© Libro N° 9425. Un Grito De Mujer. Simenon, George. Emancipación. Diciembre
25 de 2021.
Título original: © Un Grito De Mujer. George Simenon
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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George Simenon
Un Grito De Mujer
George Simenon
George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)
Un Grito De Mujer (1939)
(“Une femme a crié”)
Originalmente publicado en Police-Roman
(n° 82, 15 de diciembre de 1939);
Le Petit Docteur
(París: Éditions Gallimard, 1943, 589 págs.)
I
En realidad,
en los tres o cuatro pueblos en que ejercía el Doctorcito, los candidatos
a la muerte no le quitaban demasiado el sueño. En cambio, los que le obligaban
a levantarse a medianoche haciéndole velar hasta la madrugada, eran más bien
los candidatos a la vida. Sólo en el mes de octubre había tenido que asistir a
veintitrés nacimientos.
Una vez más, se preparaba aquel día para
ir a acostarse a la hora en que todo el mundo suele levantarse. Eran las siete
de la mañana, y acababa de regresar de una laboriosa noche de parto. Según su
costumbre, se tomaba un buen desayuno, y en estos casos solía hacerlo en la
cocina mientras charlaba con Ana. Pero aquel día, la sirvienta, que acababa de
recibir el periódico, demostraba mucha impaciencia por leerlo. De pronto, el
doctor se dio cuenta de que Ana tenía deseos de decirle algo, pero que se
contenía para no contrariar su intención de acostarse. A pesar del cansancio
que le cerraba los ojos, comprendió enseguida que debía tratarse de algo
referente al enigma que, desde hacía ya más de un mes, mencionaban con
frecuencia los periódicos.
Durante todo este tiempo, es decir, desde
que el doctor leyó la declaración que hizo el dueño del garaje de Ecoin, le
ocurría muy a menudo el pensar en voz alta:
—Estoy seguro de que esos atontados no
encontrarán nada.
Ana sabía perfectamente lo que significaba
esta frase y las ganas locas que tenía el doctor de personarse en el lugar del
suceso para poder ejercitar, una vez más, sus cualidades de descifrador de
enigmas. Pero aquel lugar se hallaba cerca de Nevers, a unos doscientos
kilómetros de Marsilly, y el Doctorcito no podía permitirse el lujo de
ausentarse continuamente.
—¿Han encontrado el cuerpo, Ana? —preguntó
mientras engullía un trozo de apetitoso salchichón.
Ella asintió con un movimiento de cabeza.
—¿Qué edad tiene la mujer?
Ana contestó con aire de triunfo:
—Primero, señorito, le diré que no se
trata de una mujer. ¿Ve usted cómo no es tan perspicaz como se imagina? Es el
cadáver de un hombre y, además, muy corpulento, puesto que mide 1,85 y pesa más
de cien kilos… Ahora supongo que el señorito, en lugar de acostarse, saldrá
enseguida…
Ana decía esto con cierta ironía, como
instigándole; el doctor, con la boca llena todavía, contestó rápido y muy
serio:
—Lo ha adivinado usted, Ana. Prepare mi
maleta con unas mudas y, como hace tan mal tiempo, no se olvide de ponerme otro
par de zapatos.
Media hora más tarde, el diminuto coche
del doctor se lanzaba carretera abajo envuelto en un frío viento otoñal.
Hacía un mes aproximadamente, el 2 de
octubre para ser más exactos, que Jerome Espardon, dueño del garaje del
villorrio de Ecoin, a cinco kilómetros de Nevers, en la carretera nacional de
París, se había presentado a las cinco de la mañana en el puesto de gendarmería
más cercano para hacer una declaración que todos los periódicos habían
reproducido, y que ocasionó muchos quebraderos de cabeza a más de una persona.
—Esta noche pasada, día 1 de octubre
—declaró Espardon— velé hasta más tarde que de costumbre debido a que no había
podido terminar las cuentas del mes. A las once me hallaba todavía en mi
despacho, pero con la puerta metálica del garaje cerrada y la luz de la bomba
de gasolina apagada; de todas formas, creo que se filtraba un poco de luz por
las rendijas de la contraventana de mi despachito.
»De repente, oí un coche que se paraba, y
momentos después golpearon a la puerta de entrada del garaje. Normalmente,
procuro no atender a estas llamadas de noche, ya que algunos de mis compañeros
han sido atacados por los maleantes que siempre circulan por las carreteras.
Pero como aquel día no me había desnudado todavía, decidí abrir la puertecita
del cierre metálico. Había llovido poco antes y unos gruesos nubarrones
ocultaban la luna; por ello, la noche era muy oscura.
»Un hombre corpulento, al que no pude ver
la cara debido a la oscuridad, me pidió treinta litros de gasolina. Como
solamente estaban encendidas las luces de posición del coche, no pude hacer las
comprobaciones de matrícula que suelo hacer en estos casos.
»Mientras accionaba la manivela de la
bomba, miré distraídamente la placa de matricula, y si bien no puedo recordar
las letras, he retenido perfectamente los números 87. 75.
»A través del cristal trasero también vi
que había dos personas sentadas, un hombre y una mujer.
»El cliente me pagó con un billete de cien
francos; yo tenía que devolverle dos francos veinticinco, pero mientras buscaba
cambio en el bolsillo me dijo:
»—Está bien.
»Y en el momento en que el hombre se
sentaba al volante y ponía el motor en marcha, alguien bajó un poco el cristal
de la puerta de detrás, vi salir una mano de mujer y una voz gritó:
»—¡Socorro!… ¡Por favor!…
»Era, desde luego, una voz de mujer. Pero
pronto quedó ahogada por el ruido del coche al ponerse en marcha y alejarse a
toda velocidad en dirección a París.
»Como el teléfono está siempre
desconectado durante la noche, no pude avisar enseguida a la policía. Pero
además, como da la casualidad de que mi mujer está pasando unos días en casa de
sus padres, me encontraba solo en el garaje y no pude alejarme. También les
diré que luego pensé que quizás se tratase de una broma y no le di demasiada
importancia. Pero de todas formas, y para quedar con la conciencia tranquila,
he preferido avisarles a ustedes.
La gendarmería, de momento, tampoco le dio
importancia al relato, y se contentaron con telefonear al Jefe de Distrito para
saber si aquella noche había sucedido algo anormal.
Pero no se tenían noticias de que hubiera
ocurrido ningún accidente, y no había habido motivo de alarma en toda la noche.
Además, y debido a una denuncia por el robo de unos conejos, un gendarme se
había pasado la noche vigilando la carretera a la entrada de la pequeña
localidad de Pouilly, a veinte kilómetros del lugar. Dicho guardia había
anotado instintivamente el número de todos los coches que pasaron por allí
aquella noche, pero no se encontró en su lista ninguna matricula que terminase
con 87. 75. Por lo tanto, el coche que señalaba el dueño del garaje no podía
haber ido muy lejos.
Al día siguiente se encontró, en efecto,
el coche en cuestión, y este hallazgo le valió al del garaje el pasar un mal
cuarto de hora. Cuando estaba tomando tranquilamente el aperitivo, se le
acercaron unos gendarmes y de bastante mal talante le acusaron de haberse
emborrachado la noche anterior y de haberles tomado el pelo con su famosa
historia; y poco faltó para que se lo llevaran.
Un solo coche, en efecto, correspondía a
las señas dadas por el dueño del garaje: el del abogado Humbert, de Nevers.
Y este señor, persona muy honorable de la
ciudad, y además hijo de un magistrado, había declarado bajo juramento:
—Aquel viernes, día 1 de octubre, como
todos los viernes, mi mujer y yo cogimos el coche para ir a cenar a casa de
nuestros amigos Lajarigue, que viven en la plaza de Gambetta. Allí teníamos que
reunirnos, como hacemos todas las semanas, con los Dormois y los Vercel, y
luego, después de cenar, jugar al bridge hasta las doce.
»Y así fue, en efecto. Cuando llegamos a
la plaza Gambetta llovía, y paré mi coche junto al de los Dermois, que ya
estaban allí. Los Vercel, que viven muy cerca de los Lajarigue, habían ido a
pie.
»Como siempre suele ocurrir, la partida
de bridge se prolongó más de la cuenta, y nos separamos a eso
de la una. Los coches se hallaban donde los habíamos dejado, y no observamos
nada anormal.
A pesar de ello, el pobre hombre del
garaje, al que nadie daba crédito, sostenía sus afirmaciones.
—Yo aseguro que puse 30 litros de gasolina
en ese coche el viernes, día 1 de octubre, a las once de la noche.
Y el pobre hombre tenía razón, como pudo
comprobarse dos días después, gracias a la señora Humbert. Ella solía utilizar
el coche muchas tardes, y recordó que el día 1 de octubre había tenido la
intención de llenar el tanque, pero que no lo había hecho. Aquella noche fueron
a casa de los Lajarigue, y al día siguiente, el coche no salió del garaje. Sin
embargo, el domingo, se dio cuenta de que el tanque estaba casi lleno.
