© Libro N° 8925. Consciencia De Clase. Lukàcs, Georg. Emancipación. Agosto 7 de 2021.
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Consciencia De Clase. Georg Lukàcs
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Georg Lukàcs
Consciencia De Clase
Georg Lukàcs
CONSCIENCIA DE CLASE
Georg Lukàcs
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No se trata de lo que directamente se imagine tal o cual proletario, o
incluso el proletariado entero. Se trata de lo que es y de lo que
históricamente se verá obligado a hacer por ese ser.
Marx La Sagrada Familia.
La obra capital de Marx se interrumpe precisamente en el punto en que
iba a iniciarse la determinación de las clases: ello tiene consecuencias tan
graves para la teoría como para la práctica del proletariado. El movimiento
posterior estaba cons-treñido, en este punto decisivo, a interpretar, a reunir
manifesta-ciones ocasionales de Marx y Engels, a elaborar y aplicar
autó-nomamente su método. De acuerdo con el marxismo la articula-ción de la
sociedad en clases tiene que determinarse según la posición en el proceso de
producción. Pero, ¿qué significa en-tonces consciencia de clase? La cuestión se
ramifica en seguida en una serie de cuestiones parciales íntimamente
relacionadas las unas con las otras. Primero: ¿qué hay que entender
(teórica-mente) por consciencia de clase? Segundo: ¿cuál es la función
(práctica) de la consciencia de clase así entendida en la lucha de clases
misma? A lo que se añade el tercer problema: si en la cuestión de la
consciencia de clase se trata de una problemática
1 Este artículo de Lukács
corresponde a uno de los capítulos de “Historia y consciencia de clase”, cuya
traducción al español fue realizada por Manuel Sacristán. (Edit.Grijalbo,
México, 1969)
- 1 -
sociológica “general” o si esa cuestión significa para el proleta-riado
algo completamente distinto de lo que haya podido signifi-car para cualquier
otra clase aparecida antes en la historia. Por último: ¿son la esencia y la
función de la consciencia de clase algo unitario, o bien es posible distinguir
también en ellas gra-daciones y capas? En caso afirmativo: ¿qué significación
prácti-ca tienen esas gradaciones en la lucha de clases proletaria?
— I —
En su célebre exposición del materialismo histórico Engels1 toma como
punto de partida el que, si bien la esencia de la histo-ria consiste en que
“nada ocurre sin intención consciente, sin finalidad consciente”, sin embargo,
para comprender la historia hay que rebasar ese dato, porque «las muchas
voluntades indivi-duales que actúan en la historia suelen producir resultados
muy distintos de los queridos -y a menudo incluso contradictorios-, de modo que
sus motivos no tienen sino una importancia subor-dinada para el resultado
total. Por otra parte se plantea la cues-tión de cuáles son las fuerzas motoras
que se encuentran detrás de aquellos motivos, cuáles las causas históricas que
se trans-forman, en las cabezas de los hombres activos, en tales motiva-ciones».
La ulterior exposición de Engels precisa el problema en el sentido de que hay
que determinar esas mismas fuerzas moto-ras, y precisamente aquellas que «ponen
en movimiento pueblos enteros, y clases enteras dentro de cada pueblo; y
también esto...
hacia una acción duradera que desemboca en una gran trans-formación
histórica». Así pues, la esencia del marxismo cientí-
1 Feuerbach [Ludwig Feuerbach y el
final de la filosofía clásica alemana], 43 ss. (cursiva mía).
2
fico consiste en el conocimiento de la independencia de las fuer-zas
realmente motoras de la historia respecto de la consciencia (psicológica) que
tengan de ellas los hombres.
Esa independencia se manifiesta ante todo, al nivel más pri-mitivo del
conocimiento, en el hecho de que los hombres conci-ben esas fuerzas como una
especie de naturaleza, viendo en ellas y en sus conexiones normales leyes
naturales "eternas". «La reflexión acerca de las formas de la vida
humana" dice Marx acerca del pensamiento burgués,1 “y por lo tanto también
su análisis científico, emprende en general un camino inverso del de la
evolución real. Empieza post festum y, por ello, con los resultados ya listos
del proceso de desarrollo. Las formas... po-seen ya la firmeza de formas
naturales de la vida social antes de que los hombres intenten ponerse en claro
no ya acerca del carácter histórico de esas formas, que se le presentan más
bien como inmutables, sino ni siquiera acerca de su contenido”. A ese
dogmatismo, que tiene sus más destacados representantes en la doctrina del
Estado de la filosofía clásica alemana, por una parte, y en la economía de
Smith y Ricardo por otra, contrapone Marx un criticismo, una teoría de la
teoría, una consciencia de la consciencia. Ese criticismo es desde muchos
puntos de vista una crítica histórica. Disuelve ante todo la rigidez, el
carácter de naturaleza no devenida de las formaciones sociales: las revela en
su génesis histórica y, por tanto, como entidades sometidas des-de todos los
puntos de vista al devenir, y, consiguientemente, determinadas también a la
muerte histórica. Con ello la historia deja de verse como meramente
desarrollada dentro del ámbito de vigencia de esas formas (comprensión para la
cual la historia no es más que un cambio de contenidos, hombres, situaciones,
etc., con validez eternamente persistente de los principios de la sociedad); y
también se termina con la concepción de aquellas
1 Das Kapital [El Capital], I, 42.
3
formas como la meta a la que tiende toda historia y tras cuya
consecución quedaría suprimida y superada por haber cumplido su tarea. La
historia es, por el contrario, precisamente la historia de esas formas, de su
transformación en cuanto formas de reu-nión de los hombres en sociedad, en
cuanto formas que, empe-zando por las relaciones económicas materiales, dominan
todas las relaciones entre los hombres (y, con ellas, también las rela-ciones
de los hombres consigo mismos, con la naturaleza, etc.).
Pero el pensamiento burgués —como su punto de partida y su finalidad es
siempre, aunque no en todo caso conscientemente, la apología del orden
existente o, por lo menos, la prueba de su inmutabilidad1— tiene que tropezar
aquí con una barrera insupe-rable. «Desde ese punto de vista ha habido
historia, pero ya no la hay», dice Marx2 acerca de la economía burguesa; pero
la frase puede aplicarse a todos los intentos del pensamiento bur-gués por
dominar intelectualmente el proceso histórico. (Ésta es también una de las
limitaciones más frecuentemente aducidas en la filosofía hegeliana de la
historia.) Con ello la historia se pre-senta al pensamiento burgués como tarea,
pero precisamente como tarea irresoluble. Pues ese pensamiento no tiene más que
esta opción: o bien negar plenamente el proceso histórico y con-cebir las
formas de organización del presente como leyes natura-les eternas que en el
pasado —por «misteriosas» causas y de un modo incompatible con los principios
de la ciencia racional que busca leyes, precisamente— quedaron simplemente
imperfectas o no consiguieron imponerse (sociología burguesa); o bien eli-minar
del proceso histórico todo sentido, todo finalismo, quedándose con la mera
«individualidad» de las épocas históri-
1 En esto coinciden el «pesimismo», que eterniza el estadio presente
como barrera irrebasable de la evolución de la humanidad, y el «optimismo», en
el que la tendencia se suele ver más claramente. Y en este punto (pero sólo en
éste) se encuentran Hegel y Schopenhauer al mismo nivel.
2 Elend der Philosophie [Miseria
de la filosofía, ed. alemana], 104.
4
cas y de sus portadores sociales e individuales; la ciencia histó-rica
tiene entonces que afirmar, con Ranke, que todas las épocas «están igualmente
cerca de Dios», o sea, han alcanzado el mis-mo grado de realización: eso
termina, como en el otro caso, pero por razones opuestas, con la negación del
desarrollo histórico.
En el primer caso se pierde toda posibilidad de entender el origen de
las formaciones sociales.1 Los objetos de la historia se presentan como objetos
de leyes naturales eternas e inmutables. La historia cristaliza en un
formalismo incapaz de concebir las formaciones histórico-sociales en su
verdadera esencia, como relaciones entre los hombres; se sustraen, por el
contrario, a esa fuente de comprensión, la más auténtica, de la historia, y se
trasponen a una lejanía inabarcable. Como dice Marx,2 «no se comprende ya que
esas determinadas relaciones sociales son tan producto de los hombres como el
paño, el lino, etc.».
En el segundo caso la historia se convierte -en última instan-cia- en
una irracional tiranía de fuerzas ciegas, la cual se encarna a lo sumo en
«espíritus nacionales» o en “grandes hombres” y que, por lo tanto, sólo puede
ser descrita pragmáticamente, no conceptuada de modo racional. Esa historia es
sólo organizable estéticamente, como una especie de obra de arte. O, como
ocurre en la filosofía de la historia de los kantianos, tiene que entender-se
como material, en sí carente de sentido, de realización de unos principios
éticos suprahistóricos, atemporales.
Marx resuelve ese dilema mostrando que no lo es. El supues-to dilema
dice, simplemente que el antagonismo del orden de producción capitalista se
refleja en esas concepciones contra-puestas y recíprocamente excluyentes de un
mismo objeto. En la consideración “sociológico”-legalista, formal-racionalista,
de la
1 Íbid, 86
2 Ibíd.. 91.
5
historia se expresa precisamente el abandono del hombre de la sociedad
burguesa a las fuerzas de producción. «Su propio mo-vimiento social», escribe
Marx,1 «posee para ellos la forma de un movimiento de cosas bajo cuyo control
están, en vez de con-trolarlas ellos». Esta concepción, que tiene su expresión
más clara y consecuente en la legalidad puramente natural y racional de la
economía clásica, es la tendencia a la que Marx contrapone la crítica histórica
de la economía, la disolución de todas las objetividades cosificadas de la vida
económico-social en rela-ciones entre hombres. El capital (y, con él, toda
forma de objeti-vidad de la economía) es según Marx2 «no una cosa, sino una
relación social entre personas, mediada por cosas». Pero esa reconducción de la
coseidad no-humana de las formaciones so-ciales a relaciones entre hombres
elimina al mismo tiempo la falsa importancia atribuida al principio
irracional-individual, o sea, la otra cara del dilema. Pues esa superación de
la coseidad no-humana de las formaciones sociales y de su movimiento histórico
se limita a reconducirlo todo a relaciones entre los hombres como a su
fundamento, pero no suprime por ello, en modo alguno, su legalidad y su
objetividad independientes de la voluntad humana y, en particular, del
pensamiento del indivi-duo. Lo que pasa es que esa objetividad se manifiesta
como la auto-objetivación de la sociedad humana en un determinado estadio de su
historia; se trata, simplemente, de que esas leyes valen sólo en el marco del
mundo histórico que las produce y que, a su vez, queda determinado por ellas.
1 Das Kapital [El Capital], I, 41
(cursiva mía). Cfr. ENGELS, Ursprung der Familie, etc. [El origen de la
familia, de la propiedad privada y del Estado], 183 ss.
2 Ibíd. 1, 731. Cfr. Lohnarbeit
und Kapital [Trabajo asalariado y capital], 24-25; sobre las máquinas; Elend
der Philosophie [Miseria de la filosofía, ed. ale-mana], 117; acerca del
dinero, ibíd., 58, etc.
6
Parece como si con esta superación del dilema se arrebatara a la
consciencia toda eficacia decisiva en el proceso histórico. Sin duda los
reflejos conscientes de los diversos estadios de la evo-lución económica de los
hechos históricos siguen teniendo gran importancia; y, por supuesto, el
materialismo dialéctico así constituido no niega en absoluto que los hombres
realizan ellos mismos sus actos históricos, y precisamente con consciencia.
Pero, como dice Engels en una carta a Mehring,1 se trata de una
consciencia falsa. De todos modos, el método dialéctico no nos permite, tampoco
en este caso, contentarnos con esa simple comprobación de la «falsedad» de
dicha consciencia, con un rígida contraposición entre lo verdadero y lo falso.
Más bien exige que se investigue concretamente esa «falsa consciencia» como
momento de la totalidad histórica a la que pertenece, co-mo estadio del proceso
histórico en el cual es activa.
Es obvio que también la ciencia histórica burguesa aspira a
investigaciones concretas, y hasta que ella reprocha al materia-lismo histórico
una violentación del carácter concreto único de lo hechos históricos. Su error
consiste en buscar lo concreto en el individuo histórico empírico (ya se trate
de un hombre, de un clase o de un pueblo) y en su consciencia empíricamente
dada (psicología o de psicología de masas). Y así cuando cree haber hallado lo
más concreto, ha errado del modo más pleno la con-creción, la sociedad como
totalidad concreta: el orden de la producción en una determinada altura del
desarrollo social y la articulación, por él provocada, de la sociedad de
clases. Al igno-rar eso, la ciencia burguesa toma como concreto algo
plenamen-te abstracto. «Estas relaciones», dice Marx2 «no son de indivi-duo a
individuo, sino de trabajador a capitalista, de arrendatario a propietario,
etc. Si elimináis esas relaciones, habréis eliminado
1 Dokumente des Sozialismus
[Documentos del socialismo], II, 76.
