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Libro N° 14521. El Caso De La Mujer Del Estanque. Tur Planells, Helena.


© Libro N° 14521. El Caso De La Mujer Del Estanque. Tur Planells, Helena. Emancipación. Noviembre 22 de 2025

 

Título Original: © El Caso De La Mujer Del Estanque. Helena Tur Planells

 

Versión Original: © El Caso De La Mujer Del Estanque. Helena Tur Planells

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/el-caso-de-la-mujer-del-estanque/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

EL CASO DE LA MUJER DEL ESTANQUE

Helena Tur Planells


 

 

 

 

El Caso De La Mujer Del

Estanque

Helena Tur Planells

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Con una excelente ambientación histórica, personajes atractivos y carismáticos, un misterio por resolver y una impredecible historia de amor, la nueva novela de Helena Tur mezcla asesinato y romance en un adictivo cosy crime histórico situado en la Vizcaya de finales del siglo XIX.

 

Ochandiano, Vizcaya, 1897. Antonia, la esposa del alcalde, celebra el cumpleaños de su hijastro Eloy con una fiesta a la que invita a todo el pueblo. Al día siguiente aparece asesinada a orillas del estanque. Los vecinos entran en una espiral de desconfianza cuando salen a la luz los rencores que la víctima había provocado en muchos de ellos con sus aires de grandeza y su intención de modernizar las costumbres de la comarca.

 

Mientras, la joven Marina se enamora de un forastero, Javier, un apuesto y rico heredero que ha llegado a Ochandiano para reclamar el dinero que le debe el padre de ella. Su relación se verá afectada por la investigación criminal que, poco a poco, desvelará los secretos más ocultos de la —hasta ese momento— apacible comunidad rural.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Helena Tur Planells

 

El Caso De La Mujer Del

 

Estanque

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 15-05-2025

 

  

 

Título original: El caso de la mujer del estanque

 

Helena Tur Planells, 2025

 

Ilustración de portada: © Miriam Bauer

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r2.1



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A mis padres, que ahora son mis niños.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

Prólogo

 

 

 

 

Villa de Ochandiano, 1897

 

 

 

Hacía un sol de mil demonios y mucho calor, un calor de mediodía de pueblo interior en el mes de agosto. Sin embargo, ni la luz ni el calor llegaban hasta Baltasar Ordubi, puesto que las contraventanas permanecían cerradas cuando entró en la buhardilla. Y así las dejó, impidiendo casi que pudiera distinguirse ninguno de los veintitrés cadáveres que habitaban aquella estancia, que solo eran sombras vagas. Un juego de sombras que también llevaba en su interior.

 

Ni siquiera se molestó en encender la vela que había subido. Para orientarse hacia la única silla, le bastaba con dejar la puerta abierta, y eso hizo. Se sentó y ni siquiera levantó la vista para observar su macabra colección: ahora no se sentía orgulloso de ella. No se sentía orgulloso de nada, solo tenía sentimientos para la desesperación. Cabizbajo, permaneció sentado, sufriendo en cada poro las consecuencias a las que lo habían llevado todos sus errores, y unas imágenes desordenadas inundaron su mente para hundirlo aún más. Sin verlo, se sintió juzgado por el búho de un solo ojo, aunque fuera un ojo muerto. Como muertos estaban aquellos animales deformes que había ido adquiriendo a lo largo de los últimos treinta años y que guardaba en el último piso de la casa familiar. Entre ellos, había un cordero de dos cabezas, un par de conejos siameses unidos en un único cráneo, un ternero al que las patas traseras le salían sobre el lomo y hasta un pollo del que surgía su mellizo parásito a través de la pechera. En total, veintitrés especímenes únicos que había ido a buscar por toda España para reunirlos en su extravagante colección.

 

Recordó el origen de todo eso. Aquella vez que, de niño, mientras paseaba con su padre, avistaron una garduña con dos colas. En aquel momento su padre le contó que también había personas que nacían con ciertas rarezas. Le habló de los espectáculos de fenómenos y del gigante de Alzo, que después tendría la oportunidad de ver, y al que incluso llegaría a tocarle una mano. Desde el primer instante, Baltasar Ordubi sintió un entusiasmo ante esos seres que transgredían las leyes de la naturaleza y, cuando a los veintidós años oyó hablar a un viajero de una gallina con cuatro ojos y dos picos, tomó una decisión que iba a marcar su vida. Viajó a Tagarabuena, en Zamora, solo con la intención de asistir a ese prodigio. Sin embargo, cuando llegó, el ave ya llevaba unas semanas enterrada y no pudo saciar su curiosidad. Nadie se había atrevido ni siquiera a hacer caldo con tan rara avis, nunca dicho de forma tan literal. Por entonces, también oyó hablar de que en Madrid se ofrecían taxidermistas privados y, ya con un propósito más serio, comenzó a escribirse con uno que decía haber sido alumno del mismísimo Salvador Duchen, eminencia en la materia. Pactada su colaboración, puso anuncios en los periódicos en los que se ofrecía a comprar cualquier animal que naciera con deformidades y, hasta otoño de 1891, estuvo viajando para adquirir el espécimen cada vez que sabía de alguno. Luego los llevaba a Madrid para que se los disecaran y, poco a poco, había conseguido su excelente y llamativo repertorio. Pero hacía seis años que no había vuelto a subirse a un ferrocarril y dudaba que volviera a hacerlo jamás.

 

Baltasar cerró los ojos y se le vinieron encima las imágenes de aquel fatídico día de septiembre en que viajaba junto a su mujer en el expreso Irún-Madrid. Le sorprendía lo vívido de sus recuerdos, la intensidad con la que los acontecimientos se sucedían en su cabeza, el ruido de los trenes al chocar, los gritos y los llantos. El accidente dejó quince muertos, entre los que se encontraba Lidia. Baltasar, en cambio, acabó entre los muchos heridos y sobrevivió a su pesar. Se habría cambiado por su mujer si hubiera podido, pero esa es una opción que el destino nunca ofrece. Siempre se sentiría culpable por haberla invitado a aquel viaje y se preguntaba si algún día también se sentiría culpable del destino de sus hijos debido a la desastrosa situación en la que su economía se hallaba en aquel momento.

 

Lo había intentado todo para salir de ella… Dios era testigo de que lo había intentado todo. No fue culpa suya que, tiempo atrás, la fragua que heredó de su padre acabara dando pérdidas. La crisis que sufrió la artesanía del hierro con las nuevas técnicas que se usaban en la ciudad afectó a todas las fraguas de la zona, por lo que, al igual que otros muchos, había tenido que cerrar la suya cuando sus hijos eran pequeños. Aun así, mientras su esposa vivía, todavía contaba con el suficiente dinero para pasar cómoda su vejez, dejar una considerable dote a Marina y darle una buena formación a Isidro María, por lo que Lidia dejó este mundo tranquila en este aspecto. Sin embargo, no sabía cómo, las cosas habían ido torciéndose hasta llegar al punto en el que se hallaba ahora. Encaprichado también en su edad madura de los animales torcidos, había seguido coleccionándolos y embalsamándolos, a pesar de que su hija pasara vergüenza de tales extravagancias. Don Jorge Danobeitia, dueño del caserío más productivo de la zona, se había interesado en su afición y lo había ayudado con las últimas compras. Gracias a eso, se fueron cogiendo confianza y, cuando estalló la guerra, se atrevió a pedirle prestadas las dos mil pesetas necesarias para liberar a Isidro María de ser mandado a filas. Luego le pidió otras dos mil para que pudiera aprender a manejar la cámara Kodak, pues su hijo se había encaprichado de la fotografía, y don Jorge Danobeitia no puso reparos al nuevo préstamo. Pero sus deudas no acababan ahí: en total, había abusado tanto de la confianza de don Jorge que la suma ascendía a veintitrés mil pesetas. Así que no fue de extrañar que, cuando su acreedor murió la primavera anterior, y a la espera de que los abogados localizaran al heredero, pues no había línea sucesoria directa, Baltasar Ordubi sintiera el peso de todo lo que adeudaba a un desconocido. De seguir vivo don Jorge, las cosas serían distintas, pues la amistad entre ambos llegó a ser tan estrecha que don Baltasar creía que, en breve, pediría la mano de Marina. Unas fiebres que nunca curaron acabaron con esa ilusión. Entonces sintió el peligro de sus disipaciones y solo encontró esperanzas en que nunca hallaran al heredero de don Jorge. Eran unas esperanzas vanas, lo sabía, pero, al menos, la interminable búsqueda de los abogados le estaba dando una tregua frente a su nuevo acreedor. Esperaba que, durante el tiempo que tardara en aparecer, un golpe de suerte diera un giro a sus circunstancias.

 

El doctor Irigoyen, con quien mantenía una vieja amistad, fue quien le sugirió vender su colección. Él no estaba dispuesto a desprenderse de ella y la sola idea ya le generaba ansiedad. Para evitarlo, esa misma semana había invertido la dote de Marina en acciones de la compañía de gas de Vitoria, alentado por los consejos de doña Antonia. La nueva esposa del alcalde presumía de ser una mujer bien informada y su marido y ella habían estado hacía poco en la capital alavesa, por lo que don Baltasar no dudó de que hablaba con criterio. Pero ahora la noticia que había conocido media hora atrás, mientras jugaba al mus en la taberna, había dado el traste con esa nueva esperanza: el Ayuntamiento de Vitoria había anunciado que iba a cambiar el alumbrado de gas de sus calles para instalar un cableado eléctrico. ¡En qué momento! Sin duda, era cosa de duendes, que se la tenían jurada. ¿Qué podía hacer él? ¿Cómo justificar que no podría saldar su deuda el día que encontraran al heredero de don Jorge? En lugar de reprocharse que no debería haber hecho caso a doña Antonia, esa recién llegada entrometida que se pavoneaba por la villa con ropa de ciudad, la culpaba a ella. Sí, ella y su poca cabeza tenían toda la culpa. Si Baltasar Ordubi hubiera sido mala persona, habría deseado verla muerta.



 

 

 

1

 

 

 

 

Antes de que sonara la campanilla de la puerta, ya sabían que los visitaría Patricia Burgoa. Hacía un par de minutos que, desde la calle, había llegado hasta ellos su voz aguda e impertinente. Tras saludar a los vecinos de los Ordubi por el lado norte de la calle de Enmedio, sabían que ellos iban a ser los siguientes. Patricia Burgoa era de esas mujeres con la necesidad de sentirse imprescindibles para la comunidad, algo que se había ido agudizando a medida que cumplía años y no recibía propuestas de matrimonio. Nadie ignoraba que ya pasaba de los treinta por mucho que ella todavía se vistiera como una joven a la caza de pretendiente. Sus ropas eran de tejidos caros y sentía una irrefrenable tendencia a demostrarlo; por supuesto, tanta pretenciosidad molestaba en una aldea rural. Lo que más llamaba la atención en su vestimenta eran los sombreros. Todos recordaban aquel día que se había presentado en la fiesta de don Jorge Danobeitia con un nido de codorniz en la cabeza, en el que sobresalía un pájaro de tela, o la vez que llevaba una pamela engalanada con plumas de pavo real y corazones de terciopelo. Por no hablar de las últimas celebraciones de Santa Marina, en las que su cabeza había parecido el más carnavalero de los arlequines… No, Patricia Burgoa no se caracterizaba por ser una mujer discreta en ningún aspecto, y los ochandianos amaban la tranquilidad y la circunspección. Su afán protagonista se había acrecentado desde la llegada de la nueva esposa del alcalde, a la que se había pegado sin remilgos en busca de su amistad, con palabras de halago que habían sido bien recibidas por doña Antonia. Y, aunque esta última ganara en elegancia, eran tal para cual.

 

—¿Qué será esta vez, aita? —preguntó en tono bromista la joven Marina Ordubi mientras la escuchaban charlar con los vecinos—. Le noto un tono de voz muy alegre. ¿Apuesta usted por una riña entre ganaderos o



 

 

 

 

 

 

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algún rumor sobre Tomás Elizalde? En los últimos tiempos Tomás se ha convertido en su protagonista favorito.

 

—Más le valdría no andar metiéndose con Elizalde. ¡Como si no conociera su temperamento! —respondió Baltasar Ordubi, que apuraba el desayuno.

—¿Cómo se encuentra esta mañana? —quiso saber la hija, al notar que no lo había hecho sonreír.

—Aún no tengo dolor de cabeza, pero estoy convencido de que, después de la visita de Patricia, sí lo tendré.

—Me refería a su reuma —replicó ella.

 

—Me noto la cadera y la pierna mejor que otras veces, pero no son de fiar.

—Esta noche no se ha levantado. Yo creo que coge frío cuando se desvela y eso no es bueno —comentó la joven sin esconder el reproche implícito que había en sus palabras. Estaba preocupada por el sonambulismo y los dolores que sufría su padre desde que tuvo el accidente.

—Desvelarme es lo que no hago. Si, como decís Otilia y tú, me paseo inconsciente por toda la casa, ¿qué quieres que le haga?

—Podría tomarse la infusión de valeriana y pasiflora que le preparo cada noche —dijo Marina regañándolo con la mirada.

—¡Puaj! —exclamó él exagerando un gesto de repulsión—. Sabes que no soporto beber agua caliente, a no ser que se trate de un buen caldo y, a ser posible, con menudillos.

—En casos así, lo de menos es que le guste. Debe tomárselo. No crea que se lo voy a ocultar al doctor Irigoyen cuando lo vea. Hoy mismo pienso visitar a Fedra después de ir a echar la carta de Isidro. La he escrito mientras usted aún dormía… Hay sitio para unas palabras suyas si quiere que se las añada.

La conversación fue interrumpida por la llegada de Patricia Burgoa, que se había adentrado hacia el comedor sin esperar a que Otilia la anunciara.

—¡Oh! No sabía que estaban desayunando… —se disculpó la intrusa, y de inmediato agarró una silla y se sentó a la mesa sin ser invitada—. Pero no me gustaría que fueran los últimos en enterarse.

—¿Quieres un trozo de queso? —le ofreció Marina sin demasiado interés.



 

 

 

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Sobre la mesa, aparte de un plato con queso de Idiazábal y porciones de membrillo, había un cuenco vacío de morokil, pues, a pesar de los nuevos hábitos que traía la modernidad, Baltasar Ordubi no quería prescindir de sus costumbres.

 

—No, gracias —rechazó ella—. ¿No van a preguntarme qué ha ocurrido?

—¿Acaso hay necesidad? —barruntó el hombre, mientras se chupaba un dedo en el que había restos de membrillo.

—No, no soy tan mala como para ocultarles las últimas noticias. Y hoy tengo varias —sonrió Patricia Burgoa, sin abandonar su locuacidad—. Por un lado, resulta que tanto los Alkorta como los Losada se han hecho con la misma tela para los vestidos de sus hijas. Me refiero a los vestidos que piensan ponerse para el cumpleaños de Eloy Lizana, por supuesto. Ya es mucha casualidad que ambas familias fueran a Vitoria a comprar la tela y, mucho más, que coincidieran en el mismo comercio. ¿No creen que el azar les ha jugado una mala pasada? O tal vez sea el destino, no lo sé, no soy muy dada a pensamientos extravagantes. Lo más curioso es que ellos aún no lo saben —dijo y luego emitió una risa de comadreja, complacida con su propio descubrimiento—. ¿Se imaginan lo ridículas que se sentirán las hijas cuando lo descubran?

 

—¿Y cómo lo has sabido tú? —preguntó Marina.

 

—Tengo mis fuentes —sonrió la mujer, pero a continuación se compadeció de la curiosidad de la joven—. Claro que, en un lugar como este, no existe mucho misterio. Teniendo en cuenta que solo hay una costurera que conoce la moda de París… Porque, por supuesto, las dos familias han llevado la tela a doña Rafaela, aunque los diseños que han escogido son distintos.

—Entonces, ni se notará que la tela es la misma. Me sorprende que no encuentres nada mejor que hacer que madrugar para propagar esas bobadas por todo el pueblo —se burló don Baltasar.

—No es esto lo único que tengo que contar, ya saben que una siempre se deja lo mejor para el final —añadió ella al tiempo que movía la mano izquierda como si fuera un abanico mientras los ojos brillaban con picardía

—. El hermano de Antonia Crespo vendrá a Ochandiano para la fiesta y, según me ha informado ella misma, lo hará acompañado de otros amigos. Todos ellos, varones.



 

 

 

 

 

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—¿Antonia? ¿Tanta es la confianza que a la esposa del alcalde no la tratas de doña? —le preguntó el hombre.

 

Patricia Burgoa sonrió complacida.

 

—Ella misma lo dice: «Soy una afortunada por gozar de tu amistad, a veces temo que no he sido bien recibida en Ochandiano».

—¿Y cómo esperaba que la recibiéramos? Muchos humos se da esa señora de la capital… ¡y muy malos consejos! Aquí somos gente sencilla y no nos gusta que nos engatusen.

—Pues creo que pronto será altamente estimada. La celebración que está preparando va a ser tan espectacular que todos la adorarán. Pero, Marina, ¿no te parece una buena noticia que venga el hermano de Antonia?

—¿Por qué ha de ser una buena noticia que esto se llene de maketos, de guiristinos? —objetó de nuevo el padre.

—Porque están solteros y usted tiene una hija casadera —respondió la mujer señalando a la joven—. No es que en estos momentos el pueblo esté sobrado de mozos…

Era cierto. Entre la guerra de Filipinas, la de Cuba y la inmigración producida a partir de la crisis de las fraguas, en la villa había muchas más muchachas que muchachos.

—¿Y todos ellos piensan pedir la mano de Marina? —comentó el hombre a modo de burla. Por un instante, había pensado en la posibilidad de que su hija se casara bien y que su futuro yerno sufragara su deuda. Tal como había llegado, la descartó: no quería emparentar con un madrileño.

 

—Eso dependerá de cómo los aliente ella. —A continuación, Patricia Burgoa miró a la joven y añadió—: Eres bonita, de eso no hay duda, pero no es suficiente. A los hombres les gusta sentirse importantes, responden a los halagos y a la complacencia y, en ese punto, no sueles estar muy afinada.

—No deseo alentar a nadie —protestó Marina.

 

—Haz lo que quieras. Si no aprovechas la oportunidad, otras lo harán.

 

Tengo alguna en mente cuyo interés se despertará de inmediato.

 

—No metas pájaros en la cabeza de mi hija, no me gustaría tener que ir a Madrid para visitar a mis nietos.

—Eso no ocurrirá, aita.

 

—Estoy deseosa de escuchar el poema de Beitia —comentó Patricia. Se refería a Felipe Arrese Beitia, el poeta del lugar—. Antonia le pidió que



 

 

 

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lo compusiera para festejar los quince años de su hijastro.

 

—¿Doña Antonia ha aprendido vascuence?

 

—No. Por supuesto, le pidió que lo escribiera en castellano.

 

—¡Lo que nos faltaba! Para alguien que hace versos en vascuence, esta señora nos lo quiere cambiar —protestó don Baltasar—. ¡Como si no hubiéramos tenido bastante con los isabelinos!

 

—Solo será en esta ocasión. Y hay una sorpresa más —dijo la mujer, arqueando las cejas y dejando unos segundos de suspense—. Cantará una canción y quiere que doña Concha la interprete al piano.

—¿Doña Concha va a prestarse a eso?

 

—Estoy convencida de que lo hará. Y mucho más cuando Antonia le cuente lo que tiene en proyecto para la villa. —Resultaba innecesario que la mujer bajara la voz y se acercara a sus interlocutores, Otilia trasteaba en los cuartos de arriba y no había nadie más en la casa—. Muy pronto, el coro no solo estará compuesto de hombres, también las mujeres podremos formar parte de él. Antonia tiene intención de ingresar, al igual que yo. Y espero que Marina haga lo mismo —la emplazó mientras la miraba—. Los ensayos comenzarán cuando haya pasado el cumpleaños.

—¿Cómo dices? —preguntó don Baltasar, que había entendido sus palabras, pero era incapaz de darles crédito.

—Lo que ha oído: Antonia quiere que, a partir de ahora, las mujeres que lo deseen canten también en el coro de la villa.

—Todo el mundo sabe que el coro de Ochandiano es solo para hombres; si tanto desea cantar, que organice uno solo de mujeres — respondió don Baltasar.

—¿Dices que doña Concha aún no lo sabe? Tal vez no le parezca buena idea… —le advirtió Marina. Concha Aróstegui, al igual que su familia, era considerada la eminencia musical del lugar.

—Aún no se lo ha comentado… Si tú accedes, seguro que ni ella ni doña Beatriz pondrán objeciones. ¿Podemos contar contigo?

—Si doña Concha está de acuerdo, no veo por qué no —respondió Marina, convencida de que la mujer se negaría.

Aún no sabían que la opinión de doña Concha no iba a resultar importante para lo que el destino tenía deparado.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

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2

 

 

 

 

Considerada bonita, Antonia Crespo había visto pasar su juventud sin conseguir, tal como se esperaba de ella, un matrimonio ventajoso. Desde niña, las expectativas habían sido grandes y la familia había procurado aderezar su belleza con una formación musical, cualidad que los caballeros adinerados valoraban. Para ello contrataron al mejor maestro de solfeo y canto de Parla. La niña tenía una voz melodiosa y se aplicaba, pero era incapaz de acabar una pieza sin desafinar en algún falsete. Reforzaron su horario de clases y tanto empeño puso la joven que, a los dieciséis años, se enamoró del profesor de música, que resultó ser un libertino con quien estuvo a punto de fugarse a espaldas de su familia. Por suerte, una intervención oportuna de su padre impidió la huida. Sin embargo, el escándalo no pudo evitarse: en un lugar de mil habitantes, el incidente no tardó en estar en boca de todos. Con el objeto de dejar atrás los dimes y diretes y de que, con ellos, no quedara arruinada la reputación de la joven para siempre, la enviaron a Madrid a vivir con una tía. Viuda y adinerada, la tía paterna acogió a su sobrina y prometió que la convertiría en cantante, pero, cuando la escuchó interpretar una de sus piezas favoritas, cambió de parecer y se dedicó a volcar sus esfuerzos en buscarle un buen partido. Le enseñó modales, la llevó a todas las reuniones y fiestas de sociedad y la presentó a todas las conocidas que tenían hijos casaderos. Durante ese tiempo, la joven Antonia recibió varias ofertas de matrimonio que fueron rechazadas por su tía, en el caso de que el caballero no tuviera la suficiente posición, o por ella, cuando sobrepasaba el medio siglo. El éxito llegó el día en que la joven cumplió diecinueve años. En un mismo mes, aparecieron dos pretendientes que fueron del agrado de ambas. Aún no había decidido a cuál de ellos aceptar cuando tuvo la mala fortuna de ser descubierta en un balcón besándose con un hombre casado y las oportunidades se esfumaron tal como habían venido. En la capital, a



 

 

 

 

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diferencia de los sitios pequeños, los escándalos se sucedían unos a otros y los más antiguos caían en el olvido al poco tiempo. Mientras dejaba que todo pasara, su tía la invitó a conocer Europa, viaje que duró casi un año.

 

 

 

A su regreso, una epidemia de cólera arrasó el país y se llevó de este mundo hasta al mismísimo Alfonso XII. Durante ese tiempo, llegó a Madrid la noticia de que los padres de Antonia habían muerto víctimas de la enfermedad y entonces se supo que estaban arruinados y que tenían la casa hipotecada. Mauro Crespo, hermano de Antonia, siguió con vida y, poco después, se trasladó a Madrid y se empleó como repartidor de periódicos. La suerte acompañó a la muchacha durante los siguientes años. Sin embargo, cuando su tía falleció, para su sorpresa, dejó toda la fortuna a la Iglesia. Entonces Antonia no tuvo más opción que colocarse de dama de compañía.

 

Había perdido ya toda esperanza de casarse y tener hijos cuando conoció al alcalde de un pueblo de las Vascongadas del que nunca había oído mencionar y que le costó ubicar en el mapa. Ella tenía treinta y dos años, y él, cuarenta y cinco. El señor Lizana, que así se llamaba, había quedado viudo con un hijo único a cargo, y le pareció que aquella mujer era la adecuada para ejercer el papel de una madre. Con el poco trato mantenido durante las dos semanas que él permaneció en Madrid, no le encontró tacha para convertirla en su esposa. Antonia agradeció el regalo del destino y, cuando aquel viudo le ofreció su mano, aceptó de inmediato. Tras una breve correspondencia, la boda se celebró en Madrid a mediados de mayo de 1897 y, una semana después, el feliz matrimonio se instaló en la villa de Ochandiano, municipio del que el señor Lizana era alcalde.

 

Tres meses después, las esperanzas de felicidad habían desaparecido del corazón de Antonia Crespo. Consideraba que los ochandianos se mostraban distantes y reservados con ella y no lograba entenderlo. Tampoco la relación con Eloy, el hijo de su marido, era la que en un principio había esperado. El adolescente no obedecía sus órdenes, no seguía sus consejos y apenas le dirigía la palabra. Se negaba a aceptar una nueva figura materna y procuraba abarcar toda la atención de su padre para evitar que se la dedicara a la recién estrenada esposa. Ella no tardó en comprender que en su vida marital se aburriría terriblemente. No le gustaba la villa, abandonada en mitad de la nada; no le gustaba la gente, de



 

 

 

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pocas palabras y algo ruda; y no le gustaba su hijastro, consentido y malcriado. Para que se mantuviera ocupada, su marido le aconsejó que se dedicara al cultivo de flores, afición que le pareció apropiada para una mujer refinada. Pero Antonia no solo deseaba ocupar el tiempo. Sentía que era merecedora de todo el protagonismo que se debe a la esposa del alcalde y aspiraba a que los pueblerinos la admiraran por su posición y por haberles traído a ese lugar perdido la cultura y los modales de una ciudad como Dios manda.

 

Con los calores de julio, tuvo una idea brillante. El 15 de agosto Eloy Lizana, su hijastro, cumpliría quince años, por lo que decidió organizar una fiesta para celebrarlo. Una fiesta que fuera recordada por generaciones venideras y de la que se hablara durante años en los pueblos de alrededor. Sería tan grandiosa y opulenta que sin duda, tras la celebración, todos buscarían su amistad. Su entusiasmo comenzó a crecer con esa idea, desconociendo que de nada le serviría, del mismo modo que no sabía que el próximo 16 de agosto estaría muerta.

 

Los invitados comenzaron a acudir al prado que se extendía en la parte posterior de su residencia, donde se habían improvisado mesas y sillas para proceder al ágape. Bajo una pérgola había un órgano positivo que había sido traído desde un pueblo alavés y, no conforme con eso, habían llegado también unos músicos de Bilbao para que ejecutaran unas piezas de baile. En otra de las zonas había una cucaña y una caja de voladores a la espera de ser lanzados en algún momento de la celebración. Eloy Lizana, que de lo único de lo que se alegraba era de que por fin le pusieran pantalones largos, no compartía la misma devoción por aquella fiesta.

 

—Ese señor tan trajeado debe de ser el hermano de doña Antonia — comentó Marina a su amiga Fedra Irigoyen mientras se dirigían a observar cómo los más jóvenes jugaban a la cucaña.

—No, ese es el alcalde de Vitoria, y aquella es su esposa. El hermano de doña Antonia es más joven.

—¿Y no se hablaba de que iba a venir acompañado de muchos amigos? No veo a tantos mozos por aquí.

—No sé si le perdonarán a la alcaldesa haberse traído unos músicos de Bilbao, con los que tenemos aquí…

Enseguida se acercaron a ellas las hermanas Iraela, dos mujeres que ya habían entrado en la edad anciana: entre ambas, sumaban ciento treinta años. Enseguida preguntaron por don Baltasar.



 

 

 

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—Mi aita no se encontraba bien y, ya saben, tampoco le tentaba acudir a esta celebración —lo excusó la hija.

 

—Supongo que compartirás mesa con nosotras… —comentó doña Beatriz—. No me gustaría tener a según quién sentada a mi lado.

 

Marina asintió mientras con la mirada se excusaba ante Fedra, quien daba por hecho que no se separarían. A pesar del parentesco, las hermanas Iraela no podían ser más distintas. Beatriz, la mayor, había sido profesora de canto de Marina durante algunos años, amaba la música y sus ejecuciones al piano eran muy celebradas. Se había casado joven, y quedado viuda dos años después. Desde entonces vivía con su hermana en la casa que heredó de su difunto marido. Era alta y delgada, siempre parecía tener el ceño fruncido, y una nariz aguileña endurecía sus rasgos. Era mujer de pocas palabras, pero precisas, y con una fina ironía inglesa. Emilia, en cambio, era bajita y rebosante en carnes, y su rostro mostraba una nariz respingona muy peculiar. Siempre sonreía, se detenía a hablar con los vecinos bajo cualquier pretexto y se recreaba en todos los detalles contara lo que contase, mientras su hermana, circunspecta, miraba hacia otro lado a la espera de que no la involucraran a ella en la conversación, aunque no era ese el caso cuando se encontraba con Marina.

 

—¿Has tenido noticias de Vicente? —preguntó ahora doña Emilia a Fedra.

—Hace dos semanas que no recibo carta. Estoy empezando a preocuparme. Prometió escribirme cada semana… —objetó la muchacha.

—Y lo hará, querida, lo hará. Seguro que mañana recibes carta de él. Al cabo de un rato, Fedra se había despedido para acompañar a su

padre y los comensales ya habían ocupado sus mesas. Antes de que se sirviera la comida, doña Antonia cogió un megáfono, se colocó ante el órgano de la pérgola, dijo unas palabras de bienvenida y luego felicitó a su hijastro con gran efusión, momento que todos se vieron conminados a aplaudir. A continuación, pasó el megáfono a Felipe Arrese Beitia y le pidió que leyera el poema que había escrito para Eloy Lizana, y el poeta, algo azorado, así lo hizo. En este caso, la ovación fue más sincera, aunque solo fuera por el cariño que profesaban al viejo Beitia. Cuando doña Antonia recuperó el megáfono, invitó a don Acisclo a que tomara asiento ante el órgano, y no a doña Concha como se había anunciado. Con poca modestia, habló de la canción que había compuesto para la ocasión. Se hizo un silencio expectante, el organista de la iglesia de Santa Marina se



 

 

 

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sentó, colocó unas partituras en el atril y se quitó el sombrero en señal de respeto. Tras los primeros compases, la voz de doña Antonia acompañó al sonido del órgano, destacándose de inmediato con la melodía. Marina se fijó en cómo doña Emilia observaba divertida a su hermana, quien estaba muy atenta a la interpretación.

 

—Le serviré más vino, creo que lo va a necesitar —le murmuró doña Emilia a la joven con sonrisa maliciosa.

La expresión de doña Beatriz se veía tensa y, aunque se mantenía quieta en su silla, semblaba que algo se le removía por dentro. Los leves fruncidos del entrecejo y el rictus de arrugas en sus labios hablaban por ella. También el rostro de doña Concha Aróstegui, que se hallaba en una mesa cercana, y los de otros amantes de la música luchaban por disimular la incomodidad que les producía tal audición. La melodía principal se repetía demasiadas veces, y apenas había variaciones en cada una de ellas. Había que reconocerle que se hacía pegadiza, pero resultaba cansina. No era una pieza emotiva, aunque lo pretendiera, y había un re sostenido que la intérprete no alcanzaba a entonar. Los acordes simplones daban todo el protagonismo a la tonada principal, en la que se colaron dos gallos. Incluso don Acisclo se vio apurado durante la ejecución y, cuando terminó, no se atrevió a levantar la mirada hacia el público.

 

—Se ha ruborizado —comentó doña Beatriz tras apurar compulsivamente el vaso de vino que le había servido su hermana.

Doña Emilia y Marina reprimieron una risita y procuraron no alentarla mientras se servían bandejas de hojaldres franceses que, a pesar de contar con una ilustre presentación, decepcionaron cuando los comensales comprendieron que solo tocaban a uno por cabeza.

—Por suerte, ya ha terminado —procuró consolarla su hermana en voz baja.

—Por desgracia, tardaré mucho en olvidarlo.

 

Compartían mesa con dos matrimonios, que hablaban de la solicitud a la Diputación Foral de Guipúzcoa que habían hecho las Diputaciones Forales de Álava y Vizcaya para que solucionaran de una vez el conflicto de los terrenos de El Limitado, que ambos reclamaban.

 

—Podrían ofrecerle a doña Antonia a los alaveses a cambio de que dejaran de pedir lo que no es suyo —murmuró uno de los caballeros, pensando que Marina y las hermanas Iraela no lo escuchaban.



 

 

 

 

 

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—Espero que nadie haya sido tan incauto de hacerle caso cuando recomendaba comprar acciones de la compañía de gas de Vitoria —añadió una de las mujeres.

 

Enseguida, los dos caballeros pasaron a mencionar el atentado de Cánovas, que se había producido solo una semana antes a escasos kilómetros de Ochandiano. La conversación cesó cuando les sirvieron la comida. Al igual que las hermanas Iraela, miraron decepcionados la pequeña ración de lo que la criada llamó ratatouille, en la que apenas había más de cuatro rodajas de verdura, y las quejas aumentaron con el segundo plato, galette bretonne, que no contenía ni carne ni pescado, solo un huevo sobre una masa sin apenas cocción. El excelente diseño no compensó la escasez y, por mucha cucaña y diversión que hubiera, todos supieron de inmediato que la fiesta iba a resultar un fracaso. Poco antes de que empezara la música, y con ella el baile, doña Emilia se acercó a Marina y le comentó en voz baja:

 

—Creo que has llamado la atención de un caballero.

 

—¿Yo? ¿De quién? —preguntó ella sorprendida.

 

—Del que está sentado a la mesa de Fedra.

 

Marina miró intrigada hacia la mesa en la que se hallaba su amiga. Lo cierto es que ni siquiera se había fijado en con quién se había sentado Fedra. Además del doctor Irigoyen, don Acisclo y el matrimonio Elizalde, había otro caballero con ellos. En esos momentos estaba ocupado en una conversación y solo mostraba el perfil.

 

—La compañía de Fedra me parece suficiente motivo para que el supuesto interés solo esté en su imaginación, doña Emilia.

—¡Fedra ya está comprometida! Te puedo asegurar que es cierto que hace un momento te observaba muy atento. ¿No lo has notado tú, Beatriz? —le preguntó la mujer a su hermana.

—El dolor que ha dejado en mis oídos la canción de doña Antonia ha anulado mi visión.

—¿Será ese el hermano de doña Antonia?

 

—No lo sé… Me extrañaría mucho que no lo hubieran sentado a la mesa principal. Tal vez sea uno de sus amigos.

De modo automático, desviaron su mirada a la mesa principal, pero no había en ella ningún rostro desconocido, por lo que no descartaron la posibilidad de que se tratara del hermano de doña Antonia. Tras el ágape, empezó a sonar la música. Andrés Burgoa, menos extravagante que su



 

 

 

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hermana, se acercó a la mesa e invitó a bailar a Marina, quien aceptó de buen grado. En cierta ocasión en que su acompañante y ella pasaron cerca de la mesa de Fedra, pudo observar que el desconocido la miraba mientras permanecía sentado junto a su amiga y el doctor Irigoyen. El resto del grupo que formaba parte de su mesa también se hallaba bailando. Sabía que a Fedra le encantaba bailar y que aquel hombre no la hubiera invitado hizo que sintiera antipatía hacia él. Ese sentimiento duró un par de minutos y luego se olvidó durante un buen rato del desconocido y de todo lo que no fuera la música. A ella también le encantaba bailar. Después de dos piezas, Andrés la acompañó de nuevo a su mesa, en la que solo permanecían las hermanas Iraela porque ambas parejas se hallaban en la pista de baile, y, en cuanto se alejó, doña Emilia comentó:

 

—Es una pena que Andrés no sea un poco más alto, siempre es muy atento contigo, Marina.

—No digas tonterías, Emilia. El solo hecho de imaginar a Patricia como cuñada ya debería hacerle desistir de cualquier interés. Además, los Burgoa no tienen tanto dinero como quieren aparentar. Marina ha de ser prudente a la hora de escoger marido.

Desde que había cumplido los veintiún años, doña Emilia se empeñaba en emparejarla. Marina tenía la piel muy clara, un rostro bonito y alegre en el que destacaban sus ojos oscuros y un cabello negro tan espeso que era envidiado por otras jóvenes de su edad. De estatura media, su figura era esbelta y sus movimientos resultaban tan elegantes como graciosos. Todas esas características, junto con el hecho de proceder de buena familia, la convertían en una muchacha recomendable. Claro que la mayor parte de vecinos aún ignoraba, al igual que ella, la realidad de su situación económica.

—No creo que deba esforzarme mucho en escoger ni en ser prudente si tengo la suerte de mantener la amistad de ambas —rio la joven—. Ustedes lo hacen muy bien por mí, lástima que yo no tenga ningún interés.

—La lástima fue que don Jorge Danobeitia falleciera tan joven. No se me ocurre mejor partido para ti —recordó doña Emilia—. Ni siquiera mi hermana habría podido poner ninguna objeción, a pesar de que siempre criticaba sus grandes entradas.

—Era un hombre amable y sin humos para su posición. Y muy jovial. No tenía ningún defecto que no pudiera solucionarse con un buen peluquín —confirmó doña Beatriz.



 

 

 

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—Y tu aita le tenía mucho aprecio. No sé qué ocurrirá ahora con el caserío Danobeitia mientras no se resuelva el tema de la herencia —añadió doña Emilia—. Uno no debe morir sin hacer testamento, aunque sea joven.

 

—Hay un nuevo rumor de que ya han encontrado al heredero. —Mientras se trate de un rumor, es que no lo han encontrado. Si

hubiera sido así, ya se sabría con seguridad.

 

Callaron de inmediato al ver que doña Antonia se dirigía hacia su mesa.

—Espero que estén disfrutando de la fiesta —dijo la anfitriona con voz enérgica en cuanto llegó. Era obvio que ella sí estaba disfrutando del protagonismo del que gozaba—. ¿Han visto la expresión de Eloy? ¿Hay algo que pueda hacer más feliz a un muchacho de quince años que ser el homenajeado en una fiesta como esta?

Las tres aludidas la felicitaron con mayor o menor efusividad.

 

—Es una lástima que su padre no haya asistido, señorita Ordubi. Estoy segura de que tendrá un buen motivo para su ausencia. Espero que no me haya abandonado por una de sus momias. Siento mucho aprecio por don Baltasar.

—Mi aita se resentía de la ciática, pero estoy segura de que ha lamentado mucho no poder acudir.

—Las mujeres disfrutamos más de estos eventos que los hombres. Aun así, creo que la pieza ha gustado mucho y espero, más adelante, poder repetirla en su presencia.

—Tiene usted mucha fe —murmuró doña Beatriz.

 

—Y usted es muy modesta. Acabo de enterarme de que los lirios de su invernadero los cultiva usted misma.

Mientras las otras hablaban, Marina miró de nuevo hacia la mesa del desconocido.

—Son lady mohr y sables. Los sables son mis favoritos.

 

—Lo cierto es que nosotros tenemos mucho terreno mal aprovechado. Igual la imito y me dedico al cultivo de flores hermosas. Sé que eso agradaría a mi marido.

—Y a todos sus vecinos, doña Antonia. La belleza siempre es algo apreciado. La belleza es el camino hacia Dios.

—Los lirios requieren mucho sol y una tierra que permita un buen drenaje. No sé si podré rivalizar con los suyos.



 

 

 

 

 

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—El invernadero es una gran ayuda, aquí el invierno es muy duro. Yo los tengo en la solana para que la vidriera los proteja.

 

—Sí, cierto. Le pediré a mi marido que construya uno.

 

—Procure que esté en la zona sur.

 

—Le agradezco el consejo.

 

—Le traeré algunos bulbos si le interesan. Sepa que conviene dejar un espacio de unas seis pulgadas entre ellos, para que cuando crezcan tengan sol.

—Le haré caso en todo lo que usted me indique, doña Beatriz. La fama de su buen criterio la precede.

La mayor de las Iraela sonrió sin estar demasiado convencida. —¿Cuál de todos los invitados es su hermano? —preguntó doña

Emilia—. ¿Tal vez el que se sienta a la mesa de don Acisclo y el doctor Irigoyen?

Doña Antonia volvió la cabeza hacia la mesa indicada sin ningún disimulo y Marina se ruborizó por si el desconocido descubría que hablaban de él.

—No, mi hermano no ha podido venir. Recibí un telegrama ayer en el que lamentaba su ausencia. Unos asuntos del periódico le han impedido el viaje, ¡una verdadera lástima!

Se despidió para seguir saludando a los invitados sin ser consciente de que la noticia había intrigado a una de las damas y, cuando volvieron a quedar solas, doña Emilia comentó:

—¿Será el heredero del caserío Danobeitia?

 

—¿No crees que, si así fuera, la noticia ya habría corrido? —respondió la hermana con cierto desdén por la ocurrencia.

Marina, que por el contrario no quería mostrar interés, cambió enseguida de tema:

—Aunque ha procurado disimularlo, a doña Antonia se le ha notado la decepción con su hermano.

—¿Y qué esperaba? —respondió doña Beatriz—. Es periodista y, después del asesinato de Cánovas, puedo imaginarme el ajetreo que tendrán. Además, ¿quién quiere periodistas aquí?

La conversación fue interrumpida una vez más. En este caso, por Patricia Burgoa, que se pavoneaba bajo un sombrero que simulaba una tarta de cumpleaños con quince velas. Al principio del evento, estas habían estado encendidas, pero, como en una torpeza había estado a punto de



 

 

 

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producir un pequeño incendio, doña Antonia le había suplicado que las apagara.

 

—Buenos días —las saludó la mujer—, ¿ya han felicitado a mi amiga? —dijo señalando a doña Antonia—. ¿No les ha parecido estupenda la canción que ha compuesto para Eloy?

—No sé si el adjetivo «estupenda» le hace justicia, pero yo tampoco acierto a encontrar el que se merece —respondió doña Beatriz, con la vista puesta en el revoloteo a lo lejos de unas aves de corral.

 

—Pero sí es un adjetivo adecuado para la gran idea que ha tenido; estoy convencida de que, con lo que ama la música, estará de acuerdo.

 

—Si te refieres a la idea de incorporar mujeres al coro de Ochandiano —intervino doña Emilia—, no la ha satisfecho en absoluto.

 

—¡No me lo puedo creer! ¿En serio, doña Beatriz? ¿No ha soñado nunca con que las mujeres también podamos formar parte de él? ¿Acaso piensa que la música es…?

Unos ladridos que sonaron demasiado cercanos se superpusieron a sus palabras y, de repente, se produjo una invasión de gallinas. Las aves llegaron correteando, alzando el vuelo en lo que parecían grandes saltos y cacareando por encima de la música que aún sonaba. Decididas a no respetar la fiesta, se subieron a las mesas, se mezclaron entre las faldas de las señoras e incluso una se posó en el sombrero de Patricia Burgoa, que comenzó a gritar y a hacer aspavientos pidiendo ayuda. El ir y venir de las gallinas se extendió a los invitados y también muchas de las mujeres corrieron de un lado a otro para evitar los picoteos de tan feroces animales. Las gallinas derramaron vasos, pasearon por los platos y arañaron en sus revoloteos a más de un asistente, siendo menores las picadas. El revuelo se comprendió cuando al instante apareció un perro joven, ladrando alegre y con más pinta de querer jugar que de llevar malas intenciones, algo que las aves parecían no haber comprendido.

 

—¡Es el perro de Ochoa! —exclamó un tipo, que de inmediato se acercó al animal para tranquilizarlo.

Pero el desastre ya estaba hecho. Si la intención de doña Antonia era que la fiesta se prolongara hasta la puesta de sol, no eran ni las seis de la tarde cuando su esposo se vio obligado a suspenderla.

Para ese momento, Eloy, el homenajeado, ya hacía más de una hora que había desaparecido.



 

 

 

 

 

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3

 

 

 

 

—¿Y mi aita? —preguntó Marina a Otilia, la criada de los Ordubi, al ver que su padre no se hallaba a la mesa a la hora del desayuno.

 

—Veo que la fiesta no te quitó el sueño, bien has sabido dormir — respondió ella.

—¿Dónde está mi aita? —volvió a preguntar la joven.

 

—Salió hará unas dos horas, o casi tres.

 

—¿Adónde ha ido?

 

—No lo dijo, y eso que se lo pregunté. Cuando lo vi ya estaba en la puerta y no me contestó.

—¿Qué hora es? —dijo Marina al tiempo que miraba hacia el reloj de pared. Las manecillas marcaban las once—. Iré a buscarlo al frontón y a la bolera, aunque la taberna me parece un lugar más probable.

 

—¿No es mejor que desayunes antes? Yo tengo que volver a salir para llevar ropa al lavadero y conviene que no se encuentre esto vacío si regresa.

Marina estuvo a punto de no hacer caso al consejo. La inquietud la apremiaba a buscar a su padre, que últimamente tenía un comportamiento extraño y reservado, pero comprendió que Otilia llevaba razón. La criada volvió a marcharse con la colada y ella se quedó pegada a una ventana. Ya estaba a punto de sentarse a la mesa cuando vio una figura que llegaba hacia su portal y eso le agitó el corazón. Corrió hacia la puerta y la abrió justo cuando su hermano se disponía a llamar.

—¡Isidro! ¡Oh, Isidro! —gritó la joven mientras se lanzaba a sus brazos—. ¡Qué sorpresa! ¿Qué haces aquí?

El muchacho, además de dos maletas, llevaba dos liebres muertas colgando del cinturón, que no pasaron desapercibidas para su hermana.

 

—¿Cómo está el aita? Me preocupó mucho su recado.



 

 

 

 

 

 

 

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—Ha salido, pero no me preguntes adónde. ¿De qué recado hablas? ¿Y por qué has vuelto tan pronto? ¿Acaso has terminado las clases?

 

Don Baltasar había accedido al capricho de su hijo menor de estudiar fotografía y el muchacho llevaba meses en Madrid, donde tenía un profesor particular. Su regreso a la villa no se esperaba hasta finales de septiembre.

—No, el aita me obligó a interrumpirlas. ¿No te lo contó? —No me dijo nada. ¿Por qué habrá querido que las interrumpas? —Más que interrumpirlas, quiere que las deje, o eso decía el telegrama

que me envió él. Y me gustaría saber por qué. ¿Cómo se encuentra? ¿Está enfermo?

—De salud, sigue igual. Arrastra la ciática y continúa con ataques de sonambulismo cuando está nervioso. Esta semana le ha ocurrido tres veces. Y creo que le impresionó mucho el atentado contra Cánovas. ¿Sabes que iba a ir al balneario de Santa Águeda a tomar unos baños cuando eso ocurrió?

—El aita decía que viniera con urgencia y pensé que había empeorado… ¿Sabes por qué me ha hecho venir?

—Ni siquiera sabía que te hubiera hecho venir… —respondió Marina, extrañada ante tanta reserva.

—¿Y cuándo volverá?

 

—Ya te he dicho que no sé adónde ha ido, ¿cómo voy a saber cuándo vuelve? —respondió señalando las liebres muertas que colgaban del cinto de su hermano—. ¿Son un recuerdo de Madrid?

—No me preguntes, ya sabes que el ferrocarril no llega hasta la villa y he tenido que atravesar el hayedo. No he sabido desaprovechar la ocasión cuando he visto una madriguera.

—Y, más que satisfacerte, parece que te ha producido mal humor. —Es que me he topado con un idiota… —comentó su hermano

mientras se desataba las liebres y las llevaba a la cocina.

 

Marina lo siguió.

 

—¿Un idiota disfrazado de liebre y por eso lo has matado? ¿O eran dos?

—La madriguera estaba en el hayedo de don Jorge —respondió el chico a regañadientes— y ha sido entonces cuando he tenido un desafortunado encuentro. Me he cruzado con el heredero de don Jorge, y no es muy simpático, que digamos. Le he explicado que teníamos permiso



 

 

 

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de don Jorge para cazar y recolectar en sus tierras… No estoy muy seguro de haberlo convencido.

 

—¡Oh! ¿Es cierto, entonces, que por fin existe un heredero?

 

—Eso parece, pero solo de sus tierras, puesto que sus modales no los ha heredado.

—Tranquilízate. ¿Quieres que te prepare una infusión? Siéntate, cuéntamelo todo y procuraremos solucionarlo.

—No quiero infusiones, prefiero comer algo —dijo su hermano mientras cortaba el queso—. Quiere que mañana vaya a verlo, creo que con intención de castigarme.

Marina lo contempló sorprendida a la espera de que se explicara mejor, pero su hermano siguió centrado en el queso.

—Deberías haberle dado las liebres —opinó ella.

 

—Se las he ofrecido y las ha rechazado. Supongo que estaba ofendido porque lo he confundido con un comerciante.

—El dinero hace que la vanidad engorde con rapidez, ya deberías saberlo. ¿Y por qué quiere que vayas a verlo? ¿Piensa denunciarte?

—No lo sé. Ni siquiera se ha bajado del carruaje para tratar de arreglar el asunto de forma amistosa. Se ha limitado a preguntar mi nombre y a emplazarme a que lo visite.

—Tal vez no sea el heredero de don Jorge… ¿Es posible que alguien se haya burlado de ti?

—Si hubieras visto su rostro, no pensarías que fingía. Además, conozco el carruaje de don Jorge.

—De todas formas, no creo que se trate de un asunto que no tenga arreglo. Mañana irás, le pedirás disculpas y le explicarás nuestra amistad con don Jorge. Debe quedar muy claro que él nos había dado su permiso y que no eres un cazador furtivo. También tienes que prometerle que no volverá a ocurrir —insistió ella.

—No pienso ir. No soporto que me traten con esos humos. ¡A saber qué se le ocurre para castigarme!

—Te pedirá dinero y se lo daremos. Aquí acabará nuestra relación con él —afirmó decidida la muchacha—. Lo mejor será no dramatizar. Mañana lo veremos de otra manera. Es tu deber ir hasta allí. Si no acudes, caerás en una deshonra.

—Hermanita, las cosas ya no funcionan por honra… Si pasaras unos meses en Madrid, comprobarías que la gente se mueve por interés y tiene



 

 

 

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poco de honrada.

 

—¡Oh! ¡Si la ama te oyera…! —lo reprendió ella mientras lo miraba tratando de reconocerlo.

Isidro se rindió.

 

—No te preocupes, iré.

 

Don Baltasar regresó en aquel momento y, a pesar de que estuvo a punto de tropezar con una de las maletas, tardó unos segundos en darse cuenta de que su hijo también estaba allí.

Kaixo, aita! ¿No me reconoce? —lo saludó Isidro—. Parece como si todavía no se hubiera despertado…

—¡Hijo! ¡Qué alegría tenerte aquí! —exclamó don Baltasar, reaccionando a sus palabras y alegrándose de repente—. No sabía cuándo llegarías…

—Todo lo pronto que he podido, usted insistía en que era urgente. Pensaba que estaba enfermo. ¿Cuál es el motivo de que me necesitara aquí?

Antes de responder, don Baltasar miró de soslayo a Marina. —¿Cuál va a ser? Estaba preocupado por si atentaban en Madrid. —¡Ahivá! ¿No me diga que solo se trataba de eso? ¿Acaso cree que no

sé cuidarme? Tengo casi diecinueve años, a ver cuándo se va a dar cuenta de que he crecido… —respondió él esperando aún otra explicación.

—Lo sé, lo sé. Pero Cánovas tenía muchos más… y llevaba escolta. —¡No doy crédito! —El joven se mostró decepcionado y comenzó a

 

dar muestras de enfado—. ¿En serio me ha hecho dejar las clases solo para quedarse tranquilo? ¿No sabe lo importantes que son para mí?

 

—Y para mí. Un padre no puede hacer nada mejor por un hijo que darle una buena formación…, excepto velar por su vida.

—¿Se está oyendo? ¡Pero si han atentado en Mondragón, que está aquí al lado!

—No me faltes al respeto, Isidro María. He decidido que regreses y aquí estarás mejor.

—¿Con regresar se refiere a abandonar las clases? ¿En serio cree que eso es lo mejor para mí? ¿Acaso no puedo caerme de un árbol? ¿O no puede patearme una mula?

—No te subas a los árboles ni te acerques a las mulas, pues.

 

Aita, por favor, dígame que solo es por unos días y que en breve me permitirá regresar a Madrid…



 

 

 

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Marina, que notaba la tensión entre ambos, trató de cambiar de conversación. Ya hablaría pausadamente con su padre sin la presencia de Isidro para tratar de reconvenirlo.

 

—Ayer doña Antonia organizó una fiesta para el cumpleaños de su hijo. ¿Nadie me va a preguntar por el sombrero de Patricia Burgoa?

 

Pero don Baltasar no hizo caso y volvió a dirigirse a su hijo:

 

—En unos días, ya hablaremos. Ahora tengo hambre, desayunemos en paz. ¿Dónde está Otilia?

—Ha ido a hacer la colada —respondió Marina.

 

Antes de que su hijo volviera a replicar, don Baltasar preguntó: —¿Estrenaba sombrero o ha reconvertido uno de los que ya tenía? —No pude distinguirlo —reconoció Marina—, pero, fuera como fuese,

 

siguió en su línea. Había tantas velas y era todo tan abigarrado que casi juraría que llevaba una tarta de verdad. Lo peor fue que la fiesta tuvo que interrumpirse porque el perro de Ochoa entró persiguiendo a unas gallinas y se originó tal revuelo que ya no hubo forma de poner orden.

 

—¿Otra vez se escapó? Sí que llegó lejos esta vez…

 

La granja de Ochoa se hallaba al noroeste, casi llegando ya al mojón que separaba la villa de Ochandiano de Dima, por lo que el perro había recorrido unos dos kilómetros. Isidro asistía perplejo a la conversación mientras Marina preparaba el morokil de su padre. Todavía no entendía por qué era tratado como si fuera un niño.

—El menú francés fue muy criticado por las raciones tan pequeñas. En realidad, compadezco a doña Antonia. Estoy segura de que ella se esmeró y que había buenas intenciones en su elección. No creo que llegue a sus oídos lo mucho que decepcionó, pero estoy segura de que tuvo que sentirse muy frustrada por cómo acabó todo —comentó con sinceridad la joven.

—¿Y ya está? —la interrumpió su hermano—. ¿Este es todo el caso que vais a hacerme?

—¿No te interesa la fiesta de doña Antonia? Tal vez consiga que sonrías un poco. Y también el aita, que lleva unos días con poco humor.

 

—Disculpa, Marina. No te he preguntado si has rechazado a muchos pretendientes —procuró bromear su padre.

—¡Oh, solo a un duque y a dos marqueses! Poca cosa. Sin embargo, alégrese, dicen que hay un príncipe ruso interesado en mí.



 

 

 

 

 

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—Bien, bien, esperemos que ese príncipe tenga mucho dinero y no solo título.

 

—Me ayudaría a conquistarlo llevar un sombrero como el de Fedra, era precioso. Mi nuevo capricho será un sombrero como ese.

—Me temo, querida hermana, que, si decides casarte con un aristócrata, el aita impedirá tu boda. Y lo hará por tu bien, para evitar que te conviertas en un buen cebo para los anarquistas —ironizó Isidro, cansado de que no le hicieran caso.

En aquel momento, Otilia abrió la puerta y entró como si la persiguiera una vaquilla.

—¡Es horrible! ¡Horrible! —gritó la criada, con ojos de espanto.

 

La familia Ordubi miró expectante los aspavientos de la criada y quedaron los tres tan sorprendidos que ninguno supo preguntar.

—¡En la mismísima villa de Ochandiano! —volvió a exclamar la mujer.

—¿Qué ha ocurrido, Otilia? ¿Qué es tan horrible? —preguntó por fin Marina.

—¡Doña Antonia! —respondió la criada tartamudeando.

 

—¿Qué sucede con doña Antonia?

 

—¡Ha sido asesinada!



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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4

 

 

 

 

—¡Dios mío! —exclamó Marina—. ¿Qué estás diciendo, Otilia?

 

—¿La esposa del alcalde? —quiso saber Isidro, más asombrado que aterrado.

Marina habría pensado que Otilia estaba confundida si no hubiese sido por las voces que llegaban de afuera. Sin duda, la alarma se había disparado y la sorpresa y el miedo habían comenzado a adueñarse de la villa. Aunque el día seguía claro, algo se oscureció en el ambiente y algunos de los vecinos comenzaban a decir que los anarquistas habían llegado a Ochandiano.

—Sí, doña Antonia, la mismísima que ayer iba tan festiva. Pero ¿qué le pasa a este país? ¡Ya no podemos estar seguros en ningún lado! — sentenció la criada mientras Isidro la ayudaba a sentarse.

—¿Acaso has visto cómo la mataban? —peguntó Isidro—. ¿Hay más heridos?

—No, no, yo no he visto nada. Y no sé si hay más heridos, creo que estaba sola en el jardín.

—¿Y quién la ha matado? —quiso saber de nuevo Isidro, que había perdido el tono de enfado de hacía unos minutos.

—¡No lo sé, nadie sabe nada! —exclamó procurando que la dejaran en paz mientras bebía un vaso de agua que le había ofrecido Marina. Tras vaciarlo, consiguió añadir—: Dicen que la han encontrado muerta en el estanque, pero no sé nada más.

—Voy a salir a ver —comentó Isidro mientras se encaminaba a la puerta.

—¡Quieto acá! Ni tú ni ningún hijo mío va a salir de esta casa mientras haya peligro afuera —ordenó don Baltasar, que por fin había reaccionado.

—Isidro… —dijo Otilia, como si solo ahora hubiera reparado en su presencia—. ¡Qué tranquilidad tenerte aquí!



 

 

 

 

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El muchacho hizo caso y se limitó a asomarse a la ventana por si desde ella podía adivinar algo de lo que ocurría.

 

—¿Y no puede haber sido un accidente? —preguntó Marina.

