© Libro N° 8926. Laplace, El Matemático De Los Cielos. Bergasa Liberal, Javier. Emancipación. Agosto 7 de 2021.
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Laplace, El Matemático De Los Cielos. Javier
Bergasa Liberal
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LAPLACE, EL MATEMÁTICO DE LOS CIELOS
Javier Bergasa Liberal
Laplace, El Matemático De Los Cielos
Javier Bergasa Liberal
CONTENIDO
Introducción
1. El inicio de la carrera de un científico
2. Revolución y República
3. El bonapartismo
4. La restauración
Bibliografía
A la memoria de Salvador y de Pedro, que Supieron de este libro, pero
que no podrán leerlo.
Y para Beatriz, Carmen y Pedro, que lo harán por ellos.
Introducción
La ciencia ha protagonizado a lo largo de los siglos una gran evolución
a fin de hacer de sí misma una herramienta potente y útil para conocer e
investigar. Sin embargo, ha mantenido desde sus más remotos albores
una intención que permanece invariable: explicar el universo que nos rodea.
Laplace es, sin duda, un destacado exponente de la búsqueda e interpretación de
datos como método de observar el mundo físico, y esto, en consecuencia, lo
convierte en una de las más prestigiosas personalidades que ha dado la ciencia.
Además, perteneció a una generación extraordinaria que desarrolló y modernizó
las diferentes disciplinas de las que se ocupó, modeló su lenguaje y su terminología
y, sobre todo, marcó con un sesgo muy vigoroso el método científico:
experimentación, modelización y revisión, haciendo del razonamiento y del rigor
los pilares de sus investigaciones y resultados.
Conviene recordar, además, que ésa fue la generación que dio un enorme
impulso al trabajo en colaboración y a su difusión fuera de los reducidos
círculos en los que se realizaban la mayoría de sus actividades cotidianas. El
debate en diferentes foros y el intercambio de experiencias y conclusiones
fueron habituales en una comunidad científica cuyos integrantes eran
conscientes de que no se hallaban solos y de que debían estar al día acerca de
las investigaciones de sus colegas, tanto próximos como lejanos, así como de la
necesidad de que sus producciones fueran respaldadas por otros especialistas,
independientemente de su procedencia o de las relaciones políticas entre los
estados.
Si bien es cierto que Laplace, Lagrange, Legendre, Monge, Gay-Lussac,
Fourier, por citar algunos nombres, son referencias imprescindibles en la
evolución de las disciplinas científicas, el hecho de que trabajaran juntos y
de que analizaran y debatieran al instante los progresos de cada uno de los
otros, constituyó una de las palancas para el gran avance que protagonizaron,
como también lo fue para la renovación y mejora de las instituciones docentes
donde iban a formarse los hombres de ciencia de las siguientes generaciones,
esto es, la universidad, l’École Nórmale y l’École Polytechnique.
Todo esto, junto con el devenir social y político de una sociedad
marcada por la Revolución Francesa, es lo que he pretendido plasmar en este
libro, sin descuidar, claro está, las abundantes aportaciones personales de
Laplace a varios campos de las matemáticas, la física y la química. La obra de
este científico se caracterizó especialmente por la búsqueda de modelos que
explicaran la realidad física que nos rodea, siendo la necesidad de buscar
solución a problemas reales lo que le indujo a investigar en matemáticas. Éstas
constituían, a su modo de ver, un ámbito privilegiado para mostrar la utilidad
de la ciencia y demostrar que la complejidad del mundo es reducible a fórmulas
que explican lo que la experiencia nos muestra. De ahí que sus trabajos
matemáticos estuvieran al servicio de una aplicación práctica inmediata, por
ejemplo sus estudios sobre la estabilidad del sistema solar, el calor, la
velocidad del sonido, el concepto de fuerza, o sobre la probabilidad como
instrumento para discernir la certeza de las situaciones y experiencias, por
citar sólo algunos temas. Ésta es también la causa de que no se preocupara, por
ejemplo, de la teoría de números o del álgebra, especialidades que en ese
momento no permitían resultados concretos y útiles.
El lector encontrará en las páginas de este libro un trabajo organizado
cronológicamente y no según las diferentes especialidades que abordó Laplace;
esto permite conocer la visión de conjunto que él tenía de la ciencia, ayuda a
apreciar la monumentalidad de su aportación, tanto por la importancia de sus
trabajos como por la variedad de los temas tratados y facilita una mejor
penetración en su pensamiento científico y en su evolución. La distribución
temporal, por otra parte, favorece no sólo el acercamiento al
científico prestigioso, sino también a la persona que forjó con gran tesón su
propia carrera, a las dificultades que superó para progresar en ella y a los
medios, no siempre éticos, de los que se sirvió para alcanzar sus metas. Sin
olvidar que la época que le tocó vivir se vio marcada por el proceso
revolucionario y que él mismo tuvo un papel relevante en la sociedad que
resultó de aquellos acontecimientos, por lo que ese hito señala un antes y un
después en su vida y en su obra.
Afrontar la biografía científica de una personalidad como la de Laplace
conlleva muchas horas de lectura y escritura en soledad, pero sería injusto por
mi parte no reconocer las muestras de confianza y los apoyos recibidos que me
han ayudado a no desmayar en la empresa. Por tal razón creo inevitable hacer
aquí mención expresa de algunas personas como reconocimiento a esas
aportaciones. Comenzaré por quienes revisaron el borrador y me mostraron
errores e imprecisiones, como Ana Martínez, Fernando Jáuregui, Antonio Pérez y,
en especial, Miguel Barreras, que abandonó por unos días su locus
amoenus y se adentró en el texto como si fuera suyo. Igualmente,
Francisco Martín y Pedro Miguel G. Urbaneja, que pusieron su tiempo y su saber
a mi disposición. Y por supuesto Ana, cuyo tiempo es el mío, y lo ha cedido a
manos llenas.
Quisiera tener un recuerdo para mis compañeros del seminario de historia
de la ciencia de la Universidad de Zaragoza, donde inicié mis estudios y
realicé las primeras investigaciones en estos temas, y a su director, Mariano
Hormigón.
He dedicado este libro a Salvador y Pedro, dos seres queridos que no
podrán tenerlo en sus manos, pero querría hacer extensiva la dedicatoria a
otras personas en cuya curiosidad y espíritu crítico me he apoyado durante años
y en los que reconozco a mi generación. Sin que nadie se sienta olvidado,
quiero citar a Beatriz, Ana, Blas, Barigús, Joseí, Mariló, Fernando, Ma Victoria,
Franchi, Sergio, Patxi, Antonio, Carlos, Emilio, Mar, Lupio, Elena, Josemari,
Manolo, Pili, los Valles, Jesusmari, Carmen, Paco, Pilaja, Manolo, Pilar,
Merche, Patxi, Ana Mar, Fernando y un largo etcétera cuya presencia, aliento y
cariño tengo bien presentes.
Terminaré citando al editor, Jesús Fernández, que ha dado muestras de
una enorme paciencia y que en ningún momento me ha urgido a terminar un trabajo
que se ha alargado bastante más de lo previsto. Así que los errores y carencias
no son achacables a la prisa, sino que caen exclusivamente bajo mi
responsabilidad.
Confío en que el lector encuentre en estas páginas no sólo información
sobre la vida y la obra de Laplace, sino también una reflexión sobre el
pensamiento y la evolución de una comunidad científica y de una generación que
rompió con muchos prejuicios y dio un paso definitivo hacia una sociedad más
moderna y más justa.
Capítulo 1
El inicio de la carrera de un científico
Pierre-Simon de Laplace nació el 23 de marzo de 1749 en
Beaumont-en-Auge, un pueblecito próximo a Pont-l’Évéque en la baja Normandía,
muy cerca de la costa y a pocos kilómetros de la desembocadura del río Sena.
Con mayor precisión, se afirma que vino al mundo en la propiedad familiar,
llamada Mérisier, situada a poco más de dos kilómetros de Beaumont.
Su padre, Pierre Laplace, se dedicaba al negocio de la sidra y debía de
tener una posición acomodada puesto que hacia 1750 era síndico de Beaumont,
cargo equivalente al de alcalde. Su madre, Marie Anne Sochon, pertenecía a una
familia de granjeros de Tourgéville. La familia se completaba con una niña,
Marie Anne, cuatro años mayor que Pierre-Simon.
La escasez de datos conservados acerca de la infancia de Laplace provoca
la existencia de fuertes contradicciones entre sus biógrafos. Efectivamente,
durante mucho tiempo se creó y difundió una visión de su infancia, destinada
seguramente a engrandecer al personaje hasta extremos legendarios, según la
cual su familia habría vivido en una pobreza extrema y sólo gracias a la
caridad de algunas personas allegadas, pudo aquel niño salir de su casa para
realizar los primeros estudios. Frente a esta imagen, hoy se impone otra más
acreditada y veraz por la que su familia pertenecería a la desahogada clase de
hacendados rurales que, aunque sin abundancia, dispondría de los suficientes
medios económicos y contactos para procurar a su hijo, el único varón, una
educación adecuada que le permitiera desenvolverse cómodamente en el futuro.
Esta segunda percepción se aviene mejor con los datos reunidos sobre
otros miembros de su familia, que hacen ver que en absoluto Laplace era un
desarrapado que creció en un medio miserable. Hermanos de su padre y tíos suyos
eran Louis Laplace, cura beneficiado de Criqueville conocido como abate
Laplace, y Thomas-François Laplace, cirujano. Además el médico Robert Carrey
estaba casado con Marie Laplace, tía de Pierre-Simon, y tenía entre sus
parientes próximos al consejero real Nicolás Le Carpentier. De la misma manera,
la única hermana de su madre casó con el comisionado real del granero y almacén
de sal de Danestal. Todo apunta, pues, a que el medio en el que nació y creció
el futuro científico era desahogado y a que su familia disponía de los recursos
y de las relaciones sociales suficientes para procurar al niño una vida ajena
incluso a las obligaciones propias de un sencillo granjero o pequeño
comerciante.
Se asegura, por otra parte, que la precocidad mostrada por Laplace para
aprender marcó desde su primera infancia un futuro destinado al estudio, que él
recorrería cómodamente mostrándose como un escolar brillante y superando las
sucesivas fases de formación que se ofrecían a los jóvenes de provincias en
colegios e instituciones educativas diferentes.
Las primeras letras parece haberlas aprendido en el medio familiar y muy
probablemente bajo la atenta mirada de su tío Louis, sacerdote al que se
atribuye una buena formación y una especial inclinación hacia las matemáticas,
que tal vez inculcó en su joven discípulo.
Por suerte para Laplace, en las proximidades de su casa se encontraba el
convento de los benedictinos, auspiciado por el duque de Orleans, con un
colegio donde estudiaban alumnos internos, que pagaban sus estudios, y alumnos
externos, que no pagaban, y que disponía de seis plazas para becarios. Los
alumnos, y de manera especial los externos, debían pertenecer a los dominios
del duque, que como mecenas y mantenedor del convento así lo había impuesto en
los estatutos.
En aquellas fechas contaba con poco más de cincuenta niños que se
dividían en tres grupos de acuerdo a la finalidad de sus estudios: el ejército,
la toga y la iglesia. Los primeros vestían uniforme militar, los segundos traje
azul con adornos dorados y los últimos un hábito negro.
Se admite con generalidad que el niño Pierre-Simon ingresó en este
colegio de Beaumont en octubre de 1756 como alumno externo a los siete años. Sí
está más constatado el hecho de que se preparaba para un futuro eclesiástico,
por lo que podemos imaginarle vistiendo la larga sotana negra desde los primeros
cursos. En esta decisión familiar pudo influir el ejemplo del tío Louis,
pensando seguramente que, sin una gran fortuna que le ayudara, esta elección
podía ser un buen medio para desenvolverse en la vida y progresar después a
través de otros estudios para los que tan bien dotado se había mostrado desde
el primer momento.
Sello francés emitido en homenaje a Laplace.
Laplace permanecería en este colegio hasta el verano de 1765, y en él
concluiría sus estudios, a los 16 años. No resulta difícil reconstruir una
buena parte del día a día de los casi nueve años que pasó con los benedictinos,
puesto que se conoce con precisión el rígido horario que regulaba la vida
escolar. Las clases de la mañana empezaban a las ocho menos cuarto y concluían
a las diez menos cuarto, momento en el que acudían a la capilla. Tras la misa
pasaban a la sala de estudio hasta las once y media, hora de comer. Las clases
se reiniciaban a las dos; a las cuatro era el recreo y la merienda. La jornada
terminaba a las seis y media, tras una nueva sesión de estudio.
Añadamos a esto el recorrido que debía realizar desde casa al colegio
que, aunque cercano, le llevaría no menos de media hora y lo mismo para el
regreso. El domingo también debía asistir a la misa solemne, la revisión de
aseo personal y el estudio.
La comunidad benedictina que regentaba el colegio estaba formada por
doce frailes, pero había profesores ajenos a ella. Tal es el caso, según
parece, del beneficiado Louis Laplace, quien muy probablemente siguió tutelando
la educación de su sobrino hasta su muerte en 1759.
En 1765, entró en el afamado Colegio de Artes de la Universidad de Caen
con la intención de seguir la carrera eclesiástica. Aquí estuvo dos años, en
los que recibiría una sólida formación en lenguas clásicas, filosofía,
literatura, música y, muy especialmente, teología. Cuando dejó la Universidad
de Caen, en 1767, no parece que hubiera alcanzado el grado de maestro en artes
(licenciatura en humanidades), pero tampoco se había ordenado sacerdote.
El escudo fundacional de la Universidad de Caen (Francia), fundada en 1432
por el rey de Inglaterra Enrique VI.
Sin embargo, es indudable que es aquí donde descubre las matemáticas y
su capacidad para ellas. Se atribuye a dos profesores de la Universidad de
Caen, Christophe Gabled y, en especial, Pierre Le Canu, el mérito de reconocer
el talento de su joven alumno para las disciplinas científicas y encaminar sus
pasos hacia ellas. Le Canu, que era médico, enseñaba filosofía, medicina y
matemáticas, ciencia ésta por la que mostró una especial afición.
¿Fue el descubrimiento de las matemáticas lo que trastocó los planes de
Pierre-Simon Laplace y la causa del abandono de sus estudios sin obtener un
título que tan cerca tenía? Responder afirmativamente sería dar pie a una
hermosa leyenda, pero, aunque no se disponen de datos tangibles, sin duda algo
ocurrió para que dejase la Universidad y pasase a ser tutor particular en casa
del marqués de Héricy. Este empleo lo abandonaría al poco tiempo para aceptar
durante unos meses el de profesor en el mismo colegio de Beaumont del que había
sido alumno.
También esos pasos erráticos como profesor se truncan en 1768, cuando
deja los parajes de su infancia y con 19 años se encamina a París.
Esta decisión supone una ruptura con el pasado y el inicio de una
aventura para la que cuenta, como único bagaje, con una carta de presentación
que su profesor de Caen, Le Canu, le dio para presentarse a D’Alembert.
§. París, destino obligado
Jean Le Rond D’Alembert (1717-1783) era en 1768 uno de los científicos más
prestigiosos de Francia y seguramente el más conocido allende sus fronteras.
Además de detentar un gran poder en la Academia de Ciencias, de la que era
secretario perpetuo, se le consideraba como una de las personas más influyentes
en la corte de París, y su opinión era requerida y apreciada por príncipes y
soberanos de muchas de las monarquías europeas.
Como era de esperar, la impresión que la carta de un casi desconocido Le
Canu podía causar a tan encumbrado personaje fue más bien escasa, por lo que no
sorprende saber que sus puertas no se abrieron inmediatamente al joven
provinciano. Al igual que en casi todos los pasajes de la vida de Laplace,
tampoco se conoce con certeza cómo fue su primer encuentro con D’Alembert y
existen sobre él diferentes versiones. Según unos, un despechado Laplace, ante
la negativa de recibirle, habría volcado en un opúsculo sus conocimientos sobre
mecánica junto con algunas de sus propias formulaciones; otros afirman que el
consagrado matemático, a través de un sirviente, le propuso un difícil problema
con intención de disuadirle de sus expectativas, dándole un plazo de una semana
para resolverlo, pero el joven genio encontró la solución en una noche. En
cualquier caso la anécdota concluye con el reconocimiento del académico de
encontrarse ante un muchacho con una buena formación en matemáticas y, sobre
todo, excepcionalmente dotado para ellas. Cualidades que hicieron merecedor al
aspirante de la siguiente nota:
“señor, ved que hago poco caso de las recomendaciones; usted no tenía
necesidad de ellas. Os habéis dado a conocer mejor por vos mismo y esto me
basta. Os debo mi apoyo”.
D’Alembert cumplió con esta promesa e inmediatamente encontró la manera
de que su joven pupilo se ganara la vida consiguiéndole un puesto de profesor
de matemáticas en la Real Escuela Militar y, además, le introdujo en el
ambiente de la Academia de Ciencias. Es de suponer que a la par le marcaría
todo un plan de estudios para ponerle al día en las investigaciones y problemas
a los que se dedicaban los geómetras del momento, palabra ésta que hoy designa
a un especialista de una rama muy concreta de las ciencias, pero que se
utilizaba entonces para designar de manera genérica a los versados en
matemáticas, astronomía, mecánica y ciencias afines.
Jean Le Rond D'Alembert
El intenso estudio de estos meses pasados en París dio sus frutos al
poco tiempo y el 28 de marzo de 1770 presentó en la Academia su primera
memoria, “Investigaciones sobre los máximos y los mínimos de las líneas
curvas”, que fue valorada por Borda y Condorcet, mereciendo su aprobación y el
honor de imprimirse en el Recueil des savants étrangers (Recopilación
de eruditos externos), publicación en la que aparecían recopilados los trabajos
que a juicio de la Academia tenían el suficiente mérito como para interesar a
los especialistas. Ciertamente el largo comentario de Borda y Condorcet es muy
laudatorio y muestra además que su joven autor, de apenas 21 años, estaba muy
versado en los resultados conseguidos por Euler y Lagrange en este tema. Pero
concluyen diciendo:
“Rogamos, sin embargo, al señor de Laplace que antes de la impresión
señale lo que no es suyo y utilice las expresiones más conocidas y más cómodas
del señor Euler y del señor de Lagrange”.
Esta recomendación alude a una de las más notables características de la
obra de Laplace y resulta muy llamativo que sea patente desde su primer
trabajo. Fue su costumbre, mala sin duda, no indicar los nombres de los autores
de las fórmulas o teoremas que utilizaba, pudiendo por ello dar la impresión de
que le pertenecían. Tales préstamos, en algunos casos, eran tomados tal y como
su autor los había plasmado, pero en otros eran transformados por Laplace,
quien tenía una enorme capacidad de relación y aplicaba los resultados a campos
diferentes de los originales o los mejoraba mediante hábiles transformaciones.
Por este motivo tuvo polémicas y enfrentamientos, nunca muy graves, siendo el
más conocido y desconsiderado el habido con Legendre, cuyos polinomios utilizó
sin nombrar a su autor, y que conoció merced a su privilegiada posición como
académico, publicándolos incluso antes que su propio descubridor. Sin embargo,
no cabe achacarle un desmedido afán de notoriedad o primacía, sino, más bien,
el interés de utilizar todos los recursos disponibles en cada caso para avanzar
en los problemas estudiados.
Laplace debió de darse cuenta enseguida que para llegar a ser un
científico y poder vivir de ello debía entrar en la Academia y volcó toda su
capacidad hacia la consecución de este objetivo, que, sin duda, estaba al
alcance de sus méritos, como él mismo sabía. Para tal empresa contaba además
con el respaldo de D’Alembert, pieza clave a la hora de hacer carrera
científica en la Francia de ese momento, pues era él quien sancionaba la bondad
de las producciones científicas, en especial de los más jóvenes, reconocía la
importancia de esas aportaciones y disponía del poder y los contactos para
recompensarlas.
Con esas miras no es de extrañar que en julio de ese mismo año
presentara su segunda memoria, “Sobre algunos usos del cálculo integral
aplicado a los diferentes fines”. De nuevo fue valorada muy positivamente, esta
vez por Borda y Bossut:
“Nos parece que la memoria del señor Laplace anuncia más conocimientos
matemáticos y más inteligencia de los que ordinariamente se encuentran a esta
edad”.
En total, ese año de 1770 presentó cuatro memorias: las dos ya
comentadas, otra sobre la variación de la eclíptica y la cuarta sobre los nodos
de las órbitas planetarias. Esta variedad de temas, geometría, cálculo y
astronomía, será asimismo otra característica permanente durante toda su
carrera y es muy frecuente descubrir que simultaneaba temas, saltando de uno a
otro en breves lapsos de tiempo y siempre en el más alto nivel científico.
Desde enero de 1771 y hasta mediados del mismo año, presenta cuatro
memorias más, tres sobre cálculo integral y otra sobre la órbita lunar. Siempre
con informes que alaban el trabajo y las dotes de su autor. Es precisamente en
mayo de ese año cuando intenta por primera vez acceder a una plaza en la
academia.
Los miembros de la Academia de Ciencias pertenecían a cuatro categorías.
La más alta era la de los honorarios, que eran los grandes señores de la
ciencia, entre los que el rey elegía a su presidente. Por debajo estaban los
pensionados, quienes constituían el cuerpo de los verdaderos especialistas en
activo de cada una de sus materias y que recibían de manera regular una pensión
económica que les permitía una situación más que desahogada. Después estaban
los asociados, que ya gozaban del reconocimiento de la institución y que
constituían el grupo más productivo y, finalmente, los adjuntos, jóvenes que
mostraban un futuro prometedor.
Laplace concurre el 15 de mayo de 1771 a una plaza de adjunto de
geometría a la que se presentan, además de él, Mauduit y Vandermonde. La plaza
fue para éste, prestigioso matemático y conocido profesor, catorce años mayor
que Pierre-Simon, de manera que a nadie sorprendió esta elección. Las vacantes
se adjudicaban mediante votación, pero era sobradamente conocido que haber sido
meritorio de alguno de los consagrados y estar bien relacionado eran los avales
que permitían progresar en esta docta institución. Laplace quedó segundo en la
votación, lo que en parte era un éxito, pues el tercer candidato, además de
mayor que él, también era un profesor reconocido. En mayo del siguiente año,
1772, salió una nueva plaza, también de geómetra adjunto, a la que se presentaron
Laplace, Cousin, Antelmi y Mauduit. Esta vez fue para Cousin, profesor del
afamado Colegio de Francia y diez años mayor que Laplace, quien quedó de nuevo
segundo, pese a que entre una y otra vacante había presentado cuatro nuevas
memorias, tres de cálculo integral y otra de astronomía.
No hay duda de que a sus 23 años Laplace ya era conocido en la Academia,
reconocido por los matemáticos destacados, e incluso temido por quienes
entraban en controversias científicas, ya que a sus grandes conocimientos unía
un carácter bastante intolerante con quienes, a su juicio, se equivocaban. Así
las cosas, el joven científico era demasiado valioso para retenerlo sin
promocionarlo y, siendo difícil anticipar cuándo llegaría su nombramiento,
D’Alembert decidió buscarle una plaza fuera de Francia. El 1 de enero de 1773
le escribió una carta a Lagrange, director de la sección de matemáticas en la
Academia de Berlín, solicitando para su discípulo un puesto junto a él y una
renta de unas 4000 libras francesas que le permitieran dedicarse exclusivamente
al estudio y la investigación y abandonar la docencia que le ocupaba demasiado
tiempo. Le pone en antecedentes de cómo recientemente ha sido postergado en su
intento de acceder a la Academia frente a otro candidato de menores méritos y
de que la dura realidad es que ese reconocimiento podría diferirse durante
años.
La respuesta no se retrasa, pues está fechada el 19 del mismo mes, pero
en ella Lagrange, que dice estaría encantado de contar con la colaboración de
Laplace, se desentiende de dirigir una petición al rey en tal sentido y le
asegura que la solicitud tendrá más fuerza si es el propio D’Alembert quien la
hace llegar a Federico II el grande.
Tales noticias, claro está, desbaratan el proyecto y sólo queda seguir
insistiendo y trabajando. Al concluir 1772 son doce las memorias presentadas, y
la siguiente, que tarda algo más en llegar, aparece el 10 de marzo de 1773. El
tema de esta última es de mucho mayor calado: “Investigación sobre la
integración de las ecuaciones diferenciales en las diferencias finitas y sobre
su aplicación al análisis del azar”. El informe de Borda, Le Roy y Dionis de
Séjour resulta en extremo laudatorio y en él ya no se refieren a su autor como
a una promesa, sino como una autoridad, en tanto que la dificultad del texto lo
hace reservado para una exclusiva minoría. Al menos no dejan lugar a duda las
siguientes palabras del examen:
“Muchas cosas ventajosas hemos dicho a lo largo de nuestro informe, y
estamos persuadidos que el pequeño número de sabios que la leerán [la memoria]
tendrán el mismo juicio y creemos que se unirán a nuestros elogios”.
El 30 de marzo se presentó a una plaza de asociado, es decir, intenta
saltar dos peldaños de un golpe, y de nuevo quedó segundo. Al día siguiente, el
31 de marzo de 1773, se concedía una plaza de asociado de mecánica, que era
disputada por Laplace, Marguent, Monge, Legendre y Mauduit. Esta vez la plaza
es para él, y con 24 años se convierte en miembro de pleno derecho de la
Academia. Obtiene además una pequeña pensión anual de 500 francos.
La alegría de D’Alembert debió ser enorme e inmediatamente comunicó a
Lagrange la nueva situación y su gran confianza en que el aventajado discípulo
podrá permanecer junto a él. Andando el tiempo será Lagrange quien llegue a
París como académico, donde encontraría a un Laplace instalado y formado, que
ya no era el alumno del que le hablara D’Alembert, sino un colega que competía
con él en los avances matemáticos de la comunidad científica.
Durante los años siguientes continúa con el mismo ritmo de trabajo que
le permite presentar una media de cuatro memorias anuales, pero durante los
años 1776 y 1777 baja su producción. ¿Cuál es la razón de que en esos dos años
sólo presente dos memorias y algún informe sobre los trabajos de otros colegas?
Faltan datos o consecuencias concretas que lo expliquen, y podría argumentarse
que se ha volcado en nuevos temas de estudio que absorben todo su tiempo o que
le surgieron contratiempos familiares o, en fin, que le aquejara alguna
enfermedad. Sin embargo, hay dos hechos muy reveladores: el primero es que se
cierra la academia militar en la que era profesor, lo que quizás le haga
replantearse su situación y su futuro; el segundo es que realizó precisamente en
esta época su único trabajo relativo a la teoría de números. En efecto, el 28
de febrero de 1776 presentó “Una memoria sobre los números”. No hay más rastros
de ella que algunos comentarios que Lagrange le dirige por carta respecto a los
contenidos tratados, por ejemplo: “Vuestra demostración sobre el teorema de
Fermat sobre los números primos de la forma 8n + 3 es ingeniosa”.
Se especula con la posibilidad de que en esos momentos estuviera
planteándose ir a Berlín, posibilidad que encajaría muy bien con la pérdida de
ingresos tras el cierre de la academia militar y con el hecho de que intentara
impresionar a Lagrange con su estudio sobre números. Efectivamente esta
especialidad tenía gran peso en la comunidad matemática y en las generaciones
precedentes había sido muy frecuente que los más conspicuos geómetras
consiguieran aportaciones interesantes sobre las propiedades de los números y
en especial sobre los números primos.
Lo que sí ocurrió en 1776 es que Laplace cambió su plaza de adjunto en
mecánica por otra en geometría, que era la especialidad más valorada y la que
mejor permitía labrarse un futuro en la Academia. En los años siguientes
regresó a su ritmo de trabajo que, si bien parecía normal en él, resultaba
asombroso para sus colegas y lo hizo con una especial atención a la mecánica,
presentando memorias sobre los esferoides en equilibrio y los fluidos que
recubren los planetas.
Bien es cierto que Laplace, como matemático neófito que era en estos
primeros años, se dedicó a estudiar y profundizar en los temas más candentes en
ese momento y que con seguridad interesaban a su maestro D’Alembert, pero no
deja de sorprender la variedad de éstos y la importancia de los resultados que
consiguió. Tal asombro se incrementa al comprobar que esa dispersión no afecta
a la calidad de sus producciones.
§. Primeros resultados
Aunque a medida que avancemos en la vida de Laplace, y sobre todo en su obra
científica, aparecerán recurrentemente trabajos sobre probabilidad, mecánica,
análisis y otras especialidades, veremos que, con el tiempo, los sucesivos
resultados se irán afinando. En tales circunstancias es interesante, sin duda,
presentar unas pinceladas de sus primeras conclusiones.
Probabilidad
El término probabilidad que es hoy muy amplio y se utiliza como
equivalente de azar, se refería entonces estrictamente a la cuantificación. No
había pues teoría de la probabilidad, sino del azar. Laplace, en su memoria
“Sobre la probabilidad de las causas por los sucesos”, se plantea que las
situaciones propias del azar son de dos tipos. El primero atiende a que si
conocemos la composición de una urna en la que hay bolas blancas y negras y nos
planteamos cuál será el resultado de la extracción, conocemos las causas y
estaremos estudiando los resultados. Mientras que si desconocemos la relación
entre el número de bolas blancas y negras de la urna y, tras realizar una
extracción, nos preguntamos por su composición, lo que conocemos es el
resultado pero no las causas; éste constituye el segundo tipo de situaciones.
El autor va más allá y dice que cualquier circunstancia estudiada será de uno u
otro tipo y que es más frecuente en las ciencias observacionales y
experimentales conocer resultados y estudiar el porqué de ellos. De forma que,
para Laplace, la probabilidad supone una ayuda en el desconocimiento que se
tiene de una situación.
Uno de los primeros resultados que consigue es el teorema de Bayes, cuya
obra casi seguro desconocía, y que Laplace enunció así:
Si un suceso puede ser producido por un número n de causas diferentes,
las probabilidades de la existencia de esas causas, conocido el suceso, son
cada una como las probabilidades del suceso, dadas las causas:)' la
probabilidad de cada causa es igual a la probabilidad del suceso, dada la
causa, dividido por la suma de todas las probabilidades del suceso, dada cada
una de las causas.
Un ejemplo del tipo de estudio realizado lo tenemos en el siguiente
problema: una urna contiene un número infinito de bolas blancas y negras en
proporción desconocida, se realizan p + q extracciones
y se obtienen p bolas blancas y q negras. La
pregunta es: ¿cuál es la probabilidad de que la siguiente bola sea blanca?
Suponiendo que x sea la proporción buscada entre bolas
blancas y negras, la solución le lleva a la siguiente fórmula:
Mediante generalizaciones de este problema va avanzando por el tema
estudiado, presentando situaciones cada vez más complejas.
Sin embargo, encontramos otra propuesta más interesante: determinar el
valor medio tras una serie de observaciones. No plantea este problema Laplace
de forma abstracta, sino que lo sitúa en un contexto donde determinar ese valor
es un tema clave, como la observación astronómica y, además, la forma de
abordar la situación le permite avanzar por un camino poco transitado, el de la
teoría del error. El planteamiento, evidentemente, no es tan sencillo que se
reduzca al simple cálculo de la media aritmética de los valores numéricos
registrados, sino que lo convierte en una situación de azar a través de las
siguientes consideraciones: supongamos que se han realizado tres observaciones
de un único fenómeno, como la posición de un estrella o de un planeta en un instante
determinado, interpretemos que la posición real, objeto del problema, es la
causa desconocida y los resultados de la observación son los sucesos ocurridos.
En este planteamiento Laplace entiende que el valor medio buscado será
precisamente el que minimice la probabilidad de error.
Para ello dispone los valores a, b y c correspondientes
a los instantes de las observaciones en el tiempo, eje horizontal, y
también V’, que es el instante para el valor medio buscado. Supone,
por otra parte, que hay una curva como la dibujada que distribuye los
resultados del fenómeno observado y que el valor real ocurre en V.
Por otro lado plantea que el error se distribuye de acuerdo a una
determinada función y = Φ(x), donde x es
la distancia desde el instante i considerado hasta V,
instante cierto, mientras que y es precisamente la ordenada de esa
distribución.
A partir de argumentaciones bastantes complejas, con una ingeniosa
utilización del teorema de Bayes y tras razonables restricciones que le
permiten simplificar el problema estudiado, llega a demostrar que la función Φ(x)
satisface la sencilla ecuación diferencial:
Donde k es una constante. De ahí se sigue que la
función buscada para la distribución de los errores es de la forma:
Considerando que la curva Φ(x) es simétrica respecto de la vertical
por V y que el área encerrada por ella y el eje de abscisas es
la unidad, puede escribirse de la siguiente forma:
El estudio del problema realizado es profundo e interesante, y le lleva,
además, a una sencilla función de tipo exponencial para la distribución de los
errores. No consigue llegar en este primer trabajo a la distribución normal,
también de tipo exponencial, que Abraham De Moivre (1667-1754) ya había
introducido a principios del siglo XVIII; tampoco obtiene una regla similar a
la de los mínimos cuadrados que definiría Adrien Marie Legendre (1752-1833) en
1805.
Pero, a pesar de ello, supone un más que notable trabajo de juventud,
que marcará la pauta de sus futuras investigaciones en este terreno y que
reaparecerá con enorme vigencia en 1812, cuando se publique su obra definitiva
sobre el tema, Théorie analytique des probabilités (Teoría
analítica de las probabilidades), siendo ya un científico consagrado.
Abraham de Moivre
Volveremos a tratar de probabilidad más adelante y veremos con mayor
detalle los logros alcanzados y las grandes aportaciones que realizó.
Mecánica celeste
Laplace tuvo a gala, y así lo hizo saber en cuantas ocasiones se le
presentaron, haber demostrado que la ley de gravitación era el instrumento
único necesario para explicar la forma de los planetas y de los satélites, sus
órbitas, los movimientos de los fluidos que los recubren, con especial atención
a las mareas terrestres, y asegurar que el sistema solar era estable.
Portada de una de las primeras ediciones de la Théorie analytique des
probabilités.
En los primeros trabajos estaba todavía lejos de esos éxitos pero denotó
ser un decidido newtoniano, mostrando su convencimiento sobre el determinismo
que regía el universo en general y cualquiera de los fenómenos que en él
pudieran darse. Quizás influido por D’Alembert, por sus profesores de Caen o de
forma autodidacta, lo cierto es que poseía una sólida formación en mecánica y
conocía en detalle la obra de Newton, de quien se le consideraría sucesor en su
época de madurez.
Tener una buena formación y apostar por la gravitación no podía
considerarse en aquel momento sinónimo de tener herramientas y modelos para
abordar el estudio de los problemas de mecánica celeste que tanto preocupaban y
que tan elusivos se habían mostrado al esfuerzo y al estudio de generaciones de
astrónomos. Sí había éxitos parciales, como los de D’Alembert y Lagrange sobre
las variaciones de la eclíptica y la aceleración del movimiento medio lunar,
pero a la vez quedaban enormes zonas oscuras que parecían no poder someterse a
las leyes de Newton.
Para empezar, el concepto de fuerza era totalmente difuso y aunque se
habían conseguido expresiones matemáticas y determinaciones experimentales,
había serias dudas sobre cómo considerarla y, sobre todo, enormes dificultades
para explicar cómo se transmitía. Era habitual que su expresión, que hoy
asociamos a la aceleración que produce, se ligara a la velocidad, de la forma:
F × t = m × v
Donde F es la fuerza, t el
tiempo, m la masa y v la velocidad. La razón
de esta expresión frente a F = m × a, es que el
concepto de cantidad de movimiento como producto de masa, m, y
velocidad, v, estaba muy asentado.
Por otro lado, la acción gravitatoria, la fuerza mejor conocida,
respondía a situaciones en las que la distancia entre los objetos masivos era
muy grande, al menos el radio terrestre, y en la que el orden de magnitud de
las masas era también muy considerable, razón por la que fenómenos que
obedecían a fuerzas de corto alcance que afectaban a pequeñas partículas, se
suponían originados por otras causas no precisamente dinámicas, sino ligadas a
ciertas propiedades de la materia. Además, se admitían como verdades
indiscutibles que la gravedad se propagaba de forma instantánea y que afectaba
de idéntica forma a los cuerpos independientemente de su estado de movimiento o
de reposo.
Laplace no partió de admitir ese tipo de afirmaciones de forma
axiomática sino que las sometió a un estudio minucioso y difícil por su
complejidad. Aunque se planteó incluso la validez universal de la acción
gravitatoria, finalmente centró su examen en las siguientes características:
·
La acción
ejercida por un cuerpo es resultado de las acciones de cada una de las
partículas que lo componen.
·
Su
propagación instantánea.
·
Su
independencia del estado de movimiento o reposo de los cuerpos.
No analizaremos todos estos puntos, pero el segundo merece un
comentario, pues se planteó seriamente la posibilidad de que esta fuerza no
fuera instantánea sino que se transmitiera por el espacio dependiendo del
tiempo. No era tampoco ésta una idea novedosa, ya que Daniel Bernoulli
(1700-1782) en un trabajo sobre las mareas supuso que la atracción lunar podría
tardar en alcanzar la Tierra más de un día. Esa lentitud de transmisión era
inaceptable para Laplace, pero entre ambas concepciones cabía un término medio
que investigar. La razón para hacerlo es que si se demostraba que la
transmisión dependía del tiempo podría derivar de ahí la causa de las
variaciones de los movimientos medios de la Luna, de Júpiter y de Saturno, así
como conseguir un buen modelo para explicar las mareas.
Necesitaba para ello observaciones y utilizó las de los eclipses, tanto
las más antiguas como las modernas, y las tablas de Tobías Mayer (1752-1830),
astrónomo alemán que había determinado que el movimiento medio de la Luna se
había incrementado en un grado en los últimos 2000 años. Con estos datos
concluyó que la atracción se transmitía a una velocidad de más de 7,5 millones
de veces la velocidad de la luz. Una revisión de los cálculos de Mayer le llevó
a 6,5 millones de veces esa velocidad. El resultado, contra su hipótesis de
partida, indicaba que la causa de esas irregularidades no podía achacarse al
tiempo que la acción gravitatoria invertiría en interactuar entre planetas tan
distantes. Pese a que debió rendirse a la evidencia de que la gravitación era
instantánea, no se arredró por ello y consideró la posibilidad de que esos
cambios se debiesen a que el sutil fluido que llenaba el espacio, según
postulaba el abate Bossut, frenara el movimiento de la Tierra y que ello
provocara las alteraciones del movimiento lunar.
Finalmente, no tuvo más remedio que reconocer lo desacertado de su
intento y considerar como ciertas las tres características de la acción
gravitatoria analizadas. Más adelante, con nuevos planteamientos y mediante las
leyes de Newton conseguiría explicar las irregularidades comentadas y las
mareas terrestres, mostrando además la estabilidad del sistema planetario
frente a visiones catastrofistas derivadas de una mala interpretación de las
observaciones.
Aunque lejos todavía de los brillantes resultados que expuso en su Traité
de mécanique céleste (Tratado de mecánica celeste), fruto de años de
trabajo, es innegable que el esfuerzo y el rigor de su investigación son
patentes ya en estas primeras memorias.
Laplace escribió más de 120 memorias a lo largo de su vida y aunque los
resultados que va consiguiendo son sometidos a continua revisión, como es
obligado en la producción de un científico, todas sus aportaciones, incluso las
de estos primeros trabajos, se reflejan en la redacción final de sus obras más
determinantes. Todo ese bagaje conforma un enorme corpus sobre diferentes ramas
de las matemáticas, de la física y de la química que es su legado y constituye
una aportación importante al desarrollo de la ciencia moderna, tal y como hoy
la conocemos.
§. El éxito
Los años que siguen a su entrada en la Academia se encuentran jalonados por una
larga lista de memorias presentadas ante sus colegas, mientras que su crédito
como científico crecía vertiginosamente. Ya no le protege sólo D’Alembert, sino
que ha llegado el momento en el que otros ven en su enorme capacidad un sólido
apoyo para progresar en sus trabajos. Tal es el caso de Condorcet (1743-1794),
también discípulo de D’Alembert y con el que hizo estudios sobre población, y
Lavoisier (1743-1794), con quien realizó experiencias sobre el calor.
A finales de la década de los 70, Laplace comenzó a ganar reputación más
allá del pequeño círculo de matemáticos que podía entender su trabajo, y a
finales de los 80 ya se le consideraba como una de las principales figuras de
la Academia. Como resultado de su labor y de su prestigio consiguió el puesto
de asociado en 1783, el mismo año de la muerte de D’Alembert, su mentor.