—¿Has puesto gasolina? —preguntó a su
marido.
—¿Yo? No.
—Sin embargo…
Y de esta manera se supo que Jerome
Espardon no había mentido ni soñado. Alguien había utilizado aquel coche
durante la partida de bridge, lo había conducido por la carretera
de París, y al encontrarse casi sin gasolina se había parado en el garaje de
Ecoin.
No debía de haber ido muy lejos, puesto
que el gendarme que se hallaba en la entrada de Pouilly no lo había visto
pasar. Y al final debió regresar a Nevers para dejar el coche donde lo había
encontrado, antes de la una de la madrugada.
Ahora bien, ¡una voz de mujer había pedido
socorro!…
Desde hacía un mes, el Doctorcito estaba
furioso.
—Tendré que decidirme a ir por allá y ver
lo que pasa —le repetía casi a diario a Ana.
No era exagerado afirmar que la
investigación se prolongaba demasiado. En primer lugar, nadie había presentado
ninguna denuncia, pero además no se sabía nada de cierto. ¿Se habría cometido
un crimen? ¿Se trataría de un robo? Y, por último, ¿cuál era la autoridad
competente? ¿La policía de Nevers o la gendarmería? Y si era esta última, ¿de
qué distrito y qué brigada?…
¿Quién era aquella mujer que había
esperado hasta el último momento para pedir auxilio? ¿Por qué no lo había hecho
antes, mientras su acompañante, que se hallaba fuera del coche, no podía ni
ponerlo en marcha ni intervenir? ¿Quién sería el hombre corpulento? ¿Y el otro,
el del interior del coche, del cual el del garaje solamente había podido
distinguir vagamente la silueta?
Cierto día, y cuando había ya transcurrido
cerca de un mes, apareció en el periódico la siguiente noticia:
«Unos cazadores
que recorrían el pantano de Bois-Bezard, situado a diez kilómetros de Nevers,
han encontrado en los cañaverales el cadáver de un hombre de unos cincuenta
años. La víctima era de constitución robusta.
»El cadáver no ha sido identificado todavía, y las
autoridades se hallan en el lugar del suceso. Hay quien se pregunta si este
asunto no guarda cierta relación con la declaración del dueño del garaje de
Ecoin, que publicamos en su día.
»Esta historia enigmática podría reservarnos varias
sorpresas».
Tal era el
contenido del suelto que había leído Ana y que había motivado la brusca marcha
del doctor hacia el lugar del suceso.
En este momento, Dollent apretaba a fondo
el acelerador, pero su viejo y diminuto cinco caballos, que ya tenía más de
ocho años, no podía dar más de sí. De vez en cuando, una ráfaga de viento
sacudía el coche de tal forma que casi le hacía perder la dirección, y en más
de una ocasión estuvo el doctor a punto de despistarse. Pero él ya no se daba
cuenta de nada, y toda su atención estaba concentrada en el posible enigma.
Un grito de mujer… Un hombre corpulento…
«Quisiera saber si han encontrado el
revólver», pensó en voz alta, como si fuera cosa natural y evidente que el
hombre hubiera muerto de un balazo.
—¿Quién? ¿Cómo dice?
—Soy el doctor Dollent…
—¿Es usted pariente o amigo de la victima?
¿Le conocía usted? ¿Viene de parte del Juzgado?
En un sector de unos 50 o 100 kilómetros
alrededor de Marsilly y de la Rochelle, casi todos los policías conocían al
Doctorcito, pero aquí se hallaba ante un gendarme testarudo que sólo hacía caso
de la consigna que le habían dado.
—Nadie puede entrar en los cañaverales de
Bois-Bezard sin permiso del fiscal.
—¿Y dónde está ese fiscal?
—En el lugar del suceso, a unos
trescientos metros de aquí…
—Pues entonces, ¿cómo quiere que se lo
pida si no me deja usted pasar?
—Eso ya no es cosa mia. Excepto los
señores de los periódicos, tengo órdenes de no dejar pasar a nadie.
Al borde del camino había varios coches
estacionados y dos de ellos llevaban el distintivo de otros tantos importantes
periódicos de París. En aquel preciso momento llegó también una camioneta, y de
ella bajó un hombre cargado de cámaras de cine. El Doctorcito tuvo una idea.
—¿Le ayudo? —preguntó.
—Muy agradecido… ¿Hacia dónde hay que ir?
—Sígame.
Cogió una de las cámaras y pasó, junto con
el operador de cine, ante las propias narices del gendarme. Éste frunció el ceño,
pero no se atrevió a intervenir.
Seguía el fuerte viento y unos nubarrones
pasaban bajos, casi rozando los árboles, como aviones. Las aguas del estanque
humedecían y refrescaban el aire, y un poco más lejos del lugar del suceso
había una hilera de álamos por encima de los cuales volaban en círculo unos
cuervos. Unos señores vestidos de oscuro iban y venían en todas direcciones,
procurando no ensuciarse de barro los zapatos. Nadie se fijaba en Jean Dollent.
Los fotógrafos tiraban placas y los periodistas estaban muy atareados. Un
policía tomaba medidas, y, en medio de todo este ajetreo, allí, en los
cañaverales, había un cuerpo tendido en el suelo, cubierto con un trozo de
lona.
—¿Vendrá ella? —preguntó el fiscal.
—He mandado al inspector Leroy que la
avisara —contestó el comisario jefe—. Dentro de poco llegarán.
—¿Está usted seguro de no haberse
equivocado al reconocer a la víctima?
—Un hombre como él, señor fiscal, no se
confunde fácilmente.
—¿De qué vivía?
El Doctorcito se hallaba junto a los dos
interlocutores, con tanta naturalidad y aplomo, que seguramente cada uno de
ellos pensaría que acompañaba al otro.
—Hace ya algunos años —decía el comisario
jefe—, Isidoro Borchain compró un hotelito en la Avenida de la República, y
desde entonces vivió en Nevers. Al principio me pregunté por qué motivo había
escogido nuestra ciudad, siendo así que tanto él como su mujer son del Norte,
creo que de Roubaix. Pero la contestación que me dieron me satisfizo por completo.
Borchain representa —perdón, representaba— en Francia a una de las casas
americanas más importantes de productos para dentistas, y visitaba a sus
clientes personalmente, pues, según parece, se trata de artículos bastante
delicados. Por esto escogió como lugar de residencia una ciudad que se hallara
aproximadamente en el centro de Francia, lo cual le permitía volver a casa con
relativa frecuencia.
El comisario, que acababa de llenar su
pipa, preguntó al Doctorcito, al que no conocía:
—¿Tiene usted lumbre?
¡Todo empezaba siempre igual! Lo más
importante era poder sortear el primer obstáculo; después, ya nadie prestaba
atención. Los periodistas le toman a uno por policía y los policías por
periodista; esos señores del Juzgado piensan que desde el momento en que uno se
encuentra allí, es porque tiene derecho a estar y le piden lumbre; e incluso
casi un consejo.
Convencido de ello, el Doctorcito tuvo un
rasgo de audacia, y al tiempo que presentaba la cerilla ya encendida, preguntó:
—¿Se ha encontrado el revólver?
—Junto al cadáver. A un metro exactamente.
Es un Colt de grueso calibre.
Cuando el comisario acabó de pronunciar
aquellas palabras, se oyó el motor de un coche que se acercaba. Los allí
presentes murmuraron algo, todo el mundo dirigió la mirada hacia la carretera,
y los fotógrafos y periodistas se lanzaron en loca carrera hacia el borde de la
misma…
—No llego a comprender… Les aseguro que no
es posible… —decía una voz de mujer.
Dollent adivinó que se trataba de la
señora Borchain, y pudo examinarla a placer mientras ella se defendía
débilmente contra la curiosidad de todos aquellos profesionales que la
rodeaban.
¿Acaso hubiera podido aquella mujer hacer
algo que no fuera débilmente? Quizás nunca había visto el doctor a una mujer
tan femenina como aquélla, hasta el punto de que no parecía de estos tiempos.
Su aspecto evocaba los gabinetes tapizados de seda, y las sillas forradas con
telas de flores, y todo en ella emanaba femineidad perfumada y suave que
raramente se encuentra hoy día.
¿Qué edad tendría? Probablemente unos
treinta años. Su cara era muy bonita y de líneas algo imprecisas; la piel, muy
pálida, recordaba el cutis «lirio y rosa» que tanto se ensalzaba antiguamente.
Sus pies eran muy pequeños y llevaba un calzado de gusto exquisito. Debajo del
abrigo de piel, que mantenía apretado contra su cuerpo, se entreveía un vestido
de seda negro.
