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EL MÉTODO ORTEGUIANO DE LAS
GENERACIONES Y LAS LEYES OBJETIVAS DEL DESARROLLO HISTÓRICO
Federico Sánchez
[Jorge Semprún Maura]
El Método
Orteguiano De Las Generaciones Y Las Leyes Objetivas Del Desarrollo Histórico
Federico Sánchez
[Jorge Semprún Maura]
Nuestras Ideas. Teoría, política,
cultura
Bruselas, mayo-junio 1957número 1
páginas 33-45
Federico Sánchez
[ Jorge Semprún Maura ]
El Método Orteguiano De Las Generaciones Y Las Leyes Objetivas Del
Desarrollo Histórico
El tema de las generaciones, la idea de que la irrupción de éstas en la
vida social, en lucha con las generaciones anteriores, constituye el motor de
la evolución histórica, impregna actualmente la ideología española, de una u
otra forma. Pero uno de los rasgos más característicos de este fenómeno es que,
en general, el llamado «método histórico de las generaciones» no es objeto de
una exposición sistemática, coherente. El intento de Julián Marías a este respecto{1}, que puede considerarse como el más completo hasta la fecha, no aporta
nada nuevo, en lo esencial, en relación con las ya viejas formulaciones
de Ortega y
Gasset, si dejamos de lado su inútil erudición libresca y
su rebusca en viejos textos justamente olvidados. Y sin embargo, la idea de las
generaciones, desde que Ortega introdujera en el periodismo filosófico esa
noción traída del campo de la crítica literaria, vaga difusamente, sin rigor
científico, sin que sea fácil apresarla, por todo el ámbito de la vida
intelectual española. Este es el hecho básico del que debemos partir ahora: la
idea de que la estructura generacional de la vida humana es la sustancia de la
historia, de que en función de dicha estructura se explican las mudanzas y
cambios históricos, se refleja hoy hasta en la prensa diaria, es una idea
dominante en España. Mejor dicho, en términos más rigurosos, es una idea de las
clases dominantes españolas que, precisamente por serlo, impregna nuestra vida
cultural.
Quizá convenga, en primer lugar, exponer brevemente cuál es, según
Ortega, la significación de la «teoría de las generaciones», procediendo de
paso a la crítica interna de tan peregrino pensamiento. [34]
El método de las generaciones y su crítica interna
Si arrancamos de una formulación de Ortega en 1933 («En torno a
Galileo», Obras Completas, Tomo V){2}, arrancaremos de una perogrullada. «El hecho más elemental de la
vida humana es que unos hombres mueren y otros nacen, que las vidas se suceden».
En efecto, se trata de una realidad biológica indiscutible. Pero este hecho
exclusivamente biológico adquiere en manos de Ortega una significación
particular; sobre él intenta edificar toda una interpretación del desarrollo
histórico.
Esta comienza a ser elaborada por Ortega en su libro «El tema de
nuestro tiempo», publicado en 1923, pero cuyo núcleo esencial procede de
las lecciones de su curso universitario de 1921-22. Dice el autor:
«Por medio de la Historia intentamos la comprensión de las variaciones
que sobrevienen en el espíritu humano. Para ello necesitamos primero advertir
que esas variaciones no son de un mismo rango. Ciertos fenómenos históricos
dependen de otros más profundos, que, por su parte, son independientes… Así,
las transformaciones de orden industrial o político son poco profundas;
dependen de las ideas, de las preferencias morales o estéticas que tengan los
contemporáneos. Pero, a su vez, ideología, gusto, moralidad no son más que
consecuencias o especificaciones de la sensación radical ante la vida, de cómo
se siente la existencia en su integridad indiferenciada. Esta que llamaremos
«sensibilidad vital» es el fenómeno primario en historia y lo primero que
habríamos de definir para comprender una época.»
Aquí está ya reflejada toda una concepción idealista y reaccionaria de
la historia, pero dejemos esta cita sin comentario, por ahora. Comentario que
por cierto sólo podría ser jocoso. ¡Habría que ver cómo se explica, pongamos
por caso [35] la Revolución Industrial en función de las «preferencias morales
o estéticas» o de la «sensación radical ante la vida», de la burguesía inglesa!
Prosigamos, sin embargo, en la línea de la «argumentación» orteguiana, y son
sus propias palabras, suficientemente elocuentes de por sí.
«Las variaciones de la sensibilidad vital, que son decisivas en
historia, se producen bajo la forma de generación. Una generación no es un
puñado de hombres egregios, ni simplemente una masa; es como un nuevo cuerpo
social íntegro, con su minoría selecta y su muchedumbre, que ha sido lanzado
sobre el ámbito de la existencia con una trayectoria vital determinada. La
generación, compromiso dinámico entre masa e individuo, es el concepto más
importante de la historia y, por decirlo así, el gozne sobre que ésta ejecuta
sus movimientos.»
