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Libro N° 14525. Gente De Orden. Segura, Cristian.


© Libro N° 14525. Gente De Orden. Segura, Cristian. Emancipación. Noviembre 22 de 2025

 

Título Original: © Gente De Orden. Cristian Segura

 

Versión Original: © Gente De Orden. Cristian Segura

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

GENTE DE ORDEN

Cristian Segura


 

 

 

Gente De Orden

Cristian Segura

 

 

 


 

 

 

 

 

«El mundo del que vengo se está extinguiendo. El universo no se tambaleará cuando deje de existir; de hecho, algunos incluso lo celebrarán. En algún momento del pasado yo también lo habría celebrado, pero es donde nací y es normal que esté de luto. A pesar de que sus habitantes pueden ser gente arrogante, hoy sobre todo dan lástima, como los indígenas que venden baratijas a los turistas. Este mundo es hoy un reducto y parodia del pasado que ni siquiera se rebela por sobrevivir».

 

A medio camino entre el ensayo, las memorias y una crónica periodística, Cristian Segura escribe un libro adictivo y sincero que ha recibido elogios unánimes. Gente de orden es un retrato de las élites de Barcelona, una sociedad en transformación debido a la globalización, a la consolidación del Estado del bienestar y también a la hegemonía del nacionalismo catalán.

 

Las élites no desaparecen, se transforman, y Barcelona es el paradigma.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cristian Segura

 

Gente de orden

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 24-06-2025

 

 

Título original: Gent d’ordre

 

Cristian Segura, 2022

 

Imagen de portada: Duró, 2021

 

Fotografía: Wilhelm Gunkel/Unsplash

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r2.1



 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

Avenida de la Victoria

 

 

 

 

El mundo del que vengo se está extinguiendo. El universo no se tambaleará cuando deje de existir; de hecho, algunos incluso lo celebrarán. En algún momento del pasado yo también lo habría celebrado, pero es donde nací y es normal que esté de luto. A pesar de que sus habitantes pueden ser gente arrogante, hoy sobre todo dan lástima, como los indígenas que venden baratijas a los turistas. Este mundo es hoy un reducto y parodia del pasado que ni siquiera se rebela por sobrevivir.

 

Es un mundo pequeño, es una realidad más comprobable mental que físicamente. Sus fronteras son más sociológicas que geográficas. Si la tuviéramos que delimitar físicamente, estableceríamos sus límites meridionales en el Real Club de Polo, Sant Gervasi al norte, Gal·la Placídia al este y el Tibidabo al oeste. Más allá están sus colonias del Maresme, el Empordà, el Vallès y el Pirineo. Hablo de la zona alta de Barcelona, lo que un día, jugando, bautizamos como Upper Diagonal.

 

Ahora hay un hotel que se llama Upper Diagonal, en el paseo de Manuel Girona, junto a San Odón, la iglesia donde mosén Perales, conocido como Fittipaldi, ha celebrado durante años sus míticas misas de veinticinco minutos, las más cortas de los domingos para la alta burguesía barcelonesa. Cortas y eficaces; cliente satisfecho, cepillo lleno. Si el catolicismo pierde fieles al por mayor en Europa, en este reducto de Barcelona todavía conserva una presencia envidiable. En San Odón, los domingos, y cada día de la semana en la vecina iglesia de Santa Gema, una multitud asiste a las ceremonias, todas en castellano menos una en catalán los domingos. Durante los oficios del domingo hay jóvenes de camisa bien planchada y chicas monas de Instagram esperando pacientemente en los bancos para que quede libre alguno de los cuatro modernos confesionarios de Santa Gema.

 

Manuel Girona era un banquero; parte de sus antiguos condominios, en el barrio de Pedralbes, hospedan el supercomputador de la Universidad Politécnica de Cataluña. Este ordenador se ubica en la calle de Jordi Girona, que era el bisnieto del banquero. Jordi Girona era monárquico y amigo de Primo de Rivera; murió en 1936 intentando sublevar Barcelona contra la República. En la avenida de Pedralbes, exactamente entre los dos Girona, en el número 22, mantienen un rótulo de hierro con el antiguo nombre de la calle: Avenida de la Victoria [victoria de las tropas franquistas en 1939]. El bloque de pisos se llama Edificio Victoria. En 2015 escribí un artículo informando sobre el rótulo; el administrador de la finca me aseguró que no se habían dado cuenta de que seguía allí. A mí me gusta pensar que lo mantienen en un gesto punk reaccionario.

 

Cuando yo era pequeño, mi padre me llevaba al Real Club de Polo en coche por Manuel Girona. Eran los sábados y los domingos por la mañana, no había tráfico. La esquina con la avenida de Pedralbes era uno de mis puntos favoritos de aquel pequeño territorio nuestro. Las antiguas cuadras de los Güell, diseñadas por Antoni Gaudí, son un escenario mágico de piedra que reproduce el jardín de las Hespérides. Hay un portalón de hierro en forma de dragón, la bestia que custodia las manzanas de oro, codiciadas por Hércules. En la década de los ochenta aquello era un espacio prácticamente abandonado e incomprensible para mí. También estaba el gitano del semáforo frente al Edificio Victoria, que me llamaba más la atención que las Hespérides, por su cortesía y al mismo tiempo por una mirada desafiante cuando pedía limosna que le resultaba sumamente efectiva. Mi padre me dice que todavía se le puede encontrar allí, y que es tan echao palante como antes, o incluso más.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Camisas

 

 

 

 

Si atendemos al actual relato oficial, prácticamente todo el mundo era antifranquista en Cataluña: los únicos afines a la dictadura eran un puñado de familias importantes del país. Pero la familia pequeñoburguesa y franquista de la novela Pa negre era real, los barceloneses que salieron a la calle en enero de 1939 a dar la bienvenida a las tropas nacionales también eran reales. Los alcaldes de Convergència que habían sido alcaldes durante el franquismo también son reales. Hoy, franquistas catalanes solo quedan algunos nombres selectos y fácilmente identificables para ser vilipendiados, sobre todo Juan Antonio Samaranch.

 

Ni siquiera en la zona alta de Barcelona, en los barrios de la gente pudiente, quedan «franquistas pragmáticos». No se trata de franquistas militantes, gente que desfile por el paseo de la Bonanova con la camisa azul y que vote a Vox; me refiero a personas diestras en la connivencia y que aprecian el orden, el inmovilismo, la estabilidad de su negocio. Estos eran la gente de orden. La gente de orden en la Barcelona del siglo XXI se ha convertido en una reserva de indios navajos. Quedan pocos y viven de espaldas a una nueva era. Estos son para mí los más coherentes: si les ha ido más que bien durante generaciones con las mismas ideas, ¿por qué deberían cambiar ahora?

 

Pero la mayoría sí ha cambiado, y muy rápido. Han querido adaptarse a toda prisa a una nueva época, sin tiempo suficiente para realizar una transición normal. Gracias a ello surgen actitudes tan interesantes como este testimonio de Antoni Vila Casas. Empresario farmacéutico de éxito, filántropo del arte como pocos en Cataluña, Vila Casas es un hombre de orden que se ha hecho independentista a pesar de las contradicciones que ello puede suponer para él. Muchas de las personas que han salido de la reserva para incorporarse a la vida moderna no pueden ocultar su condición de gente de orden. He aquí el ejemplo de Vila Casas, según el libro entrevista autobiográfico El que pensin de mi no m’interessa gens: «Cuando terminó la guerra, casi todo el mundo era franquista. En los cines paraban en el descanso



 

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para poner el himno y todo el mundo levantaba el brazo. Durante la guerra se habían hecho muchos disparates y, cuando terminó, mucha gente valoraba el orden y la paz. A mí me ha gustado siempre el orden. El franquismo era un régimen detestable, pero los que no nos metimos en líos pudimos prosperar. Yo pude hacer el bachillerato, la carrera, las milicias, puse una farmacia, monté un laboratorio… y hasta hoy. No sé si Franco trataba a Cataluña tan mal como nos tratan ahora. Era un dictador y que quede claro que no le exculpo de nada, pero tenía cierto respeto por Cataluña porque sabía que sacaba provecho de ella. Entiendo, sin embargo, que la gente no quiera tener ningún recuerdo».

 

El cacao mental que hay que tener para plantear que el franquismo respetaba más a Cataluña que la España actual solo puede ser consecuencia de los malabarismos que muchos han tenido que improvisar para no perder el tren de la independencia. Ello provoca conflictos puntuales entre la gente de orden que sigue en la reserva y los que han cambiado diligentemente de camisa. Lo de las camisas no es un decir; Vila Casas lo explica así: «Con mis amigos no puedo hablar de este tema. Ahora votan a Ciudadanos, porque les da vergüenza votar al PP. Les da miedo la independencia porque hoy todavía se ganan la vida como empresarios. Pero no tienen en cuenta que los mercados cambian, y que si seguimos en España estarán cada vez peor. Deberían pensar en sus hijos. Hay muchos catalanes que son españolistas. Los reconocerás por el cuello de las camisas. Si el cuello de la camisa lo llevan abierto, son españolistas. Si llevan la camisa como la llevo yo, así cerrada, son catalanistas».

 

En mi familia, aparte de hacerse independentistas, también dicen que se han hecho de izquierdas. Esto rompe la lógica natural; por sistema, cuanta más edad tenemos, más conservadores somos. Vila Casas también ha virado a la izquierda, según asegura en el libro. Yo soy de izquierdas, lo que coloquialmente se conoce como un pijoprogre, pero lo he sido siempre. Mi pareja dice que no soy pijo, que mis posesiones (nulas) y mi forma de ser no son las de un pijo, pero yo sé que lo soy porque entro en la tortillería Flash Flash y me siento como en casa; me invitan a comer en una finca con jardines, piscina, servicio, cuadros de Torres García y Tàpies, y me siento cómodo. Hay una manera de ser y de estar que va más allá de propiedades o de lucir marcas. Lo describía Milena Busquets en un artículo en El Periódico dedicado al editor Claudio López Lamadrid:

 

«Hemos perdido a un vecino del barrio, este barrio arbolado, tranquilo y diáfano, burgués y sin pretensiones, en el que todavía se pueden ver pasar las



 

 

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estaciones simplemente mirando por la ventana y en el que uno (ingenua y estúpidamente) a veces piensa que nada malo puede suceder. Era un gran editor pero supongo que la mayoría de la gente con la que se cruzaba por la calle no lo sabía. Casi nunca iba solo, o bien paseaba a su perro o bien arrastraba una maleta, a veces iba acompañado de su bella novia.

 

»[…] Amo y perro tenían esa elegancia, tan barcelonesa, que consiste en ir un poco desastrado. Los jerséis son de cashmere pero tan viejos que están agujereados (a menudo una herencia de los padres), las camisas de darles tanto uso han perdido el color original y son de un verde o de un azul desvaído con los puños y los cuellos algo raídos, el calzado es utilitario y pueden llevar los mismos zapatos durante quince años, nunca van peinados, nunca llevan relojes rutilantes».

 

Decidí que sería de izquierdas con dieciséis años, después de jugar un partido de hockey en el Polo. Todavía sudado, con el palo y las espinilleras en las manos, me acerqué al bar antes de ducharme y allí me encontré a Gabriel García Márquez. No me lo podía creer: uno de mis referentes, tomando un refresco en el bar de mi club. Amigo íntimo de Fidel Castro, abanderado de la izquierda intelectual, en calzón corto, con raqueta de tenis, acompañado de dos chicos —eran sus nietos, o sobrinos, no lo puedo precisar—, que tomé por querubines de tan rubios y bellos que eran. Recordaré siempre el diálogo:

 

—¿Es usted Gabriel García Márquez?

 

—Pues sí, soy yo.

 

—¡Qué honor saludarle! No se atragante con la Coca-Cola.

 

—¿Por qué?

 

—Porque es veneno imperialista.

 

García Márquez no dijo nada más. Espero que tuviera en cuenta que yo era un chaval de dieciséis años, muy nervioso por tener delante al autor de Crónica de una muerte anunciada o El coronel no tiene quien le escriba, obras que en ese momento me servían de pasaporte a otros mundos, lejos de realidades como el Polo. García Márquez también me convenció que ser de izquierdas no se contradecía con disfrutar de los placeres que te ofrece la vida.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Porteros

 

 

 

 

A favor de Vila Casas hay que decir que es más sincero y coherente que muchos de sus adláteres y eso, para mí, suma puntos. Se declara amigo y fiel de Jordi Pujol. En un momento en que citar al expresidente, declarado evasor fiscal, es como liberar al Kraken, mantener públicamente una relación de amistad con él es tener un par de narices. Hechos similares se produjeron cuando comenzó el calvario judicial de Iñaki Urdangarín. Todos aquellos que le hacían la rosca en los vestuarios del Real Club de Tenis Barcelona, de repente desaparecieron.

 

El personaje público de Pep Guardiola no es santo de mi devoción, por lo que destacó de él Jordi Llovet: «Este entrenador de fútbol que habla como si fuera el archidiácono de Cataluña». Pero Guardiola, cuando era entrenador del Bayern de Múnich, visitó en la cárcel al directivo del club Uli Hoeneß, condenado por fraude fiscal, porque por encima de todo son amigos, según explicó. Esta actitud demuestra más principios que cualquiera de las campañas de supuestos valores con las que acostumbra a promocionarse el Barça.

 

Guardiola fue vecino de mi abuela. Ella ni siquiera lo sabía, pero un servidor, que es más cotilla, lo descubrió y se lo calló. Mi abuela materna vive en la calle de la Reina Victoria, entre Ganduxer y la Vía Augusta. Hablo del triángulo de las Bermudas del orden; allí residió Guardiola y estoy convencido de que fichó por el Bayern de Múnich para no ser absorbido por las fuerzas paranormales del lugar. En este código postal, el 08021, el de este rincón de Sant Gervasi, el PP ha llegado a ser el partido más votado. Que el PP pueda ser la opción favorita de sus vecinos es una excepción tan grande en Cataluña que merecería una tesis doctoral.

 

Guardiola sobre todo compartía algo con sus vecinos del PP: tienen mucho dinero. Aunque para ser fieles a la verdad, sus vecinos no eran ni por asomo tan ricos como él; el doctor B., que fue mi pediatra y que también es vecino de mi abuela, se permite conducir su Jaguar y seguramente disfrutar de un par de segundas residencias: es decir, lo que gana Guardiola en dos meses. Otro



 

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punto en común entre Guardiola y sus por entonces conciudadanos de la zona era la discreción. Todo el mundo en el barrio sabía que la estrella del Barça vivía allí, pero no le molestaban con las adulaciones que recibe del pueblo: Guardiola residía en Ganduxer para poder ser un ciudadano más.

 

Una tarde descubrí que desde el despacho del piso de mi abuela podía ver las dependencias de la familia Guardiola. Las ventanas de su cocina y las de mi escritorio estaban separadas por apenas cuarenta metros, por encima de un porche que conduce a la piscina comunitaria de nuestro bloque. Mi reacción inmediata fue dejar de mirar. Incómodo, sentía que había invadido la privacidad de esa gente. No volví a hacerlo, pero se lo expliqué a mi abuela; apenas le sonaba el nombre de Guardiola, y sobre todo no tenía el más mínimo interés por saber qué clase de vida hacía ese señor de allí enfrente.

Hay una forma de comportarse en el mundo del orden que instruye que los chismorreos se ventilan a puerta cerrada y nunca de cara al exterior; incluso los porteros de esta zona de Ganduxer, inmigrantes españoles o asiáticos, todos uniformados con la misma bata azul celeste, no te informan de nada por mucha confianza que hayas establecido con ellos después de años saludándote dos, tres veces al día. Jesús, el portero de la antigua residencia familiar en el barrio de las Tres Torres, nunca me reveló, pese a mi insistencia, el nombre de los autores de una orgía que se perpetró un fin de semana en la piscina del edificio. Lo que yo quería era felicitarles, pero Jesús era como una tumba. Quizás los padres del interfecto que organizó la bacanal eran muy generosos con él cuando subía piso a piso en Nochebuena a recoger el aguinaldo.

 

Jesús es un gallego alto y fornido, de abundante cabello negro como el carbón, en la cabeza, en la nariz y las orejas. Hombre afable, tiene un cuartucho encima del garaje donde guarda el material indispensable para su trabajo, las cartas de los vecinos y también objetos para mí preciosos, tesoros abandonados en la calle, incluso algún animal convaleciente. Su mujer trabaja en la finca contigua, también como conserje, también con una bata azul, la de ella siempre más limpia. Prácticamente no tienen vacaciones porque la comunidad de propietarios no se las concede, solo descansan las tardes del sábado y los domingos. Pese a ello, siempre son amables.

 

Los porteros suelen ser una extensión de sus amos. Jesús es de una derecha rancia gallega que comulga perfectamente con el papel de protector del orden de la comunidad. El portero sustituto en la comunidad de mi abuela intentaba colocarme ejemplares de La Razón que le daban gratis no sé dónde. Él sabía que soy periodista en El País, quizá por eso me hacía la cuña



 

 

 

 

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publicitaria de su periódico con tanta insistencia, porque vive en un mundo pasado en el que El País aún es considerado de izquierdas.

 

Mi abuela es socia de diamantes del Barça —o de oro, o como se llamen los socios que lo son desde hace más de cincuenta años. Solo ha ido al Camp Nou para recoger la medalla; si asistió a algún partido fue en el antiguo campo de Les Corts. Mi otra abuela, en paz descanse, socia compromisaria y también tenedora de una medalla a la veteranía, tampoco estuvo en el Camp Nou. Lo más cerca que mi abuela estuvo del Camp Nou fue cuando me recogía de pequeño en el Club de Polo después de recibir yo mis clases de tenis. Conducía un Audi 80 de los primeros modelos, coches cuadrados y grandes, tanques que en aquel momento en Barcelona llamaban la atención. Ya entonces —mediados de la década de los ochenta, yo tenía unos diez años

 

— debía sentir culpabilidad de clase, porque pasaba vergüenza observando las calles y el gris de la Barcelona preolímpica desde el interior de aquel vehículo. Entraba en el coche como una centella y me acurrucaba en el asiento de atrás para que nadie me viera. Para volver a casa, mi abuela tomaba la calle de la Facultad de Bellas Artes, que conecta con la ronda del Mig por debajo del hotel Princesa Sofía. Allí todavía me escondía más, pero por instrucciones de la abuela, que me obligaba a cerrar los ojos: a un lado y otro, los travestis ofrecían su cuerpo a los conductores, mostrando sus pechos artificiales y el pene escondido en una braguita o, aún mejor, colgando, bien noble, al descubierto. Evidentemente, yo no cerraba los ojos, y alucinaba. ¿Cómo puede ser que haya mujeres con pene? ¿Y qué hacían allí en medio de la calle, cuando ya caía la noche, mostrando su cuerpo? En el centro de la imagen había un bidón que utilizaban para encender una hoguera. Las llamas iluminaban la oscuridad y a su alrededor las transexuales calentaban su cuerpo mientras esperaban al próximo cliente. Mi abuela aceleraba el Audi 80 y yo seguía la escena con la cabeza, girándome con disimulo.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Baldosas hidráulicas

 

 

 

 

¿Por qué han sido del Barça mis abuelas? Porque el Barça es más que un club, es postureo social. El postureo de mi abuela no es el postureo de la multitud, pero tiene algo que ver: es la necesidad de sentirse parte de una comunidad, y en sus latitudes, la tribuna del Camp Nou y La Vanguardia todavía son piezas fundamentales de esa identidad, seas de la ideología que seas. A mi abuela le da lo mismo quiénes son Guardiola o Messi, si los socios que gritan más son independentistas o veganos; ella y su entorno tienen insertado un chip que los instruye en unas maneras sociales, ser del Barça o celebrar el día de San Esteban en familia.

 

Mis abuelos paternos tenían un palco en el Liceo. Mi abuelo se dormía allí de manera sistemática, según relataba mi abuela. En los treinta y ocho años de vida que compartimos ella y yo, nunca la oí hablar de ópera. ¿Por qué, entonces, iban al Liceo si para mí es evidente que su interés por el bel canto no iba más allá del tópico de escribir bel canto? Porque era una señal de identificación con el colectivo.

 

La coherencia, de nuevo, aquí la entiende cada uno como quiere. El conde de Godó considera la independencia una boutade, pero es propietario de una radio (RAC1) que vive en buena parte de vender la esperanza de la independencia. En mi casa hay gente que se ha hecho independentista escuchando RAC1, mientras leían La Vanguardia. Sin embargo, Godó es uno de los últimos mohicanos del orden, como también lo era José Manuel Lara. El grupo Planeta es propietario de La Razón, que fue órgano de información del gobierno del PP de Mariano Rajoy, y de La Sexta, la televisión que hizo más para proyectar a Podemos. ¿Cómo se entiende esto? Business is business, no es nada personal, son negocios, y nadie debe sorprenderse, como nadie se escandalizaría si Casa Tarradellas comercializara pizzas de chorizo a la vez que ensaladas envasadas eco-bio.

 

No tengo ninguna relación personal con la familia Godó. Paso a veces por delante de la torre de Javier Godó, en el paseo de Reina Elisenda, sobre todo cuando llevaba al perro al parque de la Oreneta o cuando necesito huir del

 

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mundo encerrándome en el monasterio de Pedralbes. En alguna ocasión había coincidido con él en el restaurante Ca l’Isidre, en el Raval. Ca l’Isidre, el difunto Casa Leopoldo y El Passadís d’en Pep han sido restaurantes y al mismo tiempo una suerte de pisos francos para la gente de orden que quiere bajar al casco viejo de Barcelona. La única vez que he hablado con el hijo de don Javier fue por accidente. Yo tenía veinte años y estaba comiendo con un amigo en un restaurante de menú de Major de Sarrià; quizás llevaba diez minutos de monólogo despotricando de La Vanguardia. Este periódico forma parte de mi ADN —quizás entre todos en mi familia hemos sumado doce suscripciones—, y conozco bastante bien sus puntos fuertes, sus vicios y defectos como para atreverme un día a escribir un libro sobre mi sección favorita, la de los semáforos. Estaba, pues, desbarrando de La Vanguardia, cuando desde la mesa de atrás me saludó una conocida que compartía la comida con su pareja: el futuro conde. Fue una experiencia desastrosa, de aquellas que modifican mi forma de actuar. Hay personas que tropiezan con la misma piedra una y otra vez; servidor tiene muchos defectos, pero este no es uno de ellos: cuando quedo en evidencia de esta manera, difícilmente vuelvo a meter la pata.

 

El revés más fuerte que he recibido en estos términos fue por parte de mi bisabuela Carmen. Conocí a mis dos bisabuelas; ambas fallecieron cuando yo era adolescente. La abuela Carmen falleció cuando yo tenía catorce años. Era una mujer espléndida. Vestía con una elegancia fuera de categoría, muy de los años treinta, aunque al final de su vida no quería salir de casa, creo que por orgullo, porque se desplazaba en silla de ruedas. Nunca la vi fuera de su domicilio de la calle Muntaner. Un domingo al mes, mi padre nos llevaba a merendar a su casa. En los meses de calor nos servía galletas con un vaso de leche fría; si hacía frío, mi padre compraba castañas y boniatos. Me perdía por el apartamento, entre olores rancios, muebles de maderas nobles y con ricos detalles grabados a mano, mobiliario difícil de encontrar hoy pero entonces habitual y clónico en aquella burguesía del Eixample que retrató Josep Maria de Sagarra. Cada apartamento replicaba los mismos muebles Bull, la misma orfebrería de plata, los mismos cuadros de Urgell y también las mismas baldosas hidráulicas con flores y figuras geométricas estampadas, azulejos que producían en fábricas como la que se levantaba en el actual Parking Manhattan, en la confluencia entre la calle Aragón y la avenida Diagonal. Las baldosas como las de mi bisabuela cubren el suelo de este garaje, un tributo al pasado de los herederos de la antigua fábrica.



 

 

 

 

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En casa de mi bisabuela me distraía espiando a los vecinos desde la galería que daba al interior de la manzana, revolviendo los armarios de la cocina, de un mármol muy gastado, pero más limpio que el culo de un bebé gracias al esfuerzo de la criada, una señora gallega enclenque y con nariz de bruja. Mi bisabuela era un vestigio de cuando la casa de perfumes Segura estaba al frente del sector. Había un no sé qué de gran mujer en su manera de hablar, de mirarte, incluso en su forma de moverse a pesar de que era minusválida. Ojos pintados como Gloria Swanson que en un momento te miraban con amor y al siguiente te escrutaban como un inquisidor. Los años pasaban y el apartamento de mi bisabuela dejaba de tener secretos para mí. Una tarde, impaciente por marcharme, sentados en el comedor con el vaso de leche y las galletas María, miré el reloj de pulsera y ella, con cara de cordero degollado, me preguntó si tenía prisa. Dejé de llevar reloj.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Anarcocapitalismo

 

 

 

 

En la corte de amigos inseparables del conde de Godó hay personajes paradigmáticos del mundo del orden. Mis favoritos son Enrique Lacalle, Luis Conde y Josep Maria Xercavins. A los tres les he tratado brevemente y por trabajo. Xercavins es el prototipo de fantasma de la zona alta. Melena suave y ondulante, ojos de niño travieso, Xercavins ha hecho carrera con el import-export nacional —el ladrillo. Hará unos veinte años, mis jefes en la revista Actualidad Económica me pidieron que lo entrevistara —cosas que a menudo uno apalabra en un cóctel en Madrid con los propietarios de la editorial; un abrazo, hombre; nos vemos en Navidades en Baqueira. No sé qué empresa dirigía entonces, tampoco sé exactamente a qué se dedicaba, pero sí sé que Xercavins fue la primera persona que me dijo: «Apunta, que este será el titular que publicarás».

 

A Xercavins le había visto en el Polo saliendo de los vestuarios con unas ínfulas y unos aires de importancia que te hacían desear que aquel hombre no tuviera hijos porque era probable que acabaran convirtiéndose en terroristas de la Baader-Meinhof —aunque, como me equivoco a menudo, seguro que son personas encantadoras.

 

Otro socio del Polo y bastión de la reserva es Joan Rosell. Rosell era vecino mío de taquilla en los vestuarios. Las antiguas taquillas del club eran de plancha de madera; la llave la colgabas en un corcho comunitario. Cada sección tenía un corcho con el número de taquilla escrito con bolígrafo. Cualquiera podía coger la llave y robarte las pertenencias —no solía pasar. Rosell se comportaba como un tipo cordial y normal, dentro de la normalidad que puede ofrecer una persona que en 1987 —era la época en la que nos duchábamos juntos— escribía esto en La Vanguardia: «El futuro del capitalismo es el anarcocapitalismo. El problema de la economía es que es necesario más capitalismo. Todos los problemas vienen por una falta de capitalismo. Por ello es necesario un capitalismo más denso, más profundo, sin resquicios para el intervencionismo desmotivador y paralizante, un capitalismo en toda su amplitud; eso es la libertad económica en su máximo



 

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nivel sin limitaciones e intervenciones. Es el anarcocapitalismo, o cualquier otro nombre que se quiera inventar. En definitiva, la libertad económica pura y simple». Este señor fue hasta 2018 presidente de la CEOE, la patronal española. Compartía duchas con un anarquista del capitalismo. Es inevitable llorar por la desaparición de un mundo así.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Cinco asientos vacíos

 

 

 

 

La otra figura que destaco de la corte de Javier Godó es Luis Conde. Es presidente de una empresa de recursos humanos, una compañía de cazatalentos para grandes corporaciones. Conde es esencialmente un relaciones públicas de primera categoría. Los medios de comunicación, del color que sean, le hacen la rosca, y sin necesidad de publicidad a cambio. Lo entrevisté en 2001, cuando yo trabajaba en Actualidad Económica. No tengo presente cuál fue el resultado de la entrevista publicada, seguramente porque no tenía ningún tipo de interés. Conde publicó en 2015 un libro titulado La fórmula del talento y Mahler. La portada incluía un resumen del contenido de la obra: «T = (C + V) × A = Mahler. Talento es igual a Conocimiento más Valores, todo ello multiplicado por la Actitud».

 

Recuerdo haber echado un vistazo, durante esperas en aeropuertos chinos, a un montón de manuales de autoayuda con fórmulas similares en la cubierta; eran libros escritos por gurús de los negocios que supuestamente habían levantado un imperio de la nada y que, junto con su guía para triunfar, te adjuntaban un DVD con sus conferencias y sus trucos para saber comunicar. Me quedaba embobado ante la pantalla del televisor que proyectaba las conferencias promocionales del gurú-empresario de turno, fascinado por el perfecto perfil de estafador que muchos de estos lograban. Supongo que es precisamente esa aura de genio de la estafa, que te roba la cartera y todavía se lo agradeces, lo que los hace tan atractivos.

 

Conde no parece un personaje brillante, pero los resultados demuestran que sí lo es; también es amigo de quien debe ser amigo, y es fácil encontrárselo allí donde se debe estar. El programa El Matí de Catalunya Ràdio me encargó en 2015 que preparara una crónica sobre una fiesta de aniversario de Conde. Decidió celebrar los veinticinco años de su empresa con mil invitados, alquilando el Palau de la Música para un concierto de la Orquesta Sinfónica del Vallés, a la que también imagino que debía remunerar. El factor sorpresa fue que él dirigió la orquesta, o pretendía dirigir la orquesta, interpretando una sinfonía de Mahler.



 

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Conde, como otras figuras del mundo del orden que he conocido, se ha aficionado a la música clásica en la madurez. No solo aprendió a apreciar la música, sino que también desarrolló cierto esnobismo que degeneró en su intento de ser director de orquesta en el Palau de la Música. Sé de tres, cuatro y hasta cinco hombres como él que se han aficionado a la ópera en una edad ya avanzada. Todos ellos podrían sintetizarse en un personaje de la célebre película argentina Relatos salvajes: un millonario tiene que hacer frente a una tragedia de tráfico causada por su hijo, un postadolescente malcriado —un producto de sus padres. En el accidente ha muerto gente. ¿Cómo salvar al niño de la cárcel? Simulan que quien conducía el coche era el jardinero. El jardinero acepta el chanchullo a cambio de dinero; el fiscal acepta formar parte de la conjura a cambio de más dinero. El abogado del millonario es quien coordina la operación, y él quiere aún más dinero. El millonario, harto de que todos quieran aprovecharse de él, decide encerrarse en su sala de música con una ópera sonando en un carísimo equipo de sonido. Mientras escucha la ópera, su mujer y el abogado le hablan a través de la puerta, para tratar de convencerle de que apoquine la mordida para todas las partes implicadas y salve así a su hijo. El jardinero acaba asumiendo la culpabilidad y cuando sale de la casa, detenido, hacia la comisaría, el padre de una de las víctimas lo mata a martillazos.

 

Del millar de invitados por Luis Conde en el Palau de la Música, quien más llamaba la atención era Rodrigo Rato. El exministro, exdirector del Fondo Monetario Internacional y expresidente de Bankia ya había caído en desgracia judicial, y entre él y el resto del público en la platea se habían dejado cinco asientos vacíos. Conde, al igual que Vila Casas o Guardiola, demostraba una gran dignidad invitando al apestado de Rato a la fiesta. Evidentemente, la mayor parte de los invitados no compartieron la decencia que demostró Conde, y huyeron de Rato como si no le hubieran cortejado en los mejores años de la bacanal económica.

 

Conde es un hombre que durante unos años trató de velar por el consenso político y social del país. En su masía ampurdanesa se han organizado unos almuerzos de hermandad con la flor y nata de la clase política y económica catalana. Este cónclave veraniego lo había celebrado anteriormente el director de cine Pere Portabella. Los suquets de Portabella eran una cumbre del orden que con los años mutó en un cambio de camisa a la catalana —en cuanto a las camisas, véanse las palabras de Vila Casas citadas anteriormente. Portabella ha seguido invitando a su grupo de la izquierda guapa y culta de toda la vida, pero también a los presidentes de las entidades independentistas Òmnium



 

 

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Cultural y Asamblea Nacional Catalana o a Ada Colau, la alcaldesa de Barcelona; el empresariado que ha acudido en la última década son sobre todo patrocinadores del proceso de independencia de Cataluña, el famoso procés, los Carulla o Ferran Rodés, además de algún industrial —quedan pocos— como Marc Puig, presidente del grupo de perfumería y cosmética Puig, este sí, alérgico a aventuras políticas. En un artículo que escribí en 2016, Jordi Borja, intelectual de aquella izquierda guay-somos PSUC, amigo de Portabella, me describía con unas pocas palabras el cambio de fondo: «El suquet [2016] sirvió para evidenciar una renovación de las élites. Las caras más conocidas eran diferentes de las de hace cuatro o cinco años».

 

Esos encuentros hoy no se divulgan públicamente como antes, cuando la comunión de la sociedad civil era bien vista o, en el peor de los casos, ignorada. Los encuentros de unos y otros son excepcionales entre otras razones porque si los medios de comunicación hacen difusión de ellos, un alud de críticas cae sobre sus protagonistas. Fue ejemplo de ello la boda de la hija de Jaume Giró, entonces director general de la Fundación “la Caixa”, en mayo de 2019, en Calella de Palafrugell. Se filtraron imágenes de capitanes catalanes como Javier Godó, o del poder de Madrid como Florentino Pérez o José Luis Rodríguez Zapatero, compartiendo velada con políticos independentistas como Pere Aragonès o Artur Mas, y con faros del tertulianismo como Pilar Rahola o Pedro J. Ramírez. En la sociedad de trincheras que es hoy Cataluña, esta convivencia provocó un rechazo visceral por parte de las tropas militantes.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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«Vivan los bribones»

 

 

 

 

Conde tiene otras aficiones adecuadas a su perfil de hombre de la reserva del orden. La náutica es su otra gran pasión; incluso escribió un libro sobre una fallida travesía atlántica. Todas las redacciones de periódicos tienen una mesa en la que los periodistas de la sección de Cultura van dejando los libros que reciben y que no necesitan. Entre las montañas de títulos que se acumulaban en la redacción del periódico Ara —donde trabajé—, el ejemplar que posiblemente más hojeé fue el de Conde y su aventura marinera. Era un libro de edición limitada para regalar a amigos y a influencias varias. El velero de Conde naufragó en Cabo Verde, afortunadamente sin tener que lamentar la pérdida de ninguna vida humana. El editor de Conde, Ramon Balasch, resumía, en 2014, en Las Provincias los pormenores del incidente: «Luis contrató a un capitán que era nefasto. Solo estaba pendiente de una mujer que viajaba con él. Aquello le sirvió a Luis para saber que, en la vida, como en los negocios, no puedes tenerlo todo controlado. Unos años después compartió [con los amigos] el whisky y los cigarros que rescató del Tolimen [el nombre del velero]». El artículo recordaba que Conde aprovechó la experiencia sufrida para comprarse «un barco más grande y con más tripulación. Incluso adquirió un puerto para atracarlo, la Marina de Palamós».

 

En la solapa de La fórmula del talento y Mahler se describía a su autor de este modo: «Habiendo cumplido con los tres mandamientos tradicionales, en su caso, tener ocho hijos [hoy procrear mucho en Occidente es señal de orden], plantar cuatrocientos olivos [árbol milenario, como el recuerdo que tendremos de él] y escribir un libro [el ego que todos tenemos lo exige], Luis Conde se fijó tres nuevos retos en la vida: cruzar el Atlántico a vela, elaborar un buen vino y dirigir una orquesta. A partir de estas tres experiencias, el autor explica su fórmula personal del talento, aplicable tanto a la vida laboral como a la personal».

 

Este texto es la tarjeta de presentación de lo que en la reserva del orden se conoce como un pijoloco.



 

 

 

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Pijoloco es un concepto creado por mi padre, como también lo es La Biblia, para referirse a La Vanguardia. Frente al pijoloco está el pijoprogre. Son hermanos, son hijos de la misma madre, comparten privilegios, pero entienden la «conciencia de clase» de forma opuesta. En la novela La madriguera [la versión original, en catalán, se titula El cau del conill] los definí de esta manera:

 

La zona alta de Barcelona está habitada por dos especies de la misma familia animal: los pijoprogres y los pijolocos. Gil de Biedma es un espécimen de campeonato de pijoprogre: una persona de familia bien que no asimila del todo su condición social y siente la necesidad de aparentar solidaridad con los menos afortunados. Pero resalto que solo es una apariencia, un divertimento que le hace sentirse mejor. Los pijolocos, por el contrario, han asimilado muy bien que son unos privilegiados; viven la vida de forma disoluta, sin que les importe nada más que su felicidad […] Yo soy el pal de paller, la tercera especie. Los pals de paller mantenemos firme el sistema. Somos el punto de equilibrio. En ocasiones hemos impedido que los pijoprogres abrieran la puerta a la extrema izquierda y se proclamara una república soviética. Pero también hemos frenado el desenfreno del pijoloco, cuyo ideal político es un sistema capitalista cuanto menos democrático, mejor, y que le permita hacer lo que le venga en gana.

 

Quien toma la palabra en este párrafo es Amadeu Conill, el protagonista de la novela y como él dice, un pal de paller. Este concepto, muy catalán, es de difícil traducción al castellano. Literalmente se trata del eje del pajar, pero en su sentido figurado quizá lo más correcto sería hablar de un pilar, y en el caso que nos atañe, un pilar del orden.

 

Opuestos a los pilares del orden existen, como explica Amadeu Conill, el pijoprogre y el pijoloco. Uno de los pijolocos más perfectos que he podido analizar es José Cusí, «el armador del rey». Cusí, catalán, es uno de los mejores amigos del rey emérito, Juan Carlos I. Ambos han disfrutado de una vida de ocio y pasión por el mar. La función de Cusí había sido entretener al rey. En una entrevista de 2011 para La Vanguardia, Cusí relataba sin querer el origen de los pijolocos, su big bang: la «paz social» que impuso el franquismo:



 

 

 

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¿Fue monitor de tiro de Franco…?

 

Yo había ganado varios campeonatos de España de tiro al plato. Si Franco se hubiera interesado por el tenis, no tengo ninguna duda de que Santana hubiera pasado por El Pardo. La cosa fue así: un buen día, Fernández Villavicencio, que era el jefe de la Casa Civil, me llamó a casa. Mi madre me abrió la puerta de casa preguntándome: «¿Qué has hecho, que nos han tenido que llamar del Pardo?». Le tuve que jurar que no había hecho nada malo, ni había matado a nadie de un disparo. Me habían llamado para ver si podía hacer de instructor de tiro durante una temporada. Tirábamos al plato, con escopeta de caza; al principio, no acertaba ni uno. El primer día, yo temblaba. Pero hubo una conexión muy buena, durante muchos años. Al final acabó tirando bien. También pude acompañarle en unas cuantas cacerías. Hay quien dice que le ponían las perdices enfrente, y no es verdad, se le daba bien.

 

Y un día, allí conoció al príncipe.

 

Me lo presentaron en una de aquellas cacerías. Estuve doce años yendo con el general, y tengo recuerdos muy buenos. Una de sus escopetas me la regaló antes de morir. La tengo en casa. La acompañó con una carta muy cariñosa, en la que escribió: «Por los muchos años que pasamos juntos». Siempre me decía con su vocecilla característica: «Y tú, José, cómo es que nunca me pides nada». Un día le comenté: «General, hoy le voy a pedir algo. Me gustaría tener un Seat 600, pero hay una cola inacabable y no quiero esperarme meses para comprar uno». Al día siguiente de hacer la petición, ya tenía mi 600 en casa. Era de color verde oliva. Telefoneé para darle las gracias. «¿Te ha hecho ilusión?». Le respondí que muchísima. Entonces me soltó: «Ahora tienes que pagarlo. No vayas a pensar que esto es gratis». Pagué unas 60 000 pesetas por él.

 

[…]

 

¿Qué harán con el Bribón? ¿Se llevará el timón a casa?

 

El timón, no lo sé, porque es del patrón. Pero el palo, si puedo, sí. Me gustaría llevármelo a la masía como recuerdo, para que siguiera enarbolando nuestra bandera.

 

No sienten nostalgia de abandonar las regatas.



 

 

 

 

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Supongo que algo de añoranza sentiremos, pero seguiremos navegando, aunque no sea en barcos de competición. Yo me he retirado de la natación, del waterpolo, del tiro. Ahora le toca a la vela, por cuya difusión tuve el honor de que el Consejo de Ministros me concediera la Cruz del Mérito Naval. Al Rey y a mí nos queda la afición a la caza. Con el Rey hemos criado perros de caza. Tengo uno especialmente bueno. Por cierto, entre los muchos animales que conviven en la masía, también tengo un loro muy hablador, que es la mascota de mi esposa Inés, que dice «viva España» y «vivan los bribones» cuando alguien entra en casa. Así que si es el Monarca quien lo hace, queda impresionado.

 

Es difícil encontrar en tan pocas líneas tantas características que definan qué es un pijoloco. Esencialmente se trata de despreocupación, de amoralidad y de falta de conciencia —aunque no siempre están presentes las tres. Un ejemplar importante y singular de pijaloca puede ser Mercedes Milá, persona que parece que medite poco lo que dice o lo que hace, y que es capaz de defender que Gran Hermano —programa de televisión que presentó durante años, una de las cumbres de la telebasura— es en realidad un gran trabajo de investigación sociológica. Milá tuvo una serie televisiva protagonizada por ella y por su perro. En el primer capítulo, Milá se sometía a unas pruebas médicas con sus heces: aparecía llevando su caca al médico, en el bolso, envuelta en papel. Después de desenvolverla, la colocaba en una mesa de un jardín donde se citaba con el doctor, y la removía con el dedo, todo ello grabado por las cámaras. En la esencia del pijoloquismo también se da esta inconciencia, que todo te dé exactamente lo mismo.

 

Ricardo Bofill junior, hijo del arquitecto Ricardo Bofill Levi, entraría en este colectivo por la puerta grande. Durante su juventud se significó por el desenfreno y por ser, como se definió él mismo una vez, «un animal de circo». Hace años que se ha calmado, trabaja en el despacho de arquitectura de su padre y se dedica a supervisar grandes contratos que han ganado en potencias emergentes y que deben llevarse a cabo sin entrar en muchas cuestiones éticas, sea Rusia, China, India o Venezuela. Hay unas imágenes de Bofill Jr. de 2016, en unas jornadas de inversores en un foro económico en San Petersburgo, donde aparece vestido con una americana azul marino, el pañuelo en el bolsillo de la solapa, pantalones beige y mocasines sin calcetines: su aspecto es el de un cónsul que la metrópolis quiere lejos,



 

 

 

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apartado en un destino anodino, exótico y en el que no hay riesgo de provocar un nuevo conflicto diplomático.

 

En una entrevista que me concedió a principios de 2019, Bofill me explicó que en el despacho estaban implicados en proyectos con gobiernos poco democráticos y que en su trabajo esto era una limitación significativa, pero a continuación añadió: «Como dice mi padre, mientras no sea para Hitler, podemos seguir trabajando». Ricardo Bofill Levi había sido miembro del PSUC, el partido comunista catalán, y durante el franquismo se instaló en Francia para evitar problemas con el régimen; el abuelo de Ricardo Jr. era el arquitecto Emili Bofill, un catalanista convencido, hijo de un médico comprometido con la ciencia y con la patria, Cataluña. Emili Bofill y su mujer, la italiana Maria Levi, señora de Bofill, fueron un faro durante la dictadura para el mundo cultural barcelonés. Esto escribía Joan de Sagarra en 1993 en El País: «En aquellos años, cualquiera que fuera o aspirara a ser alguien en la Gran Encisera debía probar forzosamente la pasta —¡y qué pasta!— de Maria Levi. En las cenas que montaban en su casa Emili y Maria, uno podía encontrarse con Andy Warhol, con Pasolini o con Monica Vitti, y, en el peor de los casos, con Baltasar Porcel».

 

Bofill Jr. es un tipo encantador, generoso, con la manera de hacer tan característica de las personas a las que nunca les ha faltado nada material. No se detecta maldad en él, tampoco en Mercedes Milá; es fácil ser su amigo si eres mínimamente abierto de mente. Bofill Jr. es producto de unas circunstancias, es un buen ejemplo de cómo la izquierda caviar cerró el círculo del orden proyectando a sus hijos hacia una dimensión paralela donde no existen ni el valor del esfuerzo ni la contención. Estos habían sido precisamente los rasgos burgueses de sus antepasados, unas características que, en nombre de unos supuestos ideales de izquierdas, quisieron dejar atrás.

 

Personalmente considero que el pijoloco es un tipo psicológico más sano que el pijoprogre. Yo he sido un pijoprogre de manual. El pijoprogre tiene, presuntamente, un cargo de conciencia por ser de buena familia que lo hace solidarizarse con los más desafortunados. Esta actitud hace que tropiece con constantes incongruencias que él, con culpa cristiana, trata de corregir votando a partidos de izquierdas o difundiendo en Facebook las imágenes de un desahucio o de una masacre de focas en Canadá.

 

Si José Cusí es el primus inter pares del pijerío loco, un paradigma de pijoprogre es el poeta Jaime Gil de Biedma, porque su espíritu progresista se forja durante el franquismo, y sobre todo porque es consciente de la farsa que se autoimpone. He aquí unos versos de Gil de Biedma de 1959:



 

 

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A vosotros pecadores

 

como yo, que me avergüenzo

 

de los palos que no me han dado,

 

señoritos de nacimiento,

 

por mala conciencia escritores

 

de poesía social.