—Les repito que no es posible…
La señora Borchain se parecía a las
mujeres con las que soñaba el Doctor cuando tenía quince años, y recordaba a
las heroínas de los folletines del siglo pasado. Mientras la contemplaba, evocó
un grabado que había en casa de sus padres: una mujer joven y muy parecida a
ella, sentada en un trineo empujado por un caballero… Llevaba un abrigo y un
gorro de armiño y sus manos se hundían con un gesto de frío intenso en un
manguito de igual piel, mientras el caballero empujaba el trineo por el hielo…
Se oían los disparos de las cámaras fotográficas,
y la joven señora procuraba andar por allí con una sonrisa forzada. No cesaba
de repetir:
—Les juro que…
—Por aquí, señora. Haga el favor. Perdone
mi desagradable insistencia, pero es absolutamente necesario que vea usted…
La comitiva se acercaba a la vieja lona, y
todo el mundo estaba emocionado, excepto los fotógrafos, que disparaban sus
máquinas sin cesar.
El fiscal, al que por primera vez le
habían encargado la dirección de un asunto de esta índole, dijo con aire entristecido:
—Un poco de valor, señora. Son cosas de la
vida…
—¡Más bien de la muerte! —Estuvo a punto
de soltar el Doctorcito.
—Tome mi brazo, señora, y no dude en
apoyarse si siente usted…
El comisario se agachó y levantó la lona.
La señora Borchain, sin ningún gesto y sin más ruido que el de un pajarito que
abre su pico en un último esfuerzo para respirar, se desmayó. El fiscal, que la
sujetaba por el brazo, no conseguía por sí solo mantenerla en pie. Entonces el
Doctorcito, sacando un frasquito de su bolsillo, se adelantó, diciendo:
—Déjenme ustedes, esto es cosa mia —y acto
seguido, la tendió sobre la hierba.
Mientras trataba de reanimarla, pensaba
para sus adentros:
¿De qué manera una mujer semejante
llamaría en la intimidad a un marido que mide 1,85, pesa más de cien kilos y
lleva el nombre de Isidoro?
¿Por qué motivo se nos presentan siempre
en los momentos más dramáticos las ideas más cómicas?
Su pregunta recibió una contestación casi
inmediata. La joven señora abrió los ojos y pronunció suavemente:
—¡Isi!…
Luego, y con cierta excitación, añadió:
—No es cierto, ¿verdad? En este momento
debería hallarse en Montauban. Déjenme mirar otra vez, quiero asegurarme de que
no…
Tuvieron que llevarla casi hasta el cuerpo
tendido, y si bien esta vez no se desmayó se deshizo en lágrimas.
¿Qué ocurrió luego, exactamente? Como de
costumbre, hubo cierto desorden, y el doctor no pudo recordar nunca con
precisión cómo habían transcurrido aquellos minutos. Pero la realidad fue que
el Doctorcito, que no se apartaba ya de su enferma —considerándola como tal— se
encontró sentado en un coche que no sabía de quién era, en compañía del
comisario jefe.
—Llévenos al domicilio de la señora
Borchain, Avenida de la República —ordenó el comisario al chófer.
Otros coches seguían detrás y aquello
parecía la comitiva de un entierro. Poco después atravesaron una pequeña aldea,
y a la derecha de la carretera, Dollent pudo leer un cartel que decía:
Jerome Espardon
Mecánico
A la puerta de
su garaje, y mirando con cierto estupor la caravana de coches que pasaba, el
doctor vio al que le pareció ser el tal Jerome.
—¿Quieren pasar un momento? —preguntó la
señora Borchain. Sus manos temblaban y sus labios estaban secos y pálidos.
—Con mucho gusto, si nos lo permite
—contestó el comisario.
El Doctorcito entró también. Un criado de
chaqueta blanca había abierto la puerta, y les condujo a un gran salón cuyas
paredes estaban revestidas de maderas de tonos pálidos incrustadas con motivos
dorados. El hotelito de los Borchain era una bonita casa del siglo XVIII,
totalmente restaurada, y daba la impresión de ser muy confortable y de estar
amueblado con bastante buen gusto.
—Por más que me esfuerce, todavía no lo
puedo creer —decía la señora Borchain—. Ha sido tan inesperado, tan fuera de
todo lo que solía ocurrir normalmente… ¡Joseph! Tráigame algo de beber. Y sirva
también a estos señores. Perdonen ustedes, pero es que estoy tan nerviosa…
Seria mejor que les atienda mi hermana. ¡Joseph!
Hablaba de prisa, como si quisiera
aturdirse, y su mirada no llegaba a fijarse en ninguna parte.
—Diga usted a la señorita Nicole si quiere
hacer el favor de bajar. Pero no le cuente lo que ha pasado.
—La señorita ya está enterada, señora.
—¿Cómo lo ha sabido? ¿Quién se lo ha
dicho?
—Bajó hace un momento, y en aquel preciso
instante traían el periódico. Lo ha leído y, naturalmente…
—¿Qué ha dicho?
—Nada, señora. Subió corriendo a su
habitación y se encerró con llave.
—Avísela de que están aquí estos señores,
y niéguele que baje. ¿Me permiten ustedes un momento? Voy a quitarme el abrigo
y el sombrero.
«¡Ay! —pensó el Doctorcito—. Quizás ahora,
al quedarnos solos, el comisario me hará algunas preguntas, y entonces se dará
cuenta de que no tengo nada que ver con todo este asunto».
Pero no fue así, y el comisario, por el
contrario, dijo:
—¿Que le parece a usted?
—¿El qué?
—Pues esta mujer.
—Creo que… ¡Hum!
—¿La cree usted culpable de haber matado a
su marido?
Dollent no se atrevía a contestar, no
quería comprometerse. Sin embargo, esta pregunta le había como sobresaltado.
—Personalmente —decía el comisario— no me
dejo impresionar por el hecho de que se haya desmayado. Es un truco demasiado
conocido. En cambio, observo…
El Doctorcito no supo nunca lo que observó
el comisario, puesto que en aquel preciso instante se abrió la puerta y entró
la señora Borchain. Llevaba un vestido negro, y sus preciosos cabellos oscuros
resaltaban sobre su piel mate.
—Entra —decía a alguien que se hallaba
detrás de la puerta—. Estos señores han venido para hablar con nosotras.
Era la hermana, Nicole, que entró a su
vez. Sus cabellos eran de un tono rojizo, de ese color que se suele designar
con el nombre de rubio veneciano. Era más alta y delgada que su hermana, y de
rasgos más precisos. Su mirada era penetrante y en toda su persona había una
cierta rigidez mezclada con una especie de desconfianza animal.
—Entra, Nicole. Estaba diciendo a estos
señores que a estas horas, Isi debería hallarse en Montauban, ¿verdad?
—También lo creo así.
—Fue al menos lo que nos dijo cuando salió
de viaje.
El comisario tosió. Se notaba
perfectamente que en este salón, con un criado sirviendo refrescos, no se
encontraba tan a sus anchas como en su despacho perfumado de humo de pipa.
—Perdonen la interrupción, señoras.
Estaban diciendo que el señor Borchain salió de viaje. ¿Pueden decirme cuándo
se marchó?
—Espere. Joseph, quédese un momento. Usted
puede ayudarme a recordar.
La señora Borchain respiró con fuerza y se
secó los ojos y la nariz con su fino pañuelo de batista.
—Pues verá. Acababa de regresar del
congreso dental de Casablanca. Mi marido viajaba mucho, ¿sabe usted? Su
profesión le obligaba. Aquel día llegó a eso de las… Veamos, Joseph, ayúdeme a
recordar. Eso es, ahora recuerdo que no lo esperábamos tan temprano. En lugar
de coger el barco, como de costumbre, había tomado el avión. Serian las tres de
la tarde…
—Las tres y diez minutos, señora —precisó
Joseph—. Yo mismo abrí la puerta al señor. Por cierto que creí que sería el
cartero de «certificados», que suele pasar a esa hora.
—¿Y se volvió a marchar?
—La misma noche, a eso de las… Espere.
Recuerdo que cenamos los tres. O, mejor dicho, no. Nicole no bajó, debido a una
fuerte jaqueca. Debo decirle que mi hermana vive con nosotros desde que
murieron nuestros padres, hace cinco años, y le hemos arreglado unas
habitaciones en el segundo piso. Es muy joven todavía, sólo tiene veintitrés
años. ¡Dios mío, qué difícil es acordarse de las cosas! Cenamos en la
habitación contigua a este salón. Y luego mi marido me acompañó al dormitorio.
Me acosté, y él se fue casi enseguida…
—¿Llevó el coche?
—Sí. Cuando viaja por Francia siempre lo
lleva.
—¿Dónde está el garaje?
—En la parte trasera de la casa. Tenemos
un garaje particular, y se entra en él por la calle de los Minimes, ¿verdad,
Nicole? Mis recuerdos son tan imprecisos que no puedo acordarme si subió a
despedirse de ti…
—Vino a darme un beso, Marthe. Tenía mucha
prisa. Creo que quería llegar a Marsella a la mañana siguiente, y desde allí
empezar su recorrido por el Sur.
