© Libro N° 14475. La Segunda Variante. Granin, Daniil Alexándrovich. Emancipación. Noviembre 8 de 2025
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LA SEGUNDA VARIANTE
Daniil Alexándrovich Granin
La Segunda
Variante
Daniil Alexándrovich Granin
Gránin fue un destacado escritor soviético y ruso, conocido por sus
obras que exploran el heroísmo y la moralidad en tiempos de guerra
(especialmente el sitio de Leningrado) y, posteriormente, por sus reflexiones
sobre la ciencia, la ética y la condición humana en la sociedad soviética. Sus
obras suelen tener un tono serio y reflexivo.
El título "La Segunda Variante" sugiere una elección crucial,
una decisión alternativa o un camino diferente que podría haber sido tomado, lo
que implica un fuerte componente de dilema moral o filosófico.
"La Segunda Variante"
Autor: Daniíl Aleksándrovich Gránin (Даниил Александрович Гранин)
"La Segunda Variante" de Daniíl Gránin es una obra que se
sumerge en las profundidades de la ética, la responsabilidad personal y las
decisiones que marcan el destino de un individuo o incluso de una
comunidad. El título en sí mismo es una invitación a la reflexión sobre las oportunidades
perdidas, los caminos no tomados o las consecuencias de una elección particular.
Posibles Temas y Contextos (dado el estilo de Gránin):
1.
El Dilema Moral: La trama podría girar en torno a un personaje que se enfrenta a una elección
trascendental, a menudo con implicaciones éticas complejas. Podría ser un
científico ante un descubrimiento de doble filo, un militar en una situación
límite, o un ciudadano común que debe tomar una decisión que va en contra de
las normas o la conveniencia.
2.
La Guerra y sus Consecuencias: Dada la experiencia de Gránin en el Sitio de Leningrado, la
"segunda variante" podría referirse a una alternativa táctica o
estratégica en la guerra que, de haberse tomado, habría salvado vidas o
cambiado el curso de los acontecimientos. La obra exploraría la carga de la
responsabilidad y el peso de las decisiones en tiempos extremos.
3.
Ciencia y Ética: Gránin también escribió mucho sobre científicos. La "segunda
variante" podría ser un enfoque científico o tecnológico alternativo
que se rechazó en su momento, y la historia explora las consecuencias de esa
decisión, ya sean buenas o malas.
4.
La Vida Personal y el
Arrepentimiento: En un nivel más íntimo, el cuento
podría ser una meditación sobre las decisiones personales que uno toma
en la vida (carrera, amor, familia) y la constante pregunta de "¿qué
hubiera pasado si...?" La "segunda variante" sería el camino de
vida no elegido, y el relato exploraría el arrepentimiento, la nostalgia o la
aceptación.
5.
El Sistema y el Individuo: Como en muchas obras soviéticas, podría haber una crítica sutil a cómo
el sistema o la burocracia limitan las opciones individuales, haciendo que la
"segunda variante" sea una opción inalcanzable o reprimida.
En esencia, "La Segunda Variante" es una obra que invita a la introspección
sobre la naturaleza de la elección, el peso de la responsabilidad y las
incontables posibilidades que se despliegan ante nosotros en los momentos
cruciales de la vida, y cómo estas decisiones (o su ausencia) modelan nuestro
destino.
La Segunda
Variante
Daniil
Alexándrovich Granin
Enero 05, 2012
Kursk-Rusia, 1919-San Petersburgo, 2017
Daniil Alexándrovich Granin nace en 1919. Acabados
sus estudios en el Instituto Politécnico de Leningrado, se dedica a su
profesión de ingeniero. Participa en la guerra y amplía estudios en el mismo
Instituto Politécnico (obtiene el título de candidato en ciencias, intermedio
entre los grados de licenciado y de doctor). Se dedica a la literatura y ocupa
pronto uno de los puestos destacados entre los escritores de la joven
generación rusa. Figuran, entre sus relatos, "La segunda variante"
(1949), "Jaroslaw Dombrowski", "Discusión a través del
océano", etc. Sus dos grandes novelas "Investigadores" y Después
de la boda" han encontrado excelente acogida entre los lectores rusos y
han sido traducidas a varios idiomas europeos.
El profesor Sazónov sufría una grave enfermedad.
Alexandr no tenía esperanzas de que accediera a dar su referencia sobre la
tesis ni podía imaginarse que el propio Sazónov le iba a llamar por teléfono
para tratar esta cuestión. Había de qué alegrarse. El profesor era considerado
como uno de los mejores especialistas del país en lo tocante a rectificadores
de corriente.
Vivía el profesor en un señorial edificio enclavado
en un extremo del viejo parque del Instituto. Las ventanas del edificio daban a
un campo donde antes de la guerra se encontraba el estadio y donde ahora se
veían los oscuros blindajes destruidos, con las cabezas salientes de los
troncos en descomposición.
Al subir la escalera, Alexandr se detenía a menudo
y en las tabillas de cobre, fijadas en las puertas, leía nombres que le eran
familiares por los libros de texto.
Estaban de reparaciones. Por la caja de la
escalera, como por un pozo, bajaba un
cubo sujeto a una cuerda y volaban chispas de alabastro. Desde arriba gritaron
"¡ojo!", y al instante una voz replicó:
-¡Qué chillas! ¿Te has bebido los sesos? ¿No te he
explicado quién vive aquí?
-Sí, hombre - respondió contrita una voz de
muchacho.
-¿Y si a algún sabio se le van las ideas, por tus
gritos? ¿Qué te parece? - insistió la voz de bajo, cuyo eco indignado rodaba
con tal fuerza de piso en piso que Alexandr no pudo contener la risa.
Encontró al profesor en su gabinete. Se habían
visto por última vez en invierno, y Alexandr
se asustó al observar el cambio que se había producido en Dmitri
Serguéievich. Ahí estaba, viejo y enjuto, acomodado entre almohadillas en un
profundo sillón. Se disculpó de no poder levantarse. La mano que tendió
Alexandr temblaba. El profesor se sonrió al notar la confusión del visitante.
-No perdamos el tiempo - exclamó de pronto, con
sequedad-, que para mí ahora ha ganado mucho en precio. ¿Qué ha hecho usted?
Alexandr intentó salir del paso con algunas frases
corrientes y apresuradas. Se reprochaba el haber molestado al enfermo con las
preocupaciones de la tesis y buscaba la manera de acabar pronto la entrevista
sin herir con su compasión al viejo profesor Dmitri Serguéievich, empero,
comenzó a hacerle preguntas, y al poco rato Alexandr se entusiasmó sin darse
cuenta y se puso a discutir, con brío y calor, como si ante sí tuviera un
individuo sano.
Habló sin reservas a Dmitri Serguéievich de las deficiencias que observaba en el
aparato construido. El rectificador tenía poca potencia. La curva de la
corriente rectificadora presentaba frecuentes crestas y pozos. En una palabra,
no se contuvo y explicó lo que no ha por qué decir a un futuro oponente y lo
que no hay por qué ocultar a quien ha sido nuestro profesor.
Dmitri Serguéievich señaló con la cabeza el
manuscrito de la tesis y Alexandr le
puso cuidadosamente sobre las rodillas su trabajo encuadernado, que aún
despedía olor a goma fresca. El anciano pasaba lentamente las páginas. Le
costaba trabajo mover la mano. Y replicó. Al hablar se sofocaba. Decía, enojado
a Alexandr, que las dudas de que le había hablado eran una tontería y que los
resultados obtenidos "ya son hoy valiosos para la industria".
Luego se sonrió:
-¿No le parece que hemos trocado los papeles?