Ahora bien, ocurre que cada generación se encuentra con las formas que
han dado a la existencia las generaciones anteriores. Unas veces, la nueva
generación se adapta a dichas formas y las prolonga; vivimos entonces lo que
Ortega llama «épocas cumulativas». Otras, la nueva generación no se adapta, más
aún, se opone a las formas preexistentes; vivimos «épocas eliminatorias y
polémicas». En las primeras, los nuevos jóvenes, solidarizados con los viejos,
se supeditan a ellos; en la política, en la ciencia, en las artes siguen
dirigiendo los ancianos. Son tiempos de viejos. En las segundas, como no se
trata de conservar y acumular, sino de arrumbar y sustituir, los viejos quedan
barridos por los mozos. Son tiempos de jóvenes, «edades de iniciación y
beligerancia constructiva».
Así se explica, señores, todo el desarrollo histórico. Y Ortega nos
amonesta paternalmente, para avergonzarnos de la ignorancia en que vivíamos
sumidos: «Este ritmo de épocas de senectud y épocas de juventud es un fenómeno
tan patente a lo largo de la historia, que sorprende no hallarlo advertido por
todo el mundo».
Examinemos, sin embargo, un poco más de cerca este «descubrimiento»
orteguiano. Lo primero que salta a la vista es el vitalismo irracional del
término generación. Esta se concibe como «proyectil biológico», como forma
esencial de los «cambios de sensibilidad vital», expresiones desprovistas de
todo rigor filosófico. Son metáforas huecas (y de una cursilería un tanto
provinciana) pero no conceptos (que constituyen las únicas formas del
pensamiento humano que permiten apresar los rasgos generales, esenciales, de
los objetos y de los fenómenos de la realidad objetiva, ya sea histórica o
natural). Además, el hecho de que unas generaciones se adapten y prolonguen las
formas preexistentes y otras no lo hagan, no se explica de forma alguna. Es un
hecho misterioso, que no obedece a ninguna ley histórica, que se produce o no
se produce, al viento del azar. Ortega lo afirma taxativamente:
«¿Por qué acontecen estas variaciones de la preferencia, a veces
súbitas? He aquí una cuestión sobre la cual no podemos aún decir una sola
palabra clara.» [36]
Resulta sorprendente, por no decir más, que un hecho tan decisivo,
determinante según Ortega del ritmo de todo el acontecer histórico, no tenga
explicación racional. Y la pregunta surge, irrespetuosa: ¿No será que esos
«cambios de la sensibilidad vital» obedecen a otros factores, que son aspectos
derivados de fenómenos históricos que no tienen nada que ver con la sucesión
biológica de las generaciones?
Pero adentrémonos un poco más en esta «teoría» que hasta ahora se nos
presenta simplemente como la «generalización» (hasta qué punto mixtificadora
intentará demostrarse más adelante) del hecho empírico de que las vidas se
suceden. Porque está claro que la teoría de las generaciones, como toda teoría,
necesita ser verificada en la práctica, o sea, en este caso, en la experiencia
histórica de la humanidad. Y aquí empiezan las dificultades.
El método que Julián Marías expone, según las indicaciones de Ortega,
para la determinación del ritmo histórico de las generaciones, es el siguiente:
«Descubrimiento de una «generación decisiva» en que el cambio del mundo
es mucho mayor que de ordinario; localización de su «epónimo» u hombre
representativo, estableciendo una escala provisional e hipotética, tomando como
fecha central de una generación la fecha en que ese epónimo cumplió los treinta
años; aplicación por último, de la escala así obtenida, como una retícula, a la
realidad histórica, para que ella lo confirme o rectifique, imponiendo
desplazamientos en uno u otro sentido, hasta que la retícula ideal coincida con
el material empírico». (J. Marías, La Estructura social, 1955,
pág. 56).
Parodiando a Ortega podría decirse que la falta de rigor, la puerilidad
de este método «es tan patente que sorprende no hallarlo advertido por todo el
mundo». Porque resulta en primer lugar que la irrupción de las «generaciones
decisivas» no es un fenómeno natural y evidente en el decurso histórico; hay
que «descubrirlas», en función de un sistema de referencia ajeno a ellas, o sea
los «cambios del mundo mayores que de ordinario». Ahora bien, y sin referirnos
siquiera a la vulgaridad de todas estas improvisaciones «filosóficas», ¿qué
criterio sirve para determinar la importancia de esos cambios del mundo? No lo
sabemos. O mejor dicho, sólo puede ser el criterio puramente personal de las
preferencias de Ortega, o de Marías, o de cualquier ideólogo, erigido de esa
forma en demiurgo de la realidad histórica. Así queda patente el empirismo
subjetivo de tan famoso método.
