© Libro N° 8921. Sherlock Holmes Sigue En Pie. Conan Doyle, Arthur. Emancipación. Agosto 7 de 2021.
Título original: ©
Sherlock Holmes Sigue En Pie. Arthur Conan
Doyle
Versión Original: © Sherlock Holmes Sigue En Pie. Arthur Conan Doyle
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
https://repositorio.inci.gov.co/handle/inci/15135
Licencia
Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza
una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se
puede utilizar este trabajo con fines comerciales
No derivados: No se
puede alterar, modificar o reconstruir este texto.
Fondo de Página:
https://image.freepik.com/vector-gratis/fondo-abstracto-color-degradado-blanco-gris_127747-86.jpg
Portada E.O. de Imagen original:
https://www.sinoa.li/media/k2/items/cache/8c6affacddda725097d838f94d380f5e_XL.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Arthur
Conan Doyle
Sherlock Holmes Sigue En Pie
Arthur
Conan Doyle
LA AVENTURA DEL CLIENTE ILUSTRE
Hoy ya no puede causar perjuicio. fue la contestación que me dio
Sherlock Holmes cuando, por décima vez en otros tantos años, le pedí
autorización para hacer público el relato que sigue. Y de ese modo conseguí
permiso para dejar constancia de lo que, en ciertos aspectos, constituyó el
momento supremo de la carrera de mi amigo.
Lo mismo Holmes que yo sentíamos cierta debilidad por los baños turcos.
Fumando en plena lasitud del secadero, he encontrado a Holmes menos reservado y
más humano que en ningún otro lugar. Hay en el piso superior del
establecimiento de baños de la avenida Northumberland un rincón aislado con dos
meridianas a la par una de otra, y en ellas estábamos acostados el día 3 de
septiembre de 1902, fecha en que da comienzo mi relato. Yo le había preguntado
si había algún asunto en marcha, y él me contestó sacando su brazo largo,
enjuto y nervioso, de entre las sabanas en que estaba envuelto, y extrayendo un
sobre del bolsillo interior de la chaqueta, que estaba colgada a su lado.
-Puede lo mismo tratarse de algún individuo estúpido, inquieto y
solemne, o de un asunto de vida o muerte -me dijo al entregarme la carta-. Yo
no se más de lo que me dice el mensaje.
Procedía del Carlton Club y traía la fecha de la noche anterior. Esto
fue lo que yo leí:
Sir James Damery presenta sus respetos a míster Sherlock Holmes, e irá a
visitarle a su casa, mañana a las 4.30. Sir James se permite anunciarle que el
asunto sobre el que desea consultar con míster Holmes es muy delicado y también
muy importante. Confía por ello en que míster Sherlock Holmes baga los mayores
esfuerzos por concederle esta entrevista, y que la confirmará llamando por
teléfono al Club Carlton.
-No hará falta que le diga, Watson, que la he confirmado -me dijo Holmes
al devolverle yo el documento-. ¿Sabe usted algo del tal Damery?
-Lo único que sé es que ese apellido suena todos los días en la vida de
sociedad.
-Yo no puedo decirle a usted algo más que eso. Lleva fama de ser un
especialista en el arreglo de asuntos delicados que no conviene que aparezcan
en los periódicos. Quizá recuerde usted sus negociaciones con sir George Lewis
a propósito del testamento de Hammerford. Es un hombre de mundo que tiene dotes
naturales para la diplomacia. Por ello no tengo más remedio que suponer que no
se tratará de una pista falsa, y que, en efecto, le es precisa nuestra
intervención. -¿Nuestra? -Si quiere ser usted tan amable, Watson. -Me sentiré
muy honrado. -Pues entonces, ya sabe la hora; las cuatro y treinta. Podemos,
pues, apartar el asunto de nuestra atención hasta esa hora.
Vivía yo por aquel entonces en mis habitaciones de la calle de Queen
Anne, pero me presenté en la calle Baker antes de la hora indicada. Era la
media en punto cuando fue anunciado sir james Damery. Apenas si hará falta
describirlo, porque son muchos los que recordarán a aquel personaje voluminoso,
estirado y honrado, aquella cara ancha y completamente afeitada, y sobre todo,
aquella voz agradable y pastosa. Brillaba la franqueza en sus grises ojos de
irlandés, y en sus labios inquietos y sonrientes jugueteaba la jovialidad. Todo
pregonaba su cuidado meticuloso por el bien vestir que le había hecho célebre,
su lustroso sombrero de copa, su levita negra; en fin, los detalles todos,
desde la perla del alfiler de su corbata de raso negro, hasta las polainas cortas
de color espliego sobre sus zapatos de charol. Aquel aristócrata corpulento y
dominador se enseñoreó de la pequeña habitación.
-Esperaba, desde luego, encontrarme aquí con el doctor Watson -dijo,
haciéndome una reverencia cortés. Su colaboración pudiera ser muy necesaria en
esta ocasión, porque nos las tenemos que ver con un individuo familiarizado con
la violencia y que no se para en barras. Estoy por decir que no hay en Europa
un hombre más peligroso.
-Ese calificativo ha sido aplicado ya a varios adversarios míos -dijo,
sonriente, Holmes-¿Fuma usted? Pues entonces, me perdonara que yo encienda mi
pipa. Peligroso de veras tiene que ser ese hombre de que habla,
para serlo más que el profesor Moriarty, ya muerto, o que el aún vivo
coronel Sebastián Morán. ¿Podría saber su nombre?
-¿Oyó usted hablar alguna vez del barón Gruner?
-¿Se refiere al asesino austriaco?
El coronel Damery alzó las manos enguantadas en cabritilla rompiendo a
reír:
-¡A usted no se le escapa nada, míster Holmes! ¡Es asombroso! ¿De modo
ya, que lo tiene usted calibrado como asesino?
-Mi profesión me obliga a estar al día de los hechos criminales del
continente. ¿Quién que haya leído el relato de lo ocurrido en Praga puede tener
dudas acerca de la culpabilidad de tal individuo? Se salvó por una cuestión
puramente de tecnicismo legal y por el fallecimiento sospechoso de un testigo.
Tengo la misma seguridad que si lo hubiese presenciado con mis propios ojos de
que él mató a su esposa cuando ocurrió aquel llamado accidente en el Paso de
Splugen. También yo estaba enterado de que el barón se había trasladado a
Inglaterra, y barruntaba que más pronto o más tarde me proporcionaría tarea.
Veamos: ¿qué es lo que ha hecho este barón Gruner? Me imagino que no se tratará
de una exhumación de la vieja tragedia.
-No, es más grave que eso. Es importante que se castigue el crimen ya
cometido, pero lo es más el evitarlo. Míster Holmes, es cosa terrible ver cómo
se prepara delante de los ojos de uno mismo un acontecimiento espantoso, una
situación atroz; darse cuenta clara de cuál será el final y verse del todo
impotente para evitarlo. ¿Puede un ser humano verse en situación más
angustiosa?
---Quizá no.
-Siendo así, creo que sentirá usted simpatía por el cliente en cuyo
interés estoy actuando. -No supuse que actuaba usted como simple intermediario.
¿Quién es el interesado?
-Míster Holmes, he de rogarle que no insista en esa pregunta. Es de la
mayor importancia que yo pueda darle la seguridad de que su ilustre apellido no
ha sido traído a colación en el asunto. Prefiere permanecer desconocido, aunque
actúe por móviles caballerosos y nobles en el más alto grado. No hará falta que
diga que sus honorarios están garantizados y que podrá actuar con absoluta
libertad. ¿Verdad que carece de importancia el nombre de su cliente?
-Lo siento - contestó Holmes-. Estoy acostumbrado a que un extremo de
mis casos esté envuelto en misterio, pero el que lo estén los dos extremos
resulta demasiado expuesto a confusiones. Lamento, sir James, tener que rehusar
a ocuparme del caso.
Nuestro visitante dio muestras de profundo desconcierto. La emoción y la
desilusión ensombrecieron su cara ancha y expresiva, y dijo:
-Míster Holmes, es difícil que pueda usted darse cuenta del alcance de
esa negativa suya. Me coloca usted en un dilema grave, porque tengo la
seguridad completa de que si me fuera posible revelárselo todo, se sentiría
usted orgulloso de encargarse del caso; pero me lo impide la promesa que tengo
hecha. ¿Podría yo, por lo menos, exponerle todo lo que me está permitido?
-No hay inconveniente, a condición de que quede bien sentado que yo no
me comprometo a nada.
-Entendido. En primer lugar, creo, sin duda, que habrá oído usted
nombrar al general De Merville.
-De Merville... ¿el que se hizo famoso en Khyber? Sí, he oído hablar de
él.
-Tiene una hija, Violeta de Merville, joven, rica, hermosa, culta, un
prodigio de mujer en todo sentido. Pues bien; es a esta hija, a esta muchacha
encantadora e inocente, a la que estamos tratando de salvar de las garras de un
demonio.
-Eso quiere decir que el barón Gruner ejerce poder sobre ella, ¿verdad?
-El más fuerte de todos los poderes, tratándose de una mujer: el poder
del amor. Ese individuo es, como quizás haya oído usted decir, un hombre de
extraordinaria hermosura, de trato fascinador, voz acariciadora y aparece
envuelto en esa atmósfera de novela y de misterio que tanto atrae a la mujer.
Se cuenta que no hay ninguna que se le resista y que se ha aprovechado
ampliamente de ese hecho.
-Pero ¿cómo pudo un hombre de su calaña establecer trato con una dama de
la categoría de miss Violeta de Merville?
