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Libro N° 14524. Breve Historia De Los Libros Prohibidos. Fuld, Werner.


© Libro N° 14524. Breve Historia De Los Libros Prohibidos. Fuld, Werner. Emancipación. Noviembre 22 de 2025

 

Título Original: © Breve Historia De Los Libros Prohibidos. Werner Fuld

 

Versión Original: © Breve Historia De Los Libros Prohibidos. Werner Fuld

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/book/breve-historia-de-los-libros-prohibidos/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

BREVE HISTORIA DE LOS LIBROS

PROHIBIDOS

Werner Fuld


 

 

 

 

Breve Historia De Los Libros

Prohibidos

Werner Fuld

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ha habido, hay y habrá muchas razones para querer que ciertos libros desaparezcan de la faz de la Tierra: morales, políticas, religiosas… e incluso personales. Pero hasta ahora nadie había intentado recopilar y explicar los casos de censura y autocensura que se habían producido en la literatura. Por primera vez, Werner Fuld nos invita en esta documentada y amena obra a repasar la historia universal de los libros prohibidos, que se remonta a los autores de la Antigüedad clásica y llega hasta nuestros días: desde Ovidio hasta las obras actuales que son silenciadas en China y en países musulmanes; desde autores tan reputados como Flaubert, Baudelaire, Lorca, Joyce y Nabokov hasta oscuras novelas eróticas o los numerosos textos incluidos en las listas negras de los diferentes regímenes totalitarios modernos.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Werner Fuld

 

Breve Historia De Los Libros

 

Prohibidos

 

ePub r1.0

 

Titivillus 29.10.2025


 

 

Título original: Das Buch Der Verbotenen Bücher. Universalgeschichte des

 

Verfolgten und Verfemten

 

Werner Fuld, 2013

 

Traducción: Marc Jiménez Buzzi

 

Editor digital: Titivillus

 

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Índice de contenido

 

 

 

Prólogo

 

Breve historia de los libros prohibidos

 

1. Orden, amor y remordimiento

 

2. Políticos y profetas

 

3. El fuego y las llamas I

 

4. Depósitos secretos

 

5. El fuego y las llamas II

 

6. Fe y saber

 

7. Varia et curiosa

 

8. Saber y transformar

 

9. Inmoralidad y dictadura

 

10. Mentiras y engaños

 

11. Personal y privado

 

12. Resumen prospectivo

 

Bibliografía

 

Ilustraciones

 

Índice onomástico y de obras

 

Índice analítico

 

Sobre el autor

 

Notas



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRÓLOGO

 

 

 

 

 

Aunque a veces estén amparadas por la ley, las prohibiciones de libros nunca resultan efcaces. Por otra parte, el derecho internacional prohíbe toda lesión del derecho humano que permite a toda persona expresar sus pensamientos públicamente sin que quepa exigirle responsabilidad alguna, siempre y cuando no atente contra un derecho de terceros.

 

Johann Adam Bergk, Die Kunst, Bücher zu lesen [«El arte de leer libros»], Jena, 1799

 

 

 

Si verdaderamente los dictadores hubieran tenido el poder en que creían con tan terca obstinación, buena parte de la literatura universal no existiría. Que las obras hayan sobrevivido a pesar de todas las persecuciones y prohibiciones es tan notable como la convicción de los perseguidores

 

—refutada una y otra vez durante siglos— de que con la muerte del autor se extinguen también sus ideas. Los gobernantes de

 

todos los tiempos y culturas —desde el rey ilustrado hasta el jefe tribal primitivo y fundamentalista, desde Augusto hasta el secretario del Partido Comunista de China— han sido incapaces de comprender que las ideas tienen más fuerza que las leyes.

 

La historia de los libros prohibidos no habla solamente de una cadena de opresión, obras destruidas y autores asesinados: también ofrece la crónica de la victoria de la palabra sobre el poder. Con su inmenso arsenal de medios de control, las



 

 

 

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autoridades han dedicado ingentes e infatigables esfuerzos a la localización, persecución y eliminación de las obras proscritas, pero todo su empeño ha sido en balde: los manuscritos prohibidos se han seguido leyendo, los libros confscados en un lugar se han podido adquirir en otro. Hoy, todo intento de encerrar dentro de las fronteras del propio país los sitios de Internet con contenidos incómodos está condenado al fracaso. Así pues, la historia de las prohibiciones es, fundamentalmente, la historia de la supervivencia de la memoria humana almacenada en los libros.

 

Para salvar de la destrucción un manuscrito y transmitirlo a la posteridad se requiere implicación personal y valor cívico. Desde el exilio de París, Heinrich Heine escribió en el epílogo de su Romanzero: «He entregado a las llamas con medroso afán los poemas que contenían la menor impertinencia contra el buen Dios. Más vale que ardan los versos que el versifcador». Huelga decir que esto es tan exagerado como falso: Heine tenía sufciente conciencia de su propia valía para no censurarse y, además, la amenaza de las represalias fsicas era cosa del pasado… o así se creía entonces: nadie contaba con que volviera a perseguirse a la gente por motivos políticos o religiosos. Sin embargo, en determinadas coyunturas históricas el verso más insignifcante puede ser la chispa que encienda el fuego de la resistencia. El escritor argelino Boualem Sansal, distinguido con el Premio de la Paz de la Asociación de Libreros Alemanes en 2011, fue privado de sus derechos civiles por oponerse al cinismo de los poderosos con sus libros, prohibidos en su país. Si bien Sansal aún vive en Argelia, otros han muerto en circunstancias no aclaradas y muchos han huido de la dictadura del silencio. Por ello, queremos dedicar un recuerdo a los hombres y mujeres que, en situaciones críticas, han arriesgado la vida para salvar de la destrucción libros prohibidos. Debemos a su valentía algo más que simples libros.



 

 

 

 

 

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BREVE HISTORIA

 

DE LOS LIBROS PROHIBIDOS



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ORDEN, AMOR Y REMORDIMIENTO

 

 

 

Cementerio de Highgate, Londres, 1869. Alumbrándose con la débil luz de un candil, el pintor Dante Gabriel Rossetti abre furtivamente la tumba de su esposa Elizabeth, fallecida siete años atrás. No es un amor enfermizo lo que lo impulsa a verla otra vez, y no queremos saber lo que quedaba de ella. Lo que Rossetti buscaba desesperadamente, acuciado por los remordimientos y el temor a ser descubierto en tan delicada situación, era un pequeño cofre. Audrey Nifenegger cuenta el episodio en su novela Una inquietante simetría, y, aunque parece inventado, es real y constituye un capítulo singular de la historia de la literatura inglesa.

 

Elizabeth Siddal fue el gran amor de su vida: una pobre costurera que posaba como modelo para jóvenes pintores hasta que Rossetti la conoció en casa de un colega y la convirtió en su amante. En varios cuadros famosos de los prerrafaelitas, en los que se plasmó el ideal estético de toda una época, encontramos su belleza etérea, roída por la tuberculosis, su mirada apática y sin futuro. Tras diez años de relación, Rossetti fnalmente se casó con aquella mujer marcada por la muerte, que fallecería después de dar a luz a una hija muerta. El desconsolado poeta metió en un cofrecillo el único manuscrito que contenía todos sus poemas y lo enterró con su amada, envuelto en sus largos cabellos. Hurtaba sus versos a sí mismo, a sus amigos y a la posteridad, para entregárselos como un don exclusivo y eterno a su venerada esposa. Ahora bien, el tiempo no solo cura las



 

 

 

 

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heridas, sino que también infige otras nuevas, y la tristeza de Rossetti fue desapareciendo a la par que aumentaba su fama y, con ella, su vanidad. ¿Quién era él para privar al mundo de su lírica? De modo que abrió el ataúd y halló el cofre donde antes había estado el pecho de Elizabeth. Un año más tarde mandaba imprimir los poemas. De no ser por esta historia, hoy nadie se acordaría de Rossetti, en tanto que la trágica belleza de Elizabeth ha quedado inmortalizada en los cuadros.

 

 

 

«Querido amigo, le ruego que destruya todos los ejemplares de la Lisístrata y todos los horrendos dibujos…», podía leerse en las últimas líneas que Aubrey Beardsley escribió a su editor Smithers en su lecho de muerte. Según las leyes inglesas vigentes, la comedia de Aristófanes, reeditada una y otra vez, no era obscena, pero sí lo eran las ilustraciones de Beardsley, pues en ellas se representaba el vello púbico femenino. Pese a ello, Leonard Smithers, ducho abogado, eludió la prohibición al imprimir una única edición de cien ejemplares para suscriptores. Beardsley, célebre gracias a sus ilustraciones para la revista Te Yellow Book, perdió sus encargos de resultas del escándalo Oscar Wilde, y Smithers —el «más astuto de los editores», al decir de sus coetáneos— lo recibió con los brazos abiertos. Smithers tocaba varias teclas: editaba literatura erótica en Francia y lírica religiosa en Inglaterra; pero ambos negocios acabaron en la bancarrota. Más de una vez se vio obligado a empeñar sus muebles para poder fnanciar la revista Te Savoy (en la que ya aparecían los hoy famosos dibujos de Beardsley), operaciones de las que el artista nunca llegó a tener conocimiento. Cuando se acuerda de mencionarlos, la historia de la literatura trata a los editores con cierto desprecio, pero lo cierto es que Beardsley y Smithers forjaron la estética gótica de la época victoriana, caracterizada por su gusto por lo macabro y



 

 

 

 

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su sabor añejo, y crearon el art nouveau. Pese a ello, el editor no se vio recompensado con la suerte y la riqueza, y murió en 1907 en la más absoluta miseria.

 

Cuando Beardsley dirigió su última petición a Smithers, no le preocupaba una cuestión jurídica. En la hora postrera se arrepintió de sus pecados y se convirtió apresuradamente al catolicismo, como también haría después Oscar Wilde, y no quería presentarse ante el juez supremo cargando con la vergüenza de las ilustraciones de la Lisístrata. Por lo visto, tenía más confanza en que se le perdonase la homosexualidad que las frivolidades artísticas. Se desconoce si Smithers estaba en condiciones de atender su ferviente ruego; lo que sabemos con certeza es que vendió varias copias falsas de la carta a sus clientes biblióflos, acaso con los últimos ejemplares de la edición, cuyo precio debió de aumentar considerablemente por este motivo.

 

Lisístrata era un clásico que nunca estuvo prohibido y que tampoco fguró en el índice del Vaticano. Lo cierto es que Aristófanes fue un autor olvidado durante siglos; ni siquiera tras su redescubrimiento en el siglo xix sus piezas teatrales llegaron a ser verdaderamente populares. Desde luego no lo fue Lisístrata, que no es una comedia ligera —pese a las descaradas ilustraciones de Beardsley—, sino una obra seria sobre la realidad social de su tiempo. Cuando se estrenó en el 411 a. C., Atenas llevaba veinte años enzarzada en una guerra con Esparta que no tenía visos de terminar. Lisístrata organiza una huelga de amor con miras a obligar a los hombres de los dos bandos a deponer las armas y lograr así, al menos en el escenario, la ansiada paz. Sin duda, la mayor sensatez mostrada por las mujeres contribuyó a sumir la obra en el olvido durante siglos; en cambio, la condena de la guerra que latía en su fondo hizo que resultara atractiva en el siglo xx. El autor y director Fritz Kortner actualizó esa idea pacifsta vinculándola al armamento



 

 

 

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atómico con el que quería dotar al ejército alemán el ministro de defensa Franz Josef Strauss. En enero de 1961, cuando se pasó por televisión la adaptación de Kortner en toda la República Federal de Alemania, la cadena estatal tuvo a bien no emitirla en Baviera, la patria chica del ministro Strauss. Evidentemente, fue una decisión política, pero la justifcación ofcial fue que la obra hería «la sensibilidad moral de la población».

 

 

 

En su última voluntad, Franz Kafa prohibía la publicación de todos sus textos. Tras su muerte, fue hallada en su escritorio la nota en la que le pedía a su amigo Max Brod que quemara «íntegramente y sin leerlos» todos los papeles que había dejado, todos los «diarios, manuscritos, cartas». El propio Kafa aún en vida había quemado una y otra vez los manuscritos que no le satisfacían. Su última compañera, Dora Diamant, con quien poco antes de morir se había instalado en una casa de Berlín, tuvo que destruir delante de él todos los textos escritos en esos meses, con excepción de La obra. Como se sabe, su albacea (Max Brod) no respetó los deseos de Kafa, y salvó algunas de las obras más célebres de la literatura universal: El castilloEl procesoEl desaparecido[1]

 

Cuando Virgilio prohibió en su testamento la publicación

 

póstuma de sus manuscritos inconclusos —voluntad que Augusto no respetó, preservando así la Eneida para la posteridad—, su decisión obedecía a motivos literarios y estéticos. El caso de Kafa es distinto. Kafa quería tener la certeza de que se destruyera sin excepción «todo lo que he escrito o dibujado», todos los papeles que hubieran quedado en su casa, en la ofcina, en casa de amigos y conocidos. Así pues, esta disposición tan radical no afectaba únicamente a los textos literarios, sino a todos los testimonios que había dejado sobre papel. Puesto que no concebía su existencia al margen de la



 

 

 

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escritura, su última voluntad no podía ser más consecuente: al término de su existencia fsica, se negó la supervivencia en los testimonios escritos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En la legendaria carta-testamento de septiembre de 1921, Franz Kafa le pidió a su amigo Max Brod que quemara sus obras.

 

Este episodio tiene un epílogo sumamente desagradable y muy poco conocido. Max Brod no solo preservó en 1924 el legado de Kafa de la última voluntad del escritor, también lo salvó de las tropas alemanas en 1939, al huir en el último momento de Praga hacia Palestina. En 1945 donó los manuscritos, las cartas y los dibujos de su propiedad a su colaboradora Ester Hofe, quien más tarde los dejaría en herencia a sus hijas Eva y Ruth. En 1956 los documentos fueron depositados en una caja fuerte de un banco de Zúrich. Después de mucho tiempo sin ponerse de acuerdo sobre el destino fnal



 

 

 

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de los manuscritos, por fn sus propietarias decidieron venderlo al Archivo Literario Alemán de Marbach, que ya había comprado algunos manuscritos de Kafa de la propiedad de Ester Hofe, entre ellos el de El proceso. No obstante, en el verano del 2009 el Tribunal de Familia de Tel Aviv negó a las hermanas el derecho de herencia de la propiedad de su madre fallecida y varios abogados les explicaron que el Estado de Israel reclamaba los documentos de Zúrich como «patrimonio nacional». El abogado de la Biblioteca Nacional de Israel afrmó que no estaba nada claro que Ester Hofe hubiera sido la propietaria de tales manuscritos, pese a la existencia de la carta de donación de puño y letra de Max Brod.

 

La táctica seguida por los abogados israelíes es evidente: al impugnar el derecho sucesorio de las hermanas se les prohibía el acceso a la caja fuerte suiza, en la que también guardaban dinero y joyas de su madre que necesitaban para subsistir. Por

 

tanto, si —como era previsible— el procedimiento judicial se alargaba lo sufciente, la necesidad económica obligaría a las hermanas a aceptar la petición de la parte contraria. Ni el propio Kafa habría imaginado una situación tan absurda. Aunque no se trataba de una herencia, sino de una donación realizada en vida, el Estado de Israel reclamaba los manuscritos de Kafa como patrimonio nacional, y ello a pesar de que el escritor de Praga jamás estuvo en Palestina, el Estado de Israel no se fundó hasta veinticinco años después de su muerte y el polémico contenido de la caja fuerte no se encontraba en suelo israelí. Israel incluso reclamó el manuscrito de El proceso que Ester Hofe había subastado en Sotheby’s y el Archivo de Marbach había adquirido por tres millones y medio de marcos alemanes. Hasta entonces no se había puesto en duda la legitimidad de la venta, principalmente porque en 1974 un tribunal israelí ya había reconocido la donación de Max Brod, pero ahora todo ello parecía carente de validez. La prohibición



 

 

 

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de acceder a la caja fuerte suiza no solamente es una tragedia personal para las hermanas Hofe, ya ancianas, sino que también impide a los historiadores de la literatura y a los biógrafos consultar el material depositado en ella.

 

 

 

En el extremo opuesto del caso representado por Kafa, el del autor que aspira a su propia aniquilación, encontramos al escritor que forja su propia imagen como autor de una sola obra. En cierto momento, Margaret Mitchell fue sinónimo de autora de un solo libro, el legendario Lo que el viento se llevó. Pero la verdad es que esta autora, nacida en 1900, ya tenía una vida antes del Gran Libro, distinguido con el Premio Pulitzer en 1937 y el mayor éxito de ventas en la historia de Estados Unidos. Según cuentan sus biógrafos, esta hija de una acomodada familia de abogados en realidad quería ser médico, pero luego se casó y en sus horas libres se dedicó a recrear en una novela la historia de su patria, Georgia, durante la guerra civil. Se nos presentaba, así, a un ama de casa oriunda de un estado sureño que, en un alarde de patriotismo, tomaba la pluma para escribir su primera y única novela, con el deseo de salvar el honor de su tierra. El único inconveniente de esta historia tan hermosa es que no es cierta: Margaret Mitchell nunca quiso ser nada más que una escritora famosa. Cuando se casó, en 1925, ya tenía tras de sí una larga y exitosa carrera profesional como periodista e incluso había escrito novelas, aunque no las había enviado a ninguna editorial por consideración a su familia. Los textos corrían de mano en mano entre sus pretendientes, hasta que su favorito entre ellos se quedaba con el valioso manuscrito como prenda de amor. En el legado de uno de esos admiradores se encontró, hace unos diez años, una caja de zapatos con el manuscrito de una exaltada novela de amor escrita por Margaret Mitchell con tan solo diecisiete años. Fue un hallazgo



 

 

 

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sensacional, ya que hasta entonces no existían testimonios literarios de la escritora anteriores a su célebre novela. Con ello, la imagen de la autora de una obra única se revelaba como el resultado de un plan de encubrimiento. Margaret Mitchell se encargó de borrar personalmente todas las huellas de su actividad literaria anterior a Lo que el viento se llevó y hasta dispuso que tras su muerte se destruyeran todos los textos que se encontrasen en su legado. De este modo se labró el monumento que deseaba, el de una patriota ajena en el fondo a la literatura que se hacía escritora por amor a su tierra.

 

Por supuesto, es muy probable que esta estrategia no se le ocurriera a ella, o al menos a ella sola. La idea de una respetable ama de casa del sur vencido que tomaba la pluma para bañar la terrible época de la guerra civil en la luz tibia de la reconciliación prestó a la novela un barniz de autenticidad que resultó fundamental para su éxito.

 

Anteriormente ya había habido otros ejemplos de tales estrategias de marketing orquestadas por el autor y la editorial, y en alguna ocasión ya habían llevado a un autor desconocido a la fama mundial: este fue el caso de Erich Maria Remarque y su novela bélica Sin novedad en el frente. De entrada, la publicación en un importante periódico berlinés fue anunciada por la editorial como el relato de un soldado raso alemán. Se decía que Remarque «no era un escritor profesional», sino un antiguo combatiente que había dado forma literaria a sus experiencias en el frente. La verdad sobre la guerra no se contaba en las memorias de los generales, sino en este texto. La estrategia de presentar a un supuesto testimonio autobiográfco dio sus frutos: el libro publicado en 1928 se convirtió rápidamente en un éxito internacional y vendió millones de ejemplares. La portada no incluyó la especifcación genérica de «novela» hasta las reediciones que se publicaron tras la prohibición de la obra en el período nazi.



 

 

 

 

 

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Este montaje no solo difundió información falsa entre el público, sino que también creó una nueva identidad para el autor: toda la obra literaria de Remarque anterior a Sin novedad en el frente fue ocultada. Comprendía hasta la fecha dos novelas editadas y al menos trescientos relatos breves, ensayos, poemas y otros textos publicados en revistas prestigiosas. Tal encubrimiento fue posible porque, a diferencia de lo que ocurre actualmente, el fujo de información era entonces limitado: de una revista berlinesa se tenía conocimiento, a lo sumo, en las ciudades más importantes hasta Fráncfort, pero no más allá de la línea del Main. Remarque era un autor conocido en un pequeño círculo elegante, pero este sector elitista no era el público al que la editorial dirigía su novela bélica. Así que Remarque siguió el juego a la editorial y liquidó su exitosa trayectoria de periodista en provecho de la biografa de un soldado sin formación literaria. Su libro era absolutamente auténtico, puesto que se basaba en la recopilación de testimonios de soldados del frente. No eran sus propias experiencias, él nunca lo dijo. Es cierto que con este montaje Remarque perdía su pasado, pero estuvo conforme. Más que eso: seguramente se alegraría de que la editorial, como es de suponer que ocurriera, comprara todos los ejemplares aún disponibles de su primera novela, Die Traumbude [«La habitación del sueño»], y los destruyera.

 

 

 

Lo cierto es que esta «novela de artista» publicada en 1920 es una fallida obra de juventud que alterna escenas ramplonas con ampulosas peroratas sobre la flosofa de la vida. Esta tendencia romántica que glorifcaba la época anterior a la guerra chocaba con la realidad de la vida de Remarque, en la que todo le parecía «torcido, desplazado, roto» (entrada del 13 de octubre de 1918 de su diario). En esa fase de desorientación, terminó su formación como maestro de escuela y tuvo tres experiencias como maestro suplente en la Alemania católica profunda, mientras buscaba



 

 

 

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en la novela un refugio en el que el arte y la vida se reconciliaran. Aunque esta primera tentativa carece de valor literario, en la biografa de Remarque señala su decisión de vivir de la escritura. El escritor borraría su pecado de juventud con su obra posterior.

 

 

 

 

 

De modo similar, Ödon von Horváth quiso suprimir de la historia su obra primeriza, Das Buch der Tänze [«El libro de las danzas»]. Ya en 1926, cuatro años después de su publicación, reclamó a la editorial todos los ejemplares disponibles, pidió a sus amigos que le devolvieran los que ellos tuvieran y lo arrojó todo al fuego. Dado que solo se publicaron quinientos ejemplares numerados, es muy posible que consiguiera quemar la mayor parte de ellos; con todo, el libro aparece de vez en cuando en las subastas.

 

El novelista francés Gabriel Chevallier siguió el camino inverso al de Remarque. En su novela antibélica El miedo, publicada en 1930, el antiguo soldado de infantería presentaba el miedo como el sentimiento imperante en las trincheras, con una franqueza y una veracidad inusuales en la literatura francesa. Sin embargo, en 1938, cuando amenazaba una nueva guerra con Alemania, el autor mandó retirar el libro de la circulación para evitar la acusación de derrotista. Es probable que su editorial lo indujera a dar ese paso, pues la acusación de antipatriota habría puesto en peligro uno de los mayores éxitos de la literatura francesa. Después de su novela antibélica, que todavía resulta conmovedora y auténtica, Chevallier viró en redondo para convertirse en un escritor de entretenimiento inocuo y profundamente conservador. Su novela Clochemerle, de 1934, se encuentra en todas las bibliotecas de la clase media francesa y también fue un éxito de ventas internacional. En este libro prolijo se sirven todos los tópicos de una vida sencilla y



 

 

 

 

 

 

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saludable en una pequeña ciudad de la Francia meridional. La acción, que tiene tintes burlescos y comienza con una discusión motivada por la reciente construcción de un urinario junto a la iglesia, abona la idea de que la política es un asunto del que al ciudadano más le vale mantenerse alejado para disfrutar de una vida libre de preocupaciones. Después de 1945, Chevallier estiró el tema del pueblo fcticio de Clochemerle en una trilogía que llega hasta el momento anterior al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Cuando murió, en 1969, su antigua novela antibélica había caído en el olvido, pese a que literariamente es muy superior a la serie de Clochemerle. Incluso en las enciclopedias Chevallier solo aparece como autor de este mediocre best seller.

 

 

 

 

 

En 1896, cuando Marcel Proust publicó su primer libro, Los placeres y los días, se lo consideraba un autor de buena familia que, como mero pasatiempo, escribía apuntes mundanos de la vida social para el periódico ultraconservador Le Figaro. El libro se publicó en una cara edición de lujo con ilustraciones de la apreciada pintora Madeleine Lemaire, las agradables partituras

 

de Reynaldo Hahn —amigo del autor— y un amable prólogo de Anatole France. Tal presentación, junto con los textos amanerados de Proust, contribuyó a dar la impresión de que el lector estaba frente a la obra de un afcionado rico. Cuando un crítico formuló abiertamente esta crítica, Proust se sintió incomprendido y le dio una respuesta que ya está pasada de moda: lo retó a duelo. Sin embargo, enseguida se dio cuenta de que aquellas primeras tentativas, con sus temas dispares y su estilo desigual, no hacían justicia a sus aspiraciones. Seguramente estuvo tentado de pedir a sus amigos que le devolvieran el libro que les había regalado.



 

 

 

 

 

 

 

 

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Volvió a abordar inmediatamente el gran tema de la época, la escisión entre el yo y el mundo, esta vez en una novela voluminosa cuya existencia no reveló a sus conocidos. Pasó cuatro años escribiendo Jean Santeuil, pero la destruyó antes de terminarla, aunque no de forma irreparable. Tras romper las páginas, las depositó ordenadamente en una sombrerera que guardó en un armario ropero. El armario —con la sombrerera que alojaba— lo heredó su sobrina, que treinta años después de la muerte del escritor enseñó el mueble al biógrafo André Maurois, dando pie a un hallazgo literario sensacional. Hasta ahora nadie ha podido explicar por qué no destruyó Proust en algún momento este manuscrito de mil páginas. Tal vez sencillamente se olvidara de él.

 

 

 

 

 

La última novela de Vladimir Nabokov quedó inconclusa. En el lecho de enfermo siguió trabajando en una carrera con la muerte. Como tenía por costumbre, escribió la primera versión del manuscrito en pequeñas fchas. A su muerte, acaecida el 2 de julio de 1977, dejó 138 fchas en formato DIN A7 que contenían el principio de una novela con el título Te Original of Laura y el irónico subtítulo “Dying is Fun”. Cuando se dio cuenta de que no la terminaría, dispuso que tras su muerte se quemaran las fchas. Su esposa Vera y su hijo Dimitri no respetaron su voluntad y depositaron el material en una caja fuerte. Desde entonces, los admiradores del autor, incitados por los detalles que Dimitri les ha ido dosifcando con gran habilidad comercial, han adoptado distintas posturas respecto a la quema de la novela. Los partidarios de la incineración arguyen que un manuscrito inacabado dañaría la fama de perfeccionista de Nabokov, mientras que los contrarios a la destrucción quieren conservar cada frase, por imperfecta que sea, pues la consideran la manifestación de un genio. Como era



 

 

 

 

 

 

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de esperar, su hijo Dimitri siguió adelante con el plan y, después de elogiar el fragmento como «el destilado más concentrado de la creatividad de mi padre», lo preparó para la publicación como facsímil con 138 fchas de trabajo separables. En la última fcha, Nabokov había anotado: «Eliminar. Destruir. Quemar».

 

La destrucción de la propia obra literaria es la forma defnitiva de la prohibición de un libro. Es verdad que, por regla general, la sentencia de Horacio resulta acertada: «Siempre puede destruirse lo no editado, pero la palabra pronunciada no sabe regresar». No obstante, el ejemplo de Remarque o Horváth muestra que, si bien es cierto que la obra impresa indeseada nunca desaparece del todo, sí que se puede borrar su recuerdo. Muchos autores han tratado de hacer olvidar la primera versión de un texto con otra posterior, aunque Enrique el verde de Gottfried Keller muestra claramente lo insensato de dicho intento.

 

En la mayoría de los casos, lo que lleva a un autor a destruir su obra es la conciencia de su imperfección. Según se cree, el estadista griego Solón quemó sus insípidos poemas a causa de la admiración que sentía por los versos de Homero, más eufónicos. También de Platón se cuenta que lanzó al fuego sus poemas épicos desalentado por la excelencia de Homero, como también es fama que destruyó sus tragedias tras conocer a Sócrates. Tales anécdotas, que adornan no pocas veces las vidas de los poetas, deben tratarse con cautela: no solo no son comprobables, sino que, además, ese alarde de autocrítica inclemente agranda tanto la fama del poeta cuanto la consideración que merece en el público la obra conservada, única en pasar la criba de la autocensura. Nunca sabremos si es cierto que Truman Capote, tras el gran éxito logrado con Desayuno con diamantes, destruyó una nueva novela, que a su juicio se habría vendido bien, solo porque algo en ella lo molestaba.



 

 

 

 

 

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Lo que sabemos a ciencia cierta es que Nabokov, tras intensas dudas sobre lo viable del tema y rendido ante la difcultad de la composición, pretendía quemar los primeros capítulos de Lolita y abandonar el proyecto de novela. Su esposa consiguió impedírselo en el último momento.

 

También existe, por cierto, el caso opuesto. Después de leer el manuscrito de El extraño caso del Doctor Jekyll y Mister Hyde, la mujer de Robert Louis Stevenson escribió a un amigo contándole que su marido había escrito un libro absurdo: «Por fortuna ya se ha olvidado de él y pienso quemarlo después de mostrártelo». El destinatario de la carta era un escritor y crítico amigo de los Stevenson, de donde se deduce que su juicio impidió la destrucción que amenazaba al manuscrito.

 

 

 

Se ignora por qué Virgilio mandó quemar la Eneida en su testamento. Las fuentes antiguas (Plinio, Historia natural 7, 114) aducen como motivo el estado inconcluso de la obra, pero quizá simplemente se debiese a que al autor le pareciera una epopeya terriblemente aburrida. Sea como fuere, Augusto hizo caso omiso de su última voluntad, y, en la grisalla de debajo del fresco El Parnaso que se encuentra en la Stanza della Segnatura, Rafael plasmó con gran dramatismo la salvación del manuscrito de las llamas. El propio Augusto destruyó su tragedia Áyax porque no estaba satisfecho de su estilo. A los amigos que le preguntaban por la marcha del trabajo, les contestaba con ironía: «Mi Áyax se ha precipitado sobre una esponja[2]».

 

Ovidio, desterrado de Roma por Augusto, en varias ocasiones afrma haber quemado manuscritos llevado por la ira y la desesperación, aunque los estudiosos no siempre dan crédito a sus lamentos. Con todo, la partida para el destierro al mar Negro pudo ser un motivo —bien desagradable, como dice



 

 

 

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el mismo afectado— para aligerar su equipaje. El cambio de las circunstancias obliga a revisar la obra creada, del mismo modo que la revisión de la obra puede dar lugar a cambios existenciales. Goethe hizo balance varias veces en su vida, quemó manuscritos, cartas, documentos, y en modo alguno ocultó esa autocensura. En carta a su hermana Cornelia, con fecha de octubre de 1767, escribe desde Leipzig: «Belsasar, Isabel, Ruth, Selima…, solo pudieron expiar sus pecados de juventud con el fuego». En Poesía y verdad (II, 6) cuenta que del auto de fe de Leipzig solo se escapó la recopilación de poemas Annette, el poema pastoril El amante caprichoso y las Odas a mi amigo. En marzo de 1770, antes de partir hacia Estrasburgo, quemó en Fráncfort todos los esbozos excepto Los cómplices (ibid. II, 8). Antes de su trigésimo cumpleaños, en las nuevas condiciones de Weimar, esta vez no solo como poeta, sino como político responsable, hizo inventario por fuera y por dentro y anotó en su diario (7 de agosto de 1779): «Recogido en casa, he revisado mis papeles y quemado las viejas conchas. Otros tiempos, otras inquietudes. Tranquilo repaso de la vida…». Estas mudas de piel y la quema de «las viejas conchas» eran importantes para él, aunque no se sabe lo que con ello perdió la literatura. Por temor a las miradas indiscretas, antes de su huida clandestina a Italia lanzó su correspondencia al fuego, y antes de su viaje a Suiza también anota en su diario: «En casa. He quemado cartas» (2 de julio de 1797). Y unos días más tarde: «He quemado cartas. El hermoso color verde de la llama cuando el papel arde junto a la alambrera» (9 de julio de 1797). Todos los papeles de Nápoles y Sicilia se los «dedicó» al fuego, como le escribió a su amigo Zelter (16 de febrero de 1818), y lo mismo hizo en 1829 con todas las anotaciones del segundo viaje a Roma. Asimismo, privó a la posteridad de un diario demasiado

 

crítico con la campaña de Francia —ciertamente poco gloriosa— en la que acompañó a su duque. Si han llegado hasta



 

 

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nosotros el Urfaust (la primera versión del Fausto) y La misión teatral de Wilhelm Meister es gracias a la existencia de copias y a su casual descubrimiento tardío. No es difcil adivinar los motivos de Goethe al ejercer esta autocensura radical: liberarse de viejas cargas para encarar nuevos períodos en su vida, prevenir las indiscreciones eliminando la correspondencia íntima; en cualquier caso, determinar la imagen que de él quedara en la historia.

 

A comienzos de septiembre de 1860, Charles Dickens quemó todas las cartas dirigidas a él que no fueran de carácter estrictamente comercial, y así lo hizo hasta su muerte. En Inglaterra era lícito presentar documentos robados como prueba ante los tribunales, generalmente en pleitos de divorcio, y esos documentos se leían públicamente y se publicaban en periódicos. Dickens no solo temía que sus suegros cumplieran la amenaza de llevarlo ante los tribunales a causa de su amante, sino que también desconfaba de sus hijos, que podían vender la correspondencia a una editorial después de su muerte. Además, quería impedir que sus futuros biógrafos y los historiadores de la literatura supieran lo intensa que llegó a ser la colaboración con Wilkie Collins cuando su imaginación decayó y tuvo que recurrir a la ayuda de su fértil amigo. Dickens quería pasar a la posteridad como un caballero intachable y un escritor singular, pródigo en ideas originales.

 

Poco se puede objetar cuando los autores destruyen documentos privados con estos objetivos; por más que lo lamenten los admiradores y los estudiosos, no hacen daño a nadie. El cuadro cambia, sin embargo, en cuanto son los políticos quienes dictan la ley del mercado y los autores dejan de ser sus propios dueños en el ámbito del arte para convertirse en meras marionetas en un juego de poder cuyas reglas tienen que acatar.



 

 

 

 

 

 

 

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POLÍTICOS Y PROFETAS

 

 

 

El emperador Augusto castigó a Ovidio con el destierro perpetuo de Roma. Pero ¿por qué? Nadie lo sabe, ni siquiera el propio Ovidio, que solo llegó a aventurar que el motivo de su condena fueron los osados versos del Ars amatoria. Por los versos 361-388 de El remedio del amor, una obra posterior, sabemos que en una Roma sorprendentemente mojigata le llovieron enérgicas críticas, pero ¿por qué Augusto iba a castigar en el año 8 de nuestra era al autor a causa de un libro publicado siete años antes? La frecuencia con que se repite esta tesis no la hace más verosímil. Parece más bien la proyección de unos profesores viejos que consideran merecedora de castigo cualquier forma de poesía erótica.

 

Es cierto que Ovidio tuvo que pasar el resto de la vida en una triste aldea a orillas del mar Negro, en el más remoto confn del Imperio romano, pero Augusto no prohibió ninguna de sus obras. El poeta envió a Roma los cinco libros de las Tristes a intervalos de un año. En ellos se narra el viaje por mar, la llegada al lugar apartado, la nostalgia de Roma y el miedo a que lo abandonara la inspiración al hallarse lejos de la metrópolis. De un modo mucho menos elegíaco Ovidio arremete contra el aborrecido exilio en Ibis, libro que, no obstante, pudo publicarse hacia el año 10. En los poemas epistolares inmediatamente posteriores, Epistolae ex ponte (Pónticas), reconoce una culpa que no describe con mayor detalle y da coba a Augusto con la esperanza de que le perdone el destierro o, al



 

 

 

 

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menos, lo envíe a un lugar más civilizado. Los poemas epistolares, destinados a amigos que el poeta nombra abiertamente y de los que espera que intercedan por él ante el emperador, se publicaron en el año 13, es decir, aún en vida de Augusto, pero no obtuvieron de él ninguna respuesta.

 

Augusto no tenía el menor motivo para prohibir un libro de Ovidio, puesto que el autor era un leal propagandista de su política. Con sus Fastos, ya había demostrado años antes del destierro su absoluta adhesión al nuevo rumbo del emperador y lo había apoyado en su intento de hacer olvidar la República vivifcando las antiguas tradiciones romanas. Su obra más célebre, las Metamorfosis, es un homenaje apoteósico a Augusto; siguiendo el curso de la historia, la narración ilustra la transformación del mundo desde el caos primigenio hasta el momento en que Augusto establece el orden imperial. El destierro de Ovidio no obedece, pues, al contenido de sus obras; seguramente nunca llegaremos a conocer su causa.

 

Los libros de historia presentan el largo reinado del emperador Augusto como una época de forecimiento cultural. Sin embargo, el tan celebrado clasicismo augústeo surgió sobre el fondo de la exclusión sistemática y despiadada de los autores caídos en desgracia y de la destrucción de sus obras. En el año 44 a. C., el heredero del César prohibió la difusión de los primeros escritos de su antecesor, con el fn de determinar la imagen pública de este. Expulsó de Roma al neopitagórico Anaxilao y obligó al historiador Timágenes a quemar sus propias obras. Quien no eludió el proceso, a diferencia de este último, fue Tito Labieno, historiador que fue condenado y cuyos libros de historia y retórica se quemaron públicamente.

 

Fue Augusto quien, al asumir el poder decisorio sobre las cuestiones religiosas, ordenó la primera quema masiva de libros en Roma. A fnales del año 12 a. C. mandó confscar y quemar más de dos mil libros oraculares y obras proféticas, una



 

 

 

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acción sin precedentes en el Imperio romano. Con ello se aseguraba que la población no pudiera poner en duda sus iniciativas en política interior como tribuno ni sus decisiones en política exterior como comandante supremo del ejército. La pregunta sobre qué traería el futuro, para la cual antes cualquier ciudadano podía encontrar respuesta en los escritos oraculares griegos y latinos, ahora parecía eliminada en favor del decreto político de la máxima autoridad.

 

El pueblo, no obstante, recurrió a una artimaña: como Augusto había salvado la Eneida de Virgilio, no podía estar prohibido extraer conocimientos de ella, por ejemplo sobre el futuro. Así, se planteaba una pregunta y se buscaba la respuesta en un pasaje de dicha obra elegido al azar. Igualmente lícito era ese procedimiento con otra autoridad literaria como Homero. Estas sortes vergilianae o sortes homericae (sortes: plural de sors, «suerte») eran métodos adivinatorios extraordinariamente populares y se practicaron durante mucho tiempo incluso en el cristianismo. Es muy conocida una historia que cuenta San Agustín. Cierto día, encontrándose en su jardín, oyó una voz infantil que le ordenaba: Tolle lege, o sea, toma un libro y lee. Su primera mirada se posa sobre la Biblia, lee unas líneas escogidas al azar y este acto casual lo lleva a convertirse y a renunciar a la vida mundana. Como los textos autorizados de Virgilio y Homero o los textos bíblicos no podían contener mentiras, se tenía el convencimiento de que cualquier pasaje elegido de forma azarosa contenía un mensaje que, interpretado adecuadamente, respondería a la pregunta que se le hubiera formulado. En algunos círculos esotéricos que consideran patrañas otros sistemas adivinatorios, como, por ejemplo, la astrología, se sigue recurriendo a las sortes, aunque estas ya no se limitan a las autoridades literarias: ahora, quien busca una respuesta puede encontrarla igualmente en sus autores preferidos.



 

 

 

 

 

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La destrucción de libros oraculares no se dirigió solamente contra la libertad privada de creencia y opinión. Augusto también ordenó retirar los libros sagrados de la Sibila del templo de Júpiter en el Capitolio y trasladarlos a su templo privado consagrado a Apolo, en el Palatino. De este modo, el oráculo de la República pasaba a ser propiedad privada del soberano absoluto.

 

Cuenta una antigua leyenda que una vieja intentó vender una serie de libros proféticos a Tarquinio, el último de los reyes etruscos de Roma. El rey declinó la oferta en dos ocasiones, tras lo cual la vieja arrojaba al fuego tres libros, aunque no por ello pedía un precio menor en la siguiente ocasión. Finalmente, siguiendo el consejo de sus sacerdotes, Tarquinio adquirió los tres últimos libros y la vieja desapareció. Aquella mujer no era otra que la célebre Sibila de Cumas. Su colección de textos proféticos se guardó en los sótanos abovedados del templo de Júpiter y fue custodiada como tesoro del Estado. Los textos solo podían consultarse cuando el Estado parecía estar en peligro o cuando alarmantes presagios anunciaban una desgracia inminente, y para tal menester se designó un gremio especial de sacerdotes. Los libros sibilinos se perdieron en el incendio del templo del año 83 a. C. y fueron reemplazados por una colección de textos de otros templos de la Sibila, a los que se atribuía la misma autoridad que a los antiguos originales. La función del consejo de sacerdotes consistía en interpretar las frases enigmáticas de los libros proféticos para que ayudaran al soberano a tomar decisiones en situaciones críticas.

 

Cuando Augusto sustrajo estos libros sibilinos del tesoro del Estado y los convirtió en su propiedad, en el marco de la incautación y quema masivas de libros oraculares y la expulsión sistemática de los adivinos, supuestamente mandó eliminar las frases que le parecieron desfavorables. Sin embargo, lo determinante no fue esta censura, sino la soberanía única que



 

 

 

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se reservaba sobre los escritos restantes, cuya interpretación escapaba a cualquier control. El dominio del pasado posibilitaba la manipulación del futuro, o, como George Orwell lo formuló en 1984: «Quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado». En el libro de Orwell, una sección del «Ministerio de la Verdad» se ocupa de eliminar cualquier rastro escrito del pasado que no esté en consonancia con la política dominante. La única posibilidad de gobernar el futuro consiste en usurpar el pasado y el presente, es decir, en apropiarse de las fuentes y monopolizar su interpretación. De este modo, el futuro deja de ser una extensión indeterminada para convertirse en un resultado consecuente, con lo que se pretende abolir el futuro azaroso.

 

A primera vista, la prohibición de los vaticinios en el ejército romano parece una medida sensata: se trataba de evitar que los malos augurios desmoralizaran a los soldados. Los adivinos independientes fueron sustituidos por otros estatales que llevaban a cabo una especie de preparación psicológica para la guerra: presentando sus predicciones como profecías divinas, prometían victorias inminentes que traerían consigo las mayores riquezas. Esta clase de manipulación la conocemos ya por los griegos. La historia del oráculo de Delfos es una historia de adivinaciones con fnes políticos, aunque todavía no se ha podido aclarar en qué medida ya entonces los estadistas griegos estaban detrás de dichas predicciones o estas eran manipuladas por algunos sacerdotes. No hubo ninguna campaña griega sin adivinos o augures ofciales, y se han descubierto manuales con métodos para falsifcar los resultados. El pueblo llano tenía predilección por los vaticinios sacados de la observación del hígado de un animal sacrifcado; así, una fórmula mágica declara:



 

 

 

 

 

 

 

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Se deja ver un hígado con lo que parece ser una inscripción: en la mano izquierda el mago escribe algo relacionado con la pregunta; las letras deben escribirse con bilis y vinagre fuerte; luego coge el hígado y lo sostiene un rato en la mano izquierda; el hígado absorbe la marca y todos creerán que ahí hay algo escrito.

 

No solo se recurrió a tales manipulaciones para infundir ardor guerrero en los soldados; en general, la función de los adivinos al servicio del soberano consistía en hacer que los dioses confrmaran las eventuales decisiones políticas, con el fn de acallar las opiniones discrepantes que pudieran surgir entre la población. El sucesor de Augusto, Tiberio, instauró en Roma un sistema entero formado por esta clase de medidas, en el que se apelaba constantemente a su predecesor.

 

Augusto murió en el 14 d. C. Al año siguiente Tiberio reformaba la lex maiestatis republicana, que en un primer momento solo tenía la función de proteger al Estado romano de la alta traición y las revoluciones. A partir de entonces, la ley se aplicó contra las personas non gratas, califcativo que se aplicaba a todo aquel que expresara opiniones sospechosas. Así pues, no se criminalizaban tanto acciones objetivas cuanto ideas y palabras. Tiberio creó un aparato de control basado en informadores y denunciantes en el que se podría haber inspirado cualquier dictadura posterior. Limitó inmediatamente la libertad del teatro, persiguió a los autores críticos y mandó quemar sus libros. Todo ello requería un extenso trabajo de investigación: había que registrar los talleres de escribanía donde los textos se copiaban a mano, como también los puestos de venta y las bibliotecas privadas de los autores y sus conocidos. Para ello el senado no solo empleó la policía, sino que también recurrió a colaboradores extraofciales: denunciantes privados (delatores) que trabajaban por iniciativa propia y eran llamados irónicamente «guardianes de las leyes» (cuando no se adornaban de ese título ellos mismos



 

 

 

 

 

 

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con total seriedad), confdentes (curiosi), suministradores de indicios (frumentarii, literalmente «abastecedores») e inquisidores funcionariales. El objetivo era registrar, confscar y destruir todas las copias de una obra para borrarla de la historia. Dicho objetivo, sin embargo, nunca se alcanzó, ni siquiera en aquel proceso en el que tanto se había fatigado Augusto veinte años atrás. Denunciado y condenado por su obra sobre la república romana, Tito Labieno fue obligado a suicidarse y sus escritos se quemaron; con todo, tal como nos cuenta Séneca el Viejo, Casio Severo había aprendido las obras de memoria.

 

Puesto que no quería presentar a Augusto como el máximo responsable de la persecución del pensamiento libre en Roma, y reservaba dicho papel a su sucesor, Tácito no menciona el proceso contra Labieno. En cambio, describe con detalle el juicio contra Cremucio Cordo del año 25 (Anales 4, 34 y s.), en el que este historiador fue acusado, al decir de Tácito, de un crimen nuevo y hasta entonces sin precedentes. En su obra histórica, Cremucio había elogiado a Bruto y Casio, lo que a ojos de Tiberio equivalía a glorifcar la República. Tácito pone en boca de su colega un alegato de defensa que difcilmente podía ser más claro, entre otras cosas porque se sabía ya condenado a la pena máxima. En primer lugar, Cremucio se declara inocente porque la ley de majestad solo podía aplicarse a los actos, no a las palabras. Y luego enumera a autores del pasado que, pese a haber criticado a los soberanos, no fueron acusados, «sin que me atreva a decir si por templanza o por sabiduría», pues «lo que se desprecia pierde fuerza, pero si uno se irrita por ello parece que se lo reconoce[3]». Como historiador, Cremucio señaló que hasta entonces siempre se había podido hablar «de aquellos a quienes la muerte había sustraído al odio o al favor», y negó enérgicamente que su crónica de la guerra civil, acontecida mucho tiempo atrás, pudiera interpretarse como



 

 

 

 

 

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una incitación a la rebelión. Sin nada que perder, terminó su discurso con esta frase: «A cada cual da la posteridad su tanto de honor»; tras lo cual se dejó morir de hambre. El tribunal ordenó quemar todos sus escritos, pero, tal como escribe Tácito, «se salvaron ocultos y fueron luego publicados». Tácito no menciona que fue la hija quien puso a buen recaudo la obra de su padre, que pudo publicarse durante el reinado de Calígula. Y a esto sigue un comentario del propio Tácito, dos frases inmortales que todo censor debería conocer:

 

Mayor razón para reírme de la estolidez de quienes creen que con el poder del presente se puede extinguir también la memoria de la posteridad. Y es que, al contrario, la autoridad de los talentos perseguidos crece, y ni los reyes extranjeros ni los que procedieron con la misma saña lograron otra cosa que el deshonor para sí y la gloria para ellos.

 

Estas frases fueron escritas hace dos mil años, pero los que prohíben libros no han aprendido nada de ellas. Wolf Biermann debe su efmera fama únicamente a las represalias del SED (Partido Socialista Unifcado de Alemania). Sin la prohibición de sus canciones en la República Democrática Alemana, probablemente no habría pasado de ser un simpático poeta de los placeres bucólicos que, al igual que Ovidio, habría cantado a la libertad erótica antes que a la libertad política. Lo que aseguró su éxito fue precisamente el intento de destruir su existencia. Como a otros autores que se oponían al régimen, lo peor que podía sucederle fue perder, con la caída de la RDA, al enemigo que le había garantizado una vida sin preocupaciones en el oeste.

 

 

 

 

 

En su novela Fabrenheit 451, publicada en 1953 pero todavía actual gracias a su carácter atemporal, Ray Bradbury explica cómo a veces se llega a las prohibiciones sin necesidad de ninguna sentencia, por la mera fuerza de la costumbre. En este



 

 

 

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libro, como es bien sabido, la función del cuerpo de bomberos consiste en detectar los libros que la gente guarda en sus casas y quemarlos como materia peligrosa. El jefe de estos incendiarios legales nos cuenta cómo se llegó a esto: no existía la censura estatal, sino que el nivel intelectual de la cultura de masas se ajustaba a las clases bajas, para que se pudiera cumplir el principio de la igualdad. En las viviendas, gigantescas pantallas de televisión suministran a los ciudadanos los problemas cotidianos de los personajes de los seriales, que los espectadores consideran parientes suyos. Se emiten regularmente concursos televisivos en los que se exige el conocimiento de hechos concretos, con miras a suprimir la pregunta acerca del porqué. En este mundo de sucedáneos todas las personas son iguales, son consumidores. Sienten y piensan de acuerdo con las categorías que les han inculcado los programas de televisión. Por este motivo, los libros que contienen pensamientos propios resultan peligrosos, por cuanto ponen en entredicho el principio de la igualdad: el vecino no debe saber más que uno mismo. «Un libro en la casa de al lado es como un fusil cargado. Hay que inutilizarlo». Además, el bombero, que se considera a sí mismo el «guardián de la felicidad», no debe permitir que «el mundo se inunde de melancolía y aficción», y no se puede negar que la mayor parte de la literatura universal, desde Platón hasta Shakespeare, estimula el pensamiento propio. En interés de la paz social, esta perturbación es intolerable. Así, el bombero tiene la obligación de quemar todos los libros: «El fuego es claro, el fuego es limpió». Con ello se proscriben los pensamientos oscuros o los arrebatos de melancolía. Con todo, ni siquiera en ese Estado futurista se consigue eliminar completamente el conocimiento de los libros. Una minoría aprende de memoria los textos y transmite este saber. Escondidos en pequeñas ciudades, los resistentes se citan en lugares secretos junto a la vía del tren y consiguen que no se



 

 

 

 

 

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rompa la cadena de la transmisión. No queda claro si siempre serán una minoría o si llegará el día en que logren romper la uniformización de la sociedad.

 

Todas estas célebres utopías de un Estado unitario que obliga a sus ciudadanos a una felicidad despersonalizada se inspiran en la novela Nosotros, del escritor e ingeniero ruso Yevgueni Zamiatin. Este libro, escrito en 1920 en Petrogrado bajo la infuencia del primer Terror comunista, suministró el patrón al que se ajustan todas las recreaciones de los sistemas totalitarios hasta la orwelliana 1984. Es evidente que ya en Zamiatin todas las medidas estatales de represión no servían más que al bienestar aparente de la sociedad: «Si la libertad del hombre es igual a cero, ya no cometerá ningún crimen. Así, el único medio de proteger al hombre del crimen consiste en protegerlo de la libertad». No resulta menos fácil comprender por qué en la Unión Soviética no se permitió la publicación de una novela que ofrecía una imagen del Estado tan sombría y radical. En 1924 aparecieron traducciones al checo, al inglés y al francés, lo que dio lugar a la fama internacional del autor. En 1927 se publicó en Praga una versión rusa abreviada, hecha a partir de una traducción checa, para no poner en peligro a Zamiatin. La versión íntegra en ruso se publicó por vez primera en 1952 en Nueva York, y nuevamente en Múnich en 1986, cuando el autor, que emigró a París en 1931, ya llevaba casi cincuenta años muerto. Hasta 1989, en plena Perestroika, no pudo publicarse una edición rusa en Moscú, tan grande era el temor que infundía a los soviéticos ese libro delgado pero implacablemente profético.

 

 

 

Cualquier Estado totalitario reclama para sí la capacidad de determinar el futuro de sus súbditos, ya sea en forma de planes quinquenales comunistas o, como en el caso de Adolf Hitler, invocando la «providencia» que le había confado a él, al Führer, el destino del pueblo alemán. Ya no hay lugar para vaticinios



 

 

 

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privados a base de horóscopos, cartas o bolas de cristal; hay que prohibirlos, las predicciones al margen del sistema son inadmisibles. No deja de resultar curioso, sin embargo, que los mismos políticos que cargan sobre sus espaldas con la responsabilidad del bienestar general sean especialmente propensos al interés por los augurios que con tanto rigor prohíben a sus súbditos. Stalin se dejaba aconsejar en privado por un vidente georgiano, si bien para cuestiones de Estado recurría al astrólogo Wolf Messing, cuyos servicios se vieron recompensados con un asiento en la Academia de las Ciencias de la URSS. Hasta el hundimiento del profetizado «Reich de los mil años», Hitler fue tan sensible a la infuencia de los astrólogos como sus paladines; entre ellos, especialmente Heinrich Himmler, el organizador del Holocausto, vivía en los mundos delirantes de la parapsicología. Cuando se habla de estas cosas se suele decir que Erik Jan Hanussen fue el astrólogo más famoso del Tercer Reich, afrmación que conviene matizar. Hanussen fue asesinado por miembros de las SA el 24 de marzo de 1933, probablemente por orden de Göring, de modo que no llegó a vivir el Tercer Reich. Dice la leyenda que, el día anterior al incendio del Reichstag, Hanussen auguró el incidente en una sesión privada de espiritismo, lo cual no se debería tanto a su capacidad visionaria como a sus contactos con los dirigentes del partido nazi. Por ellos se habría enterado del plan, de modo que tras el incendio hubo que silenciarlo.

 

La verdad de la historia es que Hanussen era un conocido artista de variedades que actuaba como vidente y que en 1932-1933 cosechó un gran éxito con su espectáculo en la programación de invierno de la Scala. Este judío nacido en Viena como Hermann Steinschneider se puso un sobrenombre artístico y se ganó las simpatías de los nazis, que sabían apreciar sus festas mundanas en compañía de damas alegres. Por lo visto, no se sentía amenazado por las persecuciones antisemitas



 

 

 

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e incluso se jactaba de su amistad con altos mandos de las SA. Si bien no se ha demostrado que estuviera al corriente de ninguna conspiración, su conocimiento de la vida privada de algunos jerarcas del partido haría de él un tipo peligroso tras la subida al poder de los nazis, motivo más que sufciente para que lo liquidaran.

 

 

 

Desde el tiempo de los césares romanos, la ejecución de los adivinos viene siendo un recurso efcaz para conservar el dominio sobre el futuro. El pueblo no debe conocer su porvenir por sus propios medios; de lo contrario, podrían estallar revoluciones y revueltas. La Iglesia cristiana llenó el vacío que se produjo tras la caída del Imperio romano y la desintegración de sus estructuras estatales con una nueva administración en cuya cúspide se encontraban los obispos, que también eran soberanos de ciudades, y los papas, que gobernaban como emperadores y concedían cargos. Dado que la única legitimidad de la Iglesia era su fe, nada le infundía más temor que los herejes que hacían temblar las convicciones cristianas. En 1215, con el Cuarto Concilio de Letrán, la Iglesia se estableció defnitivamente como poder jerárquico. A partir de ese momento ya no podía tolerar que pusieran en tela de juicio su pretensión de ser la única representante de Dios en la Tierra. Los dominicos acabaron con relativa facilidad con los herejes y las supuestas brujas, sometiéndolos a suplicios y a la hoguera. Pero ¿cómo se debía proceder con los científcos que habían convertido la astrología en una rama de la teología? Si Dios había creado el Sol y la Luna, y el día y la noche infuían en la vida terrenal, entonces no había ninguna razón por la que las estrellas y los planetas no infuyeran en las personas… La estrella de Belén fue presentada como prueba de que era voluntad divina que se estudiaran los movimientos de los



 

 

 

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astros, ya que Dios se servía de ellos para transmitir mensajes a los hombres. ¿Acaso no fue una señal igualmente clara la oscuridad que se cernió sobre la tierra en el momento de la crucifxión? Así pues, la interpretación de los signos celestes no era una herejía; al contrario: no prestarles atención sería un sacrilegio.

 

Este debate hoy olvidado será para la Iglesia de los siglos siguientes mucho más importante que la búsqueda de Satanás. Nadie negaba la infuencia que ejercían los astros sobre fenómenos naturales como las mareas, pero precisamente ahí radicaba el problema. Mediante el cálculo astrológico era posible hacer predicciones de una precisión infalible que los astrólogos extrapolaban a otros ámbitos: en las órbitas de las estrellas interpretaban el peligro de terremotos, guerras, epidemias y malas cosechas, además de los infortunios de los destinos individuales. No obstante, si las estrellas tenían tanto poder, la oración personal a Dios y la confanza en sus designios se volvían inútiles y la revelación podía sustituirse por fórmulas matemáticas. La Iglesia no podía tolerarlo, si bien al principio los grandes tratados, como el de Tomás de Aquino, dejaban la cuestión en suspenso.

 

El poderoso obispo de París sentó un precedente en 1277 al prohibir las afrmaciones más importantes de los astrólogos y lanzar un anatema contra todos aquellos que las apoyaran. Quedaba, pues, prohibido opinar que el destino del ser humano dependía de los movimientos de los cuerpos celestes; que se podía predecir la salud y la enfermedad por la posición de los astros; que una constelación favorable signifcaba la vida, y una desfavorable la muerte; que las acciones de la vida de un individuo estaban determinadas por la conjunción astrológica en el momento de su concepción o su nacimiento. Era una prohibición del horóscopo en toda regla, y no solo privaba a los astrólogos de sus medios de subsistencia, sino que también los



 

 

 

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tachaba de herejes. De esta forma, la Iglesia degradaba a la categoría de superstición cuanto ella no sancionaba como profecía bíblica. El deseo humano de conocer el futuro, tal como aparece en el Apocalipsis, que solo predice el fn del mundo, se consideraba una muestra de curiosidad inspirada por el diablo. Encontramos esta doctrina ofcial en todo su radicalismo en Dante, quien envió al inferno de su Divina Comedia a los curiosos que intentaban desentrañar el futuro (canto XX). Allí encontramos a todas las grandes personalidades del ramo: el adivino tebano Tiresias y su hija Manto, el augur Eurípilo, Miguel Escoto, el astrólogo de la corte del emperador Federico II, Guido Bonatti de Forlì, célebre en el siglo xiii tanto por sus horóscopos cuanto por su tratado De astronomía, y Asdente de Parma, que, como comenta sarcásticamente el guía de Dante por las regiones infernales,

 

 

ahora querría el cuero y el bramante

 

manejar, pero tarde se arrepiente[4].

 

(Asdente había abandonado el ofcio de zapatero para dedicarse a la magia y la adivinación). Y qué contorsión más extraña se les ha impuesto:

 

[…] vi al momento

 

vueltos estar maravillosamente

 

desde do el cuello tiene nacimiento;

 

a su espalda miraba aquella gente

 

y marchar hacia atrás les convenía,

 

pues no podían caminar de frente[5].

 

La prohibición de París de 1277 y la condena póstuma que Dante impone a los adivinos tuvieron pocas repercusiones en la práctica. El deseo del ser humano de proyectar una mirada hacia el futuro pasa por encima de todas las prohibiciones. Además, la Iglesia no se ponía de acuerdo acerca de cómo debía diferenciar entre la astrología científca, basada en la observación de la naturaleza, y la interpretación supersticiosa



 

 

 

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de las estrellas. Así, en 1302, el obispo de Utrecht encargó a un erudito que recopilara y explicara los escritos más importantes en la materia. El resultado fue una clara defensa de la astrología.

 

La interpretación del futuro adquiere en tiempos de crisis una gran relevancia y el cúmulo de catástrofes que marcaron el fnal de la Edad Media dio lugar a una infación de predicciones del fn del mundo y la llegada del Anticristo que escaparon al control de la Iglesia. De aquellos años de hambrunas, pestes y guerras se aprovecharon los astutos maquinadores que se auparon al gobierno de pequeñas ciudades-república con la ayuda de soldados que pagaban con su propio bolsillo y que, para mantenerse en el poder, se valieron de los profetas que gozaban de mayor predicamento entre la población. Estos príncipes de poca monta se servían de un oráculo local que legitimaba sus pretensiones de poder y las aseguraba para el futuro con vaticinios favorables. Llama la atención que para ese papel se eligiera principalmente a mujeres, y, a ser posible, a monjas estigmatizadas. El fenómeno comenzó en Bolonia con Caterina Vigri: la publicación de su biografa tras su muerte en 1463 ocasionó un auge de profetisas de corte. En Perugia, Mantua, Parma, Turín, Milán, Urbino…, había mujeres iluminadas al lado del poder, y también de los papas. Esta era no concluiría hasta la estabilización y consolidación de las ciudades-república, momento en que los príncipes y duques dejaron de necesitar esas supersticiones.

 

Las profecías políticas pueden tener consecuencias imprevisibles y peligrosas. Quien se proponía derrocar a un gobierno se sacaba de la manga una predicción que auguraba su caída y esperaba a ver si el pueblo crédulo le daba cumplimiento. Por esta razón, en 1402 y 1406, Enrique IV prohibió los vaticinios en Inglaterra y mandó ahorcar a quienes los difundían; en el reinado de Enrique VIII constituyeron un



 

 

 

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acto de alta traición. En una ley promulgada en 1549 por Eduardo VI se justifcaba expresamente la prohibición de las profecías políticas por su potencialidad incendiaria:

 

Hace poco, ciertas personas envidiosas y de espíritu corrompido inventaron, publicaron y comentaron presagios disparatados con el fn de incitar a la desobediencia, el tumulto y la rebelión[…].

 

La ley fue reformada varias veces, pero no tuvo demasiado éxito.

 

 

La razón de esta inefcacia se encuentra en las profecías mismas: no son textos nuevos inventados para la ocasión, sino afrmaciones supuestamente basadas en antiguas fuentes y atestiguadas por autoridades venerandas. Así, el astrónomo Tycho Brahe, al pronosticar la caída del monarca francés para el año 1578, se remitió a un vaticinio de la Sibila. Los textos antiguos se reinterpretaban constantemente, como aún hoy se hace con Nostradamus, adaptándolas mañosamente a las circunstancias cambiantes o que se pretendía cambiar. Dado que los soberanos se valían de estos mismos métodos, refriéndose ora a textos sibilinos, ora al oráculo de Merlín, ora al Apocalipsis o a la providencia, difcilmente podían esperar que el veto surtiera efecto entre la población.

 

El invento de la imprenta contribuyó no poco a la confusión de las mentes. En Alemania, el Prognosticon de Johannes Lichtenberg, que en 1480 anunciaba el cercano fn del mundo, se reimprimió diez veces solo en los diez años siguientes. En la Francia del siglo xvi se publicaron más de cien libros proféticos. En 1550, el canónigo Richard Roussat publicó una obra en que, partiendo de la analogía entre las Sagradas Escrituras y los argumentos de los astrólogos, se anuncia el fn del mundo para el año 1791 y, con sentido práctico, se aconseja a los propietarios que no se afanen en construir edifcios demasiado sólidos. Desde el estallido de la Reforma protestante,



 

 

 

 

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en el mundo católico imperó un fanatismo apocalíptico que se plasmó en numerosos panfetos y octavillas que anunciaban el castigo de Dios, el inminente fn del mundo o la conversión defnitiva de los herejes. Sin embargo, los protestantes no eran menos fanáticos. Para Lutero, a quien el Papa consideraba la encarnación del Anticristo, estaba claro: «El día del juicio fnal se acerca». Su argumento era tan simple como capcioso: Dios haría el ridículo si continuaba tolerando los pecados de los papas.

 

 

 

Puesto que las cosas están así, no me queda otro consuelo que la esperanza de que el día del Juicio sea inminente. Pues las cosas han llegado tan lejos que Dios no podrá tolerarlas mucho tiempo más.

 

Pero sí que pudo. Lutero perdió la partida del miedo en favor de la Contrarreforma.

 

El Quinto Concilio de Letrán, celebrado en 1516, prohibió a los predicadores que vaticinaran la llegada del Anticristo o el fn del mundo. Algunas comunidades encargaron a los sacerdotes que explicaran inequívocamente a sus parroquianos que la consulta de adivinos era un gran pecado. En el Sínodo de Augsburgo de 1548 se dispuso la denegación de la absolución a todo aquel que «predijera cosas futuras» y en el Sínodo de Tréveris se decretó la excomunión de los profetas. En el Concilio de Narbona de 1551 y en el Sínodo de Chartres de 1559 se reafrmaron estas prohibiciones. La afrmación de que alguien podía adivinar el futuro mediante la observación del aire, el agua, la tierra, el fuego, las cosas inanimadas, las uñas de los dedos o los rasgos faciales, o por las suertes o los sueños, se sancionaba con un castigo grave. Pero también cometía un pecado mortal y debía ser excomulgado quién creía en malos augurios, como por ejemplo ver una silla caída por la mañana, nada más levantarse de la cama, o ponerse una camisa del revés por descuido.



 

 

 

 

 

 

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La tenacidad con que la Iglesia renovaba y ratifcaba estas prohibiciones permite deducir que resultaban inefcaces, entre otras cosas porque ahondaban el dilema decisivo de la Iglesia: por una parte, los creyentes debían reconocer las fuerzas ocultas de Moisés y aceptar sin objeción alguna los numerosos milagros y profecías de la Biblia; por otra, se les prohibía desentrañar por sí mismos el enigma del futuro, puesto que en tal caso pactaban con el diablo. La Iglesia no podía ni quería renunciar a su propia tradición ocultista, pero no admitía la competencia popular. En esa disputa solo podía perder.

 

En el caso de las supersticiones científcas de la astrología, la Iglesia procedió con la misma falta de lógica. Desde el siglo xiv, todos los papas tuvieron en consideración a estos «matemáticos», que eran quienes calculaban la fecha más favorable para un sínodo o un concilio a partir de la observación de las órbitas de los planetas, los soberanos solo debían contraer matrimonio «bajo una buena estrella» y los generales no se lanzaban a la batalla sin consultar antes a los astrólogos. Sin embargo, ofcialmente la Iglesia prohibió reiteradamente estos horóscopos, pues solo Dios conocía el futuro. Para convencer al pueblo de este dogma habría sido más útil autorizar todos los horóscopos, habida cuenta de que los presagios de los astrólogos nunca se cumplían. La lista de los vaticinios del fn del mundo calculados con minuciosidad matemática daría para un capítulo entero en la historia de la estupidez humana. Valga un solo ejemplo: en el año 1524 se predijo un diluvio por la conjunción de los siete planetas en el signo de Piscis. El prior Bolton de San Bartolomé, en Smithfeld (Londres), se apresuró a construirse una casa en una colina, la llenó de víveres hasta arriba y esperó. ¡Menuda ocurrencia…! Si por lo menos hubiera mandado subir un barco a la colina, podríamos haberle concedido algo de sentido práctico en consonancia con la tradición bíblica de Noé. Pero ¿una casa



 

 

 

 

 

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para un diluvio? ¿Pretendía hacer frente a la voluntad divina en calidad de único superviviente? Desgraciadamente, no sabemos qué fue del prior supersticioso. Quizá abjuró de la astrología y regresó a la fe de que solo Dios conoce el futuro, o quizá decidiera quedarse en aquella casa de la montaña para gozar de sus vistas.

 

Las predicciones astrológicas ejercieron una difusión masiva gracias a los almanaques y ejercieron una inmensa infuencia a pesar del analfabetismo predominante entre la población. Esto signifca que los párrocos rurales, los maestros de escuela, los curanderos o los médicos serios no solo recibían estos almanaques, sino que además transmitían su contenido a sus clientes analfabetos. Junto al calendario del año con los días festivos, los almanaques contenían también ciertas particularidades astronómicas como los eclipses de Sol o de Luna, o los días propicios o desfavorables para las labores del

 

campo y para la salud de hombres y animales —deducidos de las imágenes astrales—, además del infujo de los signos zodiacales sobre los riesgos de contagio en caso de epidemias. El almanaque era un manual imprescindible para la vida cotidiana, sobre todo para la población rural, que creía encontrar allí un buen consejo para cualquier situación. Hoy todavía conocemos, en una versión simplifcada y retocada, el Immerwährender Bauernkalender [«Almanaque campesino infalible»], en el que se registran supuestas enseñanzas prácticas, y el calendario lunar, que según los esotéricos rige la vida.

 

Cuantos más almanaques se publicaban —solo en Inglaterra había seiscientos que competían por el favor del lector en el año 1600—, más predicciones había. O bien estas eran contradictorias entre sí, o bien ofrecían pronósticos tan triviales como los que parodió Rabelais:



 

 

 

 

 

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Este año los ciegos verán bien poco, los sordos oirán bastante mal, los mudos no hablarán mucho, los ricos estarán un poco mejor que los pobres, y quienes gocen de buena salud mejor que los enfermos[6].

 

Pese a todo, el pueblo sentía una gran afción por ellos, lo que suponía un desafo tanto para el clero católico como para el protestante. Como la astrología infringía el expreso mandamiento de Dios, se registraron las imprentas y se confscaron todos los almanaques que no contaran con la autorización de un obispo. El Concilio de Burdeos de 1583 decretó que los almanaques solo podían contener pronósticos astrológicos relacionados con la meteorología.

 

La Iglesia protestante veía en los horóscopos el intento de delegar en los astros la responsabilidad individual. Solo Dios conocía el futuro y quien lo vaticinaba con la ayuda de las estrellas se sentaba en el trono del Ser Supremo. Al fn y al cabo, Dios no había colocado a los hombres tan lejos de las estrellas por casualidad. Entre los puritanos, las obras astronómicas y los libros de matemáticas que contenían imágenes geométricas eran considerados una prueba de la actividad ocultista de sus propietarios y se llevaban a cabo registros domiciliarios para confscarlos y quemarlos. A principios del siglo xvii, un obispo inglés se mostró partidario de quemar también a los astrólogos, además de los libros, pero su propuesta no prosperó.

 

 

 

La autoridad laica se alió con la Iglesia, dado que los almanaques también contenían predicciones políticas y podían inducir al pueblo a hacerlas realidad. No había demasiada diferencia entre profetizar el fnal violento de un reinado y exhortar a la revuelta; de hecho, las sublevaciones contra Enrique VII se inspiraron en esa clase de predicciones divulgadas en almanaques. Algunos astrólogos del siglo xv fueron ejecutados en Inglaterra, acusados de alta traición, ya



 

 

 

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que predijeron la muerte del rey y, de ese modo, activaron los preparativos para la sucesión. El parlamento inglés prohibió este tipo de vaticinios en 1581.

 

Pero ni siquiera los pronósticos meteorológicos admitidos por la Iglesia eran inofensivos. En su Histoire de l’avenir, Georges Minois menciona a un aristócrata de Northampton que en 1583 reconoció con claridad la relación entre los augurios de malas cosechas y las hambrunas que efectivamente se produjeron: al retener el grano, los campesinos ocasionaron un aumento de los precios. El aumento de la demanda por miedo a una hambruna provocó una subida desorbitada de los precios, que ya nadie podía pagar, lo que acarreó una hambruna, pese a que los graneros estaban llenos. Para impedir esa clase de especulaciones en lo sucesivo, el rey Jacobo I de Inglaterra decidió no seguir confando el control de los almanaques exclusivamente a los obispos y en 1603 impuso la pena capital no solo a los adivinos, sino también a los impresores y los libreros que editaran o vendieran almanaques que no hubieran sido examinados por jueces laicos. En Francia, hacía tiempo que existía esta censura; en 1579 Enrique#160;III prohibió explícitamente las profecías sobre la muerte de un soberano, como también sobre asuntos privados y estatales en general. Si bien es cierto que de esta manera los almanaques se volvieron más aburridos, la creencia en la astrología no se vio en absoluto alterada. Según Minois, en el Londres del siglo xvii había más de doscientos adivinos en activo, y cuatrocientos en 1660 solo en París. Las reiteradas prohibiciones y la amenaza de la excomunión no tuvieron el menor efecto en la clientela.

 

 

 

 

 

Como se prohíbe a los autores de los almanaques hacer predicciones sobre la sociedad a corto y medio plazo, en el siglo xviii se produce un auge de la utopía, ese género literario que,



 

 

 

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catapultándose fuera de la realidad de su tiempo, traslada al lector a un mundo en el que todo es distinto y, con ello, mucho mejor… ¿o no? La utopía de mayor éxito del siglo fue la novela Año dos mil cuatrocientos cuarenta, de Louis-Sébastien Mercier, publicada en 1772 y prohibida de inmediato, dando lugar a docenas de reediciones con lugares de impresión falsos y a innumerables imitaciones anónimas y plagios. El motivo de la prohibición era la opinión que sobre Luis XIV se tenía en el siglo xv, en que se juzgaba al monarca por su verdadero papel en la historia, el del responsable del hundimiento de Francia en el siglo xvii. En la novela, una revolución ha derrocado la monarquía, la Bastilla está destruida y en su lugar se ha erigido un templo en honor a la diosa de la clemencia. Curiosamente, todavía existe la nobleza hereditaria, pero ya no tiene ninguno de los privilegios que Mercier critica severamente como pecados del pasado.

 

La novela nos lleva a un París en el que impera el orden. La ciudad está meticulosamente limpia; hasta los callejones más oscuros y los rincones más escondidos están iluminados por las noches; los malhechores y los ladrones no han tenido más remedio que marcharse. Los viandantes pueden cruzar las calles tranquilamente, pues los cocheros tienen la cortesía de detenerse. Los tratantes en vinos se han visto obligados a trasladarse, puesto que el parisino ya solo bebe agua, y los editores de obras pornográfcas cayeron hace tiempo en la bancarrota: los ciudadanos solo piden libros que eleven su moral. Al igual que en la Roma imperial, se encarga de mantener el orden un grupo heterogéneo formado por funcionarios censores y por vigilantes, espías e informadores privados. Los pensamientos negativos están proscritos, al igual que las enfermedades contagiosas; los individuos anómalos que incurren en ellos son sometidos a un programa de reeducación



 

 

 

 

 

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y, en caso de mostrar resistencia a la terapia, se los encierra de por vida en la prisión.

 

Las grandes bibliotecas ya no existen. Se quemó todo cuanto recordaba el pasado y apenas un pequeño grupúsculo mantiene vivo el recuerdo de la antigua tiranía absolutista. El gran fuego ha reducido toda la literatura a un número exiguo de obras morales que caben en cuatro estanterías.

 

El lector actual entiende la novela de Mercier como una utopía negativa. No era esa la intención de su autor ni tampoco entonces se entendió así. Para el súbdito de la época del absolutismo, el problema de la libertad individual era mucho menos importante que la necesidad de seguridad personal y social. El terror de la virtud, la vigilancia y la censura permanentes, la erradicación de la memoria cultural mediante la destrucción de las bibliotecas y la manipulación del pensamiento…, todos estos mecanismos de orden del Estado futuro, que desde Mercier son ingredientes constitutivos de las utopías, no los hemos entendido como una advertencia ante los excesos dictatoriales hasta que se ha intentado llevarlos a la práctica.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL FUEGO Y LAS LLAMAS I

 

 

 

La lectura de malas novelas ha sorbido los sesos del pobre Don Quijote, que se cree un caballero andante y en su delirio no comete más que disparates. Para librarlo de sus quimeras, pues, es necesario purgar su librería de los ejemplares perniciosos. Quien tuvo la brillante idea fue la preocupada sobrina del hidalgo, y, con la experta ayuda del cura, del barbero Nicolás y del ama, en el capítulo sexto se juzgan «los libros autores del daño».

 

El licenciado:

 

… mandó al barbero que le fuesen dando de aquellos libros uno a uno, para ver de qué trataban, pues podía ser hallar algunos que no mereciesen castigo de fuego.

—No —dijo la Sobrina—, no hay para qué perdonar a ninguno, porque todos han sido los dañadores: mejor será arrojallos por las ventanas al patio y hacer un rimero dellos y pegarles fuego; y, si no, llevarlos al corral, y allí se hará la hoguera, y no ofenderá el humo.

Lo mismo dijo el ama: tal era la gana que las dos tenían de la muerte de aquellos inocentes; mas el cura no vino en ello sin primero leer siquiera los títulos. Y el primero que maese Nicolás le dio en las manos fue Los cuatro de Amadís de Gaula, y dijo el cura:

—Parece cosa de misterio esta, porque, según he oído decir, este libro fue el primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han tomado principio y origen deste; y, así, me parece que, como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos sin escusa alguna condenar al fuego.

—No, señor —dijo el barbero—, que también he oído decir que es el mejor de todos los libros que deste género se han compuesto; y así, como a único en su arte, se debe perdonar.

—Así es verdad —dijo el cura—, y por esa razón se le otorga la vida por ahora […].[7]



 

 

 

 

 

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El Amadís vuelve a aparecer en una novela breve de Gabriel García Márquez, Del amor y otros demonios, en la que el cura Delaura examina la biblioteca del médico agnóstico Abrenuncio:

 

 

Era una antigua edición sevillana de los cuatro libros del Amadís de Gaula. Delaura lo revisó, trémulo, y se dio cuenta de que estaba a punto de ser insalvable.

Al fn se atrevió:

 

—¿Sabe que este es un libro prohibido?

 

—Como las mejores novelas de estos siglos —dijo Abrenuncio—. Y en lugar de ellas ya no se imprimen sino tratados para hombres doctos. ¿Qué leerían los pobres de hoy si no leyeran a escondidas las novelas de caballería?

 

Nos encontramos en el siglo xviii, cuando la Iglesia quería prohibir al pueblo la lectura de novelas en general. El sacerdote de García Márquez tiene un mal fnal: una vez contagiado por el Amadís está perdido para la Iglesia, y se entrega a los demonios de la duda y al amor terrenal. En realidad, piensa que debería haber denunciado al médico por tener un libro prohibido y no haberlo notifcado, pero ya es demasiado tarde para eso.

 

Pero volvamos a la gran purga que tiene lugar en casa de Don Quijote:

 

—Es —dijo el barbero— Las sergas de Esplandián, hijo legítimo de Amadís de Gaula.

—Pues en verdad —dijo el cura— que no le ha de valer al hijo la bondad del padre. Tomad, señora ama, abrid esa ventana y echadle al corral, y dé principio al montón de la hoguera que se ha de hacer.

Hízolo así el ama con mucho contento, y el bueno de Esplandián fue volando al corral, esperando con toda paciencia el fuego que le amenazaba.

—Adelante —dijo el cura.

 

—Este que viene —dijo el barbero— es Amadís de Grecia, y aún todos los deste lado, a lo que creo, son del mesmo linaje de Amadís.

—Pues vayan todos al corral —dijo el cura—, que a trueco de quemar a la reina Pintiquiniestra, y al pastor Darinel, y a sus églogas, y a las endiabladas y revueltas razones de su autor, quemaré con ellos al padre que me engendró, si anduviera en fgura de caballero andante.

—De ese parecer soy yo —dijo el barbero.

 

—Y aún yo —añadió la sobrina.



 

 

 

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—Pues así es —dijo el ama—, vengan, y al corral con ellos.

 

Diéronselos, que eran muchos, y ella ahorró la escalera y dio con ellos por la ventana abajo.

—¿Quién es ese tonel? —dijo el cura.

 

—Este es —respondió el barbero— Don Olivante de Laura.

 

—El autor de ese libro —dijo el cura— fue el mesmo que compuso a Jardín de fores, y en verdad que no sepa determinar cuál de los dos libros es más verdadero o, por decir mejor, menos mentiroso; solo sé decir que este irá al corral, por disparatado y arrogante.

 

Sigue así animadamente el escrutinio de la biblioteca. Después de que las novelas de caballería hayan sufrido la condena del cura, les llega el turno a los tomos de poesía. El cura los considera menos perniciosos, pero la sobrina le pide permiso para quemarlos también: si su tío dejara de creerse un caballero, podría ocurrir que al leer la lírica pastoril entrase en deseos de ser pastor, tocar la fauta o incluso escribir poesía, lo que, como es sabido, también es una enfermedad contagiosa. Así lo entiende el cura y recomienda arrancar las páginas peligrosas y quemarlas.

 

Encuentra después el barbero una Galatea de Miguel de Cervantes, de quien dice el cura que es un gran amigo suyo y sabe que «es más versado en desdichas que en versos». Había que tener paciencia con él y no juzgarlo con precipitación. Tras indultar otros tres volúmenes escritos en lengua castellana, se le quitan las ganas de ver más libros y manda quemar a bulto los restantes. Y así se hace:

 

Aquella noche quemó y abrasó el ama cuantos libros había en el corral y en toda la casa, y tales debieron de arder que merecían guardarse en perpetuos archivos; mas no lo permitió su suerte y la pereza del escrutiñador, y así se cumplió el refrán en ellos de que pagan a las veces justos por pecadores.

 

Al someter los libros a este proceso judicial, Cervantes no solo se muestra como crítico literario temprano, sino que aprovecha para parodiar la práctica habitual de la Inquisición. Con lo deslucido y caprichoso de la quema de los libros de Don Quijote,



 

 

 

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se burla de la solemnidad y el ritualismo de los verdaderos autos de fe. Y la segunda salida de Don Quijote, en absoluto curado, muestra cuán inefcaz fue este expediente. Como escribe Goethe en sus memorias (Poesía y verdad 1, 4):

 

Tal vez valga la pena recordar que también presencié la quema de un libro. Había algo verdaderamente terrible en ver la ejecución de un castigo en un ser inanimado. Los fardos estallaban bajo las llamas y los libros que los componían eran separados mediante atizadores para que ardieran antes. No faltó mucho para que las hojas chamuscadas volasen por los aires y la multitud las atrapara ávidamente al vuelo. Tampoco nosotros descansamos hasta hacernos con un ejemplar y no fueron pocos los que también supieron proveerse de aquel placer prohibido. Es más, si lo importante para el autor hubiera sido la publicidad, él mismo no habría podido darse ninguna mejor[8].

 

El autor de aquel libro era un loco religioso que llamaba a la cruzada contra los que pensaban de manera distinta, por lo que a los ojos de la autoridad era sospechoso de atizar disturbios públicos. Estuvo en prisión, pero al poco tiempo volvieron a ponerlo en libertad. Los impresores y los tipógrafos habían huido. Se llegaron a confscar varios cientos de ejemplares de panfetos religiosos. La solemne quema de los fardos tuvo lugar el 18 de noviembre de 1758 en el Römer de Fráncfort. Goethe, por tanto, todavía era un niño cuando presenció el acontecimiento y es evidente que le causó una honda impresión.

 

Al dictar sus memorias, décadas después, tuvo un fallo de memoria perfectamente comprensible y excusable, al hablar de una «novela cómica francesa» de la que no hay constancia en las actas de la Comisión Imperial de libros. En los comentarios de las ediciones de las obras de Goethe se mencionan dos libros franceses quemados en 1766, pero en ambos casos la ejecución afectó a un solo ejemplar; por lo tanto, no hubo fardos. Fue un acto simbólico contra la importación de esta literatura escandalosa. A la sazón, Goethe ya estudiaba en Leipzig, de modo que a lo sumo debió de tener noticia del suceso por medio



 

 

 

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de cartas. Posteriormente, fundiría en su recuerdo los dos acontecimientos. No es nada infrecuente que la memoria nos haga esas jugadas.

 

Tal vez hoy pueda parecemos absurda la pomposa ceremonia ofcial desplegada en esas ocasiones, sobre todo porque se dedicaba a objetos relativamente triviales. No obstante, la ceremonia era exactamente la misma en todos los casos, independientemente de lo que se lanzara a las llamas: una octavilla, un libro o cientos de ejemplares embalados en fardos.

 

Cuando la autoridad dictaba la prohibición y la quema de un escrito impreso, la orden de ejecución se anunciaba en una plaza pública con redoble de tambores y era leída por un juez. En la época de la Inquisición, acto seguido se colgaba la sentencia en las puertas de todas las iglesias del país. Una vez leída la sentencia en voz alta, se entregaba el objeto en cuestión al verdugo, que lo transportaba con solemnidad hasta el lugar de la ejecución. Cuando había que quemar grandes cantidades de libros, se recurría a la ayuda de un mulo adornado con un manto con unas llamas pintadas. Las cajas de libros que cargaba el animal lucían las mismas llamas. Al son de timbales y trompetas, la comitiva se dirigía al lugar de la ejecución, que en el siglo xviii era siempre la plaza mayor.

 

En Viena era la plaza del Mercado Nuevo; en Fráncfort, el Römer; en Bruselas, la Grand Place; en Londres, la plaza de la Bolsa o la del palacio de Westminster. Anteriormente, los escritos solían quemarse en los desolladeros, pero en el siglo

 

xviii         se trató de dar a esas ceremonias ofciales la mayor publicidad posible, a fn de aumentar su efecto disuasorio. La hora elegida es reveladora: las quemas no tenían lugar al amanecer, sino bien entrada la mañana, en pleno horario comercial.



 

 

 

 

 

 

 

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«Ejecución de un libro» desde la perspectiva de un contemporáneo desconocido. Grabado francés del siglo xviii.



 

 

 

 

 

 

 

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Conocemos los pormenores de la quema de libros presenciada por Goethe el 18 de noviembre de 1758 gracias a que disponemos del acta ofcial redactada por un notario con la asistencia de dos testigos. Tras el redoble de seis tambores del regimiento, cuatro jueces laicos vistiendo capas rojas anunciaron al alcalde que los libros estaban listos para la quema, en el centro del círculo formado por sesenta soldados. Dieciséis mosqueteros protegían la fuente de delante del Ayuntamiento, para «prevenir cualquier desgracia y toda clase de desórdenes». El alcalde, con todo boato, apareció ante la puerta del Ayuntamiento, en la abertura del círculo, para supervisar el procedimiento. Volvieron a sonar los tambores, el juez supremo leyó la sentencia en voz alta y ordenó la quema al juez subordinado, el cual, tras avanzar hasta el centro del círculo, ordenó que se encendiera la hoguera y que cuatro lacayos despedazaran y echaran al fuego los escritos condenados; «ante la vista del gran número de personas allí reunidas», los libros «quedaron reducidos a cenizas». Ni que decir tiene que en el acta no se menciona un detalle que conocemos por Goethe, a saber, la curiosidad que despertaban en el público las páginas arremolinándose en el fuego. Por lo demás, pese a la intimidante presencia de los militares, estas acciones no siempre discurrían sin incidentes. En 1763, la cámara baja del Reino Unido declaró ilegal una edición de la revista Te North Briton (del periodista democrático John Wilkes) porque contenía una crítica contra el gobierno, y pretendía quemarla públicamente. Sin embargo, no bien el verdugo hubo prendido fuego a la revista, alguien del público le arrebató la antorcha y lo hicieron huir a palos. Cuando los soldados de la guardia quisieron intervenir, también fueron apaleados y tuvieron que soportar que les lanzaran inmundicias, mientras la multitud gritaba triunfante: «¡Viva Wilkes y nuestra libertad!». En 1521 ocurrió un contratiempo



 

 

 

 

 

 

 

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parecido cuando un enviado papal pretendió quemar las obras de Lutero en Toruń y los ciudadanos echaron al nuncio y al obispo a pedradas. Sus adeptos encontraron un hábil medio para proteger los escritos del reformador y lo repetían una y otra vez: endosaban al ignorante verdugo códices latinos o pliegos de maculatura, y así salvaban los valiosos originales. Como los odiados volúmenes de los afrancesados no estaban al alcance de sus bolsillos, los estudiantes nacionalistas que se reunieron en 1817 ante el castillo de Wartburg no quemaron las obras de August von Kotzebue y otros, como puede leerse a menudo, sino que lanzaron a las llamas papel viejo mientras iban gritando los nombres de los supuestos enemigos de la libertad. Por supuesto, lo que más les habría gustado es quemar a Napoleón en persona, del mismo modo que en 1520, en Wittenberg, Lutero tuvo que conformarse con quemar la bula de excomunión, pero dijo: «Lo más necesario sería que ardiera el Papa junto con todas sus doctrinas y horrores».