En 1784 es nombrado sucesor de Bézout en la plaza de examinador de los
cadetes de la Real Academia de Artillería. Este puesto tenía más complicación
de la que aparenta, pues se trataba de examinar a jóvenes que provenían de los
más acreditados colegios de Francia y pertenecientes a las familias más
notables del reino, debiendo emitir anualmente un informe individual sobre cada
uno de ellos y seleccionar a aquellos alumnos que por su capacidad y
disposición pasarían a la escuelas especializadas. Esta posición le permitió
entablar contacto con ministros, políticos y militares de alta graduación, es
decir con personas que le facilitaban el acceso a un nivel social muy por
encima de su posición.
Igualmente fue elegido como miembro de las principales comisiones que la
Academia constituía para intervenir en diferentes asuntos civiles, por ejemplo
la comisión encargada de supervisar L’Hótel-Dieu, el mayor hospital de París.
Los trabajos de esta comisión iban dirigidos al estudio estadístico y
probabilístico de los éxitos obtenidos en los tratamientos realizados en el
hospital y especialmente a la comparación de la mortandad con otros hospitales
de Francia.
Tras el fallecimiento de Le Roy, en 1785, fue promovido al rango de
pensionado en la Academia. Así, a la edad de 36 años le llega el ansiado
triunfo y con él, prácticamente, la culminación de su carrera.
El hospital Hótel-Dieu de París, situado a la derecha de la catedral de
Notre-Dame, en un grabado de época.
Su situación económica le permite entonces pensar en formar una familia.
Cosa que ocurre el 15 de mayo de 1788, cuando se casa en París, en la iglesia
de La Madeleine de l’Évéque, con Marie-Charlotte de Courty de Romanges,
perteneciente a una familia de Besançon y 20 años más joven que él. El
matrimonio se establecerá en la orilla izquierda del Sena, en la calle
Christine, y pronto nacerá una hija, Sophie-Suzanne, que se casaría con el
marqués de Portes y que murió muy joven, durante el parto de su hija, en 1813.
La familia se completó con el nacimiento de un niño en 1789, Charles-Émile, que
siguió la carrera militar y llegó a obtener el grado de general.
Para entonces había presentado casi medio centenar de memorias a la
Academia en temas tan variados como astronomía, mecánica, probabilidad,
estadística, calorimetría, cálculo diferencial e integral y series recurrentes,
por citar los más destacados, pero también había mostrado algunas de sus
facetas menos loables, tales como las desagradables e impertinentes debates con
algunos colegas a partir de disensiones científicas y muy especialmente el
abuso de autoridad frente a Adrien-Marie Legendre (1752-1833). Este matemático
obtuvo un importante resultado en el estudio de los elipsoides de revolución,
pero Laplace, que conoció su trabajo al valorarlo para la Academia, se adelantó
a él en su publicación y empleó, sin citar el origen, los llamados polinomios
de Legendre para avanzar de forma determinante en la teoría del potencial.
Parece que incluso D’Alembert, ya anciano, comenzó a resentirse de la
frecuencia con la que su, hasta hace bien poco, protegido relegaba sus propias
aportaciones al desarrollo de la mecánica fundamental. Sobre esa actitud
displicente existe el testimonio fidedigno de Anders Johann Lexell (1740-1781),
astrónomo sueco que visitó París durante el invierno de 1780-81. Éste recoge en
sus informes que Laplace se consideraba a sí mismo el mejor matemático de
Francia y afirma también que, si bien era indiscutible su calidad científica en
diferentes especialidades y que destacaba en las sesiones de la Academia, no lo
era menos que presumía demasiado de ello.
Jacques-Pierre Brissot (1754-1793), destacado miembro de la facción
girondina. Murió en la guillotina.
Con Jacques-Pierre Brissot, quien en el futuro se convertiría en uno de
los principales dirigentes revolucionarios, mantuvo una fuerte polémica. El
tema de tan encendida discusión fue el trabajo y los experimentos de óptica
desarrollados por Marat, interesado en ese momento en conseguir el
reconocimiento que le permitiera ser elegido como miembro de la Academia.
Brissot sacó la disputa fuera del terreno científico y escribió un texto en
forma dialogada parodiando la vida y el trabajo de los académicos a partir de
los tópicos más manidos. Su título era De la verité (Sobre la
verdad) y fue publicado en 1782. En él se presenta a Laplace como el arquetipo
de newtoniano convencido que apoltronado en su sillón desprecia con gesto
arrogante los intentos experimentales y prácticos de muchos de sus colegas,
ignorándolos displicentemente desde la inexpugnable posición que le aseguraba
permanecer en el plano estrictamente matemático. Es muy posible que esta
confrontación dejara una huella lo suficientemente importante entre sus
protagonistas como para que la persecución sufrida por Laplace durante la época
del Terror estuviera basada en este episodio.
Estos primeros años de la década de los 80 corresponden a una de sus
épocas más productivas y de mayor dispersión de sus intereses, pues no es
infrecuente que de forma simultánea trabaje en temas tan diferentes como puedan
serlo los relativos a la atracción y forma de la Tierra, a la aplicación de la
probabilidad a la demografía o al estudio del calor en colaboración con
Lavoisier.
§. Nuevos avances en probabilidad
Su Memoria sobre las probabilidades, publicada en 1781, pero
escrita un año antes, constituye una obra acabada, en tanto que logra
resultados concretos más allá de los conseguidos en sus primeras memorias sobre
este mismo tema y que en síntesis pueden resumirse con las mismas palabras que
le dirige a Lagrange en su carta de 11 de agosto de 1780: El método de
retroceder de los resultados hasta las causas. En el preámbulo hace un
estudio pormenorizado del estado de la cuestión acerca de lo que se conocía
sobre la llamada probabilidad inversa, y subraya la gran
importancia que tiene su estudio para analizar muchos acontecimientos de la
vida, en especial para la estadística y la demografía, cuyo estudio se inicia
en el siglo XVIII como respuesta a la necesidad que tenían los gobiernos de conocer
las características de la población: nacimientos, matrimonios, decesos y otros.
Nos extenderemos en este apartado para presentar las premisas sobre las
que trabajó Laplace y conocer así las soluciones que fue aportando para
conseguir éxitos en una materia que todavía estaba en sus albores.
Para empezar, introduce una serie de nuevas consideraciones y
distinciones en lo que de manera genérica se llama azar. Su intención es
resituar los supuestos teóricos para adentrarse en el complicado terreno de qué
es el azar, qué podemos conocer de él y qué cuantificamos en las situaciones
aleatorias.
Tradicionalmente se considera la existencia de tres métodos para
reconocer las distintas posibilidades de ocurrencia de resultados en una
experiencia simple y cuantificarlas:
·
A priori:
asumiendo que los resultados son igualmente posibles, y por lo tanto
equiprobables, o no.
·
A
posteriori: realizando repetidas veces la experiencia y adjudicando
probabilidades de modo estadístico.
·
Por
suposición.
Los dos primeros son bien conocidos y no necesitan comentarios, sin
embargo el tercero puede parecer confuso. En situaciones como las que se
producen en un juego de azar en el que intervienen dos jugadores -éste es un
tipo de situación o problema muy habitual en los primeros trabajos sobre el
azar-, si no disponemos de argumentos más concretos, supondremos que ambos son
igualmente diestros en el juego, por lo que adjudicaremos a ambos la misma
probabilidad de ganar. En tal caso no estamos utilizando el primer método de
cuantificación ni tampoco el segundo, sino una solución tan difusa como la que
se apunta en el tercero.
De esta manera, Laplace distingue que el primer método nos da la posibilidad
absoluta de un acontecimiento, el segundo la posibilidad
aproximada y el tercero, en tanto que depende de la información
disponible, la que denominó posibilidad relativa.
Siguiendo el camino por el que nos guía en su fino análisis de las
situaciones, Laplace realiza las siguientes consideraciones: en la repetida
realización de una experiencia aleatoria intervienen factores que cambian cada
vez, por ejemplo la fuerza con la que el jugador lanza los dados, mientras que
otros son constantes, como el peso de los dados. El conjunto de ambos
constituyen la posibilidad absoluta. Es nuestro mayor o menor
conocimiento de los factores constantes lo que nos acerca a la posibilidad
relativa.
Laplace distingue dos niveles para la determinación de las
probabilidades: lo que conocemos, a lo que llama posibilidad relativa del
conjunto de todos los factores intervinientes, y posibilidad absoluta, lo
que ignoramos de las leyes que siempre aparecerán en la ocurrencia de un hecho
aleatorio. Asimila así lo que conocemos a lo cuantificable y determinado,
mientras que lo ignorado es precisamente la parte indeterminada y por lo tanto
lo que hace que la situación pertenezca al campo del azar. En definitiva que si
reducimos o anulamos la parte desconocida, reducimos o anulamos lo aleatorio de
una situación.
Por supuesto, Laplace no se limita a exponer estas disquisiciones sobre
su interpretación del azar, sino que adjunta situaciones en las que muestra la
importancia que tienen esos factores desconocidos a la hora de cuantificar los
resultados, tal es el caso de las pequeñas asimetrías en dados y monedas, la
pericia del jugador o la influencia de ciertos hábitos.
También en lo relativo a la probabilidad inversa o estimación de causas
a través de los resultados, Laplace abre nuevas perspectivas. Es más, se sitúa
en esta memoria el origen de la estadística social como tema de trabajo para
las matemáticas. Comienza por exponer por qué no puede utilizar el llamado
teorema de Bayes -Laplace desconocía los trabajos de éste, como ya se ha dicho,
aunque sí los resultados correspondientes a dicho teorema, para las situaciones
derivadas del mundo real. Aporta al respecto dos consideraciones: la primera de
orden práctico, en la que se hace eco del problema que supone el hecho de que
en este campo no se conocían las probabilidades a priori, en tanto que no se
conocen las características de la población objeto de estudio. La segunda es de
tipo analítico y atañe a las limitaciones matemáticas en las que se mueve,
puesto que las soluciones numéricas obtenidas deberían provenir de la
integración de ecuaciones diferenciales con términos afectados de exponentes
muy elevados y no se disponía en ese momento de los métodos adecuados para
resolverlas.
Estos trabajos necesitaban además de una información estadística previa
y precisa de forma que los resultados obtenidos sobre el crecimiento de la
población, esperanza de vida y otros fuesen previsiones ciertas y sirviesen a
la administración para prever necesidades y tomar decisiones sobre la población
futura.
Aunque las parroquias francesas llevaban desde antiguo el registro de
nacimientos, bodas y muertes, no fue hasta 1771 cuando el controlador general
de finanzas, el abate Terray, instruyó a los intendentes de las provincias para
que reunieran esos datos y remitieran anualmente los resultados a París. Sería
con el nombramiento de Turgot para ese puesto de controlador de finanzas, en
agosto de 1774, cuando la Academia empieza a intervenir en estos estudios,
debido a las relaciones que ese personaje mantenía con los científicos de la
época. Como resultado de esa colaboración se publicó un sumario que recogía los
datos de la ciudad de París y su zona de influencia para el periodo 1709-1770.
De ahí se obtuvo que en los últimos 25 años de ese periodo habían nacido
251.527 niños y 241.945 niñas, cuyo cociente es 1,039604042241 y puede
escribirse como la proporción 105 a 101 con un error inferior a una
diezmillonésima. Lo cual hace que el 50,9708 % de los nacidos
en París fueran niños, mientras que el 49,0292 % fueran niñas.
En Londres, donde también se habían interesado por el tema demográfico
desde comienzos de siglo, disponían de estudios similares que arrojaban una
proporción para el nacimiento de varones significativamente mayor, de 19 a 18,
es decir, que en términos porcentuales equivale a un 51,3513 % de
niños y un 48,6486 % de niñas.
Tal situación permitía suponer una hipotética urna de bolas negras y
blancas que sirviera de modelo a la situación real analizada y permitiera
desarrollar sus estudios para poder predecir el resultado de una experiencia
futura conocidos los resultados de las pasadas experiencias.
Pudo escribir como p/(p + q) la probabilidad de que
naciera un niño, siendo p el número de niños nacidos y q el
de niñas. Si llamamos V a la ocurrencia del nacimiento de un
niño varón, resulta
Es decir, la expresión p/(p + q) podía asimilarse a
una urna de composición conocida en un cierto momento y un valor concreto de θ
permitirá conocer la composición de la urna en otro instante.
Laplace pudo escribir que si x es la probabilidad para
el nacimiento de un niño y 1 - x para el de una niña, la
probabilidad de que x esté entre determinados límites
corresponde al problema de evaluar entre esos límites el valor de la integral
donde p y q son números grandes.
Mediante sucesivas transformaciones de esta integral, y a través del
análisis de la convergencia de las series que aparecen en su solución, obtuvo
como razonable suponer que el número de varones nacidos en París superaría al
de niñas en cualquiera de los siguientes 179 años, mientras que en Londres la
afirmación valdría para los 8605 años siguientes, a pesar de que las
diferencias entre los datos iniciales de París y Londres no eran demasiado
grandes.
Laplace había conseguido soluciones numéricas para un problema analítico
en el que las expresiones que intervenían hacían imposible la simple
sustitución de los números obtenidos en las fórmulas, debido a los exponentes
tan elevados que aparecían en ellas. De esta forma no sólo dio un paso enorme
en el terreno de la inferencia estadística, sino que obtuvo los primeros
resultados en los estudios de población.
Quedó patente que la estadística sólo podía progresar con el desarrollo
de nuevos estudios y técnicas en el campo de la convergencia de series y de la
integración de funciones. No es por ello de extrañar que en el mismo momento en
el que obtenía tan buenos resultados en este campo trabajara en problemas
puramente analíticos y que, en consecuencia, ese mismo año aparecieran dos
memorias sobre esta materia, tituladas “Memoria sobre las series” y “Memoria
sobre las aproximaciones de las fórmulas que son función de números muy
grandes”. Dispersión de temas que como hemos visto era la tónica general en su
trabajo.
§. Determinación de las órbitas de los cometas
Incluso en su actividad más estrictamente científica, Laplace dio muestras de
su difícil carácter y del trato áspero y descortés, por no decir intolerable,
que daba a quienes eran objeto de sus críticas. En tal sentido, señalaremos la
discusión mantenida con Rudjer Boscovic (1711-1787). Este astrónomo, aunque
natural de Dubrovnik había trabajado fundamentalmente en Italia (Roma, Rímini y
Milán), donde había fundado un prestigioso observatorio. Además pertenecía a la
Compañía de Jesús y gozaba de bastante notoriedad en la época. En 1771 residía
en París y presentó en la Academia de Ciencias un trabajo para la determinación
de las órbitas de los cometas, que completaba y mejoraba el método que ya había
adelantado en 1746. Su título era “De orbitis cometarum determinandis” y
se imprimió en 1774 en la publicación que la Academia destinaba a las
colaboraciones de los científicos externos, la Recopilación de eruditos
externos, junto a dos de los primeros trabajos de Laplace.
El inicio de la estadística: los estudios sobre población
En 1786 Laplace abordó el tema de la población como un problema con
entidad propia y no como simple fuente de problemas para progresar en los
estudios de probabilidad. Para ello utilizo los datos estadísticos de París
recogidos entre 1771 y 1784 y los publico junto con un estudio que recogía una
estimación de la población de toda Francia para los siguientes dos años, toda
vez que el censo total de la población no empezaría a elaborarse hasta 1801, en
la época napoleónica. Este trabajo aprecio en 1786 y se refería a un tipo de
problema inabordable mediante métodos numéricos directos, pero sí recurriendo a
la predicción del error probable, sobre el que ya había trabajado, y analizando
la cantidad de observaciones precisas para acotar el error entre límites prefijados.
Los estudios demográficos del momento se habían planteado como meta obtener un
factor que permitiera relacionar el número de nacimientos con la población
total. Dato sin duda de interés porque prácticamente todos los natalicios
quedaban registrados en los libros de las parroquias y resultaba sencillo
recogerlos y computarlos. Laplace obtuvo 26 como valor de ese factor y estimó
una población de 25.299.417 habitantes. La muestra utilizada para esos
resultados eran de unas 800.000 personas, sin embargo, dada la importancia que
confería a estos resultados y con la intención de no introducir graves errores,
recomendó que la muestra fuera de aproximadamente un millón de personas. En
efecto, los datos demográficos podían ser considerados como un índice de la
prosperidad nacional, ya que sus variaciones permitirían medir el nivel de
bienestar y servir de orientación a los poderes políticos acerca de las
características de la población y de las necesidades de ésta. El mismo sentir
parece que animaba a la Academia, pues en sus memorias recogía los datos
anuales correspondientes a nacimientos, bodas y bautizos en su Ensayo para
conocer la población del reino, y así lo haría desde 1783 hasta 1788. La causa
de la interrupción no es otra que los sucesos derivados de la Revolución, que
haría desaparecer la propia institución. Habitualmente se ha atribuido a una
comisión formada por Condorcet, Laplace y Dionis du Séjour la realización de
estos trabajos, sin embargo, hoy sabemos que ellos actuaban como meros representantes
de la Academia, mientras que la iniciativa y realización del trabajo corría a
cargo de La Michodière, magistrado que ocupó el puesto de intendente en
diferentes regiones del reino y que ya lo venía realizando desde treinta años
antes.
En general, Boscovic seguía el método que diera Newton en su De
systemae mundi, que se apoya en asimilar pequeñas secciones de la
órbita del cometa a una segmento rectilíneo, pero en el desarrollo de su método
deja de lado los elementos diferenciales de segundo orden al considerar la
trayectoria como una línea recta y sin embargo los utiliza para obtener las
posiciones del cometa en ese segmento a partir de la latitud y longitud
geocéntricas.
Este error no le pasó por alto a Laplace, quien parece ser que leía en
alta voz el escrito de Boscovic, mientras gritaba a cada paso: “¡falso!
¡ilusorio! ¡erróneo!”. Boskovic consideró que ese comportamiento
no sólo era un insulto a su persona, sino que tales adjetivos constituían una
vejación para la obra de Newton. Solicitó por ello que se creara una comisión
que dirimiera el asunto y reivindicara la bondad de su método. Efectivamente,
se creó esa comisión, que estuvo formada por Vandermonde, d’Arcy, Bézout,
Bossut y Dionis de Séjour. El dictamen emitido fue favorable a Laplace en lo
relativo a los contenidos analíticos que se estaban valorando, pero también
lamentaba la manera tan ruda con la que se había dirigido a Boscovic. Y con
intención conciliadora aconsejaba a los contendientes resolver sus diferencias
de forma pública y no mediante una pelea en la Academia. Esto ocurría el 5 de
junio de 1776, según consta en el registro de comparecencias verbales. El
19 del mismo mes, Laplace vuelve sobre el tema, al que dedica una completa
colección de comentarios y observaciones, que ahora alcanzan también a Lalande.
Fue necesaria una nueva comisión que interviniera en el asunto y apaciguara los
ánimos. Se desconoce el final de esta anécdota, pues no se ha conservado el
informe de esta comisión. Sin embargo, Laplace no la olvidaría, pues en su
tratado de 1784 sobre el mismo tema, titulado “Memoria sobre la
determinación de las órbitas de los cometas”, vuelve a recordar el método
que defendiera Boscovic en su día y señala que era tan malo que era capaz de
invertir el propio movimiento del cometa, haciendo directo lo que en realidad
era retrógrado.
Tras esta época de trabajo y estimulado por las recientes aportaciones
de Lagrange y Dionis de Séjour, Laplace presenta de forma resumida su propio
método para la determinación de órbitas de cometas. Toda vez que resultaba
analíticamente imposible operar con tres observaciones muy separadas, el
sistema estándar de resolución pasaba por manejar tres pero bastante próximas
entre ellas, restricción que conlleva que pequeños errores de observación
afecten considerablemente a los resultados obtenidos. Para aminorar los
errores, la solución utilizada no pasaba por aumentar el número de
observaciones, sino por ampliar el número de términos en las series que
expresaban el resultado, de forma que, aunque los cálculos resultaban muy
laboriosos, se aseguraba un mayor grado de certeza en los valores obtenidos.
En la búsqueda de un mejor y, sobre todo, más sencillo método, pensó que
se podrían incrementar el número de observaciones y utilizar los métodos de
interpolación para determinar los datos necesarios. Igualmente, decidió
introducir como parámetros la longitud y latitud geocéntricas del cometa y sus
derivadas de primer y segundo orden respecto al tiempo. Estas eran las premisas
que permitían llegar a una solución, es decir, determinar los parámetros
orbitales del cometa, de la forma más sencilla y con observaciones que podían
distar en torno a 30°, lo que garantizaba reducir el error en los datos
observacionales utilizados.
A pesar de que se conseguía una importante mejora, el trabajo analítico
era considerable, pues la solución pasaba por resolver ecuaciones de séptimo y
sexto grado, de ahí que resultaba más ventajoso ensayar las soluciones que
atacar la solución de las ecuaciones.
La certeza de Laplace acerca de la bondad de este método se vio
reforzada cuando comprobó que, en el caso de órbitas cometarias próximas al
plano eclíptico, el planteamiento analítico encontrado coincidía con el
desarrollo que de forma sintética formulara y demostrara Newton en la
proposición XLI del Libro III de su Principia mathematica.
La vigencia de su método fue bastante reducida, pues en la década de los
90 sería sustituido por el que ideara Olbers y poco después por el de Gauss de
1801.
Sin embargo, sería probado con éxito repetidas veces por astrónomos
próximos a Laplace, como el abate Pingré, quien lo utilizó en su Cometographie de
1783, y Méchain, que lo aplicó al estudio del segundo cometa observado en 1781.
Casualmente, el interés de Laplace por este tema coincide con el
descubrimiento de Urano, cuyas primeras observaciones realizó Herschel en Bath
(Inglaterra) el 13 de marzo de 1781. Este planeta fue considerado inicialmente
como un cometa. Laplace lo observó apenas una semana más tarde y el 13 de junio
presentó un informe en la Academia en el que reconocía haber fracasado al
aplicar su método de determinación de órbitas de los cometas a este cuerpo,
pero que tampoco había conseguido resultados positivos cuando utilizó el método
de Lagrange o cualquiera de los otros que se venían usando en aquella época.
Lagrange
Joseph-Louis Lagrange nació en Turín (Italia) el 25 de enero de 1736.
Era el más pequeño de los 11 hijos del matrimonio formado por Giuseppe
Francesco Ludovico Lagrangia y Teresa Grosso.
Su trayectoria en el ámbito de las matemáticas se divide en tres periodos muy
diferentes. El primero tiene como escenario su ciudad natal, donde ejerció de
profesor en la Escuela Real de Artillería. En 1757 fundó con
En el segundo periodo, entre 1766 y 1787, quizás el más fructífero
científicamente, Lagrange trabajo en la Academia de Berlín, donde dirigió la
sección matemática.
El tercer periodo se inició cuando Lagrange tenía ya 51 años. Tres años antes
había perdido a su esposa y el año anterior había muerto Federico II el grande,
su mayor apoyo en Berlín. Corría el año de 1787 cuando recibió la oferta de un
puesto de pensionado veterano, el más elevado posible, en la Academia de
Ciencias de París, se traslada allí, donde vivirá todavía más de veinticinco
años, participando activamente en la revolución científica de la época,
dirigiendo el proceso de establecimiento del nuevo sistema métrico e
impartiendo clase en la Escuela Politécnica.
Sus aportaciones fueron fundamentales y tocan temas tan dispares como la
mecánica celeste, el análisis (las ecuaciones diferenciales o las integrales
elípticas), el álgebra y la aritmética.
Dentro del enorme trabajo desarrollado por Lagrange, la mecánica celeste ocupa
un lugar importante. Por eso, el 15 de septiembre de 1782, Lagrange comenta a
Laplace: “He acabado prácticamente un Tratado de mecánica analítica... pero
como no sé todavía cuándo o dónde voy o poder publicarlo, no tengo mucha prisa
en darle los últimos retoques”[1].
Sin embargo, probó a mejorar el suyo propio con ciertas modificaciones
en las ecuaciones utilizadas; esta vez creyó haber acertado y se dispuso a
presentar sus resultados en la Academia. No obstante decidió aguardar a que el
supuesto cometa reapareciera, pues estaba oculto tras el disco solar, para
verificar sus resultados y así lo hizo el 28 de julio de 1782, refiriéndose
todavía a él como un cometa. Habría que esperar hasta el 22 de enero de 1783
para que finalmente presentara sus resultados sobre el que llama planeta
de Herschel, ya no cometa, que había calculado con la colaboración de
Méchain. Sus datos confirmaban que este planeta era la misma estrella que en
1756 registrara Mayer y que inexplicable y misteriosamente había desaparecido.
§. Una colaboración fructífera: Lavoisier y Laplace
El interés hacia temas experimentales por parte de Laplace se remonta a la
temprana fecha de 1777. En abril de este año, durante la sesión pública que con
motivo de la Pascua se realizaba en la Academia, leyó un trabajo del que tan
apenas se conoce el título: “Naturaleza del fluido que permanece en el
recipiente de la máquina neumática”.
No nos ha llegado su contenido, pero es indudable que ese tema concreto
corresponde al análisis de las experiencias realizadas sobre la evaporación del
agua. Está comprobado que en esa época Laplace colaboró con Lavoisier en el
estudio de los efectos que las variaciones de temperatura y presión producían
en el proceso de vaporización. El hecho de que Lavoisier abordase estos temas
en este preciso momento, se confirma claramente al considerar que en noviembre
de ese mismo año, 1777, presenta su crítica a la teoría del flogisto junto
con la alternativa que el mismo defendía: la hipótesis sobre la combustión y
calcificación. Las experiencias necesarias para respaldar la nueva teoría
concuerdan con las que se suponen tras el título del mencionado estudio de
Laplace. La importancia que debió tener para Lavoisier contar con la
colaboración de un colega matemático parece tan evidente como notable, pues en
el prefacio de una obra inconclusa de Lavoisier, en la que trabajaba hacia
1778, escribió que era su intención utilizar en la mayor medida posible “el
método de los geómetras”, como él lo llama, en clara alusión a los recursos
matemáticos que Laplace puso al servicio de sus investigaciones y que preveía
de una enorme potencia para el futuro desarrollo de la química.
Este primer contacto con el terreno experimental parece haber tenido
para Laplace un doble interés, pues de un lado le ofreció la posibilidad de ir
más allá de la postura esencialmente especulativa, que hasta el momento había
mantenido, y que puede considerarse inherente a su trayectoria como
investigador y a su formación matemática, adoptando así un papel más complejo y
comprometido con el desarrollo de las ciencias. Pero, además, esta relación con
Lavoisier permitió a Laplace entablar un tipo de contactos y relaciones que le
permitían subir peldaños en la escala social, puesto que aquél no sólo contaba
con un gran prestigio como científico, incluso entre sus colegas académicos,
sino que recientemente había sido nombrado administrador del Arsenal y gobernador
de las pólvoras y salitres, lo que unido a la reputación de su suegro, director
de la Compañía de Indias y destacado asentista, le situaban en una aventajada
posición en los círculos políticos, administrativos y financieros.
Con seguridad que tras esa primera colaboración existieron otras,
propiciadas por las diferentes comisiones que la Academia organizaba para
atender distintos tipos de demandas, aunque en tales situaciones no darían
lugar a una relación tan estrecha como la descrita. Sin embargo, en el verano
de 1781 surge una nueva ocasión que reúne a los dos científicos, se trata de
estudiar un modelo de barómetro propuesto por un monje benedictino de Metz,
llamado Casbois. Durante ese invierno, se dedicarán a analizar los cambios de
dilatación que por efecto del calor se producen en el vidrio, el mercurio y en
algunos metales. Es la primera ocasión en la que Laplace interviene en el tema
de la capilaridad.
La llegada de Volta a París en 1782 mueve el interés de ambos hacia la
electricidad. Volta llevaba consigo un electroscopio para detectar cargas
débiles. Lavoisier diseñó un condensador que Laplace y Volta probaron con muy
poco éxito. El interés que la electricidad suscitó en ellos es fácilmente
comprensible si se tiene en cuenta que se consideraba a ésta como un fluido
que, al igual que el calor, mostraba las distintas propiedades de los cuerpos a
los que afectaba, es decir que una y otro mostraban características específicas
de los metales o de las sustancias que eran sometidas a su acción.
Sin embargo, pronto volverán a su trabajo sobre el calor, pues en 1783
Lavoisier publica su conocida Mémoire sur la chaleur (Memoria sobre el
calor).
Lavoisier
Antoine-Laurent Lavoisier nació en París el 27 de agosto de 1743. Alumno
brillante del Colegio Mazarino mostró muy pronto una gran afición por las
ciencias naturales. Sus primeros trabajos científicos trataron del análisis del
yeso de los alrededores de París. Ingreso en la Academia de Ciencias en 1768
como químico adjunto, cuando contaba 25 años. Pronto sería nombrado asentista,
cargo relacionado con la recaudación de impuestos, y en poco tiempo alcanzaría
puestos de mayor responsabilidad. Desde 1775 instalo su laboratorio en el
Arsenal, que durante 17 años funciono como el principal centro de las ciencias
experimentales de Francia y al que acudieron prestigiosos científicos
extranjeros como Priestley, Watt, Blagden, Fontana y Franklin.
Uno de los grandes hitos de Lavoisier consistió en superar la teoría de Georg
Ernst Stahl (1660-1734), que suponía que los cuerpos combustibles contienen un
principio, llamado flogisto, junto con diferentes proporciones de tierra. El
flogisto, por acción de una elevada temperatura, podía transformarse en materia
ígnea que se disipa en forma de llama, calor y luz. Esta hipótesis permitía
explicar gran cantidad de situaciones muy habituales en la experimentación. Él
mostró la falsedad de esa hipótesis al comprobar que en la combustión del
azufre y el fósforo, los elementos del aire son fijados en la formación de los
ácidos resultantes. Esto, unido al descubrimiento del oxígeno por parte de
Priestley le permitió distinguir que el aire era una composición de gases, sus
estudios sobre la oxidación de los metales y sobre la combustión culminaron con
los relativos a la respiración animal.
Sus últimas investigaciones estuvieron dedicadas fundamentalmente al calor y en
ellas contó con la ayuda de Laplace. Esta colaboración ayudó a introducir en
las experiencias de laboratorio métodos matemáticos y avanzar en resultados
cuantitativos, cuya obtención solía resultar muy complicada.
Rico por sus negocios y famoso por sus trabajos en química, durante años lidero
el avance científico de Francia. Detenido, junto con los demás asentistas, el
24 de noviembre de 1793 por el gobierno que encabezaba Robespierre, fue
guillotinado el 8 de mayo de 1794. Su muerte causo honda impresión entre los
académicos. Lagrange diría al enterarse de su ejecución: “Ha bastado un momento
para hacer caer esta cabeza, y tal vez no bastarán cien años para procurarnos
otra semejante”[2].
La influencia de Laplace en estos estudios es notable y se aprecia de
forma especial en algunas conclusiones y en las fórmulas que las expresan, tal
es el caso, por ejemplo, de la relación entre los calores específicos de dos
sustancias puestas en contacto. Pero también se reconoce su huella en el diseño
de algunas experiencias, como en las que se refieren a uso del calorímetro y
sobre todo a la forma de medir el calor.
Para tener una idea de la situación de las ciencias experimentales y de
sus métodos de trabajo en ese momento, comenzaremos por describir algunos
conceptos, experiencias y fórmulas que sirvieron a Lavoisier y Laplace en ese
estudio sobre el calor y que supusieron un notable hito, tanto en el progreso
de esta especialidad como, de forma general, en el avance de la química.
La teoría de la materia vigente entonces admitía que la electricidad y
el calor eran fluidos presentes en los cuerpos y que parte de tales fluidos era
fija, es decir constante, y que no interactuaba, cualquiera que fuese el
proceso al que se sometiera a ese cuerpo, mientras que otra parte sí que
intervenía cuando ese mismo cuerpo era sometido a una alteración, ya debida a
fenómenos naturales ya a experiencias de laboratorio. De esta manera,
consideraban que del calor total contenido en un cuerpo sólo una parte,
llamada calor libre, podía intercambiarse con el de otros
cuerpos en situaciones de cambio de temperatura, cambios de estado o reacciones
químicas. Por lo tanto ésta era la única manifestación de calor que podía ser
medida. Esa medición se expresaba en grados termométricos. Igualmente se
conocía que no todos los cuerpos reaccionaban igual, es decir, era sabido que
la cantidad de calor precisa para modificar igualmente la temperatura de una
misma cantidad de sustancia no era fija, sino que dependía precisamente de la
sustancia de que se tratara, dicho de otra forma de la naturaleza de tal
sustancia. De ahí que fuera preciso fijar una unidad de medida. Se utilizó para
ello el calor absorbido por una masa de agua que eleva su temperatura en un
grado, éste era el calor específico del agua, que serviría
como término de comparación para determinar el calor específico de otros
cuerpos. El calor específico se considera invariante entre los puntos de
congelación y ebullición del agua, es decir entre los 0º y 100º de temperatura,
aunque ellos utilizaban la escala Réaumur, cuyos extremos son 0º y 80º, que
corresponden a la temperatura de congelación y evaporación del alcohol.
La falta de conocimiento previo acerca de posibles relaciones
cuantitativas entre el calor total y el calor libre de una sustancia o la
carencia de medidas concretas sobre este último, aunque fueran aproximadas, no
fueron obstáculos para que se diseñara un programa de experiencias tan
innovadoras como efectivas. Así pues, para la situación más simple, la de dos
sustancias puestas en contacto, cuyas masas fueran m y m’,
sus temperaturas iniciales a y a’, la temperatura
final b, y q y q’ los respectivos
calores específicos, entonces entre éstos debería verificarse la relación:
Puesto que b es la temperatura final, será un valor
comprendido entre a y a’. Es decir:
a < b < a’ o
bien a’ < b < a
según cuál de las temperaturas iniciales sea menor. En cualquier caso:
signo (a - b) ≠ signo (a’- b)
es decir:
Este tipo de fórmulas, pese a su aparente sencillez, son sin duda
aportaciones de Laplace al trabajo de investigación que llevaban a cabo
Lavoisier y él mismo. Así que, cuando en 1778 escribía, en el prefacio a una
continuación nunca concluida de sus Opuscules de 1774, acerca
de su intención de utilizar en tanto en cuanto fuera posible “el método de los
geómetras”, como ya se ha dicho anteriormente, pensaba en resultados tan
sintéticos y potentes como éste, que, por supuesto, esperaba de la cooperación
de Laplace.
A pesar de la sencillez de la ecuación anterior, ésta resultaba inútil
para la determinación de los efectos calóricos que se producen en cualquiera de
los procesos más interesantes: combinaciones químicas, combustión y respiración
y cambios de estado.
El método experimental que idearon se basaba en un hecho sencillo:
determinar la cantidad de hielo que se funde en el transcurso de un proceso en
el que hay intercambio de calor, sería, precisamente, la medida de la cantidad
de calor desprendida durante la experiencia. La idea es la siguiente:
supongamos una esfera hueca de hielo con una cubierta que la aísle del
exterior. Al colocar un cuerpo caliente en su interior el hielo comenzará a
fundirse hasta que dicho cuerpo alcance los 0º grados. El peso del agua
deshelada será proporcional al calor preciso para la realización del proceso.
Ésta es la base del instrumento que construyeron, al que llamarían
calorímetro, y que en esencia suponía la materialización del modelo teórico
antes descrito. Se trataba de un conjunto de contenedores concéntricos llenos
de hielo, que dejan un espacio central donde podían ser suspendidos los objetos
analizados o podía introducirse aire en el caso de experiencias relativas a la
respiración. El hielo fundido en la región más interna era recogido y pesado.
Establecieron que para licuar una libra de hielo se precisaba la misma cantidad
de calor que se necesita para conseguir que una libra de agua pase de 0º a 60º
de la escala Réaumur. Situación que interpretaron así: el hielo absorbe 60º
para fundirse. Lo que muestra que los conceptos de cantidad e intensidad de
calor todavía no estaban diferenciados.
Mediante este artefacto, que tenía casi un metro de diámetro y del que
se construyeron dos modelos, consiguieron determinar el calor específico de
algunas sustancias e igualmente cuantificaron algunos casos de calor de
reacción y de calor animal.
A pesar de que Laplace fue capaz de conseguir nuevas relaciones para el
calor de diferentes sustancias en relación al del agua y que mejoró de 1/60 a
1/40 la cantidad de hielo fundida por unidad de masa de agua a 0º, sin embargo,
los resultados no fueron todo lo importantes que esperaban. De hecho, Laplace,
modificó su interpretación de cómo se desarrollaban los procesos en los que
intervenía el calor y revisó las experiencias para determinar cuáles eran las
condiciones de equilibrio, suponiendo que el equilibrio, en el caso del calor,
podría ser semejante al que se observa en un cuerpo con forma de un
paralelepípedo, que está en equilibrio cuando se apoya sobre una de sus caras,
pero que también lo está, y esta es la situación que especialmente le interesaba,
cuando a partir de esa posición se balancea a un lado y a otro.
De hecho, se planteaba este tipo de procesos como problemas de dinámica
a nivel molecular en los que intervienen dos tipos de fuerzas, unas de
disgregación, que tienden a separar las moléculas de los cuerpos, producidas
por el calor; frente a otras de cohesión, tendentes a unirlas, las fuerzas de
afinidad.
El calorímetro de hielo de Lavoisier y Laplace.
Así, suponía que las moléculas de agua al enfriarse aumentaban su
afinidad, pues esta fuerza era entonces más efectiva, y esto conllevaba el
cambio de estado. Todavía más, argumentaba que la forma más apropiada para
congelar una muestra de agua muy fría consistía en poner en ella un trozo de
hielo, lo que facilitaba la afinidad molecular del conjunto. Situación que
consideraba idéntica en el proceso de cristalización de cualquier otra
sustancia.
Los comentarios precedentes se refieren a los resultados que Lavoisier
publicó en 1783 en el citado trabajo sobre el calor, si bien es cierto que su
colaboración continuó durante 1784 cuando comenzaron a investigar sobre la
afinidad, en la línea sugerida por Laplace, ya señalada, y a repetir
experiencias sobre el calor de combustión de diferentes sustancias, revisando
los resultados desde esta nueva perspectiva. Sin embargo, las conclusiones
sobre éstos y otros temas no habrían de ser redactadas hasta 1793 y serían
publicadas tras la ejecución de Lavoisier en 1794.
§. La función potencial
Mientras tenía lugar su colaboración con Lavoisier, no abandonó su interés por
la astronomía, pues en 1784, un año después de la publicación de la Memoria
sobre el calor de Lavoisier, aparece la Théorie du mouvement
et de la figure elliptique des planetes (Teoría del movimiento y de la
forma elíptica de los planetas), especialmente reseñable por tratarse de su
primera publicación a título individual. Anteriormente se habían editado
bastantes de sus trabajos en actas o memorias que reunían las producciones de
diferentes científicos. De esta forma, Laplace había difundido sus resultados a
través de las Mémoires de l’Académie Royale des Sciences de París (Memorias
de la Real Academia de Ciencias de París) y la Recopilación de eruditos
externos. Cabe señalar que también consiguió interesar a academias
extranjeras, puesto que sus primeros trabajos vieron la luz en Nova
acta eruditorum, editada en Leipzig, y en Melanges de
philosophie et des mathérnatiques de la Société royale de Turín.
Laplace explica en su introducción que su publicación se debe a los
buenos oficios de Jean-Baptiste-Gaspard Brochart de Saron, quien, además de
magistrado en el Parlamento de París y miembro honorario de la Academia,
utilizaba su posición e influencia para propiciar el desarrollo de la ciencia.
El hecho de que este personaje se interesara por los estudios de Laplace y
subvencionara la publicación de esta obra, es una buena muestra de que su autor
era ya conocido y valorado en altas instancias y no sólo en el seno de la
Academia.
Parece que la intención que le animó a redactar este tratado era
presentar los métodos matemáticos que, a partir de la ley de gravitación de
Newton, permiten determinar la órbita y la forma de los planetas. Parte de los
contenidos habían sido objeto de su atención en un informe que años atrás, en
1771, había presentado en la Academia con el título Una teoría general
del movimiento de los planetas.
La Théorie du mouvement et de la figure eliptique des
pianetes consta de dos partes, la primera se refiere precisamente a
los principales movimientos de los objetos celestes, encontrando buenas
soluciones aproximadas a ciertas ecuaciones cuya integración resultaba
inabordable, y prestando especial atención a los movimientos de los cometas que
ya analizara en 1776. Cabe destacar especialmente su estudio de la órbita de
Urano, presentado ahora como planeta y no como cometa, tal y como se había
pensado en un primer momento.
