© Libro N° 8924. Conozca A Mi Primo, El Chimpancé. Dawkins, Richard. Emancipación. Agosto 7 de 2021.
Título original: ©
Conozca A Mi Primo, El Chimpancé. Richard
Dawkins
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CONOZCA A MI PRIMO, EL CHIMPANCÉ
Richard
Dawkins
Conozca A Mi Primo, El Chimpancé
Richard Dawkins
Richard Dawkins
Conozca a mi primo, el chimpancé
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La mayoría de las personas tienen la certeza que los humanos son más
importantes que los simios. Pero esa presunción tiene que ver más con una doble
creación de estándares que con la biología.
Señor, usted está pidiendo dinero para salvar los gorilas. Muy loable
sin duda. Pero no parece habérsele ocurrido que hay miles de bebes humanos
sufriendo en el mismo continente, el africano. Habrá tiempo suficiente para
preocuparnos de los gorilas cuando hayamos cuidado hasta el último de esos
niños. ¡Escojamos las prioridades correctas, por favor!
Esta carta hipotética podría haber sido escrita prácticamente por
cualquier persona bien intencionada hoy en día. Al satirizarla, no quiero decir
que no sería una buena idea dar a los niños la prioridad que espero que tengan,
y también sería una buena idea hacerlo de otra manera. Solo estoy intentando
mostrar la naturaleza irracional y automática de la doble creación de
estándares para las especies. Para muchas personas es sim-plemente evidente por
sí mismo que los humanos somos merecedores de un trato especial.
Traducido por Ferney Yesyd Rodríguez. Publicado originamente en New
Scientist, 5 de
junio de 1993.
Procedencia del texto: Sin Dioses
http://www.sindioses.org/cienciaorigenes/primochimp.html
Richard Dawkins Conozca a mi
primo el chimpancé 2
Para volver esto más evidente, considere la siguiente variación de la
misma carta:
Señor, usted está pidiendo dinero para salvar los gorilas. Muy loable
sin duda. Pero no parece habérsele ocurrido que hay miles de puercos
hormigueros sufriendo en el mismo continente, el africano. Habrá tiempo
suficiente para preocuparnos de los gorilas cuando hayamos cuidado hasta el
último de esos puercos hormigueros. Escojamos las prioridades correctas por
favor!
Esta segunda carta no evitará que se haga la pregunta: "¿Qué hay
tan especial en los cerdos hormigueros?" Una buena pregunta, que exigirá
una respuesta satisfactoria antes de tomarnos la carta en serio. Aún así,
sugiero, que la primera carta no haría a la mayoría de las personas a hacerse
la pregunta equivalente: "¿Qué hay de especial con los huma-nos?"
Como decía, no niego que esta pregunta, a diferencia de la de los cerdos
hormigueros, tuviese una respuesta poderosa. Solo estoy criticando la
suposición no pensada de que en el caso de los humanos la pregunta no ha
surgido.
La presunción especiecista que se aprecia aquí es muy simple. Los
humanos son humanos y los gorilas son animales. Se ha abierto un abis-mo
indiscutiblemente tan grande entre ellos que la vida de un único bebe humano
vale más que la vida de todos los gorilas del mundo. El valor de la vida de un
animal es apenas el costo de sustitución de substitución para su propietario -o
en el caso de una especie rara, para la humanidad-. Pero coloque el mismo
rótulo de Homo sapiens a un minúsculo pedazo, insen-sible de tejido
embrionario, y su vida súbitamente salta a un valor infini-tamente
incalculable.
Esa manera de pensar caracteriza lo que quiero denominar mente
discontinua. Todos concordaríamos que una mujer de 1,83 m de altura es alta, y
que una mujer de 1,52 no. Palabras como "alta" y "baja" nos
tien-den a forzar el mundo en clases cualitativas, pero eso no significa que el
mundo realmente está distribuido discontinuamente. Si usted me diese una mujer
de 1,75 m de altura y se me pidiese decidir si ella debería ser llamada alta o
no, yo encogería los hombros y diría: "si ella tiene 1,75 m eso ya no te
dice lo que necesitas saber?" Pero una mente discontinua, para
caricaturizar un poco, iría al tribunal (probablemente a un costo muy alto)
para decidir si la mujer es alta o baja. De hecho, casi no es necesario decir
caricatura. Por muchos años, los tribunales de África del sur han tenido un
duro trabajo juzgando si individuos en particular, de ascenden-cia mixta, deben
considerarse como blancos, negros o morenos.
