© Libro N° 14494. El Concepto Del Objeto «Abstracto» («Ideal»). Ilíenkov, Évald Vasílievich. Emancipación. Noviembre 15 de 2025
Título Original: ©
Versión Original: ©
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original
de textos:
https://www.marxists.org/espanol/ilienkov/1968-concepto-del-objeto-abstracto.pdf
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido,
con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio
de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones
originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está
prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con
fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir
este texto.
Portada E.O. de: Imagen Con IA Gemini
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
EL CONCEPTO DEL OBJETO
«ABSTRACTO» («IDEAL»)
Évald Vasílievich Ilíenkov
El Concepto
Del Objeto «Abstracto» («Ideal»)
Évald Vasílievich Ilíenkov
El Concepto Del Objeto «Abstracto» («Ideal»)
Évald Vasílievich Ilíenkov
«Problemas de lógica dialéctica (materiales para
simposio)» Alma-Ata: Nauka, 1968, págs. 62-77
En los últimos años aparece a menudo en la
literatura sobre lógica
– y especialmente en la denominada «ciencia lógica»
- el término «objeto abstracto». Consideramos que este término tan poco
convincente se corresponde muy poco con la comprensión del problema de lo
abstracto y lo concreto que le es propia a la tradición dialéctica en lo
referente a la lógica. El siguiente texto supone un intento de analizar
precisamente bajo qué supuestos lógico-filosóficos se debe construir e
introducir en el lenguaje de la lógica este, a nuestro entender, absurdo
concepto. Con este fin, el autor parte de las determinaciones de los conceptos
«abstracto» y «concreto» ya estudiadas y fundamentadas en una serie de trabajos
como, por ejemplo, en un artículo sobre los conceptos de lo «abstracto» y lo
«concreto» en «El Capital» de Marx.1
La existencia de una categoría especial de objetos
«abstractos» o «ideales» al lado de un mundo de los objetos concretos
empíricamente dados fue rechazada por Marx como materialista y empirista
consecuente, mostrando que la necesidad de introducir tal categoría es una
suerte de castigo inevitable por la deficiencia, la decadencia y la
unilateralidad («lo abstracto») de la comprensión fáctico-empírica de la
realidad.
1 «Cuestiones
de filosofía», 9 (1967)
El empirista inconsecuente, del tipo de Locke o
Wittgenstein, que coloca en la base de su pensamiento la representación de
«cosas singulares» o «hechos atómicos» independientes unos de otros, fija de
esta forma el hecho igualmente empírico y evidente de su interdependencia no en
forma de relaciones empíricamente estudiadas entre ellos dentro de una u otra
«totalidad», sino en forma de «abstracciones».
En otras palabras, la conciencia del empirista fija
en forma de Abstracción que se «materializa» en «sus manifestaciones concretas
y singulares» el rol decisivo de la totalidad en relación con sus propias
«partes», rol del que él al principio se abstrae como de un «objeto imaginario»
ideado por la anticuada «metafísica filosófica».
En realidad, la situación de dependencia
multilateral entre elementos singulares imaginariamente conectados entre sí es
una situación real que ya hace tiempo expresó la filosofía racionalista en sus
categorías, la tradición de Spinoza-Leibniz-Fichte-Hegel, una tradición opuesta
a la concepción estrechamente empírica (que parte del «individuo» y del
«concepto individual»).
El rol determinante de la totalidad en relación a
sus propias «partes», el punto de vista que parte del «todo» para después
llegar a la comprensión de sus «partes», fue siempre el terreno sobre el que se
cultivó la dialéctica.
La concepción opuesta, que parte de la
representación de que «al comienzo» existen individuos (en griego: «átomos»; en
lenguaje neopositivista: «hechos atómicos») autónomos, totalmente
independientes unos de otros, esto es, unidades «lógicamente indivisibles» del
universo que después se «unen» en complejos más o menos aleatorios en función
de su «naturaleza interna» y que permanecen inalterables e idénticos bajo esta
unión a como eran antes de ella, esta concepción siempre ha sido y será un
terreno en el que no puede desarrollarse ninguna
dialéctica, un terreno en el que ella inmediatamente se marchita.
Muy al contrario, aquí se cultiva muy bien la
concepción según la cual junto al mundo de los «individuos» existe además un
mundo especial de «modelos», de «objetos abstractos» que forman diferentes
«complejos» de individuos y de «conceptos individuales»: la «esfera de lo
místico», como lo definió Wittgenstein.