 

—No sé más de lo que he contado. No me he quedado a chismorrear, quería regresar aquí a toda costa. Me he dejado la colada en el lavadero… —se justificó Otilia.

—¡Dios mío! ¿Y qué han de venir a buscar los anarquistas aquí? — exclamó de pronto don Baltasar, mirando con desesperación hacia la ventana a la que se asomaba su hijo.

En aquel momento, oyeron unos golpes en la puerta. Marina se llevó un sobresalto e Isidro fue quien acudió a abrir a toda prisa. Era el doctor Irigoyen.

—¡Epa, muchacho! No sabía que estuvieras aquí… —comentó el médico al verlo.

—Espero que solo sea por unos días —respondió el joven mientras lo hacía entrar—. ¡Maldita sea la estampa! ¡El aita dice que me ha hecho venir para protegerme de los anarquistas!

—Veo que ya os habéis enterado… —volvió a decir el recién llegado cuando se halló ante la familia al completo.

Marina asintió.

 

—Otilia dice que han matado a doña Antonia… ¿Es eso cierto? —Sí, es cierto, Marina, la han matado. —¿Y quién ha sido capaz…?

—Por el momento no se sabe nada más. Además, es asunto de la Guardia Civil y aquí solo está Arrese, el cabo de Aduanas. El sargento Fernández fue trasladado la semana pasada a Guecho y aún no ha llegado el sustituto. Esperemos que esto lo precipite, aunque no sé si debo guardar esperanzas teniendo en cuenta lo ocurrido en Mondragón…

—¿Y ha hablado con Arrese? —volvió a interesarse la joven.

 

—Está interrogando al servicio. Ahora me dirigía al cuartel para rellenar el informe que me han pedido. Antes, quería saber si tu padre se encontraba bien.

—¿Y cómo la han matado? ¿A tiros o han puesto una bomba? —Había un rastrillo junto al cuerpo y parece que esa ha sido el arma

 

por la marca que ha dejado el golpe en la frente. Pero no estoy seguro de si ha muerto del golpe o de la caída. Eso no se sabrá hasta que trasladen el cuerpo y pueda examinarla mejor.



 

 

 

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—¿Ahora los anarquistas usan rastrillos? —preguntó Isidro.

 

—No parece cosa de anarquistas ni deseo que lo sea.

 

—¡Dios mío! —exclamó Otilia—. ¿Está diciendo que ha sido alguien del pueblo?

Un silencio enrareció el ambiente durante unos momentos.

 

—Es muy aventurado sacar conclusiones aún —advirtió el médico. —¡Pobre alcalde! —exclamó Marina—. ¡Otra vez viudo! ¡Solo hacía

 

tres meses desde que había vuelto a casarse…!

 

—¿Y quién puede haber hecho algo tan horrible? —preguntó de nuevo Otilia, que no se quitaba de la cabeza que entre sus vecinos hubiera un asesino.

—Cuando he dejado a Arrese, se disponía a interrogar a doña Beatriz.

 

Tal vez ella pueda decir algo.

 

—¿Doña Beatriz Iraela? —preguntó perpleja Marina—. ¿Por qué han de molestar a doña Beatriz?

—Es quien ha encontrado el cadáver.

 

—¡Oh, pobre mujer! Espero que Arrese la trate con delicadeza, estará consternada… Aita, ¿me dejará ir a verla después?

—No me parece oportuno… Mientras no sepamos algo más, ninguno de mis hijos saldrá de esta casa.

—No exageres, Balta —lo regañó el médico—. La casa del alcalde está algo apartada y doña Antonia se hallaba sola en el jardín. En estos momentos, la villa es un hervidero de gente, no creo que haya ningún peligro.

—Pero yo necesito a mis hijos aquí. Mis nervios…

 

—¿Me permites que te eche un vistazo? —preguntó mostrando su maletín.

Don Baltasar se levantó y lo invitó a subir a su dormitorio. Sabía que esa era la señal para anunciarle algo más a espaldas de su familia.

 

—Dime que hay buenas noticias, necesito buenas noticias —le suplicó don Baltasar después de cerrar la puerta.

—No te va a gustar…

 

—No me lo cuentes, pues. No sé si mis nervios aguantarán otra desgracia.

—Los nervios y todos los males de tu cuerpo vienen de tus malas decisiones. Soy médico, no contable, y hasta que no arregles las cuentas tus nervios no harán otra cosa que perjudicarte.



 

 

 

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—¿Y cómo puedo arreglarlas?

 

—Desde luego, no con malas inversiones como la de la compañía de gas de Vitoria. Eres un imprudente, Balta.

—No fue una imprudencia, Gonzo, fue… fue confianza. Confié en el consejo de doña Antonia y, Dios me perdone, pero, aunque su cuerpo aún esté caliente, no he podido conmoverme de su desgracia. Esa mujer me empujó a la mía.

—No culpes a otros…

 

—También te hice caso a ti, y lo sabes. Gonzo, estaba dispuesto a ir a Mondragón para ceder mi colección y asesinaron al presidente la víspera. ¿Acaso el destino no está en mi contra? ¿Acaso se puede luchar contra tales fuerzas?

—Lo que te sucede no ha venido de un día para otro. Hace mucho que te lo advierto, pero tu última ocurrencia fue enviar a tu hijo a estudiar a Madrid, ni que te creyeras un potentado que puede permitírselo.

—Y ya he cancelado sus clases, ¿o acaso no has visto que está aquí? —No es el único que está aquí… —añadió el médico mirándolo de

modo tan severo que a don Baltasar lo recorrió un escalofrío gélido—. El heredero de don Jorge se hallaba en la fiesta de doña Antonia.

Don Baltasar contempló a su amigo como si el mundo se le acabara de caer encima.

—¿Ya lo han encontrado? —preguntó el hombre con escasa voz y una leve esperanza de que su amigo bromeara.

—Ya lo han encontrado y ya se ha instalado en la villa. En cualquier momento, puede venir a reclamarte la deuda.

—¿Y qué puedo hacer…? ¿Qué puedo hacer ahora?

 

—No te queda otra que encararlo.

 

—¿Lo conociste? ¿Qué tipo de persona es?

 

—Eso no es lo importante. Lo importante es qué tipo de persona eres tú. Espero que no te escondas.

Aquel fue un día extraño y confuso en el que no tardaron en aparecer las especulaciones sobre quién podría haber sido el autor de un crimen que calificaron de atroz. Mientras unos acusaban airados a los anarquistas, otros lo negaban con la misma vehemencia. Corrió el rumor de que doña Antonia se hallaba en estado de buena esperanza, aunque luego se desmintió, como se desmintió también que en Olaeta habían visto correr por el bosque a un hombre con manchas de sangre en su camisa. Había



 

 

 

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una sensación de irrealidad tanto en el hogar de los Ordubi como en la calle, algo que solo supieron por Otilia, puesto que don Baltasar continuó emperrado en que ninguno de sus hijos saliera, a pesar de que luego se encerró en un hermetismo en el que el regreso de Isidro María no suponía ningún consuelo. Marina quedó preocupada por las hermanas Iraela y deseosa de visitarlas por saber cómo se encontraban, y le molestaba que no hubiera ninguna de las maneras de convencer a su padre. Antes de acostarse, se cercioraron de que ventanas y contraventanas quedaban cerradas y la puerta bien candada. Por si acaso alguien intentaba entrar mientras duraban las sombras nocturnas, Otilia apostilló una silla contra ella.

 

Al día siguiente, la joven Ordubi despertó sin saber si había soñado con el crimen o en efecto había sucedido, pero poco a poco los recuerdos fueron cogiendo fuerza y comprendió que venían del mundo real. Por suerte, su padre no se había despertado durante la noche y, cuando bajó a desayunar, encontró solo a Otilia en la cocina.

 

—¿Aún duermen? —preguntó Marina mirando el reloj. Eran las nueve.

—Tu aita, sí. Isidro ya ha desayunado, está en su dormitorio. Yo saldré a hacer la colada que dejé ayer pendiente. No obstante, no iré sola, he quedado con la criada de los vecinos.

—Estamos en una calle céntrica y de aquí a la plaza Andikona solo tienes que atravesar Nagusia. No corres ningún peligro —procuró tranquilizarla.

—Sí, sí, lo que quieras, pero iré acompañada.

 

Marina se sentó a la mesa y, aunque no dijo nada, vio cómo Otilia cogía un cuchillo y se lo guardaba en la faltriquera antes de salir. La criada de los vecinos la esperaba en la calle. Poco después su hermano hizo aparición, llevando de nuevo una maleta consigo. La dejó en la entrada del comedor y se dirigió a la cocina para envolver un trozo de queso y unas hogazas de pan.

—¿Qué haces con esa maleta? —se sorprendió ella, dejando el tazón de leche.

—Regreso a Madrid. Estaré de vuelta a finales de semana.

 

—¿Cómo que de nuevo te vas a Madrid? ¡No puedes marcharte! ¿Quieres que le dé un ataque de nervios al aita?



 

 

 

 

 

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—El aita  es quien me envía. No te enfades, hermanita. Él te lo

 

explicará, yo tengo prisa si quiero llegar a tiempo para coger el ferrocarril

 

que pasa por Vitoria.

 

—¿Y a qué vas?

 

En lugar de responderle, su hermano le lanzó un beso y guardó la comida en la maleta. En cuanto ella hubo reaccionado para ir tras él, el joven ya se hallaba en la puerta. Las prisas la desconcertaron tanto como la noticia y se dirigió de inmediato a la entrada.

—¡Espera, Isidro! —gritó la joven, pero su hermano ya había salido y enfilado la calle con pasos acelerados.

En ese momento escuchó la voz de su padre desde el piso de arriba y eso impidió que saliera en busca de su hermano.

—¿Qué ocurre? —preguntó don Baltasar desde lo alto.

 

—Es Isidro, aita. Acaba de irse. Dice que usted lo envía de nuevo a Madrid, ¿puede creerlo?

—¡Ah, bien, bien! Espero que tenga buen viaje. —¿Es verdad que tiene su permiso, entonces? —Sí, claro, ¿por qué no habría de serlo?

—¿Y a qué va a Madrid otra vez? ¿Ya no tiene miedo de que le ocurra algo?

—A terminar sus clases de fotografía. Regresará a finales de semana.

 

Visto lo visto, la seguridad tampoco puede garantizarse aquí.

 

—No entiendo las prisas…

 

Don Baltasar se dirigió de nuevo a su dormitorio sin contestar.

 

Marina suspiró. El desconcierto que reinaba en las calles el día anterior había entrado de pleno en ella. Extrañada tanto por la marcha de su hermano como por la indiferencia de su padre, terminó el desayuno y luego recogió. Entonces fue cuando se percató de que en la alacena se hallaban las liebres despellejadas y recordó que Isidro tenía que presentarse en el caserío Danobeitia esa misma mañana. No avisó a su padre, al fin y al cabo, en su casa gobernaba el capricho de cada cual, así que decidió ser fiel al suyo, se arregló en dos minutos y salió de la villa por el arrabal de Iturrizar sin saber qué tipo de persona se iba a encontrar.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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5

 

 

 

 

Antes de llamar a la puerta, se detuvo para tranquilizar su respiración y se atusó el cabello. Le abrió una criada a la que conocía, por lo que comprobó que el nuevo dueño había mantenido al mismo personal de servicio. Tras hacer esperar a la joven, la criada regresó y la hizo pasar a un despacho del piso superior. Ella entró algo inquieta, lo que aumentó cuando vio sentado ante una mesa al desconocido de la fiesta de doña Antonia. No sabía su nombre y no se atrevió a hablar por miedo a no acertar en el trato. Él pareció sorprenderse de su presencia y, lejos de levantarse atendiendo a los buenos modales que se debían en estos casos, se limitó a indicarle que ella también tomara asiento.

 

—No esperaba esta visita —comentó el nuevo dueño.

 

—Tal vez le sorprenda menos si le digo que mi nombre es Marina Ordubi —respondió ella sin sentarse.

—Sé quién es usted. La vi en la fiesta del hijo del alcalde, aunque eso no reduce mi asombro.

—Isidro María Ordubi es mi hermano. Debe recordarlo, usted lo citó esta mañana. Es el mozo que ayer cazó dos liebres de sus tierras.

 

—¿Y dónde está su hermano?

 

—He venido yo en su lugar. —Cuando Marina notó que había hablado con cierto aire desafiante, se moderó y cambió el tono—. Mi hermano le envía sus disculpas, él no sabía que las tierras tuvieran ya nuevo dueño. Dígame el precio de la multa y le prometo que no volverá a cazar en ellas.

—¿Multa?

 

—¿No pensará denunciarlo por un asunto que puede arreglarse de modo amistoso? Las autoridades están muy ocupadas y…

—En ningún momento he pensado en denunciar a su hermano, señorita Ordubi, pero me divierte su ocurrencia —respondió el hombre, dándose cuenta tarde de que acababa de decir algo impropio.



 

 

 

 

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—¿Acaso piensa castigarlo por su cuenta?

 

Él volvió a reír.

 

—Si no piensa denunciarlo ni castigarlo…, ¿por qué lo ha citado, señor…?

—Mi nombre es Javier Naarzabal —se presentó él—. ¿Por qué no ha venido su hermano con usted? ¿Acaso me tenía miedo?

—Isidro no es ningún cobarde, si es lo que insinúa —lo defendió ella tensándose de nuevo—. Ha tenido que ausentarse de Ochandiano durante unos días. Volverá a finales de semana. Ya le he dicho que le envía sus disculpas, pero debe saber que don Jorge Danobeitia era muy amigo de mi familia y que teníamos permiso para cazar, pescar o coger madera y frutas de sus tierras.

—¿Por qué no me dijo su hermano que pensaba marcharse? — preguntó él, como si no le importaran las explicaciones que la muchacha le ofrecía.

—En esos momentos no sabía que volvería a marcharse. Fue ayer mismo que mi padre decidió enviarlo de vuelta a Madrid.

—Veo que su padre no escatima en gastos —observó él.

 

—No creo que eso sea de su incumbencia, señor Naarzabal — respondió Marina perdiendo su tono dubitativo y cambiándolo por otro que era todo determinación. No estaba dispuesta a que un desconocido cuestionara a su familia.

Javier Naarzabal calló un momento y escrutó sin disimulo a su interlocutora. Tenía mucha curiosidad por aquella familia. Luego, con intención de que la joven suavizara su enfado, añadió:

—¿Ha venido caminando?

 

—Claro, el carruaje solo lo utilizamos los domingos —respondió ella irónica.

—Y sola.

 

—Los lunes doy descanso a mi séquito.

 

Lejos de ofenderse, él respondió:

 

—No debería… No hasta que no haya garantías de seguridad en esta zona. Ha sido usted muy valiente, pero lamento decirle que ha hecho el viaje en balde. Aun así, me gustaría que su hermano me visitara a su regreso.

—Y ¿puedo saber con qué objeto? —preguntó ella, sin que él hubiera logrado tranquilizarla con el halago.



 

 

 

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—Me gustaría encargarle un trabajo.

 

—¿Podemos olvidar, entonces, que se ha llevado dos liebres de sus tierras?

Él sonrió una vez más, contra su voluntad, ante esa insistencia en las liebres y el presunto castigo.

—Su hermano puede cazar las liebres que desee, yo quería verlo por otro asunto. Creo que es el único de Ochandiano que sabe algo de fotografía y necesito sus servicios.

—Se lo diré cuando lo vea. Si eso es todo, no veo motivo para permanecer por más tiempo aquí.

—No creo que nadie la esté obligando a quedarse, ni siquiera ha aceptado tomar asiento —observó él al tiempo que arqueaba las cejas—. Si su deseo es marcharse, avisaré para que la acompañen.

Conforme lo decía, hizo sonar una campanilla. Se le escapaba un atisbo de sonrisa que demostraba que le divertían las extravagantes interpretaciones que hacía la joven sobre él.

—No será necesario. Conozco el camino —respondió Marina, que no estaba dispuesta a prolongar esa situación.

—No quiero sentirme responsable si le ocurre algo. Espero que acepte mi carruaje.

—No va a ocurrirme nada por regresar caminando y me sentiría avergonzada si mi familia tuviera que sentirse en deuda con usted por mi causa —determinó ella.

Javier Naarzabal la miró como si tratara de adivinar si estaba siendo irónica de nuevo. Ella aprovechó para darle la espalda y abandonar el despacho antes de que llegara la criada. Lo hizo sin ni siquiera despedirse y él no se levantó para ir tras ella.

Marina regresó deprisa a Ochandiano, tanto que tardó poco más de la mitad que había invertido en el viaje de ida y, cuando llegó a la plaza Nagusia, le faltaba el aire.

Quieta ahora y jadeando, divisó el balcón lleno de flores de las Iraela y se preguntó cómo se encontraría doña Beatriz. Ya que se había escapado a espaldas de su padre, pensó que no pasaba nada por alargar su excursión. En la puerta de las hermanas habían colgado una flor que recordaba a una alcachofa abierta y que Marina reconoció de inmediato: era una eguzkilore, un tipo de cardo conocido también como la flor del sol, y que, según la tradición, protegía los hogares de los malos espíritus. Le abrió



 

 

 

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doña Emilia después de preguntar quién llamaba, y su expresión demostró que se alegraba de verla.

 

—¡Oh, Marina! Celebro que hayas venido —exclamó la mujer, que parecía haber envejecido unos años—. Todo esto es tan desagradable…

—Supongo que su hermana estará muy asustada. Me habría gustado venir ayer, pero mi aita estaba nervioso y me lo prohibió.

—Lo entiendo, yo también lo estoy —dijo con una expresión de angustia y, luego, miró hacia dentro y añadió en voz baja—: Mi hermana está consternada y, sobre todo, molesta. Ahora mismo no hay quien la aguante. Toca la misma pieza todo el día, se me hace muy cansina. ¡Con lo que me gustaba antes escucharla al piano! Menos mal que ahora está descansando en la salita.

Marina encontró a doña Beatriz en su sillón y con la mirada ensimismada. Había algo lúgubre en el ambiente, a pesar de que las cortinas estaban descorridas y se filtraba la luz natural. Aunque quizá, pensó, lo lúgubre se encontraba en ella misma y en su incapacidad de consolar a su amiga.

—¡Por fin una visita agradable! —exclamó la mayor de las hermanas en cuanto la vio.

—Doña Beatriz, me habría gustado venir ayer, pero todo andaba muy revuelto… Sé que debió de ser espantoso lo que vio, así que no le voy a preguntar nada, me imagino que las autoridades la habrán abrumado.

—¿Abrumado? ¡Ha sido un verdadero acoso! Arrese no tiene modales. Estuvo aquí dos veces e insistió en que repitiera una y otra vez la misma historia. También hizo insinuaciones ofensivas. Emilia estaba delante, lo puede corroborar. Esperemos que el sargento que dicen que envían desde Bilbao sea más considerado. ¡Ha sido bochornoso!

—Reconoce, Beatriz —dijo doña Emilia, que acababa de unirse a ellas —, que Arrese te ha tratado con mucha amabilidad. Solo ha hecho lo que su cargo requiere.

—¿Ni siquiera mi propia hermana va a defenderme? —protestó la aludida.

—Lo peor es lo que nos contó. Imagínate, Marina. Él cree que es posible que el asesino de doña Antonia aún se encontrara en el jardín cuando mi hermana llegó con los bulbos. Solo el hecho de pensar que Beatriz ha corrido peligro… Pensar que habría podido…



 

 

 

 

 

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—Ya ha pasado, doña Emilia. Por fortuna, su hermana está a salvo.

 

Deben olvidar todo esto cuanto antes.

 

—¿Con Arrese todo el día aquí? Dijo que volvería cuando llegara el nuevo sargento —se quejó doña Beatriz—. No sé qué más quieren de mí. Además de insultarme, me ha interrogado sobre todo, no hay pregunta que haya dejado en el tintero. ¡Y después todavía tendré que declarar ante el magistrado!

En esos momentos llamaron de nuevo a la puerta y la expresión de doña Beatriz volvió a endurecerse.

—Espero que no sea él otra vez…

 

Doña Emilia fue a abrir y en esta ocasión no preguntó de quién se trataba. Aunque le oyeron decir que su hermana no se encontraba bien, unos pasos se precipitaron hacia el interior como si su dueña hiciera caso omiso a esas palabras. Enseguida, Patricia Burgoa hizo aparición en la salita, con doña Emilia detrás pidiendo disculpas a su hermana con la mirada.

—¡Estoy desolada! —exclamó Patricia nada más llegar—. ¡Antonia Crespo! ¿Quién puede haber matado a una mujer tan encantadora como Antonia? Creo que no podré dormir en mucho tiempo.

 

Marina le dedicó una mirada de advertencia, deseando que dejara de dramatizar ante doña Beatriz, pero ella la ignoró.

—¡Oh, no digas esas cosas! —le rogó doña Emilia—. Bastante asustada está ya mi hermana, así que, por favor, no hablemos más del tema. Comprende que no es un buen momento para visitas.

La recién llegada se sintió contrariada por la solicitud, observó a Marina y decidió que, si la joven Ordubi podía estar allí, ella también.

—Doña Beatriz no debe temer por su seguridad. El asesino no tiene ningún motivo contra ella —afirmó Patricia mientras tomaba asiento.

 

—¿Y acaso tú sabes quién es el asesino? —le preguntó Marina. —Debo insistir, Patricia, en que cambiemos de tema —suplicó doña

 

Emilia.

 

—¡Oh! Tiene razón. Doña Beatriz ha vivido una experiencia horrible, tenemos que hacer todo lo posible por entretenerla —comentó la mujer sin parecer muy sentida—. Así que les contaré la última novedad en la villa: el defecto de don Javier Naarzabal, el heredero de don Jorge, que ustedes deben de recordar porque estuvo en la fiesta de cumpleaños de Eloy, tiene remedio.



 

 

 

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—¿A qué defecto te refieres? —preguntó doña Emilia.

 

—A su pierna, por supuesto. ¿No vio usted que caminaba con muletas? Marina se sorprendió al escuchar eso. Entendió de inmediato por qué

no había bailado con nadie.

 

—Lo cierto es que solo lo vimos sentado —recordó doña Emilia. —Pues sepan que el problema de su pierna tiene cura. Se está

recuperando de un accidente. Tiene veintisiete años y buen porte, habría sido una lástima que la cojera fuera irremediable.

—Bueno, ahora es rico. Aunque sufriera cojera permanente, las penas con pan no son tantas —comentó doña Emilia.

—Seguro que ha estado en la guerra. La guerra siempre deja secuelas… —continuó Patricia—. ¡Oh! Espero que a usted no le quede ninguna de la impresión que se llevó cuando vio el cuerpo sin vida de Antonia. ¿Puedo saber por qué se le ocurrió visitarla?

—Mi hermana le llevaba unos bulbos de lirio —respondió doña Emilia, contrariada con su actitud—. El día de la fiesta se había interesado en plantarlos y mi hermana quiso regalarle unos cuantos. Eso es todo. Por favor, no preguntes más.

—¡Oh, sí, es cierto! Dijeron que había bulbos por el suelo —respondió Patricia—. ¿Y recuerda algún detalle que pueda ser importante?

—Doña Beatriz ya le ha contado lo necesario a la Guardia Civil, dejemos que ellos hagan su trabajo —le sugirió Marina, viendo que doña Emilia se removía en su asiento.

—Lo más probable es que la Guardia Civil me necesite —presumió la mujer, sin intención de callarse—. Yo sé de alguien que quería ver muerta a Antonia.

—Deberíamos dejar que doña Beatriz descanse —intervino Marina de nuevo, cansada de los impertinentes comentarios de Patricia. Se levantó de su silla y la conminó a hacer lo mismo.

Cuando Patricia y Marina por fin estuvieron en la calle, esta última comentó:

—Deberíamos dejar tranquila a doña Beatriz. Se ha llevado una impresión muy fuerte y necesita paz para recuperase.

—Yo he sido prudente: he callado mis sospechas delante de ella. Y creo que puedo ayudarla: doña Beatriz estará más tranquila cuando atrapen al asesino.



 

 

 

 

 

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—¿Y cómo pretendes ayudarla? —preguntó la joven temiendo que se excediera en su conducta.

 

—Tengo una sospecha —le susurró la otra mirando a un lado y a otro por si eran escuchadas—. Verás, últimamente Antonia se había encaprichado en ayudar a una mujer de la villa que tiene problemas en su matrimonio.

—¿Y en qué podía ayudarla ella en un tema privado?

 

—¡Oh, Marina! ¡En Madrid las cosas no son como aquí! —dijo Patricia como si estuviera reprendiendo su ignorancia—. Doña Antonia conoce a unas personas que pretenden proponer una ley que incluya un disolvente de la familia cristiana cuando se den casos como el suyo. Ella no lo especificó, pero yo creo que se trata de masones. —Esto último se lo dijo en voz baja y acercándose aún más a ella—. Y Antonia estaba convencida de que la mujer podría solicitar este disolvente aunque aún no se hubiera aprobado en el Congreso.

—¿Y de qué mujer se trata? —preguntó Marina, que, contra su voluntad, acababa de ser vencida por la curiosidad.

—No voy a darte su nombre aún, lo sabrás cuando esté segura. Estoy investigando el caso y creo que podré desvelar su identidad dentro de poco tiempo. Muy poco tiempo. Y, entonces, quedará demostrado que su marido fue quien mató a mi amiga.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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6

 

 

 

 

Había partido de Lequeitio aquella mañana, después de haber pasado el día anterior decidiendo qué llevarse y qué dejar. Los últimos años los había dedicado, además de a su trabajo, a cuidar a una madre con la que ya apenas podía comunicarse, que no lo reconocía y que tenía un comportamiento infantil, por lo que tampoco es que sintiera la necesidad de atesorar recuerdos. Desde que se había sabido que todo un sargento de la Guardia Civil pasaba los días cambiando y limpiando pañales, la imagen de su virilidad había quedado dañada de forma irreparable. Por eso, a pesar de que amaba la ría, el mar abierto y el oleaje del Cantábrico, nada más morir su madre, había pedido el traslado a algún lugar en el que no se supiera nada de él y dos maletas le habían bastado para colocar todo cuanto consideraba necesario para empezar una nueva vida sin grandes gastos.

 

Cerró la casa, que había puesto a la venta tras el funeral, y subió al coche de línea que se dirigía a Bilbao. En la capital cambió de vehículo, pues su destino final se hallaba al sur de la provincia. A media tarde, aún no eran las seis, arribaba a la villa de Ochandiano, un lugar al que la fortuna había abandonado tiempo atrás, del mismo modo que sentía que lo había abandonado a él. El traslado se había acelerado a raíz de un crimen ocurrido en un destino que había solicitado porque allí nunca sucedía nada, por lo que, si esperaba un retiro tranquilo, andaba equivocado. Gabriel Juarbe tenía cincuenta y ocho años y un tic nervioso que lo hacía parpadear constantemente. Se había incorporado tarde a la Guardia Civil, a punto de cumplir la mitad de siglo, y, por eso, necesitaba un mínimo de diez años de servicio para poder jubilarse. Otros lo hacían a los cuarenta, pero porque llevaban en el servicio al menos dos décadas. Su cuerpo no estaba ya para muchos trotes. Parpadeando, bajó en la plaza Nagusia con sus dos maletas y se acercó a una fuente para saciar su sed. Un Vulcano de



 

 

 

 

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piedra, laureado y envuelto con una tela marmórea desde la cintura hasta las rodillas, permanecía ajeno sobre su pedestal mientras él se inclinaba a beber. El sabor peculiar que el hierro otorgaba al agua no le desagradó. Había poca gente en la plaza a aquella hora, claro que el calor lo justificaba. La Casa Consistorial, con su soportal de arcos, y una iglesia de gran campanario destacaban entre las construcciones, pero también el frontón y el paseo de la bolera llamaron su atención. Le preguntó al primero que encontró por el cuartel de la Guardia Civil y, luego, añadió:

 

—¿Y esto es siempre así, pues? ¿Tan vacío?

 

—Las mujeres están en el velatorio de doña Antonia, y los hombres, en las tabernas —respondió el vecino, sin necesidad de que le aclarara quién era doña Antonia—. Allí tiene la taberna de los carlistas —dijo mientras señalaba con la vista— y esa otra es la de los conservadores. Más allá encontrará la de los liberales, que, como el alcalde es de los suyos, ahora son más bulliciosos.

Juarbe agradeció las explicaciones y, cuando poco después llegó al cuartel de aduanas, situado al sur de la villa, encontró a otro guardia civil que no llevaba galones ni la camisa abrochada. De inmediato se presentó.

—Camilo Arrese —respondió el otro al tiempo que se cuadraba y procuraba abotonarse la camisa con una sola mano—. Ya era hora de que lo enviaran, llevo dos semanas solo y, desde hace unos días, esto anda muy revuelto. Luego dicen de Mondragón, pero ahí al menos han detenido al asesino del presidente. Aquí no hay aún ningún sospechoso y el alcalde, que es el viudo, me apremia a todas horas.

 

—¿Cómo la mataron?

 

—La golpearon con un rastrillo y se desnucó al caer.

 

—¿Cuida de que nadie toque el rastrillo?

 

—¿Quién lo ha de tocar? La mujer de la limpieza lo dejó en el cuarto de aperos y allí se ha quedado.

—¿Ha oído hablar de la dactiloscopia? —le preguntó el recién llegado y, como el que iba a ser su subordinado permaneció en silencio, le aclaró —: Es una disciplina que fue usada por primera vez en Argentina hace cinco años y tiene que ver con las huellas dactilares. Cada individuo tiene un dibujo único.

—Los municipales y yo examinamos el rastrillo con lupa y no encontramos huellas. El doctor dijo que era posible que las hubieran borrado con un trapo; de otro modo, las habría habido de doña Antonia.



 

 

 

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—¿Y no usaron talco?

 

—¿Para qué?

 

Juarbe suspiró al comprender que ya era tarde para enmendar ese error. —¿Algún sospechoso?

—Ninguno y todos. Incluso puede haber venido alguien de Olaeta a matarla por el tema de El Limitado.

—¿Quién es el Limitado? ¿El tonto del pueblo?

 

—Son unas tierras al este de la villa, que reclaman tanto Vizcaya como Álava. Los de Olaeta piensan que les pertenecen y los de Ochandiano están convencidos de que son suyas. Claro que ahora hay una tregua. Al menos, hasta que la Diputación de Guipúzcoa determine quién lleva razón en realidad.

—¿A cuánto está Olaeta?

 

—El pueblo, o las pocas casas que están agrupadas, se encuentra a poco más de dos kilómetros. Si los alaveses llevan razón, las tierras que atraviesa el Urquiola son suyas.

—¿Y qué pinta la Diputación de Guipúzcoa en este asunto?

 

—Ambas localidades han aceptado que el asunto se decida en Guipúzcoa, que no es parte interesada. De vez en cuando hay problemas por las lindes —añadió Arrese, más animado al ver que no lo había regañado por llevar la camisa abierta—. Pero la mayoría del jaleo viene por la aduana. Ahora se importa casi todo y se acumula el trabajo. Excepto del vino que llega de La Rioja, del que se encarga el organista de Santa Marina, me paso el día revisando mercancías.

—Comprendo —comentó el sargento mientras se colocaba las lentes. —El acalde quería que los guardias municipales me ayudaran con el

asunto mientras usted aún no estaba aquí, pero a mí no me pareció oportuno.

—¿Por qué motivo no le pareció oportuno? —preguntó Juarbe, pues acababa de quejarse de que estaba solo.

—Porque un asesinato es competencia de la Guardia Civil y, además, los municipales están bajo el mando del alcalde. No creo que sea buena idea que participen en la investigación para esclarecer el crimen de su esposa.

—¿Acaso sospecha del alcalde?

 

Arrese se puso nervioso.



 

 

 

 

 

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—Yo no he dicho eso ni quiero que se malinterprete. Pero tiene prisa, ganas de venganza, y puede perjudicar la investigación sin quererlo. Eran recién casados, en segundo matrimonio por parte de él, se supone que aún no tenía motivos para querer deshacerse de ella.

 

—¿Todavía?

 

—Bueno, ya sabe, los matrimonios se agotan con el tiempo. ¿Usted no es casado?

No. Él nunca se había casado. Por un instante, la imagen de una moza pasó por su cabeza, pero se fue de inmediato, como se había ido cuarenta y dos años atrás.

—¿Por qué ha dicho antes que ninguno y todos son sospechosos?

 

¿Nadie tiene coartada?

 

—Doña Antonia no caía bien a nadie, y dudo mucho de que Patricia Burgoa simpatizara con ella, por mucho que le anduviera detrás, que esa es una arribista que quiere darse importancia.

—¿Quién es Patricia Burgoa?

 

—Una charlatana. La reconocerá por sus extravagantes sombreros… —le explicó Arrese mirando hacia arriba como si pudiera ver su tricornio convertido en una de las pamelas de Patricia—. Siempre llama la atención. Eso sí, está enterada de todo. Yo creo que no ocurre nada en la villa sin que ella lo sepa.

—¡Qué bien! En ese caso, nos bastará hablar con esa mujer para resolver el caso, pues. —Arrese iba a contestar que ya lo había pensado cuando se dio cuenta de que su superior se estaba burlando de él. Por suerte, se lo calló a tiempo.

—El hermano de doña Antonia llegará a Ochandiano de un momento a otro. Ayer recibí un telegrama de Madrid informando de ello. Iba a venir para la fiesta, pero debió de surgirle algún impedimento y finalmente no acudió. Supongo que este caso es distinto. Es periodista.

 

El parpadeo de Juarbe aumentó su velocidad. No le gustaba que la prensa se metiera en sus asuntos. Que la opinión pública estuviera pendiente de los avances con el caso, sobre todo teniendo en cuenta quién era el periodista, supondría un extra de presión a la hora de trabajar.

—En ese caso, vamos a centrarnos antes de que llegue el hermano de la víctima. Por lo que me ha contado, debo deducir que doña Antonia se casó con el alcalde viudo el pasado mes de mayo y fue entonces cuando llegó a la villa de Ochandiano procedente de Madrid. ¿Hay alguna vecina



 

 

 

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que viera frustradas sus expectativas tras ese matrimonio? Me refiero a si había alguna que aspirara a convertirse en la mujer del alcalde…

 

—Hay pocos mozos en esta villa. Entre las guerras y la emigración… Todas las muchachas están deseosas de hacer un buen matrimonio.

—Me refiero a alguna en especial…

 

—Si la hay, Patricia Burgoa lo sabrá.

 

El sargento frunció el ceño.

 

—Intentemos pensar sin contar con esa dama —le sugirió Juarbe a su subordinado.

—Yo no puedo responder a eso, no sé la respuesta. Puedo preguntarle a mi esposa si había alguna en especial, pero sería más seguro acudir a Patricia.

—Bien, pregúntele a su señora, pues. Mientras, cuénteme por qué doña Antonia no caía bien a nadie.

—Aquí no gustan los guiristinos… Bueno, antes esto era un lugar de paso de comerciantes y se los aceptaba porque suponían negocio. Ninguno se quedaba. Desde que construyeron el ferrocarril, ya nadie pasa por aquí y la villa no está acostumbrada a los foráneos. Tienen otro carácter, usted me entiende.

—¿Y cuál era el carácter de doña Antonia?

 

—¡Uf…! Opinaba sobre todo y trataba a los vecinos como si ella fuera superior. No con distancia, sino con ese paternalismo con el que nos ven los de Madrid. Quería hacer amigos muy deprisa y aquí somos lentos para esas cosas. Además, era impertinente. Me refiero a que dijo en un par de ocasiones que se alegraba de que hubiéramos perdido los Fueros. ¡Ya puede imaginar cómo sentó eso a algunos! En fin, esa mujer llegó con ganas de lucirse, pues, de ser la reina de la fiesta, la novia en la boda y el muerto en el funeral… ¡Ahivá! —exclamó Arrese, sorprendido de lo que acababa de decir—. No pretendía hacer una guasa con lo del funeral, lo siento, pero vaya si lo ha conseguido. Se celebrará mañana.

—¿Quién encontró el cuerpo? —quiso saber el sargento, obviando el juego de palabras involuntario.

—Doña Beatriz Iraela. Había quedado con ella, por lo visto, para llevarle unas plantas, y la mujer se quedó muy impresionada cuando la vio ahí tendida en el estanque…

—Parece ser, pues, que Beatriz Iraela sí había hecho amistad con ella… ¿Qué tipo de persona es?



 

 

 

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—¡Oh, dudo mucho de que la viera con buenos ojos! Doña Beatriz es una señora de las de aquí de toda la vida. Tiene sesenta y siete años y no es mujer de muchas palabras, pero su moral es incuestionable. Cursó estudios musicales, ya sabe, cuenta con cierta formación para ser de la villa. Vive con su hermana en la casa que le dejó su marido, del que enviudó de joven.

 

—Sesenta y siete años… —repitió el sargento en voz alta y, tras una pausa, prosiguió—. ¿Le ha tomado declaración?

—Sí, en la mesa está el informe, junto con la declaración del personal de servicio —respondió, señalando el mueble que acababa de mencionar.

Juarbe decidió que ya lo leería después y prefirió seguir siendo informado de primera mano.

—¿Cuántos trabajan en la casa?

 

—Cuatro, aunque una de las criadas no se hallaba allí.

 

—¿Y el alcalde?

 

—A esas horas ya estaba en la Casa Consistorial —respondió Arrese y, tras un breve silencio, añadió—: Y el hijo estaba pescando.

—¿El hijo de quién? ¿No ha dicho que solo llevaban tres meses de casados?

—El alcalde tiene un hijo de su primer matrimonio. El muchacho no estaba muy contento con su madrastra, ella había convencido a su marido de enviarlo a un internado en Bilbao. ¡Un mozo que siempre se ha criado aquí, en plena naturaleza!

—¿Qué edad tiene el crío? —se interesó Juarbe.

 

—Quince cumplió el pasado domingo. Doña Antonia le organizó una fiesta a la que acudió lo mejor de la villa.

—No es tan crío, pues. Sin duda, si pensaba mandarlo a un internado, tenía motivos para no simpatizar con ella.

—No simpatizó desde el primer momento. Fue por su comportamiento hacia ella que doña Antonia rogó al marido que lo mandara enderezar. Debo admitir que el mozo siempre ha sido un consentido.

—¿Lo considera capaz…?

 

Arrese se limitó a levantar los hombros en señal de duda. Luego añadió:

—El que andaba molesto con ella era el organista. Bueno, no solo don Acisclo, sino también cualquier aficionado a la música. Nadie veía con buenos ojos que interfiriera en asuntos locales y, mucho menos, que



 

 

 

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quisiera incluir voces femeninas en el coro. Todo el mundo sabe que el coro de la villa de Ochandiano es de voces graves. Es nuestra seña de identidad. Además, trajo músicos de Bilbao para la fiesta cuando aquí hay una gran banda. Eso fue una ofensa para todos. Y, por lo que se comenta, hizo pasar hambre a sus invitados. Le aseguro que cuando aquello se inundó de gallinas muchos se alegraron.

 

—¿Gallinas?

 

Arrese le explicó el incidente de la fiesta.

 

—También andan enfadados aquellos que invirtieron en la compañía de gas de Vitoria, pues a doña Antonia le gustaba ir dando consejos económicos. Y resulta que en Vitoria van a poner alumbrado eléctrico… Sí, señor. Hay algunos que han perdido un buen fajo de billetes por seguir su recomendación.

—¿Tiene un listado con sus nombres?

 

—No.

 

—Vaya a Vitoria a conseguirlo. Claro que no es que parezca un motivo de peso, dado que matar a quien ha dado un mal consejo no devuelve el dinero a nadie…

—¿Voy a Vitoria o no voy, pues?

 

—Vaya, no podemos descartar nada. Una persona enfadada bien puede haber tenido un pronto. —Como si estuviera pensando en otra cosa, el sargento preguntó—: Tras lo pasado en Mondragón, me parece entender que no ha contemplado en ningún momento que se trate de un atentado anarquista…

—Los anarquistas no asesinan a las esposas. Angiolillo ni siquiera quiso matar a Cánovas delante de la suya —le recordó Arrese y, negando con la cabeza, añadió—: No, no parece un motivo político. Lo que sí he pensado es que tal vez alguien haya llegado desde Madrid para matarla. Los ochandianos somos buena gente, no nos gustan los problemas. Tal vez doña Antonia tuviera un enamorado en la capital que se sintiera despechado…

—Según cuenta, todo apunta a que el crimen no fue planeado de antemano. Me refiero a que no creo que nadie pudiera tener intención de ir a la casa del alcalde a matar a su mujer en plena mañana, a una hora en la que podría haberlo visto cualquiera. El arma utilizada es un rastrillo que se hallaba en el propio jardín… Da la sensación de que tuvo que mediar una acalorada discusión, o de que ocurrió algo que llevara al autor a atacar de



 

 

 

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pronto a doña Antonia. Vio el rastrillo y la golpeó. Quizá su intención no fuera la de matarla y el golpe se le fue de las manos… En fin, mañana leeré los informes. Ahora, dígame dónde están mis dependencias y dónde puedo cenar de forma decente.

 

Arrese no pudo darle ninguna explicación. En aquel momento, un hombre de bigote almidonado entró en el cuartel. Llevaba unos sobres en una mano, se acercó hacia ellos, los depositó sobre la mesa y dijo:

 

—Yo sé quién mató a mi hermana.

 

—¿Usted es Mauro Crespo? —preguntó Arrese, mientras lo observaba con atención, al igual que hacía el sargento.

—Ese es mi nombre. Hagan el favor de leer estas cartas —dijo el recién llegado al tiempo que tomaba asiento sin ser invitado.

—¿Qué son estas cartas? ¿Una confesión? —preguntó el sargento alargando la mano y cogiendo los sobres.

—Mi hermana me las fue enviando desde que llegó a Ochandiano.

 

Tras su lectura, no les cabrá ninguna duda de quién es su asesino.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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7

 

 

 

 

El ruido del cascabel la despertó bien de mañana. Tras el primer sobresalto, Marina se levantó, se calzó a tientas y, sin siquiera ponerse la bata, salió de inmediato de su dormitorio. Su padre se encontraba en el pasillo y se dirigía a las escaleras. Se apresuró hacia él y lo agarró de un brazo. Otilia llegó al primer piso, alarmada también por el sonido, miró a Marina y ella, con un gesto silencioso, le indicó que ya se ocupaba. Con cuidado de no despertarlo, pues el doctor Irigoyen ya había advertido que eso podía perjudicarlo, lo acompañó de nuevo hasta su dormitorio. Le costó llevarlo hasta la cama, puesto que él insistía sin hablar en mantenerse de pie y continuar con su paseo dando vueltas por la estancia, y, cada vez que lo conducía hasta ella, el hombre tiraba en dirección contraria. Con mucha paciencia y después de varios minutos, consiguió acostarlo de nuevo. Se quedó velándolo un rato, por si volvía a dar signos de sonambulismo, y ya estaba más tranquila cuando notó que el sueño también la vencía.

 

Cuando unas horas más tarde la joven bajó a desayunar, Otilia le preguntó:

—¿Tardaste mucho en acostarlo?

 

—Unos veinte minutos —respondió la joven—. Cerré la ventana de su dormitorio para quedarme más tranquila.

—Entonces no te extrañe que baje quejándose del calor.

 

—Que se queje, no voy a arriesgarme a que se precipite por ella. No deja de sorprenderme lo poco que le molesta la pierna a la hora de pasear dormido. Incluso es más ágil que cuando está despierto.

—Ya sabes que yo siempre he pensado que exagera sus dolores. Tu aita es muy perezoso y muy dado a las excusas.

—No niego que dramatice muchas veces, pero en esta diría que está muy afectado. Lo que más me asusta es que un día se arranque el cascabel



 

 

 

 

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y nada nos avise si se levanta.

 

—En ese caso, habrá que cambiarle el cascabel por un cencerro, o incluso colgarle varios.

Marina sonrió al imaginar la escena.

 

Al cabo de un rato, don Baltasar bajó también a desayunar. Como siempre, no recordaba nada de lo ocurrido y, puesto que no preguntó, ninguna de las dos quiso incomodarlo contándole el suceso. Él se mostró taciturno, no se le iba de la cabeza que estaba arruinado y tenía una deuda difícil de saldar. Temía que de un momento a otro se presentara su acreedor a reclamar el dinero que le debía. Sin embargo, quien llegó cuando ya acababa de desayunar fue la hija del doctor Irigoyen.

Fedra estaba feliz. Esa misma mañana había recibido carta de Cuba, que firmaba Vicente, su prometido. El joven soldado afirmaba encontrarse bien, le aseguraba que estaban en una zona de retaguardia y que por el momento no iba a participar en los enfrentamientos previstos.

—Pero sé que he de tomar sus palabras con cautela, puesto que aquello se ha convertido en una guerra de guerrillas y un ataque sorpresa puede darse en cualquier momento.

—Has de ser optimista —respondió Marina—. Aita, si no me necesita, saldré a dar un paseo con Fedra.

Su padre, que por fin había quedado convencido de que no había anarquistas en el pueblo, aunque no de que no los hubiera habido, le dio permiso.

—No tardes. Y no te separes de Fedra. Y no os alejéis de la villa…

 

En cuanto salieron, Marina se quejó:

 

—Si ya estaba nervioso, con lo del crimen se está volviendo insoportable.

—Tu aita es muy buena gente. Tenle paciencia.

 

Marina le refirió la excursión nocturna de su padre y le expresó la preocupación de que el sonambulismo estuviera yendo a más.

—Con esa preocupación hace tiempo que convives. ¿Te ocurre algo más? Diría que eres tú quien está nerviosa.

La joven le explicó el encuentro de Isidro con el heredero de don Jorge después de haber cazado dos liebres y que su repentino regreso a Madrid le había supuesto a ella ir al caserío a dar la cara por él. —No quise contárselo a mi aita para no inquietarlo.



 

 

 

 

 

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—¿Qué inquietud podría producirle si el asunto ya estaba solucionado? Y, la verdad, no creo que Isidro hiciera nada vergonzoso, estaba más que justificado que cazara esas liebres.

 

—La que cometí el error fui yo, Fedra. No debería haber ido. Sentí que se burlaba de mí y lo acusé de querer tomar represalias contra mi hermano. Resulta que solo quiere que haga fotografías del caserío. Menos mal que no he de alternar con él.

—¿Y cómo respondió a esa disparatada acusación? —preguntó Fedra, divertida.

—¡Oh! Todo le parecía divertido. ¡Qué poca consideración! Podría haberse dado cuenta de que yo estaba preocupada. Pero lo desairé, y no te preocupes de que lo desairara, hizo preguntas que no debía.

—Es para reírse —contestó su amiga, que tampoco pudo evitar una risita—. ¿En serio pensabas que iba a castigar a tu hermano solo por unas liebres?

—No te burles, Fedra. Era lo que me había dicho Isidro…

 

—Tu hermano a veces es demasiado fantasioso. ¿Y cómo es? Me refiero al heredero…

—Creo que tú me lo podrás explicar mejor.

 

—¿Yo?

 

—Sí, dado que compartiste mesa con él durante el cumpleaños de Eloy.

—¡Oh! ¿Javier Naarzabal es el heredero de don Jorge?

 

—Así dijo que se llamaba.

 

—Seguro que soy la última en enterarme… No sé por qué no nos lo contó, conversó un buen rato con mi aita. ¿Será por modestia? ¡Oh! Ahora sí que me has dejado intrigada. Estuve sentada a su mesa y ni me enteré… Seguro que Patricia Burgoa me retiraría la palabra si lo supiera —rio Fedra

 

—. Ayer tampoco me permitieron salir a mí y no pude saber qué se decía. Y mi aita solo habla para referirse al asesinato de doña Antonia, aunque posiblemente él aún tampoco se haya enterado de con quién compartió mesa.

El paseo fue corto y ni siquiera salieron de la villa. Al despedirse, acordaron que Fedra regresaría por la tarde para unirse a ellos antes de ir al velatorio.



 

 

 

 

 

 

 

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A las cuatro de la tarde abrieron las puertas en casa de los Lizana. Cuando llegaron los Ordubi con la hija del médico, el cadáver del que se despedían, que aquella mañana había sido lavado con agua hervida con laurel, romero y otras especias, se hallaba amortajado y depositado en el sofá de muertos, un asiento de enea alargado y con pequeños barrotes torneados. Mantenían corridas las cortinas del salón, que habían sido cambiadas por otras negras, y parecía de noche por mucho sol que luciera afuera. Solo dos candelabros alumbraban el salón. En torno a él, dirigía el seguimiento del rosario la que había sido su suegra por apenas unos meses y las voces de rezos del resto de los presentes acompañaban a la suya. Al igual que las demás mujeres, Marina vestía de negro y llevaba el rostro cubierto por una mantilla. Eloy Lizana estaba junto a su padre, con ojos cansados, pero sin huellas de haber llorado. El alcalde, atractivo en otros momentos, ahora era un hombre gris. Patricia Burgoa se hallaba cerca de la primera fila y parecía una plañidera más mientras su hermano la consolaba con cierta sensación de vergüenza. A pesar de que había algunos hombres, la mayoría de los presentes eran mujeres. Marina buscó con la mirada a las hermanas Iraela y no las vio. También don Baltasar se fijó en los rostros que lo rodeaban, pero solo en los masculinos. Sintió cierto alivio cuando vio que reconocía a todos. Los Ordubi se colocaron junto a la futura suegra de Fedra y, tras un saludo apenas murmurado, quedaron todos en silencio o rezando, según tocara. Por mucho que no fuera el momento de decirlo, ninguno de los que se hallaban allí dejaba de preguntarse quién habría matado a la mujer que despedían.

 

Hacía calor, mucho calor. La gente agrupada en una estancia cerrada y la falta de ventilación subían la temperatura. También la intensidad de los olores. Había trozos de limón en los rincones, pero ganaba con creces la esencia de los cuerpos presentes. Don Baltasar sudaba. Se acercaba de vez en cuando el pañuelo a la frente para evitar la resina mantecosa que rezumaba en lágrimas de sudor y, más pendiente de otras cosas que de seguir las oraciones, miraba a la entrada con un nudo en el estómago cada vez que se abría la puerta. Permaneció allí más de media hora, ajeno a doña Antonia y viendo cómo de tanto en tanto se le encogía el alma. Cuando consideró que ya había dado las suficientes muestras de respeto, se acercó al alcalde para, tras transmitirle sus condolencias, alegar que las molestias en la cadera y el haberse visto obligado a ceder el asiento a las mujeres le impedían alargar su estancia. El señor Lizana asintió con un



 

 

 

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cerrar y abrir de ojos para no romper el ritual del respeto debido. Marina se ofreció a acompañarlo y él declinó la ayuda. Ordubi salió decepcionado consigo mismo. Se había propuesto hacer caso al doctor Irigoyen y hablar cuanto antes con el heredero de don Jorge, pero, durante el tiempo que había permanecido en el velatorio, había deseado que su acreedor no hiciera acto de presencia. Y así había sido. Se sentía cobarde e insatisfecho consigo mismo, incluso algo avergonzado. Comenzó a caminar de regreso a casa, despacio, pues no solo le pesaba el cuerpo, y vio que se acercaban las hermanas Iraela. Sintió que hasta doña Beatriz era más valiente que él y, cuando se detuvo a saludarlas, habló con voz temblorosa.

 

Kaixo. Me alegro de que la impresión no la haya dejado encerrada en casa —comentó el hombre dirigiéndose a la hermana mayor.

 

Doña Beatriz mostró una expresión compungida.

 

—¡Ay, don Baltasar! —suspiró después doña Emilia—. ¿Cree usted que…? ¿Es posible que… la persona que mató a doña Antonia se encuentre en el velatorio? Me estremezco solo de pensarlo…

—No creo, doña Emilia. Hay pocos hombres y no imagino que se pueda tener tanta sangre fría para matarla y luego presentarse aquí tan fresco.

—Pensar que una puede cruzarse sin saberlo con una persona que ha hecho algo tan horrible… ¿Sabe lo que nos dijo Arrese?

—No, ¿cómo voy a saberlo, pues?

 

—Déjalo, Emilia —la regañó doña Beatriz y, luego, dirigiéndose a don Baltasar, añadió—: Como puede ver, está más nerviosa que yo.

Ignorando la recomendación, la menor de las Iraela continuó:

 

—¡Beatriz corrió peligro! ¡Ay, yo no sé qué habría podido pasar si se

 

hubiera cruzado con el asesino!

 

—Eso no pasó, doña Emilia, no se apure por algo que ni ha sucedido ni sucederá. Voy a casa de Gonzo, le diré que pase a verlas y le recomiende algo para los nervios.

—Y a Marina —añadió doña Beatriz—. Dígale a su hija que venga cuando quiera, siempre es una alegría verla.

—Mi hija está en el velatorio. Puede decírselo usted misma.

 

Don Baltasar esbozó una ligera sonrisa y se despidió de ellas. Cuando llegó a casa del doctor Irigoyen, este le hizo pasar.

—¿Y bien, pues? ¿Hablaste con Naarzabal?

 

—No vino.



 

 

 

 

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—En ese caso, deberías ir tú.

 

—Sabes que no tengo cuerpo para llegar al caserío. Demasiados empinamientos arriba y abajo para mis piernas.

—Puedes enviarle una nota.

 

Don Baltasar, que mantenía la cabeza baja, miró de soslayo a su amigo.

—¿A qué tanta prisa? Cuanto más tiempo pase, más probabilidades de que Isidro María encuentre un comprador.

Ese era el motivo por el que don Baltasar había hecho regresar a su hijo de Madrid y después lo había vuelto a enviar a la capital. Tras confesar sus pecados a Isidro María, le había hecho el encargo de buscar algún interesado en comprar su colección. Con anterioridad le había encargado sacar fotografías de todos los animales para así poder mostrarlas entre coleccionistas particulares. Era la única esperanza a la que agarrarse para devolver la deuda que tanto lo atenazaba. Temía que el nuevo heredero lo denunciara y perder la escasa dignidad que le quedaba.

 

—Desearía que todo esto se solucionara sin que Marina llegara a enterarse nunca… —dijo como si suplicara a alguien ausente—. Me vi obligado a contárselo a mi hijo, pero ella no sabe nada. Ni lo sabrá, si está en mi mano. Ya sabes cómo le preocupa el qué dirán de nosotros.

 

—Peor será si se entera por otros…

 

—Espero que no ocurra. Ruego con todas mis fuerzas para que de un momento a otro llegue un telegrama de mi hijo con buenas noticias.

 

El médico contempló a su amigo con cierta conmiseración.

 

—Sé que Naarzabal tiene intención de acudir al entierro. Y veo muy difícil que para entonces Isidro María haya tenido éxito. —La evidencia hizo que don Baltasar perdiera toda esperanza—. En tu lugar, Balta, procuraría hacerme amigo de él. Parece un buen muchacho… y está soltero.

—¿Y eso qué?

 

—Que sería una buena noticia que pusiera sus ojos en Marina. A un suegro, habría de perdonarle la deuda.

Don Baltasar arqueó una ceja. Tal vez no fuera mala idea hacer caso a la recomendación de su amigo, pero no entregaría a su hija a cualquiera. Debería asegurarse primero de que era un buen hombre.



 

 

 

 

 

 

 

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8

 

 

 

 

Juarbe observó las cartas que continuaban sobre la mesa. Según había dicho el hermano de doña Antonia, en ellas se demostraba quién tenía las manos manchadas con su sangre. Hacía más de tres horas que Mauro Crespo se había marchado y aún no las había abierto. Había sacado, en cambio, el equipaje que trajo de Lequeitio después de que el madrileño saliera del despacho ofendido. Habría jurado que maldecía cuando lo oyó salir. El hermano de la difunta había malinterpretado su pregunta cuando le pidió si Antonia Crespo dejó algún corazón roto en la capital antes de trasladarse a las Vascongadas.

 

Gabriel Juarbe cogió los cuatro sobres y, por el timbrado, vio que estaban colocados por orden cronológico. Sacó una hoja del primero de ellos, fechada en junio, y comenzó a leerla. Arrese, que llevaba rato esperando ese momento, entró en el despacho y se quedó a su lado como una sombra. El sargento no encontró en la carta nada que le llamara la atención, excepto una alusión a lo malcriado que estaba el hijo de su marido y a los lamentos de que hubiera tantos campesinos y ganaderos entre los ochandianos. Olían mal. Presumía, sin embargo, de haber sido invitada por las mejores familias.

 

Arrese contemplaba expectante la lectura por parte del sargento; él tenía miedo de que implicara al alcalde, ya que eso sería algo muy turbio. Juarbe apenas parpadeaba, hasta que levantó la cabeza y le preguntó a su subordinado:

—¿Ya tiene el listado de accionistas de la compañía de gas? —¿Acaso debía ir a buscarlo? —preguntó Arrese, desconcertado. —Se lo he encargado esta mañana —le recordó el sargento frunciendo

el ceño.

 

—Pensé que con las cartas ya no era necesario… —Es necesario.



 

 

 

 

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—¿Y quiere que vaya ahora?

 

—¿Para cuándo quiere dejarlo, pues?

 

—¿No sería mejor que primero leyera las cartas? Por si es cierto lo que ha dicho el madrileño, vamos, digo yo, y todo queda aclarado y ya no es necesario continuar con la investigación.

—¿Cree que doña Antonia ha dejado escrito que alguien la iba a matar? —preguntó el sargento remarcando el sarcasmo.

—No, pero… Puede haber alguna pista determinante —añadió, tomando una silla y acercándola a la mesa de su superior—. Esperaré a que termine de leerlas…, si no le importa.