 

Con esas destrucciones de libros, la autoridad aspiraba a borrar del mapa los escritos prohibidos, para que no encontraran ni un solo lector. Si se los eliminaba, nadie se interesaría ni se acordaría de ellos; con la destrucción de su existencia material, sus contenidos también se borrarían de la memoria para siempre. Con esta misma convicción, tres mil años antes de Jesucristo los faraones egipcios mandaron borrar a golpe de cincel los nombres de sus antecesores inscritos en los obeliscos, si bien los huecos resultaban aún más llamativos.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Ejecución de un libro en Inglaterra, 1661.

 

Con la pompa fastuosa de las acciones de destrucción se pretendía demostrar al público que el Estado no solo podía decretar una prohibición con todo su poder, sino también ejecutarla. La creencia en su efecto intimidatorio era tan grande que se procuraba que un público lo más numeroso posible supiera por qué se quemaba el libro en cuestión. Seguro que estos anuncios públicos hicieron reparar a más de uno en autores prohibidos cuyo nombre no había oído nunca. La curiosidad y la fascinación por lo prohibido siempre han burlado todas las medidas disuasorias. Según Tácito:

 

Mientras era peligroso poseer libros prohibidos, el público los buscaba. Cuando se levantaron las prohibiciones, cayeron rápidamente en el olvido.

 

Esta antigua muestra de sabiduría no tuvo la menor repercusión en la práctica de las prohibiciones de libros. Las autoridades consideraban liquidado el problema con la



 

 

 

 

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ejecución del procedimiento jurídico, pero lo cierto es que las llamas de las hogueras sacaron a la luz más de un libro que de otro modo habría permanecido en la oscuridad. Según se cuenta, Voltaire comparó sus obras con castañas que se vendían tanto mejor cuanto más se asaban. Esta clase de promoción también la tenía presente el joven Schiller, que hizo proponer a uno de sus bandidos (I, 2):

 

Podríamos dar en los morros a los cuatro evangelistas, lograr que el verdugo queme nuestro libro, y nos lo quitarán de las manos.

 

En efecto, en la época de la Ilustración los escritos críticos con la religión eran especialmente codiciados, tanto por los perseguidores como por el público interesado. En su Tableau de Paris, Louis-Sébastien Mercier comenta que los coleccionistas sobornaban a los verdugos para que no arrojasen a la hoguera los libros condenados:

 

Puesto que entonces los miembros del Parlamento no obtendrían los ejemplares que desean colocar en sus bibliotecas privadas. Por eso, el verdugo quema en su lugar viejas biblias y viejas actas procesales.

 

Lo más interesante de este comentario radica en que eran precisamente los miembros del Parlamento quienes habían decretado la prohibición.

 

 

 

Las bibliotecas son lugares ideales para ocultar libros. En el centro de la misteriosa abadía benedictina de El nombre de la rosa, la novela de Umberto Eco, se encuentra un lugar así. En los fondos de la biblioteca de este monasterio hay una gran cantidad de rarezas pertenecientes a todos los ámbitos del saber, valiosas copias de autores de la Antigüedad poco conocidos y de la Edad Media árabe, y, como colofón, la única copia del texto griego de la segunda parte de la Poética de



 

 

 

 

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Aristóteles, el tan célebre como ignoto tratado sobre la comedia y la risa. Aunque existe un catálogo, solo el bibliotecario puede interpretarlo; como se dice en la novela, solo él sabe, «por la colocación del volumen, por su grado de accesibilidad, qué tipo de secretos, de verdades o de mentiras encierra cada libro[9]». Este conocimiento está vedado a los hermanos del monasterio, a los que ni siquiera se permite entrar en la biblioteca. Así pues, el bibliotecario es el único que domina el inmenso fondo y es quien decide, como un censor, qué libros se pueden prestar. Además, como los monjes no conocen el fondo, tampoco pueden pedir determinados libros.

 

Como es lógico, no se permite la lectura de las obras que «contienen mentiras», o sea, los escritos sobre magia negra, profecías y demonomancia. Tampoco pueden leerse los textos de los «infeles»: la Cábala de los judíos, las obras de autores árabes y de la Antigüedad. La biblioteca es ciertamente un refugio del saber, pero en modo alguno un instrumento para transmitir el conocimiento. Su sentido y su objeto no van más allá de la recopilación y la preservación.

 

Todo aquello que comenta e ilumina la escritura debe ser conservado, porque extiende la gloria de las Sagradas Escrituras; todo aquello que contradice lo que ellas afrman no debe ser destruido, porque solo si se lo conserva es posible contradecirlo a su vez por obra del que sea capaz, y haya recibido la misión de hacerlo del modo y en el momento que el Señor disponga[10].

 

Como la curiosidad es un pecado que se castiga con el purgatorio, la biblioteca no debe servir para satisfacer el pernicioso afán de conocimiento, sino que tiene la elevada misión de proteger por medio de prohibiciones al lector potencial de las tentaciones de los libros.

 

Umberto Eco ha plasmado aquí con mucha precisión un aspecto histórico del pensamiento cristiano. Su novela, plena de alusiones, ha sido un reclamo para los descifradores, pero estos han seguido unas pistas demasiado obvias y han querido



 

 

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ver en la biblioteca del monasterio un refejo de la imaginaria «Biblioteca de Babel» de Borges. Esta supuesta identifcación supone un agravio para el historiador Eco que podría haberse evitado con un conocimiento más profundo de la historia de las bibliotecas. A principios del siglo vii el obispo Isidoro de Sevilla poseía una extensa colección de libros que abarcaba tanto escritos cristianos como obras seculares de la Antigüedad pagana. Conocemos este fondo porque, al igual que el bibliotecario de la novela de Eco, Isidoro dejó inscripciones en las paredes y los anaqueles. Y desde luego prohibió a sus monjes hacer uso de la biblioteca. Isidoro era un coleccionista casi maníaco del saber universal e imperaba sobre sus colecciones cual soberano único. De ellas extrajo por destilación el compendio Etimologías, en el que intentaba comprender todas las cosas del mundo a partir de sus designaciones, empeño que hoy nos parece sin duda extravagante. En esta obra no solo trataba temas cristianos; con igual derecho abordaba también la biología y la botánica, la astronomía, la construcción naval, la arquitectura y muchos otros saberes. Las Etimologías fueron una obra fundamental de la alta Edad Media, pero —y eso es lo decisivo— Isidoro no hizo ninguna sugerencia ni dejó ningún comentario crítico, pues el conocimiento que recopilaba era un acto de Dios, completo en el momento de la creación del mundo, al que no cabía añadir ni una coma.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El Espíritu Santo como incinerador de libros. Del Index de 1771.

 

Este punto de vista tiene consecuencias. Si el deber de los eruditos cristianos era comprender las verdades de la



 

 

 

 

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revelación, esto signifcaba el abandono del pensamiento crítico en todos los ámbitos. San Pablo aseguraba que el Espíritu Santo se había servido de él y de los demás apóstoles como medio para anunciar las verdades defnitivas, por lo que los flósofos se volvieron superfuos y los naturalistas se quedaron sin trabajo. Las obras de Aristóteles y Platón desaparecieron, al igual que muchas obras matemáticas y médicas que solo se conservaron en las traducciones árabes. En el año 529, el emperador cristiano Justiniano mandó clausurar la Academia de Atenas, al considerar que las disputas flosófcas eran germen de herejías. El conocimiento empírico de Hipócrates cayó en el descrédito: puesto que Dios creó al hombre, las enfermedades no podían ser procesos causales; eran castigos de Dios que a lo sumo se intentaban aliviar con la lectura del Evangelio. San Juan Crisóstomo rogó a Dios que liberara al espíritu humano del saber mundano, para que se volviera puro y pudiera recibir su palabra. En apoyo de tan piadoso deseo se prohibieron y se quemaron libros a gran escala. Las campañas de destrucción del emperador Flavio Valente provocaron un pánico masivo en el siglo iv: por miedo a terminar ellos mismos en la hoguera, los propietarios de libros se apresuraron a lanzarlos al fuego por su cuenta. En el año 391, el obispo Teóflo de Alejandría mandó saquear la biblioteca del templo de Serapis; tal como escribió el historiador Edward Gibbon, la impresión que casi veinte años después causaban los anaqueles vacíos despertaba «lamentos e indignación en todos aquellos visitantes que aún no tuvieran el espíritu totalmente ofuscado por los prejuicios religiosos». A mediados del siglo iv ya no existía ninguna de las veintinueve bibliotecas de Roma, lo que signifca que prácticamente ya no había libros en la ciudad. Se habían cerrado las escuelas clásicas, solo quedaban la de Constantinopla y la de Alejandría. Los eruditos se retiraron a Mesopotamia, la lengua griega cayó



 

 

 

 

 

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en el olvido. El saber de Occidente estaba en manos de los árabes.

 

 

 

 

 

En la historia de la quema de libros ocupa un lugar destacado la destrucción de la biblioteca de Alejandría. No nos referimos a la parte del templo de Serapis, sino a los fondos restantes del Museo. Durante siglos, numerosos autores contaron la siguiente anécdota: a fnales del año 642, cuando Alejandría fue conquistada por los árabes, el bibliotecario del Museo pidió al general victorioso que no destruyera los libros. Este transmitió la petición al califa y obtuvo la siguiente respuesta:

 

Si esos libros de los griegos coinciden con el Corán, son superfuos y no es preciso conservarlos. Si diferen del Corán, son perjudiciales y deben ser destruidos.

 

Entonces, el general mandó reunir los pergaminos y distribuirlos por los baños de la ciudad para que sirvieran en ellos de combustible. Eran tantos que calentaron las cuatro mil termas de Alejandría durante medio año.

 

Para calibrar la importancia de esta ciudad como centro del saber, basta recordar algunos de sus sabios y las obras que compusieron allí. Euclides defnió el saber matemático de su tiempo con tal exactitud que sus teoremas se siguen estudiando en la escuela: «Un punto es lo que no tiene partes». Partiendo del punto, creó un sistema geométrico que se ha mantenido vigente más de dos mil años. El polímata Eratóstenes estableció una cronología científca y creó los fundamentos del calendario que posteriormente introduciría Julio César; ideó una fórmula matemática para el cálculo de los números primos y, como geógrafo, explicó que se podía llegar a las Indias zarpando desde España en dirección al oeste. Su medición de la circunferencia de la Tierra solo difere en 125 kilómetros de la



 

 

 

 

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cifra aceptada actualmente por la ciencia. Ptolomeo desarrolló la trigonometría en una obra que los griegos llamaron Megiste (la más grande) pero que posteriormente se conocería por el nombre de la traducción árabe, Almagesto, con el artículo al antepuesto. Ptolomeo extrapoló los cálculos trigonométricos a las órbitas de los astros: su obra registra más de mil estrellas en cuarenta y ocho constelaciones que giran alrededor de la Tierra. Doscientos años después, el obispo de Milán dijo que estudiar los cuerpos celestes era una pérdida de tiempo, «pues ¿en qué favorece a nuestra redención?».

 

Aristarco expuso una cosmovisión heliocéntrica que la Iglesia combatió como la peor herejía, Ptolomeo dividió el mundo en grados de longitud y latitud, y Estrabón escribió la conocida Geografa de este mundo, cuyas leyes causales estudió el sabio más famoso de Alejandría, Arquímedes.

 

Alejandro Magno fundó esta ciudad en el año 331 a. C. con el fn de unir el rico Egipto al mundo griego en una metrópolis del poder y el espíritu. Al decidir la fundación de Alejandría, Alejandro también dispuso la construcción de una biblioteca que debía consagrarse a las musas; de ahí su nombre: Museo. Sin embargo, esta biblioteca no era como los archivos que ya había en Babilonia, Pérgamo y Efeso, sino una institución moderna, comparable a las academias actuales. Había salas de lectura, varios teatros, jardines y viviendas para los investigadores invitados. El director del Museo se encargaba del incremento constante de los fondos. Era fama que en el siglo iii ya había más de 400 000 manuscritos misceláneos y 90 000 rollos de obras sueltas. La biblioteca flial que se instaló posteriormente en el templo de Serapis llegó a albergar otros 40 000 rollos. La noticia de la destrucción deliberada de esta institución, que hoy formaría parte esencial del patrimonio de la humanidad, hubo de cubrir de oprobio a los incendiarios. No obstante, ningún autor contemporáneo la menciona; tampoco



 

 

 

 

 

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merece ninguna consideración en la crónica de Eutiquio, patriarca de Alejandría (877-940). La razón es bien sencilla: tal destrucción de libros por parte de los conquistadores árabes nunca sucedió. Es la invención de un historiador llamado Abdulfarad, del siglo xiii, que se convirtió del Islam al cristianismo. La causa histórica la encontramos en una controversia de la época: el flósofo andalusí Ibn Rushd (latinizado como Averroes) había publicado una serie de comentarios sobre Aristóteles que se conocieron en la Europa del siglo xiii a través de traducciones latinas. No obstante, como las teorías de Aristóteles contradecían los dogmas eclesiásticos, se prohibieron todos los escritos de Averroes, en particular Sobre la armonía entre religión y flosofa. En esta obra, que actualmente vuelve a ser muy discutida en sectores islámicos, Averroes sostenía la tesis de que, si bien la revelación divina tenía sentido para el común de los creyentes, el hombre instruido solo podía alcanzar la verdad mediante los argumentos y las pruebas de la razón. Decía explícitamente que la ley religiosa siempre había recomendado «la refexión sobre las cosas existentes» (esto es, lo que designa el concepto flosofa) y lo demostraba con un verso del Corán: «Refexionad sobre ello, ¡oh, sensatos!» (Corán 59, 2). Esta tesis, que aceptaron y difundieron sobre todo ciertos teólogos franceses de la época, no era aceptable para el pensamiento cristiano y la Iglesia persiguió a los adeptos de Averroes como herejes. Así pues, con su episodio fcticio sobre la destrucción de los tesoros bibliográfcos de Alejandría perpetrada en nombre de Alá, el converso Abdulfarad contradecía de forma enérgica la propuesta de mediación de Averroes, pues demostraba que la ley religiosa islámica era tan intolerante como la cristiana. En efecto, en sus quemas de libros la Iglesia invocaba los Hechos de los Apóstoles (19, 19), donde aparece el episodio de los libros que se quemaron en Éfeso después de que, según se cuenta, sus



 

 

 

 

 

 

 

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propietarios los entregaran libremente. También para Lutero este pasaje bíblico legitimaba la «antigua costumbre de quemar libros perniciosos, envenenados». Los grabados de las primeras portadas del Index Librorum Prohibitorum representan el suceso de Éfeso y en 1940 el papa Pío XII todavía se refrió a ese episodio para justifcar las prohibiciones de libros de la Iglesia.

 

La verdad histórica sobre el destino de los libros de Alejandría no se elucidó hasta el siglo xix, cuando Leopold von Ranke demostró que la famosa anécdota era un mito político. En el 642, año de la supuesta destrucción, ya no quedaban libros en la biblioteca; en el año 415, por orden del obispo Cirilo, un grupo de fanáticos cristianos los había quemado junto a la matemática Hipatia. Esta acción espontánea organizada se dirigía contra las «herejías paganas» y contra los herejes y signifcó el fn de la célebre metrópolis del saber.

 

Mientras que en los siglos vi y vii se mandaba quemar los escritos heréticos, procedimiento especialmente utilizado por los emperadores bizantinos, cien años más tarde en Roma se tuvo otra idea: en el año 745, el Papa y el concilio condenaron algunos escritos a ser guardados en el archivo papal de forma inaccesible, «para el repudio y la vergüenza perdurable» de sus autores. A fnales del siglo xii se declaró en Bizancio que el método de esconder todos los ejemplares disponibles de los libros prohibidos en salas inaccesibles de bibliotecas era tan efcaz como la quema.

 

 

 

 

 

Con la censura, la ocultación y la destrucción de todos los libros cuyo contenido no coincidiera con los dogmas cristianos, la Iglesia seguía un plan muy consciente: provocar una decadencia intelectual que hiciera posible el auge del clero y cimentara su poder. Ni siquiera la lectura autónoma de la Biblia se veía con buenos ojos, por cuanto podía inducir a la refexión



 

 

 

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personal. A fnales del siglo xii, en la diócesis de Metz circulaban traducciones francesas de la Biblia que podían leer los legos que no sabían latín, personas que luego discutían sobre lo que habían leído. Cuando los sacerdotes prohibieron esas versiones, se les preguntó la causa de semejante medida, pero no pudieron dar una respuesta plausible y no les quedó más remedio que encajar las burlas. Acto seguido, se dirigieron al papa Inocencio III, quien les proporcionó un motivo: la Biblia decía bien claro que no se podían arrojar perlas a los cerdos, así que había que prohibir la lectura autónoma de la Biblia y la interpretación de los legos. Al mismo tiempo, el Papa prohibió también toda crítica contra los sacerdotes. Este decreto del año 1188 ofcialmente tuvo vigencia en la Iglesia católica hasta 1917… y todavía la tiene en la mente de algunos de sus representantes.

 

Los papas y los obispos posteriores profundizaron esta condena y en el Sínodo de Toulouse de 1229, en el que también se fundó la Inquisición, se prohibió a los profanos la posesión del Antiguo o del Nuevo Testamento en cualquier idioma. Solo se autorizaron los devocionarios, esto es, los breviarios o libros de horas. Igualmente estricta era la interdicción de las conversaciones públicas o privadas sobre cuestiones de fe. Con estas disposiciones, que fueron renovadas constantemente, la Iglesia ofcial se aseguraba el monopolio de la doctrina. A partir de ese momento, todo aquel que poseía una Biblia sin pertenecer al clero era sospechoso de herejía y perseguido por la Inquisición.

 

El intento de conciliación del flósofo Averroes no solo fue infructuoso en el mundo cristiano, sino también en el islámico: a fnales del siglo xii también allí se prohibieron y se quemaron sus escritos, idéntico destino al que ya habían tenido en la Córdoba andalusí las obras del reformador religioso al-Ghazālī.

 

La obra de referencia de Hermann Rafetseder, en la que se documenta la historia de las quemas de libros, muestra que



 

 

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cada vez fueron más frecuentes las acciones tanto contra libros como contra personas. En París, el 14 de julio de 1372 se quemaron los libros y escritos de la Sociedad de los Pobres, tachada de herética. Al día siguiente, Jeanne Daubenton, la predicadora de la secta, era entregada a las llamas frente a la Porte Saint-Honoré. Pocos de esos casos son hoy tan conocidos como los de Jan Hus y su modelo espiritual, John Wyclif.

 

Wyclif, teólogo inglés que enseñaba en Oxford, era un hombre intelectualmente independiente que no se dejaba impresionar por las prohibiciones sinodales. La costumbre de los obispos de embolsarse pingües comisiones por la adjudicación de puestos eclesiásticos inspiraba frecuentes protestas. Cuando Wyclif expuso esa crítica ante el nuncio papal, el pontífce reaccionó con una acusación contra el prominente teólogo, la cual no tuvo el menor efecto. En lo sucesivo, el inglés no solo arremetió contra la infuencia política del clero, sino que además criticó abiertamente la veneración de los santos y las reliquias, el celibato y, en particular, la transubstanciación del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, dogma fundamental de la Iglesia y punto culminante de la misa. En 1381 fue destituido de su actividad docente en Oxford a causa de sus tesis heréticas; no obstante, Wyclif conservó su cargo de pastor e instruyó a sacerdotes itinerantes que difundieron sus ideas entre el pueblo. Antes de su muerte, en 1384, también culminó su traducción de la Biblia al inglés. El rigor con que la Iglesia persiguió a sus adeptos no logró impedir la difusión de las ideas reformistas. Jan Hus, capellán de la corte de Praga, se refería constantemente a Wyclif en sus sermones, con lo que se granjeó el odio del arzobispo, que en 1410 mandó quemar los escritos de Wyclif e hizo que el Papa dictara una bula de excomunión contra Hus. Este defendió su postura en varios escritos y en 1414 aceptó acudir al Concilio de Constanza con la garantía de un



 

 

 

 

 

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salvoconducto, pues creía poder convencer a los obispos de la validez de las ideas reformistas. Sin embargo, el concilio declaró a Wyclif hereje y, faltando a todas sus promesas, envió a Hus a la hoguera. También se acordó quemar de forma póstuma los huesos de Wyclif, cosa que se hizo en 1428. De camino a su ejecución, Hus todavía hubo de ver cómo se quemaban sus libros de forma pública y solemne, en presencia de la alta clerecía.

 



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El reformador checo Jan Hus (1369-1415) fue quemado por hereje. Grabado de Bernard Picart, siglo xviii.



 

 

 

 

 

 

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Con el comienzo de la era de la impresión a la Iglesia le resulta cada vez más difcil reprimir las voces críticas. La exigencia de las bulas papales de 1487 y 1501 de «erradicar» los libros que no se atengan a la fe verdadera es un deseo irrealizable, ya que ahora se publican libros en todas partes y el clero se ve pronto superado. Por eso, la bula del papa León X del año 1515 ordena la quema de todos los escritos publicados sin permiso eclesiástico. Haciendo caso omiso del nulo éxito de sus edictos, cinco años más tarde León X renueva esta disposición, concediendo especial atención a los escritos de Martín Lutero, y encarga a los nuncios papales Aleandro y Eck que ejecuten la orden de quemar esos libros «de forma pública y solemne», la cual en un principio solo fue acatada en ciudades hostiles a la Reforma como Lovaina, Lieja, Tréveris, Colonia y Maguncia.

 

En una carta del 1 de diciembre de 1520, Lutero tildaba las hogueras de «necedad infantil», lo que no fue óbice para que días después participara en una acción de signo contrario organizada por su amigo Melanchthon: mediante un aviso colgado en la iglesia parroquial de Wittenberg, Melanchthon exhortaba a todos los ciudadanos leales a la verdad del Evangelio a congregarse junto a la capilla de la Santa Cruz, el lugar de ejecución ofcial ante la ciudad, donde se quemarían «a la antigua y apostólica usanza los impíos decretos papales y libros de teología escolástica». Este «espectáculo piadoso y religioso» lo justifcaba Melanchthon con la quema de los libros de Lutero: ojo por ojo, libro por libro. Por desgracia, ignoramos en qué medida respondieron a la convocatoria las gentes de la ciudad; solo sabemos con certeza que se quemaron escritos de adversarios de Lutero y que el propio Lutero arrojó al fuego la bula papal, supuestamente con estas palabras: «¡Por cuanto has turbado al Santo del Señor, el fuego eterno te turbe y



 

 

 

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consuma!». Ese mismo año Lutero publicó una justifcación de su acción, en la que se refería, como Melanchthon, a la quema de libros de Efeso mencionada en los Hechos de los Apóstoles.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Quema de los escritos luteranos.

 

La quema pública de una bula papal trajo consigo inevitablemente más edictos y más hogueras. En la dieta de Worms de 1521 no solo se quemaron los escritos de Lutero, sino que él mismo fue quemado en efgie, lo mismo que ocurrió en Roma, Londres y París; en Múnich no sucedió lo propio hasta alrededor de 1580. El rey Francisco I de Francia intentó acabar de un plumazo con el espectro de las nuevas ideas y en 1535 prohibió imprimir libros de cualquier clase, ordenó eliminar todas las prensas y moldes de plomo para la composición y amenazó a todos los impresores y editores con la pena de muerte; lo único que no prohibió fue la lectura.

 

En Ginebra, entre tanto, el fanático Calvino toma medidas igual de radicales: en 1546 se apalea públicamente a un autor y se quema su libro; en 1553, manda quemar al teólogo Miguel



 

 

 

 

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Servet junto con su obra. Hermann Rafetseder documenta, en el caso de Inglaterra, algunas exhumaciones de autores fallecidos tiempo atrás, cuyos restos se arrojaron a la hoguera junto con sus obras. Los castigos que sufrían en Inglaterra los autores caídos en desgracia eran sorprendentemente variables: abarcaban desde el cercenamiento de orejas hasta la amputación de la mano con que escribían; luego los miembros amputados se quemaban con los libros. En Austria, estos castigos draconianos solo se aplicaron al sectario bohemio Nicolaus Drabitius, cuyas profecías, visiones y consejos políticos, recogidos en su obra Lux in tenebris, constantemente reeditada, inquietaron a los gobernantes europeos desde mediados del siglo xvii. Estas visiones, que difundió su amigo Comenio y se actualizaban en cada nueva edición de la obra, señalaban la desmembración del imperio habsbúrgico y durante un tiempo contaron con el apoyo de Luis xiv. A la gravedad del delito correspondió la dureza de la condena: como Drabitius había cometido la peor ofensa contra el emperador y contra Dios (¡por este orden!), debía ser entregado al verdugo, que en una plaza pública le cortaría la blasfema mano derecha y la cabeza y después le arrancaría la lengua blasfema y la clavaría en la picota. Drabitius, un anciano de más de ochenta años a la sazón, vivía en Lednice, su pueblo natal de Bohemia, donde esperaba que se cumpliera una visión que en el año 1654 le indicó que moriría en paz a los ochenta y cuatro años, es decir en 1671 o 1672. Como el resto de sus profecías, esta tampoco se cumplió. La ejecución se llevó a cabo de la forma anunciada el 16 de julio de 1671; se quemaron el libro y el cadáver, y las cenizas se arrojaron al Danubio. A continuación, por orden del emperador Leopoldo I, se compraron todos los ejemplares de Lux in tenebris y se destruyeron sigilosamente. No obstante, sus visiones políticas fueron un tema de conversación durante los cien años siguientes. En el siglo xix Drabitius cayó en el olvido,



 

 

 

 

 

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mientras que su colaborador y cómplice Comenio experimentaba una sorprendente revaloración como renovador de la pedagogía y de la literatura checa, fama que perdura hasta hoy. Ciertamente, la historia siempre ha sido la historia de los vencedores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lutero contraataca quemando la bula papal.

 

 

 

 

 

Según decían sus contemporáneos, y probablemente también su propia propaganda, el jesuita bohemio Anton Konias actuó de «incendiario general», pues se contaba que lanzó personalmente a las llamas más de sesenta mil escritos heréticos. Lo que podría haber de cierto en esta leyenda, difundida en los sectores clericales para mayor gloria de Konias, es que el jesuita ordenara varias quemas públicas de libros y asistiera a ellas con gran pompa. No obstante, el examen riguroso de su actividad llevado a cabo por los historiadores del siglo xix arrojó un resultado inesperado: es

 

verdad que Konias mandó confscar —ilícitamente— libros en



 

 

 

 

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bibliotecas privadas y domicilios particulares, pero los restituía a sus propietarios una vez tachados con tinta los pasajes escandalosos. Lejos de ordenar la quema de los escritos confscados, los ocultaba en las salas inaccesibles de las bibliotecas de los jesuitas. A él debemos la conservación de muchos ejemplares únicos, con lo que el jesuita es considerado hoy, contra toda previsión, un guardián de la literatura bohemia.

 

Su conducta ejemplar tuvo seguidores: en 1784, el director de la biblioteca de la Universidad de Praga dirigió una solicitud al emperador con el ruego de que ordenara guardar en un lugar secreto de la biblioteca de la corte de Viena los escritos que hasta la fecha los obispos venían confscando y quemando tradicionalmente todos los años el Jueves Verde. Aunque siguieron confándose al verdugo los escritos que ofendían al soberano, la petición del bibliotecario no fue desoída y la literatura herética —es decir, protestante— se benefció de ella. Así, las autoridades laicas negaron a los obispos el derecho de registrar arbitrariamente domicilios privados en busca de libros. Los escritos confscados hubieron de ser restituidos a sus dueños, o, en caso de que fueran demasiado peligrosos, se los puso a salvo de posibles lectores en la biblioteca imperial.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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DEPÓSITOS SECRETOS

 

 

 

Toda gran biblioteca esconde un secreto. Los libros «separados» y «apartados» se guardan cuidadosamente en librerías provistas de rejillas de hierro con cerradura. Pero esto no es sufciente. La propia sala que alberga el depósito secreto se mantiene cerrada para personas extrañas y nadie sabe quién tiene la llave. En el caso ideal, el bibliotecario ignora que existió jamás esta sección oculta y muere sin informar a su sucesor. Obvio es decir que estos libros no están registrados en el catálogo general, sino en una lista separada, que se guarda bajo llave y nadie puede consultar.

 

Así, protegidos de la curiosidad del lector, y para que este no padezca las consecuencias nocivas de la lectura, es como se forman los fondos secretos de libros prohibidos. En la Biblioteca Nacional de París, este depósito ostenta el nombre dramático de enfer mientras que en la British Library londinense es llamado discretamente Te Private Case.

 

En lo tocante a obras eróticas, por lo menos, la Biblioteca Estatal de Baviera, en Múnich, se halla en condiciones de competir con el «inferno» de París, ya que su depósito secreto contiene la colección de Franz von Krenner. El consejero Krenner (1762-1819) fue funcionario superior de fnanzas de Baviera e historiador de gran valía que llegó a ser miembro honorífco de la Academia de las Ciencias de Múnich. No obstante, su verdadera pasión era el estudio de las relaciones amorosas en todas sus variedades y manifestaciones, y reunió



 

 

 

 

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toda la bibliografa especializada que pudo encontrar, o, mejor dicho, que pudo encontrar su librero. Hacerse traer libros eróticos del extranjero estaba prohibido, pero su autoridad real Maximiliano I de Baviera eximió a Krenner de las disposiciones de la censura. En su colección, por lo tanto, se encuentra casi toda la literatura erótica de Francia en ejemplares recién editados, desde Térèse philosophe del Marqués d’Argens hasta la rarísima edición en diez volúmenes de La Nouvelle Justine del Marqués de Sade, del año 1797, pasando por La pucelle d’Orléans de Voltaire. Entre las rarezas más singulares fguraba también la primera edición de las Memoirs of a woman of pleasure, que hoy se conoce con el título de Fanny Hill. La novela fue prohibida inmediatamente después de su publicación y el autor, John Cleland, tuvo que declarar ante el juez. Alegó en su defensa que había aceptado la oferta de un editor para librarse de las deudas que lo habían llevado a la prisión. El juez de Londres le concedió una pensión anual con la condición de que no volviera a escribir ningún libro de ese estilo, lo cual constituye una sentencia única en la historia de los libros prohibidos.

 

Krenner no mantuvo en secreto su pasión de coleccionista. Su mecenas real no era el único que sabía de la existencia de la «biblioteca erótica», ya que Krenner pedía a sus amigos y conocidos que iban al extranjero que le trajeran cualquier cosa perteneciente a su ámbito de interés, sin olvidar las hojas sueltas con ilustraciones eróticas. Krenner guardó esas láminas en un álbum y de las cuarenta y cuatro imágenes originales hoy solo se conservan treinta (tratándose de una colección inaccesible para el público, el número de sospechosos es limitado). El proyecto de Krenner de reunir la bibliografa de su campo de interés de todas las épocas y todos los pueblos, al menos todo lo publicado en griego, latín, italiano, inglés, alemán y francés, topó con la limitación de sus recursos



 

 

 

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económicos. Su mentor real tuvo que salvarlo de la miseria en repetidas ocasiones. La colección contiene una bibliografa completa en la que Krenner anotó cuatro mil títulos, catálogo que no llegó a publicarse y que se conserva en su edición privada. Krenner murió en el punto álgido de su carrera, cuando era director de fnanzas de Baviera, y dejó a su familia unas deudas que el rey Maximiliano I saldó generosamente al comprar la biblioteca por cuatro mil forines. Confó la colección a la Biblioteca Real e indicó claramente que se debía «guardar en una sala separada, en armarios especiales con doble cerradura». Y también dispuso: «Una de las llaves se entregará al director de la biblioteca Von Schlichtegroll, la otra al bibliotecario Scherer, y por órdenes expresas de Su Majestad el Rey no se permitirá que nadie, sin importar su condición, consulte un libro etc. de la colección». Todavía se desconoce cómo logró acceder el bibliógrafo Hugo Hayn al catálogo de la colección de Krenner, tan celosamente guardado; en cualquier caso, en su bibliografa de obras eróticas de 1885, muy apreciada por los anticuarios, hizo público que «también en este campo la Biblioteca del Estado y la Corte de Múnich es una de las mejor surtidas del mundo». Como consecuencia de esta publicación, llegaron una serie de peticiones para consultar diversas obras, pero los bibliotecarios las rechazaron con gran destreza diplomática; se declararon incompetentes, aduciendo que la «biblioteca erótica Krenner» era una propiedad del Estallo que se guardaba pero que no formaba parte de la biblioteca pública ni estaba registrada en el catálogo general. Lógicamente, los libros que no fguraban en el catálogo no existían y, por tanto, no se podían prestar.

 

Con el paso de los años y las décadas, la colección cayó en el olvido. De repente, los bibliotecarios tuvieron que ocuparse de la labor de separar otros libros indeseados, reordenar las estanterías y los catálogos y, después de 1945, volver a cambiarlo



 

 

 

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todo de sitio, apartarlo y esconderlo. En la casa había otras preocupaciones y otros temas de conversación que la biblioteca erótica de Krenner, de modo que la afrmación de los antiguos bibliotecarios de que no supieron de la existencia de la colección hasta fnales de los años sesenta es muy verosímil. Que a partir de 1966 se copiaran los títulos en el catálogo público no signifca que también fueran de acceso público. Pertenecían al «depósito secreto» y, sin duda a causa de su rareza y gran valor, incluso hoy solo pueden consultarlos los científcos.

 

 

 

 

 

La ética de un bibliotecario moderno es compatible con la prohibición de libros, pero no con su destrucción. Normalmente, después del juicio, los libros prohibidos y confscados por la policía son destruidos como maculatura, pero en Múnich todavía tiene vigencia una decisión ministerial del año 1920 que estipulaba que los libros prohibidos se guardasen en la Biblioteca Estatal. La Comisaría central de policía de Baviera para la lucha contra las imágenes, escritos, anuncios, etc., inmorales era partidaria de seguir destruyendo esos escritos, que se encontraban sobre todo en bibliotecas de préstamo y quioscos de estación. Le parecía absurdo conceder la dignidad de la biblioteca a libros eróticos de ínfma calidad. No obstante, el director afrmó que para la biblioteca era importante «coleccionar en su antigua sección de “libros secretos” esas publicaciones, no solo valiosas para el estudio de la historia contemporánea y el análisis exhaustivo de un segmento cultural, sino en muchos casos también importantes desde el punto de vista artístico». Para el estudio actual de la censura, este argumento se ha invertido: lo interesante desde el punto de vista histórico no son las obras individuales, sino el hecho de que se prohibieran. Los títulos podrían leerse en la



 

 

 

 

 

 

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«Lista de obras sucias e inmundas», catálogo actualizado regularmente desde 1921, pero los folletines y las novelas en serie destinados a un consumo rápido habrían desaparecido en el torbellino de los tiempos si la Biblioteca Estatal de Múnich no los hubiera guardado cuidadosamente y los hubiera protegido de las garras del público en sus depósitos «secretos».

 

Esto vale tanto para los libros anteriores a la guerra como para los posteriores: hoy echaríamos tan poco de menos la narración trivial Der schöne Hektor [«El bello Héctor»], de un tal señor Lemcke, publicada por la editorial Mondäne Lektüre (Berlín, 1920), como las novelas de detectives de un Jef Briester, publicadas en los años cincuenta en la RFA. Estas últimas novelas, con un gran público y con títulos como Es war ihr letzter Rumba [«Fue su última rumba»] o Bestie in Blond [«Demonio rubio»], fueron proscritas por la Ofcina Federal de Control de Escritos no Aptos para Menores y se mantuvieron veinte años en la lista de libros prohibidos, lo mismo que los novelones de Ludwig ter Maar, que en los años cincuenta y sesenta se prestaban en las bibliotecas y hoy se buscarían inútilmente en las librerías de viejo, aunque sí que se encuentran en la Biblioteca Estatal de Múnich.

 

Es notable la continuidad en las disposiciones de la censura desde la época del imperio hasta la República Federal. Aunque a partir del 1848 los editores no necesitaban autorización policial para publicar un manuscrito, lo que equivale a decir que se eliminó la «censura previa», el Estado se reservaba —y se reserva—, en virtud de varios parágrafos del Código penal, la posibilidad de la «censura posterior». Es cierto que el artículo 118 de la Constitución de Weimar garantizaba el derecho a la libertad de expresión «por la palabra, la escritura, la impresión, la imagen o cualquier otro medio», pero solo «dentro de los límites establecidos por las leyes generales». La frase «No hay censura», que también fgura en la ley fundamental de la



 

 

 

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República Federal, es engañosa, por cuanto solo se refere a la censura previa, eliminada tiempo atrás.

 

En la época imperial, las injurias contra las instituciones religiosas, la blasfemia, las imágenes y los escritos obscenos y, naturalmente, los delitos de lesa majestad se podían perseguir judicialmente. Sobre todo los autores satíricos antiprusianos de la revista muniquesa Simplicissimus consideraban un honor que se los acusara de este último delito. Por lo general, las condenas eran de dos semanas de arresto; las condiciones eran cómodas y propicias para el trabajo. Además, los jueces de Múnich cuidaban de que nadie se perdiera el carnaval.

 

Mientras que el delito de lesa majestad se consideraba honorable entre caballeros, se tomaban rigurosas medidas contra la injuria a las instituciones religiosas… siempre y cuando afectase a la Iglesia cristiana. Las manifestaciones antisemitas formaban parte de la vida cotidiana del ciudadano medio y no se perseguían.

 

La unifcación de Alemania, marcada por el dominio de la Prusia protestante, promovió en los sectores católicos de la población un ambiente de crisis que, con la «lucha cultural» de Bismarck contra la infuencia romana, alcanzó proporciones de pánico ante un liberalismo que amenazaba con acabar con todos los valores tradicionales. Ya en 1871, el demagogo católico August Rohling —uno entre tantos— señaló quién estaba detrás de esta conspiración para el envenenamiento ético y moral del pueblo alemán: los judíos. Su panfeto Der Talmudjude [«El judío talmúdico»], en el que recopilaba antiguas fuentes antisemitas, no se prohibió, al igual que ninguno de los escritos antisemitas que se publicaron en rápida sucesión. Los abstrusos escritos de Oskar Panizza, en los que se burlaba del Papa y de la «Sagrada Familia», encontraron enseguida un acusador. Fue condenado a un año de prisión por Das Liebeskonzil [«El concilio del amor»] y más tarde declarado enfermo mental, aunque todavía se discute



 

 

 

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si la perturbación psíquica fue consecuencia de su estancia en prisión o la causa de sus escritos.

 

La derivación antisemita del miedo a la modernización en el imperio alemán, en el que aún predominaba la población rural, se fundamentaba —en no escasa medida— en un tipo totalmente nuevo de publicaciones. Como era posible producir libros cada vez más deprisa y en mayor cantidad, se popularizaron unas novelas por entregas semanales que podían llegar a alcanzar más de cien números y solo costaban diez pfennigs (de ahí el término Groschenhef, «folletín de diez pfennigs»), con lo que estaban al alcance del bolsillo de cualquier criada. No hay que confundir estas publicaciones con las que actualmente reciben el mismo nombre en Alemania, donde el término Groschenhef designa genéricamente las revistas que prometen el paraíso terrenal. Las publicaciones que nos ocupan querían llamar la atención del público urbano sin cultura literaria y su aliciente comercial eran los sucesos dramáticos, las intrigas perversas, los lóbregos patios traseros y la doble moral de salón. Sus autores, que escribían con pseudónimo, bebían de Eugène Sue y Alexandre Dumas (padre), quienes proporcionaron el modelo para esa clase de literatura sensacionalista con sus folletines Los secretos de París y El conde de Montecristo.

 

Al igual que estas publicaciones, que el público culto consideraba carentes de valor literario y moralmente sospechosas, debían combatirse los folletines que, en entregas semanales, suministraban al público masculino las peligrosas aventuras de un detective heroico como Nick Cárter. Se temía que las continuas persecuciones, los tiroteos en todas las esquinas y el crimen omnipresente en la gran ciudad sobreexcitaran la fantasía del lector y dañaran su conciencia moral. El legislador estaba especialmente preocupado por la moral, puesto que cada vez había más publicaciones que podían



 

 

 

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desviar sobre todo a los jóvenes de la angosta senda de la virtud y conducirlos a los trillados caminos del vicio. Desde el año 1900 fue posible prohibir esa clase de libros «obscenos», pero también, según el parágrafo 184a, aquellos que «sin ser obscenos ofenden gravemente el pudor», una vaga formulación que dejaba mucho espacio a la censura.

 

La ley de 1926 «para la protección de la juventud frente a las obras sucias e inmundas» provocó de facto la prohibición de libros también para adultos, pues las obras estigmatizadas no solo no se podían vender a menores, sino que tampoco se permitía exponerlas ni anunciarlas públicamente, con lo que sus compradores potenciales no llegaban a conocerlas. Las publicaciones para homosexuales y lesbianas solían verse afectadas por esas medidas preventivas, pues supuestamente provocaban «una gran repugnancia y aversión del lector que no comparte las opiniones homosexuales, es decir, de la mayor parte de la población alemana», según la justifcación del organismo superior de califcación de Leipzig de 1928, sin duda un subterfugio, pues es evidente que los lectores heterosexuales no eran los destinatarios de dichas publicaciones.

 

 

 

Los nacionalsocialistas encontraron demasiado laxa esta forma de censura y la sustituyeron por prohibiciones más rígidas. Tras la guerra, la nueva ley sobre la difusión de escritos no aptos para menores, de 1954, estableció la Ofcina Federal de Control de Escritos no Aptos para Menores, que en el año 2003 fue rebautizada como Ofcina Federal de Control de Medios no Aptos para Menores, designación con la que todavía existe. Desde el principio siguió el modelo de sus predecesores: se perseguían las «obras que constituyen una amenaza moral para los menores». La decisión acerca de qué obras deben considerarse peligrosas recae en un organismo de doce



 

 

 

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miembros formado por representantes de los estados federados y los «grupos sociales relevantes», como por ejemplo la Iglesia. La prohibición de las obras adquiere efcacia jurídica con la publicación de la lista en el Bundesanzeiger (la Gaceta Federal Ofcial) y las infracciones son castigadas con penas económicas o de cárcel. Sin embargo, según la interpretación del legislador, esto no constituye censura, ya que todas las obras han podido aparecer libremente en el mercado.

 

Las decisiones de este organismo manifestaban, sobre todo en las primeras décadas, un sistema de valores que no tenía en cuenta la evolución social de la República Federal. Los miembros del organismo califcador —al igual que la justicia de la joven República Federal— aún estaban infuidos por la ideología del nacionalsocialismo y conservaban una cosmovisión reaccionaria igualmente hostil contra las nuevas formas artísticas y contra la cultura democrática de masas, importada, por ejemplo, en forma de novelas negras y cómics estadounidenses.

 

Ya en la primera sesión de la Ofcina Federal de Control, en 1954, se censuró Die Rache ist mein [«La venganza es mía»], el thriller de Mickey Spillane que con el tiempo se convertiría en un clásico de la novela negra y cuya dureza lacónica enfrentó a los alemanes con una nueva clase de novela urbana. Para justifcar la prohibición, la ofcina se refrió a la «cínica brutalidad de las descripciones» por medio de una «lengua bárbara, tomada de la jerga de la calle». Entre las primeras víctimas de la censura fguraban también, en 1954, algunos cómics de Tarzán como La selva en llamas y El gigante prehistórico, prohibidos con el argumento de que eran obras que «resultaban excitantes y embrutecedoras» para los menores, los «trasladaban a un mundo fcticio irreal» y eran «el resultado de una fantasía degenerada». Con estas palabras, el organismo



 

 

 

 

 

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demostraba que se movía dentro del universo intelectual del nacionalsocialismo.

 

No es casualidad que en la década de 1950 se prohibieran tantos cómics inofensivos y relatos policíacos traducidos del inglés estadounidense. Si relacionamos estas medidas con las advertencias de la Iglesia contra las películas americanas y la campaña contra la Coca-Cola y sus supuestos efectos dañinos para la salud estomacal, resulta evidente que lo que se combatía era la supuesta quintaesencia de la cultura americana. Como no se podía cambiar la derrota militar, al menos se pretendía evitar que el vencedor conquistara también las mentes, o, cuando se luchaba contra el rock and roll, las piernas. Al menos en este aspecto estaban de acuerdo las fuerzas reaccionarias de la Alemania occidental y la oriental. Si los nacionalsocialistas consideraban que las comisiones de control de la República de Weimar eran demasiado laxas, lo cierto es que a la nueva Ofcina Federal de Control no se le puede hacer este reproche. Si antes se prohibían treinta y siete obras al año de promedio, en esa época la media anual se situaba cerca de los trescientos títulos. En total, desde 1954 se han prohibido más de quince mil títulos, entre ellos (hasta 1971) también las «obras que hacen propaganda del nudismo por medio de la imagen». Además, según el parágrafo 6 de la ley de Protección de Menores, las «obras que constituyan un grave peligro para los menores» pueden retirarse del mercado sin ninguna resolución previa de la Ofcina Federal de Control; para ello basta la sentencia de un juzgado de primera instancia. La mayoría de las prohibiciones no llega al conocimiento general, ya que se trata de libros para públicos muy restringidos. En cambio, la labor de dicho organismo resulta más delicada cuando se enfrenta a obras literarias importantes: en 1963 puso en la lista de obras prohibidas La flosofa en el tocador, de Sade; Cocaína, la novela de Pitigrilli, estuvo en la lista hasta el año 1988 (con una



 

 

 

 

 

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referencia expresa a la prohibición por los nazis); el clásico La Venus de las pieles, de Leopold von Sacher-Masoch, no se tachó de la lista hasta el año 2001. Incluso American Psycho, la gran epopeya de Bret Easton Ellis, fue incluida en la lista en 1995,

 

porque —según se afrmó— no era apta para los menores que la leyeran «fragmentariamente», una justifcación que serviría para prohibir bibliotecas enteras. En 2001, tras varios procesos judiciales, fnalmente se autorizó esta novela sobre la doble vida de un yuppie asesino.

 

La composición del organismo de control ha variado tanto como los medios que tiene que vigilar: vídeos, juegos de ordenador y soportes de sonido. Casi siempre se trata de pornografa, violencia y propaganda subversiva. Los libros y demás obras impresas han llegado a ser la excepción. No obstante, en el depósito secreto de la Biblioteca Estatal de Múnich —y probablemente solo allí— todavía se guardan todas las obras que se han prohibido en algún momento.

 

 

 

La pregunta de si también hay que conservar eternamente los libros que —a ojos vistas— carecen de valor literario por la única razón de que en un momento determinado estuvieron prohibidos se puede responder con otras dos colecciones de libros ocultos de la Biblioteca Estatal de Múnich. A partir de 1830, aproximadamente, se reunieron y ocultaron en estos depósitos todas las publicaciones críticas con el Estado y la Iglesia: no solo los escritos prohibidos de Ludwig Borne y Heinrich Heine, conocidos por todo el mundo, sino también una gran cantidad de documentos impresos, en parte de autores olvidados, en parte anónimos, que se publicaron con tiradas pequeñas, fueron confscados y destruidos y solo se han conservado en los ejemplares justifcativos que se enviaron a las autoridades. Muchos de esos textos contienen información



 

 

 

 

 

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sobre las diversas corrientes de la oposición política que no se encuentra en las obras literarias canónicas.

 

Esto es aplicable en mayor medida aún a los depósitos de obras pro y antinazis de las bibliotecas alemanas. Si bien es cierto que a partir de 1933 no se podían vender en librerías alemanas las obras de los autores marxistas, judíos y emigrados al extranjero, no lo es menos que al principio no hubo prohibiciones sistemáticas y que de las «acciones de limpieza» en las bibliotecas de acceso general se ocupaban varios departamentos que no estaban coordinados. Sea como fuere, las bibliotecas nacionales y universitarias tuvieron que seguir guardando las obras prohibidas. Una decisión ministerial de abril de 1933 prohibía a los bibliotecarios bávaros eliminar de los fondos los libros prohibidos o indeseados, «ya que para combatir científcamente el veneno bolchevique, marxista y pacifsta se precisa el conocimiento de la bibliografa correspondiente». Una Ofcina Imperial de Intercambio dependiente de la Biblioteca Estatal de Prusia se encargaba de distribuir entre las bibliotecas de investigación de toda Alemania los libros confscados en bibliotecas públicas y colecciones privadas judías. Por descontado, estos fondos no podían ser de acceso general, sino que debían ocultarse. Siguieron estando disponibles para la investigación. Hasta 1935, cuando esta disposición entró en vigor en todo el imperio, el director de cada biblioteca decidía a su arbitrio. En Múnich, la ocultación fue especialmente intensa (de unas 5500 obras) en comparación con la biblioteca de la Universidad de Marburgo (con cerca de 2600 títulos), pero la compilación fue francamente excesiva. En 1935, un miembro veterano del partido reemplazó como director de la biblioteca a quien había ocupado este puesto desde 1929, pero siguió de forma consecuente la línea de su antecesor. Lo cierto es que no se escatimaron medios ni esfuerzos para reunir cuantas obras



 

 

 

 

 

 

 

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antinazis se pudieron encontrar. Se encargó a varias librerías que utilizaran sus contactos en el extranjero para conseguir incluso los opúsculos más remotos, por ejemplo el escrito de Teodor Krämer Blutmärz [«Marzo sangriento»], que supuestamente se imprimió en Luxemburgo en edición del propio autor inmediatamente después del incendio del Parlamento alemán (1933) y documentaba la oleada de terror y persecución provocada por dicho suceso. Se guardaron los primeros informes de fugitivos de campos de concentración, publicados ya en 1933/1934 en el extranjero, lo mismo que los folletos que informaban a los lectores extranjeros sobre la situación de los judíos en Alemania. Como testimonio de la época, en 1934 incluso se compró a una editorial del exilio de Praga la antología Man füstert in Deutschland… Die besten Witze über das dritte Reich [«Lo que se murmura en Alemania… Los mejores chistes sobre el Tercer Reich»].

 

Esta impresionante colección, que llegó a superar con mucho los cinco mil títulos, se guardó en salas especiales cerradas bajo llave y con acceso restringido a bibliotecarios autorizados. No hay ningún indicio de que las autoridades nazis impidieran la (a menudo ardua) adquisición de libros. La Biblioteca Alemana de Leipzig, cuyo cometido era reunir toda la producción editorial en lengua alemana —lo que a partir de 1933 incluía también los libros de autores emigrados—, en 1936 recibió del ministro de Propaganda Goebbels la orden de seguir guardando todos los libros, pero sin publicar los títulos en sus listas de nuevas publicaciones. En realidad, las editoriales de lengua alemana estaban obligadas a entregar a la Biblioteca Alemana un ejemplar justifcativo de cada libro publicado. A partir de 1933 las editoriales del exilio dejaron de hacerlo, bien porque creían que en Alemania ya no se valoraban sus libros, o bien porque querían proteger a sus autores. Se registraron todos los avisos recibidos y a partir de 1939 se imprimió una



 

 

 

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«Lista de los documentos impresos guardados bajo llave en la Biblioteca Alemana», que se envió a los organismos del Estado y del partido, además de a unas ciento cincuenta bibliotecas de investigación. Tras el fn del Tercer Reich, estas listas sirvieron como base para elaborar el Catálogo de las obras que en el período 1933-1945 no se podían anunciar (Leipzig, 1949). El catálogo comprende 5485 títulos, es decir, casi exactamente los mismos que la colección de la Biblioteca Estatal de Baviera, reunida y ocultada por un ferviente nazi cuya conciencia de bibliotecario le decía que no había libros «sin valor», sino que todos los documentos impresos, fueran los que fueran, eran testimonios del espíritu de la época y, como tales, dignos de conservarse.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL FUEGO Y LAS LLAMAS II

 

 

 

En 1772, el emperador chino Qianlong mandó a un grupo de comisarios expertos a buscar libros raros en las bibliotecas de todo el imperio, porque quería reunidos y guardarlos en Pekín. En el curso de su investigación, los comisarios también encontraron escritos que criticaban a la dinastía imperial o que denunciaban y escarnecían a miembros de la alta nobleza. Esto era alta traición literaria y solo podía castigarse con la pena capital. Antes que nada, el emperador encargó la elaboración de una lista de esos libros peligrosos, que llegó a contener más de dos mil títulos. Entre los criterios que se tenían en cuenta a la hora de condenar un libro no solo se encontraba la crítica al régimen, sino también cuestiones estilísticas: también se incluyeron en la lista los libros considerados carentes de valor literario, ya que podían resultar perjudiciales para el lector como malos modelos estilísticos. Esos libros fueron confscados y quemados en todo el país. La prohibición siguió vigente hasta la muerte del emperador, acaecida en el año 1795.

 

Qin Shi Huan, su antiguo predecesor, estaba menos preocupado por el bienestar espiritual de su pueblo: solo pretendía asegurar su poder. En el 213 a. C. se convirtió en uno de los primeros incineradores de libros de la historia al mandar destruir todos los escritos en los que «se glorifcaba lo antiguo y se denigraba lo nuevo». Tras su muerte, la historia se invirtió: su palacio fue saqueado y todas las obras «nuevas» fueron arrojadas al fuego. Es la ley del cambio de poder.



 

 

 

 

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Quema de libros bajo la vigilancia del emperador Qin Shi Huan (xilografa del siglo xvi).



 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Durante siglos, la Iglesia católica ha intentado consolidarse como único garante de la salvación mediante la quema y la prohibición de todas las obras críticas. El Index Librorum Prohibitorum no se abolió hasta 1966. Algunas dinastías gobernantes católicas, como los Habsburgo en Austria, Hungría y los Países Bajos, se sirvieron de los mismos métodos, ya que no querían perder el apoyo de la Iglesia, fundamental para conservar su poder. En la época de María Teresa y José II, la censura foreció y ardieron las hogueras. Para aliviar de trabajo a sus funcionarios, en 1767 María Teresa comunicó al gobierno de los Países Bajos que «los libros que fomenten el librepensamiento y se burlen de los misterios de la fe y de los preceptos de la Iglesia serán quemados por sus propietarios en el plazo de ocho días». Los sacerdotes de la región se tomaron la libertad de entrar en las casas de los protestantes, a poder ser en su ausencia, forzando puertas y ventanas, cavando el suelo con palas, y, si encontraban libros prohibidos, los quemaban sin contar con la decisión de tribunal alguno. Las quejas contra tales abusos fueron infructuosas.

 

Austria llegó a ser el país modélico de la censura. Los funcionarios de las aduanas del reino registraban minuciosamente el equipaje de los viajeros en busca de libros y, cuando los encontraban, los mandaban a Viena, donde se hallaba la comisión encargada de la censura. Basándose en su propia experiencia, el ilustrado berlinés Friedrich Nicolai contó lo que sucedía a partir de ese momento en su Beschreibung einer

 

Reise durch Deutschland und die Schweiz im Jahre 1781 [«Descripción de un viaje por Alemania y Suiza en el año 1871»] (Berlín, 1784, vol. 4, págs. 852 y sigs.). «Si eran libros nuevos que se juzgaban inadmisibles, la primera vez eran sellados y se podían enviar fuera del país», es decir, el propietario podía enviarlos de vuelta a casa. Si fguraban en la lista de libros prohibidos, se quemaban sin indemnización. Los censores



 

 

 

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idearon métodos refnados en el cumplimiento de sus funciones:

 

 

 

No solo se prohibían libros enteros, sino que, cuando a la censura no le gustaban algunas partes del libro, se arrancaban páginas y pliegos enteros. No obstante, cuando alguien tenía un amigo entre los secretarios de la censura, este encontraba el modo para que las páginas que debían arrancarse solo se separasen, con lo que todavía se podían leer; o el funcionario subordinado se quedaba con las páginas arrancadas y las vendía. Como ya hemos dicho, por regla general los libros o las páginas sobre los que pesaba una prohibición se quemaban sin piedad. Sin embargo, también en este caso se encontraba a veces el medio de imponer en secreto la misericordia, y el libro que debía quemarse solo se chamuscaba.

 

En el año 1782, el emperador José II escribió al príncipe elector de Tréveris: «¿Acaso no debería temerse más la prohibición que los libros perniciosos? Pues la primera es lo que lleva a la lectura de los segundos». Sin embargo, esta reserva no tuvo consecuencias prácticas: en lo sucesivo se confscaron libros «perniciosos» —esto es, críticos con el Estado o la Iglesia—, aunque normalmente no se quemaban ante una multitud de curiosos, sino que simplemente se destruían o se ocultaban en la Biblioteca de la Corte de Viena. Caso distinto era el de las obras que fomentaban la revuelta contra la autoridad soberana del emperador y, por decirlo así, pretendían encender la antorcha de la anarquía en los cimientos del imperio: el único medio efcaz contra el fuego es el fuego. Por consiguiente, en la parte austríaca de los Países Bajos, un opúsculo en el que se postulaba la soberanía de las Cortes y el derecho de destronar a los príncipes fue considerado «incendiario» y recibió el castigo correspondiente: el 24 de julio de 1788 se construyó un cadalso en la Plaza Mayor de Bruselas y, para entretener al arzobispo de Colonia (hermano de la virreina de Bruselas, y entonces de visita en la ciudad), el verdugo quemó un ejemplar del opúsculo peligroso con toda la pompa y el ceremonial habituales. El mismo año se publicó una nueva edición del opúsculo, al que se



 

 

 

 

 

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había añadido la petición de una división de poderes como la preconizada por Montesquieu y, sobre todo, de una justicia independiente. Ya no fue posible reprimir las ideas revolucionarias y los súbditos de la provincia de Brabante se alzaron contra los príncipes de los Habsburgo. En otoño del año revolucionario de 1789, poco antes de la muerte de José II, se celebró por última vez el espectáculo público de la quema de un libelle incendiaire que exhortaba a la revuelta y la alta traición. Fue el 3 de noviembre, de nuevo en la Plaza Mayor de Bruselas. Un mes después, la capital de Brabante estaba en manos de los revolucionarios.

 

Leopoldo II, el nuevo emperador, no tenía intención de renunciar a la región limítrofe del imperio de los Habsburgo. Movilizó a treinta mil hombres contra los belgas sediciosos y publicó una declaración en la que garantizaba la impunidad a todo aquel que reconociera su soberanía. El «pueblo soberano de Brabante» reaccionó como era de esperar: el 6 de noviembre de 1790 quemó la declaración en la Plaza Mayor, al pie de un árbol de la libertad, ante el regocijo general de la población. Un mes después, las tropas austríacas reconquistaban Bruselas.

 

 

 

Hasta entonces, la justifcación para la prohibición de libros por parte de la Iglesia y la autoridad era la preocupación por la salvación del alma y el mantenimiento del poder. La situación cambió con la Revolución francesa: ahora las hogueras llameaban por la victoria del progreso y la razón. La toma de la Bastilla —que ya había sido previamente evacuada—, el 14 de julio de 1789, fue una expresión incontrolada y más bien inofensiva de la ira del pueblo; los actos de barbarie cultural que se produjeron a continuación fueron ordenados por las autoridades. A principios de agosto de 1789, Talleyrand mandó cerrar los monasterios y confscar sus bienes. A diferencia de lo



 

 

 

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ocurrido en el proceso de secularización en el sur de Alemania, en este caso ninguna comisión de expertos escogió los libros,

 

sino que los fondos —considerados testimonios de la superstición— fueron destruidos sin piedad ni distingos. El 19 de junio de 1790 no solo se anunció la abolición de los privilegios estamentales, sino que también se decidió suprimir todos los signos del feudalismo. El honor del peuple français exigía que nada recordara la aciaga época del absolutismo. Bajo la bandera de la «igualdad», se asaltaron y devastaron en todo el país los castillos y villas de las familias nobles, que en su mayoría ya habían huido. Las bibliotecas, símbolo de los privilegios feudales, fueron pasto de las llamas. Con la orden de destruir todo cuanto recordara el despotismo, la monarquía y la Iglesia, el ministro del Interior pretendía borrar el pasado ignominioso y propiciar un futuro libre y despejado. Con este fn, los sans-culottes demolieron los monumentos y quemaron los archivos reales.

 

Algunos jacobinos consideraron que esas medidas eran excesivas. Afrmaban que detrás de la destrucción radical de los tesoros culturales franceses estaban los emigrados, reacios a entregar dichos tesoros al nuevo Estado. O que los incendiarios estaban pagados por los ingleses, que con las quemas masivas de libros pretendían condenar al pueblo francés a un estado precivilizado de ignorancia. No se sabe si realmente se creían esos argumentos o si eran simples pretextos; sea como fuere, no les hicieron caso. Incluso las obras de Jean-Jacques Rousseau, el suelo nutricio de la revolución, acabaron en la hoguera, ya que estaban dedicadas al príncipe de Orange.

 

Como benefciario de la subversión revolucionaria, Napoleón continuó esta tradición: hizo destruir los libros nobiliarios dorados de Génova y persiguió con gran tenacidad a su célebre crítica Madame de Staël, cuyo libro De l’Allemagne fue confscado y destruido en 1810. En 1815, con el fn del régimen



 

 

 

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napoleónico, la biblioteca de su gobernador Murat terminó en la hoguera en Roma. Las fuerzas reaccionarias habían recuperado el poder. De nuevo triunfaba la monarquía de los Habsburgo, que en 1821 expulsaba de Nápoles a los carbonarios alzados en rebelión y mandaba quemar las obras de Voltaire, Rousseau y d’Alembert en un gran auto de fe público.

 

 

 

Poder leer era un privilegio de las clases dominantes. Los sans-culottes revolucionarios procedían de las capas sociales más pobres; se los llamaba así porque no llevaban culotte, es decir, el pantalón hasta la rodilla que usaban los ricos, sino los pantalones largos de los proletarios. No podían leer, ni siquiera la Biblia, porque el clero se lo había prohibido. Los libros eran para ellos un instrumento de poder y, al destruirlos en los monasterios y las casas de los nobles, pretendían sacudirse el yugo de la tutela.

 

Saber leer (y escribir) es un acto de apropiación del mundo. El que aprende a leer unas cuantas palabras «pronto podrá leer todas las palabras» (Alberto Manguel), y, si comprende que con una frase se ha apropiado de una parte del mundo, no se dará por satisfecho con una sola frase. En Una historia de la lectura, Manguel cita de la primera obra de teatro de Peter Handke, Kaspar, un pasaje sobre la conquista del mundo por medio del lenguaje:

 

Puedes imponerte con una frase frente a otras frases. Nombrar todo lo que se interpone en tu camino y apartarlo. Familiarizarte con todos los objetos. Convertir todos los objetos en frase con una frase. Puedes convertir todos los objetos en tu frase. Con esta frase, todos los objetos te pertenecen.

 

Eran buenos motivos para prohibir la lectura a los súbditos.

 

En un decreto de 1660, el rey de Inglaterra Carlos II dispuso que se posibilitara la lectura de la Biblia a todo cristiano, con miras a la salvación de su alma, y se refería sobre todo a los



 

 

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nativos de las colonias británicas que servían a la corona como criados y esclavos. Quizá Carlos II pretendía reconciliar a esos súbditos forzosos con su desgracia terrenal, remitiéndolos a la redención de todos los males en la otra vida.

 

El decreto topó con la oposición frontal de los negreros británicos de América, pues un esclavo negro que pudiera leer la Biblia también sería capaz de leer escritos contrarios a la esclavitud, e incluso la Biblia podía darle un mal ejemplo con la liberación de los judíos del dominio egipcio e inocularle el deseo de resistencia y libertad. Por tanto, los gobernadores de las colonias británicas promulgaron unas leyes propias para América que inicialmente prohibían aprender a leer a los esclavos, y más tarde a todos los negros, también a los libres. Estas leyes tuvieron vigencia hasta mediados del siglo xix.

 

El Federal Writer’s Project, que durante la crisis económica de los años treinta subvencionaba a autores que sufrían difcultades económicas, recopiló y archivó historias de vida de antiguos esclavos, consideradas oral history. Estas memorias nos enseñan con qué esfuerzos y artimañas aprendían a leer los esclavos: por ejemplo, observaban los dados de letras de su pupilo blanco y aprendían el alfabeto de los niños. Si los descubrían, sus dueños los apaleaban, les daban latigazos o les cortaban un dedo (no los mataban porque tenían que seguir trabajando en los campos), pero todos esos castigos no disuadían a los esclavos de su voluntad de adquirir una capacidad que ya nadie les podría arrebatar. Cuando les caía un libro en las manos, lo guardaban para practicar la lectura. Este fue su método para liberarse del yugo de la tutela.

 

 

 

 

 

Ciento veinte años después de la Revolución francesa, en el radicalismo meramente verbal de los manifestos futuristas volvemos a encontrar la idea de que eliminando las obras



 

 

 

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detestadas es posible detener la historia, dar carpetazo al pasado odioso y reconfgurar el futuro de acuerdo con las propias reglas. El autor de estos manifestos fue Filippo Tommaso Marinetti y la notoriedad alcanzada por el primero de ellos se debió únicamente a su publicación en la primera plana del Figaro de París del 20 de febrero de 1909, publicidad que costó un buen dinero a Marinetti. Los lectores del periódico ultraconservador debieron de leer las siguientes frases con sorpresa no exenta de espanto, justamente el efecto perseguido por el autor:

 

 

 

Queremos demoler los museos, las bibliotecas, combatir el moralismo […] En verdad que la frecuentación cotidiana de los museos, de las bibliotecas y de las academias (¡esos cementerios de esfuerzos perdidos, esos calvarios de sueños crucifcados, esos registros de impetuosidades rotas…!) es para los artistas lo que la tutela prolongada de los parientes para los jóvenes de inteligencia, enfervecidos de talento y de voluntad. Sin embargo, para los moribundos, para los inválidos y para los prisioneros, puede ser bálsamo de sus heridas el admirable pasado, ya que el porvenir les está prohibido. ¡Pero nosotros no, no le queremos, nosotros los jóvenes, los fuertes y los vivientes futuristas[11]!

 

Para Marinetti y su cenáculo de amigos artistas sin éxito, Italia era, toda ella, un cementerio cultural administrado por catedráticos, arqueólogos y guías turísticos; juicio que no iba nada desencaminado. La unifcación política de Italia se logró muy tarde, pero en el fondo seguía siendo una nación escindida: en el sur agrario dominaba aún la nobleza feudal, que se oponía frontalmente a toda modernización y, por tanto, no aprovechó la industrialización; los obreros de los centros industriales del norte simpatizaban con el socialismo y rechazaban la monarquía; el Vaticano, un Estado dentro del Estado, atizaba los recelos ante el poder secular del gobierno y durante mucho tiempo prohibió a sus adeptos la participación en las elecciones.

 

Nacido en 1876 en el seno de una familia rica, Marinetti creció en el ambiente humanista característico de las clases



 

 

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dirigentes de su época, que evocaban constantemente la virtud de la Antigüedad y el Renacimiento como instrumento de cohesión y solidaridad nacional. Tácito, Dante y Botticelli eran los modelos que había que imitar. Si bien es cierto que alrededor de 1890 la juventud de toda Europa se rebeló contra el carácter anacrónico de la formación académica y sus rígidas reglas, solo el grupo acaudillado por Marinetti proclamó histéricamente la abolición del pasado:

 

¡Con nosotros vienen los buenos incendiarios con los dedos carbonizados!

 

¡Heles aquí! ¡Heles aquí! ¡Prended fuego en las estanterías de las bibliotecas!

 

Marinetti era un fanfarrón que en los bares de artistas de París predicaba la destrucción del Louvre, pero cuando terminaba sus andanadas estaba tan borracho que era incapaz de encontrar el Bugatti que tenía aparcado frente a la puerta. No era un tipo peligroso. Sus manifestos ensalzaban el éxtasis de la velocidad y la belleza de la técnica moderna: un coche atronador era más bello que la Victoria de Samotracia; el alumbrado eléctrico de las calles, más adorable que la luz de la luna. Lo curioso es que, cuando empezaron a circular los tranvías en Milán, protestó contra los tendidos eléctricos porque afeaban el paisaje urbano. Con todo, tenía el deseo sincero de modernizar Italia, de liberar el país de su passatismo, del amor al pasado. Este camino lo acabaría llevando hasta el bando de Mussolini, quien patrocinó el trabajo artístico de los futuristas pese a que no se tomaba en serio sus exaltaciones teóricas. En 1934, las obras futuristas se exhibieron en una exposición monumental organizada en Alemania. Aunque el arte de los italianos no casaba con el gusto estético de sus correligionarios alemanes, estos no osaron rechazar el gesto amistoso del Duce. En la época del fascismo italiano, los cuadros de los futuristas se expusieron en los mismos museos que antes los artistas habían querido incendiar. Después de 1945



 

 

 

 

 

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se encerraron en los depósitos; hacía tiempo que las pocas obras de auténtica calidad pertenecían a propiedades privadas.

 

 

El primer manifesto futurista, con su exhortación a destruir las bibliotecas y los museos, perjudicó claramente la reputación internacional de esta corriente estilística. Ya en 1910, el británico Gilbert Keith Chesterton les respondió que la manera más fácil de librarse de un museo era no hacerle caso, pero el análisis del modernista Wyndham Lewis tuvo efectos más graves que la ironía zumbona del conservador Chesterton. El artículo de Lewis se publicó en Te New Weekly a fnales de mayo de 1914, justo cuando Marinetti presentaba por primera vez pinturas futuristas en una galería de Londres. Lewis argumentó con frialdad que la crítica de Italia que hacía el manifesto no era trasladable a Inglaterra, donde la idea supuestamente revolucionaria que preconizaba Marinetti —el coche y la electricidad— ya estaba bastante extendida. Y añadió que solo la chusma inculta se lanzaba a destruir los valores culturales. En Alemania, lo hacía la chusma académica.

 

Los autos de fe celebrados tras la subida al poder de los nacionalsocialistas fueron la culminación de la «Acción contra el espíritu antialemán» organizada y ejecutada por la Asociación de Estudiantes Alemanes. Desde 1931, este grupo de presión estaba en manos de la Unión Nacionalsocialista de Estudiantes Alemanes en casi todas las universidades y escuelas superiores alemanas y austríacas. El director de esta última, Baldur von Schirach, quien andando el tiempo sería líder de la juventud del Reich (Reichsjugendführer), también era editor y redactor jefe de la revista de la asociación, el Akademischer Beobachter, que se hallaba en condiciones de competir en radicalismo con el tristemente célebre Stürmer de Julius Streicher. A fnales de la década de 1920, la revista intentaba



 

 

 

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atraer a estudiantes con una propaganda abiertamente antisemita:

 

 

 

Preferimos que nos expulsen de la universidad antes que dar nuestra aprobación a esta infamia: judíos ejerciendo como profesores de alemán en escuelas superiores alemanas, fabricantes de jabón judíos con el título de doctor honorífco y en un sinfn de cátedras; pregoneros de esa doctrina despreciable que sus adeptos llaman «pacifsmo», pero que nosotros llamamos «cobardía». Quien se sitúa entre las flas del movimiento nacionalsocialista trabaja en pro del Estado del mañana. Con su adhesión se convierte en un luchador por la universidad del pueblo alemán. ¡Únete a nosotros! (Akad. Beob., año i, cuaderno 5, mayo de 1929, pág. 21).

 

El número de adhesiones fue enorme. Pero ¿por qué tuvo semejante éxito esa clase de propaganda? La generación de estudiantes de 1930 estaba familiarizada con las catástrofes y as crisis: la derrota militar de 1918, el hundimiento del imperio alemán y la «paz dictada» de Versalles, que señalaba al imperio alemán como el único culpable de la Primera Guerra Mundial y fjaba unas reparaciones que hicieron imposible a estabilización de la nueva república. La infación arruinó a familias burguesas acomodadas y aniquiló las esperanzas de la juventud universitaria, pues era prácticamente imposible costearse una carrera. La división y la polarización del paisaje político impidió que las fuerzas democráticas alcanzaran un consenso básico y creó las condiciones para el éxito de la ideología nacionalsocialista entre el estudiantado, de orientación mayoritariamente reaccionaria y antidemocrática.

 

Cada 10 de mayo, los medios de comunicación nos recuerdan el aniversario de la quema de libros en Berlín. La efemérides se presenta así como un acontecimiento aislado, y no como la culminación de una campaña minuciosamente preparada. La dirección de la Asociación de Estudiantes creó la Ofcina Central de Prensa y Propaganda y le encomendó la tarea de organizar la «Acción contra el espíritu antialemán». El 6 de abril



 

 

 

 

 

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de 1933 se mandó una circular a las universidades de todo el

 

Reich:

 

Con motivo de las desvergonzadas campañas de difamación orquestadas por los judíos en el extranjero, la Asociación de Estudiantes ha planeado una acción general de cuatro semanas contra el espíritu de desmoralización propio de los judíos y a favor del pensamiento y el sentimiento nacionales en la literatura alemana. La acción comenzará el 12 de abril con la lectura pública de doce tesis «Contra el espíritu antialemán» y terminará el 10 de mayo con manifestaciones públicas en todos los centros universitarios alemanes. La acción se llevará a cabo —con intensidad creciente hasta el 10 de mayo— con todos los medios de la propaganda, como: radio, prensa, colocación de carteles, octavillas[…].

 

Las doce tesis se difundieron en octavillas, se colgaron en todas las universidades y se publicaron en muchos periódicos. Basta con ofrecer un extracto:

 

4.  Nuestro oponente más peligroso es el judío, y quien está sometido a él.

 

5.   El judío solo puede pensar como un judío. El judío miente si escribe en alemán. ¡El alemán que escribe en alemán pero piensa de forma contraria al carácter alemán es un traidor![…]

7.  Queremos considerar al judío como un extranjero y queremos tomarnos en serio el carácter nacional. Por lo tanto, exigimos a la censura que las obras judías se publiquen en lengua hebrea. Si se publican en alemán, deberán califcarse de traducciones. Las medidas más estrictas contra el uso impropio de la escritura alemana. La escritura alemana solo está a disposición de los alemanes. El espíritu antialemán será erradicado de las bibliotecas públicas. […]

 

10. Exigimos a los estudiantes alemanes la voluntad y la capacidad de superar el intelectualismo judío y los fenómenos de decadencia liberal en la vida espiritual alemana asociados a aquel.

11.  Exigimos la selección de estudiantes y profesores cuyo pensamiento se ajuste con mayor seguridad al espíritu alemán.

 

No se trataba de una publicación de tesis en la tradición protestante, sino de un catálogo de exigencias que sobrepujaba la legislación nacionalsocialista. La Asociación de Estudiantes se declaró a sí misma las «SA espirituales» y empezó la «limpieza» de las universidades denunciando a profesores. Para echar a los profesores de sus puestos bastaba una cita tomada de



 

 

 

 

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una de sus clases o una referencia bibliográfca de un libro de un autor judío o clasifcado como «izquierdista». Se boicotearon las clases con violencia, se expulsó a estudiantes y colaboradores de la universidad. Apenas si se ofreció resistencia contra las «SA espirituales». Al contrario: los rectores y decanos participaron en la «selección».

 

Una de las medidas previstas en la anunciada intensifcación de la campaña era la reintroducción de un instrumento medieval:

 

 

Erigiremos una picota en todas las universidades. Un tronco de árbol macizo, de altura algo superior a la de un hombre, en el recinto de la universidad. En la picota clavaremos los productos de quienes son extraños a nuestro espíritu. Y la mantendremos en pie por siempre jamás. Hasta que ya no la necesitemos. Hoy para los escritores, mañana para los profesores […]. La picota llegará a las universidades alrededor del 3 de mayo.

 

Esta medida se aplicó en pocas universidades: en Dresde el 1 de mayo, en Rostock el 5 del mismo mes. Los estudiantes de esos lugares comunicaron que en una gran solemnidad

 

fueron fjadas con clavos grandes y resistentes ocho de las obras literarias más dañinas: Magnus Hirschfeld, Tucholsky, Stephan (sic) Zweig, Lion Feuchtwanger, Wikki (sic) Baum, Remarque, Emil Ludwig y la Weltbühne.

 

La circunstancia de que las picotas solo se erigieran en Königsberg, Münster y Erlangen, además de las levantadas en Dresde y Rostock, no signifca que las demás universidades se distanciaran de esta medida: simplemente los estudiantes no tuvieron tiempo. Desde fnales de abril no hacían otra cosa que registrar bibliotecas de universidades, escuelas superiores e institutos en busca de libros antialemanes y desmoralizadores para, según el plan de acción del 10 de mayo, entregarlos a las llamas.

 

Puesto que los comités de lucha de la Asociación de Estudiantes no pudieron elaborar unos criterios propios para la



 

 

 

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selección de libros en el plazo de las dos semanas restantes

 

—pese a contar con el enérgico apoyo de profesores y rectores—, recurrieron a las llamadas «listas negras» de Wolfgang Herrmann, bibliotecario de veintinueve años que integraba la Comisión para la reorganización de las bibliotecas municipales y nacionales de Berlín. Herrmann creía desde hacía años que las bibliotecas públicas estaban contaminadas por el veneno liberal y comunista, y por iniciativa propia había confeccionado tiempo atrás una lista con los libros que debían desaparecer de las estanterías. Los estudiantes repararon en el trabajo de Herrmann cuando el Berliner Nachtausgabe publicó una de esas listas el 26 de marzo de 1933. Le pidieron su ayuda de experto y Herrmann enseguida suministró a la Acción contra el espíritu antialemán seis listas que se convertirían en la base de todas las prohibiciones futuras. Comprendían los siguientes ámbitos:

 

 

 

1.  «Literatura»: al principio 71 autores, después 127 y 4 antologías.

 

2.  «Historia»: 51 autores y 4 antologías.

 

3.  «Arte»: 8 obras y 5 monografas.

 

4.  «Política y ciencias del Estado»: 121 autores y 5 obras anónimas.

 

5.  «Historia de la literatura»: 5 autores.

 

6.  «Religión, flosofa, pedagogía»: 22 autores.

 

Bajo el nombre de un autor se podían consignar varias obras o, como en el caso de Erich Kästner, «todo, excepto Emil» (es decir, Emil y los detectives). Posteriormente las demás autoridades adoptarían estos principios, pero para entonces Herrmann ya habría caído en desgracia, y es que no solo simpatizaba con el ala «izquierdista» del Partido Nacionalsocialista Alemán, encabezada por Gregor Strasser, sino que además había cometido un error estúpido. En 1932 publicó Der neue Nationalismus und seine Literatur [«El nuevo nacionalismo y su literatura»], donde recomendaba a las bibliotecas públicas la adquisición de panfetos antihitlerianos como el libro de Ernst



 

 

 

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Niekisch Hitler —ein deutsches Verbangnis [«Hitler, una fatalidad alemana»]. Aunque consideraba que Mi lucha de Hitler era la «fuente autoritaria más importante del movimiento», añadió que «no contiene ninguna idea intelectualmente original ni teóricamente elaborada». Cuando el ideólogo del partido Alfred Rosenberg, que no había terminado a tiempo sus listas, difundió por venganza el contenido de este antiguo catálogo, Herrmann estaba liquidado. En la Noche de los Cuchillos Largos, Hitler ordenó el asesinato de Strasser, su rival dentro del partido; simultáneamente, Herrmann fue trasladado a la biblioteca municipal de Königsberg, donde permanecería hasta el momento en que sería destinado al frente. Murió en 1945. Lo sobrevivió la dudosa lama de ser el autor de las «listas negras» que posibilitaron las quemas de libros del 10 de mayo de 1933 y sentaron las bases para todas las prohibiciones posteriores.

 

Sin embargo, Herrmann se engañaba respecto a la utilización que la Asociación de Estudiantes Alemanes pretendía hacer de sus listas. La primera lista sobre «literatura» llegó a la asociación el 2 de mayo y contenía la siguiente indicación:

 

 

La presente lista nombra todos los libros y todos los autores que pueden ser apartados en las acciones de limpieza de las bibliotecas populares. Serán expurgados todos ellos, o no, conforme se vayan llenando los vacíos con nuevas adquisiciones buenas. La lista no se pronuncia sobre los fondos reales de las bibliotecas. No es más que un medio auxiliar para los bibliotecarios y los comisarios a los que se ha encargado la limpieza.

 

De estas frases se deduce que el diligente bibliotecario solo pensaba en el objetivo de apartar los libros antialemanes de las bibliotecas públicas. Probablemente no quería saber lo que ocurriría con los libros confscados. Quizá tampoco creyera que la Acción contra los libros antialemanes organizada por los



 

 

 

 

 

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estudiantes alemanes pudiera terminar con una quema masiva de libros; no parecía haber tiempo sufciente.

 

El 6 de mayo, las tropas de choque estudiantiles, acompañadas en muchos lugares por policías y camorristas de las SA, empezaron el saqueo de bibliotecas y librerías en todo el país. Se exigió a las bibliotecas municipales y nacionales que depuraran ellas mismas sus fondos basándose en las listas y que entregasen «voluntariamente» los libros prohibidos. Los saqueos no se hacían con nocturnidad y alevosía, sino que seguían un método preciso y ordenado: las falanges de estudiantes desflaban con la bandera de la cruz gamada, confscaban los libros invocando la autoridad de las listas de Herrmann y se los llevaban. No se pensó en pagar indemnizaciones. Aunque este procedimiento no estaba amparado por la ley, no existen testimonios de intentos de resistencia. La orden de apartar libros antialemanes solo topó con una indignada protesta en la católica Ratisbona, en cuyas bibliotecas nunca había habido esa clase de libros: «Nuestra universidad siempre ha estado libre del espíritu judío y seguirá estándolo en el futuro». Por lo demás, las bibliotecas sucumbieron a la turba universitaria sin oponer resistencia. Tal fue el caso de la biblioteca del Instituto de las Ciencias Sexuales de Berlín, cuyo director, Magnus Hirschfeld, había huido a tiempo al exilio de París y vio el desalojo de sus valiosos fondos en el noticiario cinematográfco. De las universidades no se podía esperar ninguna resistencia. En Colonia, el rector se limitó a pedir, a instancias de un profesor, que en los discursos del 10 de mayo no se leyeran las doce tesis, sobre todo la frase: «El judío miente si escribe en alemán». Seguramente el profesor se avergonzara de la estupidez de los estudiantes. Cuando se tuvo garantía por escrito de que se respetaría esa condición, el claustro de la universidad comunicó que participaría en la



 

 

 

 

 

 

 

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ceremonia junto con el rector. Y dispuso: «Traje: chaqueta negra o uniforme. Rector sin cadena pectoral».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Miembros del partido nazi llevándose libros confscados (Hamburgo, mayo de 1933).

 

El ministro de Propaganda Goebbels había sido invitado con bastante antelación a participar en el acto en calidad de orador,



 

 

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pero hasta el 9 de mayo no anunció su disposición a «pronunciar el discurso de la hoguera el 10 de mayo a las 24 horas, en la plaza de la Ópera, Unter den Linden». Al parecer, hasta entonces no creyó que la acción fuera posible. En su discurso subrayó:

 

 

Cuando el 30 de enero de este año el movimiento nacionalsocialista conquistó el poder, aún no podíamos saber que en Alemania se haría limpieza de forma tan rápida y radical.

 

Todavía el 9 de mayo, ni siquiera el pesimista más recalcitrante habría creído que la noche siguiente la gran mayoría de los alemanes aplaudiría y jalearía mientras las llamas consumían lo mejor de su literatura. Las dos cosas son igual de terrorífcas: la rapidez y la radicalidad con que una nación se despedía de sus valores culturales.

 

Aquel 10 de mayo, se prepararon las hogueras de la noche a la mañana en lugares destacados de veintidós ciudades universitarias alemanas. Junto con las nueve «consignas para la quema» (Feuersprüche), se entregó a las asociaciones de estudiantes locales un horario muy preciso al que debían ajustarse, puesto que la radio alemana quería hacer un reportaje escalonado desde Kiel hasta Múnich. Para dar la impresión de un acto ritual, la acción planeada, con sus discursos y desfles de antorchas, debía transcurrir de forma idéntica en todos los lugares.

 

En Berlín, la comitiva de antorchas se formó ante la universidad y, al son de varias bandas de música de las SA y las SS, y escoltada por la policía montada, desfló por la Isla de los Museos y la Oranienburger Straße, donde se le añadieron unos camiones cargados con unos veinticinco mil libros, antes de atravesar la Puerta de Brandeburgo y recorrer la avenida Unter den Linden hasta la plaza de la Opera. Clavada en un palo, la



 

 

 

 

 

 

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procesión llevaba la cabeza arrancada a un busto del sexólogo Magnus Hirschfeld.

 

Aunque llovía a cántaros, se congregaron unos setenta mil espectadores. Como no fue posible encender la hoguera con las antorchas, el cuerpo de bomberos echó gasolina. Sucesivos pregoneros fueron leyendo las «consignas para la quema» mientras se lanzaban a la hoguera los primeros libros.

 

1.  ¡Contra la lucha de clases y el materialismo, a favor de la comunidad nacional y la actitud idealista! Entrego a las llamas las obras de Marx y Kautsky.

 

2.  ¡Contra la decadencia y la ruina moral! ¡A favor de la disciplina y las buenas costumbres en la familia y el Estado! Entrego a las llamas las obras de Heinrich Mann, Ernst Glaeser y Erich Kästner.

 

3.  ¡Contra la bajeza espiritual y la traición política, a favor de la entrega al pueblo y al Estado! Entrego a las llamas las obras de Friedrich Wilhelm Foerster.

 

4.  ¡Contra la disgregación del alma y la sobrevaloración de los instintos, a favor de la nobleza del alma humana! Entrego a las llamas las obras de Sigmund Freud.

 

5.  ¡Contra la falsifcación de nuestra historia y la denigración de sus grandes fguras, a favor de la veneración de nuestro pasado! Entrego a las llamas las obras de Emil Ludwig y Werner Hegemann.

 

6.  ¡Contra el periodismo democrático-judío, ajeno al pueblo, a favor de la colaboración responsable en la obra de la reconstrucción nacional! Entrego a las llamas las obras de Teodor Wolf y Georg Bernhard.

 

7.  ¡Contra la traición literaria al soldado de la guerra mundial, a favor de la educación del pueblo en el espíritu marcial! Entrego a las llamas las obras de Erich Maria Remarque.