La mente discontinua está en todas partes. Esta es especialmente
in-fluyente cuando concierne a los abogados y los religiosos (todos los jue-ces
no solamente son abogados, también lo son una gran proporción de los políticos,
y todos los políticos tienen que con quistar los votos de los religiosos).
Recientemente, después de dar una conferencia pública, fui cuestionado por un
abogado en la audiencia. El dirigió todo el peso de argucia legal confrontando
un punto interesante de la evolución. Si la es-pecie A evolucionó hasta la
especie posterior B, él argumentó, d ebe haber un punto en que la madre
pertenece a la especie A y el hijo pertenece a la nueva especie B. Los miembros
de especies diferentes no se pueden cru-zar. Entonces te propongo, prosiguió
él, que un hijo difícilmente sería tan diferente de sus padres al punto de no
poderse cruzar con los de su espe-cie. Así, él concluyó triunfalmente, eso no
es una falla fatal en la teoría de la evolución?
Un anillo alrededor del mundo
Somos nosotros los que dividimos los animales en especies disconti-nuas.
De acuerdo con el punto de vista evolutivo de la vida, tienen que haber
intermediarios, sin embargo, de forma conveniente para nuestros rituales de
nomenclatura, ellos están generalmente extintos: generalmente más no siempre.
El abogado quedaría sorprendido, y espero, intrigado por las así llamadas
especies anillo.
El caso más conocido es la gaviota argentea (o gaviota plateada La-rus
argentatus) ve rsus la gaviota de lomo oscuro (Larus fuscus). En la Gran
Bretaña estas son especies claramente distintas, muy diferentes en color.
Cualquiera puede diferenciarlas. Pero si usted sigue la población de gaviotas
argenteas por el occidente alrededor del hemisferio norte hasta América del
Norte, y entrando por Alaska a través de Siberia da vuelta a Europa, notará un
hecho curioso. La "gaviota argentea" gradualmente se torna menos
parecida a las gaviotas argenteas y se vuelve más semejante a las gaviotas de
lomo oscuro.
Se descubrió que las gaviotas de lomo oscuro europeas son el otro
extremo de un anillo que comenzó como gaviotas argenteas. En cada es-tación del
largo anillo, lo pájaros son lo suficientemente semejantes a sus vecinos como
para poderse cruzar con ellos, hasta que se llega al final del continuo, en
Europa. En ese punto la gaviota argentea y la de lomo oscuro no se cruzan. La
única cosa especial respecto a las especies anillo es que los intermediarios
aún están vivos. Todas las parejas de la especies empa-rentadas son
potencialmente especies anillo. Los intermediarios deben haber vivido algún
día. Sucede que en la mayoría de los casos ahora están muertos.
La mente discontinua entrenada del abogado insiste firmemente en colocar
los individuos en esta o en otra especie. Él no admite la posibili-dad que un
individuo puede estar en medio camino entre las dos especies, o a un décimo de
camino entre la especie A y la especie B. Los partida-rios autodenominados
pro-vida, y otros que se dedican a debates absurdos sobre donde exactamente en
su desarrollo el feto "se vuelve" humano, exhiben la misma mentalidad
discontinua. Es inútil decirles a esas perso-nas que, dependiendo de que
características te interesan, un feto puede ser "medio humano" o
"un centésimo humano". "Humano", para una mente
discontinua, es un concepto absoluto. No puede haber término medio. Y a partir
de eso esto va mal.
El término "simios" generalmente significa chimpancés,
gorilas, orangutanes, gibones y siamanes (Symphalangus syndactylus). Admiti-mos
que somos semejantes a los simios, pero raramente percibimos que somos simios.
Nuestro ancestro común con los chimpancés y los gorilas es mucho más reciente
que su ancestro común con los simios asiáticos - los gibones y los orangutanes.
No hay una categoría natural que incluya a los chimpancés, gorilas y
orangutanes y excluya a los humanos. La artifi-cialidad de la categoría
"simios", como se entiende convencionalmente para excluir a los
humanos, está representada por la Figura 1. Ese árbol genealógico muestra a los
humanos en medio del denso grupo de los si-mios.
Todos los grandes simios que han vivido, incluyéndonos, están liga-dos
unos a otros por una corriente ininterrumpida de lazos padre-hijo. Lo mismo es
cierto para todos los animales y plantas que han vivido, sin em-bargo, las
distancias involucradas son mucho mayores. Las pruebas mole-culares sugieren
que nuestro ancestro común con los chimpancés vivió en África, entre cinco y
siete millones de años atrás, digamos que hay medio millón de generaciones.
