© Libro N° 8923. Confesión. Tolstói, Lev Nikoláievich. Emancipación. Agosto 7 de 2021.
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Ispoved. Lev Nikoláievich Tolstói, 1882
Versión Original: © Confesión. Lev Nikoláievich Tolstói
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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Lev
Nikoláievich Tolstói
Confesión
Lev Nikoláievich Tolstói
«Mi vida es una broma estúpida y cruel que alguien me ha gastado»,
escribía el autor de Guerra y paz en el cenit de su vida, cuando había
alcanzado con sus libros riqueza y celebridad mundial. La desazón profunda que
se apodera de Tolstói parece conducirlo inexorablemente hacia el suicidio.
Comienza así una búsqueda existencial desesperada que pronto agotará las
posibilidades ofrecidas por su siglo a los hombres de su condición —las
ciencias, la filosofía, las artes— y culminará en una conversión espiritual que
habría de transformar para siempre su vida y su pensamiento. La conversión del
gran escritor ruso implica ante todo recusar la moralidad del desencanto y el
cinismo estéril en la que él mismo ha militado, para abrirse a la sabiduría
genuina de los hombres sencillos, esos «creadores de vida», en cuyos gestos y
tradiciones «refulge lo sagrado».
Lev Nikoláievich Tolstói
Confesión
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Título original: Ispoved
Lev Nikoláievich Tolstói,
1882
Traducción: Marta Rebón
Diseño de portada: Steven
Editor digital: Steven
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I
Fui bautizado y educado en la fe cristiana ortodoxa. En los principios
de dicha fe me instruyeron desde niño, durante toda mi adolescencia y en mi
juventud. Pero cuando a los dieciocho años abandoné la universidad en segundo
curso, yo ya no creía en nada de lo que me habían enseñado.
A juzgar por algunos recuerdos, nunca creí seriamente, sólo tenía
confianza en lo que mis mayores me enseñaban y profesaban ante mí; pero esa
confianza era muy vacilante.
Recuerdo que, cuando tenía unos once años, recibimos un domingo la
visita de un chico que estudiaba en el liceo, Volodinka M., muerto ya hace
mucho tiempo, quien nos anunció como una gran novedad un descubrimiento que
había hecho en el liceo. El descubrimiento era que Dios no existía y que todo
cuanto nos enseñaban no era más que pura invención (esto sucedió en 1838).
Recuerdo cuánto se interesaron por esta noticia mis hermanos mayores; incluso
me llamaron para que participara en el coloquio. Todos, me acuerdo, estábamos
muy excitados y acogimos la noticia como algo sumamente interesante y
completamente posible.
Recuerdo también que cuando mi hermano mayor, Dmitri, estaba en la
universidad, abrazó la fe repentinamente, con el apasionamiento que le
caracterizaba, y comenzó a asistir a los oficios religiosos, a hacer ayuno y a
llevar una vida pura y moral, todos, incluso los más mayores, no dejábamos de
burlarnos de él y no sé por qué le pusimos de apodo Noé.
Recuerdo que Musin-Pushkin, a la sazón tutor de la Universidad de Kazán,
nos había invitado a un baile y que insistió a mi hermano, que había declinado
su invitación, diciéndole en tono de burla que incluso David había bailado
delante del Arca. Yo compartía entonces las burlas de los mayores y la
conclusión que saqué de ellos es que era preciso estudiar el catecismo, ir a
misa, pero que no hacía falta tomárselo demasiado en serio. Recuerdo también
que, muy joven aún, leí a Voltaire, y que sus burlas, lejos de escandalizarme,
me divertían mucho.
Mi desarraigo de la fe se produjo del modo habitual entre la gente que
ha recibido nuestro mismo tipo de educación. Me parece que en la mayoría de los
casos sucede así: la gente vive como vive todo el mundo, y todo el mundo vive
basándose en principios que no sólo no tienen nada que ver con la fe, sino que,
las más de las veces, se oponen a ella. La fe no participa en la vida, no
regula en modo alguno nuestras relaciones con los demás ni es preciso que la
confirmemos en nuestra propia vida; la fe se profesa en algún lugar lejos de la
vida e independientemente de ella. Si nos topamos con la fe, será sólo como un
fenómeno externo, no ligado a la vida.
Por la vida de una persona, por sus actos, hoy igual que ayer, es
imposible saber si es creyente o no. Si existe alguna diferencia entre los que
profesan abiertamente la
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ortodoxia y los que la niegan, no es en beneficio de los primeros.
Ahora, como entonces, el reconocimiento público y la profesión de la ortodoxia
se encuentran, en gran medida, entre personas estúpidas, crueles e inmorales,
que se consideran muy importantes. La inteligencia, la franqueza, la honradez,
la bondad y la moralidad se suelen hallar, por el contrario, entre los hombres
que se reconocen no creyentes.
En las escuelas se enseña el catecismo y se manda a los alumnos a la
iglesia; a los empleados públicos se les exigen cédulas de comunión. Pero el
hombre de nuestra clase social que ha acabado sus estudios y no ha entrado al
servicio del Estado, aún en nuestros días pero todavía más en el pasado, puede
vivir décadas sin recordar ni una vez siquiera que vive entre cristianos y que
él mismo es considerado un miembro practicante de la fe cristiana ortodoxa.
Hoy, igual que ayer, la fe admitida sobre la base de la confianza y
mantenida por la presión externa se extingue poco a poco bajo la influencia del
conocimiento y de las experiencias de la vida contrarias a esa fe, y, muy a
menudo, el hombre vive largo tiempo imaginando que la fe que le inculcaron en
su infancia permanece intacta en él, cuando en verdad no queda ni el menor
rastro de ella.
S., un hombre inteligente y sincero, me contó cómo dejó de creer. Tenía
veintiséis años cuando un día, durante una expedición de caza, haciendo noche
en un albergue, se puso a rezar según la vieja costumbre adquirida de niño. Su
hermano mayor, que estaba con él de cacería, yacía sobre el heno y le miraba.
Cuando S. hubo terminado y se disponía a acostarse, su hermano le «¿Todavía
haces eso?». Y no se dijeron nada más. Desde ese día, S. dejó de arrodillarse
para orar y de asistir a la iglesia. Y hace ya treinta años que no reza, no
comulga, no va a la iglesia. Y no porque hubiera descubierto las convicciones
de su hermano y las compartiera, ni porque hubiera decidido algo en su alma,
sino únicamente porque lo que su hermano le dijo fue como la presión de un dedo
contra una pared que estaba a punto de caer por su propio peso. Esas palabras
le mostraron que allí donde él pensaba que había fe hacía tiempo que había un
lugar vacío y que, por tanto, las palabras que pronunciaba, las cruces y las
genuflexiones que hacía mientras oraba eran, en esencia, acciones desprovistas
de sentido. Al percatarse de su absurdidad, no pudo continuar haciéndolas.
Lo mismo le ha pasado y le sigue pasando, creo yo, a la inmensa mayoría
de la gente. Hablo de personas con nuestra educación, de personas sinceras
consigo mismas, y no de los que hacen del objeto de la fe un medio para
alcanzar cualquier fin efímero. (Estos últimos son los ateos más radicales,
porque si la fe es para ellos un medio para alcanzar algún fin mundano, a buen
seguro que no se trata de fe). La gente con nuestra educación se encuentra en
una situación en la que la luz del conocimiento y de la vida ha derretido el
edificio artificial, y, o bien se han dado cuenta ya y han liberado ese
espacio, o aún no se han dado cuenta.
La fe que me fue transmitida en la infancia me abandonó de igual manera
que a
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otros, con la única diferencia de que, como yo comencé a leer y a pensar
mucho a una edad temprana, mi abjuración de la fe se dio muy pronto y con total
discernimiento. A los dieciséis años abandoné la oración y por iniciativa
propia dejé de acudir a la iglesia y de ayunar. Ya no creía en lo que me habían
transmitido en la infancia; creía en algo pero no podía decir en qué. Creía en
Dios o, más bien, no negaba a Dios, pero no podía decir qué clase de Dios era
ése. No negaba a Cristo ni a sus enseñanzas, pero tampoco podía decir en qué
consistían esas enseñanzas.
Ahora, recordando esa época, veo claramente que, aparte de los instintos
animales, la fe que guiaba mi vida, mi única, mi verdadera fe, era la fe en el
perfeccionamiento. Pero no habría podido decir en qué consistía ese
perfeccionamiento ni cuál era su objetivo. Trataba de perfeccionarme
intelectualmente. Aprendía todo cuanto podía, todo lo que la vida ponía en mi
camino.
Intentaba perfeccionar mi voluntad, me fijaba reglas que me esforzaba en
cumplir; me aplicaba en perfeccionarme físicamente desarrollando mi fuerza y mi
destreza mediante toda clase de ejercicios, cultivando la resistencia y la
paciencia con todo tipo de privaciones. Consideraba todo eso como
perfeccionamiento. El punto de partida fue, por supuesto, el perfeccionamiento
moral, pero pronto fue sustituido por el perfeccionamiento general, es decir,
el deseo de ser mejor, no a mis propios ojos o a los de Dios, sino a ojos de
otros hombres. Y ese deseo de ser mejor a ojos de otros se convirtió muy pronto
en el deseo de ser más fuerte que los otros, es decir, más célebre, más
importante, más rico.
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II
Alguna vez contaré la historia de mi vida, lo conmovedora e instructiva
que fue durante esos diez años de mi juventud. Creo que muchas, muchas personas
han experimentado lo mismo. Deseaba con toda mi alma ser bueno; pero era joven,
tenía pasiones, y estaba solo, completamente solo, en mi búsqueda del bien.
Cada vez que trataba de expresar mis deseos más íntimos, esto es, que quería
ser moralmente bueno, no encontraba más que desprecio y burlas; pero cuando me
entregaba a las viles pasiones, los demás me elogiaban y alentaban.
La ambición, el ansia de poder, la codicia, la lascivia, el orgullo, la
ira, la venganza; todo eso era respetado. Sucumbiendo a esas pasiones, parecía
más adulto, y sentía que todos estaban contentos conmigo. Mi buena tía, con la
que yo vivía y que era el ser más puro del mundo, siempre me decía que no había
nada que deseara tanto para mí como que mantuviera una relación con una mujer
casada: «Rien ne forme un jeune homme comme une liaison avec une femme comme il
faut». Me deseaba también otra felicidad: que me convirtiera en ayudante de
campo, preferiblemente del emperador. Por último, el colmo de la dicha, a sus
ojos, era que me casara con una joven muy rica y que ese matrimonio me aportara
el mayor número posible de esclavos.
No puedo recordar aquellos años sin horror, sin repugnancia y sin un
dolor en el corazón. Mataba a hombres en la guerra, retaba a otros a duelo para
matarlos, perdía dinero jugando a las cartas, dilapidaba el fruto del trabajo
de los campesinos, los castigaba; fornicaba, me valía de engaños. La mentira,
el robo, la promiscuidad de todo tipo, la embriaguez, la violencia, el
asesinato… No existe crimen que no hubiera cometido, y por todo ello me
alababan, y mis coetáneos me consideraban, y aún me consideran, un hombre
relativamente moral.
Así viví diez años.
En esa época comencé a escribir por vanidad, codicia y orgullo. En mis
escritos hacía lo mismo que en la vida. Para obtener la gloria y el dinero por
los que escribía, era preciso disimular el bien y exhibir el mal. Así lo hice.
Cuántas veces me las ingenié en mis escritos para esconder, bajo una apariencia
de indiferencia e incluso de ligera burla, mis aspiraciones al bien, que
constituían el sentido de mi vida. Y lo conseguí y fui elogiado.
Después de la guerra[1], a la edad de veintiséis años, volví a San
Petersburgo y comencé a frecuentar a escritores. Me acogieron como a uno de los
suyos, me adulaban. Antes de que pudiera darme cuenta ya había asimilado las
opiniones acerca de la vida que sostenían los escritores con los que me
juntaba, y todos mis esfuerzos precedentes por mejorar se esfumaron. Aquellas
opiniones ofrecían un fundamento teórico al desorden de mi vida y lo
justificaban.
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Según la visión del mundo de mis compañeros de pluma, la vida, por lo
general, sigue su propia evolución, y nosotros, hombres de pensamiento, tenemos
un papel fundamental en esa evolución, y, entre los hombres de pensamiento, los
más influyentes somos nosotros, los artistas y los poetas. Nuestra vocación es
instruir a los hombres. Para evitar enfrentarnos a una cuestión obvia —qué sé
yo y qué puedo enseñar a los otros—, la teoría explicaba que no era necesario
saberlo, y que el artista, el poeta, enseña inconscientemente. Yo era
considerado un artista y un poeta maravilloso, por eso me resultó muy natural
abrazar esta teoría. Yo, artista y poeta, escribía e instruía a los demás sin
saber lo que estaba enseñando. Y me pagaban dinero por hacerlo, disfrutaba de
buena comida, alojamiento, mujeres, sociedad; tenía fama. Debía de ser que lo
que enseñaba era muy bueno.
Esa creencia en la importancia de la poesía y en la evolución de la vida
era una religión, y yo era uno de sus sacerdotes. Ser uno de sus sacerdotes era
muy ventajoso y agradable. Viví bastante tiempo profesando esa fe sin dudar de
su autenticidad. Pero al segundo año de llevar ese tipo de vida, y en especial
durante el tercero, empecé a dudar de la infalibilidad de esa fe y comencé a
examinarla. La primera cosa que me llevó a dudar fue el haberme percatado de
que no todos los sacerdotes de esa fe estaban de acuerdo entre sí. Unos decían:
«Nosotros somos los mejores profesores y los más útiles porque enseñamos lo que
es necesario, mientras que los otros enseñan falsedades». Y los otros
replicaban: «No, nosotros somos los verdaderos maestros, y vosotros sois los
que enseñáis falsedades». Discutían, se enemistaban, se injuriaban, mentían, se
engañaban entre sí. Además, había muchas personas entre nosotros que no se
preocupaban por saber quién llevaba razón y quién se equivocaba, sino que se
limitaban a conseguir sus fines egoístas mediante nuestra actividad. Todo eso
me obligó a poner en tela de juicio la autenticidad de nuestra fe.
Pues bien, una vez comencé a dudar de la veracidad de la religión de los
escritores, me puse a observar más de cerca a sus sacerdotes y me convencí de
que casi todos los sacerdotes de dicha fe —los escritores— eran personas
inmorales, la mayoría de carácter malo y ruin, muy por debajo de las personas
que había conocido durante mi vida anterior, mi vida militar y mi vida
disipada, pero estaban seguros de sí mismos y se sentían satisfechos como sólo
pueden estarlo los santos o los que ignoran qué es la santidad. Esa gente
terminó por repugnarme, así como yo mismo me repugnaba, y comprendí que esa fe
no era más que un engaño.
Pero lo extraño es que, si bien comprendí pronto toda la mentira de esa
fe y renegué de ella, no renuncié al título que me habían otorgado esos
hombres, el título de artista, poeta, maestro. Continuaba imaginando
cándidamente que yo era un poeta, un artista, y que podía enseñar a todos sin
saber lo que enseñaba. Y eso seguí haciendo.
Como consecuencia de frecuentar a esos hombres, adquirí un nuevo vicio:
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desarrollé un orgullo enfermizo y la demente convicción de que mi misión
era enseñar a la gente sin saber lo que enseñaba.
Ahora, cuando recuerdo esos tiempos, mi estado de ánimo de entonces, así
como el de esas personas (cuyos semejantes, por cierto, se cuentan hoy también
por miles), siento lástima y miedo, y además, me entran ganas de reír: afloran
en mí los mismos sentimientos que se apoderan de uno en una casa de locos.
En ese momento todos estábamos convencidos de que teníamos que hablar
sin cesar, escribir y publicar lo más pronto posible y cuanto más fuera
posible; y de que todo eso era necesario para el bien de la humanidad. Y miles
de nosotros, contradiciéndonos y criticándonos mutuamente, publicábamos y
escribíamos con el objetivo de enseñar a los otros. Lejos de percatamos de que
no sabíamos nada, de que éramos incapaces de responder a la pregunta más
sencilla de la vida —¿qué es bueno y qué es malo?—, hablábamos todos a la vez
sin escucharnos; a veces, nos adulábamos y elogiábamos los unos a los otros
esperando, a su vez, ser adulados y elogiados; pero otras, irritados, nos
gritábamos, como en una casa de locos.
Miles de operarios trabajaban noche y día, hasta el límite de sus
fuerzas, reuniendo e imprimiendo miles de palabras para que fueran distribuidas
por correo a través de toda Rusia. Y nosotros continuábamos enseñando más y
más, pero nunca lográbamos enseñarlo todo, y siempre estábamos enfadados porque
no se nos escuchaba lo suficiente.
Es terriblemente extraño, pero ahora lo comprendo: nuestro verdadero
objetivo, nuestro deseo más íntimo, era obtener la mayor cantidad de dinero y
de alabanzas posible. Para lograrlo no sabíamos hacer otra cosa que escribir
libros y publicar en los periódicos. Y a eso nos dedicábamos. Pero para
ocupamos en algo tan inútil y al mismo tiempo mantener la convicción de que
éramos personas muy importantes, necesitábamos un razonamiento que justificara
lo que estábamos haciendo. Y encontramos lo siguiente: todo lo que existe es
racional. Y todo lo que existe evoluciona. Y esa evolución depende de la
instrucción. La instrucción se mide por la difusión de libros y periódicos. Nos
pagan y nos respetan porque escribimos libros y publicamos en los periódicos:
somos, por consiguiente, las personas más útiles, los mejores. Este
razonamiento habría sido muy bueno si todos hubiéramos estado de acuerdo; pero
cada idea expresada por uno suscitaba en el otro el pensamiento diametralmente
opuesto, y eso debería habernos hecho reflexionar. Sin embargo, no reparábamos
en ello. Nos pagaban, y la gente de nuestro círculo nos elogiaba; por lo tanto,
cada uno de nosotros creía estar en lo cierto.
Ahora veo claro que no había ninguna diferencia entre nosotros y la
gente que vive en un manicomio; entonces sólo lo sospechaba vagamente y, como
todos los locos, pensaba que todo el mundo había enloquecido excepto yo.
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III
Así viví, entregándome a esa locura, durante seis años más, hasta que me
casé. Durante esa época viajé al extranjero. La vida en Europa y mi contacto
con europeos eminentes y eruditos me confirmaron aún más en mi fe en el
perfeccionamiento general, por el que yo vivía, puesto que encontré en ellos la
misma creencia. Ésta adoptó en mí la forma que asume habitualmente entre la
mayoría de las personas instruidas de nuestro tiempo. Esa creencia se expresaba
con la palabra «progreso». En ese momento me parecía que esa palabra tenía
algún significado. Atormentado como cualquier hombre por la cuestión de cómo
tener una vida mejor, todavía no había comprendido que, respondiendo que uno
debía vivir conforme al progreso, hablaba exactamente igual que una persona cuya
barca es arrastrada por las olas y el viento, y que ante la única pregunta
vital e importante —«¿Qué dirección tomar?»— dice, sin responder: «Somos
llevados a algún lugar».
Entonces no me daba cuenta. Sólo de vez en cuando mis sentimientos, y no
mi razón, se sublevaban contra esa superstición tan extendida en nuestra época,
tras la cual esconde la gente su incomprensión de la vida. Así, durante mi
estancia en París, la visión de una ejecución me reveló la precariedad de mi
creencia en el progreso.