Marthe Borchain insinuó una débil sonrisa.
—Esto es todo lo que puedo decirles,
señores.
—¿Sabe usted si tenía algún enemigo?
—¿Por qué razón quiere usted que tuviera
enemigos? Quizás algún competidor, ya que mi marido se había creado una
excelente posición. Pero enemigos…
—Perdone usted que le haga una pregunta
más indiscreta. ¿Sabe si tenía algún asunto de faldas?
Marthe Borchain contestó con el corazón
abierto:
—¿Quién, Isi…?
Y con una sonrisa triste añadió:
—Me adoraba, y solamente vivía para mí.
¡Cuántas veces me dijo que esperaba poder retirarse pronto para no tener que
alejarse de nosotras…!
—Permita que insista, señora. ¿Puede
precisar la fecha del regreso de Casablanca y de su nueva marcha?
Era evidente que no se acordaba, y la
señora Borchain no hacía más que mirar a su hermana y a Joseph.
—Dígame, Joseph, ¿se acuerda usted…?
—Fue el día primero, señora. Me acuerdo
perfectamente porque aquél día me pagó usted, y la cocinera y yo fuimos por la
mañana a la Caja de Ahorros a ingresar la paga.
—¿Ha vuelto usted a ver el coche de su
marido?
—¡Cómo, si se lo llevó! —Y al decir
aquello se mordió los labios recordando el espectáculo que había presenciado en
el pantano de Bois-Bezard—. Perdone, creí que me preguntaba si había visto…
—La comprendo —dijo el comisario—. ¿Era un
coche grande?
—Sí, un coche americano muy potente y
cómodo. Mi marido era más bien grueso y le gustaba la comodidad. Además, era de
temperamento sanguíneo y…
—¿Puedo preguntarle a usted, señorita, si
sabe algo que pueda darnos una pista?
Nicole, que permanecía apoyada contra la
chimenea, dijo solamente:
—¡Nada!
—¿La última vez que vio usted a su cuñado
no le encontró algo raro, algo preocupado?
—Como de costumbre.
El Doctorcito se agitó nervioso en su
silla de patas doradas.
—¿No le dijo nada que pudiera hacerle
suponer que le pesaba marcharse?
—Siempre sentía tener que marcharse.
Y la joven dirigió a su hermana una mirada
hostil.
—Quiere usted decir que le contrariaba
separarse de…
—Mi cuñado era terriblemente celoso.
—¡Nicole! —suspiró la señora Borchain.
—¿No es verdad que Isi era muy celoso?
—Sí, lo era. ¡Cómo todos los hombres! Como
todos los maridos que deben viajar mucho. Ya sabes muy bien que…
—¡Yo no he dicho nada! —contestó fríamente
Nicole.
El comisario ya no sabía qué más podía
preguntar, y se levantó indeciso.
—Creo, señoras, que en el estado actual de
la investigación… ¡Ah! Otra pregunta. Éste es el revólver que…
Esta vez fue Nicole la que contestó, con
la precisión que, por lo visto, la caracterizaba:
—¡Era el suyo!
—¿Lo reconoce usted?
—Siempre lo llevaba consigo cuando
viajaba. Una vez intentaron atracarle en plena carretera, y desde entonces no
lo dejaba.
—¿Lo reconoce usted también, señora
Borchain?
—Creo que era el suyo, sí. Creo habérselo
visto. Como me dan mucho miedo las armas no lo sacaba nunca en mi presencia.
—Probablemente me veré obligado a hacerles
nuevas preguntas. Espero que no tomarán a mal que vengamos a molestarlas.
¿Vamos, doctor?
Cuando se hallaron nuevamente en la calle
el comisario murmuró entre dientes:
—¡Hum! Una historia rara. En fin, ya
veremos. En cuanto a usted, doctor, espero recibir mañana temprano su dictamen,
y entonces…
—¡Perdón! ¿A qué dictamen se refiere?
—Cómo, ¿no es usted el médico forense? ¿No
iba usted con el juzgado?
—Soy médico, en efecto, pero no forense.
—¿Entonces?
—¡Pues entonces, nada! —suspiró el
Doctorcito, que esperaba la tormenta—. El forense debía de ser aquel señor de
la barba que subió al coche de los periodistas…
Ante esta contestación, el comisario se
limitó a pronunciar un seco:
—¡Buenas noches!
—¡Buenas noches! —repitió como un eco el
doctor.
¡Poco le faltó para soltar la carcajada! Y
pensando en el ama de llaves, que tenía la osadía de dudar de su talento,
murmuró:
—Mi querida Ana, te juro que no me
volverás a ver hasta que haya conseguido descifrar el enigma de Isidoro
Borchain. Y si mientras tanto hay alguna cliente que tiene la mala idea de dar
a luz…
Dio media vuelta, cruzó la calle, y se
puso a observar el hotelito de los Borchain como si se tratara de una vieja
catedral.
II
Los dos
gendarmes encargados de vigilar el lugar del suceso estaban sentados sobre un
montón de piedras.
—¿No te recuerda nada a ti esto?
—Verás, de todo un poco. Este cielo que
parece una esquela mortuoria, los árboles, el viento…
—A mí me recuerda que, cuando era pequeño,
el día de Todos los Santos íbamos toda la familia al cementerio.
—¡Todos los Santos! ¡Pero si es pasado
mañana! —murmuró, lúgubre, el primer gendarme.
—En realidad, ¿qué estamos haciendo aquí?
Ya no hay nada que guardar, puesto que se han llevado al muerto…
—Sin duda estaremos guardando el lugar del
crimen —contestó el otro con filosofía.
La verdad era que no guardaban nada, y que
si a las seis de una pésima tarde otoñal todavía se encontraban allí era a
causa de que sus jefes los habían olvidado.
—A propósito del muerto, celebro que se lo
hayan llevado.
—¿Por qué? ¿Te impresiona?
Y el gendarme que decía aquello se olió
los dedos, frunció el ceño, y empezó a liar un cigarrillo.
—Lo más curioso es que no puedo quitarme
este olor de la nariz. ¿Tú no lo hueles?
—No, estoy resfriado.
—Es una tontería lo que voy a decirte,
pero hasta el cigarrillo huele mal.
De pronto, el que así hablaba abrió mucho
los ojos, se incorporó a medias y gritó:
—¡Ernest!
—¿Qué te ocurre?
—¡Mira…! Al lado de tu pie.
Ernest se levantó, y echándose vivamente,
hacia atrás dijo:
—¡Otro cadáver!
Así parecía, en efecto, puesto que de
entre el montón de piedras salían un par de dedos.
—¿Miramos de qué se trata?
—Creo que es mejor avisar a los jefes. Tú
quédate aquí, yo voy a telefonear…
—¿Por qué no vamos los dos? ¡Al fin y al
cabo no se va a marchar!
Y así fue como a las ocho de la noche, y
ante el capitán de la gendarmería, se retiró del montón de piedras un segundo
cadáver; el de un hombre de unos treinta años, vestido con un traje de sport.
Este segundo cadáver se hallaba a menos de cincuenta metros del lugar donde
apareció el de Isidoro Borchain. Pero así como el primero lo dejaron de
cualquier manera en medio del cañaveral, a este último lo habían escondido
cuidadosamente bajo el montón de piedras.
Empezaba ya a anochecer, y el gendarme, al
que no hacían mucha gracia los cadáveres, susurró al oído de su compañero:
—Oye, mientras no se les ocurra hacernos
quedar aquí hasta mañana… Sin contar con que va a caer una…
Como el Doctorcito se hallaba en Nevers,
no se había enterado todavía del descubrimiento del segundo cadáver. Mientras
tanto, él iba realizando la investigación a su manera, y estaba contentísimo,
no solamente por los resultados que obtenía, sino además por el hecho de que
para conseguirlos se había visto obligado a beber dos absentas. En efecto, para
poder telefonear a Montauban había entrado en un café; y naturalmente, en
espera de la conferencia, no había tenido más remedio que pedir algo. Escogió
en la Guía de Montauban el número del dentista más conocido, y al poco rato
obtuvo comunicación.
—¡Oiga! ¿Hablo con el señor Geroul…?
Perdone que le moleste, pero desearía preguntarle si últimamente recibió usted
la visita del señor Borchain, Isidoro Borchain, el representante de…
—¡Sí, ya sé! Le conozco. Y ya llevo tres
semanas esperándole, pues en esta época siempre suele pasar a verme. ¿Sabe
usted algo de él?
—¿A qué se refiere usted?
—Pues que necesito verle. Carezco de
ciertos productos y al no recibir su visita le he escrito dos cartas a Nevers;
pero todavía no me ha contestado.
—¡Oiga! No corte, señorita… ¿Ha dirigido
usted las cartas a su domicilio de Nevers, a la Av. de la República?
