© Libro N° 9424. Vuelva Usted Mañana. De Larra, Mariano José. Emancipación.
Diciembre 25 de 2021.
Título original: © Vuelva Usted Mañana. Mariano José De Larra
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Mariano José De Larra
Vuelva Usted Mañana
Mariano José De Larra
Gran persona debió de ser el primero que llamó
pecado mortal a la pereza; nosotros, que ya en uno de nuestros artículos
anteriores estuvimos más serios de lo que nunca nos habíamos propuesto, no
entraremos ahora en largas y profundas investigaciones acerca de la historia de
este pecado, por más que conozcamos que hay pecados que pican en historia, y
que la historia de los pecados sería un tanto cuanto divertida. Convengamos
solamente en que esta institución ha cerrado y cerrará las puertas del cielo a
más de un cristiano.
Estas reflexiones hacía yo casualmente no hace
muchos días, cuando se presentó en mi casa un extranjero de estos que, en buena
o en mala parte, han de tener siempre de nuestro país una idea exagerada e
hiperbólica, de estos que, o creen que los hombres aquí son todavía los
espléndidos, francos, generosos y caballerescos seres de hace dos siglos, o que
son aún las tribus nómadas del otro lado del Atlante: en el primer caso vienen
imaginando que nuestro carácter se conserva intacto como nuestra ruina; en el segundo
vienen temblando por esos caminos, y pregunta si son los ladrones que los han
de despojar los individuos de algún cuerpo de guardia establecido precisamente
para defenderlos de los azares de un camino, comunes a todos los países.
Verdad es que nuestro país no es de aquellos que se
conocen a primera ni a segunda vista, y si no temiéramos que nos llamasen
atrevidos, lo compararíamos de buena gana a esos juegos de manos sorprendentes
e inescrutables para el que ignora su artificio, que estribando en una
grandísima bagatela, suelen después de sabidos dejar asombrado de su poca
perspicacia al mismo que se devanó los sesos por buscarles causas extrañas.
Muchas veces la falta de una causa determinante en las cosas nos hace creer que
debe de haberlas profundas para mantenerlas al abrigo de nuestra penetración.
Tal es el orgullo del hombre, que más quiere declarar en alta voz que las cosas
son incomprensibles cuando no las comprende él, que confesar que el ignorarlas
puede depender de su torpeza.
Esto no obstante, como quiera que entre nosotros
mismos se hallen muchos en esta ignorancia de los verdaderos resortes que nos
mueven, no tendremos derecho para extrañar que los extranjeros no los puedan
tan fácilmente penetrar.
Un extranjero de estos fue el que se presentó en mi
casa, provisto de competentes cartas de recomendación para mi persona. Asuntos
intrincados de familia, reclamaciones futuras, y aun proyectos vastos
concebidos en París de invertir aquí sus cuantiosos caudales en tal cual
especulación industrial o mercantil, eran los motivos que a nuestra patria le
conducían.
Acostumbrado a la actividad en que viven nuestros
vecinos, me aseguró formalmente que pensaba permanecer aquí muy poco tiempo,
sobre todo si no encontraba pronto objeto seguro en que invertir su capital.
Pareciome el extranjero digno de alguna consideración, trabé presto amistad con
él, y lleno de lástima traté de persuadirle a que se volviese a su casa cuanto
antes, siempre que seriamente trajese otro fin que no fuese el de pasearse.
Admirole la proposición, y fue preciso explicarme más claro.
-Mirad -le dije-, monsieur Sans-délai -que así se
llamaba-; vos venís decidido a pasar quince días, y a solventar en ellos
vuestros asuntos.
-Ciertamente -me contestó-. Quince días, y es
mucho. Mañana por la mañana buscamos un genealogista para mis asuntos de
familia; por la tarde revuelve sus libros, busca mis ascendientes, y por la
noche ya sé quién soy. En cuanto a mis reclamaciones, pasado mañana las
presento fundadas en los datos que aquel me dé, legalizadas en debida forma; y
como será una cosa clara y de justicia innegable (pues solo en este caso haré
valer mis derechos), al tercer día se juzga el caso y soy dueño de lo mío. En
cuanto a mis especulaciones, en que pienso invertir mis caudales, al cuarto día
ya habré presentado mis proposiciones. Serán buenas o malas, y admitidas o
desechadas en el acto, y son cinco días; en el sexto, séptimo y octavo, veo lo
que hay que ver en Madrid; descanso el noveno; el décimo tomo mi asiento en la
diligencia, si no me conviene estar más tiempo aquí, y me vuelvo a mi casa; aún
me sobran de los quince cinco días.