Cuando vi desprenderse la cabeza del cuerpo y los oí caer por separado
dentro de la caja, comprendí, no con la inteligencia sino con todo mi ser, que
ninguna teoría de la racionalidad de la existencia y del progreso podía
justificar un acto semejante, y que aun cuando todos los hombres, desde la
creación del mundo, hubieran creído conforme a cualquier teoría que algo así
era necesario, yo sabía que era innecesario y equivocado, y por tanto los
juicios sobre lo que era bueno y necesario no debían basarse en lo que otros
decían y hacían, ni tampoco en el progreso, sino en mi propio corazón. La
muerte de mi hermano fue otro caso que vino a probarme lo inadecuado de la
superstición del progreso respecto a la vida. Hombre inteligente, bueno y
serio, cayó enfermo siendo aún muy joven. Sufrió más de un año y murió en medio
de tormentos sin comprender por qué había vivido y, menos aún, por qué moña. No
había teorías que pudieran dar respuesta a esas preguntas, ni a las mías, ni a
las suyas, durante su agonía, lenta y dolorosa.
Pero ésos sólo eran raros momentos de duda; en realidad, continuaba
profesando únicamente la fe en el progreso. «Todo evoluciona, y yo también
evoluciono; la razón por la cual yo evoluciono junto a todo lo demás se verá
algún día». Así es como habría podido formular mi fe en aquel momento.
Cuando regresé del extranjero me establecí en el campo y me ocupé en la
gestión de escuelas para los campesinos. Dicha ocupación era particularmente de
mi agrado porque en ella no había aquellas mentiras que se habían vuelto
evidentes para mí, aquellas mentiras que tanto me habían irritado cuando
ejercía mi magisterio literario.
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Aquí también obraba yo en nombre del progreso, pero ya tenía una actitud
crítica con respecto a él. Me decía que en algunas de sus manifestaciones no se
realizaba como debiera, y que era necesario actuar con total libertad con los
primitivos hijos de los campesinos, dejándoles escoger el camino del progreso
que desearan tomar.
En realidad, siempre giraba en torno al mismo problema irresoluble, que
consistía en enseñar sin saber lo que enseñaba. En las más altas esferas de la
actividad literaria
vi claro que no podía continuar
haciendo semejante cosa, puesto que observaba que cada uno enseñaba de
diferente manera y que sus disputas sólo servían para ocultarse a sí mismos la
propia ignorancia; aquí, con los hijos de los campesinos, creía posible evitar
esa dificultad dejándoles estudiar lo que quisieran. Ahora me hace gracia
recordar cómo me las ingeniaba para cumplir mi deseo de enseñar, aunque en el
fondo de mi alma supiera muy bien que no podía enseñar lo que era necesario
porque no sabía lo que era necesario. Después de pasar un año ocupándome de la
escuela, partí otra vez al extranjero para averiguar cómo podía enseñar a los
otros lo que yo mismo no sabía.
Creí haberlo aprendido en el extranjero y, armado con toda aquella
sabiduría, regresé a Rusia en el año de la liberación de los campesinos[2].
Acepté el nombramiento de árbitro mediador[3] y me puse a instruir al pueblo
ignorante en las escuelas y a la gente cultivada a través de la revista que
entonces comencé a editar. Todo parecía ir bien pero notaba que mi salud mental
no era del todo buena y que eso no podría seguir así durante mucho tiempo. Tal
vez ya entonces me habría sumido en esa desesperación que se apoderó de mí a
los cincuenta años de no ser por otro aspecto de la vida que todavía no había
experimentado y que me prometía la salvación: la vida de familia.
Durante un año me ocupé de mi labor como árbitro mediador, de las
escuelas y de la revista, y pronto me venció el agotamiento, sobre todo por mi
confusión, y tan pesada se me hizo la lucha que libraba como árbitro mediador,
tan turbia se me antojaba mi actividad en las escuelas, tan repugnante se había
vuelto el subterfugio de la revista, motivados por el mismo deseo de instruir a
todo el mundo y de disimular que no sabía qué estaba enseñando, que caí
enfermo, más espiritual que físicamente, y lo abandoné todo, partí a las
estepas, entre los bashkirios, para respirar aire fresco, beber kumís[4] y
vivir una vida animal.
A mi regreso me casé. Las nuevas circunstancias de una vida de familia
feliz me distrajeron por completo de cualquier búsqueda del sentido general de
la vida. En esa época, toda mi vida se concentraba en mi familia, en mi mujer,
en mis hijos y, por tanto, en los desvelos por aumentar nuestros medios de
vida. Mi aspiración al perfeccionamiento personal, que ya antes había sido
reemplazada por mi aspiración al perfeccionamiento general, mi aspiración al
progreso, ahora se había convertido en una aspiración por conseguir todo lo
mejor para mi familia y para mí.
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Pasaron quince años más.
A pesar de que durante ese tiempo consideré la actividad literaria como
una ocupación banal, seguí escribiendo. Había probado ya la tentación de la
escritura, la tentación de una enorme recompensa monetaria y de los aplausos
por un trabajo insignificante, y me entregué a ello como un medio para mejorar
mi situación económica y para sofocar en mi alma todos los cuestionamientos
acerca del sentido de mi vida y de la vida en general.
Cuando escribía, enseñaba lo que para mí era la única verdad: que era
preciso vivir para dar lo mejor posible a uno mismo y a su familia.
Y así lo hice hasta que hace cinco años comenzó a sucederme algo
extraño: primero empecé a experimentar momentos de perplejidad; mi vida se
detenía, como si no supiera cómo vivir ni qué hacer, y me sentí perdido y caí
en la desesperación. Pero eso pasó y continué viviendo como antes. Después,
esos momentos de perplejidad comenzaron a repetirse cada vez con más
frecuencia, siempre en la misma forma. En esas ocasiones, cuando la vida se
detenía, siempre surgían las mismas preguntas: ¿por qué? ¿Qué pasará después?
Al principio me pareció que esas preguntas eran inútiles, que estaban
fuera de lugar. Creía que todas esas respuestas eran bien conocidas y que si
algún día quisiera ocuparme de resolverlas, no me costaría esfuerzo; que sólo
me faltaba tiempo para hacerlo, y que, cuando quisiera, daría con las
respuestas. Las preguntas, sin embargo, cada vez me asaltaban con más
frecuencia, exigiendo una respuesta cada vez con más insistencia, y esas
preguntas sin responder caían como puntos negros siempre en el mismo sitio,
acumulándose hasta formar una gran mancha.
Me ocurrió lo que le ocurre a todo aquél que contrae una enfermedad
mortal. Al principio se presentan síntomas de malestar insignificantes a los
que el enfermo no presta atención; después estos síntomas se repiten más a
menudo y acaban por confluir en un único sufrimiento ininterrumpido. El
sufrimiento crece y el enfermo, antes de tener tiempo de volver la vista atrás,
se da cuenta de que lo que tomó por un malestar es para él la cosa más
importante del mundo: la muerte.
Lo mismo me sucedió a mí. Comprendí que no era un malestar fortuito,
sino algo muy serio, y que si se repetían siempre las mismas preguntas era
porque había necesidad de contestarlas. Y eso traté de hacer. Las preguntas
parecían tan estúpidas, tan simples, tan pueriles… Pero en cuanto me enfrenté a
ellas y traté de responderlas, me convencí al instante, en primer lugar, de que
no eran cuestiones pueriles ni estúpidas, sino las más importantes y profundas
de la vida y, en segundo, que por mucho que me empeñara no lograría
responderlas. Antes de ocuparme de mi hacienda de Samara, de la educación de mi
hijo, de escribir libros, debía saber por qué lo hacia. Mientras no supiera la
razón, no podía hacer nada. En medio de mis pensamientos sobre la
administración de la hacienda, que entonces me mantenían
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muy ocupado, una pregunta me vino de repente a la cabeza: «Muy bien,
tendrás seis mil desiatinas[5] en la provincia de Samara y trescientos
caballos, ¿y después qué?». Y me sentía completamente desconcertado, no sabía
qué pensar. O bien, cuando empezaba a reflexionar sobre la educación de mis
hijos, me preguntaba: «¿Por qué?». O bien, meditando sobre cómo el pueblo
podría llegar a alcanzar el bienestar, de repente me preguntaba: «¿Y a mí qué
me importa?». O bien, pensando en la gloria que me proporcionarían mis obras,
me decía: «Muy bien, serás más famoso que Gógol, Pushkin, Shakespeare, Molière,
y todos los escritores del mundo, ¿y después qué?».
Y no podía responder nada, nada.
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IV
Mi vida se detuvo. Podía respirar, comer, beber y dormir; de hecho, no
podía no respirar, no comer, no beber y no dormir. Pero no había vida en mí
porque no tenía deseos cuya satisfacción me pareciera razonable. Si deseaba
algo, sabía de antemano que de ello no resultaría nada, tanto si se realizara
como si no.
Si un hada se me hubiera aparecido y me hubiera ofrecido hacer realidad
mis deseos, no habría sabido qué pedir. Si en los momentos de embriaguez tenía,
no digo deseos, sino la costumbre de antiguos deseos, en los momentos de
lucidez sabía que éstos no eran más que un embuste, que no había nada que
desear. Ni siquiera podía desear conocer la verdad, pues adivinaba ya en qué
consistía. La verdad era que la vida es un absurdo. Era como si hubiera vivido
mucho tiempo y, poco a poco, hubiera llegado a un abismo y ahora viera
claramente que delante de mí no había nada excepto mi ruina. Y, sin embargo, no
podía detenerme, ni dar vuelta atrás, ni cerrar los ojos para no ver que
delante no había más que el engaño de la vida y de la felicidad, y los
sufrimientos verdaderos y la muerte verdadera: el aniquilamiento completo.
La vida me aborrecía, y una fuerza irresistible me arrastraba a
despojarme de ella. No se puede decir que quisiera matarme. La fuerza que me
arrastraba fuera de la existencia era más poderosa, más absoluta, más general
que cualquier deseo. Era una fuerza parecida a mi antigua aspiración a la vida,
sólo que se producía en sentido inverso. Aspiraba con todas mis fuerzas a
desembarazarme de la existencia. La idea del suicidio se me ocurrió con tanta
naturalidad como antes las ideas de mejorar mi vida. Esa idea era tan tentadora
que tenía que emplear ardides conmigo mismo para no llevarla a cabo demasiado
apresuradamente. No quería precipitarme únicamente porque quisiera desenmarañar
mis pensamientos; si no lo conseguía, siempre estaría a tiempo. Y he aquí que
yo, un hombre feliz, saqué una cuerda de mi habitación, donde me desvestía solo
cada noche, para no colgarme de un travesaño que había entre los armarios. Y
dejé de ir de caza con la escopeta para que no me tentase ese medio demasiado
fácil de quitarme la vida. Yo mismo no sabía lo que quería: me daba miedo la
vida y luchaba por desembarazarme de ella y, al mismo tiempo, esperaba algo de
ella.
Y esto aconteció en un momento en que estaba rodeado de lo que se
considera la felicidad completa; eso fue cuando aún no cumplía cincuenta años.
Tenía una buena esposa, amante y amada, buenos hijos, una gran hacienda que,
sin esfuerzo por mi parte, aumentaba y prosperaba. Era respetado más que nunca
por amigos y conocidos, los extraños me colmaban de elogios, y podía
considerar, sin temor a exagerar, que había alcanzado la celebridad. Además, no
estaba enfermo ni física ni mentalmente; al contrario, gozaba de un vigor
mental y físico que rara vez he encontrado en las
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personas de mi edad. Físicamente, podía segar al mismo ritmo que los
campesinos. Intelectualmente, podía trabajar ocho o diez horas seguidas sin
resentirme por el esfuerzo. Y a tal estado llegué que ya no podía vivir; y,
temiendo la muerte, debía emplear ardides conmigo mismo para no quitarme la
vida.
Ese estado de ánimo podía expresarse de la siguiente manera: «Mi vida es
una broma estúpida y cruel que alguien me ha gastado». Aunque yo no reconociera
la existencia de ningún alguien que me hubiera creado, esa noción según la cual
alguien se habría burlado de mí de manera cruel y estúpida trayéndome al mundo
era, para mí, la más natural.
Me imaginaba sin querer que allí, en alguna parte, estaba ese alguien
que se divertía al ver que yo, después de pasar treinta o cuarenta años
aprendiendo, desarrollándome, creciendo en cuerpo y espíritu, había alcanzado
ahora la madurez de mi intelecto, había llegado ahora a esa cima de la vida
desde la cual ésta se revela por completo, sólo para permanecer allí plantado
como un estúpido, comprendiendo con claridad que no hay nada en la vida, que
nunca lo había habido y que nunca lo habrá. «Y ese alguien se ríe…».
Pero tanto si hay alguien que se ríe de mí como si no, eso no me hace
las cosas más fáciles. No podía dar un sentido racional a ningún acto de mi
vida por separado ni a mi vida en conjunto. Lo único que me sorprendía era cómo
no lo había comprendido desde el principio. Hacía tanto tiempo que era de
dominio público. Si no es hoy será mañana cuando lleguen las enfermedades y la
muerte (de hecho ya se están aproximando) para los seres queridos, para mí, y
no quedará nada, salvo pestilencia y gusanos. Mis acciones, sean las que sean,
tarde o temprano caerán en el olvido, y yo ya no existiré. ¿A qué viene
afanarse, pues? ¿Cómo puede una persona vivir y no darse cuenta? ¡Eso es lo
sorprendente! Sólo se puede vivir mientras dura la embriaguez de la vida, pero
cuando uno se quita la borrachera es imposible no ver que todo es un engaño,
¡un engaño estúpido! Lo cierto es que no hay en ello nada gracioso ni
ingenioso; sólo es cruel y estúpido.
Hay una vieja fábula oriental que cuenta la historia de un viajero
sorprendido en la estepa por una bestia furiosa. Para escapar de la bestia, el
viajero salta al interior de un pozo sin agua, pero en el fondo del pozo ve un
dragón con las fauces abiertas, dispuesto a devorarle. Y el infeliz, sin
atreverse a salir por temor a convertirse en presa de la bestia feroz, ni a
saltar al fondo del pozo para no ser devorado por el dragón, se agarra a las
ramas de un arbusto salvaje que crece en las grietas del pozo, y así queda
colgado. Los brazos se le debilitan y siente que pronto tendrá que abandonarse
a la muerte, que le espera a ambos lados, pero sigue aferrándose, y, mientras
se aferra, mira alrededor y ve que dos ratones, negro uno y blanco el otro,
giran regularmente en torno al tronco del arbusto del cual está colgado, y lo
roen. De un momento a otro el arbusto se quebrará, y él caerá en las fauces del
dragón. El
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viajero lo ve y sabe que su muerte es inevitable; pero, mientras
continúa suspendido, busca a su alrededor, y halla sobre las hojas del arbusto
algunas gotas de miel; las alcanza con la lengua y las lame. Así me aferro a
las ramas de la vida, sabiendo que el dragón de la muerte me espera
inevitablemente, preparado para despedazarme, y no puedo comprender por qué soy
sometido a este tormento. E intento chupar esa miel que antes me consolaba;
pero esa miel ahora no me da placer, y, entretanto, el ratón blanco y el negro
roen noche y día la rama de la que cuelgo. Veo claramente el dragón, y la miel
ya no me parece dulce. No veo más que una cosa: el ineludible dragón y los
ratones, y no puedo apartar la vista de ellos. Y esto no es una fábula, sino la
auténtica, la incontestable, la inteligible verdad para todos.
La antigua ilusión de la felicidad de la vida, que había ahogado mi
miedo al dragón, ya no me engañaba. Por mucho que me dijeran: «Tú no puedes
comprender el sentido de la vida, no pienses, vive», yo no podía hacerlo,
porque ya lo había hecho durante mucho tiempo. Ahora no puedo dejar de ver los
días y las noches que pasan volando y me conducen a la muerte. Sólo veo eso
porque es la única verdad. Todo el resto es mentira.
Esas dos gotas de miel que más que ninguna otra cosa me hicieron desviar
la mirada de la cruel verdad —el amor a mi familia y el amor a la escritura,
que yo llamaba arte— ya no me parecían dulces.
«La familia…», me decía yo, pero mi familia, esposa e hijos, también son
seres humanos. Se encuentran en las mismas condiciones que yo: tienen que vivir
en la mentira o ver la terrible verdad. ¿Para qué viven? ¿De qué me sirve
amarlos, protegerlos, educarlos y velar por ellos? ¿Para que se suman en la
misma desesperación que yo o para que caigan en la estupidez? Amándolos, no
puedo ocultarles la verdad. Cada paso dado hacia el conocimiento los conduce a
la verdad. Y esa verdad es la muerte.
«¿El arte, la poesía…?». Bajo la influencia del éxito y de los elogios
de los hombres, me convencí durante mucho tiempo de que eso era algo que se
podía hacer, a pesar de que la muerte vendría a aniquilarlo todo: a mí, a mis
hechos, y hasta el recuerdo de esos hechos; pero pronto comprendí que aquello
también era un engaño. Veía claro que el arte era un adorno de la vida, una
atracción. Pero habiendo perdido la vida su atractivo para mí, ¿cómo podía
atraer a los demás hacia ella? Mientras no viviera la mía propia, mientras
viviera una vida ajena que me transportaba sobre sus olas, mientras creyera que
la existencia tenía un significado aunque yo no pudiera expresarlo, el reflejo
de cualquier tipo de vida en la poesía y las artes me proporcionaba placer; me
divertía mirar la existencia en el espejito del arte. Pero cuando comencé a
buscar el sentido de la vida, cuando sentí la necesidad de vivir mi propia
existencia, ese espejito se volvió inútil, superfluo, ridículo, penoso. Me era
imposible consolarme viendo en el espejito que mi situación era estúpida y
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desesperada. Había podido regocijarme cuando creía en el fondo del alma
que mi existencia tenía sentido. Entonces ese juego de luces y sombras, el
juego de elementos cómicos, trágicos, conmovedores, bellos, terribles de la
vida me consolaba. Pero cuando supe que ésta era absurda y terrible, ya no
podía divertirme el juego del espejito. El dulzor de la miel ya no me parecía
dulce, porque veía el dragón, así como los ratones que roían mi sostén.
Pero no acabó ahí. Si hubiera comprendido simplemente que la vida no
tenía sentido, habría podido aceptarlo con tranquilidad, habría podido saber
que aquél era mi destino. Pero no conseguía contentarme con eso. Si hubiera
sido como un hombre que habita en un bosque del que sabe que no hay salida,
habría podido vivir; pero era como un hombre perdido en un bosque, presa del
terror por haberse extraviado, que corre en todas direcciones en busca de
salida, y que, aun sabiendo que con cada paso que da se pierde más, no puede
dejar de correr.
Eso era lo terrible. Y, para liberarme de ese espanto, quería matarme.
Sentía horror por lo que me aguardaba; sabía que ese horror era aún más
terrible que la misma situación, pero no podía ahuyentarlo ni esperar el fin
con paciencia.
No importa cuán convincente fuera el argumento de que, de todas maneras,
un vaso sanguíneo del corazón se rompería, o de que estallaría alguna cosa, y
todo acabaría, yo no podía esperar el fin con paciencia. El terror de las
tinieblas era demasiado grande, y yo quería librarme de él pronto, lo más
pronto posible, con ayuda de una cuerda o de una bala. Ése era el sentimiento
que me empujaba, cada vez con más fuerza, hacia el suicidio.