—Sí, como siempre.
—¿Dice usted que le ha escrito durante
estas tres últimas semanas?
—La segunda carta la mandé el sábado
pasado.
—¿Figura el nombre de usted en el sobre?
—Sí, señor. Mi nombre y dirección.
—Muy agradecido por su información…
Y diciendo esto el doctor colgó el
aparato.
Para recompensarse a sí mismo pidió una
segunda absenta al salir de la cabina telefónica. Luego, alegre y de buen
humor, salió a pasear por las calles de Nevers, al tiempo que examinaba los
escaparates. El de la primera papelería que encontró le llamó la atención, pero
después de examinar las tintas de color, las reglas y los compases, alzó los
hombros y siguió adelante.
Dejó el centro de la ciudad y se encontró
en un barrio tranquilo, donde le pareció que podría hallar lo que buscaba. Un
poco más lejos había una pequeña tienda, mitad mercería y mitad papelería,
llena de periódicos, novelas baratas, patrones de jersey y postales
enternecedoras. Entró y se dirigió a la señora que estaba detrás del mostrador:
—Buenos días. Desearía un papel de
escribir de fantasía. Lo mejor que tenga, y si es posible, de color; rosa, por
ejemplo…
Encontró lo que buscaba. La señora le
enseñó unos paquetes de seis sobres y seis cartas, en varios colores…
—Esto es lo mejor que se hace —afirmó muy
seria—. Y además, como verá, es muy distinguido.
El doctor compró uno de los paquetes, y
pidió cien sellos de un céntimo.
—¿Es necesario que sean precisamente de un
céntimo?
—¡Absolutamente necesario!
Y al salir de la pequeña tienda fue cuando
no tuvo otro remedio que tomarse su tercer aperitivo. ¿Dónde podría escribir en
una ciudad desconocida, si no era un café? Se sentó en el primero que encontró
y pidió otra absenta. Mientras escribía, el camarero le miraba con cierta
sorpresa. ¿Qué estaría haciendo aquel cliente con semejante papel y sobres de
colores? ¿Y aquella cantidad de sellos de un céntimo?
En un sobre color rosa el doctor escribió,
con tinta violeta, la siguiente dirección:
«Señorita Nicole
Casa del Sr. Isidoro Borchain
25, Av. de la República,
NEVERS».
Y en el sobre
metió un papel blanco. En lugar de franquearlo con un sello corriente, se
entretuvo en pegar cincuenta de un céntimo, lo cual daba a la carta un aspecto
raro. Luego repitió la operación con otro sobre de color verde, pero esta vez
la carta iba dirigida a la señora Borchain.
—¡Ya veremos el resultado que da! —murmuró
entre dientes.
Todavía le quedaba mucho trabajo por
delante y su cerebro funcionaba a la misma velocidad que sus pequeñas y
nerviosas piernas. Si a estas horas el comisario jefe estaba ya al corriente
del segundo descubrimiento del pantano de Bois-Bezard, el Doctorcito iba
desarrollando su idea y todavía tenía que hacer una cosa antes de dar por
terminada su jornada.
Cerca del puente, en la carretera de
Moulins, preguntó al policía de servicio:
—Dígame, por favor, ¿sabe usted si hay un
guardapesca en Nevers?
—¿Un guardapesca? ¿Quiere usted saber si
hay un guardapesca? Espere que recuerde. Creo que puede encontrar eso que busca
cerca de la compuerta. Pero no tiene nada que ver con la administración
municipal…
Cerca de la compuerta halló, en efecto, a
un hombre corpulento, con una gorra de uniforme, que estaba ordeñando una
cabra.
—Dígame, buen hombre, ¿recuerda usted cómo
estaban las aguas el día l.º de octubre?
—¿Que cómo estaban las aguas?
—Sí. Altas… Bajas…
—Bajas, naturalmente, puesto que ha
llovido muy poco desde el verano. Fíjese si estarán bajas que en algunos sitios
los chiquillos cogen los peces con la mano.
—Sin embargo, y perdone si mi pregunta le
parece ridícula… yo no tengo ningún conocimiento de hidrografía, ¿sabe usted?…
Pero ¿no existe ningún agujero en el trozo de río que atraviesa Nevers? ¿Ningún
lugar donde las aguas sean más profundas? Quizás ustedes tendrán un nombre
especial para designar lo que quiero decir.
—¡Claro que lo hay! Cerca del tercer pilar
del puente hay un agujero de ocho metros de profundidad, por lo menos.
—¿El tercer pilar del puente, dice? No,
éste no sirve… Necesito otro que esté más cerca de la orilla. El guardapesca le
miró con cierta desconfianza, preguntándose para qué querría aquel individuo un
agujero semejante.
—¿Tiene que ser muy profundo su agujero?
—¿Hasta qué profundidad se puede ver a
través del agua?
—Depende de si está clara o turbia. En
este momento se ve hasta más de un metro, y eso que ha llovido.
—Aguarde un momento, voy a calcular. Tres…
Tres y dos… ¡Eso es! ¿Hay algún agujero, cerca de la orilla, que tenga
unos cinco metros como mínimo, y en el que quepa un automóvil?
El guarda reflexionó un instante, movió la
cabeza, escupió, y contestó con desconfianza:
—Depende de lo que quiera hacer con él.
—No, yo no quiero hacer nada. Solamente
busco un automóvil.
—¿Un automóvil? Pues en este caso sólo hay
un agujero lo suficientemente grande y profundo, que se halla en el muelle de
los Tanneurs, precisamente al lado de un gran montón de ladrillos.
—¿Quiere acompañarme? Naturalmente, le
daré una buena propina por el tiempo que le hago perder. Podemos ir en el bote
y además sería conveniente que nos lleváramos una percha, y quizás también un
garfio.
Al cabo de un rato, y mientras el guarda
arrastraba sin convicción el garfio por el fondo del agujero cayó
inesperadamente un fuerte chaparrón. Para el guarda, este incidente no tuvo
gran importancia, puesto que llevaba impermeable, pero el Doctorcito quedó
calado hasta los huesos. Por fin, al cabo de un tiempo que parecía
interminable, pareció que el garfio tocaba algo.
—¿Por qué no sigue su contorno con la
percha?
Así se hizo y tanto el guarda como el
doctor sacaron la conclusión de que, efectivamente, había un coche en el fondo
del agujero.
—¿Cómo lo ha adivinado? —preguntó el
guarda algo intranquilo.
—No he adivinado nada. ¡Se trata
de una conclusión!
Era bien sencillo. Desde el momento en que
Isidoro Borchain no había cogido su coche, y también desde el momento en que
era él el conductor del automóvil cogido en la plaza Gambetta… ¡Todo era
cuestión de meterse en la piel de los personajes! Era evidente que Borchain se
dirigía a un lugar bien determinado, pero que por algún motivo no quiso hacerlo
con su propio coche. Pero también lo era el que Borchain pensaba regresar, pues
no podía comprenderse que se hubiera dirigido a Bois-Bezard para suicidarse.
Sin embargo, él no había vuelto, ¡pero sí el coche robado al abogado
Humbert!
¿Por qué, entonces, no se había encontrado
el coche de Isidoro en el estanque de Bois-Bezard? ¿Cuál era la única manera de
hacer desaparecer rápidamente un automóvil embarazoso en una ciudad, como
Nevers, atravesada por un río?
El secretario de la Comisaría miraba al
Doctorcito con cara de pocos amigos; seguramente su jefe le habría contado ya
la aventura de la víspera.
—Es necesario que hable inmediatamente con
su jefe. He hecho un descubrimiento importante.
—Es una lástima que el jefe haya salido
—contestó el secretario—. Y, si viene usted para hablar del hallazgo del
segundo cadáver, llega demasiado tarde.
Jean Dollent frunció el ceño.
—¿El segundo cadáver?
—Supongamos que no he dicho nada —dijo
contrariado el secretario—. Si quiere ver al jefe pase usted mañana. Ya me
habrá dicho entonces si quiere recibirle.
«Un segundo cadáver», pensaba el
Doctorcito. Diez minutos más tarde se hallaba al volante de su pequeño cinco
caballos camino de Bois-Bezard. La verdad era que se sentía humillado.
Ciertamente, acababa de apuntarse un bonito tanto con el descubrimiento del
coche de Isidoro Borchain. Pero esto pasaba a segundo término. ¿Por qué no
había seguido el camino que parecía indicarle su primera idea? Ahora ya nadie
lo creería, y, sin embargo, cuando la tarde anterior se hallaba en el pantano
con el comisario y el fiscal estuvo a punto de decir:
«¡Ahora sólo falta encontrar el otro!».
Y no era solamente una intuición, sino la
consecuencia de un razonamiento, quizás todavía vago, pero de todas formas
aceptable.