 

 

 

 

 

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8.  ¡Contra la soberbia que arruina la lengua alemana, a favor de la preservación del bien más precioso de nuestro pueblo! Entrego a las llamas las obras de Alfred Kerr.

 

9.  ¡Contra la libertad y la arrogancia, a favor del respeto y la veneración del inmortal espíritu del pueblo alemán! ¡Devora también, oh llama, las obras de Tucholsky y Ossietzky!

 

 

A continuación se fue cogiendo el resto de los libros de los camiones para que una cadena humana enfervorizada los fuera lanzando a la hoguera. Como los estudiantes tenían plena libertad para su selección, siguieron el mismo camino que los libros de los quince autores nombrados las obras apuntadas en las listas de Herrmann, además de otras que no fguraban en ellas, como las de Heinrich Heine, Carl Zuckmayer y Tomas Mann.

 

Hacia la medianoche pronunció su discurso el ministro

 

Goebbels, doctor en flología alemana:

 

La época del intelectualismo judío extremo ha tocado a su fn y la revolución alemana ha vuelto a abrir el campo al carácter alemán. Esta revolución no ha venido desde arriba, ha estallado desde abajo. Es por tanto, en el mejor sentido de la palabra, la realización de la voluntad popular. […] En los últimos catorce años, mientras vosotros, compañeros, teníais que soportar en ignominioso silencio las humillaciones de la República de Noviembre, las bibliotecas se llenaban de la inmundicia y la suciedad de los literatos judíos del asfalto. […] Por eso hacéis bien, en esta hora de medianoche, en entregar a las llamas el espíritu destructivo del pasado. Aquí se hunde la base espiritual de la República de Noviembre. Pero de los escombros resurgirá victorioso el fénix de un nuevo espíritu, el que nosotros sostenemos, el que nosotros alentamos y al que damos el peso decisivo[…].

 

Cuando imprimió el discurso de Goebbels, el Völkischer Beobachter no corrigió su error: el ave fénix resurge de las cenizas, no de los escombros. Goebbels anotó en su diario:



 

 

 

 

 

 

 

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Por la noche discurso en la plaza de la Opera […]. Estoy en muy buena forma.

 

Una enorme multitud.

 

El acto terminó con el canto de la Canción de Horst Wessel.

 

En Fráncfort del Meno, unos quince mil curiosos esperaban en el Römer mientras los libros eran llevados a la hoguera en una carreta. En medio del cargamento había un bieldo (obviamente un error, pues seguro que los estudiantes no querían dar a entender que los libros fueran estiércol). En Múnich, unas cincuenta mil personas participaron en el auto de fe celebrado en la Königsplatz. En algunas ciudades, el mal tiempo obligó a aplazar el acto, por lo que después del 10 de mayo todavía se celebraron numerosas quemas de libros. En el año 1933 están documentadas más de setenta hogueras en todo el país. Heidelberg ostenta un récord singular: allí los estudiantes y las juventudes hitlerianas organizaron quemas públicas el 17 de mayo, el 17 de junio y el 16 de julio, y eso que el 12 de marzo las SA ya ejecutaron una acción «espontánea» cuando, tras irrumpir en la sede del sindicato, quemaron libros y periódicos de izquierdas. Por lo visto, los empleados de la biblioteca municipal de Heidelberg desobedecieron la solicitud de entrega de sus fondos «antialemanes» y se limitaron a guardarlos aparte. En 1937 los descubrió el bibliotecario municipal Georg Zink. La noticia de su destrucción que se publicó en el periódico recuerda a la limpieza de la biblioteca del pobre Don Quijote:

 

 

 

Manos diligentes sacaban el sufrido papel a montones de una barraca de madera del patio, a la que el camarada Zink dio el brillante nombre de «establo de judíos». Se leía el nombre y se lanzaba a un rincón el excremento del iluso exaltado.

 

Lo malo es que en este caso, a diferencia del de Cervantes, no estamos ante una sátira.



 

 

 

 

 

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El 16 de mayo de 1933, el Gremio Profesional de Libreros Alemanes pecó de exceso de celo al publicar en su semanario las listas negras y, sobre todo, al presentar erróneamente la lista relativa a la «literatura» como la primera lista ofcial de libros prohibidos. Así, los libreros se vieron obligados a retirar de las estanterías, por ejemplo, todos los títulos de Stefan Zweig, Heinrich Mann o Alfred Döblin, aunque en realidad no existía ninguna prohibición de vender sus libros. De este modo, el gremio de libreros se ocupó de que los autores perdieran sus ingresos y se vieran privados de sus medios de vida. Esta conducta indigna se repetiría en los años cincuenta, en plena guerra fría, cuando el gremio ordenó a los libreros de Alemania occidental que boicotearan a los autores que hubieran publicado libros en la RDA. De este modo, algunos autores que tuvieron que exiliarse en la época nazi, como Lion Feuchtwanger, fueron olvidados en la República Federal de Alemania y pasaría mucho tiempo antes de su «redescubrimiento».

 

Incluso después de la marginación del bibliotecario Herrmann se siguieron utilizando sus trabajos preparatorios y se completaron y ampliaron sus listas negras, aunque solo fueron destinadas a la «limpieza» de las bibliotecas públicas. Al principio, la situación jurídica era tan clara como ambigua: el decreto del presidente del Reich para la protección del pueblo alemán, del 4 de febrero de 1933, decía en su primer párrafo:

 

La policía podrá confscar las publicaciones cuyos contenidos sean de tal índole que pongan en peligro la seguridad y el orden públicos.

 

Seguramente no pertenecían a esta categoría las obras de Stefan Zweig o Waldemar Bonsel, sino los escritos políticos de Cari von Ossietzky. Para imponer esta disposición, una ley suplementaria del 28 de febrero de 1933 declaraba que algunos



 

 

 

 

 

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artículos de la Constitución del imperio alemán dejaban de estar en vigor:

 

Por tanto, son lícitas las limitaciones de la libertad personal y del derecho de opinión, en el que se incluye la libertad de prensa, y las órdenes de registros domiciliarios y confscaciones, más allá de los límites establecidos en la ley fundamental.

 

De este modo, la arbitrariedad y el terror político obtenían legitimidad jurídica. La ley de Prensa (4 de octubre de 1933), por la que se sometía la prensa al partido, y la ley que creó la Cámara Imperial de Cultura (1 de noviembre de 1933) proporcionaron el instrumental necesario para la dirección de la producción literaria. En un primer momento varios organismos gubernamentales basaron en esas normas sus respectivas actividades, simultáneas y aún contradictorias, hasta el punto de que los libreros y editores ya no sabían qué estaba permitido o qué estaba prohibido. Hasta 1935 no se reunieron todas las competencias de prohibición en el Ministerio del Reich de Educación del Pueblo y Propaganda, dirigido por el ministro Goebbels, y se publicó una «Lista de libros perniciosos e indeseables» introducida por las siguientes palabras:

 

 

 

 

 

Está prohibido editar, vender, distribuir, prestar, alquilar, exponer, elogiar, ofrecer o almacenar estas obras. La prohibición también afecta a todas las obras de autores judíos o medio judíos que no fguren en la lista.

 

Esto último signifcaba en la práctica que los libreros tenían que verifcar ellos mismos si alguno de los progenitores de un autor determinado era de origen judío. Como normalmente no podían hacerlo, ante la duda preferían renunciar a la obra. La lista se reelaboró y se completó regularmente. Al fnal llegó a comprender 12 400 títulos y la obra completa de 149 autores.



 

 

 

 

 

 

 

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La lista de «autores antialemanes» entregada por el Ministerio de Asuntos Exteriores alemán al Ministerio de Cultura italiano, en el marco del «acuerdo cultural» de ambos países en 1939. En mayo de 1940, la delegación romana de la Organización de Universidades y Escuelas Superiores alemanas notifca que «los libros de los emigrantes alemanes han desaparecido prácticamente por completo de la literatura italiana».



 

 

 

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Un caso único fue el gesto de Oskar Maria Graf, que el 12 de mayo de 1933 publicó una proclama con el título «Verbrennt mich!» [«¡Quemadme!»]:

 

Según el Berliner Börsencourier estoy en la «lista blanca» de la literatura de la nueva Alemania y se recomiendan todos mis libros con la excepción de mi obra capital Wir sind Gefangene [«Somos prisioneros»]. ¡Estoy, por lo tanto, llamado a ser uno de los exponentes del «nuevo» espíritu alemán! […] ¡No merezco semejante deshonor! Después de todo lo que he hecho y de todo lo que he escrito, tengo el derecho de exigir que mis libros sean entregados a las puras llamas de la hoguera y no acaben en las manos sangrientas y los cerebros corrompidos de las bandas de asesinos pardos.

 

Goebbels le concedió el deseo y prohibió todos sus libros. Finalmente Graf emigró a Estados Unidos y, aunque allí no se leían sus novelas, fue considerado el hombre que se había enfrentado al régimen.

 

 

 

Mientras que las quemas de libros fueron reseñadas de forma sumamente positiva en la prensa alemana —no se podía esperar otra cosa—, el extranjero reaccionó con horror y con una protesta enérgica. Un testigo de los acontecimientos hizo una comparación muy premonitoria en el periódico vienés Neue Freie Presse (edición matutina, 12 de mayo de 1933):

 

Los libros destinados a la hoguera fueron apilados en grandes montones y daban la impresión de prisioneros de un campo de concentración que se apiñaran en un intento de protegerse y salvarse de los peligros inciertos y desconocidos que los amenazaban.

 

No tardaría en convertirse en una triste realidad una frase muy citada de Heinrich Heine, perteneciente a la tragedia Almansor (1821) y referida a la Inquisición:

 

Solo fue un preludio: allí donde se queman libros, al fnal también se quemará a los hombres.



 

 

 

 

 

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Las protestas más enérgicas se produjeron en Estados Unidos, donde la libertad de expresión se consideraba el bien supremo. Los americanos podían invocar el principio de Tomas Jeferson de que no habría censura, sino libertad en el intercambio y la competencia de las ideas. Y, en cuanto a los emigrantes alemanes, ¿acaso no habían abandonado su patria en el siglo xix porque ya no podían vivir ni trabajar en el Estado policial de Metternich? Sus descendientes, por lo menos un tercio de la población estadounidense, no habían olvidado esa herencia.

 

Hellen Keller, de origen alemán, también tenía motivos personales para reaccionar con horror ante el anuncio de las quemas de libros. Keller se quedó ciega y sorda a causa de una meningitis cuando tenía diecinueve meses de edad y no había aprendido a hablar. Una joven maestra le enseñó a nombrar las cosas con la ayuda de un lenguaje de signos especial. Finalmente logró ir a la universidad, aprendió varias lenguas

 

extranjeras —entre ellas el alemán— y se graduó con mención honorífca. Gracias a sus libros autobiográfcos se convirtió en una leyenda y en la personifcación del spirit of courage americano, ya que con su ejemplo devolvió el valor a millones de ciegos. Incansable, daba conferencias para reclamar los derechos de los grupos desfavorecidos y fue distinguida con varios doctorados honorífcos. Los libros reemplazaban para ella el mundo visible, y al tener noticia de la acción que se preparaba en Alemania reaccionó con una carta abierta a los estudiantes alemanes que se publicó en el New York Times el 10 de mayo de 1933 y empezaba con las siguientes frases:

 

Si creéis que podéis extinguir las ideas, es que no habéis aprendido nada de la historia. Los dictadores ya lo han intentado muchas veces, pero las ideas se alzaron contra ellos con todo su poder y los aniquilaron.



 

 

 

 

 

 

 

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Esta carta desencadenó una protesta espontánea de grandes

 

proporciones: el mismo 10 de mayo —según el titular del New York Times del día siguiente—, a las 18 horas, al fnal de la jornada laboral, cien mil personas se manifestaron contra las hogueras alemanas en una marcha que fue desde el Madison Square Garden hasta el Battery. Hubo protestas similares en Filadelfa, Chicago, San Luis y Detroit, entre otras ciudades. La revista Newsweek habló de un «holocausto de libros», mientras que el Times (22 de mayo) creó la palabra «bibliocausto» y publicó el testimonio ocular de su reportera Dorothy Tompson, que contaba que los libros de su marido Sinclair Lewis ardieron en la hoguera junto con los de Hemingway, Upton Sinclair, Jack London y John Dos Passos, entre otros.

 

 

 

Aunque eran comprensibles, tales protestas no dejaban de resultar sorprendentes, pues precisamente en Estados Unidos la destrucción sistemática de libros contaba con una tradición propia. La quema pública de libros alemanes celebrada solemnemente en Wyoming y en Cleveland en los años 1917/1918, mientras los asistentes entonaban canciones patrióticas, puede contabilizarse como un daño colateral de la Primera Guerra Mundial. Estas incineraciones por motivos políticos experimentaron un nuevo auge en los años cuarenta, cuando la América conservadora empezó a temer una infltración de la «izquierda». No obstante, desde hacía décadas venía siendo habitual perseguir y destruir en masa otra clase de publicaciones: los libros considerados «inmorales», entre los que se encontraban las novelas de Hemingway o de Nabokov. Apenas hubo protestas en Estados Unidos contra esta tradición de prohibir y quemar libros por motivos morales.

 

El iniciador de este movimiento se llamaba Anthony Comstock (1844-1915), nombre que se convertiría en sinónimo



 

 

 

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de   persecución    fanática    y   despiadada:    una       comstockery

 

signifcaba la proscripción —aparentemente defnitiva— no solo para el libro, sino con frecuencia también para el editor o el autor. El concepto lo acuñó George Bernard Shaw, después de que en 1905 Comstock impusiera una prohibición de su obra de teatro La profesión de la señora Warren. La obra, publicada ya en 1898, también estaba prohibida en Inglaterra y hasta 1925 no se pudo representar públicamente. Comstock no había visto ni leído la obra. Le bastó con saber, por un vago resumen del argumento, que una mujer joven fumaba cigarros, bebía whisky y se licenciaba en matemáticas en Cambridge con distinción, estudios fnanciados con las ganancias de una cadena de burdeles que su madre dirigía con gran éxito. La obra era un compendio de todo lo que Comstock perseguía con un odio feroz: sexo, drogas y mujeres emancipadas.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Caricatura contemporánea del censor Anthony Comstock.

 

Este hijo de una familia pobre de puritanos de Connecticut, sin más educación que la recibida en la iglesia y la escuela



 

 

 

 

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dominical, habría prohibido todos los libros menos la Biblia,

 

pues —según argumentaba— Adán en el paraíso tampoco necesitó ningún libro. Como ya era demasiado tarde para eso, se dedicó a luchar contra las publicaciones que, a su modo de ver, fomentaban la perversidad diabólica de los apetitos carnales. Tenía bastante con dos principios: «Ni arte ni ciencia, sino moral» y «Una regla moral para todos». Este proletario hostil al arte aspiraba a convertir su propio punto de vista limitado en la norma para la literatura y la ciencia, y a obligar a los demás a aceptar sus opiniones. Lo consideraba la tarea personal que Dios le había asignado. Lo más sorprendente es que lo consiguió. Licenciado como soldado de la guerra civil, mientras se ganaba la vida en Nueva York como vendedor de tirantes y cordones de zapatos conoció la cara oscura de la gran ciudad y culpó de todos los vicios a las obras impresas, ese mundo desconocido para él. Cuando se enteró de que un médico vendía panfetos de educación sexual, hizo que lo detuvieran. El médico se suicidó en la cárcel, porque también había practicado abortos y temía un juicio público. Obedeciendo a una «voz interior», como más tarde escribiría Comstock, fue a casa del médico en el momento en que la viuda se disponía a sacar de la imprenta las planchas de los libros peligrosos. Cogió el cacharro, todavía cargado, y lo llevó a sus amigos de la Asociación Cristiana de Hombres Jóvenes, donde destruyeron las planchas. Animado por este éxito, en 1872 fundó, con el apoyo fnanciero de sus correligionarios, la Sociedad Neoyorquina para la Supresión del Vicio, cuyo escudo de armas ostenta una quema de libros.

 

Los intelectuales no se tomaron en serio a ese palurdo fanático, que no dudaba en utilizar los puños como argumento, ni a su organización. En los tiempos revueltos que siguieron a la guerra civil había docenas de grupos parecidos, contrarios al juego, el alcohol, la blasfemia, la poligamia de los mormones o



 

 

 

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los derechos de los negros. Pero Comstock era un fanático que suministraba lemas simples a la chusma cristiana e infundió una agresividad completamente nueva al puritanismo, hasta entonces más bien introvertido. En lugar de burlarse de él por su obtusa cerrilidad, cosa que no le preocupaba, se deberían haber empleado contra él unos métodos tan brutales como los suyos, a fn de detenerlo y evitar males mayores; pues Comstock era un hombre sin escrúpulos que pasaba sobre cadáveres para conseguir sus objetivos y acabó empujando a dieciséis personas al suicidio. La última fue una maestra que había escrito Noche de bodas, un folleto que los médicos recomendaban a los novios inexpertos. Comstock lo consideró indecente y acusó a la maestra. Esta dejó escrito en una nota que no podía seguir viviendo con el oprobio de que la considerasen la autora de un escrito obsceno.

 

No nos extendamos más, es decir, no nos extendamos tanto como Ludwig Marcuse, que en su libro de vejez Obszön. Geschichte einer Entrüstung [«Obsceno. La historia de una indignación»] (1962) ofreció una descripción de Comstock un tanto confusa y más bien desorientadora. En 1913, dos años antes de su muerte, Comstock resumió la obra de su vida en una entrevista. Había llevado a la cárcel a casi cuatro mil personas y había arruinado a editores y autores a fuerza de sanciones económicas. Según sus cálculos, el peso de los libros que había destruido ascendía a 160 toneladas.

 

Lo que posibilitó este balance fue su mayor éxito: ya en 1873 impuso con su sociedad la «ley Comstock», que hasta hoy prohíbe al correo enviar escritos «inmorales». Esto signifcaba terminar con la falta de censura en Estados Unidos y convertir el correo en un organismo de vigilancia, pues a partir de ese momento tenía que controlar que no se enviara ningún escrito que infringiera la ley. Como el correo no tenía personal competente en la materia, en un primer momento se facultó al



 

 

 

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proprio Comstock a abrir todos los envíos en calidad de primer secretario de correo, con el fn de comprobar su inocuidad moral. Elaboró listas negras para instruir a los empleados, en las que fguraba todo aquello que lo escandalizaba, desde anuncios de periódicos de anticonceptivos hasta obras literarias de fama universal. Si se detectaba algo, había que destruirlo. Tampoco se salvaban los escritos sobre la emancipación de la mujer, pues —a su juicio— el derecho a voto femenino llevaba directamente a la prostitución. Fue ridiculizado cuando confscó postales artísticas de los museos, y tildado de inculto cuando hizo quemar libros de Balzac y Boccaccio con el argumento de que en la literatura italiana y francesa no había «nada más que historias de burdeles y prostitutas». Lo tachaban de jesuita protestante y lo ridiculizaban en caricaturas, pero le dejaban plena libertad. Alguna de sus víctimas arruinadas debería haberle partido la cara a tiempo, algún juez debería haberle parado los pies, pero ningún miembro de la buena sociedad quería ser sospechoso de «defender» la pornografa. El poder de Comstock aumentaba con cada prohibición: como los periódicos dependían de la venta por correo, pedían sumisamente la censura previa de sus anuncios. En 1914, el editor de Teodore Dreiser solicitó la garantía contractual de que su nueva novela, El genio, no contenía obscenidades.

 

La ley de Comstock generó un clima de miedo y mojigatería; sus críticos decían que la situación era comparable a la de la época de la Inquisición. Numerosos artistas abandonaron Estados Unidos en busca del aire libre de París. Para Hemingway, París, comparado con la nación supuestamente más libre del mundo, era «una festa». La infuencia de Comstock no terminó con su muerte: cuando Dreiser publicó en 1915 la novela Te Genius sufrió amenazas de persecución penal por atentar contra la moral pública y tuvo que retirar el libro, que no se pudo volver a publicar hasta 1923, después de un



 

 

 

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juicio espectacular y una acción solidaria de colegas americanos y británicos que no tenía precedentes. Según Comstock:

 

El arte no está por encima de la moral, la moral prevalece. Luego viene la ley, como defensora de la moral pública. Por lo tanto, el arte solo entra en conficto con la ley cuando representa tendencias inmorales u obscenas.

 

La ley siguió en vigor, de modo que incluso tras la muerte de Comstock se siguieron confscando y destruyendo toneladas de libros. Fue así como se llegó a una situación absurda: las quemas de libros de los nacionalsocialistas provocaban repugnancia y horror en Estados Unidos, mientras el correo de ese país quemaba con todas las de la ley y sin protestas, aunque por otros motivos, los mismos libros de Hemingway y John Dos Passos que ardieron en Alemania.

 

 

 

A partir de abril de 1918 empezaron a publicarse los primeros capítulos del Ulises de James Joyce en Te Little Review, revista americana fnanciada y editada por Margaret Anderson y Jane Heap. El correo confscó y quemó los números de enero y mayo de 1919 («Lestrigones», «Escila y Caribdis») y el de enero de 1920, que contenía el capítulo del cíclope. John S. Summer, sucesor de Comstock en la Sociedad para la Supresión del Vicio, presentó una acusación ofcial contra el número doble de julio/agosto de 1920, que ofrecía la primera parte del episodio de Nausícaa, y ganó: en febrero de 1921 se impuso una multa de cincuenta dólares a cada una de las editoras por difusión de obras obscenas. La condena tuvo efectos disuasorios: ningún editor americano estaba dispuesto a correr el riesgo de publicar la novela completa; los dos únicos interesados rechazaron el manuscrito a vuelta de correo. Así las cosas, Sylvia Beach, admiradora de Joyce y propietaria de la librería parisina Shakespeare & Co., se decidió a costear la publicación del libro



 

 

 

 

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en una edición limitada y venderlo a través de una lista de suscriptores. Harriet Weaver envió todos los nombres de personas y librerías de Inglaterra, además de doscientas libras como anticipo para la edición inglesa, que quería imprimir con el sello de su editorial, Egoist Press. Ezra Pound reunió los nombres de todos los compradores americanos. Entre los primeros suscriptores estaban André Gide, Hemingway y Winston Churchill. Shaw lo rechazó indignado, pues era «una representación repulsiva de una fase repugnante de la civilización», y sobre todo porque el libro costaba 150 francos (carta a Sylvia Beach, 11 de junio de 1921). La edición parisina (mil ejemplares) se agotó en pocos meses; el 12 de octubre de 1922 se publicó la segunda edición, con una tirada de dos mil ejemplares y el siguiente pie de imprenta: «Publicado para la Egoist Press, Londres, por John Rodker, París». Este colaborador de Weaver enviaba los libros por paquete postal normal a los compradores de Inglaterra, Irlanda, Canadá y Estados Unidos. En muy pocos casos llegaron a los destinatarios: en Irlanda y Canadá fueron quemados inmediatamente, en Estados Unidos las ofcinas de Correos reunían primero unos quinientos ejemplares y luego los quemaban. Una reimpresión con la que se pretendía suplir esta pérdida fue confscada en la aduana inglesa de Folkestone y seguramente también fue quemada. A continuación, el Ulises se prohibió en Inglaterra; en Estados Unidos se había prohibido judicialmente una publicación editada con miras a obtener el copyright, de modo que ya circulaban como ediciones piratas unas versiones «depuradas». La versión completa del Ulises no se pudo publicar en Inglaterra hasta 1958.

 

 

 

En 1933, once años después de la primera edición, se celebró un juicio en Nueva York porque la aduana había vuelto a confscar un ejemplar del Ulises por obscenidad, pero esta vez el destinatario exigía la entrega del libro como obra de arte. En su



 

 

 

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sentencia, el juez John Woolsey dijo «que el Ulises, que sin duda en muchos pasajes puede actuar sobre el lector casi como una especie de vomitivo, en ningún pasaje puede tener un efecto afrodisíaco». Y concluyó: «No hay, por tanto, en opinión del tribunal, ningún motivo para prohibir la importación del Ulises a Estados Unidos». La sentencia fue impugnada; en la segunda instancia, el fscal basó la acusación en la ofensa de los sentimientos religiosos y dijo: «Toda crítica despectiva de la Iglesia, del tipo que sea, constituye una infracción de la moral». No obstante, el tribunal confrmó la absolución.

 

En Alemania, el Ulises no estuvo prohibido ni siquiera después de 1933.

 

 

Estados Unidos tenía el partido comunista más pequeño del mundo, pero el país se comportaba como si la revolución estuviera a las puertas, según dijo Arthur Miller en sus memorias sobre la época de McCarthy. De hecho, en 50 la cifra de los miembros del partido ascendía a unos treinta y un mil, pero el senador de Wisconsin Joseph McCarthy hablaba de una conspiración de proporciones tan enormes y de una vileza tan abismal que, a su lado, cualquier otra empresa de la historia de la humanidad empalidecía. Enardecido por su odio provinciano contra los intelectuales de la costa este, veía en sus instituciones la quinta columna de Stalin. Para su visión del mundo paranoide, todo estaba infltrado por «las izquierdas». En la memoria histórica han quedado sobre todo las cazas de brujas lanzadas por su Comité de Actividades Antiamericanas contra actores y escritores que habían apoyado a Estados Unidos y a Rusia en su lucha conjunta contra el fascismo europeo y que ahora, tras el fn de la guerra, eran denunciados como simpatizantes de la Unión Soviética. De repente, toda participación en un acto antifascista en el que también



 

 

 

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hubieran participado presuntos comunistas se consideraba prueba de una actitud antiamericana y el estigmatizado como traidor a la patria era incluido en una lista negra que ponía fn a su carrera.

 

Pero la paranoia de McCarthy llegaba mucho más lejos: olía la infltración comunista incluso en algunos organismos gubernamentales americanos, como el Ministerio de Asuntos Exteriores, dirigido a la sazón por el elegante y culto Dean Acheson, un diplomático clásico que sabía moverse en el foro internacional y que no compraba sus trajes en Wisconsin, sino en Savile Row. Tras la guerra, Acheson personifcaba el nuevo internacionalismo americano; McCarthy, la idiot people, el hombre sencillo que se duerme y se despierta con el lema «Primero, América».

 

En el marco de los nuevos compromisos, se intentaba propagar en Europa la american way of life, objetivo al que servían las aproximadamente doscientas Casas de América abiertas en siete países europeos. Estaban provistas de excelentes bibliotecas que cada año recibían todas las nuevas publicaciones importantes. Como McCarthy no se faba de las delegaciones del gobierno de Estados Unidos en Europa, en marzo de 1953 envió a dos miembros de su equipo en un viaje de inspección por todas las bibliotecas. Echando mano de sus listas negras, llegaron a la conclusión de que, entre los cerca de dos millones de libros, había treinta mil obras de autores «procomunistas» que debían ser apartadas. El Ministerio de Asuntos Exteriores debería haber protegido las bibliotecas, pero se sometió a McCarthy y mandó un telegrama ordenando la destrucción de los libros. Una parte se quemó a toda prisa; entre los libros damnifcados había algunas obras que veinte años antes ya habían ardido en las hogueras nazis: La montaña mágica de Tomas Mann, La teoría de la relatividad de Albert Einstein, las obras de Sigmund Freud, Diez días que



 

 

 

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estremecieron al mundo de John Reed y How I became a Socialist de Helen Keller. Se apartaron y destruyeron todas las obras de Sartre, Maxim Gorki, Dashiell Hammett, Langston Hugues, Herman Melville y Howard Fast, por mencionar solo los nombres que hoy siguen siendo conocidos. Melville, el autor de Moby Dick, muerto en 1891, fue a parar a la lista por culpa de una crítica sarcástica de los misioneros. Pero también se tuvieron que destruir las Obras Selectas de Tomas Paine, muerto en 1809, pues contenían el famoso ensayo de 1791 sobre los derechos humanos.

 

En 1943, Howard Fast había publicado una biografa novelada sobre Tomas Paine (Citizen Tom Paine). En ella se describe con un considerable rigor histórico cómo un hombre que en su juventud vive en un ambiente dominado por la violencia y el alcohol llega a convertirse en el reformador social y el liberal radical que, tras huir del terror de la Revolución francesa, muere en América solo y desterrado.

 

El género literario favorito de Howard Fast era la novela histórica; un año antes había publicado su novela sobre George Washington. La novela sobre Tom Paine llegó a vender un millón de ejemplares en 1947, cuando el Board of Education (organismo equivalente a un ministerio nacional de cultura) decidió que, en las nuevas condiciones políticas, la novela defendía ideas radicales y era, por lo tanto, indecente: debía ser retirada de las bibliotecas de las universidades. En la guerra, el libro había servido a los soldados como lectura estimulante en la lucha contra el fascismo y también se había difundido en los países vencidos de Europa como ejemplo modélico del compromiso con la idea de la libertad. La prohibición de 1947 desencadenó una tormenta de protestas (por ejemplo, Publishers Weekly 151, 15 de febrero de 1947, págs. 1134 y sig.) y hubo actos públicos a favor del autor, pero no consiguieron nada, salvo que a partir de entonces Howard Fast tratara temas



 

 

 

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aún más radicales: su novela Spartacus (1951), sobre la revuelta de los esclavos romanos, fue un éxito mundial, en parte gracias a la película que se basó en el libro (1960). Por desgracia, en 1953 la Unión Soviética le concedió el Premio Stalin de la Paz en gracia a su labor «por el fortalecimiento de la paz entre los pueblos», lo que signifcaba el fn para Howard Fast en Estados Unidos. Todavía escribió otras novelas de temas confictivos, pero ya solo obtendría grandes éxitos de ventas con las novelas de detectives escritas con el pseudónimo E. V. Cunningham.

 

Una víctima mucho más trágica de la era McCarthy fue el famoso autor de novela negra Dashiell Hammett, cuyo Tin Man fue retirado de todas las Casas de América europeas en 1953. En 1951 ya había sido citado ante la comisión del Senado, donde tuvo que responder como testigo a la pregunta de quién fnanciaba el Civil Rights Bail Fund. Este fondo se había creado para poder pagar la fanza de los acusados por motivos políticos. Hammett se negó a decir los nombres de los patrocinadores y tuvo que pasar veintidós semanas en la cárcel. Cuando en 1953 volvió a negarse a denunciar a nadie, todos sus libros fueron retirados de las bibliotecas. Acabó en la lista negra, no recibió más encargos y la cadena NBC suprimió de la programación su serie Adventures of Sam Spade. Con el personaje del gélido detective privado Sam Spade, que se mueve mejor en el ambiente de los lóbregos clubs nocturnos y los policías corruptos que en las villas y casas señoriales, Hammett, ya con El halcón maltés (1930), liberó el género de la novela negra de las cadenas del «¿Quién es el asesino?» y lo convirtió en un vehículo de la crítica social. Mostró la América real de los años treinta y cuarenta en todos los matices del gris, en la que solo sobrevive el que piensa más rápido, no el que dispara más rápido. Generaciones enteras de cineastas y escritores, empezando por Raymond Chandler con su detective Philip Marlowe, se inspiraron en Hammett y Sam Spade, y para



 

 

 

 

 

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Humphrey Bogart la película de John Huston El halcón maltés (1941) signifcó su tarjeta de presentación en el Olimpo de Hollywood.

 

Pero todo eso ya no contaba. Dashiell Hammett, que había luchado por América en dos guerras mundiales, perdió todos sus ingresos por culpa de las ideas paranoides de McCarthy. Cayó en la lista negra de autores prohibidos y murió en 1961 en Nueva York, solo y arruinado. Les pasó lo mismo a otros muchos escritores y redactores que trabajaban para la radio y la televisión. McCarthy consideraba que incluso Voice of America, la emisora de propaganda del Ministerio de Asuntos Exteriores, estaba infltrada: todos los colaboradores fueron despedidos sin previo aviso. Cuando en marzo de 1953 un productor preguntó por un título de Rimski-Korsakov en el archivo musical de la emisora, le dijeron que la música de los rusos estaba prohibida.

 

Estas medidas de censura dañaron la imagen de Estados Unidos como baluarte de la libertad de expresión. Europa no osó protestar ofcialmente, pero en el momento álgido de la caza de brujas el presidente Eisenhower se vio obligado a tomar partido. El 14 de junio de 1953, ante los estudiantes del Dartmouth College, pronunció un discurso sorprendentemente diáfano, en el que dijo:

 

 

 

¡No os pongáis del lado de los quemadores de libros! Id sin temor a las bibliotecas y leed todos los libros que encontréis, salvo cuando contradigan lo que vosotros mismos consideráis correcto y decente. Ese debería ser el único criterio… ¿Cómo se puede luchar contra el comunismo si no se sabe lo que es el comunismo? Solo podemos ganar esta guerra si tenemos algo mejor que oponer a esta ideología, no intentando reprimir lo que piensan algunos de nuestros conciudadanos. Estos compatriotas también forman parte de América. Y, aun cuando sus ideas se opongan a lo que pensamos, tienen el derecho de expresar esas ideas de forma oral y escrita y de comunicarlas a otros, eso es indudable, o este país no es América.

 

Esta profesión de lealtad a un derecho fundamental garantizado por la Constitución atrajo una gran atención internacional,



 

 

 

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pero tuvo pocas consecuencias. Cuando los boy scouts de Portsmouth (Rhode Island) pretendían quemar libros en el aniversario de Lincoln de 1955, solo se les pidió que no lo hicieran en el lugar conmemorativo de la Revolución americana. Acabaron quemando los libros en el vertedero municipal. Un año después, en julio de 1956, tras una demanda de la U. S. Food and Drug Administration (FDA) y la orden judicial correspondiente, las obras de Wilhelm Reich fueron confscadas en su casa de Rangeley (Maine) e inmediatamente quemadas en su jardín. A fnales del mismo año y en marzo de 1960 se destruyeron en la incineradora de basuras de Nueva York seis toneladas de libros de Reich que se habían confscado en las bibliotecas de todo el país, junto con publicaciones sobre él. La posesión privada de escritos de Reich también se prohibió y se persiguió penalmente. Este psicoanalista, que emigró a Estados Unidos en 1939 y cuyas obras tempranas ya habían ardido en las hogueras alemanas en 1933, posteriormente creyó haber descubierto el secreto de la energía vital, que llamó «orgón» y que, según él, se podía concentrar en un dispositivo que construyó él mismo: el «acumulador de orgón». A petición de Reich, en 1941 Albert Einstein comprobó el supuesto fujo de energía del aparato, pero no pudo acreditarlo. Einstein dijo que la teoría de Reich era una «ilusión», lo que no hizo desistir a Reich de crear la orgonterapia para el tratamiento de pacientes de cáncer. La FDA lo consideró una charlatanería que amenazaba a los pacientes y vio en la difusión de las obras de Reich una propaganda de esa «ilusión». En países menos represivos las obras de Reich podían difundirse sin obstáculos; se ignoran los daños que hayan podido ocasionar en las mentes de los creyentes en el «orgón». El hecho de que su casa de Rangeley actualmente sea un museo demuestra que la quema de libros no fue una solución.



 

 

 

 

 

 

 

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Las organizaciones, privadas o semiestatales, consagradas a la preservación de la moral pública por medio del fuego no cejaron en su empeño. La que se considera la primera quema de libros del siglo xxi en Estados Unidos tuvo lugar en Pittsburgh: en un auto de fe de la secta cristiana Harvest Assembly of God, el best seller de J. K. Rowling Harry Potter se consumió en la hoguera por enaltecimiento de la magia, junto con cedés y vídeos de Bruce Springsteen, AC/DC, Iron Maiden y Black Sabbath, además de los vídeos de Hércules y Pinocho de Walt Disney. Posteriormente, los fundamentalistas cristianos también quemaron libros de Harry Potter en Carolina del Sur, Iowa y Maine.

 

¿Y el senador Joseph McCarthy? Parece ser un caso clásico de la tesis que Wilhelm Reich presentó en su libro Psicología de masas del fascismo, según la cual existe una correlación causal entre la represión autoritaria de los instintos y la conducta represiva y dictatorial. McCarthy procedía de una familia rigurosamente católica, en cuya visión del mundo la homosexualidad sencillamente no existía. Cuando se empezaron a hacer conjeturas sobre su relación con su joven colaborador Roy Cohn, quien junto con su amigo Dave Shine se encargó de las limpiezas en las Casas de América europeas, McCarthy se casó con su secretaria. La pareja no tuvo hijos y adoptó a un bebé del orfanato de Nueva York. De ese modo se mantuvo oculta la orientación sexual de McCarthy, mientras que la homosexualidad de Cohn era un secreto conocido en su amplio círculo de amistades. El Spiegel (n.º 20, 1954) dedicó un reportaje muy bien documentado a las acciones inquisitoriales del protegido de McCarthy. El amor homosexual era un tabú: en la película Espartaco se tuvieron que eliminar todas las alusiones a este tema, al que tampoco podían hacer referencia las obras de teatro. En Inglaterra no había más tolerancia: Panorama desde el puente, de Arthur Miller, no se pudo



 

 

 

 

 

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representar en un teatro público y tuvo que estrenarse en un club de teatro.

 

Mientras que algunos críticos interpretan la conducta agresiva de McCarthy contra cualquier forma de liberalismo como una desviación de su homosexualidad, otros consideran que es consecuencia de su alcoholismo. En cuanto perdió el respaldo del presidente, el Senado también se volvió en su contra y fue reprobado por conducta inapropiada. Tuvo que ceder la presidencia de su comisión a un demócrata. El hombre que había destruido la vida de docenas de inocentes, pero que no había entregado un solo espía comunista, no tuvo que responder por su actividad criminal; tampoco fue internado en una clínica psiquiátrica por su paranoia. Hasta su muerte por cirrosis (1957) siguió siendo senador de Wisconsin y volvió a desaparecer en el pantano de la insignifcancia del que había emergido por un azar de la historia universal.

 

 

 

En enero de 2001, el ministro de Cultura egipcio cedió ante las exigencias de los extremistas islámicos y mandó quemar la edición completa de un libro de poesía del clásico árabe Abu Nuwas, ya que supuestamente sus versos enaltecían la homosexualidad. Al mismo tiempo se llevaban a cabo acciones similares en Indonesia, donde los poemas de Jalil Gibran acabaron en la hoguera, junto con mangas japoneses y música pop occidental que no se ajustaban a los valores islámicos.

 

La teoría de que Jesucristo y María Magdalena tuvieron una relación e incluso hijos en común, teoría tachada de paracientífca durante mucho tiempo y que Dan Brown expuso en su éxito de ventas El código Da Vinci, fue motivo para que el 21 de mayo de 2006 dos políticos de la localidad italiana de Ceccano quemaran públicamente un ejemplar del libro escandaloso. Me callo los nombres de los dos necios, pues es



 

 

 

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posible que desde entonces se hayan vuelto algo más sensatos y ya no se crean obligados a salvar el honor de Jesucristo. Anteriormente, estas noticias se cubrían de polvo en las hemerotecas, pero hoy Internet almacena sin piedad todas las torpezas y las pone a nuestra disposición en cualquier momento. En 2005, un político regional turco ordenó retirar de las bibliotecas públicas y quemar todos los libros de Orhan Pamuk, quien más tarde recibiría el Premio Nobel. Seguramente habría oído que Pamuk criticaba la política de su país respecto a los kurdos y que incluso había escrito sobre el genocidio contra los armenios del año 1915. Difcilmente habría podido leer la obra de Pamuk, pues en las bibliotecas de su distrito no se encontró ni un solo libro del autor. Se tuvo que suspender la quema.

 

Todo resulta más fácil cuando el combustible se entrega a domicilio sin recargo. En mayo de 2008, la secta de los judíos mesiánicos, que reconoce a Jesús como el mesías prometido, distribuyó cientos de ejemplares del Nuevo Testamento en la ciudad israelí de Or Yehuda. Grupos de estudiantes talmúdicos los reunieron, los amontonaron formando una hoguera y les prendieron fuego.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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FE Y SABER

 

 

 

La madre de todas las listas negras es una relación de libros prohibidos que la Iglesia católica publicó por primera vez en 1559 en Roma. Pero existían precedentes: la Facultad de Teología de la Sorbona había publicado seis listas de libros peligrosos entre 1544 y 1556, la Universidad de Lovaina, en Brabante, confeccionó tres catálogos similares y Venecia, Florencia y Milán contaban con sus propias listas de libros prohibidos. Huelga decir que la represión de libros heréticos era una de las funciones de la Inquisición española, portuguesa y romana, que elaboraban sus propios catálogos.

 

La necesidad de unifcar estas listas empezaba a ser imperiosa. La Iglesia católica romana debía presentarse como la Iglesia única y universal, si no quería perder su autoridad, pues atravesaba por una situación difcil y estaba a la defensiva. La invención de la imprenta había permitido a los reformadores protestantes imprimir sus ideas en panfetos y folletos a muy bajo coste y difundirlos en grandes cantidades. Antes era sencillo solucionar el problema de las herejías quemando los libros heréticos y, a ser posible, también a sus autores. El Quinto Concilio de Letrán (1512-1517) introdujo la censura preventiva y, partir de ese momento, toda publicación requería el visto bueno de la Iglesia; cualquier libro que no contara con él era sospechoso y podía ser prohibido y quemado. Pero nada de eso bastaba ya. En el fondo, Roma no llegó a comprender el alcance y signifcado de la difusión de la imprenta y no supo ver a



 

 

 

 

 

 

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tiempo que estaba ante una nueva evolución histórica. Con su habitual arrogancia, creía que bastaría con ordenar en una bula papal la quema de las obras de Lutero, dejando que los órganos seculares la hicieran cumplir. Pero ya en 1520, cuando se promulgó la bula Exsurge Domine, el sistema no funcionaba. Como los órganos seculares de buena parte de Alemania apoyaban a los protestantes, Roma recibió la sorprendente noticia de que lo que acabó en la hoguera no fueron los escritos heréticos, sino la bula que los condenaba. Aun así, hubieron de transcurrir veinte años más antes de que la Iglesia romana se diera cuenta de que no se las veía con un pequeño grupo de sectarios y comprendiera que los protestantes suponían una amenaza real. Utilizaban con gran efcacia las posibilidades que les brindaba la imprenta para difundir sus ideas y no se limitaban a poner en entredicho la autoridad del papado en cuestiones teóricas, sino que arremetían contra los mismos fundamentos de la Iglesia católica romana.

 

 

 

La primera (y tardía) reacción de la Iglesia fue la creación de la Santa Inquisición de la Iglesia Católica Romana (1542), de la que pasaron a formar parte seis cardenales cuyo cometido era vigilar a quienes se desviaran de la doctrina ofcial. A la cabeza de la organización estaba el cardenal Gian Pietro Carafa (1476-1559), quien solicitó un catálogo unifcado de todos los libros heréticos, cosa que solo logró tras su elección como Papa (Pablo IV) en 1555. En la British Library de Londres se conserva el único ejemplar del que disponemos de este catálogo impreso, del año 1557, y no deja de resultar irónico que entre las obras condenables se encuentre una del mismo Papa. Se trata de un informe crítico de Carafa que planteaba la necesidad de reorganizar la curia para hacer frente a la amenaza protestante, y quienes emitieron su condena fueron los cardenales de la



 

 

 

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Inquisición que él mismo había nombrado. Puesto que solo se conserva este ejemplar del catálogo impreso, podemos deducir que el Papa debió de prohibir el primer catálogo de libros prohibidos por motivos personales.

 

El primer Index Librorum Prohibitorum publicado data de 1559 y, al igual que su predecesor, debió de ser en lo esencial obra de los miembros de la Inquisición, partidarios de la vía conservadora del estatismo, mientras que, en su informe condenado, Carafa al menos intentaba sentar las bases de una política dinámica. Este primer índice es una buena muestra de las ideas inmovilistas de sus redactores, pues no se pensaba que fuera a ser necesario reeditarlo. Además de casi mil nombres y títulos, que los inquisidores sacaron con cierta desidia de las listas de la Sorbona y Lovaina sin haber leído ni un solo libro, contenía un decreto que castigaba con la excomunión a todo aquel que en lo sucesivo osara «escribir, editar, imprimir o mandar imprimir, vender, comprar, dar en préstamo, como regalo o con cualquier otro pretexto, recibir, conservar, guardar o mandar guardar recurriendo a cualquier subterfugio, alguno de los libros o escritos enumerados en este índice del Santo Ofcio».

 

Era un índice alfabético que se dividía en tres secciones. En la primera se nombraban los autores que «erraban» de forma más grave, sin indicar los títulos de sus libros. Se prohibía la lectura de sus obras publicadas, así como de cualquier otra que publicaran en el futuro, «sea cual fuere su contenido». En esta categoría entraban 603 autores; Lutero aparece dos veces, bajo la «L» (como «Lutherus») y bajo la «M» (como «Martinus Lutherus»), lo que no se debe a la escrupulosidad de los redactores, sino, por el contrario, a la negligencia con la que se copiaron los nombres de otras listas.

 

En la segunda sección aparecen 117 autores que solo habían expresado opiniones heréticas o defendido supersticiones en



 

 

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algunos de sus libros. Junto a ellos aparecen los títulos de 126 escritos. La tercera sección recoge 332 obras anónimas consideradas dañinas y corruptoras, entre las que se encuentran tanto tratados sobre adivinación y alquimia como una Geographia universalis, es decir, un volumen con mapas de todos los continentes conocidos. En un apéndice se prohíben todas las traducciones de la Biblia a las lenguas vernáculas y, por último, aparecen los nombres de 61 impresores de cuyos talleres ya habían salido escritos heréticos. En virtud de la publicación del índice quedaba prohibido cualquier libro salido de sus prensas, fuera cual fuese su contenido.

 

Este tipo de condenas generales, impuestas sin ningún conocimiento de las materias tratadas, dieron lugar a enérgicas protestas no tanto por parte de los autores como por parte de los impresores y libreros que veían peligrar su medio de vida. Tras la muerte de Pablo IV (defensor de la línea dura), acaecida poco después de la publicación de su Index, fueron argumentos económicos de esta clase los que llevaron a una reducción de la lista en 1561 y a la elaboración en 1564, bajo la dirección del papa Pío IV, de otro índice cuya mayor novedad fue la inclusión de las normas por las que debía regirse la confección del Index católico, normas que conservarían su validez hasta 1896, cuando León#160;XIII las reformó sin restarles fuerza. Los libros condenados por los papas con anterioridad a 1515 estaban prohibidos aunque no fguraran en el Index, puesto que en realidad la Iglesia ya no sabía de qué obras se trataba. Quedaron prohibidas por principio las obras polémicas sobre temas religiosos que no estuvieran redactadas en latín, así como las traducciones de la Biblia a las lenguas vernáculas. La situación no cambió hasta el año 1897, cuando el papa León#160;XIII autorizó las traducciones de la Biblia que hubieran pasado la censura previa del Vaticano.



 

 

 

 

 

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Portada del Index de 1781.

 

Según una de esas normas, podía permitirse la publicación de los libros «depurados» de errores e ideas heréticas, es decir, si los pasajes problemáticos se tachaban. En 1571 se fundó la Congregación del índice de los Libros Prohibidos para que llevara a cabo esta labor de «expurgación». Era un colegio de cardenales encargado de la supervisión del mercado de libros, la censura y la prohibición. Pero el colegio de los siete cardenales se rindió rápidamente ante lo ingente de su labor. Las listas de obras que había que «expurgar» demuestran lo absurdo de su propósito, pues incluyen desde obras de autores clásicos como Plutarco, Homero, Ovidio, Cicerón, Horacio, Tácito y Esopo, hasta los tratados de medicina de Hipócrates y Paracelso o las obras fundamentales de matemáticas a partir de Euclides, pasando por los flósofos Platón y Aristóteles, historiadores antiguos como Heródoto, por citar solo los nombres más destacados. Si los cardenales no hubieran renunciado a su labor, hoy contaríamos con dobles versiones de todas estas obras: la original y una edición «depurada» para lectores católicos. La idea parece totalmente absurda, aunque es una pena que nos hayamos quedado sin saber cómo habría sido la geometría católica. En todo caso, el proyecto de elaborar un Index expurgatorius con correcciones detalladas fue un fracaso. Los planes de reescribir los libros y publicarlos en nuevas versiones se acabaron archivando y la Congregación del índice solo se ocupó en lo sucesivo de las prohibiciones.

 

 

 

 

 

Pascal, Descartes, Kant y Federico el Grande, Rousseau, Voltaire, Montesquieu, Diderot, Heine, Balzac, Leopold von Ranke, Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre: el índice



 

 

 

 

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romano de libros prohibidos parece una enciclopedia de literatura universal. El colegio de cardenales se vio superado desde el principio por la necesidad de vigilar todo el mercado de libros, que crecía con gran rapidez, y tuvo que recurrir a los delatores. Estos procedían de todas las clases sociales y la denuncia de un maestro de pueblo tenía el mismo peso que la de un noble. Solo se ponía una condición: los libros denunciados tenían que haberse publicado en una lengua «legible». Para los cardenales eran «legibles» el latín, el italiano y el francés, pues ni ellos ni sus colaboradores dominaban otras lenguas. De ahí que los libros en alemán no fueran incluidos en el Index hasta que se los traducía a una de esas lenguas «legibles». Por ejemplo, la antología de la prosa de Heinrich Heine titulada Cuadros de viaje contenía duras críticas al clero y a la censura. Como es sabido, el capítulo 12 de la sección titulada «Ideas» consta solo de los tachones típicos de la censura y de las palabras «los censores alemanes […] imbéciles», lo que en Austria, Hannover y Mecklemburgo supuso su prohibición inmediata, pero la obra publicada en Alemania en cuatro tomos entre 1826 y 1831 no se tradujo al francés hasta 1834. Más fácil fue el caso de otra obra de Heine, Sobre la historia de la religión y la flosofa en Alemania, publicada en 1835 a la vez que su traducción al francés, De l’Allemagne depuis Luther, y que tras la protesta de Metternich llevó a la prohibición de toda la denominada «literatura de la Joven Alemania» y puso en marcha la maquinaria inquisitorial que incluiría a Heine en el Index romano.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Heine se burla de los censores: la famosa página del capítulo doce de los Cuadros de viaje de Heinrich Heine (1827).

 

Sin embargo, había multitud de autores menos destacados que publicaban en alemán y a los que no se traducía. ¿Cómo pretendía Roma solucionar el dilema de no poder leer ni juzgar estos libros pero tener la obligación de proteger el alma de los católicos alemanes de la infuencia presumiblemente nociva de estas obras? Muy sencillo: convencidos de que en las imprentas alemanas solo se destilaba veneno protestante, la Congregación



 

 

 

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del índice solicitó al Papa la prohibición general de todas las nuevas publicaciones anunciadas en el catálogo de la feria anual de Fráncfort. Pero esa medida preventiva fue rechazada por el Papa y se mantuvo el procedimiento anterior, que requería una denuncia para examinar el contenido de una obra.

 

El caso de Heine es especialmente interesante, porque había en juego intereses políticos. La inclusión en el índice romano signifcó la extensión de la prohibición ya existente en Alemania y Austria a los lectores católicos sobre todo de Francia e Italia. En 1998, Hubert Wolf publicó las actas del proceso celebrado en Roma y, con la ayuda de dos germanistas, añadió información básica sobre la literatura y la historia de la época, de manera que hoy el procedimiento está muy bien documentado.

 

Tras la caída de Napoleón, las antiguas dinastías habían vuelto a tomar posesión de sus tronos y se comportaban como si nada hubiera ocurrido. La esperanza de lograr la unidad nacional alemana, que había llevado sobre todo a los estudiantes a participar en las guerras de liberación, se vio frustrada; los treinta y cuatro pequeños estados alemanes siguieron siendo soberanos y se reprimió todo intento de recordar la promesa de una Constitución. Cuando las hermandades protestaron contra esta política en el festival de Wartburg y organizaron un auto de fe simbólico, Metternich respondió con las resoluciones de Carlsbad, que decretaban un incremento de la censura, la prohibición de las asociaciones estudiantiles y un mayor celo represivo. Se proclamó que el principio monárquico de la soberanía era el fundamento de la Confederación Germánica. Con ello se pretendía erradicar todo intento de exigir una Constitución o representación popular. Prusia y Austria fueron pioneras en la aplicación de estas medidas represivas, con las que se quería devolver a Europa al statu quo existente antes de que Napoleón alterara la marcha de



 

 

 

 

 

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su historia. Metternich era el titiritero que mantenía el equilibrio entre los intereses de los distintos monarcas. Tras el Congreso de Viena dedicó toda su vida a la escenifcación de un Ancien Régime para el que la Revolución francesa y Napoleón solo habían sido accidentes de la historia que en el futuro había que evitar a toda costa. Las leyes que proclamó volvieron a convertir a los ciudadanos en súbditos carentes de voz.

 

Pero esta paz impuesta no duró mucho. Se vio alterada en 1830, cuando la revolución de julio de París destronó a un Borbón poco popular, Carlos X, que fue reemplazado por Luis Felipe, el «rey burgués». Esta catástrofe no tenía cabida en el sistema de Metternich, que creía que el orden se basaba en principios eternos: el derecho de nacimiento en el caso de las dinastías y Dios en el de la Iglesia. Pero, de pronto, ese principio de la legitimidad dinástica que se creía eterno parecía haber perdido validez y hubo mucho movimiento en la base de la política europea. En Polonia se produjeron levantamientos contra el zar ruso; Bélgica se separó de los Países Bajos y se dotó de una Constitución liberal en el seno de una monarquía constitucional. En Italia, Giuseppe Mazzini trabajaba a favor de la unidad democrática del país con su organización clandestina, «La joven Europa». También hubo revueltas en los pequeños estados alemanes: el duque de Brunswick fue derrocado y los soberanos de Sajonia, Hannover y Hesse tuvieron que abandonar sus tierras por negarse a dotar a sus súbditos de una Constitución. Los obreros y los artesanos fundaron asociaciones y periódicos amparándose en los nuevos derechos cívicos. Múltiples «comités polacos» pedían apoyo para los luchadores por la libertad que habían huido a Francia y a Alemania tras la sangrienta represión de la revuelta. La Asociación Patriótica Alemana exigió la libertad de prensa y en mayo de 1832 reunió a todos los liberales en el festival de Hambach.



 

 

 

 

 

 

 

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Solo Prusia y Austria parecían inmunes a estas ideas nuevas. Metternich tenía la frme convicción de que cualquier alteración del viejo orden acabaría con el sistema social entero. Veía semillas de revolución en toda asociación de artesanos y sospechaba que todos los periódicos difundían el veneno de la desintegración. El festival de Hambach fue un fanal: con treinta mil participantes fue la primera manifestación masiva en suelo alemán en la que los oradores exigieron un país libre y unifcado. De manera que había que defender como fuera el principio monárquico y la soberanía de los príncipes. Por consiguiente, se prohibieron las asociaciones, las reuniones, los discursos públicos y la prensa libre. Metternich impuso en los estados alemanes lo que en Austria era habitual desde hacía tiempo.

 

En 1790, debido al golpe que supuso la Revolución francesa, el emperador Leopoldo II había promulgado un decreto que especifcaba los escritos que estaba prohibido imprimir: todo lo que «altere la paz, provoque o pueda provocar errores, desunión o divisiones, incite a la desobediencia a los príncipes o promueva la tibieza en la observancia de los deberes cívicos o religiosos». Por supuesto, también se prohibía toda obra que «criticara las leyes y disposiciones de los príncipes regionales». Después de que la emperatriz María Teresa hubiera puesto previsoramente la censura eclesiástica en manos del Estado, se tenía un gran interés en utilizar la Iglesia como el apoyo más fable de la monarquía, como se refeja en las nuevas normas sobre censura de 1810: las obras que pretendían «socavar la religión cristiana, sobre todo la católica, corromper las buenas costumbres y fomentar la superstición» merecían tan poca indulgencia como «tolerancia los asesinos a sueldo». En el ámbito de la «literatura» se prohibió todo lo que explícita o implícitamente criticara la religión, las buenas costumbres o la dinastía reinante y la monarquía, así como todas aquellas obras



 

 

 

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que «no sean benefciosas ni para la razón ni para el corazón». Como sobre todo las novelas «llenan de quimeras la imaginación» de la gente, la censura se propuso «acabar con la lectura de esas novelas tan perniciosas».

 

Cuando la práctica de la censura austríaca se extendió a territorio alemán, la legislación de los estados perdió su validez. Sajonia-Weimar, por ejemplo, ya había introducido la libertad de prensa en 1816; en Wurtemberg y Baviera existía con limitaciones. Pero entonces se otorgó a la Asamblea Nacional, reunida en Fráncfort del Meno, el derecho a imponer desde las instituciones centrales las nuevas disposiciones sobre censura y, si hubiere lugar a ello, a prohibir cualquier escrito sin objeción posible. Se habían sentado las bases legales para la intensa persecución y condena de los autores agrupados bajo la denominación de la «joven Alemania» y cuyo principal representante era Heinrich Heine, que vivía en París desde 1831.

 

Sin embargo, el endurecimiento de las leyes no consiguió silenciar la literatura crítica, que buscó nuevos canales de distribución en la clandestinidad. La espiral de conspiración seguía girando y Metternich creó un servicio de espionaje que recopilaba y evaluaba todos los informes sobre actividades revolucionarias y asociaciones peligrosas. Esta Ofcina de Información de Maguncia, que no existía ofcialmente, estaba dirigida por Karl Gustav Noe von Nordberg, jefe superior de la policía austríaca, que debía informar regularmente al canciller. Una de las principales funciones de Noe era la de encontrar soplones entre los intelectuales para que actuaran como topos en las organizaciones clandestinas. Para hacerse con sus servicios, contaba con un «fondo de manipulación» dotado con varios miles de forines. La idea era sencilla: por medio de las prohibiciones se dejaba sin ingresos a los autores y luego se les proponía convertirse en delatores. De ese modo se logró reclutar a periodistas que actuaban movidos por una necesidad



 

 

 

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extrema y a autores que esperaban conseguir así una reducción de su condena, ser puestos en libertad o evitar la expulsión; lo cierto es que fue un sistema sumamente efcaz. Por otro lado, a diferencia de la policía de los pequeños estados, el nuevo servicio de espionaje centralizado podía imponer muchas sanciones a los opositores: la expulsión de la universidad, la exclusión de la función pública, la denegación de permisos de residencia, la privación del derecho de ciudadanía y la prohibición de la publicación de sus obras. Hubo cientos de represalias y se truncaron incontables carreras. Muchas veces, exiliarse a Francia o América fue la única opción para escapar del Estado policial de Metternich.

 

Heinrich Heine se había sentido ofendido como judío por una sátira de August, conde von Platen, y en el tercer volumen de sus Cuadros de viaje lanzó un ataque personal contra el autor homosexual tan poco considerado que provocó una oleada de indignación. Heine escribió en su defensa dos cartas (3 de enero y 4 de febrero de 1830) a su amigo Varnhagen von Ense: «No se dan cuenta de que lo que critico en él es al representante de su partido. No he atacado al joven y descarado prostituto de aristócratas y curas solo por motivos estéticos. Se trata de la guerra del hombre contra el hombre, y que se me diga públicamente que yo, nacido de baja cuna, debo alguna consideración a la alta cuna me hace reír, pues precisamente eso es lo que me impulsó; quería dar ejemplo, sea cual fuere el resultado, y se lo he dado al buen alemán». Un mes después afrmaba:

 

De nuevo las quejas. Parece que he hecho algo inaudito en la literatura alemana. ¡Como si los tiempos no hubieran cambiado! La lucha de Schiller y Goethe en las Xenien no fue una guerra de verdad, era la época artística, se trataba de la apariencia de la vida, del arte, no de la vida misma. Ahora, en cambio, lo que está en juego son los máximos intereses vitales, la revolución entra en la literatura y la guerra se vuelve algo más serio. Puede que yo sea […]



 

 

 

 

 

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el único representante de esta revolución en la literatura, pero el fenómeno era necesario desde cualquier punto de vista.

 

Con ello, Heine formulaba un programa que no solo criticaba el estancamiento de la literatura clásica y tardorromántica, sino que también arremetía contra su obediencia política frente a la aristocracia y la Iglesia y pedía el compromiso de los literatos con los «máximos intereses vitales». La polémica de Heine contra Platen era mucho más que un duelo literario; era un ataque al orden existente, seis meses antes de la revolución de París. Así fue interpretada y, a partir de ese momento, Heine hubo de enterrar sus esperanzas de encontrar una colocación como jurista al servicio del Estado. En Prusia se confscaron sus Cuadros de viaje. Desoyendo los consejos de su amigo Varnhagen, que le recomendaba escribir algo apolítico, redactó una apasionada introducción a las cartas críticas de Kahldorf agrupadas bajo el título Über den Adel [«Sobre la nobleza»]. Obvio es decir que este libro también se prohibió inmediatamente en Prusia, pero para entonces Heine ya estaba en París y, en enero de 1832, inició una serie de artículos sobre la situación de Francia que se publicaron en la Allgemeine Zeitung del editor Johan Friedrich Cotta. Sorprendentemente, Metternich tardó bastante en expresar su descontento a Cotta. En abril, cuando ya se habían publicado catorce artículos, su intermediario Friedrich von Gentz dirigió al editor una carta tan cortés como inequívoca. El encabezamiento, «Mi noble amigo», iba seguido de una clara advertencia: la paciencia se había terminado. Lo que había colmado el vaso era «la aceptación de los despreciables artículos con los que Heine, bajo el título Französische Zustande [«Situación de Francia»], desde hacía algún tiempo viene tiznando su periódico, que hasta entonces se había mantenido al margen de este tipo de diabluras plebeyas». El editor se exponía a una prohibición de la Allgemeine Zeitung en Austria, pero, aun así, siguió editando



 

 

 

 

 

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valientemente lo que le enviaba Heine hasta principios de junio, cuando dejó de publicar sus artículos tras la descripción que se hacía en uno de ellos de un levantamiento republicano. La edición completa de Campe en formato de libro (1833) se prohibió en Prusia inmediatamente, al igual que el nuevo libro de Heine, Zur Geschichte der neuen schönen Literatur in Deutschland [«Sobre la historia de la literatura moderna en Alemania»], que polemizaba con los tardorrománticos católicos.

 

Como estos libros también se publicaron en francés, una de las lenguas legibles para la Congregación del índice, Metternich aprovechó la ocasión para denunciarlos. Para ello, se sirvió en primer lugar del nuncio Ostini, informante de confanza del Papa cuya misión era espiar la política vienesa y que entregaba regularmente informes de sus confdentes al cardenal secretario de Estado. El 13 de noviembre de 1835 Ostini informaba: «Suelo hablar a menudo con Metternich, en privado, también de literatura alemana contemporánea. Hemos comentado las obras publicadas este año en francés por autores heréticos alemanes refugiados en Francia, y también de las publicaciones en lengua alemana. De las primeras cabe destacar la obra totalmente atea de un tal Heine en varios volúmenes, en la que se critica no solo la religión católica o cristiana, sino todas las religiones reveladas, e incluso se llega a negar la existencia de Dios». De manera que el Vaticano estaba advertido y el papa Gregorio XVI era un buen aliado de Metternich, con el que había colaborado exitosamente en otras ocasiones para reprimir ideas liberales o impedir su génesis y propagación. Tras las revoluciones de 1789 y 1830, Gregorio XVI (1765-1846) se consideraba el elegido para hacer realidad una monarquía papal absoluta que habría de proteger al mundo de todas las innovaciones de la modernidad. En su opinión, la auténtica fe cristiana era incompatible con el espíritu de la



 

 

 

 

 

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época. De ahí que arremetiera en su encíclica Mirari vos (1832) contra la «abyecta libertad de la que goza la imprenta para difundir escritos entre el pueblo», una «peste» que emponzoñaba la fe; de esa fuente manaban la «opinión necia y equivocada, o, mejor dicho, la sandez de pedir y defender la libertad de conciencia para todo el mundo; este error nefasto se debe a la libertad de opinión total y desmedida, tan difundida hoy en detrimento de la Iglesia y el Estado, mientras que algunos desvergonzados llegan incluso a afrmar que podría resultar útil a la religión». Se refería a Félicité de Lamennais, quien, en 1831, había exigido en su revista L’avenir la conciliación del catolicismo y los logros de la Revolución francesa. La revista, que se publicaba bajo el lema «Dios y la libertad», fue prohibida ya en 1832. Cuando, tras la sangrienta represión del levantamiento de los católicos polacos por parte del zar ortodoxo Nicolás I, Gregorio XVI exigió la obediencia y el sometimiento de los derrotados, Lamennais publicó el escrito Paroles d’un Croyant (1834), un alegato a favor del derecho a la autodeterminación de los pueblos que adquirió rápidamente gran popularidad. Basándose en citas bíblicas, Lamennais trazaba la visión de una liberación de las naciones oprimidas, traicionadas por la Iglesia institucional, por medio de una intervención directa de Dios. La respuesta de la Iglesia llegó con la encíclica papal Singulari nos de 1834, en la que se acusaba a Lamennais de destruir los fundamentos de la autoridad estatal y eclesiástica, de exhortar al derrocamiento del orden existente e incluso de utilizar las Sagradas Escrituras como testimonio a favor de esas ideas revolucionarias. Evidentemente, el libro se prohibió y su autor fue excomulgado, lo que no evitó la difusión de la idea del derecho de la autodeterminación de los pueblos. Todo lo contrario: la postura adoptada por Gregorio XVI en torno a la cuestión polaca hizo que los católicos papistas se replantearan su relación con la Iglesia.



 

 

 

 

 

 

 

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Los historiadores actuales ven la mano de Metternich en ambas encíclicas. Fue él quien inspiró, cuando no formuló, los edictos papales. En el caso de la primera de las encíclicas, la de 1832, basta con compararla con el texto de las resoluciones de Carlsbad de 1819 para apreciar el parecido. Gregorio XVI, que no era precisamente un intelectual brillante, no solo aceptó agradecido la ayuda de Metternich en la represión de todo movimiento revolucionario, sino que, además, dependía del ejército austríaco, garante de la estabilidad de los Estados Pontifcios, que por aquellos años se veían continuamente sacudidos por las pequeñas rebeliones de los libertadores italianos. La organización clandestina de Mazzini, «La joven Europa», se consideraba especialmente peligrosa y su célula germanohablante en Suiza se llamaba a sí misma «La joven Alemania». Autores como Heinrich Laube, quien tituló su colección de novelas Das junge Europa [«La joven Europa»], o Ludolf Wienbarg, quien dedicó su libro Astehetische Feldzüge [«Campañas estéticas»] a «la joven Alemania», jugaban con esas connotaciones políticas y los servicios secretos de Metternich los consideraban miembros de un partido secreto denominado «Joven Alemania» cuyo principal representante era Heinrich Heine.

 

Tras imponer la censura por motivos políticos a todos los autores pertenecientes al movimiento de la «Joven Alemania» en diciembre de 1835, Metternich propugnó la inclusión de sus obras en el Index de la Iglesia católica. A través de su embajador ante la Santa Sede, Rudolf conde Lützow, informó al cardenal secretario de Estado Lambruschini de la decisión adoptada por la Asamblea Federal. Este se mostró muy agradecido a Metternich y le expresó la admiración que sentía por una prohibición que evitaba la desgracia que «habría amenazado a los incautos si desgraciadamente hubieran leído estos productos», pues «los temas diabólicos de los que quería



 

 

 

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ocuparse este partido dan escalofríos, y solo cabe horrorizarse en vista de la corrupción general del alma y el corazón que se proponía lograr y que quizá todavía se proponga». También prometió informar al Santo Padre de esta iniciativa austríaca, con la certeza de que le sería muy grata, y hacer todo lo que estuviera en su mano para impedir la difusión de los escritos funestos.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Orden de censura contra los autores de la «Joven Alemania». Extracto de la lista de autores enemigos de Alemania.

 

Como no se había traducido ningún otro libro del resto de los autores de la Joven Alemania, solo se pudieron presentar a



 

 

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la Congregación del índice las ediciones francesas de las obras de Heine. Su prefecto, Giustiniani, era consejero de Estado en Roma cuando Napoleón conquistó los Estados Pontifcios y abolió el gobierno del Papa. De ahí que detestara las actividades revolucionarias y, sobre todo, que odiara a Francia. Como representante de la línea dura, tras tomar posesión de su cargo en 1834 exigió en una circular a todos los legados papales que buscaran más libros que incluir en el Index. El mismo eligió a las tres personas que emitieron los dictámenes, evidentemente demoledores (editados por Wolf en 1998), en los que se basó la Congregación para su decisión defnitiva sobre Heine. Rezaba como sigue:

 

El autor de estas tres obras impresas en París en los años 1833, 1834 y 1835 es el señor Heinrich Heine, súbdito del Estado prusiano y expulsado de Alemania por liderar la nueva secta denominada la «Joven Alemania». Dispone de una gran imaginación y de una fantasía exuberante, pero, a pesar de su destreza estilística, sus obras son tan oscuras y confusas que resulta prácticamente imposible dar de ellas un resumen lógico. En todo caso, todas ellas son el digno engendro del líder de esta secta detestable, todas ellas rebosan principios antirreligiosos y ateos, en todas ellas se burla del cristianismo y critica a la religión católica. […] En resumen, todas ellas intentan desacreditar los gobiernos, incitar a los pueblos a la revolución y presentar esto como el inicio de una liberación universal. La Santa Congregación considera que las tres obras deben prohibirse incondicionalmente por estar llenas de errores, blasfemias, obscenidades y principios que tienen por objeto el derrocamiento del orden social.

 

 

 

 

 

 

Como era de esperar, el Papa dio su visto bueno a esta condena, que se publicó el 7 de octubre de 1836 en un cartel, según la forma habitual. En estos anuncios en formato DIN-A2 aparece como encabezamiento la palabra «decretum» y debajo un escudo papal fanqueado por los apóstoles Pedro y Pablo. Debajo de este, fguran la fecha y el texto con los títulos incorporados al Índice. En un segundo párrafo se anuncian los castigos que se



 

 

 

 

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impondrán a quienes, independientemente de su condición social, posean, lean, editen o difundan alguna de estas obras. Los carteles se clavaban en las puertas de las iglesias católicas de Roma y se mandaban a las nunciaturas apostólicas y a obispos y gobiernos católicos en el extranjero, para que allí también se pegaran en las principales iglesias. En todas las iglesias del mundo se repartía entre los feles el anuncio impreso en panfetos de menor tamaño.

 

Pasaba tiempo, a veces incluso décadas, hasta que los títulos incluidos en estos anuncios se consignaban, por orden alfabético, en las ediciones del Index Librorum Prohibitorum, que era distribuido en las librerías. El Index también indicaba al público interesado, no perteneciente a comunidades cristianas, qué libros eran nocivos para la salud espiritual de los católicos. El mundo de la cultura y la república de las letras seguían asimismo con interés el índice elaborado por la Congregación, pues la inclusión de una obra en la lista de libros prohibidos indicaba que esta no tenía consideración alguna con la fe. En contra de la idea popular de que el índice contenía sobre todo obras de carácter obsceno, estas constituían una mínima parte del total; lo que más interesaba a la Congregación del índice eran los tratados de historia. Todas las explicaciones históricas sobre la evolución de la Iglesia y el papado acababan en el Index, al igual que las enciclopedias con entradas que trataban estas cuestiones. La Iglesia católica sostenía que procedía directamente de Dios, quien la había creado a través de Pedro y Pablo; de ahí que no aceptara explicaciones históricas que, basándose en el análisis crítico de las fuentes sobre la historia de los concilios, dieran cuenta de las vicisitudes de la historia del papado. Por tanto, el público culto leía con fruición cualquier obra histórica incluida en el Index por considerarla un escrito libre de prejuicios. Ningún autor podía desear publicidad mejor.



 

 

 

 

 

 

 

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El historiador alemán Ferdinand Gregorovius, que residía en

 

Roma, también lo sabía. Anotó en su diario:

 

El 1 de marzo (1874) me sorprendió la noticia de que se hubiera incluido en el Index la Geschichte der Stadt Rom im Mittelalter [«Historia de la ciudad de Roma en la Edad Media»] y que el Osservatore Romano, el periódico ofcial del Vaticano, publicara el decreto correspondiente. […] Me dirigí a San Pedro, donde vi el decreto fjado en una de las columnas de mármol de la entrada. De repente, esta noble catedral cobró un signifcado personal para mí. Nunca antes la había recorrido con tan buen ánimo.

 

Gregorovius contaba desde hacía años con aparecer en el Index. De haberlo hecho tras la publicación de sus primeros volúmenes (1859), se le habrían cerrado las puertas de todas las bibliotecas y archivos de Roma. No podía recurrir a trabajos previos sobre la materia y hubo de elaborar su obra basándose exclusivamente en los documentos que encontró. Su conocimiento de las fuentes resulta sorprendente incluso para los cánones actuales y utilizó tal cantidad de material que uno de los censores, desesperado, escribió que «lo peor es que demuestra sus teorías basándose en una serie de documentos que habría deseado de todo corazón que se hubieran perdido o no hubieran visto nunca la luz».

 

 

 

 

 

Pero era demasiado tarde para eso. El octavo y último volumen de esta obra, muy alabada por la comunidad científca, se había publicado sin impedimentos en 1872. El gobierno de la ciudad de Roma encargó una traducción de la obra completa y, en 1874, cuando la Iglesia tuvo conocimiento de ello, se había traducido hasta el cuarto volumen. Gregorovius escribía en su diario, tranquilo y satisfecho:



 

 

 

 

 

 

 

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Mi obra está terminada y se va difundiendo por el mundo entero. Ahora hasta el Papa le hace propaganda. […] Todos me felicitan por el merecido honor.

 

Los censores no tuvieron elección al condenar la Historia de la ciudad de Roma, pues, como escribió un censor, trataba de «la historia de los Papas y es evidente que una obra semejante escrita por un protestante ha de contener necesariamente errores y juicios erróneos». Gregorovius se mostraba muy contrario al gobierno secular del Papa, cuyo fn profetizaba en su obra. La Iglesia no podía aceptar que la pérdida de poder político, que había empezado a sufrir desde 1870, fuera defnitiva y que las teorías heréticas del protestante se confrmaran. A los ojos de la Congregación, este «error» hacía de la obra un peligro para todos los lectores, sobre todo porque, como el censor destacaba en tono reprobador, estaba muy bien escrita:

 

 

 

Las personas cultas pueden hallar satisfacción en la lectura de Gregorovius e incluso aprender algo de él. La obra ha sido escrita y pensada para gente más o menos formada. A pesar de lo variado de su contenido, el relato es ameno y comprensible. Además, la traducción no solo es correcta, sino que respeta sobremanera el estilo del texto original. Así pues, la gente leerá el libro, ¡y con deleite! […] Como historiador, también es un flósofo. Es muy lamentable que haga tan mal uso de su don, pero desde luego no cabe dudar de su agudo entendimiento ni negar la fuerza de sus síntesis. Estas ventajas aumentan su valor y hacen más peligrosas sus intenciones. […] La obra ha tenido muy buena acogida. Baste con mencionar que se reimprimió una nueva edición de los primeros volúmenes antes de que se publicara la obra entera. El gobierno de la ciudad de Roma ha corrido con los gastos de traducción y ha concedido al autor la ciudadanía honorífca, lo que puede suscitar en los jóvenes el deseo de leer un libro tan abominable como este. De ahí que haya que recomendar, sin falta, su prohibición.

 

La Iglesia no argumenta. No discute con el hereje sobre el contenido de sus obras. Con sus medios, tacha de errores las teorías que le parecen peligrosas y cree su deber prohibirlas para proteger a los creyentes. A fn de cuentas, actúa al servicio de Dios y en la omnipotencia de este basa su autoridad.



 

 

 

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Teológicamente, se encuentra dentro de la verdad de la fe. Hasta principios del siglo xx la Iglesia católica ignoró el hecho de que estaba perdiendo competitividad a causa de la difusión de la imprenta, la estatalización del sistema educativo, el derecho constitucional a la autodeterminación y las leyes sobre la libertad de opinión y de prensa. Solo entonces decidió ser representada por partidos políticos cara al exterior, pero nunca llegó a reconocer el derecho a la libertad de conciencia o la mayoría de edad de los ciudadanos; la censura y las prohibiciones siguieron en vigor.

 

Cuando, algunos siglos antes, ciertos ciudadanos humanistas de Venecia intentaron evitar una quema de libros ordenada por el cardenal Ghisilieri, este les respondió planteando un paralelismo esclarecedor: si llegara la peste a la ciudad, el gobierno mandaría quemar las casas donde previera peligro de contagio y los ciudadanos aceptarían esta pérdida sin rechistar, pues entenderían que era por su seguridad. En su opinión, la herejía era una peste que se contagiaba a través de los libros. El periódico Völkischer Beobachter volvía a recurrir a la imagen de la purifcación por el fuego el 12 de mayo de 1933: «Columnas de humo anuncian la muerte en las llamas de la peste de la corrupción».

 

 

 

 

 

Para la Iglesia, la legitimidad de sus normas sobre la censura de libros nunca estuvo en tela de juicio. Se consideraba una institución creada por Dios para conducir a la humanidad a la gloria eterna. De ahí que estuviera obligada a eliminar cualquier obstáculo o peligro que se interpusiera en ese camino y fuera potencialmente peligroso para los creyentes. Había que eliminar del mundo los errores heréticos, de ser necesario junto con sus autores. Había que reprimir toda idea peligrosa para que los corazones puros de los creyentes no se vieran



 

 

 

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oscurecidos por la sombra de la duda intelectual. El papa Pío VI prohibió el libro de Friedrich Schönemann Allgemeines Glaubensbekenntnis aller Religionen [«Credo general de todas las religiones»] (Dessau, 1782) por la frase: «Es diabólico perseguir o incluso matar a quien sostiene una opinión distinta». Desde el punto de vista de la Iglesia, no era incorrecto encomendar a un hereje a la fuerza purifcadora del fuego, pues, al hacerlo, se le estaba preservando de errores mayores. No consideraba reprochable condenar a galeras a los autores de escritos nocivos, puesto que se los apartaba de la escritura y se los ponía a hacer algo útil; también cabía la posibilidad de cortarles la mano con la que escribían y quemarla. Se dispusieron muchos castigos, pero, desgraciadamente, el número de errores aumentaba y el de libros nocivos también. La protección de los creyentes exigía un Index cada vez más voluminoso y revisado cada vez con mayor frecuencia. El papa Pío IX pudo dejar pasar veintidós años entre edición y edición (1855, 1877); su sucesor, León#160;XIII, solo cuatro (1881) y nueve (1900), y Pío X hubo de ordenar una nueva edición siete años después de la anterior (1907). Al parecer, la segunda mitad del siglo xix fue una época llena de peligros.

 

 

 

Esta plaga de novelas con la que Satanás procura corromper a la sociedad es mucho peor que la plaga de langostas con la que Dios castigó al faraón. La curiosidad mueve a la lectura de estos textos superfciales y pensados para el mero entretenimiento, pero que contienen muchos principios que o bien contradicen abiertamente la verdadera fe o bien se oponen a los evangelios, pero que siempre corrompen las buenas costumbres y son nocivos para el desarrollo de la devoción cristiana. Opino, por lo tanto, que deberían prohibirse en todo el mundo los libros de este tipo para que ni uno solo de ellos pueda caer en manos de los creyentes.

 

Este deseo piadoso lo formuló en 1863 un monje capuchino, censor del Index, y parece algo inmodesto, si tenemos en cuenta la predilección que todo el mundo sentía por las novelas en aquella época. Todo lo que este monje había visto del mundo



 

 

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eran las paredes de su monasterio: incapaz, por lo visto, de desempeñar un ofcio normal, a los quince años se unió a los capuchinos; siete años después recibió la ordenación como sacerdote y acabó siendo prefecto del Colegio de Misiones, que, doce años más tarde (1857), lo envió a Roma, donde fue censor de la Congregación del índice desde 1859. Se llamaba Vincenzo Magner y no sabía nada de literatura, pero sí sabía francés, lo que lo capacitaba para emitir un juicio sobre las obras de Alexandre Dumas (padre), cuya novela más famosa, Los tres mosqueteros, había sido denunciada.

 

Tras las citadas líneas introductorias la condena era inevitable, pero la forma en que la justifca no deja de resultar interesante. El monje llegaba a la conclusión de que no se podía reprochar al autor nada que «fuera contrario a la pureza de los dogmas desde el punto de vista teológico». El libro era «desgraciadamente uno de los menos dañinos de su estilo y uno se sentiría tentado a tolerarlo de no ser por un motivo ajeno a su contenido: podría ser una droga inicial que condujera a la lectura de otras novelas más nocivas». De manera que todas las novelas de Alexandre Dumas (padre e hijo) acabaron en el Index. Pero había un pequeño problema: hacía veinte años que Los tres mosqueteros era un éxito mundial, solo por detrás, quizá, de El conde de Montecristo. La mera idea de que incluyéndola en el Index a esas alturas se pudiera impedir su difusión o su lectura es una clara muestra de ingenuidad.

 

 

 

Jacques-Marie-Joseph Baillès era el censor más poderoso en aquellos años de parálisis restauradora. Se trataba de un extremista reaccionario de la Vendée, el principal feudo de los partidarios católicos de los Borbones. En 1852, siendo obispo de Luçon, se había negado a reconocer al emperador Luis Napoleón y había condenado en una carta pastoral los



 

 

 

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«síntomas de decadencia moderna como la libertad de pensamiento, la eliminación de la censura de libros y la libertad de prensa»; todos ellos grandes errores. Su enorme arrogancia lo llevó a editar un índice propio, «en uso de Nuestra plena potestad y la del Pontifex Maximus» (¡en este orden!), ya que el Index romano le parecía demasiado laxo. En 1856, este defensor de la línea dura fue nombrado censor de la Congregación por el papa Pío IX. Baillès se dedicó a la censura con ardor, aunque, como el resto de sus colegas, tampoco supiera nada sobre literatura. El hecho de que el autor de una novela caracterizara a sus personajes haciéndoles expresar opiniones diferentes y mostrar actitudes distintas le era totalmente desconocido. Consideraba que el autor suscribía todas las opiniones expresadas por los personajes de la novela y las recopilaba en sus dictámenes como indicios de errores nocivos. De manera que Baillès se equivocó incluso allí donde hubiera tenido razón, como en el caso de la novela de Victor Hugo Los miserables. La condenó por blasfemias y ateísmo, pasando por alto lo crítica que era con la sociedad y la Iglesia. La novela se incluyó en el Index hasta el fn de los tiempos, como había ocurrido treinta años antes con El jorobado de Notre-Dame.

 

Evidentemente, Baillès se encargó de prohibir todas las ediciones de la obra histórica de Jules Michelet sobre la caza de brujas; al parecer, su primera inclusión en el Index, en 1863, no había surtido ningún efecto apreciable. También se ocupó, con el mismo celo, de la prohibición de todas las obras de un escritor hoy olvidado, Frédéric Soulié, autor de una novela por entregas en cuarenta y cinco volúmenes titulada Memorias de Satán y publicada, como Baillès subraya, por un editor judío. Esta «chapucería repugnante» es «una basura corruptora que se basa en la ofensa, el escándalo, el desprecio y la obscenidad». «Muestra abiertamente y sin ningún tapujo deseos y pasiones, las peores alteraciones del espíritu y delitos cometidos». Esta



 

 

 

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justifcación incita a la lectura de la obra, aunque fnalmente se revela como el resultado de las fantasías de un clérigo. Baillès tiene toda la razón cuando afrma que las comedias de Ernest Feydau son una loa al adulterio, contienen historias inmorales y ataques a la religión y, en general, rinden homenaje a la corrupción de las costumbres: precisamente eso fue lo que las hizo tan populares entre los lectores. Las ligeras novelas románticas de Jules Champfeury y Henri Murger, de las que hoy solo conocemos la Bohème que sirvió de inspiración a la ópera del mismo nombre, tampoco escaparon a la condena de Baillès. Todos los títulos editados por Michel Lévy acabaron en el Index. Quizá deberíamos volver a leerlos…

 

Baillès prohibió la novela de Stendhal Rojo y negro (publicada en 1830), de la que confesó haber leído solo las primeras 133 páginas y que consideraba una «franca incitación al adulterio»; no había entendido nada más. «Este horrible y confuso engendro recibirá la condena que se merece». Y así fue: en 1864 se incluyeron en el Index todas las obras de Stendhal.

 

Catorce años después de la muerte de Balzac, sus difundidísimas novelas resultaban, por lo visto, muy peligrosas: «Confunden a incontables mujeres y esposas poco prudentes y corrompen las costumbres». Entre 1841 y 1842 ya habían pasado a formar parte del Index trece novelas de Balzac; en 1864 todas ellas recibieron este honor.

 

 

 

El 7 de febrero de 1857 los tribunales de París absolvieron a Gustave Flaubert de la acusación de que su novela Madame Bovary atentaba «contra la moral pública y la religión». La denuncia no se debía, como suele decirse, a la famosa escena en que Emma pasea con su amante por Ruán durante horas en un coche de caballos con las cortinillas corridas. Hasta ese momento solo habían aparecido cuatro entregas de la novela en



 

 

 

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la revista Revue de Paris. En la tercera entrega el editor había tachado la escena y añadido la siguiente aclaración: «La redacción se ve obligada a eliminar un pasaje que los editores de la Revue de Paris no pueden aceptar». Lo que leyó el fscal fue un largo pasaje de la escena de seducción entre Emma y Rodolphe, y la describió como una glorifcación del adulterio que era peor que el hecho en sí. Pues, según Flaubert, Emma estaba más hermosa que nunca después de su escandalosa conducta: eso era la exaltación del adulterio. El fscal también encontraba ofensivo que, en la escena en que Emma recibe los santos óleos, Flaubert introdujera las equívocas estrofas de una canción cantada por un mendigo que pasa por la calle. En opinión del tribunal, las escenas aludidas ciertamente atentaban contra el buen gusto, pero eran breves teniendo en cuenta las dimensiones de la novela. Evidentemente, el autor no quería burlarse de «asuntos dignos del respeto general» ni pretendía glorifcar las pasiones sexuales. El juez consideró que el diálogo

 

con el boticario —también denunciado— cuadraba totalmente con los personajes. Es decir: absolución.

 

Baillès creía que eran precisamente las manifestaciones del boticario las que constituían el argumento decisivo para condenar la obra. Se trataba de un científco que rechazaba los dogmas de la Iglesia y aclaraba que, si bien creía en Dios, no por ello tenía que «besar una fuente de plata, ni engordar con mi dinero a un montón de cuentistas que comen mucho mejor que nosotros[12]». Para caracterizar a su personaje, Flaubert recurre a todas las frases del diccionario de lugares comunes. Afrma, por ejemplo, que la resurrección de Jesucristo es una tontería que atenta contra las leyes de la fsica. No obstante, como supo ver muy bien el juez de París, en este pasaje Flaubert se burla de las simplezas que puede llegar a producir el racionalismo extremo. El fanático ciego de Baillès no supo apreciar la ironía del estilo. Probablemente ni sabía que existiera algo llamado



 

 

 

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estilo literario; en ninguno de sus dictámenes menciona cuestiones de estética. Fie aquí su juicio sobre Madame Bovary:

 

Es la peor de todas las historias nocivas. En ella se desprecian y se pisotean la religión y las costumbres, todo lo correcto y digno de elogio. Tan desvergonzada es esta obra que fue denunciada ante un tribunal laico por denigrar la religión y las buenas costumbres. ¡Puede que entonces escapara a la condena, pero seguro que no escapará a vuestro juicio!