 

Quizá no hay nada mejor para exponer esta farsa que las palabras escritas por

 

Juan Marsé en la novela Últimas tardes con Teresa. Marsé, amigo de Gil de

 

Biedma, fue testimonio directo de la eclosión del progresismo de casa bien:

 

Crucificados entre el maravilloso devenir histórico y la abominable fábrica de papá, abnegados, indefensos y resignados llevan su mala conciencia de señoritos como los cardenales su púrpura, a párpado caído humildemente; irradian un heroico resistencialismo familiar, una amarga malquerencia de padres acaudalados, un desprecio por cuñados y primos emprendedores y tías devotas en tanto que, paradójicamente, les envuelve un perfume salesiano de mimos de madre rica y de desayuno con natillas: esto les hace sufrir mucho, sobre todo cuando beben vino tinto en compañía de ciertos cojos y jorobados del barrio chino.

 

 

 

 

A los pijoprogres, por lo general, les falta sentido del humor. Su culpa cristiana y su cruzada para salvar el planeta no admiten bromas. Una crónica que generó algunos insultos contra mi persona, y por parte de gente que vivía a cien metros de mí, es este texto de septiembre de 2014, publicado en el diario Ara, sobre un mitin del partido de los Comunes, el de la alcaldesa Ada Colau, en la plaza del Ayuntamiento de Sarrià:

 

La progresía de Sarrià-Sant Gervasi se reunió ayer en la plaza de la Vila para dar la bienvenida a Guanyem. Joan Subirats, uno de los líderes de la plataforma, inició su intervención luciendo galones: recordó los años en los que fue presidente del AMPA del Orlandai, la escuela pública de referencia de Sarrià. Con esto y con la presencia de Ada Colau —«qué bien habla esta chica», repetía una conocida mía, muy bronceada de las vacaciones en



 

 

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Menorca—, Guanyem se metió en el bolsillo al menos medio centenar de votos. Es el número de firmas que recogieron, apoyos que en otras circunstancias irían en su mayor parte a Iniciativa per Catalunya [nota del autor: ICV fue el partido heredero del PSUC, la formación histórica del comunismo catalán].

 

Era difícil encontrar diferencias entre la reunión de Guanyem y una asamblea de ICV: el discurso es similar; la estética de los presentes, idéntica; quizás se detectaba un mensaje antisistema que hacía de Guanyem algo más alternativo que Iniciativa, pero esta radicalidad era muy ligera, como si no quisieran asustar a las clientas de la pastelería Foix. La diferencia más clara es que en Sarrià nadie habló de consultas o de la independencia. Y eso que Guanyem anunció ayer que participaría en la Diada Nacional de la V, «para visibilizar las luchas de los movimientos sociales». La única vez que oí hablar de la Diada fue cuando un joven vestido con polo Helly Hansen y náuticos me preguntaba: «¿Esto es un acto de la uve?».

 

Rai Carreras, joven del barrio y simpatizante de Guanyem, admitió que «hay dos Sarriàs» y dijo que ellos quieren que no gane más el Sarrià que manda. Los curiosos del Sarrià que manda se acercaban con cuentagotas: un hombre, ejecutivo, cargando un casco Shoei y fumando un cigarro Davidoff, apareció justo cuando Colau hablaba de desahucios. Hace una mueca y huye. Aparece una furgoneta de Escofet Oliver, carnicería de lujo, de la que se apea un mozo cargando cajas de delicatessen. Mientras vacían la furgoneta de jamones ibéricos y entrecots del Pirineo, un chico se presenta ante el público como «vecino de Sarrià de toda la vida». El joven lleva una camiseta con una estrella roja. El joven pide que «nuestro modelo sea el empoderamiento que llevan a cabo en Venezuela o Cuba». El joven pide que no tengamos miedo a ser anticapitalistas. El joven termina y la audiencia le aplaude tímidamente: son de izquierdas, pero de Sarrià.

 

Al final tomó la palabra una chica muy motivada que pidió «a los pijos» que saluden a los vecinos y que pasen por el centro cívico a tocar la guitarra. Ella no se considera pija, pero hizo algo muy de pijos, que es decir de alguien que es «monísimo»:



 

 

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«Antoni, el abuelo de la tienda de plásticos, que tiene unos noventa años y es monísimo. ¡Saludadle!».

 

Hacer mención del «monísimo» me costó una retahíla de improperios en las redes sociales: los amigos de la chica consideraban que no era para nada pija, porque vivía en un piso compartido sin el sustento familiar, solo dependiendo del sudor de su frente. Esta chica trabajaba o colaboraba por aquel entonces en la Casa Orlandai, el centro cívico del barrio. Es el antiguo edificio de la escuela pública Orlandai; el espacio es precioso y probablemente uno de los mejores centros de actividades vecinales de Barcelona. En el Orlandai se reúnen personas de toda condición, también la izquierda joven más combativa que consciente o inconscientemente quiere romper con el aburguesamiento de su familia. Como quizás media docena de los que me increparon son habituales del Orlandai, hubo una época en que mi pareja, Paloma, cuando pasábamos por delante del centro cívico me decía que tuviera cuidado, que ahí estaban los ninjas a punto de saltarme encima con nunchakus y shurikens.

 

El sector de la izquierda más reivindicativo en el barrio son los chicos y chicas de Arran. Hay una pared en el pasaje Canet donde de vez en cuando aparecía la misma pintada: «Sarrià es de quien lo vive, no de quien lo paga». Los servicios de limpieza del Ayuntamiento lo solían borrar, pero la pintada volvía, y a veces volvía con la firma de Arran, que es una organización que hace las veces de las juventudes de la CUP. En las elecciones municipales de 2019, 1839 vecinos del distrito de Sarrià y Sant Gervasi votaron a la CUP —el 2,3 %, de un total de 78 296 votantes. Las personas votamos en buena parte por identificación con la tribu, y la CUP ha sabido seducir a un tipo de barcelonés de entre treinta y cuarenta y cinco años, que frecuenta la sala de conciertos Heliogàbal, en el barrio de Gràcia, recitales de poesía noruega y que se considera antisistema, pero fuera de casa y de su negocio; un barcelonés que trabaja en editoriales, discográficas, despachos de arquitectos o en estudios de diseño —en Barcelona hay más diseñadores que palomas— y que considera que votar a la CUP mola y es de justicia moral.

 

La izquierda-izquierda tiene revolucionarios que no pretenden caer simpáticos —herederos directos de la FAI y de la CNT—, pero los hay que lo consideran un modus vivendi en torno a la protesta. Durante los disturbios por el desalojo de la casa okupa de Can Vies, en Sants, en 2014, cada día coincidía en los ferrocarriles con jóvenes antisistema que vivían en casa de sus padres en Sant Cugat del Vallès, uno de los municipios más ricos de



 

 

 

 

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España, y que cogían el tren preparados para pasar un día de acción en la capital.

 

La CUP en Sant Cugat obtiene unos resultados fenomenales y actualmente gobierna en coalición con Esquerra Republicana y con los socialistas. Dentro de la demarcación de Sant Cugat hay un núcleo urbano, La Floresta, donde los anticapitalistas son hegemónicos. La Floresta fue fundada hace cien años como urbanización, en una operación inmobiliaria de la Barcelona Traction Company, popularmente conocida como La Canadiense. Esta empresa de capital estadounidense impulsó en Cataluña servicios fundamentales, sobre todo, la red eléctrica y las líneas ferroviarias de las muy industrializadas comarcas del Vallès. Para elevar los beneficios de la inversión, el fundador de La Canadiense, Frederick Pearson, ideó levantar a lo largo de la línea del ferrocarril núcleos suburbiales al estilo de Estados Unidos, para barceloneses con posibles que quisieran trabajar en la ciudad pero vivir fuera de ella. La idea no cuajó inicialmente y La Floresta se convirtió en un destino de veraneo. Pero, a partir de finales del siglo XX, aquel concepto primigenio volvió y muchas de estas segundas residencias pasaron a ser los domicilios de los nietos de quienes las construyeron. El perfil del votante de la CUP de La Floresta es similar al de los ninjas de Sarrià, pero es más montaraz, seguramente por estar más aislados, en medio del bosque: uno se puede encontrar a familias que llevan a los niños a actividades extraescolares en comunas donde no se les identifica por género, o que celebran el solsticio de invierno, en vez de la Navidad, en la tercera residencia que los abuelos tienen en el Pirineo. El tió sí se celebra, porque hoy una familia catalana como es debido tiene que celebrar el tió. El tió, para los no iniciados, es un ritual en el que un leño ataviado con una barretina reparte regalos a los niños no sin antes haber sido zurrado de lo lindo con un palo. El leño, reza la tradición, lo que hace es cagar los regalos, lo que puede ser considerado como la cúspide de la escatología catalana.

 

También es normal que la CUP triunfe en Sant Cugat: es el suburbio acomodado barcelonés más idóneo para filmar la adaptación catalana de American Beauty. Lo que no me parece normal es que los antisistema siempre convoquen sus saraos en barrios como Horta, Sants, Gràcia o el Gòtic. El poder que odian reside en lugares como Sarrià, las Tres Torres, Pedralbes o Sant Cugat; nunca llevan la protesta a estos barrios, aunque allí también encontrarán contenedores para quemar y comisarías de policía o sedes de la administración pública para apedrear.



 

 

 

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La CUP no solo cautiva a jóvenes de origen acomodado y con mucho tiempo libre, también atrae a personas de las que se presupone un interés por la estabilidad del sistema y, por lo tanto, de sus fuentes de ingresos. Conozco a dos empresarios que dicen que votan a la CUP —uno es del mundo del diseño y el otro, de la tecnología aplicada al sonido; para garantizar su pedigrí solo diré que han aparecido en varias ocasiones en La Vanguardia. Ambos tienen en común que ganan suficiente dinero como para mantener dos futuras generaciones de su familia sin pegar palo, también que parte de sus ingresos dependen de contratos de la administración pública. Son personajes que forman parte de las nuevas y fragmentadas élites barcelonesas. Interrogado uno de ellos sobre su afinidad por el partido anticapitalista, los argumentos que aporta son que primero los vota porque es independentista —es independentista desde hace dos días, porque él también tuvo la súbita revelación según la cual España es una tiranía que nos saquea hasta el cajón donde abandonamos los calcetines desparejados— y segundo, porque el sistema necesita una sacudida.

 

La incongruencia de estos personajes aparece nítidamente retratada en Jaume Roures, el presidente de Mediapro. Esta empresa es un gigante audiovisual, como productora y como gestora en todo el mundo de derechos televisivos de varios deportes, el más goloso, el fútbol. Los derechos televisivos del fútbol son posiblemente uno de los negocios más especulativos y turbios del capitalismo contemporáneo. Tan turbio que Mediapro ha tenido que reconocer ante la justicia que tres directivos suyos sobornaron a altos cargos de la FIFA para obtener los derechos televisivos de los Mundiales de 2014, 2018 y 2022. La compañía también intentó hacer fortuna con una casa de apuestas en línea, entre otras inversiones mercantiles que lo son todo menos un modelo de doctrina socialista. Para acabar de satisfacer a Karl Marx, un fondo de inversión de Hong Kong adquirió la mayoría de las acciones de Mediapro en 2018.

 

Todo ello lo ha liderado un empresario que afirma haber votado a la CUP y que apoya año tras año a Podemos, el partido de su amigo Pablo Iglesias. Un empresario que no solo fue trotskista en su juventud, todavía hoy se considera trotskista, tal y como aseguraba en 2016 en una entrevista en Crític: «Es una filosofía política y un método de análisis de la realidad. La situación política de aquí y de fuera ha acabado dando la razón a todo ese pensamiento marxista. Con todos los matices que quieras […] Los ricos cada vez más ricos, y los pobres cada vez más pobres».



 

 

 

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Pese a ser un actor de referencia del capitalismo, Roures idealiza el régimen socialista cubano. Lo dejó claro en una entrevista de 2016 en Catalunya Ràdio:

 

—Jaume Roures: Podríamos discutir durante horas sobre Cuba, sobre la visión parcial que tenemos de ese país, sobre qué cosas son importantes o sobre los hechos de la revolución cubana, o nos podemos quedar con la imagen sesgada, desde mi punto de vista, de la teórica represión y todas esas cosas. Yo creo que la política y la democracia se miden por la defensa de eso que se llama el interés general, el interés y el bienestar de las personas, y si comparamos las ratios de Cuba con las de cualquier país de América Latina, Cuba está muy por encima; y si vamos un poco más allá, podemos decir que en ratios de salud, educación, etcétera, no solo están por encima de los de América Latina, sino también por encima de los españoles, en la erradicación de la pobreza, en la erradicación del analfabetismo, etcétera.

 

—Periodista: ¿Siempre será un blanco y negro? En el caso del análisis de Fidel Castro, siempre habrá gente que lo seguirá tachando de dictador, y siempre habrá quien pondrá en valor eso que dices.

 

—Jaume Roures: Nosotros hemos vivido aquí una dictadura, y tenemos parámetros para medir lo que realmente es una dictadura y qué no lo es. No hay dictadura que dure más de cincuenta años, como la supuesta dictadura de Fidel en Cuba, porque la gente no soporta las dictaduras durante tanto tiempo, y menos en el siglo XX y el siglo XXI.

 

—Periodista: Nosotros la soportamos.

 

—Jaume Roures: ¿Cincuenta y siete años?

 

—Periodista: Cuarenta, que ahí es nada.

 

—Jaume Roures: Bueno, sí, sí. Pero había gente en la calle, había disparos, había muertos, había torturas, había todo esto. Decenas de miles de personas en prisión, procesadas, y eso no pasa en Cuba, a pesar de lo que se diga. Y si hubiera pasado, a la escala que se dice, no hubiera aguantado ni Fidel ni nadie. Esto son leyes de la historia, no excepciones cubanas.

 

La única explicación posible que tengo para el caso de Roures es el cinismo. El cinismo de alguien que tuvo una juventud humilde, obrera e implicada



 

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políticamente con la izquierda más doctrinaria, pero al que las leyes de la historia, como dice él, le han situado en el podio de la economía de mercado, le guste o no.

 

Roures no tiene un ascendente burgués, es un hombre brillante hecho a sí mismo, desde abajo, pero en connivencia con la administración pública y el poder político, un rasgo definitorio de las nuevas clases dominantes de Barcelona. Tal y como indicaba en el capítulo «Camisas», también se ha producido una izquierdización de las élites, aunque mi experiencia me lleva a pensar que es esencialmente un giro retórico en una época de crisis económicas y declive social. Es el espíritu de los encuentros en casa de Portabella, empresarios millonarios que argumentan que se han sensibilizado socialmente mientras departen en el jardín, con una copa de vino y un buen jamón, con sus intelectuales de salón.

 

Entre estos intelectuales sobresale Josep Ramoneda. Filósofo y antiguo militante de la izquierda más activista de la Transición, Ramoneda ha sido una de las voces destacadas del diario El País y de la Cadena Ser, es decir, del establishment. Fue el director que hizo grande el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, un proyecto de la Barcelona socialdemócrata y business friendly de Pasqual Maragall; es el presidente del Grup 62, la división editorial en catalán del grupo Planeta, es el fundador de la Escuela Europea de Humanidades, un proyecto cultural de la Fundación “la Caixa”, y fue, entre 2016 y 2019, miembro de la junta directiva del Círculo de Economía, el lobby más importante del mundo económico y empresarial del orden barcelonés. Y a pesar de todo esto, Ramoneda explicó públicamente que votó a la CUP en las elecciones parlamentarias de 2015. Estas son algunas de las ideas por las que votó Ramoneda un año antes de acceder a la junta directiva del Círculo de Economía, según el programa electoral que presentaba entonces la CUP:

 

Forzaremos la ruptura con los Estados español y francés a través del ejercicio del derecho a la autodeterminación del pueblo catalán y apostaremos por una República Catalana que abarque el conjunto del territorio nacional, de Fraga a Mahón y de Salses a Guardamar [nota del autor: estos son los puntos cardinales de los llamados Países Catalanes. Según estas líneas de la CUP, el Estado catalán se anexionaría o se fusionaría con la Comunidad Valenciana, las Islas Baleares, parte de Francia y de Aragón].



 

 

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Impulsaremos iniciativas que vayan en la dirección de construir alternativas concretas y de futuro en el capitalismo en los ámbitos socioeconómico, cultural y político. Desde esta perspectiva municipalista articularemos una nueva legalidad y legitimidad popular para construir nuevas instituciones políticas radicalmente democráticas con el fin de evitar la regeneración de las instituciones políticas del régimen liberal burgués.

 

La CUP — Crida Constituent rechaza formar parte de la Unión Europea, el euro, la OTAN y el Euroejército.

Trataremos de establecer como prioritarios de nuestra solidaridad internacionalista, debido al componente histórico, estratégico y de arraigo en nuestro país, a los siguientes países: Venezuela, Cuba y países de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, Colombia, Sahara, Palestina, Kurdistán y Euskal Herria.

 

Impulsaremos las campañas de boicot que, desde el movimiento popular y de solidaridad, se llevan a cabo contra las empresas transnacionales [multinacionales] y los Estados que violan los derechos humanos. Exigiremos el cumplimiento de cláusulas democráticas y de transparencia en las relaciones comerciales.

 

Trabajaremos por el desarrollo de una economía planificada y solidaria mediante el principio federativo, la democracia directa y el control popular, con el objetivo de satisfacer las necesidades del pueblo y los derechos e intereses de la clase trabajadora.

 

Promoveremos la nacionalización de aquellas entidades financieras sustentadas por el capital público. Las entidades nacionalizadas y/o intervenidas serán de propiedad pública y estarán gestionadas democráticamente. Propugnaremos la intervención de los consejos de administración de todas aquellas entidades financieras que hayan recibido, de una manera u otra, dinero público, con el objetivo de facilitar el crédito a la economía productiva y a las unidades familiares.

 

Suspenderemos inmediatamente el pago de la deuda y decretaremos el impago definitivo de la usura legalizada, hasta resolver las necesidades de las clases populares.

 

Reducción de la jornada laboral: una regulación que tenga como meta las treinta horas semanales a corto plazo y que estas



 

 

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sean constitucionalizadas, una medida transitoria inmediata a las treinta y cinco horas semanales, los dos días de descanso semanal, el acceso a la jubilación ordinaria a los sesenta años, un año sabático voluntario y pagado por cada diez trabajados con derecho a conservar el mismo puesto de trabajo.

 

«¿Estás de acuerdo con todo lo que dice el programa electoral del partido que votas?», me preguntó en una ocasión un conocido de Sarrià votante de la CUP. La respuesta es, evidentemente, no: no estoy de acuerdo con todo lo que incluye el programa electoral del partido que voto, pero salir de la Unión Europea, salir del euro y proclamar una república de los Países Catalanes no son detalles, diríamos, menores. No es lo mismo que optar por un partido que quiere subir un 5 % el tramo máximo del IRPF cuando tú quieres que lo eleven un 20 %. Para un empresario como Roures, o para un ideólogo de la Barcelona institucional como Ramoneda, aún debería ser más evidente la incongruencia del asunto. Mi tesis es que la frivolidad es un rasgo fácilmente identificable en la sociedad catalana contemporánea, y entre las clases dirigentes de Barcelona, con todas las necesidades imaginables satisfechas, todavía resulta más obvio.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Un día en el tenis

 

 

 

 

La periodista Clara Blanchar me comentó en una ocasión, medio en serio medio en broma, que en Barcelona hay una red de jubilados con mucho tiempo libre que son el terror del Ayuntamiento. En Sarrià, Jordi Bigues es uno de esos ciudadanos hiperactivos que se implican en todo tipo de reivindicaciones. A modo de ejemplo, entre el 22 de septiembre y el 7 de octubre de 2016 recibí en mi móvil, de parte de Bigues, las siguientes convocatorias: «El próximo jueves 22, en la plaza de los Setze Jutges, quieren rociar glifosato, un maldito herbicida. Hemos enviado una carta a Ada [por Ada Colau, la alcaldesa] para detenerlo»; «Homenaje J. V. Foix en Sarrià: placa en la calle Setantí»; «El próximo sábado, autopsia de los residuos en la plaza Major de Sarrià»; «Viernes 14, 19 horas: Conferencia “El comercio justo… Del comercio internacional”».

 

Jordi Bigues es primo del director Bigas Luna —el nombre del cineasta era José Juan Bigas Luna—; sus hermanos son personajes profesionalmente superlativos, y de pequeños vivían todos en Sarrià, en el mismo edificio de la calle Duquesa de Orleans —una calle tan bonita como su nombre. Supongo que Bigues se ha catalanizado el apellido. Mi primer contacto con él fue a raíz de una promoción inmobiliaria que Núñez y Navarro quería construir en unos terrenos forestales del parque del Castell de l’Oreneta. La urbanización debía levantarse en las inmediaciones del monasterio de Pedralbes. Las diez monjas clarisas allí enclaustradas firmaron un manifiesto vecinal que pedía al Ayuntamiento que detuviera la promoción. Bigues me avisó del apoyo de las religiosas y escribí una noticia. Meses más tarde, Bigues me comunicó que estaban meditando si concederme un nuevo premio vecinal que promovía él, L’Oreneta d’Or —o un nombre similar—, que reconocía el empeño de algún vecino en pro del patrimonio del barrio. Bigues me aclaró pocas semanas después que finalmente no habría Oreneta d’Or porque «los comunistas» del barrio, los herederos del PSUC en concreto, según Bigues, consideraban que conceder galardones «es algo burgués».



 

 

 

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Los planes de Núñez y Navarro en el parque de l’Oreneta se detuvieron y el gobierno municipal accedió a recompensar a la empresa con la estratagema favorita de esta compañía, la permuta: «Dado que no me dejáis construir allí donde tengo derecho a construir, tenéis que cambiarme mi solar por un terreno similar»; normalmente le dan uno mejor. Núñez y Navarro es la constructora por excelencia de la zona alta. Sus obras se encuentran por todas partes; a su fundador, José Luis Núñez —en paz descanse—, también se le veía en actos sociales en los que se dejaba querer, aunque él también, como Hoeneß, Rato o Urdangarín, era un condenado por la justicia, incluso presidiario. Sin embargo, Núñez no se perdía su día de visita en el Open Godó. Me lo encontré dos veces, siendo ya un condenado por sobornar a inspectores de Hacienda, entrando en loor de multitudes por el arco principal del gran certamen tenístico de la ciudad. Apretones de mano, mensajes de ánimo, un abrazo, José Luis, y quien no lo podía hacer en público —por ejemplo, en el espacio para invitados del Banco Sabadell— lo hacía en un apartado, en un gesto discreto, pero de camaradería que el rey del ladrillo sabría apreciar. Núñez es una excepción en el rechazo de las élites hacia el caído. Quizás es porque no había caído, porque su nombre sigue elevándose con la fuerza de sus grúas.

 

El Open Godó de tenis es uno de los pocos reductos donde la gente de orden puede sentir que su influencia prevalece como antes. El deporte es una excusa, lo que principalmente les interesa es el village, «el networking que se hace allí», según me explicó en 2013 el presidente del club, Albert Agustí. Las personas más cercanas lo conocen como Beto Agustí, de Alberto, pero institucionalmente se llama Albert. El Open Godó es un espacio propicio para el convergente de antes —convergente de Convergència i Unió—, aquel hombre o mujer que vivía feliz votando al statu quo nacional mientras lo pasaba en grande con las victorias de la Roja y de Rafa Nadal. Quedan pocos, de esos, y el torneo Godó es el lugar para reavivar viejas emociones. En paralelo al Open Godó encontramos el Concurso de Saltos Internacional del Polo (CSIO), un lugar para las fuerzas del orden en castellano y la camisa desabrochada que describía Vila Casas. Pueden parecer espacios similares, pero no lo son, porque la lógica sociológica del CSIO es casi inmutable y la del Open Godó fluye según cómo sople el viento. La prueba de ello es que el rey Juan Carlos dejó de presidir la final del campeonato, mosqueado por el flirteo de los Godó con el independentismo. El rey, en cambio, podría pasarse por el CSIO sin ningún problema, al contrario. Si Albert Agustí fuera presidente del CSIO se haría llamar Alberto Beto Agustí: el anterior presidente del Polo era



 

 

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Eudald Bonet, de la familia fundadora de las cavas Freixenet; su nombre de guerra es Daldo Bonet —de Eudaldo—, para amigos, familia y el resto del universo.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Glamur

 

 

 

 

Una de las lecturas que espero cada año en La Vanguardia son las crónicas sociales de Margarita Puig desde el village del Open Godó. Mi devoción por Puig es tal que la incluí en una serie de cronistas de Barcelona que publicamos en El País. En aquel artículo destaqué algún ejemplo reciente de sus textos sobre el torneo: «Hay especialistas en estilos más casual como Ignacio Malet (Happy Socks), José Turull (Scholl, los zapatos que han pasado de la farmacia a los armarios de las más trendies, incluida Bimba Bosé) y Joan Casamitjana (aunque ayer anunciaba que ahora está más por el yoga y por el retiro de Cal Puig en Olot que por los estilismos propios o ajenos)». Las joyas que se pueden encontrar son inagotables:

 

25 de abril de 2012: «La baronesa Thyssen fue la responsable de revolucionar el village. Pero no era su primera vez. De la mano de Calamanda Grifoll, la directiva más impulsiva del equipo de Beto Martín [apunte: no confundir a Beto Agustí con Beto Martín; este último es un tenista barcelonés, probablemente de orden], que reunió a un grupo de mujeres influyentes entre las que no faltaron Marisa Falcó, condesa de Godó, Carmen Barjau o Tita Cervera, que rindió su segunda visita al club de Pedralbes y aseguraba que su sueño en la vida es venirse a vivir cerca. Para su cita escogió un look veraniego, unos Chanel de tacón alto demasiado fino —que se enredaron en los listones del parqué de la carpa del RCT Barcelona— y un mullido bolso de color coral que gustó a los amantes de la moda y que arrancó más de un elogio».

 

25 de abril de 2013: «En la carpa del RCT aún había más intensidad porque Calamanda Grifoll renovaba su encuentro con señoras como Marisa Falcó, condesa de Godó, Liliana Godia, Carmen Barjau (la esposa de Beto Agustí), Cristina Castañer (la diseñadora de las famosas alpargatas, las más



 

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válidas para desenvolverse en la terraza de madera y sus rendijas traicioneras). También con Rebeca (la que canta “Duro de pelar”), la extenista Conchita Martínez y Rosa María Esteva, del grupo Tragaluz. En representación de la parte más fitness de la ciudad había Ramon Canela, que aprovechó para hablar con los concejales Forn y Fandos sobre la prueba atlética que el grupo DiR prepara para la Diagonal […] Todo un lujo ver el desfile de las piezas más chic de la temporada y de zapatos de finísimo tacón, que, a pesar de no ser muy adecuados para los listones del village, son pura tendencia esta temporada. Les dio el visto bueno Lluís Sans (Santa Eulalia celebra sus ciento setenta años), uno de los pocos señores que se añadió al grupo». 25 de abril de 2016: «En un perfecto ejercicio de protocolo, Montse Solsona distribuyó a los muchos vips que saben aplaudir el mejor tenis, como Luis Conde, Josep Maria Bartomeu, Marta Carranza, Enrique Lacalle, Enrique Hevia o José María Fernández Ulloa, presidente de Grant Thornton. Todos vivieron desde el primero hasta el último minuto de este partido en el que Nikishori tuvo también su séquito animándole en japonés. Tampoco faltaron Risto Mejide (junto con su inseparable Laura Escanes) ni la rubia Miss Mundo Mireia Lalaguna, que pudo ver poco tenis, no solo porque la pamela de Antonia Dell’Atte tenía que impedírselo por fuerza, sino porque no apartó la vista del móvil. Ramon Canela, de quien dicen que está a punto de proyectar aún más su grupo DiR, Pedro Martínez de la Rosa y los doctores Bonet, De Benito y Galindo-Planas, además de familias al completo como los Suqué, Durall, Lerín o Marfà fueron los muchos que se emocionaron viendo al campeón descorchar por novena vez el mágnum de Segura Viudas».

 

Mi reacción después de transcribir estas líneas ha sido levantarme de la silla y aplaudir; si esta no es la reacción del lector, puede ser básicamente por dos razones: porque lo que se describe le sulfura o porque todavía no lo encuentra lo bastante descriptivo de lo que es el mundo del orden. Si la razón es la segunda, entonces hay que recurrir al gran apuntador de la beautiful people de Barcelona, Carlos Martorell.

 

También he entrevistado a Martorell, siento por él una devoción igual que por Margarita Puig. Para su sorpresa, la entrevista ocupó una página en el

 

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diario Ara. Me convocó en su casa, en la avenida Tibidabo. Un apartamento señorial, perfectamente decorado, con un despacho abierto a la ciudad a través de unas vidrieras, con unas vistas que quitan el hipo. Martorell no entendía mi interés; me observaba con algo de desconfianza y de desdén. Hemos coincidido en un par de eventos sociales y soy yo quien me he acercado a saludarle. Supongo que porque su mundo periodístico es diferente del mío — él es relaciones públicas de vips, clubes, hoteles y restaurantes—, su reacción fue poner cara de «pero este chico quién es, qué quiere de mí».

 

Conocía el lugar donde vive Carlos Martorell por las fotografías que él había publicado en su blog a raíz de la nevada que cayó en Barcelona en 2010. Martorell escribió con motivo de aquella efeméride uno de sus característicos textos supuestamente mordaces que combinan el elitismo con una aproximación a los problemas de la ciudadanía:

 

A las 4 de la tarde me asomé a la ventana y vi este panorama moscovita delante de mi casa. La parte trasera de la casa me hizo pensar en Saint Moritz. Me puse un chaquetón de marmotas, que no había usado desde mi último viaje a Moscú, y bajé a la calle para hacer unas fotos. […] Regresar a casa, cuesta arriba, con el viento en contra, y los pies congelados me pareció una hazaña imposible. ¿Dónde podía refugiarme? No muy lejos estaba el prestigioso parvulario Carles Riba, de mi amiga Cristina Jover. [Apunte del autor de este libro: el parvulario Carles Riba, ubicado en el laberinto de torres y elegantes fincas de la Bonanova, se hizo célebre porque la infanta Cristina tenía matriculados a sus hijos; mis hermanas también eran alumnas del Carles Riba. Recogerlas era una inmersión en un efímero encuentro con un batallón de niñeras y madres parapetadas dentro de todoterrenos aparcados en doble fila].

 

Dos días antes de la nevada, el periódico La Vanguardia publicó una foto, tomada por mí, muy cerca de mi casa, que mostraba una absurda y numerosa hilera de bancos, en un lugar de paso rápido de coches, donde nadie se sienta nunca, razón por la que yo denunciaba ese despilfarro en mobiliario urbano. Como un castigo del cielo, me vi obligado a sentarme, y a estrenar uno de aquellos bancos, tan criticados por mí en La Vanguardia, para poder despojarme, definitivamente, de mi maltrecho calzado, y continuar mi periplo con tan solo dos

 

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bolsas de plástico protegiendo mis pies. Mi elegante chaquetón de marmotas, totalmente empapado, había perdido su glamur por completo y parecía un perro que se había caído a una piscina. Estando sentado en el banco, con un deplorable aspecto de mendigo sin techo, con mis botas destrozadas y tiradas a un lado, cara de agotamiento, y la nariz como un tomate, se me acercó una señora y, con expresión de profunda pena, me dio una limosna. Cuando vi aquellas dos monedas sobre mi guante empapado, se me escapó una carcajada. Y le dije: «¡Ey, señora!, estírese un poco más, que estaba pensando en irme, esta noche, a dormir al Ritz».

 

El humor de Martorell no es precisamente hilarante y puede resultar pretencioso; la soberbia es inherente a la élite. En el caso de Martorell, los defectos son superados por sus virtudes. Es una figura necesaria para entender la modernización de la sociedad española desde la década de los sesenta hasta los noventa. Ibiza en concreto es el vertedero de famosos, drogas y calimochos por el que es conocida mundialmente gracias en parte a Martorell. Cito de su blog:

 

En 1967, Oriol Regàs me pidió que le ayudase a organizar un avión privado invitando a pasar tres días, en Ibiza y Formentera, a un grupo de ciento veinticinco clientes de la entonces mejor discoteca de España, Bocaccio. Nos instalamos en el hotel Montesol. Salimos en muchos periódicos. Después de aquel viaje decidí que abandonaría mi aburrida carrera de abogado y me escaparía a vivir en total libertad en la fantástica Ibiza hippy. Abandoné el lujo y la comodidad familiar, y escapé a Ibiza, a la aventura, con una mano delante y otra detrás. En cuestión de horas cambió mi forma de vivir. Fue toda una revolución cultural y física. Ibiza fue el grano de pus en el cutis liso de la España de Franco. En Ibiza, incomprensiblemente, había libertad. Los ibicencos nos llamaban «los peludos». Pero fuimos los hippies quienes promocionamos la isla a nivel internacional. Alquilé un apartamento y luego compartí casa con Juan Carlos Herrera en Sant Jordi. Y finalmente, en 1971, me compré una casa en la ciudad vieja. En el piso de abajo vivía una familia gitana, y años más tarde pude comprar todo el edificio por cuatro duros. […] Recorría la isla a caballo, sin



 

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asfaltar, buscando casas y terrenos para vender. Pasaba los otoños en Manhattan haciendo periodismo y el resto del año en Ibiza. La Tierra era el bar musical de moda. Allí se reunía la gente más guapa que nunca he visto. Y su propietaria, Arlene, ponía la mejor música. Por la noche bailábamos en una minidiscoteca llamada Lola’s. Yo organicé la Noche Blanca. Durante treinta y cinco años alquilé una casa de campo, sin agua corriente ni electricidad, en Sant Carles. […] En el enorme sofá, hecho con tres colchones de matrimonio, yacían hippies, altezas reales, artistas mundialmente famosos, intelectuales, top models y empresarios. Elle MacPherson y Arki Busson se relajaban en aquel ambiente de velas y silencio. José Luis de Vilallonga, marqués de Castellbell. Pablo Bofill, Paulina Rubio y la modelo Celia Forner. Nicole de Almeida y la condesa Jacqueline de Ribes, nombrada mujer más elegante del mundo. Construí un pequeño baño en el patio, con una ducha colgando, de safari. Y colgué otra ducha en las ramas de un árbol. Para evitar ser detenido por la Guardia Civil por practicar el nudismo, me confeccionaron un tanga de estilo Tarzán que rápidamente se puso de moda en las playas de Ibiza […] Mi casa de Sant Carles apareció en varias revistas, libros y programas nacionales e internacionales de televisión. La revista Interviú me dedicó seis páginas tituladas «La llave de un paraíso», realizadas por Luis Cantero y Oriol Maspons. Fritzi Northampton, en el libro Ibiza, a Mediterranean lifestyle, dedicó ocho páginas a mi casa. En 1968 enseñé la isla a Ricardo Urgell [propietario de Pacha] y se enamoró.

 

El ego de Martorell es proporcional a su importancia en el mundo de las relaciones públicas, también, indirectamente, en la degradación de Ibiza. Ahora vive medio retirado, relata sus proezas en artículos del Diario de Ibiza y en un blog decadente y pésimamente diseñado; igual que el mundo del que proviene. Martorell ha seguido organizando la fiesta Flower Power, un evento de Pacha Ibiza que en sus orígenes fue un bombazo por la novedad comercial que suponía, y donde los famosos más rutilantes del momento se dejaban ver; hoy es sobre todo un cementerio de elefantes, de estrellas que se apagan, empresarios de palco del Bernabéu y del Camp Nou y alguna cara conocida de la portada del Lecturas.

 

Ricardo Urgell vendió Pacha en 2017 a un fondo de inversión británico.

 

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Corte y confección

 

 

 

 

Mi encuentro con Martorell coincidió con la salida a la venta de Vidas y apariencias, la biografía de Luisa Sallent, la amante oficial de Juan Antonio Samaranch. Sallent, además de ser la querida de Samaranch, es una señora de orden. Es la tía política de Carlos Martorell y de su hermano, Fernando Martorell, expresidente del Real Club Deportivo Espanyol y conocido publicista de la ciudad. Al final de nuestra entrevista, con Martorell comentamos algunos apartados del libro. La biografía de Sallent, publicada en 2011, cayó en la zona alta de Barcelona como una bomba de neutrones. Quien más y quien menos sabía de las intimidades que Sallent explica, pero que lo hiciera público y disponible para todos, fue un golpe de efecto maravilloso.

 

Resulta inevitable sentir simpatía por Sallent, ponerse de su lado. Llegó al mundo del orden por la entrada del servicio. Es hija de menestrales de Ripollet. En su casa eran carniceros. Sallent explica que, por vergüenza, nunca reveló a Samaranch que de adolescente había trabajado en la carnicería de sus padres. En una entrevista de 2012 con Arantza Furundarena, Sallent retrató con una sola respuesta cuál era su figura en los círculos de poder barceloneses:

 

Pregunta: Todos los hombres de los que se enamoró eran casados y con una doble vida. ¿Falta de autoestima por su parte?

 

Respuesta: Seguro. Mi madre me inculcó que una pastora es para un rey solo si se hace merecedora de ello. Esto me ha lastrado. En el fondo siempre me consideré la pastora.

 

Sallent era —es— una pastora bellísima que llegó a la gran ciudad para trabajar como modelo. El primer príncipe azul que la pastora aceptó fue el tío Martorell. Como sucede a menudo, la realidad no es la de los cuentos, y el príncipe era un desalmado que la zurraba. Convivió dieciocho años con Samaranch, la mayoría a escondidas —hasta que murió Bibis Salisachs, la



 

 

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esposa de Samaranch. La devoción que sentía por él la hizo merecedora de una parte de la herencia, «para que pudiera vivir a mi nivel. Y me parece más que suficiente», explicó Sallent a Furundarena.

 

Sallent se dedica al arte. Es escultora, pintora, expone en Ibiza, en las galerías de amigos y conocidos. El arte como válvula, primero de entretenimiento, luego de liberación, es una constante histórica para las mujeres de la burguesía europea. Sallent lo explicaba así en una entrevista de 2015 en La Vanguardia:

 

Periodista: Hay esculturas suyas en el Gran Teatro del Liceo, el Palau de la Música, en Lausana… [Apunte del autor: Sallent juega en casa en el Liceo y en el Palau de la Música; Lausana es la ciudad suiza donde Samaranch vivió veintiún años como presidente del Comité Olímpico Internacional].

 

Sallent: Yo no tenía ninguna formación, he pintado a corazón abierto y he sido mejor escultora que pintora, pero autodidacta. Por instinto.

 

Periodista: Empezó a pintar tarde.

 

Sallent: A los treinta y tres años. Un buen día, mi marido, que no sabía qué regalarme, me dio un caballete profesional. «¿Qué hago yo con eso?», pensé. Lo primero que pinté fue a la tata Guadalupe, que cuidaba de mis hijos. Luego sería mi modo de vida.

 

Mi abuela también pintaba y esculpía. En vida de su marido, mi abuelo, ella pintaba, pero no pudo matricularse en Bellas Artes; me explicó que él no se lo permitía, que no era propio de una señora. También pintaba cuando era pequeña, pero sus padres tampoco dejaron que estudiara Bellas Artes; en cambio, sí la inscribieron en corte y confección, estudios que superó con notas excelentes.

Mi abuela retrataba a familiares y amigos, no habría dibujado nunca a la tata, como sí hizo Sallent, porque mi abuela podía ser extraordinariamente clasista y las empleadas del hogar eran su némesis. Guardaba un fichero con decenas de cartulinas que describían a cada una de aquellas víctimas que habían pasado por su casa. Solo una vez me permitió echar un vistazo a una de las cartulinas: se indicaba el nombre y la nacionalidad de la despedida, sus puntos fuertes y al final una retahíla de reproches dedicada a todo lo que la asistenta hacía mal, con especial énfasis —en el caso de la persona descrita en



 

 

 

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la ficha que pude ojear— a su manía de dirigirse a la señora como si fueran amigas de toda la vida.

 

En eso, la diferencia entre mis dos abuelas era enorme. Si la abuela paterna podía perfectamente despedir cada año a media docena de asistentas, mi abuela materna tuvo durante cuarenta y cinco años a la misma empleada, Carmen. En verano aterrizaban muchas sirvientas desventuradas en la torre de mi abuela paterna en el Port de la Selva que huían en cuestión de días. Una de ellas tomó el autobús de línea de vuelta a Barcelona el mismo día en que llegó.

 

Mi abuela lucía sus virtudes con el hilo y la aguja que aprendió en la escuela de corte y confección, y hasta que murió su marido no se matriculó en la facultad de Bellas Artes, en los años ochenta. Posiblemente era la alumna de más edad de la facultad —por aquel entonces ya había superado los sesenta años— y era querida por todos. Se relacionaba con los profesores y era miembro de círculos de artistas del barrio Gòtic. En algunas ocasiones nos llevaba a mí y a mi hermano a exposiciones en la plaza del Pi o incluso a alguna clase de escultura de la facultad. La experiencia de un niño paseándose entre los estudiantes armados con herramientas que esculpían bloques de piedra, y mi abuela allí al frente de todos aquellos jóvenes, no tenía precio. El amor que sentía por sus nietos desbordaba su (mala) educación clasista.

 

Mi abuela era producto de unas circunstancias, como lo somos todos. Por suerte, ella no tiene ninguna estatua dedicada ni ninguna calle lleva su nombre, porque seguramente la retirarían. Las sociedades suelen juzgar el pasado a partir de sus códigos presentes. No hace falta ser un genio para entender que los referentes y las costumbres de alguien que nació en 1923 son muy diferentes de los de alguien que nace hoy.

 

La última vez que mi abuela hizo una salida de ocio fue para visitar una retrospectiva del pintor Piranesi en el CaixaForum. Yo le empujaba la silla de ruedas, y ella me describía, ante los cuadros, el horror vacui —«miedo al vacío»— que caracteriza las grandiosas estructuras que dibujaba Piranesi, espacios sobrecargados de edificaciones que contrastan con la soledad de algún humano que aparece diminuto. Desde aquella tarde en el CaixaForum, cuando tengo ataques de hiperactividad, o cuando hablo por hablar, Paloma me dice que me ha dado un ataque de horror vacui. La cantidad de cosas que aprendí con mi abuela, su ascendente creativo en mí, aún me sirve hoy de luz cuando me pierdo en el horror vacui de la existencia.



 

 

 

 

 

 

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Turó Park

 

 

 

 

Luisa Sallent define a la cafe society de la zona alta de Barcelona como «la alta suciedad». La violencia machista, el clasismo, la hipocresía con el poder y con ellos mismos. Los matrimonios, por ejemplo, eran una nave que navegaba sin rumbo. En vez de dejarlo correr, evoca Sallent en su biografía, hombres y mujeres mantenían la unión y lo compensaban entreteniéndose con intercambios de parejas. Margarita Puig, durante la entrevista que le hice para El País, sentados en un banco de la zona de recreo infantil de Gal·la Placídia, comenzó a señalar varios puntos de los edificios de la plaza garantizándome que aquí y allí había pisos especializados para intercambios y orgías entre adultos de la mejor tradición burguesa.

 

Nada nuevo, ya lo contaba Josep Maria de Sagarra en Vida privada. Existen, eso sí, diferencias fundamentales entre la burguesía de los años veinte o treinta y la actual: la de Sagarra aún vivía en el Eixample y la de ahora hace décadas que se refugió en las latitudes más elevadas de la ciudad, barrios tranquilos, al abrigo de la montaña, lejos de la amenaza tumultuosa de la masa. Entonces, en tiempos de Sagarra, a pesar de la tensión política —las desavenencias con los sindicatos se solucionaban a tiros— había una burguesía que invertía en cultura y en construir el país. La Mancomunidad de Cataluña —una suerte de gobierno autonómico que funcionó entre 1914 y 1924— es el paradigma de ello, pero también lo era el marqués de Comillas, que financiaba las aventuras literarias de Jacint Verdaguer, o las genialidades arquitectónicas de Gaudí. Actualmente pueden contarse con los dedos de una mano los próceres industriales de Barcelona que se preocupan por ampliar este bien común.

 

Un factor fundamental que separa a Sagarra de sus homólogos contemporáneos son los cuarenta años de franquismo. En Bibis Salisachs, esposa oficial de Samaranch, se vislumbraba, como en ningún otro animal del bestiario burgués del siglo XX, este hecho diferencial que provocó el franquismo. Son los vástagos de Salisachs los que sobreviven en este siglo XXI, recluidos en la menguante reserva del orden. De Salisachs, lo mejor



 

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que se ha escrito fue una necrológica de El País del año 2000 firmada por Jaume Boix y Arcadi Espada. Incluso la fecha de su fallecimiento, el inicio de un nuevo siglo, es rotundamente simbólica:

 

El día en que se casaba [Salisachs con Samaranch], el 1 de diciembre de 1955, Manuel del Arco publicaba en La Vanguardia una entrevista con ella en la que brillaban estos párrafos:

 

»—¿Te ha chillado ya?

 

»—Todavía no.

 

»—Y tú, ¿le has chillado?

 

»—Yo no chillo nunca.

 

»—¿Serás una esposa sumisa?

 

»—No, ni habrá motivo.

 

»—¿Sabes lo que dice la epístola de san Pablo?