-Fue durante una excursión en yate por el Mediterráneo. Los que en la
misma participaban, aunque gente selecta, habían de pagarse el pasaje. Es
seguro que los iniciadores no supieron la verdadera personalidad del barón
hasta que fue ya demasiado tarde. El muy canalla se dedicó a cortejar a la
joven, y consiguió ganarse su corazón de una manera completa y absoluta. Decir
que ella le ama no es decir bastante. Está chiflada por él, está obsesionada
con él. No hay nada para ella en el mundo fuera de ese hombre. No consiente en
escuchar nada que vaya contra él. Se ha hecho todo lo que es posible hacer para
curarla de su locura, y ha sido en vano. Para resumirlo todo: tiene el
propósito de casarse con el barón el mes que viene. Y como es ya mayor de edad
y tiene una voluntad de hierro, resulta difícil idear una manera de
impedírselo. -¿Está enterada del episodio austriaco?
-Ese astuto demonio le ha contado todos los feos escándalos públicos de
su vida pasada, pero lo ha hecho en todos los casos presentándose a sí mismo
como un mártir inocente. Ella acepta la versión de Gruner y no quiere escuchar
ninguna otra.
-¡Vaya! Bien pero creo que ha pronunciado usted sin darse cuenta el
nombre de su cliente, que es, sin duda el general De Merville. Nuestro
visitante se movió nervioso en su silla.
-Míster Holmes, yo podría equivocarle diciéndole que sí, pero faltaría a
la verdad. De Merville es hombre ya sin energías. Este incidente ha
desmoralizado por completo al veterano soldado. Perdió el temple que no le
abandonó jamás en los campos de batalla, y se ha convertido en un hombre débil
y vacilante, incapaz de hacer frente a un canalla lleno de brillantez y de
ímpetu como es el austriaco. Mi cliente, sin embargo, es un viejo amigo que ha
tratado íntimamente al general por espacio de muchos años y se interesa
paternalmente por esta mocita desde que se vistió de corto. No es capaz de
presenciar cómo se consuma esta tragedia sin realizar algún intento para
evitarla. Scodand Yard no tiene base alguna para intervenir en este asunto. Fue
sugerencia de esa persona la idea de que intervenga usted, aunque como ya he
dicho con la estipulación expresa de que no apareciese envuelto personalmente
en el caso. Yo no dudo, míster Holmes, de que poniendo en juego sus grandes
dotes, le sería fácil seguir la pista que le llevaría hasta mi cliente con sólo
seguirme a mí, pero he de pedirle como cuestión de honor que se abstenga de
hacerlo y que no rompa su incógnito. Holmes dejó ver una sonrisa muy especial,
y contestó:
-Creo que puedo prometérselo con toda seguridad. Le agregaré que el
problema que me trae me interesa, y que estoy dispuesto a examinarlo. ¿Cómo
podré mantenerme en contacto con usted?
-El Club Carlton sabrá dar conmigo. Pero en caso de necesidad inmediata,
hay un teléfono para llamadas reservadas: el equis equis treinta y uno.
Holmes tomó nota del mismo, y permaneció, sonriendo, con el libro de
notas abierto encima de las rodillas.
-La dirección actual del barón, por favor.
-Vernon Lodge, cerca de Kingston. Es un edificio espacioso. Ha salido
con suerte de algunas especulaciones dudosas, y es hombre rico, lo cual le hace
un adversario tanto más peligroso. -¿Está actualmente en su casa? -Sí. -Con
independencia de lo que ya me ha explicado, ¿puede proporcionarme algún otro
dato acerca de ese hombre?
-Es una persona de gustos costosos, criador de caballos; jugó una breve
temporada al polo en Hurlingham, pero se habló del asunto de Praga y tuvo que
retirarse. Colecciona libros y cuadros. Hay en su temperamento un importante
aspecto de artista. Tengo entendido que está considerado como una autoridad en
porcelana china, y ha publicado un libro sobre el tema.
-Una personalidad compleja -dijo Holmes-. Todos los grandes criminales
la tienen. Mi antiguo amigo Charlie Peace era un virtuoso del violín.
Wainwright no era cualquier cosa como artista. Podría citar muchos más. Bien,
sir James, informe a su cliente de que desde este momento concentro mi atención
en el barón Gruner. No puedo decir más; dispongo de algunas fuentes de
información propias mías, y creo que no han de faltarme algunos medios para
iniciar el trabajo.
Una vez que se retiró nuestro visitante, permaneció Holmes sentado y
sumido en profundas meditaciones durante tan largo rato que me pareció se había
olvidado de mi presencia. Sin embargo, volvió de pronto con gran viveza a la
realidad y me preguntó: -Y qué, Watson, ¿no se le ocurre algo?
-Yo creo que lo mejor que puede usted hacer es entrevistarse con la
misma joven.
-Querido Watson, ¿cómo voy yo, un desconocido, a salir airoso, si su
pobre y anciano padre no ha conseguido influir en ella? Sin embargo, si todo lo
demás nos falla, hay algo aprovechable en esa sugerencia. Pero creo que es
preciso que empecemos desde un ángulo distinto. Me está pareciendo que Shinwell
Johnson podría servirnos de algo.
Aún no se me ha presentado ocasión en estas Memorias de mencionar a
Shinwell Johnson, porque sólo raras veces he entresacado mis casos de las
últimas etapas de la carrera de mi amigo. Llegó a ser un colaborador valioso
durante los primeros años de este siglo. Lamento decir que Johnson empezó por
ganarse fama como maleante muy peligroso y cumplió dos condenas en Parkhurst.
Más tarde se arrepintió y se alió con Holmes, actuando de agente suyo en el
voluminoso mundo de los bajos fondos de Londres, y sus valiosas informaciones
resultaron con frecuencia de vital importancia. Si Johnson hubiese sido un
cimbel de la policía, pronto habría sido puesto al descubierto; pero como
intervenía en casos que no llegaban nunca directamente a los tribunales de
justicia, sus compañeros no advirtieron jamás sus actividades. Con el brillo de
sus dos condenas tenía acceso libre a todos los clubes nocturnos, tugurios y
antros de juego, y su rapidez de observación y despierto cerebro lo
convirtieron en un agente ideal para adquirir informes. En esta ocasión
propúsose Sherlock Holmes recurrir a sus servicios.
No me fue posible seguir de cerca los pasos que dio a continuación mi
amigo, porque tenía ciertos asuntos profesionales apremiantes propios míos;
pero, de acuerdo con la cita que teníamos, me reuní con él aquella noche en
Simpson,s, donde, sentados frente a una mesita en la ventana delantera y
contemplando desde aquella altura la impetuosa corriente de vida que circulaba
en el Strand, me refirió Holmes algo de lo que había ocurrido.
-Johnson anda de merodeo -me dijo-. Quizá reúna algunos elementos en los
recovecos más oscuros de los bajos fondos. Es allí, entre las negras raíces del
crimen, donde tenemos que ponemos a la caza de los secretos de este hombre.
-Pero si esa dama no acepta siquiera los hechos conocidos de todos,
¿cómo es posible que la retraiga de sus propósitos ningún descubrimiento nuevo
que usted pueda hacer?
-Quién sabe, Watson. El corazón y la inteligencia de las mujeres son
para nosotros, los hombres, enigmas insolubles. Es posible que la mujer perdone
o se explique un asesinato, y sin embargo, la irrite algún pecadillo menos
importante. El barón Gruner me hizo notar... -¡Qué le hizo notar a usted!
-Bueno, ahora caigo en que yo no le hablé de mis planes a usted. Mire,
Watson: a mí me gusta llegar al cuerpo a cuerpo con el hombre a quien persigo.
Me agrada mirarle cara a cara y ver por mí mismo la materia de que está
fabricado. Una vez que
di mis instrucciones a Johnson, me hice llevar en coche a Kingston, y
encontré al barón de un humor afabilísimo.
-¿Cayó en la cuenta de quién era usted?
-Ninguna dificultad le costó, por la sencilla razón de que yo le pasé mi
tarjeta. Es un adversario excelente, frío como el hielo, de voz sedosa y
acariciadora como la de uno de esos médicos de moda, siendo al mismo tiempo tan
venenoso como una serpiente cobra. Tiene casta, es un verdadero aristócrata del
crimen, de esos que producen superficialmente sugerencias de té de la tarde, de
un té con toda la crueldad de la tumba detrás. Sí, estoy satisfecho de haber
tenido que dedicar mi atención al barón Adelbert Gruner. -¿Y dice usted que en
dicha ocasión estuvo afable?
-Lo mismo que gato runruneante cuando cree estar viendo a un posible
ratón. La afabilidad de ciertas personas es más mortal que la violencia de
otras almas de mayor rudeza. Me acogió de manera característica, diciéndome:
«Pensé, míster Holmes, que recibiría su visita más pronto más tarde. Sin duda
que estará usted al servicio del general De Merville para que procure impedir
mi matrimonio con su hija Violeta. Es eso, ¿verdad que sí?» Le contesté que así
era en efecto, y él me dijo: «Querido señor, lo único que va a conseguir es
echar a perder su bien ganada fama, Se trata de un caso en el que no hay
posibilidad de que usted tenga éxito. Será el suyo un trabajo estéril, para no
hablar de los posibles peligros que puedan acecharle. Permítame que le aconseje
con vivo interés que se haga a un lado inmediatamente. » «Es curioso -le
contesté-acaba usted de darme el mismísimo consejo que yo me proponía darle a
usted. Yo respeto su
inteligencia, barón, y ese respeto mío no ha disminuido con esta breve
conversación nuestra. Permítame que le hable de hombre a hombre. Nadie pretende
remover su pasado y colocarle en situación innecesariamente incómoda. Aquello
pasó, y usted se encuentra ahora en aguas tranquilas; pero si Usted se empeña
en este matrimonio, levantará en contra suya a un enjambre de enemigos
poderosos que no le dejarán en paz hasta que la estancia en Inglaterra le
resulte demasiado incómoda. ¿Lo vale verdaderamente el juego? Créame, ganaría
usted dejando tranquila a esa dama. Será poco agradable para usted que lleguen
a conocimiento de ella los hechos de su pasado.» El barón luce debajo de su
nariz unos tufitos de pelo abrillantado de cosmético, que producen la impresión
de las antenas cortas de un insecto. Mientras me escuchaba, esos tufos de pelo
se estremecían divertidos y acabó rompiendo a reír suavemente: «Míster Holmes,
disculpe este buen humor -me dijo-Es realmente divertido ver que intenta hacer
baza sin tener triunfo alguno en la mano. Creo que nadie le aventajaría, pero
resulta, a pesar de todo, bastante patético. Míster Holmes, no tiene usted en
la mano ni un solo triunfo; sólo cartas de lo más menudas.» «Eso es lo que
usted cree.» «Eso es lo que me consta. Voy a ponérselo de manera que lo
entienda, porque las cartas que yo tengo en la mano son tan fuertes, que puedo
permitirme el lujo de enseñarlas. He tenido la buena fortuna de ganarme por
completo el cariño de esa dama. Me lo ha entregado a pesar de que yo le relaté
sin ambages todos los desdichados incidentes de mi vida pasada. También le
aseguré que existían ciertas personas malas y enredadoras....