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V
«Pero ¿acaso hay algo que se me haya escapado, algo que no haya
comprendido?», me preguntaba una y otra vez. «No es posible que este estado de
desesperación sea común a todos los hombres». Y buscaba una explicación a esas
cuestiones en todos los conocimientos adquiridos por los hombres. E investigué
largo tiempo, concienzudamente. No lo hice con poco entusiasmo, por vana
curiosidad; sino dolorosa, persistentemente, día y noche, como un hombre a
punto de morir busca la salvación; y no encontré nada.
Busqué en las ciencias y no sólo no hallé nada, sino que me convencí de
que todos lo que como yo habían buscado en la ciencia tampoco habían conseguido
dar con nada. Y no sólo no habían encontrado nada, sino que reconocieron con
claridad lo mismo que a mí me había llevado a la desesperación: que el único
conocimiento absoluto accesible al hombre era la absurdidad de la vida.
Buscaba en todas partes. Y gracias a mi vida dedicada al estudio y a mis
relaciones con el mundo de la ciencia estaba en contacto con sabios de las más
variadas ramas del conocimiento. Y esos eruditos no se negaron a revelarme el
fruto de su aprendizaje, y no sólo a través de sus libros, sino también por
medio de conversaciones; así supe cómo la ciencia responde a la cuestión de la
vida.
Durante mucho tiempo no pude creer que la ciencia no dieta más respuesta
a la cuestión de la vida que la que efectivamente daba. Durante mucho tiempo,
me pareció, considerando la importancia y la seriedad del tono con que la
ciencia sostenía sus posiciones (que nada tenían que ver con los problemas de
la vida humana), que había algo que no había comprendido. Durante mucho tiempo
me sentí intimidado por la ciencia; pensaba que la falta de correspondencia
entre las respuestas y las preguntas no era culpa de aquélla, sino que se debía
a mi ignorancia. No era un asunto de broma para mí, o un pasatiempo; esa
cuestión era toda mi vida, y yo, de grado o por fuerza, llegué al
convencimiento de que mis preguntas eran las únicas legítimas, de que servían
de base a todas las ramas del conocimiento y de que la culpa no era mía ni de
mis preguntas, sino de la ciencia, si ésta tenía la pretensión de responder a
tales cuestiones.
Mi pregunta, la que a los cincuenta años me condujo al borde del
suicidio, era la más sencilla: reside en el alma de todo ser humano, desde el
niño estúpido hasta el anciano más sabio, una pregunta sin la cual la vida es
imposible, como yo mismo he experimentado. La pregunta es: «¿Qué resultará de
lo que hoy haga? ¿De lo que haga mañana? ¿Qué resultará de toda mi vida?».
Expresada de otra forma, la pregunta sería la siguiente: «¿Para qué
vivir, para qué desear, para qué hacer algo?». O formulada todavía de otro
modo: «¿Hay algún sentido en mi vida que no será destruido por la inevitable
muerte que me espera?».
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Buscaba en el conocimiento humano una respuesta a esa pregunta, que era
la misma diversamente formulada. Y encontré que con relación a ella la
totalidad del conocimiento humano se divide, por así decirlo, en dos
hemisferios, en cuyos extremos se encuentran dos polos: uno positivo y otro
negativo; pero en ninguno de esos polos había respuestas a las cuestiones de la
vida.
Toda una serie de ciencias parecen no admitirlas siquiera, pero en
cambio responden con claridad y precisión a las preguntas que ellas mismas
plantean: se trata de ciencias experimentales en cuyo punto extremo se hallan
las matemáticas. Otra serie de ciencias admiten la cuestión, pero no la
contestan: son una serie de ciencias especulativas en cuyo punto extremo se
encuentra la metafísica.
Desde mi primera juventud me interesé por las ciencias especulativas,
pero después me atrajeron también las matemáticas y las ciencias naturales, y
hasta que no planteé mi cuestión claramente, hasta que esa cuestión no hubo
crecido en mí con la insistente exigencia de ser resuelta, hasta ese momento me
contentaba con las respuestas falsificadas que ofrece la ciencia en general.
O bien, en el campo experimental, me decía: «Todo se desarrolla y se
diferencia, va hacia una mayor complejidad y se mueve hacia la perfección, y
hay unas leyes que rigen ese proceso. Tú eres una parte del todo. Si comprendes
el todo en la medida de lo posible y comprendes la ley de su evolución, sabrás
cuál es tu lugar en ese todo y te conocerás a ti mismo». Por mucho que me
avergüence confesarlo, hubo un tiempo en que parecía contentarme con eso. Era
la época en que yo me desarrollaba, me volvía más complejo. Mis músculos
crecían y se hacían más fuertes, mi memoria era más rica, mi capacidad de
razonamiento y de comprensión aumentaba. Crecía y me desarrollaba, y al sentir
ese crecimiento, me resultaba natural pensar que la perfectibilidad era la ley
que gobernaba el universo y que en esa idea encontraría la respuesta a las
cuestiones de mi vida. Pero llegó el momento en que mi crecimiento se detuvo;
sentía que ya no me desarrollaba, sino que me encogía, se me debilitaban los
músculos, se me caían los dientes, y me di cuenta de que esa ley no sólo no me
explicaba nada, sino que nunca había habido ni podía haber una ley de ese tipo;
que sólo había tomado por ley algo que había encontrado en mí mismo en un
determinado período de mi vida. Cuando examiné la definición de esa ley con más
rigor, comprendí con claridad que no podía haber una ley del desarrollo
infinito; comprendí que no significaba nada decir: «En el espacio y el tiempo
infinitos, todo se desarrolla, se perfecciona, se complica, se diferencia». Eran
palabras desprovistas de sentido, puesto que en el infinito no hay complejidad
o sencillez, antes o después, mejor o peor.
Lo más importante era que mi cuestión personal, la cuestión de qué soy
yo con todos mis deseos, continuaba totalmente sin responder. Y comprendí que
esas ciencias eran muy interesantes y atractivas, pero que su precisión y su
claridad eran
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inversamente proporcionales a su aplicabilidad a las cuestiones de la
vida cuanto menos aplicables son a las cuestiones de la vida, más precisas y
claras son; cuanto más tratan de dar solución a las cuestiones de la vida,
menos claras y atractivas se vuelven. Si nos volvemos hacia las disciplinas que
intentan dar solución a las cuestiones de la vida —la fisiología, la
psicología, la biología, la sociología—, encontramos una pobreza de pensamiento
pasmosa, una falta de claridad enorme, una pretensión injustificada de resolver
cuestiones para las cuales dichas ciencias son incompetentes, y contradicciones
incesantes entre un pensador y otro, e incluso pensadores que se contradicen a
sí mismos. Si nos volvemos hacia las disciplinas que no tratan de resolver las
cuestiones de la vida, sino que dan respuesta a sus preguntas específicas,
científicas, nos admiramos de la fuerza del intelecto humano, aun sabiendo por
anticipado que no encontraremos respuesta a la cuestión de la vida. Esas
ciencias la ignoran abiertamente. Dicen: «No podemos responderte quién eres ni
por qué vives; no tenemos respuestas a esas preguntas, y no nos ocupamos de
eso. Pero si necesitas conocer las leyes de la luz y de los compuestos
químicos, las leyes del desarrollo de los organismos; si necesitas conocer las
leyes de los cuerpos, su forma y la relación entre números y tamaños; si
necesitas conocer las leyes de tu intelecto, para todo eso tenemos respuestas
claras, precisas y categóricas».
En general, la relación de las ciencias experimentales con la cuestión
de la vida se puede expresar así: Pregunta: ¿Por qué vivo? Respuesta: En el
espacio infinitamente grande, en el tiempo infinitamente largo, partículas
infinitesimales experimentan modificaciones en una complejidad infinita, y
cuando hayas comprendido las leyes que gobiernan esas modificaciones,
comprenderás por qué vives.
O bien, moviéndome en el terreno especulativo, me decía: «Toda la
humanidad vive y se desarrolla sobre la base de los principios espirituales, de
acuerdo con los ideales que la guían. Esos ideales se expresan en las
religiones, en las ciencias, en las artes, en las formas de gobierno. Cuanto
más elevados son esos ideales, más avanza la humanidad hacia la felicidad
suprema. Yo soy una parte de la humanidad, y mi misión, por consiguiente,
consiste en contribuir al conocimiento y a la realización de los ideales de la
humanidad». Mientras persistió la debilidad de mi mente, me sentí satisfecho
con eso; pero en cuanto la cuestión de la vida se alzó con claridad ante mí,
toda esa teoría se derrumbó al instante. Sin hablar de esa imprecisión que
resulta de la negligencia con que las ciencias de ese tipo hacen pasar unas
conclusiones basadas en el estudio de una pequeña parte de la humanidad por
conclusiones generales; sin hablar de las contradicciones internas entre los
diversos partidarios de esa teoría respecto a lo que son los ideales de la
humanidad; lo extraño (por no decir lo estúpido) de esa visión consiste en que
para responder a la pregunta que todo hombre se plantea, «¿Qué soy? ¿Por qué
vivo? ¿Qué debo hacer?», el hombre antes tiene que contestar a esta pregunta:
«¿Qué es la vida de toda esa humanidad desconocida para
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él, de la cual sólo conozco una ínfima parte durante un período de
tiempo minúsculo?». Para comprender qué es él, un hombre primero debe
comprender el entero misterio de la humanidad, una humanidad compuesta de
hombres como él, que no se comprenden a sí mismos.
Debo confesar que hubo un tiempo en que creía eso. Era el tiempo en que
tenía mis ideales preferidos, que justificaban mis caprichos, y me esforzaba
por inventar una teoría que me permitiera considerar estos últimos como una ley
de la humanidad. Pero, desde el momento en que la cuestión de la vida emergió
en mi alma con toda claridad, esa respuesta quedó reducida a polvo. Y comprendí
que, lo mismo que entre las ciencias experimentales hay ciencias genuinamente
científicas y semiciencias que intentan dar respuesta a preguntas que no les
competen, también hay toda una serie de ciencias de lo más variadas que se
afanan por responder a cuestiones que no les competen. Esas semiciencias —las
ciencias jurídicas, sociales e históricas— intentan resolver las cuestiones del
individuo dando la apariencia de responder, cada una a su manera, a la cuestión
de la vida, que afecta a toda la humanidad.
Pero así como en el campo de las ciencias experimentales el hombre que
se pregunta sinceramente cómo debe vivir no puede contentarse con la respuesta:
«Estudia en el espacio infinito los cambios, infinitos en tiempo y en
complejidad, de las partículas, ellas mismas infinitas, y entonces comprenderás
tu vida», de la misma manera el hombre sincero no puede contentarse con la
respuesta: «Estudia la vida de toda la humanidad, de la cual no podemos conocer
el principio ni el fin, y de la que ni siquiera conocemos una pequeña parte, y
entonces comprenderás tu vida». Lo mismo que las semiciencias experimentales,
estas otras semiciencias, cuanto más se alejan de sus propósitos, más llenas
están de imprecisiones, de puntos oscuros, de estupideces y de contradicciones.
La tarea de la ciencia experimental es determinar la secuencia causal de los
fenómenos materiales. Basta que una ciencia experimental introduzca la cuestión
de la causa final para que caiga en el absurdo. La tarea de la ciencia
especulativa es el conocimiento de la esencia no causal de la vida. Basta que
introduzca el análisis de los fenómenos causales, como los fenómenos sociales,
históricos, para que caiga en el absurdo.
La ciencia experimental, por lo tanto, sólo ofrece un conocimiento
positivo y muestra la grandeza de la inteligencia humana cuando no incluye en
su análisis las causas finales. Y viceversa, la ciencia especulativa sólo es
ciencia y muestra la grandeza de la inteligencia humana cuando elimina
totalmente las cuestiones de la secuencia de los fenómenos causales y considera
al hombre únicamente en relación con la causa final. Así, en este campo de la
ciencia, constituyendo el polo de este hemisferio, está la metafísica o la
filosofía especulativa. Esta ciencia plantea claramente la cuestión: «¿Qué soy
yo y qué es el universo? ¿Y por qué existo, y por qué existe todo el
universo?». Y desde que esta ciencia existe, responde de la misma
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manera. Tanto si el filósofo llama a esa esencia de la vida que está en
mí y en todo lo que existe «idea», «sustancia», «espíritu» o «voluntad», no
dice más que una sola cosa, esto es, que esta esencia existe y que yo soy esa
misma esencia, pero por qué existe él no lo sabe, y, si es un pensador
riguroso, no lo responde. Y pregunto yo: «¿Por qué existe esa esencia y qué
resultará del hecho de que ella es y será?». Y la filosofía no sólo no da una
respuesta, sino que todo lo que puede hacer es esa pregunta. Y si es una
verdadera filosofía, todo su trabajo consiste en plantear con claridad esta
cuestión. Y si se aferra firmemente a su propósito, entonces sólo puede tener
una respuesta a la pregunta de qué soy y qué es el universo: todo y nada. Y a
la pregunta de por qué existe el mundo y por qué existo yo sólo puede
responder: no lo sé.
Así que por más vueltas que me empeñase en darle a las respuestas
especulativas de la filosofía, no obtendría nada parecido a una respuesta; no
porque, como en el caso de las nítidas ciencias experimentales, la respuesta no
esté relacionada con mi pregunta, sino porque, aunque todo el trabajo
intelectual esté dirigido a mi pregunta, no habrá una respuesta. Y en lugar de
una respuesta todo lo que se obtiene es la misma pregunta planteada de una
forma mucho más compleja.
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VI
En mi búsqueda de respuestas a la cuestión de la vida, experimentaba
exactamente el mismo sentimiento que el hombre que se ha perdido en un bosque.
Al llegar a un claro, trepa a un árbol y ve con claridad espacios sin
límites, pero también ve que allí no hay ninguna casa ni puede haberla; se
adentra en la espesura, en la oscuridad, y ve las tinieblas, y tampoco allí hay
nada, no hay ninguna casa.
Así vagaba yo por el bosque de los conocimientos humanos, entre los
claros de las ciencias matemáticas y experimentales que me abrían horizontes
luminosos, pero en una dirección en la que no podía haber casa alguna, y entre
las tinieblas de las ciencias especulativas, cuya oscuridad crecía a medida que
me sumergía en ellas; al final me convencí de que no había, ni era posible que
hubiera, ninguna salida. Si me volvía hacia el lado claro de la ciencia,
comprendía que no hacía sino apartar los ojos de la cuestión. Por muy
tentadores y luminosos que fueran los horizontes que se me abrían, por muy
tentador que fuera sumergirme en el infinito de esos conocimientos, pronto me
di cuenta de que cuanto más claros eran esos conocimientos, menos los
necesitaba y menos respondían a mi problema.
«Pues bien —me decía a mí mismo—, sé todo lo que la ciencia desea saber
con tanta insistencia, pero por ese camino no encontraré respuesta a la
cuestión del sentido de mi vida». En el campo especulativo, comprendía que, a
pesar de que, o precisamente porque el fin de ese conocimiento estaba dirigido
a responder a mi pregunta, no había otra respuesta que la que yo ya me había
dado a mí mismo: «¿Cuál es el sentido de mi vida? Ninguno». O bien: «¿Qué
resultará de mi vida? Nada». O bien: «¿Por qué existe todo lo que existe y por
qué existo yo? Porque existimos».
Cuando formulaba preguntas a una rama del conocimiento humano, recibía
un sinfín de respuestas precisas relativas a cuestiones que no había planteado:
la composición química de las estrellas, el movimiento del Sol hacia la
constelación de Hércules, el origen de las especies y del hombre, las formas
íntimas de los átomos, las vibraciones de las infinitesimales, imponderables
partículas del éter. Pero en ese campo del conocimiento, a mi pregunta «¿Cuál
es el sentido de la vida?» recibía por única respuesta: «Eres lo que tú llamas
tu vida, una cohesión de partículas fortuita y temporal. La interacción mutua,
las alteraciones de las partículas producen en ti lo que tú llamas tu vida. Esa
cohesión se mantendrá cierto tiempo; después, la interacción de las partículas
cesará, y lo que llamas vida también cesará, así como todas las cuestiones que
te planteas. Eres una bolita de algo que se ha constituido fortuitamente. Esa
bolita se pudre. Y llama “vida” a esa putrefacción. La bolita se disgregará, y
la putrefacción cesará, lo mismo que todas las cuestiones». Así responde el
lado claro del conocimiento, y no puede hacerlo de otra manera si se atiene
rigurosamente a sus propios fundamentos.
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Es evidente que ésa no era la respuesta a mi cuestión. Necesito conocer
el sentido de mi vida, y el hecho de que ésta sea una partícula del infinito,
en vez de darle sentido, destruye todos los sentidos posibles.
Esos confusos acuerdos del sector de la ciencia experimental y exacta
con la especulación, en función de los cuales se dice que el sentido de la vida
consiste en el desarrollo y en la cooperación a tal desarrollo, no pueden
considerarse respuestas a causa de su imprecisión y falta de claridad.
El otro dominio de la ciencia, el especulativo, cuando se atiene
rigurosamente a sus fundamentos y responde directamente a mi cuestión, no
ofrece otra respuesta que la que se ha dado en todas partes a través de los
siglos: el mundo es algo infinito e incomprensible. La vida humana es una parte
incomprensible de ese «todo» incomprensible. De nuevo excluyo los acuerdos
entre las ciencias especulativas y las ciencias experimentales que constituyen
el lastre de las semiciencias, las así llamadas ciencias jurídicas, políticas e
históricas. También en estas ciencias los conceptos de desarrollo y de
perfeccionamiento son erróneamente introducidos, con la única diferencia de que
dichas ciencias no se ocupan del desarrollo de todo, sino de la vida de los
hombres. El error es idéntico: el desarrollo y la perfección en el infinito no
pueden tener ni propósito ni dirección y por tanto no pueden dar respuesta a mi
cuestión.
Allí donde la ciencia especulativa es precisa, en la verdadera
filosofía, y no en la que Schopenhauer llama la «filosofía de los profesores»,
cuyo único objetivo es clasificar todos los fenómenos existentes con arreglo a
nuevas categorías filosóficas y darles nuevos nombres, allí donde el filósofo
no pierde de vista la cuestión esencial, la respuesta es siempre la misma, la
ya dada por Sócrates, Schopenhauer, Salomón, Buda.
«No nos acercamos a la verdad sino en la medida que nos alejamos de la
vida», dice Sócrates preparándose para morir. «¿Por qué nosotros, que amamos la
verdad, nos precipitamos hacia la vida? Para liberarnos del cuerpo y de todo el
mal resultante de la vida del cuerpo. Si es así, ¿cómo, pues, no alegramos
cuando la muerte viene a nuestro encuentro?».
«El sabio busca la muerte durante toda su vida, es por ello que no teme
a la muerte».
He aquí lo que dice Schopenhauer: «Si aceptamos la esencia interna del
mundo como voluntad, y aceptamos la objetividad de esa voluntad en todos los
fenómenos, desde las aspiraciones inconscientes de las fuerzas oscuras de la
naturaleza hasta las actividades plenamente conscientes del hombre, no podemos
eludir la conclusión de que, con la libre negación y la autodestrucción de la
voluntad, también desaparecerán todos los fenómenos; la constante aspiración,
la inclinación sin fin y sin descanso hacia todos los niveles de objetividad
que conforman el universo desaparecerá, la
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variedad de formas sucesivas desaparecerá, cuando la forma desaparezca,
desaparecerán también esos fenómenos con sus formas generales, espacio y
tiempo, y finalmente, su forma última esencial: sujeto y objeto. No hay idea
sin voluntad, y tampoco universo. Ante nosotros, por supuesto, sólo queda la
nada. Pero lo que se opone a ese tránsito a la nada —nuestra naturaleza— no es
más que la voluntad de vivir (Wille zum Leben), de la que estamos constituidos
nosotros al igual que nuestro mundo. Lo que tememos tanto de la nada, o lo que
es lo mismo, nuestra voluntad de vivir, sólo significa que no somos nada más
que esa voluntad de vivir y que no sabemos nada fuera de ella. Por eso, después
de la aniquilación total de la voluntad, para nosotros, que todavía estamos
llenos de voluntad, no quedará, por supuesto, otra cosa que la nada; pero, por
el contrario, para aquéllos en que la voluntad se ha transformado y negado a sí
misma, para ellos nuestro universo, tan real con todos sus soles y sus vías
lácteas, no es más que la nada».
«Vanidad de vanidades —dice Salomón—. Vanidad de vanidades, todo es
vanidad. ¿Qué provecho obtiene el hombre de todo el trabajo con que se afana
bajo el sol? Generación va y generación viene, pero la tierra siempre
permanece. Lo que ya ha acontecido, volverá a acontecer, lo que ya se ha hecho,
se volverá a hacer; y no hay nada nuevo bajo del sol. ¿Acaso hay algo de lo que
pueda decirse: “He aquí esto, que es nuevo”? Ya aconteció en los siglos que nos
han precedido. No queda memoria de lo que precedió, ni tampoco de lo que ha de
suceder quedará memoria en los que vengan después. Yo, el Eclesiastés, reiné en
Jerusalén sobre Israel. Me entregué de corazón a investigar y a buscar con
sabiduría todo cuanto se hace bajo el cielo: este penoso trabajo dio Dios a los
hijos de los hombres para que se ocupen en él. Miré todas las obras que se
hacen debajo del sol, y vi que todo ello es vanidad y aflicción de espíritu…
Hablé yo en mi corazón, diciendo: “He aquí, yo me he engrandecido, y he crecido
en sabiduría más que todos mis predecesores en Jerusalén, y mi corazón ha
percibido mucha sabiduría y ciencia”. De corazón me dediqué a conocer la
sabiduría, y también a entender las locuras y los desvaríos. Y supe que aun
esto era aflicción de espíritu, pues en la mucha sabiduría hay mucho
sufrimiento; y quien añade ciencia, añade dolor. Dije yo en mi corazón: “Vamos,
pues, te probaré con el placer: gozarás de lo bueno”. Pero he aquí, esto
también era vanidad. A la risa la considero una locura; en cuanto a los
placeres, ¿para qué sirven? Decidí en mi corazón agasajar mi carne con vino y,
sin renunciar mi corazón a la sabiduría, entregarme a la necedad, hasta ver
cuál es el bien en el que los hijos de los hombres se ocupan debajo del cielo
todos los días de su vida. Acometí grandes obras, me construí casas, me planté
viñedos; cultivé mis propios huertos y jardines, y en ellos planté toda clase
de árboles frutales. También construí aljibes para irrigar los muchos árboles
que allí crecían. Compré siervos y siervas, y tuve siervos nacidos en casa.
Tuve muchas más vacas y ovejas que todos los que me precedieron en Jerusalén.
Amontoné oro y plata, y
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preciados tesoros que fueron de reyes y de provincias. Me hice de
cantores y cantoras y de los deleites de los hijos de los hombres, toda clase
de instrumentos musicales. Fui engrandecido y prosperé más que todos los que me
precedieron en Jerusalén. Además, conservé conmigo mi sabiduría. No negué a mis
ojos ninguna cosa que desearan, ni privé a mi corazón de placer alguno… Miré
luego todas las obras de mis manos y el trabajo que me tomé para hacerlas; y he
aquí, todo es vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol.
Después volví a considerar la sabiduría, los desvaríos y la necedad.… Pero
también comprendí que lo mismo ha de acontecerle al
uno como al otro. Entonces dije en mi corazón: “Como sucederá al necio,
me sucederá a mí. ¿Para qué, pues, me he esforzado hasta ahora por hacerme más
sabio?” Y dije en mi corazón que también esto era vanidad. Porque ni del sabio
ni del necio habrá memoria para siempre; pues en los días venideros todo será
olvidado, y lo mismo morirá el sabio que el necio. Y aborrecí la vida, pues la
obra que se hace debajo del sol me era fastidiosa, por cuanto todo es vanidad y
aflicción de espíritu. Asimismo aborrecí todo el trabajo que había hecho debajo
del sol, y que habré de dejar a otro que vendrá después de mí… Porque ¿qué
obtiene el hombre de todo su trabajo y de la fatiga de su corazón con que se
afana debajo del sol? Porque todos sus días no son sino dolores, y sus trabajos
molestias, pues ni aun de noche su corazón reposa. Esto también es vanidad. No
hay cosa mejor para el hombre que comer y beber, y gozar del fruto de su
trabajo…
»Todo acontece de la misma manera a todos; lo mismo les ocurre al justo
y al malvado, al bueno, al puro y al impuro, al que sacrifica y al que no
sacrifica; lo mismo al bueno que al pecador, tanto al que jura como al que teme
jurar. Este mal hay entre todo lo que se hace debajo del sol: que un mismo
suceso acontece a todos, y que el corazón de los hijos de los hombres está
lleno de mal y de insensatez durante toda su vida. Y que después de esto se van
con los muertos. Aún hay esperanza para todo aquél que está entre los vivos,
pues mejor es perro vivo que león muerto. Porque los que viven saben que han de
morir, pero los muertos nada saben, ni tienen más recompensa, porque su memoria
cae en el olvido. También desaparecen su amor, su odio y su envidia; y ya nunca
más tendrán parte en todo lo que se hace debajo del sol».
Así habla Salomón, o el que escribió esas palabras.
Y he aquí lo que nos enseña la sabiduría india: Sakyamuni, un príncipe
joven y feliz a quien le habían ocultado las enfermedades, la vejez, la muerte,
sale para dar un paseo y se encuentra a un viejo feo, desdentado y cubierto de
babas. El príncipe, que no había conocido hasta ese momento la vejez, se
sorprende y le pregunta al cochero qué significa eso y cómo es que ese hombre
ha llegado a un estado tan lamentable y repulsivo. Y cuando descubre que ésa es
la suerte común de todos los hombres, y que también a él, joven príncipe, le
aguarda lo mismo, no puede continuar con el paseo y
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da la orden de volver a casa para reflexionar sobre todo aquello. Y se
encierra solo, y reflexiona. Y probablemente encuentra algún consuelo, puesto
que de nuevo sale a pasear, alegre y dichoso. Pero esta vez se encuentra con un
enfermo. Ve a un hombre demacrado, lívido, tembloroso, con los ojos turbios. El
príncipe, a quien le habían ocultado las enfermedades, se detiene y pregunta
qué es eso. Y cuando se entera de que eso es la enfermedad, a la cual todos los
hombres están expuestos, y de que, también él, príncipe sano y feliz, puede
caer enfermo desde mañana mismo, siente de nuevo que le faltan ánimos para
alegrarse, da la orden de volver a casa y vuelve a buscar la tranquilidad; sin
duda, la encuentra, puesto que, por tercera vez, sale a pasear; pero también
esta vez le aguarda un nuevo espectáculo: ve que están transportando algo.
«¿Qué es eso?». «Un hombre muerto». «¿Qué quiere decir muerto?», pregunta el
príncipe. Le explican que estar muerto significa convertirse en lo que se ha
convertido ese hombre. El príncipe se acerca al muerto, lo descubre y lo mira.
«¿Qué será de él ahora?», pregunta el príncipe. Y le dicen que lo enterrarán.
«¿Por qué?». «Porque nunca volverá a estar vivo, y no saldrán de él más que
gusanos y hedor». «¿Y ése es el destino de todos los hombres? ¿Me sucederá a mí
lo mismo? ¿Me enterrarán, y despediré hedor, y los gusanos me comerán?». «Sí».
«¡Atrás! No quiero ir a pasear, nunca más volveré a pasear».
Sakyamuni no podía encontrar consuelo en la vida. Decidió que la vida
era el más grande de los males, y empleó todas las fuerzas de su alma en
liberarse de ella y liberar a los demás, de manera que después de la muerte la
vida no se renovara, para aniquilar la vida por completo, de raíz. Eso es lo
que dice la sabiduría india.
Ésas son las respuestas directas dadas por la sabiduría humana a la
cuestión de la vida.
«La vida del cuerpo es un mal y una mentira. Por eso la destrucción de
la vida del cuerpo es un bien, y debemos desearla», dice Sócrates.
«La vida es lo que no debe ser, un mal; y el tránsito a la nada es el
único bien», dice Schopenhauer.
«Todo en el mundo, la necedad, la sabiduría, la riqueza, la miseria, la
alegría, el dolor, es vanidad y nadería. El hombre morirá, y nada quedará. Y
esto es absurdo», dice Salomón.
«Es imposible vivir sabiendo que el sufrimiento, el debilitamiento, la
vejez y la muerte son inevitables; es preciso liberarnos de la vida y de toda
posibilidad de vida», dice Buda.
Lo mismo que han dicho esas mentes poderosas, lo han dicho, pensado y
sentido millones de personas como ellos. Y eso es lo mismo que he pensado y
sentido yo mismo.
Así, mi vagabundeo por las ciencias no sólo no me libró de mi
desesperación, sino que la exacerbó. Un área del conocimiento no respondía a la
cuestión de la vida,
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otra contestaba directamente confirmando mi desesperación, demostrándome
que la situación a la que había llegado no era fruto de un equívoco mío, de un
estado enfermizo de mi intelecto. Por el contrario, esa área del conocimiento
me confirmaba que yo pensaba correctamente y que coincidía con las conclusiones
a las que habían llegado las mentes más poderosas de la humanidad.
Engañarse a uno mismo no tiene sentido. Todo es vanidad. Feliz el que no
ha nacido; la muerte es mejor que la vida, hay que librarse de ella.
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VII
Al no encontrar una explicación en la ciencia, me puse a buscarla en la
vida, esperando hallarla en las personas que me rodeaban. Y me puse a observar
a esa gente, que era como yo, para ver cómo vivían y se enfrentaban a la
pregunta que me había llevado a la desesperación.
Y he aquí lo que encontré en las personas cuyas circunstancias eran
exactamente las mismas que las mías en cuanto a educación y modo de vida.
Descubrí que para la gente de mi clase social hay cuatro maneras de
escapar a la terrible situación en la que todos nos hallamos.
La primera salida es la de la ignorancia. Consiste en no saber, en no
comprender que la vida es un mal, un absurdo. Las personas que pertenecen a
esta categoría —en su mayor parte mujeres, o bien hombres muy jóvenes o muy
estúpidos— no han comprendido aún el problema de la vida que se le presentó a
Schopenhauer, a Salomón, a Buda. No ven ni el dragón que les espera, ni los
ratones que roen los arbustos que los sostienen, y no hacen otra cosa que lamer
las gotas de miel. Pero lamen estas gotas de miel sólo por un tiempo: algo
atraerá su atención hacia el dragón y los ratones, y sus lamidos cesarán. No
tengo nada que aprender de esta gente, puesto que uno no puede dejar de saber
lo que ya sabe.
La segunda salida es el epicureísmo. Consiste en aprovechar los bienes
que se nos ofrecen pese a conocer la desesperanza de la vida, no mirar el
dragón ni los ratones, sino lamer la miel de la mejor manera posible,
especialmente si hay mucha sobre el arbusto. Salomón expresa así esta idea.
«Por tanto, celebro la alegría, pues no hay para el hombre nada mejor en
esta vida que comer, beber y divertirse, pues sólo eso le queda de tanto
afanarse en esta vida que Dios le ha dado…
»¡Anda, come tu pan con alegría! ¡Bebe tu vino con alegre corazón!… Goza
de la vida con la mujer amada, todos los días de tu vida vanidosa, en todos tus
días vanidosos, puesto que ésa es tu suerte en la vida y en el trabajo en el
que te afanas debajo del sol… Y todo lo que te venga a la mano, hazlo con todo
empeño, porque en el sepulcro adonde te diriges no hay trabajo, ni reflexiones,
ni conocimiento ni sabiduría».
A esta segunda salida se atienen la mayoría de las personas de nuestra
clase. Las condiciones en las que se encuentran hacen que tengan más cosas
buenas que malas; su embotamiento moral les permite olvidar que las ventajas de
su situación son accidentales, que no todos pueden tener mil mujeres y palacios
como Salomón, que por cada hombre que tiene mil mujeres hay mil hombres sin
mujer, y que por cada palacio hay mil hombres que lo construyen con el sudor de
su frente, y que esa misma casualidad que hoy me ha hecho ser Salomón puede
hacerme mañana esclavo de
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Salomón. La estupidez de la imaginación de estas personas les permite
olvidar lo que no daba sosiego a Buda: la inevitabilidad de la enfermedad, de
la vejez y de la muerte, que, si no hoy mañana, destruirán todos estos
placeres. El hecho de que algunas de esas personas afirmen que la estupidez de
pensamiento y de imaginación es filosofía positiva, a mi parecer, no los
distingue de aquéllos que lamen la miel sin ver el problema. Yo no puedo imitar
a esa gente, puesto que no tengo falta de imaginación y no puedo fingir que la
tengo. No puedo, como cualquier hombre que vive auténticamente, apartar los
ojos de los ratones y del dragón después de haberlos visto una vez.
La tercera salida es la de la fuerza y la energía. Consiste en destruir
la vida después de comprender que ésta es un mal y una absurdidad. Sólo actúan
así las escasas personas que son fuertes y consecuentes. Comprendiendo toda la
estupidez de la broma que les han gastado y que el bien de los muertos es
superior al bien de los vivos y que es mejor no existir, actúan y ponen fin de
una vez por todas a esa estúpida broma, puesto que hay medios para hacerlo: una
soga al cuello, agua, un cuchillo para clavárselo en el corazón, los trenes
sobre las vías férreas. Cada vez es mayor el número de personas de nuestra
clase que actúan así. Y lo hacen, sobre todo, en el mejor período de su vida,
cuando las fuerzas del alma están en su apogeo y todavía son escasos los hábitos
degradantes para la razón humana que han adquirido. Vi que ésta era la salida
más digna y quería obrar de esta suerte.
La cuarta salida es la de la debilidad. Consiste en continuar
arrastrando la vida, aun comprendiendo su mal y su absurdidad, sabiendo de
antemano que nada puede resultar de ella. Las personas que pertenecen a esta
categoría saben que la muerte es mejor que la vida, pero no tienen fuerzas para
actuar razonablemente y poner fin cuanto antes a ese engaño matándose; en su
lugar, parecen estar esperando que pase algo. Es la salida de la debilidad,
puesto que si sé Lo que es mejor y está a mi alcance hacerlo, ¿por qué no
abandonarme a ello?… Yo pertenecía a esa categoría.
Así, las personas de mi clase se evaden de esta terrible contradicción
de cuatro maneras. Por mucho que hubiera ejercitado mis facultades mentales, no
encontré nada más que esas cuatro salidas. Primera salida: no comprender que la
vida es absurdidad, vanidad, mal, y que es mejor no vivir. No podía dejar de
saber esto y, una vez descubierta la verdad, no podía cerrar los ojos. Segunda
salida: aprovechar la vida tal como es sin pensar en el futuro. Y yo no podía
hacer esto. Al igual que Sakyamuni, no podía encontrar placer en la vida
sabiendo que existían la vejez, el sufrimiento y la muerte. Mi imaginación era
demasiado fértil. Además, no podía alegrarme por esas ocasiones fugaces que
momentáneamente traían placer a mi existencia. Tercera salida: tras comprender
que la vida es un mal y una absurdidad, poner fin a la vida, matarse. Lo había
comprendido, pero por alguna razón todavía no me había matado. Cuarta salida:
vivir como Salomón y Schopenhauer habían
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descrito, esto es, continuar viviendo, lavándose, vistiéndose, comiendo,
hablando e incluso escribiendo y publicando libros, aun sabiendo que la vida es
una broma estúpida que alguien nos ha gastado. Esa posición era, para mí,
repulsiva, tormentosa, pero seguía en esa situación.
Ahora veo que si no me maté fue debido a una conciencia vaga de que mis
ideas eran equivocadas. Por muy convincente e indudable que me pareciera el
desarrollo de mis pensamientos y el de los de algunos sabios que nos han
llevado a admitir la absurdidad de la vida, una vaga duda persistía en mí
acerca de la autenticidad del punto de partida de mi razonamiento.
Mi duda se expresaba así: yo, mi razón, había reconocido que la vida era
irracional. Si no hay nada más elevado que la razón (y no lo hay, y nada puede
probar que lo haya), entonces la razón es la creadora de vida para mí. Sin
razón no habría vida para mí. Pero ¿cómo puede esa razón negar la vida cuando
es ella la creadora de vida? O, visto de otra manera: si no hubiera vida, mi
razón tampoco existiría; luego, la razón es hija de la vida. La vida lo es
todo. La razón es fruto de la vida, y sin embargo reniega de ésta. Sentía que
algo ahí no era del todo correcto.
«La vida es un mal absurdo; no cabe duda de eso», me decía yo. «Pero he
vivido y todavía vivo; y toda la humanidad ha vivido y continúa viviendo. ¿Cómo
es posible? ¿Por qué los hombres viven cuando podrían no vivir? ¿Acaso sólo
Schopenhauer y yo éramos lo suficientemente inteligentes para comprender la
absurdidad y el mal de la vida?».
El argumento sobre la vanidad de la vida no es tan difícil, e incluso
las personas más sencillas lo han comprendido desde hace mucho tiempo; y con
todo han vivido y siguen viviendo. ¿Cómo es que siguen viviendo y nunca se les
ocurre dudar de la racionalidad de la existencia?
Mi conocimiento, confirmado por la sabiduría de los sabios, me ha
rebelado que todo en el mundo, lo orgánico y lo inorgánico, está dispuesto de
un modo extraordinariamente inteligente, y que sólo mi posición es estúpida.
Pero esos imbéciles, esa enorme masa de gente sencilla, no saben nada sobre
cómo está organizado lo orgánico y lo inorgánico en el mundo, y sin embargo
viven, ¡y les parece incluso que su existencia está organizada de una manera
muy racional!
Y se me ocurrió que debía de haber algo que todavía no supiera. Después
de todo, la ignorancia actúa precisamente de esa forma. La ignorancia siempre
dice lo que yo estoy diciendo. Cuando no sabe algo, dice que lo que ella ignora
es estúpido. Lo cierto es que la humanidad entera ha vivido y vive como si
comprendiera el sentido de la vida, puesto que sin comprender su sentido no
podría vivir, pero yo digo que toda ella es un absurdo y que no debo vivir.
Nadie nos impide negar la vida, como ha hecho Schopenhauer. Así que
mátate y no tendrás que volver a pensar en ello. Si no te gusta la vida,
mátate. Si vives y no
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puedes comprender el sentido de la existencia, ponle fin, en lugar de
dar vueltas contando y escribiendo que no la comprendes. Tienes una alegre
compañía, todos se encuentran muy bien en ella y saben lo que hacen; si te
aburres y la encuentras ofensiva, vete.
Los que estamos convencidos de la necesidad del suicidio y no nos
decidimos a llevarlo a cabo, ¿qué somos, si no los hombres más débiles e
inconsecuentes y, hablando con franqueza, los más estúpidos, que se
enorgullecen de su estupidez como un niño lo haría de su juguete nuevo?
Después de todo, nuestra sabiduría, por muy irrefutable que sea, no nos
ha dado a conocer el sentido de la vida. Mientras que los millones de personas
que conforman la humanidad participan en la vida sin dudar de su sentido.
De hecho, desde tiempos remotos, cuando la vida de la que sé algo
comenzó, han vivido personas que conocían los argumentos respecto a la vanidad
de la vida, los argumentos que a mí me han revelado su absurdidad, y eso no les
ha impedido vivir ni encontrar un sentido a la vida. En cuanto se manifestó la
vida en los hombres, ellos comprendieron ese sentido, y han llevado la vida
hasta mí. Todo lo que hay en mí y alrededor de mí es fruto de su conocimiento
de la vida. Los mismos instrumentos de pensamiento con los que juzgo la vida y
la condeno no han sido creados por mí, sino por ellos. Yo he nacido, he sido
educado y he crecido gracias a ellos. Ellos fueron los que extrajeron el
hierro, los que nos enseñaron a abatir los árboles, a domesticar las vacas, los
caballos, los que nos enseñaron a sembrar, los que nos enseñaron a vivir
juntos, los que organizaron nuestra vida. Me enseñaron a pensar y a hablar. Yo
soy obra suya, nutrido, educado e instruido por ellos; pienso de acuerdo con
sus ideas, con sus palabras, ¡y ahora les he demostrado que todo es un absurdo!
«Hay algo que no es correcto», me decía. «En alguna parte me he equivocado».
Pero no podía descubrir dónde estaba ese error.
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VIII
Entonces era incapaz de formular todas estas dudas, que ahora estoy en
disposición de expresar de una forma más o menos coherente. Sólo comprendía
que, aunque la lógica de mis conclusiones sobre la vanidad de la vida era
impecable, había algo equivocado en ellas, a pesar de que las confirmaban los
más grandes pensadores. ¿Era en el razonamiento mismo o en la manera de
plantear la cuestión? No lo sabía; sólo sentía que la fuerza de convicción de
la razón era perfecta, pero no bastaba. Ninguno de esos argumentos logró
persuadirme para que hiciera lo que resultaba de mis razonamientos, es decir,
matarme. Estaría faltando a la verdad si afirmase que fue por medio de la razón
que había conseguido llegar a este punto sin matarme. Mi razón trabajaba, pero
algo más trabajaba que no puedo llamar de otro modo que «conciencia de la
vida». Obraba en mí también otra fuerza que me obligaba a prestar atención a
una cosa en lugar de la otra, y fue ésta la que me sacó de mi situación
desesperada y guió mi razón en una dirección completamente diferente. Esa
fuerza me obligó a considerar que yo y cientos de personas de mi clase no
conformábamos toda la humanidad, y que yo todavía no conocía lo que era la vida
para la humanidad.
Mientras miraba el restringido círculo de hombres de mi generación, sólo
veía a personas que no habían comprendido el problema, personas que lo habían
comprendido pero lo ahogaban en la borrachera de la vida, personas que lo
habían comprendido y habían puesto fin a sus vidas, o bien personas que lo
habían comprendido pero, por debilidad, continuaban llevando una existencia
desesperada. Y mi mirada no iba más allá. Me parecía que ese restringido
círculo de científicos, ricos y ociosos al cual yo pertenecía comprendía toda
la humanidad, y que los miles de millones de hombres que habían vivido y que
aún vivían fuera de ese círculo eran animales, no personas.
Por extraño e increíblemente incomprensible que ahora me parezca el
hecho de que, razonando sobre la vida, pudiera no fijarme en la vida de la
humanidad que me rodeaba, que pudiera engañarme ridículamente hasta el punto de
pensar que mi vida, la de los Salomón y los Schopenhauer, era la vida
auténtica, la normal, mientras que la vida de miles de millones de hombres no
era digna de consideración; por muy extraño que ahora me parezca, veo que así
fue. En el error originado por el orgullo de mí inteligencia, me parecía
indudable que Salomón, Schopenhauer y yo planteábamos la cuestión de una manera
tan exacta y verdadera que no podía ser de otro modo; tan indudable me parecía
que todos esos miles de millones de hombres pertenecían a la categoría de
aquéllos que nunca habían penetrado la profundidad de la cuestión, que,
buscando el sentido de mi vida, ni siquiera una vez se me ocurrió pensar: «Pero
¿qué sentido dan y han dado a sus vidas todos los miles de millones de seres
que han vivido y viven en este mundo?».
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Durante mucho tiempo viví en esa locura que, si no en palabras sí en
hechos, es especialmente marcada entre los hombres más liberales e instruidos.
No sé si fue debido a ese extraño amor instintivo que tengo por el pueblo
trabajador, que me ha obligado a comprenderlo y a ver que no son tan estúpidos
como nos figuramos, o bien si fue mi sincera convicción de que no sé nada mejor
que hacer que ahorcarme, pero me di cuenta de que, si quería vivir y comprender
el sentido de la existencia, era preciso buscarlo, no entre los hombres que lo
han perdido y quieren matarse, sino entre esos miles de millones de personas
que han vivido y viven todavía, que crean la vida y llevan sobre sí el peso de
su existencia y de la nuestra. Consideré a la enorme masa de gente sencilla,
analfabeta y pobre, que ha vivido y vive todavía, y vi algo totalmente
diferente. Vi que ninguno de esos miles de millones de hombres, ninguno, salvo
raras excepciones, pertenecía a mi categoría. No podía considerarlos como
personas que no comprendían la cuestión, puesto que la planteaban y la
resolvían con extraordinaria claridad. Tampoco podía considerarlos epicúreos,
puesto que sus vidas se conformaban más de privaciones y sufrimientos que de
placeres. Y mucho menos podía conceptuarlos como personas que llevan una vida
absurda, irracional, puesto que eran capaces de explicar cada acto de su vida,
incluso la misma muerte. Y consideran el suicidio como el más grande de los
males. Resultaba que toda la humanidad tenía un conocimiento del sentido de la
vida que yo había pasado por alto y menospreciaba. De esto se deducía que el
conocimiento racional no sólo no saca a la luz el sentido de la vida, sino que
excluye la vida; mientras que el sentido que millones de personas dan a la
existencia está basado en cierto conocimiento que es menospreciado y
considerado falso.
El conocimiento racional, como lo presentan los científicos y los
sabios, niega el sentido de la vida, mientras que la enorme masa de gente, toda
la humanidad, reconoce ese sentido mediante un conocimiento irracional. Y ese
conocimiento irracional es la fe, la misma que yo no había podido aceptar. Ese
Dios, que es uno y trino, la creación en seis días, los demonios y los ángeles,
y todo aquello que yo no podía aceptar sin volverme loco.
Mi posición era terrible. Sabía que no encontraría nada por la vía del
conocimiento racional, salvo la negación de la vida, mientras que en la fe no
encontraría nada salvo la negación de la razón, que era aún menos plausible que
la negación de la vida. De acuerdo con el conocimiento racional, la existencia
es un mal, y las personas lo saben; de ellas depende no vivir, y aun así han
vivido, viven, y yo mismo vivo, aunque hace tiempo que sé que la vida no tiene
sentido y es un mal. De acuerdo con la fe, para comprender el sentido de la
vida debía renunciar a la razón, la misma para la cual es necesario el sentido.
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IX
Afloró una contradicción para la cual sólo había dos salidas: o lo que
yo llamaba racional no lo era tanto como había pensado, o lo que me parecía
irracional no lo era tanto como había pensado. Y comencé a revisar el
desarrollo de los argumentos que derivaban de mi conocimiento racional.
Al hacerlo, encontré aquel argumento completamente correcto. La
conclusión de que la vida es nada era inevitable, pero detecté un error. Éste
consistía en que mi razonamiento no se correspondía con la cuestión que me
había planteado, y que era: «¿Por qué vivo?». O bien: «¿Habrá algo que
perdurará y no será aniquilado de mi vida ilusoria y efímera?». O bien: «¿Qué
sentido tiene mi vida finita en este universo infinito?». Y, para solucionar
este problema, me puse a estudiar la vida.
Evidentemente, la solución a todas las cuestiones posibles de la vida no
podía satisfacerme, porque mi pregunta, por muy sencilla que pareciera a
primera vista, implicaba una exigencia de explicar lo finito por medio de lo
infinito, y lo infinito por medio de lo finito.
Me preguntaba: «¿Cuál es el sentido de mi vida más allá del tiempo, la
causalidad, el espacio?». Y sin embargo respondía a la pregunta: «¿Cuál es el
sentido de mi vida dentro del tiempo, la causalidad, el espacio?». Después de
enfrascarme en un arduo trabajo mental, sólo pude responder: «Ninguno».
En mis razonamientos estaba constantemente comparando, y no podía
hacerlo de otra manera, lo finito con lo finito y lo infinito con lo infinito,
motivo por el cual siempre llegaba a la única conclusión a la que podía llegar:
la fuerza es fuerza, la materia es materia, la voluntad es voluntad, el
infinito es infinito, la nada es nada; y no podía ir más allá de esto.
Era algo parecido a lo que pasa en las matemáticas cuando, creyendo
resolver una ecuación, todo lo que obtenemos es una identidad. El método de
deducción es correcto, pero el único resultado que se obtiene es a = a, ó x =
x, ó 0 = 0. Lo mismo ocurría con mi razonamiento respecto a la cuestión del
sentido de mi vida. Las respuestas que todas las ciencias dan a esta cuestión
son sólo identidades.
Y en realidad el conocimiento estrictamente racional, como el de
Descartes, comienza con la duda absoluta, rechaza todo conocimiento fundado en
la fe y reconstruye todo de nuevo de acuerdo con las leyes de la razón y la
experiencia, y no puede dar otra respuesta a la cuestión de la vida que la que
yo había obtenido: una respuesta indefinida. Sólo al principio me pareció que
el conocimiento daba una solución positiva, la de Schopenhauer: la vida no
tiene sentido, la vida es un mal. Pero, después de haber examinado el asunto,
comprendí que no era una solución positiva y que sólo mis sentidos la habían
considerado así. La respuesta rigurosamente expresada, tal como la formularon
los brahmanes, Salomón y
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Schopenhauer, es sólo una solución vaga o una identidad: 0 = 0, la vida
que se me presenta a mí como nada, es nada. Así que el conocimiento filosófico
no niega nada, sólo responde que no puede resolver esa cuestión y que, desde su
punto de vista, cualquier solución seguirá siendo indefinida.
Habiendo comprendido esto, me di cuenta de que no podía buscar una
respuesta a mi cuestión en el conocimiento racional, y que la solución dada por
el conocimiento racional no era más que una indicación de que la respuesta sólo
puede obtenerse formulando el problema de otra manera, es decir, sólo cuando se
introduzca la relación entre lo finito y lo infinito en el razonamiento.
También me di cuenta de que las respuestas dadas por la fe, por muy
irracionales y distorsionadas que fueran, tenían la ventaja de introducir la
relación entre lo finito y lo infinito, sin la cual no puede haber solución.
Sea cual sea la manera en que planteo la pregunta de cómo debo vivir, la
respuesta es: «Conforme a la ley de Dios». «¿Cuál será el resultado auténtico
de mi vida?». El tormento eterno o la felicidad eterna. ¿Cuál es el sentido que
no destruye la muerte? La unión con el Dios infinito, el paraíso.
Así, fui conducido de un modo inevitable a reconocer que toda la
humanidad posee, además del conocimiento racional, que antes me parecía el
único conocimiento posible, otro conocimiento, de tipo irracional: la fe, que
nos da la posibilidad de vivir. La fe seguía siendo para mí tan irracional como
antes, pero no podía dejar de reconocer que sólo ella proporciona a la
humanidad respuestas a la cuestión de la vida y, por consiguiente, nos da la
posibilidad de vivir.
El conocimiento racional me llevó a la conclusión de que la vida era
absurda; la mía se detuvo y quise quitármela. Considerando a las personas que
me rodeaban, a toda la humanidad, vi que vivían y afirmaban que conocían el
sentido de la vida. Luego recapacité: puesto que yo vivía, conocía el sentido
de la vida. Como a los demás, también a mí la fe me ofrecía el sentido de la
vida y la posibilidad de vivir.
Tras examinar a las personas de otros países, a mis contemporáneos y a
los que habían vivido antes, observé una misma cosa: donde hay vida, hay fe;
desde el origen de la humanidad la fe nos ha dado la posibilidad de vivir, y
los rasgos principales de la fe están en todas partes y son siempre los mismos.
Sean cuales sean las respuestas que una fe u otra ofrecen al hombre,
todas coinciden en dar un sentido infinito a la existencia finita del hombre,
un sentido que ni los sufrimientos, ni las privaciones, ni la muerte pueden
destruir. Por tanto, sólo en la fe podemos hallar el sentido de la vida y la
posibilidad de vivir. Y comprendí que el significado más esencial de la fe no
era sólo «la manifestación de las cosas invisibles», etcétera, no era la
revelación (ésta no era más que la descripción de uno de los signos de la fe),
no era sólo la relación del hombre con Dios (es preciso determinar primero la
fe y luego a Dios, y no a la inversa), no era sólo la conformidad con lo que a
uno se le ha dicho, aunque eso es lo que se suele entender por fe. La fe
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es el conocimiento del sentido de la vida humana, gracias al cual el
hombre no se aniquila, sino que vive. La fe es la fuerza de la vida. Si un
hombre vive, es porque cree en algo. Si no creyera que debe vivir por algo, no
viviría. Si no ve ni comprende el carácter ilusorio de lo finito, cree en lo
finito. Si comprende el carácter ilusorio de lo finito, es preciso que crea en
lo infinito. Sin fe es imposible vivir.
Recordé el desarrollo de mi trabajo interno y me horroricé. Ahora estaba
claro para mí que para que un hombre pudiera vivir debía, o bien no ver lo
infinito, o bien tener una explicación del sentido de la vida que le permitiera
identificar lo finito con lo infinito. Yo conocía esa explicación, pero no la
necesitaba porque creía en lo finito, y la vi como contrapuesta a mi razón. Y a
la luz de la razón mi explicación anterior se disipó como el humo. Llegó el
momento en que dejé de creer en lo finito. Y me puse a edificar sobre los
cimientos de la razón, con todo lo que sabía, una explicación que me diera el
sentido de la vida, pero no pude construir nada firme. Junto a las mentes más
brillantes que la humanidad había producido llegué a la conclusión de que 0 =
0, y me sorprendí enormemente de obtener esa solución y de descubrir que no
podía haber ninguna otra.
¿Qué hacía cuando buscaba una respuesta en las ciencias empíricas?
Quería saber por qué vivía y para ello estudiaba todo lo que estaba fuera de mi
vida. Está claro que podía aprender muchas cosas, pero no lo que necesitaba.
¿Qué hacía cuando buscaba una respuesta en el campo de la filosofía?
Estudiaba las ideas de aquéllos que se encontraban en la misma situación que yo
y que no habían hallado respuesta a la pregunta: «¿Por qué vivo?». Está claro
que no podía aprender nada a excepción de lo que ya sabía: que es imposible
saber algo.
«¿Qué soy yo? Una parte del infinito». Es precisamente en esas pocas
palabras donde reside todo el problema. ¿Es posible que el hombre no se haya
planteado esta cuestión hasta este momento? ¿Es posible que nadie antes que yo
se haya hecho esta pregunta, una pregunta tan sencilla que brota de los labios
de cualquier niño inteligente?
No, esta cuestión se ha formulado desde que el hombre existe; desde el
principio, el hombre ha entendido que resolver la cuestión igualando lo finito
a lo finito es tan insatisfactorio como igualar lo infinito a lo infinito;
desde el principio el hombre ha buscado articular la relación entre lo finito y
lo infinito.
Sometemos al análisis lógico todos los conceptos que identifican lo
finito con lo infinito y a través de los cuales obtenemos el sentido de la vida
y los conceptos de Dios, de la libertad y del bien. Pero estos conceptos no
resisten a la crítica de la razón.
Si no fuera tan espantoso, sería divertido ver el orgullo y la
complacencia con que nosotros, cual niños, desmontamos el reloj, sacamos la
espiral y hacemos de ella un juguete, y luego nos sorprendemos de que el reloj
deje de funcionar.
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Es necesario y valioso contar con una solución para la contradicción
entre lo finito y lo infinito, una respuesta a la cuestión de la vida que haga
posible vivir. Y la única solución que hallamos siempre, en todas partes y en
todos los pueblos, es la que nos ha sido transmitida desde un pasado en que la
vida humana se pierde para nosotros. Es una solución tan difícil que somos
incapaces de hacer nada parecido, sin embargo la destruimos a la ligera, para
plantear una vez más la cuestión que es inherente a todos nosotros y para la
cual no tenemos respuesta.
Los conceptos de un Dios infinito, de la naturaleza divina del alma, de
la relación entre Dios y los asuntos de los hombres, del bien y del mal son,
todos ellos, conceptos cuya esencia se ha elaborado en el infinito oculto del
pensamiento humano. Son conceptos sin los cuales no habría vida, y yo mismo no
existiría y, sin embargo, rechazando todo ese trabajo de la humanidad, yo
quería hacerlo todo de nuevo, a mi manera.
Yo no pensaba así entonces, pero los gérmenes de estas ideas ya estaban
en mí. Comprendía: 1) que mi situación, la de Schopenhauer y Salomón, era
estúpida a pesar de nuestra sabiduría: considerábamos que la vida es un mal y a
pesar de eso vivíamos. Eso era claramente estúpido porque, si la vida es
absurda y amo tanto la razón, es preciso que destruya la vida, y eso nadie lo
negará; 2) que todos nuestros razonamientos giraban en un círculo vicioso, como
una rueda que no se engancha a un carruaje. Por mucho y muy bien que
deliberásemos, no obtendríamos una respuesta; siempre resultaría que 0 = 0, y
nuestro método, por tanto, era probablemente equivocado, y 3) que en las
respuestas dadas por la fe yacía una profunda sabiduría humana y que yo no
tenía derecho a negarlas fundándome en la razón y, sobre todo, que sólo esas
respuestas contestaban a la cuestión de la vida.
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X
Lo comprendía, pero eso no hacía las cosas más fáciles para mí.
Ahora estaba dispuesto a aceptar cualquier fe, a condición de que no
exigiese de mí la negación directa de la razón, puesto que esa negación habría
sido una mentira. Estudié los textos del budismo y del mahometismo, y sobre
todo los del cristianismo y las vidas de los cristianos que me rodeaban.
Naturalmente, primero me dirigí a los creyentes de mi propia clase, a
personas instruidas, a teólogos ortodoxos, a monjes ancianos, a teólogos de los
nuevos tipos de ortodoxia y a los así llamados «nuevos cristianos» que profesan
la salvación por la creencia en la redención. Y me aferré a esos creyentes y
les pregunté sobre su manera de creer y de ver el sentido de la vida.
A pesar de las concesiones de todo tipo que hacía, de todas las
discusiones que evitaba, no podía aceptar la fe de esa gente. Veía que lo que
hacían pasar por fe no era la explicación, sino el oscurecimiento del sentido
de la vida, y que ellos mismos no profesaban esa fe para responder a esa
cuestión de la vida que me había conducido a la fe, sino por otros fines que me
eran extraños.
Recuerdo el doloroso sentimiento de miedo ante la posibilidad de volver
a caer en la anterior desesperanza, después de la esperanza que había
experimentado tantas veces en mi relación con esa gente. Cuanto más
detalladamente me exponían su fe, con más claridad veía su error, y más veía
perdidas todas las esperanzas de encontrar en su fe un sentido a la vida.
Y no era porque en la exposición de su fe mezclaran muchos elementos
superfluos e irracionales con las verdades cristianas, que siempre me habían
sido tan cercanas. No, no era eso lo que me alejaba; más bien era que las vidas
de esas personas eran parecidas a las mías, con una única diferencia: ellos no
vivían de acuerdo con los principios que formulaban al exponer su fe.
Comprendía claramente que se estaban engañando a sí mismos y que, como yo, no
tenían otro sentido de la vida más que vivir mientras vivieran y tomar todo
cuanto pudieran con las manos. Lo veía claro, porque si hubieran atesorado un
sentido de la vida que destruyera el miedo a las privaciones, a los
sufrimientos y a la muerte, no temerían tanto a esas cosas. Pero esos creyentes
de nuestra clase vivían, como yo, en la opulencia; se esforzaban por aumentarla
y conservarla y tenían miedo de las privaciones, de los sufrimientos y de la
muerte. Como yo y d resto de los no creyentes, vivían únicamente satisfaciendo
sus deseos, en una palabra, vivían tan mal, si no peor, que los que no creían.
Ningún razonamiento podía convencerme de la verdad de su fe. Si con sus
actos me hubieran demostrado que tenían una comprensión de la vida que no les
hacía temer, como a mí, la pobreza, la enfermedad y la muerte, habrían podido
convencerme. Pero no vi actos de ese tipo entre la variedad de creyentes de
nuestra
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clase. Por el contrario, veía esos actos entre los hombres de nuestra
clase que no eran creyentes pero nunca entre los que se llamaban creyentes.
Comprendí que la fe de esas personas no era la fe que yo buscaba, que su
fe no era fe, sino sólo uno de los consuelos epicúreos de la vida. Comprendí
que esa fe tal vez fuera buena, si no como consuelo, sí para disipar el
arrepentimiento de un Salomón en su lecho de muerte, pero era inconveniente
para la inmensa mayoría de la humanidad, aquéllos que no buscan divertirse a
expensas del trabajo de los otros, sino crear vida. Para que la humanidad
pudiera vivir y la vida se perpetuara confiriéndole un sentido, esos miles de
millones de personas debían tener un concepto de la fe diferente, genuino. El
hecho de que ni yo, ni Salomón, ni Schopenhauer nos quitáramos la vida no fue
lo que me convenció de la existencia de la fe, más bien fue el hecho de que
esos miles de millones habían vivido y continuaban viviendo, llevando a
aquellos como Salomón y como yo en las olas de sus vidas.
Comencé a acercarme a los creyentes del pueblo, hombres sencillos y
analfabetos, peregrinos, monjes, cismáticos y campesinos. La fe que profesaban
esas personas del pueblo era el mismo cristianismo que el de los pseudo
creyentes de nuestra clase. Había muchas supersticiones mezcladas con las
verdades cristianas, pero con la diferencia de que, mientras las supersticiones
eran totalmente innecesarias para los creyentes de nuestra clase, no tenían
nada que ver con sus vidas y sólo les proporcionaban una especie de distracción
epicúrea, las supersticiones de los creyentes que pertenecían al pueblo
trabajador estaban tan estrechamente ligadas a sus vidas que no podían
imaginarse éstas sin aquéllas: eran una condición imprescindible en sus vidas.
La vida de los creyentes de nuestra clase social estaba en contradicción con su
fe, mientras que la vida de los creyentes del pueblo trabajador era una
confirmación del sentido de la vida dado por el conocimiento de la fe. Y me
puse a examinar con atención la vida y la fe de esas personas y, cuanto más las
examinaba, más me convencía de que la suya era una fe auténtica, que les era
necesaria y que sólo ella les daba el sentido y la posibilidad de la vida.
Contrariamente a lo que veía entre la gente de nuestra clase, estamento en el
que es posible vivir sin fe y en el que de cada mil apenas uno se declaraba
creyente, entre esa gente apenas uno de cada mil se declaraba no creyente.
Contrariamente a lo que veía en nuestro círculo, en el que toda la vida
transcurría en la ociosidad, en la diversión y en la insatisfacción, veía que
esas personas que trabajaban duro a lo largo de toda su existencia estaban
menos insatisfechas con la vida que los ricos. Contrariamente a los hombres de
nuestra clase, que se oponían al destino y se indignaban por sus privaciones y
sufrimientos, esa gente aceptaba las enfermedades y las desgracias sin
cuestionarlas ni protestar, con la convicción serena y firme de que todo eso
debía ser así y que no podía ser de otra manera, y que todo era para bien. Contrariamente
a nosotros, que cuanto más inteligentes somos menos comprendemos
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el sentido de la vida y más vemos en la muerte y en el sufrimiento una
especie de burla malvada, esa gente vive, sufre y se aproxima a la muerte con
tranquilidad y casi siempre con júbilo. Si bien una muerte serena, sin terror
ni desesperación es una rarísima excepción entre las personas de nuestra clase,
una muerte tormentosa, intranquila e infeliz es una excepción rarísima en el
pueblo. Y la mayor parte de ese pueblo, aun cuando está privada de todo aquello
que para mí y para Salomón constituye el único bien de la vida, goza de la
felicidad más profunda. Miré a mi alrededor, en un radio más extenso. Examiné
las vidas de multitudes de hombres que habían vivido en el pasado y que todavía
vivían. Y vi que los que habían comprendido el sentido de la vida, que sabían
vivir y morir, no eran dos, ni tres, ni diez, sino cientos, miles, millones. Y
todos, infinitamente diversos por su carácter, su inteligencia, su educación,
su condición, todos conocían el sentido de la vida y de la muerte de la misma
manera, en completa oposición a mi ignorancia. Trabajaban tranquilos,
soportaban privaciones y sufrimientos, vivían y morían, y en todo eso veían, no
la vanidad, sino el bien.
Acabé amando a esa gente. Cuanto más profundizaba en sus vidas, lo mismo
la de los vivos que la de los muertos, bien las conociese por mis lecturas o
por lo que oía decir, más los amaba y más fácil se me hacía vivir. Así viví dos
años, poco más o menos, y una profunda transformación se produjo en mí, una
transformación para la que me había ido preparando mucho tiempo atrás y para la
cual siempre había estado predispuesto. La vida de nuestra clase, la de los
ricos y los sabios, no sólo se volvió desagradable para mí, sino que perdió
todo sentido. Todos nuestros actos y pensamientos, nuestra ciencia, nuestro
arte, se me revelaron como una mera complacencia. Comprendí que allí no era
posible encontrar un sentido. Los actos del pueblo trabajador, de aquéllos que
crean la vida, se me presentaron como el único camino posible. Comprendí que el
sentido que proporcionaba esa vida era la verdad, y la acepté.
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XI
Recordé cómo esas creencias me habían repugnado y parecido desprovistas
de sentido cuando eran profesadas por gente que vivía en contradicción con
ellas, y recordé cómo esas mismas creencias me atrajeron y me parecieron
sensatas cuando vi a la gente que vivía de acuerdo con ellas; comprendí por qué
las había rechazado y por qué las había encontrado absurdas, mientras que ahora
me parecían llenas de sentido. Comprendí que me había extraviado y cómo me
había extraviado. Me había perdido no tanto por pensar erróneamente como por
vivir mal. Comprendí que la verdad se me había ocultado, no tanto por el error
de mis pensamientos como por el de mi propia vida, que había pasado
satisfaciendo mis deseos y en las condiciones exclusivas del epicureísmo.
Comprendí que, cuando preguntaba qué era mi vida y la respuesta era «un mal»,
ésta era completamente correcta. El error consistía en que había atribuido a la
vida en general una respuesta dirigida sólo a mí. Me preguntaba qué era mi
vida, y recibía por respuesta que era un mal y una absurdidad. Y ciertamente,
mi existencia, consagrada a la complacencia de mis deseos, era absurda y mala,
y la afirmación de que la vida es mala y absurda sólo se refería a la mía
propia y no a la vida en general. Comprendí entonces la verdad que más tarde
hallé en el Evangelio: los hombres prefieren las tinieblas a la luz porque sus
acciones son malas. El que comete malas acciones detesta la luz y no va por la
luz para que sus obras no sean vistas. Comprendí que para entender el sentido
de la vida era preciso, ante todo, que ésta no fuese absurda ni mala, y luego
uno podía utilizar la razón para entenderla. Comprendí por qué había dado
vueltas tanto tiempo alrededor de una verdad tan evidente sin verla y que, para
pensar y hablar acerca de la vida de la humanidad, debía pensar y hablar acerca
de ésta y no acerca de la de algunos parásitos. Esa verdad ha sido siempre
verdad, como 2 x 2 = 4, pero yo no la había reconocido porque, reconociendo que
2 x 2 = 4, debería reconocer que yo no era un buen hombre. Y para mí era más
importante y necesario sentir que yo era un buen hombre que admitir que 2 x 2 =
4. Pero comencé a amar a la gente buena y a detestarme a mí mismo, y reconocí
la verdad. Ahora todo estaba claro para mí.
Imaginemos a un verdugo que se ha pasado la vida torturando y cortando
cabezas, o a un borracho empedernido, o a un loco que lleva toda su vida
encerrado en una habitación oscura que detesta pero que supone que moriría si
sale de ella; imaginemos lo que responderían si se les preguntara: «¿Qué es la
vida?». Evidentemente, la única respuesta que podrían dar es que la vida es el
mayor de los males; y la respuesta del loco sería completamente correcta, pero
sólo para él. ¿Acaso no era yo como ese loco? Y todos nosotros, hombres ricos y
sabios, ¿no éramos también unos locos?
Y comprendí que, en efecto, estábamos locos. Yo, con total seguridad,
era como
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ese loco. La naturaleza del pájaro hace que pueda volar, buscar comida,
construirse un nido, y cuando lo veo ocupado en estos quehaceres me alegro. El
alimentarse, el reproducirse, el procurar comida a su familia está en la
naturaleza de la cabra, de la liebre, del lobo, y, cuando lo hacen, estoy
seguro de que son felices y de que su vida es razonable. ¿Qué debe hacer el
hombre? Lo mismo que los animales, debe preocuparse de las necesidades
materiales de la vida, pero con la única diferencia de que él morirá si lo hace
solo: debe hacerlo no sólo para sí mismo, sino para todos. Y cuando lo hace,
creo firmemente que es feliz y que su vida es razonable. ¿Qué había hecho
durante los treinta años de mi existencia consciente? Lejos de trabajar para
procurar los medios de vida para todos, ni siquiera lo había hecho para mí
mismo. Vivía como un parásito y, cuando me preguntaba para qué vivía, obtenía
como respuesta: «Para nada». Si el sentido de la existencia humana reside en
trabajar para ganarse la vida, ¿cómo era posible que yo, que había pasado
treinta años, no ganándomela, sino destruyéndola, la mía y la de otros,
recibiese otra respuesta que no fuera que mi existencia es una absurdidad y un
mal? De hecho, era una absurdidad y un mal.
La vida del mundo se desarrolla conforme a la voluntad de alguien; la
vida del mundo y nuestras propias existencias están confiadas al cuidado de
alguien. Para tener alguna esperanza de comprender el sentido de esa voluntad,
es preciso ante todo ejecutarla; debemos hacer lo que requiere de nosotros. Y
si no hago lo que de mí se espera, jamás comprenderé lo que se me pide, y menos
aún lo que se quiere obtener de todos nosotros y de todo el mundo.
Si un mendigo desnudo y hambriento es recogido en una encrucijada y
conducido a un maravilloso recinto donde, después de alimentarle y darle de
beber, se le obliga a mover de arriba abajo una palanca, es evidente que, antes
de averiguar por qué le han llevado allí para mover la palanca y si el recinto
está razonablemente organizado, el mendigo debe mover primero aquella palanca.
Cuando lo haga, comprenderá que con ese movimiento se pondrá en funcionamiento
una bomba, que la bomba hará salir el agua y que el agua se extenderá por el
jardín. Entonces será apartado de esa tarea para ocuparse de otra, y
recolectará frutos y participará de la alegría de su señor. Pasando así de un
trabajo poco elevado a otro más alto, comprenderá cada vez mejor la
organización del establecimiento, y, al formar parte de ella, no se le ocurrirá
preguntar por qué está allí y menos aún hacer un reproche a su patrón.
Así es como los que cumplen la voluntad de su patrón, no le acusan de
nada, y ésos son los hombres sencillos, trabajadores, ignorantes, ésos a los
que nosotros consideramos animales. En cambio, nosotros, los sabios, comemos
todo lo que pertenece al señor sin hacer lo que se espera de nosotros; en lugar
de trabajar, nos sentamos en corro y deliberamos: «¿Para qué accionar la
palanca?». «Es estúpido». Y es ahí donde hemos llegado con nuestros
razonamientos. Hemos decidido que el
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señor es estúpido, o que no existe, y que sólo nosotros somos
inteligentes. Pero sentimos que no valemos para nada y que, de uno u otro modo,
es preciso que nos libremos de nosotros mismos.
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XII
Tomar conciencia de los errores del conocimiento racional me ayudó a
liberarme de la tentación de las especulaciones ociosas. El convencimiento de
que el conocimiento de la verdad sólo se podía encontrar en la vida me llevó a
dudar de si mí modo de vivir era el correcto. Lo único que me salvó fue zafarme
de esa situación exclusiva en la que me hallaba, ver la existencia auténtica
del sencillo pueblo trabajador, y comprender que sólo aquélla era la verdadera
vida. Me di cuenta de que si quería comprender la existencia y su sentido tenía
que vivir la vida genuina y no la de un parásito; y habiendo aceptado el
sentido que atribuía a la vida la verdadera humanidad que formaba parte de esa
existencia genuina, tenía que comprobarlo.
En ese momento me ocurrió lo siguiente: en el transcurso de todo aquel
año, cuando casi a cada minuto me preguntaba cómo poner fin a mi vida, si con
una soga o con una bala, cuando estaba ocupado con los pensamientos y las
observaciones que he descrito, un sentimiento tormentoso me atenazaba el
corazón. A ese sentimiento no lo puedo llamar de otra manera que búsqueda de
Dios.
Digo que esa búsqueda de Dios no era un razonamiento, sino un
sentimiento, porque esa búsqueda no procedía del curso de mis pensamientos —de
hecho se oponía a ellos—, sino que procedía del corazón. Era una sensación de
miedo, de abandono, de soledad en medio de todo lo que era extraño para mí y, a
la vez, una sensación de esperanza en encontrar la ayuda de alguien.
Pese a estar plenamente convencido de la imposibilidad de probar la
existencia de Dios (Kant me lo había demostrado y yo había comprendido
cabalmente que no podía existir tal prueba), yo seguía buscando a Dios con la
esperanza de encontrarle y, según una vieja costumbre, dirigía mis plegarias a
Aquél a quien buscaba y no encontraba. Ahora comprobaba mentalmente las
conclusiones de Kant y Schopenhauer sobre la imposibilidad de probar la
existencia de Dios, ahora refutaba sus argumentos. La causalidad, me decía yo,
no es una categoría de pensamiento como el espacio y el tiempo. Si existo,
también existe la causa de que yo exista, así como la causa de las causas. Y la
causa de todo lo que existe es lo que llamamos Dios. Me detuve en este
pensamiento y me esforcé, con todo mi ser, en reconocer la presencia de esa
causa. Y tan pronto comprendí que había una fuerza bajo cuyo poder yo me
encontraba, sentí que había una posibilidad de vivir. Pero continuaba
preguntándome: «¿Qué es esa causa, esa fuerza? ¿Cómo voy a pensar en ello? ¿Qué
actitud debo adoptar respecto a Aquél al que llamo Dios?». Y sólo me venía a la
cabeza la respuesta que me era familiar: «Él es el Creador, dador de todas las
cosas». Esa respuesta no me satisfacía, y sentía que todavía faltaba algo que
era necesario para vivir. Horrorizado, comencé a rezar a Aquél a quien yo
buscaba, implorando su auxilio. Y cuanto más rezaba, más evidente era para mí
que Él no me escuchaba y
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que no había nadie a quien pudiera dirigirme. Con el corazón lleno de
desesperanza por el temor de que no hubiera nadie, de que no hubiera Dios,
decía: «¡Señor, perdóname, sálvame! Señor, muéstrame el camino, Dios mío». Pero
nadie se apiadaba de mí y sentía que mi vida se detenía.
Pero una y otra vez, desde diferentes aproximaciones, llegaba a la
conclusión de que yo no podía estar en el mundo sin una razón, sin un sentido o
sin una causa; que no podía ser el pajarito caído del nido que sentía ser.
Admitamos que yo, pajarito caído del nido, estoy echado boca arriba y pío entre
la maleza, pero si pío es porque sé que mi madre me llevó en su seno, me
empolló, me mantuvo caliente, me alimentó, me amó. ¿Dónde está esa madre? Y si
me han abandonado, ¿quién me ha abandonado? No puedo ocultarme a mí mismo que,
amándome, me trajo al mundo. ¿Quién es ese alguien? De nuevo, Dios.
«Él conoce y ve mi búsqueda, mi desesperación, mi lucha. Existe», me
decía yo. Y bastaba con que lo admitiera un instante para que se alzara en mí
la vida y yo sintiera la posibilidad y el goce de la existencia. Pero, de
nuevo, de la admisión de la existencia de Dios, pasaba a la pregunta por mi
relación con Él, y de nuevo se me presentaba ese Dios, nuestro creador, el que
nos envió a su Hijo, el Redentor, en tres personas y, de nuevo, ese Dios,
separado de mí y del mundo, se derretía como un bloque de hielo, se derretía
ante mis ojos, y una vez más no quedaba nada, y de nuevo la fuente de la vida
se secaba; caía en la desesperación y comprendía que no podía hacer otra cosa
que matarme. Y lo peor era que sentía que no era capaz de llevarlo a cabo.
No dos ni tres, sino decenas, cientos de veces mi ánimo cambiaba de
repente de la felicidad y la animación a la desesperación y a una consciencia
de la imposibilidad de vivir.
Recuerdo una vez, al inicio de la primavera, que estaba solo en el
bosque y aguzaba el oído a sus sonidos. Escuchaba, y mi pensamiento estaba
absorto en lo que no había dejado de preocuparme durante los tres últimos años.
De nuevo estaba buscando a Dios.
«Muy bien», me decía. «No existe Dios, no existe otro Dios salvo el que
imagino y la única realidad es mi vida. No hay Dios. Y no hay nada, ningún
milagro que pueda probar su existencia, puesto que un milagro sólo sería
producto de mi imaginación irracional».
«Pero ¿y mi noción de Dios, de ese Dios que estoy buscando?», me
preguntaba. «¿De dónde ha salido esa noción?». Y de nuevo, ante ese
pensamiento, sentí las olas gozosas de la vida alzarse en mí. Todo revivió a mi
alrededor, cobró sentido. Pero mi felicidad no duró mucho. Mi mente proseguía
su trabajo. «El concepto de Dios no es Dios», me decía. «El concepto de Dios es
algo que está en mí, que puedo evocar o no. Eso no es lo que estoy buscando. Yo
busco aquello sin lo cual no puede haber vida».
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Y otra vez todo alrededor de mí y en mí comenzó a morir, y de nuevo
sentí el deseo de matarme.
Pero entonces miré hacia mí mismo y hacia lo que acontecía en mi
interior, y recordé las agonías y renacimientos vividos cientos de veces.
Recordé que sólo vivía en los momentos en que creía en Dios. Ahora, exactamente
igual que antes, me decía: para que yo viva me basta con saber que Él existe;
me bastaría olvidarlo, dejar de creer en Él para morir. ¿Qué son esos
renacimientos y esas agonías? Está claro que no vivo cuando pierdo la fe en Su
existencia; y que me habría matado hace mucho tiempo si no tuviera la vaga
esperanza de encontrarle. Sólo vivo verdaderamente cuando le siento y le busco.
«Entonces, ¿qué sigo buscando todavía?», gritaba una voz dentro de mí. A Él, a
Aquel sin el cual es imposible vivir. Conocer a Dios y vivir son la misma cosa:
Él es la vida.
«Vive buscando a Dios y ya no habrá vida sin Él». Y con más fuerza que
nunca una luz brilló dentro de mí y alrededor de mí, y esa luz no me ha
abandonado desde entonces.
Y de ese modo me salvé del suicidio. Sería incapaz de decir cuándo y
cómo se produjo esa transformación en mí. De la misma manera gradual e
imperceptible que la fuerza de la vida se había ido destruyendo en mí,
conduciéndome a la imposibilidad de vivir, a la necesidad del suicidio,
recuperé la fuerza de la vida. Y lo extraño es que la fuerza de la vida que
volvía a mí no era nueva, sino la más antigua; era la misma fuerza que me había
guiado al principio de mi existencia. En esencia volví a las cosas que habían
formado parte de mi infancia y de mi juventud. Volví a la fe en aquella
voluntad que me había engendrado y que quería algo de mí; volví a la idea de
que el principal y único objetivo de mi vida era ser mejor, es decir, vivir
conforme a esa voluntad. Volví a la convicción de que podía encontrar la
expresión de esa voluntad en lo que la humanidad había elaborado hacía mucho
tiempo para su propia guía. En otras palabras, volví a la fe en Dios, en el
perfeccionamiento moral, y a aquella tradición que le había dado un sentido a
la existencia. La única diferencia era que antes había aceptado todo eso
inconscientemente, mientras que ahora sabía que no podía vivir sin ello.
Me pasó algo así: sin saber cómo había ido a parar allí, me encontré en
una barca, me empujaron desde una orilla desconocida, me indicaron la dirección
hacia otra orilla; después depositaron unos remos en mis manos inexpertas y me
dejaron solo. Manejé los remos como pude y navegué; pero cuanto más me acercaba
al centro, más rápida se volvía la corriente que me alejaba de mi meta, y cada
vez con más frecuencia me encontraba a otros navegantes que, como yo, se veían
arrastrados. Había navegantes solitarios que continuaban remando; otros habían
tirado los remos; había barcas grandes y naves enormes atestadas de gente; unos
luchaban, otros se abandonaban a aquel caudal. Y cuanto más avanzaba, a fuerza
de mirar hacia todos
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aquéllos que eran arrastrados corriente abajo, más olvidaba la dirección
indicada. En mitad del agua, apretujado entre las barcas y las naves
arrastradas por la corriente, perdí por completo el rumbo y tiré los remos.
Todas las personas a mi alrededor, que, con júbilo y alborozo, eran llevadas
río abajo con sus barcas y naves, me aseguraban y aseguraban entre sí que no
podía haber otra dirección. Y yo les creí y navegué con ellas. Y fui llevado
lejos, tan lejos que oí el ruido de los rápidos en los que ineludiblemente iba
a perecer, y vi las barcas que ya se habían hecho añicos en ellos. Y volví en
mí. Durante largo rato no pude comprender lo que me había pasado. Ante mí no
veía más que la perdición, hacia la que era arrastrado y a la que temía, en
ninguna parte veía salvación, y no sabía qué hacer. Pero, volviendo la vista
atrás, vi infinidad de barcas que luchaban sin cesar, y recordé la orilla, los
remos y la dirección, y me puse a remar con todas mis fuerzas hacia atrás, a
contracorriente, hacia la orilla.
La orilla era Dios, la dirección era la tradición, los remos eran la
libertad dada para remar hacia la orilla y unirme con Dios. Así, la fuerza de
la vida se restauró en mí, y de nuevo empecé a vivir.
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XIII
Renuncié a la vida de nuestra clase después de reconocer que aquello no
era tal vida, sino sólo una apariencia, y que las condiciones de lujo en las
que habitábamos nos privaban de la posibilidad de comprender la vida, y que
para entenderla debía comprender no la existencia de una minoría, de nosotros,
parásitos, sino la del sencillo pueblo trabajador, que la crea y le da sentido.
El sencillo pueblo trabajador que me rodeaba era el pueblo ruso, y me volví
hacia él y hacia el sentido que le daba a la vida. Ese sentido, si acaso es
posible explicado, es el siguiente: todo ser humano ha venido al mundo por
voluntad de Dios. Y Dios ha creado al hombre de tal manera que todo hombre
puede perder su alma o salvarla. La misión del hombre en la vida es salvar su
alma. Para salvar su alma es preciso que viva según la voluntad de Dios, y para
vivir según la voluntad de Dios es necesario renunciar a todos los placeres
sensuales de la vida, trabajar, sufrir, ser humilde y misericordioso. Ése es el
sentido que el pueblo ha sacado de la fe que le ha sido transmitida y
comunicada por los pastores y por una tradición que vive a través del pueblo,
expresada en leyendas, proverbios y cuentos. Ese sentido era claro para mí y
cercano a mi corazón. Pero junto a ese sentido de la fe popular había muchas
cosas que me repelían y que me parecían inexplicables, cosas indisolublemente
ligadas a esa parte de nuestro pueblo no cismático, en medio del cual yo vivía:
los sacramentos, los oficios religiosos, los ayunos, el culto a las reliquias y
los iconos. El pueblo no podía separar una cosa de la otra, y yo tampoco. A
pesar de que mucho de lo que venía de la fe popular me parecía extraño, lo
aceptaba todo, asistía a los oficios, rezaba por las mañanas y por las noches,
ayunaba y me preparaba para la comunión; y por primera vez mi razón no se
oponía a nada de eso. Lo que antes me parecía imposible, ahora no suscitaba
resistencia en mí.
Mi actitud respecto a la fe era ahora completamente diferente. Antes, la
vida me parecía llena de sentido y consideraba la fe como la afirmación
arbitraria de ciertos postulados totalmente inútiles para mí, desprovistos de
sentido, sin relación con la existencia. Entonces me pregunté qué sentido
tenían esos postulados y, con vencido de que no tenían ninguno, los rechacé.
Ahora, en cambio, sabía perfectamente que mi vida no tenía ni podía tener
ningún sentido, y los postulados de la fe no sólo no me parecían inútiles, sino
que la experiencia me había llevado a la convicción de que únicamente estos
postulados daban sentido a la vida. Antes los consideraba un galimatías inútil,
pero ahora, aunque no los entendiera, sabía que tenían un sentido, y me decía
que debía aprender a comprenderlo.
Mi razonamiento se desarrollaba de la siguiente manera. El conocimiento
de la fe procede de una fuente misteriosa, como toda la humanidad y su poder de
razonar. Esa fuente es Dios, principio del cuerpo y del espíritu del hombre. De
la misma manera
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que mi cuerpo me llegó de Dios a través de las generaciones, así me
llegó mi razón y mi comprensión de la vida, y por eso los grados de evolución
de esa comprensión de la vida no pueden ser falsos. Todo aquello en lo que cree
sinceramente la gente debe ser verdad; se puede expresar de diferentes formas,
pero no puede ser mentira. Por tanto, si me parece mentira, eso indica que no
he acertado a comprenderlo. Además me decía que la esencia de cualquier fe
consiste en dar a la vida un sentido que no es destruido por la muerte.
Naturalmente, la fe debe responder a las preguntas de un zar que muere rodeado
de lujo, de un viejo esclavo exhausto por el trabajo, de un niño que no piensa,
de un viejo sabio, de una vieja chiflada, de una mujer joven y feliz, de un hombre
joven consumido por las pasiones; debe responder a las preguntas de personas
cuyas condiciones de vida y cuya educación son totalmente diferentes; y si hay
una respuesta que responda a la eterna pregunta de la vida «¿Por qué vivo y qué
resultará de mi vida?», esa respuesta, aunque en esencia la misma, se
manifestará en una infinita variedad de formas. Y cuanto más única, verdadera y
profunda sea esa respuesta, más extraños y monstruosos serán, naturalmente, los
intentos de expresarla, dependiendo de la educación y de la posición de cada
individuo. Pero incluso aunque yo pensara que esos razonamientos justificaban
las peculiaridades del ritual religioso, ello no bastaba para que yo realizara
actos que me parecían dudosos, especialmente en lo que a la fe se refería,
puesto que ésta se había convertido en la única preocupación de mi vida. Con
todas las fuerzas de mi alma deseaba estar en posición de fundirme con el
pueblo, cumpliendo con los ritos de su fe; sin embargo, no podía hacerlo.
Sentía que si lo hacía me estaría mintiendo a mí mismo, burlándome de lo que
era sagrado para mí. Pero nuestras nuevas obras teológicas rusas vinieron en mi
ayuda.
Según las explicaciones de estos teólogos, el dogma fundamental de la fe
es la infalibilidad de la Iglesia. Del reconocimiento de ese dogma se deriva,
como conclusión necesaria, que todo cuanto admite la Iglesia es verdad. La
Iglesia, como asamblea de creyentes unidos por el amor y poseedora, por tanto,
del verdadero conocimiento, se convirtió en la base de mi fe. Me dije que la
verdad divina no podía ser accesible a un solo hombre; que sólo se revela a una
comunidad de hombres unidos por el amor. Para comprender la verdad, era preciso
no separarse; para no separarse, hacía falta amar y reconciliarse con aquellos
con los que no estamos de acuerdo. La verdad es una revelación del amor, y, por
eso, si uno no se somete a los rituales de la Iglesia, destruye el amor; y si
uno destruye el amor, se priva de la posibilidad de conocer la verdad. Entonces
no reconocía el sofisma que contenía ese razonamiento. No veía que la unión en
el amor puede dar un amor supremo, pero no pude revelar la verdad divina como
se expresa en las palabras definitivas del credo de Nicea. No acerté a ver que
el amor no podía producir una determinada expresión de la verdad, obligatoria
para que haya una unión. Entonces no veía los errores de ese
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razonamiento, y gracias a eso pude aceptar y cumplir con todo el ritual
de la Iglesia ortodoxa sin comprender gran parte de él. Intentaba evitar con
toda mi alma cualquier razonamiento contradictorio y trataba de explicar lo más
sensatamente posible esas posiciones de la Iglesia con las que estaba en
conflicto.
Al cumplir con los ritos de la Iglesia, se amansaba mi razón y me
sometía a la tradición común a toda la humanidad. Me unía a mis antepasados, a
los que amaba, a mi padre, a mi madre, a mis abuelos y abuelas. Ellos y todos
los que habían venido antes que ellos habían creído y vivido, y me trajeron al
mundo. Me unía, asimismo, a todos esos millones que conforman el pueblo, a los
que yo respetaba. Además, esos actos no tenían nada de malo en sí mismos (por
malo yo entendía la complacencia de los deseos). Al levantarme temprano para ir
a misa, sabía que realizaba una buena acción, aunque sólo fuera porque
sacrificaba la comodidad de mi cuerpo para dominar el orgullo de mi espíritu,
para aproximarme a mis antepasados y a mis contemporáneos, para buscar el sentido
de la vida. Lo mismo sucedía cuando me preparaba para la comunión, decía mis
oraciones diarias con genuflexiones y observaba todos los ayunos. Por
insignificantes que fueran estos sacrificios, los hacía en nombre de algo
bueno. Cumplía con mis devociones, ayunaba, y observaba las horas de plegaria
en casa y en la iglesia. Mientras escuchaba los oficios religiosos ahondaba en
cada palabra y, siempre que podía, les daba sentido. En la misa, las palabras
más importantes para mí eran: «Amémonos los unos a los otros en unidad». Pero
omitía más adelante las palabras: «Creemos en el Padre, en el Hijo y en el
Espíritu Santo», porque no las entendía.
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XIV
Por aquel entonces, para vivir, se me había hecho tan indispensable
creer que, sin darme cuenta, me ocultaba las contradicciones y los puntos
oscuros de la doctrina de la fe. Pero ese esfuerzo por comprender el ritual
tenía sus límites. Aunque las palabras más importantes de la liturgia cada vez
eran más claras para mí, aunque bien o mal me explicaba las palabras «después
de invocar a nuestra Soberana, la Santísima Virgen María, así como a todos los
santos, confiemos todos y cada uno de nosotros nuestras vidas a Cristo, nuestro
Dios», aunque me explicara la frecuente repetición de plegarias por el zar y su
familia porque, al estar más expuestos a la tentación que el resto, necesitaban
más oraciones, aunque me explicara las oraciones en las que se pedía el sometimiento
de nuestros enemigos, aplastados bajo nuestros pies, diciéndome que el enemigo
era el mal, esas oraciones y otras, como el himno de los querubines y todo el
misterio del proskomide (la preparación de las ofrendas), etcétera, casi dos
tercios del oficio no tenían explicación para mí, o yo sentía que mentía
tratando de darles un sentido, lo cual significaba que estaba destruyendo mi
relación con Dios y que perdería toda posibilidad de creer.
Lo mismo experimentaba durante la celebración de las fiestas
principales. Que era preciso observar el sabbath[6], es decir, consagrar un día
a la relación con Dios, lo comprendía. Pero la fiesta principal era la
conmemoración de la resurrección, cuya realidad no podía ni imaginar ni
aceptar. Y la fiesta semanal, el domingo, fue llamada por ese motivo
«resurrección». Y ese día se celebraba el sacramento de la eucaristía, que me
era incomprensible del todo. En cuanto a las doce fiestas restantes, salvo la
Navidad, eran conmemoraciones de milagros en los que trataba de no pensar para
no verme obligado a negarlos: la Ascensión, el Pentecostés, la Epifanía, la
Intercesión, etc. Durante la celebración de esas fiestas, sentía que se le daba
una gran importancia a lo que yo consideraba menos significativo, así que o
bien inventaba explicaciones tranquilizadoras, o bien cerraba los ojos para no
ver lo que me escandalizaba.
Experimentaba eso de una manera aún más intensa cuando asistía a los
sacramentos más ordinarios, considerados los más importantes: el bautismo y la
comunión. Aquí me enfrentaba a actos que no eran incomprensibles, bien al
contrario, su sentido era claro; me parecían tentaciones, y me veía en el
dilema de mentir o rechazarlos. Nunca olvidaré el doloroso sentimiento que tuve
el día que comulgué por primera vez después de muchos años. Los oficios, la
confesión, los mandamientos eran comprensibles para mí, me daban la gozosa
conciencia de descubrir el sentido de la vida. Explicaba la comunión como un
acto realizado en memoria de Cristo, un acto que significaba la purificación de
todo pecado y la aceptación total de la doctrina de Cristo. Si esa explicación
era artificiosa, yo no me daba cuenta. Era tan feliz al humillarme y al
arrodillarme ante mi confesor, un
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sacerdote tímido y sencillo, al arrancar de mi alma toda la suciedad,
confesando mis vicios, tan feliz al unirme en pensamiento a las aspiraciones de
los Padres que escribieron las oraciones de devoción, tan feliz por la unión
con todos los creyentes, los de otro tiempo y los de hoy, que no reparé en el
artificio de mi explicación. Pero cuando me acerqué a las Puertas Reales y el
sacerdote me obligó a repetir que yo creía que lo que estaba a punto de tomar
era el verdadero cuerpo y la sangre de Cristo sentí un dolor en el corazón. No
era sólo una nota discordante; esa exigencia cruel no podía más que emanar de
alguien que nunca hubiera sabido qué era la fe. Si ahora me permito decir que
era una cruel exigencia, entonces ni siquiera lo había pensado, sólo sentía un
dolor indescriptible. Ya no me encontraba en la situación en la que me hallaba
cuando era joven, cuando creía que todo estaba claro en la vida; llegué a la fe
porque, con excepción de ésta, no había encontrado nada, absolutamente nada,
sino la muerte, por eso me era imposible rechazar esa fe, y me sometí. Hallé en
mi alma un sentimiento que me ayudó a soportarlo. Era un sentimiento de
autohumillación y de resignación. Me sometí, tomé ese cuerpo y esa sangre sin
ningún sentimiento de blasfemia, con el deseo de creer, pero el golpe ya había
sido asestado. Y sabiendo por anticipado lo que me aguardaba, ya no pude volver
a hacerlo una segunda vez.
Sin embargo, continué observando el ritual de la Iglesia, convencido
todavía de que en esa fe que profesaba estaba la verdad; y entonces me ocurrió
algo que ahora está claro para mí, pero que en ese momento me pareció extraño.
Escuchaba la conversación de un peregrino, un campesino ignorante, sobre
Dios, la fe, la vida, la salud, y el conocimiento de la fe se abrió ante mí. Me
acercaba al pueblo, escuchaba sus juicios sobre la vida, sobre la fe, y cada
vez comprendía mejor la verdad. Lo mismo me pasaba durante la lectura de Cheti
Minei (Martirologio) y los Prólogos, que se convirtieron en mi lectura
preferida. A excepción de los milagros, a los que consideraba fábulas que
expresaban un pensamiento, esas lecturas me descubrían el sentido de la vida.
Allí estaban las vidas de Macario el Grande, del príncipe Iosaf (la historia de
Buda), los escritos de Juan Crisóstomo, las historias del viajero en el pozo,
del monje que descubrió oro y de Pedro el Publicano; allí se encontraban las
historias de los mártires, y todas proclamaban que la vida no acaba con la
muerte. Eran historias de hombres analfabetos y estúpidos que habían hallado la
salvación aunque no supieran nada de las enseñanzas de la Iglesia.
Pero en cuanto me mezclaba con creyentes instruidos o leía sus libros,
surgían en mí ciertas dudas, insatisfacción y amargura respecto a sus
argumentos, y sentía que cuanto más ahondaba en sus discursos, más me alejaba
de la verdad y más me acercaba al abismo.
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XV
Cuántas veces envidié a los campesinos por su analfabetismo y su falta
de instrucción. Ellos no veían nada falso en esos postulados de fe que para mí
no eran más que claros disparates; podían admitirlos y creer en su verdad, la
misma verdad en la que yo creía. Sólo que yo, infeliz de mí, veía claramente
que la verdad estaba entretejida con hilos sutiles de mentira, y no podía
aceptarla en esa forma.
Así viví unos tres años, y cuando, como un poseso, comencé a acercarme
paulatinamente a la verdad, dirigido únicamente por el instinto hacia allí
donde la luz me parecía más brillante, esas contradicciones me sorprendieron
menos. Si no comprendía algo, me decía: «Es culpa mía, soy malo». Pero cuanto
más profundizaba en esas verdades que estudiaba, más se convertían en el
fundamento de mi vida, y las contradicciones se volvían más difíciles e
inquietantes. La línea que separaba las cosas que no sabía cómo comprender de
las cosas que podía comprender únicamente mintiéndome a mí mismo se volvió más
nítida.
A pesar de estas dudas y estos sufrimientos, aún me aferraba a la
ortodoxia. Pero surgieron cuestiones de la vida que era preciso resolver, y la
solución que la Iglesia daba a ésta era contraria a la fe por la que yo vivía.
Eso es lo que al final me llevó a renunciar definitivamente a la posibilidad de
una relación con la ortodoxia. Esas cuestiones, ante todo, tenían que ver con
la relación de la Iglesia ortodoxa con otras iglesias, con el catolicismo y los
así llamados cismáticos. A consecuencia de mi interés por la fe, entré en
contacto con fieles de diferentes religiones: católicos, protestantes, viejos
creyentes, molokanes[7], etcétera. Y entre ellos conocí mucha gente de moral
elevada y verdaderos creyentes. Deseaba ser hermano de esa gente. Pero ¿qué
sucedió? La doctrina que me había prometido la unión de todos los hombres a
través del amor en una única fe era la misma que, por boca de sus mejores
representantes, me dijo que toda esa gente vivía en la mentira, que lo que les
daba fuerza para vivir era una tentación del diablo, y que sólo nosotros
estábamos en posesión de la única verdad posible. Y vi que los ortodoxos
consideraban herejes a todos aquéllos que no profesaban su misma fe, así como
los católicos y otros consideran herejes a los ortodoxos; vi que, aunque
trataran de ocultarlo, los ortodoxos consideraban enemigos a todos los que no
adoptaran los mismos símbolos externos y las mismas palabras que ellos. Y así
debía ser porque, en primer lugar, afirmar de que tú vives en la mentira y yo
en la verdad es lo más cruel que un hombre puede decirle a otro, y, en segundo
lugar, porque un hombre que ama a sus hijos y a sus hermanos no puede
considerar sino enemigos a aquéllos que quieren convertir a una fe errónea a
sus hijos y a sus hermanos. Y esa hostilidad crece en proporción al
conocimiento de la fe de cada uno. Incluso yo, que creía que la verdad residía
en la unión en el amor, me vi en la obligación de reconocer que la doctrina de
la fe estaba destruyendo lo que debería promover.
Esa ofensa era tan obvia para nosotros, hombres instruidos que habíamos
vivido en países donde se profesan diferentes religiones y que habíamos
observado la negación despreciable, presuntuosa, inquebrantable que un católico
muestra hacia un ortodoxo y un protestante, un ortodoxo hacia un católico y un
protestante, y un protestante hacia los otros dos; y también se tenía la misma
actitud hacia los viejos creyentes, los pashkovtsi (evangelistas rusos), los
shaker, y el resto de las religiones. Era tan obvio a primera vista que
resultaba desconcertante. Me decía: «Es imposible que las cosas sean tan
sencillas y la gente no vea, sin embargo, que si dos afirmaciones se niegan
mutuamente es que ni la una ni la otra contienen la única verdad que la fe
debería poseer». Hay algo más, debe de haber alguna explicación. Convencido de
que la había, buscaba esa explicación y leía todo cuanto podía sobre el tema, y
consultaba a quien podía. Pero la única explicación que hallaba era la misma
según la cual los húsares de la Summa consideran que su regimiento es el
primero del mundo mientras que los ulanos amarillos creen que ellos mismos son
los mejores. Los sacerdotes de diferentes religiones y sus mejores
representantes no me decían sino que creían estar en la verdad mientras que los
otros estaban equivocados, y que todo cuanto podían hacer era rezar por ellos.
Visité a archimandritas, obispos, monjes ancianos, ascetas, pero ninguno hizo
el intento de explicarme esa situación, excepto un hombre, aunque de tal manera
que ya no volví a preguntar a nadie más.
Le había dicho que la primera cuestión que se le presenta a un no
creyente que se dirige a la fe (incluida toda nuestra joven generación) es:
«¿Por qué la verdad no está en el luteranismo o en el catolicismo, sino en la
ortodoxia?». Se les enseña en el liceo, porque no puede ignorarlo como un
campesino, que el protestante y el católico afirman de igual manera la verdad
única de su fe. Las pruebas históricas que cada una de esas religiones evoca
para atribuirse la supremacía son insuficientes. «¿No es posible», pregunté yo,
«que alcanzando un nivel más alto de entendimiento las diferencias
desaparezcan, tal como ocurre con los verdaderos creyentes?». ¿No es posible ir
más lejos por el camino que ya hemos hecho junto a los viejos creyentes? Ellos
han afirmado que nuestro signo de la cruz, nuestro aleluya y nuestra forma de
rodear el altar son diferentes. Nosotros contestamos: «Vosotros creéis en el
credo de Nicea, en los siete sacramentos; nosotros también. Atengámonos a esto
y, en cuanto a lo demás, haced lo que queráis». Nos hemos unido a ellos
situando lo que es esencial en la fe por encima de lo que no tiene importancia.
¿No es posible decir a los católicos: «Creéis en esto y aquello, en lo que es
importante; en cuanto al filioque[8] y al Papa, haced lo que queráis»? ¿No es
posible decir lo mismo a los protestantes y unimos en lo que es más importante?
Mi interlocutor estuvo de acuerdo con mi pensamiento, pero me dijo que tales
concesiones suscitarían reproches contra el poder eclesiástico, al que se le acusaría
de alejarse de la fe de nuestros antepasados, y eso produciría un cisma; y la
vocación de las autoridades eclesiásticas consiste precisamente en velar por la
pureza de la fe ortodoxa grecorrusa que les fue transmitida por sus
antepasados.
Entonces lo comprendí todo. Yo buscaba la fe, la fuerza de la vida,
mientras que ellos buscaban el mejor medio para cumplir con ciertas
obligaciones humanas ante los hombres. Y al cumplir con esos asuntos humanos lo
hacían a la manera de los hombres. Por mucho que hablaran de su compasión hacia
sus hermanos extraviados y de las plegarias que rezaban por ellos ante el trono
del Altísimo, los asuntos humanos sólo se llevan a cabo mediante la violencia;
y la violencia siempre se ha empleado, se emplea ahora, y siempre será
empleada. Si dos religiones creen que cada una de ellas está en la verdad y
considera que la otra vive en la mentira, desearán atraer a sus hermanos hacia
la verdad, predicándoles su doctrina. Y si se predica una doctrina falsa a los
hijos inexpertos de la Iglesia que está en posesión de la verdad, esa Iglesia
no podrá sino quemar libros y apartar a las personas que tientan a sus hijos.
¿Qué se debe hacer con un sectario, devorado por las llamas de una fe que la
ortodoxia considera falsa, que tienta a los hijos de la Iglesia en lo más
importante de la vida, la fe? ¿Qué hacer con él sino cortarle la cabeza o
encerrarlo a cal y canto? En tiempos de Alekséi Mijaílovich[9] los quemaban en
la hoguera, es decir, se les aplicaba la pena más severa; lo mismo pasa en
nuestros días: se los confina en celdas individuales. Presté atención a lo que
se hacía en nombre de la religión, y, horrorizado, renuncié casi por completo a
la ortodoxia.
Otro aspecto que se debía tener en cuenta era la actitud de la Iglesia
respecto a la cuestión de la vida a propósito de la guerra y las ejecuciones.
En esa época Rusia estaba en guerra[10]. Y los rusos, en nombre del amor
cristiano, se pusieron a matar a sus hermanos. Era imposible no pensar en ello,
no ver que el asesinato es un mal contrario a los principios más elementales de
cualquier religión. Sin embargo, en las iglesias, rezaban por el éxito de
nuestras tropas y los maestros espirituales consideraban esos asesinatos como
una derivación de la fe. Además, no sólo se cometieron asesinatos en la guerra:
durante los disturbios que le sucedieron vi a miembros de la Iglesia, maestros,
monjes y ascetas que aprobaban el asesinato de jóvenes extraviados, impotentes.
Y presté atención a todo lo que hacían esas personas que se llamaban
cristianos, y me quedé aterrorizado.
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XVI
Dejé de dudar, me convencí por completo de que no eran ciertos todos los
dogmas de la fe que había abrazado. Antes hubiera dicho que todo aquello era
mentira, pero ahora ya no podía decirlo. Todo el pueblo tenía un conocimiento
de la verdad, no cabía duda, porque de lo contrario no habría podido vivir.
Además, ese conocimiento de la verdad se me había hecho accesible, ya había
vivido por ella y había sentido que era precisamente la verdad; pero en ese
conocimiento también había una mentira. Y eso no podía dudarlo. Y todo lo que
antes me había repelido ahora se presentaba ante mí con viveza. Aunque veía que
esas mentiras que me habían causado aversión eran menos flagrantes en el pueblo
que entre los representantes de la Iglesia, veía, con todo, que en las creencias
del pueblo se mezclaba la mentira con la verdad.
Pero ¿de dónde procedía la mentira y de dónde la verdad? La mentira y la
verdad procedían de lo que se conoce como Iglesia. La mentira y la verdad eran
parte de la tradición, parte de lo que se llama la santa tradición, parte de
las Escrituras.
Y me vi llevado, de grado o por fuerza, al estudio, a la investigación
de las Escrituras y la tradición; llevé a cabo un análisis que hasta entonces
me había dado mucho miedo.
Y me volví al estudio de esa misma teología que un día había rechazado
despreciativamente como innecesaria. Entonces me parecía que era una serie de
disparates inútiles; entonces estaba rodeado de fenómenos de la vida que me
parecían claros y llenos de sentido. Ahora hubiera estado feliz de liberarme de
todo lo que no entraba en una cabeza sana, pero no había escapatoria. En esa fe
se basaba, o al menos estaba directamente ligado a ella, el único sentido de la
vida que se me había revelado. Por sorprendente que pudiera parecer a mi vieja
razón inquebrantable, ésa era la única esperanza de salvación. Para
comprenderlo había que considerarlo atentamente, con precaución, aunque no como
se comprende un postulado científico. No buscaba ni podía buscar una explicación
así debido a la naturaleza peculiar del conocimiento de la fe. No buscaré una
explicación a todas las cosas. Sé que la explicación de todas las cosas, como
el origen de todas las cosas, debe permanecer oculta en el infinito. Pero
quiero que mi comprensión me conduzca a lo que es por definición inexplicable;
quiero que lo inexplicable continúe siéndolo, no porque no sean justas las
exigencias de mi razón (esas exigencias son justas y no puedo comprender nada
fuera de ellas), sino porque percibo los límites de mi inteligencia. Quiero
comprender de tal manera que cada postulado inexplicable se me aparezca como
una necesidad de la razón, y no como una obligación de creer.
Es innegable que hay verdad en la doctrina de la Iglesia, pero también
es innegable que hay mentira; y debo encontrar la verdad y la mentira y separar
la una de la otra. Ésa es la tarea que voy a emprender. Lo que encuentre de
falso en esa
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doctrina, lo que encuentre de verdadero, y las conclusiones a las que
llegue se presentarán en las partes sucesivas de esta obra que, si alguien
encuentra útil, probablemente será publicada algún día, en algún lugar[11].
Escribí las anteriores páginas hace tres años.
Al revisar ahora esa parte impresa, vuelvo a los pensamientos y a los
sentimientos que experimenté entonces y que tanto me agitaban. Hace unos días
tuve un sueño. Ese sueño expresó para mí, de manera condensada, todo lo que
había vivido y descrito; por tanto, creo que, para los que me han comprendido,
la descripción de este sueño refrescará, aclarará y unirá todo lo que en estas
páginas tan largamente se ha contado. He aquí el sueño: veo que estoy tumbado
en una cama. No me siento ni bien ni mal, estoy echado boca arriba. Pero
comienzo a preguntarme si estoy bien echado; me parece que mis piernas no están
cómodas: no sé si la cama es demasiado corta, o tal vez desigual, pero no estoy
bien; muevo ligeramente las piernas y al mismo tiempo comienzo a preguntarme
cómo y sobre qué estoy tumbado, lo cual no se me había ocurrido hasta el
momento. Al examinar mi cama, veo que estoy tumbado sobre un correaje de
cuerdas trenzadas, fijadas a los bordes de mi cama. Tengo las plantas de los
pies en una de las correas, las pantorrillas en otra, y siento que mis piernas
no están cómodas. Por alguna razón sé que las correas se pueden mover. Y con un
movimiento de piernas empujo la última. Me parece que así estaré más cómodo.
Pero la empujo demasiado lejos, quiero atraerla con los pies, pero ese
movimiento hace que se deslicen las otras correas bajo mis piernas, y mis
piernas quedan colgando. Hago un movimiento con todo el cuerpo para corregir mi
postura, totalmente convencido de que ahora lo lograré; pero con ese movimiento
se deslizan y se mueven debajo de mí otras correas, y veo que la cosa va de mal
en peor: toda la parte inferior de mi cuerpo desciende y queda colgando, sin
que los pies lleguen hasta el suelo. Me sostengo sólo por la espalda, algo que
añade a mi sensación de malestar otra de horror, sabe Dios por qué. Entonces me
pregunto lo que antes ni siquiera se me había ocurrido: «¿Dónde estoy y sobre
qué estoy acostado?». Me pongo a mirar a mi alrededor y en primer lugar miro
hacia abajo, donde cuelga mi cuerpo, allí donde siento que no tardaré en caer.
Miro abajo y no doy crédito a lo que ven mis ojos. No es que me encuentre a una
altura parecida a la de una elevada torre o a la de una montaña, sino que estoy
a una altura que nunca pude imaginar.
Ni siquiera puedo estar seguro de distinguir alguna cosa ahí abajo, en
ese precipicio sin fondo por encima del cual estoy suspendido y que me atrae.
Se me encoge el corazón, el terror se apodera de mí. Es horrible mirar allí
abajo. Si lo hago,
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siento que resbalaré de las últimas correas y moriré. No miro, pero
hacerlo es incluso peor, porque pienso qué será de mí ahora, cuando me escurra
de las últimas correas. Y siento que el miedo me hace perder mi último apoyo,
que me deslizo lentamente por la espalda, más abajo, siempre más abajo. Dentro
de un instante, me estrellaré. Y entonces se me ocurre una idea: no puede ser
cierto. Es un sueño. Despiértate. Intento despertarme y no puedo. «¿Qué hacer,
qué hacer?», me pregunto mirando hacia arriba. Allí arriba también hay otro
abismo. Contemplo ese abismo celestial y me esfuerzo por olvidar aquel otro
abismo a mis pies y, en efecto, lo olvido. El infinito de abajo me repele y me
horroriza; el infinito de arriba me atrae y me tranquiliza. Estoy suspendido
por encima del abismo, sobre las últimas correas que todavía no se han
deslizado; sé que estoy suspendido en el aire, pero miro hacia arriba y se
disipa mi miedo. Como suele pasar en los sueños, una voz me dice: «Fíjate bien,
ahí está». Sigo mirando el infinito en lo alto, llevando mi mirada más lejos, y
siento que me sosiego. Me acuerdo de todo lo que ha ocurrido, y cómo ha pasado
todo: cómo moví las piernas, cómo quedé suspendido, cómo tuve miedo y me liberé
de ese miedo después de mirar hacia arriba. Y me pregunto: «Bueno, ¿todavía
estoy aquí colgado?». No es que dé la vuelta, pero siento con todo el cuerpo
ese punto de apoyo sobre el cual me sostengo. Y noto que ya no estoy colgado, y
que no me caigo, sino que me sostengo firmemente. Me pregunto cómo me sostengo,
palpo mi cama, me vuelvo y veo que debajo de mí, justamente en medio de mi
cuerpo, hay una correa, y que, al mirar arriba, quedo en un equilibrio perfecto
sobre ella, y que sólo ella me sostiene. Y, como suele pasar en los sueños, el
mecanismo gracias al cual me sostengo se me presenta con suma naturalidad,
comprensible e indudable, a pesar de que para un hombre despierto este
mecanismo no tiene el menor sentido. Incluso dormido me sorprendo de no haberlo
comprendido antes. Sobre mi cabeza hay una columna cuya solidez no deja lugar a
dudas, aunque esa columna no reposa sobre nada. Una cuerda cuelga de manera muy
ingeniosa, aunque muy sencilla, desde la columna, y si la mitad del cuerpo
descansa sobre esta cuerda, no es posible caer. Todo se volvió claro para mí, y
yo estaba contento y en paz. Entonces fue como si alguien me dijera: «Atención,
acuérdate». Y me desperté.
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LEV NIKOLÁIEVICH TOLSTÓI. Nació en 1828, en Yásnaia Poliana, en la
región de Tula, en el seno de una familia aristocrática. En 1844 empezó a cursar
Derecho y Lenguas Orientales en la Universidad de Kazán, pero dejó los estudios
y llevó una vida algo disipada en Moscú y San Petersburgo. En 1851 se enroló
con su hermano mayor en un regimiento de artillería en el Cáucaso. En 1852
publicó Infancia, el primero de los textos autobiográficos que, seguido de
Adolescencia (1854) y Juventud (1857), le hicieron famoso, así como sus
recuerdos de la guerra de Crimea, de corte realista y antibelicista, Relatos de
Sebastopol (1855-1856). La fama, sin embargo, le disgustó y, después de un
viaje por Europa en 1857, decidió instalarse en Yásnaia Poliana, donde fundó
una escuela para hijos de campesinos. El éxito de su monumental novela Guerra y
paz (1865-1869) y de Anna Karénina (1873-1878), dos hitos de la literatura
universal, no alivió una profunda crisis espiritual, de la que dio cuenta en Mi
confesión (1878-1882), donde prácticamente abjuró del arte literario y propugnó
un modo de vida basado en el Evangelio, la castidad, el trabajo manual y la
renuncia a la violencia. A partir de entonces el grueso de su obra lo
compondrían fábulas y cuentos de orientación popular, tratados morales y
ensayos como Qué es el arte (1898) y algunas obras de teatro como El poder de
las tinieblas (1886) y El cadáver viviente (1900); su única novela de esa época
fue Resurrección (1899), escrita para recaudar fondos para la secta pacifista
de los dujobori (guerreros del alma). En 1901 fue excomulgado por la Iglesia
ortodoxa. Murió en 1910, rumbo a un monasterio, en la estación de tren de
Astápovo.
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Notas
[1] Guerra de Crimea
(1853-1856). (N. de la T.) <<
[2] En 1861 el zar
Alejandro II abolió la servidumbre. (N. de la T.) <<
[3] Los «árbitros
mediadores» (posrédniki) eran personas nombradas por las autoridades locales y,
por lo general, aceptadas por los campesinos para poner paz en las dificultades
puntuales que pudieran surgir entre éstos y los terratenientes a raíz de su
liberación. (N. de la T.) <<
[4] Leche fermentada de
yegua o de camello. (N. de la T.) <<
[5] Antigua medida rusa de
superficie equivalente a 1,09 hectáreas. (N. de la T.) <<
[6] En ruso se usa la misma
palabra para «domingo» y «resurrección». (N. de la T.) <<
[7] Molokanes (bebedores de
leche) era una secta cristiana rusa. Se llamaba así porque no observaban los
períodos de ayuno ortodoxos en los que el consumo de leche estaba prohibido.
Rechazaban los iconos, los sacramentos y el sacerdocio. (N. de la T.) <<
[8] La cláusula filioque
hace referencia a la controversia entre la Iglesia católica y la Iglesia
ortodoxa en el credo del término latino filioque, que significa «y del Hijo»,
controversia que llevó al rompimiento entre ambas iglesias en 1054 d. C. (N. de
la T.)
[9] Alekséi Mijaílovich
(1629-1676) fue el segundo zar de la dinastía Romanov en Rusia y padre de Pedro
I el Grande. (N. de la T.) <<
[10] Guerra ruso-turca
(1877-1878). (N. de la T.) <<
[11] En su forma final,
Confesión estaba destinada a ser un prefacio del polémico tratado sobre
teología dogmática ortodoxa de Tolstói, Isslédovanie dogmatícheskogo bogoslovia
(Crítica de la teología dogmática) (1879-80). (N. de la T.) <<

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