Además, desde que Ortega elaboró esas indicaciones «metodológicas» en su
ensayo «En torno a Galileo», de 1933, ¿cuáles han sido sus resultados
prácticos, en qué medida han esclarecido el desarrollo histórico? No lo han
esclarecido en nada; sus resultados son inexistentes. Julián Marías es
consciente de que esto constituye la prueba de su fracaso, y por ello declara:
[37]
«Cuál es la serie efectiva de las generaciones, en qué fechas precisas
se producen esas variaciones del mundo que son los pasos de la historia, sólo
puede decidirse mediante una investigación minuciosa y prolija de la realidad
histórica. Mídase la incongruencia que supone pedir que baste con unas horas de
consideración improvisada». (La estructura social, pág. 55).
Pero desde 1923, fecha de publicación de «El tema de nuestro tiempo»,
y por muchas que hayan sido las preocupaciones de Ortega y de sus discípulos,
parece que ha habido tiempo suficiente para «investigaciones minuciosas». Sin
embargo, el «método histórico de las generaciones», nacido del cerebro de
Ortega y no de la propia experiencia histórica, no ha dado un solo paso
adelante. No ha aportado nada a la ciencia histórica. Veámoslo más precisamente
en un ejemplo concreto: Puede afirmarse que en octubre de 1917 se ha producido
uno de esos «cambios del mundo mucho mayores que de ordinario», y el propio
Ortega se ha referido alguna vez a la importancia de esa fecha como vertiente
histórica. ¿Podremos descubrir la «generación decisiva» cuya irrupción
beligerante explique tamaño cambio histórico? Si pretendemos aplicar el método
orteguiano, localizando el «epónimo u hombre representativo» de ese período,
llegaremos a la fácil conclusión de que es un filósofo y hombre de acción
llamado V. I. Lenin. Y aquí se acabó el «método», porque la fecha central de
esa supuesta «generación decisiva» que la experiencia histórica debería
mostrarnos en acción, o sea la fecha en que Lenin cumplió treinta años, es el
año 1900. Tendríamos que decidir que V. I. Lenin no es el «epónimo» de la
«generación decisiva». Pero la respuesta es mucho más sencilla: es que el
«cambio mucho mayor que de ordinario» que se produjo en octubre de 1917 no es
el resultado de la acción de ninguna «generación decisiva». Es el resultado,
por una parte, de la acción de las leyes objetivas del desarrollo social, y,
por otra (siendo ambos aspectos inseparables), de la acción de las masas de
millones de obreros y campesinos, orientadas y dirigidas por unos millares de
bolcheviques, de muy diversas generaciones, agrupados en una organización
política firmemente cohesionada sobre la base de una teoría científica del
desarrollo de la sociedad y de la historia.
Cualquier intento que se haga para analizar los cambios históricos a la
luz del método de las generaciones llevará al mismo resultado negativo. Los
conflictos entre generaciones, entre jóvenes y viejos, no tienen proyección
histórica. Son aspectos secundarios, derivados, de otros conflictos y
contradicciones determinantes de la evolución histórica. En resumen, la
generación puede ser un «proyectil biológico», un «compromiso dinámico entre
masa e individuo», puede ser todas las tonterías que se quiera, pero no es en
ningún caso una categoría histórico-social. La verdadera categoría social sobre
cuyo «gozne la historia ejecuta sus movimientos», recogiendo palabras de
Ortega, es la clase social. Los cambios históricos no se explican en función de
una supuesta e imprevisible lucha de generaciones, sino en función de una real
e inevitable lucha de clases. [38]
El método de las generaciones y la concepción idealista de la historia
Hasta ahora nos hemos limitado a la crítica interna de la teoría de las
generaciones. Pero algunos de los citados textos de Ortega permitían comprender
ya que dicha teoría forma parte integrante de toda una concepción de la
historia. En realidad, la teoría de las generaciones no puede examinarse
aisladamente de esta concepción. Se sustenta en ella y es, a su vez, una de sus
piezas esenciales. En la concepción orteguiana del desarrollo histórico,
típicamente idealista, la teoría de las generaciones desempeña, en efecto, un
papel preciso, bien delimitado: el de ocultar la ley objetiva de la lucha de
clases como ley determinante del desarrollo histórico, desde la disolución de
la comuna primitiva. Esta es, primordialmente, la motivación del
«descubrimiento» orteguiano del papel de las generaciones en la historia.