El empirista fija al fin y al cabo el hecho de la
dependencia de las partes del todo precisamente en forma mística, en forma de
dependencia de lo singular-concreto respecto de lo Universal-Abstracto.
Por eso lo Universal resulta inevitablemente
místico, pues las determinaciones de la «totalidad» no pueden ser
principalmente obtenidas (y esto lo atestigua también incluso la lógica formal)
por medio de la fijación de aquellos «rasgos generales» que posee cada parte de
esta totalidad estudiada por separado, cada uno de sus elementos integrantes,
así como la representación de una casa no puede obtenerse a partir de los
rasgos de cada uno de sus ladrillos…
Esta situación, que tiene importancia
universalmente lógica, se sigue muy bien en el concepto de Valor, así como en
el concepto de Valor el papel determinante del todo respecto a sus partes
aparece justamente en «forma mística», de forma que no es lo «abstracto» lo que
resulta propiedad (aspecto, rasgo o momento) de lo concreto, sino al revés, lo
concreto sensible se convierte en la manifestación, en la hipóstasis ficticia
de lo Universal-Abstracto.
En esta absurda forma mística se presenta, tal y
como logró demostrar sólo Marx (precisamente porque partió de una concepción
dialéctica de las categorías lógicas), el rol determinante de las fuerzas
«agregadas» colectivas de la totalidad social en relación a cada trabajo
individual (particular y parcial) creador de productos individuales
(particulares y parciales).
En forma de valor (de Abstracción) aparece en la
realidad el carácter social, esto es, universal-concreto del trabajo.
La ilusión consistente en que los fenómenos
concretos aparecen como diversos medios de «cristalización» de alguna
Abstracción, de algún Universal-Abstracto, se da bajo condiciones totalmente
determinadas, es decir, no siempre y no en todo lugar.
Cuando nos topamos con una situación de dependencia
recíproca entre «partes» dentro de un «todo» fácilmente contemplable, sea éste
el mecanismo de un reloj o un pequeño colectivo de personas trabajadoras que
comparten entre ellas una obligación, simplemente no hay lugar para semejante
ilusión. Aquí se ve claramente que las «piezas» separadas dependen unas de
otras, y siguiendo detalladamente toda la suma de interdependencias entre las
partes comprenderemos también la «totalidad». Aquí no hay lugar para ningún
tipo de Objeto Abstracto especial, así como tampoco aparece la necesidad de
inventarlo. Esto se debe a que el Objeto Abstracto es una ficción tras la cual
no yace un concepto concreto de «totalidad», es decir, la «totalidad» como
medio de interacción entre partes permanece oculta para nosotros.
Si hemos de tratar con la producción dentro de los
límites del régimen comunal, es decir, con el trabajo de personas que conforman
un colectivo inmediatamente perceptible, resulta entonces obvio que los
elementos singulares de esta «totalidad» dependen sólo unos de otros, que entre
ellos se encuentra dividido uno y el mismo trabajo, una y la misma actividad
concreta y
determinada. En este caso, «las fuerzas
individuales de trabajo sólo actúan, desde su origen, como órganos de la fuerza
de trabajo colectiva»2. En otras palabras, lo universal-concreto cristaliza
aquí en forma de personas concretas e individuales y no se da ningún misticismo
ni ningún Universal-Abstracto.
Otra situación se da cuando dentro de alguna
Totalidad se hallan relacionadas entre sí cosas o personas «concretas»,
inmediatamente «independientes» unas de otras, «autónomas» y «aisladas», que
existen «por sí mismas». La formación objetiva y real, esto es,
universal-concreta, la «totalidad orgánica» que aquí tiene lugar se manifiesta
sólo como resultado obtenido a partir de la interacción de «partes» o «átomos»
originalmente independientes unos de otros.
Pero en tanto esta independencia es puramente
imaginaria, en tanto en realidad desde el mismo comienzo estas «partes» están
formadas y enlazadas entre sí precisamente como exige la «totalidad» y realizan
precisamente los roles y funciones que dicha «totalidad» les dicta, entonces
esta interdependencia real se presenta en su correspondiente forma ficticia, en
forma de alguna Abstracción que dicta desde afuera a estas «partes» su modo de
unión dentro de la «totalidad».