espero que usted se dará por aludido, que se acercarían a ella a
contarle todas esas cosas, y le advertí de qué forma debía tratarlas. ¿Ha oído
usted hablar, míster Holmes, de la sugestión poshipnótica? Pues bien: va usted
a ver sus fenómenos en la práctica, porque un hombre que tenga personalidad es
capaz de emplear el hipnotismo sin nada de pases ni otra clase de comedias. De
otro modo, pues, que ella le espera a usted: no me cabe la menor duda de que le
otorgará una cita, porque se presta con amabilidad a los deseos de su padre;
con excepción únicamente de nuestro pequeño asunto.» Pues bien, Watson: no creí
que tuviese nada más que agregar, y me despedí con toda la fría dignidad que
fui capaz de reunir; él me detuvo diciéndome: «A propósito, míster Holmes,
¿conocía usted a Le Brun, agente de policía francés?» «Sí», le contesté. «¿Sabe
lo que le ocurrió?» «Oí decir que unos apaches le apalearon en el distrito de
Mont-martre y le dejaron inválido para toda su vida.» «Muy cierto, míster
Holmes. Da la curiosa coincidencia de que sólo una semana antes de ese hecho,
el tal Le Brun había estado realizando investigaciones acerca de asuntos míos.
No haga usted lo mismo, míster Holmes; es cosa que no trae buena suerte. Son
varios los que ya lo han comprobado. Lo último que le digo es esto: siga su
propio camino y déjeme a mí seguir el mío, Adiós. » Ahí tiene usted, Watson; ya
está usted al día de todo. -Parece un individuo peligroso.
-Peligrosísimo. A mí no me impresionan los fanfarrones, pero este hombre
pertenece a la categoría de los que se quedan en sus palabras por debajo de sus
propósitos.
-¿Y es forzoso que usted intervenga? ¿Es de verdadera importancia que
ese hombre no se case con la muchacha?
-Yo diría que tiene mucha importancia, pensando en que, sin género
alguno de duda, asesinó a su última mujer. ¡Además, tenemos el cliente! Bueno,
bueno, no hay necesidad de que discutamos este aspecto de la cuestión. Es
preferible que me acompañe usted a casa una vez que termine de tomar el café,
porque el ágil Shinwell estará ya allí con su informe.
Estaba, en efecto. Era un hombre corpulento, tosco, de cara rubicunda y
aspecto escorbútico, con unos ojos negros vivaces que constituían la única
señal exterior del alma por demás astuta que había en el interior. Por lo
visto, había buceado en lo que constituía su reino característico y, allí,
estaba, sentado junto a él en el sofá, un ejemplar que se había traído,
consistente en una mujer joven, delgada y ondulante como una llama, de rostro
pálido y cara de expresión intensa, juvenil, pero tan consumida por el pecado y
el dolor, que en ella podían descubrirse los años terribles que habían dejado
en la misma su huella leprosa.
-Esta es miss Kitty Winter -dijo Shinwell Johnson, con un vaivén de la
gruesa mano a modo de presentación-. Lo que ella no sepa...; bueno, ella misma
hablará. Antes de una hora de haber recibido su mensaje le eché el guante,
míster Holmes.
-Es fácil dar conmigo -dijo la joven-. Yo siempre estoy en el garito.
Como este gordo de Shinwell. Gordo, somos viejos camaradas tú y yo. Pero por
vida mía, que hay otra persona que si hubiese la menor justicia en el mundo
debería encontrarse en un infierno todavía más profundo que el nuestro. Es el
hombre detrás del que usted anda, míster Holmes. Holmes se sonrió, y dijo:
-Miss Winter, me parece que contamos con su simpatía.
-Si yo puedo ayudar a que ese hombre vaya a donde debe ir, cuenten
conmigo hasta el último estertor -dijo nuestra visitante con furiosa energía.
Su cara pálida y resuelta y sus ojos llameantes mostraban un odio tan
intenso como rara vez una mujer y jamás un hombre pueden alcanzar.
_Mister Holmes, no hace falta que remueva usted mi pasado. No es ni de
aquí ni de allá. Yo soy lo que Adelbert Gruner hizo de mí. ¡Si yo pudiese
tirarlo por tierra! -sus manos, como garras, se aferraron con frenesí al aire-.
¡Oh, si yo pudiera arrastrarlo al foso adonde él ha empujado a tantas! -¿Está
usted enterada del asunto?
-El gordo Shinwell me lo ha contado. Por lo visto anda esta vez detrás
de una pobre tonta y quiere casarse con ella. Usted desea impedirlo. Bien, pero
es seguro que usted conoce lo bastante acerca de ese canalla para impedir a
cualquier chica decente y que esté en sus cabales inscribirse en la misma
parroquia que él.
-Pero ella no está en sus cabales, sino locamente enamorada. Se le ha
dicho de él todo lo que hay que decir, y nada le importa.
-¿También lo del asesinato?-Sí.-Por vida mía, que debe de ser muchacha
valiente!-Dice que todo son calumnias.-Pero ¿no puede usted meterle por sus
ojos de idiota las pruebas?-Bien, ¿puede usted ayudarnos en esa tarea?
-¿No soy yo misma una prueba? Con sólo que me pongan delante de ella y
yo le cuente de qué manera me trató... -¿Está usted dispuesta a hacerlo? _;Que
si estoy dispuesta? ¡Cómo piensa que no voy a estarlo!
-Quizá valiera la pena intentarlo. Pero ese hombre le ha contado gran
parte de sus culpas y ella le ha perdonado, y tengo entendido que no está
dispuesta a abrir nueva discusión acerca del asunto.
-Apuesto cualquier cosa a que él no le ha contado todo. Aparte de ese
asesinato que tanto dio que hablar, yo entreví uno o dos más. Me habló en más
de una ocasión de alguien, con sus maneras aterciopeladas, y luego me miró
fijamente y me dijo: «Al mes de eso murió.» La cosa no era como para
tranquilizarla a una, pero yo no le di mucha importancia, porque en aquel
entonces estaba enamorada de él. A mí me parecía bien todo lo que él hacía, lo
mismo que ahora le parece a esa pobre loca. Una sola cosa me produjo impresión
profunda, y, por vida mía, que de no haber sido por ésa su lengua venenosa y
embustera que sabe encontrar explicación para todo y que todo lo suaviza,
aquella misma noche me habría largado yo de su lado. Me refiero a un libro que
él tiene. un libro de pastas de cuero color castaño con un cierre y su escudo
grabado en oro en la parte de fuera. Creo que aquella noche estaba un poco
borracho, o, de lo contrario, no me lo habría enseñado. -¿Y qué libro era ése?
-Mire, míster Holmes, este individuo colecciona mujeres y se enorgullece
de su colección, de a misma manera que algunos hombres coleccionan polillas y
mariposas. En ese libro suyo tenía registrado todo: fotografías instantáneas,
nombres, detalles, todos los datos acerca de esas mujeres. Era un libro
repugnante; un libro que ningún hombre, ni aunque procediera del arroyo, habría
sido capaz de reunir. Sin embargo, era el libro de Adelbert Gruner. Almas que
he arruinado. Ése es el título que habría podido inscribir en la portada, si se
le hubiese ocurrido. Sin embargo, con eso no vamos a ninguna parte, porque ese
libro no le servirá a usted de nada, y si le sirviese no podría hacerse con él.
-¿Dónde está ese libro?
-¿Cómo puedo yo decirle donde está ahora? Hace más de un año que me
aparté de ese hombre. Sé donde lo guardaba entonces. Gruner es en muchos
aspectos un gato limpio y cuidadoso, de modo que quizá siga estando en uno de
los compartimientos del escritorio antiguo que tiene en su despacho interior.
¿Conoce usted la casa del barón? -He estado en su despacho -dijo Holmes.
-¿Ah, sí? Pues la verdad que se ha movido usted mucho para no haber
empezado la tarea sino esta mañana. El despacho exterior es aquel en que exhibe
las porcelanas de China; un gran armario de cristal entre las ventanas. Detrás
de su mesa esta la puerta por la que se pasa al despacho interior; un cuartito
donde guarda documentos y cosas. -¿No teme a los ladrones? -Adelbert no es -
cobarde. Ni el peor enemigo suyo podría afirmar eso de él. Sabe guardarse. Por
la noche funciona un timbre de alarma contra los ladrones. Además, ¿qué hay
allí que pueda interesar a un ladrón, corno no se llevase todos sus cacharros
de fantasía?
-Eso no sirve para nada. Ningún perista admite artículos que no pueda ni
fundir ni vender -dijo ShínweIl
Johnson, con el acento sentencioso de un técnico en la materia.