Alexandr se calló. El que pudieran sospechar que él
había querido darse tono le hizo sonrojarse.
Al examinar uno de los diseños, Dmitri Serguéievich
frunció el ceño, hojeó algunas páginas, volvió atrás, y, entornando los ojos a
la vez que se acariciaba la ceja, dijo:
-Recuerdo que antes de la guerra un tal Nikoláiev
preparaba una tesis sobre un tema parecido. Me lo dijo... ¡Ah, sí! Me habló de
ello el difunto profesor Borís Alexéievich, era su director. No sé cuál ha sido
el destino de este trabajo. Probablemente no salió bien. De lo contrario, lo
conoceríamos. Sí, Nikoláiev... ¿No recuerda usted haber oído hablar de él?
Alexandr oía hablar por primera vez de Nikoláiev.
-¿Dónde trabajaba?
Dmitri Serguéievich citó el nombre de un Instituto
de investigación científica.
-Es curioso - dijo Alexandr -, procuraré enterarme de lo que haya.
-Claro. Vaya usted a saber. A lo mejor encuentra
algo útil. Tiempo tiene. Mientras los oponentes leen su trabajo, ¿qué va a
hacer usted? esperar y atormentarse.
Le despidió sonriendo, con una bromita, como de
costumbre; parecía como si se hubiera animado entre los almohadones. La larga
conversación no le había fatigado. Al contrario, sus mejillas hundidas,
cubiertas por la piel seca, ganaron color. Al salir, Alexandr pensó conmovido en aquel hombre que
se moría y, sabiéndolo, se daba prisa a fin de utilizar para el trabajo cada
uno de los minutos que le quedaban.Esa constante preocupación por cuanto
afectaba a la economía del tiempo resultaba más familiar y comprensible
para Alexandr que para muchos otros.
Algunos colaboradores de su Instituto se complacían
en afirmar que el trabajo científico es un trabajo creador y exige momentos de
inspiración. Solía adoptarse una actitud un si es no es desdeñosa hacia los
"aplicados". Se consideraba que la laboriosidad era el recurso de los
faltos de talento. En una de las reuniones de Partido, Alexandr aportó datos
interesantes. Demostró que los doctorandos gastaban en cosas inútiles
aproximadamente las dos terceras partes del tiempo de trabajo, buscando instrumentos
y aparatos, preocupándose de que los talleres ejecutaran sus encargos y
asistiendo a reuniones interminables en las cátedras.
-Estamos trabajando - dijo - como las locomotoras
de la época de Polsunov, con un coeficiente de rendimiento de cero a dos. Con
sólo los arrebatos de la inspiración no llegaremos muy lejos. Una vez Nkólai
Ostrovski dijo que el hombre ha de vivir de modo que no se avergüence de su
vida. esto es poco. Hemos de vivir de modo que no tengamos que avergonzarnos
por haber perdido inútilmente un solo día.
Después de haber pasado cuatro años en la guerra,
el tiempo adquirió para Alexandr singular valor. Se prometió recuperar lo
perdido durante aquellos años. Estudiaba en el tranvía, camino del Instituto;
mientras conmía y, a veces,incluso en las reuniones, disimuladamente. En los
exámenes de asignaturas para obtener el título de candidato en ciencias,
recibió la nota de sobresaliente, a pesar de que se examinó cuatro meses antes
del plazo establecido. Acabó la tesis con medio año de ventaja respecto a sus compañeros.
En los últimos tiempos se había encontrado con
personas que en su afán de obtener un título de doctor "elaboraban"
sus disertaciones a toda prisa, con ayuda de tijeras y goma. "Se apresuran
a titularse, decía bromeando el profesor que dirigía a Alexandr. Entre los doctorandos estaba en
boga un dístico mordaz que decía:
Puedes no ser un hombre ciencia,
Pero titulado en ciencias, estás obligado a serlo.
Alexandr despreciaba a esta gente. Sentía
veneración por la ciencia. Algunos lo tenían por pedante, por hombre adusto.
Qué importaba. Es probable que la reiterada concentración le hubiera hecho más
seco de carácter. Economizaba el tiempo. Se privaba a sí mismo de muchas cosas,
pero no suprimía nada que afectara al trabajo. La minuciosidad con que
verificaba sus experimentos, entusiasmaba a sus camaradas. Tomaba en
consideración todos los detalles, excluía la posibilidad del más pequeño error.
No es de extrañar, pues, que la alusión al trabajo de un tal Nikoláiev le
interesara en sumo grado. Si aquella persona desconocida se había ocupado del
mismo tema, él tenía la posibilidad de comprobar una vez más los resultados
obtenidos. A la vez que pensaba en ello, se sentía invadido por una rara
inquietud... Al día siguiente, por la mañana, se dirigió al Instituto de
investigación científica de que le había hablado Dmitri Serguéievich
En la sección de personal del Instituto comunicaron
a Alexandr que el doctorando Nikoláiev
se había alistado al ejército como voluntario en el otoño de 1941, y que poco
después había perecido no lejos de Siniavin. Alexandr visitó el laboratorio donde en otro tiempo
había trabajado Nikoláiev. Los técnicos y científicos de allí recordaban sólo
una cosa: según tenían entendido, su difunto camarada había alcanzado
resultados interesantes para construir un nuevo
tipo de rectificador de corriente, pero la guerra interrumpió su labor.
Nada quedaba de sus papeles e informes en el Instituto. Al empezar la
contienda, el laboratorio se dedicó a otro tipo de investigaciones y nadie
recordaba el carácter y los detalles de una disertación de aquellos tiempos.
Dijeron a Alexandr que podía dirigirse a
una cierta Galina Serguéievna.
-Es la única persona que quizá se encuentra en
condiciones de ayudarle - le dijeron, y él observó que, al decírselo, se
turbaban un poco, como si le descubrieran algún secreto de familia.
Galina Serguéievna - una mujer joven, con cabellos
negros que se peinaba lisos- asomó la cabeza por la puerta donde se leía
"prohibida la entrada", miró severamente Alexandr
y le rogó que esperase.
Ocurre a veces que, sin causa aparente, las
relaciones entre las personas quedan determinadas desde que se ven por primera
vez. Alexandr miró la puerta cerrada, se
dijo "¡qué humor!" y se encogió despectivamente de hombros,
sorprendido de su repentina e injusta animadversión.
Galina Serguéievna salió bajándose las mangas de su
bata blanca. Alexandr le contó lo que motivaba su visita. Al oír el nombre de
Nikoláiev, la joven se ruborizó, pero en seguida se le apagó el color del
rostro.
-Por desgracia, yo no entendía casi nada del tema
que desarrollaba Nikoláiev; yo soy químico - respondió con brusquedad -. Pero
todos sus escritos y notas los conserva su madre. Puedo darle la dirección -
añadió de mala gana.
-Muy agradecido ¿Está usted segura de que sus
escritos y notas se conservan? respondió Alexandr, decidido a no prestar
atención ninguna al tono en que la joven hablaba.
Galina Serguéievna se sonrió con poca gracia.
-Estoy segura. ¿Y usted, ya ha terminado su
disertación? - preguntó, desviando la mirada.
El adivinó lo que ella pensaba, y se turbó.
-La he terminado y la he presentado. El trabajo de
Nikoláiev no tiene para mí más interés que el de la consulta de un archivo. De
todos modos, si encuentro en él algo que me agrade, no lo utilizaré sin
referirme al nombre de su autor...
Entonces fue ella la que se sintió confusa.
Alexandr tomó nota de la dirección de la madre Nikoláiev y se apresuró a
despedirse.