La totalidad se manifiesta aquí bajo el aspecto de
una Abstracción accesoria y externa a dichas partes sólo porque no se ha
estudiado en el contenido de cada una de estas piezas la determinación que las
convertía desde el principio precisamente en tales piezas de la «totalidad»
concreta dada; se ha hecho «abstracción» de ella, las piezas se han «abstraído»
de ella desde un comienzo.
2 Marx K.,
Engels F., Obras Escogidas, t.13, p. 20.
En otras palabras, en el examen de cada «elemento»
individual han sido omitidas conscientemente todas las particularidades gracias
a las cuales estos elementos cumplen su rol o función rigurosamente definidos.
Esto significa que el elemento en cuestión ha sido
determinado «abstractamente», que el acto de abstracción ha eliminado lo más
importante y esencial que convierte a dicho elemento precisamente en elemento
de la totalidad dada en cuestión, la determinación concreta que lo liga a la
totalidad concreta.
Esta determinación omitida al comienzo reaparece
después en forma de Abstracción mística y externamente accesoria, a modo de
totalidad que dicta a los «elementos concretos» su determinación y su papel en
el movimiento. Lo mismo sucede con el valor.
«El trabajo reflejado en el valor de cambio se
presupone como el trabajo de un productor individualmente aislado»3. Es decir,
se presupone tal y como en verdad nunca ha sido, no es y no puede ser: pues él
desde el principio y durante todo el tiempo es trabajo social desigualmente
dividido entre diferentes productores que sólo se conciben a sí mismos como
originalmente aislados. Realmente, el modo de trabajo que lleva a cabo cada uno
de ellos les ha sido impuesto por una totalidad espontánea y, por tanto, incomprendida
por ellos, esto es, por una división universal-concreta del trabajo social en
una serie de operaciones particulares y parciales.
3 Íbid.
Pero si se hace del punto de partida real una
ficción, es decir, una representación acerca de la independencia originaria de
los elementos entre sí, entonces la dependencia real que siempre ha existido
entre ellos, pero que ha sido deliberadamente ignorada, se concibe entonces
también como una ficción, como una Abstracción especial. Esta dependencia no ha
sido fijada en la composición concreta de los «elementos», por eso luego es
necesario introducirla por la puerta de atrás.
De aquí resulta que la interdependencia
multilateral de los individuos entre sí se manifiesta y se expresa a través de
su contrario, a través de acciones laborales «particulares», «independientes»
unas de otras, aisladas y de ninguna manera «acomodadas» unas a otras
previamente. Esto se expresa de tal manera que «el trabajo particular adquiere
la forma de su contrario, es decir, de trabajo en forma inmediatamente
social»4, o, en otros términos, «el trabajo concreto se transforma aquí en la
forma de manifestación de su contrario, del trabajo humano abstracto»5.
Sobre esta base se origina la expresión
absurdamente mística consistente en que lo «concreto» se convierte en la «forma
de manifestación», en una («hipóstasis» de la) Abstracción…
Sin embargo, en esta forma mística se halla
expresada una situación totalmente real de las cosas, a saber, la dependencia
mutua real de todos los individuos entre sí, el carácter social del trabajo de
cada uno de ellos. La interacción universal-concreta de los «elementos» también
se presenta bajo el aspecto de lo Universal-Abstracto, en forma de Objeto
Abstracto, de Valor.
4 Íbid.
5 Íbid.
De esta manera se vuelve todo del revés, se
invierte de la cabeza a los pies y se obtiene la percepción opuesta. Y, a decir
verdad, aquello que típicamente se considera «trabajo concreto» ha dejado hace
tiempo de ser «concreto». El trabajo en sí, fuera de las fantasías abstractas,
se ha convertido en un trabajo extremadamente abstracto, se ha vuelto parcial,
unilateral y mecánicamente simple. Ha dejado de ser la actividad viva del
individuo – del individuo dado, concreto e irrepetible- y se ha convertido en
un simple movimiento aprendido esquemáticamente, en un surtido de operaciones
totalmente estandarizadas, abstractas e impersonales. Aquí sucede lo siguiente:
inserto en el sistema dado de relaciones características de la gran maquinaria
del modo de producción capitalista, el «individuo concreto» comienza a
funcionar dentro de ella precisamente siguiendo el rol que ésta le asigna, el
rol de «engranaje», el rol de componente estandarizadamente abstracto. Su
actividad se convierte literalmente en abstracta, es decir, en parcial,
unilateral, mecánica y degradante.