Juarbe decidió no apremiarlo, no porque la sugerencia lo hubiera hecho recapacitar, sino porque ya se había convencido de que Arrese tenía algo de gandul y mucho de terco, y de todas formas no iba a lograr que se marchara antes de terminar la lectura. En la segunda de las cartas, doña Antonia hablaba de lo cerrados que eran sus nuevos vecinos, a excepción de Patricia Burgoa, de la que criticaba sus sombreros y a la que consideraba charlatana y arribista. Se lamentaba de lo poco que había que hacer en general y de lo rápido que se agotaba un paseo por la villa, a no ser que uno se dedicara a dar vueltas y más vueltas bajo los soportales del piso superior a la bolera. Decía también que no le quedaría más remedio que aficionarse a los bolos y se quejaba de varios episodios en los que su hijastro había sido maleducado con ella. Como esta última parte la había leído en voz alta, Arrese añadió:

 

—¡Ay, ese muchacho! ¡Qué bien merecería que lo llamaran a filas! Espero que no piense que ha sido él.

—Si doña Antonia dice que su hijastro pensaba matarla, es con tinta transparente, porque yo no leo nada. ¿Quiere ir a por una vela y probamos?

—¿Me lo pide en serio?

 

—No, Arrese, no se lo pido en serio.

 

En la siguiente carta doña Antonia comentaba que su marido le había sugerido la jardinería para combatir el aburrimiento, puesto que una dama no debía jugar a los bolos, y también, en esta misiva, había mejorado su opinión de Patricia Burgoa, a la que consideraba ahora como su único consuelo.

—¿Cree que la afición a los bolos de la difunta era de suficiente peso como para provocar una discusión familiar? —preguntó Juarbe mirando



 

 

 

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con atención a su subordinado.

 

—Ni siquiera probó a jugar, que yo sepa. Tenía las manos muy finas, o eso piensa mi señora, puesto que siempre llevaba guantes. Incluso con este calor, ¿se lo puede creer?

Juarbe no contestó y continuó inmerso en la lectura.

 

—¿Quién es don Acisclo? —preguntó, levantando la mirada un momento.

—El organista. ¿Por qué? ¿Qué dice de él?

 

—Por lo visto, a raíz de una conversación con él, a doña Antonia le entraron ganas de cantar en el coro.

—Imposible. El coro de la villa de Ochandiano es de voces graves. —Sí, eso parece por lo que sigue, pero… doña Antonia quería que

 

también participaran las mujeres.

 

—Seguro que don Acisclo se negó. El coro de aquí es muy conocido y nadie vería con buenos ojos que cambiara.

Juarbe continuó leyendo. En las siguientes líneas, doña Antonia decía sentirse feliz de que su esposo hubiera aceptado enviar a su hijastro a un internado a principios de septiembre.

—No parece que por ahora haya grandes problemas conyugales. De todo lo leído, se deduce que el alcalde pretendía que se sintiera bien.

—Algo habrá que se nos escape para que el hermano estuviera tan convencido de que las cartas desvelaban algo —estimó Arrese.

—Bien, vamos a la definitiva, pues —añadió cogiendo de la mesa la cuarta y última carta—. O Mauro Crespo tiene mucha imaginación e interpreta cosas que yo soy incapaz de adivinar, o en ella encontraremos la pista que buscamos.

Cuando la tomó en sus manos, Juarbe tenía pocas esperanzas de hallar en la misiva algo que lo iluminara, por mucho que acabara de defender esa posibilidad. La carta estaba fechada a finales de julio y la autora se mostraba exultante ante la gran idea que se le había ocurrido de organizar una fiesta para el cumpleaños de su hijastro. Dos líneas después, exhortaba a su hermano a que viajara a Ochandiano para que asistiera y se extendía explicando todos los planes que tenía para ese día a fin de tentarlo. Admitía que la verdadera intención de celebrar tal fiesta era la de ser admirada por los vecinos y afianzar la relación con ellos. También añadía que había puesto gran empeño en la composición de una canción y que, animada por don Acisclo, había decidido cantarla delante de todos. Fue



 

 

 

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entonces cuando unas líneas llamaron la atención del sargento y de nuevo las leyó en voz alta:

 

—«Mi amiga Patricia insiste en que don Acisclo, a pesar de su edad, no es indiferente a mi presencia. Asegura que, si estuviera disponible, ya me habría hecho algún tipo de proposición y está convencida de que su corazón solo encuentra consuelo en mi voz. Pienso que mi amiga puede llevar razón: don Acisclo se pone muy nervioso cada vez que me ve. Pero te aseguro que yo no tengo la culpa de despertarle ese ardor, en ningún momento dejo de recordar que soy una mujer casada».

 

Juarbe miró a su subordinado de forma intermitente, puesto que el parpadeo de sus ojos se había acelerado.

—¿Cree que el organista pudo matar a doña Antonia porque no correspondía a sus sentimientos? ¿Qué tipo de persona es?

—¿El organista? ¡No! No creo… ¡Es un hombre de Dios!

 

—¡No pocos hombres de Dios han resultado ser hijos del Diablo! —Tal vez, pero don Acisclo es un hombre del pueblo, un buen

hombre…

 

—¡Vaya! En ese caso, podría haber sido el propio alcalde quien matara a su esposa en un arrebato de celos.

—Ambos casos serían delicados… Puedo asegurar, sin embargo, que don Acisclo no ha sido.

—¿Ha comprobado si tiene coartada?

 

—¿Cómo, pues? Si ni siquiera lo he contemplado como sospechoso.

 

—En ese caso, ya tenemos el primero a quien interrogar.

 

—¿Y cuando vea que no ha sido él interrogará al alcalde?

 

—Arrese, no se deje llevar por simpatías políticas, nada aquí apunta al esposo de doña Antonia.

—No son ideas políticas, es que es ¡el alcalde!, ¡la autoridad! — insistió—. No deberíamos molestar ni a la Iglesia ni a los políticos.

—La propia doña Antonia confiesa que no dio motivos a su esposo para que se pusiera celoso.

—¿La ha leído completa?

 

Juarbe admitió que no, y concluyó las líneas que quedaban de nuevo en voz alta:

—«Ayer por la noche, Eloy, en otro de sus ataques contra mí, se negó a probar la salsa de albaricoque que yo había preparado para acompañar el asado, y mi esposo lo defendió diciendo que aquí no son de mezclar dulce



 

 

 

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con salado. Yo esperé unos minutos, para que no se notara que la intención de mis palabras era la de responder a su agravio, y luego, como quien no quiere la cosa, le comenté las sospechas de mi amiga sobre don Acisclo. Espero que eso lo haya puesto celoso y, en adelante, aprenda a defenderme ante las afrentas de su hijo».

 

—¿Lo ve? —insistió Arrese—. ¡Un ataque de celos!

 

—¡Por Dios! De haber sido así, a quien habría atacado sería a don Acisclo. ¿O sabe, acaso, que el organista logró algo con doña Antonia?

 

—No sabría decir… Supongo que no —respondió el hombre, arrepentido de haber mostrado tanto énfasis.

—Resulta obvio que no. Así que, por muy convencido que esté su hermano, estas cartas no aportan gran cosa, excepto una —comentó Juarbe al tiempo que las dejaba sobre la mesa—. ¿Dónde puedo encontrar a don Acisclo?

—Se equivoca usted si piensa…

 

—No pienso nada todavía. ¿Dirección?

 

—Lo acompañaré.

 

—No. Usted tiene que ir a Vitoria.

 

—¿Ahora?

 

—Hace muchas horas.

 

Juarbe estaba convencido de que en esa lista encontraría algo más esclarecedor que en las cartas.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El entierro de doña Antonia se celebró el día que siguió al del velatorio. Como era costumbre, el cortejo solo estaba formado por varones. Antes de ir, don Baltasar aceptó que su hija le pusiera una cataplasma.

 

Gonzalo Irigoyen pasó a buscar a su amigo y se dirigieron a la casa del alcalde, desde donde saldría la comitiva con el cuerpo de doña Antonia.

—Ya ha llegado a la villa el sargento que dirigirá el caso —le comentó el doctor Irigoyen a don Baltasar—. Dicen que no tiene ni media hostia: es bajito y esmirriado.

Comenzaron a dirigirse hacia la villa para llevar el féretro a la parroquia a fin de que el ataúd fuera bendecido. En los soportales del campanario barroco había otro grupo a la espera de unirse a la comitiva. En aquel momento, de un carruaje que acababa de llegar a la plaza Nagusia, bajaba su ocupante, ayudado por una muleta. Enseguida varios caballeros se acercaron a recibirlo y el médico le susurró a su amigo que se trataba de Javier Naarzabal.

Don Baltasar se sintió sobrecogido, pues había rogado para que, como el día anterior, no apareciera. La comitiva volvió a ponerse en marcha, esta vez, para regresar al camino del que venían, pero ahora en dirección a la ermita de San Roque. Avanzaban en silencio y con respeto. Don Baltasar lo hacía cada vez con mayor torpeza y el doctor Irigoyen le ofreció su brazo.

—No me trates como a una mujer —protestó Ordubi rechazando la ayuda.

Fue decirlo y don Baltasar pisó mal una piedra y acabó con el cuerpo en el suelo. Aunque la caída no fue violenta, notó un fuerte dolor en el tobillo y negó la ayuda que el doctor Irigoyen le ofreció para levantarse.

—No, no me aúpes. Uno conoce sus límites. Esperaré a que pase todo esto y, cuando me sienta con fuerzas, ya regresaré sin ayuda. Te pido que



 

 

 

 

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traslades mis disculpas al alcalde.

 

—Haz al menos el esfuerzo de levantarte y te buscaré un asiento más cómodo.

—¿Puedo ayudar? —La pregunta pareció ridícula en un primer momento, puesto que quien la formulaba caminaba con una muleta y poco podía hacer para levantar a don Baltasar. Al ver que lo miraban sorprendidos, les aclaró—: Mi carruaje está en la plaza, puedo llevarlo donde precise.

—Muchas gracias, señor Naarzabal, creo que será lo mejor —aceptó el médico.

Don Baltasar iba a declinar la ayuda, pero se hallaba tan amedrentado que fue incapaz de decir nada.

—Iré a buscar el carruaje y lo traeré hasta aquí. Usted no deberá dar más de dos pasos —le aseguró el joven al herido.

El semblante y la voz eran amables, no habría podido encontrar señal de reproche en ellos. Eso no consoló a Ordubi, que notó que unos escalofríos le ponían la piel de gallina. Javier Naarzabal emprendió el camino de regreso y el doctor Irigoyen avanzó para alcanzar a la comitiva. Ordubi se quedó solo, hundido en el suelo y preguntándose cómo abordaría el tema que tanto le preocupaba. El sol cegaba y hacía que los picores recorrieran su traje oscuro. Cuando llegó el vehículo, el cochero bajó para ayudar a don Baltasar a incorporarse y luego hizo lo propio para que subiera con comodidad.

 

—Siento mucho que me haya conocido en estas circunstancias —se lamentó Ordubi nada más sentarse frente a Naarzabal.

—Pues yo me alegro de haber podido ayudarlo.

 

—Espero, al menos, que le guste la villa, aunque seguro que se ha llevado una mala impresión debido al momento de su llegada.

—En estos momentos, no hay ningún punto del país en el que no se hable de un crimen. Me temo que el asesinato de Cánovas ha eclipsado un enclave tan magnífico como el de Mondragón.

—Qué extraño que los abogados tardaran tanto en encontrarlo… —Estuve unos meses en México. Mi hermana menor se casó con un

 

bilbaíno que reside allí y me invitaron a pasar un tiempo con ellos. A mi regreso, tuve el accidente y no fue hasta que salí del hospital que supe que los abogados me buscaban.



 

 

 

 

 

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—Es usted afortunado, el caserío Danobeitia da buenas ganancias — continuó Ordubi, incapaz de callarse, aunque pensaba que eso sería lo más sensato.

 

—No entiendo nada de caseríos, trabajaba de calafate.

 

Don Baltasar no encontraba fuerza de voluntad que apaciguara el impulso de su voz. Cuanto más nervioso se ponía, más perdía el control sobre sus propias palabras.

—Aquí hay madera, mucha madera. Y supongo que conoce la fama de la ferrería. Se dice que los clavos de las carabelas de Colón estaban hechos en Ochandiano. Claro que lo de la ferrería ha cambiado con los tiempos. Ya quedan pocas fraguas…

—Es una lástima que Jorge Danobeitia muriera tan joven, me habría gustado conocerlo.

—Don Jorge aún no había cumplido los cuarenta… Era un hombre extraordinario y muy generoso. Yo lo apreciaba mucho. Sí, yo diría que la generosidad y la falta de afectación eran sus mayores virtudes.

 

—Me satisface ver que esa es la opinión común. Espero poder estar a la altura de mi pariente, pero me temo que saldré perdiendo.

—No, no, seguro que usted también es muy generoso y comprensivo —dijo don Baltasar y, al notar que había demasiada efusión en sus palabras, procuró cambiar de tema—: ¿Ha venido con su familia?

—No, he venido solo. No tengo esposa.

 

—Señor Naarzabal —lo detuvo Ordubi, viendo que ya llegaban a su portal—, me gustaría hablar con usted de un asunto que me preocupa, ¿quiere pasar a tomar unos vinos?

—No estaría bien visto que me perdiera los honores a doña Antonia — objetó él y, al ver la expresión decepcionada de don Baltasar, añadió—: Pero he oído hablar de su curiosa colección de animales deformes y le aseguro que estoy deseando verla. ¿Podría ofrecerme esos vinos esta tarde?

 

 

 

Marina cogió el sombrero y lo mantuvo en la mano mientras su padre le decía:

 

—No deberías irte. Es un hombre importante.

 

—He quedado con Fedra, no pienso incumplir mi palabra por un desconocido —replicó ella.



 

 

 

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La incomodidad que ya sentía creció cuando el sonido del carruaje anunció que su invitado ya estaba allí. Marina no tuvo más remedio que esperar y se sentó mientras Otilia se dirigió a abrir en cuanto sonó la campanilla.

 

—Buenas tardes —saludó el invitado cuando llegó hasta ellos.

 

Arratsalde on —exclamó don Baltasar nada más verlo—. Siéntese, haga el favor. Ella es mi hija, Marina.

La muchacha se vio obligada a levantar la vista y dirigirla al recién llegado, pero no se levantó.

—También tengo un hijo, Isidro María. Ahora no está aquí, pero regresará la semana que viene. ¿Qué desea tomar? En la alacena hay un par de botellas de vino de la Rioja Alavesa, pues. Y también sidra, si la prefiere. ¿O es usted de los que toman cerveza?

—Un café me bastará, gracias. ¿Cómo tiene el tobillo?

 

Marina se levantó para ir a la cocina y pedirle a Otilia que preparara el café.

—Por suerte, no me lo he torcido. Pero mis huesos están machacados, sobre todo los de la cadera. ¿Y lo suyo? ¿Qué ocurrió, pues? ¿Tiene remedio?

—Un incidente inoportuno del que salí mal parado. Intervine para intentar evitar una pelea y me llevé un navajazo en la ingle.

—Discúlpeme, padre —los interrumpió Marina a su regreso, sorprendida ella misma de no llamarlo aita—, pero ya sabe que Fedra me espera. Otilia traerá el café enseguida.

Marina hizo una reverencia al invitado antes de marcharse y don Baltasar vio frustrada su idea de que los jóvenes alternaran. Cuando quedaron solos, el heredero de don Jorge preguntó:

—¿Cómo se le ocurrió coleccionar sus peculiares animales?

 

—No crea que soy una persona escabrosa… La mayoría de esos animales estaban condenados a vivir poco tiempo debido a sus malformaciones, pero, si no era el caso, los dueños no dudaban en sacrificarlos y luego los quemaban. Nadie se habría atrevido a comérselos ni en las peores épocas de hambruna. Por eso, cuando publicaba mis anuncios, exigía que todos hubieran muerto de forma natural. De ese modo, los alimentaban y cuidaban hasta el final.

—Me sorprende que su esposa accediera a convivir con cadáveres embalsamados.



 

 

 

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—Si le molestó, nunca me lo hizo saber.

 

Don Baltasar calló cuando apareció Otilia con el café. Mientras les sirvió, el silencio reinó en la sala.

—Heredé la fragua de mi familia —recobró la palabra don Baltasar una vez que la criada volvió a dejarlos solos—, pero enseguida llegaron los malos tiempos. Antes la artesanía de nuestros ferreros era muy exitosa y había mucho comercio. Además, Ochandiano era villa de paso para llevar la lana de la meseta a los puertos vascos. Luego apareció la tecnología moderna y no pudimos competir contra la producción industrial. El ferrocarril, que tanto ansiábamos, resultó que nunca pasó por aquí y quedamos aislados. La mayoría tuvimos que cerrar o mal vender. Yo compré una parcela y la tengo arrendada. Con eso y la herencia de mi esposa era más que suficiente.

 

—En cuanto supe que había heredado un caserío en la villa de Ochandiano, me informé sobre el lugar. Sé que la mayoría de los habitantes no pasa sus mejores tiempos.

—Ni tampoco yo —se atrevió a confesar Ordubi—. Ahora que se ha terminado el café, haga el favor de subir conmigo a la buhardilla. Le enseñaré mis animales.

A paso lento llegaron al segundo piso. Las contraventanas estaban abiertas y el sol de verano iluminaba aquel extraño mausoleo. Cuando entraron, se fijó en la expresión de su invitado, que, sin pronunciar palabra, posó su mirada en cada una de las piezas. Impaciente, lo siguió a medida que comenzó a pasearse entre las momias.

 

—Me alegro de que sus hijos no tuvieran pesadillas de pequeños — comentó el invitado.

—Las pesadillas las he empezado a tener yo desde hace un tiempo. De eso quería hablar con usted. Supongo que se estará poniendo al día con la contabilidad de don Jorge… —Como su interlocutor asintió, decidió continuar—: Entonces, sabrá que yo le adeudaba dinero… y ahora se lo adeudo a usted. Pensará usted que soy un viejo torpe, pero don Jorge era tan generoso y yo, a veces, tan descuidado que… Él me iba prestando pequeñas cantidades y yo, sabiendo que no había urgencia en devolvérselas, no fui llevando las cuentas y… Su muerte fue inesperada y, cuando vi la suma total de mi deuda… Me siento avergonzado, don Javier. Es cierto que el entusiasmo con mi colección, mi falta de cálculo a la hora



 

 

 

 

 

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de pagar los estudios de mi hijo, la compra de la cámara, el pago de su licencia para que no tuviera que alistarse…

 

—Por lo que tengo entendido, su hijo continúa estudiando —lo interrumpió Naarzabal.

—Ya no. Lo mandé venir a Ochandiano y le expliqué la situación. Mi hija, en cambio, no sabe nada. Isidro María está en Madrid intentando vender mis animales. Hizo fotografías de todos ellos y se las ha llevado para mostrarlas. Nunca había pensado en desprenderme de la colección, me costó tanto cada una de las piezas… Pero he comprendido que no me queda otra opción. Gonzalo, el doctor Irigoyen, piensa que algún excéntrico como yo pagará un buen precio por ella. En cuanto firme la compraventa, podré devolverle su dinero.

 

Javier Naarzabal lo dejó hablar al tiempo que observaba su apuro. —No tengo ninguna urgencia económica y no veo ningún problema en

que me devuelva el dinero a medida que lo vaya obteniendo.

 

Ordubi estaba sorprendido ante tanta comprensión y ahora veía al que había imaginado enemigo con el cariño de una profunda amistad. Debería haberle dado las gracias, abrazarlo como a un hijo, pero tan premiado se sentía por el destino que se atrevió a más.

—Debo pedirle una cosa más. Verá, me he visto obligado a contarle la verdad de nuestra situación a mi hijo, pero Marina, como le he dicho, no sabe nada y me gustaría que continuara siendo así.

—Don Baltasar, mis labios están sellados.

 

—No sé cómo darle las gracias… Todas las palabras me parecen vacuas frente a mi sentimiento de gratitud. Usted es tan…, tan buena persona… Me gustaría que fuera menos indulgente conmigo. Diríjame, al menos, alguna palabra de reproche sobre mi conducta, dedique alguna censura a mi mala gestión… —le rogó el anfitrión.

—Creo que eso ya lo hace usted.

 

Sí, ese hombre le gustaba como yerno.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El tiempo había empezado a cambiar. Amanecía más tarde y la luz del sol se apagaba antes. El calor de mediodía ya no sofocaba y, a horas, un viento fresco del Urquiola se acercaba a refrescar la villa. Don Baltasar bajó también a desayunar con su bata vieja y se mostró taciturno a la mesa. Los remordimientos lo apabullaban. A pesar de la comprensión que había mostrado Javier Naarzabal, seguía estando arruinado y con una deuda difícil de saldar. Las últimas esperanzas estaban en Madrid, en algún interesado en comprar su colección que pudiera encontrar Isidro María. Rogaba con todas sus fuerzas que de un momento a otro llegara un telegrama de su hijo con buenas noticias. Sin embargo, quienes llegaron, cuando ya acababa el desayuno, fueron el doctor Irigoyen y su hija.

 

Mientras el médico se quedaba a revisar el tobillo de su amigo, Fedra propuso un paseo a Marina, que aceptó de inmediato. Nada más salir a la calle se encontraron con doña Emilia, que venía con un cesto lleno de berros y pimientos.

—¡Qué alegría veros! Y mayor será si me decís que veníais a visitarnos.

—Buenos días, doña Emilia. Solo queríamos dar un paseo —respondió Fedra.

—No es mala idea saludar a doña Beatriz —añadió Marina.

 

—Acompañadme, pues.

 

Las jóvenes le hicieron caso. Antes de entrar en el portal, que se hallaba mirando al ayuntamiento en la plaza Nagusia, doña Emilia se detuvo y dijo:

—Estoy muy preocupada.

 

—¿Qué ocurre?

 

—Tengo miedo de que quieran asesinar a mi hermana… —¿Ha sucedido algo? —preguntó Marina.



 

 

 

 

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—Esta noche he tenido un sueño horrible. Unas manos peludas apretaban el cuello de Beatriz y lo retorcían hasta matarla. Me he despertado sobresaltada, era todo tan real… No he podido evitar unas lágrimas.

 

—Doña Emilia, es normal que esté nerviosa —respondió la muchacha, más calmada al ver que no había motivo por el que preocuparse—. Solo ha sido una pesadilla. Su hermana no vio nada que pueda inculpar al asesino; por tanto, él no tiene ningún motivo para querer deshacerse de ella.

 

Fedra estuvo de acuerdo.

 

—Ya lo sé, ya lo sé. Pero ¿y si también hubieran matado a doña Antonia sin motivo? ¿Y si se trata de un maníaco que disfruta asesinando a mujeres?

—Está sugestionada, doña Emilia, no le dé alas a la imaginación. Si fuera como dice, estaríamos expuestas todas, no solo su hermana — procuró tranquilizarla la hija del médico—. No puede vivir con miedos que no tienen base.

Doña Emilia se resignó a no ser entendida y entraron en la casa mientras ella seguía pensando que su miedo era real. Doña Beatriz se hallaba al piano y una melodía envolvente las recibió. Marina, tras saludarla, le pidió que terminara la pieza y Fedra también se deleitó escuchándola. Ambas sabían que la música era su refugio. No había terminado aún la interpretación cuando sonaron unos pequeños golpes: alguien hacía sonar la aldaba de la puerta. Doña Emilia suplicó a Marina con la mirada que la acompañara a abrir y ambas se dirigieron a la entrada. Quienes llegaban eran dos hombres de uniforme azul oscuro y reconocieron en uno de ellos a Arrese. El que habló fue el otro, el bajito, al que nunca habían visto.

 

—Buenos días. Soy el sargento Juarbe, ¿es usted doña Beatriz Iraela? —preguntó a doña Emilia.

—Soy Emilia Iraela, Beatriz es mi hermana —respondió ella, temerosa

 

—. ¿Es necesario volver a interrogarla?

 

—Eso pretendo, señora —lamentó tener que decir el sargento—. Es

 

del todo necesario.

 

—Por favor, sean delicados.

 

Doña Emilia acabó de abrir la puerta y les indicó que pasaran. Marina se sintió fuera de lugar y comentó:

—Será mejor que Fedra y yo volvamos en otro momento.



 

 

 

 

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—No es necesario, me gustaría que os quedarais —les suplicó la mujer.

 

Doña Emilia los acompañó al salón y las dos jóvenes los siguieron. Nada más entrar, miró a su hermana con temor a que la regañara y estuvo tentada de pedirle perdón por haberlos recibido, aunque no lo hizo en presencia de los guardias.

—Beatriz, ya han venido. Es mejor que pases por esto cuanto antes, en algún momento tendrá que ser —procuró consolarla su hermana.

 

El sargento se quitó el tricornio y, procurando ser amable, comentó:

 

—Lamento tener que molestarla, ya sé que mi compañero le tomó declaración, pero pensamos que tal vez haya recordado algo que entonces pasó por alto.

Fedra se levantó y miró a Marina.

 

—Quizá es mejor que nos vayamos.

 

—Yo me quedaré si a los guardias no les importa.

 

Sabía que su presencia era importante para las Iraela. El sargento le dio permiso y, mientras Fedra se marchaba, tomó la palabra para presentarse ante doña Beatriz.

—Ustedes quieren que recuerde y el doctor me aconseja que olvide, ¿a quién debo hacer caso? —preguntó sin ninguna cordialidad la aludida.

—No la obligaremos a repetirlo todo, solo queremos que corrobore lo que pone el informe. Le aseguro que seremos lo más breves que nos sea posible.

—Está bien —aceptó la mujer bajando los ojos.

 

Los dos guardias civiles tomaron asiento.

 

—¿Quieren una limonada? —preguntó doña Emilia.

 

—No, se lo agradezco. Si nos lo permiten, después les haremos también unas preguntas a ustedes.

—Pero si nosotras no estábamos allí… —objetó doña Emilia.

 

—Las preguntas que les haremos no tienen que ver con el escenario del crimen —señaló Gabriel Juarbe.

Doña Emilia y Marina se sentaron junto a doña Beatriz y el sargento sacó unas hojas. Las tres mujeres contemplaron cómo las repasaba con la mirada. Luego, observando a la testigo, comenzó a hablar:

 

—Sobre las diez y poco de la mañana usted llevaba un cesto con flores para regalárselas a doña Antonia…



 

 

 

 

 

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—No eran flores, sino bulbos. Bulbos de lirio —le rectificó doña Beatriz, sin disimular el cansancio por tener que repetir una y otra vez lo mismo—. Puede usted no entender de jardinería, pero es imposible confundir unas flores con unos bulbos.

 

—Bulbos de lirio, pues —aceptó él—. Al llegar, vio a una criada limpiando una de las ventanas por la parte de fuera y ella misma le indicó que la señora se hallaba en el jardín, por lo que bordeó la casa y se dirigió hacia la parte trasera, ¿no es así?

—Sí, así ocurrió. Eso sí lo tiene bien apuntado.

 

—¿Notó algo extraño en la criada?

 

—No, no noté nada extraño. Si se refiere a si limpiaba los cristales a conciencia, sí lo hacía. Dicen que es una muchacha muy afanosa, y eso es lo que me pareció. No todas se ganan el salario.

Juarbe la contempló y supo que tendría que armarse de paciencia. —¿El servicio sabía que usted acudiría a esa hora?

 

—No. ¿Cómo iba a saberlo? Ni siquiera se lo había asegurado a doña Antonia. Hablamos durante la fiesta de la posibilidad de que yo le diera mis bulbos, pero no concreté nada, pues antes tenía que asegurarme de que los que me quedaban estaban en buen estado. No iba a ofrecerle algo que no sabía si podría servirle.

—Muy previsora por su parte —comentó el sargento, sin que pudiera deducirse ni negarse un tono irónico de sus palabras—. Cuando accedió a la parte trasera, ¿oyó algún ruido o vio algún movimiento que le pareciera extraño?

—Es verano, había ventanas abiertas y, desde el interior, llegaba la voz de la criada, que había vuelto a entrar, canturreando la composición que aquella mujer había interpretado en la fiesta de su hijastro. Esto no lo he olvidado. No lo olvidaré nunca. Esa canción tan horrible me perseguirá siempre —manifestó doña Beatriz con cara de disgusto.

 

—Supongo que, inevitablemente, la relaciona con lo que vio después…

—Espero que nunca nadie más vuelva a interpretarla —insistió la mujer tapándose las orejas con las manos.

—¿Recuerda qué ventanas estaban abiertas?

 

—Una de las laterales, sin duda, de la fachada sur. Y puede que hubiera también alguna de la parte posterior, creo que la que da a las hortensias, pero eso no lo puedo asegurar, si es que quiere que sea precisa.



 

 

 

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Sin embargo, estamos en verano, como le he dicho, y hacía calor, más calor que ahora. Lo más probable es que estuvieran abiertas. Al menos, eso es lo que yo haría.

 

Juarbe deseaba que la mujer no se fuera por las ramas y trató de centrar su relato.

—Llegó usted al jardín y no vio a doña Antonia… ¿Por qué no regresó a la casa para saber si había entrado por la puerta de atrás?

—Aproveché para inspeccionar el terreno para ver dónde era mejor construir un invernadero. No quería que su falta de criterio estropeara los lirios. Fue entonces cuando me acerqué a la zona en la que está ese ridículo estanque que mandó hacer y vi un cuerpo flotando.

 

—De la impresión, pegó un grito y se le cayó el cesto con los bulbos —apuntó el sargento.

—Me gustaría recuperarlos si van por allí. Mi hermana piensa que es una impertinencia por mi parte pedirlos, pero son bulbos de unos lirios muy especiales.

El sargento y su subordinado cruzaron una mirada mientras doña Emilia enrojecía avergonzada.

—¿Cuánto tiempo permaneció en ese lugar?

 

—Me obligaron a quedarme hasta la llegada de su compañero — protestó ella, mirando a Arrese como si fuera el culpable de ese hecho.

 

—Desde el momento en que usted gritó, ¿cuánto tiempo pasó hasta que llegó una criada? Según tengo apuntado, la primera en aparecer fue la misma que le había indicado que doña Antonia se hallaba en el jardín.

—Sí, esa fue. Y no sé cuánto tiempo tardó, no me puse a contar los segundos. Podrían ser diez o nueve, incluso once.

—La criada salió por la puerta trasera, ¿no es así?

 

—No me fijé de dónde salía, pero imagino que sí. Luego llegaron otra criada y dos hombres que también eran del servicio. Ignoro si alguno saltó a través de la ventana, aunque supongo que también salieron por la puerta, por si es de su interés lo que ocurre en mi imaginación. Uno de ellos se marchó de inmediato a buscar al doctor Irigoyen y creo que tardó una media hora en regresar. No quisieron sacarla del estanque hasta que llegara él… ¿Quiere hacer el favor de decirme en qué lo ayuda esto?

—Solo quería saber si sus recuerdos son los mismos del otro día… —¿Y cuáles iban a ser? ¿Has oído, Emilia? —lo interrumpió doña

 

Beatriz interpelando a su hermana—. Me está llamando desmemoriada.



 

 

 

 

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El sargento hizo una pausa.

 

Miró sus apuntes para coger aire, y, más calmado, prosiguió:

 

—Volvamos al principio, al momento en que se dirigía hacia la casa del alcalde con su cesto de bulbos. Insiste usted en que no se cruzó a nadie por el camino.

—No, no vi a nadie.

 

—Ni siquiera cuando salió de la villa y se dirigía a la casa del alcalde. —No, no vi a nadie sospechoso. Solo me crucé con don Evaristo, que

regresaba del cementerio.

 

—¿Don Evaristo? —preguntó sorprendido el sargento y, de inmediato, miró a su subordinado—. No tengo apuntado aquí a ningún don Evaristo… —¿Y por qué debería tenerlo apuntado? No es ningún sospechoso —

replicó, convencida, doña Beatriz.

 

El sargento se apresuró a anotarlo.

 

—¿Evaristo qué más?

 

—Evaristo Ochoa.

 

—¿A qué altura se lo cruzó?

 

—Faltaban unos cincuenta metros para que llegara a la casa del alcalde.

—¿Cómo sabe que regresaba del cementerio? ¿No podía venir, precisamente, de la casa?

—Don Evaristo acude al cementerio cada mañana —comentó Arrese y, al decirlo, el sargento notó que tampoco le daba importancia a su presencia tan cercana al lugar del crimen.

—¿Se sorprendió o asustó al verla? —insistió el sargento.

 

—¿Se refiere a si don Evaristo se asustó al verme a mí? ¿Por qué debería haberse asustado? Nos conocemos desde hace más de sesenta años.

El sargento no hizo más preguntas al respecto. Por fin tenía algo a lo que agarrarse.

—¿Saben si la relación entre don Acisclo y el señor Lizana era buena? —Hasta que se casó, lo era. Don Acisclo siempre había sido un hombre sensato y con criterio. Le molestaba que el alcalde lo presionara para incluir voces femeninas en el coro —comentó con tono airado doña

 

Beatriz.

 

—Habla usted en pasado. ¿Ya no es un hombre sensato y con criterio?



 

 

 

 

 

 

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—Al principio se mantuvo firme en su negativa, aunque al final cedió a las presiones.

 

—¿Qué tipo de presiones?

 

—Las ignoro, pero tuvo que haberlas. De otro modo, estoy convencida de que no habría aceptado incorporar voces femeninas. Aunque ya no hay ningún motivo para que sea así.

—Por lo que tengo entendido, usted es una gran aficionada a la música, ¿no le gustaría tener los mismos derechos que los varones?

—Esto no es una cuestión de derechos, sino de tradición. Si doña Antonia deseaba cantar en público, a pesar de no tener una voz distinguida, podría haber montado una charanga casera. En ese caso, nadie le habría dicho nada. Pero pretender cambiar una tradición solo para su propio capricho…

—En realidad, lo que me gustaría saber es si, y disculpe que sea tan directo, don Acisclo tenía algún tipo de interés en doña Antonia. Me refiero a un interés de tipo amoroso…

—¡Santo Dios, qué cosas dice! ¿Cómo iba a tenerlo? Don Acisclo es un hombre ejemplar, y ya le he dicho que tiene criterio.

—¿Ustedes notaron algo en alguna ocasión?

 

El sargento extendió la pregunta a las otras dos presentes, a las que vio sorprendidas y un punto escandalizadas ante esa idea. Ambas negaron con la cabeza y doña Emilia apuntó:

—Ejemplar y muy respetuoso. Doña Antonia estaba casada. Y, aunque no lo hubiera estado, don Acisclo no se inmuta ante las tentaciones mundanas.

El sargento dejó de apuntar. Parecía que ya había terminado el cuestionario, pero no era así. Antes de cerrar el cuaderno, volvió a preguntar:

—¿Conocen a alguien que tuviera algo contra doña Antonia?

 

Doña Emilia fue quien habló esta vez:

 

—No. Es cierto que no resultaba simpática, pero eso no quiere decir nada. Ninguno que yo conozca habría sido capaz de tal cosa. ¿No hay posibilidad de que se trate de esos anarquistas?

—Doña Emilia —intervino Marina—, el sargento no puede darle ese tipo de información.

—Disculpe, pero tengo tanto miedo de que intente atacar a mi hermana si él cree que puede delatarlo.



 

 

 

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—Señora…

 

Juarbe fue interrumpido.

 

—Señorita, soy señorita.

 

—Señorita, su hermana es testigo de bien poco. Puede estar tranquila si eso es lo que le preocupa.

Diez minutos después, los dos guardias civiles abandonaban la casa de las Iraela y Arrese comentó:

—Parece que doña Antonia era la única que opinaba que había despertado ardores en don Acisclo.

El sargento no respondió a ese comentario. La tarde anterior había interrogado al organista y había podido comprobar que tenía coartada: sus dos criadas coincidieron en que a esa hora estaba en casa. Sin embargo, formuló la pregunta que le rondaba en la cabeza desde hacía un rato:

—¿Cómo es que no me había dicho nada de Evaristo Ochoa?

 

—No lo sabía, es la primera vez que doña Beatriz lo ha mencionado, pero estoy seguro de que él no ha sido. Es un buen hombre.

 

—La mayoría de los asesinos tienen fama de ser buenas personas, ¿no era suyo el perro que estropeó la fiesta de los Lizana? —Como Arrese asintió, él volvió a preguntar—: ¿Lo incitó él a molestar a las gallinas? ¿Tenía algo Ochoa contra los Lizana?

—No…, que yo sepa.

 

—Por si acaso, vamos a hacerle una visita.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El sargento pensaba en la mirada melancólica de Evaristo Ochoa. Había asegurado una y mil veces que no tenía nada contra ninguno de los Lizana y, mucho menos, contra doña Antonia, con la que jamás había cruzado ni una palabra.

 

«Nunca ato al perro», le había asegurado. «Se marcha a veces, pero siempre vuelve, y nunca se había alejado tanto. No supe lo que había pasado con las gallinas y la fiesta del chaval del alcalde hasta el día después».

No había negado que pasara frente a casa de los Lizana la mañana del crimen cuando se dirigía al cementerio y recordaba haber saludado a doña Beatriz a su regreso. «¿Que qué hacía allí? ¿Qué va a hacer uno al camposanto, pues? ¿O es que ya no se puede llevar flores a los muertos?». Eso era lo que había contado, que llevaba flores silvestres a Vera, a quien lo unían el amor y la fidelidad. «Estábamos prometidos —le contó—, y le empezaron esas toses…». Evaristo Ochoa había hablado de forma compungida. A todas luces se notaba que revivía esa época fatal y que el dolor continuaba lacerando en él. Hacía más de tres décadas que Vera había muerto y aquel hombre todavía atesoraba la imagen jovial de la muchacha que había amado. Más que levantarle sospechas, le había despertado su compasión. El reloj de la pared marcó las once y el sonido sacó de estos pensamientos a Juarbe. Poco después, Arrese entró en el despacho con un sobre en la mano.

 

—Acaba de llegar —le anunció mientras se lo ofrecía, retirando enseguida la mirada y con un extraño temblor en la mano.

El sargento vio que el remite era de Vitoria y se apresuró a abrirlo. De él, extrajo un documento oficial.

—¡Vaya! —exclamó Juarbe tras leer el listado. Levantó la vista y la fijó en su compañero con verdadero asombro—. ¿Por qué no me lo había



 

 

 

 

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dicho, Arrese?

 

El subordinado, que se fingía distraído, puso cara de circunstancias y, alzando los hombros, respondió:

—Fueron cuatro perras, solo por probar, no pensé que fuese relevante. Espero que no sospeche de mí. Y, por favor, no se lo diga a mi esposa, se enfadaría conmigo si lo supiera.

El sargento lo observó de arriba abajo y añadió:

 

—Cuatro perras tiradas por la borda, ya aprenderá. ¿Y puedo saber qué lo llevó a hacer caso a doña Antonia?

—No pensé que fuera cosa suya. Supuse que, si andaba dando ese consejo, era porque había oído decir algo a su marido.

—Así que usted tenía trato con ella…

 

—No, señor, yo no crucé más que los saludos protocolarios con esa señora. Quien me lo dijo fue Ceferina, la que limpia el cuartel.

—Cuando llegue Ceferina, avíseme —dijo el sargento olvidando el tema y centrándose de nuevo en la lista que había recibido para continuar leyendo—. Baltasar Ordubi, Gerardo Erguin y he aquí otra sorpresa: don Acisclo. Según lo que cuentan de él, pensé que su carácter tendía a la santidad y, mire por dónde, encontramos rastros mundanos. —Junto al documento, había una nota que también leyó—: Vaya, vaya, y también aparece un tal Tomás Elizalde, aunque en este caso no parece que la cosa apunte hacia él —dijo tendiéndosela a su compañero—, puesto que consiguió venderlas de nuevo antes de que se anunciara el cableado eléctrico.

—Elizalde es el dueño de la posada Herensuge. ¿Qué cree que significa que las vendiera una semana después de comprarlas? —preguntó Arrese.

—Que tuvo una intuición, un golpe de suerte, o recibió un chivatazo, ¡qué más da! Está claro que él no tuvo motivo para enojarse con la víctima.

—¿Entonces?

 

Gabriel Juarbe no respondió y realizó otra pregunta:

 

—¿Qué puede contarme de Baltasar Ordubi y Gerardo Erguin?

 

—Don Baltasar tiene una colección espeluznante de animales disecados. Todos ellos nacieron con rarezas.

—¿Qué tipo de rarezas? —preguntó Juarbe, curioso ante esa información.



 

 

 

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—Algunos tienen dos cabezas o cinco patas, otros son la mitad de un animal pegado a la mitad de otro… ¡Monstruos! Monstruos disecados es lo que colecciona. Estoy convencido de que no tendrá ningún inconveniente en mostrárselos si desea verlos. Se siente orgulloso de ellos.

 

—Entiendo, se refiere a los fenómenos de circo, solo que en este caso se trata de animales —murmuró el sargento—. ¡Y muertos! Alguien que convive con cadáveres ha de ser un tipo perverso…

—En absoluto, es un buen tipo. Terco, algo cascarrabias y con mucho apego al carlismo, pero es buen tipo. Su esposa murió en un accidente de ferrocarril hace unos años y desde entonces parece otro.

 

—Buen tipo… y raro, ¿no? —matizó Juarbe—. Otro del que habrá que ver si tiene coartada…

—Yo no me centraría en él. Renquea al andar desde el accidente y se ve obligado a ayudarse de un bastón, no creo que…

—Aquí no hay que creer, hay que saber —lo interrumpió el sargento

 

—. ¿Qué hay del otro, el tal Erguin?

 

—Tiene un familiar aristócrata, viene de buena cuna, pero, como casi

 

todos aquí, ha venido a menos. No es mal hombre, yo diría que le falta carácter. Sí, eso es, le falta carácter: es de los que se achanta ante su esposa, una estirada que se da humos.

—¿Me está sugiriendo que investiguemos a la esposa?

 

Sin apreciar el sarcasmo de su pregunta, Arrese se la tomó en serio:

 

—Para tal caso, le aconsejo que pregunte a Patricia Burgoa.

 

No fue necesario que la curiosidad de Gabriel Juarbe por conocer a Patricia Burgoa cogiera peso, ella misma se presentó en el cuartel sin ningún atisbo de discreción al cabo de un rato. Llegó con un sombrero que servía de soporte a una jaula en la que había un jilguero, que revoloteaba en su interior cada vez que se balanceaba. El sargento la miró tan desconcertado por el atuendo como por la actitud.

 

—Mi deber como ciudadana me trae hasta aquí —anunció la mujer en cuanto se sentó frente a su mesa sin ser invitada—. No soy cobarde, no lo he dudado, me he dicho: «Patricia, tienes que contar todo lo que sepas a las autoridades, sí, señor, ese es tu deber». Y aquí estoy.

 

El sargento dudó antes de hablar. Los movimientos del jilguero y la voz aguda y penetrante de la mujer que tenía enfrente no facilitaban que pudiera concentrarse.



 

 

 

 

 

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—¿Y qué es todo lo que sabe? —le preguntó el sargento con escepticismo.

 

—Lo que sé, y lo que sabía también doña Antonia, tiene que ver con Tomás Elizalde.

Justo hacía unos minutos acababa de escuchar ese nombre por primera vez.

—¿El que regenta una posada?

 

—Ese mismo.

 

Esperaba que la estrafalaria mujer se explicara, pero ella se limitaba a contemplarlo como si deseara que él le agradeciera haberlo iluminado ante tan magna confesión, por lo que peguntó de nuevo:

 

—¿Y qué tiene que ver ese hombre con…?

 

—Desde que se casó, su esposa suele lucir magulladuras. A veces, un pómulo morado; otras, cardenales en el cuello, e incluso en una ocasión tuvo que llevar un brazo en cabestrillo. Por supuesto, siempre lo ha justificado diciendo que se había golpeado con una puerta, que se había caído por la escalera y un sinfín de accidentes de lo más variopinto. Porque ¿a quién le apetece admitir que su esposo no es el más cariñoso del mundo? Sí, señor sargento, lo que usted está pensando: Tomás Elizalde trata a su esposa como si fuera un trapo. No me considere chismosa, es algo que sabe cualquiera en la villa, y, si no, pregúntele a su subordinado —lo emplazó la extravagante mujer señalando a Arrese, que permanecía callado y en un segundo plano—. Bueno, pues doña Antonia se había ofrecido a ayudar a Maite y, como comprenderá, eso molestó a Tomás Elizalde. Él es el hombre que busca.

 

Juarbe se había fijado en la posada al llegar por si tenía que pasar allí alguna noche antes de que le dieran un hospedaje definitivo. Se hallaba solo a dos casas del cuartel y, desde sus ventanas, se divisaba también la vivienda de los Lizana. Sin embargo, no entendía qué relación había entre lo que esa mujer le estaba contando y el asesinato de doña Antonia.

—¿Y qué tiene que ver ese trato vejatorio hacia su esposa con el crimen que nos ocupa? ¿Cómo pretendía ayudarla a ella? —quiso saber Juarbe, cada vez más nervioso por el canto del pájaro, que agitaba sus alas como si de un momento a otro fuera a emprender el vuelo.

—¿Le ocurre algo en el ojo?

 

—Nada importante, prosiga su relato, por favor.



 

 

 

 

 

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—Doña Antonia era una mujer muy relacionada en Madrid y, entre sus amistades, había incluso algún masón. —Patricia Burgoa abrió los ojos como si el sargento tuviera que entender a qué se refería—. Ya sabe, últimamente pretenden llevar al Congreso una propuesta para disolver la condición familiar.

 

—¿Se refiere al divorcio?

 

—Creo que en otros países se llama así. En cualquier caso, un disolvente del matrimonio. Y, por lo que sé, si triunfan los liberales, tienen muchas posibilidades de lograrlo.

—¿Acaso doña Antonia podía precipitar la caída de los conservadores?

 

¿Quiere decirme que ha tenido algo que ver con el asesinato de Cánovas?

 

—¡No! ¡No! ¡No está entendiendo usted nada! —se quejó Patricia comenzando a exasperarse—. Esos hombres, los amigos de doña Antonia, saben de leyes y ella se había ofrecido a contactar con ellos para que asesoraran a Maite a fin de que pudiera abandonar a su marido con todas las de la ley.

—¿Acaso Maite tenía intención de dejar a su marido?

 

—¡Oh! Ella solo es una mujer de pueblo, pero mi amiga Antonia la incitaba a que lo hiciera, puesto que no se pueden tolerar este tipo de humillaciones. Las dos estábamos de acuerdo en que, si no dejara marcas y todo quedara en privado, sería otra cosa, pero que todo el mundo pudiera entender lo que ocurría dentro de aquel matrimonio… No, no se puede soportar. Y lo peor es que a sus queridas no las trata igual.

Juarbe iba haciéndose una idea de cómo era Tomás Elizalde.

 

—Se lo cuento —continuó Patricia Burgoa— porque de algún modo me siento culpable. Yo animé a Antonia a que ayudara a Maite, pero prometo que jamás pensé que todo acabaría como ha acabado. Puedo asegurarle que, de haberlo sabido, la habría incitado a jugar a los bolos.

 

—Aparte de usted y doña Antonia, ¿quién más sabía de sus intenciones hacia la esposa de Tomás Elizalde?

—Yo era la única a la que consideraba de su confianza.

 

—En ese caso, creo que la información no pudo llegar hasta el dueño de la posada, a no ser que usted traicionara su confianza.

—Yo nunca haría eso, no soy una de esas que hablan por los codos — protestó la mujer, ufana.

—¿Y ella hizo algo por lo que Tomás Elizalde pudiera sospechar de sus intenciones?



 

 

 

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—Doña Antonia era una persona muy discreta.

 

—Entonces, su teoría no se sostiene —le hizo ver el sargento, a pesar de que dudaba mucho de la discreción que la señorita Burgoa afirmaba en ambas.

—Las paredes oyen —le recordó ella—. Alguien pudo oírselo comentar, incluso el propio Tomás.

—Me sorprende que piense que ese sea el motivo de la muerte de doña Antonia y no tema por propia su vida.

—No temo por mi vida porque usted va a detenerlo, ¿no es cierto? —Aunque tendré en cuenta su declaración, por el momento solo puedo

apuntarlo como sospechoso, no como culpable —dijo Juarbe, notando de inmediato la decepción en el rostro de ella—. Permita que le pregunte: ¿vio usted alguna vez algún tipo de inclinación por parte de don Acisclo hacia doña Antonia?

A pesar de que Arrese ya había constatado que don Acisclo tenía coartada, el sargento quería saber si el alcalde podría albergar motivos para estar celoso de su esposa.

—No, en absoluto. Todo lo contrario: don Acisclo estaba escandalizado con sus iniciativas. Si ella pensaba que halagarlo y, permítame decírselo, coquetear incluso iba a convencerlo de que las tuviera en cuenta, estaba muy equivocada. ¿Y por qué no va a detener a Tomás Elizalde?

—Porque sus palabras no son ninguna prueba, señora —insistió él. —¡Señorita, soy señorita, y se está usted equivocando al no tomarme

en serio!

 

El sargento obvió la protesta y continuó con lo que le interesaba:

 

—Don Acisclo interpretó una pieza que ella había compuesto y que cantó en la fiesta de Eloy Lizana y, además, según tengo entendido, iba a permitir que las mujeres formaran parte del coro de Ochandiano, entre las que ella se incluía.

—Pero no fue Antonia quien convenció a don Acisclo para incluir mujeres en el coro. Si acabó accediendo fue por la influencia del alcalde. El señor Lizana deseaba complacer a su esposa.

Juarbe insistió, creía capaz a su interlocutora de caer en contradicciones.

—¿Puede asegurar que usted no alentó a doña Antonia a pensar que don Acisclo tenía sentimientos amorosos hacia ella?



 

 

 

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—¡Cómo se le ocurre! —negó, dudando por un instante si debía ofenderse o no ante tal cuestión. Enseguida se repuso y agregó—: Aunque es cierto que ella pensaba que había conseguido convencerlo gracias a sus encantos, pero eso es porque nunca llegó a saber que su marido había intercedido.

 

—¿Y cómo supo usted que no había sido así?

 

—¡Oh! Tengo mis fuentes —sonrió Patricia. Había aprendido esa expresión de su hermano y la repetía cada vez que podía.

—Ya veo —murmuró el sargento—. ¿Y sabe si la relación entre don Acisclo y el señor Lizana era buena?

—No hay nadie en esta villa que no sienta respeto por un organista. Aquí hay devoción por la música. Y por el vino. Y don Acisclo se encarga de ambos asuntos. Pero no se desvíe del camino, sargento. Detenga a Tomás Elizalde, es un hombre violento.

—De acuerdo, investigaré a Tomás Elizalde —procuró tranquilizarla él

 

—. Dígame, en el caso de que el señor Lizana hubiera llegado a conocer que su esposa coqueteaba con el organista, ¿no habría hecho eso que sintiera animadversión hacia él?

—El señor Lizana siempre ha estado muy ocupado con los asuntos de la alcaldía, y cualquier cosa que hiciera su esposa para entretenerse le parecía bien. Además, Antonia no pretendía seducir a don Acisclo, no era de esa clase de mujeres, solo buscaba que no pusiera objeciones a sus proyectos. No sé por qué me hace tantas preguntas, si es evidente que quien la asesinó es Tomás Elizalde.

—¿Qué piensa, pues? —le preguntó Arrese al sargento poco después de que Patricia Burgoa se hubiera marchado.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Marina estaba nerviosa por varios motivos. En primer lugar, porque a lo largo de esa semana su padre había tenido dos ataques de sonambulismo seguidos, y, en segundo lugar, porque estaba previsto que Isidro regresara de Madrid el viernes por la mañana y aún no había llegado. Tampoco había enviado ningún telegrama. Tal vez hubiera perdido el ferrocarril o hubiese tenido que quedarse unos días más, pero, fuera cual fuese el motivo por el que se retrasaba, la incertidumbre iba a afectar a la salud de su padre del mismo modo que alimentaba su inquietud. Los suspiros de Otilia, seguidos de silencios insinuantes ante tal ausencia, tampoco ayudaban. Don Baltasar y Marina habían leído todos los periódicos que habían llegado esa mañana a la taberna y, al menos, ni había noticias de un nuevo atentado ni el apellido Ordubi aparecía en la sección de «Sucesos y altercados».

 

—¿Y no vamos a hacer nada? ¿No deberíamos acudir a las autoridades?

Don Baltasar retiraba la mirada y ofrecía su mutismo cada vez que su hija preguntaba lo mismo. Marina procuraba reprimirse, pero más a menudo de lo que deseaba se le escapaba en voz alta su preocupación.

 

Antes de que Otilia sirviera la comida, llegó un muchacho con una misiva dirigida a Baltasar Ordubi, que se convirtió a la vez en una esperanza y un temor. Marina se abalanzó a arrancarla de manos de su padre.

—Deje que yo la lea —dijo la joven señalando para justificarse los lentes de su padre, que aún estaban sobre la mesa.

Marina no la leyó en voz alta. Un pequeño temblor en sus labios alarmó tanto a Otilia como a don Baltasar, que enseguida preguntó:

—¿Qué le ha ocurrido a mi hijo?



 

 

 

 

 

 

 

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—No es suya, ni nada relacionado con él —respondió Marina. La joven tendió la nota a su padre, a pesar de que aún no hubiera cogido los lentes, y comentó—: Es de su nuevo amigo, aita. Nos invita a comer el domingo, pero tendremos que decirle que no.

 

Don Baltasar, entre decepcionado y aliviado, cogió sus lentes y leyó la invitación.

—¡Ah! Es una buena noticia. Javier Naarzabal ha sido muy amable de invitarnos.

—Me alegra que se lo parezca —respondió Marina sin mostrar la misma ilusión—. No obstante, mientras no sepamos nada de Isidro, no podemos aceptar invitaciones.

—¿Y eso por qué, pues?

 

—Pues porque tenemos que estar pendientes de él. ¿Y si llega alguna noticia?

—Si el lunes no está aquí, daré parte a las autoridades, pero confiemos en que regrese a lo largo del día de hoy.

—Si hubiera cogido el ferrocarril de hoy, ya estaría aquí. Y, aunque llegue mañana, no sé si me sentiré con ánimos para ir a la comida de Naarzabal. Estoy muy inquieta y, sin duda, aún no me habré calmado.

 

—Naarzabal está siendo muy amable conmigo, Marina, debemos ir — respondió él.

—Tu aita tiene razón —le hizo ver Otilia—. Si ya ha llegado Isidro, no hay motivo para no acudir. Y, si no hubiera llegado, conviene que te entretengas para no angustiarte más. Además, puede que no haya de qué alarmarse, ya me dirás cuándo tu hermano ha sido puntual para algo.

 

 

 

El domingo por la mañana aún no se tenían noticias de Isidro. Por entonces, ya se sabía que el doctor Irigoyen y Fedra estaban incluidos en la invitación, y también se sumaban otros comensales más notables que todos ellos. Baltasar Ordubi parecía esconder las preocupaciones por el hijo y se veía más alegre de lo habitual, pero Marina cada vez estaba más inquieta y sabía que así seguiría hasta que llegara Isidro. Tras acudir a misa, salieron a la plaza, donde los esperaba el carruaje de Javier Naarzabal para conducirlos al caserío. Él se marchó a caballo, puesto que quería encargarse personalmente de que todo estuviera preparado para recibir a



 

 

 

 

 

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los invitados cuando llegaran. Al coche también subieron el médico y su hija.

 

Naarzabal, que había sustituido la muleta por un bastón y eso hacía que su porte se viera más elegante, se acercó a recibirlos cuando llegaron. La familia Erguin ya se encontraba allí.

—¿No los acompaña su hijo? —preguntó el anfitrión a don Baltasar.

 

—Aún no ha regresado de Madrid.

 

—Faltan por llegar los Bernaola y los Vicinay, pero será mejor esperarlos a la sombra con un vaso de limonada o de vino riojano —los invitó a avanzar señalando una zona arbolada en la que había una gran mesa alargada.

Los Erguin tenían tres hijas y las dos mayores, siguiendo las indicaciones de su madre, se sentaron cerca del anfitrión. Adela, la primogénita, era considerada la muchacha más bonita de la villa y la fama de sus bellos ojos verdes y de un cabello rubio que siempre llevaba bien peinado había trascendido el ámbito local. También en otros pueblos cercanos se hablaba de su beldad. Perdía algo de encanto al reír, pues su carcajada era muy aguda y demasiado penetrante para unos oídos delicados, pero, en general, sus padres tenían depositada en ella la esperanza de prosperidad para toda la familia. Marina prefirió quedarse al margen de ningún protagonismo y se acercó a Fedra, que le había guardado un asiento a su lado. Enseguida llegaron las familias Bernaola y Vicinay, y, con el aumento del grupo, Marina se sintió más cómoda porque eso le permitía pasar desapercibida.

 

La conversación sobre el atentado, las torturas de Montjuic a los anarquistas y la nueva composición del Gobierno ocuparon los siguientes veinte minutos, hasta que de un crimen se pasó a otro y la investigación sobre el asesinato de doña Antonia vino a ser al poco rato el nuevo tema de interés.

—He oído que el alcalde quiere hacer venir a un detective privado con el que mantiene amistad —comentó Bernaola, que era el más hablador—. Parece ser que no está contento con cómo lleva el caso el nuevo sargento.

—Ha sido mala suerte que se hubiera retirado Fernández poco antes del crimen —comentó Erguin—. Él conocía a todos los vecinos y la idiosincrasia de la villa. El nuevo, en cambio…

—Hace ya seis días que está aquí y todavía no ha averiguado nada, es normal que el señor Lizana quiera vengar a su esposa —dijo doña Susana,



 

 

 

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la madre de las Erguin.

 

—Hacer justicia, querida —la rectificó su marido.

 

—No son solo las prisas por la resolución del caso —insistió Bernaola

 

—. El sargento visitó al alcalde para hacerle unas preguntas y estas no fueron muy amables, por lo que tengo entendido. Con exactitud, no sé qué le dijo, pero me lo encontré poco después y estaba muy ofendido.

 

—En realidad, no es solo el alcalde el que está insatisfecho con el sargento —agregó la esposa de Bernaola—. Tampoco el hermano de doña Antonia se marchó de aquí contento. Al parecer, le contó al sargento una información importante a la que él no hizo caso.