2 Elend der Philosophie [Miseria
de la filosofía, ed. alemana], 81.
7
la sociedad entera: vuestro Prometeo será ya un simple fastasma sin
brazos ni piernas...».
Investigación concreta significa, pues, lo siguiente: referencia a la
sociedad como un todo. Pues sólo en esa referencia aparece con todas sus
determinaciones esenciales la consciencia que en cada momento tienen de su
existencia los hombres. Entonces se presenta como algo subjetivamente
justificado, comprensible y necesitado de comprensión partiendo de la situación
histórico-social, o sea, como algo «verdadero», y, al mismo tiempo, como algo
que objetivamente marra la esencia de la evolución social, no la alcanza ni la
expresa adecuadamente, o sea, como «cons-ciencia falsa. Por otra parte, esa
misma consciencia y en el mis-mo respecto se presenta como algo que
subjetivamente yerra las metas que se ha puesto a sí misma, mientras promueve y
alcanza finalidades para ella desconocidas, no queridas, objetivas, de la
evolución social. Esta dúplice determinación dialéctica de la «consciencia
falsa» sustrae su tratamiento de la mera descrip-ción de lo que los hombres han
pensado, sentido y querido efec-tivamente en determinadas situaciones
históricas y en determi-nadas posiciones de clase. Esto es sólo el material
-sin duda muy importante- de las investigaciones históricas propiamente dichas.
La referencia a la totalidad concreta y a las resultantes determinaciones dialécticas
apunta más allá de la mera descrip-ción y arroja la categoría de la posibilidad
objetiva. Al referir la consciencia al todo de la sociedad se descubren las
ideas, los sentimientos, etc., que tendrían los hombres en una determinada
situación vital si fueran capaces de captar compl etamente esa situación y los
intereses resultantes de ella, tanto respecto de la acción inmediata cuanto
respecto de la estructura de la entera sociedad, coherente con esos intereses;
o sea: las ideas, etc., adecuadas a su situación objetiva. El número de esas
situaciones vitales no es ilimitado en ninguna sociedad. Aunque su tipología
8
pueda afinarse mucho mediante detalladas investigaciones parti-culares,
siempre resultan algunos tipos básicos que se destacan claramente y cuya
esencia está determinada por la posición de los hombres en el proceso de
producción. Pues bien, la cons-ciencia de clase es la reacción racionalmente
adecuada que se atribuye de este modo a una determinada situación típica en el
proceso de la producción.1 Esa consciencia no es, pues, ni la suma ni la media
de lo que los individuos singulares que com-ponen la clase piensan, sienten,
etc. Y, sin embargo, la actuación históricamente significativa de la clase como
totalidad está de-terminada en última instancia por esa consciencia, y no por
el pensamiento, etc., del individuo, y sólo puede reconocerse por esa consciencia.
Esa determinación fija desde el primer momento la distancia que separa
la consciencia de clase de las ideas de los hombres acerca de su posición en la
vida, ideas empírico-factuales, des-cribibles y explicables psicológicamente.
Pero tampoco es lícito contentarse con indicar esa distancia, ni siquiera con
la fijación formal general de las conexiones problemáticas resultantes. Más
bien hay que investigar aún: primero, si esa distancia es distinta para las
diversas clases según sus varias relaciones con el todo económico-social cuyos
miembros son, y si esa diferencia es ta grande que resulten de ella diferencias
cualitativas. Segundo, qué significan prácticamente esas varias relaciones
entre la tota-lidad económica objetiva, la consciencia de clase atribuida y las
ideas psicológico-efectivas de los hombres acerca de la situación vital: la
importancia práctica de esas diferencias para el desarro-
1 En este contexto es, desgraciadamente, imposible estudiar
detalladamente algunas configuraciones de esas ideas en el marxismo, por
ejemplo, la cate-goría, muy importante, de la “máscara económica”. Aún menos
podemos aquí estudiar las relaciones del materialismo histórico con tendencias
análo-gas de la ciencia burguesa (como los tipos ideales de Max Weber).
9
llo de la sociedad. Esto significa preguntar por la función histó-rico
práctica de la consciencia de clase.
Esas averiguaciones permiten por último una utilización metódica de la
categoría de la posibilidad objetiva. Pues hay que preguntar ante todo en qué
medida es en principio perceptible dentro de una determinada sociedad y desde
el punto de vista de una determinada posición en e] proceso de producción, la
totali-dad de la economía de esa sociedad. Pues por mucho que haya que rebasar
la efectiva limitación de los individuos, presos en la estrechez y en los
prejuicios de su situación, no es lícito, de to-dos modos, rebasar los límites
que les son puestos por la estruc-tura económica de la sociedad de la época y
por su posición en ella.1 Así pues, la consciencia de clase es -considerada
abstracta
y formalmente- al mismo tiempo una
inconsciencia, clasística-mente determinada, de la propia situación económica,
histórica y social.2 Esta situación se da como una determinada relación
estructural, como una determinada relación formal que parece dominar todos los
objetos de la vida. Por eso la “falsedad”, la «apariencia» contenida en esa
situación no es nada arbitrario sino precisamente expresión mental de la
estructura económica objetiva. Así, por ejemplo,3 «el valor o el precio de la
fuerza de trabajo toma el aspecto de precio o valor del trabajo mismo...», y
«...se consigue la apariencia de que lo pagado sea la totalidad del trabajo...
En cambio, en el régimen de esclavitud hasta la parte del trabajo que en
realidad se paga parece no pagada».
1 Éste es el punto de vista
adecuado para entender históricamente a 1os grandes utópicos, como Platón o
Thomas More. Cfr. Marx sobre Aristóteles Das Kapital [El Capital], I, 26-27.
2 “Dice incluso lo que no sabe”,
escribe Marx a propósito de Franklin. Das Kapital [El Capital] I,17. Y en otros
lugares: “No lo saben, pero lo hacen” Ibíd, 1, 40, etc.
3 Lohn, Preis und Profit [Salario,
precio y beneficio], 32. ,
10
Es tarea del análisis histórico más cuidadoso el precisar, con la ayuda
de la categoría de la posibilidad real, en qué estado de cosas es posible una
penetración real de la apariencia, una pen e-tración hasta la conexión real con
la totalidad. Pues en el caso de que la totalidad de la sociedad existente no
sea perceptible desde el punto de vista de una determinada situación de clase,
en el caso de que el consecuente pensamiento de sus propios intereses que se le
puede atribuir no alcance la totalidad de la sociedad, entonces la clase
correspondiente no puede tener más que una función de dominada, y no puede
intervenir ni conservadora ni progresivamente en la marcha de la historia. Esas
clases están en general predeterminadas a la pasividad, a la oscilación
inconsis-tente entre las clases dominantes y las clases portadoras de la
revolución, y sus accidentales explosiones presentan inevitable-mente el
carácter de una elementalidad vacía, de la falta de fi-nes, y hasta en el caso
de una casual victoria están condenadas a la derrota final.
Pues que una clase esté llamada a dominar significa que des-de sus
intereses de clase, desde su consciencia de clase, es posi-ble organizar la
totalidad de la sociedad de acuerdo con esos intereses. Y la cuestión que
decide en última instancia acerca de toda lucha de clases es: ¿qué clase
dispone, en el momento dado, de esa capacidad, de esa consciencia de clase? No
se trata en absoluto de que eso excluya de la historia la función de la
vio-lencia, ni de que garantice la imposición automática de los inter-eses de
clase destinados al dominio por ser portadores de los intereses del desarrollo
social. A1 contrario. En primer lugar, las condiciones de vigencia de los
intereses de una clase no pueden producirse, muy frecuentemente, más que por
medio de la más brutal violencia (ejemplo: sólo por medio de la acumulación
originaria del capital). Pero ocurre -en segundo lugar- que las cuestiones de
la consciencia de clase se manifiestan como mo-
11
mentos rigurosamente decisivos precisamente en las cuestiones de la
violencia, precisamente en las situaciones en las cuales las clases libran unas
contra otras la lucha por la nuda existencia. Cuando, por ejemplo, el destacado
marxista húngaro Erwin Szabó aduce contra la concepción de las guerras
campesinas centroeuropeas por Engels -que las ve como un movimiento
esencialmente reaccionario- el argumento de que la rebelión de los campesinos
no pudo ser aplastada sino sólo por la violencia brutal, que su derrota no
arraigó en su esencia económico-social, en la consciencia de clase de los
campesinos, pasa por alto que el fundamento último de la superioridad de los
príncipes y de la debilidad de los campesinos —o sea, la posibilidad de la
violen-cia por parte de los príncipes— radicaba precisamente en esas cuestiones
de la consciencia de clase, como puede mostrarlo ya la más superficial
investigación teórico-militar de la guerra de los campesinos. Pero tampoco es
posible equiparar, por lo que hace a la estructura interna de su consciencia de
clase, las clases capaces de dominio. Lo que importa aquí es saber hasta que
punto son capaces de tomar consciencia de las acciones que están obligadas a
realizar para conseguir el dominio y para or-ganizarlo, acciones que efectivamente
realizan. Lo que importa, pues, es la cuestión de hasta qué punto la clase de
que se trate realiza las acciones que le impone la historia “consciente” o
“in-conscientemente”, con consciencia “verdadera” o con conscien-cia “falsa”. Y
esas distinciones no son meramente académicas. Pues, dejando completamente
aparte el problema de la cultura —en el cual tienen importancia decisiva las
disonancias que surgen en este punto—, tiene significación determinante para
todas las decisiones prácticas de una clase la cuestión de si es capaz de
aclararse y de resolver los problemas que le presenta el desarrollo histórico.
Y en este punto se aprecia con toda claridad que en la cuestión de la
consciencia de clase no se trata del pen-
12
samiento de individuos, por progresivos que éstos sean ni tam-poco del
conocimiento científico. Por ejemplo: hoy está perfec-tamente claro que la
sociedad antigua tenía por fuerza que su-cumbir económicamente a causa de las
limitaciones puestas por la esclavitud. Pero no menos claro está que en la
Antigüedad esa comprensión no era accesible ni para la clase dominante ni para
las clases que se levantaron revolucionaria o reformísticamente contra ella. O
sea: que con la aparición práctica de dichos pro-blemas quedó iniciado
inevitablemente, sin salvación posible, el hundimiento de aquella sociedad.
Pero esta situación se mani-fiesta aún más precisamente en la burguesía
contemporánea, la clase que en otro tiempo empezó la lucha contra la sociedad
feudal y absolutista precisamente basándose en el conocimiento de conexiones
económicas. Esa clase, sin embargo, tenía que ser plenamente incapaz de
consumar su ciencia de clase más propia y originaria: tenía que fracasar
incluso teoréticamente ante el problema de la teoría de las crisis. Pues
aceptar la solución -aunque fuera sólo teoréticamente- significaría considerar
los fenómenos sociales ya no desde el punto de vista de la burgues-ía. Por eso
no tiene utilidad alguna en este caso que la solución teorética se encuentre ya
disponible. Pues ninguna clase puede ser capaz de un cambio así, para realizar
el cual tendría que re-nunciar a su dominio. Así pues, la limitación o barrera
que hace de la consciencia de clase de la burguesía una consciencia «fal-sa» es
objetiva: es la situación de clase misma. Es una conse-cuencia objetiva de la
estructura económica de la sociedad, nada arbitrario, subjetivo ni psicológico.