-Así es, en efecto -dijo Holmes-. Bueno, miss Winter, si usted quisiese
venir hasta aquí mañana por la tarde a las cinco, meditaré de aquí a entonces
en si es posible combinar una entrevista personal suya con esa otra joven. Le
quedo extraordinariamente agradecido por su cooperación. No necesito decirle
que mis clientes se mostrarán espléndidos en...
-Ni hablar de eso, míster Holmes -exclamó la joven -. Yo no he salido a
ganar dinero. Con tal de que vea a ese hombre en el fango, me consideraré
pagada por mi trabajo... En el fango y pisoteándole yo su maldita cara. Ese es
mi precio. Estaré a su disposición mañana o cualquier otro día, mientras usted
le persigue. Aquí, el gordo, le dirá siempre dónde puede encontrarme.
No volví a ver a Holmes hasta la noche siguiente, en que volvimos a
cenar en nuestro restaurante del Strand. Cuando yo le pregunté cómo le había
ido en su entrevista, se encogió de hombros. Acto continuo me hizo el relato,
que yo voy a repetir, como luego se verá, porque su exposición dura y seca
necesita alguna ligera manipulación para suavizarla y darle verdadera vida.
-No tuve dificultad alguna en conseguir la cita, porque la muchacha está
en sus glorias dando pruebas de obediencia filial abyecta en todo lo
secundario, para de ese modo hacerse perdonar su flagrante desobediencia en lo
referente a su compromiso matrimonial. El general me telefoneó que todo estaba
listo, y la arrebatada miss Winter acudió puntual, de modo que a las cinco y
media nos dejó un coche frente al número ciento cuatro de la plaza de Berkeley,
donde reside el veterano soldado, en uno de esos castillos londinenses
espantosamente grises, junto a los cuales las iglesias parecen edificios
frívolos. Un lacayo nos pasó a una gran sala de cortinajes amarillos, y en ella
nos esperaba la joven grave, pálida, reservada; tan inflexible y tan lejana
como una estatua de nieve en lo alto de una montaña. Yo no acierto
verdaderamente con el medio de retratársela a usted, Watson. Quizá tenga usted
ocasión de conocerla antes de que terminemos con este asunto, y entonces podrá
usted servirse de su propio caudal de palabras. Es hermosa, pero con la
hermosura etérea de un transmundo, propia de una fanática que tiene puestos sus
pensamientos en las alturas. He visto caras así en los cuadros de viejos
pintores de la Edad Media. A mii no me cabe en la cabeza cómo un hombre bestial
haya podido poner sus garras repugnantes en un ser como ése. Quizá se haya
fijado ya en que los extremos se atraen, lo espiritual hacia lo animal, el
hombre de las cavernas hacia el ángel. Pero jamás habrá visto usted contraste
peor que éste... Ella sabía a lo que íbamos, como es natural; porque aquel
canalla no había dejado pasar tiempo para acudir a envenenar su alma contra
nosotros. Creo que sí, que la asombró bastante la visita de miss Winter, pero
nos indicó con un vaivén de la mano que nos sentásemos en nuestras sillas
correspondientes, cómo lo haría una reverenda madre abadesa al recibir la
visita de dos mendigos bastante lacerados. Querido Watson, si su cerebro se
siente inclinado a encresparse, tome lecciones de Violeta de Merville. «Bien,
señor - me dijo con una voz que se parecía al viento que sopla desde un témpano
de hielo- ; lo conozco ya mucho de nombre. Según creo, ha venido usted a
visitarme para denigrar a mi prometido, el barón Gruner. Le he recibido a usted
únicamente por deseo expreso de mi padre, y le advierto por adelantado que nada
de lo que pueda decirme ejercerá la más ligera impresión sobre mi voluntad.» Le
ti ¡ve compasión, Watson. En aquel momento pensé en ella como habría pensado en
una hija mía. Rara vez soy elocuente. Yo manejo mi cerebro, no mi corazón. Pero
la verdad es que empleé con ella las frases más calurosas que fui capaz de
encontrar en mi manera de ser. Le pinté la situación espantosa de la mujer que
se despierta para conocer el verdadero carácter de un hombre después de que ya
es su esposa; de una mujer que tiene que resignarse a ser acariciada por manos
manchadas de sangre y labios de sanguijuela. No me olvidé de nada; de la
vergüenza, del terror, de la angustia, de la irremediabilidad de todo ello. Mis
frases conmovidas no consiguieron teñir con una sola pincelada de color
aquellas mejillas de marfil, ni hacer que en sus ojos ensimismados brillase un
solo destello de emoción. Recordé lo que aquel canalla me había dicho acerca de
la influencia poshipnótica. Se hubiera dicho que la joven vivía por encima de
lo terrenal en un sueño de éxtasis. «Míster Holmes -me dijo-, le he escuchado
con paciencia. El efecto que ha producido en mi voluntad es exactamente el que
yo le anuncié. Sé ya que Adelbert, mi prometido, ha llevado una vida
tempestuosa y que en el transcurso de la misma ha despertado odios enconados y
ha sido víctima de los más injustos ataques. Usted es el último de una serie de
personas que ha expuesto ante mí sus calumnias. Quizá su intención sea buena,
aunque me consta que es usted un agente a sueldo que actuaría de la misma
manera en favor que en contra del barón. En todo caso, quiero que sepa de una
vez y para siempre que yo le amo y que él me ama, y que la opinión del mundo
entero no representa para mí cosa superior a los gorjeos de esos pájaros que
hay en la parte de afuera de mi ventana. Si su noble alma ha tenido en algún
momento una caída, quizás esté yo especialmente destinada a levantarla hasta su
elevado y auténtico nivel.»
De pronto, volvió sus ojos hacia mi acompañante y dijo: «No me imagino
quién pueda ser esta joven.» Iba yo a responderle cuando la muchacha estalló lo
mismo que un torbellino. Si alguna vez la llama y el hielo se han visto frente
a frente fue
cuando se vieron de ese modo aquellas dos mujeres. Yo le voy a decir
quién soy -gritó miss Winter, saltando de su asiento con la boca contorsionada
de furor- Soy su última amante. Soy una del centenar de mujeres que él ha
tentado, que él ha gozado, que él ha arruinado y arrojado luego a la basura,
como lo hará con usted, aunque el montón de basura al que usted irá a parar
será probablemente el sepulcro, y en eso tendrá usted suerte. Le digo, mujer
estúpida, que casarse con ese hombre equivale para usted a la muerte. Le
despedazará el corazón o le retorcerá el cuello, pero de una manera o de otra,
la matará. No hablo por amor a usted. Me importa un rábano que usted viva o que
usted muera. Hablo por odio a él, para escupirle, para hacerle sufrir lo que él
me ha hecho sufrir a mí; pero me da igual, mi elegante joven, y no me mire de
esa manera, porque para cuando termine su asunto quizás haya caído usted
todavía más bajo que yo». «Preferiría no hablar de estas cosas -dijo con
frialdad miss De Merville-. Permítame que le diga que estoy enterada de tres
episodios de la vida de mi novio en los que se vio enzarzado en las redes de
mujeres calculadoras, y que estoy segura de que se encuentra cordialmente
arrepentido de todo el daño que él haya podido ocasionar» «¡Tres episodios!
-gritó mi acompañante-. ¡Estúpida! ¡Estúpida rematada!» «Míster Holmes, yo le
suplico que pongamos fin a esta entrevista -dijo la voz de hielo-. He obedecido
al deseo de mi padre aceptando entrevistarme con usted, pero no me creo
obligada a escuchar los delirios de esta individua.» Miss Winter se abalanzó,
lanzando una blasfemia, y si yo no la hubiese sujetado por la muñeca, habría
agarrado por el moño a aquella mujer capaz de sacar de quicio a cualquiera.
Tiré de miss Winter hacia la puerta, y tuve la buena suerte de volver a meterla
en el coche sin dar lugar a un escándalo público, porque estaba fuera de sí de
rabia. También yo, dentro de mi frialdad, me sentía irritadísimo, porque la
superioridad y la suprema complacencia en sí misma de la mujer a la que
intentábamos salvar tenían un algo de indeciblemente molesto. Ya sabe usted,
pues, otra vez cuál es la situación y es evidente que necesito preparar otra
jugada de salida, porque este gambito ya no sirve. Me mantendré en contacto con
usted, Watson, porque es más que probable que tenga que representar un papel en
la obra, aunque quizás es también posible que la próxima jugada la hagan ellos
más bien que nosotros.
Y la hicieron. Descargaron el golpe, o mejor dicho, lo descargó, porque
jamás he podido creer que la dama pudiera ser copartícipe del mismo. Creo que
aún hoy podría señalar la losa de la acera en que yo estaba cuando mis ojos se
posaron en el cartelón anunciador, con un sentimiento angustioso de horror que
traspasó mi alma. Fue entre el Gran Hotel y la estación de Charing Cross donde
un vendedor de
periódicos, al que le faltaba una pierna, tenla expuestos los periódicos
de la tarde. Era exactamente dos días después de nuestra última conversación.
Creo que permanecí unos momentos como atontado por un golpe. Conservo luego el
confuso recuerdo de que eché mano violentamente a un periódico, de que el
vendedor me reprendió, porque no le había pagado, y, por último, de que me
detuve en la puerta de entrada de una farmacia, mientras encontraba la funesta
gacetilla. La terrible hoja anunciadora de las noticias decía en letra negra
sobre fondo amarillo:
MORTAL AGRESIÓN
CONTRA
SHERLOCK HOLMES
«Nos enteramos, con pesar, de que el conocidísimo detective particular
míster Sherlock Holmes ha sido víctima esta mañana de una mortal agresión, de
resultas de la cual ha quedado en estado grave. No se poseen detalles exactos
acerca del suceso, pero debió de ocurrir en la calle Regent a eso de las doce
de la noche, frente al café Royal. La agresión fue llevada a cabo por dos
hombres armados de bastones, y míster Holmes fue golpeado en la cabeza y en el
cuerpo, recibiendo heridas que los médicos califican de muy graves. Fue
conducido al hospital de Charing Cross, y después insistió en que le condujesen
a sus habitaciones de la calle Baker. Según parece, los malhechores que le
agredieron eran hombres bien vestidos, que luego se pusieron a salvo de las
personas que presenciaron el caso, metiéndose por el café Royal y saliendo de
éste por la parte trasera, a la calle Glasshouse. Pertenecen, sin duda alguna,
a la cofradía de criminales que tantas veces ha tenido que lamentar la
actividad y la destreza desplegadas por el agredido.»
No haré falta decir que casi sin acabar de leer la noticia salté a un
hansom y me lancé camino de la calle Baker. Encontré en el vestíbulo al célebre
cirujano sir Leslie Oakshott, cuyo coche brougham esperaba junto
al bordillo de la apera.
-No existe peligro inmediato -fue el informe suyo- Dos heridas con
desgarro en el cuero cabelludo y varios magullamientos importantes. Ha sido
preciso darle varios puntos de sutura. Le ha sido inyectada al morfina y es
esencial la tranquilidad, aunque no esté prohibida radica -mente una entrevista
de algunos minutos.
Con tal autorización me metí calladamente en el cuarto, que estaba medio
a oscuras. El paciente estaba completamente despierto, y oí que me llamaba con
un áspero cuchicheo. La cortinilla estaba bajada una cuarta parte de la altura
de la ventana, dejando pasar de soslayo un rayo de sol que iba a proyectarse
sobre la vendada cabeza del herido. La blanca compresa de hilo se había
empapado de sangre y mostraba un manchón purpúreo. Me senté junto a la cama e
incliné mi cabeza.
-Perfectamente, Watson. No ponga esa cara de asustado -murmuró con voz
débil-. La cosa no está tan mal como parece. -¡Gracias sean dadas a Dios!
-Yo entiendo algo de la lucha con bastón, corno usted sabe, y la mayoría
de los bastonazos los recibí con mis brazos en posición de guardia. Con el que
no pude es con el segundo enemigo.
-¿Qué puedo hacer, Holmes? No cabe duda de que fueron enviados por ese
maldito individuo. Iré y lo despellejaré a latigazos si usted me lo ordena.
-¡Bueno y querido Watson! No, sobre eso nada podemos hacer mientras la
policía no les eche el guante a esos hombres. Tenían bien preparada la
retirada. De eso podemos estar bien seguros. Espere un poco. Tengo trazados mis
planes. Lo primero que es preciso hacer es exagerar mis heridas. Vendrán a
pedirle noticias. Exagere de firme, Watson. Será mucha suerte si yo llego hasta
el fin de la semana, rotura de cráneo, delirio, lo que guste. Nunca exagerará
demasiado. -Pero ¿y sir Leslie Oakshott?
-No dirá nada. Se fijará en lo peor de mi estado. Ya me cuidaré yo de
ello. -¿Nada más?
-Sí. Avise a Shinwell Johnson que cuide de apartar de la circulación a
la muchacha. Esos elegantes la andarán buscando. Saben, como es natural, que
ella me acompañó. Si se atrevieron a meterse conmigo, no es probable que se
olviden de ella. Es cosa urgente. Hágalo esta misma noche. -Ahora mismo iré.
¿Algo más?
-Coloque encima de la mesa mi pipa y la bolsita del tabaco, ¡muy bien!
Venga por aquí todas las mañanas y haremos nuestro plan de campaña.
Me las entendí con Johnson aquella misma noche para que llevase a miss
Winter a un barrio tranquilo, y que tuviese cuidado de que ella permaneciera
agazapada hasta que pasase el peligro.
El público estuvo durante seis días bajo la impresión de que Holmes se
encontraba a las puertas de la muerte. Los boletines eran muy graves y en los
periódicos aparecían gacetillas siniestras. Mis constantes visitas me daban a
mí la seguridad de que la cosa no era tan seria. Su férrea constitución y su
voluntad resuelta realizaban milagros. Se recobraba rápidamente, y en ocasiones
llegaba yo a sospechar que se rehacía más rápidamente aún de lo que quería
hacerme creer a mí. Había en aquel hombre una curiosa tendencia al secreto que
solía producir muchos efectos dramáticos, pero que dejaba incluso a su más
íntimo amigo
haciendo cábalas sobre cuáles serían sus verdaderos planes. Holmes
llevaba hasta el límite extremo el axioma de que el único conjurado que está
seguro es el que lleva él solo una conjura. Yo me encontraba más próximo a él
que nadie y, sin embargo, tenía en todo momento la sensación de la grieta que
nos separaba.
Al séptimo día le quitaron los puntos de sutura, a pesar de lo cual, los
periódicos de la noche hablaban de erisipela. Los mismos periódicos de la noche
trataban otra noticia que yo tenía por fuerza que llevar a mi amigo, lo mismo
si estaba sano que si estaba enfermo. En la lista de pasajeros del barco de la
«Cunard», el Ruritania, que zarpaba el viernes de Liverpool, figuraba el barón
Adelbert Gruner, que tenía que cerrar en los Estados Unidos importantes
transacciones financieras antes de su boda inminente con miss Violeta de
Merville, única hija de, etcétera, etcétera. Holmes escuchó la noticia con una
expresión fría y reconcentrada en su cara pálida. Comprendí que le había herido
en lo vivo.
-¡El viernes! -exclamó-. ¡Tres días disponibles tan sólo! Yo creo que el
muy canalla quiere zafarse del peligro. ¡Pero no lo conseguirá, Watson! ¡Por
todos los diablos, que no lo conseguirá! Watson, quiero que haga usted algo que
ahora voy a decirle. -Estoy aquí para servirle, Holmes.
-Invierta usted las próximas veinticuatro horas en un estudio intensivo
de las porcelanas de la China.
No me dio ninguna explicación, ni yo se la pedí, Una larga experiencia
me había enseñado la sabiduría de la obediencia. Pero cuando salía de su
habitación fui caminando por la calle Baker adelante, dándole vueltas en mi
cabeza a la idea de cómo me las iba yo a arreglar para cumplir aquella orden
tan rara. Acabé haciéndome llevar en coche hasta la Biblioteca de Londres, en
la plaza Saint James, consulté el caso con el segundo bibliotecario, Lomax,
amigo mío, y salí de allí rumbo a mis habitaciones con un libraco bajo el
brazo.
Suele decirse que el abogado criminalista que prepara su caso,
atiborrándose de datos como para interrogar el lunes a un testigo hábil, se
olvida por completo de todos aquellos conocimientos forzados antes del sábado.
Desde luego que yo no pretendo pasar hoy por una autoridad en cuestiones de
cerámica. Sin embargo, toda aquella tarde, y toda aquella noche, con un corto
intervalo para descansar, y toda la mañana siguiente me la pasé sorbiendo datos
y cargando mi memoria de nombres. Aprendí en aquel libro los contrastes de los
grandes artistas decoradores, el misterio de las fechas cíclicas, las
características del Huná-wu y las bellezas del Yung-lo, los escritos de
Tang-ving y las magnificencias del primitivo período del Sung y del Yuan.
Cuando fui a visitar a Holmes a la mañana siguiente, iba yo cargado con todos
aquellos conocimientos. Se había levantado ya de la cama, aunque nadie lo
habría dicho a juzgar por los partes médicos publicados, y estaba hundido en su
sillón favorito, apoyando su cabeza llena de vendajes en la mano.
-Pero, Holmes; si uno fuera a creer a los periódicos pensaría que está
usted agonizando -le dije.
-Esa es precisamente la impresión que yo deseo producir. Y ahora dígame,
Watson: ¿ha aprendido usted sus lecciones? -Por lo menos lo he intentado.
-Pues entonces tráigame esa cajita que hay encima de la repisa de Iii
chimenea.
Abrió la tapa y sacó del interior un objeto pequeño, envuelto con sunio
cuidado en fina tela de seda oriental.
Desenvolvió ésta y quedó a la vista un fino platillo del más bello color
azul oscuro.
-Es preciso manejarlo con sumo cuidado, Watson. Es una auténtica
porcelana cáscara de huevo de la dinastía Ming. Es la pieza más fina que ha
pasado por la casa Christie. Un juego completo valdría como para pagar el
rescate de un rey; a decir verdad, es dudoso que exista un solo juego completo
fuera del palacio imperial de Pekín. Un verdadero entendido se saldría de sus
casillas viendo este platillo. -¿Y qué he de hacer con él?
Holmes me entregó una tarjeta en la que estaban escritas estas palabras:
Dr. Hill Barton, 369 Half Moon Street
-Así es corno usted se llamará por esta noche, Watson. Irá usted a
visitar al barón Gruner. Estoy bastante enterado de sus costumbres y es
probable que a las ocho y media se encuentre desocupado. Se le avisará por
adelantado con una carta que usted va a pasar a visitarle, y usted le dirá que
le lleva un ejemplar de un juego absolutamente único de porcelana Ming. Puede
usted incluso afirmar que es médico, porque ése es un papel que representa
usted sin duplicidad. Usted es coleccionista, el juego en cuestión vino a parar
a sus manos, ha oído hablar del interés que el barón se toma en este asunto, y
no tendría inconveniente en vendérselo si se ponen de acuerdo en el precio.
-¿En qué precio?
-Bien preguntado, Watson. Es seguro que si usted no conoce el valor de
lo que vende, podría quedarse muy por debajo en el pedir. Ha sido sir James
quien me ha proporcionado este platito que procede, según yo creo, de la
colección de su cliente. Si usted le dice que es difícil encontrar cosa igual
en el mundo no exagerará.