Disgustado por esta conversación, estuvo tentado de
dar por terminadas sus pesquisas, mas la
costumbre de llevar hasta el final las cosas empezadas, se impuso. Se
dirigió a la casa cuya dirección le había comunicado aquella joven poco amable,
y a la vez se repetía que toda aquella empresa no tenía ningún objeto.
Hasta que Alexandr no vio a María Timoféievna no se
le ocurrió pensar en Anatoli Nikoláiev como persona que en otro tiempo había
vivido ahí, en aquella misma ciudad... Quizá en la habitación en que se
encontraba ahora Alexandr, recargada de muebles... Es posible que durmiera en
este diván de felpa raída. Desde el primer momento Nikoláiev fue, para él una
persona muerta. No se le había ocurrido pensar que para María Timoféievna el
hijo aún seguía viviendo en su inextinguible pena maternal. El espeso sedimento
de esa amargura, acumulada año tras año, se le había puesto en los ojos sin
brillo, en el brevísimo repliegue de las arrugas, en los movimientos para
siempre cansinos.
Cuando Alexandr hubo contado qué deseaba, evitando,
cauteloso, repetir innecesariamente el nombre del hijo de ella, María
Timoféievna, que, por lo visto, le había comprendido mal, preguntó:
-¿Conocía usted a Anatoli?
Alexandr, al explicar de nuevo la causa de su
visita, pensó, de pronto, que realmente él podía haber conocido a Anatoli.
-Con mucho gusto le mostraré sus papeles - dijo
María Timoféievna-. Tengo una maleta llena. La llevé conmigo durante toda la
evacuación.
De debajo de la cama sacó una maleta vieja, muy
usada. Se fue a buscar un trapo para
quitarle el polvo. Alexandr miró a su alrededor. Junto a la ventana, en un
ángulo, había una pequeña mesa escritorio, cubierta con papel limpio, muy bien
arreglada, con mesa escritorio, cubierta con papel limpio, muy bien arreglada,
con un orden hasta cierto punto carente de vida. Sobre la mesa colgaba una
fotografía. Alexandr se acercó. Desde la pared miraba un rostro juvenil, delgado,
levemente taciturno, muy parecido al de María Timoféievna, con los cabellos
rubios peinados hacia un lado. En la mesa, junto a la escribanía con tinta
reseca desde mucho tiempo, se hallaba el retrato de Galina Serguéievna.
Alexandr la reconoció en seguida, si
bien ella parecía muy joven y distinta: el peinado era otro e incluso los
rasgos de la cara se veían más suaves, más tiernos. Sonreía tan afable a
Alexandr, que ni rastro quedó en él de su reciente agravio. Se acercó a la
estantería. Había casi los mismos libros que tenía él en el armario. Curso de
motores eléctricos, rectificadores de ionización, técnica de altas tensiones...
Faltaban sólo algunos libros recientes, publicados después de la guerra.
-Me duele separarme de ellos - dijo María
Timoféievna a su espalda, después de entrar sin hacer ruido-. Los demás los he
regalado a sus camaradas. Un baúl entero. Estos me los he quedado. Tienen
muchas anotaciones de su propia mano.
Había algo de solemnidad en aquella manera franca
de vivir con la propia pena, sin conformarse, sin esconderse y sin olvidar
nada.
María Timoféievna abrió la maleta y sacó un montón
de papeles, cuidadosamente atados. Alexandr se sentó a la mesa. Desató la
carpeta superior. Las hojas de papel de escribir, barato, se habían pegado, se
habían puesto oscuras por los rebordes y olían a humedad.
En la primera hoja, con letra grande e infantil,
estaba escrito el nombre del tema. Era
el mismo que el del trabajo de Alexandr, si bien formulado de otro modo.
Con un sentimiento de rara curiosidad, con una
zozobra y pena que crecían por momentos,
Alexandr leyó la introducción. A
veces sin querer, señalaba con la uña pasajes dudosos y con condescendiente
complacencia se convencía de que su exposición a modo de resumen era bastante
más completa.
Examinó sin especial interés los resultados de los
primeros experimentos de laboratorio. Era éste un minucioso trabajo de acopio
del que no podía prescindir ningún investigador. Implicaba la preparación de
los aparatos y la obtención de datos que servían de punto de partida. Luego
venía lo más importante: las búsquedas,la ideación de un nuevo esquema de
aparato rectificador. Todo seguía su curso normal. Se había acabado el camino
sin obstáculos de los aparatos existentes. Se llegaba a una frontera, a un límite.
Ya no se trataba de modificar nada, de completar alguna cosa. Se trataba de dar
comienzo a lo propio, a lo original.
Alexandr entendía sin dificultad las notas escritas
a vuela pluma y las abreviaturas de Nikoláiev. En este terreno, todo le era
familiar, todo había sido experimentado y pensado por él mismo. Durante cierto
tiempo Nikoláiev avanzó por un camino distinto del que había seguido Alexandr,
mas luego sus pasos volvían a encontrarse.
Alexandr tenía la extraña sensación de que estaba leyendo sus propios
pensamientos, pero deformados por otro carácter de letra, por otro modo de
decir las cosas. Se percibía en el trabajo de Nikoláiev cierto nerviosismo,
cierta impaciencia. A veces daba vueltas y más vueltas acerca de una misma
cuestión, repitiendo unos mismos experimentos. Otras veces -y esto era más
frecuente- dejaba de lado varios eslabones y de un golpe alcanzaba lo que a
Alexandr le había costado meditaciones prolongadas y difíciles.
Alexandr estaba emocionado. Se dio cuenta de que
apenas podía resistir la tentación de saltar a la última carpeta.
Una vez se sonrió incrédulo. Anatoli Nikoláiev
había escrito con grandes trazos, a través de la página entera: "Aquí se
presenta una bifurcación, se da la variante "A" y la variante
"B". Sigo por la ruta más sencilla de la variante "A". Los
resultados, según creo, serán peores. Pero quiero ver el problema con claridad
meridiana". Y siguió el camino que, en su día, Alexandr había elegido sin
vacilar, convencido de que era el único justo.
Alexandr se sonrió. Lo que acababa de leer le hizo
el efecto de un desafío.
-¿Le hace gracia? - le preguntó con voz suave María
Timoféievna, sentada en un sillón, al lado de Alexandr.
El se había abstraído en la lectura. María
Timoféievna probablemente hacía mucho rato que estaba ya sentada en aquel
sillón, quietecita, siguiendo ávidamente la expresión del rostro de aquel
joven.
-¿Cómo? - preguntó él, a su vez, sorprendido.
-¿Se ríe usted de que él no supiera cosas
sencillas? ¡No olvide que han transcurrido siete años! -le brillaron los ojos,
ofendida-. Si Anatoli viviera, habría logrado lo que se proponía. Ya entonces
los profesores le decían que había alcanzado grandes éxitos. Anatoli había
puesto toda su vida en este trabajo. A usted
le hace gracia, pero yo pienso siempre en lo doloroso que debió
resultarle morir. Ni acabó sus trabajos ni acabó la guerra. ¡Si por lo menos se
hubiera podido enterar de la victoria! Y ahora resulta que también sus trabajos
hacen reír... Es preferible que no lea nada más, joven, y que salga de aquí...
-¡No, no! - exclamó Alexandr, rojo de vergüenza-.
Por Dios, perdóneme, María Timoféievna . NO me ha comprendido bien. Acaso yo...
Sin escucharlo, ella se levantó y se fue de la
habitación.
Con las prisas y la desesperación del hombre que se
e obligado a separarse de su hallazgo, Alexandr abrió la última carpeta. Costar
lo que costara tenía que saber a qué resultado final había llegado Nikoláiev con su trabajo.