 

»—Que la mujer debe sumisión al marido, pero fue escrita hace tanto tiempo…».

Aquel día iba a casarla Modrego. Pero el legendario arzobispo de la Barcelona franquista se negó, visto lo que traía el periódico: san Pablo no le habría perdonado.

 

Quince años después, en el Madrid de 1970, el ministro secretario general del Movimiento, Torcuato Fernández-Miranda, acabó con la carrera política de Juan Antonio Samaranch, destituyéndole al frente de la Delegación Nacional de Deportes. Las dictaduras siempre nombran y destituyen de manera muy opaca, pero entre las razones por las que fue apartado del deporte español el genio del Contamos contigo estuvo su mujer. Su mujer, tan bella, haciendo esquí náutico en las aguas de S’Agaró con un traje de baño muy ceñido, generosamente fotografiada en la prensa movimental. Su mujer, musa de la droite divine catalana, aquel mundo decorado por Manolo Muntañola, financiado por Jaume Castell, protegido por Carmen Franco, traducido —luego— al catalán por Arturo Suqué y apurado hasta el alba en los veranos de Cala Gogó; un mundo que nunca experimentó ante el placer los graves complejos de culpa —que tanto les han rendido literariamente— de sus homónimos gauchistas y bocaccianos; un mundo presidido por el altísimo lema que mamá Rowe dictó



 

 

 

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a la Bibis adolescente: «If you can’t be good, be careful», «Si no puedes ser buena, ve con cuidado».

 

Murió el sábado, tendida en su hogar barroco, sin un milímetro concedido al vacío y a su horror. Una casa con vistas al Turó Park y a su lago con nenúfares, el centro físico y moral de su vida. Cerca del parque, en la Diagonal, encima de un bar de mucha y larga moda que llamaban Bagatela —hoy José Luis— nació el día de San Esteban de 1932. Cerca, muy cerca del parque, en el desaparecido Skating, su marido aprendió a esquivar la vida, montado sobre sus primeros patines.

 

 

 

Había una manera de ser en la vida de las Bibis que preveía el derrumbe de lo que representaban, como si el gran parterre de césped del Turó, arrasado últimamente por los paseadores de perros, fuera una metáfora de lo que quedaría de su mundo. Javier Pérez Andújar, cronista de la Barcelona de extrarradio, actuó de heredero del Pijoaparte de Marsé en el libro Catalanes todos. Pérez Andújar retrata el franquismo barcelonés de postín. En este libro, el autor actúa de outsider que fabula los años de la droite divine a partir de viejos ejemplares de la revista Hola!, ejemplares que había adquirido en el mercado de los Encants. Pérez Andújar reproduce una fiesta de disfraces en el palacete del industrial textil Muñoz Ramonet, en la calle Muntaner, a partir de una crónica rosa de Hola! Lo que Pérez Andújar imagina que dice Muñoz Ramonet podría ser la síntesis de este libro que tienen en sus manos:

 

Las niñas de los señores de la casa, Carmen, Isabel y Alejandra, recibieron a sus pequeños amigos vestidas de talaverana, valenciana y florista, respectivamente. Una amena función de polichinelas y una animada sesión de cine, separadas por un descanso, durante el cual se sirvió una exquisita merienda, engrosaban el programa de la fiesta. Entre la multitud de niños que allí se divirtieron, llamaron mucho la atención por sus disfraces María José Vidal-Ribas, que iba de Peter Pan; María José Sanz de Bremond, de pequeña tirolesa; Miguelito Gomis de Muller, que se disfrazó de indio; Javier Juncadella, de negro salvaje; Blanca Rivière, que se vistió de Caperucita encarnada; Ramón Cambó Guardans, de chinito, y de chinita, María Antonia Welsch; Mary-Carmen de Ros Gotor llegó vestida de



 

 

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alegre gitanilla, y Ramón Badal Lacambra se presentó de chinito mandarín. Ninguno tuvo la ocurrencia de aparecer vestido de jugador del Barça.

 

Julio Muñoz Ramonet dio un trago a su vaso de ginebra y se quedó en vilo observando el alboroto de la chiquillería. —¿En qué piensas, Julio, cariño?

 

—En el futuro.

 

—¿En el futuro de los chicos?

 

—¿Ellos? Aquí no lo van a tener. Son hijos nuestros y a nosotros nos ha puesto el pasado.

 

Las dos hijas de Muñoz Ramonet ya no viven en Barcelona y mantienen un contencioso legal con el Ayuntamiento de Barcelona porque su padre legó el palacete y sus obras de arte al consistorio. Las hijas, las Thelma y Louise del orden, escondieron las joyas más preciadas para evitar que cayeran en manos del pueblo.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Héroes

 

 

 

 

En el mundo del orden hay dos tipos de macho alfa: el burgués que actúa como aglutinador del colectivo —el pal de paller— y los pijolocos que aspiran a ir más allá de una cacería con Franco o de navegar por las aguas de Mallorca con el rey. Esta mutación del pijoloco tiene como referente, entre las personas hasta ahora citadas, a Juan Antonio Samaranch.

 

Samaranch asumió cargos de relevancia durante el régimen franquista: presidente de la Diputación de Barcelona, delegado nacional de Deportes… El individuo estándar de la alta burguesía de Barcelona ni se expone tanto en los medios de comunicación —una entrevista y un semáforo verde en La Vanguardia es el límite aceptable— ni llega tan lejos en su ansia de poder; porque no cree en ideologías, porque el dinero es su patria y no el poder en sí mismo. Samaranch en algún momento debía creérselo.

La dinastía Palatchi, creadores de la firma de moda Pronovias, es un caso contemporáneo de anómala implicación en política —anómala según los parámetros burgueses indicados. Los Palatchi simpatizaban con el Partido Popular hasta el punto de celebrar en dos ocasiones el cincuenta aniversario de la compañía, la segunda para respaldar al PP durante la campaña de las elecciones generales de 2015, con un acto conmemorativo en el que fue protagonista la vicepresidenta del gobierno Soraya Sáenz de Santamaría. Pocos meses después, el hijo del dueño de Pronovias, Alberto Palatchi Jr. aceptó ser secretario de Política Empresarial del PP catalán. Es lo de menos que viviera en Estados Unidos y que la responsabilidad que le comportaba el nombramiento fuera ínfima: ninguna persona de orden de Barcelona aceptaría un cargo así, por la implicación directa en política que supone y, además, en un partido minoritario, hoy casi marginal, en Barcelona. Alberto Palatchi Jr. es, por todo ello, un personaje extraordinario. Desde principios del siglo XXI difícilmente se encontrará un caso de implicación tan significativa en política, por muy limitadas que sean sus funciones, por parte de alguien de la alta burguesía barcelonesa. Es importante tener en cuenta que, por parte de padre,



 

 

 

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Palatchi Jr. es hijo y heredero de Pronovias; por parte de madre, Susana Gallardo, Palatchi Jr. será uno de los accionistas de la farmacéutica Almirall.

Los Palatchi son habituales de la prensa del corazón, no solo porque el ámbito de la moda lo requiere, sino porque se han convertido en personajes de la droite divine. La politización, el ansia de fama y sus orígenes son hechos diferenciales de los Palatchi respecto a sus colegas de la burguesía del orden. Los orígenes de la familia son particularmente interesantes: Pronovias la funda el abuelo Palatchi, Alberto Palatchi Bienveniste, con su hijo. Palatchi I, sefardí turco, llegó a Barcelona en 1914, cuando estalla la Primera Guerra Mundial, acompañado de su hermano mayor. Con unas maletas cargadas de telas, los hermanos Palatchi se hacían pasar por expatriados suizos y visitaban pisos burgueses del Eixample para ofrecer sus servicios como modistas. En 1922 abrieron una tienda y en 1964 el hermano pequeño, junto con su hijo, inauguró la marca Pronovias. Esta compañía es una historia de éxito de manual, éxito económico, pero también de ascenso de clase: cincuenta años después, el nieto del inmigrante turco se puso bajo las órdenes de Xavier García Albiol, el doctor Moreau del PP que experimentó en Badalona con mensajes xenófobos lepenistas.

 

El extremo opuesto de la droite divine es la rama política de la gauche divine. Unos y otros se habían encontrado históricamente en la calle Cardenal Vives i Tutó, vía de conexión entre los barrios de Sarrià y Pedralbes. Separados por cien metros están el Tenis Barcelona y el monasterio de los Capuchinos. Mientras en la sala de actos de los Capuchinos, Jordi Bigues y sus acólitos de la izquierda altermundista celebran conferencias para despotricar contra la sociedad capitalista, los niños del vecino Liceo Francés regresan a casa acompañados por la empleada del hogar de turno o en el SUV de su madre, o se apresuran para llegar a clase de tenis en el vecino Real Club de Calamanda Grifoll. En marzo de 1966, en la sala de actos de los Capuchinos, cientos de universitarios de la clase media local se encerraban durante tres días para protestar contra la dictadura y para reclamar libertad sindical. Desconozco cuáles eran los ánimos en el Tenis Barcelona, pero es de suponer que eran diferentes de los de la célebre Caputxinada.

 

Predicando la paz entre los herederos de la Caputxinada y los herederos de Bibis & Samaranch encontramos al otro tipo de macho alfa del orden, el pal de paller. También es socio del Tenis Barcelona, pero tiene un barniz catalanista, o de españolismo tolerante. Detesta los extremos, no quiere cambios repentinos, quiere moderación. Si tiene un cargo institucional —por ejemplo, Beto Agustí, presidente del Tenis— y se reúne con un director



 

 

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general de la Generalitat, probablemente admitirá que «el derecho a decidir es el único camino de dignidad que le queda a Cataluña», tal y tal… Si se reúne con un secretario de Estado del gobierno, ejecutará el papel inverso: «Tiene que imponerse la cordura, el diálogo, dónde vamos a parar, no queremos conflicto», etcétera.

 

Estos pilares del orden habían votado por la difunta Convergència i Unió (CIU). En alguna ocasión, en las elecciones generales, podrían haber votado por el PP, pero el voto práctico para CIU los dejaba satisfechos, convencidos de que el timón del país estaba en las manos menos malas posibles. Esto es el pasado, el pleistoceno; hoy no existe el dirigente burgués barcelonés de CIU; de hecho, ni CIU existe. «El presidente en el exilio» de la Generalitat es de un pueblo de la comarca de La Selva; su vicepresidente era un historiador de Esquerra Republicana (ERC) de Sant Vicenç dels Horts; el jefe de filas en Madrid era un señor de Vic. El máximo dirigente del partido heredero de CIU, el PDECAT, es un chico del Bages. Los pilares del orden estaban acostumbrados a tratar con apellidos barceloneses con acento barcelonés: Miquel Roca, Macià Alavedra, Joaquim Molins, Artur Mas, Xavier Trias…

 

CIU ha desaparecido y el voto de estos pilares del orden se ha difuminado, en parte a favor del nuevo pragmatismo de ERC o del independentismo moderado —y fracasado— del PDECAT, pero sobre todo a favor del PSC. La prueba de ello la encontramos en las últimas elecciones autonómicas: Junts per Catalunya, el partido del nacionalismo cabra de Carles Puigdemont y Laura Borràs, fue la fuerza más votada en Pedralbes, Sarrià, Sant Gervasi, Vallvidrera y Tibidabo; en todos estos barrios, el PSC quedó segundo, incluso quedando primero, por poco, en Tres Torres.

 

 

 

La entrevista con Toni Castelló fue un viaje en una máquina del tiempo. Yo tomaba notas como si fuera un biólogo que ha identificado un ejemplar de una especie que se creía en extinción. Castelló es un médico y empresario de una familia histórica de Terrassa. El encuentro se produjo a finales de 2019 en el Club Egara, a raíz de un reportaje para El País. Su abuelo, Antoní Escudé, es recordado como el introductor del hockey hierba en Cataluña. Castelló reside en Matadepera, donde se encuentran los principales clubes de hockey de la región, uno de los municipios más ricos de España. En 2018 era el número uno en renta per cápita, según la Agencia Tributaria. Los vecinos del pueblo con los que hablé se justificaban, decían que no era para tanto, que era porque



 

 

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la familia Lao, los propietarios de Cirsa, la multinacional de las tragaperras, se habían vendido la compañía y por eso la renta local se había disparado. Pero lo cierto es que el año anterior, Matadepera, sin la venta de Cirsa, estaba en la cuarta posición de los más ricos de España.

 

Algo diferente intuí solo entrar en el chalé social del Egara. Lo primero que me encontré, dándome la bienvenida, eran las fotografías de los jugadores del club que eran internacionales con la selección española, uniformados con los colores de la selección. Teniendo en cuenta el contexto político, y que en las elecciones autonómicas de 2021 el independentismo en Matadepera obtuvo el 73 % de los votos, este muro de la fama era mucho más que una excepción, era una declaración de principios. Con unos límites, eso sí: en la sala de juntas del club observé arrinconada en una estantería la foto del rey Felipe VI que anteriormente debía colgar en algún espacio destacado. Castelló, persona respetada en el club, saludaba a diestro y siniestro durante nuestro encuentro en el Egara. Vestía informal pero elegante. Llevaba náuticos de aquellos cuadrados y robustos que a los niños bien nos compraban nuestras madres para ir al colegio. Castelló tiene el aspecto de un niño grande, de alguien que ha tenido una vida apacible. Aseguraba no entender lo ocurrido durante los años del procés. Me explicó que él era escéptico por naturaleza y que escuchaba a todo el mundo. Prácticamente todos sus amigos son independentistas, me confirmó, y recordaba bromeando cuando se desplazaban en Audi a las manifestaciones del 11 de septiembre. Él también sería independentista si siguiera los impulsos de su corazón, me dijo, pero primero tenía que atender a la razón: «En Cataluña las cosas progresaban, avanzábamos como un diésel, también en autogobierno. Pero de pronto decidimos que queríamos viajar en un Porsche, y a cuatrocientos kilómetros por hora. Y eso, además de ser peligroso, si no sabes hacia dónde vas, tiene consecuencias».

 

Castelló, ante mi perplejidad y haciendo todavía más grande su figura, tampoco pretendió convencerme de que era de izquierdas. Cuando por ejemplo quitaba importancia a si Matadepera era o no el municipio más rico de España, no lo hacía por el sentimiento de culpa de que sus vecinos amasen fortunas y vivan en casas que quitan el hipo: lo hacía por aquello tan propio de la burguesía catalana de no querer presumir. Castelló me hacía razonamientos de derechas sin ningún tipo de complejo. Me detallaba, por ejemplo, qué podíamos aprender de un modelo autoritario como el chino:

«Estuve en enero de 2020 en China visitando la planta de un fabricante de microscopios, soy su distribuidor en España. Era una fábrica de trescientos



 

 

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empleados, inaugurada en 2016. El director general me comentó que iban a construir una fábrica nueva, en cuatro años se había quedado pequeña. Ante mi pregunta de cómo era posible, me comentó que no era ningún problema. Acudió al gobierno regional solicitando ayudas para construir una nueva fábrica, presentando su histórico y el proyecto de generar más puestos de trabajo y aumentar las exportaciones en un sector de alto valor añadido. El gobierno le facilitó el terreno y la financiación. Los gobiernos que dedican esfuerzos a potenciar iniciativas empresariales sólidas generan puestos de trabajo, riqueza y mejoran el nivel de vida de la población y la competitividad del país. Para repartir riqueza primero hay que generarla».

 

Castelló me causó una excelente impresión, por su cordialidad, generosidad y porque nada contracorriente, sobre todo en un lugar como Matadepera, donde el nacionalismo catalán es hegemónico. También había algo familiar en él, una manera de ser con la que yo había crecido y que hoy ha desaparecido.

 

 

 

 

El estereotipo del pilar del orden fue durante décadas el senyor Esteve, el personaje literario de Santiago Rusiñol. La tienda es la primera de sus prioridades; el heredero es la segunda; el resto de los asuntos interesan al senyor Esteve si influyen directamente en su negocio. En casa había oído decir que el senyor Esteve se inspiraba en Esteve Monegal, fundador del fabricante de perfumería Myrurgia. No hay documentos que lo atestigüen, y probablemente hay muchos otros viejos apellidos burgueses que se vieron reflejados en la ficción del senyor Esteve. Pero lo cierto es que Rusiñol y Monegal eran coetáneos. Monegal era un extraordinario escultor y cartelista modernista; hoy es impensable que un empresario de este calado tenga la sensibilidad artística de aquel Monegal. Un ejemplo tan fenomenal como excepcional de esta intelectualidad empresarial fue José Daurella Rull. Su padre, Santiago Daurella, sentó en 1853 las bases del emporio familiar, convirtiéndose en el primer importador de bacalao del norte de Europa en España. José Daurella Rull continuó con el negocio mientras ejercía como catedrático de metafísica en la Universidad de Barcelona. Fue profesor de Josep Pla en la Facultad de Letras a partir de 1913. El escritor ampurdanés le dedica dos páginas sardónicas en El quadern gris como ejemplo de un sistema de enseñanza anquilosado, ineficiente y soporífero. Mi ejemplar de El quadern gris tiene un par de párrafos subrayados del pasaje dedicado a Daurella, a quien Pla presenta como un «comerciante fuerte de bacalao». Los



 

 

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párrafos los destaqué porque son divertidos y porque son la quintaesencia del estilo de Pla:

 

Vestía de negro, de un negro definitivamente respetable, de casa funeraria. El cuello era grueso y de fuerte diámetro sobre sus vastos hombros. Un plastrón de seda densa, sobre el que se destacaba una perla turbia, ocupaba el triángulo de la apertura del chaleco. Tenía los pómulos anchos, los ojos pequeños y vivos, el pelo negro aplastado sobre el cráneo y la boca algo torcida. La movilidad, la vivacidad de sus facciones, era extremada sobre un marco inmóvil de búdica impasibilidad. Cuando, en invierno, se enfriaba, aparecía con un fular de seda roja en el cuello que le daba un aire vagamente episcopal.

 

Todas estas cualidades externas pueden servir admirablemente a un hombre de tarima. Pueden contribuir a darle una fuerza natural. Pueden atribuir un aire decisivo a sus palabras. Era absolutamente notorio que el doctor Daurella poseía esas cualidades. Pero debemos ser justos: era un señor tan fuerte que no necesitaba el tono mayor para imponerse. Le bastaba con comer caramelos de menta en la tarima. El señor Daurella era un devorador de caramelos de menta. Unos eran verdes y otros eran rosados. Comer caramelos es un hecho completamente anodino e intrascendente. Comer caramelos sobre una tarima, enseñando la verdad fundamental, puede ser literalmente grandioso —no lo dudéis.

 

Un siglo después, los descendientes del devorador de caramelos de menta son los principales accionistas de la mayor y más rentable embotelladora y distribuidora de Coca-Cola del planeta —producen las bebidas de esta marca para Europa occidental y para una docena de países de África—, y son propietarios del consorcio de alimentación Cobega, que, aparte del negociado con la Coca-Cola, posee la distribución en exclusiva de Nespresso, marcas de salmón ahumado, de bacalao y franquicias de Domino’s pizza, entre otros. La presidenta de este conglomerado es Sol Daurella, una ejecutiva agresiva con las aficiones habituales de alguien que ha sido formada en unos cánones sociales muy concretos, entre ellos la discreción más absoluta. Le gusta la hípica, el golf, tiene casa en la Cerdaña, hace donaciones benéficas y sus amigos son en general los similares de su casta. Al mismo tiempo, y a pesar de su notoriedad, es prácticamente imposible encontrar declaraciones públicas



 

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de Daurella. Por eso sorprendió —porque es la única vez que ha sido el centro de la vorágine mediática— que aceptara en 2016 ser consejera del Diplocat, el servicio de promoción diplomática de la Generalitat. En pleno proceso de independencia, Daurella decidió que formaría parte de un equipo asesor del principal órgano de propaganda internacional del gobierno catalán. Dos meses después de aceptar el cargo, renunció por las presiones que recibió, políticas, pero también empresariales.

 

La polémica sorprendió porque fue protagonizada por una mujer que es alérgica a llamar la atención. Buena parte de las nuevas y fragmentadas élites de Barcelona simpatizan hoy con la aventura independentista, aunque, salvo excepciones, lo hacen sin estridencias, de forma pasiva y posibilista. Puede ser que Daurella sea una de esas tantas personas que han abandonado la reserva apache, pero al fin y al cabo preside un grupo empresarial que depende del mercado español: no solo de vender latas de refrescos, también de la venta de salmón ahumado, de cápsulas de café o de máquinas tostadoras.

 

Quizás en la decisión de Daurella pesó la opinión de su marido, Carles Vilarrubí. Hay hombres a los que el traje de raya diplomática les sienta de tal modo que podrían ser el extra ideal de una película de hampones del Chicago de los años treinta. Vilarrubí circula de vez en cuando por los juzgados sin que, afortunadamente para él, la cosa llegue a mayores. También procede de una familia razonablemente acaudalada, aunque fue más avispado que sus congéneres porque siendo muy joven ya intuyó el camino que seguiría el futuro y no tuvo que hacer cambios de guion repentinos. Entró discretamente durante la Transición en CIU y, poco a poco, haciendo amistad con la familia del Gran Hombre —Pujol—, terminó convirtiéndose en uno de los estandartes de lo que se conoció como el «sector negocios de Convergència». Primero ocupó cargos públicos en la Generalitat y después fue completando su currículum como ejecutivo de primera división: directivo de Grand Tibidabo con Javier de la Rosa, consejero de Telefónica en la época del pacto del Majestic de 1996 entre CIU y PP —la cumbre del orden junto con los Juegos Olímpicos—, socio del conde de Godó en el mundo radiofónico, presidente de la asesoría Willis, representante de la banca Rothschild y vicepresidente del Barça. Todo ello acompañado por alguna que otra investigación por presunta corrupción y guiños al independentismo.

 

Lo normal en alguien con el peso y las circunstancias sociales y genealógicas de Sol Daurella es que no se apunte a aventuras mundanas como el Diplocat ni que tenga un marido que participe en tertulias políticas y deportivas. El amor es ciego, dicen, y posiblemente se trata de eso, pero un



 

 

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pilar del orden —y Daurella lo podría haber sido— no juega con fuego de esta manera. En 2016, la Generalitat le concedió la Creu de Sant Jordi. En su lugar, fue a recogerla su hijo. El día en que se anunció el galardón, el nombre de Vilarrubí aparecía en la filtración de los papeles de Panamá: era apoderado de una empresa que había vendido unas bodegas a través de un paraíso fiscal. Un año antes, se la habían concedido a él, la Creu de Sant Jordi. ¿A quién se le ocurre involucrarse con políticos? Esteve Monegal o el senyor Esteve de Rusiñol no darían crédito.

 

Tengo un tío Monegal, era directivo de Myrurgia, gran compañía productora de perfumería y cosmética. Durante una huelga en la fábrica, la empresa consideró que su integridad corría peligro. Mi tío durmió durante unas semanas de incógnito en mi casa. Cada mañana le esperaba en la portería un guardaespaldas, un tipo enorme y elegante. Yo tendría unos ocho años y para mí, mi tío era un héroe. Se refugiaba en mi casa, dormía en la habitación de mi hermano; por la mañana yo me iba al colegio y me cruzaba en la portería con aquel hombre, tan concentrado en su misión, vigilando que no aparecieran los ninjas.

 

El pal de paller da la cara por el orden, por el bien de la empresa y por las propiedades de la familia. En el caso de mi tío, no fueron los sindicatos sino un primo más espabilado que los demás quien puso punto final a la empresa familiar, a noventa años de tienda del senyor Esteve. En la mayoría de los casos, no fue la amenaza roja la que bajó la persiana del negocio, sino la globalización. Es un final que tiene mucho de justicia poética; tantas décadas combatiendo la movilización socialista y es el capitalismo quien te retira del mercado.

 

Cercano a mí hay otro ejemplo: una empresa tenía que cerrar los centros de producción. Había que negociar el despido de la mano de obra. Los abogados de la empresa sobornaron a uno de los miembros del comité de empresa, que colocó un micrófono en la sala donde se reunían los representantes de los trabajadores. Años después, con el potencial delito ya prescrito, el empresario me contaba que aquella operación no le aportó ninguna información relevante, nada que le permitiera tomar ventaja en las negociaciones de los despidos. «Lo que sí recuerdo —me dijo— es que eran muy básicos, muy simples. Estaban peor preparados de lo que imaginaba».



 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Los pilares del orden

 

 

 

 

Todo el mundo es más simple de lo que nos imaginamos, no solo el sindicalista que lanza una piedra contra el coche del dueño, también el chino que tiene hambre de bienestar y trabaja hasta la extenuación para hundir a Occidente —sin ser consciente de ello—, o el especulador inmobiliario que juntando dos piedras descubre una mina de oro. El sistema nos empuja a hacer lo que hacemos. Ante este mundo de acciones viciadas de origen, motivadas por los instintos más elementales, los pilares del orden se plantan como el labrador que con constancia cuida del campo.

 

Josep Lluís Bonet es presidente de honor de Freixenet, expresidente de la Fira de Barcelona, presidente de la Cámara de Comercio de España. Bonet es redondo, tiene forma de peonza. Usa gafas de un cristal grueso, tiene cara de hobbit de los libros de Tolkien. El independentismo catalán siente por él una tirria terrible, pero él se mantiene firme, convencido de unos principios tan elementales como desear el orden y el progreso de su negocio. El negocio de Bonet ha sido vender vinos y cavas, y el hombre sufre porque el cava forma parte de la idiosincrasia de Cataluña, y en España hay gente que ya no quiere saber nada ni de la idiosincrasia de los catalanes ni del cava. Bonet achica agua y se moja mediáticamente por la Marca España, por la Cámara de Comercio de España y por el entendimiento entre instituciones españolas y catalanas. Bonet no es un pepero como los Palatchi —que no sea un pepero no significa que no les vote; no sé si lo hace—, tampoco es independentista como Vila Casas —esto no significa que no pudiera votar por Convergència; tampoco es una persona que quiera aparentar nada: Bonet es sencillo, es tal cual. Lo entrevisté en una ocasión, durante mi etapa postadolescente en la revista Actualidad Económica. Me desplacé al Penedès en tren y él me recogió en la estación. Conducía un Audi de aquellos tan cuadrados, como aquel de mi abuela al que de pequeño me daba vergüenza subir. Ignasi Barba, más conocido por su personaje Nacho de Sanahuja, dice con acierto que ya no se fabrican coches cuadrados, que ahora los hacen de líneas más suaves, como



 

 

 

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si se quisiera evitar el símbolo de autoridad que representa la contundencia de los ángulos rectos. Una señal más del cambio de los tiempos.

Bonet conducía mal, era un poco despistado, adelantando con pequeños y bruscos golpes de acelerador por las carreteras secundarias que recorren los viñedos de Freixenet. Es improbable encontrar a muchos presidentes de una empresa que facture más de quinientos millones de euros que acepte hacer de chófer de un periodista imberbe. Esta normalidad, nada impostada, es un rasgo de los pilares del orden.

 

En un nuevo episodio de la aniquilación industrial catalana, Freixenet fue absorbida en 2018 por un grupo alemán, Henkell. Freixenet tuvo tiempo de dar trabajo durante más de un siglo a muchas personas —y lo sigue haciendo, pero ahora con el amo en Wiesbaden: a agricultores, a personal de la casa, a comerciales, a cadenas de distribución, a transportistas y también a Leopoldo Pomés, uno de los últimos herederos de la llamada gauche divine. Del mismo modo que Jürgen Habermas es el último testigo directo de la Escuela de Frankfurt, Pomés lo fue de esa dulce progresía burguesa que fue hegemónica en la cultura barcelonesa. Freixenet ayudó a Pomés a mantener su tren de vida con su gran invento, los anuncios de las burbujas Freixenet: cada año, durante medio siglo, Pomés rodó el anuncio navideño de la empresa de cavas.

 

Pomés falleció en agosto de 2019. Su tren de vida era el centro narrativo de No era pecado, sus memorias: los viajes con amigos estupendísimos, los maratones gastronómicos y la obsesión por la belleza femenina. Pomés se define como hedonista, un hombre que vino al mundo a disfrutar. Ideológicamente se definía de izquierdas, posición que argumentaba por su teórico progresismo y sus amistades intelectuales; esto y sus orígenes, de clase media acomodada, pero lejos de los potentados para los que trabajó, permitían a Pomés referirse en el libro a tal o cual señora como pijas, como si él fuera un encofrador de Badia del Vallès. Hay un montón de escenas de la biografía de Pomés que son universales en el territorio barcelonés de las clases más pudientes, como sus aperitivos favoritos en el jardín de la casa del Empordà, regados con cava frío y adjetivos superlativos. Se permite Pomés caprichos que en el estrato social burgués se mantienen en la discreción, como la obsesión por los cuadros de Urgell o el Aston Martin que se regaló para celebrar que había superado un cólico hepático.

 

Tanto sus negocios con grandes empresarios como la actitud vital de Pomés son cúspides del capitalismo. La burguesía barcelonesa que se considera de izquierdas, lo hace mayoritariamente desde una teatralidad de sobremesa, no por sus hechos y costumbres. Francisco García Pavón, escritor



 

 

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de Tomelloso, ganó en 1969 el premio Nadal de narrativa con Las hermanas coloradas, una excelente novela policíaca, retrato de la sociedad del tardofranquismo, protagonizada por su mítico agente municipal Plinio. Hay una escena en el libro en que Plinio, su amigo don Lotario —su doctor Watson; el veterinario del pueblo— y un comerciante de vinos se sientan a la mesa en una marisquería de Madrid. Hay algo de García Pavón en cada uno de ellos: diálogos eruditos y metafísicos, abiertos al mundo y a las tradiciones. Son cínicos con los idealistas y críticos con el franquismo, pero sobre todo son hedonistas como Pomés, es decir, personajes que difícilmente sacrificarían los placeres del mundo por ninguna revolución ni por la lucha de clases, pero que, a diferencia del prestigioso fotógrafo barcelonés, saben que son de derechas:

 

Nada más entrar en la Ostrería, y mientras pedían y no pedían, el Faraón empezó a picar en todos los mariscos que tenían a mano. Y como puso cara de alarma un mocete que había a su cuidado, le dijo con aquel aire sentencioso que le dio fama en el pueblo:

 

—Muchacho, tú tranquilo y contabiliza de cabeza, que aquí los presentes somos todos de derechas y con el vino recién vendido.

 

García Pavón parece transmitir también un rechazo visceral por el clasismo, todo lo contrario que la burguesía barcelonesa, sea de izquierdas o de derechas. Pomés, en sus memorias, incluye una anécdota que puede parecer del todo intrascendente pero que si aparece publicada es porque para él era importante, como si fuera una línea dibujada en el suelo para separar a los buenos de los malos. Son dos páginas en las que, admito con vergüenza y con los remordimientos característicos del pijoprogre, me sentí reflejado. Pomés, en el enésimo capítulo de sus conquistas femeninas, relata un encuentro con unos chicos que describe como unos «sotacarros», expresión catalana para referirse a alguien de baja estofa. Pomés coincide con ellos haciendo cola en una pastelería donde debe comprar el postre para la velada romántica que le espera con una amiga —el párrafo a continuación es una traducción del libro en su versión original, en catalán:

 

La dependienta tenía una viveza y una juventud contagiosas y descaradas. Despachó a tres chicos que querían un dónut y un croissant, y que se los querían partir. A uno de esos bobos,



 

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supongo que, animado por la buena acogida, se le ocurrió pedirle un tocinillo que había visto en el escaparate y que se lo comerían in situ. La tienda estaba bastante llena y a mí me tocaba después de los tres caprichosos. Empezaba a impacientarme. La chica, en cambio, ante aquella exigua petición no se inmutó; al contrario, por lo visto le hizo mucha gracia. Sin dejar ni un solo instante de coquetear, invitó al chico más alto, que tenía un aspecto de salud deportiva prepotente, el más bobo, el que había tenido la ocurrencia del tocinillo, que le señalara el que le apetecía más […] Se notaba que le gustaba, no sé qué coño le veía. Tampoco era para tanto, un tío alto, con una risa denticlor sin ningún interés. Pobrecita, pensé, es joven y todavía no sabe nada de los hombres […] Me daban pena. Todos. «¿Cómo se puede ser tan vulgar?» […] Qué historia tan triste. Qué juventud tan inútil, y todo por una fresca que tampoco es nada del otro mundo, y por un cachas (sí, cachas, que es una palabra inaguantable que utiliza mi hija para referirse a un señor de las características de los desgraciados que tengo ante mí). No puedo aguantar más. Decido irme. Joana se quedará sin postre.

 

Pomés formaba parte de una sociedad elitista, con sus defectos y también sus virtudes. Estas virtudes son también consecuencia de tener las necesidades básicas resueltas, de una elevada formación que se consigue gracias a contar con tiempo libre. Y Pomés es un personaje fundamental en la modernización de España durante el tardofranquismo. Esto es lo que cuenta y lo que quedará de él.

Pomés también era copropietario de los restaurantes Il Giardinetto y Flash Flash. Ambos establecimientos podrían ser una suerte de cuevas de Altamira que desvelarían a los antropólogos del futuro cómo eran las relaciones sociales en el mundo del orden. El periodista Xavier Mas de Xaxàs inició en marzo de 2017, en La Vanguardia, un ciclo de entrevistas llamado Giardinetto Sessions. Las preguntas las hacía Mas de Xaxàs y el vídeo de las entrevistas lo grababa el hijo de Pomés, Poldo Pomés —que, aparte de ser documentalista, trabaja al frente de Il Giardinetto. Por la libreta y la cámara de las Giardinetto Sessions han pasado algunos de los apaches resistentes de la gauche divine y algunos de sus pocos herederos. El escenario de las entrevistas es el restaurante: la sombra verde de las paredes sobre el mantel; las escaleras subiendo a la planta superior entre columnas que simulan ser los

 

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troncos de un árbol; el barman preparando el cóctel de los clientes. Los vídeos están elaborados con un estilo íntimo que parece para consumo de unos pocos; los resúmenes de los encuentros por parte de Mas de Xaxàs son crónicas amables, un trabajo de apuntador social cariñoso con sus amigos.

 

Por las Giardinetto Sessions han circulado personajes catalanes con su castellano de casa bien, nombres de primer orden como Mercedes Milá o el arquitecto Òscar Tusquets. Este explicó a Mas de Xaxàs: «Yo fui amigo de Vargas Llosa, de García Márquez, de Donoso, que vivían aquí, y nos encontrábamos casi todas las noches. Y personajes del nivel de Jaime Gil de Biedma, Gabriel Ferrater. Habrá gente así hoy, pero no los conozco; estoy abierto a conocerlos, por eso vengo aquí, a la barra del Giardinetto. Ahora me he hecho amigo de Martínez de Pisón». El escritor Martínez de Pisón también fue entrevistado en las Giardinetto Sessions.

 

La entrevista más jugosa para mí de las Giardinetto Sessions fue a la «directora de arte gastronómico» Pepi de Boissieu. El relato de Pepi de Boissieu se superaba con cada intervención, según el escrito de Mas de Xaxàs: «Con el artista Juanli Carrión colaboró en un proyecto en Nueva York que combinaba los conceptos de desigualdad, identidad y justicia social con un jardín, un huerto proyectado y mantenido por inmigrantes. De Boissieu ideó unos platos vegetarianos que completaron el relato artístico»; «A mí me gustaría mucho que Pepi de Boissieu, en colaboración con un gran chef y unos grandes artistas, fuera capaz de sentar en la misma mesa a enemigos irreconciliables, como los israelíes y los palestinos, por ejemplo, en un acto que demostrara el poder redentor de los alimentos compartidos», decía Mas de Xaxàs, y proseguía: «Los fogones pueden cambiar el mundo. De momento, sin embargo, ella anda metida en otro proyecto casi tan encomiable: pensar la comida del silencio. Dar comida a cuatrocientos niños, alumnos de escuelas públicas catalanas, ayudarles a reflexionar sobre el silencio mientras comen».

 

Los pilares del estamento social sobre el que gira este libro, fuera a principios del siglo XX o ahora a principios del XXI, han tenido mucha paciencia con estos hijos bohemios que han querido ser fotógrafos, directores de arte gastronómico o propietarios de una librería.

 

Los Lara vieron que había una oportunidad para ganar dinero con el asunto de la cultura, de los libros más concretamente. José Manuel Lara Hernández, el fundador del grupo Planeta, llegó de Andalucía a Barcelona con los vencedores de la Guerra Civil, y aprovechó su condición de conquistador para hacerse un lugar en la élite local. Trabajó como un burro para construir Planeta, no desde cero como el abuelo Palatchi, pero se esforzó



 

 

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tanto o más, probablemente con un punto de remordimiento por el hecho de ser la suya una presencia impuesta. Quizás por eso, para congraciarse con los notables de los indígenas, los Lara, sin renunciar a su amor por España, también espolearon el poder catalán. Salvaron al Grup 62 y compraron el periódico Avui cuando la Generalitat se lo pidió. Los Lara han publicado libros de comunistas, de independentistas o de franquistas recalcitrantes; participan en La Sexta para difundir la doctrina de la nueva izquierda, pero tienen Antena 3 para que las ancianas de partida de canasta los viernes y misa los domingos cuenten también con su informativo. Y editan La Razón, claro. En cada campo ideológico se han asentado los cimientos de los Lara. Esto es ser también un pal de paller.

 

A Lara Hernández no lo conocí en persona. Lo más cerca que he estado de su presencia fue en la peluquería Remy, de la Travessera de Gràcia. Remy era un estilista cuyo nombre real era Remigio Martínez. Cuando Remy se jubiló, en 2014, publiqué un artículo en El País contando su historia. Aprovecho este libro para hacer una enmienda al título de aquel artículo —el titular no era mío—: «El peluquero de la Gauche Divine». Remy no era el peluquero de la gauche divine; abrió su tienda cuando florecía la gauche divine, pero el peluquero de la gauche divine era Iranzo, en la calle Tuset, a cien metros de Remy.

 

Que Remy cerrara es la enésima advertencia del fin de este mundo. A Remy lo sustituyó una peluquería que se presentaba en su escaparate como «slow hair», que sería una manera cool de decir que te cobrará un potosí por alargar todo lo que pueda el proceso de cortarte el pelo. Para más inri, la peluquería slow hair la dirigía un tal Alexis Ferrer, un chico de Sabadell que tiene la lista de los servicios en catalán y que luce uno de esos bigotes de soldado del imperio austrohúngaro que llamamos hipster. Remy, a diferencia de Alexis Ferrer, no pretendía aparentar nada, al contrario, era el paradigma del empleado agradecido. Era un murciano que llegó con diecisiete años a Barcelona con una mano delante y otra detrás. Entró de aprendiz en Iranzo y de allí saltó a la Travessera de Gràcia imitando el modelo de su maestro. Incluso le diseñó el interior del local Xavier Regàs, hermano de Oriol Regàs. Remy, sin embargo, se especializó en el corte de pelo para hombres clásicos, de poder, y escuchó muchas confidencias que se van a la tumba con él. Mi suegro, hombre de mucho orden, era cliente de Remy. Él fue mi tarjeta de visita para que aceptara hablar conmigo unas horas antes de jubilarse. De todas las peripecias sociales que me reveló, las más interesantes eran las del fallecido Lara Hernández:



 

 

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Políticos y sus familiares, grandes empresarios o periodistas de cuando la televisión era en blanco y negro se han sentado hasta el último momento bajo las tijeras de Remy. Recuerda a José Manuel Lara padre, que allí se sentía como en casa. «Lara gritaba: “¡Charo! [la mujer de Remy] ¡Ponme a Fraga al teléfono!”, y mientras le arreglaba, hablaba con el ministro. Al mismo tiempo, el expresidente de la Federación Española de Fútbol Pablo Porta llamaba a la peluquería: quería que le avisáramos de si Lara estaba ahí.» «No se soportaban», añade Charo. Javier de la Rosa también era un cliente fiel. «Por aquí ha pasado el que roba y el que no roba».

 

A su hijo José Manuel Lara Bosch lo traté en persona en varias ocasiones. Era un pilar del orden con todas las de la ley. El primer contacto que tuve con Lara fue por teléfono. Yo trabajaba en Actualidad Económica, sería en 2001 o 2002. Era un lunes por la mañana, yo estaba sentado a mi mesa, que compartía con las periodistas de Diario Médico, un medio que formaba parte del mismo grupo de comunicación. Estas me trataban cordialmente, pero sobre todo como lo que era, un niñato de veintidós años. Era primera hora del lunes y sonó el teléfono. Despreocupado, descolgué:

 

—¿Señor Segura? Soy la secretaria de José Manuel Lara. El señor Lara querría hablar con usted.

El viernes había salido el último número de la revista y aparecía una información mía analizando los resultados del grupo Planeta. Nada bueno podía haber provocado esa inesperada llamada:

 

—Hola, Cristian. A ver, pero ¿de dónde sacas que estamos tan endeudados? El sábado cené con dos presidentes de cajas de ahorros y me comentaron que no sabían que estábamos tan jodidos. Y yo que les pregunto dónde han leído eso y me responden que en Actualidad Económica. Y bueno, he leído el artículo y, chico, te has lucido. Mañana a las nueve y media vienes a Planeta y te reúnes con Badenes, que te explicará en qué te has equivocado.

 

Naturalmente no osé decir ni pío, e hice lo que me «sugirió». Jesús Badenes era entonces el director de la división de libros de Planeta; hoy es el director general. Fue amable y paciente para hacerme entender por qué había calculado mal la deuda de la compañía. Propuse publicar una fe de erratas, pero Badenes me dijo que no era necesario, que en un próximo artículo ya podría subsanar el malentendido.

 

Un año más tarde me encontré con Lara en el palacio de congresos de Salamanca. Se celebraban las jornadas anuales del Instituto de la Empresa

 

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Familiar —la patronal de las empresas familiares—, del que él era presidente. Ambos coincidimos escaqueándonos de una conferencia que se estaba celebrando en ese momento, él para fumar y yo para tomarme un café. Me saludó él primero y aproveché para recordar el revuelo de la deuda y disculparme; la pausa de cinco minutos terminó siendo una interesante entrevista de media hora sobre el mundo de la empresa familiar, mano a mano en la cafetería, que publiqué en la revista.

 

La tercera vez que pude hablar con él fue la noche del 6 de enero de 2011, cuando me entregó el premio Josep Pla de Narrativa en catalán. Lara, escoltado por el presidente de la Generalitat Artur Mas y su mujer, me felicitó. El diálogo fue así:

 

Yo: ¿Sabe que soy el primer galardonado con el Pla que es perico?

 

[Nota: los Lara fueron accionistas de referencia del Espanyol].

 

Lara (sonriendo a las cámaras y hablando como si fuera ventrílocuo): En catalán.

Yo: ¿Perdone?

 

Lara: ¡Que ahora toca hablar en catalán!

 

Lara tenía, aparte de la condescendencia, otro rasgo fundamental de un pilar del orden, que es combinar la autoridad con la informalidad. Pero por muy campechano que pudiera ser, en ningún momento dejabas de sentir que Lara era un hombre del poder. Isidre Fainé no disfrutó de ese carácter entre informal y autoritario —a mí me parecía autoritario y nada más—, pero como presidente de “la Caixa” no solo ha sido un pilar, ha sido la pared maestra del edificio. Si Planeta invierte en La Sexta y La Razón, en el Grup 62 y Onda Cero, en el Avui o Antena 3, “la Caixa” —ahora CaixaBank— aún es más prodigiosa en sus maniobras para satisfacer y al mismo tiempo marcar de cerca a múltiples grupos de interés, sea con publicidad o con créditos. “La Caixa” era la Casa Grande de Cataluña, y su presidente era el padre que se preocupaba por todos. Eso había sido así desde tiempos inmemoriales, hasta que sus hijos se empeñaron en querer jugar a proclamar independencias unilaterales y la entidad decidió que ya había hecho suficiente tiempo de niñera de unos irresponsables.

 

Fainé se retiró en 2016 de la primera línea ejecutiva del banco, sin hacer ruido, como el monje que se recluye en una celda hasta el último suspiro. De la misma manera terminó su misión el antecesor más importante de Fainé, Josep Vilarasau. Vilarasau y Fainé tienen similitudes para mí evidentes: ambos conservan poco cabello, peinado cuidadosamente hacia atrás; unos ojos claros tras unas gafas de las que siempre me fascinaba la calidad del



 

 

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cristal. Yo también llevo gafas y nunca he conseguido que fueran tan transparentes o que estuvieran tan limpias. Era una obsesión, cuando coincidía con Fainé o Vilarasau, observar los cristales de sus gafas. Ambos tienen una mirada que te puede crucificar y una voz sinuosa, como la de Marlon Brando en El Padrino; secos como la mojama, mastican lentamente y en silencio las pocas palabras que oirás de ellos. Los presidentes de “la Caixa” son como monjes guerreros; son los shaolin del poder.

