáticas es deductivo, razonamiento que consiste en pasar de lo general a lo particular. De esto resultaría que la matemática no nos aporta ningún conocimiento nuevo, puesto que se limitaría a derivar de ciertas proposiciones generales, que le sirven de base, algunas proposiciones particulares contenidas en ellas. La matemática se reduciría así a una inmensa tautología, según la expresión de Poincaré[2], y ningún teorema sería nuevo.

 

Sin embargo, es evidente que a medida que avanzamos en el estudio de la matemática vamos adquiriendo verdades y conocimientos nuevos que no estaban implícitos en las presuposiciones. Es preciso, pues, concebir la deducción matemática como una forma diferente de la deducción formal, tal como aparece en el silogismo verbal. Lo que caracteriza la deducción matemática, lo que constituye su naturaleza peculiar, es que no procede como el silogismo, sino que avanza por sustituciones, es decir, que va remplazando unas proposiciones por otras equivalentes. En el razonamiento matemático, en efecto, no hacemos más que sustituir unos términos por otros equivalentes, y éstos, a su vez, aumentados o disminuidos en cantidades equivalentes. De este modo el razonamiento matemático adquiere el significado de una verdadera creación, porque se llega a consecuencias nuevas. Por esto los lógicos modernos prefieren definir la deducción matemática diciendo que es “el razonamiento que va de la razón a la consecuencia”.

 

En estas sustituciones, en que se aplica íntegramente el principio de identidad, el curso de la deducción es interrumpido por la introducción de nuevas proposiciones, que son definiciones u otros razonamientos, y permiten el progreso constante del conocimiento. A este procedimiento Poincaré lo designa con el nombre de demostración por recurrencia. Se trata para él de verdaderas inducciones matemáticas.

 

En resumen, la demostración participa de la naturaleza del silogismo, porque puede presentar la forma de una inferencia mediata, pero difiere



 

 

 

 

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asimismo de él por muchos aspectos. En el silogismo, hay que recordarlo, la conclusión deriva necesariamente de las premisas, sean ellas verdaderas o no, y la conclusión no es necesariamente verdadera. En la demostración matemática, en cambio, las premisas son verdades necesarias, de las cuales se derivan otras verdades absolutamente necesarias.

 

La demostración consiste, así, en sustituir cada uno de los términos por otros equivalentes hasta llegar a tener, en lugar de los primeros, aquellos términos entre los cuales queremos establecer una relación. No se trata, pues, de una tautología, sino, por el contrario, de creaciones nuevas, entre las cuales, sin embargo, existen las mismas relaciones, puesto que se fundamentan en el principio de identidad considerado desde el punto de vista cuantitativo.

 

 

3. Elementos de la demostración

 

Acabamos de ver que en la demostración matemática las consecuencias se derivan con toda necesidad de ciertas cantidades y relaciones que se han ofrecido, como verdades ya aceptadas. Es preciso saber ahora de dónde surge esa necesidad, esa derivación forzosa y rigurosa, que es el valor máximo de la matemática. Es preciso, pues, que el punto de partida de la demostración tenga una base inconmovible, y esta base sólo puede darla cierto número de elementos irreductibles. Se trata, en suma, de averiguar cuáles son estos principios supremos que no pueden derivarse de otros principios o leyes más simples. La demostración debe conducir, de reducción en reducción, mediante sustituciones de términos equivalentes, a verdades irreductibles, a verdades indemostrables, que han de ser evidentes por sí mismas. Estas verdades irreductibles, estos principios fundamentales son las nociones matemáticas, que pueden resumirse en tres categorías: 1.º, las definiciones; 2.º, los axiomas; 3.º, los postulados.

 

1.º Las definiciones matemáticas. — Las definiciones son juicios que contienen las cualidades esenciales de un concepto. Como el concepto hace referencia a un objeto, mediante la definición determinamos la naturaleza de ese objeto, diferenciándolo de todos los demás. Pero debemos distinguir las definiciones que usamos en las ciencias de la



 

 

 

 

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naturaleza de aquellas que llamamos definiciones matemáticas. Las primeras se hacen por el género próximo y la diferencia específica, las segundas hacen referencia a una ley general por la cual se produce o “engendra” la noción que se define.

 

En efecto, las definiciones matemáticas son genéticas, puesto que enuncian la ley de formación de un número o de una figura. Así, se define el triángulo diciendo que “es una figura formada por tres líneas rectas que se cortan de a dos en un plano”. Es claro que podemos definirlo también como “una” figura cuyos ángulos tienen la propiedad de valer dos rectos; pero previamente habría que aclarar qué es una figura formada por tres rectas o que tiene tres ángulos.

 

Las definiciones que emplean las ciencias empíricas, las ciencias que se basan en la experiencia, son, por su naturaleza, imperfectas, porque sólo podrían abarcar un número limitado de sus caracteres. A medida que una ciencia progresa, también evolucionan los conceptos de sus objetos, por el descubrimiento de nuevas propiedades que se van agregando en la definición. Así, por ejemplo, el concepto de agua, y por lo tanto su definición, es diferente para el hombre vulgar y para el hombre de ciencia. Nuestro concepto actual del átomo, y su definición, es diferente del concepto y de la definición que dio de él el filósofo Demócrito.

 

Las definiciones matemáticas, en cambio, son perfectas, definitivas e inmutables, porque no concebimos que la matemática progrese de modo que consideremos falsa la definición del triángulo o de la circunferencia. Si agregásemos un carácter nuevo a una noción matemática, esa noción dejará de ser ella. Si definimos el número 10 como engendrado por el número 9 mediante el agregado de una unidad, la noción del número 10 quedará destruida si le agregamos o le quitamos una unidad.

 

Además, las definiciones matemáticas son universales. Esto quiere decir que en cualquier circunstancia de tiempo y de lugar en que consideremos la figura o el número dados, siempre tendrá la misma ley de formación y podremos aplicarla sin excepción para la construcción de dichos números o figuras. Si definimos la circunferencia “como la línea curva engendrada por el movimiento de un punto alrededor de otro fijo, que ocupa el centro, guardando siempre de él la misma distancia”, esta



 

 

 

 

 

 

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definición es válida para todas las circunferencias, cualquiera que sea la longitud de su radio, porque tenemos la ley de su producción.

 

2.º Los axiomas. — La demostración matemática no se efectúa solamente derivando consecuencias de las definiciones, sino que se basa también.en otra clase de proposiciones que le sirven de principio. Estos principios son de dos clases, que hay que distinguir bien, porque son de naturaleza diferente: los axiomas y los postulados.

 

Los axiomas son comunes a todas las ciencias matemáticas; en cambio, los postulados son propios de la geometría y de la física.

 

Ante todo, los axiomas se distinguen porque son verdades evidentes y porque no necesitan de demostración, sirviendo para demostrar la verdad de otras proposiciones. En segundo lugar, los axiomas son indemostrables y, analizados, se ve que enumeran una relación determinada entre magnitudes indeterminadas, tales como “el todo es mayor que la parte”, “si a cantidades iguales se agregan cantidades iguales, las sumas son iguales”, etcétera.

 

La certeza de los axiomas se debe a que no podemos concebir lo contrario de lo que enuncian.

 

Para algunos lógicos se trata de la aplicación del principio de identidad, y no de una consecuencia de ese principio, porque las magnitudes que se consideran no son idénticas, sino sustituciones de igualdades. La igualdad no sería más que la identidad considerada desde el punto de vista de la cantidad, es decir, una aplicación del principio formal de identidad.

 

3.º Postulados. — Los postulados son juicios que no incluyen una evidencia absoluta; pero como los axiomas, no son susceptibles de demostración. Se distinguen por su carácter particular y definido, y por esta razón no se colocan a la cabeza para derivar de ellos consecuencias, sino que intervienen en un momento determinado, cuando son necesarios para ciertas demostraciones particulares.

 

Los postulados son, pues, ciertos juicios cuya verdad debe admitirse, porque de otro modo no podría comprenderse la realidad. Pero por la misma razón podemos negar un postulado sin incurrir en ninguna contradicción, mientras que los axiomas se imponen por su necesidad lógica. Así se explica que los matemáticos modernos, conservando todos



 

 

 

 

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los demás axiomas y postulados de la geometría común, y rechazando los postulados de Euclides, hayan podido construir una geometría nueva, completamente coherente, distinta a la geometría euclídica. Es la geometría no euclídica de Bolyai, Riemann y Lobatchewsky, desarrollada en el último siglo, en la cual se parte de la suposición de que “por un punto fuera de una recta no se puede trazar en un plano ninguna paralela a esa recta”, o bien “se puede trazar una Infinidad de paralelas”.

 

4.º Los teoremas. — Los postulados y los axiomas se aceptan sin demostración; en cambio, los teoremas son enunciados que exigen una prueba. La demostración se efectúa justamente partiendo de las definiciones y de los axiomas, haciendo intervenir los postulados cuando '. <>n necesarios para la prueba. En toda demostración se pueden distinguir tres elementos, que son:

 

a) La tesis, que es lo que se quiere probar.

 

b) El principio en que se funda la tesis, o sean las premisas.

 

c) El proceso lógico por el cual la tesis deriva de las premisas.

 

En resumen, las definiciones matemáticas, los axiomas y los postulados son los principios irreductibles que sirven de punto de partida para la demostración de los teoremas. Gracias a estos elementos, la deducción se hace rigurosa, o se verifica en forma de una necesidad lógica absoluta.

 

Aquí surge un nuevo problema, y es el de saber qué es lo que proporciona esta solidez a las nociones matemáticas, cuál es su naturaleza y cuál es su origen.

 

 

4. Sobre el origen de las nociones matemáticas

 

Muchos filósofos han sostenido que las nociones matemáticas, como todos los demás conceptos, nos han sido suministrados por la experiencia. Esta doctrina es la del empirismo matemático. Según ella, la experiencia nos proporciona un gran número de representaciones de objetos semejantes, árboles, caballos que se diferencian por su calidad, pero si se hace abstracción de estas diferencias, podemos llegar a la idea de número. La percepción de hilos muy finos nos habría suministrado la idea de línea,



 

 

 

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y la luna llena, el sol, el corte de un tronco, nos habría sugerido la idea de circunferencia y de círculo, etcétera.

 

A esta doctrina se ha objetado que el matemático, cuando hace sus raciocinios, trabaja con números y figuras cuyos modelos no encontramos en la naturaleza. Además, los conceptos que emplea el matemático carecen de los caracteres que encontramos en los objetos sensibles. En efecto, el “punto” no tiene dimensión; la “línea” se concibe como una longitud pura sin espesor ni anchura. La “circunferencia”, el “cilindro” y la “esfera” son figuras perfectas que no encontramos en los .objetos de la naturaleza.

 

Frente a esta teoría empirista se sitúa la doctrina racionalista. Se trata de un idealismo matemático según el cual estas nociones son obra del pensamiento puro, conceptos extraídos del espíritu mismo y ofrecidos en forma a priori, sin intervención de la experiencia. El espíritu los obtendría por una especie de intuición racional inmediata, sin recurrir a otros elementos.

 

Estas dos doctrinas opuestas, que hemos reducido a sus líneas más simples, son también las que se presentan en sus formas extremas, puesto que tanto el empirismo, como el racionalismo, admiten ciertos matices. Para Kant las nociones matemáticas son verdades racionales, son Juicios sintéticos a priori.

 

Esto quiere decir que, como el espacio y el tiempo son formas que el espíritu impone a nuestras percepciones, toda relación en el espacio y en el tiempo es de hecho un juicio a priori, y es sintético porque es preciso demostrar que el predicado pertenece al sujeto. Para Poincaré, que sigue en cierto modo a Kant, las nociones matemáticas son convenciones del espíritu que nada tienen de real ni de necesarias. La matemática no recurre a la experiencia, pero tampoco se desarrolla exclusivamente por el razonamiento deductivo, sino que necesita de ciertos actos especiales del espíritu, es decir, de intuiciones a priori.

 

Como quiera que sea, es indudable que ni el racionalismo extremo, ni el empirismo extremo pueden ser aceptados. Las nociones matemáticas deben considerarse, más bien, como productos del espíritu, sugeridos por la acción de la experiencia.

 

Si hemos cortado el tronco de un árbol, o partiendo una naranja hemos observado ciertas formas circulares, y si luego al medir con un hilo la



 

 

 

 

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distancia que media de un punto del contorno a cualquier otro opuesto encontramos una longitud máxima, y que el hilo pasa siempre por un punto céntrico, llegamos a la conclusión de que cualquier punto del contorno está casi a la misma distancia de ese punto céntrico. De este modo hemos llegado a la ley de la circunferencia. Desde este instante estamos en condiciones de construir cualquier figura que obedecerá rigurosamente a la ley. Si hacemos girar esa circunferencia sobre sí misma nos dará una esfera, etcétera. Las figuras geométricas resultan ser engendradas por puntos, por líneas, por superficies y las condiciones de esta producción son la ley misma de esta figura, como todo número es una construcción del espíritu y un caso particular de la ley de adición de la unidad consigo misma[3].

 

En consecuencia, se puede decir que las nociones matemáticas tienen un origen empírico y que las primeras definiciones y axiomas fueron descubiertos por la observación y la experiencia, pero no se puede negar que, en cierto modo, el espíritu crea estas nociones. En efecto, la matemática comienza a existir cuando de la comprobación de formas sensibles y de propiedades se pasa a construir figuras perfectas, ideales, según sus leyes de producción. Desde este instante, rompiendo ya definitivamente con la experiencia sensible, puede formular nuevas leyes y construir, de acuerdo con ellas, nuevas figuras. La matemática se constituyó, así, en una ciencia de objetos ideales.

 

 

5. Procedimientos analíticos y procedimientos sintéticos. La reducción al absurdo

 

El mecanismo de la demostración matemática reviste diversas formas que pueden reducirse a las tres siguientes: el procedimiento analítico, el procedimiento sintético y la reducción al absurdo.

 

1.º El procedimiento analítico. — Es un verdadero método de descubrimiento en que el punto de partida es la proposición que se quiere demostrar. Se trata, según Descartes, de deducir lo desconocido de lo conocido, considerando lo desconocido como si fuese conocido y viceversa.

 

Este procedimiento puede considerarse de dos maneras. En el primer caso se supone verdadera una proposición y de ella se trata de derivar las



 

 

 

 

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consecuencias, hasta que se llega a algo conocido. Esta consecuencia verdadera es la garantía de que la hipótesis ha sido verdadera. En realidad, este procedimiento consiste en reducir una proporción a otra proposición y remontarse así hasta que se encuentre la proposición conocida. La proposición que se toma como punto de partida, no es, pues, un principio del cual se extraen consecuencias, sino que ella misma es una consecuencia cuyo principio vamos buscando. Veamos un ejemplo que cita Janet. Sea la inscripción de un exágono en un círculo dado. Comenzamos por suponer que está resuelto ya el problema, es decir, tiramos una cuerda que por hipótesis consideramos como el lado del exágono que buscamos. De los dos extremos tocamos dos radios. Si examinamos ahora el triángulo así construido, demostramos que debe ser equilátero, por lo cual resulta que el lado del exágono es igual al radio. En consecuencia, no se necesita más que llevar seis veces el radio sobre la circunferencia para inscribir un exágono en un círculo.

 

2.º El procedimiento sintético. — Este método es el más apropiado para exponer una verdad cuando ésta ha sido descubierta. Consiste en partir de principios ya conocidos para derivar de ellos la relación que se quiere demostrar y todas las consecuencias posibles. Las proposiciones se encadenan entre sí, combinando algunos elementos irreductibles, descubriendo cada vez nuevas consecuencias. Por esto se llama síntesis a este procedimiento demostrativo. Euclides, en sus “Elementos”, emplea demostraciones por síntesis.

 

3.º La reducción por el absurdo. — Este procedimiento es indirecto y constituye un caso particular del análisis de los matemáticos de la antigüedad. Consiste en partir de la suposición de que la proposición contradictoria de la tesis es verdadera, y se trata de derivar de ella todas las consecuencias, hasta que se llega a una proposición totalmente falsa y absurda. De la falsedad, o del absurdo de la consecuencia, se prueba la falsedad de la hipótesis, y se concluye, por lo tanto, que la tesis es verdadera puesto que su contradictoria o antítesis es falsa.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LÓGICA DE LAS CIENCIAS

 

DE LA NATURALEZA

 

1.    Concepto de naturaleza. Naturaleza y cultura. — 2. Noción de causa y de ley. — 3. La experiencia. — 4. La observación y el experimento. — 5. Los cuatro métodos experimentales de Stuart Mill. — 6. La clasificación natural.

 

 

1.Concepto de naturaleza. Naturaleza y cultura

 

En la clasificación de las ciencias se hace generalmente una oposición fundamental entre ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu, tomando como criterio para esta distinción los objetos que investigan, respectivamente, cada uno de estos dos grupos de ciencias. Es preciso ahora determinar con claridad qué se entiende por “naturaleza” y qué se entiende por “espíritu”, porque estos dos conceptos suelen tener distintos significados.

 

Se entiende comúnmente por naturaleza el conjunto de seres corporales que pueden tener existencia por sí mismos con independencia del sujeto que los percibe. La lluvia que ha caído, la piedra que ha rodado, la flor que se ha abierto mientras nosotros dormíamos, son hechos que han acontecido con total independencia de nuestro “yo”. En cambio, se entiende por espíritu todo lo que corresponde al ser anímico, lo que es de carácter psíquico, lo que corresponde a la esfera de un “yo”. Un campo, una piedra, un trozo de madera, son objetos naturales, pero si ese campo ha sido cultivado, si la piedra fue labrada y la madera trabajada, ya no corresponden, como productos, al ámbito de la ciencia natural, sino que



 

 

 

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deben considerarse como pertenecientes al dominio del espíritu, de la cultura. Por esta razón, llama Rickert ciencias culturales a aquellas ciencias que se ocupan de los objetos en que ha intervenido el espíritu humano en su producción o modificación. Al concepto de naturaleza opone Rickert el concepto de cultura, en vez de espíritu, ateniéndose más al método de investigación que al objeto mismo que estudia cada una de estas ciencias[1]. Las ciencias de la naturaleza buscan las leyes universales que rigen los fenómenos, por esto se puede hablar de un método naturalista. Las ciencias culturales, en cambio, tratan de los hechos singulares en su acaecer en el tiempo, por esto su método es histórico.

 

Este concepto de la naturaleza, en el sentido de que sus fenómenos están determinados por leyes universales, ha sido asentado en forma inconmovible por Kant. En efecto, en sus “Prolegómenos” nos dice que “la naturaleza es la existencia de las cosas en tanto se halla determinada con arreglo a las leyes naturales (universales)”[2]. Pero no debe entenderse por naturaleza la existencia de las cosas en sí mismas, porque este conocimiento, como lo enseña la doctrina del propio Kant, no es posible. Sólo se trata de establecer la regularidad de la conexión de las percepciones entre sí, es decir, la investigación de las causas de los fenómenos para establecer la ley. Debemos estudiar ahora qué se entiende por causa y que se entiende por ley.

 

 

2. Noción de causa y de ley

 

El objeto de la ciencia es explicar los fenómenos y ya hemos visto que explicar es, en último término, reducir la multiplicidad de los fenómenos cambiantes que percibimos, a un pequeño número de elementos simples, siempre los mismos, que no percibimos directamente.

