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ENTONCES, ¿QUIÉN PIENSA
ABSTRACTAMENTE?
Évald Vasílievich Ilíenkov
Entonces,
¿Quién Piensa Abstractamente?
Évald Vasílievich Ilíenkov
- Entonces,
¿quién piensa abstractamente?
- El
individuo ignorante, no el educado.
Esta respuesta puede parecer a día de hoy una
escandalosa paradoja, una simple ilustración de aquel «recurso literario
consistente en el empleo de una palabra o una expresión en su sentido opuesto
con el fin de realizar una burla» que los historiadores literarios denominan
ironía. Esa misma ironía que, según las palabras de M. V. Lomonósov, «consiste
a veces en una sola palabra, como cuando llamamos a un hombre pequeño Atlante o
Gigante, o a un impotente Sansón»…
Ironía hay, y muy mordaz. Pero esta ironía es de
una naturaleza especial; no se trata de un gracioso juego de palabras, ni de
una simple vuelta de tuerca del «significado habitual» de las palabras que en
esencia no cambie nada respecto a su comprensión. No son aquí los términos,
sino los fenómenos a los que estos se refieren, los que se transforman en su
contrario, los que durante el proceso de su estudio resultan de repente
distintos a como aquellos términos solían concebirlos, y este habitual «mal uso»
despierta grandes burlas y descubre que precisamente dicho uso «habitual» y
completamente irreflexivo de los términos (en este caso, el uso del término
«abstracto») es absurdo y no se corresponde con la esencia de la cosa. Y lo que
parecía sólo una «irónica paradoja» se descubre, muy al contrario, como la
expresión totalmente justa de dicha esencia.
Esta es la ironía dialéctica que se expresa en el
plano verbal, en el reflejo del lenguaje, el proceso completamente objetivo (y,
por tanto, independiente de la voluntad y la consciencia) de transformación de
un elemento en su propio contrario, el proceso por el que todos los símbolos de
repente se tornan en sus contrarios y por el que el pensamiento inesperadamente
llega a la conclusión que contradice de forma directa a su punto de partida.
El espíritu de esta original ironía no es el
ingenio superficial ni la destreza lingüística en el empleo de epítetos, sino
la bien conocida «astucia» del transcurso real de la vida ya hace tiempo
interiorizada por la sabiduría popular en forma de dicho: «El camino al
infierno está empedrado con buenas intenciones». En efecto, incluso las mejores
intenciones, refractadas a través del prisma de las condiciones en las que
estas se realizan, se tornan a menudo en desgracia e infortunio. Y también
sucede al revés: «[Soy] una parte de aquel poder que siempre quiere el mal y
siempre obra el bien», dice Mefistófeles, la encarnación de la «fuerza de la
negación».1
Esta es la misma rigurosa ley que Marx, siguiendo
la estela de Hegel, gustaba de denominar «ironía de la historia», «el destino
inevitable de todo movimiento histórico, cuyos integrantes poseen una vaga
representación de las causas y condiciones de su existencia y por ello ponen
ante sí metas puramente ilusorias».2 Esta ley siempre actúa como represalia
inesperada por la ignorancia y el desconocimiento. Siempre está acechando a la
gente que no se mete en camisas de once varas.
1 La
referencia literaria se basa aquí en el conocido Fausto, de Goethe (N. del T.).
2 La
política exterior del zarismo ruso (C. Marx y F. Engels, Obras Completas, t.
XXlI).