Pues la consciencia de clase de la burguesía, aunque sea capaz de reflejar con
toda claridad los problemas de la organización de ese dominio, de la
trans-formación y la penetración capitalistas del conjunto de la pro-ducción,
tiene necesariamente que oscurecerse en el momento en que aparecen problemas
cuya solución rebasa ya el ámbito de
13
dominio de la burguesía, el capitalismo. Las «leyes naturales» de la
economía descubiertas por la burguesía, que son una cons-ciencia clara en
comparación con la Edad Media feudal o inclu-so con el mercantilismo del
período de transición, se convierte luego con inmanencia dialéctica en una «ley
natural basada en la inconsciencia de los participantes».1
No puede ser tarea de estas lineas el dar, partiendo de los in-dicados
puntos de vista, una tipología histórica y sistemática de las gradaciones
posibles de la consciencia de clase. Para ofrecer un resultado así habría que
empezar por investigar qué momento del proceso conjunto de la producción afecta
del modo más in-mediato y más vital a los intereses de las diversas clases. En
segundo lugar, habría que estudiar la medida en la cual corres-ponde a los
intereses esenciales de la clase considerada el reba-sar esa inmediatez, el
concebir el momento para ella inmediata-mente importante como mero momento del
todo, y el superarlo de esta manera. Y, por último, habría que investigar la
naturale-za de la totalidad hacia la cual se avanza entonces, y en qué me-dida
es captación real de la real totalidad productiva. Pues está completamente
claro que la consciencia de clase tiene que con-figurarse, desde el punto de
vista cualitativo-estructural, de mo-dos distintos según se detenga, por
ejemplo, ante los intereses del consumo como separado de la producción
(proletariado en harapos romano) o bien represente la formación categorial de
los intereses de la circulación (capital mercantil), etc. Por tanto, sin poder
dedicarnos aquí a la tipología sistemática de esas actitudes posibles, debemos
limitarnos a inferir de lo ya indicado que los distintos casos de consciencia
«falsa» se diferencian unos de
1 ENGELS, Umrisse zu einer KrItik der Nationalókonomie [Boceto de una
critica de la economía política]. Nachlass [Póstumos], I, 449.
14
otros cualitativamente, estructuralmente y en una forma que influye
decisivamente en acción social de las respectivas clases.
—II—
Por lo que hace a los tiempos pre-capitalistas y al comporta-miento, en
el capitalismo ya, de numerosas capas cuyos funda-mentos existenciales
económicos son de naturaleza precapitalis-tas, resulta de lo visto que su
consciencia de clase no es capaz, por su esencia, ni de conseguir una forma
plenamente clara ni de influir conscientemente en los acontecimientos
históricos.
Ante todo, porque es esencial a toda sociedad precapitalista el que en
ella los intereses de clase no puedan nunca destacar con plena claridad
(económica); la estructura de la sociedad en cas-tas, estamentos, etc., acarrea
una confusión inextricable de los elementos económicos con los políticos,
religiosos, etc., en la estructura económica objetiva de la sociedad. El
triunfo de la burguesía, cuya victoria comporta la destrucción de la estructura
estamental, posibilita por fin un orden social en el cual la estrati-ficación
de la sociedad tiende a ser una estratificación en clases pura y
exclusivamente. (En nada afecta a la verdad fundamental de esta afirmación el
que en varios países el capitalismo presen-te restos de la estructura
estamental feudal que se han salvado en él.)
Ese hecho tiene su fundamento en la organización económica de las
sociedades precapitalistas, profundamente diferente de capitalismo. La
diferencia más importante para nosotros, y muy llamativa en sí, consiste en que
toda sociedad precapitalista pre-senta económicamente una unidad mucho menos
coherente que la capitalista: en que en ella la independencia de las partes es
15
mucho mayor, su interdependencia económica menor y más unilateral que en
el capitalismo. Cuanto menor es la importancia del tráfico de mercancías para
la vida de la sociedad entera, cuanto más casi-autárquicas son las diversas
partes de la socie-dad en lo económico (comunidades aldeanas) o cuanto menos
importantes en su función en la vida propiamente económica de la sociedad, en
el proceso de producción (gran parte de los ciu-dadanos de las ciudades griegas
y de Roma), tanto menor es la forma unitaria, la coherencia organizativa de la
sociedad, del Estado, y tanto menos realmente fundada en la vida real de la
sociedad. Una parte de la sociedad vive en ese caso una existen-cia de
naturaleza, completamente independiente del Estado. «El organismo productor simple
de esas comunidades autosuficien-tes, que se reproducen constantemente en la
misma forma y, cuando casualmente quedan destruidas, se reconstruyen en el
mismo lugar y con el mismo nombre, da la clave del enigma de la inmutabilidad
de las sociedades asiáticas, tan llamativamente contraponible a la constante
disolución y neoformación de los Estados asiáticos y al incesante cambio de
dinastías. La estructu-ra de los elementos económicos básicos de la sociedad
queda sin afectar por las tormentas de la región de las nubes políticas.»1
Otra parte de la sociedad vive, a su vez, de un modo econó-micamente
parasitario. El Estado, el aparato estatal de poder, no es para esa parte, como
lo es para las clases dominantes de la sociedad capitalista, un medio de
imponer por la violencia, caso necesario, su dominio económico, ni para crear
violentamente las condiciones de su dominio económico (colonización moder-na),
o sea, no es una mediación del dominio económico de la sociedad: sino que es de
modo inmediato ese dominio mismo. Y ello no sólo cuando se trata de mero robo
de tierras, esclavos, etc., sino también en el seno de las relaciones
«económicas»
1. Das Kapital [El Capital], 1, 323.
16
llamadas normales o pacíficas. Por eso dice Marx acerca de la renta del
trabajo:1 «En estas condiciones el plustrabajo no se les puede arrancar en
favor de los propietarios nominales de la tierra más que por medio de una
constricción extraeconómica.» En Asia «coinciden de este modo la renta y la
exacción de im-puestos o, por mejor decir, no existe ninguna forma de impuesto
distinta de esa forma de renta de la tierra». E incluso la forma del tráfico de
mercancías en las sociedades precapitalistas es incapaz de ejercer influencia
alguna decisiva en la estructura básica de la sociedad; se mantiene en la
superficie, sin poder dominar el proceso de producción mismo, especialmente sus
relaciones con el trabajo. «El mercader podía comprar toda clase de mercancías,
menos el trabajo como mercancía. Sólo era tole-rado como distribuidor de los
productos de la artesanía», escribe Marx2
Pese a todo, también una sociedad así constituye una unidad económica.
Pero hay que preguntarse si esa unidad es tal que la relación de los diversos
grupos de los que se compone la socie-dad con el todo de la sociedad puede
tomar en su consciencia -atribuíble- una forma económica. Marx3 subraya, por
una parte, que la lucha de clases de la Antigüedad “se movió principalmen-te en
la forma de una lucha entre acreedores y deudores.” Pero con toda justeza
añade: “Mas la forma dineraria refleja simple-mente ahí el antagonismo de
condiciones económicas de vida mucho más profundas: lo que ocurre es que la
relación entre acreedor y deudor tiene la forma de una relación dineraria.”
Para el materialismo histórico ese reflejo podía revelarse como mero reflejo.
Pero la cuestión es: las clases que constituían esa socie-
1 Das Kapital [El Capital], III,
2, 324 (cursiva mía).
2 Das Kapital [El Capital], I,
324. A eso puede probablemente reconducirse la función política reaccionaria
del capital mercantil, a diferencia de la del capital industrial en los
comienzos del capitalismo. Cfr. III, 1, 311.
3 Das Kapital [El Capital], I, 99.
17
dad, ¿contaban con la posibilidad objetiva de llevar a conscien-cia la
base económica de esas luchas, la problemática económica de la sociedad que era
causa de sus sufrimientos? Esas luchas y esos problemas, ¿no tenían que asumir
necesariamente para ellas —de acuerdo con las condiciones de vida en las que
existían— formas religioso-naturales1 o formas jurídico-estatales? La
arti-culación de la sociedad en estamentos, castas, etc., significa
pre-cisamente que la fijación conceptual y organizativa de esas posi-ciones
“naturales” es inconsciente en cuanto a su naturaleza económica y que la
tradicionalidad del mero darse siempre tiene que fundirse de modo inmediato en
formas jurídicas.2 Pues, en concordancia con la laxitud mayor de la coherencia
económica de la sociedad, las formas jurídico-estatales que constituyen
es-tratificaciones estamentales, privilegios, etc., tienen subjetiva y
objetivamente una función completamente diferente de la que les es propia en el
capitalismo. En éste estas formas representan meramente una fijación de las
conexiones funcionales puramen-te económicas, de tal modo que las formas
jurídicas -como acer-tadamente ha mostrado Karner3 pueden a menudo dar razón
del cambio de las estructuras económicas sin alterarse ellas mismas ni formalmente
ni materialmente. En cambio, en las sociedades precapitalistas las formas
jurídicas tienen que penetrar constitu-tivamente en las relaciones económicas.
En estas sociedades no
1 Marx y Engels subrayan
repetidamente el carácter primitivo-natural de esas formas sociales. El
Capital, I. 304, 316, etc. Todo el proceso de desarrollo expuesto en El Origen
de la familia, de la propiedad privada y del Estado, de Engels, se basa en esa
idea. No puedo entrar aquí en las divergencias de opinión -incluso entre
marxistas - acerca de esta cuestión; quiero sólo sub-rayar que yo adopto
también ante ella el punto de vista de Marx y Engels, al que considero más
profundo y más acertado históricamente que el de sus «correctores».
2 Cfr Das Kapital [El Capital], I,
304.
3 «Die soziale Funktion der
Rechtsinstitute» [La función social de los instit u-tos jurídicos],
Marx-Studien, vol. I.
18
hay categorías económicas puras —categorías económicas son según Marx1
«formas de existencia, determinaciones de la exis-tencia»— presentadas
posteriormente en formas jurídicas, fun-didas en el molde de la forma jurídica.
Sino que las categorías económicas y las categorías jurídicas están
materialmente, por su contenido, inseparablemente entrelazadas. (Piénsese en
los ejemplos, antes aducidos, de la renta de la tierra y el impuesto, la
esclavitud, etc.) Dicho hegelianamente: la economía no ha alcanzado tampoco
objetivamente en esas sociedades el estadio del ser-para-sí, y por eso no es
posible, en el seno de una tal so-ciedad, una posición a partir de la cual
pueda hacerse consciente el fundamento económico de todas las relaciones
sociales.
Eso, por supuesto, no suprime en modo alguno la fundamen-tación
económica objetiva de todas las formas de sociedad. Al contrario. La historia
de las estratificaciones estamentales mues-tra con toda claridad cómo este
orden, que al principio fundió en el molde de formas rígidas una existencia
económica «natural», luego, en el curso de la evolución económica que procede
sub-terráneamente, «inconscientemente», se descompone poco a poco, es decir,
deja de ser una unidad real. Su contenido econó-mico acaba por desgarrar su
unidad jurídica formal. (El análisis de las relaciones de clase durante la
época de la Reforma por Engels y el dedicado por Cunow a la época de la
Revolución francesa son documentaciones suficientes.) Pero, pese a esa pugna
entre la forma jurídica y el contenido económico, la for-ma jurídica (creadora
de privilegios) conserva una importancia a menudo realmente decisiva para la
consciencia de esos estamen-tos en descomposición. Pues la forma estamental
disimula la conexión entre la existencia económica-real, pero «inconscien-
1 Zur Kritik der politischen
Ökonomie [Contribución a la crítica de la eco-nomía política]. XLIII.
19
te»- del estamento y la totalidad económica de la sociedad. Ella fija la
conciencia o bien la inmediatez pura de los privilegios disfrutados por el
estamento (los caballeros de la época de la Reforma), o bien en la
particularidad -no menos inmediata- de la parte de la sociedad a la que se
refieren los privilegios (gre-mios). El estamento puede haberse ya descompuesto
totalmente desde el punto de vista económico y sus componentes pueden ya en
realidad pertenecer económicamente a clases distintas sin que el estamento
mismo pierda a pesar de ello esa coherencia ideológica (objetivamente irreal).
Pues la relación al todo con-sumada por la «consciencia estamental» se orienta
a una totali-dad que no es la unidad económica real, viva, sino la caduca
fijación de la sociedad que constituyó en su tiempo los privile-gios
estamentales. La consciencia estamental encubre la natura-leza del factor
histórico real que tiene la consciencia de clase, impide que ésta llegue en
general a manifestarse. Una cosa aná-loga puede comprobarse en la sodiedad
capitalista en todos los grupos “privilegiados” cuya situación de clase no está
fundada en un modo inmediatamente económico. En la medida en que una capa así
consigue “capitalistizarse”, trasformar sus «privile-gios» en relaciones económicas
capitalistas de dominio, aumen-ta su capacidad de adaptación al desarrollo
económico real (ejemplo: los terratenientes).