La segunda parte, que lleva por título “Sobre la forma de los planetas”,
supone una revisión de sus trabajos anteriores sobre las mareas, la forma de la
Tierra y la precesión de los equinoccios. Pero también, y de forma especial,
realiza un estudio en profundidad sobre la atracción gravitacional de los
elipsoides, presentando por vez primera un concepto, que en el futuro será
conocido como potencial. Nombre que, sin embargo, no será utilizado hasta 1828,
momento en el que Georges Green (1793-1841) lo aplica al campo gravitacional,
tomándolo de la denominación que Poisson había dado a efectos similares en los
campos electrostáticos y magnéticos.
Es preciso hacer notar que es en este momento, y en torno a este tema,
cuando surge una de las polémicas más conocidas sobre la forma en la que
Laplace tomaba prestadas las ideas de sus colegas. En este caso la controversia
es con Legendre, quien había remitido a la Academia una memoria, Atracción
de los esferoides homogéneos, en la que realiza ciertos desarrollos
utilizando un nuevo método, los polinomios que más tarde serían conocidos
como polinomios de Legendre. Precisamente, Laplace era
miembro, junto a D’Alembert y Bézout, de la comisión que debía revisar dicha
memoria y presentar el correspondiente informe a la Academia, cosa que se hizo
el 15 de marzo de 1783. Sin embargo, el trabajo de Legendre y, en consecuencia,
sus descubrimientos permanecieron inéditos hasta 1785.
Precisamente en el espacio de tiempo que media entre la presentación en
la Academia de los polinomios de Legendre y su publicación, Laplace redactó y
leyó otra memoria, que llevaba el título de Una memoria sobre la
atracción de los esferoides elípticos, y que recogía ideas y
formulaciones del trabajo de Legendre, sin que se mencionara su nombre ni su
procedencia. Esto ocurría concretamente en mayo de 1783. Tal memoria era, en
suma, una primera redacción de lo que finalmente fue la segunda parte del libro
que estamos analizando, publicado, como se ha dicho, en 1784. Es decir, tan
sólo unos meses después de la redacción del trabajo y un año antes de que
apareciera impreso el de Legendre.
Situaciones similares a ésta se produjeron también reiteradas veces
entre Laplace y Lagrange y son una muestra de la competencia que se establecía
entre los científicos en un momento en el que algunas especialidades, como el
cálculo infinitesimal entre otras, estaban en permanente progreso.
Así pues, el tema estudiado en esta segunda parte es fundamentalmente la
atracción ejercida por un elipsoide de revolución sobre un punto exterior a él.
El conocimiento que se tenía entonces de la función potencial le permitía
trabajar sobre sus propiedades y de esta forma consiguió un resultado brillante
que se conoce como teorema de Laplace y cuyo enunciado es:
Dos elipsoides que para sus secciones principales tienen idénticos focos
atraen a un punto externo con una fuerza proporcional a sus masas.
Podemos reinterpretar el resultado a través de una expresión más
sencilla: los potenciales de un mismo punto externo respecto a dos elipsoides
de revolución confocales y de igual densidad son proporcionales a sus
volúmenes. Esta fórmula no suponía una total novedad, sino que ampliaba una
conclusión ya conocida por Maclaurin (1698-1746), pero relativa sólo a
partículas situadas sobre el eje mayor del elipsoide.
Desde la perspectiva de Laplace el resultado tenía un significado
importante por su relevancia física, pero ese interés era mayor si se le
consideraba desde las matemáticas. En efecto, esa demostración le permitía
transformar el problema de partida en otro, de manera que el punto considerado,
exterior al elipsoide, fuera ahora un punto de la superficie de un nuevo
elipsoide de revolución confocal con el anterior. De esta manera el problema
podría resolverse por integración y aplicar después el teorema para obtener la
solución del caso inicial por simple proporcionalidad entre los volúmenes de
los cuerpos considerados. Físicamente se abría el camino para distinguir de
forma más inmediata las fuerzas de atracción central de las fuerzas de
perturbación.
El mismo método permitía obtener importantes resultados para la
atracción relativa a puntos interiores a un elipsoide.
Legendre
Adrien-Marie Legendre (1752-1833) nació en el seno de una familia
acomodada y recibió una esmerada educación en el colegio de las Cuatro
Naciones, el mismo en el que estudiara D’Alembert.
Desde los 18 años es ya inequívoca su vocación por el estudio de las
matemáticas. D’Alembert le consiguió un puesto como profesor en la Academia
militar de París y allí enseñó entre 1775 y 1780.
En 1782 ganó un premio de la Academia de Berlín sobre la trayectoria de los
proyectiles. Al año siguiente presenta su famosa memoria sobre la atracción de
los esferoides, donde aparecen los polinomios que llevan su nombre y que fueron
aprovechados por Laplace para sus propias investigaciones, pero sin señalar su
procedencia.
En abril de 1782, apenas dos meses después de leer su memoria, consigue un
puesto de adjunto en la Academia, precisamente el que deja vacante Laplace al
pasar de adjunto a asociado.
Su trabajo de 1794, Elementos de geometría, se convirtió en una obra de
referencia y dio a su autor una notoriedad tal que lo convirtió en uno de los
más afamados y respetados matemáticos de su época. No menos relevantes serían
sus publicaciones sobre teoría de números y el método de los mínimos cuadrados,
originado por la necesidad de determinar el resultado obtenido tras una serie
de observaciones astronómicas.
Pese a la respetabilidad de su conducta ciudadana y a su prestigio como
científico fue injustamente tratado al final de su vida. En 1824 cuando contaba
con 71 años, se produjo una vacante en el Instituto de Francia del que Legendre
era miembro desde su creación. El ministro del interior le hizo saber que debía
votar a uno de los candidatos, pero enterado de que Legendre no había seguido
sus indicaciones, le retiro la pensión de 3000 francos que le había concedido
el gobierno. Así este sabio galardonado por las academias de muchos países paso
sus últimos años en una cierta pobreza, hasta su muerte en 1833.[3]
Estos progresos matemáticos le capacitaron para abordar con éxito
problemas relacionados con las condiciones de equilibrio y la forma de fluidos
en rotación. Sus aplicaciones más inmediatas tienen que ver con los periodos de
rotación y traslación de la Luna. En efecto, Laplace encontró que la diferencia
entre la longitud del eje lunar en la dirección Luna-Tierra y el diámetro de un
cuerpo esférico cuya masa fuese equivalente a la lunar es precisamente cuatro
veces la diferencia de longitud del eje ortogonal al plano orbital lunar
respecto del diámetro de la esfera supuesta. De esta relación de distancias se
obtiene que la rotación y traslación lunar tienen iguales periodos. Es decir,
que la forma de la Luna, considerada como un fluido de forma elipsoidal sometido
a la atracción terrestre, explica la periodicidad de sus movimientos. Este tipo
de descubrimientos sentó las bases de un nuevo método de análisis para el
conjunto de manifestaciones que se derivan de la mutua atracción entre la
Tierra y su satélite. Veremos en algunos de sus posteriores trabajos que el
propio Laplace, profundizando en esa idea, determinó algunas peculiaridades del
movimiento lunar y consiguió un buen modelo para explicar el fenómeno de las
mareas.
En esta misma obra, y analizando la velocidad angular de los elipsoides
de revolución, obtuvo resultados que explicaban el achatamiento de los polos
terrestres y, lo que es más importante, las medidas esperadas según los datos
del elipsoide.
La obra Teoría del movimiento y de la forma elíptica de los
planetas vio la luz en 1784. Pues bien, todavía debían estar recién
salidos de la imprenta los primeros ejemplares, cuando su autor presentó en la
Academia una nueva memoria con un título muy similar al de los anteriores
trabajos, Teoría de las atracciones de los esferoides y de la forma de
los planetas, en la que revisó, mejorando y generalizando, parte de
los contenidos de su libro.
Consideró para ello la misma expresión para la función potencial:
Siendo las diferenciales respecto de las variables x, y, z las
fuerzas de atracción ejercidas por el elipsoide en las direcciones de los ejes.
Para determinar las expresiones buscadas, supuso que el origen de
coordenadas, O, es un punto interior del elipsoide, que P(a, b, c)
es el punto objeto de estudio y que X(x, y, z)
es el punto del elipsoide considerado como partícula atractiva y llamó:
·
r = √(a2 + b2 + c2)
a la distancia del origen a P.
·
θ al
ángulo formado por OP y el eje de abscisas.
·
ω al
ángulo formado por el plano determinado por los ejes x, y con
el plano formado por el eje de abscisas y la dirección OP.
·
R = √(x2 + y2 + z2) a
la distancia del origen a X.
·
θ’ al
ángulo formado por el eje de abscisas y OX.
·
ω’ al
ángulo formado por el plano que determinan los ejes x, y con
el plano formado por el eje de abscisas y la dirección OX.
Los valores R, θ’, ω’ dependen de la partícula en X,
por lo tanto serán las variables de integración en la expresión del potencial
que Laplace desarrolló en coordenadas esféricas:
Donde L es el valor de R cuando X pertenezca
a la superficie del elipsoide.
Llegado a este punto, pudo recuperar resultados obtenidos anteriormente
y en especial los mostrados en su Memoria sobre las series, publicada
por la Academia junto a otras memorias en 1782.
Función potencial
La fuerza gravitatoria ejercida por un sólido sobre una masa puntual
externa P(x,y,z) es la suma de las acciones ejercidas sobre dicho punto por
cada uno de los corpúsculos elementales que se consideren en el sólido. Así, un
elemento diferencial del cuerpo, es decir un reducido prisma de lados dξ, dη y
dζ, puede considerarse localizado en un punto masivo M(ξ, η, ζ). si el cuerpo
es homogéneo y de densidad D, podremos escribir la acción gravitatoria ejercida
por M sobre P, de acuerdo a la ley de Newton, como un vector de dirección PM cuyas
componentes son:
Donde r es precisamente el módulo del vector PM, es decir:
De esta manera, si consideramos la acción ejercida por todo el sólido
como suma de la determinada para M, se podrán escribir las componentes de esa
fuerza, de la siguiente forma:
Donde los subíndices indican que se trata de la componente de la
dirección del correspondiente eje coordenado.
Así las cosas, es posible suponer que existe una función V que permita
determinar las componentes fx, fy y fz.
Tal función no es otra que la función potencial, cuya expresión es
y debe satisfacer que
En los primeros trabajos sobre la atracción gravitatoria en la que se
involucraban uno o más cuerpos extensos, como el sol o la Tierra, se podía
suponer que su masa estaba concentrada en un punto, su centro de gravedad. A
medida que los estudios progresaron, esto ya no fue posible, y cuando se
consiguió determinar que la Tierra debía ser un esferoide achatado, su acción
sobre partículas internas o externas a ella ya no podía reducirse a
considerarla como si fuera un punto masivo, sería Colin Maclaurin (1698-1746)
quien demostraría que para un fluido de densidad uniforme que rota con
velocidad angular constante, el esferoide achatado es una figura de equilibrio.
Colin Maclaurin
Estos progresos obligaron a desarrollar teorías como las del potencial
que permitieran estudiar las fuerzas gravitatorias ejercidas por ese tipo de
cuerpos y que finalmente darían como resultado un conocimiento detallado de los
movimientos de los planetas y de las perturbaciones causadas por las
atracciones mutuas, pero también de efectos no tan ligados, en principio, a la
gravitación, como la forma de los cuerpos celestes y de sus alteraciones,
recogiendo el caso concreto de las mareas terrestres. Los resultados teóricos y
observacionales llegaron a mostrar incluso que sólidos como la Tierra no podían
tener una distribución homogénea y que tales condiciones debían ser tenidas en
cuenta para conseguir un adecuado conocimiento del universo y, sobre todo, para
obtener un modelo plausible desde el que sistematizar dicho conocimiento.
El verdadero problema consistía en determinar esa función V para una situación
concreta una vez que ya se conocían sus propiedades y la expresión integral de
la que debía obtenerse. Lagrange y, muy particularmente, Legendre conseguirían
avances capitales para determinarla. El descubrimiento por parte de Legendre de
los polinomios que ¡levan su nombre es la piedra angular sobre la que se
levanta la solución del problema.
Cuando Laplace ataca este problema en 1784, aprovechándose de los resultados de
Legendre, obtiene el ansiado resultado con una gran generalidad, pues consigue
trascender la situación concerniente a los elipsoides de revolución, ya muy
estudiada, para determinar que, en esferoides cualesquiera, la función
potencial tiene la forma:
Donde las expresiones del tipo Y' son complicados desarrollos en serie
que dependen de los citados polinomios de Legendre.
Ahora sí se disponía de la herramienta adecuada para resolver problemas que
hasta la fecha habían concitado el interés de los más notables astrónomos y
cuyos intentos de solución habían terminado con otros tantos fracasos. Es el
caso, por ejemplo, de los anillos de Saturno, de la forma de la Tierra, de las
perturbaciones en los movimientos de los satélites de Júpiter, de la
interacción entre Saturno y Júpiter y de la anomalía lunar.
Este trabajo se refiere a las funciones generatrices de forma
específica, y en él, además de definir y analizar estas funciones, muestra cómo
utilizarlas en la solución de algunos problemas, entre otros en el caso
concreto de ecuaciones en derivadas parciales de segundo orden. En definitiva,
el método descrito en esa memoria trata de introducir una nueva variable
auxiliar de forma que hallar las ecuaciones diferenciales buscadas se convierte
en el cálculo de los coeficientes que interesan en la serie de potencias
creadas a partir de la nueva variable. Ya Lagrange había conseguido notables
avances en esta técnica y había formulado teoremas que Laplace mejoraría y
ampliaría.
La aplicación de esos resultados al caso que ahora le ocupaba le
permitió demostrar que, considerado el caso particular de cos θ = μ, por
diferenciación se consigue la expresión
Esta ecuación equivale a la conocida Δ2V = 0, aunque Laplace
no la pasó a coordenadas cartesianas. Sin embargó, sí utilizó los polinomios de
Legendre y otras transformaciones y particularizaciones para determinar el
valor de V en algunos casos concretos, con especial atención,
por supuesto, al caso de una partícula atraída por un elipsoide de revolución.
Para esa situación, más exactamente para el caso de una partícula sobre la
superficie de un elipsoide, ya había conseguido en 1776 algunos resultados
en Investigaciones sobre el cálculo integral y sobre el sistema del
mundo y especialmente en su breve continuación Adiciones a las
investigaciones sobre el cálculo integral y sobre el sistema del mundo, ambas
publicadas en las memorias de la Academia. Aprovecharía ahora la fórmula
entonces obtenida
donde a representa al semidiámetro común al elipsoide y
la esfera inscrita y r la distancia de la partícula
considerada al centro de masas.
En la situación considerada, elipsoides de revolución casi esféricos,
podía imponer para la superficie la condición
r = a(1 + αy)
Tras varias transformaciones y utilizando series de potencias auxiliares
para desarrollar V e y, llegó a la fórmula más
sencilla para determinar el valor del potencial buscado
Donde las funciones del tipo Y' corresponden al
desarrollo en serie de potencias de la variable y, que dependen, como la propia
y, de las variables angulares inicialmente definidas ω y μ, siendo μ = cosθ.
A partir de esa expresión, y conocida la ecuación en cartesianas del
esferoide considerado, Laplace describe el método para calcular V,
que nunca llamaría potencial sino atracción ejercida por un elipsoide, por
determinación de coeficientes.
De esta forma consiguió una expresión para V, función cuyas propiedades
eran bien conocidas, pero cuya formulación se había mostrado verdaderamente
difícil para varias generaciones de matemáticos.
§. La forma de los planetas
Una buena continuación o corolario de los desarrollos teóricos anteriores
consistía en estudiar la forma de los planetas, tema que ya había abordado y
sobre el que volvió en este momento. Se trataba de demostrar que esos cuerpos
sometidos a la acción gravitatoria sólo pueden tener forma de elipsoides
achatados en sus polos, tal y como se conocía ya por diferentes medios.
Laplace, de forma teórica y utilizando la fórmula encontrada para el potencial,
enunció en forma de teorema un resultado que confirmaba los datos observados.
Es decir, que pudo comparar los resultados calculados a partir de la función
potencial con los que se habían obtenido por medio del péndulo en diferentes
puntos de la superficie terrestre. Sin embargo estos últimos no eran igualmente
fiables, pues dependían en gran medida de la habilidad del observador y de los
medios utilizados y, en consecuencia, carecían de la exactitud deseada.
A pesar de esas dificultades pudo confirmar sin asomo de duda que la
fuerza gravitatoria era la causa de esa forma tan peculiar y determinó además
que la gravedad terrestre obligaba a que su achatamiento estuviese comprendido
entre los valores extremos 0,001730 y 0,005135. Los datos de que se disponía
entonces permitían una estimación de 0,0031171. Este resultado respaldaba tanto
la formulación newtoniana de la gravedad como la bondad de los resultados
conseguidos por el propio Laplace.
El achatamiento se mide a través de la fórmula:
(siendo a el radio ecuatorial y b el
radio polar)
Hoy se maneja como valor del achatamiento terrestre 1/297, es decir
0,003367. Es bien conocido que el modelo de elipsoide como aproximación a la
forma de la Tierra ha sido superado y se manejan para ella diferentes modelos
de geoide, sin embargo, para muchos problemas sigue siendo
suficiente considerar nuestro planeta como un elipsoide de revolución, tal y
como hacían los astrónomos de la época de Laplace.
Señalan los estudiosos de su obra que en ninguna otra memoria como en
ésta, se manifiesta de forma tan patente el genio impresionante de este
matemático y su virtuosismo para interpretar y diseccionar problemas, así como
para avanzar en su resolución a través de recursos matemáticos que él mismo iba
creando, o adaptando y perfeccionando los de otros colegas a medida que las
características propias del problema lo exigían.
Todavía señalaremos dos breves memorias que pueden considerarse
derivadas de la que estamos analizando, pues resultan de desarrollar para casos
concretos la formulación teórica conseguida, es decir la atracción ejercida por
un esferoide. En la primera de ellas vuelve sobre la forma de la Tierra, de
hecho su título es muy esclarecedor al respecto, Memoria sobre la forma
de la Tierra, mientras que la segunda aborda el llamativo caso de la
forma de Saturno, o mejor de sus anillos, Memoria sobre la teoría del anillo
de Saturno. Aunque su publicación difiere en tres años, la primera
aparece en 1786 y la segunda en 1789, sin embargo su redacción es casi
simultánea e inmediatamente posterior a la Teoría de las atracciones de
los esferoides y de la forma de los planetas.
En el caso de la Tierra consigue expresiones para determinar la longitud
del radio terrestre según la latitud del lugar, así como la medida sobre la
superficie terrestre de un grado de meridiano según la latitud. Igualmente el
análisis detallado de los datos observados le llevó a concluir que era
“probable” -pues sus apreciaciones ya apuntaban en la dirección de la
ponderación de errores en la observación, que los hemisferios norte y sur no
fueran totalmente simétricos respecto de la determinación de medidas, por lo
que aventuraba que quizá la Tierra no fuera exactamente un elipsoide de
revolución. Hipótesis que es correcta, pues el concepto de geoide supone una
mejora del modelo de elipsoide de revolución.
Para el caso de Saturno parte de suponer que el anillo es una delgada
capa de fluido sometida a las fuerzas atractivas de
Saturno y que las condiciones de equilibrio de ese fluido determinarán
precisamente la forma del anillo. Utiliza aquí por vez primera en coordenadas
cartesianas su fórmula para la atracción ejercida por un elipsoide:
Y simplifica la ecuación para el caso de un elipsoide de revolución
(con r2 = x2 + y2)
Concluyó Laplace que el anillo de Saturno debería ser en realidad una
serie discontinua de anillos concéntricos y mostró cómo, desde el punto de
vista matemático, cada anillo podría ser originado por una elipse de gran
excentricidad, es decir muy achatada, cuyo eje mayor estuviera dispuesto de
manera que su prolongación pasase por el centro del planeta y que girase
respecto de ese punto en un plano perpendicular al suyo. Es decir, que el
anillo sería una figura tórica generada por la rotación de una elipse.
Imagen de un anillo generado por una elipse que rota respecto del eje del
planeta.
Como resultado de su investigación se creó una imagen falsa de la
realidad física de los anillos como cuerpos sólidos, que oscilaban de manera
estable en torno a sus respectivos centros de gravedad y que giraban en torno
al centro de gravedad del planeta describiendo órbitas elípticas, como si de
auténticos satélites se tratara. Sin embargo, de tal descripción sólo algunas
afirmaciones mantienen su validez, siendo lo más notable que los sucesivos
anillos giran en el plano ecuatorial de Saturno, como los satélites galileanos,
y lo hacen en torno a un punto que no coincide con el centro de gravedad del
planeta.
§. Desigualdades seculares: Júpiter y Saturno, las lunas de Júpiter,
teoría lunar
Estos temas fueron tratados en cinco memorias, relatados entre noviembre de
1785 y abril de 1788. Como resultado de ellas quedaría la idea de que el
sistema solar constituye un sistema estable, que es en buena medida la noción
que más trascendió del enorme legado astronómico que Laplace tras años de
trabajo dejó recogido y organizado en su obra. Se trata de una serie de
problemas cuya existencia era conocida desde mucho tiempo atrás como
consecuencia de la observación de las posiciones de los cuerpos celestes, pero
que a pesar de los esfuerzos de muchas mentes preclaras que le precedieron en
el intento y de los notables progresos conseguidos seguían sin resolverse de
forma satisfactoria. No debe pensarse tampoco que las soluciones por él
halladas se deben únicamente a su esfuerzo y trabajo personal, sino que se
apoyan y recogen ideas y resultados de muchos autores, incluso de sus propios
contemporáneos.
Los títulos de estos cinco trabajos son:
·
Memoria
sobre las desigualdades seculares de los planetas y de los satélites.
·
Teoría de
Júpiter y de Saturno.
·
Teoría de
Júpiter y de Saturno (continuación)
·
sobre la
ecuación secular de la Luna.
·
sobre la
ecuación secular de la Luna (revisión)
En la primera de esas memorias, presenta Laplace el estado de la
cuestión señalando las discrepancias existentes entre los modelos teóricos para
los movimientos de los planetas y los resultados de las observaciones.
Las mareas
El efecto de flujo y reflujo del mar conocido desde la más remota
antigüedad, se escapó, sin embargo, durante siglos a una explicación
satisfactoria. Newton, mediante su teoría gravitatoria, daría un paso
importante para encontrar una solución al problema. En efecto, la proposición
XXIV del libro tercero de los Principia trata de este tema y recoge el papel
que el sol y la Luna juegan en la formación de las mareas. Edmund Halley
(I65&I742) lo abordó con mayor extensión, pero repitió el modelo newtoniano.
Halley se basa en que las aguas del mar sufren la atracción lunar y también la
solar aunque en mucha menor medida, si no existiesen esas fuerzas atractivas,
las aguas del mar conservarían la forma esférica, pues solo estarían sometidas
a la acción gravitatoria terrestre, pero por su efecto se pierde esa
esfericidad y los océanos se deforman, ascendiendo en la dirección de la Luna.
Para explicar los dos movimientos diarios de flujo y de reflujo que se
observan utiliza el argumento del movimiento aparente diario de la Luna en
torno a la Tierra, pero tal hipótesis no justifica que la deformación de las
aguas sea similar en el sentido hacia la luna y en el opuesto.
Sería Laplace quien, al modificar el modelo, considerando además que hay otras
causas que intervienen, daría con la solución, su aportación se recoge en
Varios puntos del sistema del mundo, aparecida en 1778 y cuya segunda parte
está dedicada íntegramente al estudio de las mareas. Laplace se da cuenta de
que el argumento utilizado por sus predecesores es falso, es decir, que suponer
que la Tierra inmóvil está sometida a la atracción de la Luna y del sol sí da
cuenta de un flujo y reflujo diario, pero no se puede atribuir a la rotación
terrestre la causa de que haya dos flujos y reflujos. De acuerdo con este
razonamiento las dos mareas diarias serían un fenómeno aparente pero no real.
Para superar esa apariencia e introducir el cálculo diferencial Laplace
considero pequeñas variaciones de un elemento diferencial en un océano que rota
como un cuerpo solido con la Tierra. Considero después que las fuerzas
intervinientes eran la centrífuga, la que hoy llamamos de Coriolis, la de atracción
gravitatoria de todas las partículas de la Tierra y los astros y la de
depresión.
Con estos elementos determino las ecuaciones de marea, resolviendo el problema
de modo satisfactorio y general. Vemos también que anticipa la llamada fuerza
de Coriolis en varias décadas, fruto de considerar el movimiento de rotación
terrestre como algo real y no sólo virtual.
Todavía redactaría otro trabajo sobre el tema en 1790, Memoria sobre el flujo y
el reflujo del mar, aparecido en 1797, y continuaría mejorando sus resultados a
lo largo de toda su obra científica.
Resalta especialmente el problema de la aceleración de Júpiter y
deceleración de Saturno en sus órbitas y la curiosa relación de posiciones
entre los tres primeros satélites de Júpiter: lo, Europa y Ganímedes, que junto
a Calixto fueron los primeros satélites de Júpiter observados por Galileo.
La segunda y tercera forman en realidad un único tratado que explica a
partir de un potente aparato matemático las causas del adelanto de Júpiter y
del retraso de Saturno en sus órbitas. Estudia además los movimientos de los
tres citados satélites de Júpiter.
Igualmente las dos últimas conforman un único trabajo sobre la
aceleración aparente de la Luna respecto de su movimiento medio.
Entraremos a analizar a continuación un poco más detenidamente los
contenidos de las cuatro últimas memorias, pero antes conviene que hagamos
ciertas consideraciones sobre el tipo de problema que pretendía abordar
Laplace. Vemos que en el título de las memorias aparece repetidamente el
término secular. En astronomía se consideraban desde tiempo atrás dos tipos de
variaciones o desigualdades respecto de los movimientos medios de los cuerpos
celestes: periódicos y seculares. Los primeros se refieren a pequeñas
modificaciones que se producen durante un tiempo equivalente al periodo de
traslación de un planeta o satélite y tienen que ver con la posición o
localización del planeta en su órbita y se corrigen o compensan en cortos
periodos de tiempo, si se comparan con el periodo de rotación. De manera
general podríamos decir que las variaciones periódicas responden a situaciones
sencillas relativas a la órbita kepleriana descrita por un planeta sometido
únicamente a la acción atractiva del Sol.
Por otro lado las desigualdades seculares afectan a los elementos
característicos de la propia órbita: inclinación, semieje o excentricidad y lo
hacen en cantidades tan pequeñas que deben pasar grandes lapsos de tiempo,
comparados con el periodo de traslación, para que sean significativas o
simplemente apreciables. En general deben transcurrir siglos para que sean
detectadas, de ahí su nombre de seculares. El resultado es que los modelos
teóricos que permitían predecir la posición de los objetos celestes y elaborar
tablas a corto y medio plazo se mostraban ineficaces, en tanto que no daban el
grado de precisión que en principio se esperaba de ellos.
Además se consideraba que las variaciones periódicas estaban sujetas a
plazos de tiempo determinados, de manera que en el transcurso de un periodo
completo se repetían exactamente los valores de esas desigualdades, de ahí que
se las llamara periódicas. Se pensaba, por otro lado, que las seculares eran
acumulativas y que modificaban continua e indefinidamente los valores medios
calculados. Para reducir los errores se introducían algunas correcciones que
paliaran el desajuste y permitieran seguir utilizando fórmulas y tablas, pero
tales correcciones, que procedían de las observaciones, quedaban desfasadas
transcurrido un tiempo. Este tipo de variaciones tenían también un efecto que
podemos llamar psicológico, pues creaban una sensación de desorden en los movimientos
celestes que están en íntima contradicción con la razón de ser de la astronomía
y de las matemáticas como ciencias exactas. Tal era la dificultad para
dilucidar el origen de estas desigualdades, que llegó a pensarse que estaban
causadas por el influjo de los cometas, pues al desconocerse su naturaleza y
especialmente la pequeñísima masa de estos cuerpos, se les asignaban aquellas
características que permitían resolver problemas tan complejos como éste.
La intención con la que Laplace afronta el problema no es otra que
determinar el origen de las desigualdades seculares, pero sobre la base de que
debería tratarse de variaciones periódicas al igual que las otras desigualdades
conocidas y resueltas, aunque de muy largo periodo.
§. Júpiter y Saturno: un sistema perturbado
Para el primer caso estudiado, aceleración de Júpiter y deceleración de
Saturno, pensó que era la mutua acción gravitatoria el origen de la
desigualdad. Efectivamente, la atracción entre ambos planetas y la tercera ley
de Kepler le permitieron constatar de forma general que si Saturno es retardado
por Júpiter, éste se acelera en su órbita por influjo de aquél. Halley había
calculado que en 2000 años Saturno se había retrasado 9° 16'. Suponiendo cierto
este valor pudo determinar que el adelanto de Júpiter sería de 3°58'17",
pues las variaciones respecto de sus movimientos medios estaban en la relación
de 7/3. El valor calculado sólo difería en 9 minutos de arco de los datos que
aparecían en las tablas. La proximidad entre el resultado teóricamente
calculado y el observado parecía evidenciar la existencia de una variación
respecto del movimiento medio del tipo antes descrito, es decir, de muy pequeña
magnitud y en consecuencia de un periodo tan largo que hasta ese momento no se
había podido reconocer su carácter periódico.
Con esos primeros resultados y la hipótesis de que en el movimiento
medio de los planetas debería estar la causa de esta variación, se lanzó
Laplace a verificar cuál era su origen. Los movimientos medios eran bien
conocidos y de ellos se seguía que 5 veces el movimiento medio de Saturno
equivale casi exactamente a 2 veces el de Júpiter.
Si llamamos:
n = movimiento medio de
Júpiter = 109.257 segundos de arco por año
n’ = movimiento medio de
Saturno = 43.996 segundos de arco por año
Obtendremos:
5n’ = 5 ×43.996 = 219.980
2n = 2 × 109.257 = 218.514
La diferencia entre estos valores es:
5n’ - 2n = 1.466 segundos de arco por año
Lo que supone que esa diferencia entre los movimientos medios tiene un
periodo que viene dado por el cociente:
360º/1.466" = 360 × 3600/1.466 = 884,04 años
Este dato aproximado le permitió confirmar que sus sospechas iban en la
dirección correcta y que los cambios en excentricidad e inclinación de las
órbitas de los planetas eran precisamente los responsables de la modificación
de las velocidades de los planetas y se planteó si podría ocurrir que en las
diferenciales del movimiento de ambos planetas, o en ecuaciones relativas a la
inclinación o la excentricidad de la órbita, apareciera en el denominador el
seno de la expresión 5n’ - 2n. Pues de ser así, posiblemente se
hubieran despreciado términos de los desarrollos que por efecto de esos
denominadores originarían cantidades de la suficiente magnitud como para
modificar sensiblemente los valores obtenidos.
Finalmente pudo corroborar que ésa era la razón de la desigualdad
observada y demostró que el retraso de Saturno y el adelanto de Júpiter
respecto de sus movimientos medios mantenían la relación de 7/3, cantidad que
había estado en el inicio de su investigación. Fue en la tercera de las
memorias citadas, que revisaba y ampliaba los resultados de la segunda, donde
afinó sus cálculos estableciendo valores máximos para la ecuación secular de
Saturno de 48'44" y 20'49" para Júpiter con un periodo de 929 años. Estos
nuevos valores se aproximan más todavía a la relación 7/3 que perseguía desde
el principio de su trabajo.
48'44"/20'49" = 48,7333'/20,81666' = 2,34107 ≈ 7/3
De esta forma se había resuelto un problema que durante siglos
permanecía inexplicado. Laplace se sentía orgulloso de su hallazgo y en
especial del método seguido para ello, ya que le permitía afirmar una vez más
que “la teoría de la gravedad va por delante de la observación ". Idea
ésta que supone una constante en su trabajo ya que él conocía en profundidad la
obra de Newton y la había continuado consiguiendo nuevos éxitos e importantes
resultados merced a su total confianza en esa teoría y, por supuesto, a sus
dotes como matemático.
Armado con estos resultados se lanzó a determinar con precisión los
elementos orbitales de los planetas, tabular sus posiciones con exactitud,
comprobar que su teoría respondía a las observaciones realizadas en el pasado,
especialmente en las conjunciones y oposiciones, y comparar los nuevos
resultados con las tablas que hasta la fecha se seguían. Este trabajo pasaba
por revisar una memoria anterior de Lambert aparecida en 1775, Resultado
de las investigaciones sobre las irregularidades del movimientos de Saturno y
Júpiter, que se refería a correcciones en cortos periodos; otra de
Lagrange, sobre las variaciones seculares de los movimientos medios de
los planetas, aparecida en 1783; así como las observaciones de
Flamsteed y las tablas de Halley.
La elaboración de las nuevas tablas obligó a rehacer y revisar
pormenorizadamente todos los cálculos y resultados obtenidos por Laplace. Para
ello, tanto él como la Academia, confiaron en Jean-Baptiste Delambre, quien se
ocupó de esa larga y tediosa tarea sin introducir otros cambios que algunas
pequeñas variaciones que la teoría predecía. Además revisó en detalle que las
observaciones de los últimos doscientos años correspondieran con los valores
tabulados.
Jean-Baptiste Delambre (1749-1822
Este trabajo fue presentado en la Academia en Abril de 1789 con el
título de Tablas de Júpiter y de Saturno.
Una vez más, aparecidas las tablas, Laplace se jactó de que éstas
constituían una nueva aportación de la ley de la gravedad, pues efectivamente,
tal y como hemos visto, es a partir de ella que había conseguido resolver el
problema y las tablas se habían preparado ajenas a la observación, pues los
datos empíricos sólo se habían tenido en cuenta para determinar las constantes
de integración.
§. Desigualdades en los movimientos de los satélites galileanos
Otro tema importante estudiado en esas dos memorias es el que se refiere a los
satélites galileanos. Sus movimientos eran bien conocidos, en especial desde
que el astrónomo danés Olaüs Rømer (1644-1710) consiguió en 1676 determinar la
velocidad de la luz estudiando los ocultamientos de Ío por Júpiter. Rømer
comprobó que la periodicidad de estos eclipses se veía afectada por la
distancia entre la Tierra y Júpiter, de ahí concluyó que el retraso observado
dependía de esa distancia y que, por la tanto, se debía al tiempo de más que la
luz invertía en llegar hasta la Tierra.
Sin embargo, habría de pasar un tiempo para que la falta de periodicidad
de estos satélites en sus movimientos en torno a Júpiter motivara un análisis
más profundo y éste vendría de la mano de Pehr Wargentin (1717-1783), astrónomo
sueco, quien dedicó buena parte de su quehacer científico a elaborar tablas de
estos cuatro satélites jovianos. Sus registros aparecen por vez primera en 1746
y los revisó continuamente con la colaboración de Lalande, con quien mantenía
una fluida relación epistolar.
También Lagrange se ocupó de este asunto y recibiría en 1766 el premio
de la Academia de Ciencias de París por el estudio de las desigualdades
apreciadas en sus movimientos, que analizó teniendo en cuenta la atracción que
sobre cada uno de ellos ejercen el Sol, Júpiter y los otros tres. A pesar de la
importancia de este trabajo y del avance que supuso tanto desde el punto de
vista analítico como astronómico, Lagrange había simplificado el problema
suponiendo que estos satélites giraban en órbitas coplanarias con el ecuador de
Júpiter.
Así las cosas, Laplace retoma el problema y comienza por analizar el
movimiento de los tres satélites galileanos interiores, pues verificaban una
más que notable relación. En efecto, si llamamos:
n al movimiento medio
del primero, Ío
n’ al movimiento medio del
segundo, Europa
n” al movimiento medio del
tercero, Ganímedes
puede escribirse una ecuación similar a la vista en el caso de Júpiter y
Saturno:
n + 2n” = 3n’
No consideró, pues, el movimiento del cuarto satélite, Calixto, que
resulta incomparable respecto del de los otros, y tampoco la acción atractiva
del Sol, pero sí tuvo en cuenta el ángulo formado por cada una de las tres
órbitas respecto al ecuador joviano.
Su intención era, una vez más, probar que la ley de gravitación permitía
explicar los movimientos medios de estos tres satélites y su estabilidad. Para
ello centró su estudio en el movimiento del segundo, sometido a la acción de
los otros, como causantes de sus perturbaciones.
El éxito le acompañó de nuevo y logró su empeño, mostrando que las
perturbaciones son periódicas y que el sistema es estable. También extendió su
investigación a otros elementos orbitales, como excentricidad, inclinación,
posición de los nodos y del afelio. De esta manera mejoraba otros resultados
anteriores más generales y también los recientemente hallados por Lagrange, en
1782, sobre los elementos orbitales.
Finalmente, las dos últimas memorias abordan uno de los problemas más
arduos y que más habían desafiado al ingenio de los astrónomos durante siglos.
La Luna, el objeto celeste más próximo y, junto con el Sol, el que mayor
influjo ejerce en la Tierra, había sido el cuerpo más observado en cuanto a
posiciones, fases y eclipses se refiere. Los distintos modelos elaborados desde
antiguo para explicar los movimientos de los objetos celestes mostraron
permanentes deficiencias en el caso de la Luna y para subsanarlos y armonizar
la teoría con la observación, al menos en cuanto a su posición se refiere, se
introducían correcciones procedentes de los valores empíricamente obtenidos en
momentos concretos. Esas estimaciones se utilizaban para mejorar las tablas y
modificar parcialmente los modelos teóricos hasta que un nuevo desajuste
obligaba a la consiguiente revisión.
Así, atendiendo a los resultados más próximos al momento que nos ocupa,
encontramos que Halley había descubierto que la aceleración lunar respecto de
su movimiento medio podía obtenerse sumándole a éste una cantidad proporcional
al número de centurias transcurridas desde 1700 y Delambre confirmó que su
movimiento secular era tres o cuatro minutos mayor de lo que arrojaban las
observaciones realizadas por los babilonios.
La dificultad de la cuestión había alcanzado tal magnitud que la
Academia de Ciencias de París había ofrecido en diversas ocasiones distintos
premios a quien consiguiera dar una solución plausible del fenómeno acorde con
las leyes de Newton.
Hasta el momento se habían intentado explicaciones basadas en hipótesis
como la resistencia ofrecida por el éter, que se suponía llenaba el espacio
sideral, la acción de los cometas, eventualidad que siempre asomaba cuando lo
intrincado del problema dejaba a los astrónomos sin otros argumentos, e incluso
la posibilidad de que la fuerza gravitatoria, como se había comprobado para la
luz, no se transmitiera de forma instantánea, sino que se ejerciera con cierta
velocidad finita.
Laplace, con ideas y recursos similares a los ya utilizados en los otros
casos de desigualdad secular estudiados, daría solución satisfactoria al
problema. En efecto, llegó a determinar que las causas de esta desigualdad eran
la acción gravitatoria del Sol y la variación de la excentricidad de la órbita
terrestre, producida por la atracción de los otros planetas del sistema solar.
La atracción del Sol sobre la Luna tiende a disminuir la acción
gravitatoria terrestre y, en consecuencia, a dilatar su órbita. El resultado
inmediato es la disminución de la velocidad angular en su movimiento medio de
traslación, sufriendo por ello una deceleración. La atracción solar es máxima
en su perigeo y disminuye a medida que se traslada hacia el apogeo. Por lo
tanto, se trata de una acción que tiene carácter anual, pues tal es la duración
del movimiento aparente de traslación solar, y a lo largo de un año presenta su
mínimo y su máximo, es decir que esta desigualdad tiene carácter periódico y
además su periodo es breve, un año. Esto, si bien en general es cierto, se ve
afectado por otra circunstancia, la órbita lunar forma un ángulo con la eclíptica
de unos 5°9', pero el plano de giro no es fijo, sino que va rotando de manera
que cumple un periodo completo en 18 años y 10 días. De esta manera la
atracción solar no tiene periodicidad anual puesto que la posición de la Luna
respecto del Sol no vuelve a repetirse exactamente, sino que presenta
anualmente épocas de mayor o menor acción, coincidiendo con los pasos por el
perigeo y el apogeo del Sol, dentro de un periodo total de 18 años.