—Doña Beatriz se me ha quejado a mí de sus insinuaciones ofensivas —añadió Erguin.

—Es normal que el sargento —lo defendió el doctor Irigoyen— deba hacer cierto tipo de preguntas, como lo es el que quiera ser prudente antes de señalar a alguien como sospechoso. No entiendo qué le ven de extraordinario a ese proceder.

Doña Susana intervino para zanjar la conversación:

 

—¿Quieren molestar a nuestro nuevo vecino con un tema tan horrible como es un crimen? —protestó—. Lo compadezco, don Javier —añadió dirigiéndose ahora a él—, ha llegado a la villa en el peor de los momentos. Lo que le ocurrió a esa mujer es terrible, pero yo no quiero que me considere una persona aburrida. Seguro que usted, que ni la conocía, tiene mejores cosas que contar. ¿Cuáles son sus planes ahora que el caserío es suyo? ¿Piensa introducir algún nuevo cultivo?

 

—Aún no sé qué haré —respondió él, algo violentado por la brusca interrupción de la conversación—. Es posible que deje al administrador al mando y yo regrese a Bilbao. Antes trabajaba en barcos y, ahora que tengo dinero para hacerlo, puede que invierta en ellos. Pero hablen de lo que gusten, por favor, no se sientan cohibidos por mi causa.

 

—¿Tan pronto piensa abandonarnos? —volvió a preguntar doña Susana, decidida a proseguir por la ruta que el anfitrión había abierto—. No debería hacerlo. Un administrador nunca se preocupa igual que un propietario. Además, acaba de llegar, todavía no conoce los mejores lugares de estas tierras. Estoy segura de que cambiará de opinión en cuanto lo haga.

—Es posible, ya le he dicho que aún no he tomado una decisión. Me quedaré aquí al menos unos meses mientras pongo en orden todo esto.



 

 

 

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—¿Habla vascuence? —le preguntó don Baltasar, cambiando de pronto de tema.

 

—Entiendo alguna palabra, pero no lo hablábamos en casa.

 

—Mis aitas tampoco lo hablaban, algo que siempre he lamentado. Me sentiría más vascuence si pudiera hablar en esa lengua.

—Me sorprenden sus palabras. ¿Acaso no se puede ser vascuence desde el castellano? Hace unos meses estuve en México por el enlace de la menor de mis hermanas, y le aseguro que los nativos son mexicanos.

—¿Y qué iban a ser, pues?

 

—Hablan castellano, y no las lenguas que existían antes de la llegada de los españoles. Según usted, esto es algo que debería restarles mexicanidad —le hizo ver—. Sin embargo, yo creo que lo que nos hace es la tierra, o el mar. Y los vientos, el sol, la lluvia, esta lluvia tan particular que tenemos en las Vascongadas. Creo que lo que nos hace es el paisaje, pertenecemos a él, y esa experiencia no se puede expresar con justicia en ningún idioma, pero se puede balbucear en todos. Los mexicanos hace mucho que han hecho su mundo desde el castellano, y no son menos mexicanos por no pensar, sentir ni expresarse en náhuatl, zapoteco o totonaco, por poner algún ejemplo.

 

—Bueno, visto así… —claudicó don Baltasar—. En cualquier caso, creo fervientemente que debería quedarse aquí. A pesar de la impresión que podamos haberle dado por lo sucedido, este es un lugar tranquilo para instalarse si quiere tener familia. Porque supongo que ese será su caso, no solo ya tiene edad, sino que, además, ahora goza de una situación acomodada.

Marina quedó tan sorprendida como Fedra por las palabras de su padre. Eran más propias de doña Susana que de él, pero su amiga le dijo que lo más probable era que solo tratara de ser amable y no les dio más importancia.

—Ha sido afortunado de poder evitar la guerra. De Ochandiano, han reclutado a muchos jóvenes. La mayoría han sido enviados a Cuba y, los menos, a Filipinas. Mi futuro yerno está en Cuba —comentó el doctor Irigoyen, consiguiendo que se cambiara de tema y Naarzabal saliera del apuro de tener que dar explicaciones—. Esperemos que todos regresen sanos y salvos.

—He sabido que en Filipinas hemos tenido tres bajas más, espero que no sea nadie de aquí. Un motín, en la cárcel de la Pampanga… —dijo



 

 

 

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Erguin.

 

—También han muerto setenta y tres de ellos —añadió Naarzabal. —¿Usted es de la opinión de que España debería permitirles la

 

independencia o, por el contrario, es de los que apoyan el Imperio? — quiso saber el señor Bernaola.

—Creo que en las guerras todos los pueblos pierden. Y a los individuos que sacan beneficio de ellas no puede tildárselos de patriotas.

—Soy de su misma opinión —dijo el doctor Irigoyen, celebrando unas palabras sensatas—. La mayoría de los mozos que han enviado a filas poco sabían de lo que ocurría antes en esos lugares.

—Sin duda, es una suerte haber nacido mujer —añadió Fedra.

 

La comida fue servida sobre la una y media, y Javier Naarzabal había preferido la copiosidad y los productos locales a las excentricidades francesas. Marina hablaba poco y procuraba limitarse a hacerlo con Fedra, aunque también se sentía a gusto con Mercedes, la más joven de las hermanas Erguin. Los hombres, en cambio, continuaban prefiriendo la política como tema de conversación. Pero doña Susana no estaba dispuesta a perder el tiempo y, de nuevo, emplazó a Naarzabal a que contara más cosas de sí mismo. Así supieron todos que el heredero del caserío tenía dos hermanas. La mayor residía en Bilbao y tenía dos niñas. La menor hacía poco que se había casado y residía en México, pues su marido, aunque de origen español, había nacido allí. La feliz pareja se había conocido en otra boda, a la que ambos habían acudido, también don Javier, el año pasado en Madrid.

 

—Es una lástima que no haya ninguna boda próximamente en Ochandiano… —comentó don Baltasar, tras escuchar el relato.

Esta vez Marina sí sintió la alarma ante el comentario de su padre. ¿Qué pretendía con ello? ¿No se daba cuenta de que la avergonzaba?

 

—Usted ya no puede bailar en las bodas —le recordó a su padre. —Coincido con usted, don Baltasar —convino doña Susana—, pero

 

¿qué podemos hacer? La mitad de los muchachos casaderos de la villa están en la guerra o haciendo las Américas. Fedra —dijo mirando a la hija del médico—, tengo las esperanzas depositadas en que, cuando regrese Vicente de Cuba, celebraréis una gran boda.

—Por el momento, doña Susana, yo tengo las esperanzas depositadas en que regrese vivo.



 

 

 

 

 

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—Por supuesto que regresará con vida, y tendréis una gran boda con músicos y baile. Por cierto, ¿le gusta a usted la música, don Javier?

 

—No conozco a nadie a quien no le guste la música, todo depende del estilo del que hablemos.

—En ese caso, permita que Adela interprete un aria que ha estado practicando en casa. No hay sobremesa que no merezca amenizarse con una voz melodiosa. Si no recuerdo mal, don Jorge tenía un piano en el salón del caserío.

Doña Susana se adelantó al anfitrión y se levantó, indicando a los demás que hicieran lo mismo. Al cabo de unos minutos, todos se hallaban en el salón y la joven Erguin, aunque manifestó que la pieza mejoraba si se acompañaba con instrumentos además del piano, no tuvo ningún reparo en cantar. Lo hizo bien, de un modo correcto y afinando, pero sin el brillo que hubiera podido convertir la pieza en memorable. Animado por la idea, don Baltasar ofreció a su hija.

—¿Canta usted? —le preguntó Naarzabal a Marina cuando ella todavía no se había recuperado de la impresión. Notaba que le ardían las mejillas.

—Marina ha recibido clases de canto durante muchos años — respondió por ella don Baltasar.

—No es algo inusual. La mayoría de las jóvenes de aquí hemos ido a clases de canto —se limitó a responder, deseando que su padre se callara.

—Pero las demás fueron con doña Concha Aróstegui, tú eres la única a la que quiso aceptar doña Beatriz —continuó haciéndole publicidad su padre—. Y siempre habla de tu voz con gran admiración.

 

—Doña Beatriz hablaría bien de mí de cualquier manera, me tiene mucho cariño.

—Por favor, cante para nosotros —le pidió él.

 

—Discúlpeme si me niego. No me siento con ánimos, la situación de mi hermano no me lo permite. Seguro que los entristecería a todos, así que disfrute usted de la alegría que expresa la señorita Erguin.

 

—Es usted muy buena hermana.

 

Marina no supo si había burla en sus palabras. Adela Erguin volvió a cantar y después regresaron a la mesa para que los caballeros pudieran tomar un licor y fumarse unos cigarros cubanos.

Cuando a media tarde regresaron a casa con la esperanza de que Isidro hubiera aparecido, Otilia lamentó tener que informarlos de que aún no



 

 

 

 

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sabía nada. El asesinato de doña Antonia regresó a sus cabezas y la criada no pudo callárselo.

 

—Tengo un mal presentimiento…



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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13

 

 

 

 

Gabriel Juarbe se sorprendió al ver entrar a Baltasar Ordubi, no en vano era uno de los que habían perdido una suma de dinero por seguir el consejo de doña Antonia.

 

Caminaba ayudado con un bastón, pero de un modo más enérgico del que había esperado tras el relato de Arrese. Le ofreció asiento y, antes de dejarlo hablar, le preguntó qué motivo lo había llevado a invertir en la compañía de gas alavesa. La cuestión cogió por sorpresa a don Baltasar, quien, incapaz de reaccionar, le contó la verdad. Reconoció ante los agentes que tenía problemas económicos y que esperaba que esa inversión lo ayudara a paliarlos. Tras la confesión, les pidió que entendieran la delicadeza del asunto y les solicitó discreción.

 

—¿Cómo de graves son esos problemas?

 

—¿Es necesario que responda a eso? Yo he venido aquí por otro motivo…

—Enseguida nos lo contará, pero primero responda a mi pregunta, por favor —dijo el sargento mirándolo de forma severa—. Supongo que, cuando conoció que Vitoria iba a tener un alumbrado eléctrico, se enfadó con doña Antonia.

Don Baltasar se olvidó por un momento de su hijo y su expresión se debatió entre la perplejidad y el temor. No sabía si debía sentirse amenazado por esa pregunta.

—Sí, claro que estaba enfadado, pero no solo con ella, sino también conmigo: fui un botarate al invertir. Debía dinero a don Jorge Danobeitia y esperaba conseguirlo antes de que don Javier Naarzabal llegara a Ochandiano.

Juarbe meditó sobre esa nueva información antes de volver a preguntar.



 

 

 

 

 

 

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—¿Puede decirme dónde estuvo el miércoles 11 de agosto por la mañana entre las nueve y las once?

 

—No recuerdo qué hice ese miércoles, mi memoria no es la de antes.

 

—Fue el día que mataron a doña Antonia, eso no se olvida.

 

—¿Piensa acaso que…? ¡Oh, esto no puede estar pasándome a mí! — se lamentó Ordubi—. Mi hijo ha desaparecido y usted…

—¿Dice que su hijo ha desaparecido?

 

Don Baltasar se relajó al ver que por fin le hacía caso. Le explicó el motivo por el que había hecho regresar a Isidro María de Madrid y por qué había vuelto a enviarlo a la capital.

—Si consigo vender mi colección, podré devolver el préstamo y no me vería obligado a hipotecar mi casa ni a vender la parcela. Mi hijo partió el viernes por la mañana y debería haber estado de vuelta a finales de la semana que acaba de terminar. No sé nada de él, ni en qué hotel se hospeda, no ha mandado ningún telegrama desde que se marchó, estoy muy preocupado.

Más que el hijo, a Juarbe le preocupaba el padre, por lo que, tras escucharlo, insistió en el punto que había quedado por resolver:

—No me ha dicho usted qué hizo ese miércoles por la mañana.

 

—No hice nada, yo no hice nada —respondió Ordubi con nerviosismo y, al ver la mirada del sargento que lo emplazaba a dar una respuesta, añadió—: Salí de casa sin rumbo. Estaba enfadado conmigo mismo porque supe que don Javier ya había llegado a Ochandiano y, como me cuesta caminar, trataba de castigarme. De todas formas, no sentía el dolor de la pierna, mi cabeza divagaba presa de otras preocupaciones. Pasé por el río, fui a la ermita…

—¿Qué ermita?

 

—La ermita de San Roque.

 

—Para llegar a ella hay que pasar por delante de la casa del alcalde — comentó el sargento.

Don Baltasar asintió.

 

—Pero no me pregunte si vi a alguien, yo estaba pensando en mis cosas. Supongo que no vi a nadie, era temprano. —Se detuvo un momento a recordar y luego repitió—: Sí, era temprano. Salí de casa antes de las siete de la mañana, el cielo estaba empezando a iluminarse. Y a doña Antonia la mataron una hora después. No fui yo, si es lo que piensa.



 

 

 

 

 

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—Ha dicho que quería caminar para castigarse. De su casa a la ermita de San Roque hay poca distancia… ¿Qué hizo una vez que llegó a la ermita?

 

—Recé.

 

—¿Y qué hizo después de rezar?

 

—Volver a rezar. Creo que estuve allí rezando más de dos horas. —¿Había alguien más?

—El capellán. El capellán podrá decirle que yo estaba allí. Vaya a buscarlo y pregúnteselo, pregúnteme también a mí lo que quiera, pero haga el favor de averiguar dónde está mi hijo.

El sargento mandó a Arrese a la ermita y le pidió a don Baltasar que esperara. Los quince minutos que transcurrieron se le hicieron eternos. No entendía cómo había cambiado el papel de víctima con el que había llegado por el de acusado que ahora le atribuían sin que hubiera hecho nada para motivarlo. Se sintió confuso y las imágenes del recorrido de ese día se filtraron entre otras muchas en las que mezclaba realidad y fantasía como si se tratara de un sueño. Sacó un pañuelo para limpiarse el sudor de la frente, temiendo que la reacción de su cuerpo aumentara las sospechas que sobre él tenía el sargento. A pesar de eso, repitió el gesto en varias ocasiones hasta que Arrese regresó.

 

—El capellán ha afirmado que efectivamente vio a don Baltasar, sargento —constató el subordinado, para alivio de Ordubi—. Dice que se arrodilló a rezar, pero que luego él salió y no recuerda cuánto tardó en regresar. A su vuelta, encontró que don Baltasar se había quedado dormido sobre un banco.

—¿Dormido? Eso aleja toda sospecha sobre usted, o al menos así parece… —comentó Juarbe.

—¿Así parece?

 

—Podría estar haciéndose el dormido…

 

—No, sargento —volvió a decir Arrese—. El padre Julián ha asegurado que él tuvo que despertarlo.

Ante esta afirmación, Juarbe permaneció en silencio durante unos segundos. A continuación, le pidió a don Baltasar que le explicara con detalle todo lo referente a la desaparición de su hijo y así lo hizo el hombre, que comenzó a hablar con tal desorden que costaba seguirlo.

 

—… lo esperábamos el jueves y aún no ha llegado —concluyó.



 

 

 

 

 

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Los ojos de Juarbe habían empezado a parpadear a medida que escuchaba la narración. Pidió a Arrese que abriera la ventana para ganar tiempo mientras reflexionaba sobre la intuición que acababa de tener. Por fin se decidió a hablar:

 

—Verá, la desaparición de su hijo nos resulta muy curiosa, don Baltasar. Y también nos resulta curioso que regresara a Ochandiano el mismo día que mataron a doña Antonia.

—No pensará que Isidro María es capaz de… —Se detuvo don Baltasar al ver que ahora lo miraba expectante—. Mi hijo es buena gente —balbuceó.

—Pudo no ser premeditado —observó él—. Por lo que me ha contado, llegó a su casa poco después de que fuera cometido el crimen. ¿Cómo puede garantizarme que su hijo no se cruzó con doña Antonia, la culpó de su mala inversión y, en un arrebato, la golpeó con un resultado fatal?

—¡Mi hijo nunca haría eso!

 

—Ni yo lo pensaría si no fuera porque justo al día siguiente decide huir de la villa.

—Además, Isidro María aún no sabía del estado de nuestra economía.

 

Si lo mandé llamar fue para contárselo en persona.

 

—Esa es su palabra, pero no veo cómo puede demostrarlo. Le recuerdo que su hijo está huido.

—Desaparecido, no huido, sargento. Y yo he venido a denunciar su desaparición. ¡Mi hijo no ha huido! —exclamó ahora con desesperación don Baltasar—. Ya le he dicho que fui yo quien lo envió a Madrid.

 

—¿Y por qué lo hizo? ¿Por qué lo envió a la capital? —volvió a preguntar Juarbe con una mirada severa—. ¿Fue, tal vez, para que no pudiéramos detenerlo, don Baltasar? ¿Fue usted el que le pidió que matara a la mujer del alcalde?

—Yo no…, mi hijo no…

 

—Arrese, envíe un telegrama a Madrid y dé la orden de que localicen a Isidro María Ordubi. Desde hoy —añadió el sargento dirigiéndose ahora a don Baltasar—, su hijo está en busca y captura.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Don Baltasar llegó a su casa abatido. Entró apoyando mal el bastón y caminando más despacio de lo habitual. Al ver su mirada perdida, Marina se dirigió hacia él y lo ayudó a llegar hasta el sillón, sobre el que se dejó caer como si no pudiera dar un paso más.

 

—¿Hay noticias, aita? —preguntó Marina, temerosa de la respuesta. El hombre, sin mirarla siquiera, exclamó con cierta desesperación: —Isidro María es inocente, es inocente… —murmuró don Baltasar, sin

ser consciente de que lo decía en voz alta.

 

—¡Oh, aita! Si le ha ocurrido algo, dígamelo ya y no me mantenga en vilo por más tiempo.

—Me refiero a… El sargento cree que él pudo matar a doña Antonia —comentó levantando la cabeza y permitiendo que su hija viera cómo se le escapaba una lágrima—. Lo piensa porque se marchó a Madrid. Le he asegurado que fui yo quien lo envió, pero no me ha creído. No conocen a mi hijo; si no, no pensarían algo así. Si al menos hubiera algún testigo que lo hubiese visto regresar y pudiera afirmar que Isidro María no estaba en la casa del alcalde a esa hora…

 

—Hay un testigo, aita —recordó Marina igual de nerviosa y abatida que su padre.

—¿Es eso cierto? —preguntó don Baltasar mientras la joven se secaba las lágrimas y comenzaba a sonreír—: ¿Quién es?

—Javier Naarzabal. Isidro se cruzó con él después de que hubiera cazado las liebres.

—Debes ir a buscarlo. Y pedirle que testifique ante el sargento. ¡Es urgente, muy urgente! —añadió al tiempo que pensaba en que le debería un nuevo favor a ese joven.

—¿No sería mejor que escribiera usted una nota? —le preguntó ella—. Yo se la llevaré al caserío, pero creo que, si se lo pide usted, entenderá



 

 

 

 

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mejor la urgencia. Si no estuviera en casa, podría dejarla a un criado… —Tienes razón. Escribiré esa nota, y tú irás enseguida a llevarla.

 

Debemos ahuyentar toda sospecha sobre Isidro María.

 

También Marina sentía la urgencia de borrar toda sombra sobre su hermano. En cuanto su padre acabó de escribir la nota, se la colocó en la faltriquera.

Hacía calor y agradeció el cobijo de las sombras que la abrazaron cuando, a la salida del pueblo, se internó en el hayedo y caminó a paso apresurado. Como había previsto, Naarzabal no se hallaba en casa, así que dejó la nota a un mozo y deseó que la leyera pronto. Solo habían pasado unos minutos desde que emprendió el regreso cuando vio que un carruaje venía en dirección opuesta. Lo reconoció de inmediato y sintió un ligero sobresalto. El coche se acercaba hacia ella y tuvo que hacer una leve inclinación de cabeza cuando lo tuvo delante, como si pensara que con este saludo no habría que decir nada más. Enseguida quedó claro que las intenciones de él no eran las de pasar de largo, puesto que detuvo el carruaje a su lado.

 

—¿Quería verme, señorita Ordubi? —le preguntó Javier.

 

—He venido a dejarle una carta de mi padre. Allí se lo explica todo — respondió con torpeza—. Debe leerla cuanto antes. —Marina comprendió que acababa de decir algo absurdo y añadió—: Van a emitir una orden de busca y captura contra mi hermano.

Naarzabal se quedó callado y pensó en algo que decir, pero, antes de que pudiera hacerlo, Marina añadió con cierta desesperación en su tono:

—A no ser que alguien certifique que mi hermano estaba en el hayedo cuando mataron a doña Antonia. Fue a esa hora cuando usted se encontró con él, ¿no es cierto?

—No se preocupe, iremos ahora mismo a deshacer el error.

 

Marina aceptó su ayuda y se sentó a su lado. Él hizo girar el coche y aceleró el paso de los caballos.

—No lo habríamos molestado si no fuera necesario…

 

—No tiene que justificarse, la situación lo hace por sí sola. Aunque me temo, según deduzco de sus palabras, que su hermano aún no ha regresado.

—No, no lo ha hecho. No sabemos dónde está.

 

—Ya verá cómo pronto tienen noticias de él…



 

 

 

 

 

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—Por favor, dígales también que busquen a Isidro entre Ochandiano y Ubide. Puede que tuviera un accidente cuando bajó de la diligencia que procede de Vitoria, que es donde suele apearse del tren, o que se cruzara con un cazador con tan mala fortuna que…

 

—No deje que su imaginación le juegue malas pasadas —la interrumpió—. Ayer pude notar su preocupación y, cuando ustedes se fueron, di parte a unos miqueletes sobre el asunto. No solo dijeron que lo buscarían, sino que también me aseguraron que ellos mismos avisarían a los miñones de Álava a fin de ampliar la zona. Si se siente más tranquila, cuando salga del cuartel, puedo dirigirme a Vitoria y preguntar si alguien lo vio en la estación de ferrocarril.

 

 

 

A media tarde, el alivio de que Isidro ya no fuera el objeto de las sospechas de la Guardia Civil no impedía la preocupación en casa de los Ordubi por continuar sin noticias de él. El sol aún filtraba luz en el momento en que un muchacho llegó para entregarles un recado de las hermanas Iraela. Las dos mujeres le pedían a Marina que las visitara tan rápido como pudiera, y la joven salió de inmediato hacia la plaza en la que Vulcano vertía agua.

 

—Pasa, pasa, mi hermana y yo queremos hablar contigo —le dijo la menor de las Iraela nada más abrirle la puerta.

Marina entró y, tras tomar asiento, le pareció que doña Beatriz la miraba de forma distinta que en otras ocasiones. En cuanto doña Emilia también se sentó, fue la primera en hablar.

—¡Oh, Marina! —exclamó—. ¡Deberías habérnoslo confiado! Beatriz y yo haríamos cualquier cosa por ayudarte. —Estas palabras perturbaron a la joven, que no sabía a qué se refería.

—No entiendo a qué se refiere… —dijo la joven con ojos desconcertados—. Ustedes no han podido pensar mal de Isidro…

—¿Pensar mal de tu hermano? —preguntó doña Emilia.

 

La expresión de ambas mujeres le hizo dudar de haberlas entendido. Durante un momento, la observaron en silencio, siendo ahora sus rostros los que denotaban perplejidad. Fue doña Beatriz la que se atrevió a deshacer el entuerto.

—Verás, Marina, Emilia y yo guardábamos unos ahorros por si surgía algún contratiempo. Con la renta que me dejó mi marido podemos vivir las



 

 

 

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dos con cierta comodidad. Nos gustaría, sin pretender ofender, que tomaras este dinero —dijo la mayor de las Iraela mientras le tendía un sobre—. Sé que tu aita no aceptará un regalo, así que dile que lo reciba como un préstamo sin fecha de devolución.

 

—¿Dinero? ¿Por qué me ofrecen dinero? ¡Oh! Creo que se han confundido, nosotros no necesitamos dinero, doña Beatriz.

Doña Emilia se disponía a hablar cuando su hermana tosió para evitarlo. De nuevo fue la mayor la que explicó:

—Marina, la información ya ha llegado a oídos de Patricia Burgoa. Como comprenderás, no hace falta que insistas en ocultarlo. Ahora debes preocuparte por resolverlo.

—¿De qué están hablando? —preguntó la joven.

 

—Verás, Marina —comenzó de nuevo doña Beatriz—. Patricia conoce el motivo del viaje de tu hermano a Madrid…

—¡No es ningún secreto! —protestó ella.

 

—Pero su versión es muy diferente a la tuya… —añadió ahora doña Emilia.

—¿Y cuál es esa versión? ¿Qué ha inventado ahora?

 

—Lo que va contando Patricia es que la intención de ese viaje es la de buscar a un comprador para la colección de animales de tu aita porque pasáis apuros económicos.

—¡Eso no es cierto! Y usted lo sabe, doña Beatriz. Además, ¿a qué habría de ir a Madrid para eso? No, no es cierto: si pasáramos apuros, yo lo sabría —volvió a negar la joven.

—Tu aita ha gastado más de la cuenta en su…, en su afición y, por lo visto, debe mucho dinero —añadió doña Beatriz.

Las miradas compasivas que le dedicaban las dos hermanas deshincharon la convicción de Marina y, con voz menos decidida, añadió:

—Eso no puede ser cierto… Mi aita me lo habría contado… —Marina, me temo que sí es cierto —dijo con dulzura doña Beatriz,

algo que no era habitual en ella.

 

—No te preocupes, nosotras os ayudaremos —añadió doña Emilia.

 

A Marina le costaba dar crédito a lo que estaba oyendo, pero la convicción de sus dos amigas consiguió que esta vez, presa de las dudas, no reaccionara.

—¿Y dicen que mi aita está endeudado? Eso sería lo peor de todo: ser esclavos de algún prestamista. ¿Por eso quería ir a Santa Águeda? ¿A



 

 

 

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pedir dinero a alguien? —consiguió preguntar Marina, aunque derrumbada la esperanza—. No puedo aceptar su dinero. Les agradezco mucho su buena intención, pero antes debo saber cuál es nuestra situación real y, si es cierto, cuánto debemos. Si me lo permiten, voy a regresar de inmediato a casa —se disculpó la joven Ordubi mientras se levantaba de su asiento.

 

—Dile que puede contar con nosotras para lo que necesite —insistió doña Beatriz.

La joven ni lo oyó. La lucha entre el crédito y el descrédito a lo que acababan de revelarle se convirtió en la lucha entre la esperanza y la desolación. No era consciente aún de lo que suponía la ruina para afrontar el día a día del hogar, su fijación se centraba en lo que pudiera decirse de su familia. Corrió de una casa a la otra y, nada más entrar en el hogar, buscó a su padre sin reparar en si Otilia estaba o no delante.

 

—¿Es cierto lo que dicen? —le preguntó nerviosa, plantándose ante él. —¿Qué ocurre, Marina, han encontrado a Isidro María? —se interesó

el hombre, temeroso de que su hija le trajera malas noticias.

 

—No sé nada de Isidro, me refiero a nuestra economía, aita. ¿Es cierto que estamos endeudados?

Don Baltasar bajó la cabeza y evitó su mirada, algo que confirmó a su hija que no se trataba solo de un rumor.

—¿Cómo has sabido…?

 

—Patricia Burgoa va diciendo cosas horribles sobre nosotros… ¿Es cierto que usted envió a Isidro a Madrid para que buscara un comprador…?

—Lo es, Marina, lo siento, lo siento mucho. —Su padre la interrumpió con voz débil y sin atreverse a mirarla.

—¿Y por qué no me dijo nada? ¿Por qué se lo ha callado? —le reprochó ella.

—No quería preocuparte…

 

—¿No quería preocuparme? ¿Eso es todo lo que va a decirme? —Es largo de contar…

—Tengo todo el tiempo del mundo —insistió Marina, en un tono que no dejaba lugar a dudas sobre su enfado. Tomó la mano de su padre y lo ayudó a llegar hasta su sillón mientras le decía—: A su hija, no, pero a alguien se lo habrá contado, porque Patricia Burgoa se ha enterado, y supongo que sabe lo que significa eso. No quiero ser la última de la villa



 

 

 

 

 

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en conocer nuestras circunstancias. Siéntese y explíqueme con detalle todo lo que deba saber. Porque debo saberlo, aita, no me trate como a una niña.

 

—No sé cómo empezar… Es mucho dinero, Marina, ni siquiera tengo esperanzas de conseguir la suma si vendo la colección. Pero haré lo que sea necesario para cumplir con mi deber, incluso hipotecar la casa.

—Use mi dote, aita, use lo necesario para saldar esa deuda, pero no hipoteque la casa —suplicó ella.

—Tu dote… —dijo Ordubi con pesar y voz trémula—. La invertí en acciones de la compañía de gas. ¡Oh, Marina, tienes derecho a sentirte avergonzada de mí!

—No tiene sentido lamentarse ahora, sino ver las posibles soluciones —dijo Marina acercándose a su padre y arrodillándose frente a él—. Dice que, si consigue vender la colección, podremos saldar la deuda o, al menos, gran parte de ella, ¿no es así?

—Esa es mi esperanza.

 

—No nos queda más remedio que esperar noticias de Isidro. Mientras tanto, buscaré un empleo.

—Tú no puedes trabajar, Marina, yo no podría consentir eso.

 

—¿Y puede consentir que nos demanden o incluso que nos embarguen la casa? —le hizo ver ella—. No, aita, yo puedo coser o dar clases de música y, si es necesario, le pediré a doña Emilia la receta de sus bizcochos e iré a venderlos puerta a puerta —dijo decidida—. No podemos permitir que un banco se quede con nuestras propiedades.

 

—La deuda no es con un banco, hija —le aclaró. —¿Con quién la adquirió, pues? ¿Algún usurero?

—Se trata de un dinero que me fue prestando don Jorge, ya sabes que siempre se portó de modo muy generoso con nosotros. Y ahora don Jorge ya no está…

—¿Eso quiere decir que ya no debe nada? —preguntó. No fue necesario que su padre respondiera, ella misma dedujo la respuesta de inmediato—: ¿La deuda la tenemos con Naarzabal?

—Así es.

 

Marina se levantó agitada, víctima de una nueva decepción que, otra vez, venía acompañada de un enfado. Pensando lo peor, miró a su padre y le preguntó:

—¿Lo está presionando para que devuelva el dinero?

 

—No, no, todo lo contrario, ha sido muy comprensivo —lo justificó.



 

 

 

 

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—Comprensivo, tal vez; pero discreto, en absoluto —dijo con un brillo de indignación en sus ojos, puesto que pensó que, si se había sabido, era por culpa de él.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El dedo índice de la mano derecha de Gabriel Juarbe no dejaba de dar pequeños golpes a la mesa, cuya madera iluminaba el sol anaranjado de poniente. El subordinado lo observaba a la espera de que dijera algo, pero él parecía más ensimismado que comunicativo.

 

—¿Y bien? —preguntó Arrese, impaciente—. Está claro que, tras lo que ha contado esta mañana Javier Naarzabal, el joven Ordubi es inocente. Y, aunque comprara acciones de la compañía de gas, su padre no pudo haber sido. ¿En quién sugiere que nos centremos?

Juarbe ignoró la pregunta y volvió a mirar el papel en el que estaban anotadas las investigaciones del día anterior, pero no dijo nada. La caligrafía le parecía una pequeña marea carente de espuma y, sin querer, su cabeza se había llenado de mar. Recordaba los días de pesca y las llagas de sal con melancolía. También a su madre.

—De los que compraron acciones, tenemos que descartar a Erguin. A esa hora estaba en la taberna, varios confirmaron que así era. Igual que don Acisclo, y a mí mismo, que tampoco fui. No hay nada que sacar del listado, no sé por qué lo mira una y otra vez. Ya van quedando menos a los que señalar, sargento.

Arrese le había explicado que él también tenía coartada y que, además, era miembro de la autoridad, ¿cómo iba a haber cometido tal crimen? En realidad, Juarbe no miraba el listado, sino que tenía los ojos abiertos sin ver.

—Entonces, ¿cree que fue don Evaristo? Pensaba que, después de interrogarlo, lo había descartado —insistió Arrese en hacerlo hablar.

 

Por fin lo consiguió. No porque Juarbe tuviera necesidad de verbalizar nada, sino porque deseaba poder recrearse en el silencio y ya había comprendido que Arrese no iba a callar.



 

 

 

 

 

 

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—Ochoa estaba allí… No obstante, hay algo que me empuja a descartarlo —comentó despacio el sargento—, sobre todo porque no entiendo qué motivo podría tener. Estaremos pendientes de él e investigaremos si la muerte de doña Antonia lo beneficia en algo, pero en estos momentos no tengo ninguna intención de detenerlo.

 

—¿Y en quién piensa? Si le soy sincero, yo creo que deberíamos hacer caso a Patricia Burgoa e investigar a Tomás Elizalde.

—Su esposa dice que ella nunca pensó en disolver su situación familiar y mantiene que su marido no salió de la posada aquella mañana. Cierto que su testimonio no merece confianza, pero no tenemos nada contra él más que la imaginación de esa chismosa que usted tanto valora. Al que yo no consigo quitarme de la cabeza es al propio alcalde — comentó Juarbe—. Él asegura que estaba en la Casa Consistorial a esa hora y que se hallaba en su despacho. No hay testigos de que fuera así. Eso significa que pudo salir sin ser visto y regresar después, así que no dé por sentado que sea inocente.

 

—Eso sería muy delicado —respondió Arrese, abandonando su expresión de alivio—. No sé si ha oído lo que dicen…

—¿Quién? ¿Su amiga la de los sombreros?

 

—No, se lo oí decir al señor Vicinay: el alcalde ha contratado a un investigador privado.

—¿En esta villa hay investigadores privados? —se sorprendió el sargento.

—No, es uno que viene de fuera. Pero eso demuestra que el señor Lizana está interesado en que se descubra al asesino. Y, si está interesado hasta ese punto, sería muy raro que hubiera sido él quien mató a su mujer.

 

—No comparto su conclusión. Sin duda, en el caso de disponer de un investigador privado al que paga de su propio bolsillo, puede seguir las pesquisas de cerca, incluso influir en ellas. Más bien diría que, en lugar de descartarlo, hay que estar muy pendientes de él.

—No se enfrente al alcalde, sargento. Usted no le ha entrado por buen ojo y piensa que estamos tardando demasiado en darle un culpable.

Juarbe le dedicó una mirada que no dejaba dudas sobre su firmeza. —Eso no lo autoriza a interferir en la investigación. Precisamente por

ser el alcalde debería comportarse de un modo ejemplar.

 

—Está dolido, debe entenderlo…



 

 

 

 

 

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Juarbe se levantó, no quería discutir. Subió a su estancia privada y se quitó el uniforme para ponerse ropa fresca. Pronto anochecería y el sol era más suave que a mediodía, pero continuaba haciendo calor. Luego salió del cuartel para dar un paseo antes de cenar y se encaminó hacia el centro de la villa. Ya había terminado el luto oficial y todo había recobrado la normalidad, por lo que pudo constatar lo que sospechaba: que los ochandianos no se sentían apenados por la muerte de doña Antonia. Otra cosa era que estuvieran consternados porque un asesino habitase entre los suyos, y, en los ojos de quienes se cruzaba, observaba más suspicacia que duelo. Había pelotaris en el frontón, jugadores en la bolera y chavalines que los jaleaban. Pocos de entre dieciocho y cincuenta años, excepto los que habían podido pagarse la exención para ingresar a filas. Más de uno aprovechaba para pasear a aquellas horas mientras otros regresaban de su tarea en el campo. Por la forma en que lo contemplaban, estaba claro que sabían quién era él, a pesar de que ya no llevara el uniforme.

 

Se disponía a abandonar la plaza cuando alguien llamó su atención. Era un tipo que ya había cumplido los setenta años, si es que se trataba de él, y había perdido el aspecto jovial con el que lo había conocido décadas atrás en un caso en el que coincidieron en los límites de Lequeitio. Múltiples arrugas y manchas surcaban su rostro y otras muchas se ocultaban tras una barba blanca y espesa. Unas lentes nublaban el brillo perspicaz de aquellos ojos verdes que en otra época habían sido capaces de distinguir figuras en la oscuridad. Sí, hacía muchos años que no lo veía y le extrañó encontrarlo allí, por lo que en un primer momento no estuvo seguro de si se trataba de él. Llevaba una maleta y caminaba fijándose en los portales, lo que le recordó a su primer día en Ochandiano, del que apenas había pasado una semana. Decidió seguirlo hasta asegurarse de que no se había equivocado; al fin y al cabo, no se dirigía a ningún lugar. Lo vio adentrarse en una de las calles principales y, al cabo de unos pasos, el hombre se detuvo para preguntarle algo a un vecino. Esta ocasión la aprovechó el sargento para pasar a su lado y fijarse mejor en sus rasgos. En efecto, se trataba de Zengotitagoitia y esperó a que acabara la conversación para abordarlo. No tuvo que aguardar más de unos segundos y, antes de reemprender el paso, el hombre también lo observó. En la mirada notó que él también lo había reconocido y se acercó para saludarlo.

 

—¡Aúpa! —exclamó el conocido—. ¿Ahora estás aquí? —preguntó mientras le tendía la mano.



 

 

 

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—Recién llegado… Bueno, no tanto como tú. ¿Qué haces en este lugar? ¿De veraneo?

 

—¿Veraneo? Todo lo contrario. Estaba pasando el mes en Santoña, con mis hijos y nietos, y me han obligado a interrumpirlo.

—¿Están todos bien? ¿Y tu esposa?

 

—Hace ya unos cuantos años que quedé viudo, vivo en casa de una hija con mi yerno y dos de mis nietas. Ahora habíamos ido los cinco a casa de otro de mis hijos a pasar el mes de agosto, pero…

—¿Qué pasó, pues?

 

—Se trata de un compromiso, porque malditas las ganas. —El sargento, aunque ya había comenzado a sospechar la respuesta, se quedó expectante y lo dejó continuar—. Yo era amigo del padre del alcalde de esta villa y no he podido decir que no, pero te aseguro que preferiría haberme quedado en la costa en lugar de venir a investigar un asesinato.

—Así que tú eres el investigador privado que ha contratado Lizana… —Y tú, el sargento que lleva el caso… —Así es.

 

—¿Y qué tal pinta?

 

—Anda el asunto confuso… ¿Dónde te hospedas?

 

—Eso iba a preguntar ahora: ¿dónde me recomiendas?

 

—Creo que solo es posible en la posada Herensuge y es lo que te recomiendo. La regenta Tomás Elizalde, pero no me preguntes qué tal están las habitaciones. Te la recomiendo por otro motivo. ¿Qué te parece si te invito a unos vinos y te lo cuento?

Zengotitagoitia no era detective privado. Tiempo atrás, había formado parte del Cuerpo de Miqueletes de Vizcaya, cuando este era conocido como la Guardia Foral, y ya hacía unos años que se había retirado. Siempre había sido un hombre tranquilo, algo que se había agudizado en los últimos tiempos, pero eficiente.

—¿Y crees que pudo haber sido él? —preguntó el antiguo miquelete después de que, mientras tomaban un vino en la taberna más cercana, Gabriel Juarbe le explicara los motivos por los que una vecina sospechaba del dueño de la posada.

—Aparte de que es el único móvil que, en principio, veo plausible, tiene por toda coartada la palabra de su esposa, y eso es cuestionable. Ambos mantienen que no salió durante aquellas horas de la posada. Convendría confirmar que así fue preguntando a otros empleados.



 

 

 

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—¿Acaso quieres que resuelva yo el crimen? ¿Por qué me ayudas? Eso va en tu contra…

 

—Es una hipótesis ajena, no he dicho que también sea la mía. —En ese caso, pensaré que estás intentando desviar mi atención. —Sea como sea, es un hilo del que hay que tirar. Si te hospedas allí,

 

será más fácil comprobar qué hay detrás.

 

—¿Y qué me darás a cambio de que te cuente lo que averigüe? El sargento levantó los hombros en señal de que ya se vería. —¿Has conocido al alcalde?

—No, ni pensaba hacerlo hoy. Prefiero instalarme primero, cenar tranquilo y mañana, después de echar un vistazo a la villa, lo buscaré. Ya te he dicho que esto no es lo que yo habría elegido de disponer de libertad. No tengo ninguna prisa.

Pero Lizana sí la tenía y había dejado a un municipal vigilando quiénes bajaban del coche de línea. En cuanto le pareció que uno de ellos correspondía a la descripción que le había facilitado, fue a avisarlo a la Casa Consistorial y el alcalde salió inmediatamente tras él. Por fin lo había alcanzado y entró en la taberna con grandes zancadas para interrumpir su conversación con Juarbe.

—Sígame —le dijo el alcalde de forma autoritaria tras presentarse—.

 

Creo que su viaje será breve, tengo un firme sospechoso.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La campanilla irrumpió en el corazón de Marina como un sobresalto. La ilusión y el miedo acudieron por igual.

 

—¿Será Isidro? —preguntó la joven al tiempo que se precipitaba hacia la puerta.

Al abrir, quien apareció fue Andrés Burgoa, ofreciendo una sonrisa ensayada que no le sentaba bien. De forma ceremoniosa, se quitó el sombrero y preguntó por don Baltasar.

—Mi aita ha subido a descansar —le explicó Marina, decepcionada y con pocas ganas de hablar.

—No importa, trataré con él más tarde. Primero debo conocer tu opinión —comentó el joven, adentrándose en la casa sin haber sido invitado.

—¿Mi opinión sobre qué?

 

Andrés miró a Otilia y preguntó:

 

—¿Podemos hablar en privado?

 

—Otilia es casi de la familia —respondió ella.

 

—Preferiría…

 

—Voy a llevar a afilar unos cuchillos —los interrumpió la criada para no sentirse una molestia.

Marina deseaba que se quedara, pero mantuvo la dignidad y no lo demostró. Andrés Burgoa llegó hasta la sala y, antes de sentarse, se detuvo a contemplar la estancia como si la viera por primera vez. Luego se acercó a la ventana y cerró el cristal, a pesar del calor. Marina pensó que Andrés se estaba comportando de un modo muy extraño y comenzó a ponerse nerviosa.

—¿Quieres vino, sidra…? —le ofreció ella—. También puedo preparar una cafetera.

—¿Puede ser anís? —preguntó él.



 

 

 

 

 

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Marina se dirigió a por un vaso y la botella, cruzó una mirada interrogante con Otilia, que había cogido los cuchillos y ya se marchaba, y regresó a la sala con ganas de que Andrés se quedara el menor tiempo posible.

 

—¿Y bien? —quiso saber Marina en cuanto oyó que la puerta se cerraba.

—He venido para decirte que no tienes que preocuparte por nada — comenzó a hablar él al sentirse invitado. Lo hacía a más velocidad de la habitual, como si también se encontrara nervioso—. Soy consciente de vuestra situación, del apuro tan grande en que te sientes, pero quiero que sepas que todo esto es muy fácil de solucionar.

 

—La situación no es tan grave como dice tu hermana —negó ella, procurando mantener la dignidad.

Se preguntó, por un instante, si también venía a ofrecerle dinero. Andrés, que no se había sentado, se bebió el anís de un trago, se pasó una servilleta por los labios y añadió:

—¡Cásate conmigo!

 

—¡Qué ocurrencia! —exclamó la joven, sorprendida de que algo le hiciera reír.

Marina se arrepintió de inmediato de sus palabras y de la media sonrisa que había esbozado. La expresión de Andrés indicaba que hablaba en serio.

—No es una ocurrencia, es un deseo. Ni tampoco se trata de una propuesta compasiva —comentó el muchacho al tiempo que se acercaba dos pasos hacia ella—. Cierto que el conocer la situación de vuestra economía la ha precipitado, pero hace tiempo que sé que quiero que seas mi esposa. Siempre te he tenido gran estima y mis sentimientos hacia ti han ido creciendo en los últimos tiempos.

—¡Oh, Andrés! Te tengo aprecio, lo sabes, pero no es el tipo de cariño que se necesita para un matrimonio —respondió Marina, perpleja, incómoda y procurando ser cauta para no hacerle daño.

—Me basta con ese cariño. Estoy seguro de que conseguiré que seas una mujer feliz.

—Aunque me siento agradecida, no puedo aceptarte. Sería muy injusto para ambos.

—No lo sería, Marina. Te prometo que haré todo cuanto esté en mi mano para contentarte. Y tu padre y tu hermano no tendrán que volver a



 

 

 

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preocuparse por temas de dinero. Sabes que tengo un buen puesto en la empresa de los Vicinay y están muy contentos conmigo. Espero haber logrado un ascenso para Navidad. Mi intención es que, dentro de unos años, pueda ser su socio.

 

—Estoy convencida de que mereces ese ascenso y de que se producirá pronto… Y también de que eso no cambiará las cosas entre tú y yo.

Contrariado de nuevo, pero no por ello dispuesto a cejar en su empeño, el muchacho insistió:

—Soy paciente, no tenemos por qué casarnos ahora. Y, durante nuestro noviazgo, convertiré ese cariño que sientes en ese otro que esperas. Mi amor es suficiente para ambos. Además, nos conocemos desde niños, sabes cómo soy, no te llevarás ninguna sorpresa desagradable.

 

—Por ese cariño que nos une desde la infancia y porque conozco las bondades de tu corazón, lamento mucho tener que rechazar tu propuesta. Entiéndelo, Andrés, no puedo casarme contigo.

—Marina, si tu negativa se ve forzada por el apuro que sientes al no poder aportar nada al matrimonio, te aseguro que no me importa.

La alusión a su falta de dote fue un nuevo mazazo para la joven. —Andrés, te suplico que no insistas —le rogó ella, notando que el

agradecimiento se estaba convirtiendo en cansancio. No quería oír ese tipo de cosas, no quería oír nada, excepto que las últimas horas que había vivido no eran más que una horrible pesadilla—. Por favor, no nos lo pongas más difícil a ninguno de los dos.

Él no respondió de inmediato. La observó con detalle mientras pensaba qué decir. Y, cuando Marina tenía la esperanza de que por fin desistiría, añadió:

—No acepto tu negativa sin que antes te tomes un tiempo para pensártelo. Sé que mi propuesta te ha pillado desprevenida, pero estoy seguro de que en unos días cambiarás de opinión. Por favor, háblalo con tu padre, él te hará entrar en razón.

Lejos de conmoverla o lograr que ella aceptara que su amistad merecía ese tiempo, el aire que se dio al pronunciar esas palabras logró el efecto contrario.

—Lo siento, Andrés. Con independencia de lo que opine mi aita, puedo saber que, en cualquier otro momento, mi respuesta será la misma.

Por fin el joven reaccionó a las negaciones de Marina y, habiéndole cambiado la expresión en el rostro por otra de decepción, se marchó con



 

 

 

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una postura ufana.

 

En cuanto salió, las anteriores preocupaciones de la muchacha fueron sustituidas por una nueva duda: el miedo a haberse equivocado. Tal vez había tenido ante ella la única opción de haber salvado de la ruina a su familia. ¿Debería haberse sacrificado y aceptar un matrimonio sin amor? ¿Se arrepentiría en el futuro? Se dejó caer sobre una silla y hundió la cara sobre sus manos. Se preguntó cómo habría reaccionado su padre si se le hubiera dado opción, si la habría presionado a aceptar o si, por el contrario, habría priorizado su felicidad. Pero ¿qué felicidad? Costaba asumirlo: su vida ya no volvería a ser la de antes.

Se levantó de pronto. Sin avisar a su padre, salió con el propósito de conseguir una entrada de dinero que aliviara la condición en que se encontraban. No quería volver a verse en esa situación. Llegó al portal en el que doña Rafaela tenía su pequeño taller. La mujer, ahora mayor, había residido en Francia antes de casarse y había trabajado en una importante casa de modas. Aunque su marido podría haberle dado todas las comodidades, ella había querido mantener su independencia y era la única modista de la villa. Tenía catálogos de telas y conocía lo último del vestuario que estaba de moda en la capital. No solo confeccionaba vestidos o hacía arreglos, también componía cojines, cortinas, mantelerías…

 

—¿Sabes bordar? —preguntó la mujer a la joven Ordubi después de que esta le explicara el motivo de su visita.

—Me defiendo bastante bien, doña Rafaela, y le prometo que pondré todo mi empeño.

—¿Serás capaz de hacer esto?

 

La pregunta vino acompañada de una servilleta con un bordado en varios colores que la modista le tendió.

—Sí.

 

—Bien, pues necesitaré dos docenas. Y aquí tienes el dibujo para el mantel. No lo pierdas, que no tengo más copias —le comentó doña Rafaela al tiempo que le tendía un boceto.

—¿No hay nada más?

 

—Con esto, tienes para más de una semana. Si me gusta lo que haces, puede que te encargue más cosas, depende del trabajo que me entre. Hay veces que no doy abasto y, otras, estoy ociosa.

—Quedará satisfecha —prometió Marina, determinada a dedicarse con detalle a su labor.



 

 

 

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Acordaron el pago y, aunque supo que doña Rafaela había sido justa, Marina se sintió frustrada cuando calculó cuántos años debería pasarse bordando para llegar a la suma que debían. Si la longevidad no la bendecía, no tenía nada que hacer.

 

Y entonces fue cuando oyó a un vecino gritar que ya habían atrapado al asesino de doña Antonia.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Para ser las once de la mañana de un martes, había más revuelo del habitual frente a la magistratura. La noticia de la detención de don Evaristo Ochoa se había propagado con rapidez y eso hizo que muchos quisieran conocer el caso de primera mano. Un par de alguaciles impedían la entrada, por lo que la urbanidad se impuso a la curiosidad y nadie entró. Un grupo numeroso de vecinos aguardaba frente a la fachada y se oían comentarios a favor de la inocencia de don Evaristo y, solo como excepción, alguno en contra. Dentro, frente al magistrado, el acusado sacaba de vez en cuando un pañuelo con el que se secaba el sudor. Apenas miraba a los ojos del sargento y mucho menos a los del magistrado, y, cuando no usaba el pañuelo, se rascaba una pierna en un gesto automático.

 

—Y bien, don Evaristo, ¿se ratifica usted en su declaración? —le preguntó el magistrado.

—¡Ya le conté al sargento todo lo que sé!

 

—Tengo anotado todo lo que declaró. Usted dijo que se dirigió hacia el cementerio a visitar la tumba de Vera, y que no se encontró con nadie por el camino. Permaneció allí unos minutos y luego regresó, como hace siempre. Fue durante el nuevo trayecto que se cruzó con doña Beatriz.

—Sí, caminaba pensativa y llevaba un cesto. La saludé, pero no me respondió.

—¿Con qué frecuencia deposita flores en la tumba de Vera, don Evaristo?

—Era mi prometida. Durante los últimos treinta y un años solo le han faltado flores dos días. Uno fue aquel invierno del temporal, y el otro, una vez que estuve en cama por una gripe muy virulenta. Incluso si la fiebre es poca, voy cada día, señor.

—¿Qué tipo de flores le lleva?



 

 

 

 

 

 

 

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—Ahora siempre son flores silvestres. Al principio le llevaba rosas, pero desde hace un tiempo las recojo del campo.

 

—Don Evaristo, dígame la verdad —se incomodó el magistrado—. ¿Puso usted flores silvestres el día del crimen?

Don Evaristo se removió ante la pregunta, pero no respondió.

 

—Sabemos que no fue así. Usted, ese día, también le llevó hortensias.

 

¿No es cierto?

 

—No, eran flores silvestres.

 

—Don Evaristo, cierta persona ha asegurado que en la tumba de Vera había hortensias junto a las flores silvestres. Curiosamente, por la tarde, estas habían desaparecido y solo quedaba el ramillete de flores silvestres.

El aludido se sintió abatido ante esta afirmación y no tuvo más remedio que hacer un gesto de asentimiento.

—Resulta que esa misma persona que vio las hortensias hoy ha visitado al señor Lizana, y ¿a que no adivina qué ha descubierto?

El acusado no respondió.

 

—Se lo diré yo. En casa de los Lizana hay un arbusto de hortensias y se halla en la parte posterior de la casa. Así que debo deducir que usted las cogió de allí. ¿Me equivoco?

—¡No las robé! ¡Ella me las dio! —gritó el pobre hombre, fuera de sí, al ver adónde conducía aquello.

—¿Quién es ella, don Evaristo? ¿Se refiere a doña Antonia? —¡Sí! —afirmó don Evaristo, enérgico y con los ojos vidriosos. —Entonces, reconoce que ha mentido, ¿no es cierto?

—¡Yo no la maté! —exclamó el acusado, cada vez más exaltado—. ¡Le juro que soy inocente! ¡Yo no tenía ningún motivo para desear la muerte de doña Antonia!

—No, no lo tenía hasta entonces. Pero, tal vez, usted sabía que ella cultivaba hortensias, se las pidió y ella no quiso dárselas.

—¡Eso es mentira! ¡Ella me las ofreció!

 

—¿Está seguro de que no las robó? Dígame si me equivoco, don Evaristo, con esta otra versión: usted sabía que en la parte de atrás había hortensias y decidió entrar a coger un ramo. Doña Antonia lo sorprendió, le recriminó su actitud y, entonces, se sintió acorralado y la golpeó con un rastrillo que cogió de allí mismo. Usted no quería matarla, fue una reacción contra sus reproches, pero, cuando la vio tumbada y pensó que estaba muerta, salió huyendo hacia el cementerio con las hortensias. Más



 

 

 

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tarde, temeroso de que las flores lo delataran, regresó a cambiarlas por flores silvestres.

 

—¡Se está inventando usted todo esto! Yo no, yo… ¡Oh, todo esto es mentira! ¡No puede estar pasándome a mí! —masculló el acusado.

—Mentira fue su primera declaración, don Evaristo. Usted negó haberse encontrado con doña Antonia.

—Mentí porque… me sentí aterrado. No me habrían creído, ¿no lo ve? ¡No me creen! —exclamó don Evaristo con ojos y voz de desolación—. Y por ese mismo miedo a que sospecharan de mí cambié las flores. Pero yo no la maté.

—¿Qué debo creer, don Evaristo? —lo desafió el magistrado y, tras un silencio, añadió—: ¿No es cierto que su perro estropeó la fiesta de doña Antonia? ¿No estaba usted enfadado porque lo habían sacado del jardín a garrotazos?

—Yo todavía no sabía qué había ocurrido con mi perro… Y doña Antonia tampoco debía de saber que era mío, porque no me recriminó nada. La tarde anterior no veía al perro, pero se escapa a veces y siempre vuelve, aunque es cierto que nunca había llegado a la villa… Y esa noche también volvió, así que ¿cómo iba a pensar que había montado ese altercado? Lo supe después, cuando escuché que habían matado a doña Antonia y empezaron a contar cosas sobre ella y lo ocurrido en la fiesta.

—¿Puede probarlo?

 

Ochoa miró con desesperación al magistrado.

 

—Yo no maté a doña Antonia. Doña Antonia era muy amable conmigo. ¿Por qué habría de matarla?

—¿Qué ocurrió entonces, según usted?

 

El hombre procuró calmarse, cerró los ojos para recordar y volvió a abrirlos para contar su versión.

—Yo llevaba flores silvestres, es cierto, y doña Antonia me vio pasar. Me… Me saludó y yo me detuve a decirle buenos días. «Buenos días, doña Antonia, espero que tenga un buen día», le dije. Luego ella se disculpó porque su esposo no me hubiera invitado a la fiesta de cumpleaños de su hijo, pero yo le respondí que el señor Lizana sabe que nunca voy a fiestas porque mantengo el luto por Vera.

 

—¿Mantiene luto treinta años después?

 

—Treinta y un años, señor, casi treinta y dos. Le juro que no he vuelto a mirar a una mujer como la miraba a ella.



 

 

 

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El sargento se sentía presa de una encerrona, no había sido cosa suya mandar detener a ese hombre. El alcalde había instigado a sus espaldas y había presionado al magistrado para que emitiera la orden. Sabía que Lizana había estado reunido con él la tarde anterior, y la detención había sido ordenada aquella misma mañana. Él no había tenido más remedio que cumplirla, a pesar de todas sus reticencias. Sospechaba que Zengotitagoitia no tenía nada que ver, por muchas ganas que hubiera manifestado de volver a Santoña. No, era cosa del alcalde, estaba seguro. Y se lo habían saltado, se habían saltado a la mismísima Guardia Civil. Sin duda, el alcalde tenía más prisa de la que pensaba. El magistrado hizo una pausa y luego añadió:

 

—Bien, don Evaristo, prosiga. Doña Antonia se disculpó y usted le explicó que estaba de luto. ¿Qué ocurrió después?

—Doña Antonia comentó que un amor como el mío merecía respeto y admiración, y yo le dije que no hay ningún mérito en ello, que se trata de un sentimiento tan fuerte que vive solo. Entonces me dijo que esperara y yo esperé. —El acusado se detuvo como si procurara recordar—. Ella se marchó y al cabo de dos minutos regresó con un ramo de hortensias. Dijo que eran para Vera. «Son para que se las ofrezca a su prometida, don Evaristo, su amor no merece menos». Sí, exactamente fue eso lo que me dijo: «Su amor no merece menos». Yo…, yo me sentí muy agradecido, señor, ¿por qué querría matarla? Doña Antonia dio una muestra de respeto hacia Vera. Ya nadie se acuerda de Vera. Con el tiempo todo se olvida, pero yo no podré olvidarla nunca y doña Antonia lo entendió.

 

El sargento escuchaba sin perderse un detalle.

 

—Bien, ha de permanecer aquí hasta que tome una decisión. —¡Es la verdad! ¡Yo no la maté!

El magistrado le indicó a Arrese que condujera a Evaristo Ochoa hasta un calabozo y el subordinado a su vez repitió la orden a un par de alguaciles. El detenido salió de allí con ojos aterrados. Si lo declaraban culpable, acabaría en el garrote vil. Había visto un par de ejecuciones a lo largo de su vida y le impresionaron de tal modo que ahora sentía en su estómago la misma agitación que cuando las presenció.