-Tal vez convendría que le ofreciese someter la tasación a un perito
-¡Magnifico, Watson! Hoy tiene usted verdaderos destellos. Sugiérale a
Christie o a Sotheby. Su delicadeza le veda ponerle usted mismo precio. -¿Y si
no me recibe? -Sí que le recibirá. Tiene la manía coleccionista en su forma más
aguda, y especialmente en porcelanas, asunto en el que está reconocido como una
autoridad.
Siéntese, Watson, que voy a dictarle yo mismo la carta. No necesita
contestación. Se limitará a decirle que va usted a visitarle y con objeto.
El documento resultó admirable, breve, corté s y estimulador de la
curiosidad del especialista. Llevólo un mensajero de distrito a su debido
tiempo. Aquella misma noche, con el precioso platillo en la mano y la tarjeta
del doctor Hill Barton en el bolsillo, me lancé a la aventura.
La magnificencia del edificio y del parque daban a entender, como sir
James había dicho, que el barón Gruner era hombre de considerable fortuna. Una
larga y serpenteante avenida de carruajes, bordeada a uno y otro lado por
arbustos raros, desembocaba en una espaciosa plaza engravillada y decorada con
estatuas. La finca había sido levantada por un rey del oro de Sudáfrica, en la
época del auge febril de las minas, y el edificio, largo y de poca altura, con
torrecillas en los ángulos, imponía por su volumen y por su solidez, aunque
fuese una pesadilla arquitectónica. Un mayordomo, que habría constituido un
ornamento en un tribunal de obispos, me hizo pasar y me puso en manos de un
lacayo de librea de felpa, que me llevó a presencia del barón.
Se hallaba en pie delante de una gran vitrina, cuya parte frontal estaba
abierta, entre dos ventanas, y que contenía una parte de su colección de
porcelanas chinas. Al entrar se volvió con un jarroncito de color castaño en la
mano.
-Haga el favor de sentarse, doctor -me dijo- Estaba haciendo un
inventario de mis tesoros y preguntándome si realmente puedo permitirme
agregarles otros ejemplares. Quizá le interese este pequeño Tang, que data del
siglo diecisiete. Tengo la seguridad de que jamás vio usted trabajo más no y
esmalte más rico. ¿Trae usted encima el platillo Ming del que me hablaba?
Lo desenvolví con gran cuidado y se lo entregué. Se sentó frente a su
escritorio, acercó la lámpara, porque ya estaba oscureciendo, y se puso a
examinarlo. En esta actitud, la luz amarilla proyectábase sobre sus facciones,
y pude estudiarlas a placer.
Era, sin duda, un hombre de extraordinaria belleza. Bien merecida tenía
la celebridad que en Europa había adquirido de hombre bello. No pasaba de
estatura mediana, pero era esbelto y lleno de vitalidad, Era (te tez morena,
casi oriental y ojazos negros, lánguidos, que muy bien podían ejercer una
fascinación irresistible sobre las mujeres. Sus cabellos y su bigote eran de un
color negro de cuervo, y este último era corto, puntiagudo y bien cosmetizado.
Tenía facciones proporcionadas y agradables, a excepción de su boca, de labios
rectos y delgados. Si alguna vez he visto yo una boca de asesino era, sin duda,
aquélla; un tajo en la cara cruel, duro, de bordes apretados, inexorable y
terrible. Obraba como mal aconsejado al impedir que el bigote la disimulase,
tapándola, porque era como la señal de peligro puesta por la naturaleza como
una advertencia a sus víctimas. Su voz era atrayente y sus maneras, perfectas.
Le calculé muy poco más de treinta años, aunque luego se vio por su
documentación que tenía cuarenta y dos.
-¡Precioso, verdaderamente precioso! -dijo por último-. De modo que
tiene usted un juego de seis servicios. Lo que me desconcierta es que no haya
oído yo hablar hasta ahora de la existencia de tan magníficos ejemplares. Solo
un juego conozco en Inglaterra que pueda comparase con éste, pero no existe
probabilidad alguna de que salga al mercado. ¿Sería indiscreción, doctor Hill
Barton, preguntarle como llegó a poder suyo esta rara y valiosa pieza!
-¿Tiene eso alguna importancia? -le dije adoptando el aire de mayor
despreocupación de que me fue posible revestirme-. Usted ha comprobado que se
trata de una pieza auténtica y, por lo que respecta al precio, me conformo con
que sea tasada por un experto.
-Resulta sumamente misterioso -dijo, y en sus ojos negros relampagueó
una súbita sospecha-En una transacción de objetos de tanto valor, es natural
que uno desee informarse bien de todos los detalles. No hay duda de que se
trata de un ejemplar legítimo. Sobre eso tengo completa seguridad. Pero no
tengo más remedio que encararme con todas las posibilidades: ¿y si luego
resulta que no tenia usted derecho a vender el juego?
-Estoy dispuesto a darle una garantía contra toda reclamación de esa
clase.
-Lo cual nos trae a plantear la cuestión del valor que tiene esa
garantía suya. -Sobre ese extremo le contestarían mis banqueros.
-Así es, pero con todo y con eso, esta transacción se me antoja fuera de
lo normal.
-Puede usted tomarlo o dejarlo -le dije yo con indiferencia- Es usted el
primero a quien se lo he ofrecido, porque sabía que es usted un entendido en la
materia; pero no tendré dificultad alguna en venderlo a otras personas. -¿Quién
le informó de que yo era un entendido? -Supe que había usted escrito un libro
acerca de esta materia. -¿Ha leído ese libro? -No.
-¡Por vida mía, que esto me resulta cada vez más difícil de entender? Es
usted un entendido y un
coleccionista que tiene en su colección un ejemplar valiosísimo, y, sin
embargo, no se molesta en consultar el único libro que podía haberle explicado
el verdadero alcance y el valor de lo que tenía entre manos. ¿Qué explicación
me da usted de eso? -Yo soy hombre muy atareado. Soy médico establecido.
- Eso no es responder. Cuando un
hombre tiene Lina afición la sigue hasta el final, sean las que fueren sus
demás actividades. En su carta me decía usted que es entendido en la materia.
-Y lo soy.
-¿Me permite que le haga algunas preguntas?. Doctor, no tengo más
remedio que decirle que este incidente me está resultando cada vez más
sospechoso: digo, doctor, por si, en efecto, lo es usted. Dígame: ¿qué sabe
usted del emperador Shormi y de qué manera lo relaciona usted con el Shoso-in,
cerca de Nara? Qué, ¿le desconcierta? Cuénteme algo de la dinastía norteña de
Wei y del lugar que ocupa en la historia de las cerámicas. Salté con rapidez de
mi asiento, simulando irritación, y dije:
-Esto es intolerable, señor. Vine con el propósito de hacerle a usted un
favor, y no para que me examinase lo mismo que si yo fuera un niño de escuela.
Quizá mis conocimientos sobre la materia sólo cedan a los de usted, pero no
estoy dispuesto, desde luego, a contestar a preguntas que se me hacen de modo
tan ofensivo.
Clavó su vista en mí. Había desaparecido de sus ojos la languidez.
Centellearon súbitamente. Entre sus labios crueles había un brillo de dientes.
-¿Qué juego se trae? Usted ha entrado aquí como espía. Usted es un
emisario de Holmes. Es una añagaza que me están jugando. Tengo entendido que el
individuo en cuestión se está muriendo, y por eso, sin duda, destaca a
instrumentos suyos a fin de que me vigilen. Vive Dios, que ha entrado usted
hasta aquí sin permiso, pero le va a resultar más difícil salir que entrar.
Saltó en pie y yo retrocedí, preparándome para hacer frente a su
agresión, porque el individuo estaba fuera de sí de furor. Quizá sospechó de mí
desde el primer instante; desde luego, el interrogatorio le había hecho
comprender la verdad; era evidente que yo no podía tener esperanzas de
engañarle. Hundió la mano en un cajón lateral y revolvió furiosamente en el
interior. Pero, de pronto, algo debió de llegar hasta su oído, porque se quedo
inmóvil, escuchando atentamente.
- ¡Ah! -exclamó-. ¡Ah! -y se
precipitó dentro del cuarto, cuya puerta quedaba a sus espaldas. Llegué en dos
zancadas hasta la puerta abierta. Jamás perderá claridad en mi imaginación el
cuadro que allí presencié. La ventana por la que se salía al jardín estaba
abierta de par en par. Junto a ella, produciendo la impresión de un fantasma
terrible, con la cabeza envuelta en vendajes manchados de sangre, la cara
enjuta y blanca, estaba Sherlock Holmes. Un instante después había desaparecido
por aquella abertura, y llegó a mis oídos el chasquido de los arbustos de
laurel al caer sobre ellos su cuerpo. El dueño de la casa dejó escapar un
alarido de rabia y corrió hacia la ventana abierta para perseguirle.
¡Y en ese instante ... ! Porque fue en un instante, sí, pero yo lo vi
con toda claridad. Un brazo, un brazo de mujer salió con ímpetu de entre las
hojas. Casi en el acto dejó escapar el barón un grito espantoso; un chillido
que resonará siempre en mi memoria. Se llevó con estrépito sus dos manos a la
cara y se puso a correr por la habitación, golpeándose con la cabeza en las
paredes. Luego cayó sobre la alfombra, rodando sobre sí mismo y retorciéndose
mientras sus alaridos, en ininterrumpida sucesión, llenaban toda la casa.
-¡Agua, por amor de Dios, agua! -gritaba.
Eché mano a un botellón que había en una mesa lateral y corrí en socorro
suyo. En ese mismo instante acudieron corriendo desde el vestíbulo el mayordomo
y varios lacayos. Recuerdo que uno de ellos se desmayó al arrodillarse junto al
herido y volver hacia la luz de la lámpara aquel rostro que causaba horror. El
vitriolo iba carcomiéndolo por todas partes, goteando desde las orejas y la
barbilla. Uno de los ojos estaba ya blanco y como convertido en cristal. El
otro estaba rojo e inflamado. Las facciones que momentos antes me habían
producido admiración, eran corno un bellísimo cuadro sobre cuya superficie
había pasado el artista una esponja húmeda de inmundicias. Se habían
desdibujado, deshumanizado, perdido el color, vuelto espantosas.