Al llegar aquí monsieur Sans-délai traté de
reprimir una carcajada que me andaba retozando ya hacía rato en el cuerpo, y si
mi educación logró sofocar mi inoportuna jovialidad, no fue bastante a impedir
que se asomase a mis labios una suave sonrisa de asombro y de lástima que sus
planes ejecutivos me sacaban al rostro mal de mi grado.
-Permitidme, monsieur Sans-délai -le dije entre
socarrón y formal-, permitidme que os convide a comer para el día en que
llevéis quince meses de estancia en Madrid.
-¿Cómo?
-Dentro de quince meses estáis aquí todavía.
-¿Os burláis?
-No por cierto.
-¿No me podré marchar cuando quiera? ¡Cierto que la
idea es graciosa!
-Sabed que no estáis en vuestro país activo y
trabajador.
-¡Oh!, los españoles que han viajado por el
extranjero han adquirido la costumbre de hablar mal siempre de su país por
hacerse superiores a sus compatriotas.
-Os aseguro que en los quince días con que contáis,
no habréis podido hablar siquiera a una sola de las personas cuya cooperación
necesitáis.
-¡Hipérboles! Yo les comunicaré a todos mi
actividad.
-Todos os comunicarán su inercia.
Conocí que no estaba el señor de Sans-délai muy
dispuesto a dejarse convencer sino por la experiencia, y callé por entonces,
bien seguro de que no tardarían mucho los hechos en hablar por mí.
Amaneció el día siguiente, y salimos entrambos a
buscar un genealogista, lo cual solo se pudo hacer preguntando de amigo en
amigo y de conocido en conocido: encontrámosle por fin, y el buen señor,
aturdido de ver nuestra precipitación, declaró francamente que necesitaba
tomarse algún tiempo; instósele, y por mucho favor nos dijo definitivamente que
nos diéramos una vuelta por allí dentro de unos días. Sonreíme y marchámonos.
Pasaron tres días; fuimos.
-Vuelva usted mañana -nos respondió la criada-,
porque el señor no se ha levantado todavía.
-Vuelva usted mañana -nos dijo al siguiente día-,
porque el amo acaba de salir.
-Vuelva usted mañana -nos respondió al otro-,
porque el amo está durmiendo la siesta.
-Vuelva usted mañana -nos respondió el lunes
siguiente-, porque hoy ha ido a los toros.
-¿Qué día, a qué hora se ve a un español?
Vímosle por fin, y «Vuelva usted mañana -nos dijo-,
porque se me ha olvidado. Vuelva usted mañana, porque no está en limpio».
A los quince días ya estuvo; pero mi amigo le había
pedido una noticia del apellido Díez, y él había entendido Díaz, y la noticia
no servía. Esperando nuevas pruebas, nada dije a mi amigo, desesperado ya de
dar jamás con sus abuelos.
Es claro que faltando este principio no tuvieron
lugar las reclamaciones.
Para las proposiciones que acerca de varios
establecimientos y empresas utilísimas pensaba hacer, había sido preciso buscar
un traductor; por los mismos pasos que el genealogista nos hizo pasar el
traductor; de mañana en mañana nos llevó hasta el fin del mes. Averiguamos que
necesitaba dinero diariamente para comer, con la mayor urgencia; sin embargo,
nunca encontraba momento oportuno para trabajar. El escribiente hizo después
otro tanto con las copias, sobre llenarlas de mentiras, porque un escribiente
que sepa escribir no le hay en este país.
No paró aquí; un sastre tardó veinte días en
hacerle un frac, que le había mandado llevarle en veinticuatro horas; el
zapatero le obligó con su tardanza a comprar botas hechas; la planchadora
necesitó quince días para plancharle una camisola; y el sombrerero a quien le
había enviado su sombrero a variar el ala, le tuvo dos días con la cabeza al
aire y sin salir de casa.