 

En el entreacto que se produjo entre los reinados de Vilarasau y de Fainé fue presidente de “la Caixa” Ricard Fornesa. Fornesa había estudiado en La Salle Bonanova junto con Vilarasau; eran compañeros de pupitre. Yo también estudié, doce años, en La Salle Bonanova. Gerard Piqué, el central del Barça, también fue alumno de La Salle. Posiblemente por eso es uno de los pocos futbolistas que no luce tatuajes, y posiblemente también por haberse formado en La Salle actúa con esa superioridad tan característica de él. Fornesa venía de ser presidente de Aguas de Barcelona —todo provenía del mismo palo, el grupo industrial de “la Caixa”. En una ocasión lo entrevisté en la antigua sede de Agbar del paseo de Sant Joan; su manera de ser era más similar a la de Lara que a la de los templarios Vilarasau/Fainé. Hombre de envergadura, esférico y afable, pero con mala leche cuando era necesario, Fornesa detuvo un momento la entrevista para preguntarme por qué demonios yo, al igual que su hija, quería ser periodista si era un trabajo tan mal remunerado y tan poco agradecido. No respondí lo que de verdad pensaba: «En el pasado, los que antes de nacer ya lo tenían todo solucionado en la vida y luego no sabían qué hacer con su futuro, estudiaban algo práctico, pongamos que Derecho; ahora se dedican a estas cosas de la comunicación. Todo esto también es culpa suya, de su generación, por habernos malcriado».

 

Mi trabajo periodístico tuvo un antes y un después de Isidre Fainé. Actualidad Económica me encargó en 2002 un reportaje sobre el conflicto político que motivaba la modificación de la ley de cajas de ahorro catalana; la principal finalidad del cambio era jubilar a Vilarasau de la presidencia de “la Caixa”. La cuestión era política, eso es tan seguro como que hay numerosas especulaciones acerca de las razones del enfrentamiento entre Vilarasau y la Generalitat —es decir, Jordi Pujol—, más allá del tira y afloja para implicar más a esa entidad financiera en la construcción nacional catalana. Tuve la oportunidad de contar con una fuente de primera mano dentro del Departamento de Economía de la Generalitat. Esa fuente me explicó, en resumen, que el ungido sucesor de Vilarasau sería Fainé y no su rival Antoni Brufau. En el artículo que escribí, sin citar ninguna fuente con nombres y



 

 

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apellidos, también aseguraba que Fainé estaba al tanto del operativo. El mismo día en que salió publicado el artículo —un viernes— me llamaron de “la Caixa” para instarme a que me personara el lunes en la sede de la entidad en Madrid. El director de Actualidad Económica también había sido convocado al encuentro.

 

El director de la revista, relativamente nuevo en el cargo, se llamaba Jaime Velasco Kindelán. Era un hombre alto, carnoso, con unas mejillas que delataban una infancia generosa en dulces y satisfacciones —los Kindelán son un linaje de orden de primera magnitud en Madrid. Velasco era, en definitiva, el prototipo de persona que no quiere problemas. Y he aquí que su reportero de Barcelona, un postadolescente descontrolado como un mono con granadas de mano que ha escapado una tarde de sábado en el portal del Ángel, había metido la pata en el problema de los problemas. Si algo quiere evitar un director de un medio de comunicación de España es un quebradero de cabeza con las tres marías: el Santander, el BBVA y “la Caixa”; si el quebradero de cabeza implica una reunión de urgencia con la máxima autoridad de uno de estos tres bancos, entonces, como diría Saul Goodman, es que el problema ha pasado a ser un «río de caca».

 

Pasé antes por la revista para encontrarme con Velasco. La redacción de Actualidad Económica estaba en el paseo de la Castellana, en la antigua sede de Recoletos, un grupo editorial de familias del Opus que tenía en propiedad los periódicos Expansión y Marca y la revista Telva, entre otros. Velasco era poco hablador en general y aquella mañana en particular. No podía distinguir cuál de los dos estaba más nervioso. Cruzamos raudos la Castellana y como dos flanes llegamos a “la Caixa”. Allí nos recibió el director de comunicación, Javier Zuloaga; vi que él aún estaba más nervioso que nosotros. Años después, Zuloaga me confesó que daba por hecho que lo despedían ese mismo día.

 

Nos hicieron subir al despacho de Fainé. Durante mi carrera profesional he entrevistado a gente poderosa; también he tenido a mi lado a dos presidentes de Estados Unidos, a dos cancilleres alemanes, al presidente chino, he interactuado con presidentes españoles, con presidentes de multinacionales, con Pujol, con Miquel Roca: nunca he sentido el peso del poder como aquella mañana de lunes en el despacho madrileño de Isidre Fainé. El control de los silencios, esos ojos que te transmiten violencia mientras el cuerpo se mantiene sereno.

 

Los cuatro nos sentamos en una pequeña mesa de reuniones. Fainé me garantizó que el contenido del reportaje era falso y repitió alto y claro: «Yo



 

 

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no quiero ser presidente de “la Caixa”». Nos levantamos, me facilitó una tarjeta de contacto y me pidió, mientras me pasaba el brazo por el hombro, apretando fuerte con una mano, que si tenía alguna duda que le llamara, porque una situación como esa no debía repetirse.

 

Aquel día vi claro que yo estaba harto del periodismo económico, y decidí que quería irme de España. Y también aprendí que no había que citar fuentes anónimas en una información porque eres tú quien queda expuesto. Aquello cambió mi forma de trabajar; la hizo más exigente a la hora de confirmar los hechos. Si no tienes a un maestro que te guie, no tienes más remedio que ser tú mismo, a base de tropiezos, quien aparte las piedras del camino.

Creo que varios factores nos salvaron. Más que nada, su clemencia ante mi juventud. Mi aspecto de buen chico, segundo. Y, tercero, nos salvamos porque la frase entera de Saul Goodman dice: «If things go wrong, it’s río de caca for the both of them». Fainé es un pilar del orden, como lo era Lara, y hundir a alguien, si no es estrictamente imprescindible, no es la estrategia inteligente de una persona que tiene que garantizar la harmonía del sistema.

Por cierto, Fainé terminó siendo presidente de “la Caixa”.

 

 

 

 

Los pilares de la envergadura de Fainé o Lara se cuentan con los dedos de una mano; y si eran personajes excepcionales antes, hoy todavía lo son más. Antoni Castells, exconsejero de Economía de la Generalitat, lo explica así en el libro Los Lara, de José Martí Gómez: «Desgraciadamente eran, y son, pocos los empresarios dispuestos a realizar ese papel de liderazgo social y que estén preparados para hacerlo. En la época en que fui consejero de Economía y Finanzas, Godó organizaba una cena cada dos o tres meses, con algún invitado del mundo de la política, en la que participaba un número muy reducido de empresarios, algo así como un sanedrín. Lara desempeñaba un papel importante. Pero ya no están ni él, ni [Leopoldo] Rodés, ni Fornesa».

 

Es cierto que uno de los hijos de Rodés, de nombre Gonzalo, ha impulsado una asociación llamada Barcelona Global para la promoción de la ciudad, pero esta todavía es poco relevante y, sobre todo, poco valiente; también es cierto que uno de los herederos de los Puig, Marc Puig — presidente del grupo de perfumería y cosmética—, está asumiendo notoriedad en ese rol para establecer consensos, pero son iniciativas poco potentes y con una influencia relativa. Esta carencia de faros que guíen al colectivo responde a un talante conservador, a una lógica fácil de entender: hay más que perder si uno se moja que si uno no se lanza al agua. El mundo del orden ha



 

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sobrevivido tradicionalmente recluyéndose tras las murallas de sus fortalezas, estrategia de supervivencia que se ha agravado porque exponerse públicamente es hoy especialmente arriesgado: cualquier opinión o decisión puede ser motivo de linchamiento digital, político y mediático.

 

 

 

La familia Puig es uno de los últimos bastiones del orden de Barcelona, por su poderío empresarial y por su destacada presencia en la reserva. Su principal contribución al país es un grupo económico que crea 4500 puestos de trabajo. Socialmente, su principal aportación ha sido una regata de vela clásica y haber patrocinado el barco del rey. Los Puig, por estirpe, son más propios de este mundo que se extingue que Fainé o Lara. La actual generación que lidera la compañía me es desconocida; con quien traté —poco— fue con sus padres, quienes internacionalizaron la marca. De los cuatro hermanos que llevaban la nave, Enrique es el único al que conocí mejor porque era el responsable de las relaciones públicas del grupo. Me atendió con deferencia en un par de ocasiones porque soy bisnieto de Gerardo Segura, competidor y amistad de su padre. Perfumes Segura existió durante más de un siglo; fue fundada tres décadas antes que Puig. Durante la primera mitad del siglo XX fue uno de los grandes fabricantes de colonias de España. La fundó mi tatarabuelo en el siglo XIX y cerró hace unos pocos años.

 

Yo tenía que entrevistar a Enrique Puig para obtener cifras, para informar de un grupo empresarial que entonces, en 2002, ingresaba ochocientos millones de euros —ahora factura el doble— pero del que, desde el punto de vista económico, no se sabía casi nada. Los Puig han sido el paradigma del pánico de la burguesía barcelonesa y del empresariado familiar catalán a aparecer bajo la luz pública. Como si coleccionaran fetos en formol, o como si escondieran laboratorios de anfetaminas en su almacén, la empresa familiar catalana ha evitado durante décadas la exposición mediática. La tendencia — desde un punto de vista empresarial— ha cambiado progresivamente, en consonancia con una realidad político-económica que exige transparencia, aunque la empresa en cuestión no cotice en bolsa. Lo que estos empresarios finalmente han entendido es que una compañía de gran tamaño y con un peso social significativo no solo responde ante los accionistas, sino ante la ciudadanía.

 

Enrique Puig, en una de esas reuniones durante la época de oscurantismo informativo, me dijo que «hablar de dinero no es de caballeros». En una sala de reuniones, de madera noble y con librerías que no se abrían desde la guerra



 

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del 14, consumí una hora charlando sobre cuestiones frívolas; me acuerdo de que hablamos de cuál debía ser el carácter de un capitán de velero. Mi alternativa fue escribir el reportaje a base de fuentes anónimas sobre cómo tenía previsto Puig realizar una reestructuración del grupo. El artículo fue un desastre porque nada de aquello se cumplió, y los Puig me añadieron a su lista negra hasta el punto de que el pater familias, Mariano Puig Planas, habría pedido al presidente de Recoletos, Jaime Castellanos, que se tomaran medidas contra mí. Castellanos ignoró la petición porque también es de caballeros atemperar los arrebatos de un hombre al que han herido en su orgullo. Si una revista empresarial publica un artículo tan desastroso, no es solo culpa de un redactor de veintiún años.

 

Una década más tarde, disfruté de una velada popular en la que participaba la esposa de uno de los hijos de Mariano Puig. Compartíamos mesa en la antigua carbonera de no recuerdo qué pueblo del Baix Empordà, un espacio en medio del campo donde una vez al año se reúnen festivamente los vecinos y los propietarios de segundas residencias. El bando del orden y el bando de los ampurdaneses solo se mezclaban en la cola donde hacíamos turno para servirnos la carne en las barbacoas. Las miradas entre ellos ardían más que las brasas —«pijos fachas de Barcelona» vs. «paletos independentistas»—. Yo formaba parte de la comitiva de apellidos ilustres de la zona alta que confraternizaban entre ellos como si estuvieran en un safari en el Serengueti, reunidos en torno a diez mesas de plástico juntadas bajo hules de plástico, vasos reutilizables y cestas de pícnic probablemente compradas en Vinçon, con los cubiertos a conjunto y los licores correspondientes.

 

El trato que me dispensaron aquellos nombres selectos del orden barcelonés fue exquisito; la primera entre tanta cordialidad fue la nuera de Mariano Puig. Recuerdo que se interesó por mi experiencia en China y porque fui presentado al grupo como autor de novelas; fue algo parecido a las cenas de la edad media en las que el bufón entretenía a la corte. Ella es una mujer bella e inteligente, de una elegancia como pocas en las crónicas de Carlos Martorell. Había olvidado su existencia hasta el año 2016, cuando apareció discretamente en la prensa del corazón porque su hija se casaba con un hijo de Ana Patricia Botín. Sin dudar del amor que se profesan, este matrimonio con los dueños del Santander puede ser la salvaguarda del grupo Puig por los siglos de los siglos, amén.



 

 

 

 

 

 

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En la reserva del orden ha aparecido otro personaje que ha provocado cierta discordia: se llama Manuel Valls y es político. Francés nacido en Barcelona, hijo de un reconocido artista catalán, fue ministro del Interior y primer ministro de Francia. Intentó ser candidato a la presidencia de la República, pero erró el tiro. Es un personaje hiperactivo, y después de comprobar que como diputado raso en la Asamblea Nacional francesa se aburriría como una ostra, en 2018 decidió probar suerte cruzando fronteras con una jugada inaudita en Europa: se presentaría para alcalde de Barcelona.

 

Valls fue recibido en un primer momento con esperanza por nuestros referentes del orden. La música de su discurso sonaba bien: proponía grandes consensos como el de los Juegos Olímpicos, fichó al jefe de gabinete de Pasqual Maragall; se presentaba como un hombre de catalanismo de centro y constitucionalista; su tío había compuesto el himno del Barça, La Vanguardia lo escuchaba con devoción. Todo apuntaba a que rápidamente coleccionaría semáforos verdes del diario de los Godó, pero algo se torció entre él y el decrépito establishment barcelonés. De repente, Valls comenzó a proclamar en público que la burguesía de la ciudad no se había enfrentado al independentismo; básicamente, los acusaba de ser cómplices por ausencia del caos ocasionado por la traumática carrera por la separación unilateral de España. La cita en la que quedó patente el cisma fue una cena privada en mayo de 2018 en casa de Mariano Puig. La velada fue un encuentro de cinco jotas del orden: además del anfitrión estuvieron presentes el abogado Emilio Cuatrecasas, el notario y consejero de “la Caixa” Juanjo López Burniol, el presidente del Banco Sabadell, Josep Oliu, el director de La Vanguardia Màrius Carol y el expresidente del Círculo de Economía Antón Costas, entre otros. El encuentro avanzaba plácidamente hasta que Cuatrecasas recriminó a Valls que se aliara con Ciudadanos y que participara en manifestaciones donde se lucían demasiadas banderas españolas. Cuatrecasas, por lo que me han comentado desde su entorno familiar, se había escorado hacia posiciones cada vez más soberanistas; sus puntos de vista seguramente no eran nacionalistas, pero sí eran cada vez más críticos con la idea de España que tienen sus amigos de Madrid. No es un cambio baladí teniendo en cuenta que la familia Cuatrecasas nunca ha destacado en tiempos recientes por nada que tenga que ver con un espíritu patriótico catalán, ni siquiera con el catalanismo más moderado. Los detalles de la cena en casa de Puig que aparecieron en los medios de comunicación, y el relato que me aportó uno de los comensales, indican que la velada acabó fatal después de que Cuatrecasas insistiera en que, con Ciudadanos y con banderas españolas, Valls nunca podría



 

 

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representar la transversalidad de la sociedad catalana. Fue entonces cuando Valls se levantó —se estaban sirviendo los cafés— y se despidió a la francesa, no sin antes dejar claro que todos ellos no habían movido un dedo para detener el lío político en el que se ha metido Cataluña.

 

El discurso de Valls fue desde aquel momento asumiendo posiciones cada vez más «españolas» y más intransigentes con el independentismo. Los pilares del orden lo descartaban finalmente como el caballo para apostar, pero se mantuvieron fieles a él algunos destacados representantes de la escena pijoloca. La mejor prueba de la sintonía de Valls con estos es su nueva esposa, Susana Gallardo —recordemos, la empresaria que aparecía en la campaña electoral del PP, exesposa de Palatchi desde 2016 y señora de Valls desde 2019. El 1 de octubre de 2017, la jornada del referéndum ilegal de independencia, Gallardo se dedicó a pasear por colegios electorales de Sarrià-Sant Gervasi envuelta en una bandera española y grabándose con el móvil mientras provocaba entre las colas de votantes. Esta exhibición pública delirante es pijoloquismo de primera categoría, aunque también evidencia la derrota del mundo del orden. Pero ahí no estaba únicamente Gallardo: en los actos públicos de Valls se dejaban ver personajes de lo que Vila Casas consideraría votantes de Ciudadanos con el cuello de la camisa desabrochado en dos botones. En honor a la verdad, en algunos mítines de la campaña electoral de Valls —que me tocó cubrir como periodista— sí aparecieron esos votantes vip de Ciudadanos, pero por norma vestían con traje y corbata, y se mantenían juntos en corrillos aparte, aislados voluntariamente del resto de asistentes, evidenciando unas enormes diferencias sociales entre ellos y las bases del partido naranja. Probablemente era la primera vez que asistían a un acto electoral, y si estaban allí, era por amistad con los Valls/Gallardo.

 

Valls es nuevo en la sociedad civil barcelonesa, y su vehemencia posiblemente delata que no ha entendido que la actitud que repudia responde a unos equilibrios que se mantienen sobre una lógica histórica. El exprimer ministro francés también ha acusado a esta burguesía de ser poco ambiciosa y de «provinciana» —palabra utilizada por él. De algún modo, la opinión de Valls coincide con lo que pensaba Lara de sus correligionarios: él también los consideraba poco ambiciosos. Lo corroboraba Jordi Alberich, exdirector general del Círculo de Economía —la cantera intelectual del orden—, en un artículo del mes de mayo de 2019 en la revista Política & Prosa: Lara, según Alberich, fue el último representante de una comunidad de grandes empresarios que aspiraba a influir en Madrid y en Bruselas.



 

 

 

 

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Una persona que ha entendido la fragmentación de las élites barcelonesas, y que sobre todo ha entendido lo difícil que es atraer las menguantes fuerzas del orden hacia las tesis españolistas, es Cayetana Álvarez de Toledo. De familia aristócrata, el Partido Popular la eligió cabeza de cartel en Barcelona en las últimas elecciones generales. Procedente de Madrid, su vínculo con Cataluña era mínimo, sobre todo su exmarido, un miembro de la dinastía de los Güell. Álvarez de Toledo aterrizó como candidata con las ideas claras. A finales de 2017, a raíz del nombramiento del nuevo presidente de los populares catalanes, Álvarez de Toledo decía esto de él: «Alejandro Fernández es consciente de que sus electores no son precisamente los próceres terceristas del Círculo de Economía. Brillante en la tribuna. Con grosor intelectual, sentido estratégico y dominio de la ironía. Autónomo de los hermanos Fernández Díaz y hasta dispuesto a jubilarlos. Un presidente inmune al Cumbayá de las corruptas sirenas catalanistas».

 

El adjetivo «terceristas» proviene del concepto «tercera vía», es decir, aquellos que buscan un encaje entre la independencia y la España de las autonomías. Para los independentistas más integristas y para los españolistas como Álvarez de Toledo, un tercerista es un ser infecto. Por «corruptas sirenas catalanistas», Álvarez de Toledo se refería a que, hasta la fecha, muchos de los dirigentes del PP regionales habían formado parte del establishment de Cataluña. Esa diferencia de sensibilidades quedó patente cuando Santi Fisas, eurodiputado del PP y de buena familia barcelonesa, criticó a Álvarez de Toledo por ser candidata y no hablar catalán. Enrique Lacalle, exdirigente del partido, ha medrado en todos los fregados institucionales posibles de Barcelona; los Fernández Díaz, a pesar de ser unos parvenus —hijos de un militar navarro aterrizado en Barcelona con los vencedores de la Guerra Civil—, habían hecho lo posible por integrarse. Otros veteranos como Jordi Cornet, Enric Millo, Alejo Vidal-Quadras, todos son hijos de una sociedad acomodada catalana. El Partido Popular de Cataluña es hoy un partido moribundo, por varias razones, pero para mí la principal es que primero Ciudadanos y luego Vox se los han comido porque sabían que el conflicto nacional estallaría, y que las medias tintas penalizarían.

 

Quizás porque no ha tocado poder, Ciudadanos no tiene presencia en la sociedad civil barcelonesa de referencia, una ausencia que es precisamente lo que quiere Álvarez de Toledo del PP para hallar su nicho de mercado, un nicho contra el sistema catalán. Ciudadanos ha tenido referentes que proceden de la Barcelona acomodada, intelectuales que fueron fundadores de la



 

 

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formación, como Félix de Azúa o Francesc de Carreras, nombres que fueron militantes de la sección progresista y que fueron los primeros en desertar del mundo del orden, como lo han acabado haciendo sus antagonistas, la burguesía que ha abrazado el independentismo. Cada sector está creando nuevas élites en detrimento del marco compartido que era aquello que se llamó «oasis catalán», un statu quo en el que ninguno de sus componentes debía salir perjudicado. Hoy son élites menos complejas, más uniformes y aisladas las unas de las otras.

 

Álvarez de Toledo es vocal de la FAES, una fundación que actúa como think tank de la derecha española y que está encabezada por José María Aznar. Es una derecha conservadora en valores y liberal económicamente, más atlantista que europeísta y, sobre todo, promotora de una españolidad desacomplejada y poco sensible con las reivindicaciones de lo que llaman «nacionalismos periféricos». Aznar aparece en este relato porque con frecuencia sirve de chivo expiatorio de la burguesía que había sido votante de CIU. Estos sectores se dejaron llevar por la corriente más populista, dieron apoyo emocional a la independencia unilateral y hoy tratan de justificar lo que ellos en su fuero interno saben que fue un error. Y una forma de justificarse es señalar a Aznar. Es culpa de la segunda legislatura del expresidente del PP, aseguran, allí comenzaron todos los males, la centralización, el ataque a la singularidad catalana, etcétera. ¿Tenía y tiene Aznar una visión centralista de España? Sin duda. ¿La aplicó? La aplicó sobre todo en la privatización de los monopolios estatales. ¿Aplicó Aznar una recentralización de competencias? Aquí es donde la mente voluble del buen burgués arrepentido se agarra como un clavo, porque las plumas que lo guían —especialmente desde sus medios de comunicación favoritos, La Vanguardia y RAC1— estuvieron durante años asegurándole que Aznar incluso se llevó a Madrid los columpios del parque que tienen debajo de casa.

 

Recordemos brevemente cuál fue la relación entre Aznar como presidente de gobierno y el poder político catalán: en 1996 llega a La Moncloa gracias al apoyo de CIU. El acuerdo aporta a Cataluña una mejora en la financiación, grandes infraestructuras —como la ampliación del aeropuerto de El Prat—, el despliegue de los Mossos d’Esquadra y el fin de la figura de los gobernadores civiles, entre otros hitos. En el año 2000, Aznar obtiene la mayoría absoluta. La mayoría absoluta no le obliga a conceder nada a ningún grupo del arco parlamentario, pero acuerda con Pujol ceder aún más impuestos a las comunidades autónomas —el 33 % del IRPF, el 35 % del IVA y entre un 40 % y un 100 % de los impuestos especiales. No solo eso, Aznar, que había



 

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fulminado del liderazgo del PP catalán a Alejo Vidal-Quadras —por no ser del agrado de Pujol—, proyectaba en el partido figuras procedentes del catalanismo como Josep Piqué o Anna Birulés.

 

El comodín Aznar de estas élites tampoco me lo creo porque nunca he oído que criticaran lo más nefasto, en mi opinión, de sus mandatos: la ley de liberalización del suelo de 1998. La orgía especulativa que siguió a la facilidad con que se podían recalificar terrenos no parece que incomode a estas personas que ven en Aznar la reencarnación de Jack el Destripador, y no les incomoda a pesar de que fue el tiro de gracia para que estallara la burbuja inmobiliaria durante la crisis económica de 2008. ¿Y por qué no les incomoda? Porque, gracias a Aznar, todo el mundo que contaba con un patrimonio significativo se lucró al por mayor con el ladrillo. Después perdieron dinero, sí, pero ellos gozaron y gozan de un buen colchón que quienes sufrieron más no tenían.

 

La figura de Aznar es para esta burguesía catalanista, ahora nacionalista, lo que fue Cuba para nuestros antepasados. El capital catalán fue en España el más proactivo contra la autonomía cubana y contra la abolición del esclavismo. Cuando se perdió Cuba, ¿cuál fue la reacción de nuestros tatarabuelos? Abrazar el nuevo nacionalismo catalán que cuajaría en la Lliga Regionalista. Se olvidaron de repente de su patriotismo español. Un patriotismo español que volvió con el franquismo, y luego regresó con el apoyo a las mayorías de Aznar.

 

Como siempre, las incongruencias se solucionan con una oportuna dosis de amnesia.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Parvulario Pedralbes

 

 

 

 

Harto de los quebraderos de cabeza que iba acumulando con el periodismo económico, decidí cambiar de aires «huyendo» a Berlín. Viví allí cuatro años e hice buenas amistades, una de ellas, la de J.

 

Cuando J. me vio por primera vez entrando por la puerta de su apartamento en el barrio de Friedrichshain, su impresión fue que yo era del Opus Dei. Por la forma de hablar, de vestir, por el corte de pelo. No es la primera ni la segunda vez que me lo han dicho. La opinión de J. tenía doble valor porque él había sido alumno de La Farga, la gran escuela masculina del Opus.

 

Friedrichshain es un antiguo distrito del Berlín Oriental, uno de los reductos del centro de la capital alemana que por aquel entonces era verdaderamente alternativo y relativamente libre de las olas de jóvenes extranjeros ufanos por tener unos meses de experiencia y juerga berlinesa. En ese contexto, mis pantalones de pana, mis gafas de oficinista de caja de ahorros y la cazadora gris de abuelo que sale a comprar el periódico estaban fuera de lugar.

 

Por lo general siento respeto por los miembros del Opus, mayoritariamente son firmes en sus creencias y son gente agradable, educados, incluso exageradamente educados. El Opus Dei es una de las pocas fuerzas que le quedan al mundo de orden. De sus centros escolares salen los últimos caballeros cruzados del gueto. Logran mantener la hegemonía del mocasín y la falda planchada entre niños y niñas insolentemente seguros de sí mismos. Si el lector no tiene a sus criaturas matriculadas en estos colegios, no podrá visitar La Vall o La Farga para comprobarlo, pero sí puede hacer una visita a la Universidad Internacional de Cataluña (UIC). La UIC es un espectáculo de voz nasal de esquí en Baqueira o de verano menorquín en Son Parc, de coches deportivos que son el regalo por haber cumplido dieciocho años, jóvenes con americana y bachilleres fracasados que siempre tendrán el generoso apoyo de su padre.



 

 

 

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Desconozco cuál es la fórmula de éxito de las escuelas del Opus, cómo consiguen mantener lejos de las aulas la aniquilación del mundo que los rodea. No son los únicos, claro; en la plaza de Artós, en Sarrià, se ubica el Santa Isabel, un colegio de los Legionarios de Cristo. He pasado por delante casi cada día laborable durante siete años y nunca he oído hablar en catalán a ninguno de sus alumnos ni a ninguna de las madres que esperan a la salida de clase. Seguramente los hay, pero yo nunca he visto a nadie con un tatuaje, ningún adolescente con aspecto de querer rebelarse. Se comportan como si el mundo les perteneciera, como si nadie les hubiera avisado de que hay un partido anticapitalista que se llama CUP y que determina la acción de la Generalitat, que en Barcelona gobiernan los poscomunistas, que el Papa de Roma es de izquierdas y, lo que es peor, que Xavier Trias se ha hecho independentista. Allí fuera hay un entorno hostil y los niños seguramente son advertidos, pero de una forma imperceptible para el común de los mortales. A menudo me los imagino en el patio del Santa Isabel, con su uniforme azul marino y los náuticos, el jersey de punto, la falda y los calcetines subidos hasta las rodillas; allí dentro, en el patio de cemento, rodeados de altos muros, alambres y cámaras, quizás los hacen desfilar por la mañana y por los altavoces los alertan de los males que atormentan a la sociedad y que no deben cruzar al otro lado, más allá del paseo de San Juan Bosco. Me los imagino como en la película The Village, de Shyamalan, aislados en cabañas en medio del bosque, vestidos como los amish, incapaces de salir del perímetro que marcan sus padres porque, les avisan, entre los árboles hay unas bestias que esperan para devorar al inocente que sale del círculo de seguridad.

 

Con las escuelas del Opus se produce una situación similar a la del Santa Isabel, pero a gran escala y sin que el contraste con el exterior sea tan contundente. Durante mi infancia, el Opus no tenía el monopolio del orden; había otras compañías religiosas con más años de recorrido y arraigo, tenían prioridad entre las familias de bien de la ciudad: los jesuitas, los escolapios, las teresianas, el Jesús María y también La Salle Bonanova. Estas instituciones quizás tenían una ortodoxia de clase aún más agudizada que las del Opus, pero no la identitaria. La mayoría de los curas eran catalanes: en La Salle estaba el hermano Cirici, el profesor de música, que nos obligaba a tocar con la flauta Els segadors —el himno nacional de Cataluña— y el himno del Barça; nos hacían hacer cagar el tió; las agendas anuales de los alumnos las ilustraba Pilarín Bayés. Se presentía un catalanismo que mamaba del pujolismo más pragmático. Tan pragmático que convivía con un «figura»



 

 

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como el hermano Clemente, una leyenda para generaciones de estudiantes lasalianos. Clemente era un hombre enjuto, con cara de cenizo y de odio. Salía de la buhardilla donde vivía vestido de cura, de riguroso negro y con un sombrero del mismo color. Cuando los alumnos veteranos, o los hermanos de los alumnos veteranos, lo saludaban con un «Heil Hitler» o un «Viva Franco», el hermano Clemente levantaba el brazo, con la mano bien extendida hacia arriba, y te respondía con un «Heil Hitler» o un «Viva».

 

Yo ya no reconozco a algunos compañeros de escuela que mantengo como contactos en Facebook. Te hablan y te escriben en catalán a pesar de que en doce años de escolarización juntos nos comunicamos en castellano; evidentemente, se han hecho independentistas. Los boletines de la AMPA de La Salle son hoy íntegramente en catalán y sirven para comunicar las actividades de siempre: las de catequesis, las convivencias y las actividades familiares que yo tanto detestaba, como detestamos al personaje de Flanders en los Simpson. Ahora, sin embargo, han añadido actividades propiamente de la ceba, como si La Salle Bonanova fuera un colegio de curas de Berga. Para entender el cambio de era, retrocedo a una tarde de 1985 en que mis padres volvieron a casa tronchándose, comentando entre ellos el contenido de una reunión de progenitores en la que los padres de una alumna de apellido De Porcioles se habían quejado al tutor de los modales que la niña había aprendido en el comedor de la escuela. El comedor de La Salle era gigantesco, una planta procesadora de llenar el buche a cientos de niños al mismo tiempo y en turnos perfectamente cronometrados. A pesar de las dimensiones del lugar y la cantidad de críos que se juntaban, siempre había algún profesor que controlaba las maneras de comer: que no levantes los codos, que no hagas bola con la carne del bistec, mastica con la boca cerrada, etcétera. En La Salle nos permitían comer la pata de pollo con los dedos, envolviendo antes el hueso con una servilleta de papel. Los padres de la niña De Porcioles consideraban que aquello era inapropiado para la civilización en general y para su hija en particular. Ella, lo habrán adivinado, era nieta del alcalde Porcioles.

Analizado con perspectiva, se veía venir el derrumbe del mundo de los Porcioles y de sus patas de pollo. Hasta los catorce años, durante toda la Enseñanza General Básica (EGB), estudiamos separados los alumnos que teníamos el castellano como lengua vehicular y los que tenían el catalán. De cuatro líneas de estudios, creo que en solo una el catalán era la lengua vehicular. Para ilustrar las diferencias culturales de aquella separación pienso en el forrado de las carpetas. Los de la línea en catalán llevaban pegadas,



 

 

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inexorablemente, fotos y lemas de grupos musicales tipo Sau, Sopa de Cabra, Lax’n’Busto o Sangtraït —los dos primeros, las chicas, y los dos últimos, los chicos. En mi clase, en cambio, predominaban fotos de personajes de series americanas tipo Los problemas crecen o Sensación de vivir; musicalmente había una chica que siempre llevaba fotos de Miguel Bosé, y otra, de Mecano. Los chungos en mi clase apostaban por Bad Religion o por heavy tipo Iron Maiden y Metallica. Las únicas bandas que recuerdo haber lucido en la carpeta fueron Mano Negra y Nirvana. El rock catalán me resultaba tan extraño y exótico como el folk noruego.

 

A partir del bachillerato nos mezclaron y ya no había diferencia por lenguas ni clase. Creo que es un gran acierto del pujolismo para que Cataluña no fuera un país dividido en dos mitades/culturas. Mis padres me habían matriculado en la enseñanza en castellano porque temían que no lo aprendiera bien. En casa siempre hablaron en catalán a pesar de todas las presiones de su entorno social —cuando hablar en castellano fonético de la zona alta de Barcelona era un signo de estatus heredado del franquismo. Mis abuelos se comunicaron siempre en catalán, entre ellos, con sus hijos y con sus nietos. También hablé en catalán con mis bisabuelos.

 

Ilustrándolo en términos infantiles, tan útiles para comunicarse en la era contemporánea de las redes sociales, para equilibrar mi influencia lingüística me enrolaron en la casa de Slytherin, que todo el mundo que conoce Harry Potter sabe que son los malos del libro. Además de ser castellanohablantes, los Slytherin de La Salle se distinguían porque entre sus pupitres había apellidos ínclitos del orden, no solo el De Porcioles. Aunque también teníamos a unos pocos chicos y chicas de familias modestas que podían estudiar en La Salle gracias a la solidaridad de la escuela, que les rebajaba la matrícula. Si en clase éramos cuarenta alumnos, creo que unos diez estaban allí gracias a la piedad cristiana de La Salle, y también a que la escuela debía justificar que fuera un centro concertado.

 

Los alumnos estipendiados, o los alumnos de origen humilde los padres de los cuales hacían un esfuerzo sobrehumano para enrolarlos en La Salle, eran en general de trato más agradable que el resto. Entre ellos no había gamberros, y eran estudiantes excelentes porque eran conscientes de lo que costaba estar ahí. No organizaban fiestas de cumpleaños en su casa, si acaso asistían a las de sus compañeros ricos, porque estudiar en La Salle, o en cualquier escuela similar, también es una forma de hacer contactos que, en el futuro, cuando te haces mayor, pueden servir para subir en el ascensor social.



 

 

 

 

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Soy partidario del uniforme escolar. Que todos los niños y niñas vistan igual, o que lleven la bata como era norma en La Salle, es necesario para evitar la crueldad que pueden gastar niños —animalillos aún no pasados por el tamiz de la civilización— ricos y malcriados con sus compañeros de condición «normal». Con doce años, un amigo, Antonio, me partió el labio de una pedrada. Sucedió ante una de las fuentes que había en el patio principal del colegio. Era primavera, lo tengo muy presente porque bebí agua para limpiarme la herida y el agua de La Salle, en primavera, tenía el gusto del polen de los plátanos. La memoria funciona de una forma curiosa: me quedaron registrados los sabores de sangre y plátano mezclados con aquella agua de fuente pública. No sé cómo, pero los padres de Antonio aparecieron en cuestión de media hora y me llevaron a urgencias en el coche de la familia, un utilitario pequeño y viejo —exactamente lo contrario del Audi 80 de mi abuela. Luego me invitaron a merendar en una cafetería del paseo de la Bonanova, junto a La Salle. Me sentía extraño porque no entendía esta amabilidad hacia mí; al fin y al cabo, si en el patio de la escuela no se lanzaran piedras o balonazos, no sería un patio de escuela. Ahora creo que aquella reacción delataba miedo, miedo a perder el privilegio de estar en La Salle, miedo a perder el ascensor social. Eran gente humilde. El hijo era un chico de notas excelentes, brillante, y muy neurótico. Siempre masticaba bolígrafos Bic; tenía la boca, la lengua, los labios permanentemente manchados de tinta azul. Hoy creo que es neurólogo.

 

A partir del bachillerato fueron entrando nuevos grupos sociales en mi vida escolar. Acabé por ignorar a los de mi condición, los niños del orden. Con quien tenía mejor relación era con chicos y chicas que provenían de escuelas por debajo de la Diagonal. El colectivo mayoritario era el «catalanista» del Eixample, niños que hoy estarían matriculados en las escuelas nacional-liberales que han cogido impulso entre las nuevas élites, centros como el Thau, Ipsi, Súnion o Aula. A partir de los doce años eran frecuentes las discusiones entre alumnos para discernir si uno era «facha o catalanista». Los fachas eran los que hablaban castellano, y los catalanistas, los que lo hacían en catalán. Este simplismo e infantilismo han alcanzado hoy su momento de gloria en el mundo de los adultos.

 

Un año más tarde sucedió uno de los hechos más aleccionadores de mi paso por esta vida, y creo que también define de algún modo lo que ha sucedido con el mundo del orden. Una mañana llegué tarde a clase. Quienes llegaban tarde, de todos los cursos, eran conducidos a un aula de castigo. Allí se suponía que tenían que hacer deberes pendientes. Aplicado como yo era,



 

 

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intentaba cumplir la pena poniéndome al día con ejercicios de vete a saber qué asignatura. Saqué del estuche una regla de color negro y rojo donde un día, aburrido en clase, había escrito con típex las palabras «Real Madrid». Me gusta tocar los cojones: la forma de conseguirlo era simpatizar con el Madrid. Si hubiera nacido en Madrid, imagino que me habría hecho del Barça o del Rayo Vallecano. El caso es que un chico de un curso inferior, de quince años, de la línea «catalanista» —yo venía de la línea «facha»—, se levantó de su pupitre, justo detrás de mí, me cogió la regla y la partió por la mitad. Volvió a su pupitre, sonriente y guiñando el ojo a un amigo que tenía en la fila de al lado. Sentí una ira terrible. Pasada la hora de castigo ya me había calmado y me disponía a volver a mi clase, pero el chico, que era alto y atlético como un jugador de balonmano, me cerró el paso en la puerta, haciendo ver que hablaba con su amigo. Lo empujé, con una fuerza que era pura rabia, contra la mesa del profesor —que ya se había ido—, y el cretino y la mesa rodaron por el suelo. El cretino se levantó y me pegó un puñetazo en la nariz y me golpeé contra la pizarra. Al levantarme, volví a recibir un golpe en la nariz. Resultado: la nariz rota por seis puntos, un día en observación en el hospital por traumatismo craneal.

 

La operación para arreglar lo mejor posible el destrozo fue en la clínica Clarós, un centro otorrino privado de prestigio de las Tres Torres, junto a mi casa. El doctor Clarós era amigo de mi abuelo. En la sala de espera estábamos yo, me imagino que alguien de mi familia y la soprano Montserrat Caballé acompañada de su hija. Tengo presente el encuentro porque Caballé me observó con una cara de entre asco y terror cuando me hicieron pasar a consulta antes que ella y yo, sangrando por la nariz y como queriendo justificar esa falta de respeto, le conté que me habían dado una paliza por tener una regla con las palabras «Real Madrid» escritas con típex. Creo que aquello fue peor porque Caballé no dijo ni mu.

 

Cuando regresé a casa de la estancia en el hospital, el delegado de mi clase me llamó —el delegado, no el tutor o el director— para comunicarme que me echarían de la escuela durante una semana. El delegado me explicó que los padres del agresor eran muy activos en la AMPA y que probablemente habían calentado la cabeza al director. Mis padres no asistían a una reunión de la AMPA de La Salle desde aquella noche de la pata de pollo de Porcioles Jr. Nadie me defendió, fui expulsado durante una semana y me quedé para siempre con la nariz torcida. Actualmente, a un menor lo apalean dentro de un aula, en horario lectivo, y la demanda que le cae al centro es tan evidente que la podría defender mi perro, Tram, y la ganaría. Si se analiza fríamente, de



 

 

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una escuela que permitía que los niños convivieran con un cura nazi que saludaba a los chiquillos con «Heil Hitler» y «Viva Franco», lo menos que puedes esperar es que zurren a alumnos en clase y que protejan al chulo piscinas porque su padre era el más generoso el día del Domund.

 

La historia no termina aquí. Había dicho que el desarrollo de los hechos podía servir de metáfora del cambio del país y del declive del orden. En la primavera de 1996, un año después, el agresor y yo coincidíamos en la línea de salida de una carrera atlética de las convivencias de La Salle. Las convivencias eran el gran momento festivo del curso: cada año montaban las mismas atracciones, la misma música sonando por la megafonía de los patios —cada año el mismo casete de los Pet Shop Boys—, las mismas competiciones deportivas y culturales. Aquel 1996, estaba físicamente hecho un animal. Estaba a punto de jugar el campeonato de España juvenil de hockey hierba. En La Salle me apunté a la carrera de fondo —creo que eran cinco kilómetros de carrera—, que se corría dando vueltas al campo de fútbol; entonces era de tierra, ahora es de césped artificial. Competíamos medio centenar de chicos. En la última vuelta yo iba primero, muy distanciado del resto; en la penúltima esquina, en un córner, una compañera de clase, Alessandra, me aplaudía y me sonreía, contenta porque estaba a punto de ganar. Y de repente apareció el chico que me había roto la nariz el año anterior, superándome en un sprint colosal, sin denotar cansancio, sobrado. Perdí por media vuelta, y hoy pienso que aquello, sí, es una metáfora maravillosa del mundo del que vengo, fallido y derrotado.

 

 

 

Un día Alessandra me llevó a visitar a un profesor de literatura española, convaleciente de una enfermedad, que tenía un notable ascendiente sobre un pequeño grupo de elegidos. Era una relación de aquellas tan cinematográficas, y con el añadido de que el maestro cae enfermo y los discípulos lo rodean en la cama para escuchar sus palabras atormentadas. El caso es que nunca he sido de formar parte de pandillas, y mucho menos de dejarme influir por individuos carismáticos, no porque sean malos referentes, sino porque por inercia me alejo de ellos. Las relaciones de dependencia/sumisión intelectual me resultan incómodas. Pero aquel hombre me caía bien, era un buen profesor y fui. De hecho, fue por él que perpetré mi primer y único robo —frustrado— en mi vida. Aquel maestro, tiempo atrás, me había descubierto a Valle-Inclán. Tan fascinado estaba con su lectura que una tarde de sábado entré en El Corte Inglés de María Cristina —El Corte Inglés de los barrios acomodados de



 

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Barcelona—, fui directo a la sección de libros y sin dudarlo cogí las tres novelas de las guerras carlistas de Valle-Inclán. Para disimular, fui hacia la salida supuestamente absorto con la lectura de uno de los volúmenes. La banda magnética que llevaban las etiquetas de los libros hizo saltar la alarma, y el vigilante me pidió si tenía algo que no hubiera pagado. Respondí que solo llevaba aquellos libros. El guardia no entendía por qué sonaba la alarma de las barreras detectoras, si yo solo cargaba aquellos libros: no se planteaba que alguien robara novelas, y menos un adolescente de catorce años. Cuando el hurto fue finalmente descubierto, el guardia me llevó a una pequeña oficina que servía de dependencias del equipo de seguridad. Aquella habitación me causó una impresión que no he podido olvidar, era el escenario ideal para un interrogatorio de ostia va, ostia viene. Una especie de supervisor me pidió el DNI, apuntó mis datos personales y luego se dirigió a mí: «Pero, vamos a ver, ¿para qué robas esto? ¿Es para el colegio?». La vergüenza que pasé me ha impedido intentar robar nunca más nada. Aún hoy creo que un día me expulsarán de cualquier Corte Inglés de España.

 

La Salle me aportó los doce peores años de mi vida. Pocos refugios tenía en aquel lugar en el que me sentía recluido e incomprendido: hacer cola en la cantina para comprar bolsas de quicos —maíz tostado— o los cubitos naranja de Clay —con aquellas monedas de cinco y de veinticinco pesetas que llevaban la cara de Franco y el aguilucho—, y, sobre todo, leer. Era feliz leyendo en la biblioteca o en clase mientras el resto estaban en el patio; allí nadie me incordiaba.

 

 

 

No creo que mi afición a la lectura sea por herencia familiar. Mi familia, con algunas excepciones, es una buena representación de la burguesía más bien iletrada, posiblemente porque son herederos de aquellas oscuras décadas en que la cultura y la política eran sinónimo de problemas. Nuestros antecedentes burgueses de principios del siglo XX se dedicaron a levantar el país y a educarse como señal de distinción. Del franquismo a esta parte, la distinción ha sido tener un velero y un par de segundas residencias. Mi obsesión lectora no es fruto del azar sino de la mejor enseñanza que he recibido: la que tuve en el parvulario Pedralbes.

 

Lo que fue el parvulario Pedralbes, en la avenida Pearson —quizás la calle más selecta de Barcelona—, ahora es la residencia del cónsul ruso. La avenida Pearson fue bautizada en 1916 con el nombre del ingeniero y empresario Frederick Pearson un año después de su muerte y en el mismo



 

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pleno municipal en el que se introdujo en el nomenclátor la calle donde yo nací, la del Doctor Carulla. El edificio del parvulario es una construcción de estilo vasco de 1931, según el catastro. En Google, lo primero que se encuentra del parvulario Pedralbes es una entrevista de Mario Vargas Llosa en La Vanguardia en la que explica que ahí matriculó a sus hijos. Eso fue en los años setenta, una década antes de que llegara mi turno. Vargas Llosa también señalaba que sus hijos aprendieron catalán en el parvulario. Era verdad: la enseñanza era eminentemente en catalán, un catalán que no he vuelto a oír, porque me acariciaba el ánimo, me impelía a querer. No sé describirlo mejor. A diferencia de La Salle, recuerdo vivamente la ilusión que me despertaba ir al parvulario: subir por la rampa que acababa en el patio principal, ante las escaleras de la entrada, entre cuatro columnas, donde la directora, Montserrat, saludaba a los niños uno por uno. Montserrat era una señora alta, de un largo pelo gris y con una sonrisa expansiva. Era una persona extraordinariamente dulce. Superada la caricia de Montse, era obligatorio trepar sobre el oso de peluche gigante que estaba expuesto en la sala de recepción de la antigua mansión.