Si se había encontrado un segundo cadáver
tenía que ser forzosamente cerca de donde hallaron al otro, pensó. Y el dueño
del garaje Espardon había, afirmado que en el coche iban dos hombres. El
primero, el de más de cien kilos, era Isidoro Borchain. Por lo tanto, éste ya
estaba liquidado… En cuanto a la mujer, mañana se sabría algo si el truco de
los sobres surtía efecto. Quedaba, pues, el otro hombre.
«Era el cadáver de este segundo el que se
había descubierto», decidió el Doctorcito con un silbido de admiración para
consigo mismo.
Era ya de noche cuando el Doctorcito llegó
a Bois-Bezard. Había allí varios coches «oficiales» y se percibían los puntos
luminosos de las linternas eléctricas que iban de un lado para otro. El doctor
pasó muy cerca de un gendarme que guardaba el acceso al camino, sin que éste le
dijera nada. Probablemente no se atrevió a interpelarle, creyendo que se
trataría de algún otro personaje oficial que llegaba. Andando en la obscuridad
casi tropezó con el fiscal.
—¡Usted aquí! —pronunció una voz furiosa,
en la obscuridad—. ¡Esto ya es el colmo! Voy a ordenar que le echen.
Era la voz del comisario jefe, el cual,
dirigiéndose al fiscal, prosiguió:
—Señor fiscal, este hombre, que se dice
médico, pero a quien nadie conoce ni sabe de dónde viene, ha tenido la
desfachatez de hacerse pasar por el médico forense.
—¡Eh! No tan de prisa, señor comisario.
Usted me ha tomado por el médico forense, que es muy diferente, y como no me ha
preguntado quién era yo… pues verá, no he creído necesario decírselo. Además,
si me he tomado la molestia de venir hasta aquí con Ferblantine…
—¿Quién es Ferblantine?
—Pues ¿quién va a ser? ¡Mi coche! Es un
nombre cariñoso que le he puesto. Si me he tomado la molestia de venir hasta
aquí, repito, ha sido para darles a ustedes noticias del automóvil.
El doctor no acostumbraba ser farsante,
pero hacía poco rato que había tomado su cuarto aperitivo.
—¿De qué automóvil?
—Del coche de Isidoro Borchain.
—¿Lo ha encontrado usted? —preguntó con
sorpresa el fiscal.
—Sí, señor. Hace una hora. Se halla en el
fondo del Loira, dentro de un agujero situado junto al muelle de los Tanneurs.
—¿Lo ha visto usted?
—Todavía no, puesto que está dentro de un
gran agujero de seis metros de profundidad.
—Entonces, ¿cómo lo sabe?
Aquél era uno de los momentos que le
compensaban de todas sus desventuras.
—Pues, verá usted, señor fiscal; una idea
que he tenido. He pensado que… Pero a propósito, ¿han identificado el segundo
cadáver?
El reconocimiento no había sido difícil,
puesto que en los bolsillos del muerto se encontró una cartera con documentos
de identidad a nombre de René Juillet, industrial de Roubaix.
El comisario, después de la conversación
sostenida entre el Doctorcito y el fiscal, ya no se atrevía a desembarazarse de
aquél, sobre todo desde que el magistrado había dicho:
—¡Este hombre o es un farsante o se trata
de un muchacho realmente extraordinario! ¡Cerciórese usted, comisario!
De resultas de la orden del fiscal,
Dollent se hallaba, a las diez de la noche, en los locales de la policía en
compañía del comisario.
Éste pidió comunicación telefónica con
Roubaix.
—¡Oiga! ¿La comisaría de Roubaix? Aquí el
comisario jefe de Nevers. ¿Conocen ustedes a un tal René Juillet?
—¿Dice usted Juillet? ¿Han encontrado a
René Juillet? —contestó la voz con ansiedad.
La policía de Roubaix conocía, en efecto,
a la familia Juillet. El padre poseía una pequeña fábrica de tejidos, y su hijo
René, de treinta años, soltero, se ocupaba principalmente de la parte
comercial. Ello le obligaba a viajar constantemente y disponía de un
kilométrico. Hacía más de tres semanas que se ignoraba su paradero, y su padre
había avisado a la policía; pero todos los esfuerzos para dar con su hijo
habían sido infructuosos.
—¿Se le conocía algún asunto de faldas?
—preguntó el comisario.
—No, ninguno.
—¿Podían haberle conducido sus asuntos a
Nevers?
—Improbable.
—¿Dónde fue visto por última vez?
El 20 de septiembre había salido de
Roubaix hacia París, y luego tenía que dirigirse hacia el Este, pero allí no
debía permanecer más de tres o cuatro días. Cuando el padre de Juillet vio que
pasaban los días y que su hijo no regresaba, preguntó a sus corresponsales en
Colmar y Mulhouse si sabían algo, y éstos le contestaron que no había estado
por allí. Entonces fue cuando avisó a la policía.
—¿Qué opina usted, señor comisario?
—preguntó el Doctorcito muy respetuosamente, pero con cierta ironía.
—Creo —contestó éste con sequedad— que muy
pronto hallaremos la solución de este enigma.
—¡Yo, también!
El tono de la respuesta del doctor
sorprendió al comisario, y le dirigió una mirada de desconfianza, persuadido de
que su interlocutor le ocultaba algo.
—¿Podría decirme por qué razón, usted,
médico de Marsilly, según nos ha dicho, se halla en estos momentos en Nevers
privando a su clientela de sus preciosos cuidados?
—He venido expresamente por este asunto.
—Entonces estaba usted al corriente.
—Naturalmente, por los periódicos, como
todo el mundo.
—Y su curiosidad ha llegado hasta el
extremo de hacerle abandonar a sus clientes para…
El Doctorcito no pudo contener una
sonrisa, y dándose perfecta cuenta de que su actitud empezaba a hacerse
sospechosa, juzgó conveniente dar una explicación en previsión de que el
comisario acabara por encerrarlo.
—… Para encontrar la solución; sí, señor
comisario. Es una manía como otra cualquiera, y la tengo desde hace varios
meses. Unos juegan al ajedrez, otros, coleccionan sellos… yo, descifro enigmas.
Pero no quiero molestarle por más tiempo; buenas noches, señor comisario.
Se dirigió hacia la puerta y, cuando iba a
salir, dijo, volviéndose a medias:
—A propósito, otra pregunta. Si mañana
temprano, pongamos a eso de las nueve, he descubierto al asesino de Isidoro
Borchain… ¿debo comunicárselo a usted o prefiere que me dirija inmediatamente
al Juzgado?
—Estaré en mi despacho toda la mañana,
pero dudo de que… ¡Hum! De todas formas, si descubre al asesino de Borchain y
de René Juillet…
—No, al de Juillet no lo podré encontrar.
—¿Por qué motivo?
—Pues, porque…
Estaba visto que, si eso seguía, se le
echarían encima todos los comisarios de policía de Francia.
«Hay que reconocer pensó más tarde
Dollent, cuando se acostaba en una modesta habitación del hotel de la Paix —que
si unos aficionados se empeñaran en querer reconocer a mis enfermos…».
III
Eran las seis
de la mañana y al que madruga, según dicen, Dios le ayuda. El Doctorcito se
vistió, bajó a desayunar, y como no encontró más que al guardián de noche, que
le propuso calentarle unos restos de café de la víspera, prefirió tomarse una
copita de aguardiente. ¡Cuestión de ponerse en forma!…
El cielo estaba despejado, y todos los
negros nubarrones de la víspera se habían ido hacia el este. El doctor se
dirigió hacia el muelle de los Tanneurs, y al llegar allí se encontró ante un
alboroto insólito. Un motor jadeaba, una grúa chirriaba, y por encima de todo
aquel ruido se oían los gritos de la gente y los silbidos del pito del capataz,
capaces de hacer saltar de la cama a los pobres vecinos del muelle.
El fiscal y el comisario no habían perdido
el tiempo, y hubiérase dicho que, al igual que el doctor, habían querido
establecer un récord. La grúa estaba en pleno funcionamiento, y había además,
un pontón de Obras Públicas y una lancha del servicio de buzos. Mientras salía
del fondo del río la cabeza de la escafandra, los fotógrafos entraron en acción
como verdaderas ametralladoras.
¡Y decir que el Doctorcito había creído
ser el primero!…
Ahora, naturalmente, la cuestión era René
Juillet, personaje político del Norte, hombre de mucha influencia y dinero, y
la prensa de la capital se había metido de lleno en el asunto. Los periódicos
anunciaban con títulos a toda página: «Los Misterios de Nevers», al igual que
en su tiempo escribían «Los Misterios de Chicago». Así, pues, al parecer, desde
las altas esferas habían cursado la orden de terminar lo antes posible con
aquella historia.
El coche había podido ser sujetado con
unas cadenas, y la grúa lo estaba levantando lentamente. Los periodistas, al
darse cuenta de la llegada del Doctorcito, le rodearon ávidos de información.