Sacó las dos hojas últimas. En la primera figuraba
el diseño de la parte fundamental del rectificador.
Alexandr hizo un gesto de sorpresa, echándose un
poco hacia atrás; luego volvió a inclinarse hacia el papel, dio la vuelta a la
hoja varias veces. No cambió nada. Los contornos de la superficie rayada de la
curva, formaban casi un cuadrilátero regular. Lo que en todos sus diseños
quedaba punteado como deseable, figuraba aquí rayado con líneas gruesas y
seguras. No daba crédito a lo que veía. Comprobó la escala. Luego, buscando
alguna inexactitud o algún error, comprobó la tabla que servía para la construcción
de la curva. Todo estaba bien.
Alexandr, desconcertado y con cierta timidez, miró en torno. En la
habitación no había nadie. Miró la última hoja. Ahí estaba el oscilograma de la
corriente rectificada. Era una fotografía gris, descolorida por el tiempo, y en
ella se extendía la curva formando leves oscilaciones casi imperceptibles para
la persona no iniciada.
¡Es increíble! Por primera vez Alexandr veía con
sus propios aojos aquello con que había estado soñando durante tanto tiempo.
Sí, aquello le parecía inverosímil. era como si le hubieran presentado una
fotografía del sueño. Con la hoja en la mano, pasó por el corredor a la cocina.
-María Timoféievna, ¿sabe usted lo que es esto? -
preguntó Alexandr con voz ronca-. Una rectificación ideal. Mire. ¿Es que esta
línea le parece curva? María Timoféievna
, haga conmigo lo que quiera, pero ¡no me voy!
La mujer, de pronto, se puso a llorar.
-Anatoli también vino corriendo con esta
fotografía, empezó a hablarme, me levantó en brazos, me hizo dar vueltas, y
luego...
Se volvió, cara a la ventana.
Era imposible pasar por alto ni una sola línea.
Alexandr veía cómo paso a paso Anatoli Nikoláiev se iba a cercando a su propio
esquema. Alexandr observaba, impaciente, las torpezas y los fallos de su
predecesor, olvidándose de que él mismo los había tenido y quizá más aún.
Sintió pavor, como algunas veces en sus juegos infantiles. Con cada nuevo
experimento, el círculo de investigación de Nikoláiev se iba reduciendo
inexorablemtente. ¡Todo como él, como él! Llegó el día en que Nikoláiev creó el
mismo esquema que Alexandr Savitski. Ahí
estaba el límite. Nikoláiev llegó a esta conclusión, lo mismo que Alexandr. En
efecto, ahí estaba el límite que se podía alcanzar aplicando el método
utilizado. Entonces Nikoláiev escribió:
"No sirve. Vuelvo a la variante
"B"."
Alexandr rebuscó con los dedos por el fondo del
paquete de cigarrillos, ya roto; sacó uno, lo estrujó. Los dedos le temblaban.
Un mal presentimiento le empujaba a dejar los papeles, a levantarse, a irse sin
seguir leyendo. Volver aquí una semana o un mes más tarde, después de la
defensa de la tesis, cuanto más tarde mejor.
Dos personas le estaban observando. Una, hosca,
alerta, desde la fotografía de la pared. La otra era Galina Serguéievna desde
la foto en que todavía era, simplemente Galia. Las sentía a su lado casi como
si estuvieran realmente presentes, como si le miraran, tenaces, los ojos y
vieran lo que él mismo temía reconocer.
Alexandr contrajo los labios, como en un rictus de
dolor.
-No, no me iré - se dijo, y oyó su propia voz.
Tenia que leer despacio las nuevas páginas. El
pensamiento de Anatoli Nikoláiev se abría camino a través de muchos obstáculos.
Con frecuencia Alexandr se detenía y durante largo rato buscaba entre
anotaciones presurosas el hilo que llevaba a una conclusión inesperada. Leía
con espíritu crítico, haciendo crujir los dedos bajo la mesa, esperando
encontrar algún error de un momento a
otro. De día en día el tímido esquema de laboratorio de la variante
"B" se hacía más claro, adquiría "músculos". Ocurría con él lo que pasa con todo nuevo aparato. Al
principio se complica, adquiere numerosos centros auxiliares. La seguridad y la
sencillez aparecen más tarde. Lo mismo acontece con los edificios: a medida que
se van librando del laberinto de andamios, aparecen gradualmente según la
armonía con que han sido concebidos por el arquitecto.
Llegó el día en que Anatoli Nikoláiev escribió,
victorioso: "Por su potencia, la variante "B" ha alcanzado a la
variante "A", pero esto no es más que un hito". Y como en las
carreras, Nikoláiev, ya con gran ventaja, dejó de mirar atrás, mientras
que Alexandr iba calculando una y otra
vez cómo se iba haciendo mayor la distancia que los separaba. La potencia de
los dos aparatos se diferenciaba en dos décimas, en tres décimas... Nikoláiev
cambia el condensador y Alexandr, sin
mirar la curva, sabe que otra décima ha sido ganada. La variante "B"
en su resultado definitivo supera en dos veces -¡en dos veces!- a la variante
"A".
Colocó los diseños ante sí. Cuán económico y
hermoso le pareció el esquema de Nikoláiev en comparación con el suyo...
Por dos veces María Timoféievna entró en la
habitación sin hacer ruido. Alexandr no prestaba la menor atención a sus pasos.
Se imaginaba el depósito de la fábrica, tal como lo había visto la última vez.
Los obreros estaban construyendo enormes cajas, metían en ellas blandas virutas
olorosas y colocaban dentro con suma cautela los pesados y frágiles
rectificadores de corriente. Y he aquí que él entra llevando en las manos una
brillante cajita barnizada. Incluso le resulta un poco cómico; en el fresco barniz,
oscuro y profundo, como agua de primavera, ve su cara de grave expresión que se
trueca en franca sonrisa. Abre la tapa. En seguida cesa el golpear de los
martillos. Los obreros dejan el trabajo y le rodean... Silencio. ¿Cuánto tiempo
se prolonga este silencio? ¿Un minuto, tres, diez? El mismo se calla,
profundamente conmovido por la belleza del aparato que sostiene en las manos.
Así soñaba y sonreía a sus sueños. En su
imaginación veía una lejana fábrica delos Urales. Un contramaestre hace girar
la manivela del regulador de potencia y exclama, satisfecho: "¡Vaya tíos
los leningradenses! ¡Esta gente sabe dónde tiene la cabeza!..." ¿Gente?
Miró y vio ante sí, en la pared, el rostro infantil cuyos rasgos más
insignificantes había examinado ya repetidas veces. Era como si abría camino en
el interior de Alexandr, quizá una idea que aún no había tenido tiempo de
madurar, pero tan buena, tan infantilmente pura, que él notó cómo se le
aceleraban los latidos del corazón. De pronto volvió a ponerse taciturno, se
estremeció y, lleno de zozobra, miró en torno.
El reloj señalaba la medianoche. Alguien le había
encendido la lámpara de la mesa. El ni se había dado cuenta de que ya era de
noche y de que la lámpara estaba encendida. María Timoféievna, cubiertos los
hombros con un chal, se había dormido en el diván. En la mesa de comedor,
servida para dos personas, había cena. María Timoféievna se durmió esperando que él pusiera fin a sus
meditaciones. No se atrevió a interrumpirle. Lo mismo le había ocurrido, sin
duda, en más de una ocasión con su propio hijo.