 

Conservo memorias del parvulario que todavía me emocionan. La merienda de pan con chocolate; las natillas caseras con canela de postre; cómo me dejaba caer por el tobogán y cómo descubrí, a los pies de este, que las piedras no eran para comer. Los lavabos se encontraban al aire libre, de madera pintada de color verde y cerámica blanca. Teresa nos racionaba el papel higiénico, un papel áspero que no absorbía; siempre llevábamos el culo sucio —nos lo rascábamos todos. Solo tengo presente a una profesora del parvulario Pedralbes: Teresa. Es una de las personas más importantes de mi vida. Fue quien me enseñó a leer y escribir en castellano. Con cuatro años probablemente ya leía mejor que muchos de los niños que dos años después me encontraría en La Salle. Tenía una caligrafía remarcable y devoraba novelas y cómics. No fui el único del parvulario Pedralbes que fue a parar luego a La Salle: todos menos yo fueron excelentes alumnos —y excelentes personas.

 

El parvulario Pedralbes era un entorno selecto y femenino: Montse, Teresa y las abuelas, o mi madre, que me recogía en un Panda rojo. Siempre nos quedábamos clavados en los atascos de las escuelas de la Reina Elisenda y la Bonanova, pero me daba igual. Son los únicos momentos familiares plenamente armoniosos, los únicos años sin ansiedad que he vivido. Montse se llama Montserrat Leita Graell y cuando escribo esto tiene noventa y dos años. Lo supe recientemente gracias a la escritora Milena Busquets, que



 

 

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también fue alumna del parvulario Pedralbes. Lo explicó en 2014 en La Vanguardia y antes en su blog, en 2011, en un hilo de respuestas a lectores: «Los niños de la Gauche Divine fuimos educados en el parvulario Pedralbes y con canguros. No estábamos presente en los saraos, a no ser que fuesen en nuestra casa y que no nos hubiesen mandado a algún sitio. […] Fui a Munner y al parvulario Pedralbes. Es una larga historia de niños ricos y padres sin demasiadas ganas de ocuparse. Al parvulario Pedralbes se iba los fines de semana (y antes de Munner, también durante la semana). Allí estaban los hijos de Johan Cruyff, de Vargas Llosa, etc. Me aterraba dormir allí, a pesar de que era una torre. Sigo en contacto con la directora, una mujer maravillosa, Montserrat Leita. Era muy bonito, tocaban el piano, había un gran jardín, etc. Pero la parte de arriba y los dormitorios daban miedo».

 

Milena es escritora y para mí es un icono de la postgauche divine. Si bien ella y yo podemos pensar y actuar de formas similares —las formas de la progresía de buena familia— y procedemos del mismo ámbito geográfico — el gueto de Sarrià y las Tres Torres—, tenemos estructuras vitales diferentes: ella es heredera de familia de intelectuales y yo formo parte de los últimos tripulantes de un linaje de industriales en el que no había espacio para la cultura. Antes que a Milena, conocí a su hermano. Él es músico —para reforzar aún más el entorno cultivado de donde provienen. Son hijos de la escritora Esther Tusquets y fueron discípulos del Liceo Francés. «En el Liceo Francés era un bicho raro. Pecosa, zurda, sin bautizar, con padres separados que se bañaban en pelotas en Cadaqués y alguna vez votaron comunista; la que tenía una madre que hablaba de lesbianismo», recordaba Milena en 2015 en La Vanguardia.

 

El parvulario Pedralbes era un punto de encuentro entre las élites progresistas y las conservadoras de la zona alta de Barcelona. Hoy hay pocas de esas plazas en que se coincidía: las reuniones familiares, las comidas en el restaurante Il Giardinetto, alguna fiesta y poco más. Son ramas del mismo árbol, pero separadas por los respectivos posicionamientos ante la vida: el pijoprogre y el pijoloco saben de la existencia de uno y el otro, con los mismos privilegios y gusto refinado —en Cadaqués veranean antiguos militantes de Bandera Roja y empresarios que se desplazan en helicóptero privado que pueden coincidir un mediodía en la misma barca—, pero evolucionan por vertientes distintas. Seguramente si no fuera porque me hice periodista y escritor, no habría tratado nunca a gente como Milena y me habría quedado en la esfera social del Polo.



 

 

 

 

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Hay un pintor que se ha especializado en captar con sus retratos el alma de las dos ramas. Es Gonzalo Goytisolo, hijo del escritor Luis Goytisolo. Gonzalo tiene una forma de hablar dulce, de eses muy sonoras. Es un artista maravilloso y es producto, como Milena, de un entorno privilegiado, de la cumbre de la intelectualidad. Luce una barba dejada y frondosa que le hace aparentar más edad de la que tiene. También le sirve para disimular los rasgos de buena familia. Hace unos años me presentaron en el Empordà al heredero de una gran familia de constructores que tiene el cuerpo prolíficamente tatuado y que también disimula su raíz de élite burguesa con una barba aún más abundante que la de Gonzalo Goytisolo. Me hizo pensar en él. El personaje habla en un castellano de pijo de barra de discoteca, está afónico a perpetuidad y te observa con una mirada apática, de quien las ha hecho de padre y muy señor mío. Vive en Tailandia, creo, con su mujer y un hijo adoptado, donde ha invertido algo de dinero en un campo de agricultura sostenible.

 

Gonzalo Goytisolo afirmó que los retratos que pinta son para su subsistencia y para financiar otros proyectos artísticos más arriesgados y más agradecidos para su creatividad. Para él, los retratos son un trabajo de «mercenariado» que comenzó con el encargo de la mujer de un gran empresario. Desarrolló a partir de ese momento una carrera de retratista que culminó en 2017 en una retrospectiva en la Fundación Vila Casas. Durante la visita a la muestra tuve la impresión de estar contemplando las pinturas rupestres de una cultura desaparecida. Estaban todos, progresistas, españolistas, pals de paller, alocados y políticos del orden: Ricard Fornesa, los Goytisolo en bloque, Carme Balcells, Alberto Fernández Díaz, Josep Vilarasau; familias numerosas con los niños vestidos con el uniforme de verano, en salones elegantes ante ventanales por los que se intuyen jardines con piscina.

 

El profesor de literatura española Fernando Valls explicaba en 2008 en su blog cómo conoció a Goytisolo: «Conocí a Gonzalo (Barcelona, 1966) cuando era un adolescente que empezaba a pintar, en compañía de su madre, María Antonia Gil Moreno, en la calle Balmes, el mítico piso en el que los componentes del llamado boom hispanoamericano se juntaron por última vez, en una fiesta de Noche Vieja, según relato de José Donoso, en su Historia personal del boom».

 

No conozco a ningún Gonzalo de extrarradio; tengo presentes a cinco de ellos, y los cinco son hijos de casa bien. Gonzalo Goytisolo destila orden por parte de padre y por parte de madre. Esta cita es de la Wikipedia:



 

 

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José María Gil Moreno de Mora y de Torres [tío de Gonzalo] se ocupó de la finca del castillo de Riudabella, junto al monasterio de Poblet, y de industrias químicas [de la familia], pero su afición eran los esmaltes; habiendo hecho exposiciones en París y Barcelona. Su hermana María Antonia [madre de Gonzalo] se casó con el escritor Luis Goytisolo […] A esta rama pertenece el malogrado corresponsal de guerra Miguel Gil Moreno, así como Isabel Gil-Moreno de Mora, «la niña Isabel» del poema de Jaime Gil de Biedma. Isabel fue una de las «imprescindibles» de la gauche divine barcelonesa de los años sesenta y setenta. Isabel Gil Moreno de Mora fue diseñadora de joyas, amiga de la gran fotógrafa Colita y el único amor heterosexual de Jaime Gil de Biedma.

 

José María Gil Moreno de Mora y de Torres tuvo [como hijo] a Pedro Gil Moreno de Mora y Martínez Gil (1955) [primo de Gonzalo], que ostenta actualmente la propiedad, la administración y la explotación agrícola y hotelera del castillo de Riudabella; [su otro hijo] Fernando (1956, conocido como Búfalo Gil) es piloto profesional que, entre otras cosas, ha participado once veces en el Rally Dakar, unas veces en moto, otras en coche y, finalmente, otras en camión.

 

Sobre Gil Moreno de Mora, el tío de Gonzalo Goytisolo, y sobre las fincas de

 

Riudabella, El País publicó en 2013 un artículo remarcable:

 

Pedro Gil Moreno de Mora…, el hijo de esa mujer de armas tomar, quien recibe a las puertas del Castillo de Riudabella a todo aquel que desee comerse una calçotada (mínimo cuatro personas y cuarenta y cinco euros por barba), o vivir un fin de semana como un noble medieval con jacuzzi (ochocientos euros, dos personas). El castillo ha ido pasando de padres a hijos desde que un banquero de la familia lo adquiriese en subasta pública allá por 1841. Nobles navegantes y navieros, ingenieros o empresarios, amantes del arte amigos de Sorolla… Hasta caer en las manos de un exdeportista profesional y de su mujer, Martina, una farmacéutica alemana. Son los habitantes del castillo hoy, junto con su hijo pequeño. Y, como tantos otros descendientes de la nobleza española —se calcula que hay diez mil castillos y los palacios no se han censado—, han



 

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encontrado la fórmula para rentabilizarlos. Comparten su patrimonio y su historia. La directora de la Fundación Casas Históricas de España, Ana Yañez, habla de «tendencia». Pero Gil lo resume con más sorna en una frase: «Las piedras no te las puedes llevar a Suiza».

 

Esta conexión entre las filas progresistas de casa bien y la aristocracia que sobrevive apurando los últimos millones del abuelo, que ve la vida pasar desde la sala de bridge del Polo o en el Círculo Ecuestre, es muy propia del orden barcelonés. Son pocos, pero es un fenómeno superlativo de este mundo.

 

Los tres hermanos Goytisolo escritores eran hijos de un ejecutivo de la industria química. De origen vasco, la familia se instaló en Barcelona a mediados del siglo XIX después de hacer fortuna en Cuba, también con el esclavismo. Vivieron en dos elegantes residencias de las Tres Torres y de Sant Gervasi. Estudiaron en los jesuitas de Sarrià y en La Salle Bonanova. José Agustín, el hermano mayor y el más influyente, tío de Gonzalo, quedaba con los compañeros de su equipo de fútbol en el bar Mestres, muy cerca del domicilio donde nací y viví hasta los dieciocho años. En el bar Mestres todavía se muestran trofeos obtenidos por su equipo, el Atlético Tres Torres, en la década de los cuarenta. Joan Reventós, el líder socialista, oriundo de Sarrià y amigo íntimo de José Agustín, enumeraba en un obituario de 1999 en La Vanguardia, con motivo de la muerte del poeta —un probable suicidio, aunque la familia lo negó—, a algunos de los nombres que jugaban en el equipo de fútbol: «Más allá del colegio [ambos eran alumnos de los jesuitas y ambos fueron expulsados], se mantuvo nuestra relación participando en un club de fútbol de barrio, el Atlètic Tres Torres, llamado “los canarios” por el color amarillo de la zamarra. En él jugaban los hermanos Germán y Carlos Plaza, de la editorial de su nombre; J. Corbino, hijo de la lechera de la Vía Augusta; J. Bosacoma, compañero de facultad, y los hermanos Barbarà, hijos del lampista del barrio y cantantes en las óperas que escenificaba el club junior. Los partidos en las barriadas periféricas de Barcelona hicieron que ambos tomáramos conciencia de las desigualdades sociales de la ciudad».

 

Mi casa estaba en la calle del Doctor Carulla, entre Pau Alcover —donde residían los Goytisolo— y Vergós, donde está el Mestres. Era un bar que desde la calle siempre se me antojó un antro oscuro y desapacible. De pequeño, cuando pasaba por delante, aceleraba el paso. No me atreví a entrar hasta que fui adulto. No hay nada que destaque del Mestres más allá del aura literaria-intelectual de los jóvenes Goytisolo y Reventós. Pero solo por eso ya



 

 

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era un rincón mítico en un barrio donde no sucedía nada y donde no hay nada que llame la atención excepto su silencio, el de un oasis de bienestar en medio de la ciudad.

 

José Agustín quería huir de aquel oasis. En 1999, año de su muerte, Enrique Vila-Matas escribió en El País: «Dice Juan Goytisolo que él siempre ha procurado hacerse el muerto. De José Agustín, el hermano muerto, no quiere hablar. No estuvo en el entierro porque desde el 64, cuando murieron su padre y su abuelo con poca diferencia de meses, se prometió no volver a ver el horrible panteón familiar de Montjuïc, que es una copia pretenciosa y relamida del Duomo de Milán y, además, simboliza todo el horror de la clase burguesa y explotadora en la que nació».

Por su parte, Asun Carandell, hermana del periodista Luis Carandell y mujer de José Agustín, escribió estas líneas: «Yo conocí a José Agustín cuando él tenía dieciséis años y yo trece, en una procesión de Corpus Christi del colegio de los Hermanos de La Salle, en Barcelona. Caminaba con una vela encendida al lado de mi hermano; pasando por donde estaba yo, le dijo: “Mira, Luis, qué niña tan mona”, y mi hermano le contestó: “Es mi hermana, es tonta”. Ellos dos ya habían congeniado: se escapaban de las clases que no les gustaban, reconocían a los buenos profesores, leían apasionadamente El Quijote y escribían cartas imitándolo. Goyti, así le llamábamos, venía mucho a jugar al fútbol en el patio de mi casa. Yo, cuando venían los chicos, me encerraba en mi habitación, a no ser que tuviera a la profesora de piano o de alemán. José Agustín siempre me miraba o bajaba la cabeza cuando yo aparecía. Los domingos ensayábamos alguna obra de teatro, dirigidos por mi madre, en un escenario que había en casa y que tenía incluso una máquina para simular el viento».

 

Los niños siempre encuentran espacios para evadirse. En las Tres Torres digo que no sucede nada en el sentido de que su vida pública, lo que se muestra de cara a la galería, es irrelevante. Pero los niños necesitan poco para hacer volar la imaginación. En Vergós, frente al bar Mestres, había una productora de cine donde podías curiosear la ida y vuelta de las cámaras, los técnicos con sus cables; ahora hay un gimnasio DiR. El mercado de las Tres Torres estaba allí mismo, pequeño y discreto, con el olor del pescado que se mezclaba con el de los detergentes de la droguería, y esa mezcolanza olfativa te acompañaba si comprabas golosinas o cómics de Bruguera o de Ediciones B en el quiosco que hay en la entrada de la calle de las Escuelas Pías. Un poco más arriba nos perdíamos con mi hermano por los pasillos de plantas y cactus, y por el invernadero de orquídeas y ficus enormes de Jarclos, la



 

 

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jardinería del barrio. También estaba la casa del escultor Clarà, un lugar mágico. Cuando pasaba por delante, me agarraba a la verja que rodeaba los jardines de la torre, durante tantos años abandonados, cubiertos por una selva de matorrales y de hierbas que crecieron tanto que no te dejaban atisbar el cielo. Gatos y palomas eran los señores de la casa, y jugaba a identificarlos entre el verde, cuando bebían de la fuente o se colgaban del brazo de alguna escultura, mientras te miraban como hipnotizados. La casa de Clarà es hoy una bonita biblioteca de barrio.

 

Teníamos la lechería de la calle Calatrava, número 28-30, que regentaba un matrimonio de viejos andaluces. La nave, estrecha, de una planta y rodeada de bloques de apartamentos, sigue ahí. Juraría haber llegado a ver las vacas estabuladas, de pequeño, mucho antes del día —ese sí lo recuerdo perfectamente— que trajeron a casa el primer televisor en color. Desde las grandes vidrieras del salón, donde instalaron el televisor, espiaba los patios interiores de la lechería, de los vecinos y del hotel Hesperia, en la calle Calatrava, donde se amotinaron los jugadores del Barça en 1988.

El espacio más singular de ese pequeño mundo de la infancia era el camino del cementerio de Sarrià. Era una pista de tierra, estrecha y encajonada entre muros, de medio kilómetro y minada con mierdas de perro. Los chuchos son un componente obligado en muchas familias acomodadas, y cuanto más elevado es el pedigrí, más prestigio parece querer proyectar su propietario. Probablemente, también cuanto más espacio ocupa el animal, mayor es el trauma emocional que quieres tratar de aliviar con él. La cuestión es que entonces no había nadie que recogiera los cagarros de las mascotas, yo tampoco, cuando llevaba a Dana, una perra que teníamos y que vivió hasta los dieciocho años. ¡Qué peste a mierda seca se olía en aquel caminito entre pisos de lujo! El camino desembocaba en una plaza semiabandonada y que era el lugar predilecto para todo tipo de vicios nocturnos. Lo curioso es que justo en aquel punto exacto de Pau Alcover, cuarenta años antes, se levantaba la desaparecida torre de los Goytisolo.

 

Las Tres Torres podían ser tan emocionantes como uno quisiera, la cuestión era poner voluntad. Francesc Montseny vivió ahí muchos años y puso mucha voluntad. Fue fundador del Universal, el mítico club nocturno de la señorial zona del mercado del Galvany, junto con un grupo de personajes cultos y refinados como el diseñador Claret Serrahima y el fotógrafo Toni Riera, famoso por haber creado la imagen de las discotecas Pacha. Riera, como Carlos Martorell, es un nombre fundamental en el descubrimiento de la máquina de facturar dinero que es Ibiza. Los socios del Universal eran



 

 

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vecinos de la zona noble de la ciudad. Montseny era de Balaguer, pero vivía y trabajaba en las Tres Torres: era director de la oficina de “la Caixa” en la plaza de Joaquim Pena. Las Tres Torres quedan divididas por la Vía Augusta; yo nací y viví en la parte colindante a Sant Gervasi; Montseny vivía en la parte que toca a Sarrià. Cuando cumplí los dieciocho años, mi familia se trasladó del sector norte de las Tres Torres al sector sur, a doscientos metros de donde vivía y trabajaba Montseny. Conozco al dedillo el espacio urbano y anodino que describe Montseny en sus memorias Barcelona, la ciutat entusiasmada. Por eso me hizo ilusión comprobar que, quince años antes que un servidor, había un grupo de jóvenes que intentaban romper la mediocridad del barrio, y lo hacían juntándose con los intelectuales y seres más inquietos que merodeaban por sus calles, como rapaces nocturnas y esquivas. Montseny explica sus cenas y las copas en el Pennsylvania, el bar de la calle Castellnou donde me he zampado muchos menús de mediodía:

 

Todos nos encontrábamos en aquel bar. El Pensil, lo llamábamos. Era un local no muy grande con una barra angulada que iba desde un pilar al rincón donde estaba la plancha. En la barra cabían unos ocho sentados de perfil. En la pared contraria había un banco donde se podían sentar cinco o seis. Y en el resto del local se distribuían cinco o seis mesitas, algunas junto a los ventanales que miraban a la calle donde cuatro mesas hacían de terraza bajo los árboles.

 

Tiempo atrás, cuando todo aquello era un erial, antes de que se llenara de construcciones, aquel local era una barra americana en las afueras de la ciudad, entre Sarrià y Barcelona. El negocio lo llevaba una señora que, cuando los tiempos cambiaron, lo traspasó para que tuviera la forma que tenía ahora: la de un bar de bocadillos, platos combinados y alguna copa […] Nos sentíamos bien ahí porque los bocatas eran buenos y los bistecs que Elías, el dueño, se encargaba de ir a buscar a Breda, eran insuperables. Además, estaba encarado al sur y la luz que entraba atravesando los arbolitos de delante lo hacía acogedor. Sencillamente, una buena esquina que compartíamos con otra fauna, otra peña muy diferente de nosotros: chaquetas cruzadas con botones brillantes, fijador en el pelo, relojes de oro (¿de verdad?) en las muñecas que continuamente tenían que volver a poner en su sitio con un gesto de la mano a media altura, por si no los habías contemplado lo suficiente. La conversación

 

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monotemática de estos era siempre sobre unos negocios y un dinero que en realidad no tenían. Un buen número de ellos todavía vivía en casa de su madre y había uno que ya a la hora del desayuno, cuando yo aprovechaba mi turno con los compañeros de oficina, me decía con una copa de cava en mano, entre partida y partida a la máquina tragaperras: «Mira, Ces, yo a veces hasta tomo café con los obreros» […] Cuando digo poesía me refiero a la que recitaba Jaume [Vallcorba, editor], y a la «Canción del Pirata» que cantaba el Pana después del tercer cubata, y aún me refiero mucho más a la presencia calladamente intempestiva de Joan Vinyoli [célebre poeta] cuando, muchas noches y sobre todo en verano, salía de su casa en la calle Castellnou y venía el bar.

 

Había entonces, en los setenta y los ochenta, una conexión genuina entre la intelectualidad acomodada progresista y sus vecinos intelectuales catalanistas. José Agustín Goytisolo alababa al poeta nacionalista J. V. Foix con sinceridad y admiración, al igual que una de las primeras fiestas en el Universal la bendijo este poeta y pastelero de Sarrià. Esto sorprenderá a muchos lectores de menos de cuarenta años, pero el Universal, además de haber sido siempre un local para calentar motores antes de ir a otros clubes como Otto Zutz o a la miseria discotequera de Tuset y Aribau —herencia de Bocaccio—, fue un lugar destacado donde canalizar la energía creativa y posmoderna de la Barcelona de los ochenta. Como todo, a partir de los Juegos Olímpicos la creatividad se fue al traste y el Universal siguió siendo un lugar de pijos — incluido un servidor—, pero sin ninguna voluntad creadora o transgresora. Bien entrados en el siglo XXI, las calles Aribau, Tuset, la zona del Galvany y el Otto Zutz ya han abierto las puertas a todo tipo de público, del Llobregat al Besòs; los Gonzalos se dejan caer quizás una vez al año, dejando barra libre el resto del año a oyentes de la Cadena Cien y visitantes de la periferia metropolitana. No hay nada que hacer, de eso trata la democracia de mercado. La reacción, como me apuntó Margarita Puig en aquella entrevista en El País, ha sido que las élites tienden a distraerse más sin salir de la esfera privada.

 

Aún más grave, también se ha perdido la conexión entre el intelectual pijoprogre y el intelectual catalanista portador de la costumbre y las esencias nacionales; Foix juntándose con Gil de Biedma, por poner un ejemplo. En esto, desgraciadamente, tiene que ver la política. El mundo posconvergente independentista no irá a las soirées del Giardinetto, al igual que el grupo de



 

 

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las Giardinetto Sessions no será invitado a un recital de poemas en casa de los Carulla: se han distanciado como si un catamarán se partiera en dos y los dos buques se hundieran porque la vela, en medio, se ha hecho trizas. La vela era la convicción de formar parte de una misma comunidad.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Gitanes

 

 

 

 

J. se crio en una familia de prestigiosos médicos. A diferencia de otros compatriotas, él estaba en Berlín porque tenía un trabajo de verdad, en una multinacional de automoción. Compartía piso con un universitario extraordinariamente vago que solo salía de su habitación para comprar marihuana. Yo compartí piso los dos primeros meses en la ciudad con un alemán igual de jeta y con un gaditano.

Nuestro apartamento era un nido de suciedad en el barrio de Kreuzberg, en la Wrangelstraße. Lo compartíamos con el inquilino oficial, el joven alemán antes mencionado, que se dejaba un bigote a lo Errol Flynn y que era tan cerdo como guapo. El edificio se caía a pedazos —en 2015 volví y su conservación aún era peor. En la esquina con la calle Falckenstein tenían su «oficina» dos camellos; un poco más allá hay una famosa heladería turca que era la alegría de un barrio de existencia contundente. A cien metros, una parroquia atendía a los sintecho, la gran mayoría alemanes. Un día me saltó el corazón al ver a un hombre con una bolsa de palos de golf practicando su swing mientras esperaba a que abrieran el comedor. Era una lección práctica de uno de los puntos débiles de la civilización protestante: las familias no preservan la unidad de clan como lo hacen las sociedades mediterráneas, a menudo falta el colchón familiar cuando las cosas se tuercen. Por ello es difícil, por ejemplo, encontrar a un turco pidiendo caridad en Berlín, porque siempre habrá algún familiar que dé cobijo al necesitado.

 

Con el amigo gaditano pasábamos horas con unas cervezas y sus porros charlando sobre amores y desencantos, con los pies en remojo en el río Spree o en zonas verdes inabarcables. Con J. comprábamos un chocolate relleno de setas alucinógenas. Era un producto envuelto como si fuera un Crunch, que vendían en una tienda de cultivo de marihuana en el barrio de Prenzlauer Berg —algo así como el paralelo berlinés de Gràcia, en Barcelona, o de Malasaña, en Madrid. Con el Crunch mágico pasamos una tarde espectacular en el parque Treptow. Correteábamos por el césped riendo sin ningún motivo en concreto, por entre los mármoles soviéticos que hay en el parque, con versos



 

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de Stalin grabados y la famosa estatua gigante del soldado rojo partiendo una esvástica con una espada. Tenía frío y el gaditano me dejó una pelliza que llevaba, una especie de poncho de lana de colores y borlas; se quedó observándome hasta que consiguió expresar, pese al colocón, lo que estaba pensando: «¡Te pareces a Aznar en los Andes!». Aznar en los Andes, esa es la pinta que hacía entonces: la de un misionero de los Legionarios de Cristo en unas minas bolivianas.

 

Aquel viaje psicodélico entre estelas comunistas, familias turcas reunidas alrededor de sus barbacoas y alemanes más modernos que todos los modernos de Barcelona juntos, tenía sus precedentes, precedentes que beben de la curiosidad de la gente de orden que siempre he tratado de encontrar. Personas como Miguel, un chico de padres valencianos, compañero de hockey que quería ser torero y que incluso había organizado alguna novillada en el campo de saltos de caballos del Polo. Miguel nos llevaba a la Monumental y con él descubrí el arte y el simbolismo que hay en torno a la muerte del toro. Al final abandonó el toreo y ahora vive en Valencia, cultivando unos naranjos que heredó. Con Miguel experimenté mi primera borrachera, con catorce años, en la bodega de Gitanes, un club musical en General Mitre que era propiedad de sus hermanos.

 

Mi primera adolescencia, como la de muchos de mis compañeros de generación y de orden, tenía sus templos de tarde: Up&Down, Jimmy’s o Gitanes. Antes de Gitanes aparecíamos por el Bodeguín, un bar en Sant Gervasi, en lo alto de una suave colina que es una especie de laberinto napolitano, un vigía avanzado de la sierra de Collserola. El Bodeguín era una tasca para protoalcohólicos adolescentes que se gastaban la semanada jugando al duro con vasos llenos de clara. Después, con la alegría que nos daban los efluvios etílicos, nos dirigíamos hacia Gitanes. Al llegar a la sala ya había terminado el horario infantil y tocaba el de los adultos, por lo que los hermanos de Miguel nos escondían en la despensa, solos con un montón de cajas con licores de todo tipo. El desenlace era inevitable.

 

Con Miguel participé en situaciones que para un joven son definitorias. Una noche, de madrugada, me hizo subir al Volkswagen Golf de un amigo suyo, y recorrió todo Ganduxer contra dirección con seis pasajeros. Cuando llegamos a la Bonanova supliqué, atacado por el pánico, que se detuviera, que quería apearme. Eran años de descubrimientos, de replicar la edad adulta. Los domingos, después de comer, con Ernesto bajábamos juntos al Alberto, un restaurante de la calle Ganduxer, y comprábamos dos Montecristo del número



 

 

 

 

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5.  Nos los fumábamos en algún parque, o en Collserola, mientras silbábamos la banda sonora de El Padrino.

 

Miguel y Fernando me llevaron una tarde, al salir de clase, a casa de una compañera suya del colegio, los Sagrados Corazones, a comprar hachís. La chica vivía en Vallcarca. Con quince años que yo tenía, aquel barrio y todo lo que se extendía por Collserola de la avenida del Tibidabo al Besòs me era completamente desconocido, tan enigmático como un viaje a Sinkiang. Unas calles empinadas que parecen no obedecer a ningún orden, tan diferentes de la simetría de las Tres Torres, y una humanidad que me parecía exótica de lo real que era; como cuando mi padre nos llevaba a mí y a mi hermano de pequeños a comer un frankfurt en la plaza de Sant Jaume, en el barrio Gòtic. Parecen hechos triviales e incluso ridículos, propios de personas encerradas en una burbuja de colores que flota entre los platos sucios del fregadero, y es cierto, son hechos triviales, pero lo son como muchos otros momentos reveladores que tiene todo el mundo. La amiga de Miguel vivía en un apartamento hecho una leonera y forrado con telas de colores. Nos abasteció de la droga y de paso quiso enseñarnos la caja con consoladores que su madre escondía debajo de la cama. La chica era guapa y un nervio. Lo tenía todo para que me cautivara, pero yo estaba demasiado impactado por tanto atrevimiento.

 

Eran años en que los descubrimientos sexuales se hacían de una forma un tanto bruta. Con catorce años, en casa de Miguel, una tarde en que estábamos aburridos alguien puso una película pornográfica. No conocía a nadie de los asistentes excepto a Miguel y algún otro colega del Polo. Miguel propuso que nos la cascásemos juntos, y así lo hicimos. La situación no me excitó en absoluto, pero me reconfortó porque entendí que mis necesidades eran compartidas. También encontraba interesante, en mi adicción por ese teatro que es la vida, que siete críos se masturbaran en un piso noble con vistas al Turó Park: abajo teníamos la pastelería Vilaplana y sus clientas de abrigo de piel y familias ideales; dos pisos más arriba, la juventud que compraría allí los barquillos de Navidad veinte años después.

Vilaplana ha cerrado y la ha sustituido un MacxiPan, que es una panadería de una cadena industrial. Enfrente hay una tienda de jamones Enrique Tomás. Pocos detalles ejemplifican mejor la derrota del orden que este cambio comercial en la plaza de San Gregorio Taumaturgo.



 

 

 

 

 

 

 

 

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Los Sagrados Corazones se ubican en el paseo de la Reina Elisenda, frente al consulado de Estados Unidos. Sus alumnos, a pesar de su posición privilegiada, no me parecían tan cretinos como los de La Salle. Supongo que lo que no es nuestro nos gusta más: mi pareja fue alumna de los Sagrados Corazones y los abusones de turno se reían de ella porque llevaba un aparato ortopédico para la espalda y porque tiene rasgos asiáticos: la llamaban «la china» porque su madre era filipina. La adolescencia es una mierda de edad en la que lo mejor que podría hacer el gobierno es estipendiar a nuestra prole para disfrutar de cinco años de reclusión en campos juveniles de trabajo, para que desaparecieran durante esta época tan delicada y regresaran civilizados. Yo estaría encantado de pagar un impuesto para tal fin. Pese a todo, en los Sagrados Corazones detectaba una rebeldía y una actitud más cafre que me acomplejaban. Los consideraba más valientes y más curiosos ante la vida. La curiosidad actúa como desengrasante, la solución para vivir en el mundo del orden sin volverse un cretino. Es lo que escribió Joan Miró: «Para hacer algo en el mundo hay que sentir amor al riesgo y a la aventura y, sobre todo, saber prescindir de lo que el pueblo y las familias burguesas llaman “porvenir”».

 

Cuando tenía diecisiete años, mi mejor amigo, Leandro, me propuso pasar el verano cooperando en una misión de los claretianos en el Amazonas. Al ser yo menor de edad y necesitar autorización y dinero para financiar el billete, la cuestión pasó a ser una decisión de mi padre. El asunto fue ventilado en una reunión de una hora entre mi padre, los progenitores de Leandro y el misionero claretiano que sería responsable de nosotros. Mi padre consideró que mi seguridad no estaba garantizada: nadie le ofrecía la total certeza de que su hijo no sería secuestrado, y sus órganos, vendidos en el mercado negro. Dos meses después fui al aeropuerto a dar la bienvenida a Leandro. Volvió con unas greñas y un bigote de extra en Aguirre, la cólera de Dios —y con todos sus órganos intactos. Salió por la puerta de la recogida de maletas empuñando una espada de madera, adornada con plumas de ave. Me la regaló. Años más tarde la cedí a mi hermana pequeña, como si fuera un amuleto para que tuviera presente, aunque fuera inconscientemente, las palabras de Joan Miró.

 

Mi padre sí me había financiado, el año anterior, unas colonias en Canadá. De aquel verano conservo a algunos conocidos de mucho orden: dos hijos de ministros saudíes —uno se dedica a pilotar helicópteros y coches de carreras, el otro es político—, un alemán que tiene una escuela de artes marciales en Hawái y un mexicano que ha sido presidente de la federación de hockey hielo de su país. El saudí que ahora es político me escondió bajo la almohada un



 

 

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murciélago que había cazado con una escopeta de aire comprimido. Al día siguiente me desperté alarmado al ver sangre en la sábana, y el susto aún fue mayor cuando descubrí al animal.

 

El ambiente allí era excelente para trabar amistades de altos vuelos. Enviar a los niños en julio al extranjero es el pan nuestro de cada día para el mundo del orden. Las excusas son aprender idiomas, conocer mundo, espabilarlos y perderlos de vista durante un tiempo. El barcelonés medio, el que compra en Mercadona y escucha Europa FM, aspira a dejar a sus hijos una semana en unas colonias de La Rosa dels Vents en el Pirineo. El lector medio de La Vanguardia puede, con mucho esfuerzo, enviar a los críos a Irlanda. El orden apunta a Canadá, Estados Unidos o Suiza. Lakefield Camp, en Ontario, donde pasé aquel verano canadiense, entre lagos infinitos y protomillonarios, sigue siendo un referente en este suculento negocio.

 

El verano en que cumplí dieciocho años lo pasé en Gruyères, Suiza, estudiando francés en una escuela también para juventud adinerada. Yo era un caso diferente, porque me lo financiaba trabajando en la cocina de un restaurante del pueblo. Residía en casa de un empleado de la empresa distribuidora de los perfumes de mi familia. El hombre era un desgraciado de primera, emparejado con una señora escandinava tan avara como él, pero que por lo menos me acompañaba de vez en cuando a nadar en un lago que había cerca de su chalé. La señora escandinava, que por edad podría haber sido mi madre, en aquellas salidas acuáticas era peligrosamente cariñosa conmigo, y terminé por dejar de bañarme en su compañía. A pesar de que la casa tenía cuatro habitaciones, sus propietarios me arrinconaron en un desván lleno de bultos y de polvo; decían que las reservaban por si los visitaba la familia. Para desplazarme a Gruyères, a quince kilómetros de nuestro domicilio, me dejaron una bicicleta de paseo, sin marchas: cada día debía recorrer treinta kilómetros de carretera rompepiernas, con un puerto de segunda categoría. Una tarde que llovía a cántaros, el señor de la casa me adelantó por la carretera con su coche. En lugar de detenerse y ahorrarme los siete kilómetros que aún me quedaban de paliza, tocó el claxon y continuó.

 

Los suizos son gente peculiar. Que sean una confederación y que hasta hoy no les hayan invadido, es la prueba de ello. También es el único lugar donde he sufrido xenofobia. En la escuela de idiomas, como español empleado en una cocina, los profesores me trataban como si fuera una sanguijuela que estaba en Suiza para robarles los francos y pervertir a su comunidad. En la cocina del restaurante Saint George trabajaban un par de franceses, dos africanos, un serbio, su esposa, un andaluz y un servidor. Lo



 

 

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que más recuerdo de aquellas semanas en Gruyères son las toneladas de patatas que mondé, las cámaras frigoríficas que limpié y que el serbio tenía un kaláshnikov debajo de la cama de su domicilio. El fusil lo tenía para vender, o eso me explicó. Consideré que la decisión más inteligente era ser amigo suyo.

 

En lugar de irme de misiones al Amazonas, viajé a Irlanda con unas colonias que La Salle organizaba —y cobraba. En Dublín, en un parque anónimo y suburbial, La Salle me reservó una habitación en casa de una familia de la que lo mínimo que puedo decir es que era peculiar. Las familias que acogen a niños de colonias en el extranjero deben superar unos controles de calidad; en el caso en cuestión, el test de calidad falló. La madre era una señora que oficialmente era enfermera de turno de noche. Para ir al hospital vestía falda corta, zapatos de tacón, se maquillaba como un árbol de Navidad y lucía un escote de vértigo. El marido la llevaba y la recogía de madrugada. El desayuno me lo hacía yo mientras la familia dormía. El hijo, de mi edad, sufría algún tipo de discapacidad mental. Era calcado a Acidonítrix, un villano de las aventuras de Astérix y Obélix; incluso desprendía un efluvio extraño, como de arenque, como aquel malo del cómic. Se pasaba la noche despierto, haciendo compañía a su padre mientras esperaban el final del turno de la madre enfermera, haciendo mosaicos religiosos con cristales de colores.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La manzana de oro

 

 

 

 

Tengo un amigo que es el paradigma de la curiosidad necesaria para ser parte del orden y no mudar hacia la imbecilidad del contexto en el que crecimos. Con este amigo experimenté por primera vez con setas alucinógenas. Fue en Hamburgo en septiembre de 2001, dos semanas después de los atentados de las Torres Gemelas. Hamburgo es mi ciudad favorita de Alemania. No conozco lugar en Europa en el que los valores más esenciales de la burguesía —la libertad, la amplitud de miras y la tradición— determinen tanto a una sociedad. Si Hamburgo ha tenido un barrio rojo tan libertino —ahora es un Disneyland para jóvenes y turistas en busca de vicio fácil— es por la tradición burguesa comercial de la capital hanseática. Hamburgo es el centro del mundo editorial en alemán, su casco antiguo —lo que queda de él a pesar de la destrucción sufrida durante la Segunda Guerra Mundial— no es el Raval, es un espacio por el que circulan hombres y mujeres elegantes, pero sin excesos, modelos clásicos de Porsche y familias viajadas en misiones comerciales o tour culturales. Generaciones de familias bajo el paraguas de la misma empresa. El lago Alster en medio de todo, como un Central Park de bienestar socialdemócrata-liberal, y la desembocadura del río Elba, surcada por una constante procesión de mercantes, fuente de riqueza local y orgullo de los barrios residenciales que se extienden por las dos orillas. La globalización ha dejado millones de cadáveres allí por donde ha pasado, pero no en el corazón de Hamburgo. Hamburgo, en resumen, es lo que podría haber sido Barcelona.

 

Mi amigo había comprado unas setas en Holanda con las que preparó una tortilla para cenar. El error fue de dosis: cocinó una ración doble de setas para cada uno. Relataré los acontecimientos que se desarrollaron después de la ingesta de la tortilla, preparada en la cocina de un piso de estudiantes, digerida sobre una mesa de madera que tengo todavía presente porque al día siguiente apareció moteada con quemaduras de cigarrillos apagados en un acto de desesperación y angustia de mi amigo.



 

 

 

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Salimos de casa para animarnos en una coctelería cercana. Poco a poco los objetos del local comenzaron a flotar en mi mente. Los clientes cambiaban de colores. Salimos del bar cuando quedaban pocos minutos para que perdiera el uso de la razón. Antes nos sentamos en un banco para intentar recuperar el control. Me subía demasiado rápido. Sentado de cualquier modo en el banco, en mi cabeza aquella esquina de no sé qué avenida de Hamburgo se transformó en el paso cebra que hay justo a la salida de la avenida Diagonal de Barcelona. Comenzaba el viaje.

 

Teníamos prisa porque habíamos quedado en el barrio rojo de Hamburgo con unos compañeros, pero por el camino me perdí. Me acuerdo cagando al pie de un árbol, persiguiendo a unas chicas con los pantalones bajados. Ellas se reían. Recuerdo estar sentado a una mesa de un McDonalds con la boca abierta mientras un grupo jugaba a hacer diana con patatas fritas. Me echaron de una discoteca, un proxeneta magrebí me amenazó con una navaja porque me quedé embobado ante una prostituta que llevaba los pechos fuera. A las nueve de la mañana logré subirme a un taxi y decir el nombre de la estación de metro más cercana al piso donde debía pasar el fin de semana. El nombre de la estación surgió de mi inconsciente —todavía hoy me asombro de que pudiera recordarlo—, porque se llamaba Schlump y tenía una proximidad fonética con los dibujos animados japoneses Doctor Slump. Mi amigo me esperaba despierto, sentado a la mesa de la cocina, preocupado por haberme abandonado drogado en uno de los distritos más movidos de Alemania. Pensé que todo había sido un sueño, pero mis pantalones, cagados, y la cazadora, llena de manchas de kétchup y mostaza, me confirmaban la verdad.

 

Tres horas más tarde tomaba el avión de regreso a Barcelona. El aeropuerto estaba invadido por un ejército de policías, acababan de apresar en Hamburgo a uno de los sospechosos de haber organizado los atentados del 11-S. Seguía tan colocado que creía que las fuerzas de seguridad iban a detenerme. Al día siguiente, con la mente más despejada, fui a la iglesia de la plaza Major de Sarrià para dar las gracias al Todopoderoso por haber regresado sano y salvo.

Siempre hay un escalón más en el descenso hacia el absurdo de nuestra existencia. Estos hechos que he relatado no son anécdotas gratuitas para hacer más entretenida la lectura, están incardinados con la base argumental de este libro, es decir, con la descripción de los habitantes del mundo del orden. Porque la existencia de sus ciudadanos es tanto o más absurda que la de cualquier otra persona. Contar con generosos recursos económicos, tener satisfechas las necesidades más elementales, empuja al individuo a distraerse



 

 

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con frivolidades. La clase media mueve la economía porque pide entretenimiento que le llene el tiempo y el piso con una sensación artificial de bienestar. Los hay, sin embargo, a quienes no les basta con comprarse una smart tv del tamaño de una pista de tenis, o el último modelo de reloj de Apple, y es ahí donde arranca el sendero del peligro. Un nuevo rico puede hacer disparates, y el cine y la literatura nos proporcionan muchos ejemplos.

La discreción del rico era una característica de las leyes del orden. Desde muy joven hay una historia en concreto, entre tantas que he escuchado o presenciado, que me ha hecho pensar sobre nuestros silencios. No es el relato más truculento que conozco, tampoco acaba mal, pero resulta perfecto para exponer el lado oscuro de la intimidad de personas que de puertas afuera son la quintaesencia del decoro. El protagonista es el padre de un compañero de mi edad. En un viaje de negocios a India se tomó la noche libre, después de una larga jornada inspeccionando fábricas bajo un sol sofocante. Optó por relajarse en una casa de travestis. No era un prostíbulo de lujo, todo lo contrario, era una chabola en un barrio de miseria. Al hombre lo secuestraron. La familia no se enteró porque negoció su libertad con un contacto de la embajada española. Estuvo desaparecido unos días, pero al final regresó a casa, en Barcelona, y la familia nunca supo la verdad. La desconexión fue justificada con el argumento de que había aprovechado para hacer un poco de turismo en montañas remotas. No era descabellado, era un hombre aventurero y curioso. La curiosidad que nos salva y al mismo tiempo nos condena. Es la manzana de Adán, pero de oro, como las que guardan las Hespérides en la avenida de Pedralbes.

 

Por aquel entonces no había teléfonos móviles, todo se producía más despacio, también el sufrimiento. Pasar por aquello en silencio, solo, superarlo y guardártelo siempre para ti, aunque de vez en cuando te vuelva el recuerdo mientras muerdes una croqueta en una terraza de la calle Mandri: es este el aspecto del mundo del orden que más me cautiva.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Una mierda en El Port de la Selva

 

 

 

 

Cuando llegue el momento de ajustar cuentas con la vida podré decir que tuve el privilegio de conocer a nuestro «Lobo de Wall Street». Es tal la fascinación que siento por él, que le escribí una novela, Ciment armat. Le llamaremos Constantí, que era su nombre en la ficción. Constantí reside desde el estallido de la burbuja inmobiliaria en el extranjero, en un paraíso de sol y cocoteros. Los bólidos estrellados que Constantí dejó en la cuneta de la autopista del ladrillo son muchos, y donde hoy reside por lo menos le dejan respirar a pesar de las deudas. Constantí es hijo del mundo del orden; familia del Opus Dei, es un católico ferviente. Si salías de juerga con él el fin de semana, fuera como fuese, el domingo por la mañana tenía que ir a misa; después podía seguir de fiesta. Es un personaje de corazón tan expansivo como lo eran sus ideas de negocio. Entra en un local y enseguida es el rey; invita a todos a copas, baila con las mujeres como un dandi del Hollywood clásico. Solo disfruta de verdad con sonidos latinos, salsa principalmente. A veces coincidíamos desayunando a las siete de la mañana en el café París tras una noche haciendo el indio. El París era uno de los bares con mayor tradición para terminar las madrugadas de los niños bien de Barcelona. Cerca del bar estaba el Selmos, un karaoke frecuentado por prostitutas de edad avanzada. Había una señora ya mayor, creo que de origen andaluz, que no tenía dientes y que conocía a Constantí de otras ocasiones. Una mañana, después de zamparnos el famoso bocadillo de huevo del París, nos quedamos dos horas en el Selmos cantando con la prostituta sin dientes. Más adelante volví, pero sin Constantí y sin aquella mujer no era lo mismo. Hace poco descubrí que el local es propiedad de mi abuela. Parece que tenía problemas para cobrar el alquiler; ahora no sé qué comercio ocupa aquellos bajos. Confesé a mi abuela aquellas mañanas de alcohol y señoras que fuman en el Selmos. No me quiso creer.