Cuando esto sucede con los pioneros, es una
tragedia; el individuo siempre ha tenido que pagar caro por el saber. Pero
cuando las víctimas de esta inflexible ironía son personas que ni saben ni
desean tenérselas que ver con la experiencia práctica, entonces su destino
adquiere un carácter tragicómico, pues aquí no es ya la ignorancia la que se ve
sometida a castigo, sino la simple arrogancia…
Y cuando Hegel a modo de ejemplo de «pensamiento
abstracto» introduce de improviso la reyerta de una vendedora, entonces las
elevadas categorías filosóficas se aplican no con el fin de burlarse del
«pequeño individuo», de la vieja ignorante. La mofa irónica está presente, pero
su objetivo es otro. Esta mofa golpea como de rebote, a modo de bumerán, en la
frente del mismo lector que veía en todo este solo una burla maliciosa de la
«ignorancia». La ignorancia no es un pecado, sino una desdicha, y reírse de ella
desde la atalaya de la propia altura intelectual es una tarea poco digna del
filósofo. Dicha risa revelaría no la inteligencia, sino la simple altanería de
su propia «educación». Esta actitud sí que se merece la burla, y Hegel se
permite semejante satisfacción.
El gran dialéctico toma el pelo aquí a la educación
ilusoria, a la ignorancia que se concibe como educación y que por tanto se
considera con derecho a juzgar y a engalanarse con la filosofía sin siquiera
molestarse en su estudio.
La vendedora se bate sin pretender que su verborrea
posea ningún significado «filosófico». Ella ni siquiera ha oído nunca hablar de
semejantes palabrejas como lo «abstracto». Por eso la filosofía tampoco tiene
ninguna pretensión respecto a ella. Otro cantar sucede con el «lector educado»
que se ríe viendo una «ironía» en la calificación del pensamiento de la
vendedora como «abstracto»; él lo concibe igual que llamar Sansón al impotente…
Justamente aquí ha caído nuestro lector en el
astuto anzuelo de la ironía hegeliana. Viendo aquí sólo un «recurso literario»
se ha descubierto a sí mismo, ha revelado sus carencias justo en el ámbito
donde él cree ser un entendido: en el ámbito de la filosofía como ciencia. Y es
que aquí todo «individuo educado» cree ser un entendido. «Se concede que para
fabricar un zapato es necesario haber aprendido a hacerlo y, por mucho que todo
el mundo tenga la horma en su propio pie, se ha de haber ejercitado en ello, ha
de tener además manos y, juntamente con ellas, el talento natural para
dedicarse a tal ocupación. Sólo para filosofar sería superfluo estudiar,
aprender y esforzarse»3, ironiza Hegel en alusión a estos eruditos. Semejante
sabihondo ha descubierto con esto que conoce la palabra «abstracto», pero que
en lo referente a la pérfida dialéctica, sacada a la luz tiempo atrás por la
filosofía en el interior de la mentada categoría de fenómenos, no posee acerca
de ella ni una vaga representación. Por eso él ve una broma donde Hegel no
bromea en absoluto, donde Hegel pone en evidencia el vacío hueco de las
representaciones «habituales», más allá de cuyas fronteras nunca pone un pie la
pretenciosa educación a medias, la educación imaginaria cuyo bagaje consiste al
fin y al cabo en la capacidad de utilizar los términos científicos tal y como
acostumbra la «sociedad corriente»…
Semejante «lector instruido» tampoco es una rareza
en nuestros días. Habitando en el cómodo mundillo de las representaciones
triviales que se adhieren a él como si de su propia piel se tratase, este
lector siempre se enfurece cuando la ciencia le muestra que las cosas no son
exactamente como él pensaba.
3 G.W.F.
Hegel, Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas.
Nuestro lector se considera un defensor del
«pensamiento sano», y en la dialéctica filosófica no ve nada más que una
tendencia malintencionada de «retorcer» el significado de los términos
habituales y «socialmente aceptados». En el pensamiento dialéctico él sólo
concibe un «uso ecléctico y anárquico de los términos», una suerte de malabares
con palabras opuestas, una sofística de la ambigüedad. Así, piensa este lector,
Hegel no utiliza las palabras como «debe», llama «abstracto» a lo que todas las
personas de sano entendimiento llaman «concreto» y viceversa. A esta
interpretación de la dialéctica también se hallan consagrados no pocos de los
tratados científico-filosóficos publicados en los últimos 150 años. Y en cada
ocasión, estos escritos se dan a conocer en nombre de la «lógica
contemporánea».