La imagen ilustra la posición de la eclíptica, con el sentido de giro
del movimiento aparente del Sol, y la órbita lunar. El punto P señala el
perigeo solar.
La línea de los nodos gira en sentido contrario al señalado para el Sol
con un periodo de 18 años y 10 días, por lo que al cabo de unos 9 años
encontraríamos una disposición como la que se representa a continuación
Si prestamos atención a la posición de la Luna poco antes de pasar por
el nodo ascendente N en la primera figura y a la correspondiente situación en
la segunda figura, apreciaremos que para posiciones equivalentes de la Luna en
su órbita, su relación con respecto al Sol es bien diferente y, en
consecuencia, la atracción ejercida por éste, dependiente de la distancia, es
notablemente distinta. Aunque las representaciones se han realizado desde un
punto de vista geocéntrico para facilitar el reconocimiento de los planos
orbitales y de la línea de nodos, resulta sencillo reinterpretarlas de acuerdo
a las posiciones reales de los tres cuerpos.
Queda, pues, patente una de las dos causas que reconoció Laplace para
explicar las desigualdades en el movimiento de la Luna, la diferente acción
gravitatoria que el Sol ejerce sobre la misma. Veremos a continuación la otra,
los cambios en la excentricidad de la órbita terrestre debidos a la atracción
de los otros planetas del sistema solar. Esta influencia, más notoria que la
anterior, presenta un periodo muy dilatado. En la época estudiada la
excentricidad atravesaba una fase de decrecimiento, lo que hacía que la
velocidad lunar se incrementara, de ahí el adelanto observado respecto del
movimiento medio.
Puesto que la Luna está sometida a un movimiento capturado por la acción
gravitatoria terrestre -es decir que los periodos de rotación y traslación son
iguales-, Laplace pensó que era posible que las variaciones analizadas para la
traslación lunar afectaran a la identidad de esos periodos y que en
consecuencia pudiera llegar a ser visible el hemisferio lunar oculto. Comprobó,
sin embargo, que la acción terrestre es tan grande que el eje mayor del ecuador
lunar está siempre dirigido hacia el centro de la Tierra, sometido únicamente a
pequeñísimas modificaciones, libración lunar, que permiten ver una estrecha
franja de su cara oculta.
También comprobó que la atracción ejercida sobre la Luna por el resto de
los cuerpos del sistema solar era insignificante y, por lo tanto, despreciable
frente a la causada por el Sol y la Tierra.
Los resultados obtenidos serían revisados y comprobados por sus
inmediatos sucesores en el estudio de la mecánica celeste. Efectivamente, en
1853 John Couch Adams estimó que aproximadamente la mitad de la aceleración
lunar podía ser explicada por el decrecimiento de la excentricidad de la órbita
terrestre, mientras que Charles Delaunay (1816-1872) atribuyó el resto de ese
efecto a la ralentización de la rotación terrestre por causa de las mareas.
El conjunto de descubrimientos realizados sobre los satélites de
Júpiter, los anillos de Saturno, la interacción existente entre los movimientos
de Saturno y Júpiter y la aceleración lunar, permitían un mayor y mejor
conocimiento del sistema solar del que se había tenido hasta entonces y Laplace
todavía conseguiría completarlo con datos numéricos más precisos de los
elementos orbitales de los planetas, que aparecerían en la Memoria
sobre las variaciones seculares de las órbitas de los planetas.
Todo ello le permitía tener ya una idea clara sobre la estabilidad de
las órbitas planetarias y, en consecuencia, del sistema solar. De forma que,
aunque el desarrollo de su modelo cosmológico fue posterior, ya en 1786 se
sentía suficientemente respaldado para realizar afirmaciones como ésta:
Así el sistema del mundo sólo oscila en torno a un estado medio del que
nunca se separa sino en cantidades muy pequeñas. Por virtud de su constitución
y de la ley de la gravedad, goza de una estabilidad que sólo puede ser
destruida por causas externas, y estamos seguros que su acción no ha sido
detectada desde las más antiguas observaciones hasta nuestros días.
Y a continuación compara esta extraordinaria situación de estabilidad
con la acción de la naturaleza que tiende a preservar a los individuos
y a perpetuar las especies.
Con esta impresionante obra a sus espaldas y con resultados que le
situaban entre los más notables científicos de su época, Laplace, que contaba
entonces con 40 años, se ve envuelto como el resto de sus compatriotas en los
acontecimientos revolucionarios de 1789 y en los cambios sociales que pondrán
fin al que se ha llamado Antiguo Régimen.
Capítulo 2
Revolución y República
Los movimientos populares contra la monarquía, y muy especialmente
contra la situación de bancarrota económica que ésta había propiciado,
comienzan años antes de la instauración de la República. La situación del país
era apurada desde el reinado de Luis XV, por eso su nieto y sucesor Luis XVI
fue aconsejado por el ministro Maurepas para que nombrara intendente general de
hacienda al prestigioso economista Turquet por considerarlo la persona idónea
para reconducir la situación. La corte, para la que trabajaban 14.000 personas,
consumía la décima parte de los ingresos públicos, ya que mantenía la
magnificencia de la época esplendorosa de Luis XIV. También el clero y la
nobleza gozaban de enormes privilegios que les permitían no sólo pagar ínfimos
impuestos, sino percibir tributos de los campesinos.
Las reformas de Turquet encaminadas a reducir abusos y privilegios
encontraron poderosos enemigos en la corte, especialmente en el entorno de la
reina María Antonieta. Caído en desgracia, fue sustituido por Jacques Necker,
banquero ginebrino afincado en París, y después por Calonne, Loménie de Brienne
y de nuevo por Necker, sin que se consiguiera remediar el déficit,
pues sus medidas chocaban con los intereses de la nobleza y la iglesia.
El gobierno optó, finalmente, por convocar a los Estados Generales, es
decir, a representantes de los tres estados: nobleza, clero y pueblo llano,
medida excepcional que no se había tomado desde 1614. Así, en enero de 1789 se
publicó el decreto para su convocatoria en medio de una gran polémica sobre si
las decisiones se tomarían por votaciones individuales (un voto por
representante) o colectivas (un voto por cada estado). Tal polémica movilizó a
la población, en especial a quienes veían peligrar la posibilidad de mejorar su
situación y de cambiar el estado de las cosas, solicitando que hubiera paridad
en la representación y se impidiera el voto por estados.
Las reuniones comenzaron el 5 de mayo de 1789, en Versalles, con
presencia del rey en la sesión inaugural, dentro del mayor orden y respeto,
exponiéndose claramente que el objeto de la convocatoria era resolver la
situación financiera. Los representantes eran 1.148 (279 de la nobleza, 291 por
el clero y 578 del tercer estado). La discusión de cómo serían las votaciones,
si por estados o individuales, dificultó desde el principio el avance en la
búsqueda de unas soluciones que difícilmente podrían contentar a todos. Tras
varias sesiones, en junio compareció el monarca para anunciar que no
autorizaría reformas que afectaran al ejército, a la iglesia, a los impuestos o
a los derechos señoriales si no contaban con el apoyo de los dos estados
privilegiados. Declaración que fue contestada inmediatamente por el
tercer estado, que se constituyó en asamblea y se negó a abandonar la sala que
ocupaban.
El rey y la nobleza respondieron a ese desafío con una masiva
concentración de tropas en París, mayoritariamente compuestas por soldados
extranjeros. Este ambiente de tensión se agudizó con la noticia de que Necker
había sido destituido y desembocó en tal estado de agitación, que la población
de París, arengada por Camille Desmoulins y otros, se echó a la calle. Una
carga de caballería sobre la multitud reunida en el jardín de las Tullerías
desencadenó la insurrección, pues algunos contingentes de tropas se enfrentaron
a los mercenarios extranjeros y el ayuntamiento fue asaltado por una multitud
enardecida que expulsó a los regidores.
Jacques Necker
Se creó una nueva municipalidad revolucionaria y se organizó una guardia
cívica con 48.000 hombres. Al día siguiente, el pueblo armado con fusiles y
cañones procedentes del saqueo del cuartel de los Inválidos sitió y destruyó la
Bastilla. Era el 14 de julio y la revolución se había iniciado. Muy pronto toda
Francia secundaría el ejemplo parisiense, sucediéndose enfrentamientos armados,
saqueos y destrucción.
Ante tal situación, el 4 de agosto, la Asamblea Constituyente, a
propuesta del vizconde de Noailles, votó la abolición de los derechos feudales
y señoriales, de las servidumbres personales, corveas y privilegios,
estableciéndose la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. Se aprestó
también a redactar una constitución y legisló mientras el rey, confinado en las
Tullerías, se limitaba a dar su aprobación a cuantas leyes e iniciativas le
presentaban.
Pasarían así dos años hasta que el 21 de julio de 1791, el rey, alentado
por algunos sectores de la nobleza y confiando en el apoyo de las tropas, huye
de París, pero es detenido el mismo día en Varennes. Los partidarios de la
República utilizaron el hecho presentándolo ante la opinión pública como un
desplante intolerable del monarca y abogaron por su destitución. Para respaldar
su demanda solicitaron el apoyo popular y consiguieron reunir millares de
firmas que secundaban su propuesta. Sin embargo, la Asamblea, de mayoría
monárquica, no quiso extralimitarse en sus atribuciones y, en septiembre de
1791, se disolvió, reponiendo en el trono a Luis XVI, una vez que éste hubo
jurado la Constitución, y dio paso a una nueva asamblea, que será conocida como
Asamblea Legislativa. Esta asamblea estaba formada como la anterior por 745
diputados, todos ellos nuevos, puesto que los anteriores se comprometieron a no
ser reelegidos.
El rey consideraba insoportable su situación y confiaba en la ayuda
extranjera para recuperar el poder absoluto. Efectivamente, para acudir en su
ayuda se preparó en julio de 1792 un ejército prusiano, que comandado por el
duque de Braunschweig se dispuso a invadir Francia y tomar París. Aquí los
ciudadanos se aprestaron a la defensa y el día 11 la Asamblea disolvió los
cuerpos de la guardia nacional formados por realistas y consiguió reunir tropas
procedentes de diferentes zonas del país. La corte, mientras esperaba ser
liberada por el ejército prusiano, también se organizó para defenderse y
contaba para ello con la colaboración de mercenarios suizos y con la
cooperación de la municipalidad de París. Pero el 9 de agosto ésta fue
sustituida repentinamente por otra de corte revolucionario y, al día siguiente,
se sitió el palacio de las Tullerías, lo que obligó al rey y a su familia a
refugiarse en el seno de la Asamblea Legislativa, que lo depuso y dejó su
futuro en manos de una nueva asamblea, la Convención.
Este día, 10 de agosto de 1792, llega el final de la monarquía y de la
Asamblea. La revolución va a tomar nuevos derroteros.
Las tropas de Braunschweig se acercaron a París, pero fueron derrotadas
el 20 de septiembre por Valmy; ese mismo día la Convención Nacional se reunió y
el 21 se estableció la República. Los jacobinos sostuvieron la necesidad de
procesar al rey, que fue juzgado por la Convención y condenado a muerte el 17
de enero de 1793. El 21 del mismo mes fue guillotinado. A este hecho siguieron
la guerra civil y la declaración de guerra por parte de casi todas las naciones
europeas.
La Convención tomó medidas extraordinarias para salir de la situación
tan apurada que se vivía, pero fue derrocada el 2 de junio de 1793 por un
sector de jacobinos que implantaría el gobierno revolucionario, dando paso a la
época del Terror, que concluiría en julio de 1794, cuando Robespierre y sus
seguidores son guillotinados. La Convención confió el poder al Directorio, que
gobernó los destinos de Francia hasta que en noviembre de 1799, un nuevo golpe
de estado los puso en manos de un caudillo emergente, Napoleón Bonaparte, quien
gobernó durante 15 años, primero bajo el Consulado, hasta 1802, y después como
emperador, hasta abril de 1814, momento en el que Luis XVIII, hermano de Luis
XVI, entró en París y se produjo la primera Restauración.
Estos acontecimientos habrían de afectar de forma importante a la
Academia como institución y a los hombres que la componían, por supuesto
también a Laplace, tal y como iremos viendo al conocer su actividad durante
esos años.
Sin embargo, nada parecía afectar a los hábitos de los académicos
durante las primeras movilizaciones y cambios, pues el 18 de julio de 1789,
cuatro días después de la toma de la Bastilla, Laplace lee en la Academia un
tratado sobre la inclinación de la eclíptica. Esa aparente despreocupación
pronto cambiaría, pues en otoño de ese año se crea una comisión para estudiar
los cambios oportunos que permitan liberalizar las estructuras de la
institución según las directrices que el conde de La Rochefoucault había
remitido. En esa comisión estarían, junto con el propio Laplace, Condorcet,
Borda, Bossut y Tillet, quienes elaboraron una memoria presentada el 1 de marzo
de 1790.
El 2 de noviembre de 1791 se creó un nuevo órgano que se encargaría de
las patentes y cuestiones tecnológicas de interés público, que hasta ese
momento dependían de la Academia, pero que repentinamente se vio desbordada por
un aluvión de nuevas propuestas que llegaban tras la Revolución. La Oficina de
Consultas de Artes y Oficios, que tal era su nombre, estaba formada por 38
personas: 19 de ellas eran académicos, entre los que se había elegido a
Laplace, mientras que las otras 19 representaban a las sociedades de
inventores. También encontramos el nombre de Laplace en una comisión que
solicitó a la Asamblea que los gobiernos locales mantuviesen la recogida de
datos sobre nacimientos y defunciones, tal y como se venía haciendo, para poder
proseguir con los estudios estadísticos iniciados años antes. Pero la
iniciativa revolucionaria que más interesó a Laplace fue la relativa a la
reforma de las unidades de pesos y medidas.
Los nuevos tiempos trajeron nuevas formas y aparecieron multitud de
oficinas para atender a diferentes iniciativas y proyectos emanados de la
Asamblea. El hecho de que Laplace aparezca entre los elegidos da idea de su
prestigio y deja entrever que sus ideas parecían armonizar con las de los
nuevos dirigentes, o al menos no debían ser contrarias. Iremos viendo en
sucesivos avatares cómo se desenvuelve ante los futuros cambios de régimen.
§. El sistema métrico decimal
Algunos miembros de la Asamblea Nacional solicitaron de la Academia su
intervención en la reforma del sistema de pesos y medidas. Se trataba de un
tema importante ya que el nuevo estado quería unificar la gran variedad de
unidades de medida y peso que se usaban por todo el país, creando para ello un
sistema nuevo que fuera difundido por todos los rincones de Francia y terminase
con las dificultades que conlleva la diversidad de patrones.
La necesidad de unificar las unidades de peso, capacidad, superficie y
longitud era sentida desde antiguo, pues la variedad existente suponía un
importante freno para un comercio ágil y sin trabas. La situación era tal que
desde 1668 era una barra de hierro empotrada en el muro exterior del Grand
Chátelet de París la que se impuso durante años como patrón para las medidas de
longitud. A esta unidad, que medía algo menos de 2 metros, se la llamó toesa
de Chátelet y fue utilizada para ajustar las que irían apareciendo en
el futuro, como la toesa del Perú y la toesa del
Norte, empleadas inicialmente en las mediciones geodésicas de Ecuador
y Laponia en los años treinta y cuarenta del siglo por Godin y Maupertuis,
respectivamente.
Un importante precursor del sistema métrico decimal fue el abad Gabriel
Mouton (1618-1694), vicario de la iglesia de san Pablo de Lyon y autor de
algunos trabajos astronómicos en los que ya proponía una unidad de medida
universal, milla, equivalente a la longitud de un minuto de
grado del meridiano, y sus correspondientes múltiplos y divisores decimales
como la virga, una milésima de milla y de longitud similar a
la toesa, y la vírgula como la décima parte de la virga.
En 1776, Francia adoptó como patrón legal de longitud la toesa
del Perú, en sustitución de la de Chátelet, con el nombre de toesa
de la Academia y una longitud de 1,949 metros, lo que representaba una
diferencia respecto a la de Chátelet de escasamente 0,1 milímetros. Pero sería
la Revolución, con nuevos vientos de cambio y una firme decisión de cortar con
el pasado, que se consideraba mezquino, oscuro y feudal, la que propició e
impulsó un gran número de cambios. Todo en consonancia con la nueva era en la que
la diosa razón sustituiría a los viejos usos y a las rancias
creencias. Es en estas circunstancias cuando la Asamblea se preocupó por el
problema de los patrones de medida y se dispuso a crear otros, más acordes con
las necesidades que la ciencia y la técnica del momento precisaban y, sobre
todo, de uso general en todo el país.
El proceso no sería fácil, a pesar de contar con el apoyo de los
políticos -o quizá por ello-, y siguió un recorrido dubitativo y zigzagueante
que culminaría con el sistema de pesas y medidas que todos conocemos. Fueron
muchas las personas que intervinieron en el proceso y que ostentaron la
responsabilidad de los trabajos y de las definiciones a través de las sucesivas
corporaciones constituidas, cuyos miembros cambiaban periódicamente al igual
que sus directores. Si en un principio era la Academia la depositaría de ese
encargo y fue en su seno donde se crearon diferentes comisiones, tras su
desaparición, en agosto de 1793, cuando Robespierre toma las riendas del poder,
la responsabilidad de los trabajos recayó en la Comisión temporal de Pesos y
Medidas que el gobierno creó a tal efecto. Sus integrantes continuaron siendo
los mismos, es decir, los que hasta la fecha habían sido académicos, pero la
comisión sufrió numerosas modificaciones fundamentalmente motivadas por la
caída en desgracia de sus miembros a los ojos de los políticos imperantes. Así,
por resolución de 23 de diciembre de 1793, debieron abandonar los trabajos
Borda, Laplace, Coulomb, Brisson y Delambre, bajo la acusación de
“insuficientemente digno de confianza por lo que se refiere a sus virtudes
republicanas y a su odio a los reyes”. Por otra parte, Lavoisier llevaba en ese
momento varios meses encarcelado y ajeno, por lo tanto, a estas ocupaciones.
Acabada la época del Terror, la comisión es sustituida por la Agencia
temporal de Pesos y Medidas, creada el 7 de abril de 1795, formada por
Legendre, Charles-Étienne de Cocquebert y François Gattey.
La cúpula del edificio del Instituto de Francia.
Desaparece ésta en 1796, pues el 25 de octubre de 1795 se crea el
Instituto de Francia, que asume competencias similares a las de la Academia y,
en consecuencia, concluye los trabajos relacionados con el sistema métrico.
Está constatado que esta empresa salió adelante tanto por el interés de
los académicos como por el de algunos políticos y que su éxito se debe más a
las relaciones personales entre unos y otros que a las disposiciones formales
de la Asamblea. Los primeros estudios cabe situarlos en la Academia, donde el
27 de junio de 1789 se creó una comisión para completar “una obra sobre pesos y
medidas” formada por Lavoisier, Laplace, Brisson, Tillet y Le Roy, pero no hay
rastro de su contenido, como tampoco lo hay de otra memoria que sobre el tema
leyó Brisson el 14 de abril de 1790.
Todo parece indicar que la Academia apostaba por una reforma que se
basara en el sistema decimal, pero también que éste tenía sus detractores. En
1790 apareció un panfleto, elaborado por el comisionado Tillet y por Louis-Paul
Abeille, que en nombre de la Sociedad de Agricultura, una de los muchos órganos
que surgieron en los primeros momentos de la revolución para defender intereses
corporativos, defendía la bondad de la base duodecimal sobre la decimal. El
argumento era que el número 12 permitiría a comerciantes, ingenieros y a
cualquier profesional calcular mitades, tercios y cuartos de forma mucho más
sencilla que si la base elegida fuese el diez, que tiene menos divisores
enteros. Recriminaban además a los científicos que por un mero prurito
perfeccionista dejaran de lado las dificultades que en su trabajo diario
encontrarían comerciantes, granjeros, albañiles, etc.
En medio de esta discrepancia, que amenazaba con enconar posturas sin
llegar a resultado alguno, intervino la Asamblea Constituyente, y el 8 de mayo
de 1790 ordenó que el nuevo sistema de medidas que se debía elaborar tuviera
base decimal.
En esas fechas, el obispo Talleyrand, notable miembro de la Asamblea,
parece promover las acciones y los textos legislativos relacionados con este
tema y es quien manifiesta el interés que tendría que la unidad de medida
tuviera un origen natural y propone utilizar la longitud del péndulo que bate
segundos en la latitud de 45°. Esta propuesta no supone una completa novedad,
pues poco antes se había debatido esa misma posibilidad en la Academia,
recuperando así una sugerencia que hiciera La Condamine tras la expedición a
Perú para medir el grado de meridiano.
Este tipo de propuestas presagiaba que la unidad de medida lineal sería
distinta de las utilizadas hasta la fecha en cualquiera de las naciones y que
provendría de alguna longitud que estuviera relacionada con las diferentes
mediciones que se venían realizando en nuestro planeta. Es decir, que iba a
tener un origen natural, pues los cambios políticos y sociales apostaban por el
triunfo de la razón y el laicismo frente a las imposiciones y prejuicios
imperantes en el pasado. Fuera la longitud del péndulo u otra, como terminó
ocurriendo, sí que quedaba patente el deseo de que la unidad lineal diera
origen a las correspondientes unidades de superficie y volumen, mientras que
para el peso parecía imponerse el de un cierto volumen de agua a una
temperatura dada, de acuerdo con las experiencias realizadas por Lavoisier. De
esta manera los patrones de longitud y peso quedarían ligados a través de la
relación común con las unidades de volumen elegidas. Si bien para superficie,
volumen y peso se mantuvo la idea apuntada, la unidad de longitud cambiaría la
base natural que la debía respaldar, pasando del péndulo que bate segundos a la
medida del meridiano terrestre.
Efectivamente, con gran celeridad la Academia nombra una nueva comisión,
que esta vez contaba con Laplace, Lagrange, Monge, Borda y Condorcet y que tras
unos meses de estudio presenta sus alternativas el 25 de marzo de 1791. La
novedad principal afecta a la unidad de longitud que quiere ligarse al tamaño
de la Tierra, o mejor aún a la medida del meridiano, pues se optaba por una
millonésima parte del cuadrante del meridiano, cantidad que mantenía el uso de
la base decimal para su determinación. Por supuesto que sus múltiplos y
submúltiplos también corresponderían a sucesivas potencias de diez.
Además se solicitaba una nueva medida del meridiano de París, esta vez
entre Dunkerque y Barcelona, que se consideraba necesaria para determinar con
la mayor exactitud posible la nueva unidad.
¿Por qué se abandona la idea de relacionar la unidad de longitud con el
péndulo? Las razones que se daban en el informe eran que el péndulo que bate
segundos depende de un parámetro temporal arbitrario, el segundo, y además
intervenía en su determinación el valor de la gravedad en un cierto punto de la
superficie terrestre, que no podría expresarse en unidades naturales ciertas.
Esa es la razón del cambio, argumentándose además que la relación entre la
nueva unidad y la longitud del meridiano facilitaría el cálculo y la expresión
de las distancias geográficas y de la superficie de las demarcaciones y
regiones, resultando en definitiva más natural que la longitud
del péndulo. También se alude, quizá como concesión a la sugerencia de
Talleyrand, que su longitud sería similar a la del péndulo.
Laplace estaba absolutamente de acuerdo con tal decisión y aprovechó
cuantas ocasiones tuvo para defender el meridiano frente al péndulo como origen
natural de la nueva unidad, considerando, por ejemplo, que de esta forma la
medidas lineales sobre la Tierra tendrían una relación angular sencilla con un
arco de meridiano, o de círculo máximo, y sería de gran ayuda para la
navegación.
El metro
La unidad de medida fue bautizada como metro en julio de 1792, cuando se
reúne la comisión de la Academia, y la propuesta del nombre es atribuida a
Laplace o Borda, según las fuentes consultadas, e igualmente para sus
divisores: decímetro, centímetro y milímetro. En cuanto a su longitud, como
estaba a la espera de la nueva medición, se tomó como referencia provisional
para la medida del cuadrante del meridiano, 5.132.430 toesas, cuya
diezmillonésima parte equivale a 3 pies y 11,44 líneas de toesa del Perú, que
sería el primer valor para el metro. Cuando se dispuso de las nuevas medidas en
1798, se estableció para el cuadrante del meridiano, una longitud un poco
menor, 5.130.740 toesas, que dejaba definitivamente el valor del metro en 3
pies y 11,296 líneas de la toesa del Perú. Hoy sabemos que se cometió un ligero
error que hace que nuestro metro mida casi 2 diezmilésimas más de lo que en
realidad le corresponde, pues el cuadrante de meridiano mide 10.001.966 metros.
En cuanto a la unidad de superficie, la Academia aprobó la de un cuadrado de 10
metros de lado, cuyo nombre sería área y sus submúltiplos, deciárea, centiárea
y miliárea.
La unidad de capacidad, y por ende la de volumen, era la pinta, que
correspondía al volumen de un cubo de arista igual a la décima parte del metro.
Asociada a ella estaba la unidad de peso, determinada por Lavoisier, quien la
bautizó con el nombre de grave, que era el peso de una pinta de agua destilada
a la temperatura de fusión del hielo.
Los trabajos de medición del arco meridiano se alargaron en exceso, pues
comenzaron en 1792 y no concluyeron hasta 1798. La razón del retraso se
atribuye a la situación social y política, que dificultaba el trabajo
científico de los dos equipos creados bajo la dirección de Méchain y Delambre.
No obstante y a causa de la necesidad de avanzar en las resoluciones y
mostrar resultados, la Asamblea publicó un decreto, de fecha 1 de agosto de
1793, adoptando definiciones y términos provisionales para las nuevas unidades
y señalando los prefijos latinos y griegos que servirían para dar nombre a sus
múltiplos y divisores decimales.
Conocemos sobradamente que no todas las propuestas de la Academia se
verían refrendadas por las normativas emanadas por la Asamblea, ni en la citada
de 1 de agosto de 1793 ni en la definitiva de 7 de abril de 1795 (18 de
germinal del año III). Por ejemplo, la unidad de superficie sería el metro
cuadrado y no el área (100 metros cuadrados), el nombre de pinta se cambiará
por el de litro y el grave acabaría llamándose kilogramo, que
pese a ser la unidad definitivamente establecida, terminaría siendo un múltiplo
del gramo. Se especula sobre si este cambio se debe al hecho de que Lavoisier,
autor de los trabajos y responsable del nombre de la unidad, había sido
condenado a muerte por el gobierno revolucionario. Por tal causa, ese mismo
gobierno no estaría dispuesto a hacer perdurar la obra y la memoria de este
personaje, considerado traidor a la República.
Los trabajos científicos encaminados a fijar con la mayor exactitud las
unidades seguirían durante años y no sólo en lo referente al
metro, que seguía pendiente de la nueva medición del meridiano. Así, Louis
Lefévre-Gineau y Giovanni Fabroni continuarían las experiencias de Lavoisier
hasta 1799, llegando a la conclusión de que no podían enfriar agua líquida
hasta exactamente los 0ºC requeridos y que, además, la máxima densidad
del agua se alcanza a los 4º C y no a 0º C como se había supuesto.
Precisamente las experiencias de estos químicos se centraron de forma
especial en conseguir determinaciones precisas de la densidad del agua cuando
ésta cambia su temperatura, y emplearon en sus análisis recipientes e
instrumental bastante sofisticados y diseñados expresamente para este trabajo.
Los resultados obtenidos fueron lo suficientemente contundentes como para que
se modificara la definición de kilogramo que diera Lavoisier y se especificara
que la temperatura debía ser la de máxima densidad, 4o C, tal y
como hoy la conocemos. Sabemos ahora que inicialmente se había considerado sólo
un peso de 0,999972 kg, es decir, 1000,028 cm3 en lugar de los
pretendidos 1000 cm3 para el volumen de 1 kilogramo de agua
pura a 4o C.
De la misma manera que para el metro se dio una referencia que
permitiera relacionarlo con las antiguas unidades de longitud, también se
evaluó el peso del nuevo kilogramo respecto de los viejos patrones, siendo la
equivalencia 1 kg = 18827,15 gramos antiguos de la fila de Carlomagno.
La responsabilidad de las definiciones finales de las unidades y de las
experiencias encaminadas a conseguirlas había sido exclusivamente de la
Academia, pero ésta y todas las academias francesas fueron clausuradas por la
Convención en agosto de 1793. Posteriormente y una vez acabado el periodo del
Terror, todas las decisiones al respecto pasaron a depender de la Oficina de
Longitudes, creada por decreto de 25 de junio de 1795, que sería dirigida por
Borda y en la que colaboraría Laplace con asiduidad.
Las experiencias realizadas para determinar el valor final del kilogramo
y su dependencia de la densidad del agua a diferentes temperaturas, permitieron
adoptar simultáneamente la escala de grados centígrados con puntos de
referencia fijados en 0º C y 100º C, correspondientes a los puntos de
congelación y ebullición del agua, dividida en 100 centésimas, o grados, y con
sus correspondientes subdivisiones decimales. Esta nueva escala centígrada, o
de Celsius, sustituía a la que había sido habitual durante buena parte del
siglo, debida a Réaumur y que se basaba en las temperaturas de congelación y
ebullición del alcohol.
No debe olvidarse que, si bien las unidades eran estudiadas y definidas
mediante meticulosos trabajos científicos, su verdadero interés estribaba en
que fueran utilizadas y difundidas por todo el país, por lo que debían existir
modelos manipulables. A tal efecto, el 6 de julio de 1795 se depositó en el
Comité de Instrucción Pública un metro patrón construido en latón, todavía
provisional, realizado por Lenoir. Posteriormente se construirían réplicas del
modelo para divulgarlo en sustitución de las antiguas medidas.
El problema de la disparidad de patrones de peso y medida era común a
todos los países por lo que la reforma republicana empezó a ganar adeptos y
poco a poco se difundieron las nuevas unidades por toda Europa Su adopción
definitiva llevaría mucho tiempo, tanto en Francia como en los demás países, y
al igual que allí, fueron necesarios decretos que ayudaran a conocer las nuevas
unidades y a ponerlas a disposición de comerciantes y técnicos. Para revisar
los trabajos y divulgar en otros países las nuevas unidades Laplace hizo votar
en enero de 1798 una moción destinada a organizar una conferencia o congreso
científico internacional. Talleyrand, ministro de asuntos exteriores bajo el
Directorio, invitó en junio de ese año a las potencias aliadas o neutrales para
que enviasen sus delegados a París. La situación bélica creada por la expansión
francesa limitó la participación extranjera a representantes de la República
Bátava (Países Bajos), Suiza, varias repúblicas italianas (Piedemonte, Romana,
Cisalpina, Ligur y Toscana) y los reinos de Dinamarca y España. El 25 de mayo
de 1799 se leyó el informe final en el Instituto de Francia, con lo que
concluyó el congreso. En junio de ese año se construyeron patrones permanentes
de platino para el metro y el kilogramo, conservados en los Archivos de la
República, que se hicieron oficiales el 10 de diciembre de 1799.
Esta reforma perseguía un futuro más acorde con la razón y, en
consecuencia, más organizado, puesto que todas las unidades estaban
interrelacionadas. El metro, unidad lineal, determinaba las unidades de
superficie y volumen, y ésta se relacionaba con la de capacidad a través de la
densidad y la temperatura. También se introdujo un nuevo patrón monetario de
manera que sería finalmente el valor del oro y la plata, pesado en kilogramos,
el que permitiría poner precio al resto de los bienes a través de las leyes y
normas correspondientes. La búsqueda de tal orden y armonía era lo que alentaba
a los reformadores del sistema.
La realidad última fue que se precisaron todavía sucesivas
intervenciones gubernamentales para imponer en Francia el nuevo sistema
métrico, pues el retroceso del credo republicano, y también el de las
transformaciones que la Revolución había respaldado, acaecido con el triunfo
del bonapartismo, y aún después con la restauración, recluyó al sistema métrico
decimal en las escuelas sin acabar de desbancar los viejos modos, quizá por
falta de inversión para distribuir réplicas de los patrones. De forma que no sería
hasta el 1 de enero de 1840, y tras un periodo de tres años de transición,
cuando el sistema métrico se convirtió en obligatorio en todo el territorio
francés. Más dilatado y complejo fue el triunfo del sistema en el resto de los
países europeos.
§. La reforma republicana del calendario
Las ansias de ruptura con el pasado no se detuvieron en el cambio de las
unidades métricas antes consignadas, sino que llegaron también al modo de
contar el tiempo y al momento desde que tal cómputo debía realizarse. La
Revolución se realizó contra los dos estados privilegiados, nobleza y clero, y
un fuerte signo antirreligioso inspiraría bastantes de sus reformas, así pues,
la modificación del calendario pretendía reorganizar el sistema de medir el
tiempo siguiendo la base decimal, a la vez que perseguía secularizar ese
cómputo.
No debemos olvidar a este respecto que las festividades religiosas, en
especial la Pascua y las fiestas móviles calculadas a partir de ésta, tienen
gran protagonismo y prioridad en el calendario, de forma que su determinación
anual altera profundamente la propia fisonomía del calendario y afecta en gran
medida a la vida civil, pues la celebración de ferias y mercados dependía
entonces, y aún ahora, de los acontecimientos religiosos más que de
ordenaciones administrativas. Por otro lado, la sucesión de los años se
llevaba, tal y como seguimos haciendo, de acuerdo a la era cristiana, es decir
que el origen de cuenta se refiere a la fecha de nacimiento de Cristo.
Alegoría de Messidor, uno de los meses del calendario republicano
(equivalente parcialmente a junio).
De acuerdo con la secuencia de hechos acaecidos tras la toma de la
Bastilla el 14 de julio de 1789, fue el 22 de septiembre de 1792 cuando se
proclamó la primera República Francesa, apenas horas después del triunfo
militar en Valmy sobre las tropas prusianas. En los meses siguientes los
acontecimientos se precipitan, el rey es guillotinado en enero de 1793 y en
junio el gobierno cae en manos de la facción jacobina más violenta que,
encabezada por Robespierre, protagonizará durante poco más de un año el periodo
que será llamado del Terror. Es precisamente ésta la época en la que se
producen los cambios más exacerbados, destinados a romper con el pasado y a
crear un nuevo orden de cosas, y entre ellos también se incluye la reforma del
calendario.
El 5 de octubre de 1793, apenas dos meses después del encumbramiento de
Robespierre, el nuevo calendario está preparado y es decretado su uso
obligatorio por la Convención Nacional con efectos retroactivos desde la
instauración de la República, 22 de septiembre del año anterior, inicio de la
nueva era.
La reforma ideada por G. Romme se apoyaba en el sistema decimal, que
había triunfado como base para el resto de las medidas y que él pretendía
ampliar también al cómputo del tiempo. Para ello prescinde de la semana de
siete días como soporte del calendario e introduce en sus sustitución las
décadas, grupos de 10 días. De esta forma un mes está compuesto por tres
décadas. El año tiene 12 meses de 30 días, aquí no pudo seguir el sistema
decimal y adoptó el tradicional, de base 12, que contaba con fervientes defensores
entre los políticos de la época. El año tendría 360 días, a los que se añadían
5 más al final para completar la cifra de 365. Esa cantidad resultaba a todas
luces insuficiente por lo que la propuesta de G. Romme fue crear periodos de
cuatro años, que recibían el nombre de franciada, cuyos tres
primeros años eran de 365 días y al cuarto se le añadía uno más, por lo que
pasaba a tener 366 días. Esos días añadidos o epigómenos inicialmente se
llamaron sansculottides en honor de los revolucionarios de
primera hora, que se autodenominaban sansculottes, por no
llevar los pantalones o culottes propios de la nobleza, pero
oficialmente se les designó como complementarios.
Gilbert Romme
Diputado desde 1791, participa con Condorcet en el Comité de Instrucción
Pública. Encarcelado en Caen por avatares políticos durante el verano de 1793,
va madurando su proyecto de reforma del calendario, y el 17 de septiembre de
ese mismo año presenta su informe al Comité de Instrucción Pública, que da su
visto bueno. La Convención adopta el nuevo calendario el 5 de octubre de 1793.
Fue condenado a muerte en 1795, suicidándose en vísperas de su ejecución.
Los días de cada década, semana de diez días, se nombraban
de acuerdo a su lugar de orden: primidi, duodi, tridi, quartidi, quintidi,
sextidi, septidi, octidi, nonidi y decadi; este último era festivo.
Los cinco días complementarios estaban situados al final del año,
recibían nombres específicos y eran festivos: fiesta de la virtud, fiesta del
genio, fiesta del trabajo, fiesta de la opinión y fiesta de las recompensas. El
sexto día para el cuarto año de la franciada, también festivo, se llamaba de la
Revolución.
Si las previsiones hubieran sido sólo éstas, el año hubiera tenido una
duración de 365,25, el decimal sale de repartir el sexto día del cuarto año de
la franciada entre los cuatro que la completan. De esa forma estaríamos ante un
sistema de cómputo igual al juliano, establecido por Julio César, y que
precisamente hubo de ser modificado en 1582 por la reforma gregoriana para
evitar el desfase entre las fechas del año y los fenómenos astronómicos. Por la
misma razón, el calendario republicano adoptó las mismas disposiciones que el
gregoriano.
Pero las modificaciones en el cómputo del tiempo todavía llegan más
lejos, pues también el sistema decimal se instaura para las partes o divisiones
del día.
En efecto, se considera el día dividido en 10 horas y
cada una de ellas en cien partes, que serán los minutos decimales y
análogamente uno de estos minutos consta de 100 segundos decimales.
Este reloj decadario se conserva en el Museo Carnavalet de Paris. En la
parte superior de su esfera lleva un círculo dividido en diez partes para
marcar la hora decadaria o republicana. En su parte inferior lleva otro círculo
con las doce divisiones habituales. Esta pieza, más allá de una curiosidad, es
también el símbolo de un momento convulso en el que no podía renunciarse a
ninguna de las dos unidades de tiempo.
Para fomentar el uso de las nuevas medidas horarias, en principio
bastante impopulares, como la reforma en general, se fabricaron modelos de
relojes de bolsillo y de pared con la doble medida, la tradicional y la nueva.
El año y los calendarios
Expresado en números, la reforma juliana consideraba que la duración del
año era:
365 días completos + ¼ = 365,25 días
Por eso cada 4 años se añadía un día más, el bisiesto.
Fabre d'Églantine
La Reforma Gregoriana procuro rectificar el error cometido por la
anterior, que suponía una duración excesiva para el año e inicialmente
consideró:
días completos + ¼ - 3/400 = 365,2425 4 400
De ahí que mantuviera la regla general de introducir un bisiesto cada
cuatro años, pero dejando de añadir 3 cada 400 años, precisamente los años
múltiplos de 100, cuyo número de centenas no fuera múltiplo de 4. Así, 1700,
1800 y 1900 no fueron bisiestos, como tampoco lo será 2100 y 2200, pero sí lo
fue el 2000.
Poco después se dispuso de información suficiente para aquilatar con mayor
exactitud la medida del año, reduciéndola en algunas diezmilésimas de día, de
forma que cada 4.000 años uno de esos múltiplos de 100 que se consideran
bisiestos no lo será. El año tendrá:
días completos + ¼ - 3/400 – 1/4000 = 365,24225 días.
Ésta es la regla por la que se regía y rige nuestro actual calendario
con nimias modificaciones en largos periodos de tiempo, pues se concede al año
365,242194 días, y es precisamente la misma que se tomó para el calendario
republicano.
Sin embargo, la reforma horaria languideció pronto y dejó de ser
obligatoria desde el 18 de Germinal del año III (7 de abril de 1795).
Si bien la parte más técnica de la reforma se debe a Romme, quien a
través del Comité de Instrucción Pública obtuvo ayuda de científicos, también
contó para su proyecto con la colaboración de personajes procedentes de
diferentes círculos. Se cuentan entre éstos Lakanal, clérigo; Fourcroy,
químico; Crénier, hermano del poeta; David, pintor; y en especial Fabre
d’Églantine, poeta revolucionario y diputado que ostentó cargos de importancia
en el ministerio de Justicia y que murió en la guillotina el 5 de abril de
1794. Este personaje tuvo una notable influencia en la modificación del
calendario, pues fue quien puso nombre a los meses y trocó el santoral que
acompaña a cada uno de los días del año con nuevas advocaciones, pero esta vez
referidas a la Naturaleza, en especial flores, hortalizas, árboles y animales.