Precisamente porque su actividad, así como la de
cada uno de sus vecinos, se ha vuelto realmente abstracta, así ella resulta
fuertemente ligada a otra actividad igualmente abstracta. Atrapado en las redes
de la «dependencia objetiva», este individuo abstracto cae también
inevitablemente en las redes de las ilusiones relativas a su propia existencia.
«Estas relaciones objetivas de dependencia, en
antítesis a las relaciones personales de dependencia (una relación objetiva de
dependencia no es otra cosa que las relaciones sociales que se han vuelto
independientes y que enfrentan a individuos aparentemente independientes, es
decir, sus relaciones de producción devenidas autónomas en relación a ellos
mismos) aparecen de tal forma que los individuos son gobernados por
abstracciones, mientras que antes dependían los unos de los otros»6.
Los individuos, atados de pies y manos por las
cadenas de las «relaciones objetivas», es decir, por las fuerzas de la propia
realidad concreta de sus relaciones mutuas que ellos no ven, que no comprenden,
de las que no son conscientes, estos individuos siguen comprendiéndose a sí
mismos como «individuos concretos», aunque el proceso que les atrapa en su
transcurso ya hace tiempo que ha transformado a cada uno de ellos en un
individuo extremadamente abstracto, en el ejecutor de operaciones particulares
y parciales unilateralmente estandarizadas: en tejedor, en sastre, en panadero,
en tornero o en fabricante de «óleos abstractos».
Todos los demás tipos de individuo «concreto», a
excepción de los puramente profesionales, desde el punto de vista del proceso
en su totalidad se convierten en algo completamente inesencial e indiferente,
innecesario, y por eso se atrofian en lo que ya eran y no perseveran en lo que
todavía pueden devenir.
6 Archivo Marx
y Engels, t. IV, Moscú, 1935, p. 103.
Esto también se halla en conexión con el conocido
fenómeno de la «alienación», que conduce a la «despersonalización del
individuo», a la pérdida de la vinculación personal del individuo tanto
respecto a otro individuo como al mundo en general, a su transformación en una
figura totalmente estandarizada, en un esquema, en una imagen abstracta.
Y si el individuo-imagen, sólo imaginariamente
concreto y de facto reducido a lo abstractamente unilateral y esquemático,
tiene la impresión de que ejercen poder sobre su suerte ciertas Abstracciones
impersonales, Objetos Abstractos, Modelos Abstractos, Estereotipos Abstractos
que le dominan como a un esclavo, como a una marioneta, entonces en verdad,
como demostró Marx, lo que une a este individuo a otros es su propia
abstracción, el esquematismo unilateral de su propia actividad vital, que exige
su propia realización en el esquematismo igualmente abstracto de la actividad
de otro individuo.
Así como el tornillo no tiene sentido sin la
tuerca, sin el destornillador, sin la llave inglesa y sin un agujero en el que
introducirse, así tampoco tiene sentido el tornero sin el panadero, ni el
panadero sin el fundidor, ni el fundidor sin el tornero, etcétera.
La dependencia universal-concreta que liga a estos
individuos en una única totalidad se manifiesta a través de la realización de
un individuo abstracto mediante otro individuo igual de abstracto (aunque de
diferente manera), mediante todos los demás individuos, que son en sí
sustancias abstractas. Y solo la totalidad de individuos «abstractos» conforma
la única «concretidad» real de la existencia humana, la «esencia humana».
Esta concretidad no verdadera se presenta en la
conciencia de cada individuo abstracto bajo la forma de la fuerza mística de
una Abstracción, del «poder de las abstracciones», que reemplaza la forma
personal y concreta de la dependencia mutua entre individuos.
En realidad esto no es otra cosa que la fuerza y el
poder de lo auténticamente concreto en su comprensión marxista, es decir, de la
totalidad de las relaciones sociales en el interior del organismo social, más
allá del esclavo «abstracto» de la división del trabajo, es decir, más allá de
los individuos «parciales» unilateralmente desarrollados. Aquí el individuo es
en verdad esclavo de la abstracción, pero no de la Abstracción mística situada
fuera de él, sino de su propia abstracción, esto es, del esquematismo parcial,
degradante e impersonal de su propia actividad vital, de su trabajo.