Quizá se objete a esta afirmación tan categórica que la teoría de las
generaciones se desprende de una manera natural de toda la metafísica de
Ortega, sin conexión visible con la lucha librada en torno a estas cuestiones
entre el materialismo histórico y las diversas escuelas idealistas. Prueba de
ello sería que Ortega no polemiza jamás, en su exposición del método de las
generaciones, con el marxismo, con la teoría de la lucha de clases. Aquí se
mezclan dos problemas distintos. En primer lugar, es cierto que la metafísica
de Ortega, al aplicarse a la historia, tenía forzosamente que cristalizar en
alguna teoría como la de las generaciones, por toda una serie de condiciones
generales de la lucha ideológica en la etapa histórica actual. Pero tenía que
cristalizar así, precisamente porque la ideología de Ortega está
orientada, sistemáticamente, en todos sus aspectos esenciales, a la lucha
contra el materialismo. Ahora bien, las formas concretas de esa orientación
permanente de Ortega están determinadas, en segundo lugar, por ciertas
circunstancias peculiares del desarrollo social e ideológico en España, que
explican la aparente indiferencia orteguiana ante el marxismo, la ausencia de
una referencia polémica abierta, salvo en contadísimos casos, a las ideas esenciales
del materialismo histórico.
Sin embargo, es Ortega mismo quien declara en una ocasión:
«La interpretación económica de la historia (así es como denomina
esquemáticamente al materialismo histórico, F. S.) es una de las grandes ideas
del siglo XIX. Yo la he combatido ardientemente… Pero si la he
combatido es que la estimo altamente… Sólo los grandes errores incitan a ser
debelados.» (O. C, t. II, p. 525). [39]
Esta afirmación rotunda de Ortega corresponde a la realidad. Lo que
ocurre es que la predominancia del reformismo y del bakuninismo en el
movimiento obrero español, cuando menos hasta 1936, que entrañaba una
escasísima atención a los problemas teóricos del marxismo y de su aplicación a
la realidad española, permitió que Ortega llevara a cabo su «ardiente combate»
contra el materialismo de una manera peculiar. Hoy día ya no ocurriría así. (De
hecho, la lucha ideológica contra el marxismo, a pesar de que éste no pueda
todavía exponerse y desarrollarse libremente, es en España más amplia y
profunda que nunca). Y mañana, los epígonos de Ortega se verán en la obligación
de polemizar abiertamente con el marxismo: no podrán recurrir ya al método
orteguiano de mistificación sistemática, pero encubierta, de todas las tesis
esenciales del materialismo histórico.
En esta mistificación sistemática reside el núcleo esencial de la
interpretación orteguiana de la historia. Dos textos breves de Ortega son
reveladores a este respecto, más reveladores incluso que los largos ensayos en
que se basa su fama, pero que resultan tan superficiales, pedantes y confusos,
cuando se detiene uno un tanto a reflexionar sobre ellos. Se trata, en primer
lugar, de «La interpretación bélica de la historia», que es de 1925; el
segundo texto, de 1930, se titula «El origen deportivo del Estado». Se
tocan aquí, aunque sea ligeramente, las cuestiones esenciales de la
interpretación de la historia. Pero late en su fondo, a pesar de su soltura
periodística, una inquietud profunda, la misma inquietud que llevaba, por
aquellos años, al francés Paul Valéry a escribir sobresaltado que «las
civilizaciones han cobrado conciencia de que son mortales». (Y está claro que
«civilizaciones» es aquí una forma elegante, versallesca, de nombrar a los
diversos regímenes sociales de la burguesía explotadora). Y Ortega escribe por
su parte en «La interpretación bélica de la historia», refiriéndose al «Manifiesto
Comunista», que es un «tremendo librito de ordenanzas, donde se organizan
nuevas fuerzas históricas en escuadrones formidables. No se pueden leer sus
páginas sin escuchar alucinatoriamente la marcha rítmica de una multitud
interminable que avanza». No cabe duda de que, desde el año 1925 en que Ortega
escribiera estas líneas, esa «multitud interminable» de las masas oprimidas y
explotadas del mundo entero ha avanzado, en efecto, considerablemente. Lo más
importante es que, en una medida decisiva, esos avances se deben a la teoría
del marxismo revolucionario que en esas páginas precisamente pretende Ortega
presentar como algo «inactual», como una «exageración» ya rebasada por la
historia.
Reveladores, estos textos lo son pues particularmente porque están
escritos en función del marxismo, porque en ellos Ortega toma abiertamente
ciertas posiciones ideológicas, que sus demás ensayos han ido desarrollando, en
ocasiones contradictoriamente, a lo largo de toda su actividad filosófica.