 

Sulfurado de indignación, también incluyó en el Index la última novela de Flaubert, Salambó: «Hay que decir que el libro es repugnante en general». Seguramente fue esta sutil ponderación de sus juicios (recogidos íntegros por Peter Godman) lo que llevó a pensar a Baillès que las prohibiciones de la Congregación del índice eran «el resultado de una intensa meditación y una juiciosa refexión». A fn de cuentas, el Index no era otra cosa que «un monumento auténtico y duradero para la felicidad de la humanidad».

 

 

 

A principios de la década de 1950, el best seller de Graham Greene El poder y la gloria (1940) provocó un debate en el seno de la Iglesia romana y sus censores que acabaría con el Index. La novela fue un gran éxito internacional y aún hoy es considerada una de las obras más importantes de este autor convertido al catolicismo en 1934. Lo cierto es que ninguna otra obra de fcción de la época describía la victoria de las ideas religiosas sobre el materialismo de forma tan sugerente y atractiva para el público. El poder y la gloria es la novela cristiana del siglo xx por antonomasia. En ella un ofcial de policía ateo de una provincia sudamericana fcticia niega la Iglesia en nombre del progreso. Al hacerlo, ha de enfrentarse a un sacerdote que pasa de ser un fel representante de la Iglesia institucional a encarnar a un pastor de almas responsable que prefgura una suerte de Teología de la Liberación. En opinión de Greene, la Iglesia



 

 

 

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católica debía redescubrir «la técnica de la revolución». Solo entonces estaría en condiciones de luchar con unas «mínimas garantías de éxito» contra el mundo de la explotación capitalista y el gobierno totalitario.

 

El aspecto político del tema puso en guardia a Roma, ya que respondía a una corriente progresista dentro de la Iglesia misma que estaba representada por el dominico Marie-Dominique Chenu y su Nouvelle Téologie y era duramente reprimida por la Iglesia institucional. Todas las obras de los reformistas eran incluidas en el Index inmediatamente. Por consiguiente, en ese momento se discutió la posibilidad de prohibir la célebre novela, ya que, como escribió uno de los censores, «es nociva para la religión». La Iglesia había cerrado flas con la clase política basándose en las palabras del apóstol Pablo:

 

 

 

Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos (Romanos 13, 1-2).

 

Esta tradicional complacencia con el poder político es, dicho sea de paso, la razón por la que nunca se consideró la inclusión en el índice de Mi lucha de Hitler, ni tampoco de las obras de Lenin, Mussolini o Stalin.

 

Para los censores el aspecto moral era, cuando menos, tan importante como el político. Resultaba totalmente inaceptable que el sacerdote de Graham Greene fuera bebedor y tuviera una hija. Un censor afrmó que Greene tenía una «tendencia anormal» a representar «situaciones en las que interviene una forma u otra de inmoralidad». Merece la pena destacar que la Iglesia intentara, en principio, solucionar el problema de Greene sin escándalo. El cardenal inglés Grifn fue a ver al autor a instancias de Roma para exigirle que prohibiera la



 

 

 

 

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publicación de nuevas traducciones y la reedición de las antiguas. Además debía «corregir adecuadamente» las nuevas ediciones del original en inglés; un sacerdote no podía ser alcohólico ni, desde luego, tener una hija. El Vaticano esperaba que el católico Greene se comportara como mandan los cánones y se sometiera a su autoridad tras esa llamada de atención, pero Greene se negó. Esto habría supuesto su inmediata inclusión en el Index, de no haber sido por la intervención del secretario de Estado papal, Giovanni Battista Montini, quien rechazó la condena de los censores alegando que refejaba «una comprensión defciente de los grandes méritos de esta obra». Los expedientes de este caso aún no se han hecho públicos, debido a las leyes de protección de datos de carácter personal. Montini logró imponer su inteligente criterio en contra de la opinión del cardenal conservador Alfredo Ottaviani, pero, tras su nombramiento como arzobispo de Milán, el papa Pío XII le negó la púrpura cardenalicia que suele ir asociada al cargo. Aun así, acabaría logrando sus propósitos.

 

 

 

 

 

He aquí una selección de autores literarios cuyas obras fguraban en el último Índice impreso, de 1948, y en los apéndices añadidos por el papa Pío XII en 1954. Los católicos tenían prohibido leer a Vittorio Alferi, Balzac, Simone de Beauvoir, Gabriele D’Annunzio, Diderot, Alexandre Dumas (padre e hijo), Ugo Foscolo, André Gide, Víctor Hugo, Jean de la Fontaine, Lessing, Malaparte, Montaigne, Alberto Moravia, Rousseau, George Sand, Sartre, Stendhal, Laurence Stern, Eugène Sue, Voltaire y Zola. También estaban prohibidas obras flosófcas de Pierre Bayle, George Berkeley, Giordano Bruno, Auguste Comte, Benedetto Croce, René Descartes, D’Holbach, Henri de Saint-Simon, Federico II, Hugo Grocio, Tomas Hobbes, David Plume, Kant, John Locke, John Stuart Mili,



 

 

 

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Montesquieu, Pascal y Spinoza. También se prohibieron obras de historia de la flosofa, de las religiones y las Iglesias, de historia de la ciencia y de teoría política. Hasta la gran enciclopedia de Pierre Larousse se incluyó en el Index de 1873 por contener entradas sobre temas prohibidos.

 

Quien quería leer un libro incluido en el Index tenía que dirigir al ordinario de su diócesis una petición justifcada. Tras la Segunda Guerra Mundial el número de este tipo de peticiones, cursadas sobre todo por estudiantes y profesores, disminuyó signifcativamente, señal de la escasa aceptación de estas normas entre la población católica. Desde 1917 la Congregación del índice formó parte del Santo Ofcio, organización sucesora de la Inquisición. Tras 1945 sus prohibiciones se centraron sobre todo en la disciplina interna y afectaron a teólogos progresistas. La inclusión en el Index de las obras completas de Sartre o los intentos de represión como el de Graham Greene fueron excepciones, pero las prohibiciones anteriores seguían en vigor, aunque casi nadie las respetara. Los católicos cultos no sabían que, cuando leían una novela de Balzac o de André Gide, cometían un «grave pecado» por el que podían ser excomulgados.

 

En 1952 se incluyeron en el Index las obras completas de Alberto Moravia y el editor subrayó explícitamente esta prohibición para atraer a lectores curiosos. El Index eclesiástico había dejado de ser una amenaza efcaz. Sin embargo, al principio pareció que no se cambiaba nada esencial con el Concilio Vaticano Segundo, convocado por el papa Juan XXIII para la renovación de la Iglesia, a pesar del enérgico discurso pronunciado por el cardenal Ciriaci. Aunque no puso en duda el derecho a la existencia del Santo Ofcio, Ciriaci criticó su labor. «El exceso de condenas también ha de ser condenado», afrmó, pues creía que las prohibiciones solo servían para atraer a más lectores. El papa Juan XXIII murió en 1963, cuando el concilio



 

 

 

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estaba en plena labor. Su sucesor, Giovanni Battista Montini, elegido pontífce con el nombre de Pablo VI, solucionó el problema de forma tan radical como elegante. Rebajó de categoría al Santo Ofcio, que pasó a llamarse Congregación para la Doctrina de la Fe y a ser una institución subordinada, sin derecho a censurar libros. Su edicto, promulgado el 7 de diciembre de 1965, un día antes de la fnalización del concilio, signifcó de hecho el fn del Index y de las sanciones eclesiásticas. Ottaviani, representante de la línea dura, hubo de someterse al Papa y, como prefecto de la nueva Congregación para la Doctrina de la Fe, comunicar a una opinión pública atónita el desmantelamiento de la institución centenaria. Faltó a la verdad al decir que, en cualquier caso, la mayoría de esos libros no los había conocido ni leído nadie, salvo unos pocos especialistas. «Por eso el Index no ha sido de mucha utilidad»; una conclusión vergonzosa.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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VARIA ET CURIOSA

 

 

 

La historia de la prohibición de libros presenta algunos casos curiosos, que resultan difciles de explicar. En España, Franco ordenó en 1939 que se limpiaran las bibliotecas españolas de las obras de autores «degenerados». Se proscribió a escritores socialistas, pero también a clásicos como Kant, Stendhal, Goethe, Balzac e Ibsen. Franco era católico y podría haber tomado el Index romano como referencia, pero lo cierto es que en este catálogo no aparecen ni Goethe ni Ibsen. Mientras que, durante décadas, en Inglaterra y en Estados Unidos únicamente se prohibió la representación pública de algunas obras de Ibsen, consideradas inmorales, Roma habría tenido buenas razones para prohibir de inmediato la más célebre obra de juventud de Goethe, siguiendo el ejemplo de las instancias seculares. El 30 de enero de 1775, a petición de la Facultad de Teología, Leipzig prohibió en toda Sajonia la edición, distribución y venta de la novela Las penas del joven Werther. La razón aducida fue que el libro constituía una defensa del suicidio y, por tanto, podía resultar peligroso para personas inestables, pues «seduce a sus lectores por medio de giros ingeniosos y sutiles». Incluso se decía que la lectura de la novela había causado más de un suicidio.

 

Tras la publicación del libro, en septiembre de 1774, un periódico de Altona publicó una reseña que culminaba con la exigencia de que «todo Estado, cuyo máximo interés radica en la protección de sus ciudadanos, debería prohibir libros como



 

 

 

 

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este». Pero esta llamada de atención fue desoída y la novela se convirtió en una de las favoritas de los jóvenes. Se la consideraba una de esas típicas novelas de amor, con su buena dosis de sentimentalismo, que la crítica seria no tenía en cuenta.

 

Pero todo cambió de golpe cuando los periódicos difundieron la prohibición. El público se abalanzó sobre el libro, los editores lo imprimían de forma ilegal fuera de Sajonia e hicieron un gran negocio, pero incluso el editor de Leipzig que solía imprimir las obras de Goethe se arriesgó, en 1775, a sacar cuatro reediciones clandestinas. Entonces la novela mereció críticas serias, aunque hubo algunas durísimas, que curiosamente no procedían del bando católico, sino de las flas protestantes. Uno de los que más a fondo se emplearon fue el pastor principal de Hamburgo, Johann Melchior Goeze, quien arremetió en el Hamburgische Nachrichten (4 y 7 de abril de 1775) contra ese libro que «deshonra nuestra religión e incita a la corrupción a los lectores que no saben defenderse». Tras evocar Sodoma y Gomorra, Goeze predecía regicidios y asesinatos si no se procedía con la máxima dureza contra la novela. Y no se refería solo al libro. Además de la quema pública del objeto del escándalo, con su persecución desmedida también aspiraba a lograr la condena del autor por parte del Consejo Aulico, que aún podía imponer castigos corporales e incluso la pena de muerte.

 

Como Goeze quería que su denuncia fuera conocida más allá del área de infuencia del Hamburgische Nachrichten, mandó imprimir el artículo en forma de folleto para su distribución. Así consiguió llamar la atención de un público mayor sobre el libro, pero no obtuvo los resultados deseados: el libro no se llegó a prohibir en todos los estados de lengua alemana. Lo cierto es que Las penas del joven Werther se convirtió en el primer éxito de ventas de la literatura alemana. Se escribió a favor y en



 

 

 

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contra, surgieron imitaciones, apéndices, continuaciones, e incluso se intentó hacer una versión teatral. Nunca antes una obra literaria de calidad había suscitado tanta controversia ni había sido tan leída. El Werther se tradujo rápidamente a todas las lenguas cultas, lo que para ciertos países supuso el primer encuentro con la literatura alemana. Goethe llegó a recibir abanicos de Japón estampados con las imágenes de Werther y Lotte. En China fueron inmortalizados en tazas de té y en Inglaterra se hicieron grabados en cobre que las jóvenes colgaban en sus dormitorios. Poseídos por una especie de histeria colectiva, los hombres jóvenes empezaron a vestirse como Werther: frac azul, chaleco amarillo, pantalón del mismo color y botas marrones. Con este atuendo declaraban su simpatía por el desdichado héroe de la novela.

 

Goethe se mantuvo en un discreto segundo plano, pues la inesperada publicidad le resultó más bien molesta. Había publicado su novela anónimamente en 1774, pero en el catálogo de la Feria de Leipzig ya aparecía como autor de la segunda edición, de 1775. Entre el público lector se decía que se trataba de una novela en clave apenas velada, en la que Goethe, para aliviar su alma, narraba la desdichada historia de amor que vivió con Charlotte Buf siendo un estudiante ocioso de veinticuatro años. En 1775, ante las preguntas de los lectores curiosos que querían saber si era una historia real y qué personas se escondían tras los personajes, Goethe se lamentó: «¡Estoy harto de desenterrar y diseccionar a mi pobre Werther!». No le sirvió de nada: la fama europea de su novela lo perseguía como una sombra. Napoleón la guardaba en el equipaje que llevó a la campaña de Egipto y, según parece, la leyó siete veces. Cuando, en 1808, el emperador de los franceses tuvo la ocasión de hablar con el autor, a la sazón sexagenario, le preguntó inmediatamente por esa obra de juventud.



 

 

 

 

 

 

 

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El hecho de que el Werther se convirtiera en todo un fenómeno en su época tiene su explicación. En primer lugar está su forma: es una novela epistolar. Samuel Richardson (Pamela) y Rousseau (Julia, o La nueva Eloísa) ya habían publicado novelas de este género, pero eran obras prolijas y voluminosas, mientras que la novela de Goethe es excepcionalmente breve y concisa. Consta de unas ciento veinte páginas, en las que la acción transcurre hasta la catástrofe fnal sin largos excursos flosófcos. Al lector no se le aclara nada, sino que obtiene la información que necesita de la acción dramática. Esto era tan novedoso como la combinación de la descripción de costumbres burguesas à la Richardson con la psicología de un individuo doliente. Hasta entonces, la perspectiva del lector se dividía caleidoscópicamente entre diversos personajes que se comunicaban de forma epistolar. En la novela de Goethe, en cambio, solo toma la palabra Werther y sus cartas se dirigen a un único destinatario. Son tremendamente emotivas y casi siempre terminan con un signo de exclamación o de interrogación. Al contrario que en las novelas epistolares anteriores, en este caso el lector no puede sentirse como mero espectador. Goethe lo convierte en su confdente, en amigo íntimo de Werther, hasta lograr que acabe compadeciéndose de su desgracia. El auténtico destinatario de las cartas de Werther no es otro que el propio lector. Esta forma de participar en la novela era una experiencia totalmente insólita y resultó fascinante para el público de la época.

 

 

 

El contenido es tan intenso como el estilo: las penas de amor acaban empujando a Werther al suicidio. La elección de un tema tan trágico fue revolucionaria para la novela europea, ya que hasta entonces dominaba el mercado del libro una literatura emotiva y moralizante en la que las pasiones



 

 

 

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desenfrenadas acababan desembocando en el dulce tedio del matrimonio. Werther quiere superar esa dicotomía; para él, como para nosotros, el amor es la mayor armonía posible entre dos individuos que en el matrimonio no renuncian a sí mismos, sino que se complementan mutuamente. De ahí que la escena del baile, que hoy tendemos a pasar por alto, levantara entonces tanto revuelo. Tras bailar juntos, Werther y Lotte se acercan a una ventana para contemplar la tormenta. Ella solo dice: «¡Klopstock!», pero él entiende inmediatamente la referencia al poema en el que este autor describe una tormenta: «Die Frühlingsfeier» [«La festa de la primavera»]. Al sentir esa afnidad espiritual con Lotte, Werther no puede contener las lágrimas y le besa la mano. El nombre de Klopstock, poeta ya olvidado, es como una palabra en clave que permite reconocer una armonía intelectual y emocional. Hoy es más habitual hablar de escenas de películas, pero en las reuniones de amigos de la época este pasaje de apenas diez líneas suscitaba unos debates tan apasionados como los inspirados por «la dulce sensación de libertad» que conduce al suicidio. Para Goethe, la capacidad de elegir libremente era consustancial a la individualidad humana; no pretendía hacer apología del suicidio, como le reprocharon los censores.

 

En 1776, la novela fue incluida en el catálogo de Viena de libros prohibidos; esta prohibición solo tenía validez en los territorios de los Habsburgo, pero otros pequeños príncipes alemanes la adoptaron automáticamente. En 1776, las autoridades de Copenhague también censuraron el libro en Dinamarca y Noruega, que por entonces aún formaba parte del reino danés. Lo consideraron peligroso «para la masa, que tiene una fuerte propensión a las pasiones desordenadas, y sobre todo para aquellos a quienes la lectura de ese género de novelas frívolas incita a tales pasiones». De manera que el libro no era solo «perjudicial para la religión cristiana, sino también para



 

 

 

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las costumbres burguesas». En Baviera no fue necesario prohibir Las penas del joven Werther porque nadie leía a Goethe. En 1787 todavía no había ni un solo suscriptor bávaro para la primera edición de las Obras de Goethe, cuyo primer volumen contenía el Werther. En 1794, el príncipe elector Carlos Teodoro prohibió a los tres libreros de Múnich vender novelas de amor, puesto que eran perniciosas y funestas, lo que debió de acarrear para el Werther la expulsión defnitiva de Baviera.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Extracto del catálogo de Viena de libros prohibidos con Las penas del joven Werther.

 

Desgraciadamente, solo en muy pocos casos llegamos a saber lo que una prohibición de este tipo suponía para la biografa



 

 

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intelectual de un joven curioso. El autor danés Adam Oehlenschläger (de la generación de 1779) confesa en su autobiografa Recuerdos de mi vida (1850) no haber leído ni una línea de Goethe hasta 1798, cuando ya tenía diecinueve años: «Siempre me lo presentaron como un romántico exaltado que hacía que la gente se pegara un tiro en la cabeza». La traducción del Werther al danés estuvo prohibida hasta 1814, pero un profesor se lo dejó leer a escondidas, aunque hablaba de su autor «con cierto espanto, pues decía que era un hombre que había desperdiciado su genio por culpa de su orgullo y su fogosidad».

 

Con cierto retraso, la escandalosa novela también se publicó en Italia, en 1782, con un lugar de edición falso, Poschiavo (en el cantón suizo de Grisonia). En 1783 se publicaría una segunda edición, de nuevo con un pie de imprenta falso, en este caso de París. El editor y el traductor debían de encontrarse en ambos casos en Milán y recurrieron a esta táctica habitual de encubrimiento para protegerse de la policía. Cinco años después se publicó una nueva edición en Florencia. ¿Cuál fue la reacción de la Iglesia católica? Goethe lo recuerda en una conversación de sobremesa consignada por Eckermann (3 de abril de 1829):

 

 

 

En Milán apareció muy pronto una traducción al italiano de mi Werther. Pero muy poco tiempo después ya no se podía ver ni un ejemplar de aquella edición. Resultó que se había enterado el obispo y había hecho comprar la edición entera a los clérigos de las parroquias. A mí no me molestó, al contrario: me sentí complacido por la inteligencia de aquel señor que supo darse cuenta enseguida de que el Werther era un mal libro para los católicos, y no pude sino elogiarle que hubiera adoptado de inmediato las medidas más efectivas para borrarlo del mapa sigilosamente[13].

 

La historia es hermosa, y es probable que Goethe la oyera en 1787 durante su estancia en Milán, pero es imposible verifcarla. De ser cierta, el obispo habría cometido un grave pecado, pues



 

 

 

 

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nada más conocer la existencia de la primera traducción debería haber instado su inclusión en el Index. Como esto no sucedió con ninguna de las ediciones, hay que reprochar a la Iglesia el no haber cumplido con su deber. A su modo de ver, tenía la obligación de incluir en el Index todo libro cuya lectura pudiera inducir a los feles al pecado. Si hacer apología del suicidio ya era condenable de por sí, llevarlo a cabo suponía la condenación eterna. De ahí que, desde el punto de vista de la Iglesia, resulte imperdonable e inexplicable que no incluyera la novela en el Índice.

 

 

 

 

 

Igual de inexplicable, cuando menos, resulta que la obra de Darwin El origen de las especies no llegase a fgurar en la lista de libros nefandos. Tal descuido no podía deberse a que fuera un tratado de biología dirigido a un público con formación científca, ya que el intento de su abuelo de explicar las leyes que rigen la vida orgánica (Zoonomia) había acabado en el Index en 1817. Tampoco pudo deberse a un problema idiomático, pues la obra se publicó en Inglaterra en 1859 y en 1860 ya se había traducido al alemán, en 1862 al francés y en 1875 italiano. Todo buen católico que tuviera conocimiento de la teoría de la evolución de Darwin debía comunicarlo a su obispo, lo que habría obligado a la Congregación del Índice a tomar cartas en el asunto. Así como no se vaciló en incluir en el Index la oscura obra que Jakob Froschhammer publicó en 1857 sobre el origen de las almas humanas (Über den Ursprung der menschlichen Seelen), se pasó por alto el tratado científco de Darwin. ¿Acaso Roma, inspirada por Dios, supuso que la teoría de Darwin se anularía por sí misma y que la censura solo le daría publicidad? ¿Pretendían dejar pasar la cosa en silencio? Seguro que no. Hubert Wolf, experto en historia del Index, no ha encontrado ninguna prueba en las actas de la Congregación que demuestre



 

 

 

 

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que el libro de Darwin fuera denunciado o que en Roma se debatiera sobre él. Como nadie contaba con que se abrieran los archivos secretos o se publicaran las actas, no hay ninguna razón para suponer que se destruyeran las pruebas. Tampoco hay mención alguna a Darwin o a la teoría de la evolución en el tristemente célebre Catálogo de errores de 1864, en el que el papa Pío IX pretendía dejar clara la incompatibilidad entre la fe y el progreso.

 

Todo lector debía saber que la teoría de la evolución era incompatible con el dogma cristiano de la creación. La Iglesia ya no podía seguir basándose en la revelación para reservarse la exclusividad a la hora de explicar el origen de la humanidad. La historia de la creación competía con una teoría científca mucho más convincente; no obstante, la teoría de la evolución no solo ponía en entredicho la tradición bíblica, sino que también ponía en duda la posición privilegiada en el cosmos que la mitología había asignado tradicionalmente al ser humano. Según la ciencia, el hombre es el resultado de una evolución genética y desciende del mono. Utilizando métodos cuantitativos hemos averiguado que las diferencias entre el ser humano y el chimpancé no superan el 1.2 %, una cifra mucho menor que la que entonces se podía y se quería tomar en consideración.

 

Cabría suponer que el aspecto del origen obstaculizó la difusión y la popularidad de la teoría de la evolución, pero lo cierto es que se lo ignoró, sobre todo en Estados Unidos, donde la tesis de la «supervivencia del más apto» obtuvo una acogida entusiasta. Venía bien a un puritanismo degenerado para el que la acumulación de riquezas era la prueba de que Dios aprobaba la vida del creyente y que ahora, gracias a Darwin, podía justifcar por qué siempre habría una élite de ricos: esto es, porque eran los más aptos. El capitalismo salvaje de la «Edad Dorada», título de una novela de Mark Twain (1873) que sirvió



 

 

 

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para designar décadas de especulación y corrupción, se legitimó «científcamente» gracias al popular darwinismo social. El magnate del petróleo John D. Rockefeller explicó a los niños de una escuela dominical que el gran rosal americano solo daría su for más hermosa si se podaban los capullos más débiles y pequeños; al parecer, era una ley de la naturaleza. Esta versión superfcial de la teoría de la evolución fue incluida rápidamente en los manuales escolares y se convirtió en la corriente principal de la flosofa social estadounidense. Había pasado la prueba de la supervivencia: «El vencedor tiene la razón», afrmaba el rector de la Universidad de Yale.

 

 

 

En esta «lucha por la supervivencia» estadounidense también hay perdedores, sobre todo en el sur industrialmente atrasado y en las tierras de labranza del medio oeste, asoladas a menudo por las malas cosechas. Ahí surgió, a principios del siglo xx, una importante corriente subterránea, de base religiosa, que se oponía a la flosofa ofcial de la selección natural. Sus adeptos se hacían llamar «fundamentalistas», se basaban en la Biblia y creían que el Plan Divino que regía la historia natural solo podía encontrarse en la interpretación literal de las Sagradas Escrituras. Este movimiento de los social y económicamente desfavorecidos experimentó un crecimiento constante, pero durante mucho tiempo no se le hizo caso; se los consideraba una secta de rústicos que difundían sus dogmas radicales en folletos y sermones. Sin embargo, en su lucha contra el pensamiento científco se ganaron el apoyo de políticos importantes. Después de perder tres elecciones para la presidencia, William J. Bryan, frustrado por no haber estado a la altura de la «lucha por la supervivencia», se sumó en 1915 al Frente de los Perdedores y dedicó toda su energía a la lucha contra la teoría de la evolución.



 

 

 

 

 

 

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Se empezó a hacer caso demasiado tarde a los fundamentalistas, cuando ya se habían instalado en todos los organismos y sus propagandistas se habían colado entre las autoridades escolares, lo que les permitió ejercer infuencia en los parlamentos de los diversos estados. En enero de 1925, el predicador baptista laico John W. Butler, diputado en la Casa de Representantes de Tennessee, aprobó una ley que castigaba con una multa de quinientos dólares a los profesores de escuela pública que en clase de biología enseñaran cualquier teoría que se apartara del dogma de la creación. A partir de entonces, independientemente de lo que constara en los libros de texto, la clase de ciencias se convirtió en una clase de religión.

 

Una organización para la defensa de los derechos civiles de Nueva York aseguró a todos los profesores que violaran esta norma que los proveería de asistencia jurídica gratuita, pero al principio no encontró a ninguno. Quizá fueron realmente motivos económicos, como algunos sospechaban, los que llevaron al profesor sustituto John T. Scopes, de veinticuatro años, a utilizar en una de sus clases de biología el libro prohibido Hunter’s Biology, basado en las teorías de Darwin. Como era de esperar, el infractor de la ley fue detenido y en julio de 1925 comenzó en Dayton, una pequeña ciudad al pie de los Apalaches, el juicio que ha pasado a los libros de historia como el «proceso del mono». Defendía al joven profesor el jurista más famoso de Estados Unidos, Clarence Darrow, y la fscalía presentó como testigo a otro hombre igual de célebre: William J. Bryan. Aunque en principio los hechos estaban claros, dado que Scopes había utilizado un libro prohibido en clase, Darrow fue lo sufcientemente hábil para convertir el proceso en una defensa de la verdad científca. Se trataba ni más ni menos que del combate «ciencia contra fe», y Darrow llamó a declarar a su contrincante Bryan en calidad de experto en la interpretación literal de la Biblia. Como testigo de la acusación,



 

 

 

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Bryan habría podido negarse a declarar, pero la jugada de Darrow lo cogió por sorpresa y, como tenía plena confanza en sí mismo, se sometió al interrogatorio del defensor, que duró horas y se retransmitió por radio al país entero. La disputa resultó desastrosa para el fundamentalista cuando se le pidió que contestara a las cosas más simples guiándose exclusivamente por la lógica bíblica. Si hubo un tiempo en el que solo existían Adán y Eva y sus hijos Caín y Abel, ¿de dónde salió la mujer de Caín? ¿De verdad vivió Jonás tres días en el estómago de la ballena? ¿Cómo pudo Josué detener el Sol? Según las teorías de Galileo, ¿no debería haber sido la Tierra?

 

Con sus preguntas, Darrow puso a su contrincante contra las cuerdas, hasta que este exclamó desesperado: «Quiero que el mundo entero sepa que este hombre, que no cree en Dios, está utilizando un tribunal de Tennessee para burlarse de él». A lo que Darrow contestó tranquilamente: «En modo alguno. Me limito a preguntarle por sus absurdas opiniones, que no comparte ningún cristiano inteligente en todo el mundo».

 

Esta humillación pública no tuvo infuencia alguna en el resultado del proceso. El profesor Scopes fue condenado a pagar una multa y la teoría de Darwin siguió estando prohibida no solo en Tennessee, sino también en otros estados del sur como Luisiana. En 1968, el Tribunal Supremo declaró que las leyes antievolucionistas eran inconstitucionales, con lo que permitía que se hablara de Darwin en clase. Sin embargo, en la mayoría de los estados se encontró la manera de eludir la sentencia: se presentaba la teoría de la evolución como hipótesis científca, pero a continuación se decía que la historia de la creación era verdad revelada. No se hacía mención alguna a Darwin en los exámenes fnales. Un tercio de los adultos estadounidenses cree hoy en las teorías bíblicas de los fundamentalistas, que han cambiado su nombre por el de «creacionistas», propagan sus dogmas bajo la denominación de Creation Science y se referen a



 

 

 

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Dios como el «arquitecto inteligente». Este intento de hacer pasar la ignorancia por ciencia ha tenido en Estados Unidos un éxito que da miedo. Lo irónico es que la Iglesia católica ha ganado una batalla en la que nunca participó y por la que, al contrario que sus contrincantes evangélicos, nunca tuvo que avergonzarse en público, pues hacía tiempo que había superado a Darwin con su silencio.

 

 

 

En 1650 se quemó en Boston el primer libro en suelo estadounidense. Era un tratado religioso en el que William Pynchon se desviaba de la ortodoxia en varios puntos. Los jueces ordenaron al verdugo que quemara el libro en la plaza mayor y Pynchon no corrió la misma suerte porque era un hombre ilustre, cofundador de la colonia de Massachusetts. Eso sí, tuvo que abandonar aquellas tierras y regresó a Londres.

 

Durante los siglos siguientes, el centro puritano de Nueva Inglaterra siguió siendo un refugio para la intolerancia. En Boston estaban prohibidos prácticamente todos los libros que no fueran ortodoxos y edifcantes, incluida la novela en verso de Elizabeth Barrett Browning Aurora Leigh (1857), porque la autora de esta obra moralizante expresaba sus propias ideas sociales y flosófcas. En 1881 prohibieron a Walt Whitman la distribución y venta de sus poemas; hubo de abandonar la ciudad y huyó a Filadelfa con las planchas de imprenta. Ni que decir tiene que Salomé, de Oscar Wilde, también se censuró (1896), la misma suerte que corrió en 1907 la ópera homónima de Richard Strauss. El editor de Nueva York que se había comprometido a publicar la primera novela de Teodore Dreiser, Sister Carrie, consideraba la obra inmoral, puesto que en ella una chica menor de edad mantiene una relación con un hombre casado, pero editó el libro para evitar una demanda por incumplimiento de contrato. Se imprimieron tan pocos



 

 

 

 

 

 

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ejemplares que el debutante apenas llamó la atención. Aun así, los guardianes de la moralidad de Boston mostraron su indignación prohibiendo el libro de inmediato (1900). Curiosamente, pasaron cinco años hasta que el Tribunal Superior de Boston prohibió la obra magna de Dreiser, Una tragedia americana (1925), y condenó al editor a pagar una multa de trescientos dólares. El libro había suscitado gran controversia desde su publicación y algunos críticos reprocharon al autor que no juzgara la conducta de su protagonista, pero Dreiser se consideraba un seguidor de Zola y pretendía ofrecer una imagen objetiva de la época, sin empañarla con sus propias valoraciones. Era hijo de una familia alemana de inmigrantes, pobre y fundamentalmente religiosa, y en ese caso utilizó material autobiográfco para describir el intento del joven Clyde de escapar del lugar asfxiante del que procedía e integrarse, según sus propias palabras, en «una sociedad mejor». Al igual que ocurría en Sister Carrie, la «lucha por la supervivencia» darwinista, degenerada en la flosofa cotidiana americana, conduce a la transgresión de leyes y preceptos morales. La trabajadora de una fábrica ve truncadas sus esperanzas de ascenso social cuando Clyde consigue el amor de una rica heredera. Clyde obliga a abortar a la obrera, a la que había dejado embarazada, pero la operación no surte el efecto deseado y Clyde intenta ahogarla fngiendo un accidente de navegación.

 

 

 

Los críticos no censuraron ni la excesiva duración del relato ni la monotonía y pesadez del estilo, como tampoco pusieron en duda la verosimilitud de la historia ni la psicología de los personajes: lo único que querían era que el autor condenara el comportamiento de su héroe. Sin embargo, Dreiser se abstuvo de cualquier interpretación moral, porque pretendía demostrar que la presión social inherente al «sueño americano» podía llevar a una persona a una situación intolerable.



 

 

 

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En Alemania, la novela acabó en una hoguera en 1933 por describir «relaciones amorosas de forma humillante y corrosiva». Lo que motivó la prohibición de 1930 en Boston no fue el asunto del aborto, sino la falta de condena moral por parte del autor. Pero por entonces Una tragedia americana había adquirido mucha fama y se la consideraba la descripción de toda una época, hasta el punto de que en la otra orilla del río Charles, en Harvard, era objeto de estudios académicos. Los jueces de Boston no se dejaron impresionar y el libro, que ya era un clásico de la literatura estadounidense, siguió estando prohibido, si bien a partir de 1935 los bostonianos pudieron encargarlo por correo.

 

En 1927 se publicó la novela Oil, de Upton Sinclair, prohibida en Boston inmediatamente. El autor estuvo presente en el proceso y habló en la plaza mayor ante miles de oyentes sobre los cargos que se le imputaban, pero lo único que consiguió fue tener que eliminar nueve páginas en las que citaba el Cantar de los Cantares de Salomón. El librero que había vendido la obra nefanda fue condenado a pagar una multa de cien dólares.

 

Otra obra prohibida en Boston inmediatamente tras su publicación, en 1927, fue la novela satírica Elmer Gantry, de Sinclair Lewis. ¡Por fn una decisión que aún hoy entienden los lectores del libro! Cualquier otra actitud nos habría hecho temer que el puritanismo se estaba ablandando. En el resto del país la gente se rio del libro, pero en Boston se dieron perfecta cuenta de lo que hacía el autor: una despiadada crítica del carácter comercial de la prédica de las sectas protestantes estadounidenses.

 

Sinclair Lewis era un autor famoso desde la publicación de Calle Mayor (1920), novela de la que se vendieron casi doscientos mil ejemplares en apenas seis meses y que inmediatamente dio lugar a adaptaciones teatrales y cinematográfcas. Lewis se propuso describir los personajes típicos de pequeñas ciudades



 

 

 

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en una serie de novelas. Babbitt (1922) tuvo un éxito aún mayor que Calle Mayor, básicamente porque los lectores no entendieron el libro como una sátira del insulso burgués medio, sino que se identifcaron con Babbitt, un hombre de negocios muy conformista. Lewis recibió el Premio Pulitzer en 1926 por su siguiente novela, Doctor Arrowsmith (1925), en la que daba cuenta de la confictiva vida de un médico. Rechazó el galardón porque el consejo de administración de la Universidad de Columbia se había negado a concedérselo a Babbitt. Esta afrenta sin precedentes causó gran revuelo y demuestra lo seguro de sí mismo que estaba Sinclair Lewis. Con Elmer Gantry prescindió de toda consideración y presentó una novela pensada para herir en el corazón a la comunidad puritana. Aunque el predicador Gantry está descrito de forma negativa, la historia de sus intrigas para ascender en la jerarquía eclesiástica está narrada con tanto detalle y tanto conocimiento de causa que el personaje, un hipócrita sin escrúpulos, resulta muy convincente, sobre todo teniendo en cuenta que sus compañeros de secta son igual de oportunistas. Lewis describió con tanto realismo este ambiente tan poco recomendable porque había vivido varios meses en Kansas City; seguramente no era este el efecto que esperaba obtener el párroco metodista de Kansas City cuando invitó al autor a visitar su comunidad tras leer la descripción del predicador de Babbitt. En el fondo, el párroco Gantry es un arribista sin conciencia, tan inmoral como intolerante. Cuando al fnal anuncia a sus feligreses: «Haremos de los Estados Unidos una nación virtuosa», lo dice mirando a hurtadillas los muslos desnudos de una bella corista.

 

Es comprensible que en el mojigato Boston se quisiera proteger al público de esta novela. También se retiró de las bibliotecas de otras ciudades. Para defenderse contra la prohibición de distribución decretada por el correo de Boston, la editorial alegó ante el tribunal que una autoridad intermedia



 

 

 

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no tenía poder para censurar. Sin embargo, los jueces confrmaron expresamente la capacidad de censura incluso de los simples empleados de Correos. Tampoco se permitió la difusión de los catálogos editoriales en los que fgurase Elmer Gantry.

 

Dos años después, en 1929, se prohibió en Boston la distribución de todos los números de la Scribner’s Magazine en los que se publicó por entregas Adiós a las armas, puesto que la novela de Ernest Hemingway presentaba la experiencia de la guerra de forma tan descarnada que suponía un peligro para la moral pública. En Boston también estaba prohibida otra novela del mismo autor, Fiesta, de 1926, probablemente porque el lema que la encabezaba era una cita bíblica y los personajes del libro se esfuerzan desesperadamente por encontrar «lo que hay en nosotros en lugar de Dios». También en 1929 se publicó en Estados Unidos una versión «expurgada» del gran éxito de Remarque Sin novedad en el frente, recomendado por el Club del Libro del Mes; en Boston se prohibió.

 

Podríamos completar la lista con novelas de Aldous Huxley, Sherwood Anderson y Edmund Wilson, o con la versión que Lion Feuchtwanger hizo de la comedia de Aristófanes La paz. Ninguna otra ciudad de Estados Unidos se había entregado de tal modo a la manía censuradora. No es ya que la ofcina de Correos tuviera una licencia de censura concedida por el Estado, sino que la policía local también estaba facultada para prohibir un libro sin necesidad de pasar por los tribunales. Hasta la asociación de libreros tenía derecho a impedir que ciertas obras llegaran a las librerías, lo cual era una forma de autoprotección, ya que hasta 1945 se denunciaba a los libreros, y no a la editorial. Hasta el momento en que se aprobó la nueva regulación, el tribunal competente solo se ocupó de cuatro casos de prohibiciones en más de cuarenta años y en las cuatro ocasiones aprobó la censura. Es cierto que en el estado de



 

 

 

 

 

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Massachusetts existía una Asociación por las Libertades Civiles, pero en los centenares de prohibiciones de libros no vio ninguna lesión de los derechos civiles de los ciudadanos y actuaba de acuerdo con los principios puritanos; es decir, no actuaba.

 

 

 

 

 

La situación fue intencionadamente opaca desde el principio. La falta de claridad en el reparto de competencias entre la Unión y los estados federados, fundada en el artículo IV de la Constitución de los Estados Unidos, respondía a la ambición de estos de disfrutar de la mayor libertad posible. Los estados la aprovecharon para introducir sus propias leyes, que a su vez concedían a las diversas organizaciones la mayor libertad posible para ejercer su intolerancia. Incluso la Primera Enmienda, que garantiza la libertad de imprenta, estaba supeditada a la interpretación de los tribunales de cada estado. Normalmente, se consideraba que lo único que no admitía dicha disposición legal era la censura previa de las obras impresas.

 

En 1798, siendo presidente John Adams, se aprobó la ley de Sedición (Sedition Act), que penaba los escritos falsos o escandalosos contra el gobierno; un bozal para los partidarios de Jeferson, el sucesor de Adams, que con esta ley también quería silenciar a periodistas críticos. Ya entonces los estados federados insistían en hacer valer su autoridad para actuar entre la Unión y los ciudadanos. Como la legislación federal no fjaba la delimitación de competencias, los estados tenían el camino libre para obrar a voluntad.

 

Las leyes federales solo daban competencias de censura de obras impresas a dos autoridades: la aduana podía impedir la entrada al país de obras no deseadas, mientras que el servicio postal podía entorpecer su difusión interna negándose a



 

 

 

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transportarlas. Así, hasta el debilitamiento de la legislación de aduanas en 1930 se prohibió la entrada en Estados Unidos de obras clásicas como Lisístrata de Aristófanes, Arte de amar de Ovidio, El asno de oro de Apuleyo, la correspondencia de Abelardo y Eloísa, El Decamerón de Boccaccio, todas las obras de Rabelais, las novelas Moll Flanders y Roxana de Daniel Defoe, Las confesiones de Rousseau, las obras de Sade, Cuentos droláticos de Balzac y Cándido de Voltaire. En 1944, la editorial Concord-Books publicó un catálogo de cien libros a 49 céntimos, entre los que fguraba Cándido. La Ofcina de Censura del Ministerio de Correos notifcó de inmediato a la editorial que el catálogo iba contra la ley que prohibía el envío de libros inmorales y que solo lo distribuiría si se eliminaba el título inconveniente. Lo mismo ocurrió con los Cuentos droláticos de Balzac. En el caso de Boccaccio, en 1927 las autoridades aduaneras tacharon ciertos pasajes considerados obscenos de un ejemplar impreso en Londres y devolvieron el libro a la librería londinense. En 1931 se permitió la importación de esta obra, pero, como cada estado tenía poder discrecional, en 1934 se prohibió en Detroit por orden de la policía. En Ohio y Nueva Jersey la policía también podía confscar libros al margen de toda regulación legal.

 

En los casos excepcionales en los que el asunto llegaba a los tribunales, los jueces defnían lo que era moral o no ateniéndose a una sentencia de 1868 del juez británico Cockburn. Según Cockburn, un libro, una imagen o una obra de teatro eran obscenos cuando podían infuir negativamente en personalidades inestables o inmaduras y corromperlas. Pero, en virtud de este criterio, se podía prohibir prácticamente cualquier cosa, salvo la literatura religiosa edifcante. Fueron sobre todo los sectarios fundamentalistas los que aprovecharon celosamente esa oportunidad. Recurrieron a la libertad



 

 

 

 

 

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religiosa garantizada por la Constitución para prohibir a sus conciudadanos la libertad de pensamiento.

 

En 1933, la Asociación para la Represión del Vicio fundada en su día por Anthony Comstock denunció por obscenidad ante los tribunales de Nueva York La parcela de Dios, novela de Erskine Caldwell recién publicada. Sorprendentemente, el tribunal denegó la acusación. En el considerando de la resolución, el juez señalaba que, para responder la pregunta de si un libro era obsceno, había que tener en cuenta la obra en su conjunto y no sacar de su contexto palabras o frases sueltas. Además, en su opinión, un juicio objetivo no debía tomar como criterio las personalidades inestables, sino la capacidad de juicio del ciudadano medio. De ahí que, evidentemente, no cupiera considerar la novela de Caldwell un producto pornográfco, sino un escrito serio y sincero que no incitaba al lector a comportarse como los personajes descritos en él. No había que reprochar al autor que utilizara expresiones vulgares o groseras, pues ningún tribunal podía exigir a los escritores que presentaran a gentes sencillas expresándose con un lenguaje culto.

 

Este considerando causó sensación en el mundo jurídico, ya que, al menos en teoría, suponía el fn de la doctrina Cockburn de 1868. En ese mismo año de 1933 la editorial Random denunció ante un tribunal federal una nueva incautación del Ulises y ganó el caso basándose en argumentos similares. En Inglaterra, el precedente de Cockburn no perdió vigencia hasta 1959, pero la práctica de la censura apenas cambió.

 

 

 

El nuevo precedente tampoco cambió las cosas en Estados Unidos, pues los estados federados tenían muchas posibilidades de actuar de forma infra o extralegal. En 1947, para evitar que el Ulises cayera en manos de menores de edad, la policía de Denver



 

 

 

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prohibió la distribución de una edición de bolsillo a 25 céntimos el ejemplar. En Boston el libro estaba prohibido y en Chicago fue incluido en 1953 en la lista negra de la Organización Nacional para la Promoción de la Literatura Decente y del Gathings Committee. Un ejemplo de Filadelfa muestra cómo se hacían las cosas a nivel local. En 1948, un predicador denunció a la policía la venta de libros inmorales en la ciudad. Un agente de la policía antivicio peinó algunas librerías, compró unos veinticinco libros y subrayó todos los pasajes que le parecieron escandalosos. Eso convenció al jefe de policía, que ordenó una redada en todas las librerías, en la que se requisaron unos dos mil libros «obscenos», entre ellos tres novelas de William Faulkner que también habían sido denunciadas. Pero el juez dictaminó que «evidentemente se trata de un intento serio de representar la vida tal como es». Se absolvió a los libreros acusados y William Faulkner recibió el Premio Nobel de Literatura en 1950 para orgullo de su país, pese a lo cual la Organización Nacional para la Promoción de la Literatura Decente colocó en su lista negra las novelas SantuarioPylon y La paga del soldado, junto a Madame Bovary de Flaubert y Nana de Zola.

 

 

 

El inusual privilegio concedido al servicio de Correos estadounidense de impedir el envío de libros o imágenes que sus empleados consideraran «dañinos» respondía a un motivo muy antiguo. En la primera mitad del siglo xix cobraban cada vez más fuerza las protestas contra el régimen esclavista de los estados del sur. La revista Te Liberator, que William Lloyd Garrison publicaba en Boston desde 1831, pedía de forma enérgica y radical la inmediata abolición de la esclavitud, aunque por un motivo curioso. En la fantasía de Garrison y en la de muchos otros puritanos, el sur era un lugar de perdición donde los amos blancos se solazaban desenfrenadamente con las esclavas negras, contribuyendo así al incremento



 

 

 

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desproporcionado de la población de color. Mientras los estados del sur siguieran siendo enclaves cerrados, reinaría en ellos la lujuria, como en los conventos de Europa, y se pisotearía la moral cristiana. Lo único que podía acabar con esta situación era la total e inmediata abolición de la esclavitud, puesto que ello obligaría a la población de color a dispersarse y frenaría el rápido crecimiento de esta raza.

 

También en el sur se discutió a principios de siglo sobre la justifcación de la esclavitud desde el punto de vista del cristianismo. El resultado fue la división de las confesiones, ya que los baptistas, por ejemplo, se negaban a admitir a propietarios de esclavos. Pero esta preocupación por la compatibilidad entre la esclavitud y los mandamientos de Dios desapareció cuando, siete meses después de la publicación del primer número de Te Liberator, estalló una revuelta de esclavos liderada por Nat Turner. Los amos blancos creían que se había burlado la prohibición de leer que regía para los negros, pues vieron una conexión directa entre ambas cosas, y ofrecieron una recompensa por la captura de Garrison. El editor de Te Liberator, llevado por un rigorismo religioso que justifcaba una causa buena en sí misma con argumentos falsos, publicaba insultos cada vez más duros contra los sureños. Según él, eran criminales abominables y había que quitarles los escaños que ocupaban en el Congreso.

 

 

 

En nuestra opinión, están al margen del cristianismo y de las ideas republicanas y, por lo tanto, al margen de la humanidad.

 

Es comprensible que estas andanadas no sentaran bien en el sur. En 1835, cuando ciudadanos furiosos de Charleston asaltaron un barco de Correos y lo registraron en busca de la revista de Garrison, un jurista sureño sostuvo la opinión de que Correos no debía difundir periódicos o panfetos de los detractores de la esclavitud, ya que amenazaban la seguridad



 

 

 

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pública. A partir de ese momento, el jefe de Correos de Carolina del Sur confscó todos los envíos postales que guardaran alguna relación con el tema de la liberación de los esclavos. Era ilegal, pero el presidente Andrew Jackson aprobó en un mensaje enviado al Congreso este tipo de censura y acusó a los que se oponían a la esclavitud de incitar a la guerra civil. En 1848 se encargó ofcialmente a Correos que entregara las obras impresas contrarias a la esclavitud al juez de paz para su quema. Fue así como se prohibió en el sur el envío de la novela La cabaña del Tío Tom (1852), de Harriet Beecher-Stowe, hija de un predicador de Nueva Inglaterra, lo que no frenó su increíble éxito: quinientos mil ejemplares vendidos en cinco años. La agitación de los ánimos provocada por este libro llevó a los estados del sur a promulgar nuevas leyes. Se llegó a penar hasta el hecho de mantener conversaciones sobre la abolición de la esclavitud.

 

Después de que los estados del sur se hubieran separado de la Unión, con el inicio de la guerra de Secesión la prohibición de envío postal afectó también a todo escrito que pudiera perjudicar a la causa de la Unión. Se prohibieron los periódicos que se manifestaban en contra de la guerra y se encarceló a sus periodistas. Con estas medidas, el presidente Lincoln violaba la Constitución, pero, a su juicio, no se podía fusilar a los desertores y dejar en libertad a los periodistas que llamaban a la deserción. También se cerraron los diarios que manipulaban las cifras de reclutamiento y sus responsables fueron detenidos.

 

Se produjo una limitación igualmente drástica de los derechos democráticos fundamentales cuando Estados Unidos entró en la Primera Guerra Mundial. Cualquier crítica al gobierno estaba sujeta a sanción. En 1917, un hombre que distribuía por Nueva York copias de la Constitución e invitaba a la gente a refexionar sobre su vigencia fue detenido y condenado a tres meses de trabajos forzados. Se sancionaba con



 

 

 

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rigor toda muestra de simpatía por Alemania y dejó de impartirse alemán en las escuelas. El Ministerio de Comunicaciones confscó el estudio de Torstein Veblen Imperial Germany and the Industrial Revolution (1915), porque el sociólogo valoraba positivamente el desarrollo económico de Alemania.

 

El artículo 12 de la ley de Espionaje (Espionage Act) de 1917 regulaba el procedimiento que se debía seguir contra el material impreso que pusiera en peligro la buena marcha de la guerra: Correos determinaba lo que era peligroso. Se interpuso un recurso de inconstitucionalidad que no prosperó. Según el Tribunal Supremo de los Estados Unidos, la libertad de prensa no se veía afectada, puesto que solo se sancionaban las eventuales malas conductas de la prensa. Lo cierto es que en el breve tiempo que duró la guerra Correos confscó unos cien periódicos y un número mucho mayor de publicaciones periódicas, folletos y libros. Negar a un periódico el servicio postal suponía la pérdida de miles de suscriptores y, por ende, la ruina. Uno de los libros prohibidos más famosos de la época fue Menschen im Krieg [«Seres humanos en guerra»] (1917), del austríaco Andreas Latzko, que describe la inhumanidad de la guerra y ardió en las quemas de libros de Alemania de 1933.

 

Tras el fn de la Primera Guerra Mundial, la ley de Espionaje siguió en vigor y su instrumento más importante, la censura ejercida por los funcionarios de Correos, se institucionalizó. Hoy todavía existe, y ha sido confrmada reiteradamente por los tribunales. Dicho sea de paso, los funcionarios de Correos de Estados Unidos nunca pusieron trabas a los envíos de Mi lucha de Hitler, la obra no fue incluida en lista negra alguna ni prohibida de ninguna otra forma.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Tras el fn de la Segunda Guerra Mundial, en la Europa libre se eliminaron las leyes de la censura. ¿En toda Europa? ¡No! Irlanda seguía siendo un reducto de católicos infexibles que se resistían enérgicamente a la penetración de la cultura. Una lista de los libros prohibidos en Irlanda incluso tras 1945 daría para una enciclopedia de la literatura universal. Este patio trasero del Vaticano compite con el Massachusetts protestante como el lugar culturalmente más atrasado del mundo civilizado.

 

 

 

El 6 de diciembre de 1953 Vladimir Nabokov anotó en su diario: «He terminado Lolita, que empecé hace exactamente cinco años». Aún habrían de transcurrir cinco años más, llenos de giros sorprendentes, para que el libro se publicara en Estados Unidos. Consciente de que una novela sobre el tema de la pedoflia podía costarle su puesto de profesor, Nabokov quería publicarla anónimamente; su nombre no aparecía ni en el original. La llevó personalmente al director editorial de Viking Press y un mes después le respondieron que, aunque el libro era brillante, cualquier editor que lo publicara se arriesgaría a una multa o incluso a una pena de prisión. Lo intentó en Simon and Schuster, que lo rechazó en julio de 1954 alegando que era «pura pornografa». Incluso James Laughlin, de New Directions, que ya había editado una novela de Nabokov, leyó la novela y dijo que la publicación era totalmente impensable.

 

El siguiente en examinar Lolita iba a ser Edmund Wilson, un viejo amigo de Nabokov que ya había tenido malas experiencias con los guardianes de la moral. En 1946, la Asociación para la Represión del Vicio logró que se confscara en Nueva York su libro de relatos Memorias del Condado de Hecate, del que ya se habían vendido cincuenta mil ejemplares a los cuatro meses de la publicación. Tanto este éxito tan inusual para la prosa barroca de Wilson como la denuncia se debían al cuarto relato



 

 

 

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del libro, «La princesa de los cabellos de oro», en el que el autor narra, con asombroso atrevimiento, la relación que un hombre mantiene con dos mujeres totalmente opuestas. El tribunal de Nueva York declaró el libro obsceno, impuso al editor una multa de mil dólares y añadió que cualquier librero que lo pusiera a la venta sería condenado a un año de cárcel. Se impusieron multas a libreros de San Francisco y Los Ángeles por vender el libro. El editor suspendió prudentemente el envío del libro a Massachusetts y presentó una apelación en Nueva York, que perdió en 1947.

 

Así pues, se preguntó a Wilson si consideraba que Lolita corría un riesgo similar. Wilson creía que su relato era inofensivo, pero la novela de su amigo le pareció tan repugnante que solo leyó la mitad. Se la pasó a su editor Straus, que aconsejó a Nabokov que no la publicara anónimamente, ya que esto lo perjudicaría ante un tribunal. La única defensa posible era considerarla la obra maestra de un autor consagrado, capaz de tratar un asunto tan horroroso con un perfecto tacto literario. Sin embargo, Roger Straus no quería correr el riesgo de un nuevo proceso. Wilson también pasó el manuscrito a Mary McCarthy, que lo devolvió indignada. Wilson hizo un nuevo intento cuando recibió la visita de Jason Epstein, de Doubleday:

 

 

 

Es un texto de mi amigo Nabokov. Es repulsivo, pero debería leerlo.

 

Epstein recomendó su publicación, pero, cuando el director de la editorial se enteró del delicado tema que trataba, el asunto se olvidó.

 

Entretanto ya era febrero de 1955. Nabokov estaba trabajando en su nueva novela, Pnin, y había perdido toda esperanza de publicar Lolita en una editorial estadounidense seria. De manera que recurrió a su agente de París, que ya había llevado algunos de sus libros a editoriales francesas, y le pidió



 

 

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que buscara a alguien que quisiera publicar el libro en inglés. Le propuso a Sylvia Beach (sin duda no le habría desagradado ver Lolita junto al Ulises), pero la famosa propietaria de Shakespeare & Company hacía tiempo que no editaba libros. La agente entregó el original a un hombre del que solo sabía que había perdido mucho dinero con unos libros de arte muy bien editados y quería compensar esas pérdidas con una nueva editorial llamada Olympia Press. Su mayor éxito de ventas era, por el momento, la novela anónima Historia de O, que trataba el subtema erótico del sadomasoquismo y fue muy alabada por los críticos. La agente pensó que sería el lugar ideal para publicar un libro que, al parecer, trataba sobre pedoflia. El editor consideró que podría venderse, y así se produjo la oferta concreta de Maurice Girodias y su Olympia Press. Las cosas se complicaron, puesto que Girodias insistía en que Nabokov publicara el libro con su nombre. Nabokov pidió consejo a su mejor amigo y colega de la Universidad de Cornell, al que hasta entonces había ocultado la existencia de la novela, pero Morris Bishop, que era quien había llevado a Nabokov a Cornell, quedó horrorizado. Defendió los intereses de la universidad y pidió al escritor que pensara en la gran cantidad de cartas que le escribirían los padres escandalizados. Sacarían a sus hijas de la universidad y retirarían sus donaciones. Además, estaba seguro de que el consejo de administración despediría a Nabokov inmediatamente. Eran consecuencias previsibles y debía de estar obnubilado cuando decidió escribir una novela sobre aquel tema tabú. Ni él mismo iba a leer hasta el fnal aquel libro repugnante. Nabokov contestó ofendido que era lo mejor que había escrito nunca y, desoyendo toda recomendación, frmó el contrato con Girodias en junio de 1955. Así fue como una de las grandes obras de la literatura mundial, en la que no aparece ni una sola palabra obscena, vio la luz pública en una pequeña editorial de libros pornográfcos. La rapidez con la que Girodias



 

 

 

 

 

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le mandó las pruebas de imprenta ese mismo mes impresionó a Nabokov. No obstante, tal celeridad no se debía al respeto al autor, sino al comienzo de la temporada turística en agosto. Girodias obtenía las mayores ganancias del año gracias a los visitantes ingleses y estadounidenses que buscaban las novedades en novela erótica que no podían comprar en su país.

 

Nabokov no era muy consciente del entorno pornográfco en el que se publicó Lolita. Le pidió a Girodias que le enviara las esperadas reseñas del Partisan Review, el New Yorker, el New York Times, el Saturday Review y el Herald Tribune neoyorquino, sin sospechar que los libros de Olympia Press nunca se reseñaban. De manera que el silencio rodeó a Lolita hasta que Graham Greene la recomendó en la edición navideña del Sunday Times de Londres como uno de los tres mejores libros del año y el periódico rival, el Sunday Express, publicó una tremenda crítica de su redactor John Gordon:

 

No cabe duda de que es el libro más sucio que he leído nunca: pura e impúdica pornografa. Cualquiera que lo publicara o vendiera aquí ingresaría en la cárcel inmediatamente.

 

Participaron en la polémica autores destacados como Christopher Isherwood; Graham Greene se dejó oír de nuevo, y hasta Harvey Breit habló del libro en el New York Times Book Review, sin mencionar el nombre de Nabokov. En Francia, Lolita había llamado la atención de Gallimard, que al ver la notoriedad que iba adquiriendo el libro no dudó en publicar una edición francesa. Tras la primera mención de Harvey Breit a la polémica en torno a Lolita, este escritor y crítico recibió cartas de muchos lectores que habían comprado el libro en París y expresaban su entusiasmo. Había quien comparaba al autor —del que seguramente no había oído hablar hasta entonces— con Dostoievski, Henry James y Scott Fitzgerald. En un segundo artículo, Breit citó algunas de esas cartas y esta vez sí



 

 

 

 

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mencionó el nombre del autor. El resultado fue que cuatro editores estadounidenses se pusieron en contacto con Nabokov, pero huyeron asustados ante la astronómica suma que pedía Girodias por los derechos.

 

En 1955 la aduana requisó en dos ocasiones un ejemplar de Olympia Press y fnalmente lo autorizó, mientras que en las librerías de préstamo de Londres se confscaba Lolita sistemáticamente. De repente, el Ministerio del Interior francés prohibió todas las ediciones en inglés de Olympia Press, a petición de Londres, que quería acabar con la importación de los libros pornográfcos. Durante la crisis de Suez, Francia dependía de su aliado y accedió a la petición, aunque todo el mundo sabía que la prohibición era inconstitucional: en Francia solo podían prohibirse los libros subversivos. Girodias se querelló contra el gobierno y la prensa francesa aplaudió su lucha contra las injerencias del ministerio apelando a los tradicionales valores liberales de la República. Como los demás libros prohibidos eran menos respetables, la información se centró en la novela de Nabokov y el asunto pasó a llamarse «el caso Lolita». Ocurrió lo que en el fondo todo autor desea, pero Nabokov había temido: Lolita se convirtió en un escándalo y un éxito internacional. Solo faltaba una edición estadounidense. El único editor que estaba dispuesto a aceptar las condiciones de Girodias era Walter Minton, de Putnam’s Sons. Girodias había ganado el juicio en 1958 y ahora era alabado como el libertador de Lolita de las garras de la justicia. Putnam fjó como fecha para la publicación el lunes 18 de agosto, la productora de Kubrick preguntó a Nabokov si aún podía adquirir los derechos cinematográfcos de la novela y un club de libros, el Reader’s Subscription, quería presentar Lolita como el libro de agosto. Justo en ese momento volvió a prohibirse la obra en Francia. Para proteger a los menores, se prohibió su exhibición en las librerías y la venta a los menores de dieciocho años. La



 

 

 

 

 

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República Federal de Alemania siguió el ejemplo: quien compraba un ejemplar de Lolita debía frmar un papel en el que se comprometía a no permitir que el libro cayera en manos de un menor de edad. Si la liberal Francia reaccionaba de esta forma, ¿qué pasaría con Lolita en los puritanos Estados Unidos? Las denuncias e incautaciones serían inevitables. Pero Lolita fue el único libro que, desde Lo que el viento se llevó, vendía más de cien mil ejemplares en las tres primeras semanas. En Inglaterra la novela seguía estando prohibida. Evidentemente en Estados Unidos también hubo estallidos de indignación puritana. Las bibliotecas públicas de Cincinnati se negaron a prestar el libro, pero una semana después la obra ocupaba el primer puesto en las listas de ventas, del que no sería desbancada hasta siete semanas después, cuando Doctor Zhivago la relegó al segundo lugar.

 

Había ocurrido lo impensable. Los colegas de Nabokov lo felicitaron por el libro y seis universidades, aparte de la Biblioteca del Congreso, lo invitaron a dar conferencias. Los estudiantes, orgullosos de su profesor, le pedían que les frmara los ejemplares de Lolita que pensaban regalar a sus padres por Navidad. Quienes le habían aconsejado prudencia se equivocaron, Estados Unidos mostró su cara más liberal. Groucho Marx dijo que leería Lolita al cabo de seis años, cuando ella fuera mayor de edad.

 

 

 

 

 

Lolita tuvo consecuencias. En 1958 se presentó en la Cámara de los Comunes británica un nuevo proyecto de ley para la regulación de la pornografa. Se debatió agriamente durante meses y, en opinión tanto de sus defensores como de sus detractores, Lolita era la piedra de toque de la ley. La editorial Weidenfeld and Nicolson había adquirido los derechos para Inglaterra, obligándose por contrato a defender la obra ante los



 

 

 

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tribunales. Cuando Weidenfeld hizo público el contrato en noviembre, uno de sus colegas dijo a la prensa que tenía un 60 % de probabilidades de ir a la cárcel. El copropietario Nigel Nicolson, diputado conservador en el Parlamento, hubo de defender la decisión de la editorial frente a sus correligionarios y tuvo problemas en su circunscripción electoral: sus votantes le retiraron la confanza y acabó perdiendo su escaño. El asunto también dividió a su familia, pues sus padres, sir Harald Nicolson y lady Sackville-West, se mostraron totalmente contrarios a la publicación de Lolita.

 

En el nuevo proyecto de ley no solo se especifcaba que había que considerar las obras en su conjunto y no juzgar «pasajes» concretos, sino que también se admitía el dictamen de expertos. Si estos demostraban que una obra tenía valor literario se permitiría su edición aunque fuera inmoral. De ahí que Weidenfeld apostara con su estrategia editorial por autores famosos, que escribieron una carta conjunta dirigida al Times:

 

Nos preocupan los indicios de que pueda seguir sin autorizarse una edición en lengua inglesa de Lolita de Vladimir Nabokov […]. La persecución de la literatura perjudica a los gobiernos y siembra la desconfanza en la opinión pública. Cuando hoy leemos los procesos que se entablaron contra Madame Bovary o Ulises, obras que muchos contemporáneos consideraron escandalosas, es a Flaubert y Joyce a quienes admiramos, y no a sus censores.

 

Weidenfeld reunió opiniones favorables a la novela procedentes de nueve países y, como medida de precaución, las imprimió en el anexo de la edición de Lolita que estaba previsto que viera la luz el 6 de noviembre de 1959. La noche anterior hubo una presentación en el Ritz a la que asistieron cientos de periodistas y delegados. Esa noche Nicolson recibió la llamada de un funcionario del Ministerio del Interior: el gobierno había decidido no denunciar Lolita, pero, aun así, estaba prohibida su distribución y venta en algunos países de la Commonwealth



 

 

 

 

 

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como Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica. En Inglaterra se secuestró la edición completa el mismo día de su distribución.

 

Animada por este precedente, la editorial Penguin Books decidió publicar el siguiente año la versión íntegra de Lady Chatterley, prohibida desde 1953, y la Corona la acusó inmediatamente del delito de difusión de pornografa. En virtud de la nueva legislación, el tribunal no admitió la denuncia. No obstante, se diría que la restitución más bien perjudicó la reputación de D. H. Lawrence como autor, al exponer a la burla del público su reaccionario kitsch sexual. Ayer todavía exhalaba el hálito del escándalo, hoy parecía demodé, y fue enterrado en el mausoleo de los clásicos sin despertar demasiado interés.

 

 

 

 

 

El caso Genet, también del año 1960, demuestra lo retrógrada que era la justicia alemana. Ese año se había publicado la traducción de Santa María de las Flores, la primera novela de Jean Genet. En realidad, era un poema en prosa extático que se desarrollaba en un ambiente de ladrones, asesinos, chaperos y proxenetas, medio que el autor conocía por propia experiencia. Califcar la vida de Genet de aventurera sería un eufemismo, una trivialización. Criado por una familia de adopción, empezó a delinquir desde muy joven. A los dieciocho años huyó del reformatorio y se unió a la Legión extranjera. Desertó seis años después y recorrió toda Europa como un vagabundo fugitivo, cambiando de país cuando lo encontraban. De vuelta en Francia, empezó a escribir mientras cumplía una de las múltiples penas de cárcel a las que fue condenado y gracias a la protección de Cocteau y Sartre era considerado un genio en los círculos literarios en los que se leían sus manuscritos antes de que pudiera publicar su primer libro, después de la guerra.



 

 

 

 

 

 

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Santa María de las Flores es una novela obscena, pero no pornográfca. Lo que escandalizó no son sus descripciones explícitas del amor homosexual, sino la representación de un mundo antisocial que glorifca el crimen y crea su propia teología al margen de cualquier tipo de moral. En el cosmos orgiástico de Genet impera la ley de la violencia mortal y su dios es el asesino deshumanizado. En palabras de Genet:

 

Solo hay una forma de escapar al horror que provoca lo horroroso, y es entregarse a él.

 

La justicia alemana no lo veía así. En 1960 denunció el libro por su contenido inmoral y, en virtud del artículo 184 del Código penal, solicitó la prohibición de su venta y la destrucción de todos los ejemplares localizables. Como en la República Federal se juzgaba con el criterio moral de un supuesto ciudadano medio, la publicación de contenidos inmorales era punible aun cuando formalmente se tratara de una obra de arte. Cuatro años antes se había denunciado la editorial Rowohlt por publicar otra novela de Genet, Querella de Brest, y fnalmente la editorial llegó a un acuerdo con la fscalía aviniéndose a pagar mil marcos de multa y a destruir los ejemplares que todavía no se habían vendido. En esta ocasión se intentó seguir la misma táctica, pero la fscalía chocó contra la pequeña editorial Merlin, cuyo editor se negó a llegar a un acuerdo y fue preciso pedir un dictamen. Los críticos literarios Willy Haas y Friedrich Sieburg se mostraron impresionados por la calidad literaria de la obra de Genet y certifcaron su originalidad e intensidad lingüística, lo cual en realidad no interesaba, al tiempo que subrayaron que su forma de representar el horror les había repugnado. Friedrich Sieburg, del Frankfurter Allgemeine Zeitung, que era el gran pope de la crítica literaria de entonces y que solía revestir sus ideas conservadoras con un estilo muy elegante, afrmó que Genet era «un hombre



 

 

 

 

 

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deplorable, degenerado, depravado y atormentado por sentimientos antinaturales». Así se defnía la homosexualidad en la jerga nacionalsocialista, de la que Sieburg —a lo que parece— no se había distanciado. El tercer experto al que se consultó, el conocido sexólogo Hans Giese, no evaluó la calidad literaria de la obra, sino la descripción de unos mecanismos psíquicos que se sustraían a las normas de la vida cotidiana. Así, fue más fel al texto que el crítico Haas, quien, con solícita incomprensión, dictaminó cierto parecido entre Genet y el humor de Rabelais.

 

El juicio duró más de dos años. Las sentencias sobre Lolita pronunciadas en otros países tuvieron consecuencias en la República Federal de Alemania. El fscal general dijo en las conclusiones:

 

Cuando hace dos años pedimos la destrucción del libro, regía el principio de que era obsceno lo que ofendía la conciencia moral del ciudadano medio. Pero desde entonces el Tribunal Federal ha dictado una nueva sentencia según la cual solo ha de considerarse obsceno en literatura lo que ofende al lector selecto.

 

 

El fscal general argumentó en contra de su propia autoridad:

 

No se debe juzgar el arte con un criterio extraartístico porque esto atenta contra el espíritu de la ley fundamental, que garantiza la libre creación artística. El interesado en el arte que se esfuerza por entender el arte moderno, no obstante, no se escandaliza —así se deduce de todos los indicios— ni siquiera ante un plato tan duro y extraño, si se lo presenta un poeta como Genet, y se lo presenta, por otra parte, de un modo bastante inaccesible. Y soy incapaz de imaginar que a nadie que no sea un afcionado al arte pueda interesarle leer un libro así.

 

 

De manera que en el futuro, al valorar una obra literaria, la justicia debía tener en cuenta el carácter del arte contemporáneo en su conjunto. El único criterio de moralidad era la opinión formada del público entendido en arte, y no los simples sentimientos del ciudadano medio (al menos en teoría y



 

 

 

 

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para los tribunales). La Ofcina Federal de Control de Escritos no Aptos para Menores desacató intencionadamente esta disposición y siguió practicando la censura. Hasta la reforma del Código penal de 1973 no se reformuló el parágrafo 184 y se sustituyó la palabra «obsceno» por «pornográfco». En ese momento también se reguló legalmente la actividad de la Ofcina Federal de Control, que hasta entonces se había caracterizado más bien por su arbitrariedad a la hora de ejercer la censura.

 

 

 

 

 

El día de la Fiesta de la Cosecha del año 1965, Lolita ardió en una hoguera alemana. Los hechos tuvieron lugar en la orilla del Rin, en Dusseldorf, y se contaba con el permiso ofcial del servicio de orden público de la ciudad. Unas semanas antes, la Asociación Juvenil por un Cristianismo Decidido había pedido permiso educadamente para quemar «literatura inmunda» en la Karlsplatz, cerca del barrio del gobierno. El servicio de orden público solo puso objeciones técnicas: temía que las chispas pudieran causar daños a los vehículos, de ahí que enviara a los Cristianos Decididos a la orilla del río, un lugar menos peligroso.

 

Allí ardieron, junto a Lolita, Herz auf Taille [«Corazón a medida»] de Erich Kästner, El tambor de hojalata de Günter Grass, La caída de Albert Camus y Dentro de un mes, dentro de un año de Françoise Sagan. Mientras, veinticinco chicos y chicas y dos diaconisas cantaban, con acompañamiento de guitarras, la siguiente canción:

 

Los jóvenes cristianos llevamos

 

a la oscura Alemania

 

una luz en tiempos difciles

 

una antorcha en nuestras manos.



 

 

 

 

 

 

 

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Decían reaccionar contra el «envenenamiento del pueblo alemán causado por las indecencias que se encuentran en todas las orientaciones de la literatura clásica». Nadie había leído los libros: «¡Solo nos interesa la Biblia!». Los primeros grupos de Cristianos Decididos habían surgido en 1881 en Estados Unidos como rebrotes de la Asociación de Jóvenes Cristianos, la primera tropa de asalto del fanático Anthony Comstock. Tras la acción de los jóvenes alemanes, ciento noventa y seis representantes de la Asociación de Jóvenes Cristianos frmaron una declaración en la que se hablaba de un «acto de legítima defensa de la juventud cristiana» que la opinión pública había «malinterpretado». En la Casa de la Juventud de Dusseldorf recibieron muchas llamadas anónimas que combinaban las felicitaciones por la quema de libros con los insultos antisemitas.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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SABER Y TRANSFORMAR

 

 

 

«Cada siglo —escribió Denis Diderot en 1771— tiene un espíritu característico. El espíritu del nuestro parece ser el de la libertad». No podía estar del todo seguro de que fuera así y, de hecho, él no llegó a conocer la nueva libertad: murió en 1784, cinco años antes de la Revolución francesa, que también fue su obra. Y, no obstante, ¡cuánta satisfacción resuena en esta frase! Diderot podía contemplar retrospectivamente una obra de veinte años en cuyo buen término no habían creído muchos y que sin su inmensa capacidad de trabajo y su fe inquebrantable en la efcacia de la razón habría fracasado lastimosamente. Al anunciar los últimos volúmenes de la Encyclopédie, hizo balance de esos veinte años:

 

 

 

Todo lo que la historia nos enseña acerca de las difamaciones de la envidia, la mentira, la estupidez y el fanatismo, todo eso lo hemos conocido por propia experiencia.

 

Al principio todo parecía fácil. Con varias traducciones, Diderot había demostrado que dominaba la lengua inglesa, cosa nada frecuente para un francés. Por eso, en 1746 el editor André-François Le Bretón le encargó la adaptación de la Cyclopaedia de Ephraim Chambers para el público francés. Esa obra se había publicado en 1728, pero seguía gozando de un gran éxito y ya iba por la quinta edición. La alta cotización de esas enciclopedias se explica porque una clase media económicamente fuerte ya no estaba dispuesta a confar a los sacerdotes la explicación de un mundo cada vez más complejo.



 

 

 

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En una sociedad cada vez más porosa, la formación posibilitaba el ascenso profesional. Mientras en la escuela se seguía explicando a los niños las leyendas de los santos y las fábulas antiguas, los padres reclamaban un saber pragmático y una descripción comprensible de las relaciones entre las cosas, como los que les ofrecía la enciclopedia de Chambers con las numerosas remisiones de sus artículos. El editor creía que una rápida traducción de aquella obra sería un gran éxito de ventas. Diderot le propuso hacer una ampliación actualizada y Le Bretón le dio su consentimiento, obtuvo la licencia para la edición y aseguró la fnanciación de la empresa con varios socios.

 

 

 

 

 

La historia de la Encyclopédie se ha contado muchas veces, siempre como la historia de un éxito y, para decirlo con la fórmula que utiliza Goethe en el libro undécimo de Poesía y verdad cuando habla del teatro de Diderot, como

 

una callada introducción a aquellas monstruosas transformaciones mundiales en las que pareció irse a pique todo lo existente[14].

 

Sin embargo, lo que se propuso Diderot era, ante todo, un proyecto muy arriesgado, cuyo principal factor de riesgo era el propio Diderot, no por su pereza, sino más bien por una capacidad de trabajo que daba miedo.

 

Durante la fase de preparación de la obra, mientras organizaba los temas y buscaba a los autores de los diversos artículos junto con D’Alembert, es decir, mientras planeaba el trabajo de los próximos veinte años, escribió y publicó varios libros que no tenían nada que ver con la enciclopedia pero que pusieron en peligro todo el proyecto. El tribunal de París prohibió sus Pensamientos flosófcos (1746) por sus ataques a la religión y ordenó que el verdugo los quemara públicamente en



 

 

 

 

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la plaza del ayuntamiento, el lugar de las ejecuciones. El propio autor corrió peligro cuando en La promenade du sceptique, obra publicada el año siguiente, volvió a exponer las ideas prohibidas y un informador lo denunció a la policía como una «persona sumamente peligrosa» (el cura de su parroquia corroboró la valoración como testigo). La obra fue confscada por la policía. Un año después, en 1748, volvió a jugarse la vida con su primera novela, Les Bijoux indiscrets, que bajo el disfraz de un relato frívolo-erótico criticaba la realidad contemporánea. En sus afladas alusiones se traslucía desde el rechazo del drama clásico, en el que Lessing ahondará en su Dramaturgia de Hamburgo, hasta la crítica de la justicia y la política económica. Aunque la novela en dos volúmenes se publicó de forma anónima, en el París literario no había secretos. Dos meses después de la publicación, Diderot fue citado ante el canciller del Estado, al que supuestamente dio la palabra de honor de no volver a escribir semejantes obras y de dedicarse únicamente al trabajo de la enciclopedia. Esa conversación la contó Malesherbes, quien más tarde sería censor superior: supuestamente el canciller quedó impresionado con la inteligencia de Diderot e incluso lo contrató como editor principal. Más tarde Diderot negó haber dado su palabra de honor y tampoco cumplió lo prometido.

 

En junio de 1749 se publicó su Carta sobre los ciegos para uso de los que ven, con la que Diderot no solo rompió la supuesta palabra de honor, sino que transgredió defnitivamente los límites de la tolerancia. Desde el punto de vista formal, el escrito signifcaba la ruptura con la tradición del tratado flosófco para la élite culta: sirviéndose de los recursos literarios del diálogo y de la carta Diderot se dirigía a un gran público que podía seguir la argumentación sin difcultades. Diderot partía del caso actual de una ciega de nacimiento cuya operación exitosa causó una gran sensación y lo relacionaba



 

 

 

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con un diálogo fcticio trufado de refexiones sobre la facultad perceptiva de los ciegos. Los ciegos no sienten pudor ante una persona desnuda, ya que no pueden verla y, cuando ellos están desnudos, no notan las miradas que les dirigen los demás; por tanto, este sentimiento no es ingénito y natural, sino la consecuencia de una convención social. Lo que en nuestra comprensión del mundo va más allá de lo que podemos «tocar» con los sentidos es una fútil especulación:

 

Si queréis que crea en Dios, habéis de conseguir que lo toque[15].

 

Un empirismo tan radical era intolerable para la Iglesia. El cura que ya había denunciado a Diderot dio parte al censor supremo, quien conminó al jefe de policía a detener al autor. El procedimiento se llevó a cabo por medio de una lettre de cachet, un instrumento de la justicia absolutista especialmente temido. Esta orden de detención frmada por un ministro real permitía la detención sin necesidad de indicar las razones, sin proceso judicial y por un tiempo indeterminado. La mañana del 24 de julio de 1749, Diderot fue sacado de su casa y trasladado a la fortaleza de Vincennes, fuera de la ciudad de París, donde lo encerraron en un calabozo en régimen de aislamiento.

 

Así empezó para él una pesadilla que no terminaría tan pronto. Estaba acostumbrado al mundo elegante de los salones, al intercambio intelectual con sus amigos y al trabajo incansable en la preparación de la enciclopedia. Ahora se encontraba aislado de todo, no podía ver a nadie y tuvo tiempo de pensar en si su ambición literaria, su deseo de competir con Voltaire y D’Alembert, sus colegas ya famosos, merecía un resultado tan frustrante. Él tenía la culpa de su desgracia, así se lo dijo en una carta su padre, quien también le aconsejó que rezara a Dios y en lo sucesivo obedeciera al rey. No tardó Diderot en darse cuenta de lo que signifcaba estar en manos de la gracia del monarca. Día tras día, el guarda le llevaba las dos



 

 

 

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velas que correspondían a cada preso, pero Diderot no las gastaba, debido a la claridad de las largas tardes de verano. A las dos semanas había reunido tantas velas que quiso devolvérselas al guarda, pero la respuesta de este demostraba su larga experiencia: «Quédatelas. Puede que ahora te sobren, pero en invierno te harán buena falta».

 

La mujer de Diderot comunicó la noticia de su detención a sus editores, que enseguida comprendieron que la ligereza del autor ponía en peligro todo el proyecto de la enciclopedia. Escribieron inmediatamente al censor supremo:

 

Estábamos a punto de anunciar públicamente esta obra, que nos costará al menos 250 000 libras y en la que ya hemos invertido 80 000. La detención del señor Diderot, el único escritor que en nuestra opinión puede llevar a cabo tamaña empresa y que posee la llave de la obra entera, podría signifcar nuestra ruina.

 

Se trataba en verdad de mucho dinero: las ochenta mil libras indicadas equivalen aproximadamente a una inversión de un millón de euros actuales. Ningún otro proyecto editorial había alcanzado jamás tales dimensiones, y solo era el principio. La enciclopedia acabaría siendo aún más cara, pero también mucho más lucrativa.

 

Diderot no sabía que sus editores, para salvar su dinero, intercedieron por su liberación. Las más de dos semanas de aislamiento y la lacónica alusión del guarda al invierno hicieron mella en su ánimo: estaba desesperado y desmoralizado. Un invierno frío, húmedo y lóbrego en ese calabozo, mientras en los salones de París sus amigos hablaban sobre las últimas novelas, el mundo seguía girando sin él y su querida ya no lo saludaría… ¡jamás! El 13 de agosto de 1749 escribió al prefecto de policía una carta de sumisión en la que confesaba que los libros prohibidos (los Pensamientos flosófcosLes bijoux y la carta sobre los ciegos) procedían de su pluma y le prometía que en adelante no publicaría nada sin presentarlo



 

 

 

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antes a la censura, so pena de pasar la vida entera en el calabozo. Fue una concesión. Diderot declaró lo que la policía ya hacía tiempo que sabía y prometió algo que ciertamente no cumpliría, pero el efecto psicológico de esa espada de Damocles pareció al jefe de policía garantía sufciente para liberar a Diderot del régimen de aislamiento. A partir de ese momento se pudo mover libremente dentro de la fortaleza, podía recibir a amigos y, sobre todo, empezar el trabajo en las primeras galeradas de la enciclopedia. Lo visitaban regularmente su editor D’Alembert y Rousseau, a quien había asignado el tema de la música, su mujer, con la que desaparecía en el parque largos ratos, y muchos colaboradores serviciales que le llevaban los manuscritos y recogían las correcciones. Seguramente quien obtuvo el mayor provecho de la moderación del régimen de reclusión de Diderot fue el comandante de la fortaleza, que asignó a aquel autor tan sociable dos habitaciones en su ala residencial y lo invitaba regularmente a cenar para disfrutar de la conversación de ese preso tan ingenioso.

 

Diderot fue liberado de Vincennes a los seis meses; podría haber sido peor. En una carta a su amiga Sophie Volland (8 de octubre de 1768) describe un caso que así lo demuestra: «Un aprendiz compró a un vendedor ambulante dos ejemplares de Christianisme dévoilé [un libro anticlerical] y vendió uno de ellos a su maestro. Este se lo mostró al teniente de policía. El vendedor ambulante, el aprendiz y su mujer fueron detenidos. Hace poco los han puesto en la picota, los han castigado con el látigo y los han marcado con hierro candente. El aprendiz ha sido condenado a nueve años de galera, el vendedor a cinco años, y la mujer al hospital de por vida». La moderación de su castigo también la debió al eminente apoyo de D’Alembert, que entretanto había sido nombrado miembro de la Academia de las Ciencias y esperaba con impaciencia el regreso de Diderot, porque el trabajo de redacción se le hacía cuesta arriba:



 

 

 

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No tengo la menor intención de condenarme a seis años de aburrimiento con un resultado fnal de siete o nueve tomos en folio.

 

Diderot hizo la mayor parte del trabajo: organizó, redactó, comparó y corrigió los trabajos de cientos de colaboradores, además de escribir personalmente casi tres mil artículos para los dos primeros tomos de la enciclopedia.

 

La prisión no lo cambió. Él estaba hecho, como le escribió en 1758 a Voltaire, «para decir la verdad a mis amigos y a veces también a los desprevenidos, lo que sin duda es honroso, pero también muy imprudente». ¿Demostró al rey su obediencia, como le había aconsejado su padre? ¡Claro que no! Su artículo «Autoridad» muestra lo que opinaba del gobierno absolutista:

 

Ningún hombre ha recibido de la naturaleza el derecho de mandar a los otros. La libertad es un regalo del cielo, y todo individuo dotado de razón tiene derecho a disfrutar de él. […] El príncipe obtiene únicamente de sus súbditos la autoridad que tiene sobre ellos, y esa autoridad está limitada por las leyes de la naturaleza y del Estado.

 

No se caracterizaba Diderot por el comedimiento, el disimulo o la cobardía; escribió a Voltaire, su compañero de lucha:

 

Nuestra devisa es: ningún perdón para los supersticiosos, los fanáticos, los ignorantes, los necios, los malvados y los tiranos. […] ¿Acaso se llama uno flósofo sin motivo?

 

En julio de 1751 apareció el primer tomo de la enciclopedia, en enero de 1752 el segundo, y en febrero se prohibieron ambos por una resolución real, pues

 

contenían máximas que aspiraban a destruir la autoridad real, establecer un espíritu de independencia y revuelta y sentar las bases del error, la descomposición moral, el ateísmo y la falta de fe.

 

El monarca terminaba decretando la ejecución inmediata de los autores, es decir, de Diderot y D’Alembert, nombrados en la portada.



 

 

 

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La situación era extremadamente peligrosa. Se confscaron todos los manuscritos de los próximos tomos, se declaró ilegal la venta de la enciclopedia y los jesuitas parecían haber logrado su objetivo: destruir el proyecto o ser ellos sus autores. Pero el principio absolutista no funcionó: ni rodaron cabezas, ni nadie fue encarcelado ni tuvo que exiliarse. No es que la orden real se desacatara: el nuevo censor superior prohibió la venta de los

 

tomos, lo cual —teniendo en cuenta que la edición completa se adquiría por suscripción, es decir, ya se había vendido— no representó pérdida alguna para los libreros. Simplemente digámoslo así, el cumplimiento de la orden se retardó un poco, concretamente hasta que se llegó a un acuerdo respecto a la forma y el contenido. De la cuestión del contenido se encargó el censor superior Chrétien-Guillaume de Lamoigne de Malesherbes, de veintinueve años, al que acababa de nombrar en el cargo el canciller de Francia, su padre. Era abogado, miembro de la Academia de las Ciencias, liberal y extravertido, letraherido y resuelto defensor de los derechos de la libertad. Amigo de muchos literatos, conocía las difcultades que les ocasionaba la censura y, como más tarde confesaría, solo aceptó el cargo para proporcionarles la libertad de trabajo que siempre habían anhelado; era, por decirlo así, un cordero con piel de lobo, protegido de la arbitrariedad real por la infuencia de su familia. Su padre le aconsejó que pidiera una audiencia con el obispo, un aparente gesto de sumisión. Durante la entrevista con el eclesiástico, frme enemigo de la enciclopedia, parecía que Malesherbes cedía ante los argumentos de la parte contraria, hasta que le propuso un acuerdo que posibilitaba la publicación de los siguientes tomos, en virtud del cual el obispo nombraría a sus propios censores y vigilaría por medio de ellos cuantos artículos se publicaran en lo sucesivo. Con ello, las dos partes habían logrado lo que querían: la Iglesia católica creyó que podría determinar el contenido de la enciclopedia



 

 

 

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contemporánea más importante, y Malesherbes no solo había asegurado la subsistencia económica de los editores y los colaboradores, sino que también estaba convencido de que Diderot sería lo sufcientemente listo para engañar a los censores eclesiásticos. Y así fue.

 

El decisivo acuerdo formal lo alcanzó una mujer durante mucho tiempo incomprendida: Madame Pompadour, querida del débil rey, cuya afción a las nuevas ideas en literatura y arte no siempre se ha sabido apreciar. Sentía una profunda aversión por la hipocresía jesuítica y, por ende, también por los dignatarios que, en calidad de educadores del príncipe heredero, se habían quejado ante el rey de los enciclopedistas. Luis XV vivía en Versalles y no estaba enterado de lo que ocurría en el país o en su capital. Se cree que ordenó destruir el proyecto de la enciclopedia y a sus autores por miedo a ser víctima de una conspiración. Como siempre, Madame Pompadour consiguió calmarlo. El retrato que hizo de ella Quentin de La Tour la presenta como una afcionada a las artes y una intelectual: lee una partitura y tiene ante ella, en la mesa, varios libros, un globo terráqueo y algunos grabados, atributos con los que se solía caracterizar a los eruditos, más que a las maîtresses. Es muy reveladora la librería que hay detrás de ella. En el lomo del volumen más grande se lee: «Encyclopédie Tome IV». Madame Pompadour permitió que se siguiera publicando la enciclopedia, encargándose de que la orden real se retrasara tanto que al fnal fue posible hacerla desaparecer discretamente sin menoscabo de la dignidad real.