Esto no es mucho para los estándares evolutivos.
A veces se organizan eventos en los cuales millares de personas se toman
de las manos y forman una corriente humana, digamos de costa a costa de los
Estados Unidos, en apoyo a alguna causa o institución de caridad. Vamos a
imaginar colocar una cadena de esas a lo largo del ecuador, a lo ancho de
nuestro continente natal. África. Es un tipo de ca-dena, involucrando padres e
hijos, y tenemos que hacer algunos trucos con el tiempo para imaginarla. Usted
se para a la orilla del Océano Indico en el sur de Somalia, mirando hacía el
norte, y dando su mano izquierda a su madre. Pero a su vez ella le da su mano a
la madre de ella, tu abuela, y así sucesivamente. La corriente sigue su camino
por la playa, a través de la árida sabana en dirección occidente, hacía la frontera
de Kenia.
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¿Qué tan largo tenemos que ir para descubrir el ancestro común nuestro
con los chimpancés? Es un camino supremamente corto. Admi-tiendo cerca de una
yarda por persona (N. Del T. 1 yarda = 0,91 metros), llegamos al ancestro que
comparetimos con los chimpancés en menos de 300 millas (N. Del T 483 Km.).
Apenas habríamos empezado a cruzar el continente; aún no estaríamos a medio
camino al Gran Valle del Rift. El ancestro está bien al oriente del monte de
Kenia, y asegurado en su mano una corriente entera de sus descendientes
lineares, culminando con usted, de píe en la pradera somalí.
La hija cuya mano está asegurando en su mano derecha es aquella persona
de la cual nosotros somos descendientes. Ahora, el archí-ancestro gira hacía el
oriente, y con su mano izquierda ella toma a su otra hija, aquella de la cual
los chimpancés son descendientes (o su hijo, por su-puesto). Las dos hermanas
se están mirando cara a cara la una a la otra, y cada una de ellas está tomada
de la mano a su madre. Ahora, la segunda fila, la ancestral de los chimpancés,
seguirá de la mano de su hija en una nueva corriente que se ha formado
dirigiéndose en dirección a la costa. La primera prima mira a la primera prima,
la segunda prima mira a la segun-da prima, y así sucesivamente. Con el tiempo
la doble cadena habrá lle-gado a la costa nuevamente, está desemboca en los
chimpancés moder-nos. Usted está cara a cara con su prima chimpancé, y estás
unido a ella por una corriente sin interrupción de manos de madres dadas a sus
hijas.
Si usted recorriese la línea por encima como un general haciendo una
inspección - pasando por el Homo erectus, Homo habilis, y tal vez por el
Australopithecus afarensis - y por abajo por el otro lado (los intermedia-rios
del lado chimpancé no son mencionados porque hasta ahora no se ha encontrado
ningún fósil), usted no encontraría en parte alguna una discon-tinuidad
abrupta. Las hijas se parecen a sus madres tanto (o tan poco) co-mo ellas
siempre se asemejarán. Las madres amarían a sus hijas y sentir-ían afinidad con
ellas, de la forma como siempre lo hacen. Y ese continuo de manos dadas,
uniéndonos indeleblemente a los chimpancés es tan corto que escasamente cruza
el interior de África, el continente madre.
Procreando con los eslabones perdidos
La corriente de simios africanos subdividiéndose sobre si misma, es en
miniatura como el anillo de gaviotas alrededor del hemisferio norte, excepto
que los intermediarios ya están muertos. El punto que quiero en-fatizar es que,
sin tener en cuenta la moralidad, podría ser incidental que los intermediarios.
¿Y si no lo estuviesen? Y si un grupo de especimenes intermediarios hubiese
sobrevivido para ligarnos a los chimpancés mo-dernos por una corriente, no solo
de manos tomadas, sino de entrecruza-mientos? Recuerdas la canción: "Bailé
con un hombre, que bailó con una chica que bailó con el Príncipe de Gales? No
podemos (del todo) procrear con los chimpancés modernos, pero necesitaríamos
tan solo de un puñado de especimenes intermediarios para ser capaces de cantar:
"Procreé con un hombre, que procreó con una chica, que procreó con un
chimpancé".
Es una suerte rara que ese puñado de intermediarios no existan más ("suerte" desde un punto de vista; personalmente adoraría conocer-los). Pero en ese caso nuestras leyes y
reglas morales habrían sido muy diferentes.
Solo necesitaría mos conocer
un único sobreviviente; digamos un Australopithecus rema nente en una selva
Budongo, y nuestro precioso sistema de normas y de ética sería despedazado. Las
fronteras con las cuales segregamos nuestro mundo serían despedazadas. El
racismo se desvanecería junto con el especiesismo en una confusión inflexible y
brutal. El Apartheid, para aquellos que han creído en el, tomaría una
importancia nueva y tal vez más urgente.
Pero por qué, podría preguntarse un filósofo de la moral, esto debería
ser importante para nosotros? Al final, no es solamente la mente disconti-nua
la que quiere colocar barreras en cualquier caso? Tanto que si, en el continuo
de los simios que han vivido en África, los sobrevivientes dejar-ían un abismo
conveniente entre el Homo y el Pan?.
De hecho no deberíamos, en cualquier caso, basar nuestro tratamien-to a
los animales en el hecho de poder o no procrear con ellos. Si quere-mos
justificar nuestra ética de doble creación de estándares -si una socie-dad
concuerda que las personas deben ser tratadas mejor que, digamos las vacas (las
vacas pueden ser cocinadas y comidas, las personas no)- debe haber mejores
razones que las del parentesco de primos. Los humanos pueden ser
taxonómicamente distantes de las vacas, pero no es más im-portante el hecho de
que somos más inteligentes? O mejor, de acuerdo con Jeremy Bentham, los humanos
pueden sufrir más que las vacas, aún si ellas lo detestarán tanto como los
humanos (¿y por que rayos debería-mos suponer que no es así?), por no saber lo
que están por vivir?.
Suponga que el linaje de los pulpos ha desarrollado cerebro y
senti-mientos comparables a los nuestros. Fácilmente podrían haberlo hecho. La
mera posibilidad muestra la naturaleza accidental del parentesco de primos.
Entonces, pregunta el filósofo moral, por qué enfatizar la conti-nuidad
humano/chimpancé? Sí, en un mundo ideal probablemente presen-taríamos una mejor
razón que la del parentesco, para, digamos, preferir la carnivoría al
canibalismo. Pero el hecho melancólico es que, en el mo-mento, las actitudes
morales de la sociedad reposan casi enteramente en el imperativo especiesista y
discontinuo.
¿Y si alguien consigue crear un híbrido humano/chimpancé?. Puedo
asegurar, sin miedo a contradicción, que las noticias sacudirían al mundo. Los
obispos irían a relinchar, los abogados se deleitarían en anticipación, los
políticos conservadores irían a tronar, los socialistas no sabrían donde poner
las barricadas. Los científicos que hubiesen hecho tal hazaña serían
apabullados por los ámbitos políticamente correctos, denunciados en el pulpito
y la prensa amarillista, condenado, tal vez, por la fatwa de un aya-tolá. La
política nunca más sería la misma, ni la teología, la sociología, la sicología
o la mayoría de las ramas de la filosofía. El mundo que sería sacudido, por tal
evento incidental como una hibridización, es de hecho un mundo especiesista,
dominado por la mente discontinua.
He argumentado que la laguna discontinua entre los humanos y "los
simios" que levantamos en nuestras mentes es lamentable. También
ar-gumenté que, en cualquier caso, la presente posición del abismo sacrosan-to
es arbitraria, resultado de un accidente evolutivo. Si las contingencias de
supervivencia y de extinción hubiesen sido diferentes el abismo estaría en un
lugar diferente. Los principios éticos que son basados en un capri-cho
accidental no deberían considerase como si estuviesen grabados en piedra. ■
Richard Dawkins es biólogo evolutivo, nació en Nai-robi, Kenya, en 1941
y se educó en la Universidad de Oxford. Comenzó su carrera como investigador en
los 60, estudiando bajo la dirección del etólogo Nico Tinbergen, ganador del
premio Nóbel, y desde entonces su trabajo ha girado en torno a la evolución del
comportamiento. Ha obtenido las cátedras Gifford de la Universidad de Glasgow y
Sidwich del Newham College de Cambridge. Además ha sido profesor de zoología de
las universidades de Oxford y California, ha presentado programas de la BBC y
dirigido varias publicaciones científicas. En 1995 se convirtió en el primer
titular de la recién creada cátedra Charles Simony de Divulga-ción Científica
en la Universidad de Oxford. Autor de obras muy leídas como El gen egoísta
(1976 & 1989). El fenotipo extendido (1982), El relojero ciego (1986),
River Out of Eden (1995), Escalando el monte im-probable, Destejiendo el arco
iris (2000) y La máquina de memes (2000).
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