A pesar de los esfuerzos realizados, el nuevo calendario no caló en la
población con el mismo entusiasmo que había animado a sus inventores y, lo que
es más, los propios científicos que habían ayudado a Gilbert Romme a ajustar su
reforma también eran contrarios, más que reacios, a su uso, de forma especial
los astrónomos. La cuestión es que el nuevo sistema no aportaba modificación
alguna al cómputo del tiempo, pues que dejaba los cálculos tal y como estaban,
y sin embargo dificultaba la relación entre las observaciones realizadas antes
del cambio y las que se efectuaran después e igualmente obligaba a realizar
cálculos en la comparación de observaciones realizadas en Francia y las que se
hicieran en los países que mantenían el calendario gregoriano.
Laplace, que junto a Lalande y Delambre había intervenido en algunos
aspectos técnicos de la elaboración del calendario, no aceptaba la reforma de
buen grado, considerándola gratuita en sus fundamentos y negativa en cuanto a
los trabajos científicos, pese a ser un convencido defensor del sistema decimal
en la reforma de las medidas; sin embargo, no se manifestó en su contra y nadie
lo hizo. Era la época del Terror, la guillotina no cesaba en su macabra función
y la suerte de Lavoisier era un presagio que obligó a quienes no estaban en
sintonía con el poder a contemporizar con la situación para mantener la cabeza
sobre los hombros.
Incluso los principales precursores del calendario republicano, Romme y
Fabre, fueron condenados a la guillotina por desavenencias políticas con los
dirigentes del momento. Fabre moría junto a Danton el 5 de abril de 1794 y
Romme se suicidó la víspera de subir al cadalso, el 17 de junio de 1795.
La caída de Robespierre, la instauración del Directorio y la posterior
llegada de Napoleón al poder cambiaron el rumbo de las cosas y también el papel
de muchos de los científicos semi-ocultos durante el periodo del Terror, que de
pronto se vieron encumbrados y agasajados en los sucesivos cambios políticos y
de forma muy especial durante el bonapartismo. Será entonces cuando Laplace,
uno de los más favorecidos, haga valer su influencia ante Napoleón para que
éste acabe con el calendario republicano. En efecto, el 9 de septiembre de 1805
el Senado vota su abolición y ordena la restauración del calendario gregoriano
a partir del 1 de enero de 1805, el 12 de frimario del año XV, día que ya no
existió para el calendario republicano, vigente desde el 22 de octubre de 1792.
El cómputo republicano duró 13 años y poco más de 2 meses, aunque su vida real
aún fue menor, pues había comenzado a usarse el 22 de octubre de 1793.
Se ha comentado que las intenciones de sus promotores eran más
ideológicas y anticlericales que científicas, y esa situación, junto a la
impopularidad de la medida, propició su rápido ocaso. Que tal interpretación de
los hechos se ajusta a la realidad está avalada por multitud de anécdotas, pero
quizá una bien significativa es la que protagonizara Gilbert Romme con otro
diputado, Henri Gregoire, durante los debates previos a su aprobación por la
Asamblea. A la pregunta de éste último, a la sazón clérigo, sobre las ventajas
del cambio, Romme le respondió con un escueto: “Suprimir el domingo".
§. Pierre-Simon de Laplace durante este periodo
Antes de seguir con los avatares personales de Laplace en estos años,
recordaremos que llegaba a París en 1769, donde D’Alembert le consiguió una
plaza de profesor en la Escuela Real Militar de París. En 1773 fue elegido como
miembro asociado de la Academia de las Ciencias de París. En 1784 sucede a
Étienne Bézout como examinador de la Academia de Artillería y en 1785 es
recibido como miembro de pleno derecho de la Academia. Casado en 1788 con
Marie-Charlotte de Courty de Romanges pronto tuvo dos hijos.
Así de sucinta era la biografía de este hombre, que había alcanzado un
enorme prestigio como científico y que tenía 40 años cuando se desataron los
acontecimientos revolucionarios de 1789.
Parece ser que Laplace recibe de buen grado el ideario republicano, pues
participó activamente en las nuevas instituciones, y desde luego no fue en
absoluto de los que abandonó Francia tras la caída de la monarquía. Pero, por
otra parte, había conseguido granjearse la inquina de algunos de los más
relevantes e influyentes políticos. En efecto, Marat escribió en 1791 una dura
diatriba contra los científicos en su panfletario Les charlatans
modernes (Los charlatanes modernos), donde descalificaba a muchos de ellos,
a Laplace entre otros, y de manera muy especial a Lavoisier, director de la
Academia.
En este asunto llovía sobre mojado, pues Marat había querido ingresar en
la institución en 1782, y su petición, que fue rechazada, en aquel momento
había sido respaldada por Brissot, autor a su vez de otro panfleto,
titulado De la verité (De la verdad) y aparecido ese año, en
descrédito de los científicos, y con quien Laplace tuvo un fuerte
enfrentamiento, pues en el libro aparecía parodiado en forma de un displicente
personaje, que rechaza cuanto es ajeno a la burbuja matemática en la que vive.
Escribía Marat que “Laplace es famoso por su bonita mitad”, en clara
alusión a su esposa, perteneciente a la pequeña nobleza y 20 años más joven que
él. Ese matrimonio era visto por sus enemigos como una manera de progresar
social y económicamente y lo utilizaban en su descrédito. No obstante, el
comentario de Marat se hacía extensivo a otros académicos: “Cuántos deben
sus fortunas a los manejos de sus castas mitades”.
A pesar de ese clima áspero, Laplace continuó en sus ocupaciones como
académico, centradas en los trabajos sobre el sistema métrico; como examinador
en la Academia de Artillería, aunque este puesto no reclamaba su atención más
allá de un mes al año, y participaba eventualmente en las recientes comisiones
creadas por el nuevo gobierno. En definitiva, su vida desde el punto de vista
profesional no había cambiado especialmente tras los episodios revolucionarios,
pero sí había modificaciones importantes en el terreno de lo personal, ahora
tenía una familia de la que preocuparse y de manera especial de sus dos hijos,
Charles-Émile y Sophie-Suzanne, todavía muy pequeños.
Fuera su seguridad personal o la de su familia lo que le preocupara, lo
cierto es que Laplace abandonó París por vez primera desde que llegara de Caen
en 1768. El motivo de su marcha no es otro que el cariz que tomaron los
acontecimientos tras la toma del poder por la facción jacobina que dejó el
gobierno en manos de Robespierre y que desató el periodo revolucionario más
violento, la época del Terror, entre junio de 1793 y julio de 1794. En estos
meses sí se produjeron cambios que afectaron profundamente a la actividad de
Laplace y en general a los círculos científicos: las academias se suprimieron
en agosto de 1793, en esas mismas fechas fue desposeído de su plaza de
examinador y en diciembre se le separó, junto con otros miembros, de la
Comisión temporal de Pesos y Medidas por motivos políticos. Es decir, que en
poco más de cuatro meses se vio alejado de todas las instituciones en las que
desarrollaba sus distintos cometidos y pasó de contar con el apoyo de los
anteriores gobiernos, en cuyos proyectos colaboró de buen grado, a estar entre
los enemigos del actual. Si a esto unimos que Lavoisier era encarcelado en
noviembre, no debe sorprendernos que Laplace se sintiera en peligro y se
alejara prudentemente de París. Melun, ciudad situada a menos de 50 km de la
capital francesa, será el lugar elegido y allí, buscando tranquilidad y
confiando en pasar más desapercibido, esperará que las aguas se tranquilicen,
que los cambios en el poder le reintegren a sus funciones y que un nuevo
gobierno más tolerante reclame sus servicios como científico.
Evidentemente en este periodo de reclusión se pierde el rastro del
trabajo de Laplace. ¿A qué dedicó su atención en estos meses? Se especula con
la posibilidad de que ya hubiera iniciado los manuscritos de dos de sus obras
capitales, que aparecerían poco después, se trata de Exposición del
sistema del mundo y de la Mecánica celeste; sin embargo,
no hay datos que avalen tal suposición. Más verosímil parece que continuara con
el estudio de las mareas, tema de la última memoria que leyó en la Academia
antes de su cierre. Efectivamente, consta que el 15 de diciembre de 1790
presentó el comienzo de Memoria sobre el flujo y el reflujo del mar, que
no sería publicada hasta 1797, pues a partir de la toma de la Bastilla se
reduce fuertemente el número de memorias que se presentan en las sesiones y su
publicación sufre importantes retrasos.
Aunque se desconoce con precisión el momento en el que la familia
Laplace abandonó París, y otro tanto ocurre respecto al regreso, es indudable
que la estancia en Melun fue breve, pues el cambio que esperaban no tardó en
producirse. Robespierre era detenido el 9 de termidor del año II, 27 de julio
de 1794, y ajusticiado junto con más de ochenta de sus allegados; de esta
manera terminaba una época que, pese a haber durado poco más de un año, supuso
una tremenda sangría, con millares de muertos. Paulatinamente se recobraron la
paz interna y los órganos de participación, de forma que, en agosto de 1795, se
dispuso de nueva constitución y el poder se confió al Directorio, grupo de
cinco personas que rotaban trimestralmente en el cargo de presidente. El poder
legislativo recaía en el Consejo de los ancianos, cámara formada por 250
miembros, y en el Consejo de los quinientos, de donde partían las iniciativas
legales, que finalmente eran sancionadas o rechazadas por la otra cámara.
También para Laplace los cambios supusieron una vuelta a su anterior
estilo de vida. El 23 de julio de 1795 es reintegrado a su puesto de
examinador, ahora en la nueva École Polytechnique, donde se encargará de
examinar a los alumnos de artillería. Las antiguas academias son reconstituidas
pero bajo un nuevo formato, el Instituto Nacional de Ciencias y de Artes, que
se dividía en varias clases, cada una de ellas correspondía a una de las
antiguas academias, de forma que la primera clase, por ejemplo, era la de
ciencias. El Instituto fue creado el 25 de octubre de 1795 y su presidencia era
rotatoria entre los presidentes de las diferentes clases, así que Laplace, como
presidente de la clase de ciencias, lo fue también del Instituto en el tercer
trimestre del año IV (entre abril y julio de 1796), mientras que ocuparía la
vicepresidencia tras la reunión inaugural de 27 de diciembre de 1795.
La reorganización de las ciencias y de su enseñanza supuso la vuelta al
protagonismo en cada una de las diferentes especialidades de los mismos nombres
que tanto las habían hecho avanzar antes de la Revolución y en los primeros
años de ésta. En consecuencia, Laplace recuperó una situación similar a la que
tenía antes de su marcha a Melun y retomó sus proyectos personales, junto a las
propuestas que desde el Consejo y el Directorio llegaban al Instituto. Así,
siguió trabajando en torno al sistema métrico decimal que, aunque ya estaba
vigente, seguía pendiente de la determinación de su unidad fundamental, el
metro, ya que los trabajos que Delambre y Méchain seguían su curso para
determinar con mayor exactitud la longitud del meridiano.
Laplace participó también en otra de las nuevas empresas educativas que
el gobierno puso en marcha: l’École Normal, abriéndose para él nuevos
horizontes en su relación con la ciencia, en tanto que iba a participar de
forma directa en la enseñanza y en la difusión de temas matemáticos y
astronómicos en los que él era uno de los más aventajados especialistas del
momento.
§. Laplace pedagogo y divulgador científico
Bien es cierto que la relación de Laplace con la enseñanza de las matemáticas
viene desde antiguo, puesto que en 1768, antes de su traslado a París, con 18
años le encontramos como tutor en casa del marqués de Héricy y como profesor
del colegio de Beaumont. Se trata de una breve experiencia que tendría
continuidad tras su llegada a París. También su puesto de examinador en la
Academia de Artillería, conseguido en 1784, tenía una importante relación con
la educación, aunque más indirecta, puesto que le correspondía determinar los
contenidos y métodos más importantes para que el alumno pudiera superar las
pruebas a las que se le sometía al final de un tramo de sus estudios. Existían
dos tipos de examinadores: los de entrada, que decidían si los candidatos a
cierto tipo de estudios eran o no admitidos, y los de salida, de mayor
prestigio e influencia, cuyo cometido era decidir sobre la cualificación final
del alumno al concluir sus estudios y si estaba capacitado para ostentar las
responsabilidades a las que sus estudios le hacían acreedor.
En cualquier caso parece indudable que los criterios de excelencia
serían los que primaran tanto para el acceso como para la obtención de títulos.
El propio Laplace, ya como examinador de entrada en l’École
Polytechnique, cargo que ocupó en 1795, avisa que en el pasado
los examinadores de Artillería e Ingeniería gozaban con el Antiguo
Régimen de un poder ilimitado para la admisión en estos cuerpos, pudiendo
mediante exámenes junto a la chimenea favorecer todas las predilecciones, todos
los tipos de protección; en la situación actual, por tratarse de exámenes
públicos, están obligados a la imparcialidad y a la justicia bajo la
supervisión de los directores.
Imparcialidad que no debía estar reñida con un alto grado de exigencia,
a tenor de los resultados obtenidos por los aspirantes, pues en el primer año
en el que Laplace ocupaba el puesto sólo dos superaron la prueba de acceso.
Ejerció como examinador en l’École Polytechnique entre 1795 y 1799,
primero como examinador de entrada y después de salida. Además, Laplace
utilizaba no sólo la autoridad de su cargo, sino su prestigio como científico,
para desarrollar su ideario educativo, centrado en dos líneas fundamentales.
La primera estaba orientada a la adopción de un programa matemático
nacional, con unos contenidos bien delimitados, sin que los métodos para
conseguir un resultado concreto estuvieran predeterminados. Se apunta, por lo
tanto, a la consideración de las matemáticas, fundamentalmente, como un recurso
destinado a conseguir resultados que permitan la resolución de problemas
reales. Tampoco se muestra especialmente inclinado a señalar un texto
determinado u oficial, sino que cualquier manual podría ser utilizado para el
aprendizaje de los tópicos correspondientes. Insistía en la necesidad de
homogeneizar la enseñanza de manera que no hubiera disparidad en las pruebas de
entrada, ni que hubiera grandes diferencias entre los candidatos. En tal
sentido se oponía a la situación de ese momento, con 22 jurados diferentes, uno
por centro, para las pruebas de ingreso.
L’École suponía el más alto exponente de la enseñanza de las ciencias.
De ella se esperaba que preparara a la futura promoción de científicos y que,
por lo tanto, los niveles de formación y exigencia fueran rigurosos. Sabía
Laplace que de aquí iban a salir los ingenieros que necesitaba el estado para
sacar adelante los grandes y esperados proyectos de infraestructura civil:
carreteras, canales, embalses, puertos, minas y un largo etcétera, además de
preparar a los futuros ingenieros militares y artilleros. De ahí que él
apostara por la distinción de dos niveles, el primero que atendiera las
características de la mayoría y se adecuara a su progreso, destinado por lo
tanto a los futuros ingenieros, y el segundo, más exigente, destinado “a
quienes tienen mucha inteligencia” y de los que esperaba fueran los futuros
académicos e investigadores. En tal sentido, utilizó en su breve experiencia
como profesor, aunque en menor medida que Monge, la figura del chef de
brigade, alumno aventajado que ejercía de tutor con un grupo de
compañeros.
Cabe destacar que la pieza fundamental en el desarrollo de l’École
Polytechnique, y en general de las instituciones educativas que el Consulado
puso en marcha, era Gaspard Monge, cuyas dotes pedagógicas eran proverbiales.
Laplace temía que las intenciones de Monge fueran en otra dirección que las
suyas y que éste, de criterios menos elitistas, apostara por otro modelo
educativo, en especial para l’École Polytechnique. Sin embargo, los especiales
avatares que se sucedían en esta época hicieron que fuera enrolado en las
campañas de Italia y Egipto, acompañando al general Bonaparte. De forma que
durante su ausencia, entre 1797 y 1799, Laplace supo hacer valer su posición
ante el Instituto de Francia, ante el gobierno e incluso ante las cámaras
legislativas, aprovechando cuantas ocasiones tuvo para difundir sus ideas y
sugerir sus soluciones.
Al margen de discusiones sobre el modelo que acabó triunfando en
l'École, cabe reseñar que Laplace no se equivocaba al esperar que de ella
surgieran los nuevos científicos, puesto que Ampère, Sadi-Carnot, Fresnel,
Malus y Poisson fueron algunos de sus más ilustres alumnos.
Siendo importante lo anteriormente dicho en relación a sus inquietudes
pedagógicas, queda por mencionar su participación en l’École Nórmale que
supondría su experiencia más importante en este campo y la que dejaría una
mayor impronta en su trabajo posterior. Esta última faceta dejaría una honda
huella entre sus contemporáneos, pues facilitaría la difusión de importantes y
novedosos conocimientos científicos gracias a su lenguaje sencillo y nada
especializado.
L’École Nórmale fue un proyecto que el Consulado puso en marcha en 1795
al objeto de formar a los profesores que en adelante enseñarían en las escuelas
primarias y secundarias francesas. Es evidente que la nueva sociedad necesitaba
difundir la ideología imperante a través de la formación de los niños y
adolescentes, pero acercar los conocimientos escolares, aunque fueran los más
rudimentarios, a todas las capas sociales, suponía una novedad que precisaba de
nuevos instrumentos y en especial de nuevos profesores.
Esta iniciativa no era nueva, puesto que su precursor había sido
Condorcet, quien la presentó al primer Comité de Instrucción Pública de la
Asamblea en 1791. Se trata por lo tanto de una propuesta de primera hora tras
los cambios revolucionarios y estaba henchida de espíritu enciclopedista, pues
pretendía una formación científica integral asentada sobre el uso de la
investigación como método y motor para la enseñanza. A pesar de la buena
acogida que tuvo desde el principio, quedaría relegada hasta que el Consulado
la puso en marcha en 1795 como solución al problema de la formación de
profesores para las nuevas escuelas.
¿Quiénes acudirían a esta nueva institución? El decreto fundacional
marca un criterio de proporcionalidad al señalar que debía haber un futuro
profesor por cada 20.000 habitantes, elegido por un jurado regional. De esta
manera se garantizaba no sólo la cantidad de nuevos profesores, sino que
terminada su formación volvieran a sus localidades de origen para desarrollar
la función para la que se les había preparado. Sólo se señalaba un criterio de
selección y era así de inconcreto: “Ciudadanos que unan a costumbres puras un
patriotismo comprobado, y las necesarias cualidades para recibir e impartir
instrucción”. Es decir, la componente ideológica primaba sobre cualquier otra
cuestión, de manera que el colectivo que finalmente se reuniera en París sería
absolutamente heterogéneo, desde casi el analfabetismo hasta alguien de la
capacidad intelectual y la preparación de Fourier. Esa disparidad se ve
incrementada por el método de selección que marca la normativa, pues en cada
localidad se debían crear jurados que decidieran sobre la idoneidad de los
candidatos y para esos jurados no había restricción alguna en lo referente a su
capacitación para examinar a los aspirantes.
De una forma u otra se superaron todos los inconvenientes y la ley se
cumplió, de manera que el 20 de enero de 1795 más de 1400 alumnos se reunirían
en el anfiteatro del Museo de Historia Natural para seguir el curso de l’École
Nórmale, que concluiría el 19 de mayo. En apenas cuatro meses, se suponía
suficientemente formados a quienes poco después serían los responsables de la
educación de los jóvenes a través de las escuelas centrales, precedentes de los
liceos, creadas ese mismo año en las capitales de los departamentos
administrativos y que constituirían el eje del sistema educativo francés para
el nivel de secundaria.
Al concluir este primer curso, l’École cerró sus puertas, que no se
abrirían hasta muchos años después, tras la restauración, cuando con el mismo
nombre, pero con diferente estructura, surgió una nueva institución para la
formación de los profesores.
Una vez presentada la singularidad de esta experiencia no debemos pasar
por alto otra componente que hizo de esta precaria institución un hito
educativo, cuyos contenidos y métodos influirían decisivamente en la enseñanza
futura; se trata del profesorado.
La cuestión es ¿por qué científicos de la talla de Berthollet, Haüy,
Lagrange, Laplace y Monge, por citar los más conocidos, se enrolan en esta
aventura? Es conocido el interés que Monge sentía por la educación, como
también lo son sus excelentes cualidades pedagógicas, de las que da cuenta el
propio Fourier, alumno de l’École. Sin embargo, el resto de los citados tenían
poca experiencia en el terreno de la enseñanza y aparentemente poco que ganar,
pues su notoriedad y valía estaban fuera de toda duda. Si a la dificultad que
la actividad docente conlleva por sí sola, se añaden otros inconvenientes que
la acompañaban en este caso, la sorpresa que produce esa prestigiosa nómina de
profesores todavía es mayor. Las incomodidades apuntadas empiezan por el elevado
número de alumnos. A este panorama se añade el compromiso de preparar una
edición de los temas tratados en el curso, con la consiguiente obligación de
releer las notas estenográficas que se tomaban durante las lecciones.
Para explicar las razones por las que personas como Lagrange o Laplace
se deciden a secundar este proyecto, parece necesario rendirse a la evidencia
de que creían en él. Vieron en l’École Nórmale una apuesta decidida por el
progreso de una sociedad activa y cambiante cuyos dirigentes confiaban en el
papel que las ciencias, y particularmente las matemáticas, podían jugar en
beneficio de un pueblo que empezaba a recorrer el camino de la igualdad y la
justicia social.
Por otro lado, esta breve experiencia tuvo una influencia decisiva en la
difusión de los saberes científicos, pues por una parte determinó los
contenidos de las materias a impartir en los centros de secundaria y por otra
numerosas obras dirigidas a la educación y a la divulgación, especialmente en
el campo de las matemáticas, encontraron en los cursos de Monge, Lagrange y
Laplace un modelo para su estructuración y un marco para la elección de temas.
En cuanto al método expositivo utilizado por Laplace en su curso,
destaca especialmente por su estilo discursivo, es decir, carente de figuras y
con muy pocas fórmulas, sólo unas 220 en 180 páginas impresas.
Monge
Gaspard Monge nació el 10 de mayo de 1746. Sus padres, a pesar de su
origen modesto, querían que sus hijos estudiaran y alcanzasen así una mejor
posición social. Tanto Gaspard como su hermano, también matemático, lo
consiguieron.
Gaspard Monge
Destacó ya en el colegio en el que inició sus primeros estudios y a los
16 años levantó un plano de su ciudad, Beaune, que fue el origen de su carrera.
Ese plano cayó en manos de un oficial de ingenieros perteneciente a la Escuela
de Mézieres, que le recomendó entrar en ella, sin embargo, la extracción social
de Gaspard Monge le impidió estudiar para oficial del ejército y sólo se le
permitió entrar en la sección práctica, donde debía limitarse a hacer y
delinear planos siguiendo métodos laboriosos y anticuados.
Monge puso a punto procedimientos gráficos nuevos y eficaces y poco a poco
consiguió que se reconocieran sus enormes capacidades. En enero de 1769
sucedería a Bossut, elegido académico el año anterior como profesor de
matemáticas, se iniciaría así una brillante carrera pedagógica, científica y
política.
Participo en la creación de l’École Polytechnique en 1795, de la que fue
director de 1797 a 1800.[4]
La razón es que dado el elevado número de asistentes resultaba poco
adecuado el uso de la pizarra, por lo que era complicado introducir figuras en
las explicaciones y prefirió describirlas. Otro tanto ocurría con las fórmulas,
que en muchos casos no llegan a aparecer en expresión simbólica, sino que sólo
se narra los procedimientos para su manejo.
Una novedad, que sorprende a la crítica actual, es que el curso aparece
totalmente estructurado, organizado en apartados, con definiciones claras y
bien formuladas, con los enunciados de los teoremas utilizados y en algunos
casos, pocos, con sus demostraciones. El texto aparece trufado de advertencias,
consejos, comentarios sobre los contenidos de algunas disciplinas e
indicaciones morales y filosóficas, pero siempre en un tono impersonal y
académico, evitando una familiaridad, que seguramente creía inadecuada para un
texto escrito. En cualquier caso, se trata de una ruptura respecto de los
manuales al uso, concebidos al modo euclidiano, es decir organizados como un
conjunto de axiomas, definiciones y propiedades.
Además cabe destacarse las abundantes referencias a otros autores y a
los textos que convendría que los alumnos consultasen. En general, esas
alusiones remiten a las fuentes originales: Euler, Newton, Fermat y Descartes.
De entre sus contemporáneos sólo Lagrange merece su atención.
Los contenidos del curso matemático de Laplace
Laplace y Lagrange fueron los encargados de la enseñanza de la
matemática en l’École Normale. En el caso concreto de Laplace, se sabe que
dictó diez lecciones, cuyos temas, esbozados de forma muy sintética, eran los
siguientes:
·
Numeración
y operaciones aritméticas.
·
Fracciones,
potencias y raíces. Proporciones, progresiones y logaritmos.
·
Operaciones
algebraicas. Binomio de Newton.
·
Ecuaciones:
teorema de D’Alembert y regla de Descartes.
·
Resolución
de ecuaciones. Raíces imaginarias. Ecuaciones de 3º y 4º grado y caso general
de factorización de un polinomio de grado par.
·
Eliminación
de incógnitas en ecuaciones, soluciones por métodos de aproximación. Teorema de
Bézout sobre la curva intersección de dos superficies de grados m y n.
·
Geometría
elemental. Noción de límite, trigonometría plana y esférica. Geometría
euclídea, teorema de Tales. Aplicación de límites al cálculo de áreas y
volúmenes. Poliedros regulares.
·
Aplicaciones
del álgebra a la geometría. Division de ángulos: teoremas de Cotes. Uso de las
tablas trigonométricas para resolver ecuaciones. Aplicación del álgebra a la
teoría de líneas y superficies curvas.
·
El nuevo
sistema de pesos y medidas. El sistema métrico decimal y su origen.
·
Probabilidad.
Conviene recordar aquí que había otra materia dedicada exclusivamente a
la Geometría que era impartida por Gaspard Monge.
A pesar de todas estas valoraciones positivas en cuanto al curso y al
texto definitivo, no parece que Laplace destacara por sus habilidades
pedagógicas, quizás por su poca experiencia, pues el comentario que le dedica
Fourier, alumno de aquella École Nórmale, no es muy halagador: “La instrucción
matemática que da no tiene nada de extraordinario y es muy rápido”. Bien es
cierto que sólo Monge parece haberle impresionado, pero debe tenerse en cuenta
que era la primera vez que exponía públicamente la geometría descriptiva y que
la novedad de los contenidos podría ser uno de los motivos del entusiasmo que
produjo.
La experiencia docente en l’École fue la última de Laplace como
profesor, pero con su participación en este proyecto dejó una profunda huella
en la forma de encarar la enseñanza de las matemáticas. Esa influencia no se
limitó exclusivamente al curso dictado y al texto impreso resultante, sino que
hay otras dos secuelas editoriales de gran importancia que tienen su origen en
este momento: Exposición del sistema del mundo y Essai
philosophique sur les probabilités (Ensayo filosófico sobre las
probabilidades), aparecido bastante más tarde, en 1814.
Trataremos a continuación de la primera de esas dos obras, porque
cronológicamente tiene aquí su espacio adecuado, mientras que la otra, por su
fecha de publicación, se comentará más adelante, aunque su referente inequívoco
esté en las lecciones de l’École y en concreto en la décima y última sesión.
§. Exposición del sistema del mundo
No hay duda alguna de que este trabajo, publicado en 1796, es una continuación
de sus lecciones en l’École Nórmale, puesto que debido al poco tiempo del que
dispuso para desarrollar su temario los contenidos astronómicos no pudieron ser
abordados en absoluto.
Joseph Fourier
Para paliar esta carencia escribiría al final del texto de su última
lección:
Me propongo suplir la Mecánica y la Astronomía mediante la publicación
de una obra que tendrá por título Exposición del sistema del mundo, en el que
he presentado, independientemente del Análisis, el conjunto de descubrimientos
que se han realizado hasta el día de hoy, sobre el sistema del mundo.
En consecuencia la intención divulgadora estaba garantizada y, tal como
anuncia, siguiendo el mismo patrón que en las sesiones de l’École, no aparece
aquí ninguna fórmula, ni explicación especialmente técnica, como tampoco se
incluye figura alguna. Se trata de un largo texto, 479 páginas en la edición de
sus obras completas, donde de forma muy estructurada describe los cuerpos
celestes, sus movimientos, características físicas y las interacciones
existentes entre ellos.
La obra está dividida en cinco libros, cuyos títulos, que permiten
reconocer sus respectivos contenidos, son los siguientes:
I.
Movimientos
aparentes de los cuerpos celestes.
II.
Movimientos
reales de los cuerpos celestes
III.
Acerca de
las leyes del movimiento.
IV.
Acerca de
la teoría de la gravitación universal.
V.
Compendio
de la Historia de la Astronomía.
El tercer libro es el más breve, pues no llega a las 50 páginas, y el
cuarto bastante extenso, 150 páginas, da cuenta de las masas de los planetas,
de sus formas, de las diferentes perturbaciones de sus movimientos por la
interacción mutua y explica la causa de las mareas.
El quinto libro recoge los más destacados hitos en el devenir de la
astronomía, con especial atención a Copérnico, Kepler y, sobre todo, a Newton.
El último capítulo de este quinto libro, titulado “Consideraciones sobre el
sistema del mundo y sobre los progresos futuros de la Astronomía”, contiene la
hipótesis cosmogónica, que tanto interés despertó desde el primer momento y que
tanta trascendencia habría de tener en los siguientes decenios, prácticamente
hasta mediados del siglo XIX. No debe extrañar el impacto producido por esas
líneas si se tiene en cuenta que había habido muy pocos intentos de explicar
racionalmente el origen del Universo y que su autor era una de las mayores
autoridades en lo que a mecánica celeste se refiere.
Habría que remontarse a la Historia general de la
naturaleza de Kant, fechada en 1755, para encontrar un precedente que,
a la luz de los conocimientos científicos de la época, intentara explicar cómo
pudo haberse originado el Universo. Más desarrollada es la segunda hipótesis,
debida a Buffon, y que supone que el sistema solar se formó a partir del Sol,
que liberó la materia planetaria tras el impacto de un cometa. Es casi seguro
que Laplace conocía esta segunda hipótesis, pero no la primera.
La teoría presentada en Exposición se fundamenta en
cinco fenómenos que estaban atestiguados por la observación:
·
Todos los
planetas realizan su movimiento de traslación en torno al Sol con el mismo
sentido, en planos muy próximos entre sí y sensiblemente reducibles al plano de
la eclíptica.
·
Todos los
satélites realizan su traslación en el mismo sentido, que coincide con el
anterior.
·
Los
movimientos de rotación de todos los planetas y satélites se realizan en el
mismo sentido que su traslación y se corresponde con el de rotación solar.
·
Las
órbitas elípticas de todos estos cuerpos, planetas y satélites, tienen una
excentricidad muy pequeña, es decir que son sensiblemente circulares.
·
La gran
excentricidad de la órbitas cometarias y sus diferentes inclinaciones.
Buffon
Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon (1707-1788) nació en Montbard, en
Borgoña. Era hijo de un consejero del parlamento de Dijon. Notable matemático,
fue admitido en la Academia de Ciencias a los 26 años. En 1739 es nombrado
intendente del Jardin des Plantes y desde entonces se consagra a su obra de
naturalista. Cada año pasa cuatro meses en París enriqueciendo el jardín real y
frecuentando algunos salones ilustrados, entre ellos el de madame Necker. Los
otros ocho meses los pasa en el castillo de Montbard, donde a lo largo de 40
años escribirá los volúmenes de su magna obra Historia natural.
La Historia natural, publicada regularmente entre 1749 y 1789, consta de 36
volúmenes, uno sobre la teoría de la Tierra, 2 sobre el hombre, 12 sobre los
cuadrúpedos vivíparos, 9 sobre los pájaros, 5 sobre los minerales y 7 con
suplementos, conteniendo las célebres “Épocas de la naturaleza” (1778), donde
formula su hipótesis sobre la formación de la Tierra y de los planetas.
Eso significa que todos los cuerpos del sistema solar conocidos entonces
tenían características similares en sus movimientos orbitales, a excepción de
los cometas que por los diferentes ángulos de inclinación que presentan los
planos de sus órbitas y la acusada excentricidad de éstas no podían ser
asimilados en el origen común que se maneja en la hipótesis. Anteriormente,
Laplace había postulado que estos cuerpos no eran integrantes del sistema
solar, sino que, debido a esas acusadas diferencias, les suponía procedentes de
otro sistema estelar, pero que en su alejamiento de la estrella que
inicialmente ejercía su atracción podían caer bajo la acción gravitatoria de
otra, como el Sol, convirtiéndose así en errantes interestelares.
De esta manera estos incómodos y poco conocidos objetos quedaban
excluidos del modelo, que se limitaba a los planetas y satélites del sistema
solar conocidos en la época.
Con estos elementos Laplace elabora su hipótesis. Supone que
inicialmente el Sol tenía un tamaño mucho mayor que el actual, poseía toda la
masa del sistema solar y giraba con movimiento de rotación en torno a su eje.
Se trata, pues, de uno de esos elipsoides de revolución, casi esféricos, sobre
los que él y muchos de sus contemporáneos habían trabajado. Por enfriamiento
las moléculas más exteriores de la atmósfera solar se condensan y se van
acercando al ecuador solar y quedan finalmente separadas. Por lo tanto una
cierta cantidad de materia se separa del Sol y permanece girando con el
movimiento de rotación que tenía, mientras que el Sol, ahora más pequeño,
incrementa su velocidad angular. Quedaría explicada la formación de un planeta
con un cierto periodo de rotación y traslación. Éste, siguiendo un proceso
similar, podría llegar a formar satélites.
El Sol, por sucesivos enfriamientos y condensaciones, va perdiendo masa
y originando los distintos planetas. Cada una de esas liberaciones de materia
conlleva modificaciones en la física solar: se reduce su diámetro y aumenta su
velocidad angular. Así se explicaría que todos planetas y sus satélites giren y
se trasladen en el mismo sentido, a causa del movimiento de rotación solar, y
describan órbitas casi circulares que están en las proximidades del ecuador
solar. Igualmente quedaría explicado por qué los periodos de traslación de los
planetas son mayores cuanto más alejados están del Sol. Así, es de 84 años para
Urano, de uno para la Tierra e inferior a tres meses para Mercurio, mientras
que el periodo de rotación del Sol es de unos 25,5 días.
Esa pérdida de masa no sería continua, sino que se produce en momentos
críticos cuando la fuerza centrífuga causada por la rotación supera la fuerza
gravitatoria con la que esas moléculas son atraídas. De ahí que los planetas
ocupen ciertas posiciones que no son aleatorias sino que se rigen por una ley,
la de Titius-Bode, enunciada en 1766.
Las teorías anteriores a ésta, como la de Buffon, satisfacen el primero
de los cinco fenómenos señalados, el movimiento de los planetas en un mismo
sentido, puesto que al suponer que el origen del sistema es el impacto de un
cometa sobre el Sol, sólo se garantiza de forma verosímil ese aspecto: el común
origen solar de todos los planetas y satélites.
Esos cinco fenómenos que pretendió explicar mediante su hipótesis ya
eran conocidos con anterioridad, la cuestión es ¿por qué Laplace no aventuró
esa misma hipótesis veinte años antes, por ejemplo? La respuesta podemos
encontrarla en los resultados que a lo largo de esas dos décadas fue obteniendo
y que ahora le permitían asegurar que el sistema solar era un sistema estable.
Gracias a sus trabajos, y a los de sus contemporáneos, había podido demostrar
que los movimientos seculares de Júpiter y Saturno eran periódicos, lo mismo
para la libración lunar y para la resonancia de los satélites de Júpiter. Pero,
además, al obtener las formas y tamaños de los planetas y sus elementos
orbitales a través de la ley de gravitación, había mostrado una nueva imagen
del mundo en la que una teoría única permitía la explicación de la realidad
observada, donde los movimientos se repetían exactamente con algunas ligeras
variaciones que quedaban limitadas por estrechos y conocidos márgenes y que
devolvía al Universo una armonía que había estado en tela de juicio a causa de
ciertos movimientos que amenazaban con hacer desaparecer el buen orden que era
uno de los principales fundamentos de la astronomía. Es más, esta disciplina
que durante siglos había garantizado el equilibrio del mundo, con unos u otros
modelos, parecía haber entrado en una crisis en la que ya no podía asegurar que
los cuerpos, orbes y movimientos persistirían indefinidamente.
En este sentido conviene oír la descripción que otro eminente astrónomo,
François Arago, hace de los grandes progresos que consiguiera Laplace.
Dominique François Jean Arago
Se trata de un discurso que pronunció ante los diputados en 1842, cuando
solicitó que el estado se hiciera cargo de la edición de las obras completas de
Laplace. Dicha petición estaba encaminada a garantizar que éstas fueran
difundidas a través de las bibliotecas y los centros educativos de Francia de
manera que se conociera el enorme legado científico que había dejado y se
rindiera, de paso, homenaje a tan ilustre sabio.
Decía Arago que antes de Laplace “nuestro sistema parecía destinado a
perder Saturno, su más misterioso adorno; a ver a este planeta, acompañado de
sus anillos y de sus siete satélites, hundirse gradualmente en las regiones
desconocidas, en las que el ojo humano, ni siquiera armado de los más potentes
telescopios podrá penetrar jamás. Júpiter, por su parte, ese globo al lado del
cual el nuestro es tan poca cosa, se precipitaría en la materia incandescente
del Sol; los hombres verían finalmente a la Luna precipitarse sobre la Tierra”.
Este panorama tan dantesco no hacía sino resumir de forma bien gráfica
lo que se seguía de los inexplicados movimientos seculares antes citados:
Saturno aumentaba su movimiento medio y se alejaba de su posición, mientras que
Júpiter se iba frenando, al igual que la Luna, hasta precitarse contra el Sol y
la Tierra, respectivamente. Laplace consiguió demostrar que existía una teoría
que devolvía al Universo una estabilidad que había naufragado en las décadas
precedentes, restableciendo así una seguridad en la naturaleza que se había
perdido y recuperando una confianza para la ciencia que estaba a punto de
perderse. En definitiva, el Universo ya no era un lugar hostil y el ser humano
podía vivir en él despreocupadamente, esperando que los sabios desentrañaran
sus misterios y los redujeran a leyes que permitieran dominarlo.
Volviendo a la hipótesis cosmogónica, ciertamente que los datos para su
formulación eran conocidos, pero esta situación de estabilidad era el resultado
de los trabajos de Laplace en los años setenta y ochenta y, gracias a ellos,
algo que podía intuirse o esperarse se había convertido en una certeza
perfectamente demostrada. Ahora, en 1796, explicados los movimientos seculares,
la libración lunar y el fenómeno de las mareas, sí estaba en disposición de dar
este paso.
Pese a la buena estructuración de su teoría, lo sencilla de ésta y lo
plausible que resultaba, no debe olvidarse que aparece en un texto de
divulgación científica y, más aún, se esboza en unos pocos párrafos en el
último capítulo del libro y se detalla en la última de las notas finales en
apenas diez páginas. Jamás apareció entre sus trabajos científicos y nunca la
defendió en ámbitos académicos ni la desarrolló en memoria alguna.
Para Laplace, se trataba de una hipótesis que permitía explicar el
origen de nuestro sistema solar y, en general, de cualquier sistema planetario,
pero no podía ser demostrada, de ahí que no hiciera hincapié en ella ni la
sacara del terreno de lo razonablemente posible. Sin embargo, no pudo evitar
que su hipótesis le diera una enorme fama y prestigio en ámbitos
extracientíficos y que fuera el resultado más conocido y divulgado de cuanto
produjo, haciendo de su Exposición del sistema del mundo, un
tratado leído y muy apreciado por el público no especializado.
El carácter de propuesta no probada y, por lo tanto, poco científica no
significa que no fuera tenida en consideración por sus colegas, puesto que los
nuevos descubrimientos celestes y observaciones fortalecían su hipótesis. Un
claro ejemplo de la vitalidad de su conjetura se encuentra en la memoria que un
todavía joven Auguste Comte leyó en la Academia en enero de 1835, ocho años
después de la muerte de Laplace y cuando la teoría andaba camino de cumplir los
cuarenta años. El que luego sería el más destacado filósofo del positivismo
tituló su trabajo como Primera memoria sobre la cosmogonía positiva, puesto
que tenía previsto preparar una segunda que nunca llegaría a ser realidad. Los
méritos académicos que presenta son el de antiguo alumno de l’École
Polytechnique y profesor de análisis trascendente y de mecánica racional en esa
misma escuela. Los académicos Arago, Savary y Libri actuaron como examinadores
de la memoria y en ella anotaron: “No hay lugar a informe”.