Bajo un análisis detallado de esta dialéctica
objetiva referente a la transformación del «trabajo concreto» (y del individuo
que lo realiza) en «trabajo abstracto» (y en el tipo de individuo que lleva a
cabo esta forma de trabajo) fue disipado todo el misticismo del Valor, de «esta
Abstracción» que «se encarna en el cuerpo sensiblemente concreto de la cosa y
del hombre».
Y aquí se despliega en su totalidad toda la astucia
dialéctica de las representaciones actuales (que para nada tienen en cuenta a
la dialéctica) sobre lo «abstracto» y lo «concreto».
Si, como venía siendo habitual, se denomina
«individuo concreto» al individuo singular sensiblemente percibido y «trabajo
concreto» al trabajo particular que este individuo realiza, al mismo tiempo que
éste ya hace tiempo que ha sido transformado por la fuerza de la dialéctica
objetiva en un individuo abstracto, en el sujeto del trabajo abstracto,
entonces resulta que lo «concreto» es la forma de manifestación y de
encarnación de lo Abstracto.
Y en tanto en el léxico de una persona que no se
maneja con la lógica dialéctica lo Abstracto es sinónimo de lo Ideal, sinónimo
de Concepto, entonces de aquí se extrae muy coherentemente la concepción de
acuerdo a la cual sobre el mundo – o, al menos, sobre el mundo social- reina el
Concepto, la Idea, el Pensamiento.
Precisamente por eso, el empirista que refunfuña no
sé qué acerca del «hegelianismo» en la lógica acaba siendo esclavo de las
mismas desviaciones fundamentales del idealismo hegeliano tan pronto como se
topa con el hecho de la dependencia de las «partes» y los «elementos» en el
interior de alguna totalidad orgánica, con el hecho del papel determinante de
esta totalidad en relación a sus propias partes.
Aquí comienzan inmediatamente las «Abstracciones»,
los «Objetos Abstractos», las «Ficciones» - incluso las imprescindibles -, las
«Entelequias» y demás dislates místicos.
Este es el final totalmente inevitable para la
lógica del empirismo.
A decir verdad, el punto de partida del pensamiento
según esta lógica no es lo «concreto» entendido como un «todo» orgánicamente
dividido en su interior, como una «unidad de lo diverso», sino como una
«diversidad» completamente indefinida, como una «multitud de individuos» sin
límites trazados en modo alguno.
Cuando de estos «individuos» indeterminados se
abstraen unos «rasgos comunes a todos ellos», descubriendo en esta tarea la
«comprensión» del empirismo, resulta que en vez de la comprensión nos
encontramos simplemente con la descripción en términos abstractos de «hechos
aislados» previamente incomprendidos. Pues los «rasgos comunes» propios a los
individuos de uno u otro «tipo», «clase» o «género» de ninguna manera llegan a
caracterizar por sí mismos dichos «tipo», «clase» o «género», y estos
permanecen siendo una misteriosa Equis.
Pongamos que una persona quiera, empleando la
lógica del empirismo, comprender una totalidad no demasiado compleja como puede
ser una radio. Para llevar esto a cabo estará obligado, siendo fiel a dicha
lógica, a colocar ante su percepción intelectual no esta «totalidad concreta»
llamada radio, sino una «multitud de piezas», de ejemplares individuales de la
«clase» de componentes de radio y esforzarse por extraer con ayuda de una
Abstracción «algo común» entre ellos. Esta persona buscará lo Universal-Abstracto
que posee de igual forma toda radio: una válvula, un condensador, un diodo, un
interruptor, etcétera.
Es evidente que a partir de las «abstracciones»
obtenidas por esta vía nunca podrá alcanzarse ni siquiera una representación
aproximada de la «totalidad» en cuyo seno existen y funcionan los componentes
enumerados. Pues en los «rasgos abstracto-comunes» que poseen el triodo, la
bobina del altavoz y el interruptor de los diapasones de ninguna manera está
expresada la específica interrelación universal-concreta entre ellos.
Por este motivo, incluso la enumeración más
completa y acabada de los «rasgos comunes» poseídos por «todos los componentes»
de un todo conocido (sea éste una radio o un colectivo de personas dedicadas a
una tarea común) no podrá acercarnos ni un milímetro a la comprensión de dicha
tarea universal-concreta que aquí se halla dividida entre componentes aislados,
entre cosas o personas «singulares y sensiblemente perceptibles».