Alexandr apagó la luz. Abrió con mucho cuidado la
puerta, salió a la calle. Era una noche de junio. Cruzó el puente de los
Fundidores y siguió caminando a orillas del río. Después de las iluminadas
calles desiertas, el paseo parecía muy concurrido. Todo le era familiar; las
parejas solitarias sobre el blanquecino Nevá, los grupos alborotadores de
jóvenes estudiantes, los pescadores y, sobre todo ello, el claro resplandor de
la bóveda celeste, resplandor que no se extinguía.
Alexandr se sentó en un banco de piedra. En el otro
extremo estaba sentada una pareja. El joven, inclinándose, con trazos
imaginarios sobre la rugosa piedra, explicaba entusiasmado alguna cosa a su
amiga. Alexandr, con amargura de hombre ya maduro, miraba de reojo el cuello
curtido del joven, ceñido por el de la camisa blanca, y pensaba que en vísperas
de la guerra, en una noche de junio semejante, quizá en aquel mismo banco,
estuvo sentado Anatoli Nikoláiev explicando a Galina Serguéievna en el éxito de
su investigación. Es raro que, al pensar en Nikoláiev, no sentía ya ni celos ni
pesadumbre. Comprendía, tan sólo, que había ocurrido algo irreversible, que le
cortaba la respiración como un fuerte golpe en el pecho...
Con la tenacidad del desesperado volvió
repetidamente a casa de María Timoféievna . Se obligó a comprobar una vez más
todas las tablas de cálculo de la variante "B", todos los los
coeficientes. Después del mediodía se iba al laboratorio y experimentaba el
esquema de Nikoláiev. Así transcurrió una semana. Adelgazó, se le hundieron las
mejillas, evitaba encontrarse con los
amigos, eludía las preguntas en el trabajo y en su casa. Ni siquiera con
Natasha se mostraba locuaz.
Fotografiado el último oscilograma y cotejado con
la curva de Nikoláiev, Alexandr se
convenció de su absoluta identidad. Si al comprobar la variante "B"
hubiera encontrado algún error, se habría sentido aliviado. pero el aparato no
requería instrumentos auxiliares, trabajaba de modo impecable, por duro que
fuera el régimen a que se le sometiera.
Poco a poco la cauta sencillez de la variante
"B" le fue pareciendo tan lógica y bien fundamentada, que Alexandr se hacía cruces de no haberla visto
antes. Al pensar que él tendría que defender su variante "A" se
sentía invadido por un sentimiento muy semejante a la vergüenza.
Un día cerró la última carpeta. El manuscrito de
Nikoláiev se interrumpía a media frase, pero en realidad el trabajo estaba
terminado. Faltaba tan sólo sacar conclusiones y pulir el estilo.
Ordenó y ató cuidadosamente las carpetas en el
orden en que estaban; tomó la maleta, la abrio y se quedó pensativo.
-María Timoféievna -dijo sin volver la cabeza-,
permítame que me lleve una carpeta, la última. Se la devolveré a usted dentro
de una semana.
-Puedes tomar lo que necesites.
En el transcurso de una semana se había
acostumbrado de tal modo a su presencia, que le llamaba simplemente Alexandr.
Este la miró de soslayo.
-Me la llevo sólo a fin de preparar el trabajo de
Nikoláiev y publicarlo -dijo, pronunciando con dificultad cada una de las
palabras.
-¿Y tu tesis?
Alexandr se encogió de hombros. Nunca en la vida había sentido tal
peso como ese día, cuando cerró tras sí la puerta de la casa de los Nikoláiev.
En el Instituto ya se habían recibido dos críticas
de la disertación. Alexandr leyó sin
interés la exposición sucinta del contenido de la tesis que ambos oponentes
hacía con frases igualmente secas, alambicadas y largas; leyó sus observaciones
y la calificación: "digno de que se le conceda el grado científico".
La tercera recensión -de Dmitri Serguéievich - la
leyó dos días antes de la defensa. Sin tener idea clara de sus propios deseos,
había estado esperando, dando tiempo al tiempo. Quería recibir esta última
crítica. ¿Consideraría, quizá, su trabajo insuficiente Dmitri Serguéievich? Aun
sabiendo que sus esperanzas, en este sentido,carecían de fundamento, la duda le
permitía dejar pasar los días sin tomar ninguna resolución.
Dmitri Serguéievich reprendía severamente a
Alexandr por los defectos del esquema, pero incluso a través de los reproches
se traslucía la íntima satisfacción del maestro, contento de las capacidades
del alumno.
Al leer esta reseña, Alexandr pensó: "¡Cómo he
engañado al vejete! ¡Cuánto tiempo le
hecho perder a él, anciano y enfermo!".
Decidió entrevistarse inmediatamente con su
director de tesis, el profesor Mozhánov.
Mozhánov daba clase en varios institutos, era
miembro de varios comités, comisiones y sociedades. Siempre tenía prisa,
siempre conversaba pendiente del reloj, y no era fácil dar con él.
Alexandr le estuvo esperando casi una hora en el
despacho del Instituto, hojeando una revista y sin entender lo que leía.
Mozhánov entró metiendo ruido, arrojó el abrigo
sobre el respaldo de un sillón y, respirando, empezó a buscar el pañuelo de
bolsillo.
-¿Qué le ocurre,
Alexandr Ilich? -le preguntó al saludarle -. La maldita espera se lo
está comiendo.Yo también me sentía inquieto antes de mi defensa; pero usted,
por lo visto, se lo toma por la tremenda. Aunque la culpa de todo ello la tiene
nuestra gente por su manera de proceder. Te traen algo para reseñar. Fijas
plazo: dos o tres semanas. En realidad, ¿para qué tres semanas? De todos modos
no gasta más de una velada en el trabajo. Pero no, hay que demostrar que eres
un hombre ocupadísimo. Yo hago lo mismo, claro...
Alexandr escuchaba pacientemente. A Mozhánov había
que dejarle hablar, lo sabía. Cuando
éste, por fin, se dejó caer en el sillón, respirando fatigosamente.
Alexandr se refirió al trabajo de
Nikoláiev. Mostró a su director de tesis el nuevo esquema y al instante se
olvidó de su visita. Mozhánov, contagiado por la emoción de Alexandr, chascaba
la lengua, lanzaba exclamaciones de sorpresa, arrebataba el lápiz a su
interlocutor, y ambos, interrumpiéndose mutuamente, buscaban y hallaban nuevas
pruebas de las ventajas que poseía la variante "B". De pronto
Mozhánov enmudeció y con rara expresión levantó la mirada de la hoja llena de
garrapatos y la puso en Alexandr. Sólo
en ese momento empezó a tener conciencia de lo que había ocurrido.
-Como por arte de birlibirloque - balbuceó
desconcertado.
Tiró rabioso de la corbata, se desabrochó el botón
superior de la camisa y, jadeando, se tumbó sobre el respaldo del sillón, dando
a entender con toda su actitud que de un hombre como Savistki no cabía esperar
otra cosa. Alexandr le observaba
irónico. Hasta cierto punto le causaba placer arrojar sobre hombros ajenos,
aunque fuera sólo por poco tiempo, el fardo que llevaba a cuestas.
-¿Por qué diablos se ha metido usted en toda esta
arqueología cuando está a punto de defender la tesis? - le preguntó, sumamente
irritado, Mozhánov-. Escúcheme -
prosiguió decidido- . Ni usted ni yo sabemos nada de todo esto. Que quede todo
como antes. Defienda su tesis como si no hubiera ocurrido nada. Luego
redactaremos el manuscrito de de
Nikoláiev y lo publicaremos con su nombre en las ediciones del
Instituto. Teniendo en cuenta el ritmo con que estas cosas se hacen, transcurrirán tres o cuatro meses, lo
cual estará muy bien.