 

Así, para el físico, la luz, el sonido, el calor, la electricidad, etc., no son más que un mismo fenómeno: el movimiento. De manera que un fenómeno queda explicado cuando sabemos cuáles son las condiciones necesarias para la producción de ese fenómeno, de ese cambio. A esa condición necesaria que determina la producción del cambio llamamos causa. Por esta razón ha dicho Bacon que la ciencia es la investigación de las causas.



 

 

 

 

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Ahora bien, como la conexión que se establece entre el fenómeno y su causa es constante y necesaria, hasta el extremo de que permite prever el acontecimiento, hablamos de ley. Por lo tanto, se puede decir que ley “es la relación constante y necesaria entre dos fenómenos”. Con esto vemos que, en último análisis, la explicación científica no es otra cosa que el descubrimiento de las leyes que rigen los fenómenos.

 

En la ciencia moderna la noción de ley, a la cual está íntimamente ligada la de causa, es de una importancia capitalísima porque es el principio que preside y dirige toda investigación científica. Debemos, por lo tanto, aclarar mucho más estas dos nociones.

 

a)   Concepto de causa. — Cuando se presenta un fenómeno, es decir, cuando percibimos un cambio cualquiera, nosotros lo consideramos como la consecuencia de un fenómeno anterior que produjo esa modificación. Establecemos así una conexión íntima entre los dos fenómenos, y los pensamos tan estrechamente ligados que consideramos que si se presenta uno de ellos el otro debe presentarse necesariamente también. No concebimos que un hecho se produzca sin un antecedente necesario, sin una causa determinante. Este es el principio racional de causalidad, que afirma que en el universo todo fenómeno tiene una “causa”, es decir, que cada “efecto” tiene un antecedente necesario que lo produce invariablemente. Sin embargo, esta distinción entre causa y efecto no debe entenderse en el sentido vulgar que limita la denominación de causa al fenómeno antecedente de otro fenómeno. Desde el punto de vista científico, los dos conceptos, causa y efecto, son correlativos, puesto que el uno no puede ser concebido sin el otro. Con esto se establece la identidad de la causa y el efecto, considerándolos como dos manifestaciones de un mismo proceso en diferentes momentos temporales.

 

b)   Concepto de ley. — Estamos ahora en condiciones de entender lo que es una ley. Tomemos un ejemplo. Supongamos que la ciencia médica ha establecido, por la experiencia, que cierto fenómeno observado está invariablemente unido a otro fenómeno oculto en lo profundo del organismo y que escapa a la observación directa. En este caso, el primer fenómeno podrá servir para formular un diagnóstico y prescribir un tratamiento. Una ley expresa, pues, una regularidad, un orden constante e invariable entre dos hechos y se formula mediante un juicio universal. Este



 

 

 

 

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juicio, aunque formulado en tiempo presente, es válido también para el pasado como para el futuro. Consideremos la siguiente ley física: “Cuando un rayo luminoso cae y se refleja, el ángulo de incidencia es igual al ángulo de reflexión”. Esto quiere decir que, en cualquier circunstancia de tiempo y de lugar, cuando el rayo luminoso se refleje, el ángulo de reflexión será igual al de incidencia. Se entiende que no deben alterarse las condiciones actuales en que dichos fenómenos se producen.

 

La ley no es, pues, otra cosa que una amplia generalización, pero, en realidad, nada dice acerca de la “esencia íntima” de los fenómenos que pone en relación, ni explica en qué reside la posibilidad y necesidad de que un fenómeno esté ligado íntimamente con otro. Sólo expresa la invariabilidad de una relación entre dos fenómenos[3].

 

3. La experiencia

 

La pregunta que se plantea ahora es la siguiente: ¿de dónde surge este concepto de la causalidad? Para aclarar esta cuestión es preciso hacer notar que la noción de causalidad deriva de la experiencia, es decir, de la observación, pero no por esto es un dato de la experiencia misma.

 

Veamos entonces qué es la experiencia. En primer lugar, como ya lo ha hecho notar Kant[4], la experiencia es un conocimiento empírico, es decir, un conocimiento que determina un objeto por percepciones. Se trata de una síntesis que forma una unidad y que esta unidad constituye un contenido de conciencia. Hablamos de experiencia externa cuando los datos son suministrados por los sentidos y de experiencia interna cuando los datos son hechos vividos por el sujeto mismo, es decir, vivencias, como son los sentimientos, las emociones, las voliciones.

 

La noción de causa no es un hecho de experiencia porque no observamos la causa misma. Lo único que nos suministra la experiencia son fenómenos singulares en una sucesión temporal o en una simultaneidad, y es nuestro pensamiento el que los concibe como íntimamente ligados entre sí, es decir, que considera que uno de los procesos está íntimamente condicionado por el que le precede. Nuestro pensamiento forma, pues, el concepto de causalidad elaborando los contenidos de la experiencia, guiado por el principio de razón suficiente.



 

 

 

 

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En la elaboración de la noción de causalidad, si consideramos el asunto desde el punto de vista psicológico, es la experiencia interna la que contribuye en máximo grado a su formación. En efecto, en los actos volitivos nuestro “yo” se siente como autor de actos determinados. El cambio operado es la consecuencia de ciertas vivencias, y mediante un razonamiento por analogía también llamamos “causa” al antecedente invariable de cierto proceso material.

 

 

4. La observación y el experimento

 

Si las leyes con las cuales explicamos los fenómenos de la naturaleza son elaboradas mediante los datos que suministra la experiencia, es preciso saber cómo adquirimos esa experiencia, cómo utilizamos esos datos y en qué forma los recogemos para trabajarlos con el pensamiento.

 

La investigación científica emplea dos procedimientos esenciales que debemos distinguir con toda claridad. Estos procedimientos son: la observación y la experimentación.

 

a)  La observación. — Consiste la observación en la aplicación atenta de los sentidos para conocer y comprobar la producción de los fenómenos a fin de elaborar las leyes. En las ciencias de la naturaleza, cuyos objetos son los hechos exteriores, el instrumento principal de la observación son los sentidos, pero cuando se trata de explorar fenómenos y procesos internos recurrimos directamente a los datos de la conciencia.

 

Se entiende que en la investigación de la naturaleza los sentidos tienen suma importancia; sin embargo, son instrumentos bastante defectuosos y limitados en su poder. De ahí que los hombres de ciencia han inventado mil clases de instrumentos para salvar esas deficiencias. Estos instrumentos pueden clasificarse en tres grupos. Los del primer grupo sirven para aumentar el poder de los sentidos; los del segundo están destinados a aumentar su precisión, y los del tercero están formados por aquellos instrumentos que pueden remplazar a los sentidos. A la primera categoría pertenecen el microscopio, el telescopio; a la segunda corresponden todos los instrumentos de medida, como los cronómetros, las balanzas de precisión, los micrómetros, etc. A la tercera categoría corresponden todos los aparatos registradores en que los fenómenos, por lo



 

 

 

 

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general fugitivos, se inscriben como por sí mismos y que el hombre de ciencia no tiene más que leer e interpretar, tales como la fotografía, la radiografía, el cardiógrafo, el sismógrafo, el cronógrafo (inscriptor de tiempo), etcétera.

 

Todos estos instrumentos requieren una técnica especial, pero su dominio no basta para proporcionar buenas observaciones. El observador debe reunir ciertas condiciones, especialmente debe poseer una inteligencia bien desarrollada porque es la inteligencia la que dirige la investigación. En efecto, la observación, para que sea buena, debe ser lo más completa posible. Como se trata de establecer cierta relación necesaria entre los fenómenos, el observador debe ser capaz de encontrar lo esencial, lo que sólo conseguirá eliminando lo que es accidental. Por esta razón, si omite ciertas circunstancias esenciales, nada podrá asegurarnos cuál es el antecedente determinante del fenómeno estudiado.

 

Se dice que el observador debe tener una atención concentrada y una gran dosis de paciencia. Pero estas excelentes condiciones no bastan. Es preciso que el investigador tenga un espíritu despierto y un profundo conocimiento de su especialidad porque gran número de fenómenos ocurren sin impresionar nuestros sentidos, y si ignora que ellos pueden producirse, jamás se le ocurrirá averiguar si se han producido efectivamente. Ha de saber elegir, entre las observaciones, las características, y soslayar las que no tienen importancia, pero para esto debe tener ya previamente ciertas ideas que han de guiar su búsqueda. Estas ideas previas no significan prejuicios sino ideas acerca de la especialidad, acerca del fenómeno que es objeto de la investigación. Por el contrario, el investigador debe ser imparcial, es decir, estar libre de todo prejuicio, acoger los hechos tales como se presentan, tales como son, sin alterar ni tergiversarlos por ningún concepto. Sólo así se puede llegar a descubrimientos valiosos. Ejemplo admirable de investigador para todos los tiempos es por esto Galileo, quien supo unir la observación atenta con el razonamiento agudo y preciso. De estas cualidades del investigador surge una nueva condición para la observación: la exactitud. El investigador debe ser escrupuloso en su búsqueda, anotar lo que realmente observa, y tal como lo observa sin modificarlo. Ya no se trata de imparcialidad y de buena fe. Muchas veces, al construir una hipótesis



 

 

 

 

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puede equivocarse y extraviarse por obra de su imaginación. Con frecuencia se ve lo que se “desea” ver y no lo que realmente está bajo los ojos…

 

Por último, la observación debe ser precisa, es decir, que ha de ser determinada en forma cuantitativa, lo que implica la medida. Esta última condición es de capital importancia, puesto que las leyes, para ser rigurosas, deben establecer una relación matemática entre los fenómenos. Para esto no basta la simple observación. Por más atención que se ponga en la observación de una pieza que cae, jamás se verá que la velocidad es uniformemente acelerada. Hay que medir los lapsos en la caída, descomponiendo el fenómeno. Pero la medida misma es indirecta, salvo que se trate de longitudes. Cuando se trata de cualidades, como el calor, el frío, etcétera, y del tránsito de uno a otro, la medida directa ya no es posible. El investigador se vale para estos hechos de medios indirectos, asunto muy difícil por cierto. Debe establecer relaciones entre la variación cualitativa y la cuantitativa. Así, la dilatación de la columna mercurial será el signo de un aumento de temperatura y servirá para medir el calor; el desplazamiento de una aguja sobre un cuadrante medirá el tiempo; la extensión de un resorte que desplaza una aguja servirá para medir la fuerza o el peso, etc. Lo que constituye el progreso de la ciencia es justamente la introducción de la medida hasta en aquellos fenómenos que parecen no ser susceptibles de medida directa.

 

Como se ve, hay una diferencia enorme entre la comprobación del hecho en bruto y la observación científica. La observación científica es una elaboración, una creación del espíritu, una abstracción, porque el investigador ha aislado cierto fenómeno de todo aquello que lo rodeaba hasta llegar a aislar los elementos constitutivos y formar conceptos abstractos. En efecto, para el hombre de ciencia todo se reduce a conceptos como átomo, energía, trabajo mecánico, gravitación, afinidad, etcétera.

 

b)    La experimentación. — Pero para llegar a estas conclusiones no basta la simple observación. El investigador no puede esperar siempre a que los hechos se produzcan para anotarlos y estudiarlos, por esto los provoca artificialmente para poder estudiarlos en condiciones favorables. La experimentación consiste, justamente, en provocar intencionalmente ciertos fenómenos en determinadas condiciones. Sus ventaja! son enormes,



 

 

 

 

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y a ellas, más que a nada, debe la ciencia moderna sus grandes descubrimientos.

 

Las ventajas de la experimentación con respecto a la observación simple son numerosas. En primer lugar, el investigador, mediante el experimento, puede obtener casos en un número infinitamente mayor de lo que puede ofrecerle la observación natural, y puede repetir loi fenómenos a voluntad todas las veces que quiera para estudiarlos mejor. En segundo lugar, los fenómenos que se obtienen mediante la experimentación son más claros porque el investigador aísla y separa lai demás circunstancias concomitantes, cosa que no ocurre en la naturaleza, donde los fenómenos se presentan en masas muy complejas. En tercer lugar, la experimentación permite al investigador variar indefinidamente las condiciones en que se produce el fenómeno para ver cómo varía éste con dichos cambios y así poder establecer con más facilidad las relaciones de causalidad. De esta manera, el investigador obtiene fenómenos nuevos que no puede observar en la naturaleza. Sólo en forma experimental, usando un tubo sin aire, pudo Newton comprobar que los cuerpos caen con la misma velocidad en el vacío.

 

Pero no es suficiente que un fenómeno sea voluntariamente provocado para ser tenido como experimental. Hay hechos que se producen, naturalmente, sin intervención del investigador; así, por ejemplo, ciertas lesiones en el organismo provocadas por un accidente o por una enfermedad, son verdaderos experimentos que permiten al hombre de ciencia acumular un abundante material para su examen.

 

Dada la importancia de la experimentación en la investigación científica, se comprende que su práctica ha de estar sujeta a ciertas reglas, que han de variar según el objeto de la investigación. Las principales reglas son:

 

.   1.º El fenómeno por investigar debe aislarse previamente, para lo cual se restringen las condiciones bajo las cuales se producen.

 

2.º El experimento debe repetirse bajo las mismas condiciones para comprobar si siempre es el mismo.

 

3.º El experimento debe repetirse variando las condiciones de acuerdo con un plan determinado para investigar en qué forma y en qué medida influyen dichos factores en la modificación del fenómeno.



 

 

 

 

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4.º El experimento debe prolongarse lo más posible, puesto que hay fenómenos que tardan en producirse.

 

5.º El experimento debe invertirse, hacer la contraprueba, remplazando el análisis por la síntesis.

 

 

5. Los cuatro métodos experimentales de Stuart Mill

 

Una vez que se han comprobado y descrito los fenómenos, el investigador trata de determinar sus causas para terminar con la formulación de la ley. Recordemos que una ley es una proposición que expresa una relación necesaria e invariable entre los fenómenos, de los cuales uno es la causa, o sea, el antecedente.invariable del otro, que es efecto. La investigación de la causa y la de las leyes constituyen dos problemas ligados en forma indisoluble hasta el extremo que algunos pensadores lo consideran como un problema único. En efecto, resuelto el problema de la causa se llega fácilmente a la solución del problema de la ley.

 

La dificultad está en la investigación de la causa de un fenómeno, puesto que todo hecho tiene por antecedente cierto número de fenómenos, de los cuales uno, por lo menos, es la “causa”. Por su parte, el “efecto” va acompañado de otros fenómenos concomitantes. El problema que se plantea aquí es averiguar con exactitud, entre un número de antecedentes que no son la causa, cuál de ellos es la “causa” y, recíprocamente, entre un conjunto de consecuentes que no son efecto, cuál de ellos es realmente el “efecto”.

 

Para resolver estas cuestiones, Stuart Mill ha expuesto los cuatro métodos experimentales que llevan su nombre y que son los siguientes: el método de concordancia, el método de diferencia, el método de las variaciones concomitantes y el método de los residuos.

 

1.º Método de concordancia. — Este método consiste en observar o provocar varios casos y notar la producción de un fenómeno en circunstancias diversas. Si una de estas circunstancias se presenta siempre que se presenta el fenómeno, es decir, que la circunstancia concuerda constantemente con el hecho, concluimos que esta circunstancia es la causa del fenómeno. Sea el grupo A B C que produce los consecuentes a



 

 

 

 

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b c. Si queremos averiguar cuál es el antecedente de a buscamos las diferentes circunstancias en que a se produce. Si vemos que en un segundo caso los antecedentes A E F producen los efectos a e f y que en un tercer caso los antecedentes A M N producen a m n, concluimos que A es el antecedente de a porque siempre que está presente A también se presenta a. Hay concordancia. He aquí un ejemplo dado por el propio Stuart Mill. Se trata de explicar la causa del rocío, es decir, la aparición espontánea de humedad sobre los objetos expuestos al aire. Se comprobará primeramente que todos los casos concuerdan en un solo punto: con un descenso de la temperatura del objeto humedecido, comparado con el aire ambiente. El descenso de la temperatura es, pues, la causa del fenómeno.

 

2.º Método de diferencia. — Si tenemos dos o más grupos de antecedentes con sus respectivos grupos de consecuentes y observamos que siempre que falta uno de los antecedentes falta también uno de los consecuentes, concluimos que esa circunstancia que falta es la causa del fenómeno que falta también. Sean los antecedentes A B C y los consecuentes a b c. Si observamos otro caso como B C, que produce los efectos b c y vemos que siempre que falta XI también desaparece a concluimos que A es la causa de a. Si hacemos el vacío dentro de una campana, quedando las demás circunstancias sin variar, y dejamos de percibir el sonido, concluimos que el aire es el vehículo para la conducción de las vibraciones de los cuerpos sonoros.

 

3.º Método de las variaciones concomitantes. — Si un fenómeno varía en la misma forma en que varía otro, decimos que el uno es la causa del otro. Si tenemos los antecedentes A B C y los consecuentes a b c, y en un segundo experimento variamos B, aumentando su intensidad, y vemos que b también varía en la misma forma, concluimos que B es causa de b. Si, por ejemplo, al aumento o disminución de la temperatura sigue el aumento o la disminución de la longitud de un cuerpo, concluimos que estos dos fenómenos están ligados por una relación necesaria.

 

4.º Método de los residuos. — Este último método consiste en ir eliminando de un grupo de circunstancias antecedentes, sus consecuentes ya conocidos con anterioridad. La circunstancia que queda como residuo se considera como causa del fenómeno en cuestión. Sea el grupo de antecedentes A B C seguido de los efectos a b c; si en virtud de



 

 

 

 

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experiencias anteriores sabemos que B y C pueden estar ligados a b y c, concluimos que A es la causa de a. Ejemplo típico para este método es el procedimiento seguido por Galileo para encontrar la causa de la blancura cenicienta de la luna. Consideró que las causas posibles de este fenómeno podían ser cuatro, a saber: la luz del sol, la de las estrellas, la luz propia de la luna y la luz reflejada por la tierra. Desechó la primera posibilidad porque se comprueba que aquella parte de la luna en que aparece cenicienta no está iluminada por el sol. Rechazó también la segunda posibilidad porque consideró que el color ceniciento debería verse también en los eclipses, lo que no ocurre. Por la misma razón rechazó la tercera posibilidad. No quedaba como causa del color ceniciento de la luna más que la luz reflejada por la tierra.

 

El análisis de estos cuatro métodos de Stuart Mill muestra que su fundamento común es la eliminación de todas aquellas circunstancias que no son la causa del fenómeno que se investiga. Sin duda que son de importancia para la investigación científica, pero esta importancia es relativa, puesto que, como se ha hecho notar, no siempre todo efecto, tiene una sola causa. La experiencia nos muestra, en efecto, que muchos fenómenos pueden ser producidos por una diversidad de causas. Además, no es raro observar que para la producción de un mismo fenómeno se unen y junten varias causas. Así, por ejemplo, la ascensión de un globo aerostático no obedece a una sola causa sino a varias, como la acción de la gravedad, la densidad de los gases, etcétera.

 

 

6. La clasificación natural

 

En la experiencia sensible, las cosas y los fenómenos se nos presentan en una multiplicidad sumamente variada que produce confusión en el espíritu. De ahí la tendencia natural a reducir esa multiplicidad a una unidad. Llamamos clasificación a la operación que consiste en distribuir en cierto número de grupos y subgrupos una multiplicidad de objetos, de acuerdo con sus semejanzas y sus diferencias.