 

Ofcialmente, por tanto, no se autorizó la continuación de la enciclopedia, pero Diderot recuperó todos los manuscritos confscados y el censor Malesherbes lo invitó a reanudar su labor. Desde un punto de vista dialéctico, el principio de la arbitrariedad autoritaria había funcionado, después de todo.



 

 

 

 

 

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El trabajo de Diderot en los siguientes tomos se acreditó no solo con el reclutamiento de colaboradores prominentes y nobles, sustraídos a la censura, sino también con un subversivo sistema de remisiones dentro de los artículos. En el polémico prólogo del tercer tomo, D’Alembert respondió a la crítica de la Iglesia de que no se prestaba la atención necesaria a las doctrinas teológicas:

 

 

 

En esta obra no encontrará el lector ni la vida de los santos ni la genealogía de los nobles, sino la genealogía de las ciencias, que resulta de mayor valor para todos los hombres que piensan […], no los conquistadores que han destruido la tierra, sino los genios inmortales que la han alumbrado […]. Esta enciclopedia lo debe todo a los talentos y nada a los títulos, todo a la historia del entendimiento humano y nada a la vanidad de los hombres.

 

A los editores, la descripción de los ofcios manuales les parecía más útil que la mención de las campañas militares. En el palacio de la enciclopedia, la cámara de maravillas estaba formada por las entradas curiosas, el salón suntuoso por las ideas progresistas, el salón de gala y de retratos por los ofcios, y los intrincados pasadizos eran un sistema de remisiones que conectaban la habitación más cercana con la más lejana. El Estado y la Iglesia ocupaban relativamente poco espacio, aunque a menudo se los encontraba donde uno menos los esperaba. En el artículo «Anthropophages» hay remisiones a «Eucharistie» y «Communion», mientras que D’Alembert tuvo la osadía de aprovechar la entrada «cortés» para despotricar contra los cortesanos, «colocados entre el rey y la verdad para impedir que la verdad lo alcance jamás». O bien los censores eran unos vagos que no leyeron la obra, o bien eran cortos de entendederas; en cualquier caso, los cuatro tomos siguientes se publicaron sin mayores difcultades.

 

La siguiente gran crisis no se produjo hasta 1758 y la desencadenó el libro Del espíritu, de Claude Adrien Helvétius. En él, el autor compara las costumbres y los hábitos de diversos



 

 

 

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pueblos y épocas y, como era previsible, llega a la conclusión de que algunos tachan de inmoral lo que otros ensalzan como virtuoso. Concluye que no existe un concepto de virtud o moral superior, de vigencia general, sino que lo que se defne como tal depende siempre del contexto cultural y las condiciones sociales. Según Helvétius, todas las costumbres, como también todas las actuaciones personales, se pueden explicar en virtud de las condiciones fundamentales de la utilidad general o individual. A su juicio, el amor al prójimo del cristianismo no existe como motivación; tampoco aparece Dios, de modo que Helvétius no concibe las desigualdades de los talentos como algo natural, sino como producto de la educación. Según él, el Estado tiene la misión de armonizar el interés particular con el interés general al bienestar y la felicidad. El enriquecimiento personal a costa de la generalidad, la corrupción y el soborno dañan el bien público y son, por tanto, el mayor vicio moral.

 

La Iglesia católica tenía otra opinión. El arzobispo de París condenó el libro el 23 de noviembre de 1758 y el Papa hizo lo propio el 31 de enero, alegando que era peligroso e inmoral. Para que no se la culpara de desacatar a la Iglesia, la fscalía general de París incoó por su parte un procedimiento que afectó a otros libros peligrosos. Como Helvétius era colaborador de la enciclopedia y muchas de sus ideas parecían extraídas de varios artículos de la magna obra, no había duda de la dirección que iba a tomar la investigación. El discurso del fscal superior del Estado del 23 de enero de 1759 señaló consecuentemente a los enciclopedistas como los verdaderos causantes de las ideas subversivas expresadas por Helvétius:

 

A la sombra de un diccionario que reúne numerosos hechos útiles y curiosos sobre el arte y la ciencia, se han admitido afrmaciones absurdas e impías en todos los ámbitos, afrmaciones que son ampliadas y difundidas con espantosa claridad por numerosos autores […]. El objetivo es el de propagar el materialismo, destruir la religión, fomentar el espíritu de independencia y acelerar la decadencia de las costumbres.



 

 

 

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El fscal superior se refrió explícitamente al malicioso sistema de remisiones que instilaba el veneno de la disolución incluso en los artículos en apariencia inocuos. De nuevo, fueron la ligereza y la vanidad de Diderot las que lo llevaron a traicionar la existencia de esos pasadizos subterráneos. Su artículo programático «Encyclopédie» no solo constituye el informe de gestión y cuentas de un editor, sino que en él también reconocía lo que se proponía con su trabajo y revelaba innecesariamente el detalle técnico de las remisiones:

 

[Con esas remisiones] la obra entera obtendría una fuerza interna y una utilidad secreta, cuyos efectos ocultos se volverían necesariamente sensibles con el tiempo. Todas las veces, por ejemplo, que un prejuicio nacional mereciera respeto, convendría exponerlo respetuosamente en su artículo correspondiente […], pero luego habría que derribar ese edifcio de arcilla […] remitiendo a los artículos en los que principios sólidos sirven de base a verdades opuestas.

 

 

El objetivo de toda la empresa es:

 

suprimir todas esas viejas puerilidades, abatir las barreras que no haya levantado la razón, devolver a las ciencias y a las artes una libertad que les resulta imprescindible.

 

Estas frases de Diderot, leídas por el fscal general, eran tan claras que el tribunal no pudo por menos de reconocer en ellas una amenaza para el Estado, de modo que prohibió el libro de Helvétius y la distribución de la Encyclopédie. Aunque Helvétius pertenecía a una familia privilegiada —su padre era médico de cámara de la reina—, su libro fue quemado públicamente con toda la pompa y lo obligaron a frmar una retractación de sus tesis o exiliarse al extranjero. Hizo lo que nadie esperaba: frmó. Con el tiempo, llegó a ser testigo de dos docenas de reimpresiones ilegales de su libro y, gracias a su independencia económica, dirigió un salón en París en el que se reunía todo el mundo. La prohibición de la venta y la supresión del permiso de



 

 

 

 

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impresión resultaron mucho más graves para los enciclopedistas menos privilegiados, pues parecían signifcar el fn de la empresa. El censor superior Malesherbes acudió nuevamente al rescate: cuando tras la sentencia de marzo de 1759 parecía que Diderot podía ser encarcelado como cabecilla de una conspiración, Malesherbes, que estaba prevenido, hizo que sus propios colaboradores vaciaran la casa del enciclopedista. Poco después llegaron los policías a los que se había asignado la misión de confscar todos los manuscritos y solo encontraron estanterías vacías. En los despachos ofciales del censor superior —el lugar más seguro del mundo, como diría más tarde Malesherbes— se guardaron miles de páginas manuscritas y las galeradas para la publicación de los siguientes tomos. Al principio nadie sabía cómo se podría continuar, ni si sería posible hacerlo. Al ver lo delicada que se ponía la cosa, D’Alembert dimitió como editor del proyecto.

 

 

 

 

 

Los enemigos de la enciclopedia parecían, en efecto, demasiado poderosos: la Iglesia católica no podía tolerar el pensamiento independiente, si quería conservar su posición de poder. En septiembre de 1759, el papa Clemente XIII condenó la Encyclopédie y en su edicto obligó (so pena de excomunión) a los feles que tuvieran ejemplares a entregarlos a un sacerdote, que se encargaría de quemarlos. La enciclopedia fue prohibida inmediatamente en todo el imperio habsbúrgico. Los jesuitas, que dominaban la Sorbona desde hacía siglos y la habían convertido en una importante autoridad en cuestiones de fe, esperaban con impaciencia tomar por fn las riendas del lucrativo proyecto, mientras los jansenistas, que ocupaban la mayor parte del aparato administrativo de París, exigían el estricto cumplimiento de la prohibición. El rey era demasiado simple para tomar sus propias decisiones, que confaba a su



 

 

 

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confesor jesuita. Tras el atentado sufrido por el monarca dos años antes, incluso Madame Pompadour llegó a temer que la enciclopedia atizara el descontento en el pueblo y contribuyese a los disturbios internos. Ya no podían contar con ella los literatos, a quienes de mil amores habrían mandado a las galeras los parásitos de la corte versallesca, que sentían temblar las alfombras bajo sus pies.

 

La Iglesia, la corte y los juristas formaban un frente contra el que no se podía luchar a campo abierto. El caso Helvétius había demostrado que ni siquiera un origen familiar esclarecido ofrecía ya protección a los autores. En el bando de los enciclopedistas, no obstante, se encontraba un poder independiente de las opiniones políticas y de las cuestiones de fe o de prestigio: el poder del capital. La empresa de la enciclopedia era una fuerza económica que daba trabajo y sustento a miles de personas, desde el copista hasta el impresor. La guerra contra Prusia costaba dinero y el Estado necesitaba los impuestos. Precisamente en ese momento no se podía permitir que una empresa tan exitosa como aquella se trasladara a Suiza, Holanda o Prusia. Los impresores y libreros ya llevaban tiempo quejándose de que, a causa de la censura, los autores imprimían sus obras en el extranjero y las hacían distribuir por vendedores ambulantes. La prohibición de la enciclopedia era tan dañina para las fnanzas del reino como la publicación de sus artículos para la autoridad estatal. Así pues, había que encontrar una solución que satisfciera a las dos partes y que sobre todo fuera legal, y nuevamente fue el jurista y censor superior Malesherbes quien desencalló la situación.

 

Se remitió a la denuncia del fscal general, que distinguía entre partes útiles y partes dañinas de la obra, y encareció que las ilustraciones contenían información útil sobre las instalaciones de los talleres, la construcción de máquinas o la fabricación de nuevos productos. Así, en septiembre de 1759 el



 

 

 

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consejo de Estado concedió la licencia de impresión para los once tomos con los grabados al cobre. Con ello se evitó la ruina de los editores, que de lo contrario habrían tenido que pagar a cuatro mil suscriptores. ¿Y los autores y Diderot? No se les prohibió escribir artículos en secreto, por decir así como ocupación privada, aunque ofcialmente no podían percibir honorarios por ese trabajo (la policía controlaba la contabilidad de los editores). Si en los seis años siguientes prosiguieron su trabajo ante la mirada de numerosos espías e informadores —es decir, con la tolerancia implícita del Estado— y llevaron a la imprenta los tomos que faltaban, ello se debió tanto a la tenacidad de Diderot como a la generosidad del caballero Louis de Jaucourt, que sacrifcó toda su fortuna para hacer posible la empresa editorial. En el prólogo del tomo octavo Diderot ofreció un tributo a su gloria.

 

El gran drama de la enciclopedia, en el que actuaron personajes heroicos como Diderot, bufones como Rousseau y mártires como Jaucourt, terminó como una farsa. Los tomos siguientes se imprimieron en París, pero en la portada se indicaba un lugar de impresión suizo.

 

Los ejemplares se llevaron desde la imprenta parisiense a la provincia y desde allí se mandaron a los suscriptores a partir de abril de 1766. Este procedimiento, acordado por todos los interesados, permitió que la administración de París ofcialmente no supiera nada. Así pues, para eludir la prohibición se había organizado, con la autorización del consejo de Estado, una acción ilegal que se anunció en la prensa para información de los suscriptores y cuya feliz ejecución estuvo garantizada por la ceguera temporal de todos los funcionarios. Habían pasado veinte años desde la concesión del derecho de impresión. Diderot escribió a su amiga Sophie Volland:



 

 

 

 

 

 

 

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Con el tiempo esta obra provocará sin duda una revolución en las mentes, y espero que los tiranos, los opresores, los fanáticos y los intolerantes no salgan ganando con ella. Habremos servido a la humanidad, pero para entonces ya llevaremos mucho tiempo convertidos en frío polvo[…]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desde 1759, los tomos de la Encyclopédie se publicaron con la tolerancia tácita del Estado y con un falso pie de imprenta extranjero.

 

 

 

 

Entonces se vendieron en toda Europa unos treinta mil ejemplares de la enciclopedia; ya en 1771 se calculó la ganancia neta de los editores en el equivalente de unos treinta millones de euros actuales. Cada ejemplar costaba aproximadamente cuatrocientas libras, el sueldo anual de un trabajador, con lo que los compradores pertenecían a la nobleza y al funcionariado y la burguesía más acomodados. Seguramente se leían los artículos en los salones, pero más allá de este sector el



 

 

 

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alcance de la Encyclopédie debió de ser más bien reducido. Es probable que la enciclopedia originara esa revolución intelectual de la que hablaba Diderot, pero, para la revolución real de 1789, no fue ni siquiera esa «callada introducción» que Goethe quiso ver en las obras del dramaturgo francés. Guiados por un comprensible interés propio, desde 1789 los intelectuales han sobrevalorado sistemáticamente la importancia que la enciclopedia tuvo para los acontecimientos históricos y le han asignado un papel que su autor nunca pretendió tener. Diderot se consideraba a sí mismo un reformador, no un revolucionario.

 

La Revolución francesa no fue una revolución dirigida desde arriba; no salió de la nobleza o la burguesía ilustradas, sino de los artesanos, los campesinos y los jornaleros, quienes no llegaron a ver un solo ejemplar de la Encyclopédie. Su lectura consistía en los panfetos distribuidos ilegalmente por vendedores ambulantes, en los que encontraban una materia comparable al contenido de los periódicos sensacionalistas actuales: escándalos y rumores, asesinatos y homicidios. También gozaban de gran popularidad las agresivas invectivas contra los clérigos y la más ruda pornografa. Combinaba las dos cosas un libro que fue un auténtico éxito de ventas: las Memorias de Saturnino, de Charles Gervaise de Latouche, publicadas por vez primera en 1745 y conocidas también con el título de El portero de los cartujos. Pese —o probablemente gracias— a los intentos de represión y las prohibiciones, el librito conoció muchas reimpresiones, aunque la primera edición hoy se considera perdida. Además de tener una difusión enorme (Federico II lo encontró en el equipaje de unos ofciales franceses que había hecho prisioneros), El portero de los cartujos formaba parte del canon de obras clandestinas que se leían incluso en Versalles. Madame de Pompadour encargó una lujosa edición privada con veintiocho miniaturas pintadas en



 

 

 

 

 

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pergamino y en sus cartas elogió el estilo elegante y pornográfco de la obra. Por desgracia, más tarde su ejemplar fue destruido. El éxito de esta novela, basado en la viveza de las descripciones de las orgías monásticas, dio lugar a muchas imitaciones anónimas, que también encontraron su público agradecido. Otra obra perseguida con la misma tenacidad, y la misma inefcacia, fue Térèse philosophe, novela libertina con sus dosis de flosofa ilustrada, de la pluma de Jean-Baptiste de Boyer Marquis d’Argens y también de 1748, como las Bijoux de Diderot y Fanny Hill de John Cleland. La autoría de este ofcial francés y amigo de Federico el Grande estuvo en entredicho durante mucho tiempo, puesto que únicamente se apoyaba en una alusión del Marqués de Sade en la Nouvelle Justine (tomo IV, pág. 97). Gracias a su hermano, el presidente del tribunal de Aix, Jean-Baptiste d’Argens tuvo acceso a las actas de un proceso de 1731 que se halla en la base de la novela. El acusado era el padre jesuita Girard (Dirrag en la novela), confesor de una muchacha de buena familia a la que había sojuzgado sexualmente después de infuir en ella durante años. La joven quedó embarazada y el sacerdote le dio una pócima abortiva, y luego ella lo denunció. El proceso en Aix terminó con la absolución del padre y la condena de la joven a pagar las costas del proceso por haber incurrido en el delito de calumnia. Se tenía la esperanza de que con la denuncia de la valerosa mujer terminaran los bien conocidos abusos del clero y la indignación provocada por la sentencia absolutoria llegó incluso más allá de las fronteras del país. Los jueces de París también se enfadaron, pues vieron desacreditada la independencia de la justicia. Por aquel entonces las noticias sobre esa clase de acontecimientos permanecían más tiempo en el recuerdo que hoy en día, y Térèse philosophe fue interpretada no solo como una novela en clave, sino también como una denuncia ilustrada de las infamias de los clérigos. Pese a las numerosas prohibiciones que



 

 

 

 

 

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lograron imponer los jesuitas, se siguieron haciendo reediciones y reimpresiones de la novela, y en 1775 todavía se confscaron catorce ejemplares en una librería de Caen. En la biblioteca erótica del consejero bávaro Krenner se encuentran cuatro ediciones distintas de la obra, que el coleccionista adquiriría seguramente por la calidad de las ilustraciones. El creciente descontento que los abusos sexuales en los monasterios causaban entre la población fue el verdadero motivo por el que el Tribunal Supremo de París prohibió y disolvió la orden de los jesuitas en el año 1762 (una estafa económica de proporciones gigantescas no fue más que el oportuno pretexto). En los considerandos de la sentencia se decía que la orden había cometido todas las transgresiones

 

imaginables —tanto espirituales como mundanas— contra las buenas costumbres y las leyes.

 

Como seguían existiendo otras órdenes religiosas, la corriente de la literatura anticlerical no se truncó.

 

 

Especialmente grande era la demanda de chroniques scandaleuses que proveían al público curioso de anécdotas picantes sobre la vida de las clases dirigentes. Claro que también había periódicos como la Gazette de France, pero su contenido estaba sometido a una estricta censura: la sección política se limitaba a las noticias de batallas ganadas, condecoraciones y ascensos; la sección cultural se reducía a las felicitaciones de aniversario a actores célebres y a la mención de los actores extranjeros invitados en los teatros de París. A través de los periódicos autorizados por el Estado el público no llegaba a enterarse siquiera de que había una corte real en Versalles. Ni que decir tiene que en el pueblo circulaban rumores sobre Versalles y en una corte tan hinchada siempre había informadores deseosos de mejorar su mezquina paga de



 

 

 

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cortesano. Así, se contaba que el rey, por medio de una lettre de cachet, había mandado a la cárcel a un barón demasiado celoso para que pudiera refexionar sobre las costumbres de la corte, mientras ahora su mujer se acostaba con un duque. Como caso aislado parece una información inocua, pero Charles Téveneau de Morande escribió un libro entero con esa clase de chismes (Le Gazetier cuirassé, 1771). Mezclando rumores con verdades, Téveneau explicaba a los lectores lo que sucedía detrás de los muros de palacio y no vaciló a la hora de difamar a personas identifcadas por su nombre o de utilizar la denuncia sexual como arma política. Según se contaba en el libro, el padre confesor del rey había caído en desgracia cuando lo pillaron en plena faena con unos pajes. El arzobispo de R… no podía sucederlo a causa de su relación con el vicario mayor; ahora debían turnarse los cardenales de Gèv… y de Luy…, pero el primero no sabía leer y el segundo aún presentaba las marcas de los golpes de su amante. Su Majestad todavía no se había decidido. Al lector le quedaba claro que los dignatarios no podían cumplir con sus deberes a causa de sus excesos sexuales, y especialmente el rey era un pelele en manos de su querida: en una ocasión se perdió el cetro y lo encontraron en el tocador de una bella mujer a la que llamaban comtesse.

 

En la conversión de la prostituta Jeanne en condesa Dubarry y favorita del rey veía Morande la alegoría del vicio al que se había entregado toda la corte y cuyas marcas eran bien visibles: «Se advierte a la opinión pública de una enfermedad epidémica

 

[…]   que ahora ha alcanzado también a las damas de la corte e incluso a sus lacayos. Esta enfermedad adelgaza las caras, arruina la tez, provoca pérdida de peso y causa toda clase de espantosas devastaciones». Por supuesto, la alusión a la nueva amante del rey y a su actividad anterior no escapó a los lectores. Tan grandes como la riqueza que acumuló la Dubarry en los seis años de su dominio (casas, fncas y la colección de joyas más



 

 

 

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valiosa de Europa) fueron los odios que despertó con sus despilfarros y la colocación de sus protegidos. Siguió la vía de Morande toda una escuela de panfetistas que culparon airadamente a la advenediza de la explotación del país. Sus escritos ilegales volaban de las manos de los vendedores ambulantes. Cuantos más se confscaban, más se imprimían.

 

Como autor, Morande era tan talentoso como falto de escrúpulos. Tras la publicación de su libro, huyó a Londres por miedo a terminar en la Bastilla, que ya había conocido por dentro en 1749, y anunció un segundo panfeto contra la Dubarry. La condesa mandó inmediatamente a un agente de policía a Londres, con la misión de hacer subir al autor a un barco con el pretexto de una excursión y llevarlo de vuelta a París, pero Morande ya estaba prevenido e hizo que echaran al enviado al Támesis. Tras el fracaso de esa acción, en Versalles temían que pronto se publicara el panfeto, por lo que enviaron a Beaumarchais a Londres como negociador ofcial de la corte. Por la destrucción de los seis mil ejemplares impresos Morande recibió cinco mil libras en efectivo y la garantía de un pago anual de otras cuatro mil. No obstante, como Luis XV murió de viruela al año siguiente, Morande seguramente solo percibió su renta como máximo un año.

 

Cuando todas las prohibiciones resultaban inútiles, el dinero era la única arma efcaz. Así lo certifcó también el sucesor al trono, Luis XVI, cuya mujer, María Antonieta, provocaba la crítica pública sin ningún recato. Su relación con el hermano del rey, el Conde de Artois, célebre calavera, dio pie al panfeto Les Amours de Charlot et de Toinette, en el que Luis era escarnecido como un baldragas impotente y se presentaba a la reina como una furiosa lasciva. Para impedir la distribución hubo que comprar al librero de Londres el resto de la edición por diecisiete mil libras. Obvio es decir que no todos los ejemplares se quemaron en el patio de la Bastilla; al fn y al



 

 

 

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cabo, el personal también quería tener su diversión, de modo que el panfeto se conservó en el «inferno» de la Biblioteca Nacional de París. Aparte de la meteórica ascensión de la Dubarry, probablemente ningún otro escándalo de la corte acrecentó tanto el caudal de los escritos antimonárquicos como el célebre caso del collar, de 1785-1786. El cardenal Rohan pretendía seducir a la reina con un collar de diamantes y fue víctima de una estafadora que se le ofreció como intermediaria pero que, en lugar de entregar las joyas a María Antonieta, las vendió en Londres. También estuvo involucrado en la intriga el conde Cagliostro, quien se valió de sus artes de nigromancia para convencer al cardenal de que gozaba del favor de la reina, hasta que este, en un desgraciado ataque de lucidez, denunció a la impostora. Durante el proceso público, el cardenal presentó la atrevida conducta de la reina como una invitación al placer. La estafadora terminó en la Bastilla, pero en las intimidades reveladas los panfetistas encontraron una materia que aseguró sus ingresos durante años. Si, como extranjera que era, la hija del emperador austríaco nunca había tenido el aprecio del pueblo francés, ahora le cayó encima un diluvio de libelos difamatorios que la tildaban de ramera lujuriosa o de lesbiana, a causa de su amistad con la princesa Polignac. La policía intentó en vano apoderarse de esos escritos. Así, la corte entró de nuevo en acción y se llegó a acuerdos amistosos con los autores. Al divulgarse esta fuente de dinero, muchos panfetistas preferían no aventurarse a la impresión y el posible encarcelamiento; hacían que alguien denunciara al jefe de policía de París la inminente publicación de su libelo y a cambio de una buena suma de dinero vendían el manuscrito, o lo que el negociador tomaba por tal. Los panfetos que circulaban entre la población, pese a todos los esfuerzos por ocultarlos, fueron más dañinos para la monarquía y el absolutismo que las ideas de los enciclopedistas, a las que solamente tenían acceso las



 

 

 

 

 

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clases cultas. Si se piensa que estos panfetos tenían tiradas de entre mil y seis mil ejemplares solo en la primera edición y circulaban de mano en mano, es decir, que tuvieron un alcance mucho mayor que la enciclopedia, conviene relativizar el peso de los enciclopedistas como inspiradores de la revolución y, en cambio, hay que revalorizar una literatura clandestina que no fue estudiada hasta los trabajos de Robert Darnton (1985) y Gudrun Gersmann (1993). Los panfetos eran armas ilegales en la lucha contra la monarquía y lograron su objetivo. Cuando los revolucionarios iniciaron su proceso contra María Antonieta, no se juzgaron crímenes políticos, como en el caso de su marido, sino que se pronunciaron las acusaciones que habían publicado los autores sensacionalistas y contra las que la imputada no se podía defender. El daño que había infigido a la nación francesa con su modo de vida bastó para pronunciar su sentencia de muerte.

 

 

 

 

 

El sistema ofcial de la censura ya se había desmoronado el año anterior a la revolución. El rey Luis XVI convocó a los Estamentos en Versalles en mayo de 1789, para buscar vías de solución para la crisis económica. El pueblo, no obstante, exigía reformas generales y en vísperas de la asamblea hubo una producción masiva de memorandos, cartas abiertas y opúsculos en los que cada grupo de interés exponía sus objetivos y sus exigencias más o menos radicales. Ya nadie se preocupó de pedir una autorización para esos miles y miles de opúsculos impresos en el plazo de seis meses en imprentas ilegales. Los censores de la provincia se vieron arrollados por la marea y pidieron consejo a París, pero en la capital ya se habían rendido ante el problema. Esa agonía del sistema la aprovecharon publicistas como Jacques-Pierre Brissot —que en 1784 ya había sido encarcelado en la Bastilla por la publicación de obras



 

 

 

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revolucionarias— para fundar nuevos periódicos: el primer número de su Patriote français, del 10 de abril de 1789, contenía un ardiente alegato a favor de la libertad de prensa. El 12 de julio, después de que el ayuntamiento de París se declarase autónomo en el gobierno de la metrópolis, el censor superior dimitió de su cargo. Entre la gran cantidad de resoluciones y leyes que se promulgaban en la Asamblea Nacional, cuyas sesiones se sucedían casi ininterrumpidamente, estuvo la declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, del 26 de agosto de 1789, redactada por Lafayette, el héroe de la guerra de Independencia de los Estados Unidos, y el enviado americano Tomas Jeferson. Su artículo XI decía:

 

La libre comunicación de pensamientos y de opiniones es uno de los derechos más preciosos del hombre; en consecuencia, todo ciudadano puede hablar, escribir e imprimir libremente, siempre y cuando responda del abuso de esta libertad en los casos determinados por la ley.

 

El nuevo gobierno de la ciudad de París se había comprometido a garantizar la libertad de expresión y de imprenta, pero, como circulaban cada vez más libelos en los que los monárquicos y los revolucionarios se atacaban mutuamente y se acusaban de traidores a la patria, volvieron a imponerse las viejas sanciones y los impresores y los libreros ambulantes fueron encarcelados. La libertad de imprenta sin restricciones que exigían muchos periodistas era impracticable; pero, aparte del impreciso artículo XI, no existía ninguna ley que fjara los detalles de las disposiciones legales. En los panfetos de los radicales se pedía el castigo del rey, que tras un fracasado intento de huida fue llevado de vuelta a París en verano de 1791. Los jacobinos, encabezados por Danton y Marat, intentaron hacer una gran manifestación en el Campo de Marte, pero fueron disgregados por la guardia nacional a las órdenes de Lafayette, mientras que en sus periódicos los monárquicos pedían con vehemencia el



 

 

 

 

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regreso al antiguo orden. En ese ambiente cada vez más caldeado, y ante el temor a una contrarrevolución —en vista de las derrotas contra el ejército de la coalición austro-prusiana—, se produjo la revuelta de las masas hambrientas de París contra el rey y los actos de violencia contra sus simpatizantes periodísticos. Un periodista monárquico fue linchado la noche del asalto a las Tullerías, el 10 de agosto de 1792, y se quiso hacer lo mismo con todos los redactores de los periódicos leales al rey. El ayuntamiento de París, que se apoyaba en los rebeldes, prohibió inmediatamente todos los periódicos monárquicos, desde el Ami du Roi hasta el Mercure de France, pasando por la Gazette de Paris, acusándolos de avivar el descontento de la población, y ordenó detener a los periodistas e impresores y requisar sus imprentas, es decir, destruirlas. El editor de la Gazette de Paris fue citado a declarar ante el tribunal por sus contactos con emigrantes nobles y el 29 de agosto de 1792 fue ajusticiado, el primero de otros muchos colegas. El populacho de la ciudad vio en ello una carta blanca para la justicia popular y el 5 de septiembre asaltó las prisiones y linchó a unos quinientos presos.

 

En diciembre de 1792, mientras los partidarios de los enciclopedistas —que, como Lafayette, aspiraban a conseguir una monarquía constitucional— huían de Francia, la nueva Convención Nacional constituida por sufragio universal promulgó la prohibición total de los escritos monárquicos. Perfeccionada con otras leyes complementarias, dicha prohibición se utilizó como instrumento de terror contra toda supuesta oposición hasta septiembre de 1793. Todos los autores que se habían mostrado favorables a la restauración de la monarquía fueron condenados a muerte. El rey fue ejecutado el 21 de enero de 1793. Según la ley del 17 de septiembre de 1793, bastaba con ser «sospechoso» de simpatizar con la monarquía para ser citado ante el tribunal revolucionario y entregado a la



 

 

 

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guillotina. El terror afectó a periodistas de todos los bandos; solo la caída de Robespierre le puso fn.

 

Es una ironía de la historia que un panfetista tan radical como Morande, que en 1791 había fundado el periódico L’Argus, tras su regreso del exilio de Londres, ahora llamase a la moderación y posteriormente abogara por la censura teatral.

 

 

 

Una de las grandes estrellas de la literatura clandestina era Honoré-Gabriel Riquetti, Conde de Mirabeau, cuya vida eclipsa a cualquier novela. Fue un hombre extraordinario en todos los aspectos: de una gran fealdad por las marcas que la viruela había dejado en su rostro, de un ingenio capaz de disimular este defecto fsico, y de una valentía y vigor no menos acentuados. Fue perseguido por el odio de su padre y encarcelado sin juicio a causa de una intriga amorosa. Huyó de la cárcel y recorrió varios países europeos, siendo ya un autor famoso gracias a su Essai sur le despotisme (1775), escrito en prisión. Fue agente secreto en Prusia y, con la novela Ma conversion, autor de un best seller anónimo en Francia. Pero sobre todo fue un orador extraordinariamente fogoso que en la primera sesión de la Asamblea Nacional desafó al rey, lo que lo convirtió en una leyenda popular. La revolución le llegó en el momento adecuado para rehabilitar a su persona y sus ideas políticas, y tuvo la fortuna de morir en el momento oportuno, antes de que los radicales pudieran mandarlo a la guillotina por ser partidario de la monarquía constitucional. Su gran éxito literario en el mercado ilegal fue la obra polémica Des lettres de cachet, en que denunciaba la arbitrariedad de estas órdenes de detención. Después de que un editor suizo obtuviera los derechos de la obra por una gran cantidad y de que las páginas manuscritas se hubieran pasado clandestinamente por la frontera en pequeñas porciones, Mirabeau se desplazó a



 

 

 

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Neufchâtel para supervisar personalmente la impresión. Los notables de la ciudad lo recibieron como un héroe de la libertad; delegados del ayuntamiento iban cada día a la imprenta y Mirabeau les regalaba copias de las páginas que acababa de imprimir. Esta obra de denuncia se volvió demasiado peligrosa para el editor, pues la policía francesa había intensifcado las redadas en las librerías y confscaba todos los ejemplares de libros ilegales.

 

No obstante, los escritos políticos de Mirabeau han caído en el olvido y su nombre ya solo se asocia a unas novelas eróticas que, a excepción de Ma conversion y Erotika Biblion, no salieron de su pluma. Escritas ambas en el presidio de Vincennes, las primeras ediciones se publicaron anónimamente, pero no fueron prohibidas y, en las reimpresiones, los editores utilizaron el nombre del autor para hacer publicidad. Todavía en vida de Mirabeau apareció en el mercado un gran número de obras eróticas atribuidas a su frma, de gran efcacia publicitaria, pero desde hace mucho tiempo vuelven a considerarse anónimas. Con asombrosa tenacidad, hoy se siguen vendiendo con el nombre de Mirabeau Le rideau levé e Hic-et-Haec, a pesar de que no hay ningún indicio que apoye su autoría. Sea como fuere, Norbert Miller se refrió a la primera de ellas (cuyo subtítulo en la edición alemana era La educación de Laura) al afrmar: «Mirabeau sería un padre digno».

 

 

 

 

 

La libertad de que gozaban las obras eróticas en la douce époque no solo se echa de ver en su difusión sin trabas, sino que también se refeja en gran cantidad de testimonios epistolares que dan noticia de ese género de lecturas. Desde Friedrich Schiller, que escribió entusiasmado a Goethe sobre todos esos autores —a quienes no se tildaría de infames pornógrafos hasta la segunda mitad del siglo xix—, hasta la amante del príncipe



 

 

 

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Luis Fernando, Pauline Wiesel, que recomendó a su corresponsal los libros de Mirabeau (él a su vez le recomendó los de Crébillon hijo), todo el mundo, sobre todo las mujeres, leía las novelas francesas. Incluso las insólitas obras del Marqués de Sade podían publicarse por aquel entonces sin ninguna difcultad.

 

Mirabeau conoció al Marqués en 1780, cuando los dos cumplían condena en la cárcel de Vincennes. Sobre este encuentro informó al jefe de policía:

 

Ayer el señor de Sade incendió su celda. Me concedió el honor de presentarse ante mí y, sin la menor provocación por mi parte, como me creerá, me convirtió en el blanco de sus ataques más desvergonzados. Dijo que yo era el amante del señor de R., director de la prisión, y que por eso me había dado permiso para los paseos diarios y a él no. Al fnal me preguntó mi nombre, para tener la satisfacción de cercenarme las orejas cuando recuperara la libertad. Entonces perdí la paciencia y le contesté: «Mi nombre es el de un hombre honrado que nunca ha envenenado ni descuartizado a una mujer y que le estampará a usted ese nombre en la espalda a bastonazos, si es que antes no le imponen el suplicio de la rueda».

 

Estas frases ponen de manifesto los rumores que circulaban sobre el Marqués y el motivo de su condena. Medio año después, este escribió a su mujer:

 

Sí, es cierto, soy un libertino; en ese campo he imaginado todo lo imaginable, pero no te quepa duda de que tal cosa no la he hecho ni la haré jamás.

 

No podemos estar totalmente seguros de ello; los rumores nunca se desmintieron. En la novela Justine, que en 1797 se publicó en diez volúmenes después de cuatro reelaboraciones, el Marqués de Sade describió unas crueldades sexuales aún mucho mayores.

 

Su condena se remontaba a un proceso celebrado en Marsella en 1772. En ese momento, el Marqués, que procedía de una familia noble del sur de Francia venida a menos, llevaba diez años casado con una hija de buena familia. Su padre lo



 

 

 

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había obligado a casarse, pues esperaba sanear sus fnanzas con la dote, pero el Marqués deseaba a la hermana de la mujer, menor de edad. No obstante, aquel matrimonio tan lucrativo le permitió llevar una vida sin preocupaciones. En varias ocasiones indemnizó económicamente a los empleados de la casa de ambos sexos, de los que supuestamente abusó junto con su mujer. El proceso de 1772 fue fatal para él. Se acusaba al Marqués de haber envenenado a dos mujeres con un afrodisíaco extraído de la mosca española, las temidas «pastilles galantes», para someterlas a diversos actos sexuales, incluida la sodomía. Este delito se castigaba con la pena de muerte. Eludió el juicio y la condena huyendo a Italia, llevándose consigo a su joven cuñada tras raptarla de un convento. La suegra había obtenido una lettre de cachet contra él, y a su regreso a París fue detenido y encerrado en la fortaleza de Vincennes. Después de un intento de fuga lo trasladaron a la Bastilla y, de allí, en octubre de 1788, al manicomio de Charenton. Los disturbios revolucionarios posibilitaron su liberación, pero durante el reinado del Terror volvió a ser encarcelado y no saldría en libertad hasta fnales de 1794. Las obras escritas en los años de cautiverio, y publicadas más tarde, no tuvieron una gran repercusión. Tras el golpe de Estado de Napoleón, Sade regaló al cónsul una edición lujosa de Justine con el fn de congraciarse con el nuevo régimen. Al parecer, Napoleón hojeó brevemente la obra antes de tirarla a la chimenea. Despechado por tamaña desconsideración, el Marqués publicó la pequeña novela en clave Zoloé et ses deux acolytes (1800), la única de sus obras que levantó revuelo entre los contemporáneos, pues en Zoloé reconocieron fácilmente a Josefna, y en el anagrama «d’Orsac», al corso. Las alusiones políticas y las orgías descritas en la novela llevaron a una prohibición por injurias a la dignidad del soberano. El Marqués fue detenido el 5 de marzo de 1801 en casa de su editor, al que había llevado el manuscrito reelaborado de Juliette. Este



 

 

 

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episodio motivó que más tarde se creyese erróneamente que Sade fue encarcelado por la obscenidad de sus obras. Napoleón hizo la única cosa razonable que podía hacer: ordenó que declarasen loco al Marqués y lo encerraran de por vida en el manicomio de Charenton. Allí el Marqués llevó una vida cómoda, representó obras teatrales con otros internos y podía recibir visitas, escribir e incluso publicar. Tras su muerte, en 1814, su hijo destruyó el manuscrito de su última novela. El Marqués cayó en el olvido y no fue redescubierto hasta principios del siglo xx como un caso extremo de psychopathia sexualis.

 

 

 

 

 

A diferencia de lo que ocurría en la Europa de Metternich, en Francia no se ponía ninguna traba a la publicación y la venta de literatura erótica. Es cierto que existía una ley del 17 de mayo de 1819 que sancionaba la ofensa de la moral pública, pero en la práctica no se aplicó. Esta actitud liberal se parece a la tolerancia que había en la misma época con esa clase de literatura en Inglaterra, donde un juez declaró que la compra y la propiedad de libros eróticos era un derecho consuetudinario. En los dos países, la época de la tolerancia terminó a mediados del siglo xix.

 

Tras siglos de insignifcancia social en Francia, en 1850 la Iglesia católica recuperó sus antiguos derechos y, a pesar de la separación ofcial de Estado e Iglesia, se convirtió de nuevo en un poder moral gracias a la alianza del trono y el altar. Con el regreso de los clérigos, el número de compradores de literatura pornográfca más bien debió de aumentar: la mayor parte de esas obras se vendía tradicionalmente en Inglaterra, donde se habían exiliado el clero y la nobleza tras la Revolución francesa. Lord Campbell, presidente del Tribunal de Queen’s Bench y posteriormente lord canciller, justifcó su borrador de un



 

 

 

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proyecto de ley para combatir la pornografa con la importación masiva de obras impresas que, «por su naturaleza, han de ofender los sentimientos de decencia de las personas normales». En su opinión, era necesario intervenir con una ley para «proteger al público de una contaminación a la que de otro modo estaría expuesto».

 

Los adversarios de la iniciativa legal adujeron los argumentos habituales: si se aceptaban las razones del proyecto, habría que prohibir también clásicos como Ovidio o la reproducción de cuadros famosos, pese a que las obras estaban expuestas en los principales museos y cada día eran admiradas por «las damas más distinguidas de toda Europa». Un miembro de la Cámara de los Comunes opinó que era el borrador más ridículo que había salido jamás de la Cámara de los Lores, un intento de volver virtuosa a la población por obra y gracia de una resolución parlamentaria; además, quien encontrara gusto en la pornografa hallaría la manera de procurársela a pesar de esta ley. Las discusiones más vehementes se desencadenaron tras la pregunta sobre qué ofendía los «sentimientos de decencia de las personas normales» de los que hablaba lord Campbell, es decir, qué debía condenarse como obsceno. En realidad, la tradición inglesa del derecho consuetudinario se oponía a que un juez pudiera determinar qué era obsceno y qué no lo era. Si tuviera tal competencia, entonces podría ordenar la destrucción del objeto en cuestión sin consideración alguna a su valor artístico, literario o científco. ¿En qué criterios debía basarse el juicio de los funcionarios? Lord Campbell se ofreció a realizar una encuesta para averiguar lo que una persona normal consideraba obsceno según el derecho consuetudinario vigente, pero fnalmente desistió de la idea. La Cámara de los Comunes modifcó el borrador para hacer posible la apelación de cualquier disposición ofcial y añadió una cláusula de seguridad



 

 

 

 

 

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que, antes de la destrucción de una obra, exigía el comprobante de las ventas ya efectuadas. Tras largas y vehementes controversias en la prensa, la ley de Publicaciones Obscenas (Obscene Publications Act), también llamada ley de lord Campbell, pasó el trámite parlamentario. El vecino continental había seguido con atención los debates sobre la ley. «Incluso en París se notan sus repercusiones», anotó en su diario un lord Campbell triunfante. Coincidencia o no, en ese año de 1857 se celebraron en Francia los procesos contra Madame Bovary de Flaubert, Les Mystères du peuple de Eugène Sue y Las fores del mal de Baudelaire.

 

El punto faco de la «ley de Campbell» no se reveló en la práctica forense hasta 1868, con motivo del tristemente célebre caso Hicklin, cuando el sucesor de lord Campbell, el presidente del tribunal Cockburn, interpretó la ley de forma mucho más estricta que su inspirador. Una secta puritana fundamentalista había publicado un panfeto que describía con voluptuoso lujo de detalles la supuesta excitación que sentían los sacerdotes católicos al tomar las confesiones, un típico ejemplo de indignación moral para la que los propios denunciantes proporcionaban el combustible. Un funcionario subalterno llamado Hicklin se había sentido lo sufcientemente indignado para ordenar la destrucción del libelo, ante lo cual la secta elevó una protesta y el caso llegó así ante el Tribunal de Queen’s Bench. Cockburn, el presidente del tribunal, resolvió que la materia expuesta en el panfeto era obscena y podía ejercer una infuencia perniciosa sobre el público. En los considerandos afrmó que, para determinar la obscenidad del objeto enjuiciado, había que decidir si este podía «depravar y corromper a aquellos cuyas mentes están abiertas a dichas infuencias inmorales, y en cuyas manos puede caer una publicación de este tipo». Con ello, redujo el criterio de decisión al nivel de la ingenuidad de una colegiala. Este precedente no



 

 

 

 

 

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solo fue adoptado en Estados Unidos, con las absurdas consecuencias señaladas, sino que también en Inglaterra estuvo en vigor hasta 1959.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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INMORALIDAD Y DICTADURA

 

 

 

En el año 1857, el año de los procesos en París, se publicaba en Inglaterra la novela de Charlotte Brontë El profesor, en Alemania la Crónica del callejón de los gorriones de Wilhelm Raabe, en Suiza el relato de Jeremias Gotthelf «Die Frau Pfarrerin» [«La señora del párroco»!, en Austria la novela de Adalbert Stifer Verano tardío, Ludwig Richter terminaba sus grabados en madera para «La canción de la campana», de Friedrich Schiller, y Emanuel Geibel glorifcaba a Brunilda en una tragedia homónima. Nadie advirtió que en París acababa de producirse una revolución literaria, hija de la furiosa desesperación y el odio inmisericorde: el libro de poemas de Charles Baudelaire Las fores del mal era una sublevación contra la burguesía satisfecha que no se había rebelado contra el golpe de Estado de Napoleón III y ahora se dedicaba a aumentar su capital a la ancha sombra de la Iglesia, mientras los curas volvían a educar a los escolares en la obediencia al trono y el altar. Georges Haussman modernizó la fsonomía urbana de París con sus anchos bulevares, en los que era imposible construir barricadas, y para ello redujo a escombros barrios históricos. Baudelaire alzó su revelación del horror contra el evangelio del progreso con la vehemencia de un predicador, apenas refrenada por el rigor del verso.

 

Cuatro años antes, ya se había oído un grito parecido en forma poética: el ciclo de Victor Hugo Los castigos se dirigía con mordaz causticidad contra Napoleón III y «el paraíso de los



 

 

 

 

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cerdos» en el que había transformado a Francia. Tras el sangriento golpe de Estado, en el que decenas de millares de opositores fueron detenidos, ejecutados o deportados a Cayena, el republicano Hugo logró huir al exilio. Se quemó públicamente su novela Nuestra Señora de París, que desde 1834 fguraba en el índice papal y a la que París debe la reconstrucción de la ruina de la iglesia medieval; se prohibió la representación de sus obras teatrales, y quien recordase lo que Hugo había hecho para la literatura francesa corría el peligro de perder su posición o de terminar en la cárcel. Los castigos se imprimieron en 1853 en Bruselas y se introdujeron en Francia de contrabando, escondidos en bustos de yeso, detrás de paspartús, en toneles de sardinas o en calzado de hombre. Los pliegos sueltos circularon clandestinamente por todo París, provocando un escándalo que duró años y todavía no se había olvidado cuando se publicó el libro de poemas de Baudelaire.

 

Solo había otro escritor que gozara de una popularidad comparable a la de Víctor Hugo: Eugène Sue. Sue cosechó un éxito enorme con Los misterios de París (1842-1843), la primera novela por entregas de la historia de la prensa. También él era diputado republicano en la Asamblea Nacional y, tras el golpe de Estado, huyó de Francia en 1851 para establecerse en Saboya. Con Los misterios del pueblo aspiraba a conseguir un éxito como el de la anterior novela, pero murió en 1857, inmediatamente después de la publicación del último volumen, que fue prohibido, aunque posteriormente sería absuelto por el tribunal.

 

Así como Victor Hugo atacaba al jefe del Estado, Charles Baudelaire dirigió la mirada al corazón oscuro de la ciudad. La primera edición de Las fores del mal iba encabezada por un epígrafe muy notable:

 

Dicen que hay que dejar que fuya lo execrable en el pozo del olvido y al sepulcro sellado,



 

 

 

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y que el mal revivido mediante los escritos

 

infectará los usos de la posteridad;

 

mas el vicio no tiene como madre a la ciencia ni la virtud es hija del desconocimiento[16].

 

Estos versos, que podría haber frmado un ilustrado como Diderot o Voltaire, son una cita de Les Tragiques, extenso poema satírico de Téodore Agrippa d’Aubigné publicado en 1616. Este antiguo mariscal de Francia tuvo que pagar amargamente su valiente defensa del saber libre de prejuicios: el Parlamento ordenó que el verdugo quemara su Histoire universelle. Para no correr la misma suerte que su libro (dada su condición de protestante), huyó a Ginebra. Por tanto, Baudelaire escogió un lema con muchas connotaciones. A continuación, en el primer poema del libro se presentaba al lector el más peligroso de todos los vicios: el «Ennui» (el aburrimiento, el hastío o la indiferencia; de todas estas maneras se puede traducir el término francés). Frente a este turbio panorama, sus poemas sacan a la luz la belleza desesperada de la decadencia.

 

La consecuencia fue una crítica despiadada en Le Figaro (5 de julio de 1857):

 

Aquí se encuentra lo vil junto a lo repugnante, lo repulsivo unido a lo asqueroso […]. Este libro es una casa de inválidos que abre la puerta a todas las locuras del intelecto y a todas las depravaciones del alma. Si al menos se hiciera para curarlas…; pero son incurables. […] No hay disculpas para un hombre de más de treinta años que ha publicado en un libro tales monstruosidades.

 

Dos días después, el Departamento de Seguridad Pública del Ministerio del Interior advertía a la fscalía del Estado que los poemas lanzaban «un desafo a las leyes de protección de la religión y la moral». Cuatro poemas contenían blasfemias, tres prodigaban «las imágenes más disolutas con una inmoderada brutalidad expresiva»; en resumen,

 

el libro del señor Baudelaire es una de esas publicaciones enfermizas, profundamente inmorales, que no pueden dejar de encontrar el éxito del



 

 

 

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escándalo.

 

El juez instructor encargado del caso se sintió ofendido en su sensibilidad moral por otros seis poemas, además de los siete ya mencionados, de modo que el 20 de agosto de 1857 un total de trece poemas, de los cien que contenía el libro, fueron juzgados en la Sala Sexta del Tribunal de lo Criminal del Sena. En el banco de los acusados se sentaron el poeta y sus editores Poulet-Malassis y Debroise.

 

A principios de ese mismo año el fscal Ernest Pinard ya había sustentado la acusación contra Madame Bovary de Flaubert y había perdido el caso. No era un fanático estúpido, sino que demostró haber aprendido de la experiencia al anticiparse convincentemente a todos los argumentos contrarios:

 

 

Llevar un libro ante el tribunal porque ha atentado contra la moral pública es siempre un asunto delicado. Si el proceso no termina con una condena, se regala un éxito al autor, que se alza triunfante sobre un pedestal mientras que uno se ve reducido al papel del perseguidor. En el caso que hoy nos ocupa, se da también la circunstancia de que el autor citado ante el juez goza del apoyo de escritores importantes y críticos serios, cuyo testimonio difculta aún más la tarea del fscal. Pese a ello, señores, no vacilo en aceptar mi cometido […]; no me interesa el resultado de la querella, sino la cuestión de si está justifcada o no […]. Un juez no es un crítico literario, no debe juzgar sobre las modas literarias y sobre opiniones artísticas contradictorias. Su competencia no es el arte, sino que el legislador le ha asignado una tarea muy determinada: el legislador ha incorporado en nuestras leyes el delito de ofensa contra la moral pública, ha previsto determinadas penas para este delito y ha dotado al poder judicial de la competencia de investigar si se ha dañado u ofendido dicha moral pública. El juez es un guardián que no puede permitir que se traspasen los límites. En eso consiste su misión.

 

 

Quien lea estas frases tendrá que reconocer que constituyen una introducción seria. No hemos reproducido esta extensa cita, ni las que se ofrecerán a continuación, para hacer una apología del fscal Pinard, sino porque nos dan ocasión de observar la justicia en pleno trabajo y de entender el estrecho



 

 

 

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marco en el que se movía el fscal. Su misión consistía en demostrar que los poemas acusados infringían la ley. Para ello leyó fragmentos ante el tribunal y dirigió al autor la siguiente pregunta:

 

 

¿Cree de veras que se puede decir todo, describirlo todo, desvelarlo todo, por el mero hecho de que a continuación se mencione el asco que provoca el vicio y se nombren las enfermedades que acarrea?

 

Mientras Baudelaire seguramente afrmaba con la cabeza, el fscal llegó a la conclusión de que la solicitud del juez instructor de incoar el proceso penal era legítima:

 

Sí, era su deber citar a Baudelaire ante el juez de lo criminal por ofensa de esa gran moral cristiana que, en efecto, es el único fundamento seguro de nuestra moralidad pública.

 

Tras este homenaje relativamente simple tributado a la Iglesia, Pinard debía sostener el segundo punto de la acusación, la ofensa de la moral pública.

 

En primer lugar, se me objetará lo siguiente: se me dirá que se trata de un libro melancólico y que ya solo el título indica que el propósito del autor no es otro que el de describir el mal y sus engañosas pasiones para advertirnos contra ellas. ¿No se titula acaso Las fores del mal? Reconozca, pues, la enseñanza que contiene el libro, en lugar de considerarlo una ofensa.

 

Con esta anticipación de un argumento todavía no pronunciado por la defensa, Pinard demostraba haber entendido el presupuesto epistemológico de los poemas. Ahora bien, como no podía permitir que tal cosa infuyera en la causa, volvió atrás:

 

 

¡Una enseñanza! Es fácil decirlo, pero en este caso no es cierto. ¿Quién puede creer que sea benefcioso aspirar el aroma mareante de ciertas fores? Su veneno no resulta repulsivo; sube a la cabeza, adormece los nervios, confunde y puede ser mortal. Me objetará usted: yo describo el mal con sus tentaciones, pero también con su miseria y su ignominia. ¡Se lo admito! Pero… quién ignora



 

 

 

 

 

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la facilidad con que el lector se deja engatusar por las obscenidades, sin preocuparse de la enseñanza que el autor haya podido administrarle.

 

Después de reducir los poemas a esos pasajes obscenos, sacados de contexto, Pinard terminó su alegato con una petición al juez que resulta notable:

 

Sea indulgente con Baudelaire, que es una naturaleza inquieta e inestable. Sea indulgente con los editores, que se escudan detrás del autor. Pero pronuncie una advertencia tan urgente como necesaria y condene al menos algunos poemas del libro.

 

Con esta pretensión mínima se daba por satisfecho. Ni a Baudelaire ni a muchos otros les habría sorprendido que hubiera exigido la confscación y la quema de toda la edición. El defensor expuso sus argumentos durante horas y con brillantez, pero no se consideraba la absolución, ya que una nueva derrota habría dañado la carrera de Pinard, el cual llegaría a ser nombrado ministro del Interior. El tribunal encontró a los acusados culpables del delito de ofensa de la moral religiosa; impuso una multa de trescientos francos a Baudelaire y una de cien francos a cada uno de los editores y obligó a eliminar algunos poemas del Libro. Además, los acusados tuvieron que pagar las costas del juicio. Con una carta a la emperatriz, Baudelaire logró que su multa quedara reducida a cincuenta francos. Los poemas que había que suprimir (y que según el juez excitaban los sentidos «con su brutal realismo, que hiere el pudor») eran «Las joyas», «El Leteo», «A la que es demasiado alegre», «Lesbos» y «El vampiro». Así, después de arrancar las páginas en cuestión, el editor tuvo plena libertad para distribuir el libro, que se agotó enseguida. Cuando se publicó la condena, Baudelaire recibió el mayor elogio en una carta de Victor Hugo, a quien había enviado un ejemplar a Guernsey:



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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¡Sus fores del mal brillan y deslumbran como estrellas! ¡Siga así! ¡Un sonoro bravo a su vigoroso espíritu! Permítame que concluya estas pocas líneas con una felicitación: se le ha dispensado a usted una de las escasas distinciones que puede conceder el régimen actual. Lo que este régimen llama su justicia lo ha condenado a usted en el nombre de lo que llama su moral. Esto es una corona más. Le estrecho la mano, poeta.

 

En el caso de Baudelaire, al fscal le pareció especialmente condenable que se hubiera impreso una gran tirada (1300 ejemplares) de Las fores del mal y se vendiera a un precio barato (3 francos). O bien creía que el grado de obscenidad disminuía a medida que el precio ascendía, o consideraba que la clientela rica ya estaba tan corrompida que un libro más no tenía ninguna importancia. Los precios elevados debían servir para proteger de los estímulos sexuales a la clase baja, especialmente amenazada en su moral. Demostró la misma actitud un juez londinense que en 1963 ordenó la destrucción de la edición de bolsillo de Fanny Hill, pero no puso ningún reparo a la edición cara. Solo en ese año de 1963 la policía inglesa confscó 150 000 libros de bolsillo de contenido erótico. Lo que motivaba estas medidas era la justifcación pseudocientífca de que la pornografa incitaba a la masturbación, lo cual debilitaba la productividad de la población trabajadora. La aristocracia, exenta del defecto del trabajo, podía masturbarse tanto como quisiera.

 

Poulet-Malassis, el abogado de Baudelaire, entendió que los precios prohibitivos ofrecían una vía de negocio. Tras declararse en quiebra, se retiró a Bruselas y se dedicó a publicar ediciones de clásicos eróticos para biblióflos, con ilustraciones de Félicien Rops, libros suntuosos y editados en tiradas pequeñas que se vendían a un precio condigno. Como sucedería más tarde, en la época de la legendaria Olympia Press, los principales clientes eran ingleses que en el continente se proveían de una mercancía prohibida en su país. En 1951, la intrincada situación jurídica hizo que la policía local de Poole



 

 

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(Dorset) confscara en un domicilio particular veintidós de estos clásicos eróticos ilustrados y editados en lengua francesa. El propietario del domicilio hacía negocio con esos libros y en

 

su cartera de clientes fguraba —junto a conocidos médicos y psicólogos— el sexólogo estadounidense Alfred Kinsey, quien, según podía comprobarse, le había encargado libros eróticos para su Institute of Sex Research. Sus alegaciones no le sirvieron de nada: la jefatura de policía de Dorset fue intransigente y mandó quemar los libros confscados. En Francia, donde no se era liberal con este patrimonio, pero sí tolerante, no se ponían trabas a la venta de ediciones limitadas a precios abusivos, aunque el tiraje declarado no siempre coincidía con la cifra de ejemplares impresos y vendidos en realidad. ¿Quién iba a controlarlo?

 

Los coleccionistas franceses deben auténticos tesoros a estas ediciones, que por lo general presentan una bella impresión, aunque desgraciadamente suelen estar adornadas con ilustraciones contemporáneas de mala calidad. Entre ellas se encuentran no solo poemas de Apollinaire, que probablemente no procedían de su mano, sino también la primera edición completa de la Carta a la presidenta de Téophile Gautier (de 1927), numerosas primeras ediciones de Pierre Louys y una edición de Juliette del Marqués de Sade. Hasta 1967 no se descubrió la identidad del editor de esta última obra, y no era otro que el ministro de Cultura André Malraux. En 1928, Jean Cocteau publicó anónimamente su Livre blanc en una tirada muy pequeña, cuyo principal atractivo radicaba en las ilustraciones, que revelaban inequívocamente la mano del autor. Ese mismo año se publicó por primera vez, supuestamente en una tirada de 134 ejemplares, Historia del ojo de Georges Bataille, que, como todas las ediciones publicadas en vida del autor, iba frmada por el pseudónimo de «Lord Auch». La edición más famosa y más bella de este texto provocativo y



 

 

 

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todavía digno de leerse se imprimió en Sevilla en 1940, con los dibujos de Hans Bellmer y frmada parcialmente por el artista y el autor. Aunque fuera un secreto a voces, la confrmación ofcial de la autoría de este libro habría costado a Georges Bataille su puesto como director de la Biblioteca Nacional de París. Para protegerse de la justicia, en Madame Edwarda no solo utilizó el pseudónimo de «Pierre Angelique», sino que hizo constar un año de edición falso. La primera edición, de cincuenta ejemplares, se publicó en 1941, pero se indicaba como fecha de edición 1937, de modo que ofcialmente no se trataba de una nueva publicación. Asimismo, la segunda edición, de 1945, da la fecha falsa de 1941. Bataille no pertenecía a ningún grupo literario, solo mantenía relaciones superfciales con los surrealistas liderados por André Bretón. Era considerado un materialista en el sentido de Sade, pero esta identifcación resulta muy equívoca. Mientras que Sade somete el cuerpo al dominio y a la disciplina, Bataille celebra la sexualidad como un derroche desmedido en el que el hombre puede y debe perderse en situaciones extremas. Ahora bien, tales situaciones solo se pueden percibir como extremas si en ellas se transgrede un tabú. El sociólogo Marcel Mauss había afrmado: «El tabú se inventó para superarlo». Al considerar que los límites sociales eran necesarios como condición para el éxtasis erótico individual, Bataille se oponía decididamente a toda liberalización de las leyes morales y, como director de la Biblioteca Nacional, se cuidó de que sus publicaciones terminaran en el «inferno» de los libros proscritos.

 

A diferencia de la radical Historia del ojo de Bataille, la novela Irène, que se publicó igualmente en 1928 y dio lugar a una serie de prohibiciones, es una novela pornográfca innocua, más bien tradicional, aunque de gran calidad literaria. Cuenta la historia de un hombre que se queda paralítico tras sufrir una apoplejía y que, como no se puede



 

 

 

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comunicar con los demás, es considerado débil mental, si bien todavía se halla en posesión de sus facultades mentales y observa los actos obscenos que se producen delante de él, situación que obliga al lector a adoptar el papel del voyeur. Alrededor de esta idea ingeniosa, el autor, entonces anónimo, desplegaba una trama repleta de pullas maliciosas contra diversos representantes de la sociedad francesa, lo que convirtió el libro en una obra predilecta para todos aquellos que se consideraban, o querían considerarse, marginales. Albert Camus dijo que Irène era el mejor texto erótico que conocía. En 1953 el libro se reeditó y se prohibió. En 1962 se publicó una lujosa edición bibliófla y también fue prohibida. La cuarta edición, de 1968, fue interpretada como manifesto de la liberación y como «crítica al régimen» y se prohibió ocho días después de su publicación. La crisis causada por los meses de la revuelta estudiantil condujo a una alarmante extensión de la ley reformulada en 1958, que en principio solo tenía que proteger a los menores: los únicos libros que la policía podía confscar sin orden judicial, en caso de que fueran clasifcados como peligrosos, eran los que se dirigían al público infantil y juvenil. Para ello, bastaba una decisión del Ministerio del Interior, y ni los tribunales ni el Parlamento podían revisar ni revocar la decisión. La adulteración de la ley, su aplicación contra la literatura erótica y crítica con el gobierno —aplicación

 

que no solo era contraria al espíritu de la ley, sino también a su interpretación literal—, fue la causa de una serie de decisiones que recordaban al régimen absolutista. Los libros prohibidos por el Ministerio del Interior —en su mayoría, obras sobre la guerra de Argelia— no podían anunciarse ni mencionarse en los catálogos de las editoriales. Los periodistas que los nombraban en sus artículos fueron citados ante el juez, pese a que no habían transgredido ninguna ley, y se los exhortó a no volver a hacer tales referencias. Se hicieron redadas en las



 

 

 

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tiendas e incluso se condenó a los libreros que guardaban libros prohibidos en armarios inaccesibles para los clientes. Las protestas contra esta interpretación arbitraria de la ley tuvieron como único resultado la declaración ofcial de que, por principio, todos los libros podían dirigirse a los menores, lo cual justifcaba las medidas preventivas.

 

En la República Federal de Alemania, la edición alemana de Irène, de 1960, solo se podía vender a personas mayores de dieciocho años. Los compradores debían frmar una garantía a tal efecto, pero por regla general no se hizo. Con su frma, el cliente también se comprometía a no dejar la obra a menores de dieciocho años ni hacérsela accesible por cualquier otro medio. Esta hoja venía dentro del libro, pero nadie sabía qué hacer con ella. Se trataba de un compromiso jurídicamente cuestionable, cuyo cumplimiento nadie podía comprobar.

 

 

 

Después de 1933, París acogió a más de cien mil emigrantes alemanes, puesto que en Francia, clásico país de asilo, todavía tenían vigencia las liberales leyes de extranjería de 1849. La primera oleada, tras la quema del Parlamento alemán y las hogueras de libros, estaba formada sobre todo por escritores, intelectuales opositores y periodistas de izquierdas que desarrollaron una intensa vida cultural en la lucha contra el nacionalsocialismo. En Francia, se publicaron periódicos y libros en alemán, se celebraron representaciones teatrales, conferencias y congresos de escritores. En 1937, cuando Hitler hizo acto de presencia en la Exposición Universal de París, la exposición «El libro alemán en París, 1837-1937», organizada por emigrantes, recordaba los estrechos vínculos que unían la cultura alemana libre con Francia.

 

Todas estas actividades fueron vigiladas y registradas cuidadosamente por el Ministerio de Propaganda alemán. En



 

 

 

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Berlín se tenía información precisa sobre qué publicaciones de habla alemana se editaban en París y qué escritores franceses atizaban los ánimos contra el Tercer Reich. Los ofciales escogidos para el escuadrón de propaganda de París conocían la cultura y la lengua francesas, eran instruidos y cultos. Personas como Friedrich Sieburg, Karl Epting o el nuevo embajador, Otto Abetz, no se comportaban como bárbaros teutones, sino como diplomáticos cuyo objetivo era encauzar por nuevas vías las largas relaciones culturales amistosas entre ambos países. La hegemonía cultural y política de una alianza entre la Alemania nazi y Francia debía alumbrar una nueva Europa, dominada por la ideología nacionalsocialista. La organización administrativa de la campaña militar y la victoria sobre Francia sorprendieron a la nación francesa tanto como la competencia intelectual de los vencedores. El 13 de septiembre de 1940, Paul Léautaud anotó en su diario:

 

 

 

Los alemanes no solo han preparado la guerra en el terreno militar, político, económico, sino también, si puede decirse así, en el espiritual. […] Están al corriente, con documentos en la mano, de todo cuanto se ha escrito en Francia en los últimos veinte años a favor o en contra de ellos, y en todos los géneros: teatro, libros, revistas, periódicos; con todo ello han formado una biblioteca, archivos, fchas.

 

El resultado visible de esta preparación sistemática fue la «Lista Otto», una relación (publicada en octubre de 1940) de los libros que pasaban a estar prohibidos. Todavía no se ha aclarado si la lista debía su designación al nombre del embajador alemán, lo cual, tratándose de un documento ofcial, sería cuando menos inusitado. Situados ante la disyuntiva de colaborar o cerrar sus empresas, los editores, encabezados por Bernard Grasset —de quien procede la expresión «colaboración intelectual»— escogieron el mal menor económico. Como lucía el bigotito y el tupé de Hitler, a Grasset le pusieron el apodo burlesco de «César de Garchtesgaden», juego de palabras entre Garche, localidad



 

 

 

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donde residía el editor, y Berchtesgaden, la montaña alpina donde Hitler tenía su cuartel general. El otro gran editor del momento, Gastón Gallimard, al principio se negó a seguir dirigiendo su editorial en la nueva situación del país y desapareció en el sur no ocupado. No obstante, cuando vio que sus colegas, lejos de ingresar en prisión, hacían buenos negocios, volvió y colaboró.

 

La asociación de editores franceses se comprometió a no editar ningún libro escrito por un autor prohibido en Alemania o que perjudicara la reputación o los intereses alemanes. En el preámbulo de la primera «Lista Otto», los editores franceses declaraban que tales prescripciones eran una iniciativa propia:

 

Deseosos de contribuir a la creación de una atmósfera más sana y con la preocupación de establecer las condiciones necesarias para una apreciación más justa y objetiva de los problemas europeos, los editores franceses han decidido retirar de las librerías y de la venta las obras que fguran en la lista siguiente. Se trata de libros que con su espíritu mentiroso y tendencioso han emponzoñado sistemáticamente la opinión pública francesa. Merecen especial atención las publicaciones de refugiados políticos o de escritores judíos, que, traicionando la hospitalidad que Francia les ha brindado, han llamado sin escrúpulos a una guerra de la que esperaban obtener provecho para sus fnes egoístas.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La «lista Otto».

 

 

 

 

 

La lista era una relación alfabética de las 136 principales editoriales con sede en París y contenía 1600 títulos, entre ellos clásicos como las obras de Heinrich Heine, pero también nuevas publicaciones del otoño de 1940 que todavía no se habían puesto a la venta. Hachette publicó 40 000 ejemplares de la lista, que se enviaron a todas las librerías, escuelas, editoriales y bibliotecas de la zona ocupada. En ese mismo año se confscaron 713 382 volúmenes, que se amontonaron en un garaje reconvertido en almacén. En 1942 se publicó una segunda «Lista Otto»; su ámbito de aplicación era toda Francia y, tras la entrada en guerra de Estados Unidos, contenía todos los libros ingleses publicados después de 1880. También se prohibía a los libreros exponer en los escaparates obras de Shakespeare, Milton, Keats u otros clásicos, pues tal cosa se interpretaba como confraternización con el enemigo. La misma prohibición afectaba a los libros de autores polacos. A una tercera lista, del año 1943, se añadieron los nombres de 739 autores judío-franceses y la prohibición de las biografas de judíos, aunque sus autores no fueran judíos.

 

Tras la liberación de Francia, en 1947 la Comisión Consultiva de Daños y Reparaciones calculó que se confscaron 2242 toneladas de libros, aunque añadió:

 

Sería erróneo decir que esas cantidades acarrearon graves daños materiales para el comercio de libros y las editoriales. En realidad, la mayoría de los libros prohibidos se vendían clandestinamente a precios muy elevados.

 

Gerhard Heller cuenta en sus memorias que los libreros de viejo también comerciaban con libros prohibidos. Como ofcial de propaganda del «Gruppe Schriftum» (la sección de propaganda encargada de la edición), Heller era el responsable de la



 

 

 

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vigilancia y la censura del mercado del libro, pero no hizo nada que entorpeciera la libertad de la palabra. Incluso permitió la representación de Las moscas, la obra de teatro de resistencia de Sartre, dictaminando lo siguiente: «La obra no tiene nada que ver con la Résistance. El tema procede de la Antigüedad clásica». Tampoco impidió la publicación de «Más bella que las lágrimas», el famoso poema del autor prohibido Louis Aragón, que contiene los versos:

 

Podéis condenar, sí, a un poeta al silencio, Convertir en galeote a un pájaro del cielo, Mas si tratáis de impedirle que ame a Francia, Tenedlo por seguro: no lo conseguiréis.

 

En 1932, la editorial de Bernard Grasset publicó el libro Mussolini Diplomate, del historiador italiano Gaetano Salvemini. El autor advertía lúcidamente sobre los objetivos expansionistas del dictador, pero rebatía los sueños de la oposición, que creía posible detenerlo con levantamientos populares del estilo de un Garibaldi. Salvemini preveía una larga dictadura de Mussolini. Su primera gran exposición, Te Fascist Dictatorship in Italy, publicada en Nueva York en 1927, no obtuvo ninguna resonancia: «Little Italy» se enfrentaba a otros problemas.

 

Salvemini era uno de los opositores de la izquierda liberal que, después de que Mussolini proclamara el Estado totalitario en el discurso del 3 de enero de 1925, al principio siguieron trabajando en la clandestinidad. Respondió a la supresión de la libertad de prensa con la fundación de Non mollare («No ceder»), el primer periódico ilegal y en el que se pretendía informar a la población sobre las continuas transgresiones de la ley. Se hicieron dos docenas de ediciones de la publicación —un cuaderno de cuatro páginas que circulaba de mano en mano— entre enero y octubre de 1925, momento en que Salvemini huyó de la violenta persecución que sufrió al exilio de París y luego al



 

 

 

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de Londres. Al ver que la juventud participaba con gran entusiasmo en la represión de los opositores y que la creación del Estado totalitario afanzaba el mito del Duce, Salvemini llegó a la conclusión de que solo la formación de una nueva élite podría provocar un cambio de la situación desde el interior del país. Con todo, creía que no se debía dejar de informar a la opinión pública internacional sobre la auténtica naturaleza de la dictadura fascista.

 

Al no existir una emigración masiva, el fascismo italiano no era considerado en el exterior una dictadura peligrosa. El asesinato de los hermanos Cario y Nello Rosselli (los coeditores de Non Mollare exiliados en Francia), crimen perpetrado en 1937 por fascistas franceses a instancias de Mussolini, pareció un caso aislado. Mussolini era celebrado como el unifcador de un país desgarrado por crisis internas y nadie preguntaba por los métodos empleados. Con su colaboración táctica con la Iglesia se ganó las simpatías de los viejos. Si no fuera porque ya nadie se acordaba de Claudia Particella, l’Amante del Cardinale, la novela anticlerical que Mussolini había publicado en 1910, el propio autor se habría visto obligado a retirarla de la circulación.

 

El fascismo italiano no tenía bases racistas; de ahí que después de 1933 muchos artistas y científcos alemanes vieran en él más bien un refugio, puesto que concedía a la cultura un grado de libertad relativamente alto. Las editoriales recibían generosas subvenciones; en virtud de una cláusula del 2 % (adoptada por la República Federal de Alemania después del 1945), el Estado, cuando realizaba obras públicas, hacía numerosos encargos a los artistas plásticos. Sin embargo, la limitación de dicha libertad se pone de manifesto con el caso del escritor Ignazio Silone. Silone fue uno de los fundadores del Partido Comunista Italiano y tuvo que huir a Suiza como consecuencia de su actividad política y su colaboración en



 

 

 

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publicaciones comunistas clandestinas. Las novelas que publicó en el exilio, Fontamara (1930) y Vino e pane (1936), no se podían editar en Italia ni podían mencionarse en los periódicos. No obstante, sus traducciones al inglés, al francés y al alemán se pudieron vender libremente hasta 1939.

 

Para eludir la censura, la infuyente revista Novecento se publicó en francés durante los años 1926 y 1927. Los fundadores de la revista eran Massimo Bontempelli y Curzio Malaparte, quienes en su empeño de europeizar la literatura italiana daban a conocer textos de Rilke, Malraux, Max Jacob, D. H. Lawrence y Virginia Woolf. Hasta que Roma y Berlín frmaron el acuerdo cultural de 1938 tampoco hubo ninguna traba para publicar obras de Tomas Mann o Stefan Zweig. En 1938 Bontempelli fue sancionado con la inhabilitación profesional.

 

En el acuerdo cultural, Mussolini había aceptado un apartado (el artículo 26) en el que se decía que las dos partes

 

impedirían la traducción o la difusión de las obras que mediante la falsifcación de la verdad histórica atenten contra el otro país, contra su forma de Estado o su gobierno, y de las obras tergiversadoras (literatura tendenciosa) de los emigrantes políticos del otro país.

 

Con ello, todos los autores proscritos en el Tercer Reich por ser «antialemanes» pasaban a estar prohibidos también en Italia. Las obras de Bertolt Brecht, Alfred Döblin, Lion Feuchtwanger, Emil Ludwig y toda la familia Mann, Franz Kafa, Stefan Zweig, Erich Kästner, Cari Zuckmayer y Vicky Baum, que hasta 1938 se habían editado en Italia, desaparecieron de las librerías. El espacio de la libertad se iba estrechando cada vez más.

 

El traductor de D. H. Lawrence, Elio Vittorini, no pudo publicar su primera novela propia (Il garofano rosso) e interrumpió el trabajo en su siguiente novela, Erica e i suoi fratelli, cuando los fascistas italianos apoyaron la lucha de Franco contra la República Española. De hecho, Vittorini tenía



 

 

 

 

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prohibido publicar desde 1936 y fue expulsado del partido fascista.

 

 

 

 

 

En España, Franco dispuso en 1936 que se retiraran de las bibliotecas y se destruyeran las obras con «tendencias socialistas y comunistas». En los primeros años de la dictadura se elaboraron varios catálogos de libros prohibidos, formados por obras que solo podía consultar un reducido círculo de estudiosos académicos (2663 títulos) y otras que nadie podía leer (1252 títulos). Parecen cifras modestas, pero refejan la escasa producción editorial de un país que, tras siglos de represión intelectual impuesta por la Iglesia y la monarquía, no tuvo la esperanza de incorporarse a la modernidad europea hasta la Constitución democrática de 1931. La breve carrera del poeta Federico García Lorca se produjo en este período de apogeo artístico. Tuvo la suerte de poder vivir y trabajar en la Residencia de Estudiantes de Madrid, enclave liberal que disponía de una biblioteca bien surtida y continuamente renovada cuyos libros no solo se podían consultar en la sala de lectura sino que también se podían sacar en préstamo, lo cual era un privilegio extraordinario. Como el Estado y la Iglesia no tenían ningún interés en la educación de la ciudadanía, no existía ni enseñanza obligatoria ni bibliotecas públicas. La Biblioteca Nacional de Madrid no permitía la entrada de estudiantes. En Sevilla, los sacerdotes prohibían la consulta del catálogo de la biblioteca de la universidad e incluso los científcos acreditados que querían utilizar sus fondos topaban con limitaciones. Las bibliotecas eran consideradas depósitos de libros, no instituciones de transmisión de conocimiento.

 

Las primeras obras teatrales de García Lorca se remontan a la dictadura militar del general Primo de Rivera, que ejercía una rígida censura. Las obras Mariana Pineda y Amor de don



 

 

 

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Perlimplín con Melisa en su jardín se estrenaron con un retraso de varios años. La primera fue prohibida porque Mariana, un personaje histórico, había sido ejecutada en 1831 por participar en una conspiración liberal, y la segunda, porque presenta a un antiguo soldado como marido engañado, todo un insulto al ejército. Con sus conferencias, canciones, poemas y obras de teatro —y sobre todo gracias a su compañía teatral, con la que recorrió todo el país—, Lorca llegó a ser un célebre representante de la cultura republicana en los escasos cinco años de democracia. Su compañía ambulante actuaba en las plazas públicas y llevó su teatro hasta la población inculta de la provincia, ante la indignación de las derechas que lo acusaban de propagar ideas socialistas (si pensamos en que lo que llevaba a la escena eran piezas de Cervantes, tales acusaciones no hablan demasiado bien del nivel intelectual de sus críticos conservadores). Cuando representó la obra de Calderón La vida es sueño, en la que el mismo Federico interpretaba el papel de la «Sombra», los tradicionalistas montaron en cólera por el hecho de que una compañía laica osara representar una obra que era patrimonio exclusivo de la Iglesia católica. Según Lorca, Cervantes y Calderón mostraban las dos caras de España: la cara humana la representaba el autor de Don Quijote; la mística, Calderón con sus autos sacramentales. Lorca se granjeó el odio de los protofascistas con su afán de transmitir el saber mediante el entretenimiento y el entusiasmo que despertaba en el pueblo de las ciudades de provincias. Lo tacharon de comunista homosexual y lo acusaron de soliviantar al pueblo con el apoyo de un ministro de Cultura judío y ateo, de ser un enemigo de la «España verdadera», de la España de la alianza de los militares y la mitra, de la España de la Inquisición, institución que Fernando VII había vuelto a introducir a principios del siglo

 

xix.     Al sublevarse contra la joven República en julio de 1936, el general Franco pretendía reinstaurar esa España «verdadera».



 

 

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En agosto, Lorca fue secuestrado y fusilado. Tenía treinta y ocho años. La opinión pública no supo nada de las circunstancias que rodearon su muerte; el certifcado de defunción, que no se extendió hasta 1940, declara que falleció «debido a heridas producidas por hecho de guerra».

 

Su nombre era un tabú para la prensa orgánica, sus libros se prohibieron. La España «verdadera» había vencido.

 

Federico García Lorca fue una de las seiscientas mil personas que aproximadamente murieron después del alzamiento de Franco. En las luchas de la guerra civil española murió la menor parte de ellas, unas ciento cincuenta mil; las demás fueron víctimas de actos de venganza y depuraciones. Se exiliaron al menos cuatrocientos mil españoles, la élite intelectual de la nación. Con la victoria de los fascistas y el régimen de Franco, al que Estados Unidos apoyó por razones de táctica militar desde los años cincuenta y hasta la muerte del dictador, en 1975, España se convirtió en el soleado patio trasero de Europa, un fósil atrasado no solo culturalmente y el destino predilecto de los europeos que, tras dos semanas de vacaciones, volvían a abandonarlo en su arcaísmo. La liberalización económica de cara al exterior no signifcó en modo alguno la relajación de la dureza de las leyes en el interior. Había cuatro ámbitos que estuvieron sometidos a una censura especialmente vigilante: 1) la historia de la Iglesia y el papel (político) del clero en el pasado y el presente; 2) la historia y la evolución futura de España, sobre todo en lo referente al franquismo y los militares; 3) la moral, las costumbres y el decoro; 4) la sexualidad y el erotismo, especialmente la educación sexual, la homosexualidad, el aborto, el divorcio y la prostitución.

 

La transgresión de alguno de estos tabúes no solo implicaba la prohibición del libro, sino que también tenía consecuencias penales. Con la ley de Publicación de 1966 se abolió la censura previa estatal, que fue sustituida por el «principio de la



 

 

 

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autorresponsabilidad», es decir, una censura practicada por los propios autores que escribían con las «tijeras en la cabeza». Como los escrúpulos de los escritores que pretenden vivir de su trabajo suelen ser mayores que su coraje, las novelas publicadas en el período franquista destilan un tedio lúgubre que, si bien no dejaba de refejar una realidad política, no podía refejar una actitud crítica. A causa de su atraso tanto formal como temático, la literatura española de aquellos años no tuvo ninguna relevancia internacional. Los autores exiliados en países hispanohablantes gozaban de libertades mucho mayores. La colmena de Camilo José Cela se publicó en 1951 en Buenos Aires y fue prohibida en España a causa de su supuesta inmoralidad, pero circulaba clandestinamente en los círculos literarios, sin ejercer por aquel entonces una infuencia reseñable. Una de las novelas más famosas de la época, Si te dicen que caí, de Juan Marsé, se publicó en México en 1973 y ofrece una cruda descripción del golpe militar de 1936 y sus consecuencias. Ni que decir tiene que la novela no pudo publicarse hasta 1977, pero los ejemplares que entraron ilegalmente en el país contribuyeron de forma considerable a la «recuperación de la memoria», término con que se designa en España el estudio del pasado.

 

En su intento de mostrarse liberal de cara al exterior, el régimen fnanció una edición de las Obras completas de Federico García Lorca de un precio prohibitivo y que la censura se había encargado de expurgar a fondo, cosa que entonces ningún lector podía comprobar. Otro aspecto de la censura que se ejercía en la práctica era el analfabetismo provocado por una escolaridad defciente. Las novelas cultivaban un sobrio realismo social, pero los sectores representados en ellas no sabían leer y el público lector no sentía interés por esa literatura, de modo que las tiradas no solían rebasar los mil ejemplares. El mercado de la poesía era todavía más exclusivo.



 

 

 

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Se publicó en Buenos Aires una antología de Miguel Hernández con motivo del quincuagésimo aniversario del poeta, pero a la editorial no le concedieron el permiso para importar doscientos ejemplares. El poeta, muerto hacía dieciocho años, había luchado en el bando de los republicanos en la guerra civil y en 1942 había muerto en la cárcel.

 

 

 

La censura estatal y las represalias consiguientes no refejan el espíritu de los tiempos, como suele decirse, sino que lo crean. La escasa producción de literatura austríaca en el siglo xix fue la consecuencia de un sistema de censura que cortaba de raíz todo afán artístico. El mantenimiento del poder se lograba al precio del atraso cultural y el empobrecimiento intelectual. Franz Grillparzer, archivero de la corte y escritor, se lamentó reiteradamente en su autobiografa y sus diarios de la represión que sufrían sus obras y que tan difcil le hacían la vida. Cuando estudiaba derecho no le permitieron editar una revista literaria. Su primera obra de teatro, Die Ahnfrau [«La abuela»], fue aceptada por el Teater an der Wien, pero el censor impidió la representación alegando que atentaba contra la prohibición de «historias de fantasmas y adulterios». Tras una protesta del director del teatro, que temía pérdidas económicas, la obra se representó en 1817. No obstante, volvió a ser prohibida de inmediato, ya que el desencadenante del tétrico argumento de la obra era un adulterio: el marido de la abuela que vaga como un fantasma la sorprendió en brazos de su amante y la apuñaló. Antes de que la obra se pudiera volver a representar en 1824, Grillparzer tuvo que escribir quinientos versos para asignar una misión a la aparición espectral y, de este modo, redimirla y rehabilitarla moralmente al fnal de la obra, cuando el resto de los personajes ya han muerto, aunque ello signifcaba aceptar a la fuerza el cambio de la idea original del autor.



 

 

 

 

 

 

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Grillparzer provocó un escándalo diplomático con el poema de 1819 «Die Ruinen des Campo Vaccino in Rom» [«Las ruinas del campo Vaccino en Roma»]. El ministro de Finanzas conde Stadion, su patrón y su mecenas, le había posibilitado un viaje a Italia en el séquito del emperador. Sobre la llegada a Roma se lee en el diario:

 

 

Casi desde Viterbo se anuncia tristemente la cercanía de la ciudad de los curas. Áridos yermos, secos, sin cultura, sin viviendas, sin seres humanos […]. En previsión del viaje del emperador y su séquito, se habían cortado los matorrales de ambos lados de la carretera, puesto que servían de escondite a los ladrones. Pero eso hacía el paisaje todavía más pelado, más triste. El colmo de todo ello son los restos dilacerados de ladrones y asesinos que, secados al sol, se balancean a derecha e izquierda de la carretera. […] Es doloroso el contraste de esta tristeza con la soberbia Via Flaminia por la que avanzamos y a cada paso nos recuerda lo ricas y dichosas que fueron antaño las tierras donde se podían construir tales carreteras.

 

Este contraste entre la sublime grandeza de la Antigüedad y el vulgar presente lo desarrolla el poema «Las ruinas del campo Vaccino en Roma» en dieciséis estrofas vigorosas, en parte con sarcasmo («Roma ya solo tiene cicerones, / pero ningún Cicerón»), pero sobre todo con un profundo desprecio por los sucesores cristianos del Imperio romano. En las últimas estrofas, Grillparzer exige que se retire la cruz erigida en las ruinas del Coliseo:

 

 

Si un linaje se separó Y mató al padre,

 

¿Tendré que besar el instrumento,

 

Por más que ostente el signo de Dios?

 

Antes preferiría no tener que ver los restos de la antigua grandeza y que todo se derrumbara:

 

¡Exhala el último aliento,

 

Gigantesco pasado!

 

¡Allánate en el suelo llano,

 

Entra en la nueva época llana!



 

 

 

 

 

 

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Estos versos eran una enorme provocación y nunca habrían pasado la censura si el censor responsable no hubiera sido también el editor del almanaque en el que se publicó el poema de Grillparzer. El editor cometió la estupidez de dedicar el libro a la reina Carolina de Baviera y de enviar un ejemplar a Múnich. A Carolina la horrorizó que se divulgara bajo su patrocinio semejante ataque contra la Iglesia católica. El turista entusiasmado con la Antigüedad que era Grillparzer no sabía que el papa Pío VII había prohibido la demolición de la ruina del Coliseo y él mismo había ordenado la construcción de la cruz que simbolizaba la consagración eclesiástica del monumento. La vehemente exigencia de Grillparzer («Sacad ese signo sagrado») y su deseo poético de que el Coliseo se derribara signifcaban, así, un insulto personal contra el Papa apoyado por Austria, un insulto impreso en Viena con autorización ofcial y difundido bajo la égida de la reina bávara. El escándalo no podía ser mayor y la corte de Baviera hizo todo lo posible por resolver el asunto diplomáticamente y limitar los daños para Carolina. El poema de Grillparzer se arrancó de todos los almanaques todavía disponibles, lo que no se notó demasiado, puesto que estaba al fnal del libro. No obstante, los cuatrocientos ejemplares que ya se habían enviado al extranjero hicieron que el poema se difundiera masivamente por medio de copias y dieron una celebridad al autor que no debió de resultarle agradable, dada su condición de funcionario imperial. El jefe de la policía de Viena comunicó al emperador que había hecho retirar del almanaque el poema de Grillparzer, ya que «atentaba de forma pública y ostensible contra los santuarios de la religión cristiana, y especialmente de la católica»; el emperador aprobó la censura y exhortó al jefe de la policía a amonestar severamente a Grillparzer, ya que había viajado en el séquito imperial y tal resultado delataba «una constitución torcida del entendimiento, cuando no un ánimo



 

 

 

 

 

 

 

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corrompido». Se amenazó a Grillparzer con el despido si volvía a suceder algo parecido.

 

Aunque a primera vista parece un castigo muy suave, tuvo graves consecuencias para alguien que tenía que bregar con funcionarios intrigantes, como leemos en la autobiografa de Grillparzer:

 

A partir de ese momento, cualquier indeseable se creyó en condiciones de enfrentarse conmigo, atacarme y difamarme.