Sus conocidos y amigos no le asistían a una sola
cita, ni avisaban cuando faltaban, ni respondían a sus esquelas. ¡Qué
formalidad y qué exactitud!
-¿Qué os parece de esta tierra, monsieur
Sans-délai? -le dije al llegar a estas pruebas.
-Me parece que son hombres singulares…
-Pues así son todos. No comerán por no llevar la
comida a la boca.
Presentose con todo, yendo y viniendo días, una
proposición de mejoras para un ramo que no citaré, quedando recomendada
eficacísimamente.
A los cuatro días volvimos a saber el éxito de
nuestra pretensión.
-Vuelva usted mañana -nos dijo el portero-. El
oficial de la mesa no ha venido hoy.
«Grande causa le habrá detenido», dije yo entre mí.
Fuímonos a dar un paseo, y nos encontramos, ¡qué casualidad!, al oficial de la
mesa en el Retiro, ocupadísimo en dar una vuelta con su señora al hermoso sol
de los inviernos claros de Madrid. Martes era el día siguiente, y nos dijo el
portero:
-Vuelva usted mañana, porque el señor oficial de la
mesa no da audiencia hoy.
-Grandes negocios habrán cargado sobre él -dije yo.
Como soy el diablo y aun he sido duende, busqué
ocasión de echar una ojeada por el agujero de una cerradura. Su señoría estaba
echando un cigarrito al brasero, y con una charada del Correo entre
manos que le debía costar trabajo el acertar.
-Es imposible verle hoy -le dije a mi compañero-;
su señoría está en efecto ocupadísimo.
Dionos audiencia el miércoles inmediato, y, ¡qué
fatalidad!, el expediente había pasado a informe, por desgracia, a la única
persona enemiga indispensable de monsieur y de su plan, porque era quien debía
salir en él perjudicado. Vivió el expediente dos meses en informe, y vino tan
informado como era de esperar. Verdad es que nosotros no habíamos podido
encontrar empeño para una persona muy amiga del informante. Esta persona tenía
unos ojos muy hermosos, los cuales sin duda alguna le hubieran convencido en sus
ratos perdidos de la justicia de nuestra causa.
Vuelto de informe se cayó en la cuenta en la
sección de nuestra bendita oficina de que el tal expediente no correspondía a
aquel ramo; era preciso rectificar este pequeño error; pasose al ramo,
establecimiento y mesa correspondiente, y hétenos caminando después de tres
meses a la cola siempre de nuestro expediente, como hurón que busca el conejo,
y sin poderlo sacar muerto ni vivo de la huronera. Fue el caso al llegar aquí
que el expediente salió del primer establecimiento y nunca llegó al otro.
-De aquí se remitió con fecha de tantos -decían en
uno.
-Aquí no ha llegado nada -decían en otro.
-¡Voto va! -dije yo a monsieur Sans-délai, ¿sabéis
que nuestro expediente se ha quedado en el aire como el alma de Garibay, y que
debe de estar ahora posado como una paloma sobre algún tejado de esta activa
población?
Hubo que hacer otro. ¡Vuelta a los empeños! ¡Vuelta
a la prisa! ¡Qué delirio!
-Es indispensable -dijo el oficial con voz
campanuda-, que esas cosas vayan por sus trámites regulares.
Es decir, que el toque estaba, como el toque del
ejercicio militar, en llevar nuestro expediente tantos o cuantos años de
servicio.
Por último, después de cerca de medio año de subir
y bajar, y estar a la firma o al informe, o a la aprobación o al despacho, o
debajo de la mesa, y de volver siempre mañana, salió con una notita al margen
que decía:
«A pesar de la justicia y utilidad del plan del
exponente, negado.»
-¡Ah, ah!, monsieur Sans-délai -exclamé riéndome a
carcajadas-; este es nuestro negocio.
Pero monsieur Sans-délai se daba a todos diablos.
-¿Para esto he echado yo mi viaje tan largo?
¿Después de seis meses no habré conseguido sino que me digan en todas partes
diariamente: «Vuelva usted mañana», y cuando este dichoso «mañana» llega en
fin, nos dicen redondamente que «no»? ¿Y vengo a darles dinero? ¿Y vengo a
hacerles favor? Preciso es que la intriga más enredada se haya fraguado para
oponerse a nuestras miras.