Todo este universal-concreto (la interdependencia
entre diferentes elementos de un «todo» dado y específicamente concreto)
aparecerá después en la conciencia del empirista como una Abstracción
inmediata, como un «Modelo Abstracto» en base a cuyas exigencias se organizan y
se combinan los componentes aislados en una u otra «totalidad».
Esta Abstracción debe ser introducida a la fuerza
«desde fuera», y no a partir del estudio de los «elementos». ¿Por qué? Pues
sólo porque en el transcurso de este estudio de los «elementos», enfocado a la
revelación de lo «común-abstracto entre ellos», precisamente estos elementos
han dado la espalda a (se han abstraído de) ese momento dentro de cada uno de
ellos que «expresa» esta ligazón universal-concreta de la «totalidad».
En la estructura de cada elemento (de cada hecho
singular) la lógica del empirismo recomienda sacar a la luz sólo lo
universal-abstracto precisamente en cuyo interior la «especificidad» del
elemento dado -como elemento de éste «todo», y no de ningún otro- se extingue.
Esto significa que cada elemento desde el mismísimo
comienzo ha sido estudiado de forma extremadamente abstracta, es decir, de
forma extremadamente unilateral y parcial.
El colofón inevitable a todo esto es la Abstracción
que caracteriza a la «Totalidad», pero ya sin relación al estudio de cada
elemento, de su especificidad.
De aquí nace la representación del «Objeto
Abstracto», del «Modelo (ideal) Abstracto» que mediante su poder conecta
elementos totalmente insignificantes e indiferentes unos a otros en una unidad,
en una totalidad orgánica. Y el hecho de que denominen a esta Abstracción
mística «Concepto», «Entelequia», «Idea» o «Forma del Lenguaje», «Forma del
armazón del Lenguaje» o «Modelo» es de todo punto irrelevante. Pues la
Abstracción (que representa a la totalidad) se concibe ya no bajo el prisma de
la investigación empírica y del análisis de los elementos, de los fenómenos
singulares, sino bajo otra lente totalmente distinta, bajo la lente de la
«construcción lógica», de la «modelización», etcétera.
Esto es inevitable, pues las determinaciones
universal-abstractas de la «totalidad» no pueden obtenerse en calidad de
determinaciones abstractas de cada elemento de esta totalidad tomado por
separado como si se tratasen de abstracciones en las que estuviesen reflejados
la «propiedad» o «rasgo» comunes a todos los elementos sin excepción (a cada
uno de ellos). Aquellas determinaciones no se hallan en absoluto en esta
retahíla, sino en los hechos empíricamente examinables; intervienen a través de
las diferencias (y contradicciones) de estos hechos individuales, y no a través
de lo «común» en ellos; es decir, intervienen a través de su propia
contradicción.
Por este motivo, el intento de justificar cualquier
determinación universal-abstracta de un sistema concreto de hechos singulares
(de fenómenos, de cosas, de personas, de individuos en general) en forma de
determinación universal-común a todos los individuos, a cada uno de ellos,
acaba siempre en un callejón sin salida. Bajo esta forma, dichas
determinaciones sencillamente no se justifican, no se «verifican», sino más
bien al contrario, se «desmienten» con firmeza. Pero en tanto sin ellas (sin
las determinaciones universal-abstractas) es imposible cualquier esquema
teórico de comprensión de hechos «concretos» («singulares»), hasta el más
riguroso «empirista» se ve obligado a aceptarlas, si bien lo hace a
regañadientes, colocándolas bajo el título de «ficciones», aunque
imprescindibles…
Así «justificó» el capitán Konrad Schmidt el
concepto de «valor» y así «justifican» los trasnochados adeptos a la lógica del
empirismo
– los neopositivistas- los conceptos actuales de
«electrón», «quantum» y demás.