 

El emperador le negó un ascenso que le había prometido, diciéndole que habría sido la persona apropiada «de no ser por ese asunto con el Papa». A partir de entonces este reproche fue como una cantinela que envenenó su vida, frustrando todos sus deseos y todas sus esperanzas. Se propuso abandonar el servicio público, pero su patrón le hizo desistir con el argumento de que, en las actuales circunstancias de la censura, un escritor independiente no podía vivir de su obra.

 

En otoño de 1823, Grillparzer entregó al Burgtheater su tragedia patriótica Fortuna y fn del rey Ottokar. Se envió la obra a la censura y esta la prohibió en enero de 1824, porque en ella

 

—como vieron muy bien— el rey de Bohemia salía muy mal parado de la comparación con Rodolfo de Habsburgo. Asimismo se prohibió al autor imprimir la obra por temor a las consecuencias diplomáticas que podía acarrear. Grillparzer envió una solicitud al jefe de la policía, que no se dignó contestar. Como la obra glorifcaba la dinastía de los Habsburgo, el autor no era consciente de haber incurrido en ninguna falta, por lo que se creyó víctima de una intriga. Para confrmar sus sospechas, mandó copias de la obra a todos los archiduques e incluso a la emperatriz, y consiguió que Francisco II se ocupara personalmente del asunto. El emperador entregó la obra a su médico de cámara y, tras obtener de él un diagnóstico positivo, dio su autorización,



 

 

 

 

 

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contradiciendo el dictamen de la censura. Finalmente la obra se pudo estrenar a mediados de febrero de 1825. Francisco II asistió a la segunda representación y, según se cuenta, al abandonar el teatro dijo: «¡Me alegro de haber visto la obra, pues seguro que la prohíben!». Así fue: los consejeros de Estado bohemios utilizaron su infuencia para que la epopeya habsbúrgica de Grillparzer desapareciera de los programas teatrales durante unos cuantos años. Después de 1830 el emperador también dejó de verla con buenos ojos, puesto que su antepasado Rodolfo anunciaba desde el escenario unos principios de gobierno mucho más liberales que la política reaccionaria de Metternich que apoyaba por aquel entonces. Hasta 1856 no se volvió a representar en el Burgtheater.

 

Unos años después de la autorización ofcial de Ottokar, Grillparzer se encontró por casualidad con un funcionario de la censura que le preguntó amistosamente por qué escribía tan poco. Grillparzer le contestó que quién mejor que un censor podía saber la causa. Sí, se rio el consejero áulico, los poetas siempre se creían víctimas de la conspiración de los censores. «Cuando su Ottokar estuvo prohibido durante dos años, seguro que creía que quién impedía su representación era un enemigo resentido. ¿Sabe quién la retuvo? ¡Yo, y sabe Dios que no soy su enemigo!». Irritado, Grillparzer le preguntó qué era lo que le había parecido tan peligroso en la obra: «Nada —fue la respuesta del consejero—, pero pensé que nunca se sabe».

 

 

 

Eso es lo que les ocurrió a muchos autores que empezaron llenos de esperanzas y a los que la censura privó de sus medios de subsistencia. La necesidad económica llevó a algunos a convertirse a su vez en censores o delatores que suministraban informes secretos a la cancillería del Estado. En su



 

 

 

 

 

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autobiografa, Grillparzer resumió los acontecimientos que rodearon Ottokar con la frase:

 

Me pareció cada vez más evidente que, en esas circunstancias, en aquella época en Austria no había lugar para un poeta.

 

Muy arraigado en Viena, no quería ni pensar en la emigración ni tampoco podía imprimir sus obras en el extranjero, por ejemplo en Múnich, pues los funcionarios austríacos lo tenían prohibido por ley. A partir de 1798, todos los austríacos tenían estrictamente prohibido imprimir siquiera una línea en el extranjero.

 

Quien sí se pudo permitir este juego del gato y el ratón con las autoridades austríacas fue el conde de Auersperg, retoño de uno de los más antiguos linajes aristocráticos. Con obstinada porfa, durante años estuvo mareando a la censura con el pseudónimo «Anastasius Grün», juego que alcanzó su punto álgido en 1831 con Spaziergängen eines Wiener Poeten [«Paseos de un poeta vienés»]. En este libro de 106 páginas publicado por Hofmann y Campe, Auersperg, económicamente independiente e inspirado por la revolución de julio de París, ajustaba cuentas con el régimen austríaco de policías y clérigos. Sus poemas atacaban a Metternich e incluso al emperador, lo que constituyó un presagio temprano de la revolución que se haría esperar hasta 1848. Al principio, la policía sospechó que Grillparzer se escondía detrás de aquellos versos formalmente perfectos; desde el famoso «asunto con el Papa» lo creían capaz de todo.

 

El intento más obstinado de retirar de la circulación una obra de teatro de Grillparzer se produjo en febrero de 1828 tras el estreno de la tragedia Ein treuer Diener seines Herrn [«Un fel servidor de su señor»]. La censura no había puesto ningún reparo al texto y el estreno fue todo un éxito para el autor,

 

quien, con el permiso del emperador —presente en la sala—, al



 

 

 

 

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fnal se inclinó ante el público que lo aclamaba. Hoy resulta difcil entender este entusiasmo ante una obra que, como dijo el propio Grillparzer, era «lealista hasta el extremo» y que el autor llegó a temer que se interpretara como una «apología de la sumisión servil». No obstante, la propia censura había entrenado al público teatral vienés en la habilidad de captar las más leves alusiones. Así, la última escena, en la que el joven servidor recomienda al príncipe heredero que en su futuro gobierno se muestre benigno, justo y fel a sus deberes, se podía entender perfectamente como una exhortación al emperador, que no cumplía esos deberes para con sus feles súbditos, sino que apoyaba la política dura, injusta y arbitraria de Metternich. El fervoroso aplauso del público debió de hacer desconfar al emperador. Al día siguiente por la mañana Grillparzer fue citado ante el jefe de la policía, quien le dijo que a Su Majestad le había gustado tanto la obra que deseaba ser su único propietario. Cuando Grillparzer preguntó cómo debía entender aquello, la respuesta fue clara: el autor debía entregar su manuscrito, se solicitarían al teatro los libros de los actores y todo se guardaría en la biblioteca privada del emperador. Se compensaría generosamente a Grillparzer por los honorarios que dejara de percibir a causa de la cancelación de las representaciones y la retirada del libro; podía pedir lo que creyera oportuno, pues Su Majestad estaba dispuesto a hacer un sacrifcio. El autor respondió valerosamente: ¿acaso creían que era tan miserable como para hacer desaparecer una de sus obras por dinero? También en este caso la respuesta fue inequívoca: Su Majestad no deseaba tratar sobre el «si», sino solo sobre el «cómo». Pero a Grillparzer no le interesaba ese negocio. Con la habilidad propia de un diplomático, objetó que ya no era dueño de su pieza: él mismo había encargado una copia del manuscrito, en el teatro habían hecho algunas más y todo el mundo sabía que los apuntadores hacían negocio con sus



 

 

 

 

 

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copias. Si Su Majestad quería gastar su dinero para retirar del público todas esas copias, no necesitaba la autorización del autor. La respuesta satisfzo al jefe de la policía, pues la iniciativa del emperador signifcaba una reprobación indirecta de la censura, que debería haber examinado previamente la obra y ahora quedaba exenta del cargo de haber permitido su distribución. Le dijo a Grillparzer que escribiera sus argumentos y se los entregara para dar curso a la gestión. Así lo hizo y no volvió a saber nada más del asunto. La obra se representó unas cuantas veces más, antes de ser retirada discretamente del programa. Algún tiempo después Grillparzer comentó: «Que cada cual juzgue hasta qué punto todo este asunto alentó la producción poética futura».

 

Después de sufrir otras contrariedades parecidas, Grillparzer tomó la decisión de no publicar nada más. Durante más de treinta años guardó en un cajón todo lo que escribió; su talento era demasiado elevado para aquella época llana.

 

 

 

Igual de triste es el panorama que encontramos en la misma época en Rusia. Los nobles que sirvieron como ofciales en las guerras napoleónicas en Europa occidental se habían familiarizado con el patrimonio de la Ilustración francesa y el idealismo alemán. Los derechos del hombre, las constituciones que garantizaban libertades y estipulaban los deberes del Estado para con sus súbditos, la libertad religiosa: todas ellas eran palabras extranjeras que resultaban inoportunas en el reino de los zares, donde imperaba la arbitrariedad absolutista y la servidumbre. Tras el fracaso de la sublevación de los ofciales contra Nicolás I de diciembre de 1825, conocida como la «revuelta decembrista», el zar sometió el país a un sistema de control de la opinión basado en la ley de la Censura de junio de 1826. La llamada «ley de hierro», que comprendía doscientos



 

 

 

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veinte artículos, prohibía la crítica de la Biblia, de la Iglesia, de sus dogmas y sus representantes, y en general los escritos polémicos en materia de religión. Se declaraba ilícita cualquier duda sobre los valores morales cristianos, así como todo lo que atentaba contra las buenas costumbres, el honor del pueblo ruso y la moral pública. Se prohibía toda crítica de los zares y las autoridades, además del cuestionamiento directo o indirecto de la monarquía y el Estado. Se prohibía a los particulares expresar ideas o propuestas para reformar el gobierno y modifcar los derechos. Tampoco se podía recordar la promesa de la Constitución o la de liberar de la servidumbre a los campesinos que habían luchado en la guerra contra Napoleón. En 1814, el zar los consoló con la esperanza de la «recompensa de Dios». Ante todas estas promesas incumplidas, grupos secretos de ofciales aristócratas, todos ellos antiguos alumnos de la escuela de San Petersburgo Tsárskoye Seló, planearon la sustitución del régimen por sus propios proyectos de Constitución, los cuales al principio preveían una monarquía constitucional pero más tarde adoptaron el modelo radical de la Revolución francesa. La sublevación militar fue preparada a conciencia, pero fracasó porque el zar Alejandro I murió de forma imprevista y los ofciales escogidos para el atentado no estaban dispuestos a matar a su sucesor, Nicolás I. El nuevo zar reprimió todas las manifestaciones de la intelligentsia, ya que pretendían reforzar la recién despertada conciencia de Rusia como nación europea. Se prohibió que en los tratados de historia se mencionaran las revoluciones o se criticaran las monarquías. En el ámbito de la flosofa, solo se permitía la publicación de algunas obras sobre lógica. Entre las «teorías dañinas» prohibidas también se encontraban las ideas sobre el origen no divino de la soberanía y sobre el contrato social de Rousseau.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Una ofcina de censura editaba listas alfabéticas mensuales para la aduana, en las que fguraban entre 150 y 600 títulos extranjeros que no podían entrar en Rusia. La producción de libros en Rusia era relativamente pequeña —en 1825 fue solo de 583 títulos—, de modo que los libros importados resultaban fundamentales para el nivel intelectual del país. Esta infuencia del patrimonio intelectual de la Europa occidental es lo que ahora se intentaba impedir en la medida de lo posible.

 

Esa era la cara ofcial y regular de la censura, y solo haría falta considerar sus baremos para sacar la conclusión de que dictadores posteriores como Franco siguieron el modelo de los zares. Pero también existía la policía secreta del Estado, que hasta entonces estaba supeditada al Ministerio del Interior pero que en 1826 se convirtió en la Sección Tercera de la Cancillería Privada de Su Majestad. Su director, que también estaba al frente de todo el aparato policial, era Alexander von Benckendorf, un noble báltico que había sido el más estrecho colaborador del anterior zar y lo había advertido en vano de los planes de levantamiento militar. Aunque ofcialmente solo se encargaba de la censura teatral, su tarea fue más allá del aparato regular de la censura: construyó un sistema de espionaje y control cuyos contactos suministraban información sobre exiliados rusos en toda Europa. Ordenes secretas del zar obligaban a los censores ofciales a presentar a la Sección Tercera todos los manuscritos de autores bajo sospecha de impiedad o deslealtad. Independientemente de los censores, la Sección Tercera podía examinar esos manuscritos, vigilar a los autores e incluso deportarlos en caso de duda. Tenía plena libertad de juicio y no estaba sometida a ningún control estatal; decir «Sección Tercera» en Rusia era lo mismo que decir «policía del Estado». Alexander Herzen escribió desde su exilio de Londres:



 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La gente temía editar un libro, escribir cartas, más aún, temía hablar no solo en público, sino también en la propia habitación: todo el mundo guardaba silencio.

 

 

Sobre el fondo de este letargo plúmbeo, la obra de Aleksandr Pushkin, realizada en un corto período de tiempo, destaca como un monolito que hace olvidar el páramo espiritual de su época. Cuando se juzgó a los ofciales golpistas, Pushkin volvió de un destierro de seis años. Había expresado con excesiva franqueza su simpatía por el estudiante Karl Sand, el asesino de August von Kotzebue, escritor alemán y supuesto espía ruso. Además, circulaban por San Petersburgo poemas revolucionarios procedentes de su mano. Pushkin tuvo que pasar cuatro años en el sur de Rusia como funcionario del Gobierno. Cuando la censura interceptó una carta suya con declaraciones ateas, fue despedido de la administración del Estado y desterrado durante dos años a la solitaria fnca rústica de sus padres. Allí compuso Eugenio Oneguín y Borís Godunov. El nuevo zar Nicolás I lo hizo volver a San Petersburgo bajo custodia policial y se concedió el título de censor personal del poeta, que a partir de entonces fue objeto de la más atenta vigilancia. La Sección Tercera vigilaba todos sus pasos, todas sus líneas, incluso su correspondencia privada. Probablemente por considerar demasiado arriesgada su materia, cedió el tema de la inspección a Gógol, admirador suyo, que hizo con él una comedia burlesca. Con la autorización del zar, Pushkin empezó a escribir una historia de Pedro el Grande. Quería oponer a Nicolás I la imagen positiva del célebre soberano, pero abandonó el manuscrito porque le atraía más el relato de la revuelta de los campesinos liderada por Pugachov. El libro fue condenado, pero se pudo publicar con las mutilaciones de la censura. Pushkin murió a fnales de enero de 1837 tras ser herido en un duelo.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Todavía tuvo tiempo de leer a su amigo Piotr Chaadaev un texto temerario, la primera de las «Cartas flosófcas», que se publicó en 1836 en el número de octubre de la revista moscovita Teleskop. Era un vehemente ataque contra la idea que el régimen tenía de sí mismo. Pushkin declaraba que Rusia estaba aislada entre Europa y Asia a causa de la Iglesia ortodoxa de raigambre bizantina y las crueldades del gobierno, no tenía idea nacional ni futuro, no conocía ni la evolución ni el progreso. Su única salvación consistía en acercarse a Europa. Según Alexander Herzen, la publicación de la carta fue como una «descarga de cañonazos en plena noche»: arrancó de su letargo a los luchadores por la libertad y obligó a los intelectuales a refexionar sobre el camino que Rusia debía emprender. Obvio es decir que la revista Teleskop fue prohibida inmediatamente, su editor fue relevado de su cátedra en la Universidad de Moscú

 

sin pensión y el autor —demasiado lúcido— fue declarado loco. Posteriormente volvemos a encontrar en la Unión Soviética y en la República Democrática Alemana esta lógica implacable según la cual hay que estar loco para polemizar con las circunstancias vigentes.

 

También hubo intentos de ilustración más sutiles. El jurista Mijaíl Petrashevski, siguiendo el modelo de Diderot, aprovechó su labor en un diccionario para formular una crítica de amplio alcance. La entrada «negróflo» contenía un repudio enérgico de la servidumbre, bajo «nacionalidad» abogaba por una sociedad abierta al mundo y en la entrada «oscurantismo» sometía a la Iglesia a una dura crítica. El segundo volumen, que dirigió hasta su detención, eludió la censura y se publicó en 1852. Antes de que la Sección Tercera tuviera tiempo de leerlo, se vendieron 345 de los dos mil ejemplares impresos. En 1853 se prohibió el diccionario y la policía quemó el resto de la edición.

 

La mayoría de los textos de la oposición circulaban en copias, ya se tratara de poemas o de escritos más largos. A



 

 

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menudo alguien los traía de un viaje y los leía en el círculo de sus correligionarios. Desde 1845, uno de esos grupos se reunía todos los viernes en casa de Mijaíl Petrashevski. No era una sociedad secreta, pero tampoco un salón artístico. Se hablaba con franqueza y libertad sobre la supresión de la censura y la servidumbre, pero especialmente sobre las teorías de los socialistas utópicos franceses. Petrashevski tenía una extensa colección de libros prohibidos en Rusia, que en parte se hacía traer de Leipzig y, en parte, cogía de los libros confscados, aprovechando su condición de funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores.

 

A este círculo se integró en 1847 Fiodor Dostoievski, que había estudiado ingeniería en San Petersburgo pero luego se dedicó exclusivamente a la literatura. Su primera novela, Pobre gente, acababa de publicarse en una revista peterburguesa y había obtenido críticas muy favorables de Belinski, famoso crítico que reclamaba que la literatura evolucionara del romanticismo al realismo crítico-social. Belinski había salvado de la censura la novela de Gógol Las almas muertas (1842) y se indignó profundamente cuando este autor, que fue presa de la manía religiosa en Italia, publicó una justifcación de la servidumbre y del régimen zarista en 1847. Belinski sufría una enfermedad en estado muy avanzado y no temía ya las consecuencias que pudieran acarrearle sus acciones, así que respondió con su célebre «Carta a Gógol». El texto no solo contiene la amarga queja por el giro espiritual de Gógol, sino que, en una suerte de testamento político, Belinski expone la situación catastrófca de Rusia ante los ojos del escritor que vivía en el extranjero desde hacía diez años, antes de concluir que la lucha contra la servidumbre y los mecanismos de opresión del régimen zarista era la tarea más urgente del pueblo ruso y sus poetas.



 

 

 

 

 

 

 

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Como reacción a la revolución francesa de febrero de 1848, Nicolás I creó un Comité para la vigilancia suprema del espíritu y el propósito de las publicaciones privadas, que solo debía informarlo a él. Se consideraba publicación privada la lectura de un texto inédito no autorizado por la censura. Después de que un infltrado en el círculo de Petrashevski informara de que Dostoievski había leído la «Carta a Gógol», la policía asaltó la vivienda en la que se reunía el grupo, detuvo a treinta y cinco personas y confscó todos los libros y documentos. Se celebró un juicio secreto en el que se impuso la pena capital a veintiuna personas, pero se recomendó a Su Majestad que suavizara la condena. El zar concedió su gracia, pero solo se informó de ello a los condenados una vez concluidos los preparativos de la ejecución y cuando ya estaban enfrente del pelotón de fusilamiento. Dostoievski lo describiría más tarde:

 

 

 

Ya habían atado a los postes a tres camaradas y les habían cubierto la cabeza con un saco. Delante de ellos formaban los soldados, esperando la fatídica orden de «¡Fuego!». Pensé que me quedaban cinco minutos de vida.

 

Tales simulacros de ejecución eran frecuentes. Al anunciar en el último instante la gracia del zar se pretendía ensalzar la bondad de Nicolás I y el interés que tenía por la vida de sus súbditos. Para Dostoievski, al que la sentencia consideraba el reo principal por haber leído la «carta criminal que el literato Belinski había dirigido contra la religión y el gobierno», este acto de gracia signifcó cuatro años de trabajos forzados en el presidio de Omsk, al término de los cuales tendría que servir como soldado raso. Petrashevski era el otro principal acusado, pues había permitido la lectura y no la había anunciado, y fue «indultado» con seis años de trabajos forzados en Siberia. Nunca más volvería a San Petersburgo.

 

Dostoievski cumplió la condena en el presidio de Omsk, en Siberia occidental, en compañía de asesinos, delincuentes



 

 

 

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sexuales y ladrones; las Memorias de la casa muerta ofrecen una imagen cruda de aquellos años. En 1854 tuvo que empezar a servir como soldado en Semipalatinsk; hasta 1859 no le concedió la libertad el zar Alejandro II, sucesor de Nicolás, y pudo regresar a San Petersburgo. La experiencia de la cárcel operó en él una «purifcación» en el sentido zarista: si antes propugnaba una transformación social y política radical, ahora declaraba que la misión de la intelligentsia era escuchar al pueblo sencillo, vivir humildemente junto a él y fomentar la renovación religiosa de Rusia. En las novelas que escribiría en lo sucesivo —a menudo con apresuramiento, urgido por la necesidad económica— polemizó contra las aspiraciones democráticas, oponiéndolas a la aceptación fatalista del dolor y la glorifcación de la humildad resignada. La única salvación para los humillados y ofendidos radicaba en la Iglesia ortodoxa, a la que —a su juicio— el Estado debía asimilarse si quería subsistir. Pese a ello, describió el sufrimiento de las clases bajas con tanta vivacidad y dramatismo, por ejemplo en Los hermanos Karamázov, que el lector contemporáneo interpretó su obra como una crítica a la sociedad actual y no dio demasiada importancia a la doctrina religiosa de la salvación. Hasta hoy, la fama de Dostoievski se fundamenta en su compasión con los oprimidos, malentendida como ética humanista, en su piedad con el pueblo esclavizado, al cual, más que la conmiseración, habría ayudado un proceso revolucionario. Como autor estelar del régimen zarista, en 1880, poco antes de su muerte, pronunció un discurso con motivo del descubrimiento del monumento de Pushkin en Moscú. Se refrió al poeta, tan superior a él artísticamente, como a un miembro desdichado de una sociedad separada del pueblo y conminó al difunto: «¡Humíllate, hombre orgulloso!». Dostoievski murió el 9 de febrero de 1881 en San Petersburgo, coronado por el éxito y afigido.



 

 

 

 

 

 

 

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Para el centenario de la muerte de Pushkin, en 1937, Mijaíl Bulgákov escribió una obra de teatro sobre los últimos días del poeta. Una intriga cortesana llevó a batirse en duelo al escritor, víctima de un sistema en el que, como se dice en la pieza, «unos indignos que tratan al pueblo como esclavos detentan un poder ilimitado sobre el país». La única posibilidad de expresar la crítica al zar rojo Stalin parecía consistir en camufarla con un ropaje histórico, pero tales trucos no engañaban a los censores soviéticos. La obra fue eliminada del plan de ensayos y hasta 1939 no se le dispensó la autorización para ser representada en una versión censurada que Bulgákov no llegaría a ver.

 

Bulgákov fue un autor de éxito en la primera década posterior a la revolución de octubre, cuando las artes todavía no tenían que ajustarse forzosamente a la estética proletaria; reinaba entonces una libertad de formas expresivas como nunca había existido en Rusia, una coexistencia creativa de las más diversas tendencias estilísticas en la que convivían desde los simbolistas, que llegaron a Rusia con retraso, hasta los constructivistas, que abrieron nuevas vías. El país, muy atrasado económica y técnicamente, daba muestras de pertenecer a la vanguardia artística europea. La revolución había celebrado su victoria en San Petersburgo, pero Moscú era su lugar de trabajo. Bulgákov procedía de una familia de académicos de Kiev, luchó como médico en el ejército «blanco» ucraniano contra los «rojos» y en 1919 publicó los primeros artículos contra la «inquisición soviética» en diarios de los «blancos». Cuando llegó a Moscú en 1921 nadie conocía sus antecedentes. Moscú era el gran terreno de obras de la revolución. En esta ciudad se escenifcaba la transvaloración de todos los valores ante la vista de los transeúntes y Bulgákov escribía su diario como un reportero incansable. Su primera



 

 

 

 

 

 

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obra literaria se titulaba Notas en los puños y se publicó parcialmente en 1922 en un periódico berlinés de exiliados rusos. En 1923 obtuvo un empleo en el periódico del sindicato más importante. Puesto que, en unas condiciones económicas catastrófcas, escribió con numerosos pseudónimos para varios periódicos, ha resultado imposible catalogar toda su obra periodística. Los artículos identifcados lo muestran como un valiente autor satírico, aunque muchas veces los lectores actuales tendemos a interpretar como una sátira lo que no era más que el refejo de la vida cotidiana soviética. La revolución soviética orquestada por Lenin y Trotski era una revolución permanente en cuyo término se encontraba la sociedad comunista y que se proponía crear un hombre nuevo, pero ante un propósito tan aterrador los providentes dioses colocaron la sátira. Mijaíl Bulgákov fue un virtuoso del género: amplió su repertorio temático con motivos de la ciencia fcción, recuperó las pesadillas de Gógol, exageró acontecimientos innocuos hasta que adquirían proporciones siniestras, y todo ello sin separarse demasiado de la realidad soviética. La lucha contra la hidra de la burocracia, la preocupación obsesiva por el sustento diario, la agresividad de la plebe y la corrupta arrogancia del nuevo hombre que creó el capitalismo de Estado de Lenin constituían la opresiva realidad que sirvió de base al ingenio sardónico de Bulgákov para forjar sus Diabluras. El libro se publicó en 1925 sin uno de sus relatos, «Corazón de perro», en el que un científco implanta unos testículos humanos a Shárik, un perro callejero de Moscú, y este se transforma en el camarada Shárikov, un proletario soez y violento que resulta mucho más desagradable que en su anterior existencia perruna. El jefe del partido de Moscú prohibió su publicación al considerar que era «un libelo corrosivo contra el presente», aunque también lo eran los otros cinco relatos que contenía el libro. En «Los huevos fatales», por ejemplo, un profesor inventa



 

 

 

 

 

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un rayo de luz roja que acelera vertiginosamente la multiplicación de células orgánicas. Para reimplantar en la Unión Soviética la población de gallinas, exterminada por una epidemia, se decide incubar con la luz roja los huevos importados de Alemania, pero los funcionarios del centro de investigación confunden los huevos de gallina con los de réptil y una población gigantesca de serpientes y lagartos recorre el país devorando todo lo que encuentra a su paso y dejando tras de sí un paisaje de muerte y devastación: una clara parábola de la turbamulta revolucionaria. El libro llegó a distribuirse, pero las autoridades ordenaron su retirada. Un año después se hizo una nueva edición, que también fue prohibida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Primera página del manuscrito de «Corazón de perro» con las correcciones manuscritas de Mijaíl Bulgákov. En la parte superior, una anotación manuscrita del redactor jefe de la revista Nedra: «No se puede imprimir».

 

Cuando en 1925 se publicó en la revista Rossija el primer tercio de la novela La guardia blanca, el comisario popular para



 

 

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la instrucción pública, Lunacharski, ordenó la suspensión de la revista sin pensárselo dos veces. Por supuesto, la edición del libro ya no era posible. La versión teatral de la novela sufrió varias revisiones; incluso después del ensayo general la censura exigió una nueva versión, con lo que el estreno se retrasó cuatro meses más. El estreno en el Teatro Artístico de Moscú cosechó un gran éxito de público. Stalin se mostró entusiasmado y asistió al menos a una docena de representaciones de Los días de los Turbín. En muy poco tiempo Bulgákov obtuvo otros dos éxitos con la comedia El apartamento de Zoya (1926), parodia de la Nueva Política Económica y sus logreros, y el brillante panóptico La isla púrpura (1928), obra de teatro dentro del teatro con tintes surrealistas que contenía una crítica contra la censura; pero el contenido de sus obras propició los ataques de sus enemigos. Las estampas grotescas que componían La huida aceleraron el fnal. En marzo de 1928 Bulgákov entregó la pieza al Teatro Artístico y solicitó permiso para un viaje al extranjero que debía durar dos meses. Quería regresar a Moscú para el estreno de La huida. La solicitud le fue denegada y la nueva obra no obtuvo el permiso de representación.

 

En el destino de Mijaíl Bulgákov se hace visible la ruptura entre una política literaria abierta como la que representaba Trotski y el frente proletario unitario, defensor de la agitación y propaganda y el culto al proletariado, que se impuso tras el destierro del líder revolucionario. Los autores debían formar brigadas para hacer propaganda de los éxitos del primer plan quinquenal; su cometido se limitaba a suministrar informes verídicos sobre la economía colectiva y el progreso técnico. En 1927 la Komsomólskaia Pravda ya tachó a Bulgákov de «descendiente neoburgués, que lanza escupitajos emponzoñados pero impotentes sobre la clase trabajadora y sus ideales comunistas[17]». En el breve período de su éxito había subrayado ya en su aspecto externo, con la elegancia de su



 

 

 

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monóculo y su mosca, la distancia que lo separaba de los representantes del culto proletario. Ahora estos habían vencido y se vengaron. Sus obras de teatro desaparecieron del repertorio, ninguna editorial se atrevía a publicar su prosa, los ingresos se agotaron y Bulgákov perdió su medio de subsistencia. Con todo, siguió escribiendo… para el cajón. Escribió una obra de teatro sobre Moliere y una novela que más tarde llevaría por título El maestro y Margarita y que no llegaría a ver publicada. En una carta a Stalin de julio de 1929 pidió autorización para ir a vivir al extranjero. Ninguna respuesta. En septiembre repitió su ruego a Maxim Gorki:

 

¿Para qué retener a un escritor en un país donde sus obras no pueden existir? Pido que mi caso sea tratado con humanitarismo y se me conceda permiso para abandonar el país.

 

De nuevo, ninguna respuesta. En otra carta a Stalin, tras nueve meses de espera, se muestra como un frme defensor de la libertad literaria:

 

La lucha contra la censura, cualquiera que sea, y cualquiera que sea el poder que la detente, representa mi deber de escritor, así como la exigencia de una prensa libre. Soy un ferviente admirador de esa libertad y creo que, si algún escritor intentara demostrar que la libertad no le es necesaria, se asemejaría a un pez que asegura públicamente que el agua no le es imprescindible[18].

 

Acto seguido, pasa a defender sus obras, en las que representa

 

las innumerables monstruosidades de nuestra vida cotidiana, el veneno que impregna mi lengua, mi profundo escepticismo respecto al proceso revolucionario que tiene lugar en mi atrasado país y al que opongo mi preferencia por el concepto de Gran Evolución; y lo más importante: la representación de los terribles rasgos de mi pueblo […].[19]

 

No obstante, no se engaña:

 

No solo están condenadas mis obras anteriores, sino también las actuales, al igual que todas las que escriba en el futuro[20].



 

 

 

 

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Por eso vuelve a pedir que lo autoricen a abandonar el reino de Stalin.

 

Esta temeraria carta del 28 de marzo de 1930 podría haberle costado la vida, pero Stalin, que por mucho menos había mandado fusilar a otros, lo dejó vivir y seguir trabajando. Tres semanas después Maiakovski se suicidó porque no veía ningún futuro para su obra. Bulgákov concibió esperanzas tras una conversación telefónica con Stalin, pero lo único que logró fue que se estrenara su obra sobre Moliere en 1936 y que el Politburó la prohibiera después de siete representaciones. Hasta su muerte, en 1940, no se publicó ninguna otra obra suya. Su obra más importante, la novela El maestro y Margarita, se publicó en 1966 en la Unión Soviética en una versión censurada.

 

Bulgákov vivió con el temor constante de ser detenido y condenado según el artículo 59, párrafo 10, del Código penal, que tipifcaba las sátiras como actividad y propaganda antisoviética. La pena más suave era el Gulag. Los contactos con el extranjero, por ejemplo con editores extranjeros, podían costar la acusación de espionaje y el fusilamiento. Desde mediados de la década de 1920 se trató seriamente en la prensa del partido la cuestión de si todavía debían permitirse las sátiras, ya que se burlaban del Estado proletario y hacían temblar sus fundamentos. Se llegó a la conclusión de que la sátira ya no encontraría ningún punto de ataque una vez que se alcanzara el comunismo perfecto, pero que hasta ese momento debía prohibirse. El Estado consideraba especialmente peligrosos los chistes políticos. El artículo citado prohibía contar, escuchar o escribir «anekdoty», como se llamaba a esos chistes. Tras la muerte de Stalin, en 1953, los presos del Gulag fueron liberados y rehabilitados; fue un chiste lo que había llevado a doscientos mil de ellos al campo de concentración. Con todo, los chistes políticos seguían circulando. Por ejemplo:



 

 

 

 

 

 

 

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«¿Cuáles fueron las últimas palabras de Maiakovski antes de suicidarse? “¡No disparéis, camaradas!”».

 

Una de las numerosas personas que Bulgákov vio desaparecer repentinamente fue su colega Borís Pilniak. En una publicación miscelánea que editó Maxim Gorki en 1934 y se regaló a todos los asistentes al decimoséptimo congreso del PCUS, Pilniak ensalzaba los trabajos forzados en la construcción del canal que debía unir el mar Blanco y el Báltico. Tres años después ya no se podía hablar de este crimen; el libro fue prohibido y retirado de la circulación. El desdichado escritor fue acusado de atentar contra la Unión Soviética y en 1938 fue ejecutado. Se contaba el siguiente chiste: «¿Quién cavó el canal? La parte derecha la cavaron los que contaban chistes, y la izquierda, los que los escuchaban».

 

 

 

 

 

El breve período de «deshielo» que siguió a la muerte de Stalin no tuvo efecto alguno en Borís Pasternak. Este autor, nacido en el seno de una familia judía, había publicado tiempo atrás libros de poesía que no se ajustaban a la línea del partido. A causa de su actitud apolítica, la Asociación de Escritores Soviéticos le retiró el permiso de publicación en 1932. Dos años después empezó a escribir los primeros borradores de la novela Doctor Zhivago. Se ganaba la vida con sus traducciones de las tragedias de Shakespeare, el Fausto de Goethe, El príncipe de Homburg de Kleist y la poesía de su venerado Rainer Maria Rilke. En 1943, el Ejército Rojo lo mandó a la guerra con una brigada de escritores, experiencia que elaboró poéticamente en la antología En trenes de la mañana.

 

Mientras se presentaba como traductor ante la opinión pública, el partido y el servicio secreto, escribía clandestinamente su única novela. La terminó en la primavera de 1956, a los sesenta y seis años, y solicitó el permiso de



 

 

 

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impresión a la asociación de escritores. En la misma época Jruschov desveló en el XX Congreso del PCUS los crímenes de la era de Stalin (en absoluto desconocidos) y no solo en el este se esperaba el fn de la era glacial. No obstante, la asociación de escritores y el partido prohibieron la publicación de la novela por su «espíritu contrarrevolucionario» y la «actitud patológicamente individualista de los protagonistas». Nada había cambiado, el ámbito literario seguía regido por directrices doctrinarias.

 

Pasternak sufrió un ataque cardíaco y, como quería ver publicada su novela, pasó a la ofensiva: mandó clandestinamente al oeste cinco ejemplares del manuscrito sin corregir, para reducir al máximo el riesgo de pérdida. La policía secreta podía irrumpir en cualquier momento en su casa de Peredelkino, una colonia de artistas de Moscú, o en casa de su amante, Olga Ivínskaia, que vivía en el pueblo vecino de Ismalkovo y era su secretaria y agente literaria. El KGB ya la había utilizado para presionar a Pasternak cuando en 1949 la condenaron a cinco años en un campo de trabajo «debido a su cercanía a personas sospechosas de espionaje».

 

Enviar la novela al extranjero fue una decisión inteligente. Pasternak quería confar el manuscrito al mayor número posible de personas, pero con su máquina de escribir no pudo hacer más que cinco copias. Entregó un ejemplar al editor milanés Feltrinelli, entonces todavía un comunista reformista convencido. Pasternak le encargó la publicación de una edición italiana y lo autorizó a traducir el libro a otros idiomas. Los acontecimientos se sucedieron a gran velocidad. En todo el mundo literario se empezó a hablar de la existencia del manuscrito sacado clandestinamente de la Unión Soviética. Para proteger al autor de las intrusiones del Estado, a principios de verano de 1956 Albert Camus lo propuso para el Premio Nobel, pero una de las condiciones para optar al galardón era



 

 

 

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que la novela estuviera publicada en la lengua de su país. Feltrinelli no tenía la intención de editar el libro en ruso, pues la empresa no le reportaría benefcios. De todos modos, tuvo que justifcarse ante su partido por haber editado Doctor Zhivago, ya que la novela transgredía la línea ideológica impuesta por su dirección. La sangrienta represión de la revuelta de Hungría cambió radicalmente la atmósfera política y muchos simpatizantes del PC, con Jean-Paul Sartre a la cabeza, rompieron con el partido. Este cambio brusco, que de repente dejaba en la cuneta a los poderosos comunistas franceses, fue registrado por la tropa de propaganda de la CIA que actuaba en París bajo el nombre fcticio de «Congress for Cultural Freedom» y que ahora tomó la iniciativa. A principios de noviembre, el avión que llevaba el manuscrito de Pasternak de Milán a Roma, donde lo esperaba su traductor, fue desviado a Malta y los pasajeros tuvieron que desalojar el aparato durante dos horas, el tiempo que tardaron los agentes en fotocopiar el manuscrito en la ofcina del aeropuerto y volverlo a guardar en el equipaje. Así, en 1958 pudo imprimirse en La Haya la versión rusa de la novela, que posibilitaría la elección del autor para el Premio Nobel. La repercusión propagandística contra el régimen soviético fue aún mayor de lo esperado, puesto que en muy poco tiempo el libro se tradujo a dieciocho lenguas y de este modo se convirtió en el primer best seller mundial de la historia. Lo que la CIA no sabía es que el ejemplar de Feltrinelli no se había corregido; así, no es extraño que en la primera edición rusa hubiera más de seiscientas erratas.

 

Pasternak, que no pudo aceptar el premio a causa de las presiones del partido comunista, envió el siguiente telegrama a Estocolmo:

 

Debido al signifcado que se le da a este premio en la sociedad a la que pertenezco, he de renunciar al inmerecido premio que se me ha concedido. Espero que no tome por una descortesía mi renuncia voluntaria.



 

 

 

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La prensa y la televisión soviéticas lanzaron una campaña difamatoria contra Pasternak que casi lo llevó al suicidio. La novela no se pudo publicar en la Unión Soviética hasta 1987, durante la presidencia de Mijaíl Gorbachov, veintisiete años después de la muerte del autor.

 

Las obras de Solzhenitsyn son más peligrosas para nosotros que las de Pasternak. Pasternak era un ingenuo, pero Solzhenitsyn tiene un temperamento vivaz, es combativo, ideológicamente comprometido y un hombre de principios.

 

 

 

 

 

 

Hasta más tarde no se revelaría lo acertado de esta opinión expresada por Alexéi Surkov en la sesión de la Asociación de Escritores Soviéticos del 22 de septiembre de 1967. Lo que sigue siendo un enigma es cómo se llegó a creer, tras la experiencia con Pasternak, que bastaba con prohibir los libros de Solzhenitsyn para neutralizar su peligrosidad. Solzhenitsyn era entonces el autor más famoso y más leído en su patria, distinción que había alcanzado con un único relato breve. Un día en la vida de Iván Denísovich se había publicado en noviembre de 1962 en Novi Mir, el órgano ofcial de la asociación de escritores. La edición de 95 000 ejemplares se agotó en pocas horas, al igual que la edición en forma de libro de enero de 1963 (100 000 ejemplares) y la edición del periódico Roman Gazeta (700 000). El relato sobre la vida cotidiana en un campo de castigo se ajustaba al concepto de Jruschov de la desestalinización: criticaba al dictador, pero no el sistema. Solzhenitsyn recibió unas críticas magnífcas, fue agasajado y paseado por el país, otros autores se referían a él; en resumen: era la estrella, el modelo y la autoridad literaria del período del deshielo.

 

Tras la caída de Jruschov, en octubre de 1964, volvió la era glacial. Los autores Andréi Siniavski y Yuli Daniel fueron



 

 

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condenados a siete y cinco años de cárcel, respectivamente, porque con pseudónimos no declarados («Abram Terz» y «Nikolai Arzak») habían publicado escritos hostiles al Estado en el interior del país y en el extranjero. El servicio secreto confscó el manuscrito de El primer círculo de Solzhenitsyn en el apartamento moscovita de un amigo del autor. Aleksandr Tvardovski, que había descubierto y publicado a Solzhenitsyn en calidad de redactor jefe de Novi Mir, fue relevado por Konstantín Fedin y en marzo de 1966 no fue admitido como delegado en el XXIII Congreso del PCUS. En nombre de los escritores habló Mijaíl Shólojov, que abordó el caso Siniavski/Daniel a la manera estaliniana:

 

Son hombres sin moral. Me avergüenzo de quienes todavía intentan disculparlos. […] Dondequiera que hable una persona de la Unión Soviética, tiene que hablar como patriota soviético. El Estado soviético es demasiado precioso para nosotros para permitir que lo denigren y difamen sin castigo.

 

Shólojov, el mismo que había elogiado la obra primeriza de Solzhenitsyn sobre un día en un campo de castigo, dos años después exigiría que se le quitara la pluma, pues entonces el célebre autor ya se había convertido en el «caso Solzhenitsyn». En mayo de 1967 el escritor envió una carta a los presidentes y los delegados del IV Congreso de los Escritores Soviéticos, a los miembros de la Asociación de Escritores de la URRS y a las redacciones de los periódicos y las revistas literarias, con lo que difundió cientos de ejemplares del texto. El contenido de la carta era tan monstruoso que en la asociación de escritores no se limitaron a adoptar la famosa actitud de los tres monos sabios (no oír nada, no ver nada, no decir nada), sino que además levantaron las piernas temiendo que el suelo desapareciera de repente bajo sus pies. Solzhenitsyn pedía simple y llanamente la eliminación de la censura estatal:



 

 

 

 

 

 

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Como no tengo acceso a la tribuna de oradores de este congreso, solicito que se debata el siguiente asunto: la represión que nuestra literatura viene sufriendo desde hace décadas por parte de la censura, represión que ya no se puede tolerar y que la asociación de escritores no puede seguir aceptando. Esta censura, que lleva el nombre poco claro de «Glavlit», que no está fjada en la Constitución y, por tanto, es ilegal y a la que en ningún lugar se designa ofcialmente como tal, impone un yugo a nuestra literatura y faculta a personas ignorantes en materia literaria a ejercer una función de control arbitrario sobre los escritores.

 

Con los ejemplos de Dostoievski, Bulgákov, Zamiatin y Pasternak, demostró lo inútil que resultaba la censura ante el juicio de la historia. Explicó que el hecho de que las mejores obras solo se pudieran publicar de forma mutilada había de tener consecuencias sumamente funestas para los futuros talentos y no tenía ninguna infuencia para la obra de los autores sin talento.

 

 

 

La literatura no se puede desarrollar entre las categorías «permitido» y «no permitido», «sobre esto se puede escribir», «sobre eso no» […]. Nuestra literatura ha perdido la relevancia internacional que tuvo a fnales del siglo pasado y a principios de este, ha perdido la luminosidad de los experimentos que la caracterizó en los años veinte. A los ojos del mundo entero la actividad literaria de nuestro país parece ahora mucho más insulsa, trivial y fútil de lo que sería en realidad si no estuviera coartada y encerrada bajo llave. Eso perjudica a nuestro país ante la opinión pública mundial, pero también ante la literatura mundial. […] Propongo que el congreso apruebe una resolución para que se suprima toda forma pública o encubierta de censura literaria y se exima a las editoriales del deber de pedir una autorización para cada línea que quieran publicar.

 

 

En la segunda parte de la carta Solzhenitsyn dirigía fuertes reproches a la Asociación de Escritores, puesto que a su juicio no defendía los derechos de sus representados:

 

Tras el XX Congreso del Partido nos enteramos de que la asociación abandonó a su suerte a más de seiscientos escritores que fueron condenados a prisiones o campos de concentración.



 

 

 

 

 

 

 

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Exigía claras garantías para la protección de los autores ante las difamaciones y las persecuciones injustas, con el fn de impedir que se repitieran las iniquidades del pasado. Protestaba enérgicamente contra la confscación del manuscrito de la novela El primer círculo, que ya había llegado en una copia al oeste y se publicó en contra de su voluntad en 1968:

 

¿Me protegerá la asociación frente a violaciones tan fagrantes de mis derechos de autor y otros derechos? ¿Sí o no?

 

Aunque treinta y cinco años antes Zamiatin ya se había quejado por escrito ante Stalin de la campaña difamatoria que sufría, la carta pública de Solzhenitsyn constituye un caso singular. ¿Era realmente tan ingenuo para creer que la Asociación de Escritores era independiente de las órdenes del comité central y tenía libertad de decisión? Huelga decir que sus propuestas causaron una gran conmoción entre los escritores y no se debatieron. Solzhenitsyn había solicitado la publicación de El primer círculo y Pabellón del cáncer, pero el presidente Konstantín Fedin, a instancias del partido, arrancó el texto de las galeradas del número de enero de Novi Mir. A mediados de enero de 1968 Veniamín Kaverin y Aleksandr Tvardovski dirigieron a Fedin sendas cartas conmovedoras en las que le pedían la restitución del texto, salvando así su propio honor (aunque no el de la asociación), pero en las altas instancias ya se había decidido el destino de Solzhenitsyn. Se prohibió la publicación de sus libros, Un día en la vida de Iván Denísovich desapareció de las librerías y su nombre ya no podía mencionarse en los periódicos y debía eliminarse de las enciclopedias y los libros de otros autores.

 

Cuando se publicaron en el oeste las ediciones piratas de El pabellón del cáncer y El primer círculo, la asociación de escritores expulsó a Solzhenitsyn, tildándolo de enemigo de la sociedad. El escritor reaccionó con sarcasmo:



 

 

 

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Quitad el polvo de vuestros relojes, que atrasan. Retirad las pesadas cortinas que tanto os gustan. Ni siquiera sospecháis que fuera ya se ha hecho de día. Ya no reina la asfxiante y lúgubre situación desesperada de cuando con la misma diligencia expulsasteis a la Ajmátova. Y también ha pasado la época férrea de la intimidación, los días en que ahuyentasteis a Pasternak dando alaridos. ¿No era esta ignominia bastante grande para vosotros? ¿Todavía queréis hacerla más grande? Pero se acerca la hora en que cada uno de vosotros intentará borrar la frma estampada en la resolución de hoy.

 

Tras la publicación en el oeste de Archipiélago Gulag en lengua rusa, Solzhenitsyn fue detenido en 1974, se le retiró la ciudadanía y fue expulsado del país.

 

 

 

Ajmátova, Anna (1889-1966), poeta: Prohibición de escribir 1946-1950.

 

 

Babel, Isaak (1894-1941), novelista y autor dramático: Prohibido en la época de Stalin, detenido en 1939, condenado en 1940 como consecuencia de las purgas estalinistas, murió en el campo de concentración, seguramente ejecutado.

 

 

 

Bunín, Iván (1870-1953), poeta y novelista: Tuvo que abandonar el país después de la revolución y murió en el exilio.

 

 

Galanskov, Yuri (nacido en 1939), poeta: Condenado en 1968 a siete años en un campo de trabajo por publicación ilegal.

 

 

Ginzburg, Aleksandr (1936-2002), publicista: En 1966 editó el Libro Blanco sobre el caso Siniavski/Daniel y en 1967 fue condenado por ello a seis años en un campo de trabajo.



 

 

 

 

 

 

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Yesenin, Serguéi (1895-1925), poeta: Se suicidó decepcionado por el resultado de la revolución, prohibido durante la época de Stalin.

 

 

 

 

Kliúyev, Nikolái (1884-1937), poeta: Detenido y desterrado en 1933, muere en 1937 en una cárcel de Siberia, borrado de la literatura soviética.

 

 

 

Koltsov, Mijaíl (1898-1939), periodista y escritor: Corresponsal de Pravda en la guerra civil española, fusilado como trotskista.

 

 

Kópelev, Lev (1912-1997), escritor: Cuando servía como soldado en la Segunda Guerra Mundial fue condenado a diez años en un campo de concentración por «propagación del humanismo burgués»; por protestar contra el aplastamiento de la «Primavera de Praga», castigado con la prohibición de escribir, la expulsión del partido y la pérdida del puesto docente; exiliado desde 1980.

 

 

 

 

 

Mandelstam, Ósip (1891-1938), poeta: Detenido y desterrado en 1935 por un poema inédito, difundido oralmente, que criticaba a Stalin y empezaba «Vivimos sin sentir el país bajo nuestros pies»; tres años después sufrió una nueva condena a cinco años en un campo de trabajo; murió ese mismo año.

 

 

 

Platónov, Andréi (1899-1951), escritor: En 1929 se le retira el permiso de publicación por opiniones irregulares; prohibición



 

 

 

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de todas sus obras en la Unión Soviética hasta 1958, a partir de entonces publicado solo en ediciones censuradas, mutiladas.

 

 

Zabolotski, Nikolái (1903-1958), poeta: En 1932, su segundo libro de poesía fue destruido antes de la publicación; el autor pasó los años comprendidos entre 1938 y 1946 en un campo de castigo; en 1956 fue rehabilitado.

 

 

 

Zóschenko, Mijaíl (1895-1958), escritor: Durante años uno de los autores satíricos soviéticos más apreciados; en sus ingeniosas miniaturas satiriza la burocracia, la corrupción y las penalidades de la vida cotidiana en la Unión Soviética; prohibición de publicación desde 1935, expulsado de la Asociación de Escritores por decisión del partido en 1946, readmitido en 1956.

 

 

 

 

 

Tarsis, Valeri (1906-1983), escritor: Desde 1960 sus sátiras estuvieron prohibidas en la Unión Soviética por contener una clara crítica al sistema; el autor fue internado en una institución psiquiátrica y puesto en libertad a raíz de protestas internacionales; en 1966 fue desnacionalizado cuando hacía una gira de conferencias por Inglaterra.

 

 

 

Zamiatin, Yevgueni (1884-1937), escritor: Su novela Nosotros, que describe las consecuencias de un sistema totalitario e infuyó en George Orwell y Aldous Huxley, fue prohibida en la Unión Soviética en 1929, y en 1931 el autor fue obligado a emigrar.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Y muchos más. Uno de los pocos colegas de la Asociación de Escritores Soviéticos que abogaron por el permiso de publicación de las novelas de Solzhenitsyn fue Iliá Ehrenburg, quien con su novela Deshielo (1954) dio el nombre a aquellos años. Ehrenburg pidió la rehabilitación de los autores perseguidos o asesinados durante el estalinismo con la misma intensidad con que anteriormente había guardado silencio sobre los crímenes del dictador. Como diría más tarde:

 

Si somos escritores soviéticos y todavía estamos con vida es porque somos los mejores acróbatas del mundo.

 

Su vida entera fue un ejercicio de funambulismo entre la más férrea disciplina de partido y la generosa amplitud de miras. Cayó en desgracia varias veces y se le prohibió publicar. El libro negro que escribió junto con Vasili Grossman, el primer documento sobre los crímenes de la Wehrmacht alemana contra los judíos soviéticos, no se pudo publicar en la Unión Soviética; las galeradas ya compuestas fueron destruidas en 1948 como consecuencia de las campañas antisemitas de Stalin. Ehrenburg sobrevivió en 1949 a la persecución de los «cosmopolitas desarraigados», que se saldó con el asesinato de casi todos sus compañeros de lucha del Comité Judío Antifascista. Como si no supiera nada del asesinato de su colaborador Solomón Mijoels, crimen disfrazado como un accidente de coche, en el discurso que pronunció en su funeral elogió sus méritos en la lucha de los judíos en Palestina.

 

Probablemente, Ehrenburg fue el más habilidoso funámbulo que produjo el régimen comunista. En sus ensayos de historia literaria («Las lecciones de Stendhal», 1957, y «Relectura de Chéjov») expresó veladamente el rechazo de toda forma de dictadura, por más humanitaria que se pretendiera, y la crítica del estrecho dogmatismo de la literatura partidista; las traducciones de Ernest Hemingway, Alberto Moravia, Paul



 

 

 

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Éluard y Jean-Paul Sartre se debieron a su iniciativa, como también la publicación de El diario de Ana Frank (1960) con un prólogo suyo.

 

En 1961, su autobiografa Gentes, años, vida solo pudo publicarse en la Unión Soviética de forma fragmentaria y tras duras luchas con la censura, pues describía sus encuentros amistosos con Picasso, Mandelstam o Pasternak. La primera edición en dos volúmenes publicada en la Alemania occidental (Múnich, 1962, 1965) se basa en la versión soviética mutilada. En la RDA el estalinismo tardó algo más en desaparecer, por lo que hasta 1978 no se publicó allí una traducción de la versión censurada. Hasta 1989 no se publicaron en un volumen separado las partes que faltaban, recuperadas de las obras póstumas del autor.

 

Ehrenburg no fue un gran escritor; era el autor de unas dos docenas de novelas que han quedado anticuadas y que hasta 1937 se pudieron publicar en la Alemania nazi. Su autobiografa, sin embargo, ofrece un importante documento, la historia involuntariamente aventurera de la vida contradictoria de quien fue ciudadano del mundo y soldado del partido. El olvido al que hemos relegado esta biografa tiene un motivo. Firmados con el pseudónimo de «Jürgen Torwald», en 1950 se publicaron dos libros pseudodocumentales sobre los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial en el este: Comenzó en el Vístula y Terminó en el Elba. Los dos libros se reunieron bajo el título Die große Flucht [«La gran huida»] y se editaron en tiradas enormes. La mezcla de fcción y hechos históricamente documentados, que para el lector resultaba imposible de desentrañar, hizo del «relato verídico» de Torwald una obra de referencia que ha determinado la imagen que se tiene aún hoy del avance ruso y la gran huida de los alemanes. No hace falta que ahora nos detengamos en el hecho de que detrás del pseudónimo «Jürgen Torwald» se escondía el



 

 

 

 

 

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escritor nazi Heinz Bongartz, quien inventó la leyenda del Lufmacht Deutschland [«El poderío aéreo alemán»] (1939) y glorifcó los crímenes cometidos por la Legión Cóndor en la guerra civil española: esto se puede encontrar en Google y David Oels ha colgado en la red un interesantísimo artículo sobre Torwald y su recepción en la República Federal. Lo que ahora nos interesa es que en Comenzó en el Vístula Torwald presenta a un comandante del Grupo de Ejércitos Norte que, para restaurar el ardor guerrero de sus tropas desmoralizadas, les lee una proclama a los soldados soviéticos escrita supuestamente por Ehrenburg:

 

 

 

Iliá Ehrenburg exhorta a los pueblos asiáticos a violar a las mujeres alemanas:

 

«Tomad las mujeres rubias, ¡son vuestro botín!».

 

Jürgen Torwald describió este episodio como se lo contaron a él, sin comprobar si era verídico. Esa supuesta exhortación de Ehrenburg a violar a las mujeres alemanas era una falsifcación de Goebbels, que se basó en algunos artículos publicados en el periódico del ejército Krásnaya zvezdá y de los que Ehrenburg ya se había distanciado en esa misma publicación:

 

Antaño los alemanes falsifcaban documentos de importancia histórica.

 

Actualmente han descendido hasta el punto de falsifcar mis artículos.

 

Sin embargo, Torwald no faltó al rigor histórico cuando citó otras arengas de Ehrenburg a los soldados soviéticos:

 

Cuando en tu sector del frente reine la calma, cuando esperes la llegada de la lucha, mata al alemán antes de la lucha. Si dejas vivir al alemán, este colgará a un hombre ruso y violará a una mujer rusa. Si has matado a un alemán, mata a otro: no hay nada más bello para nosotros que los cadáveres alemanes. No cuentes los días, no cuentes los kilómetros. Cuenta solo una cosa: los alemanes que has matado. «¡Mata a los alemanes!», te pide la vieja madre. «¡Mata a los alemanes!», te suplica el hijo. «¡Mata a los alemanes!», clama la tierra natal. No apuntes más allá. No dispares a un lado. ¡Mata!



 

 

 

 

 

 

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Estas frases, que citamos de forma más extensa que Torwald, se publicaron el 24 de julio de 1942 en el periódico del ejército, y les seguirían otras proclamas parecidas, pero en ninguna de ellas aparecía la llamada a la violación. Semejantes artículos propagandísticos eran entonces un medio legítimo para motivar a los soldados para que aniquilaran al agresor a cualquier precio: el destino de la nación estaba en juego. Los artículos de guerra de Ehrenburg, casi mil quinientos en cuatro años, hicieron de él un autor popular. Algunos de ellos fueron transmitidos por la United Press y publicados en La Marseillaise (el periódico de la Francia libre) y en periódicos británicos y suecos. Le valieron a su autor la Medalla de Lenin en 1944, y en 1945 Charles de Gaulle le concedió la Cruz de Ofcial de la Legión de Honor por sus méritos.

 

La actitud de Ehrenburg era inequívoca: odiaba a los fascistas porque lo habían obligado —a él que era un ciudadano del mundo— a llamar al odio y, de ese modo, a destruir los grandes sueños de una Europa progresista. En uno de sus artículos de guerra citados en su autobiografa escribió:

 

Europa soñaba en la estratosfera, ahora tiene que vivir como un topo en refugios antiaéreos y cabañas de tierra. El oscurecimiento del siglo es obra de Hitler y sus cómplices. No solo odiamos a los alemanes porque asesinan cruelmente a nuestros hijos, sino también porque nos obligan a matarlos, porque de la gran riqueza del lenguaje humano solo ha quedado la palabra «¡matad!». ¡Odiamos a los alemanes porque nos han robado la vida!

 

Y añade:

 

Los jóvenes de hoy apenas comprenderán lo que hemos tenido que soportar. Años de oscurecimiento total, años de odio, una vida robada, echada a perder[…].

 

Los artículos de guerra de Ehrenburg habrían caído en el olvido después de 1945 si Torwald no los hubiera citado en su docufcción (de la que se vendieron millones de ejemplares),



 

 

 

 

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mezclados con la exhortación falsifcada. Cuando las memorias se publicaron en la República Federal de Alemania a principios de los años sesenta, la National-und Soldatenzeitung y otras revistas escoradas a la derecha explotaron este material y persuadieron a los libreros para que hicieran un boicot que en la práctica equivalió a una prohibición.

 

Esos boicots extraofciales no fueron una rareza en el clima de la Guerra Fría. No afectaban a autores como por ejemplo Werner Beumelburg, que pudo continuar sin ninguna traba su popular ensalzamiento del Reich, sino que se dirigían contra los exiliados en la era del nacionalsocialismo que continuaron desde el extranjero su actividad literaria contra el Tercer Reich y ahora encontraron una nueva patria editorial en la parte socialista de Alemania. El 31 de diciembre de 1951 Lion Feuchtwanger escribió desde California a Arnold Zweig, en Berlín oriental:

 

 

 

Los libreros de Alemania occidental me comunican que el hecho de que mis libros hayan sido publicados por editoriales de Alemania oriental difculta en gran medida la venta de mis libros publicados por editoriales de Alemania occidental.

 

 

Un autor que publicaba en el este era considerado comunista; un librero de la Alemania occidental que vendiera sus libros se arriesgaba a ser expulsado del Gremio Profesional de Libreros Alemanes. Estas medidas (no sancionadas por el Estado) equivalían a una prohibición y durante mucho tiempo impidieron la recepción de la literatura del exilio. Incluso un autor tan famoso como Lion Feuchtwanger fue «redescubierto» en la República Federal en 1984 con motivo de su centenario.

 

El clima de la Guerra Fría hizo que en 1952 el consejero de Cultura de Berlín occidental prohibiera un proyecto de exposición con dibujos de Picasso porque en ella se mostraban algunas obras con la famosa «paloma de la paz». Picasso había



 

 

 

 

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dibujado este motivo en 1949 a instancias de Ehrenburg para el Congreso de la Paz celebrado en París, pero también era el emblema que adornaba el telón del Berliner Ensemble de Brecht en Berlín oriental. Por consiguiente, para el consejero esa paloma simbolizaba la ideología comunista. Aún faltaba mucho para que se superara el «oscurecimiento del siglo» del que hablara Ehrenburg.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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MENTIRAS Y ENGAÑOS

 

 

 

El hombre nuevo surgido de las ruinas era una patraña. Los supervivientes comunistas de los campos de concentración nazis pusieron la primera piedra del mito antifascista de la fundación de un nuevo Estado, la República Democrática Alemana. El idealismo que inspiraba a los «vencedores de la historia» en la construcción de un orden social cargado de futuro era grande y ciego no solo entre la juventud. El «Grupo Ulbricht», formado por exiliados alemanes en Moscú, se regía por la consigna: «Que parezca democrático, pero tenemos que controlarlo todo». Eso se consiguió con la ayuda de los antiguos nacionalsocialistas a los que se amnistió masivamente dos meses antes de la fundación del nuevo Estado. En virtud de la resolución del comité central del Partido Socialista Unifcado (SED) del 2 de agosto de 1948, a los altos funcionarios nazis no les esperaba el cadalso, sino cargos importantes en la dirección del Estado. En esa fase de afanzamiento del poder, la mayor parte de los que sabían lo que estaba ocurriendo mantuvieron la boca cerrada. Quienes criticaron ese conchabamiento con los nazis fueron tachados de enemigos del pueblo e internados en alguno de los antiguos campos de concentración, como Buchenwald o Sachsenhausen, que la potencia ocupante soviética utilizó como «campos especiales» hasta 1950. La segunda dictadura alemana había aprendido de la historia.

 

La estrecha alianza entre nacionalsocialistas y comunistas había empezado como una comunidad de interés en los campos



 

 

 

 

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de concentración, cuando los presos comunistas alemanes y polacos se ofrecieron como capos a la administración de las SS, es decir, como vigilantes dentro de la compleja jerarquía de los campos. El interés común era el mantenimiento del orden a cualquier precio. Los presos comunistas, bien organizados, se aseguraron su propia supervivencia por medio de un régimen de terror dentro de los campos que comprendía desde las denuncias hasta los asesinatos internos. Como grupo organizado, tras 1945 determinaron su imagen en la opinión pública como los únicos resistentes en los campos de concentración; en 1953 el SED prohibió la Asociación de Víctimas del Régimen Nazi porque albergaba a intelectuales burgueses cuya resistencia se documentaba en la revista Die Tat, igualmente prohibida.

 

En octubre de 1948 se publicó en la editorial Volk und Welt el diario que el comunista holandés Nico Rost escribió en el campo de concentración, titulado Goethe in Dachau [«Goethe en Dachau»], un importante testimonio de la época todavía hoy digno de leerse y cuya reedición tras la caída del muro, con un apéndice documental de Wilfried F. Schoeller, se convirtió en un documento explosivo sobre la historia del comienzo de la RDA. El libro seguía la línea marcada por el partido en la medida en que mostraba a un militante cuya fe humanista en la superioridad histórica del comunismo no vacilaba en ningún momento: la persecución, la represión y el presidio no consiguen sino reforzar su convicción. En la fase de consolidación de la RDA había una gran demanda de esa clase de voces. Además, Rost era un hombre extravertido con muchos contactos en el extranjero y tampoco era un desconocido en el mundo de las letras, pues había traducido al holandés la novela de Alfred Döblin Berlin Alexanderplatz. Mientras la cúpula del partido se esforzaba por atraerlo a la recién fundada RDA, el 19 de octubre de 1949 se publicó en el Berliner Zeitung (de Berlín



 

 

 

 

 

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oriental) una «Carta abierta a Nico Rost» frmada por Susanne Kerckhof, directora del suplemento cultural. Basándose en algunas citas de su diario, Kerckhof atribuía al autor cierta hostilidad contra los polacos, un reproche muy extraño que chirriará a todo aquel que conozca la actitud política de Kerckhof por sus Berliner Briefe [«Cartas de Berlín»] (1948). Ni siquiera Inés Geipel, autora de un libro muy bien documentado sobre las autoras olvidadas de la Alemania oriental (2009), ha logrado esclarecer el fondo o el motivo de este ataque contra el amigo de Johannes R. Becher y Anna Seghers.

 

Tres días después, Stephan Hermlin contestó en el Tägliche Rundschau con un contraataque igual de rudo en defensa de Nico Rost. Rechazó las citas señaladas explicando que no se referían a los prisioneros polacos en general, sino solo a los capos del campo. Con esta imprudente aclaración desencadenó sin querer un debate sumamente inoportuno sobre la colaboración de los funcionarios comunistas con las SS.

 

Puesto que el artículo de Kerckhof apareció muy tarde, concretamente un año después de la publicación del libro, pero solo dos semanas después de la fundación de la RDA, en ello podríamos tener un indicio del motivo que lo inspiró: seguramente a Kerckhof no le interesaba tanto el libro o el autor como poner en tela de juicio el mito antifascista de la resistencia heroica y la victoria histórica del comunismo. Sin duda, esa actitud crítica habría sido muy propia de ella. La reacción de Hermlin fue una metedura de pata. Debido a la defensa de la línea del partido que contenía la respuesta de Hermlin, aquello a lo que Susanne Kerckhof solo había aludido de forma general se convirtió de repente en una cuestión concreta que tenía que resultar muy desagradable para el SED. Esa torpeza puso en una posición muy delicada al propio Hermlin, pues se presentaba como miembro de la resistencia y antiguo preso de un campo de concentración. Mediante la



 

 

 

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falsifcación de documentos, Hermlin se había confeccionado una trayectoria personal que seguía punto por punto el patrón del mito fundacional de su país. Tuvo suerte: su leyenda no se puso en duda ni en la RDA ni en la RFA y pudo disfrutar de una vida privilegiada. En 1996 Karl Corino demostró de forma exhaustiva que en la RDA se había venerado un icono falso.

 

Por invitación del SED, a principios de 1950 Nico Rost se instaló en la RDA como director de la Fundación de los Poetas Alemanes en el castillo Wiepersdorf. El director anterior, Werner Schendell, que había transformado la antigua residencia de Achim von Arnim y su mujer Bettina Brentano (la pareja más famosa del romanticismo alemán) en un hogar de escritores socialistas, fue destituido sin más ni más. No obstante, con su presencia personal y literaria, Nico Rost se convirtió en una amenaza para el SED: los supervivientes de los campos podían remitirse a su descripción de los capos comunistas e iniciar un debate sobre las atrocidades que cometieron a las órdenes de las SS, lo que habría sido una catástrofe para la legitimidad del SED. Susanne Kerckhof ya había sido silenciada mediante una prohibición de publicar; la muerte de la periodista en su apartamento, el 15 de marzo de 1950, a los treinta y dos años de edad, se explicó ofcialmente como un suicidio. En febrero de 1951, después de haber sido sometido a una intensa vigilancia, Nico Rost tuvo que abandonar la RDA de un día para otro, acusado de «cosmopolitismo». Su libro Goethe en Dachau fue retirado del mercado y prohibido. Era la primera víctima de un sistema de represión y censura que operaba con métodos estalinistas y que duraría cuarenta años.

 

 

 

 

 

 

 

Un año después del fn de la Segunda Guerra Mundial, las cuatro potencias ocupantes empezaron a eliminar de todas las



 

 

 

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bibliotecas públicas, librerías y editoriales la herencia impresa de la época nazi. En virtud de la orden del Consejo de Control Aliado del 13 de mayo de 1946, se debían destruir todos los libros fascistas, militaristas y que incitaran al odio étnico, lo que a juicio de algunos directores de bibliotecas habría signifcado la pérdida de importantes fuentes para la investigación en el futuro. A esas objeciones respondieron los aliados tres meses después con un artículo suplementario que excluía de la destrucción una cantidad limitada de ejemplares:

 

Estos escritos deberán guardarse en lugares especiales, donde, bajo la estricta vigilancia de las autoridades del Consejo de Control Aliado, podrán ser consultados por los investigadores alemanes y por otros alemanes a quienes los aliados hayan concedido el permiso correspondiente.

 

Así se crearon nuevas secciones o bibliotecas enteras de acceso restringido. Con la fundación de la RFA en 1949 esta ley de 1946 dejó de aplicarse en las zonas occidentales, mientras que en la RDA siguió en vigor hasta 1955.

 

Como base para la identifcación de la literatura nacionalsocialista se utilizó la «Lista de libros que deben ser apartados», elaborada por la Asociación Alemana de Libreros y Editores y la Biblioteca Alemana. La primera edición del catálogo, de 1946, todavía rigió en todas las zonas de ocupación, mientras que los tres suplementos (1946, 1948 y 1953) ya solo tuvieron vigor en la zona de ocupación soviética o la RDA. La segunda edición ya incluía a los «enemigos del socialismo», es decir, la «literatura no marxista, socialdemócrata y trotskista», porque se dirigía contra el sistema vigente en la Unión Soviética y, por ende, contra los aliados. En virtud de esta interpretación, las víctimas del terror estalinista también fueron registradas en la lista y estuvieron prohibidas en la RDA.

 

La primera lista de 1946, que todavía era válida para las cuatro zonas de ocupación, contenía sobre todo libros de



 

 

 

 

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divulgación del ideario nacionalsocialista. Entre los más de catorce mil títulos se encontraba también el clásico de Georg Büchmann Gefügelte Worte [«Palabras aladas»], ampliado con citas de autores nazis en la edición de 1943, a cargo de Werner Rust. También estaban catalogados los escritos propagandísticos de Gottfried Benn Der neue Staat und die Intellektuellen [«El nuevo Estado y los intelectuales»] (1933) y Kunst und Macht [«Arte y poder»] (1934) o las obras de Ernst Jünger Der Kampf als inneres Erlebnis [«La lucha como experiencia interior»] (1922) y Feuer und Blut [«Fuego y sangre»] (1925). Uno de los pocos autores literarios es Herbert Reinecker (que más tarde mostraría una gran actividad como autor de guiones en la RDA), con los títulos Panzer nach vorn! [«¡Adelante, tanques!»] (1939) y Jugend in Wafen [«Juventud en armas»] (1936). En la RDA también se prohibió la posesión de estos libros. En los tres suplementos se amplió la lista con obras «antidemocráticas» y «pacifstas», categoría integrada por los autores que sostenían opiniones distintas de las del SED. En 1958 se condenó a siete años de cárcel por traición al Estado a un estudiante de flosofa de Halle que de vuelta de una visita a la República Federal se había traído algunos libros, entre ellos Mi visión del mundo de Albert Einstein y Noche fantástica de Stefan Zweig.

 

La novela de George Orwell 1984 se consideraba especialmente peligrosa, ya que contenía una advertencia contra el Estado totalitario:

 

El libro no es solo una amenaza para el Estado, sino que pone en manos del lector material difamatorio contra el Estado y especialmente contra la URSS y todos los estados socialistas. Debería impedirse con todos los medios su importación y su venta en la RDA.

 

Baldur Haase cumplió una pena de cárcel de tres años y tres meses por tener la novela y haberla prestado a unos amigos.



 

 

 

 

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Veinticinco años después, en 1984, un pastor de la iglesia de Santo Tomás de Leipzig quiso consultar el libro en la biblioteca de la universidad, donde se guardaba en la sección cerrada de «literatura especial de investigación». Para justifcar su deseo, el sacerdote explicó que aquel año se hablaba mucho de la novela y quería informarse al respecto. Invocó el derecho a la educación, reconocido en la Constitución de la RDA, pero su solicitud fue rechazada. En 1978, un teólogo de Chemnitz había sido condenado a dos años y cuatro meses de cárcel por haber leído 1984.

 

 

 

Ofcialmente, en la RDA no había censura. Quien afrmara lo contrario iba a la cárcel por difamación contra el Estado. En el artículo 27 de la Constitución de 1968 se decía:

 

Todo ciudadano de la RDA tiene el derecho de expresar su opinión de forma libre y pública, de acuerdo con los principios de la Constitución.

 

El principio supremo, formulado en el artículo primero, atribuía al SED la facultad de dirigir todos los ámbitos de la vida. Según el artículo 18, párrafo 1, una de las tareas del Estado era la «protección de la cultura socialista», especialmente frente al «uso impropio para propósitos que se opongan a las disposiciones y al espíritu de la Constitución»; véase el artículo primero. En las enciclopedias y diccionarios se decía que la censura era un problema específco de la política cultural capitalista que no existía en la sociedad socialista.

 

 

 

Desde el principio, el SED no dejó que hubiera ninguna duda acerca de que solo el partido sabía lo que era la literatura y cómo debía ser; de lo contrario, no habría promulgado una «norma de ejecución del decreto sobre el desarrollo de la



 

 

 

 

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literatura progresista» por medio de la Ofcina de Literatura e Industria Editorial (Amt für Literatur und Verlagswesen). La misión de este organismo fundado en 1951 era «elevar la calidad de la literatura mediante la inspección de las obras proyectadas y el asesoramiento a los editores».

 

Si este organismo, que más tarde se convertiría en la Administración Central de Editoriales y Libreros (Hauptverwaltung Verlage und Buchhandel), un departamento del Ministerio de Cultura recién creado, dictaminaba por medio de sus inspectores que un manuscrito presentado «se ajustaba a las disposiciones legales, los principios de la construcción socialista y las exigencias de la política cultural», entonces concedía el «permiso de impresión» solicitado por la editorial y determinaba la asignación de una cuota de papel, de la que dependía la cantidad de la tirada y la calidad de la edición. La administración, con sus inspectores, el director de la sección, el ministro de Cultura y la comisión cultural del comité central del SED como autoridad suprema, decidía lo que en la RDA debía considerarse literatura. Estos factores impedían que en la RDA surgiera una literatura de nivel europeo. De promedio, cada año recibían el permiso de impresión entre doscientos y doscientos cincuenta manuscritos en el ámbito de la literatura narrativa contemporánea y les era denegado a media docena, seguramente los libros más interesantes.

 

 

 

Los inspectores no se veían a sí mismos como censores, sino como promotores de la literatura. Cuando se ocupaban de un manuscrito, intentaban suprimir todo aquello que pudiera estorbarlo en su camino a través de la burocracia y perjudicar la reputación de la RDA. En general, creían en la gran importancia pedagógica de la literatura para la orientación ideológica del pueblo, y el dogma estilístico del «realismo socialista» debía trasladar ese objetivo pedagógico a la realidad social mediante



 

 

 

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la «representación veraz e históricamente concreta de la realidad en su evolución revolucionaria» (según la defnición de 1934 de la Asociación de Escritores Soviéticos). Cabe suponer que el convencimiento de su misión política y social alentaba a los inspectores. En la época inicial incluso hubo autores conocidos como Arnold Zweig que se amoldaron solícitamente a las exigencias de la política cultural: en una carta de 1954 dirigida a Lion Feuchtwanger afrmaba que ahora tenía que «eliminar las debilidades y faltas ideológicas». Otros habían asimilado hasta tal punto las normas del «realismo socialista» que efectivamente ofrecieron una «representación veraz e históricamente concreta de la realidad», cosa que en la RDA no era acogida con entusiasmo, como demostró el caso de Werner Bräunig.

 

 

 

 

 

Para proteger a sí mismo y a los lectores de los textos demasiado realistas, el SED obligaba a las editoriales a ejercer la censura por su cuenta: los lectores de la editorial debían echar una ojeada cuanto antes al manuscrito y aconsejar, dirigir y guiar al autor en su trabajo. Los jóvenes autores inexpertos contaban con la ayuda de «lectores supervisores» que los acompañaban en todo el proceso de escritura desde el primer borrador e impedían que se deslizaran errores ideológicos en la elección del tema y las palabras. También había que evitar algunos conceptos que se conocían en la RDA por la televisión del oeste. Una lista para uso de los lectores de la editorial Neues Leben nos muestra cómo se procedía en estos casos: en lugar de «consumismo» había que escribir «aspiración al bienestar material», «extinción de los bosques» debía sustituirse por «daños a los bosques», un «funcionario» solo podía ser un «colaborador» y el «conficto generacional» debía nombrarse con la expresión atenuada de «convivencia de jóvenes y viejos».



 

 

 

 

 

 

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Además de semejantes normas lingüísticas, unas reglas muy claras prescribían cómo había que tratar un tema o dibujar un personaje: la crítica al Estado o al partido se rechazaba por principio; sus representantes debían tener una imagen positiva, ejemplar. Esto valía también para la descripción de jefes de producción y otros responsables de la cadena productiva. No se podía expresar ninguna opinión negativa sobre los productos, es decir, sobre las mercancías fabricadas en la RDA, sobre todo en comparación con los productos occidentales. En caso necesario, un trabajador crítico hacía propuestas de mejora que en la novela eran llevadas inmediatamente a la práctica. De este modo se demostraba que el socialismo realmente existente se encontraba en el buen camino. Los lectores tenían que velar por que el contenido de los textos fuera equilibrado y no abordara los confictos sociales de forma parcial. En el improbable caso de que un autor insistiera en una redacción errónea, la editorial avisaba a los inspectores al servicio de la seguridad del Estado y escenifcaban un debate en torno a una impresión preliminar de un texto inacabado, todavía no publicado, que el autor tenía que presentar en la delegación local de la Asociación de Escritores. En la mayoría de los casos, el autor comprendía que las correcciones eran necesarias y mostraba el arrepentimiento activo que se esperaba de él, o bien, como le ocurrió a Werner Bräunig, las aburridas y estériles discusiones lo agotaban y desalentaban hasta tal punto que desistía de su proyecto. Franz Fühmann escribió un ensayo biográfco sobre el poeta expresionista Georg Trakl para la editorial Reclam de Leipzig. Trakl había muerto hacía tiempo, pero artísticamente no se ajustaba a la línea del partido y, por añadidura, era drogadicto y tuvo relaciones sexuales con su hermana. De las 280 páginas originales del ensayo, al fnal solo quedaron 120, tras una «larga y paciente labor de persuasión» por parte del director de la editorial, que era un «colaborador extraofcial» de la Stasi con el



 

 

 

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nombre en clave «IM Hans». El expresionismo era considerado un fenómeno de la decadencia burguesa y ya en los años treinta el Partido Comunista lo califcó de error superado. En los años cincuenta, el poeta Erich Arendt, nacido en 1903, quiso publicar en la editorial Insel de Leipzig una antología que mostrara todo el espectro de esa época literaria por medio de ochocientos poemas escritos por ochenta y cinco poetas. Tras varios años y numerosas objeciones de inspectores, se llegó a la conclusión de que el plan no estaba maduro. Arendt abandonó el proyecto.

 

Christa Wolf defendió tenazmente su novela Noticias sobre Christa T. durante dos años y en todos los organismos, pero no le concedieron el permiso de impresión hasta que hubo añadido el capítulo 19, en el que, respondiendo a la objeción de «desorientación ideológica», se relativizaba el supuesto individualismo extravagante del protagonista. No obstante, al principio se prohibió la distribución del libro, que solo pudo publicarse en la RDA porque, conforme a lo estipulado en el contrato, se publicó en el oeste y se vendieron cientos de ejemplares en el congreso de escritores de junio de 1969. Ante tan absurda situación, el ministro de Cultura capituló y ofcialmente autorizó el libro, aunque impuso fuertes restricciones a su distribución y hasta tres años después no permitió una reedición datada en 1968.

 

Había una serie de temas prohibidos: la huida de la república, la Stasi, el ejército, la justicia y la policía, la violencia, la pornografa, la homosexualidad, la contaminación del medio ambiente y la objeción de conciencia, el alcoholismo, la drogadicción y el suicidio de los jóvenes. Asimismo, el paro y el crimen eran fenómenos exclusivos del sistema capitalista, por lo que no existían en los países socialistas hermanos. Sobre todo no se podía dañar la reputación de la Unión Soviética. El letón Borís Diachenko fue intérprete del Ejército Rojo en Berlín al fnal de la guerra, época que describió en la novela Herz und



 

 

 

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Asche [«Corazón y ceniza»], cuya segunda parte se imprimió en 1957 en la Neue Berliner Illustrierte cuando el libro estaba en las prensas. La producción se interrumpió, puesto que Diachenko describía la violación de una mujer alemana por parte de soldados del Ejército Rojo. El libro no se pudo publicar en la RDA. Veinte años más tarde, Werner Heiduczek mencionó las violaciones en su novela Tod am Meer [«Muerte a orillas del mar»], lo que motivó la protesta ofcial del embajador soviético ante el presidente Erich Honecker. El escándalo fue tan mayúsculo que se prohibió la segunda edición, ya que Heiduczek no aceptó las supresiones que le ordenaba Klau Höpcke, el «ministro de los Libros». Dieter Noli, autor de Die Abenteuer des Werner Holt [«La aventura de Werner Holt»], fel a la línea del partido y colaborador de la Stasi con el nom de guerre «IM Romanze», califcó el libro de «vil mamotreto» en una conversación con su ofcial superior y quiso aclarar cómo era posible que la editorial no lo hubiera censurado. Como consecuencia de ello, la central del SED de Halle sometió a tal presión a la editorial Mitteldeutscher y a su director Eberhard Günther que tampoco se pudo publicar otro libro, la novela de Erich Loest Es gebt seinen Gang [«Sigue su marcha»] (1978).

 

 

 

 

 

Loest hizo una valiosa contribución a la historia de la censura en la RDA con Der vierte Tensor [«El cuarto censor»] y Der Zorn des Schafes [«La cólera de la oveja»], libros cuidadosamente documentados. En una época en que la posesión del discurso de Jruschov en el XX Congreso del PCUS del 25 de febrero de 1956 se castigaba en la RDA con penas de varios años de cárcel, Loest tuvo que cumplir una condena de siete años y medio en la prisión de Bautzen por la supuesta «formación de un grupo contrarrevolucionario», esto es, por haber organizado unos debates sobre la desestalinización. Loest era miembro del SED



 

 

 

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desde 1947, había publicado un puñado de libros totalmente feles a la línea del partido (y hoy olvidados) y fue víctima de la lucha encarnizada de Walter Ulbricht contra el intento de Jruschov de suavizar el comunismo. Se le impuso una estricta prohibición de publicar durante el cumplimiento de su condena en Bautzen. Tras su liberación, en 1964, al principio solo se le permitió publicar con pseudónimo y no podía tratar temas políticos.

 

Hasta 1976 publicó veinte novelones policíacos y de aventuras con los pseudónimos de Bernd Diksen y Hans Walldorf. Se convirtió en el autor de más éxito del país gracias a títulos como Der Mörder saß im Wembley-Stadion [«El asesino estaba en el estadio de Wembley»] (1967), Schöne Frau und Kettenhemd [«Bella mujer y cota de malla»] (1969) o Erpressung mit Kurven [«Chantaje con curvas»] (1970). Su novela Der zwölfe Aufstand [«La duodécima rebelión»] (1969), frmada con el pseudónimo de Hans Walldorf, se publicó en el Berliner Zeitung, pero no obtuvo el permiso para editarse como libro. Se tuvo que destruir la edición entera, nada menos que cincuenta mil ejemplares ya impresos, porque en esta novela de aventuras situada en la época revolucionaria posterior a la Primera Guerra Mundial Loest mencionaba el servicio secreto del Partido Comunista. La prohibición no procedía del ministro de Cultura, sino «de más arriba». Era inútil resistirse. A partir de ese momento la producción literaria de Loest fue sometida a una estricta vigilancia; ningún manuscrito pasaba la censura sin sufrir recortes sustanciales que mutilaban y desfguraban los textos. Hasta después de la célebre expatriación del cantante Wolf Biermann, momento en que Loest pasó clandestinamente sus manuscritos al oeste con la ayuda del periodista de televisión Fritz Pleitgen y los mandó publicar allí, no le quedó más remedio que aceptar todas esas medidas de censura para poder publicar en la RDA. Fue un autor valiente, nadie pone en



 

 

 

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duda su integridad. Aunque hoy pueda parecer estrambótica, la defensa que hizo de Karl May en el libro de relatos Etappe Rom [«Estación de Roma»] (1975) fue una valiente acción simbólica que no afectaba únicamente a este autor marginado (ni ofcialmente prohibido ni editado).

 

Pero hagamos retroceder unos años la máquina del tiempo y situémonos en el momento en que se acaba de destruir la novela de Loest La duodécima rebelión. Más tarde, el autor contaría la visita que le hizo la directora editorial para darle la mala noticia: «Y yo le dije: “¿Ah, sí?”. Ella asintió. Luego tomamos una copita». En 1969 había publicado cinco novelas; la eliminación de un texto signifcaba una derrota, pero no una catástrofe económica. Aquel año ingresó aproximadamente doscientos mil marcos, lo que lo convertía en el autor mejor pagado de la Alemania oriental. ¿Qué habría ocurrido si, después de la copita, en lugar de volver a su actividad diaria, hubiera decidido dejar de participar en ese juego degradante? ¿Y no solo él, sino también el mayor número posible de sus colegas? ¿Qué habría pasado si los autores más notables de la RDA, desde Günter de Bruyn hasta Christa Wolf, hubieran decidido no publicar más hasta que el régimen hubiese satisfecho la demanda de la total «libertad del arte» (ya expresada en vano por Brecht en 1951)? Esa negativa a seguir sirviendo de coartada cultural y reclamo de divisas para la RDA, el «país de los lectores», ¿no habría sido la respuesta más efcaz a la humillante arrogancia de los gerifaltes del partido? En el diario de Irmtraud Morgner, en una entrada de 1965, después del tristemente célebre XI Pleno del Comité Central del SED, se lee: «Ambiente de pogromo en los periódicos, se ha puesto en marcha una nueva campaña contra los escritores […]. Por supuesto, ya me he peleado con los representantes del Ministerio de Cultura (censura) a causa de mi libro. ¡Esos reproches…! Es desesperante. Aún me esperan más batallas.



 

 

 

 

 

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Resulta agotador, pero no las rehuiré. Así quemamos nuestros mejores años». ¿Fue realmente necesario soportar todo eso durante más de veinte años? En la cuneta no solo se quedaron algunos autores, sino también la literatura. Lo que se publicaba en la RDA no merece este nombre.

 

¿Qué habría pasado, pues, si los autores más importantes de la RDA hubieran declarado que no publicarían nada más en las condiciones vigentes? ¿Si la llamada literatura se hubiera reducido a autores leales al partido como Noli y Strittmatter? Nos habría gustado verlo, ver el bochorno del ministro del Libro; pero, por desgracia, el boicot de los literatos no se produjo. Aunque nadie los obligaba a hacerlo, decidieron seguir publicando, y su aceptación de las condiciones que les impusieron no los deja (ni los dejaba) en buen lugar. La solidaridad que mostraron en 1976 los artistas y los intelectuales cuando se expatrió a Wolf Biermann fue una protesta contra una decisión considerada arbitraria, pero no una negativa por principios, en una época en que la RDA perdía a autores importantes como Sarah Kirsch y Jurek Becker, que eran expulsados o se marchaban.

 

 

 

 

 

Stefan Heym se quedó porque al SED le habría encantado deshacerse de él; se quedó para ser un aguijón en el cadáver anémico del realismo socialista, aunque a partir de 1956 se le impuso una prohibición total de publicar. En 1935 había emigrado a Estados Unidos, donde durante la Segunda Guerra Mundial fue miembro de una unidad que combatía en la guerra psicológica. En 1952, en plena época de McCarthy, abandonó el país junto con Bertolt Brecht y Tomas Mann y en 1953 volvió a su tierra natal y se instaló en la RDA con pasaporte americano. Ya en 1956 perdió la simpatía del régimen cuando en el IV Congreso de Escritores, celebrado en el marco de la



 

 

 

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desestalinización, pidió la supresión de la censura. Podía eludir legalmente las ofcinas de autorización, puesto que escribía en inglés y distribuía sus libros a través de Seven Seas Publishers, una sección de la editorial Volk und Welt fundada para la exportación de libros en lengua extranjera y dirigida por su mujer. Como sus novelas aparecían en el mercado internacional, era uno de los pocos autores que proporcionaban divisas a la RDA. En 1960 anunció un libro «descaradamente sincero» sobre los acontecimientos del 17 de junio con el título de Der Tag X [«El día X»]. El ministerio, asustado, enseguida inició una investigación y averiguó que ninguna editorial conocía el manuscrito. Heym había hecho algo inaudito: había adquirido ilegalmente una autocopista con todo el material necesario, imprimió en ciclostilo cincuenta ejemplares del manuscrito de setecientas páginas y los envió a los camaradas superiores. A la cúpula del partido debió de enfurecerle que un autor les tomara el pelo de esa manera. No podían llevarlo ante los tribunales, porque solo habrían conseguido que el caso se hiciera público y que otros siguieran su ejemplo. Obvio es decir que se prohibió la edición de la novela. Heym la publicó en la editorial Bertelsmann en 1974 con el título de Fünf Tage im Juni [«Cinco días de junio»] y en la RDA no apareció hasta 1989, cuando el país ya se encontraba en plena desintegración. En el undécimo pleno del comité central del SED, de 1965, conocido como el «Pleno de la Tala» (Kahlschlag-Plenum) por la gran cantidad de libros y películas que se prohibieron, se renovó la prohibición total de publicación para Heym. En 1968 Heym publicó en el oeste sin autorización Lassalle, lo que le costó una sanción económica. No se dejó impresionar y diez años después volvió a editar su novela Collin en el oeste, eludiendo las autoridades competentes de su país. La multa fue de nueve mil marcos de la RDA. Además, se le hizo el honor de introducir en el Código penal un artículo específco sobre las infracciones en



 

 

 

 

 

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materia de divisas conocido como «lex Heym», que a partir de entonces se aplicaría contra todos los autores que publicaban sus libros en el oeste sin permiso.

 

La fna ironía de las novelas de Stefan Heym desesperaba a los cerriles caciques del partido; los censores se daban cuenta de que sus temas históricos no eran más que un astuto disfraz, pero no podían hacer nada contra este autor ya prohibido. Desde los años sesenta, en la aduana se confscaban cada año unos cuatrocientos mil libros, pero las novelas de Heym no dejaron de encontrar lectores en la RDA. Su indesmayable actitud crítica, que demostró también tras la infatigable de Biermann, hizo de él uno de los autores más respetados de la RDA. Era un modelo para los que se quedaron en el país porque creían que era posible reformar las estructuras, aunque el caso de Heym demostrara precisamente lo contrario.

 

Un escritor socialista de talento es alguien que sabe pensar y sentir lo que se debe pensar y sentir, y sabe expresarlo.

 

Esta frase, pronunciada por Christa Wolf en una conferencia de la Asociación de Escritores de junio de 1958, es una descripción de sus propios inicios, que tras la colaboración con la Stasi como «IM Margarete» desembocan en la novela El cielo partido (1963). Al fnal y al principio de este texto relativamente breve, Wolf defende la construcción del muro de 1961 con la frase: «Volvemos a acostumbrarnos a dormir tranquilos», y todo lector de la RDA sabía que era una cita del discurso de Año Nuevo de 1961 de Ulbricht. Al parecer, otra cosa que contribuyó a conciliar el sueño ese año fue la prohibición de la obra de teatro de Heiner Müller Die Umsiedlerin [«La colona»] y la expulsión de este autor de la Asociación de Escritores, lo que en la práctica signifcaba la prohibición de publicar.

 

Inge Müller, mujer de Heiner y su colaboradora en varios proyectos literarios, se refugió en su «poesía de la desaparición»



 

 

 

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(en palabras de Inés Geipel), en tanto que Christa Wolf llegó a ser una escritora célebre. «Los suicidas son los que no se entregan», escribió Inge Müller en su cuaderno, y el 1 de junio de 1966 se quitó la vida. Según el informe de la Stasi, su suicidio había de considerarse una protesta «contra la política cultural del partido, de la cual el matrimonio ha sido víctima desde La colona y Der Lohndrücker [«La costra»]; desde entonces no se ha publicado ninguna otra obra de los Müller».

 

Las obras de teatro de Heiner Müller se estrenaron en la RFA y llegaron a los escenarios de la RDA con años de retraso y convenientemente cercenadas. En 1988 volvió a ser admitido en la Asociación de Escritores. Se le concedió un visado permanente que le permitía ir al oeste y cinco minutos antes de medianoche solía despedirse de su compañía en el Paris-Bar (en el barrio de Charlottenburg) con la siguiente frase: «Tengo que volver a casa, mi pueblo me espera».

 

 

 

Hildegard Emmel, catedrática de literatura alemana de la Universidad de Greifswald, se encargó de la entrada Welt («mundo») para el diccionario Goethe de la Academia de las Ciencias. Cuando examinaba todas las citas que contienen dicha palabra en los 143 volúmenes de la edición de Weimar de las obras completas de Goethe (unas cuatro mil), le llamó la atención la gran cantidad de opiniones negativas que dicho concepto inspiraba al escritor. Tras hacer este descubrimiento sorprendente, la investigadora encontró que en la obra completa podía rastrearse lo que llamó «queja sobre el mundo». En 1957 publicó el resultado de su investigación en una editorial especializada: Weltklage und Bild der Welt in der Dichtung Goethes [«Queja sobre el mundo e imagen del mundo en la poesía de Goethe»]. Acto seguido, el Neues Deutschland, el órgano del partido, publicó una crítica en la que se afrmaba que la



 

 

 

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investigadora representaba el derrotismo tardoburgués en historia de la literatura. Tuvo que presentarse ante un tribunal público y en el curso del proceso se la acusó de no haber comprendido el optimismo fundamental de Goethe. Cuando intentó explicar las bases flológicas de su libro, se le preguntó a modo de ultimátum si estaba dispuesta a refutar el pesimismo que había expuesto en su obra y a defender en lo sucesivo la imagen de Goethe adecuada a la clase trabajadora. La profesora declaró que prefería renunciar a la cátedra antes que refutar el resultado de su trabajo, y abandonó la sala.

 

En una sesión de la Facultad de Filosofa que contó con la presencia de varios representantes del SED, los miembros del claustro propusieron relevar a Hildegard Emmel de su actividad docente por falta de cualifcación científca y política. El mismo día (14 de mayo de 1958) se publicaba en el Ostsee-Zeitung el artículo «Gegen Verfälschung des Goethes-Bildes — Wissenschafliche Literaturbetrachtung nur vom Standpunkt der Arbeiterklasse möglich» [«Contra la falsifcación de la imagen de Goethe — La refexión científca sobre la literatura solo es posible desde el punto de vista de la clase trabajadora»], en el que se describía el Goethe optimista que al partido le interesaba promocionar. El libro de Emmel fue retirado de la circulación y la profesora destituida se trasladó al oeste.

 

 

 

¿Hay en la historia de la RDA una sola novela, un relato, un poema, una sola línea autorizada para la impresión que compense todas las humillaciones y ofensas que tuvieron que sufrir los autores y que a menudo los llevó a rendirse? Yo no lo encuentro. ¿Es injusto recordar lo que dijo Tomas Mann en una carta abierta de octubre de 1945?

 

Decir que los libros que pudieron publicarse en Alemania entre 1933 y 1945 carecen de valor es quedarse corto. Vale más no ensuciarse las manos con ellos,



 

 

 

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pues se les ha pegado un olor de sangre e infamia. Deberían ser reducidos a pasta de papel.

 

Cualquier conversación sobre una novela de Hermann Kant entrañaba un silencio cobarde: el silencio sobre el destino destruido de otros escritores.

 

Tras la caída del muro, algunas editoriales de la RDA arrojaron sus existencias al vertedero de basura: ya no interesaban a nadie.

 

Solo la consulta de los expedientes de la Administración Central de Editoriales y Libreros permite averiguar cuántos talentos se ahogaron antes de nacer, cuántos jóvenes prometedores fueron destruidos y ocultados a la opinión pública, que tuvo que conformarse con un puñado de nombres conocidos. Entre ellos se encontraban algunos farsantes fatuos a quienes los elogios que les prodigaban los periódicos occidentales se les subieron tanto a la cabeza que, al mirarse al espejo, llegaron a considerarse los descendientes de Heine.

 

La literatura de la RDA habría cambiado de golpe, y con ella la propia RDA, si la política de los «viejos corruptos» (en expresión de Wolf Biermann) no hubiera liquidado el gran proyecto de novela de Werner Bräunig. Este libro, como El tambor de hojalata en el oeste, habría derribado muchos tabús y podría haber provocado una liberación literaria y abierto el campo para nuevas posibilidades de la narración realista. Pero la política fue obra de los impostores.

 

A causa de un breve capítulo que se publicó en el número de octubre de 1965 de la revista Neue Deutsche Literatur, y que dio el título de Rummelplatz [«Parque de atracciones»] al fragmento de novela que no se publicaría hasta 2007, Klaus Höpcke, entonces todavía redactor de la sección cultural del Neues Deutschland, el órgano del SED, inició una campaña que empujó a Bräunig hacia la autodestrucción. Tras la crítica política, su editorial lo abandonó; la Stasi lo culpó de planear acciones subversivas



 

 

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para cambiar la política del partido, porque había criticado el «Pleno de la Tala». Bräunig no pudo terminar su novela, a causa de las presiones externas y la parálisis interna. Esto es lo que quedará de toda la literatura de la RDA: el libro prohibido de Werner Bräunig y el recuerdo de carreras truncadas.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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PERSONAL Y PRIVADO

 

 

 

El 1 de octubre de 1951, el alcalde de Stadtoldendorf (distrito de Holzminden) declaró solemnemente ante el consejo municipal que el pasado estaba defnitivamente liquidado: Wilhelm Noske (del SPD), profesor de historia, arrojó al fuego todas las actas de los procesos de desnazifcación. Ardieron en el horno de la fábrica de gas municipal.

 

Como esta acción tan espectacular no se había acordado ni con el Ministerio del Interior de la Baja Sajonia, con sede en Hannover, ni con la potencia de ocupación británica, Noske y Walter Dach, el presidente del CDU local, se vieron obligados a hacer una declaración ante la prensa para explicar su iniciativa: la destrucción de las actas traería la paz y la reconciliación a la ciudad de ocho mil habitantes. En efecto, si la nómina del NSDAP (siglas en alemán del Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes) hubiera caído en unas manos inadecuadas, la paz se habría visto amenazada, pues en la lista fguraban todas las personas que ocupaban puestos infuyentes en la ciudad. Lo que convenía era olvidar el pasado, mirar hacia adelante y volver a reconstruir de nuevo.

 

Para el SPD y el CDU, las preguntas de quién se había reconciliado con quién, qué precio tenía dicha reconciliación o sobre qué tumbas se solemnizó de forma tan unánime no se planteaban. A primera vista, esta decisión autónoma no parece más que una farsa provincial sin consecuencias jurídicas. En realidad, tiene una signifcación simbólica para la falaz relación



 

 

 

 

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de la joven República Federal de Alemania con su pasado, que en grandísima parte fue reprimido.

 

Los literatos también tuvieron su parte de culpa. En octubre de 1951, unos cuarenta escritores, críticos y editores se reunieron en el noveno congreso del «Grupo 47» y se

 

escucharon unos a otros. «No se habla de política —escribió el crítico Armin Eichholz en el Neue Zeitung (27 de octubre)—, a menos que se interprete esta omisión como síntoma político […]». Para evitar esa clase de conversaciones, el organizador Hans Werner Richter no invitó al encuentro a ninguno de los exiliados de la época nazi.

 

En la joven República Federal, el debate social sobre los crímenes de la época nazi no solo era indeseado, sino que llegó a impedirse por medio de prohibiciones. Wolfgang Kraushaar reunió tales casos en su obra de varios tomos Protestchronik 1949-1959 [«Crónica de la protesta, 1949-1959»] (Hamburgo, 1996). A pesar de la restricción que indica su título completo (Una historia ilustrada del movimiento, la resistencia y la utopía), esta crónica de la década 1949-1959 es una extensa obra de consulta sobre la cultura política de esos años a la que debo gran cantidad de información.

 

El 13 de noviembre de 1953 iba a estrenarse en veinticinco ciudades de la República Federal el documental sobre la época del Tercer Reich Bis fünf Minuten nach zwölf [«Hasta cinco minutos antes de las doce»]. El mismo día del estreno, el ministro del Interior Gerhard Schröder (CDU) acordó la prohibición con sus homólogos de los estados federados por perturbación de la paz interior y amenaza de la seguridad pública. Como justifcación, se adujo que el guion no resaltaba lo sufciente el aspecto criminal del régimen nazi y podía contribuir así a reavivar las corrientes nazis, lo cual suponía una amenaza de la paz interior. Además, también podía dañar a la República Federal en la política exterior, ya que era



 

 

 

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perjudicial para la idea del entendimiento entre los pueblos. La película, dirigida por Gerhard Grindel, antiguo colaborador de Erwin Piscator, mezclaba escenas originales de noticiarios cinematográfcos, fragmentos de películas e imágenes de súper 8 tomadas en el círculo privado de Hitler. El 2 de noviembre Gerhard Schröder ya había enviado un comunicado urgente a todos los ministerios pidiendo ayuda para justifcar la prohibición. Así, el Ministerio de Economía debía comprobar si en el derecho de divisas había alguna disposición que impidiera la exportación de la película al extranjero, ya que podía provocar una fuerte crítica contra la República Federal. Esta crítica llegó después de la prohibición y también señaló la verdadera razón de esta: la tendencia antimilitarista del documental chocaba con los planes de rearme de la nueva Alemania. El «servicio de prensa socialdemócrata» incluso vio en el guion cosas que le hicieron pensar en la limitación de la libertad de expresión y la discriminación de los opositores del gobierno. Más tarde se tuvo que autorizar la película, pues los ministros del Interior de los estados federados de repente dejaron de ver bases jurídicas para su prohibición.

 

La película japonesa Los niños de Hiroshima, de Kaneto Shindo (1954), cuenta la historia de una maestra de guardería que, ocho años después de que los americanos lanzaran la bomba atómica, volvía a Hiroshima en busca de los niños supervivientes. La Autorregulación Voluntaria de la Industria Cinematográfca (FSK, por sus siglas en alemán) negó la autorización a la película, con el argumento de que el público no quería «ver algo así».

 

En abril de 1956, tras una intervención del gobierno federal, la película de Alain Resnais Noche y niebla fue retirada de la programación del festival de cine de Cannes. La película muestra la realidad del campo de concentración de Auschwitz con imágenes de archivo y el jurado la había elegido por



 

 

 

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unanimidad. A instancias del Ministerio de Asuntos Exteriores, el embajador alemán protestó contra la exhibición de la película alegando que, según los estatutos del festival, solo se admitían películas que no ofendieran el sentimiento nacional de otra nación ni difcultaran la convivencia pacífca de los Estados. Con el mismo argumento, el año anterior el gobierno alemán ya había logrado retirar del programa del festival la película noruega Blodveien [«La carretera sangrienta»], sobre unos prisioneros de guerra yugoslavos que los nazis mandaron a Noruega a realizar trabajos forzados. Otra película de Alain Resnais, Guernica, ya había sido retirada del festival en 1950 porque recordaba la destrucción de la ciudad vasca por la Legión Cóndor alemana.

 

En mayo de 1957, el comité consultivo de la fototeca del estado de Baden-Wurtemberg decidió que el documental Noche y niebla no era apto para los menores de la República Federal «por motivos pedagógicos».

 

En noviembre de 1956, Ludwig Berger, el director de la película Stresemann, declaró que abandonaba el proyecto porque no podía obedecer las órdenes que había recibido de Bonn, que lo obligaban a eliminar o «corregir» ciertas escenas del guion. El gobierno quería ver en Gustav Stresemann, destacada fgura política del período de la República de Weimar, un precursor de Konrad Adenauer. La dura crítica a los jefes de la industria y, sobre todo, al presidente del Reich Hindenburg debía desaparecer del guion frmado por Harald Eggebrecht. Tampoco debía mencionarse el plan del ministro de Exteriores Stresemann de evacuar Renania, la zona ocupada por los franceses, para evitar cualquier posible paralelismo con la ocupación americana actual. Alfred Braun, el director artístico del canal de televisión Freies Berlin, hizo fnalmente las correcciones deseadas y la película se estrenó en los cines en enero de 1957.



 

 

 

 

 

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El artículo 5 de la Constitución que entró en vigor en 1949 reza:

 

1.  Toda persona tiene el derecho a expresar y difundir libremente su opinión oralmente, por escrito y a través de la imagen, y de informarse sin trabas en fuentes accesibles a todos. La libertad de prensa y la libertad de información por radio, televisión y cinematografa serán garantizadas. La censura está prohibida.

 

2.  Estos derechos tienen sus límites en las disposiciones de las leyes generales, en las disposiciones legales adoptadas para la protección de la juventud y en el derecho al honor personal.

 

3.  El arte y la ciencia, la investigación y la enseñanza científca son libres. La libertad de enseñanza no exime de la lealtad a la Constitución[21].

 

Según las leyes vigentes, uno podía expresar libremente su opinión… mientras fuera la opinión correcta. Robert Havemann, investigador en el Instituto Káiser Wilhelm de Química Física de Berlín-Dahlem (oeste) y profesor de química coloidal en la Universidad Humboldt de Berlín (este), fue despedido en abril de 1950 en Berlín oeste porque había publicado en el periódico Neues Deutschland, órgano del SED (este), un artículo crítico sobre el desarrollo de la bomba de hidrógeno por parte de Estados Unidos. Con ello, en opinión del magistrado (oeste) había infringido la ley número 5 de la Alta Comisión Aliada del 29 de septiembre de 1949, que estuvo en vigor hasta la supresión del Estatuto de Ocupación en 1952 y penaba el daño a la reputación de los aliados y la amenaza de su seguridad. Como «daño a la reputación» debe entenderse cualquier crítica a la línea ofcial: estaba tan prohibido criticar la política americana en el oeste como la soviética en el este. La



 

 

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Guerra Fría había trazado una clara línea para la libertad de expresión.

 

La ley número 5 prescribía una autorización aliada para toda publicación, también para los panfetos u octavillas. Robert Havemann fue detenido en Berlín oeste en julio de 1950 junto con unos mil quinientos miembros del Comité de Alemania Occidental de los Luchadores por la Libertad que habían iniciado una recogida de frmas a favor del «Llamamiento de Estocolmo» contra el armamento nuclear. Un tribunal de urgencia condenó a varios cientos de participantes a una multa de diez marcos o a un día de arresto. Para justifcar la pena, el tribunal alegó una infracción de la prohibición de distribuir documentos impresos sin licencia, refriéndose a las listas de frmas. Lo que en realidad se pretendía era criminalizar a todos aquellos que apoyaron el «Llamamiento de Estocolmo», que implícitamente criticaba el armamento atómico de Estados Unidos, y clasifcarlos como una amenaza para la seguridad. La facilidad con que se logró tal propósito quedó patente en agosto de 1950, cuando la radio de Baviera vetó a sus tres locutores más famosos después de que sus nombres aparecieran en una de las listas de frmas. Como en el oeste se tachó de propaganda soviética esta resolución para la proscripción de las armas nucleares, cuyo principal promotor fue Iliá Ehrenburg, la radio pública de Baviera no quería ser sospechosa de ofrecer una plataforma a comunistas.

 

En virtud de la ley número 5 y la supuesta «amenaza de la seguridad de las tropas aliadas de ocupación», durante noventa días se prohibieron sistemáticamente los periódicos comunistas, con lo que se pretendía (y se logró) sustraerles su base económica. Se confscó el último número de la revista Stern de 1950 (31 de diciembre) porque en la portada publicaba una noticia sobre los costes de la ocupación y la revista no se pudo publicar en las dos semanas siguientes. La revista publicó



 

 

 

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un número extraordinario que fue condenado por ser ilegal y constituir una «provocación deliberada», de modo que la revista ilustrada no pudo volver a publicarse de forma regular hasta el 28 de enero. El escritor católico Reinhold Schneider, que como la mayoría de los alemanes se opuso decididamente al rearme, a partir de 1951 fue boicoteado en casi todos los periódicos y emisoras de radio. Por orden de la autoridad militar americana, el 6 de septiembre de 1951 se produjo la detención de la presidenta socialdemócrata de la Unión Democrática de Mujeres de Alemania, Lilly Wächter, cuando iba a dar una conferencia pública en Stuttgart. Como ya había hecho antes en otras ciudades, quería hablar de las experiencias que había tenido como miembro de una delegación a Corea. También criticaba el empleo de armas bacteriológicas y el lanzamiento de bombas de napalm por parte de las tropas estadounidenses. Cuatro semanas después, fue condenada a ocho meses de prisión y a pagar una multa de quince mil marcos. En el infructuoso juicio de apelación del 28 de febrero de 1952, en el que el tribunal rechazó la prueba sobre la verdad de las afrmaciones que habían originado la condena de Lilly Wächter, el juez declaró:

 

 

 

Un Estado también puede sentirse ofendido por la verdad. Si un Estado quiere prohibir que se atente contra él por medio de la verdad, tiene derecho a hacerlo.

 

 

En julio de 1951, cuando las leyes de los aliados todavía no habían expirado, el Bundestag aprobó con los votos del SPD una primera modifcación del derecho penal que con el concepto de «amenaza contra la seguridad del Estado» introdujo un nuevo delito político en el Código penal. Además, se ampliaron las disposiciones en los ámbitos de la alta traición y la traición a la patria y se endurecieron las penas. Con esto se allanaba el camino para la ilegalización del Partido Comunista (KPD),



 

 

 

 

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solicitada ante el Tribunal Constitucional en noviembre de ese año. Dado que el parágrafo 93 del Código penal prohibía la adquisición, posesión y difusión de escritos que supusieran una amenaza para el Estado, los funcionarios podían incautarse de todo lo que les pareciera comunista: con la prohibición del KPD como organización anticonstitucional, cientos de miles de libros y opúsculos, toda la literatura del partido, fueron a parar a la picadora. Pero también se vieron afectadas publicaciones no ligadas con el partido que eran críticas con la política del gobierno federal y de los aliados. En febrero de 1956, una comisión de abogados y catedráticos comunicó al parlamento federal y a los parlamentos regionales que era inquietante y alarmante «que la jurisprudencia, sobre todo la de la sala sexta de lo penal del Tribunal Supremo, tienda a interpretar las circunstancias de la ley por la que se modifca el derecho penal de tal modo que cualquier oposición consecuente contra el gobierno pueda ser tachada de “subversiva” y anticonstitucional». Dicha advertencia fue inútil.

 

Las medidas de prohibición y censura adoptadas con fnes intimidatorios tuvieron graves consecuencias para la literatura de la Alemania Federal de los años cincuenta, que con pocas excepciones se escribió con las tijeras en la cabeza y se adaptó al clima restaurador de la Guerra Fría. Entre las excepciones cabe reseñar, además de la novela hoy olvidada de Günther Weisenborn Auf Sandgebaut [«Construida sobre la arena»] (1956), las tres novelas de Wolfgang Koeppen sobre esa época, sobre todo El invernadero (1953), que gira en torno al debate sobre el rearme y la continuidad del pensamiento autoritario. Al parecer, el libro solo se salvó de la prohibición porque la editorial aseguró que no se traduciría ni se vendería en el extranjero. No se ha podido averiguar de dónde procede esta información que Erich Maria Remarque anotó en su diario (n de abril de 1954).



 

 

 

 

 

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Por su verosimilitud moral y la coherencia de la representación, dos novelas de Remarque descuellan entre todas las publicadas en aquellos años en la República Federal: Destello de vida (1952) y Tiempo de vivir y tiempo de morir (1954). La historia de la edición de estas dos novelas muestra las difcultades por las que tenían que pasar los libros que la autocensura del autor no había planchado previamente.

 

Cuando el editor suizo Alfred Scherz frmó el contrato de Destello de vida no conocía el contenido de la novela. Tras el éxito mundial de Arco de triunfo (1945), tenía la esperanza de editar un nuevo best seller y se ganó a Remarque al ofrecerle la posibilidad de reunir todas sus obras literarias en la editorial Scherz und Goverts. El editor se quedó conmocionado al leer el manuscrito en verano de 1951. La novela describe las condiciones en un campo de concentración alemán. No es que se aluda de pasada al hecho lamentable de que esos campos existieran, sino que la vida en el campo de concentración es el único tema de la novela. Ningún otro autor antes de Remarque se había atrevido a tanto. Era un sacrilegio inaudito en una época en que los criminales nazis eran absueltos por los tribunales de la República Federal y readmitidos en la administración o el cuerpo diplomático. No era ningún secreto que el aparato policial reclutaba a antiguos miembros de las SS y que el Ministerio de Asuntos Exteriores estaba totalmente ocupado por antiguos nazis (Adenauer había declarado públicamente que no podía prescindir de esos «expertos»). Ya no se hablaba de las víctimas del régimen nazi, tema en el que también la literatura de la Alemania Federal acusa una alarmante laguna. Alfred Scherz no reaccionó ante el manuscrito como un editor responsable, sino como un hombre de negocios. En julio de 1951 escribió a Remarque:



 

 

 

 

 

 

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¿Ha pensado seriamente en las consecuencias que tendrá, precisamente ahora, una edición alemana en Suiza y sobre todo en Alemania? [Temo] que se produzca una avalancha de ataques contra usted y contra nosotros que entrañará un boicot no solo de este libro, sino de todas sus obras y de nuestra editorial.

 

 

Así pues, Remarque debía renunciar a publicar aquella novela en la editorial Scherz Goverts por su propio interés. No se trataba de la calidad literaria del manuscrito; Scherz solo utilizó argumentos políticos y económicos. Se doblegaba al dictado del olvido. Pero hubo otro editor que no comulgó con ese gesto de sumisión absoluta: Joseph Caspar Witsch publicó la novela en 1952 y, con ello, se ganó a Remarque como autor de la casa. Destello de vida se publicó sin la dedicatoria del original americano y de las posteriores traducciones: «To the memory of my sister Elfriede». No se ha aclarado por qué no aparece en la primera edición alemana. Bien mirado, este recuerdo de la hermana de Remarque, condenada a muerte por el Tribunal Popular de Roland Freisler y ejecutada en 1943, es la puerta de entrada documental al inferno de la novela.

 

Remarque sabía que la mayoría de los alemanes quería reprimir el pasado; precisamente por eso en su siguiente novela volvió a escribir contra el olvido colectivo. Tiempo de vivir y tiempo de morir trata del papel de la Wehrmacht en la guerra de Rusia y plantea la cuestión de la culpa y la responsabilidad: ¿cuándo se convierten los soldados en asesinos? El fusilamiento de supuestos partisanos es un crimen, pero ningún soldado se niega a cumplir las órdenes. Sin embargo, Remarque no solo muestra el terror en la retaguardia del frente, sino también la culpa en la patria: los que jalearon a Hitler y asistieron a sus crímenes en silencio también son criminales, la guerra de destrucción de Hitler repercute sobre ellos. Al fnal, un personaje dice:



 

 

 

 

 

 

 

 

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Tenemos que procurar que nada de esto vuelva a ocurrir. Para ello, si es necesario, nunca más cogeré un fusil.

 

En 1954, esta actitud pacifsta era tan inoportuna como que el protagonista entendiera que, como soldado, se había convertido en asesino de civiles inocentes.

 

En ese momento intervino la censura de la editorial. Joseph Caspar Witsch escribió a su autor que algunos lectores consideraban «inadmisibles» ciertos pasajes de la novela, pero todos estaban de acuerdo en que

 

se debían eliminar las actitudes y las descripciones de varios personajes, al menos para la edición alemana, donde todo el mundo todavía recuerda muy bien esas cosas. […] Otra objeción atañe al personaje del comunista Immermann, que en realidad es el único que desde el principio comprende la situación correctamente. […] Le estaría muy agradecido, estimado señor Remarque, si quisiera considerar y aceptar estos argumentos y propuestas de corrección, por decirlo así, sine ira et studio, y nos devolviera a la mayor brevedad posible el manuscrito tal como desea que se publique.

 

Remarque no contestó a esta carta; asqueado, tomó nota de las «propuestas de corrección» y envió el manuscrito de vuelta sin ningún comentario. Por eso en Estados Unidos y en todos los demás países, en los que naturalmente se tradujo la novela a partir de la versión original americana, se publicó un libro distinto del que pudieron leer los lectores de la República Federal. Las supresiones e intromisiones de los lectores de la editorial modifcaron decisivamente las intenciones de Remarque incluso en la descripción de los personajes secundarios. El lúcido comunista era ahora socialdemócrata, los rusos eran efectivamente partisanos, un nazi de repente ya no era un miembro de las SS, las alusiones a los campos de concentración y las masacres en la retaguardia del frente se convertían en simples hechos de guerra o desaparecían por completo, y no quedaba rastro de la conclusión a la que llegaba el protagonista, la de que su colaboración silenciosa en las



 

 

 

 

 

 

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atrocidades lo convertía en un asesino (como a «otros muchos»). No fue necesaria la intervención de los funcionarios, la censura se produjo antes. El público alemán no pudo leer la versión original hasta 1989.

 

 

 

La expresión «los soldados son asesinos» procedía de un artículo de Kurt Tucholsky publicado en la Weltbühne en 1931, y desde entonces docenas de personas habían terminado ante los tribunales por pronunciarla públicamente. Mientras que en la opinión pública tales procesos motivaban discusiones sobre si dicha frase era verdadera o falsa y por qué, la justicia solo tenía que decidir si la expresión citada era admisible en el marco de la libertad de opinión. Tras la publicación en la Weltbühne (n.º 31, 4 de agosto de 1931), el ministro de Defensa del Reich denunció al redactor responsable Carl von Ossietzky por «ofensa a las fuerzas armadas del Reich», pero el Tribunal de Escabinos absolvió a Ossietzky alegando que la frase general «los soldados son asesinos» no se dirigía a ninguna persona concreta y, por tanto, no era constitutiva de ofensa. Como respuesta a la absolución, en 1932 se introdujo en el Código penal, como parágrafo 134a, una específca «Protección del honor de los soldados»: se castigaría con penas de prisión a quien «insultare o desacreditare con premeditación y alevosía a las fuerzas armadas del Reich». Ese parágrafo fue suprimido en 1946 por el Consejo de Control Aliado.

 

Hasta aquí, todo parece claro. No obstante, la transformación de la guerra que han traído consigo las armas modernas de destrucción masiva no deja al soldado individual ningún margen para la compasión con los indefensos o la generosidad con los vencidos. El soldado de la novela de Remarque podía tomar una decisión personal; el recluta de la época atómica ya no cuenta con esta posibilidad. Por eso, el



 

 

 

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pastor Martin Niemöller explicó en 1959 que «hoy la instrucción del soldado es la escuela superior del criminal profesional»:

 

 

Las madres y los padres deben saber lo que hacen cuando dejan que su hijo se haga soldado. Dejan que sea formado para ser un criminal.

 

El ministro de Defensa Franz Josef Strauss denunció a Niemöller por ofensa al ejército de la República Federal de Alemania, pero la fscalía no inició ningún proceso contra el famoso sacerdote.

 

Se presentaron ante el tribunal docenas de denuncias parecidas, pero no prosperaron —a menudo tras procesos de años— ante el Tribunal Constitucional, que anulaba las sentencias anteriores y reforzaba por principio el derecho a la libertad de opinión, alegando que las controversias públicas formaban parte del sistema democrático liberal. Los políticos respondieron con un proyecto para la «Protección del honor de los soldados del ejército de la República Federal de Alemania», que preveía una pena de hasta tres años de cárcel si se denigraba «la reputación del ejército de la República Federal de Alemania o de sus soldados ante la opinión pública». Este proyecto de 1996 no obtuvo la mayoría en el Parlamento.

 

 

 

La campaña anti-Brecht de la Alemania occidental muestra cómo funciona una prohibición sin prohibición. El 3 de octubre de 1950, la Neue Zeitung de Múnich, el órgano de los aliados estadounidenses, publicó un artículo titulado «Berthold [sic] Brecht y el comunismo». Su autor, Ernest Salter, se preguntaba si la libertad de opinión del oeste podía amparar a alguien como Brecht y su obra, mientras no se distanciara claramente de la RDA. El artículo respondía a dos motivos: Brecht había frmado un manifesto electoral en Berlín este a favor de Otto Grotewohl



 

 

 

 

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y el 8 de octubre estaba previsto el estreno de Madre Coraje en Múnich bajo la dirección del autor. Después de que el 6 de octubre apareciera un nuevo artículo contrario a Brecht en la Neue Zeitung, el consejo municipal reaccionó y exigió a la Kammerspiele que suspendiera la representación. Tras una conversación entre el director del teatro, críticos teatrales y miembros del consejo municipal, se pudo evitar la suspensión en el último momento, con el argumento de que no era conveniente ceder a la RDA al único autor alemán de fama internacional. No obstante, eso fue solo el preludio…

 

La presión se intensifcó después de la represión de la revuelta del 17 de junio de 1953. El 21 de junio, el Neues Deutschland publicó la última línea de una carta que el escritor había enviado la mañana del día de la revuelta al primer secretario del SED, Walter Ulbricht, en la que expresaba su «adhesión» al partido, del que no formaba parte. Brecht se enfadó mucho por esa impresión mutilada, pues previo perjuicios para él y su obra en el oeste. Así fue: en junio, el teatro municipal de Wuppertal retiró de la programación La vida de Eduardo II de Inglaterra; Mannheim y Baden-Baden se sumaron al boicot con la eliminación de Madre Coraje y La ópera de tres centavos, respectivamente. Durante dos años no se representó ninguna obra de Brecht en Alemania occidental. Ningún director de un teatro quería exponerse a la sospecha de simpatizar con este comunista que supuestamente había bendecido la sangrienta represión de la revuelta en Alemania oriental. El 13 de marzo de 1955, el teatro municipal de Giessen rompió el boicot con el estreno de Madre Coraje; el 19 de abril se celebró en Colonia el estreno alemán de La vida de Galileo. Después del estreno, según informó el Tagesspiegel, otros teatros preguntaron hipócritamente a Colonia si aquello era lícito: «¿Por qué no? Nadie había ordenado el boicot. Había sido un acto voluntario de dignidad política».



 

 

 

 

 

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Ahí no terminó el asunto. El boicot se repitió tras la construcción del muro el 13 de agosto de 1961, cinco años después de la muerte de Brecht. Esta vez, el iniciador de la campaña fue el crítico teatral de Berlín occidental Friedrich Luf, que el 17 de agosto escribió en Die Welt:

 

Los teatros de Berlín lo tienen mucho más difcil que nunca. En estos días, los textos ligeros parecen casi frívolos. Pero vemos con preocupación que se preparan textos inadecuados. El Schiller Teater, el teatro nacional, quiere abrir la temporada con el estreno de El señor Puntila de Brecht […]. ¿Se es consciente de lo que se está haciendo? Se debería refexionar muy seriamente.

 

Al hablar de «textos inadecuados» Luf aludía al «autor inadecuado» y con la referencia al «teatro nacional» daba a entender al director que no sería un fel servidor del Estado si en las presentes circunstancias programaba una obra del comunista Brecht. Al día siguiente, el director Boleslav Barlog suspendía la obra, puesto que «podría acarrear malentendidos y excesos», si bien subrayó que más adelante se estrenaría la obra «a despecho de los ataques impertinentes y mediocres». Se refería naturalmente a Friedrich Luf, que enseguida pasó al ataque general y decretó con tono autoritario:

 

No hay ninguna discusión de que sus obras [de Brecht] son totalmente inoportunas en Berlín occidental. […] Lo más lamentable del caso es que haya sido necesario indicárselo [a Barlog]. En Berlín, quien hace teatro hace algo más que arte. Tiene que tomar partido. Tiene que servir al espíritu y la moral de la ciudad. (Die Welt, 21 de agosto de 1961.)

 

En su papel de censor político, también exigió la supresión de Los biombos, la obra de Genet sobre Argelia, ya que era «obviamente una gran contrariedad para nuestros amigos franceses en Berlín». Esta obra, que en Francia no se podía representar a causa de la guerra de Argelia y no se estrenó allí hasta 1966, se había estrenado el 19 de junio en el Schlossparktheater de Berlín y el mismo crítico la había



 

 

 

 

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celebrado como «un brillo de esperanza en el año teatral europeo».

 

 

Así pues, en calidad de altavoz de los aliados, el conspicuo Friedrich Luf utilizó su libertad de opinión personal para imponer la anulación de la libertad artística garantizada por la Constitución. Aunque el boicot tenía como principal objetivo al difunto Brecht, afectó igualmente a todos los escritores de la RDA. El Schauspielhaus de Bochum retiró de la programación la obra de Peter Hack Das Volksbuch von Herzog Ernst [«El libro popular de Herzog Ernst»] y la editorial S. Fischer comunicó en un anuncio a página completa en el Börsenblatt (n.º 66/1961) que «en vista de los acontecimientos» no sacaría al mercado la novela ya impresa Der Wundertäter [«El taumaturgo»], de Erwin Strittmatter, «primer secretario de la Asociación de Escritores de la Zona Soviética». El crítico Hellmuth Karasek, entonces todavía desconocido, escribió en el Stuttgarter Zeitung (2, 3 de junio de 1961):

 

 

 

En el momento presente ningún hombre razonable abogaría por representar entre nosotros a Peter Hack, publicar El taumaturgo de Strittmatter o invitar a Kuba [el autor de la RDA Kurt Bartels] a una lectura en Alemania occidental. Tampoco tenemos demasiadas razones para esforzarnos en conseguir actuaciones de compañías de ballet ruso. […] Sin duda, hay casos en los que no nos queda más remedio que imponer restricciones a nuestro ordenamiento liberal.

 

 

En la práctica, hacía tiempo que existían tales «restricciones» por motivos políticos. En 1951, la gran película sobre la novela de Heinrich Mann El súbdito, producida por la Defa [la productora estatal de la RDA], se prohibió inmediatamente en Alemania occidental y no pudo estrenarse en Múnich hasta 1957 en una versión considerablemente reducida. Desde 1953 casi todos los libros de la RDA se confscaron sin ninguna base legal. Puesto que la cultura era competencia de los estados federados, se produjeron algunas situaciones absurdas como la



 

 

 

 

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prohibición en 1954 de una actuación en Aquisgrán del coro de una escuela de Turingia, que fue expulsado a la RDA después de pasar un día bajo arresto policial. La base jurídica para esta medida era una disposición del Ministerio del Interior de Renania del Norte-Westfalia que prohibía las actuaciones de los artistas o grupos culturales, de teatro o de canto de la RDA.

 

Con la «ley para el control de las importaciones prohibidas por el derecho penal y otras normas», que entró en vigor en septiembre de 1961, el parlamento alemán sentó las bases jurídicas para vigilar las importaciones culturales procedentes de los países socialistas: a partir de ese momento la aduana y el correo destruyeron unos ochocientos mil envíos cada mes. La suscripción a periódicos y revistas de la Alemania oriental estuvo prohibida con carácter general hasta abril de 1966; posteriormente una reglamentación excepcional limitada a Hamburgo permitió la suscripción a un periódico del este a aquellos ciudadanos de la República Federal que lo solicitaran por escrito y presentaran un certifcado policial de buena conducta.

 

En Alemania occidental, el boicot de 1961 contra las obras de teatro de Brecht se derrumbó de forma relativamente rápida, a diferencia de lo que ocurrió en Austria, especialmente en el Burgtheater de Viena. En 1958, Madre Coraje se representó en Graz y se retiró de la programación después de las fuertes protestas de la prensa. En 1963, el Volkstheater de Viena osó romper un boicot que ya duraba diez años. Friedrich Torberg, el poderoso periodista fnanciado por el servicio secreto estadounidense, se atribuía el mérito de haber mantenido a Austria limpia de Brecht hasta que en otoño de 1966 cayó el último bastión, el Burgtheater, cuando La vida de Galileo se representó en las tablas sagradas con la estrella Curd Jürgens en el papel protagonista. Para Torberg, la libertad de opinión y artística era, como escribió en el Monat (n.º 159, diciembre de



 

 

 

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1961), uno de los «defectos suicidas de las leyes fundamentales democráticas».

 

 

Desde muy temprano el legislador dispuso medidas preventivas contra este peligro suicida: en 1951, los representantes de la Iglesia lograron que en varias ciudades se prohibiera la proyección de la película Die Sünderin [«La pecadora»], porque durante unos segundos se podía ver desnuda a Hildegard Knef, la actriz principal, lo cual era «incompatible con la ley moral», como dictaminó por ejemplo el gobierno de Renania del Norte-Westfalia. Estas prohibiciones locales fueron anuladas en diciembre de 1954 por una sentencia del Tribunal Contencioso-Administrativo Federal que establecía el derecho ilimitado a la libertad artística, aunque añadía: «Esto no signifca, sin embargo, que no haya límites para la libertad del arte». Por tanto, no se podía invocar un derecho fundamental «cuando se infringe otro derecho fundamental o se ponen en peligro bienes necesarios para la estabilidad de la comunidad estatal». Esos «bienes de la comunidad» no están recogidos en la Constitución, sino en el derecho penal y, como es sabido, se amplían a capricho en virtud de la situación política. No obstante, según esta sentencia del Tribunal Contencioso-Administrativo Federal (BVerwGE 1, 303 y ss.), ahora tenía la misma importancia que los derechos fundamentales y la capacidad de derogarlos: estos derechos seguían existiendo, pero no se los podía invocar.

 

La ley fundamental permite expresamente en su artículo 5.2 la limitación de la libertad de prensa e información para la protección de los menores. Para este propósito, el 8 de mayo de 1954 se constituyó bajo la presidencia de un fscal de Colonia la Ofcina Federal de Control de Escritos no Aptos para Menores. Su tarea consistía en examinar las publicaciones desde el punto



 

 

 

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de vista de su infuencia «inmoral, embrutecedora, estimuladora de la violencia, el crimen y el racismo y glorifcadora de la guerra» en los menores y, en caso necesario, impedir su difusión. Si hubiera cumplido esta misión, se la podría haber considerado una entidad útil y conveniente. Sin embargo, no prohibió las publicaciones neonazis, que pudieron difundirse sin ninguna traba en las décadas de 1950 y 1960, sino que entre los primeros títulos registrados en la lista de publicaciones prohibidas por la entidad controladora se encuentran cómics inofensivos como AkimPeterle o Sherif Teddy y novelas policíacas de Mickey Spillane. La escandalosa incompetencia de la organización ha motivado tantas críticas justifcadas durante décadas que no hace falta repetirlas aquí. Saltó a la palestra siempre que había que impedir el hundimiento de la cultura occidental cristiana bajo el embate de la literatura «sucia e inmunda». Sin embargo, pese a todos sus esfuerzos, inspirados por su clientela clerical, no consiguió detener la marcha triunfal de los cómics ni dañar la fama de un Mickey Spillane.

 

 

 

De especial interés resulta aquí una sentencia del Tribunal Contencioso-Administrativo Federal del año 1971 que vino a reforzar la Ofcina Federal de Control por cuanto la autorizaba a anular la libertad artística. Según esta sentencia, lo que es arte no se determina

 

únicamente de acuerdo con criterios estéticos, sino que debe considerarse también la importancia que la sociedad plural atribuye a la obra artística según sus ideas sobre la función del arte.

 

Y añadía:

 

Esta decisión también pertenece al ámbito competencial de la Ofcina Federal de Control (BVerwGE 39, 197).



 

 

 

 

 

 

 

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Para ello contaba con el asesoramiento de dos gremios formados por miembros de grupos «socialmente relevantes»; no se tenía en cuenta la opinión de escritores, artistas u otros intelectuales. La sentencia sorprendió a muchos, ya que se oponía diametralmente a la liberalización general posterior a 1968. Su repercusión se puso de manifesto con la «renovación espiritual y moral» emprendida por el gobierno de Helmut Kohl, que a partir de 1981 dio lugar a un auténtico furor prohibitivo. Solamente en los primeros cinco años, la ofcina federal prohibió 415 títulos, entre ellos La historia de O y trece ediciones de Josefne Mutzenbacher, un clásico de la literatura erótica en lengua alemana de 1907. Después de que en 1990 la editorial Rowohlt obtuviera el permiso de difusión de esta última obra mediante una reclamación al Tribunal Contencioso-Administrativo Federal, en 1992 la Ofcina Federal de Control clasifcó la obra como «muy peligrosa para los menores» y la describió como una «pieza gráfca e instructiva del ámbito de la pornografa infantil». Solo comprenderemos semejante absurdidad si recordamos el debate público sobre el abuso de menores que entonces desencadenó el caso Dutroux. En los mojigatos Estados Unidos, las novelas de Harold Robbins se podían publicar sin la menor difcultad; en Alemania, su obra de 1983 Adiós, Janette acabó en la lista de libros prohibidos. La editorial Goldmann fue lo sufcientemente inteligente para sacar una edición de bolsillo con otro título, Adieu Janette, que pudo venderse con toda libertad.

 

 

 

Las prohibiciones tenían una vigencia de veinticinco años. Cumplido este plazo, el presidente de la Ofcina Federal de Control podía ordenar una nueva inspección en la que podía renovarse la prohibición. La parodia pornográfca de Guillaume Apollinaire Las once mil vergas (1907) fue tachada de la lista en 2003, con lo que este raro ejemplo del surrealismo erótico quedaba rehabilitado como parte de la historia literaria.



 

 

 

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Como consecuencia del exceso de celo del combate se produjeron algunas escenas grotescas en la Baja Sajonia. En 1984, con objeto de fomentar el cambio espiritual y moral del que hablaba el canciller Kohl, Horst Bindseil (CDU), jefe del cuerpo de funcionarios municipales de Burgdorf (pequeña ciudad de la región de Hannover), mandó retirar de la biblioteca municipal unos cincuenta libros en los que había detectado «guarradas» y despidió sin previo aviso al director de la biblioteca. Entre los libros excluidos se encontraba Bikini, que no trataba de la famosa prenda de baño, sino de las consecuencias de las pruebas de la bomba atómica realizadas en el atolón de Bikini. Die Zeit (9-3-1984) comentó sarcásticamente que el alcalde debía solicitar el traslado sin tardanza… a Villasimplona.

 

 

 

 

 

El informador más diligente de la Ofcina Federal de Control y, por ende, el principal actor en el circo de la censura era la Volkswartbund (Liga para la Protección del Pueblo), creada por la Asociación de Hombres de Colonia para la Lucha contra la Inmoralidad Pública y subordinada al arzobispado de la ciudad renana. Durante décadas, casi siempre con el pretexto de la protección de los menores, esta organización católica utilizó la justicia y la policía de la República Federal para imponer su propia, y limitada, visión del mundo. Los miembros de la organización registraban sistemáticamente las librerías en busca de publicaciones indecentes, y la causa contaba con la ayuda de unos abogados afnes que sabían expresar la indignación moral y trasladarla a la fscalía. Con su ignorancia sobre lo que es el arte, esforzadamente labrada, no se arredraban ante ningún clásico: desde Fanny Hill hasta Henry Miller, pasando por Lady Chatterley, estos «delatores del cardenal» (como los llama Robert Neumann) denunciaban todo



 

 

 

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lo que no encajaba en el ambiente católico próximo al gobierno. Luego se recurría a fscales inspirados por los mismos principios, que ponían en marcha la fuerza de acción: en el caso de Opus Pistorum de Henry Miller, en 1985, al menos setecientos policías registraron 285 librerías y, a petición de la fscalía de Darmstadt, requisaron todos los ejemplares disponibles. Se trataba de una edición autorizada de la editorial Europäischer Bücherbund y el Círculo de Lectores Bertelsmann, pues el juzgado de primera instancia de Reinbek, competente sobre la edición original de la editorial Rowohlt, había rechazado la acción policial apelando a la libertad artística; la edición, por tanto, se podía vender. A petición de la Volkswartbund, y en la estela de la «renovación espiritual y moral», desde 1981 unos mil policías persiguieron por todo el país unos treinta títulos que (aún) no fguraban en la lista de la Ofcina Federal de Control, pero que por lo visto eran peligrosísimos. Y la búsqueda no tuvo lugar solamente en librerías: el 9 de mayo de 1986 el Tribunal de Primera Instancia de Múnich dispuso el registro de las dependencias de la editorial Droemer Knaur (en Múnich), el almacén de distribución (en Künzelsau) y la imprenta (en Schleswig-Holstein), con objeto de confscar todos los ejemplares de la novela de Charles W. Fenton Ferien der Lust [«Perlas de lujuria»] y «los dispositivos necesarios para la producción, como planchas, tipos, bloques, clisés, negativos». Este libro insignifcante hoy sigue estando prohibido, dicho sea de paso.

 

 

 

Desde el principio, la Volkswartbund se sirvió también de la Ofcina Federal de Control para imponer sus valores en todo el país: hay que poner en su cuenta la prohibición de cómics inofensivos. Solo en el período 1959-1961, en que la Volkswartbund puso 702 denuncias, también dirigió 271 solicitudes a la Ofcina Federal de Control que ocasionaron 92 prohibiciones. No pocas veces los tribunales se mostraron



 

 

 

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dispuestos a colaborar: la novela de Gilbert Merlin Andrea und die rote Nacht [«Andrea y la noche roja»] no estaba consignada en la lista de la censura, pero el tribunal regional de Bonn la prohibió. En septiembre de 1962, la Volkswartbund logró un gran éxito cuando hizo confscar la novela de Restif de la Bretonne Monsieur Nicolas, publicada por la editorial Gala de Hamburgo, una lujosa edición para biblióflos en tres volúmenes con los que la editorial ofrecía una separata con la traducción al alemán de los pasajes eróticos en latín. Ernst Buchholz, fscal general de Hamburgo, puso fn a este exceso al autorizar la edición una semana después, aunque la separata con las traducciones siguió prohibida.

 

El intento por parte de dos fscales de Colonia, ambos miembros de la Volkswartbund, de prohibir un relato de Arno Schmidt en 1955 permite atisbar el nivel intelectual de los escandalizados. La denuncia decía:

 

Un tal Arno Schmidt publica un panfeto con el título de “Seelandschaf mit Pocahontas” [«Paisaje marítimo con Pocahontas»] en la revista Texte und Zeichen. En este panfeto, que por lo demás presenta un nivel cultural ínfmo, no solo se insulta a instituciones y costumbres de las sociedades religiosas cristianas, sino que algunos pasajes adquieren tintes de blasfemia y contienen frases injuriosas.

 

Entre los pasajes denunciados se encontraban los siguientes: «¿Yo? ¡Ateo, por supuesto! ¡Como cualquier persona decente!»; y sobre todo la frase: «Ese “Dios”, sin cuya voluntad ningún gorrión se cae del tejado ni diez millones son gaseados en el campo de concentración, sería sin duda un tipo muy curioso… ¡si existiera!». El denunciante aún añadía en la cuenta de las injurias blasfemas la expresión «la Renania santurrona», y concluyó: «Esto ha sido motivo de escándalo para mí y para otras muchas personalidades». La fscalía, sin embargo, confrmó el valor literario del relato y suspendió el procedimiento.



 

 

 

 

 

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Para evitar la ofensa de los sentimientos religiosos, la representación de elementos bíblicos o cristianos estaba prohibida desde hacía tiempo no solo en los teatros alemanes. Las obras de Friedrich Hebbel Judith y Genoveva no se pudieron representar en el Burgtheater de Viena ni en el Teatro de la Corte de Múnich, cuyo censor religioso era el propio arzobispo. En Prusia, la obra Maria von Magdala [«María Magdalena»] de Paul Heyse dio lugar en 1901 a un litigio que duraría años, puesto que el autor presentó una queja contra la prohibición general de temas bíblicos. La obra solo se pudo representar en una función privada de la Liga Goethe ante un público invitado, como antes Salomé de Oscar Wilde. La obra de Heyse no gustó y el público, que había seguido en la prensa la lucha encarnizada, se preguntó por qué se habían roto tantos huevos por una tortilla tan insípida. De repente ya nadie hablaba de la prohibición, que tuvo vigencia hasta 1918. En el Burgtheater la censura llegó hasta el extremo de prohibir palabras como «crucifjo», «iglesia», «sacerdote», etc.; en Uriel Acosta, Karl Gutzkow tuvo que cambiar la palabra «Dios» por «el Altísimo». El problema al que se enfrentaba el doctor Murke en el relato de Heinrich Böll de 1958, al tener que suprimir la palabra «Dios» de las emisiones radiofónicas y sustituirla por «ese Ser superior que veneramos», no era nuevo.

 

La situación en Inglaterra era comparable: la Iglesia y la corte eran —y son— temas tabú. El lord tesorero, cuyo despacho se encuentra en el Palacio de Buckingham desde los tiempos de los Estuardo, tiene el deber de leer todas las obras de teatro y, en caso necesario, prohibirlas u ordenar cambios. Salomé de Wilde estuvo prohibida hasta 1922; en la Opera de la Corte de Viena la ópera de Richard Strauss no se pudo representar hasta 1918, tras el fn de la monarquía. La censura



 

 

 

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moral resistió más tiempo en Inglaterra e Irlanda que en Alemania: algunas obras de Arthur Miller, John Osborne y Jean Genet no se pudieron representar porque trataban temas como la homosexualidad y el incesto. Salvados de Edward Bond (1965), la primera obra de teatro que mostraba la brutalidad juvenil, se prohibió porque en una escena unos jóvenes matan a pedradas a un bebé; en la República Federal la obra se pudo representar sin ningún problema. Como en Alemania en la época imperial, en Inglaterra existía el recurso —y todavía existe— de representar las obras prohibidas en funciones privadas; los teatros se convirtieron en clubs que solo admitían a sus miembros, pero después de que laEnglish Stage Society representara Salvados, el lord tesorero también exigió el control de los clubs de teatro, aunque no se entabló ningún otro juicio. Como siempre, la excepción es la católica Irlanda, donde sigue vigente una estricta prohibición de la blasfemia. No solo la Constitución establece esta prohibición, sino que en 2009 la blasfemia volvió a ser tipifcada como delito penal. En los demás países europeos, en cambio, este concepto prácticamente ha desaparecido de la praxis jurídica.

 

 

 

 

 

El proceso alemán más famoso, por ser el más documentado (Houben, 1925), se celebró precisamente en la misma República de Weimar que reconocía la libertad artística en su Constitución. La secuencia de escenas de Cari Einstein Die schlimme Botschaf [«La mala nueva»] (1921), publicada en 1921 por Ernst Rowohlt, mostraba cómo reaccionaría la sociedad actual ante el rigorismo ético de Jesús, si este volviera de repente: volvería a clavarlo en la cruz como perturbador de la paz. Cari Einstein ni siquiera pensó en representar la obra, pero la publicación y las reseñas consiguientes adquirieron las



 

 

 

 

 

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proporciones de un escándalo literario que fnalmente acabaría en los tribunales, donde dio lugar a un gran escándalo jurídico.

 

La mala nueva sigue siendo un texto actual, y sobre todo en las escenas grotescas que rodean la comercialización de la

 

ejecución de Jesús anticipa —satíricamente— lo que hoy llamamos crítica de los medios de comunicación. El fotógrafo de una revista va dictando los textos de los pies de sus fotografas: «Jesús es crucifcado en presencia de nuestra elegante estrella del cine Pissy Puck. Vestida de Poiret». Un operador de cámara exige a Jesús: «¡Más gestualidad!», «¡Más Greco!». Pissy Puck sustituye a la Virgen María, pues sabe representar la desesperación con más realismo. Al mismo tiempo, un agente negocia con el crucifcado sobre los derechos de las memorias: «Sin duda habrá vivido experiencias interesantes en la cruz […]. Cédame sus memorias, le pago cinco ediciones por adelantado y el 15 % del precio de venta[…]».

 

Lo que para nosotros es una acerba sátira del sensacionalismo de los medios de comunicación, el tribunal lo interpretó como una blasfemia. Era intolerable que se denigrase al hijo de Dios al nivel de la realidad mundana. El fscal declaró:

 

 

El libro constituye una grosera infracción del parágrafo 166. El Jesús del acusado es una caricatura del Jesús de los evangelios, se lo presenta en compañía de concubinas y chanchulleros. […] Einstein es un judío de nacimiento, es un disidente, y pretende hacer creer al tribunal que quiere ser religioso.

 

 

Carl Einstein fue condenado a pagar una multa de diez mil marcos y a su editor Ernst Rowohlt se le impuso otra de cinco mil. Se destruyó el libro y los dispositivos de impresión (los bloques, planchas, etc.).

 

La Constitución de la República de Weimar estipulaba la separación de la Iglesia y el Estado. Por eso, antes del proceso Einstein, un gran número de personajes de relieve y expertos se



 

 

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declararon en contra de la disposición del Código penal que protegía a la Iglesia y a favor de la supresión del parágrafo relativo a la blasfemia. Tomas Mann propuso que la blasfemia se tratara legalmente como desorden público:

 

Para los jueces sería más fácil inhibirse de actuar contra una obra tan grave como la de Einstein si tuvieran que aplicarle el parágrafo relativo al desorden público[22].

 

El parágrafo de la blasfemia todavía existe en Alemania, pero apenas se aplica. La progresiva secularización de la sociedad europea trae consigo una creciente indiferencia respecto a la blasfemia. Bélgica, Portugal y Francia suprimieron la ley equivalente, pero incluso en la España de Franco solo se hizo famosa la prohibición de la película de Carlos Saura El jardín de las delicias (1970). Es cierto que en su catecismo de 1993 la Iglesia católica aún considera la blasfemia una infracción directa del segundo mandamiento, pero cede a sus feles la responsabilidad al respecto, como demostró la polémica que rodeó a la película de Martin Scorsese La última tentación de Cristo (1988). Ciertamente, hubo manifestaciones con crucifjos delante de los cines e incluso se incendió un cine en Francia, pero solo en Chile se llegó a prohibir la película. La novela de Nikos Kazantzakis en que se basa la película se incluyó en el Índice romano en 1954, lo que dio fama mundial al autor.

 

Teniendo en cuenta la moderación estatal de las últimas décadas, resultan tanto más llamativos los casos en los que todavía se invoca el parágrafo 166. El 27 de mayo de 1994, el servicio de orden público de Tréveris prohibió el estreno de la comedia musical de Michael Schmidt-Salomon Das Maria-Syndrom [«El síndrome de María»], previsto para el día siguiente, a causa de la supuesta amenaza del orden público que se deducía de los elementos blasfemos de la obra. El Tribunal Contencioso-Administrativo Federal confrmó la opinión



 

 

 

 

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piadosa del guardián del orden. Se rechazó la revisión del dictamen y el recurso presentado en 1998 ante el Tribunal Constitucional no fue admitido a trámite. La prensa nacional no se hizo eco de estas decisiones, por considerar erróneamente que se trataba de un asunto provinciano sin mayor alcance. En realidad, la prohibición de este espectáculo (todavía en vigor) constituye uno de los ataques más graves a la libertad artística de la época reciente, ya que la resolución no se fundamentó en un proceso judicial. Michael Schmidt-Salomon solo ha podido dar a conocer su obra a través de Internet, en una versión modifcada.

 

 

 

 

 

La fetua o condena a muerte emitida en 1989 contra Salman Rushdie por Jomeini, el líder de la revolución iraní, fue inmediatamente declarada ilegal y contraria al islam por todos los países miembros de la Organización de la Conferencia Islámica con la excepción de Irán. Sin embargo, la fetua siguió vigente, ya que Jomeini murió a los dos meses y, según la interpretación iraní de las leyes, solo quien emite una fetua puede revocarla. Pero en este aspecto los jurisconsultos de Egipto, por ejemplo, tampoco coinciden con sus colegas iraníes.

 

En principio, la jurisprudencia islámica basada en el Corán permite la pena de muerte por el delito de blasfemia. Lo mismo se dice también en el Antiguo Testamento (Levítico 24, 16): «Y el que blasfemare el nombre de Jehová ha de ser muerto; toda la congregación lo apedreará». Todos los expertos islámicos niegan que la sentencia tenga vigor fuera del alcance de la sharía; además, no se puede emitir sin un juicio. Solo en Irán se ven las cosas de otra manera.

 

Estas cuestiones interpretativas han hecho de Salman Rushdie un hombre tan rico y homenajeado como digno de compasión. Pues el motivo para la fatídica condena fue



 

 

 

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igualmente una cuestión interpretativa. En su novela Los versos satánicos (1988), que muestra respetuosamente la vida del profeta Mahoma en algunas secuencias oníricas, Rushdie mencionaba una variante de la tradición de la sura 53 del Corán, según la cual en La Meca se veneraban tres divinidades femeninas preislámicas. Mahoma toleró esta veneración hasta que se dio cuenta de que las dos frases con las que había expresado su acuerdo eran una inspiración de Satanás y las eliminó de la versión canónica del Corán; de ahí el título de la novela, Los versos satánicos, aunque en realidad se trata solo de dos frases. Algunos expertos occidentales en el Corán interpretan históricamente esta tradición: Mahoma habría tolerado la adoración de las tres divinidades femeninas a cambio de ser reconocido como profeta por los habitantes de La Meca. Una vez logrado su propósito, prohibió la veneración en nombre del Dios único.

 

Sin embargo, esta explicación presenta un pequeño problema: para el mundo islámico, es decir, para Pakistán, Afganistán, Irán, Malasia, etc., el Corán es la palabra de Dios, que este transmitió en lengua árabe al profeta Mahoma a través del arcángel Gabriel. Cualquier duda sobre esta historia de la tradición supone una blasfemia. Mientras que el mundo occidental lleva casi doscientos años familiarizado con la desmitologización de la Biblia y los cerca de dieciséis mil errores de traducción de Lutero se han ido corrigiendo, los estudiosos del Corán que ponen en duda el origen divino del texto tienen que contar con la muerte.

 

Actualmente, la palabra «Qur’an» se hace derivar etimológicamente de la palabra aramea «qeryana», que designa una colección de oraciones, sentencias y preceptos de la Biblia hebrea. Los fragmentos del Corán más antiguos de los que se tiene noticia, escritos unos cincuenta años después de la muerte de Mahoma, presentan toda una serie de palabras arameas y se



 

 

 

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distinguen considerablemente del texto ofcial posterior. Dicho con cautela, esto no signifcaría otra cosa que el Corán originalmente era un libro cristiano y que en modo alguno tenía la pretensión actual de sustituir la revelación judía y cristiana mediante una verdad propia. De forma parecida a como sucedió con la Biblia, fueron redactores árabes posteriores los que dieron al Corán la forma que presenta el texto en la actualidad. Al traducir el texto arameo al árabe, tuvieron que dar su propia interpretación de los pasajes que ya no entendían. Así fue como surgió, por ejemplo, la falsa promesa de que «vírgenes de grandes ojos» esperaban a los feles en el paraíso. Si consultamos los términos arameos se aclara el malentendido: el texto se refería a las típicas «grandes uvas blancas» de la representación cristiana-siria del paraíso.

 

En los países islámicos, el Corán en su forma actual es la base identitaria que fundamenta todo acto. Cualquier duda sobre su transmisión, cualquier cuestionamiento de su forma canónica, hiere sensiblemente la legitimidad de la comunidad fundada en él. Cuanto más se percibe la infuencia de la ideología occidental como una amenaza a la propia identidad, con tanta más decisión debe defenderse el Corán como fuente de estabilidad. Así, cuando en 1989 el jefe de Estado iraní Jomeini justifcó su fetua contra Salman Rushdie con el argumento de que el libro se dirigía «contra el islam, el profeta y el Corán», se refrió a la alta traición, delito que también en las sociedades no islámicas a menudo solo puede expiarse con la muerte. Y no importa que se trate de un nacional o de un extranjero, como está escrito en el tercer libro de Moisés: se debe impedir que cualquier persona amenace la existencia del pueblo de Dios.

 

Las consecuencias de la fetua son conocidas: Rushdie tuvo que vivir durante años aislado de su familia y bajo protección policial, cambiando constantemente de domicilio. Ahora bien,



 

 

 

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la turba analfabeta y fanatizada por los predicadores de la violencia islamista que suelen mostrar los medios de comunicación occidentales no refeja la comunidad del islam. Aunque hace tiempo que Rushdie vuelve a moverse en el espacio público, ningún musulmán ha querido cobrarse la recompensa de tres millones de dólares que el gobierno iraní prometió por la cabeza del escritor. Por otra parte, ningún tribunal occidental ha colocado en una lista de personas buscadas, aunque solo fuera simbólicamente, a los promotores de la condena a muerte o a sus renovadores como Alí Jamenei.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fundamentalistas islamistas queman Los versos satánicos de Salman Rushdie

 

Por las circunstancias dramáticas que rodearon su caso, Salman Rushdie es la víctima más famosa de la censura islámica, pero obviamente no es la única. Lo que se permite a la literatura y los peligros que amenazan a los autores lo muestran las graves agresiones fsicas que sufrió el egipcio Naguib Mahfuz. Por lo demás, también debemos recordar las obras antiguas que no pudieron publicarse en Irán tras la «revolución islámica»: el Diván de Qa’ani (1807-1857), considerado una obra



 

 

 

 

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maestra de la poesía persa, ha desaparecido de forma tan radical que es como si no hubiera existido nunca.

 

 

En una sociedad laica, lo que se concede a Dios —esto es, la protección frente a las injurias personales— debe concedérsele también al ciudadano. Los particulares que sientan que los medios de comunicación menoscaban su honor pueden actuar contra estos mediante los procedimientos de la acción de cesación o el interdicto provisional y obtener la prohibición de distribución, la supresión o la modifcación de las manifestaciones que consideren injuriosas, además de pedir daños y perjuicios. En 1995, mediante una acción de cesación, Helmut Kohl logró que se retirara del mercado el número de enero de Penthouse, que en una caricatura representaba a su mujer como una fgurita de las que adornan el capó de los coches de lujo. El tribunal de Bonn lo consideró una violación del derecho a la protección de la personalidad.

 

Todavía no se sabe quién puso la denuncia contra Lucy’s Lustbuch. La lista de los posibles ofendidos es larga: en este cómic pornográfco publicado en 1971 Lucy se cepilla a todos los famosos de Alemania occidental, desde los cantantes Freddy Quinn, Roy Black y Heino hasta los políticos Franz Josef Strauss y Willy Brandt. La historia entera gira en torno a este chiste: Lucy los seduce a todos. Aunque el argumento no es especialmente original, los dibujos, que recuerdan el estilo pop-art de Mel Ramos, son estéticamente muy atractivos. Por desgracia, este libro signifcó el fn de la carrera como dibujante de cómics de Alfred Demarc, pseudónimo de Alfred von Meysenbug. En su blog del periódico Die Tageszeitung («Making of Pornography»), el entonces editor Jörg Schröder cuenta la breve historia del libro: antes de la publicación, la fscalía general de Fráncfort ordenó confscar la edición entera de diez



 

 

 

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mil ejemplares, que se encontraba en el almacén de la distribuidora. No se celebró un proceso público, ya que el editor y el fscal llegaron a un acuerdo insólito en Alemania: el sobreseimiento de veinte procedimientos contra el editor por «difusión de obras obscenas» a cambio de la destrucción de Lucy’s Lustbuch. Que el fscal aceptara este acuerdo permite deducir que el demandante era un político de alto nivel que tenía un gran interés en que el motivo de escándalo desapareciera de forma rápida y sigilosa. Escaparon a la destrucción unos pocos ejemplares de pruebas que hoy tienen un precio elevado en el mercado de los coleccionistas.

 

Justo antes de su primera intervención en la respetable serie de televisión Tatort [«Lugar del crimen»] (ARD, 24 de octubre de 2010), la actriz Sibel Kekilli consiguió que se prohibiera a la cadena RTL mostrar escenas de las películas pornográfcas en las que había participado. La última databa del 2002, antes de que el éxito de la película Contra la pared la llevara a la fama en 2004. En la sentencia se afrmaba que no podía permitirse que se mostraran las escenas en cuestión porque se habían flmado hacía mucho tiempo. Cuando Contra la pared obtuvo el Oso de Oro en el festival de cine de Berlín de 2004, el Bild proclamó el pasado de la protagonista en grandes titulares. El periódico sensacionalista publicó antiguas fotos de desnudos de la actriz, hasta que el tribunal cameral de Berlín prohibió su publicación alegando que sobre todo la expresión «Actuación convincente» incluida en un pie de fotografa «ridiculizaba y denigraba» a la actriz. La campaña del Bild contra la actriz de origen turco provocó intensos debates y proporcionó una publicidad inesperada tanto a Kekilli como a la película Contra la pared. La actriz, por su parte, aprovechó la ceremonia de los premios Bambi de televisión para pedir al periódico que pusiera fn a su «asquerosa campaña difamatoria».



 

 

 

 

 

 

 

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Kekilli, que desde entonces ha tenido una exitosa carrera internacional y ha sido distinguida con numerosos premios cinematográfcos, obtuvo su propósito con su acción de cesación contra la RTL, pero los considerandos de la sentencia judicial plantean algunas preguntas: ¿en qué medida somos dueños de nuestro propio pasado?, ¿puede alguien prohibir testimonios ya publicados, si considera que pertenecen a una parte incómoda de su vida y quiere borrarlos de la memoria pública? Al parecer, la jurisprudencia actual concede esta posibilidad. El cantante Herbert Grönemeyer consiguió que se prohibiera una biografa que él no había autorizado porque el libro contenía cincuenta y tres infracciones contra el derecho a la protección de la personalidad. Además, Ulrich Hofmann, el autor de la biografa, había infringido sus derechos de autor al reproducir, extensas citas de sus entrevistas. En 2008 Günter Grass demandó a su biógrafo Michael Jürgs porque afrmaba que el escritor se había alistado como voluntario en las SS. En la nueva edición del libro, hubo de sustituirse el pasaje en cuestión por la frase:

 

 

 

Günter Grass escribió que a los diecisiete años, mientras cumplía el servicio militar obligatorio, fue destinado a la división de las SS de Frundsberg.

 

Así, Jürgs subrayaba el carácter subjetivo de la afrmación citada. La cantante Eva-Maria Hagen interpuso una demanda contra la biografa familiar Havemann, publicada como «novela» y frmada por Florian Havemann, el hijo del famoso crítico del régimen de la RDA. La editorial Suhrkamp retiró inmediatamente el libro del mercado.

 

En el laberinto de las demandas, a veces se producen extravíos singulares. En 2007 un antiguo ofcial de las SS denunció una autobiografa de su antigua amante, la autora Lisl Urban, de noventa y tres años de edad. Creyó reconocerse en la persona de un agente de las SS que trataba con humanidad a los



 

 

 

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judíos y los polacos, y se sintió ofendido en su honor de ofcial.

 

El Tribunal Provincial de Leipzig rechazó la demanda.

 

Desde hace tiempo se viene produciendo un cambio de paradigma en la jurisprudencia desde la garantía de la libertad de opinión e información hasta la protección de los derechos de la personalidad. En los últimos años esta evolución ha resultado cada vez más letal para las biografas no embellecidas, los libros de documentación y los reportajes. La interesante página web https://www.craslegam.de ofrece una crónica actualizada de la censura en el apartado «Angegrifene Bücher in der Bundesrepublik Deutschland» [«Libros atacados en la República Federal de Alemania»! Algunos ejemplos: en su Schwarzbuch Waldorf [«El libro negro de Waldorf»], Michael Grandt analizaba los contenidos pedagógicos de esta institución; en 2008 se prohibió la venta del libro porque un maestro consideraba que se habían malinterpretado sus palabras.

 

El libro de Jürgen Roth Der Deutschland-Clan, en el que se exponen los vínculos de la política con el mundo de la industria, tuvo que ser acortado y rescrito en 2007, puesto que el entonces canciller Gerhard Schröder consideró que su actividad como asesor de la empresa rusa Gazprom se describía de tal modo que podía hacer que los lectores sacaran conclusiones erróneas. Schröder, que también mandó prohibir algunas conjeturas sobre el color de su pelo, en 2005 ya había tenido éxito con una demanda contra Schwarzbuch VW [«El libro negro de Volkswagen»], de Hans-Joachim Selenz. Como algunos pasajes de esta obra podían sugerir al lector que «el 10 de abril de 1992 el demandante había utilizado “servicios sexuales” durante un vuelo de Braunschweig a Verona en un Learjet de la empresa FJC» (según rezaba la sentencia), la editorial tuvo que suprimir el pasaje aludido. En ninguno de estos casos se negaba ninguna afrmación, sino que se trataba de impedir una posible interpretación del lector. Por tanto, no se debe escribir nada



 

 

 

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que pueda dar ideas al lector, si tales ideas no resultan convenientes para una persona nombrada.

 

Durante décadas, las autoridades alemanas no han prestado atención al problema del crimen organizado, siempre y cuando no se tratara del terrorismo de la izquierda radical. Actualmente, una interpretación extensiva del derecho a la protección de la personalidad impide que se divulguen los negocios de la mafa en Alemania. En 2008, el dueño de un restaurante italiano consiguió que se dictara un interdicto provisional contra el libro de Petra Reski Von Paten, Pizzerien und falschen Priestern [«De padrinos, pizzerías y falsos sacerdotes»], decisión confrmada por la Audiencia Territorial de Múnich en 2009 pese a la protesta de la editorial. El libro solo pudo venderse en una versión censurada, con pasajes tachados. Asimismo, el libro de Jürgen Roth Mafaland Deutschland [«Alemania, país de la mafa»], donde se exponían los resultados de la investigación de la Ofcina Federal de Investigación Criminal sobre la implantación de la mafa en Sajonia, tras una resolución provisional solo pudo aparecer en el mercado en 2009 en una versión censurada. Y a duras penas, pues la actividad de los abogados no se detiene en la demanda a las editoriales. Inmediatamente después envían requerimientos a las grandes librerías, que deben comprometerse a no vender los libros imputados. En la mayoría de los casos, las librerías no vuelven a comprar la reedición del libro (censurada), con lo que se ha logrado el objetivo del interdicto provisional: el libro desaparece del mercado incluso cuando es autorizado por el tribunal.

 

 

 

Para ahorrarse semejantes gastos y semejantes molestias, muchas librerías se fjan en qué nuevas publicaciones pueden causarles difcultades y, a la hora de comprar, o bien evitan los temas polémicos, o bien boicotean a los autores y editoriales especializados en los reportajes críticos. Por tanto, en la



 

 

 

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práctica se da una censura preventiva que en teoría no debería existir y que las normas jurídicas no recogen. Actualmente, antes de publicar un texto, las editoriales encargan a sus asesores jurídicos que se aseguren de que no contenga afrmaciones problemáticas que puedan ser impugnadas. Como muestra el caso de El libro negro de Volkswagen, la praxis jurídica basa cada vez más sus decisiones no en los hechos, sino en la interpretación subjetiva del demandante.

 

El grupo editorial Random House también sufrió un caso parecido. En 2010, la editorial Riemann publicó el ensayo de Francesco Forgione Mafa-Export, que entre otras cosas confrmaba las investigaciones de Jürgen Roth. Rápidamente los propietarios de dos restaurantes de Erfurt pusieron una demanda por difamación. La editorial invocó el derecho de la libertad de información en interés de la opinión pública y presentó ante el tribunal una declaración jurada del fscal italiano competente y los informes de la Ofcina Federal de Investigación Criminal. Pese a ello, la Sala novena de lo Civil del Tribunal Provincial de Múnich (AZ. 90 19401/10) decidió a favor del derecho a la protección de la personalidad de los demandantes, con el absurdo argumento de que el autor, antes de publicar el libro, debería haber pedido su opinión. Se tuvo que suspender de inmediato la venta del libro.

 

En última instancia, esta práctica de la censura produce una sociedad en la que los intereses privados prevalecen sobre los derechos generales. Con ello, se anula la libertad de opinión e información garantizada por la ley fundamental.

 

Que dicha libertad ni siquiera exista en los estados fundamentalistas no signifca que estemos ante un problema menor. Si los tribunales se convierten en auxiliares ejecutivos

 

de los intereses privados —trátese ya de personas o de organizaciones—, pronto podría llegarse a creer que, para imponer dichos intereses, es posible prescindir del derecho.



 

 

 

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La cosa empezó con Mefsto. La novela de Klaus Mann se publicó por vez primera en 1936 en una editorial de alemanes exiliados en Ámsterdam, con la siguiente nota aclaratoria: «Todos los personajes de este libro representan tipos, no son retratos». Precisamente eso los desenmascaraba; podría decirse que, en esta sátira, el sujeto estaba desfgurado hasta lo reconocible. La novela describe la carrera de un actor vanidoso desde que actúa en el pequeño Teatro de los Artistas de Hamburgo hasta que se convierte en director del Teatro Estatal de Prusia y protegido del mariscal del Reich Hermann Göring. Klaus Mann no ofrece un estudio psicológico de los personajes, lo cual no habría interesado a nadie, además de ser un error. El caso es que el público solo reconocía a los actores por sus máscaras típicas: a Göring en sus ampulosos uniformes extravagantes, y a Gustaf Gründgens en la fsonomía blanca como la cal de Mefstófeles. Así es como actuaban en el escenario de su vida: Göring, pomposo y ostentoso; Gründgens, el espíritu acomodaticio que todo lo aprueba. La única forma adecuada de retratarlos era mostrándolos como máscaras teatrales. No olvidemos, por último, a Klaus Mann, el cronista de la función, el marginado prototípico: homosexual, drogadicto e hijo talentoso de un padre célebre; tres hándicaps.

 

Klaus Mann tenía diecinueve años cuando en 1925 conoció a la estrella emergente del Kammerspiele de Hamburgo, que quería llevar a la escena la primera obra teatral del niño prodigio: Anja und Esther [«Anja y Esther»], una pieza sin grandes pretensiones que mostraba en diversas escenas las molestias cotidianas de las relaciones homosexuales. No es difcil imaginar que entre el enfant terrible y Gründgens, seis años mayor, saltaran chispas. Los dos jóvenes elegantes eran tal para cual. En la obra se representaban a sí mismos en dos



 

 

 

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papeles secundarios; los protagonistas los interpretaron Pamela Wedekind, la caprichosa hija del dramaturgo Frank Wedekind, y Erika Mann, la inevitable hermana favorita. El reparto delata el deseo de provocar y la representación se saldó con el escándalo esperado. La empresa había sido un éxito y el cuarteto decidió estrechar aún más sus vínculos. En el verano de 1926 Gründgens se casó con Erika Mann después de quemar las cartas de amigos que podrían haber puesto en entredicho su idoneidad como esposo. Klaus Mann quería casarse con Pamela, pero todavía era menor de edad. El ministro del Interior de Baviera dio una respuesta tajante a la solicitud de mayoría de edad que se le cursó: «Si hay alguien menor de edad es Klaus Mann».

 

Sobre la ola de la perversidad a la moda, en 1927 los enfants terribles se fueron de gira con la siguiente obra teatral de Klaus, Revue zu Vieren [«Revista a cuatro»], pero el frágil edifcio no aguantó mucho tiempo. Klaus y Erika fueron a Estados Unidos, donde se presentaban como los «gemelos Mann», y Pamela se casó con Carl Sternheim, que pertenecía a la generación mayor y ya padecía neurosis. Gründgens, que en 1925 ya había brillado con su interpretación del papel protagonista en el Oscar Wilde de Sternheim, continuaba su ascenso meteórico en Berlín. El 2 de diciembre de 1932, en el Teatro Nacional, encarnó por primera vez el papel de Mefstófeles, con la máscara que lo convertiría en un mito; el papel de Gretchen lo interpretó Emmy Sonnemann, la amante y futura esposa de Göring. Pocas semanas después Klaus Mann tuvo que huir de Alemania, y desde el exilio siguió atónito la escalada de su excuñado hasta el puesto de director general del Teatro Nacional por la gracia de Göring. Después de su experiencia como amantes y comunistas de salón, este pacto con los nazis le pareció un osado número en la cuerda foja que nadie habría creído posible hasta verlo con los propios ojos. La cuerda de seguridad la sujetaba el primer



 

 

 

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ministro Göring; de él dependían los teatros nacionales de Prusia, mientras que los demás escenarios del país estaban bajo el domino de su archienemigo Goebbels, el ministro de Propaganda. El jovial y exhibicionista Göring, también él drogadicto, y el frío e inaccesible actor que se representaba a sí mismo hacían una pareja muy curiosa. Los unía el desprecio por la barbarie cultural nazi de cuño goebbelsiano y estaban convencidos de poder salvar el arte del fn del mundo. La película más extraña en la que jamás participó Gründgens, y que actualmente podría interpretarse como un testimonio de la resistencia intelectual, fue Tanz auf dem Vulkan [«Danza sobre el volcán»] (1938), título que sirve para describir su vida en aquellos años.

 

Desde Ámsterdam, donde trabajó como editor de una revista del exilio, Klaus observaba con asco y curiosidad la insólita representación de los «monos del poder»: «I decided to portray

 

Mephisto-Gruendgens [“Decidí retratar a Mefstófeles-Gründgens”]», puede leerse en la edición americana de su autobiografa, Te turning point (1942). En la edición alemana, que no se publicaría hasta al cabo de diez años

 

—tres después de su suicidio—, Klaus relativizó esta afrmación. Según decía, el libro no era una novela en clave: «Otro podría haberme resultado igual de útil como ejemplo».

 

Obviamente, Mefsto es una novela de clave y así debió de entenderse entonces. En 1936, ningún lector tenía ninguna duda acerca de quién era en la vida real ese Hendrik Höfgen, arribista vil y brillante, cínico y desconsiderado. Curt Riess, el biógrafo de Gründgens, llegó a afrmar que la novela describía a Gründgens «con exactitud fotográfca». Con todo, la sátira contiene algún elemento distanciador: Klaus expulsó el objeto de su amor-odio del palco de los homosexuales y lo arrojó a los hondones del masoquismo. Höfgen, impotente en su matrimonio, dos veces por semana se deja azotar y humillar por



 

 

 

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su ama negra, hasta que el mariscal del Reich le hace saber que la diversión tiene su límite en la «deshonra racial». La negra es detenida y expulsada. Precisamente estas escenas con la princesa del látigo, literariamente poco logradas, acabaron siendo fatales para la novela.

 

Después de que Gründgens fuera atacado en el Völkischer Beobachter, en 1936 Göring lo nombró espontáneamente «consejero de Estado de Prusia». El título le confería inmunidad, pues a partir de ese momento solo el propio Göring podía ordenar su detención. Gründgens aprovechó esa condición para salvar a personas amenazadas de las represalias o, como en el caso del cantante Ernst Busch, de una muerte segura. Eso lo sabían no solo Göring y su mujer, sino sin duda también Klaus Mann, quien, tras la guerra, de vuelta en Alemania, escribió artículos de actualidad para varios periódicos estadounidenses. Preocupado y decepcionado, constató la rapidez con que los artistas que habían servido de pretexto cultural a un estado criminal pasaban página tras la catástrofe:

 

 

 

Se informa desde Berlín que al consejero de Estado Gründgens, que acaba de salir de la cárcel, podrá vérselo próximamente en una comedia de Cari Sternheim. Un chiste… ¡digno de Cari Sternheim! No es que tenga nada en contra de Gründgens. Es un cómico de un talento excepcional; personalmente también me resulta más bien simpático. Pero me parece que estos amigos íntimos de Göring no deberían tener tanta prisa. Si Gründgens ya vuelve a ser presentable en sociedad… ¿por qué no se concede tal honor a Emmy Sonnemann? Quizá alguno de los gaseados en Auschwitz haya dejado alguna obra de teatro con la que la eminente dama podría hacer su segundo debut… (17 de abril de 1946.)

 

Un año después, cuando Gründgens —que había sido nombrado director general de los teatros de Dusseldorf tras su sensacional rentrée en la obra de Sternheim Snob— intervino como testigo de descargo en el juicio entablado contra Emmy Sonnemann por la cámara de desnazifcación, Klaus Mann consideró



 

 

 

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necesario publicar Mefsto también en Alemania. Distanciado ya de su antiguo amigo, quería que esta sátira de su época, escrita en solo cinco meses del año 1936, fuera interpretada como la novela de un arribista típico. Por decirlo así, quería que fuera una obra didáctica que arrojara luz sobre todas las carreras proseguidas sin solución de continuidad sobre las fosas comunes del Tercer Reich. Pero el editor al que acudió rechazó el libro por lo reconocible que resultaba Gründgens. El 13 de abril de 1949, Gründgens volvió a cosechar aplausos en el papel de Mefstófeles en el Schauspielhaus de Dusseldorf; un mes después, Klaus Mann se quitaba la vida en la habitación de un hotel de Francia, maltrecho por el consumo de estupefacientes y desengañado por la inmoralidad del arte y la política.

 

Erika intentó actuar en su favor cuando, tras la muerte de Tomas Mann, propuso los derechos de la obra de su padre a la editorial Reklam, de Berlín oriental, con la condición de que publicara Mefsto; la editorial aceptó el trato. En la República Federal, esta edición de 1956 solo se vendió en una librería de Fráncfort, que no tardó en retirarla a petición del hijo adoptivo de Gründgens. El propio Gründgens nunca tuvo reparos contra la publicación de la novela en Alemania occidental. La batalla jurídica empezó después de su muerte, cuando una editorial de Múnich anunció que publicaría la novela con la edición de la obra completa del autor. Después de una demanda y una reconvención, tras la prohibición provisional y la venta provisional, la Audiencia Territorial de Hamburgo decidió en 1966 que la novela no era una obra de arte, sino una novela en clave en la que Klaus Mann se vengaba de Gründgens porque creía que el honor de su hermana Erika había quedado manchado por su matrimonio con el actor: una absurda tergiversación de los hechos. La Audiencia Territorial declaró en los considerandos:



 

 

 

 

 

 

 

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Al reconocer en el personaje de Höfgen tal como es descrito en la novela algunos aspectos conocidos de la apariencia y la carrera de Gründgens, [el lector] es llevado a suponer que las demás circunstancias personales, acciones y motivaciones de Höfgen también describen felmente a Gründgens. Así, el lector relacionará con Gründgens las acciones, motivaciones y declaraciones de Höfgen, así como las conversaciones que este mantiene con otros personajes de la novela. También hay que tener en cuenta la curiosidad morbosa del público, sobre todo cuando se le muestra la vida personal y aún íntima de un actor. Ante esta representación, el lector no puede distinguir entre verdad y fcción, tanto más cuanto que lo que se ha añadido al personaje de Höfgen respecto al modelo real de Gründgens es posible e incluso verosímil.

 

La sentencia, por tanto, daba la razón a la demanda de Peter Gorski, hijo adoptivo del actor, al dictaminar que el libro era un «libelo difamatorio en forma de novela», especialmente en cuanto se refere a «la relación masoquista de Höfgen con una bailarina negra». Alegando la colisión entre la protección de la personalidad y la libertad artística, la editorial solicitó una revisión del caso ante el Tribunal Supremo en la que se deslindaran claramente esos dos derechos básicos, pero la petición fue rechazada y se confrmó la sentencia de prohibición: la libertad artística tenía su límite en el honor personal de las personas representadas, sobre todo cuando no se ocultaba al lector la relación del personaje con el modelo real. En 1971, la editorial presentó un recurso de amparo ante el Tribunal Constitucional que no prosperó. La novela Mefsto seguía estando prohibida cuando en 1980 se publicó en una nueva edición de bolsillo; en tres meses se vendieron trescientos mil ejemplares y nadie se escandalizó. El «mito Mefsto» incluso fue objeto de un artículo de portada en el Spiegel (n.º 40/1981), con lo que demostró tener una vida más larga de lo que ni el propio Klaus Mann hubiera creído jamás. Su novela no sería hoy más que un testimonio histórico de la literatura alemana del exilio y, por tanto, solo interesaría a los expertos, si no hubiera existido el «modelo» real Gustaf Gründgens, como —a la inversa— probablemente de no ser por



 

 

 

 

 

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la novela hoy nadie se acordaría ya de la genial interpretación de Mefstófeles que hizo este «farsante» (al decir de Klaus Mann), a pesar de la película de 1961 Faust (dirigida por Peter Gorski). De forma totalmente involuntaria, en una situación histórica única, el actor y su adversario se dieron fama mutuamente: la leyenda de Gründgens y la fama póstuma de Klaus Mann se basan, en última instancia, en un libro que nadie debía leer.