De todo ello se desprenden los siguientes puntos esenciales que conviene
subrayar: Primero, que Ortega es plenamente consciente de la importancia del
materialismo histórico, de la necesidad de combatirlo. El método que adopta
para esto último –no muy original, por lo demás– consiste esencialmente en
aceptar la «verdad parcial» del materialismo histórico, pero limitando su
aplicación tan sólo a un determinado período histórico, la época del
capitalismo ascendente. Intentar aplicar el marxismo a toda la historia de la
humanidad, sería una «exageración» dogmática, un resultado del «mesianismo
revolucionario». De hecho, la historia ha rebasado ya, según Ortega, la época
en que el materialismo histórico tenía cierta justificación. Hay que elaborar
otras teorías «más completas», que [40] permitan localizar la «substancia
auténtica» de la historia, y ésta es, según nuestro filósofo, «la estructura de
la vida».
«Tampoco es posible la Historia, la investigación de las vidas humanas,
si la fauna variadísima de éstas no oculta una estructura esencial idéntica, en
suma, si la vida humana no es, en el fondo, la misma en el siglo X antes de
Cristo que en el X después de Cristo, entre los caldeos de Ur y en el Versalles
de Luis XV.» («En torno a Galileo», O. C, tomo V, p. 19.)
De esta manera, todo el propósito orteguiano de «rebasar» el
materialismo histórico (mejor sería decir, de eludir el examen de los problemas
por éste suscitados), de «corregir sus exageraciones», desemboca lisa y
llanamente en la postura tradicional de la metafísica, que concibe los
fenómenos de la naturaleza y de la historia como objetos abstractos,
desprovistos de contradicciones internas, idénticos a sí mismos «por los siglos
de los siglos». Taxativamente se afirma «La estructura general que tiene nuestra
vida actúa, idéntica, en todos los lugares y en todos los tiempos». (O. C, t.
V, p. 20).
La segunda conclusión que se desprende de esta concepción metafísica de
la historia es lógica. Si la «sustancia de la historia» es la «estructura de la
vida», y si ésta es siempre idéntica a sí misma, es claro que los cambios
históricos, las revoluciones, los avances y retrocesos del desarrollo social,
no pueden originarse en las contradicciones internas de esa estructura de la
vida. Lo que cambia es «el mundo». Ahora bien, éste no se concibe como algo
material, objetivamente existente de por sí, desarrollándose de acuerdo con
unas leyes objetivas, sino como un producto del hombre. «El mundo es el
instrumento por excelencia que el hombre produce, y el producirlo es una misma
cosa con su vida, con su ser. El hombre es un fabricante nato de universos».
Ese mundo, según Ortega, no es «sino el sistema de convicciones vigentes» en
una determinada fecha, las «creencias colectivas», «las ideas de la época». En
los cambios de éstas se originan los cambios sociales. Nada original tampoco
aquí, como puede verse, en esta versión orteguiana del idealismo clásico.
Ahora bien, esta afirmación del idealismo tradicional no basta ya para
«explicar» el desarrollo histórico, en este siglo que vivimos, tan
profundamente desgarrado por las contradicciones y los antagonismos sociales y
económicos. Ortega ve con claridad que el «pensamiento de la lucha como
substrato de la realidad cósmica, lo mismo física que histórica, yace en los
más hondos senos del alma moderna». (O. C. t. 2, p. 528). Y precisamente en
función de este hecho indiscutible introduce Ortega en su visión idealista de
la historia un elemento de su propia cosecha: la idea de las generaciones.
Según él, esos cambios en el mundo, en el «sistema de convicciones vigentes»,
que determinan el proceso histórico, tienen a su vez origen en la lucha de las
generaciones, en la irrupción «beligerante» de una generación insatisfecha en
el ámbito histórico. Así intenta dar a su interpretación de la historia,
esencialmente metafísica, cierto «barniz dialéctico». Los jóvenes luchan contra
los viejos y se convierten, por arte de birlibirloque, en una categoría
histórico-social determinante. ¡Hasta el Estado, en cuya importancia ha
insistido Ortega tantas veces, es producto de la acción juvenil! (Cf. «El
origen deportivo del Estado»). [41]
Y con esto llegamos al término de esta rápida exposición sintética de
las ideas de Ortega, en cuanto a la interpretación de la historia y al papel de
las generaciones se refiere. Ahora hay que intentar poner todo este mundo
abstracto de ideas sobre sus pies, como alguna vez dijo Marx. Pero, por breve
que haya sido –y posiblemente esquemática en alguno de sus aspectos–, esta
exposición permite destacar ya dos conclusiones esenciales: Primera: la
interpretación orteguiana de la historia es esencialmente metafísica,
idealista. Segunda: en ella, el método de las generaciones desempeña una
función peculiar: intenta responder, mistificadoramente, a las exigencias
dialécticas que todo el proceso real de la historia impone, de una u otra
forma, a las ideologías contemporáneas de la burguesía liberal. La idea de las
generaciones, de su lucha, de sus contradicciones, tiende a suplantar y ocultar
las contradicciones reales que impulsan el desarrollo de la sociedad, en virtud
de leyes objetivas.