K. Marx y F. Engels siempre se vieron obligados a
divulgar, polemizando con semejante clase de teóricos, que el Valor no es un
«Objeto Abstracto» existente por separado de los «hechos empíricos evidentes»,
sino una determinación abstracta de un objeto concreto (es decir, de la
totalidad de relaciones de producción entre personas mediadas por cosas),
aunque en la composición de los «valores singulares» ella no intervenga como
determinación universal-abstracta e idéntica a cada uno de estos valores dentro
de cada ejemplar «único» (de cada «concreto», según la comprensión del
empirista). Muy al contrario, mostraron Marx y Engels, esta determinación
universal-abstracta del todo concreto en la composición de cada «ejemplo»
separado de Valor brota, en esencia, de un modo dialéctico, a través de
diferencias entre ellos que se vuelven extremas hasta la contradicción y hasta
la oposición directa entre diversos «casos» aislados que realizan diversas (y
contradictorias) determinaciones (diferentes formas) de este valor. El Valor en
general no se refleja en las diversas mercancías singulares por medio de la
misma forma, ni por el mismo «rasgo» ni por la «convergencia de rasgos
idénticos». Esto no es en absoluto así: en una mercancía se refleja un momento
abstracto, y en la otra el otro momento, justamente su opuesto. Una mercancía
se halla en «forma relativa» y otra en «forma de equivalente». Y el análisis de
las contradicciones de la forma Valor, el cual se da empíricamente bajo el
aspecto de formas contradictorias unas a otras (y lógica y mutuamente
excluyentes) – al principio en forma de desdoblamiento del mundo de las
mercancías en «mercancías y dinero» y después en «capital y fuerza de trabajo»,
etcétera- confiere todo el significado al análisis marxiano.
Si Marx hubiese intentado resolver la tarea de la
formación del concepto del «valor en general» por la vía de revelar los rasgos
iguales (idénticos) que poseen tanto la mercancía «lienzo» como la mercancía
«levita», tanto la mercancía «fuerza de trabajo» como la mercancía «fábrica» o
la mercancía «oro», entonces él no habría podido proporcionar exactamente nada
más que determinaciones nominales del concepto de «valor».
El asunto aquí no versaba acerca de la «explicación
del contenido implícito del término», sino acerca del análisis del concepto de
«Valor».
Por eso, la vía de la «abstracción» es totalmente
distinta. No se trata de la fútil e interminable comparación del oro con el
lienzo, ni de ambos con la fuerza de trabajo, la tierra, etcétera, con el
objetivo de «descubrir lo común-abstracto» entre ellos, sino del análisis de
formas contradictorias de manifestación del Valor en el transcurso de fases
sucesivas de desarrollo de las relaciones entre diferentes «mercancías», entre
«Valores mercantiles», comenzando desde la «simple» («individual») situación
«lienzo-levita» y terminando con las formas desarrolladas de representación de
una mercancía en otra, de una mercancía en su directamente opuesta.
Ya en la primera fase de evolución de las «formas
de valor» Marx descubre la dialéctica de lo abstracto y lo concreto, la
situación en la cual lo «concreto» es totalmente parcial, y el tipo de trabajo
particular (la tejeduría) representa «trabajo abstracto», trabajo en general.
Resulta que el «trabajo abstracto» es reflejado por un tipo de trabajo
particular y parcial, más concretamente, la confección. Aquí la «confección»,
en toda su corporeidad inmediata y sensiblemente perceptible (en toda su
«concretidad») entra en la relación como todopoderoso representante o
«suplente» del Trabajo Abstracto.
La «Abstracción» en este caso es sinónimo por
completo de parcialidad, es decir, de particularidad e incluso de singularidad
de este tipo de trabajo.
Y el asunto no varía esencialmente cuando este rol
de «sustituto» comienza a ocuparlo el oro, y más concretamente, el buscador de
oro. Este tipo de trabajo totalmente concreto, con todas sus particularidades
corporalmente condicionadas, comienza a intervenir como «trabajo en general»,
como «trabajo abstracto», conservando todos los «rasgos» de su corporeidad, de
su particularidad.
El oro acaba siendo el «representante por
excelencia» de la Abstracción, del «Objeto Abstracto». El oro representa a este
Objeto precisamente a través de su particular corporeidad natural-concreta, y
la «Abstracción» representada en él («lo universal-abstracto») se entremezcla,
identificándose con una forma «concreta» y sensiblemente perceptible. El oro se
convierte en «espejo» que refleja su valor, su «esencia» a cada mercancía.
La esencia aquí consiste en que una mercancía es
también simplemente un caso particular de Trabajo Abstracto que crea un
producto particular (abstracto). Por eso «el oro es la existencia material de
la riqueza abstracta»7.
7 Marx K.,
Engels F. Obras Escogidas, t. 13, p. 107.