-¿Intriga, monsieur Sans-délai? No hay hombre capaz
de seguir dos horas una intriga. La pereza es la verdadera intriga; os juro que
no hay otra; esa es la gran causa oculta: es más fácil negar las cosas que
enterarse de ellas.
Al llegar aquí, no quiero pasar en silencio algunas
razones de las que me dieron para la anterior negativa, aunque sea una pequeña
digresión.
-Ese hombre se va a perder -me decía un personaje
muy grave y muy patriótico.
-Esa no es una razón -le repuse-: si él se arruina,
nada, nada se habrá perdido en concederle lo que pide; él llevará el castigo de
su osadía o de su ignorancia.
-¿Cómo ha de salir con su intención?
-Y suponga usted que quiere tirar su dinero y
perderse, ¿no puede uno aquí morirse siquiera, sin tener un empeño para el
oficial de la mesa?
-Puede perjudicar a los que hasta ahora han hecho
de otra manera eso mismo que ese señor extranjero quiere.
-¿A los que lo han hecho de otra manera, es decir,
peor?
-Sí, pero lo han hecho.
-Sería lástima que se acabara el modo de hacer mal
las cosas. ¿Conque, porque siempre se han hecho las cosas del modo peor
posible, será preciso tener consideraciones con los perpetuadores del mal?
Antes se debiera mirar si podrían perjudicar los antiguos al moderno.
-Así está establecido; así se ha hecho hasta aquí;
así lo seguiremos haciendo.
-Por esa razón deberían darle a usted papilla
todavía como cuando nació.
-En fin, señor Fígaro, es un extranjero.
-¿Y por qué no lo hacen los naturales del país?
-Con esas socaliñas vienen a sacarnos la sangre.
-Señor mío -exclamé, sin llevar más adelante mi
paciencia-, está usted en un error harto general. Usted es como muchos que
tienen la diabólica manía de empezar siempre por poner obstáculos a todo lo
bueno, y el que pueda que los venza. Aquí tenemos el loco orgullo de no saber
nada, de quererlo adivinar todo y no reconocer maestros. Las naciones que han
tenido, ya que no el saber, deseos de él, no han encontrado otro remedio que el
de recurrir a los que sabían más que ellas.
»Un extranjero -seguí- que corre a un país que le
es desconocido, para arriesgar en él sus caudales, pone en circulación un
capital nuevo, contribuye a la sociedad, a quien hace un inmenso beneficio con
su talento y su dinero, si pierde es un héroe; si gana es muy justo que logre
el premio de su trabajo, pues nos proporciona ventajas que no podíamos
acarrearnos solos. Ese extranjero que se establece en este país, no viene a
sacar de él el dinero, como usted supone; necesariamente se establece y se
arraiga en él, y a la vuelta de media docena de años, ni es extranjero ya ni
puede serlo; sus más caros intereses y su familia le ligan al nuevo país que ha
adoptado; toma cariño al suelo donde ha hecho su fortuna, al pueblo donde ha
escogido una compañera; sus hijos son españoles, y sus nietos lo serán; en vez
de extraer el dinero, ha venido a dejar un capital suyo que traía,
invirtiéndole y haciéndole producir; ha dejado otro capital de talento, que
vale por lo menos tanto como el del dinero; ha dado de comer a los pocos o
muchos naturales de quien ha tenido necesariamente que valerse; ha hecho una
mejora, y hasta ha contribuido al aumento de la población con su nueva familia.
Convencidos de estas importantes verdades, todos los gobiernos sabios y
prudentes han llamado a sí a los extranjeros: a su grande hospitalidad ha
debido siempre la Francia su alto grado de esplendor; a los extranjeros de todo
el mundo que ha llamado la Rusia, ha debido el llegar a ser una de las primeras
naciones en muchísimo menos tiempo que el que han tardado otras en llegar a ser
las últimas; a los extranjeros han debido los Estados Unidos… Pero veo por sus
gestos de usted -concluí interrumpiéndome oportunamente a mí mismo- que es muy
difícil convencer al que está persuadido de que no se debe convencer. ¡Por
cierto, si usted mandara, podríamos fundar en usted grandes esperanzas!
Concluida esta filípica, fuime en busca de mi
Sans-délai.
-Me marcho, señor Fígaro -me dijo-. En este país
«no hay tiempo» para hacer nada; solo me limitaré a ver lo que haya en la
capital de más notable.
-¡Ay, mi amigo! -le dije-, idos en paz, y no
queráis acabar con vuestra poca paciencia; mirad que la mayor parte de nuestras
cosas no se ven.
-¿Es posible?
-¿Nunca me habéis de creer? Acordaos de los quince
días…
Un gesto de monsieur Sans-délai me indicó que no le
había gustado el recuerdo.
-Vuelva usted mañana -nos decían en todas partes-,
porque hoy no se ve.
-Ponga usted un memorialito para que le den a usted
permiso especial.
Era cosa de ver la cara de mi amigo al oír lo del
memorialito: representábasele en la imaginación el informe, y el empeño, y los
seis meses, y… Contentose con decir:
-Soy extranjero. ¡Buena recomendación entre los
amables compatriotas míos!
Aturdíase mi amigo cada vez más, y cada vez nos
comprendía menos. Días y días tardamos en ver las pocas rarezas que tenemos
guardadas. Finalmente, después de medio año largo, si es que puede haber un
medio año más largo que otro, se restituyó mi recomendado a su patria
maldiciendo de esta tierra, y dándome la razón que yo ya antes me tenía, y
llevando al extranjero noticias excelentes de nuestras costumbres; diciendo
sobre todo que en seis meses no había podido hacer otra cosa sino «volver
siempre mañana», y que a la vuelta de tanto «mañana», eternamente futuro, lo
mejor, o más bien lo único que había podido hacer bueno, había sido marcharse.
¿Tendrá razón, perezoso lector (si es que has
llegado ya a esto que estoy escribiendo), tendrá razón el buen monsieur
Sans-délai en hablar mal de nosotros y de nuestra pereza? ¿Será cosa de que
vuelva el día de mañana con gusto a visitar nuestros hogares? Dejemos esta
cuestión para mañana, porque ya estarás cansado de leer hoy: si mañana u otro
día no tienes, como sueles, pereza de volver a la librería, pereza de sacar tu
bolsillo, y pereza de abrir los ojos para hojear las hojas que tengo que darte
todavía, te contaré cómo a mí mismo, que todo esto veo y conozco y callo mucho
más, me ha sucedido muchas veces, llevado de esta influencia, hija del clima y
de otras causas, perder de pereza más de una conquista amorosa; abandonar más
de una pretensión empezada, y las esperanzas de más de un empleo, que me
hubiera sido acaso, con más actividad, poco menos que asequible; renunciar, en
fin, por pereza de hacer una visita justa o necesaria, a relaciones sociales
que hubieran podido valerme de mucho en el transcurso de mi vida; te confesaré
que no hay negocio que no pueda hacer hoy que no deje para mañana; te referiré
que me levanto a las once, y duermo siesta; que paso haciendo el quinto pie de
la mesa de un café, hablando o roncando, como buen español, las siete y las
ocho horas seguidas; te añadiré que cuando cierran el café, me arrastro
lentamente a mi tertulia diaria (porque de pereza no tengo más que una), y un
cigarrito tras otro me alcanzan clavado en un sitial, y bostezando sin cesar,
las doce o la una de la madrugada; que muchas noches no ceno de pereza, y de
pereza no me acuesto; en fin, lector de mi alma, te declararé que de tantas
veces como estuve en esta vida desesperado, ninguna me ahorqué y siempre fue de
pereza. Y concluyo por hoy confesándote que ha más de tres meses que tengo,
como la primera entre mis apuntaciones, el título de este artículo, que llamé
«Vuelva usted mañana»; que todas las noches y muchas tardes he querido durante
ese tiempo escribir algo en él, y todas las noches apagaba mi luz diciéndome a
mí mismo con la más pueril credulidad en mis propias resoluciones: «¡Eh!,
¡mañana le escribiré!». Da gracias a que llegó por fin este mañana que no es
del todo malo: pero ¡ay de aquel mañana que no ha de llegar jamás!
FIN
El Pobrecito Hablador, 1833
Nota: Larra escribió bajo varios seudónimos. Uno de
ellos era “Fígaro”.

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