Su auditorio, en las sesiones del 19 y 26 de enero de 1835, en las que
se produjo la lectura, era del mayor prestigio, y estaba formado por Poinsot,
Lacroix, Poisson, Biot, Gay-Lussac, Ampère, Cuvier y Poncelet, por sólo citar
algunos de los más conocidos.
En su trabajo, el filósofo, que enseñaba astronomía desde 1831 en los
cursos que organizaba el Ayuntamiento de París, sí que respalda la propuesta
con un importante aparato matemático al objeto de mostrar que la hipótesis no
sólo está en consonancia con las observaciones y el conocimiento del Universo
que se tenía, sino que las leyes de la mecánica apuntaban a su verosimilitud
llevando a esta teoría del terreno de lo posible al de lo verificable.
En palabras de Comte: “La explicación propuesta por estos dos ilustres
sabios permite, sin duda, concebir vagamente la total disposición actual de los
cuerpos celestes, como podrían hacerlo otros supuestos muy diferentes. Pero
ella no presenta hasta el día de hoy nada que pueda someterse a nuestros
cálculos, que pueda, por confrontación de elementos bien medidos actualmente,
testimoniar con certeza a favor o en contra de la realidad del estado celeste
primitivo que supone” y unas líneas más adelante añade de forma más concluyente
que “El objeto de esta memoria es remediar esta imperfección capital, y
comenzar a dar a la ingeniosa concepción de Herschel y de Laplace la
consistencia científica que todavía le falta”.
Lo que trata de demostrar es que si consideramos un Sol cuyo radio es
igual a la distancia actual del Sol hasta un planeta determinado, el periodo de
rotación solar seria sensiblemente igual al tiempo que ese planeta invierte en
recorrer su órbita, es decir a su periodo sidéreo. Como hemos visto, esta
situación es la que se sustenta de forma teórica en la hipótesis y lo que ahora
intentaba Comte es demostrarlo.
Concluye la memoria con el análisis de la estabilidad del estado actual
del sistema solar, diagnosticando mediante la misma fórmula que dado el tamaño
del Sol y su velocidad de rotación no podría formarse un nuevo planeta más
próximo a él que Mercurio.
En el texto tomado de Comte, donde se resaltan la carencias matemáticas
que presentaba la propuesta y que él intentaba paliar, se alude a una doble
paternidad del hipótesis cosmogónica: Laplace y Herschel. No hay duda acerca de
la originalidad del trabajo del astrónomo francés, pero es cierto que utilizó
algunos de los resultados conseguidos por Herschel, y no sólo en lo que a los
nuevos objetos que éste descubriera en el sistema solar -tal es el caso de
Urano y de algunos de sus satélites-, sino primordialmente a las estrellas que
con el nombre de nebulosas había descrito y clasificado. Él no fue realmente su
descubridor, pues ya Nicolas-Louis de La Caille (1713-1762) y especialmente
Charles Messier (1730-1817) habían catalogado algunas, pero en muchos casos las
confundieron con cometas. Herschel, mucho más sistemático en sus observaciones
y armado de los mejores y más potentes telescopios del momento, que él mismo
construía, estaba capacitado como ningún otro astrónomo de su época para
describir el cielo profundo.
Sobre las nebulosas escribía en 1786:
“Yo he visto dobles y triples nebulosas organizadas de formas
diferentes; unas grandes con otras pequeñas a su alrededor, delgadas, pero muy
extendidas, corno nubes de luz o gotas brillantes; algunas con forma de abanico
semejantes a un haz extendiéndose desde un punto luminoso; otras con forma de
cometa con un núcleo en el centro; o como nubes de estrellas, envueltas por una
atmosfera nebulosa; otras de tipo diferente contienen una nubosidad de aspecto
lechoso, como este maravilloso e inexplicable fenómeno de 𝜃 Orionis; mientras otras tienen un brillo multicolor aunque más
débil que sugiere que se están convirtiendo en estrellas “.
Estas descripciones de enormes nubes gaseosas de aspecto lechoso y con
núcleo luminoso, se avenían muy bien con la idea de un gigantesco Sol, cuyo
tamaño sería el de una esfera de diámetro el del sistema solar, girando y
desprendiéndose de parte de su atmósfera para formar los planetas en el plano
de su ecuador. No es, pues, sorprendente, que esta conjetura fuera conocida
también con el nombre de hipótesis nebular y que el nombre de Herschel se
uniera al de Laplace. Además, la propuesta teórica de éste y las observaciones
de aquél se aunaban para explicar cómo se formó el sistema solar y cómo éste es
uno más de los muchos mundos que se empezaban a atisbar a través de los enormes
telescopios. De manera que de un golpe quedaban perfectamente separadas las ideas
de Universo y de sistema solar.
Volviendo al trabajo de Comte, éste no sólo no continuó con sus
esfuerzos para que la hipótesis tuviera carácter científico, sino que se
desdijo de sus palabras, dejó de enseñarla en sus cursos y negó su validez allá
donde pudo. Y no sólo arremetió contra ella, sino contra cualquier intento de
explicación razonable sobre cosmogonía, pues el positivismo que él defendía
chocaba contra una investigación “realmente inaccesible”. En 1845 escribía a
John Stuart Mili en estos términos:
“Este esfuerzo es una concesión viciosa a las ultimas modas de ateísmo
metafísico que persiguen, a su manera, cuestiones que la sana filosofía debe
descartar absolutamente".
Si bien el positivismo de Comte le llevó finalmente a enjuiciar tan
duramente la hipótesis, no sería ésta la primera vez que merece el calificativo
de atea. Existe al respecto una reveladora anécdota según la cual Napoleón
Bonaparte habría inquirido al astrónomo acerca de la ausencia de dios en su
cosmogonía, a lo que Laplace le habría contestado con un definitivo: “No
tengo necesidad de esa hipótesis”.
Cierta o no en su totalidad, la anécdota sirve para introducir otra de
las novedades que contiene la hipótesis, precisamente que el Universo no
precisa de un ser o inteligencia superior que vele por él y por su buen orden.
Por supuesto que el tema no se refiere a la creación del mundo o de la materia,
sino sólo al origen de los sistemas planetarios; pero, a pesar de todo, el
hecho de no haber recurrido a la divinidad en su planteamiento es una buena
muestra del talante científico de Laplace para quien sólo lo demostrable y
constatable merecía verosimilitud.
Aportaciones de Comte a la hipótesis cosmogónica de Herschel-Laplace
Comte comienza por utilizar la fórmula de Huygens que permite determinar
la fuerza centrífuga aplicada al caso de un sol que tuviera un radio d y cuyo
periodo de rotación fuera T. En tal caso la fuerza centrífuga en el ecuador
solar, sería:
Ese valor d será el mismo que corresponde a la órbita de un planeta
formado en ese momento crítico y por lo tanto T debería ser su periodo de
traslación. Eso es precisamente lo que pretende demostrar Comte.
Por otro lado, llamando r al radio solar actual y G a la atracción
gravitatoria, la atracción gravitatoria ejercida por un sol cuyo radio fuera d,
sería:
En el momento crítico de la formación del planeta ambas fuerzas deben
ser iguales:
Expresión que admite la forma:
donde el segundo miembro es un valor constante, pues depende de valores
conocidos del sol actual. Por lo tanto puede escribirse:
Que corresponde a la tercera ley de Kepler, como muy bien advierte
Comte.
Calculada esa constante y expresado su valor en kilómetros y segundos, se tiene
K = 2,78747×10-10
Ahora sí se dispone de una herramienta sencilla que permite calcular los
periodos de rotación del sol en diferentes momentos de su evolución y por lo
tanto con diferentes tamaños, es decir con valores de d equivalentes a la
distancia del centro del sol hasta uno cualquiera de los planetas.
Esto es lo que hizo Comte inmediatamente para el caso de la Tierra, donde d es
la distancia Tierra-sol en km.
T2 = Kd3 = 2,78747×10-10
d3 = 2,78747×10-10 × 152917312,833 =
9,96736×1014
T = 3,15711×107 segundos
Que expresado en días da 365,406; aunque Comte obtuvo 357. A pesar de
esa pequeña diferencia quedaba bien patente que los datos obtenidos respaldaban
la teoría. A continuación, calculó los valores de otros planetas, con
resultados similares.
Utiliza a continuación la misma fórmula para contrastar la hipótesis en lo
relativo a la formación de los satélites a partir de los planetas en torno a
los que orbitan, puesto que sostenía que su formación se debe a un fenómeno
similar al descrito para los planetas respecto del sol.
En la anécdota antes comentada, parece comprobado que las palabras de
Napoleón fueron:
“Newton habló de dios en su libro. Recorrí el vuestro y no lo he
encontrado nombrado una sola vez".
Ese era el quid del asunto; los científicos precedentes no habían tenido
reparos en mezclar lo físico y lo metafísico para superar las dificultades con
las que chocaban sus teorías. Eso mismo le había ocurrido al sabio inglés y
Laplace se hace eco de ello en su Exposición. A pesar de que
él era un newtoniano convencido y había fundamentado su trabajo sobre las leyes
de la gravitación, en este punto no sigue sus pasos e incluso reconviene su
actitud y dice
después de la publicación de sus descubrimientos sobre el sistema del
mundo y sobre la luz, este gran geómetra, abandonado a especulaciones de otro
género, buscó los motivos por los que el autor de la naturaleza ha dado al
sistema solar la constitución de la que hemos hablado.
Conviene conocer de primera mano lo dicho por Newton. En la explicación
general con la que concluyen los Principia, dice:
“Este elegantísimo sistema del sol, los planetas y los cometas, solo
puede originarse en el consejo y dominio de un ente inteligente y poderoso”,
y continua con dos páginas en las que describe las cualidades de ese ser
y su reflejo en el universo. Sin embargo, como advierte el mismo Laplace, este
comentario no estaba en la primera edición de la obra, fechada en 1687.
En parecidos términos, o quizá aún más explícitamente, se expresa Newton
en su Óptica:
"Aun cuando los cometas se mueven por órbitas muy explícitas en
todas las direcciones y posiciones, el ciego destino nunca podría haber hecho
que todos los planetas se moviesen en una y la misma dirección, siguiendo
órbitas concéntricas exceptuando algunas irregularidades poco importantes que
podrían deberse a las acciones mutuas de los planetas y cometas entre sí y que
pueden aumentar hasta el punto de que el sistema necesite una reforma”.
Newton, conocedor de los movimientos seculares de los planetas y sobre
la base de que éstos no eran periódicos, necesitaba de ese ser superior que
interviniera para reordenar una situación de aparente equilibrio y devolverle
la armonía que al Universo se le supone.
William y Caroline Herschel
Friedrich Wilhelm Herschel, conocido como sir William Herschel, nació en
Hannover (Alemania) el 15 de noviembre de 1738. Su padre era músico militar y
él mostró grandes dotes para la música desde su primera infancia. A causa de
ello e influido, sin duda, por el ambiente familiar no resulta extraño que
siguiera la carrera de su padre. La Guerra de los Siete Años propició la
ocasión para iniciarse en ese oficio, aunque debió abandonarlo muy pronto por
motivos de salud. En 1757, cuando contaba con 19 años, emigró a Inglaterra
donde deambuló por diferentes regiones del país con intención de buscar fortuna
hasta que en 1766 se instaló en Bath, ciudad de moda y muy cosmopolita a causa
de sus balnearios. Allí fue acogido por Thomas Linley (1733-1795), quien lo contrato
como primer oboe de su orquesta.
Herschel, bajo la protección de Linley, adquirió pronto fama y popularidad en
su actividad musical, sin embargo, no colmaba sus inquietudes personales ni su
curiosidad intelectual, pues según se cuenta, tras agotadoras jornadas de más
de catorce horas de dedicación a la música, buscaba descanso en el estudio de
obras científicas, tales como los trabajos matemáticos de Maclaurin y otros
semejantes.
se asegura que tras la lectura de Harmonicis de Robert Smith, se interesó por
otro libro de ese mismo autor, A Compleat System of Opticks (Un completo
sistema de óptica), y que de aquí surgió su pasión por la óptica y, muy
especialmente, por los telescopios. Primero compró un pequeño reflector para
observar los objetos celestes que se describían en los tratados astronómicos y
pronto quiso hacerse con otro mayor a fin de tener a su alcance imágenes más
nítidas, pero el precio de los instrumentos que le interesaban resultaba
prohibitivo para sus posibilidades económicas y decidió fabricarse uno,
siguiendo las instrucciones de los manuales de óptica. Esto ocurría hacia 1773.
Estarnos, pues, ante una vocación tardía y lo que inicialmente fue un simple
pasatiempo, llegó a convertirse en una profesión o más bien en una pasión que haría
progresar enormemente la astronomía observacional y los catálogos estelares.
Herschel se inició en el pulido de lentes y espejos, tarea lenta y tediosa, que
requería de tanta perseverancia como cuidado para evitar que pequeños descuidos
echaran al traste el trabajo anterior. Corría todavía el año de 1773 cuando
finalizó su telescopio de 5,5 pies, con el que pudo observar con detalle la
nebulosa de Orion y los anillos de Saturno. El instrumento que consiguió montar
era de tipo newton/ano, aunque había pretendido que fuera de los llamados
gregorianos, monturas que respondían a la descripción del astrónomo inglés
James Gregory (1638-1675). Estas primeras dificultades con la compleja óptica
de los telescopios le reportarían beneficios en el futuro, pues pronto se
familiarizo con las propiedades de los instrumentos y con las soluciones más
adecuadas a las lentes y espejos de los que disponía. Pocos meses después, en
1774, ya contaba con varios aparatos, entre los que destacaba uno de 10 pies
con un espejo de nueve pulgadas de diámetro.
En 1776, y merced a un buen instrumento de siete pies, pudo observar “el anillo
de Saturno y los dos cinturones con gran perfección”. Estaba, sin duda, en el
buen camino, pues ese año ya trabajaba en una montura newtoniana de veinte pies
para la que pulió tres espejos.
A partir de ese momento, con telescopios cada vez más potentes y con un celo
investigador similar al de los naturalistas de la época, recorrió los cielos
comparando las descripciones que aparecían en los textos astronómicos con sus
propias observaciones. La minuciosidad y extremo cuidado de éstas tuvieron su
recompensa, pues el 13 de enero de 1781, armado de un telescopio newton/ano de
siete p/es, apunto a la constelación de Géminis y descubrió un nuevo objeto,
como atestiguan sus propias palabras: “Percibí una [pequeña estrella] que
parecía visiblemente mayor que el resto; sorprendido por su extraña apariencia
la comparé con H-Géminis y con la pequeña estrella en el cuartil entre Auriga y
Géminis, y encontrándola mucho mayor que las otras, sospeché que era un
cometa”.
Todos los astrónomos, Laplace entre ellos, compartieron la misma opinión y
anunciaron el hallazgo de un nuevo cometa y se aprestaron sin éxito a
determinar sus características orbitales. Fue Anders Johann Lexell (1740-1784)
quien demostró que el objeto descubierto era en realidad un planeta, Urano, que
giraba con órbita casi circular y cuyo semieje mayor era 19 veces mayor que el
de la Tierra y el doble del de Saturno, que era el planeta más alejado conocido
hasta entonces y que, por ser visible a simple vista, se tenía constancia de él
desde la más remota antigüedad, se trataba, pues de un hallazgo,
revolucionario, pues ampliaba el sistema solar en cuanto a su tamaño y a los
planetas que lo formaban.
Este descubrimiento equiparo a Herschel con Galileo y le vallo el título de
astrónomo real, con una renta de 200 libras, junto al nombramiento como fellow
de la Royal Society. También debe decirse que parte de este reconocimiento pudo
deberse a que inicialmente el planeta se llamo Georgium Sidus en honor del rey
Jorge III, pues solo al cabo de unos años se impuso su actual nombre de Urano»
El telescopio de Herschel
Así terminó la carrera de un músico y comenzó la de uno de los más
importantes observadores que haya tenido la astronomía.
La mejora de los aparatos y el trabajo continuo le reportaron nuevos éxitos:
los descubrimientos de Oberon y Titania, dos satélites de Urano, en 1787, y dos
años después, los de Encelado y Mimas, sexto y séptimo de los satélites
conocidos de Saturno.
Pronto su interés se dirigió a regiones del cielo más alejadas y empezó a
estudiar de forma sistemática objetos complejos: nebulosas y cúmulos estelares.
La potencia de sus instrumentos y su habilidad /e nevaron a situar 1000 nuevas
nebulosas que en 1786 presentó en una memoria ante la Royal Society. La lista
llegaría a alcanzar 2500 objetos.
Esta nueva descripción del cielo, se asemejaba en parte al modelo cosmológico
que sugirió Kant en 1755 y sirvió de importante respaldo a la hipótesis
planteada por Laplace en su Exposición del sistema del mundo. No en vano esta
hipótesis recibió el nombre de nebular o de Herschel-Laplace, pues aunaba a los
resultados teóricos de Laplace, relativos al sistema solar, con las
observaciones más novedosas y cuidadas que la ciencia aplicada podía ofrecer.
El propio Herschel entre 1811 y 1814 publicó una completa teoría sobre el
proceso de condensación de nebulosas que concluía con la formación de una sola
estrella o de un grupo de ellas.
William Herschel murió en 1822 dejando un hijo, John Herschel (1792-1871), que
siguió los trabajos de su padre, pero con menos mucho éxito.
También hay que hacer referencia a su hermana Caroline Lucretia Herschel
(1750-1848) que llegó a Bath en 1772, justo al inicio de la afición William por
la óptica y la astronomía. Aunque comenzó dedicándose al canto para ganarse la
vida con la música, pronto secundó a su hermano en sus estudios de matemáticas
y éste encontró en Caroline una leal colaboradora a la par que una más que
dotada ayudante, que tanto le acompañó en las tediosas horas de pulido de
espejos como en las noches insomnes de observación.
Parece ser que ella reproducía con detalle las observaciones precedentes de su
hermano y solo cuando él se ausentaba podía trabajar en sus propios proyectos.»
Caroline Lucretia Herschel (1750-1848)
El 1 agosto de 1786 Caroline descubrió su primer cometa, considerado
como el "primer cometa de las damas". Este descubrimiento le valió
cierto reconocimiento y un sueldo de 50 francos por año que Jorge III le
concedió como ayudante de su hermano. Cuando W/ll/am se caso con Mary Pitt en
1788, se traslado a otra casa, pero se desplazaba diariamente a la de su
hermano para el trabajo nocturno. Descubrió hasta ocho cometas entre 1786 y
1797, mejoró el catálogo de Flamsteed con más de medio millar de estrellas que
éste no había recogido y se le atribuye buena parte del trabajo de catalogación
de las 2500 nebulosas que ubicaron ella y su hermano. Durante veinticinco años
dejo la observación para cuidar de su sobrino John, el hijo de William, a quien
ayudó en sus primeros trabajos astronómicos.
Caroline regresó a Hannover después de la muerte de su hermano en 1822. Fue
elegida miembro honorario de la Royal Society en 1835, siendo la primera mujer
en lograrlo. Murió a los 98 años, el 9 de enero de 1848, en Hannover.
Pero aquí es donde Laplace había llegado más lejos, él había demostrado
que esas variaciones no eran infinitas, sino periódicas y que, por lo tanto, el
equilibrio estaba garantizado y era inherente a las leyes de la mecánica que le
habían permitido descubrirlo.
Así las cosas, aunque la anécdota con Napoleón no concluyera con la
brillante y altiva frase de que dios era una hipótesis innecesaria en su
modelo, lo cierto es que estaba en condiciones de decirlo, pues había llegado,
efectivamente, más lejos que cualquier astrónomo, Newton incluido, en la
explicación racional del origen de los planetas.
Hipótesis aparte, es bien conocido el agnosticismo de Laplace, del que
hizo gala en numerosas ocasiones. Durante su época de profesor de l’École
Nórmale, por ejemplo, arremetía contra Newton y Leibniz porque ambos en un
momento dado habían abandonado el espíritu crítico y científico para
abandonarse a la metafísica, mezclando apriorismos y racionalidad.
Estos firmes principios laicos de Laplace y su postura frente a la
religión, además de ciertas inquietudes sociales, se ajustaban muy bien al
signo de los tiempos y muestran su sintonía con buena parte del ideario
republicano de primera hora.
Capítulo 3
El bonapartismo
Cuando Bonaparte se hizo con el poder en 1799, Pierre-Simon Laplace
contaba 50 años y se había convertido en un personaje de la mayor relevancia
científica y de gran prestigio en la sociedad de la época. El Directorio
le devolvió su puesto de profesor y su sillón de académico. Esto y las rentas
de su esposa le permitieron una vida confortable, sin preocupaciones
económicas, y volcada totalmente en su quehacer científico.
Desde 1796 se encuentra sumergido en un gran proyecto: compilar
en un solo texto todos los conocimientos astronómicos del momento actualizados
con sus propios descubrimientos, totalmente explicados y presentados con todo
el aparato matemático que permita seguir al lector las justificaciones y
demostraciones de sus avances. Esta obra sería su Traité de mécanique
céleste (Tratado de mecánica celeste), imponente trabajo en cinco
gruesos volúmenes que irían apareciendo entre 1799 y 1825, el último con
bastante diferencia respecto de los anteriores. La redacción de tan monumental
texto y los trabajos sobre pro
es ahora cuando llegan sus dos obras capitales: Théorie
analytique des probabilités (1812; Teoría analítica de las
probabilidades) y Essai philosophique des probabilités (1814;
Ensayo filosófico de las probabilidades).
Por otra parte, es en estos años de alza bonapartista cuando alcanza el
zenit de su influencia y poder, puesto que va a ocupar importantes cargos
políticos, como ministro y senador, y recibirá títulos y honores,
convirtiéndose en conde de Laplace bajo el imperio.
El enorme avance de Laplace, junto a un nutrido grupo de sus colegas, en
la escala social durante estos años, se debió indudablemente a la relación
personal que trabaron con Napoleón. El origen remoto de tales vínculos hay que
situarlo en el interés de éste por la ciencia, que revela una faceta poco
conocida de quien alcanzaría enorme fama como estratega y estadista.
§. Laplace entra en política
Napoleón respetaba, sin duda alguna, tanto la ciencia como a sus protagonistas,
pero también es cierto que gustó de rodearse de ellos por la respetabilidad que
conferían al nuevo estado, a las instituciones y, en definitiva, a su persona.
Así fue como Laplace, Lagrange, Monge, Lacépéde, Cousin, Chaptal y otros
ocuparon destacados cargos políticos.
Tras el golpe de 18 de Brumario del año VIII (9 de noviembre de 1799),
Napoleón, recién llegado de Egipto, se hizo cargo del poder, acabó con el
Directorio, promulgó una nueva Constitución y creó el Consulado, órgano formado
por tres cónsules que detentaban el poder. Sin embargo, en la práctica era él,
como primer cónsul, quien llevaba las riendas del gobierno.
Napoleón y la ciencia
La formación científica de Napoleón Bonaparte era la propia de un
oficial. Realizo sus estudios en la Escuela Militar de Brienne durante seis
años y después en la Escuela Militar del Campo de Marte de París. En ésta
última dejó buenas muestras de su interés y facilidad para las matemáticas a
pesar de que apenas estuvo en ella el tiempo equivalente a un curso escolar.
Todo indica que fue el propio Laplace, examinador de la Escuela Militar en esa
época, quien valoro los conocimientos matemáticos del joven aspirante y que ese
primer contacto, aunque aislado, marco definitivamente la relación futura entre
ambos. De manera análoga, los puntuales contactos que tuvo Napoleón con otros
notorios científicos que ejercían allí como profesores, Louis Monge y Legendre,
por ejemplo, serían decisivos en el futuro. Cuando en 1785 concluyo su
formación y consiguió su primer destino como oficial, tenía dieciséis años. No
hay datos que avalen la realización de otros estudios por parte del oficial
Bonaparte salvo una carta dirigida a su hermano José, en 1795, indicando que en
ese momento seguía un curso de contenidos científicos, seguramente en el Lycée
des Arts, y cuya distribución debía ser similar a los de l’École Nórmale,
aunque con una intención divulgadora más acentuada. Por aquel entonces ya no
era simplemente un joven curioso, sino que había alcanzado el rango de general,
se había convertido en un personaje popular y su nombre era bien conocido en
los ambientes políticos.
Su interés por la ciencia y en especial por las matemáticas es permanente y hay
cantidad de hechos que lo avalan. Así, cuando partió para las campanas de
Italia y Egipto, se hizo acompañar de especialistas de la talla de Gaspard
Monge y Berthollet. Reunió una monumental biblioteca en la que abundaban los
tratados de ciencia que leía con asiduidad y, lo que es más, fue elegido
miembro del Instituto de Francia en 1797, donde tuvo como colegas a los más
reputados científicos de la época.
Hay una anécdota, en la que están involucrados Laplace y Lagrange, muy reveladora
de la formación y de la personalidad de Napoleón y que impresionó a ambos
matemáticos, se relata en Le Moniteur que, con ocasión de una comida,
organizada el 11 de diciembre de 1797, “Laplace y Lagrange, ambos miembros de
la Iª Clase [sección dedicada a las matemáticas] estaban entre los invitados de
François de Neufcháteau... El general charlaba con ellos y habló de
matemáticas. Les preguntó si conocían un libro de geometría que recientemente
se había publicado en Italia; destacó en particular una nueva e ingeniosa forma
de dividir el círculo. Ellos respondieron que no habían oído hablar de ello.
Bonaparte pidió un lápiz y un compás y rápidamente hizo la demostración de esta
novedad geométrica. General, le dijo Laplace, esperábamos recibir cualquier
cosa de usted, excepto lecciones de matemáticas”.
Pocos días después, el 25 de diciembre de 1797, Bonaparte era elegido como
nuevo miembro del Instituto para cubrir la vacante que dejara Lazare Carnot
tras su exilio. Los otros dos candidatos, los ingenieros Dillon y Mombarlet,
contaban con más méritos que el general, pero indudablemente era éste el hombre
de moda en París y su estrella brillaba con el mayor vigor en todos los
ámbitos.
Al principio asistía regularmente a las sesiones del Instituto e incluso
intervino en el examen de algunas de las memorias que se presentaban, pero a
mediados del año 1798 partió hacia la campana de Egipto, de donde regresaría
para convertirse en cónsul, si bien es cierto que siguió en contacto con los
miembros del Instituto y que continuó con la lectura de tratados de
matemáticas, sus ocupaciones políticas y militares le obligaron, sin embargo, a
dejar de lado su carrera científica, apenas iniciada
En el primer gobierno bonapartista, Laplace ocupó la cartera de
interior, nombramiento que resultaría sorprendente, puesto que Laplace, aunque
ya era un personaje conocido, no había tenido significación política hasta la
fecha y únicamente había intervenido en las sesiones de las cámaras
legislativas, Consejo de los Quinientos y Consejo de los Ancianos, como
informante del Instituto de Francia, es decir, en calidad de académico.
Su paso por el ministerio sería muy breve, apenas seis semanas, pues fue
nombrado el 12 de noviembre de 1799 y cesado el 24 de diciembre de ese mismo
año. Este ministerio contaba con una gran cantidad y variedad de
responsabilidades: agricultura, artes y manufacturas, minas y forjas, comercio
interior, culto, instrucción pública, espectáculos, etc.
Laplace ataviado con el uniforme de canciller del senado.
En ese tiempo abordó principalmente aquellos asuntos para los que se
sentía más capacitado, como eran, por ejemplo, la organización de l’École
Polytechnique, la difusión del sistema métrico decimal y la estabilidad de los
ingenieros en la plazas dependientes de su ministerio. En el informe que
presentara el 29 de noviembre sobre los servicios a su cargo, concluye: “Todos
están a punto de paralizarse por falta de fondos".
Cuando llegó su cese, es muy probable que sintiera un gran alivio por
abandonar una actividad para la que no se sentía preparado ni motivado,
pudiendo volver a sus ocupaciones habituales: las reuniones del Instituto, el
estudio de los trabajos presentados en él, la comisión de pesas y medidas, la
investigación y la redacción de los textos que tenía comprometidos.
En cualquier caso, la relación entre ambos personajes no se vio empañada
por este asunto y, seguramente como compensación, el ex-ministro fue nombrado
senador y, en 1803, canciller del senado. Allí se encuentra a bastantes de sus
colegas, pues allí se sientan Lagrange, Monge, Cousin, Berthollet, Chaptal y
Lacépéde, entre otros reconocidos científicos del momento. Los dos primeros,
por cierto, a título vitalicio.
Los nombramientos como ministro, senador y canciller suponen un
importante cambio en la vida cotidiana de la familia Laplace, puesto que su
economía mejora notablemente, y se mudan de la sencilla vivienda que habitaban
en la calle Christine, en la margen izquierda del Sena y muy próxima al
Instituto, al lujoso Hotel de Brancas, magnífico palacete del siglo XVI
construido por la familia Montpensier, en el que vivieron varios años y donde
recibían a la alta sociedad parisina.
El teorema de Napoleón
La demostración con la que Bonaparte sorprendió a Lagrange y a Laplace
en el transcurso de una memorable cena, y que le valió para abrirle poco
después las puertas del Instituto, termino llamándose de Napoleón-Mascheroni. Y
eso que Napoleón se limitó a reproducir una proposición tomada del libro de
Lorenzo Mascheroni (1750-1780), que versaba sobre el método para determinar
mediante el uso exclusivo del compás el centro de una circunferencia, conocidos
tres puntos de ella.
La figura adjunta muestra el triángulo equilátero PQR que es el triángulo
exterior de Napoleón de ABC.
Más extendido está otro resultado que se conoce como triángulo de
Napoleón o teorema de Napoleón, que dice: dado un triángulo ABC y construidos
sobre sus lados tres triángulos equiláteros tales que cada uno tenga un lado
común con ABC y que cada triángulo equilátero y el ABC sean de una y otra parte
de su lado común, los baricentros de esos triángulos equiláteros determinan un
nuevo triángulo equilátero, llamado triángulo exterior de Napoleón de ABC. De
la misma forma se obtiene el triángulo interior de Napoleón, con solo
considerar que los triángulos equiláteros y ABC están de la misma parte del
lado común.
Estos resultados, que llevan el nombre de Napoleón, aunque él no tuvo relación
alguna con las proposiciones vistas, son una especie de muestra imperecedera de
agradecimiento por los honores que otorgo a los matemáticos de su época.
Se abre aquí una época en la que Laplace y su esposa Marie-Charlotte
acuden a recepciones y fiestas, llevando una vida mundana que contrasta con la
sobriedad que Pierre-Simon había mostrado en el pasado y que, con seguridad, le
resta tiempo para su trabajo, que en esta época se centraba fundamentalmente en
la redacción de su Mecánica celeste.
La puerta del Hotel de Brancas de París.
Cuando en mayo de 1804 Napoleón se convirtió en emperador, Laplace fue
uno más de los miembros del Senado que votó a favor de conferirle ese
privilegio, y encabezó el cortejo cuando en diciembre de ese mismo año llegó el
momento de la coronación, pues en esa fecha no sólo era senador, sino
vicepresidente de la cámara.
No cesaron aquí los títulos: en 1805 recibió la Legión de Honor, en 1806
Bonaparte le nombró conde del imperio y en 1813 le otorgó la orden de la
Reunión.
En septiembre de 1807 fue elegido, aunque cabría decir nombrado,
canciller del senado, cargo anual que ocupó hasta septiembre de 1808. En cuanto
a los hijos, Charles-Émile, de 18 años, preparaba su entrada en l’École
Polytechnique para seguir después la carrera de las armas, en la que alcanzará
grandes honores, mientras que la niña, Sophie-Suzanne, contaba con 13 años.
El ascenso social de Laplace arrastró también a su esposa. Ésta fue
elegida por Elisa Bonaparte, entonces Elisa Bacchiochi, como dama de honor en
la corte de Lucca, cuyo recién creado principado le había otorgado su hermano
Napoleón. Marie-Charlotte Laplace estuvo presente cuando Napoleón fue
consagrado en Milán, tras ser elegido rey de Roma.
Todos estos nombramientos supusieron, como no podía ser de otra forma,
sustanciosas mejoras económicas, haciendo que el hasta entonces menguado
peculio del científico Laplace pasara, al convertirse en senador y conde, a
permitirle adquirir buenas viviendas, tanto en París, como en el campo.
En 1806 adquirió una pequeña, pero aristocrática propiedad en Arcueil,
localidad próxima a la capital, donde tendría como vecino al químico
Berthollet.
¿Infinitésimos o intereses personales?
Napoleón, en su exilio de Santa Elena, reconocería en sus memorias
haberse equivocado con el nombramiento de Laplace. Escribió a ese respecto.
“Geómetra de primer rango, Laplace no tardó en mostrarse como un administrador
más que mediocre, desde su primer trabajo reconocimos habernos equivocado.
Laplace no consideraba ninguna cuestión bajo el adecuado punto de vista;
buscaba sutilezas por todas partes, no tenía sino ideas problemáticas, llevando
el espíritu de los infinitésimos a la administración”.
Es posible que estas palabras reflejen fielmente la situación real, esto es, la
incompetencia de Laplace para desarrollar la labor administrativa que se le
encomendara. Pero también es cierto que el papel del titular de una cartera no
tiene por qué ser determinante para la eficacia del ministerio y quizás las
duras palabras de Napoleón, desde la lejanía de su exilio, fueran una manera de
justificar el nombramiento del sucesor de Laplace corno ministro de Interior,
su propio hermano Lucien Bonaparte.
Juntos crearían allí un pequeño pero poderoso centro de trabajo que
durante años marcaría bastantes de las directrices seguidas en las
investigaciones de las ciencias experimentales. Igualmente, en 1813 compró el
castillo de Mailloc en Normandía, su tierra natal. Estas residencias de Arcueil
y Mailloc han desaparecido, la primera demolida en 1910 y la segunda reducida a
ruinas tras un incendio en 1926.
Por lo que se refiere a los ingresos que provenían de sus cargos, se
sabe que como senador, cargo vitalicio, cobraba 25000 francos al año. Como
canciller recibiría 6000 más. La Legión de Honor reportaba 5000 francos. En
1808 recibe del emperador una renta de 16000 francos en el reino de Westfalia.
Con seguridad que los diferentes cargos ocupados le reportaron en algunos
momentos mayores ingresos. Estas cantidades se suman a las más modestas que le
vienen de su trabajo científico, serían unos 6000 francos como profesor de
l’École Polytechnique y 1500 como miembro del Instituto.
Hubo reciprocidad, sin duda, por parte de Laplace, y aunque se mostró
como persona interesada en medrar en la sociedad de su época, su reconocimiento
a Bonaparte parece sincero. Los primeros tomos de la Mecánica celeste estuvieron
dedicados a Napoleón, y tras realizarse en el senado la votación para nombrarle
emperador, le dirigió estas laudatorias palabras recordándole sus inicios,
cuando él le había examinado en la academia militar:
A cabo de proclamar emperador de Francia al héroe a quien tuve la
suerte, hace veinte años, de abrir la carrera que él ha recorrido con tanta
gloria y felicidad para Francia.
Sin embargo, en 1814, cuando ya es evidente que el imperio va a
desaparecer, Laplace, atento a los cambios que se avecinan, vota la
inhabilitación del emperador y, acto seguido, ofrece sus servicios a los
borbones, adhiriéndose a la restauración de la monarquía. Esto no sólo le
permitió asistir con tranquilidad al cambio dinástico, sino que le valió la
concesión de nuevos honores y títulos.
Por supuesto, esta actitud tan veleidosa de Laplace fue muy criticada,
hasta el punto de que las generaciones inmediatas admiraban al científico en la
misma medida en que detestaban al ciudadano. Es más, Laplace llegó a ser el
paradigma de persona voluble y capaz de acomodarse en cualquier situación.
Estas críticas son justificadas, por supuesto, pero también es cierto que esta
misma fue la postura de muchos relevantes ciudadanos de la época y de no pocos
de sus colegas científicos. Como explicación a la especial intransigencia
mostrada por sus conciudadanos hacia su actitud, si es que la hay, puede
anotarse que Laplace ejerció un fuerte patronazgo sobre la ciencia y sus
protagonistas en la época napoleónica, tanto durante el consulado como durante
el imperio, y no sólo a través de su influencia en el Instituto, sino también
fuera de él, especialmente a través de su colaboración con Berthollet en la que
se llegó a llamar la Sociedad de Arcueil, que debe su nombre al pueblo próximo
a París donde ambos científicos tenían una residencia desde 1806 y donde
crearon un potente grupo de trabajo, que durante unos años sería la vanguardia
de la investigación.
§. La Mecánica celeste
La actividad política y social que ocupó buena parte de su tiempo no le impidió
seguir con su producción científica al más alto nivel, y así, en medio de esta
agitada vida, encontró la concentración, el aislamiento y el tiempo suficientes
para redactar el Tratado de mecánica celeste, un complejo reto
que tiene la polivalencia del libro de texto, de la colección de
investigaciones, de la obra de referencia y del almanaque. En definitiva, reúne
en sus páginas todo el conocimiento astronómico del momento, tanto teórico como
aplicado, en su forma más actualizada, acompañado del aparato matemático,
fórmulas, teoremas y demostraciones, que respalda las afirmaciones que allí se
contienen.
Los contenidos de sus cinco volúmenes siguen una organización similar a
la utilizada en la redacción de su Exposición del sistema del mundo, es
decir, que se inicia con aspectos generales de dinámica y de la teoría de
perturbaciones, sigue con el movimiento de traslación de planetas y satélites,
continúa con el de rotación y, en consecuencia, con la forma y tamaño de cada
uno de los objetos celestes, sin descuidar el estudio de las mareas para el
caso de nuestro planeta. Termina el cuarto volumen con un detallado estudio de
las condiciones de observación: influencia de la temperatura y presión del aire
en el punto de observación. Por otra parte, el quinto y último volumen,
aparecido casi veinte años después del anterior (en 1823-1825), revisa los
contenidos de los anteriores sin que aborde nuevos tópicos.
Este trabajo es una monumental obra que recoge todo lo que hasta la
fecha llevaba investigado sobre mecánica y astronomía. Es decir, que en buena
medida encuentra ahora la ocasión de presentar de forma organizada lo que hasta
ahora habían sido memorias monográficas presentadas en la antigua Academia,
aunque aprovechando esta oportunidad para revisar y mejorar los resultados
conseguidos entonces, algunos de los cuales datan de sus primeros años en París
cuando intentaba hacerse un nombre en la comunidad científica. Por supuesto que
los últimos descubrimientos logrados por observación, en especial los de
Herschel, también están presentes, así como todas las novedades que le van a
dar la oportunidad de perfilar sus resultados anteriores, como el caso concreto
de la teoría lunar.
Sin duda, su pensamiento seguía fiel a la idea de desarrollar la teoría
de la gravitación hasta las últimas consecuencias y servirse como herramientas
fundamentales de su trabajo de la función potencial y de los resultados ya
conseguidos sobre la atracción de elipsoides. Desde el punto de vista
matemático, las ecuaciones diferenciales y los desarrollos en
serie de potencias, que habían sido sus recursos más productivos, seguían
siendo los fundamentos de las demostraciones y constituían la justificación de
los resultados astronómicos.
§. Volumen I (1799)
Comienza con la exposición de las leyes de la estática y la dinámica, pasando
de las masas puntuales a cuerpos y fluidos. En su quinto capítulo incorpora el
concepto de plano invariante para la conservación de la ley de las áreas. Esta
idea, ya aparecida en 1793, pretendía reducir los movimientos planetarios a un
plano virtual que sirviera de referencia para situar los movimientos de los
planetas. Este plano pasa por el centro del Sol y está determinado por el
vector momento de inercia del sistema solar.
Portada de la Mecánica celeste.
En el segundo libro, pensado también como un manual para la iniciación
en los contenidos astronómicos más teóricos, reaparecen bastantes de sus
trabajos anteriores, como el relativo a las perturbaciones que le ocupaba desde
1776. Igualmente presenta sus resultados sobre la atracción mutua entre Júpiter
y Saturno y las perturbaciones de los satélites galileanos, con especial
hincapié en la necesidad de no desechar términos que, aunque aparentemente
despreciables, pueden ser causa de grandes modificaciones, tal y como él había
demostrado.
§. Volumen II (1799)
Tras haber estudiado los movimientos de traslación, se apresta ahora al estudio
de la forma de los planetas, a sus movimientos de rotación y, en particular, a
los movimientos de los mares y de la atmósfera terrestres.