Y lo más importante: esta «reducción» de cualquier
tipo de trabajo «concreto» y de su producto a «trabajo abstracto» no se ha
realizado para nada en una cabeza pensante, sino en la realidad del proceso
económico:
«Esta reducción aparece como una abstracción. Es,
sin embargo, una abstracción que se realiza diariamente en el proceso social de
la producción», y por eso «no es una abstracción mayor, ni menos real, además,
que la conversión de todos los cuerpos orgánicos en el aire»8.
La equiparación de cualquier producto «concreto» a
oro, a esta «forma abstracta», a esta «abstracción materializada» revela el
secreto oculto al empirista, demuestra la verdad de que cada tipo de trabajo
«concreto» hace ya tiempo que ha sido transformado en esencia en trabajo
Abstracto y que su «esencia» no consiste en que produce un óleo, una levita o
libros, sino en que produce Valor, produce esta Abstracción.
La «concretidad» del trabajo y de su producto se ha
convertido aquí simplemente en una máscara que aquella Abstracción se pone para
danzar al son de sus místicos bailes en el carnaval de las relaciones
mercantiles, ésta «concretidad» se ha convertido en pseudoconcreta, en una
apariencia, en las vestimentas sensiblemente perceptibles de lo Abstracto…
La abstracción de cada tipo de trabajo particular y
de su producto consiste precisamente en que éste trabajo crea un producto
extremadamente parcial, «incompleto» y unilateral que no posee ningún sentido
propio fuera de la interdependencia multilateral con todos los demás productos,
en que es un fragmento del producto total («concreto»).
8 K., Engels
F. Obras Escogidas, t. 13, p. 107.
En este sentido, todo trabajo aislado produce lo
Abstracto y, así, es él mismo Abstracto, en el sentido más exacto y riguroso de
este concepto lógico.
Lo «Concreto» (el producto concreto) es producido
sólo por el trabajo colectivo y diversamente dividido de las personas, sólo por
la colectividad plena de la incontable multitud de trabajos abstractos
aislados, unidos en torno a esta tarea común por la fuerzas silenciosas de las
relaciones de mercado.
El misterio del Valor, irresoluble para el
empirista y su lógica, se soluciona así sin todo aquel misticismo.
Ningún tipo de trabajo aislado es, bajo la
comprensión marxista, una «manifestación concreta y sensible de la
Abstracción», de este fantasma sacado fuera de él. La cosa consiste en que él
mismo, a pesar de toda su «concretidad» sensible y corporal, no es autónomo,
sino esquemático y estándar, impersonalmente simple, es decir, éste trabajo es
reducido a un sencillo movimiento aprendido que se repite mecánicamente y que
por ello no exige ni inteligencia ni una individualidad desarrollada, sino sólo
la sumisión esclavizante a un estándar abstracto, a un patrón, a un esquema. Y
esta abstracción suya se refleja en el «espejo del oro». En el oro, cualquier
trabajo encuentra la imagen visible de su propia «esencia», pues el oro es
precisamente el producto parcial y fragmentado que no posee por sí mismo ningún
significado en absoluto y que adquiere su función de «imagen universal de la
riqueza» sólo a través de su relación con los innumerables cuerpos del mundo de
las mercancías. El producto del trabajo se adueña de la naturaleza de manera
completamente unilateral, arrancando de las entrañas de la misma un único
elemento químico y abstrayéndose de todo lo demás…
El «objeto abstracto» (el oro en su función de
equivalente universal supone el mejor ejemplo de semejante objeto) es un objeto
real aislado, extremadamente pobre, extremadamente mezquino, extremadamente
miserable en comparación con el resto de la riqueza del mundo material, tosco y
«depurado» de todo lo demás. Y no es en absoluto un «constructo lógico» ni un
«objeto modélico» especial, «conceptualizado» en vez de percibido, ideal,
incorpóreo, invisible, intangible y todos los demás absurdos inventados por los
empiristas, quienes permanecen atascados en un callejón sin salida con su
comprensión de «lo abstracto y lo concreto», de lo universal y lo particular,
de lo parcial y lo total.
El objeto concreto se encuentra diversamente
dividido en sí mismo, es rico en determinaciones históricamente conformadas en
el «objeto total», es similar no a un solo «cuerpo» aislado, sino a un
organismo vivo, a una formación socioeconómica y a las formas que con este
organismo surgen.
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario