DEL EDITORIAL
El libro “Gloriosas bolcheviques” está dedicado a la luminosa memoria de una destacada
pléyade de mujeres revolucionarias, las más veteranas figuras del movimiento comunista en nuestro país.
A la lucha revolucionaria las condujo el odio hacia el mundo de la violencia y la explotación, así como el deseo de encontrar el camino hacia un orden social justo.
Se incorporaron a la lucha revolucionaria cuando apenas se estaban sentando las bases del partido revolucionario marxista en Rusia, y bajo la dirección de Lenin participaron activamente en su creación. A todas ellas las unían el heroísmo revolucionario, la devoción ilimitada al pueblo y la fidelidad a las ideas del comunismo.
La abnegación de estas destacadas bolcheviques fue infinita. Ni las cárceles, ni el destierro, ni los largos años de emigración lejos de la patria, separadas de sus seres queridos, pudieron quebrantar su voluntad de lucha. Algunas de ellas cayeron en su puesto de combate apenas alcanzando a ver el alba de la nueva vida; otras se convirtieron en importantes dirigentes del Partido y del Estado, en activas constructoras de la sociedad comunista.
El camino de vida de estas gloriosas hijas de nuestra patria socialista es un ejemplo de servicio desinteresado al pueblo. Debe ser conocido por todos los trabajadores y especialmente por nuestra joven generación, que construye la sociedad comunista.
El libro consta de ensayos biográficos independientes, escritos por camaradas que conocieron bien a estas veteranas comunistas, que trabajaron junto a ellas y, en algunos casos, fueron personas cercanas.
En la recopilación se incluye también un ensayo sobre Clara Zetkin, quien vivió durante mucho tiempo en Rusia, consideraba a la Unión Soviética como su segunda patria y contribuyó considerablemente a su desarrollo.
Ninguno de los ensayos pretende ser exhaustivo. En cada uno de ellos se reflejanúnicamente los principales hitos de la vida y la actividad de estas notables revolucionarias.
En la presente colección se incluyen ensayos solo sobre algunas de las destacadas bolcheviques. Mujeres revolucionarias que dedicaron su vida a la lucha por la felicidad de los trabajadores hubo muchísimas, y su memoria no se desvanecerá en los corazones agradecidos del pueblo.
La recopilación fue preparada por E. D. Stásova, Ts. S. Bobróvskaya (Zeliksop) y A. M. Itkina.
Prólogo a la edición en español
La historia de las revoluciones no puede comprenderse plenamente sin reconocer el papel fundamental de quienes, desde múltiples frentes, contribuyeron a forjar sus cimientos. Entre estas figuras, las mujeres revolucionarias ocupan un lugar muchas veces silenciado o relegado, a pesar de su decisiva participación en la construcción de los movimientos sociales y políticos que transformaron el mundo.
El presente documento, hace parte del trabajo mancomunado que desde Revolución Obrera se realizó, traduciéndolo del ruso al español; es además un esfuerzo por rescatar y hacer visible la trayectoria de destacadas bolcheviques, cuyas vidas estuvieron marcadas por la entrega, la disciplina y una profunda convicción en la causa de la emancipación social. A través de estos relatos biográficos, el lector se adentra no solo en los acontecimientos históricos que rodearon la formación del movimiento revolucionario en Rusia, sino también en las experiencias personales de mujeres que enfrentaron persecuciones, destierros y sacrificios como parte de su convicción y trabajo por la emancipación del proletariado.
Los textos aquí reunidos ofrecen una descripción de los momentos clave que definieron la acción y el pensamiento de estas protagonistas. Su valor radica tanto en el testimonio directo de quienes compartieron con ellas la lucha, como en la posibilidad de comprender el trabajo que conlleva emprender y sostener un proyecto revolucionario, tan importante y tan vigente como el que desarrollaron las bolcheviques en Rusia.
Asimismo, este documento invita a conocer la historia y emular la abnegación, fortaleza y coherencia ideológica de estas mujeres bolcheviques, más aún en medio de una realidad imbuida de guerra, crisis, agudización del problema de la mujer y desprecio hacia los desposeídos. En este sentido, estas páginas contribuyen a mantener vivo el legado de quienes dedicaron su vida a la transformación de la sociedad.
Que este documento sirva, entonces, no solo para mantener viva la memoria de las compañeras, sino también como una fuente de inspiración y análisis para las nuevas generaciones que no están dispuestas a aceptar el infierno de la explotación asalariada y todo lo que este inmundo sistema conlleva.
Portal Revolución Obrera Marzo de 2026
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LA FAMILIA ULIÁNOV (Fotografía de 1879)
Padres: María Aleksándrovna, Ilyá Nikoláyevich.
Hijos (de pie, de izquierda a derecha): Olga, Aleksandr, Anna; sentados: María (en el regazo de la madre), Dmitri, Vladímir.
LAS MUJERES DE LA FAMILIA ULIÁNOV
ELENA STÁSOVA
La familia Uliánov—los hermanos y hermanas de Vladímir Ilich—eran revolucionarios; todos ellos fueron constantemente sometidos a arrestos, destierros y vigilancia policial abierta. A María Aleksándrovna Uliánova—su madre—le tocó una suerte difícil, pero era una mujer de extraordinaria fuerza de voluntad y entereza.
Anna Iliníchna Uliánova, arrestada al mismo tiempo que su hermano Aleksandr por el caso del 1 de marzo de 1887, relacionado con el atentado contra el zar Alejandro III, recuerda cómo su madre acudía a visitarla: «La entereza y la asombrosa firmeza de mamá me engañaban... No podía admitir que algo se estuviera preparando y, en los últimos días de reclusión, que hubiera ocurrido algo irreparable, al verla, aunque conmovida y triste, pero en pleno dominio de sí misma... Fue tan valiente que, incluso después de la ejecución de mi hermano, de la cual se enteró por una hoja que se repartía a los transeúntes en la calle, vino sola a verme y, pidiendo a las vigilantes que no me informaran de lo sucedido, intentaba animarme, insistía en la necesidad de que cuidara mi salud y me tranquilizaba respecto a ella misma...».
María Aleksándrovna Uliánova, de soltera Blank, nació el 6 de marzo de 1835 y pasó su infancia en el campo. Su padre, médico, era un hombre de ideas avanzadas. Quedó viudo tempranamente y, junto con las tías de María Aleksándrovna, se ocupó de la educación de los hijos. Eran seis niños, criados de manera espartana. Esto los fortaleció tanto física como moralmente.
La familia vivía con recursos limitados, y María Aleksándrovna se acostumbró desde muy joven al trabajo y a la austeridad. Recibió educación en casa, estudió idiomas extranjeros bajo la dirección de sus tías y aprendió a tocar el piano. Se preparó de manera autodidacta y aprobó el examen para obtener el título de maestra de escuela primaria.
A los veintiocho años, María Aleksándrovna se casó con Iliá Nikoláyevich Uliánov, quien era cuatro años mayor que ella. Tuvieron también seis hijos: Aleksandr, Anna, Vladímir, Olga, Dmitri y María. Los padres vivían en gran armonía y felicidad. Si surgía alguna discrepancia entre ellos, la discutían en privado; ante los hijos, madre y padre actuaban siempre como un «frente unido».
María Aleksándrovna poseía, sin duda, grandes dotes pedagógicas, gracias a las cuales se convirtió en una educadora ejemplar para sus hijos. Son interesantes los juegos que inventaba para ellos. Por ejemplo, el hijo mayor se sentaba en la silla delantera e interpretaba al cochero, mientras la madre se sentaba detrás con los más pequeños y les contaba acerca de los lugares por los que supuestamente viajaban y de los encuentros que tenían en el camino.
Era una mujer hermosa. En su rostro se reflejaban un carácter afable y alegre, una gran fortaleza moral y serenidad. Nunca levantaba la voz; incluso las observaciones que hacía a
los hijos las expresaba con calma y con una sonrisa. Los niños amaban profundamente a su
madre y daban enorme importancia a su palabra.
María Aleksándrovna enseñó a sus hijos a leer y escribir (casi todos sabían leer desde los cinco años), les dio las primeras nociones de lenguas extranjeras y les inculcó el gusto por la música, ya que ella misma la amaba mucho y, como decía Anna Iliníchna, «la transmitía con inspiración».
Toda su vida María Aleksándrovna la dedicó a sus hijos. Los acompañaba al destierro, se
ocupaba de ellos durante los arrestos y los ayudaba en todo lo posible en su labor revolucionaria. Los hijos siempre la mantenían al tanto de todos sus asuntos, ideas e iniciativas. Vladímir Ilich compartía en sus cartas con su madre sus planes políticos y le informaba sobre su trabajo. Sobre su actitud hacia los hijos habla un episodio característico descrito en las memorias de M. B. Smirnov.
«María Aleksándrovna se encontraba en la sala de recepción del director del departamento de policía, Zvoliánski, gestionando en favor del arrestado Vladímir Ilich. Del despacho salió Zvoliánski y, en voz alta, ante todos los presentes, dirigiéndose a la madre de Vladímir Ilich, dijo:
—Puede sentirse orgullosa de sus hijitos: a uno lo ahorcaron, y por el otro quizá también ya esté llorando la cuerda.
María Aleksándrovna se levantó y, con plena dignidad, respondió:
—¡Sí, estoy orgullosa de mis hijos!».
María Aleksándrovna murió a los ochenta y un años en Petrogrado, en 1916.
Mucho menos puede contarse sobre la hermana de Vladímir Ilich, Olga, quien falleció a los diecinueve años. Se sabe que Olga era muy unida a Vladímir Ilich y que lo ayudó cuando presentó los exámenes como alumno libre en la Universidad de San Petersburgo en 1891. Al mismo tiempo, asistía como oyente a los Cursos Superiores Femeninos (Bestúzhev). Sin duda, era una joven talentosa, de amplios intereses, como lo demuestra su cuaderno de apuntes que se conserva del primer tomo de El Capital de K. Marx.
La hermana mayor de Vladímir Ilich, Anna Iliníchna, fue en su infancia una niña muy enfermiza. Estudió en el Gimnasio Mariinski y, tras graduarse, ejerció como maestra.
Siendo aún estudiante de secundaria, Anna Iliníchna leyó a todos los clásicos rusos. Ejerciósobre ella una enorme influencia D. I. Pisarev con sus escritos, que en aquella época estaban prohibidos. Tenía un temperamento apasionado y, en su juventud, se debatía sin saber bien a qué dedicarse en la vida. En los Cursos Bestúzhev dedicaba su tiempo libre a intentos poéticos o narrativos, soñando con convertirse en escritora. Por entonces también probó a traducir a Heinrich Heine. Más tarde continuó dedicándose a la traducción, pues dominaba bien el alemán, el francés, el inglés y el italiano. Le pertenece la traducción de la
obra de E. Amicis, «Compañeros de escuela», que tuvo varias ediciones.
Cuando en 1895 arrestaron a Vladímir Ilich, Anna Iliníchna iba a visitarlo a la prisión preventiva y lograba comunicarle todo lo que le interesaba. Ella misma escribe al respecto:
«Las visitas con él eran muy sustanciosas e interesantes. Especialmente se podía conversar mucho durante los encuentros junto a la reja. Hablábamos con alusiones, entremezclando nombres extranjeros para palabras incómodas como “huelga” o “panfleto”».
Anna Iliníchna prestó una ayuda enorme a Vladímir Ilich en su trabajo. Al principio se trataba de hacerle llegar a la cárcel y al destierro literatura y todo tipo de materiales para su libro El desarrollo del capitalismo en Rusia; después, de las gestiones para la publicación de esta obra y de sus escritos posteriores, lo cual en aquella época no era en absoluto tarea fácil. Anna Iliníchna recorría editoriales, acordaba el formato del libro y el tipo de letra, y luego supervisaba la impresión misma, desempeñando el trabajo de correctora. A veces esto resultaba especialmente difícil, ya que tenía a su cuidado a su madre gravemente enferma. La corrección exigía no solo conocimientos técnicos, sino también profundos conocimientos políticos, pues con frecuencia era necesario modificar formulaciones, buscando expresiones que pudieran pasar la censura.
En sus cartas a Anna Iliníchna, Vladímir Ilich compartía con ella sus pensamientos y sus dudas, lo que demuestra que estaba estrechamente vinculada a él en varios aspectos de su actividad política. Mantenía no solo correspondencia abierta con Vladímir Ilich, sino también correspondencia clandestina, utilizando tinta química. Escribía cartas entre las líneas de libros y catálogos que no llamaban la atención de la gendarmería.
Anna Iliníchna viajó en varias ocasiones al extranjero, cumpliendo diversas tareas del Partido. Sus capacidades literarias se manifestaron en sus memorias sobre su hermano mayor Aleksandr Ilich, sobre Vladímir Ilich y sobre sus padres.
En 1913, se trasladó a Petersburgo y allí trabajó como secretaria y miembro de la redacción de la revista del Partido «Prosvéshchenie» («Ilustración»), colaboró en la redacción del periódico «Pravda» y, desde la fundación de la revista «Rabótnitsa» («La Obrera»), fue durante mucho tiempo, en la práctica, su única redactora. Los demás miembros del comitéeditorial fueron arrestados mientras se preparaba el primer número de la revista. La propia Anna Iliníchna fue arrestada y desterrada en numerosas ocasiones por las autoridades zaristas. Fue detenida por primera vez en relación con el caso de su hermano Aleksandr y por última vez en los días de febrero de 1917.
Después de la Gran Revolución Socialista de Octubre, Anna Iliníchna trabajó en la redacción de la revista «Proletárskaya Revoliutsia» («Revolución Proletaria») y, en general, en el ámbito de la historia del Partido Comunista. Murió en 1935 y fue enterrada en Leningrado, en el cementerio Vólkovo, junto a su madre, su hermana Olga y su esposo, Mark Timoféievich Elizárov.
María Iliníchna era la menor de la familia Uliánov. Durante sus años en el gimnasio sufrióuna enfermedad grave, y Vladímir Ilich en sus cartas le recordaba con frecuencia la necesidad de cuidar su salud, de no sobrecargarse con los estudios y de no preocuparse si
las calificaciones eran malas. Ella respondía: «Si algo se hace, hay que hacerlo bien». Estas palabras fueron el lema de toda su vida y su actividad.
María Iliníchna amaba profundamente a Vladímir Ilich y, en una carta a uno de los corresponsales obreros de «Pravda», escribía: «Siempre fue mi hermano favorito». Desde muy joven se convirtió en su amiga y fiel colaboradora. En 1895, junto con su madre, viajóa Petersburgo para gestionar la liberación de Vladímir Ilich. Fue entonces cuando María Iliníchna conoció a Nadezhda Konstantínovna Krúpskaya, y desde ese momento las unióuna amistad muy estrecha.
Estudió en los Cursos Superiores Femeninos de Moscú, pero no los terminó porque no la satisfacían. En 1898 se marchó a Bélgica, a Bruselas, y allí se dedicó seriamente al estudio del idioma francés. Pero un año después tuvo que interrumpir sus estudios, pues al regresar a Moscú fue arrestada y desterrada a Nizhni Nóvgorod. Para María Iliníchna, aquel arresto y destierro fueron solo el comienzo de las persecuciones policiales. Después fue arrestada
en Moscú, en Kiev, en Sarátov…
María Iliníchna aprovechaba cualquier oportunidad para estudiar el francés y completó su formación en París, donde rindió el examen para obtener el título de profesora de francés. Además del francés, dominaba con soltura el alemán y el inglés, y durante el destierro se dedicó a la traducción.
Siempre estuvo estrechamente vinculada a Vladímir Ilich. Durante sus arrestos y destierros, lo abastecía de libros, de información sobre todas las cuestiones que le interesaban, y le preparaba reseñas sobre la literatura política y económica publicada en el extranjero.
Desarrolló una intensa labor en el ámbito del movimiento femenino. Todo lo relacionado con las mujeres y los niños lo tomaba muy a pecho. Son características, en este sentido, las palabras que pronunció al visitar, junto con Nadezhda Konstantínovna Krúpskaya, un hogar infantil en Perm: «¿Cómo no amar a estos niños? Son nuestros niños. Solo con amor se pueden formar en ellos verdaderos ciudadanos soviéticos».
Desde marzo de 1917 hasta la primavera de 1929, María Iliníchna trabajóininterrumpidamente como secretaria del periódico «Pravda» y prestó enorme atención a la formación de corresponsales obreros. En 1933 fue condecorada con la Orden de Lenin.
Más tarde, María Iliníchna dirigió la oficina de quejas de la Comisión Central de Control y del Comisariado del Pueblo para la Inspección Obrero-Campesina. Allí se manifestaba siempre su extraordinaria sensibilidad.
Recuerdo nuestro último encuentro con ella. Las tres —María Iliníchna, Nadezhda Konstantínovna y yo—participamos en 1937 en la conferencia de la organización del Partido de Moscú. María Iliníchna tuvo que retirarse de la sesión para cumplir con una tarea urgente de trabajo. Ella, que siempre se mostraba tan atenta con Nadezhda Konstantínovna, me pidió que la acompañara hasta su casa, ya que Nadezhda Konstantínovna veía mal. Al llegar a su despacho, María Iliníchna sintió un fuerte dolor de cabeza que le provocó un
desmayo. El ataque pasó, pero pronto se repitió. Fue una hemorragia cerebral, a consecuencia de la cual falleció allí mismo, en su despacho.
Tras la muerte de María Iliníchna quedaron pocas obras literarias. Sin embargo, representan un gran interés y valor. Junto con su hermano Dmitri escribió memorias sobre Vladímir Ilich y, de manera independiente, un libro sobre su padre, Iliá Nikoláyevich Uliánov.
Al volver la vista al pasado y recordar los encuentros con las notables mujeres de la familia Uliánov, lamento una sola cosa: no haber llevado un diario y, por ello, no poder reproducir todos aquellos encuentros que siempre dejaban en el alma una cálida y grata sensación de sensibilidad, inteligencia y ternura femenina.
ANNA ILINÍCHNA ULIÁNOVA-ELIZÁROVA
ANNA ILINÍCHNA ULIÁNOVA-ELIZÁROVA
(Memorias de un antiguo komsomol)
P. P. SVIÁYSKI
Las presentes páginas de recuerdos sobre la hermana mayor de Vladímir Ilich Lenin—Anna Iliníchna Uliánova-Elizárova— no constituyen en modo alguno su biografía. Se refieren únicamente a los últimos diez años de su vida (de 1924 a 1935), cuando tuve la fortuna de trabajar junto a ella.
La historia de mi encuentro con Anna Iliníchna fue la siguiente.
En 1924, poco después de la muerte de Vladímir Ilich, en la editorial del Sóviet de Moscú y del Comité de Moscú del Komsomol («Nueva Moscú») surgió la idea de organizar una serie de libros titulada «Memorias de un viejo bolchevique».
El objetivo principal de la serie debía ser transmitir la experiencia de la vieja guardia bolchevique a la joven generación.
Ante todo, era necesario seleccionar a los responsables y editores de la serie. Se decidiódirigirse a Anna Iliníchna Elizárova, que por entonces trabajaba en la revista «Revolución Proletaria». Ella accedió a recibirnos, y así fue como nos encontramos en su despacho, en el edificio del Comité Central.
Nos sometió a un «interrogatorio minucioso»: averiguó detalladamente qué objetivos nos proponíamos, qué plan de acción habíamos trazado y a qué lector pensábamos dirigirnos.
Intimidados por la severidad de la recepción, nos sentimos algo desconcertados y al principio apenas respondíamos con suficiente claridad a sus preguntas. Al notar nuestra turbación, Anna Iliníchna sonrió; en sus ojos brillaron destellos alegres, con un matiz travieso; lanzó una broma y de inmediato se entabló una conversación animada, espontánea y cordial. Comprendimos que nuestra idea le había llegado al corazón. Y, en efecto, al día siguiente recibimos su consentimiento para encargarse de la edición de la serie.
Así comenzó nuestro trabajo conjunto con Anna Iliníchna, que se prolongó durante toda una década, casi hasta su muerte.
Desde el principio, asumió la tarea con excepcional seriedad y verdadero conocimiento del
oficio. Al inicio, estaba muy ocupada en «Revolución Proletaria» y en el Instituto Lenin; más tarde, aquejada por una grave enfermedad que la mantuvo postrada en cama, aun así, siempre encontraba tiempo para el minucioso trabajo literario.
En la serie se publicaron alrededor de setenta libros, muchos de los cuales tuvieron tres o cuatro ediciones. Y esto fue, en gran medida, mérito de Anna Iliníchna.
Los folletos de la serie solían ser escritos por camaradas poco experimentados en el difícil
arte de escribir. Tras pasar por las manos de Anna Iliníchna, se transformaban: salían renovados y, ante todo, accesibles para el lector masivo.
Su estilo sencillo y figurativo, la calidez y cordialidad —me atrevería a decir, cierto lirismo—y su fina capacidad de observación permitieron a Anna Iliníchna crear páginas notables en sus «Recuerdos sobre Ilich» y «Recuerdos sobre A. I. Uliánov».
Sus memorias sobre Vladímir Ilich las escribió con interrupciones entre 1923 y 1925. Algunos capítulos se publicaron por separado en la revista «El Joven Bolchevique». En 1926, el folleto «Recuerdos sobre Ilich» fue publicado por la editorial «Nueva Moscú»dentro de nuestra serie.
Anna Iliníchna abordó la publicación de este folleto con la mayor meticulosidad y rigor:
ella misma seleccionó en el Museo de la Revolución las fotografías que lo acompañarían y corrigió cuidadosamente las pruebas de imprenta.
En una carta del 22 de septiembre de 1925 escribía: «La corrección del libro me gustaría revisarla yo misma, ya que en artículos escritos con intervalos puede haber algunas repeticiones o faltar los necesarios enlaces...etcétera; en la maquetación parece que hay pocos párrafos con sangría. ¿Se han incluido los que señalé en la corrección?»
En las ediciones posteriores, Anna Iliníchna introducía algunas adiciones. Recuerdo que en cierta ocasión dijo: «Me gustaría añadir en la nueva edición un pequeño fragmento sobre cómo Vladímir Ilich me enseñaba latín», y enseguida compartió conmigo aquel recuerdo.«Es una pequeñez, pero qué rasgo tan característico de Vladímir Ilich; ¿no cree usted que vale la pena incluirlo?»
Anna Iliníchna escribió únicamente la primera parte de sus recuerdos sobre Ilich, que abarca el período hasta su regreso del destierro. La segunda parte, con excepción de dos pequeños fragmentos, no llegó a escribirla, a pesar de su ardiente deseo de hacerlo.
El sueño más preciado de Anna Iliníchna era dejar sus memorias sobre Aleksandr Ilich, recrear la imagen vívida y hermosa de su hermano mayor, a quien amaba profundamente. Reunía materiales de archivo y mantenía correspondencia con personas que habían conocido personalmente a Aleksandr Ilich.
Una vez recopilado el material necesario, escribió sus memorias sobre Aleksandr Ilich. Cuando el libro «Recuerdos sobre Aleksandr Ilich Uliánov» vio la luz, Anna Iliníchna se
mostró muy descontenta con su precio: le parecía demasiado elevado. A petición suya, la editorial accedió a rebajarlo.
En numerosas ocasiones visité a Anna Iliníchna en su casa. Tras la muerte de su madre, ella tomó en sus manos las riendas de aquella familia extraordinariamente unida y cohesionada, que había consagrado su vida a la gran causa de la revolución proletaria, y se convirtió en guardiana de las tradiciones familiares.
El amor y el respeto mutuos, la suavidad y cordialidad en las relaciones, la conversación animada y llena de humor que reinaba en el hogar, el interés inagotable por los asuntos de cada uno y la hospitalidad conquistaban el corazón de todos los que trataban con aquella notable familia.
Anna Iliníchna era una conversadora y narradora excepcional; su lenguaje, vivo y expresivo, estaba salpicado de bromas, dichos y refranes, de los cuales conocía una gran cantidad. Poseía un humor suave y cálido, le gustaba reír con sinceridad, conocía muy bien a las personas y sabía caracterizar a alguien con un solo trazo, de manera aguda y brillante.
Vivía en la calle Neglínnaya (hoy Manezhnaya), frente al Kremlin y al Jardín Aleksándrovski, cerca de la puerta Borovítskaya. El apartamento estaba en el segundo piso. Desde un pequeño recibidor, una puerta conducía al comedor; a la izquierda se encontraba el dormitorio. A la derecha estaba su despacho, donde ocupaba el lugar principal un enorme escritorio antiguo con dos pedestales. En broma, yo lo llamaba, al estilo de Chéjov, «el respetable escritorio», lo que divertía a Anna Iliníchna. Y en verdad el escritorio merecía todo respeto. En sus numerosos cajones se guardaban diversas reliquias familiares:
fotografías, cartas, manuscritos, etcétera.
En los primeros años de trabajo conjunto con Anna Iliníchna, rara vez encontraba a alguien en su casa: solíamos trabajar por la mañana o por la tarde. Sin embargo, bastaba con que Anna Iliníchna se sintiera un poco indispuesta para que apareciera invariablemente María Iliníchna, quien tomaba decididamente todos los asuntos en sus manos. Su apretón de manos breve y enérgico, su mirada un tanto severa bajo las cejas y su parquedad en palabras me intimidaban, y yo intentaba retirarme de inmediato; pero Anna Iliníchna decía invariablemente: «Maniasha, no nos interrumpas; sabes bien que las pruebas y la maquetación no esperan, y los editores son gente estricta. Y el trabajo, sobre todo el que se ama, es el mejor remedio». El hielo se rompía, y en el rostro de María Iliníchna aparecía una amable sonrisa.
Cuando Anna Iliníchna ya estaba gravemente enferma y vivía en Gorki, a menudo sonaba el teléfono y se escuchaba la breve y enérgica «orden» de María Iliníchna: «Deje usted sus asuntos, vamos a Gorki».
La hoy célebre casa de Gorki, con columnas y una amplia veranda hacia el parque, es conocida por todos; en aquellos años allí residía la familia de Vladímir Ilich.
En los días soleados, Anna Iliníchna salía al jardín en su silla, se acomodaba en un sillón de verano, de mimbre, y manteníamos largas conversaciones, resolviendo nuestros asuntos editoriales.
Inagotable era la sed de trabajo de Anna Ilichna, su vivo interés por la vida, por la juventud y por su educación. La edición y creación de la serie de libros para jóvenes «Recuerdos de un viejo bolchevique» fue, en esencia, el último trabajo de Anna Ilichna, ya que por motivos de salud ya no podía realizar un trabajo sistemático. Ella apreciaba ese pequeño hilo que la unía a la vida, a la juventud, al Komsomol.
Ella trataba a las personas con gran cordialidad y solicitud. En 1931 enfermé de tifus abdominal; me encontraba en casa. Anna Ilichna, estando ya enferma, vino a verme, se interesó por si tenía todo lo necesario, si me visitaban los médicos, si me faltaba algo. Cuando, ya recuperado, fui a verla, Anna Ilichna me contó que el tifus abdominal siempre le recordaba a su hermana Olga Ilichna, quien murió de esa enfermedad.
Respecto a su propia y grave enfermedad debilitante, Anna Ilichna la afrontaba con paciente ironía, bromeando constantemente sobre sí misma, con una sonrisa bondadosa. El incontenible deseo de participar directamente en la gran construcción socialista no podía reconciliar a Anna Ilichna con la necesidad de tener en cuenta su enfermedad. Se lanzaba al trabajo, exigía a diario que le leyeran los periódicos, libros nuevos, etc. Y, en esencia, hasta los últimos días trabajó: escribía memorias, editaba artículos, participaba en la publicación de una recopilación de sus propios artículos, etc.
Amaba profundamente y conocía muy bien a los clásicos de la literatura rusa y extranjera. De los clásicos rusos, apreciaba especialmente a Pushkin y a Nekrásov. María Ilichna me contó que un día antes de su muerte Anna Ilichna recitó de memoria, en el original, poemas de Heine, a quien consideraba uno de los más grandes poetas. Era una persona excepcionalmente sensible y atenta. Sabía encontrar el camino hacia el corazón de la gente sencilla y ganarse su confianza.
Concedía una enorme importancia a las cuestiones de la educación bolchevique de la generación joven. Siempre le interesaban vivamente los estudios de los komsomoles, loséxitos de la juventud obrera en las universidades, en la producción; le interesaba qué leía la juventud y cómo pasaba su tiempo. Se alegraba con cariño del heroísmo manifestado por nuestra juventud, de su abnegación, de su fidelidad al Partido y a nuestra Patria socialista. Anna Ilichna prestaba especial atención a la educación internacionalista. Había concebido un folleto especial titulado «Por qué el obrero debe ser internacionalista»(lamentablemente, no alcanzó a terminar el trabajo sobre él).
«Sobre nosotros, el proletariado de la URSS—escribía Anna Ilichna en ese folleto—, al que le ha tocado la dicha de liberarse antes que otros pueblos del yugo del capitalismo, recae la gran tarea de ayudar en esta lucha a todos los demás pueblos, a toda la humanidad».
Hasta su último aliento, Anna Ilichna fue una bolchevique ardiente, infinitamente entregada a la gran causa revolucionaria.
LA HERMANA DE VLADÍMIR ILICH
El 12 de junio de 1937 murió a causa de una hemorragia cerebral María Ilyínichna Uliánova, a la edad de 59 años. Toda su vida estuvo inseparablemente ligada a la vida y la labor de Ilich.
María Ilyínichna creció en Simbirsk (hoy Uliánovsk). Su padre pertenecía a la generación de los “sesentistas”, trabajando incansablemente en el campo de la educación. La familia era muy culta y compartía los intereses de la intelectualidad progresista de aquella época.
Los hermanos y hermanas vivían muy unidos. Desde temprana edad, Ilich mostró una actitud especialmente afectuosa y atenta hacia los menores: su hermana María Ilyínichna y su hermano Dmitri Ilich. Entre ellos gozaba de una enorme autoridad.
Cuando tenía nueve años, María Ilyínichna vio cómo su madre, su hermana mayor Anna, Ilich y su hermana Olga vivían con profundo dolor la ejecución de su hermano mayor, Alejandro Ilich (8 de mayo de 1887). Recordó para toda su vida las palabras de Ilich, pronunciadas cuando llegó la noticia de la muerte del hermano mayor, quien buscaba apasionadamente caminos para la transformación de todo el orden social, en un momento en que apenas comenzaba a surgir en Rusia el movimiento obrero.
Alejandro Ilich seguía el antiguo camino: el de la lucha de individuos aislados contra el desmedido arbitrio y la opresión. «Hay que seguir otro camino», dijo Ilich, y María Ilyínichna siguió ese otro camino, el camino leninista.
Ilich fue arrestado en San Petersburgo en 1895, cuando María Ilyínichna tenía 17 años. Ella llegó junto con su madre y su hermana mayor a San Petersburgo, visitaba a su hermano en la cárcel y estaba al tanto del movimiento obrero que comenzaba a desarrollarse ampliamente en 1896. De la hermana mayor de Ilich aprendió las prácticas de la conspiración clandestina de aquel tiempo.
En 1899, en Moscú, María Ilyínichna fue arrestada y desterrada a Nizhni Nóvgorod. Al regresar a Moscú, se entregó con aún mayor firmeza al trabajo revolucionario. A comienzos de marzo de 1901, María Ilyínichna, junto con el esposo de su hermana mayor, Mark Timoféievich Elizárov, fue arrestada en el proceso contra la organización moscovita del partido; estuvo en prisión y fue desterrada a Samara.
En el extranjero, por iniciativa de Ilich, se había organizado entonces el periódico socialdemócrata clandestino de alcance nacional Iskra. «De la chispa surgirá la llama» era la consigna de Iskra. Y esa llama se convirtió en un incendio revolucionario. Ardió porque en Rusia existía una organización sólida y se realizaba un trabajo incansable para fortalecer los vínculos y organizar a la gente. La propaganda y la agitación entre las masas se ampliaban cada vez más.
Llamábamos a María Ilyínichna «cachorrita de oso» por cierta timidez juvenil especial que se unía a una enorme firmeza convencida y energía. Todos sentían su preocupación por las
personas a las que se apegaba con afecto, su atención a cada pequeño detalle. Era imposible no querer a la «cachorrita».
En Samara, María Ilyínichna trabajó en el grupo de los llamados agentes de Iskra junto con los Krzhizhanovski, Lengnik, Krasikov y otros camaradas que preparaban el II Congreso del partido. Cuando en 1903 se produjo la escisión en el II Congreso, María Ilyínichna se puso inmediatamente del lado de los bolcheviques. El trabajo se ampliaba cada vez más. Se acercaba 1905.
En enero de 1904, María Ilyínichna fue arrestada en Kiev junto con Dmitri Ilich, su esposa y su hermana Anna Ilyínichna, Zinaida Pávlovna Krzhizhanóvskaya, R. Obraztsova y otros. María Ilyínichna fue liberada en junio de 1904. Se estableció vigilancia sobre ella; trabajar se volvió imposible, y a finales de 1904 viajó a Ginebra, donde entonces vivía Ilich (Vladimir Lenin), y se sumergió en la intensa atmósfera de la vida emigrada de aquellaépoca.
En 1905 regresó a San Petersburgo y realizó una gran labor entre los obreros. En 1907, cuando se desató la reacción y el alcance del trabajo comenzó a reducirse, María Ilyínichna, bajo la dirección de Ilich, se dedicó a traducir Cartas de Marx a Kugelmann y Cartas a Sorge.
El invierno de 1908 lo pasó en el extranjero, en Ginebra y París; estudió en la Universidad de la Sorbona (para entonces ya dominaba bien el francés). No escatimaba fuerzas:
trabajaba desde la mañana hasta las tres o cuatro de la madrugada, sin descanso ni interrupción. Ya enferma, participó activamente en los trabajos de las conferencias distrital, de la ciudad de Moscú y regional. Al regresar al trabajo después de una conferencia, se sintió indispuesta, cayó en cama y ya no volvió a levantarse.
María Ilyínichna vivió con intensidad la lucha que Ilich libraba contra los otzovistas y los conciliadores, y lo ayudaba en su labor. En 1910 se estableció en Sarátov, donde en 1911 fue arrestada en el proceso contra la organización de Sarátov y desterrada por tres años a la provincia de Vólogda. Allí trabajó entre los ferroviarios, recolectó dinero y ayudó de todas las formas posibles al fortalecimiento del partido bolchevique.
María Ilyínichna siempre rodeó a Ilich (Vladimir Lenin) de una atención especial: se preocupaba por su ropa, su alimentación, sus comodidades, para que no tuviera que pensar en los pequeños asuntos de la vida cotidiana. Desde marzo de 1917 hasta la primavera de 1929, trabajó en Pravda como secretaria y luego como miembro del consejo de redacción. En los primeros años trabajó bajo la dirección de Ilich. Su experiencia en el trabajo con las masas y el hábito leninista de escuchar la voz del pueblo la convirtieron en una activa
organizadora del movimiento de corresponsales obreros. Muchos la conocían, y ella también conocía a numerosas personas: recordaba a los obreros entre los que había trabajado y a los corresponsales obreros.
María Ilyínichna sufrió profundamente el atentado contra Ilich, su grave enfermedad y su muerte. Lo amaba entrañablemente, y él también la quería con el mismo afecto. El 8 de marzo de 1933 fue condecorada con la Orden de Lenin. En el XIV Congreso del Partido fue elegida miembro de la Comisión Central de Control y más tarde ingresó en su Presidium.
Luchó contra las desviaciones de la línea del partido, atendiendo a cada detalle.
Desde el XVII Congreso del Partido fue miembro de la Comisión de Control Soviético, integrante del Buró de dicha comisión y jefa del Buró de Quejas. En este trabajo se desenvolvió de manera especial, luchando con todas sus fuerzas por la línea del partido, esforzándose con perseverancia y habilidad por eliminar todo error y desviación que
obstaculizara la organización del trabajo soviético. Este trabajo la satisfacía: era una ayuda viva a la construcción socialista.
MARÍA ILYÍNICHNA
NADEZHDA KRUPSKAYA
C. BOBRÓVSKAYA (ZEL IKSOP)
La amiga más cercana y compañera de lucha del gran Lenin, destacada representante de la vieja guardia bolchevique y sobresaliente combatiente del frente cultural del país soviético— Nadezhda Konstantínovna Krúpskaya — nació el 26 de febrero de 1869 en San Petersburgo, en una familia noble venida a menos.
El padre de Nadezhda Konstantínovna, Konstantín Ignátievich Krupski, antiguo oficial, y su madre, Elizaveta Vasílievna Krúpskaya, antigua institutriz, sostenían ideas progresistas para su época, por lo que durante el régimen zarista sufrieron no pocas persecuciones sistemáticas.
Los padres de Nadezhda Konstantínovna tuvieron que trasladarse de ciudad en ciudad, de un lugar a otro, en busca de trabajo y de medios para subsistir.
Desde muy joven, Nadezhda Konstantínovna conoció las penurias materiales; su vida laboral comenzó tempranamente. Tras la muerte de su padre, siendo una estudiante de gimnasio de catorce años, daba clases mal pagadas para contribuir, aunque fuera modestamente, al escaso presupuesto de su madre.
Ya en su juventud, en círculos estudiantiles clandestinos, Nadezhda Konstantínovna conoció la teoría de Marx y llegó a la convicción de que esa teoría era una guía para la acción. «En cuanto empezó a revelarse ante mí el papel que el obrero debía desempeñar en la causa de la liberación de todos los trabajadores, me sentí irresistiblemente atraída hacia el ambiente obrero, hacia el trabajo entre los obreros», escribió más tarde N. K. Krúpskaya.
La joven propagandista se dirigió al barrio obrero de San Petersburgo—más allá de la puerta de Nevá—y comenzó a trabajar como maestra en una escuela dominical nocturna, donde estableció vínculos directos con los obreros. Estos lazos, fortaleciéndose cada vez más, se volvieron inseparables a lo largo de toda su vida.
Cuando en 1893 llegó a San Petersburgo Vladimir Lenin y comenzó a buscar cuadros para la futura creación del partido proletario en Rusia, la maestra de la escuela dominical nocturna, Nadezhda Krupskaya, se convirtió en una de sus primeras colaboradoras. Para entonces ya estaba vinculada con todo un grupo de los obreros más destacados (Babushkin y otros), que más tarde constituirían el núcleo de la «Unión de Lucha por la Emancipación de la Clase Obrera» de San Petersburgo, creada por Lenin en 1895.
En el camino de la propaganda del marxismo en San Petersburgo se alzaban enormes dificultades, en cuya superación participó activamente N. K. Krúpskaya.
La complejidad de la tarea no consistía solamente en la necesidad de superar los obstáculos policiales para abrirse paso hacia el auditorio obrero, sino también en la lucha ideológica que había que librar contra las concepciones populistas (narodniks), todavía extendidas entonces tanto entre los obreros avanzados como entre la intelectualidad revolucionaria.
Hay que recordar que en aquella época circulaban ampliamente las afirmaciones de los
populistas de que el marxismo no era aplicable a la atrasada Rusia agraria y “campesina”,
donde el peso específico de los obreros industriales era todavía reducido. Al pasar de la propaganda a la agitación, surgió la necesidad de ampliar la publicación de literatura clandestina que explicara, sobre la base de las necesidades cotidianas de la masa obrera, las tareas del proletariado. N. K. Krúpskaya mostró gran actividad tanto en la recopilación de materiales concretos como en la elaboración de hojas volantes, organizando su copia y su impresión.
Durante la primavera y el verano de 1896, N. K. Krúpskaya llevó a cabo una intensa labor propagandística y organizativa en relación con la amplia ola de huelgas que abarcó varias empresas de San Petersburgo (las famosas huelgas de verano, llamadas por Lenin la guerra industrial del proletariado de la capital).
Este trabajo se vio interrumpido el 12 de agosto de 1896 con su arresto. Al encontrarse en una celda individual de la prisión preventiva de San Petersburgo, Nadezhda Krupskaya estableció muy pronto correspondencia clandestina con Vladimir Lenin, quien se hallaba allí desde diciembre de 1895. Las cartas que él enviaba a ella y a otros compañeros arrestados estaban llenas de ánimo y de llamados a continuar la lucha.
N. K. Krúpskaya pasó siete meses en reclusión solitaria. Durante todo ese tiempo lo aprovechó para dedicarse a estudios teóricos serios. Se la acusaba de participar en la Unión de Lucha, pero, aparte de declaraciones de espías, los gendarmes no tenían pruebas materiales. Sin embargo, no la habrían liberado pronto de no haber ocurrido el trágico caso de la estudiante Vétrova, quien, estando encarcelada en la Fortaleza de Pedro y Pablo, se roció con queroseno de una lámpara y se prendió fuego.
Este hecho causó gran conmoción, y la gendarmería, temiendo la indignación general, se apresuró a liberar a las presas políticas contra quienes no había pruebas suficientes. Entre ellas fue puesta en libertad también N. K. Krúpskaya.
Tras su liberación de la prisión preventiva, se dictó la orden de desterrarla por tres años a la provincia de Ufá. Pero para entonces ya existía un acuerdo entre Vladímir Ilich y Nadezhda Konstantínovna de casarse, por lo que ella solicitó que se cambiara el destierro a Ufá por el destierro a Siberia, al pueblo de Shúshenskoye, donde se encontraba V. I. Lenin.
Así describía Nadezhda Konstantínovna su vida en común con Vladímir Ilich en el pueblo de Shúshenskoye: «Se alza ante mis ojos con tanta viveza aquel tiempo de integridad primitiva y de alegre existencia. Todo era como primitivo: la naturaleza, la acedera, las setas, la caza, el patinaje, el estrecho y cercano círculo de compañeros—íbamos en las fiestas, hace exactamente treinta años, a Minusinsk—un círculo muy, muy reducido de camaradas y amigos, paseos juntos, cantos, una especie de ingenua alegría compartida; en casa, mamá, una economía doméstica sencilla, casi natural; nuestra vida: trabajo en común, las mismas vivencias, las mismas reacciones: recibimos a Bernstein, nos indignamos, protestamos, etc. Ahora, en general, una vida así ya es imposible. La situación se ha vuelto
muy compleja. ¡Cuántas cosas han sucedido en treinta años y cuánto ha recaído sobre nuestros hombros!»1
Aquí, en Shúshenskoye, además de ayudar constantemente a Vladimir Lenin en sus trabajos, Nadezhda Krupskaya escribió bajo el seudónimo de Sablin su folleto La mujer
obrera. Con grandes dificultades, el manuscrito fue enviado al extranjero y en 1901 se publicó en la editorial del periódico Iskra. A Rusia fue introducido clandestinamente y distribuido en las fábricas donde trabajaban principalmente mujeres. El folleto contribuyó a incorporar a las mujeres trabajadoras a la lucha activa contra la falta de derechos y la miseria.
En enero de 1900 concluía el período de destierro de V. I. Lenin. Con gran y alegre emoción habla de ello Nadezhda Konstantínovna en una de sus cartas a la madre de Vladímir Ilich: «Ahora no hablamos de otra cosa que del viaje. Hemos empacado los libros en un cajón y los hemos pesado; resultan alrededor de quince puds. Los libros y parte de las cosas las enviaremos por transporte; en realidad, no parece que tengamos muchas pertenencias. Debido a las heladas queríamos encargar un trineo cubierto, pero en la ciudad no se consigue, y mandarlo hacer aquí es dudoso: podrían fabricar uno que ni siquiera llegue hasta Achinsk. Ropa de abrigo tenemos mucha; tal vez no nos congelemos, y además parece que el tiempo va a mejorar: Óscar2 ayer vio por algún lugar algunas nubecillas, y esta mañana había solo 28 grados bajo cero. Lo peor es que mamá siempre se resfría; ahora
otra vez está tosiendo. Volodia y yo salimos todos los días, a pesar de las heladas, y ya estamos acostumbrados al aire frío; pero no sé cómo hará mamá para llegar. Quisiéramos que pasara pronto el tiempo hasta el día 29; si hay que partir, que sea ya. La partida está tan cercana que hoy mamá pensaba preparar para el viaje pelmeni. Nos aconsejan llevar
obligatoriamente pelmeni, porque todo lo demás se congelará. Así que mamá se dispone a preparar una gran cantidad de este alimento, sin grasa ni cebolla. Ahora se lee poco. Volodia, sin embargo, está escribiendo una respuesta a Skvortsov. Hoy, por fin, enviamos a Webb; para ser sinceros, ya nos tenía bastante cansados».
El 29 de enero de 1900, a Vladimir Lenin se le permitió abandonar Shúshenskoye. El período de destierro de Nadezhda Krupskaya terminaba solo un año después. Debía cumplirlo en la provincia de Ufá. Así, aunque partieron juntos de Shúshenskoye, tuvieron que separarse en Ufá.
Allí, Nadezhda Konstantínovna no tardó en establecer contacto con los obreros y desplegar entre ellos trabajo de propaganda. Ufá fue ampliamente aprovechada por ella como ciudad situada en la ruta de Siberia hacia el centro del país. Por Ufá pasaban los socialdemócratas desterrados al concluir sus condenas en Siberia. A estos camaradas los familiarizaba detalladamente con el plan leninista de crear en el extranjero un periódico central, Iskra, y los incorporaba a la lucha activa por la pronta realización de los planes de Lenin. Finalmente, cuando en la primavera de 1901 terminó su destierro, partió al extranjero, donde vivía Lenin y donde desde diciembre de 1900 ya se publicaba Iskra.
1 Carta de Nadezhda Krupskaya a Inna Armand, hija de Inessa Armand.
2 Uno de los obreros desterrados, amigo de Vladímir Ilich y de Nadezhda Konstantínovna.
Al llegar a mediados de abril de 1901 a Múnich y, tras grandes dificultades, encontrar a
Lenin, Nadezhda Konstantínovna se incorporó de inmediato al trabajo y pronto se convirtióen secretaria de Iskra. Estableció una amplia correspondencia clandestina del periódico—como centro del partido—con diversas ciudades de Rusia, llamando especialmente la atención de los trabajadores locales del partido sobre las tareas generales planteadas por Lenin.
Durante mi estancia en el extranjero, en muchas ocasiones vi a Nadezhda Konstantínovna
pasar horas escribiendo cartas a Rusia. Ante ella estaban sus “cuadernos”, donde figuraban
anotados todos los centros importantes de Rusia. «Aquí tenemos contactos», decía, nombrando una u otra ciudad.
A veces esos “contactos” eran una sola persona, pero a través de ella era posible
comunicarse con los obreros avanzados de la localidad, atraerlos para que escribieran en Iskra, distribuir las hojas del periódico en fábricas, en el campo o en unidades militares. Por eso Nadezhda Konstantínovna hacía todo lo posible por mantener y conservar esos vínculos.
Sin ahorrar fuerzas, pasaba días enteros, desde la mañana hasta altas horas de la noche, escribiendo y cifrando cartas, y recibía a ellas respuestas vivas y entusiastas.
Además de este trabajo, Nadezhda Krupskaya organizaba el transporte clandestino de Iskra y de sus publicaciones a Rusia. Más tarde, cuando alrededor de Iskra se formó una red de agentes, el papel de Nadezhda Konstantínovna en asegurar el contacto permanente de Vladimir Lenin con ellos fue excepcionalmente grande.
No en vano Lenin, antes de enviar a uno u otro militante desde Ginebra a Rusia para el trabajo ilegal del partido, después de la conversación de despedida solía decir: «Hablen los detalles con Nadezhda Konstantínovna». Ella conocía las condiciones de trabajo en la localidad a la que se enviaba al camarada, pues llevaba un registro muy estricto de los militantes en cada lugar y sabía muy bien qué podía y qué no podía aportar al partido cada trabajador local.
Nadezhda Konstantínovna mantenía los vínculos más estrechos con los grupos, grupitos e incluso individuos leninistas dispersos por toda la inmensa Rusia. Era una persona cercana, ante quien el militante del partido siempre deseaba mostrarse mejor, pero a quien no
ocultaba tampoco las dificultades, ya se tratara del trabajo político o de la vida personal.
Más adelante, después del II Congreso del Partido, cuando se intensificó la lucha entre bolcheviques y mencheviques, y especialmente en relación con la convocatoria del III Congreso, la correspondencia de N. K. Krúpskaya con los bolcheviques que trabajaban en las distintas regiones de Rusia alcanzó enormes proporciones. Al revisar en el archivo del Instituto de Marxismo-Leninismo los voluminosos expedientes con copias de sus cartas y las respuestas a ellas, uno no puede sino asombrarse de cómo logró realizar todo ese trabajo.
Los acontecimientos revolucionarios que se desarrollaron en 1905 y que abarcaron todo el
país permitieron que Lenin y N. K. Krúpskaya regresaran a Rusia en el otoño de 1905. Pero el viaje debía hacerse con cautela, pues el aparato del poder zarista, aunque desorganizado y desconcertado, seguía funcionando.
Al llegar a San Petersburgo, Nadezhda Konstantínovna, por razones de conspiración, se instaló separada de Lenin, utilizando el pasaporte a nombre de Praskovia Evguénevna Oneguina. Desde los primeros días, ella se dirigió al barrio de la Puerta de Neva, donde en
otro tiempo había comenzado su actividad revolucionaria. Allí, con alegría y orgullo, comprobó que muchos de sus antiguos alumnos de la escuela nocturna dominical habían crecido políticamente y se habían convertido en activos revolucionarios bolcheviques.
Manteniendo un contacto constante con su distrito, Nadezhda Krupskaya realizaba al mismo tiempo un gran trabajo organizativo, cumpliendo las funciones de secretaria del Comité Central del partido. Hay que recordar que en los últimos meses de 1905 el partido, aunque había salido de la clandestinidad y aprovechaba ampliamente las posibilidades legales, conservaba también un aparato conspirativo.
En diciembre de 1905, Krúpskaya participó en la conferencia de los bolcheviques de toda Rusia celebrada en Tampere (Finlandia). Después de la derrota del levantamiento armado de Moscú, Vladimir Lenin se vio obligado a abandonar San Petersburgo y a esconderse en Finlandia. Krúpskaya permaneció en San Petersburgo hasta 1907, viajando a Finlandia y siendo el principal enlace entre Lenin, los miembros del Comité Central que aún permanecían en Rusia y la organización del partido en Petersburgo.
A finales de 1907, cuando la más dura reacción obligó al partido a pasar a la clandestinidad profunda, Krúpskaya partió junto con Lenin a un nuevo exilio. Como en los tiempos de Iskra, trabajó sin descanso organizando el transporte de literatura bolchevique desde el extranjero a Rusia y mantuvo una amplia correspondencia con las organizaciones bolcheviques clandestinas y con bolcheviques individuales en Rusia. Sus cartas estaban llenas de ánimo, profundo optimismo y fe en la futura victoria del proletariado.
Pero los duros años que Lenin llamó la época del desenfreno de la contrarrevolución de las Centurias Negras, del renegatismo liberal-burgués y de la descomposición, empezaban a llegar a su fin.
En el contexto de un nuevo auge del movimiento obrero en Rusia, en enero de 1912 tuvo lugar en Praga la Conferencia de toda Rusia del POSDR (RSDRP), y ese mismo año comenzó a publicarse en Petersburgo el periódico bolchevique Pravda. Para estar más cerca de Rusia, Vladimir Lenin se trasladó en el verano de 1912 a Krakow.
Sobre Nadezhda Krupskaya, como asistente más cercana y constante de Lenin, recayótambién allí la tarea de organizar y mantener una comunicación ininterrumpida con Rusia. Incluso en los tiempos más difíciles, Krúpskaya conservaba el ánimo y la energía en el trabajo, y ahora desplegó una actividad aún más intensa. Su estado de ánimo en ese período se refleja en las siguientes líneas de una carta dirigida a Maxim Gorky el 17 de febrero de
1913, escrita después de la reunión de Poronin del Comité Central con miembros de la
fracción de la Duma y algunos activistas locales.
Ella escribía que durante la reunión caminaban “como embriagados de alegría”, porque de
los informes se veía que nada se había perdido en vano, que la masa obrera, después de años difíciles, había crecido, que incluso en los lugares más apartados existían
organizaciones obreras socialdemócratas propias, aunque no siempre vinculadas a los centros del partido, pero con espíritu partidario y trabajando constantemente. Las elecciones a la Duma del Estado desempeñaron un papel muy importante. Desapareció el
sentimiento de aislamiento que antes oprimía tanto a los obreros.“Laorganización ahora
avanza con toda fuerza. Parece que solo ahora comienza a formarse un verdadero partido
obrero”.
A finales de 1913 y comienzos de 1914, Krúpskaya participó en la creación de la revista«Rabotnitsa». En el primer número de esta revista apareció un artículo suyo.
Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, ella ayudó activamente a Lenin en la
organización de reuniones y conferencias preliminares que sirvieron de preparación para la futura creación de la Internacional Comunista. En la Conferencia Internacional de Mujeres celebrada en Bern en marzo de 1915, participó directamente, defendiendo la posición bolchevique sobre la guerra y la actitud hacia la Segunda Internacional.
Al mismo tiempo que realizaba estas tareas generales del partido, N. K. Krúpskaya trabajaba en el campo de su antigua especialidad: la pedagogía.
En 1915 estuvo listo su libro Educación popular y democracia, al que Vladimir Lenin daba gran importancia. Esto se ve en una de sus cartas a Maxim Gorky.
En la carta, Lenin enviaba por correo el folleto escrito por su esposa, Nadezhda Krupskaya.Él explicaba que la autora trabajaba en pedagogía desde hacía más de veinte años. En el libro se reunían tanto sus observaciones personales como materiales sobre la nueva escuela en Europa y América. En la primera parte se incluía también un estudio sobre la historia de las ideas democráticas. Lenin subrayaba que esto era muy importante, porque a menudo las ideas de los grandes demócratas del pasado se exponían de manera incorrecta o desde un punto de vista equivocado.
Además, señalaba que los cambios en la escuela de la época imperialista más reciente estaban descritos basándose en materiales de los últimos años y ofrecían una interpretación muy interesante para la democracia en Rusia.
Lenin pedía a Gorki que ayudara, directa o indirectamente, a la publicación del folleto, ya que la demanda de literatura sobre este tema probablemente había crecido mucho en Rusia. Terminaba la carta enviando sus mejores saludos y deseos, firmando como V. Uliánov.
La emocionante y alegre noticia de que la autocracia zarista había sido derrocada, de que
“el carro de la monarquía románov, cubierto de sangre y barro, se había volcado”,
sorprendió a Vladimir Lenin y a Nadezhda Krupskaya en la neutral Switzerland, en la
ciudad de Zurich.
Desde allí, con enormes dificultades y en medio de la guerra que aún continuaba, lograron regresar a su patria. Llegaron el 3 de abril de 1917 a Petrogrado, donde Lenin presentó sus famosas Tesis de Abril.
Ante los bolcheviques se planteó una tarea de enorme importancia: explicar a las amplias masas, embriagadas por los primeros éxitos de la revolución, el carácter traidor del Gobierno Provisional y movilizarlas para luchar por el paso de la revolución burguesa- democrática a la revolución socialista.
Desde los primeros días después de su llegada, Nadezhda Krupskaya se integró en medio de las masas populares. Trabajaba entre la juventud obrera y entre las mujeres, llevándoles la palabra y las ideas bolcheviques. En mayo y junio de 1917 publicó varios artículos en Pravda, y en julio intervino en la II Conferencia del Partido de Petrogrado con un informe en el que demostraba la necesidad de prestar seria atención a la organización de la juventud
obrera.
Trabajaba en el distrito de Viborg y allí se acercó especialmente a las esposas de los soldados, convirtiéndose en responsable del Departamento Distrital de la Comisión de
Ayuda a las Soldadas. “Las soldadas no confían en nosotros”, le confesó, al entregarle el cargo, una dama liberal —la esposa de Pyotr Struve— que anteriormente dirigía ese departamento. Naturalmente, ellas confiaron en Krúpskaya, y ella supo encontrar un lenguaje común.
Estaba absorbida por el enorme trabajo entre las masas. Pasaba días y noches en su distrito de Viborg. Estar entre el pueblo, explicarles cada día y cada hora quién era amigo y quién enemigo, movilizarlos para luchar por los intereses de los trabajadores, había sido siempre lo más cercano y querido para su corazón.
En agosto de 1917 participó en los trabajos del VI Congreso del Partido, que subrayó que el período pacífico de la revolución había terminado y que comenzaba un período de“choques y explosiones”. Como miembro activo del comité distrital del partido en Viborg, mantenía contacto con el regimiento de ametralladoras acuartelado en el distrito, participaba en la organización del armamento de los obreros y en la preparación de destacamentos sanitarios.
Durante los días mismos del levantamiento, en los días de la Gran Revolución Socialista de Octubre, estuvo en medio de las masas, movilizándolas para derrocar el sistema capitalista y conquistar la dictadura del proletariado.
El Año Nuevo de 1918, Krúpskaya y Vladimir Lenin decidieron celebrarlo junto con los
obreros del distrito de Viborg. Su aparición inesperada en la sala fue recibida por los trabajadores reunidos con una alegría entusiasta.
Recordando aquella velada, Nadezhda Krupskaya decía con la modestia que la
caracterizaba: «A Lenin los obreros le hicieron una ovación; yo corrí la misma suerte».
Después del traslado del gobierno soviético a Moscú, se dedicó por completo a la labor de crear instituciones culturales y educativas. Desde la década de 1890 había dedicado mucho tiempo al estudio de obras sobre los problemas de la educación y la enseñanza. Durante su emigración conoció la práctica escolar en distintos países de Europa. En revistas pedagógicas legales rusas se publicaron muchos artículos suyos, en los que contraponía la escuela oficial, basada en la disciplina mecánica, a la escuela libre del futuro.
La red de escuelas, cursos, bibliotecas, clubes y casas de lectura tuvo que crearse en condiciones de hambre, ruina, sabotaje por parte de sectores de la intelectualidad y bajo la
ofensiva de las fuerzas contrarrevolucionarias unidas. Krúpskaya dedicó grandes esfuerzos a organizar la campaña para eliminar el analfabetismo y el bajo nivel de instrucción entre los trabajadores, herencia vergonzosa del zarismo.
Cuando, tras la decisión del VIII Congreso del Partido de intensificar el trabajo de esclarecimiento en el campo, se equipó el barco de agitación «Krásnaya Zvezdá» (Estrella Roja), Krúpskaya partió en él. La ruta del barco iba desde Nizhni Nóvgorod hasta el río Kama, río arriba por el Kama y luego río abajo por el Volga.
La «Estrella Roja», siguiendo las huellas de los intervencionistas, debía organizar mítines, reuniones y encuentros con trabajadores locales del partido y de los soviets, subordinando toda su labor a un solo objetivo: fortalecer el poder soviético en las regiones. En todas las paradas del barco, Krúpskaya intervenía en mítines y asambleas, celebraba reuniones e instruía al magisterio local. Sus impresiones sobre lo visto y oído las anotaba en su diario.
Una impresión especialmente dolorosa le produjo el mitin en la fábrica de Vótkinsk, de donde acababan de expulsar a las fuerzas blancas. Allí los blancos actuaron con especial crueldad. En particular, destruyeron el club juvenil, y muchos de sus organizadores y miembros fueron fusilados. En la fábrica casi no había una familia que no llorara a una hija
o a un hijo muerto a manos de las bandas blancas. Cuando, al final del mitin—que había transcurrido con gran entusiasmo—comenzaron a cantar «Caísteis víctimas», todo el salón rompió en sollozos.
Después del mitin, los obreros informaron a Nadezhda Krupskaya de que la represión de los blancos no había asustado a la juventud. Apenas expulsados los blancos, los jóvenes construyeron un nuevo club en el mismo lugar donde estaba el destruido.
En otra ocasión—cuenta Krúpskaya—, después de uno de sus discursos en un mitin, se le acercó una obrera. Tras elogiar su intervención, le dijo que había llorado mucho al recordar a su hijo de diecinueve años, muerto en el frente.«Séque murió por una causa justa, pero duele», dijo. Y enseguida, sonriendo con una sonrisa maternal llena de luz, añadió: «Mi
hijo menor también la escuchó. Tiene trece años. Vino corriendo y me dijo: “Mamá, lo entendí todo”. Ya lo entiende todo».
En el viaje en el barco «Krásnaya Zvezdá», Krúpskaya partió estando medio enferma: se le había agravado la enfermedad de Basedow que padecía. Sin embargo, este trabajo le llegótan hondo al corazón que fue muy difícil convencerla de regresar a Moscú. A pesar de la enfermedad, quería quedarse allí por largo tiempo.
Krúpskaya sentía una ternura extraordinaria hacia los niños. Sufría mucho por no tener hijos propios. En una carta a la hija de Inessa Armand, con quien mantenía correspondencia cuando ella vivía en Alemania con su niña, escribía: «Come más, lo necesitas por el bebé. A mí no me toca ni soñar con poder tenerlo en brazos y mimarlo, y sería tan bonito. Imagínate, se acostumbraría a mí, extendería sus manitas, sonreiría... ¡Cuánto quise tener un hijo alguna vez!... ¿Te cuidas? Es una pena enorme que estés tan lejos. Sabes que séganarme muy rápido la simpatía de los pequeños, sé hacer tales muecas y poner tales ojos que empiezan a acercarse a mí con entusiasmo. Pero suelo contenerme y procuro no
encariñarme demasiado con los niños…
¿Descansas bien? ¿Y cómo se siente la pequeña Inesita? Creo que estar siempre con ella debe influir en ti de manera maravillosa. También yo ya tengo“niños”.En primer lugar, un fogonero de la ciudad de Chitá me“regaló”,en las primeras líneas de su carta, a un recién
nacido llamado Vladímir. Y, en segundo lugar, hace poco me tocó asistir a una ceremonia de “Octubrinas” y, en lugar del sacerdote, fui yo quien dio nombre al bebé: Vladlen—así lo quisieron sus padres, obreros de la manufactura de Golútvin».
Nadezhda Krupskaya mostraba gran preocupación por la creación de instituciones infantiles: orfanatos, guarderías y jardines de infancia. Pioneros, miembros del Komsomol, mujeres, obreros, campesinos, maestros y bibliotecarios le escribían y acudían a ella en busca de consejos e indicaciones. A menudo lamentaba no poder responder a todas las cartas que recibía.
No interrumpió su trabajo ni siquiera durante los meses más duros de la enfermedad de Vladimir Lenin, cuando—según decía ella misma—«parecía que caminabas al borde de un precipicio». Tampoco la abandonó el valor en los terribles días en que Lenin falleció. El 26 de enero de 1924, en la sesión fúnebre del Congreso de los Sóviets, pronunció un importante discurso. Es característico de su figura moral que afirmara que solo en aquellos momentos de dolor se atrevía a subrayar las cualidades personales de Lenin.
El país de los Sóviets maduraba y se fortalecía. Ante los ojos de Krúpskaya se desarrollaba una nueva vida, y ella se alegraba de que los sueños más audaces de la generación a la que pertenecía se hicieran realidad. El 15 de noviembre de 1937, hablando ante sus electores—los obreros textiles de Serpújov, que la habían propuesto como candidata a diputada del Sóviet Supremo de la URSS—decía: «Me ha tocado la gran felicidad de ver cómo nuestro país, de ser un país oscuro, pobre y aplastado por el zarismo, los terratenientes y los capitalistas, se ha convertido en un país socialista. Es la mayor felicidad».
Krúpskaya realizó una enorme labor en el campo de la educación popular. En una de sus cartas a la hija de Inessa Armand, I. A. Armand, ella decía: «Tengo una cantidad terrible de asuntos. ¿Quieres saber qué se supone que debo saber y en qué debo profundizar? En los
asuntos del colegio, en los asuntos del GUS3 en general, en los de la Sección Científico- Pedagógica del GUS, que incluyen la orientación metodológica de la educación preescolar, de las escuelas de primer nivel, de las escuelas para adolescentes, de las escuelas de siete años, de los dos ciclos de nueve años, de las escuelas para la juventud campesina, de los institutos pedagógicos, de las universidades pedagógicas, de la subsección musical-rítmica, de artes plásticas y teatro escolar, de los libros de texto, materiales didácticos, literatura infantil, monitores pioneros, niños sin hogar, el presupuesto del tiempo del adolescente, la enseñanza universal, etcétera.
Luego están los asuntos del Glavpolitprosvet: la liquidación del analfabetismo, cursos para adultos, escuelas soviético-partidarias, universidades comunistas (en cierta parte), clubes, casas de lectura, bibliotecas, bibliotecas ambulantes, radio, cine rural, libros para el campo, etcétera».
En otra carta escribe:
«...Verás, este año doy en un instituto superior un curso titulado “Fundamentos del trabajo de educación política”. Me quita muchísimo tiempo. El auditorio es grande: 240 personas. Tengo que dedicarle cuatro horas semanales (dividen al público en dos grupos). La preparación consume mucho tiempo. Después escribo las lecciones y se publican por entregas. Los dos primeros fascículos ya han salido.
¿De qué hablo en estas lecciones? Del poder soviético y su influencia en la elevación del nivel cultural; del papel de la industrialización en ese proceso; del lugar que ocupan las masas en la doctrina del marxismo y el leninismo; de cómo estudiar a esas masas y las condiciones concretas en que viven; de la propaganda y la agitación; de la organización de las masas, etcétera.
Es una universidad comunista, con un auditorio en gran parte comunista. Tanto yo como los estudiantes estamos muy entusiasmados con este curso. La juventud es maravillosa—
obrera y campesina—, llena de entusiasmo, y vale la pena trabajar con ella».
En el archivo de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética se conserva el acta de la asamblea general en la que, el 1 de febrero de 1931, fue elegida Nadezhda Krupskaya como académica honoraria.
Al expediente se adjuntó una descripción de la actividad social y científica de Nadezhda Krupskaya y una lista de cerca de cien trabajos publicados por ella sobre diversos temas: la historia del movimiento revolucionario, la pedagogía y la construcción del socialismo. Entre ellos ocupan un lugar especial sus notables «Recuerdos sobre Lenin».
3 Государственный Учёный Совет при Наркомпросе — el Consejo Científico Estatal adjunto al Comisariado del Pueblo para la Educación (Narkompros) de la Soviet Union. Era un órgano encargado de
orientar científica y metodológicamente la política educativa, los programas escolares, los manuales y el desarrollo pedagógico en el sistema de enseñanza soviético.
Las figuras de la ciencia valoraron altamente sus méritos en el desarrollo de la
historiografía y de la ciencia pedagógica.
Krúpskaya nunca se conformó con la tranquilidad del despacho. Siempre consideró su deber intervenir en reuniones y mítines de los trabajadores. Se la veía constantemente en las tribunas en el Día Internacional de la Mujer—8 de marzo—, el Día de la Constitución, el 1 de mayo, el 7 de noviembre y en los días dedicados a la memoria de Vladimir Lenin. Entre los obreros y especialmente entre las mujeres trabajadoras, se sentía en su elemento natural.
A primera vista parecía sorprendente cómo una persona tan frágil podía hacer frente a una cantidad tan grande de trabajo. La explicación era sencilla: era profunda y ardiente su fe en las capacidades creadoras de los pueblos liberados de su gran patria.
«Las personas deben crecer tanto en inteligencia como en corazón», escribía a Maxim Gorky. «Y sobre la base de este crecimiento individual, en nuestras condiciones se formará
finalmente un nuevo y poderoso colectivo socialista, en el que el“yo”y el “nosotros” se
fundirán en un todo inseparable. Un colectivo así solo puede crecer sobre la base de una profunda unión ideológica y de un acercamiento económico igualmente profundo y comprensivo».
Con toda su actividad, Krúpskaya contribuyó al crecimiento de las personas “en inteligencia y en corazón”.
Comenzaba su jornada laboral muy temprano por la mañana y la terminaba muy entrada la noche. Era muy difícil apartarla del trabajo. En una carta a un camarada, hablando de su descanso en Kislovodsk en 1937, escribía: «Aquí está mal, en mi opinión—demasiado ambiente de balneario—; sin trabajo me siento como un pez arrojado a la orilla, completamente fuera de lugar».
Aquí me gustaría mencionar un detalle que da testimonio de la asombrosa modestia de Nadezhda Konstantínovna. Esto ocurrió en su despacho en el Comisariado del Pueblo para la Educación (Narkompros). Me disponía a marcharme. Ella me tomó de la manga y me preguntó:
—¿No parezco demasiado a una burócrata, sentada aquí en este sillón, en este gran despacho?
—¡Nadezhda Konstantínovna burócrata! Existen en el mundo cosas tan incompatibles—fue lo único que pude responder.
La última carta escrita por Nadezhda Konstantínovna, en febrero de 1939, pocos días antes de su fallecimiento, estaba dirigida a los alumnos de una escuela. Los niños preguntaban qué canciones le gustaban más a Krúpskaya.
«Mi canción más querida—respondió ella a los muchachos—es La Internacional.»
El 24 de febrero, Nadezhda Konstantínovna corrigió la estenografía de una conferencia
sobre propaganda que había impartido poco antes. El 26 de febrero, nuestro pueblo celebrócon gran amor y respeto el septuagésimo aniversario de la incansable luchadora por la causa del comunismo, la camarada Krúpskaya.
El 27 de febrero de 1939, al amanecer, la hermosa vida de Nadezhda Konstantínovna se apagó inesperadamente.
No solo el pueblo soviético, sino también los trabajadores de todos los países conservan con cariño la memoria de la abnegada luchadora por el comunismo: Nadezhda Konstantínovna Krúpskaya.
NADEZHDA KRUPSKAYA
CLARA ZETKIN
A. SHIPA
Destacada figura del movimiento obrero y comunista internacional, compañera de lucha de
Friedrich Engels y Vladimir Ilyich Lenin, Clara Zetkin dejó una huella imborrable en la historia de la lucha por el socialismo.
V. I. Lenin valoraba muy altamente a Clara Zetkin como apasionada revolucionaria, como ardiente combatiente contra el oportunismo en la Segunda Internacional.
La vida y la actividad de Zetkin estuvieron estrechamente vinculadas al movimiento revolucionario de Rusia, a la lucha del Partido Comunista de la Unión Soviética.
Clara Zetkin decía: «Al contacto con el movimiento revolucionario ruso le debo todo lo que soy como persona».
Fue una de las primeras en el extranjero en saludar la victoria de la Revolución de Octubre, defendiéndola de los sucios y calumniosos ataques de sus enemigos. Muchos años de su vida los pasó en la Unión Soviética, considerándola su segunda patria. Por sus eminentes méritos ante nuestra patria, el gobierno soviético la condecoró con la Orden de la Bandera Roja y la Orden de Lenin.
Clara conocía y amaba a los obreros y obreras rusos, admiraba el valor y el heroísmo del pueblo ruso, veía en su lucha abnegada un ejemplo para los trabajadores de todo el mundo, y en la experiencia del partido bolchevique, un modelo para los partidos comunistas de
otros países.
Su vida no perteneció únicamente a la clase obrera de Alemania, aunque fue por ella por quien hizo más que por nadie, sino también a los trabajadores de todo el mundo, incluidos los trabajadores de la Unión Soviética, entre quienes vivió, trabajó y luchó.
Clara Zetkin nació el 5 de julio de 1857 en la aldea de Niederau, situada en Sajonia, no lejos de los Montes Metálicos, en la familia del maestro rural Gottfried Eißner. El padre de Clara, un hombre culto, trabajador y bondadoso, gozaba de respeto entre sus vecinos. Veían en él a uno de los suyos, pues él mismo provenía del campesinado.
La madre de Clara recibió una buena educación y formación; conocía la literatura, se interesaba por el arte, estaba imbuida del espíritu de las ideas liberadoras de la Revolución Francesa y se pronunciaba a favor de la igualdad de derechos para las mujeres.
Clara creció como una niña vivaz e inteligente.
Cuando Clara cumplió 14 años, sus padres abandonaron el hogar en el que habían vivido largo tiempo y se trasladaron a Leipzig para dar a sus hijos una educación adecuada.
Desde niña, Clara soñaba con convertirse en maestra. Le servía de ejemplo la noble y útil
labor de su padre. En Leipzig, en 1874, tras aprobar brillantemente los exámenes de ingreso, fue admitida en el seminario de maestras, dirigido por la destacada figura del movimiento femenino burgués Auguste Schmidt.
Bajo su influencia, entre los docentes y la juventud estudiantil se desarrollaban discusiones sobre el derecho de la mujer al trabajo, a la educación, a la libre elección de profesión, en una palabra, sobre la igualdad femenina. Clara escuchaba atentamente, evaluando críticamente todo lo que se decía.
El camino de las feministas burguesas no la satisfacía, pues no señalaba una salida a la dura situación de subordinación en que vivían las mujeres trabajadoras. «Siendo una joven
muchacha, yo soñaba con las mujeres de la Revolución Francesa…»4—confiesa ella en las cartas a su amigo y compañero de lucha Franz Mehring.
La imaginación de Clara le dibuja la imagen de un ser humano libre, que vive en condiciones de igualdad social y fraternidad. Se apasiona por la poesía revolucionaria de Heinrich Heine y Ferdinand Freiligrath; ella «anhela hazañas y acciones».
La temprana juventud de Clara coincide con el período en que, bajo la influencia del Manifiesto Comunista de Karl Marx y Friedrich Engels, publicado en 1848, y de la actividad revolucionaria de la Primera Internacional, surgen en Alemania y, en particular, en Sajonia, organizaciones obreras de educación, cooperativas y sindicales. Las ideas del marxismo conquistan la conciencia de los obreros más avanzados.
Un día, Clara asiste a una reunión de la “Unión para la Educación Obrera” en Leipzig y
escucha un notable informe del amigo y colaborador de Marx y Engels, Wilhelm Liebknecht, quien intervenía con frecuencia en esa asociación. En Leipzig, por mediación de una joven conocida, entra en un círculo de revolucionarios rusos emigrados. Allíconoció a su futuro esposo, Ossip Zetkin. Era originario de Rusia, miembro del Partido Socialdemócrata Alemán y, para ganarse la vida, trabajaba como carpintero. Ossip Zetkin era un marxista culto, un hombre de capacidades sobresalientes, uno de los luchadores avanzados por el socialismo.
Clara comenzó a estudiar sistemáticamente las obras de Marx y Engels, así como las de Ferdinand Lassalle, y a familiarizarse con el trabajo del partido. El Manifiesto Comunista, sobre el cual Clara escribió más tarde que «permanecerá como un monumento eminente de la literatura universal mientras los pensamientos tengan sentido y las palabras tengan sonido», le causó una profunda impresión y en gran medida determinó su camino en la vida.
Por fin, el camino había sido encontrado, ¡la ruta estaba clara!
4 Archivo de Franz Mehring, fondo 201, conservado en el Instituto de Marxismo-Leninismo del ComitéCentral del PCUS, Moscú. Carta del 16 de noviembre de 1904.
El tiempo de las aspiraciones confusas y librepensadoras, dictadas más por el impulso del
corazón que por la comprensión de las leyes del desarrollo social, había quedado atrás.
Ahora ella sabe con quién está y hacia dónde debe dirigirse. Ahora comprende que el camino hacia la igualdad, hacia la eliminación de la pobreza y la explotación, hacia la emancipación de la mujer, pasa por la lucha por el socialismo.
Año 1878. El gobierno burgués-terrateniente de Alemania tiembla de miedo ante el creciente movimiento obrero.
«El fantasma del comunismo» hace ya tiempo que «recorre Europa».
El canciller del Reich alemán Otto von Bismarck, conocido como el «Canciller de Hierro», hace aprobar en el parlamento la «Ley de excepción contra los socialistas». En el transcurso de pocos días, sobre la base de esta ley, fue clausurada toda la prensa socialdemócrata y sindical; se disolvieron los sindicatos y las organizaciones culturales y educativas dirigidas por socialdemócratas. El partido pasó a la clandestinidad. Cientos de obreros revolucionarios alemanes se vieron obligados a abandonar Alemania. La policía y los tribunales cometían toda clase de arbitrariedades contra los militantes revolucionarios.
En este tiempo sombrío, pero combativo, Clara ingresa en las filas de la socialdemocracia alemana. Su amigo Ossip Zetkin también fue víctima de la persecución policial. En 1880 fue arrestado y expulsado de Alemania. Se trasladó a París. El recrudecimiento de la represión obligó también a Clara a emigrar. Con su diploma del seminario de maestras, se dirigió primero a Austria y luego a Italia, donde se ganaba la vida trabajando como institutriz.
En el verano de 1882, Clara se trasladó a Suiza y se estableció en Zúrich. Allí se publicaba el órgano central ilegal del Partido Socialdemócrata Alemán, Der Sozialdemokrat, que en aquel entonces era un combativo órgano revolucionario del marxismo. El propio Friedrich Engels vigilaba la orientación ideológica del periódico. Como escribió Clara Zetkin, Der Sozialdemokrat «perturbaba la tranquila digestión de la burguesía alemana y quitaba el sueño nocturno a su héroe, Bismarck»5.
Desde Zúrich, Der Sozialdemokrat era introducido clandestinamente en Alemania. El alma de esta expedición ilegal era el tejedor Julius Motteler, apodado el «Cartero Rojo». Clara se convirtió en su ayudante. El traslado del periódico a través de la frontera implicaba grandes peligros. La frontera estaba vigilada por numerosos destacamentos de guardias aduaneros y por todo un ejército de espías. Los espías seguían día y noche tanto la imprenta como el apartamento de Motteler, escribía Clara.
Clara no permaneció mucho tiempo en Zúrich; la atraía París, donde se encontraba Ossip Zetkin. En París se casó con él. Allí nacieron sus dos hijos: Maxim y Konstantin.
5 Clara Zetkin, Ensayo sobre la historia del surgimiento del movimiento femenino proletario en Alemania, edición de la Academia Comunista, 1929, p. 151.
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En aquel tiempo, París era uno de los centros de la emigración revolucionaria. Clara estableció contacto no solo con emigrados alemanes, sino también con italianos, rusos y polacos revolucionarios. Gracias a estos vínculos, sus conocimientos se ampliaron y enriquecieron considerablemente.
La vida en el exilio era difícil, a veces llena de experiencias dolorosas y de extrema necesidad material.
Así describe la vida de Clara Zetkin en ese período Wilhelm Pieck6:
«En un banco de uno de los bulevares parisinos está sentada una joven pobremente vestida
con dos niños pequeños. Es Clara Zetkin. El menor había nacido hacía apenas dos meses…
Clara lleva ya varias horas sentada allí, esperando pacientemente el regreso de su marido. Esa mañana, la policía irrumpió en su vivienda para desalojar a toda la familia y confiscar sus pertenencias. Los Zetkin, que apenas conseguían medios de subsistencia con traducciones y otros pequeños trabajos, no estaban en condiciones de pagar el alquiler
atrasado…
Ossip Zetkin acudió a sus amigos políticos en busca de ayuda. Logró que le prestaran algo de dinero y alquiló una nueva habitación amueblada. Pero cuando llegaron a la nueva
vivienda, la portera, al ver a los niños pequeños, se negóa dejarlos entrar…
Y de nuevo Clara Zetkin, con su marido y sus hijos, se encontró en la calle. Se acercaba la noche. La familia se quedaba sin techo. Finalmente, tuvieron suerte: se encontraron con una revolucionaria rusa emigrada, que puso a su disposición su habitación hasta que lograran encontrar una nueva vivienda.
Pero entonces enfermó Ossip Zetkin, y la vida se volvió aún más difícil. Todas las cargas materiales para el sustento de la familia recayeron sobre los hombros de Clara. Ante sus
ojos se iba apagando lentamente su esposo, su fiel amigo y padre de sus hijos.
“Nunca, nunca olvidaré aquel terrible día. Entonces, como ahora, me parecía que aquel día no tenía principio ni fin, que era una eternidad. Ossip estuvo casi dos años postrado, paralizado en la parte inferior del cuerpo. El médico me había preparado para el desenlace, y aun así me aferraba a la esperanza de un milagro. Pero llegó el espantoso 29 de enero de 1889. No dormí en toda la noche; trabajaba, cuidaba de Ossip, le daba los medicamentos. Hacia las cinco de la mañana sentí con claridad: la muerte había venido por su vida. Estaba sola con el moribundo y con dos niños pequeños”, así recordaba Clara ese doloroso período de su vida en una carta del 20 de noviembre de 1923 a su amiga Elena Stasova.
A pesar de que la vida era insoportablemente dura, el ánimo nunca se apagó en el alma de Clara.
6 Wilhelm Pieck, Clara Zetkin, edición del Comité Central del Organización Internacional de Ayuda a los Revolucionarios (MOPR de la URSS), Moscú, 1936, pp. 7–8.
El sentimiento de alegría de vivir, la capacidad de sobreponerse a las penas del día presente y de vislumbrar tras ellas un hermoso porvenir, la unían de manera extraordinaria a Rosa Luxemburgo, con quien la ligaban décadas de lucha común y el más tierno afecto.
A finales de los años ochenta del siglo pasado, en las filas de los partidos socialistas se desarrollaba una febril preparación para la convocatoria del congreso constituyente de la Segunda Internacional.
Clara también se preparaba activamente para él. Participó de manera intensa en la lucha ideológica de los marxistas franceses contra los socialistas de extrema derecha, los llamados «posibilistas», así como contra los anarquistas.
Poco antes del congreso escribió un artículo en el periódico Berliner Volks-Tribüne titulado
“ElCongreso Obrero Internacional y las divergencias entre los obreros franceses”.…» El 16 de mayo de 1889, en una carta a Paul Lafargue a propósito de ese artículo, Friedrich Engels escribía: «Clara Zetkin ha escrito un excelente artículo en el Berliner Volks- Tribüne; si hubiéramos tenido una exposición tan clara de los hechos tres meses antes, habríamos ganado mucho»7.
En París, Clara Zetkin se acercó a destacadas figuras del movimiento socialista francés: al líder del Partido Obrero Francés, Jules Guesde, a Paul Lafargue y a su esposa Laura Marx, hija de Marx. Esta proximidad favoreció el crecimiento de Clara Zetkin como dirigente política.
Gracias a sus intervenciones literarias y a sus conferencias, en particular entre los emigrados alemanes, Clara se hizo popular en el Partido Socialdemócrata Alemán, y fue elegida delegada al Congreso Constituyente de la Segunda Internacional, celebrado en 1889 en París.
En el congreso, Clara pronunció un extenso discurso sobre el trabajo femenino y la labor política entre las mujeres.
El discurso de Zetkin y su traducción, realizada por la hija de Marx, Eleanor Marx, fueron recibidos—según consta en las actas del congreso—con calurosos aplausos.
Nadezhda Krupskaya, en su folleto sobre Clara Zetkin, señala que uno de los primeros círculos marxistas en Rusia, al que entonces pertenecía Nadezhda Konstantínovna, reprodujo en hectógrafo las actas del Congreso Constituyente de la Segunda Internacional, y que el discurso de Zetkin fue leído con gran emoción.
La intervención de Clara en el congreso fue una de sus primeras grandes apariciones en la arena internacional y tuvo un importante significado de principios.
7 Karl Marx y Friedrich Engels, Obras, t. XXVIII, 1940, p. 114.
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***
En 1890, bajo la presión de la creciente lucha de la clase obrera, la «Ley de excepción contra los socialistas» en Alemania fue derogada. Cientos y miles de emigrados regresaron a la patria para continuar allí la lucha. Clara Zetkin, junto con sus hijos, también volvió a Alemania.
Emprendió una activa lucha por los principios revolucionarios del marxismo.
En 1892, la dirección del Partido Socialdemócrata la nombró redactora del periódico femenino Die Gleichheit (La Igualdad). La revista se encontraba en un estado lamentable, y ella logró transformarla rápidamente en un poderoso instrumento de organización de las mujeres trabajadoras. La Igualdad no solo cumplía tareas relacionadas con la organización de las obreras, sino que se convirtió en la tribuna del sector más revolucionario de la socialdemocracia alemana.
Año tras año crecía la influencia de Clara Zetkin sobre las masas de trabajadoras, y aumentaba su autoridad como dirigente insuperable de las mujeres laboriosas. Desarrollando las ideas de los fundadores del marxismo sobre la cuestión femenina, Clara Zetkin luchó por la creación de un auténtico movimiento proletario y de masas de mujeres trabajadoras, superando la resistencia de aquellos sectores que estaban dispuestos a diluirlo en el movimiento burgués de las feministas.
Ya en el congreso de Gotha, en 1896, Clara declaró en su discurso:
«No debemos llevar a cabo una agitación femenina especial, sino una agitación socialista entre las mujeres».
Friedrich Engels se expresaba con aprobación acerca de la lucha de Clara Zetkin por la pureza de los principios marxistas en el movimiento femenino.
Cuando, tras largos esfuerzos, logró vencer la resistencia de la redacción del periódico Vorwärts (órgano central del Partido Socialdemócrata Alemán) y conseguir la publicación de su artículo, en el que se oponía al apoyo de las socialdemócratas a una petición de las asociaciones femeninas burguesas, Engels escribió:
«Clara tiene razón y ha conseguido que su artículo, pese a una larga y tenaz resistencia, fuera aceptado. ¡Bravo, Clara!8»
Clara Zetkin escribió una serie de folletos sobre cuestiones del movimiento femenino que conservan hasta hoy un gran valor. Fue ampliamente conocido su folleto«El proletariado intelectual, la cuestión femenina y el socialismo».
También gozó de gran popularidad su obra«La mujer y su situación económica».
8 Karl Marx y Friedrich Engels, Obras, t. XXIX, p. 377.
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En 1905, Clara escribió un trabajo sobre los inicios del movimiento obrero femenino en Alemania. Posteriormente, este libro fue ampliado y, con el título«Ensayo sobre la historia del surgimiento del movimiento femenino proletario en Alemania», fue publicado en Moscúen 1929 por la sección para el estudio de la teoría y la práctica del movimiento femenino
obrero, creada en el seno de la Academia Comunista. La iniciadora de esta sección y su dirigente fue Clara Zetkin.
En 1906, Clara Zetkin escribió un folleto sobre el derecho al sufragio femenino.
Rosa Luxemburgo, con quien Clara consultaba todas las cuestiones de principio, leyó las pruebas de imprenta de este folleto y escribió al respecto: «Querida Klarchen: He leído las pruebas de tu folleto con gran placer y alegría. La esencia del problema está expuesta de manera tan excelente, clara, aguda y convincente que no sé qué observaciones podrían hacerse todavía».
Los principios expuestos en este folleto los defendió en sus intervenciones en la Primera Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en Stuttgart en 1907 y en la comisión del Congreso Socialista Internacional de Stuttgart, donde Clara Zetkin se encontró por primera vez con Vladimir Ilyich Lenin.
Ya era conocida no solo como destacada dirigente del movimiento obrero femenino, sino también como ardiente luchadora contra el oportunismo en la Segunda Internacional, y como una de las dirigentes del ala izquierda, los llamados «radicales», en la socialdemocracia alemana, cuya lucha, aunque no siempre fue plenamente consecuente, tuvo gran importancia.
Vladimir Ilich Lenin saludó las intervenciones de Clara Zetkin en el congreso y sus artículos sobre el mismo publicados en la revista Die Gleichheit (La Igualdad).
Hablando de los «más reflexivos» y «destacados» dirigentes de la socialdemocracia alemana que, «dejando de lado toda falsa vergüenza», se pronunciaron contra el
oportunismo, V. I. Lenin señalaba a Clara Zetkin, quien declaró abiertamente que los representantes del Partido Socialdemócrata Alemán en el Congreso de Stuttgart encabezaban la corriente oportunista.
Por iniciativa de Clara Zetkin, durante el Congreso de Stuttgart se creó la Oficina Internacional de Mujeres con el fin de unificar y dirigir todo el movimiento proletario femenino internacional. Al ser reconocida como dirigente de este movimiento, fue elegida secretaria de la Oficina.
Brillante oradora, Clara Zetkin intervenía con frecuencia en mítines de obreros y obreras en diversas ciudades de Alemania, así como fuera de sus fronteras, atrayendo a enormes masas de oyentes. En sus discursos impresionaban su dominio de la palabra, la fuerza expresiva y la pasión de su lenguaje, la solidez y el poder de convicción de su argumentación, así como su sencillez y claridad. Sus ardientes discursos impulsaban a la lucha.
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Clara era incansable; podía trabajar durante semanas 18 horas al día. En ocasiones el
trabajo la agotaba tanto que llegaba a la extenuación completa. Incluso durante la enfermedad no dejaba de escribir, de prepararse para sus intervenciones, etc. Rosa Luxemburgo dijo en una ocasión que hablar con Clara sobre el descanso «era como hablar con una pared. Un asunto completamente sin esperanza».
La lucha exigía toda la vida, todas las fuerzas, y Clara las entregaba generosamente en nombre de un futuro mejor para la humanidad.
***
Clara Zetkin, tras haber asimilado profundamente la teoría del socialismo científico de Marx, combatió el revisionismo a lo largo de toda su actividad revolucionaria.
Como una de las dirigentes de la izquierda revolucionaria en la II Internacional y en el Partido Socialdemócrata Alemán, se manifestó contra los socialdemócratas de derecha que empujaban a la clase obrera por el camino de acuerdos permanentes con la burguesía, contra el reformismo, el bernsteinismo que había sustituido la idea de la revolución social por la prédica de reformas y de la paz entre clases.
El Comité Central del PCUSS (Bolchevique), en su saludo a C. Zetkin con motivo de su 75.º aniversario, subrayaba que «con toda la fuerza de su gran inteligencia y su pasión revolucionaria se alzó contra el bernsteinismo, contra el revisionismo».
Ya en 1898, en el congreso de Stuttgart de la socialdemocracia alemana, se escuchó su réplica severa e irreconciliable a Eduard Bernstein. En la lucha por los principios revolucionarios del marxismo no escatimaba críticas ni siquiera a amigos y autoridades reconocidas.
Así, en 1895, en el congreso de Breslau, intervino contra August Bebel y Wilhelm Liebknecht, quienes habían adoptado una posición oportunista en la cuestión agraria. Clara ridiculizaba mordazmente la caza de escaños parlamentarios por parte de los socialdemócratas de derecha en detrimento de una clara posición de clase que defendiera los intereses del proletariado; hablaba de la influencia corrosiva del «cretinismo parlamentario» de la derecha y señalaba que la fuerza política del proletariado y el número de mandatos no eran lo mismo.
Defendía la necesidad de que el proletariado conquistara el poder político y apoyó con entusiasmo la revolución de 1905, viendo en ella la encarnación de la energía revolucionaria del proletariado, de su fe en la necesidad de la lucha «no solo por medios parlamentarios».
A la revolución de 1905 en Rusia la llamaba «el acontecimiento más grandioso», el prólogo de toda una serie de revoluciones en las que el proletariado rompería sus cadenas y conquistaría el mundo entero. A partir de la experiencia de la revolución de 1905 explicaba la importancia de la huelga política de masas y luchaba por su reconocimiento como el arma más importante del proletariado.
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Durante la revolución de 1905, Clara ansiaba ir a Rusia. El 5 de enero de 1906, en una carta a Franz Mehring, escribía: «Si pudiera seguir mis sentimientos, partiría ahora mismo hacia Rusia, a pesar de los enormes obstáculos que tendría que afrontar debido al desconocimiento del idioma. Pero me digo que los rusos cuentan ahora con muchas personas llenas de entusiasmo revolucionario y dotadas de una buena preparación teórica. Por eso es necesario que yo trabaje en Alemania. Es necesario precisamente ahora, cuando la revolución rusa actúa de manera tan renovadora sobre el proletariado, despierta y fortalece tanto la conciencia revolucionaria, que incluso los dirigentes deben aceptar adoptar un tono más enérgico y avanzar algo más rápido; esos mismos dirigentes que quisieran convertir la socialdemocracia en un dócil caniche de salón de tendencia nacional- social o social-liberal, en un perrito que da educadamente la pata a cualquier canalla burguesa».
Hablando en un mitin ante obreros franceses, Clara Zetkin decía: «El proletariado tiene un buen maestro: la revolución rusa. Es un verdadero manantial de experiencia; no debemos imitarla ciegamente, sino comprenderla y saber aplicarla».
Hitos fundamentales en la lucha de Clara Zetkin contra el oportunismo fueron sus intervenciones en los congresos socialistas internacionales celebrados en Copenhague en 1910 y en Basel en 1912.
Previamente al Congreso de Copenhague de 1910, en la Segunda Conferencia Internacional de mujeres socialistas, por iniciativa suya, se adoptó la resolución sobre el Día Internacional de la Mujer—el 8 de marzo—, jornada de movilización de las mujeres trabajadoras contra el capitalismo y contra la guerra.
En el Congreso Internacional de Basilea, en nombre de las mujeres proletarias, apoyó el manifiesto del congreso que, al igual que los de Stuttgart y Copenhague, llamaba a utilizar la organización del proletariado para la lucha revolucionaria contra el peligro de las guerras, para acelerar la caída de la burguesía en caso de estallar una guerra y para combatir el militarismo.
Clara Zetkin se mantuvo fiel a las resoluciones de los congresos de Stuttgart, Copenhague y Basilea de la II Internacional incluso cuando estalló la guerra imperialista de 1914 y los dirigentes de la II Internacional pisotearon esas resoluciones como si fueran papel inútil, traicionando el deber de los internacionalistas proletarios. Ellos, como decía Clara Zetkin,«durante cuatro años engancharon a los obreros al carro militar del imperialismo, cubierto de sangre y lodo».
Apenas tres meses antes del comienzo de la guerra imperialista mundial, convocó en Berlín, en contra de la dirección del Partido Socialdemócrata, un mitin internacional contra la amenaza de guerra.
En marzo de 1915, en Bern (Suiza), por iniciativa de las bolcheviques rusas y con la participación más activa de Clara Zetkin, se celebró la Conferencia Internacional de
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Mujeres Socialistas sobre la actitud ante la guerra9. Con motivo de la preparación de la conferencia, Clara Zetkin viajó a Amsterdam y desde allí estableció contactos con socialistas de Inglaterra, Noruega, Francia, Austria, Holanda, Italia y otros países.
Los representantes del Comité Central del partido bolchevique en la conferencia fueron Nadezhda Krupskaya e Inessa Armand. La delegación del partido bolchevique no estuvo de acuerdo con la resolución de la mayoría de la conferencia, ya que esta, aunque condenaba la idea de la «defensa de la patria», eludía la cuestión fundamental: la ruptura con los socialchovinistas, con la II Internacional.
Clara Zetkin adoptó en esta conferencia una posición «intermedia», conciliadora, por lo que fue duramente criticada por Vladimir Ilyich Lenin. La posición conciliadora de Clara Zetkin en esta conferencia reflejaba las vacilaciones, la debilidad y la indecisión de la izquierda alemana, que temía la escisión en el partido, la ruptura abierta con la derecha, y que aún no se había liberado —como señalaba Lenin— de la «amistad» hacia los
oportunistas y conciliadores.
«La vida, sin embargo, pronto barrió estas discrepancias», escribió Nadezhda Krupskaya al recordar la posición de C. Zetkin en aquella conferencia.
El gobierno de Wilhelm II, por su actividad antiimperialista y antimilitarista, arrestó a Clara Zetkin en julio de 1915. En ese momento ella estaba gravemente enferma. Su estado provocaba serias preocupaciones. En las cartas de Rosa Luxemburgo de ese período se percibe mucha inquietud por Clara. Escribe que su situación es grave, que el caso de Clara la preocupa.
A pesar de la persecución del gobierno, la influencia de la izquierda sobre las masas obreras se fortalecía. El 1 de enero de 1916, en el domicilio de Karl Liebknecht, se reunió una conferencia de la izquierda de toda Alemania. El 27 de enero de 1916, firmado con el seudónimo «Spartakus», apareció la primera carta de la izquierda, que marcó el inicio de la ruptura organizativa con la II Internacional y la creación del grupo «Spartakus», y luego de la Liga «Spartakus», que se convirtió en el núcleo combativo del futuro Partido Comunista de Alemania.
El 1 de mayo de 1916, Karl Liebknecht, dirigiéndose a una manifestación antimilitarista en la Potsdamer Platz de Berlin, proclamó: «¡Abajo la guerra!», «¡Abajo el gobierno!». Los agentes policiales se abalanzaron sobre él, fue arrestado y condenado a cuatro años y medio de trabajos forzados. Rosa Luxemburgo estaba en prisión; también fue arrestado Franz Mehring. Pero la causa de «Spartakus» crecía y se expandía. Los sufrimientos provocados por la guerra multiplicaban el número de sus partidarios. Sobre los hombros de Clara Zetkin, tras su liberación de la cárcel, recayó casi todo el trabajo de dirección de la Liga
9 Sobre esta reunión se puede consultar su resolución en: https://www.marxists.org/espanol/tematica/mujer/la- internacional-de-mujeres-socialistas/3ra-conferencia-1915/1915-03-28-reso3confimmss-zetkin.pdf - Nota del
traductor
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«Spartakus». Sus colaboradores más cercanos en ese período fueron Wilhelm Pieck, Leo
Jogiches y otros.
La revista «Igualdad» aparecía con frecuencia con grandes franjas en blanco, ya que la censura no permitía la publicación de los artículos de Clara Zetkin y de otros colaboradores.
La dirección socialdemócrata, temiendo la creciente influencia de la propaganda antimilitarista sobre las masas, en marzo de 1917 destituyó a Clara Zetkin del cargo de redactora de la revista «Igualdad», privándola de la tribuna desde la cual resonaba con fuerza su voz contra la guerra imperialista, por la paz y por el internacionalismo proletario.
La Gran Revolución Socialista de Octubre encontró en Clara Zetkin a una ferviente partidaria. Fue una de las pocas dirigentes del movimiento obrero internacional que comprendieron de inmediato la importancia de la revolución proletaria en Rusia para los trabajadores y oprimidos de todo el mundo. Con una información muy deficiente y tergiversada procedente de Rusia, fue una de las primeras en adoptar la posición de amiga fiel del pueblo soviético.
Ya en noviembre de 1917 escribía sobre la Revolución de Octubre como una audaz irrupción de las masas populares, sobre el triunfo de los principios y de las orientaciones tácticas de los bolcheviques. Clara Zetkin salió en defensa de los bolcheviques frente a los ataques calumniosos de Karl Kautsky y de toda la II Internacional, declarando que el poder estaba ahora en manos de los Sóviets, que la dictadura del proletariado era un hecho consumado y que el poder de la clase obrera contaba con el apoyo del campesinado.
La censura se abatió contra Clara Zetkin. Artículos enteros y fragmentos de textos destinados al «Suplemento para mujeres» del «Periódico Popular de Leipzig», en los que escribía con simpatía sobre la Revolución de Octubre, fueron prohibidos por la censura.
A mediados de 1918 dirigió una carta a la conferencia del Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania (USPD), del cual formaban parte desde abril de 1917 los«espartaquistas», entre ellos Clara Zetkin. En esa carta se señalaba que los bolcheviques habían salvado la revolución del fracaso al que la conducían los mencheviques y los socialrevolucionarios, y que: «la gran hora histórica encontró en los bolcheviques una gran generación... Su mérito inmortal consiste en que, en medio de las infinitas dificultades que los rodeaban como imponentes cumbres nevadas, tuvieron el valor de tomar el poder del Estado y asumir la dirección de la revolución. Con ello salvaron la revolución».
En la misma carta, Clara subrayaba que la Revolución de Octubre había mostrado el camino al proletariado internacional.
El 27 de junio de 1918, Clara Zetkin envió una carta a Vladimir Ilyich Lenin en la que escribía que, con la cabeza y el corazón, estaba con los bolcheviques, con el poder soviético. Lenin respondió a Zetkin: «Nos alegra extraordinariamente que usted, el
camarada Mehring y otros “camaradas espartaquistas” en Alemania estén “con la cabeza y el corazón con nosotros”.Esto nos da la seguridad de que los mejores elementos de la clase
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obrera de Europa occidental—a pesar de todas las dificultades—acudirán finalmente en nuestra ayuda»10.
Después de la revolución de noviembre de 1918 en Alemania, que derrocó la monarquía y llevó al poder a los socialdemócratas de extrema derecha, los «espartaquistas» rompieron con los socialdemócratas independientes y, en diciembre de 1918, fundaron el Partido Comunista Alemán.
Debido a una grave enfermedad, Clara Zetkin no asistió al congreso constitutivo. Después de la creación del Partido Comunista Alemán, y por decisión de su Comité Central, permaneció durante algunos meses en las filas del USPD con el fin de ayudar a los obreros miembros de ese partido a romper con los independientes y encaminarse hacia una lucha consecuente por el comunismo. Posteriormente inició su actividad en las filas del Partido Comunista.
«Hace ya casi cuarenta años que lucho por el ideal socialista, pero, aunque soy vieja y quizáno me quede mucho tiempo de vida, quiero, en los años en que aún pueda ser activa, estar y luchar allí donde se siente la vida palpitante, y no allí donde veo descomposición y debilidad; no quiero que, mientras viva, me alcance el aliento de la muerte política». Con estas palabras tan significativas comenzó Clara Zetkin su actividad en las filas del Partido Comunista Alemán.
En 1920, viajó por primera vez a Moscú; tras una larga interrupción, volvió a encontrarse con Vladimir Ilyich Lenin y con Nadezhda Krupskaya. Lenin valoraba en Clara Zetkin su pasión revolucionaria, su entrega al pueblo, su intransigencia frente a los enemigos de la revolución, su capacidad para reconocer abiertamente sus errores y sacar lecciones de ellos.
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Cuando en marzo de 1921 estalló la insurrección obrera en Alemania central, Clara Zetkin, al no estar de acuerdo con la línea del Comité Central del Partido Comunista Alemán respecto al levantamiento, abandonó el Comité Central. Lenin consideró que Clara había cometido un grave error político, «una estupidez capital», como ella misma escribe. Sostenía que no tenía derecho a desatender la confianza que el partido había depositado en ella al elegirla miembro del Comité Central.
«Pesaba sobre mí, de manera dura, muy dura—escribe Clara Zetkin—la conciencia de que con tal “violación de la disciplina” me había colocado en una oposición tajante frente a
quienes, tanto política como personalmente, estaban más cerca de mí, es decir, frente a mis amigos rusos»11.
En el III Congreso de la Internacional Comunista (Komintern), Clara Zetkin fue elegida miembro de su Comité Ejecutivo y de su Presidium.
10 Vladimir Ilyich Lenin, Obras Completas, t. 36, p. 747. 11 Recuerdos sobre Lenin, Gospolitizdat, 1955, p. 21.
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En la II Conferencia Internacional de Mujeres Comunistas, celebrada durante el III
Congreso, fue elegida dirigente del Secretariado Internacional Femenino. En ese período de su actividad, se esforzó por unir no solo a las mujeres de Occidente, sino también a las de Oriente, a las mujeres de los países coloniales y semicoloniales. «Las masas femeninas deben ser nuestras, aunque estén encadenadas al cielo», exclamaba apasionadamente Clara.
Como figura del movimiento comunista internacional, Clara Zetkin participó en numerosos congresos de la Komintern, así como en conferencias y congresos en diversos países del mundo. Como representante de la Komintern intervino en el congreso del Partido Socialista Francés en Tours, en diciembre de 1920, donde se sentaron las bases del Partido Comunista Francés.
En 1921, por encargo del Comité Ejecutivo de la Komintern, ella—ya una mujer enferma de 64 años—cruzó ilegalmente la frontera italiana para participar en Milán en el congreso en el que fue organizado el Partido Comunista Italiano. Cuando Clara apareció en la sala, fue recibida con exclamaciones de saludo. Pronunció un discurso en lengua italiana en el que desenmascaró a los renegados y llamó a la defensa de la Unión Soviética.
Las autoridades italianas decidieron arrestarla al salir de la sesión del congreso. Tras el automóvil en el que se sentó la anciana mujer de cabellos grises, seguía otro vehículo con policías secretos italianos. Cuando el coche se detuvo frente al hotel, descendió de él una joven muchacha, mientras que en el automóvil quedaron una peluca canosa y un bastón. Y mientras tanto, en otro automóvil, Clara llegó a la frontera italiana y la cruzó con éxito.
Cuando en el horizonte de Alemania apareció el siniestro espectro del fascismo—que para entonces ya había mostrado en Italia su carácter antipopular—Clara Zetkin se convirtió en una luchadora incansable contra el peligro fascista y por un frente único popular. Demostraba sin cesar que, ante la necesidad histórica de derrotar al fascismo, todas las discrepancias políticas entre los trabajadores debían pasar a un segundo plano, que todo el pueblo debía unirse para combatir el fascismo.
Desde 1924, Clara Zetkin encabezó la labor del Socorro Rojo Internacional (MOPR).
En relación con su trabajo en el Presidium del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, en el Secretariado Femenino y también en el MOPR, Clara Zetkin vivió largas temporadas en la Unión Soviética. En más de una ocasión decía que en la Unión Soviética se sentía «como en casa», que el «aire bolchevique» actuaba sobre ella de manera estimulante.
Clara Zetkin estaba estrechamente vinculada a los obreros y obreras de la Unión Soviética, quienes la querían profundamente. Asistía con frecuencia a reuniones y conferencias, viajaba por distintas regiones. En el verano de 1924 partió al Cáucaso para recibir tratamiento médico, pero su naturaleza impetuosa no le daba reposo; no podía resignarse al silencio ni al aislamiento del mundo. En lugar de dedicarse al tratamiento, emprendió un viaje fatigoso y difícil a Georgia y Azerbaiyán, donde conoció la vida del pueblo y reuniómaterial para su libro Na osvobozhdennom Kavkaze («En el Cáucaso liberado»), que
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constituye una apasionada defensa del poder soviético. Durante ese viaje observó cómo, entre pueblos antes atrasados, «brotan y murmuran los manantiales de una nueva vida».
Mantuvo frecuentes contactos con mujeres de las repúblicas de Asia Central y prestó gran atención al estudio de los hechos que iluminaban la situación de las mujeres en Oriente.
Su vínculo con las masas no era solo resultado de su profunda comprensión del papel de las masas como constructoras del nuevo orden social, sino también de una necesidad interior de estar junto a los obreros y obreras. El contacto con las masas actuaba sobre ella como«una corriente iluminadora». El destino de cada persona en particular la conmovía profundamente. Su amor por el ser humano era inagotable. Su sencillez y accesibilidad la hacían cercana a cada obrera y campesina común, que veían en ella no solo a su dirigente, sino también a una amiga, a una compañera sensible y atenta.
En sus numerosas salutaciones y cartas, los trabajadores de la Unión Soviética le expresaban un profundo sentimiento de fidelidad y gratitud.
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Clara Zetkin era una persona de intereses y conocimientos sumamente diversos. Le preocupaban profundamente las cuestiones de la cultura, el arte, la literatura, la filosofía y la moral. Vladimir Ilyich Lenin gustaba de conversar con ella sobre estos temas. Ella reflexionaba mucho sobre ellos y los planteaba con amplitud.
El amor por la literatura y el arte lo conservó durante toda su vida, desde la adolescencia hasta la vejez más avanzada.
En 1955 se publicó en Berlin una recopilación de artículos literario-críticos de Clara Zetkin, aparecidos entre 1906 y 1911 en la revista «Igualdad», bajo el título Clara Zetkin o literature i iskusstve («Clara Zetkin sobre literatura y arte»). En esta recopilación, además del artículo teórico general «El arte y el proletariado», se incluyen trabajos sobre Friedrich Schiller, Henrik Ibsen, Ferdinand Freiligrath y otros.
Este libro es testimonio de los profundos conocimientos de Clara Zetkin en el ámbito de la literatura y de su actitud respetuosa hacia la herencia clásica.
La filosofía también despertaba en Clara un profundo interés. A este respecto es significativo el siguiente episodio. Cuando surgió la cuestión del obsequio con el que las mujeres de Alemania querían celebrar en 1917 el sesenta aniversario de Clara, Rosa Luxemburgo recomendó en una carta escrita desde la prisión, el 29 de mayo de 1917, regalarle libros sobre filosofía griega o una buena edición de los filósofos griegos, pues ella se dedicaba con gran empeño a ese campo y, en general, «sentía una especial inclinación por él».
Es incalculable la contribución que Clara realizó en el planteamiento y desarrollo de las cuestiones relativas a la familia, la moral y la educación de la juventud, cuyo porvenir siempre la preocupó. Ella soñaba con una juventud moralmente firme, con un desarrollado
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sentido de autocontrol y autodisciplina, físicamente fuerte, con elevadas aspiraciones
espirituales e intelectuales; una juventud combativa, preparada para la lucha y para la construcción de la sociedad comunista.
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En los últimos años de su vida, Clara Zetkin, a pesar de una grave enfermedad, no dejó de trabajar. Su naturaleza activa y enérgica luchaba contra la dolencia y la edad. Su cabeza cubierta de canas permanecía siempre joven, y esa juventud nacía de la riqueza interior de su mundo espiritual y de su actitud creadora ante la vida.
En 1932, a los setenta y cinco años, escribió la última de sus obras más importantes: «Las guerras imperialistas contra los trabajadores, los trabajadores contra las guerras imperialistas». La redactó entre fuertes accesos de malaria, apresurándose a terminarla para el 1 de agosto, Día Antibélico. Con manos temblorosas, casi ciega, a veces sin notar que la tinta se había agotado en la pluma, escribía página tras página y corregía lo ya redactado.
Con ese folleto quería dirigirse a millones de trabajadores, mostrarles que la guerra, con todos sus horrores, estaba dirigida contra ellos, y que su tarea era combatirla con la misma intransigencia con que la burguesía hacía la guerra contra la clase trabajadora.
Ese mismo año, 1932, realizó su último viaje a Alemania para, conforme a la tradición establecida, abrir como la diputada de mayor edad la sesión del Reichstag.
«Nadie pensaba que estaría en condiciones de hacerlo. Vivía en una casa de reposo cerca de Moscú, apenas podía levantarse de la cama, sus fuerzas estaban agotadas y a cada momento le faltaba la respiración. Pero cuando el Partido Comunista Alemán escribió que sería deseable su presencia, no vaciló ni un instante: reunió sus últimas fuerzas y viajó a Alemania, provista de alcanfor y otros medios para sostener la vida. Sabía qué enorme responsabilidad el peligro que la amenazaba, el riesgo de ser capturada e incluso asesinada por los fascistas. Eso no la detuvo», escribió Nadezhda Krupskaya.
La sesión del Reichstag se abrió en un momento en que el capital monopolista se preparaba para instaurar la dictadura fascista en Alemania.
El 30 de agosto, exactamente a las tres de la tarde, la septuagenaria Clara Zetkin subió a la tribuna, sostenida por dos diputados comunistas. Los diputados comunistas y los obreros presentes en las galerías saludaban a su probada dirigente, veterana de la revolución, con el grito de «¡Rot Front!»12.
Los escaños del ala derecha del Reichstag estaban ocupados por los enemigos mortales de la clase obrera: los fascistas de camisas pardas. Estaban seguros de que la anciana Clara no podría pronunciar ni una palabra y que se limitaría a la fórmula oficial de apertura. Pero
12 ¡Frente Rojo! Saludo utilizado desde 1925 en manifestaciones y eventos por los comunistas alemanes para designar su afiliación política. - Nota del traductor
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Clara no solo abrió la sesión, sino que pronunció uno de sus discursos más contundentes
contra el fascismo. Se dirigió al pueblo alemán, habló del grave peligro que se cernía sobre el país, del riesgo de guerra y de la amenaza contra todas las conquistas democráticas de los trabajadores, y llamó a la unidad y a la acción común.
En aquel encendido discurso declaró una vez más que la Revolución de Octubre demostraba a escala mundial que los trabajadores poseían la fuerza necesaria para destruir a todos sus enemigos. «Espero—decía Clara—vivir aún hasta el día gozoso en que, por derecho de edad, abra el primer Congreso de los Sóviets en una Alemania soviética».
Sus palabras fueron acogidas con calurosos aplausos de comunistas y obreros. Y en aquella sala donde los fascistas ya se sentían dueños, comenzó a entonarse La internacional.
Tras su intervención en el Reichstag, Clara Zetkin regresó a Moscú. A pesar de su extrema debilidad, siguió viviendo para aquello a lo que había dedicado toda su existencia: los intereses de la revolución socialista. Poco antes de su muerte dictó su último folleto, Zavety Lenina zhenshchinam vsego mira («Los legados de Lenin a las mujeres de todo el mundo»), en el que llamaba a las mujeres a ser resueltas revolucionarias y discípulas de Lenin.
Dos días antes de su muerte, el 18 de junio de 1933, comenzó a dictar un artículo en el que una vez más llamaba a los obreros a crear un frente único. No llegó a terminarlo.
El 20 de junio, a las 2:10 de la madrugada, se extinguió la vida de Clara Zetkin. Murió a los 76 años. Cientos de miles de ciudadanos soviéticos la acompañaron en su último recorrido hacia la Plaza Roja, donde fue enterrada.
Millones de trabajadores de todo el mundo nunca olvidarán a su Clara. Su nombre es inmortal, como inmortal es la causa a la que consagró toda su vida.
CLARA ZETKIN (1920)
INESSA ARMAND
INNA ARMAND
Mi madre, Inessa Fiódorovna Armand, que pasó a la historia del Partido Bolchevique como una de sus destacadas dirigentes, nació en 1875 en Paris. Sus padres eran artistas de teatros franceses. Su padre murió temprano y su madre quedó sin recursos con tres hijos. A los seis años, Inessa fue llevada a Moscú para ser criada por su abuela y su tía, profesora de música y de francés. Así, desde la infancia, Inessa quedó ligada a Rusia, que se convirtió en su patria. Allí creció y vivió casi toda su corta, pero brillante vida de luchadora revolucionaria.
Su tía y su abuela prestaron gran atención a su educación. Recibió una sólida formación general, dominaba perfectamente dos idiomas extranjeros y era una excelente música. Pero, sobre todo, le apasionaba la lectura. En la casa había una gran biblioteca, y desde muy joven conoció a los clásicos rusos y extranjeros de la literatura, así como numerosas obras de filosofía e historia.
A los dieciocho años, Inessa se casó con Alexander Armand, a quien conocía desde la infancia. El futuro parecía prometerle una vida serena en el seno familiar. Sin embargo, los estrechos intereses de la felicidad doméstica y la existencia acomodada de una familia burguesa no podían satisfacer a una joven llena de energía, de corazón ardiente y mente excepcional.
Inessa veía a su alrededor la necesidad, la miseria y el analfabetismo de las masas populares. Quería luchar por la eliminación de esas oscuras realidades de la vida, pero no sabía cómo hacerlo. Había crecido demasiado alejada de toda «política».
Intentó probar sus fuerzas en el camino del trabajo educativo. Organizó una escuela para hijos de campesinos y enseñó en ella; se afilió a la Sociedad de Moscú «para el mejoramiento de la situación de la mujer».
Pero muy pronto comprende que por ese camino no es posible transformar la vida. Cada vez se le hacen más evidentes la falsedad y la hipocresía de todas las formas de caridad burguesa. Inessa atraviesa una profunda crisis espiritual. Pero pronto encuentra una salida. A través del hermano de su esposo y de sus amigos entra en contacto con los socialdemócratas, comienza a leer literatura ilegal y se familiariza con la lucha revolucionaria clandestina.
Un papel importante en la vida de mi madre lo desempeñó también su viaje en el invierno de 1903/04 a Suiza. Allí pudo convencerse personalmente de la gravedad de las divergencias entre bolcheviques y mencheviques y fue testigo de la lucha que V. I. Lenin libró después del II Congreso por un partido revolucionario. Regresó del extranjero como firme partidaria del bolchevismo. En 1904 se hizo miembro del Partido Socialdemócrata. Desde entonces comenzó su activa labor revolucionaria como bolchevique clandestina.
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En enero de 1905 Inessa fue arrestada. El arresto fue casual, relacionado con un atentado
eserista contra el general Trepov, con el que Inessa no tenía ninguna relación. Sin embargo, durante el registro se encontró en su poder literatura revolucionaria y fue detenida.
Ese arresto quedó grabado en mi memoria para toda la vida. Me desperté de noche por un ruido inusual y vi en la habitación a los gendarmes realizando el registro. Lo revolvían todo, incluso las camas de los niños. Mi madre estaba allí mismo, completamente tranquila; me sonrió y me hizo una señal para que no llorara. Luego se la llevaron. Al abrazarme para despedirse, me susurró: «No hay que hablar de mi arresto».
En los años siguientes tuve que recordar firmemente ese «no hablar». En efecto, más de una vez tuve que ver a mi madre en secreto, cuando pasó a la clandestinidad. Los gendarmes zaristas la mantuvieron durante muchos meses en prisión. Sin embargo, la falta de pruebas directas sobre su participación en el atentado hizo que finalmente fuera liberada bajo vigilancia.
Tras salir de la cárcel, Inessa Armand se entregó aún con mayor determinación a la actividad revolucionaria. Participaba en círculos clandestinos, distribuía literatura socialdemócrata, mantenía enlaces entre organizaciones y ayudaba a organizar el trabajo entre obreros y obreras. La vida ilegal exigía firmeza, discreción y valor; esas cualidades se convirtieron en rasgos permanentes de su carácter.
Los acontecimientos de la Revolución Rusa de 1905 fortalecieron sus convicciones. Comprendió que la lucha debía ser organizada y dirigida por un partido revolucionario disciplinado. La influencia de las ideas defendidas por Vladimir Ilyich Lenin fue decisiva en su formación política. En los años siguientes sufrió nuevas persecuciones, arrestos y el exilio. Pero ni la cárcel ni la vigilancia policial quebraron su voluntad. Por el contrario, cada golpe represivo la convencía más de la necesidad de transformar radicalmente la sociedad.
Así comenzó para mi madre una vida de lucha constante, de trabajo clandestino, de sacrificios personales y familiares, pero también de profunda entrega a la causa que consideraba justa: la liberación de los trabajadores y la emancipación de la mujer.
En la familia su autoridad era indiscutible, y su propia vida, entregada desinteresadamente al pueblo, servía de ejemplo ayudando a sus hijos a tomar el camino correcto en la vida. Cuatro de ellos se hicieron más tarde comunistas.
En el verano de 1907, Inessa fue arrestada junto con todo el comité distrital ferroviario del partido.
En la cárcel siempre conservaba el ánimo y ayudaba a sus compañeros a sobrellevar las penurias de la vida carcelaria. He aquí un fragmento de una carta suya desde la prisión, de julio de 1907. Tratando por todos los medios de tranquilizar a sus familiares, escribía:
«Aquí no vivo mal. Dicen que en otoño e invierno nuestras celdas son muy húmedas, pero ahora no se nota; dormimos con las ventanas abiertas. Comemos bien. Aquí tenemos una comuna y todos hacemos turnos, es decir, cocinamos nosotros mismos, lavamos las toallas,
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etc. Yo ya estuve de turno una vez y, como puedes imaginar, estaba muy preocupada por la sopa; salió bastante buena, aunque las verduras quedaron medio crudas. El día entero estámuy ocupado, y eso es mejor, porque así pasa más rápido. Por la mañana leo hasta las dos; hacia las tres tenemos comida y té, luego clase de francés (Inessa daba clases de francés a sus compañeras.—Ya. L.), después paseamos durante hora y media, luego la cena; después de cenar aún hay dos clases más de francés (la última, conspiración) ... Y nuestro asunto con Marusia no avanza. Después del interrogatorio, el capitán dijo que me liberaría en dos
o tres días, y aquí sigo sentada. ¡Bueno, al diablo con ellos!».
Esta vez no logró escapar de las garras de los gendarmes zaristas y, a finales de año, fue enviada al destierro a la ciudad de Mezen, en la provincia de Arcángel. Las condiciones del exilio eran duras. No pesaban tanto las severas condiciones de vida en el norte, bajo la constante vigilancia policial, como la inactividad forzada y la separación de la familia. Al cabo de un año, Inessa decidió huir del destierro y, con la ayuda de sus camaradas, lo consiguió. Durante algún tiempo se ocultó en Moscú.
Estaba muy contenta de haber regresado a Moscú. En una carta del 10 de noviembre de 1908 escribía a uno de sus compañeros: «Así que he salido de la periferia y me encuentro, por fin, en el centro, y escucho con entusiasmo el ruido de los carruajes en movimiento, el bullicio de la multitud; miro las altas casas de varios pisos, los tranvías, incluso los caballos flacos de los cocheros. Querida ciudad, cómo te amo, qué estrechamente estoy unida a ti con todas las fibras de mi ser. Soy tu hija y necesito tu ajetreo, tu ruido, tu bullicio, como el
pez necesita el agua… En general me siento bastante bien, muy alegre y animada, aunque, a
pesar de que llevo aquí cerca de una semana, no logro descansar; pero poco a poco me voy recuperando. Pienso quedarme en Rusia hasta el verano, y después ya veremos. Me llevaréa los niños conmigo».
A Inessa no le fue posible permanecer mucho tiempo en Moscú. A comienzos de 1909 se vio obligada a marcharse al extranjero.
Durante los años de emigración, estudió con perseverancia y desarrolló una activa labor partidaria. Tras pasar cerca de un año en Brussels, se traslada en 1910 a Paris, donde vivía por entonces Vladimir Ilyich Lenin y donde se encontraba el centro bolchevique en el extranjero. Dedica mucho tiempo a sus estudios en la Universidad de Paris, que concluye en el área de ciencias sociales.
Su sólida preparación teórica, su elevada firmeza de principios y su fidelidad a la posición política e ideológica de Lenin la sitúan entre los cuadros destacados del partido.
En el congreso de las organizaciones en el extranjero, Inessa Armand es elegida miembro del Comité de las Organizaciones en el Extranjero. Como integrante de la presidencia del grupo bolchevique de París, mantiene una amplia correspondencia con otras organizaciones del partido en el exterior y, además, por encargo de Lenin, establece junto con Ludmila Stahl vínculos con los socialistas franceses, realizando entre ellos propaganda de las posiciones bolcheviques.
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En el verano de 1911, cuando en Longjumeau, cerca de París, se crea una escuela del
partido para obreros enviados por las organizaciones de Rusia, se le encomienda impartir el curso de economía política.
Nadezhda Krupskaya escribe en sus memorias que la casa de Inessa, instalada en Longjumeau, se convirtió en un centro donde vivían varios alumnos—entre ellos Sergo Ordzhonikidze y Semyon Shvarts—, donde se organizó un comedor común y donde alumnos y profesores se reunían después de las clases. Inessa no solo impartía el curso, sino que también ayudaba a Vladimir Ilich y a Nadezhda Konstantínovna en todo el trabajo con los obreros llegados de Rusia.
Cabe señalar que Inessa, aparentemente muy seria e incluso algo reservada, en realidad era muy sociable, atenta con las personas y sabía ganarse la confianza y el cariño de quienes la rodeaban.
En Paris, su casa estaba siempre llena de gente. Acudían a ella no solo por asuntos del partido, sino también en busca de consejo y ayuda amistosa, y a veces simplemente para descansar y escuchar buena música. También la visitaban Vladimir Ilyich Lenin y Nadezhda Krupskaya, con quienes en ese período estableció estrechas relaciones de amistad. «Nos veíamos todos los días—recuerda Nadezhda Konstantínovna sobre aquel tiempo—. Inessa se convirtió en una persona cercana para nosotros».
Llegó el año 1912, que trajo consigo el inicio de un nuevo ascenso del movimiento revolucionario en Rusia. Tras la Conferencia del Partido en Praga, varios miembros fueron enviados por el centro del partido en el extranjero a realizar trabajo clandestino en Rusia. Entre ellos, a comienzos del verano, partió también Inessa Armand.
Se dirigió a San Petersburgo para trabajar en la reconstrucción de la organización clandestina del partido, que había sufrido una dura represión después de las huelgas masivas de mayo, y también para preparar la campaña electoral a la IV Duma del Estado. En San Petersburgo trabajó solo unos meses, ya que a mediados de septiembre fue arrestada. Sin embargo, incluso en ese breve tiempo, junto con otros camaradas, logródesplegar una intensa actividad partidaria, como resultado de la cual se creó una
organización clandestina bastante sólida y amplia, que abarcaba varios distritos.
La «Comisión Interdistrital» de los bolcheviques organizada con la participación de Inessa se transformó pronto en el Comité de Petersburgo del partido, que, junto con el periódico Pravda, publicado entonces en la ciudad, desarrolló el trabajo de la campaña electoral a la Duma.
Sobre esta labor de Inessa, A. Solts escribió en 1920, en un artículo dedicado a su memoria en el periódico Pravda: «Yo llegué a los distritos después de ella; encontré ya el campo arado, y si durante aquellas elecciones pudimos presentar a nuestros propios representantes y ocupar una posición dominante en el sentido organizativo, fue porque las elecciones habían sido precedidas por un trabajo preparatorio en el que Inessa tomó una parte considerable».
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Durante todo el otoño y el invierno, Inés permaneció en la prisión de San Petersburgo. El severo régimen carcelario quebrantó su salud y, sin embargo, le esperaba un juicio y, antes de este, el envío a Mezen, lugar de su anterior destierro. Esta vez logró salir de la prisión gracias a A. E. Armand, quien la visitaba con frecuencia en la cárcel.
A. E. Armand, alegando la enfermedad de Inés, consiguió su liberación bajo fianza, lo que le dio la posibilidad de huir al extranjero antes del juicio.
En esta ocasión permaneció en la emigración hasta la Revolución de Febrero de 1917.
Al principio mi madre vivió en Cracovia, donde entonces se encontraba el centro bolchevique en el extranjero, encabezado por Vladimir Ilich Lenin, y cumplía diversas tareas del partido. Allí participó en la llamada conferencia de verano del Comité Central con los trabajadores del partido. A finales de 1913, Inés se trasladó a París, donde tomóparte en la labor del grupo bolchevique parisino.
A este período corresponde el inicio de su trabajo entre las mujeres obreras en Rusia. A esta labor dedicó muchas energías en los últimos años de su vida.
En 1913, en Petersburgo, por iniciativa de Lenin, se decidió crear la revista popular legal«Rabotnitsa» («La Obrera»). Junto con la redacción de la revista en Petersburgo se creótambién su sección en el extranjero, de la cual formaron parte Krúpskaya, Armand y Stal. La creación de la revista enfrentó toda una serie de dificultades de carácter organizativo, material y policial. Inés, junto con toda la redacción en el extranjero, participó activamente en la superación de estas dificultades y, cuando la revista comenzó a publicarse, escribióartículos para ella y ayudó a orientarla en la dirección correcta.
Vladimir Ilich Lenin estaba satisfecho con la revista. En una de sus cartas a Inés le dice:
«Envío el número 3 de “Rabotnitsa”. ¡Está bien! El trabajo va tomando forma».
Una importante tarea partidaria fue encomendada a Inés en el verano de 1914, cuando elórgano dirigente de la Segunda Internacional —la Internacional Socialista— decidióintervenir en los asuntos rusos y obligar a los bolcheviques a unirse con los mencheviques.
A Inés se le encomendó presentar en la conferencia“deunificación” de Bruselas el informe
del Comité Central del POSDR redactado por Vladimir Ilich Lenin y defender las posiciones de los bolcheviques.
En el informe se exponían los motivos del rechazo de los bolcheviques al arbitraje, y este debía inevitablemente provocar una tormenta de protestas por parte de los dirigentes de la Segunda Internacional y de los mencheviques.
«Lo principal, a mi juicio, es demostrar —escribía Lenin a Inés Armand— que solo nosotros somos el partido (allí hay un bloque ficticio o grupúsculos), solo nosotros somos un partido obrero (allí está la burguesía que da dinero y aprueba), solo nosotros somos la mayoría, cuatro quintas partes»13.
13 Vladimir Ilich Lenin, Obras completas, t. 48, p. 353.
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Al darle instrucciones a Inés sobre cómo comportarse en la conferencia, Lenin expresaba su confianza en que ella cumpliría con la tarea que se le había confiado. «Estoy seguro de que eres de esas personas que se despliegan, se fortalecen, se vuelven más firmes y valientes cuando están solas en un puesto de responsabilidad; y por eso me niego obstinadamente a
creer a los pesimistas, es decir, a los que dicen quetú…difícilmente…¡Estupideces y más estupideces! ¡No lo creo! ¡Lo harás magníficamente! Con un lenguaje excelente los derrotarás firmemente a todos, y no permitirás que Vandervelde te interrumpa y grite»14.
Inés justificó la confianza de Lenin.
La Primera Guerra Mundial, que comenzó en agosto de 1914, confirmó las previsiones de Lenin. Los dirigentes de la Segunda Internacional traicionaron los intereses de la clase
obrera. Solo una minoría insignificante en algunos partidos socialistas intentó oponerse a la embriaguez chovinista. Únicamente el partido bolchevique, encabezado por Vladimir Ilich Lenin, permaneció hasta el final fiel a la bandera del internacionalismo consecuente, la bandera de la lucha revolucionaria decidida contra la guerra imperialista.
Desde los primeros días de la guerra, Lenin planteó la tarea de preparar la creación de una nueva, la Tercera Internacional. Para ello era necesario establecer vínculos con los internacionalistas de otros países y propagar entre ellos las concepciones bolcheviques. A esta labor de suma importancia, Inés consagró todas sus fuerzas durante los años de la guerra y prestó a Vladimir Ilich Lenin una gran ayuda en esta labor.
Desde finales de 1914, Inés desarrolló una intensa actividad para preparar la convocatoria de la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, que debía alzar su voz contra la guerra. Con ese propósito mantuvo correspondencia con Clara Zetkin, Alexandra Kollontai, L. Stahl, y estableció vínculos con mujeres socialistas francesas, suizas, inglesas y holandesas.
La conferencia tuvo lugar en Suiza en marzo de 1915. Las consignas de los bolcheviques, que nuestra delegación—incluida Inés—defendió con ardor, no encontraron apoyo en la mayoría de las delegadas, y la conferencia adoptó una resolución ambigua y a medias. Sin embargo, la propaganda internacionalista surtió efecto. En la resolución de la conferencia se incluyó una protesta contra la guerra y contra el abandono, de la solidaridad internacional, por parte de los socialistas.
Poco después de la conferencia de mujeres se celebró la Conferencia Internacional de la Juventud, en la que Inés también participó como representante de los bolcheviques.
Inés tomó parte activa en las conferencias internacionales de Zimmerwald y Kienthal. En ellas tradujo las resoluciones bolcheviques, declaraciones, etc., y propagó las ideas leninistas entre los delegados de distintos países.
14 Vladimir Ilich Lenin, Obras completas, t. 48, p. 353.
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A comienzos de 1916, por encargo del partido, viajó durante varios meses a París para ayudar al grupo bolchevique parisino en la difusión de las concepciones de Lenin entre aquellos socialistas y sindicalistas franceses que se mantenían en posiciones internacionalistas.
De las pocas cartas conservadas de Inés desde París se desprende que logró realizar allí un importante trabajo. A comienzos de 1916 se produjo la unificación de los zimmerwaldistas franceses—socialistas y sindicalistas—y se creó el Comité para el Restablecimiento de los Vínculos Internacionales. Inés participó en la labor de este comité y colaboró en la redacción de su manifiesto, introduciendo en él una serie de enmiendas en el espíritu de la izquierda de Zimmerwald. Sin embargo, la actividad del comité no podía satisfacer a Inés:
era necesario establecer vínculos más amplios.
«En resumen de mis primeras impresiones, pienso—escribe Inés en uno de sus informes a Vladimir Ilich Lenin— que, desde arriba, es decir, a través del comité de Merrheim, difícilmente se podrá lograr algo en poco tiempo. Por eso asistiremos con empeño a sus reuniones y haremos allí lo que se pueda, pero hay que buscar otros caminos: intentar actuar desde abajo. Veremos qué representa el secretario de la juventud y su organización. Tal vez allí pueda salir algo».
Y así, Inés establece vínculos con el grupo de la juventud opositora del departamento del Sena y, bajo su influencia, esta juventud declara su adhesión a la izquierda de Zimmerwald. Inés también mantenía contactos con secciones individuales de organizaciones sindicales:
con el sindicato de sastres, de obreros de la construcción y de mecánicos. En todas estas
organizaciones llevó adelante con éxito la propaganda de las ideas bolcheviques.
El órgano central del POSDR, «Sotsial-Demokrat», informó en junio de 1916 que en París se habían formado los primeros grupos de obreros franceses que defendían consecuentemente el verdadero internacionalismo.
La actividad de Inés contribuyó considerablemente a la creación de estos grupos.
Maurice Thorez, en su artículo «Octubre nos señaló el camino», escrito con motivo del 40.º
aniversario de la Gran Revolución de Octubre, señala:«…Laizquierda de Zimmerwald también comenzó a ganar terreno en Francia. Principalmente gracias a los esfuerzos de Inés Armand, que estaba vinculada directamente con Lenin, las ideas de la izquierda penetraron en las filas de la Federación de la Juventud Socialista del departamento del Sena, en los sindicatos parisinos de mecánicos y metalúrgicos, en las organizaciones de obreros de la construcción y trabajadores portuarios»15.
Al regresar en el verano de 1916 a Suiza, Inés no rompió sus vínculos con los internacionalistas franceses. En una de sus cartas a París relata detalladamente la Conferencia de Kienthal.
15 «Cuestiones de Historia del PCUS», nº 3, 1957, p. 87.
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En Suiza, Inés continuó su labor entre la juventud y las mujeres suizas. En varias ciudades
pronunció conferencias y, por encargo de Vladimir Ilich Lenin, intentó realizar propaganda entre los franceses internados. «Intenten acercarse a los franceses internados—le escribía Vladimir Ilich Lenin—, establecer correspondencia, encontrar contactos, fundar entre ellos un grupo (secreto e informal) de izquierda. ¡Es muy importante!»16.
Pero llegó febrero de 1917. A Suiza llegaron noticias de la revolución en Rusia. Junto con el primer grupo de bolcheviques, Inés regresó a la patria y dedicó todas sus fuerzas y toda su energía a la actividad partidaria. Trabajó en Moscú, adonde se trasladó desde Petrogrado después de participar en la Conferencia de Abril del Partido. Inés intervino en numerosas reuniones de la organización partidaria de Moscú, defendiendo las célebres Tesis de Abril de Lenin.
En el verano de 1917, Inés fue miembro de la Comisión Ejecutiva del Comité de Moscú del Partido. Durante las Jornadas de Julio presentó un informe en una sesión ampliada del Comité con el activo del partido. Inés mantenía estrechos vínculos con los distritos de Moscú. Pronunciaba informes en reuniones partidarias, así como en fábricas y talleres de la ciudad; impartía clases en la escuela del partido, escribía artículos para los periódicos, era concejal de la Duma Municipal de Moscú y desarrollaba una intensa labor entre las mujeres.
A comienzos del verano de 1917, Inés participó en el Congreso Panruso de Mujeres que se celebraba entonces en Moscú, convocado por la burguesa Liga por la Igualdad de Derechos de las Mujeres. El partido la envió a este congreso en calidad de «observadora», con el
objetivo de separar al grupo de obreras que participaba en él. En un ardiente discurso, Inés logró demostrar a las trabajadoras que su camino no era el mismo que el de las mujeres burguesas que explotaban a los obreros, y las delegadas obreras, junto con Inés, abandonaron el congreso.
En el verano de 1917, Inés participó en la creación de la revista regional moscovita «La Vida de la Obrera» y dedicó gran atención a su edición. En otoño, por iniciativa de Inés, en el Buró Regional de Moscú de los bolcheviques se creó la primera comisión especial para el trabajo entre las mujeres.
En toda la labor de preparación de la Revolución de Octubre, Inés tomó la participación más activa.
Después de la victoria de la Revolución de Octubre, Inés fue elegida miembro del ComitéEjecutivo Central de toda Rusia (VTsIK), así como miembro del presidium del ComitéEjecutivo Provincial de Moscú. Al mismo tiempo, fue presidenta del Consejo Provincial de Economía Nacional.
Durante todo el año 1918, Inés desarrolló una intensa labor soviética y económica. Pero ni por un instante se apartó del trabajo del partido. Como miembro del buró del Comité
16 Vladimir Ilich Lenin, Obras completas, t. 49, p. 440.
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Provincial de Moscú del partido, llevó adelante una lucha enérgica y exitosa contra los
mencheviques y los eseristas; presentó informes y habló en mítines en las empresas de Moscú y de la provincia de Moscú, donde era bien conocida y querida tanto por los obreros como, especialmente, por las obreras.
Inés estaba sobrecargada al máximo. Regresaba a casa tarde, agotada hasta el extremo, pero siempre llena de energía. Nunca perdió el ánimo ni la fe alegre e inquebrantable en nuestra victoria.
A comienzos de 1919, Inés fue enviada al extranjero como parte de la delegación de la Cruz Roja de la Rusia Soviética, con el objetivo de lograr el regreso a la patria de los soldados del ejército ruso internados y prisioneros.
Tras su regreso de este viaje, en abril de 1919, se dedicó por completo al trabajo entre las
obreras y las campesinas.
En los primeros años de la revolución, el trabajo entre las mujeres adquirió una importancia especialmente grande, ya que las obreras y campesinas, privadas de derechos, analfabetas y
oprimidas bajo el régimen zarista, se encontraban en los primeros años posteriores a la revolución entre los sectores más atrasados de los trabajadores. Y, sin embargo, ocupaban un lugar importante tanto en la industria como en la agricultura. No era posible resolver conéxito las tareas que enfrentaba el país sin la participación activa de las mujeres. Por ello, el partido comenzó a buscar formas de trabajo entre las mujeres que ayudaran a elevar rápidamente su nivel cultural y político e incorporarlas a las filas de luchadoras activas y conscientes por la construcción del socialismo. Las más destacadas militantes del movimiento revolucionario—Nadezhda Krupskaya, Alexandra Kollontai, Inessa Armand, Samóilova, Nikoláeva y otras destacadas bolcheviques— dedicaron sus fuerzas y conocimientos a esta importantísima tarea.
En noviembre de 1918 se celebró la Conferencia Panrusa de Obreras y Campesinas, convocada por el Comité Central de nuestro partido. Inés, como miembro del presidium de esta conferencia, participó muy activamente en la elaboración de sus resoluciones. Teniendo en cuenta los deseos expresados en dicha conferencia, el Comité Central del partido creó, en todos los comités partidarios, comisiones de agitación y propaganda entre
obreras y campesinas, que posteriormente fueron reorganizadas en los departamentos femeninos (zhenotdel). Desde el principio, Inés participó en el trabajo de la Comisión Central y luego se convirtió en la primera jefa del Departamento Femenino del ComitéCentral del partido.
La actividad de Inés en los últimos años de su vida en el ámbito de la educación política de
obreras y campesinas fue amplia y diversa. Se ocupó de la organización de los departamentos femeninos y dirigió su labor; unió a las mujeres en torno a las
organizaciones del partido y soviéticas mediante asambleas de delegadas; tomó medidas para organizar la propaganda impresa, para lo cual se creó la «Página de la Obrera» en«Pravda» y, en 1920, la revista «Kommunistka» («La Comunista»); y organizó un amplio trabajo instructivo entre las activistas femeninas en las localidades.
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Nadezhda Krupskaya, en su artículo publicado en la revista «Kommunistka» (n.º 5 de 1920), escribía: «En ninguna otra esfera de trabajo se lleva a cabo una incorporación tan planificada y sistemática de los sectores atrasados al trabajo soviético como en el ámbito del trabajo entre las mujeres. La “propaganda con hechos” en los departamentos femeninos va de la mano con la propaganda de la palabra. Todo el aparato organizativo para el trabajo entre las mujeres está cuidadosamente pensado y organizado de la mejor manera posible. El mérito de Inés en la organización de este aparato es muy grande; aquí mostró una enorme iniciativa, una energía inmensa y una gran perseverancia».
Inés prestó gran atención al trabajo de propaganda entre las mujeres. En la «Página de la Obrera» creada por ella en «Pravda», así como en la revista «Kommunistka», se publicaron varios de sus artículos (bajo el seudónimo de Elena Blonina), en los que explicaba las tareas fundamentales que entonces se planteaban ante obreras y campesinas, movilizándolas a luchar contra la contrarrevolución, a apoyar al Ejército Rojo, a combatir la devastación y a participar activamente en la construcción del poder soviético. Entre estos artículos se encuentran: «La obrera en la lucha contra la contrarrevolución», «El Partido Comunista y las obreras», «Obreras, recordad el campo», «Las obreras y los Soviets» y muchos otros.
En ese período escribió también un folleto popular titulado «¿Por qué me convertí en defensora del poder soviético?», destinado a una lectora poco preparada. El folleto tuvo gran éxito y fue reeditado varias veces. Inés intervenía con frecuencia ante las obreras, y su nombre era ampliamente conocido en todo el país.
En el verano de 1920 se celebró el II Congreso de la Internacional Comunista, en el que Inés fue delegada. Durante el congreso se llevó a cabo una Conferencia Internacional de Mujeres con la participación de las delegadas al congreso. El peso principal de la preparación y realización de esta conferencia recayó sobre los hombros de Inés, en su calidad de presidenta.
Además, en el proceso de preparación de la conferencia escribió el folleto «Las obreras en la Internacional», así como artículos para la revista «Kommunistka».
Después de la conferencia, Inés, extremadamente cansada y enferma, partió a curarse al Cáucaso, pero en el camino hacia Nalchik contrajo el cólera y en septiembre de 1920 falleció. Así terminó la vida de esta destacada bolchevique y ardiente revolucionaria, Inessa Armand.
Con motivo de la muerte de Inés, su amiga y camarada cercana Nadezhda Krupskaya escribió: «Quisiera que la imagen de Inés Armand viviera en los corazones de todos aquellos para quienes es querida la liberación de los trabajadores, en los corazones de los camaradas del partido, en los corazones de las obreras y campesinas. Y la causa por la que Inés luchó con tanta pasión, la causa del comunismo, vencerá; de eso no hay duda».
INESSA ARMAND
OLGA AFANASYEVNA VARENTSOVA
M. BAGÁEV
Olga Afanásievna Varentsova fue una de las más antiguas militantes del movimiento obrero ruso. Vivió una vida larga y fecunda.
Su juventud coincidió con el auge del movimiento narodovolche17, y Varentsova le rindiósu tributo.
Desde comienzos de la década de 1890, con la difusión del marxismo en Rusia, se convirtióen una convencida partidaria del marxismo y participó activamente en los primeros círculos
obreros socialdemócratas. Durante toda su vida Varentsova permaneció como una firme bolchevique. Dedicó todas sus fuerzas y toda su vasta experiencia vital y política a la lucha por la construcción de la sociedad socialista.
***
O. A. Varentsova nació en 1862 en la aldea de Ivánovo, hoy ciudad de Ivánovo. Su padre, antiguo siervo, poseía en la década de 1870 una pequeña fábrica textil, pero en los años 80 se arruinó y liquidó su «empresa».
Tras terminar la escuela urbana, Olga Varentsova ingresó en el gimnasio y, bajo la influencia de las obras de los grandes escritores revolucionarios—Nikolai Chernyshevsky, Vissarion Belinsky, Dmitry Pisarev, Nikolai Dobrolyubov — quienes dominaban el pensamiento de toda la joven generación de Rusia, ingresó en un círculo ilegal de estudiantes. Allí la juventud debatía sobre el «sentido de la vida», sobre su deuda impagable con el pueblo, que vegetaba en la miseria y la ignorancia.
Tras finalizar el gimnasio, Varentsova se trasladó a Moscú para continuar sus estudios e ingresó en los Cursos Superiores Femeninos de Guerrier. A estos cursos, por regla general, ingresaban jóvenes cuyo lema era el servicio al pueblo.
Olga Afanásievna Varentsova aspiraba a la actividad revolucionaria, pero sus vínculos se limitaban todavía al medio estudiantil.
En los círculos estudiantiles, el marxismo en aquel tiempo no estaba ampliamente difundido. La corriente predominante era el populismo (narodnichestvo). Más exactamente, se trataba del epigonismo de la heroica «Naródnaya Volia», que después del 1 de marzo de 1881 prácticamente había abandonado la escena histórica.
17 El artículo de M. Bagáev, publicado en 1948 como prefacio al libro de O. A. Varentsova «La Unión Obrera del Norte y el Comité del Norte del POSDR», ha sido ampliado y revisado literariamente para la presente edición.—Ed.
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El año 1887 estuvo marcado por grandiosas agitaciones estudiantiles, especialmente intensas en Moscú. Exteriormente tenían un carácter económico: eran una protesta tajante contra el estatuto universitario reaccionario, pero en realidad tenían una orientación política. En una de las proclamas estudiantiles se subrayaba que la causa de los «disturbios»era «la conciencia de la insoportabilidad de las condiciones en que se encuentra la vida rusa en general y la estudiantil en particular».
Entre los estudiantes moscovitas, en la noche del 27 de abril de 1887, se llevaron a cabo arrestos masivos. También fue arrestada la estudiante O. A. Varentsova. Durante el registro se encontró en su poder literatura ilegal, pero no se logró establecer su vínculo con la sociedad «criminal» «Naródnaya Volia», y por ello Varentsova salió relativamente «bien librada».
Tras varios meses de prisión preventiva, fue condenada a seis meses de reclusión en celda solitaria y luego enviada bajo vigilancia policial a Ivánovo-Voznesensk. Aquí mantenía vínculos con un círculo de autoeducación de orientación populista, pero en su interior ya había surgido la duda sobre la validez de la teoría populista y de los métodos de lucha de la Naródnaya Volia.
La vida refutaba a cada paso la tesis fundamental del populismo, según la cual en Rusia el desarrollo del capitalismo era imposible.
Ivánovo-Voznesensk, donde vivía O. Varentsova, y la región adyacente (Shuia, Víchuga, Kineshma) se habían convertido ya en grandes centros de una industria textil en rápido y vigoroso desarrollo. Las aldeas empobrecidas y semidestruidas suministraban allí mano de
obra barata, sumisa y oprimida. Por una jornada laboral de 17 a 18 horas, a los obreros textiles se les pagaban miserables monedas que apenas alcanzaban para pan negro.
A las tres el pueblo fabril Despierta y se levanta. Ata una corteza de pan
Y a la fábrica se encamina.
Así era la amarga cancioncilla que reflejaba la vida de los obreros. Vivían en casuchas inclinadas en las afueras de la ciudad o en estrechos y pestilentes barracones patronales, durmiendo hacinados en literas de tres pisos. La explotación monstruosa y las durísimas condiciones de vida empujaban a los obreros a la lucha.
O. A. Varentsova mantenía contacto con los obreros más avanzados de Ivánovo- Voznesensk. Pero aún no se había apartado definitivamente de las concepciones populistas.
Un papel importante en el cambio de sus ideas lo desempeñó la obra de Georgi Plekhanov«Nuestras discrepancias». Este libro ayudó a Varentsova a comprender el carácter erróneo de la concepción populista del mundo.
Un papel decisivo en el paso definitivo de Varentsova a las posiciones marxistas lo desempeñó la llegada a Ivánovo-Voznesensk de su pariente, el estudiante del Instituto
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Tecnológico Kondrátiev, expulsado de Petersburgo por haber participado en una manifestación durante el funeral del escritor Shelgunov.
Kondrátiev, en Petersburgo, había estado vinculado a los círculos marxistas de Brusnev, Krasin y otros, y se mantenía en posiciones marxistas. Al llegar a Ivánovo-Voznesensk comenzó a establecer contactos con los obreros y, con su participación muy activa, a finales de 1892 se organizó en Ivánovo-Voznesensk el primer círculo socialdemócrata.
Por razones conspirativas, Olga Afanásievna al principio no participó directamente en la dirección del círculo, sino que mantenía el contacto a través del obrero E. Novikov. En verano vivía en la aldea de Kulíkovo y realizaba propaganda entre los habitantes locales que trabajaban en las fábricas textiles de Ivánovo.
El círculo socialdemócrata creció rápidamente y amplió el campo de su actividad. Contaba con apartamentos clandestinos donde se realizaban las reuniones y clases. En 1895, este círculo fue transformado en la Unión de Ivánovo-Voznesensk. Para entonces, Olga Afanásievna, ya una activa y experimentada propagandista, ingresó en su «centro dirigente».
A finales de 1895 comenzaron a manifestarse divergencias de principio dentro de la
organización socialdemócrata de Ivánovo-Voznesensk. Los dirigentes de la Unión —Kondrátiev y Evdokímov, que más tarde se convertirían en notorios «economicistas»—querían limitarse al trabajo de círculos y mantenerse al margen de la lucha política de las masas obreras.
En la lucha contra los «economicistas», Olga Afanásievna se reveló ya como una revolucionaria marxista plenamente formada. Apoyaba con ardor a los partidarios de la lucha política.
En enero de 1896, los gendarmes realizaron una redada contra la organización socialdemócrata de Ivánovo-Voznesensk y arrestaron a Kondrátiev y a Evdokímov. La dirección pasó a manos de O. A. Varentsova.
En junio de 1896 fueron arrestados varios camaradas más. Varentsova, junto con otros, emprendió la reorganización de la organización: se crearon células en fábricas y talleres, y el centro de gravedad del trabajo partidario se trasladó a las fábricas y plantas.
En 1897, en Ivánovo-Voznesensk estalló una huelga general de tejedores e hilanderos, en la que participaron alrededor de 15 mil personas. La huelga fue dirigida de hecho por la Unión Obrera. En junio de 1897 se desató una ola de represiones contra las organizaciones
obreras. Junto con un numeroso grupo de trabajadores fue arrestada también O. A. Varentsova.
Tras nueve meses de encarcelamiento, Varentsova fue desterrada por dos años a la provincia de Ufá. Vivió en la pequeña ciudad de Birsk, pero mantuvo vínculos con la
organización socialdemócrata de Ufá.
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Allí se encontraban importantes fuerzas del partido, entre ellas Nadezhda Krupskaya, quien
estaba terminando en Ufá su período de destierro. En una ocasión, Olga Afanásievna tuvo la suerte de asistir a una reunión de los exiliados de Ufá en la que Vladimir Ilich Lenin, de regreso de su destierro en Siberia, presentó a los camaradas su plan de publicar un periódico ilegal de carácter político general. Cuando ese periódico fue creado por Lenin y comenzó a aparecer bajo el nombre de Iskra, O. Varentsova se situó firmemente en sus posiciones.
Al terminar el período de destierro, Olga Afanásievna intentó permanecer en Ufá, pero la policía le prohibió residir en 22 provincias industriales, incluida la de Ufá, y se trasladó a Vorónezh, donde vivían camaradas desterrados de Ivánovo-Voznesensk y Yaroslavl.
En Vorónezh, como partidaria de Iskra, tuvo que librar una decidida lucha contra los«rabóchedeltsy». Esta corriente oportunista estaba encabezada en Vorónezh por Y. P. Majnovets (hermana de uno de los redactores de Rabócheie Delo, Akímov).
Mientras se encontraba en Vorónezh, O. A. Varentsova, junto con los camaradas de Ivánovo-Voznesensk y de Moscú, participó en la elaboración del plan para crear una
organización de orientación puramente iskrista: la Unión Obrera del Norte. Esta
organización debía abarcar Ivánovo-Voznesensk, Yaroslavl, Kostromá y Vladímir. Su tarea principal era liquidar el localismo organizativo y luchar contra las corrientes oportunistas—el «economismo» y el «rabóchedelismo».
Al finalizar el período de restricción de residencia, Olga Afanásievna partió para llevar a la práctica el plan de creación de la Unión Obrera del Norte. En el camino pasó por Ufá para ver a Nadezhda Krupskaya, con el fin de recibir el primer número del periódico Iskra y las direcciones para mantener correspondencia con su redacción.
Uno de los bolcheviques más veteranos, A. S. Shapoválov, que en aquel entonces trabajaba en la clandestinidad en Ivánovo-Voznesensk, escribió: «El conocimiento de los obreros avanzados y conscientes de Ivánovo me produjo una impresión extraordinariamente grata. Asombraban por su energía, sinceridad, entrega a la causa y franqueza. Algunos eran ya iskristas plenamente formados. Una parte considerable atravesaba todavía un período de
transición desde la tradición del “economismo” y del “rabóchedelismo” hacia la orientación
iskrista. Consideraban pionera de esta última a Varentsova, Olga Afanásievna».
En agosto de 1901 se convocó en Kíneshma una reunión de representantes de las
organizaciones de Yaroslavl, Kostromá, Ivánovo-Voznesensk y Vladímir. Olga Afanásievna participó en esta reunión como representante de Yaroslavl. La reunión fue convocada principalmente para elaborar la plataforma política de la Unión Obrera del Norte. Casi todos los participantes aceptaron sin reservas la propuesta de aprobar la línea política y el plan organizativo de Iskra. Solo algunos delegados de Kostromá vacilaron, pero también votaron a favor de la propuesta.
A comienzos de enero de 1902 se celebró en Vorónezh el congreso de la Unión Obrera del Norte. En él se elaboró el programa de esta Unión y se eligió su órgano dirigente—el Comité Central—, en el cual a Olga Afanásievna se le confiaron las funciones de secretaria
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responsable. Como secretaria del CC de la Unión Obrera del Norte, O. A. Varentsova
visitaba Ivánovo-Voznesensk, Kostromá y Vladímir. Al mismo tiempo trabajaba también como miembro del comité de Yaroslavl.
La Unión Obrera del Norte, que fue uno de los más firmes partidarios de Iskra, desempeñóun papel importante en la preparación y creación del partido de nuevo tipo.
En 1902, los sátrapas zaristas desataron una ofensiva contra la Unión Obrera del Norte y le infligieron un golpe enorme. Se llevaron a cabo arrestos masivos en Yaroslavl, Kostromá y Vladímir. Entre los arrestados se encontraba también O. A. Varentsova.
No deja de ser interesante la caracterización que de ella hizo la policía secreta. En un informe del Departamento de Policía se decía: «Varentsova, Olga Afanásievna, de complexión débil, de más de 30 años, empleada en la oficina de estadística; de carácter
firme y equilibrado; socialdemócrata empedernida de tendencia iskrista… Tras trasladarse a Yaroslavl e ingresar en el comité socialdemócrata local, se convirtió en agente de la “Unión del Norte”, participando en los congresos de sus militantes, así como en la elaboración de
su programa y estatutos. Lleva a cabo personalmente propaganda constante entre los
obreros… Aprobó la adquisición de una imprenta y consiguió fondos para ello del ComitéCentral de la “Unión del Norte”, de la cual es desde hace tiempo uno de los principales
miembros». Más adelante se señalaba que durante el registro se le encontró la dirección en el extranjero de la redacción de Iskra.
Olga Afanásievna fue desterrada a Astracán, pero allí enfermó de una forma grave de malaria y fue trasladada a Vólogda. En el destierro no interrumpió su actividad revolucionaria, y fue elegida secretaria del grupo socialdemócrata local.
Corría el año 1905. Un enorme ascenso revolucionario reinaba entre las masas obreras de Ivánovo-Voznesensk. La huelga general, dirigida por los socialdemócratas revolucionarios, los bolcheviques, templó a los obreros. Ante toda Rusia, los trabajadores del «Mánchester ruso» dieron ejemplo de valentía, solidaridad proletaria y firmeza. Crearon, de hecho, el primer Sóviet de diputados obreros en Rusia. Las asambleas multitudinarias de obreros en el río Talka alcanzaron con razón fama en toda Rusia como una especie de «universidad
obrera».
Olga Afanásievna ya no podía permanecer lejos de su tierra natal. Huyó del destierro y se entregó por completo al trabajo clandestino del partido. Trabajó en Egórievsk, cerca de Moscú, en Yaroslavl y en la organización militar de Petersburgo.
En julio de 1906 viajó a su Ivánovo-Voznesensk natal, que se había convertido en uno de los mayores centros de la lucha proletaria.
En otoño de 1906, por iniciativa de los comités urbano y distrital de Ivánovo-Voznesensk, se convocó una conferencia partidaria regional con representantes de las organizaciones socialdemócratas de Ivánovo-Voznesensk, Shuia, Kojmá, Téikovo, Gavrílov Posad, Seredáy Rodniki.
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La conferencia decidió unificar todas las organizaciones en una sola bajo el nombre de Comité de Ivánovo-Voznesensk del POSDR. En esta organización socialdemócrata ingresaron hasta cinco mil personas. La reorganización llevada a cabo tuvo una gran importancia para la unificación, cohesión y utilización más eficaz de las fuerzas partidarias de las organizaciones locales. Para la dirección ideológica y política se eligió, entre representantes de estas organizaciones, un centro dirigente—el Consejo de la Unión—, y para la labor corriente este Consejo designó de entre sus miembros un Buró Ejecutivo de cinco personas.
En el Buró Ejecutivo del Consejo de la Unión ingresaron Mikhail Frunze, Bobróvskaya (Zelikson) y también Varentsova.
Olga Afanásievna conservó durante toda su vida el recuerdo del trabajo conjunto con Mikhail Frunze. En 1925, en la revista Proletárskaya Revoliutsia, se publicó su artículo dedicado a Mijaíl Vasílievich Frunze.
En ese artículo, Olga Afanásievna escribía: «Me encontré por primera vez con M. V. Frunze en el verano de 1906, cuando llegué a trabajar a Ivánovo-Voznesensk. Allí no quedaba rastro del desconcierto y desaliento que habían embargado a los obreros después del pogromo de octubre de 1905. Desde mediados de 1906 hasta el otoño de 1907 la
organización del partido existió casi abiertamente. Las asambleas fabriles, mítines y conferencias se celebraban a la vista de la policía, que había adoptado una actitud expectante. Las proclamas y los periódicos ilegales se difundían en tal cantidad que la administración fabril y la policía eran impotentes para combatir “este mal” y se veían
obligadas a tolerarlo. Los sindicatos recién nacidos desplegaron ampliamente su actividad. La Unión de Ivánovo-Voznesensk del POSDR—organización regional que agrupaba a las
organizaciones socialdemócratas vecinas de Shuia, Téikovo, Kolójma, Rodniki y otras—formada en el otoño de 1906 dio a la labor del partido un alcance y una planificación aún mayores. Entre los obreros se observaba un enorme interés por el partido y por la vida política.
La campaña electoral a la II Duma Estatal fue realizada de manera excelente por la
organización: como delegados por fábricas y talleres resultaron elegidos socialdemócratas bolcheviques, candidatos del partido. Por la provincia fue elegido diputado a la II Duma Estatal el obrero bolchevique de Ivánovo-Voznesensk Zhidélev. Con motivo de su partida a Petersburgo se organizó una grandiosa manifestación: a la llamada de la organización del partido, los obreros de todas las fábricas y talleres abandonaron el trabajo y salieron a la calle».
O. A. Varentsova gozaba de gran autoridad en la región de Ivánovo-Voznesensk. Esa autoridad la había conquistado con su entrega ilimitada a la causa proletaria. La autocracia perseguía cruelmente al movimiento obrero; las represiones contra los socialdemócratas revolucionarios se sucedían una tras otra. En 1908 comenzaron los arrestos en Ivánovo, y los trabajadores más destacados de la organización fueron cayendo, en grupos o individualmente. También Varentsova fue arrestada y desterrada administrativamente.
Regresó en 1910 y volvió a dedicarse con ardor a la organización de las fuerzas del partido. Por iniciativa de los camaradas de Ivánovo-Voznesensk y Kíneshma, se convocó en
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Kíneshma una conferencia del partido, en la cual O. A. Varentsova representó a la
organización de Ivánovo-Voznesensk. En la conferencia fue elegida presidenta. Sin embargo, la reunión fue descubierta por la policía y todos los delegados fueron arrestados. Permanecieron varios meses en prisión, pero no había pruebas directas. Los delegados se mantuvieron unidos y declararon que se habían reunido para escuchar el informe de su diputado «Sobre el seguro obrero». En diciembre de 1910 el caso fue sobreseído por falta de pruebas materiales.
Olga Afanásievna ya no podía pensar en regresar a Ivánovo-Voznesensk. Se trasladó a Moscú y se incorporó al trabajo clandestino del partido. En la primavera de 1913 fue arrestada nuevamente y esta vez desterrada a la provincia de Olónets, y poco después trasladada a la provincia de Vólogda. De este destierro Olga Afanásievna regresó en el
otoño de 1916. Se estableció en Moscú y comenzó a trabajar en el Grupo Literario del BuróRegional de Moscú del partido. Allí la sorprendió la Revolución de Febrero de 1917. En aquel momento tenía ya 55 años, pero con su entusiasmo y energía literalmente contagiaba a quienes la rodeaban.
Se situó en uno de los frentes más combativos: por encargo del Comité de Moscú formó el Buró Militar para trabajar entre los soldados de la guarnición moscovita. Hacia mediados de marzo el Buró Militar quedó definitivamente constituido, y O. A. Varentsova fue elegida su secretaria.
El Buró realizó una gran labor en las unidades militares. Estableció estrechos vínculos con ellas, organizó numerosos mítines y asambleas, y desplegó un amplio trabajo de suministro de literatura a las tropas. El Buró se planteaba grandes tareas: «vincular, unificar el trabajo en el ejército con el trabajo campesino; a través del ejército, enlazar con la aldea; crear un apoyo entre el campesinado».
Durante la Gran Revolución Socialista de Octubre, O. A. Varentsova fue miembro de la troika de combate del distrito urbano de Moscú, que dirigía las acciones militares contra los junkers.
En los años de la guerra civil, Olga Afanásievna volvió a trabajar en su Ivánovo natal. En aquellos tiempos severos, cuando la joven República de los Sóviets defendía, sin escatimar fuerzas ni sangre, su libertad e independencia, ella, como secretaria del Comité Provincial,
organizaba a las masas para rechazar al enemigo. «¡A las armas, comunistas! ¡A la movilización! Destacad inmediatamente de vuestras filas a cada quinto, a cada tercero. Al combate final. A la defensa del Volga, por la liberación de los Urales, por la derrota de Kolchak, obreros de la provincia roja»—con este ardiente llamamiento el Buró del ComitéProvincial del partido se dirigió a los comunistas y luego a todos los trabajadores de Ivánovo-Voznesensk.
Los mejores hijos e hijas de Ivánovo-Voznesensk respondieron a este llamamiento y marcharon a la lucha contra Alexander Kolchak.
Con ardiente llamamiento se dirigió a los trabajadores el Buró del comité provincial de Ivánovo-Voznesensk también en los días de la ofensiva de Denikin. «¡Camaradas obreros!
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Que suene como un toque de alarma en todas las fábricas, talleres, poblados, barrios y viviendas: “¡Denikin avanza! ¡La bestial autocracia se aproxima!”. Que todo aquel para
quien sea valiosa la libertad y los derechos de la clase obrera conquistados junto con ella en la lucha revolucionaria, acuda apresuradamente a la defensa de la revolución, a la defensa de sus derechos, a la defensa de la Rusia Soviética, ingresando en las filas del Ejército Rojo mediante el alistamiento voluntario que realiza el comité provincial de Ivánovo- Voznesensk del Partido Comunista (bolchevique)».
La organización del Partido de Ivánovo-Voznesensk movilizó a sus miembros tanto para la lucha contra Yudénich como para el frente occidental contra la Polonia de los señores, y también para la represión del motín de Kronstadt.
El papel de Olga Afanásievna Varéntsova en todo este trabajo fue verdaderamente enorme. De los recuerdos del viejo bolchevique de Ivánovo, Mijaíl Yurlov, se desprende con cuánto
cariño y con cuánta confianza ilimitada gozaba O. A. Varéntsova entre los comunistas y los sin partido de Ivánovo-Voznesensk. El 10 y 11 de marzo de 1921—cuenta él—O. A. Varéntsova lo llamó al comité provincial y le dijo que era necesario viajar a Petrogrado para sofocar el motín de Kronstadt.
«Querida Olga Afanásievna—recuerda M. Yurlov—, ella siempre hablaba con nosotros como una madre con sus hijos. La queríamos indeciblemente. Habitualmente estaba sentada, cansada, con una blusita gris de cuello cerrado, y te miraba con unos ojos inteligentes, que todo lo veían. Sentía lástima por ti, también agotado por las noches sin dormir, mal alimentado, pero no lo demostraba, no mostraba que simpatizaba contigo.
—¿Cuándo hay que partir, Olga Afanásievna?—le pregunté.—Dentro de unas tres horas hay que salir.
Todo era sencillo, claro y dolorosamente entrañable.
Esta mujer no empujaba a nadie, nunca, en todo el tiempo que la conocí, levantó la voz,
pero en cada una de sus palabras había tanto encanto, tanta autoridad… Y nosotros, setenta
bolcheviques, seleccionados personalmente por Olga Afanásievna, partimos a través de Moscú hacia Petrogrado para tomar Kronstadt».
O. A. Varéntsova no solo era secretaria del comité provincial y miembro del comitéejecutivo provincial. También encabezaba la comisión de ayuda a los soldados del Ejército Rojo heridos y enfermos, la comisión del «Día del regalo rojo» y realizaba muchas otras tareas. Y en todas ellas aportaba la organización y la perseverancia que le eran propias.
A comienzos de 1920, en calidad de presidenta de la Comisión Provincial para la realización de la «Semana del Frente», O. A. Varéntsova escribía que era necesario atraer a
obreros y campesinos para «la intensa recolección de regalos en forma de ropa, calzado, ropa interior, alimentos, etc. Aquí es necesario observar el mayor tacto y el control más estricto para evitar reproches y rumores. La rendición de cuentas y la publicidad deben mantenerse al nivel adecuado. En todas partes y en todo, los comunistas deben ir delante».
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En la ciudad y en el campo se realizaron cientos de mítines, y el pueblo compartía con sus defensores—los soldados del Ejército Rojo—las últimas migajas que tenía.
O. A. Varéntsova, como secretaria del Comité Provincial del Partido, participó de la manera más activa en todas las medidas dirigidas a mejorar la situación alimentaria de los trabajadores. Y la situación de los habitantes de Ivánovo-Voznesensk era extremadamente difícil. Durante muchos meses, la ración de pan para los obreros no superaba los 200 gramos al día.
En una carta a los obreros de Europa y América, V. I. Lenin escribió: «Las desgracias de los obreros hambrientos en Petrogrado y Moscú, en Ivánovo-Voznesensk y en otros centros
obreros son realmente grandes. Las masas obreras jamás habrían soportado tales calamidades, tales tormentos de hambre, a los que las condena la intervención militar de la
Entente… si los obreros no comprendieran que están defendiendo la causa del socialismo
tanto en Rusia como en todo el mundo»18.
También era mala la situación con la materia prima para la industria textil de Ivánovo- Voznesensk. No había algodón, las fábricas y los talleres estaban parados. Solo después de las victorias decisivas en los frentes de la guerra civil, a la provincia de Ivánovo- Voznesensk los primeros cargamentos de algodón llegaron en los primeros trenes. En
octubre de 1920, después de una larga interrupción, en algunas fábricas volvió a oírse el silbato. En el periódico provincial «Rabochiy krai» («La región obrera») apareció con este motivo un artículo de O. A. Varéntsova:
«Tristes y silenciosas permanecían nuestras fábricas—escribía ella—. La vida se había detenido en ellas. Con tristeza y preocupación las miraban los obreros, atravesando un período doloroso de extrema necesidad y desempleo».
Señalando que el renacimiento de nuestras fábricas y talleres fue posible únicamente gracias a las brillantes victorias del Ejército Rojo, que devolvieron a la República Soviética el Turquestán y Bakú, O. A. Varéntsova llamaba a los trabajadores textiles y estampadores de telas a «mostrar energía y firmeza» en la tarea de reconstruir la industria y, con ello, refutar la leyenda de la burguesía y de sus sabios servidores de que el proletariado no puede prescindir de los capitalistas.
«El proletariado ruso—se decía en el artículo—, que ha tomado en sus manos el poder del Estado, debe demostrar claramente al mundo entero que es capaz de crear formas superiores de economía. Así lo exige, camaradas, vuestro honor y deber proletario.
Hoy nuestras fábricas volverán a la vida. Sonará el silbato que llama al trabajo, humearán las chimeneas, se pondrán en marcha los telares y las máquinas. Los obreros regresarán de nuevo a la fábrica, a su elemento natal, pero no a las viejas fábricas donde reinaba la
18 V. I. Lenin, Obras completas, t. 37, pág. 475.
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arbitrariedad del patrón, sino a nuevas fábricas proletarias, donde dominará la creatividad
del trabajador».
O. A. Varéntsova hizo mucho para que la creatividad de la clase obrera se manifestara en las más diversas y fructíferas formas, en condiciones increíblemente difíciles, cuando se emprendía la construcción de la economía socialista. El recuerdo de su labor vive en el corazón agradecido del proletariado de Ivánovo-Voznesensk.
Una gran fábrica de hilatura, tejido y estampado de telas de la sociedad manufacturera de N. Garelin, en Ivánovo-Voznesensk, lleva actualmente el nombre de O. A. Varéntsova.
Olga Afanásievna fue elegida miembro de la Comisión de Control del Partido ante el Comité Central; durante muchos años trabajó en el Comité Central del PC(b) de toda la Unión, en el Instituto de Marxismo-Leninismo, y fue autora de una serie de interesantes trabajos sobre la historia del Partido y sobre la historia del movimiento obrero en Rusia.
En el Día Internacional de la Mujer, el 8 de marzo de 1933, Olga Afanásievna fue condecorada con la Orden de Lenin.
Olga Afanásievna Varéntsova murió en Moscú en 1950, a la edad de 88 años. En su vida experimentó una gran felicidad, la mayor para una figura pública. En la victoriosa construcción socialista de la Unión Soviética vio la realización de aquellos ideales al servicio de los cuales había consagrado toda su vida.
OLGA AFANÁSIEVNA VARÉNTSOVA
Álbum de la profesora O. N. Petrova, de la escuela para jóvenes obreros de la fábrica«Krasnaya Talka».
VERA MIJÁILOVNA VELÍCHKINA
(BONCH-BRUÉVICH)
M. BARSÚKOV
Hay personas, figuras públicas, cuya imagen se graba con especial fuerza en nuestra
conciencia y permanece en nuestra memoria durante muchos años. Así era Vera Mijáilovna Velíchkina, que se distinguía por una sorprendente sencillez, por su firmeza de principios en todo, incluso en las cosas pequeñas, y por su sensibilidad y capacidad de respuesta.
De baja estatura, con el cabello negro, liso y ya entrecano, siempre apresurada hacia algún lugar—así ha quedado en mi memoria Vera Mijáilovna, con quien tuve que encontrarme con frecuencia y trabajar juntos en los primeros años del poder soviético.
Vera Mijáilovna Velíchkina nació en Moscú en 1868, en la familia de un sacerdote. La familia era numerosa. Los hermanos mayores estudiaban en la universidad. Junto con ellos y con sus compañeros, penetraba en el hogar una nueva corriente de vida social. La juventud que rodeaba a Vera Mijáilovna estaba en gran parte en oposición al gobierno, y esto no podía dejar de influir en la naturaleza impresionable de la joven, que observaba y escuchaba atentamente todo lo que sucedía a su alrededor.
Velíchkina tenía 17 años cuando terminó el gimnasio. Hasta 1890 vivió principalmente con su hermano en Kolomna y en Kíneshma, donde él trabajaba como ingeniero en el ferrocarril. Vera Mijáilovna leía mucho, especialmente sobre ciencias naturales; también se interesaba profundamente por las ciencias sociales y estudiaba lenguas extranjeras. Desde muy joven mostró inclinación por el trabajo de investigación, sobre todo en el campo de la biología.
Una vida apartada de la sociedad no podía satisfacer la naturaleza viva de Vera Mijáilovna, y ella aspiraba a salir del círculo familiar. Pronto lo consiguió. El comienzo lo marcaron los acontecimientos de 1891, cuando, a consecuencia de una mala cosecha, comenzó el hambre en el país. Las desgracias del pueblo inquietaban a Vera Mijáilovna y no le daban descanso. La vida acomodada en Moscú se le volvió insoportable, y decidió firmemente abandonar el hogar e incorporarse al trabajo de ayuda a los hambrientos. Le resultó muy difícil separarse de su madre, a quien quería con especial ternura y cercanía. Pero el sufrimiento del pueblo exigía acción, y decidió marcharse para luchar contra el hambre.
Vera Mijáilovna había oído que L. N. Tolstói ayudaba activamente a los hambrientos, y se le ocurrió la idea de dirigirse a él. Según los relatos de personas cercanas a L. N. Tolstói, Vera Mijáilovna les causó la impresión de ser una muchacha débil y enfermiza, y entre ellos decidieron no involucrarla en un trabajo relacionado con grandes dificultades.
Pero Lev Nikoláievich Tolstói pensaba de otra manera. Percibió en aquella frágil joven una gran fuerza espiritual y le propuso trabajar junto a él. Tolstói preguntó a Vera Mijáilovna cuándo pensaba partir.
—Hoy—respondió ella.
Esa decisión le agradó especialmente.
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Al día siguiente de la conversación con Tolstói, Vera Mijáilovna partió hacia la aldea de Begíchevka, en la provincia de Riazán, que era el centro de la actividad de lucha contra el hambre. Pasó un año, y Velíchkina sintió que su trabajo contra el hambre tenía un carácter insignificante y que no ayudaría al campesinado a salir de la miseria, que para aliviar su situación era necesaria alguna transformación radical. Pero cuál, todavía no lo sabía.
En 1892, Vera Mijáilovna se marchó a Suiza e ingresó en la facultad de medicina de la Universidad de Zúrich. Al principio aún mantenía relación con los grupos populistas (narodnikí). Sin embargo, al familiarizarse con la literatura marxista y al escuchar atentamente las discusiones entre marxistas y populistas, comenzó a adoptar una actitud crítica hacia su teoría.
Habiendo estado en medio del pueblo durante la lucha contra el hambre y convencida de cuán alejadas de la vida estaban las concepciones populistas, Vera Mijáilovna perdió la fe en ellas. «Para que se cumpla aquello con lo que sueñan los populistas —decía Vera Mijáilovna—tendría que ocurrir un milagro, y yo no creo en milagros, y debo decir francamente que el programa populista no tiene base real. No tienen en quién apoyarse, salvo en la juventud estudiantil. Los campesinos no los conocen ni los comprenden».
Una notable imagen de Vera Mijáilovna de aquel tiempo la da en sus memorias el escritor y editor de libros para lectura popular I. I. Gorbunov-Posádov. «Recuerdo como si fuera ahora—escribe—cómo estamos sentados al atardecer junto al lago de Zúrich. Desde el kursaal llegan los sonidos de la música, por el lago se deslizan mágicamente las barcas, y nosotros—yo, joven literato, y ella, una joven rusa—no hablamos de la belleza de esta tarde, ni de estos sonidos, aunque ambos amamos y apreciamos la belleza y sabemos admirarla; hablamos de aquello de lo que están llenas, ante todo, las jóvenes almas rusas:
de los altos ideales de la vida, del pueblo, de la lucha por su felicidad, por su liberación, de la lucha por la más amplia y profunda educación popular. Y ahora vuelve a surgir ante mísu alma vibrante, y recuerdo como si fuera hoy aquella conversación bajo los sonidos de la música, allí donde los elegantes europeos disfrutaban de emociones estéticas, mientras que nosotros, incluso allí, solo podíamos hablar de aquello por lo que nuestras almas ardían y sufrían con pasión».
Desilusionada de los populistas, Vera Mijáilovna dirige toda su atención a la literatura socialista. Comienza a publicar en la prensa ilegal rusa.
Aprovechando la pausa de verano en los estudios, Velíchkina viaja a Rusia y conoce por casualidad a los narodopravtsy. No compartía sus ideas, pero los respetaba por su actitud
opositora frente al zarismo. Una vez dio refugio en su casa a una destacada narodopravka, M. I. Sytsianko (Oslónova), y con ello atrajo la atención de la policía.
Es necesario señalar que la casa de los Velíchkin en Moscú, donde vivía y se había criado Vera Mijáilovna, a comienzos de los años noventa del siglo pasado, como indicaba la
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ojrana19, era uno de los centros de la Moscú revolucionaria. Casi toda la familia de Vera Mijáilovna—su hermano Nikolái, y sus hermanas Klavdia y María—se hallaban bajo vigilancia policial abierta.
En 1894, según los «diarios de vigilancia exterior» conservados en los archivos de la policía secreta sobre la familia Velíchkin, se observa que su casa era visitada por muchos revolucionarios; entre ellos se encontraban V. D. Bonch-Bruévich, P. G. Smidóvich y otros.
En el otoño de 1894, cuando Velíchkina debía partir hacia Zúrich para continuar sus estudios, la policía la detuvo en la estación. En la casa de Vera Mijáilovna se realizó un registro minucioso. La mencionada Sytsianko, que se alojaba en su vivienda, así como el hermano de Vera Mijáilovna, Nikolái, fueron arrestados. El gobierno inició un proceso judicial contra los narodopravtsy, y V. M. Velíchkina fue incluida en el caso. Pero pronto se aclaró completamente que Vera Mijáilovna no tenía participación en él. Sin embargo, debido a que asumió la responsabilidad por toda la literatura ilegal encontrada en el apartamento, pasó varios meses en prisión y fue liberada por la amnistía decretada con motivo de la subida al trono de Nicolás II.
Velíchkina fue expulsada de Moscú a la provincia de Vorónezh, donde vivió bajo vigilancia abierta y, en aldeas apartadas, se dedicó a la práctica como asistente médica y a labores culturales y educativas.
Al regresar a Moscú en el verano de 1895, Vera Mijáilovna se unió al ya formado círculo juvenil de socialdemócratas, vinculado con los obreros moscovitas. Ese mismo año escribióun folleto popular sobre los hermanos Graco, que la censura de Moscú prohibió imprimir.
En 1896, Velíchkina volvió a marcharse a Suiza, llevando encargos de varios círculos socialdemócratas de Moscú, unidos en la «Unión de lucha por la emancipación de la clase
obrera», dirigidos al grupo «Emancipación del Trabajo», en particular a G. V. Plejánov y P. B. Axelrod. En el extranjero, Velíchkina se une al grupo de camaradas que se había
organizado alrededor de Plejánov y participa en la lucha ideológica contra los
“rabóchedelets” (economistas).
En 1898, Vera Mijáilovna, que ya conocía desde antes a V. D. Bonch-Bruévich, se casa conél. Después de terminar la Universidad de Berna, Vera Mijáilovna, junto con V. D. Bonch- Bruévich, se traslada a Canadá, donde trabaja como médica entre los dujoboros20, a quienes el gobierno de Nicolás II, tras duras persecuciones, había expulsado para siempre de Rusia. Después de permanecer en Canadá poco más de un año, Velíchkina regresa a Suiza.
Durante su estancia en la Universidad de Berna y en Canadá, Velíchkina presta gran atención a la actividad literaria. Escribe libros y artículos y se dedica a la traducción
19 La Ojrana (1881-1917) fue la policía secreta del Imperio ruso, creada para combatir el terrorismo y el activismo revolucionario de izquierdas durante la época zarista.
20 Los dujobores (o doukhobors) son un grupo étnico-religioso pacifista de origen ruso, surgido en los siglos XVIII-XIX, que rechaza la autoridad estatal y eclesiástica en favor de la "luz interior". Conocidos como "luchadores espirituales", emigraron masivamente a Canadá a finales del siglo XIX para escapar de la persecución zarista, apoyados por León Tolstoi.
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literaria. Entre sus obras originales publicadas en esos años pueden mencionarse: «El amigo
de los niños», biografía de Pestalozzi; «Suiza», una descripción completa de ese país para la juventud; «Los dujoboros en Canadá».
Entre las traducciones, Velíchkina trabajó especialmente en la novela de Polenz «El campesino», cuya publicación en Rusia se consideraba de gran importancia. En ese mismo tiempo preparó para la imprenta dos libros de Hermann Wagner: «En el campo y en el prado», «La vida de las plantas notables», así como relatos para niños pequeños titulados«Lo que contaba mamá sobre las cosas útiles que había en la habitación de los niños».
Decidió regresar a Rusia, pero al cruzar la frontera fue arrestada y enviada a la prisión de San Petersburgo. Allí enfermó gravemente y fue trasladada al hospital. En el hospital de la prisión, Vera Mijáilovna dio a luz a una niña, que murió al día siguiente.
En 1901, a Vera Mijáilovna se le permitió marcharse al extranjero, donde trabajó en la redacción de la revista «Zhizn» («La Vida»). Esta revista se publicó en Petersburgo entre
1897 y 1901 y era órgano de los marxistas “legales”. En 1901 fue clausurada por el
gobierno zarista, y su publicación se trasladó al extranjero, donde continuó hasta 1902. Vera Mijáilovna pertenecía a la parte de la redacción que aspiraba a la unión con la Liga en el Extranjero de la socialdemocracia revolucionaria rusa y con el grupo del periódico«Iskra».
En 1902, Velíchkina ingresó en la Liga en el Extranjero de la Socialdemocracia Revolucionaria Rusa. Después del II Congreso del POSDR, adoptó firmemente las posiciones bolcheviques y hasta el final de su vida dedicó todas sus fuerzas al partido bolchevique.
Tradujo al ruso la «Crítica del Programa de Gotha» de K. Marx, «La cuestión campesina en Francia y Alemania» de F. Engels, «El programa del partido obrero» de Guesde y Lafargue,«Problemas actuales del socialismo internacional» de K. Kautsky, así como varias obras literarias de escritores extranjeros. En este período, Vera Mijáilovna también actuó como autora. Escribió una monografía en dos tomos dedicada a la historia de la Inquisición. Al mismo tiempo trabajaba en la prensa del partido: publicaba notas en los periódicos «Iskra»y «Vperiod», preparaba materiales para ellos, y compiló una colección de poemas revolucionarios titulada «Antes del amanecer», entre otros trabajos.
En 1904, Velíchkina participó activamente en la redacción de la revista socialdemócrata ilegal «Rassvet» («Amanecer»), publicada por decisión del II Congreso del POSDR para su difusión entre los sectarios, y colaboró regularmente en los periódicos bolcheviques«Vperiod» y «Proletari».
Vera Mijáilovna asombraba por su capacidad de trabajo. L. Fedorchenko (Charov), en sus memorias publicadas en la revista «Kátorga i ssylka» («Prisión y destierro»), escribe: «En general, Vera Mijáilovna se distinguía por una capacidad de trabajo asombrosa, a pesar de su frágil salud. No recuerdo haberla visto descansar ni perder el tiempo. Cada vez que entraba en su habitación, siempre la encontraba con un libro o escribiendo en papeles.
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Daba la impresión de ser una científica o una escritora, y el ambiente de su habitación
parecía el de un despacho de trabajo. Nada había en ello del nihilismo ruso. Todo era claro,
limpio, acogedor… Tanto los conocidos como los camaradas que llegaban a su casa se
sentían de inmediato rodeados por una atmósfera de elevados intereses literarios y sociales. Tanto en los asuntos pequeños como en los grandes, Vera Mijáilovna se manifestaba como una persona sensible y atenta, entregándose por completo al servicio de los demás».
Junto con su trabajo literario, Vera Mijáilovna desempeñaba también una tarea tan laboriosa como la organización del «pequeño transporte», es decir, el envío a Rusia de publicaciones bolcheviques, folletos sueltos, llamamientos, hojas de discusión, así como del periódico «Vperiod».
En esta labor mostraba gran iniciativa e ingenio. A uno de sus conocidos —un encuadernador suizo simpatizante del movimiento revolucionario—le encargó inventar un tipo de pegamento que pudiera unir hojas de papel impresas muy finas de tal modo que, al remojarlas, fuera fácil separarlas una de otra. El encuadernador cumplió brillantemente la tarea y obtuvo el resultado deseado. Para aquella época esto tenía gran importancia, pues facilitaba el transporte de materiales del partido.
Mucha literatura del partido era enviada por Vera Mijáilovna oculta dentro de todo tipo deálbumes, cuadros y diversos objetos artísticos. A menudo alguna familia extremadamente burguesa, que recibía de Vera Mijáilovna elegantes regalos para sus «parientes», ni siquiera sospechaba que estaba transportando literatura prohibida.
Vladímir Dmitrievich Bonch-Bruévich cuenta cómo él mismo tuvo que aprovechar ese tipo de transporte: «Recorriendo Rusia a comienzos de 1905 como clandestino por encargo de nuestro partido, en Járkov, en casa de una familia simpatizante que me dio refugio, supe que solo unos días antes habían recibido del extranjero unos cuadros de Böcklin, elegantemente montados sobre lujosos paspartús, impresos en magnífico tricromo.
El dueño y la dueña estaban desconcertados, sin saber quién les había enviado un regalo tan hermoso. Pedí ver los cuadros, que ya adornaban las paredes del despacho del dueño, y enseguida comprendí que provenían de Ginebra, de nuestro departamento de transporte.
El dueño me dijo que el matasellos postal era de Francia.“Dealgún pueblito llamado Morné”, añadió. Yo sabía que, para no ser descubiertos por los espías, a menudo enviábamos nuestras publicaciones desde Francia cuya frontera pasaba a pocos kilómetros
de Ginebra, y con mayor frecuencia desde Mornex. Como el dueño de la casa era “persona de confianza”, le dije que aquellos cuadros eran para mí.
Le pedí agua caliente en una gran palangana, cerré con llave la puerta del despacho, cortésin piedad el paspartú, limpié en lo posible la capa superior del papel y sumergí todo en el agua. Unos quince minutos después, todo se había empapado bien, y empecé a separar fácilmente hoja por hoja, extendiendo todas aquellas novedades impresas por todo el amplio despacho.
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El dueño permanecía como paralizado y, al parecer, no creía a sus propios ojos. De los
hermosos cuadros de Böcklin surgieron los últimos números de nuestro periódico«Vperiod», folletos, diversas hojas y otros materiales».
Llegó el año 1905. Vera Mijáilovna era representante de los bolcheviques en la
organización unificada de la Cruz Roja política, cuyo centro en el extranjero se encontraba en Ginebra. Después de los acontecimientos de enero en Petersburgo, participó activamente en la recaudación de donaciones en favor de los obreros afectados.
En octubre de 1905 viajó a Petersburgo y se incorporó a la lucha revolucionaria.
En la lucha contra el zarismo, las masas obreras crearon en 1905 una nueva organización política de masas: los Soviets de diputados obreros, que, según V. I. Lenin, en el curso de la revolución debían convertirse en órganos de la dictadura revolucionario-democrática del proletariado y del campesinado.
En una de las últimas sesiones del Soviet de diputados obreros, celebrada en el edificio de la Sociedad Económica Libre, V. M. Velíchkina fue arrestada junto con otros y permanecióvarios meses en prisión. Fue liberada sin juicio ni investigación, como persona que había
asistido a aquella sesión del Soviet “por casualidad”.
Después de recuperarse un poco de la enfermedad que sufrió en la cárcel, Vera Mijáilovna comenzó a trabajar en la editorial del partido «Vperiod», donde formaba parte del consejo de redacción.
A causa de la reacción que se inició en el país, la editorial dejó de existir. Fue destruida, y sus organizadores encarcelados. Vera Mijáilovna, que casualmente había evitado el arresto, se dedicó a organizar clubes obreros en el centro de los barrios trabajadores de Petersburgo. Uno de estos clubes, «Nauka» («Ciencia»), existió casi diez años, aunque no menos de una vez al año era objeto de redadas policiales.
En esos años, adquirió gran popularidad en los barrios obreros. Cuando los trabajadores del barrio de Viborg organizaron el primer hospital de la caja de seguros, la invitaron a trabajar allí como médica. Vera Mijáilovna no ejercía práctica privada, pero siempre, sin negarse, de día y de noche acudía a los lugares más apartados de las afueras de Petersburgo para prestar ayuda médica.
En los años de reacción, trabajó con la fracción socialdemócrata de la Duma Estatal en todas sus convocatorias. Al mismo tiempo colaboraba en los periódicos «Zvezdá» y«Pravda». En esos años fue sometida a numerosos registros, pero realizaba su trabajo con tal cautela que la policía no encontraba motivo para acusarla. Todo lo hacía con gran dedicación.
En 1912, cuando en la provincia de Ufá se declaró una hambruna, Vera Mijáilovna se trasladó allí y, estableciéndose en las aldeas más apartadas de los bashkires, organizócomedores y asistencia médica para la población.
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En 1914 estalló la Primera Guerra Mundial. Vera Mijáilovna se pronunció enérgicamente
contra ella, pues le parecía una locura todo lo que ocurría alrededor. A Petrogrado comenzaron a llegar interminables filas de heridos, y ella, como médica, se inquietó y empezó a consultar con sus camaradas del partido acerca de la posibilidad de viajar al frente. Naturalmente, nadie se opuso. Tras prepararse rápidamente, partió hacia Kiev y desde allí hacia las posiciones avanzadas del frente suroccidental.
Después de un año y medio decidió regresar a Petrogrado. Poco antes de partir, se le encargó organizar la lucha contra el cólera en el llamado campamento de Shutkov, en la provincia de Kamenets-Podolsk, donde se concentraban refugiados rusos. Gracias a las medidas adoptadas, al cabo de unas dos semanas la epidemia comenzó a disminuir, y Velíchkina partió hacia Petrogrado.
Aquí, como antes de viajar al frente, trabajó en la editorial «Zhizn i Znanie» («Vida y Conocimiento»). Para mantener el contacto con los obreros utilizaba los clubes y los dispensarios obreros. Al mismo tiempo, Vera Mijáilovna se dedicaba intensamente al estudio del trabajo artesanal y del trabajo en fábricas de niños y adolescentes.
Aprovechando la situación legal de todo tipo de “patronatos”, hacía pasar a través de ellos
el texto de una encuesta con el correspondiente llamamiento y lo difundía entre los obreros. Con el mandato de uno de estos “patronatos”, visitaba diversos talleres artesanales, estudiaba la situación del trabajo infantil, redactaba cuestionarios a partir de los testimonios de los niños y reunía un abundante material, que luego elaboraba en forma de informe.
Precisamente en ese tiempo, como ella misma decía, fue tomando forma ante ella el programa de lucha por la vida de los niños, que comenzó a realizarse después de la victoria de la Revolución de Octubre.
Recibió con entusiasmo la noticia de los acontecimientos revolucionarios iniciados en febrero de 1917. En la misma noche en que se supo del levantamiento obrero, compiló una colección de cantos que tituló «Canciones de la revolución».
Vera Mijáilovna participó en la organización de la Cruz Roja obrera y, formando parte de sus destacamentos sanitarios, prestó asistencia médica a los insurgentes. Trabajóespecialmente mucho en los barracones de Rozhdéstvenski, junto con el cirujano V. D. Sokolov.
Dos días después de la caída del zarismo apareció en la redacción de «Izvestia del Soviet de Diputados Obreros y Soldados de Petrogrado» y se convirtió en secretaria de la redacción, donde trabajó hasta que los mencheviques tomaron el control del periódico.
Hasta la Gran Revolución Socialista de Octubre, Vera Mijáilovna trabajó en el comité de distrito de Rozhdéstvenski del partido, siendo miembro del buró del comité. Se mantuvo firmemente en las posiciones leninistas y luchó activamente por la revolución socialista.
Tuve ocasión de encontrarme por primera vez con Vera Mijáilovna en un día histórico—el 24 de octubre (6 de noviembre) de 1917—en el Comité Militar Revolucionario del Soviet de Diputados Obreros y Soldados de Petrogrado.
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Desde los primeros días de la Revolución de Octubre, Velíchkina, con enorme energía, se dedicó al trabajo en el Departamento Médico-Sanitario del Comité Militar Revolucionario del Soviet de Diputados Obreros y Soldados de Petrogrado, y luego fue destinada al Comisariado del Pueblo de Educación, donde encabezó el consejo sanitario escolar y el departamento correspondiente. Este departamento pronto comenzó a publicar un «Boletín», en cuyo primer número Velíchkina expuso el programa para la organización del sistema sanitario escolar en la Rusia soviética.
Vera Mijáilovna realizó un gran trabajo en el Consejo de Colegios Médicos, el primer centro médico superior de la joven república de los sóviets. Siendo una firme partidaria de la creación del Comisariado del Pueblo de Salud, dedicó muchos esfuerzos a su
organización.
El 24 de mayo de 1918, en «Izvestia del Comité Ejecutivo Central Panruso de los Sóviets», se publicó un artículo de Vera Mijáilovna dedicado a la aparición del primer número de la revista «Noticias de la medicina soviética». Entre las tareas que tenía ante sí el Consejo de Colegios Médicos, ella colocó en primer lugar la prevención de enfermedades y la lucha
contra las epidemias. «…Entonces —escribía Vera Mijáilovna— quedarán olvidados aquellos tiempos oscuros en que la vida del proletario se acortaba de manera increíble por las condiciones antihigiénicas de su vida y de su trabajo».
Convencida médica de orientación preventiva, Vera Mijáilovna, trabajando en el Comisariado del Pueblo de Educación de la RSFSR, consideraba la protección de la infancia como el eslabón principal en el sistema de medidas masivas de sanidad. Por eso, el problema de la creación de guarderías y la fundamentación teórica de su utilidad ocupan un lugar importante en su actividad.
El régimen escolar, la alimentación infantil, instituciones especiales para niños debilitados, las escuelas forestales, donde el proceso escolar se combinaba con el tratamiento, todo esto Vera Mijáilovna lo incluía en el concepto de protección de la salud infantil.
A Vera Mijáilovna le pertenece la idea de la dirección estatal del sistema de educación física infantil. Comenzando con la creación en las escuelas de pequeños campos de juego y cursos de instructores de cultura física, Velíchkina, junto con otros compañeros, insistiótenazmente en la creación en Moscú de un Instituto de Cultura Física como centro científico superior. «La antigua escuela—escribía Vera Mijáilovna—, construida sobre una concepción dualista del ser humano, sobre la división entre alma y cuerpo como consecuencia de la visión religiosa del mundo, no se proponía como objetivo la creación de una personalidad armónica, la formación de un ser humano íntegro, y prestaba atención casi
exclusivamente al desarrollo intelectual…»
Subrayando la importancia de las medidas preventivas para conservar la salud, Vera Mijáilovna escribía que «el crecimiento de los conocimientos médicos fue planteando gradualmente, junto a las cuestiones del tratamiento, las cuestiones de la profilaxis y de la
higiene…» «Al ser humano no solo hay que curarlo, sino también conservar su salud; no solo conservar su salud, sino indicarle las mejores condiciones para su desarrollo y
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crecimiento. Las tareas de la cultura física se determinan, por lo tanto, como educación y formación física».
De todo esto se ve cuán amplia y multifacética comprendía Vera Mijáilovna las tareas que se planteaban ante la sanidad soviética en los albores de su existencia. No puede dejarse en silencio otro aspecto de la actividad de V. M. Velíchkina. Fue una pionera de la educación sanitaria soviética y le corresponde un gran mérito en este campo.
En 1918, en Petrogrado la situación alimentaria era especialmente difícil, lo que afectaba dolorosamente a los niños. Para ayudarlos, Vera Mijáilovna propuso la idea de enviar a los niños a las «provincias cerealistas» y participó en su realización. Los sóviets locales recibieron a los niños cordialmente. Cientos de ellos fueron salvados del hambre.
El gobierno soviético valoraba altamente el trabajo de Vera Mijáilovna en el campo de la sanidad. El 22 de marzo de 1918 fue nombrada vicepresidenta del Consejo de Colegios Médicos, y luego, el 11 de julio de 1918, cuando se creó el Comisariado del Pueblo de Salud de la RSFSR, pasó a formar parte del primer colegio del comisariado.
Dirigiendo en él el departamento de protección de la salud infantil, Vera Mijáilovna dedicómuchas fuerzas a los problemas de la alimentación infantil.
Cuando ocurrió el atentado contra V. I. Lenin, Vera Mijáilovna fue una de las primeras médicas que acudieron a su lado.
En septiembre de 1918, enfermó de gripe española, y después de neumonía, y su
organismo, que nunca se había distinguido por una gran fortaleza, no resistió. En la noche del 30 de septiembre falleció.
Al enterarse de la muerte de Vera Mijáilovna, Vladímir Ilich Lenin y Nadezhda Konstantínovna Krúpskaya enviaron una carta a Bonch-Brúevich, en la que expresaban su pesar por la gran pérdida.
«Querido Vladímir Dmitrievich —escribía V. I. Lenin—.Solo hoy por la mañana me comunicaron la terrible noticia. No puedo viajar a Moscú, pero al menos en una carta quisiera estrecharle muy, muy fuerte la mano para expresar mi cariño y el de todos nosotros hacia Vera Mijáilovna y sostenerle un poco, en la medida en que puede hacerlo una persona en su terrible dolor. Cuide bien la salud de su hija. Una vez más le estrecho muy, muy fuerte la mano. Suyo, V. Lenin».
«Queridos Vladímir Dmitrievich y Lelenka —escribía Nadezhda Konstantínovna Krúpskaya al esposo y a la hija de Vera Mijáilovna—, no sé qué decir. Cuídense el uno al
otro. Les estrecho muy, muy fuerte la mano. De algún modo resulta terriblemente difícil creerlo. Suya, N. K. Uliánova».
En la persona de Vera Mijáilovna Velíchkina (Bonch-Brúevich), nuestro pueblo perdió a una gran figura estatal, que dedicó todas sus fuerzas a la protección de la salud de los trabajadores, una firme bolchevique y una persona extraordinaria.
VERA MIJÁILOVNA VELÍCHKINA (BONCH-BRÚEVICH)
MARÍA PETRÓVNA GOLÚBEVA
Una figura baja y robusta, un rostro sencillo y amable, pequeños ojos grises y vivaces detrás de los lentes, el cabello canoso corto y peinado hacia atrás con suavidad, una blusa gruesa de color gris oscuro y un pañuelo abrigado sobre los hombros: así aparece ante mis
ojos mi madre en los últimos años de su vida.
Pero desde una vieja fotografía conservada en la familia me mira una muchacha de rasgos finos y mirada seria y atenta. Esa es mi madre en su juventud. Está vestida con un modesto vestido oscuro con cuello blanco, como solían vestirse las jóvenes avanzadas de su generación.
Entre la imagen de mi madre en sus últimos años y la imagen captada en la fotografía se extiende toda una gran vida, llena de trabajo y de lucha.
De sí misma, María Petróvna decía que había sido «una simple soldado de la revolución», y, con la modestia que le era propia, nunca subrayaba que pertenecía al reducido círculo de mujeres rusas que ya a comienzos de los años 80 del siglo pasado se incorporaron al camino de la lucha revolucionaria.
M. P. Golúbeva era una persona cercana a la familia Uliánov.
María Yasneva (este era el apellido de soltera de mi madre) nació en el significativo año 1861, en Vetluga, provincia de Kostromá.
Su padre, un pequeño funcionario, murió temprano, dejando a la familia sin ningún medio de subsistencia. La escasa pensión estatal no podía mantener a la viuda con dos niños pequeños siendo acogidos por parientes ricos.
«Mi infancia transcurrió —recordaba María Petróvna— en un ambiente de curas y terratenientes».
La vida gris y sin alegrías de la niña solo era iluminada por los libros y por la cercanía de la naturaleza. Vetluga en aquel tiempo era un pequeño poblado rodeado de bosques espesos. La vieja niñera, antigua sierva, contaba a los niños cuentos espantosos sobre leshíes y rusalkas, y también sobre la dura vida bajo la servidumbre.
La niña leía a escondidas de su madre, de su tía y de su tío, ocultando los libros bajo el bastidor de bordado o debajo de la almohada. Leía principalmente vidas de santos, creía en Dios y en las rusalkas de la niñera. «Después las rusalkas desaparecieron, y Dios no justificó mis esperanzas», decía María Petróvna al recordar su infancia.
Tenía 14 años cuando se trasladó con su madre a Kostromá, y allí ingresó en el seminario pedagógico zemstvo, una institución de enseñanza media que preparaba maestras para las escuelas rurales. En Kostromá vivían en aquella época muchos deportados políticos. Entre ellos había obreros, estudiantes e intelectuales democráticos.
Los profesores del seminario mantenían relación con esas personas llamadas entonces“prohibidas”. A veces llevaban en secreto también a las futuras maestras a reuniones clandestinas de los desterrados. «Tuve la suerte muy temprano—contaba María Petróvna—de entrar en contacto con la vida política e ilegal». Ese contacto con las “personas prohibidas”, con el ambiente revolucionario, marcó toda su vida posterior.
A los 17 años María Petróvna terminó el seminario pedagógico y se fue“alpueblo”. En aquel tiempo el populismo revolucionario (naródnichestvo) aún se mantenía en posiciones de lucha irreconciliable contra la autocracia y se consideraba una corriente socialista. «El
florecimiento del populismo activo fue el “ir al pueblo” (al campesinado) de los
revolucionarios de los años 70»21, escribió V. I. Lenin.
María Petróvna trabajó cuatro años en una escuela rural. En verano, durante las vacaciones,«se iba a la tierra», es decir, trabajaba con los campesinos en el campo. En el tercer verano recorrió los distritos cercanos como vendedora de libros y propagandista. La vida de una maestra rural en aquel tiempo era difícil. María Petróvna vivía con su madre lejos de la escuela, y después de las clases a menudo tenía que quedarse más tiempo. La joven maestra salía de la escuela ya de noche, y casi siempre la acompañaba hasta la casa la vigilante de la escuela. El lugar era apartado. Caminaban por el campo, y a lo lejos aullaban los lobos, siempre hambrientos en invierno. Una vez, en el camino de regreso, un lobo atacó a la anciana, y por la mañana murió a causa de las mordeduras.
En el verano de 1881, en Kostromá, en una reunión de un círculo clandestino de populistas, María Petróvna escuchó la intervención del entonces conocido revolucionario demócrata Piotr Grigórievich Zaichnevski, autor de la proclama «La joven Rusia». Esta proclama había sido escrita por él en la cárcel y contenía un llamamiento a derrocar el régimen zarista.
Zaichnevski se adhería a las ideas del jacobinismo francés, consideraba que la revolución debía ser «sangrienta e implacable» y que, mediante la conspiración de una minoría
organizada de intelectuales revolucionarios, era posible tomar el poder y destruir a los
opresores. Zaichnevski causó una fuerte impresión en María Petróvna, y pronto se unió al grupo de los jacobinos, abandonó la aldea y se entregó con entusiasmo al trabajo
organizativo y de propaganda.
Las ideas expuestas por Zaichnevski en aquella reunión clandestina en Kostromá,«formulaban lo que se había acumulado en mí durante mi trabajo en la aldea», contaba María Petróvna cuando recordaba su pasado jacobino. En la aldea había visto la terrible
opresión de los terratenientes, la falta de derechos de los campesinos, la miseria y la ignorancia, y entonces le parecía que bastaba con tomar el poder mediante una conspiración revolucionaria para acabar con todo aquello.
A comienzos de los años 90, María Petróvna fue arrestada y deportada a Samara. Allícomenzó un cambio gradual en su visión política.
21 V. I. Lenin, t. 18, pág. 490. (edición rusa)
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En Samara, desde el otoño de 1889, vivía la familia Uliánov. El conocido populista de entonces N. S. Dolgov, que frecuentaba su casa, presentó a la deportada Yasneva a los Uliánov. En ese momento, él llamó especialmente su atención sobre Vladímir Ilich, caracterizándolo como un demócrata extraordinario.
Su conocimiento tuvo lugar en el otoño de 1891.
«Uno de los primeros domingos después de mi llegada a Samara fui a casa de la familia Uliánov, donde siempre recibían con hospitalidad a los desterrados como nosotros. A recibirme salió una anciana amable y hermosa, María Aleksándrovna Uliánova, la madre de Vladímir Ilich, y su hermana mayor, Anna Iliníchna—recuerda María Petróvna—.
Cuando entramos en el comedor, en un rincón, junto a una mesa de ajedrez, estaban sentados dos hombres: un rubio corpulento, Mark Timoféievich Elizárov, esposo de Anna Iliníchna, y otro de baja estatura, pelirrojo, con una pequeña calva».
Ese era el joven Lenin.
En el primer momento, María Petróvna, como ella misma reconocía después, se sintió algo decepcionada. «Un joven poco llamativo, que parecía mayor de lo que era».
Cuando ese día María Petróvna se despedía de los Uliánov, Vladímir Ilich se ofreció a acompañarla, ya que ella vivía lejos. «Recuerdo muy bien ese primer recorrido mío con Vladímir Ilich por las calles oscuras y llenas de barro de Samara. Digo el primero, porque después viajamos así muchas veces: cada vez que salía por la noche de casa de los Uliánov, Vladímir Ilich me acompañaba, y entonces manteníamos largas conversaciones y discusiones; aunque, en realidad, discutía más yo.
Pero volveré al primer paseo…
Yo, por supuesto, decidí que lo convertiría a la fe jacobina e intenté hacerlo, pero pronto
me convencí de que era más que difícil…
A menudo hablábamos mucho sobre la “toma del poder”, pues era un tema favorito entre
nosotros, los jacobinos. Según recuerdo, Vladímir Ilich no negaba ni la posibilidad ni la conveniencia de tomar el poder, pero no lograba entender en qué “pueblo” pensábamos apoyarnos, y comenzaba a explicar detalladamente que el pueblo no es algo único y homogéneo, que el pueblo está formado por clases con intereses diferentes».
Ya en esta primera conversación, María Petróvna comprendió que debía revisar muchas de sus propias ideas, que tenía mucho por aprender. «El conocimiento y las conversaciones con V. I. Lenin dejaron una huella imborrable en mi concepción del mundo», escribió ella en su autobiografía.
A comienzos de los años 90, María Petróvna conoció al estudiante de la Universidad de
Petersburgo V. S. Golúbev, deportado a Samara por su trabajo de propaganda entre los
obreros, y se casó con él.
Poco después, V. S. Golúbev fue enviado por etapas a Siberia, y María Petróvna lo siguió. Al terminar el período de destierro se establecieron en Saratov, ya que a V. S. Golúbev no se le permitió regresar a Petersburgo.
La ola de huelgas obreras que entonces recorrió las grandes ciudades industriales de Rusia, y en especial la gran huelga de los tejedores de Petersburgo de 1896, acabaron definitivamente con las ideas jacobinas de María Petróvna, y ella fue la primera entre los revolucionarios de Saratov en pronunciarse contra el «Credo» de Kuskova, en el que se exponían las posiciones oportunistas de los economistas.
Según el propio testimonio de María Petróvna, después de su encuentro con Vladímir Ilich Lenin, aunque organizativamente permanecía con los jacobinos, en realidad desde comienzos de los años 90 ya trabajaba en el espíritu de las posturas ideológicas y políticas de Lenin.
En 1901, María Petróvna, que ya estaba vinculada a la organización socialdemócrata de Samara, ingresó en el partido. Su primera tarea partidaria fue el transporte de literatura ilegal de Iskra. Como ayudante directa de E. V. Baramzin, agente de Iskra en Saratov, María Petróvna transportaba con frecuencia literatura desde Saratov hacia otras ciudades del Volga.
Después del II Congreso del Partido, María Petróvna se convirtió en secretaria del comitéde Saratov de la POSDR, ya bolchevique. Al enterarse de esto, Vladímir Ilich Lenin le escribió desde Ginebra: «Me alegró muchísimo saber por nuestros conocidos comunes (sobre todo por Fiera, no sé si la conoce por ese apodo) que Usted vive y que ha tomado una posición política solidaria con nosotros. Nos conocimos y nos vimos hace tanto tiempo (en Samara, en 1892-1893), que nos habría sido muy difícil reanudar nuestra amistad sin la ayuda de nuevos amigos. Y me gustaría mucho reanudarla. Con tal fin, aprovecho la dirección que tengo para enviarle una carta detallada sobre nuestros asuntos, y le ruego con insistencia que la conteste personalmente y lo antes que pueda: sin una correspondencia regular es imposible trabajar juntos, y hasta ahora Sarátov se mantiene obstinadamente mudo desde hace meses. Haga que desde ahora las cosas sean distintas, se lo ruego, y comience a escribirnos usted misma, cartas lo más detalladas posible. Sin cartas detalladas de Usted personalmente sería imposible tener una visión clara de su actividad personal en la causa o de la situación de Sarátov en general.»22.
A finales de 1904, nuestra familia se trasladó a Petersburgo. Se desarrollaba la guerra ruso- japonesa, el ejército zarista sufría derrotas. En la batalla de Tsushima fue destruida la flota, cayó Port-Arthur.
22 V. I. Lenin, Obras Completas, t. 46, pág. 448
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Las huelgas obreras, los disturbios entre los soldados, los levantamientos campesinos, los desórdenes estudiantiles y las manifestaciones, todo indicaba que Rusia estaba en vísperas de la revolución. En esas circunstancias, los bolcheviques preparaban el III Congreso del Partido, que se celebró en Londres en abril de 1905.
Junto con R. S. Zemliachka, María Petróvna trabajó en el comité organizador para la convocatoria del III Congreso del partido, en el buró de los Comités de la mayoría. Cumplía tareas técnicas y de gran responsabilidad relacionadas con la recepción y el envío de los delegados que viajaban al congreso. También trabajó en el Comité de Petersburgo del POSDR.
En los turbulentos días de octubre de 1905, en su apartamento, en la esquina de las calles Bolshaya Monetnaya y Malaya Monetnaya, se encontraba el cuartel general del comité de Petersburgo. Allí se llevaban bombas y revólveres, y desde la mañana hasta la noche entraban y salían obreros, estudiantes y alumnas de cursos superiores.
Uno de los camaradas que trabajó en aquellos años con María Petróvna en el comité de Petersburgo dijo una vez: «Sus hijos dormían sobre las bombas»23.
María Petróvna sabía utilizar hábilmente la tranquila habitación infantil para asuntos conspirativos. Se recuerda el siguiente caso.
En 1907 o 1908, gendarmes llegaron a nuestro apartamento. Comenzó un registro, durante el cual no se encontró nada. Pero después de que los gendarmes se marcharon, de debajo del cabello de las muñecas se sacaron ediciones ilegales, impresas en papel muy fino y escondidas dentro de las cabezas de porcelana.
A finales de 1905, junto al Soviet de Diputados Obreros de Petersburgo, se creó una comisión de ayuda a los desempleados. En esta comisión trabajaba también María Petróvna. Ella enviaba a Petrogrado a quienes regresaban del destierro y de la emigración. Se restablecían antiguos vínculos del partido y se producía la delimitación entre corrientes.«Para mí personalmente—escribía María Petróvna—la justeza de las posiciones de Lenin, como siempre, era indudable. Con ese estado de ánimo llegué a Octubre».
Después de Octubre de 1917, María Petróvna se entregó al trabajo de construcción de la nueva vida soviética. Sus conocimientos en el campo de la estadística fueron utilizados en el Consejo Central de los comités de fábrica, y más tarde en el Consejo de la Economía Nacional de la Unión de Comunas de la Región Norte y en el Comisariado de Justicia.
No era fácil trabajar en aquellos años. El joven aparato soviético apenas se estaba
organizando.
23 Panina S. V., condesa, activista social, propietaria de la Casa del Pueblo en Petersburgo, en la cual se realizaban reuniones obreras y mítines.
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En ese tiempo María Petróvna tenía ya cerca de 60 años, pero esto no le impedía, después de una dura jornada de trabajo, pasar toda la tarde, y a veces toda la noche, en el edificio frío y mal iluminado de la Comisión Extraordinaria de Petrogrado, donde ayudaba a examinar los expedientes de saboteadores y contrarrevolucionarios arrestados. Entre los detenidos había también personas arrestadas por error o por casualidad. María Petróvna recorría las cárceles de Petrogrado para comprobar personalmente los documentos.
En el otoño de 1919 nos trasladamos a Moscú. El Comité Central del Partido pensaba emplear a María Petróvna en el Universidad Sverdlov, pero las circunstancias hicieron que tuviera que ocuparse de otra tarea.
Eran días difíciles para el poder soviético. Yudénich avanzaba sobre Petrogrado, y las tropas de Denikin marchaban desde Oriol y Kursk hacia Tula. A María Petróvna, como vieja y experimentada conspiradora, se le confió una importante misión secreta.
Desde el otoño de 1920, María Petróvna realizó un gran trabajo en el departamento de estadística del Comité Central del Partido. Detrás de las columnas de cifras secas sabía ver la vida del partido, su crecimiento y su desarrollo. María Petróvna estudiaba atentamente la composición del partido, los cambios que se producían en sus filas, y preparaba los materiales estadísticos necesarios para los congresos, conferencias y plenos del ComitéCentral. Con su participación se realizó un gran trabajo en la preparación del censo del partido, así como en la publicación de los recopilatorios estadísticos «El PCR(b) en cifras».
Ella puso mucha alma en esta importantísima esfera de la construcción del partido.
María Petróvna tenía alrededor de 70 años cuando, en 1929, el Comité de Moscú la designópara integrar la comisión encargada de la depuración del partido. Esta honorable tarea le fue confiada como a una de las militantes más antiguas del partido. Con gran sensibilidad, con firmeza y con el principio bolchevique, abordaba a cada miembro del partido que era examinado por ella. María Petróvna amaba a la gente y confiaba en ella, pero hacia los faltos de principios, los vacilantes, los oportunistas, sin hablar ya de quienes se oponían a la línea del partido, se mostraba intransigente. En 1933 fue miembro de la comisión del distrito Bauman de Moscú para la depuración del partido.
Desde 1928, María Petróvna dedicó muchas fuerzas a la Sociedad de los Viejos Bolcheviques. Fue miembro y participante activa de la comisión de enlace de las tres generaciones en dicha sociedad. A ella, que amaba a los niños y a la juventud, esta labor le resultaba especialmente cercana. Reunía materiales sobre la historia del partido para los
jóvenes, y con su participación directa la editorial “Molodaya Gvardiya” publicó en 1930 la
colección (en cinco cuadernos) «Del círculo clandestino a la dictadura del proletariado». El prólogo del cuarto cuaderno fue escrito por ella.
Sin conocer el cansancio, sin sentir el peso de los años, hablaba con gusto ante obreros, estudiantes y niños, dando charlas e informes, recordando el trabajo en la clandestinidad y sus encuentros con Lenin. En una matiné de pioneros en enero de 1933, María Petróvna dijo: «¡Jóvenes camaradas, jóvenes leninistas! Ustedes preguntan quién habla, quién se presenta. Si les interesa, puedo decirles: soy para ustedes una abuela revolucionaria, y tal
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vez incluso una bisabuela. Estoy en el partido desde 1901, y en el movimiento
revolucionario desde 1881».
La juventud quería mucho a María Petróvna, y ella trataba a los niños y a los jóvenes de manera camaraderil; en sus conversaciones con ellos nunca había nada de insistente, moralizante ni paternalista. ¿Qué había en este “soldado raso de la revolución” que atraía tanto a la gente hacia ella? Su amor por la vida, por el trabajo, por las personas, su deseo constante de ser útil para el partido, su profundísima fe en las ideas de Lenin y su modestia.«¿Quénecesita usted, en qué se le puede ayudar para mejorar no solo su salud, sino también su capacidad para luchar por nuestros ideales?»—le preguntaron en 1928 en la Sociedad de los Viejos Bolcheviques. «No necesito nada y creo que aún no he perdido la capacidad de luchar por los ideales leninistas»—fue su respuesta.
Hasta los últimos días de su vida, María Petróvna no perdió la actitud auténticamente bolchevique hacia cualquier encargo del partido. En 1934, participó en el trabajo de la Oficina de Quejas de la Comisión de Control Soviético adscrita al Consejo de Comisarios del Pueblo. Esto fue lo que escribió María Ilyínichna Uliánova sobre su labor: «No es frecuente encontrar a un trabajador tan concienzudo como lo es María Petróvna. Un gran mérito del trabajo de la camarada Golúbeva es que detrás de cada queja ve a una persona viva, lo cual es lo más importante y valioso en nuestro trabajo».
María Petróvna Golúbeva murió en mayo de 1936. Se fue de la vida una verdadera persona, cuyo recuerdo permanecerá para todos los que la conocieron como algo querido y luminoso.
MARÍA PETROVNA YASNEVA-GOLUBEVA
ROZALIA SAMÓILOVNA ZEMLIACHKA
A. RAZÚMOVA Y S. ARBOVA
Más de medio siglo de su vida dedicó Rozalia Samóilovna (Zemliachka) al trabajo activo en el movimiento revolucionario ruso en las filas del partido bolchevique.
Comenzó su actividad revolucionaria siendo una muchacha de 17 años. Al emprender el camino de la lucha contra la autocracia zarista, sabía qué dificultades la esperaban. Cuando aún era niña, gendarmes irrumpieron en su apartamento y lo pusieron todo patas arriba. Sus dos hermanos mayores fueron arrestados. También recordaba la sombría prisión a la que iba a visitarlos. El destino de sus hermanos no la asustó. Siguió con firmeza el camino revolucionario. A los 18 años, Rozalia Samóilovna ya era miembro del Comité de Kiev del POSDR (Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia).
Por denuncia de un provocador fue arrestada en ese tiempo. Durante el registro encontraron en su poder el texto de una reciente proclama del Primero de Mayo.
Rozalia Samóilovna terminó en la cárcel. Debido a una grave enfermedad de tuberculosis fue puesta en libertad bajo fianza. Al salir de la prisión volvió a incorporarse a la actividad revolucionaria, y dos semanas después fue arrestada nuevamente. Pasó tres años y medio en la cárcel, lo que debilitó definitivamente su salud. El gobierno zarista la envió bajo vigilancia policial a Poltava.
Allí se encontraba un pequeño grupo de socialdemócratas vigilados por la policía, en cuyo trabajo Rozalia Samóilovna se integró de inmediato. En 1901 recibió una carta de V. I. Lenin, en la que se le proponía viajar a Odesa como agente de Iskra. Desde ese momento comienza el período iskrista de su actividad. Ser agente de «Iskra» era la mayor muestra de confianza para un revolucionario de aquel tiempo, pues, como escribió Vladímir Ilich en su artículo «¿Por dónde empezar?»: «Esta red de agentes será precisamente el armazón de la
organización que necesitamos…»24.
Desde entonces, Rozalia Samóilovna recibe el seudónimo clandestino «Zemliachka», tan bien conocido por las amplias masas de la Unión Soviética. Desde los primeros pasos de su actividad como agente de la Iskra leninista, con la energía que le era propia, lanzó un ataque contra el grupo antileninista «Borba»25.
Al principio las fuerzas eran desiguales, ya que «Borba» gozaba de popularidad entre los
obreros. Sin embargo, el gran trabajo realizado por los iskristas de Odesa en la propaganda de los principios leninistas llevó a que la socialdemocracia local se pasara al lado de Iskra. Organizativamente, esta victoria se expresó en que el mandato de delegado al II Congreso del POSDR lo recibió la organización iskrista. La victoria de los iskristas en Odesa tuvo una enorme importancia.
24 V. I. Lenin, Obras Completas, t. 5, p. 12.
25 El grupo «Borba» se oponía abiertamente a las ideas organizativas de Iskra, negaba el papel del proletariado como dirigente del movimiento democrático.
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Vladímir Ilich se interesaba vivamente por la situación de la organización socialdemócrata de Odesa y, en 1901, llamó a Zemliachka al extranjero para informarse sobre el curso de la lucha por Iskra. Cuando Iskra conquistó posiciones firmes en Odesa, Zemliachka partióhacia Ekaterinoslav, que en aquel tiempo era un gran centro industrial del sur.
Allí se producían frecuentes detenciones y casi cambios mensuales del comité. La
organización atravesaba constantes vacilaciones y el vínculo con las masas se debilitaba. En la organización actuaban activos antiiskristas, que con frecuencia obtenían ventaja incluso en el comité.
Con la llegada de Zemliachka comenzó una intensa lucha para desenmascarar la esencia pequeñoburguesa de los antiiskristas, y se desplegó la propaganda de las posiciones leninistas en la cuestión de la creación del partido. Los iskristas conquistaron grupos
obreros en las grandes fábricas de Ekaterinoslav.
Para 1903, la mayoría en la organización de Ekaterinoslav estaba del lado de Iskra, y delegada al II Congreso del POSDR por dicha organización fue elegida R. S. Zemliachka. Pero cuanto más fuerte se hacía la organización, mayor era la presión de la policía. Poco antes del II Congreso se produjo una redada. Varios camaradas fueron arrestados. Rozalia Samóilovna recibió de V. I. Lenin la indicación de salir inmediatamente al extranjero para evitar su detención.
Al llegar, Rozalia Samóilovna tuvo una conversación con V. I. Lenin. «Ilich hablaba poco y preguntaba mucho, de manera continua y ávida, sobre Rusia, sobre cada detalle de la lucha—recuerda Zemliachka—. Después de Ilich me tomó a su cargo Nadezhda Konstantínovna, quien me hizo un interrogatorio sobre la parte organizativa, sobre el establecimiento de contactos mediante cifrado, etc. Algunas observaciones hechas por Ilich sobre cuestiones relativamente pequeñas me mostraron nuevas perspectivas de la lucha organizativa.
La atención de Ilich a los más mínimos detalles de nuestra lucha organizativa, al más insignificante movimiento del pensamiento y de la lucha del movimiento obrero en Rusia, me mostró ya entonces cómo sabía Ilich construir nuevas perspectivas de lucha sobre el conocimiento real del movimiento obrero, sobre el conocimiento de los más pequeños giros en el desarrollo de ese movimiento»26.
Zemliachka causó una buena impresión en V. I. Lenin, y él consideró posible encargarle, junto con Serguéi Ivánovich Gúsev, el viaje a Bruselas para preparar el II Congreso del partido.
En el II Congreso, que inició la organización del partido bolchevique, Rozalia Samóilovna (bajo el seudónimo «Osípov») luchó activamente por las posiciones leninistas. Después del congreso fue cooptada como miembro del Comité Central del partido.
26 Archivo de R. S. Zemliachka, unidad de archivo 124, Instituto de Marxismo-Leninismo adjunto al ComitéCentral del PCUS.
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Consecuente partidaria de la línea leninista, profundamente principista, la camarada
Zemliachka no pudo aceptar la posición conciliadora de varios miembros del ComitéCentral y salió de su composición. «Era insoportable—recuerda ella—en aquel tiempo discutir cualquier cuestión organizativa en un Comité Central mixto (con los conciliadores), donde la línea bolchevique se borraba en cada cuestión. La actividad desorganizadora y divisionista de los mencheviques, con la ayuda de los conciliadores, era tanto más intolerable cuanto que el país se acercaba a la revolución». Era necesaria la convocatoria de un nuevo, III Congreso del partido.
Lenin, con decisión y energía, reunía cuadros de personas fieles al partido.
En agosto de 1904, en Suiza, bajo la dirección de Lenin, tuvo lugar una reunión de 22 bolcheviques; Zemliachka participó activamente en esta reunión y luego regresó a Rusia y, como miembro del Buró de los Comités de la mayoría, participó activamente en el trabajo de preparación del III Congreso del partido.
Armada con las resoluciones de la reunión, recorrió varias organizaciones: la de Riga, Moscú, Petersburgo, Tver, Tula, Bakú, Batumi, Tiflis, Kutaisi, Ekaterimburgo, Perm, Yaroslavl y Viatka. A pesar de que en estas organizaciones ya habían estado los conciliadores, una tras otra se fueron adhiriendo a la resolución de la reunión de los veintidós.
Después de ganar a varios comités para el lado bolchevique, Zemliachka organizó tres conferencias regionales de los comités bolcheviques (la del Sur, la del Cáucaso y la del Norte).
Lenin valoraba altamente el enérgico trabajo de Zemliachka.
En una carta dirigida a ella escribió: «Hace pocos días recibí también las actas de la conferencia del Norte. ¡Hurra! Han trabajado magníficamente, y a usted (junto con papá, el ratón y otros27) se le puede felicitar por el enorme éxito. Una conferencia así—empresa dificilísima en las condiciones rusas—ha resultado, al parecer, excelentemente»28.
En enero de 1905, Vladímir Ilich volvió a escribir a Zemliachka: «Valoramos extraordinariamente su enorme trabajo al ganar 15 comités y organizar tres conferencias, como ya vio en la carta anterior sobre la conferencia del Norte. Sin usted no dábamos ni damos un solo paso»29.
El trabajo de los Comités de la mayoría culminó con éxito, y cuando en abril de 1905 se celebró en Londres el III Congreso del partido, Zemliachka participó en él como delegada de la organización de Petersburgo del POSDR.
27 «Papasha»—M. M. Litvínov. «Mysh»—P. I. Kuliabko. 28 V. I. Lenin, Obras Completas, t. 47, p. 5.
29 Ibíd.
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Como es sabido, el III Congreso de los bolcheviques orientó al partido y a la clase obrera hacia la insurrección armada para derrocar la autocracia zarista. Una página gloriosa en la historia de la lucha revolucionaria del proletariado ruso fue escrita por los obreros de Moscú, que se levantaron en la insurrección armada de diciembre.
En aquellos días históricos, R. S. Zemliachka fue durante cierto tiempo secretaria del Comité de Moscú de los bolcheviques. En sus recuerdos sobre esta insurrección, escritos en 1921, pasa ante nosotros como en una pantalla el trabajo de nuestro partido entre los más diversos sectores de los trabajadores de Moscú.
He aquí un mitin en la universidad para los obreros de la manufactura Projorov. Los
obreros de Projorov aparecen encabezados por una vieja tejedora que lleva la bandera y proclama con orgullo: «Los de Projorov han llegado». He aquí un mitin entre los carniceros del mercado Ojotny Riad. Rostros hostiles, y al aparecer Zemliachka se oyen gritos:
«¡Fuera la mujer, aquí no hay lugar para una mujer!». Indignación general ante las palabras del orador que dice que no necesitamos al zar, y luego el descontento va disminuyendo bajo la influencia de las intervenciones de los bolcheviques que han llegado al mitin. Luego sigue la descripción de mítines ininterrumpidos durante varios días en los enormes talleres del ferrocarril de Kursk, de multitudinarias reuniones de obreros, entre los cuales predominan los trabajadores de la fábrica «Guzhón».
En la calle, los miembros de las Centurias Negras esperan al «agitador y a la agitadora»para ajustar cuentas con ellos. Pero dentro de los talleres, el llamamiento bolchevique al armamento de los obreros es acompañado por atronadores aplausos.
El Comité de Moscú realiza un gran trabajo para armar a los obreros, superando la resistencia de los mencheviques, que se oponían a la insurrección armada.
Esto es lo que escribe R. S. Zemliachka en sus recuerdos sobre la víspera de los combates de diciembre: «Corro a la reunión del grupo de cinco con los mencheviques. Empiezo a enfadarme de antemano, porque a los mencheviques en general no los quiero, y menos aún
en días como estos… Entro corriendo en la habitación. Está sentado nuestro grupo de cinco. Los rostros, enojados, cansados. Se han perdido muchas horas tratando de convencer a los mencheviques de que la insurrección armada era históricamente inevitable.
Les comunico que la inevitabilidad es ya evidente. La sangre ya ha sido derramada. Hay que correr, hay que crear una nueva vida. Y corremos sin escuchar hasta el final las largas afirmaciones de que hay que esperar, de que se han cometido errores, etc.
En la calle hay entusiasmo. Corro al distrito y allí encuentro un campamento donde la preparación y una vida distinta se están creando al mismo tiempo»30.
Uno de los rasgos característicos de Zemliachka, que se manifestó especialmente en la revolución de 1905, era su inquebrantable fe en las masas, en su iniciativa creadora y en su abnegación revolucionaria. Esta fe en las masas la ayudaba a conservar el valor personal en los momentos más difíciles.
30 Archivo de R. S. Zemliachka, unidad de archivo 119, inv.№1, Instituto de Marxismo-Leninismo adjunto al Comité Central del PCUS.
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Zemliachka era muy valiente y decidida. Durante el levantamiento armado de diciembre, cuando este ya estaba en declive y en las calles se enfurecían las patrullas militares, que registraban y fusilaban en el acto a quienes encontraban con armas, ella, al quedar separada de los órganos dirigentes del partido, decidió junto con un camarada atravesar todos los
obstáculos para restablecer los vínculos perdidos.
Así describe Zemliachka este viaje: «Mi camarada y yo fuimos en coche de alquiler; él hacía de señor, y yo de cocinera que iba por provisiones. Era imposible y no queríamos separarnos de las armas.
Primer patrullaje. Un grito: “¡Alto, bajen! ¡Que la mujer se quede!”.
Mi camarada deja el revólver debajo del asiento. Yo hago lo mismo y me quedo sentada.
Registran al camarada. Y así hasta el final del camino… Encontramos a los nuestros, y severos, ya curtidos, comenzamos de nuevo a construir la organización. Los obreros están con nosotros. Ahora somos fuertes. Sacamos conclusiones, resumimos la experiencia. Concentramos la atención en la organización militar».
Después de la derrota de la insurrección armada en Moscú, Zemliachka pasó a trabajar en la
organización militar de los bolcheviques. En la primavera de 1906, por denuncia de un provocador, fue arrestada. En la cárcel le llegó el rumor de la llegada de V. I. Lenin a Moscú. Esta noticia, escribe Zemliachka en sus recuerdos, provocó un sentimiento doble:
por una parte, una enorme alegría y la seguridad de que Lenin levantaría el ánimo de la
organización, que había decaído después de la derrota de la insurrección de diciembre; por
otra parte, sentía temor por la posibilidad de que Ilich fuera descubierto. Permanecer en la cárcel era simplemente insoportable, y Zemliachka decidió escapar, fuga que logró realizar con éxito.
Esta evasión fue llevada a cabo con extraordinaria audacia. Estando en la comisaría del distrito de Súshchev, Zemliachka pidió a los camaradas que estaban en libertad que le hicieran llegar a la prisión varias prendas y que prepararan los lugares de contacto. Durante el reparto de agua hirviendo, cuando la puerta de la celda quedaba abierta por un momento, se puso el sombrero con un espeso velo que le habían enviado y salió al pasillo.
Manteniendo total calma, Rozalia Samóilovna salió al pórtico de la comisaría, se detuvo un momento bajo las miradas cruzadas de los oficiales de guardia, interesados por la aparición de una mujer elegante (en el patio de la comisaría vivían algunos empleados de la prisión), y luego salió tranquilamente a la calle, tomó un coche de alquiler y se marchó.
En 1907, Zemliachka trabajó activamente en las dificilísimas condiciones de la clandestinidad en el comité bolchevique de Petersburgo. La policía zarista volvió a seguirle el rastro y la arrestó. Por sentencia de la Cámara Judicial de Petersburgo fue encarcelada durante un año y medio en el castillo de Litovski, en Petersburgo.
En 1909, después de su liberación, Zemliachka se dirigió al gran centro industrial de Bakú. Pero a finales de ese año, debido al brusco empeoramiento de su salud, por exigencia directa de Vladímir Ilich se trasladó al extranjero. Permaneció en la emigración durante un año y medio, y luego regresó ilegalmente a Moscú, donde trabajó entre la intelectualidad.
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«Cuando me marchaba a Rusia —recuerda Rozalia Samóilovna—, Ilich me dio instrucciones, señalando que en mi trabajo futuro debía dedicar la máxima atención a la relación con la intelectualidad. Me resultaba muy doloroso comprender que mi estado de salud no permitía asignarme un trabajo más de base. Pero más tarde me convencí de que esta tarea era una de las más importantes que se planteaban ante el partido».
En los años 1915-1916, la camarada Zemliachka formó parte del Buró Regional de Moscúdel Comité Central de los bolcheviques.
La organización del partido de Moscú valoró altamente la actividad revolucionaria de Rozalia Samóilovna, llena de ardor y pasión, y en los primeros días de la Revolución de Febrero la eligió secretaria del Comité de Moscú de los bolcheviques. Allí desplegó una intensa labor para conquistar a las masas y prepararlas para la lucha por la revolución socialista. En su actividad ocupó un lugar importante el trabajo entre los soldados.
Varios de los episodios acontecidos en esas fechas, Zemliachka los narra en su artículo«Octubre en Moscú», publicado el 7 de noviembre de 1925 en el periódico Molot.
Con motivo de las elecciones a la Duma municipal de Moscú, se dirigió a una asamblea de soldados del 85.º Regimiento de Reserva. La reunión estaba dirigida por el comité eserista del regimiento. Contra la voluntad de dicho comité, y con la ayuda de la masa de soldados, Zemliachka fue colocada, como ella misma escribe, «en la tribuna», creada especialmente para ella «sobre los fuertes hombros de los soldados». Desde esa tribuna improvisada pronunció un largo discurso sobre la tierra y la paz.
Esa misma noche Zemliachka habló en el parque de tranvías con un informe sobre la revolución proletaria, y a este acto acudió nuevamente el 85.º Regimiento de Reserva, convencido por su agitación durante el día.
En los días de Octubre, este regimiento fue el primero en entrar en combate.
Como es sabido, después de la Revolución de Febrero, la mayoría en los Soviets fue tomada por los mencheviques y los eseristas. Incluso en un distrito tan proletario de Moscúcomo Rogozhsko-Simónovski, de los 200 diputados elegidos al Soviet solo 3 eran bolcheviques. El comité distrital del partido envió como su representante al Soviet a Rozalia Samóilovna, pero la mayoría menchevique-eserista, aferrándose a un pretexto formal, se negó a concederle a Zemliachka siquiera el derecho a voz consultiva.
Entonces Rozalia Samóilovna, sin permiso del presidente del Soviet, pronunció un breve discurso en el que habló de la posición de los bolcheviques y llamó a todos los que compartían su programa a seguirla. Se levantaron 26 personas, que después de una breve reunión en una de las aulas cercanas se declararon la primera fracción bolchevique del Soviet distrital de Rogozhsko-Simónovski y eligieron el primer buró provisional de la fracción.
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«A los mencheviques no les quedó nada más por hacer—recuerda Rosalía Samóilovna—que darme representación en el Sóviet».
Comienza una lucha tenaz y encarnizada dentro del Sóviet por las masas. Las intervenciones de Zemliachka a menudo iban acompañadas de gritos como: «¡espía!»,«¡provocadora!» y otros, pero Rosalía Samóilovna desenmascara con insistencia el conciliacionismo de los mencheviques y de los eseristas.
Las intervenciones de la fracción bolchevique en el Sóviet, junto con el gran trabajo que se realizaba simultáneamente en las fábricas, ayudaron a los bolcheviques a conducir tras de sía las masas. En las siguientes elecciones a los sóviets, la lista bolchevique resultó elegida en su totalidad.
Después de los días de julio, cuando se agotó la posibilidad de un desarrollo pacífico de la revolución y cuando el partido planteó la cuestión de preparar una insurrección armada, Zemliachka llevó a cabo un gran trabajo para armar a los obreros, dando indicaciones concretas sobre cómo realizarlo. Uno de los antiguos obreros de la fábrica Mijélson, responsable en aquellos días de custodiar las armas capturadas por los trabajadores de esa fábrica, cuenta que Zemliachka lo llamó repetidas veces al Comité de Moscú y le dio tareas para conseguir armamento. Se trataba—dice él—de apoderarse de las armas que había en gran cantidad en la Duma municipal, en poder del antiguo alcalde Rúdnev, de tomar los carros blindados en la Escuela Aleksándrovskoye y de otras operaciones semejantes. Al mismo tiempo, Zemliachka siempre advertía sobre la necesidad de actuar con organización y disciplina al llevar a cabo estas arriesgadas acciones.
Las anotaciones de Zemliachka sobre los días posteriores a julio muestran cuán cercana estaba a las masas y cuán bien conocía lo que vivían. «El estado de ánimo de los obreros—recuerda ella— cambió bruscamente después de los días de julio. Las masas obreras hervían de energía, exigían nuevas formas de manifestar la lucha, vivían del futuro, se
inclinaban hacia acciones decisivas… Las masas se reunían en todas partes donde hablaban los bolcheviques: no solo en los sóviets distritales bolcheviques, no solo en los mítines; una energía incontenible los impulsaba día y noche hacia los comités distritales de los bolcheviques. Día y noche continuaban los mítines, las conversaciones, las asambleas. La masa vivía únicamente con las cuestiones de la revolución venidera, acumulaba en símisma energía para los acontecimientos que se aproximaban».
En los días de la Gran Revolución Socialista de Octubre, Zemliachka mostró una energía desbordante. Como secretaria del Comité de Moscú, participó en la dirección de la insurrección. A ella acudían con las más diversas cuestiones, a veces completamente imprevistas, relacionadas con la realización del levantamiento. Así, por ejemplo, durante el bombardeo del Kremlin, se le acercó uno de los camaradas que mandaban las unidades de artillería y le exigió que indicara dónde colocar los cañones para bombardear el Kremlin.
«Yo—escribe Zemliachka—me orientaba muy mal incluso con un fusil, y más aún con un cañón, por lo que me negué a darle instrucciones. Pero él declaró que no se iría hasta
obtener una respuesta. Entonces, al azar, para librarme de él, propuse colocar el cañón en una colina situada cerca de Solianka. Resultó ser un lugar excelente para bombardear el Kremlin».
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En el verano de 1918, cuando la guerra civil adquirió un carácter agudo, el Comité Central del partido trasladó a la camarada Zemliachka al trabajo político en el Ejército Rojo.
Ya en agosto de ese mismo año partió, junto con comunistas moscovitas, hacia Orsha para
organizar el traslado de unidades militares al frente checoslovaco. También allí se manifestó con especial fuerza el valor de Zemliachka. Cuando uno de los regimientos, bajo la influencia de la agitación de los socialrevolucionarios, se proponía cruzar la línea de demarcación con Alemania y no cumplió el ultimátum presentado por el mando regional para que se presentara en Orsha, Rosalía Samóilovna, sin ningún arma y acompañada solo por el chófer, se dirigió a esa unidad.
En sus memorias, Zemliachka cuenta: «No podía creer que no fuera posible convencer a las masas. Sabía que las conversaciones con individuos aislados, convencidos o cegados, no conducen a nada, pero consideraba necesario explicar a la masa, pasara lo que pasara, cuáles serían las consecuencias».
Rodeada de personas hostilmente dispuestas, Zemliachka entabló una polémica, primero con el hijo de un terrateniente, en cuya antigua hacienda se encontraba el cuartel general, y luego con uno de los comandantes de compañía de ese regimiento, con los organizadores del motín en el regimiento. Y tan grande era la fuerza de su argumentación, que el estado de ánimo de los soldados del Ejército Rojo cambiaba ante los ojos. «Yo observaba—escribe Zemliachka—los rostros de los soldados del Ejército Rojo: de hostiles y ceñudos se volvieron burlones, y ya con frecuencia comenzaron a dirigirse a mí con afecto y aprobación».
Después de casi una hora de discurso de Zemliachka, los soldados del Ejército Rojo le
ofrecieron una ovación, no permitieron hablar a los adversarios de los bolcheviques y prometieron presentarse al día siguiente en Orsha. Cumplieron su promesa y llegaron a Orsha en perfecto orden, con música. Dos semanas después, el regimiento fue enviado al frente checoslovaco.
Después del trabajo realizado en Orsha, Zemliachka, junto con un grupo de obreros de Petrogrado y Moscú, fue enviada por el Comité Central del partido al Frente Oriental. Como es sabido, el Frente Oriental era en aquel momento el frente más importante, y la situación en la dirección de Kotlas era muy seria. Kotlas estaba a punto de caer, y Perm y Viatka se encontraban bajo amenaza directa. Al llegar a la zona de la brigada del Norte del Dviná, Zemliachka se dedicó en primer lugar a organizar el trabajo político tanto en las unidades del Ejército Rojo como entre la población. Recibió autorización para que ella y su grupo se dirigieran directamente al frente, y llegaron allí en un momento difícil, durante la retirada del regimiento de Vólogda.
Rosalía Samóilovna, junto con los trabajadores políticos, se dirigió hacia los que se retiraban para conocer sus necesidades y convencerlos de regresar. Lo consiguió. Los soldados del Ejército Rojo volvieron a sus posiciones. Este caso mostraba que el trabajo entre los combatientes debía reorganizarse, que no bastaban intervenciones episódicas y
ocasionales, sino que era necesario un trabajo educativo constante y sistemático entre ellos.
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«Con ellos había que estar tanto durante el descanso como en las líneas avanzadas», escribía Zemliachka en sus memorias.
No menos importante que el trabajo en el ejército, Zemliachka consideraba en aquel período el trabajo entre la población de la zona del frente. «Se puede decir con toda seguridad—escribe ella—que vencimos en el Frente Norte no por la fuerza de nuestras bayonetas, pues eran demasiado pocas y demasiado débiles las manos que las sostenían; vencimos por la conciencia que logramos crear en la oscura masa que antes de nosotros no había conocido ningún trabajo político».
El comienzo de un trabajo político planificado entre la población del Norte fue establecido por el Congreso Comunista de la provincia de Dviná del Norte, celebrado en Veliki Ústiug en septiembre de 1918. El congreso, que duró seis días, transcurrió con enorme entusiasmo; además, Rosalía Samóilovna no limitó su labor entre los delegados a las sesiones oficiales del congreso, sino que se alojó especialmente con ellos, y en el lugar de residencia común se sostenían conversaciones, tanto colectivas como individuales, con frecuencia hasta el amanecer.
Las organizaciones del partido del Norte valoraban altamente el trabajo realizado por Zemliachka y mantuvieron contacto con ella incluso después de su partida a Moscú. Escribían que el trabajo iniciado por ella había dado grandes resultados, que se habían
organizado nuevos destacamentos de soldados del Ejército Rojo para la defensa de la revolución, que los campesinos ayudaban a los combatientes a luchar contra los interventores, y que grandes masas de voluntarios estaban llenas de simpatía hacia los bolcheviques.
A finales de noviembre de 1918, cuando la situación en los sectores de los ejércitos 8.º y 9.ºdel Frente Sur se volvió amenazante y el frente meridional pasó a ser el principal, Rosalía Samóilovna Zemliachka, por decisión del Comité Central del partido, fue nombrada jefa del departamento político del 8.º ejército.
«En el fortalecimiento del ejército después de su desastrosa derrota en noviembre, cerca de Vorónezh, desempeñó un papel enorme la entonces nombrada jefa del departamento político del 8.º ejército, la camarada Samóilova (Zemliachka)», escribían los trabajadores políticos del 8.º Ejército al Comité Central del partido en la primavera de 1919. Ellos caracterizan a Zemliachka como portadora de las antiguas tradiciones bolcheviques, como una trabajadora muy experimentada, capaz de tomar sin vacilación las decisiones más importantes en las circunstancias más difíciles.
Guiándose invariablemente por la idea de que el éxito de la causa lo decide, en última instancia, la masa, el grado de su organización y de su conciencia, Zemliachka trasladó el centro de gravedad de la organización del trabajo político en el ejército hacia el fortalecimiento de las células políticas de base.
«Una gran parte de los trabajadores políticos, cumpliendo con su deber, ha estado en las líneas avanzadas—escribía la camarada Zemliachka a los órganos dirigentes del partido y
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políticos—en el departamento político se deja el número mínimo de trabajadores. Todos los que son capaces de realizar trabajo político son enviados a las masas».
A los trabajadores políticos había que distribuirlos y redistribuirlos constantemente debido a su extrema escasez. Era necesario recurrir a toda clase de recursos para sustituir a los que salían de las filas, y Zemliachka realizó un enorme trabajo en la promoción y formación de nuevos cuadros políticos a partir de los comunistas de base, miembros de las células del ejército.
El mismo trabajo llevó a cabo cuando fue jefa del departamento político del 13.º ejército, uniendo y organizando a las masas de soldados del Ejército Rojo, inspirándolos a realizar grandes hazañas.
La actividad combativa de Zemliachka durante la guerra civil en las filas del Ejército Rojo recibió una digna valoración por parte del partido y del gobierno soviético. En la orden de condecoración de la camarada Zemliachka con la Orden de la Bandera Roja (del 23 de enero de 1921) se decía: «Se concede la orden de la “Bandera Roja” a la camarada Samóilova-Zemliachka, Rosalía Samóilovna, por cuanto, durante su desempeño como jefa del departamento político del 8.º y 13.º ejércitos y en otros cargos políticos de responsabilidad en distintos ejércitos, mediante una incansable, abnegada y enérgica labor
organizativa y política, sentó una base firme para la capacidad combativa de las unidades rojas y contribuyó a la victoria final del Ejército Rojo».
Después de la terminación de la guerra civil, Zemliachka volvió nuevamente al trabajo del partido. Se convirtió en secretaria de uno de los comités distritales más importantes del partido en Moscú —el de Zamoskvorechie—, defendiendo activamente las posiciones leninistas del partido y rechazando con éxito los ataques de los trotskistas, que en aquel período intentaban desviar al partido del camino correcto.
En la lucha contra los trotskistas, Rosalía Samóilovna movilizó a toda la masa partidaria de las fábricas, plantas, instituciones y centros de enseñanza de Zamoskvorechie, uniéndola en torno a la línea general del partido. Mantenía el vínculo más estrecho con las amplias masas sin partido del distrito de Zamoskvorechie. Pasaba la mayor parte de su tiempo en las empresas, participaba en los trabajos voluntarios de los sábados y domingos, y conocía personalmente a muchos obreros. Y los obreros le correspondían con gran afecto. En 1923, los obreros sin partido del ferrocarril Riazán-Ural, por las tardes y en los días domingos, repararon una locomotora que se encontraba en el “cementerio” de máquinas y la
ofrecieron como obsequio a la célula del partido.
En una asamblea general de los obreros fue elegido como maquinista honorario de esta locomotora Vladímir Ilich Lenin, y como ayudante de maquinista, Rosalía Samóilovna Zemliachka.
Exactamente un año después, en los días de enero de 1924, esa locomotora transportó desde Gorki hasta Moscú el cuerpo de Vladímir Ilich Lenin. En la locomotora viajaba la fiel colaboradora de Lenin: Zemliachka.
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En marzo de 1924, Zemliachka fue confirmada como miembro del Buró del Sudeste del Comité Central del PCR(b), y durante dos años trabajó en el comité regional del partido del Cáucaso del Norte. Al mismo tiempo, era dirigente del grupo de propaganda del ComitéCentral para la región del Sudeste.
En los años en que nuestro país emprendió la realización del plan leninista de industrialización, Zemliachka fue enviada a desempeñar trabajo dirigente del partido en el distrito de Motovílikha, en los Urales. Este era uno de los centros más antiguos de la industria pesada de Rusia. También allí se manifestó con especial fuerza una notable cualidad de Zemliachka: establecer contacto directo con las amplias masas obreras.
Rosalía Samóilovna pasaba mucho tiempo en los talleres, en los dormitorios obreros, en los rincones rojos, en los comedores, en las instituciones infantiles; se reunía con obreros sin partido y con sus esposas, con la juventud. En este trato cotidiano, Zemliachka llevaba a las masas, en forma sencilla y accesible, las altas ideas del Partido Comunista.
Dondequiera que trabajara Rosalía Samóilovna, introducía en todas partes el admirable estilo leninista de dirección; enseñaba a encontrar la clave para la solución acertada de las tareas planteadas en el vínculo con las masas, en la preocupación por sus necesidades y en la unión de las masas en torno al partido.
Con excepcional perseverancia luchaba contra la rutina y contra los vestigios burocráticos, dando ejemplo de una actitud cuidadosa y atenta hacia toda manifestación de iniciativa y creatividad de las masas.
Todas estas cualidades de carácter y el estilo de trabajo de Zemliachka fueron tenidos en cuenta y valorados por el Comité Central del partido, que en 1927 la nombró para trabajar en la Comisión Central de Control y la Inspección Obrera y Campesina (TsKK-RKI). Esta
organización estaba llamada a luchar por la pureza y la unidad de las filas del partido, por el estilo leninista en el trabajo del aparato soviético. Con su actividad en la TsKK-RKI, Rosalía Samóilovna conquistó una enorme popularidad entre las amplias masas trabajadoras, y su labor como jefa del Buró Unificado de Quejas del Comisariado del Pueblo de la Inspección Obrera y Campesina constituye una página brillante en su biografía.
Rosalía Samóilovna logró poner como base del trabajo del departamento del Buró de Quejas las indicaciones de Lenin de que era necesario enseñar incluso a los obreros y
obreras más atrasados a utilizar las leyes soviéticas. Para lograrlo, Rosalía Samóilovna procuró introducir el carácter masivo en el trabajo del departamento del Buró de Quejas.
En la investigación de las quejas de los trabajadores se involucraban amplias masas de
obreros voluntarios. Así, en la campaña de control social realizada a comienzos de 1929, emprendida con el fin de descubrir burócratas y funcionarios negligentes en el aparato soviético, participaron mil quinientos obreros moscovitas.
En su artículo «Las masas controlan», dedicado a los resultados de esta campaña, Zemliachka escribía: «El enemigo es oculto, escurridizo, astuto, sabe cambiar de color en
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cualquier momento; prevenido de antemano, sabrá ocultarse bajo la máscara del amigo más
fiel y atento de los trabajadores, sabrá acercarse de distinta manera a distintas personas…
El material obtenido como resultado de esta “incursión” es enorme… El aparato estatal debe, como resultado de esta campaña, sacudirse, sentir que el obrero ya utiliza “la posibilidad que le han dado las leyes soviéticas para luchar contra el burocratismo”».
Alrededor de los órganos de la Inspección Obrera y Campesina se formó un amplio activo de obreros, campesinos y empleados (secciones de la RKI en los soviets, la “caballería ligera”, voluntarios), que participaban activamente en la lucha contra las deficiencias del
aparato soviético.
A los llamamientos de la RKI respondían miles de voluntarios, deseosos de ayudar activamente al Buró de Quejas en su trabajo. Rosalía Samóilovna seguía atentamente la eficacia de las inspecciones. En este sentido, es extremadamente característico el resultado de la campaña de tres días contra el burocratismo.
El 10 de marzo de 1929, en el teatro de Zamoskvorechie, los más obstinados de los burócratas desenmascarados comparecieron ante el tribunal de la opinión pública obrera, compuesto por 14 jueces obreros, presididos por la camarada Zemliachka. De los 19 burócratas procesados, según los veredictos de los jueces obreros, 15 debían ser destituidos de sus cargos. A algunos de ellos se les prohibió ocupar puestos de responsabilidad durante varios años.
Así describe la camarada Zemliachka el estado de ánimo y la actividad de los controladores sociales: «Durante estos tres días de campaña, el Buró Unificado de Quejas del Comisariado del Pueblo de la Inspección Obrera y Campesina parecía un verdadero cuartel militar. Las personas recibían tareas precisas (institución, dirección, números de tranvía, billetes de tranvía, etc.). Después de cumplir su tarea de verificar la actitud hacia los visitantes, el obrero, al regresar, hacía su informe sobre lo que había logrado observar y volvía a salir en caso de que el informe fuera incompleto. Los obreros demostraron en este trabajo una extraordinaria firmeza, una alta conciencia y una gran entrega. En algunos casos se manifestó una iniciativa y una inventiva brillantes. El instinto de clase ayudó a los
obreros a identificar también a los trabajadores fieles y atentos».
El sentido fundamental del juicio celebrado, escribía el periódico Pravda en el boletín de la Inspección Obrera y Campesina del 12 de marzo de 1929, «consiste en que demuestra con la mayor claridad que las deformaciones burocráticas entre nosotros no quedarán sin castigo».
La condición más importante para el carácter masivo y la eficacia del trabajo de la Inspección Obrera y Campesina, Rosalía Samóilovna la consideraba la amplia publicidad y la difusión de la actividad del departamento del Buró de Quejas (OBJ). Esto se lograba mediante boletines especiales de la RKI en los periódicos centrales, sesiones itinerantes del OBJ con participación de jueces obreros en fábricas y plantas, que atraían a un gran número de trabajadores.
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Movilizando a las masas para una «dura lucha contra la actitud burocrática y grosera de los funcionarios hacia el obrero y el campesino común que acude al aparato», Zemliachka era el azote de todos los burócratas y funcionarios negligentes.
En un poema amistoso publicado en Pravda, D. Bédny escribió:
Del papeleo y del letargo, para protegerte por completo,
el retrato de la camarada Zemliachka cuelga, amigo, en la pared.
El espíritu de la negra enfermedad burocrática, toda tu necedad desaparecerá,
cuando con tal “memento mori”
adornes tu despacho.
Todo lo que en ti se agita confusamente, en la hora de recepción conténlo en ti
y repite a cada minuto las sagradas letras R.K.I.
Vagando luego por el despacho,
reza porque por ahora hayas conocido a Zemliachka solo por el retrato:
¡cien veces más terrible es el original!
«Vendrá, respirará…» ¿y dónde estás, amigo? Aquí estabas, y como si nunca hubieras estado:
yace el portafolios en un charco de tinta…
¡La insignia… el carnet… y todo! ¡Desapareció!
Un enorme amor por el pueblo, la preocupación por su bienestar, la guiaban a ella—estricta, exigente e inflexible. Al atraer a las masas obreras a la lucha contra el burocratismo, Zemliachka ayudaba al partido y al gobierno a preparar nuevos cuadros para el aparato estatal. Muchos antiguos voluntarios del Buró de Quejas llegaron a convertirse en importantes funcionarios soviéticos.
El escritor Aleksandr Fadéiev, en una de sus numerosas cartas a Rosalía Samóilovna, escribía:
«¡Cuántas veces he querido contarle acerca de la incomparable importancia educativa que tuvo para mí y para muchos, muchísimos otros (recuerde a Tevosian, a Jvalébnov y a muchos buenos obreros que crecieron bajo su dirección ya ante mis propios ojos) el trabajo conjunto y la relación de camaradería con usted!
En este sentido le estoy extraordinariamente agradecido; toda esa “escuela” suya ha entrado en la carne y en la sangre, se ha convertido en algo inseparable. Pues muchos procesos internos, tanto en mí como en toda una serie de camaradas que me tocó observar, se
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realizaban sin que usted lo notara, y aquello era literalmente el nacimiento y la formación de un bolchevique.»
¡Cuántos jóvenes, gracias a usted, aprendieron no solo a comprender, sino a sentir en lo más profundo la esencia fundamental del partido, su línea, el estado de ánimo de las masas; aprendieron a despreciar la palabrería, se liberaron del idealismo de la «revolucionariedad
en general»…y la sustituyeron por una conciencia sobria del deber y por el sentido de la perspectiva revolucionaria incluso en los detalles más pequeños!
En el día del 60.º aniversario de Rosalía Samóilovna, un grupo de camaradas escribió en el periódico Pravda: «A personas como la camarada Zemliachka se las ama o se las odia. Las aman todos aquellos que luchan con abnegación y fidelidad por el comunismo; las odian los enemigos de la clase obrera, los renegados, los desertores, toda esa escoria que conoce bien y ha experimentado en sí misma el profundo principio de la camarada Zemliachka, su firme voluntad y su total devoción al partido».
«Por méritos excepcionales en el campo del mejoramiento y la simplificación del aparato estatal, por su adaptación a las tareas de la ofensiva socialista desarrollada en la lucha contra el burocratismo, contra la mala administración y la irresponsabilidad en las
organizaciones soviéticas y económicas», la camarada Zemliachka fue condecorada el 5 de septiembre de 1936 con la Orden de Lenin.
El estilo leninista de trabajo Rosalía Samóilovna lo llevó también al transporte, adonde fue enviada en 1931 por el Consejo de Comisarios del Pueblo como miembro del colegio del Comisariado. La lucha organizada por Zemliachka en el transporte contra el burocratismo y la rutina, contra la negligencia y la desorganización, el trabajo realizado por ella para estimular la iniciativa que surgía desde abajo y para atender las necesidades de las masas ferroviarias, todo ello constituyó una gran contribución de Zemliachka al fortalecimiento del transporte soviético.
En el XVII Congreso del Partido Comunista, en 1934, Zemliachka fue elegida miembro de la Comisión de Control Soviético. Con energía inagotable y perseverancia luchó por elevar la disciplina, mejorar y abaratar el aparato soviético. Como siempre, se apoyaba para realizar este trabajo en el amplio activo de los trabajadores.
En 1937, R. S. Zemliachka fue elegida diputada del Sóviet Supremo de la URSS. Estaba estrechamente vinculada con sus electores y respondía con sensibilidad a cada petición, a cada solicitud que se le hacía.
Severa e implacable con los portadores de tendencias antisociales y antigubernamentales, cualquiera que fuera la forma en que se manifestaran, Rosalía Samóilovna, por su sencillez, sensibilidad y disposición para ayudar, despertaba la simpatía de la gente común soviética. A ella acudían obreros, campesinos de los koljoses, escritores, maestros, alumnos de
orfanatos y escolares, científicos, pensionistas y amas de casa, y para todos encontraba una respuesta, para todos hacía todo lo que era posible hacer.
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El 7 de mayo de 1939, por decreto del Presidium del Sóviet Supremo de la URSS,
Zemliachka fue nombrada Presidenta de la Comisión de Control Soviético adjunta al Consejo de Comisarios del Pueblo de la URSS y Vicepresidenta del Consejo de Comisarios del Pueblo de la URSS.
En este alto cargo permaneció también durante los años de duras pruebas para nuestro país—en el período de la Gran Guerra Patria—, entregando toda la enorme experiencia de una gran dirigente estatal, toda su incansable energía, a la lucha por la victoria sobre el enemigo.
Precisamente en los años de la guerra, cuando se rompió el modo de vida habitual de cada persona, cuando cientos de miles de personas fueron desplazadas de sus hogares, cuando rara era la familia que no vivía sus propias dificultades y su propio dolor personal, se manifestaron con especial claridad la sensibilidad y la disposición de Zemliachka hacia la gente, así como su rapidez para resolver los más diversos problemas de la vida, con los que acudían a ella desde todos los rincones del país. Las numerosas cartas conservadas en el archivo personal de Rosalía Samóilovna, con solicitudes, quejas y agradecimientos por la ayuda prestada a tiempo, dan testimonio de la múltiple actividad de Zemliachka y de su cercanía al pueblo.
Durante la guerra, el partido y el gobierno condecoraron a Zemliachka con las medallas«Por la defensa de Moscú» y «Por el trabajo valeroso durante la guerra».
En los últimos años de su vida, Zemliachka fue Vicepresidenta de la Comisión de Control del Partido ante el Comité Central del PCUS (bolchevique).
Valorando altamente los méritos de R. S. Zemliachka ante la Patria, el gobierno, en el día de su setenta aniversario, la condecoró con una segunda Orden de Lenin.
Rosalía Samóilovna fue delegada en casi todos los congresos del partido, así como en los congresos de los Sóviets de la RSFSR y de la URSS.
Hasta qué punto Zemliachka era influyente entre las masas se ve en el hecho de que fue elegida guardia roja honoraria, combatiente honoraria de las barricadas de los combates de 1905 en Odesa y miembro honorario del Komsomol.
Rosalía Samóilovna fue una auténtica representante de los trabajadores del estilo leninista, que combinaba orgánicamente en sí el mayor temperamento de revolucionaria con sobriedad, sangre fría y la capacidad de sopesar todas las circunstancias y perseverar hasta alcanzar el objetivo.
El 21 de enero de 1947 terminó la intensa vida de la fiel hija del partido, la camarada Zemliachka.
Sus cenizas reposan en el muro del Kremlin, en la Plaza Roja; el recuerdo de ella vive en los corazones del pueblo soviético, al que entregó sin reservas toda su vida.
ZEMLYACHKA A PRINCIPIOS DEL SIGLO XX
KLAVDIA IVÁNOVNA KIRSÁNOVA
Klaudia Ivánovna Kirsánova no tenía aún sesenta años cuando terminó el camino de su vida, y el objetivo de ese camino lo había definido ya a los dieciséis.
Más de cuarenta años de servicio a la gran causa del comunismo, sin una sola interrupción, sin la menor pausa. Nunca disminuyó el ritmo de su actividad. Siendo ya no joven en los días de la Guerra Patria, Claudia Ivánovna se preparaba y partía hacia las posiciones avanzadas con la misma facilidad con que cumplía las tareas del partido en los tiempos de la clandestinidad y de la guerra civil. La dificultad, el peligro, las grandes distancias no existían para ella. Un mes antes de su repentina muerte, Claudia Ivánovna regresó de una larga y dura misión en Yakutia.
Solo para viajar a un sanatorio o a una casa de descanso nunca encontraba ni tiempo ni deseo. Esto no se explicaba en absoluto por una salud perfecta, sino que era únicamente consecuencia de una naturaleza extraordinariamente activa, impetuosa, tan característica de los comunistas de aquella generación a la que pertenecía Kirsánova.
Estas personas ingresaban en el partido siendo todavía adolescentes y se incorporaban al movimiento revolucionario con todo el ardor de la juventud temprana. Las dificultades y las privaciones de la lucha del partido eran para ellos la norma de vida; no conocían otra ni la buscaban.
Claudia Ivánovna entró en el movimiento revolucionario siendo casi una niña: cuando durante el primer registro en donde vivía fueron encontrados libros prohibidos, ella tenía solo quince años. Más tarde recordaba que entonces era todavía muy ingenua, que no comprendía bien ni la situación política ni las disputas programáticas. Por primera vez oyóhablar de los objetivos de la lucha revolucionaria por boca de su primo Alexéi Kirsánov, quien pertenecía al POSDR quien ya había sido arrestado.
En su apartamento se realizaban reuniones ilegales, y nadie prestaba atención a la muchacha descalza que servía el té y procuraba no perder ni una palabra de lo que decían los reunidos.
La familia Kirsánov atravesaba en aquel tiempo grandes dificultades. Poco antes, Iván Vasílievich Kirsánov, que se había negado a dar un soborno al administrador, fue despedido con cualquier pretexto de la fábrica metalúrgica de Kulebaki, donde había trabajado durante veintidós años. A cargo de Iván Vasílievich estaban su esposa y ocho hijos. También dependía de su ayuda Alexéi Kirsánov, quien, al encontrarse bajo vigilancia policial, no podía conseguir trabajo.
Comenzaron los desplazamientos. De la fábrica de Kulebaki se trasladaron a Kungur y después a Perm. Precisamente fue en la organización socialdemócrata de Perm, a la que se incorporó en 1904 la Kirsánova de dieciséis años, donde ella se elevó y se formó como bolchevique.
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La ola de huelgas del invierno y la primavera en Perm, iniciada después de los acontecimientos de enero en Petersburgo, continuaba creciendo, y en mayo de 1905 los bolcheviques de Perm decidieron realizar una manifestación política según un plan previamente elaborado. Así describe esta manifestación el Comité de Perm en su informe al Comité Central del POSDR:
«Unos quinientos obreros de Motovílikha y de Perm, reunidos en el bulevar, desplegaron la bandera roja y, cantando canciones revolucionarias, desfilaron varias veces por la avenida principal. Se pronunciaron muchos discursos de carácter político.
La policía cerró la entrada, pero fue derribada por la multitud (en parte armada); en el enfrentamiento murió un guardia urbano que había desenvainado el sable, y fue golpeado un soldado que intentaba arrebatar la bandera.
Tras abrirse paso, la multitud creció hasta cinco mil personas, salió a la calle principal y, cantando, arrancó todas las banderas y faroles, rompió las ventanas de la casa del gobernador y, gritando “¡Abajo la autocracia! ¡Viva el autogobierno popular!” — se dispersó lentamente».
En la manifestación participó también la juventud de espíritu revolucionario. Entre ellos se encontraba Klasha Kirsánova. Para ese tiempo ya había sido expulsada del gimnasio por participar en una huelga y se había incorporado a la escuadra de combate de los obreros de la fábrica estatal de Motovílikha.
Cuando diez días después de la manifestación estalló en Motovílikha una huelga que se transformó en insurrección armada, Kirsánova encabezaba el destacamento sanitario creado junto a la escuadra. No tenía ninguna experiencia en el cuidado de heridos, pero encontró la manera de adquirirla rápidamente. Sobre cómo lo logró, ella misma lo contaba en sus memorias.
«Logré introducirme en el trabajo práctico en la clínica quirúrgica ambulatoria, dirigida por el conocido cirujano Popov. Haciéndome pasar por alumna de los Cursos Superiores de Medicina, le pedí permiso para practicar en esa clínica mientras “los señores camaradas”estaban en huelga (con ello quería subrayar ante el director, de ideas reaccionarias, mi supuesta antipartidismo, mi antirrevolucionariedad). Popov lo permitió con benevolencia y prestaba mucha atención a mi trabajo. Todos los conocimientos necesarios que recibía sobre el cuidado de los heridos, la realización de vendajes, etc., los transmitía inmediatamente a los demás miembros de nuestro destacamento sanitario: vendábamos
manos, piernas y cabezas completamente sanas…»
Después de la derrota del levantamiento, Kirsánova continuó trabajando en la organización militar de Perm. Se le encargó el enlace con las unidades del ejército. Era una tarea difícil y muy peligrosa, que exigía una gran habilidad conspirativa.
Corría el duro año de 1906. En marzo fueron detenidos los principales dirigentes del Comité de Perm. Esto se reflejó inmediatamente en todo el trabajo. Los mencheviques comenzaron a «marcar el tono». Aferrándose a la frase de Plejánov—«No había que haber tomado las armas»—proponían disolver las escuadras de combate.
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Kirsánova era todavía una recién llegada al partido, pero no estuvo de acuerdo con esa decisión y conservó la escuadra de combate.
«Nosotros, contrariando la voluntad del Comité de Perm, íbamos con frecuencia al valle del río Yegoshija —escribía ella— y allí, en barrancos apartados, practicábamos tiro, aprendíamos a hacer vendajes, manteníamos conversaciones de carácter estratégico, estudiábamos el terreno y la disposición de la guarnición de Perm. Existía una especie de esperanza instintiva de que, después de todo, el partido en su conjunto no veía la situación del momento como la veía el centro de Perm. Y puede decirse que no nos equivocamos».
En la primavera de 1906 apareció en Perm Mijálych (Yákov Mijáilovich Sverdlov). Más allá del Kama, en el bosque, hizo un informe sobre la situación del momento. El centro de todo el informe era la cuestión: ¿ha sido derrotada la revolución junto con la derrota del levantamiento de diciembre en Moscú? ¿Debemos continuar el trabajo militar y combativo? Y escuchamos una respuesta clara y firme: el partido debe hacer todo lo posible para, junto con la agitación y la propaganda en los lugares, estudiar la experiencia del levantamiento de Moscú y encontrar formas de organización de las fuerzas combativas del partido.
«Nuestra escuadra de combate se animó—recordaba Kirsánova—. De aquella reunión nos dispersamos de una manera simbólica: no fuimos hacia la ciudad, siguiendo a los mencheviques de Perm, sino hacia la izquierda, hacia Motovílikha, adonde se dirigióMijálych. Ir hacia la izquierda, hacia Motovílikha, significaba ir hacia las masas obreras revolucionarias».
Poco después, Y. M. Sverdlov asumió la dirección del Comité de Perm y el trabajo comenzó a marchar de otra manera. Fue restablecida la Organización Militar. Su responsable principal fue Yákov Mijáilovich Sverdlov, y Klavdia Ivánovna Kirsánova se convirtió en su ayudante.
Ella estableció contacto con los soldados de la guarnición que custodiaba la prisión,
organizó varias células militares, consiguió recursos para comprar literatura y, además, cumplía muchas otras tareas del partido.
Desde ese momento, el nombre de «la hija de campesinos Klavdia Ivánovna Kirsánova»—primero con 17, luego 18, 19 años, y así sucesivamente—no desaparece de las páginas de los archivos policiales.
Primero fue el caso de una imprenta clandestina, por el cual también fue arrestada. Luego,«agitación en el corredor de la prisión provincial de Perm entre los escoltas», en el cual la acusada «se negó a dar explicaciones y declaraciones».
Incluso cuando Kirsánova se encontraba en prisión, su nombre figuraba en los informes
operativos. Así, por ejemplo, en uno de ellos se decía: «Según los datos obtenidos por agentes, la organización militar del POSDR en Perm, después del arresto en la primavera de 1907 de la principal dirigente de esta organización, Klavdia Kirsánova, ha comenzado
nuevamente a desarrollar su actividad entre los soldados rasos de la guarnición de Perm…»
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Y más adelante se señalaba que en esta actividad participaban activamente «las alumnas del
gimnasio privado de Barbatenko…, que se encontraban constantemente en contacto con la detenida Klavdia Kirsánova, quien indudablemente ejercía sobre ellas una enorme influencia».
Sobre cómo actuaba Klavdia Kirsánova en la cárcel, cuenta en sus memorias el camarada Odinokov, arrestado en el mismo período:
«Kirsánova llegó a la prisión no por primera vez. Era muy joven, pero pese a su edad, era combativa y enérgica. Poseía extraordinarias capacidades organizativas y era la ejecutora constante de todas las combinaciones carcelarias: a través de ella se transmitían todas las noticias del exterior y los mensajes dentro de la prisión, desde el pabellón viejo al nuevo, a la torre, al hospital y de regreso.
Todas las cartas y notas importantes pasaban por Kirsánova, y nunca hubo un solo caso de fracaso. Esto lo sabía toda la prisión, lo sabía también la administración. Por eso vigilaban a Kirsánova con especial severidad. Sin embargo, nada podía detenerla ni impedirle actuar. El guardia apenas alcanzaba a darse vuelta, y ella ya había lanzado una nota a un preso que paseaba en el patio o directamente a la ventana de la torre de aislamiento. O bien corría por el pasillo de la torre o del hospital y, sin detenerse, arrojaba el papel por la mirilla de la puerta.
Una vez me tocó ver la siguiente escena: a los presos de las celdas individuales de la torre los sacaron al patio para el paseo. En ese momento llevaban a Kirsánova a la oficina. La escoltaban dos vigilantes. Otros dos acompañaban a los que estaban paseando. Y al mismo tiempo pasaban por el patio, en dirección a algún lugar, el vigilante jefe y el suboficial.
A pesar de todo, Kirsánova aprovechó el instante e intentó pasar una nota. Los seis se abalanzaron sobre ella. Se produjo un forcejeo. Querían arrebatarle la nota, pero la joven, con una fuerza que me pareció increíble apartaba de sí ora a uno, ora a otro. Los vigilantes se enfurecieron y comenzaron a actuar ya de manera totalmente brutal, pero no lograron lo que querían. Después de varios minutos de lucha se quedaron sin nada: Klasha alcanzó a tragarse la nota.
Para mí era un enigma cómo lograba organizar la transmisión de correspondencia no solo dentro de la prisión (eso lo vi con mis propios ojos), sino también fuera de sus muros. Después supe que para ella trabajaban varios vigilantes a los que había logrado convencer con su propaganda, la enfermera de la enfermería de la cárcel e incluso el diácono de la iglesia de la prisión.
Me parece que en ellos influía su extraordinaria franqueza, una especie de pureza juvenil y, al mismo tiempo, seguridad y firmeza.
Kirsánova gozaba de autoridad y tenía influencia también entre los presos comunes. La respetaban por la valentía y el coraje que mostraba en la prisión.
Recuerdo que a Klasha la metieron en el calabozo. Inmediatamente comenzó una protesta en toda la cárcel. Los presos comunes, todos como uno solo, se amotinaron, rompían las
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ventanas y empezaron también a destrozar las puertas. El motín duró hasta que Kirsánova fue sacada del calabozo.
Pero entonces la pusieron en libertad—más exactamente, la dejaron salir bajo fianza.
En el pasillo de la torre resonó una clara voz femenina: «¡Compañeros! ¡Hasta la vista! ¡Me voy a la libertad!»
Todos reconocieron la voz de Klavdia Kirsánova…
Nosotros creíamos mucho en ella. Y por eso, cuando supimos que los camaradas estaban preparando una fuga, nos alegramos mucho de que fuera Kirsánova quien la organizara.
La necesidad de la fuga se debía a que dos de los camaradas—Trófímov y Glújij—habían sido condenados a muerte. El asunto era difícil. El comité del partido, la había encargado de
organizar esta operación, debilitado por las detenciones, no disponía ni de medios materiales para sobornar a la guardia, ni de fuerza armada para realizar un asalto. Kirsánova decidió recurrir en busca de ayuda a los «hermanos del bosque», o como también los llamaban, los «lbovitas».
Aleksandr Lbov, cuyo nombre llevaba esta organización anarquista, en los turbulentos días de la lucha armada durante la insurrección de 1905 se mostró como un combatiente valiente y capaz. Después de la derrota de los obreros, se rodeó de compañeros que decidieron no rendirse ante los verdugos zaristas y se los llevó al bosque. Allí se fue formando poco a poco un grupo compuesto por los elementos más diversos, que se hacían llamar «los hermanos del bosque».
A ellos acudió la joven en busca de ayuda.
Los «hermanos del bosque» proporcionaron tanto armas como dinero. La fuga fue
organizada por Kirsánova «de manera inteligente y acertada», como la valoraban los bolcheviques de Perm, pero fracasó por culpa de un preso común que dio la alarma en la cárcel.
Por la organización de esta fuga, de lo cual informó un provocador, así como por el caso«de pertenencia a una sociedad formada con el fin de derrocar por la fuerza el orden de gobierno establecido por las leyes fundamentales y que dispone de medios para realizar explosiones», Kirsánova fue juzgada y el 1 de mayo de 1908 fue desterrada de Perm a asentamiento perpetuo en la región de Irkutsk.
Un mes y medio después ya no se encontraba allí: «Del lugar de destierro—la aldea de Indíiskoye, distrito de Balagansk, región de Irkutsk— ha desaparecido», escribía el gobernador de Irkutsk al departamento de policía.
Klavdia Ivánovna escapó de las manos de la policía más de una vez.
En una ocasión logró hacerlo literalmente ante los ojos de los guardias, cuando fueron a buscarla al apartamento de su padre. Los gendarmes olvidaron cumplir alguna formalidad y
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regresaron a la jefatura de policía. En la puerta de la casa y en el patio dejaron soldados con la orden de no dejar salir a nadie. Sin embargo, los guardias no estuvieron presentes durante el registro y no sabían quién debía ser arrestado. Klavdia les hizo creer que habían venido
por su padre. Pidió que la dejaran salir por agua, luego por leñay…unos minutos antes del regreso de los gendarmes desapareció.
Después de escapar del destierro comenzaron las andanzas de Klavdia Ivánovna.
No pudo utilizar la dirección clandestina que le habían dado en Moscú, pues se estaban produciendo arrestos. En Tula, con su hermana casada, podía quedarse, pero no había nadie que pudiera ayudarla a ponerse en contacto con la organización. Kirsánova viaja a Járkov. Allí, entre la juventud estudiantil, se encontraron camaradas vinculados con el comité del POSDR. Sin embargo, Klavdia Ivánovna apenas había logrado incorporarse al trabajo cuando comenzaron nuevas caídas y detenciones. Ella regresa a Tula, pero la policía la sigue de cerca. Klavdia Ivánovna vuelve a viajar a Moscú y desde allí a Sarátov. Allí logra, por fin, conseguir un pasaporte y establecerse de alguna manera, aunque no por mucho tiempo. En la primavera de 1909 Kirsánova fue arrestada y trasladada a la prisión provincial de Perm.
Esta vez fue juzgada por un tribunal militar, y en esta ocasión el castigo fue más severo que el anterior.
Klavdia Ivánovna Kirsánova, de 21 años, fue condenada a 4 años de trabajos forzados. Cumplió la condena en el cuerpo de presidiarios de la prisión de Perm. En 1913 terminó el plazo de trabajos forzados. Pero la libertad no llegó. En una larga etapa, junto con un grupo de otros condenados, Kirsánova fue enviada al destierro en Yakutia.
En una barcaza que avanzaba lentamente por el majestuoso río siberiano Lena, la alegre y activa «Klasha», quizá por primera vez en su vida, conoció horas de tranquila contemplación de la naturaleza, de reflexión pausada. Eran días de completo ocio, algo que nunca había tenido.
Una tierra lejana y extraña. El salvaje bosque de taiga, que se acercaba hasta las mismas
orillas. Silencio. En ninguna parte se veía ni a una persona ni huellas de su morada. Y de pronto, de la que parecía una taiga impenetrable, salió un hombre. Llevaba en las manos un enorme ramo de flores. Dirigiéndose a los que estaban sentados en la barcaza, gritó algo y, con un fuerte impulso, lanzó las flores directamente a sus pies.
Los condenados recogieron cuidadosamente aquel regalo del desconocido.
Kirsánova recordó su rostro bronceado, su figura alta y fuerte. Llevaba quevedos y una camisa blanca y limpia. Todo su aspecto, y el saludo lleno de alegría con el que recibió a las personas en la barcaza, indicaban que allí no habría tristeza ni inactividad, que tanto temían en aquella tierra extraña.
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El hombre de las flores era el deportado Emelián Yaroslavski. Más tarde, ya en Yakutsk, Klavdia Ivánovna lo conoció, y desde ese momento lo acompañó como amiga y esposa hasta los últimos minutos de su vida.
En Yakutsk había no pocos desterrados políticos. También allí continuaban estudiando historia, filosofía y economía política.
Los bolcheviques sostenían agudas discusiones con los adversarios del marxismo. La lucha política entre los representantes de distintos partidos y tendencias se intensificóespecialmente en 1914, con el comienzo de la Primera Guerra Mundial. También allí se produjo una clara división entre defensistas y derrotistas.
Emelián Yaroslavski y V. P. Nogin encabezaron la organización bolchevique de los socialdemócratas en el destierro. Los bolcheviques vivían allí como una sola familia, y Kirsánova pasó a formar parte de ella como miembro de pleno derecho.
Allí, en el destierro, también formó su propia familia. En 1915 nació su hija. Aún era muy pequeña cuando llegó la noticia de la Revolución de Febrero. La alegre noticia la llevó a la casa de Yaroslavski Sergo Ordzhonikidze. Estaba tan emocionado que sacó al niño de la cama y lo lanzaba casi hasta el techo gritando: «¡Mariánochka! ¡La revolución ha llegado!»Así lo cuenta la esposa de S. Ordzhonikidze, Zinaida Gavrílovna.
Con un niño de dos años, la familia viaja desde el destierro a Moscú. En julio de 1917, Kirsánova y Yaroslavski tuvieron su segunda hija.
Los días de Octubre sorprendieron a Kirsánova ya en los Urales, adonde había sido enviada por el Comité Central del partido.
Los años de la guerra civil resultaron para Kirsánova un período aún más activo y agitado de su vida que el trabajo clandestino que había quedado atrás. El tiempo era ardiente, y tenía dos hijos en brazos. Faltaban cuadros del partido, y a los buenos organizadores había que trasladarlos con frecuencia de un lugar a otro. El cumplimiento de las tareas del partido exigía largos viajes de servicio. Y Klavdia Ivánovna envió a los niños con sus familiares. Los días decisivos de la guerra civil los enfrentó con plena disposición a entregar todas sus fuerzas a la defensa del joven poder soviético.
Klavdia Ivánovna se encontraba en Nadezhdinsk.
Allí fue elegida presidenta del Soviet de diputados obreros y campesinos. En una autobiografía destinada a su expediente personal del partido, Klavdia Ivánovna escribía:
«Fui elegida presidenta del Soviet que unía seis distritos del territorio, y allí me correspondió dirigir todo el trabajo de nacionalización de ese distrito y, posteriormente, la
organización de un destacamento especial para la defensa de esta zona frente al frente checoslovaco que se había desplegado.
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En 1918, siendo presidenta de la organización local del partido, al recibir la orden del centro regional de marchar al frente, me puse al frente de esta organización y, además, fui nombrada presidenta del Consejo Militar del distrito de Verkhoturie.
Como jefa de un destacamento de misión especial, me correspondió estar en las posiciones avanzadas, ya que los acontecimientos en el frente se desarrollaban con tal rapidez que tuvimos que defender los accesos a la principal línea ferroviaria que iba desde Gora- Blagodatskaya hacia Perm».
Aquí no hay detalles, ni siquiera se dice que en las posiciones avanzadas Klavdia Ivánovna no solo estaba presente, sino que defendía esas posiciones como ametralladora.
En su biografía, Klavdia Ivánovna ni siquiera mencionó que fue miembro del Colegio Militar, y ese cargo estaba relacionado con una misión muy compleja y responsable que le fue encomendada por el Comisariado de la División Consolidada de los Urales del 3.er Ejército del Frente Oriental.
Esto es lo que estaba escrito al respecto en su documento:
«Como miembro del Colegio Militar, la camarada Klavdia Kirsánova tiene poderes ilimitados en el distrito minero de Bogoslóvsk, a saber: liquidar instituciones ineficaces y crear nuevas; destituir y nombrar funcionarios; en la lucha contra la contrarrevolución, la camarada Kirsánova tiene derecho a organizar destacamentos, armarlos y llevar la lucha más implacable contra los contrarrevolucionarios del mencionado distrito.
La camarada Klavdia Kirsánova tiene derecho a comunicarse por línea directa, por teléfono, a enviar telegramas con la indicación “militar”, a viajar gratuitamente y sin impedimentos en todos los trenes de todas las líneas ferroviarias, así como exigir locomotoras y trenes completos, lo cual se certifica con la firma y la aplicación del sello».
Estos amplios poderes, por supuesto, fueron utilizados más de una vez por la poseedora del mandato.
Desde los Urales, Klavdia Ivánovna fue llamada a Moscú, donde se convirtió en secretaria del comité del partido del distrito Jamóvnicheski (ahora Frúnzenski). Al mismo tiempo, Kirsánova fue incorporada a la comisión femenina del Comité Central del PCR(b), desde donde se inicia su larga labor entre las mujeres, que posteriormente la vinculó de manera natural con el movimiento internacional femenino.
En Moscú trabajaba en ese tiempo también Emelián Yaroslavski. Tomaron consigo a los hijos, y aunque Klavdia Ivánovna no podía dedicarles suficiente atención, aun así, aunque fuera en breves momentos, disfrutaba de las alegrías de una vida familiar plena. Sin embargo, seguía estando dispuesta en cualquier momento a levantarse y marchar allí donde fuera más necesaria.
En julio de 1919, los Urales fueron liberados de Kolchak.
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Devastado por el dominio de los guardias blancos, debilitado por sus atrocidades, uno de
los centros de la industria rusa esperaba a verdaderos dueños que lo ayudaran a levantarse después de los sangrientos acontecimientos. Klavdia Ivánovna viaja a los Urales. Parte en
el habitual tren de carga de aquellos tiempos, en un vagón común (“teplushka”), donde en
cada estación había que luchar por un lugar. Esta vez llevó consigo a su hija mayor: al parecer, no podía soportar separarse de ambos niños. Dos meses después de llegar a Ekaterimburgo (Sverdlovsk), Klavdia Ivánovna se convierte en madre de su tercer hijo.
La hija mayor ya tiene cinco años y puede ayudar en el cuidado del hermano. Ayudan también los vecinos y los amigos.
Cuando se anunció la movilización del partido hacia Siberia «para fortalecer los órganos del poder y las organizaciones del partido», el niño no impidió que Klavdia Ivánovna se pusiera en camino. En la autobiografía de Kirsánova se dice: «La movilización del partido me alcanzó también a mí, y fui enviada a Omsk, donde fui secretaria del comité municipal del partido».
Además, en esta ciudad Kirsánova se convirtió en la primera rectora de la escuela regional del partido y la reorganizó en una universidad comunista obrera-campesina. Este fue su primer trabajo en el campo de la formación de cuadros, en la labor a la que ella dedicómuchos años de su vida.
En Omsk a Klavdiya Ivanovna le ocurrió una gran desgracia que la hizo sufrir dolorosamente. Perdió a su hijo. Se enfermó gravemente, y las condiciones de vida eran muy duras, y no fue posible salvarlo. Yaroslavsky la llamaba a Moscú: «Klavdichka—le escribía—, ven obligatoriamente, aquí te irá bien. Hay una cantidad increíble de trabajo. Hay que levantar el ánimo, está muy decaído; aquí hay espacio para desplegar fuerzas, y de inmediato revivirás con este trabajo. El ambiente es totalmente distinto, en algunas fábricas hay hostilidad, no dejan hablar a los comunistas. Hay que realizar una enorme labor, y aquíjustamente hacen falta trabajadores como tú». La tarea asignada por la movilización partidaria ya había sido cumplida para entonces, y Klavdiya Ivanovna pudo marcharse.
En la siguiente etapa de su trabajo, Klavdiya Ivanovna como que heredó la obra iniciada por Yakov Mikhailovich Sverdlov, su dirigente y maestro en la clandestinidad en Perm. Sverdlov fundó ante el VTsIK cursos de dos semanas: entonces aún no se podía separar a los comunistas para estudiar por más tiempo que ese período. Ahora los cursos se desplegaban en la Universidad Comunista. En 1922 nombraron rector de la Universidad Comunista con el nombre de Sverdlov a Kirsanov.
Dos años después, cuando el trabajo en la universidad ya estaba organizado, a Klavdiya Ivanovna se le encargó organizar cursos para los trabajadores partidarios de los uyezdy ante el CC del PCUS(b). Ella se puso al frente de esos cursos.
***
La dura época de guerra iba quedando atrás. Se iban cerrando las heridas infligidas por la intervención y la guerra civil. El joven Estado soviético superaba las dificultades
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económicas y administrativas. Las condiciones de vida se hicieron más fáciles. Parecía que
se podía respirar un poco. La familia de Kirsanova finalmente estaba reunida, y en ella nacieron uno tras otro dos hijos: crecían ya en mejores condiciones que los hijos mayores.
Trabajar se volvió más tranquilo, pero trabajo era lo que había por hacer. Todos estos años Kirsanova dirigió escuelas de formación marxista-leninista y al mismo tiempo realizó una gran labor entre las mujeres. En 1933 fue premiada con la Orden de Lenin por ese trabajo.
Klavdiya Ivanovna Kirsanova era una excelente propagandista. Siempre supo hallar un lenguaje común con la audiencia a la que se dirigía. Su discurso se distinguía por la claridad, la sencillez y la persuasión. La entendían todos: tanto los soldados del ejército zarista como los guardias rojos, las trabajadoras y las campesinas que apenas aprendían a leer, y la juventud que entraba en la vida. Amaba el trabajo de agitación y propaganda y le daba una enorme importancia. Varios años antes del inicio de la Gran Guerra Patria pasó a trabajar en el Departamento de Agitación y Propaganda del Comité Central del partido. En modo alguno le incomodó la necesidad de frecuentes viajes, aunque por entonces ya no era joven. Para ella era una alegría cada encuentro con los oyentes. Conservaba con esmero sus notas porque veía en ellas la prueba de que su palabra había llegado al pueblo y había despertado el pensamiento justo. Sentía su unión con las masas, a las que siempre perteneció.
Cuando comenzó la Gran Guerra Patria, Klavdiya Ivanovna ya había pasado los cincuenta años, pero trabajaba como a los veinte: viajaba tanto al profundo retaguardia como a las posiciones avanzadas; bajo el fuego enemigo se internaba en las trincheras de los soldados. Una de las cartas de Klavdiya Ivanovna a casa ofrece un cuadro completo de cómo vivía y actuaba en aquellos días: «Bueno, como se dice,‘nien el agua se hunde, ni en el fuego se quema’ vuestra Kirsanova, y aun en una catástrofe como ésta, cuando un motor se desprendió del avión, sólo me raspó el codo y me quedaron como recuerdo dos moratones. Al piloto se le fracturó el brazo. Al mecánico de a bordo se le destrozaron las piernas. Al navegante se le rompieron varias costillas. Los demás sólo sufrieron contusiones».
El 3 de diciembre de 1943 dictó un artículo para Pravda, y el 4 de diciembre ya no estaba.
«Por primera vez trajo el dolor a la casa»,—decían entonces en aquella familia grande y unida.
Klavdia Ivanovna perdió al compañero de toda su vida, al camarada de lucha, al padre de sus hijos. Pero incluso en su inconsolable dolor no interrumpe su intenso trabajo: hace informes, viaja en misiones. Al mirar el grueso paquete de credenciales de viaje resulta difícil imaginar que todas esas tareas fueron cumplidas en tan corto tiempo por una sola persona. Pasan rápidamente las fechas, los nombres de ciudades, de repúblicas. De nuevo los Urales, Siberia, la isla de Sajalín, luego París y otra vez los rincones lejanos de nuestra patria.
Kirsánova participó con especial actividad en el movimiento internacional de mujeres. Incluso antes de la guerra fue elegida miembro del comité ejecutivo del Congreso Internacional de Mujeres.
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Pero entonces el trabajo de esta organización no pudo desarrollarse ampliamente debido a la tensa situación previa a la guerra y luego a su estallido.
Después de la victoria sobre el fascismo, en 1945, el Congreso Internacional de Mujeres se reunió nuevamente. Las delegadas de todo el mundo recibieron a las mujeres soviéticas como representantes del pueblo vencedor. Se abrían nuevas y amplias perspectivas para la actividad de la organización internacional de mujeres y del Comité Antifascista de Mujeres Soviéticas, en cuyo presidium fue incluida Kirsánova.
La primavera de 1945 abrió ante ella un nuevo e inexplorado campo de trabajo. El pueblo soviético estaba ocupado en la reconstrucción de la economía nacional y en una enorme labor creadora.
Klavdia Ivanovna se entrega al trabajo con entusiasmo. Unas veces está en Manchuria,
otras en Kamchatka, otras en Sajalín.
El verano de 1947 la encuentra en Yakutia. Realiza un largo viaje por los lugares donde había estado por primera vez como desterrada a asentamiento perpetuo. Ahora ve allí una región rica, elevada a una nueva vida, y hace todo lo posible para que sea aún más próspera y mejor.
Nadie sabía que en ese tiempo Kirsánova ya estaba gravemente enferma y soportaba los ataques de una dolencia mortal.
Al regresar a Moscú, se puso a trabajar en el informe sobre el viaje, volvió a sus
obligaciones en el Comité de Mujeres Soviéticas y continuó estudiando el idioma chino, al que se había dedicado desde hacía mucho tiempo.
Pero no pasó ni un mes cuando cayó enferma, y resultó que la enfermedad ya había avanzado demasiado. El 10 de octubre de 1947, Klavdia Ivanovna falleció.
Desde el retrato publicado el día de la despedida en Pravda, nos mira el rostro de una de las mejores mujeres de nuestra época. El cabello peinado con cuidado, la frente alta, la mirada abierta y un poco severa. El rostro de una sencilla mujer rusa con un gran destino, que vivióla vida de una combatiente, luchadora, constructora, esposa y madre, y ante todo, de una hija fiel de su partido y de su gran pueblo.
KLAVDIA IVÁNOVNA KIRSÁNOVA
LIDIA MIJÁILOVNA KNÍPOVICH
(1857–1920)
N. K. KRÚPSKAYA
«Tío» — así llamó a Lidia Mijáilovna Vladímir Ilich, quien en los tiempos de clandestinidad concedía una enorme importancia a la técnica de las comunicaciones secretas. Él aconsejaba dar a los hombres apodos femeninos y a las mujeres, masculinos. P. G. Smidóvich llevaba el seudónimo de «Matriona», Orlovski el de «Josefina», etc.
«Tío»fue una trabajadora activa en aquel período del movimiento obrero en que apenas se estaba poniendo el fundamento de nuestro edificio partidario y cuando el papel decisivo en nuestro partido lo desempeñaba el grupo de revolucionarios profesionales, entregados sin reservas. Ese tiempo ha quedado ahora en un pasado lejano, pero se puede decir con seguridad que nuestro partido nunca habría podido convertirse en la organización templada, firme y resistente que fue en la revolución de 1917, nunca habría podido vencer, si no hubiera pasado por el período de la clandestinidad.
Lidia es un tipo irrepetible de revolucionaria. Después de fallecer no quedaron obras literarias, no figuran en sus textos sus acciones «brillantes», sus discursos en juicios, ni nada semejante; y sobre su enorme, importante, incansable y abnegado trabajo solo sabían quienes tenían trato directo con ella. Ni siquiera a las personas más cercanas les hablaba de su actividad: así lo exigían las condiciones de conspiración de aquel tiempo.
Y solo ante quienes trabajaron con ella, al oír el nombre de «Tío», surge la imagen de una persona ardiente, fuerte, convencida, una bolchevique «de piedra firme», una persona que se entregó por completo, sin reservas, al trabajo del partido y que, al mismo tiempo, era de un modo especial una camarada cercana.
Lidia exigía de sus camaradas firmeza de principios, estricta conspiración y trabajo incansable; reprendía por cualquier error, se burlaba de la inestabilidad: «Hoy bolchevique y mañana menchevique», —decía con ironía a un camarada que vacilaba entre bolcheviques y mencheviques. Pero en los momentos difíciles precisamente a Lidia acudían los camaradas para pedir consejo, para contarle sus dificultades, sus penas. Y Lidia se adentraba en cada detalle; con ella las personas encontraban apoyo moral.
Lidia se preocupaba por los camaradas como nadie: conseguía pasaportes, organizaba alojamiento para los militantes clandestinos del partido, se ocupaba tanto del obrero arrestado como de la muchacha que distribuía literatura, y también de la madre del bolchevique que había sido detenido.
El trabajo clandestino se desarrollaba en aquellos tiempos en condiciones muy duras: el riesgo constante de ser arrestado, la frecuente falta de un lugar donde refugiarse, la inactividad forzada cuando había que ocultarse; todo esto desgastaba a las personas. Todo el que trataba con Lidia sentía: si te has unido al partido, no estás solo, te apoyarán en el momento difícil. Sin eso habría sido imposible trabajar.
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Por eso se iluminan los rostros de los viejos bolcheviques cuando se menciona a «Tío».
Lidia Mijáilovna nació en 1857 en Finlandia; allí mismo pasó su infancia y su juventud. Era hija de un médico, estudió en casa y luego asistió a la Universidad de Helsingfors. Lidia no estudió en el gimnasio; nadie quebrantó su voluntad, nadie le impuso opiniones del viejo régimen: creció como una persona libre, siguiendo su propio camino.
Era una persona muy independiente y de pensamiento profundo, que elaboró de manera consecuente su propia visión del mundo. Creció junto al mar, bajo su influencia; pasaba con sus hermanos gran parte del tiempo remando, navegando en veleros, etc.
¿Quién influyó en ella? Según sus propios recuerdos, lo que más se le grabó en el alma fueron las conversaciones con los pescadores y los obreros de la finca donde creció.
A los 18 años Lidia enfermó y fue enviada al campo; allí realizaba todo tipo de trabajos campesinos: ordeñaba vacas, trabajaba en la siega del heno y trabajaba en el huerto.
En aquel tiempo, en Sveaborg y en Helsingfors existía un grupo de narodovoltsy31 con Sikorski y Rogachov al frente, junto a ellos realizaba trabajo entre los militares. La familia Knipóvich estaba cercana a ese círculo, y Lidia se encontraba bajo su influencia. Los narodovoltsy, en general, prestaban gran atención a la juventud y le daban diversas tareas. Allí comenzó Lidia su actividad y recibió su primera formación revolucionaria.
En 1881 el círculo fue descubierto. En casa de los Knipóvich también hubo un registro, pero no dio resultados. Llegaron los años de una reacción feroz. Lidia se convirtió en maestra de escuela popular.
En 1887 fue arrestado el hermano de Lidia, Nikolái Mijáilovich; fue procesado en el caso de Blagóev. Aquella fue la primera organización socialdemócrata en Rusia. Nikolái Mijáilovich —hoy un importante científico, naturalista, especialista en asuntos pesqueros32—entonces acababa de terminar la universidad. Pasó un año en prisión, en Krestý.
Lidia llegó desde Finlandia y se instaló en Petersburgo con la familia de su hermano, a quien quería mucho; asumió una parte considerable de las preocupaciones domésticas y del cuidado de los niños, a los que atendía con gran cariño, especialmente al pequeño Boria.
El hermano era socialdemócrata, y discutían con Lidia con ardor y vehemencia, pues sobre ella todavía pesaban las antiguas influencias de los narodovoltsy.
En 1891 Lidia viajó durante la hambruna a la provincia de Tambov para organizar comedores para los hambrientos. Le causaron una impresión imborrable la pobreza campesina y, sobre todo, la ignorancia y la resignación ante su destino. Los campesinos no
31 Miembros de Naródnaja volja, 'Voluntad del Pueblo') que fue una organización revolucionaria de tendencia terrorista rusa de inicios de la década de 1880.
32 El artículo de N. K. Krúpskaya fue escrito en 1932.
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podían comprender por qué Lidia se esforzaba tanto: unos suponían que había sido enviada por el zar, otros que salvaba su propia alma; pero se encariñaron profundamente con ella.
Al regresar en otoño del campo, Lidia entró como maestra en una escuela nocturna y dominical detrás de la barrera de Neva (en las clases de Smolensk), donde enseñó hasta su arresto en la primavera de 1896.
Lidia era una maestra y propagandista muy talentosa, pero lo más importante era que se acercaba a los alumnos de una manera tan sencilla que ellos inmediatamente confiaban en ella, sentían en ella a una persona cercana.
Los alumnos, en general, trataban a las maestras con confianza y cariño, pero aun asísiempre se percibía en su actitud hacia ellas cierta distancia respetuosa; sin embargo, miraban a Lidia completamente como si fuera una de los suyos. Era exigente, a menudo gruñía, se exaltaba, discutía, pero no se ofendían con ella; valoraban mucho su opinión. Los alumnos, sin sentirse cohibidos, discutían con ella y le confiaban todos sus pensamientos más íntimos. Lidia sabía responder directamente a todas las preguntas, sabía, partiendo de sus intereses, llevarlos hacia grandes cuestiones de principio.
Entrabas al aula de Lidia y enseguida se sentía una atmósfera especial, una especie de compenetración. Y los alumnos rodeaban a Lidia con gran cuidado y atención. En su grupo había un obrero de edad, que una vez escribió una redacción en defensa del zar y de la Iglesia ortodoxa, y ese mismo obrero le advirtió: «Tenga más cuidado con ese de negro, anda siempre rondando por la policía secreta». Más tarde resultó que aquel hombre de negro era el provocador “Lariónich”.
Entre los obreros existía entonces una especie de conspiración instintiva, que se manifestaba en que cada uno comprendía que no había que hablar de más. Y gracias a esto, a pesar de todos los obstáculos policiales, Lidia podía llevar entre los alumnos propaganda revolucionaria. También empezó a influir en las maestras. Sentía odio hacia toda palabrería liberal y exigía de la juventud un trabajo incansable y firmeza.
Recuerdo una vez un episodio así. En la fábrica Aleksándrov trabajaba un ingeniero conocido, con quien antes habíamos estado dos años en el mismo círculo marxista, realizábamos juntos cierto trabajo y éramos amigos. Él se había apartado de la actividad revolucionaria y estaba muy nervioso por ello. Yo pasaba a veces por su casa antes de ir a la escuela (vivía en la fábrica) y, con relatos sobre la escuela y el trabajo, trataba de no dejar que se apartara del movimiento obrero.
Una vez fuimos juntos al teatro, que estaba detrás de la barrera de Neva. Al día siguiente Lidia se lanzó sobre mí:—Cuando trabajan juntos, es bastante tonto ir juntos al teatro.
Con Lidia aún nos conocíamos poco entonces. Yo me enfadé:«¿quéle importa?», pero después, al pensarlo, comprendí hasta qué punto tenía razón. Esa franqueza de Lidia, su manera tajante de plantear las cuestiones cuando se trataba de principios, cuando se trataba del trabajo revolucionario, su determinación, arrastraban.
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Pronto me encariñé mucho con Lidia. Y no fui la única. También otros se sintieron atraídos hacia ella: Apolinaria Aleksándrovna Yakúbova, con quien trabajábamos juntas en la
organización que comenzaba a formarse; Praskovia Frántsevna Kudelli, que ya comenzaba a inclinarse hacia el marxismo; María Viliámovna Bernshtam, Ekaterina Aleksándrovna Diakonova y otras. Yakúbova y yo deseábamos muchísimo que Lidia se hiciera socialdemócrata, pero no siempre es fácil convencer a una persona con convicciones firmes. En aquel tiempo, Natanson ejercía una gran influencia sobre Lidia. Recuerdo cómo más tarde, en 1904, cuando conocimos a Natanson, produjo una fortísima impresión en Vladímir Ilich por su conocimiento de las personas y por su comprensión de cómo debían ser utilizadas en interés de la causa. Pero Natanson era un organizador de un tipo de
organización que ya se iba quedando en el pasado: una organización cerrada, conspirativa, compuesta principalmente por intelectuales. Las habilidades del trabajo clandestino todavía eran necesarias, pero el creciente movimiento obrero exigía ya nuevas formas de
organización mucho más amplias y de carácter masivo.
Finalmente, Lidia se hizo socialdemócrata. No porque Apolinaria y yo nos esforzáramos tanto, sino porque la escuela nocturna dominical le daba la posibilidad de un amplio contacto con las masas obreras, y ese contacto vivo, en el momento de ascenso del movimiento obrero, convencía mejor que cualquier libro o argumento. También se hicieron socialdemócratas Kudelli y Nikolái Leónidovich Meshcheriakov, y otros comenzaron a acercarse a la socialdemocracia. En aquel tiempo Lidia todavía no formaba parte de la
organización, pero empezó a ayudarla por todos los medios. Recuerdo que una vez
organizamos en el apartamento de los Knípovich una reunión de nuestro grupo (Vladímir Ilich, Krzhizhanovski, Starkov y otros) con varias maestras que se habían inclinado hacia la socialdemocracia, donde se acordó coordinar el trabajo y definir su carácter.
Lidia vivía con su hermano y su hermana. En la familia había cuatro niños. En casa, Lidia realizaba un enorme trabajo: llevaba toda la economía doméstica, lavaba, cuidaba a los más pequeños, estudiaba con el mayor, que bajo su influencia crecía como un muchacho muy particular e independiente. En ella no había ni rastro de mentalidad pequeñoburguesa, pero tampoco había torpeza intelectual ni ese nihilismo ostentoso, ni la tolerancia tolstoiana. De los viejos hábitos nihilistas sólo le había quedado la costumbre de fumar sin medida, encendiendo un cigarrillo tras otro. Era muy nerviosa.
En el verano de 1895, mi madre y yo nos instalamos en Valdái, donde solían vivir los Knípovich. Con la misma sencillez con que se relacionaba con los obreros, Lidia sabía acercarse también a los campesinos. Tenía que ocuparse mucho de las tareas domésticas y trabajaba en la cocina de la casa: horneaba pan, preparaba verduras para el invierno, compraba a los campesinos mantequilla y toda clase de cosas.
A mí me gustaba sentarme en la ventana y escuchar sus conversaciones con los campesinos, que también veían en ella a una persona de los suyos y comenzaban gustosamente a hablar de su vida, a expresarse con franqueza, mientras Lidia, con preguntas hábiles, dirigía esas conversaciones hacia un determinado rumbo. En su cocina se formaba un verdadero punto de agitación. Nosotras tres—Lidia, yo y Katia Diakonova, que también vivía ese verano en Valdái—caminábamos mucho por los alrededores. Una vez caminamos 40 verstas hasta Boróvichi, otra vez hasta Valdái, también a 40 verstas. Nos deteníamos a pasar la noche y a tomar té en casas de campesinos, y Lidia también iniciaba
conversaciones con ellos sobre diversos temas. Conocía muy bien la vida del campo.
Después de hacerse socialdemócrata, Lidia comenzó a utilizar sus contactos para la
organización socialdemócrata. El grupo de los narodovoltsy —los Ierguin, Preis, Katánskaya y otros—disponía de una imprenta clandestina en Lakhta. Aceptaron imprimir a gran escala folletos para los socialdemócratas. En la imprenta de Lakhta se imprimieron varios folletos socialdemócratas: «La jornada de trabajo», «De qué vive cada uno» de Dikshtein, y otros más; también se preparaba para la impresión el folleto de Ilich «Sobre las multas». Lidia asumió el papel de intermediaria.
Ella entregaba a la imprenta de Lakhta los manuscritos bolcheviques, buscaba direcciones a las que desde la imprenta se llevaban cestas con los folletos impresos, y luego los iba entregando por partes a nuestra organización. Hoy en día la juventud ni siquiera puede imaginar el esfuerzo que en aquel tiempo costaba encontrar una dirección segura, es decir, la dirección de una persona completamente confiable, fuera de toda sospecha y que al mismo tiempo aceptara una tarea tan peligrosa como guardar literatura ilegal.
En el verano de 1896 cayó la imprenta de Lakhta. Allí se encontraron también la dirección de los Knípovich y aquellas once direcciones a las que habían sido llevadas las cestas con los folletos social-demócratas. Lidia se encontraba entonces en la exposición de Nizhni Nóvgorod; allí fue arrestada y trasladada a Petersburgo, a la Casa de Detención Preventiva. Al mismo tiempo arrestaron al hermano de Lidia, Nikolái Mijáilovich, y a su hermana Zinaida Mijáilovna. La familia de Nikolái Mijáilovich—su esposa con los niños—vivía entonces en Valdái, en la casa de campo. Yo en aquel tiempo había viajado a Poltava en relación con la preparación del primer congreso del partido.
Al regresar de Poltava me enteré de lo ocurrido, corrí a Valdái y encontré allí la siguiente escena. Unos conocidos de los Knípovich, en cuya casa se había conservado todavía otra cesta con material ilegal, vecinos de la dacha, no encontraron nada mejor que llevar esa cesta a la casa de campo de los Knípovich, aunque la dacha estaba vigilada por espías. En la cesta había una caja con tipos de imprenta, un manuscrito de Vladímir Ilich y una gran cantidad de folletos recién impresos.
Era el día de San Pedro. Enviamos a dos criadas, dándoles un rublo, al pueblo vecino, donde había fiesta patronal, y nosotras encendimos la estufa rusa, amasamos masa como si fuéramos a hornear pasteles, y empezamos a quemar la literatura. Daba una pena terrible, por todo el trabajo que se había invertido en ella. También habría sido necesario quemar el manuscrito de Vladímir Ilich, pero no tuvimos valor. Decidimos esconderlo.
En aquel tiempo vivía en Valdái, en casa de los Knípovich, una joven alumna de cursos de
obstetricia, Jristofórova; nos pusimos capas impermeables—lloviznaba—, ella tomó bajo el impermeable una pala, yo una caja con los tipos de imprenta, donde metí también el manuscrito de Vladímir Ilich, y a la vista de los espías, que estaban parados en el andén de la estación y se burlaban de las señoritas que paseaban bajo la lluvia, nos dirigimos al bosque, donde enterramos sin problemas la caja en la tierra.
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Al regresar a Petersburgo, fui a la administración de gendarmería para conseguir permiso para ver a Lidia, diciendo que era su prima. Como Lidia en ese momento había enfermado gravemente de los nervios, me permitieron la visita, y fui a verla hasta mi propio arresto en agosto, en el caso de la «Unión de Lucha». En relación con la imprenta de Lakhta fueron arrestadas también las maestras de las clases de Smolensk, Rodé y Katánskaya.
Cuando Lidia fue puesta en libertad, pronto se restableció y comenzó a trabajar como antes. En la primavera de 1897 fueron liberados al igual que yo, y volvimos a instalarnos con Lidia en Valdái. Pero la policía irrumpió, arrestaron a Lidia, esta vez por un asunto socialdemócrata, lo cual era mucho mejor, pues en aquel tiempo los gendarmes trataban a los socialdemócratas con mucha más indulgencia que a los narodovoltsy. Los gendarmes no daban entonces gran importancia al movimiento obrero, no comprendían qué fuerza representaba. En cambio, en los narodovoltsy veían al partido que había matado a Alejandro II y que preparaba nuevos atentados. Por eso, en aquella época, las sentencias en los procesos socialdemócratas eran mucho más leves que en los procesos contra los narodovoltsy.
Yo volví a ir a ver a Lidia a la prisión y partí hacia Siberia cuando ella aún estaba detenida. La enviaron por tres años a la provincia de Astracán. Lidia solicitó ser trasladada a la provincia de Ufá, adonde yo había sido enviada antes, pero se lo negaron; y yo misma, al final, tampoco fui enseguida a la provincia de Ufá, sino primero a Siberia, al pueblo de Shúshenskoye, con Vladímir Ilich.
Al destierro Lidia fue ya como una socialdemócrata plenamente formada y profundamente convencida. En el destierro gozaba de enorme autoridad y cariño entre los deportados. Allíhabía exiliados de todas las tendencias. Lidia defendía con pasión sus posiciones socialdemócratas, discutía ardientemente con los adversarios, estudiaba con los obreros deportados, leía con ellos a Marx. Cuidaba de sus compañeros, especialmente de los jóvenes, atendía a los enfermos.
En el destierro murió la joven socialdemócrata Tsiviliova, murió el obrero Yuvenali Melnikov, de cuya familia ella se preocupó mucho. En el destierro de Astracán se encontraban entonces Dubrovinski (Inokenti), uno de los miembros más destacados de nuestro partido; L. E. Galperin (Koniaga), que después del II Congreso del partido marchócon los bolcheviques; A. A. Samóilov, miembro del consejo del partido (más tarde esposo de Konkordia Nikoláevna Samóilova, activa militante de nuestro partido); O. A. Varéntsova, destacada trabajadora de Ivánovo-Voznesensk; A. L. Katánskaya, activa narodovolka, una de las organizadoras de la imprenta de Lakhta, que después se hizo socialdemócrata; E. I. Biriúkova (Shirokij), A. M. Runina (Vrzhosek), también socialdemócratas, y otros.
Lidia participaba en el trabajo entre los obreros de las pesquerías, los trabajadores del muelle, de los talleres y de los almacenes de Nobel.
Cuando terminó el destierro de Vladímir Ilich y yo me establecí en Ufá para cumplir allí el resto de mi condena, en el otoño de 1900 Lidia llegó inesperadamente a verme por un par
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de días, habiendo salido en secreto de Astracán. Hablamos de todo, acordamos un sistema de claves, etc.
Cuando comenzó a publicarse «Iskra», Lidia se convirtió en su agente, mantuvo con nosotros correspondencia clandestina, organizó el transporte desde el extranjero, que iba hacia Batum, donde lo recibía Enukidze y lo enviaba por el Cáucaso a través del representante de Iskra en Bakú, Nikítich (L. B. Krasin), y después, junto con Lidia y Anna Mijáilovna Ruínina, se distribuía por el Volga hacia Sarátov —a N. I. Soloviov—, a Samara—a los Krzhizhanovski—, etc.
Lidia hacía todo esto de manera tan conspirativa que nadie en la colonia sospechaba siquiera de su actividad. S. K. Vrzhosek era asesor jurídico de la Sociedad Oriental. Cuando Lidia necesitó viajar a Bakú, él consiguió para ella y para Anna Mijáilovna billetes gratuitos, gracias a los cuales les asignaron la cabina del director en el vapor, que consistía en un pequeño salón y un dormitorio con dos camas. A Lidia le divertía mucho aquel lujo concedido a excursionistas ilegales.
Después de terminar su destierro, en 1902, Lidia viajó a Tver, donde durante algún tiempo participó en el trabajo revolucionario; luego fue a Samara, estableció contactos y trabajóactivamente en la preparación del II Congreso del partido. En el II Congreso fue delegada de la «Unión del Norte» con el seudónimo «Dedov».
Después del congreso, Lidia se convirtió en una bolchevique ferviente; a finales de 1904 se estableció en Odesa, y desde 1905 fue secretaria del Comité de Odesa.
Hubo que trabajar en condiciones de aguda lucha interna dentro del partido. Cómo se vivía esa lucha interna en aquel período lo muestra, por ejemplo, el suicidio en Odesa, a finales de 1904, de un camarada del partido que había venido a vernos a Londres antes del congreso, un hombre muy valioso, pero muy nervioso. Lo conocía Dolivo-Dobrovolski; su seudónimo era «Dno», «Diádenka» quien se ocupaba mucho de él, pero eso no ayudó; la lucha interna del partido lo asustó, no comprendía la relación de esa lucha con el poderoso movimiento obrero que estaba surgiendo.
Al principio, en Odesa, las cosas no le marchaban bien a Lidia. El 5 de enero de 1905 Lidia me escribió una carta muy sombría. La carta tardó mucho en llegar. Sólo llegó a fines de febrero.
«Tu carta del cinco, le escribí yo el 26 de febrero, ha llegado con un retraso terrible. Es muy pesimista. Sin duda subestimas tus fuerzas. Cuando el viejo (Vladímir Ilich) leyó esta carta, me dijo que te escribiera que, cuando te canses mucho, vengas aquí. Aquí tenemos una enorme cantidad de trabajo organizativo y de todo tipo. Hay mucha gente, pero todos son o jóvenes o vienen sólo a descansar. Los mencheviques ganan mucho porque tienen gente más o menos experimentada, mientras que con nosotros todo se hace a la carrera, casi no hay gente, ni siquiera hay con quién hablar con los jóvenes y con los obreros, una
verdadera desgracia.“Lalamprea” (yo) al principio se sorprendió de este proyecto del
viejo; por sí misma ni se habría atrevido a pensar en algo semejante, desconfiando de su
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propia imparcialidad, pero, después de reflexionarlo, reconoce sinceramente que el viejo tiene razón. No escribe nada más. Eso es todo».
Mientras la carta viajaba, la situación cambió. Lidia ya se había incorporado plenamente al trabajo. Su carta del 10 de febrero está llena de energía; se ve que el trabajo estaba en plena ebullición. El comité de Odesa se vinculó estrechamente con los de Ekaterinoslav y Nikolaev. En nombre de los comités del sur se dirigió al recién formado Buró de los comités de la mayoría, insistiendo en la pronta convocatoria de un congreso. De esto escribía Lidia. Allí mismo escribía también:
«Recibimos literatura por una ocasión favorable, y el ánimo de todos se levantó. Esta literatura tiene gran influencia en todos los sectores. La hoja Nº 4 de “Vperiod” (el artículo de Lenin“Elcomienzo de la revolución”, en relación con los acontecimientos del 9 de
enero) la imprimimos y distribuimos en 8 mil ejemplares, y gusta mucho a los obreros;
dicen:“estábien escrito”. El Nº 4 de “Vperiod” los obreros piden que se reedite en forma de volante—“paraque llegue a cadauno”—, están entusiasmados con él».
En Odesa, Lidia tenía amplios vínculos con los obreros, que la trataban bien. Ella realizaba trabajo de propaganda, y los camaradas recuerdan su informe en las canteras, del que los
obreros quedaron muy satisfechos.
Lidia era inflexible en las cuestiones de principio y defendía con ardor la línea bolchevique en el comité de Odesa. A través de ella manteníamos desde el extranjero correspondencia con el comité. Lo intensa que era esta correspondencia se ve por el hecho de que sólo en febrero de 1905 se recibieron 12 cartas de Lidia—en sus cartas firmaba como «Chujna»—. En esas cartas se reflejaba el gran trabajo que realizaba el comité, y en particular Lidia, para fortalecer la línea bolchevique y preparar el III Congreso.
El comité de Odesa dio mandato para el III Congreso a Ilich. Lidia salió de Odesa sólo después de los días del Potemkin, y se dirigió a Petersburgo, donde tomó parte activa en la
organización de la huelga ferroviaria y en todo el trabajo del comité de Petersburgo, llegando a ser secretaria del comité.
Cuando Ilich y yo regresamos en 1905 a Petersburgo, veíamos a Lidia con frecuencia. Durante algún tiempo—yo vivía entonces sola en la clandestinidad con el pasaporte de Praskovia Evguénievna Oneguina—Lidia y yo nos arreglamos para vivir en la misma escalera, lo que facilitaba los encuentros. Lidia trabajaba en la zona de la barrera de Neva, que conocía bien por su trabajo anterior. La barrera de Neva en 1905 tenía ya otro aspecto que diez años antes. Las clases de Smolensk eran el centro de la propaganda revolucionaria, y la propaganda se realizaba abiertamente.
Una vez estuve allí por la tarde. En las antiguas aulas estaban sentados hombro con hombro
obreros y obreras, escuchando atentamente; los propagandistas del partido les daban conferencias, exponiendo la doctrina de Marx.
Pero llamaba la atención la pasividad de la masa obrera: nadie hacía preguntas, nadie se expresaba. Esto era característico de 1905. La masa estaba revolucionariamente dispuesta,
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entusiasmada con la lucha, pero teóricamente poco preparada. Los propagandistas no
siempre sabían cómo acercarse a las masas. En un momento así, personas como Lidia eran especialmente valiosas.
Hay que decir que en la zona de la barrera de Neva era entonces fuerte la influencia de los mencheviques, que trataban por todos los medios de contener a las masas y evitar que se lanzaran a la acción. Contra ellos luchaba con todas sus fuerzas Lidia, apoyándose en los
obreros. Ella realizaba en el distrito un gran trabajo organizativo, conocía a cada trabajador, se preocupaba por proveer a los obreros de literatura, conferencistas, etc.
Lidia participó activamente en la conferencia de Tammerfors e hizo mucho para su preparación. Conocía bien los idiomas finlandés y sueco, y por eso recayó sobre ella una gran responsabilidad en la organización material de nuestra delegación, en su alimentación, en el alojamiento para pasar la noche, etc. La conferencia de Tammerfors, como es sabido, transcurrió con un enorme entusiasmo: era diciembre de 1905, el momento de mayor auge de la revolución.
Aún más preocupaciones organizativas recayeron sobre Lidia durante la preparación del congreso de Estocolmo. En aquel tiempo, nuestro público del partido se adaptaba mal a las
normas del “cultivado” régimen sueco: derramaban agua sobre los pisos de parquet,
arrojaban colillas de cigarrillos al suelo y a las ventanas, cerraban las puertas de golpe, hablaban en voz alta, mientras que los vecinos, los obreros suecos, estaban acostumbrados a que en el apartamento reinara un silencio absoluto, etc. Había que resolver toda una serie de conflictos. Lidia, una importante trabajadora del partido, no consideraba indigno de su posición ocuparse de tales nimiedades. Cualquier trabajo, por simple o aburrido que fuera, si era necesario para el partido, Lidia lo realizaba con el mayor cuidado: el peligrosísimo trabajo clandestino, la propaganda ilegal y legal en el medio obrero, la lucha irreconciliable por la corrección de la línea del partido, la preocupación por los camaradas, todo ello se entrelazaba en la actividad de Lidia.
Las reuniones del partido se celebraban a veces también en el apartamento de los Knipovich. Recuerdo una gran reunión con trabajadores del partido del distrito; recuerdo las agudas caracterizaciones de los militantes del partido con quienes Ilich conversaba sobre la cuestión agraria, hechas por Lidia, quien comprendía magníficamente a las personas. Más de una vez Ilich pasó la noche en casa de los Knipovich. Esta familia ayudaba de todas las maneras posibles al movimiento. El hijo de Nikolái Mijáilovich, Boria, el favorito de Lidia, era entonces estudiante de los cursos superiores del gimnasio, presidente del comité estudiantil; durante todo el día sus compañeros iban y venían a su casa.
A finales de 1905 y comienzos de 1906 la policía secreta estaba bastante desorganizada, y el trabajo del partido tomó tal amplitud que los espías perdían todo rastro. Probablemente esto explica también que, cuando después de los levantamientos de Sveaborg y Kronstadt, el 23 de julio (calendario antiguo) de 1906, en la estación Udelnaya fue arrestado el Comitéde Petersburgo, la policía no prestó ninguna atención a Lidia Mijáilovna, tomándola por una empleada doméstica.
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Durante el registro, Lidia se comportó como si aquello no tuviera nada que ver con ella:
echaba leña en la estufa, tejía una media, murmuraba contra quienes realizaban el registro porque tiraban las cosas, etc.
Cuando comenzó a recrudecerse la reacción, Lidia se escondía en la casa de campo de los Knipóvich, en Finlandia, en Stirsudden, en el faro de los trabajadores del partido. Después del Congreso de Londres, Ilich llegó en el verano de 1907 completamente enfermo, y entonces Lidia nos propuso instalarnos con ellos. Vivimos allí más de un mes: Ilich, yo y mi madre.
Lidia rodeó a Ilich de tantos cuidados que él descansó magníficamente allí y recuperófuerzas. Allí vivía en 1909 Apolinaria Aleksándrovna Yakúbova-Tajtáreva, gravemente enferma, a quien Lidia quería mucho y lamentaba que la vida personal de Apolinaria se hubiera desarrollado de tal manera que no pudo participar en la vida del partido como habría querido, como siempre había aspirado.
En los años de la reacción, cuando era tan difícil volver a la clandestinidad, cuando la provocación florecía con gran intensidad, Lidia permanecía en su puesto, y entonces su conocimiento de las personas y su firmeza conspirativa eran especialmente valiosos.
En 1910 trabajaba en la técnica del partido y mantenía contactos permanentes con la fracción de la Duma, con Poletáev. El 9 de febrero de 1911 Lidia fue arrestada junto con varias personas que trabajaban alrededor de la fracción de la Duma: Vladímir Dmitrievich Bonch-Brúevich, Turutin, M. Vainshtein, Tsyperóvich y otros.
La sección de seguridad caracterizaba así la actividad de Lidia Mijáilovna: «Delegada del Comité Central del partido, mantiene correspondencia con el Comité Central y con el grupo bolchevique. Guarda el dinero enviado por el Comité Central del partido para los trabajadores profesionales. Trabajadora del partido extremadamente activa. Cumple todas las misiones de carácter altamente conspirativo. Direcciones de enlace del Comité Central del partido, correspondencia con el extranjero. Figura central del disuelto centro bolchevique (nombre clandestino del partido «Tiadénka», en la vigilancia «Zheleznaya». Sin embargo, el departamento de policía no pudo demostrar todos estos delitos, y Lidia fue simplemente deportada a Gadiach, en la provincia de Poltava, bajo vigilancia policial, donde vivió hasta el otoño de 1913.
Las fuerzas de Lidia estaban quebrantadas. La enfermedad de Basedow, de la que Lidia padecía, tomó formas muy agudas. Se conserva una carta de Vladímir Ilich, quien escribía a Lidia desde el extranjero, persuadiéndola de que viajara a Suiza para operarse con Kocher. Lidia no fue. Junto con la enfermedad de Basedow, cada año aumentaba su sordera. Tuvo que apartarse del trabajo.
Se estableció en Crimea, en Simferópol, con Anna Mijáilovna Vrzhósek, con quien había estado desterrada en Astracán, trabajó junto con ella en Odesa y después en Petersburgo; en esta última, nació el hijito de Anna Mijáilovna, Lódik, y Lidia se encariñó profundamente con él.
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En 1917 Lidia fue a visitar a sus familiares en Petrogrado, a la casa de campo. Nos vimos poco, pero una vez pasamos toda la noche conversando sin parar sobre los asuntos del partido.
Me sorprendió cómo Lidia, viviendo en Crimea, estando apartada del trabajo directo, comprendía bien la situación, qué línea tan correcta mantenía y cómo abordaba todos los problemas con un criterio verdaderamente bolchevique.
Después no volvimos a vernos. Yo pensaba ir a verla constantemente. Ilich insistía en que debía ir sin falta, planeaba instalarnos en la montaña más alta de Crimea (la enfermedad de Basedow se trata en la montaña), pero los asuntos se pegaban como masa a las manos; asíque nunca logré ir. Crimea fue ocupada por los blancos.
Anna Mijáilovna Vrzhósek, que quería mucho a Lidia, me escribió después de su muerte:
«L. M. se interesaba muchísimo en ese tiempo por saber“quéharían los bolcheviques, quéestaría haciendo Ilich”. Lo decía con cariño, con orgullo, con confianza en el éxito de los viejos camaradas. Cada día preguntaba con impaciencia:“¿dóndeestán los bolcheviques?”, y trataba de aclarar la situación en el frente. En aquel tiempo le parecía que con la llegada de los bolcheviques su enfermedad desaparecería inmediatamente y se resolverían todas las dificultades de la vida. Esta esperanza era el único rayo de luz en su vida».
Sobre lo mismo escribió también el camarada Leóntovich: «La volví a encontrar (a Lidia) ya en Simferópol en 1915, donde viví con ella en el mismo patio hasta su muerte (9 de febrero de 1920), encontrándome con ella varias veces al día. A pesar de su enfermedad y de las difíciles circunstancias del lugar y del tiempo, no perdía el ánimo ni siquiera durante el que parecía el dominio inquebrantable de los blancos, incluso en su lecho de muerte.
Con su fe animaba a los que la rodeaban.
La enfermedad mortal de Lidia Mijáilovna (neumonía) coincidió con los días en que, día tras día, se esperaba la llegada de los rojos. Lidia Mijáilovna vivió todos los últimos días de su vida con esa expectativa. Le parecía oír disparos a lo lejos.
Constantemente enviaba a uno u otro a mirar, a averiguar si no venían los bolcheviques.
En el delirio repetía todo el tiempo: “Нadia debe llevarme a Moscú. ¿Vienen los nuestros?¿Qué fecha es hoy? ¿Por qué tardan tanto? Vayan a mirar”. No estaba destinado que sus esperanzas se cumplieran entonces».
Aunque en los últimos tiempos Lidia se había apartado del trabajo, el vínculo con la
organización bolchevique y con los obreros se mantuvo hasta el último día.
En los últimos días de su enfermedad, los obreros estaban de guardia continuamente junto a ella; ellos mismos, según su deseo, llevaron sus restos al cementerio y los entregaron a la tierra.
Cuando sacaban su ataúd del patio, una mujer de las Centurias Negras gritó: «Ahí llevan a la maldita bolchevique», pero otra mujer, con lágrimas en los ojos, se abalanzó sobre ella diciendo:«¡Maldita, estúpida, y te atreves a graznar sobre una persona así!» Y durante mucho tiempo lloró amargamente, sentada en una piedra y mirando tras el ataúd.
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Y los obreros llevaban el ataúd de Lidia y cantaban: «Habéis caído como víctimas…»
En los últimos días de la vida de Lidia estuvo presente un obrero bolchevique de Petersburgo que la conocía, el camarada Alilúyev. Por él supe por primera vez de la muerte de Lidia.
Su relato sobre los últimos días de Lidia coincide con el relato del camarada Leóntovich.
Ilich decía que un verdadero revolucionario debe estar preparado para todo: hay que realizar un trabajo discreto, cotidiano, hay que luchar por el prestigio, por el honor del partido es necesario, si hace falta, arriesgar la vida.
Lidia era precisamente una revolucionaria así.
Todo su talento, toda su energía, los entregó al partido. Sin personas como Lidia, nuestro partido nunca habría podido vencer, nunca habría llegado a ser lo que es.
LIDIA MIJÁILOVNA KNÍPOVICH
ALEXANDRA MIJÁILOVNA KOLLONTÁI
D. UTKES
«Conduce a las masas tras de ti con la antorcha ardiente de la fe en la justicia de tu idea.»
A. M. Kollontái
Al acercarse a sus 80 años, cuando la muerte ya estaba detrás de sus hombros, Alexandra Mijáilovna Kollontái, una de las mujeres destacadas de nuestro país, que dedicaron por completo su vida a la lucha por el comunismo, escribía a su amiga, la actriz Vera Yuréneva:
«El corazón está bastante delicado, pero todavía estoy lejos de haber terminado mis asuntos en este planeta, y por eso no tengo intención de volar por el espacio interplanetario en forma de átomo en el que esté reunida toda la esencia de mi yo».
Esta carta Alexandra Mijáilovna la escribió el 26 de febrero de 1952, es decir, 12 días antes de su muerte33. Muestra cuánta fuerza vital, cuánta voluntad inagotable y energía poseía esta mujer.
Alexandra Mijáilovna Kollontái nació el 1 de abril de 1872 en Petersburgo, en la familia del general Domóntovich. Su padre, hijo de un noble ucraniano, se graduó en el cuerpo militar de Poltava. Su madre, originaria de Finlandia, era hija de un simple comprador y vendedor de madera.
Dotada de un carácter fuerte y de una naturaleza dominante, la madre de Alexandra Mijáilovna dirigía toda la casa. Recordaba constantemente a los niños que en el mundo hay muchas personas que no comen lo suficiente y viven en la pobreza. «Vuestro abuelo era un simple campesino y una persona muy pobre —decía a los niños— y nunca debéis
olvidarlo».
Shura era la menor. Además de ella, en la familia había otras dos hermanas del primer matrimonio de la madre. Una de ellas, Evguenia Mrávina (por el apellido de su padre, Mravinski) más tarde solista del Teatro de Ópera de Petersburgo, inculcó a la hermana menor el amor por el arte.
Cuando Shura tenía nueve años, los miembros de Naródnaya Volia (Voluntad del Pueblo) asesinaron a Alejandro II. El zarismo respondió al asesinato con un feroz terror policial. Zheliábov, Peróvskaya, Kibálchich, Gelfman, Mijáilov y Rysakov fueron condenados a muerte. La noticia de esto dejó una huella imborrable en el alma de la niña.
Llegó el momento de ingresar al gimnasio. Los padres, temiendo la influencia de los«nihilistas» y de otros elementos indeseables, decidieron dar a su hija educación en casa.
33 A. M. Kollontái murió el 9 de marzo de 1952.
Se contrataron maestros, entre los cuales se destacaba María Ivánovna Strájova, persona de
ideas avanzadas y de gran nobleza de espíritu. Ella ejerció una fuerte y benéfica influencia sobre su alumna. Y siendo una niña de 12–13 años, A. M. Kollontái ya soñaba con realizar una hazaña en beneficio del pueblo.
En aquellos años se consideraba una hazaña ser maestra rural, «servir al pueblo», como se decía entonces. «Pero a mí—escribía A. M. Kollontái—me atraía algo más grande, no el sacrificio cotidiano, sino una gran hazaña, para que su huella quedara en la historia. La meta era lejana, pero ya a los 12 o 13 años era interesante soñar con ella».
A los 16 años, Alexandra Mijáilovna aprobó el examen de madurez y obtuvo el diploma de maestra. No se le permitió ingresar a los Cursos Superiores Femeninos (Cursos Bestúzhev), por la misma razón de siempre: el temor al contagio revolucionario. Entonces Alexandra Mijáilovna comenzó a asistir a cursos privados, a escuchar conferencias de ciencias naturales, historia y literatura.
Una gran influencia en el desarrollo espiritual de Alexandra Mijáilovna la ejerció el destacado historiador de aquella época, Víktor Petróvich Ostrogórski. Él contribuyó a despertar en ella el gusto por el trabajo literario y periodístico, que posteriormente ocupó un lugar importante en su variada actividad social.
A los 18 años, Alexandra Mijáilovna era una joven desarrollada, bien educada y además muy hermosa. En la primavera de 1890 se casó con el ingeniero Vladímir Mijáilovich Kollontái, pero la vida inactiva en una familia burguesa no podía satisfacerla.
Tres años después se divorció de su esposo y se marchó de él llevándose a su pequeño hijo. Su temprano matrimonio A. M. Kollontái lo explicaba entonces como «un acto de protesta contra la voluntad de sus padres», y con el divorcio decidió corregir su error. Precisamente desde ese momento se abre una nueva página en la biografía de A. M. Kollontái: el comienzo de su actividad política, el camino complejo y difícil de formación de su concepción revolucionaria del mundo.
Desde mediados de los años 90, A. M. Kollontái comenzó a participar en el trabajo de diversas instituciones culturales y educativas que eran utilizadas por los socialdemócratas para la actividad política. Daba clases en círculos obreros de educación general, donde conoció de cerca a los obreros avanzados de las fábricas de Petersburgo, así como la vida y las aspiraciones del proletariado. En el «Museo Itinerante de Materiales Didácticos»estableció contacto con los shlisselburgueses (antiguos presos políticos de la fortaleza de Shlisselburg).
Todo esto tuvo gran importancia en la vida de Alexandra Mijáilovna y la ayudó a entrar en el círculo de los revolucionarios.
En la primavera de 1896 tuvo que viajar a Narva, a la conocida manufactura de Krenholm.«La esclavización de 12.000 tejedores—escribió más tarde—me produjo una impresión abrumadora. Entonces aún no era marxista y me inclinaba más bien hacia el populismo y el terrorismo. Después de visitar Narva me dediqué al estudio del marxismo y de la economía».
La definición de las ideas de A. M. Kollontái fue favorecida por la grandiosa huelga de los
obreros textiles que tuvo lugar ese mismo año en Petersburgo, en la que participaron hasta 36.000 obreros y obreras. De esa época data el conocimiento de Kollontái con Elena Dmitrievna Stásova, quien la acercó al trabajo revolucionario práctico.
Alexandra Mijáilovna comenzó a recolectar fondos para el fondo de huelga, a participar en la organización de veladas benéficas, cuyos ingresos se entregaban a la «Cruz Roja»política. Le impresionaban la alta conciencia y el valor de los obreros que entraban en una lucha desigual contra los capitalistas.
En 1898 Alexandra Mijáilovna escribió su primer artículo: «Fundamentos de la educación según las ideas de Dobroliubova». Fue publicada en el órgano marxista legal«Obrazovanie» («Educación»). Alexandra Mijáilovna comprendía perfectamente la insuficiencia de sus conocimientos económicos y filosóficos y, esforzándose por ampliarlos, viajó a Zúrich (Suiza). Cuanto más profundizaba en la esencia y la complejidad de los problemas sociales, con mayor decisión adoptaba las posiciones del marxismo revolucionario. Era el período en que, en el partido alemán, por iniciativa de Bernstein, apareció la tendencia al revisionismo. «Pero yo me puse decididamente del lado de los“izquierdistas”», escribía A. M. Kollontái.
En Inglaterra, adonde Kollontái viajó en 1899 para estudiar el movimiento obrero, se convenció aún más de la inconsistencia del reformismo, dirigido a fortalecer el sistema capitalista. Alexandra Mijáilovna regresó a Rusia en el otoño de 1899, en pleno auge de la aguda lucha de los marxistas revolucionarios, encabezados por Ilyin (Lenin), contra los representantes del revisionismo bernsteiniano, encabezados por Struve y Tugan- Baranovski.
Poco después, Alexandra Mijáilovna recibió su bautismo de combate en un enfrentamiento con uno de esos representantes del revisionismo. Sobre ello recuerda en su autobiografía. Fue en una velada organizada en beneficio de la «Cruz Roja» política, en el apartamento de los padres de E. D. Stásova. Allí se reunió un «público selecto» para tomar «una taza de té», por invitación de Políksena Stepánovna y Dmitri Vasílievich Stásov. Struve leyó una conferencia en la que exponía las ideas del revisionista alemán Bernstein, quien sostenía que la sociedad capitalista, con ayuda de reformas sociales, se transformaría automáticamente en socialista. Aprovechando un momento, Kollontái intervino contra este punto de vista con una apasionada y valiente defensa del marxismo. La mayoría de los presentes recibió su intervención con hostilidad.
Durante el período de encarnizada lucha contra el revisionismo, Alexandra Mijáilovna escribió, desde el espíritu del marxismo revolucionario, un artículo sobre el papel de la lucha de clases, y organizó en Finlandia, oprimida por la autocracia, el primer fondo de huelga, igualmente, escribe artículos sobre Finlandia, que se publican en la prensa económica alemana y en las revistas rusas «Nauchnoe Obozrenie» («Revista Científica»),«Obrazovanie» («Educación») y «Russkoe Bogatstvo» («La riqueza rusa»). Estudia problemas económicos y reúne material para una gran investigación proyectada sobre la
situación económica de los finlandeses, que en 1903 fue publicada con el título «La vida de los obreros finlandeses».
Paralelamente al trabajo científico-investigador, Alexandra Mijáilovna dirige círculos
obreros tras la barrera de Neva, en Petersburgo, redacta llamamientos revolucionarios, guarda y distribuye literatura clandestina.
En estos años (1901-1903) A. M. Kollontái viaja repetidas veces al extranjero. Allí publica en la prensa socialista, realiza trabajo de agitación entre los obreros, participa en el trabajo de círculos socialdemócratas, donde después del II Congreso del POSDR se desarrollaban agudas discusiones entre los partidarios de las dos corrientes formadas en el movimiento socialdemócrata ruso: los mencheviques y los bolcheviques.
Al regresar del extranjero a su patria, A. M. Kollontái no se unió a ninguna de las corrientes del partido. En vísperas de la revolución de 1905 participa principalmente en la prensa bolchevique ilegal, escribe proclamas, interviene como una ardiente agitadora y propagandista.
A. M. Kollontái fue una de las socialistas más destacadas de Rusia que iniciaron la
organización de las mujeres trabajadoras. Ya desde el comienzo de su vida consciente reflexionaba sobre la condición de esclavitud de la mujer rusa, que sufría por la falta de derechos políticos y por la cruel explotación. Con gran emoción leía en el círculo de sus compañeras los conmovedores versos del poema de Nekrásov «Las mujeres rusas»34:
Cautivadora es la imagen de la esposa valiente, que mostró la fuerza de su alma,
y en los desiertos nevados de una tierra severa se ocultó temprano en la tumba.
Moriréis, pero el relato de vuestros sufrimientos
será comprendido por los corazones vivos…
Al emprender el camino de la lucha revolucionaria activa, A. M. Kollontái reflexionaba cada vez más sobre el destino de las mujeres y comprendía cada vez con mayor claridad la necesidad de unir la lucha por la liberación de la mujer con la lucha liberadora de la clase
obrera.
«Las mujeres, su destino—escribía Alexandra Mijáilovna—me preocuparon toda la vida, y su situación me empujó hacia el socialismo». Su sueño más profundo se convirtió en derribar todos los fundamentos existentes y dar a las mujeres todos los derechos.
34 «Las mujeres rusas» (Russkiye zhenshchiny) es un ciclo de dos poemas épicos de Nikolái Nekrásov (1871- 1872) que narra la valentía y el sacrificio de las esposas de los decembristas. En estos se narra la decisión de las princesas Trubetskaya y Volkonskaya quienes abandonan sus vidas acomodadas para acompañar a sus maridos al exilio en Siberia tras la fracasada revolución de 1825.
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La burguesía trataba de utilizar el movimiento por la emancipación de la mujer en su propio interés. A sus propósitos respondía el movimiento de las sufragistas, feministas o, como se les llamaba en Rusia, «igualitaristas», que surgió a comienzos de los años 90 en los círculos de la intelectualidad burguesa de Occidente. Los organizadores de este movimiento no se proponían en absoluto destruir la sociedad de clases que había engendrado la desigualdad entre el hombre y la mujer. Las demandas de las «igualitaristas» se reducían a algunas reformas, por ejemplo: eliminar las barreras que impedían el desarrollo cultural de la mujer; incorporarla a la vida social; concederle derechos electorales.
En Rusia, el movimiento de las «igualitaristas» estaba dirigido por respetables damas de la«alta» sociedad. La «Unión por la igualdad de derechos de la mujer», creada por ellas en 1905, expresaba en realidad las reivindicaciones de la burguesía liberal, que aspiraba a limitar el poder de la autocracia y ampliar sus derechos políticos. Las «igualitaristas»coqueteaban con las obreras, intentaban someterlas a su influencia y atraerlas a sus
organizaciones. Para ello crearon un club, organizaron en él círculos de corte y costura, realizaban veladas con té gratuito, conferencias, etc.
Para ese tiempo, A. M. Kollontái era ya una persona joven, pero teóricamente madura, una revolucionaria activa. Había escrito varios artículos sobre la cuestión femenina, así como el folleto «La lucha de clases», publicado en 1906. Trabajaba en el libro «Las bases sociales de la cuestión femenina», publicado en 1908.
En la emigración, Kollontái se relacionó con destacados dirigentes del socialismo, como G. V. Plejánov, Rosa Luxemburgo, Clara Zetkin, Paul y Laura Lafargue. Aquí se consolidaron sus ideas sobre los problemas de la liberación social de la mujer. Viviendo en el extranjero y participando en numerosas reuniones obreras y estudiantiles, A. M. Kollontái criticaba duramente las concepciones reaccionarias de los filósofos burgueses sobre la cuestión de la emancipación de la mujer, y desenmascaraba las hipócritas teorías del movimiento femenino burgués.
Al regresar a Rusia, en oposición a la burguesa «Unión por la igualdad de derechos de la mujer», tomó la iniciativa de crear una organización femenina que respondiera a los intereses de las obreras. Tal organización fue creada con el nombre de «Sociedad de ayuda mutua a las trabajadoras». En esta sociedad se desarrollaba una amplia labor educativa. Se
organizó una escuela nocturna en la que enseñaban jóvenes estudiantes socialdemócratas. Las obreras aprendían lengua rusa, aritmética y geografía. La sociedad organizaba conciertos, representaciones teatrales de aficionados y otras actividades culturales. Pero junto a estas formas abiertas de trabajo, que no provocaban obstáculos por parte de la policía, se realizaba también un trabajo político ilegal, dirigido por el Comité de Petersburgo del POSDR.
Las activistas de la «Sociedad de ayuda mutua a las trabajadoras» reunían fondos, una parte de los cuales se entregaba a la caja del partido. Organizaban colectas, conferencias pagadas y representaciones teatrales. El alma de toda esta variada actividad de la sociedad era Alexandra Mijáilovna Kollontái.
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En 1908 la justicia zarista inició dos procesos contra A. M. Kollontái. Fue acusada de
organizar ilegalmente a las obreras textiles y de llamar a la insurrección armada en el folleto «Finlandia y el socialismo». Kollontái huyó al extranjero y permaneció allí hasta la Revolución de Febrero de 1917.
Los años de emigración, pasados en Alemania, Francia, Inglaterra, Suiza, Bélgica, Italia, Suecia, Dinamarca, Noruega y, finalmente, en los Estados Unidos de América, Alexandra Mijáilovna los dedicó a la actividad literaria y a la labor de agitación y propaganda. En los años 1914–1916, dirigió toda la fuerza de su talento como propagandista, oradora y publicista a la lucha contra la guerra imperialista.
En 1914, A. M. Kollontái, por su agitación antimilitarista en Alemania, fue encarcelada, de donde logró salir con ayuda de Karl Liebknecht. Fue expulsada de Alemania y se trasladó a Suecia. Allí Alexandra Mijáilovna se vinculó inmediatamente con los socialistas de izquierda que se pronunciaban contra la carnicería imperialista. Por sus artículos y discursos antimilitaristas, el gobierno sueco arrestó a Kollontái y luego la expulsó del país. Después de la expulsión de Suecia, A. M. Kollontái viajó a Estados Unidos y a Canadá. Allí recorrió varias ciudades y, como ella misma contó después, «expuso en grandes reuniones de obreros estadounidenses y en pequeños grupos de emigrados políticos rusos la posición de Vladímir Ilich y de los bolcheviques respecto a la guerra imperialista».
Kollontái, según su propia expresión, en 1915–1916 estaba «poseída» por las ideas de Lenin; «sin descanso recorrí los Estados Unidos y durante cinco meses realicé 82 mítines, a menudo ante auditorios de 10.000 personas». En la lejana Canadá, Alexandra Mijáilovna también realizó una gira de agitación. Habló ante grandes audiencias en Toronto, Montreal y otras ciudades, y encontró una cálida simpatía por parte de los oyentes.
Seis años después, cuando se decidió la cuestión del paso de Kollontái al trabajo diplomático, el primer lugar de su actividad como embajadora de la Unión Soviética debía ser Canadá; precisamente allí debía comenzar la labor de la primera mujer diplomática soviética. Sin embargo, al gobierno canadiense no le agradaba la perspectiva del regreso al país de una brillante agitadora bolchevique, que gozaba de gran popularidad entre los canadienses. El gobierno de Canadá expresó su descontento con la candidatura de Kollontái, y el gobierno soviético, dadas las circunstancias de aquel tiempo, debió tenerlo en cuenta.
Mientras realizaba durante la guerra una enorme labor antimilitarista, Kollontái no abandonaba el campo de actividad al que durante toda su vida prestó especial atención: el trabajo entre las mujeres. En 1915, con la ayuda de los camaradas del partido en Noruega, logró organizar en ese país, el día 8 de marzo, una manifestación masiva de mujeres contra la guerra imperialista.
En marzo del mismo año pensaba viajar a la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en Berna, pero los gobiernos de los países que estaban en guerra con Alemania no le permitieron pasar a Suiza. Entonces envió a la conferencia una carta dirigida a las delegadas, en la que exponía y defendía la línea de Lenin en la cuestión de la actitud frente a la guerra imperialista y sobre las tareas de los socialistas.
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Bajo la fuerte influencia de Vladímir Ilich Lenin, Alexandra Mijáilovna Kollontái, durante los años de la guerra, adoptó firmemente las posiciones bolcheviques, rompiendo definitivamente con el menchevismo, al que había apoyado después de 1906, cuando se separó de los bolcheviques en la cuestión de la actitud hacia la Duma Estatal y los sindicatos.
Desde los primeros días de la guerra, A. M. Kollontái condenó la línea social-chovinista de los dirigentes de los partidos socialistas extranjeros y de los mencheviques rusos, y se situósin reservas en las posiciones de Lenin. En 1916 escribió el folleto«¿Aquién le sirve la guerra?», que recibió una buena valoración de Vladímir Ilich. Kollontái aceptó todas sus correcciones. El folleto fue publicado en una enorme tirada y apareció en muchos países.
Con la pasión revolucionaria que le era propia y con su talento organizativo, Alexandra Mijáilovna, desde comienzos de 1915, cumplió una serie de importantísimas tareas del partido bolchevique y directrices personales de Lenin, dirigidas a reunir y cohesionar a los elementos revolucionarios de izquierda. Por encargo de Vladímir Ilich, participóactivamente en la organización de grupos socialdemócratas de izquierda en los países escandinavos: Noruega, Suecia y Dinamarca. Como activa participante del movimiento revolucionario internacional, fue miembro del Buró Internacional de Mujeres Socialistas.
El hecho de cuán importante fue para el partido la actividad de Alexandra Mijáilovna Kollontái durante los años de la guerra lo demuestra las cartas conservadas de V. I. Lenin, dirigidas a ella en distintos países.
He aquí una de ellas, enviada a América. En esta carta V. I. Lenin escribía: «Estamos
publicando aquí, en estos días…un pequeño folleto en nombre de la izquierda de
Zimmerwald…Confiamos en usted, que lo publicará en América y en inglés… y, si es
posible, también en otros idiomas. Este debe ser el primer pronunciamiento del núcleo de los socialdemócratas de izquierda de todos los países, que tengan una respuesta clara, precisa y completa a la pregunta: qué hacer y hacia dónde ir»35.
La noticia de la Revolución de Febrero de 1917 fue recibida con entusiasmo por la emigración política y, entre ellos, por A. M. Kollontái, quien se dirigió inmediatamente a Rusia. Los camaradas de Petersburgo lograron incluirla en la lista de emigrados a quienes el Gobierno Provisional permitía regresar a Petrogrado.
En medio de los acontecimientos revolucionarios regresó a la patria y pronto fue incorporada al comité ejecutivo del Sóviet de Petrogrado, en representación de la
organización militar bolchevique. A. M. Kollontái recibió el encargo de realizar trabajo de agitación entre los soldados de la guarnición de Petrogrado y los marineros de la Flota del Báltico.
Su aparición en los mítines era recibida por soldados y marineros con ruidosas ovaciones. Esto provocó la ira y el odio de los enemigos contra Kollontái.
35 Lenin, Obras Completas, t. 35, págs. 164–165 (edición rusa)
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En junio de 1917, A. M. Kollontái, junto con V. V. Vorovski y otros, fue enviada a una reunión del grupo de izquierda de Zimmerwald en Estocolmo. Pero la reunión fracasóporque muchos representantes no se presentaron. De hecho, tuvo solo un carácter informativo.
Cuando Kollontái se encontraba todavía en Estocolmo, ocurrieron los acontecimientos de julio. Ella regresó inmediatamente a Petrogrado y se incorporó al trabajo del partido. En Petrogrado ya se había levantado una ola de duro terror. Varios dirigentes del partido fueron encarcelados por el Gobierno Provisional. Los agentes de Kerenski buscaban
obstinadamente a Lenin, y él se vio obligado a pasar a la más profunda clandestinidad.
El día de la partida de Kollontái desde Estocolmo, en el periódico de los socialistas de izquierda suecos apareció un artículo titulado: «Rusos y suecos despiden a Kollontái rumbo a la cárcel de Kerenski».
Esta «profecía» se cumplió. En la frontera, Kollontái fue recibida por el príncipe Beloselski-Belozerski, a quien el gobierno de Kerenski había encargado arrestarla.
Se produjo el siguiente breve diálogo:
Kollontái: «¿Por orden de quién? Yo soy miembro del Comité Ejecutivo del Sóviet de Diputados Obreros y Soldados de Petrogrado. ¿O acaso ha habido un golpe en Rusia y ha vuelto la monarquía?»
Príncipe Beloselski:«¿Quédice usted? Su arresto ha sido ordenado por disposición del Gobierno Provisional».
Ese mismo día, Kollontái fue recluida en la prisión de trabajos forzados para mujeres, con la prohibición de leer periódicos, salir a pasear y recibir visitas. A pesar del régimen más estricto, los marineros del Báltico lograron organizar el envío de un paquete para Alexandra Mijáilovna. En el paquete había una nota: «Los marineros de la Flota del Báltico saludan a la camarada Kollontái».
Solo gracias a los grandes esfuerzos de Gorki, Krasin, Stásova y otros camaradas, se logróliberar a Alexandra Mijáilovna bajo una considerable fianza. Kerenski, al enterarse de que«la bolchevique Kollontái» había sido liberada de la prisión, se enfureció y ordenó, hasta nueva disposición, arresto domiciliario estricto bajo vigilancia reforzada.
El VI Congreso del Partido, celebrado en julio-agosto de 1917, eligió en ausencia a Kollontái, que aún se encontraba bajo arresto domiciliario, como miembro del ComitéCentral, y el 12 de septiembre, el día de la apertura de la Conferencia Democrática, convocada por el Comité Ejecutivo Central menchevique-eserista, mediante una resolución especial del Sóviet de Petrogrado, Kollontái fue liberada del arresto.
Alexandra Mijáilovna se lanzó de inmediato al torbellino de los acontecimientos revolucionarios. Cumplía una serie de importantísimas tareas del Comité Central del
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Partido y fue una participante activa en la preparación del levantamiento armado que aseguró la histórica victoria de la revolución proletaria en Rusia.
Inmediatamente después de la Revolución de Octubre, Kollontái fue nombrada Comisaria del Pueblo de Asistencia Social de la RSFSR (entonces llamado Comisariado Estatal de Beneficencia). A. M. Kollontái fue la primera mujer que ingresó en la composición del gobierno revolucionario del país soviético.
Una de las consecuencias más graves de la guerra imperialista fue el enorme aumento del abandono y la indigencia infantil. El Partido planteó al Comisariado del Pueblo de Beneficencia Estatal la tarea de prestar la máxima atención al cuidado de los niños abandonados.
En esta importante labor estatal, Kollontái encontró el más firme apoyo de Vladímir Ilich, quien participaba muy activamente en la preocupación del joven gobierno soviético por los niños. Apoyándose en esta ayuda, Kollontái logró la promulgación de una serie de decretos dirigidos a mejorar radicalmente la situación de los niños y de las madres solteras. Los decretos gubernamentales y otras medidas adoptadas por iniciativa o con la activa participación del Comisariado de Beneficencia Estatal —como, por ejemplo, la
organización de comunas infantiles y talleres de trabajo—contribuyeron en gran medida a disminuir, y más tarde a eliminar por completo, la indigencia infantil.
Uno de los grandes logros de la revolución, al que Kollontái dedicó muchos esfuerzos, fue la organización de la protección de la maternidad y la infancia. El comienzo de esta labor fue puesto en los primeros días del poder soviético.
Mucho antes de la Revolución de Octubre, Kollontái había estudiado profundamente el problema de la protección de la maternidad y había elaborado un sistema de transformaciones sociales y medidas que debían realizarse en este campo inmediatamente después del derrocamiento del sistema capitalista.
Los resultados de sus investigaciones fueron expuestos en varios artículos publicados en la prensa extranjera y en el libro «La sociedad y la maternidad». Las ideas que ella proponía se reducían a la necesidad de crear para la mujer condiciones que aseguraran la formación de una generación físicamente fuerte de personas de la nueva sociedad socialista y que permitieran a la mujer dedicarse al trabajo socialmente útil.
Esta idea sirvió de base para muchas medidas realizadas después de la Revolución de Octubre. No fue fácil llevar a cabo el amplio programa de protección de la madre y del niño en las condiciones de la guerra civil, el hambre y la devastación. Además, los enemigos del pueblo soviético, auxiliares de la burguesía, intentaban impedir al Estado soviético la realización de estas medidas sociales.
Saboteaban la organización de instituciones infantiles, se oponían a la ocupación de las mansiones burguesas, robaban alimentos y ropa destinados a los hogares infantiles, guarderías y orfanatos.
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Sobre un caso característico recuerda A. M. Kollontái en sus notas. Para la creación de una Casa de la Madre y el Niño, al Comisariado de Asistencia Social se le entregó un palacio que antes había pertenecido a cierta condesa. Pero apenas se ocupó el edificio, se produjo un incendio, y las llamas surgieron simultáneamente en varios lugares.
Cuando Kollontái llegó al lugar con un destacamento de marineros, todo el palacio estaba envuelto en llamas. Las niñeras apenas lograban salvar a los niños. Rodearon al comisario formando un círculo cerrado, y muchas de ellas gritaban histéricamente:
«¡Ahíestá, Kollontái…!
¡Fue por orden suya que quitaron los iconos…!
¡Ella es el anticristo…!
¡Quiso quemarnos junto con los niños pequeños, vivos, destruir a los niños cristianos!»
Pronto fueron encontrados los incendiarios. Habían cometido su vil crimen por encargo de
la antigua dueña del palacio…
Pero, a pesar de las dificultades, el trabajo de organización de las instituciones sociales avanzaba con éxito. Basta decir que ya para 1920, en condiciones de extrema ruina económica en el país, se habían abierto más de 600 guarderías, cientos de casas de la madre y el niño, consultorios y albergues.
Cumpliendo el enorme trabajo como comisaria del pueblo de asistencia social, A. M. Kollontái no interrumpía la labor político-partidaria entre las mujeres. Durante el período de la guerra civil, por encargo del partido, realizaba trabajo político-educativo entre las
obreras de las fábricas textiles de Ivánovo y de las regiones cercanas a Moscú.
En noviembre de 1918 fue convocado el Congreso de toda Rusia de obreras y campesinas. He aquí lo que relata una crónica periodística sobre la apertura de este congreso:
«El salón de la Casa de los Sindicatos, bellamente adornado. En este salón se reunió un ejército de mil mujeres trabajadoras de toda la Rusia soviética. A las oradoras —las camaradas Inesa Armand, Alexandra Mijáilovna Kollontái, la representante de las comunistas finlandesas y otras—se las recibe y se las despide con entusiasmo.
La intervención de la camarada Kollontái es acompañada por un entusiasmo especial. Una tormenta de aplausos se transforma en una prolongada ovación. Todo el salón se pone de pie. A la dirigente del congreso de mujeres le entregan flores: un ramo de crisantemos atado con una cinta roja».
El congreso, tras el informe de A. M. Kollontái sobre las tareas y los métodos del trabajo del partido entre las obreras y campesinas, adoptó una resolución especial.
En el Comité Central y en los comités provinciales y de distrito del partido se formaron primero comisiones y luego departamentos para el trabajo entre las mujeres.
Después de la muerte de Inesa Armand, primera dirigente del Departamento de trabajo entre las mujeres del Comité Central del partido, A. M. Kollontái fue propuesta para este
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cargo. Con su activa participación se elaboró una serie de decretos destinados a mejorar la situación de la mujer. De especial importancia fueron decretos como, por ejemplo: el seguro social en todas sus formas, sin distinción de sexo; el establecimiento de subsidios por embarazo; la concesión a las mujeres de trabajos acordes con su estado físico; el decreto sobre el matrimonio civil, que establecía la completa igualdad civil y moral de los cónyuges; la eliminación de la desigualdad entre los hijos nacidos fuera del matrimonio y los llamados «legítimos».
Todas estas medidas del Estado soviético estaban dirigidas a destruir la desigualdad y la dependencia servil de la mujer, y a crear para ella condiciones que le permitieran participar activamente en la vida social y, gradualmente, incorporarse a la administración del Estado. A la misma tarea sirvieron también los enormes esfuerzos para la liquidación del analfabetismo entre las mujeres, así como la creación de una amplia red de cursos y escuelas de todo tipo para obreras y campesinas.
Basta decir que, en la RSFSR, de los 17 millones de personas que en 1919 debían estudiar en las escuelas para la eliminación del analfabetismo, 14 millones eran mujeres.
El Departamento de trabajo entre obreras y campesinas del Comité Central del Partido aportó una enorme contribución a la verdadera emancipación de la mujer. A. M. Kollontái participó constantemente y de manera activa en los órganos de prensa destinados a las mujeres. Junto con N. K. Krúpskaya y otras destacadas figuras, formó parte del consejo editorial de la revista «Kommunistka» (La Comunista), que se convirtió en el órgano dirigente de la educación política de las mujeres trabajadoras. Al mismo tiempo, Alexandra Mijáilovna colaboró en las revistas «Rabotnitsa» (La Obrera), «Krestyanka» (La Campesina) y otras.
En 1920, A. M. Kollontái, en vísperas del X Congreso del Partido, perteneció a la llamada«oposición obrera», que en esencia era un grupo antipartido, de carácter anarcosindicalista. Pero pronto, bajo la influencia de V. I. Lenin, quien puso al descubierto la esencia antipartidaria de la plataforma de la oposición obrera, revisó su posición errónea, se sometió a las decisiones del X Congreso y participó activamente en su aplicación.
En junio de 1921 se celebró en Moscú la Conferencia Internacional de Mujeres Comunistas. Los principios del trabajo de nuestro partido entre las mujeres fueron utilizados por la Internacional Comunista como guía para otros países.
Después de la conferencia, A. M. Kollontái fue elegida sustituta de Clara Zetkin en el Secretariado Internacional de Mujeres de la Internacional Comunista. La creciente actividad social y política de las mujeres soviéticas ejercía una enorme influencia revolucionaria sobre el movimiento femenino internacional. Señalando esto, Clara Zetkin escribió en 1920:
«Estaba llena de entusiasmo por todo lo que las mujeres rusas realizaron durante la revolución, por todo lo que ahora hacen para su defensa y su desarrollo futuro».
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Durante los 40 años del poder soviético, las mujeres del país de los soviets dieron un paso gigantesco hacia adelante. En el largo y difícil proceso de su formación comunista, una gran parte del mérito corresponde a Alexandra Mijáilovna Kollontái.
En 1933, A. M. Kollontái, por su exitoso trabajo entre las mujeres, fue condecorada con la Orden de Lenin.
En octubre de 1922, por decisión del Comité Central del Partido, Kollontái fue destinada al trabajo diplomático.
El gobierno la nombró embajadora en Noruega. Fue la primera mujer diplomática.
El nombramiento de una mujer para un alto cargo diplomático fue recibido de distintas maneras en el extranjero, y tampoco todos en nuestro país estaban seguros de que tal decisión fuera correcta.
Sin embargo, el trabajo de Kollontái en el campo diplomático aportó grandes beneficios a la causa del fortalecimiento de las relaciones internacionales de la URSS.
Kollontái comenzó su actividad diplomática en el momento en que el país soviético, tras haber terminado victoriosamente la guerra civil, pasaba a la vía de la construcción pacífica y de la reconstrucción de la economía nacional.
Pero en los círculos imperialistas aún persistía la esperanza de destruir el poder soviético. Con ese fin formaban bloques contrarrevolucionarios y organizaban diversas provocaciones.
Se requería gran habilidad diplomática, firmeza y flexibilidad para mantener, en tales condiciones, relaciones normales con los países del mundo capitalista.
Conociendo bien la vida de los países de Occidente y dominando perfectamente varios idiomas extranjeros, entre ellos el finlandés, el sueco y el noruego,
Kollontái, ya en los primeros años de su trabajo, logró importantes éxitos en el establecimiento de relaciones diplomáticas y comerciales de la URSS con sus vecinos escandinavos: Noruega y Suecia.
En Noruega, donde combinaba las funciones de representante plenipotenciaria y de representante comercial,
Kollontái, hasta 1926, aseguró la firma de una serie de convenios y acuerdos comerciales beneficiosos para ambos países.
En 1926, Kollontái fue trasladada al trabajo diplomático en México.
En este país, Alexandra Mijáilovna tuvo que enfrentar grandes dificultades debido a la actitud negativa de los círculos gubernamentales mexicanos ante el hecho de que una mujer hubiera sido nombrada enviada diplomática ante ellos. Sin embargo, los primeros pasos de Kolontái en el campo diplomático en este país le aseguraron de inmediato una sólida
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autoridad. Logró fortalecer las simpatías de los sectores progresistas del país hacia el
Estado soviético.
Pero Kolontái trabajó en México por poco tiempo. Debido a las condiciones climáticas, que resultaron perjudiciales para su salud, tuvo que marcharse. Fue nuevamente nombrada representante plenipotenciaria en Noruega. Esta vez, los estadistas noruegos la recibieron de manera muy amistosa. Reconocían la inteligencia de Estado y las capacidades diplomáticas de Kolontái.
Desde 1930, A. M. Kolontái fue representante plenipotenciaria de la Unión Soviética en Suecia. Dirigió su ya larga experiencia al fortalecimiento de las relaciones normales entre la URSS y Suecia.
En los años de la Guerra Patria, cuando el fascismo alemán intentó violar la neutralidad de Suecia y provocarla a realizar acciones hostiles contra la Unión Soviética, la sabia política exterior del gobierno soviético frustró los planes de los fascistas. Una hábil ejecutora de la política exterior soviética en este país fue Aleksandra Mijáilovna Kolontái.
El gran prestigio de A. M. Kolontái en los países donde cumplió funciones como diplomática soviética queda demostrado por numerosos hechos. Así, por ejemplo, el gobierno de México, en señal de profundo respeto y de alta valoración de la actividad diplomática de Kolontái, le otorgó la orden de México—«Águila Azteca».
Cuando Kolontái, a causa de una enfermedad, se vio obligada en 1946 a abandonar su actividad diplomática, el embajador de Noruega en Moscú, en nombre de su gobierno, le entregó la más alta condecoración de su país—la «Orden de San Olaf». El gobierno sueco también quiso expresar su reconocimiento a A. M. Kolontái, pero no pudo hacerlo de la misma forma que México o Noruega. Según las costumbres de este país, a las mujeres no se les conceden órdenes. Sin embargo, deseando subrayar su respeto hacia A. M. Kolontái, el rey de Suecia Gustavo V le envió su carta personal una fotografía en un marco precioso con el escudo de oro de Suecia y su firma personal.
El gran respeto hacia Aleksandra Mijáilovna Kolontái en los países escandinavos también se evidencia en el hecho de que no solo la prensa obrera, sino también la prensa oficial de estos países expresó profundas condolencias con motivo de su muerte.
Kolontái fue una fiel ejecutora de la política exterior pacífica de la Unión Soviética y mostró gran actividad en esta dirección, formando parte de la delegación soviética en la Sociedad de Naciones en Ginebra entre 1934 y 1938. Sus talentosas intervenciones en las sesiones de la Sociedad de Naciones, impregnadas de un deseo de paz y dirigidas contra las tendencias militaristas de las potencias imperialistas, encontraban una cálida respuesta en la
opinión pública mundial.
La gran importancia del papel de Kolontái en la lucha por la paz también se demuestra por el hecho de que en 1946 la opinión pública, varios estadistas y la dirección de los partidos
obreros de los países escandinavos propusieron a Kolontái como candidata al Premio Nobel de la Paz.
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Tal fue el camino de la ardiente revolucionaria Aleksandra Mijáilovna Kolontái.
«¿Acaso se puede ser feliz, acaso se puede alegrarse de la vida—y en ello está el sentido
de la vida—si alrededor hay tanto sufrimiento, tanta injusticia, tanta opresión? …Por eso entré en la revolución y me hice comunista».
Esta anotación de A. M. Kolontái, hecha en 1951, expresa de la mejor manera posible lo que realmente fue el sentido de su vida.
Las cualidades de una personalidad extraordinaria y ricamente dotada se combinaban en Aleksandra Mijáilovna con la modestia y la sencillez en el trato cotidiano con las personas, con una gran sensibilidad hacia quienes la rodeaban. Amaba a la gente sencilla, vivía por su felicidad, y a ellos se entregó por completo.
Y el recuerdo de ella se conservará para siempre en los corazones del pueblo agradecido.
ALEXANDRA MIJÁILOVNA KOLLONTÁI
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PRASKOVIA FRANTSEVNA KUDELLI
M. ESSEN36
Cuando en noviembre de 1934 la organización del partido en Leningrado rindió homenaje a
Kudelli con motivo de su setenta y cinco aniversario, Praskovia Frantsevna dijo en su discurso de respuesta:
«Ni siquiera me di cuenta de cómo pasaron estos 75 años. ¿Por qué no noté cómo pasa el tiempo? Porque, desde que comenzó mi vida consciente, no me ocupé de asuntos personales, sino de cuestiones sociales, revolucionarias. Y considero que una vida así fue una felicidad para mí como persona».
Y en efecto, todo el camino de vida de la camarada Kudelli es la vida de una revolucionaria profesional, que sirvió abnegadamente a los intereses de su patria, de su pueblo.
Parecería que las condiciones de la infancia y la juventud de Praskovia Frantsevna eran las menos propicias para prepararla para el camino de vida que posteriormente eligió: hija de un médico, criada en la familia de su padrastro, un coronel noble, y luego educada en el Instituto de Kerch para señoritas nobles. ¿Qué podía saber ella del gran sufrimiento y de la miseria del pueblo?
Pero el escritor favorito de la joven Kudelli era Nekrásov, quien escribió:
De los que se regocijan y charlan ociosamente, de los que manchan sus manos con sangre, llévame al campamento de los que perecen
por la gran causa del amor.
«Nekrásov—escribe Praskovia Frantsevna Kudelli en su autobiografía—despertó en mí el amor y la inclinación hacia el pueblo y hacia todos los humillados. Él fue mi primera enseñanza política en la juventud».
No inmediatamente P. F. Kudelli tomó el camino correcto de la lucha por un futuro mejor. Al llegar en 1878 a Petersburgo, siendo una joven de diecinueve años, e ingresar en los Cursos Superiores Femeninos, Praskovia Frantsevna se incorpora, como ella misma decía, a«una vida interesante y apasionante». No eran los teatros ni los bailes, sino los círculos estudiantiles, donde se leía con entusiasmo a Chernyshevski, la revista «Notas Patrias», y las obras de escritores extranjeros progresistas.
Sobre estos círculos ejercían influencia los narodovoltsy (miembros de La Voluntad del Pueblo). En manos de los estudiantes caían las revistas «Naródnaya Volia» y «Vestnik Naródnoy Voli», así como proclamas de los narodovoltsy.
36 La transcripción literaria fue realizada por A. Razumova poco antes de la muerte de M. Essen.
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«Así nació en mí—recuerda Praskovia Frantsevna sobre aquel período—el descontento con el orden existente, con una idea todavía vaga de la futura revolución y del socialismo».
Solo en los años 1893–1895 se familiariza con la doctrina marxista; escucha con gran interés las discusiones de los marxistas con los populistas, inclinándose cada vez más hacia el lado de los marxistas, y lee con entusiasmo el folleto ilegal que circulaba entonces de mano en mano, «¿Quiénes son los “amigos del pueblo”? y como luchan contra los socialdemócratas», de un autor que aún le era desconocido.
A estos mismos años pertenece también su activa aparición en el campo literario. P. F. Kudelli traduce al ruso «Los tejedores» de Hauptmann, publicado en una imprenta clandestina de los narodovoltsy en 1895; colabora en las revistas «Zhizn», «Mir Bozhiy», en revistas infantiles, y escribe principalmente relatos.
En 1896 se produce el primer «encuentro» de Praskovia Frantsevna con la policía. Es llamada a interrogatorio en relación con el descubrimiento de una imprenta clandestina de los narodovoltsy en el llamado “caso de Lakhta”. Pero el encuentro con los representantes del poder zarista esta vez se limitó solamente al interrogatorio.
En 1897, la joven narodovolka M. F. Vetrova, encarcelada en la fortaleza de Pedro y Pablo, sin soportar la vil arbitrariedad de la administración penitenciaria, se suicidó. Kudelli escribió con motivo de este hecho un folleto que salió con el título: «En memoria de M. F. Vetrova». Esta obra, llena de justa indignación y de pasión revolucionaria, encontró una profunda respuesta entre los estudiantes, que protestaban decididamente contra una nueva atrocidad del absolutismo zarista.
En este período, Praskovia Frantsevna ya comienza a comprender que no el estudiantado ni la intelectualidad narodovoltsa (populista revolucionaria) constituían la fuerza principal llamada a encabezar la lucha por el derrocamiento de la autocracia zarista; en sus ideas se produce un serio cambio. «Como resultado de la reevaluación de valores que había comenzado, sentí con toda fuerza el deseo de trabajar con los obreros», recuerda ella acerca de este período.
Praskovia Frantsevna se convierte en profesora en la escuela nocturna-dominical detrás de la puerta de Nevá. A esta labor entrega entusiasmo, energía y notables capacidades pedagógicas. En sus clases, como oyentes, estuvieron en más de una ocasión obreros revolucionarios que más tarde se harían famosos, como Babushkin y Shelgúnov.
Aquí, en la escuela, tuvieron lugar los primeros encuentros de Praskovia Frantsevna con Nadezhda Konstantínovna Krúpskaya y con Lidia Mijáilovna Knipóvich, que trabajaban allí mismo. Una vez, Nadezhda Konstantínovna Krúpskaya advirtió a Kudelli que un camarada quería asistir a sus clases, pues tenía la intención de «aprender de ella». El apellido del camarada Nadezhda Konstantínovna no lo mencionó.
Y efectivamente, a la clase llegó un hombre de estatura media, con calvicie. Permanecióunos veinte minutos. Más tarde, Praskovia Frantsevna preguntó a Krúpskaya qué opinión había formado el camarada sobre sus clases y quién era.
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Nadezhda Konstantínovna le dijo que se trataba de Vladímir Ilich Uliánov, y que sobre sus clases había opinado lo siguiente: «Empezó correctamente, había economía y había clases sociales, pero luego, cuando se lanzó a episodios de la revolución, se olvidó del análisis marxista de los acontecimientos».
Esta valoración de sus clases, hecha por Vladímir Ilich, P. F. Kudelli la recordó toda su vida.
En 1901, en relación con la participación de Praskovia Frantsevna en manifestaciones estudiantiles provocadas por las disposiciones temporales sobre el envío de estudiantes revolucionarios al ejército como soldados, se produce el primer arresto de Kudelli. Después de un mes de permanecer en prisión preventiva, fue expulsada de Petersburgo y enviada a Pskov. Praskovia Frantsevna tuvo suerte. Pskov, en aquel período, desempeñaba un papel importante en la actividad de los socialdemócratas rusos. Allí se encontraba el grupo de apoyo de «Iskra»—Lepeshinski, Stopani, Krasikov y otros—, que difundía «Iskra» y sus publicaciones, y reunía materiales para el periódico. Hasta allí se traía literatura desde el extranjero, y este grupo la enviaba en paquetes a diferentes ciudades de Rusia.
La camarada Kudelli, que estableció contacto con el grupo de apoyo de los socialdemócratas, comenzó por primera vez a enviar sus corresponsalías al órgano central del partido, «Iskra».
Después de cumplir el período de destierro, Praskovia Frantsevna recibió permiso para viajar al extranjero. Estuvo en Londres, Lausana y Ginebra, donde asistía a diversas reuniones, a actividades de círculos marxistas, a conferencias y exposiciones. Cuatro meses después, Praskovia Frantsevna regresó a Petersburgo, habiendo fortalecido considerablemente su concepción marxista del mundo. Estaba llena de deseos de dedicarse a la propaganda del marxismo entre las masas obreras.
Y fue entonces, en 1902, cuando la conocí por primera vez.
Nos ocupábamos de organizar un grupo de propaganda. En este grupo entraron los hermanos Essen (Bur y Baron), Kudelli, Sokolov, Nikitin, Kuznetsov, Plyusnin, Benois, Shishkin y otros camaradas que más tarde se convertirían en revolucionarios profesionales. Todos trabajaban con enorme entusiasmo y pasión. Fue precisamente aquí, en este círculo de propagandistas, como dice Praskovia Frantsevna, donde comprendió qué exigía de los propagandistas V. I. Lenin, y comenzó a dominar el método del análisis marxista de los acontecimientos, lo que posteriormente la ayudó a convertirse en una excelente propagandista.
Ella asumió la dirección de un círculo marxista de obreros de la Casa de la Moneda, y desde ese momento comenzó la incansable y entusiasta actividad de Praskovia Frantsevna en el campo de la propaganda del partido, actividad que continuó hasta el final de su vida.
Un arresto casual (relacionado con el descubrimiento provocado por un camarada mentalmente enfermo, A. Dolivo-Dobrovolski) interrumpió su trabajo propagandístico en
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Petersburgo. Después de cinco meses de permanencia en la prisión preventiva, a Praskovia Frantsevna la envían al destierro a Tver. Aquí, al establecer contacto con el comité local de los socialdemócratas, se incorpora activamente al trabajo del partido y pronto se convierte en miembro del Comité de Tver, el cual mantenía firmes posiciones bolcheviques.
Después del II Congreso del POSDR (Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia), todo el comité se unió unánimemente a las resoluciones del congreso y condenó la actividad desorganizadora de los mencheviques. Praskovia Frantsevna escribe folletos y continúa su labor propagandística favorita. La profunda y reflexiva preparación para las clases, el pathos revolucionario de sus conferencias, y la exposición sencilla y accesible incluso de los problemas más complejos, hacen de Kudelli una propagandista muy solicitada en los círculos obreros.
Una vez, cuando por alguna razón otro camarada acudió a dirigir la reunión del círculo en lugar de ella, los miembros del círculo le pidieron que transmitiera al comité que deseaban estudiar con aquella«tía»que daba las clases sin apuntes. Este apodo de«tía»quedó ligado a la camarada Kudelli durante toda su posterior actividad clandestina.
El año 1903 fue una etapa significativa en la vida de Praskovia Frantsevna Kudelli: fue el año de su ingreso en el partido bolchevique. Para ese momento ya era una persona completamente madura, con gran experiencia en el trabajo revolucionario, con firmes convicciones y con una clara comprensión del objetivo y de los caminos para alcanzarlo.
En Tver, Praskovia Frantsevna trabajó hasta septiembre de 1904, cuando tuvo lugar otro arresto, y después de cuatro meses de prisión se le prohibió residir en Petersburgo, Tver y en muchas otras ciudades. Ante Praskovia Frantsevna surgió la cuestión de a dónde dirigirse para continuar el trabajo del partido, y eligió un gran centro industrial metalúrgico de la Rusia de entonces: Tula.
Rápidamente estableció contacto con el Comité de Tula y se incorporó al trabajo. Pronto fue incluida en la composición del Comité de Tula del POSDR. En aquel tiempo, ante la
organización del partido en Tula se planteaba la tarea de preparar a los obreros para una acción abierta. El trabajo de propaganda ocupaba un lugar importante, y Praskovia Frantsevna se dedicó a esta labor.
Ella escribía folletos, dirigía un círculo para la preparación de agitadores y propagandistas
obreros. Kudelli mantiene contacto con el centro de nuestro partido en el extranjero y lleva una correspondencia sistemática con él bajo el seudónimo «Old friend» («Viejo amigo»).
Durante todo el año 1905, Praskovia Frantsevna trabaja en Tula. Ella adquiere tal autoridad en la organización que la envían como delegada a la Conferencia de Tammerfors. Como es sabido, la Conferencia de Tammerfors tuvo lugar en el momento del levantamiento armado de diciembre en Moscú, y sus participantes se apresuraron a regresar a sus lugares para dirigir la lucha armada de los obreros. Pero Praskovia Frantsevna no pudo regresar a Tula. Los camaradas de Tula informaron que en su vivienda se había realizado un registro y que, si regresaba, sería arrestada.
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Por lo tanto, ella permanece en Petersburgo. Trabaja detrás de la Puerta de Nevá como propagandista y organizadora de un subdistrito fabril; luego la envían como organizadora al lado de Petersburgo. Allí, P. F. Kudelli es incorporada al comité del distrito y pronto es elegida miembro del Comité de Petersburgo de los bolcheviques. Por encargo de este comité, en 1906 Praskovia Frantsevna dirige la campaña electoral para la Duma Estatal en el lado de Petersburgo.
Se apagaron los combates de la primera revolución rusa, y comenzó un período de sombría reacción. Empieza la deserción de las filas del partido de aquellos compañeros de camino que se habían unido a la revolución en los días de su marcha victoriosa. Pero, en estos años difíciles para el partido, Praskovia Frantsevna Kudelli se mantuvo firmemente en posiciones bolcheviques, leninistas. Aprovecha la menor oportunidad para mantener contacto con las masas obreras y para difundir entre ellas las ideas del bolchevismo.
Una de las instituciones legales más adecuadas de aquel tiempo, que permitían realizar propaganda revolucionaria, era la «Sociedad de Instrucción Sampsónievskaya», que tenía varias escuelas y cursos de educación general en diferentes distritos de Petersburgo. Praskovia Frantsevna Kudelli entra a trabajar como maestra en la escuela de Ojta de esta sociedad. Enseñaba geografía de Europa, pero organizaba sus clases de tal manera que familiarizaba a los obreros con las cuestiones del movimiento revolucionario en Rusia y en
otros países, con problemas de economía política, y conversaba con ellos sobre cuestiones de salarios y multas.
El contenido revolucionario de las clases, la forma viva y accesible de exposición, hicieron pronto de Praskovia Frantsevna una de las profesoras más queridas y con mayor autoridad en la escuela obrera. En 1910, cuando los bolcheviques conquistaron la dirección de la Sociedad Sampsónievskaia, que hasta entonces había estado bajo la influencia de mencheviques y eseristas, Praskovia Frantsevna Kudelli fue elegida miembro de la junta directiva de la Sociedad.
Vladímir Ilich Lenin concedía gran importancia a la combinación de las posibilidades legales e ilegales, al uso de diversas organizaciones sociales y de las reuniones convocadas por ellas como tribuna para la propaganda de las ideas bolcheviques. En 1908, el ComitéCentral del partido decidió utilizar con este fin el congreso femenino organizado en Petersburgo por representantes de comités femeninos burgueses (el Comité de ayuda a las estudiantes de los Cursos Superiores Femeninos, el Comité de ayuda a las exestudiantes y el Comité de ayuda a las estudiantes de medicina), encabezados por feministas. En el orden del día del congreso debía figurar la cuestión de un frente único de lucha de todas las mujeres por sus derechos.
El Comité de Petersburgo encargó a P. F. Kudelli organizar un grupo obrero para participar en este congreso, preparar oradoras entre las mujeres trabajadoras y redactar resoluciones sobre la situación jurídica y económica de las obreras. Esta tarea fue cumplida por ella de manera brillante. En las reuniones preliminares de obreras fueron elegidas 50 delegadas, y entre ellas 4 informantes.
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A la plataforma burguesa de la unión de todas las mujeres, las delegadas obreras opusieron su propio punto de vista de clase. «No debemos unirnos con ustedes, sino luchar; las proletarias hambrientas y heladas no marcharán detrás de los caballos de carrera de las burguesas», decía en su intervención una de las obreras. Naturalmente, la resolución bolchevique no fue aprobada por el congreso, pero la impresión producida por las intervenciones de las obreras fue enorme.
Después del congreso, las delegadas rindieron cuentas ante las obreras de fábricas y talleres, incorporando así a amplias masas de mujeres trabajadoras a las posiciones bolcheviques, con la preparación para la participación de las obreras en el primer congreso femenino y con su activa intervención en sus trabajos, Praskovia Frantsevna Kudelli se incorpora al trabajo entre las mujeres, al cual dedicaría después muchos años de su vida.
La actividad de Praskovia Frantsevna durante el período de reacción y en los años de ascenso revolucionario no se limitó al trabajo de propaganda ni al trabajo entre las mujeres. Cumplía las más diversas tareas encomendadas por el Comité de Petersburgo. Le resultaba muy difícil trabajar, ya que se encontraba constantemente bajo la vigilante atención de la policía. Dicha vigilancia se intensificó especialmente después de su participación en el tribunal de camaradas contra uno de los provocadores de la policía secreta zarista que había penetrado en el partido. En su casa se realizaban registros, fue arrestada en repetidas
ocasiones, pero lograba salir con penas de prisión relativamente cortas.
En 1912, Praskovia Frantsevna Kudelli se convierte en colaboradora permanente del periódico «Pravda».
En 1913, junto con K. Samóilova y otros bolcheviques, participa en la preparación de la celebración, por primera vez en Rusia, del Día Internacional de la Mujer. En una reunión femenina en Petrogrado, Praskovia Frantsevna pronuncia un discurso y presenta una resolución «sobre el significado del Día Internacional de la Mujer y sobre las tareas de las
obreras rusas». La policía no pasó por alto esta intervención de Kudelli, y tras ella siguió un nuevo arresto.
En 1914, P. F. Kudelli dirige un círculo femenino que tenía como objetivo preparar a mujeres activistas para celebrar por segunda vez el Día Internacional de la Mujer en Rusia. Para febrero de 1914, Praskovia Frantsevna había preparado a varias obreras activistas para intervenir en una «mañana científica» dedicada a la «cuestión femenina». Sin embargo, la policía, que descubrió el verdadero carácter de esta reunión «científica», la prohibió.
A comienzos de 1914, por iniciativa de Vladímir Ilich Lenin, se decidió crear en Rusia la primera revista femenina «Rabotnitsa» (La Obrera). En su organización, por encargo del Comité de Petersburgo, junto con otros camaradas participa también Praskovia Frantsevna Kudelli. Con la energía que le era propia, participa en la preparación del primer número de esta revista, dedicado a la celebración del Día Internacional de la Mujer en Rusia. La propia preparación del primer número de «Rabotnitsa» fue un poderoso impulso para la
organización y la cohesión de las mujeres trabajadoras de Rusia.
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Por todos los canales legales e ilegales, la redacción de la revista se dirigió a las mujeres trabajadoras con el llamado a enviar materiales para la publicación. Este llamamiento encontró una respuesta entusiasta. En fábricas y talleres se realizaron reuniones. Desde Petersburgo, Kiev, Sarátov y otras ciudades llegaron a la redacción numerosas cartas que trataban los problemas más dolorosos de las obreras. Escribían sobre la jornada laboral en las fábricas, sobre la desigualdad salarial, sobre los abusos por parte de los capataces y sobre muchas otras cuestiones.
A pesar del arresto de los miembros del consejo editorial, el primer número de la revista«Rabotnitsa» salió igualmente. En él se publicó el siguiente mensaje de la redacción: «Por causas ajenas a nuestra voluntad no tuvimos la posibilidad de publicar el primer número de
la revista “Rabotnitsa” en la forma en que había sido previsto».
Después de su arresto en vísperas del Día de la Mujer, Praskovia Frantsevna fue desterrada por tres años a la provincia de Nóvgorod y regresó a Petrogrado solo en los días de la Revolución de Febrero de 1917. Allí trabajó durante algún tiempo, junto con V. D. Bonch- Brúevich, en el periódico «Izvestia», pero junto con un grupo de bolcheviques se retiró deél debido al agravamiento de las relaciones entre la fracción bolchevique y el comitéejecutivo menchevique-eserista del Soviet de Diputados Obreros y Soldados.
Después de salir de «Izvestia», Praskovia Frantsevna trabaja en la secretaría de la «Pravda»bolchevique y vuelve a «Izvestia» solo después de que este periódico pasó a manos bolcheviques. Las masas femeninas, que se habían activado en los días de febrero, constituían una enorme fuerza potencial que debía ser orientada por el camino correcto. Y el Comité de Petrogrado de los bolcheviques confió esta tarea a un grupo de camaradas que ya tenían gran experiencia en la dirección del movimiento femenino.
Entre estos camaradas se encontraban Kollontái, Kudelli, Samóilova, Nikoláeva y otras. Ellas intervenían en mítines, escribían folletos, trabajaban en la revista «Rabotnitsa». En uno de los números de esta revista fue publicado un informe sobre una asamblea de diez mil obreros y obreras en la fábrica de cartuchos, donde P. F. Kudelli presentó el informe«Sobre la ofensiva», y K. N. Samóilova el informe «Sobre el desempleo». Sobre ambos informes fueron aprobadas por unanimidad resoluciones bolcheviques.
«Nosotros, obreros y obreras, reconocemos que la ofensiva del ejército ruso en el frente es perjudicial para la causa de la libertad y de la revolución», se decía en la resolución adoptada tras el informe de Kudelli.
Los mítines se extienden por todo Petrogrado, por todos los distritos fabriles, uniendo cada vez más estrechamente a las mujeres trabajadoras en torno a las consignas bolcheviques. Kudelli realiza un gran trabajo organizativo y de agitación de masas para preparar a las mujeres a participar en las elecciones a la Asamblea Constituyente.
Las obreras de Petrogrado querían mucho a P. F. Kudelli. A los mítines donde ella intervenía acudían muchas mujeres; la colmaban de preguntas, y ella sabía explicarlas con habilidad, conduciendo a las mujeres a comprender las posiciones bolcheviques.
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Praskovia Frantsevna siempre prestó gran atención al trabajo entre las mujeres. Fue colaboradora permanente y miembro del consejo editorial de las revistas «Rabotnitsa» y«Rabotnitsa i Krestyanka» («La Obrera y la Campesina»), participó activamente en la
organización de las celebraciones anuales del Día Internacional de la Mujer, y fue delegada en la conferencia internacional femenina convocada en Moscú después del V Congreso de la Internacional Comunista.
En 1930, Praskovia Frantsevna Kudelli, por su activa participación en la organización del movimiento obrero femenino en Rusia, fue condecorada con la Orden de Lenin.
En 1932, el Comité de Petrogrado del partido encargó a P. F. Kudelli la organización del departamento del Istpart37 de Petrogrado. Praskovia Frantsevna, que siempre había basado su trabajo en la participación de amplias masas, también ahora actuó con los mismos métodos. Se creó un grupo activo para la recopilación de materiales y documentos sobre la historia de la organización de Petrogrado; se convocaron reuniones de viejos bolcheviques, de obreros, de participantes de las tres revoluciones; se formaron comisiones para recoger folletos, proclamas y cartas anteriores a la revolución; se organizaron secciones distritales del Istpart.
Todo esto hizo posible reunir una enorme cantidad de material sobre la actividad prerrevolucionaria de la organización de Petrogrado, sobre la historia revolucionaria de las mayores fábricas de Leningrado, tales como la fábrica Putilov, la fábrica Báltica, el“Triángulo Rojo” y otras. Praskovia Frántsevna escribió una serie de folletos, como por ejemplo: «La lucha por el día de la mujer», «La organización de Petersburgo en vísperas del segundo congreso», «La organización de Petersburgo en 1904» y otros.
En la revista «Crónica Roja», editada por Kudelli, se publicaron por primera vez bajo su firma varios documentos relacionados con la vida y el trabajo de Vladímir Ilich Lenin: los artículos «Sobre el arresto de Lenin en 1900»; «Permiso a Vladímir Uliánov para presentar el examen como alumno externo en la Universidad de Petersburgo»; «Discurso inédito de Lenin en el Congreso Campesino de toda Rusia del 2 (15) de diciembre de 1917», etc.
Praskovia Frántsevna reunió materiales no solo sobre la historia de la organización de Petrogrado, sino también de las organizaciones de Tula, Tver y Pskov, en las cuales tuvo que trabajar durante el período de clandestinidad. Así, durante muchos años, Praskovia Frántsevna reunió con perseverancia, atención y conciencia páginas de la gloriosa historia de nuestro partido.
Durante muchos años, Praskovia Frántsevna mantuvo relaciones cálidas y amistosas con las hermanas de Vladímir Ilich Lenin —Anna Iliníchna Elizárova y María Iliníchna Uliánova—, así como con Nadezhda Konstantínovna Krúpskaya. Su prolongada correspondencia estuvo dedicada no solo a la discusión de asuntos de trabajo (evaluación de artículos, folletos, acontecimientos políticos), sino que también estaba llena de calidez, preocupación mutua y profundas confesiones de amistad.
37 Ispart: Comisión de historia de la revolución de Octubre y del PCUS (bolchevique)
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En una de las cartas de 1924, Anna Iliníchna escribe a Praskovia Frántsevna: «Revisérápidamente el libro recopilatorio sobre Ilich. Sus recuerdos me gustaron mucho; a través de ellos se perfila tan bien su imagen». «Por encargo de los pioneros de Moscú escribí un folleto sobre la infancia de Ilich. Se lo envío para que lo juzgue»,—le escribe en 1925.
«Ayer estuve en Gorki, y Maniá me dio a leer su pequeño artículo sobre el hermano Sasha—leemos en una de las cartas de Anna Iliníchna—. Me fue muy grato leerlo, ¡le salió a usted tan profundo y sincero!» En casi cada carta, Anna Iliníchna invita a Praskovia Frántsevna a ir a Moscú para pasar juntas las vacaciones. Con gran calidez está impregnada la carta de Anna Iliníchna, escrita a Praskovia Frántsevna en 1925.
«¿Por qué se enferma usted tan seguido? Evidentemente se está sobrecargando demasiado con el trabajo y está aplazando demasiado las vacaciones. Tómese el descanso más temprano. Me gustaría mucho pasar con usted al menos parte de él, porque piense usted: a nosotras no nos queda ya tanto tiempo de vida como para no procurar aprovechar, aunque sea el descanso para poder vivir juntas por un tiempo».
La misma calidez y amistad impregnan las cartas dirigidas a ella por María Iliníchna Uliánova que se conservan en el archivo de Praskovia Frántsevna. En estas cartas, María Iliníchna consulta con ella acerca de la publicación de una recopilación dedicada a Anna Iliníchna con motivo del aniversario de su fallecimiento, invita a Praskovia Frántsevna a ir a Moscú como huésped y subraya su amistad invariable. «Si voy a Leningrado, nunca dejaré de visitarte; de eso puedes estar segura, porque ya casi no me quedan personas cercanas, y a ti te quiero mucho, mucho»,—leemos en una carta del 2 de marzo de 1937.
A través de todas las cartas de Anna Iliníchna y María Iliníchna a Kudelli pasa como un hilo conductor la alta valoración que tenían de ella como bolchevique firme y de principios, como una trabajadora activa y fiel del partido. «Espero que no se haya contagiado de las ideas de la oposición de Leningrado. Según mi parecer, usted siempre estuvo lejos de toda
oposición, y de la más infundada más aún, seguramente. Existen algunas personas cuya propia naturaleza es oposicionista. Usted no pertenece a ese tipo», —le escribe Anna Iliníchna el 26 de febrero de 1926.
Y la carta de felicitación de Anna Iliníchna con motivo del 70º aniversario de Praskovia Frántsevna dice: «¡Feliz cumpleaños a usted, en esta fecha significativa, una fecha desde la cual hay mucho hacia atrás que contemplar, una fecha en la que hay mucho de lo que usted puede sentirse orgullosa!»
También Nadezhda Konstantínovna Krúpskaya valoraba altamente a Praskovia Frántsevna:
«Praskovia Frántsevna posee un talento propagandístico extraordinario. He visto pocos dirigentes de estudio tan talentosos»,—escribe ella38.
En el período en que se reunían materiales sobre la labor entre los obreros de las sociedades educativas prerrevolucionarias y de las escuelas obreras, Nadezhda Konstantínovna
38 N. K. Krúpskaya, Trabajo de educación político-ideológica, Gospedizdat, 1932, pág. 30.
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advierte a Praskovia Frántsevna contra una caracterización incorrecta de estas escuelas. «El asunto es que usted sabe que las escuelas no eran un centro puramente cultural. Esto se ve claro en los recuerdos, pero no queda clara la lucha que se desarrollaba en la escuela entre el profesorado por la orientación. En mis tiempos se libraba una lucha contra el tolstoísmo,
y en una medida aún mayor contra el liberalismo…»
En 1939, Praskovia Frántsevna Kudelli, con motivo de la muerte de Nadezhda Konstantínovna Krúpskaya, escribe en el periódico «Chispas Leninistas» un artículo profundamente sentido titulado «Pérdida irreparable», donde recuerda el comienzo de su relación con la joven de 20 años Nadezhda Krúpskaya, sus encuentros con ella en los turbulentos días de la revolución de 1905, y su prolongada correspondencia, tanto ilegal como legal, con Nadezhda Konstantínovna.
La amistad de Praskovia Frántsevna con la familia de Vladímir Ilich Lenin fue la amistad de personas profundamente ideológicas, unidas por un mismo objetivo, por una misma aspiración elevada, cuya realización dedicaron toda su vida.
Praskovia Frántsevna Kudelli gozaba de un merecido amor y reconocimiento por parte de la organización del partido de Leningrado, en cuyas filas pasó la mayor parte de su vida, asícomo de las amplias masas trabajadoras de Leningrado. El día del 75.º aniversario de Praskovia Frántsevna, el 24 de noviembre de 1934, los habitantes de Leningrado homenajearon a su querida propagandista, incansable trabajadora del partido.
Al homenaje asistieron representantes de las organizaciones distritales de Leningrado, antiguos alumnos de Praskovia Frántsevna, representantes de la vieja guardia bolchevique, jóvenes y pioneros. Las direcciones de saludo entregadas a P. F. Kudelli por numerosas
organizaciones estaban llenas de profunda gratitud hacia la más veterana bolchevique, que dedicó toda su vida al servicio del pueblo.
Hasta los últimos días de su vida, Praskovia Frántsevna Kudelli fue una incansable propagandista de las ideas del marxismo-leninismo, una luchadora por el luminoso futuro de la humanidad. En los días de duras pruebas de la Gran Guerra Patria y del sitio de Leningrado, Praskovia Frántsevna pronunciaba conferencias en hospitales y escuelas, mantenía contacto con destacamentos de pioneros, sobre los cuales ejercía constantemente su tutela.
A la luz de una lámpara humeante, en una habitación sin calefacción, escribió el artículo que le había sido encargado, «Lenin y la clase obrera», artículo que quedó sin terminar. Postrada en 1944 en una cama de hospital, Praskovia Frántsevna reunía a su alrededor a los enfermos que podían caminar y compartía con ellos recuerdos sobre Lenin. Vivía la vida del país; todo lo que ocurría en él le interesaba.
Dos meses antes de su muerte recibí de ella una carta en la que preguntaba:
«Probablemente sigues trabajando en la editorial. ¿A qué está dirigida ahora vuestra atención?... Oí de alguien que están ocupados en la elaboración de recopilaciones de citas de los clásicos rusos sobre el amor a la patria y el patriotismo. ¿Es así? En general, es interesante saber en qué trabajáis ahora. ¿Cómo es ahora la vida en Moscú?»
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Entre Praskovia Frántsevna y yo existió una gran amistad, que se prolongó durante casi toda nuestra vida. Ella fue siempre una camarada fiel, una amiga sensible, con un alma abierta y tierna.
Praskovia Frántsevna Kudelli murió el 26 de mayo de 1944, a los 85 años.
En la plaza Comunista del cementerio Serafímovskoe, en Nueva Derevnia, en Leningrado, sobre la tumba de Praskovia Frántsevna Kudelli se levanta un obelisco de mármol rosado con la inscripción:
Al miembro más antiguo del PC(b) de la URSS PRASKOVIA FRÁNTSEVNA KUDELLI
20.X.1859–26.V.1944
Detrás de esta lacónica inscripción se oculta una vida grande y plena, vivida para el pueblo.
PRASKOVIA FRANTSEVNA KUDELLI
CLAUDIA IVÁNOVNA NIKOLÁEVA
L. KARASEVA
El viejo Petersburgo zarista. No lejos de la avenida Nevski, en el callejón Leshtukov, en el sótano de la casa Nº 10, vivía la lavandera Nikoláeva. En 1893 nació su hija Claudia.
Desde la mañana hasta la noche agotadora, la madre lavaba ropa para otras personas, pero no podía mantener a la familia. El padre—peón no calificado—con frecuencia estaba sin trabajo. Cuatro hijos—un varón y tres hijas—vivían en constantes privaciones. A los ocho años Claudia empezó a ganar dinero; su madre la colocó como niñera por cincuenta kopeks al mes.
En invierno, Claudia le rogó a su madre que la dejara ir a la escuela, a la que asistió durante cuatro inviernos; su hermana menor Anna estudió aún menos. No había con qué vivir, y la madre colocó a las hijas a trabajar en una imprenta, donde recibían treinta kopeks al día.
El 9 de enero de 1905, Claudia fue con las obreras a la plaza del Palacio de Invierno y vio cómo disparaban contra los trabajadores, y escuchó sus gemidos.
Los obreros mayores atraían a Claudia a las reuniones, donde ella escuchaba atentamente lo que se decía allí sobre la lucha contra los patronos.
Cada día Claudia leía más y más. Un interés especial despertaba en ella los folletos que la policía secreta zarista confiscaba durante las redadas en la imprenta. Una enorme impresión de la arbitrariedad produjo en la joven el folleto de V. Liebknecht «Arañas y moscas». Poco a poco, Claudia empezó a ayudar a los obreros a esconder literatura prohibida, participaba en la distribución de panfletos. La joven se sentía orgullosa de tales encargos y se esforzaba por cumplirlos bien en todo momento.
La hermana mayor de Claudia, María, estaba casada con el obrero de imprenta Alexéi Ermolaev. Este era un viejo militante clandestino. Él fue involucrando a Claudia en el trabajo del partido y, en cierta ocasión, la llevó a una reunión conspirativa de los bolcheviques. Al regresar a casa, notaron que los estaban vigilando. Se separaron y tomaron direcciones distintas. Alexéi logró despistar a los perseguidores y desaparecer. Claudia, en cambio, se apresuró a llegar a casa para esconder cuanto antes un paquete de proclamas que había recibido para distribuir.
Apenas había escondido las hojas cuando irrumpió la policía. Comenzó el registro; no encontraron las proclamas ni, en general, nada prohibido, sin embargo, Claudia fue arrestada y, junto con otros camaradas detenidos esa misma noche, enviada al castillo Lituano. Esto ocurrió en 1908. También detuvieron a Alexéi Ermolaev. Lo encarcelaron en Kresty, donde tres semanas después murió de tuberculosis de garganta.
En la celda común del castillo-prisión, Claudia decidió firmemente que su camino sería la lucha contra la autocracia zarista y el capitalismo. En la cárcel, de algún modo, maduró de inmediato y, al salir, se entregó con mayor actividad al trabajo clandestino.
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En 1909 ingresó en el partido y pronto se convirtió en organizadora de obreras y agitadora de masas. La querían por su franqueza y valentía, por su sencillez y su cordialidad.
Para agrupar a las trabajadoras, en Petersburgo se creó una organización legal llamada«Sociedad de ayuda mutua a las obreras». Claudia Nikoláeva participó activamente en esta
organización. Junto con otros bolcheviques realizaba allí trabajo ilegal del partido, atraía a las obreras a los sindicatos y a las más avanzadas, también al partido.
Claudia participaba igualmente de manera activa en las actividades culturales generales de la sociedad. Poseía una voz agradable y profunda; cantaba en el coro y también le gustaba cantar sola.
Las obreras de Petersburgo conocían bien a Claudia Nikoláeva. Sabía hablarles con pasión y sencillez sobre la suerte de la clase obrera, despertar en ellas el odio hacia los capitalistas. Sin importar su edad, esta joven durante las huelgas se mostraba firme e inflexible. Por ejemplo, llevó una lucha decidida contra las feministas (las partidarias de la igualdad de derechos), explicando a las obreras la esencia burguesa de ese movimiento. Comenzó la lucha contra las «igualitaristas» desde muy joven. «Recuerdo que todavía era una muchacha—decía K. Nikoláeva—,las “igualitaristas” trataban de inculcarnos su idea de libertad y de igualdad de derechos. Aquello nos era ajeno; no teníamos el mismo camino que las damas burguesas. Nosotras, las obreras, luchábamos por mejorar nuestra situación económica y política, luchábamos contra el capitalismo. La lucha de las obreras estaba estrechamente ligada a la lucha de toda la clase trabajadora».
En diciembre de 1908, cuando las feministas convocaron el Congreso femenino de toda Rusia, Claudia Nikoláeva, junto con otras obreras, fue elegida para asistir a este congreso y, por encargo del Comité de Petrogrado, intervino sobre la cuestión de la situación del trabajo femenino en las fábricas, en las imprentas y en la pequeña industria artesanal.
Cuando el congreso pasó a tratar la cuestión de crear una organización «femenina general», supuestamente «ajena a las clases», pero en realidad burguesa, el grupo de obreras, entre ellas Claudia Nikoláeva, presentó una declaración propia y abandonó el «congreso de damas», subrayando la absoluta inadmisibilidad de organizar a las obreras en un bloque junto con las igualitaristas burguesas.
En 1911, Claudia Nikoláeva, siendo secretaria de un club obrero, participó activamente en las huelgas que se extendieron como una ola por las empresas de Petersburgo. Comenzaron las represiones. Claudia fue arrestada y desterrada a la provincia de Vólogda, a la ciudad de Veliki Ustiug. En medio de ventiscas y fuertes heladas, marchó por etapas hasta Vólogda pasando por cárceles de tránsito. En Vólogda le dieron un carro y en un trineo abierto la llevaron a la jefatura de policía de Veliki Ustiug. Allí le señalaron una vivienda. El dueño le destinó una pequeña habitación bajo el mismo techo de la casa. En ese momento, Claudia Ivánovna Nikoláeva tenía solamente 18 años.
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Al día siguiente conoció a un deportado que vivía en la misma casa. Era P. A. Dzhaparidze, uno de los dirigentes de los bolcheviques de Bakú. Marxista formado, él ejerció una gran influencia en la formación de la concepción marxista del mundo de la joven revolucionaria.
Claudia sentía una atracción irresistible hacia el colectivo obrero. En la ciudad había una fábrica de lino Krasavinskaya, pero a los deportados políticos se les prohibía trabajar. Sin embargo, logró establecer contacto con las obreras más avanzadas de esa fábrica, y cada conversación con ellas la utilizaba para despertar su conciencia de clase.
Los deportados se ayudaban unos a otros, aprendían unos de otros. Los camaradas de Petersburgo tampoco olvidaban a Claudia, y le enviaban cartas o paquetes colectivos. Durante el destierro, Claudia estudió con gran empeño. Elena Alexéievna Leóntieva, que cumplía el destierro al mismo tiempo que Claudia, contaba:
«Durante los tres años de destierro, nuestra Claudia terminó el programa de la escuela secundaria y estudió el idioma francés. Era muy capaz, y un estudiante deportado, expulsado de la Universidad de Petersburgo, decía entonces que ella era tan perseverante en alcanzar el objetivo que se proponía, que podía completar aquí mismo el programa universitario. En el círculo de los deportados empezó a intervenir como una verdadera
oradora, y en las discusiones con los mencheviques demostraba una amplia cultura».
En 1913 terminó el período de destierro de Claudia Nikoláeva, y la policía le permitióregresar a Petersburgo desde Veliki Ustiug, provincia de Vólogda. En el destierro había nacido su hijo, y regresó con el niño de medio año. De paso, Claudia Ivánovna se detuvo en Vólogda, donde en aquel momento se encontraba María Ilyínichna Uliánova, y recibió de ella una carta para Anna Ilyínichna.
En Petersburgo, Claudia Ivánovna trabajó en el distrito de Viborg, en la caja hospitalaria de la fábrica Baranovski. Vivía con su hermana en la isla Vasílievski. Desde el momento de la llegada de Claudia, los gendarmes vigilaban su vivienda. Los espías seguían a Claudia paso a paso. Esto se volvió insoportable, y las hermanas cambiaron de apartamento. Se trasladaron al suburbio, a Nueva Derevnia.
El 8 de marzo de 1914, el Comité de Petersburgo designó a Claudia Ivánovna como ponente en la sociedad «Cultura y vida», pero la policía se enteró de ello y la arrestaron. Las obreras reunidas, al no esperar a la conferencista, salieron demostrativamente del salón
y, cantando «Renunciemos al viejo mundo…», marcharon por la avenida Nevski. Alguien ató a un bastón un pañuelo rojo de gasa y lo levantó como si fuera una bandera.
Y Claudia Ivánovna, en ese momento, estaba sentada en la cárcel. Desde la celda vecina golpeaban la pared, pero ella todavía no conocía el alfabeto carcelario. Los sonidos se deshacían en un golpeteo fino contra los muros de piedra y le provocaban irritación y una angustiosa tristeza. Quien golpeaba era la vieja bolchevique Fedosia Ilyínichna Drábkina, que estaba en la celda contigua.
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En la prisión, Claudia Ivánovna pasó tres meses y, después de ser liberada, volvió a incorporarse al trabajo del partido. Organizaba la colecta de dinero para la prensa del partido, reunía notas sobre la vida obrera.
Pronto comenzó la guerra, y Claudia llevó a cabo una gran labor de agitación explicando su carácter depredador e imperialista.
En 1915, Claudia Ivánovna fue arrestada nuevamente. La desterraron a la lejana Siberia, al pueblo de Kazáchinskoye, en la provincia de Yeniséi, adonde fue con su hijo de dos años. Allí, continuó la propaganda revolucionaria y por ello fue trasladada por etapas a la prisión de Yeniséi. Con el niño se encontró en condiciones muy duras. En invierno, en la celda hacía un frío terrible; las paredes se cubrían con una capa de hielo. La alimentación era pésima. La gente se congelaba, moría de hambre y de escorbuto.
Solo la Revolución de Febrero la salvó a ella y a su hijo de aquella situación espantosa. Regresó a su querido Petersburgo junto con un grupo de deportados, recorriendo un enorme camino sobre el hielo del Yeniséi, que estaba a punto de romperse. En Petersburgo se puso inmediatamente en contacto con la organización bolchevique y se incorporó al trabajo de agitación y propaganda. Lenin aún no estaba en Petersburgo, y todos esperaban su regreso del exilio.
El 3 de abril, Claudia Ivánovna estuvo en la estación Finlandia y participó en la recepción de Lenin; escuchó su histórico discurso, en el que llamó al pueblo a la revolución socialista. Poco después de la Revolución de Febrero, el Comité Central del partido bolchevique reanudó la publicación de la revista «Rabótnitsa» (La Obrera). Su redactora fue Claudia Nikoláeva. La revista se convirtió en un verdadero organizador colectivo de las mujeres trabajadoras, reuniendo a su alrededor cada día a más y más obreras.
En los días de julio, en la revista «Rabótnitsa» fue publicado el famoso artículo de Lenin«Tres crisis». En los días de la insurrección de Octubre, Nikoláeva trabajó en el 2.º distrito urbano. Siempre estuvo estrechamente vinculada con las masas populares, siendo una destacada organizadora y agitadora.
En varias ocasiones, Claudia Ivánovna se reunió con V. I. Lenin, y esos encuentros quedaron en su memoria para toda la vida.
Uno de esos encuentros tuvo lugar en noviembre de 1917, cuando Claudia Nikoláeva, junto con otros delegados de la I Conferencia de Obreras de Petrogrado, fue recibida por V. I. Lenin y le transmitió la garantía de las obreras de Petrogrado de apoyar sin reservas al joven poder soviético.
Después de la Revolución de Octubre, las capacidades de Claudia Nikoláeva se desplegaron plenamente. Trabajó incansablemente en medio del proletariado. Cuando hablaba en las asambleas obreras, se transformaba. La energía y la voluntad inflexible,
ocultas en la naturaleza original de esta mujer rusa, se transmitían a los demás. No era raro que, después de sus intervenciones, todos los participantes de la reunión fueran a cavar trincheras, cortar leña para las fábricas, o construir vías férreas estrechas.
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Cuando bandas de Yudénich amenazaban al Petrogrado rojo, Claudia Nikoláeva trabajaba en el 2.º distrito urbano, en el cuartel general del tribunal revolucionario. Con su participación fue creado un destacamento de combate formado por cientos de obreras. Una parte de ellas, después de recibir instrucción militar, fue enviada al frente. Las demás prestaban servicio vigilando instituciones estatales, cavaban trincheras, construían barricadas y rodeaban Petrogrado con alambre de púas.
En 1918, K. Nikoláeva fue una de las dirigentes del primer Congreso de toda Rusia de
obreras y campesinas, en el que estuvieron presentes 1147 delegadas de fábricas, talleres y de la pobreza rural. Las participantes del congreso entraban con timidez en el Salón de las Columnas de la Casa de los Sindicatos. K. Nikoláeva las recibía con afecto, procurando sentar más cerca del presidium a las que habían llegado desde lugares lejanos. La delegación de las obreras de Petrogrado llegó de manera organizada, con una bandera roja, y fue recibida con alegría y cordialidad.
En el segundo día del congreso, desde el presidium se anunció que dentro de unos minutos llegaría al congreso V. I. Lenin. ¡A dónde desapareció la timidez de las que habían llegado desde lugares remotos! Inmediatamente, se dirigieron hacia el mismo presidium. K. I. Nikoláeva dijo que no todas conocían a Vladímir Ilich y que, por eso, en cuanto él entrara, ella levantaría un ramo de flores que A. M. Kollontái había puesto sobre la mesa del presidium. Pero nada de esto pudo hacerse. Mientras ella se ponía de acuerdo con las delegadas, entró Vladímir Ilich.
La sala estalló al instante en aplausos y exclamaciones entusiastas: «¡Viva el camarada Lenin!» Las mujeres rodearon la tribuna, extendían las manos hacia Lenin, gritaban algo. Todos se pusieron de pie. Claudia Ivánovna comenzó a cantar La Internacional. Las delegadas la siguieron, y como una ola de resaca, dentro de las paredes del salón resonaron las palabras del himno proletario.
Vladímir Ilich habló de que la experiencia de todos los movimientos de liberación demuestra que el éxito de la revolución depende de hasta qué punto participan en ella las mujeres, de que no puede haber una revolución socialista si ellas no toman parte en ella, y de que el poder soviético hace todo lo posible por la liberación de la mujer.
Las delegadas, conteniendo la respiración, escuchaban a Lenin, que les señalaba el camino hacia una nueva vida y abría ante ellas maravillosas perspectivas.
La gran actividad social y partidaria de Claudia Nikoláeva la combinaba con el trabajo en la producción. Trabajaba en una máquina en la fábrica «Triángulo» y al mismo tiempo dirigía el departamento de agitación y propaganda del Comité de Petersburgo del partido.
Un lugar importante en su actividad social lo ocupaba la organización de la asistencia social y de las instituciones infantiles en Petrogrado, el Partido valoraba altamente la actividad partidaria y social de Claudia Ivánovna, y en el XIII Congreso fue elegida miembro del Comité Central, perteneciendo en este hasta el final de su vida. Después del XIII Congreso
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fue puesta al frente del departamento de trabajo entre las mujeres del Comité Central del partido. En relación con esto, tuvo que trasladarse de Leningrado a Moscú.
En 1924, K. I. Nikoláeva participó en la Tercera Conferencia Internacional de Mujeres Comunistas en Berlín y presentó un informe en nombre de la delegación de la Unión Soviética. A su regreso escribió varios artículos sobre esta conferencia.
Nikoláeva intervenía con frecuencia en periódicos y revistas con apasionados artículos políticos, en los que denunciaba las deficiencias y llamaba a luchar contra ellas. También escribió numerosos folletos. Sus temas eran muy variados, pero siempre actuales: sobre la cultura, los sindicatos, el trabajo entre las mujeres, etc. En su casa, sobre el escritorio, siempre había pruebas de imprenta de artículos, correcciones de sus folletos o la maqueta de la revista «Rabótnitsa», con la que estuvo vinculada hasta el final de su vida.
Durante toda su vida, Claudia Ivánovna se mantuvo firme en sus principios, directa y sincera. A veces era severa, pero por la verdad y la honestidad bolchevique nunca faltó a su conciencia. Cuando se equivocaba, sabía reconocer su error y corregirlo rápidamente. Así, K. I. Nikoláeva rompió decididamente, después del XIV Congreso del partido, con la
oposición antipartido de Leningrado, a la que durante algún tiempo había apoyado. Viviócon gran pesar el error político que había cometido.
Después del XIV Congreso, pidió al Comité Central que la enviara a los cursos de marxismo-leninismo, y su petición fue concedida. Al terminar los cursos, en 1928, el partido la envió a trabajar en el comité regional del Norte del Cáucaso, donde realizó una gran labor en la preparación de la colectivización del campo y en la lucha contra los kulaks. Aquí se manifestó con especial fuerza su carácter enérgico y su experiencia partidaria.
En el XVI Congreso del partido, Claudia Ivánovna intervino como secretaria del comitéregional del Norte del Cáucaso. Habló sobre las perspectivas del desarrollo socialista, de la construcción socialista y de la lucha por la firmeza inquebrantable de los fundamentos y principios leninistas en el trabajo del partido.
Más tarde, K. I. Nikoláeva fue jefa del departamento de agitación y trabajo de masas del Comité Central del partido. Viajaba con frecuencia por distritos, regiones, territorios y repúblicas, ocupándose directamente de las cuestiones de la construcción socialista.
Por su trabajo abnegado, K. I. Nikoláeva fue condecorada en 1933 con la Orden de Lenin. En el XVII Congreso del partido, K. I. Nikoláeva intervino como segunda secretaria del
comité regional de Siberia Occidental. En su intervención habló de los nuevos y jóvenes cuadros de la clase obrera que habían llegado a la industria, a las minas de carbón de la cuenca de Kuznetsk, a los talleres del complejo químico de Kémerovo, habló de la planta metalúrgica Stalin, donde habían crecido personas notables que daban excelentes ejemplos de trabajo productivo y de actividad social y política.
Se detuvo especialmente en el crecimiento de los cuadros femeninos y en su promoción a cargos de dirección, subrayando que las obreras en la producción, en su gran mayoría, ya
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no eran auxiliares, sino trabajadoras calificadas independientes, que habían crecido hasta convertirse en una gran fuerza y debían ocupar el lugar que les correspondía tanto en la industria como en la agricultura.
Después del XVII Congreso del partido, el Comité Central envió a K. I. Nikoláeva a la región industrial de Ivánovo, donde trabajó como segunda secretaria del comité regional. Allí desplegó una gran labor entre los trabajadores textiles, cuya mayoría eran mujeres.
Desde 1936, K. I. Nikoláeva fue secretaria del Consejo Central de los Sindicatos de toda la Unión. Estricta y exigente consigo misma y con los demás, abordaba cualquier tarea con espíritu de partido; era firme e inflexible cuando se trataba de los intereses de los trabajadores. Más de una vez me tocó ver y oír cómo sabía golpear con palabras precisas y agudas a los egoístas y burócratas, a los holgazanes y aduladores. Nunca temía estropear las relaciones y, sin mirar a las personas, mencionaba abiertamente en sus intervenciones los apellidos y cargos de aquellos a quienes criticaba, citaba hechos de conducta indigna y fustigaba sin piedad a los culpables.
¡Y cómo le tocaba a quien intentaba echar la culpa a otros o difamar a una persona honesta! En tales casos, literalmente se enfurecía.
Nikoláeva valoraba profundamente el pensamiento colectivo y, al elaborar uno u otro documento, atraía a personas competentes, escuchaba con gusto sus observaciones y sabía generalizar hábilmente las propuestas.
El trabajo y el servicio al pueblo constituían la base de su vida. Trabajaba con total entrega, sin escatimar ni fuerzas ni tiempo.—Hay que saber fundir la propia vida con la vida social. Y la vida personal se enriquece cuando la causa común se convierte, por así decirlo, en la propia vida—decía ella. Siendo coherente con esto vivía de manera sencilla y modesta.
Agitadora por naturaleza, Claudia Ivánovna hablaba con sencillez, pero sus discursos siempre respiraban un espíritu combativo y apasionado, lleno de fuego convocador.
Estaba estrechamente unida al pueblo. Visitaba constantemente asambleas obreras, iba a los dormitorios de los trabajadores, a los clubes y palacios de cultura de las fábricas, a instituciones infantiles. La conocían no solo los obreros y las obreras, sino también las esposas de los trabajadores y sus hijos.
Elegida diputada del Sóviet Supremo de la URSS, pasó a ser miembro del Presídium del Sóviet Supremo y encabezó la comisión presupuestaria.
Durante los años de la Gran Guerra Patria, hablaba con frecuencia ante soldados y comandantes. Sus brillantes y notables discursos los inspiraban a realizar hazañas en combate. En más de una ocasión estuvo en la primera línea, conversaba con los combatientes, les entregaba regalos de los sindicatos, cartas de obreras y obreros, de pioneros y escolares.
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Visitaba regularmente las empresas. Hablaba a menudo ante los trabajadores, llamándolos al trabajo abnegado en nombre de la victoria sobre el enemigo. Los obreros y las obreras la recibían con cálido y sincero afecto, y compartían con ella de buen grado sus pensamientos y sentimientos más íntimos.
Se comportaba con sencillez, de manera camaraderil; nunca fingía, no embellecía la situación ni ocultaba las dificultades. Y precisamente esta sinceridad y franqueza era lo que los trabajadores apreciaban especialmente en ella. Cuando Claudia Ivánovna llegaba a una fábrica o a una planta, a menudo pasaba horas recorriendo los talleres; no se limitaba a reunirse con los dirigentes de la empresa ni a intervenir en una asamblea. Conversaba con los obreros, se asomaba al comedor, al baño, al dormitorio colectivo. Si descubría algún hecho escandaloso, irrumpía como un torbellino en el despacho del secretario del comitédel partido o del director de la fábrica. Y el culpable sabía que no le iría nada bien.
—¿Con qué estás alimentando hoy a los obreros de la fábrica, camarada director? —preguntaba ella.
—Puede probar, Claudia Ivánovna, ahora mismo llamaré al comedor para que traigan el almuerzo.
—No llames, ya lo he probado. Pero tú, ¿lo has probado alguna vez?
Y comenzaba entonces una seria reprimenda por la mala calidad de la comida.
En cierta ocasión, en una reunión del secretariado del Consejo Central de los Sindicatos de toda la Unión, se discutía la cuestión del cumplimiento de los convenios colectivos; informaba el presidente del comité sindical de una gran fábrica. A la reunión fueron invitados el director de la empresa, representantes del ministerio, e incluso llegó el ministro. En el debate intervino Claudia Ivánovna. Criticó duramente a la dirección de la fábrica por su actitud negligente hacia las necesidades cotidianas de los trabajadores.
—No miraré ni los cargos ni los méritos y plantearé la cuestión sobre aquellos que no cumplen debidamente las indicaciones del partido y del gobierno—decía con vehemencia.
Y todos sabían que Nikoláeva no hablaba en vano: haría exactamente lo que decía.
Cuando el enemigo amenazaba Moscú, K. I. Nikoláeva participó en el trabajo de evacuación de las empresas hacia las regiones orientales del país y dirigió la labor de los sindicatos en el envío de niños a la retaguardia profunda.
Claudia Ivánovna fue iniciadora del envío al frente de un tren de baños, lavandería y desinfección, organizado con fondos de los sindicatos. Este tren estaba equipado con biblioteca-sala de lectura, sala de descanso, peluquería y lavandería mecánica, su capacidad de atención alcanzaba hasta dos mil personas al día. Era un valioso regalo de los sindicatos para el frente.
Durante la guerra, Claudia Ivánovna hizo mucho por los niños, a quienes quería profundamente. Ayudaba a restablecer los vínculos de los niños con sus padres, participaba en la organización de comedores infantiles, internados y del patrocinio sobre las instituciones para niños. Con su participación se crearon fondos de ayuda para los niños
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que habían quedado desamparados por la guerra y para las familias de los defensores de la patria.
¡Y cómo sabía hablar con ellos! Tenía un don especial de pedagoga y educadora.
Claudia Ivánovna participaba muy activamente en la organización de los árboles de Año Nuevo para los niños. Incluso en los duros tiempos de la guerra, en vísperas del Año Nuevo se encendían las luces de los árboles festivos para los hijos de obreros y empleados en los clubes sindicales de la inmensa Unión Soviética.
En 1942, K. Nikoláeva viajó con la primera delegación de los sindicatos soviéticos a Inglaterra, donde visitó empresas en varias ciudades, y al regresar a Moscú compartió en asambleas obreras sus impresiones del viaje. Sobre la estancia de la delegación sindical soviética en Inglaterra y la visita a una de las fábricas, una revista inglesa publicó un artículo con fotografías dedicadas a esta visita. He aquí algunas líneas características:
«El miembro más destacado de la delegación rusa es una mujer: Nikoláeva… Es una típica mujer rusa, de estatura media, fuerte, de rostro redondo, con el cabello recogido en una
trenza enrollada… Si la miraran de pasada, nunca pensarían que esta sencilla mujer con un vestido modesto es una de las dirigentes del movimiento sindical soviético, que cuenta con 28 millones de miembros. Nunca podrían imaginar que es diputada del Sóviet Supremo (el parlamento ruso) y miembro de la Comisión Estatal de Presupuesto, que se ocupa de todos los asuntos financieros de la Unión Soviética. Hasta que no vean su rostro iluminado cuando observa el trabajo de un obrero calificado de la industria mecánica, hasta que no escuchen uno de sus discursos electrizantes desde lo alto de una tribuna, su voz dominando el estruendo de los martillos y los taladros, no podrán comprender que se encuentran en presencia de una personalidad fuerte, uno de los dirigentes del movimiento obrero de
nuestro tiempo… En la calle la tomarían por una simple ama de casa. Cuando empieza a
hablar, se transforma por completo…Los obreros ingleses de la fundición de hierro saludan
con entusiasmo a Nikoláeva…»
Llena de energía, K. Nikoláeva con frecuencia tomaba la iniciativa en asuntos que estaban lejos de sus obligaciones directas. Así, por ejemplo, en los años de la guerra, por su iniciativa se organizó una exposición con el tema: «La mujer soviética en la Guerra Patria».
—Por las salas de la Casa de los Sindicatos pasarán cientos de miles de mujeres—decía ella—, y nuestra exposición tendrá un gran significado político.
La exposición «La mujer soviética en la Guerra Patria» se inauguró en mayo de 1944. Ocupaba tres enormes salas, en las que documentos históricos, fotografías, paneles coloridos, montajes con efectos luminosos, cuadros de destacados artistas y obras escultóricas mostraban vívidamente las hazañas militares y el trabajo abnegado de las mujeres del país socialista. La exposición fue visitada por cientos de miles de hombres y mujeres, que dejaron muchas anotaciones conmovedoras en el libro de visitas.
Muchísimas mujeres escribían cartas a Claudia Ivánovna y acudían a verla no solo a su trabajo, sino también a su casa. Veían en ella a una persona cercana, con la que se podía
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pedir consejo o simplemente desahogarse. Amaba la vida, amaba a la gente enérgica, y entre ellos parecía volverse completamente joven.
Claudia Ivánovna soñaba con publicar una serie de folletos sobre las mujeres, pero solo logró editar unos pocos. Pensaba escribir un gran libro sobre los sindicatos en la Guerra Patria y ya había preparado un borrador, pero no logró terminarlo. Una grave enfermedad la postró en cama. Durante la enfermedad, sintiendo la cercanía de la muerte, escribió una carta a su hijo y a su familia. En ella están expresados los sentimientos más profundos de Claudia Ivánovna, que conservó durante toda su vida.
«Queridos, amados Katia, Yurusia, Natashenka: Es difícil medir a quién amo más. Creo que, a Natasha, porque es pequeña. De ustedes depende su futuro. Por lo tanto, ambos deben crear una vida que, ante todo, sea útil para nuestro Estado soviético. Y para ello es necesario amar firmemente y por encima de todo en el mundo al partido de los
bolcheviques…La fuerza del país, la fuerza del hombre, consiste en que las personas están unidas por ideas y luchan por ellas, y esas ideas se las da la doctrina del marxismo-
leninismo… Estudien y enseñen a otros. Trabajen constantemente sobre ustedes mismos. Estudien las obras de Lenin, la historia de nuestro partido bolchevique. Marchen siempre junto al partido, en sus gloriosas filas.
Cuiden y quieran a Natashenka, mi pequeña palomita. Sean fieles en todo a la causa de su patria. Trabajen honestamente. Nunca engañen a otros y no permitan que los engañen.Ámense unos a otros. Quieran y cuiden a Natasha. Los beso y los abrazo muy, muy fuerte a los tres: a Yurusya, a Katyusha y a Natasha. Mamá».
El 28 de diciembre de 1944, falleció. En el año 51 de una vida fuerte y hermosa dejó de latir el corazón de Claudia Ivánovna Nikoláeva, «destacada figura del Estado soviético, antigua miembro del Partido Comunista, importante dirigente del movimiento sindical, conocida por todo el país»,—escribía sobre ella el periódico Pravda.
El 30 de diciembre, los trabajadores de Moscú acudieron en un incesante flujo hacia la Plaza Roja para rendir el último homenaje a Claudia Nikoláeva, cuya vida fue un ejemplo brillante y noble de entrega total al servicio de la patria.
CLAUDIA IVÁNOVNA NIKOLÁEVA
CONCORDIA NIKOLÁIEVNA SAMÓILOVA
V. PUTILOVSKAYA
En 1897, el estudiantado de San Petersburgo se vio profundamente conmocionado por un hecho trágico: en la fortaleza de Pedro y Pablo, la prisionera política M. F. Vétrova se rociócon queroseno, se prendió fuego y murió entre sufrimientos inhumanos.
La noticia de lo ocurrido impresionó especialmente a las alumnas de los Cursos Superiores Femeninos, donde M. F. Vétrova había estudiado antes de su arresto. Ellas decidieron dirigirse a todo el estudiantado de San Petersburgo con la propuesta de organizar una manifestación de protesta. Con este propósito se celebró una asamblea estudiantil en una de las aulas. Hubo discursos emocionados, discusiones. Después de que una de las estudiantes se pronunciara en contra de la manifestación, subió a la tribuna una joven alta y modesta, a quien antes casi nadie conocía.
En sus mejillas ardía un vivo rubor, y sus ojos castaños miraban de frente y con decisión. Con voz fuerte y emocionada pronunció un ardiente discurso a favor de la manifestación, en el que se unieron la ira, la noble indignación y el odio a la tiranía. Su discurso produjo una fuerte impresión. Las alumnas decidieron organizar la manifestación.
Aquella joven era Concordia Grómova, quien más tarde se convirtió en una importante trabajadora del partido, una de las organizadoras y dirigentes del movimiento revolucionario de las mujeres trabajadoras: la conocida Concordia Nikoláievna Samóilova.
Concordia Nikoláievna vivió una vida corta; murió a los cuarenta y cinco años, en la plenitud de sus fuerzas. Pero su vida estuvo colmada hasta el límite de una actividad ardiente, cuyo sentido y objetivo fue servir al pueblo. Recorrió un camino lleno de peligros, adversidades y privaciones. Fue arrestada cinco veces, estuvo en destierro bajo el régimen zarista y en repetidas ocasiones vivió bajo vigilancia policial.
Fue participante activa en las tres revoluciones en Rusia. Los bolcheviques de las
organizaciones clandestinas de Tver, Ekaterinoslav, Nikolaev, Odesa, Rostov del Don, Lugansk, Bakú, Petrogrado y Moscú la conocían bien, y después de la revolución la conocieron también las amplias masas de obreros, obreras y campesinas de toda la Unión Soviética.
K. N. Samóilova siempre aspiraba a estar en medio del pueblo.
«Concordia es una trabajadora de masas; ella vive y respira libremente solo en condiciones de amplio trabajo con las masas. No le gustaba el trabajo en el centro. Siempre quería ir a la provincia, al distrito, más cerca de los barrios obreros, más cerca de las chimeneas humeantes: allí estaba su elemento. Su figura fuerte, el brillo acerado de sus ojos abiertos, su voz firme y segura, la claridad y precisión de su mente hacían de ella una oradora de masas, muy querida por todos los que la conocían».
Así caracterizaba a Concordia Nikoláievna su amiga cercana, K. I. Nikoláeva.
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Marxista instruida, que comprendía profundamente la esencia revolucionaria del marxismo- leninismo, sabía hacer claros y accesibles para los obreros y obreras poco preparados incluso los problemas más complejos de la teoría, relacionando siempre las cuestiones teóricas difíciles con la vida práctica.
En los círculos clandestinos que dirigía, el pensamiento vivo latía y ardía. Sus discursos, artículos y folletos testimonian su profundo conocimiento de la vida obrera.
Enérgica, decidida, «tenaz siberiana», como la llamaban, profundamente principista, siempre se mantuvo firmemente en posiciones bolcheviques. Pasó toda su vida como una trabajadora incansable.
Como persona de pureza cristalina, de excepcional modestia y de total entrega a la causa del partido, Concordia Nikoláievna gozaba del merecido amor de los trabajadores.
***
Concordia Nikoláievna nació en Irkutsk en 1876, en la familia del sacerdote local Nikolái Grómov. En 1894 terminó el gimnasio femenino.
Aún en los años de estudio, Concordia, dotada por naturaleza de una mente inquisitiva y un corazón sensible, mucho más culta y capaz que muchas de sus compañeras, comenzó a reflexionar sobre las contradicciones de la realidad que la rodeaba.
Irkutsk —centro económico, administrativo y cultural de Siberia Oriental en los años noventa del siglo pasado— era una ciudad típica de comerciantes y funcionarios. Su población se dedicaba principalmente al comercio, al transporte con carros, a la pesca, a la explotación forestal y de leña, así como a los oficios artesanales. En la ciudad había muchas instituciones gubernamentales y un gran número de funcionarios.
La vida de los empresarios, comerciantes y funcionarios, subordinada al afán de lucro, a la codicia y al peculado—una vida de embriaguez, desenfreno y casi salvaje—era deformada y repugnante. Y la vida de los obreros, campesinos y artesanos era inmensamente dura. Todo esto lo veía Concordia y no podía reconciliarse con esa injusticia social.
En el alma juvenil de Concordia, exteriormente tan contenida y tranquila, todo se rebelaba contra la vida gris y cerrada a la que sus padres querían condenarla. Gran importancia en la formación de la concepción del mundo de las personas avanzadas de Siberia la tuvieron los deportados políticos. Por Siberia pasaron muchos luchadores por la libertad, desde Radíshchev y los decembristas, hasta llegar a los bolcheviques.
Bajo la influencia de los deportados políticos surgieron en Irkutsk los primeros círculos ilegales de «autoeducación», que tenían carácter revolucionario. Hasta los años noventa, en el destierro político predominaban los populistas (naródniki). En los años noventa llegan al destierro en Irkutsk los primeros marxistas. Comienza una aguda lucha ideológica entre dos corrientes opuestas.
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Los ecos de las discusiones y polémicas entre marxistas y populistas llegaron también a los círculos estudiantiles de «autoeducación» con los que estaba vinculada Grómova. En 1896, Concordia se convirtió en alumna de los Cursos Superiores Femeninos Bestúzhev en San Petersburgo. Como ya hemos visto, fue precisamente allí donde comenzó su actividad revolucionaria, con su intervención en una asamblea estudiantil.
Algunos años después de aquella primera intervención, el 16 de febrero de 1901, fue arrestada en una reunión de delegados estudiantiles, donde se discutía la continuación de la huelga estudiantil en protesta contra las «reglas provisionales» del gobierno sobre el envío al servicio militar de los estudiantes acusados de participar en «disturbios». En virtud de estas reglas inhumanas, el Ministerio de Instrucción Pública, en enero de 1901, envió al ejército a 183 estudiantes de la Universidad de Kiev.
Esto provocó una profunda agitación entre el estudiantado y comenzaron huelgas estudiantiles.
En el periódico «Iskra», en febrero de 1901, apareció un artículo de V. I. Lenin titulado «El envío al ejército de los 183 estudiantes», en el que se llamaba a todos los elementos conscientes a responder a este desafío, «si no quieren caer en la situación de esclavos mudos que soportan en silencio los ultrajes»39.
La reunión de delegados estudiantiles en la que fue arrestada K. Grómova estaba compuesta precisamente por tales elementos conscientes, que no querían reconciliarse con la ilegalidad y la arbitrariedad del gobierno zarista. Después del arresto de Concordia Grómova, se realizó un registro en su vivienda, durante el cual se incautaron un revólver y dos novelas prohibidas en aquel tiempo: «Andréi Kozhujov» de Stepniak-Kravchinski y«¿Quéhacer?»de Chernishevski.
Durante los interrogatorios se comportó con valentía y mostró gran ingenio. Con respecto al revólver, declaró que lo había traído desde Siberia y que lo llevaba consigo para protegerse durante el largo viaje que tuvo que hacer desde Irkutsk hasta San Petersburgo. Esta vez su ingenio la salvó: el caso fue cerrado y, después de tres meses, fue puesta en libertad. Sin embargo, tuvo que abandonar los Cursos Bestúzhev.
En 1902, Concordia Nikoláievna se trasladó a París. Esperaba obtener allí los conocimientos necesarios para continuar su actividad revolucionaria, hacia la cual se sentía apasionadamente atraída. En París, en aquel tiempo, profesores de orientación liberal y democrático-burguesa, encabezados por el profesor M. M. Kovalevski, organizaron la«Escuela Superior Rusa de Ciencias Sociales». Para impartir conferencias en esta escuela fue invitado también V. I. Lenin.
En sus conferencias sobre la cuestión agraria, V. I. Lenin exponía sus audaces puntos de vista, entonces completamente nuevos.
39 V. I. Lenin, Obras, t. 4, pág. 414.
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Estas conferencias fueron leídas por Lenin después de que, en marzo de 1899, saliera de imprenta su genial libro «El desarrollo del capitalismo en Rusia», que culminó la derrota ideológica del populismo.
Concordia Nikoláievna escuchaba con gran atención las conferencias de V. I. Lenin. Estas produjeron en ella una enorme impresión. Además, estudiaba con gran dedicación en cursos breves organizados en París para los propagandistas que partían hacia Rusia. Pasaba días enteros entre libros. Siempre ocupada, siempre concentrada.
Permaneció más de un año en París. Allí se definió definitivamente su concepción del mundo: se situó firmemente en las posiciones de Lenin, de las cuales nunca se apartó. Se convirtió en una consecuente partidaria de la «Iskra» leninista, que sentó las bases del partido proletario combativo y centralizado en Rusia.
En 1903, Concordia Nikoláievna regresó a la patria. Se dirigió a Tver, llevando una contraseña para el comité de Tver del POSDR (Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia). Tver fue elegida porque allí vivía su hermana mayor, casada con el inspector de un seminario religioso. Concordia Nikoláievna suponía que la vida en la casa de su hermana distraería la atención de la policía.
Al llegar a Tver, Concordia Nikoláievna acudió poco después a P. F. Kudelli, quien en aquel tiempo era miembro del comité del partido en Tver. Allí, Samóilova, bajo el seudónimo partidario «Vera», comenzó su labor como propagandista de la «Iskra»leninista. Organizaba círculos obreros, participaba en la redacción de proclamas y, al cabo de algún tiempo, fue incorporada al comité de Tver del POSDR.
Después del II Congreso del partido, ella se situó decididamente en las posiciones de la mayoría y luchó activamente contra los mencheviques. El trabajo partidario de Concordia Nikoláievna en Tver se interrumpió porque en uno de los círculos que ella dirigía se infiltróun provocador. Esto llegó a conocimiento del comité de Tver, y este dio la orden a «Vera»de marcharse.
En ese tiempo, en Tver fue asesinado un provocador desenmascarado, y la administración de gendarmería decidió que Concordia Nikoláievna, que había desaparecido de la ciudad, estaba implicada en ese asesinato. Comenzó su búsqueda. Pero Concordia Nikoláievna ya se encontraba en Ekaterinoslav, donde se sumergió por completo en el trabajo. Allí era propagandista y, al mismo tiempo, organizadora de una imprenta clandestina.
La administración de gendarmería de Tver no dejaba de buscarla y logró establecer el paradero de Concordia Nikoláievna. Todo el material sobre ella fue enviado a Ekaterinoslav. La policía secreta comenzó a reunir información sobre ella, como siempre, utilizando para ello a sus espías. Uno de ellos informó que debía celebrarse una reunión de un círculo socialdemócrata, en la cual hablaría alguno de los «serios activistas antigubernamentales».
Cuando la policía irrumpió en el apartamento donde debía realizarse la reunión del círculo, encontraron allí, entre un grupo de obreros, a Concordia Nikoláievna. Fue arrestada y
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trasladada a Tver. En la prisión provincial de Tver, permaneció encarcelada durante 14 meses, pero fue imposible demostrar su participación en el asesinato del provocador. Fue puesta en libertad bajo fianza y pronto se trasladó a Nikolaev, donde vivió bajo vigilancia policial.
En el país, entretanto, ya se desataba la primera revolución rusa. Concordia Grómova salióde Nikolaev hacia Odesa, donde la ola del movimiento revolucionario se había elevado especialmente. Llegó a Odesa en el momento en que un poderoso movimiento huelguístico se desplegaba por todo el país. Los obreros de Odesa se preparaban para una huelga general, se armaban para levantarse contra el zarismo.
Concordia Nikoláievna se encontró en medio del fuego de los acontecimientos revolucionarios. Pronunciaba ardientes discursos revolucionarios ante los obreros metalúrgicos, los canteros y los trabajadores del puerto. En la organización socialdemócrata de Odesa luchaba por la aplicación consecuente de la línea bolchevique y denunciaba las posiciones de los mencheviques.
En 1906, los bolcheviques, teniendo en cuenta el deseo de los obreros de establecer una dirección única para la lucha de las masas, se preparaban para un congreso de unificación del partido. Lenin preparaba resoluciones en las que se indicaba sobre qué base podía lograrse la unificación de bolcheviques y mencheviques, subrayando que no toda unión eraútil ni necesaria.
En la organización de Odesa, los bolcheviques se apresuraron con la unificación. Aceptaron unirse con los mencheviques sin esperar las decisiones del congreso y sin el consentimiento del Comité Central del partido. Concordia Nikoláievna, considerando que tal paso era incorrecto, declaró su salida de la organización de Odesa.
Se trasladó a Rostov del Don, pero allí fue arrestada poco después. La policía la detuvo directamente en la calle y la envió a prisión, donde permaneció cerca de tres meses. En agosto de 1906, fue desterrada a Vólogda. Pero pronto huyó a Moscú, donde comenzó a trabajar en la organización distrital de Moscú.
La vida de Concordia en ese período era muy difícil. No tenía ni siquiera vivienda propia. A veces no tenía dónde pasar la noche.
En Moscú pronto quedó bajo estrecha vigilancia policial y, para no caer en manos de la gendarmería, por indicación de la organización del partido se trasladó a Lugansk, uno de los centros obreros más importantes del Donbass. En Lugansk, Concordia Nikoláievna uniósu destino al de Arkadi Aleksándrovich Samóilov. De profesión abogado, él era un activo militante del partido y escritor. Profundos sentimientos de amor los unían, y el dolor de Concordia Nikoláievna fue inconsolable cuando él murió.
La organización bolchevique de Lugansk se preparaba para el V Congreso del partido, que tuvo lugar en abril-mayo de 1907 en Londres. Como delegados al congreso por Lugansk fueron elegidos K. E. Voroshílov, entonces obrero de la fábrica de Lugansk, y K. N. Samóilova.
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En el congreso participaron bajo los apellidos Antimekov y Bolshevíkova. En todas las cuestiones del congreso ambos apoyaron la línea de Lenin. Para no caer inmediatamente en manos de la policía después del congreso, Concordia Nikoláievna no regresó a Lugansk, sino que se dirigió a Járkov.
Deseaba mucho volver a Lugansk para informar a los obreros sobre el trabajo del congreso, pero K. E. Voroshílov, en una carta, le comunicó que la policía seguía interesándose por ella y que era peligroso ir a Lugansk.
Entonces Concordia Nikoláievna escribió a los obreros de Lugansk la siguiente carta:
«Después de consultarlo con los camaradas, Volodia40 me desaconsejó ir a Lugansk, porqueél mismo ya hizo el informe sobre el congreso, y yo no debo aparecer allí. Transmitan esto a todos los camaradas del distrito y que no se desanimen: que trabajen con más unión, y yo intentaré enviarles, en lugar mío, a un nuevo militante. Natasha».
Los obreros de Bakú conservaron un buen recuerdo de Concordia Nikoláievna, entre quienes trabajó desde 1907.
Comenzó el período de reacción. Trabajar se hacía cada vez más difícil. Para asistir a las reuniones de un círculo compuesto por cinco o diez personas, tenía que emprender largos recorridos por los campos petroleros, exponiéndose constantemente al peligro de ser detenida por la policía o la gendarmería.
Pronto los agentes secretos la descubrieron, y tuvo que trasladarse nuevamente a otro lugar. Le consiguieron un pasaporte a nombre de Ekaterina Vasílievna Nikologórskaya, y partióhacia San Petersburgo.
Los camaradas la recibieron con alegría. Rápidamente se incorporó al trabajo y pronto fue elegida miembro del comité de Petersburgo del partido. Pero la actividad de Concordia Nikoláievna allí duró poco tiempo.
El 1 de marzo de 1909 fue arrestada. Esto ocurrió en el Instituto Psiconeurológico, donde debía celebrarse una reunión del Comité. La policía se enteró de esta reunión por medio de la provocadora Serova. En el momento del arresto, Concordia Nikoláievna tuvo que decir su verdadero nombre para librar de problemas a Ekaterina Vasílievna Nikologórskaya, que vivía tranquilamente en el lado de Petersburgo. Concordia Nikoláievna declaró que el pasaporte de Nikologórskaya había llegado a sus manos por casualidad y que lo había utilizado para registrarse en Petersburgo, ya que pensaba ingresar en el Instituto Psiconeurológico.
Después de diez meses de prisión en el castillo Lituano, Samóilova fue liberada, pues no había pruebas directas contra ella.
Desde finales de 1912, Concordia Nikoláievna fue secretaria de «Pravda».
40 Seudónimo partidario de K. E. Voroshílov.
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El modesto local de la redacción, situado en la calle Yamskaya, parecía un caldero en ebullición. Allí se amontonaban constantemente representantes de obreros en huelga, empleados de cajas de enfermedad, miembros de sociedades culturales legales y sindicatos. Traían los kopeks reunidos en las fábricas para el fondo de «Pravda». Los obreros acudían a la redacción con sus quejas contra la administración, en busca de consejo, y llevaban también notas sobre la vida obrera.
Todos pasaban por la pequeña oficina de secretaría de Samóilova. «Ella se ocupaba de cada uno como una niñera solícita», recuerda el miembro del consejo editorial de «Pravda», K. Yereméev.
En 1913, por primera vez en Rusia se celebró el Día Internacional de la Mujer. Con motivo de su preparación, en las páginas de «Pravda», bajo la dirección de K. N. Samóilova, se abrió una sección especial titulada «El día de la mujer trabajadora», en la que se publicaban cartas y notas de obreras, así como artículos sobre la situación de las trabajadoras en Rusia.
En el Día Internacional de la Mujer, en Petersburgo, se celebró una reunión de trabajadoras en la Bolsa Kaláshnikov, que transcurrió con gran entusiasmo. Los diputados de la Duma Estatal, miembros de la fracción bolchevique, dirigieron un saludo a las mujeres trabajadoras.
La exitosa experiencia de la celebración abierta del Día Internacional de la Mujer en 1913 se decidió repetir en 1914, dándole un carácter aún más amplio.
El mitin en la Bolsa Kaláshnikov en 1913 se había realizado legalmente, con permiso del gobernador de Petersburgo. Por eso, también en 1914, un grupo de bolcheviques se dirigióal gobernador solicitando autorización para organizar reuniones en los distritos más grandes de Petersburgo y publicar una revista especial para ese día. La autorización fue concedida. A nadie se le ocurrió que se preparaba una provocación, que los funcionarios zaristas habían dado permiso precisamente para arrestar a los dirigentes del movimiento obrero femenino.
Unos días antes de la conmemoración, los miembros del consejo editorial de la revista«Rabotnitsa» (La Obrera), teniendo el permiso del gobernador para publicarla, se reunieron para terminar los preparativos de impresión. Mientras trabajaban, todos fueron arrestados por policías que irrumpieron inesperadamente.
Durante todo el día se prolongó el humillante procedimiento del registro; por la noche todos fueron llevados a la comisaría y distribuidos en celdas individuales de la prisión. Ese día fueron arrestados no solo los miembros del consejo editorial de la revista, sino también las
obreras que participaban en la preparación del Día Internacional de la Mujer: en total, 30 personas.
Solo A. I. Elizárova evitó por casualidad el destino común, pues no pudo llegar a tiempo a la reunión del consejo editorial, del cual formaba parte. Sobre ella recayeron principalmente todas las preocupaciones por la publicación del primer número de la revista «Rabotnitsa».
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La preparación del Día Internacional de la Mujer de 1914 mostró que las mujeres obreras se incorporaban cada vez más al movimiento revolucionario. Esto no podía dejar de preocupar al gobierno zarista, y este intensificó las represiones. En aquel tiempo N. K. Krúpskaya escribía: «Ahora, en relación con el día de la mujer, en Petersburgo hay grandes arrestos; se llevaron a la secretaria de “Rabotnitsa”, a la escribiente de la fracción, etc.; ¡es una desgracia! En general, con los arrestos la situación es terrible»41.
Pero, a pesar de las represiones, en el Día Internacional de la Mujer de 1914 se celebraron reuniones en los barrios obreros. También salió la revista «Rabotnitsa» (La Obrera). En total, desde febrero hasta junio de 1914 se publicaron siete números de esta revista. Desempeñó un gran papel en la organización y cohesión de las masas proletarias femeninas.
El arresto interrumpió el trabajo de Concordia Nikoláievna en la revista «Rabotnitsa» y en el periódico «Pravda». Después de salir de la prisión, se vio obligada a abandonar Petrogrado y se estableció en Liubán, donde nuevamente vivió bajo vigilancia policial. Pero, a pesar de ello, mantenía el contacto más estrecho con los bolcheviques de Petersburgo.
La Revolución de 1917 dio a Concordia Nikoláievna la posibilidad de liberarse de la vigilancia policial y regresar a Petrogrado. Se entregó por completo al trabajo, ardía en él, pues ahora las posibilidades eran amplias. Al principio fue secretaria de la conferencia de los comités de fábrica del departamento de artillería, donde se desarrollaba una intensa lucha contra los partidos conciliadores. Esta lucha terminó con la victoria de los bolcheviques, del lado de los cuales se encontraba la mayoría de los miembros de la conferencia.
La revolución comenzó a despertar a la vida política activa a capas cada vez más amplias de obreras. Se sentía con fuerza la necesidad de una revista especial para las trabajadoras, y Samóilova, junto con Krúpskaya, Kollontái, Nikoláieva y otras, participó en la reanudación de la publicación de la revista «Rabotnitsa».
Durante la preparación y la realización de la Revolución de Octubre se manifestó con gran claridad el talento oratorio de Concordia Nikoláievna. Intervenía en reuniones multitudinarias de obreros y obreras, llamándolos a luchar por el poder de los sóviets.
A finales de 1917, Samóilova participó activamente en la preparación de la primera conferencia de obreras de Petrogrado, que se inauguró en noviembre de 1917 y se celebróbajo el signo de la movilización de las masas proletarias femeninas para la defensa de la joven República Soviética.
Las trabajadoras de fábricas y talleres apoyaron activamente todas las propuestas del partido bolchevique presentadas en esta conferencia. A la organización de las mujeres trabajadoras, Concordia Nikoláievna siempre dedicó muchas fuerzas, y en los últimos años
41 «Revolución Proletaria» n.º 8 (43), año 1925, pág. 133.
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de su vida se entregó por completo a esta labor. Aportó mucho valor en la elaboración de los principios fundamentales y de los métodos de trabajo del partido entre las mujeres.
K. N. Samóilova fue una de las principales ponentes en el I Congreso Panruso de Obreras y Campesinas, celebrado en 1918. Luchó decididamente contra la reducción feminista de las tareas del movimiento proletario femenino, considerándolo como parte de la lucha general del proletariado.
Samóilova consideraba que los métodos y formas especiales de trabajo entre las mujeres trabajadoras, propuestos por el partido, eran de suma importancia y absolutamente necesarios, pero al mismo tiempo veía su carácter temporal y transitorio. Ante su mirada se abría aquella época feliz en la que las mujeres, por su nivel de desarrollo, se igualarían a los hombres y desaparecería la necesidad de formas especiales de trabajo entre las mujeres.
Pero mientras tanto, este trabajo era completamente necesario, y Concordia Nikoláievna recorría distintos lugares del país soviético, organizando el trabajo entre obreras y campesinas; trabajó en la comisión para el trabajo entre mujeres del Comité de Petersburgo del partido y en el buró de obreras del Comité del partido de Samara. En los años de combate contra Denikin, trabajó en Ucrania, movilizando a obreras y campesinas contra las hordas de la Guardia Blanca.
Concordia Nikoláievna fue colaboradora permanente de la revista «Kommunistka», órgano del departamento del Comité Central del PCR(b) para el trabajo entre obreras y campesinas, y dedicó muchas fuerzas a la preparación de la «Página de la obrera» en el periódico«Pravda», del «Boletín de la obrera» en el periódico «Kommuna», órgano del comitéprovincial del partido de Samara, etc.
Escribió muchos folletos que gozaron de gran popularidad, entre ellos: «Qué dio a obreros y campesinos la Gran Revolución de Octubre», «El desempleo contemporáneo y la lucha contraél»y otros.
En la primavera de 1920, Concordia fue nombrada jefa del departamento político del barco de agitación «Estrella Roja». El barco debía realizar un viaje por el río Volga. La tarea de los trabajadores del barco consistía en ayudar a las organizaciones locales del partido a fortalecer la influencia del partido sobre las masas trabajadoras de las ciudades del Volga, de los pueblos y de las zonas de pesca.
El tiempo era extremadamente difícil: la economía del país estaba destruida, faltaban alimentos. El partido se planteaba la tarea de reactivar la industria y la agricultura; se preparaba para una amplia ofensiva en el frente económico. En todos los lugares donde se detenía el barco, Concordia Nikoláievna intervenía ante los trabajadores, movilizándolos para luchar contra la devastación económica. Editaba el periódico del barco y hablaba en amplias conferencias de obreros y obreras.
En 1921, Concordia Nikoláievna participó en el segundo viaje de este barco.
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Al salir de Nizhni Nóvgorod el 28 de abril de 1921, Concordia Nikoláievna no sospechaba que aquel sería su último viaje, del cual ya no regresaría a Moscú. El día 1 de mayo, hablóen la fábrica de cartuchos de Simbirsk. Más tarde, en Tsaritsyn, intervino en una conferencia de mujeres sin partido, organizada por iniciativa suya.
En todos los lugares donde se detenía el barco, visitaba los barracones obreros, conversaba con obreros y obreras, ayudaba en el lugar a resolver las dificultades, y se levantaba contra los administradores inactivos e insensibles. En varios sitios ayudó a organizar guarderías y jardines de infancia.
K. N. Samóilova dedicó mucha energía a la organización de instituciones culturales y educativas, así como de escuelas para la eliminación del analfabetismo. El 20 de mayo de 1921, durante su segundo viaje, escribió el artículo «En el conocimiento está la fuerza y la garantía de nuestra victoria», en el que llamaba a la eliminación del analfabetismo y a la
organización de la educación técnico-profesional.
El 31 de mayo, K. N. Samóilova escribió otro artículo, en el que nuevamente llamaba a la ilustración y a la cultura. Este fue su último artículo.
Por la noche se sintió mal, y poco después falleció.
Concordia Nikoláievna Samóilova murió de cólera el 2 de junio de 1921. Su cuerpo fue trasladado a Astracán, donde fue enterrada junto a la tumba de su esposo, L. L. Samóilov.
El noble trabajo de la valiente luchadora proletaria K. N. Samóilova no se perdió en vano. Vive en las victorias históricas del Partido Comunista, en las conquistas del Estado soviético y en el poderoso movimiento del pueblo soviético hacia el comunismo.
CONCORDIA NIKOLÁIEVNA SAMÓILOVA
VERA SLUTSKAYA
S. I. PETRIKOVSKI
En la memoria del pueblo se ha conservado la inolvidable imagen de la ardiente bolchevique Vera Slutskaya, quien murió heroicamente en su puesto de combate en los días del Gran Octubre. Desde muy joven dedicó su vida a la lucha por la liberación de la clase
obrera, y más de una vez los gendarmes zaristas la hicieron sufrir en prisiones y en el destierro.
Todos los que conocieron a Vera Slutskaya la recuerdan como una persona de energía impetuosa e inagotable. Siempre animada, disciplinada y resuelta, servía de ejemplo para todos los que trabajaban con ella.
Tuve la oportunidad de trabajar con Vera Klimentievna al comienzo de la revolución de 1917 en el comité distrital del partido del distrito Vasílievski de Petrogrado. Vera Slutskaya, desde su más temprana infancia, vivió con sus padres dentro de la zona de residencia obligatoria, en un ambiente de necesidad, dolor y humillaciones. Nació en 1880, en las afueras de Minsk, en una pequeña casa medio derruida que ocupaba su familia. Tan pronto como creció un poco, sus padres, que trabajaban desde la mañana hasta la noche, trasladaron sobre sus hombros todas las preocupaciones del hogar.
Los años de necesidad y de duro trabajo templaron el carácter de Vera, pero no la volvieron amarga, sino que, por el contrario, desarrollaron en ella una actitud bondadosa y atenta hacia las personas. La correspondencia conservada con sus padres da testimonio de su tierno amor y de su conmovedora preocupación por ellos.
Después de recibir su educación inicial en un progimnasio femenino (escuela de cuatro cursos), Vera no se conformó con los conocimientos adquiridos y, preparándose por su cuenta, aprobó como alumna libre los exámenes correspondientes al curso completo del gimnasio. Después de esto se marchó a Kiev, donde, tras un breve período de estudios,
obtuvo la profesión de odontóloga. El año 1898 encuentra a Vera Klimentievna en Minsk, donde participa en círculos revolucionarios y explica a los obreros la necesidad de crear un partido de la clase trabajadora.
El 27 de junio de 1898, Vera Slutskaya, junto con su hermano, fue arrestada en relación con el desmantelamiento de imprentas clandestinas en Minsk, Białystok, Brest y Grodno. Desde Minsk fue trasladada a Moscú, donde permaneció en una prisión de tránsito. El encarcelamiento, que duró alrededor de nueve meses y terminó con su destierro a su lugar de origen bajo vigilancia policial, quebrantó la ya frágil salud de Vera Klimentievna, pero no debilitó su voluntad de luchar contra la autocracia.
Tras su liberación de la prisión, participa activamente en la organización de la lucha huelguística de los obreros de Minsk. El 3 de mayo de 1901 fue nuevamente arrestada y
sometida a investigación bajo la acusación de “pertenecer a una organización socialdemócrata”. Esta vez fue desterrada al poblado de Mir, en el distrito de Novogrudok,
donde vivió durante un año. Apenas terminó su período de destierro, contrariando la prohibición de las autoridades policiales, se dirigió a Moscú. Sin embargo, no alcanzó
siquiera a establecer vínculos con las organizaciones clandestinas cuando fue nuevamente arrestada. Fue enviada de regreso a Minsk.
En un intento por liberarse de la persecución policial, Vera Klimentievna partió el 15 de
octubre de 1902 hacia Alemania, y desde allí a Suiza. Allí se reunió con camaradas del partido, leyó mucho, estudió literatura marxista y participó en discusiones de emigrados políticos. Pero todo esto no satisfacía a Vera Klimentievna. La atraía su patria, el trabajo y la lucha, y el 11 de diciembre de 1902 regresó a Minsk. Allí se estableció de inmediato una vigilancia secreta sobre ella. Los agentes la seguían constantemente, y nuevamente se vio
obligada a marcharse al extranjero.
Viviendo en Suiza, seguía atentamente el desarrollo de los crecientes acontecimientos revolucionarios en Rusia, se mantenía en correspondencia con sus camaradas y recibía de ellos información sobre el trabajo de las organizaciones del partido con las que estaba vinculada.
En el otoño de 1904, Vera Slutskaya vuelve nuevamente a su tierra natal. Lleva a cabo una enérgica labor propagandística, pero no le fue posible permanecer en libertad por mucho tiempo. Desde los primeros días de su regreso, la policía estableció una vigilancia secreta
sobre la “peligrosa bolchevique” y, poco más de tres meses después, la arrestó. Esta vez la
liberación llegó con el inicio de los acontecimientos revolucionarios de 1905. En los turbulentos días de la revolución de 1905, ella se encuentra nuevamente en su puesto de combate. Organiza concentraciones de obreros en Minsk, interviene en mítines y realiza un amplio trabajo organizativo.
Vera Slutskaya viaja repetidas veces al extranjero y participa en conferencias y reuniones de organizaciones socialdemócratas. En 1907 toma parte activa en el trabajo del Congreso de Londres del partido. «Tuve ocasión de encontrarme por primera vez con Vera en el congreso del partido en Londres—recuerda K. N. Samóilova—, al que ella fue delegada por la organización socialdemócrata de Briansk. Durante todo el mes que duró el congreso, siempre me asombraba la incansable energía que mostraba Vera, pasando todo el tiempo libre de las sesiones conversando con los camaradas y discutiendo animadamente con ellos todas las cuestiones que preocupaban al congreso».
Después del Congreso de Londres, Vera Slutskaya trabaja en Petersburgo, donde junto con
otros camaradas crea grupos socialdemócratas en el sindicato de sastres, trabaja en el centro general de seguros de la ciudad y en el distrito moscovita de Petersburgo. El 15 de noviembre de 1909 fue nuevamente arrestada y, por decisión administrativa, condenada al destierro por tres años en la provincia de Arcángel. Sin embargo, se le permitió sustituir el destierro por la salida al extranjero.
Durante tres años Vera Klimentievna vivió en Alemania y en Suiza. Allí se reunió en varias
ocasiones con V. I. Lenin. Hablaba de él con un profundo sentimiento de amor y respeto. V. I. Lenin conocía bien la actividad revolucionaria de Slutskaya. Es interesante señalar
que, en la Carta a la redacción de “Pravda” del 8 de septiembre de 1912, él pide que se
envíe un ejemplar de Pravda y de Nevskaya Zvezda a Berlín a nombre de V. Slutskaya.
En 1913, regresa a Petersburgo y se incorpora inmediatamente al trabajo del partido. El miembro del partido I. Shuválov recuerda un hecho interesante un episodio que caracteriza la firmeza de principios partidarios de Vera Slutskaya. «En 1913 me tocó estar presente en una reunión de obreros-poetas en el bufé de la Casa del Pueblo de la condesa Panina. Allíse discutía la cuestión de la actitud de los obreros-poetas frente al periódico menchevique Luch. La discusión de esta cuestión fue provocada por el hecho de que algunos obreros- poetas, que publicaban en Pravda, cedieron a la tentación del periódico menchevique, que comenzó a pagarles 25 kopeks por línea. En respuesta a la exigencia del presidente de la reunión de explicar su comportamiento, uno de los poetas contestó: “Soy poeta y publico donde quiero”. Entonces, una mujer de baja estatura y delgada, que estaba de pie a mi lado, mirándolo fijamente, pronunció lenta y claramente:“¿Porun cuarto de rublo por línea venden su conciencia a una mantenida de la burguesía? ¿Dónde está su dignidad proletaria?” Todos se volvieron. Era Vera Slutskaya».
En diciembre de 1913, la policía vuelve a encarcelar a Vera Slutskaya. Este fue su sexto arresto. A V. K. Slutskaya se le imputa la acusación de pertenecer a una organización socialdemócrata bolchevique. Un provocador que se infiltró en la reunión tras la cual fue
arrestada informó a la policía secreta: «La más intransigente durante los debates… resultó
ser una tal“Vera”presente en dicha reunión…».
V. Slutskaya fue desterrada a la provincia de Nóvgorod. Se estableció en Liubán.
Gracias a la relativa cercanía con la capital, en más de una ocasión se desplazaba a Petersburgo, donde obtenía literatura ilegal y mantenía vínculos con la organización del partido.
K. N. Samóilova, que se encontró en el destierro junto a Slutskaya, recordaba:
«Separada involuntariamente de la vida del centro, Vera, como antes, continuaba viviendo con los intereses de la vida del partido, marchándose de vez en cuando en secreto, clandestinamente, eludiendo la vigilancia policial, desde su lugar de destierro hacia Petersburgo, para saber qué ocurría en el partido y cómo se desarrollaba el trabajo partidario. Continuaba, en la medida de sus posibilidades, apoyando nuestra organización, entonces obligada a la clandestinidad, enviándole ya donaciones en dinero, ya algún artículo para la prensa obrera».
Según los recuerdos de P. F. Kudelli, quien en 1914 fue arrestada por participar en la
organización del Día de la Mujer y también fue desterrada a Liubán, Vera Klimentievna era toda impulso hacia la acción, hacia la lucha. Al encontrarse en el destierro y condenada a una prolongada inactividad, se sentía angustiada. Pero su estado de ánimo cambiaba bruscamente en cuanto recibía alguna noticia de Petersburgo.
E. V. Osminskaya recuerda cómo en 1916 ella, una estudiante petersburguesa de 17 años, recibió la misión de parte del bolchevique clandestino Z. Z. Essen de llevar a la estación de Liubán un botiquín con medicamentos y entregarlo en la dirección indicada. «A la estación de Liubán—relata E. Osminskaya—llegué al cabo de tres o cuatro horas. Liubán era
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entonces una pequeña ciudad de provincia. Enormes montones de nieve, junto a la estación
tres o cuatro cocheros con caballos flacos, las casas en su mayoría de un solo piso, de madera; los letreros indicaban que aquí se vendían rosquillas, y allí vivía el peluquero
Jean… Al encontrar la dirección necesaria, llamé, y cuando abrieron la puerta pronuncié la frase convenida: “Usted prometió ponerme un empaste si le traía porcelana”.»
En la habitación donde Osminskaya esperaba a que el dentista terminara (Vera Klimentievna ejercía la práctica odontológica), había un armario con libros de autores rusos, alemanes e ingleses. En las paredes colgaban retratos de Nekrásov, Chernyshevski, Belinski y Dobroliúbov.
Cuando quedó libre, la dueña salió hacia la visitante, abrió el botiquín, sacó de él una nota y la leyó. «La que al principio me había parecido muy severa, concentrada, como pensando en algo lejano —dice Osminskaya—, ahora Vera Klimentievna me miraba con una expresión más cálida en sus ojos oscuros. “Gracias, camarada—dijo ya con gran afecto, me abrazó y me besó fuertemente—, dígale al tío Edé (Z. Z. Essen) que esperamos que vuelva
otra vez con buenas noticias”. “Gracias, camarada”. Esta frase me impresionó. Comprendí
que había cumplido alguna importante misión del partido, por lo cual Vera Klimentievna
me agradeció, llamándome “camarada”».
Apenas llegaron a Slutskaya las primeras noticias de la revolución de febrero, se apresurónuevamente a ir a Petrogrado. El 10 de marzo, Slutskaya ya participa en una sesión del Comité de Petrogrado del Partido Bolchevique.
Comprendiendo perfectamente la importancia de incorporar a las mujeres al movimiento revolucionario, Vera Klimentievna, en su trabajo, presta gran atención a la activación de las mujeres y al desarrollo de la labor educativa entre ellas. La Comisión Ejecutiva del Comitéde Petrogrado le encarga la organización del trabajo entre las obreras. Y apenas tres días después, Vera Slutskaya, en su intervención en una reunión del Comité de Petrogrado, habla de las medidas que es necesario llevar a cabo para encabezar la creciente actividad social de las mujeres y dirigirla hacia el cauce de la lucha política.
En un mitin de mujeres convocado por los bolcheviques en el barrio de Viborg, las obreras exigen el sufragio universal, la introducción de una legislación para la protección de la maternidad y el seguro para las trabajadoras, así como la creación de un instituto electivo de inspectores fabriles con participación de representantes de las obreras. Al informar sobre esto, Slutskaya propone crear, junto al Comité de Petrogrado, una oficina de obreras, reanudar la publicación de la revista «Rabotnitsa» (“La Obrera”) y editar una serie de hojas volantes y folletos. Dos días después elaboró el proyecto de resolución del Comité de Petrogrado sobre el trabajo entre las mujeres.
En la sesión del comité, durante la aprobación del proyecto, Slutskaya no pudo estar presente por hallarse ocupada en un asunto urgente, y por eso al final del proyecto hace la
siguiente anotación: «Camaradas, si lo aprueban…, envíen inmediatamente a Pravda una nota indicando que el buró existe. Señalen que también será para la provincia. Les ruego que en la reunión del Comité de Petrogrado comuniquen a todos los camaradas que deben realizar elecciones en sus comités de distrito para el buró. Que los miembros del partido
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tomen la iniciativa de convocar amplias reuniones de mujeres, es decir, mítines por distritos. La dirección, la fecha y la hora de estos mítines deben ser publicadas en Pravda.»
El proyecto de resolución elaborado por V. Slutskaya fue aprobado por el Comité de Petrogrado. V. K. Slutskaya, asignada por el Comité de Petrogrado al distrito de Vasílievski, pronto se convirtió en secretaria del comité distrital. La mayor parte de su tiempo la pasaba en las fábricas, en los talleres, en los cuarteles de soldados y en los barcos de la flota. Era una auténtica bolchevique, que vivía con las masas y para las masas. Entre los obreros y las obreras se sentía en su propio elemento. Muchísimos en el distrito la conocían personalmente, la detenían en la calle y la saludaban con alegría.
A veces me asombraba lo amplio que era el círculo de conocidos de Vera Klimentievna en nuestro distrito, cuántas personas recordaba, cómo conocía sus nombres y sus necesidades. Era muy exigente. Pero amaba sinceramente a la gente, y la gente le correspondía de la misma manera. Suave, sensible y atenta, era irreconciliable con los enemigos. Luchaba contra ellos sin piedad, pero siempre con dominio de sí misma y con tacto.
Los enemigos odiaban ferozmente a Vera Slutskaya, y los amigos la querían profundamente.
El trabajo vivo con la gente Vera siempre lo prefería a cualquier reunión, aunque nunca las descuidaba. Estaba constantemente en las fábricas, en los talleres, en los cuarteles, y al mismo tiempo alcanzaba a asistir a todas las reuniones importantes del soviet distrital, del comité distrital y del Comité de Petrogrado. Con todo su ser comprendía la importancia del contacto directo, del vínculo con las masas.
El que nosotros, en la isla Vasílievski, durante el período entre Febrero y Octubre, lográramos conquistar firmemente a las masas obreras y de soldados, arrebatándolas de la influencia de los mencheviques y de los socialrevolucionarios, se debe en gran parte a Vera Slutskaya.
El antiguo obrero de la fábrica Siemens-Halske, G. F. Petrov, llama a Vera Slutskaya amiga de la juventud. Él contaba cómo organizaba a los jóvenes en la isla Vasílievski. «Nosotros, los jóvenes obreros, no teníamos ninguna experiencia. Ella venía a menudo a vernos y nos enseñaba qué debíamos hacer para fortalecer la influencia del partido entre la juventud».
El papel de Vera Slutskaya en la cohesión de la juventud obrera y en el fortalecimiento de la influencia bolchevique sobre ella no se limitaba al distrito de Vasílievski. Como delegada a la II conferencia general de la ciudad de los bolcheviques en julio de 1917 y del VI Congreso del partido, participó activamente en la discusión sobre el trabajo entre la juventud y habló acerca de la labor de las organizaciones juveniles en el extranjero.
Vera Klimentievna era una ardiente partidaria de la creación de una unión socialista de la juventud que trabajara bajo la dirección ideológica del partido.
El 3 de abril de 1917, participó en la organización de la recepción de Vladímir Ilich en la estación Finlandia. Fue elegida delegada por la organización de Petrogrado a la
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Conferencia del Partido de Abril. Estuvo entre quienes libraron una enérgica lucha por las históricas Tesis de Abril de Lenin, que orientaban al partido hacia el paso de la revolución democrático-burguesa a la socialista, hacia el traspaso de todo el poder a los Sóviets de diputados obreros y soldados.
Vera Slutskaya estuvo presente y tomó la palabra en la histórica sesión del Comité de Petrogrado del POSDR (bolchevique) del 16 de octubre de 1917, cuando se decidió la cuestión de la insurrección armada.
El distrito de Vasílievski, dirigido por V. K. Slutskaya, en los días previos a Octubre fue uno de los distritos más cohesionados y de orientación bolchevique de la capital, y participóde manera organizada en la insurrección.
Cuando las tropas de la contrarrevolución, encabezadas por Kerenski y Krasnov, iniciaron su ofensiva contra el Petrogrado revolucionario y comenzaron a amenazar la existencia del poder de los Sóviets recién conquistado, Vera Slutskaya se entregó por completo al trabajo encaminado a derrotar al kerenskismo. Viajó al frente, organizó el abastecimiento de víveres para los soldados y, con ardientes discursos, inspiró a los combatientes a realizar hazañas heroicas.
El 30 de octubre, temprano por la mañana, Vera Slutskaya, acompañada por dos camaradas, partió hacia las posiciones avanzadas situadas en la zona de Púlkovo. En el camino de regreso, el automóvil fue alcanzado por el fuego de un tren blindado blanco. Vera Klimentievna murió por el impacto directo de un proyectil.
Yo me encontraba en Petrogrado el día de su muerte. La noticia de su caída se difundióinmediatamente por toda la ciudad y provocó un profundo dolor entre los trabajadores. Obreros y obreras de diversas fábricas colocaron muchas coronas sobre su tumba. He aquílas inscripciones de algunas de ellas: «A la querida camarada Vera Klimentievna, caída en combate por la libertad el 30 de octubre»—de la Fábrica de Tubos; «Cantamos la canción a la locura de los valientes»—del Sóviet de Diputados Obreros y Soldados del distrito de Vasílievski; «Eterna memoria al luchador, para los que quedan—eterno ejemplo»—del Comité del distrito de Vasílievski del POSDR (bolchevique); «Larga y luminosa memoria a Vera Slutskaya»—de la fábrica Militar-Subkov; «Aceptaste la muerte heroica por las consignas y los derechos de los pobres»—del Astillero del Báltico.
En el artículo de Pravda dedicado a la memoria de Vera Slutskaya se decía: «Que su energía, que no conocía descanso, se derrame en ustedes, y que con la misma fe, con la fe en el triunfo de los grandes ideales de libertad de la humanidad, se enciendan también sus
ojos».
VERA KLIMENTIEVNA SLUTSKAYA
SOFÍA NIKOLÁYEVNA SMIDÓVICH
L. KRECHET
Una pequeña fotografía, amarillenta por el tiempo. Un rostro joven, enmarcado por cabellos suaves y abundantes. Ojos brillantes y radiantes—de los que cuesta apartar la mirada—, una cierta pureza y bondad en la expresión. Todo su encantador aspecto recuerda a las jóvenes de las novelas de Turguénev. Esta es Sofía Nikoláyevna Smidóvich en su juventud. La antigua fotografía se conserva en un pequeño álbum familiar de sus hijos, Sonia y Gleb.
En la memoria de quienes tuvieron ocasión de encontrarse con Sofía Nikoláyevna revive la imagen de una bolchevique extraordinaria, de una persona de gran alma y mente clara. Sencilla, sonriente, con una energía inagotable, siempre trabajando, siempre rodeada de gente. La sensibilidad y la dulzura se combinaban en ella con una gran firmeza de principios. Los viejos amigos y camaradas del partido, con quienes Sofía Nikoláyevna recorrió un largo camino de vida, la llamaban «irrepetible».
***
En la familia de un pequeño noble terrateniente de Tula, Nikolái Petróvich Chernosvítov, el 8 de mayo de 1872 nació una hija, Sonia. Chernosvítov era un conocido abogado en Tula. Con gran esfuerzo se abrió camino en la vida y «llegó a ser alguien». Los campesinos decían de él: «De niño corría con alpargatas de corteza, y ahora se ha hecho abogado».
La madre de Sonia—Alexandra Ivánovna Púshkina—en su juventud había sido maestra. Mujer inteligente y original, no era ajena a las ideas liberadoras de las décadas de 1840- 1860, pero después de casarse se encerró en su hacienda—los cuatro niños y el hogar llenaron su vida. Sonia heredó los rasgos del fuerte carácter de su padre: una voluntad firme y una capacidad de trabajo extraordinaria.
No lejos de Tula, en la aldea de Shchuchie, del distrito de Venev, los Chernosvitov tenían una pequeña finca. Esta había pasado por herencia de la familia de los Pushkin. En verano toda la familia viajaba a Shchuchie. La espaciosa casa de dos pisos estaba rodeada por un parque sombreado. En las amplias avenidas de tilos había muchas flores, y más allá del parque se extendía un huerto frutal. Desde el balcón se abría una vista maravillosa de los prados y los barrancos, y abajo, al pie de la colina, corría el río Osiotr.
El lugar favorito de paseo de los jóvenes era el camino hacia los barrancos y la montaña de piedra. Sonia, junto con sus hermanos, gustaba de ir“ala montaña de piedra, a los santos pozos”, como llamaban los campesinos a aquel lugar.
En aquellos luminosos años de juventud, Sonia soñaba con convertirse en maestra rural. En la aldea de Shchuchie no había escuela; a los niños los enseñaba el sacristán en una choza campesina. Cuando Sonia terminó el gimnasio y en la familia Chernosvitov comenzaron a hablar de la dote para la hija, como era costumbre en aquellos tiempos, ella convenció a su padre de que, en lugar de preparar la dote, construyera una escuela en la aldea de Shchuchie.
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Esto no fue sencillo: el zemstvo prohibía construir una escuela mientras en la aldea no se hubiera levantado una iglesia. Sin embargo, Chernosvitov logró cumplir el deseo de su querida hija, y en Shchuchie se abrió una escuela de tres clases. Mucho antes del inicio de las clases, Sonia recorría las isbas, persuadiendo a los campesinos para que enviaran a estudiar no solo a todos los niños, sino también a las niñas, a quienes obligaban a quedarse sentadas junto al huso de hilar.
En la familia Chernosvitov con frecuencia se reunían estudiantes de ideas revolucionarias, compañeros del hermano mayor de Sofía Nikoláevna, Nikolái; en ocasiones aparecía un pariente lejano del padre, que había sido desterrado a la provincia de Yakutia por su actividad revolucionaria. El ejemplo de su valiente vida y las ideas revolucionarias cautivaban a la joven.
Después de terminar el gimnasio, Sonia se trasladó a Moscú e ingresó en cursos pedagógicos. Cada año su padre le enviaba, por medio de su hermana Pasha, todo el
“ajuar”: ropa interior, vestidos, calzado. Y cuando al cabo de un año la tía Pasha volvía a
aparecer en Moscú, Sonia ya no tenía nada: lo había regalado todo a sus compañeros.
En la pensión privada donde vivía Sofía Nikoláevna, ella conoció al médico cirujano Platón Vasílievich Lunacharski (hermano mayor de A. V. Lunacharski) y se casó con él. Lunacharski era socialdemócrata; más tarde llegó a ser miembro del primer Comité de Moscú del POSDR. Así, Sofía Nikoláevna entró en el círculo de los revolucionarios.
El sueño de convertirse en maestra no se hizo realidad: no logró conseguir un puesto en la escuela, y Sofía Nikoláevna, junto con su esposo, regresó a su tierra natal. Ella comenzó a enseñar a los niños en la aldea de Shchuchie. Anisia Pávlovna Shiriaeva, que ahora tiene ya 77 años, fue la primera alumna de aquella escuela. Ella recuerda cómo Sonia compraba ella misma los libros de texto para los niños, cómo ayudaba a los más capaces a continuar sus estudios (muchos de sus alumnos llegaron después a ser maestros), y cómo daba a conocer a la juventud campesina literatura prohibida.
En 1894, Sofía Nikoláevna se marchó al extranjero con su esposo enfermo. Platón Vasílievich padecía una grave enfermedad, y en París le realizaron una operación complicada. En el extranjero, Sofía Nikoláevna conoció la labor del grupo «Emancipación del Trabajo», así como a sus dirigentes G. V. Plejánov y V. I. Zasúlich; se reunió con socialdemócratas que vivían en la emigración y estudió la situación de los obreros en Francia. Esto le resultaba fácil, ya que dominaba el francés no peor que el ruso.
En el otoño de 1898, Sofía Nikoláevna llegó a Moscú con su esposo y con su hija Tania, que había nacido en París. La vida en el extranjero ayudó a Sofía Nikoláevna a definir sus ideas. A Rusia regresó como una socialdemócrata convencida y ese mismo año ingresó en el partido. En el cuestionario que llenó al ingresar en la Sociedad de los Viejos Bolcheviques en 1922, a la pregunta de qué la había impulsado a entrar en el partido, Smidóvich respondió: «El descontento con el régimen existente, el estudio de Marx, el
conocimiento de la actividad del grupo “Emancipación del Trabajo” en el extranjero».
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Del grupo «Emancipación del Trabajo» Sofía Nikoláevna recibió la dirección en Moscú de la hermana de V. I. Lenin, Anna Ilichna Elizárova. Desde este primer encuentro comenzóuna gran amistad de Sofía Nikoláevna con toda la familia Uliánov. Con entusiasmo, Sofía Nikoláevna se entregó al trabajo del partido y participó en la organización del primer Comité de Moscú del partido, al que entraron A. I. Uliánova, P. V. Lunacharski y M. F. Vladímirski. Ella creaba círculos, establecía vínculos con los obreros más avanzados, los familiarizaba con literatura ilegal y les hablaba del movimiento obrero en Europa Occidental. Sobre este trabajo difícil y minucioso, Sofía Nikoláevna escribe en sus memorias, publicadas en la recopilación «En los albores del movimiento obrero»42.
«Después de las grandes detenciones de 1896–1897, parecía que en Moscú no quedaba nada vivo—recuerda ella—. Todos los intentos de organizar algo terminaban en fracaso».
Pero, a pesar de las dificultades, el Comité de Moscú creó un grupo de propagandistas. Entre ellos estaba también Sofía Nikoláevna. Ella se puso en contacto con los obreros a través de los cursos nocturnos de Prechístenski, pero pronto fue apartada de allí: las autoridades no aprobaron a una maestra con el apellido Lunachárskaya, bien conocido por la policía.
En febrero de 1901, el Comité de Moscú decidió organizar una manifestación en apoyo de la manifestación estudiantil. Sofía Nikoláevna participó con gran entusiasmo en su preparación. «Nunca olvidaré el entusiasmo que acompañó los preparativos para esta intervención fallida—escribe S. N. Smidóvich—. Las banderas fueron distribuidas, el día, la hora y el punto de reunión estaban fijados. En la noche del primero de marzo de 1901 fuimos todos arrestados». El culpable del fracaso, como se supo más tarde, fue cierta A. E. Serebriakova43, que resultó ser una provocadora.
La pequeña Tania, a quien no había con quién dejar, fue llevada a la prisión junto con su madre. Poco después, desde Tula llegó su abuelo, N. P. Chernosvitov, para llevársela, pero la niña no quería separarse de su madre. Ninguna persuasión ayudó, y hubo que recurrir a un truco: se abrió la puerta de la celda y Tania, al ver a su abuelo en el pasillo, corrió haciaél. Y en ese mismo momento la puerta se cerró de golpe. Para toda la vida recordó Tania cómo, a pesar de sus lágrimas y gritos, la sacaban de la prisión.
En la cárcel, a Platón Vasílievich le dio un ataque. Su vida estaba en peligro, por lo que fue liberado antes que Sofía Nikoláevna. Comenzaron las gestiones para conseguir su liberación debido a la grave enfermedad de su esposo.
En noviembre de 1901, Sofía Nikoláevna fue puesta en libertad y se marchó a Tula, donde el enfermo Platón Vasílievich se encontraba bajo vigilancia especial de la policía. En Tula trabajaba una fuerte organización socialdemócrata. Sofía Nikoláevna estableció contacto con ella y comenzó labor de propaganda. A finales de 1902 fue arrestada nuevamente. En
42 «En los albores del movimiento obrero», Gosizdat, 1919, pág. 131.
43 A. E. Serebriakova, apodada por la policía secreta «Dama de trébol», durante 25 años sirvió en la policía secreta como informante oficial. En 1925 su caso fue examinado por el Tribunal Provincial de Moscú. Como testigos comparecieron A. V. Lunacharski, S. N. Smidóvich y otros viejos bolcheviques.
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casa quedaron su esposo enfermo y su pequeña hija. Medio año después, Sofía Nikoláevna
fue liberada y volvió a incorporarse al trabajo del partido.
El 14 de septiembre de 1903 tuvo lugar en Tula una manifestación con motivo del aniversario de la huelga de Rostov, una de las mayores acciones de los obreros en vísperas de la primera revolución rusa. Después de la manifestación, por las fábricas y talleres se extendió una ola de huelgas. Comenzaron arrestos masivos, y Sofía Nikoláevna volvió a caer en prisión. Esta vez logró salir en libertad solo al cabo de un año. Sofía Nikoláevna, con su esposo gravemente enfermo—tenía paralizados un brazo y una pierna—y con su hija, partió hacia Kiev, donde se le ordenó vivir bajo vigilancia abierta de la policía.
En 1903–1904 vivían en Kiev varios bolcheviques: G. M. Krzhizhanovski con su esposa Zinaida Pávlovna, María y Anna Uliánova, A. G. Shlíjter, P. G. Smidóvich, que trabajaba en el Buró del Sur del Comité Central, y también el escritor V. V. Veresáev, primo de P. G. Smidóvich.
La vieja bolchevique A. S. Kárpova (actualmente directora del Museo Histórico) cuenta cómo se enteró de que los Lunacharski habían llegado a Kiev: «En vísperas de Año Nuevo, el 31 de diciembre de 1903, llevaron a la prisión de Kiev a las hermanas de Vladímir Ilich—Anna y María Uliánova— y a Zinaida Krzhizhanóvskaya. La noticia se difundióinmediatamente por toda Lukiánovka. Después del II Congreso del partido se estaban produciendo arrestos masivos. Mi celda se encontraba en el mismo pasillo que la celda donde estaban las Uliánova. Por ellas me enteré de la llegada de Sofía Nikoláevna, pero la conocí personalmente solo un año después, cuando salí de la prisión. Sofía Nikoláevna parecía una estudiante de cursos superiores. Tenía un rostro expresivo, ojos castaños vivos, una pequeña nariz recta y el cabello castaño peinado con sencillez. En aquel tiempo estaba muy preocupada por su esposo enfermo, tenía en brazos a la pequeña Tania, pero al mismo tiempo se interesaba vivamente por la vida del partido, dirigía círculos obreros en Podol y cumplía encargos del buró regional del Comité Central».
En diciembre de 1904, el estado de Platón Vasílievich empeoró; después de un fuerte ataque de la enfermedad y de una operación fallida, falleció. Sofía Nikoláevna sufrióprofundamente la muerte de su esposo. Se había casado muy joven. Platón Vasílievich era considerablemente mayor que ella y estuvo enfermo durante mucho tiempo. En los últimos años de su vida, ella casi no se separaba del enfermo, lo llevaba en una silla de ruedas y trataba de aliviar sus sufrimientos.
A comienzos de 1905, el gobierno anunció una amnistía. Sofía Nikoláevna decidió regresar a Moscú. De camino pasó por Tula y se quedó allí por algún tiempo. Los acontecimientos de enero de 1905 en Petersburgo —el tiroteo contra los obreros frente al Palacio de Invierno—provocaron huelgas masivas. En las fábricas de Tula se declararon en huelga hasta 40 mil obreros. Las acciones revolucionarias eran dirigidas por la organización bolchevique.
«En Tula se desarrollaba una lucha abierta de los obreros contra las fuerzas reaccionarias. Se producían enfrentamientos armados y combates callejeros con las Centurias Negras.
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Entre los obreros hubo muchas víctimas. Nuestras reuniones se realizaban bajo la
protección armada de los trabajadores. El ambiente era tenso», recuerda Sofía Nikoláevna.
En aquellos días murió su hermano Alexéi Chernosvítov. Se ahogó al intentar escapar de los miembros de las Centurias Negras, después de haber intervenido en un mitin.
La secretaria del Comité del Partido en Tula era P. F. Kudelli. Ella debía viajar a la conferencia del partido en Tammerfors, y las funciones de secretaria del Comité fueron confiadas a Sofía Nikoláevna. Después de la derrota de la revolución, en Tula comenzaron arrestos masivos. La policía detenía a uno y a otro.
«Durante varias noches ya no dormía en mi apartamento—escribe Sofía Nikoláevna—. Estaba claro: de un momento a otro me arrestarán. Los camaradas que quedaban se dispersaron cada uno hacia donde pudo. Yo me trasladé a Moscú y enseguida comencé el trabajo de propaganda en Jamóvniki, en los distritos de Butyrski y Rogozhko-Simonovski,
en la fábrica“Guzhón”».
Con el regreso a Moscú comenzó una nueva etapa en la vida de Sofía Nikoláevna. Se instaló en un pequeño apartamento en Strástnaya. Trabajar era difícil. Era necesaria una conspiración bien organizada. Vestida con sencillez, delgada, de baja estatura, una mujer modesta que se entregaba por completo a la actividad revolucionaria, Sofía Nikoláevna gozaba de gran cariño entre sus compañeros de partido y entre los obreros.
En 1906, se casó con Piotr Germógenovich Smidóvich. Los unía una amistad de muchos años, que había comenzado aún en el extranjero. En abril de 1910 nació su hijo. En ese momento Piotr Germógenovich se encontraba desterrado en el pueblo de Verjovazhie, en la provincia de Vólogda, y Sofía Nikoláevna partió hacia allí con su hijo de dos meses. Para el
otoño regresó a Moscú y de inmediato se incorporó al trabajo del partido: cumplía encargos relacionados con los contactos con el extranjero y trabajaba en la comisión financiera del Comité de Moscú del partido.
En diciembre de 1910, fue arrestada en un apartamento clandestino, donde la policía había preparado una emboscada. La situación era difícil: no podía decir dónde vivía, porque en su vivienda podían encontrar literatura del partido y las pruebas de un folleto ilegal que ese mismo día debían llevarle. Y en casa había un bebé y una hija pequeña que no entendía adónde había desaparecido su madre.
Durante tres días Sofía Nikoláevna ocultó su dirección. En ese tiempo, los camaradas que se enteraron de su arresto escondieron todo lo ilegal y acogieron a los niños. Cuando llegaron a la vivienda para hacer el registro, ya no encontraron nada. Al enterarse del arresto de Sofía Nikoláevna, Vladímir Ilich, en enero de 1911, en una carta a su madre, que vivía en Sarátov, escribió: «En Moscú enfermó la madre de Tania». «Enfermó» significaba que había sido arrestada.
Poco después regresó del destierro Piotr Germógenovich. Se llevó a los niños y se marchócon ellos a la finca de su hermano, en Zybino. Sofía Nikoláevna regresó de la prisión solo en otoño.
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La policía no le permitió vivir en Moscú, y la familia Smidóvich se estableció en Kaluga. Piotr Germógenovich empezó a trabajar como obrero en la construcción de una central eléctrica. Pasaron dos años. Fue un período difícil en la vida de Sofía Nikoláevna: estaba separada de la organización del partido, del trabajo y de la literatura.
En 1912, tuvo una hija, Sonia. La familia y los hijos exigían cada vez más tiempo y atención. Sofía Nikoláevna tenía que dividir su tiempo entre el trabajo del partido y los niños. La prisión y los destierros obligaban con frecuencia a Sofía Nikoláevna a dejar a los hijos al cuidado de las abuelas, de las tías o de una niñera. «Poco acariciados, poco educados», llamaba con dolor Sofía Nikoláevna a sus hijos.
Corría el año 1914. El período de destierro terminó. Sofía Nikoláevna regresó a Moscú. En ese tiempo, Piotr Germógenovich trabajaba en la central eléctrica de Moscú de la«Sociedad de 1886» y dirigía allí la organización clandestina de los bolcheviques. Comenzó la guerra imperialista. Sofía Nikoláevna se mantuvo firmemente en las posiciones leninistas del derrotismo, considerando que la derrota en la guerra aceleraría inevitablemente la revolución.
Junto con los camaradas V. A. Obuj, V. P. Noguin, I. I. Skvortsov y V. P. Miliutin, Sofía Nikoláevna realizó un gran trabajo de propaganda en los distritos obreros.
Después de la Revolución de Febrero, cuando el partido salió de la clandestinidad, Sofía Nikoláevna comenzó a trabajar como secretaria del Buró Regional de Moscú del ComitéCentral y en la comisión para el trabajo entre las mujeres dependiente del buró regional, que fue creada en aquellos días.
Llegaron los días ardientes de Octubre. Sofía Nikoláevna se puso en contacto con las fábricas, organizó el abastecimiento de alimentos en Jamóvniki y hacía guardias en el comité distrital del partido. Después de la victoria de la Revolución de Octubre, en 1917 fue secretaria del Presidium del Soviet de Moscú y dirigió su oficina de información.
En 1918, Sofía Nikoláevna trabaja en el Departamento de Educación Popular de Moscú(MONO). Aquello fue una tarea difícil. Había que encontrar nuevos caminos y nuevas formas de trabajo, desplegar ampliamente la labor educativa no solo entre los alumnos, sino también entre los maestros.
Sofía Nikoláevna sabía descubrir y encontrar personas, formarlas y promoverlas. Cuántos maestros y trabajadores de la educación popular le debían consejos y ayuda en su trabajo. Esto es lo que cuenta sobre ello la antigua trabajadora en el campo de la educación pública R. Orlova, quien en los primeros años de la revolución dirigía el departamento de educación preescolar de Moscú.
Otoño de 1919. Denikin está cerca de Tula. En Moscú hay hambre, no hay combustible. Algunos proponían cerrar los jardines de infancia, porque no había con qué calentarlos. Sofía Nikoláevna ayudó. Aconsejó dirigirse a las delegadas obreras. Ella siempre decía:
«¿No saben qué hacer? Vayan a los obreros, ellos les aconsejarán y les enseñarán».
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Se convocó una reunión de delegadas y trabajadoras de la educación preescolar, y ellas encontraron una solución: decidieron desmontar casas viejas, inservibles para vivir. Así se hizo. Sofía Nikoláevna estaba estrechamente unida a las masas, y era sincera y franca ante ellas.
Hubo un caso así.
En un momento difícil para la revolución, en 1918, en una de las fábricas del distrito de Sokolniki, las obreras se declararon en huelga. Exigían pan. Sofía Nikoláevna llegó a la fábrica. No ocultó nada a las mujeres y no prometió nada. «Sí, no hay pan, no hay productos. Estamos rodeados, hay que defender el poder soviético de los interventores». Llamó a las obreras a apoyar el frente, pues de lo contrario el poder soviético no resistiría. Sus palabras sinceras y directas convencieron a las obreras, y ellas pusieron fin a la huelga.
La guerra privó a muchos niños de sus padres. Las estaciones, los andenes y los trenes estaban llenos de niños abandonados. Era necesario reunirlos y darles refugio. En 1920, Sofía Nikoláevna organizó un vagón de agitación, que siguió tras las tropas en retirada de Denikin desde Moscú hasta Krasnodar. Con el vagón de agitación fue enviada la tejedora de Ivánovo María Fiódorovna Ikrianístova (nombre clandestino del partido: Truba).
«Ve, Trubushka—decía Sofía Nikoláevna—, hay que salvar a los niños». Desde Ucrania, desde el mismo infierno de bandidos—Bogodújov, donde entonces actuaba Majnó—llegóa Moscú para una reunión de los departamentos femeninos Ekaterina Filátova. «Yo estaba enferma, hambrienta y con frío—cuenta ella—. Sofía Nikoláevna me llevó a su casa, me lavó, me vendó, me dio de comer. Recuerdo unas habitaciones pequeñas y bajas en algún lugar del callejón Shúbinski, un samovar barrigón, una lámpara de queroseno y mucha gente sentada a la mesa. Las conversaciones se prolongaban hasta pasada la medianoche. También estaba Nadezhda Konstantínovna Krúpskaya; aquella noche habló del congreso de educación política, en el que Vladímir Ilich presentó un informe».
S. T. Liúbimova cuenta cómo Sofía Nikoláevna le salvó la vida. Ocurrió así. Como instructora del departamento de trabajadoras del Comité Central del partido, fue enviada a Oremburgo. El viaje resultó difícil. Después del año de hambre de 1921, el transporte de pasajeros en la región del Volga había sido suspendido; circulaban trenes con grano, y había que pasar de una ruta a otra. En Samara, Liúbimova subió a un barco de vapor. Toda la cubierta estaba llena de campesinos que regresaban a sus aldeas. En Simbirsk la bajaron del barco; enfermó de tifus exantemático. Informaron de ello a Sofía Nikoláevna, y ese mismo día el comité provincial del partido recibió un telegrama firmado por V. V. Kuíbishev con la solicitud de prestar ayuda a Liúbimova. Sofía Nikoláevna hizo venir desde Samara a la madre de Liúbimova para que cuidara de la enferma.
«No habría salido del tifus si no hubiera sido por la ayuda de Sofía Nikoláevna», dice la camarada Liúbimova. La preocupación por las personas, la ayuda a todos los que la necesitaban, parecían iluminar toda la vida de Sofía Nikoláevna. Por eso la gente se sentía atraída hacia ella, por eso la casa de los Smidóvich estaba siempre abierta para amigos y conocidos.
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Todo el trabajo doméstico en la familia Smidóvich lo llevaba María Ivánovna, que vivió
con ellos muchos años. Ella liberaba por completo a Sofía Nikoláevna de las preocupaciones del hogar. En la numerosa familia Smidóvich, además de sus tres hijos y de la hija de María Ivánovna, se criaban dos sobrinos y una amiga de su hija menor—Galya Nekrásova—, que vivió con ellos desde los catorce años hasta su matrimonio.
La etapa más brillante de la vida de Sofía Nikoláevna está relacionada con el trabajo entre las mujeres. Durante seis años se dedicó a esta difícil labor: desde 1919 hasta 1922 dirigióel Departamento de Mujeres del Comité de Moscú, y desde 1922 hasta 1924, el Departamento de Mujeres del Comité Central del partido. Por su trabajo entre las mujeres, S. N. Smidóvich fue condecorada con la Orden de Lenin. En el gran y complejo trabajo con amplios sectores de obreras y campesinas, ponía muchas fuerzas, conocimientos y calor humano.
Con energía inagotable, luchaba por la liberación de la mujer en la vida cotidiana. Procuraba que se creara el mayor número posible de guarderías, jardines de infancia, comedores y lavanderías.
Igualmente, prestaba gran atención a las asambleas de delegadas, por medio de las cuales, en los primeros años del poder soviético, el partido se mantenía en contacto con la masa de mujeres trabajadoras. Las delegadas eran elegidas entre las obreras y campesinas más avanzadas, y eran auxiliares seguras del partido en todos los ámbitos de la vida. «Todo para el frente», llamaba el partido, y las delegadas recogían ropa de abrigo, cosían ropa interior para los combatientes del Ejército Rojo.
La vieja militante del partido, antigua tejedora de Ivánovo, Pelaguéia Yákovlevna Vorónova, que dirigía el departamento de mujeres en Ivánovo-Voznesensk, recuerda cómo, a petición de Sofía Nikoláevna, organizó la confección de ropa interior para los soldados del Ejército Rojo: «Recibimos tres millones de metros de tela; había que coser ropa para los combatientes. Repartimos rápidamente toda la tela entre las obreras, pero no se me ocurrióanotar las direcciones. Empezaron a regañarme:“¿Cómovas a recoger ahora la ropa? Tres millones de metros no es ninguna broma”. Publiqué un anuncio en nuestro periódico El Territorio Obrero, y por la mañana ya había una fila frente al departamento de mujeres: las
obreras traían la ropa. Y cuando revisamos, resultó que incluso nos habían entregado más de lo necesario: distintas prendas de abrigo, gorros, todo lo que cada una tenía».
M. F. Ikrianístova recuerda cómo desde el departamento de mujeres, por encargo de Sofía Nikoláevna, llegó la petición de ayudar a los soldados del Ejército Rojo enfermos y heridos. Llegaban trenes uno tras otro, y no había quién los descargara. Las delegadas sacaban a los heridos de los vagones con sus propias manos, los enviaban a los hospitales, los lavaban, les cortaban el pelo y los cuidaban.
El Departamento de Mujeres del Comité Central del partido en 1922 se encontraba en la calle Vozdvizhenka, en la casa número 5. Allí mismo, en el primer piso, estaba la redacción de la revista «La Obrera», cuya redactora era Sofía Nikoláevna. Ella encargaba artículos, revisaba los manuscritos y atraía a colaborar en la revista a obreras, escritores y poetas.
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El aparato del Departamento de Mujeres del Comité Central era pequeño. Solo había unos
pocos instructores, que casi siempre estaban de viaje. Sofía Nikoláevna esperaba siempre con impaciencia su regreso de las comisiones. «Cuando ustedes llegan, le gustaba decir, en el departamento es como si se abriera una ventanilla».
Sofía Nikoláevna nunca fue indiferente. Se subía las gafas a la frente, escuchaba atentamente, y luego empezaba a preguntar con calma y detenimiento. Gran alegría le producía a Sofía Nikoláevna los viajes a fábricas y talleres. Allí se interesaba por todos los detalles de la vida de las obreras. La antigua militante del partido Aleksandra Vasílievna Artiújina, que en los primeros años de la revolución fue presidenta del comité de fábrica en la fábrica textil «Proletarka» en Tver, cuenta que cuando Sofía Nikoláevna llegó una vez a su fábrica, pasó unos seis días recorriendo los talleres y los barracones.
«Quería saberlo todo: cómo viven las obreras, cómo trabajan, si hay comedores, guarderías. En la fábrica había 15 mil obreros, y en aquellos años todavía se vivía mal. Entonces abríamos un nuevo club en el edificio de un antiguo convento de monjas, porque no había dónde reunirse, y en las asambleas los obreros tenían que permanecer de pie, rígidos como troncos. Cansamos mucho a Sofía Nikoláevna, y eso que ya era mayor. Daba charlas, hablaba en las reuniones, en los barracones».
Para el 24 de enero de 1924, el Departamento de Mujeres del Comité Central del partido convocó en Moscú la quinta conferencia de trabajadores entre las mujeres. Esto coincidiócon los días de luto, cuando una gran desgracia sacudió al mundo entero: murió V. I. Lenin. La conferencia se abrió con una marcha fúnebre. Todo estaba subordinado a un solo
objetivo: cómo cumplir mejor los mandatos de Lenin.
El informe sobre el trabajo entre las mujeres fue presentado por S. N. Smidóvich. Ella hacía el balance de dos años y, como siempre, señalaba con valentía y claridad los caminos del trabajo futuro del partido entre las mujeres. Hablaba de manera sencilla, sin recursos
oratorios especiales. En el informe se habló mucho de la situación de las obreras, ya que las mujeres, al estar menos calificadas, con mayor frecuencia eran despedidas. La cuestión consistía en conservar el personal de obreras y en elevar su calificación.
Además de su trabajo principal en el Comité Central del partido y en las revistas «La Obrera» y «La Comunista», Sofía Nikoláevna siempre estaba ocupada con informes, artículos y folletos. No sabía negarse al trabajo, aunque se cansaba y se sentía enferma.
En este sentido es característica una carta de su hijo Gleb a su padre: «Aquí todo está bien, excepto que mamá se está portando regular. Deberías llamarle la atención». El 25 de junio de 1922 volvió a escribir: «Mamá ya lleva una semana sin venir a vernos a Serebriany Bor, y no tomará vacaciones antes del 1 de julio». El 7 de julio Gleb escribe: «Mamá, por supuesto, no cumplió su promesa, no tomó vacaciones».
Sofía Nikoláevna pasaba sus vacaciones con los niños en la dacha de Serebriany Bor. Ese lugar lo quería toda la familia, y especialmente ella. La casa de campo, alquilada al Soviet de Moscú, era muy modesta, a su gusto. En primavera, en el jardín la avenida de cerezos se
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cubría de flores blanco-rosadas, florecía la acacia blanca—un regalo de Michurin—. P. G. Smidóvich era un apasionado amante de las flores.
La vida cotidiana de la familia Smidóvich era muy sencilla. Sofía Nikoláevna no soportaba ningún lujo. Amaba la sencillez en todo: en las relaciones con las personas y en la vida doméstica—ropa sencilla, muebles sencillos, vajilla sencilla, comida sencilla—. En su habitación todo era simple, como en la de un estudiante: una cama, un escritorio junto a la cama y una estantería con libros.
En la casa de los Smidóvich a menudo sonaba música. Hasta hoy, en el apartamento de los hijos, se conserva el piano en el que le gustaba tocar al padre. Con frecuencia se
organizaban conciertos familiares. Lo que más se apreciaba allí era a Beethoven. En la numerosa familia Smidóvich siempre se mantenía un tono alegre y bromista. Sofía Nikoláevna no sabía enfadarse. «Mamá nunca regañaba, no gruñía ni reprochaba; más bien podía reírse de nuestros errores o hablar seriamente, y siempre hablaba en voz baja, tranquila, pero muy firme», cuenta su hija menor, Sofía Petróvna.
El presupuesto de la familia era limitado, y la familia era numerosa.
El ocho de marzo, en la casa de Sofía Nikoláevna, siempre era una gran fiesta. Ese día se reunían muchas mujeres, viejas amigas de Sofía Nikoláevna: N. K. Krúpskaya, Anna Ilyínichna Elizárova y María Ilyínichna Uliánova. También acudía Clara Zetkin. Se mantenían conversaciones sinceras y animadas, discusiones, risas y bromas, charlas sobre todo aquello que vivía el país.
En el XIV Congreso del partido, en 1925, Sofía Nikoláevna fue elegida miembro de la Comisión Central de Control. Su extrema honradez y firmeza de principios le ayudaron a cumplir con éxito sus nuevas responsabilidades. Resolví́a los asuntos sin tener en cuenta cargos ni rangos, mostraba sensibilidad y atención camaraderil hacia las personas, y con ello se ganó una gran autoridad. En la Comisión Central de Control solía tener muchos visitantes. Sabía escuchar pacientemente a cada uno, sabía aclarar con calma incluso el asunto más complicado.
En los últimos años, tuvo que ocuparse mucho de cuestiones relacionadas con la vida cotidiana. Daba conferencias para la juventud, escribía artículos, participaba en debates. En las páginas de Pravda, el 24 de marzo de 1925, se publicó su artículo «Sobre el amor». El artículo estaba dirigido a las jóvenes y las llamaba a luchar por una vida sana, por la moral comunista.
Sofía Nikoláevna, a pesar del debilitamiento de sus fuerzas, trabajaba mucho y con gran intensidad; por las noches, cuando en la casa todo se calmaba, durante mucho tiempo aún permanecía encendida la luz en su habitación. Se levantaba antes que todos—a las cinco de la mañana—y, mucho antes de que la casa despertara, ya estaba sentada en su escritorio.
Después del XVI Congreso del partido, en 1930, Sofía Nikoláevna pasó a un trabajo más tranquilo, como vicepresidenta del Comité para la mejora de las condiciones de trabajo y de
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vida de las obreras, dependiente del Presidium del Comité Ejecutivo Central de la URSS.
Al mismo tiempo, dedicaba mucha atención al trabajo literario.
Entre 1927 y 1931 se publicaron varios libros de S. N. Smidóvich: «El PCUS(b) y la campesina», «La obrera y la campesina en la Revolución de Octubre»; con motivo del décimo aniversario del primer congreso de obreras y campesinas, bajo su redacción se publicó la colección «El camino de nuestro crecimiento», y luego los libros «Para qué es necesaria la alianza entre obreras y campesinas», «La obrera y la vida cotidiana», la colección de artículos «Sobre la cultura y la vida cotidiana» y otros. Por encargo del Comité Central del partido, en ese tiempo Sofía Nikoláevna escribió el manual de ciencias sociales «El socialismo vence» para las escuelas fabriles y de fábrica.
Sofía Nikoláevna amaba el trabajo literario. Desde 1931 trabajó en la Sociedad de los Viejos Bolcheviques, donde dirigía el departamento literario-editorial. Como en todas partes, también allí trataba a sus compañeros de trabajo con calidez y atención. Y ellos la recuerdan con cariño.
En vísperas de la fiesta de Octubre, el 6 de noviembre de 1934, Sofía Nikoláevna estuvo en la escuela nº 132. Los pioneros de esa escuela la invitaron a una hoguera festiva. Aquella fue su última intervención, sus últimas palabras ardientes dirigidas a la juventud sobre Octubre, sobre nuestro país.
El 7 de noviembre Sofía Nikoláevna estuvo en la Plaza Roja. Por la noche, en la casa de la familia Smidóvich, como de costumbre, se reunieron viejos amigos alrededor de la mesa. Sofía Nikoláevna bromeaba con alegría e ingenio. Sus ojos estaban llenos de vida, sólo el rostro parecía algo demacrado, adelgazado.
Hacia la noche se sintió mal, y veinte días después falleció. El corazón dejó de servirle.
El 27 de noviembre, en las páginas de Pravda, dentro de un marco de duelo, fue publicado:
«El Comité Central del PCUS(b) comunica con profundo pesar la muerte del viejo miembro del partido bolchevique, organizadora de las mujeres trabajadoras e incansable luchadora por el comunismo, la camarada Smidóvich Sofía Nikoláevna. Comité Central del PCUS(b)».
Sofía Nikoláevna Smidóvich pertenecía a la vieja guardia bolchevique, de firme formación leninista. Tomó el camino de la lucha revolucionaria en su juventud y dedicó toda su vida a la lucha por el comunismo.
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SOFÍA NIKOLÁYEVNA SMIDÓVICH (1895)
LIUDMILA STAL
L. BOGUTSKAYA
Liudmila Nikoláevna Stal pertenecía al grupo de aquellos bolcheviques cuya vida estuvo estrechamente ligada a la historia combativa del Partido Comunista desde los albores de su
organización. Desde muy joven se sintió atraída por la lucha revolucionaria. Sabía que ese no era un camino fácil, que se condenaba a sí misma a persecuciones constantes, privaciones, cárceles y destierros, pero avanzó con valentía por ese camino en nombre de los más altos ideales. La elección del camino revolucionario no fue para ella ni heroísmo, ni ascetismo, ni sacrificio: era una necesidad natural de su alma. El amor por los trabajadores, el deseo de enseñarles a luchar por una vida mejor, llevaron a Liudmila Nikoláevna a la gran verdad del marxismo-leninismo.
Liudmila Nikoláevna Stal nació en 1872. Pasó sus años de infancia en Ekaterinoslav, en la familia del propietario de una pequeña fundición de hierro. Aún en el banco escolar conoció la literatura revolucionaria. Participó en círculos juveniles, guardaba y distribuía folletos y panfletos clandestinos, organizaba colectas en favor de los presos políticos. Los rumores sobre la actividad revolucionaria de Liudmila llegaron a las autoridades, y fue expulsada del gimnasio. Entonces ingresó en cursos de enfermería y los terminó con éxito.
En sus memorias escribió: «Mi infancia transcurrió en una familia burguesa; ¿por qué, entonces, de pronto ya en los años 1896-1897 me convertí en bolchevique?» Y más adelante: «Nuestro apartamento en aquellos años era refugio para revolucionarios que
llegaban de fuera… En nuestra casa se reunía la juventud, se sostenían discusiones
revolucionarias. Con la aparición de la literatura marxista publicada por el grupo“Emancipación del Trabajo”, comenzamos a guardar literatura, creamos una biblioteca. La
literatura se distribuía para leer entre los jóvenes y los obreros… Entre mis maestros estaba
Pável Tochisski44, esto influyó en mí; con él mantenía las relaciones más amistosas».
Liudmila abandonó la vida acomodada en su familia y se unió para siempre al movimiento revolucionario.
En 1895 se marchó de su ciudad natal a Omsk y, por encargo del grupo socialdemócrata, colaboró en el periódico «Stepnói krai» («La región de la estepa»). Un año después ya estaba en Moscú. Se vinculó con los primeros círculos socialdemócratas, imprimía hojas clandestinas y realizaba propaganda.
Sabía realizar una tarea importante para la clase obrera de manera sencilla, modesta, casi imperceptible. En Moscú asistía con frecuencia a reuniones estudiantiles, donde entre los jóvenes se sostenían ardientes discusiones entre los populistas y los marxistas; a estosúltimos ella siempre los apoyaba con entusiasmo. Desde Moscú viajaba con encargos del partido a Tver, Nizhni Nóvgorod y otras ciudades.
44 Pável Tochisski organizó en 1884-1885 un círculo socialdemócrata llamado «Asociación de los artesanos de Petersburgo».
Liudmila Stal leía con avidez la literatura marxista; su concepción del mundo se formó bajo el signo de las ideas de Lenin, a las cuales permaneció fiel hasta el final de su vida.
Hacia fines de los años noventa comenzó la vigilancia sobre L. N. Stal, y en 1899 se realizóen su casa el primer registro. Por consejo de sus camaradas emigró a Francia. Pero la vida en París, lejos de la patria, la agobiaba, y decidió regresar a Rusia, al trabajo vivo del partido. Para obtener contacto con la organización del partido en Moscú, tuvo que viajar a Múnich. Allí, por aquel entonces, se publicaba la «Iskra» de Lenin, y Liudmila Nikoláevna se encargó de llevarla a Rusia. Pero no logró hacerlo, ya que en la frontera fue arrestada. En una maleta con doble fondo le descubrieron ejemplares recién impresos de «Iskra». Liudmila Nikoláevna terminó en prisión. Después de duros interrogatorios decidieron trasladarla a Moscú. Acompañada por dos gendarmes, viajaba de una ciudad a otra, la trasladaban continuamente. En cada ciudad la llevaban a la administración de la gendarmería, la entregaban bajo recibo, de allí a la cárcel, y después de algún tiempo nuevamente a la estación y, acompañada por nuevos gendarmes, hasta la siguiente ciudad. Así, todavía durante el trayecto, conoció las húmedas y oscuras celdas de la fortaleza de Varsovia y estuvo en la prisión femenina de Minsk.
Cansada y agotada, finalmente llevaron a Liudmila Stal a Moscú. En el interrogatorio se negó a declarar. Comenzaron los monótonos días de prisión. Entre los reclusos se estableció comunicación. Con ayuda de presos comunes y de vigilantes se pasaban notas unos a otros, hacían señales convenidas en los libros de la biblioteca, se comunicaban golpeando en las paredes. Pronto Liudmila Stal supo que entre los habitantes de Taganka, donde ella estaba encarcelada, se encontraban también sus tres hermanas: Liza, Liuba y Anna.
Un día estalló un motín en la prisión. El comienzo lo dio el siguiente hecho: un preso político, que llevaba un año encarcelado, se enteró de la muerte de su madre; desesperado, arrancó el escudo que cubría la ventana de la celda, y por eso lo encerraron durante tres días en un calabozo oscuro. Los detenidos, al saberlo, armaron alboroto, empezaron a romper los vidrios, a golpear con los taburetes, exigiendo la liberación inmediata del camarada del calabozo. Entre los iniciadores del motín estaba L. Stal.
Las autoridades de la prisión se negaron a cumplir la exigencia. Entonces los presos declararon huelga de hambre. La cárcel fue puesta en estado de guerra. Se colocaron guardias armados ante las celdas. Al tercer día de huelga de hambre empezaron a llamar a las mujeres una por una para interrogarlas, pero en lugar de interrogatorio, a las iniciadoras del motín las trasladaron a otras prisiones. Liudmila Nikoláevna Stal fue llevada a la prisión de Butyrki.
Allí conoció a Olga Afanásievna Varentsova, que había sido arrestada en el proceso de la Unión Obrera del Norte. En la prisión de Butyrki había personas de diferentes partidos y tendencias: obreros e intelectuales, iskristas y socialrevolucionarios, bundistas y anarquistas. Algunos estaban acusados por trabajar entre los soldados, otros por el caso de una imprenta clandestina, otros por el proceso de la conferencia socialdemócrata de marzo de 1902.
«Nos esforzábamos por crear relaciones amistosas, camaraderiles, y lo logramos muy pronto. «Todo lo que llegaba desde el exterior—paquetes, dinero—iba a un fondo común y se repartía entre todos. Nos pusimos a estudiar. No solo estudiaban las obreras, sino
también las intelectuales… Además de las clases regulares sobre cuestiones políticas
generales, las obreras estudiaban materias de educación general. Olga Afanásievna daba conferencias sobre el movimiento revolucionario en Rusia. Con bastante frecuencia nos llegaba literatura clandestina: «Iskra» y el periódico de los socialistas-revolucionarios (eseristas) «Revolucionnaya Rossiya» («Rusia Revolucionaria»). Recibíamos la literatura de diferentes maneras: escondida en un pastel, metida dentro del vientre de un arenque, durante las visitas, o pasándola de mano en mano a escondidas. La lectura de estos periódicos provocaba grandes discusiones, que a veces adquirían un carácter extremadamente agudo, sobre todo cuando «Iskra» publicaba artículos sobre el daño del terrorismo»45.
Un año pasó Liudmila Stal en la cárcel. Al terminar la condena le entregaron un papel: «Por
orden suprema se la destierra por tres años a Siberia Oriental».
En el severo distrito de Verjolépsk, L. N. Stal, desde el primer día, comenzó a pensar en un plan de fuga, pero escapar era demasiado difícil, y entonces empezó a trabajar entre la población. Su antigua profesión de enfermera le ayudó a establecer rápidamente contacto con los campesinos. Gracias a su sensibilidad y disposición para ayudar, Liudmila Stal ganó su cariño y confianza, y ellos la ayudaron a escapar del destierro.
Tres meses después, L. Stal regresó a Petersburgo. Fue enviada a trabajar más allá de la barrera de Neva, donde dirigía un círculo de propaganda en la fábrica Obujov. Pero pronto una gran redada llevó a Liudmila Stal a la Casa de Detención Preventiva. Allí enseñaba a los jóvenes cómo debían comportarse durante los interrogatorios, y por esa «influencia perjudicial» sobre los arrestados fue trasladada a la fortaleza de Pedro y Pablo. En la fortaleza estuvo encarcelada 17 meses, pero los gendarmes no lograron establecer su identidad.
Después de la fortaleza de Pedro y Pablo, en diciembre de 1904, Liudmila Stal fue desterrada a la provincia de Vólogda, pero en el camino al destierro escapó y se dirigió a Odesa. Allí, bajo el seudónimo del partido «María Ivánovna», ella trabaja como
organizadora de distrito urbano y miembro del comité bolchevique de Odesa. Interviene en mítines y reuniones, organiza huelgas. En marzo de 1905 la envían a Nikoláev para restablecer la organización bolchevique que había sido destruida.
Cuatro meses de trabajo intenso—y nuevamente es arrestada. Esta vez fue desterrada bajo vigilancia policial a Kursk. Pero ¿cómo podía quedarse en Kursk cuando en Moscúmaduraban grandes acontecimientos revolucionarios? Nueva fuga—y ya está de regreso en Moscú. Aquí Liudmila Nikoláevna trabaja como organizadora del distrito de Butyrki, y pronto es elegida miembro del comité bolchevique de Moscú.
45 L. Stal, Un año tras las rejas, Gosizdat, 1926, pp. 18-19.
Después de la terminación de la huelga ferroviaria de octubre en toda Rusia, Liudmila Stal fue enviada a Petersburgo, donde fue cooptada como miembro del comité del partido en Petersburgo y donde realizó un gran trabajo en la organización militar bolchevique de la ciudad. Por el caso de esta organización, en 1906 fue nuevamente arrestada. Durante siete meses L. N. Stal estuvo en prisión y fue liberada bajo fianza hasta el juicio.
La fracción bolchevique de la Duma del Estado la envió a trabajar a Ekaterinoslav, donde
organizó la publicación de un periódico bolchevique y trabajó en el fortalecimiento de la
organización del partido. Pronto siguió un nuevo arresto. Después de dos meses de cárcel, Liudmila Stal fue expulsada de Ekaterinoslav.
Mientras esperaba el proceso judicial por el caso de la organización militar de Petersburgo, se encontraba en Finlandia, donde cumplía tareas del Comité Central del partido. Finalmente se dictó la sentencia en su caso: la amenazaba trabajos forzados. Tuvo que partir nuevamente al exilio. Se estableció en París, donde comenzó a trabajar en la sección rusa de los bolcheviques y en el Partido Socialista francés como organizadora y propagandista. Fue miembro del grupo femenino del Partido Socialista francés, dedicando muchas fuerzas al fortalecimiento del movimiento internacional de mujeres.
En 1912, cuando comenzó la preparación para la publicación de una revista especial para las obreras de Rusia, Liudmila Stal se entregó con entusiasmo al trabajo de preparación. Junto con Inessa Armand elaboraba el plan de la revista, señalaba los temas de los artículos, mantenía correspondencia con los camaradas en Rusia. «Soñábamos con—escribía ella—cómo recibiríamos desde Petersburgo la crónica del movimiento femenino, cartas de las
obreras, borradores, materiales; cómo trabajaríamos sobre ellos, dándoles una forma literaria ordenada».
Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Liudmila Stal organizó un pequeño grupo de mujeres del Partido Socialista francés que decidió lanzar un desafío a los defensores de la guerra imperialista. Se llamaron «Grupo de lucha por la paz y contra el chovinismo» Este grupo se reunía clandestinamente, ya que por cada palabra contra la guerra se encarcelaba a las personas.
Liudmila Stal utilizó su gran experiencia de trabajo clandestino. Enseñaba a las socialistas francesas a realizar reuniones ilegales, a ocultarse de los espías, a publicar proclamas, etc. Sobre este período de su actividad, Liudmila Stal escribió: «Distribuíamos estas proclamas completamente al estilo ruso. En los alrededores de París, por la noche, caminábamos por las oscuras callejuelas de los barrios obreros y dejábamos los volantes en los buzones, los pegábamos en las cercas. Una vez tuvimos suerte: un socialista ruso —el camarada Konstantin— nos llevó en su automóvil, y nosotros, arriesgándonos a ser capturados, arrojábamos desde el automóvil en marcha el conocido llamamiento de Clara Zetkin contra la guerra imperialista. El trabajo clandestino durante la guerra, en un país extranjero, era extremadamente arriesgado. El gobierno francés podía en cualquier momento declararnos espías alemanas. Por eso la obrera Louise Simonet—que había trabajado muchos años en el Partido Socialista francés—firmaba con su nombre nuestras proclamas. A pesar de las persecuciones, la prohibición de reuniones y mítines, cada día nos hacíamos más fuertes, ganábamos cada vez más partidarios entre los miembros de los sindicatos (especialmente entre los metalúrgicos). El movimiento contra la guerra se fortalecía».
En 1915, junto con Clara Zetkin, N. K. Krúpskaya e Inessa Armand, Liudmila Stal participó en la organización de la Conferencia Internacional de Mujeres en Berna (Suiza). Después de esta conferencia, el «Grupo de lucha por la paz y contra el chovinismo»desplegó aún más ampliamente su trabajo de agitación entre las masas. La policía no dormía. Todas las obreras estaban registradas en la policía. Louise Simonet fue arrestada.
Una vez, cuando Liudmila Nikoláevna regresó de Suiza, adonde había viajado más de una vez para ver a V. I. Lenin y recibir instrucciones para el trabajo, encontró sobre la mesa una citación de un investigador militar. La llamaban a interrogatorio. La amenazaba el arresto por actividad antimilitarista. Logró salir secretamente de París hacia Londres. «En la frontera inglesa, en Folkestone —recordaba después Liudmila Stal—, tras un registro minucioso fui invitada a un interrogatorio. Muchas veces tuve que pasar interrogatorios en Rusia, pero una actitud tan jesuítica como la que encontré entre los gentlemen ingleses, nunca la había visto».
En Londres, Liudmila Nikoláevna Stal emprendió una enérgica campaña en la prensa por la liberación de Louise Simonet, a quien mantenían en la cárcel en una misma celda con prostitutas. Denunciaba a los socialistas franceses, que ya entonces ocupaban puestos ministeriales. Cuando la noticia del trato humillante que esos «socialistas» daban a Louise Simonet recorrió la prensa inglesa, italiana y suiza, el gobierno francés se apresuró a silenciar el asunto y liberar a Louise Simonet de la prisión.
A finales de 1916, por encargo de Lenin, Liudmila Stal viajó a Estocolmo para establecer contacto con Rusia y organizar el transporte de literatura hacia allí. Regresó a Rusia después de la Revolución de Febrero. Dedicó muchas fuerzas al trabajo entre las mujeres, hablaba con frecuencia en reuniones obreras. Un día, al llegar al comité de Petrogrado para recibir una autorización para dar una conferencia en Sestroretsk, supo que Lenin llegaba ese mismo día a Petrogrado. En Sestroretsk, Liudmila Stal compartió la alegre noticia con los
obreros.
«¡Organizar el recibimiento de Ilich, ir a Beloostrov!», se oyeron voces por todas partes. Con gran dificultad lograron conseguir una locomotora y un vagón. Todos querían ir a recibir a Lenin. Hubo que hacer una selección, porque era imposible acomodar a todos.
En Beloostrov, Vladímir Ilich pronunció un discurso en el que llamaba a luchar por la revolución socialista. Sobre este encuentro, L. Stal, que viajaba desde Beloostrov en el mismo vagón que Lenin, recuerda: «Parecía que los entusiastas saludos de los obreros y
obreras no tenían fin. Como si no quisiera, el tren se pone en marcha. Los obreros con banderas rojas se alejan lentamente en la oscuridad de la noche. Nos acercamos a la capital. He aquí Petrogrado. Toda la ciudad se lanzó al encuentro de Lenin. Se amontonaban, levantaban a los niños en brazos. No terminaban los fuertes y entusiastas gritos de“¡hurra!”. Se formó una guardia de honor de los marineros de Kronstadt. Lenin pronunciósu famoso discurso desde el automóvil blindado. Detrás del automóvil, que avanzaba lentamente, corría la gente. Todos querían estrechar la mano de Ilich, decirle algo desde el corazón, expresar su alegría. Ahí corre un obrero ya mayor. Se arrancó del cuello un pañuelo rojo y se lo dio a Ilich: “Toma, guárdalo y, como siempre, defiende nuestros intereses”».
Las famosas Tesis de Abril de Lenin dieron al partido y al proletariado un plan claro para pasar de la revolución democrático-burguesa a la socialista. En la Conferencia de Abril, donde se discutieron, Liudmila Stal fue delegada y habló con entusiasmo en su defensa. En su intervención declaró: «Si aceptamos las consignas de Lenin, haremos lo que la propia vida nos indica». Criticó duramente a quienes aún dudaban de que los obreros y campesinos de Rusia pudieran tomar el poder en sus manos y establecer la dictadura del proletariado.
En los tensos días de preparación de la insurrección armada de Octubre, L. N. Stal trabajaba en Kronstadt; redactaba el periódico «Kronstadtskaya Pravda», era miembro del comitébolchevique de Kronstadt y miembro del Comité Ejecutivo del Sóviet, que mucho antes de la Revolución de Octubre ya se había vuelto bolchevique.
Durante la insurrección armada de octubre, el Sóviet de Kronstadt envió 12.000 marineros y soldados armados en ayuda del Petrogrado revolucionario. Para proteger los accesos a la capital, los marineros de Kronstadt enviaron el vapor «Yastreb», el buque de línea «Zaria Svobody» («Aurora de la Libertad») y el crucero blindado «Aurora», al que le correspondióiniciar el asalto al Palacio de Invierno.
En noviembre de 1917, Liudmila Stal, junto con A. Kollontái, K. Nikoláyeva, K. Samóilova y otras, organizó en Petrogrado la primera conferencia de obreras. Esta conferencia envió su delegación al Smolny para saludar la política del Comité Central y estigmatizar la actitud rompehuelgas de Zinóviev y Kámenev, quienes exigían la participación en el gobierno de mencheviques y socialrevolucionarios.
Liudmila Nikoláevna recuerda cómo esta delegación de obreras llegó a Smolny, rodeado de ametralladoras, y cómo fue recibida por Lenin. «Nunca había visto a Lenin tan cansado—escribe L. N. Stal—, pero cuando la obrera Klavdia Nikoláyeva habló en nombre de nuestra conferencia y dijo que 80 mil obreras, que nos habían enviado, prometían apoyo y cubrían de vergüenza a los rompehuelgas de la revolución, el rostro de Lenin se iluminó con una sonrisa. “Si las obreras están con nosotros —dijo Vladímir Ilich—, la victoria de la revolución está asegurada”».
A comienzos de 1918, Liudmila Nikoláevna Stal se convirtió en redactora de «Soldatskaya Pravda» («La Verdad del Soldado»), y durante los años de la guerra civil editó periódicos y boletines del ejército en los frentes checoslovaco, kolchakista y otros, y también trabajó en los departamentos políticos del ejército. Junto con el Ejército Rojo recorrió ciudades y aldeas de Rusia. En Nikoló-Berezovka, Sarapul y Elábuga quedó un cálido recuerdo de su labor. En Ufá fue miembro del comité provincial del partido; en Viatka, miembro del buródel comité provincial y redactora del periódico «Viatka Pravda». También fue redactora del periódico del 12.º ejército «Borba» («Lucha»); por el departamento político del ejército fue elegida delegada al Congreso de Obreras de toda Rusia y al Congreso de toda Rusia sobre el trabajo en el campo, y después también al VIII Congreso del Partido.
Luego vino un período de trabajo en el Cáucaso del Norte. Allí fue delegada a la primera conferencia del Cáucaso del Norte y al primer congreso de obreras montañesas. Después, nuevamente en Moscú, trabajo en el Secretariado Internacional Femenino de la Comintern.
Liudmila Stal era extraordinariamente activa, incansable, siempre se dirigía a los sectores más difíciles del trabajo del partido. Directa, decidida, a veces incluso severa, sabía
organizar y conducir a la gente. En el verano de 1921, cuando el hambre azotó la región del Volga, viajó a Siberia para recolectar grano para los hambrientos del Volga. Es difícil enumerar todas las ciudades en las que estuvo cumpliendo tareas del partido en los años de formación del poder soviético, pero siempre, en el centro de su actividad, estuvieron la propaganda, la organización de las mujeres y la prensa. Con frecuencia intervenía en calidad de autora. Escribió más de una decena de folletos y numerosos artículos en periódicos y revistas. Bajo su redacción se publicó la «Biblioteca de la obrera y la campesina».
Con frecuencia tuve ocasión de encontrarme con Liudmila Stal. La conocí como una gran dirigente política, siempre absorbida por el trabajo y, al mismo tiempo, muy sencilla y cordial.
En mi memoria se conserva un encuentro con ella en 1933 en Faros; era un sanatorio en uno de los maravillosos rincones de Crimea. Liudmila Nikoláevna Stal solía pasear por el parque y por la orilla del mar acompañada por comunistas búlgaras —las hermanas Blagóeva—, a quienes estaba muy unida. Amaba la naturaleza y la sentía con gran sensibilidad; contemplaba de un modo especial la puesta del sol, el oleaje del mar, y siempre me sorprendía con observaciones sutiles sobre los maravillosos colores del cielo y del mar de Crimea.
«Miren qué pequeña nube ardiente tan brillante. He visto una igual en los cuadros de Kuindzhi», o bien: «Qué color azul turquesa, como una pincelada en la paleta de Aivazovski».
En sus cartas a sus familiares escribía sobre el sol del sur, el olor del mar, el rumor de las
olas. Amaba Crimea, amaba la naturaleza y la belleza de la vida.
La sensibilidad y la sencillez de Liudmila Nikoláevna atraían a la gente hacia ella. Especialmente se sentían atraídas por ella las obreras y las campesinas. Procuraba despertar en ellas el deseo de aprender, las ayudaba a estudiar y a crecer. Sabía descubrir las capacidades de cada persona y con frecuencia las ayudaba a encontrarse a sí mismas. Recuerdo cómo a la campesina semianalfabeta Vashéntseva logró enseñarle a creer en sus propias fuerzas y en su talento. Bajo la influencia de Liudmila Stal, Vashéntseva escribióun relato sobre su vida. Posteriormente, ese libro, con el título «La vida de Arinka», fue publicado y tuvo gran éxito entre las obreras y campesinas.
Liudmila Nikoláevna Stal murió en 1939. Pertenecía a ese grupo de personas para quienes vivir significaba luchar; a la gloriosa guardia leninista de combatientes valientes que lucharon por el luminoso futuro de la humanidad, por el comunismo.
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LIUDMILA NIKOLAEVNA STAL
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MARÍA MOISÉEVNA ESSEN
S. BERDICHEVSKAYA
María Moiséyevna Essen comenzó su actividad revolucionaria en el período en que, bajo la
dirección del inolvidable Vladímir Ilich Lenin, nacía y empezaba a formarse nuestro partido, el partido de nuevo tipo. Con veinte años entró en el movimiento revolucionario, y a finales del siglo XIX y comienzos del XX tuvo la suerte de trabajar bajo la dirección de Lenin y de cumplir sus encargos.
Precisamente en ese período María Moiséyevna fue una de las militantes más activas del partido bolchevique, una revolucionaria profesional. Después del II Congreso formó parte del Comité Central del partido y participó directamente en la primera revolución rusa de 1905-1907.
María Moiséyevna Essen, a quien los camaradas recuerdan por sus seudónimos de partido«Zver» («La Fiera»), «Sokol» («Halcón»), «Nina Lvóvna», nació en Brest-Litovsk en 1872, en la familia de un modesto empleado ferroviario.
La familia era numerosa y vivía en la pobreza.
«El año 1881—recuerda María Moiséyevna—fue especialmente duro. En el país había hambre; el pan, la leña, los alimentos subieron terriblemente de precio, y el salario de mi padre no alcanzaba para mantener a una familia de siete personas. Mi madre se esforzaba con todas sus fuerzas, pero la necesidad nos vencía, y pasábamos hambre constantemente».
En su infancia María Moiséyevna terminó la escuela parroquial, pero no pudo recibir una educación sistemática. Los grandes conocimientos que poseía los adquirió mediante la autoeducación. La suerte no favoreció a María Moiséyevna; sus años de infancia y juventud transcurrieron en condiciones difíciles. «Nos salvaban los libros y el amor por la naturaleza», escribía María Moiséyevna sobre aquellos años. Al principio leía sin orden, todo lo que caía en sus manos, sin comprenderlo todo, pero los libros le ayudaban a suplir la falta de educación.
Como muchas otras jóvenes de su generación, María Moiséyevna se apasionó por las obras de Nekrásov, Chernyshevski y otros demócratas revolucionarios, que ejercieron gran influencia en la formación de su conciencia revolucionaria. «Para mí, Nekrásov era una
fuente inagotable para conocer la vida…Nos embriagábamos con sus versos y nunca nos
cansábamos de repetirlos…Era la poesía de nuestra vida, que nos mantenía a cierta altura moral», escribía María Moiséyevna en sus memorias.
Sobre la novela de Chernyshevski«¿Quéhacer?», María Moiséyevna escribe que sacudiótodo su ser. «Los nuevos hombres mostrados en esta novela, que desafían al viejo mundo, hombres de una nueva ideología, de una nueva moral y de una enorme voluntad: de ellos hay que tomar ejemplo y de ellos hay que aprender, seguirlos con total entrega. La lucha implacable por una vida nueva, construida sobre los principios de los grandes ideales de la humanidad: esa es una tarea digna por la cual no es una lástima dar la vida».
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María Moiséyevna veía el objetivo de su vida en luchar, en cambiar la dura suerte del pueblo, en serle útil. «El libro me reveló—escribe más adelante—que, además de la
sofocante y atrasada provincia, existe un mundo de lucha…Comprendí que no hay que
aislarse, sino penetrar en lo profundo de la vida del pueblo, estudiarla y encontrar caminos para cambiar sus aspectos más duros».
En 1891 estalló en Rusia una hambruna aún más terrible que la de 1881. Las personas avanzadas de aquella época, al ver la magnitud de la desgracia popular, trataban de ayudar a los hambrientos. María Moiséyevna se dirigió al pueblo de Ekaterínovka, en la provincia de Samara, y comenzó a trabajar en un comedor para campesinos hambrientos, abierto con fondos reunidos por L. N. Tolstói.
La situación de los campesinos era terrible. A veces estallaban motines por hambre. A los amotinados los reprimían con la bayoneta y el látigo, con la cárcel y los trabajos forzados.
Después de un largo y hambriento invierno comenzaron epidemias de tifus y cólera, que diezmaban a la población. Observar tranquilamente la desgracia del pueblo era insoportable. Tras recibir conocimientos elementales sobre el cuidado de los enfermos, María Moiséyevna, en 1892, se trasladó a Ekaterinoslav (Dnepropetrovsk) y comenzó a trabajar en un barracón para enfermos de cólera.
Después de ver los inmensos sufrimientos del pueblo, se preguntaba cada vez más cómo se podía aliviar su destino. Esta cuestión inquietaba a la joven, pero no podía encontrar respuesta. Después del trabajo en la lucha contra la epidemia, María Moiséyevna decidióhacerse obrera y entró a trabajar en un taller de sombrerería, donde, como las demás
obreras, fue sometida a una explotación inhumana. En temporada, las sombrereras trabajaban hasta 18 horas al día; el resto del tiempo vivían siempre bajo la amenaza del desempleo.
En Ekaterinoslav, María Moiséyevna comenzó su camino revolucionario. A través de un estudiante socialdemócrata recibió literatura clandestina. En sus manos cayeron el«Manifiesto Comunista» de K. Marx y F. Engels, así como «El Capital» de Marx. Ingresóen un círculo socialdemócrata local, cuyos miembros estudiaban estas obras con gran perseverancia.
En sus memorias, María Moiséyevna escribe: «Con una especie de éxtasis estudiábamos el
primer tomo de “El Capital”. Era difícil, pero no nos rendíamos…En este libro se
concentraba para nosotros toda la sabiduría de los siglos. En él estaba la filosofía de toda la historia de la sociedad humana, las leyes de su desarrollo. En él se daba un análisis completo de la sociedad capitalista, de la lucha de clases y del papel de la clase obrera en la futura revolución».
María Moiséyevna se sentía atraída hacia una actividad más amplia, y decidió trasladarse a Odesa, donde existían grandes fábricas y talleres. Durante cerca de dos años trabajó en distintos talleres de Odesa y, al mismo tiempo, estudiaba intensamente en círculos en la biblioteca pública, leyendo con avidez libros sobre la historia del movimiento revolucionario, economía política y obras filosóficas de Plejánov.
En 1896, María Moiséyevna llegó a Sarátov, donde conoció y se hizo amiga de los socialdemócratas Golúbev. Aquí participó en el trabajo de un círculo marxista, y pronto ella misma comenzó a realizar labor de propaganda. Soñaba con dedicarse por completo al trabajo del partido, con convertirse en una revolucionaria profesional. María Moiséyevna buscaba vínculos con organizaciones del partido más grandes, para aprender de su experiencia revolucionaria. Con este propósito, a finales de 1897 se trasladó a Kiev, donde se convirtió en miembro de la «Unión de lucha por la emancipación de la clase obrera» de Kiev.
La Unión estaba vinculada con importantes centros de Rusia y con los activistas en el extranjero del grupo «Emancipación del Trabajo». También mantenía contactos con
obreros de fábricas y talleres ferroviarios.
En su labor de propaganda, María Moiséyevna procuraba familiarizar a sus oyentes con la concepción materialista del mundo, les hablaba de la lucha de clases y del papel de la clase
obrera en la lucha por el socialismo. Participaba activamente también en el movimiento huelguístico; junto con otros socialdemócratas elaboraba las reivindicaciones de los obreros en huelga y redactaba hojas volantes, que se imprimían con hectógrafo y se distribuían entre los trabajadores.
Habiendo acumulado experiencia en el trabajo clandestino, María Moiséyevna decidióemplearla en alguna gran región industrial, con gran número de obreros. Se sentía atraída por los Urales. Poco antes del I Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR), se dirigió a San Petersburgo para consultar con los camaradas de la «Unión de lucha por la emancipación de la clase obrera» de Petersburgo acerca de la organización del trabajo del partido en los Urales.
Ellos aprobaron su intención de ir a los Urales y el plan de trabajo previsto para esa región, le proporcionaron literatura ilegal y direcciones de camaradas. Los miembros de la Unión de Petersburgo prometieron a María Moiséyevna toda clase de ayuda.
Poco después de que ella partiera hacia los Urales, le enviaron los materiales del I Congreso del partido y la ayudaron a organizar el trabajo y una imprenta clandestina, adquiriendo para ella el equipo necesario.
María Moiséyevna se estableció en Ekaterimburgo (hoy Sverdlovsk) y, junto con otros camaradas, desplegó un activo trabajo de propaganda. En sus memorias, María Moiséyevna escribe: «Yo aplicaba el método de la conversación, de la lectura conjunta y, lo principal, de la incorporación inmediata al trabajo práctico. Los miembros de los círculos ayudaban a establecer contacto con los obreros, organizaban reuniones, preparaban material para el hectógrafo, copiaban con caligrafía cuidadosa las hojas para la impresión y, después de imprimirlas, se dirigían a las fábricas y talleres para pegarlas».
Pronto, en Ekaterimburgo fue creada la primera organización socialdemócrata en los
Urales. Formaban parte de ella obreros de la fábrica Verjne-Isetski, de la fábrica textil de Zlokázov, de la planta de Yatis y del ferrocarril. A través del socialdemócrata D. Kremliov fueron incorporados al trabajo alumnos de la Escuela de Minas: Syromólotov, Várpichev, Yakobson, Loskov, Savatin y otros, que tenían vínculos entre los obreros de las minas y fábricas.
En las empresas se creaban círculos de jóvenes, cuyos miembros eran incorporados al trabajo ilegal. Se les daban distintas tareas, y ellos las cumplían con entusiasmo. Las reuniones de obreros, por lo general, se organizaban en el bosque, bajo el pretexto de paseos campestres.
El 1 de mayo de 1898, en los Urales, fue distribuida por primera vez una hoja volante con el lema: «¡Proletarios de todos los países, uníos!», en la que se hablaba del significado de la conmemoración del Primero de Mayo, de la opresión y la falta de derechos de la clase
obrera, de la ruina del campesinado y de la lucha del proletariado en los grandes centros del país.
La hoja terminaba con el llamamiento: «¡Abajo la autocracia y viva el Partido Obrero Socialdemócrata!» Esta hoja fue impresa con hectógrafo y pegada durante la noche en fábricas, talleres y postes telegráficos.
Poco después se publicó también un volante con el llamamiento «A los obreros de los Urales». Era una especie de manifiesto sobre las tareas de la clase obrera.
La organización de Ekaterimburgo mantenía vínculos con las fábricas de Zlatoust, Vótkinsk, Kusá y Sýsert. Se proponía convocar un congreso socialdemócrata de todos los Urales y organizar la estructura como una organización regional. El comité se impuso la tarea de crear una imprenta. Con ayuda del obrero Emeliánov, que trabajaba en una imprenta, comenzaron a reunir tipos de imprenta. En dos meses se habían acumulado más de dos puds, pero eso no era suficiente, y María Moiséyevna partió hacia Petersburgo. En el camino pasó por Samara, donde se había organizado la redacción de una antología (compilación) que se preparaba para su publicación, titulada «La lucha proletaria».
Llevar a Ekaterimburgo el equipo que faltaba para la imprenta era bastante arriesgado, pero después de muchas dificultades la carga llegó a su destino. Finalmente, con ayuda de N. N. Kudrin, administrador de unas minas de oro en Bishkil, cerca de Cheliábinsk, la imprenta fue organizada.
Era la primera imprenta clandestina bien equipada en los Urales.
Al principio, María Moiséyevna quería quedarse en Ekaterimburgo, encargando el trabajo de la imprenta a otros camaradas, pero debido a la caída de casi toda la organización, se trasladó de Ekaterimburgo a Bishkil y se dedicó por completo al trabajo de la imprenta. María Moiséyevna viajó a Samara, obtuvo artículos sobre el movimiento obrero y sobre el trabajo en el campo, y comenzó, junto con Kudrin y otros camaradas, a componer y a imprimir la recopilación.
Naturalmente, todo este trabajo se realizaba en el más estricto secreto.
En la imprenta, María Moiséyevna aprendió el oficio de tipógrafa. Más tarde esto le fueútil: en Ginebra trabajó durante algún tiempo como cajista en la imprenta de «Iskra».
La recopilación «La lucha proletaria», impresa en 600 ejemplares, fue enviada a Petersburgo para su distribución entre las organizaciones. Por temor a una redada, la imprenta fue escondida en casa de uno de los miembros de la organización, Demiónov, que estaba relacionado con la imprenta. Pero resultó ser un provocador y delató a todos los participantes de la organización de la imprenta, en primer lugar, a María Moiséyevna.
Fue arrestada y permaneció en la prisión de Ufá, en celda de aislamiento, casi dos años. Durante los primeros seis meses ni siquiera le permitían libros, luego le dieron el Evangelio y el tercer tomo de «El Capital» de Marx, tomándolo por un libro de estudio corriente. María Moiséyevna comenzó a estudiar profundamente «El Capital», experimentando una enorme alegría.
Una vez tuvo un enfrentamiento con el vigilante de la prisión. La dirección decidióencerrarla en el calabozo de castigo. María Moiséyevna se negó a obedecer esta orden y declaró que resistiría. Cuando intentaron arrastrarla por la fuerza al calabozo, se aferró al respaldo de la cama. De pronto, de la cama se desprendió un trozo de hierro, que quedó en manos de María Moiséyevna. Los guardias se asustaron y salieron corriendo al pasillo.
Ordenaron sacar de la celda todas sus cosas, poner a la detenida a pan y agua, privarla de comida caliente, de paquetes y de correspondencia. Ese régimen duró más de dos meses. María Moiséyevna enfermó. Entonces, por insistencia del médico de la prisión, la pasaron a alimentación de enfermería, comenzaron a sacarla a pasear y le devolvieron la cama. Se recuperó rápidamente. Al terminar la investigación, María Moiséyevna fue desterrada por cinco años a Siberia Oriental.
Hasta Aleksándrovsk tuvo que viajar en un tren de presos, abarrotado, principalmente de delincuentes comunes. Después, a los deportados los hacían marchar por etapas, bajo la lluvia y el barro, casi sin permitirles descansar. En Krasnoyarsk, María Moiséyevna fue enviada a la prisión y colocada en una celda individual. Allí había una cantidad enorme de ratas. En sus recuerdos escribe: «En mi alma hervía una furia salvaje contra las ratas, contra la administración de la cárcel, contra todo el sistema. No, no me entregaré para que me devoren las ratas. Lucharé. Y durante toda la larga noche permanecí colgada de la reja de la ventana, cambiando de posición a cada momento, sin darme descanso, tratando de hacer el mayor ruido posible y espantando con los pies a las ratas más insolentes».
En Krasnoyarsk, María Moiséyevna supo que la enviaban a Yakutia, a la ciudad de Olekminsk. Le esperaba un largo camino a pie y por el río Lena en barcazas. Esta última circunstancia dificultaba la fuga, en la que ella no dejaba de pensar.
A finales de diciembre de 1901 llegó a Aleksándrovsk, y hacia el lugar de destierro partióen junio de 1902. Dotada de una hermosa voz, alegre y llena de vitalidad, María Moiséyevna infundía ánimo a las personas, a pesar de las dificultades del camino, la mala
alimentación y los enfrentamientos con el comandante del convoy, que solía estar ebrio.
Al llegar al lugar de destierro, decidió huir a toda costa. Escapar a miles de verstas del ferrocarril era muy difícil, pero María Moiséyevna no abandonó esa idea. Compartió sus planes con los compañeros de la colonia de deportados. Ellos la apoyaron con entusiasmo, y comenzó a prepararse para la fuga.
Especialmente agitaron a los deportados los números del periódico «Iskra» de Lenin, que llegaron a Olekminsk. Cada número era discutido con gran fervor. Quedaba claro que«Iskra» se estaba convirtiendo en una fuerza organizadora, que bajo la dirección de Lenin se estaba creando un poderoso partido revolucionario. Permanecer largos años en el destierro, esperando pasivamente su final, resultaba insoportable.
María Moiséyevna se preparaba intensamente para la fuga. Para ello necesitaba dinero. La ayudó un camarada, Nikolái Nikoláyevich Kudrin, que había sido arrestado junto con ella por el caso de la imprenta clandestina y que había escapado del lugar de asentamiento. Llegó desde Irkutsk a Olekminsk cuando el río Lena comenzaba ya a cubrirse de hielo. Durante 2.000 verstas por el Lena avanzó en una barca entre los hielos y le llevó el dinero para la fuga.
El pasaporte lo consiguieron de una monja que había abandonado el convento. Se preparóun trineo con doble fondo. Entre el primer y el segundo fondo, María Moiséyevna permaneció acostada durante todo un día de viaje. Ni siquiera el cochero advirtió que ella estaba allí.
Hasta Irkutsk, María Moiséyevna viajó ya abiertamente, pero el peligro no había pasado. Casi dos semanas viajaron a caballo. Este viaje agotó todas sus fuerzas. «Pero—escribe María Moiséyevna en sus recuerdos—más que estas penalidades físicas, me atormentaba la idea de un posible fracaso. El tedio del largo camino no podía disiparse con nada. El trineo estaba cerrado y delante se veía solo la desierta carretera nevada. Avanzábamos día y noche».
Desde Irkutsk, María Moiséyevna viajó ya en tren, sin salir del vagón y recuperando fuerzas con el descanso. Así llegó hasta Vorónezh. Allí recibió de antiguos camaradas de la clandestinidad contactos que le dieron la posibilidad de cruzar la frontera. Llegó a Ginebra, que era el centro de la emigración del partido. Allí se encontraba la Liga de la socialdemocracia, en la que participaban los partidarios de «Iskra». María Moiséyevna fue a Ginebra para establecer contacto con la redacción de «Iskra», familiarizarse con todos los documentos del partido y recibir la asignación a una de las organizaciones iskristas.
En Ginebra, María Moiséyevna conoció a V. I. Lenin. Él le causó una impresión extraordinariamente fuerte. En sus recuerdos escribe: «Desde el primer encuentro produjo la impresión de un verdadero dirigente, de un hombre de enorme inteligencia, conocimientos y voluntad, y de un camarada admirable, con el que inmediatamente uno se siente sencillo y libre».
En aquel tiempo, en la redacción de «Iskra» se discutía el proyecto del programa, el
estatuto del partido, y se sostenían acaloradas polémicas con representantes de distintos grupos socialdemócratas. La vida del partido transcurría con gran intensidad, muy distinta de la vida tranquila de los partidos de Europa occidental. Ella deseaba estudiar más profundamente y comprender todo aquello que antes había tenido que captar a fragmentos, sobre la marcha. En Ginebra tenía todas las posibilidades para ello, y María Moiséyevna estudió a fondo las obras de Lenin y Plejánov.
Sobre una serie de cuestiones de principio conversó con V. I. Lenin. «Las conversaciones con Lenin—escribe—, su actitud excepcionalmente atenta hacia los miembros del partido, su capacidad para abarcar plenamente todo el círculo de cuestiones relacionadas tanto con la teoría del marxismo como con la práctica de la lucha revolucionaria, nos fortalecieron enormemente. Estas conversaciones, para nosotros, simples miembros del partido eran una verdadera escuela marxista».
A finales de 1902, María Moiséyevna fue enviada a trabajar en el comité iskrista de Petersburgo. Ella recuerda que, cuando se decidía el envío a Rusia de uno u otro militante del partido, Lenin hablaba personalmente con él, le daba consejos e instrucciones concretas.
En Petersburgo, María Moiséyevna debía dedicarse al trabajo de propaganda. Al llegar, se puso inmediatamente a trabajar, pero, al no tener documentos, no podía registrarse
oficialmente. Con la ayuda de una amiga de Sarátov, Evguenia Semiónovna Strekálova, logró conseguir el pasaporte de soltera de su nuera, la noble Zinaída Vasílievna Déshina. Con ese documento María Moiséyevna se registró, haciéndose pasar por una cantante que había llegado para perfeccionar su voz. Se instaló en el centro de Petersburgo y se entregópor completo al trabajo del partido.
En el comité de Petersburgo, María Moiséyevna se ocupaba de la organización de la propaganda. La secretaria del comité era E. D. Stásova. El comité tenía amplios vínculos en los barrios obreros y prestaba gran atención al trabajo de propaganda.
Para la primavera de 1903, en las fábricas se habían creado numerosos círculos de propaganda, y poco tiempo después los propios miembros de esos círculos comenzaron a realizar trabajo propagandístico. Junto con la organización de círculos donde se difundía el marxismo, el comité, a través de organizadores distritales, creaba en las empresas células iskristas que dirigían el movimiento obrero en las fábricas.
Los obreros escuchaban la opinión y los consejos del comité iskrista de Petersburgo. La preparación de manifestaciones abiertas de los trabajadores se convirtió en un momento importante del trabajo del partido.
Preparándose para la manifestación del Primero de Mayo de 1903, el comité iskrista decidió, para asegurar la unidad de acción, organizar una reunión de todas las
organizaciones socialdemócratas, discutir las consignas, distribuir a los oradores, los distritos, etc. Pero en la reunión estaba presente un provocador, y todos los participantes fueron arrestados.
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María Moiséyevna sabía que, si era reconocida y la policía establecía que había huido del destierro en Yakutia y vivía con pasaporte ajeno, en el mejor de los casos recibiría un nuevo destierro a Yakutia con prolongación del plazo, y posiblemente también prisión en la fortaleza de Petropávlovsk o en la de Shlisselburg.
Pero el asunto tomó un giro completamente inesperado. Gracias al pasaporte, en el que constaba origen noble, y a su ocupación musical, los gendarmes decidieron que había llegado a la reunión por casualidad.—«¿Quétiene que ver usted, una joven de sociedad, futura artista, con alguna manifestación, con esos obreros?»—le dijo el coronel de la gendarmería. A los pocos meses, María Moiséyevna quedó en libertad. Fue desterrada, bajo vigilancia policial abierta, a Odesa, en contra de la propuesta del Ministerio del Interior de enviarla por tres años a la provincia de Olónec. Debía obtener un certificado de paso en la administración de la gendarmería.
Los camaradas insistían en que no se presentara allí, que se ocultara, pero María Moiséyevna se arriesgó a ir a la oficina de la gendarmería, comprendiendo que obtener el certificado y marcharse ante los propios gendarmes adormecería su vigilancia durante mucho tiempo. En la administración de la gendarmería vivió momentos de gran tensión, pero consiguió la libertad necesaria para continuar su actividad clandestina.
María Moiséyevna salió de la prisión después del II Congreso. Los miembros del ComitéCentral elegidos en el congreso se encontraban en Kiev, y ella decidió ir allí para recibir nuevas tareas. Antes de partir, María Moiséyevna asistió a una reunión del Comité de Petersburgo, que, como resultado de la victoria de la corriente iskrista sobre los«economistas», aprobó una declaración de apoyo a Lenin y a la línea de la vieja «Iskra». El comité aún no tenía información sobre el II Congreso del partido, y la escisión producida enél fue inesperada.
Los miembros del comité estaban convencidos de que la minoría se opondría a las decisiones del congreso, y por ello era necesario realizar un serio trabajo para fortalecer las
organizaciones del partido. Era preciso desplegar, como indicaba Lenin, una lucha revolucionaria por la creación de un partido verdaderamente revolucionario, un partido de nuevo tipo.
María Moiséyevna, sabiendo que estaba siendo vigilada, en vez de ir directamente a Kiev viajó primero a Odesa. En el camino trató de librarse de los espías, y al llegar quemó el pasaporte de Déshina y el certificado de paso, y cambió su aspecto hasta quedar irreconocible (de rubia pasó a ser morena).
Convencida de que los gendarmes habían perdido su rastro, partió hacia Kiev. Allí, María Moiséyevna se registró en un hotel con el pasaporte de Inna Jristofórovna Gobi. Los miembros del Comité Central encargaron a los delegados del congreso—Zemliáchka y D. I. Uliánov—informar a María Moiséyevna sobre las decisiones del II Congreso y ponerla al tanto de sus materiales. Solo allí, María Moiséyevna supo por sus camaradas todo lo que había ocurrido en el congreso, qué desacuerdos se habían manifestado durante su desarrollo, cuál era la posición de la mayoría respecto a los comités locales, etc.
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Allí mismo se enteró por primera vez de que los miembros del Comité Central en Rusia
habían planteado la cuestión de cooptarla, junto con otros camaradas, como miembro del Comité Central.
El miembro del Comité Central G. M. Krzhizhanovski le propuso recorrer varias ciudades con informes sobre el congreso, a lo que ella accedió con gusto. Durante este viaje, María Moiséyevna presentó informes sobre el trabajo del congreso, dio a conocer a los camaradas los planes de trabajo del Comité Central, se familiarizó con la composición de los comités y, cuando era necesario, organizó la redistribución de sus militantes.
La mayoría de los comités aprobó la línea de principios de los bolcheviques.
En sus informes al centro en el extranjero, María Moiséyevna escribía que las
organizaciones del partido adoptaban resoluciones reconociendo las decisiones del congreso y sometiéndose al Comité Central. Señalaba que el trabajo se animaba, que el interés de los obreros por el partido aumentaba, que había mayor demanda de literatura y que los trabajadores aspiraban a la acción, a manifestaciones abiertas.
Durante cinco meses, María Moiséyevna estuvo en quince ciudades y visitó quince comités, algunos de ellos dos veces. Los espías la seguían paso a paso. Para librarse de ellos, tenía que recurrir a toda clase de artimañas. A veces se vestía como una dama elegante, por lo que los agentes de la policía secreta le dieron el apodo de «La elegante», y otras veces aparecía disfrazada de campesina, con un hatillo en las manos.
Después de estos viajes, el Comité Central propuso a María Moiséyevna que fuera a Ginebra, donde estaba Lenin, para presentar un informe sobre el estado del trabajo del partido en Rusia y para sustituir temporalmente al miembro del Comité Central Lengnik, a quien llamaban a Rusia.
A comienzos de febrero de 1904 viajó a Ginebra. La situación allí era muy tensa. Se desarrollaba una aguda lucha contra los mencheviques. La noticia de que la mayoría absoluta de las organizaciones del partido en Rusia mantenía posiciones correctas fue recibida por Lenin con alegría.
María Moiséyevna se mantuvo firmemente en las posiciones leninistas.
P. K. Krúpskaya, en sus recuerdos, escribe que Essen infundía un ánimo que disipaba el estado de abatimiento creado por los mencheviques.«“Zver”,escapada del destierro y vuelta a la libertad, estaba llena de una alegre energía con la que contagiaba a todos los que la rodeaban. No había en ella ni la menor duda ni indecisión. Se burlaba de cualquiera que se desanimaba, que suspiraba por la escisión. Las querellas del extranjero, de algún modo, no la afectaban»46.
46 N. K. Krúpskaya, Recuerdos sobre Lenin, Gospolitizdat, 1957, p. 83.
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Para el 1.º de mayo de 1904, los bolcheviques decidieron publicar, junto con los
mencheviques, una hoja volante y presentarse como un frente único ante el proletariado internacional. Lenin preparó el proyecto de la hoja, y el Comité Central lo aprobó. A María Moiséyevna se le encargó coordinarlo con Plejánov.
Cuando llegó, Plejánov atacó duramente al Comité Central del partido. María Moiséyevna respondió con objeciones. Le habló del estado de ánimo de los obreros en Rusia, de las resoluciones de la mayoría de las organizaciones del partido que apoyaban las decisiones del II Congreso, de que las organizaciones habían crecido tanto que podían resolver por símismas cuestiones complejas de la vida del partido, etc.
Hablaba con calma, teniendo la instrucción de Lenin de no irritar a Plejánov e intentar interesarlo por el trabajo que realizaban los bolcheviques. Pero no se logró nada. Plejánov rechazó todas las propuestas de trabajo conjunto. Las divergencias con los mencheviques se agudizaron tanto que V. I. Lenin planteó la necesidad de crear un órgano impreso propio y preparar la convocatoria del III Congreso.
A comienzos de agosto de 1904, María Moiséyevna participó en la primera conferencia de los bolcheviques, conocida como la «conferencia de los 22», después de la cual partió hacia Rusia para preparar el III Congreso. Antes de ello, por encargo de Lenin, viajó a París para negociar con los escritores bolcheviques sobre su trabajo en la redacción del periódico bolchevique «Vperiod» (Adelante).
En sus recuerdos, María Moiséyevna relata con extraordinaria viveza sus encuentros con Vladímir Ilich Lenin en el extranjero. Con entusiasmo y admiración dice ella, refiriéndose a la felicidad que era trabajar con él.
A María Moiséyevna no le fue posible participar en la preparación del III Congreso del partido. Por denuncia del provocador Zhitomirski, fue arrestada en la frontera de Rusia y enviada a la Casa de Detención Preventiva de Petersburgo.
Lenin y Krúpskaya se enteraron más tarde del arresto de María Moiséyevna. El 14 de agosto, Nadezhda Konstantínovna escribe a L. J. Gobi al Comité de Moscú: «Zver (Essen)
ha caído. Informen de la situación… ¿Hay contactos con la prisión? ¿No saben algo de Zver? ¿Se recibió la carta en la que el 19 de julio preguntábamos por esto?»
En una carta a María Ilyínichna, Nadezhda Konstantínovna pregunta: «Escriban qué saben de Sokol. ¿Cómo se encuentra?»
Y en una carta a Gobi, del 30 de octubre, Nadezhda Konstantínovna pide: «Informen con el mayor detalle posible todo lo que sepan de Sokol, ¿hay correspondencia con él?»
Desde la prisión, María Moiséyevna escribió a Ginebra una carta en la que describía su arresto y advertía que en el grupo de transporte en Berlín había un provocador. La carta fue interceptada y no llegó a sus destinatarios.
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En ella, María Moiséyevna subrayaba que no podía vivir fuera de la lucha revolucionaria:
«Sin mí, claro, la vida seguirá, lo sé, pero para mí, sin esa vida, no hay vida».
En la prisión, María Moiséyevna no reveló su verdadero nombre. Viajaba a Rusia con el pasaporte de Uvárova. Por las fotografías, la policía estableció que era también Déshina y Gobi. Ella lo negó todo. Entonces decidieron juzgarla como vagabunda, lo que significaba recibir varios años de trabajos forzados. María Moiséyevna se vio obligada a declarar su verdadero nombre.
El Departamento de Policía estableció que María Moiséyevna era «miembro del partido, miembro del Comité Central y que desempeñaba un papel importante en el partido», pero no tenían hechos ni pruebas, y el Ministerio del Interior se limitó a condenarla a cinco años de destierro en el Extremo Norte de la provincia de Arcángel.
El destierro a la provincia de Arcángel, y no a Siberia, se explicaba por el hecho de que la vía siberiana estaba ocupada por traslado de tropas hacia el Lejano Oriente; en ese tiempo se estaba librando la guerra con Japón.
En la prisión, María Moiséyevna recibió una carta de Vladimir Lenin y Nadezhda Krupskaya, en la que le escribían sobre la situación en el partido, sobre que había comenzado a publicarse el periódico bolchevique Vperiod, y que había aparecido mucha juventud valiosa.
A esta carta Lenin añadió una nota: «Los comités de la mayoría se están uniendo, ya han elegido un buró, y ahora el órgano los unirá completamente. ¡Hurra! No se desanime, ahora todos estamos reviviendo y reviviremos. De una manera u otra, un poco antes o un poco
después, esperamos sin falta verla también a usted… recuerde que todavía no somos tan viejos, todo está aún por delante. Su Lenin»47.
Durante el traslado por etapas hacia la provincia de Arcángel, ella supo muchas cosas nuevas. Estando en prisión durante los acontecimientos de enero de 1905, María Moiséyevna no podía conocer toda la magnitud del movimiento que había abarcado al país, y a medida que la cárcel se llenaba con cada vez más detenidos, le parecía que los sucesos de enero habían terminado en derrota.
En el vagón de presos supo que, en lugar del periódico «Vperiod», había comenzado a publicarse, conforme a la decisión del III Congreso del partido, el periódico bolchevique Proletarii. El periódico escribía sobre el crecimiento del movimiento revolucionario no solo en los grandes centros industriales, sino también entre el campesinado, en el ejército y en la marina. El periódico pasaba de mano en mano. La gente discutía apasionadamente sobre los acontecimientos y expresaba abiertamente sus opiniones, sin temer a los guardias.
Algunos guardias escuchaban con interés acerca de los disturbios campesinos y las huelgas.
47 V. I. Lenin, Obras Completas, t. 46, p. 496.
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Cuando se acercaban los superiores, advertían a los presos, escondían los periódicos y
folletos, pedían que se les explicara la esencia de las discusiones y de las discrepancias políticas, así como las diferencias entre los partidos políticos.
Al llegar a Jolmogory, María Moiséyevna presentó al jefe de policía un certificado médico sobre su mal estado de salud, expedido por el médico de la prisión, y le permitieron permanecer una semana en Jolmogory. El jefe de policía quería averiguar si el lugar de destierro que se le había asignado era erróneo, ya que el pueblo de Verkólskoye, donde debía vivir, era un lugar mortal, adonde ni siquiera enviaban a los hombres en destierro.
Después de que pasó la semana, María Moiséyevna, con el pretexto de que su ropa estaba en la lavandería, pidió permiso para quedarse un día más en Jolmogory, y por la noche, con ayuda de dos compañeros deportados, huyó en una barca hacia Arcángel, y luego pasó a Petersburgo. Al principio trabajó en el Buró del Comité Central, después en el Comité de Petersburgo, que seguía firmemente la línea leninista y apoyaba el órgano central Proletarii.
Un enorme papel en los días de la revolución lo desempeñó la apertura, a comienzos de septiembre de 1905, de las puertas de los centros de educación superior para la realización de reuniones, mítines y conferencias. El Comité de Petersburgo encargó a María Moiséyevna dirigir el trabajo de todas las organizaciones estudiantiles. Ella organizaba reuniones de obreros y estudiantes, seleccionaba a los oradores, fijaba los temas, proporcionaba materiales e informaba a los conferencistas y agitadores sobre las decisiones del Comité de Petersburgo, las consignas planteadas, etc.
Además, a María Moiséyevna se le encargó intensificar el trabajo de organización de las escuadras de combate. La formación de destacamentos exigía grandes esfuerzos; faltaban armas y era difícil conseguirlas; los ejercicios de tiro se realizaban lejos de la ciudad.
Después de la derrota del levantamiento armado de Moscú, las condiciones de trabajo se hicieron más difíciles. El gobierno zarista pasó a la ofensiva. Comenzaron registros, arrestos, y la vigilancia se intensificó. Un día, a la vivienda donde vivían María Moiséyevna, A. M. Essen y L. J. Gobi, llegaron gendarmes. En el apartamento se guardaba una gran cantidad de revólveres. Aunque el registro fue superficial y las armas no fueron encontradas, los gendarmes se llevaron a A. M. Essen. María Moiséyevna, junto con L. J. Gobi, recogieron las armas y abandonaron rápidamente el apartamento.
María Moiséyevna pasó a la clandestinidad. Dejó de aparecer en grandes reuniones, que además eran cada vez menos frecuentes. Concentró su actividad en el distrito de Vasílievsky. Los arrestos comenzaron a repetirse cada vez con más frecuencia. Se aproximaba la reacción. El trabajo revolucionario se reducía.
En Moscú pasó una ola de arrestos. Allí casi no quedaban compañeros del partido a quienes la policía no conociera. No había quién trabajara, y el Comité Central envió allí a María Moiséyevna junto con otros dos camaradas. En Moscú, María Moiséyevna fue elegida miembro del Comité de Moscú del partido.
Trabajar en Moscú era difícil.
Ni siquiera había lugar donde reunirse. La intelectualidad liberal, que antes con gusto prestaba sus apartamentos para reuniones, ahora había cerrado las puertas. Había que reunirse en casas de té nocturnas, en calles apartadas de barrios remotos, en parques de las afueras. Era difícil acostumbrarse nuevamente a la clandestinidad.
El Comité de Moscú de los bolcheviques concentró su trabajo en los distritos, fortaleciendo sus vínculos con los obreros de las grandes fábricas. María Moiséyevna fue organizadora de un distrito urbano donde había muchos obreros calificados.
A pesar de la derrota del levantamiento armado de diciembre de 1905, el partido, por llamamiento de Vladimir Lenin, reunía fuerzas para los combates venideros.
Después de la disolución por el gobierno de la I Duma Estatal, el Comité de Moscú envió a María Moiséyevna a Finlandia, donde se encontraba Lenin, para consultar con él sobre las cuestiones de la organización del trabajo del partido. Al llegar ante Lenin, le habló de la situación creada en las condiciones de la ofensiva reaccionaria, del alejamiento de la intelectualidad, del evidente descenso de la revolución. Vladímir Ilich escuchaba atentamente, pero, según le pareció a ella, con disgusto y cierta frialdad:
«Bueno, ¿qué se le va a hacer? Mientras la lucha continúa—y continúa, digan lo que digan—, no hay que lamentarse, sino actuar». Y le dio una serie de indicaciones sobre cómo debía actuarse.
Al regresar de Finlandia, María Moiséyevna contó que Lenin estaba lleno de nuevos planes, rebosante de energía. «La derrota temporal no lo desanimó. Proponía sacar de ella una lección para la ofensiva futura», —recordaba María Moiséyevna en sus memorias. En Moscú, trabajó hasta finales de 1906. Luego fue enviada a Petersburgo, donde un provocador se había infiltrado en la organización y las caídas (detenciones) se sucedían una tras otra. Pero no logró desplegar el trabajo, ya que pronto enfermó gravemente y fue enviada al hospital. Se hicieron sentir diez años de trabajo clandestino, cárceles, destierros, fugas y la inestabilidad de su vida personal.
Después de salir del hospital, junto con su marido, a quien se le había declarado un proceso activo de tuberculosis, se trasladó al Cáucaso y se apartó del trabajo activo del partido.
En 1911, María Moiséyevna estuvo en Ginebra y allí volvió a encontrarse con Vladimir Lenin. En sus memorias escribe: «Lenin siempre estaba lleno de una profunda fe en las fuerzas creadoras de la clase obrera revolucionaria. En 1911 lo vi en Ginebra. Pronunció un informe, y me sorprendió el tono enérgico y, diría, profético de su exposición. En un momento en que algunos de nosotros vivíamos un estado de ánimo sombrío, creyendo que la reacción se había fortalecido por mucho tiempo, Lenin afirmaba que un nuevo ascenso estaba próximo, que la clase obrera estaba ahora más madura para la revolución que en 1905, que el campesinado había comprendido la necesidad de actuar junto con el proletariado, que había tomado en cuenta la falta de organización y la dispersión de sus acciones, que el gobierno y las clases dominantes no eran capaces de resolver ni una sola cuestión, que las premisas objetivas y subjetivas para la revolución estaban presentes, y que ella era inevitable y su éxito estaba asegurado, porque el partido, la clase obrera y el campesinado no repetirían los errores de 1905, sino que sacarían de ellos la lección
necesaria… Los acontecimientos posteriores confirmaron plenamente las palabras proféticas de Lenin de que la clase obrera había madurado para la revolución y que la revolución estaba cerca».
Después de la Revolución de Febrero de 1917, María Moiséyevna fue elegida diputada del Sóviet de obreros de Tiflis. Desde 1921, durante varios años dirigió el departamento de agitación del Comité Central del Partido Comunista de Georgia; luego estuvo al frente del departamento de agitación y propaganda del comité del partido de Tiflis y del departamento de propaganda y agitación del comité regional transcaucásico.
Escribió el folleto «Desenmascaramiento del menchevismo», muchos artículos y reseñas sobre libros de historia del partido. Desde 1927, María Moiséyevna trabajó en Istpart del Comité Central y realizó una gran labor en la recopilación y publicación de memorias y documentos sobre la historia de nuestro partido. Fue miembro del consejo de redacción de la revista Proletarskaya Revolyutsiya y publicó en ella artículos y reseñas sobre cuestiones histórico-partidarias.
María Moiséyevna dedicó también muchas energías a la edición de las obras de los grandes demócratas revolucionarios. Formó parte del consejo editorial de la edición en 20 tomos de las obras de Mikhail Saltykov-Shchedrin. Para varios volúmenes de esta colección escribiólos prólogos.
Durante la Gran Guerra Patria, realizó un importante trabajo en la Unión de Escritores Soviéticos, de la cual era miembro desde 1938. Escribió numerosos artículos para el Sovinformburó. En todos sus textos se manifestó como una apasionada publicista contra la ideología hostil al marxismo-leninismo.
El trabajo literario ocupó un lugar importante en su vida. Poco antes de su muerte escribióel libro «El primer asalto», sus memorias sobre la revolución de 1905 y sobre Vladimir Lenin. En esta obra presentó a Lenin como el creador del partido revolucionario, como enemigo irreconciliable del oportunismo, como un dirigente genial y como un hombre extraordinario.
Hasta los últimos días de su vida, María Moiséyevna permaneció como una ardiente propagandista del leninismo, interesándose por todo lo que vivía el país soviético y su heroico pueblo.
María Moiséyevna Essen murió en 1956, a los 85 años.
MARÍA MOISÉEVNA ESSEN
FIN
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