 

El sargento abandonó el interrogatorio y se dirigió al cuartel. Cuando llegó, descubrió que una visita inesperada lo estaba aguardando. Doña Emilia Iraela permanecía sentada con las manos sobre un trapo y movía



 

 

 

 

 

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los pies de forma ansiosa. Mientras la observaba, se dirigió al perchero y colgó en él la capa y el tricornio. Ella se levantó de inmediato.

 

—Espero que me disculpe esta intrusión, señor sargento. Le he traído un bizcocho, he supuesto que no tendrá amigos aquí ni nadie que lo cuide y he pensado: «¿Y por qué no cocinas algo para él, que a nadie le amarga un dulce?». Y aquí estoy —dijo la mujer procurando sonreír, aunque se la notaba nerviosa.

El sargento observó el plato cubierto con el trapo que le ofrecía y, sintiéndose abrumado, tardó en aceptarlo. La expresión de la mujer relajó la tensión cuando él lo cogió.

—Gracias, no debería haberse tomado la molestia —respondió Juarbe con cierta torpeza.

—Si le soy sincera, el bizcocho solo ha sido un pretexto —admitió ella, cosa que hizo que Juarbe se decepcionara—. En realidad, quería hablar con usted.

—¿Su hermana ha recordado algo más?

 

—No, se trata de otra cosa. Verá… Tengo miedo de que alguien quiera matarla.

—¿Ha ocurrido algo que le haga pensar eso?

 

—No —admitió la mujer—. Pero estoy muy asustada. Voy a estar asustada hasta que agarre a ese criminal.

Juarbe comprendió de inmediato que doña Emilia ignoraba la detención de Evaristo Ochoa. Por un momento estuvo tentado de contárselo, pero la convicción de que era inocente hizo que callara.

—Le aseguro que estoy poniendo todo mi empeño. —¡Oh! No piense que lo dudo. Es solo que… —Le prometo que lo atraparé, señorita Iraela.

 

—Mi hermana también está asustada, aunque no quiera admitirlo porque es muy orgullosa. A mí no puede engañarme, todo esto la ha afectado. Hace unos dos días descubrí unas tijeras en su bolso y…

—¿Lleva unas tijeras por miedo a que la ataquen?

 

—¡Oh, no, no! Confundió el bolso con el costurero y ayer regó los lirios dos veces. ¡Ella, que tanto se preocupa de que no tengan un exceso de agua! Cuando llueve, vigila que no se filtre la lluvia por las vidrieras.

—Es comprensible que todo esto haya afectado a su hermana… Quiero que tenga la seguridad de que, si el culpable hubiera querido dañarla, como le dije, ya lo habría hecho, estoy convencido. Ha de estar tranquila,



 

 

 

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así ayudará a su hermana. Si usted está nerviosa, ella tampoco se tranquilizará.

 

—Espero que lo atrapen pronto —respondió doña Emilia, agradecida por esas palabras—. Mientras tanto resulta tan lejana esa tranquilidad de la que usted habla…

—¿Ha probado a tomar algunas hierbas antes de acostarse? —le sugirió él.

—Ya lo hago. También le ofrezco a mi hermana, pero ella se niega… Y he colocado una eguzkilore en la entrada.

—Viven en una zona muy céntrica y a la vista de todos, a nadie se le ocurriría venir a atacarlas a su casa. No obstante, no abran la puerta hasta estar seguras de quién se trata. Y procuren no ir solas si eso las tranquiliza. Sepa que, por lo que nos consta, no pensamos que el criminal tenga intenciones de volver a matar.

El sargento acompañó a doña Emilia hasta la puerta y allí volvió a prometerle que doña Beatriz no corría ningún peligro. Cuando regresó a su mesa, levantó el trapo del plato que había traído la mujer y sintió la tentación de probar en ese mismo momento aquel humeante bizcocho. Sin embargo, cuando iba a hacerlo, la llegada de Arrese lo interrumpió:

 

—¿Ha leído el telegrama?

 

—¿Qué telegrama? —preguntó el sargento.

 

—Está sobre su mesa, ha llegado poco después de que usted se marchara.

—Difícilmente iba a leerlo, pues —respondió Juarbe. Abandonó la idea de probar el bizcocho y observó el telegrama al que se refería su compañero—. ¿Lo ha leído usted?

—Sí —dijo Arrese como si se sintiera afectado—. La maldición ha caído sobre la villa, sargento, ya no me cabe duda. Primero, la muerte de la alcaldesa; después, que quieran conducir a don Evaristo al garrote vil y, ahora, lo que le ha ocurrido a Isidro Ordubi…

El sargento cogió el telegrama y lo leyó.

 

—¡Vaya! —exclamó y, a pesar de no conocer al muchacho, sintió un escalofrío—. Me temo que habrá que ir a comunicárselo a don Baltasar, y no va a ser plato de buen gusto.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El sol sin brisa, al igual que los caprichos y límites que le marcaba Lizana, hacían que, a Zengotitagoitia, la estancia en la villa de Ochandiano le pareciera eterna. Y apenas acababa de llegar.

 

La presión que había ejercido el alcalde para conseguir su aprobación para detener a un viejo desgraciado lo había sobrepasado. Lizana estaba convencido de que ya tenía a su culpable y él todavía no acertaba a adivinar las circunstancias del crimen. Lo escuchó hablar tratando de situarse y atar cabos, y el corregidor apenas se detuvo en detalles. Y, aun así, le exigía que reconociera que llevaba razón. Doña Beatriz Iraela, la mujer que había hallado el cadáver, se había cruzado con Evaristo Ochoa a la hora aproximada del crimen, pero también había manifestado que el hombre había actuado con naturalidad y como si no tuviera nada que ocultar. Por tanto, Zengotitagoitia no pudo darle el gusto a Lizana. No, al menos, sin antes considerar todas las circunstancias del caso. Tal postura contrarió al alcalde, quien insistió al magistrado en que buscara pruebas para inculpar al pobre hombre. Zengotitagoitia se negó a avalarlo y esa fue su primera desavenencia.

 

Se enteró poco después de que la detención de Evaristo Ochoa era un hecho. ¿Para qué lo había contratado si obviaba su opinión? Lizana era alguien acostumbrado al poder, a salvar obstáculos con facilidad desde el privilegio de su condición y a salirse con la suya. Y la prisa nunca era buena consejera.

Después de que, empujado por la presión popular, el magistrado hubiera dejado ir sin cargos a Ochoa, el alcalde, aunque malhumorado, le había permitido interrogar al servicio, pero se negó en rotundo a que hiciera lo mismo con su hijo.

—Estuvo ausente, ¿qué ha de decirle? —argumentó.



 

 

 

 

 

 

 

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Si hasta el momento la versión de Eloy Lizana no le había parecido relevante, esa negativa logró que a partir de ese momento Zengotitagoitia sí le diera importancia. Y él, que había interrumpido las vacaciones con su familia para hacerle un favor, no estaba dispuesto a trabajar con ese tipo de obstáculos.

 

Molesto con su forma de actuar, sintió la necesidad de despejarse y salió a dar un paseo. Mientras caminaba, pensaba en Juarbe. En Lequeitio lo llamaban «Mediahostia» por su apariencia, pero él sabía que era un tipo sagaz y, aunque lento, efectivo. Se preguntó qué lo había llevado aquí, tan apegado al mar como lo había considerado siempre, y por mucho que le impresionaran los cerros que rodeaban la llanura no lograba entenderlo. Sus razones tendría, no se las había preguntado ni lo haría, esas cosas cada cual las guarda para sí. Confiaba en él y había seguido el consejo que le había dado de observar a Tomás Elizalde, pero había descartado, al menos por el momento, que fuera sospechoso del crimen. Cierto que había podido comprobar que era un tipo de pocos amigos, de genio inflamable y de mecha corta, y que todos lo temían. Incluso a su esposa, mujer de poco carácter, mansa y resignada, le temblaban los ojos y las manos cada vez que él hacía aparición. La había observado bien y la consideraba incapaz de dar un paso para abandonar a su marido, por más que su matrimonio fuera una pesadilla. Porque eso era cierto. La mujer no hacía más que sufrir. Sufría por ella y por su hija, aunque, por lo que había podido averiguar, Tomás Elizalde nunca le había puesto una mano encima a la niña. Las zurras que en privado daba a Maite cuando alguna adversidad lo enojaba se convertían en cariño cada vez que se dirigía a su hija. Parecía dos personas distintas, una de esas cosas que ocurren más a menudo de lo que uno piensa.

 

La insolencia solar le hizo echar de menos la brisa del Cantábrico, y bien hubiera cambiado la chapela que le quemaba en la cabeza por un sombrero de paja como llevaban algunos señoritos de Madrid que veraneaban en Santoña. No fue directo al hostal, sino que aprovechó la ausencia del alcalde para volver a visitar su casa. La suerte le brindó la oportunidad que deseaba: Eloy Lizana estaba allí, y él aprovechó para entablar conversación con el muchacho.

—¿Qué hace la gente aquí para entretenerse un día de tanto sol? —Hay riachuelos y lagunas cerca, puede refrescarse en cualquiera de

ellas.



 

 

 

 

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—Me temo que no he traído el traje de baño.

 

—Aquí no usamos de eso. La ropa interior se seca en poco rato.

 

—Me ha contado tu padre que te gusta pescar —aprovechó para decirle Zengotitagoitia.

—No se crea que hacemos grandes festines con lo que traigo, pero ocupo el tiempo. También nos juntamos a poner trampas y alguna vez cae una liebre o un conejo. En cierta ocasión, mis amigos atraparon un tasugo. Yo no estaba, pero vinieron a buscarme y jugamos con él hasta que… Bueno, una pedrada acabó con el juego —admitió levantando los hombros en señal fatídica.

—¿Jugabais a matarlo?

 

—Jugábamos a ver quién tenía más puntería, no teníamos intención de matarlo.

Zengotitagoitia observó que no mostraba grandes remordimientos. —¿No es un poco cruel jugar a tirarle piedras a un animal?

—¿Acaso usted no lo hizo nunca? —lo recriminó el muchacho con una mirada retadora. Pero al momento cambió de actitud y, suavizando la voz, se excusó—: Hace dos años de eso, éramos más críos. Ahora nos entretenemos con otras cosas, ya somos hombres. Incluso seguimos a las mozas y las espiamos.

—Un nuevo juego muy viril —ironizó el antiguo miquelete. Sin embargo, él también reculó de inmediato. Por escasas simpatías que le despertara ese joven malcriado, demostrárselo iba a resultar poco efectivo, así que fingió desinterés en el comentario y se centró en lo que le interesaba—. ¿Y qué se pesca por aquí, pues? ¿Qué se puede pescar una buena mañana?

Eloy relajó el gesto y disfrutó hablando de la variedad de peces que habitaban en las aguas de la zona.

—Pero pocas veces hay un día de suerte. A veces uno regresa con casi nada.

—Tengo entendido que el día que mataron a tu madrastra tú habías ido a pescar. ¿Fue un día de suerte?

—No, pero tampoco estuve mucho rato. Cuando ocurre eso, me traigo unos cangrejos para no sentir que he hecho el viaje en balde.

—¿Cangrejos? ¿Y eso se come?

 

El muchacho sonrió.

 

—Los uso para otras cosas.



 

 

 

 

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No hizo falta que dijera más para que Zengotitagoitia lo imaginara colocando cangrejos en los calcetines de los criados y se preguntó si se habría atrevido a gastar también alguna broma pesada a doña Antonia.

 

—Supongo que habrás lamentado que la muerte de tu madrastra te haya privado de la ocasión de tener un hermano. Yo tengo tres hermanos varones y dos féminas, y el alboroto y la alegría en casa siempre estaban garantizados. Cierto era que también sabíamos gastárnoslas, pero, al ser tantos, las broncas también se repartían. O nuestros aitas se aburrían de echárnoslas.

—¿Para qué iba a querer yo un hermano? Con un bebé no se puede jugar y, cuando él llegara a la edad de tener ganas, a mí ya se me habrían pasado.

—Así que no te apetece tener un hermano… —Nunca he querido ser más que yo.

Un portazo terminó con la conversación. El alcalde, que acababa de llegar, y parecía que no llevaba buen humor, se dirigió con sonoras pisadas hacia ellos.

—¿Qué hace usted con mi hijo? ¿Qué le dije?

 

El jovencito se mostró más sorprendido que él, que se supo pillado en falta, y no entendió por qué su padre le mandaba que se marchara. Zengotitagoitia, que no era persona fácil de amedrentar, le devolvió una mirada desafiante.

—¿Qué pretende? ¡No estaba autorizado! —lo afeó Lizana.

 

—¿Desde cuándo, entre las atribuciones de un alcalde, se encuentra la potestad de mandar callar a un miembro de la Guardia Foral?

—¡Usted ni es guarda foral ni miquelete! ¡Usted está jubilado, esta es mi casa y Eloy es mi hijo! ¡No lo he contratado para que me toque las narices! Y, ahora, vaya de inmediato a la granja de Ochoa. Acabo de enviar a un par de guardas para que la registren, así que justifique el sueldo y encuentre algo que lo incrimine.

En esta ocasión ya no fue de modo desafiante, sino que lo observó sin ocultar su desdén y, sin que le temblara la voz y manteniendo la calma, le respondió:

—No quiero ningún dinero suyo. Me ha contratado para que averigüe la verdad, no para que me someta a sus caprichos. Por mucho que quiera ignorarla, es la que es. Respecto a mí, no le tocaré las narices ni un real. Vine porque me sentí comprometido dado el vínculo que me unía a su



 

 

 

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padre, no porque fuera de mi gusto. Pero irme, irme sí que me voy a ir muy a gusto.

 

Eloy sonrió complacido cuando lo vio marcharse.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Marina acercó la silla a la ventana de su dormitorio para tener mejor luz. Había empezado a bordar las servilletas, así por lo menos se obligaba a fijar la atención en el dibujo y podía sentirse útil. Mantenía la ventana abierta y escuchaba a la gente pasar y corretear a los niños de vez en cuando. La villa parecía haber recobrado la normalidad que reinaba antes del crimen si uno miraba las calles; en privado, el suceso continuaba inquietando el espíritu de cada uno de sus habitantes. De pronto, unos de los pasos que se oían desde la ventana, y que venían acompañados por los golpes de un bastón, se detuvieron, y a continuación oyó sonar la campanilla de su casa. Notó que se le aceleraba el corazón y se levantó a asomarse y observar con discreción. En efecto, tal como había sospechado, se trataba de Javier Naarzabal. Se sintió extraña. No sabía qué pensar de él y eso hacía que no supiera cómo comportarse en su presencia. Fue la posibilidad de que trajera noticias de su hermano lo que la hizo abandonar la labor y apresurarse hacia la puerta. Sin embargo, cuando salió al pasillo y vio que Otilia se le había anticipado, regresó a la sala.

 

—Don Javier, qué gusto verlo —lo saludó, nervioso, Ordubi en cuanto entró en la estancia—. Tenía pendiente agradecerle lo que está haciendo por nosotros. Mi hija me contó que había dado parte a los miqueletes para que buscaran a Isidro María. ¿Ha sabido algo?

La esperanza con la que había realizado la pregunta murió de inmediato. En Naarzabal había una mirada de disculpa que también dirigió a Marina.

—No, y lo lamento. Hasta ayer, mis hombres y yo hemos estado rastreando los posibles caminos que unen Vitoria con Ochandiano sin ningún éxito. Claro que eso no es necesariamente una mala noticia, tal vez aún continúe en Madrid. De hecho, venía a preguntarles si ustedes habían sabido algo.



 

 

 

 

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—No debería haberse molestado, con enviar una nota habría sido suficiente. Ya hace mucho organizando esas partidas, algo más que debo agradecerle.

 

—He venido para pedirle el nombre del profesor de fotografía de su hijo y la dirección. Puede que él sepa algo.

—Se trata de don Casiano Alguacil, pero desconozco su dirección. Si la supiera, ya habría intentado localizarlo —respondió el hombre.

 

—Es posible que puedan facilitármela en locales especializados en fotografía de Madrid.

Marina continuaba sorprendida por la actitud de Naarzabal. Se tomaba demasiadas molestias en ayudarlos, mientras que había actuado con tan poca discreción sobre el tema de la deuda. ¿Qué pretendía? Sonó la campanilla una vez más. Otilia fue a abrir y se quedaron expectantes ante la nueva visita. Los que llegaron esta vez eran los dos guardias civiles que llevaban el caso de doña Antonia y que se descubrieron la cabeza al entrar. Los peores pensamientos se habían apoderado de Marina.

—Don Baltasar —comentó el sargento cuando la criada los condujo hasta él—, hemos recibido un telegrama con noticias de su hijo.

 

El dueño de la casa estuvo a punto de decir algo, pero las palabras se le atascaron en la boca. La expresión del guardia civil no auguraba nada bueno, ni tampoco la consideración con que lo miraba. Marina, con el corazón acelerado, hubo de agarrarse con fuerza a una silla.

 

—La buena noticia es que está vivo, pero… Lamento tener que decirle que está arrestado.

El alivio y la perplejidad llegaron juntos.

 

—¿Arrestado? —preguntó Javier, dado que don Baltasar continuaba con la voz ahogada—. ¡Si yo declaré en su favor!

—La acusación no está vinculada al crimen de doña Antonia, sino a otro motivo.

—¿Y qué se supone que ha hecho mi hijo? —protestó Ordubi—. Ya se han equivocado una vez, ¿de qué lo acusan ahora?

—No somos nosotros, don Baltasar, sino las autoridades madrileñas.

 

Su hijo está acusado del impago de una deuda.

 

—¿Usted me ha demandado? —preguntó don Baltasar, mirando ahora a Naarzabal con ojos de asombro—. ¿Por qué a mi hijo si el deudor soy yo?



 

 

 

 

 

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Marina también lo miró interrogativa, compartiendo en silencio la reacción de su padre. El apelado no tuvo tiempo de responder, puesto que el sargento Juarbe se le anticipó:

 

—No ha sido él. El denunciante responde al nombre de Manuel Manera, vecino de la calle Alcalá, en Madrid.

Por un momento, Ordubi calló, buscando y rebuscando en su memoria el nombre que el sargento acababa de mencionar. Marina tampoco sabía de quién se trataba.

—Y ese hombre… ¿quién es? —preguntó al fin el padre dolido.

 

—La información que he recibido se limita a añadir que hoy mismo su hijo será trasladado a la cárcel Celular a la espera de juicio —respondió el sargento, lamentando no saber más—. Es todo cuanto puedo decirle.

Don Baltasar se hundió en el sillón del que no se había levantado en ningún momento y solo notó la mano de Javier Naarzabal apoyada sobre su hombro. El caballero le dijo:

—Prepare el equipaje. Esta tarde vendré a buscarlo para ir a Vitoria y mañana cogeremos el primer ferrocarril hacia Madrid. Su hija puede venir si usted así lo considera.

—¿Cómo dice? —preguntó don Baltasar, aún aturdido.

 

—No queda otra que ir a Madrid si queremos sacar a su hijo de la cárcel —insistió Naarzabal sin dejar dudas de su compromiso.

—No viajo en ferrocarril… Ya no. Desde el accidente… —objetó Ordubi, y la sola idea de volver a subir a uno de esos vehículos endemoniados se dejó ver en su expresión aterrada.

Naarzabal calculó rápidamente y añadió:

 

—En ese caso, viajaremos en carruaje. Si salimos antes de las cinco, podemos dormir en Burgos, incluso en Lerma, y llegar mañana por la tarde a Madrid.

Don Baltasar asintió con un gesto de cabeza. Se sentía incapaz de articular la voz y se dejaba llevar por la seguridad que mostraba Naarzabal, acreedor también de toda su gratitud. El joven se despidió de él y de Marina, y la muchacha, tan desconcertada como decidida a que no jugaran con su familia, respondió:

—No sabría encontrar las palabras para expresar lo que le debemos. ¡Guarda usted tantas sorpresas!

Naarzabal le notó en el tono y en la mirada que la intención no era del todo amable.



 

 

 

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Juarbe miró el reloj. Arrese estaría al llegar, y se preguntó si en algún momento también lo haría el alcalde. Sospechaba que el recién enviudado aparecería en cualquier momento para exigirle resultados. Ya se habían enfrentado por la detención de Ochoa y, con toda probabilidad, acabarían encontrándose de nuevo. Se preguntó qué tal le iría a Zengotitagoitia. Habían quedado más tarde en la taberna para intercambiar opiniones, y estaba deseando saber si habría averiguado algo relevante sobre Tomás Elizalde. Quizá fuera así y eso había precipitado la liberación de don Evaristo. Oyó unos pasos que se dirigían a su despacho y pensó que ya había llegado Arrese. Pero no fue Arrese el que se asomó, sino Zengotitagoitia, y eso le sorprendió.

 

—¿Qué ha ocurrido? Pareces nervioso.

 

—Nervioso, no, enfadado. He venido a despedirme.

 

—¿Cómo que despedirte? ¿Adónde vas, pues? —le preguntó Juarbe. —Me regreso. Dejo el caso, no quiero saber nada más de este lugar. —¿Es por lo de Ochoa? Desde un primer momento he pensado que no

 

tenías nada que ver.

 

—¡Claro que no lo he tenido! Ese hombre es inocente… Y el alcalde sabía que era inocente, estoy seguro.

—Lizana, Lizana… —masculló Juarbe—. Lo peor de ser guardia no son los delincuentes, sino los políticos.

—He mandado a Lizana a tomar viento. El sentimiento de compromiso tiene un límite y él lo ha traspasado con creces —dijo el antiguo miquelete procurando calmarse—. Además, si mis sospechas son ciertas, habríamos acabado mal de todos modos. Solo le estaba haciendo unas preguntas, nada más, y se ha puesto como un demonio.

 

—¿Y qué le preguntabas al alcalde, pues?

 

—A él nada, al muchacho.



 

 

 

 

 

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—¿A su hijo? ¿A Eloy Lizana?

 

—Sí, claro. El chaval está muy consentido y, por lo que ha contado el servicio, ya le había hecho alguna a su madrastra. Yo solo le estaba preguntando si le apetecía tener un hermano, por supuesto no dije que mi intención era saber si habría sentido celos en caso de que su padre tuviera otro hijo de su nuevo matrimonio. Así de simple.

—Si le preguntaste eso, entiendo que Eloy estaba entre tus sospechosos…

—El que sospecha del muchacho es su padre —respondió Zengotitagoitia—. ¿Por qué crees que me contrató? Quiere que encuentre a un cabeza de turco al que endosarle el crimen para dejar impune a su hijo.

—Supongo que no te lo habrá dicho así… —No, claro que no.

—No sé qué decir… Te agradezco que hayas venido a contármelo. —Si el chaval tiene algo que ver, te vas a encontrar con muchas

 

dificultades —le advirtió Zengotitagoitia—. En fin —dijo levantándose—, voy a recoger el equipaje, solo quería despedirme y darte mi dirección para cuando resuelvas el caso. Estaré esperando noticias, no me gustaría que esto se resolviera y no enterarme. Se me ha despertado la curiosidad.

Los dos viejos amigos se despidieron con un apretón de manos. El caciquismo no era nuevo para Juarbe, ya había tenido que bregar en otras ocasiones con ese tipo de injerencias. Juarbe andaba sumido en estos pensamientos cuando vio entrar a Patricia Burgoa en su despacho.

—Señorita Burgoa, le rogaría que llamara antes de entrar —la regañó el sargento, sin poder apartar los ojos de su sombrero. La prenda tenía forma de barco, con velamen y todo, y del ala subida surgía una red que llegaba hasta la mitad de la espalda y en la que había enganchados peces de nácar, caracolas y estrellas de mar.

—Ceferina me ha dicho que podría encontrarlo aquí.

 

—Eso es una información, no una autorización a entrar. Y hay una puerta a la que debería haber llamado y esperar respuesta.

Mientras lo decía, observaba cómo aquella mujer, con total desparpajo, acercaba una silla a su mesa y se sentaba frente a él, como si la advertencia no fuera consigo.

—Estoy seguro de que agradecerá mi visita —dijo sonriendo la mujer. —¿Y por qué debería hacerlo?



 

 

 

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—Porque yo sé algo que seguramente usted ignora: la esposa de Tomás Elizalde lo ha abandonado.

 

—Señorita Burgoa, haga el favor de no usar esta oficina para contar los chismorreos de la villa. El asesinato de doña Antonia no es nuestra única ocupación, tenemos más trabajo —comentó el sargento mientras señalaba el papeleo de la mesa.

—¡Oh! Yo también me ocupo de otros asuntos —respondió ella—. Si viera el interés que ha despertado la llegada de Javier Naarzabal en ciertas familias…

—Pero no el mío. Haga el favor de no entretenerme. Buenos días. —Le acabo de decir que la esposa de Tomás Elizalde lo ha

abandonado, ¿no le parece información suficientemente relevante? Si no tengo entendido mal, la palabra de su esposa es la única coartada con la que cuenta Tomás Elizalde para asegurar que la mañana en cuestión no salió de la posada, ¿no es cierto? —El sargento no respondió, pues aquella era información confidencial, pero Patricia notó un punto de inquietud en su mirada que la animó a continuar—. Bien, pues ahora que ya no está sometida a su yugo, podrá decir la verdad y ustedes sabrán si estuvo o no durante aquel tiempo en la posada.

 

—Muchas hipótesis plantea usted, señorita. Por un lado, supone que ha mentido, algo que en ningún caso puede constatar. Por otro, deduce que, por haber abandonado a su marido, la esposa ya no lo siente como amenaza. Además, aunque no fuera así, si ahora retirara su coartada, ¿cómo podría asegurar que no lo hace por rencor?

—Porque es cierto: Tomás Elizalde salió aquella mañana. Es más, estuvo casi dos horas fuera. ¿No me diga que no tuvo tiempo de cometer el asesinato y regresar sin ser visto?

—¿Su esposa ha admitido que salió?

 

—¡Oh, no, no! En ese punto aún lo encubre. ¡La pobre! —¿Y de dónde saca, pues, que Tomás salió esa mañana? Orgullosa, añadió:

—Porque Peru no lo encontró cuando fue a hacer el reparto a la posada, y Elizalde siempre está allí cuando llega él.

—¿Quién es Peru?

 

—El mejor pelotari que queda en Ochandiano —se apresuró a responder Arrese, que entraba en aquel momento.



 

 

 

 

 

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—¿Y por qué no he oído hablar de Peru hasta ahora? —protestó Juarbe.

 

—Porque desde que ha llegado no ha demostrado ningún interés en la pelota, sargento —lo recriminó Arrese.

La mirada que Juarbe le dedicó hizo que su subordinado entendiera que debía callar.

—¿Y adónde fue Tomás Elizalde? —preguntó de nuevo el sargento, no solo dirigiéndose a Patricia Burgoa, sino dejando bien claro que su subordinado estaba excluido de la conversación.

—Eso no lo sabe Peru, pero está casi convencido de que no se hallaba en la posada.

—¿Casi convencido? Eso no es una declaración en firme…

 

—¿No pensará que fuera a registrar la posada? Además, en aquel momento aún no se sabía que habían matado a la pobre Antonia… Pero es muy extraño que, si Elizalde siempre salía a comprobar la mercancía, en esta ocasión no lo hiciera.

—Me resulta extraordinario que piense que esa declaración pueda servir en un juicio para asegurar que no estaba allí. Además, aunque no hubiera estado, nadie lo vio en la escena del crimen.

—Pero admita que es sospechoso que su esposa declarara que sí estaba en la posada —insistió ella.

—Señorita Burgoa, le agradezco que se haya molestado en venir a contarnos lo que sabe; ahora, permítanos hacer nuestro trabajo. Por favor, Arrese, acompáñela a la puerta.

Burgoa no tuvo más remedio que hacer caso a las indicaciones y marcharse, aunque lo hizo con el convencimiento de que regresaría por la puerta grande.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Aunque ya había ido a casa de las hermanas Iraela en otra ocasión, fue en aquel momento cuando el sargento reparó en que, en lugar de campanilla, como la mayoría de los vecinos, tenían aldaba en la puerta de entrada. Llamó y, mientras esperaba a que le abrieran, dudó sobre sus intenciones. Tal vez no fuera oportuna la visita, pero quería que doña Emilia supiera que estaba pendiente de su seguridad.

 

—¿Otra vez va a…? —preguntó doña Emilia, temerosa de que la llegada del sargento irritara a su hermana.

—No vengo a interrogar a doña Beatriz —le explicó él de inmediato —, solo pasaba para asegurarme de que estaban bien.

En lugar de tranquilizarse, doña Emilia se asustó aún más. Salió a la calle y entrecerró la puerta para que su hermana no pudiera oírlos.

—Sí, estamos bien, le agradezco el interés. Pero… —¿Pero…?

—¡Ay! No me atrevo a hacer cosas que antes habría hecho. Siento que esta villa ya no es un lugar seguro.

—¿Qué cosas no se atreve a hacer?

 

—Me gustaría visitar a la esposa de Tomás, el tipo que regenta la posada. Ha habido problemas entre ambos y ella se ha mudado a casa de su madre, en Olaeta.

—Olaeta está aquí al lado, no creo que…

 

—Hay que atravesar el campo —lo interrumpió ella—. Existen zonas en las que alguien puede esconderse y sorprender a quien se atreva a ir sola.

El sargento la observó un momento antes de responder. A él también le interesaba esa visita.

—Si ese es el caso, yo puedo acompañarla —se ofreció Juarbe. —¿Haría usted eso por mí?



 

 

 

 

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—¿Se sentiría más segura?

 

—Escoltada por la Guardia Civil… —pensó ella en voz alta—. ¿No es esa mucha molestia para alguien como yo?

—Lo haré encantado si usted me lo permite. ¿Quiere que vayamos ahora?

—No es buena hora; además, tenemos visita. Mejor por la tarde. ¿Estará usted ocupado?

—Nada que no pueda demorarse. ¿Le parece bien si la recojo a las cinco?

—Espéreme en la fuente de Vulcano. Mi hermana se pondría nerviosa si supiera que…

—Lo entiendo, no me ve con buenos ojos.

 

A la hora indicada, el sargento esperaba a doña Emilia junto a la fuente. Aprovechó para refrescarse, aunque el día se había estropeado y estaba nublado. En esta villa de interior no había la humedad de la costa y él se sentía siempre seco.

—Mi hermana no sabe que usted me acompaña.

 

El sol de la mañana había ido desapareciendo tras unas nubes en principio inocentes, pero que por momentos comenzaban a teñirse de gris. Iban por la arcaica calzada romana, desgastada y con maleza, y doña Emilia saludaba a todos los campesinos con los que se iban cruzando. El sargento notó que era una persona querida y no le sorprendió. Su madre también había sido una persona muy respetada en Lequeitio antes de perder la cordura, pero con el tiempo la gente se había ido olvidando de ella. Doña Emilia tenía el mismo calor en su sonrisa. Juarbe deseó acercarse a esa mujer y cogerle la mano, pero la mera idea le turbó tanto que se apartó un poco más y ni siquiera se rozaron.

Se sintió torpe.

 

No se le daba bien el mundo de las relaciones, estaba hecho de harina de otro costal; además, sabía que poco atractivo tenía con su estatura y que ya había llegado a la villa el rumor de que en Lequeitio lo llamaban «Mediahostia». Esperaba que también fuera bien recibida por la esposa de Tomás Elizalde, a pesar de llegar en su compañía.

El pueblo de Olaeta consistía en una iglesia y una pequeña agrupación de casas, puesto que la mayoría se dispersaban en la campiña. Doña Emilia indicó al sargento a cuál debían dirigirse. Como la puerta estaba abierta, en lugar de llamar, saludó desde fuera sin atreverse a entrar. Enseguida salió



 

 

 

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una mujer que reconoció a doña Emilia, era la madre de Maitechu Muniain, y sonrió al verla. Luego observó al hombre bajito y de escaso pelo que estaba a su lado.

 

—No quería venir sola. Desde el crimen de doña Antonia, una no puede sentirse segura. El sargento Juarbe ha sido muy amable al acompañarme.

—No quiera Dios que esa alimaña vuelva a matar —respondió la mujer santiguándose—. ¿Quieren pasar?

Maitechu Muniain se hallaba en la cocina dando de comer a la niña y, aunque no interrumpió la labor, los invitó a sentarse.

—¿Su hermana está bien? —le preguntó la mujer a doña Emilia. —Tengo mucho miedo por ella cuando sale de casa sin avisarme. Creo

que lo hace por asustarme, porque no sé qué le cuesta pedirme que la acompañe.

Mientras hablaba, Juarbe se dio cuenta de que la mujer lo observaba con más temor que curiosidad y, con el deseo de no incomodar, se apresuró a decirle a doña Emilia:

—Puedo esperarla afuera si lo prefiere.

 

No se lo permitieron y lo invitaron a sentarse a él también. Sin duda, doña Emilia Iraela no era Patricia Burgoa y no hizo ninguna pregunta que pudiera incomodarla. Se limitaron a hablar de la cosecha al principio y de banalidades después.

—Supongo que en la villa se murmurarán cosas sobre mí —se atrevió a decir al cabo de poco la esposa de Tomás Elizalde.

—Ya sabe que todo el mundo habla del asesinato de doña Antonia. Ha eclipsado al propio Cánovas, así que no espere superarlo —trató de consolarla doña Emilia—. Y de la llegada del heredero del caserío de don Jorge y de cómo ha agitado las expectativas de madres con muchachas casaderas. Como ve, nadie va a ocuparse en hablar de usted.

La mujer agradeció aquellas palabras con una sonrisa y luego pasó a hablar de su hijita. Tenía miedo de que su marido se la quitara.

 

—Ha venido un par de veces… Quiere que regrese con él, pero me he mantenido firme. Ni siquiera lo he dejado entrar.

—Eso es algo que debe decidir usted.

 

—A veces dudo —admitió la mujer—. No quiero que mi hija y yo nos convirtamos en una carga para mi madre ni tampoco quiero regresar con él. Si encontrara un empleo que me permitiera una entrada de dinero…



 

 

 

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—A veces es cuestión de preguntar. La hija de don Baltasar Ordubi ha conseguido coser para doña Rafaela. Claro que no tiene un salario fijo, solo le pasará encargos si se ve apurada.

 

—Con eso poco podría ayudar. A mí me gustaría que mi niña fuera a la escuela y que aprendiera a leer y a escribir, y música, y no que tenga que ayudar en el campo porque la necesitamos —respondió Maitechu—. Si regresara con Tomás, ella no pasaría apuros.

 

—La entiendo, pero no tire la toalla tan deprisa.

 

—Miraré qué se puede hacer —intervino el sargento por primera vez

 

—. Podría poner un anuncio.

 

—No, por favor, no ponga ningún anuncio. No serviría de nada, mi

 

marido iría a amenazar a cualquiera que se atreviera a contratarme.

 

—Su marido se las gasta siempre con amenazas, por lo que veo. He oído que también la amenazó a usted si no declaraba que el día del crimen él no se ausentó de la posada.

La mujer lo contempló asustada y comentó:

 

—Lo cierto es que no podría decirle si mi marido se ausentó de la posada o permaneció todo ese rato allí. Nunca me da explicaciones de cuándo entra o cuándo sale. —Debió de notar la decepción de su interlocutor, ya que, a continuación, como si le costara confesarlo, añadió —: Solo sé que, a veces, cuando regresa, su ropa huele a perfume de mujer. Y yo nunca he usado perfume.

La visita fue breve y el sargento se marchó con el convencimiento de que efectivamente su esposa lo había abandonado por un motivo de faldas. Sin embargo, las antipatías hacia Tomás Elizalde y la conveniencia de que así fuera hacían que deseara encontrar algo que lo incriminara. Y acababa de hacerlo o, por lo menos, había visto cómo se tumbaba su coartada. Otra cosa era que Maitechu Munain se atreviera a mantener su palabra delante del magistrado. Ya no era importante si había testigos que lo hubieran visto salir. Sí, Tomás Elizalde era su objetivo, pero, por mucho que tratara de luchar contra ello una y otra vez, tenía la corazonada de que debía investigar a Lizana.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El calor había regresado. De nuevo, esa sensación de sofoco de un calor seco e inagotable que crecía con la tela rugosa que se le abrazaba al cuerpo. Le brillaba la frente y precipitaba el parpadeo para evitar que el líquido salado le llegara a los ojos. Gabriel Juarbe no tenía nada contra Tomás Elizalde excepto la palabra de Patricia Burgoa. No le cabían dudas sobre su carácter violento, y precisamente por eso no lo imaginaba autor de un asesinato tan sigiloso. Además, por el mismo motivo que podría haber matado a doña Antonia, no habría dejado viva a Patricia. Sabía que tal convicción de inocencia no bastaba, que no podía descartarlo y, mucho menos, después de que Arrese hubiera confirmado que había un testigo de que aquella fatídica mañana salió de su hospedaje. Para no dejar cabos sueltos, sacó del cajón en que la había guardado la dirección de Zengotitagoitia y le escribió una carta. En ella, le preguntaba si, durante su estancia allí, había podido deducir quién era el hombre de confianza de Elizalde. Luego la cerró. Mientras esperaba respuesta, estaría pendiente de sus movimientos, pero aún le parecía pronto para interrogar a ninguno de sus empleados. No había un pretexto para ello y desvelar que vigilaban a Elizalde no haría otra cosa que alertarlo. Se centraría en él; sin embargo, entre los nombres que el sargento consideraba como sospechosos, Tomás Elizalde era el que menos tenía en sus pensamientos.

 

Aprovechó un momento en el que Arrese estaba despistado y salió con discreción, esquivando el balde de agua que Ceferina había dejado en el pasillo. Estaba mojado y procuró no resbalar. No quería que le preguntaran adónde iba porque no habría sabido responder. Simplemente le apetecía callejear, a pesar de las pocas calles de la villa, y observar las rutinas de la gente. Aprovecharía para llevar la carta a la estafeta, aunque no lo consideraba urgente. Le habría gustado ser transparente, era consciente de que todos sabían quién era y temía que se hiciera el silencio cuando pasara



 

 

 

 

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junto a aquellos que se habían detenido a hablar. Y así ocurrió. Notaba las miradas de reojo cuando se acercaba a ellos y también luego en la nuca cuando ya los había sobrepasado. En algunas de esas miradas notaba que lo juzgaban de inútil, que se preguntaban por qué habían mandado a un sargento bajito y viejo a resolver un crimen delicado y, en otras, también podía sentir algo de conmiseración. Otra sensación que odiaba. Cuando pasó por delante de la iglesia, la música llamó su atención. Se detuvo a quitarse el sudor con un pañuelo usado y se quedó quieto en el zaguán. La puerta estaba entreabierta y por ella salían las voces del coro y las notas del órgano que resonaban en la basílica. Aunque solo se tratara de un ensayo, la melodía tenía algo de embriagador y le molestó que el tic del ojo interrumpiera aquella escucha. El temblor de los sonidos calaba su cuerpo arrugado en forma de temor incierto. Sin que mediara su voluntad, se quedó quieto y cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, vio llegar a Eloy Lizana con otros dos jovenzuelos, que comentaban alguna anécdota graciosa, y el desparpajo de sus risas se filtró entre la música hasta que la pieza cesó. Luego los jóvenes desaparecieron también, teniendo al menos la consideración de no haber reparado en él.

 

Aquella noche, Juarbe soñó con el hijo del alcalde. A pesar de que lo intentó después, no supo recordar en qué contexto se había desarrollado su experiencia onírica. Evidenciaba, no obstante, que las imágenes ahora invisibles lo habían puesto nervioso, igual que cuando escuchaba el ensayo del coro y trataba de buscar y rebuscar qué podía significar todo eso. Le venían figuras febriles de la madre agonizante y se preguntaba si doña Antonia también habría tiritado en sus últimos estertores como si un frío lejano la atrapara en una mañana de verano. Desdibujadas, también se filtraban las olas del mar, mudas, sin el sonido original con que las recordaba y con el que envolvían cualquier naufragio. La búsqueda de una señal oculta en el sueño resultó estéril. A pesar de ello, bajó a su despacho con un propósito nuevo que había decidido mientras se calzaba.

 

—Arrese, consígame una caña, anzuelos, plomo, moscas… Todo lo necesario para un rato de pesca —le ordenó el sargento a primera hora de la mañana.

El subordinado lo contempló dudando de si había escuchado mal, pero los ojos intermitentes del sargento le hicieron comprender que no era así.

—¿Pretende ir a pescar? ¿No cree que el alcalde se enfadará si, en lugar de dedicado a la investigación, lo encuentra practicando la pesca?



 

 

 

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¿No es mejor dejar el deporte para otra ocasión?

 

—En Lequeitio pescaba a menudo. Me apetece probar cómo se me da en el río. —Juarbe no explicó que había sido marino en un barco de pesca antes de ingresar en el cuerpo de la Guardia Civil y que después siguió pescando en una pequeña barquita, aunque todo eso había sucedido antes de la enfermedad de su madre, y que ya hacía muchos años que en su tiempo libre solo se dedicaba a cuidarla. Tampoco le explicó sus intenciones reales, no era momento para ir propagando una delicada sospecha que no debía salir de allí—. ¿Puede conseguir la caña o no?

—Puedo, puedo. ¿La necesita ya?

 

—Me gustaría comenzar mañana.

 

Arrese se marchó para realizar el encargo y Juarbe se sentó, inseguro de si había hecho bien. Algo le decía que no se metiera en harina de otro costal, pero la terquedad de la decisión tomada se anteponía a la prudencia intuida. La paz y el silencio en que quedó no duraron mucho más. Poco después, el magistrado se presentó en el cuartel de la Guardia Civil. Entró en el despacho, avisado el sargento por las pisadas de sus peculiares zapatos al acercarse, y se quedó plantado frente a él. Había suspicacia por parte de ambos en la forma de mirarse y Juarbe esperó a que el recién llegado se dignase hablar. El magistrado, sin quitarse el sombrero, no se hizo esperar:

—¿Qué tenemos?

 

El sargento señaló a la ventana.

 

—Día soleado, ¿no le parece?

 

—Déjese de humor, ya sabe que hablo del caso. Ya han pasado más de dos semanas desde que mataron a doña Antonia… ¿Para cuándo un culpable? ¿O no es a eso a lo que ha venido?

—No me interesa un culpable, sino el culpable, ¿o me está pidiendo que detenga a alguien sin pruebas, tal como ordenó con Ochoa?

 

—Le estoy pidiendo que se centre y me dé nombres. ¿A qué se ha estado dedicando los últimos días?

—Si pudiera darle nombres, habría ido a visitarlo con un informe completo explicando el motivo, ¿no cree?

—Sé que el otro día estuvo en Olaeta, ¿hay algo que deba decirme sobre eso?

Se extrañó de que lo supiera. Él no le había dicho nada. Claro que aquello era pequeño y todo se sabía.



 

 

 

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—¿Para qué pregunta lo que hice, pues, si ya lo sabe? Lo que no debe de saber es que solo acompañé a doña Emilia Iraela para que se sintiera segura. Después de lo ocurrido, no es de extrañar que tenga miedo de caminar sola.

 

—Pues debería regresar a Olaeta y averiguar quién no tiene coartada.

 

Es probable que alguien quisiera boicotear el acuerdo por El Limitado.

 

—Que yo sepa, no hay ningún acuerdo, está pendiente de litigio, ¿o he entendido mal?

—Hay un pacto de respeto mutuo mientras se resuelve el litigio. Juarbe procuró no parpadear al responder. Una mosca se había

acercado y lo ponía nervioso.

 

—Si hubieran matado a doña Antonia para boicotear ese arreglo, habrían procurado dejar algún tipo de firma… Además, usted también piensa que el crimen no estuvo planificado, ¿qué le ha hecho cambiar de opinión?

El magistrado, en lugar de responder, le lanzó otra pregunta:

 

—¿Qué sabe del heredero de don Jorge?

 

El sargento sacudió la cabeza, para que la mosca que ahora revoloteaba cerca de su oreja se marchara, y consiguió que el insecto abandonara el impertinente vuelo y se posara en una esquina de la mesa.

—¿Javier Naarzabal?

 

—Así se llama ese forastero.

 

Forastero…, guiristino: esa era la palabra clave. Juarbe no necesitó pensar demasiado para adivinar que inculpar a un forastero era lo menos molesto en un lugar como aquel.

—En el momento del crimen, ese tipo necesitaba muletas para caminar. Además, se encontraba en el hayedo, pasado el nevero, donde se cruzó con Isidro Ordubi —le recordó el sargento al tiempo que cogía su cuaderno para acabar con la mosca. El insecto fue más rápido que su golpetazo—. ¡Diantres! —exclamó por su falta de reflejos, como si ya no tuviera más que decir respecto a Naarzabal.

—Pero aquel día viajaba en carruaje, podría haberse acercado a la villa y alejado después a gran velocidad. Y ya no necesita ni bastón para caminar… Se ha recuperado muy deprisa, ¿no cree? —dijo el magistrado procurando mantener cierta expectación—. Debería haber comprobado si estaba fingiendo esa herida.

—Claro, y el carruaje no habría llamado la atención de nadie.



 

 

 

 

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—Le habría bastado con dejarlo a una distancia prudencial de la casa del alcalde.

 

—Y, suponiendo que las cosas sucedieron como usted dice, ¿qué motivo podría tener para matarla?

—Puede que se conocieran de antes, ¿no se le ha ocurrido pensarlo? — sugirió el magistrado, con el mismo tono que lo hubiera hecho de mencionar una certeza—. No sabemos si Naarzabal y doña Antonia habían coincidido en Madrid. ¿Acaso no estuvo él allí el año pasado? Puede que entonces se conocieran y surgiera algo entre ellos…

Un ruido extraño hizo que ambos miraran a la vez hacia la puerta. La sensación de que alguien iba a entrar en el despacho de un momento a otro hizo que callaran unos instantes. El sargento pensó que sería Arrese con los artilugios de pesca, pero pasados unos segundos nadie apareció, por lo que dedujo que debía de ser Ceferina trasteando y preguntó al magistrado:

 

—¿Sabe usted algo que yo no sé o solo está especulando?

 

—Estoy planteando una hipótesis, lo que tal vez debería hacer usted. Al parecer, no tienen ninguna. Suponga que no me equivoco, que doña Antonia y Naarzabal se conocieron en Madrid y, tras un tiempo de enredos, ella lo rechazó porque prefirió la propuesta de matrimonio del alcalde. Por una coincidencia, y ya sabe que muchas veces las casualidades existen, Naarzabal llega a la villa de Ochandiano y, en la fiesta de cumpleaños de Eloy, descubre que su amada vive aquí. Al día siguiente va a su casa a reprocharle su conducta, discuten y acaba matándola.

El magistrado hablaba enfatizando cada palabra, pero el sargento, molesto de que diera rienda suelta a tanta fantasía solo porque al alcalde le urgía a buscar un culpable, estaba más pendiente de la mosca, que ahora se había posado en una pared.

—La historia que cuenta parece sacada de la imaginación de la señorita Burgoa —fue todo lo que dijo el sargento cuando el otro terminó.

—Es una hipótesis, pero ¿cuáles baraja usted? ¿En qué anda? El asunto es delicado, por lo menos podría justificar su sueldo.

—Las hipótesis no conducen a nadie al cadalso, solo las pruebas — respondió Juarbe, levantándose de la silla tras enrollar unos papeles para dirigirse a la mosca, que en aquellos momentos parecía confiada.

 

El magistrado se sintió ofendido por su actitud y cambió el tono sibilino por otro más enérgico:



 

 

 

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—¡Pues busque pruebas de lo que le he contado!

 

¿En serio le estaba ordenando que investigara al bilbaíno? Tal evidencia le hizo olvidar la mosca por un momento y lo miró fijamente.

 

—Suelo funcionar al revés: de las pruebas nacen las hipótesis.

 

—¿Y cuáles tiene? ¿Un rastrillo que podría haber utilizado cualquiera? Mire, sargento, necesitamos que la tranquilidad regrese a la villa cuanto antes. Y, por si no me ha entendido, le estoy ordenando que interrogue a Naarzabal.

Juarbe golpeó la pared esta vez con mayor precisión, o eso pensó en un primer momento, porque enseguida vio que se había equivocado. El insecto, con mayores reflejos que él, voló hacia el techo y allí se quedó sin intención de bajar.

No era el único mal bicho con el que iba a tener problemas.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Isidro se sentía agradecido a Naarzabal. Aunque lo cierto es que al principio lo inundaron cierta rabia y vergüenza. Rabia, porque la primera vez que se había cruzado con él se había llevado una mala impresión. Vergüenza, porque enseguida comprendió cuánto le debía y no sabía cómo enmendar su error. También se había sentido avergonzado ante su padre. No había sabido mirarlo a los ojos cuando lo vio tras los barrotes de la celda y se había deshecho en el abrazo con el que su progenitor lo envolvió. Lloraron juntos. Larga y amargamente, pero también con cariño y compasión. Le dolió escuchar a su padre culparse de todo y, aunque sin duda lo consideraba imprudente, la culpa era suya. Él era quien había entrado en aquel local de juego y había apostado el dinero que debía utilizar para otros fines. Y también era él quien, tras la mala racha, dobló la apuesta con la idea de recuperarlo y conseguir un extra. Y nuevamente perdió. Cierto que al principio lo habían dejado ganar, estrategia para engañar a bisoños como él. Debería haberse dado cuenta, debería haberlo visto venir, pero la juventud suele hacer que uno se sienta imbatible e inmortal…

 

Merecía casi todo lo que le había ocurrido. Desde la paliza que se había llevado hasta los largos días pasados en una celda hedionda. Merecía haberse avergonzado, también ante Otilia y Marina a su regreso, pero lo que no merecía eran las lágrimas de su padre. Tampoco, la generosidad de Naarzabal.

El joven colocó la cámara en un morral después de haber insertado en ella el carrete. Quería fotografiar el caserío y los viñedos de su benefactor, pues sentía que apenas le había dado las gracias por lo que había hecho por él. Así que no lo dudó, madrugó para fotografiar los exteriores antes de que hiciera demasiado calor y se encaminó hacia el caserío sin pensárselo



 

 

 

 

 

 

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dos veces. Sin embargo, cuando llegó, le dijeron que el dueño estaba ausente.

 

—Ha partido a primera hora hacia Bilbao, no ha dicho cuándo volverá. El joven Ordubi no se sintió autorizado a pedir permiso para hacer las fotografías sin él y regresó con su deseo de agraciar lo malogrado. Su padre, que también deseaba agradecer al heredero cuanto había hecho por él, le había encargado que aprovechara el viaje para invitar a Naarzabal a comer el próximo domingo, invitación que no había podido trasladar. Recordó que a Marina no le había parecido oportuna la idea, así que al menos alguien quedaría satisfecho con esta ausencia, aunque no entendiera sus motivos. Seguro que su hermana pensaba que para alguien adinerado su casa resultaría demasiado modesta, pero el agasajado ya sabía las condiciones de su hogar y lo cierto era que la cocina de Otilia no tenía

 

nada que envidiar a la de las cocineras de las grandes señoras.

 

Don Baltasar recibió la noticia con cierta decepción, mientras que su hija sintió un alivio transitorio, era consciente de que le debía la libertad de Isidro y la paciencia con su padre… Sin embargo, no lograba perdonar que ese hombre fuese quien hubiera propagado sin ninguna discreción que los Ordubi estaban endeudados con él.

Cuando regresó a la labor de bordado de una de las blusas que le había encargado doña Rafaela, sonó la campanilla de la puerta. A continuación, apareció Fedra, abanicándose.

—Necesito aire, Marina. Llevo un tiempo sin noticias de Vicente y no puedo evitar ponerme en lo peor. ¿Por qué tuvo que alistarse? ¿Por qué perdonan a los que pueden pagarse la licencia y no a los pobres, que tienen familias que alimentar?

—Vicente es de los que volverá —procuró animarla la joven Ordubi.

 

—¡Dios te oiga!

 

—Vamos a dar una vuelta.

 

Marina habría preferido acabar el bordado, pero sabía que Fedra la necesitaba.

Las dos amigas se dirigieron a la plaza Nagusia, donde se encontraron a las hermanas Iraela frente al paseo de la bolera.

—Nos disponemos a ver el partido de pelota —les dijo doña Emilia—. ¿Por qué no nos acompañáis?

Marina decidió por su amiga y aceptó de inmediato, agarrando a Fedra de un brazo. Como aún faltaban unos minutos, las cuatro mujeres bajaron



 

 

 

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a la bolera para hacer tiempo. La bolera, que era estrecha y profunda, ofrecía un espacio dividido en dos por una hilera de columnas clásicas. Una zona estaba destinada al juego, mientras que la otra se reservaba a los espectadores. En esos momentos, esta última estaba atiborrada, por lo que cambiaron de idea. Regresaron a la parte superior, resguardada del sol y la lluvia por unos soportales. Allí los residentes solían pasear, dando vueltas de un lado a otro con la intención de ver y dejarse ver. Al cabo de unos minutos, doña Beatriz se paró y, señalando hacia afuera, dijo:

 

—Bernaola está solo en ese banco. Si esperamos más, nos veremos obligadas a permanecer de pie.

En el banco solo había sitio para dos, pero Marina y Fedra acompañaron a las hermanas para que pudieran ocuparlo ellas.

—Intuyo que Peru tendrá hoy uno de sus días… —les dijo el señor Bernaola—. Se ha recuperado bien de la lesión.

—Espero que sea un partido reñido —apuntó doña Beatriz.

 

Doña Emilia respondió algo que Marina ya no escuchó. En aquel momento Andrés Burgoa apareció en la plaza. La joven Ordubi no había vuelto a verlo desde el día de la declaración y notó que Andrés miraba hacia el grupo. Por el modo de mover los ojos notó que buscaba algo, y enseguida se posaron en ella. En cuanto la distinguió, su semblante cambió y, decidido, se encaminó hacia allí. A Marina le extrañó. En casos como ese, la dignidad y cierto pudor hacían que el pretendiente rechazado no volviera a mostrar interés en la pretendida, pero con los Burgoa nunca se sabía. Tras un saludo general, el joven observó fijamente a Marina antes de dirigirse a las hermanas Iraela y exclamar:

 

—¡Qué mala suerte han tenido algunas muchachas de esta villa! Eso pasa por hacerse altas expectativas, por aspirar a reinados sin ser princesas.

Marina lo desafió con la mirada. Estaba tentada de responderle con algún improperio, pero la presencia de las hermanas Iraela hizo que se controlara.

—No solo las Erguin se habían hecho esperanzas con la llegada de Javier Naarzabal… —En esta ocasión, Andrés miró de forma fugaz a Marina—. Me temo que, en cuanto procedan a su detención, esas esperanzas se esfumarán con la misma rapidez con la que llegaron.

 

Marina, que sabía que la ofensa iba por ella y pensaba soltarle una fresca, calló cuando oyó la palabra «detención».



 

 

 

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—¿De qué detención hablas? —preguntó doña Beatriz.

 

—Él es quien asesinó a doña Antonia —comentó, ufano, Andrés, como si fuera su hermana la que hablara y no él, y, tras una pausa, agregó —: ¿Sorprendidas? Pues no deberían estarlo. ¿Recuerdan que cuando llegó iba con muletas? Sepan que solo estaba fingiendo su lesión.

—¿Y por qué debería llevar muletas si ya no las necesitaba? — preguntó Fedra.

—Porque así se proporcionaba una coartada a sí mismo. El día del crimen iba a caballo, por lo que pudo cometer el asesinato y marcharse de inmediato.

—¿Tú oíste cascos de caballo? —preguntó doña Emilia a su hermana.

 

—Lo que oigo son muchos rebuznos.

 

—Tal vez haya por aquí algún asno —añadió Marina dedicando una mirada cómplice a doña Beatriz.

Andrés hizo caso omiso a las palabras de ambas e insistió en dar veracidad a su relato:

—Si hubiera llegado a caballo hasta allí, se habría delatado ante el servicio, así que no hay duda de que lo dejó escondido en algún lugar mientras se dirigía a casa de los Lizana.

—Muchas especulaciones son esas, ¿ahora desayunas lo mismo que tu hermana? —lo retó Marina—. ¿Y se puede saber qué motivo tendría para matarla?

El joven Burgoa sonrió.

 

—Eso es lo más extraordinario, se trata de una casualidad, pero es cierta: doña Antonia y Naarzabal eran amantes. Se ha sabido que hace un tiempo estuvo en Madrid y, por lo visto, allí se entendían. Eso fue antes de que doña Antonia conociera a nuestro alcalde. Parece ser que Naarzabal no se tomó muy bien que ella lo abandonara por alguien de mayor posición. Claro que eso le otorga cierta ingenuidad a nuestro antihéroe, ya que es algo natural en ciertas mujeres…

 

—Pues casi diría que Naarzabal tiene ahora mayor posición que Lizana y, si no es así, al menos sí tiene más dinero —comentó doña Beatriz.

—En esos momentos ninguno de los dos podía saber lo de la herencia, don Jorge estaba vivo, y doña Antonia rompió con él —continuó el joven

—. Luego, la casualidad quiso que él también acabara en la villa de Ochandiano y volvieran a encontrarse el día del cumpleaños de Eloy.



 

 

 

 

 

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—Tienes más fantasía que tu hermana —rio doña Beatriz, que seguía pendiente de si empezaba el partido. Peru y Remigio ya estaban allí.

 

—Si cree que es fantasía, explíqueme por qué Naarzabal ha huido. Dicen que ha regresado a Bilbao, pero seguro que desde allí ha embarcado lejos de la Justicia. Tal vez esté rumbo a México.

—Yo diría que otros han perdido el rumbo, pues —respondió Marina fingiendo que no le interesaba nada de cuanto decía.

Conocía el carácter de Naarzabal y demasiado bien las fantasías de Patricia Burgoa, por lo que no dudó de que Andrés se hallaba bajo la influencia de su hermana motivado por el rencor. Por suerte, Andrés se fue en cuanto comenzó el partido y ella, al ver que Fedra estaba acompañada y entretenida con la pelota y, por tanto, ya no la necesitaba, se disculpó e hizo lo mismo.

En casa, cuando luego volvía a bordar, no podía quitarse de la cabeza lo que había oído. Al pincharse un dedo por segunda vez, comprendió algo que había estado tratando de negarse a sí misma con todas sus fuerzas: Javier Naarzabal le gustaba. Le gustaba la paciencia que tenía con su padre y la afabilidad que mostraba hacia él, con independencia de por qué lo hiciera. Valoraba la sabiduría en sus palabras, pese a la juventud, y la modestia con la que se desenvolvía en unas circunstancias en las que otro se comportaría de modo petulante. Y, por eso mismo, también le dolía que hubiera propagado su nombre. ¿O no había sido él? Pero ¿quién si no? Y, sobre todo, le molestaba pensar que había sido amante de doña Antonia, una mujer superficial en la que nunca vio nada que admirar. Cierto que doña Antonia estaba muerta y, aunque continuaba convencida de que él no tenía nada que ver con el asesinato, la sombra de lo que pudo haber pasado entre ellos le molestaba.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Con el equipamiento completo de pesca, Juarbe salió del cuartel antes del amanecer. Se dirigió al cementerio y se desvió del camino poco antes de llegar. Solo se cruzó con un par de paisanos que lo ignoraron. Pronto aquello se llenaría de gente, así que avanzó hacia una zona de perales y manzanos para sentirse a resguardo de miradas no deseadas. Aún no hacía un calor asfixiante, pero el día comenzaba a prometer. Aprovechó las sombras de las ramas, pues el campo carecía de la brisa de Lequeitio. Desde allí vigiló la entrada de la casa de los Lizana con la esperanza de que ese día el hijo del alcalde saliera a pescar. Tuvo suerte, porque así fue, a pesar de que descubrió que el mozo no madrugaba. Hubo de esperar más de una hora apostado, ocultándose tras el tronco cada vez que pasaba alguien y tomando especial cuidado en el instante en que vio salir al alcalde para dirigirse a la Casa Consistorial. El momento esperado llegó. Por fin, Eloy partió con una caña y una cesta de pesca. Juarbe, agazapado, salió de su escondite cuando ya había pasado y comenzó a seguirlo a distancia y con cautela: no quería ser visto todavía. Un rato después, cuando Eloy ya había encontrado una vera del río Santa Engracia que le pareció adecuada, el sargento cambió de estrategia. Buscando también un lugar para pescar, pasó a unos veinte metros del muchacho y se limitó a intercambiar un saludo de brazos con él. Del mismo modo que había llegado, demostrando torpeza y dudas a la hora de escoger el sitio, desapareció de nuevo. Y, en cuanto dejó de estar bajo la mirada del muchacho, dio su misión por cumplida. Otro día ya buscaría entablar conversación con el chaval, pero aún era pronto para eso. Primero, la confianza de la presa. Luego, ya vendría la caza.

 

Al día siguiente amaneció nublado y sin decidirse aún a llover. Juarbe pensó que pronto lo haría y agradeció el cambio de tiempo y que ya no imperara el sol. Un viento fresco que se había levantado con la madrugada



 

 

 

 

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le confirmaba sus sospechas. Repitió la escena de la jornada anterior, solo que en esta ocasión no tuvo que esperar a que Eloy saliera de casa, pues ya sabía cuál era la zona escogida por el mozo para pescar. Se limitó a dejarse ver antes de llegar al río Santa Engracia e intercambió un nuevo saludo con el muchacho mientras paseaba con su caña de pescar. Cuando empezó el sirimiri, regresó al cuartel a soltar los bártulos. Subió a ponerse el uniforme y bajó a su despacho. Arrese no estaba allí. Solo se oía trastear a Ceferina, por lo que decidió volver a salir. Antes de hacerlo, vio una mosca posada en la pared y se detuvo. No sabía si era la misma del día anterior ni le importó. Agarró unos papeles, los enrolló sobre sí mismos y se dirigió hacia ella con sigilo. Al tiempo que intentaba matarla, cosa que esta vez consiguió a la primera, gritó:

 

—¡Ya te tengo, maldita! ¡Voy a por ti!

 

Tras su victoria, dejó los papeles con el cadáver del insecto sobre la mesa, ya se encargaría Ceferina de retirarlos. No cogió el paraguas y, en su lugar, se cubrió con un chubasquero y se dirigió esta vez a casa del doctor Irigoyen. Pensaba que estaba perdiendo el tiempo al hacerlo, pero también sabía que el magistrado volvería, o si no el propio alcalde, a pedirle explicaciones de por qué no había investigado lo que le habían ordenado. Se entretuvo en el paseo de los soportales de la bolera, pues ya había empezado a llover, y desde allí vio pasar a Tomás Elizalde. Iba solo, con prisas y gesto de mal humor, cosa que no le extrañó en absoluto. El hostelero debió de darse cuenta de que lo observaba, pues se giró un momento hacia donde estaba él y entrecruzaron una mirada. Fue breve, pero suficiente para que un brillo intenso destacara en las pupilas de Elizalde. No hubo más. El hostelero siguió su camino y Juarbe supo que había recibido un aviso, si no una amenaza, por parte de ese tipo. Un leve escalofrío le recorrió la espalda y quiso atribuirlo a un soplo de viento que había coincidido en ese momento. Al poco, decidió entrar en una de las tabernas y pedir un vino. Como ya era costumbre, el silencio se hizo a su entrada y los presentes ya solo se atrevieron a hablar de temas triviales como si fuera una obligación romper de vez en cuando el silencio. El ruido de la lluvia, que ahora arreciaba, se filtraba entre las palabras. Juarbe retomó el camino a casa del médico. Tras el saludo inicial, el sargento le preguntó si había algún lugar en el que pudieran hablar a solas.

 

—Seré breve. He venido para hacerle una pregunta sobre Javier Naarzabal, espero que no esté sometido a ningún voto de silencio —



 

 

 

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comentó el guardia civil al tiempo que se detenía ante el asiento que el doctor le ofrecía. Sin embargo, prefirió permanecer de pie.

 

—No soy sacerdote. ¿Qué quiere saber de él?

 

—¿Lo ha atendido usted en algún momento? ¿Ha visto la herida que le impedía caminar si no era con muletas?

—Lo examiné a los pocos días de haber llegado, y le aseguro que la herida era real. Porque supongo que es eso lo que me está preguntando…

Iba a añadir que no había ninguna constancia de que él y doña Antonia se hubieran conocido en Madrid, como se rumoreaba, pero en aquel preciso instante se abrió la puerta de entrada y, desde allí, la voz de una muchacha los sacó de su conversación.

Aita, ¿puede creerlo? Ahora dice Patricia Burgoa que el sargento Juarbe está tan convencido de que la autora del crimen es una mujer que va a detenerla hoy mismo. No ha dicho de quién se trata, pero ¿no le parece que la Guardia Civil va de aquí para allá?

Fedra dejó el paraguas en la paragüera y avanzó hacia el salón. Allí encontró a su padre junto a Juarbe, contemplándola ambos estupefactos, y la joven se avergonzó de inmediato de sus palabras.

—Fedra, querida —se apresuró a intervenir el padre—, te tengo dicho que no hagas caso a los rumores que extiende Patricia Burgoa…

 

—¡Oh! Sí, aita, tiene razón. Disculpe, sargento, discúlpeme…

 

Entendía que se hubiera propagado el rumor que afectaba a Naarzabal: ni confiaba en la discreción del magistrado ni en la del alcalde. Del mismo modo, podía comprender por qué Patricia Burgoa tenía el ojo puesto en Tomás Elizalde, ella misma se lo había explicado. Pero ¿de dónde salía la idea de que la Guardia Civil sospechaba de una mujer? ¿Eran, acaso, nuevas elucubraciones de Patricia que hacía correr como ajenas?

 

Se despidió del doctor Irigoyen y de su hija, que continuó disculpándose de su falta de comedimiento incluso cuando él ya había salido por la puerta, y se calzó la capucha del chubasquero en la cabeza. Maldijo por no haber cogido el paraguas y avanzó deprisa para que la lluvia no calara en él como había calado la intriga del nuevo cotilleo. La velocidad que llevaba al andar le restaba cuidado al pisar y acabó resbalando y cayendo con su cuerpo viejo sobre las losas mojadas del suelo. Escuchó unas risas tímidas y entrecortadas, y luego otras más estrepitosas y lejanas junto a las palabras más débiles de alguien que lo compadecía. Se sintió ridículo. Ridículo, avergonzado y fuera de lugar.



 

 

 

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¿Qué diantres hacía él en esa villa de los demonios? ¿Acaso no sabía que lugar pequeño, infierno grande?

 

Por suerte, la lluvia arreciaba también sobre los espectadores casuales y no se detuvieron a recrearse en su desgracia, sino que continuaron camino en busca de resguardo. Juarbe se levantó y procuró, a manotazos, desprenderse del agua que había calado en su uniforme. El chubasquero no daba mucho de sí. Luego, de perdidos al río, ni siquiera se volvió a poner la capucha, que se le había bajado, sino que siguió su camino más deprisa y con menos prudencia aún. A pesar de eso, no volvió a resbalar.

Llegó al cuartelillo y se apresuró a su dormitorio para cambiarse de ropas y secarse un poco. Ceferina se pondría contenta cuando viera cómo había dejado la entrada y las escaleras. Solo cuando se sintió más presentable, bajó al despacho. Se acercó al escritorio de Arrese y le preguntó si había sido él el que sospechaba de una mujer.

—¿Una mujer? No, sargento, no sospecho de ninguna mujer, aunque, tal como está el caso, tampoco podría descartarse. De hecho, no puede descartarse nada, pues poco o nada es lo que sabemos.

 

—¿Ese chismorreo no ha salido de usted, pues?

 

—Ni siquiera sabía que existiera ese chismorreo. El que yo acabo de escuchar es de otra índole… —dijo el subordinado, creyendo que había callado a tiempo.

—¿Qué otro chismorreo?

 

—Nada importante, sargento. Ya sabe, la gente se aburre.

 

—¿Y con qué se han entretenido esta vez? —insistió Juarbe.

 

—Verá, sargento. No creo que yo deba decírselo… —Y Arrese no quería hacerlo, pero la mirada de Juarbe derribó su cautela. No obstante, bajó la voz, como si así la confesión fuera menos grave—. Me lo ha comentado mi señora, que ha oído decir que usted echa de menos el mar y que cuando llueve busca charcos.

Juarbe levantó los ojos, quedaba claro que el chascarrillo no lo abandonaría en semanas, tal vez fuera uno de esos que se quedara cada vez que hablaran de él. Sin embargo, al menos no se refería a su manera de llevar el caso, a la falta de avances, hablando con crudeza. El color de las mejillas de Arrese había cambiado mientras lo contaba y su mirada buscaba un lugar donde posarse para no incomodar más a su superior.

Fue en aquel momento cuando al sargento le pareció oír unos pasos que se alejaban y le hizo una señal para que se acercara. Se trataba de una



 

 

 

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intuición que en aquel instante salió a la luz, pero que le había nacido al ver el rollo de papel con el que había matado la mosca por recoger. Entonces recordó que aquella mañana había exclamado: «¡Ya te tengo, maldita! ¡Voy a por ti!».

 

Y con ese recuerdo tuvo la seguridad de que alguien había escuchado esas palabras. Y, también, de que las había malinterpretado. Con un gesto, le indicó a Arrese que se acercara y el subordinado, temeroso de que le diera un guantazo o algo similar, llegó a su lado con pasos indecisos y rostro timorato.

—Esté pendiente de Ceferina y sígala cuando salga —le ordenó Juarbe casi en un murmullo.

—¿A Ceferina?

 

El sargento le hizo un gesto para que bajara la voz y luego insistió en su recado. A medida que lo verbalizaba, la convicción era más firme.

 

—Sí, sígala sin que ella se dé cuenta. Dígame qué hace, adónde va y con quién habla. Sígala durante todo el día, y los días siguientes cada vez que salga, si es necesario.

Arrese miró hacia la puerta de entrada dubitativo y luego volvió a observar a su superior.

—¿Ella es la asesina?



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Marina tuvo que deshacer el bordado en varias ocasiones. El rumor que habían difundido los hermanos Burgoa ya se había deshinchado. Ni Naarzabal había asesinado a doña Antonia, pues Lorenzo era testigo de que no se hallaba en el lugar del crimen, ni nada apuntaba a que se conocieran de antes, excepto en la inventiva de Patricia y su hermano. Pero nuevos rumores se esparcían sobre la figura del heredero. Naarzabal había regresado aquella mañana de Bilbao y se decía que lo había hecho acompañado de varias muchachas. Según Patricia Burgoa, esto había desalentado a las jóvenes que pretendían que Naarzabal reparara en ellas. Marina estaba nerviosa y también se preguntaba qué relación tendría con esas recién llegadas.

 

Cansada de que la costura no le saliera bien, decidió salir a despejarse. En un principio, pensó en pasar a buscar a Fedra y proponerle un paseo, pero la curiosidad por saber quiénes eran las acompañantes de Javier la llevó a visitar a las hermanas Iraela, pues doña Emilia siempre andaba de aquí para allá y se enteraba de todo.

—¿Tres jóvenes? ¡Oh, en absoluto! —respondió la menor de las Iraela cuando ella lo preguntó como quien no quiere la cosa—. Ha venido con su hermana y sus dos sobrinas, que no han cumplido los diez años. Creo que el fin de semana llegará también su cuñado.

Marina sintió cierto desahogo ante esa información.

 

—En ese caso, ya no necesitará que mi hermano fotografíe el caserío… ¡No sé cómo podremos devolverle el favor de habernos devuelto a Isidro!

—No parece necesitarlo —apuntó doña Emilia—. Con todo lo que le ha llovido del cielo, nada le queda por desear. Así que estate tranquila, puede darse los caprichos que desee. Si ha decidido convertirse en el



 

 

 

 

 

 

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benefactor de tu aita, que es lo que parece, por algo será —añadió al tiempo que le guiñaba un ojo.

 

Marina iba a defenderse de la insinuación que había en ese guiño, pero doña Beatriz se anticipó.

—Tampoco necesitaba nada doña Antonia y no por ello dejaba de incordiar por todos lados.

—Beatriz, no deberías hablar así de los muertos… —la regañó su hermana. La amonestada, en lugar de replicar, le dedicó un gesto desdeñoso.

—Bueno, consuélese pensando que su hermana es capaz de bromear después de la experiencia que tuvo —indicó Marina a la menor de las Iraela. Se sentía de mejor humor desde que sabía que las «mujeres» de Naarzabal eran familia. Tal vez, aún tuviera esperanzas—. Creo que debería dejar de preocuparse por ella con tanto celo.

—Díselo, díselo tú, que a mí no me hace ni caso.

 

—¡Oh, oh! Has abierto la caja de los truenos… —protestó doña Emilia, pero enseguida cambió de expresión—. ¿Has oído lo que dicen ahora? —preguntó y, antes de que Marina mostrara curiosidad, respondió ella misma—: Que fue una mujer quien mató a doña Antonia…

—¿Una mujer? ¿Alguien del servicio?

 

—Yo he pensado lo mismo. Creo que se mostraba muy estirada con las criadas y hay una nueva, recién llegada de Basauri, que lleva poco en la familia.

—¿Y esta vez es seguro? —preguntó Marina.

 

—No hay nada seguro —respondió doña Beatriz—. La Guardia Civil va dando tumbos desde que ha venido ese sargento.

—Lo cierto es que arrestaron a Ochoa y acusaron a mi hermano y a Naarzabal sin motivo… —admitió la joven Ordubi.

Doña Beatriz sonrió.

 

—Está claro que hoy vas a dar la razón en todo a mi hermana. Pues no estoy de acuerdo, el sargento Juarbe hace lo que tiene que hacer —lo defendió doña Emilia—. A ver si os habéis creído que este es un crimen fácil de resolver…

Marina admitió que ella no tendría ni idea de por dónde empezar y, como ya había averiguado lo que deseaba saber y no tenía ningún afán en alimentar las puyas entre las dos hermanas, se despidió con sus mejores



 

 

 

 

 

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deseos. A continuación, fue a visitar a Fedra, a quien encontró escribiendo una nueva carta a Vicente.

 

—Aunque le envíes una cada día, es posible que las reciba todas a la vez. Además, a ti te bastará con que te llegue la primera para que sepas que está bien.

—Soy consciente, pero así sabrá cuánto lo quiero —admitió Fedra—. Por cierto, ayer me encontré a Andrés Burgoa y preguntó por ti de un modo que no me gustó. Al igual que el día del frontón, no entendí por qué hablaba con tan poca delicadeza… ¿Acaso ha habido alguna discusión entre vosotros dos y yo no me he enterado?

Marina había procurado ser discreta con ese tema, pero Fedra la conocía bien, así que le refirió la declaración de Andrés.

—¿En serio pensaba que tendría alguna oportunidad de que lo aceptaras?

—Fue cuando se hizo pública la deuda de mi aita. Parecía convencido de que la situación me impediría poder elegir.

—¿Y tu aita te presionó?

 

—No sabe nada, por supuesto. No creo que me hubiera presionado, pero preferí no arriesgarme.

—Creo que hiciste bien. Según el mío, tu aita ha dado muchos tumbos últimamente.

—No entiendo cómo ha podido llegar a este punto… Y, ahora, además, le debemos a Javier Naarzabal la libertad de Isidro.

—Demasiado generoso está siendo con vosotros… ¿No será que tú le interesas?

Marina enrojeció y se acercó a la ventana a retirar los visillos para que su amiga no lo notara. Ella se había preguntado lo mismo, pero no quería hacerse falsas esperanzas. La generosidad con su padre había sido inmediata, incluso antes de conocerla.

—Solamente está siendo amable…

 

—Ten cuidado de que tu aita no te ofrezca a Naarzabal. Eso sería agua bendita para vosotros.

—¡No soy moneda de cambio!

 

Lo que Marina no sabía en aquellos momentos era lo que iba a encontrarse en casa a su regreso. Fue su padre quien se lo anunció.

—He recibido una propuesta magnífica. Bueno, en realidad la has recibido tú. Naarzabal me ha sugerido que seas la profesora de canto de



 

 

 

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sus sobrinas.

 

La joven se sintió incapaz de reaccionar cuando lo escuchó. Ignoraba la expresión que mostraba y lo peor de todo era que no podía negarse. Por fin, consiguió decir algo.

—No le he entendido bien, aita. Su familia vive en Bilbao, ¿quiere que me traslade a la capital?

—No, no. Será solo durante dos semanas. El tiempo que la hermana de Naarzabal estará aquí. Sus hijas tienen un profesor de canto en Bilbao y no quiere que dejen de practicar por haberse permitido estas vacaciones. El elevado sueldo se justifica porque no tendrás un horario fijo. Dependerá de las excursiones y actividades que tengan previstas. No piensan quedarse todo el día encerradas en el caserío.

 

¿Lo había propuesto Naarzabal o había sido una ocurrencia de su padre? No lo sabía, pero era consciente de que no podía negarse. La deuda lo impedía.

—Usted sabe que mi voz destaca aquí, pero no para competir con sopranos de Bilbao. Además, una cosa es cantar y otra muy distinta es enseñar.

—Estoy convencido de que resolverás muy bien la papeleta. Y piensa en el sueldo, eso nos ayudaría mucho.

—Por bien que pague, aún nos queda mucha deuda que saldar.

 

—Sí, sí, lo sé. Pero, durante el viaje a Madrid, pusimos anuncios de la colección de animales en los periódicos con las fotografías que había hecho tu hermano. Bueno, en realidad fue Naarzabal quien los llevó, pero confío en que aparezcan interesados. Además, hay otra buena noticia: Isidro María va a empezar a trabajar en el campo. Ochoa le ha ofrecido un empleo. Claro que yo preferiría que se colocara en los viñedos de Naarzabal, y así se lo haré saber la próxima vez que lo vea. Y estoy seguro de que mañana mismo vendrá a ofrecerle una colocación. Como estamos comprobando, es muy generoso en sus sueldos…

—¡Oh! ¿Y por qué no le pide directamente que lo adopte?



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Tras su nueva excursión matutina hasta el río, que se había sucedido de la misma manera que las anteriores, Juarbe había regresado al cuartel. La mañana amenazaba con ponerse a llover, pero había tenido suerte y el tiempo lo había respetado. En cuanto entró, le pidió a Arrese que lo siguiera a su despacho y cerrara la puerta. Con un gesto, le indicó que fuera discreto.

 

—¿Y bien? —preguntó el sargento en voz baja—. ¿Hizo lo que le dije?

—Sí, sargento. Ayer, en cuanto salió de aquí, Ceferina se dirigió a casa de doña Encarna, donde tiene alquilada una habitación, y ya no volvió a salir. Se lo puedo asegurar, estuve allí hasta las doce de la noche. Me pareció que no debía quedarme más. Al fin y al cabo, ¿quién sale a esas horas?

Juarbe lo contempló preguntándose si eso era todo.

 

—Hábleme de doña Encarna.

 

—Es una viuda de setenta años a la que sus hijos, que no viven aquí, nunca visitan. La mujer ya tiene poca movilidad y no se deja ver mucho. Dicen que de joven era muy guapa, pero yo siempre la he visto como una pasa arrugada.

—¿Eso es todo?

 

—Sí, sargento, es todo cuanto sé.

 

—¿Alguien más vive en casa de doña Encarna?

 

—No, solo Ceferina desde hace tres años. Llegó a la villa por recomendación de otro guardia civil y encontró de inmediato alojamiento allí.

—¿Tiene familia?

 

—¿Se refiere a Ceferina?

 

—Sí.



 

 

 

 

 

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—No lo sé. No hablo con ella más de lo necesario. Pero no recuerdo que nadie la haya visitado. Creo que tonteaba con un mozo de aquí, luego a él lo mandaron a Filipinas y no sé cómo está la cosa.

—Así que ayer Ceferina solo habló con doña Encarna, y ni siquiera se detuvo por el camino a saludar a alguien…

—No, no se detuvo con nadie —le confirmó Arrese con desgana. Pero, de pronto, algo le vino a la cabeza que estuvo a punto de

verbalizar. Luego calló, y se quedó dudando si debía mencionarlo o no. Era probable que su superior lo regañara por mencionar de nuevo a esa mujer. Juarbe debió de notarlo, porque de inmediato preguntó:

—¿Y bien?

 

—Habló con alguien, pero fue aquí.

 

—¿Con quién?

 

—Habló con Patricia Burgoa…

 

—¿Qué hacía Patricia Burgoa aquí?

 

—No lo sé. Supongo que lo buscaba a usted y no lo encontró…

 

—¿Dejó recado?

 

—No.

 

—¿No pidió hablar con usted?

 

—Tampoco.

 

—En ese caso, parece que a quien buscaba es a Ceferina, ¿no cree? —Es posible. Deben de ser amigas… Hace unos días las vi

chafardeando en la calle, a unos metros de la puerta.

 

—¿No le parece extraño que se expandiera el interés por investigar a Javier Naarzabal?

—Sí, pero…

 

—¿Y no le sorprendió que se dijera que sospechábamos de una mujer? —¿Quiere decir que…? ¿Por eso me pidió que…? ¡Santo cielo! ¡No

me lo puedo creer!

 

—Pues lo ha comprobado con sus ojos. Tenemos al infiltrado en casa.

 

Dígale a Ceferina que venga inmediatamente a mi despacho —le ordenó.

 

Al principio, la limpiadora negó toda acusación y dijo que solo había hablado con Patricia Burgoa porque ella había entrado a saludar. Pero el interrogatorio de Juarbe acabó destrozando sus defensas y sus mentiras, y acabó confesando su culpabilidad. Prometió, no obstante, que no volvería a ocurrir y se ofreció a regalarle un brasero para los días que vendrían de invierno. El sargento fue tajante en su decisión y no dudó a la hora de



 

 

 

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indicarle que estaba despedida. Le dio cierta pena verla llorar, al escuchar los lamentos de «¿Y ahora qué voy a hacer yo?», «¡Pobre de mí, que siempre he sido ejemplar, por una vez que me equivoco!». Pero Juarbe no iba a dejar que ni las palabras ni las lágrimas lo conmovieran. De hecho, en aquel momento vio la posibilidad de ayudar a otra persona y pensó que tal vez era el destino quien le había presentado la ocasión en bandeja.

 

Arrese asistía a la conversación apostado en la ventana, en la que un sirimiri silencioso rozaba los cristales. No daba crédito a lo que escuchaba y, por primera vez desde que el sargento había llegado a la villa, pensó que era un hombre inteligente. Cuando Ceferina se marchó, no sin alguna protesta después de los arrepentimientos expresados, Juarbe se levantó y se acercó al perchero. Se cubrió con la capa y se puso el tricornio.

—¿Va a salir? ¿Lo acompaño? —se ofreció Arrese, que empezaba a sospechar que nuevamente se estaba perdiendo algo.

—Prefiero ir solo —respondió el sargento, a quien en aquel momento le sobraba cualquier compañía. Y, antes de coger la puerta y marcharse, añadió—: Si preguntan por mí, diga que en una hora estaré de vuelta. Y, si pasa por la taberna, haga saber a los vecinos lo ocurrido: que todos los rumores que han salido de aquí han sido cosa de Patricia Burgoa. A ella no podemos despedirla, así que no está de más que su impertinencia la salpique.

El día era oscuro, fresco y lluvioso. El verano había finalizado en ese punto perdido de la península. En cuanto Juarbe abandonó la villa, comprobó que los colores que ofrecía el prado eran muy distintos a los de días anteriores, pero no menos bellos a pesar de las sombras que lo cubrían. El olor a tierra mojada se mezclaba con otras fragancias que lo acariciaron por dentro. Se sentía bien, intuía que su suerte estaba cambiando y quería confiar en ello. No hacía viento y el agua caía suave y de forma calmada. Tomó el camino de Olaeta con paso firme, sabía que esta vez no iba a tropezar. Llevaba un propósito y se alegraba de ello. Recordaba, durante el trayecto, que la otra vez que pasó por aquel sendero lo hizo en compañía de doña Emilia Iraela y, al pensar en ella, le llegaba el olor de canela y clavo de sus manos. Ya había comprobado que la mujer cocinaba bien. Su madre, en cambio, siempre había sido torpe en los fogones y ni el marmitako, uno de sus platos favoritos, le quedaba al punto. Si en lugar de ocupar una plaza en la Guardia Civil hubiera sido un hombre acaudalado, habría puesto todo su esmero en contratar a una buena



 

 

 

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cocinera. En el fondo sabía que era un sibarita pobre y, también, un pobre sibarita. Cuando llegó a casa de las Muniain, se quitó la capa y se ajustó el cuello de la zamarra para esperar. La esposa de Tomás Elizalde le abrió la puerta con su hija en brazos.

 

—Buenos días, Maitechu. —El sargento se retiró el tricornio para saludarla.

Egun on. ¿En qué puedo ayudarlo?

 

En los ojos de esa mujer no había la suspicacia que habitualmente encontraba en otros vecinos y eso lo reconfortó. Sintió lástima. Había conocido a muchas como ella, esposas mal valoradas y maltratadas por maridos que no sabían lo que era el respeto. Él, en cambio, si hubiera tenido la fortuna de encontrar una esposa, habría sabido cómo cuidarla, pero el destino es caprichoso en este tipo de cosas y se la había negado. El día que le preguntaran, habría de admitir que la mujer de su vida había sido su madre, y ahora ni siquiera la tenía a ella.

 

—En realidad, no se trata de una visita de cortesía —comentó Juarbe tratando de esbozar una sonrisa—, he venido a ofrecerle un empleo.

—¿Un empleo? —preguntó ella, incrédula, mirando a su hija como si la niña pudiera entender que acababa de ocurrir un milagro—. ¿Qué tipo de empleo?

Juarbe sintió gran satisfacción en la mirada que luego le ofreció. —Nos hemos quedado sin limpiadora en el cuartel y he pensado que

 

igual le interesaría…

 

—¿Me habla usted en serio?

 

—No sería un gran sueldo, pero…

 

La mujer no hacía más que asentir con la cabeza.

 

—¡Me interesa! —lo interrumpió ella, aún sin dar crédito a tanta suerte.

—Necesitamos a alguien de confianza. Y no creo que su marido tenga agallas de venir a amenazarnos —añadió el sargento, llevándose la mano al bolsillo en el que guardaba el revólver. Gesto inútil, porque Maitechu no podía saberlo.

Así que la mujer le cogió esa misma mano y comenzó a besársela, sin cuidado de que la niña se tambaleara en el otro brazo.

—¡Es usted un santo! ¿Qué digo un santo? ¡Un bendito! ¡O un santo, mejor un santo! Es más un santo que un bendito…



 

 

 

 

 

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—Ha sido la casualidad la que ha querido que nos quedáramos ahora mismo sin limpiadora. Y, ya sabe, tendrá que aguantar a dos hombres, uno de ellos bastante gruñón, y el otro…, bueno, Arrese es algo patán.

 

—¡Un santo, usted es un santo! ¡Y a Arrese lo conozco de toda la vida! —La espero a las cuatro. O, si lo ve demasiado precipitado, mañana a

las ocho de la mañana.

 

—Iré esta misma tarde. No debo fallarle, no lo haré, tendrá usted el cuartelillo más limpio de todas las Vascongadas…

—No hace falta que todo reluzca… Solo estaba buscando a alguien de confianza. Eso es lo importante, que yo pueda confiar en usted. Enseguida se enterará de lo que ha pasado con Ceferina…

Con eso, no despertó la curiosidad de la mujer, pues el sentimiento que predominaba en ella era otro muy distinto. Maitechu continuaba dándole las gracias una y otra vez.

El sargento ya se había despedido y se había alejado más de veinte metros cuando oyó que lo llamaba.

—Quería decirle —comentó la mujer en cuanto llegó hasta él— que el día que mataron a doña Antonia mi marido se fue de casa sobre las ocho y media de la mañana y no regresó hasta las once menos cuarto. Si necesita que lo declare ante el magistrado, estoy dispuesta a hacerlo.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Llovía. Llovía de forma pausada, refrescando las calles polvorientas de principios de septiembre. Llovía con intermitencias, descansando de vez en cuando, pero arrancando otra vez con una constancia sutil e imbatible. Emprendió la subida por el camino romano, buscando en los hayedos una paz que sentía perdida. Caminó durante un buen rato, con ganas de que el cansancio hiciera mella y, tras haber descendido la loma por el otro lado del nevero, comprendió que se hallaba camino de las tierras de Naarzabal.

 

Se detuvo un momento en busca de algún sendero por el que continuar y que la alejara de allí, pero justo entonces oyó unas voces cercanas y reconoció una de ellas. Se giró y comprobó que su intuición era cierta: quien llegaba era el propio Naarzabal. Iba a caballo y acompañado de uno de sus hombres, que también montaba. En cuanto Javier se percató de su presencia, se despidió del otro hombre y se dirigió de inmediato hacia ella y le preguntó:

—¿Qué hace aquí? ¿Me buscaba? ¿Le ocurre algo a su padre?

 

—Mi padre está bien. Solamente estoy paseando y más tarde iré a visitar a doña Beatriz para pedirle partituras. No quiero fallar a sus sobrinas cuando empiece mis lecciones.

—No se preocupe por las partituras. Mi hermana quiere que mañana, sobre las diez, tengan la primera clase. ¿Le va bien?

—Claro, allí estaré.

 

—No venga caminando, le enviaré el carruaje cada vez, del mismo modo que luego la devolverá a su casa.

—Espero no ofenderlo si le digo que prefiero caminar.

 

—Podría llover como hace un rato. Insisto en que acepte el carruaje. Ella no supo qué responder. Una vez más la generosidad de él la

 

desarmaba. Así que hizo un gesto de agradecimiento, se despidió y



 

 

 

 

 

 

 

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reemprendió el camino. Cuando Naarzabal también iba a ponerse en marcha, notó que la joven se detenía.

 

—Don Javier —lo llamó ella.

 

Él se giró y vio que volvía a acercarse, por lo que bajó del caballo.

 

Esta vez, lo miraba a los ojos.

 

—¿Por qué nos ayuda? ¿Por qué nos ayuda tanto? —preguntó Marina, volviendo a observarlo, esta vez con una intensidad que enfatizaba la interrogación.

—Le aseguro que tengo un buen motivo.

 

Él también la miraba con la misma profundidad, como si pudiera leer las dudas acumuladas en su mente. Ella no se atrevió a preguntar de qué motivo hablaba.

—Mi padre…

 

—Su padre… —la interrumpió él, antes de que volviera a hacer ademán de marcharse—. Debe usted sentirse orgullosa de su padre. Sé que considera que ha sido imprudente en su proceder y, aunque no lo culpa por ello porque usted es benevolente, siente cierta vergüenza de que haya sido así. —Marina lo miró dudando de si debía estar ofendida o comprendida, puesto que él acababa de expresar, con gran acierto, lo que sucedía en su interior. Javier continuó—: Pero debe sentirse orgullosa de él, hay cosas que ni usted ni su hermano saben.

 

—¿A qué se refiere? ¿Qué cosas ignoramos que usted sí parece conocer?

—Si viene conmigo, se lo enseñaré —dijo él al tiempo que señalaba hacia el caserío.

Ella se sintió desconcertada ante esa invitación y, mientras aceptaba, confusa, le preguntó:

—¿Qué ha de enseñarme?

 

—Lo sabrá en unos minutos.

 

La ayudó a subir al caballo y emprendió el paso. Se sintió extraña al notar la cercanía de su presencia y un olor varonil que la embriagó. Por suerte, el trayecto que los separaba del caserío era corto. Naarzabal dejó el caballo frente a los soportales de la edificación e invitó a Marina a pasar hasta llegar a su despacho. No había rastro de su hermana y sus sobrinas. La joven no podía abandonar la sensación de sentirse fuera de lugar. No comprendía qué quería enseñarle él ni por qué ella se había dejado llevar con tanta facilidad. En el despacho, Javier abrió un cajón del que sacó un



 

 

 

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cuaderno, lo hojeó en busca de las páginas que le interesaban y luego se lo cedió a ella.

 

—Lea esto, por favor.

 

Marina, todavía aturdida, cogió el cuaderno y comenzó a leer.

 

—¿Esto es suyo? —preguntó la joven al cabo de unas líneas.

 

—No, no lo he escrito yo. Es la letra de don Jorge.

 

—¿Y por qué me lo enseña? ¿No es privado?

 

—Siga leyendo, por favor. Enseguida entenderá por qué le afecta —la interrumpió él al tiempo que le acercaba una silla.

Marina se sentó y regresó al cuaderno. A medida que iba leyendo, podía notarse el asombro en sus ojos.

—¿Santa Cruz? —preguntó ella. Naarzabal asintió y ella continuó, silenciosa, la lectura. Giró la página y, cada vez con más atención, pasó de un párrafo a otro hasta que comprendió lo que él quería mostrarle—. No sabía nada… —comentó intentando asumir aquella historia—. No tenía ni idea, mi padre nunca nos habló de ello.

—Ni don Jorge, supongo.

 

—No —respondió Marina al mismo tiempo con la voz y la cabeza. —¿Lo entiende ahora? —preguntó él—. Su padre salvó la vida de don

Adolfo Danobeitia, el padre de don Jorge, exponiendo la suya cuando aquel carlista al que llamaban «el cura Santa Cruz» estuvo a punto de matarlo.

—Sí, siempre oí hablar de él. Se ocultó en la cueva de Garrizaga antes de huir a Francia…

—Dicen que ese hombre estaba loco, que hasta el propio ejército carlista acabó expulsándolo por su crueldad.

—Esa historia la conozco, pero no sabía que mi padre se hubiera enfrentado a él…

—Como ha podido leer usted misma, don Jorge estaba muy agradecido a su padre y se había propuesto protegerlo en todo cuanto pudiera. Jamás tuvo intención de permitir que le abonara la deuda y, de haber tenido su padre un carácter más prudente, don Jorge le habría abierto una cuenta para que hiciera y deshiciera a su gusto. Cuando descubrí el cuaderno, supe que no había heredado solo los bienes y fortuna de mi familiar, sino también sus obligaciones. Y, entre ellas, se encuentra el deber de cuidar de su padre.



 

 

 

 

 

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—¿Me está diciendo que piensa perdonarle la deuda? —preguntó la joven abriendo más los ojos.

 

—Le estoy diciendo que su padre no tiene ninguna deuda y, si necesita más dinero, lo tendrá.

—¿Y por qué permite que se desprenda de sus animales? —Marina lo contemplaba con estupefacción.

—En este punto, admito que les he mentido. En ningún momento he publicado los anuncios que prometí; por tanto, nadie comprará unos animales que no están a la venta. Lo único que he hecho ha sido ofrecerlos en alquiler por si alguien desea exhibirlos. Su padre podrá decidir durante cuánto tiempo los cede y las condiciones, pero seguirán siendo suyos. Si quiere regañarme, está en su derecho. Estoy actuando como creo que lo habría hecho don Jorge. Él jamás le contó a su padre que la deuda ya estaba perdonada para que no continuara dilapidando todo su patrimonio. Por eso mismo, yo también he guardado silencio al respecto.

 

—Pero me lo está contando a mí…

 

—No podía ocultárselo por más tiempo, creo que usted necesitaba saberlo. No ha hecho otra cosa que recelar de mí… No, no lo niegue. He podido observarla bien. Además, no quería que continuara sintiéndose presa de un destino que no ha elegido. —Tras una pausa en la que la observó procurando leer su reacción, Javier añadió—: Soy consciente de que su padre tiene expectativas de emparentar conmigo, y también sé que ese no es su deseo. Siempre se ha mostrado reticente a relacionarse conmigo y en ningún momento ha ocultado su indiferencia hacia mí — comentó bajando los ojos un instante.

 

Marina imitó el gesto. Hubo de admitir que llevaba razón en un punto, su padre no había disimulado su interés por casarla con él; sin embargo, se equivocaba en cuanto a sus sentimientos.

—La lealtad que demuestra hacia don Jorge lo dignifica —reconoció ella.

—Espero que a partir de este momento no se sienta incómoda viniendo al caserío ni en mi presencia, del mismo modo que sé que guardará el secreto de cuanto le he contado.

—Lo guardaré —le prometió Marina.

 

La actitud de él hacia su familia había quedado de sobra justificada, no respondía a ningún tipo de interés y ni siquiera sospechaba el afecto que



 

 

 

 

 

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despertaba en ella. Marina abandonó el caserío más enamorada y con menos esperanzas que nunca.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Maitechu Muniain se dedicaba a sacar brillo a un viejo candelabro que ya no usaban, pero que permanecía en el cuartel de la Guardia Civil desde tiempos inmemoriales. Cuando coincidía con el sargento y Arrese, rápidamente buscaba algún quehacer en otro lugar, no quería que la tildaran de chismosa como a su antecesora. Valoraba el empleo y estaba agradecida, y, a pesar de eso, no había manera de verla sonreír. La amenaza de su marido de quitarle a la niña la mantenía en vilo, al igual que las múltiples dudas que le generaba el saberse señalada por haber abandonado el hogar familiar. Cuando estaba con Tomás, quien más quien menos la compadecía, pero ahora su nombre estaba en boca de sus vecinos como si se tratara de una adúltera. Sentía agradecimiento hacia el sargento, hacia doña Emilia Iraela y hacia don Evaristo, las únicas personas que habían tenido gestos amables con ella, y se afanaba por estar a la altura del que ya consideraba su protector.

 

El color de su tez cambió ese martes por la mañana cuando vio entrar al alcalde hecho una furia en el cuartel. Lizana ni siquiera la miró y se dirigió sin preámbulos al despacho de Juarbe.

—¿Es cierto que se disfraza de pescador para interrogar a mi hijo? —le preguntó el alcalde en tono de amenaza en cuanto entró.

—Pescar me relaja —respondió el aludido procurando aparentar convicción mientras veía cómo Arrese salía del despacho disimuladamente.

—¿Qué quiere de él? ¿No le parece bastante dramático que haya perdido a dos madres para que usted, además, pretenda amargarle la vida?

—Su hijo y yo solo hemos intercambiado saludos —respondió el sargento.

—Oiga —dijo Lizana con gesto amenazante y ojos saltones—, como se atreva a molestar a mi hijo, voy a tomar medidas contra usted. —En la



 

 

 

 

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mente de Juarbe esas palabras resonaron como un eco. El alcalde, frunciendo el entrecejo y mirándolo con severidad, añadió—: Si, como dice, pesca para relajarse, ¿es porque no hay nada más urgente en su agenda? Si ha venido aquí a retirarse, moveré ficha para que lo trasladen de nuevo. No voy a consentir que el asesinato de mi esposa quede impune.

 

—Hacemos todo lo que podemos.

 

—Y lo que pueden es bien poco, visto lo visto —replicó el alcalde desahogándose en cada una de sus palabras—. ¡Ineptos, torpes, incluso comediantes! ¿Es esto todo lo que se puede esperar de la Guardia Civil? —Echó una mirada rápida al despacho y añadió—: Deje las comodidades de un techo y salga a patrullar. Examine las huertas, el bosque, los caminos…, lo que sea necesario hasta encontrar una pista del desalmado que mató a Antonia. ¡Y no me venga con el cuento de que a veces llueve!

La mirada furibunda de Lizana atravesó el cuerpo de Juarbe. El alcalde se marchó del cuartel tras soltar varios exabruptos más y, a pesar de que el sargento sintió un alivio transitorio, la sensación de que en breve regresaría si no había resultados quedó flotando en el ambiente.

Juarbe respiró hondo y luego abrió la carta que había recibido de Santoña. La firmaba Zengotitagoitia y en ella confesaba que no podía decirle quién era el hombre de confianza de Tomás Elizalde. Su estancia había sido demasiado corta para averiguar si lo había. Sin embargo, también apuntaba a que, desde que se había marchado, no había dejado de pensar en Eloy Lizana. Si su padre sospechaba de él, ¿por qué no iban a sospechar las autoridades? El sargento volvió a repasar mentalmente lo que tenían y, por si pasaba algún detalle por alto, ojeó de nuevo algunas de las declaraciones del expediente. No había sacado nada en claro de la conversación mantenida con Maitechu Muniain, excepto que su marido no tenía coartada. La mujer admitió que siempre le había resultado difícil comunicarse con su esposo y ni siquiera se había atrevido a preguntarle adónde había ido. No tenía pruebas ni indicios ni testigos… Por su parte, doña Beatriz no había recordado nada nuevo, por lo que no sabía muy bien hacia dónde encaminar los siguientes pasos. En otras ocasiones en las que se había sentido perdido ante una situación similar, tenía la sensación de que se le escapaba algo, de que había dejado algún detalle al que no había dado importancia, y esta vez no era así. No tenía la impresión de haberse dejado nada en el tintero, lo que ocurría era que faltaban piezas por encajar en el puzle que se había hecho de todo aquello a las que no podía acceder.



 

 

 

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Se levantó para mirar por la ventana, atraído por las nubes indecisas que cubrían el cielo. Un gato atravesó la calle a toda prisa y, sin que hubiera una relación entre ambas cosas, en ese instante se le ocurrió la idea. Era tan descabellada como desesperada, pero desde ese momento no pudo quitársela de la cabeza. Cuando volvió a ver a Arrese, le preguntó:

 

—¿Su esposa se encuentra a menudo con Patricia Burgoa? —Todo el mundo se encuentra con Patricia, lo difícil es evitarla. —Verá, he pensado que en uno de esos encuentros su esposa podría

 

dejar caer, como si cometiera una imprudencia, que hay algo que Eloy calla y que resulta de crucial importancia para el caso… —comenzó a decir Juarbe—. ¿Cree que su esposa estará dispuesta a ayudarnos?

 

—Bonito estaría que se negara para un recado que le pido.

 

—¿Se alegra de estar casado, Arrese?

 

La pregunta desconcertó tanto al subordinado como al sargento, que no sabía a cuento de qué acababa de preguntarlo.

—Sí, señor. Es un poco mandona, pero cocina bien.

 

La treta dio fruto. El día siguiente amaneció con aire nítido y olor a hierba y tierra renovada, y Patricia Burgoa salió en busca del joven Eloy. La fortuna no la acompañó a primera hora de la mañana y hubo de recorrer varios senderos. Por fin, ya cansada de tanto ir y venir, lo localizó.

Lo vio partir hacia el sur y decidió seguirlo. Deseaba abordarlo en la intimidad, lejos de testigos que pudieran interrumpirlos, y el campo le ofrecía esa posibilidad. El barro comenzó a hacer mella en sus zapatos, aunque el sacrificio valía la pena. Se alegró de ver que, una vez abandonados los cultivos, Eloy tomaba la dirección hacia el río, y apresuró el paso para no quedarse atrás. Sentía el corazón inquieto. Se internó entre la arboleda para sorprenderlo antes de llegar a la orilla y, cuando por fin se cruzaron, se detuvo a saludarlo.

—¡Por fin un buen día! ¿Va a aprovechar para pescar?

 

Antes de que Lizana presidiera la alcaldía, jamás habría usado el tratamiento de usted con un mozo de quince años, pero la posición social cambiaba estas cosas.

—Esa es mi intención. El otoño está a las puertas y en breve tendremos pocos días de sol.

—¿Y no se ha olvidado la caña?

 

El muchacho mostró el martillo que llevaba enganchado al cinturón.

 

—Hoy vengo a por truchas.



 

 

 

 

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—¿Y las va a pescar con un martillo?

 

—Con las manos —presumió él—. El martillo me sirve para golpear las piedras bajo las que se ocultan. Luego las levanto y las truchas están tan mareadas que ni escapar pueden.

—¡Qué ingenioso es usted!

 

—Lo aprendí de mi abuelo.

 

—No tuve la suerte de conocerlo, pero dicen que fue un gran hombre. Y así dio comienzo una conversación más larga. Tres cuartos de hora después, Patricia Burgoa se encontraba ante el portal de la familia Erguin. De repente, había sentido la urgencia de pasar a saludar a las tres jóvenes. Tal como era su deseo, fue invitada a tomar un café y se quedó allí una media hora. Cuando salió, se dirigió al taller de doña Rafaela con el pretexto de encargar un vestido. Insistió en que le tomara las medidas, a pesar de que la dueña del taller ya las tenía apuntadas, aduciendo que había adelgazado en los últimos tiempos. Pero no era así, las medidas fueron las mismas. Durante ese rato, aprovechó para conversar de otros temas. Luego, hojeó las revistas despacio, alabó varios diseños y se

 

despidió sin encargar ninguna prenda.

 

Los siguientes pasos la llevaron hasta el cuartel de la Guardia Civil, al que llegó con aires de jactancia. Arrese no se sorprendió cuando la vio entrar y se apresuró a ser él quien la atendiera. Ella preguntó por el sargento, así que el guardia no tuvo otro remedio que conducirla hasta el despacho de su superior. Afortunadamente para Arrese, Juarbe le permitió estar presente durante la conversación, no sin antes guiñarle un ojo a espaldas de Patricia.

—Estimado sargento, me he sentido en la urgencia de venir a verlo. Me temo que se les está escapando algo en el tema del asesinato de mi querida Antonia y yo no puedo permitirlo.

—Si no se escapara algo, el caso ya estaría resuelto, como podrá suponer.

—Sí, claro, claro. Pero lo que quiero decir es que hay personas a las que ustedes no han tenido en cuenta como sospechosas.

—Si ha venido aquí tan decidida supongo que es porque tiene algo que contarnos y que nosotros ignoramos. Por favor, siéntase cómoda, estoy deseando escucharla.

—Gracias —dijo Patricia mientras se sentaba, sorprendida de la amabilidad.



 

 

 

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—¿Y bien?

 

—Verá —comenzó a decir, removiéndose en su asiento—, sé que el señor Lizana se sentiría molesto si ustedes interrogaran a su hijo. Todos conocemos que el muchacho no apreciaba a su madrastra y que en el momento del crimen, según su versión, estaba pescando. Sin embargo, no hay testigos de que fuera así.

—Prosiga, por favor —la invitó el sargento, satisfecho por primera vez de que esa mujer fuera tan locuaz.

—Esta mañana he tenido una charla muy interesante con Eloy. —Supongo que no le habrá confesado que él mató a su madrastra… —No, señor, Eloy Lizana no mató a su madrastra. —Lo afirma usted con mucha seguridad.

—Estoy convencida de ello. Cuando yo le he dicho que conocía su secreto, pero que estaba dispuesta a mantenerlo en silencio, su respuesta ha sido muy esclarecedora.

—¿Que usted conoce su secreto? ¿Qué secreto?

 

—Ninguno, claro, he tenido que mentir. Y ha sido una mentira muy efectiva, porque sí existe un secreto. Todo el mundo tiene un secreto, seguro que usted también. —Lo observó desafiante.

—¿Y cuál es el de Eloy Lizana?

 

—Afecta también a una de las hermanas Erguin.

 

—¿A cuál de las tres?

 

—¡Oh, eso él no lo ha dicho y yo he tenido que fingir que sabía a cuál de las tres se refería!

—¿Qué pinta una de las jóvenes Erguin en todo esto?

 

—Se lo contaré. Por el momento, sepa que puede descartar a Mercedes Erguin.

—¿No ha dicho que no sabía cuál de las tres?

 

—He dicho que Eloy Lizana no ha mencionado su nombre, pero yo me he encargado de averiguar si alguna de ellas tenía coartada esa mañana.

—Explíquese mejor.

 

—Mercedes Erguin estaba en casa a la hora en que fue cometido el crimen. Sin embargo, Adela y Felisa habían salido a pasear. Salieron juntas, pero Adela Erguin regresó un poco antes.

—No entiendo adónde quiere llegar.

 

—Sería conveniente que usted averiguara si alguna de ellas fue vista por alguien y en qué lugar. Si estaba cerca de la casa de los Lizana, podría



 

 

 

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haber tenido ocasión de cometer el crimen.

 

—¿Qué motivos podría tener una de esas jóvenes para matar a doña Antonia?

—¿No dijo usted que podría tratarse de un accidente durante una discusión? Felisa Erguin es, de las tres hermanas, la más impulsiva. Y Adela Erguin… Bueno, antes de que el señor Lizana volviera a casarse, se comentaba que ella no habría rechazado una propuesta si él se la hubiera realizado.

—¿Adela Erguin estaba enamorada del alcalde? —se sorprendió el sargento a la vez que miraba a Arrese con reproche por no haberlo informado.

—¿Enamorada? ¿Quién ha hablado de amor? Yo me refería a alcanzar un buen matrimonio. ¿Quién no querría ser la esposa del alcalde? No me puedo creer que sea usted un romántico, sargento —se burló.

Juarbe quedó desconcertado una vez más. Hizo un esfuerzo por disimularlo y pasó a otra pregunta:

—¿Y qué tiene que ver todo esto con el secreto que oculta Eloy Lizana?

—Eloy sabe algo sobre una de las hermanas Erguin que no se atreve a decir. Desconozco el motivo de tal reserva. Pero, evidentemente, se trata de algo importante. ¿Y si el muchacho hubiera visto a esa hermana Erguin cerca de su casa a la hora en que ocurrió todo?

—No entiendo por qué debería callárselo.

 

—Es posible que le esté agradecido. Al fin y al cabo, Eloy ha resultado beneficiado en todo esto.

—Tal vez se haya dado el caso de que esa hermana Erguin haya amenazado al muchacho —intervino Arrese.

—¿Qué tipo de amenaza? Él es más corpulento que cualquiera de ellas —observó Juarbe.

—Tal vez ella también sepa algún secreto sobre él… —añadió Patricia

 

—. De todas formas, lo que haya hecho esa hermana Erguin es un asunto que usted debería resolver.

Juarbe no lo dijo, pero reconoció que llevaba razón.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El carruaje de Javier Naarzabal había pasado a buscar a Marina a la hora convenida. Cuando la joven llegó al caserío, vio que toda la familia la estaba esperando e incluso pudo notar cierto interés por su persona en la hermana de Javier. Doña Amparo indicó a sus hijas que subieran al aula del piano y, en cuanto las pequeñas desaparecieron, le pidió a la joven Ordubi:

 

—No debe irse sin antes tomar un café conmigo. Estoy deseando que me ponga al tanto de los detalles de todos los extravagantes sombreros que ha lucido cierta vecina. Ayer me la crucé y tuve que reprimir una risa. ¡Por Dios! ¡Qué mal gusto!

Marina no entendió que le hiciera esa propuesta, pues ya había alternado con la familia Erguin y, sin duda, ellos la habrían informado con mayor mordacidad de los sombreros de Patricia.

—Estuvo una vez en Ascot y, desde que regresó, convencida de que era la última moda, no sabría decirle cuál de todos los modelos ha sido el más estrambótico.

—Supongo que habrá escandalizado a más de uno. Es algo habitual en un lugar pequeño.

—Amparo, no creo que a la señorita Ordubi le interesen los cotilleos tanto como a ti. Estoy seguro de que tendrás más suerte con otras damas —intervino Javier en tono jocoso.

—Mi hermano dice que su voz es la más destacada de la villa de Ochandiano —cambió de tema la aludida—. No espere mucho de Paulita, es muy poco aplicada. Mis esperanzas están depositadas en Amparito, a pesar de que sé que nunca cantará como mi madre. Al menos no desafina.

—No sabía que su madre cantara…

 

—¡Oh, sí! Yo solo la oí cantar en casa, pero, antes de conocer a mi padre, daba recitales. Ya sabe cómo son los hombres; a papá —dijo doña



 

 

 

 

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Amparo mirando por un momento a su hermano— no le gustaba que se exhibiera.

 

—Ni lo que hacía era exhibirse ni todos los hombres somos iguales — añadió Javier.

—Creo que su padre es un hombre muy particular… —continuó doña Amparo. Marina empezaba a pensar que a todas las forasteras se les daba bien conversar con desconocidos, algo poco habitual entre las lugareñas—. El día que lo conocimos me contó que colecciona momias de animales con rarezas. Me habría gustado verlas.

 

—Se lo haré saber a mi padre y seguro que estará encantado de mostrárselas.

—Me gustaría que también las vieran las niñas, pero no estoy segura de si se asustarán.

—Yo crecí jugando a esconderme de mi hermano entre esas momias. Doña Amparo continuó hablando y al cabo de poco las pequeñas

regresaron al salón mostrando impaciencia por el retraso de Marina.

 

—Ya está todo listo, ¿cuánto más tenemos que esperar? —preguntó Paula mientras daba saltitos.

—Si tu madre deja de entretener a la señorita Ordubi, podéis empezar ahora mismo —le sonrió Javier de forma cómplice—. Acompáñeme, por favor, le enseñaré lo que ellas han denominado «el aula de música» después de organizarlo a su antojo.

Ella lo siguió hasta el pasillo y las niñas hicieron lo propio. Luego subieron unas escaleras hasta el primer piso y cruzaron hacia el ala derecha hasta llegar a una habitación muy espaciosa en la que se hallaba el piano. Marina comprobó que había cambiado la distribución que tenía don Jorge, aunque ignoraba si era cosa de Javier o de las recién llegadas. Javier cogió las partituras que sus sobrinas habían traído de Bilbao y se las mostró.

—Cuando estuvimos en Madrid, su padre me habló del interés de doña Beatriz Iraela en algunas óperas italianas. Entre las partituras, algunas de ellas pertenecen a fragmentos de esas óperas. Si quiere, puede copiarlas para su amiga.

—Es cierto. Las estuvo buscando durante algún tiempo sin ningún éxito —respondió ella ofreciéndole una sonrisa que también lo complació —. Le puedo asegurar que doña Beatriz quedará muy agradecida.



 

 

 

 

 

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Cuando Javier cerró la puerta al salir, Marina notó que había dejado un vacío. Sabía que se había sonrojado y trató de reponerse de esa sensación que consideraba inquietante. Escogió una canción con cierta dificultad, aunque no exagerada, y comenzó a ejecutarla al piano. Las niñas la acompañaron con la voz y la joven Ordubi observó que Amparo salvaba justita la interpretación, mientras que su hermana desafinaba en varios puntos y no entraba a tiempo en ciertos compases. Cuando pasaron a practicar compases, permitió, fingiendo que no se daba cuenta, que Paula contara los tiempos con los dedos de la mano que mantenía escondida en la espalda. Repitieron varias veces la canción y, al final, la versión salió mejorada, pero no perfecta.

 

Tal como le había prometido Javier, no la comprometió y la acompañó hasta el carruaje para que la devolviera a su casa. Ella insistió en que podía regresar andando, pero él alegó que, mientras un asesino anduviera suelto, no se lo iba a permitir.

Marina abandonó el caserío consciente de que la inclinación que sentía hacia Javier había ganado fuerza. Pero no debía hacerse ilusiones. Recordó el rumor que lo vinculaba a Adela Erguin y se preguntó en qué punto se hallaría su relación con ella. Adela Erguin era mucho más hermosa y cultivada, más adecuada para un hombre acaudalado como ahora era, y el rumor de que había interés por parte de Javier hacia ella demostraba que el heredero coincidía con esa opinión. En cuanto a la amabilidad y las deferencias que mostraba hacia ella, estaban más que justificadas por el diario de don Jorge, además de responder también a un carácter benevolente como el que continuaba demostrando. Era tonta, muy tonta, si albergaba esperanzas. Una hora después, se encontraba en casa de las Iraela.

 

—¡Oh, qué maravilla! Las llevaba deseando desde hace mucho tiempo… —se alegró doña Beatriz—. Por supuesto que me harás un favor si las copias… No sé cómo darte las gracias.

—No me lo agradezca a mí, ha sido deferencia de Naarzabal. Me dijo que fue mi aita quien le mencionó su interés en ellas.

—Haz el favor de agradecérselo también, pues. Pero estoy segura de que no las habría conseguido si no hubiese sido por tu influencia.