 

Constantí circulaba por el mundo con coches de lujo obtenidos gracias a su ingenio. Cuando teníamos veinte años, los más privilegiados conducían un Golf regalado por sus padres; él llevaba un BMW deportivo último modelo, adquirido gracias a los réditos de su actividad profesional. Con veintidós años



 

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ya había facturado su primer millón de euros vendiendo apartamentos en el Vallès. En el país donde vive «exiliado» fue víctima de un secuestro. Llegó a ser uno de los promotores inmobiliarios más ambiciosos de aquel rincón del mundo, pero sus inicios fueron difíciles y una empresa de la competencia encargó su secuestro. Lo tuvieron unas horas encerrado en el maletero de un coche. Debía largarse, le exigían el regreso a España por la vía rápida. Él, en cambio, no se amilanó y compró la protección del ejército. Lo condecoraron, lo nombraron oficial vitalicio de las fuerzas armadas. En el aeropuerto de la capital, por ejemplo, podía llegar solo veinte minutos antes del despegue del avión y acceder a él desde la pista, sin pasar por los controles a los que se someten el resto de los mortales. Al menos en una ocasión sé que un aparato de Air France con destino a París estuvo esperando a que él terminara una partida de golf.

 

Mi único contacto con su mundo en el «exilio» me sorprendió durante una fiesta de Nochevieja. Estábamos en casa de unos amigos pasándolo en grande y de madrugada aparecieron dos militares de su país de acogida. Pequeños, orondos y vestidos de uniforme, la cogorza que llevaban era antológica. Arrimaban con todas las botellas que encontraban y perseguían a las hembras del orden que encontraban por los pasillos del apartamento donde celebrábamos el inicio de un nuevo año. Al día siguiente fueron detenidos por la Guardia Urbana porque fueron denunciados en un bar por desenfundar una pistola. Constantí fue a la comisaría con el abogado, para tramitar su liberación y su regreso a la patria.

 

En situaciones de emergencia, si podemos elegir, optamos por el socorro de quienes nos son cercanos, similares a nosotros. Por ello, de entre toda la gente que conocía en Berlín, la madrugada en la que me desapareció el pene opté por J. Quizás tenía a amigos más íntimos, pero él era de mi mundo. Inconscientemente busqué la conexión con alguien con quien me uniera una intimidad social, quería a alguien al lado que entendiera por lo que estaba pasando. J. me atendió con un punto de compasión y sin entender nada, porque, efectivamente, que te desaparezca el rabo no es común ni entre la gente de orden ni entre la de desorden: es una puta locura. En cinco minutos nos plantamos en urgencias del Charité, el hospital de referencia en mi zona. El médico que me atendió, un joven recién salido de la facultad, me escuchó con precaución y me analizó las partes nobles, que habían vuelto a su sitio. Yo añadía que había dejado de respirar y que las piernas habían dejado de responderme. El médico iba apuntando. Finalmente concluyó que yo no tenía nada en los genitales, pero que tenía que visitar urgentemente a un psiquiatra.



 

 

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Mis años en Berlín me pusieron frente al espejo de mis orígenes. El día en que anuncié a mi familia que me iba a Alemania fue en una sobremesa de una comida en el Port de la Selva. Era un domingo de primavera, alrededor de una mesa grande en una de las casas antiguas del pueblo, al abrigo de la tramontana, muro contra muro de la iglesia. La familia que me acogía fue mi familia durante muchos años. Hijos y nietos de un militar franquista que se retiró en este pueblo ampurdanés, enamorado y respetuoso con el talante de ese rincón de la Costa Brava a pesar de llegar con los vencedores. Vivía en una casa junto al club náutico, una construcción de una sola planta, enorme, con un jardín de ese césped duro que aguijonea el pie descalzo y que se utiliza en esta zona de la costa porque resiste mejor la sal y el fuerte viento. Tuve el honor de conocer a la viuda del militar, una mujer excepcional y cultivada. Guardo alguna novela de su biblioteca, firmada con su letra temblorosa, de persona mayor.

 

El Port de la Selva tiene a figuras públicas adoptadas e incluso queridas. El militar lo era, como también lo han sido veraneantes ilustres como el doctor Mosiès Broggi, el poeta Foix, el patriarca Monegal o Miquel Roca. De Roca siempre se dice que gracias a él se evitó que el pueblo fuera coronado por una circunvalación que debía aligerar el tráfico del centro urbano. Dice la leyenda que la oposición de Roca al proyecto era porque la nueva carretera estaría demasiado cerca de su casa. La casa de Roca en el Port de la Selva no es para nada suntuosa; no es muy grande, pero, eso sí, está excelentemente ubicada en lo alto de la bahía. Para Roca es una propiedad preciosa. Maiol Roger recupera en el libro Jordi Pujol, la gran família cómo estuvo a punto de perder su apartamento de veraneo:

 

José Antich explica en El virrey cómo se solucionan las deudas de la campaña del Partido Reformista para las generales de 1986, que había costado unos cinco mil millones de pesetas. Leopoldo Rodés, que ha hecho el mailing, le llama al día siguiente para cobrar. Roca pide tiempo:

 

—Ya te pagaré. Si me dices que soy el responsable moral de esto y que nos vas a ayudar en la campaña electoral, tengo una pequeña casa en el Port de la Selva que pongo a tu disposición. Para desesperación de Roca, Rodés acepta la casa a cambio de la deuda. Se hunde y pide ayuda a Francesc Gordo, que era responsable de finanzas del partido.

—Se me queda la casa. Lo quiere todo —dice Roca a Gordo. El tesorero lo habla con Pujol, que es taxativo: «Que Miquel esté

 

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tranquilo. Yo hablaré con Rodés y buscaremos una solución. De venderse la casa en el Port de la Selva, ni hablar».

 

Una mañana pude visualizar el ascendente de Roca en el mundo del orden. Salí a pasear por la parte alta del pueblo con un conocido y su perro. Nos detuvimos a saludar al señor Roca frente a su casa; él se disponía a salir hacia el Náutico con su moto, para disfrutar de un día en barca. El perro aprovechó el parón para hacer sus necesidades, y su dueño, presa del pánico, salió disparado calle abajo, no sin antes disculparse mediante repetidas genuflexiones: volvió a su casa para coger una bolsa de plástico que le sirviera para recoger los excrementos. Roca le dijo que no era necesario, pero no sirvió de nada. Me quedé allí con el perro, la caca y el gran patricio. Yo era adolescente pero sabía perfectamente quién era Roca. Encontraba la situación absurda, y más que vergüenza tenía ganas de reír. Todo ello se habría solucionado pidiendo a Roca un poco de papel de cocina, pero supongo que a Roca no se le podían pedir cosas tan mundanas. No hablamos durante los diez minutos que estuvimos allí solos. Roca esperó a su regreso con un ademán de persona acostumbrada a escenas de este tipo.

 

Hacía pocos días que la chimenea de la casa del Port de la Selva se había apagado. Los dos patios interiores volvían a utilizarse: uno con árboles frutales, con tortugas centenarias, la fuente y una pila de mármol; el otro patio es una terraza extensa para acoger comidas multitudinarias con un rincón cubierto por si llueve, protegido con cortinas de paja atada. En ese espacio cubierto comuniqué que iba a hacer las Alemanias. Enseguida se abrió una apuesta, si volvería a Barcelona en dos o tres meses. Al final fueron ocho años. Aquella apuesta tiene todo el sentido en el mundo del orden. No se concibe vivir fuera de Barcelona. Viajar, tanto como queráis, pero estar lejos de casa es incomprensible: «Como Barcelona no hay nada» —eso incluye el veraneo en el Empordà.

 

 

 

Mi amigo Benito vino a visitarme a Berlín con su esposa. Benito tiene un recorrido genealógico similar al mío: un pasado de familia industrial que se va perdiendo hasta hoy, hasta no quedar nada. Entornos sociales de conservadurismo catalanista que se comunica en castellano. Él es de Terrassa y yo de Barcelona, pero con el nexo que son las prestigiosas escuelas religiosas del Vallès, sobre todo del Opus —Benito estudió en uno de estos colegios, igual que un buen puñado de amigos míos. Él y su mujer me



 

 

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acompañaron a un cabaret de travestis que se había organizado para el cumpleaños de mi amigo Luis Miguélez. Miguélez era un famoso músico de la movida madrileña residente en la capital alemana. Sentado a su lado, con mis pantalones de pana, jersey de Furest, la raya bien peinada y gafas de pervertido de sábado noche en un peep show, mi aspecto contrastaba con la modernidad de Miguélez y los travestis de dos metros que me sonreían y me saludaban. Benito me hizo saber que estaba abrumado por aquella escena, no escandalizado, sencillamente no lo entendía. La reacción era similar a cuando, unos años atrás, daba clases de alemán en Barcelona con un profesor particular, en casa de mi abuela. Era un gay alemán de aspecto alternativo que ella observaba con una suspicacia nada disimulada, asqueada porque aquel chico tuviera que entrar en su hogar.

 

La vida de Luis Miguélez se merece un libro. De hecho, el libro lo escribí hace más de quince años, pero nadie quiso publicarlo. De aquel libro vale la pena recuperar el prólogo, porque aporta luz al propósito de este relato: en él aparecían la curiosidad, la huida de Barcelona y también las nuevas élites. El profesor de Psiquiatría de la Universidad Autónoma de Barcelona Adolf Tobeña me resumió en una entrevista el cambio de poder en las élites catalanas:

 

Las élites, en todas las sociedades, hacen bandos y establecen fronteras entre ellas, a ver cuál se impone. Las élites catalanas han tenido un cambio generacional acusado. Los individuos que salían en mi libro de hace veinticinco años era gente de la Transición, y los que ahora han encabezado el procés son todos hijos de la democracia española. Son dos mil, tres mil, cuatro mil individuos, no lo sé, hay que estudiar quiénes son los altos funcionarios que están ligados a la administración catalana, que es una administración potentísima, con unos recursos brutales en términos de educación, sanidad, obra pública, red local, la red eléctrica, telefónica, la industria turística, la periodística. Ha crecido un cuerpo funcionarial nuevo, que está en rangos altos, con una edad de entre los cuarenta y cinco y los cincuenta y cinco años, que han protagonizado el procés [la carrera independentista] junto con unos empresarios nuevos y una parte de las familias tradicionales. Yo esto lo describo como la generación Laporta-Guardiola-Puigdemont.



 

 

 

 

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En mi primer encuentro con Miguélez yo iba acompañado por dos miembros de estas nuevas élites Laporta-Guardiola-Puigdemont. Ambos han trabajado entre el ámbito público y privado, cultural y, para rizar el rizo, también con el Barça. Ambos son independentistas, se han hecho un hueco en la administración autonómica catalana e incluso entre viejas familias de renombre adaptadas a los nuevos tiempos. Encajan en el relato de Tobeña y de algún modo son el contraste de mi decadencia:

 

Hubo una noche de enero, hace ya unos años, en la que el efecto que provocaba un Jaguar cruzando sus interminables avenidas socialistas superaba la irritación promedio. Para empezar, el coche lo conducía un chófer de rasgos demasiado perfectos: rubio, cuadrado, alto y cabeza cúbica; buen candidato a la selección alemana de remo modalidad Cuatro sin timonel. Luego estaban sus ocupantes, tres jóvenes mediterráneos de aspecto funcionarial, vestidos de etiqueta y que apuraban sus copas antes de bajarse en la puerta del club más a la última. «A la última» en Berlín quiere decir que montas un local ilegal para ganar el concurso al cutre bien presentado, al desfase temporal calculado ofrecido con la mejor música electrónica y a donde media juventud del país peregrina para olvidarse que son alemanes. La ostentación de aquellos tres latinos enfrentada a la ciudad todavía por hacer, de bloques con la fachada ametrallada en una guerra de hace sesenta años y enormes solares vacíos, de gente que quiere crear y no saben por dónde comenzar: ¿por el Este, por el Oeste? Allí, en el Club Río, empezó todo.

 

No lejos del lugar donde se apearon los tres tipos de aspecto funcionarial se encuentra un cementerio militar prusiano, incluso un club que fue un matadero. Río solamente había sido una sala de disecciones. La habitación donde se abrían los cadáveres era ahora una zona de baile que conservaba las baldosas blancas originales y el desagüe por el que desaparecía la sangre. En aquella sala, sentado en uno de sus sofás rojos, debía encontrarme a Luis Miguélez.

 

Éramos un Jaguar y tres hombres, además, de mal ver: dos pequeños burgueses catalanes con el traje para ir a comprar el tortell del domingo y un alto cargo del Departamento de Cultura de la Generalitat de Cataluña que me había encontrado horas antes en una entrega de premios de cine. El servicio de

 

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chófer y el coche eran suyos, pero también lo era el problema de entrar. La clase política puede ser molesta pero si algo domina es cómo conseguir puestos a los que el común de los mortales no tiene acceso. Y la situación había empeorado porque la «torre» que controlaba la entrada a Río ya me tenía fichado. Dos semanas antes había intentado lo mismo con otros dos compañeros, estos incluso menos presentables. A uno de ellos no se le ocurrió otra cosa mejor que vociferar que no nos dejaban entrar porque eran unos racistas. El efecto fue el esperado porque los espectadores acudieron a raudales, aunque nadie se solidarizó con nosotros porque ese día, como en el que me encontraba ahora, los tipos de la puerta eran dos turcos y un chino. Pero en esta nueva ocasión, y antes de que me soltaran el clásico «entrada solo con invitación», el alto cargo de la Generalitat ya había hecho su trabajo: evocando su última campaña electoral en los mercados del Maresme, convenció a unas campesinas de Rostock, posiblemente fascinadas de interactuar con el primer extranjero de sus vidas, para que le facilitaran una contraseña de acceso.

 

La taquilla de Río está en un patio de descarga decorado con planchas de plástico de colores que sirven para suavizar la espera de diez minutos bajo la lluvia o la nieve. Aquel día no fue una excepción pero sí el precio de la entrada, que costaba más de lo habitual porque a las dos de la madrugada tocaba un grupo. El concierto estaba programado en el área principal del club, una nave distribuida entre una pequeña pista para el desenfreno rítmico, dos pantallas de tela en la que se proyectan montajes audiovisuales y un escenario a ocupar por el DJ o la banda.

 

Entre cervezas, chismes del cine español y visitas al señor Roca pasaron las horas. Hasta que la música electrónica cesó, las luces se fundieron y todos los bichos raros que por allí merodeaban se alinearon ante la tarima de los músicos. La escena recordaba al directo de Nick Cave en El Cielo sobre Berlín, cuando el ángel caído interpretado por Bruno Ganz encuentra al fin a su amada. El funcionario de la Generalitat se movía entre el público berlinés como Ganz, alucinando de poder decir a la vuelta «yo estuve allí».



 

 

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Sin espera, acompañados por el punteo duro de una guitarra eléctrica, aparecieron en escena tres tipos vestidos de cuero riguroso, de los pies a la cabeza; el teclista y el guitarra de cabello rubio, casi blanco, y el vocalista con un bigote barroco de puntas afiladas y melena morena. Se presentaron como Glamour to Kill y pronto quedó claro que 1) en esto de la música llevaban años, 2) dominaban el arte de la ambigüedad sexual y 3) eran algo diferente, un producto Berlín pero con un deje canalla que desde luego no era alemán.

 

Mis recuerdos de aquello son intensos y al mismo tiempo difusos. No podría precisar si había mucha gente o un buen ambiente porque la música y el show me absorbieron. De eso se trata el glam rock, dicen. Sí sé que el sonido no cesó en ningún momento, dirigido por el guitarra que tenía justo enfrente. Me llamó la atención porque en el triángulo que formaban, él era el ángulo más duro: gafas de sol galácticas, una altura considerable, pelo en punta, cara chupada y unos labios tensos que se movían con las subidas y bajadas de sus manos por las cuerdas. Todo aquello unido hacía del show algo tremendo: él, aquel «Consuelo» tatuado en el coxis del vocalista y sus canciones en cuatro idiomas, muy sexuales y parodia de la sociedad de masas. Como Clone Fashion: «Oh Dolly, copiada, fotocopiada / Ahora se lleva ser un clon / Oh Dolly, prostituta del sistema / Dolly, sí, una top model artificial y artificiera».

 

Más tarde descubrí al guitarra, solo, sorbiendo una cerveza, ahora con una sudadera de Adidas y pantalones militares. Le pregunté en alemán que qué grupo eran y por qué tenían parte del repertorio en español, y mi sorpresa fue mayúscula cuando me respondió en castellano que no, que él era de un pueblo de León. ¿De un pueblo de León y llenando conciertos en Berlín? Me pidió que le acompañara a un privado donde se concentraba su tribu. Se llamaba Luis Miguélez, de nombre artístico también Luis Miguélez, y con unos ojos muy cerrados mirando al suelo, me empezó a contar:

 

—Sí, sí, somos españoles pero el grupo lo hemos montado aquí. Nos conocemos de la Movida. Sabes de qué te hablo, ¿no? Los ochenta en Madrid. Yo era guitarra en Alaska y Dinarama,



 

 

 

 

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luego monté Mcnamara, trabajé con Lola Flores, las Chamorro y Alejandro Sanz.

 

Me lo soltó de corrillo, muy profesional, como el viajante que vende sábanas por los pueblos y lleva también la representación de una bodega de vinos de la tierra. Mientras me hablaba se le cayó tres veces el cigarrillo que fumaba. Sospechoso, aunque el resto de los que ahí estaban no le andaban a la zaga. Cuando me presentaron a Antonio Culebras, el cantante, me soltó la mano a toda prisa retorciéndose y gritando que tenía algo en el oído. También brincaba de corrillo en corrillo por aquella habitación de luces tenues y rojas Steve Morell, fundador de la discográfica Pale, referente de los grupos underground de Berlín y que en aquel momento editaba los discos de Glamour to Kill. Es larguirucho y seco como un espárrago, pálido como su apellido —lo lleva tatuado en el brazo— y habla a una velocidad de vértigo. Ya me lo había encontrado un par de noches en el White Trash Fast Food, un bar hoy colapsado de turistas que no hace mucho era un lugar de culto para todo amante de los mundos subterráneos. El martes es el día grande del White Trash, todo el travestismo se reúne para lucir palmito, maravilladas ellas de un público entregado. El White Trash es un viejo restaurante chino adaptado para comer, beber, bailar y charlar. La instalación está compuesta por varias salas que se cruzan y que están decoradas de miedo, como en un día de difuntos mexicano. Desde la más escondida de las habitaciones, antes de que el local fuera tan concurrido, uno podía observar a la gente entrando y saliendo de un pequeño cuarto trastero en el que seguro que no se jugaba al Scatergories.

 

A Pale también lo tenía controlado de un concierto en el Deep Club, una antigua fábrica de cervezas a veinte metros bajo tierra habilitada como discoteca de ambientes varios, mucha humedad y espacios fantasmagóricos que tenía como mascota a un gato disecado. El felino es famoso en Berlín porque alguien lo «secuestró» y sus propietarios publicaron anuncios en la prensa pidiendo pistas y ofreciendo recompensa por su rescate. El gato reapareció, como así lo hizo aquel flaco de origen británico cuando en mi primera visita al Deep Club, el DJ fue sustituido por un grupo de música dura de origen eslavo que acababa su



 

 

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actuación con una performance en la que la cantante le afeitaba el bello del pene a un miembro de la banda y continuaba con un intento de felación.

—Yo también he tocado allí —me dijo Luis—. Tres veces, dos con Glamour to Kill. Y la verdad es que lo tienen muy mal montado. La sonoridad es un desastre y no tienen ni un camerino para que te cambies. La tercera ocasión fue cuando me pidieron actuar en la Folsom Gay Fetish Party. —Parece interesante.

 

—A ti no te lo recomiendo. Yo estaba encantado porque me pagaban una pasta por tocar quince minutos. Solo tenía que acompañarlos con canciones de mi rollo heavy mientras un amigo, Andy, andaba a cuatro patas por el escenario simulando que era una perra que me lamía las botas. Lo que sucedía allí no lo he visto nunca, porque mientras estábamos arriba tocando, la gente iba a la suya, chupando pollas y practicando el fist-fucking. Eso sí, es un orgullo que me llamen de una fiesta de estilo en Berlín.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Un rey de Oriente

 

 

 

 

Si Berlín fue una huida hacia delante, en buena parte espoleada por la necesidad de alejarme del orden, la decisión de mudarme a China fue rápida, efectiva y dolorosa, como la depilación con cera. Seguía siendo una evasión del ruido que todavía me perseguía, el rumor de las fuentes del Turó Park, del castellano de pelota de tenis y de las madres en todoterrenos recogiendo a los niños en las escuelas de la Bonanova. Esta realidad se reproduce en todo el mundo, no es necesario viajar para saberlo, pero sí es útil viajar para evadirte de tus propios fantasmas.

 

Posiblemente me curé, aceptando mis orígenes, cuando en 2007, en Pekín, me reencontré con Isidre Fainé. El gran hombre ya era presidente de “la Caixa” y estaba en la capital china para rendir las visitas de rigor al gobierno central. La entidad bancaria quería poner un pie en China y había abierto una delegación en Hong Kong. Para demostrar buena voluntad, la Fundación “la Caixa” organizó una exposición de arte en una sala anexa de la Ciudad Prohibida. Los periodistas de los medios de comunicación españoles esperábamos al final del recorrido inaugural para recoger las declaraciones de Fainé. Se me quedó mirando fijamente entre el montón de corresponsales, mientras hablaba ante los micrófonos. Para él debía ser una pequeña sorpresa verme allí; para mí fue un exorcismo.

 

Quedé tan liberado de mis miedos que aquella noche, en una cena con el director de la Fundación “la Caixa”, me enfrenté con un gesto tan sencillo como rechazar un regalo. Los obsequios para los periodistas, en los años de bonanza económica, podían ser tan abundantes que no te hacía falta visitar ni la FNAC ni El rincón del gourmet de El Corte Inglés durante una buena temporada. Aparatos electrónicos último modelo y productos para sibaritas eran el pan nuestro de cada día para los periodistas económicos. Las cenas de presentación de los resultados anuales de “la Caixa” eran esperadas en este sentido. El último año que asistí —solo estaban invitados los jefes de información económica, yo era el delegado de Actualidad Económica en Barcelona—, el regalo fue un reloj Tissot. Unos días más tarde busqué el



 

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precio del reloj: cuatrocientos cincuenta euros. En otra ocasión me resultó incómodo aceptar el obsequio, envuelto con mimo, con papel institucional de “la Caixa”. No sabía qué era, pero imaginaba algo caro —la experiencia del año anterior me lo hacía prever: en aquella ocasión fue una agenda electrónica Palm. Un periodista especialmente respetado por mí llevaba el paquete en la mano. Le confesé mis dudas, que si eso era prevaricación, que si era un gesto que no era necesario… «¿A ti te influye a la hora de escribir el artículo? Todo el mundo lo coge, ni te lo pienses; además, llamarás la atención».

 

Cinco años más tarde, en aquella cena en Pekín, sentado junto al director de la Fundación “la Caixa”, al terminar el postre, de nuevo una azafata apareció repartiendo unos obsequios entre los periodistas de la mesa. Abrí el regalo: era un reproductor de música iPod. Cuando llegó el momento de irme, lo dejé encima de la mesa. Una representante de la fundación me preguntó si no era de mi agrado, y yo me limité a explicar que no lo podía aceptar. Dije al intérprete de la cena, un joven chino muy espabilado, que, si quería el iPod, lo podía coger. Al día siguiente, una representante del departamento de comunicación de “la Caixa” me envió un mensaje de correo electrónico lamentando lo que había hecho.

 

Mi historia en China me resultó útil para identificar el embrión de unas nuevas élites, no solo en aquella sociedad, también en la nuestra. Mis amigos chinos eran gente de mucho orden. A menudo, por los prejuicios tan comunes hacia lo desconocido, hay personas en Barcelona que me comentan que los chinos son unos puercos. He visto a chinos, no ricos sino de clase media, viajando por Asia con provisiones de guantes desechables para tocar el mobiliario público; chinos que no han olido a sudor en su vida y que se duchan dos veces al día; chinos que, en un restaurante, antes de una comida, limpian los platos y los vasos que les han servido. La higiene sigue a menudo unos patrones universales: cuanto más poder adquisitivo, más formación y hábitos más escrupulosos.

 

Mis amigos chinos eran mis compañeros del Beijing Hockey Club, el primer equipo de hockey hierba privado fundado en Pekín. Uno de los pocos hitos de mi vida del que estoy satisfecho es de haber sido miembro fundador de ese club. Éramos una veintena de jugadores, la mitad europeos —yo era el único español— y la otra mitad, veteranos de la selección nacional china. Jugar en la selección china de hockey antes de la profesionalización del deporte olímpico, y en concreto en China antes de los Juegos de Pekín, era posible por una causalidad clara: eran parte de la élite, universitarios y familias que habían crecido bajo el paraguas del Partido.



 

 

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Mis colegas no demostraban ningún tipo de dogmatismo político, todo lo contrario: eran capitalistas feroces, el mercado global era su patria. Uno de ellos era propietario de una cadena de veinte gimnasios; el presidente del club, un chino-escocés, era director de una empresa de Hong Kong de instalaciones deportivas. El mejor de todos, sin embargo, era Bruce. Fundador de un gigante del sector del mueble, suministraba sofás, camas, mesas y lámparas a hoteles de todo el país. Es un tipo gigante, en cuanto a tamaño y a personalidad. Siempre con gafas de sol, la cabeza rapada, se presentaba en los entrenamientos con chófer y una canguro filipina para sus hijos —para que los niños aprendieran inglés. Bruce había estudiado ciencias empresariales en Australia y era un híbrido perfecto de talante chino y occidental. Para la celebración de los cien días de su hijo —esta efeméride sería el equivalente a nuestro bautizo católico—, Bruce organizó una gran fiesta en un chalet que tenía para encuentros de empresa. Escultores de bloques de hielo, una banda tocando jazz, fuentes de las que brotaba chocolate deshecho, camareros sirviendo licores en barras que se iluminaban con cien luces de colores; diplomáticos, clientes, artistas, amigos y jugadores de hockey. Occidentalización de China en un chalet de lujo, en una barriada lejos de todo, una masa urbana creada de aluvión, con casas autoconstruidas con ladrillos de pésima calidad y tejados de uralita, nacida al abrigo de una autopista y donde, junto a la masa de trabajadores inmigrantes que allí se hacinaban, había grupos de artistas que empezaban a instalarse en comunas. En aquel suburbio podías sentir cómo giraba el mundo.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Getxo

 

 

 

 

Una de las lecciones más importantes de residir cuatro años en China son los vínculos innatos que se establecen entre europeos. Los europeos se juntaban de forma natural con los demás europeos, fueran del país que fueran, en contraposición con los pueblos asiáticos y sobre todo los estadounidenses. Era curioso ver cómo los cuatro jóvenes de Estados Unidos que venían a los entrenos del Beijing Hockey Club se relacionaban solo entre ellos, mientras que los europeos nos mezclábamos como si el alemán, el belga o el español fuéramos de la misma ciudad.

 

Los europeos del equipo éramos un colectivo ecléctico: funcionarios de la Comisión Europea, ejecutivos de multinacionales y estudiantes formaban la mayoría. Los orígenes sociales de cada uno eran evidentes solo con la forma de actuar y de hablar. Richard era el heredero de una editorial inglesa especializada en libros jurídicos. Su padre lo había enviado a China a abrir mercado y puedo asegurar que dedicaba más tiempo a aprender las normas de la noche que las del Derecho internacional. Jim era el pijoloco de nuestro país en formato belga. Atractivo, alto, sobresalía en todos los deportes; no pasaba nunca la pelota y tenía un ego monumental. Su familia lo vino a visitar y era como si los personajes de un retrato de Gonzalo Goytisolo hubieran sido teletransportados de la pérgola del jardín al gris de Pekín. Rubios todos; el padre con jersey por encima de los hombros y gafas de cristal de laboratorio alemán y moldura de fino acero inoxidable, la hermana y la madre salidas de un anuncio de Tommy Hilfiger. Los chinos los contemplaban fascinados, como los esquimales que se encontraron con los primeros vikingos. Mi madre pasó largas temporadas en China entre 1989 y 1990. Ella y una amiga sueca, dos mujeres rubias y de bandera, eran seguidas por los mercados de Pekín mientras la gente les tocaba el pelo y observaba sorprendida su altura. No era admiración desde un complejo de inferioridad, sino admiración ante lo extraño, ante lo raro, como si nos encontráramos un extraterrestre de compras por el paseo de Gràcia.



 

 

 

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En el equipo estaba también Diana [le he cambiado el nombre], una persona de gran relevancia para mí. Es de Hamburgo, sinóloga, y trabajaba de adjunta al director de un fabricante estadounidense de móviles. Tenía un buen sueldo y de ella dependía su pareja, un chino hijo de un diplomático del Partido. Él hablaba un excelente francés, había vivido muchos años en París. Era el tipo más holgazán que he conocido. Era de una belleza insultante y Diana estaba enamorada de él. Trabajaba vendiendo bidones de agua de oficina, y me obsequiaba con vales de garrafas que en mi despacho agradecían —compartía espacio de trabajo con la televisión flamenca, en el compound histórico donde el Partido había concentrado durante décadas a los medios de comunicación extranjeros. El chino de Diana era lo que se dice un perlas: yo mismo lo había sorprendido en citas clandestinas con otras chicas, siempre europeas. Diana pretendía ignorarlo hasta que un día llamaron a la puerta de su casa —él vivía con ella— y se encontró a una chica francesa visiblemente enojada: era la esposa de él; estaba casado, de la época de París, y no se lo había dicho a Diana. Mi amiga lo echó de su casa y terminó contrayendo matrimonio con un aristócrata alemán.

 

Diana me acogía y me cuidaba cuando lo necesitaba. Por mi treinta aniversario me obsequió con una camiseta de la selección alemana de fútbol. Coincidió con la Eurocopa de 2008, que ganó España en una final contra Alemania. Yo iba con Alemania y vi el partido en el pub más famoso del barrio diplomático de Pekín, el Paddy O’Sheas, donde dos centenares de expatriados, entre españoles y alemanes, seguían el encuentro entre cervezas y muestras de rivalidad patriótica. Cuando hacía rato que el alcohol circulaba generosamente, un funcionario de la embajada española se me encaró para soltarme un guantazo —yo estaba animando como una cabra a los alemanes —, pero me lo sacaron de encima tres compañeros míos que eran como tres armarios.

 

Hay personas con más temple que otras, y este es el caso de Gregorio. Si aquel pequeño funcionario de visados no pudo reprimir su orgullo patrio, Gregorio, agregado de prensa de la embajada española, sonreía viéndome hacer el mono con los alemanes. Gregorio es el estereotipo ideal de funcionario castellano del Estado: conservador y bon vivant, pausado en el trabajo, cabello rizado sobre la nuca, corbata de colores cremosos, mocasines lustrosos, traje impecable. Podía hacerte aseveraciones sobre Cataluña o sobre la izquierda que te cortaban la respiración; respondías con humor, o tomándole el pelo, y él lo asumía bien, sin cambiar de parecer, pero de forma civilizada.



 

 

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La madrugada —hora de Pekín— del triunfo de la Roja en la Eurocopa acabó como el rosario de la aurora. El centenar de españoles del Paddy O’Sheas decidieron que lo tenían que celebrar y todos a una, bien borrachos, recorrieron los novecientos metros que hay desde el bar hasta la embajada española cantando el «lo-lo-lo» y otras versiones improvisadas del himno. Los alemanes ya se habían ido y yo me quedé con Gregorio en el Paddy hasta que alguien apareció alarmado para avisarle de que una división de furgonetas de la policía había cercado al cortejo español. China es un Estado policial y cualquier concentración que huela a manifestación hace saltar inmediatamente las alarmas. Un montón de extranjeros gritando por el barrio diplomático de Pekín era motivo suficiente para acojonar a las autoridades, y el grupo fue recibido con el quinto de caballería local. Gregorio, muy tranquilo, recibió la información, apuró su gin-tonic y sin perder la sonrisa — aunque ahora era una sonrisa algo nerviosa— se dirigió al lugar de los hechos para negociar la desmovilización, argumentando a la policía que aquello no era ninguna protesta política, era la celebración espontánea de los vencedores futbolísticos de Europa.

 

 

 

Mi querido Pepe Comas, legendario corresponsal de El País en Berlín, pasó media vida en la Europa Central y del Este. Era un gran periodista, de carácter haddockiano; le tenía un aprecio enorme. Una tarde que estaba nevando, al salir juntos del centro de prensa del gobierno federal, Pepe se ofreció a acompañarme en coche a casa. Me oyó hablar por teléfono en catalán y cuando colgué me preguntó por qué trabajaba en catalán y por qué vivía en catalán si era un idioma con unas limitaciones evidentes para ganarse la vida e ir por el mundo. De entre todas las respuestas que podía ofrecerle, escogí la justificación familiar: había hablado en catalán con mis bisabuelos, abuelos, padres y hermanos; por lo tanto, a estas alturas de la vida, me era difícil cambiar. La gente de orden no pierde la calma y la voluntad de entendimiento; es la relativización del conflicto. Este talante es hoy vilipendiado en esta Cataluña contemporánea de euforia nacional. Es un hecho que es una manera de ser en retroceso, también entre las élites, y los que continúan actuando así suelen ser los pocos pilares que quedan en la reserva.

 

Más adelante se incorporó un vasco a las filas del Beijing Hockey Club: Míkel. Era directivo de una compañía de energías renovables española que tiene centros de producción de molinos de viento en Tianjin, donde residía



 

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Míkel. Tianjin es una ciudad portuaria a cien kilómetros de Pekín, y él se escapaba los fines de semana para jugar con el equipo. Era, con diferencia, el mejor jugador que teníamos: había sido durante años el medio centro del Jolaseta de Bilbao, equipo de la máxima categoría en España. Él, su club y la comunidad donde está establecido, Getxo, son lo más cercano que encontraréis al viejo mundo del orden barcelonés. Getxo es la suma de un municipio de villas discretas como Valldoreix y de barrio urbano elegante como Pedralbes. El Jolaseta es un club pequeño comparado con el Polo. En cuanto a extensión y pasado monárquico-militar, lo más parecido al Polo es el Club de Campo de Madrid, pero en lo que concierne al carácter, el Jolaseta se le parece de forma prodigiosa. El burgués diligente que progresa empresarialmente, arraigado a unos valores sociales e identitarios, rechazando los excesos, evidentemente alérgico a aventuras de cualquier tipo, sobre todo en políticas —gracias al concierto económico y también al trauma que supusieron décadas de impuesto revolucionario por parte de ETA; un moderado liberalismo, una dualidad que entronca con los jesuitas. Los niños del Club de Campo no eran los del Jolaseta, ni los del Polo ni los del Tenis Barcelona. Los niños del Club de Campo son gallardones en pequeño; difícilmente habrá alguno que descarrile para hacerse de la CUP o de la izquierda abertzale vasca. Todavía hoy, cuando coincido con alguien de Getxo detecto a un igual. Buscando un símil en la naturaleza, me imagino la reacción que tendría uno de los pocos osos que quedan en los Picos de Europa si decidiera cruzar el Cantábrico y los Pirineos, llegara al Valle de Arán y descubriera una multitud de animales similares a él.

 

Con el Beijing Hockey Club tuve experiencias que no estaban al alcance de la mayoría de los expatriados en China. Participé en torneos en el club deportivo más prestigioso de Hong Kong, rodeados de rascacielos, en los que nos mimaban en los descansos con generosas provisiones gastronómicas y alcohólicas. Jugué en el club más elitista de Singapur contra jóvenes directivos de banca ahogados por un ritmo laboral infernal que, eso sí, les permitiría retirarse con cincuenta años. También nos desplazábamos a Shanghái y a otras ciudades chinas, en giras donde nos recibían como si fuéramos un circo ambulante. La mejor cita sociológico-deportiva la tuvimos en la base naval de Dalián. Dalián es una península que corona el mar Amarillo, a trescientos kilómetros de Pyongyang, a quinientos kilómetros de Seúl y que vigila la entrada japonesa en el mar de China. En la base naval de Dalián hacía veinticinco años que no había accedido ningún extranjero: los últimos fueron los enlaces soviéticos. Jugamos contra el equipo de los hijos



 

 

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de los oficiales, en un campo junto al mar, frente a un muelle en el que estaban amarrados los buques de guerra. Nos dejamos empatar porque, si bien para nosotros el partido era lo menos importante, para nuestros rivales —que por edad podían ser nuestros hijos— era una especie de cruzada patriótica. La cena de bienvenida con los comisarios políticos de la base fue pantagruélica y deliciosa, con el desfile de rigor de brindis con licor de arroz. La cena terminó con un nivel etílico idóneo para salir de allí todos a cuatro patas, pero finalizó a las ocho de la tarde porque aquello era una base militar y al día siguiente a las seis de la mañana todo el mundo tenía que estar levantado y desayunado.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Hu Nan

 

 

 

 

En Barcelona me vuelven a la memoria estas aventuras chinas cuando entro en mi restaurante, el Hu Nan, del pasaje de Senillosa. Digo que es mi restaurante porque he comido allí una vez por semana durante muchos años. Se presenta como «restaurante asiático» porque ofrece platos japoneses, tailandeses, vietnamitas y chinos. Es un lugar conocido entre los jóvenes de Sarrià para hacer el buffet libre. Yo pido platos de la carta o que no aparecen en la carta pero que tienen preparados para los empleados. La plantilla es íntegramente china. En todo el mundo, la mayoría de los restaurantes que se presentan como japoneses están gestionados por chinos. La propietaria del Hu Nan tiene cinco restaurantes en Barcelona: cuatro son de cocina japonesa. Ella es encantadora, elegantísima, y es quien manda; el marido —su segundo marido— obedece órdenes. Tienen cinco establecimientos y dos hijas: la mayor estudia en la London School of Economics, y la pequeña es alumna de la prestigiosa escuela Aula. Como premio por sus buenas notas, en el verano de 2017 viajaron a EuroDisney y a Nueva York.

 

Cerca del Hu Nan trabaja un ecuatoriano que ha montado una red de doce tiendas de comestibles. El servicio es extraordinario; ves los camiones de mercancías con la marca de la empresa procedentes de Mercabarna subiendo y bajando por Major de Sarrià, Capitán Arenas, Sant Joan Bosco. Él se llama Edgar, todo el mundo lo conoce y se hace respetar por su cortesía. Cada vez atiende menos al público, pero cuando lo encuentras en alguno de sus establecimientos te pregunta por tu vida, te regala perejil o una bandeja de fruta —eso sí, a punto de caducar. A mí me tenía algo de manía porque solía quejarme de la música que obliga a hacer sonar en sus colmados: la música de Cadena Dial. En los inicios de la empresa, sus empleados sintonizaban emisoras latinas y recibían a la clientela con cumbias, bachata y salsa. Aquello imprimía carácter, podías salir del establecimiento bailando y, además, la calidad musical era notablemente mejor que lo que puedes escuchar en Cadena Dial. Edgar ponía cara de fastidio cuando le sugería que volvieran a sintonizar emisoras caribeñas; según él, sus clientes españoles



 

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quieren escuchar música española. Le era indiferente si yo le contaba que en Sarrià los vecinos no escuchan Cadena Dial; las emisoras oficiales de música en el barrio, desde mi infancia, son M80 y RAC105. Es un fenómeno del que solo quien ha vivido ahí toda la vida puede ser consciente: en la década de los ochenta, cuando entrabas en el videoclub CaryPol de la plaza de Artós, invariablemente sonaban los hits de Europe, A-ha, Madonna o Michael Jackson; treinta años después suenan las mismas canciones —en el CaryPol, en la tienda de fotocopias, en la mercería: el mismo pop de cuando eran jóvenes.

 

Hay una vecina en Sarrià, una venerable anciana, con quien coincidía a menudo en la tienda de comestibles que Edgar tiene en la calle Osi. Es una señora diminuta, cada vez más contraída por efecto de la edad, que viste con humildad, que no destaca por nada —suele acompañarla una asistenta latina, pero esto en el barrio no es motivo para destacar. No habla con los empleados de Edgar, aunque se empeñan en saludarla con un «¿cómo está hoy, guapa?». Ante estas cordialidades, la señora pone cara de sufrir gastroenteritis y deja que sea la asistenta quien interactúe. También la veía todos los días desde la terraza de mi apartamento. Mi hogar era un piso de sesenta metros cuadrados con una terraza que da a un jardín interior. El jardín es parte de una comunidad de viviendas de alto standing, y ella pasaba ahí un buen rato, cada día. Con los cambios de estación se instalaba un equipo de jardineros para hacer el trabajo sucio. Siempre se repetía el mismo diálogo: «Buenos días, señora. ¿Cómo se encuentra?». Su respuesta era invariablemente un soliloquio con el que la anciana explicaba las últimas novedades sobre su reuma o sobre los infortunios de esta o de esa planta. Nunca la oí interesarse por el mismo jardinero que lleva años cuidando el estanque de los peces, de los pinos y las hortensias de aquel pequeño paraíso. La última vez que fui testigo del encuentro trimestral entre los dos, la cosa fue así: «De nuevo aquí, señora. ¿Cómo está?», «Pues mire, hace un mes murió mi prima, usted sabe, que la conoció un día, pues tenía una ciática que le…». El jardinero, paciente, escucha el tostón que suelta la señora cuando él quizás se acaba de divorciar, o tiene depresión o le han entrado a robar en casa; no podremos descubrir ningún detalle de su vida porque mi vecina nunca pregunta nada: se escucha a sí misma, da órdenes y, cuando termina el día, adiós muy buenas y ya le haremos la transferencia desde la cuenta de la comunidad de propietarios.

 

Ella es la antítesis de Edgar, el emprendedor recién llegado que se desvive en atenciones para con sus clientes. Hay una evidente diferencia de papeles: Edgar quiere venderte unos plátanos o unas costillas de cerdo, y la señora no



 

 

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quiere vender nada. Pero lo más importante es que él quiere hacerse un lugar en esta sociedad mientras que ella ya tiene un palco en propiedad.

 

Las manzanas de edificios entre Osi y Bonaplata sirven de guía para captar la sustitución parcial de la clase acomodada barcelonesa. Todo lo que observaba desde mi terraza es testigo de ello: en mi rellano había dos jóvenes catalanas que se habían emancipado con el dinero de sus padres. En la puerta de al lado, vivía un hombre mayor que, no recuerdo por qué, pero yo daba por hecho que era veterano de la División Azul. En paz descanse, pero era un ser repulsivo. Sentía sincera compasión por él. Sus hijos lo habían aparcado allí. Era un españolazo de pies a cabeza, además de sordo. Podía seguir minuto a minuto su vida porque la contaba a las asistentas y a sus hijos gritando en dolby surround. Un día se fue la luz en mi casa; salí al rellano, para comprobar si era cosa mía o de la escalera: me encontré que el veterano de la División Azul me había cogido un fusible y lo estaba enroscando en su caja de fusibles. «Hay que ser desgraciado», es lo que pensé con lástima y sin ningún tipo de rencor. Murió y sus hijos alquilaron el apartamento a otra chica, de treinta años, emancipada gracias a sus padres. Esto lo sé porque a menudo comparecía su madre para evaluar el estado del nido de madurez. La otra chica emancipada-financiada de mi rellano tenía veintidós años, era guapísima, se levantaba a la hora de los marqueses y cada semana le limpiaba el piso una filipina con uniforme que supongo que enviaban sus padres. La última orden que oí que transmitía a la criada fue: «¿Puedes ponerme la lavadora? Es que no consigo que funcione más de tres minutos».

 

Ignasi Barba es un vecino ilustre del mercado del Galvany. Barba es un espécimen de orden importado de Matadepera y con una mirada externa. Gracias a ello ha podido identificar con notable precisión a los tipos sociológicos de nuestro distrito. Para él, uno de los fenómenos más singulares del barrio en el que reside, Sant Gervasi, es lo que él denomina la «castellanor». La castellanor es un reducto dentro del reducto en extinción: era de la castellanor mi vecino de la División Azul, lo es la caspa de Santa Gema y San Odón, lo son las abuelas que juegan a bridge en la sala de dominó del Polo y para las cuales alguien en el club se acuerda de renovar cada año la suscripción al Abc; no se trata de que sean castellanos —algunos son tan o más catalanes que la Virgen de Montserrat—, pero sí son producto del centralismo cultural y autoritario del franquismo, y se quedaron como fósiles atrapados en ámbar, conservando manías propias de los vencedores de la guerra.