Retoma de nuevo los resultados de las memorias sobre las atracciones
ejercidas por elipsoides de revolución de los años 1785, 86 y 93. Quizá las
mayores novedades están en el terreno de la geodesia, puesto que utilizando los
nuevos datos obtenidos en las diferentes medidas del meridiano realizadas
consigue expresiones analíticas que dan buenas aproximaciones para puntos
concretos de la superficie terrestre. De esta forma, obtiene una importante
convergencia entre los resultados observados y los determinados de forma
teórica y formaliza un modelo matemático que, al permitir muy buenas
aproximaciones, se convierte en una alternativa seria a las costosas
expediciones que hasta la fecha se habían mostrado insustituibles.
Introduce el cálculo de errores en la observación, tanto para medidas
geodésicas como planetarias, como por ejemplo en el caso del achatamiento de
Júpiter. Esto supone una nueva perspectiva en el campo de la teoría de errores
porque ahora utiliza situaciones reales y no los meros supuestos teóricos de
determinación de causas de los que se sirviera en algunos de sus primeros
trabajos de juventud sobre el azar. Situaciones como ésta no han de dejar de
sorprendernos, ya que por un lado son auténticas innovaciones en la materia y
por otro se trata de temas que ya había abordado en sus estudios
probabilísticos de primera hora.
Dedica a continuación un extenso apartado a la teoría de las mareas,
donde resume y reorganiza las aportaciones que realizará sobre este problema,
que van desde las primeras memorias de 1778 y 1779 hasta la más extensa y
cuidada de 1797. Aquí analiza con detalle los datos del puerto de Brest sobre
la frecuencia y altura de las pleamares y bajamares junto a sus conclusiones
sobre la influencia de las condiciones locales en estos fenómenos. Presenta
también la teoría general sobre las mareas y sus teoremas acerca de la relación
entre el equilibrio de los mares y la densidad de sus aguas en comparación con
la densidad media de la Tierra.
§. Volumen III (1802)
Declara en el prefacio que el objetivo final de este trabajo es alcanzar la
mayor precisión posible en las tablas planetarias y lunares. Para ello
desarrolla todas las fórmulas que son necesarias para conseguir la mejora de
los datos tabulados, tanto para los movimientos propios de los planetas como
para sus perturbaciones mutuas.
Recoge los recientes descubrimientos de Ceres y de Palas. El primero fue
descubierto el 1 de enero de 1801 por Giuseppe Piazzi (1746-1826), mientras que
el segundo fue observado por Wilhelm Olbers (1758-1840) pocos meses después.
Estos nuevos cuerpos recibirían el nombre de asteroides a propuesta de
Herschel.
Igualmente aparecen importantes novedades sobre el movimiento lunar,
puesto que además de sus propios trabajos incluye los más recientes
descubrimientos. En efecto, en 1800 el astrónomo vienés John Tobías Bürg
(1766-1834) recibe un premio del Instituto de Francia por su estudio sobre las
desigualdades del movimiento lunar que se basaba en la detección de un
movimiento periódico en los nodos lunares con intervalos de unos 17 años para
los valores máximos positivos y de unos 19 para los negativos.
Una vez planteada la cuestión, quedaba por abordar su origen: ¿a qué se
debían esas desigualdades? Laplace, utilizando la teoría y las fórmulas
expuestas en el primer volumen, determina que la causa era un movimiento de
nutación del eje lunar creado por una variación en la inclinación de la órbita
de la Luna respecto de la eclíptica. En un primer momento valoró esa pequeña
variación en unos 6,5", suponiendo que el achatamiento terrestre fuese de
1/334.
Los cálculos de Bouvard, colaborador de Laplace para estas tediosas
verificaciones, dieron como resultado que dicho achatamiento debería de ser con
mayor exactitud de 1/314, pero de ninguna manera 1/230, que era el dato que se
manejaba en los estudios teóricos del elipsoide terrestre presuponiendo que
éste tenía densidad uniforme. Como consecuencia de estos cálculos, esta
hipótesis ya no podía mantenerse en el futuro, así que fue descartada la
homogeneidad de la distribución de masa en nuestro planeta.
Estos nuevos resultados, que permitían mayor información sobre la
Tierra, tanto sobre su forma y dimensiones como sobre su
estructura interna, fueron presentados en el Instituto en junio de 1800, es
decir, poco después de conocerse las investigaciones de Bürg y poco antes de
preparar este tercer volumen.
Una vez más, Laplace consigue que su enorme tratado contenga los mejores
y más actuales resultados. Así pues, no fue extraño que se llegase a hablar de
él como del nuevo Almagesto y se equiparase a su autor con
Ptolomeo y Newton.
§. Volumen IV (1805)
Está dedicado especialmente a los satélites de los planetas del sistema solar.
Comienza con los de Júpiter, estudiados en profundidad en sus memorias de 1791
y 1793, pero que ahora retoma para analizar con mayor detalle.
Trata también de los cometas y estudia las perturbaciones que éstos
pueden producir en los planetas. La conclusión es que su pequeña masa no afecta
a las órbitas planetarias y tampoco a la estabilidad del sistema solar. En
consecuencia, las tablas y datos obtenidos no se ven afectados en ningún caso
por su aparición, cualquiera que sea la región del cielo en que lo hagan.
También en este volumen hay espacio para novedades y nuevos apartados.
Aquí cabe reseñar el problema de la refracción de la luz y la forma en que este
fenómeno afecta a las observaciones. El objetivo era, por supuesto, reducir al
máximo los errores de observación. Para lograrlo pretendía relacionar la
refringencia atmosférica con la densidad del aire, la altitud y la temperatura.
Laplace leyendo la Mecánica celeste.
La relación entre la presión y el volumen del aire ya era conocida y
existía un generalizado acuerdo entre los físicos sobre el hecho de que para
una temperatura constante la densidad es proporcional a la presión, o dicho de
otra forma, que volumen y presión son inversamente proporcionales, ya que para
una masa constante de gas densidad y volumen también lo son. Sin embargo,
Laplace en ningún caso cita a Boyle o a Mariotte.
Sobre la relación entre temperatura y volumen no se habían alcanzado
resultados válidos. Fue Gay-Lussac el que se aprestó a esta tarea. Para ello
utilizó dos termómetros, uno de mercurio y otro de aire, y comprobó que a la
presión normal de 760 milímetros, a 0º C se expandía 1375 veces al alcanzar los
100 ºC. Realizada también la experiencia para temperaturas intermedias, se
llegó a la conclusión de que entre temperatura y volumen existe una relación de
proporcionalidad directa.
Para verificar la influencia de la altitud también se realizaron
pruebas. A tal efecto Gay-Lussac realizó una ascensión en globo hasta casi 6500
metros de altitud y encontró que la proporción de oxígeno y nitrógeno del aire
era similar a la de la superficie y que por lo tanto la altura apenas influía
en las observaciones realizadas, en lo que atañe, claro, a las variables
estudiadas.
De esta forma se conseguía que un observador provisto de termómetro y
barómetro pudiera corregir los errores que presión y temperatura del aire
ejercían en los datos tomados.
Todavía incluyó nuevos resultados sobre el estudio de los planetas en un
capítulo añadido como suplemento y en el que señalaba cómo había logrado
calcular de forma teórica, y sólo analizando en detalle las perturbaciones de
Júpiter y Saturno, la masa de éste que hasta la fecha se había aproximado con
poca fiabilidad a través de las elongaciones de sus satélites.
En este resultado y en otros de los que aparecen en este volumen debe
reseñarse el trabajo paciente y meticuloso de Alexis Bouvard (1767-1843), quien
analizó y revisó datos observados, realizó la parte más repetitiva en torno al
planteamiento y solución de ecuaciones y afinó los resultados obtenidos para
determinar constantes que permitieran que el modelo teórico proporcionara
valores concretos y útiles. Laplace, muy parco como sabemos en reconocimientos
expresos hacia sus colegas, alude, sin embargo, a esta colaboración. Cabe
reseñarlo, tanto por lo inhabitual del hecho como porque nos acerca al enorme
esfuerzo que conlleva la determinación de un dato que, como la masa de un
planeta, se expresa con un número y que aparentemente parece casi trivial.
Es precisamente en uno de los párrafos del primero de los suplementos
con los que concluye la Teoría analítica de las probabilidades donde
describió el proceso seguido para la determinación de la masa de Urano
He aprovechado el inmenso trabajo que Bouvard acaba de terminar sobre
los movimientos de Júpiter y Saturno, para los que ha construido unas tablas
muy precisas. Utilizó todas las oposiciones observadas por Bradley y por los
astrónomos posteriores, revisándolas de nuevo con el mayor cuidado, para
construir 126 ecuaciones de condiciones para el movimiento de Júpiter en
longitud y 129 ecuaciones para el de Saturno. En estas últimas ecuaciones,
Bouvard, hizo entrar la masa de Urano como indeterminada.
Este tratado sobre mecánica puso fin a una larga etapa de trabajos sobre
astronomía que habían empezado en su juventud, al poco de llegar a París. No es
de extrañar, por lo tanto, que al final del prefacio de este cuarto volumen, y
último por el momento, escribiera: Nada más me resta. A partir
de ahora serán la probabilidad y la física los temas en los que volcará su
talento.
§. La Sociedad de Arcueil
El nombre corresponde al de la pequeña localidad vecina a París donde
Berthollet y Laplace tenían sendas residencias. Claude Berthollet, junto con su
familia, se había instalado allí de forma definitiva desde 1799, ocupando una
propiedad campestre donde tenía su propio laboratorio y su despacho.
Ambas familias mantenían unas amistosas relaciones, fruto del trabajo
común de ambos científicos, pero reforzadas sin duda por su participación
política y por la relación personal que mantenían con Bonaparte.
Marie-Charlotte Laplace era con frecuencia invitada por Marie-Margherite,
esposa de Berthollet, a visitarlos en la casa de Arcueil. Enterada de que la
propiedad vecina estaba deshabitada, animó a su esposo a comprarla, cosa que en
efecto hizo en la primavera de 1805.
Desde ese momento también Laplace permaneció en la finca campestre con
mucha frecuencia y se creó en torno a los dos sabios un selecto grupo de
trabajo formado por sus más aventajados discípulos.
Berthollet
Claude-Louis Berthollet (1748-1822), nacido en Saboya pero nacionalizado
francés, estudio medicina en Turín, desde donde se traslado a París para
especializarse en química junto al prestigioso Rouelle, su relación con el
duque de Orléans le permitió prosperar con rapidez, siendo elegido muy pronto
miembro de la Academia. Lavoisier, también alumno de Rouelle aunque unos años
mayor que él, lo incorporo a su equipo para colaborar en sus estudios acerca
del aire, el agua, la respiración y el calor. Todo ello pese a que en un
principio discrepara abiertamente con la teoría del calórico formulada por
Lavoisier, sus primeros trabajos tuvieron que ver con la industria del tinte
donde realizo interesantes progresos en el blanqueo de tejidos mediante el uso
de derivados del cloro, descubriendo además que el clorato de potasio tenía
propiedades explosivas que permitirían usarlo para fabricar pólvora. Durante
unas pruebas con esa sustancia, realizadas en presencia de Lavoisier, se
produjo una violenta explosión que mató a dos personas, por lo que se
abandonaron esas investigaciones. En 1793, con el país en guerra y ante la
dificultad de encontrar las materias primas para fabricar pólvora, se encargo
de formar a 800 artilleros en la elaboración de una mezcla alternativa a la
habitualmente utilizada, más barata, y que sirviera para disparar los cañones.
Esta decisiva intervención le abrió las puertas de la política y de la
administración republicanas, y pronto, junto a Monge y otros, fue llamado para
organizar los nuevos estudios de l’École Polytechnique. Los años 1798 y l 799
los pasó junto a Napoleón, con quien trabó una fuerte amistad, en las campañas
de Italia y Egipto. De regreso a Francia, e instalado en Arcueil, pronto es
favorecido con el cargo de senador y después con el nombramiento de conde del
Imperio. A partir de ese momento, su carrera siguió paralela a la de Laplace
tanto en el terreno de la ciencia como en el de la política, pues, aunque muy
favorecido por Napoleón, también se contaba entre los que en abril de 1814
votaron su caída. Ello le valió, como a Laplace, que tras la restauración se le
nombrase par de Francia
De manera informal al principio, pero después con sus propios estatutos
y publicaciones, nació la Société d’Arcueil que durante diez años marcó el
rumbo y el ritmo de las más importantes investigaciones que se realizaron en
Francia en torno a las ciencias experimentales, especialmente en química y
física.
Eran miembros de este grupo, además de los dos promotores, Gay-Lussac,
Thénard y Dulong, químicos; Biot, Arago y Malus, físicos; Candolle, botánico;
Collet-Descostils, geólogo; así como Amadée, hijo de Berthollet y también
químico. El científico y explorador Humboldt era un habitual de las reuniones.
Gay-Lussac
Joseph-Louis Gay-Lussac (1778-1850) nació en Saint-Léonard-de-Noblat.
Más adelante, su padre, hombre de leyes, adquirió una finca en Lussac e
incorporo este topónimo a su apellido para distinguirse de los otros Gay de la
comarca. A los dieciséis años se traslado a París e inició sus estudios en
l’École Polytechnique, de reciente creación, concluyéndolos luego en la Escuela
de Ingenieros de Caminos. En 1800 empezó a trabajar en el laboratorio de
l’École como ayudante de Berthollet. Al instalar éste su propio laboratorio en
su casa de Arcueil, le acompañaría asiduamente,
Los dos primeros trabajos de Gay-Lussac estaban al servicio de los intereses de
sus mentores, Berthollet y Laplace. En 1802 apareció su primera memoria,
titulada “Investigaciones sobre la dilatación de los gases y de los vapores”,
que recogía la primera ley que lleva su nombre. En 1804 se produjeron sus dos
famosas ascensiones en globo para llevar a cabo experiencias sobre la presión,
temperatura y composición del aire a diferentes alturas. Desde marzo de 1805
hasta finales de 1806 viajo con Humboldt por varios países de Europa,
realizando una ascensión al Vesubio en plena erupción.
En 1808 se caso con Genevieve Marie Joséphine Rojot, con quien tendría cinco
hijos. En noviembre de ese año anunció el descubrimiento del boro, realizado
con Louis Jacques Thénard, otro de los químicos de Arcueil, y en diciembre
presentó su segunda ley en la memoria "sobre la combinación de las
sustancias gaseosas”. En 1815 descubrió el cianógeno y el ácido cianhídrico.
Son años en los que trabajo en la densidad de los vapores de diferentes
líquidos, la dilatación y el efecto de capilarldad. Mejoro los métodos de
blanqueo de tejidos y realizo importantes aportaciones en la industria química,
construyendo o mejorando aparatos como el alcoholímetro, el alcalímetro y el
clorómetro, facilitando el uso industrial del ácido sulfúrico e incorporando un
dispositivo que evitara la liberación de los Óxidos de nitrógeno en el aire.
Su ascenso profesional fue muy rápido: en 1806 entró en el Instituto de
Francia, en 1809 fue nombrado profesor de física en la Facultad de Ciencias de
la Sorbona y de química práctica en l’Ecole Polytechnique. Fue profesor titular
de química en esta última desde 1810, al fallecer Fourcroy.
También realizo carrera política, siendo diputado de la Haute- Vienne, su
tierra natal, entre 1831 y 1837. En marzo de 1839 fue nombrado par de Francia.
Murió el 9 de mayo de 1850.
Todos ellos alcanzarían destacados puestos, ya como miembros del
Instituto de Francia ya como profesores del l’École Polytechnique o en
instituciones de similar importancia. Situación que redundaría en beneficio del
grupo, cuyos miembros se prestaban apoyo mutuo a medida que progresaban en sus
carreras.
Las sesiones se realizaban normalmente dos veces al mes, en general en
jueves o en domingo. Empezaban a la una y se trabajaba hasta las cuatro y
media, después había juegos en el jardín y se cenaba a las nueve. En el
transcurso de las reuniones se intercambiaba información y se examinaban los
trabajos de sus miembros, de forma que no era raro que las memorias leídas
durante la tarde del domingo fueran las mismas que al día siguiente se
presentaban en el Instituto durante las sesiones de éste, realizadas en las
tardes de los lunes.
§. Teoría analítica de las probabilidades
En el preámbulo de la Memoria sobre las integrales definidas de
1811 Laplace escribió:
El cálculo de las funciones generatrices es el fundamento de una teoría
que me propongo publicar pronto sobre probabilidad.
Fiel a su palabra y con 62 años cumplidos, presentó en el Instituto la
primera parte de la Teoría analítica el 23 de marzo de 1812 y
la segunda y final el 29 de junio.
Esta primera edición constaba de 464 páginas, divididas en dos libros.
La segunda edición, de 1814, cambió sustancialmente, y además incluye a modo de
introducción el Ensayo filosófico sobre las probabilidades.
Esta introducción, que ocupa 169 páginas, es un completo tratado de
probabilidades con el que se proponía realizar la divulgación de estos
contenidos de forma asequible a un amplio público, puesto que no incluyó
ninguna fórmula, y, sobre todo, mostrar que la probabilidad era un tema de
capital interés tanto para la ciencia como para la sociedad.
Biot
Jean-Baptiste Biot (1774-1862) nació en París y estudió en l’École
Polytechnique, donde fue alumno de Monge. Cuando se produjo el levantamiento de
las tropas leales al rey, se enrolo en el ejército republicano y fue hecho
prisionero. La intervención de Monge le libro de un largo confinamiento y muy
posiblemente de la muerte.
En 1797, siendo profesor de l’École Centrale de Beauvais, entró en contacto con
Laplace y se encargó de revisar la Mecánica celeste, cuyos primeros volúmenes
estaban a punto de editarse. Esta relación con Laplace, que llegaría a ser de
gran amistad, le permitió regresar a París para ocupar la cátedra de
matemáticas del Colegio de Francia e iniciar una brillante carrera científica
al lado de su mentor. En 1803 entro en el Instituto de Francia y, enseguida, se
incorporo a la sociedad de Arcueil, donde realizaría junto a Gay-Lussac una
ascensión en globo. En 1806 se dirigió a España para colaborar con Arago en la
medición de un arco de meridiano, cosa que haría después en Escocia y Sicilia.
Realizó numerosos trabajos de astronomía, geometría y análisis matemático, pero
seguramente los resultados más destacados los consiguió en el campo de las
ciencias experimentales, en concreto sobre la luz y, en particular, sobre el
efecto de polarización. La observación y el estudio de la rotación del plano de
polarización cuando un rayo de luz atraviesa una solución líquida le
permitieron sentar las bases de la sacarimetría.
En electromagnetismo, y en colaboración con Félix Savart, descubrió que la
intensidad de un campo magnético creado por una corriente que circula por un
cable rectilíneo es inversamente proporcional a la distancia a ese cable. El
resultado es conocido como ley de Biot-Savart.
En 1856 fue elegido miembro de la Academia. Falleció en el Colegio de Francia
el 3 de febrero de 1862.
La primera parte de la Teoría es en realidad un extenso
tratado sobre funciones generatrices donde recupera y actualiza muchos de los
resultados conseguidos sobre este tema en trabajos anteriores.
En este primer libro formaliza y demuestra todas las fórmulas que le
serán necesarias para resolver los problemas que se planteará al abordar el
tema de la probabilidad, objeto del segundo libro.
Es, pues, un dilatado estudio de cálculo diferencial e integral, con
métodos de cambios de variables para abordar la solución de ciertas ecuaciones
diferenciales y la resolución completa, o su aproximación mediante desarrollos
en serie, de algunas integrales especialmente importantes.
Portada del Ensayo filosófico sobre las probabilidades.
Uno de sus más brillantes resultados, aunque ya aparecido en sus
anteriores memorias, no es otro que:
La importancia de esta integral le lleva a calcular el valor de:
De forma que pueda conocerse el valor esta integral en función de los
extremos de integración, expresado tanto en serie como en forma de fracción
continua.
Aunque estudia y resuelve casos de integrales dobles, triples y
múltiples, en general, se limita a ecuaciones diferenciales de primer grado,
puesto que es el caso que le interesa en el estudio de la probabilidad.
El capítulo primero del libro II comienza así:
Se vio en la introducción que la probabilidad de un suceso es la
relación del número de casos que le son favorables respecto del número de todos
los casos posibles, cuando nada lleva a creer que alguno de los casos debe
ocurrir antes que los otros, lo que los hace para nosotros igualmente posibles
[...] Si todos los casos no son igualmente posibles, se determinarán sus
posibilidades respectivas; y entonces la probabilidad del suceso será la suma
de las probabilidades de cada caso favorable.
De manera que desde el primer párrafo queda perfectamente determinada la
que hoy llamamos regla de Laplace y la manera de encarar situaciones
aleatorias, sean éstas equiprobables o no.
Laplace entendía la probabilidad no como un simple estudio de las
situaciones de azar que se suscitan en los juegos, como lo había sido en sus
inicios, sino como una herramienta fundamental para conocer la realidad, puesto
que proporciona información del mundo que nos rodea a través de las
observaciones que de él conseguimos y permite, además, establecer los márgenes
de confianza de la información obtenida, es decir, determinar el error que se
sigue de las observaciones, sobre todo si éstas son complejas y procedentes de
diferentes observadores. La delimitación de los errores esperables hace de ella
una disciplina de aplicación universal, y sobre todo útil, a un gran número de
áreas de conocimiento y también a la sociedad.
Laplace había mostrado desde sus comienzos que para él la importancia de
la ciencia radicaba fundamentalmente en su utilidad. Seguramente por eso vio en
las matemáticas el medio más eficaz para conseguir resultados concretos en muy
variadas ramas científicas y estaba convencido de que también podían ser útiles
en las situaciones más cotidianas. No es de extrañar que ese convencimiento le
moviera a divulgar y popularizar contenidos científicos y es obligado
reconocerle que a tal efecto no escatimó esfuerzos en el caso concreto de la
probabilidad, una especialidad de corta existencia que interesaba únicamente a
un reducido ámbito matemático.
La probabilidad, dirá en su Ensayo filosófico, es
relativa en parte a nuestra ignorancia y en parte a nuestros conocimientos. Si
se concluye que un suceso es de tipo determinista, el conocimiento que de él se
tiene es total, tal sería el caso de los resultados astronómicos que él mismo
obtuvo o de su afirmación sobre la estabilidad del sistema solar. Aquí no cabe
el azar. Pero en el momento que tal conocimiento no es completo, tanto lo que
se sabe como lo que se ignora suscitan la aparición del azar y es el estudio de
las probabilidades lo que permitirá una mejor interpretación de tales
situaciones, pues esas probabilidades “acaban siempre por
imponerse". Esta es una clara alusión a resultados tan sencillos
y potentes como los que se derivan de la propia definición de probabilidad en
situaciones equiprobables o de la ley de los grandes números, menos evidente.
Sin duda alguna, Laplace partía de una asentada y rotunda concepción
determinista del Universo, hecho que le condicionó sobremanera a la hora de
interpretar el valor que se podía conceder a la probabilidad como elemento de
análisis. En efecto, para él la probabilidad estaba destinada a servir de apoyo
a la indudable causalidad que todo lo presidía y su papel quedaba restringido a
la delimitación del error que la ignorancia produce en el conocimiento de las
causas. Como diría Antoine-Augustin Cournot (1801-1877) años después, su
determinismo le impedía pasar del modelo subjetivo de probabilidad que él
postulaba, y que era inherente al desconocimiento del individuo en tanto que
observador de la realidad, a otro modelo, digamos que objetivo, que admitiera
una concepción estadística de los fenómenos.
La reaparición de temas como las funciones generatrices después de su
uso por parte de Laplace, y para abordar precisamente la solución de problemas
similares a los que éste se planteara, da una idea precisa de la potencia del
camino que él había iniciado. Pero también respalda una opinión muy difundida
por los estudiosos de su obra, sobre el escaso impacto, por no decir olvido,
que algunos de sus más especializados logros tuvieron en la comunidad
matemática del momento e incluso en la inmediata generación. Claro que para
lamentar esa situación debería transcurrir el siglo XIX, e incluso llegar al
XX, y conseguir así la perspectiva suficiente que permitiera reconocer aquellos
logros y destacar que no se habían aprovechado con la inmediatez y profundidad
deseables. Se achaca esa situación a la dificultad de la obra, destinada
exclusivamente a los mejores especialistas, a la aridez con la que es expuesta
la teoría y a cierto desorden en la presentación, sin olvidar el hecho de que
notables avances en análisis funcional se presentaban en una obra que sólo en
apariencia trataba exclusivamente de probabilidad. Sobre este extremo
escribiría Joseph Bertrand (1822-1900) en el Journal des savants de
noviembre de 1887, refiriéndose a la Teoría, que encontraba
sorprendente que apareciese allí enunciado el teorema siguiente:
“No puede obtenerse en función finita y explícita de la variable la
integral".
Bertrand continúa su comentario con el mismo tono de incredulidad: “¿Por
qué, si el gran geómetra ha demostrado realmente esta imposibilidad, eligió
para anunciarlo las primeras páginas de un libro sobre el cálculo de
probabilidades? La lectura de los siguientes capítulos no aclara el enigma. La
teoría de funciones generatrices llena las siguientes ¡89 páginas; ella será de
gran ayuda, como se verá, en el estudio de las cuestiones relativas al azar,
pero nada se lo anuncia al lector. Parece como si Laplace hubiera querido
inscribir en el encabezamiento de su libro: Que no lo abra quien no sea
geómetra”.
Estas palabras de Bertrand que parafrasean a las de Platón en la
Academia ateniense encierran una gran verdad, pero no comprenden una
consecuencia importante: incluso los versados en matemáticas pasaron muy por
encima de este primer libro que repetía temas conocidos y que se entendía como
la justificación del siguiente, que sí era relativo a la probabilidad.
Funciones generatrices
Estas funciones, fundamentales en muchos de los trabajos de Laplace,
bien merecen un comentario. Comencemos por su definición.
Sea una función cualquiera yx = f(x), se puede construir la
serie infinita en potencias de la variable t
Sus coeficientes son obtenidos a partir de f por sustitución en ella de
los números naturales:
Esta función de t, así construida, es la función generatriz de yx.
Su interés no es meramente teórico, sino que tiene una inmediata aplicación en
la interpolación y transformación de series, la solución de ecuaciones de
diferencias finitas y la expresión de funciones en términos de integrales
definidas. Es decir, precisamente los temas tratados en el primero de los
libros de la Teoría y de ahí su frecuente aparición en el segundo a la hora de
resolver problemas concretos. El más inmediato vendría de realizar la siguiente
transformación:
Transformación en la que t es la unidad imaginaria y donde,
evidentemente, la variable x solo toma valores enteros, puesto que procede de
la función generatriz antes vista. Esta transformación, muy utilizada por
Laplace no recibió, sin embargo, ningún nombre especial, en tanto que la
consideró como un sencillo cambio de variable.
La simple extensión de esa variable entera al campo real le hubiera llevado a:
que es precisamente la función característica definida por Paul Lévy
(1886-1971) en su Cálculo de probabilidades de 1923 y que hoy se utiliza de
manera habitual, y casi preferente, en el cálculo de probabilidades. Éste la
atribuye a Cauchy, en concreto en una de las memorias que presentara a la
Academia en 1853, y la asocia además a la función que utilizó Henri Poincaré
(1854-1912) para el llamado valor probable de la expresión eix. En
cualquier caso, no existe mención alguna a esa transformación de la función
generatriz de Laplace que adelanta en más de cuarenta años la introducción de
la función característica, aunque restringida al caso de la variable entera.
Otra situación similar aparece al concluir la primera parte del primer libro,
donde las funciones generatrices le permiten alcanzar estos resultados:
Donde x toma valores en el conjunto de los números naturales.
Estos resultados son retomados en el cuarto capítulo del segundo libro, que
trata de “la probabilidad de los errores medios de un gran número de
observaciones y de los resultados medios más ventajosos”, para llegar a estas
nuevas expresiones:
que se corresponden con la transformada inversa de Fourier.
En cuanto a los contenidos probabilísticos propiamente dichos
subrayaremos especialmente tres por su especial interés y trascendencia: los
problemas clásicos de Fermat y Buffon y la función normal.
§. Los problemas de Fermat y Buffon en la obra de Laplace
Laplace no se plantea, por supuesto, la solución del problema de Fermat y
Pascal, sino su generalización con la introducción de diferentes condiciones.
El problema es interpretado como un caso de urnas, algo muy habitual en el
trabajo de Laplace, y adopta la siguiente forma:
Imaginemos una urna que contiene dos bolas, una blanca y otra negra,
llevando cada una el número i; la bola blanca corresponde al jugador A y la
negra al jugador B. Se extrae una bola de la urna y se devuelve a continuación
para proceder a una nueva extracción, se continúa hasta que la suma de los
números obtenidos favorables a un jugador, alcance un número dado. Tras un
cierto número de extracciones, al jugador A le falta un número x mientras que
al jugador B le faltan x'. Acuerdan entonces los dos jugadores retirarse del
juego, repartiéndose la apuesta realizada al comienzo. Se trata de conocer cómo
debe hacerse el reparto. Lo que corresponde a cada jugador debe ser
evidentemente proporcional a sus probabilidades respectivas de ganar la
partida. Generalización y solución de este problema, 1°: suponiendo en la urna
una bola blanca favorable a A, llevando el número 1, y dos bolas negras
favorables a B, llevando una el número 1 y la otra, el 2; cada bola disminuirá
según su número el número de puntos que faltan al jugador a quien le sea
favorable. 2º: Suponiendo en la urna dos bolas blancas llevando los números 1 y
2, y dos bolas negras llevando los mismos números.
Esta primera generalización es seguida de otra en la que los jugadores
tienen diferente pericia y diferente número de monedas al inicio. Apuestan en
cada partida una moneda, perdiendo quien se quede sin monedas.
El problema de Fermat y Pascal
Dos jugadores A y B, apuestan uno contra otro la misma cantidad de
dinero, 32 monedas, en un juego en el que el ganador será aquél que primero
gane tres partidas. El jugador A gana dos partidas y el B una en el momento en
el que el juego se da por terminado. ¿Cómo repartirse el total de dinero de una
manera justa?
Hoy un sencillo diagrama de árbol nos daría la solución del problema.
Que muestra que la probabilidad de que gane A es de ¾ frente 1/4 de que
gane B. Por lo tanto el reparto justo de las 64 monedas en juego es así: 48
para A y 16 para B.
Igualmente sencillo lile para Pascal (1632-1662}, a quien se lo planteó el
caballero de Méré, aristócrata aficionado a los juegos de azar, pero poco ducho
en matemáticas. Pascal le remitió el problema a Pierre de Fermat (1601-1665),
quien encontró la misma solución por un método diferente. Encantado Pascal de
la colaboración encontrada, escribiría a Fermat: “Ya ve que la verdad es la
misma en Toulouse que en París”.
La cuestión es calcular la probabilidad de que gane uno y otro en
la n-ésima partida. Modifica después las condiciones: qué ocurre si
las pericias son iguales, y qué si uno de ellos tiene un número muy elevado de
monedas frente al del otro.
La siguiente propuesta es con n + 1 jugadores que
juegan de dos en dos, por turno, con el ganador de la partida anterior. Acaba
el juego cuando uno haya ganado a todos los demás jugadores. Ahora la cuestión
es: ¿cuál es la probabilidad de que termine el juego tras un número x de
partidas? ¿Y de que gane un jugador en ese número de partidas?
La aguja de Buffon
El otro problema clásico es el de Buffon (1707-1788) que podría
plantearse así:
Si un plano aparece dividido en franjas horizontales equidistantes una
distancia d, y sobre él lanzamos una aguja de longitud L mayor que la distancia
d. ¿cuál es la probabilidad de que la aguja toque alguna de las rectas
paralelas?
La solución de este problema es de tipo geométrico y no es tan inmediata como
lo era en el caso del de Pascal y Fermat. La solución, que no reproduciremos,
fue dada por el propio Buffon:
P = 2L/𝜋d
Sigue con el caso de que un juego para dos jugadores, de diferente
destreza, concluya tras un número dado de victorias consecutivas.
Todos estos supuestos juegos encuentran al final del capítulo
aplicaciones a cuestiones específicas:
·
Probabilidad
de errores que resultan de un número cualquiera de observaciones, con una
determinada ley de distribución de errores.
·
Resultado
más probable en la opinión emitida por un tribunal.
·
Investigación
de la ley de probabilidad de errores de observación, media de todas aquellas
que satisfacen que los errores positivos son iguales a los negativos y cuya
probabilidad disminuye cuando éstos aumentan.
En definitiva, Laplace mediante el uso de las funciones generatrices
resolvió el problema de modo general para el caso en el que los jugadores
apuestan en cada partida cantidades iguales. El caso de apuestas diferentes se
resolvería en 1945 de la mano de Georges A. Barnard (1915-2002) y Abraham Wald
(1902-1950).
En cuanto al problema de Buffon, Laplace lo plantea así:
Una plancha ha sido divida en pequeñas casillas rectangulares mediante
líneas paralelas y perpendiculares entre ellas: determinar la probabilidad de
que lanzando al azar una aguja caiga sobre la juntura de las celdas.
Pueda resultar sorprendente que este tipo de problemas tan artificiales
terminara desembocando en propuestas concretas para la vida civil, y en
especial para los tribunales de justicia, pero la genialidad de estos
científicos les llevaba a relacionar temas aparentemente tan dispares en los
que se trasluce, sin duda, la inquietud social que les animaba.
§. El azar y la justicia de los tribunales
El estudio de los veredictos justos de los tribunales en relación a su
composición no es un problema original, pues ya había sido tratado con
anterioridad, pero Laplace lo consideró de una importancia capital y de ahí su
empeño en recogerlo y en analizarlo en profundidad, dedicándole un gran
esfuerzo y un considerable número de páginas.
Fue Condorcet (1743-1794), por encargo del ministro Tourgot, el impulsor
de este tipo de estudios. Supuso para ello un cierto número de urnas con bolas
blancas y negras. Cada urna correspondía a un juez de un tribunal de justicia,
las bolas blancas se interpretan como decisiones justas y las negras, como
errores. Se trata de extraer una bola de cada urna y, conocido así el veredicto
del tribunal, verificar cuándo el número de bolas blancas supera al de negras.
Hasta aquí parece haber dado con una herramienta sencilla y potente para
analizar una situación tan ardua como la estudiada, sin embargo la parte más
compleja llega con la adopción de ciertas hipótesis o cualidades que deben
presuponerse en los tribunales. Él optó por las siguientes:
·
Debía
haber en cada urna más bolas blancas que negras bajo la confianza de que un
juez acierta en su veredicto en más de la mitad de las causas juzgadas.
·
La
probabilidad de error es la misma para todos los jueces. Por lo tanto todas las
urnas tienen la misma composición.
·
La
probabilidad de error es la misma en todas las causas. Por lo tanto todas las
urnas tienen siempre la misma proporción.
En definitiva, es como si hubiera un único modelo de juez que se repite
en un mismo tribunal e interviene siempre igual, con la misma fiabilidad,
independientemente del caso juzgado.
Una vez asignada una probabilidad a la decisión de cada juez, para que
el modelo tenga sentido y sea operativo, debe fijarse una probabilidad mínima
que permita un nivel de confianza en el veredicto. Es decir, un valor por
debajo del cual se entiende que la decisión adoptada es imprudente, por no
decir injusta.
Establecida esa cantidad, se puede estudiar de manera sencilla el número
de jueces (urnas) que mejor garanticen el hecho de impartir justicia, puesto
que el objeto del estudio era precisamente la composición de los tribunales.
Aunque no entraremos en detalles, es evidentemente la distribución de
Bernoulli, bien conocida en esa época, la herramienta adecuada para resolver el
problema.
Para el modelo establecido por Condorcet, ya sólo quedaría por resolver
el problema de la composición de las urnas, esto es, ¿qué probabilidad existe
de que un juez emita un veredicto erróneo? La solución propuesta es también
sencilla: elíjase una comisión de hombres esclarecidos que revise un amplio
número de decisiones de tribunales y que las califique como acertadas o
erróneas.
Los puntos débiles de esta propuesta están evidentemente en las
hipótesis elegidas, que aunque hacen sencillo y viable el estudio, también
convierten en increíble a un tribunal de esas características.
Así debió entenderlo Laplace cuando retomó el problema y, siguiendo un
modelo similar, introdujo en él algunas variantes, haciendo que la probabilidad
de error de cada juez o jurado no debiera ser la misma y además pudiera
modificarse en cada causa.
Para conseguir esa flexibilidad en el modelo tomó una sabia decisión,
pero muy costosa desde el punto de vista matemático: supuso que en cada urna
todas las composiciones eran posibles, aunque manteniendo la hipótesis de que
la probabilidad de error debía ser inferior a 1. o lo que es lo mismo, debía
haber en cada urna más bolas blancas que negras. De esta manera la probabilidad
de error de cualquiera de las urnas podía variar entre 1 y 1. Además considera
para cada causa un error particular, que hace diferente cada situación
planteada, pero siguió considerando que el número de bolas blancas sería
siempre mayor que el de negras.
De esta forma, mediante complicados cálculos, consigue establecer las
ecuaciones necesarias, obtener las correspondientes probabilidades y llegar a
resultados como éstos:
En los tribunales de ocho jueces donde son necesarios cinco votos para
condenar a un acusado, la probabilidad del error a temer sobre la justicia de
la decisión sobrepasará 1/4. En los tribunales que no pueden condenar sino por
mayoría de dos tercios de los votos es casi de 1/4, si el número de jueces es
seis; este está por encima de 1/7 si este número se eleva a 12.
Los cálculos necesarios para alcanzar estas soluciones no sólo son
complicados, sino que en palabras del citado Joseph Bertrand “son inaccesibles
incluso para la mayoría de los que tienen una sólida instrucción matemática.
Aunque Laplace había reconocido las carencias de la propuesta de
Condorcet no fue consciente de que a pesar de su propio esfuerzo para
matematizar una situación tan compleja sólo en apariencia había conseguido
resultados tangibles. Lo cierto es que no había avanzado prácticamente nada
tras su intento, pues la casuística que aparece en la realidad se escapaba a
las hipótesis impuestas.
Supuestos como que la probabilidad del error debe ser siempre inferior a
1/2 o que el veredicto de un juez o de un jurado es tan independiente del de
los demás como lo es sacar una bola de una urna respecto del resto de las
extracciones, son insostenibles y hacen estéril el intento de cuantificación
abordado. Podemos suponer que la idea de probabilidad subjetiva -noción
descrita anteriormente con la que consideraba las situaciones de azar es lo que
le animaba a pensar que la situación era resoluble y de ahí que no escatimara
esfuerzo ni restara importancia al trabajo realizado.
Hubo quien puso en entredicho esta propuesta, como Poisson, discípulo y
amigo de Laplace, pero también tuvo fervientes defensores. El más notable de
éstos sería François Arago, eminente físico y matemático, y también discípulo
de Laplace, quien defendería en la cámara legislativa desde su escaño de
diputado una reforma de los tribunales basada en los resultados presentados en
la Teoría analítica de las probabilidades. Su confianza como
matemático en la validez del estudio de su maestro era total, al extremo de que
en plena discusión parlamentaria sobre la ley de jurados de 1836 propuso
admitir los datos de Laplace como absolutamente demostrados y cuando otro
diputado objetó ciertas dudas al respecto, Arago le gritó que los ignorantes
debían abstenerse de opinar, pues aquellas cifras eran tan ciertas como que la
paralaje del Sol era de 8,36 segundos de arco.
Con el devenir del tiempo las palabras de Arago en ese debate quedaron
en total entredicho, puesto que la paralaje solar sería corregida
posteriormente y el estudio de Laplace sobre los tribunales se mostró carente
del valor que él le confería.
Terminaremos este breve repaso a los trabajos de probabilidad de
Laplace, recordando que el interés de los astrónomos por la probabilidad fue el
motor de su gran desarrollo en esta época de cambio de siglo, cayendo en un
profundo letargo hasta finales del siglo XIX cuando se vuelve a ella con un
aparato matemático más sofisticado que permitiría un intenso desarrollo y la
consecución de nuevos y fecundos resultados.
No está de más insistir en el hecho de que esta obra, cuyo autor tenía
ya 62 años, supone uno de los grandes hitos en la historia de la ciencia. Muy
posiblemente la Teoría analítica de las probabilidades ha sido
más reverenciada por los matemáticos del siglo XX que por sus contemporáneos,
que quizás encontraron dificultades para asumir los métodos utilizados en ella.