 

—¿Influencia? —fingió sorprenderse la joven.

 

Iba a añadir algo más, pero doña Emilia acudió en su ayuda.



 

 

 

 

 

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—Reconoce que don Javier posee la virtud de la generosidad. —Y, a continuación, muy sonriente, agregó la menor de las Iraela—: Supongo que ya sabes lo de Fedra…

 

Por un segundo, Marina se temió lo peor. Por suerte, la cara exultante de su amiga la hizo pensar que estaba equivocada.

—¿Qué es lo de Fedra?

 

—A Vicente le han dado un permiso y vendrá a España durante un mes. Fedra ya estaba hablando de ir a buscarlo a Vigo…

Marina sonrió imaginando a su amiga haciendo planes para el recibimiento.

—Seguro que logra convencer a su aita para que vayan.

 

—Querida —añadió doña Beatriz mirando ahora a Marina—, no nos has explicado hasta qué punto están consentidas las sobrinas de Naarzabal. ¿Te han dado mucha guerra?

—Han resultado más educadas de lo que esperaba, y cariñosas, pero me temo que no destacarán en la disciplina del canto. Y doña Amparo, la hermana de Naarzabal, enseguida me ha hecho sentir cómoda. Es una mujer a la que le gusta la conversación.

—Y el piano de don Jorge, ¿estaba afinado? —Sonaba mejor ahora que cuando don Jorge vivía…

 

—¿Y han mencionado a los Erguin? —preguntó de nuevo doña Emilia, sonriente—. Ya sabes a qué me refiero…

—En ningún momento. ¿Sabe si lo que se dice de ellos es cierto? —Patricia hablaba hoy de las hijas de los Erguin en el mercado, y la

 

escuchaban con mucha atención, por lo que, con todo el disimulo del que he sido capaz, me he acercado. He podido distinguir que Patricia decía muy convencida que en breve cierto asunto de una de ellas daría una gran sorpresa a la villa. Puedo imaginar a qué se estaba refiriendo, por eso te preguntaba si tú sabías algo más…

—Nada, doña Emilia, no sé nada —respondió Marina tratando de aparentar indiferencia.

Poco más alargó la estancia en casa de las hermanas. Se despidió con la excusa de esperar a Fedra, a quien tenía ganas de abrazar. Se alegraba por ella, cierto, se alegraba mucho. Sin embargo, también otros sentimientos la acuciaban. Cuando salió, pudo dejar de sonreír, pues lo que sentía le dibujaba una expresión muy contraria a la que había mostrado.



 

 

 

 

 

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Adela Erguin iba a dar una sorpresa… ¿Sería que ya había un compromiso en firme?



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Juarbe se hallaba inquieto y no controlaba el torbellino atropellado que se sucedía en su cabeza mientras esperaba a las dos mayores de las hermanas Erguin. Se levantó de su asiento y se asomó a la ventana. Se quedó ensimismado observando la calle y el campo que se abría tras ella, e imaginó de nuevo el cadáver enfangado de doña Antonia tal como se lo habían descrito. ¿Sabía ella que iba a morir ese día?

 

Oyó los pasos de Arrese y unas voces detrás. Salió a las dependencias generales y saludó a Adela y a Felisa Erguin, a las que esperaba desde el día anterior.

—Disculpen que las hayamos molestado, pero nos gustaría tener una conversación informal con ustedes… por separado. Por favor —le pidió el sargento a Adela—, entre conmigo por aquí.

Arrese llevó a Felisa a otro despacho, y las dos hermanas, que no entendían nada, se miraron asustadas antes de seguir las instrucciones. No había nadie más en el cuartel, no es que Juarbe desconfiara de Maitechu Muniain, pero no quería correr riesgos de ningún tipo. Precaución del todo inútil, puesto que Patricia Burgoa era quien lo había conducido a esta situación.

—No comprendo… —expresó Adela, agarrando a su hermana de la mano—, ¿por qué no podemos estar juntas?

Juarbe no respondió y la invitó de nuevo a entrar, esta vez con un gesto. Las dos hermanas se soltaron y el sargento cerró la puerta después de que él y la mayor de las Erguin hubieron entrado.

—Tome asiento, señorita Erguin, tome asiento.

 

La joven se sentó y apoyó una mano sobre la mesa cuyos dedos no dejaron de moverse.

—Verá, hemos decidido llamarlas a las dos para evitar rumores — comenzó a decir Juarbe, a quien no se le daba nada bien ser elocuente ante



 

 

 

 

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mujeres. Él aún se hallaba de pie y sentía que así tenía más seguridad sobre sus propias palabras—. En realidad, es con usted con quien deseo hablar. Si hubiera venido sola, la gente especularía.

—Sigo sin entenderlo, ¿de qué quiere hablar? ¿Es grave?

 

—El asesinato de una persona siempre es algo grave, señorita Erguin. —¿Quiere decir que estoy aquí por lo de doña Antonia? —preguntó la

joven, sorprendida de que ella tuviera algo que aportar al caso.

 

—En efecto. Me alegro de que lo haya entendido, así no tendré que andarme con rodeos.

—¿Y en qué lo puedo ayudar yo?

 

—Verá, señorita Erguin, le agradecería que usted tampoco disimulara. —El sargento hizo una pausa que otras veces le había funcionado antes de añadir—: Lo sabemos todo.

—¿Y qué es lo que saben?

 

—Lo que hasta ahora ha tratado de ocultar. Sabemos lo que hizo usted el día del crimen.

—¿Y qué hice? —Esta vez su voz sonó más ofendida que asombrada.

 

De pronto, Adela comenzó a ponerse muy nerviosa.

 

—Por favor, señorita Erguin, si colabora, nos resultará a todos más fácil.

—¿Qué cree que hice? —preguntó la muchacha, casi gritando e indignada de que la sometiera a ese tipo de insinuaciones vergonzosas.

 

—Aquella mañana usted salió a pasear por el campo con su hermana Felisa, ¿no es cierto?

—Sí, así fue —dijo ella con mirada desafiante—. ¿Acaso es eso un crimen?

—Si salieron juntas, ¿por qué regresaron separadas?

 

A la joven le sorprendió que el sargento estuviera enterado de eso y, removiéndose en la silla, comprendió que era mejor dar una explicación.

 

—Últimamente mi hermana se ha aficionado al ejercicio. Lo lleva haciendo desde hace unos meses, pero yo me canso antes. Lo considero innecesario, mi figura es esbelta.

El sargento, insatisfecho, la observó esperando que continuara, pero, como ella no añadió nada más, se vio obligado a cambiar de pregunta.

—Señorita Erguin, ¿qué opinaba usted de doña Antonia?

 

—¡Oh! ¡Lo que opinábamos todas! Podría mentirle y decirle que tenía muy buena opinión de ella, pero no tengo nada que ocultar, sargento. Doña



 

 

 

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Antonia era una persona pesada y atrevida, y, si eso me hace culpable de algo, creo que encontrará culpables a todas las mujeres de la villa. No entiendo a qué viene todo esto, ¿acaso piensa que yo la maté?

 

—Señorita Erguin, tranquilícese, aún no he formulado ninguna acusación. Pero sabemos lo que trata de ocultar, es inútil que finja que no sabe de qué hablo.

—¡Yo no oculto nada! —exclamó ella comenzando a enfadarse esta vez sin control—. Y no tengo ni idea de qué habla… Lo que sí sé es que el alcalde desconfía de usted y ahora ya entiendo a qué se debe. ¡Está intentando hacer conmigo lo mismo que hizo con Ochoa! Y nuevamente se está equivocando. Va a ser el hazmerreír de la villa. No solo tiene usted media hostia, también tiene medio cerebro…

Juarbe fingió que no le molestaban los insultos y la interrumpió con intención de jugar todas sus cartas al ver que la presa se le escapaba.

 

—Usted tenía esperanzas de unirse al señor Lizana…

 

La joven palideció al oír esa afirmación. Juarbe se sintió satisfecho, había funcionado. A todas luces, podía sentir el torbellino que se había despertado en la muchacha. Había dado en el clavo. La tenía a su merced y, aunque ahora callara, de un momento a otro la haría hablar. Sin embargo, antes de que la conversación continuara, fueron interrumpidos por Arrese, que, sin llamar, entreabrió la puerta y se asomó para decir:

—Sargento, ¿puede venir un momento?

 

—¿Ha de ser ahora? —preguntó Juarbe, molesto, pues su subordinado no habría podido ser más inoportuno.

—Ha de ser ahora —asintió Arrese con voz de urgencia.

 

La interrupción no sentó bien a Juarbe y, si no hubiera sido por el brillo en los ojos de Arrese, lo habría ignorado. Pero algo palpitaba en la mirada de su subordinado, algo que reconoció, y fue precisamente por eso que se dejó arrastrar por esa intuición ajena.

—Disculpe, volveré en breve.

 

Juarbe se levantó y cerró la puerta al salir. Luego siguió a Arrese con mirada interrogante, pero este se encaminaba ya hacia otra de las estancias privadas en la que se hallaba Felisa Erguin.

En cuanto entró, Juarbe observó a la joven, que lloraba desconsoladamente en una silla en la que permanecía derrotada. Ella, que había notado su presencia, no se atrevió a levantar la cabeza y continuó hipando y gimiendo sin control.



 

 

 

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—Felisa Erguin tiene algo que contar, señor —le dijo Arrese al tiempo que le ofrecía su silla.

 

El sargento prefirió permanecer de pie.

 

—¿Y bien? —preguntó el guardia civil mientras le pasaba un pañuelo a la joven.

Ella trató de calmar su sofoco y se limpió la cara. Luego, avergonzada, miró al sargento con ojos de súplica.

—Le rogaría que nada de todo esto saliera de aquí. Mi familia… Mi familia no puede enterarse de esto —suplicó la mediana de las Erguin, temerosa de que su hermana escuchara su confesión.

En sus palabras había una desesperación que desconcertó a Juarbe, y de inmediato se acercó a ella.

—Si usted colabora, procuraré tratar el caso con la mayor confidencialidad —le comentó el sargento bajando el tono de voz y tratando de mostrarse amable—. Sin embargo, hay asuntos en los que nada puedo hacer.

La joven lo observó dudosa y después se giró a preguntar a Arrese:

 

—¿Quién más lo sabe? ¿Ha sido Eloy Lizana quien se lo ha contado? ¡Oh, no creo! —negó ella misma—. El muchacho parecía asustado cuando Tomás lo amenazó. Por favor, necesito saber cómo lo han descubierto. Si esto llega a oídos de Patricia Burgoa…

—¿Tomás? —preguntó el sargento mirando a Arrese para que se lo aclarara.

Cada vez entendía menos qué estaba ocurriendo allí.

 

—Tomás Elizalde, sargento —le explicó el subordinado—. Felisa Erguin tiene una relación con el dueño de la posada.

—¡Tenía! —matizó la joven—. Desde que su esposa lo abandonó, él no ha querido volver a saber de mí. ¡Ahora pretende regresar con ella! ¡Malnacido! ¡Es un malnacido!

Felisa comenzó a llorar. Juarbe se encontraba perplejo, esa información era inesperada para él.

—La señorita Erguin y Elizalde estaban juntos en el momento del crimen —continuó explicándole Arrese—. Por lo visto, se citaban a veces en una caseta de aperos cerca del caserío de Ochoa.

—Eso está lejos de la casa del alcalde —observó el sargento.

 

—Efectivamente. Por tanto, de ser cierto, exculparía a Elizalde.

 

—Si Eloy Lizana los sorprendió, deberá confirmarlo.



 

 

 

 

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—¡Oh, no, por favor! No remuevan más este asunto —volvió a suplicar la joven tratando de frenar sus lágrimas—. Ya saben en qué lugar quedaría yo si esto se supiera. Sé que no me he portado bien, que he traicionado a mi familia, pero yo lo amo, amo a Tomás. A pesar de estar casado, de su mal carácter, de que ahora me ignora… ¡Yo no puedo hacer nada por dejar de amarlo! No soy una cualquiera, no deben pensar mal de mí. Lo que he hecho ha sido por amor.

 

—¿Amor? —exclamó Adela, que abría la puerta en aquel momento. La mayor de las Erguin avanzó decidida hacia la otra muchacha y la

 

abofeteó. El sargento hubo de sujetarla porque la joven tenía intención de continuar agrediéndola.

—¡Sí! ¡Amor! —Felisa se levantó de su asiento para sorpresa de los guardias y se encaró a su hermana—. ¡Porque yo tengo corazón! No soy como tú y madre, que solo pensáis en el interés. ¡Tú entregarías tu mano a cualquiera que te ofreciera una buena posición, pero yo necesito amar!

—¿Mano? ¡Lo que tú has entregado no ha sido una mano! ¡Ramera! — gritó Adela—. ¡Nos vas a deshonrar a todos! ¿Sabes lo que supone esto, Felisa? ¿Sabes lo que supone tu conducta? Ni Mercedes ni yo encontraremos marido por tu culpa. ¡Has mancillado nuestro nombre y destrozado nuestro futuro!

—¡Eres injusta!

 

—Por favor, señoritas —intervino Arrese—, las cosas pueden hablarse de otra manera.

—¿Hablarse? —se enojó la mayor de las hermanas—. ¿Cree que hablando se puede reparar algo? ¡El mal ya está hecho! —gritó—. ¡Y ustedes! ¿Qué les importaba todo esto a ustedes? ¿Para qué nos han hecho venir?

—Si el joven Lizana confirma que vio a su hermana y a Tomás Elizalde, no volveremos a molestarlas. Por nuestra parte, esto no saldrá de aquí.

—Le prometo —dijo con rabia Adela Erguin— que hablaré con mi padre para que haga todo lo posible para destituirlo. Es muy amigo del alcalde.

Y, con mirada retadora, agarró de una mano a su hermana y la arrastró hacia la salida.



 

 

 

 

 

 

 

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Marina oyó un golpe estrepitoso en el dormitorio de su padre. Hacía media hora que Baltasar Ordubi había subido a descansar y la joven dejó la labor y fue inmediatamente a ver qué había ocurrido. Otilia la siguió.

 

Cuando llegaron, encontraron al hombre en el suelo maldiciendo una y otra vez mientras intentaba levantarse. No se veía sangre por ningún lado y, con cuidado, lo ayudaron a incorporarse.

—¿También en las siestas, aita? —le preguntó Marina, conmovida por la situación de su padre.

—Es la primera vez que le ocurre a media tarde —añadió Otilia—. Iré a buscar al doctor Irigoyen. ¿O prefiere que vayamos al hospital?

—No, al hospital, no. Y tampoco nada de llamar a Gonzo, que luego me da unos brebajes horribles… —protestó él.

—Sí, Otilia, ve a buscar al doctor Irigoyen —insistió la joven. Luego miró a su padre y añadió—: Que le dé brebajes y le suelte retahílas, pero no puede permitir que esto le ocurra también durante la siesta… ¡Oh, aita! ¿Por qué no podría ser usted un hombre normal?

 

Marina se arrepintió de inmediato de sus palabras y notó que Otilia la regañaba con la mirada.

—Te avergüenzas de mí, ¿no es así, hija?

 

—No me avergüenzo, aita, me preocupo. No quiero que tenga un accidente y se rompa los huesos.

Cuando Otilia llegó con el doctor Irigoyen, aprovechó para recoger la costura y prepararse para una nueva lección de canto. En breve, el carruaje de Javier vendría a buscarla, algo que veía innecesario, pues tenía dos piernas y sabía caminar, así que esa misma tarde se lo haría saber. Si él se había decidido por Adela Erguin, no tenía sentido que aceptara sus atenciones.



 

 

 

 

 

 

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En cuanto el carruaje se acercó al caserío, lo vio a lo lejos. Javier se hallaba ayudando a sus trabajadores a cargar en un carro cestos de berenjenas y pimientos. En cuanto se percató de su llegada, dejó la actividad y se acercó a ella.

 

—No me siento cómoda acaparando su carruaje. Me gustaría que me permitiera ir y venir caminando.

—No sabía que los asientos fueran tan incómodos —bromeó él. —Usted y su familia han de disponer con plena libertad de su

vehículo. Dijo que aprovecharían estos días para hacer excursiones y visitas.

—¿Sabe montar a caballo?

 

—Hace mucho que no monto.

 

—Hay habilidades que no se pierden —sonrió él—. Permítame que le preste una yegua mientras duran las clases, así usted no sentirá que nos roba el carruaje y yo me evitaré la preocupación de que la ataquen por el camino.

—No sé cómo se las ingenia para salir siempre ganando.

 

—Me interesa que a usted no le pase nada, necesito que mis sobrinas dejen de desafinar.

 

 

 

Cuando entró en la casa, doña Amparo le ofreció una limonada.

 

—Mi padre no les ha hecho una invitación concreta para ver su extraña colección porque desconoce sus planes y no quiere interferir en ellos, pero puedo asegurarles que, cuando lo deseen, serán bien recibidos.

—El sábado llega mi marido y me gustaría que también pudiera ver esa magnífica colección. ¿Le parece bien el domingo después de misa?

 

A Marina le extrañó que escogiera ese día, dado que imaginaba que el domingo estarían invitados a casa de los Erguin.

—Por supuesto que sí, siempre que no tengan otro compromiso — respondió la joven Ordubi.

Marina subió al aula de música. Ahora que conocía lo que podía ofrecer cada una de sus alumnas, se había preparado unas piezas que resultaron adecuadas. Además, enseguida descubrió que lo que más funcionaba para que le prestaran atención era hacerlas reír, algo que desde el principio resultó fácil con Paula y de lo que acabó contagiándose



 

 

 

 

 

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Amparo. Estuvieron una hora y media y, cuando estaban a punto de terminar, algo llamó la atención de Paula.

 

—¡Tío Javi! —exclamó.

 

Marina se sintió sobresaltada y miró hacia el punto que había llamado la atención de la pequeña. Descubrió los ojos de Naarzabal, que escuchaba tras la puerta entreabierta y entró algo incomodado por haber sido descubierto. Con voz vacilante, comentó:

—Creo que he dejado unos papeles por aquí. ¿Le importa si interrumpo?

—Está usted en su casa —respondió Marina.

 

Él avanzó y se dirigió hacia una mesa, abrió un cajón y fingió buscar algo.

—¡Marina, cántale lo que nos has cantado antes!

 

—No, Paula, no debemos molestar a tu tío.

 

—Me encantaría oírla —añadió él, que había recobrado la seguridad. —Usted será el responsable de que las niñas pierdan parte de su clase

—comentó ella.

 

—Es un privilegio que puedo permitirme —dijo Javier con esa sonrisa que siempre la desarmaba.

—Sí, por favor, canta otra vez —pidió ahora Amparo.

 

Marina estaba nerviosa desde que Javier había entrado y su estado no amainó cuando notó que se había ruborizado.

—Creo que es mejor que cantemos las tres y así podrá comprobar si su confianza en mí está bien invertida.

Marina le dio la espalda para dirigirse al piano, se sentó y comenzó a tocar. Las tres voces entraron al unísono y Amparo y Paula entonaron la canción que habían practicado olvidando los consejos de su profesora y tratando de competir por brillar ante su tío. Esta vez, no solo se anticipaba Paula, también lo hacía Amparo. No importaba que se la supiera de memoria, Marina procuraba no quitar la vista de la partitura consciente como era de que Javier había dejado de observar a sus sobrinas para observarla a ella. Él se acercó y se reclinó ligeramente sobre una mesa. Parecía embelesado ante la interpretación y, sin embargo, Marina sabía que ella sola no podía salvar la pieza y que estaba saliendo todo mal. Además, notaba un calor que la iba aturdiendo de forma progresiva. Deseaba que aquel momento acabara pronto al tiempo que luchaba por sobreponerse, sintiéndose derrotada en ambos campos. Porque de pronto



 

 

 

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quiso que la situación se eternizara, aunque continuara sintiendo que era incapaz de reaccionar. Miró un momento a las niñas y solo el entusiasmo que transmitían le dio ánimos para seguir modulando su voz y que los dedos continuaran tocando. Durante los últimos compases logró levantar la mirada y enfrentar la de Javier, en la que buscó un aire de reproche por la falta de entonación de Paula, pero solo encontró unos ojos rendidos ante el espectáculo. Se observaron durante un instante en el que un escalofrío recorrió su cuerpo. También ella estuvo a punto de desentonar. Fue como si viera algo más que sus ojos, como si ambos conectaran de alguna extraña manera y se reconocieran. La turbación creció cuando la apresó la sensación de que él había descubierto sus sentimientos y se sentía complacido con ellos, más que complacido, feliz. Ella también sentía algo parecido a la felicidad. Había calor e ilusión en la mirada de él, un calor y una ilusión que sin duda despertaba ella. Sentía que de un momento a otro sería incapaz de articular palabra, pero por suerte continuó cantando mientras sus dedos proseguían moviéndose de un modo instintivo sobre las teclas. La canción terminó y todas callaron. Cuando logró retirar los ojos, no sabía si aún estaba colorada o por el contrario se había quedado blanca al notar que su corazón estaba más entregado de lo que sospechaba. Javier aplaudió sin dejar de mirarla y sus sobrinas, contagiadas del gesto, también se aplaudieron a sí mismas. Marina permaneció callada y sin moverse, buscando tranquilizar tanta inquietud. Ensimismada, no se dio cuenta de que, tras besar a las niñas, él se acercó y, agachándose y casi sin voz, le dijo:

 

—Puede estar tranquila, solo por oírla a usted ya ha valido la pena.

 

Pero ella no estaba tranquila.

 

 

 

Y llegó el día del almuerzo. Marina había decidido hacer todo lo posible para que nadie pudiera tacharla de arribista. No sabía cómo vestirse. No quería aparentar que se había arreglado para la ocasión, pero tampoco podía ponerse ropa de diario. Lo mismo le ocurría con el cabello. Y así estuvo dudando hasta que Otilia la regañó.

 

—Ponte el vestido azul, que tampoco ha de parecer que vienes de recoger cebollas.

Antes que los Naarzabal, llegaron las Iraela, con doña Beatriz quejándose de la exagerada puntualidad de su hermana.



 

 

 

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—No sé qué prisas le han entrado a Emilia… ¡Ni que nosotras tuviéramos interés en subir a la buhardilla!

 

La menor de las Iraela hizo caso omiso a esta queja y enseguida exclamó:

—¡Menuda coleta! ¿En serio piensas recibir a los Naarzabal así? Vamos a tu dormitorio, yo te peinaré.

Marina protestó solo una vez, pero luego se dejó llevar. Si quería simular que no le daba importancia a su apariencia también delante de las hermanas Iraela, no podía resistirse ante algo nimio.

Llegaron los Naarzabal y, tras los saludos iniciales, las niñas la entretuvieron un momento dándole conversación mientras los adultos alternaban entre ellos. Doña Beatriz Iraela agradeció a Javier las partituras y doña Emilia le prometió que les cocinaría unos bizcochos. Marina, al igual que las hermanas, se quedó esperando abajo a que terminara la visita al escabroso zoológico. Doña Emilia notó que estaba inquieta y despistada y hasta doña Beatriz le preguntó en un momento dado si de verdad se encontraba bien. Se esforzó en el disimulo y lo redobló cuando los demás bajaron. A la mesa, se sentó entre Amparito y Paulita y enfrente quedaron la hermana de Javier y las Iraela. Todo un éxito, puesto que eso le permitía apenas interactuar con el dueño del caserío, tal como deseaba. Él tampoco se esforzó, aunque sí la observó en más momentos de los que ella pudo percatarse. Don Baltasar, orgulloso de ser el anfitrión de tan excelente ágape —hay que decir que Otilia se había lucido con el guiso de carne—, se tenía como centro de la conversación y explicaba con detalle cómo había conseguido cada uno de los animales. Isidro congenió enseguida con el marido de Amparo Naarzabal, mientras que esta disfrutaba de la charla con las hermanas Iraela. La joven Ordubi se daba por satisfecha con el papel de niñera hasta que oyó a su padre, olvidado de todo recato, mencionar sus achaques de sonambulismo como si presumiera de ellos.

 

—Cuando me ocurren, sería capaz de matar a alguien y luego olvidarlo.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Cuando el doctor Irigoyen entró en las dependencias de la Guardia Civil, Arrese lo condujo hasta el sargento, que se hallaba reclinado en su silla y con las piernas estiradas. Maitechu Muniain le ponía un paño de agua fría en el ojo.

 

—Aquí lo tiene: magullado —indicó Arrese al médico, que con una mano trataba de enmendar los desastres que el viento había hecho en su escaso cabello. De poca protección le había servido el tricornio…

 

—¡Vaya! ¡Tomás no se anda con chiquitas! —exclamó el doctor Irigoyen.

—Se lo puedo jurar… —añadió Maitechu.

 

Sobre la mesa desordenada había revuelo de papeles, como si alguien hubiera caído sobre ella, y una silla estaba mal apoyada porque tenía una pata rota.

—Han tenido que venir los locales para ayudarnos a detenerlo —le explicó el subordinado al doctor—. Al menos, se va a pasar unos días en el calabozo por atentado contra la autoridad.

—No confíen en que sean muchos… Se las ingeniará para salir. Siempre se las ingenia para salir bien parado de todo —lamentó Maitechu, asustada, puesto que temía que también tomara represalias contra ella.

—Y usted, ¿cómo está? —preguntó el doctor a la mujer.

 

—Si se refiere a cómo me siento al descubrir que se entendía con esa Erguin, no ha sido ninguna sorpresa. Son muchas las que han pasado por sus brazos… —respondió Maitechu—. Ya no me quedan lágrimas.

El doctor Irigoyen se sorprendió ante esa referencia a una de las hijas de los Erguin. No hizo falta más para que lo intuyera todo y comprendió que, a pesar de que trataba de hacerse la indiferente, el dolor la sacudía por dentro. Y la vergüenza, la deshonra a la que continuamente estaba expuesta con un marido como ese. Lo que no podía adivinar era qué



 

 

 

 

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relación tenía Juarbe con Elizalde para que él hubiera decidido propinarle esa paliza. ¿Era solo porque había dado trabajo a su mujer? Sin poder evitar que la pregunta fuera indiscreta, la formuló:

 

—¿Quiere decir que ha sido Tomás Elizalde el que ha venido hasta aquí por su propio pie? ¿Qué tenía contra usted?

Fue Arrese quien, ante una indicación de Juarbe, agarró a Maitechu Muniain de un codo y, mientras la conducía hacia afuera, le comentó a la mujer:

—Dejemos intimidad al sargento para que el doctor inspeccione sus heridas.

Maitechu agradeció no tener que escuchar otra vez el mismo relato, aunque sabía que en breve se expandiría y de nuevo sería la señalada de la villa. El subordinado salió con ella.

Juarbe aprovechó para contarle al médico que habían interrogado a las hermanas Erguin y, durante el interrogatorio, había salido el nombre de Tomás Elizalde. Se abstuvo de mencionar que Felisa y el hostelero eran amantes, pues se lo había prometido a la muchacha. No hacía falta. El doctor Irigoyen lo había intuido en las palabras de Maitechu y, tras respirar hondo, añadió:

—Esta mañana había revuelo en su casa. Habían alquilado un carruaje y lo llenaban de bultos. Luego oí decir que se habían marchado sin avisar a nadie. Tampoco han dado instrucciones al servicio, lo único que me consta es que no los han despedido.

—Lamento haberles causado ese perjuicio, pero era del todo necesario que interrogara a las muchachas.

—Esto es pequeño, en algún momento había de saberse. No se sienta culpable, usted solo hacía su trabajo. Tal vez, quien deba preguntarse en qué se ha equivocado sea la familia. Siempre han consentido mucho a esas jóvenes, menos mal que la pequeña ha salido diferente…

—Lo pagará igualmente. Estas manchas de familia no se borran con facilidad… —dijo el sargento recordando casos similares en Lequeitio y lamentando haber hecho caso a Patricia Burgoa. Sin embargo, pese a este conato de arrepentimiento, también sentía que por lo menos había podido descartar a dos sospechosos de su lista. No solo a Tomás Elizalde, también a Eloy Lizana.

El doctor pidió al sargento que se quitara la camisa y procedió a examinarle las heridas. El viento rugía más en el exterior y arrastraba



 

 

 

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hojas y paja a la vez que llenaba el ambiente de un polvillo amarillo que se filtraba por una ventana mal cerrada. Después de practicarle las curas, cogió un papel y escribió en él.

 

—Póngase esta pomada dos veces al día —le recomendó el médico mientras se lo entregaba—. Por lo demás, va a estar unos días dolorido, pero no hay nada grave.

El sargento agradeció sus atenciones mientras se vestía. Diez minutos después de que se quedara solo, regresó Arrese.

—¡Vaya día de viento! ¡Y de noticias! —exclamó el subordinado—. ¿Quiere saber lo que cuentan?

El sargento lo observó con recelo.

 

—¿Noticias o rumores?

 

—Rumores ciertos son noticias, ¿no? Noticias, pues —insistió Arrese, convencido de que lo iba a decirle despertaría su interés.

—Ceferina ha dejado la villa y ha regresado a Berganza. Y no es la única que lo ha hecho, también los Erguin se han marchado.

El sargento mostró sorpresa ante esas palabras.

 

—¿Los Erguin se han marchado a Berganza? ¿Qué tienen que ver los Erguin con Ceferina?

—No, ellos no sé adónde se dirigían, pero también se han marchado. —Eso ya me lo ha contado el doctor. Y supongo que ha sido a tenor de

lo sucedido… Querrán huir de los rumores —quiso confirmar el sargento, a ver si se largaban los remordimientos que le quedaban.

—No se sabe nada a ciencia cierta. El servicio ha dicho que ha sido de repente y que ayer por la noche había mucho berrinche en casa. Pero Patricia Burgoa… Ya sabe, ella va insinuando cosas.

Juarbe suspiró. La mención a esa mujer le borró los remordimientos del todo al comprender que, tarde o temprano, el chisme correría. Lo lamentaba por Maitechu, le parecía una buena mujer.

 

Un golpe de viento interrumpió la conversación y Arrese se dirigió hacia la ventana para echar el pestillo.

—¡Qué mal día ha tenido la señorita Antúnez para su regreso! — exclamó el subordinado.

—¿Quién es la señorita Antúnez? —El sargento mostró curiosidad ante la mención de un nombre desconocido. ¿Quedaban más sorpresas?

—La institutriz que se encargaba de Eloy Lizana antes de que su padre se casara con doña Antonia.



 

 

 

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—¿Institutriz? ¿Y por qué no me había dicho antes que existía una institutriz? —preguntó Juarbe con reproche.

 

—¿Por qué debería habérselo dicho? La señorita Antúnez no estaba aquí cuando se produjo el asesinato. No puede sospechar de ella…

 

—No puedo sospechar de ella como culpable, pero sí como causa —le reprochó el sargento—. Y mucho más si dice que ha regresado. ¿Es joven?

—Sí, lo es. De buena familia venida a menos, posee una educación exquisita. Habla francés y alemán, de niña pasó varios años en Europa y toca el piano de maravilla.

—No creo que Eloy tenga interés en tocar el piano. «Señorita Antúnez», ha dicho que se llama la joven, ¿no es cierto? ¿También es bonita?

Arrese hubo de reconocer que lo era.

 

—Bonita es poco. No quiero hablar más porque luego mi mujer se enfada. No sabe lo celosa que es.

—¿Y sabe por qué ha vuelto?

 

Arrese miró a su superior como si fuera ingenuo.

 

—¿A qué va a ser? Muerta doña Antonia, Eloy ya no ingresará en ningún internado. El alcalde quiere que continúe su formación.

—Eso que está usted diciendo es de crucial importancia, ¿cómo ha podido callárselo hasta ahora?

—No entiendo por qué ha de ser importante, sargento.

 

—¿No lo entiende? —se sorprendió ahora él de la falta de luces de Arrese—. No he hecho más que preguntarle si había alguna posibilidad de que el alcalde tuviera una amante…

—Y yo le he dicho que se trata de una institutriz, no de una amante. —Sí, claro, claro. Ni que las amantes llevaran un cartelito que las

 

identificara como tales… ¿Sabe si se ha rumoreado en algún momento que entre ella y el señor Lizana pudiera haber algo?

Arrese pensó un momento antes de responder.

 

—Mire, es imposible no fijarse en ella. Varios le hicieron requiebros y otros tantos bebían los aires sin tanto atrevimiento cuando pasaba. Pero, que yo sepa, el señor Lizana nunca se propasó. Tampoco creo que ella le diera pie. Parece una muchacha decente.

 

—¿Por qué no habría de dárselo? Como bien ha dicho, estaba acostumbrada a una situación económica que ya no posee. Un matrimonio



 

 

 

 

 

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con el alcalde podría devolvérsela. ¡Decente, dice! ¡Como si no supiéramos lo que hay detrás de la apariencia de decente!

 

—Lo cierto es que nunca se habló de esa posibilidad durante los años que ejerció de institutriz del joven Eloy. Y, si hubiera sido así, no tendría sentido que el señor Lizana se hubiese casado con la primera mujer que encontró en Madrid.

—Tal vez Lizana no se diera cuenta de sus sentimientos hasta que la perdió.

—De verdad, sargento, está usted empezando a parecerse a Patricia Burgoa… —comentó Arrese, sorprendido ante tanta insistencia—. No sé qué diantres ocurre entre el alcalde y usted, pero ya sabe cómo se las gasta si le tocan las narices. Sea prudente, sargento.

 

—Y usted ya sabe que no pienso descartar a nadie por muy alcalde que sea. ¡Y no me compare con esa! Averigüe todo lo que pueda sobre la señorita Antúnez. Con discreción —agregó Juarbe—, no vaya a ser usted el que se parezca a la Burgoa.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Después de conocer la noticia de que Tomás Elizalde había salido del calabozo, Juarbe decidió no abandonar del cuartel. Abrió un cajón de su mesa y vio las cartas que le había entregado Mauro Crespo. Se sentó para releerlas y, al examinarlas de nuevo, y con mayor conocimiento del caso, supo que doña Antonia había sido una mujer presumida y fantasiosa.

 

Volvió a fijarse en que, entre lo que contaba, destacaban los sentimientos que creía despertar en don Acisclo, del mismo modo que mencionaba el cariño que le profesaban sus vecinas, cosas que el sargento ahora ponía en cuestión. La difunta insistía en la fascinación que producía cuando les contaba su vida pasada en Europa y estaba segura de que sus vestidos se habían convertido en ejemplo para las provincianas y que pronto la imitarían.

Juarbe, aunque sabía que nada de eso era cierto, estaba convencido de que Antonia Crespo no pretendía mentir a su hermano, sino que, con esos pensamientos, se engañaba a sí misma. Sin duda, su marido debía de conocerla en este punto, o tal vez no, porque muchas veces el amor es ciego. Suponiendo que hubiera amor. Aparte del interés o la búsqueda de descendencia, causas que descartaba en el alcalde, puesto que tenía dinero y un hijo, muchas veces la gente se encaminaba hacia el vínculo matrimonial para evitar la soledad. El sargento lo había considerado siempre una debilidad, pero no por ello había negado que muchos matrimonios se hacían por este motivo y los esposos terminaban siendo felices. En otros casos, acababan siendo un infierno.

 

Junto a las cartas, había desempolvado viejos archivos en busca de algo que lo pudiera orientar. Resultaba un modo de conocer mejor a los vecinos, de saber en qué tipo de altercados se habían visto involucrados y deducir qué carácter tenía cada uno de ellos. También se dedicó a recordar investigaciones pasadas, no solo las vividas, sino que incluyó aquellas que



 

 

 

 

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le habían contado. A veces, los casos se parecían entre sí y Juarbe pensaba que una pista de uno ajeno lo podía iluminar en el que ahora lo ocupaba. Además de lo que guardaban en el archivo del cuartel, que era bien poco, recordaba, a lo largo de su carrera, asesinatos conyugales que se habían producido en Vizcaya durante los últimos treinta años.

 

Continuaba teniendo en su punto de mira al alcalde, por mucho que no hubiera hallado ni un solo indicio contra él. Este tipo de crímenes los encontraba en todas las clases sociales; en la ciudad, en pueblos costeros y localidades rurales; entre carlistas, conservadores y liberales. Incluso recordaba el caso de un anarquista… Sin embargo, había algo en lo que todos se parecían demasiado: el motivo que los ocasionaba, que solía tratarse de la ambición o la pasión.

 

Descartó los que respondían a un móvil económico, pues sabía que no era el caso de Lizana, y procuró pensar en aquellos que se habían originado en los celos. Las cartas, aunque con muchas dudas, le habían recordado la posibilidad de que el alcalde hubiera matado a su esposa ante la rivalidad que pudiera haberle despertado don Acisclo. El hermano de doña Antonia parecía convencido de ello.

Juarbe debía reconocer que la relectura de las cartas no ayudaba a reforzar esa posibilidad, no había en ellas mención a ninguna reacción del alcalde sobre ese tema. Aludían a algunas discusiones que no parecían importantes, al menos, para un marido. Quizá su esposa se apasionara al discrepar por el color de unas cortinas o por la vajilla de la cual disponer para diario, pero eso a un hombre le traía sin cuidado. El sargento no veía en esas pequeñas cosas un motivo para un asesinato. Tampoco podía descartar que Antonia Crespo aparentara un carácter distinto cuando era soltera y, una vez casada, se hubiera revelado como realmente era. Una mujer carente de ciertos modales, terca y obstinada en sus cosas, celosa y posesiva…

 

Había ido apuntando en cuartillas todos los casos que recordaba, hubiera participado en ellos o no, y había empezado a hacerlo a las nueve de la noche. El tiempo se había vuelto más frío. Arrese le había traído una estufa, pero atascaba el tiro y había tenido que apagarla. Hacía un rato que se había levantado para cubrirse con una manta, algo que le otorgaba un aspecto ridículo, por lo que agradeció la soledad del lugar. Por lo menos, ya no había moscas revoloteando a su alrededor.



 

 

 

 

 

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A las tres de la madrugada, tenía todos los casos ordenados en función de su causa sobre el suelo del despacho. Viendo los montones, debía reconocer que los que más abundaban eran aquellos en los que el marido tenía una amante. Pensó que, del mismo modo que le había sorprendido la conducta liberal de Felisa Erguin, ¿por qué no iba a sorprenderle la de un hombre que estaba acostumbrado a sentirse poderoso? No tenía por qué ser la señorita Antúnez, el amor es caprichoso y no siempre uno se enamora de una beldad. Por tanto, muchas eran las candidatas de haber causado estragos en su corazón.

 

¿En cuántos matrimonios podía asegurar que existía la fidelidad que se prometía en el altar? ¿Tan extraño resultaba pensar que Lizana había tenido aventuras durante su viudedad y que, después de casarse por segunda vez, no las hubiera abandonado? Sin embargo, todos los vecinos hablaban de él como si fuera un hombre ejemplar en este sentido.

Se había prometido no volver a pasar otra noche en vela, pero no fue su propósito, sino los dolores lumbares, lo que acabó recordándole la cama cuando el reloj casi marcaba las cuatro. Antes de acostarse, mientras se ponía ropa interior de franela, comenzó a estornudar repetidamente y no le cupo ninguna duda de que se había resfriado.

 

El viernes por la mañana Maitechu Muniain encontró el despacho desordenado, lleno de cajas y papeles desperdigados por la mesa y el suelo. No había rastro de Juarbe. También Arrese se sorprendió al llegar minutos después y ambos pensaron que el sargento había salido temprano, pues era hombre madrugador. Pero, cuando la mujer fue a limpiar sus estancias privadas, oyó unos ronquidos profundos y bajó de inmediato a avisar a Arrese.

—Está durmiendo —le comentó la mujer.

 

—¿Durmiendo aún? ¡Imposible, es un obseso de la puntualidad y el cumplimiento! ¿Está segura de que no le ha dado un ataque durante la noche?

—Los muertos no roncan.

 

En un primer momento, Arrese pensó en subir y despertarlo, pero luego dudó. No conocía el despertar de su superior y no quería llevarse una reprimenda por algo que hacía con buena intención.

—Suba y haga ruido de trastos —le indicó a Maitechu.

 

—¿Yo? ¿Y qué interés tengo en molestar a alguien que descansa? —Algo habrá que hacer…



 

 

 

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—¡Usted sabrá!

 

—Subamos juntos —le propuso Arrese, sintiéndose un gran ideólogo —, y hablemos en voz alta frente a su puerta.

Maitechu puso reticencias. Arrese se las rebatió una a una y acabó agarrándola por un codo y llevándola consigo escaleras arriba. Una vez allí, él se acercó a la puerta y exclamó:

—¡Pero no friegue aquí, mujer! ¡Que el sargento duerme y podría despertarlo!

—No pensaba hacerlo —respondió ella sin vociferar como él.

 

Una serie de toses roncas interrumpieron la falsa discusión, próxima a convertirse en real, y a Arrese se le iluminó la mirada.

—¡Está enfermo! Entre, llame… Llame y entre, igual necesita algo.

 

Maitechu lo observó sin inmutarse.

 

—Entre usted, mi cometido es otro.

 

Como la mujer regresó al piso de abajo ignorando sus preocupaciones, Arrese se armó de valor y llamó a la puerta.

—¡Sargento! ¿Está usted bien? ¿Quiere que llame al doctor Irigoyen? A otra tos, siguieron unas palabras en forma de rugidos que le hicieron

temer lo peor. En realidad, el sargento no protestaba por haber sido despertado, sino que le costaba vocalizar con el escozor de garganta que sentía. Por fin Arrese entendió que ahora salía y ese «ahora» se convirtió en unos minutos más. Mientras, Maitechu había preparado café. Poco después, Juarbe se lo tomaba en el despacho desordenado mientras Arrese le comentaba las últimas novedades.

—Ayer por la noche regresaron los Erguin. Solo el matrimonio. Sin las hijas.

—¡Ah! Bien —se limitó a responder el sargento.

 

—Indagaré qué ha sido de ellas…, aunque a usted no parecen despertarle ninguna curiosidad.

Era cierto. Ninguna de las muchachas resultaba sospechosa y lo más probable, pensó Juarbe, era que los padres las hubieran llevado a vivir con algunos familiares en un lugar en el que no se conociera el escándalo. O incluso era posible que las hubiesen internado en un convento. ¡A saber! Pero no, no le importaba, no era relevante para el caso. Señalando los papeles desperdigados por todos lados, Arrese preguntó:

—¿Hay algo que deba decirme usted?



 

 

 

 

 

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El sargento solo pudo negar con la cabeza porque lo atacó de nuevo la

 

tos.

 

—Pues debería, porque el alcalde se va a poner muy nervioso si no tenemos algo antes de que se celebre la Basavisita —añadió el subordinado.

—¿Qué es la Basavisita? —preguntó Juarbe con voz rota por el ataque sufrido.

—¡Ahivá! ¿No lo sabe, pues? —se extrañó Arrese—. Cada septiembre, los de Olaeta y los de aquí realizamos una incursión en los terrenos de El Limitado para comprobar que nadie ha movido los mojones ni ha robado madera. Luego, si todo está correcto, se hace una celebración amistosa entre las autoridades y algunos invitados.

Juarbe volvió a sufrir un ataque de tos y buscó un nuevo pañuelo. —¿Quiere que vaya a por al doctor Irigoyen?

—Quizá sea buena idea… —aceptó el sargento, con ganas de quedarse solo. Sentía que Arrese estaba demasiado hablador aquella mañana. También los pájaros cantaban demasiado.

Los veinte minutos que pudo disfrutar de la soledad vinieron acompañados de nuevas toses y de un pitido en los oídos que acrecentaron la sensación de mareo. Seguramente era sueño, se había acostado tardísimo, o eso quería creer. En el fondo, temía que el resfriado se estuviera apoderando de él. Pensó en la Basavisita, Arrese no había concretado qué día de septiembre se celebraba, pero había intuido que era un hito en el lugar. Él también deseaba tener un culpable y cerrar el caso. Un caso demasiado delicado como recibimiento a su nuevo destino, pero eso era lo que le había tocado. La luz de la mañana comenzaba a destellar y molestaba a sus ojos recién abiertos. De nuevo, el canto de los pájaros, el ruido de trastos de limpieza en el cuarto de al lado y todos los papeles repartidos por el piso que debía ordenar. Poco café había tomado y la amenaza de mareo y confusión estaba a las puertas. Cruzó los dedos para que aquel fuera un día tranquilo, pero el ritual no le funcionó. Cuando llegaron Arrese y el médico, también entró en el cuartel la madre de Maitechu Muniain, quien, a grito desesperado, buscaba a su hija.

 

—¡Se la ha llevado, Maitechu, se la ha llevado!

 

—¿Quién se ha llevado a quién, ama? —preguntó Maitechu horrorizada, sospechando lo peor.

—¡Tomás! ¡Tomás se ha llevado a la niña!



 

 

 

 

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Javier se sentía en deuda con don Baltasar por su invitación, así que los convidó a comer el domingo siguiente. Hasta el domingo por la mañana Marina no supo que también estaban invitados el doctor Irigoyen, las hermanas Iraela y una pareja de Vitoria que era amiga del esposo de doña Amparo. Eso hizo pensar a Marina que Javier conocía los rumores sobre ella y que tal vez había decidido poner distancia. Con tanta gente, apenas tendrían oportunidad de hablar. Lo más probable era que doña Amparo hiciera lo mismo. Sin embargo, con esta última se equivocó. Nada más verla descender del carruaje que les habían enviado, las sobrinas de Javier corrieron a abrazarla y tras ellas se acercó doña Amparo, que la agarró de una mano y le presentó al matrimonio de Vitoria. También su esposo la saludó, al igual que Javier, aunque este se dedicó en mayor medida a atender a su padre y a las hermanas Iraela, mientras que el marido de doña Amparo entablaba conversación con Isidro. Doña Emilia había elaborado dos bizcochos para la ocasión y los Naarzabal se lo agradecieron.

 

—¿Puedes creerte que ha hecho otro para el sargento de la Guardia Civil? ¡Y no es la primera vez! —masculló doña Beatriz al oído de Marina

—. Se lo ha llevado antes de venir aquí. ¡A él, mi enemigo! ¿Y a santo de qué? Todo porque al parecer está resfriado. ¡Mi propia hermana!

 

—Su hermana es muy generosa además de buena cocinera — respondió Marina con una sonrisa. Doña Emilia le hizo un comentario a Marina sobre los cultivos del caserío y las buenas vistas que tenía. Al principio ella respondió con prudencia y poco a poco fue sintiéndose más confiada.

Durante la siguiente media hora, Marina pasó casi todo el tiempo con las dos niñas, pero su madre había decidido que no debían molestar más y las envió a jugar con los patos de un estanque cercano. Al cabo de un rato entraron al caserío y, ya en el comedor, la joven Ordubi pudo evitar una



 

 

 

 

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vez más sentarse cerca de Javier. Sin embargo, conversó más de lo que esperaba de sí misma y en alguna ocasión notó que estaba siendo escuchada por el anfitrión. Doña Beatriz, contrariamente a su forma de ser habitual, estaba tan locuaz como su hermana. Amante de las tradiciones, habló de la Basavisita y explicó en qué consistía con todo tipo de detalles. Los hombres, por su parte, conversaban de política o negocios. Por supuesto, también se alabaron las delicias del almuerzo y, por parte de doña Amparo, que seguía curiosa con el tema, hubo alguna pequeña referencia al crimen de doña Antonia. Marina observó que doña Beatriz y Javier entablaron un diálogo que los mantuvo interesados a ambos, y se preocupó al imaginar qué podían estar diciendo. Doña Beatriz tenía un modo de hablar muy sarcástico si se lo proponía. Cuando descubrió que el tema que los entretenía era la música, se sintió más relajada. Por la expresión de la mayor de las Iraela, dedujo que tenían afinidades en ese tema. Reconocía que su amiga no era fácil de agradar y hasta ahora solo la había visto disfrutar de las charlas con don Acisclo o doña Concha, que eran de los pocos a los que consideraba a su altura en cuestiones musicales. Después de la comida se ofrecieron los cigarros y, aparte de los caballeros, la señora de Vitoria también aceptó uno, ya que, al igual que su marido, era una gran aficionada a fumar. Fue doña Emilia quien, veinte minutos después, expresó sus ganas de pasear y Marina decidió acompañarla. A pesar de haber conseguido cruzar pocas palabras con Javier, excepto las que impone la cortesía, se sentía tensa, le vendría bien una pausa para tranquilizarse. Pero no lo consiguió porque también se apuntaron Javier, su hermana, la invitada vitoriana y el doctor Irigoyen, mientras que el resto del grupo optó por descansar la comida en el interior.

 

Javier encabezaba el paseo junto a doña Emilia y el médico, y Marina quedó detrás con doña Amparo y la vitoriana. A los diez minutos, esta última notó un pequeño mareo y se arrepintió de haberse sumado al paseo. Cuando dijo que quería regresar, el doctor Irigoyen decidió acompañarla para vigilar su estado. Doña Emilia aprovechó para agarrarse del brazo de doña Amparo, de tal modo que Marina se vio obligada a colocarse a la altura de Javier. Fue él, aunque con torpeza al principio, el primero en romper el silencio.

—Mis sobrinas lamentarán tener que perderla, señorita Ordubi. En poco tiempo, le han cogido mucho cariño. Usted es uno de los motivos por los que se sienten apenadas por marcharse mañana.



 

 

 

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—Creo que el profesor que tienen en Bilbao es más riguroso que yo, pero seguro que también las instruye mejor. La pérdida no será tan grande.

 

—Ellas no lo sienten así, y a mí me beneficia: han prometido volver en Navidad. Como ve, estoy en deuda con usted.

Marina le dedicó una mirada sarcástica.

 

—Sí, estoy convencida de que ese es su sentimiento, el de que está en deuda.

—Disculpe, no quería ofenderla. Ha sido un modo torpe de iniciar una conversación.

—Tal vez nos sintamos más cómodos en silencio.

 

—¿Puedo saber si se siente incómoda conmigo?

 

—No se lo tome como algo personal. Mi familia le debe tantos favores que jamás podré sentirme como una igual.

Él se detuvo a observarla. Tardó aún un instante en responder. —Lamento que se sienta así. Yo siempre he procurado evitar que… Le

repito que no había doble intención en mis palabras, pero, si en algo he fallado, le pido mil disculpas. Quiero que sepa que la veo como a una igual.

El aire fresco despeinó el flequillo oscuro de Javier que caía de lado, y Marina, a pesar del mantón, sintió escalofríos.

—Ha de reconocer que el hecho de convertirme en su empleada no ayuda a que lo crea.

Él suspiró. Debía admitir que en ese punto la joven llevaba razón y, si bien no tenía pensado hacerlo en aquel instante, vio la necesidad de confesarse.

—En ningún momento ha sido mi intención colocarla en una situación de inferioridad, pero entiendo que ese sea su sentimiento. Solo puedo repetir que lo lamento. No me importa admitir que en este punto, ahora que comprendo cuánto le afecta, me he equivocado y, si pudiera volver atrás, lo borraría. Espero que no se haya sentido menospreciada, el único sentimiento que me inspira es admiración.

Marina sintió un golpe de felicidad al oír que esas palabras eran pronunciadas con total determinación. Trató de sonreír, pero justo entonces doña Amparo se giró para reclamar la atención de su hermano y el instante de júbilo se fue del mismo modo que había llegado.



 

 

 

 

 

 

 

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—La semana que viene llega un teniente al cuartel —anunció el alcalde con un punto de satisfacción—. Deberá ponerse bajo sus órdenes, así que espero que no decepcione a su superior del mismo modo que me ha decepcionado a mí.

 

La noticia le sentó como una bofetada a Juarbe, aunque procuró disimular. La había esperado unas semanas atrás y ya no contaba con que pudiera suceder, pero se había equivocado. Cuando Arrese regresó, se lo notificó.

—La próxima semana vendrá un teniente al cuartel. ¿Usted sabía algo? Arrese negó con la cabeza. En su expresión, se notaba que también a él

esta noticia le sorprendía.

 

—¿Y se quedará muchos días? —preguntó el subordinado.

 

—Me imagino que hasta que encuentren al culpable… —especuló Juarbe en voz alta transmitiendo las dudas que a él también le generaba este nuevo hecho.

—Entiendo.

 

—No entienda tan deprisa. Tal vez venga para quedarse, ya sabe que eso haría feliz a algunos…

Arrese no respondió. Salió de las oficinas sin que el sargento pudiera adivinar si le alegraba la idea o le disgustaba. Juarbe también se disponía a abandonar las dependencias cuando entró Maitechu con sus bártulos de limpieza.

—¿Cómo se encuentra? —le preguntó el sargento.

 

Ella se limitó a bajar los ojos y con eso lo dijo todo. Pero, a pesar de que la mujer no tenía intención de preocuparlo con sus problemas, ante el cariño que notó, se echó a llorar. El sargento trató de consolarla, pero no sabía cómo hacerlo. Se sentía torpe articulando palabras que sonaban a lugares comunes y era tímido para regalarle un abrazo cuando ni él mismo



 

 

 

 

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sabía lo que era ese tipo de contacto. Unos minutos tardó la desdichada en tranquilizarse y luego empezó a hablar, con lágrimas en la boca, sobre la desesperación de haber perdido a su hija.

—La verá crecer, esto es un lugar pequeño —procuró consolarla Juarbe sin ningún acierto.

Por supuesto, estas palabras, lejos de tranquilizarla, la hundían más en el infierno que estaba viviendo. Juarbe pensó en Tomás Elizalde con rabia. En aquellos momentos, le habría gustado que hubiera sido el asesino de doña Antonia y poder arrestarlo. Pero sabía que no era así, y se tenía que morder las ganas. Impotente, miraba a la mujer sin saber qué hacer cuando llegó doña Emilia. La menor de las Iraela llevaba un bizcocho que estuvo a punto de caérsele cuando vio la escena.

 

—¿Qué ocurre? ¿Qué ha sucedido? —preguntó la mujer, preocupada.

 

El sargento le contó que le habían quitado a la niña.

 

—¡Oh, no es posible! ¡No puede ser cierto! ¡Pobrecita! ¡Qué desconsuelo! —exclamó doña Emilia dejando el bizcocho en una mesa para arropar a la madre herida en sus brazos—. No vamos a permitírselo, no se preocupe, Maitechu, le plantaremos cara entre todos hasta que se la devuelva. ¿Verdad, sargento?

—Haremos todo lo posible… —dijo el sargento sin convicción. —¡Claro que sí! ¿Lo ha oído, Maitechu? Va a tener a las autoridades

 

de su parte…

 

—No sé de leyes, pero sí las conozco en este punto. Sé que no tengo esperanzas…

—¿Y qué va a hacer él con una niña? ¡Si solo será una molestia! No se preocupe, lo ha hecho para fastidiarla. Se cansará de ella y se la devolverá. Estoy segura.

La mirada de Maitechu agradecía el optimismo de doña Emilia y Juarbe la observaba admirado de que supiera cómo afrontar la situación.

—¿Usted cree? —preguntó Maitechu por primera vez esperanzada. —Es solo cuestión de tiempo. Hasta que esté convencido de que con

nada puede chantajearla. Porque no se le ocurra volver con él, es lo que Tomás espera, pero, cuando vea que usted no cede, no le quedará más remedio que devolverle a la pequeña. Una niña de dos años solo puede suponer un estorbo para él.

—¿Y si contrata a una mujer para que la cuide? —se temió ella—. No, no, Tomás tiene muchos recursos, jamás me la devolverá —negó,



 

 

 

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regresando a la desesperanza y volviendo a sentir cómo se le nublaban los ojos.

 

—La niña la echará de menos y llorará. Eso, sin duda, ha de molestar a los huéspedes que quieran descansar. Y diremos a todo el mundo qué tipo de persona es.

—Soy yo la que lo ha abandonado… ¿Quién perdona eso? A ojos de la gente, soy una pésima esposa.

—Una esposa que ha tolerado todo tipo de agresiones y vejaciones por su hija, pero que ya no puede más. Tomás es un adúltero y un violento, y eso han de saberlo sus clientes. ¡Boicotearemos esa posada que él llama hotel! —Y, tras pensárselo un momento, doña Emilia miró al sargento y le preguntó—: ¿Verdad que eso no es ilegal?

 

Juarbe se vio sorprendido por esa nueva cuestión.

 

—Eh… Depende de cómo se boicotee.

 

—Pondremos pancartas en los balcones de enfrente. Yo conozco a varias vecinas que estarán de acuerdo.

—Y Tomás las amenazará o las comprará —le rebatió Maitechu.

 

—Y convenceremos a los campesinos y ganaderos para que no le vendan sus productos, así no podrá servir comidas.

La mujer agradeció sus intenciones y, a pesar de que no repitió la frase anterior, en sus ojos quedó nuevamente dicha.

—No podemos evitar que compre a la gente —intervino Juarbe, admirado del valor de doña Emilia y envidiando el coraje de su iniciativa —, pero, si los amenaza, se las tendrá que ver conmigo.

—¿Lo ve, Maitechu? —volvió a entusiasmarse doña Emilia—. Tomás no podrá comprar a todos. Y sé con certeza que muchos le tienen aversión.

—También le tienen miedo…

 

Doña Emilia no cedió:

 

—Ya ha oído al sargento: eso no le va a servir de nada porque la Guardia Civil los va a proteger.

—Tendrá todo mi apoyo, Maitechu —corroboró Juarbe, sabiendo que las cosas podían cambiar si el teniente del que había hablado el alcalde venía para quedarse.

—Muchas gracias a ambos… —musitó ahora la madre, emocionada al sentir cómo trataban de ampararla.

El sargento volvió a ser presa de un ataque de estornudos y sacó un pañuelo que ya estaba sucio para no avergonzarse más con un posible



 

 

 

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accidente de su mucosidad.

 

—¡Salud! —respondió doña Emilia—. Precisamente por eso venía. Ayer preparé varios bizcochos y, como he sabido de su resfriado, le he traído uno para que pueda mojarlo en leche caliente. No debe dejar de alimentarse, y menos ahora, que tenemos que enfrentarnos a Tomás Elizalde.