De acuerdo con todo eso, la relación de la consciencia de cla-se con la
historia es completamente distinta en los tiempos pre-capitalistas de lo que es
en el capitalismo. Pues en aquéllos las clases no pueden identificarse más que
por medio de la interpre-tación de la historia por obra del materialismo
histórico, par-tiendo de la realidad histórica inmediatamente dada, mientras
que en el capitalismo las clases son la realidad histórica misma inmediatamente
dada. Como ya indicó Engels, no es, pues, una casualidad que este conocimiento
de la historia no fuera posible
20
hasta la época del capitalismo. Y ello no sólo —como dice En-gels— a
causa de la mayor sencillez de esta estructura en com-paración con las
«complicadas y encubiertas conexiones» de tiempos anteriores, sino también y
ante todo porque el interés económico de clase como motor de la historia no
aparece en toda su desnuda pureza hasta el capitalismo. Las verdaderas “fuerzas
motoras” que “se encuentran tras los motivos de los hombres históricamente
activos” no podían, por ello, llegar nun-ca en forma pura a consciencia en los
tiempos precapitalistas (ni siquiera como contenido atribuible). Verdaderamente
quedaron ocultas, como fuerzas ciegas del desarrollo histórico, por detrás de
los motivos. Los momentos ideológicos no sólo «encubren» los intereses
económicos, no son sólo banderas y consignas en la lucha, sino partes y
elementos de la lucha real misma Es cierto que cuando se busca, por medio del
materialismo histórico, el sentido sociológico de esas luchas, entonces es
posible descubrir esos intereses como los momentos explicativos decisivos en
última instancia. Pero, respecto del capitalismo, se tiene la in-salvable
diferencia de que en éste los momentos económicos no están ya ocultos «tras» la
consciencia, sino que están en la cons-ciencia misma (aunque sea reprimidos en
lo inconsciente, etc.). Con el capitalismo, con la destrucción de la estructura
estamen-tal y la construcción de una sociedad articulada de un modo pu-ramente
económico, la consciencia de clase entra en el estadio de consciencia refleja
posible. La lucha social se refleja ahora en una lucha ideológica por la
consciencia, por encubrir o revelar el carácter clasista de la sociedad. Pero
la posibilidad de esa lucha remite ya a las contradicciones dialécticas, a la
autodisolución interna de la pura sociedad de clases. “Cuando la filosofía”,
dice Hegel, “pinta su monótono cuadro gris, una forma de la vida se ha hecho ya
vieja, y con esos grises no es posible rejuvenecerla,
21
sino sólo reconocerla; la lechuza de Minerva no echa a volar sino cuando
empieza a caer el crepúsculo”.
— 3 —
La burguesía y el proletariado son las únicas clases puras de la
sociedad burguesa, esto es: ellas son las únicas cuya existen-cia y cuyo
desarrollo se basan exclusivamente en el desarrollo del proceso de producción
moderno, y sólo partiendo de sus condiciones de existencia es imaginable
incluso un plan para la organización de la sociedad entera. El carácter
vacilante, o esté-ril para el proceso, que se observa en la actitud de las
demás clases (pequeños burgueses, campesinos) se debe a que su exis-tencia no
se funda exclusivamente en su posición en el proceso de producción capitalista,
sino que está aún indisolublemente enlazada con restos de la sociedad
estamental. Por eso dichas clases no intentan promover el desarrollo
capitalista ni empujar-le más allá de sí mismo, sino que aspiran en el fondo a
anularlo y retrotraerse a estadios anteriores, o, por lo menos, a impedir que
consiga un despliegue pleno. Su interés de clase se orienta, pues, sólo a
síntomas del desarrollo, no al desarrollo mismo: hacia fenómenos parciales de
la sociedad, no a la estructura de la entera sociedad
Esta cuestión de la consciencia de clase puede manifestarse como forma
de la posición de fines y de la acción, según ocurre, por ejemplo, en la
pequeña burguesía, la cual, al vivir, por lo menos en parte, en la gran ciudad
capitalista, directamente so-metida en todas sus manifestaciones vitales a las
influencias del capitalismo, no puede ignorar totalmente el hecho de la lucha
de clases entre la burguesía y el proletariado. Pero “como clase de
22
transición, en la cual se embotan simultáneamente los intereses de dos
clases”, se sentirá “por encima de la contraposición de clases."1
Consiguientemente, buscará algún camino «no para superar los dos extremos, el
capital y el trabajo asalariado, sino para debilitar esa contraposición y
trasformarla en una armon-ía».2 Por eso rehuirá todas las decisiones
importantes de la so-ciedad y se verá obligada a luchar, siempre sin
consciencia, por ambas tendencias de la lucha de clases alternativamente. Sus
propias finalidades, que existen exclusivamente en su conscien-cia, se
convertirán siempre e inevitablemente en formas pura-mente «ideológicas», cada
vez más vacías, cada vez más aisla-das de la acción social. La pequeña
burguesía no puede tener una función socialmente activa más que mientras sus
finalidades coinciden con los reales intereses de clase del capitalismo, como
ocurrió en la época de supresión de las estratificaciones esta-mentales durante
la Revolución francesa. Una vez cumplida esa función, sus manifestaciones -que
formalmente permanecen en lo sustancial idénticas- van siendo de una naturaleza
cada vez más ajena al desarrollo real, hasta llegar a lo caricaturesco (el
jacobinismo montagnard en 48-51). Esta falta de vinculación con la sociedad
como totalidad puede empero repercutir en la estructura interna, en las
posibilidades de organización de la clase. Esto se aprecia del modo más claro
en la evolución de los campesinos. “Los pequeños propietarios campesinos”, dice
Marx,3 “forman una masa imponente cuyos miembros viven la misma situación, pero
sin entrar en relaciones ricas entre ellos. Su modo de producción los aísla los
unos de los otros, en vez de ponerlos en intercambio recíproco… Cada familia
campesina se gana así el material de su vida más en intercambio con la natura-
1 Brumaire [El 18 brumario de Luis
Napoleón], 40.
2 lbíd., 37.
3 lbíd., 102.
23
leza que en tráfico con la sociedad... En la medida en que millo-nes de
familias viven en condiciones económicas de existencia que distinguen su manera
de vivir, sus intereses y su cultura de los de las demás clases y las
contraponen hostilmente a éstas, en esa misma medida constituyen esas
poblaciones una clase. Pero en la medida en que la única cohesión de los
pequeños proleta-rios campesinos es local, en la medida en que la identidad de
sus intereses no llega a formar una unión nacional ni a producir en-tre ellos
ninguna organización política, en esa medida dejan de formar una clase”. Por
eso hacen falta conmociones externas, como la guerra, la revolución en la
ciudad, etc., para poner esas masas en movimiento unitario, y ni siquiera
entonces son capa-ces de organizar ellas mismas ese movimiento con consignas
propias, dándole una orientación positiva adecuada a sus propios intereses.
Dependerá de la situación de las demás clases en lu-cha, de la altura de
consciencia de los partidos que dirijan esas otras clases, el que el movimiento
de los campesinos tenga una significación progresiva (Revolución francesa de
1798, Revolu-ción rusa de 1917) o una significación reaccionaria (golpe de
estado de Napoleón). Por eso la forma ideológica que cobra la «consciencia de
clase» de los campesinos es mucho más cam-biante en cuanto a contenidos que la
de las demás clases; pues es siempre una consciencia tomada en préstamo. Por
eso los parti-dos que se basan total o parcialmente en esa «consciencia de
clase» no pueden nunca contar con un fundamento firme y segu-ro en las
situaciones críticas (los social-revolucionarios de 1917-1918). Y por eso es
posible que las luchas campesinas se realicen bajo banderas ideológicas
contrapuestas. Es, por ejem-plo, muy característico del anarquismo como teoría
y de la «consciencia de clase» de los campesinos el que algunas rebe-liones y
algunas luchas campesinas contrarrevolucionarias reali-zadas por los campesinos
medios y ricos de Rusia hayan encon-
24
trado apoyo y enlace ideológicos en la concepción anarquista de la
sociedad. Por lo tanto, no se puede propiamente hablar de consciencia de clase
cuando se trata de estas clases, y eso en el supuesto de que puedan llamarse
tales desde un punto de vista marxista riguroso: la plena consciencia de su
situación les reve-laría la falta desesperada de perspectivas de sus
particulares es-fuerzos ante la necesidad del proceso social. La consciencia y
el interés se encuentran aquí en una relación de contraposición contradictoria.
Y, de acuerdo con la aclaración de la consciencia de clase como un problema de
atribución y coherencia con los intereses de clase, eso hace filosóficamente
comprensible la im-posibilidad del desarrollo de esa consciencia en la realidad
histó-rica inmediatamente dada.
La consciencia de clase y el interés de clase se encuentran también en
contraposición, en contradicción, en el caso de la burguesía. Pero esta
contradicción no es formal, sino dialéctica.
La diferencia entre las dos contraposiciones puede formularse brevemente
así: mientras que para las demás clases la posición que ocupan en el proceso de
producción y los intereses de ella dimanantes tienen que impedir la formación
de una consciencia de clase, esos momentos llevan a la burguesía hacia el
desarrollo de su consciencia de clase, con la peculiaridad empero -y desde el
primer momento, de modo especial- de que dicho desarrollo arrastra la maldición
de que en el momento culminante de su despliegue entrará en irresoluble
contradicción consigo mismo y acabará, por lo tanto, suprimiéndose y
superándose. Esta trágica situación de la burguesía se refleja históricamente
en el hecho de que todavía no ha aplastado completamente a su antecesor, el
feudalismo, cuando ya aparece su nuevo enemigo, el proletaria-do; la trágica
contradicción se ha manifestado políticamente en el hecho de que la lucha
contra la organización estamental de la sociedad se realizó en nombre de una
«libertad» que tuvo que
25
transformarse de nuevo inmediatamente en opresión en el mo-mento mismo
de la victoria: y sociológicamente la contradicción se revela en la
circunstancia de que, aunque la forma social de la burguesía es la que
finalmente ha permitido presentarse en for-ma pura la lucha de clases, aunque
ella ha empezado por fijarla históricamente como un hecho, sin embargo, luego
tiene que aplicar todo su esfuerzo a la eliminación del hecho de la lucha de
clases del campo de la consciencia social; por último, desde el punto de vista
ideológico, se aprecia la misma situación am-bigua en el hecho de que el
despliegue de la burguesía presta, por una parte, a la individualidad una
importancia que hasta en-tonces no había tenido nunca, mientras, por otra
parte, suprime toda individualidad por las condiciones económicas mismas de su
individualismo, por la cosificación producida por la produc-ción universal de
mercancías. Todas esas contradicciones, cuya serie no se agota en modo alguno
con los ejemplos aducidos, sino que podría continuarse ilimitadamente, son mero
reflejo de las contradicciones más profundas del capitalismo, tal como éstas se
presentan en la consciencia de la clase burguesa, a tenor de su posición en el
proceso conjunto de la producción. Por eso las contradicciones surgen en la
consciencia de clase de la bur-guesía como contradicciones dialécticas, y no
como crasa inca-pacidad de concebir las contradicciones del propio orden
social. Pues el capitalismo es, por una parte, el primer orden de la
pro-ducción que, tendencialmente, penetra económicamente la so-ciedad entera,
sin residuo,1 de tal modo que, según esa tenden-
1 Cierto que sólo tendencialmente.
Rosa Luxemburg tiene el gran mérito de haber mostrado que esto no es un hecho
accidental y transitorio, sino que el capitalismo no puede subsistir
económicamente más que penetrando la so-ciedad en un sentido capitalista, pero
sin consumar esa penetración. Esta autocontradicción económica que sería una
sociedad capitalista pura es se-guramente uno de los fundamentos de la
contradictoriedad de la conscien-cia de clase de la burguesía.
26
cia, la burguesía tendría que ser capaz de una consciencia (atri-buible)
de la totalidad del proceso de producción. Pero, por otra parte, la posición de
la clase capitalista en la producción, los intereses que determinan su acción,
le impiden a pesar de todo dominar su orden de producción incluso
teoréticamente. Las causas de esto son múltiples.. En primer lugar, la
producción no es para el capitalismo sino aparentemente el punto central de la
consciencia de clase. Marx1 indica ya a propósito de Ricardo que este autor,
«al que se suele reprochar que no considera más que la producción», «determina
en realidad como objeto de la economía exclusivamente la distribución». Y el
análisis detalla-do del concreto proceso de realización del capital muestra, a
propósito de toda cuestión, que el interés del capitalista -puesto que produce
mercancías, no bienes- tiene forzosamente que afe-rrarse a cuestiones que desde
el punto de vista de la producción son secundarias; que el capitalista queda
preso en el proceso -para él decisivo- de la introducción del valor, proceso
que le suministra su perspectiva propia para la consideración de los fenómenos
económicos, la cual esconde los fenómenos principa-les.2 Esa inadecuación se
exacerba por e] hecho de que en la relación capitalista el principio individual
y el principio social, o sea, la función del capital como propiedad privada y
su función económica objetiva, se encuentran en una contradicción dialéc-tica
ineliminable. «El capital», dice el Manifiesto comunista, «no es una fuerza
personal, es una fuerza social». Pero es una fuerza social cuyos movimientos
están dirigidos por los inter-eses individuales de los propietarios del
capital, los cuales no dominan la función social de su actividad ni pueden
preocuparse
1 Zur Kritik [Contribución a la
crítica de la economía política], XXIX.