Era su primer contacto con la Prensa en cuestiones de tipo policíaco, y las
preguntas caían de todas partes:
—Parece ser que usted ha descubierto…
Dollent se hacia el modesto, pero en el fondo
rebosaba de alegría. Para poder interrogarle con más tranquilidad, los
periodistas le arrastraron hasta un bar cercano.
¡Un aguardiente! ¿Qué culpa tenía él de
que el café fuera tan malo? Comprendía que no debía beber, pero casi le
obligaban a ello…
—En realidad, usted es un científico
—decía un periodista.
—¡Hem! No es eso, precisamente. Yo baso mi
razonamiento en un hecho determinado, y me digo…
¡Dios mío! ¡Qué difícil era explicar…!
—No se mueva… Gracias.
Ya le habían sacado una fotografía; como a
un criminal, o a una estrella de cine…
—¿Cuál es su opinión sobre este asunto?
—Miren, señores, entre nueve y diez se lo
diré todo. Ya se lo he dicho al comisario jefe.
—¿Afirma usted que dentro de tres horas
habrá encontrado la solución del misterio?
El doctor bajó la mirada con falsa
modestia. Pero ¿no eran los demás quienes le empujaban? Él hubiera deseado que
le dejaran trabajar solo, a su manera, pero todos se empeñaban en hacerle hablar.
—Resumiendo —dijo uno de los periodistas—
había tres personas en el coche, dos hombres y una mujer, y usted se ha basado
en este hecho para…
—Exactamente, Póngase usted en el lugar
de…
—¡De uno de los hombres; no, gracias!
—dijo una voz.
—Iba a decirles: pónganse en el lugar de
la mujer… Y ahora, permítanme una pregunta. ¿A qué hora se hace en Nevers la
primera distribución de correo?
—A las ocho y media.
—Muchas gracias…
«Por consiguiente, a las nueve tendré la
solución», pensó Dollent.
Entretanto, el coche iba saliendo lleno de
fango. Se comprobó la matrícula y correspondía, en efecto, al automóvil de
Isidoro Borchain. Apenas lo dejó la grúa en el muelle, un mecánico del cuerpo
de policía se precipitó hacia el coche para hacer una primera comprobación.
—Lo que usted pensaba, señor comisario
—dijo el mecánico—. El contacto no estaba cerrado; por lo tanto, el motor
estaba en marcha cuando el coche cayó al río. Probablemente sujetaron el embrague
desde fuera con un bastón o un palo y luego, al soltarlo, el coche se puso en
marcha y dio la voltereta.
—Usted perdone, señor comisario.
—¡Cómo! ¿Ya está usted aquí?
Era el Doctorcito.
—Desearía pedirle que me acompañara, a eso
de las nueve, a hacer una visita muy delicada —dijo éste al comisario—. Quizás
al señor fiscal le gustaría acompañarnos.
Los dos interpelados se miraron, y el
fiscal pareció más dispuesto que el policía a seguir al Doctorcito.
—¿Hay que ir muy lejos?
—No, señor, muy cerca. A la Avenida de la
República. Y creo que, después de nuestra visita, se habrá aclarado el
misterio.
Mientras se dirigían en coche al domicilio
de los Borchain, el fiscal dijo:
—Esto que vamos a hacer es bastante
irregular, señor Dollent. Espero que no se haya precipitado usted demasiado, y
que no arrastrará a la Justicia por un camino en el que pudiera ponerse en
ridículo.
La verdad era que el doctor no las tenía
todas consigo, y si le hubiera sido posible habría hecho parar el coche en
cualquier café para tomarse una copita. De todas formas, contestó:
—Tan pronto entremos en la casa, podré
decirte con toda seguridad, señor fiscal, si hemos acertado o no.
El coche se detuvo ante el hotelito de los
Borchain. Llamaron a la puerta y el mayordomo, con aire majestuoso, salió a
abrirles. Dollent consultó su reloj; eran exactamente las nueve de la mañana.
El fiscal y el comisario le miraban con cierta ansiedad.
—Dígame, buen hombre…
Ésta era una expresión que el doctor había
adoptado desde su conversación de la víspera con el guardapesca, pero el
mayordomo no pareció gustar de aquella franqueza.
—¿Quién retira las cartas del buzón?
—Yo mismo.
—¿Las ha entregado ya a las señoras esta
mañana?
—No hará más de diez minutos.
—Perfectamente. Por lo tanto, siempre es
usted el que sube el correo.
—No, señor. Yo lo recojo y luego lo
entrego a las doncellas para que lo lleven.
—Veo que el buzón está cerrado. ¿Nadie más
que usted tiene la llave?
—Creo que el señor tenía otra; pero no la
utilizaba nunca.
—Supongo que antes de entregar el correo a
las doncellas le echará una miradita, y conste que no pretendo acusarle de
indiscreción. Pero es natural que cuando se distribuyen las cartas…
—¿Qué quiere usted insinuar?
—Veamos; esta mañana, por ejemplo, ¿no le
ha sorprendido el aspecto de alguna carta?
—¿Cómo ha podido adivinarlo?
—Eso no importa. Dígame usted lo que le ha
chocado y no tenga miedo de hablar.
—Pues verá, me ha sorprendido hallar un
sobre de un color verde muy raro, franqueado con muchos sellos de a céntimo,
pegados a todo alrededor. Iba dirigido a la señora.
—¿Y nada más?
—Eso es todo. Bueno, también había
prospectos y facturas, pero nada que pudiera llamarme la atención.
—¿Está seguro de que no había nada más?
—¡Lo puedo afirmar, señor!
—Muy bien. ¿Quiere ahora conducirnos al
salón y pedir a las señoras que tengan la bondad de bajar un momento?
Los tres estaban sentados en el salón y
ninguno se atrevía a alzar la voz; hubiérase dicho que se hallaban ante un
confesonario. Mientras tanto, se oía ruido de pisadas en el piso superior. El
fiscal insistió:
—Antes de dar otro paso, doctor, ¿quiere
usted tener la amabilidad de ponerme al corriente de lo que lleva entre manos?
—Pues verá usted, es muy sencillo. Un
dentista de Montauban me dijo ayer por teléfono que había escrito dos cartas a
Borchain, comunicándole que esperaba su visita desde primeros de mes. Sin
embargo, nadie aquí nos ha hablado de estas cartas. Supongo que admitirá, como
yo, que es bastante raro, tanto más cuanto que ayer supe que el correo lo abría
la señora Borchain. Por lo tanto, si ella leía el correo tuvo que enterarse de
que su marido había desaparecido.
—¡En efecto! Está usted en lo cierto.
—¡Espere! No he terminado todavía. En
vista de ello, decidí dirigir dos cartas a esta casa, una rosa y la otra verde,
y si escogí estos colores tan chocantes fue precisamente para asegurarme de que
llamarían la atención a la persona encargada de recoger el correo y
distribuirlo. Ahora suponga usted que alguien de esta casa tiene la costumbre
de abrir el buzón para retirar ciertas cartas antes de que lo haga el
mayordomo. Esta persona tuvo que enterarse forzosamente de que Borchain
no se encontraba en Montauban…
El comisario empezaba a sentirse
humillado, tanto más cuanto que el fiscal le miraba como queriendo decir:
«Muy astuto el muchacho, ¿eh? ¡Esto no se
le había ocurrido a usted!…».
La señora Borchain fue la primera en bajar
al salón. Iba con una bata y su semblante, muy pálido, reflejaba cansancio. Con
aire confuso, se excusó:
—Perdonen la manera de presentarme, pero
no esperaba su visita tan temprano. No he dormido en toda la noche, y hace
solamente un rato que conseguí conciliar el sueño.
—Somos nosotros los que le pedimos mil
perdones, señora, por esta molestia; pero las exigencias de la investigación y
el deseo de vengar la muerte de su marido…
En aquél momento entró Nicole. Su mirada
parecía más triste e intranquila que la de su hermana, y sus labios estaban
contraídos.
—¿Qué más quieren de nosotras todavía?
¿Piensan importunarnos así durante mucho tiempo?
El Doctorcito interrogó con una rápida
mirada a sus dos compañeros, que parecieron concederle carta blanca en el
asunto. Sin más preámbulo, Dollent comenzó el ataque.
—Supongamos —dijo dirigiéndose a todos—
que cuando Borchain regresó de improviso, y no olviden que, contrariamente a su
costumbre, ésta vez tomó el avión en lugar del barco, halló en la habitación de
la mujer que amaba, a un hombre, a un desconocido.
«Ustedes esta vez se dirigió al fiscal y
al comisario —sólo han visto su cadáver; pero, de todas formas, habrán podido
hacerse una idea de cómo era antes de morir: un hombre fuerte, violento,
sanguíneo…».
—¡Por favor! —suspiró la señora Borchain.