 

Como esta repartición, en clases y grupos, puede obedecer a diversos fines, eligiéndose para cada caso caracteres diferentes, se distinguen dos



 

 

 

 

 

 

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grandes especies de clasificaciones: la clasificación artificial y la clasificación natural.

 

a)      Clasificación artificial. — Esta clasificación tiene un fin eminentemente práctico. Consiste en agrupar o separar los objetos, considerando sus caracteres externos, visibles, superficiales y evidentes, arbitrariamente elegidos e impuestos convencionalmente. Si ordenamos los libros de una biblioteca disponiéndolos por orden alfabético, o por su tamaño, tenemos un ejemplo típico de clasificación artificial. Se comprende que cuanto más arbitrarios, o accidentales, son los caracteres escogidos para la clasificación, más artificial y menos científica es, puesto que no nos suministra ningún conocimiento acerca de los objetos agrupados en una categoría determinada. Es indudable que todas las clasificaciones comenzaron por ser artificiales. Así, por ejemplo, los animales se clasificaron primeramente por caracteres puramente exteriores, como ser en animales acuáticos, terrestres y volátiles. Estos caracteres, como se ve, nos aportan muy pocos conocimientos acerca de las semejanzas y diferencias esenciales de la estructura de los diferentes animales.

 

b)     Clasificación natural. — La clasificación natural tiene otra finalidad. Se propone reproducir, lo más fielmente posible, el orden de la naturaleza, las relaciones que existen realmente entre los seres. Se funda en la elección de los caracteres más importantes, de sus afinidades profundas y esenciales, de su parentesco próximo y lejano, ya sean dichos caracteres permanentes o evolutivos.

 

La clasificación natural parte del principio de que los diferentes individuos se reducen a cierto número de “tipos” que ofrecen caracteres bien precisos y estables, y que estos mismos tipos son variedades de tipos más generales y más fijos. De este modo, los seres organizados, por ejemplo, a causa de sus semejanzas más o menos estrechas pueden entrar en cierto número de cuadros, y éstos, a su vez, entrar en cuadros más generales y amplios.

 

Siendo el objeto de la clasificación natural la reproducción del orden de la naturaleza, su fundamento no debe hallarse en las propiedades aparentes sino en aquellas otras propiedades que son esenciales, primarias o causales. Es preciso, ante todo, dirigir la atención a los caracteres



 

 

 

 

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dominantes, llamados así porque la presencia de cada uno de ellos implica necesariamente la presencia de cierto número de caracteres subordinados. Entre el carácter dominante y los caracteres subordinados a él existe, pues, una relación constante y necesaria, es decir, que hay una ley, pero esta ley no es de sucesión sino de coexistencia. Esto significa que si se da cierto carácter fundamental, también deben estar todos los que se le hallan subordinados y que ninguno de éstos puede estar presente sin el carácter dominante.

 

En resumen, la clasificación natural tiene su fundamento en dos principios o leyes. La primera, formulada por Geoffroy Saint-Hilaire, es la ley de las conexiones orgánicas, y establece que los caracteres están coordinados, es decir, ligados de tal modo que la presencia, la ausencia o la variación de los unos acarrea la presencia, la ausencia o la variación de los otros. La segunda ley es la de la subordinación de los caracteres, formulada por Jussieux; dice que ciertos grupos coordinados de caracteres sólo se encuentran donde se hallan otros grupos de caracteres igualmente coordinados entre sí.

 

La clasificación natural tiene su aplicación principal en las ciencias biológicas. En efecto, las clasificaciones zoológicas tienen su fundamento en los caracteres esenciales, fundamentales. Así, aunque la ballena vive en el agua, no se clasifica entre los peces sino entre los mamíferos, porque tiene los caracteres esenciales de éstos.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LAS LEYES NATURALES

 

1.     La hipótesis. — 2. Hipótesis especiales e hipótesis generales. — 3. Las hipótesis generales. — 4. Ejemplos de hipótesis generales. — 5. Las leyes naturales. Sus caracteres. — 6. Leyes causales y leyes de coexistencia. —

 

7.  Ley estadística. — 8. Valor de las leyes científicas. — 9. El determinismo.

 

 

1.La hipótesis

 

 

Cuando el investigador se propone descubrir las leyes que rigen ciertos fenómenos, vale decir, cuando trata de hallar las relaciones constantes entre una serie sucesiva de hechos, su trabajo consiste en extraerlas de la realidad, tal como se nos ofrece en la experiencia. Algunas de estas relaciones son esenciales, fundamentales; otras, fortuitas y accidentales. La gran dificultad consiste en distinguir las unas de las otras y en separarlas y aislarlas para encontrar la relación causal.

 

Para lograr este objeto, el investigador debe emplear métodos complejos y delicados para descubrir estas relaciones esenciales e interpretarlas, lo que implica una serie de procedimientos previos, que son otros tantos momentos por los que pasa todo descubrimiento cien tífico. En primer lugar, debe comprobar la existencia del hecho; en segundo lugar, debe suponer una explicación del hecho, y en tercer lugar, debe verificar esa explicación hipotética. Como se ve, el investigador, partiendo del hecho, se remonta a la idea, es decir, a la explicación teórica y de ésta vuelve a descender al hecho para verificarlo experimentalmente. De estos



 

 

 

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tres momentos los más importantes son, sin duda, la formulación de la hipótesis y su verificación.

 

Veamos ahora en qué consiste la hipótesis. La hipótesis deba considerarse como una explicación provisional de los hechos, una suposición de la verdad presentada sin prueba, o con prueba insuficiente, una conjetura que se hace acerca de una realidad aún desconocida.

 

La función de la hipótesis es sumamente importante en la ciencia, siempre que sea empleada con cautela y prudencia y no se extravíe en construcciones fantásticas e imaginarias. Se comprende así por qué muchos sabios y filósofos han condenado el empleo de la hipótesis por temor a que la realidad fuese remplazada por ficciones teóricas de la razón. Este es el significado de las palabras de Newton cuando decía que no forjaba hipótesis (hipotesis non fingo).

 

Sin embargo, la ciencia está llena de hipótesis y de ficciones. Llamamos ficciones científicas a aquellas suposiciones que se aceptan para dar validez a un juicio que carece de ella, o cuya validez es problemática. Para algunos filósofos, como Hans Vaihinger, en su “Filosofía dei como si”…, las mismas hipótesis científicas, como el átomo, la molécula, los electrones, el éter, etc., son ficciones, y se trabaja con ellas puesto que nos sirven de ayuda, y hasta son indispensables para prever acontecimientos y dirigir la conducta.

 

Los empiristas puros, por el contrario, sostienen que la ciencia deba limitarse a los hechos y desterrar las ideas, las hipótesis. Aquí debemos hacer notar que los hechos no son más que los materiales con quo trabaja la ciencia, y por sí mismos carecen de valor. La verdadera finalidad de la ciencia es la explicación, y la explicación es obra del pensamiento, del raciocinio, de las ideas. No se puede concebir, pues, una ciencia sin supuestos hipotéticos, cuya validez se encarga de verificar la experimentación, si la verificación es posible.

 

 

2. Hipótesis especiales e hipótesis generales

 

En efecto, hay hipótesis que pueden ser verificadas por la experiencia, con resultado positivo o negativo, pero hay otras que jamás pueden tener una comprobación, ni una refutación experimental. Debido a esta



 

 

 

 

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circunstancia podemos tener dos clases de hipótesis: las hipótesis especiales y las hipótesis generales.

 

1.º Las hipótesis especiales o particulares son las explicaciones provisionales de un hecho determinado, particular. Se llaman también “hipótesis de trabajo”, porque son las ideas inspiradoras de toda investigación experimental. La hipótesis especial hace posible un experimento. Si por el experimento la hipótesis ha sido comprobada, deja de ser hipótesis para convertirse en ley. En caso contrario debe ser rechazada y suplantada por otra hipótesis. Supongamos que el investigador, por ejemplo, supone que X es la causa de A. Para comprobarlo, provoca el fenómeno X para obtener el efecto A. En este caso no hizo otra cosa que sustituir a la naturaleza provocando fenómenos para resolver problemas particulares.

 

Ejemplos admirables de verificación experimental de una hipótesis nos ofrecen los trabajos de los grandes sabios. El físico Foucault mide en su laboratorio la velocidad de la luz, al comprobar que en una fracción de segundo recorre 80.000 kilómetros. Pascal, al reproducir en lo alto de una torre la experiencia de Torricelli, comprueba la relación existente entre la presión atmosférica y la altura del mercurio en la columna barométrica. Claudio Bernard comprueba un día, con sorpresa, que los conejos que han estado en ayunas largo tiempo tienen la orina clara y ácida, como es la orina de los carnívoros, porque los herbívoros deben tenerla turbia y alcalina. Esta observación le hace concebir la “hipótesis” de que en ayunas todo animal se nutre de su propia sustancia y es carnívoro. Para verificar su hipótesis recurre a la experiencia. Da de comer hierba a los conejos y ve que la orina es nuevamente turbia y alcalina. Los alimenta con carne cocida, y la orina se vuelve clara y ácida como cuando estaban en ayunas. En esta forma su hipótesis ha sido verificada por la experiencia, convirtiéndose en ley.

 

 

3. Las hipótesis generales

 

La ciencia, sin embargo, no se limita a la explicación de hechos aislados y parciales. Aspira a algo más amplio y vasto. Quiere coordinar y unir, mediante una interpretación común, una serie de hechos diversos, o



 

 

 

 

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agrupar en un solo conjunto toda una serie de leyes. En esta forma el hombre de ciencia trata de dar una interpretación global de la naturaleza, o de la vida, anticipándose a la experiencia, que siempre o» lenta y penosa. Estas construcciones del espíritu, que responden al íntimo anhelo de orden, de belleza y de simplicidad, son las hipótesis generales o teorías que no tienen verificación experimental.

 

Las hipótesis generales deben considerarse como sostenes provisionales, pero no por esto dejan de tener gran utilidad, puesto qu» sirven como momentos de reposo y preparan nuevos descubrimientos y nuevas hipótesis. Su objeto es una sistematización, es decir, que aspiran a reducir la diversidad de los fenómenos y de las leyes a un sistema di máxima simplicidad que haga inteligible el universo. Se comprende que una interpretación de esta clase debe responder a los hechos, aunque no puede ser verificada experimentalmente. Cuando los hechos de la experiencia la contradicen, la teoría debe ser rechazada, corregida o sustituida por otra. Esta es la razón por la cual las teorías caducan o s< trasforman. Pero esto no significa el fracaso de la ciencia, puesto que no se trata de una aplicación de verdades ya establecidas o de leyes comprobadas. Las hipótesis generales son verdaderas creaciones del espíritu que nos permiten comprender, interpretar y representarnos el universo total o parcialmente. El fin de la ciencia es justamente llegar a estas construcciones hipotéticas, elaborar estos cuadros generales con los cuales se puede coordinar mejor los hechos conocidos. Cuando su fecundidad se agota y ya no dan más, son remplazadas por otras nuevas. Por esto, dice Poincaré, sólo aquellos que no se dan cuenta del objeto de las teorías científicas las consideran vanas, y hablan de la bancarrota de la ciencia.

 

Veamos ahora qué requisitos debe reunir una hipótesis general para ser considerada como válida. En primer lugar, no ha de contener en sí ninguna contradicción ni oponerse a otros principios ya conocidos y sólidamente establecidos. En segundo lugar, ha de ser lo más simple posible, es decir, que no debe recurrir a otras hipótesis subsidiarias. Esto es lo que se llama, con Mach, economía del pensamiento. Sin embargo, se debe tener presente que no siempre la simplicidad es un signo de validez para una hipótesis.



 

 

 

 

 

 

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Por último, una hipótesis debe explicar el mayor número de hechos posibles, y bastará que un solo hecho la contradiga para anular su valor.

 

 

4. Ejemplos de hipótesis generales

 

Ejemplos de hipótesis generales abundan en la ciencia. La astronomía nos ofrece uno típico con la hipótesis de la nebulosa de Kant y de Laplace. Según esta teoría, el sistema solar se habría formado del modo siguiente: al principio el espacio estaría ocupado por una materia cósmica en estado gaseoso, de una elevadísima temperatura. Pero debido a la continua irradiación de su calor, esa nebulosa se habría condensado alrededor de un punto central. Al mismo tiempo, toda la masa habría sido arrastrada por un movimiento del eje del sistema, y a causa del aumento continuo de la velocidad de rotación, la masa se aplastaría en ambos polos, ensanchándose en el ecuador. Además, se habrían desprendido sucesivamente muchos cuerpos anulares, y al condensarse algunos de estos segmentos habrían condensado alrededor de ellos la materia gaseosa, dando origen, de este modo, a los planetas de forma esferoidal que estarían animados de doble movimiento: uno de traslación alrededor del sol, como núcleo central, y otro de rotación sobre sí mismos.

 

Se entiende que esta teoría no puede ser verificada por la experiencia, pero hay ciertos hechos, tales como la estructura geológica de nuestro planeta, la delgada capa terrestre que envuelve la masa incandescente central, las erupciones volcánicas, las montañas, los terremotos, etc., que encuentran su fundamento y se explican por esta teoría, y que de otro modo no podrían explicarse bien.

 

En biología tenemos como ejemplos de hipótesis generales las dos teorías opuestas relativas al origen de las especies: la de Cuvier y la de Darwin. La teoría de Cuvier (1769-1832) sostiene que las especies son fijas y fueron creadas por un ser sobrenatural. Esta hipótesis se fundamenta en otra hipótesis del mismo sabio sobre la estructura geológica de nuestro globo. Cuvier supone que la superficie de la tierra, y de acuerdo con la tradición bíblica, sólo tiene alrededor de seis mil años. Como los restos fósiles encontrados en Egipto difieren muy poco de los animales que viven actualmente, llega a la conclusión de que las especies se mantuvieron inmutables desde la creación, y que sus variedades no son más que alteraciones accidentales de las especies.

 

Contra esta hipótesis se alza la teoría de la evolución de las especies de Lamarck y de Darwin, cuyos antecedentes se encuentran ya en los filósofos y sabios del Renacimiento, y más modernamente en Leibniz, en Buffon y en Goethe. Según la teoría evolucionista, las irregularidades de la superficie terrestre no se deben a cataclismos, sino que son obra de las fuerzas naturales y del tiempo, que no puede reducirse a seis mil años. Sostiene, además, que a las distintas épocas no corresponden diferentes especies, puesto que ciertas especies se encuentran en diversos estratos sucesivos, mientras que otras se extinguieron antes de terminar la época a que pertenecemos.

 

El representante más notable de esta doctrina es Carlos Darwin, quien ha dado unidad a todos los factores de la evolución. En primer término, la lucha por la existencia es para él la causa de la selección natural, porque así persisten solamente los seres más aptos. Las cualidades, por las cuales un ser se impone y persiste, son fijadas y trasmitidas por la herencia a sus descendientes. En segundo lugar, al lado de estos factores principales se encuentran otros factores auxiliares, tales como la influencia del ambiente sobre los organismos, y el índigo del uno o no uso de los órganos en la lucha vital. En cuanto a la influencia del ambiente, Darwin considera que ésta es una de las causas más evidentes de la trasformación, porque observa que tanto las plantas, como los animales, se modifican al cambiar de clima y de país. Sólo aquellos seres que pueden adaptarse al ambiente



 

 

 

 

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son loa que sobreviven, mientras que los otros desaparecen. La selección natural produce continuas modificaciones que llevan a una trasformación y evolución continua y progresiva de los seres, dando el triunfo a los más aptos.

 

La teoría de la evolución, aunque se apoya en una gran serie de hechos y observaciones, tampoco puede ser verificada por la experiencia; sólo sirve para interpretar y explicar muchos fenómenos que antes no podían explicarse bien. Hoy día, sobre la base de nuevas observaciones, tales como la de las mutaciones o cambios bruscos de especie, el darwinismo encuentra muchas objeciones, porque se considera que la selección natural no es suficiente para explicar todos los fenómenos de la vida orgánica. En efecto, estas mutaciones, que ha descubierto Hugo de Vries, no pueden considerarse como una tendencia a adaptar al individuo a su medio, y por otra parte, tampoco son productos del medio. Con la teoría de las mutaciones se ha abierto una importante brecha en la teoría de la evolución de Darwin[1].

 

5. Las leyes naturales. Sus caracteres

 

La ley natural expresa una relación constante y necesaria entre fenómenos de la naturaleza, y ya hemos visto que se obtiene mediante la inducción. Pero la idea de “ley”, tal como la concebimos hoy, es producto de una larga evolución histórica. Al principio, el hombre se explicaba los fenómenos por la intervención de fuerzas caprichosas, análogas a las suyas, que obraban con toda libertad, de acuerdo con sentimientos e ideas, persiguiendo ciertos fines. Pero poco a poco se fue introduciendo la idea de una regularidad constante en la producción de los fenómenos, viéndose una relación fija y necesaria entre las causas y sus efectos. Es decir, que un fenómeno, en determinadas condiciones, debía producir siempre un efecto determinado. De este modo ya no preocupó más la búsqueda de las fuerzas misteriosas e inaccesibles a la observación, sino que la atención comenzó a concentrarse en la comprobación de hechos menos misteriosos, tales como la uniformidad de la existencia simultánea de dos o más fenómenos, o su sucesión regular y constante. Es decir, que se buscó la comprobación de la ley en la producción de dichos fenómenos. La explicación científica adquiere, desde este momento, dos caracteres nuevos: 1.º, se basa en los fenómenos mismos y no apela ya a las “esencias” y a las fuerzas misteriosas o fantásticas, y 2.º, busca la razón de los fenómenos en las relaciones que puede haber entre ellos. El investigador ya no pregunta por qué se producen los hechos, sino cómo se producen.

 

Sin embargo, el conocimiento de estas relaciones no se presenta siempre en forma completa y rigurosa, de ahí que pueden reconocerse, en



 

 

 

 

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el desarrollo del concepto de ley, tres períodos principales que corresponden a los diferentes grados del conocimiento de dichas relaciones.

 

1.º En primer término, tenemos las llamadas leyes empíricas o globales. Se originan casi en forma mecánica, sobre la base de la observación de la regularidad de ciertos fenómenos. Esta clase de leyes enuncian nada más que la uniformidad de coexistencia, de semejanza o de sucesión entre ciertos hechos complejos, cuyos elementos constitutivos no fueron analizados todavía. Así, por ejemplo, el hombre primitivo pudo ver una relación entre las estaciones y la posición del sol, y el salvaje llegar a saber que el curare, inyectado en la sangre, produce la muerte, y utilizar prácticamente esta ley. Pero ignora cuál es la acción de este alcaloide, sobre qué órgano actúa, etcétera.

 

2.° El segundo grupo lo constituyen las leyes abstractas o analíticas. Estas leyes enuncian relaciones constantes entre los elementos cada vez más simples. Para llegar a formular estas leyes se aíslan, mediante la abstracción, ciertas propiedades elementales y se establecen relaciones definidas entre ellas. Volviendo al ejemplo del curare, se establece primeramente que acarrea la muerte porque ejerce una acción paralizadora. Pero esto no basta. Se analizan sistemáticamente las partes en que pueda ejercer la acción, hasta llegar a comprobar que es sobre las placas motoras con que el filete nervioso termina en el músculo. Si queremos saber aún qué alteraciones sufre la placa motora por la acción del tóxico habría que hacer nuevos análisis. En las ciencias físicas es donde con más claridad se muestran las leyes analíticas, siendo, en cambio, las ciencias biológicas las que no han llegado todavía a estas etapas de desarrollo.