2 Das Kapital [El Capital], III, I
115, 297-29b, 307, etc. Es obvio que los diversos grupos de capitalistas, como
el capital industrial, el mercantil, etc., tienen que situarse en esto en
distintas posiciones; pero estas diferencias no tienen una importancia decisiva
para nuestro presente problema.
27
de ella, de tal modo que el principio social, la función social del
capital, no puede imponerse más que por encima de ellos, impo-niéndose a su
voluntad, sin consciencia de ellos. A causa de esa contradicción entre el
principio social y el individual Marx1 llamó ya con razón a las sociedades por
acciones una «supresión del modo de producción capitalista dentro del modo de
produc-ción capitalista mismo»; aunque desde un punto de vista pura-mente
económico el modo de administrar de las sociedades anó-nimas se diferencia muy
poco del capitalista individual, y n] siquiera la sedicente superación de la
anarquía de la producción mediante cárteles, trusts, etc., hace más que
desplazar hacia otro lugar la contradicción, sin superarla. Esta situación es
uno de los momentos decisivos de determinación de la consciencia de clase de la
burguesía: sin duda la burguesía actúa como clase en el proceso económico
objetivo de la sociedad, pero no puede tomar consciencia del desarrollo de ese
proceso, ejecutado por ella misma, más que como de un proceso externo a ella,
de leyes objetivas que se realizan en ella. El pensamiento burgués consi-dera
siempre y por necesidad esencial la vida económica desde el punto de vista del
capitalista individual y de la «ley natural» omnipotente e impersonal que mueve
todo lo social y lo produce espontáneamente.2 De ello se sigue no sólo la
contradicción en-tre los intereses individuales y los de clase en los casos
conflic-tivos (que, por otra parte, rara vez son tan violentos en las clases dominantes
distintas de la burguesía), sino también la imposibi-lidad de principio de
dominar teorética y prácticamente los pro-blemas dimanantes del desarrollo de
la producción capitalista. «Esta repentina mutación del sistema del crédito en
el sistema monetario añade al práctico panic un espanto teorético, y los
agentes mismos de la circulación sienten escalofríos ante el im-
1 Ibíd., Ill, I, 425.
2 Cfr. sobre esto el artículo
«Rosa Luxemburg como marxista».
28
penetrable misterio de su propia situación», escribe Marx.1 El espanto
no carece de fundamento, esto es, es mucho más que la mera perplejidad de los
capitalistas individuales acerca de su destino personal. Los hechos y las
situaciones que producen ese pánico imponen en efecto a la consciencia de la
burguesía algo que, aunque no puede negar totalmente o reprimir totalmente como
factum brutum, no puede tampoco hacerse plenamente consciente. Pues por detrás
de esos hechos y de esas situaciones está, como fundamento identificable, e]
hecho de que «el verda-dero obstáculo a la producción capitalista es el capital
mismo».2 Y el reconocimiento consciente de este hecho significaría la
autosupresión de la clase capitalista.
De este modo las limitaciones objetivas de la producción ca-pitalista se
convierten en limitaciones de la consciencia de clase de la burguesía. Pero
como, a diferencia de las viejas formas de dominio, naturalmente
«conservadoras», que dejan sin afectar las formas de producción de amplias
capas de la población por ellas dominada3 y, por lo tanto, obran de un modo
principalmen-te tradicional y no revolucionario, el capitalismo es una forma de
producción revolucionaria por excelencia, esa inconsciencia necesaria respecto
de la limitación económica objetiva del sis-tema se manifiesta como
contradicción dialéctica interna en la consciencia de clase. O sea: la
consciencia de clase de la bur-guesía está formalmente orientada a ser
consciencia económica. Aún más: el grado más alto de inconsciencia, la forma
más crasa de «falsa conciencia», se manifiesta siempre en la intensifica-ción
de la apariencia de un dominio consciente de los fenóme-
1 Zur Kritik [Contribución a la
crítica de la economía política], 148. 2 Das Kapital [El Capital], III, 1, 231
y 242.
3 Esto vale, por ejemplo, para las formas primitivas de atesoramiento.
Cfr. Das Capital, I, 94. Y también para ciertas formas de manifestación del
ca-pital comercial, que son relativamente «precapitalistas». Cfr. El Capital,
fII, 1, 319
29
nos económicos. Desde el punto de vista de las relaciones de la
consciencia con la totalidad de los fenómenos sociales, esa con-tradicción se
manifiesta como contraposición insuperable entre la ideología y el fundamento
económico. La dialéctica de esta consciencia de clase descansa en la
insuperable contraposición entre el individuo (capitalista), el individuo
cortado según el esquema del capitalista individual, y el proceso dominado por
«leyes naturales» necesarias, esto es, indominable por principio por la
consciencia; con ello pone la teoría y la práctica en una contraposición
insalvable. Pero de un modo que no permite nin-guna dualidad estática, sino que
constantemente aspira a la uni-ficación de los separados principios,
reproduciendo constante-mente una confusa y violenta oscilación entre la
unificación «falsa» y su catastrófico desgarramiento.
Esta autocontradicción dialéctica interna de la consciencia de clase de
la burguesía se agrava todavía por el hecho de que la limitación objetiva del
orden capitalista de producción no se detiene en el estadio de la mera
negatividad, no se limita a pro-vocar «por ley natural» las crisis que la
consciencia no puede comprender, sino que cobra además una configuración
histórica consciente y activa: ésta es el proletariado. Ya la mayoría de los
desplazamientos «normales» de perspectiva al contemplar la estructura económica
de la sociedad y resultantes del punto de vista de los capitalistas se movieron
en una dirección que «oscu-rece y mistifica el real origen de la plusvalía».1
Pero mientras que en el comportamiento «normal», meramente teorético, ese
encubrimiento afecta sólo a la composición orgánica del capital, a la posición
del empresario en el proceso de producción, a la función económica del interés,
etc., o sea, se limita a mostrar la incapacidad de descubrir las verdaderas
fuerzas motoras situadas
1 Das Kapital [El Capital] III, I,
146, y 132, 366-369, 377, etc.
30
detrás de la superficie de los fenómenos, al pasar a la práctica el
oscurecimiento se refiere al hecho central básico de la sociedad capitalista: a
la lucha de clases. Pues en la lucha de clases esas fuerzas ocultas por lo
común tras la superficie de la vida econó-mica, superficie en la que queda
presa la mirada de los capitalis-tas y de sus portavoces teóricos, se revelan
de tal modo que es completamente imposible no verlas. Tanto que ya en la época
ascendente del capitalismo, cuando la lucha de clases del prole-tariado se
manifestaba sólo en la forma de explosiones espontá-neas y vehementes, los
mismos representantes ideológicos de la clase ascendente reconocieron la lucha
de clases como hecho básico de la vida histórica (Marat, e incluso
historiadores poste-riores, como Mignet, etc.). Pero en la medida en que la
teoría y la práctica del proletariado levantan a la consciencia social ese
principio inconscientemente revolucionario del desarrollo capi-talista, la
burguesía se va viendo ideológicamente reducida a una situación de consciente
defensiva. La contradicción ideológica se radicaliza en la consciencia «falsa»
de la burguesía: la cons-ciencia «falsa» se convierte en una falsedad de la
consciencia. La contradicción, al principio sólo objetiva, se hace también
subjetiva: del problema teorético nace un comportamiento moral que influye
decisivamente en todas las actitudes prácticas de la clase ante todas las
situaciones y cuestiones vitales.
Esta situación de la burguesía determina la función de la consciencia de
clase en su lucha por el dominio de la sociedad. Como el dominio de la
burguesía se extiende realmente a toda la sociedad, como la burguesía tiende
efectivamente a una organi-zación de la sociedad entera de acuerdo con sus
intereses, y has-ta la ha realizado en parte, esta clase tenía que construir
una c e-rrada doctrina de la economía, el Estado, la sociedad, etc. (lo cual
presupone y significa sin más una «concepción del mun-do»), y tenía también que
desarrollar y hacerse consciente la fe
31
en su propia misión por lo que hace a ese dominio y a esa orga-nización.
El elemento trágico-dialéctico de la situación de clase de la burguesía se
manifiesta a este propósito del siguiente mo-do: no sólo es concorde con sus
intereses, sino que le resulta inevitablemente necesario conseguir una
consciencia de sus in-tereses de clase acerca de toda cuestión particular, y
ello con la mayor claridad posible; pero, por otra parte, esa consciencia tiene
que ser para ella catastrófica en cuanto que se refiere como consciencia clara
a la cuestión del todo. Esto se debe ante todo a que el dominio de la burguesía
no puede ser sino minoritario.
Como su dominio no sólo es ejercido por una minoría, sino también en
interés de una minoría, la ilusión de las demás cla-ses, su permanencia en una
consciencia de clase oscura, es un presupuesto necesario de la subsistencia del
régimen burgués. (Piénsese en la doctrina del Estado como situado por «encima»
de las contraposiciones de clase, la doctrina de la justicia «inde-pendiente»,
etc.) Pero el encubrimiento de la esencia de la so-ciedad burguesa es una
necesidad vital para la burguesía misma. Pues cuando aumenta la claridad al
respecto se revelan las con-tradicciones internas insolubles de ese orden
social, y acaban por poner a sus partidarios ante el siguiente dilema: o bien
ocluirse conscientemente contra la creciente comprensión, o bien reprimir en sí
mismos todos los instintos morales con obje-to de poder defender también
moralmente el orden económico adecuado a sus intereses.
Sin sobrestimar la eficacia real de esos momentos ideológi-cos, hay que
observar que la capacidad combativa de una clase es tanto mayor cuanto más
fácil le es creer, con limpia conscien-cia, en su propia misión, cuanto más
capaz es de imponerse con intacto instinto a todos los fenómenos de acuerdo con
sus inter-eses. Ahora bien: a partir de unos estadios evolutivos muy
tem-pranos, entre los que pueden contarse la crítica de la economía
32
clásica por Sismondi, la crítica alemana del derecho natural, el joven
Carlyle, etc., la historia ideológica de la burguesía no es sino una lucha
puramente desesperada contra la comprensión de la verdadera naturaleza de la
sociedad por ella producida, contra la consciencia real de su posición de
clase. La afirma-ción del Manifiesto de que la burguesía produce sus propios
enterradores es verdadera no sólo económica, sino también ide-ológicamente.
Toda la ciencia burguesa del siglo XIX ha reali-zado esfuerzos insuperables por
esconder los fundamentos de la sociedad burguesa: nada se ha dejado sin
intentar en este senti-do, desde las más groseras falsificaciones de los hechos
hasta las teorías «sublimes» de la «esencia» de la historia, del Estado, etc.
Todo en vano. El final de siglo acarreó ya la decisión en la cien-cia
desarrollada (y, consiguientemente, en la consciencia de las capas dirigentes
capitalistas).
Eso se aprecia claramente al examinar la creciente aceptación de la idea
organizativa en la consciencia de la burguesía. Esa idea se ha realizado
primero en las sociedades anónimas, los cárteles, trusts, etc., en la forma de
una concentración creciente. Así ha mostrado, ciertamente, de modo cada vez más
claro y desde el punto de vista organizativo el carácter social del capital,
pero sin afectar a la anarquía de la producción, sino sólo para dar posiciones
de monopolio relativas a capitalistas individuales que consiguen una potencia
gigantesca. Así pues, ha puesto muy de manifiesto objetivamente el carácter
social del capital, pero sin pasarlo a consciencia de clase capitalista, e
incluso apartando más a ésta de una verdadera capacidad de conocer la situación,
gracias a esa apariencia de superación de la anarquía de la pro-ducción. Las
crisis de la guerra y de la posguerra han empujado incluso ese desarrollo: la
«economía planificada» ha penetrado por lo menos en la consciencia de los
elementos más progresi-vos de la burguesía. Cierto que, por de pronto, eso se
refiere a
33
capas muy poco numerosas, e incluso en ellas se da más como experimento
teorético que como camino práctico de salvación del callejón sin salida de la
crisis. Pero si comparamos ese esta-do de consciencia que busca el equilibrio
económico entre la «economía planificada» y los intereses de clase de la
burguesía con el estado de consciencia del capitalismo ascendente, el cual
consideraba toda clase de organización social como «una agre-sión a los
intocables derechos de la propiedad, libertad y "genia-lidad" autodeterminante
del capitalismo individual»,1 se nos revela claramente la capitulación de la
consciencia de clase de la burguesía ante la del proletariado. Está claro que
incluso la parte de la burguesía que acepta la economía planificada entien-de
por ella algo distinto de lo que entiende el proletariado: en-tiende por ella
precisamente el último intento de salvar el capita-lismo mediante una
radicalización extrema de su contradicción interna. Pero, a pesar de todo, con
ello abandona su última posi-ción teorética. (Y es una curiosa contraprueba el
que algunas partes aisladas del proletariado capitulen precisamente en este
momento ante la burguesía, aceptando como propia esa pro-blemática forma de
organización burguesa.) Pero con eso la en-tera existencia de la clase burguesa
y, como expresión de ella, la cultura burguesa, entran en la crisis más grave.