 

 

 

 

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En el apartamento que tenía encima del mío vivía una familia de mexicanos: la madre, el hijo y el padre, que trabajaba de sol a sol como directivo en no sé qué multinacional. En el rellano inferior residía un indio con sus dos hijos; él trabajaba de profesor para una escuela de negocios. Los bajos del edificio son de una mujer divorciada que fuma tabaco negro, odia a los hombres y los sustituye adoptando perros y gatos. Durante siete años intenté que me devolviera alguno de mis «buenos días». La fumadora de tabaco negro convivía con un hombre que alquila veleros y apartamentos en el Empordà. En casa de esta mujer residió durante un año una amiga suya, una relaciones públicas también divorciada, odiadora de hombres y que compartía vida con una perra. Tampoco me devolvía los «buenos días», solo una vez me respondió para indagar si era yo quien tiraba huesos de cereza en su terraza. Los otros bajos los ocupaba una chica, hija de unos nuevos ricos de Valencia, que trabajaba de ejecutiva para una marca de moda. Su pareja le regaló por Navidad un golden retriever; la oía cada mañana abriendo una lata de Coca-Cola Zero en su jardín.

 

Este pequeño rincón de Barcelona tiene un significado especial, y no lo tiene por la vulgaridad de este relato, sino porque ahí residieron dos premios Nobel de Literatura: por un lado, Gabriel García Márquez, y por el otro, Mario Vargas Llosa. Desde mi terraza, regando mis claveles, el agave y un cactus que heredé de mi bisabuela, podía ver las ventanas de los apartamentos en los que vivieron los dos escritores, apadrinados por la mítica agente literaria Carme Balcells. Era otra época, expatriados culturales de un mundo convulso. La existencia en el distrito de Vargas Llosa, García Márquez, los Goytisolo, Vinyoli, Vázquez Montalbán, Jorge Herralde o Bigas Luna estaba y sigue estando hoy ignorada por los vecinos del orden. Son personalidades que no merecen ningún reconocimiento especial por ser referentes de la cultura; al contrario, podrían ser vistos con suspicacia porque probablemente tienen alguna responsabilidad en la inutilidad demostrada por el hijo que ha salido artista.

 

El antiguo propietario de la papelería Bambi, en la calle Vives i Tutó, era el proveedor «oficial» de folios de García Márquez. El escritor los compraba en cantidades industriales porque, no lo olvidemos, en aquella época se escribía con máquina de escribir. El propietario de la Bambi me contó que García Márquez lo visitaba uniformado con su famoso mono azul de mecánico. Trabaron amistad hasta el punto de que la esposa de Gabo, Mercedes Barcha, fue la madrina de su hija. La mujer del señor Bambi lucía un colgante que los García Márquez le habían regalado. Pero, lejos de



 

 

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recordar con afecto su relación, cuando evocábamos aquella amistad, el señor Bambi criticaba a García Márquez porque había desaparecido de sus vidas.

 

«Vive en un apartamento del barrio de Sarrià. Trabaja en un cuarto pequeño, con una ventana de planta baja desde donde se ve un trozo de césped y una calle tranquila, de aspecto provincial». Esto escribió Plinio Apuleyo Mendoza, amigo íntimo de Gabo, tras visitarlo.

 

Los vecinos se encontraron hace unos años con la visita privada, sin el séquito de la prensa del corazón, de Vargas Llosa. Se le vio comprando en la pastelería del poeta Foix y dos testigos añadieron que no tenían ningún interés en que ese hombre viniera a Sarrià porque insultaba a Cataluña, etcétera — Vargas Llosa se ha significado por su oposición al proceso independentista. Me resulta difícil imaginar que diez años atrás alguien me hubiera apuntado comentarios de este estilo contra un escritor de renombre como él.

 

El mundo del orden, contra lo que muchos creen incorrectamente, no se había prodigado en expresiones nacionalistas españolas, mucho menos en exhibiciones catalanistas. La castellanor es un aparte, la subsección bajo la sección del articulado de un contrato, como lo eran los Carulla o Cendrós pero en el otro lado, el del nacionalismo catalán, con Òmnium Cultural como buque insignia. Todo eso ya es historia, y ahora discutir de referéndums, de presos políticos, desfilar un día al mes por Cataluña con una estelada —la bandera independentista—, colocarse un adhesivo con la banderita en la moto o en el todoterreno que utilizas para salir el fin de semana es hoy cotidiano fuera de la reserva del viejo orden.

 

Hay, sin embargo, otra élite que comienza a despegar, desmarcada de momento de estas miserias, por lo menos en sus primeros compases. Son familias procedentes de otros países y que, en vez de llegar a Barcelona con una mano delante y otra detrás, se establecen con un importante patrimonio económico: en Major de Sarrià tenía localizadas a tres familias chinas que residen ahí; los niños van a los mejores colegios de la zona. Tengo un amigo que trabaja en banca de inversión en Ginebra. No tiene ni un solo cliente catalán en Barcelona, en cambio sí los tiene latinoamericanos que pasan largas temporadas en la ciudad. Cada día hay más rusos paseando por el barrio; no son turistas, ni expatriados ni —únicamente— inversores inmobiliarios. Hace cinco años tuve que asistir por compromisos laborales a una fiesta de lanzamiento de una revista para la comunidad rusa residente en Cataluña. El evento se celebraba en una discoteca de la calle Córcega. El encuentro estaba lleno hasta la bandera de personajes que habitan en Barcelona y de cuya existencia no tienes noticia alguna, pese a que cada vez



 

 

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van ganando más espacio en la ciudad, sobre todo inmobiliario, como si Barcelona fuera una partida de Monopoly. Sé que viven entre nosotros porque he visto a las madres con los niños arriba y abajo por Sarrià y la avenida Foix. Tarde o temprano se implicarán en los designios de la sociedad que los acoge y transformarán el orden local, pero de momento el contacto entre ellos y la alta burguesía barcelonesa es prácticamente inexistente: discurren por caminos paralelos, caminos que inevitablemente acabarán un día convergiendo en los hijos.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Mohinder Lal

 

 

 

 

Los niños del menguante mundo del orden, como los niños de las nuevas élites hegemónicas, hoy coinciden con sus prójimos de otros países en clase, en los entrenos de su equipo o en la urbanización de veraneo. Hace treinta años, sin embargo, los niños de las Tres Torres o de Pedralbes, el principal contacto que teníamos con extranjeros eran las tatas. Es verdad que era una época en que, a diferencia de ahora, había niñeras nacionales: yo las tuve aragonesas —Justa—, de Les Borges Blanques —Virtudes—, gallegas — Conchi— y andaluzas —Fina, Salud y Mercedes. La rotación de asistentas era extraordinaria. En aquellos tiempos era habitual que la chica durmiera en casa, para cuidar de los niños y preparar el desayuno a primera hora. Se le habilitaba una pequeña habitación, normalmente el cuarto donde se amontonaban los trastos que estorbaban, para que tuviera una cama, un armario con la ropa de trabajo y de calle —los domingos libraban— y una mesita de noche donde colocaba la foto de sus padres o de sus hijos, todos lejos de ella.

 

Tener el servicio en casa a pensión completa es actualmente una excepción solo mantenida por familias numerosas. Es un asunto que domino porque de pequeño no había casa de amigos donde no estuviera una chica disponible a todas horas. Hoy, estos mismos amigos siguen contratando a «empleadas del hogar», con la diferencia de que, cuando ellos vuelven del trabajo, ellas terminan y se van a su casa.

 

Recuerdo prácticamente a todas aquellas mujeres que me cuidaron, a unas más que a otras: de Conchi, la gallega, no me acuerdo mucho, excepto que era quizás la más joven que pasó por casa y que tenía unos pechos gigantes. Descubrieron a mi hermano un par de veces espiándola en el lavabo. Justa era de Vimbodí y vivía en Ocata. Era una señora mayor que principalmente asistía a mis abuelos cuando la asistenta titular estaba de vacaciones; también nos cuidaba a nosotros durante los veranos. Cocinaba unos dulces fritos fenomenales y nos enseñó a jugar a cartas; nos convirtió en maestros de la perejila y del siete y medio. Era una mujer devota, conservadora, que asumía



 

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su condición de súbdita desplegando siempre sin quejarse unas atenciones extraordinarias hacia todos nosotros.

 

Mercedes era de un pueblecito de Granada y suponía una evolución evidente respecto a Justa. Mercedes casi no sabía escribir, pero era sensible ante un mundo en transformación y entendía que sus hijos tenían que aprovechar el ascensor social. Su hija fue la primera persona de su familia con estudios universitarios, era una currante tremenda que a veces visitaba a su madre en el lugar de trabajo, nuestra casa. Era respetuosa con nosotros, pero en su mirada podía descifrar que le costaba digerir que hubiera aquellas diferencias de bienestar en una misma sociedad. El marido de Mercedes trabajaba en la fábrica que la multinacional Philips tenía en la Zona Franca. El marido era un sindicalista activo: una vez, a finales de los noventa, lo descubrí en una foto del periódico, al frente de un piquete de huelga. La fábrica de Philips —Miniwatt-Philips— bajó la persiana en 2005; desde los noventa y hasta ese año, la guerra con los empleados de la línea de producción fue constante. La figura del marido de Mercedes, los relatos que ella me narraba de sus peripecias contra la dirección de la multinacional, luchando por lo que me parecían injusticias laborales de manual, problemas que eran tan extraños a mi existencia, me provocaba el complejo de clase inevitable.

 

Roma, la película de Alfonso Cuarón, es fruto de la culpa de clase. La misma culpa que me hace escribir estas líneas sobre las asistentas de mi vida: yo lo escribo y a Cuarón le inspira una obra maestra del cine; yo hablo de unos hechos que se producen en Barcelona y él en México, pero el fenómeno es el mismo. Roma triunfó como película porque es extraordinaria, pero también porque permite que la progresía de Occidente se sienta bien, porque por lo menos durante las dos horas que dura el filme, la criada, que es un complemento de los señores de la casa, se convierte en protagonista.

Aparte de Mercedes, Justa, Virtudes, Conchi y tantas otras empleadas españolas que me cuidaron de pequeño, hubo otras que procedían de otras latitudes. Básicamente, las españolas se turnaban en estos quehaceres del hogar con jóvenes filipinas. Marroquíes, por ejemplo, aún no había, la migración procedente del Magreb tardaría una década en llegar. Este era el primer contacto de los pequeños del orden con representantes del mundo exterior. Después llegarían las colonias en el Reino Unido, Irlanda o en Norteamérica, o las au-pairs europeas que durante las vacaciones tenían que encargarse de nosotros. Un verano, en Menorca, cuando tenía trece años, nos dejaron bajo la tutela de una estudiante sueca escultural que tomaba el sol en



 

 

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topless. Cada mañana nos aparcaban con ella en la playa de Son Parc. Por norma, la playa me ha aburrido desde que tengo uso de razón, pero ese año, cual precoz Alfredo Landa, fue el primero que fui cada día y con ánimo.

 

Otro personaje extranjero fascinante de mi infancia y juventud fue Mohinder Lal, campeón olímpico indio de hockey hierba en los Juegos de Tokio 64 —y plata en Roma 60. Era la estrella de su selección y no sé a quién se cameló, pero el Polo lo contrató de por vida para jugar en el club y entrenar a sus equipos. Le concedieron una de las modestas casas para empleados que hay dentro del club, y allí vivió con sus hijos y su mujer —siempre vestida con un sari, era el doble en tamaño que él. Para mí, de chico, Mohinder era el señor que nos vendía los palos de hockey en la puerta de su casa, abriendo un pequeño cobertizo donde guardaba el material que importaba de Pakistán y de India. Por la puerta salían unos aromas exóticos procedentes de la cocina y que sustituían el silencio de Mohinder, hombre de pocas palabras —quizás porque no se le entendía ni la mitad de su peculiar castellano. De vez en cuando aparecía por los campos mientras entrenábamos, uniformado con un chándal del primer equipo. Seguía nuestros ejercicios durante media hora y después volvía, siempre en silencio, a su casa. Murió en 2004 y al entierro no asistió prácticamente nadie del club.

 

El alter ego de Mohinder Lal era Ranjit Singh, un indio que asumía el mismo papel que él, pero en Terrassa. Ranjit era más joven que Mohinder, no vivía en las instalaciones de ningún club y tenía la tienda de material de hockey en la misma ciudad de Terrassa. Es el arquetipo de sikh: turbante, barba, alto y con aquella presencia física de extra de Indiana Jones y el templo maldito. Si la existencia de Mohinder era un añadido, un complemento que veías pasar cuando entrabas en el Polo, Ranjit se integró mejor e incluso, en 2003, le dedicaron el Capgròs del Año de Terrassa, una de esas figuras cabezonas tradicionales de las fiestas mayores de Cataluña.

 

Los modos de Ranjit coincidían más con los del laborioso tendero catalán, y los de Mohinder, con los del industrial y el aristócrata rancio del Polo. Es una adaptación natural al entorno. Yo mismo, ante esta descripción de ambos personajes, tiendo a simpatizar con la buena gente del hockey de Terrassa. Esta superioridad moral que yo también tiendo a aceptar es la que en parte provocaba que a menudo los socios de los clubes de Matadepera nos llamaran «pijos» o «fachas» cuando los partidos se ponían tensos. De pequeño, cuando me llamaban «pijo» jugando en el Egara o en el Atlètic, me preguntaba cómo podía llamarme pijo aquella gente que eran miembros de unos clubes tan ricos como el Polo, con sus pistas de tenis, hípicas en sus inmediaciones, elegantes



 

 

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salones sociales, hijos consentidos con un Golf o la Scoopie para volver del club a su finca, donde vivían significativamente mejor que yo.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Las filipinas

 

 

 

 

Hoy hay menos asistentas filipinas y las que hay están muy cotizadas, pero cuando yo era pequeño eran un complemento habitual de nuestros hogares. Yo tengo presente a Amparo y a Espi. Amparo me enseñó algunos tacos en tagalo; de hecho, ella me los dedicaba y yo los memorizaba. Años después pedí que me los tradujeran, y así descubrí que Amparo estaba hasta la coronilla de mí. Espi nos llevó a reuniones de su familia, que para mí eran viajes a lugares fascinantes donde se cocinaban fideos de arroz, se cantaban melodías exóticas y los niños de mi edad salían a jugar a la calle.

 

Las asistentas filipinas todavía se pueden encontrar por las calles del Upper Diagonal, normalmente uniformadas de blanco y azul cielo, o de azules y grises oscuros si sus señores se autoconceden un prestigio superior —como quien introduce el «de» ante el apellido: es diferente llamarte «Soler» que «de Soler». Los mejores momentos del día para el avistamiento de estas empleadas del hogar son a primera hora de la mañana, una media hora antes de comer y por la tarde: son los ratos que tienen para pasear al perro de la señora y para hacer llamadas sin que las incordien. Pero suelen ser escenas en las que sufres por ella y por el perro: ella pone cara de presidiario sureño forzado a abrir una zanja en una carretera del Misisipí mientras arrastra al chucho, que apenas puede hacer un pis, como si fuera un saco de patatas.

 

Otra señal de distinción era contratar a matrimonios filipinos. Los años de servicio establecían una relación de confianza especial entre el matrimonio blanco contratante y el matrimonio oriental contratado. La discreción del matrimonio filipino era clave para mantener el empleo cuando los hijos de los señores abandonaban el nido familiar. Disfruté de una Nochevieja en una mansión en Pedralbes, rodeados de obras de arte de un gusto exquisito, jardín con mirlos y cucos, atendidos por un viejo matrimonio de filipinos que se movían por la residencia como si fueran espíritus: cada vez que el mayordomo se acercaba por detrás para servirme algún plato, me daba unos sustos de cuidado porque no detectaba su presencia hasta que no lo tenía



 

 

 

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encima del cogote. Aquel matrimonio convivía con los señores de la casa a pesar de la muerte de los perros y la emancipación de la prole.

 

De pequeño ya entendía que lo del matrimonio filipino era una categoría superior. Cuando en mi familia teníamos caballos, había hijos de jinetes que correteaban entre la paja y las boñigas de las caballerizas del Polo observados en todo momento por la criada asiática, como si fuera un avión radar Awacs; mientras, su marido ayudaba al señor a cargar con la silla para montar. Una de estas familias tenía en Sitges una finca como yo no he visto nada igual. Salíamos a pasear en carro a dar la vuelta a los terrenos; quizás tardábamos media hora en finalizar el circuito. El masovero nos guiaba por los dominios conduciendo los caballos y al volver a la masía ya teníamos preparados unos refrescos; solo faltaban los campos de algodón y que sonara un blues en la radio. Todo aquello fue vendido y ahora se ha construido y se ha convertido en una extensión del municipio.

 

De todas las empleadas del hogar filipinas que han desfilado por mi vida, la que más me marcó lo hizo por una escena ridícula. Es un detalle irrisorio, ni siquiera tengo claro en casa de quién sucedió, aunque lo que es seguro es que fue en los edificios residenciales que hay en la calle Ganduxer esquina con la avenida Diagonal: allí vivían dos compañeros del colegio. Probablemente era en un dúplex donde vivía uno de mis amigos, hijo de una familia de fabricantes de ascensores. El caso es que una tarde, mientras jugábamos por los pasillos de aquel apartamento, me di cuenta de que detrás de nosotros nos iba siguiendo aquella chica haciendo equilibrios con una bandeja de sándwiches de Nocilla y de jamón. Nosotros corríamos, persiguiéndonos con los últimos juguetes de Star Wars, y ella nos seguía para atendernos justo en el momento en que se nos antojara un tentempié. Yo solo tenía entre ocho y diez años pero aquello ya me llamó la atención. «¿Qué hace esta señora? ¿Por qué no deja la merienda en la cocina?».

 

Muchos años después, por vínculos familiares, tuve la suerte de introducirme en el pequeño mundo de los filipinos de alta alcurnia que tenía lazos de sangre con linajes del último colonialismo español. No solo descubrí que ellos también tenían sirvientas filipinas, también aprendí que las diferencias sociales aún podían ser más extremas en otros países. Isabel Preysler es el personaje más célebre de este colectivo. La elegancia y la belleza no son exclusivas de ella: he conocido a señoras de origen hispanofilipino que competían con ella en clase, pero con el añadido de la discreción y la generosidad características de los náufragos de paraísos extintos, refugiadas en viviendas suntuosas y rodeadas de objetos de vidas



 

 

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antiguas, personajes que a su manera evocan las novelas austrohúngaras de Joseph Roth.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Sant Ignasi

 

 

 

 

Pasé muchas tardes en estos bloques de Ganduxer esquina Diagonal, y alguna vez he vuelto para pasear por sus galerías exteriores. Se trata de un laberinto de pasillos y galerías, de una arquitectura nada propia de Barcelona, más adecuada a grandes metrópolis del estilo de Madrid o Buenos Aires. Años más tarde, desde las alturas de uno de estos edificios, se precipitó al vacío una chica de diecisiete años. Su nombre era Blanca. Fue un suicidio comentado en el viejo mundo del orden porque Blanca procedía de una conocida familia del Polo. Hablé de la muerte de Blanca con su padre a raíz de un libro que publiqué sobre la reacción social ante el suicidio. Este trabajo, La sombra del ombú, giraba en torno al suicidio de Manuel, un chico argentino que se colgó de un árbol en los jardines de los Jesuitas de Sarrià durante la graduación de la promoción de mi hermana.

 

Desgraciadamente, se producen muchos suicidios —es la primera causa de muerte no natural en Europa. El caso de Blanca me llamó la atención por la exposición pública y social que asumió su padre. Las reacciones más habituales ante el suicidio de un ser querido son la sensación de culpa y pretender que puedes enterrar la experiencia en el rincón más escondido del alma. Lo cierto es que los fantasmas siempre estarán rondando en tu cabeza. El infortunio de Blanca también fue diferente porque se hizo público. Pilar Rahola escribió una columna sobre él en La Vanguardia, un texto que la comunidad del Polo compartió en grupos de whatsapp, cadenas de internet y sobremesas.

 

El padre de Blanca me atendió una tarde después de acabar la jornada en la clínica de estética dental que dirige en la Bonanova. Su madurez a la hora de afrontarlo era abrumadora, y lo era también porque lo hacía una persona que es miembro de una élite reservada por naturaleza, celosa de su posición social, siempre atenta a las posibles amenazas que cuestionen su prestigio. Durante los tres años que invertí en preparar el libro, muchas personas de mi entorno me revelaron el suicidio de algún pariente cercano, de padres a tíos, experiencias traumáticas que desconocía a pesar de la proximidad con ellos,



 

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historias oscuras porque las querían ocultar en lo más profundo de su conciencia, no solo como un trauma personal, sino como un fracaso social. El suicidio es un tabú porque es un fracaso colectivo: uno de sus miembros quiere dejar de vivir. Si la muerte se produce en un grupo privilegiado, la sensación de fracaso social se agrava. Las élites son élites no solo porque tienen más poder adquisitivo e influencia, también lo son porque preservan el estatus, aunque sea con apariencias.

 

Por el intento del padre de Blanca de razonar y de extraer una lección, su caso contrastaba con lo que sucedió en el Sant Ignasi aquel 8 de junio de 2012. Con el cadáver de Manuel todavía colgando del árbol del jardín, ante los asistentes que esperaban el inicio de la ceremonia de graduación, familiares, alumnos y profesores no sabían reaccionar. Cualquier otro grupo social habría experimentado probablemente la misma desorientación y falta de preparación ante una situación de ese tipo. También es probable que, en otro lugar y en un contexto más progresista, la ceremonia se hubiera cancelado. Pero el director del Sant Ignasi decidió seguir con los fastos. Un año más tarde convoqué a mi hermana y a cuatro de sus compañeros de promoción para que me contaran cómo recordaban aquellos hechos. Este es un extracto de La sombra del ombú:

 

Laura es mi hermana, hoy estudia diseño de moda en una escuela privada de Barcelona; Bárbara estudia Relaciones Públicas en una universidad privada de Barcelona, propiedad de la Compañía de Jesús. Verónica estudia Dirección y Administración de Empresas en una universidad pública, también en Barcelona. Ignacio repite segundo de bachillerato, pero en otro instituto, no en el Sant Ignasi.

 

Mi intención es retratar cómo reaccionan ante el recuerdo de aquel suicidio. Una mesa redonda en el Monterrey, mi refugio en Sarrià. Nada malo puede suceder en el Monterrey. Más adelante me propuse organizar, con la misma idea, un encuentro con sus padres. Pero de ocho padres, solo dos aceptaron mi propuesta: el de Laura —es decir, mi padre— y la madre de Verónica.

 

Un año después, los cuatro chicos coincidían que a menudo siguen pensando en aquellos hechos. «Cuando alguien me habla del San Ignacio, enseguida la cabeza se me va a aquel día», dice Bárbara. Su madre rezó durante la tarde. «¿Cómo puede haber



 

 

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pasado esto en el San Ignacio?», era la pregunta que se repetía su madre, cuenta Bárbara.

 

Madre e hija no quisieron ver el cadáver. Fueron advertidas por la profesora de francés, que en el arco de acceso al colegio desviaba a la gente mientras les informaba crípticamente sobre lo sucedido. En cambio, para Verónica el encontronazo fue inevitable. Se lo encontró allí en medio, ya cubierto parcialmente por la policía: «Mis padres se encerraron en el coche, en shock. Mi abuela estaba con ellos, aunque no quisieron que saliera del vehículo, para que no se enterara de lo sucedido. Luego, en casa, mi madre no paraba de repetir que qué fuerte que todo hubiera continuado, como si nada hubiera ocurrido».

 

Ignacio llegó a la escuela mucho antes que los demás. Tenía que ayudar a preparar la misa. Fue testigo de todo. Es el más tímido de los cuatro y el que se expresa con más precaución. Sus tres compañeras son más bien críticas con la dirección de la escuela por haber decidido proseguir con los fastos de la graduación: «El problema es que solo podía hacerse aquel viernes. Después no habría más días disponibles porque enseguida teníamos que centrarnos en preparar la selectividad y justo tras los exámenes salíamos para el viaje de fin de curso. Y después del viaje llegaban las vacaciones».

 

Todos tienen algún conocido que habló con algún profesor que aseguraba que Manuel era alumno de estudios profesionales del Sant Ignasi, o de la escuela universitaria hermana, el Instituto Químico de Sarrià. Lo cierto es que no he podido confirmar ninguna de estas informaciones. ¿Por qué las tres chicas creen que su escuela podía mentir para ocultar un vínculo con Manuel? Verónica es la más contundente: «No me extrañaría que la escuela hiciera lo posible para esconderlo. Es la cultura del colegio, tiene más importancia su imagen que el fondo». Pese a ello, Verónica admite que si tuviera un negocio y se produjera un suicidio en su establecimiento, también haría lo posible para ocultarlo. «El prestigio de tu negocio se ve perjudicado», añade Bárbara.



 

 

 

 

 

 

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El elixir de huevo

 

 

 

 

Gaziel explicaba en sus memorias la razón de ser del Sant Ignasi: «La Compañía de Jesús aspiraba a montar un magnífico colegio, solo de pensionistas, que acogiera a lo más selecto entre los hijos de la burguesía y la caduca aristocracia catalana. […] Llevar a los niños al pensionado de Sarrià era en Cataluña, y en especial en Barcelona, un acto y un título de representación social, como tener un palco en el Liceo o la torre de veraneo en Cardedeu o Caldetes».

 

Las costumbres de las élites mutan poco, y lo hacen solo tras muchas décadas. Lo que exponía Gaziel es una realidad de hace más de un siglo pero es aplicable al momento presente. ¿Cuáles son las élites que sustituirán a este viejo mundo del orden que he conocido en sus últimos momentos de gloria? Ese sería un libro que ahora no me corresponde, porque el nacimiento de esta realidad es muy reciente, es una realidad en formación y en la que no he crecido. Pero, a pesar de no haber crecido en ella, sí he tenido contacto con algunos de los nuevos próceres con ascendente en la ciudad y en Cataluña. Este grupo que empieza a ser hegemónico presenta notables diferencias respecto al orden barcelonés surgido o consolidado durante el franquismo: es una élite que entronca con la burguesía catalanista de principios del siglo XX pero con un factor propio, absolutamente diferente a aquellas familias que se enriquecían con su negocio privado y que construían el país a tocateja con su dinero y de espaldas al poder político: entre los grandes burgueses de hoy, una parte significativa de su patrimonio depende de las relaciones que establecen con la administración pública o, para ser más precisos, depende de alguna forma de la buena sintonía que mantienen con el gobierno de la Generalitat.

 

Se trata de la irrupción de un mandarinato catalán, un fenómeno inaudito en los tiempos modernos. Si la iniciativa privada y la desconfianza hacia la política y la administración pública habían sido seña de identidad de la burguesía local, ahora surge lo que apuntaba el psiquiatra Adolf Tobeña: «Son dos mil, tres mil, cuatro mil individuos, no lo sé, debe estudiarse



 

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quiénes son los altos funcionarios que están vinculados a la administración catalana, que es una administración potentísima, con unos recursos brutales en términos de educación, sanidad, obra pública, red local, red eléctrica, telefónica, industria turística, periodística. Ha crecido un cuerpo funcionarial nuevo, que está en altas posiciones, con una edad entre los cuarenta y cinco y los cincuenta y cinco años, que han protagonizado el proceso de independencia junto a nuevos empresarios y parte de las familias tradicionales». No son únicamente los altos funcionarios la novedad de esa élite incipiente, también lo es la connivencia del poder ejecutivo con el empresarial.

 

La familia de constructores Sumarroca es uno de los exponentes de esta nueva hegemonía del sector negocios de la política entre la clase dirigente de Barcelona. Los Sumarroca no pasan por su mejor momento, pero en los últimos años fueron su paradigma. A Jordi Sumarroca lo he tratado tres veces, y en todas estas ocasiones ha sido una persona amable y cordial. La primera vez que pude saludarle fue en un acto en la sede de la Comisión Europea en Barcelona, donde él asistía como cónsul honorario de Lituania. Los países bálticos siempre han gozado de buena prensa entre el nacionalismo catalán, y tenía todo el sentido que, en 2012, cuando se inauguró el consulado de Lituania en Barcelona, el título fuera para el hijo de una familia vinculada a Pujol. Durante décadas, Jordi Pujol criticó la falta de implicación nacional de la burguesía barcelonesa mientras cada vez más familias empresarias aprovechaban ese llamamiento patriótico y crecían al abrigo del presidente de la Generalitat.

 

La segunda oportunidad en la que hablé con Sumarroca fue en la inauguración de un club social, el Club Churchill, del que él era uno de sus promotores. El Churchill era un espacio sobre todo para hombres, un local en Sant Gervasi donde organizar comidas privadas, degustar whiskies, fumar puros y seguir los partidos del Barça entre amigos. Aquella noche de estreno, un personaje se me acercó para amonestarme sobre el contenido de mi novela El cau del conill. Ya había tratado con el individuo en cuestión en otra ocasión, en algún acontecimiento político —era militante de Convergència y trabajaba para un importante despacho de abogados de Barcelona. Lamentaba, esta persona, que hiciera burla de nuestra burguesía, pero no de los proletarios de Sant Adrià de Besòs. Escribí un artículo sobre la escena y Sumarroca me llamó para disculparse.

 

La última vez que coincidí con él fue durante la graduación de mi otra hermana, también en el Sant Ignasi y un par de años después de la muerte de



 

 

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Manuel. Su hija era compañera de clase de mi hermana. Nos dimos un breve apretón de manos en la entrada del noble auditorio del colegio. Pregunté a mis familiares cómo se llamaba aquel señor, porque no lo reconocí, y cuando me recordaron quién era, les comenté que esta persona podía acabar en la cárcel por un caso de presunta financiación irregular de CDC. La reacción de mis acompañantes fue reírse, literalmente. Fue su sincera manera de expresar su opinión: a saber, que eso no podía ocurrir en el Sant Ignasi. Fue detenido un mes y medio más tarde.

 

El empresariado barcelonés con el que crecí no quería saber nada de la administración pública y mucho menos de los políticos. Quien se acuesta con niños, amanece mojado; que se lo digan si no a los Sumarroca. La iniciativa privada era verdaderamente privada. Para mí era impensable que ese o aquel empresario aplicara para conseguir una subvención o una adjudicación pública. Y trabar amistad con un político, fuera un consejero de la Generalitat o un concejal, era algo excepcional. Que un miembro de tu familia quisiera entrar en política era visto como una desgracia, una fuente de problemas, interpretación que probablemente era herencia del franquismo. Quien se hacía político pasaba a ser el hijo descarriado.

 

La nueva élite barcelonesa ahora no se anda con remilgos para hacer negocios con la administración pública y para dejarse ver con su clase política. La familia Font, propietarios de la cadena de supermercados Bon Preu, no tiene ningún inconveniente en implicarse en la causa independentista; Ferran Rodés, el editor del diario Ara y empresario del sector de la publicidad, ha sido asesor de Artur Mas y se embarcó con José Manuel Entrecanales en una cruzada contra Agbar para ganar la privatización de la empresa que suministra agua en el área metropolitana de Barcelona. Rodés se enfrentó a Godó —fundando el diario Ara— y a “la Caixa” —accionista de referencia de Agbar—, algo inaudito en el oasis catalán de los últimos treinta años y que si resultó exitoso para él es en buena parte gracias a la buena sintonía con la Generalitat.

 

Una de las verdades que aprendes cuando vives en el extranjero es que, desgraciadamente, el nacionalismo no se cura viajando. He conocido a nacionalistas de todas las tribus, defensores furibundos de su patria a miles de kilómetros de ella. George Orwell captó todo esto en Días en Birmania, su primera novela, inspirada en su experiencia como policía de las fuerzas británicas coloniales en Asia y como observador de compatriotas que eran terriblemente nacionalistas y abanderados de una superioridad identitaria: «Ellis era un hombre inteligente y un empleado muy capacitado, pero era uno



 

 

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de esos ingleses —desgraciadamente habituales— a los que nunca se les debería permitir poner un pie en el Este».

 

El nacionalismo no se cura viajando, pero viajar sí puede aportar algo de refinamiento. Víctor Grífols, el presidente de la farmacéutica Grífols, es un reconocido soberanista. En 2014 fue noticia porque pidió públicamente a Artur Mas que no desfalleciera en la organización de un referéndum de autodeterminación. Su compañía es uno de los referentes mundiales en su ámbito, el de los hemoderivados, con un peso notable en Estados Unidos, donde posee el 80 % de la producción. Grífols es un hombre educado y discreto en el sentido más burgués de la palabra, pero si ha destacado en el debate público en Cataluña —y eso le diferencia de sus predecesores en el campo farmacéutico— ha sido por reclamar reiteradamente el dichoso referéndum.

 

Grífols tampoco ha asumido el rol de pilar del orden, y su caso es especialmente llamativo, como el de Sol Daurella, porque tendría el perfil perfecto para ello. En este sentido, son talentos perdidos porque, como ya se ha expuesto en este libro anteriormente, entre las nuevas élites no hay voluntad de reparar la fractura.

 

Otro hombre del nacionalismo catalán que se ha labrado un nombre en los negocios internacionales es Víctor Font. Fundador de un fondo de inversión con especial actividad en los Emiratos Árabes, es conocido por el gran público por haberse presentado a la presidencia del Barça en las últimas elecciones del club. Font es también accionista del diario Ara y es abiertamente independentista. Pero posee un talante sensato, lejos de las excentricidades de presidentes de clubes de fútbol y empresarios como su rival Joan Laporta. Pero ese refinamiento, probablemente asumido por educación familiar y reforzado por haber viajado mucho, no esconde que, a ambos, Font y Laporta, les une ser referentes de un nuevo liberalismo económico desacomplejadamente independentista, cercano al poder político y que ha captado el cambio de era en Cataluña.

 

Quien mejor ilustra este cambio de guion en las élites económicas es Joan Canadell. La actitud de Canadell poco tiene que ver con la de Font o Grífols. Canadell es un nacionalista radical, xenófobo respecto a España y los españoles, que alcanzó la cima de la sociedad civil barcelonesa por su vinculación con Junts per Catalunya, el partido de Carles Puigdemont. Su gran aportación al tejido empresarial catalán ha sido invertir en Petrolis Independents, una cadena de diez gasolineras de bajo coste que ha consolidado un pequeño nicho de mercado captando a clientes



 

 

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independentistas, gracias a que se promueve como financiadora de actividades nacionalistas de todo tipo. Canadell es también uno de los fundadores del Cercle Català de Negocis (CCN), un centro de estudios nacionalista que se constituyó para ser una especie de contrapoder del Círculo de Economía. El compañero de aventuras de Canadell en el CCN fue candidato a las últimas elecciones al Parlamento de Cataluña por el ultraderechista Front Nacional Català.

 

Canadell es un fanático que ha llegado lejos en Junts —hasta el punto de ser el número dos de la lista electoral y tener serias opciones de ser consejero

 

— pero aún más lejos ha llegado como representante del empresariado barcelonés: en 2019, en una victoria electoral abrumadora, fue elegido presidente de la Cámara de Comercio de Barcelona. Un nuevo decreto ley favorecía que todo el mundo que se considera empresario, los autónomos, sobre todo, pudiera votar en las elecciones de las cámaras de comercio. La Asamblea Nacional Catalana, entidad civil del nacionalismo catalán, movilizó a sus simpatizantes —tiene cerca de 45 000 socios— a favor de la candidatura de Canadell. El resultado fue un éxito de participación y un incontestable triunfo.

 

Canadell se enfrentaba electoralmente a un pilar del orden con todas las de la ley, Enric Crous. Exdirector general de Mercabarna, de Fira de Barcelona y del grupo de alimentación y bebidas Damm, Crous ha acumulado un bagaje inigualable de relación con el empresariado, la política y la sociedad civil. Crous había demostrado, además, que podía hacer coincidir en intereses a los sectores más progresistas de Cataluña —Damm es uno de los máximos promotores de eventos culturales del país— con la familia propietaria de la cervecera, los Carceller, un linaje industrial fiel a la derecha española y que creció en harmonía con el franquismo. Para presidir la Cámara, Crous formó a un equipo en el que había independentistas y no independentistas, gente joven y gente experimentada, pero, sobre todo, personas de perfil moderado. Su contundente derrota parecía inevitable en un contexto en el que las élites han renunciado a hallar de nuevo intereses comunes.

 

El resultado es que Barcelona ha tenido un presidente de la Cámara de Comercio que en febrero de 2021, el mismo día en el que unas protestas por el encarcelamiento del rapero Pablo Hasél desembocaban en la vandalización de medio paseo de Gràcia, con dos semanas de altercados, en vez de defender a los comercios afectados, escribía que la actitud de la policía era una vergüenza. En un mundo en el que imperara la lógica, el presidente de la



 

 

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Cámara de Comercio lamentaría los desperfectos y apoyaría a los empresarios afectados. En la Cataluña del siglo XXI, el presidente de la Cámara de Comercio de Barcelona asume el discurso de un antisistema.

 

 

 

La experiencia más abracadabrante que he tenido con las élites nacionalistas hegemónicas es una historia que en sí misma da para un libro. Los hechos se produjeron en 2011 y empezaron con un artículo de la actriz Sílvia Bel en el diario Ara. Bel relataba una velada, selecta y con tintes de secta —según la descripción que hacía Bel— en una casa de la parte alta de Barcelona. Entre los personajes de renombre de esa nueva élite destacaba un veterinario que apareció con unas dosis de un elixir que, según él, garantizaba la vida eterna. El veterinario, Joan Cunill, respondió a la columna de Bel con una carta al director en la que confirmaba que había inventado un producto a partir del embrión del huevo que, suministrado periódicamente, te permitía vivir para siempre y joven.

 

El doctor Cunill tiene la clínica veterinaria en Major de Sarrià. Fascinado por el intercambio de pareceres entre él y Bel a través de las páginas del Ara, pedí entrevistarlo para que me explicara de qué iba el asunto. Enseguida comprobé que, más que la validez científica de su brebaje, lo que había para contar era una crónica social de gran interés. En la consulta, mientras esperaba, iban y venían señoras del barrio con la mirada ausente, un comportamiento algo ido y artificialmente relajado, tan característico del Orfidal. Con una mano tiraban del perro y con la otra se llevaban las dosis del elixir de la vida eterna que el señor Cunill preparaba allí mismo. Del encuentro con Cunill y posteriores entrevistas salieron publicados en 2011 en el Ara dos artículos que reproduzco en parte:

 

Primer artículo:

 

En la calle Major de Sarrià se encuentra la clínica veterinaria donde Joan Cunill, veterinario y experto en embriología, elabora «el elixir de huevo», un complemento nutricional con el que él garantiza que se puede vivir eternamente. Sentado en su consulta, insensible al hedor de los animales que son tratados allí, con un ademán tranquilo y serio, Cunill me asegura: «Si te tomas el elixir a diario, vivirás eternamente con el mismo aspecto que tienes ahora, el de un hombre sano de treinta y tres años». Al oír esto, la reacción natural es de perplejidad. Pero su



 

 

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invento, todavía en pruebas, asegura que ya lo están consumiendo seiscientas personas, muchas de ellas famosos de la sociedad catalana y española.

 

Anna Garriga es una de las más destacadas relaciones públicas de Barcelona y la socia de Cunill en el proyecto de comercialización del «elixir de huevo» —o Excelsium, todavía no han decidido cuál de los dos nombres será la marca comercial. Mientras Cunill me describe cómo han sido los años de experimentación, Garriga prepara una caja isotérmica donde empaqueta unas sesenta dosis del elixir que debe llevar a una de sus clientas de referencia, Diana Garrigosa, la mujer del expresidente Pasqual Maragall.

 

«Hace más o menos un año que me lo tomo y puedo decir que he recuperado mucha energía. Mi marido no quiere tomárselo; quizás los hombres sean más incrédulos. Cuando puedo, le cocino algo con Excelsium, pero rara vez come en casa. Es una lástima», explica Garrigosa. Cuestionada por si cree que el elixir puede hacer vivir eternamente, Garrigosa sonríe y concluye que ella no quiere ser eterna: «Hay un momento en el que te cansas».

 

El Dr. Jekyll

 

El «elixir de huevo» deja de ser un secreto con un artículo que la actriz Sílvia Bel publicó en la edición del Ara del 25 de marzo: «Según esta persona [Cunill] y otras tantas que lo secundaban en esa misma fiesta de alta alcurnia barcelonesa, su invento maravilloso es capaz de frenar radicalmente el envejecimiento. […] Poco a poco he sabido que hay personas que pagan un dineral por estas digamos jeringuillas bebibles de la eterna juventud. Yo misma tengo una bolsa en mi congelador, que por cierto ya habrá caducado, regalada por el propio Dr. Jekyll en un intento fallido de eternizarme». Unos días más tarde, la redacción del Ara recibió una carta firmada por «Joan Cunill Aixelà (veterinario)»: «Yo soy Dr. Jekyll. Ciertamente el señor Punset tiene razón: “No está escrito en ningún sitio que deba morirme”. En el código genético solo está escrita la muerte celular programada, no la muerte de todo el organismo pluricelular. […]Para lograr ese objetivo, como muy bien entendió Sílvia Bel, es necesario que el número de células



 

 

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que perdemos por la muerte celular se regenere constantemente restaurando la armonía celular y funcional perdida. Y esto lo conseguiremos mediante el pool de proteínas reguladoras del crecimiento que buscamos en el elixir de huevo».

 

Burguesía y poderosos

 

Joan Cunill es un veterinario de la parte alta de Barcelona especialmente reconocido por sus investigaciones en la lucha contra el moquillo. Su familia es conocida por la marca de orfebrería Cunill, fundada en 1916 por Pedro Cunill Vidal. Cunill es lo que se denomina una marca «de toda la vida» para abastecer de cubiertos a los hogares acomodados de Cataluña. Anna Garriga está vinculada por amistad y familia con los más importantes políticos y empresarios del país. Todos estos contactos y los problemas de salud que ambos han sufrido los motivaron a ser, hace ya más de ocho años, «los primeros animales de dos patas que experimentaron con el Excelsium», dice Garriga.

 

Después de ocho años experimentando con animales que eran tratados en la clínica, hace ya cuatro que lo prueban seres humanos. Cunill asegura que produce actualmente veinte mil unidades mensuales de seis mililitros para unas seiscientas personas, la mayoría de Cataluña, pero también de España e incluso de otros países. Gracias al boca a boca, entre estos clientes habría empresarios, figuras de las más altas instancias políticas catalanas, del mundo de la cultura y también miembros del equipo técnico del Barça.

 

Garriga padece un cáncer de pulmón y asegura que su vitalidad y no tener efectos secundarios por el tratamiento contra el cáncer son resultado de las diez dosis diarias que toma del elixir. Cunill, de cincuenta años, explica que hace una década, justo antes de empezar a tomarse las primeras pruebas del elixir, era obeso y calvo; hoy es todo lo contrario.

 

Segundo artículo:

 

La comunidad científica ha recibido con escepticismo el reportaje publicado en el Ara del 10 de abril acerca de los posibles efectos antiinflamatorios y antienvejecimiento del componente alimentario que estaría causando furor entre las



 

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clases acomodadas catalanas. Pero el padre científico del elixir de huevo, el veterinario Joan Cunill, aseguró ayer que dos médicos de la Clínica Teknon y de la Dexeus se presentaron a primera hora de la mañana en su clínica veterinaria para hablar de su producto. «Se ha creado una gran expectativa. Hoy ya hemos producido cerca de ochocientas unidades» —la producción mensual habitual es de veinte mil dosis.

 

El mundo académico está a la espera de los informes de conclusiones de Nutren, la empresa de la Universidad de Lleida que está trabajando en la descripción científica necesaria para que el Excelsium sea aprobado comercialmente en la Unión Europea como producto de alimentación especial, bajo el sello novel food. Mientras, la compañía que desarrolla el Excelsium, propiedad de Cunill y su socia, la empresaria y relaciones públicas Anna Garriga, recibe el apoyo de algunos médicos y personalidades que han experimentado con el elixir de huevo. Helena Rakosnik, esposa del presidente de la Generalitat, Artur Mas, confirmó ayer que hace cuatro años que lo toma: «Me aporta vitalidad y unas energías suplementarias que me han demostrado tener un efecto en personas sanas que no es placebo». Marmen Tapia, esposa del prestigioso cirujano plástico Antonio Tapia, también confiesa consumir de tres a cuatro dosis de Excelsium al día desde hace más de dos años: «Me siento muy ágil; sufría de artrosis y ahora se ha frenado. Puedo llevar tacones y que no me duela la espalda». Marmen Tapia explica que se lo toman otros médicos del Instituto Tapia de cirugía plástica y estética, y que su marido lo había consumido pero que, por pereza, lo ha abandonado durante un tiempo.

 

Estas informaciones trajeron cola: la mayoría lo entendió como lo que pretendía ser, un reportaje sobre una moda entre personas destacadas y acaudaladas de la ciudad; los críticos consideraron que aquello era una información científica para dar a conocer al mundo un producto milagroso; a mi padre le interesaba saber cuánto dinero costaba salir así en un periódico; al jefe de prensa de Artur Mas solo le interesaba desmentir que la mujer del presidente hubiera dicho eso. A Cunill lo que le interesaba era recibir la autorización para distribuir el Excelsium en farmacias.