Mientras tanto, es obvio que a Hegel no lo
preocupan las denominaciones, él no se cuestiona qué y cómo es menester llamar
a las cosas. Acerca de la cuestión de los nombres y de las discusiones sobre
los términos, el propio Hegel mantiene una actitud profundamente irónica,
provocando y tendiendo trampas a los pedantes científicos que, a fin de
cuentas, sólo se preocupan de semejantes simplezas.
De paso, en forma de conversación banal, Hegel
populariza – en el mejor sentido de este término- temas extremadamente serios
que no atañen en absoluto a las «denominaciones». Aquí nos referimos a las
ideas fundamentales de sus geniales «Ciencia de la Lógica» y la «Fenomenología
del Espíritu».
«No hay verdad abstracta, la verdad es siempre
concreta», pues la verdad no es una «moneda» la cual basta sencillamente con
meterse en el bolsillo para, dado el caso, sacarla de ahí y colocarla como una
medida estándar sobre las cosas y los fenómenos sueltos, adhiriéndola como una
etiqueta a la diversidad del mundo sensiblemente dada, a los «objetos»
contemplables.
La verdad no se halla en absoluto en los
«resultados» desnudos, sino en el inexorable proceso de comprensión de la
esencia de la cosa, proceso mucho más profundo, mucho más fragmentado en
elementos y mucho más «concreto». Y la «esencia de la cosa» no consiste nunca y
en ninguna parte en la simple «igualdad», en la «identidad» de las cosas y de
los fenómenos entre sí. Rastrear esta «esencia de la cosa» significa seguir
rigurosamente las transiciones, las transformaciones de unos hechos
rigurosamente fijados (también en el plano verbal) en otros y, en último
término, en aquellos directamente opuestos a los primeros. La auténtica
«universalidad», que enlaza dos o más fenómenos (cosas, acontecimientos,
etcétera) conjuntamente en el interior de un «todo», no se oculta en la
igualdad de estos, sino en la necesidad de la transformación de cada elemento
en su propio contrario. Esta universalidad se halla en el hecho de que estos
dos fenómenos de alguna forma se «complementan» el uno al otro «hasta la
totalidad», pues cada uno de ellos contiene el «rasgo» que al otro le falta, y
el «todo» siempre resulta la unidad de dos lados o momentos mutuamente
excluyentes pero a la vez mutuamente presupuestos. De aquí se sigue el
principio lógico del pensamiento que Hegel hizo valer contra toda la lógica
anterior: «La contradicción es el criterio de verdad, y la falta de
contradicción el principio de error». Esto también sonaba y suena a día de hoy
bastante paradójico. Pero, ¿qué hacer si la misma vida real se desarrolla
mediante «paradojas»?
Y si se presta atención a todo esto, entonces
también se empieza a ver el problema de la «abstracción» de forma distinta. Lo
«abstracto» como tal (como «general», como «idéntico» fijado en la palabra, en
forma de «significado de la palabra socialmente aceptado» o en términos
semejantes) no es en sí mismo ni bueno ni malo. Como tal, este concepto puede
expresar con la misma facilidad inteligencia y estupidez. En un caso, lo
«abstracto» resulta ser un poderoso medio de análisis de la realidad concreta,
y en otro caso ser una muralla infranqueable que cerque a esta misma realidad.
En un caso puede ser la forma de comprensión de las cosas y, en otro, sólo un
medio de destrucción del intelecto, el medio de su subyugación a los patrones
verbales. Y esta naturaleza dual y dialécticamente astuta de lo «abstracto»
debe ser tenida siempre en cuenta para no caer en un atolladero inesperado…
Aquí reside todo el sentido del folletín hegeliano,
de la exposición finamente irónica de algunas muy serias verdades
lógico-filosóficas.
FIN

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