La concepción materialista de la historia y las leyes objetivas del
desarrollo social
Está claro que no es posible exponer en los límites de un artículo los
rasgos esenciales de la concepción materialista de la historia, que resulta de
la aplicación de la dialéctica materialista al estudio de la vida social y
constituye la ciencia de las leyes generales de la evolución social. Baste
recordar que, como dijo Engels:
«De la misma manera que Darwin descubrió la ley del desarrollo del mundo
orgánico, así descubrió Marx la del desarrollo de la historia: este simple
hecho, hasta nuestros días encubierto por velos ideológicos, a saber que los
hombres tienen, en primer lugar, que comer, beber, poseer una vivienda y
vestirse, antes de poder ocuparse de política, de ciencia, arte o religión;
que, por consiguiente, la producción de los bienes materiales de primera
necesidad, y por tanto, cada grado determinado del desarrollo económico de un
pueblo o de una época, forman la base sobre la cual se desarrollan las
instituciones políticas, las concepciones jurídicas, el arte, e incluso las
ideas religiosas de los hombres. Por consiguiente, hay que partir de lo primero
para explicar lo último, y no proceder a la inversa, como se hacía hasta
ahora.» (F. Engels, Discurso ante la tumba de Carlos Marx, 17
de marzo de 1883). [42]
El desarrollo de los modos de producción de los bienes materiales
necesarios a la existencia del hombre: ésta es la fuerza esencial que determina
toda la vida social y condiciona el paso de un régimen social a otro. Ahora
bien, esta idea crucial del materialismo histórico ha sido tergiversada con
mucha frecuencia. Por una parte, los reformistas de la escuela de Bernstein,
aplicando de una manera unilateral y dogmática esa tesis de Marx, consideraban
la economía como la única fuerza del desarrollo social, negando el papel activo
de las ideas, de la teoría, en los procesos históricos. Por otra, y apoyándose
en esta vulgarización del marxismo, toda una serie de «críticos» del
materialismo histórico –y Ortega muy particularmente– lo reducen a un ciego
determinismo económico. En una carta a J. Bloch, redactor de la revista «Sozialistische
Monatshefte», F. Engels puntualizó admirablemente esta cuestión en
septiembre de 1890.
«Según la concepción materialista de la historia, la producción y
reproducción de la vida real constituye, en última instancia, el
factor decisivo de la historia. Ni Marx ni yo hemos pretendido jamás ir más
allá. Cualquiera que tergiverse lo antedicho, para decir que el factor
económico es el único, transforma esa tesis en una frase absurda, abstracta,
sin sentido. La situación económica constituye la base, pero los diversos
aspectos de la superestructura –formas políticas de la lucha de clases y sus
resultados, formas jurídicas, y hasta los reflejos de todas estas luchas reales
en el cerebro de los participantes, o sea las teorías políticas, jurídicas,
filosóficas, las concepciones religiosas, y su transformación en sistemas
dogmáticos– todo esto influye igualmente en el desarrollo de las luchas
históricas y determina en muchos casos sus formas, de una manera primordial. Se
trata de una interacción de todos estos factores, en la cual, finalmente, a
través de la masa infinita de casualidades (es decir, cosas y acontecimientos
cuya interrelación interna es lejana o tan difícil de determinar, que podemos
prescindir de ella, considerar que no existe) se impone como necesario el
movimiento económico. De otra manera, la aplicación de la teoría a cualquier
período histórico sería tan sencilla como la solución de una ecuación de primer
grado.»
Esta es la concepción científica, dialéctica, de los procesos históricos
examinados en toda su complejidad, teniendo en cuenta sus aspectos
multilaterales y contradictorios. Ahora bien, para orientarse en esta masa de
acontecimientos, de procesos contradictorios, de luchas entre pueblos y
sociedades, así como en el seno de éstas, en esa sucesión de periodos de
reacción y de revolución, de paz y de guerra, de estancamiento y de progresos
rápidos, que la historia nos revela, ¿cuál es el hilo conductor? ¿Cómo descubrir
las leyes del desarrollo de la sociedad, en ese laberinto y ese caos aparente?