 

La disputa judicial, que ha sido ampliamente documentada por Eberhard Spangenberg, duró años y obtuvo un enorme eco en la prensa. Después de que la nueva edición se publicara sin difcultad, casi nadie pensó que la polémica sentencia de 1968/1971 todavía pudiera servir como justifcación para prohibir una obra literaria. Pero el crítico Friedrich Luf ya había advertido sobre este peligro en un comentario radiofónico de 1971:

 

 

 

[…]  el Tribunal Federal Constitucional debería considerar que el público lector de hoy es lo sufcientemente maduro para leer correctamente y con sentido crítico este documento histórico. Hace tiempo que los dos adversarios están muertos. […] Prohibir ahora el libro de uno de ellos, casi cuarenta años después de su escritura, signifca condenar a Klaus Mann al exilio por segunda vez, póstumamente, por decirlo así; signifca querer tutelar de forma intolerable a la sociedad lectora de este país, considerar que no tiene sentido crítico, como si fuera un niño pequeño, y signifca sentar un precedente para todos los casos desagradables que puedan darse en el futuro: «¡El parecido con la realidad acarrea la prohibición!».

 

El 22 de febrero de 2003, el escritor Maxim Biller envió un ejemplar de Esra, su nuevo libro, a su antigua compañera sentimental con la siguiente dedicatoria personal: «Este libro solo es para ti. Lo he escrito solo para ti, pero comprendo que te dé miedo leerlo. Quizá lo leas cuando seas vieja». Pero la destinataria lo leyó de inmediato y, junto con su madre, a la que también se describía desfavorablemente en la novela, consiguió que se emitiera un interdicto provisional contra la editorial,



 

 

 

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que no pudo seguir distribuyendo la novela. El 23 de abril de 2003 la audiencia provincial de Múnich desestimó el recurso presentado por la editorial, confrmando así la prohibición de la publicación, la venta y la publicidad de la novela.

 

Si entendiéramos al pie de la letra la fórmula excluyente que Biller repite dos veces en su dedicatoria («solo para ti»), la publicación del libro no habría sido necesaria o pertinente, pero es obvio que se trataba de una expresión metafórica. La comprensión que Biller mostraba por el temor que la lectura del libro podía infundir a la destinataria de su dedicatoria haría suponer a esta que la novela trataba sobre ella. A lo largo de sus doscientas páginas no solo se describe la fracasada relación amorosa de un escritor llamado Adam con una turcoalemana llamada Esra, sino también el entorno familiar de esta. Ya en la primera página se describe a la madre turca como una persona extremadamente ambiciosa, despótica, depresiva y pendenciera, como una alcohólica y una enferma mental. Más adelante, con la ayuda de la mafa roba a sus padres un terreno en Turquía y construye un hotel de su propiedad, que es pasto de las llamas después de que haya contratado un seguro contra incendios. Acto seguido se implica en una campaña de protesta contra la extracción de oro con cianuro en Turquía, causa que le valdrá la concesión del «Premio Nobel alternativo» que se menciona en la primera frase de la novela. Así pues, quien quiera saber si esa mujer existe, solo tiene que escribir en Google las palabras alemanas «Alternativer Nobelpreis Türkin» («Premio Nobel alternativo turca») y averiguará su nombre verdadero. Es comprensible que la mujer sintiera menoscabado su derecho a la protección de la personalidad.

 

También se menciona varias veces el temor de su hija a aparecer en un texto del escritor; de hecho, el tabú de la representación es la condición previa de la relación:



 

 

 

 

 

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Esra me dijo desde el principio que nunca escribiera nada sobre ella. […] «No quiero […]. No quiero enseñarte los pechos y después leer en alguna parte que te he enseñado los pechos».

 

Había sido actriz, con diecisiete años ganó un premio de cine alemán y, como se dice en el libro, «después de tantos años todavía la reconocían por la calle»; experiencia que explica su temor a volver a perder el control de su imagen pública. Con Esra, el autor se saltó las reservas de su exnovia e incluso describió sus prácticas sexuales en unas escenas subidas de tono. Como en el amplio círculo de conocidos de Maxim Biller todo el mundo sabía quién era la exnovia del autor, la persona representada como Esra sintió igualmente menoscabado en su derecho a la protección de la personalidad.

 

Maxim Biller cometió un abuso de confanza, lo cual no es punible, pero está claro que el respeto y la decencia no son virtudes innatas. Biller había llamado la atención como autor con una columna fja en la revista Tempo, titulada «Hundert Zeilen Hass» [«Cien líneas de odio»], en la que dio sobradas muestras de que no se arredraba ante ninguna provocación con tal de que aumentara su popularidad. Todo lo que escribía parecía auténtico por la única razón de que situaba a su propia persona en el primer plano y jugaba con la mezcla de realidad y fcción. En Esra se dice que muchos creyeron que el anterior libro del autor era autobiográfco, «pero naturalmente se trata de un error». Tochter [«Hija»], la primera novela de Biller, publicada en el año 2000, trataba de una relación incestuosa entre un padre y una hija.

 

Nadie dudaba que Biller fuera un escritor brillante, versado en todos los trucos de la posmodernidad literaria, pero no eran cuestiones estéticas las que se dirimían judicialmente. Las dos demandantes hicieron valer ante la audiencia provincial de Múnich la circunstancia de que las relaciones familiares descritas en Esra coincidían exactamente con la realidad, a la



 

 

 

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que también se ajustaba el hecho de que la relación amorosa que se ventila en la novela hubiera fracasado precisamente por culpa de esas relaciones familiares. Como el narrador mantiene relaciones sexuales con Esra durante un largo período de tiempo, y como este último personaje se puede identifcar con la demandante, la esfera íntima de esta se ha visto afectada. El tribunal también dio la razón a la madre, la segunda demandante, pues era intolerable que se hicieran semejantes afrmaciones sobre su persona. La editorial invocó la libertad artística ante todas las instancias y llegó hasta el Tribunal Supremo, pero no le sirvió de nada: el libro siguió prohibido.

 

Desde el principio, el caso provocó división de opiniones en las páginas de los periódicos dedicadas a la cultura. Aun admitiendo que las personas eran fácilmente reconocibles, Richard Kämmerlings argumentó que las coincidencias entre fcción y realidad formaban parte del estilo literario del autor (Frankfurter Allgemeine Zeitung, i de enero de 2003):

 

El arte de Biller estriba en la forma como consigue acomodar la materia autobiográfca en un estilo periodístico que va saltando constantemente de un tema a otro sin perder por ello precisión ni concentración.

 

Jens Jessen objetó desde las páginas del Zeit (13 de marzo de 2003):

 

Lo decisivo para dilucidar si se trata de una pieza literaria o de una pieza del periódico Bild no es la posibilidad de que alguien se reconozca en el personaje de una novela, sino la posibilidad de negar esta identifcación. Un autor solo puede invocar la libertad artística en la medida en que se respete la libertad de la persona retratada: la libertad de no sentirse aludida.

 

Así, Marcel Proust retrató al auténtico Barón de Montesquiou bajo el nombre de Charlus y todo lector podía saber de quién se trataba; pero en una ocasión Proust hace aparecer al propio Montesquiou, con lo que desactiva la identifcación con Charlus. Jessen terminaba diciendo:



 

 

 

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Todo volverá a girar en torno a Maxim Biller. Es imposible obtener una mayor satisfacción narcisista de una historia de amor fracasada.

 

La suposición de que Biller llevó el pleito hasta la última instancia por vanidad narcisista nos lleva a fjarnos en otro aspecto: el deseo de la chica de preservar su intimidad del dominio público, deseo desatendido por el autor, solo podía imponerse en un proceso público en el que se revelaron todos los detalles por los que las demandantes querían prohibir la publicación del libro. Si el autor no quiso ser discreto, los tribunales no podían serlo.

 

A la editorial todavía le quedaba el recurso del Tribunal Constitucional. En 2007, tras un litigio de cuatro años, esta última instancia confrmó la prohibición del libro, pero no la anterior sentencia del Tribunal Supremo, cosa que no se dijo en la prensa. Sorprendentemente, el tribunal rechazó el cargo de perjuicio de la madre y solo confrmó la lesión del derecho a la protección de la personalidad de la hija causada por la revelación de detalles íntimos de su vida sexual. De este modo, la sala sentenció a favor de la libertad del arte en el sentido más amplio.

 

No se dilucidó la cuestión de si ese libro escrito con «estilo periodístico» (Kämmerlings) era arte. Estas cuestiones no competen a los juristas. En la portada del libro se especifca el género «novela» y al fnal Biller añadió:

 

Todos los personajes y acciones descritos en este libro son fcticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas es pura coincidencia y no responde a la intención del autor.

 

¿Es sufciente con que el autor afrme que su libro es fcción?

 

¿Cuándo debemos considerar que un libro es una novela?



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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RESUMEN PROSPECTIVO

 

 

 

La lista de los libros prohibidos es interminable y constantemente se le añaden títulos nuevos. Nada nuevo; lo nuevo es que ahora tenemos constancia de ello.

 

En Taiwán se edita lo que en la República Popular de China está prohibido: los libros de Wang Lixiong, del Nobel Gao Xingjian, de Ha Jin (premiado con el National Book Award), del autor Bei Ling y del Nobel de la Paz Liu Xiaobo. Quien lea el libro de Liao Yiwu Fräulein Hallo und der Bauernkaiser [«La señorita Hola y el emperador de los campesinos»] (2010) se encontrará con un pandemonio de la violencia y la infamia. El autor pasó cuatro años en la prisión por su poema «Masacre», dedicado a las víctimas del 4 de junio de 1989, cuando el gobierno de China mandó los tanques contra su propio pueblo. Luego recorrió durante años su provincia de Sichuan hablando con las víctimas de la «revolución cultural» de Mao, de las que hoy ya nadie quiere acordarse. La señorita Hola reúne los recuerdos de una generación perdida, marcada por unas atrocidades inconcebibles y cuyas existencias destruidas quedaron arrolladas por el milagro económico chino. En todos los estados totalitarios hay autores como él, personas que no se dejan amedrentar por las prohibiciones y se juegan la vida para contar la verdad que se encuentra más allá de las declaraciones ofciales.

 

En Teherán, el novelista Abbas Marouf fue azotado públicamente en 1996 y luego encarcelado porque, según la



 

 

 

 

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sentencia judicial, había atentado contra los «valores religiosos». Todavía está vigente la fetua contra la escritora Taslima Nasrin, cuyos libros están prohibidos en Bangladesh, su país, y en la provincia india de Bengala Occidental. Se la acusa de ultrajes al Corán por defender, como la somalí Ayaan Hirsi Ali, los derechos de las mujeres.

 

En septiembre de 2010, Hossein Derakhshan, iniciador de la revolución de los blogs en Irán, fue detenido y condenado a diecinueve años y seis meses de cárcel, aunque había temido incluso la pena de muerte. En Irán, instalar un blog en Internet equivale a crear una célula subversiva.

 

En 2007, Fouad al-Farhan, el primer opositor en Internet del reino de Arabia Saudí, fue detenido por reclamar los derechos civiles y la libertad de opinión en su blog. Cuando, a fnales de noviembre de 2009, en la ciudad portuaria de Yeda murieron cientos de personas como consecuencia de unas inundaciones que destruyeron una gran cantidad de casas y puentes, porque se habían edifcado durante el boom de la construcción con materiales demasiado baratos, el resto del mundo solo tuvo noticia de ello gracias a que el abogado Waleed Sami Abu al-Khair creó en Facebook una página dedicada a la catástrofe. Como conocía a los responsables, lo encerraron en la cárcel; en la celda de aislamiento le permitieron leer el Corán. Evitó la pena de muerte gracias a la difusión internacional de la noticia: en Arabia Saudí cada año se ejecuta públicamente con la espada a más de cien personas. El hotel Baia de Yeda, en su restaurante panorámico de la novena planta, ofrece una vista exclusiva del lugar de las ejecuciones ante la mezquita. Entre sorbo y sorbo de té verde, al-Khair cuenta: «Internet es el único camino. No tenemos otro». Desde entonces en Arabia Saudí está tipifcado el «delito electrónico».



 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Es un misterio por qué los gobiernos todavía creen que pueden reprimir de forma duradera las verdades incómodas. En octubre de 2010, el ministro de Educación israelí prohibió la utilización de un libro escolar que llevaba por título Cómo los otros cuentan la historia y exponía, una al lado de la otra, las —a menudos contrarias— versiones israelí y palestina de los acontecimientos históricos. Bajo la fecha de 1948, en la parte izquierda de la página se describe el mito de la fundación del Estado judío en la guerra de independencia, y a la derecha puede verse la descripción palestina de la contienda y la expulsión. El ministro de Educación prohibió en general que se utilizara en clase la palabra «expulsión» y tildó de «antisionista» este libro escrito por un historiador israelí y otro palestino.

 

 

 

En 1960, la empresa turística alemana Touropa compró los derechos de una obra de teatro satírica titulada Urlaub von der Stange [«Vacaciones organizadas»] para evitar su estreno, lo cual fue una decisión inteligente desde su punto de vista, aunque en el estilo del siglo xviii. En cambio, cuando en septiembre de 2010 el Pentágono compró todos los ejemplares del libro de Anthony Shafer Operation Dark Heat, sin poder asegurarse los derechos, demostró una ingenuidad alarmante. Shafer, ofcial del servicio secreto, afrma en el libro que la Defense Intelligence Agency no valoró correctamente los datos de que disponía sobre la amenaza de un ataque contra el World Trade Center. Al decir del autor, la célula terrorista liderada por Mohammed Atta había sido descubierta hacía tiempo y se había advertido varias veces al director de la CIA sobre el peligro que representaba, lo cual no se mencionaba en el informe de la comisión de investigación. La segunda edición del libro se publicó con numerosos pasajes tachados «por motivos de seguridad nacional»; no obstante, cuando decidió comprar toda



 

 

 

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la edición, el Pentágono no tuvo en cuenta que los ejemplares de prensa ya se habían enviado, de modo que no consiguió el efecto deseado con su censura. Gracias a Wikileaks sabemos que los servicios secretos reúnen una cantidad tan enorme de datos que no pueden evaluarlos de forma adecuada, de ahí que la tesis de Shafer resulte verosímil. Así pues, en opinión del gobierno, lo que amenaza la seguridad nacional no es que los servicios secretos sean inefcaces, sino que la opinión pública lo sepa.

 

 

 

 

 

En Estados Unidos, el 20 % de todos los productos de los medios de comunicación se vende en la cadena de supermercados Wal-Mart; fuera de las grandes ciudades, muchas veces estos grandes almacenes ofrecen la única oportunidad de comprar libros, revistas, cedés y películas. Cuando la apariencia externa o el contenido de uno de esos productos escandaliza a algún cliente, el artículo en cuestión es retirado de inmediato. En el pasado, fueron víctimas de esta prohibición impuesta por la dirección de la empresa varias novelas de John Grisham, pero también cedés de Nirvana y Sheryl Crowe y el éxito de ventas America, del famoso autor satírico Jon Stewart. Como algunas ediciones de Elle y Cosmopolitan fueron denunciadas por las atrevidas imágenes de sus portadas, ahora muchas editoriales muestran a la empresa sus cubiertas antes de la publicación. En la mojigata América de la presidencia de Bush hijo, se retiró de las estanterías un libro que en enero de 2007 había sido distinguido con el premio de literatura infantil más famoso del país: El poder superior de Lucky, de Susan Patron. En la primera página alguien cuenta que una serpiente cascabel mordió a su perro en el escroto. Rápidamente se entabló entre los maestros preocupados una intensa discusión sobre si la palabra «escroto»



 

 

 

 

 

 

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era adecuada para niños de diez años. Al parecer, no era adecuada para los adultos.

 

 

«¡Ay, los niños revoltosos / suelen ser los más famosos!»[23]. Con este suspiro empieza Wilhelm Busch la historia de los delincuentes juveniles Max y Moritz. Todos conocemos sus fechorías, desde las gallinas colgadas de la viuda Blume hasta la pólvora que colocan en la pipa del maestro Lämpel. ¡Niños, no se os ocurra hacer lo mismo! El libro llevaba sesenta y cuatro años en el mercado y millones de ejemplares vendidos cuando el gobierno de la provincia austríaca de Steiermark se armó de valor y puso fn al envilecimiento general: en 1929 prohibió la venta de Max y Moritz a los menores de dieciocho años.

 

 

 

Holden Caulfeld se escapó cuatro veces del internado, pero muchas más de las bibliotecas. Su autor, Jerome D. Salinger, lo proveyó de un espíritu de rebeldía desesperada contra el mundo de los adultos. Para defenderse, recurre con frecuencia a un lenguaje irrespetuoso, a veces hasta ordinario. Todavía no se ha plegado a la bruñida cortesía necesaria para prosperar en la vida, al convencionalismo del mundo de los adultos («Hagamos como si…»), pero en cambio resulta auténtico. Una generación entera se vio refejada en el salvaje desvalimiento de este joven y convirtió la novela El guardián entre el centeno en un éxito de ventas. No obstante, en un primer momento, en 1951, solo se pudo publicar en Londres; hasta 1958, momento en que se dejaron de confscar los ejemplares que se importaban, no se atrevió una editorial neoyorquina a sacar una edición estadounidense. El éxito mundial cosechado por el libro no debe hacernos olvidar que sufrió numerosas prohibiciones en varios estados del país de su autor; especialmente vidriosa para



 

 

 

 

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los vigilantes de la moralidad era la escena en que el protagonista de dieciséis años pierde la inocencia en un encuentro casual con una prostituta.

 

Esta novela revolucionaria inspiró a incontables autores que se animaron a plasmar a su manera el difcil tránsito a la vida adulta. La inmarcesible popularidad de James Dean como icono de la juventud se basa precisamente en el dilema que tan bien representó Salinger: el del adolescente que aún no ha encontrado su propio camino pero no quiere seguir las soluciones que le ofrece la generación de sus padres. Hacía tiempo que la novela era lectura obligatoria en las escuelas cuando se descubrió que el menor de edad que la protagonizaba, no contento con utilizar expresiones obscenas, en su odisea de tres días por Nueva York bebía una cantidad de alcohol considerable, lo cual, además de estar prohibido, era un ejemplo nefasto: la novela se retiró de las estanterías de muchas bibliotecas de Estados Unidos.

 

 

 

 

 

En el pueblo californiano de Empire, en el cual difcilmente habríamos reparado de no ser por lo que se explicará a continuación, hace veinte años la policía confscó veinte ejemplares de una edición ilustrada de Caperucita Roja. Refresquemos un poco la memoria. Su madre le pide a Caperucita Roja que lleve tartas y vino a la abuela, pero por el camino se encuentra con el lobo malvado, que la convence para que haga un ramo de fores para la abuela; mientras tanto, el lobo aprovecha para ir corriendo a casa de la abuela y se la come. Cuando por fn llega Caperucita Roja, el lobo también se la come. Un cazador que pasa por allí ve al lobo durmiendo en la cama, le abre el vientre con unas tijeras y encuentra a Caperucita Roja y a la abuela todavía vivas. Cuando las dos han



 

 

 

 

 

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salido, llenan de piedras la barriga del lobo y el ladrón tiene el fnal que se merece.

 

¿Bien está lo que bien acaba? En absoluto. La razón de la prohibición californiana no era que rajaran a un animal vivo ni la tortura a la que lo sometieron al llenarle la barriga de piedras, sino el regalo que Caperucita lleva a su abuelita: la botella de vino. No podía tolerarse esa inducción al consumo de alcohol.

 

Cuando el inveterado fumador Lucky Luke apareció de repente en el libro Dedos mágicos (1983) sin el sempiterno cigarrillo en los labios y chupeteando una hierba, los seguidores de este cómic belga debieron de considerarlo una mera extravagancia. Pero lo cierto es que, bajo la presión de la censura, el dibujante Morris había curado a su vaquero solitario del vicio de fumar (la mayor parte de los lectores de estas historietas, de las que se han llegado a vender más de treinta millones de libros, son menores). Por este mérito terapéutico Morris fue galardonado en 1988 con un premio de la Organización Mundial de la Salud. En el avance publicitario del libro Con la soga al cuello (2006), Lucky Luke volvía a manipular su petaca de tabaco, pero pasaba el cigarrillo liado a Joe Dalton, su torpe adversario. Estos dibujos no aparecen en el álbum.

 

Siguiendo el modelo americano, la literatura europea se está convirtiendo cada vez más en una zona para no fumadores ni bebedores. Donde hace diez años el whisky y los cigarrillos todavía eran lo más normal del mundo, ahora se consumen cantidades ingentes de café (véanse los best sellers de Stieg Larsson). Hoy en día no se puede encender un cigarrillo así como así, sino que se requiere una justifcación, como la de caracterizar como un sociópata al personaje que lo enciende. El héroe, recomienda Gregor Eisenhauer, autor de Der ewige Zweite [«El eterno segundón»] (2010) y con una gran experiencia editorial, «puede ser un tanto melancólico, pero no debe beber



 

 

 

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ni fumar, cosa que sí se le permite al asesino». Y apostilla: «Un drogadicto confeso como Sherlock Holmes hoy en día no se libraría del cacheo del lector de la editorial». Junto al derecho a la protección de la personalidad y la protección de los menores, la preocupación por la salud se ha convertido en el tercer factor esencial de la censura. Es «el nuevo tabú literario», como dijo ya en 2009 Emmanuel Pierrat, abogado parisino especializado en el derecho editorial (Süddeutsche Zeitung, 3 de noviembre de 2009, pág. 14). Después de la prohibición de la publicidad de las marcas de tabaco, dijo, habría que considerar si en una novela cuyo protagonista fuma no debería añadirse: «No se hace publicidad del tabaco». Pierrat asesora a editoriales y examina manuscritos. Propone modifcaciones del texto cuando el protagonista fuma o bebe demasiado y eso no le supone ningún problema.

 

Hay ciertos ambientes que son inconcebibles sin cerveza, licores y cigarrillos. ¿Cómo se representará de forma creíble a personas en esos ambientes si no está permitido escribir que beben y fuman? Un famoso autor alemán de novela negra, premiado en varias ocasiones por la calidad literaria de sus obras, en el otoño del 2010 tuvo que cambiar de editorial porque su editor hasta la fecha consideraba que en el nuevo manuscrito se bebía y se fumaba demasiado. Esta obediencia tan sumisa a la censura estatal hará imposible la literatura realista en el futuro. Hoy ya no se podría publicar el Diario del ladrón de Jean Genet. Si el consenso social llega hasta el punto de considerar patológico el tabaquismo, se podrían empezar a censurar las obras literarias del pasado: si se reeditara la novela de Françoise Sagan Buenos días, tristeza (1958), Cécile tendría que renunciar a sus cigarrillos, y tendría que suprimirse el elogio del tabaco con que Molière empieza su Don Juan. Semejante censura no solo es posible, también es probable. Con las fotografas ya se está practicando: a Sartre le arrebataron el cigarrillo de rigor en una



 

 

 

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exposición y se tuvo que cambiar la cubierta de las memorias de Jacques Chirac porque en ella aparecía con un cigarrillo. En 2010, con motivo del septuagésimo aniversario de John Lennon, EMI sacó un álbum con sus mayores éxitos (Power to the people). Temiendo que se prohibiera el disco, la empresa discográfca eliminó de la imagen de la portada el cigarrillo que el cantante sostenía en la mano derecha. En el futuro, los tribunales tendrán que dirimir la cuestión de si tales injerencias motivadas por la protección de menores constituyen una vulneración del derecho a la protección de la personalidad. El parlamento francés reaccionó ante esta situación absurda y en enero de 2011 aprobó una regulación excepcional para las personalidades históricas muertas.

 

 

 

 

 

Gracias a Internet, hoy disponemos de un acceso antes insospechado a antiguos arcanos. Sin embargo, la propia red ejerce la censura a través de sus plataformas. Así, los estatutos de Apple prohíben los contenidos que puedan resultar «objectionable», vago concepto cuyo alcance semántico abarca desde lo «escandaloso» hasta lo «indeseado». Lo que resulta «indeseado» lo decide el operador según sus intereses económicos. Por ejemplo, una librería de Internet que quiera hacer negocio en China solo obtendrá la autorización estatal si, de forma general (es decir, no solo en China), se abstiene de ofrecer libros de autores críticos con el sistema. Ante las cada vez mayores cuotas de mercado de las ventas por Internet, las editoriales se lo pensarán dos veces antes de decidirse a traducir esa clase de libros. Actualmente el problema no son las prohibiciones en sí, sino su desplazamiento.

 

Para volver al ejemplo anterior: si con la prohibición de la publicidad del tabaco y el alcohol se alcanza un consenso social en virtud del cual un vaso de whisky o un cigarrillo asomando



 

 

 

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en un texto literario constituyen una amenaza para la salud pública, sobre todo para los menores, en las novelas del futuro solo saldrá humo de la chimenea. La sociedad formada lo considerará obvio y solo se extrañará de ello una historia futura de la censura. Con suerte.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Página 381



 

 

 

 

 

 

ILUSTRACIONES

 

 

 

De archivos gráfcos privados:

 

«Carta-testamento» de Franz Kafa, pág. 16

 

«Ejecución de un libro» desde la perspectiva de un contemporáneo desconocido, pág. 56

 

Ejecución de un libro en Inglaterra, pág. 58

 

El Espíritu Santo como incinerador de libros, pág. 62 Jan Hus, pág. 63

 

Quema de los escritos luteranos, pág. 70 Quema de una bula papal, pág. 71

 

Quema de libros en tiempos de Qin Shi Huan, pág. 88

 

Lista de «autores antialemanes», pág. 109

 

Anthony Comstock, pág. 103

 

Portada del Index de 1781, pág. 130

 

Página de los Cuadros de viaje de Heinrich Heine, pág. 132 Orden de censura contra los autores de la «Joven Alemania»,

 

pág. 142

 

Catálogo de Viena de libros prohibidos con Las penas del joven Werther, pág. 152

 

Portadas de la Encyclopédie, pág. 203 La «lista Otto», pág. 231

 

Manuscrito de «Corazón de perro», de Mijaíl Bulgákov, pág. 255.

 

Miembros del partido nazi llevándose libros confscados, pág.

 

103: Archivo gráfco de la editorial Ullstein.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 382



 

 

 

 

 

 

ÍNDICE ONOMÁSTICO Y DE OBRAS

 

 

 

Abdulfarad, 64, 65

 

Abetz, Otto, 229

 

Acheson, Dean, 119

 

Adams, John, 172

 

Adenauer, Konrad, 298, 302

 

Agustín, San, 31

 

Ajmátova, Anna, 265, 266

 

Alejandro, Girolamo, 69

 

Alejandro I, 247

 

Alejandro II, 252

 

Alejandro Magno, 64

 

Alembert, Jean-Baptiste le Rond, 92, 190, 192, 194, 195, 197, 198, 201

 

Encyclopédie, 189, 190, 197, 199, 200, 201, 203, 204 al-Farhan, Fouad, 342

 

Alferi, Vittorio, 154 al-Ghazálí, Abu Hamid, 67 al-Khair, Waleed Sami Abu, 342 Anaxilao, 30

 

Anderson, Margaret, 116

 

Anderson, Sherwood, 171

 

Angélique, Pierre (seud.), véase Bataille, Georges Annunzio, Gabriele d’, 154 Apollinaire, Guillaume, 313

 

Las once mil vergas, 313

 

Apuleyo, El asno de oro, 173

 

Aragon, Louis, 233



 

 

 

 

Página 383



«Más bella que las lágrimas», 233 Arendt, Erich, 284

 

Argens, Jean-Baptiste de Boyer Marquis d’, 205 Térèse philosophe, 76, 205

 

Aristarco de Samos, 64

 

Aristófanes, 14, 15, 171, 173

 

La paz, 171

 

Lisístrata, 14, 15, 173

 

Aristóteles, 59, 61, 65, 131

 

Arquímedes, 64

 

Artois, Conde de, véase Carlos X

 

Arzak, Nikolai (seud.), véase Daniel, Yuli Asdente, 41

 

Atta, Mohammed, 343

 

Aubigné, Téodore Agrippa d’, 221 Histoire universelle, 221 Tragiques, 221

 

Auch, Lord (seud.), véase Bataille, Georges Auersperg, Antón Alexander Graf, 244

 

Spaziergange eines Wiener Poeten, 2.44 Augusto, Áyax, 25

 

Averroes, 65, 67 Sobre la armonía entre religión y flosofa, 65

 

 

 

 

Babel, Isaak, 266

 

Baillès, Jacques-Marie-Joseph, 148

 

Balzac, Honoréde, 115, 131, 150, 154, 157, 173

 

Cuentos droláticos, 173

 

Barlog, Boleslav, 308

 

Barrett Browning, Elizabeth, 168

 

Aurora Leigh, 168

 

Bartels, Kurt, 309

 

Bataille, Georges, 226, 227



 

 

 

 

Página 384



Historia del ojo, 226, 227

 

Irène, 227, 228

 

Madame Edwarda, 227

 

Baudelaire, Charles, 218, 219, 220, 221, 223, 224, 225 Las fores del mal, 218, 219,

 

220, 223, 225

 

Baum, Vicki, 99, 235

 

Bayle, Pierre, 154

 

Beach, Sylvia, 117, 180

 

Beardsley, Aubrey, 14, 15

 

Lisístrata, 14, 15, 173

 

Beaumarchais, Pierre Augustin Carón de, 208 Beauvoir, Simone de, 131, 154 Becher, Johannes R., 277

 

Becker, Jurek, 288

 

Beecher-Stowe, Harriet, 176

 

La cabaña del Tío Tom, 176 Belinski, Vissarión, 250, 251, 252

 

«Carta a Gógol», 251 Bellmer, Hans, 226 Benckendorf, Alexander von, 248 Benn, Gottfried, 279

 

Der neue Staat und die Intellektuellen, 279 Kunst und Macht, 279

 

Berger, Ludwig, Stresemann, 298 Bergk, Johann Adam, 9

 

Bücher zu lesen, 9

 

Die Kunst, 9

 

Berkeley, George, 154

 

Bernhard, Georg, 105, 112

 

Beumelburg, Werner, 272

 

Biermann, Wolf, 286, 288, 289, 292

 

Biller, Maxim, 335, 336, 337, 338



 

 

 

 

Página 385



Esra, 335, 336, 337

 

Tochter, 337

 

Bindseil, Horst, 313

 

Bishop, Morris, 180

 

Black, Roy, 323

 

Boccaccio, Giovanni, 108, 115, 173

 

Decamerón, 173

 

Bogart, Humphrey, 121

 

Böll, Heinrich, 316

 

Bolton, William, 45

 

Bonatti, Guido, 41

 

De astronomia, 41

 

Bond, Edward, 316

 

Salvados, 316, 317

 

Bongartz, Heinz, 269

 

Die große Flucht, 269

 

J. Torwald (seud.), 270

 

Lufmacht Deutschland, 269

 

Bonsels, Waldemar, 108

 

Bontempelli, Massimo, 235

 

Borne, Ludwig, 84

 

Botticelli, Sandro, 95

 

Bradbury, Ray, 3 6

 

Fahrenheit 451, 36

 

Brahe, Tycho, 43

 

Brandt, Willy, 323

 

Braun, Alfred, 298

 

Stresemann, 298

 

Bräunig, Werner, 282, 283, 292, 293

 

Rummelplatz, 293

 

Brecht, Bertolt, 306, 307, 308, 310

 

La ópera de tres centavos, 307

 

La vida de Eduardo II de Inglaterra, 307



 

 

 

 

Página 386



La vida de Galileo, 317, 310

 

El señor Puntila y su criado Matti, 307 Madre Coraje y sus hijos, 306, 307, 310

 

Breit, Harvey, 181, 182

 

Bretón, André, 227

 

Briester, Jef, 78

 

Bestie in Blond, 78

 

Es war ihr letzter Rumba, 78

 

Brissot, Jacques-Pierre, 210

 

Brod, Max, 16, 17, 18

 

Bronté, Charlotte, 219

 

El profesor, 219

 

Brown, Dan, 125

 

El código Da Vinci, 125

 

Bruno, Giordano, 154

 

Bruto, Marco Junio, 34

 

Bruyn, Günter de, 287

 

Bryan, William J., 165, 166

 

Buchholz, Ernst, 315

 

Büchmann, Georg, 279

 

Gefügelte Worte, 279

 

Buf, Charlotte, 159

 

Bulgákov, Mijaíl, 253, 254, 255, 256, 257, 258, 263 Diabluras, 254

 

El apartamento de Zoya, 256

 

El maestro y Margarita, 257, 258

 

La guardia blanca, 256

 

La huida, 256

 

La isla púrpura, 256

 

Los días de los Turbín, 256

 

Notas en los puños, 254

 

Bunín, Iván, 266

 

Busch, Ernst, 331



 

 

 

 

Página 387



Busch, Wilhelm, 344

 

Max y Moritz, 344

 

Bush, George W., 344

 

Butler, John W., 166

 

 

 

 

Cagliostro, Alessandro conde, 208 Calderón de la Barca, Pedro, 237

 

La vida es sueño, 237

 

Caldwell, Erskine, 174

 

La parcela de Dios, 174

 

Calígula, 35

 

Calvino, Juan, 70

 

Campbell, Lord John, 216, 217, 218 Campe, Joachim Heinrich, 138, 244 Camus, Albert, 188, 228, 260

 

La caída, 188

 

Capote, Truman, 24

 

Carafa, Gian Pietro, véase Pablo IV Carl Teodoro de Baviera, 162 Carlos II (Inglaterra), 93 Carlos X, 134

 

Carolina de Baviera, 241, 242

 

Casio Longino, Cayo, 34

 

Casio Severo, 34

 

Cela, Camilo José, 238

 

La colmena, 238

 

Cervantes, Miguel de, 53, 54, 107, 237 Don Quijote, 51, 52, 54, 106, 237

 

César, Gayo Julio, 30, 63 Chaadaev, Piotr Yákovlevich, 249

 

«Cartas flosófcas», 249

 

Chambers, Ephraim, 189, 190



 

 

 

 

Página 388



Cyclopaedia, 189, 190

 

Champfeury, Jules, 149

 

Chandler, Raymond, 121

 

Chenu, Marie-Dominique, 152

 

Chesterton, Gilbert Keith, 96

 

Chevallier, Gabriel, 21, 22

 

Clochemerle, 21, 22

 

El miedo, 21

 

Chirac, Jacques, 348

 

Churchill, Winston, 117

 

Cicerón, Marco Tulio, 131, 241

 

Ciriaci, Pietro, 155

 

Cirilo de Alejandría, 66

 

Cleland, John, 76, 205

 

Fanny Hill, 76, 205, 225, 313

 

Clemente XIII, 201

 

Cockburn, Alexander, 173, 174, 218 Cocteau, Jean, 185, 226

 

Livre blanc, 226

 

Cohn, Roy, 124

 

Collins, Wilkie, 27

 

Comenio, Juan, 71, 72

 

Comstock, Anthony, 112, 113, 114, 115, 116, 173, 188

 

Comte, Auguste, 154

 

Corino, Karl, 277

 

Cotta, Johann Friedrich, 138

 

Crébillon (hijo), Claude-Prosper Jolyot de, 214 Cremucio Cordo, Aulo, 34, 35 Croce, Benedetto, 154

 

Crow, Sheryl, 344

 

Cunningham, E. V. (seud.), véase Fast, Howard



 

 

 

 

 

 

 

 

Página 389



Dach, Walter, 295

 

Daniel, Yuli, 262

 

Dante Alighieri, 40, 41, 95

 

Divina Comedia, 40

 

Danton, Georges Jacques, 211

 

Darnton, Robert, 209

 

Darrow, Clarence, 166, 167

 

Darwin, Charles, 163, 164, 166, 167

 

El origen de las especies, 163

 

Darwin, Erasmus, 163

 

Zoonomia, 163

 

Dean, James, 345

 

Debroise, Eugène, 222

 

Defoe, Daniel, 173

 

Moll Flanders, 173

 

Roxana, 173

 

Demarc, Alfred (seud.), véase

 

Meysenbug, Alfred von

 

Derakhshan, Hossein, 342

 

Descartes, René, 131, 154

 

Diachenko, Borís, 284, 285

 

Herz und Asche, 285

 

Diamant, Dora, 16

 

Dickens, Charles, 26, 27

 

Diderot, Denis, 131, 154, 189, 190, 191, 192, 193, 194, 195, 196, 197, 200, 202, 203, 204, 205, 221, 250

 

Encyclopédie, 189, 190, 197, 199, 200, 201, 203, 204 Carta sobre los ciegos, 191, 193 La promenade du sceptique, 190

 

Les Bijoux indiscrets, 191

 

Pensamientos flosófcos, 190, 193 Diksen, Bernd (seud.), véase Loest, Erich Döblin, Alfred, 107, 235, 276



 

 

 

Página 390



Berlin Alexanderplatz, 276

 

Dos Passos, John, 111, 116

 

Dostoievski, Fiódor Mijáilovich, 182, 250, 251, 252, 253, 263

 

Los hermanos Karamázov, 252

 

Memorias de la casa muerta, 252

 

Pobre gente, 250

 

Drabitius, Nicolaus, 71, 72

 

Lux in tenebris, 71, 72

 

Dreiser, Teodore, 115, 116, 168, 169

 

El genio, 115

 

Sister Carrie, 168, 169

 

Una tragedia americana, 168, 169 Dubarry, Marie-Jeanne Bécu, 207, 208

 

Comtesse, 207

 

Dumas, Alexandre (hijo), 148, 154 Dumas, Alexandre (padre), 80, 148, 154

 

El conde de Montecristo, 80, 148

 

Los tres mosqueteros, 148

 

 

 

 

Eck, Johannes, 69

 

Eckermann, Johann Peter, 162

 

Eco, Umberto, 59, 60

 

El nombre de la rosa, 59

 

Eduardo VI, 42

 

Eggebrecht, Harald, 298

 

Stresemann, 298

 

Ehrenburg, Iliá, 268, 269, 270, 271, 272, 273, 300

 

Deshielo, 168

 

El libro negro, 268, 3 26, 3 27

 

Gentes, años, vida, 169

 

Eichholz, Armin, 296

 

Einstein, Albert, 119, 123, 280



 

 

 

 

Página 391



La teoría de la relatividad, 119

 

Mi visión del mundo, 280

 

Einstein, Cali, 317, 318

 

Die schlimme Botschaf, 317

 

Eisenhauer, Gregor, 347

 

Eisenhower, Dwight D., 122

 

Ellis, Bret Easton, 84

 

American Psycho, 84

 

Éluard, Paul, 269

 

Emmel, Hildegard, 291, 292

 

Weltklage und Bild der Welt in der Dichtung Goethes, 291 Enrique III, 47

 

Enrique IV, 42

 

Enrique VII, 47

 

Enrique VIII, 42

 

Epstein, Jason, 179, 180

 

Epting, Karl, 229

 

Eratóstenes de Cirene, 63

 

Escoto, Miguel, 40

 

Esopo, 131

 

Estrabón, 64

 

Geografa, 64

 

Euclides, 63, 131

 

Eurípilo, 40

 

Eutiquio, 64

 

 

 

 

Fast, Howard, 119, 120

 

Citizen Tom Paine, 120

 

Spartacus, 120

 

Faulkner, William, 175

 

La paga del soldado, 175

 

Pylon, 175



 

 

 

 

Página 392



Santuario, 175

 

Federico II, 41, 154, 204 Federico II el Grande, 131, 205 Fedin, Konstantín, 261, 265 Feltrinelli, Giangiacomo, 260, 261 Fenton, Charles W., 314

 

Perlen der Lust, 314

 

Feuchtwanger, Lion, 99, 107, 171, 23 5, 272, 282

 

Feydeau, Ernest, 149

 

Fitzgerald, Scott, 182

 

Flaubert, Gustave, 150, 151, 175, 184

 

Madame Bovary, 150, 151, 175, 184, 218, 222

 

Salambó, 151

 

Foerster, Friedrich Wilhelm, 104 Fontaine, Jean de la, 154, Forgione, Francesco, 328

 

Mafa-Export, 328

 

Foscolo, Ugo, 154

 

France, Anatole, 22

 

Francisco I, 70

 

Francisco II, 243

 

Franco, Francisco, 248, 319

 

Freisler, Roland, 303

 

Freud, Sigmund, 105, 119

 

Froschhammer, Jakob, 163

 

Über den Ursprung der menschlichen Seelen, 163 Fühmann, Franz, 283

 

 

Galanskov, Yuri, 266

 

Gallimard, Gastón, 181, 230

 

García Lorca, Federico, 236, 237, 239

 

Amor de don Perlimplín con Melisa en su jardín, 236



 

 

 

 

Página 393



Mariana Pineda, 236

 

García Márquez, Gabriel, 52

 

Del amor y otros demonios, 52. Garrison, William Lloyd, 175, 176 Gaulle, Charles de, 271 Gautier, Téophile, 226

 

Carta a la presidenta, 226

 

Geibel, Emanuel, 219

 

Geipel, Ines, 276, 290

 

Genet, Jean, 185, 186, 187, 308, 313, 347 Diario del ladrón, 347

 

Los biombos, 308

 

Querella de Brest, 186

 

Santa María de las Flores, 185

 

Gentz, Friedrich von, 138

 

Gersmann, Gudrun, 209

 

Gervaise de Latouche, Jean-Charles, 204 Memorias de Saturnino, 204

 

Ghislieri, Michele, véase Pío V

 

Gibbon, Edward, 62

 

Gibran, Jhalil, 125

 

Gide, André, 117, 154

 

Giese, Hans, 186

 

Ginzburg, Alexander, 266

 

Girard, Jean-Baptiste, 205

 

Girodias, Maurice, 180, 181, 182

 

Giustiniani, Giacomo, 141

 

Glaeser, Ernst, 104

 

Goebbels, Joseph, 86, 102, 105, 106, 108, 110, 270, 330 Goethe, Cornelia, 25

 

Goethe, Johann Wolfgang von, 25, 26, 54, 55, 56, 137, 157, 158, 159, 160, 161, 162, 163, 190, 204, 214, 291

 

Annette, 25



 

 

 

 

Página 394



El amante caprichoso, 25

 

Fausto, 26, 259

 

La misión teatral de Wilhelm Meister, 2.6

 

Las penas del joven Werther, 157, 158, 161

 

Los cómplices, 25

 

Odas a mi amigo, 25

 

Poesía y verdad, 25, 54, 190

 

Urfaust, 26

 

Goeze, Johann Melchior, 158

 

Gógol, Nikolái, 249, 251, 254

 

Las almas muertas, 251

 

Gorbachov, Mijaíl, 261

 

Gordon, John, 181

 

Góring, Hermann, 38, 329, 330, 331, 332.

 

Gorki, Maxim, 119, 257, 258

 

Gorski, Peter, 333, 334

 

Gotthelf, Jeremías, 219

 

Die Frau Pfarrerin, 219

 

Graf, Oskar Maria, 109, 110

 

Grandt, Michael, 326

 

Schwarzbuch Waldorf, 326

 

Grass, Günter, 188, 325

 

El tambor de hojalata, 188, 292 Grasset, Bernard, 230, 233 Greene, Graham, 152, 153, 154, 181

 

El poder y la gloria, 152 Gregorio XVI, 139, 140 Gregorovius, Ferdinand, 144, 145

 

Geschichte der Stadt Rom, 144 Grifn, Bernhard William, 153 Grillparzer, Franz, 239, 240, 241, 242, 243, 244, 245, 246

 

Die Ahnfrau, 240



 

 

 

 

Página 395



«Die Ruinen des Campo vaccino», 240 Ein treuer Diener seines Herrn, 245

 

Grindel, Gerhard, 296

 

Bis fünf Minuten nach Zwölf, 296 Grisham, John, 344 Grönemeyer, Herbert, 325 Grossman, Vassili, 268

 

El libro negro, 268, 326, 327

 

Grotewohl, Otto, 306

 

Grocio, Hugo, 154

 

Grün, Anastasius (seud.), véase Auersperg, Graf

 

Gründgens, Gustav, 329, 330, 331, 331, 333, 334

 

Günther, Eberhard, 285

 

Gutzkow, Karl Ferdinand, 316

 

Uriel Acosta, 316

 

 

 

 

Haas, Willy, 186

 

Haase, Baldur, 280

 

Hack, Peter, 308, 309

 

Volksbuch von Herzog Ernst, 308 Hagen, Eva-Maria, 325 Hahn, Reynaldo, 22

 

Hammett, Dashiell, 119, 121

 

Adventures of Sam Spade, 121

 

El halcón maltés, 121

 

Tin Man, 121

 

Handke, Peter, Kaspar, 92

 

Hanussen, Erik Jan (seud.), véase Steinschneider, Hermann Haussmann, Georges-Eugéne, 219 Havemann, Florian, 325

 

Havemann, 325

 

Havemann, Robert, 299



 

 

 

 

Página 396



Heap, Jane, 116

 

Hebbel, Friedrich, 316

 

Genoveva, 301, 316

 

Judith, 316

 

Hegemann, Werner, 105

 

Heiduczek, Werner, 285

 

Tod am Meer, 285

 

Heine, Heinrich, 10, 84, 105, 110, 131, 132, 133, 136, 137, 138, 139,

 

141, 142, 232

 

Almansor, 110

 

Cuadros de viaje, 132, 137

 

Französische Zustände, 138

 

Romanzero, 10

 

Sobre la historia de la religión y la flosofa en Alemania, 133 Zur Geschichte der neueren schönen Literatur, 138

 

Heino, 323

 

Heller, Gerhard, 232, 233

 

Helvétius, Claude Adrien, 198, 199, 200, 201

 

Hemingway, Ernest, 111, 112, 116, 117, 171, 269 Adiós a las armas, 171

 

Fiesta, 171

 

Hermlin, Stephan, 277

 

Hernández, Miguel, 239

 

Heródoto, 131

 

Herrmann, Wolfgang, 100, 101,

 

102, 105, 107

 

Herzen, Alexander, 248, 249

 

Heym, Stefan, 288, 289

 

Collin, 289

 

Fünf Tage im Juni, 289

 

Heyse, Paul, 316

 

Maria von Magdala, 316

 

Himmler, Heinrich, 3 8



 

 

 

 

Página 397



Hindenburg, Paul von, 298

 

Hipatia de Alejandría, 66

 

Hipócrates, 61, 131

 

Hirschfeld, Magnus, 99, 102, 104

 

Hirsi Ali, Ayaan, 342

 

Hitler, Adolf, 3 7, 3 8

 

Mi lucha, 101, 153, 178 Hobbes, Tomas, 154 Hofe, Ester, 17, 18 Hofmann, Ulrich, 325 Holbach, Paul Tiry Barón d’, 154 Homero, 24, 31, 131 Honecker, Erich, 28 5 Höpcke, Klaus, 285, 293 Horacio, 24, 131

 

 

 

Horváth, Ödön von, 21, 24

 

Buch der Tänze, 21

 

Hughes, Langston, 119

 

Hugo, Víctor, 149, 154, 219, 220, 224 El jorobado de Notre-Dame, 149 Los castigos, 219, 220

 

Los miserables, 149

 

Hume, David, 154

 

Hus, Jan, 67, 68, 69

 

Huston, John, 121

 

El halcón maltés, 121

 

Huxley, Aldous, 171, 267

 

 

 

 

Ibn Rushd, véase Averroes

 

Ibsen, Henrik, 157

 

Inocencio III, 66

 

Isherwood, Christopher, 181



 

 

 

 

Página 398



Isidoro de Sevilla, 61

 

Etimologías, 61

 

Ivínskaia, Olga, 260

 

 

 

 

Jackson, Andrew, 176

 

Jacob, Max, 235

 

Jacobo I (Inglaterra), 47

 

James, Henry, 182

 

Jaucourt, Louis de, 202

 

Jeferson, Tomas, 110, 172, 210

 

Jessen, Jens, 337, 338

 

Jesucristo, 57, 125, 151

 

Jin, Ha, 341

 

Jomeini, Ayatolá Seyed Ruholá, 320, 322 José II, 88, 89, 90

 

Joyce, James, 116, 117, 184

 

Ulises, 116, 117, 118, 174, 180, 184 Jruschov, Nikita, 259, 262, 285, 286 Juan Crisóstomo, San, 62 Juan XXIII, 154, 155

 

Jünger, Ernst, 279

 

Der Kampf als inneres Erlebnis, 279 Feuer und Blut, 279

 

Jürgens, Curd, 310

 

Jürgs, Michael, 325

 

Günter Grass, 188, 325

 

Justiniano, 61

 

 

 

 

Kafa, Franz, 16, 17, 18, 235

 

El castillo, 16

 

El desaparecido, 16



 

 

 

 

 

Página 399



El proceso, 16, 17, 18

 

La obra, 16

 

Kámmerlings, Richard, 337, 338

 

Kant, Hermann, 292

 

Kant, Immanuel, 131, 154, 157

 

Karasek, Hellmuth, 309

 

Kástner, Erich, 100, 104, 188, 235

 

Emil und die Detektive, 100

 

Herz auf Taille, 188

 

Kautsky, Karl, 104

 

Kaverin, Veniamín, 265

 

Kazantzakis, Nikos, 319

 

Keats, John, 232

 

Kekilli, Sibel, 324, 325

 

Keller, Gottfried, 24

 

Enrique el verde, 24

 

Keller, Helen, 110, 111, 119

 

How I became a Socialist, 119 Kerckhof, Susanne, 276, 277, 278

 

Berliner Briefe, 276

 

Kerr, Alfred, 105

 

Kinsey, Alfred, 226

 

Kirsch, Sarah, 288

 

Kleist, Heinrich von, 259

 

El príncipe de Homburgo, 259

 

Kliúyev, Nikolái, 266

 

Klopstock, Friedrich Gottlieb, 160

 

Knef, Hildegard, 310

 

Koeppen, Wolfgang, 301

 

El invernadero, 301

 

Kohl, Helmut, 312, 313, 323

 

Koltsov, Mijaíl, 266

 

Konias, Antón, 72



 

 

 

 

Página 400



Kopelew, Lew, 266

 

Kortner, Fritz, 15

 

Kotzebue, August von, 57, 249

 

Krämer, Teodor, 85

 

Blutmärz, 85

 

Kraushaar, Wolfgang, 296

 

Krenner, Franz von, 75, 76, 77, 206

 

Kuba, véase Bartels, Kurt

 

Kubrick, Stanley, 182

 

 

 

 

La Tour, Maurice Quentin de, 197

 

Lafayette, Marie-Joseph Marqués de, 210, 211, 212 Lambruschini, Luigi, 141 Lamennais, Félicité de, 139, 140

 

Paroles d’un croyant, 140

 

Larousse, Pierre, 154

 

La gran enciclopedia, 154

 

Larsson, Stieg, 347

 

Latzko, Andreas, 178

 

Menschen im Krieg, 177

 

Laube, Heinrich, 140

 

Das junge Europa, 140

 

Laughlin, James, 178

 

Lawrence, D. H., 185, 235

 

Lady Chatterley, 184

 

Le Bretón, André-François, 189, 190

 

Léautaud, Paul, 229

 

Lemaire, Madeleine, 22

 

Lennon, John, 348

 

Power to the people, 348

 

León X, 69

 

León XIII, 130, 131, 147



 

 

 

 

Página 401



Leopoldo I, 72

 

Leopoldo II, 90, 135

 

Lessing, Gotthold Ephraim, 154, 191

 

Dramaturgia de Hamburgo, 191

 

Lévy, Michel, 149

 

Lewis, Sinclair, 170

 

Arrowsmith, 170

 

Babbitt, 170, 171

 

Elmer Gantry, 170, 171

 

Lewis, Wyndham, 96

 

Lichtenberg, Johannes, 43

 

Prognosticon, 43

 

Lincoln, Abraham, 122, 177

 

Ling, Bei, 341

 

Lixiong, Wang, 341

 

Locke, John, 154

 

Loest, Erich, 285, 286, 287

 

Der Mörder saß im Wembley-Stadion, 286

 

Der vierte Zensor, 285

 

Der Zorn des Schafes, 285

 

Der zwölfe Aufstand, 286

 

Erpressung mit Kurven, 286

 

Es geht seinen Gang, 285

 

Etappe Rom, 286

 

Schöne Frau und Kettenhemd, 286 London, Jack, 111

 

Louys, Pierre, 226

 

Ludwig, Emil, 99, 105, 235

 

Luf, Friedrich, 307, 308, 334

 

Luis Felipe I, 134

 

Luis Fernando de Prusia, 214

 

Luis XIV, 48, 71

 

Luis XV, 197



 

 

 

 

Página 402



Luis XVI, 208, 210

 

Lunacharski, Anatoli Vasílievich, 256

 

Lutero, Martín, 43, 57, 65, 69, 70, 71, 128, 129, 321 Lützow, Rudolf conde, 141

 

 

Magner, Vicenzo, 147

 

Mahoma, 320, 321

 

Malaparte, Curzio, 154, 235

 

Malesherbes, Chrétien-Guillaume de Lamoigne de, 191, 196, 197, 200, 202

 

Malraux, André, 226, 235

 

Mandelstam, Ósip, 267, 269

 

Manguel, Alberto, 92

 

Una historia de la lectura, 92 Mann, Erika, 329

 

Mann, Heinrich, 104, 107, 309

 

El súbdito, 309

 

Mann, Klaus, 328, 329, 330, 331, 332, 333, 334

 

Anja und Esther, 329

 

Mephisto, 330

 

Te Turning Point, 331

 

Mann, Tomas, 105, 119, 235, 288, 292, 318, 332

 

La montaña mágica, 119

 

Manto, 40

 

Mao Tse-Tung [Mao Zedong], 341

 

Marat, Jean Paul, 211

 

Marcuse, Ludwig, 114

 

Obszön, 114

 

María Antonieta, 208-209

 

María Magdalena, 125, 316

 

María Teresa, 88, 135

 

Marinetti, Filippo Tommaso, 94, 95, 96



 

 

 

 

Página 403



El manifesto futurista, 96

 

Marouf, Abbas, 341

 

Marsé, Juan, 239

 

Si te dicen que caí, 239

 

Marx, Groucho, 104, 183

 

Maurois, André, 23

 

Mauss, Marcel, 227

 

Max I José, 76

 

May, Karl, 286

 

Maiakovski, Vladimir, 258

 

Mazzini, Giuseppe, 134, 140 McCarthy, Joseph, 118, 119, 121, 123, 124 McCarthy, Mary, 179 Melanchthon, Philipp, 69, 70 Melville, Herman, 119

 

Mercier, Louis-Sébastien, 48, 49, 59

 

Año dos mil cuatrocientos cuarenta, 48

 

Tableau de Paris, 59

 

Merlín, 43

 

Merlin, Gilbert, 314

 

Andrea und die rote Nacht, 314 Messing, Wolf, 38

 

Metternich, Clemens Wenzel Lothar von, 110, 133, 134, 135, 136, 137, 138, 139, 140, 141, 143, 144, 145

 

Meysenbug, Alfred von:

 

Lucy’s, 324

 

Lustbuch, 323, 324

 

Michelet, Jules, 149

 

Mijoels, Solomón, 268

 

Mill, John Stuart, 154

 

Miller, Arthur, 118, 124, 316

 

Panorama desde el puente, 124 Miller, Henry, 313, 314



 

 

Página 404



Opus Pistorum, 314

 

Miller, Norbert, 213

 

Milton, John, 232

 

Minois, Georges, 47

 

Minton, Walter, 182

 

Mirabeau, Honoré-Gabriel Riquetti Marqués de, 212, 213, 214 Des lettres de cachet, 213

 

Erotika Biblion, 313

 

Essai sur le despotisme, 212

 

Ma conversion, 212, 213

 

Mitchell, Margaret, 18, 19

 

Lo que el viento se llevó, 18, 19, 183 Moisés, 44, 322

 

Moliere [de nombre real Jean-Baptiste Poquelin], 257, 258, 348 Don Juan, 348

 

Montaigne, Michel de, 154

 

Montesquieu [de nombre real Charles-Louis de Secondat, barón de La Brède et de Montesquieu], 90, 131, 154

 

Montini, Giovanni Battista, véase Pablo VI Moravia, Alberto, 154, 269 Morgner, Irmtraut, 287

 

Morris [de nombre real Maurice de Bévère], 346

 

Con la soga al cuello (Lucky Luke), 346

 

Dedos mágicos, 346

 

Müller, Heiner, 290

 

Die Umsiedlerin, 290

 

Lohndrücker, 290

 

Müller, Inge, 290

 

Murat, Joachim, 92

 

Murger, Henri, 149

 

Mussolini, Benito, 95, 153, 233, 234, 235 Claudia Particella, 234



 

 

 

 

 

Página 405



 

 

 

Nabokov, Dimitri, 23

 

Nabokov, Vladimir, 23, 178, 184

 

Lolita, 24, 178, 179, 180, 181, 182, 183, 184, 186, 187, 188

 

Pnin, 180

 

Te Original of Laura, 23

 

Nabokova, Vera, 23

 

Napoleón, 57, 92, 133, 134, 141, 148, 159, 215, 216, 247

 

Napoleón III, 219

 

Nasreen, Taslima, 341

 

Nicolai, Friedrich, 89

 

Beschreibung einer Reise durch Deutschland und die Schweiz im Jahre 1781, 89

 

Nicolás I, 140, 246, 247, 249, 251, 252 Nicolson, Harold, 184 Nicolson, Nigel, 183 Niekisch, Ernst, 101

 

Hitler — ein deutsches Verhängnis, 101 Niemöller, Martin, 305

 

Nifenegger, Audrey, 13

 

Noll, Dieter, 285, 287

 

Nordberg, Karl Gustav Noé von, 136

 

Noske, Wilhelm, 295

 

Nostradamus, 43

 

Nuwas, Abu, 124

 

 

 

 

Oehlenschläger, Adam, 162

 

Oels, David, 270

 

Orwell, George 1984, 32, 267, 280

 

Osborne, John, 316

 

Ossietzky, Cari von, 105, 108, 305



 

 

 

 

 

Página 406



Ostini, Pietro, 139

 

Ottaviani, Alfredo, 153, 155

 

Ovidio, 25, 29, 30, 35, 131, 173, 217

 

Arte de amar, 173

 

Fastos, 30

 

Ibis, 29

 

Las metamorfosis, 30

 

Pónticas, 29

 

Tristes, 29

 

 

 

 

Pablo, San, 61, 143, 152

 

Pablo IV, 128, 130, 155

 

Paine, Tomas, 120

 

Pamuk, Orhan, 125

 

Panizza, Oskar, 80

 

Das Liebeskonzil, 80

 

Paracelso, 131

 

Pascal, Blaise, 131, 154

 

Pasternak, Borís, 250, 260, 261, 262, 263, 265, 269 Doctor Zhivago, 183, 259, 260

 

En trenes de la mañana, 259

 

Patron, Susan, 344

 

Pedro I el Grande, 249

 

Petrashevski, Mijaíl, 250, 251, 252

 

Picasso, Pablo, 269, 272, 273

 

Pierrat, Emmanuel, 347

 

Pilniak, Borís, 258, 259

 

Pinard, Ernest, 222, 223, 224

 

Pío IV, 130

 

Pío VI, 146

 

Pío VII, 141

 

Pío IX, 147, 148, 164



 

 

 

 

Página 407



Pío X, 147

 

Pío XII, 65, 153

 

Piscator, Erwin, 296

 

Pitigrilli [de nombre real Dino Segre], 83 Cocaína, 83

 

Platen, Karl August conde, 137, 138 Platón, 24, 36, 61, 131 Platónov, Andréi, 267

 

Pleitgen, Fritz, 286

 

Plinio Segundo, Gayo (el Viejo), 25 Historia natural, 25

 

Plutarco, 131

 

Polignac, Yolande de Polastron, duquesa de, 209

 

Pompadour, Jeanne-Antoinette Poisson, marquesa de, 196, 197, 201, 205

 

Poulet-Malassis, Auguste, 222, 225 Pound, Ezra, 117

 

Primo de Rivera, Miguel, 236

 

Proust, Marcel, 22, 23, 338

 

Jean Santeuil, 22

 

Los placeres y los días, 22

 

Ptolemeo, Claudio, 63, 64

 

Almagesto, 64

 

Pugachov, Yemelián Ivánovich, 249

 

Pushkin, Aleksandr, 248, 249, 253

 

Borís Godunov, 249

 

Eugenio Oneguín, 249

 

Pynchon, William, 167, 168

 

 

 

 

Qianlong, 87

 

Qin Shihuangdi, 87, 88

 

Quinn, Freddy, 323



 

 

 

 

Página 408



 

 

 

Raabe, Wilhelm, 219

 

Crónica del callejón de los gorriones, 219 Rabelais, François, 46, 173, 186 Rafael, 25

 

Rafetseder, Hermann, 67, 70

 

Ramos, Mel, 323

 

Ranke, Leopold von, 65, 131

 

Reed, John, 119

 

Diez días que estremecieron al mundo, 119 Reich, Wilhelm, 122, 123

 

Psicología de masas del fascismo, 123 Reinecker, Herbert, 279

 

Jugend in Wafen, 279

 

Panzer nach vorn!, 279

 

Remarque, Erich Maria, 19, 105, 302

 

Arco de triunfo, 302

 

Destello de vida, 302, 303

 

Die Traumbude, 20

 

Sin novedad en el frente, 19, 20, 171 Tiempo de vivir y tiempo de morir, 302, 303

 

Reski, Petra, 3 27

 

Mafa, 328

 

Resnais, Alain, 297

 

Noche y niebla, 297, 298

 

Restif de la Bretonne, Nicolas Edmé, 315 Guernica, 297

 

Monsieur Nicolas, 315

 

Richardson, Samuel, 159, 160

 

Pamela, 159, 329, 330

 

Richter, Hans Werner, 296

 

Richter, Ludwig, 219



 

 

 

 

Página 409



Riess, Curt, 331

 

Rilke, Rainer Maria, 235, 259

 

Rimski-Korsakov, Nikolái, 122

 

Robbins, Harold, 312

 

Goodbye, Janette, 312 Robespierre, Maximilien de, 212 Rockefeller, John D., 165 Rohan, Louis de, 208 Rohling, August, 80

 

Der Talmudjude, 80

 

Rops, Félicien, 225

 

Rosenberg, Alfred, roí

 

Rosselli, Cario, 234

 

Rosselli, Nello, 234

 

Rossetti, Dante Gabriel, 13, 14

 

Rost, Nico, 276, 277, 278

 

Goethe in Dachau, 276

 

Roth, Jürgen, 326, 327, 328

 

Der Deutschland-Clan, 326

 

Mafaland Deutschland, 3 27

 

Roussat, Richard, 43

 

Rousseau, Jean-Jacques, 92, 131, 154, 159, 173, 194, 202, 247

 

La nueva Heloisa, 159

 

Las confesiones, 173

 

Rowling, Joanne K.:

 

Harry Potter, 123

 

Rowohlt, Ernst, 317, 318

 

Rushdie, Salman, 320, 322, 323

 

Los versos satánicos, 320, 323

 

Rust, Werner, 279

 

 

 

 

Sacher-Masoch, Leopold von, 83



 

 

 

 

Página 410



La Venus de las pieles, 83

 

Sackville-West, Vita, 184

 

Sade, Donatien-Alphonse-François, Marqués de, 73, 173, 205, 214, 215, 216, 227

 

La flosofa en el tocador, 83

 

La Nouvelle Justine, 76, 205

 

Juliette, 216, 226

 

Zoloé et ses deux acolytes, 2.15

 

Sagan, Françoise:

 

Buenos días, tristeza, 188, 348

 

Dentro de un mes, dentro de un año, 188 Saint-Simon, Henri de, 154 Salinger, Jerome D., 345

 

El guardián entre el centeno, 345 Salter, Ernest, 306 Salvemini, Gaetano, 233, 234

 

Mussolini Diplomate, 23 3

 

Te Fascist Dictatorship in Italy, 233

 

Sand, George, 154

 

Sand, Karl, 249

 

Sansal, Boualem, 10

 

Sartre, Jean-Paul, 119, 131, 154, 185, 233, 260, 269, 348 Las moscas, 233

 

Saura, Carlos, 319

 

El jardín de las delicias, 319

 

Schendell, Werner, 277

 

Scherz, Alfred, 302

 

Schiller, Friedrich, 59, 137, 214, 219 «La canción de la campana», 219 Los bandidos, 59

 

Schirach, Baldur von, 96

 

Schmidt, Arno, 315

 

«Seelandschaf mit Pocahontas», 315



 

 

 

 

Página 411



Schmidt-Salomon, Michael, 319

 

Das Maria-Syndrom, 319

 

Schneider, Reinhold, 300

 

Schólojov, Mijaíl, 262, 263

 

Schönemann, Friedrich, 146

 

Allgemeines Glaubensbekenntnis aller Religionen, 146

 

Schröder, Gerhard (ex canciller federal), 296, 326

 

Schröder, Jörg, 324

 

Scopes, John T., 166, 167

 

Scorsese, Martin, 319

 

La última tentación de Cristo, 319 Seghers, Anna, 277 Selenz, Hans-Joachim, 326

 

Schwarzbuch VW, 326

 

Séneca, Lucio Anneo, 34

 

Servet, Miguel, 70

 

Shafer, Anthony, 343

 

Operation Dark Heat, 343

 

Shakespeare, William, 36, 117, 180, 232, 259

 

Shaw, George Bernard, 112, 117

 

La profesión de la señora Warren, 112 Shindo, Kaneto, 297

 

Los niños de Hiroshima, 297

 

Shine, Dave, 124

 

Sibila de Cumas, 32

 

Siddal, Elizabeth, 13

 

Sieburg, Friedric, 186, 229

 

Silone, Ignazio, 234

 

Fontamara, 234

 

Vino e pane, 2.34

 

Sinclair, Upton, 111, 169

 

Oil, 169

 

Siniavski, Andréi, 262



 

 

 

 

Página 412



Smithers, Leonard, 14, 15

 

Sócrates, 24

 

Solón, 24

 

Solzhenitsyn, Aleksandr, 261, 262, 263, 264, 265, 268

 

Archipiélago Gulag, 265

 

El pabellón del cáncer, 265

 

El primer círculo, 161, 264, 265

 

Un día en la vida de Iván Denísovich, 262, 265 Sonnemann, Emmy, 330, 332 Soulié, Frédéric, 149

 

Memorias de Satán, 149

 

Spangenberg, Eberhard, 334

 

Spillane, Mickey, 82, 311

 

Die Rache ist mein, 82

 

Spinoza, Baruch de, 154

 

Springsteen, Bruce, 123

 

Stadion, Johann Philipp conde, 240

 

Staël, Mme. de [de nombre real Anne Louise Germaine de Staël-Holstein], 92

 

De l’Allemagne, 92, 133

 

Stalin, Iósif Vissariónovich, 38, 153, 156, 257, 258, 259, 264, 266, 267, 268

 

Steinschneider, Hermann, 3 8

 

Stendhal [de nombre real Marie-Henri Beyle], 148, 150, 154, 157, 268

 

Rojo y negro, 149

 

Sterne, Laurence, 154

 

Sternheim, Carl, 330, 332

 

Oscar Wilde, 14, 15, 168, 316, 330

 

Snob, 332

 

Stevenson, Robert Louis, 24, 25

 

El extraño caso del Doctor Jekyll y Mister Hyde, 24 Stewart, Jon, 344



 

 

Página 413



America, 344

 

Stifer, Adalbert, 219

 

Verano tardío, 219

 

Strasser, Gregor, 101

 

Der Neue Nationalismus und seine Literatur, 101 Straus, Roger, 179

 

Strauss, Franz Josef, 15, 305, 323

 

Strauss, Richard, 168, 316

 

Salomé, 168, 316

 

Stresemann, Gustav, 298

 

Strittmatter, Erwin, 287, 308, 309

 

Sue, Eugéne, 80, 154, 218, 220

 

Les Mystères du peuple, 218

 

Los misterios de París, 220

 

Sumner, John S., 116

 

Surkov, Alexéi, 262

 

 

 

 

Tácito, Publio Cornelio, 34, 35, 58, 95, 131 Anales, 34

 

Talleyrand, Charles-Maurice de, 91 Tarquinio el Soberbio, Lucio, 31, 32 Tarsis, Valeri, 267 Teóflo de Alejandría, 62

 

Ter Maar, Ludwig, 79

 

Terz, Abram (seud.), véase Siniavski, Andréi Téveneau de Morande, Charles, 207

 

Le Gazetier cuirassé, 207

 

Tompson, Dorothy, 111

 

Torwald, Jürgen (seud.), véase Heinz Bongartz Tiberio, 33, 34

 

Timágenes de Alejandría, 30

 

Tiresias, 40



 

 

 

 

Página 414



Tito Labieno, 30, 34

 

Tomás de Aquino, 40

 

Torberg, Friedrich, 310

 

Trakl, Georg, 283

 

Trotski, Leo, 254, 256

 

Tucholsky, Kurt, 99, 105, 305

 

Turner, Nat, 176

 

Tvardovski, Aleksandr, 262, 265

 

Twain, Mark, 164

 

La edad dorada, 164

 

 

 

 

Ulbricht, Walter, 285, 307

 

Urban, Lisl, 325

 

 

 

 

Valente, Flavio, 62

 

Varnhagen von Ense, Karl August, 137 Veblen, Torstein, 177

 

Imperial Germany and the Industrial Revolution, 177

 

Vigri, Caterina, 42

 

Virgilio, Eneida, 16, 25, 31

 

Vittorini, Elio, 235

 

Erica e i suoi fratelli, 235

 

Il garofano rosso, 235

 

Volland, Sophie, 194, 203

 

Voltaire [de nombre real François Marie Arouet], 59, 76, 92, 131, 154, 173, 192, 195, 221

 

Cándido, 173

 

La pucelle d’Orléans, 76

 

 

 

 

Wächter, Lilly, 300



 

 

 

 

 

Página 415



Walldorf, Hans (seud.), véase Loest, Erich Washington, George, 120 Weaver, Harriet, 117

 

Wedekind, Pamela, 329

 

Weidenfeld, George, 183, 184

 

Weisenborn, Günther, 301

 

Auf Sandgebaut, 301

 

Whitman, Walt, 168

 

Wienbarg, Ludolf, 140

 

Ästhetische Feldzüge, 141

 

Wiesel, Pauline, 214

 

Wilde, Oscar, Salomé, 14, 15, 168, 313, 330

 

Wilkes, John, 57

 

Wilson, Edmund, 171, 179

 

Memorias del Condado de Hecate, 179

 

Witsch, Joseph Caspar, 303, 304

 

Wolf, Christa, 284, 287, 290

 

El cielo partido, 290

 

Noticias sobre Christa T., 284 Wolf, Hubert, 133, 164 Wolf, Teodor, 105

 

Woolf, Virginia, 235

 

Woolsey, John, 118

 

Wyclif, John, 67, 68, 69

 

 

 

 

Xiaobo, Liu, 341

 

Xingjian, Gao, 341

 

 

 

 

Yesenin, Serguéi, 266

 

Yiwu, Liao, 341

 

Fräulein Hallo und der Bauernkaiser, 341



 

 

 

 

 

Página 416



 

 

 

Zabolotski, Nikolái, 267

 

Zamiatin, Yevgueni, 37, 263, 264, 677

 

Nosotros, 37, 267

 

Zelter, Cari Friedrich, 26

 

Zink, Georg, 106, 107

 

Zola, Émile, 154, 168, 175

 

Nana, 175

 

Zóschenko, Mijaíl, 267

 

Zuckmayer, Cari, 105, 235

 

Zweig, Arnold, 272, 282

 

Zweig, Stefan, 99, 107, 108, 235, 280 Noche fantástica, 280



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 417



 

 

 

 

 

 

ÍNDICE ANALÍTICO

 

 

 

Administración Central de Editoriales y Libreros, 181, 292 Afganistán, 321

 

Alcohol, 114, 120, 124, 153, 2-84, 335, 345 y sigs.

 

Alemania, 15, 21, 35, 43, 79-80, 83, 85-86, 89, 91, 95-96, 103, 107, 109, 111, 116, 118, 123, 128, 132-133, 135, 138, 140-142, 169, 177-178, 182, 186, 188, 219, 228-230, 234, 255, 269, 272, 277, 287, 292, 295, 297, 299-316, 326-327, 330-332. Véanse también Baviera; RDA; RFA

 

Arabia, 342

 

Argelia, 10, 228, 308

 

Argentina, 238

 

Astrología, 39, 41, 44-47. Véase también Horóscopo Autocensura: como autoextinción, 9, 16 para la

 

autoestilización, 18-19

 

por amor, 13

 

por motivos estéticos, 16 y sigs., 21

 

por motivos políticos, 22, 24, 25 y sigs., 239, 282, 285 por motivos religiosos, 15

 

Véase también Miedo

 

Austria, 71, 88-90, 96, 133-141, 177, 209, 219, 241, 244, 310 Autores judíos, 84-85, 97-108, 125, 137, 149, 232, 237, 268, 318, 325 Autoridades de la censura, véanse Administración Central

 

Editoriales y Libreros; Censura del correo; Congregación del índice; Ofcina Federal de Control de Escritos no Aptos para Menores Autorregulación Voluntaria de la Industria Cinematográfca (FSK), 297



 

 

 

 

 

Página 418



 

 

 

Bangladesh, 342

 

Baviera, 15, 75-78, 136, 161-162

 

Bélgica, 134, 139

 

Bibliotecas:

 

Biblioteca Alemana de Leipzig, 86

 

Biblioteca de Alejandría, 62-65

 

Biblioteca Estatal de Baviera, 75-82, 84

 

Biblioteca Nacional de París, 75, 208, 226 y sigs. British Library, 75, 128 como escondrijos, 597 sigs., 72. salas inaccesibles en, 72, 75-77, 86, 278-279

 

saqueo o destrucción de, 61-66, 87, 91 y sigs., 94-97, 102

 

Bibliotecarios:

 

como censores, 597 sigs., 75, 77, 99-102, 106 como conservadores, 63, 78, 86

 

Blasfemia, 79, 114, 142, 149, 221, 315, 317-321

 

Boicot a escritores, 107 y sigs., 260 7 sigs., 300, 306-309, 327 Boicot de libros, véase Boicot a escritores

 

 

Canadá, 117

 

Censores, véanse Autocensura; Bibliotecarios; Críticos; Expertos; Herederos; Lectores

 

Censura de Correos, 117, 171, 173, 176-178 Censura previa, 79, 115, 131, 172, 238 Chile, 319

 

China, 9, 159, 341, 348

 

CIA, 260-261, 343

 

Cómics, 82-83, 311, 314, 323-324, 332, 346

 

Congregación del índice, 131, 133, 139, 141, 143, 147, 151, 154, 163. Véase también Lenguas legibles

 

Conservación de libros: mediante copias, 246



 

 

 

 

 

Página 419



mediante la memorización, 34, 37 ocultándolos, 35, 59, 72 y sigs., 220

 

tachándolos con tinta, 72 Véase también Quemas de libros Críticos, 186, 306-309

 

 

Derechos a la protección de la personalidad, 323-327, 333-338, 345-346

 

Destrucción de libros, véanse Destrucción del texto; Quemas de libros

 

Destrucción del texto:

 

a golpe de cincel, 57

 

arrancar, 53, 89, 224, 242

 

borrar, 57, 91

 

quemar, véase Quemas de libros tachar con tinta, 72, Dinamarca, 161

 

Drogas, véase Alcohol

 

 

 

 

Egipto, 64, 159, 320

 

Escritos: comunistas, 234, 236-237,

 

260, 300. Véase también obras marxistas

 

heréticos, 65-70, 72, 127-131, 144-146

 

España, 51, 63, 157, 236, 237-239, 318

 

Esposas, 13, 23, 24-25. Véase también Herederos

 

Estados Unidos, 18, 110, 112, 115-123, 157, 164, 166-167, 171-174, 178, 183, 188, 20, 218, 232, 238, 288, 299, 304, 329, 342-343

 

Exilio:

 

editoriales en el, 85 y sigs., 319-322

 

escritores en el, 10, 29, 32, 102, 106, 211-212, 219, 233 y sigs., 237, 266, 272, 331

 

Expertos, 184



 

 

 

 

 

 

 

Página 420



 

 

 

Fetua, 320, 322, 341. Véase también Persecución de escritores Francia, 14, 22, 26, 43, 47-48, 70, 76, 133, 135, 137-139, 141, 181-

 

183, 185, 196, 212, 215-221, 226, 229-234, 271, 308, 319, 332

 

 

 

 

Gathings Committee, 174

 

Gremio Profesional de Libreros Alemanes, 107, 272

 

 

 

 

Herederos, 30, 169, 197, 245.

 

Véanse también Esposas; Hijas; Hijos

 

Herejes, 39 y sigs., 65-69, 127, 145, 147. Véase también Santa Inquisición Romana y Universal

 

Hijas, 17, 180. Véase también Herederos

 

Hijos, 26, 124, 125, 271. Véase también Herederos Homosexualidad, 15, 81, 124-125, 137, 185-186, 237-238, 284, 316,

 

328, 330

 

Horóscopos, véase Astrología

 

 

 

 

Imprenta, 43, 46, 114, 117, 127-128, 133, 139, 146, 168, 172, 181, 202-203, 210-213, 314

 

Index librorum prohibitorum, 65, 88, 128, 143

 

India, 125, 340

 

Indonesia, 125

 

Inglaterra, 14, 26, 42, 46-47, 58, 70-71, 93, 96, 112, 117, 124, 157, 159, 163, 168, 174, 176, 183-184, 216, 218-219, 267, 307, 316-317

 

Inquisición, véase Santa Inquisición Romana y Universal Internet, 10, 125, 319, 340, 346 Irán, 320, 322, 340

 

Irlanda, 117, 178, 316, 317

 

Israel, 17, 18



 

 

 

 

Página 421



Italia, 26, 94, 95, 96, 133, 134, 162, 215, 234, 23 5, 240, 251

 

 

 

 

KGB, 260

 

 

 

 

Lectores, 282 y sigs., 303 y sigs., 345

 

Lenguas legibles, 132 y sigs., 139. Véase también Congregación del Indice

 

Ley de Publicaciones Obscenas (ley de Campbell), 217

 

Libertad de prensa, 108, 135-136, 148, 177, 210, 233, 298, 311

 

Libros infantiles, 342

 

 

 

 

Malasia, 320

 

México, 239

 

Miedo:

 

a la muerte, 47, 61-62, 70, 212, 250-251, 258

 

a la persecución, 10, 115 y sigs., 137, 208, 247-248 a la pobreza, 121, 137, 302 al inferno, 15

 

Véase también Autocensura

 

 

 

 

Noruega, 161, 297

 

Novelas:

 

antibélicas, 20, 21 y sigs., 303

 

de caballerías, 51-53

 

negra, 82 y sigs., 311 «perniciosas», 147-151

 

 

 

 

Obras:

 

antimonárquicas, 135 y sigs., 208 y sigs., 246 y sigs.

 

antinazis, 84-86



 

 

 

 

Página 422



antirreligiosas, 83, 135 y sigs., 139 y sigs., 141-142 antisemitas, véase Obras nazis

 

eróticas, 14, 29, 35, 75-78, 180-181, 191, 206, 213. Véase también Obras pornográfcas

 

históricas, 30, 32, 34 y sigs., 143-146, 149, 247 marxistas, 84, 85. Véase también Obras comunistas nazis, 83, 275 y sigs., 311

 

pacifstas, 20 y sigs., 85, 96, 105, 267, 303

 

pornográfcas, 48, 84, 115, 174, 178, 181-187, 204-205, 214-217, 225, 227, 284, 312.-313, 323-324. Véase también Obras eróticas

 

primerizas, 18 y sigs., 21 y sigs. Ocultación, 67, 72 y sigs., 75-79, 84-86, 89 Ofcina de Información de Maguncia, 136

 

Ofcina Federal de Control de Escritos no Aptos para Menores (después, Ofcina Federal de Control de Medios no Aptos para Menores), 78, 81-83, 187, 311-314, 327-328

 

Organización Nacional para la Promoción de la Literatura Decente, 174, 175

 

 

Países Bajos, 88, 90, 134

 

Pakistán, 3 20

 

Persecución de escritores, 9-10, 34, 38, 81, 85, 112, 116, 136, 158, 184, 234, 264, 268, 276. Véanse también Fetua; Inquisición

 

Polonia, 134

 

Portugal, 318

 

Prohibiciones de la lectura, 70

 

 

 

 

Quemas de autores, póstumas, 68, 70-71. Véase también Herejes Quemas de libros:

 

católicas, 67-68, 69-70



ceremoniosas, 55-57, 103-105

 

en el siglo xxi, 123, 125 legitimadas por la Biblia, 65, 69-70 nacionalsocialistas, 98-106 protestantes, 68-69 revolucionarias, 91 trucos para salvar libros de las, 54, 57

 

 

 

RDA, 35-36, 107, 269, 276-293, 306-309, 325

 

RFA, 78, 277, 279, 290, 291

 

Rusia, 118, 246-253, 303. Véase también URSS

 

 

 

 

Santa Inquisición Romana y Universal, 54, 55, 67, 110, 116, 127-129, 154, 237, 254. Véanse también Herejes; Persecución de escritores

 

Sección Tercera de la Cancillería Privada de Su Majestad, 248-250

 

 

Servicio de seguridad del Estado, 283 Sociedad para la Supresión del Vicio, 116

 

Society for the Suppression of Vice, véase Sociedad para la Supresión del Vicio

 

Suiza, 26, 89, 140, 202, 219, 234, 303

 

 

 

 

Tachar con tinta, véase Destrucción del texto Taiwán, 339

 

Testamentos desacatados, 14-16, 23, 25

 

Tiradas, véase Trucos para eludir la censura

 

Traducciones de la Biblia, 67 y sigs., 129-130

 

Trucos para eludir la censura: lugares de impresión falsos, años de aparición falsos, editoriales falsas, 48, 162 Tiradas, 84, 209, 225, 229, 269

 

Precios, 47, 105, 225, 226, 232 Turquía, 335


 

Utopías literarias, 48-49

 

URSS, 38, 280. Véase también Rusia

 

 

 

 

Vaticano, 15, 94, 131, 139, 144, 153-154, 178 Volkswartbund, 313-315

 

 

Wal-Mart, 342



 

 

 


 

 

Werner Fuld (Heildelberg, Alemania, 1947), escritor y crítico literario. Después de estudiar Filología Germánica e Historia del Arte, se ganó una gran reputación colaborando en diversos periódicos y revistas, entre los que se encuentran el Frankfurter Allgemeine ZeitungFocus y Die Zeit. A lo largo de su carrera ha publicado tanto fcción como ensayo, prestando especial atención al mundo de la literatura y sus anécdotas menos conocidas.

 

 

También se ha encargado de la edición de diversos libros y epistolarios. Como autor, además de biografas sobre Walter Benjamin y Paganini, ha escrito obras tan originales como su Diccionario de últimas palabras o Breve historia de los libros prohibidos.



 

 

Notas

 

 

 

[1]  En las primeras ediciones, esta última novela se publicó con el título de América, el que le puso Max Brod (Todas las notas son del traductor).

 

[2]    Suetonio cuenta la anécdota en Vida de los doce Césares, «Octavio Augusto», 85: Augusto debe de aludir al suicidio de Áyax, que murió al arrojarse sobre la espada. La tinta de aquella época podía borrarse con una esponja.

 

[3]  En esta y las siguientes citas se sigue Tácito, Cornelio, Anales, trad. de José L. Moralejo, Madrid, Gredos, 1991, págs. 294 y sig. (N. ED.: esta nota aparece mal colocada en la edición original).

 

[4]   Dante, Divina Comedia, canto XX, vv. 118-120, trad. de Ángel Crespo, Barcelona, Planeta, 1990, pág. 110.

 

[5]  Ibid., canto XX, vv. 10-15, ed. cit., pág. 107.

 

[6]   Rabelais, François, Predicciones pantagruélicas, trad. de Jean Cendrars, Madrid, Libros de la resistencia, 2012.

 

[7]    Para esta cita y las siguientes, Cervantes, Miguel de, Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes, dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998, págs. 76 y sigs.

 

[8]    Goethe, Johann Wolfgang, Poesía y verdad, trad. de Rosa Sala, Barcelona, Alba, 1999, págs. 163-164.



[9]      Eco, Umberto, El nombre de la rosa, trad. de Renato Giovannoli, Barcelona, Lumen, 1987, pág. 30.

 

[10]  Ibid., pág. 324.

 

[11]Marinetti, F. T., «Manifesto del Futurismo», trad. de Ramón Gómez de la Serna, Prometeo, n.º 6, abril de 1909.

 

[12]  Flaubert, Gustave, La señora Bovary, trad. de María Teresa Gallego Urrutia, Barcelona, Alba, 2012, pág. 101.

 

[13]   Eckerman, J. P., Conversaciones con Goethe, trad. de Rosa Sala, Barcelona, Acantilado, 2001, pág. 391. (N. ED.: esta nota aparece mal colocada en la edición original)

 

[14]   Goethe, Johann Wolfgang, Poesía y verdad, trad. de Rosa Sala, Barcelona, Alba, 1999, pág. 501.

 

[15]   Diderot, Carta sobre los ciegos seguido de Carta sobre los sordomudos, trad. de Julia Escobar, Valencia, Pre-textos y Fundación ONCE, 2002, pág. 42.

 

[16]   Versión de Enrique López Castellón. Charles Baudelaire, Obra poética completa, Akal, Madrid, 2003.

 

[17]  M. Bulgákov, E. Zamiatin, Cartas a Stalin, trad. de Víctor Gallego, Madrid, Mondadori, 1991, pág. 29.

 

[18]  Ibid., págs. 31-32.

 

[19] Ibid., pág. 32.

 

[20]   Ibid., pág. 35.

 

[21] Ley Fundamental de la República Federal de Alemania, trad. de Karl-Peter Sommermann y Ricardo García Macho, Berlín,



Bundestag Alemán, 2009, pág. 15.

 

[22]    Tomas Mann juega con el doble sentido de la expresión «grober Unfug»: además del signifcado específco de «desorden público» que tiene en el ámbito jurídico, en el uso lingüístico general la expresión signifca «gran disparate», «gamberrada» o «tontería»; algo más bien frívolo, en suma, alejado de la seriedad que Mann atribuye a la obra de Einstein.

 

[23]   Max y Moritz. Una historieta en siete travesuras, trad. de Víctor Canicio, Madrid, Impedimenta, 2012, pág. 9. (N. ED.: esta nota aparece mal colocada en la edición original)




FIN

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