 

 

 

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Lo mejor, como siempre, fue el trasfondo de mi investigación. A dos de los promotores del elixir les caí en gracia y quisieron introducirme en una sociedad secreta, una especie de colectivo de empresarios nacionalistas. Me invitaron a una cena del grupo, en un comedor privado del paseo de Gràcia. Evidentemente lo acepté, por inquietud periodística y literaria. Había una docena de personas, entre ellas el presidente de una gran empresa catalana de autocares de línea, el propietario de una cadena de joyerías, el presidente Maragall y señora, Diana Garrigosa, una consejera de la Generalitat, Cunill y su socia, entre otros. El colectivo se hacía llamar Drac Català, o algún nombre similar y fácil de olvidar. Se hablaba sobre todo de política, de eso estoy seguro, pero del resto de asuntos que se trataron no guardo ningún recuerdo porque fui víctima de un acoso sexual que anuló mi capacidad de procesar lo que sucedía a mi alrededor. Una de las anfitrionas del cónclave mi tiró los trastos durante toda la noche, con la consejera de la Generalitat a mi lado, ella y yo tratando de disimular, porque la acosadora en algún momento incluso estiró el cuerpo para alcanzar mi paquete con su pie por debajo de la mesa. Yo retrocedía con la silla y luego volvía a mi sitio de la forma más discreta posible. Di el espectáculo por terminado cuando la señora, completamente borracha, se levantó para morrearme. Me levanté de la mesa y con algún pretexto de urgencia e inaplazable —«me he dejado el fuego de la cocina encendido» o «me acaban de comunicar que ha caído un meteorito en casa de mis padres», no lo recuerdo— puse pies en polvorosa de la cena del Drac Català, medio cabreado y también medio satisfecho al confirmar que las cosas no cambiarían tanto y que las nuevas élites barcelonesas podían ser tan desgraciadas como las de antes.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Decadencia

 

 

 

 

No tengo mejor manera de concluir esta elegía al viejo mundo del orden barcelonés que mi propia historia familiar, paradigma del declive. Empezaré por los inicios: mi tatarabuelo paterno fundó unos laboratorios de perfumería; esto fue a finales del siglo XIX, era una de las empresas más antiguas del ramo en España. En los años cincuenta era una de las mayores compañías españolas del sector. Llegan los años ochenta con la globalización y se cierra la producción propia. Con la crisis de 2008 llega el final definitivo y material de la compañía, aunque para mí el fallecimiento espiritual se produjo unos años antes, durante el boom inmobiliario. Hacía cerca de dos décadas que no había actividad industrial en la vieja fábrica Segura, un edificio industrial de ladrillo rojo de principios de siglo XX, en la calle Àngel Guimerà esquina con General Mitre. Durante años fue realquilada a la empresa de limpieza Focsa para que aparcara allí los camiones de basura del distrito. A veces de pequeño pasaba por delante y el olor de la basura que salía de su interior era terrible. Pese a ello, sentía con orgullo que aquello era «nuestro». Con el momento de máximo esplendor de la construcción, los bisnietos del fundador derribaron la fábrica para construir un edificio de apartamentos, unos pisos preciosos, pero exactamente iguales a los del bloque de al lado, y a los de un poco más allá y a los que están al otro lado de General Mitre. El fin de una era industrial daba paso a una dulce y pausada, pero imparable, evaporación del patrimonio.

 

Un bisabuelo por parte de madre fundó una empresa de componentes eléctricos. En este caso, el desastre fue más precipitado, porque sus sucesores inauguraron una fábrica a finales de la década de los noventa, cuando los productos que producían ya eran cien veces más baratos si se importaban de China. La empresa ya estaba sentenciada y su fin solo era cuestión de tiempo. Por eso siento un gran respeto por los que no solo sobreviven, sino que se hacen grandes; por los Puig, por ejemplo, o por los Lara, por la familia propietaria de la multinacional de sanitarios Roca o por los de Simón — cuando escribo estas líneas recibo la alerta en internet de que los Palatchi han vendido Pronovias a un fondo de inversión británico por quinientos cincuenta



 

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millones de euros; una muesca en el mural de los caídos, un patrimonio más para pulirse.

 

Si la generación de mis padres asumió el papel del sepulturero, la de mis abuelos es la que lo disfrutó en su esplendor. Y se lo merecían. Mis dos abuelos combatieron en la Guerra Civil, con el bando republicano, reclutados con la quinta del biberón. Mi abuelo paterno luchó en primera línea de fuego, y mi abuelo materno, médico, sirvió en batallones sanitarios y pudo vivir el fin del conflicto desde Barcelona. Mi abuelo paterno regresó del campo de batalla muy afectado, según me confió mi abuela. Él no se distinguió nunca por ningún posicionamiento político o nacional, es decir, era un hombre de orden como es debido. Mi abuelo materno, médico de prestigio e intelectual de cierto renombre durante el franquismo, mantenía de joven ideas claramente republicanas y catalanistas, hasta que se perdió la guerra. Cuando Franco llega al poder, mis dos abuelos no dudaron en celebrar el silencio y la paz que se impuso.

 

El intríngulis de este pragmatismo no es fácil de explicar, tiene múltiples particularidades. Mi abuelo paterno, una persona de un espíritu empresarial puro y duro, era absolutamente apolítico. No obstante, había una voluntad familiar de preservar una identidad que venía de lejos; por eso los abuelos hablaban catalán entre ellos. No es una cuestión cualquiera, muchas familias del mundo del orden barcelonés renunciaron al catalán y adoptaron el castellano. Con mi abuelo materno, el pragmatismo familiar era aún más complejo. Médico e intelectual, mi abuelo había sido un republicano convencido. Durante el franquismo compraba la revista infantil Cavall Fort a sus hijas y les decía que debían utilizar «la bona parla» —el catalán— en casa. Era amigo de un soberanista como el doctor Moisès Broggi, que además fue su sucesor en la presidencia de la fundación que mi abuelo dirigió. Pero esto solo era un aspecto de su posición ideológica: mi abuelo alababa a Franco, lucía en el despacho la imagen de una audiencia suya con el Generalísimo, o fotos de congresos internacionales organizados por él y presididos por Juan Carlos I, entonces príncipe. Mi abuelo había trabado cierta amistad con Fraga, o eso decía; al día siguiente de morir, mi abuela recibió una nota de Alfonso Armada. Y, sin embargo, la primera vez que oí a alguien decir —a principios de los noventa— que la única salida que tenía España para sobrevivir era convertirse en un Estado confederal, fue a mi abuelo.

 

Mi abuela materna ha sido la última portavoz de aquella época. La cadena de televisión municipal Betevé emitió en 2016 una noticia recordando la



 

 

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primera fábrica familiar de material eléctrico, en el barrio del Coll; entre las imágenes incluidas en la información aparecía una foto de los años sesenta, donde mi bisabuelo, rodeado de allegados y trabajadores, celebraba su cumpleaños; de fondo, aplaudiendo y sonriendo, distinguimos a mi abuela. Su cara transmite satisfacción y confianza; es un reflejo de lo que llamaron «la paz social». Los padres de mi abuela eran catalanistas convencidos y alegres ciudadanos de la República, hasta que estalla la guerra, los rojos los expropian y su masía en Sant Feliu de Codines es ocupada por las tropas republicanas. Mi abuela nunca olvidará el día en que llegó la retirada: los soldados hicieron explotar una casa contigua, la de los masovers, que utilizaban como polvorín. No murieron de milagro.

 

Ella, sus padres, mis abuelos, todos aceptaron el statu quo de la dictadura porque venían de una ruptura traumática. No le digas a mi abuela que el franquismo fue un infierno, no es su experiencia. Las generaciones que en democracia han cuestionado el franquismo, sea desde la hegemonía socialista con Zapatero, o desde la hegemonía del nacionalismo catalán, a mi abuela le han alterado su fuero interno, le han causado un conflicto entre lo que ella cree y experimentó, y las nuevas realidades. Ella se ha ido adaptando, qué remedio le queda. Por eso, cuando alguna vez había amenazado con cancelar la suscripción a La Vanguardia —sobre todo cuando este diario se ha acercado más de lo habitual a la Generalitat independentista—, al poco tiempo se le pasaba el cabreo. Cómo no debería perdonar mi abuela a La Vanguardia, un periódico donde, pese a todo, sigue leyendo noticias como esta, publicada durante la ola de frío de diciembre de 2020:

 

Barcelona, sin leña

 

Barcelona no es Detroit ni Moscú, pero pasa también sus días de frío, como está sucediendo esta semana, no tanto por los grados celsius como por la combinación de humedad y vientos gélidos. Si a este factor le sumamos que muchas familias no han podido escaparse a las segundas residencias [debido a los confinamientos municipales durante la pandemia de la covid-19], como era habitual en estas fechas, tenemos un resultado curioso: ayer era casi imposible en la capital catalana encontrar leña para las chimeneas domésticas. Las estaciones de gasolina han agotado los paquetes de leña y las contadas empresas que suministran a domicilio ya no daban más de sí ayer. «Lo sentimos mucho, pero hasta el próximo lunes día 4 no podemos



 

 

 

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llevarle leña a su domicilio. La demanda se ha disparado espectacularmente, imposible», señalaba ayer una empresa.

 

Los barceloneses, pues, acabaron con las existencias de leña para las chimeneas que tienen en sus apartamentos. Solo si has mamado desde pequeño La Vanguardia puedes entender lo maravilloso de informaciones como esta.

 

 

 

 

El declive y el orgullo contenido de mi abuela se entienden mejor con estos versos de Gil de Biedma:

 

¡Oh mundo de mi infancia, cuya mitología se asocia —bien lo veo—

 

con el capitalismo de empresa familiar!

 

Era ya un poco tarde,

 

incluso en Cataluña, pero la pax burguesa reinaba en los hogares y en las fábricas,

 

sobre todo en las fábricas —Rusia estaba muy lejos y muy lejos Detroit.

Algo de aquel momento queda en estos palacios y en estas perspectivas desiertas bajo el sol, cuyo destino ya nadie recuerda. Todo fue una ilusión, envejecida

 

como la maquinaria de sus fábricas,

 

o como la casa en Sitges, o en Caldetas, heredada también por el hijo mayor.

 

La paradoja es que yo, siendo de otra generación, también me siento identificado con estos versos. Veo en ellos a mi abuela y su mundo desaparecido, pero también me veo a mí, ahora que se derrumba la realidad donde crecí. Constantemente recibo señales de su desintegración. A mi edad, mis padres poseían segundas residencias, un par de coches, sirvientas y perro. Yo no tengo patrimonio, no tengo nada en propiedad.

La tónica general es que lo que se logró, se ha ido perdiendo; unos más rápido, otros más pausadamente. Pero no es una cuestión meramente material; este libro ha tratado sobre todo de exponer la desintegración de una hegemonía y de una mentalidad. Un ejemplo cualquiera: conservo un juego de sábanas con las iniciales de mi padre bordadas. Hace poco, mientras lo

 

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sacaba de la lavadora, me di cuenta de que yo nunca tendría unas sábanas con mis iniciales. Hacérmelas bordar ni es complicado ni es caro, pero ¿qué debo hacer? ¿Me las bordo en unas sábanas de Ikea? Lo relevante es que no tengo la mentalidad de mis padres y abuelos: su voluntad de prevalecer, de continuar un esquema social, se ha desvanecido. Hace cuatro años dejé de vivir en Sarrià, no podía permitírmelo. Siempre había residido en este distrito: la infancia y juventud en las Tres Torres, la edad adulta en Sarrià. El dinero cambia de manos, los privilegios pasan de unos a otros.

 

Una tarde, no hace mucho, quedé con una conocida para tomar una copa en un restaurante que hay en la calle Déu i Mata, frente a la antigua Vaquería. La Vaquería era un restaurante y también piano-bar, yo iba a menudo a comer el menú de mediodía cuando ejercía de periodista económico. Era un lugar que nada más entrar me resultaba familiar. Por «familiar» me refiero a una manera de hacer que veía en mi entorno: después de comer, La Vaquería se convertía en un club de fumadores de habanos y bebedores de whisky, de hombres con aspecto de senador romano: barriga cultivada con moderación, bronceado de fin de semana navegando con la barca por la Costa Brava, aquel punto de cansancio físico placentero, de haber consumido el mediodía en la piscina del gimnasio, en una partida de pádel o sudando en la sauna. Allí dentro, sentados frente al dominó o con un juego de cartas, aquellos hombres mataban el generoso tiempo libre del que gozaban gracias a sus rentas y, de paso, esquivaban horas de convivencia con sus señoras.

 

La Vaquería era propiedad de Ignacio Ribó, pater de la noche de la gente bien de la década de los setenta. Ribó fundó con Oriol Regàs las discotecas Up&Down y Regine’s, y en la calle Beethoven con Bori i Fontestà montó Ribellino’s —todos estos locales están en zonas de orden. La Vaquería había sido diseñada por Estrella Salietti, célebre interiorista de la élite local. Salietti es el desenfreno del dolce far molto, la hiperactividad del pijoloco, como explicaba ella misma en una entrevista de 2015 en Economía Digital: «He trabajado mucho y lo sigo haciendo, pero no sé el dinero que he ganado. Me dice Ramon Bordas que soy una bohemia [nota: los hermanos Bordas, empresarios de la noche, son el relevo contemporáneo de Ignacio Ribó y compañía: mismo bronceado y renombre, pero más jóvenes]. Nunca he tenido que pedir ni un duro a ninguna de mis parejas y siempre he mantenido a mis hijos, pero tengo la impresión de que vivo mantenida: es la educación clásica, de antes, que todavía pervive en mi interior. […] A mí me encanta el lujo, claro, y soy una gastona, pero se ríen porque dejo el bolso tirado en cualquier



 

 

 

 

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obra, y llevo la Visa Oro dentro. ¡Bah! Si no fuera por mis maridos no habría ni inscrito a mis hijos en el registro, esas cosas son un aburrimiento».

Todo encaja, no falta nadie. A mucha gente, estos nombres les sonarán remotamente, pero si has crecido entre sus creaciones, si te los has encontrado haciendo el ganso en alguna soirée social, acaban formando parte de tu imaginario. Por eso, cuando Up&Down cierra y se convierte en un gimnasio de la cadena DiR, no es una pérdida cualquiera: los primeros san francisco y las primeras intrusiones en el noble arte de ligar fueron allí, en la sala de abajo, la de los menores de edad.

 

Los Ribó son el paradigma de familia del orden de Barcelona: hijos de un agente de bolsa que fue secretario del líder de la Lliga Regionalista Francesc Cambó, está el hermano juerguista, está el hermano responsable y empresario, y también el hermano pijoprogre, Rafael Ribó. Rafael Ribó lideraba a los herederos del PSUC mientras fumaba puros de veinte euros en su segunda residencia de la Cerdaña; hoy es un héroe del independentismo como síndic de greuges, el defensor del Pueblo catalán.

 

Por todo ello, aquel día de principios de 2017 habría preferido tomar esa copa en La Vaquería, pero ya no existía y opté por el restaurante que hay delante. Me senté en la barra y sin tener tiempo para pedir se nos acercó un tipo de unos cincuenta años visiblemente alcoholizado. Hay muchos tipos de borracho, pero el peor de todos es el pelma. Este era un pesado que quería explicarte cómo solucionar el mundo y de paso su desgracia de vida; la degradación de ese individuo llegó hasta el extremo de enseñarme una foto de su hija adolescente posando en bañador y añadiendo el comentario «está buena, ¿eh?». La niña quería ser modelo. El borracho, además de ser un plomo, estaba más salido que un mono. Iba de un lado a otro de la barra tirando la caña a toda mujer que se acercara. Era un desecho humano. Nos cantó todos sus apellidos insignes, antepasados aristócratas y grandes empresarios, incluso apareció el poeta Salvador Espriu. Desbarraba contra el independentismo con rabia, pasaba de un idioma a otro para demostrar que él era tan cosmopolita como Ban Ki-moon y tan catalán como Pompeu Fabra, y lo combinaba mostrando mensajes de móvil de supuestos amigos suyos que cerraban operaciones millonarias como quien paga la compra en la caja del super. Era un fantasma, pero era real, no mentía, teníamos conocidos en común. Era un hombre desorientado y sobre todo era un ser decadente de un mundo en decadencia; un jefe de tribu india que ha vendido las tierras de la reserva a un casino y se autodestruye pasando el día y la noche en licorerías de mala muerte.



 

 

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EPÍLOGO

 

La derrota

 

 

 

El 20 de septiembre de 2017 fue el día en que el mundo del orden se derrumbó de forma definitiva. Hay muchas efemérides anteriores y posteriores, vinculadas al circo de la independencia, que podrían servir como señal de no retorno, pero lo que se produjo el 20 de septiembre rompió los esquemas de lo que se supone que son la actitud y los intereses de un colectivo notablemente acomodado.

El juez de instrucción número 13 de Barcelona ordenó por la mañana el registro de varias sedes de la Generalitat y el arresto de catorce empleados y altos cargos de la administración catalana. La Asamblea Nacional Catalana (ANC), Òmnium Cultural y los partidos soberanistas llamaron a la ciudadanía a manifestarse ante los edificios donde se estaba llevando a cabo el operativo judicial. Miles de personas se concentraron frente a la sede del Departamento de Economía, en la rambla de Cataluña. Entre estas personas también estaba, y yo fui testigo de ello, una nutrida representación de vecinos de los barrios más ricos de la ciudad. Algunos tenían a la asistenta esperando en casa a que volvieran de hacer la revolución y servirles la cena; se manifestaban, además, con una preocupación particularmente acuciante, la de escoger en cuál de sus segundas residencias pasarían el inminente puente de la Mercè, festivo en Barcelona. Estos también desfilaron por el Departamento de Economía para protestar contra una acción de la justicia y del poder del Estado y, lo que es más novedoso, para enfrentarse al arresto de políticos. Y de políticos de Esquerra Republicana.

 

Hasta hace poco, este sustrato social consideraba a un político como un individuo que era despreciado y que era visto con desconfianza. Un político nacionalista y de izquierdas era alguien para salir corriendo. Los grupos conservadores son conservadores precisamente porque la autoridad, la ley y el orden son sus aliados. Para ilustrarlo de alguna manera, lo que ocurrió entre septiembre y noviembre de 2017 en este colectivo burgués sería como si en



 

 

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un viaje por el río Nilo desembarcarais en un puerto donde los aldeanos tienen fama de ser los más devotos del islam, pero descubrís la plaza del pueblo hasta los topes celebrando la matanza del cerdo.

 

Hay un acta del Tribunal Supremo del 5 de enero de 2018 sobre el encarcelamiento preventivo del vicepresidente Oriol Junqueras que no solo debería coincidir con el punto de vista de las personas de orden de Barcelona, sino que debería dejarlas tiesas de miedo; la realidad fue exactamente la contraria:

 

Actuando de esta forma, el recurrente y los demás partícipes, en ejecución de su plan y acudiendo a vías de hecho, se han alzado contra el Estado español, contra la Constitución, contra el Estatuto de Autonomía de esa Comunidad y contra el resto del ordenamiento jurídico. Este comportamiento, lejos de admitir cualquier banalización en su significado, constituye un hecho ilegítimo, gravísimo en un Estado democrático de Derecho […] Constituye una conducta de extraordinaria gravedad incitar a varios millones de ciudadanos a que acudan a votar ilegalmente a sabiendas de que se van a encontrar necesariamente con la oposición física de los agentes policiales que, en representación del Estado de Derecho, van a actuar con el único fin de asegurar el cumplimiento de sus normas más elementales y de las sentencias del Tribunal Constitucional que han ordenado su cumplimiento. No solo porque la referida conducta supone prescindir de las reglas democráticas para intentar imponer por la fuerza las propias ideas, sino también por el desasosiego y la intranquilidad que causa en la ciudadanía, dentro y fuera de Cataluña, que confía en el imperio de la ley.

 

Si los parámetros de la lógica del grupo social que retrata este libro saltaron por los aires el 20 de septiembre, su réquiem se interpretó el 1 de octubre. Las imágenes de la policía soltando porrazos a patriotas que protegían las urnas provocaron una deserción masiva entre las filas de la reserva del orden. El resultado fueron colas interminables en las mesas electorales de Santa Cecilia, Via Augusta, Sarrià, Sant Gervasi y Sant Cugat para votar en un referéndum manifiestamente ilegal. Puedo decir el nombre de una decena de personas cercanas a mí que en las elecciones del 21 de diciembre de 2017 votaron a Ciudadanos o al PSC, pero que dos meses antes decidieron participar en una consulta que explícitamente se había convocado para declarar su



 

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independencia. Todo ello es la plasmación de una falta de fundamentos tan grande que incluso los últimos tótems del orden decidieron romper con Cataluña, y de manera especial con sus antiguos compañeros de la reserva. El Banco Sabadell, CaixaBank y sus participadas trasladaron su sede social y fiscal fuera de Cataluña. El tiempo demostrará la trascendencia de ese movimiento. Cataluña ya no tiene sistema bancario propio: ese sistema bancario ha mostrado que su fidelidad es con España. Es un gesto que marca una distancia insalvable con los cuatro nombres con poder que aún quedaban entre la vieja burguesía barcelonesa.

 

”La Caixa” se enemistó con su cliente prototípico catalán, Víctor Sauler Portal, el nombre de ficción que en los anuncios del banco es el titular de todas sus tarjetas. Utilizaré el nombre de Víctor Sauler Portal para describir a una persona de mi entorno que entre el 11 de septiembre de 2017 y la declaración de independencia no se perdió ninguna movilización convocada por la ANC. Es un señor empresario, socio de los grandes clubes deportivos de la ciudad, con dos segundas residencias —mar y montaña— y domicilio en Sant Gervasi. Medio jubilado, es decir, espoleado por su tiempo libre, protestó el 20 de septiembre ante el Departamento de Economía —poco rato, todo hay que decirlo, y en una esquina, discreto—, exigiendo que soltaran al director general de Hacienda de la Generalitat —persona cuyo nombre mi Víctor Sauler no conocía ni conoce, desconocimiento que en otro momento de su vida habría sido totalmente normal, porque de un director general de tributos de la Generalitat lo único que él deseaba era tenerlo lejos. Mi Víctor Sauler Portal evidentemente votó el 1 de octubre, y también participó en mi manifestación independentista favorita, la que se convocó el 17 de octubre en la avenida Diagonal de Barcelona para exigir la liberación de los presidentes de la ANC y Òmnium. Digo que es mi favorita por sus consecuencias: decenas de miles de personas recorrieron la Diagonal con velas encendidas. Cuando la convocatoria finalizó, todos ellos dejaron las velas en el suelo. Cuando la cera se deshizo, el Ayuntamiento se encontró con que el asfalto de la principal arteria de Barcelona se había convertido en una pista de patinaje. Los equipos de limpieza trabajaron desde las once de la noche hasta las seis de la tarde del día siguiente, tiempo durante el cual la Diagonal estuvo cortada al tráfico, provocando el caos circulatorio posiblemente más absurdo de la historia de Barcelona. En esta protesta también estaba Sauler Portal.

 

A finales de octubre, pocos días antes de la declaración de independencia, las acciones de sociedades catalanas cotizadas en el Ibex 35 empezaron a caer en picado. Los mercados las penalizaban por la incertidumbre política y



 

 

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social. Pocas horas antes de que CaixaBank anunciara que se mudaba fuera de Cataluña, nuestro Sauler Portal me escribió un enigmático whatsapp: «Creo que ha llegado el momento de que Puigdemont [presidente de la Generalitat] haga política, negocie y deje de delegar en la calle». Durante semanas ese hombre había desfilado por Barcelona con el espíritu de un adolescente de Gaza durante la intifada del 87, y ahora, de repente, me comunicaba que aquel cántico tan repetido en los últimos años, «las calles serán siempre nuestras», era mejor aparcarlo y dejar que los adultos se entendieran. Le expuse mi sorpresa porque hasta ese momento había supuesto que el siguiente paso que estaba dispuesto a dar era defender la naciente república rodeando el Parlamento, el Palau de la Generalitat o el aeropuerto. La respuesta fue esta: «Joder, es que las acciones de “la Caixa” me han caído hoy un 5 %». Apunté a mi interlocutor que para hacer la revolución —es decir, provocar la independencia de forma unilateral contra un Estado fuerte como España, con la Unión Europa en contra y, lo más grave, partiendo a Cataluña en dos— lo mínimo que tendría que sacrificar era el 5 % de las acciones de “la Caixa”. «Ya veremos», fueron las palabras con las que dio fin al diálogo.

 

Aquellos mensajes de mi Víctor Sauler Portal eran el equivalente a las escenas iniciales de la saga Resacón en Las Vegas: los protagonistas se despiertan en una habitación de hotel hecha unos zorros, sin saber qué hacen allí y sin recordar el desmadre de la noche anterior, que provocó el caos en la ciudad. La diferencia respecto a la película es que en nuestro caso, pocos aceptan que hay que ponerse manos a la obra para recuperar la dignidad. Algunas voces, los pocos pilares todavía en pie, escondidos como los últimos caballeros jedi, trataron de mantener el orden en la galaxia, pero era como poner puertas al campo. La semana previa a la declaración unilateral de independencia, La Vanguardia dedicó portada y editorial diarios a hacer reaccionar a su lector tradicional con advertencias sobre calamidades de proporciones bíblicas. Paralelamente, con “la Caixa” y su séquito en fuga, el esfuerzo por salvar los muebles lo llevaron a cabo unas pocas personas de la reserva: gente como Marian Puig —heredero de los Puig—, Emilio Cuatrecasas —el heredero del señor Cuatrecasas— o Juanjo López Burniol, analista político, consejero de un montón de empresas y notario jefe de la reserva. Los tres hicieron lo imposible por acercar posiciones entre la Generalitat y el gobierno central, sin éxito y en un contexto de aislamiento abrumador.

 

Jordi Solé Tura escribió en 1967 en Catalanisme i revolució burgesa que el catalanismo no se impuso en tiempos de la Lliga Regionalista porque era la



 

 

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burguesía quien lo sostenía, y la burguesía, cuando las cosas iban mal en la calle y en la fábrica, corría a pedir auxilio a las fuerzas del Estado. Cincuenta años después se ha producido un fenómeno distinto. Primero es diferente porque ya no es solo la burguesía la que abraza el nacionalismo sino que se suman a él grupos sociales de toda condición, de comarcas y de ciudades; y segundo, es un fenómeno diferente porque, cuando ha llegado la convulsión social y el momento de saltarse la ley al por mayor, las clases acomodadas, hasta entonces miedosas y conservadoras, se han subido al carro de la insurrección. Eduardo Mendoza reflexiona así sobre esta paradoja en el libro Qué está pasando en Cataluña: «Es el desapego de la burguesía catalana por todo cuanto tenga que ver con una España cuyo estereotipo también ha sido asumido por parte de los catalanes. Que los representantes de esta burguesía se alíen con sectores revolucionarios en cuyo programa está incluido el exterminio de la propia burguesía no se entiende si no se toma en consideración el factor del resentimiento». Mendoza se refiere a la alianza entre la difunta Convergència y la CUP.

 

La burguesía de la Lliga también tenía una imagen negativa de España, pero la España de hace un siglo era un país subdesarrollado y hoy es una de las sociedades con mayor bienestar del mundo. Y, además, como ya he dicho, la burguesía de la Lliga, cuando llegó el momento de hacer frente al anarquismo, hizo exactamente lo contrario de lo que ha sucedido hoy: no lo abrazó, lo combatió.

Durante la estampida de empresas del mes de octubre de 2017 elaboré un reportaje al respecto para El País. Entrevisté a Andreu Missé, maestro de periodistas económicos, y a Paloma Fernández, profesora de Historia Económica de la Universidad de Barcelona, entre otros. Merece la pena recuperar algunos párrafos de aquel reportaje:

 

Fernández recuerda que con el estallido de la Guerra Civil muchos empresarios trasladaron su patrimonio fuera de España bajo la protección de Francesc Cambó, y pone como ejemplo el caso de Fernando Rubió Tudurí, que se exilió a Estados Unidos y abrió en Manhattan la primera filial de una empresa española en el país, de la empresa de nutrición Andrómaco.

Los expertos consultados coinciden en que la cuestión clave es el desplazamiento de los centros de decisión. Missé, director de la revista Alternativas Económicas y experto en la historia de “la Caixa”, asegura que con cada crisis Cataluña ha perdido



 

 

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influencia empresarial. El sistema financiero siguió funcionando pese a la desaparición hace cinco años del viejo sistema de cajas, pero quienes salieron beneficiados fueron grandes corporaciones como el BBVA, que absorbió a Caixa Catalunya. Missé recuerda otros ejemplos: ocurrió lo mismo con la absorción por parte de Endesa de las compañías eléctricas catalanas, o con la de Fomento de Obras y Construcciones en el grupo FCC. El veterano periodista también subraya que «hasta hace cuatro días, el empresario catalán, también el nacionalista, quería mejorar España porque era la forma de proyectarse. Ahora hay un nuevo empresariado que creía que ya no necesitaba a España, y ha visto que probablemente esto era erróneo». Fernández considera que «un hecho sin precedentes es que se han roto los hilos intangibles que vinculaban al mundo empresarial con las acciones unificadoras y solidarias de las fuerzas sociales catalanas».

 

Missé afirma que la decisión del traslado de sedes se explica esencialmente por la seguridad de un marco jurídico estable en la zona euro y por las incertidumbres que generan las posibles exigencias de la Agencia Tributaria Catalana. Fernández no duda de que todavía está vivo en la memoria el recuerdo de la Guerra Civil y el temor a la expropiación de bienes, patrimonio y depósitos bancarios: «Estos días leo memorias de grandes empresarios que evocan el pánico que supuso la colectivización de las empresas y los patrimonios que guardaban en los bancos y que los anarquistas expropiaron», dice Fernández. La dirigente de la CUP Eulàlia Reguant planteó el 4 de octubre en Nació Digital un «control de capitales y, en determinados casos, a partir de la declaración de independencia, un control de capital y flujos de capital en Cataluña, para garantizar un mínimo la capacidad de funcionar de la República».

 

Aprovechando la ocasión hablé extensamente con Missé, más de lo que recogí en el artículo, y compartíamos la perplejidad sobre el mismo hecho: ¿Cómo puede ser que buena parte de la gran burguesía barcelonesa se hubiera creído que podía prescindir de España? Si la zona euro estuvo a punto de desaparecer por Grecia —su PIB equivale al 15 % del de España—, ¿cómo diantres podían creerse que la Unión Europea aceptaría la defenestración de



 

 

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España? Estableciendo además un precedente de secesión a la torera, con la mitad del apoyo ciudadano, perfectamente reproducible en otros rincones de Europa, el continente con la más negra tradición de desastres de cariz nacionalista. Pero todavía hay más pruebas de la realidad paralela a la que se dejaron arrastrar estas élites: de la producción catalana, aproximadamente un 60 % se vende en el extranjero y un 40 % en España. He perdido la cuenta de las veces que he oído a másteres de Esade y directivos de empresas convertidos a la causa independentista argumentando que la economía catalana dependía de las exportaciones y que perder el porcentaje de ventas en España no sería ningún drama, todo lo contrario, nos haría más fuertes porque no dependeríamos tanto de un solo mercado. En mi caso, si de la noche a la mañana perdiera un 40 % de mis ingresos, el problema sería mayúsculo. En esta realidad paralela se daba por hecha la incorporación inmediata a la Unión Europea, como si España no tuviera capacidad de veto, por ejemplo, o como si los dos últimos presidentes de la Comisión Europea no hubieran dejado claro que los tratados estipulan que la independencia dejaría a Cataluña fuera de la Unión. Esto supondría perder el mercado único, la libertad de comercio sin aranceles, la protección legal de la UE y más etcéteras que, en definitiva, convergen en un punto: la apuesta por la independencia unilateral tenía tantos riesgos que ningún colectivo conservador podría aceptarla.

 

Esta aparente desconexión del mundo real puede explicarse también porque parte de las nuevas élites son un mandarinato que depende de la administración pública catalana y de sus favores. Pero incluso desde la dimensión en la que flotan estos nuevos referentes independentistas del poder barcelonés, incluso desde ese mundo de pompas de colores, por fuerza tenían que ver que la aventura de la separación a las bravas de España les cerraría el grifo; debían ser perfectamente conscientes de que es el gobierno central quien tiene la llave de la caja y de los bancos. ¿Por qué continuaron, entonces?

 

Millones de catalanes abrazaron la idea de que no había más remedio que saltar al vacío, como si vivieran en un edificio en llamas y no en uno de los lugares más ricos de Europa. En su mente, su vida en España es como la de los yemeníes que se levantan contra un gobierno despótico que les mantiene sometidos y medio muertos de hambre, y como lo único que pierden, si las cosas se ponen feas, es una vaca y una cabaña de adobe, pues adelante con la revolución. Hasta aquí, todo bien; si alguien quiere probar suerte arrojándose por un precipicio, yo no me voy a oponer mientras no me arrastren. La cosa empieza a chirriar, sobre todo desde el extinto mundo del orden, cuando



 

 

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plantean que todo será indoloro. Cargarse un Estado que funciona desde hace siglos, que es miembro capital de la UE y de la OTAN, no puede salir gratis. Es de primero de sentido común. La soberbia lo contagió todo, también a las personas de la zona alta que tradicionalmente habían votado a Convergència porque salían ganando con la estrategia de pactos con el poder central y con el desarrollo del mercado español. Pero lo que explica Mendoza sucedió punto por punto: se impusieron los prejuicios, los estereotipos, y de votar a Aznar en el año 2000 y celebrar los triunfos de la Roja, España pasó a ser hambre y miseria. No importa que el 40 % de la fortuna de esas personas sea gracias al mercado español —o en muchos casos el total de su fortuna y los orígenes de su condición social, y si no, que se lo pregunten a sus abuelos: la certeza hoy es que el yugo de España es terrible y sin ella seremos mejores.

 

Los jubilados del Tenis Barcelona o del Junior en Sant Cugat, o los de la partida de dominó después de comer en La Vaquería, o los hijos con afán de aventuras que se hacen de la CUP en La Floresta, todos ellos son los conversos más vehementes, predicadores de las bondades de la independencia unilateral. En parte es una cuestión de tener tiempo libre y necesidad de ocuparlo, pero estas prédicas también las he oído de personas que cada semana cogen el AVE para hacer negocios en Madrid y que dependen de lo que les compran en toda la Península. El presidente de una gran empresa barcelonesa me dejó echar un vistazo a un grupo de whatsapp que comparte con otros nombres importantes de la economía catalana: el diálogo era demencial desde el punto de vista económico. Coincidía con el momento de estampida de sedes sociales: «Todo mentira», «Rajoy les obliga», «No notaremos nada», «Es una decisión simbólica».

 

El profesor de Esade Fernando Trias de Bes —con su apellido queda claro que sus orígenes son el pedigrí del orden— escribe columnas de opinión en el diario Ara. Siempre ha querido ser conciliador con el independentismo; ser conciliador era un rasgo de la burguesía moderada y sensata que en breve se exhibirá en los museos de paleontología. Trias de Bes, sin embargo, parece que perdió la paciencia a raíz de la huida de compañías, quizá porque en su entorno debía de escuchar a gente soñando delirios en voz alta como los que leí en aquel grupo vip de whatsapp. Escribía el profesor de Esade: «Afirmar que el traslado de sedes de empresas es un tema administrativo sin efectos porque no se marchan las fábricas o edificios es como decir que no tiene importancia no llevar el paracaídas porque todavía no he saltado del avión

 

[…]      Dos pinceladas de los efectos empresariales de una Declaración Unilateral de Independencia (DUI): directivos de multinacionales consultados



 

 

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me explicaban que sus corporaciones obligan a respetar la legalidad vigente. Un estado no reconocido internacionalmente sería considerado ilegal por cualquier multinacional y seguirán pagando todos los impuestos a la Agencia Tributaria española. Ante un requerimiento fiscal forzoso de un nuevo Estado catalán, se verían obligados a trasladar las actividades productivas y directivas fuera de Cataluña. Antes, para no arriesgarse, sacarán todo el dinero. […] Hable con empresarios. Y no me venga con la política del miedo. Estoy a favor de un referéndum pactado, pero soy contrario a una DUI por el caos económico que supondría. Cualquier decisión, negociada. O esto o ríase de los famosos dieciséis mil millones de euros de déficit fiscal».

 

 

 

Un metafenómeno ha sido la reacción de la pijoprogresía, que ha tenido una segunda juventud —o tercera juventud; mentalmente son adolescentes eternos —, su mayo del 68 particular. El pijoprogre barcelonés tradicionalmente no podía con los relatos nacionales, fueran el español o el catalán, menos aún sus banderas. Para este, España era caspa, y crear un nuevo Estado-nación era volver a la edad de hierro. Esto también ha terminado. Buena parte de la progresía barcelonesa más refinada ha comprado al por mayor el paquete de propaganda soberanista argumentando que «esto va de democracia», porque «el pueblo solo quiere votar», «España es irreformable», etcétera. Es exactamente lo que escribió Jordi Amat en 2014 en el ensayo El largo proceso: «Uno de los costes de la operación [la formación del gobierno tripartito de la Generalitat entre socialistas, ecosocialistas y el nacionalismo de ERC] sería que el Cobi y el maragallismo empezaran a cubrirse de polvo sin entroncar con el presente, convirtiéndose en un legado sin herederos, un pasado condenado a ser expuesto en un museo sin visitantes. O peor, como si en los años del Maragall alcalde hubieran sido solo el tiempo ya caduco de una Barcelona apátrida».

 

La Barcelona apátrida de Maragall —estandarte de los pijoprogres— es hoy un ente moribundo. Conozco a una señora, del entorno de Maragall, a la que nunca he oído hablar en catalán, de una familia estupenda, que en los últimos cinco años ha votado por la CUP, Podemos, los comunes de Ada Colau y finalmente ha votado por ERC. Trabaja para una de esas multinacionales que han trasladado su sede social fuera de Cataluña. Esta señora nos bombardea en Facebook con propaganda cuya única finalidad es sublimar su último capricho, vilipendiar a España. Para ello no duda en sumarse al carro de la independencia. Una vez hablé con ella sobre todo ello y me contó que no era   independentista, pero que el sistema necesitaba una sacudida. Ella, como el 90 % de la pijoprogresía de mi entorno, votaron el 1 de octubre alegando que era un acto de oposición a un gobierno dictatorial, etcétera. Decían que esta consulta no se había convocado para proclamar la independencia, que era una gran performance de protesta. Cuando la independencia fue declarada —tal y como la Generalitat había reiterado cientos de veces que haría durante el último año si en el referéndum ganaba el sí—, y el caos político e institucional fue instaurado en Cataluña, esa izquierda caviar continuó con el teatro como si nada, soñando en secreto con emboscarse en Les Gavarres, si pudiera ser, durmiendo en un hotel rural, parapetados con una cesta de pícnic comprada en Lafayette, como si fueran el subcomandante Marcos del Empordà. La señora antes mencionada nos obsequió en Facebook durante el puente de la Purísima de 2017 con una lluvia de fotos de ella en su casa de Menorca, o envuelta en un fular de cachemira, acompañada de dos perros de caza, paseando por campos del interior de la isla. Alternaba las fotos con los últimos artículos protesta de Público, del Ara o de quien tocara. Y prometo ante Dios que, como ella, conozco a bastantes más.

 

¿Quién ha quedado habitando el viejo mundo del orden? Sobre todo lo que anteriormente he definido como la castellanor: las familias desacomplejadamente españolas que tomaban los ferrocarriles de Sarrià para participar en las manifestaciones antiindependentistas convocadas por Sociedad Civil Catalana en plaza Cataluña; los niños de los colegios religiosos de la ronda de Dalt y del Vallès, de mocasines, camisa bien planchada y jersey Ralph Lauren; los adolescentes que entre octubre y diciembre de 2017 sembraron el pánico en la zona alta, paseándose por Sarrià arrancando banderas esteladas, arrojando huevos, peleándose con los del bando contrario en los bares del mercado de Galvany, concentrándose en la plaza de Artós con fachas venidos de otros lugares —fachas de los de verdad, no la masa de fachas que ha señalado el nacionalismo catalán por el simple hecho de no comulgar con lo que proponen—, atacando la sede de Catalunya Ràdio en la avenida Diagonal; hombres desfilando por Barcelona en sus todoterrenos envueltos con banderas españolas. Todos ellos votaban a Ciudadanos, ahora a Vox. Es una reserva india de reaccionarios, el fin del orden como sinónimo de convivencia, una comunidad decadente que ya no es élite porque no tiene influencia alguna.

 

Enfrente tienen a los vecinos que apoyan al nacionalismo de Junts —los padres y abuelos— y al de la CUP —los hijos. Estos son muchos más, como ha quedado explícito en los resultados electorales anteriormente citados. En octubre y noviembre de 2019, durante los disturbios posteriores a la sentencia del Tribunal Supremo por el 1 de octubre y la declaración unilateral de independencia, fui testigo de unas escenas inauditas de armonía revolucionaria entre padres e hijos de casa bien. Lo escribí en un artículo de El País:

 

La tensión era máxima la tarde del 17 de octubre en la plaza Artós de Barcelona. En el corazón de Sarrià, uno de los barrios con mayor nivel de bienestar de Cataluña, Maria Sala observaba a dos grupos que una barrera de antidisturbios de los Mossos d’Esquadra conseguía separar por escasos cuarenta metros: a un lado había miembros de la ultraderecha españolista y al otro, jóvenes independentistas con la cara cubierta con pañuelo y capucha que decían ser antifascistas. Entre estos últimos se encontraba el hijo de Sala, un chico de dieciséis años. «Estos días son la primera vez que se manifiesta. Y sí, claro que me preocupa», concedía su madre.[…]

 

Sala es vecina de Sarrià, como otros padres que presenciaban el choque entre sus hijos y ultras españolistas desde una prudente distancia. «Le digo que es bueno que se manifieste, pero intento convencerle de que sea pacífico. Lo que me da más miedo es que no le ves. Le voy mandando mensajes de teléfono, le pido que antes de salir a manifestarse pase por casa. Todos los padres estamos así», dice Sala. Los progenitores también se informan entre ellos acerca de las andanzas de sus hijos. Aquella tarde en la plaza Artós, un padre reconoció a su hijo enmascarado en el grupo independentista: le obligó a descubrirse la cara y se lo llevó a casa, según el testimonio de Sala. El resto de jóvenes se trasladaron al centro para continuar con la protesta. Aquella noche se reprodujeron en el barrio del Eixample actos vandálicos, choques con la policía y con la extrema derecha.

 

 

 

En 2016 disfruté de un fin de semana de primavera en una masía maravillosa, no muy lejos de Barcelona. La finca gestiona una destacable extensión de árboles frutales, tiene jornaleros contratados, personal de servicio y cuadras. Es propiedad de una vieja familia de industriales, conocidos míos desde la infancia. Pasan las generaciones y la familia gana en diversidad, y vuelven despacio a las raíces catalanas que durante el franquismo dejaron pudrir. Mis amigos hablan en español fino de la zona alta de Barcelona. El castellano es su lengua materna pese a su apellido, muy catalán. Se sienten españoles, sin duda, pero son jóvenes: según el día defienden la idea de un referéndum y no son reaccionarios frente al nacionalismo catalán. Son personas apolitizadas, antes debían votar de forma pragmática, por la difunta CIU o por el PP, y posteriormente lo hicieron por Ciudadanos-Valls, más que nada por la imagen business friendly del partido, porque incluso ellos participaron en el 1 de octubre.

 

Durante un receso entre paseos por la finca y una opípara comida en el jardín, me aparté del grupo para tumbarme en el césped, bajo un pino centenario, enorme, que me protegía del sol. Dos sobrinos de mis amigos, de unos ocho y diez años, plantaron dos porterías portátiles a mi lado y empezaron a jugar al fútbol. Sus gritos no me permitían hacer la siesta y me apunté con ellos a darle a la pelota. Los niños dejaron un momento el balón y aprovecharon para hablar conmigo: «¿Por qué eres amigo de nuestros tíos? Si tú eres catalán». La pregunta me descolocó. «¿Qué queréis decir con que soy catalán?». «Pues que tú hablas catalán y ellos español, son muy españoles, tú no». Poco a poco fui haciéndome una idea del trasfondo que motivaba aquel razonamiento. La madre de esos niños es familia política de mis amigos, ella no carga la influencia de ese viejo establishment industrial. Sus hijos estudian en uno de estos colegios privados de raíz catalanista y patriótica, como Súnion o Thau. Para ellos, la rama familiar de su padre es española porque hablan castellano y no miran TV3.

 

Traté de explicar de forma breve y didáctica que sus familiares castellanohablantes naturalmente eran catalanes, y también españoles, es compatible, por qué no, y que el idioma, la forma de ser o los hábitos de vida pueden determinar tu condición social, pero no la condición de ser ciudadano de un país. No sé si salí airoso, diría que no me acabaron de entender. No son conversaciones que me guste tener con críos, la verdad es que actualmente tampoco me apetece tenerlas con adultos. Los niños siguieron jugando como si nada, pero yo me quedé pensativo, preocupado por un futuro en el que el mundo del orden habrá explosionado del todo, rompiéndose en realidades paralelas, incluso opuestas, realidades que ni los vínculos familiares, ni el lenguaje universal del dinero, ni la opción de hacer negocios juntos, ni las duchas del gimnasio, ni las croquetas en la barra del Polo ni las bodas entre hijos podrán unirlas de nuevo, porque estos espacios de convivencia y comunión que conocimos ya no estarán allí: se habrán convertido en polvo.



 

 

 

 

 


© Júlia Castells/Galaxia Gutenberg

 

Cristian Segura (Barcelona, 1978) es escritor y periodista del diario El País. Es autor de las novelas La madriguera y Ciment armat. Ha escrito la investigación periodística sobre el suicidio La sombra del ombú y es coautor del libro de viajes Viaje al Ussuri, tras los pasos de Dersu Uzala.

 


FIN

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