Según el marxismo, ese hilo conductor es la teoría de las clases y de la lucha
de clases. [43]
«Sólo el estudio del conjunto de las aspiraciones de todos los miembros
de una sociedad o de un grupo de sociedades permite definir con una precisión
científica el resultado de esas aspiraciones. Ahora bien, las aspiraciones
contradictorias nacen de la diferencia de situación y de condiciones de vida de
las clases en que se divide la sociedad». (V. I. Lenin, «Carlos Marx»,
1914. Recogido en la recopilación «Marx, Engels, Marxismo»).
Uno de los tópicos más vulgares manejados por los adversarios del
materialismo histórico consiste en repetir que la lucha de clases ha sido
«inventada» por el marxismo, introducida por éste en la vida social para azuzar
el «resentimiento de las masas». Suprimiendo por decreto la lucha de clases,
prohibiendo la propaganda de las ideas marxistas y la actividad práctica de los
partidos que en ellas se inspiran, se conseguiría «armonizar» los intereses de
las diversas clases antagónicas, asociando capital y trabajo (empresarios y
productores, se dice en la fraseología falangista) en beneficio del «bien
común». ¡Al fin y al cabo, siempre ha habido y tiene que haber ricos y pobres!
dicen estos «teóricos». Pero la experiencia histórica ha demostrado, y en
España lo está demostrando con claridad rotunda, que eso es imposible, que este
problema no se resuelve desde ningún ministerio de Gobernación y Orden Público.
Porque la lucha de clases no ha sido inventada por el marxismo. Es un fenómeno
objetivo del desarrollo social, que los historiadores y economistas burgueses
anteriores a Marx conocían ya perfectamente, aunque no sacaran de ese
conocimiento conclusiones consecuentes, precisamente porque su situación de
clase, el contenido de clase de sus ideas se lo impedía.
Si pretendiéramos, analizar aquí, en toda su extensión y complejidad,
las cuestiones relacionadas con la teoría de las clases, habría que examinar,
partiendo de la definición científica de aquéllas, el problema de sus orígenes:
el de la lucha de clases como fuerza motriz del desarrollo de las sociedades
antagónicas; el de las formas de esta lucha, después del derrocamiento de la
burguesía (o sea: el de las formas fundamentales de la lucha de clases del
proletariado, la compleja cuestión de la transformación de las clases, de su
supresión, en el desarrollo de la democracia socialista y a través de la
dictadura del proletariado, considerada como el período histórico inevitable de
transición hacia la sociedad sin clases); el problema igualmente de la lucha de
clases en la esfera internacional. Como se ve, no es una pequeña cuestión. Se
necesitaría todo un libro. Pero la ambición de este trabajo es más modesta:
desenmascarar la mistificación de la teoría de las generaciones. Quizá lo más
eficaz será volver los ojos a la realidad histórica inmediata de nuestro país.
¿Qué vemos desarrollarse en España; lucha de generaciones o lucha de clases?
Para cualquier observador superficial, está claro que en España, de unos
años a esta parte, se están produciendo cambios notables, sin que la estructura
formal del régimen se haya alterado, aparentemente. De hecho, el Estado
nacional sindicalista, edificado sobre una sangrienta victoria militar, está
desmoronándose. Y precisamente, una de las «promesas» de dicho Estado fué desde
un principio la de que iba a «abolir la lucha de clases». Promesa que no podía
cumplirse, porque las leyes económicas y sociales actúan, independientemente de
[44] la voluntad de unos y otros (no entramos aquí en el aspecto
propagandístico y demagógico de aquella «promesa», orientada a intentar ocultar
el carácter rapaz y expoliador del régimen franquista).
Según una «explicación» muy en boga, esos cambios, ese descontento tan
evidente que se extiende por la sociedad española, se deben a la irrupción en
la vida social de la joven generación, insatisfecha, que ya no se siente
solidaria con las ideas y las empresas de sus mayores. Esta idea se basa en un
hecho real: la oposición de la juventud española al régimen actual es
indiscutible. Pero ¿no lo era también hace ya mucho tiempo, en los años 45-46,
por ejemplo? ¿Cuándo han sido las organizaciones juveniles del régimen
auténticas organizaciones de masas? El hecho bio-psicológico de que la juventud
sea joven, que tenga aspiraciones y problemas propios de ese estado de hecho,
no explica su oposición activa al régimen, sino exclusivamente algunas de las
formas en que dicha oposición se manifiesta. Además, ¿basta la insatisfacción
juvenil para explicar, por ejemplo, las posiciones que está adoptando la
Iglesia española? ¿O la lucha económica y política de la burguesía catalana
contra el Gobierno actual? ¿Explican los «factores generacionales» el hecho de
que la clase obrera haya arrancado, en unos meses de luchas reivindicativas,
aumentos de salarios como los que ha conseguido?