El sargento sintió que se le abrían demasiados frentes y que se le quedaban grandes. Sabía que no estaría a la altura de lo que se esperaba de él, pero se sentía agradecido por el detalle y no quiso defraudarla antes de tiempo.

—Le devolveremos a su hija, Maitechu —aseguró a su empleada—.

 

Muchas gracias, doña Emilia, no sé qué decir… No creo merecérmelo.

 

—No debe decir nada, debe comer. Y cuidarse. Tenemos mucho que hacer —dijo la mujer sonriendo con el mismo ánimo con el que había llegado.

Después de renovar sus palabras de apoyo a Maitechu, la menor de las hermanas Iraela abandonó el cuartelillo y se dirigió a la plaza Nagusia. Sabía a quién iba a encontrar allí y, por primera vez, deseaba ese encuentro. Pensaba en Marina, en la tormenta que sufría por dentro, y en el modo en que Javier Naarzabal la miraba. No le cabía duda: estaban enamorados y no podía permitir que el amor entre ambos se truncara por un obstáculo tan débil como la lengua de Patricia Burgoa. Si los dimes y diretes de esa mujer los separaban, esos mismos dimes y diretes los unirían. Se le había ocurrido una idea a la desesperada para quemar todas las naves y, aquel día, su determinación gozaba de fuerzas.

El día era fresco, pero soleado, y la plaza estaba concurrida a esas horas. Doña Emilia dio varias vueltas, saludando a unos y a otros, hasta que la encontró. Patricia caminaba tras doña Concha Aróstegui, que se hallaba a unos diez metros de ella y también andaba deprisa. Tal vez la mujer sabía quién la perseguía y, poco amante de los cotilleos, la esquivaba con ganas. Doña Emilia se interpuso entre ambas y, con rostro inocente, detuvo a Patricia como si se tratara de una urgencia.

 

—Seguro que usted lo sabe… —le comentó la menor de las Iraela con voz preocupada y mirándola de un modo en que daba por hecho que así era—. Yo no doy crédito, he preguntado ya a dos personas y nadie ha sabido desmentírmelo. Usted, que siempre está enterada de todo, seguro que puede hacerlo.



 

 

 

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El abordaje dio resultado y Patricia dejó de interesarse en doña Concha para prestar atención a doña Emilia.

 

—¿A qué se refiere?

 

—A la noticia de Javier Naarzabal, por supuesto. ¿Verdad que no es cierta?

Patricia Burgoa sonrió para ganar tiempo. No conocía ninguna noticia que afectara a Naarzabal, pero doña Emilia era amiga de Marina y tal vez tuviera que ver con ella.

—¿Qué quiere que le desmienta exactamente?

 

Doña Emilia miró a un lado y a otro, para asegurarse de que no las escuchaban, y susurró:

—El rumor del nuevo heredero…

 

Ahora sí que Patricia quedó turbada, abrió aún más los ojos como si así pudiera adivinar a qué se refería y, cuando iba a decir algo para salir del paso, la menor de las Iraela volvió a hablar:

—Me refiero a que no es verdad eso que dicen de que hay otra persona que reclama la herencia de don Jorge y asegura que es un familiar más directo. —La mujer lo dijo observando con detalle sus ojos para detectar si había generado interés. En efecto, así había sido, por lo que prosiguió, algo más segura de su estrategia—: Sería una desgracia para Naarzabal, ahora que se ha asentado aquí. Seguro que es un rumor mal intencionado… ¡Pobre joven! ¡Con lo buena persona que es!

 

Patricia fingió que esa noticia no la cogía por sorpresa y, procurando disimular su ignorancia al respecto, también bajó la voz antes de contestar.

—No es un asunto resuelto aún —dijo la mujer mientras pensaba en cómo salvar su papeleta—. El nuevo candidato ha de demostrar su vínculo familiar antes de que pueda reclamar. Pero le aseguro que en breve podré decirle cosas —le prometió, satisfecha, al notar que doña Emilia la escuchaba con atención.

—¡Por favor, hágalo! Le he cogido mucho cariño al muchacho y no me gustaría que tuviera que irse…

—Le aseguro que será la primera en saberlo —respondió Patricia agarrándole la mano y estrechándosela como si sellara una promesa.

Satisfecha, doña Emilia pensó que ahora solo cabía esperar a que su estrategia diera resultados.



 

 

 

 

 

 

 

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Don Baltasar regresó de la taberna muy afectado. Marina había pasado todo el día bordando y, cuando ya empezaba a sentirse más tranquila, llegaba otro sobresalto.

 

—Hay que ayudar a Naarzabal —dijo Ordubi nada más entrar en el salón haciendo aspavientos con la mano y el bastón—. No sé cómo, pero tengo que ayudarlo, tengo que ayudarlo…

Marina levantó la mirada y dejó la chaqueta en que se hallaba ocupada para preguntar:

—¿Qué ha ocurrido?

 

—¿Qué ha ocurrido? ¿Que qué ha ocurrido? —repitió él, como si no pudiera creerse que la noticia no hubiera llegado hasta allí—. ¡Ha ocurrido una desgracia! ¡Una gran desgracia para nuestro amigo! —manifestó, acentuando la gravedad con los gestos de todo el cuerpo y dejando a Marina aún más intrigada. Por fin pareció darse cuenta de que debía una explicación y, procurando no dejar lugar a dudas, añadió—: Ha aparecido un nuevo familiar de don Jorge, más directo que él, y reclama la herencia. El pobre Naarzabal va a perderlo todo… Y yo…

No hizo faltar que don Baltasar terminara la frase, Marina lo entendió. Si el familiar que demandaba la herencia era más cercano a don Jorge, y eso era lo que su padre afirmaba, Javier perdería el caserío y toda la herencia. Ya nada lo retendría en la villa de Ochandiano y regresaría a Bilbao. Nunca más volverían a verse. Pero eso también afectaba a su padre. La deuda que tenía contraída con don Jorge pasaría a otro acreedor y resultaba muy ingenuo pensar que sería tan benevolente como Javier. A pesar del diario de don Jorge, lo más probable era que otro reclamara la deuda, y que lo hiciera de inmediato y, en caso de no recibir el pago, lo denunciara ante las autoridades. Si don Baltasar había regañado a Isidro por el error cometido en Madrid, el suyo era de una gravedad muy



 

 

 

 

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superior. No solo la familia lo perdería todo, sino que su padre podría acabar en la cárcel. Marina tembló. Las dos consecuencias venideras se le clavaron en el estómago y la cabeza, y sintió que se debilitaba de golpe. Solo le quedaron fuerzas para preguntar:

 

—¿Qué tipo de familiar es?

 

—No lo sé. Pero, si ha interpuesto la demanda, no hay duda de que es más cercano que Naarzabal. Uno no pierde dinero con abogados si no tiene garantías de ganar.

En aquel momento sonó la campanilla de la puerta. Las hermanas Iraela habían decidido acercarse a casa de los Ordubi para llevarles media docena de huevos de sus gallinas y una renovada generosidad ante las nuevas circunstancias. Don Baltasar, al verlas, manifestó que los achaques nerviosos que afectaban a su pierna se habían agravado y que él se encontraba terriblemente cansado. Marina, a pesar de que le apetecía subir a su dormitorio y encerrarse a llorar, fue más amable con ellas y las invitó a sentarse.

—Antes de que sus nervios sigan torturándolo —dijo doña Emilia cuando se hubo sentado frente a don Baltasar—, mi hermana y yo queremos que sepa que nuestro dinero sigue a su disposición si el nuevo heredero reclama la deuda. Hemos conocido la noticia.

—Tiene que tomárselo como un préstamo, no hay nada indigno en aceptarlo —convino doña Beatriz—, y ya nos lo irá devolviendo a medida que pueda.

Marina las observó conmovida, tenía ganas de llorar y temía cualquier emoción que pudiera precipitar sus lágrimas. Don Baltasar también mostraba agradecimiento en su gesto.

—Todo esto me ha pasado por aceptar préstamos —se lamentó el hombre—. El indigno he sido yo.

—Ya, aita, deje de hacerse la víctima —lo conminó su hija— y agradezca la buena intención de doña Emilia y doña Beatriz.

—Sí, sí, les estoy muy agradecido, ustedes ya lo saben. Espero no tener que recurrir a su dinero. Quiera Dios enviarnos a un nuevo heredero tan espléndido como ha sido don Javier.

—Les estamos muy agradecidos —intervino también Marina—. Pero ya saben que mi hermano y yo trabajamos y que la colección está en venta —mintió, pues sabía que no era así. Eso era lo primero que tendría que solucionar, le contaría la verdad a Isidro y lo emplazaría a que enviara sus



 

 

 

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fotografías a distintos periódicos para ofertarla esta vez de verdad—. Esperemos que pronto aparezca algún interesado en comprarla. Si tenemos suerte, no nos veremos obligados a perder la casa.

—Supongo que Naarzabal estará haciendo las maletas… —comentó doña Emilia fijándose en la reacción de Marina.

La joven bajó los ojos. Se le rompía el alma solo de pensar en no volver a verlo y le pasó desapercibida la sonrisa que asomaba en la comisura de los labios de doña Emilia.

Poco después de que las hermanas Iraela se fueran, justo cuando Isidro regresaba del campo, Marina salió. Se dijo a sí misma que quería pasear sin rumbo, que necesitaba airearse, pero a medida que dejaba la villa atrás la dirección que tomaba no dejaba lugar a dudas. Se obviaba a sí misma admitir el lugar al que se dirigía y permitía que su instinto la guiara procurando no pensar. Pero el pensamiento es traicionero y la tenía atrapada. Y, aunque quisiera evitarlo, su cabeza daba vueltas al cambio producido en su relación con Javier. Las cosas habían cambiado entre ellos dos. Ahora ya no se sentía en deuda con él, ni inferior, ni habría habladurías que la señalaran como una interesada… El deseo de que él supiera que en ella tenía una amiga la condujo al cabo de un rato a su destino. Cuando llegó al caserío, vio que Javier se encontraba en el prado con las vacas, como si fuera un trabajador más. Sorprendido de verla allí, le preguntó:

 

—¿Le ha ocurrido algo a su padre?

 

—Mi padre está bien. He venido… He venido a decirle que lo siento mucho.

Él se bajó las mangas remangadas mientras la observaba curioso. —¿Qué es lo que siente tanto, Marina?

—Lo ocurrido. La noticia de… Bueno, ya sabe cómo es esta villa, enseguida se ha sabido. Mi padre lo lamenta mucho por usted, y yo también.

Javier continuaba sin saber a qué se refería y, sonriendo, preguntó nuevamente:

—Por su forma de hablar, parece ser que esa noticia me afecta, pero, por muy pequeño que sea el lugar, hasta aquí aún no ha llegado. ¿Puedo saber qué lamentan su padre y usted que me concierne?

 

Marina se quedó atónita. ¿Bromeaba? Temerosa, y como pudo, comentó:



 

 

 

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—Lo del nuevo familiar de don Jorge, más cercano que usted, que reclama la herencia…

 

—¿De qué habla? —quiso saber él, ahora más serio—. ¿Quiere decir que ya no soy heredero de todo esto?

La joven lo miró con desesperación. ¿Cómo podía no saberlo? —Lo lamento mucho —repitió ella, conmovida.

—¿De dónde ha sacado eso? —preguntó Javier, pero, como si lo hubiera entendido al tiempo que pronunciaba estas palabras, se echó a reír.

Marina no supo qué pensar. Las risotadas de él venían acompañadas de una mirada de ternura que la escrutaba. Se avergonzó de inmediato, pero no supo de qué. Estuvo a punto de tratar de convencerlo de que no era gracioso, que había perdido todo lo que se le había brindado y que ya no volverían a verse más. Y de pronto se preguntó de dónde había sacado su padre tal revelación, y de dónde la habían sacado las hermanas Iraela, y se le aparecieron el rostro y la lengua de Patricia Burgoa.

—Es lo que van diciendo… —se defendió ella.

 

—También me señalaron como amante de doña Antonia, como su asesino y como pretendiente de una de las hijas de los Erguin —le recordó él—. ¿Acaso creyó cada una de esas cosas?

La joven se sintió aterrada. No sabía que esos rumores habían llegado hasta él, por lo que dedujo que también sabía que iban diciendo que ella lo pretendía por interés. Como la primera vez que se habían conocido, estaba haciendo el ridículo y no sabía cómo escapar de la situación en la que acababa de ponerse ella sola por imprudente.

 

—Yo…

 

No supo decir nada más. Retiró su mirada y la dedicó al horizonte. Sentía cómo le quemaban las mejillas. Él dio un paso hacia ella y luego su rostro risueño se tornó más serio.

—Marina… —dijo el joven con dudas—, ¿puedo preguntarle a qué venía?

Sintió que la pregunta se le clavaba en lo más hondo. Ella también se lo estaba preguntando.

—¿Estaba preocupada por la deuda? ¿Quería asegurarse de que yo le diera instrucciones al imaginario nuevo heredero sobre el diario de don Jorge?

Los ojos de la joven se nublaron ante la acusación implícita.



 

 

 

 

 

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—No puede usted pensar que soy tan frívola —respondió Marina—. Sabe perfectamente que mi hermano y yo trabajamos y que mi padre está dispuesto a vender su colección. Él contrajo una deuda y yo jamás impediría que la saldara.

 

A él podría haberle dolido el punto de desafío que había en esa respuesta, el rastro que rezumaba de que ella se había sentido ofendida, pero solo supo llenarse de esperanza.

—Conozco su dignidad, no ha de defenderla. Sin embargo, no me ha respondido: ¿a qué venía?

—Me he equivocado —dijo ella enfrentando su mirada—. Ya puede usted reírse de mí como hizo la primera vez.

—¿Reírme? No lo hice antes ni lo haré ahora. Disculpe mi reacción jocosa ante un chisme como este, no era en absoluto contra usted. La primera vez solo vi a una joven preocupada por su hermano y ahora… Ahora, ¿por quién estaba usted preocupada, Marina?

Una vez más la muchacha evitó mirarlo.

 

—Debo irme —respondió ella al tiempo que le daba la espalda.

 

Pero él la agarró de una mano y la obligó a girarse de nuevo. Quedaron frente a frente y Javier notó que sus ojos vacilaban y que el pulso le temblaba.

—¿Estaba preocupada por mí?

 

Ella no respondió a su pregunta y repitió:

 

—Debo irme. Mi padre está muy nervioso y, cuanto antes sepa que no hay nada cierto en el rumor, más pronto se quedará tranquilo.

—La acompañaré, así irá más deprisa.

 

Ella titubeó. Los ojos de Javier la atravesaban.

 

—Pensaba que se iría… Solo venía a darle las gracias por todo lo que ha hecho por nosotros. Ya no es necesario… Bueno, sí. Si es lo que quiere oír, le diré que le agradezco todos sus gestos, pero eso ya lo sabe, se lo agradece toda mi familia y…

No tuvo valor para más. Pero algo en las palabras de ella o, más bien, en su expresión, alentó a Javier, que sí se atrevió a más. Dio un nuevo paso hacia ella, la tomó de los hombros y la acercó hacia sí. Pasó de mirar sus ojos a mirar su boca y, como si no pudiera ser de otra manera, la besó. Marina, incapaz de reaccionar por el desconcierto, notó que sus labios despertaban al calor y, sintiendo que todo el cuerpo le temblaba, se abandonó primero a la calidez de la caricia húmeda y la correspondió



 

 

 

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después con su boca. El frío de la mañana desapareció en el beso y Marina sintió que también desaparecía el mundo.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El rumor de la aparición del nuevo heredero llegó al cuartel de la Guardia Civil al mismo tiempo que su desmentido. Juarbe ya había aprendido que no tenía que hacer caso a los cotilleos y, si no fuera por la amenaza implícita en la mirada del alcalde cuando lo dijo, pensaría que el teniente anunciado nunca llegaría a la villa de Ochandiano. Sin embargo, sabía que así sería, aunque al menos su venida no se esperaba antes de la Basavisita.

 

Observó el plato vacío en el que hasta el día anterior quedaba un trozo del bizcocho que le había traído doña Emilia y sentía que ya se hubiera terminado. Con el estómago vacío, dudaba mucho que tal teniente hubiera sido elegido al azar e intuía que algún lazo de amistad lo unía al alcalde o tenía alguna deuda con él. De este modo, Lizana podría dirigir desde atrás los hilos de la investigación, como cuando había contratado a Zengotitagoitia.

El sargento pensó que había algo que separaba estos dos momentos. La vez anterior, su antiguo colega estaba convencido de que el alcalde quería proteger a su hijo, de quien en el fondo sospechaba. Pero ahora ya se conocía su inocencia, así que eso reafirmaba que a quien quería poner a salvo era a sí mismo.

—No se anticipe, sargento. Lleva obsesionado con el alcalde desde un principio y no hemos encontrado nada. Ya ve que no hay ninguna sospecha de que se entienda con la señorita Antúnez.

El día antes de la Basavisita llegaron autoridades de Guipúzcoa para garantizar que la inspección de los terrenos en litigio se desarrollaba de modo cordial. Tenían previsto hospedarse en la posada Herensuge, pero unos vecinos, en su mayoría mujeres, los convencieron para que se quedaran en casa de doña Encarna, que había arreglado varias habitaciones para la ocasión y cocinaba mucho mejor. Esto supuso un revés para Tomás Elizalde, que había comprado varios corderos y otros productos a un



 

 

 

 

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precio superior al habitual. Hacía mucho que no tenía ninguna competencia. Desde que la ruta comercial había sido sustituida por la línea de ferrocarril, los huéspedes ocasionales habían descendido notablemente y los otros hospedajes habían cerrado hacía tiempo.

 

Desechó la idea de amenazar a doña Encarna, esa mujer había perdido a sus dos hijos en la guerra y no le quedaba ningún motivo por el cual vivir. Averiguó que la iniciativa venía de las hermanas Iraela, pero que había sido acogida como propia por la mayoría de los vecinos y que de nada serviría emprender alguna venganza contra ellas. Además, se decía que doña Emilia y aquel sargento entrometido de la Guardia Civil eran amigos. También estaba implicada la hija de Ordubi, que se había prometido al heredero del caserío Danobeitia, y ese era un hacendado que bien podía meterlo en problemas.

 

Enseguida supo a qué venía todo eso: se habían puesto de acuerdo en presionarlo para que devolviera la niña a su mujer. No le quedó más remedio que sopesar si le valía la pena quedarse con la niña, que se pasaba el día correteando y había que estar vigilándola a todas horas. A media tarde se presentó en Olaeta y la devolvió, pero se fue mascullando que eso no iba a quedar así.

—Y no quedará así —comentó Maitechu al sargento—. Sé muy bien que, en cuanto tenga ocasión, volverá a llevársela.

Aquella noche, Juarbe volvió a escribir a Zengotitagoitia. Tras contarle que Eloy Lizana era inocente, al igual que Tomás Elizalde y cualquiera de los Erguin, le pedía un favor.

«Si en casa de tu nuera siguen buscando una mujer que limpie a conciencia y sepa cocinar, y no les importa que lleve a una niña de dos años, tengo a la persona ideal y es de total confianza. Tú ya has probado sus guisos, pues era quien cocinaba cuando te hospedaste en la posada Herensuge».

Fue a echarla a la estafeta a primera hora de la mañana del día siguiente, antes de que vecinos varones de Ochandiano y de Olaeta salieran junto a los municipales y los guardias civiles hacia El Limitado. Juarbe iba con ellos y se dividieron en dos grupos que partían de puntos diferentes para ir avanzando hasta encontrarse unas horas después. El objetivo era el de constatar que los mojones seguían en el mismo lugar que el año anterior y, por tanto, las lindes continuaban siendo las fijadas. El cielo había amanecido gris y las comitivas comenzaron sus respectivas



 

 

 

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excursiones bajo una llovizna que pronto cesó para dar paso a un viento suave y fresco. Juarbe caminaba en el grupo que avanzaba más rápido, aunque, por suerte para él, se iban deteniendo de vez en cuando para tomar nota. Aún le quedaban restos del malestar que le había producido el fuerte resfriado y sentía que le dolían los huesos cada vez que tenía que subir o bajar cuestas, algo que, en aquellos momentos, resultaba inevitable. Antes de partir, el alcalde le había recordado que solo faltaban dos días para la llegada del teniente y, por mucho que él tratara de evitarlo, la amenaza resonaba en su interior.

 

Tal como ocurría desde que estaban pendientes de la decisión de los tribunales guipuzcoanos, ni los de un pueblo ni los del otro hallaron irregularidades en el camino, y, cuando pasado el mediodía se encontraron con el otro grupo, la excursión terminó sin novedades. Si Juarbe hubiera podido elegir, habría regresado al cuartel tras la expedición y se habría dado un baño de agua caliente. Pero estaba obligado a seguir el protocolo y, bajo los soportales de la fachada principal de la Casa Consistorial, les esperaba un ágape al que no tenía más remedio que asistir. Allí aguardaba el alcalde con sus invitados, más de veinte personas, a las que se sumaron las quince que habían formado parte de los dos grupos. Había pocas sillas y estaban destinadas a los mayores, por lo que la comida la disfrutarían de pie. Juarbe se acercó a Arrese, que había ido con la otra comitiva, y lo saludó sin demasiado afán. No quitaba la vista del alcalde, pues seguía sospechando de él y quería ver de primera mano con qué damas se relacionaba. Sabía que los enamorados siempre cometen imprudencias y deseaba sorprenderlo en algún gesto que le indicara que existía un móvil para asesinar a su esposa.

 

También aguardaba allí la orquesta de la villa, que amenizaba el acto con canciones populares que agradaban a todos. Con la intención de escucharlas, muchos de los habitantes de las casas que daban a la plaza se habían asomado a los balcones. Entre ellos se encontraba doña Emilia, que observaba sonriente a Marina y Javier sin que ellos lo percibieran. Hacía pocos días que los jóvenes habían anunciado su compromiso y la mujer sabía que parte de la responsabilidad era suya debido a su artimaña. Se sintió feliz cuando Marina le contó que lo amaba y que hasta entonces había callado por culpa de las indiscreciones e imprudencias de su padre.

 

—¿Cómo podía aspirar yo a él, a quien debemos tanto? ¿Cómo no disimular unos sentimientos que habrían sido malinterpretados por la



 

 

 

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posición de Javier? ¿Qué muchacha no lo pretendía? Y, sin embargo, él mismo admitió que fue la indiferencia que yo le mostraba la que hizo que se fijara en mí y que deseara conocerme mejor. ¡Y qué fortuna la mía de que a medida que me conocía más le gustaba…! ¡Y a mí me fue ocurriendo igual! Cuanto más he ido descubriendo su carácter, más ha profundizado el sentimiento que tanto me ha costado reconocer. Y lo sigo descubriendo, pues posee una dulzura que, de haberme mantenido distante, no habría podido ni sospechar. Permitan que durante un tiempo hable de forma atropellada y haga locuras, pues es propio de enamoradas. ¡Oh! ¿Acaso puedo ser más feliz?

 

Tanto doña Emilia como doña Beatriz la habían felicitado, aunque solo una de ellas tuvo algo que callar. Pero en silencio agradeció haberse entrometido con su mentirijilla. La esperanza de doña Emilia, que el miedo a perderlo haría reaccionar a Marina, había funcionado. Algún día, si a alguien había de contarlo, no habría de ser otro que a Javier Naarzabal.

Las nubes de la mañana se habían ido disipando y un sol que se agradecía lo iluminaba todo. El ágape discurrió cordial e incluso se saltaron algunos protocolos por el exceso de confianza. Juarbe continuaba con su atención puesta en Lizana, sobre todo en el modo de desenvolverse con la señorita Antúnez, procurando disimular si se cruzaban sus miradas. La institutriz permanecía junto a la madre del alcalde y parecía que, entre sus atribuciones, también estaba la de cuidar de ella. Durante ese rato, lo vio hablar con más varones que mujeres y, en las ocasiones en que se dio el último caso, no distinguió ninguna expresión o gesto delator. La falta de éxito caló en su ánimo y ni siquiera consiguió levantarlo la voz de Marina cuando le pidieron que interpretara una canción junto a la orquesta. Sin embargo, cuando la joven regresó junto a su padre y a Naarzabal, algo se iluminó en su mente. Se fijó en Ordubi y recordó que sufría ataques de sonambulismo, que la mañana del crimen se había quedado dormido en la ermita de San Roque y que, habiendo comprado acciones de la compañía de gas de Vitoria, tenía motivos para odiar a doña Antonia.

 

Mientras, las hermanas Iraela habían bajado a la plaza y se acercaban al Ayuntamiento para escuchar mejor a Marina. Cada una con su mantón, sonreían por distintos motivos. Doña Beatriz estaba orgullosa de la que había sido su pupila y doña Emilia, con su pequeña mentirijilla, se sentía autora de su felicidad. Fue esta última quien vio que Juarbe hablaba con don Baltasar y, no supo por qué, se sonrosó.



 

 

 

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—¡Fantástica! —le dijo doña Beatriz a Marina en cuanto la joven dejó de ser la protagonista—. ¡Has estado fantástica! He comenzado a escucharte desde el balcón y todavía estoy emocionada. ¿No cree, don Javier —preguntó dirigiéndose ahora a su prometido—, que habría que alentar a su futura esposa para que continuara con sus lecciones de canto? Tiene la voz más bonita de la villa y uno no puede desperdiciar tal don. Sería una ofensa al Señor.

 

—Las retomará, yo también le insisto en ello —afirmó Javier guiñando un ojo a doña Beatriz y tomando a Marina de la mano, al tiempo que él la miraba enternecido y ella le devolvía una expresión de agradecimiento.

—Eso sería un gasto y temo que ya se excederá en ellos mi aita.

 

—Tu marido podrá hacer los gastos que desee, hija mía —intervino don Baltasar, dejando a Juarbe dos pasos atrás. Si no existiera Naarzabal, no podría haber hombre más feliz que él. Más que adorar a su futuro yerno, lo idolatraba, y todavía se encontraba en ese momento de euforia en el que él había pedido la mano de su hija.

 

¡Todos sus problemas resueltos de un golpe! Se había acabado el problema de la deuda y ya no corrían peligro ni su casa ni su colección. Podría mantener a sus animales momificados para siempre e incluso adquirir alguno más.

Aita, no abuse de la confianza —protestó la hija—. Y usted, doña Beatriz, no se confabule con Javier para presionarme.

—¿Que no se confabule? —se burló doña Emilia—. Mi hermana hará todo lo posible para que Javier te convenza. El otro día decía que el fin justifica los medios y, para Beatriz, la música lo es todo.

—La Música es el lenguaje de Dios —respondió la aludida—. No existe nada superior, cualquier estratagema será bienvenida si con ello la fomentamos.

Doña Beatriz habló con tal seriedad y convicción que nadie se atrevió a replicar. El sargento, que hasta que habían llegado las hermanas trataba de comprender qué tipo de persona era el señor Ordubi, hacía poco que había fijado su atención en doña Emilia. Deseaba decirle que había escrito a Zengotitagoitia para buscarle un empleo apartada de su marido a Maite Muniain, que se podría llevar a su hija lejos de Tomás si todo salía bien, pero prefirió esperar a que su amigo le confirmara que la plaza seguía sin cubrir. La observaba absorto. Su rostro lucía más radiante que otras veces, quizá por la flor que llevaba en el pelo. Sin embargo, en aquel momento,



 

 

 

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un ligero temblor hizo que la flor se desprendiera sin que ella se diera cuenta. Juarbe la siguió con la vista y vio que caía justo al lado de una de las columnas, quedando a resguardo de algún pisotón. Cuando volvió a levantar la cabeza, notó que, de repente, doña Emilia había palidecido y su mirada se hallaba perdida en un punto indefinido. Parecía aturdida, como si fuera incapaz de ver u oír nada que no estuviera en su pensamiento. Fue Marina quien le preguntó si se encontraba bien y don Javier el que la ayudó a sentarse en la silla que había ocupado don Baltasar con anterioridad. El sargento aprovechó el momento para agacharse a recoger la flor y la guardó en un bolsillo. Marina sacó su abanico y comenzó a airear a doña Emilia.

 

—Tráiganle un poco de agua, por favor —pidió la joven a quienes las rodeaban.

Después de beber, doña Emilia contempló el rostro preocupado de los presentes y se sintió avergonzada.

—Ya estoy mejor, gracias —dijo la mujer para no ocasionar preocupaciones. Continuaba sin color y parecía haber envejecido unos años en dos minutos.

—La acompañaremos a casa del doctor Irigoyen —determinó Javier

 

—. Puede que la bajada de tensión responda a algo más grave.

 

El sargento dudó un momento, hasta que comprendió que no tenía

 

ningún pretexto para acompañarlos. Quedó preocupado por el estado de doña Emilia y deseó que no fuera grave. Al cabo de unos minutos, él también abandonó la celebración sin ni siquiera despedirse de Arrese. Regresó al cuartel con sensaciones agridulces y subió directamente a su estancia privada. Tenía la sensación de que había ocurrido algo importante frente a sus narices, y no sabía qué. Se despojó del uniforme y se puso un jersey de lana y unos pantalones de franela viejos, demasiado viejos quizá, pero que le resultaban muy cómodos a pesar de que cada vez los notaba más largos. Encendió el brasero para quitarse de encima la sensación de humedad. Sentía que aún llevaba puestos la lluvia de la mañana y el sudor del ejercicio. Su cuerpo se resentía de las subidas y bajadas, y pensó que tal vez él también debería visitar al doctor Irigoyen. Claro que, tal vez, lo único que deseaba era saber cómo se encontraba Emilia Iraela. Debería estar pensando en Ordubi y en las probabilidades reales de que fuera el autor del crimen y ni siquiera él lo supiera. Sabía que el estado de sonambulismo era parecido al de la hipnosis y que se pueden vivir cosas



 

 

 

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que luego nunca se recuerdan. Había tenido poco tiempo para tantearlo y, durante esos minutos, no había notado al hombre nervioso ni había evitado responder con naturalidad a sus preguntas. Estaba jocoso con el compromiso de su hija y no lo ocultaba, aunque había empezado a quejarse de la ciática antes de que llegaran las hermanas Iraela y lo interrumpieran. También, en esos momentos, la atención del sargento se había depositado en una de ellas.

 

Antes de sentarse sobre la cama, sacó la flor del bolsillo de la zamarra de su uniforme y la contempló con el mismo espíritu con el que se contempla un tesoro. Como si fuera real, le llegó el olor a bizcocho recién hecho y, para retenerlo, cerró los ojos. Con él, llegó también la decisión de pedir la mano de doña Emilia. Pese a los miedos, las dudas, las incertidumbres… encontraría valor para proponerle matrimonio. Sabía que esa era su última oportunidad y temía que el destino se la arrebatara del mismo modo que se la había brindado. Recordó la enfermedad de su madre, la larga enfermedad, y rezó para que, si se trataba de algo grave, doña Emilia no se viera obligada a padecer dolores de forma dilatada. Volvió a abrir los ojos para no entristecerse más y le conmovió la belleza de la flor que sujetaba en la mano y que al día siguiente comenzaría a marchitarse. A lo mejor no se trataba de nada grave y los temores eran infundados. Una bajada de tensión sin importancia. Sí, al día siguiente visitaría al doctor Irigoyen, pero, en esos momentos, le afectaba profundamente la incertidumbre. Todavía resonaban en su cabeza los ecos de la charanga y la caricia de la voz de la joven Ordubi. Y del mismo modo que la música, es decir, sin pedir permiso, llegaron hasta él las últimas palabras de doña Emilia: «El otro día decía que el fin justifica los medios y, para Beatriz, la música lo es todo». Luego, tras la respuesta de doña Beatriz, había sufrido el temblor que había hecho caer la flor y mudado el color de su tez. En sus ojos, la luz se había apagado en un instante y la mirada se le había perdido en algún lugar al que él no había podido acceder. ¿Qué habría ocasionado aquello?

 

Se levantó para buscar un vaso y le puso un poco de agua. Luego colocó la flor en él y lo dejó sobre la mesita de noche. Era pronto todavía para acostarse y tarde para echarse una siesta, pero el cuerpo le pedía reposar. Con la imagen de una doña Emilia desfigurada, se durmió al cabo de unos minutos. Despertó de un sobresalto tres horas después, con el corazón palpitando de forma acelerada mientras escuchaba las palabras de



 

 

 

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doña Beatriz que antes no había podido recordar: «La Música es el lenguaje de Dios. No existe nada superior». Los ojos parpadeaban a toda prisa, casi al compás de los latidos. Y en esos momentos lo supo, lo supo contra su voluntad, puesto que deseó con todas sus fuerzas estar equivocado.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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38

 

 

 

 

Doña Emilia servía el desayuno en silencio. El día anterior, el doctor Irigoyen, tras auscultarla y examinarla detenidamente, no había considerado que tuviera nada grave. No obstante, le había aconsejado que no hiciera esfuerzos y le había dicho que, si tenía problemas para dormir, se tomara una tisana. Ella, siempre habladora, apenas le había dado las gracias y, desde aquel momento, pocos sonidos habían vuelto a salir de su boca. Hacía las cosas de forma automática y el entusiasmo de días anteriores se había evaporado para convertirla en un ser absorto y demacrado. Apenas miraba a Beatriz si se la cruzaba. Cuando oyó que llamaban a la puerta, sintió un sobrecogimiento que hizo que estuviera a punto de derramar la taza de café que sujetaba. La mano arrugada le temblaba.

 

—¿Sigues enferma? —le preguntó su hermana al ver que no iba a abrir.

Ella no respondió y fue doña Beatriz quien se dirigió a la entrada. Al otro lado de la puerta se encontró a Juarbe y Arrese perfectamente uniformados.

—¡Oh, qué fastidiosos son ustedes! —exclamó la mayor de las Iraela

 

—. ¿Es que no pueden respetar la convalecencia de mi hermana? Usted mismo pudo comprobar ayer que no se encuentra bien.

—¿Ha venido a interesarse por mí? —preguntó con cierta timidez y algo esperanzada doña Emilia, que se había levantado para averiguar si su presentimiento era acertado.

Juarbe, evitándole la mirada, se quitó el tricornio y comenzó a pasárselo de una mano a otra de manera nerviosa. Balbuceante, comentó:

—Buenos días, doña Emilia. Me alegra verla en pie y sepa que lamento… Lamento muchísimo importunarla, pero necesitamos que su hermana nos acompañe al cuartel.



 

 

 

 

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—¿Otra vez las mismas preguntas? —comentó doña Beatriz, sin disimular su indignación—. ¿Y ha de ser a una hora tan temprana?

 

Su hermana la contempló y los ojos se le llenaron de lágrimas. Se acercó a ella para cogerle la mano y estrechársela. Doña Beatriz la retiró. El sargento supo que doña Emilia sabía la verdad, que la había intuido el día anterior, y la observó con un gesto en el que había tanto de ternura como de compasión. Luego, se dirigió a la otra hermana y, con dolor, anunció:

—Doña Beatriz Iraela, queda usted detenida bajo la acusación de asesinato. Debe acompañarnos al cuartel. Le ruego que no nos lo ponga difícil.

—Concédale un poco de tiempo para que yo pueda prepararle una maleta con sus cosas —le rogó doña Emilia, con los ojos suplicantes y las mejillas mojadas. Su imagen, más que de sorpresa, era de desolación.

—¿Para qué quiero una maleta? —le reprochó doña Beatriz, incapaz de enternecerse con el dolor vivo de su hermana—. No ves que está desbarrando otra vez…

—No la ejecutarán, ¿verdad? —imploró doña Emilia agarrándose a una última esperanza. En lugar de mirar a su hermana, tenía los ojos clavados en el sargento de forma suplicante.

—Eso no dependerá de nosotros —se justificó Juarbe—. Su hermana será juzgada por el asesinato de doña Antonia y la condena se decidirá cuando termine el proceso. Es probable que, teniendo en cuenta su edad, le perdonen la vida… —añadió sin estar demasiado convencido—. Lo lamento mucho, pero en este punto yo no puedo hacer nada.

Doña Emilia bajó la cabeza y se dirigió despacio hacia el dormitorio de su hermana para recoger sus cosas. No quería que el sargento la viera llorar. Juarbe y Arrese la siguieron y, tal como ella les indicó, tomaron asiento. El sargento señaló hacia la entrada y comentó:

 

—Usted mandó quitar la campanilla porque le molestaba el sonido, ¿no es cierto? Por eso son las únicas que tienen aldaba…

—Está usted desbarrando una vez más. ¿Cómo se atreve? —protestó por primera vez doña Beatriz, que hasta ahora había asistido a la escena como si lo que ocurría no fuera con ella.

—Es mejor que no nos lo ponga difícil. Hágalo por su hermana y llevemos el asunto de la forma más discreta posible —le pidió el sargento.



 

 

 

 

 

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—¡Mi hermana también se ha vuelto loca! ¡No necesito ninguna maleta! ¡Esto es un atropello!

 

—¿Quiere que la espose? —le preguntó Arrese al sargento.

 

Este le devolvió una señal de negación con un movimiento de cabeza y volvió a mirar a la acusada. Doña Beatriz hizo un gesto de desaprobación y contempló al sargento fijamente. Poco a poco, media sonrisa se fue dibujando en su expresión y, sin perder el tono desafiante, preguntó:

—¿Cómo lo han sabido? ¿Cómo han sabido que fui yo? Y no me digan que ha sido idea de Patricia Burgoa porque no me lo creeré. Me han parecido muy divertidas las desacertadas divagaciones de unos y otros.

Juarbe, que a lo largo de todos sus años de carrera nunca había visto tanta tranquilidad en un acusado de asesinato, acertó a decir:

—Doña Beatriz, ¿no había otro modo?

 

—¿De que doña Antonia dejara de interferir en los asuntos musicales? ¡Esa mujer era muy terca! Yo lo intenté, les juro que lo intenté. No la maté sin avisarla. Le decía: «Doña Antonia, ¿no ha pensado en bordar?», «Doña Antonia, ¿en serio que cree que vale la pena romper con una tradición tan arraigada? Piénselo, doña Antonia, piénselo, que esto puede tener consecuencias desastrosas» —recordó en voz alta—. Pero ella era una mujer vanidosa que quería participar en el coro, y la vanidad es otra ofensa al Señor. Sé que don Acisclo y doña Concha me felicitarían si supieran que yo he sido el ángel que los ha liberado de esa mujer y que ha salvado a nuestro coro de voces graves de verse sacrificado por su capricho.

 

Cuanto más hablaba, más asombrados se hallaban los dos guardias civiles ante la falta de remordimientos y la frialdad con la que doña Beatriz afrontaba un momento como ese. Orgullosa de su obra, no lograba callar.

—¿Pensaba, acaso, que iba a permitir que estropeara el coro solo por ser la mujer del alcalde? ¡Dios está por encima de todos los alcaldes, gobernadores y reyes! El hombre no puede ofender a Dios y Dios es la belleza. Interferir en la belleza es un pecado, sargento, yo no podía permitirlo. No soy una mala persona, solo una buena cristiana.

 

—Debo pensar —continuó Juarbe, tratando de hacerse una idea del crimen— que, cuando usted llegó al jardín y vio a doña Antonia, descubrió que a su lado había un rastrillo. Decidió cogerlo y la golpeó con él.

—Llevaba las tijeras en el bolso, pero, cuando vi el rastrillo, pensé que eso despistaría a las autoridades.



 

 

 

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—Pues lo logró —admitió el sargento—. Y debo pensar también que, mientras el servicio oía sus gritos, con los que fingía llamar a doña Antonia, usted se encontraba satisfecha de su obra.

 

—Muy orgullosa —asintió la mujer.

 

El sargento continuaba sorprendido ante la indolencia que demostraba la mujer. ¡Qué distintas eran ambas hermanas!

—Y la arrastró usted hacia el estanque…

 

—No tuve que arrastrarla. Ella estaba al lado del estanque, me bastó con un pequeño empujón para que cayera, ¿acaso creen que a mi edad tengo fuerza para tanto peso?

—¿Y si doña Antonia aún hubiera estado viva? ¿Y si hubiese muerto ahogada con el lodo?

—Ni lo sabía ni lo dejaba de saber, no me importaba. Necesitaba justificar por qué durante dos minutos yo no la había visto, así que escondí el cuerpo allí. Pero no se hundió del todo… Esa mujer siempre ha insistido en dar problemas. Cuando vi que tardaba, grité para que pensaran que acababa de encontrarla.

—Y, entonces, dejó caer el cesto con los bulbos de lirio, para que pensaran que se había sobresaltado.

—El cesto lo dejé caer en cuanto encontré a doña Antonia. Simulé que había sido sin querer y le pedí que se agachara a recoger los bulbos. Entonces yo ya había visto el rastrillo. A continuación, cogí un pañuelo y borré las huellas. Leo periódicos y conozco que estas pueden servir para atrapar a los culpables. En general, suelo tener buenas ideas, ¿sabe? —dijo doña Beatriz como si presumiera—. En esta ocasión, enseguida descarté el veneno, aunque me habría resultado más fácil. Podría haberle pedido a mi hermana que le preparara un bizcocho y añadirlo sin que se diera cuenta. Doña Antonia era muy golosa.

—¿En esta ocasión? —se sobresaltó el sargento—. ¿Qué quiere decir con «en esta ocasión»?

—Estuve a punto de usar el veneno con Federico… Y luego leí un artículo en el que se vinculaba el veneno con los asesinatos cometidos por las de mi sexo, así que me sirvió para el caso, pero no lo envenené.

 

—Doña Beatriz, ¿de qué murió su marido? —preguntó ahora Arrese, puesto que Juarbe no sabía quién era Federico.

—Se ahogó en su propio vómito. Yo solo había puesto aquello en la sopa, lo suficiente para que se encontrara mal. Era una cantidad



 

 

 

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insignificante que no lo iba a matar. Sabía que le produciría náuseas y por la noche, en la cama, intentó vomitar… Mi marido no era un hombre fuerte y en esos momentos se sentía débil. Yo pude mantenerlo agarrado bocarriba y él solito se ahogó. Yo no lo maté.

 

Doña Emilia llegó en ese instante y la maleta que llevaba cayó al suelo dando un golpe seco.

—¡También mataste a Federico! —exclamó la mujer—. ¡¿Cómo…, cómo es posible, Beatriz?!

—Federico no quería que yo tocara el piano. Alababa mis cualidades musicales mientras me pretendía, pero en cuanto nos casamos quiso que lo dejara… ¡Estuve más de un año sin tocar! —le recordó su hermana—. Y, además, si hubiéramos tenido hijos, ya no habría podido dedicarme en cuerpo y alma a la Música.

Los guardias civiles y doña Emilia la escuchaban perplejos.

 

—¡Y él…! ¡Él me hacía esas cosas tan horribles para tener hijos! No lo soportaba, me tocaba con sus manos rugosas y acercaba al mío su cuerpo sudoroso para embestirme. Me sentía ultrajada… Pero lo peor era que me veía obligada a respirar su aliento… —Doña Beatriz narraba la escena como si la estuviera reviviendo y el horror y el asco dibujaban su expresión—. Los resuellos fétidos golpeaban mi nariz y se incrustaban en mi cuerpo mientras sus ojos parecían idos… Luego no lograba desprenderme de ese hedor… Me limpiaba, me frotaba con esparto una y otra vez hasta hacerme llagas que me escocían con el jabón y el agua de colonia… Pero, por mucho que me esforzara, no podía sacar de mis pulmones la pesadilla de aquello que le salía por la boca. Me convencí de que no tenía estómago, sino de que una parte del mismísimo infierno se hallaba en su lugar… Habría preferido que me obligaran a oler permanentemente docenas de huevos podridos… —De repente, su mirada cambió y un punto de orgullo brilló en ella cuando la levantó para observar a Juarbe—. Pensé que era justo que se ahogara con ese olor putrefacto.

 

—No…, no me lo puedo creer —balbuceó doña Emilia sin dejar de mirar a su hermana y notando cómo las lágrimas volvían a apiñarse en sus ojos.

—Arrese, ¿puede acompañar usted a doña Beatriz? —intervino Juarbe, afectado por el desconsuelo de su amada—. Yo iré enseguida con la maleta



 

 

 

 

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—pidió y, a continuación, esperó a que su compañero y la detenida se marcharan.

 

Antes de salir, doña Beatriz se giró hacia su hermana y le dijo:

 

—¿Te asegurarás de que jamás cambien el coro de voces graves? —La mujer ya no pensaba en los horrores del matrimonio, sino en lo que consideraba el designio de Dios—. No lo permitas, por favor, no quiero irme de este mundo sin la certeza de que se mantendrá la tradición. Y, también, sin asegurarme de que alguien velará por que no incorporen a personas que desafinan. La Música es el lenguaje de Dios —repitió.

Doña Emilia, con el alma rota y mirándola sin conseguir dar crédito todavía a tanta frialdad, le prometió que cumpliría su deseo. Luego estuvo tentada de abrazarla, pero la dejó marchar y quedó llorando desconsolada ante la mirada compasiva del sargento.

«Belleza, bien, verdad», la triada platónica fue lo último que le oyeron decir antes de cerrar la puerta.

—Lo siento, lo siento muchísimo —tartamudeó Juarbe, que sentía como propio el dolor de Emilia.

—¡Mi hermana mató a Federico! ¡Oh! ¿Con quién he vivido durante todo este tiempo? —exclamó la mujer mientras se derrumbaba en una silla.

El sargento se acercó a ella, sacó un pañuelo limpio y se lo ofreció. —Usted lo descubrió ayer, ¿no es cierto? Por eso se sintió mal y por

 

eso palideció…

 

Doña Emilia agradeció el pañuelo y lo tomó. Después de un silencio en el que se limpió la cara, pero no pudo evitar que continuaran las lágrimas, comentó:

—Yo no quería creerlo… Mi hermana ni siquiera sospechaba que yo lo había intuido… ¡Oh! ¿Qué voy a hacer ahora? —preguntó doña Emilia, volviendo a llorar.

Juarbe se acercó a un aparador en el que había un jarro de agua y llenó un vaso. Se lo acercó, pero ella lo declinó y eso hizo que él se sintiera impotente. La comprendía.

Habían pasado toda la vida juntas y no había llegado a conocerla. Era un golpe muy duro. No solo por el asesinato de doña Antonia, sino porque la hermana de doña Emilia había sido capaz de matar a su propio marido. Podía imaginar la confusión y toda la decepción de la mujer que tenía ante sí hundida en una silla. Su sonrisa había desaparecido ahogada entre



 

 

 

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lágrimas que ahora surcaban arrugas inconsolables. Permaneció junto a ella en silencio, sabiendo que ninguna palabra serviría de nada. Pensó en marcharse, pero fue incapaz. Se sentía responsable de la desolación de Emilia Iraela y se juró a sí mismo que haría todo lo posible para que no ejecutaran a doña Beatriz. Sin embargo, no supo decírselo. La observó sintiéndose agarrotado, notando un torbellino de inquietudes que, una vez más, no encontraban valor para canalizarse en un gesto de cariño. La tenía al lado, rota, y él se mostraba distante. ¡Era tan botarate, tan incapaz…!

—Siempre he estado con ella, no voy a poder seguir adelante sin Beatriz —balbuceó la mujer desde la profundidad de su dolor.

Las palabras se acompañaron de una mirada ahogada en sus ojos enrojecidos y en aquel momento algo se agrietó en el muro de Juarbe. Sin darse cuenta, extendió un brazo para coger la mano de la mujer entre la suya y, viendo que no era rechazada, así la mantuvo. Los temblores de Emilia Iraela se extendieron a su cuerpo y, no supo cómo, las dos manos comenzaron a estrecharse la una a la otra en un movimiento de angustia incontrolada durante largos segundos. No fue el roce, sino el ansia viva de consolarla lo que llevó al sargento a arrodillarse frente a ella y, con el valor que sintió al comprobar que no había ninguna mirada de rechazo, pues las lágrimas se habían convertido en una cortina que cegaba a la mujer, posó la otra mano en su espalda y la atrajo hacia sí. En un gesto automático, Emilia Iraela inclinó la cabeza sobre el brazo amigo y, llorando cada vez con más amargura, se dejó abrazar.

 

—Doña Emilia —dijo él con toda la delicadeza de la que fue capaz—, sepa que no está sola. Si usted me permite permanecer a su lado, yo la voy a cuidar.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Epílogo

 

 

 

 

Juarbe cogió un papel y escribió:

 

2 de octubre de 1897

 

A la atención de don Saturnino Zengotitagoitia:

 

Así era como había encabezado la carta la primera vez que le había escrito para contarle la resolución del crimen, pero, en esta ocasión, no supo continuar. De pronto se puso nervioso, como le ocurría siempre que no sabía cómo desenvolverse en una situación social. Zengotitagoitia no era un desconocido, ni un amigo, pues la relación no era tal, pero tampoco sabía si podía considerar como compañero a alguien que ya se había jubilado y que nunca había pertenecido a la Guardia Civil. Le habría gustado tener a quien consultar, pero no se le ocurría nadie. Arrese no era el apropiado, pues sus torpezas eran aún mayores, y Maite nunca había sido mujer de letras. Sin duda, ninguno de los dos había escrito antes una carta y mucho menos tan difícil como la suya.

 

Deseó poder debatirlo con Emilia, quien, aunque tampoco pensaba que hubiera escrito muchas cartas a lo largo de su vida, por lo menos tenía un sentido común para relacionarse con los demás. Envidiaba ese don. ¿Qué habría hecho ella?

 

Tardó más de quince minutos en darse cuenta de que tenía la solución en sus manos. Zengotitagoitia había comenzado su carta escribiendo: «Estimado amigo Gabriel», así que decidió, aunque le costara decir cosas como «estimado» y «amigo» a pesar del aprecio, imitar su encabezamiento. Cogió una nueva cuartilla y escribió:

 

 

 

2 de octubre de 1897

 

Estimado amigo Saturnino:

 

Recibo con satisfacción la noticia de que tu familia y tú os encontráis bien. Y, con sorpresa, tu nuevo proyecto. Te felicito por ello. A tu edad… Es lo último que habría esperado. Uno piensa que la jubilación es para el descanso y el ocio, pero tú, que tienes tantos hijos y nietos repartidos por toda Vizcaya y fuera de ella, que podrías disfrutar visitando a unos y otros, optas por continuar trabajando. Y nada menos que colocándote de detective privado en tu propia



 

 

 

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empresa. Toda una sorpresa, lo admito, y mucho más después de ver que no te resultaba cómodo el papel que te tocó hacer aquí. Claro que Lizana se las trae… Finalmente descubrí el motivo por el que no quería que interrogaras a su hijo. Verás, este fue testigo de un affaire, como dicen los franceses, entre Tomás Elizalde y una joven de la villa que no mencionaré. Como ya conoces el carácter del posadero, Lizana temía que, de llegar a sus oídos, le diera una zurra al niño. Y, aunque al final se descubrió, Elizalde dejó en paz al muchacho, no sé si por falta de ganas o porque otras cosas le sucedieron, como bien sabes, pues te lo conté en mi primera carta. Por cierto, Eloy ha vuelto a quedarse sin institutriz, lo cual demuestra que nunca hubo nada entre él y nuestro alcaldísimo. La señorita Antúnez recibió una oferta de Vitoria para educar a dos niñas de buena familia y, al parecer, en esta ocasión, el viudo que la contrató sí reparó en las virtudes de la institutriz. Hace dos días llegó la noticia de que van a casarse. Lizana, y en esto espero que guardes el secreto pues no es de dominio público, tenía intención de poner anuncios en periódicos de capitales de provincia para buscar esposa, pero supongo que el hecho de que doña Antonia no fuera muy apreciada entre sus vecinos lo ha hecho desistir. De todos modos, confirma mi idea de que su segundo matrimonio no estaba tan motivado en el amor como en buscar una segunda madre para su hijo.

 

Discúlpame. He empezado a detallarte cosas sin agradecerte antes lo que me cuentas. Después de responderte, iré a darle a Maite Muniain tu recado. ¡Qué digo recado! ¡Tu buena nueva! Puedo garantizarte desde ya mismo que se alegrará mucho de que le hayas encontrado una colocación en Bilbao y de que, además, pueda llevarse consigo a su madre y a su hijita. De permanecer aquí, siempre habría temido una venganza de su esposo. Pero, si este no sabe dónde encontrarla, ya nada podrá hacer contra ella. Deseo que no se meta en asuntos legales para intentar recuperar a la niña, aunque eso es algo a lo que, mientras viva, siempre podrá recurrir.

 

Yo también tengo algo que anunciarte y cuando lo leas dirás lo mismo que he dicho yo de ti: «¡A tu edad…!». Soy el primer sorprendido, lo admito, pero estas cosas llegan como llegan… Estoy comprometido. La afortunada, o mi bendición, es Emilia Iraela. Supongo que al leer su nombre te habrás quedado con la boca abierta. Te aseguro que es muy distinta a su hermana y que, precisamente por esta última, no nos hemos decidido a poner fecha aún. Estamos pendientes del juicio y rogando para que no la condenen al garrote vil. La situación es extraña, uno conjuga a la vez la felicidad con la tragedia, pero la vida siempre ha sabido algo de rarezas…

 

Deseo que me informes en cuanto tengas abierta tu agencia en Bilbao. El día que me sea posible, te haré una visita con la que espero que por entonces ya sea mi esposa. Será curioso escuchar cómo te han convencido esos dos nietos que van a formar parte de ella para que renuncies a la tranquilidad de no hacer nada. El día que me jubile, solo me voy a molestar en pescar, claro que, pensándolo bien, como estaré casado, estas cosas ya no las decidiré yo…

 

Recibe mis más cordiales saludos y que Dios te guarde en salud.

 

Afectuosamente,

 

GABRIEL JUARBE



 

 

 

 

 

 

 

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Agradecimientos

 

 

 

 

A la hora de agradecer, uno siempre tiene miedo de olvidarse de alguien. ¡Son tantos los que nos hacen! ¡Tantas las manos tendidas! Así que mis disculpas si me falla la memoria. Con el propósito de ordenarme, empezaré por el principio.

 

Andaba yo buscando un pueblo pequeño en tierras vascas cuando me topé con el libro El órgano en la Villa de Ochandiano, de Sergio del Campo Olaso. No sabría decir por qué me llamó la atención; a veces ocurre que algo nos exige ser escuchado, y simplemente traté de hacer caso a esa sensación. Por desgracia, el libro estaba descatalogado, así que contacté por redes sociales con el autor y le manifesté mi intención de comprarlo. Su amabilidad fue mayor de la esperada, de inmediato me lo regaló. Y, cuando lo leí, supe que Otxandio era mi lugar, el lugar para ambientar esta historia. Así que mi primer agradecimiento corresponde a Sergio, también a su mujer, Itxaso, y a sus hijas, pues todos nos acompañaron a Toñi y a mí por las callejuelas, los hayedos y el nevero de Otxandio cuando visitamos la villa y respondieron a todas las preguntas con las que yo había llegado. No los conocéis, pero os aseguro que son una familia preciosa.

 

También debo mencionar la inestimable ayuda de Carlos Olazábal, a quien tampoco conocía pero era amigo de un amigo (Manu Garavilla), y que me envió el libro monográfico sobre Otxandio, de Fernando Martínez Rueda, editado por la Diputación de Bizkaia, junto a una información que me interesaba sobre los miqueletes y los miñones y varios mapas de la Sierra de Urkiola. No entiendo por qué la generosidad no se incluye entre las características que se atribuyen a los vascos, yo no he encontrado más que buena predisposición a ayudarme incluso antes de haberlo pedido.

Gracias a Toñi (María Antonia Valdivielso), por supuesto, vizcaína también, y que sabe que no me gusta conducir, por lo que fue la encargada



 

 

 

 

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de acompañarme en el viaje y de pasearme por todos los lugares que le pedí hace tres años. Me tuvo mucha paciencia, doy fe, y siempre con buen humor.

 

Entre los agradecimientos debo incluir, una vez más, a Raquel.

 

Vosotros no lo notaréis, pero hay huellas de Raquel en todo lo que escribo.

 

No hay palabras para agradecerle a Justyna Rzewuska, mi agente, haber creído en mí y en esta historia. La felicidad se parece a lo que sentí el día que me aceptó entre sus autores. Muchas gracias a los ojos y el criterio de Silvia Querini, de mi editor, Alberto Marcos, y a los últimos tirones de oreja, merecidos y siempre con cariño, de mi correctora, Aurora Mena. Y, sin duda, a todo el equipo de Plaza & Janés, que tanto mima mi trabajo.

No puedo poner punto final sin añadir mi gratitud a Óscar por su apoyo y los extras, quien, aunque presuma de morador de las sombras, ayuda a dar luz a todo esto.

Y sobre todo debo darte las gracias a ti por haberles dado una oportunidad a estas páginas.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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HELENA TUR PLANELLS es una autora española nacida en Ibiza en 1969 y residente en Mallorca. Se licenció en Filología Hispánica, doctorándose en Teoría de la Literatura. Amante de la literatura inglesa del siglo XIX, ejerce como profesora en un instituto.

 

Tur Planells empezó a escribir novelas de corte romántico y publicó varias de ellas ocultando su identidad tras el pseudónimo Jane Kelder. No es hasta el año 2020 que la autora se da a conocer bajo su verdadero nombre con la publicación de Malasangre, una historia donde cobran protagonismo la intriga y la ambientación, dejando en un segundo plano al amor al que tenía acostumbrados a sus lectores.

 

En 2023 regresó a sus orígenes austenitas con la novela En el corazón de Jane (2023). Y en La playa del carbón (2024) tejió una historia inspirada en las obras de la propia Austen y Elizabeth Gaskell. En El caso de la mujer del estanque, su última novela, cambia de registro con un cosy crime ambientado en la Vizcaya de finales del siglo XIX.

 


FIN

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