-He pensado en ello, pero no puede defender lo que
no sirve para nada.
-¡Tonterías! La tesis no ha de constituir
obligatoriamente una revelación. Ha de demostrar que el aspirante al grado
académico está en condiciones de realizar trabajos científicos.
Tomó a Alexandr por el brazo y, llevándolo de un
extremo a otro del gabinete, se puso a demostrarlo lo absurdo de todas aquellas
dudas. Llovían los argumentos sobre Alexandr, hasta el punto de que éste pronto
dejó de comprenderlos y sólo prestaba oído atento a su imprecisa melancolía.
De repente Mozhánov miró el reloj y, considerando
que el problema quedaba resuelto, se dio prisa a echarse el abrigo sobre los
hombros, apretó la mano de Alexandr, masculló unas palabras alentadoras y se
fue corriendo.
Al atardecer del mismo día, Mozhánov se acordó de
lo que le había pasado con Savitski. Enfurruñado sin saber por qué - hasta
quienes estaban a su lado se dieron cuenta -, pasó revista interiormente a su
argumentación. Intentó ponerse en el lugar de Savistki y, profundamente
indignado consigo mismo, se dio cuenta de lo que le habría costado vencer la
tentación de aprovechar los trabajos de Nikoláiev.
La conversación con el profesor no aclaró nada.
Alexandr lo sopesó todo con la máxima ecuanimidad de que fue capaz, con la
escrupulosidad que le caracterizaba. No, no había que pensar en esto...
¿Defender la tesis y luego publica el trabajo de Nikoláiev? Se daba cuenta de
lo que ello significaba: un artilugio, una transacción con la conciencia, una
transacción deshonesta que se limitaba a encubrir el afán de obtener el grado
académico.
Ocupó su sitio en el laboratorio. Sus camaradas le
hicieron preguntas, le dijeron palabras de aliento. Notó que su aspecto sombrío les preocupaba sinceramente. Entonces
hizo un esfuerzo por dominarse y se obligó a escuchar como los otros las
burlescas recomendaciones a los doctorandos. Mijail Braguin, su condiscípulo,
jovial y bromista, decía, sentencioso: "No escribas mucho: una tesis no es
"La guerra y la paz" y tú no eres León Tolstoi". "Comprueba
la calidad de la tesis explicándola a tus familiares y colegas."
Alexandr miró desconfiado los rostros burlones de
sus camaradas: ¿no habrían preparado aquella escena de la lectura para tirarle
de la lengua?
De pronto se sulfuró y exclamó, dando un golpe con
la palma de la mano sobre la mesa:
-¡Yo me avergonzaría de participar en un acto de
tan mal gusto!
Aún quería añadir algo más, pero se calló y salió
sin mirar a nadie. Todos se quedaron como quien ve visiones. Braguin, hombre de
imperturbable sangre fría, le replicó alegremente:
-Si tienes éxito, organiza un banquete; y si no,
también.
Por el tono amistoso con que fueron dichas estas
palabras, comprendió Alexandr hasta qué punto era estúpida su aprensión. A
pesar de todo, se fue avergonzado de su brusquedad. Sus camaradas eran buenos
amigos. ¿No sería con ellos con quienes debía de aconsejarse? Podrían
comprenderle mejor que Mozhánov. Y en el fondo, ¿qué consejo desea obtener? La
busca de consejeros, ¿no es una cobardía, un afán de eludir la responsabilidad
propia?
Incluso se detuvo en medio del corredor, perplejo
ante este pensamiento doloroso. Inmediatamente oyó a su espalda el ruido
presuroso de unos tacones. Volvió la cabeza. Se le acercaba. Natasha, cuyos
cabellos, tirados hacia atrás, se le habían despeinado:
-¿No te da vergüenza? ¿Qué nervios son éstos? - le
dijo, y, sin esperar respuesta, lo tomó del brazo y se lo llevó consigo.
Frente a la puerta principal del Instituto se
iniciaba una larga avenida. Entraron en ella y Alexandr seguía callado.
Entonces Natasha, asustada por la indiferencia y la insólita sumisión de él, lo
hizo sentar en el primer banco que encontraron. La fronda densa y jugosa del
verano en ciernes susurraba sobre los caminos, como si jugara. Las ramas de los
arbustos llegaban a rozarles la espalda.
Natasha le miraba insistente e inquieta. Esperaba,
tensa. Y Alexandr, atormentándose con detalles, le contó todo.
-Son posibles dos soluciones - dijo-. La primera es
la que ha propuesto Mozhánov: defender la tesis y luego publicar el trabajo de
Nikoláiev. La segunda consiste en renunciar a la defensa y publicar.
-Sí - dijo Natasha -. No hay otra.
Alexandr se sonrió.
-Sólo existen la variante "A" y la
variante "B".
Ella le estrechó la mano, agradecida.
-¡Dios mío, qué complicado ha resultado todo! -
exclamó de repente Natasha -. Y nadie tiene la culpa. A ti mismo te va a
remorder la conciencia si aceptas la proposición de Mozhánov. Y en el fondo de
su alma el propio Mozhánov dejará de estimarte.
-¿Así, pues, no he de defender?
-¿Por qué lo que más te preocupa es la defensa¡ -
Se percibía en su voz una inquieta perplejidad -. Al fin y al cabo, lo más
importante es que se ha creado un aparato extraordinario, dos veces más potente
que el tuyo. Es una pena, naturalmente, que dos personas hayan trabajado sobre
un mismo tema y que el trabajo de una de ellas haya sido inútil. Y duele que el
trabajo inútil haya sido el que has realizado tú... Verdad es que has aprendido
mucho - añadió ella, fatigada -, pero el resultado...
-No hay resultado alguno - dijo Alexandr,
interrumpiéndola bruscamente -. ¿Por qué vuelves a hablar de esto?
-¿Crees acaso que tu suerte me es indiferente? -
Natasha cruzó el brazo sobre el pecho, como si se defendiera del reproche que
él le hacía -. ¡Ah, tonto mío! ¡Cuántas esperanzas están ligadas para mí con tu
defensa! Te mereces el diploma más que muchos otros. Pero no puedes defender tu
tesis. No llego a explicarme muy bien por qué, pero no puedes.
-tengo veintinueve años - dijo Alexandr -. Veintinueve, y resulta que aún no he hecho
nada. No hago más que recibir, sin dar. La escuela, el Instituto, luego la
guerra, después el doctorado. Renunciar a la defensa, elegir otro tema,
significa otro año. He aprovechado hasta los minutos, y ha sido en vano...
La joven se puso bruscamente en cuclillas ante
él,lo atrajo hacia sí, contemplándole el rostro de abajo arriba.
-¿Sabes qué? ¡Defiende la tesis! Pero jurémonos que
durante un año los dos renunciaremos a los días de fiesta, a las vacaciones y
que trabajaremos si es precisos por las noches para pagar nuestra deuda y
compensar el año perdido. ¿Lo haremos así, querido?
Alexandr le acarició la cabeza con leve temblor.
-Esto son cuentos para niños. No puedo creer en
esta deuda. El que no haya logrado alcanzar lo que Nikoláiev hizo hace seis
años, demuestra que soy un hombre sin talento. en la ciencia no hay sitio para
mí. Espera. No es esto lo peor. Lo peor es que tengo unos deseos enormes de ser
doctor en ciencias, a fin de ponerme a
trabajar por cuenta propia, y busco el modo de justificarme, examino el pro y
el contra, vacilo... y a pesar de todo, me parece que defenderé la tesis. Tu
reprocha ha sido injustificado. estoy contento de que se haya creado un aparato
mejor que el mío; pero me repugna retirarme chiticallando para que salga luego
un mocoso y diga: "Seguramente ha
fracasado. ¿Y recuerda usted...? y la bola corre. ¿Que esto es una pequeñez? Está bien, pero me basta pensar en ello para
que mi valor se vaya al diablo...