Las respuestas son obvias. Y es que el descontento de la juventud, –que
no es una abstracción filosófica, sino que es juventud obrera, o campesina, o universitaria, o
sea, juventud procedente de diversas clases o capas sociales– ese descontento
tiene sus orígenes en la realidad social, se debe a la agudización de
la lucha de clases que está produciéndose desde hace unos años en la sociedad
española.
Porque el fascismo español no ha sido nunca, y no podía ser, una forma
del poder estatal que se sitúe por encima de las clases; ha sido, desde un
principio y por definición, la dictadura abierta de los sectores más
reaccionarios del capital financiero y de los grandes terratenientes, cuyo
objetivo inmediato era detener el proceso de la revolución democrática que se
hallaba en curso en España en 1936. Ahora bien, dichos sectores son, por su
propio carácter oligárquico, sectores socialmente muy reducidos, son una
pequeña minoría de la nación, sus intereses y aspiraciones chocan violentamente
con los de la mayor parte de las clases y capas sociales españolas. Sólo
pudieron mantenerse en el poder apoyándose en uno de los sistemas de terrorismo
político más feroces que haya conocido la historia contemporánea; consiguiendo
el apoyo o neutralizando provisionalmente a determinadas capas de la burguesía
nacional y de las clases medias, al presentarse como defensores del «orden y de
la propiedad», o como paladines de la «fe católica», con lo cual obtuvieron
también la benevolencia, durante cierto período, de una parte de las masas
campesinas; utilizando todos los recursos de la demagogia social y del
chovinismo entre las capas más atrasadas de la población. Todo eso pudo hacer
el fascismo español, durante un determinado período, pero lo que no podía
conseguir es suprimir las clases y la ley de la lucha de clases. Por esto es el
fascismo español, como todas las dictaduras fascistas, un régimen feroz, pero
precario, que lleva en si mismo, desde su establecimiento, los gérmenes de su
descomposición.
En el curso de esta descomposición, cada clase y capa social comienza a
luchar por sus propias aspiraciones, que son antagónicas a las de la oligarquía
[45] dominante, y en el fuego de esa lucha, que ha alcanzado ya un grado
elevado de maduración y que se ve impulsada por la acción de la clase obrera,
se desmorona todo el edificio del Estado nacional-sindicalista. Porque las
clases no corresponden, a pesar de lo que peregrinamente afirma Julián Marías,
a «ciertas figuras de vida» («La estructura social», p. 242). Las
clases, sus antagonismos y contradicciones, corresponden a una realidad
objetiva. Huyendo de esa realidad, difuminándola, o tergiversándola como
siempre ha hecho Ortega, como ahora hace Marías, se cierra uno el paso a la
comprensión concreta de la historia, y, lo que es más grave aún, se desorienta
a las fuerzas sociales que aspiran a la transformación democrática de nuestro
país.
Lucha de clases, pues, lo que está en curso en España, y no lucha de
generaciones. Y el papel que a la juventud le corresponde en esta lucha, en
Universidades, en las fábricas, en el campo, no se desprende de una nebulosa
«misión generacional», no tiene un carácter «específico», al margen de las
fuerzas sociales que realmente actúan. Sencillamente, su toma de conciencia de
una realidad social y política y su enfrentamiento con ésta, el menor peso que
en ella tienen las ideas del pasado, su mayor capacidad de entusiasmo y de
acción debida a que todavía no está inserta en unas formas sociales caducas y
petrificadas, todo ello le permite ya desempeñar un papel social importante. Lo
será aún más, si las organizaciones juveniles revolucionarias hacen conocer lo
más ampliamente posible, en la teoría y en la práctica, cuáles son los factores
que realmente determinan el curso de la historia.
——
{1} Principalmente, El método histórico de las generaciones.
Véase también su reciente ensayo «La estructura social».
{2} Todas las citas de Ortega se refieren a la edición de sus obras
completas en seis volúmenes. Conviene no olvidar que Ortega ha dejado una obra
inédita al parecer importante en cuanto a volumen y significado. Cabe aventurar
la opinión de que estos trabajos inéditos no alterarán nuestra visión esencial
de su filosofía. Sin embargo, ya que esa obra inédita no ha podido ser
consultada, es posible que algunas de las tesis de este artículo deban ser
revisadas a la luz de los escritos póstumos orteguianos.
FIN

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