Yo expliqué en pocas palabras lo que había ocurrido, sólo en lo
referente al ataque con vitriolo. Unos saltaron por la ventana y otros salieron
corriendo por la pradera, pero había oscurecido ya y empezaba a llover. Entre
alarido y alarido, la víctima se enfurecía con la vengadora I exclamando:
-Fue Kitty Winter, esa gata infernal de Kitty Winter. ¡Endemoniada
mujer! ¡Lo pagará, lo pagará! ¡Dios del cielo, este dolor es superior a mis
fuerzas!
Le lavé la cara con aceite, apliqué algodón en rama a las superficies en
carne viva y le inyecté morfina por vía hipodérmica. La terrible expresión
había hecho desaparecer de su mente todo recelo acerca de mí; se aferraba a mis
manos como si aun en esa situación tuviera yo poder a aquellos ojos de pez
muerto que se volvían queriendo mirarme. Aquella destrucción me habría
arrancado lágrimas, si yo no hubiera tenido bien presente la vida vergonzosa
que había, traído como consecuencia un cambio tan horrendo. Me repugnaba aquel
apretar de sus manos abrasadoras, y sentí alivio cuando el médico de cabecera,
seguido inmediatamente por un especialista, se presentaron para relevarme.
También llegó un inspector de policía, al que yo entregue mi verdadera tarjeta.
Habría sido tan inútil como absurdo el obrar de otro modo, porque en Scotland
Yard me conocían de vista casi tanto como a Holmes. Luego abandoné aquella casa
de tristeza y de horror. Antes de una hora me encontraba en la calle Baker.
Holmes estaba sentado en su silla de siempre; parecí a muy pálido y agotado.
Con independencia de sus heridas, hasta sus nervios de hierro habían sido
sacudidos por los acontecimientos de aquella velada. Escuchó con espanto el
relato que le hice de la transformación sufrida por el barón.
-¡Así paga el demonio, Watson, así paga el demonio! -me dijo- . Más
pronto o más tarde, ocurre siempre eso mismo. Bien sabe Dios, que los pecados
eran muchos -agregó, agarrando de la mesa un volumen color castaño-. Este es el
libro del que nos habló aquella mujer. Si esto no logra deshacer la boda, nada
habrá capaz de lograrlo. Pero la deshará, Watson. No tiene más remedio. Ninguna
mujer que se respete será capaz de mostrarse insensible. -¿Es el Diario de sus
amores? O el Diario de sus lascivias. Llámelo como mejo le parezca. En cuanto
esa mujer nos habló de este libro, me di cuenta de que teníamos un arma
terrible si conseguía hacerme con el mismo. En aquel entonces nada dije en que
se pudiera transparentar mi pensamiento, porque la mujer hubiera podido irse de
la lengua. Pero medité mucho en tal libro. Después, la agresión de que fui
victima me proporcionó la oportunidad de hacer creer al barón que no necesitaba
ya adoptar precauciones en contra mía. Todo ello venía bien. Yo habría quizás
esperado un poco más, pero su anunciado viaje a Norteamérica me forzó a actuar
de inmediato. Ese hombre no habría dejado aquí un documento tan comprometedor.
Teníamos que acometer enseguida la empresa. Escalar de noche la casa es
imposible, porque ese hombre tornaba precauciones. Pero había la posibilidad de
hacerlo durante la velada, a condición de que yo consiguiese llamar su atención
hacia otro lado. Ahí es donde entraron en escena usted y su platillo azul. Pero
tenía que saber con seguridad el sitio en que se encontraba el libro; sólo
dispondría de escasos minutos para poder actuar, porque mi tiempo estaba
limitado por sus conocimientos de la cerámica china. En vista de eso, me hice
acompañar en el último instante por la muchacha. ¿Cómo iba yo a suponer lo que
llevaba en el paquetito tan cuidadosamente escondido debajo de la capa? Yo
estaba en la creencia de que había venido a trabajar exclusivamente por cuenta
mía, pero, por lo visto, ella también traía su negocio. -Ese hombre adivinó que
yo era un enviado de usted.
-Me lo temía, Lo cierto es que usted le entretuvo el tiempo suficiente
para que yo me apoderase del libro, pero no lo suficiente para que yo huyese
sin que nadie se diese cuenta... ¡Hola, sir Jarnes, me alegro mucho de que haya
venido usted!
Nuestro cortés amigo se había presentado, respondiendo a una llamada
previa, Escuchó con la más profunda atención el relato de lo ocurrido que le
hizo Holmes.
-¡Es maravilloso lo hecho por usted, maravilloso! -exclamó al final-.
Pero si esas heridas son tan graves como asegura el doctor Watson, se habrá
conseguido nuestro propósito de romper esa boda sin necesidad de recurrir al
empleo de este horrible libro. Holmes movió negativamente la cabeza.
-Las mujeres del tipo de miss De Merville no actúan de ese modo. Le
amaría todavía más si le consideraba como un mártir desfigurado. No, no. Lo que
tenemos que destruir es su apariencia moral, no su apariencia física. Ese libro
la hará bajar de las nubes a la tierra. Es lo único que puede conseguirlo. Está
escrito de su puño y letra. Ella no puede hacerlo a un lado.
Sir Jarnes se llevó el libro y el precioso platillo. Como yo estaba ya
en retraso, bajé con él a la calle. Esperaba a sir James un carruaje brougbam;
subió al mismo, dio una orden rápida al escarapelado cochero, y el vehículo se
alejó rápidamente. Sir James echó su gabán encima de la ventanilla de manera
que la mitad que quedaba fuera cubría el escudo que ostentaba el panel, pero a
pesar de ello, tuve yo tiempo de verlo, a la luz del abanico transparente de
nuestra puerta. La sorpresa me dejó un instante sin aliento. Me di media vuelta
y subí hasta el cuarto de Holmes,
-He descubierto quién es nuestro cliente -exclamé, entrando de sopetón
con mi gran noticia-. Sepa usted,
Holmes, que es...
-Es un amigo leal y un hombre caballeresco -dijo Holmes alargando la
mano para cortarme la palabra-.
Baste con eso, ahora y siempre, entre nosotros.
Ignoro de qué manera se empleó el libro acusador. Quizá fue sir James el
encargado de esa tarea, aunque es mas probable que, por lo delicado de la
misma, le fuese encomendada al padre de la joven. Fuese como fuere, el efecto
que produjo fue el que se buscaba. Tres días después apareció en The Morning
Post una gacetilla anunciando que no tendría lugar la boda entre el barón
Adelbert Gruner y miss Violeta de Merville. En el mismo número del periódico
venía reseñada la primera vista ante el tribunal de policía, en la acusación
contra miss Kitty Winter por el grave delito de lanzamiento de vitriolo. Fueron
aportadas en esa causa tales atenuantes que, según se recordará, fue
sentenciada a la mínima pena que podía serlo por delito semejante. Sherlock
Holmes se vio en peligro de ser acusado de robo con escalo, pero cuando la
finalidad es noble y el cliente es lo bastante insigne, hasta la rígida
justicia inglesa se humaniza y se hace elástica. Mi amigo no ha tenido que
comparecer hasta ahora en el banquillo.
LA AVENTURA DEL SOLDADO
DE LA PIEL DECOLORADA
Las ideas de mi amigo Watson, aunque limitadas, son extraordinariamente
pertinaces. Desde hace tiempo ha venido hostigándome para que escriba uno de
mis casos. Quizá he provocado yo mismo esa persecución, por haberle hecho notar
muchas veces la superficialidad de sus relatos, acusándole de inclinarse hacia
el gusto popular, en vez de ceñirse rigurosamente a los hechos y a las cifras.
«¡Pruebe de escribir usted mismo, Holmes!», me ha solido replicar, y ahora,
después de tomar la pluma en la mano, me veo forzado a reconocer que, en
efecto, empiezo a darme cuenta de que es preciso presentar el asunto de manera
que pueda interesar al lector. Es difícil que el siguiente caso no interese,
porque se cuenta entre los más raros de mi colección, aunque Watson no tenga
notas del mismo en la suya. Ya que hablo de mi viejo amigo y biógrafo,
aprovecharé la oportunidad para hacer notar que, si en mis variadas y pequeñas
pesquisas echo sobre mí la carga de un acompañante, no lo hago ni por
sentimentalismo ni por capricho, sino porque Watson posee algunas notables
características propias suyas, a las que no ha concedido importancia, llevado
de su modestia y del aprecio exagerado en que tiene mis propias realizaciones.
Un confederado capaz de prever siempre las conclusiones a que usted va a llegar
y el curso de la acción que va a emprender es siempre peligroso; pero aquel
otro al que todas las novedades
que se producen le caen como una sorpresa continua, y para el que (1
porvenir es siempre un libro cerrado, resulta en verdad una ayuda leal.
Veo por mis libros de notas que fue durante el mes de enero de 1903,
apenas terminada la guerra con los bóers, cuando recibí la visita de mister
James M. Dodd, un británico corpulento, sano, quemado del sol, bien plantado.
El bueno de Watson me había abandonado para seguir a una esposa, único acto
suyo egoísta que yo recuerdo del tiempo en que estuvimos asociados. Yo estaba,
pues, a solas.
Yo tengo por costumbre sentarme de espaldas a la ventana y hacer sentar
a mis visitas en la silla de enfrente, de modo que les de la luz en la cara.
Míster James M. Dodd mostró no saber cómo empezar la conversación. No intenté
acudir en ayuda suya, porque su silencio me dejaba más tiempo para observarlo a
él. He comprobado que resulta hábil despertar en los clientes una sensación de
poder, y por eso le hice ver algunas de las conclusiones a que yo había
llegado.