Por una parte, la ilimitada esterilidad de una ideología completamente separada
de la vida, de un intento más o menos consciente de falsifica-ción; y, por otra,
el vacío, no menos terrible, de un cinismo que está ya convencido de la última
nulidad de su propia existencia desde el punto de vista histórico-universal, y
defiende puramen-te su nuda existencia, sus nudos intereses egoístas. La crisis
ide-ológica es un síntoma infalible de esa decadencia. La clase está ya
constreñida a la defensiva, lucha ya por su mera conservación
1 Das Kapital [El Capital] I, 321.
34
(pese a lo agresivos que pueden ser sus medios de lucha): la cla-se
burguesa ha perdido inapelablemente su capacidad de direc-ción.
—IV—
El materialismo histórico tiene una función decisiva en esa lucha por la
consciencia. El proletariado y la burguesía son cla-ses coordinadas en lo
ideológico igual que en lo económico. El mismo proceso que, desde el punto de
vista de la burguesía, se presenta como un proceso de descomposición, como una
crisis permanente, significa para el proletariado -aunque también, por
supuesto, en forma de crisis- la acumulación de fuerzas, el tram-polín para la
victoria. Ideológicamente esto significa que la misma creciente comprensión de
la esencia de la sociedad, en la que se refleja la lenta agonía burguesa,
redunda para el proleta-riado en un constante aumento de fuerzas. La verdad es
para el proletariado un arma victoriosa: y tanto más victoriosa cuanto más
desconsiderada. La cólera de la desesperación con la cual la ciencia de la
burguesía combate el materialismo dialéctico se hace de este modo comprensible:
ella estará perdida en cuanto que se vea obligada a ponerse en ese terreno. Lo
cual, a su vez, permite comprender por qué el proletariado y sólo el
proletaria-do tiene en la recta comprensión de la esencia de la sociedad un
factor de fuerza de primerísima fila, e incluso redondamente el arma de la
decisión.
Los marxistas vulgares han ignorado siempre esta peculiar función de la
consciencia en la lucha de clases del proletariado, y han entronizado una
mezquina «política realista» en el lugar de la gran lucha de principios que
apela a las cuestiones últimas del proceso económico objetivo. Como es natural,
el proletaria-
35
do tiene que partir de los datos de la situación inmediata. Pero se
distingue de las demás clases por el hecho de que no se detiene ante los
acaecimientos singulares de la historia, ni tampoco se deja simplemente
arrastrar por ellos, sino que constituye él mismo la esencia de las fuerzas
motoras y actúa centralmente sobre el centro mismo del proceso del desarrollo
social. Los marxistas vulgares al alejarse de ese punto de vista central, del
punto metódico en que se engendra la consciencia de clase pro-letaria, se
sitúan en el plano de consciencia de la burguesía. Y sólo a un marxista vulgar
puede sorprenderle que, puestos en ese plano, en el terreno de lucha de la
burguesía, ésta resulte económica e ideológicamente superior al proletariado. Y
sólo el marxista vulgar es capaz de inferir de ese hecho, causado
exclu-sivamente por su actitud, la superioridad de la burguesía como tal y en
general. Pues es obvio que, prescindiendo incluso de sus medios de fuerza
reales, la burguesía tiene, en este terreno, más conocimientos, rutinas, etc.,
a disposición; ni tampoco puede sorprender el que, cuando su enemigo acepta su
propia concep-ción básica, la burguesía se encuentra, sin méritos propios, en
una posición de superioridad. La superioridad del proletariado sobre la
burguesía, que le es en todo lo demás superior — intelectualmente,
organizativamente, etc.—, estriba exclusiva-mente en que el proletariado es
capaz de contemplar la sociedad desde su mismo centro, como un todo coherente,
y, por lo tanto, es también capaz de actuar de un modo central que transforme
la realidad entera. Esa superioridad consiste en que para la cons-ciencia de
clase del proletariado la teoría y la práctica coinciden, y en que, por lo
tanto, el proletariado es capaz de lanzar cons-cientemente su propia acción
como momento decisivo en la ba-lanza del desarrollo histórico. Cuando los
marxistas vulgares desgarran esa unidad están cortando el nervio que enlaza la
teor-ía proletaria con la acción proletaria en una sola unidad. Redu-
36
cen regresivamente la teoría al tratamiento «científico» de los síntomas
del desarrollo social y hacen de la práctica una agita-ción sin base ni
finalidad a merced de los resultados singulares de un proceso cuyo dominio
intelectual metódico han abando-nado.
La consciencia de clase que se produce sobre ese fundamento tiene que
mostrar la misma estructura interna que la de la bur-guesía. Pero cuando,
entonces, salen empujados a la superficie de la consciencia, por la
construcción del proceso, las mismas contradicciones que en el caso de la
burguesía, la consecuencia es mucho más grave para el proletariado. Pues el
autoengaño de la consciencia «falsa» que se produce en la burguesía está, por
lo menos, en armonía con su situación de clase, pese a todas sus contradicciones
y a toda su falsedad objetiva. Por supuesto que no puede salvarla de la ruina,
de la constante agudización de estas contradicciones; pero puede por lo menos
darle posibilida-des internas de seguir luchando, presupuestos internos incluso
de éxitos pasajeros. En cambio, en el proletariado esa conscien-cia no sólo
presenta las indicadas contradicciones internas (bur-guesas), sino que niega
además las necesidades de la acción im-puesta por la situación económica del
proletariado, por varias que sean las ideas que él se haga a su respecto. El
proletariado tiene que obrar proletariamente, pero su propia teoría marxista
vulgar le desdibuja la perspectiva del camino recto. Y esa con-tradicción
dialéctica entre la acción proletaria objetiva y econó-micamente necesaria y la
teoría marxista vulgar (burguesa) se encuentra en constante intensificación. O
sea: la significación motora o inhibidora que tienen, respectivamente, la
teoría ver-dadera y la falsa aumentan al aproximarse las luchas decisivas en la
guerra de las clases. El «reino de la libertad», el final de la «prehistoria de
la humanidad» significa precisamente que las relaciones cosificadas entre los
hombres, la cosificación, empie-
37
za a peder su poder sobre el hombre y a entregarlo a éste. Cuan-to más
se aproxima ese proceso a su meta, tanto más importante es la consciencia que
el proletariado tenga de su tarea, su cons-ciencia de clase, y tanto más
intensa e inmediatamente tiene que determinar esa conciencia sus acciones. Pues
el ciego poder de las fuerzas motoras no procede “automáticamente” hacia su
ob-jetivo, su autodisolución, más que hasta llegar el momento en que ese punto
se encuentra en proximidad alcanzable. Una vez dado objetivamente el momento de
la transición al «reino de la libertad», la situación se manifiesta
precisamente en el hecho de que las fuerzas ciegas lo son en sentido literal, y
empujan hacia el abismo con energía creciente y aparentemente irresistible,
mientras que sólo la voluntad consciente del proletariado puede proteger a la
humanidad de una catástrofe. Dicho de otra mane-ra: una vez inaugurada la
crisis económica definitiva del capita-lismo, el destino de la revolución (y,
con él, el de la humanidad) depende de la madurez ideológica del proletariado,
de su cons-ciencia de clase.
Con eso queda determinada la peculiar función que tiene la consciencia
de clase para el proletariado, a diferencia de su fun-ción para otras clases.
Precisamente porque el proletariado como clase no puede liberarse sin suprimir
la sociedad de clases como tal, su consciencia, la última consciencia de clase
de la historia de la humanidad, tiene, por una parte, que coincidir con la
reve-lación de la esencia de la sociedad y, por otra parte, tiene que consumar
una unidad cada vez más profunda de la teoría y la práctica. Para el
proletariado, la “ideología” no es una bandera bajo la cual luchar, ni una capa
disimuladora de sus verdaderos objetivos, sino la finalidad y el arma mismas.
Toda táctica del proletariado que no obedezca a principios o carezca de ellos rebaja
el materialismo histórico a mera «ideología», impone al proletariado un método
de lucha burgués (o pequeño-burgués), y
38
le arrebata sus mejores fuerzas, al atribuir a su consciencia de clase
la función meramente concomitante o inhibidora (lo cual es siempre inhibición
para el proletariado) de una consciencia burguesa, en vez de la función activa
de la consciencia proleta-ria.
— V —
Por clara que sea, en cuanto a la esencia misma de la cosa, la relación
entre la consciencia de clase y la situación de clase para el proletariado,
hay, sin embargo grandes obstáculos opuestos a la realización de esa
consciencia en la realidad. En este punto hay que considerar ante todo la falta
de unidad dentro de la con-ciencia misma. Pues aunque la sociedad es en sí
misma algo rigurosamente unitario y aunque su proceso de desarrollo tam-bién lo
es, una y otro no son una unidad para la consciencia del hombre, especialmente
para la del que vive en la cosificación capitalista de las relaciones como en
un mundo ambiente natu-ral, sino que están dados como multiplicidad de cosas y
fuerzas independientes unas de otras.
La escisión más llamativa, y más rica en consecuencias, de la
consciencia proletaria se revela en la separación entre lucha económica y lucha
política. Marx1 ha insistido repetidas veces en la inadmisibilidad de esa
separación, mostrando que es pro-pio de toda lucha económica mutar en política
(y a la inversa); pues bien, pese a ello ha sido imposible extirpar de la
teoría del proletariado esa división entre lucha económica y lucha política.
1 Elend der Philosophie [Miseria
de la filosofía ed. alemana], 164. - Briefe und Auszüge aus Briefen an FA.
Sorge un andere [Cartas y extractos de cartas a FA. Sorge y otros], 42 ss.
39
El motivo de esa deformación de la consciencia de clase, de ese
apartamiento de sí misma, arraiga en la escisión dialéctica entre el objetivo
singular y el objetivo final, o sea, en última instancia, en la escisión
dialéctica de la revolución proletaria misma.
Pues las clases que en anteriores sociedades se vieron llama-das al
dominio y, por lo tanto, fueron capaces de realizar revolu-ciones victoriosas,
se encontraron subjetivamente ante una tarea mucho más fácil, a causa
precisamente de la inadecuación de su consciencia de clase respecto de la
estructura económica subje-tiva, o sea, a causa de su inconsciencia respecto de
su propia función en el proceso del desarrollo social. Les bastó con impo-ner
sus intereses inmediatos mediante la fuerza de que dispon-ían, y el sentido
social de sus acciones les quedó siempre oculto, entregado a la «astucia de la
razón» en el proceso social deter-minado. Pero el proletariado se encuentra en
la historia con la tarea de una transformación consciente de la sociedad, tiene
que producirse en su consciencia de clase la contradicción dialéctica entre el
interés inmediato y la meta última, entre el momento singular y el todo. Pues
el momento singular del proceso, la si-tuación concreta de sus concretas
exigencias, es por su naturale-za inmanente la actual sociedad, a la sociedad
capitalista, se en-cuentra sometida a sus leyes y a su estructura económica. Y
no se hace revolucionaria más que si se inserta en la concepción total del
proceso, cuando se introduce con referencia al objetivo último, remitiendo
concreta y conscientemente más allá de la sociedad capitalista. Pero eso
significa, subjetivamente conside-rado, para la consciencia de clase del
proletariado, que la rela-ción dialéctica entre el interés inmediato y la
acción objetiva orientada al todo de la sociedad queda situada en la
consciencia del proletariado mismo, en vez de desarrollarse, como ocurrió con
todas las clases anteriores, más allá de la consciencia (atri-buible), como
proceso puramente objetivo. La victoria revolu-
40
cionaria del proletariado no es, pues, como para las demás clases
anteriores, la realización inmediata del ser socialmente dado de la clase, sino
—como ya lo vio y formuló agudamente el joven Marx— la autosuperación de la
clase. El Manifiesto Comunista formula esa diferencia del siguiente modo:
«Todas las clases anteriores que conquistaron para sí el dominio intentaron
asegu-rar la posición que ya habían logrado en la vida sometiendo la sociedad
entera a las condiciones de su logro. Los proletarios no pueden conquistar para
sí las fuerzas sociales de producción más que suprimiendo su propio anterior
modo de apropiación y, con ello, todo modo de apropiación existido hasta
ahora». (Cursiva mía.) Esta dialéctica interna de la situación de clase
dificulta, por un lado, el desarrollo de la consciencia de clase proletaria a
diferencia del caso de la burguesía, que en el despliegue de su consciencia de
clase pudo quedarse en la superficie de los fenó-menos, detenida en la empiria
más abstracta y grosera, mientras que para el proletariado, y ya en estadios
muy primitivos de su desarrollo, el rebasamiento de lo inmediatamente dado fue
una imposición básica de su lucha de clases. (Marx1 lo subraya ya en sus
observaciones acerca del levantamiento de los tejedores de Silesia.) Pues la
situación de clase del proletariado presenta la contradicción directamente a su
consciencia, mientras que las contradicciones que para la burguesía resultan de
su situación de clase tenían que darse como limitaciones extremas de su cons-ciencia.