—Le ruego me perdone, señora, pero creo
necesario tener que exponer los hechos con toda crudeza. Borchain estrangula a
su rival… ¿No eran marcas de estrangulación las que se encontraron en el
cadáver de René Juillet, comisario?… Además, Borchain reconoció al hombre como
a alguien que le habían presentado una vez en Roubaix, pero solamente como a un
simple amigo de la mujer a quien quería.
»Una vez más le ruego me perdone, señora,
pero es preciso que siga…
»Cuando Borchain se casó con usted, su
hermana era todavía una chiquilla, pero después se ha ido haciendo mayor. Y a
medida que pasaban los años, su marido la iba mirando con otros ojos. Y cuando
después de fallecer sus padres ella vino a vivir con ustedes ocurrió lo que
fatalmente tenía que producirse… Su hermana se transformó en la amante de su
marido, y era ella, sólo ella, la que le importaba a él.
Marthe Borchain le miraba sin llegar a
comprender el significado de aquellas tremendas palabras, mientras que en la
comisura de los labios de Nicole aparecía una sonrisa sarcástica.
—Y ahora pasemos al drama en sí. Borchain
regresa antes de lo previsto, y encuentra a un hombre, René Juillet, en la
habitación de su cuñada; inmediatamente se da cuenta de que desde hace mucho
tiempo se quieren, y en un ataque de locura y celos, lo estrangula…
»Por la noche, después de cenar, y cuando
su mujer se ha acostado ya, obliga a la cuñada a acompañarle. Deja su coche en
la plaza o calle cercana, y para que no le reconozcan se apodera del primer
coche que encuentra y coloca el cadáver en el asiento trasero, al lado de su
cuñada… Pero hay un detalle que Borchain no había previsto: el coche robado
estaba casi sin gasolina. Cuando se da cuenta de ello, tiene el tiempo justo de
llegar hasta el garaje de Espardon…
»¿Cuál fue la reacción de Nicole en aquel
momento? Como conocía muy bien a su cuñado y no ignoraba lo violento que era,
quizá tuvo miedo de que también la matara a ella. Lo cierto es que, cuando el
coche arrancó (quizá el cuerpo de Juillet le cayera encima a causa de la
sacudida), no pudo evitar el lanzar una llamada de socorro…
»Y con esto llegamos a Bois-Bezard.
»Borchain entierra a René Juillet bajo un
montón de piedras… Pero, entonces, ¿qué fue lo que ocurrió entre los dos
amantes? El caso es que Nicole, a la que quizás Borchain amenazó con el
revólver, consiguió hacerse con éste, disparó y abandonó el cadáver de su
cuñado en los cañaverales…
»A partir de ese momento, todo se redujo a
hacer desaparecer los indicios. Primero devolvió el coche de los Humbert, y
luego hizo desaparecer el de Borchain para que la ausencia de su cuñado no se
hiciera sospechosa. Precisamente el río se hallaba a dos pasos; por lo tanto,
le fue fácil hacerlo caer dentro del agujero.
»Después se limitó a dejar pasar el
tiempo. Y para que nadie en la casa pudiera enterarse de que Borchain no se
encontraba en el sur de Francia, como todo el mundo suponía, retiró las cartas
del buzón antes de que lo hiciera el mayordomo…
»Y esta misma mañana de hoy la señorita
Nicole ha retirado un sobre rosa a su nombre cuyo aspecto
parecía más bien sospechoso…».
Nicole seguía con su sonrisa sarcástica,
mientras que la señora Borchain, cogiéndose la cabeza entre las manos,
murmuraba entre sollozos:
—¡Es terrible!… ¡Es terrible!… ¿Quién lo
hubiera creído?…
El fiscal no sabía qué actitud adoptar,
cuando de pronto el comisario se levantó. Acababan de llamar a la puerta de la
calle.
—¿Me permiten? —dijo el comisario—. Debe
ser para mí. Estoy esperando una comunicación urgente y me he permitido decir
que me avisaran aquí.
Pocas veces un grupo de personas reunidas
en una misma pieza se habían encontrado en una situación tan delicada. Hasta el
Doctorcito, una vez terminado su relato, examinaba con inquietud a cada una de
las personas allí presentes, preguntándose si no habría ido demasiado lejos en
sus deducciones. Sin embargo, y al igual que las dos veces anteriores, había
seguido su propio método: se había puesto en la piel de los personajes. Pero…
¿y si esta vez había fallado el sistema?…
¿Por qué Nicole, en lugar de mirarle con
aire enfurecido, tenía aquella amarga sonrisa?
—Señores —dijo el comisario al entrar de
nuevo en el salón—. Señor fiscal. Me veo obligado a pedirle una orden de
arresto contra la persona de…
Mientras el comisario pronunciaba
solemnemente estas palabras, dirigió al Doctorcito una rápida mirada. Éste,
pensando que quizás se habría equivocado, deseó por un momento que la tierra se
lo tragara.
—… contra la esposa de Isidoro Borchain,
nacida Marthe Tillet, presunta asesina de su esposo con el revólver de éste en
el pantano de Bois-Bezard.
La señora Borchain levantó los ojos con
aire sorprendido, y trató de decir:
—Pero, señor comisario… El doctor acaba de
demostrar…
—El doctor —contestó el comisario— es
quizás un gran psicólogo y un hombre de mucha lógica…
Dollent estuvo a punto de saludar.
—… pero no dispone de los medios que tiene
la policía, y esta historia le demostrará que estamos mejor equipados de lo que
él cree. Ayer por la tarde, cuando identificamos al segundo cadáver, el de René
Juillet, pedí inmediatamente a la policía de Roubaix que me mandara por
belinografía una copia de todas las fotografías de mujer que se encontrasen en
la habitación del muerto…
»Y ahí las tiene, acaban de llegar… Son
todas de usted, e incluso hay algunas dedicadas… Por lo tanto, usted era la
amante de Juillet, y era usted quien recibía sus visitas cuando su marido salía
de viaje. Esto explica por qué el pobre Juillet no se casaba. Y no fue a su
hermana, sino a usted, a quien sorprendió Borchain y ante quien estranguló a
René, obligándola luego a que le acompañara para enterrar el cadáver en
Bois-Bezard.
»En fin, todo ocurrió tal y como ha
indicado el doctor Dollent, pero con la sola diferencia de que la protagonista
no era la señorita Nicole, sino usted misma…».
El Doctorcito se levantó de su asiento
como si le hubiera empujado un muelle, y dijo con efusión:
—¡Magnífico, comisario!
Pero éste, con aire indulgente, replicó:
—Sólo ha cometido usted un error, doctor,
pero reconocerá que ha sido de categoría: usted ha creído que era la
destinataria de la carta la que la había hecho desaparecer. Sin embargo, la
señorita Nicole…
Ésta se levantó y dijo con impaciencia:
—¡A ver si terminan de una vez! Se hacen
ustedes odiosos pasándose la «pelota» de esta forma…
—¿Sabía usted la verdad?
—Al principio, me lo figuré, pero desde
ayer estaba segura de ello… Pero esto no es una razón para que se entable ahora
una discusión académica…
Nicole dirigió a su hermana una mirada de
reprobación; el Doctorcito se dio cuenta de ello y adquirió la convicción de
que, en el fondo, Nicole estaba celosa de su hermana, pero no de su marido,
sino más bien con relación a René Juillet.
—Señora Borchain —continuó el comisario—,
siento mucho tener que detenerla, pero me veo en la obligación de ponerla a
disposición del Juzgado de Nevers…
El comisario y el Doctorcito estaban
comiendo en un modesto restaurante a orillas del río.
—¿Lo comprende ahora, doctor?
—¿Qué quiere usted decir?
—Pues, muy sencillo. Usted tiene ideas
excelentes, de eso no cabe duda, y es un hecho que sin la ayuda de nadie ha
descubierto casi la verdad… ¡Pero mucho cuidado con el casi!
Nosotros, los policías, somos, quizás, menos perspicaces, y no aspiramos a
dividir un cabello en cuatro, pero, en cambio, disponemos de una verdadera organización.
Así, por ejemplo: seguramente no habrá usted pensado que un muchacho enamorado
hasta el extremo de hacer viajes a Nevers para ver a su amante debía tener por
fuerza en su casa, algunas fotografías de la mujer de sus sueños. Pero, aun en
el caso de que hubiera pensado usted tal cosa, no le habría sido posible, como
simple particular que es, conseguir que se las remitieran…
El Doctorcito quiso compensar sus leves
faltas de orgullo y confesó:
—La verdad es que no había pensado en ese
detalle…
Pero esto no modificaba el hecho de que
con el citado detalle, o sin él, por si solo y sin ayuda de nadie había
descubierto la verdad; al fin y al cabo solamente se había equivocado
de hermana. Esto le serviría de lección para lo sucesivo, pues, a partir de
aquel momento, y como suele decirse vulgarmente, estaba mordido por
esta clase de asuntos.
¡Cuántas veces iba a dejar enfriar sobre
la mesa los excelentes guisos de Ana…!

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