En palabras de Joseph Bertrand:
“El libro de Laplace queda, por el ingenioso empleo de los más sabios
métodos al servicio de los problemas más simples, como un libro único en la
ciencia, digno de ¡a admiración que inspira, sin embargo, es por desgracia muy
poco leído, y la gran dificultad de los métodos es una de las causas del
abandono en el que con frecuencia se han dejado teoremas maravillosos y útiles
para el cálculo de probabilidades”
§. La distribución normal: ¿Ley de Gauss?¿Ley de Laplace?
Si analizamos los contenidos específicos de probabilidad, es obligado un
comentario sobre la distribución normal, a la que Laplace dedicó especial
atención, realizando decisivas aportaciones sobre sus propiedades y
confiriéndole el papel protagonista que tiene dentro de los estudios
estadísticos.
Veamos primero a qué responde su origen y por qué se le conoció
como ley y no simplemente como función.
La astronomía, la geodesia y otras ciencias experimentales, que
atravesaban por un momento de enorme desarrollo, precisaban realizar medidas y
determinar el valor de éstas con notable precisión. En general esas mediciones
no se pueden realizar de manera directa, sino mediante el empleo de
instrumentos y fórmulas que terminan dando un valor aproximado de la cantidad
buscada.
Si se parte de la idea de que a una magnitud física debe corresponderle
un valor verdadero y de que las observaciones conseguidas son otros tantos
intentos de conocer ese valor, se sigue que a cada una de ellas corresponde un
error, que viene dado por la diferencia entre el valor real y el observado. Hoy
tendríamos una visión distinta del problema, pues no sólo atenderíamos a los
errores procedentes de los instrumentos de medida y de los que proceden de la
propia observación, como se hizo hasta el siglo XIX, sino que además
consideraríamos como circunstancia inevitable la inexactitud de las propias
magnitudes a determinar, cuyo valor cierto no puede definirse con una precisión
ilimitada. Esta perspectiva actual modifica de manera importante el problema
planteado, no en los métodos de determinación y estimación de magnitudes, sino
en los propios conceptos de error, aproximación y valor verdadero.
Por otro lado y por analogía con las leyes universales observadas, se
pensaba que también esos errores obedecían a una ley natural, es decir, que
existía una función de distribución universal para las frecuencias relativas, o
más concretamente para los errores, pues estaba en ellos, y en su
determinación, la razón de fondo del problema que se planteaba.
Si hoy se sigue utilizando la expresión de ley normal, no es por
supuesto en el sentido que entonces tenía, sino que simplemente se conserva un
término que quedó acuñado en esa época. Hoy en día, un manual de estadística
nos informaría en sus primeras lecciones de que una ley de probabilidad es
normal si tiene como función de densidad
cuya gráfica tiene esta conocida forma de campana
Con seguridad que la expresión anterior no dejará de traernos a la
memoria el interés mostrado por Laplace hacia la función e-t^2.
Siguiendo con el manual de estadística, éste nos informará con mayor
exactitud de que una variable aleatoria ξ sigue la ley normal si, siendo μ la
media y σ la desviación típica, su función de densidad es
Y también de que para que, efectivamente, se trate de una función de
densidad, debe ocurrir que:
Lo que da idea de la importancia que tuvo el cálculo, ya comentado, de
No insistiremos en otras propiedades estudiadas para esta función en
concreto, pero queda evidenciado que los pasos dados por Laplace estaban sin
duda encaminados a conocer una función de cuya importancia era consciente y
cuyo papel sería determinante para los progresos realizados en el campo de la
probabilidad.
Gauss se ocupó de la función normal en 1809 con buenos éxitos, de forma
que los trabajos de Laplace y Gauss se entremezclan en el tiempo y su estudio
recibe de sus manos un impulso definitivo.
Sin embargo, ninguno de ellos había sido el primero en ocuparse de esta
función, pues con anterioridad Abraham de Moivre (1667-1754) había trabajado en
ella, utilizándolo sólo para casos discretos.
Sería Laplace quien extendería el resultado, pasando de la variable
discreta a la continua y demostrando que el límite de la distribución de la
suma de un gran número de variables aleatorias independientes, con ciertas
condiciones, es precisamente la normal, es decir, que en definitiva se trata
del teorema central del límite. Habría que esperar, no obstante, a que
Alexandre Liapounov (1857-1918) lo enunciara con precisión y realizara una
demostración del teorema más formalizada.
Cabe señalar que Laplace había probado con otras funciones para la
distribución de errores, siendo la más importante:
f(x) = ½ e -|x|
Cuya gráfica guarda una cierta similitud con la función de densidad de
la distribución normal
Esta distribución, como la normal, recoge que el error debe tener el
mismo peso por defecto que por exceso, de manera que la gráfica de la función
es simétrica respecto del eje de ordenadas.
Otra similitud entre ambas funciones es que el área encerrada bajo la
curva es uno:
Así, pues, aunque hay argumentos para defender el nombre de ley de
Laplace para la normal, frente al utilizado de ley de Gauss, sería más justo
citarla como ley de Moivre e igualmente debería llamarse campana de Moivre y no
de Gauss a esa curva que por primera apareció en su The Doctrine of
Chance (La teoría del azar). No obstante, el nombre de ley normal se
debe a Adolphe Quetelet (1796-1874) quien la aplicó con profusión a muy
diferentes campos científicos y sociales, pues la consideraba prácticamente como
una ley universal.
De la importancia de la normal y de su profundo arraigo en los estudios
estadísticos da cuenta un célebre aforismo de Gabriel Lippman (1845-1921),
premio Nobel de Física en 1906, quien afirmó:
“La distribución normal es la ley en la cual todo el mundo cree
firmemente, los matemáticos porque creen que es un hecho comprobado
experimentalmente y los experimentadores, porque creen que se trata de un
teorema matemático",
Un importante resultado
La demostración de Laplace, en esencia, no dista mucho de la que
realizaríamos hoy, utilizando unos sencillos cambios. Llamemos
Consideremos:
Expresado en polares:
De donde:
Capítulo 4
La restauración
Tras los desastres de la campaña de Rusia, Francia fue invadida por
tropas prusianas, austríacas y rusas. El esplendor napoleónico había terminado
y París se salvó de la destrucción y del saqueo tras pactar su entrega, el 30
de marzo de 1814. Al día siguiente, Talleyrand convocó al Senado, que eligió un
gobierno provisional bajo su presidencia, pero sólo 64 senadores acudieron.
Entre los asistentes está Berthollet, por ejemplo, mientras que Laplace está en
el grupo de los ilocalizables, casi una treintena. El 2 de abril, el Senado
vota la desentronización de Bonaparte, poniendo fin al imperio, y el día 6
aprueba la carta constitucional en la que se recoge que Luis XVIII, hermano de
Luis XVI, será el rey de Francia. Mientras tanto, Napoleón abdica ese mismo día
6 en favor de su hijo y se retira a la isla de Elba.
Es justo ahora cuando reaparece el senador Laplace para firmar la nueva
constitución. Estos días de desaparición se debieron seguramente a que la
situación no estaba clara, puesto que había noticias contradictorias sobre si
Bonaparte presentaría batalla o no, y esperó hasta el último momento para tomar
una decisión, contando en todo momento con la información de primera mano que
podía suministrarle su hijo Émile, capitán del ejército al servicio directo del
emperador.
De la misma forma, cuando Napoleón abandonó su destierro en la isla de
Elba y hasta la derrota de Waterloo, periodo conocido como los Cien Días,
Laplace permanecerá al margen de los acontecimientos y no intentará acercarse
al poder emergente.
Carnot
Lazare Carnot (1753-1823) pertenecía a una de aquellas familias nobles
que podían ingresar en la Escuela de Mézieres, en la que Monge fue uno de sus
profesores. Lazare inaugura toda una saga de la que surgirán físicos (su hijo
Sadi Carnot, conocido por el ciclo de Carnot), químicos, senadores y hasta
presidentes de Francia (Sadi Carnot, su nieto).
Lazare Carnot es considerado, junto con Monge, uno de los creadores de la
geometría pura moderna. Una gran parte de sus resultados quedarían plasmados en
su obra Geometría de posición.
Pero por encima de todo, en la carrera de Carnot estuvo, en primer lugar, el
compromiso con la causa revolucionaria, que le llevo a desempeñar un papel de
especial relevancia durante los años difíciles de la Revolución, sería llamado
el organizador de la victoria o también el gran Carnot, y solo el acierto en el
desempeño de sus funciones le salvaría de la guillotina durante el Terror.
Hay que destacar su honestidad, equilibrio y coherencia de ideas a lo largo de
su vida. No dudo en oponerse al mismo Napoleón por su gobierno dictatorial, lo
que le costó el exilio.
Pero hubo casos de fidelidad a la figura del emperador entre los
científicos que él había distinguido, tal es el caso de Gaspard Monge y Lazare
Carnot.
A partir de ese momento, Laplace, hasta hace pocas fechas senador y
conde del imperio, además de amigo personal de Napoleón, se deja llevar por la
nueva situación y se ve favorecido por ella. La recién estrenada constitución
sustituye el Senado por la Cámara de pares y él se convierte en uno de sus
miembros. En idéntica situación están Berthollet y Lacépède, que también
cambiaron títulos y cargos imperiales por los de la nueva monarquía. Todos
ellos, una vez nombrados pares de Francia, se vieron en el amargo deber de
juzgar al mariscal Ney, acusado ahora de alta traición, que fue ejecutado el 7
de diciembre de 1815.
No todos los beneficiados por el bonapartismo gozaron de la misma suerte
tras la caída definitiva de Napoleón, puesto que Monge, Grégoire, Siéyes y
Lazare Carnot, entre otros, son expulsados del Instituto y alguno de ellos
debió, incluso, exiliarse.
En 1816 desaparece el Instituto de Francia, creado bajo el gobierno
republicano, y es sustituido por cuatro instituciones: la Academia Francesa, la
Academia de Ciencias, la de Bellas Artes y la de Letras, poco después se
crearía la de Ciencias Morales y Políticas. Se vuelve así a una situación
similar a la existente antes de la Revolución. Laplace será miembro de la
Academia Francesa, ocupando el sillón número ocho, y también de la Academia de
Ciencias desde marzo de 1816, y en 1817 será elevado a la presidencia de esta
última.
Así pues, a la avanzada edad de 68 años es de nuevo un hombre
influyente: pertenece a todas las comisiones académicas, dispone de poder en el
ámbito científico, es escuchado por los ministros y goza de la confianza del
soberano. Se mostró agradecido con su nuevo benefactor y mandó quitar las
dedicatorias a Napoleón en sus obras, desdiciéndose de los calificativos
de heroico pacificador de Europa, como decía en el tercer
volumen de la Mecánica celeste, de 1802, y de Napoleón
el Grande, como figuraba en la Teoría analítica de las
probabilidades, de 1812. La posición de Laplace ha cambiado hasta el
extremo de que cuando se reedita esa última obra, en 1814, aparece, a modo de
dedicatoria, un tibio comentario acerca de que la caída de los imperios que
aspiraban al dominio universal podía ser predicha con gran probabilidad por
alguien versado en el cálculo de probabilidades.
Esta facilidad para acomodarse a las diferentes situaciones políticas:
república, bonapartismo y monarquía, le valió la reprobación de sus colegas,
quizás no tanto de sus contemporáneos, pues la actitud de muchos de ellos no
fue más digna que la suya propia, sino de las generaciones más jóvenes, y ha
quedado como uno de los ejemplos más palmarios de adaptación a las más dispares
situaciones. En este sentido, es frecuente encontrar su nombre ligado al del
legendario vicario de Bray, sacerdote que habiendo vivido durante los reinados
de Enrique VIII, Eduardo VI, María Estuardo e Isabel I fue dos veces papista y
otras dos protestante y acusado de oportunismo, parece ser que replicó:
“No es así, en absoluto, puesto que si bien cambié de religión, estoy
seguro de haber permanecido fiel a mi principio que es vivir y morir como
vicario de Bray”.
Palabras que parecen ajustarse perfectamente a la trayectoria de
Laplace, quien se avino de buen grado a desempeñar un papel de hombre público,
con responsabilidades políticas y con una importante actividad mundana que
requería de su presencia en salones y fiestas, pero en ningún caso, salvo las
pocas semanas que ejerció como ministro de Interior, abandonó sus
investigaciones, sus ocupaciones en el Instituto, su puesto en la Academia y en
l’École Polytechnique, como tampoco dejó de lado la redacción y revisión de sus
obras. En tal sentido, como el citado Vicario, permaneció fiel a su compromiso
con la ciencia.
Por otro lado, y sin intención de justificar su postura, no puede
olvidarse que los distintos regímenes, especialmente tras la Revolución,
buscaron prestigiarse contando con la colaboración y el refrendo de
personalidades relevantes del mundo de la ciencia y de las artes y a cambio de
su apoyo, o por su simple presencia decorativa, eran premiados con honores y
prebendas que unas décadas atrás eran impensables y estaban reservadas de forma
casi exclusiva a la aristocracia.
Luis XVIII, siguiendo en esta misma línea, y como agradecimiento a los
servicios prestados, lo nombró marqués de Laplace en 1817 y le otorgó la gran
cruz de la Legión de Honor.
Laplace prosiguió durante los últimos años de su vida con sus trabajos y
de nuevo encontró un motivo de interés en la ciencia experimental, dedicando su
atención a temas como la velocidad del sonido y al fenómeno de la capilaridad,
y todavía contó con la suficiente energía como para abordar la redacción del
quinto y último libro de su Mecánica (1823-1825). Siguió
ejerciendo también un notable patronazgo en la vida científica y podría
afirmarse que gozó entonces de un papel similar al que su protector D’Alembert
tuvo en aquellos lejanos años, cuando él mismo llegó a París con apenas 19 años
y con una carta de recomendación para aquél como único medio de abrirse camino.
En esta época se reeditaron sus grandes trabajos, todos ellos revisados,
actualizados y ampliados, en algunos casos, con nuevos suplementos originales.
En 1824 apareció la 5a edición de la Exposición del
sistema del mundo, en 1825 la Teoría analítica de las
probabilidades con un nuevo suplemento y en 1825 la 5ª edición
de Ensayo filosófico sobre las probabilidades.
Quizás debido a su avanzada edad o porque la propiedad de Arcueil
hubiera sufrido daños durante la ocupación aliada, los marqueses de Laplace
prácticamente no volvieron a utilizarla y vivían en París. La familia era ahora
más reducida, pues su hija Sophie-Suzanne murió en 1813, con apenas 20 años, al
dar a luz a una niña, mientras que Émile, el hijo, era oficial del ejército y
tenía su propia vida. El matrimonio se instaló en el número 108 de la rue
du Bac, frente a los edificios de las embajadas extranjeras; ya no se
trataba de una mansión aristocrática al estilo del Hotel de Brancas, que había
ocupado en su época de canciller del Senado, sino de una vivienda más sencilla.
Hecho éste que apunta a que ya no llevaban la misma vida mundana de entonces,
no necesitando abrir sus salones a la alta sociedad surgida tras la vuelta del
rey Borbón, pues esta nueva aristocracia, formada por los nobles huidos durante
la Revolución y por los nuevos defensores de la monarquía, seguramente no vería
con muy buenos ojos a los que, como él, habían hecho carrera durante el
bonapartismo.
Es muy posible que su rendimiento intelectual hubiera bajado y sin duda
era una realidad que los modelos físicos que utilizaba, basados en fuerzas
gravitatorias y por lo tanto en teorías corpusculares, iban quedando obsoletos.
El caso de la luz es un ejemplo palmario de su postura, pues la teoría
ondulatoria, que él rechazaba de plano, era ahora la base de los nuevos
avances. Todo ello se reflejó en sus últimas producciones, pero, no obstante,
gracias a su voluntad de trabajo y a la colaboración y al respeto de sus
discípulos, especialmente Biot, Poisson, Arago y Gay-Lussac, que ocupaban
destacados puestos, se mantuvo a la cabeza del importante grupo de científicos
de la época y ejerció su autoridad de forma incontestable hasta los últimos
días de su vida.
Un buen ejemplo de su influencia lo encontramos en una anécdota ocurrida
cuando la plaza de secretario perpetuo de la Academia de Ciencias quedó vacante
tras la muerte de Jean-Baptiste Delambre, en 1822. Joseph Fourier, un excelente
matemático premiado por el Instituto por su estudio sobre la difusión del
calor, optó a ella, pero el rey hizo saber inmediatamente que no estaría
conforme con ese nombramiento. Parece ser que Fourier, además de haber
participado en las campañas napoleónicas y de significarse como destacado
seguidor de su política, tuvo durante los Cien Días alguna actuación cerca del
rey que éste malinterpretó y a causa de ello no deseaba que ocupase cargo
alguno. Todo apuntaba, por lo tanto, a que esta decisión del monarca le cerraba
el paso.
Llegado el día de la elección, Laplace anunció que ésta se haría por
sorteo y utilizó para ello dos papeletas en las que figuraban los nombres de
los candidatos, depositándolas en un sombrero. La papeleta elegida favoreció a
Fourier y ocupó el cargo. Sin embargo, Arago, que estaba junto a su maestro
Laplace, atestiguaría después que en ambas papeletas éste había escrito el
mismo nombre, no dejando margen alguno para el azar.
Esta situación, dejando a un lado la exactitud de los detalles, deja
bien patente que el anciano sabio se sentía capacitado para imponer su criterio
más allá de la propia voluntad real, aunque para ello tuviera que recurrir a
sutilezas o argucias como la descrita.
§. Ensayo filosófico sobre las probabilidades
Esta obra es, pese a su notable extensión, la introducción que Laplace situó al
inicio de la Teoría analítica de las probabilidades. Es
posible que no tuviera mucho sentido el que un trabajo de divulgación, como lo
es éste, iniciara un libro que por su contenido estaba reservado a los
matemáticos más formados, quizá por ello se editó ese mismo año de 1814 como
texto independiente, intentando devolverle el carácter divulgativo con el que
fue escrito y que quedaba oculto en una obra tan intensa como la Teoría, que
con esa introducción tenía casi 700 páginas.
Por otro lado, este proyecto de popularización de unos tópicos que hasta
no hacía muchos años sólo interesaban a la elite científica se enraíza en su
época de profesor de l’École Normale. Es como si Laplace hubiera contraído una
deuda con aquellos alumnos y con aquel plan de instrucción de profesores, de la
que ya había saldado una parte mediante la publicación de su Exposición
del sistema del mundo en 1796, pero de la que le quedaba por
satisfacer otra, precisamente la relativa a la probabilidad. Tuvieron que
pasar, pues. 18 años para que viera la luz este tratado y se hiciera realidad
la prometida continuación de aquella décima lección, titulada “Nota sobre las
probabilidades”, última de las impartidas por Laplace en l’École.
§. Últimos trabajos: continuación de la Mecánica celeste
Los cuatro primeros volúmenes de mecánica habían aparecido de forma bastante
regular, los dos primeros en 1799, el tercero en 1802 y el cuarto en 1805. El
largo periodo transcurrido desde entonces y la dedicación del autor a otros
temas, probabilidad y física experimental fundamentalmente, hacían pensar que
esos cuatro volúmenes -es decir, los diez libros que los componían, constituían
su obra completa sobre el tema. De ahí que la aparición del libro XI en marzo
de 1823 supusiera una más que notable sorpresa.
Lo cierto es que desde tres años antes aproximadamente, se había vuelto
a replantear tópicos y resultados de su anterior trabajo y se decidió a
plasmarlo en una nueva publicación. Quizá por su avanzada edad, ya contaba con
74 años, no esperó a editar sus nuevas aportaciones en un solo volumen, sino
que fueron apareciendo conforme las concluía, de forma que en abril de 1823
aparecía el libro XII y a lo largo de 1824 se presentaron el XIII, XIV y XV en
los meses de febrero, julio y diciembre, respectivamente. Finalmente, el 16 de
agosto de 1825 se publicó el quinto volumen de la Mecánica celeste, que
reunía los cinco libros citados más el XVI y último.
Como novedades de este trabajo podemos apuntar que el libro XI se
interesa por la difusión del calor en la Tierra. Para ello utiliza las
ecuaciones de Fourier, todavía no publicadas pero que él conocía bien, pues
había estudiado a fondo el trabajo.
Laplace resalta especialmente que la ecuación de Fourier
donde V es el calor en un punto, es similar a la ecuación del potencial
que él mismo determinara años antes
Aunque esta situación recuerda a la ocurrida con Legendre y los
esferoides de revolución, realmente no es similar. En ambos casos, Laplace se
adelanta al autor en la publicación de sus fórmulas, pero las circunstancias
que concurren en este incidente lo hacen mucho menos grave, puesto que ya
habían transcurrido varios años desde que Fourier presentara su trabajo, siendo
éste conocido en los círculos especializados, y además Laplace, en esta
ocasión, sí citó a su autor. Se le achaca, no obstante, que ahora se limitara a
recoger y utilizar el resultado sin extenderse en consideraciones sobre la obra
de la que procedía, aspecto que hubiera sido muy valioso, dado que ese trabajo
de Fourier levantó una fuerte polémica. Sin embargo, Laplace pasa de puntillas
sobre este punto, sin posicionarse sobre los métodos utilizados por Fourier y
sin valorar las críticas que habían merecido por parte de algunos de los
matemáticos más destacados de la época y en especial por algunos de sus más
allegados colaboradores, como Poisson y Biot.
Otra novedad es el estudio del cambio periódico que afecta a la presión
atmosférica en un mismo punto a lo largo del año. Sus resultados teóricos se
ven confirmados con las mediciones de Bouvard en París y de Ramond en
Clermont-Ferrand.
Al margen de estos tópicos, estos nuevos libros revisan casi todos los
temas ya estudiados por él: las mareas, el movimiento de los fluidos que rodean
a los planetas, la rotación de los cuerpos celestes respecto de sus centros de
gravedad y los movimientos de planetas satélites y cometas. De forma que, a
diferencia de lo ocurrido en los cuatro anteriores, pocas son las aportaciones
novedosas que en este quinto volumen se presentan.
§. El personal estilo laplaciano
Resulta incuestionable admitir que Pierre-Simon de Laplace ocupa un
destacadísimo lugar en la historia de las matemáticas por las aportaciones
realizadas a esta disciplina y en modo alguno es menor el papel que le
corresponde en el desarrollo de la física. Seguramente por ello se le considera
el fundador de la física-matemática, rama científica en la que también se
sitúan sus discípulos Biot, Arago o Poisson y personalidades como Fourier, por
citar algunos nombres de su entorno.
Esa inclinación por la ciencia aplicada no podía dejar de mostrarse en
su producción matemática, que, siendo impresionante, dista mucho en su estilo
del cuidado y rigor que se pondera, por ejemplo, en los trabajos de sus
contemporáneos Lagrange y Legendre. Él consideró siempre que las matemáticas
constituían un medio necesario y también muy adecuado para lograr unos
objetivos que estaban más allá de ellas mismas, lo que es tanto como afirmar
que las entendía como una herramienta de análisis y descripción del entorno
físico y del universo. Quizás por esta razón no dio la debida importancia a
todos aquellos resultados que procedían del esfuerzo de otros colegas y que él
utilizó para alcanzar sus metas.
Cuando en 1813, tras una breve enfermedad, murió Joseph-Louis Lagrange,
fue Laplace quien pronunció en el elogio fúnebre las siguientes palabras:
Entre aquellos que de modo más activo han extendido las fronteras de
nuestra ciencia, Newton y Lagrange poseían en su grado más elevado ese
venturoso arte de descubrir los principios universales, aquéllos que
constituyen la verdadera esencia de la Ciencia. Este arte, unido a una singular
elegancia en el desarrollo de las teorías abstractas, es característico de
Lagrange.
Al tratar de la obra de Lagrange es habitual leer que se califica su
estilo de elegante, armonioso, bello, conciso, es decir, con claros timbres
admirativos. En cambio, cuando se habla de Laplace, se dice de su estilo que
resulta duro, cortado, áspero o trabajoso y, en consecuencia, sus obras
resultan en muchos casos tan difíciles y oscuras que parecen no haber sido
completamente desentrañadas por los especialistas de su época. Así, el
matemático americano Nathaniel Bowditch (1773-1838), traductor al inglés y
comentarista de cuatro de los volúmenes de la Mecánica celeste, afirmaba
que cada vez que encontraba en el texto de Laplace la expresión “es fácil
ver qué”, dejando sin justificar de forma explícita algún resultado, tenía
varias horas de trabajo por delante para conseguir llenar esa laguna.
A este respecto el testimonio de Biot es sin duda el más completo y
veraz. Dejó constancia de él en una intervención en la Academia, como homenaje
a Laplace, que tuvo lugar el 5 de febrero de 1850. Ese discurso se recoge en un
pequeño artículo aparecido en el Journal des Savants del mismo
año, titulado “Una anécdota relativa al señor Laplace”, y en él Biot narra cómo
trabó contacto con su maestro y amigo más de cincuenta años atrás, cuando
siendo él profesor en l’École Centrale de Beauvais se enteró de que se empezaba
a imprimir el primer libro de la Mecánica celeste y escribió
al editor ofreciéndose para revisar las pruebas.
Nathaniel Bowditch
La respuesta no vino del editor, sino del propio Laplace, quien con gran
solemnidad y distancia denegaba el ofrecimiento, afirmando que no deseaba que
su trabajo fuera del conocimiento público hasta que estuviera completo. Biot no
se arredró ante la negativa del gran personaje y le respondió que él pertenecía
al público que estudiaba y no al de los críticos o simples curiosos, reiterando
la oferta de comprobar que en el impreso no hubiera errores que traicionaran
los argumentos y los resultados perseguidos. Añadía, además, que repasaría
todos los cálculos de manera que este ejercicio le sirviera para su propia
formación matemática. Ante esta iniciativa, Laplace no pudo negarse y aceptó
que realizara ese papel. Tal situación fue el inicio de una larga relación que
trascendería la de simple corrector de pruebas, haciendo de Biot uno de sus más
asiduos e incondicionales colaboradores hasta el punto que pronto le encontró
trabajo en París, le hizo miembro del reducido grupo de Arcueil y le encumbró a
uno de los ansiados y exclusivos sillones del Instituto de Francia.
Sin embargo, el inicio de su colaboración respondía a la situación
descrita y Biot debía repasar las pruebas de imprenta y reunirse periódicamente
con el autor para rendir cuentas de su labor y contrastar opiniones. En
aquellas reuniones solía aparecer como tema de trabajo alguno de los puntos
difíciles de seguir para el lector y que generalmente estaban precedidos por el
consabido “es fácil ver que...”. Cuenta Biot que su maestro acogía con
enorme paciencia esas propuestas y se apresuraba a justificar esos pasos
aparentemente triviales, pero para los que Biot, matemático muy formado, no
encontraba explicación y para los que el mismo Laplace, en algunos casos,
necesitó una hora o más de concentración y reflexión hasta reconstruir el
razonamiento que en el momento de escribir el texto le había parecido “fácil
de ver”. Biot, en descargo del genial científico, asegura que una
justificación pormenorizada de la obra habría hecho que ésta, bastante extensa
de por sí, ocupara más del doble de páginas, haciéndola inabordable para el
lector, para el editor e incluso para el propio autor.
La transformada de Laplace
De entre todos los teoremas, métodos y fórmulas que llevan el nombre de
Laplace es, sin duda alguna, su transformada la que mantiene mayor vigencia e
importancia en la matemática aplicada actual. No sería justo, por lo tanto,
pasar de largo por este resultado. En unas líneas intentaremos un ligero
acercamiento a uno de los recursos más eficaces con los que la matemática
aborda problemas concretos del entorno físico.
De forma general, se considera que un transformación integral de una función
f(x) definida en un intervalo [a,b], sea éste finito o infinito, para una
función K(p,x), llamada núcleo, dependiente de la variable x, y del parámetro p
es aquella transformación lineal que viene dada por la expresión:
En el caso concreto de que el intervalo de definición sea [0,∞] y la
función núcleo de la transformación sea K(p,x) = e-px, se tiene la
transformación L de Laplace, definida así:
La transformada de Laplace L[f(x)] = E(p) es, pues, una función del
parámetro p.
Es fácil determinar las transformadas de Laplace de algunas funciones
sencillas, veamos los siguientes casos:
La importancia de la transformada de Laplace no radica simplemente en su
interés analítico sino que buena parte de su aplicabilidad se basa en su
relación con las series de potencias.
Consideremos la serie:
si pasamos de la variable discreta n a la continua t, obtenemos:
Introduciendo un cambio de notación y considerando x = e-p,
la integral anterior se transforma en esta expresión:
Que corresponde precisamente a la transformada de Laplace de la función
a(t). En consecuencia las transformadas de Laplace son las análogas continuas
de las series de potencias y puesto que éstas tienen tal protagonismo en
análisis, se explica el papel tan destacado de esta transformada.
Esa relación con las series de potencias le confieren unas buenas propiedades
analíticas, así la derivada de la función
Es precisamente
Que puede considerarse como la transformada de Laplace de la función
-xf(x), es decir:
L[-xf(x)] = F’(p)
En consecuencia:
L[x2 f(x)] = F’’(p
Y en general
L[(-1)n xn f(x)] = Fn(p)
La utilidad de la transformada de Laplace está relacionada
fundamentalmente con su aplicación a la solución de ecuaciones diferenciales en
muy diferentes ámbitos de la física.
En cuanto a su origen, se reconocen métodos similares en la obra de Euler De
constructione aequationum de 1744 y en algunos trabajos de Lagrange. Laplace
empieza a utilizar este tipo de transformaciones en las ecuaciones de
diferencias y en métodos reiterados de integración por partes, tanto en sus
producciones sobre series de 1777 como de 1782, sería tras el planteamiento de
Fourier en 1807 de las ecuaciones y soluciones para la difusión del calor,
cuando Laplace vuelve a utilizar este recurso con miras a conseguir resultados
más generales que los obtenidos por Fourier.
Serían la versatilidad y las buenas propiedades de esta transformación, las
claves de su éxito y de su creciente aplicación a lo largo del siglo XIX y del
XX para resolver muy diferentes problemas planteados en términos de ecuaciones
diferenciales.
Por otra parte, hay que considerar que Laplace se había acostumbrado a
lo largo de sus años de trabajo en la Academia a redactar memorias sobre temas
muy concretos, nunca muy extensas, y dirigidas a las mentes más preparadas y
más ejercitadas en el estudio de temas complejos.
Todo ello perfiló un método de trabajo y un estilo en los que no
necesitaba detallar su discurso ni extremar el cuidado de sus textos, de forma
que cuando llegó el momento de generalizar su trabajo todos estos hábitos
estaban demasiado consolidados como para que no aparecieran de manera natural
en la redacción de sus libros y más aún en la elaboración de los borradores.
En diferentes momentos se ha visto que el comportamiento de Laplace
hacia sus colegas y sus obras fue en muchos casos incorrecto y así mismo se ha
comentado que por su carácter era tenido por arrogante, displicente y
orgulloso. Bien es cierto que hay situaciones concretas que ratifican esas
valoraciones y hacen que el estilo de conducirse del científico sea inadecuado
y totalmente reprobable, pero también lo es que hubo ocasiones en las que
mostró no sólo gran sentido ético, sino calidez humana. Es bien conocido, por
ejemplo, que una vez situado en la Academia, y con el futuro resuelto, ayudó a
gran cantidad de jóvenes prometedores a desarrollar sus capacidades científicas
y en los párrafos precedentes han aparecido muchos de sus nombres. También lo
es que cuando Napoleón le nombró ministro del interior su primera decisión fue
adjudicar una pensión a la viuda de Jean Sylvain Bailly (1736-1793), alcalde de
París durante la época revolucionaria y miembro de la Academia, decapitado en
la época del Terror y cuya familia languidecía en la indigencia.
Pero, con seguridad, la anécdota más llamativa acerca de su buen talante
es la que desvela Biot en el mismo artículo antes comentado y que se refiere a
un asunto que le atañe a él mismo. En 1799, cuando Biot se hubo ganado la
atención y confianza de Laplace, le mostró ciertos trabajos que había realizado
y que trataban de resolver unos problemas geométricos planteados por Leonhard
Euler (1707-1783) acerca de las características de unas curvas que verificaban
ciertas condiciones. Laplace pidió a Biot que redactara el texto definitivo de
la propuesta que le había contado y, una vez leído, le aconsejó que no se
alejara tanto de la situación planteada como en las conclusiones pretendía,
pues iba a encontrar dificultades a la hora de resolverla, ya que el análisis
matemático no contaba con suficientes recursos como para abordarla con éxito.
Biot atendió sus argumentos y rehizo el escrito. A la vista del resultado final
le animó a presentarlo tal como estaba en la sesión de la clase de matemáticas
del Instituto de Francia que tendría lugar al día siguiente. Acudieron ambos a
esa sesión acompañados del general Bonaparte, elegido académico meses atrás, y
Biot leyó su trabajo. De vuelta a casa de Laplace, éste le pidió que le
acompañara al despacho y una vez allí sacó de una caja unos papeles que
amarilleaban de puro antiguos y en los que pudo leer los mismos resultados a
los que él había llegado y que habían sido interrumpidos por no encontrar los
recursos analíticos necesarios para generalizar la situación, tal y como
Laplace le había avanzado a la hora de recomendarle las modificaciones a su
memoria. El propio Biot asegura con emoción que nunca salió este secreto de
aquellas paredes y que para él fueron las felicitaciones sobre el desarrollo de
un tema que Euler había dejado esbozado, pero para el que Laplace había
encontrado con gran antelación similares avances.
Anécdotas como ésta pretenden acercarnos a un personaje que presenta en
su conducta luces y sombras, mostrando de paso que a su denostada conducta
política, tan presente siempre a la hora de esbozar su perfil biográfico, se
contraponen valores positivos, que se acrecientan cuanto más nos aproximamos al
terreno estrictamente científico en el que volcó su enorme talento con un
esfuerzo y una pasión que no se aprecian en el resto de sus actividades
personales.
§. El final de una vida
Un frío día de febrero de 1827 Laplace se dirigió a la oficina de Longitudes,
de la que era miembro, a entregar una memoria sobre los fenómenos atmosféricos.
Regresó enfermo a casa y enseguida se avisó al doctor Magendie, académico y
amigo suyo personal. Todo fue en vano, pues el 5 de marzo de 1827 a las nueve
de la mañana moría. Se dice que la fiebre le hacía delirar y poco antes de
morir comenzó a hablar de los movimientos de los astros y Bouvard, también
astrónomo y colaborador del sabio, le tranquilizaba hablando de sus
descubrimientos sobre esa materia, a lo que respondió:
Lo que conocemos es muy poco, lo que ignoramos es inmenso.
Estas palabras son tenidas como las últimas que pronunciara Laplace.
Fue enterrado con gran solemnidad en el cementerio del Pére- Lachaise de
París y el día 7 de marzo los académicos celebraron una sesión para honrar su
figura.
Placa que recuerda el fallecimiento de Laplace en su casa de la rúe du Bac.
En ella intervinieron Daru, canciller de la Academia Francesa, y dos de
sus más cercanos y prestigiosos colaboradores: Poisson y Biot, quienes en
sendos discursos y con la solemnidad que la ocasión requiere recordaron los
grandes descubrimientos de su maestro en diferentes campos y el importante
vacío que su muerte dejaba en la comunidad científica.
La comparación que de su obra se hacía con la de Newton y la gran
admiración mostrada por Laplace hacia la ley de gravitación sobre la que había
elaborado sus resultados, hacen que resulte más llamativa la casualidad que
hizo que su muerte se produjera casi un siglo después de la del gran sabio
inglés, acaecida 27 de marzo de 1727. Esa relación entre ambos personajes
quedaría grabada para la posteridad en la piedra de su casa natal con los
siguientes versos de Chenedollé:
Sous un modeste toit ici naquit Laplace,
Lui, qui sut de Newton agrandir le compás,
Et, s’ouvrant en grand sillon dans le champs de l'espace
Y fit encore un nouveau pas.
Bajo un modesto tejado nació aquí Laplace,
Que supo ampliar el compás de Newton
Y abriéndose un gran surco en los campos del espacio
Pudo dar en él un nuevo paso
Años más tarde sus restos fueron traslados desde París a Mailloc, en las
cercanías del castillo de Saint-Pierre de Mailloc, que poseía desde 1813, y
sepultados bajo un monumento erigido en su memoria. En dicho castillo,
residencia habitual de la familia de su única nieta, Madame Colbert, terminaron
reuniéndose todos los libros, documentos, recuerdos y demás enseres suyos, pero
lamentablemente todo se perdió tras el incendio que lo devastó en 1926. Hoy
sigue en ruinas y sólo algunos muros siguen en pie.
Laplace dejó una familia muy exigua, compuesta únicamente por su esposa
Charlotte, que le sobreviviría durante 36 años, su hijo Émile y su nieta
Angélique, futura condesa de Colbert, cuyos descendientes cambiarían el
apellido por el de Colbert-Laplace. Émile Laplace, que había estudiado en
l’École Polytechnique, era oficial de artillería y alcanzaría el grado de
mariscal de campo en 1837 y el de teniente general en 1843. Heredó de su padre
el título de par de Francia y el de marqués. Con la llegada al poder de
Napoleón III sería senador. Se retiró a la vida privada en 1870 y murió en
1874.
Su fama como gran científico le pervivió sobradamente y su obra completa
fue reeditada tras su muerte en dos ocasiones. La primera sufragada por la
Asamblea Nacional en 7 volúmenes (1843-1847) y la segunda, financiada por su
hijo, en 14 volúmenes (1878-1912).
La edición a cargo del estado fue propuesta por François Arago en la
Cámara de Diputados, de la que era miembro, el 16 de mayo de 1842. Esa petición
va enmarcada en un extenso y erudito discurso en el que el matemático Arago
realiza un entregado panegírico del que fuera su maestro.
Comienza así:
“Señores, Laplace, ha dotado a Francia, a Europa, al mundo sabio, de
tres magníficas composiciones: Tratado de mecánica celeste, Exposición del
sistema del mundo y Teoría analítica de las probabilidades. Hoy ya no existe en
las librerías de París ningún ejemplar de esta última obra. La edición de la
Mecánica celeste pronto estará agotada, se ve, pues, llegar el momento en que
las personas dedicadas al estudio de las matemáticas trascendentes se verían
forzadas, a falta de la obra original, a pedir a Filadelfia, a Nueva York o a
Boston la traducción inglesa, que el hábil geómetra Bowditch ha hecho del
tratado capital de nuestro compatriota”.
Esta petición, orientada a paliar la necesidad expresada, encerraba, sin
embargo, tres objetivos: el primero, ya expuesto, permitir a los estudiosos que
pudieran acceder a la obra original en francés. En segundo lugar, como resulta
presumible, homenajear al ilustre científico. El tercero, y quizás el más
sorprendente, era divulgar su obra y acercarla a los estudiantes y al público
curioso. Para ello solicitó que se enviaran ejemplares “a cada capital
de departamento, a todas las ciudades que tengan bibliotecas públicas y a las
facultades de las escuelas especiales”.
El año 1947, la Universidad de Caen celebró con gran boato el
bicentenario de su nacimiento, y con tal motivo hubo conferencias, placas
conmemorativas y aparecieron nuevos estudios sobre sus obras. Pero
indudablemente el mayor homenaje que puede caber a la memoria de un científico
es el que Laplace recibe cotidianamente de quienes se dedican al estudio e
investigación de las matemáticas y la física.
El mausoleo de Laplace.
Tal reconocimiento es tan simple como genial: las leyes, los teoremas,
las funciones, las transformaciones, los métodos y las fórmulas que llevan su
nombre siguen siendo herramientas fundamentales para la solución de problemas
casi doscientos años después de su formulación.
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El autor
Javier Bergasa Liberal es profesor de secundaria y doctor en ciencias
matemáticas. Simultanea sus trabajos sobre la didáctica de esta materia con
investigaciones sobre su historia. Sobre este tema, y con especial dedicación
al campo de la astronomía, participa habitualmente en cursos y congresos y ha
publicado varios artículos y monografías.
F I N
Notas:
[1] Más
información en el libro Lagrange. La elegancia matemática de Venancio Pardo
Regó. NIVOLA, 2003.
[2] Más
información en el libro Un químico ilustrado. Lavoisier de Inés Pellón
González, NIVOLA, 2002
[3] Más
información en el libro Legendre. La honestidad de un científico, de Ana García
Azcárate, en esta misma colección
[4] Más
información en el libro Monge. Libertad/, igualdad, fraternidad y geometría, de
Antonio Hernández, en esta misma colección.

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