Pero, por otra parte, esa contradicción significa que la consciencia «falsa»
tiene en el desarrollo del proletariado una función completamente distinta que
en cualquier clase anterior. Pues mientras que incluso observaciones correctas
de hechos o momentos sueltos del desarrollo mostraron en la consciencia de
clase de la burguesía, por su relación al todo de la sociedad, las limitaciones
de esa consciencia y se revelaron como “falsa”
1 Nachlass [Póstumos] II, 54.
41
consciencia, en cambio, hasta en la consciencia “falsa” del
pro-letariado, hasta en sus errores de hecho, hay una tendencia obje-tiva a la
verdad. Bastará a este propósito con aludir a la crítica social de los autores
utópicos, o a la ulterior y revolucionaria elaboración de la teoría de Ricardo.
A propósito de esta última escribe categóricamente Engels:1 «Pero incluso lo
que es falso económico-formalmente puede aún ser verdadero desde el punto de
vista histórico-universal... Tras la incorrección económi-co-formal puede
esconderse un contenido económico muy ver-dadero.» Sólo con eso se hace
resoluble la contradicción en la consciencia de clase del proletariado, y se
hace al mismo tiempo factor consciente de la historia. Pues la tendencia
objetiva a la verdad que alienta incluso en la consciencia «falsa» del
proleta-riado no significa en modo alguno la posibilidad de que esa ver-dad
aparezca por sí misma a la luz, sin un esfuerzo activo del proletariado. Al
contrario. Sólo aguzando la consciencia me-diante una acción y una autocrítica
conscientes se obtiene de la mera intencionalidad hacia la verdad, eliminando
sus falsos re-cubrimientos, el conocimiento realmente verdadero,
histórica-mente significativo y socialmente revolucionario. Ese conoci-miento
sería, ciertamente, imposible si no le subyaciera la men-cionada tendencialidad
objetiva, de modo que en ese punto tam-bién se confirma la frase de Marx2 según
la cual «la humanidad no se plantea nunca más que tareas que puede resolver».
Pero lo único dado es, también en este caso, meramente la posibilidad. La
solución misma no puede ser sino fruto del acto, consciente del proletariado.
La misma estructura de la consciencia en que se basa la tarea histórica del
proletariado, la remisión más allá de la sociedad existente, acarrea la
escisión dialéctica de esa consciencia. Lo que en las demás clases se manifestó
como con-
1 Prólogo a Elend der Philosophie
[Miseria de la filosofía, ed. alemana], IX-X.
2 Zur Kritik [Contribución a la
crítica de la economía política) LVI.
42
traposición entre los intereses de clase y los intereses de la
so-ciedad, como contraposición entre el acto individual y sus con-secuencias
sociales, etc., y, por lo tanto, como limitación última de la consciencia, se
transfiere en el caso del proletariado, como contraposición entre el interés
momentáneo y el objetivo final, a la interioridad de la consciencia de clase
proletaria misma. Por consiguiente, lo que posibilita la victoria material del
proletaria-do en la lucha de clases es la superación interna de esa escisión
dialéctica.
Ahora bien: esa misma escisión abre camino a la compren-sión de que
-como se destacó en el lema de este artículo- la consciencia de clase no es la
consciencia psicológica de proleta-rios individuales, ni la consciencia de su
totalidad (en el sentido de la psicología de las masas), sino el sentido, hecho
consciente, de la situación histórica de la clase. El interés particular y
mo-mentáneo en el cual se objetiva en cada caso ese sentido, interés que no
puede nunca ignorarse si se quiere evitar que la lucha de clases del
proletariado recaiga en el estadio más primitivo de la utopía, puede tener, en
efecto, dos funciones: la de ser un paso en el sentido que lleva a la meta o la
de encubrir ésta. La deci-sión acerca de cuál de las dos funciones desempeñará
depende exclusivamente de la consciencia de clase del proletariado, y no de la
victoria o el fracaso en cada batalla aislada. Marx ha lla-mado muy pronto la
atención acerca de este peligro, particular-mente presente en la lucha
puramente «económica» de los sindi-catos:1 «Al mismo tiempo, los
trabajadores... no tienen que exa-gerarse el resultado final de esas luchas. No
deben olvidar que luchan contra consecuencias, y no contra las causas de esas
con-secuencias..., que están aplicando paliativos, sin sanar la enfer-medad.
Por eso no deberían limitarse exclusivamente a esas lu-
1 Lohn, Preis und Profit [Salado,
precio y beneficio], 46-47.
43
chas de guerrillas, por otra parte inevitables..., sino esforzarse al
mismo tiempo por la trasformación y utilizar su fuerza organi-zada como una
palanca para la enajenación definitiva del siste-ma asalariado.»
La fuente de todo optimismo se encuentra precisamente en la tendencia a
partir de los efectos y no de las causas, de las partes y no del todo, de los
síntomas y no de la cosa misma: el opti-mismo ve en los intereses particulares
y en la lucha por ellos no un expediente educativo para la lucha final, cuya
decisión de-pende de la aproximación de la consciencia psicológica a la
atri-buible, sino algo valioso en sí mismo, o, por lo menos, algo que ya por sí
mismo acerca a la meta; el optimismo se basa, en una palabra, en la confusión
del estado efectivo o psicológico de consciencia de los proletarios con la
consciencia de clase del proletariado.
Lo grave prácticamente de esa confusión se aprecia viendo que, por causa
de ella, el proletariado muestra a menudo en su acción una unidad y una
compacidad mucho menores que las que corresponderían a la unidad de las
tendencias económicas objetivas. La fuerza y la superioridad de la consciencia
de clase verdadera y práctica estriba precisamente en la capacidad de descubrir
por detrás de los síntomas divisores del proceso económico su unidad como
desarrollo total de la sociedad. Pero en la época del capitalismo ese
movimiento total o global no puede mostrar aún en sus formas externas de
manifestación nin-guna unidad inmediata. El fundamento económico de una crisis
mundial, por ejemplo, es sin duda unitario y, como tal, com-prensible
unitariamente desde e] punto de vista económico. Pero su forma espacio-temporal
de manifestarse será aislada en suce-sión y hasta en simultaneidad, no sólo
según los diversos países, sino también según las diversas ramas de la
producción de los diversos países. Así pues, cuando el pensamiento burgués
44
«transforma los diversos fragmentos de la sociedad en otras tan-tas
sociedades sustantivas»1 comete sin duda un error teorético grave, pero las
consecuencias prácticas inmediatas de esas falsas teorías responden
perfectamente a los intereses de clase capita-listas. La clase burguesa es, por
una parte, incapaz, desde el pun-to de vista teorético general, de levantarse
por encima de la comprensión de particularidades y síntomas del proceso
econó-mico (por la cual incapacidad se encuentra también en última instancia
condenada prácticamente al fracaso). Pero, por otra parte, en la acción
práctica inmediata de la vida cotidiana, le interesa infinitamente imponer al
proletariado este tipo de con-ducta. Pues en este caso, y sólo en este caso, se
impondrá clara-mente su superioridad organizativa, etc., mientras que la
organi-zación del proletariado (completamente diversa), su organizabi-lidad
como clase, no conseguirá nunca vigencia. Cuanto más avanza la crisis económica
del capitalismó, tanto más claramen-te se recela, incluso prácticamente, esa
unidad del proceso económico. También se da, ciertamente, en los tiempos
llama-dos normales, y en ellos ha sido también perceptible desde el punto de
vista de clase del proletariado; pero la distancia entre la forma apariencial y
el fundamento último era demasiado dilata-da para que en la acción del
proletariado el hecho pudiera susci-tar consecuencias prácticas. La situación
cambia en los tiempos decisivos de crisis. La unidad del proceso total está
entonces al alcance de la mano. Tanto que ni siquiera la teoría del
capitalis-mo consigue sustraerse completamente a ella; aunque, de todos modos,
sigue sin serle plenamente accesible. En esta situación la suerte del
proletariado y, con la suya, la del entero desarrollo de la humanidad depende
de que el proletariado dé o no dé ese úni-co paso que es ya objetivamente
posible. Pues aunque los diver-
1 Elend der Philosophie [Miseria
de la filosofía, ed. alemana], 92.
45
sos síntomas de la crisis se presenten sueltos (según los países y las
ramas de la producción, como crisis “económicas” o como crisis “políticas”,
etc.), y aunque, consiguientemente, su reflejo en la consciencia psicológica
inmediata de los trabajadores ten-ga también un carácter inconexo, sin embargo,
hoy es ya posible y necesario el rebasamiento de esa consciencia: y capas
constan-temente crecientes del proletariado sienten ya instintivamente su
necesidad. La teoría del oportunismo, cuya función fue aparen-temente, hasta
llegar a la crisis aguda, meramente inhibitoria del desarrollo, muta ahora en
sentido completamente contrario al proceso. El oportunismo tiende ahora a
impedir el ulterior desa-rrollo de la consciencia de clase proletaria a partir
de su inme-diatez puramente psicológica hasta la adecuación al desarrollo
general; tiende a rebajar la consciencia de clase del proletariado al nivel de
su inmediatez psicológica, dando así al progreso, hasta ahora instintivo, de la
consciencia de clase una dirección contraria a sus fines. Esta teoría que,
mientras no estaba dada la posibilidad práctica de unificar la consciencia de
clase proleta-ria, aún pudo considerarse, con alguna benevolencia, como un mero
error, asume en esta situación el carácter del engaño pre-meditado (con
independencia de que sus portavoces sean psi-cológicamente conscientes de ello
o no lo sean). El oportunismo cumple ahora respecto de los acertados instintos
del proletariado la misma función que ejerció siempre la teoría capitalista:
de-nuncia la comprensión recta de la situación económica global, la recta
consciencia de clase del proletariado —y su forma organi-zativa, el partido
comunista— como algo irreal, como un princi-pio ajeno a los intereses
«verdaderos» de los trabajadores (o sea, a sus intereses inmediatos,
aisladamente nacionales o profesio-nales) y a su consciencia de clase
“verdadera” (o sea, a la cons-ciencia de clase psicológicamente dada).
46
Pero la consciencia de clase, aunque no sea una realidad psi-cológica,
no es tampoco una mera ficción. La marcha infinita-mente torturada de la
revolución proletaria, llena de retiradas, su constante vuelta al punto de
partida, su permanente autocrítica, de la que Marx habla en su célebre paso del
Brumaire, encuentra explicación en la realidad de esa consciencia.
Sólo la consciencia del proletariado puede mostrar el camino que lleva
fuera de la crisis del capitalismo. La crisis es perma-nente mientras no existe
esa consciencia, y vuelve a su punto de partida, repite la situación, hasta que
al final, tras infinitos su-frimientos, tras terribles rodeos, el aprendizaje
empírico de la historia consuma el proceso de la consciencia del proletariado y
le entrega la dirección de la historia. Pero el proletariado no tie-ne aquí
elección. Como ha dicho Marx,1 tiene que llegar a ser una clase no sólo «frente
al capital», sino también «para sí mis-ma»; esto es: tiene que levantar la
necesidad económica de su lucha de clase hasta una voluntad consciente, hasta
una cons-ciencia de clase eficaz. Los humanitaristas y pacifistas de clase que,
queriéndolo o no, trabajan por decelerar ese proceso ya por sí mismo lento,
doloroso y lleno de crisis, se aterrarían si com-prendieran los sufrimientos
que cargan al proletariado con la prolongación de ese aprendizaje.