La joven callaba. Es posible que él interpretara
aquel silencio a su modo y otra vez en mal sentido, erróneamente; mas de pronto
se levantó y dijo: "Perdóname, me voy; quiero estar solo", y se fue
sin mirarla.
Una hora más tarde, cuando Natasha ya había
regresado al laboratorio, la la llamaron por teléfono. Era Alexandr, y parecía
que hablaba desde muy lejos, a mil
kilómetros de distancia, por la manera con que le resonaba la voz.
-No oigo nada - repetía ella, frunciendo el ceño y
soplando en el auricular -. Más alto... Alexandr, ¿de dónde llamas? ¿De una
cabina?... ¿Qué has dicho?
-Voy a... - llegó a percibir -. No puedo... Voy a
defender... ¿me oyes?
Mientras el secretario de la junta de profesores
leía en voz alta la biografía de Savistki, éste se obligó a comprobar si
estaban bien colgados del encerado. Por un instante cerró los ojos y se sintió
muy mal.
-Tenga la bondad, Alexandr Ilich - dijo el
secretario.
Se volvió hacia la sala, se encontró con el puntero
en la mano, lo arrancó de la mesa con dificultad, como si estuviera pegado en
ella, y empezó su exposición con voz monótona y extraña, muy sosegado.
Ponía mucho cuidado en lo que decía, se fijaba en
el movimiento del puntero, hacía una
pausa cuando era necesario, subrayaba con la voz las conclusiones importantes.
Cuanto más hablaba, mayor prisa tenía para terminar. Apretaba el puntero de tal
modo, que los dedos se le quedaron blancos, y decidió no saltar nada de lo que
hacía falta decir.
Cuando hubo terminado, colocó el puntero sobre la
mes ay en seguida sintió cierto Alivio. Intervinieron los oponentes. Alexandr se sentó a un lado y se preparó para
tomar notas. Alguien le puso sobre la mes un papel cuidadosamente doblado, como
se doblan los paquetitos con polvos. Lo desdobló, lo leyó y miró atentamente al
público. Habían descorrido las cortinas de las ventanas. El sol iluminaba los
bancos con pupitre que se elevaban en
anfiteatro. Había mucho público. En la primera fila estaban Mozhánov,
Braguin y compañeros de clase. Mientras hablaba un oponente, Mozhánov tomó unas notas, descontento, y los
camaradas de Alexandr le miraban inquietos. Este les hizo un signo
tranquilizador con la cabeza. Unos bancos más arriba, algunos doctorandos
escuchan con gran atención y se daban golpecitos con los codos al oír lo que el
oponente decía. Más arriba aún vio a Natasha. estaba junto a la madre de él,
de Alexandr, y le decía algo al oído sin
que por ello dejara de mirarle un instante. Al darse cuenta de que él las
miraba, las dos mujeres le sonrieron , alentadoras, pero sus sonrisas eran tan
forzadas que le causaron pena.
Pensó:
"Mi madre no sabe nada, pero por lo visto
adivina, no hay modo de ocultarlo. ¿Qué
puede decirle Natasha? Dentro de una hora..."
Natasha se había puesto un vestido de fiesta, azul
claro, con cuello de marinera. Se lo había encargado a fin de estrenarlo este
día. El se sentía cada vez peor. Sobre todo porque ahí estaba su madre. ¿Por
qué había venido su madre? El no la había invitado, le dijo que era imposible,
aun sin ser ello cierto. Dirigió la mirada al ángulo extremo del aula. Ahí
estaba Serguéiev, el constructor jefe de la fábrica de rectificadores de
corriente. Serguéiev unió las palmas de las manos, aplaudiendo en silencio. Esto
ya era demasiado. Por fin vio...
Es curioso que estuvieran sentadas en el lugar que
él ocupaba cuando era estudiante. Ambas aparecían emocionadas y triste.
Alexandr sabía lo que había ocurrido entre ellas dos: María Timoféievma le había encargado a Galina
Gerguéievna que le hiciera llegar aquel papelito
El presidente de la junta de profesores se levantó,
pesado, de su asiento, y leyó la recensión de Dmitri Serguéievich. Las palabras
resonaban saturadas de extraordinario frescor. En cada una de ella se percibía
la inteligente preocupación del anciano, conocida por muchos de los que estaban
presentes en aquella aula. Alexandr oyó algunas frases que antes le habían pasado
inadvertidas. Dmitri Serguéievich escribía: “Existe una frase metafórica,
pasada de moda, que dice: “ofender en altar de la ciencia”. Está muy bien, pero
el momento en que el joven investigador coloca su primera obra sobre la mesa de
trabajo de la ciencia es terrible...” Aunque estas palabras eran favorables
para Alexandr, éste sacudió involuntariamente la cabeza, al oírlas, como si
temiera su implacable veracidad.
Luego hizo uso de la palabra el constructor jefe de
la fábrica. Elogió cordialmente la tesis de Savistki y se permitió dirigir
algunos cumplidos a los jóvenes que se ocupan de un tema de tanta actualidad.
Luego, frunciendo el ceño astutamente, añadió en son de queja:
-Nuestros clientes son unos auténticos tragaldabas.
No se cansan de pedir potencia. Más potencia. Nosotros nos descubrimos ante
ustedes y haciendo una reverencia les decimos: ayúdennos a dar aparatos de más
potencia a nuestros clientes.
En pocas palabras: parecía que toda la atención de
los que preparaban sus tesis y del Instituto entero tuviera que concentrarse en
el problema de los rectificadores de corriente. Se trataba de un problema de
primer orden, de importancia estatal. Cuando el constructor jefe hubo acabado
su intervención, fue calurosamente aplaudido.
Aún faltaba mucho para que Alexandr pronunciara las palabras finales, y
ya había perdido la noción del tiempo. En su conciencia los acontecimientos se
prolongaban de manera muy rara, de modo semejante a como sucede a veces en el
cine con el movimiento retardado...
De nuevo subió a la cátedra. Sin saber por qué,
extendió la hoja donde había anotado las objeciones de los oponentes, como si
realmente se dispusiera a impugnarlas. Esperaban que empezara, pero él callaba.
Se acercó a la pizarra, la elevó de un tirón. En la superficie inferior,
limpia, clavó dos diseños con unos chinches.
-La mejor respuesta a las preguntas de los
oponentes – dijo con la mayor calma posible – son los esquemas aquí expuestos.
Fueron ideados por el difunto Anatoli Nikoláievich, que preparaba su tesis en
el año mil novecientos cuarenta y uno. En su trabajo, Nikoláiev logró
resultados mucho mejores que los míos y supo evitar los defectos que han sido
señalados en el mío.
Se puso a hablar del aparato de Nikoláiev. El
tiempo de que disponía era limitado. En los contados minutos que se le
concedían tenía que explica lo que encerraba de nuevo el principio del
funcionamiento, la seguridad del aparato, su calidad, la sencillez de la
construcción y su potencia. Apenas respiraba, se tragaba el final de las
frases, pero hablaba con su voz auténtica.