 

3.º Las leyes ideales o matemáticas. Estas leyes son las que marcan el último progreso. Estas leyes indican que entre los fenómenos, entre los cuales hemos establecido una relación, dicha relación es matemática, es decir, que entre los factores existe una relación cuantitativa descubierta mediante la medida, directa o indirecta, de los fenómenos. En física es donde tenemos los mejores ejemplos de esta clase. Tomemos el caso de la intensidad de la luz. Un análisis bastante fácil nos muestra que este hecho puede descomponerse en dos factores: la intensidad misma y la distancia del foco. Medimos estos dos factores en varios momentos diferentes, y



 

 

 

 

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comprobamos que cuanto más alejamos el foco de luz de una pantalla, menos intensa es la iluminación, y llegamos, mediante el cálculo, a la ley: “La intensidad de la luz está en razón inversa del cuadrado de la distancia”.

 

Las leyes científicas tienden cada vez más a hacerse matemáticas. De cualitativas que son al comienzo, aspiran a ser cuantitativas, exactas. En efecto, en física, algunos capítulos, como la óptica, la acústica, la electricidad, presentan leyes matemáticas. En biología estamos muy lejos aún de esta clase de leyes; de ahí la inseguridad de todo pronóstico y de toda previsión exacta.

 

 

6. Leyes causales y leyes de coexistencia

 

Para formular una ley natural nos fijamos en la uniformidad con que se producen los fenómenos entre los cuales establecemos una relación permanente. Ahora bien, en la producción de los fenómenos podemos observar dos casos: 1.º Una sucesión regular y uniforme, con lo cual llegamos a obtener leyes causales, porque establecemos una relación invariable entre dos procesos, o fenómenos, que se siguen en el tiempo. 2.º En el segundo caso observamos que los fenómenos que se estudian no se suceden en el tiempo, sino que, por el contrario, se manifiestan invariablemente con simultaneidad, es decir, que coinciden en el tiempo. En este caso llegamos a formular leyes de coexistencia.

 

Vamos a determinar con más precisión estas dos clases de leyes. Las leyes causales, que son las que establecen una relación invariable y necesaria entre dos procesos, por más prolijas que hayan sido las investigaciones para determinarlas, no nos dicen nada acerca de la naturaleza íntima de dicha relación. Sólo expresan una conexión entre procesos que se siguen temporalmente, de los cuales uno, que es el antecedente invariable, es considerado como causa, y el otro, que le sigue invariablemente también, es el efecto.

 

Así, si consideramos una ley física cualquiera, sea por ejemplo la más general, como la ley de la conservación de la energía, vemos que sólo expresa una conexión “cuantitativa invariable” entre los procesos de movimiento por un lado, y por el otro algunos procesos de la naturaleza,



 

 

 

 

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como calor, luz, sonido, etc. El primer factor, el movimiento, es “el antecedente invariable e incondicionado del efecto”. Esto quiere decir que la cantidad de energía permanece inalterable bajo las diferentes formas que reviste su manifestación. Por consiguiente, “las leyes causales son aquellas que establecen una relación constante entre procesos o fenómenos que guardan una uniformidad en su sucesión”. Establecemos así un nexo causal entre los fenómenos que se siguen invariablemente en el tiempo.

 

Por esto ha dicho Stuart Mill que “la causa es el antecedente invariable e incondicionado del efecto”. Esto significa que en la ley causal, al antecedente ha de seguir invariablemente el efecto, siempre que no intervenga una causa negativa. Si decimos que la causa es el antecedente “invariable e incondicionado”, es porque no siempre el antecedente invariable, es causa. Las noches y los días se suceden invariablemente, pero ninguno de ellos es causa del otro. Si decimos que la causa debe ser el antecedente “incondicionado” del efecto, significamos con esto que una vez establecida la causa queda establecido también el efecto, y suprimiendo la causa se suprime también el efecto. La tarea, en la investigación de las leyes causales, consiste en el aislamiento de los antecedentes y de los consecuentes causales, de los no causales y, por consiguiente, la eliminación de estos últimos.

 

Las leyes de coexistencia son aquellas, como dijimos, que expresan que la relación entre dos fenómenos coincide en el tiempo. Muchas de estas leyes son también causales. Así, por ejemplo, en los carnívoros coexiste un sistema dentario especial con un especial sistema digestivo, siendo esta coexistencia efecto de una causa común: la carne que, usada como alimento, ha ejercido influencias sobre los diferentes órganos. Pero hay otras relaciones de coexistencia que “no” pueden considerarse como causales. Así, las propiedades de un cuerpo, como el hierro, por ejemplo, que posee cierto peso específico y que se funde a cierta temperatura determinada. Lo mismo podemos decir de las clasificaciones de las especies que se hacen en zoología y en botánica sobre la base de la coexistencia de ciertos caracteres. Las leyes de coexistencia indican la presencia de varias cualidades ligadas entre sí por un lazo de simultaneidad y no de sucesión en el tiempo. La más general de estas coexistencias es la de “inercia y peso”, común a toda la materia.



 

 

 

 

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Las leyes de coexistencia no pueden obtenerse por inducción, como ocurre en las leyes causales, sino por simple observación y enumeración de cualidades. Su validez está circunscripta a los límites del tiempo, lugar y circunstancias en que se efectuaron las observaciones. Tomemos el ejemplo que ofrece Stuart Mill: los cuervos son negros. Aquí tenemos un caso de ley de coexistencia porque los cuervos son uniformemente negros. Pero si encontrásemos un cuervo blanco entre negros, esto comprobaría que la negrura de los cuervos no constituye una ley de coexistencia.

 

 

7. Ley estadística

 

Cuando los fenómenos, o procesos, que se quieren estudiar no son susceptibles de ser medidos con exactitud, hay que introducir el cálculo en forma indirecta. Se debe establecer en qué cantidad varía un fenómeno en relación con otro. Para esto se reúnen y enumeran casos aislados, o procesos, teniendo en cuenta su concordancia algún aspecto, destacando en ellos un carácter común y desprendiendo, en cambio, sus diferencias. Se forman así grandes grupos de acuerdo con determinados caracteres y se ve si la presencia de dicho carácter coincide con la presencia de otro carácter en un grupo paralelo. Si estas coincidencias se producen con uniformidad y regularidad, podemos establecer un paralelismo. A este paralelismo se puede designar con el nombre de ley estadística. Sin embargo, hay que guardar mucha prudencia y no concluir que una de las series es la causa de la otra, porque es posible que ambas sean independientes o que ambas variaciones obedezcan a una causa común, aún no descubierta.

 

El método estadístico tiene su aplicación en todos los terrenos de la experiencia humana. La astronomía, la fisiología, la psicología (psicofísica y psicología infantil), hacen uso de él tanto como las ciencias sociales. Sólo que su procedimiento es diferente. En las ciencias de la naturaleza sirve como una exploración previa para llegar luego a una-ley causal. Así, por ejemplo, si el fisiólogo ha observado una serie numerosa de casos en que cierta sustancia ha servido para curar una enfermedad, no puede aún establecer un nexo causal entre ambas series de hechos. Lo único que puede decir es que hay cierta probabilidad de que esa sustancia cure



 

 

 

 

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también un caso particular determinado. Ahora bien, el grado de probabilidad ha de depender del número de casos observados. Se trata de una aplicación del cálculo de probabilidades. Si hemos comprobado mediante el examen de 1000 personas que hay del 3 al 4 por ciento de daltónicos (sujetos que no perciben el color rojo ni el verde, confundiéndolos con el gris) hay una probabilidad de 100 contra 3 ó 4, de que en la Facultad de Medicina haya de 30 a 40 estudiantes daltónicos, si sabemos que son 1000 los alumnos que cursan los estudios en dicha Facultad. Por esto se puede decir que las leyes estadísticas son válidas, pero para grandes grupos, y difieren de las otras leyes porque éstas se refieren a los individuos.

 

 

8. Valor de las leyes científicas

 

Las leyes científicas son elaboraciones del espíritu que las crea, en virtud de los datos suministrados por la experiencia. Para el hombre de ciencia las únicas leyes válidas son las leyes abstractas y matemáticas, que establecen relaciones cuantitativas rigurosas entre los fenómenos, mientras que las leyes empíricas son consideradas con cierta desconfianza porque sólo implican una regularidad y una generalización de los hechos de la experiencia.

 

Pero las leyes abstractas mismas, las leyes matemáticas, son asimismo aproximativas y cada vez lo son más, a medida que se alejan de la experiencia. Se trata de leyes ideales que no corresponden estrictamente a los hechos particulares; por esto se ha dicho que las leyes de la naturaleza son verdades más o menos falseadas de cada caso particular. Así, por ejemplo, no es rigurosamente exacto que el movimiento sea uniforme y rectilíneo, o que pueda comprobarse la ley de las oscilaciones del péndulo en forma absoluta, porque no existe en la naturaleza un medio que no ofrezca resistencia, ni un hilo sin peso, ni un cuerpo que, al oscilar, no sufra la acción de la atracción. Los planetas no describen una elipse exacta, como quiere la ley de Kepler, sino sólo aproximadamente, porque los cuerpos celestes ejercen influencia los unos sobre los otros, perturbando su marcha. Lo mismo ocurre con la ley de Mariotte. Experimentos realizados con toda precisión han probado que las relaciones



 

 

 

 

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entre la densidad de un gas y la presión que soporta no es rigurosamente exacta en ningún gas. Las leyes de la termodinámica tampoco son rigurosamente exactas. En efecto, estas leyes generales erigidas en principio, como la conservación de la energía, la correlación de las fuerzas, principios de los que tanto uso se hace en la ciencia porque se consideran como principios últimos que rigen los fenómenos, carecen asimismo de un valor absoluto.

 

¿Ante estos hechos debemos negar toda validez a las leyes de la naturaleza? Es indudable que no. La experiencia ha demostrado que la diferencia entre la ley y el fenómeno, entre la teoría y la realidad, es tan pequeña, que en la mayor parte de los casos puede ser desdeñada y por lo tanto ha de aceptarse la validez de la ley dentro de ciertos límites.

 

En virtud de estas observaciones y críticas, algunos pensadores, entre los cuales se destacan Emilio Boutroux y Henri Bergson, sostienen que las leyes de la naturaleza son relativas, es decir, que no rige la necesidad para la producción de los fenómenos, sino que en la naturaleza hay contingencia, puesto que la causa nunca explica todo el efecto. La doctrina de la contingencia rechaza la idea de una identidad de la causa con el efecto, porque si fuera así, el efecto nunca sería un fenómeno nuevo. Para fundamentar su tesis, muestran estos filósofos que en la naturaleza, en la producción de los fenómenos, siempre ocurre algo nuevo, siempre se agrega un elemento que no estaba en la etapa precedente: la conciencia es algo que se agrega a la vida; la vida es algo que se añade a la materia; a las cualidades físicas y químicas de la materia se agregan las relaciones matemáticas, etc. El concepto de contingencia, que es opuesto al de necesidad, se identifica con la libertad. Para estos filósofos, en el mundo físico, en el mundo de la vida y del espíritu, actúa la libertad llevando los procesos por rumbos imprevisibles.

 

 

9. El determinismo

 

La doctrina de la contingencia, al estipular que en la naturaleza y en la vida actúa la libertad, excluye la posibilidad de elaborar leyes causales rigurosas, y por consiguiente proscribe toda previsión y anticipación de los hechos.



 

 

 

 

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Sin embargo, la inteligencia humana llega a elaborar leyes y con ellas explica los fenómenos y anticipa su producción. Esto se debe a que el espíritu humano ve un orden en la naturaleza, no obstante el desorden aparente con que los hechos se le ofrecen en la observación. Precisamente, para llegar a descubrir leyes, el investigador compara los fenómenos y separa lo esencial de lo accidental, lo necesario de lo contingente, hasta que llega a establecer las conexiones necesarias entre los fenómenos. En esto consiste esencialmente la inducción. Pero ahora surge una nueva cuestión: ¿con qué derecho extendemos a todos los casos, presentes y futuros, lo que hemos comprobado en uno o en un número limitado de casos? Si hemos comprobado, por ejemplo, que un cuerpo sumergido en el agua pierde en peso lo equivalente al agua desalojada ¿con qué derecho erigiremos este descubrimiento en ley general y diremos que siempre y en todas partes se cumplirá esta ley?

 

El fundamento lógico de la inducción no lo encontramos en la experiencia. Consiste en un doble principio indemostrable que debemos admitir, porque, de otro modo, la realidad no sería inteligible. Este principio doble es el siguiente:

 

1.º El orden de la naturaleza es constante. (O sea la uniformidad de las leyes de la naturaleza). — Esto quiere decir que las leyes no sufren excepción. Si una hipótesis encuentra una sola excepción, inmediatamente pensamos que no es una ley.

 

2.º El orden de la naturaleza es universal. — Esto quiere decir que no existen fenómenos, ni detalles de estos fenómenos que no estén regidos por leyes, porque de lo contrario habría hechos sin ley, sin un nexo causal. En consecuencia, la mente humana, al explicar los fenómenos mediante las leyes que los rigen, estipula que todo hecho está determinado por una ley que es la expresión de una relación. A esta doctrina científica que trata de explicar los hechos por leyes se llama determinismo.

 

De acuerdo con el determinismo no hay en la naturaleza ni contingencia, ni capricho, ni azar.

 

El determinismo, en resumen, establece que todo hecho no sólo tiene su causa, sino que las mismas causas producen siempre los mismos efectos. Este es el llamado principio de causalidad. De manera que si queremos reducir los dos principios anteriores al principio general de



 

 

 

 

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causalidad, deberíamos reducir también el concepto de causa al dele/, en el sentido de una relación universal y necesaria de determinación. El principio de causalidad viene a identificarse con el principio de las leyes, y sobre este principio descansa la ciencia. Negar este principio sería negar la ciencia misma, puesto que todos los progresos científicos se deben al uso de dicho principio.

 

Ahora bien, ¿el principio del determinismo excluye realmente toda idea de libertad y de contingencia? Los partidarios de la libertad como los partidarios del determinismo creen que estas dos doctrinas se excluyen recíprocamente. Sin embargo, algunos pensadores limitan el alcance del principio del determinismo de las leyes. Sostienen que el dominio del determinismo se circunscribe al mundo material, en tanto que la libertad es del dominio espiritual, mental o psicológico. No hay derecho, alegan, de extender a un orden determinado de hechos una explicación que sólo es verdadera para un orden de hechos diferente. Habría, pues, dos mundos diferentes: el mundo de la materia, regido por leyes inmutables, y el mundo del espíritu, en que imperaría la libertad.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LAS CIENCIAS DEL ESPÍRITU

 

1.    Concepto de espíritu — 2. Formas de la actividad espiritual. — 3. Método específico: predominio de lo individual y método de comprensión. — 4. La psicología y las ciencias histórico-sociales como ciencias de la realidad.

 

— 5. Las ciencias históricas. — 6. El método histórico. La crítica histórica. — 7. Concepciones de la historia. — 8. La sociología. Los hechos sociales. — 9. El método de la sociología.

 

 

1.Concepto de espíritu

 

 

No vamos a tratar aquí la cuestión de que si el espíritu es o no una sustancia especial opuesta a la materia, porque este problema corresponde a la metafísica que estudia las esencias. Sólo importa ahora aclarar el concepto de espíritu para poder establecer con precisión las fronteras de las ciencias espirituales y ver cuáles son sus métodos propios, si los tiene.

 

Por lo común, se admite el espíritu como algo opuesto al mundo material. Esta oposición se funda en el hecho de que el mundo de le

 

naturaleza corpórea se halla ligado al espacio y al tiempo, en tanto que lo espiritual no puede ser concebido como algo corpóreo que ocupa un espacio. Lo espiritual no tiene, pues, más que duración y aunque a veces se refiere, como una percepción, a un objeto que tiene extensión, esta percepción, como fenómeno psíquico, como hecho de conciencia, es inextensa.



 

 

 

 

 

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Por otra parte, lo físico o corporal puede tener existencia con independencia de nuestro pensamiento. Es cierto que lo espiritual también tiene existencia, pero su existencia es inherente a una conciencia. Es el. conjunto de nuestra experiencia interna, de nuestras vivencias y, sobre todo, se resume en la vivencia de un “yo”. Con esto queda identificado lo espiritual con lo anímico, con lo psíquico, sin discutir su naturaleza íntima.

 

Pero hay que señalar una nota esencial que distingue lo físico de lo espiritual: lo físico no tiene el carácter del “yo” y es para el “yo” simplemente un objeto, una cosa (Messer). En el mundo material, todo fenómeno está regido por leyes rigurosas que obedecen a una necesidad causal, de acuerdo con el principio de la conservación de la energía, que nos dice que “nada se pierde ni nada se crea sino que todo se modifica y se trasforma”. El hombre, en cambio, el “yo”, puede decidir sus actos, proponerse fines y obrar de acuerdo con ideas y, normas, es decir, de acuerdo con ciertos valores. Esto, que es propio del espíritu, se llama libertad.

 

Se concibe así el espíritu, y por consiguiente la voluntad, como un principio creador. Ese espíritu viene a ser sinónimo de vida en constante devenir, una fuente fecunda de acción creadora en que siempre se alcanza a algo nuevo. El espíritu tiene su manifestación más clara en la personalidad. Cuando en un ser humano toda actividad espiritual, vale decir, lo anímico o psíquico, se desenvuelve sin libertad para seguir las leyes mecánicas de la naturaleza, ese ser humano deja de ser persona para convertirse en cosa. Por esto, los animales, que son seres animados, no son seres espirituales. Para William Stern, la persona es un ser que, no obstante sus funciones parciales, despliega una espontaneidad unitaria y dirigida de acuerdo con ciertos fines y propósitos[1].

 

2. Formas de la actividad espiritual

 

Debemos considerar el espíritu como una actividad pura, una actividad creadora, pero sus creaciones no son fruto de una libertad caprichosa como sería el juego desenfrenado de los instintos, sino que tiende a realizar algo que estima valioso. Estos productos del espíritu, que son la realización de valores, se llaman productos culturales, y su conjunto, cultura.



 

 

 

 

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Pero cada persona espiritual posee una contextura íntima diferente, tanto en lo que concierne a su construcción como a su función. Aunque biológicamente considerados todos los hombres tienen la misma estructura, esa misma sustancia vital básica en uno se orienta hacia las actividades políticas, en otro a las actividades económicas, en el de más allá a las actividades artísticas o científicas.

 

Por consiguiente, aun desde el punto de vista espiritual la personalidad humana se presenta en una multitud de formas que son otros tantos tipos humanos, que pueden reducirse a cierto número de tipos ideales. Se concibe ahora la psicología como el estudio de las vivencias, de sus formas, y su función se reduce a la descripción de estos tipos y a su comprensión sobre la base de su estructura interna. La estructura de una personalidad está basada, como dice Spranger, en la dirección hacia la cual se orientan sus disposiciones para los valores. Toda verdadera personalidad muestra una determinada dirección valorativa y, por consiguiente, ésta se refleja en su forma de vivir, en su forma de entender la vida, en su obrar y en su crear.

 

Esto en lo que se refiere a la estructura de los espíritus humanos considerados desde el punto de vista individual. Pero como el hombre vive en sociedad y mediante sus creaciones realiza valores, también podemos encontrar estructuras y formas típicas en los productos espirituales, que son otros tantos bienes para él. Estas creaciones, que son portadoras de valores, son fruto de la convivencia social y actúan a su vez como estímulos sobre los individuos. Por esto se consideran como productos supraindividuales, puesto que el hombre los encuentra ya formados con el carácter de la objetividad. Estos productos son: el lenguaje, la religión, el arte, la ciencia, el Estado, la técnica, etc., productos que Hegel denominó “el espíritu objetivo”. Cada uno de estos productos tiene su estructura peculiar y da origen a otras tantas ciencias que son las ciencias del espíritu.

 

 

3. Método específico: predominio de lo individual y método de comprensión

 

Las ciencias de la naturaleza tratan, en primer lugar, de determinar la conexión causal entre los fenómenos. Para esto se analizan de un modo riguroso los fenómenos dados en la experiencia para descubrir sus



 

 

 

 

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elementos, tomando en cuenta sólo lo permanente, lo que se repite constantemente, dejando de lado todas las particularidades accidentales para llegar a formular leyes generales y universales. Estas leyes son, así, verdaderas abstracciones. Vemos, pues, que las ciencias de la naturaleza generalizan y que estas generalizaciones sólo son posibles sobre la base de la consideración de los hechos que se repiten en el espacio y en el tiempo, de un modo igual o casi siempre igual. Pero hay que reconocer que, en verdad, lo que realmente existe son los hechos particulares e individuales. Lo que encontramos en lo particular e individual, dice Rickert, no puede construirse con elementos universales[2].

 

Las ciencias del espíritu, o mejor dicho, las ciencias culturales, se ocupan de hechos únicos con todas sus particularidades, de hechos que no se repiten en el curso del tiempo. La historia, por ejemplo, se ocupa de hechos únicos que no se repetirán jamás. La formación de un determinado idioma particular es un hecho único, como es única toda creación del espíritu porque lleva el sello de lo nuevo y de lo original. Por esto se puede decir que en las ciencias del espíritu predomina lo individual. Es ésta la razón por la cual no podemos formular leyes generales, ni prever o pronosticar con precisión acontecimientos de carácter humano, espiritual. El método que han de emplear estas ciencias no puede ser el de las ciencias naturales sino el método histórico o “ideográfico”, como lo denomina Windelband, que se caracteriza por la tendencia a exponer y describir lo singular y lo particular. Debemos considerar como histórico, en este sentido, todo hecho particular, todo trascurso individual y único de una cosa en el tiempo.

 

Sin embargo, los fenómenos y productos espirituales, si bien es cierto que no pueden darnos leyes como las ciencias de la naturaleza, necesitan también de una ordenación y de una interpretación, que puede lograrse por otro método: la comprensión[3]. Consiste este procedimiento, preconizado por Dilthey, en interpretar los fenómenos espirituales buscando el “sentido” de las conexiones y enlaces de unos fenómenos con otros. Tratemos de aclarar este concepto. En la experiencia, lo que se nos ofrece son unidades, conjuntos unitarios, o sea, estructuras complejas cuyas partes se integran mutuamente y en donde cada una de esas partes desempeña una función dentro del conjunto. Comprendemos una vivencia



 

 

 

 

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cuando encontramos su significación para la totalidad de la vida anímica. El concepto de comprensión se aclara mediante la idea de estructura. Llamamos “estructura” a un todo en el cual cada parte realiza un trabajo para la totalidad, como cada pieza de una máquina está condicionada para la función total de la máquina. Cada una de esas piezas aisladas carece de sentido porque no vemos su “finalidad”. Para comprender la parte hay que tomar como punto de arranque la totalidad, puesto que la unidad del todo se basa, como dice Spranger, en la articulación y coordinación de las funciones particulares. Comprendemos el alma humana porque es una estructura, un complejo totalista, en que todas las partes se coordinan y tienen su finalidad: una función.

 

El método de comprensión, según los filósofos “estructuralistas”, puede aplicarse a todas las ciencias del espíritu: hay una comprensión de la persona, una comprensión del lenguaje, de las instituciones, del acaecer histórico, etc. Ante todo, es necesario distinguir entre el comprender a las personas (psicología) y el comprender los productos espirituales, objetivos: religión, costumbres, arte, ciencia, técnica, etcétera.

 

Para comprender a una persona hay que ubicarla en “su” medio, en su época, tomar en cuenta cuál es su instrucción, su profesión, su posición económica, porque el destino de cada uno depende de las fuerzas culturales que obran sobre él. Hay que ubicar al hombre en “su” mundo particular. El que pretenda comprender a Lutero, dice Spranger, ha de interpretarlo desde el punto de vista religioso, pero no basta remplazar las palabras y los hechos de Lutero con la religiosidad propia de quien lo estudia, aunque sea de la misma secta confesional. Debe mostrar que la vivencia religiosa está condicionada por los demás fenómenos de conciencia, por la cultura, y los numerosos factores ambientales del que las vive. Si queremos comprender al General San Martín debemos interpretarlo como militar y como patriota, considerando que los actos del soldado están dirigidos por un ideal patriótico al cual se subordinan todos los demás: de ahí la abnegación, el desinterés, el sacrificio personal. Sólo así se explica que prefiera envainar la espada antes que ensangrentarla con luchas fratricidas y expatriarse, porque está por encima de todo banderismo político accidental. El máximo valor es para él la Nación. Los demás valores son secundarios.



 

 

 

 

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4. La psicología y las ciencias histórico-sociales como ciencias de la realidad

 

Para llegar a la comprensión de una personalidad humana, lo mismo que para comprender un producto espiritual, el único camino para llegar a ese resultado es la psicología. En la actualidad, esta ciencia se concibe en dos formas opuestas. La primera, que arranca de Hume y culmina en Wundt, es una psicología explicativa. Está moldeada sobre las ciencias de la naturaleza y busca leyes explicativas de los fenómenos. Considera que los fenómenos anímicos están formados por elementos como si fueran átomos. Estos elementos, según Wundt, serían las sensaciones y los sentimientos, cuyas combinaciones darían origen a las percepciones, representaciones, emociones, voliciones, etc. La segunda tendencia es la llamada psicología estructural, iniciada por Dilthey (1834-1911) y de la cual son destacados representantes Karl Jaspers y Eduardo Spranger, aunque sus antecedentes se encuentran ya en William James y en Bergson. Según esta dirección, la vida mental no es una simple suma de elementos, sino que constituye una “unidad” en que el todo es anterior a las partes. La psicología de los elementos trata de “explicar” los complejos por sus componentes simples, en cambio la estructural sólo pretende “entender” el sentido de la vida espiritual y para esto la sigue en sus conexiones, que están determinadas por un “fin”. Se trata, pues, de una psicología finalista, “teleológica”. El espíritu es una estructura, una forma, que comprende bajo sí otras estructuras, subestructuras. Pero hay en él una finalidad inmediata, puesto que aprecia, mediante el sentimiento, lo que es favorable o desfavorable.

 

Esta última dirección no sólo se manifiesta en la psicología, sino también en todas las ciencias del espíritu. Concibe la realidad del mundo espiritual, constituida no por átomos psíquicos al modelo de la química y la física, sino por estructuras unitarias, conjuntos complejos, cuyas partes tienen sentido sólo con respecto a la totalidad. Estas estructuras se consideran irreductibles las unas a las otras. Psicólogos anteriores buscaban los elementos constitutivos de los complejos: el átomo psíquico (sensación y sentimiento, según Wundt). Estos eran considerados como elementos últimos de lo psíquico individual; el hombre individual era considerado como el átomo del grupo histórico-social; la palabra, el elemento último del lenguaje, etc. Los estructura-listas consideran falsa



 

 

 

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esta concepción porque no responde a los hechos. El grupo social no es para ellos, como creía el individualismo, la suma de individuos humanos, sino que el grupo ya es por sí una unidad. La realidad es el grupo mismo en su devenir histórico. Por esta razón, consideran que la ciencia de la realidad no es la ciencia que trabaja con conceptos abstractos (átomo, energía, movimiento), sino aquellas disciplinas que se ocupan de lo concreto individual, que se ofrece empíricamente en la experiencia como unidad global, sea nación o grupo social, en su desarrollo histórico.

 

Resumiendo, podemos decir que cada vida humana es una combinación de tendencias y de fines que no se repite nunca de un modo igual. No hay, en efecto, dos personas que sean enteramente iguales, y esta particularidad individual tiene su máxima manifestación en las grandes personalidades, en los hombres de genio, que dan la impresión de un fenómeno único en su especie, algo que no se repite jamás. Lo mismo podemos decir de los pueblos y naciones, de las comunidades culturales, que se nos aparecen también como individualidades unitarias y únicas. También estos grupos son inconfundibles porque cada uno es diferente de cualquier otro grupo. El carácter individual de estos grupos aparece más claro aún cuando se considera su desarrollo y su evolución, su nacimiento y su desaparición como acontece con las naciones y pueblos. Por esta razón, las ciencias del espíritu, exceptuando la psicología sistemática, son ciencias históricas, en el sentido de que se ocupan de hechos únicos localizados en el tiempo y en el espacio.

 

 

5. Las ciencias históricas

 

Todo acaecimiento, todo cambio, todo lo que se trasforma y que en el curso del tiempo adquiere aspectos diversos, puede ser estudiado desde el punto de vista histórico. Así, las diversas formas animales y vegetales, consideradas en el orden de su aparición, dan origen a una historia biológica. De un modo análogo, la formación de las capas terrestres, la génesis de los mares y de los continentes, la formación de las montañas y de los ríos, etc., dan origen a una historia de la tierra. La historia tiene, pues, por objeto el estudio de los hechos particulares, individuales, lo que ocurre una sola vez y no se repite nunca. Hubo una sola vez una época



 

 

 

 

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terciaria, una sola vez pasó la humanidad por la época de la piedra bruta. Sólo una vez se descubrió la América y una sola vez se produjo la independencia de la Nación Argentina. Todos éstos son hechos que no volverán a repetirse: son hechos de sucesión y no de repetición, para emplear la terminología de Xenopol.

 

Sin embargo, se reserva el nombre de historia a los acontecimientos en que hubo intervención humana, a la actividad espiritual del hombre, a sus manifestaciones espirituales en el tiempo: arte, literatura, religión, ciencia, instituciones, costumbres, vida económica y política de las naciones. Todos estos productos dan origen a otras tantas historias.

 

Los hechos históricos, que son únicos, que no se repiten, sin embargo, a los ojos del observador vulgar, parece que se Repitieran; de ahí el refrán popular “la historia se repite”. En realidad, nada se repite; todo acaecimiento es nuevo, pero como aparecen algunos aspectos análogos a otros anteriores, se incurre fácilmente en una falsa analogía. La revolución francesa de 1789 ocurrió una sola vez. Podrá producirse otra revolución parecida, pero nunca será la misma, porque habrán intervenido otros factores, otras circunstancias, aunque algunas de sus condiciones sean las mismas puesto que el hombre es, en esencia, el mismo a través de todos los tiempos, con sus necesidades fundamentales, sus pasiones y sus aspiraciones. En virtud de que los hechos históricos no son hechos de repetición, puesto que son únicos, se llega a la conclusión de que no puede haber leyes históricas, es decir, leyes universales y necesarias y del tipo que ofrecen las ciencias de la naturaleza, donde los hechos y fenómenos se repiten en forma idéntica o con diferencias insignificantes.

 

Sin embargo, algunos sociólogos han creído encontrar ciertas leyes históricas especiales. Mediante la reunión de una serie de hechos sucesivos, que guardan cierta semejanza entre sí, han tratado de extraer leyes, procediendo en la forma habitual en las ciencias de la naturaleza. Así, Spencer y Gumplovicz han intentado formular la “ley de la evolución religiosa”, según la cual la humanidad ha pasado por tres estados constitutivos: el fetichismo, el politeísmo y el monoteísmo. El crítico de arte francés, Ferdinand Brunetière, nos habla de la “ley de la evolución de la pintura”, señalando, las siguientes etapas: primeramente es religiosa, luego la pintura es mitológica, más tarde histórica, pasando después a ser



 

 

 

 

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retratista y, finalmente, alcanza, con el paisaje, la naturaleza muerta. Pero estas supuestas leyes no han sido comprobadas, ni todos los pueblos se han desenvuelto en la misma forma. De modo que no podemos hablar de leyes históricas.

 

 

6. El método histórico. La crítica histórica

 

La historia se ocupa de acontecimientos únicos, de hechos de sucesión, y es tarea del historiador abarcar estos hechos singulares en su complejidad real en el conjunto de las circunstancias que los produjeron en un momento del tiempo y en un sitio determinado del espacio. De esto resulta que el historiador no puede conocer los hechos de un modo inmediato. No es posible comprobarlos directamente, y si llega a conocerlos es mediante una construcción mental que tiene su punto de arranque en ciertos signos. En efecto, el historiador no trabaja examinando los hechos mismos, como hace el físico. El historiador examina documentos que, en el fondo, no son más que “signos”, es decir, interpretaciones subjetivas de hechos, que él, a su vez, debe interpretar para llegar a la interpretación del acaecimiento real. Como se ve, es ésta una operación bien delicada que puede inducir a falsas interpretaciones si no se toman las más severas precauciones.

 

Veamos ahora brevemente cuál es el método que debe seguir el historiador en sus investigaciones.

 

1.º La eurística. — La primera tarea del historiador, cuando se dispone a estudiar un punto histórico, consiste en buscar y juntar todos los documentos que se refieren a dicho punto. A esta tarea previa se designa con el nombre de eurística, o sea, la doctrina de las fuentes. Estos documentos o fuentes son los signos, los rastros del pasado y son los que permiten conocer el suceso. Pueden ser de diferentes clases. Algunos son de orden puramente material, como los edificios, los instrumentos, las monedas, los utensilios, etc. Son los monumentos en general. Otros de estos rastros son, en cambio, manifestaciones del espíritu individual o expresiones de un grupo de individuos sobre los cuales ha impresionado el pasado: son los relatos, tanto orales como escritos, las leyendas, las tradiciones, etc. El material más importante para el historiador está



 

 

 

 

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constituido por los escritos, que son los documentos propiamente dichos, los cuales pueden clasificarse en dos grupos:

 

a)   Los que se proponen expresamente conservar el recuerdo del pasado, como las memorias, los anales, las inscripciones, las crónicas, etcétera.

 

b)  Los que refieren ciertos hechos sin el propósito deliberado de servir para el conocimiento histórico, como los mapas, actas, leyes, juicios, novelas, poemas, etcétera.

 

2.º Crítica externa de los documentos. — Una vez en posesión de los documentos relativos a un acontecimiento, es preciso establecer la verdad de los datos que contienen, mediante una serie de investigaciones, razonamientos e interpretaciones, hasta llegar desde el signo al hecho (Malapert). En este proceso consiste el examen crítico de los documentos. La crítica puede ser de dos clases: 1.º, si se refiere al documento mismo, la crítica es externa o extrínseca; 2.º, si se refiere al valor y significado del documento, la crítica es interna o intrínseca.

 

La crítica externa tiene por fin establecer si el documento en cuestión es auténtico, si el autor que figura es realmente el que lo produjo. Quiere identificar la procedencia del documento, dónde y cuándo se produjo, si es o no completo. Se comprende que se trata de una tarea bastante difícil que requiere una serie de conocimientos de parte del historiador. Puede ocurrir que no se tenga el texto original del documento sino sus copias. En este caso, es preciso determinar cuál de esas copias es anterior, cuáles le siguen y si una no es acaso una variante de la otra. Para averiguar todo esto son necesarios sólidos conocimientos de filología, porque sólo así se puede restituir el texto original. Después hay que averiguar la procedencia, la autenticidad del documento, vale decir, cuándo y dónde y quién lo produjo. No basta que el documento figure con un autor o con una fecha para ser auténtico, porque puede ser totalmente falso.

 

3.º La crítica interna de los documentos. — Una vez establecida la autenticidad del documento es preciso averiguar si su contenido es verdadero. Se trata de saber si el testimonio que se tiene a la vista corresponde o no a la verdad y en qué grado existe esta correspondencia. Para llegar a este fin, el historiador ha de poseer un fino sentido psicológico para colocarse en la situación del testigo, autor del documento,



 

 

 

 

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y reconstruir los diferentes estados anímicos por los cuales debió haber pasado aquél. Mediante un cálculo de probabilidades ha de concluir si el suceso es o no verosímil. Previamente debe formularse una triple pregunta: ¿el hecho se produjo realmente? ; ¿se equivocó de buena fe el testigo?; ¿no habrá tenido intención de engañar?

 

Para descartar las hipótesis de error, el historiador ha de examinar el hecho y preguntarse si es verosímil o inverosímil, es decir, si concuerda o no con el modo habitual de ocurrir los hechos. Por lo que respecta al testigo, ha de hacer un análisis psicológico: averiguar las condiciones en que se encontraba para saber si pudo conocer el hecho. Ha de averiguar sus costumbres, sus ideas, sus prejuicios, sus intereses y creencias, porque todos estos factores pueden ser causas para inducirle en error. Cuando acerca de un hecho existen diversos documentos, es decir, varios testimonios que se contradicen, no es difícil que el historiador se quede perplejo. ¿A cuál de los diversos testimonios debe dar fe? Una norma de conducta es la de agrupar los documentos, compararlos, sopesarlos y ver luego dónde hay más garantías de verdad. Para esto aplicará, asimismo, el principio de verosimilitud, estudiando, a la vez, la personalidad de cada uno de los autores de los documentos en cuestión.

 

Terminadas estas tareas previas, queda el trabajo de la reconstrucción histórica. Esta es, precisamente, obra de la imaginación. El historiador, con los fragmentos documentales, debe juntar, soldar, hacer una verdadera síntesis y restablecer el hecho en toda su complejidad real. Para esto, procede por analogía, de acuerdo con las leyes psicológicas y sociológicas. Sin un agudo sentido de la naturaleza humana, sin un conocimiento de los impulsos del corazón, de los móviles conscientes o inconscientes que condicionan la conducta humana, esa reconstrucción casi no es posible. La eurística y la crítica externa e interna constituyen la parte científica de la tarea del historiador, mientras que la reconstrucción histórica es la oarte artística. Por esto podemos decir que la historia es, a la vez, ciencia y arte.

 

 

7. Concepciones de la historia

 

Los hechos históricos, además de interpretados y de reconstruidos, quieren ser explicados. Se trata de saber cuáles son las causas del acontecer histórico. Los antiguos, que vivían sumergidos en su sociedad y en su propia civilización, ignoraban la cultura de otros pueblos o la despreciaban, de



 

 

 

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manera que no tenían una visión de conjunto de la humanidad y de su evolución. Sin embargo, Tucídides, en Grecia, ya trata de dar una explicación científica de los hechos históricos mediante factores naturales y políticos. En su tentativa de explicación histórica, los caprichos y las pasiones de los individuos desempeñan un papel muy reducido.

 

Para los hebreos, el acontecer histórico es obra de Dios, quien hace alianza con su pueblo y lo dirige según su designio. Con el advenimiento del Cristianismo se extiende la idea de un Dios único, creador del mundo y guía de la humanidad, de acuerdo con un fin determinado. Esta concepción de la historia aparece con toda claridad en la obra de San Agustín, “La ciudad de Dios”, y con él se inicia la llamada escuela teológica. Según esta concepción, Dios dirige el mundo, y el hombre es un instrumento ciego en su mano. Dios levanta al hombre y a los pueblos, si cumplen con sus leyes, y los hunde cuando les retira su protección.

 

Con los historiadores del Renacimiento esta concepción se abandona. Para estos historiadores los acontecimientos históricos son obra del hombre mismo, del hombre considerado como un ser racional y libre. Es él quien por propia voluntad y decisión produce los acontecimientos. Las circunstancias sociales y los demás factores son ignorados en absoluto. Así, para explicar la invasión de los bárbaros aluden a rencillas de los generales romanos, a sus celos e intrigas, que hace que alguno de éstos, para vengarse, llame en su auxilio a los bárbaros. Las Cruzadas se explican por un acto de voluntad del Papa Urbano II y no por razones políticas y religiosas. Para estos historiadores, cuyo modelo son Maquiavelo y Guicciardini, siempre hay un hombre de Estado, un político, un jefe, que es causa del hecho histórico, quien da un rumbo a los acontecimientos de acuerdo con su voluntad.

 

Estas ideas persistieron hasta el siglo XVIII. Corresponde al pensador italiano Juan Bautisca Vico (1668-1744) el mérito de haber dado una dirección nueva a la concepción histórica. También para Vico es el hombre el actor principal del devenir histórico, pero como el hombre varía con los tiempos, resulta que para comprender una época primitiva hay que descender a la mentalidad del hombre de esa época, penetrarse de sus necesidades, pues de lo contrario, el suceso histórico no podría explicarse. Con esta manera de concebir la historia se ve que son las “necesidades” del hombre, no sus caprichos y sus decisiones arbitrarias, los factores determinantes de los hechos históricos. Este es el gran mérito de Vico, que inició toda una era de investigaciones y de estudios especiales. Ahora bien, ¿cuál es la naturaleza de esas necesidades que producen los acontecimientos? Aquí las opiniones se dividen, dando origen a dos teorías principales: la concepción heroica y la concepción colectivista de la historia.

 

Para la concepción heroica son las necesidades de los grandes hombres, de los genios, de los héroes, las que ponen en movimiento la mole humana. Son ellos, los héroes, los que hacen la historia, construyen las nacionalidades e imperios y llevan los pueblos a la grandeza. Esta concepción se limita, como se ve, a un solo aspecto, porque' desconoce que el héroe mismo está influido por su época y que hay circunstancias políticas, de lugar y de tiempo, que obran sobre su conducta.

 

La concepción colectivista encuentra, en cambio, en las necesidades de las "masas” la causa de los acontecimientos históricos, especialmente en las necesidades económicas. Por esto se llama también a esta concepción de la historia materialismo histórico, siendo Carlos Marx (1818-1883) su representante principal. Según Marx, el desarrollo social se debe exclusivamente al sistema económico, que depende, a su vez, de la forma de la producción. La base de toda sociedad es su estructura económica, y de ésta depende la forma jurídica y política de la sociedad.

 

No se puede negar que los hechos económicos tienen suma importancia en el desenvolvimiento de la sociedad humana, pero no hay que olvidar que existen otros factores, también muy importantes, que Marx no tuvo en cuenta: el derecho, la religión, la moral, etc., que influyen



 

 

 

 

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poderosamente en el acontecer histórico. No todos los hechos históricos y sociales pueden explicarse por el factor económico únicamente. La de Marx es, pues, una explicación parcial y unilateral de la historia.

 

 

8. La sociología. Los hechos sociales

 

La sociología es una ciencia muy reciente que no ha determinado aún en forma precisa ni su objeto, ni su método. Tanto es así, que muchos autores no la consideran como una ciencia especial con fisonomía propia, sino que piensan que ella está constituida por un conjunto de ciencias sociales particulares, viniendo a ser algo así como el sistema o el “cuerpo” en que se reúnen las distintas disciplinas que se ocupan de los fenómenos sociales especiales.

 

¿A qué responde, pues, esta dificultad y este distinto modo de concebir la ciencia social? La mayor dificultad estriba, sin duda, en que no se ha fijado con precisión el objeto de la ciencia social, ni se han determinado los caracteres de los hechos o fenómenos sociales, que son la materia de esta ciencia. Es necesario, previamente, fijar el concepto de fenómeno social, distinguir claramente sus caracteres y ver si es posible construir una ciencia y dar una teoría que abarque lo que es común a todos los fenómenos sociales.

 

La sociología ha entrado en la categoría de las ciencias gracias a los (esfuerzos de Augusto Comte, quien ha sentado sus bases en su “Curso de filosofía positiva”. Sin embargo, ya los filósofos de la antigüedad, Platón en su “República” y Aristóteles en su “Política”, habían dirigido su atención al estudio de la vida social, y pueden ser considerados como los precursores de la moderna ciencia social. Pero lo que a estos filósofos preocupaba, especialmente, no era el estudio de la sociedad humana en su manifestación real, sino que querían definir la sociedad ideal para proscribir normas para la vida política.

 

Veamos ahora cuáles son los hechos de que ha de ocuparse la sociología. Es indudable que estos hechos deben ser los fenómenos sociales. Pero ¿qué son hechos sociales, qué son fenómenos sociales? Llamamos fenómenos sociales a todos aquellos fenómenos que surgen de la convivencia social. En este sentido, el lenguaje, el derecho, las costumbres, la religión, el Estado, etc., son hechos sociales. Pero estos



 

 

 

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hechos sociales son objeto de otras tantas ciencias particulares. ¿Qué fenómenos le quedan, entonces, como objeto propio a la sociología, considerada como ciencia general de la sociedad? Para Stuart Mill, la sociología tiene por objeto los “estados de sociedad”, es decir, aquellos fenómenos más generales que hacen posible la vida social, viniendo a ser una especie de filosofía de las ciencias sociales particulares, como la biología general es una especie de filosofía de las ciencias biológicas. El fin de la sociología, según Stuart Mill, debe ser el de buscar las leyes de la convivencia social y, por consecuencia, de los productos sociales.

 

Pero aquí surge una nueva dificultad derivada de la confusión de los hechos sociales con los hechos psicológicos, porque en el fondo los hechos sociales implican una actividad espiritual aunque de índole colectiva. Para algunos, en efecto, los fenómenos psíquicos tendrían por asiento la conciencia individual, y los fenómenos sociales tendrían por base la conciencia colectiva, si se puede emplear este término equívoco.

 

Corresponde a Emilio Durkheim el haber determinado, con bastante claridad, los caracteres del fenómeno social. Para él, el fenómeno social surge sólo por el hecho de la convivencia social y no existe en la vida aislada del hombre. Su carácter peculiar, lo que lo distingue de los demás fenómenos es que, una vez formado, actúa desde “afuera” sobre el individuo y se le impone por una especie de fuerza coercitiva. El individuo no puede sustraerse a la acción compulsiva, ni del idioma, ni de las costumbres, ni de las leyes que rigen al grupo social. Estos fenómenos son carriles que el individuo encuentra ya hechos, y entre los cuales se ve obligado a marchar so pena de chocar con los demás elementos del grupo social y sufrir sus sanciones. El fenómeno social es, pues, el resultado de la “interdependencia” de los individuos y se manifiesta por una serie de creaciones del espíritu, que expresan la acción del grupo sobre los individuos. Con este criterio se hace inteligible la unidad de la sociología, pues aunque los fenómenos sociales se presentan bajo diferentes formas, tienen todos ellos un rasgo común: el lazo recíproco del individuo con el grupo.

 

 

9. El método de la sociología



 

 

 

 

 

 

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También con respecto al método para el estudio de los fenómenos sociales existen divergencias. Algunos sociólogos consideran que la sociología debe emplear el método deductivo, mientras que otros estiman que debe aplicarse el inductivo.

 

Los partidarios del método deductivo, apoyándose en Stuart Mill, dicen que en sociología no es posible la experimentación y, por consiguiente, es menester partir de las leyes generales de la psicología y deducir de ellas consecuencias particulares para determinadas circunstancias. En economía política, por ejemplo, se ha partido de una concepción abstracta del hombre, considerando su conducta determinada por su tendencia a procurarse el “máximo” de satisfacciones y de riquezas con el “mínimo” de esfuerzos; y de esta concepción se han derivado leyes concernientes a los fenómenos económicos, como el trabajo, el cambio, el valor, etcétera.

 

Los partidarios del método inductivo, como Durkheim, sostienen que la vida colectiva produce efectos que la psicología general no puede prever. Además, observa que en los diversos grupos humanos no se han producido idénticas instituciones, ni éstas han evolucionado de un modo igual en todas partes. Por consiguiente, es preciso emplear la observación, puesto que sólo mediante este procedimiento se podrán conocer las formas reales de la vida social y sus distintas trasformaciones. Hay que partir de la observación directa de los hechos cuando es posible,-pero también se debe recurrir a la historia, a la etnología, etc., para extraer el material de estudio. Pero aquí se tropieza con una gran dificultad, y es que la realidad social se presenta en una forma tan compleja que no es posible aislar directa y experimentalmente los elementos, como hace el investigador en las ciencias físicas. Quedan, sin embargo, algunos recursos metodológicos que pueden considerarse como sustitutos de la experimentación, tales como el método comparativo y la estadística. El primer procedimiento consiste en parangonar cuidadosamente varias series de hechos sociales ocurridos en diversos grupos sociales para ver cuáles son sus variaciones sociales. El segundo procedimiento es el método estadístico, del cual ya hemos hablado y que tiene suma aplicación en sociología. Se comparan dos o más series de hechos que han sido determinados numéricamente para ver el paralelismo de su producción. Así se puede comprobar



 

 

 

 

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numéricamente cómo con el aumento de la miseria aumenta la delincuencia. Pero una condición previa es que las estadísticas deben ser exactas y, sobre todo, que hay que saber interpretarlas.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA FILOSOFÍA Y SUS PROBLEMAS

 

1.  Concepto de la filosofía. — 2. Problemas de la filosofía.

 

— 3. Disciplinas filosóficas. — 4. El problema ético. — 5. La ética material de los valores y la ética formal. — 6. La ley moral y la conducta humana. — 7. El individuo y la persona. — 8. La estética. — 9. El problema gnoseológico.

 

— 10. El problema metafísico. — 11. Dios y el origen del ser. — 12. Posición de la teoría del conocimiento en el sistema de la filosofía. — 13. Los métodos de la filosofía.

 

 

1.Concepto de la filosofía

 

 

De acuerdo con la etimología de la palabra, “filosofía” significa “amor a la ciencia”, “amor al saber”. Refiere la tradición que Pitágoras, interrogado por el tirano Leonte acerca de su profesión, le respondió que era filósofo, es decir, “amante del saber”, y no un sabio (sofo). Si es cierta esta anécdota, Pitágoras quería significar con esto que no poseía la verdad hecha, sino que su amor a ella le llevaba a consagrar la vida a su búsqueda.

 

Pero considerar la filosofía como un simple amor a la ciencia, de acuerdo con la etimología del vocablo, es darle un significado muy vago, porque sería filósofo el cultor de cualquier ciencia particular o de un grupo, grande o pequeño, de disciplinas especiales. Sin embargo, hoy día no es éste el sentido de los términos “filósofo” y “filosofía”. La filosofía, en sus albores, indudablemente que abarcaba todas las ciencias. Pero muchas, paulatinamente, se fueron desprendiendo de su seno, hasta convertirse en disciplinas científicas independientes. Es preciso saber,



 

 

 

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pues, qué ha quedado como residuo de este gradual desprendimiento, residuo que pueda considerarse como típicamente filosófico, y saber también cuáles son los caracteres que distinguen ahora la filosofía, de las ciencias particulares.

 

Ante todo debemos decir que la filosofía es una “ciencia”, cosa que concuerda asimismo con la etimología. Falta saber ahora qué clase de ciencia es, y cuál es su objeto, puesto que las ciencias se distinguen por sus objetos. A este respecto debemos declarar que es muy difícil determinar el objeto de la filosofía, porque cualquier objeto puede servir para la reflexión filosófica. Así, al lado de la historia, como ciencia particular, tenemos la filosofía de la historia; al lado de las ciencias naturales está la filosofía de la naturaleza; al lado de la matemática tenemos la filosofía de la matemática, etcétera.

 

Para encontrar las señales características, las señales esenciales que distinguen la filosofía de cualquier ciencia particular, debemos buscar lo que hay de común en todas las definiciones que se dieron de la filosofía, los puntos de contacto en los distintos sistemas que se elaboraron en el curso de la historia. Pues bien, en todos los sistemas propuestos por los filósofos el rasgo sobresaliente y común es la tendencia a abarcar la “totalidad” de los objetos. El conocimiento filosófico tiende a la universalidad, mientras que las ciencias particulares sólo se ocupan de un sector limitado de los objetos, puesto que estudian sólo una parte de ellos.

 

De acuerdo con este rasgo podemos decir que la filosofía tiende a llegar, tras de la pluralidad y diversidad de los “fenómenos”, a darnos una concepción unitaria del mundo, de la vida y del espíritu. La filosofía aspira a llegar a una última unidad, a una esencia, a algo irreductible, a lo que es “en sí”, es decir, al ser.

 

 

2. Problemas de la filosofía

 

Cualquier persona, por menos cultura filosófica que posea, alguna vez se habrá preguntado acerca de la finalidad de la vida. En efecto, uno de los interrogantes que más espontáneamente surge en el espíritu se refiere al fin y al valor que pueden tener la humanidad y el universo. Vemos que el hombre trabaja, se afana, sufre… No es difícil, entonces, que nos



 

 

 

 

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preguntemos si la vida vale la pena de ser vivida, si tiene algún sentido y para qué toda nuestra existencia. Esto es lo que se denomina el problema teleológico (de telos = fin), es decir, el problema de los fines. Queremos saber nuestro destino, cuál es la finalidad del mundo y de nuestra existencia y qué debemos hacer. Este problema presupone una realidad ya formada, una realidad que ha tenido su comienzo, pero en la que es menester descubrir el fin hacia el cual se encamina esta realidad en su constante trasformación.

 

El problema teleológico implica, por lo tanto, otro problema: la cuestión práctica de la acción. Se trata de averiguar las normas a las cuales hemos de ajustar nuestra conducta, para lo cual es preciso saber distinguir previamente lo “bueno” de lo “malo”, lo “bello” de lo “feo”, lo “justo” de lo “injusto”, lo “verdadero” de lo “falso”. Pero distinguir lo “bueno” de lo “malo”, como lo “bello” de lo “feo”, no es otra cosa que formular apreciaciones acerca de los objetos, expresadas en “juicios de valor”. Así se establecen jerarquías entre los distintos valores, ya sean éticos, estéticos, etc., porque el hombre trata de realizar aquello que estima más valioso. Con esto se crea una verdadera Doctrina o Teoría de los valores. La teoría de los valores, a la cual se reduce en último término el problema teleológico, constituye la Axiología (de axios = digno). Ella es considerada por algunos filósofos como una legítima ciencia, la ciencia de la estimativa, que se ocupa de todo aquello que es digno de ser preferido.

 

Un segundo problema filosófico se refiere a la actividad de nuestros sentidos. Casi todos nuestros datos acerca del mundo los obtenemos mediante la percepción. Ahora bien, como hemos observado que con frecuencia nuestros sentidos nos engañan, surge la pregunta acerca del valor del testimonio de nuestros sentidos, puesto que bien pudiera ocurrir que éstos nos engañasen siempre. Este es el problema del conocimiento o gnoseológico, que determina la posibilidad, el límite y el valor de nuestros conocimientos, ya sean aquellos que derivan de nuestros sentidos (conocimiento sensible) o bien aquellos que parecen trascender los límites fijados por los sentidos (conocimientos inteligibles o racionales).

 

El tercer problema, que es el problema del ser, se refiere a su naturaleza y su origen, y se pregunta qué es lo que es, y de dónde proviene el ser. Este problema tiene su fuente en nuestra propia existencia. Sabemos



 

 

 

 

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que existimos. Tenemos conciencia de que vivimos. Nuestras vivencias nos dan un conocimiento inmediato de nuestra existencia, de la existencia de un “yo” opuesto a un “no-yo” del cual tenemos un conocimiento mediato. Pero si bien tenemos la noción de nuestra existencia por medio de nuestras vivencias, no sabemos cuál es nuestra esencia. En efecto, ¿qué somos nosotros? ¿Qué es el mundo? ¿Somos materia? ¿Somos espíritu o somos ambas cosas a la vez? Y después de todo ¿qué es materia y qué es espíritu en su esencia? Este último problema, el que trata de las esencias, es el problema del ser, el problema ontológico (de onto = ser), o sea la metafísica, porque se ocupa de asuntos que sobrepasan los límites de nuestros conocimientos directos.

 

Estos tres problemas, que son los fundamentales de la filosofía, aparecen aquí en el orden psicológico, es decir, en el orden natural en que se presentan a la mente humana. En efecto, el problema de los fines es el primero que nos planteamos, porque en la vida, cuando chocamos con el dolor —que es lo más frecuente—, nos preguntamos para qué servirá todo esto, y si vale la pena de vivir. Más complejo es el segundo problema. Requiere reflexión y análisis, que sólo son posibles cuando hay madurez de espíritu. Ni el niño, ni el hombre común dudan de los datos de sus sentidos. Pero es el último problema, el del ser, el más difícil de todos y necesita una meditación mucho más profunda.

 

Sin embargo, desde el punto de vista lógico, estos tres problemas debieran invertir su orden. Primero, el problema ontológico (del ser); segundo, el problema del conocer, y tercero, el de los fines o de los valores. La filosofía no es otra cosa que el estudio de estos tres problemas fundamentales y la búsqueda afanosa de sus soluciones, que nunca son definitivas. El filósofo busca constantemente verdades nuevas, corrigiendo las que se creían verdades. Los problemas filosóficos son, en realidad, siempre los mismos y sólo varía el modo de plantearlos, según las épocas. No es verdadero filósofo el pensador que cree haber encontrado la solución de estos problemas eternos.

 

Estos tres problemas, cuando se refieren específicamente al hombre, dan nacimiento a otras tantas disciplinas. El problema ontológico, cuando trata de la naturaleza íntima del hombre, de su ser específico, da origen a la Psicología, que es la ciencia que investiga los fenómenos psíquicos o



 

 

 

 

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anímicos, sus caracteres, propiedades y leyes. El problema gnoseológico da origen a la Lógica, que trata del pensamiento humano, y el problema teleológico da origen a la Ética, que busca la finalidad de la vida humana y estudia las normas a que debemos ajustar nuestra conducta para lograr esos fines.

 

 

3. Disciplinas filosóficas

 

De los tres problemas fundamentales de la filosofía que acabamos de mencionar, derivan además otros problemas, algunos de los cuales tienen más contacto con la vida práctica del hombre y que no pueden ser resueltos sin haber sido estudiados previamente aquéllos. Así, por ejemplo, los conceptos del “bien” y del “mal”, de lo “bello” y de lo “feo”, surgen desde el comienzo de la vida individual y colectiva, porque ya tempranamente el espíritu humano se pregunta qué es lo “bueno!” y qué es lo “malo”, porque tiene que decidir su acción. Desde temprano comienza a valorar, es decir, a estimar y a apreciar ciertas cosas y ciertos actos más que otros. A veces en esta estimación confunde lo “bueno” y lo “malo” con lo “bello” y lo “feo”, identificando valores de distinto orden.

 

 

4. El problema ético

 

Se comprende que no es posible juzgar acerca del bien y del mal sin antes saber cuales son los fines que persiguen la humanidad y el universo entero en su constante “devenir”. Del problema teleológico, es decir, de los fines, y del axiológico, o sea de los valores, se desprenden dos disciplinas principales: la ética y la estética.

 

La ética, o moral, trata de dar normas para regir nuestra conducta distinguiendo el bien del mal, llamándose también por esto filosofía práctica. Pero la ética no sólo nos fija normas y señala fines para nuestra conducta, sino que también investiga los valores éticos, aspirando a darnos una teoría de ellos, estableciendo su orden jerárquico en una tabla de valores que tengan una “validez universal”. La ética es, así, una ciencia teórica y práctica a la vez, puesto que por una parte investiga los fines, los



 

 

 

 

 

 

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valores y los bienes, y por otra parte prescribe normas de conducta, lo que se debe hacer.

 

 

5. La ética material de los valores y la ética formal

 

La esencia de la ética consiste, pues, en la investigación de la naturaleza de lo moralmente bueno y de lo moralmente malo, y en la determinación de los principios y leyes a que debemos ajustar nuestra conducta para que sea universalmente válida, es decir, para todo el género humano. En una palabra, investiga los “bienes” y “valores” éticos a que debemos tender y realizar.

 

Aquí se presentan dos concepciones opuestas: la ética formal y la ética material de los valores. Para la ética formal o formalismo ético), cuyo fundador es Kant, una acción es moral cuando, haciendo abstracción de todo contenido concreto, uno obra siempre de igual manera en una situación idéntica, de acuerdo con la ley moral, que él llama imperativo categórico, porque no está sujeta a ninguna condición. El imperativo categórico es absoluto y de validez general.

 

Frente a esta concepción formalista se encuentra la ética material de los valores, que ve la esencia de la moral en los bienes, que consideramos como fines ideales que perseguimos, o como valores, objeto de estimación o aspiración. Representantes de esta concepción son los filósofos Max Scheler y Nicolai Hartmann.

 

Para Scheler, la ética se sustenta en la Filosofía de los valores de base emocional, siendo el sentimiento el órgano mediante el cual intuimos los valores. Estos valores, ordenados por él jerárquicamente en forma progresiva, son de cuatro especies: 1.º, los valores de lo agradable y de lo útil; 2.º, los valores vitales (el bienestar, la salud, etc.); 3.º, los valores espirituales (estéticos, de lo justo, de lo injusto, etc.), y 4.º, los valores de lo santo y de lo profano.

 

 

6. La ley moral y la conducta humana

 

En resumen, la ética trata de formular juicios acerca del comportamiento de la persona en relación con sus semejantes. Juzgamos la conducta humana de acuerdo con nuestra intuición de los valores, o bien de acuerdo con un valor al cual otorgamos el rango máximo en la escala de valores. De esto resulta que consideramos moral aquel acto por el cual se realiza el cumplimiento de los valores. Esta afirmación tiene validez tanto para el individuo como para la colectividad, porque tanto la persona aislada como un grupo social tratan de ajustar su conducta a la realización de un valor.

 

Es evidente, sin embargo, que ni el individuo ni una colectividad tienen una intuición clara de todas las esferas de valores. Sólo perciben algunos de dichos valores, de donde resulta una diversidad de ideales morales según la época, según los pueblos y según la clase social. En este hecho es posible que se encuentren la raíz y el fundamento del origen de los distintos sistemas morales. Así, se han distinguido sistemas “autoritarios” y sistemas “autónomos” de moralidad.

 

De acuerdo con la concepción autoritaria, la obligación moral deriva de las reglas, normas y prescripciones impuestas por una autoridad exterior. Esta autoridad puede ser Dios, la Iglesia o el Estado, considerados como valores máximos, a los cuales ha de ajustarse la conducta. -Según esta concepción algo es bueno cuando lo exige Dios, la Iglesia o el Estado.

 

La concepción autónoma estipula que la moral debe ser independiente y darse a sí misma sus leyes. Una acción volitiva sólo es moral cuando emana de una libertad interior y no está



 

 

 

 

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determinada por influencias exteriores ajenas a ella. Sólo existe una obligación moral cuando comprendemos y reconocemos por nosotros mismos los valores y normas ideales, y resolvemos ordenar la vida de acuerdo con ellos.

 

En el problema moral han surgido también otras cuestiones relativas a su origen. A este respecto hay asimismo dos tendencias opuestas, el “apriorismo” y el “empirismo”.

 

El apriorismo, llamado también nativismo, considera que la conciencia moral es una actividad innata y originaria en el hombre. La tendencia apriorística cree poder fundamentar la fuerza obligatoria de las normas éticas y la validez general de los juicios morales reduciéndolos a un conocimiento apriorista de los valores[1]. Kant es el representante típico de esta tendencia. La ley moral es, según él, por su exigencia absoluta, un hecho de la razón pura, y de ella tenemos conciencia a priori, es decir, independiente de la experiencia. Tiene una validez general y no necesita ninguna comprobación por la experiencia. Para Kant, el valor máximo es el deber, y hemos de regular nuestros actos de acuerdo con el deber. Un acto es moral cuando su máxima, es decir, cuando su fórmula, puede convertirse en ley universal, válida para todos los seres racionales, en cualquier circunstancia de tiempo y de lugar. En cada caso particular, antes de obrar, el hombre debe preguntarse ¿qué sería de la humanidad si “todos” los hombres obrasen como quiero obrar yo en este momento? Yo no debo robar, yo no debo matar, yo no debo mentir, porque se conmovería el orden de la sociedad si todos obrasen de este modo.

 

El empirismo, por el contrario, sostiene que las normas morales han surgido por la experiencia a raíz de la convivencia social. Se funda en el estudio comparativo de las costumbres de los distintos pueblos. Representantes de esta tendencia, en el siglo pasado, fueron los filósofos ingleses Stuart Mill y Herbert Spencer. Según esta tendencia, toda la conducta humana está adaptada a ciertos fines. Estos fines naturales son la conservación de la especie y la del individuo. De consiguiente, la formación de un Estado, dentro de una sociedad, permite a los individuos vivir y obrar en un acuerdo de propósitos. Es su finalidad ulterior. Por esto el criterio de lo “bueno” resulta ser un criterio social: es “bueno” todo aquello que sirve para lograr un fin de utilidad general (utilitarismo).

 

 

7. El individuo y la persona

 

Dejando de lado el problema del origen de nuestras nociones morales, lo único que cabe decir es que existen valores individuales y valores sociales. Los valores individuales sólo tienen sentido para el individuo considerado aisladamente. A esta categoría pertenecen la templanza, el dominio de sí mismo, la resignación, el sufrimiento. Los valores sociales, que son la mayoría, tienen sentido para el individuo en tanto que forma parte de un grupo, de una comunidad. La justicia, la lealtad, la abnegación, la consideración, la sinceridad, la honradez, sólo se entienden en la vida de comunidad. La verdadera conducta social consiste en el cumplimiento de estos valores, y es este cumplimiento lo que da a la personalidad humana el derecho de ocupar su rango como un ser eminentemente social.

 

No debe confundirse “persona” con ”individuo”. Toda persona es individuo pero no todo individuo es persona. El individuo se caracteriza por ser una unidad indivisible, una unidad vital, biológica. La “persona” es además de una unidad biológica, una individualidad consciente que posee, además, un “yo” que actúa como autor que se propone fines y normas. De esto resulta que el concepto de persona implica el concepto de individuo, pero con el agregado de la conciencia de sí mismo.



 

 

 

 

 

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8. La estética

 

Es la disciplina que se ocupa de lo bello, vale decir, de aquellos estados emocionales que provocan en nosotros las obras de arte o la naturaleza misma. Esta disciplina trata de penetrar en la esencia de los valores estéticos como lo bello, lo sublime, lo trágico, lo cómico, etc., buscando sus notas características. El filósofo de la estética se pregunta qué son estos valores estéticos y en qué relación están con los otros valores, de donde resulta que la estética es una parte de la teoría de los valores. Su fin primordial es llegar a concebir claramente la esencia del valor estético, porque sólo así podrá formular “normas” para juzgar y para producir obras de arte. En efecto, una vez determinada la esencia de lo bello, será posible juzgar los objetos, tanto reales como imaginarios, si son bellos y en qué grado lo son. La estética es, por lo tanto, como la ética, una disciplina teórica y práctica. Es teórica en tanto que investiga la esencia de los valores estéticos, y es práctica en tanto que fija normas para juzgar y para producir obras de arte.

 

 

9. El problema gnoseológico

 

La doctrina de la ciencia, o del saber, da nacimiento también a otras dos disciplinas: 1.º, la lógica, que se ocupa particularmente del conocimiento “formal”, es decir, de las leyes más generales del conocimiento, y 2.º, la teoría del conocimiento, que trata de los principios “materiales” del conocimiento humano, o sea, de la posibilidad, de la validez y de los límites del conocer. Mientras que la lógica aspira a darnos una teoría del pensamiento correcto y suministrarnos un criterio para distinguirlo del error, la teoría del conocimiento quiere darnos una teoría del pensamiento verdadero, porque busca la relación entre el pensamiento y el objeto de ese pensamiento. Se trata, pues, de dos ciencias que se completan mutuamente y por esta razón ambas partes pueden denominarse con un término único: “doctrina de la ciencia”[2].

 

10. El problema metafísico



 

 

 

 

 

 

 

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Del problema ontológico, del problema del “ser”, derivan las disciplinas de carácter metafísico. Son metafísicas porque sobrepasan los datos suministrados por la experiencia. Lo “metafísico” está más allá del conocimiento sensible, más allá de lo físico, concepto que concuerda con la etimología del vocablo[3].

 

Estas disciplinas constituyen la filosofía especulativa, porque sólo interviene en su tratamiento el ejercicio de la razón pura. Las ciencias especulativas son, pues, teóricas, oponiéndose así a las ciencias prácticas, experimentales o empíricas.

 

Con respecto a la pregunta acerca de cuál es la esencia del ser, se han dado, por los filósofos, varias soluciones en el curso de la historia. Una primera solución es la materialista. Esta doctrina estipula que todo cuanto existe puede reducirse, en último término, a la materia, o sea, a una sustancia corpórea. Es una doctrina monista, porque reduce todo lo existente a una sola sustancia. Una segunda doctrina es la espiritualista. Para esta doctrina todo lo que existe puede ser reducido en última instancia a una sustancia de naturaleza espiritual. Se trata también de una solución monista. Una tercera solución es de carácter dualista. Sostiene que el ser es de una esencia doble: una parte de lo existente, es decir, del ser, puede reducirse a materia y otra parte del ser puede reducirse a algo espiritual. Una cuarta solución es de carácter pluralista. Según esta última tendencia el ser puede ser de diversa naturaleza y por consiguiente puede consistir en diversas esencias.

 

 

11. Dios y el origen del ser

 

En cuanto a la pregunta acerca del origen del ser, vale decir, de dónde proviene el ser, se han dado asimismo diversas soluciones: La primera afirma que todo cuanto existe ha sido creado por una fuerza suprema y omnipotente que es Dios, quien lo ha sacado de la nada. La segunda doctrina afirma que antes de existir el ser ordenado había algo como un caos material en constante movimiento y que Dios organizó esa materia caótica. Una tercera doctrina, dada ya en la antigüedad por el filósofo griego Demócrito, explica el origen de todo lo existente por la unión de partículas muy pequeñas, los átomos, animados de movimiento giratorio, que no permite su separación. Es la teoría atomista.

También son dos las disciplinas metafísicas: una busca la esencia de la naturaleza y la otra investiga la esencia del espíritu, dando lugar así a una metafísica de la naturaleza y a una metafísica del espíritu, respectivamente.

 

1.º La metafísica de la naturaleza aspira a darnos una concepción ordenada del mundo y de la vida, para cuyo fin utiliza los materiales que le aportan las ciencias particulares de la naturaleza: la física, la química, la geología y las disciplinas biológicas. Trata de los problemas del espacio, del tiempo, de la materia, de la energía, en cuanto al mundo inorgánico, y



 

 

 

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de la esencia de los organismos, en cuanto al mundo de lo orgánico. Los fenómenos vítales ¿pueden explicarse por leyes mecánicas o hay, por el contrario, un principio especial, un principio vital que condiciona la vida y por lo tanto hay en todo organismo algo más que los factores fisicoquímicos? Aquí se enfrentan, pues, dos teorías acerca de la vida: el mecanicismo y el vitalismo.

 

2.º La metafísica del espíritu trata de dar una síntesis de los resultados metafísicos de las ciencias del espíritu: la psicología, la ética, la estética, la historia y la filosofía de la religión, le proporcionan los materiales más importantes. Aquí también surgen diferentes doctrinas. Para el materialismo, lo psíquico es una sustancia material, de cierta especie corpórea, que se produce en el cerebro y que deja de existir una vez que el cerebro ha dejado de funcionar. Frente al materialismo está el espiritualismo, que supone la existencia de una sustancia especial anímica, distinta de la materia. Esta última doctrina es dualista, porque supone dos sustancias: una material y otra espiritual.

 

Podemos resumir las diferentes disciplinas filosóficas en el siguiente cuadro:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

12. Posición de la teoría del conocimiento en el sistema de la filosofía

 

Después de todas estas consideraciones respecto de las diferentes disciplinas filosóficas, se ve que la teoría del conocimiento ocupa un lugar especial. Tanto es así que para algunos pensadores actuales toda la



 

 

 

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filosofía debe reducirse a la teoría del conocimiento, después que muchas disciplinas $e desprendieron del tronco común de la filosofía y llegaron a su independencia total. El fundamento de esta doctrina reposa en el hecho de que la teoría del conocimiento aspira a darnos la base de todos los conocimientos, estudiando previamente la capacidad y los límites del instrumento cognoscitivo, es decir, del espíritu humano.

 

En efecto, si definimos la filosofía como la “ciencia que aspira a darnos una concepción del mundo, de la vida y del espíritu, mediante la reflexión del espíritu sobre sí mismo en su función teórica y práctica”, la posición de la teoría del conocimiento aparece clara y se justifica, en cierto modo, su posición central. La teoría del conocimiento resulta ser una parte de la teoría de la ciencia, aquella parte que se ocupa de los “principios materiales” del conocer, porque trata del pensamiento en su relación con el objeto, siendo en realidad una teoría del pensamiento verdadero.

 

 

13. Los métodos de la filosofía

 

Se ha discutido, y aún sigue discutiéndose, la cuestión relativa a los métodos de la filosofía. Esta cuestión puede formularse en la siguiente pregunta: ¿existe un método propio de la filosofía?

 

A esta pregunta se puede responder en forma negativa y en forma afirmativa, según la dirección filosófica que se adopta para encarar este problema.

 

Los que niegan la existencia de un método propiamente filosófico se basan en el hecho de que las diversas disciplinas aplican otros tantos diversos métodos, propios de las ciencias del espíritu.

 

Pero como la filosofía tiene también íntimas relaciones con la matemática y con las ciencias de la naturaleza, debe asimismo utilizar los métodos de estas disciplinas, con lo cual queda excluido un método peculiar filosófico.

 

Por su parte, los que afirman la existencia de un método filosófico específico pueden clasificarse en dos categorías: 1.º Los empiristas, que se basan en el hecho de que la filosofía admite los métodos inductivos, propios de las ciencias experimentales o empíricas, puesto que en la Teoría General del Conocimiento o Gnoseología que para ellos es el núcleo central de la filosofía, se aplica este método partiendo de los hechos de la observación. 2.º La segunda categoría, que puede llamarse racionalista, admite como método filosófico por excelencia el deductivo, racionalista, discursivo y dialéctico, que consiste en ir fijando, por aproximación, ciertas tesis que luego son discutidas, contradichas y sustituidas por otras nuevas hasta lograr el conocimiento de algo. Se trata de un proceso discursivo, de una encadenación de razonamientos en que intervienen el análisis y la síntesis: el análisis, para encontrar las notas esenciales de un concepto, y la síntesis para unificar esas notas, gracias a las relaciones descubiertas entre ellas.

 

Este método puede revestir principalmente las dos formas siguientes:

 

a) El antitético, propio de la especulación de los filósofos antiguos, especialmente los eleáticos, quienes postulan que a todo concepto se opone su contrario, sin que haya necesidad de recurrir a la experiencia para comprobarlo.



 

 

 

 

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b)  El ontológico, que busca en la constitución de los conceptos mismos los caracteres que aseguren su necesidad y existencia. Ejemplo típico es la prueba ontológica de Dios, de Descartes.

Con el auge de la doctrina de la intuición fenomenológica de Husserl, y del intuicionismo de Bergson, no son pocos los que preconizan un nuevo método genuinamente filosófico: la intuición.

Aloys Müller, por ejemplo, afirma enfáticamente que sólo existen dos métodos de la filosofía: el fenomenológico y el deductivo. El método fenomenológico es la intuición no sensible, la aprehensión directa e inmediata de algo, que no puede ser demostrada. Es la apropiación simple de algo por la conciencia, que tiene mucho de instintivo, de afectivo y de místico, como se desprende del pasaje que trascribimos textualmente: “El método demanda el puro estar entregado al objeto. Es necesario tener la energía de dejar que se hunda todo lo que se ha aprendido, de rechazar lo que ya se sabe, y en cierto modo comparecer ante el objeto in statu naturae purae. En otro caso no se ve lo dado como es, sino como, se cree saber que es[4]”. Esto, que parece novedoso, no es otra cosa que el viejo precepto de la objetividad en la observación científica, envuelto en un manto de misticismo.

El intuicionismo, en sus diversas formas, que algunos autores como Brightman denominan método romántico, ha merecido muy severas críticas, por estar en contradicción con la inducción y la deducción que son los métodos científicos por excelencia. Mas aún: el intuicionismo está en contradicción con la filosofía misma, que consiste en un arduo sistema de ideas elaborado por la razón en la forma más rigurosa. No es lógico, por esto, fundar la filosofía sobre el instinto y el sentimiento exclusivamente. Además, resulta incongruente la actitud de los mismos intuicionistas que atacan a la razón y defienden su posición mediante conceptos y razonamientos. Es realmente contradictorio defender el irracionalismo con procedimientos racionalistas.

 

El segundo método señalado por Müller es la inferencia deductiva, o sea la deducción, pero nunca la inferencia inductiva. La filosofía y la inducción, afirma rotundamente sin demostrarlo, residen en esferas distintas. Ahora bien, si consideramos a la filosofía como una ciencia que aspira a darnos una concepción global del mundo y de la vida, y que como tal continúa la labor comenzada por las ciencias particulares, necesita como instrumento de investigación los métodos utilizados por cada una de las ciencias particulares, y entre ellos también el método inductivo.

 

Son significativas, a este respecto, las palabras del gran hombre de ciencia y filósofo Karl Jaspers: “Prefiero llamar a la filosofía, dice, filosofía de la razón, pues me parece urgente insistir en esa antiquísima esencia de la filosofía. Si se extravía la razón, se extravía la filosofía misma. La tarea de la filosofía fue, desde un comienzo, y sigue siéndolo, alcanzar la razón, restaurarse como razón, y por cierto como razón auténtica…[5]”.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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GREGORIO FINGERMANN (Domínguez, Provincia de Entre Ríos, Argentina, mayo 1 de 1890 - Buenos Aires, Argentina, noviembre 29 de 1977). Fue un filósofo y psicólogo argentino. Se desempeñó como Adjunto en el Instituto de Orientación Profesional desde su creación en 1925 hasta que, por la renuncia de su director, Carlos Jesinghaus en 1934, ocupó el cargo de Director. En 1938, según el propio Fingerman, en el Instituto de Orientación Profesional “se efectúa un examen completo del candidato desde el punto de vista físico, manual y psicológico. Se trata de 22 pruebas bien eslabonadas y que se controlan unas a otras. Constituyen 5 grupos de pruebas: 1º Examen de los sentidos; 2.º Examen de la capacidad física, 3.º Examen de la habilidad manual; 4º Examen de la inteligencia práctica, 5.º Examen de la inteligencia abstracta y de conocimientos”. En 1945 aparece publicado el artículo titulado “La orientación profesional y sus fundamentos científicos” que constituye el único escrito de Gregorio Fingerman en el Boletín de la Sociedad de Psicología. Concibió a la Orientación Profesional como una de las actividades fundamentales de la psicotecnia, la cual puede definirse como una rama aplicada de la Psicología que se ocupa de la medición y evaluación de las aptitudes humanas.



 

 

 

 

 

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Obras: Psicotécnica y orientación profesional, 1924; Estudios de psicología y de estética, 1926; Lecciones de psicología, 1936; Lecciones de lógica [y teoría del conocimiento], 1938; Temas actuales de Psicología Normal y Patológica, 1945; Lecciones de Psicología Aplicada, 1946; Lecciones de Metafísica y Ética, 1950; Fundamentos de Psicotecnica, 1954; Conducción de grupos y de masas, 1969; Relaciones humanas, 1973; Psicología pedagógica e infantil, 1976; Relaciones humanas, 1979; Las teorías del juego, 2000.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Notas

 

 

 

 

Capítulo 1

 

 

 

[1]  A. Pfänder, Lógica, trad. esp. de J. Pérez Bances. Rev. de Occ. Madrid, 1928, cap. I. <<

 

[2]    A. Müller, Introducción a la Filosofía, trad. de J. Gaos, Rev. de Occidente. Madrid, 1931, pág. 61. <<

 

[3]  Külpe, Introducción a la Filosofía. Poblet. Madrid, 1931, p. 66. <<

 

[4]  Masci, Lógica, t. I, cap. I. <<

 

[5]   Port-Royal, Logique ou l’Art de Penser, August Delalain. París, 1830. En esta edición, que tenemos a la vista, la “Lógica” viene precedida de una “Gramática General y Razonada”. Port-Royal era una abadía que se hizo famosa en el siglo XVII por haber hecho allí vida de retiro y de estudio un grupo de sabios y de moralistas, entre ellos Pascal. La “Lógica”, inspirada en el método cartesiano, apareció en 1663, escrita en colaboración por Antoine Arnauld y Pierre Nicole. <<

 

[6]  Grau, Lógica, edic. Labor, p. 15. <<

 

[7]  E. Husserl, Investigaciones Lógicas, trad. esp. de Morente y Gaos. Rev. de Occ. Madrid, 1929, t. I, ps. 55 y sig. <<

 

[8]    Lipps, Elementos de Lógica, trad. esp. de Ovejero y Maury, Jorro. Madrid, 1925, p. 6. <<

 

Capítulo 2



 

 

 

 

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[1]  H. Siebeck, Aristóteles, ed. Rev. de Occ. Madrid, 1930, p. 181. <<

 

[2]  O. Külpe, ob. cit., p. 64. <<

 

[3]     Bertrand Russell, Problemas de Filosofía, ed. Labor, ps. 48 y siguientes. <<

 

[4]  B. Croce, Lógica, trad. esp., p. 41. <<

 

[5]    Rudolf Carnap, L’ancienne et la nouvelle Logique, Hermann et Cié. Ed. París, 1933. Véase también el trabajo de Padoa sobre la obra de Peano en las Actas del Cong. Int. de Fil. Científ. París, 1936. Fasc. VIII. <<

 

[6]  A. Padoa, Ce que la Logique doit à Peano. Act. Cong. Vol. VIII. París, 1936. Hermann. <<

 

[7]    Carlos Menger, Crisis y Reconstrucción de las ciencias exactas, La Nueva Lógica, Bib. de la Univ. de la Plata, 1936, p. 196. <<

 

[8]    Ver Alfred Stern, Le cercle de Vienne et la doctrine neopositiviste. “Thalés”. T. II,. Recueil annuel des travaux et Bibliographie. Alcan, Paris, 1936. <<

 

[9]   M. Heidegger, ¿Qué es la metafísica? Revista “Sur”, núm. 5, año II, B. Aires, 1932. <<

 

[10]  Rudolf Carnap, Fundamentos lógicos de la física, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1969. <<

 

Capítulo 3

 

 

 

[1]  Ch. Sigwart, Logik. Tübingen, 1924. T. I, p. 205. <<

 

[2]  Pfänder, Lógica, p. 267. <<

 

 

 

 

 

 

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[3]  E. Meyerson, Identité et réalité, p. 43. <<

 

[4]  Pfänder, Lógica, p. 225. <<

 

[5]  E. Husserl, Investigaciones Lógicas t. I, ps. 95-97. <<

 

[6]  Bertrand Russell, ob. cit., p. 105. <<

 

 

Capítulo 4

 

 

 

[1]  Véanse nuestras Lecciones de Psicología, cap. XV. <<

 

[2]  Grau, Lógica, p. 35. <<

 

[3]  Pfänder, ob. cit., p. 157. <<

 

[4]   James H. Hyslop, The elements of Logic. New York, 1907, p. 73. <<

 

[5]  Pfänder, ob. cit., p. 184. <<

 

 

Capítulo 5

 

 

 

[1]  Ver nuestras L ecciones de Psicología, cap. XV. <<

 

[2]  Pfänder, ob. cit., p. 49. <<

 

[3]  James H. Hyslop, Elements of Logic, p. 266 <<

 

 

Capítulo 6

 

 

 

[1]      “Le meilleur moyen pour éviter la confusion des mots qui se rencontrent dans les langues ordinaires, est de faire une nouvelle langue et de nouveaux mots qui ne soient attachés qu’aux idées que nous voulons qu’ils représentent; mais pour cela, il n’est pas nécessaire de faire de nouveaux sons, parce qu’on peut se servir de ceux qui sont déjà en usage,



 

 

 

 

Página 266



 

en les regardant comme s’ils n’avaint aucune signification, pour leur donner celle que nous voulons qu’ils aient, en désignant par d’autres mots singles, et qui ne soient point équivoques, l’idée à laquelle nous voulons les appliquer”. Logique de Port-Royal. Ed. Delalain, Paris, 1830, cap. XII, p. 260. <<

 

[2]   E. Goblot, Lógica, trad. esp. de E. Ovejero y Maury, Poblet. Madrid, 1929, p. 128. <<

 

[3]   Port-Royal, Logique, edición Delalain, París, 1830, cap. VII, p. 230. <<

 

 

Capítulo 7

 

 

 

[1]  Ver nuestras Lecciones de Psicología, cap. XV. <<

 

[2]  W. Stanley Jevons, Nociones de Lógica, ed. Appleton. N. York. <<

 

 

Capítulo 8

 

 

 

[1]  Port-Royal, Lógica, cap. X. <<

 

 

Capítulo 9

 

 

 

[1]  Masci, ob. cit., t. II, cap. VII. <<

 

[2]  Stuart Mill, Lógica, lib. IV, cap. V. <<

 

[3]  Masci, ob. cit., t. II, cap. VII. <<

 

 

Capítulo 10

 

 

 

[1] A. Müller, Introd. a la Fil., p. 82. <<



 

 

 

 

 

 

 

Página 267



 

[2]    J. Hessen, Teoría del conocimiento, ed. Rev. de Occidente, Madrid, 1930, p. 61. <<

 

Capítulo 11

 

 

 

[1]  J. Hessen, ob. cit., p. 107. <<

 

[2]   Acerca de este punto véase el interesante trabajo de Augusto Messer, El realismo crítico. Ed. Rev. de Occidente, Madrid 1927, capítulo III. <<

 

[3]  Hessen, ob. cit., 1 22. <<

 

[4]  Augusto Messer, Filosofía y Educación. Madrid, 1934, ps. 70-71. <<

 

 

Capítulo 12

 

 

 

[1]  Hessen, lib. cit., p. 180. <<

 

 

Capítulo 13

 

 

 

[1]   E. Goblot, Le Système des Sciences. Armand Colín, París, 1922, p. 212.

 

<<

 

[2]   H. Poincaré, La valeur de la Science, París, Flammarion, p. 279. <<

 

 

Capítulo 14

 

 

 

[1]  Augusto Messer, Filosofía y Educación, Ed. Rev. de Pedagogía Madrid 1934, p. 19. <<

 

[2]    Wundt, Introducción a la Filosofía, trad. esp. de Eloy Luis André. Madrid, 1912, t. I. <<

 

[3]   Wundt, Sistema de Filosofía, trad, esp., Madrid, 1913, t. 11, p. 212. <<



 

 

 

 

Página 268



 

[4]   E. Rickert, Ciencia Cultural y Ciencia Natural, trad. esp. de Manuel G. Morente. Madrid, 1922, p. 59. <<

 

Capítulo 15

 

 

 

[1]  H. Hoeffding, Historia de la Filosofía Moderna, t. I, p. 183. <<

 

[2]  Descartes, Discurso del Método, parte 2.ª. <<

 

 

Capítulo 16

 

 

 

[1]  P. Malapert, Leçons de Philosophie, t. II, p. 322. <<

 

[2]  H. Poincaré, La Science et l’Hypothèse, ps. 10-11. <<

 

[3]  Malapert, ob. cit., p. 325. <<

 

 

Capítulo 17

 

 

 

[1]  H. Rickert, Ciencia Natural y Ciencia Cultural, cap. IV. <<

 

[2]  Kant, Prolegómenos, segunda parte, parágrafo XIV. <<

 

[3]  R. Lehmann, Introducción a la Filosofía, p. 97. <<

 

[4]  Crítica de la Razón Pura, Axioma de la intuición. <<

 

 

Capítulo 18

 

 

 

[1]   Delage et Goldsmith, Les Théories de l’Evolution, Flammarion. París, 1911, cap. XX. <<

 

Capítulo 19



 

 

 

 

 

 

Página 269



 

[1]    Alfred Stern, La Philosophie des Valeurs. Herrhann. París, 1936, cap. VIl. <<

 

[2]    H. Rickert, Ciencia cultural Ciencia natural, trad. esp. de Manuel G. Morente, Calpe. Madrid, 1922, p. 40. <<

 

[3]   En realidad no se trata de un método, «sino más bien de un punto de vista para la interpretación de los fenómenos espirituales. <<

 

Capítulo 20

 

[1]  Külpe, Introducción a la Filosofía, trad. esp., pág. 347. <<

 

[2]  Külpe, Introducción a la Filosofía, trad. esp., pág. 45. <<

 

[3]     La denominación de “metafísica” aplicada a estos problemas es puramente accidental. Cuando Andrónico de Rodas ordenó las obras de Aristóteles, puso primero sus obras acerca de la naturaleza (física), y después las obras filosóficas, por cuya razón se llamaron “metafísicas” (de meta = más allá y ta física = de la física). <<

 

[4]  Aloys Müller, Introducción a la Filosofía, Madrid, 1931, ps. 19-21. <<

 

[5]    Karl Jaspers, La razón y sus enemigos en nuestro tiempo, Buenos Aires, 1953, p. 69. <<



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Índice de contenido

 

 

 

Advertencia de la 1.ª edición

 

Advertencia de la 28.ª edición

 

Capítulo 1. Objeto de la lógica

 

1. El pensamiento como objeto de la lógica

 

2.  Contenido y forma de los pensamientos. Diferencias

 

3. La lógica como ciencia formal

 

4. La lógica como disciplina normativa

 

5 Lógica y psicología. Diferencias

 

6. El psicologismo

 

7. La fenomenología

 

8. División de la lógica

 

9. Definición de la lógica

 

Capítulo 2. Diversas concepciones de la lógica

 

1. La concepción aristotélica

 

2. La concepción baconiana

 

3. La concepción empirista

 

4. La concepción idealista

 

5. El concepto puro. Croce

 

6. La logística

 

7 . El Círculo Vienés (Wiener Kreis).

 

Capítulo 3. Los principios lógicos

 

1. Coherencia y derivación de los pensamientos

 

2. Principios y axiomas lógicos

 

3. Principio de identidad

 

4. Principio de contradicción

 

5. Principio del tercero excluido

 

6. Principio de razón suficiente

 

7. Discusión y críticas antiguas y actuales

 

Capítulo 4. El concepto

 

1. La simple aprehensión

 

2. Doctrina psicológica del concepto

 

3. Lógica del concepto

 

4. Naturaleza y función del concepto

 

5. Caracteres de los conceptos

 

6. Clases de conceptos

 

7. Extensión y comprensión de los conceptos

 

8. Conceptos particulares y universales



 

 

 

 

Página 271



9. La división lógica y la definición como desarrollo del concepto

 

10. La expresión del concepto: los términos

 

11.Las categorías

 

12.  Sobre la naturaleza de las ideas: Nominalismo. Realismo. Conceptualismo

 

Capítulo 5. El juicio

 

1. La doctrina psicológica del juicio

 

2. Teoría analítica del juicio

 

3. Lógica del juicio. Estructura del juicio

 

4. Naturaleza de la relación en el juicio

 

5. El juicio y su contenido objetivo

 

6. Clasificación de los juicios

 

7. Juicios analíticos y sintéticos

 

8. Juicios de experiencia. Juicios de razonamiento

 

9. Juicios de existencia y juicios de valor

 

10. Operaciones lógicas

 

11.La expresión del juicio: La proposición

 

12. Análisis de las proposiciones

 

13. Las proposiciones impersonales

 

14. Teoría de la cuantificación del predicado

 

15. Clasificación de las proposiciones

 

Capítulo 6. La definición

 

1. Concepto de la definición

 

2. Definiciones verbales, conceptuales y reales

 

3. Otras clases de definiciones

 

4. Las nociones indefinibles

 

5. Los predicables y la definición

 

6. Normas prácticas

 

Capítulo 7. El razonamiento

 

1. El razonamiento desde el punto de vista psicológico

 

2. La doctrina del razonamiento

 

3. Estructura y características del razonamiento

 

4.  Las dos formas de conclusiones: inferencias inmediatas e inferencias mediatas

 

5. Formas de razonamiento

 

6. La deducción

 

7. La inducción

 

8. La inducción aristotélica y la inducción baconiana

 

9. La analogía

 

10. La expresión del razonamiento

 

Capítulo 8. El silogismo

 

El silogismo como inferencia mediata

 

2. Elementos del silogismo

 

3. Reglas del silogismo

 

4. Figuras del silogismo



 

 

 

 

Página 272



5. Modos del Silogismo

 

6. Principios del silogismo

 

7. Variedades del silogismo

 

8. Silogismos hipotéticos y silogismos disyuntivos

 

9. El dilema

 

10. La crítica del silogismo

 

Capítulo 9. Los sofismas

 

1. Necesidad de conocer los sofismas

 

2. Clasificación de los sofismas

 

3. Sofismas verbales

 

4. Sofismas de pensamiento o sofismas propiamente dichos

 

5. Remedios del error

 

Capítulo 10. Teoría del conocimiento.

 

1. El fenómeno del conocimiento

 

2. Proceso intuitivo y proceso discursivo

 

3. Los problemas del conocimiento

 

4. Posibilidad del conocimiento

 

Capítulo 11. Teoría del conocimiento (Continuación)

 

1. El origen del conocimiento

 

2. La esencia del conocimiento

 

3. Formas del conocimiento

 

4. Trascendencia del conocimiento

 

Capítulo 12. La verdad

 

1. El problema de la verdad

 

2. Grados de asentimiento

 

3. La certeza

 

4. La duda

 

5. La opinión

 

6. La probabilidad

 

7. El cálculo de probabilidades

 

8. Criterios de la verdad

 

9. Discusión

 

Capítulo 13. El saber científico

 

1. Conocimiento vulgar y conocimiento científico

 

2. Conocimiento filosófico. Sus caracteres

 

3. La ciencia como sistema de conocimientos

 

4. El valor de la ciencia

 

Capítulo 14. Clasificación de las ciencias

 

1. Los objetos de las ciencias. Teoría del objeto (Meinong)

 

2. Formas del conocimiento científico: matemáticas, ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu

 

3. La clasificación de las ciencias. Sentido filosófico de este problema

 

4. Examen de algunas de las clasificaciones clásicas



 

 

 

Página 273



Capítulo 15. Del método

 

1. Idea del método

 

2. Desarrollo del método científico

 

3. Galileo

 

4. Descartes

 

5. Bacon

 

6. Análisis y síntesis. Diferencias

 

7. Análisis de los matemáticos

 

Capítulo 16. Lógica matemática

 

1. Objeto de la matemática

 

2. La demostración matemática. Su naturaleza peculiar

 

3. Elementos de la demostración

 

4. Sobre el origen de las nociones matemáticas

 

5.  Procedimientos analíticos y procedimientos sintéticos. La reducción al absurdo

 

Capítulo 17. Lógica de las ciencias de la naturaleza

 

1. Concepto de naturaleza. Naturaleza y cultura

 

2. Noción de causa y de ley

 

3. La experiencia

 

4. La observación y el experimento

 

5. Los cuatro métodos experimentales de Stuart Mill

 

6. La clasificación natural

 

Capítulo 18. Las leyes naturales

 

1. La hipótesis

 

2. Hipótesis especiales e hipótesis generales

 

3. Las hipótesis generales

 

4. Ejemplos de hipótesis generales

 

5. Las leyes naturales. Sus caracteres

 

6. Leyes causales y leyes de coexistencia

 

7. Ley estadística

 

8. Valor de las leyes científicas

 

9. El determinismo

 

Capítulo 19. Las ciencias del espíritu

 

1. Concepto de espíritu

 

2. Formas de la actividad espiritual

 

3. Método específico: predominio de lo individual y método de comprensión

 

4. La psicología y las ciencias histórico-sociales como ciencias de la realidad

 

5. Las ciencias históricas

 

6. El método histórico. La crítica histórica

 

7. Concepciones de la historia

 

8. La sociología. Los hechos sociales

 

9. El método de la sociología

 

Capítulo 20. La filosofía y sus problemas




1. Concepto de la filosofía

 

2. Problemas de la filosofía

 

3. Disciplinas filosóficas

 

4. El problema ético

 

5. La ética material de los valores y la ética formal

 

6. La ley moral y la conducta humana

 

7. El individuo y la persona

 

8. La estética

 

9. El problema gnoseológico

 

10. El problema metafísico

 

11.Dios y el origen del ser

 

12.  Posición de la teoría del conocimiento en el sistema de la filosofía

 

13. Los métodos de la filosofía

 

Sobre el autor





FIN

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