Pues el proletariado no puede sustraerse a su misión. El pro-blema
consiste sólo en saber cuánto tiene que sufrir aún hasta llegar a la madurez
ideológica, al conocimiento adecuado de su situación de clase, hasta su
consciencia de clase.
Cierto que esa vacilación, esa oscuridad misma, es un sínto-ma de crisis
de la sociedad burguesa. El proletariado, como pro-ducto del capitalismo, tiene
que estar necesariamente sometido a
1 Elend der philosophie [Miseria de la filosofía, ed. alemana], 162.
47
las formas de existencia del que lo ha engendrado. Esa forma de
existencia es la inhumanidad, la cosificación. Sin duda: el prole-tariado es,
por su mera existencia, la crítica, la negación de esas formas de vida. Pero,
antes de que se consume la crisis objetiva del capitalismo, antes de que el
proletariado mismo consiga la plena comprensión de esas crisis, la verdadera
consciencia de clase, el proletariado es mera crítica de la cosificación y no
se levanta, como tal, por encima de lo negado más que negativa-mente. Aún más:
si la crítica no consigue ir más allá de la mera negación de una parte, si no
apunta, al menos, a la totalidad, entonces ni siquiera rebasa en ningún sentido
lo negado, como se ve en la mezquindad pequeño-burguesa de la mayoría de los sindicalistas.
Esta critica mera, esta critica desde el punto de vista del capitalismo, se
revela del modo más llamativo en la separación de los diversos campos de lucha.
Ya el mero hecho de la separación indica que la consciencia del proletariado
está aún sometida a la cosificación. Aunque, naturalmente, le es más fácil
darse cuenta de la inhumanidad de su situación de clase en el terreno económico
que en el político, y en el político, a su vez, más fácil que en el cultural,
sin embargo, todas esas separa-ciones muestran precisamente el poder no
superado de las for-mas de vida capitalistas en el proletariado.
La consciencia cosificada se queda forzosamente presa en los dos
extremos del empirismo grosero y de la utopía abstracta, análogamente y con la
misma falta de perspectivas. Con ello la consciencia se convierte en mero
espectador pasivo de un mo-vimiento de las cosas según leyes externas, sin
poder intervenir de ningún modo en él, o bien se considera a sí misma como un
poder que consigue, a su objetiva voluntad, dominar el movi-miento de las
cosas, en sí sin sentido. Ya hemos considerado el empirismo en bruto de los
oportunistas en su relación con la consciencia de clase del proletariado. Ahora
interesa sólo com-
48
prender la función de la utopía como rasgo esencial de la degra-dación
interna de la consciencia de clase. (La distinción, pura-mente metodológica,
aquí establecida entre empirismo y utopía, no significa en absoluto que no
puedan unificarse en ciertas co-rrientes, y que tienen además una íntima
copertenencia.)
Los trabajos filosóficos del joven Marx se orientaban en gran parte a
conseguir una comprensión correcta de la función de la consciencia en la
historia frente a las diversas doctrinas falsas de la consciencia (tanto la
«idealista» de la escuela hegeliana cuan-to la «materialista» de Feuerbach). Ya
el Epistolario de 1843 entiende la consciencia como inserta en el desarrollo.
La cons-ciencia no se encuentra fuera del desarrollo histórico. No tiene que
esperar a que el filósofo la introduzca en el mundo; razón por la cual el
filósofo no tiene derecho a contemplar orgullosa-mente de arriba abajo las
pequeñas luchas del mundo y despre-ciarlas. «Sólo mostramos al mundo aquello
por lo cual propia-mente lucha, y la consciencia es cosa que no tiene más
remedio que apropiarse aunque no quiera.» Por eso se trata sólo de «ex-plicarle
sus propias acciones».1 La gran polémica contra Hegel2 en La Sagrada Familia se
concentra principalmente en torno de ese punto. La ambigüedad de Hegel consiste
en que su espíritu absoluto no hace la historia sino aparentemente, y luego la
resul-tante trascendencia de la consciencia respecto de los hechos históricos
ideales se convierte en manos de sus discípulos en una contraposición orgullosa
- y reaccionaria- entre el “Espíritu” y la “Masa”, cuyas ambigüedades, cuyos
absurdos y recaídas por detrás del plano ya alcanzado por Hegel ha criticado
Marx sin reservas. Como complemento de eso se tiene la crítica aforismá-tica a
Feuerbach. En éste se entiende la cismundaneidad de la
1 Nachlass [Póstumos], t, 382.
2 Cfr. el artículo «Qué es
marxismo ortodoxo?».
49
consciencia, alcanzada por el materialismo, como un mero esta-dio del
desarrollo, como estadio de «la sociedad burguesa», al que se contrapone la
«actividad práctico-crítica», la «transfor-mación del mundo» como tarea de la
consciencia. Con eso se tenía el fundamento filosófico para un balance de la
utopía. Pues en el pensamiento utópico se manifiesta la misma dualidad de
movimiento social y consciencia del mismo. La consciencia abandona su más-allá,
entra en la sociedad y la pasa del camino falso por el que dicurría al camino
recto. El carácter no desarro-llado del movimiento proletario no permite a esos
pensadores todavía ver en la historia misma, en el modo como el proletaria-do
se organizaba en clase, o sea, en la consciencia de clase del proletariado, el
portador del desarrollo. Todavía no son capaces de «darse cuenta de lo que
ocurre ante sus ojos y hacerse órgano de ello».1
Pero sería una ilusión creer que con esta crítica de la utopía, con el
conocimiento histórico de que se ha hecho objetivamente posible un
comportamiento ya no utópico respecto del desarrollo histórico, la utopía quede
materialmente eliminada de la lucha liberadora del proletariado. No queda
eliminada más que en la medida y para los estadios de la consciencia de clase
en y para los cuales se han realizado efectivamente la unidad real de teoría y
práctica descrita por Marx, la intervención práctica y real de la consciencia
de clase en el curso de la historia y, con ello, la comprensión práctica de la
cosificación. Pero eso no ocurre uni-formemente ni de una vez. En este punto
aparecen gradaciones no sólo nacionales o «sociales, sino también propias de la
cons-ciencia de clase de las mismas capas obreras. La separación en-
1 Elend der Philosophie [Miseria
de la filosofía, ed alemana], 109. Cfr. Mani-fiesto, III, 3.
50
tre economía y política es el caso más característico y también el más
importante. Hay capas proletarias que tienen el instinto de clase acertado para
su lucha económica, y hasta son capaces de levantarlo a consciencia de clase,
pero, en cambio, permanecen en un punto de vista completamente utópico cuando
se trata de la cuestión del Estado, por ejemplo. Es obvio que eso significa una
división mecánica. La visión utópica de la función de la política tiene por
fuerza que repercutir en las concepciones acer-ca del desarrollo económico,
particularmente en las concepcio-nes acerca del todo de la economía, en una
interacción dialéctica (por ejemplo, teoría sindicalista de la revolución):
Pues sin co-nocimiento real de la interacción entre la economía y la política
es imposible una lucha contra el entero sistema económico, por no hablar ya de
una reorganización de toda la economía. Lo po-co que está superado el
pensamiento utópico ya en este estadio, el más próximo a los intereses vitales
inmediatos del proletaria-do y en el que más claramente permite descubrir la
actual crisis en la marcha de la historia cuál es la conducta correcta, se
apre-cia por efecto de teorías completamente utópicas como la de Ballod o la
del socialismo gildista. Esta estructura tiene que re-velarse aún más
crasamente en todos los terrenos en los que el desarrollo social no ha madurado
todavía tanto como para pro-ducir por sí mismo la posibilidad objetiva de una
consideración de la totalidad. Esto se aprecia del modo más claro en el com-portamiento
teorético y práctico del proletariado respecto de cuestiones puramente
ideológicas, respecto de las cuestiones de la cultura. Estas cuestiones ocupan
hoy una posición práctica-mente aislada en la consciencia del proletariado;
todavía no se ha presentado en absoluto a la consciencia su conexión orgánica
con los intereses vitales inmediatos de la clase y con la totalidad de la
sociedad. Por eso lo conseguido en este terreno rebasa muy pocas veces la mera
autocrítica del capitalismo, realizada por el
51
proletariado. Y por eso lo positivo logrado en este campo, tanto en la
teoría cuanto en la práctica, tiene un carácter casi puramen-te utópico. Esas
gradaciones son, pues, por una parte, necesida-des históricas objetivas,
diferencias en cuanto a posibilidad obje-tiva de consciencia (conexión entre la
política y la economía, a diferencia de las cuestiones culturales); pero, por
otra parte, cuando existe la posibilidad objetiva de la consciencia,
signifi-can gradaciones en la distancia entre la consciencia de clase
psi-cológica y el conocimiento adecuado de la situación total. Estas
gradaciones no pueden ya reducirse a causas económico- socia-les. La teoría
objetiva de la consciencia de clase es la teoría de su posibilidad objetiva.
Desgraciadamente, no está prácticamen-te estudiado el alcance de la
estratificación de problemas y la estratificación de los intereses económicos
dentro del proletaria-do, problemática cuyo estudio llevaría sin duda a
resultados muy importantes. Por profunda que fuera la sistemática típica de las
estratificaciones en el proletariado y en los problemas de la lu-cha de clases,
siempre se presentaría en ella la cuestión de la realización efectiva de la
posibilidad objetiva de la consciencia de clase. Mientras que en otras épocas
esta cuestión no se plan-teaba más que para individuos extraordinarios
(piénsese en la previsión, nada utópica, del problema de la dictadura en la
obra de Marx), hoy día se ha convertido en un problema real y actual para toda
la clase: el problema de la transformación interna del proletariado, de su
desarrollo hasta el estadio correspondiente a su propia misión histórica
objetiva. Una crisis ideológica cuya solución posibilitará finalmente la
solución práctica de la crisis económica mundial.
Acerca de la longitud del camino que el proletariado tiene que recorrer
ideológicamente, seria muy peligroso hacerse ilu-siones. Pero no menos lo sería
subestimar las fuerzas que en el seno mismo del proletariado actúan en el
sentido de la supera-
52
ción ideológica del capitalismo. El mero hecho de que toda re-volución
proletaria produzca el órgano de lucha del proletario entero, capaz de
desarrollarse hasta ser órgano estatal, el consejo obrero, y de que lo produzca
de un modo cada vez más radical y consciente, es, por ejemplo, una señal de que
la consciencia de clase del proletariado se encuentra en este punto en
situación de superar victoriosamente la naturaleza burguesa de su capa
diri-gente.
El consejo obrero revolucionario, que nunca debe confun-dirse con sus
caricaturas oportunistas, es una de las formas por las cuales ha luchado
incesantemente la consciencia de la clase proletaria desde su nacimiento. La
existencia y el constante de-sarrollo de ese órgano muestran que el
proletariado se encuentra ya en el umbral de su propia consciencia y, con ello,
en el um-bral de la victoria. Pues el consejo obrero es la superación
polí-tico-económica de la cosificación capitalista. Del mismo modo que en la
fase posterior a la dictadura ha de superar la división burguesa entre la
legislación, la administración y la jurispruden-cia; así también está llamado,
ya en la lucha por el poder, a su-perar la dispersión espacio-temporal del
proletariado y a poner la economía y la política en la unidad verdadera de la
acción proletaria, contribuyendo de este modo a conciliar la escisión
dialéctica entre el interés inmediato y el objetivo último.
Por todo eso no hay que ignorar nunca la distancia que separa el estado
de consciencia de los trabajadores, incluso de los más revolucionarios, de la
verdadera consciencia de clase del prole-tariado. Pero este hecho se explica él
mismo por la doctrina marxista de la lucha de clases y la consciencia de clase.
El prole-tariado se realiza a sí mismo al suprimirse y superarse, al com-batir
hasta el final su lucha de clase y producir así la sociedad sin clases. La
lucha por esa sociedad, mera fase de la cual es incluso la dictadura del
proletariado, no es sólo una lucha con el
53
enemigo externo, con la burguesía, sino también y al mismo tiempo una
lucha del proletariado consigo mismo, con los efec-tos destructores y
humillantes del sistema capitalista en su cons-ciencia de clase. El
proletariado no conseguirá su victoria real más que cuando haya superado esos
efectos en sí mismo. La separación de los diversos terrenos que deberían estar
unidos, los diversos estadios de la consciencia son alcanzados por el
proletariado hasta ahora en los diversos terrenos de su lucha, son un termómetro
exacto de lo que ya ha conseguido y de lo que aún tiene que conseguir. El
proletario no puede ahorrarse ningu-na autocrítica, pues sólo la verdad puede
aportarle la victoria: la autocrítica ha de ser, por lo tanto, su elemento
vital. ■
Marzo de 1920.
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