Una sola vez miró a la sala, y a la luz del
magnesio vio los lentes saltones sobre la nariz de Mozhánov, la curiosidad de
los estudiantes, una arruga dolorosa en la frente de Natasha, el espanto de su
madre, la agradecida turbación de Galina Serguéievna. María Timoféievna,
sentada en el banco, se había cubierto el rostro con las manos; le temblaban
los hombros. El constructor jefe apoyaba el pecho sobre el pupitre; con la
palma de la mano puesta como pantalla junto al oído. A él sí le brillaban los
ojos de alegría... Alexandr cobró
aliento y, dirigiéndose ya únicamente a los miembros de la junta de profesores,
explicó de qué modo había tenido noticia del trabajo de Nikoláiev.
-Considero, por tanto, que mi tesis no tiene ningún
valor y que, en consecuencia, no puedo aspirar a que se me conceda el título de
doctor en ciencias técnicas. Se ha producido una casualidad absurda, de la que
nadie es culpable; pero gracias a esta casualidad, hemos tenido ocasión de
descubrir un trabajo científico realmente valioso, un invento importante y
necesario al país.
El presidente de la junta, conocido de todos los
electrotécnicos del país, miembro correspondiente de la Academia de Ciencias,
un gigante de anchos hombros y rostro de león se levantó de su asiento.
-¿Podría usted explicarnos, camarada Savistki, por
qué no ha puesto en antecedentes de todo ello a la junta de profesores antes de
la defensa de su tesis? – preguntó con frialdad.
-Savistiki no tiene la culpa – gritó Mozhánov -. Me
lo contó todo y yo le aconsejé que defendiera la tesis; yo considero...
Mozhánov quería añadir algo más, pero Alexandr le
interrumpió:
-Tenía que defender mi tesis para demostrar que he
trabajado honradamente durante los tres años de doctorado.
Se hizo un gran silencio. Alguien tosió,
apretándose la boca con la palma de la mano.
-Está claro – dijo el presidente de la junta de
profesores -. Ruego a los miembros de la junta que pasen al despacho inmediato.
Agachando la cabeza, fue el primero en franquear la
pequeña puerta que le daba acceso.
Alexandr
encendió un cigarrillo y se puso a quitar los diseños de la pizarra y a
enrollarlos.
Alguien salió apresuradamente, resonaron veloces
unos tacones, golpeó la puerta. Alexandr
ni siquiera volvió la cabeza. Sabía que quien había salido era Natasha,
que no pudo resistir aquella situación. Alexandr se sentía tan cansado, que
sólo tenía fuerzas para pensar con ternura en ella.
Los miembros de la junta de profesores
reaparecieron en la sala. Tardaron un buen rato en acomodarse en sus asientos,
lo que hicieron sin mirarse entre sí. El secretario, de puntillas, balbuceó
unas palabras al oído del presidente. Este movió los labios, frunció las
blancas cejas, tomó el papel que el secretario le tendía y leyó la resolución
sosteniéndola con el brazo extendido, como hacen los présbitas.
La junta de profesores acordó: no conceder al
doctorando Savistki el grado académico, pues su trabajo no era original. “Al
mismo tiempo – leyó el presidente, subrayando las palabras – se destaca la
indudable capacidad de Savistki para el trabajo científico y, especialmente, el
hecho de que la tesis que presentad habría merecido la concesión del título de
doctor en ciencias técnicas de no haber
descubierto el propio Savistski el trabajo de Nikoláiev, por lo cual se ruega
al Ministerio prolongue el plazo de estuidos de doctorado en un año para
Savistki.” La junta de profesores
recomendaba, asimismo, que se publicara sin dilación el trabajo de Nikoláiev.
Devolvió la hoja de papel al secretario y se acercó
a Alexandr.
- Alexandr Ilich – dijo en voz baja, y cuantos se
hallaban usted con mucha nobleza y, a mi parecer, esto mejor que nada nos
demuestra que usted será un auténtico hombre de ciencia.
Estrechó con sus dos manos la de Alexandr y todo el
auditorio aplaudió rabiosamente, dando salida a sus sentimientos.
En el vestíbulo un tropel de amigos, de conocidos y
de compañeros de clases rodearon a Alexandr. El vio a su madre, poco menos que
apartada de los demás, deseosa de acercársele. Todos se sentian algo confusos
sin saber cómo conducirse ni qué decir. Miraban y se sonreían. De pronto se
apartaron, dejando un paso libre. Galina Serguéievna, del brazo de María
Timoféievna, se acercó a Alexandr.
-Nosotras le felicitamos, Alexandr
Ilich – le dijo, ofreciéndole un ramo de flores.
Alexandr se pasó la lengua por los labios resecos.
-¿Con qué motivo? – preguntó él con voz ronca,
decidido a cortar por lo sano-. ¿Con motivo de qué, me felicitan ustedes?
Galina Sergueiévna acusó un leve estremecimiento de
la cara, que adquirió exactamente la expresión que tenía en la fotografía de la
mesa de Anatoli Nikoláiev.
-Usted ha defendido mi fe en el hombre – repuso,
con tal sencillez ,que sus palabras par a nadie resultaron afectadas.
...Salieron juntos a la amplia plazoleta que había
frente al Instituto. En el fondo del jardín, Alexandr vio a Natasha. Corrió
hacia ella, con las flores en una mano y el rollo de los diseños en la otra. Se
detuvo y quiso darle una explicación, pero al verle los ojos, tristes y
radiantes a la vez, comprendió que ella ya sabía, o por lo menos adivinaba.
- Natasha... – empezó a decir-. Sólo a ti, ahora...
Y no pudo acabar: alguien la tiraba insistentemente
del hombro. Quiso desprenderse, pero la mano que lo agarraba era fuerte y no
cedió. A su lado estaba el constructor jefe de la fábrica.
- Alexandr Ilich, mi buen amigo, el coche espera.
Vamos a la fábrica. Quisiera examinar el proyeto con detalle, junto con usted.
Alexandr puso cara fosca.
-Pero escuche...
-Está bien. Lo comprendo todo. “¿Que me vaya al
diablo?” ¿Si? – sSerguéiev suspiró y avanzó sobre los ojos el sombrero -. Está
bien – añadió, rascándose el cogote -. Me voy. Pero no olvide que mañana por la
mañana pasaré a recogerlo en su casa.
Dio unos pasos y volvió.
-No puedo, amigo mío. Por lo menos deéjeme dar otro
vistazo a los diseños.
Alexandr, irritado, le metió el rollo entre las
manos.
Serguéiev extendió las hojas allí mismo, en el
banco, y entonces ya no pidió, sino que ordenó a Alexandr
y a la joven que estaba de pie a su lado, que sostuvieran las hojas, para que el viento no se las llevara. Se
dobló como un arco, acercando al papel sus ojos miopes. El sombrero le
estorbaba y lo puso en las manos de Natasha.
Luego se levantó.
-¡Magnífico! –exclamó-. Vale lo que no pesa. Sólo
que... – se quedó pensativo, reconcentrado -. ¿Es así? – Hizo un movimiento de
disgusto con la cabeza -. Sí. ¡Es poco!
-La potencia. Para nosotros es poca. Poca potencia.
¿Por qué me mira de este modo? –gritó el constructor jefe-. Le digo que es poco. Para las nuevas
construcciones esto ya es poco. Variante “A”, variante “B”, está bien; pero
nosotros exigiremos la variante “C” y la Ch”, ¡diablo! ¿Acaso éste es el límite
máximo?
Natasha miró a Alexandr. Y él, sin darse cuenta de
ello, dio la vuelta al banco y examinó los diseños por encima del hombro del
constructor jefe.
-¿Es poco? ¿Es poca potencia? – repitió en voz
baja, como si captara alguna idea lejana y todavía huidiza.
1949
Ubicación: Kursk, Óblast de Kursk, Rusia
FIN

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