-Veo, señor, que viene usted de Sudáfrica.
-Así es, míster Holmes; usted es brujo.
-Del Cuerpo de Voluntarios de Caballería Imperial, si no me equivoco.
Del regimiento de Middlesex, sin duda alguna.
-Así es, míster Holmes; usted es brujo.
Me sonreí al escuchar la expresión de su asombro.
-Cuando un caballero de apariencia varonil entra en mi habitación, con
el rostro de un matiz que el sol de Inglaterra no podrá darle jamás, y a eso se
agrega el detalle de que lleva el pañuelo dentro de la manga, en lugar de
llevarlo en el bolsillo, no resulta difícil de establecer su profesión. Lleva
usted la barba corta, y ese detalle da a entender que no pertenece usted al
ejército profesional. Tiene todo el aspecto de un jinete. En cuanto a situarlo
en el Cuerpo de Middlesex, ya su tarjeta me ha hecho saber que es usted
corredor de bolsa en la calle Thorgmorton. ¿A qué otro regimiento podía usted
agregarse?
'-Lo ve usted todo.
-No veo más de lo que ven todos, pero me he adiestrado en fijarme en lo
que veo. Bueno, míster Dodd, usted no ha venido esta mañana a visitarme con
objeto de hablar acerca de la ciencia de la observación, ¿verdad? ¿Qué es lo
que le ocurre en Tuxbury Old Park?
-¡Míster Holmes ... !
-No hay en ello misterio alguno, querido señor. Su carta estaba fechada
en ese lugar, y como usted solicitaba esta entrevista en términos ¡muy
apremiantes, resulta claro que había ocurrido algo importante de una manera
repentina.
-Así es, en efecto. Pero yo escribí la carta por la tarde, y de entonces
acá han ocurrido muchas cosas. Si el coronel Emsworth no me hubiese echado de
allí a puntapiés...
-¡Que le ha echado a puntapiés!
-Bueno, en realidad, lo que hizo viene a ser lo mismo. Este coronel
Emsworth no se para en barras. Fue en sus tiempos de militar el más exigente
ordenancista que había en el ejercito, y aquellos eran tiempos en los que se
empleaba un lenguaje duro. Yo no habría estado junto al coronel, de no haber
sido por atención a Godfrey.
Encendí mi pipa y me arrellané en mi asiento, diciéndole:
-Explíquese claramente.
Mi cliente se sonrió con malicia y me contestó.
-Es que yo había acabado por suponer que usted lo sabe todo sin que se
lo digan. Pero, en fin, voy a ponerle al corriente de los hechos, y quiera Dios
que sea usted capaz de explicarme el alcance que tienen. Me he pasado la noche
en vela y dándole vueltas en el cerebro al asunto, pero cuanto más lo pienso,
más increíble me resulta... Cuando en el mes de enero de mil novecientos uno,
es decir, hace dos años, me incorporé, el joven Godfrey Emsworth servía en el
mismo escuadrón. Era hijo único del coronel Emsworth, el de la Cruz Victoria de
la guerra de Crimea. Llevaba en sus venas sangre combativa, y no es extraño que
se alistase de voluntario. No había en todo el regimiento mozo de mejores
dotes. Nos hicimos amigos, con esa amistad que únicamente llega a establecerse
cuando dos personas viven idéntica vida y comparten las mismas alegrías y
dolores. Era mi camarada. Esta palabra significa mucho en el ejército. Durante
un año entero de rudo pelear aguantamos juntos las duras y las maduras. Hasta
que, durante la acción que tuvo lugar cerca de Diamond Hill, en los alrededores
de Pretoria, le metieron a él una bala de grueso calibre. Recibí una carta suya
desde el hospital de Ciudad de El Cabo y otra desde Southampton. Pues bien:
acabada la guerra y ya todos de regreso, le escribí al padre preguntándole por
el paradero de Godfrey. No me contestó. Espere y volví a escribirle. Esta vez
recibí una carta concisa y huraña. Godfrey había emprendido un viaje alrededor
del mundo, y no era probable que regresase antes de un año. Y nada más... Yo no
me quedé satisfecho, míster Holmes. Todo ello me resultó condenadamente raro.
Godfrey era un buen muchacho, y no podía hacer de lado a un camarada de ese
modo. No concordaba con su manera de ser. Resulta que, además, yo estaba enterado
de que tenía que heredar una suma importante de dinero, y que su padre y él no
siempre se entendían bien. El viejo era en ocasiones agresivo, y el joven
Godfrey era demasiado entero para aguantarlo. No, yo no me di por satisfecho, y
decidí llegar hasta la raíz del asunto. Pero como mis propios casos requerían
mucha atención tras dos años de ausencia, no me fue posible ocuparme del caso
de Godfrey hasta esta misma semana. Pero, puesto que lo he tomado ya en mano,
me propongo abandonar todo hasta llevarlo a feliz término.
Míster James M. Dodd me produjo la impresión de que era una de esas
personas a las que es preferible tener de amigo que de enemigo. Sus ojos azules
tenían una expresión dura, y su cuadrada mandíbula se había tensado mientras
hablaba.
-¿Y qué ha hecho usted? -le pregunté.
-Mi primer paso consistió en ir hasta su residencia, Texbury Old Park,
cerca de Bedford, para ver por mis propios ojos cómo se presentaba el terreno.
Por eso le escribí a la madre; no quería tratar más con el venado del padre.
Fue un ataque frontal: que Godfrey era mi camarada; yo tenía un gran interés,
que ella se explicarla por lo que habíamos pasado juntos; que iba a pasar por
el pueblo, y si ella no ponía objeción alguna, etcétera. La contestación fue
atentísima y en ella se me ofrecía alojamiento para pasar la noche. Eso fue lo
que me llevó el lunes allí... El viejo palacio de Texbury se halla en un lugar
inaccesible, a diez kilómetros de distancia de cualquier punto. En la estación
no había coche alguno, de modo que me vi obligado a cubrir el trayecto a pie,
cargado con mi maletín, y era ya casi oscurecido cuando llegué. Es un gran
edificio solitario que se alza dentro de un extenso parque. Yo diría que
pertenece a toda clase de épocas y de estilos, porque empieza en una base
isabelina que es mitad de madera, y acaba en un pórtico de la época victoriana.
En el interior es todo artesonados, tapices y viejas pinturas medio borrosas;
es decir, una casa en sombras y de misterio. Había un despensero, el viejo
Ralph, que parecía tener tantos años como la casa misma, y su mujer, que era
quizá más vieja, había sido la niñera de Godfrey, y yo le había oído a éste
hablar de ella como de una madre, a la que quería casi tanto como a su madre;
por eso me sentí atraído hacia
ella a pesar de su raro aspecto. También simpaticé con la madre, que era
una mujer pequeña y cariñosa como una ratita blanca. Con el único que no hice
migas fue con el coronel... Tuvimos desde el primer momento nuestros más y
nuestros menos, y sentí impulsos de regresar en el acto mismo a la estación. Si
no lo hice, fue porque tuve la sensación de que sería hacerle el juego a él. Me
pasaron inmediatamente a su despacho y allí me lo encontré, corpulento, cargado
de espaldas, tez oscura, larga barba revuelta, sentado detrás de su mesa
-escritorio llena de papeles. Su nariz de venas rojas se proyectaba como el
pico de un buitre, y dos ojos grises, agresivos, se clavaron en mí por debajo
de unas cejas tupidas y salientes. Comprendí por qué Godfrey hablaba poco de su
padre. «Veamos, señor -me dijo con voz áspera-; me agradaría conocer las
verdaderas razones de esta visita. » Le contesté que ya las había explicado en
la carta que había enviado a su esposa. «Sí, sí; en ella decía usted que había
conocido a Godfrey en África, y, como es natural, no tenemos más pruebas que su
palabra.» «Tengo cartas suyas en el bolsillo.» «¿Quiere tener la amabilidad de
mostrármelas?» Repasó las dos que yo le entregué, y luego me las devolvió,
preguntándome: «Bien, ¿y qué?» «Yo quiero mucho a su hijo, señor. Nos unen
muchos lazos y recuerdos. ¿No es, pues, natural, que yo me asombre de su
repentino silencio y que desee saber qué ha sido de él?» «Creo recordar, señor,
que he mantenido ya correspondencia con usted, y que le comuniqué lo que había
sido de él. Ha emprendido un viaje alrededor del mundo. Después de lo que pasó
en África, su salud estaba quebrantada, y tanto su madre como yo fuimos de
opinión que precisaba un descanso completo y un cambio. Tenga usted la
amabilidad de transmitir esa explicación a cualquier otro amigo que pudiera
interesarse en el asunto.» «Desde luego -le contesté- . Pero yo le pediría que
tuviese la amabilidad de darme el nombre de la línea de navegación y del vapor
en que ha embarcado y de la fecha en que lo hizo. De ese modo estoy seguro de
que conseguiré hacer llegar hasta él una carta.» Esta petición mía pareció
desconcertar e irritar a mi huésped. Sus tupidas cejas salientes se abatieron
sobre sus ojos y tamborileó impaciente con sus dedos encima de la mesa. Por
último, alzó la vista con la expresión de un jugador de ajedrez que ha visto
hacer a su adversario una jugada amenazadora y acaba de descubrir la jugada
suya con que ha de parar el golpe. «Míster Docid -contestó-, son muchos los que
se sentirían ofendidos por su infernal obstinación y que juzgarían que esta
insistencia suya de ahora linda con una maldita impertinencia.» «Atribúyalo,
señor, al cariño que profeso a su hijo.» «Exacto, pero he llegado ya al límite
de lo que puedo tolerar por esa razón. Tengo que pedirle que abandone sus
pesquisas, En todas las familias existen ciertas intimidades y propósitos que
no siempre pueden ser confiados a los extraños, por muy buena que sea la
intención de éstos. Mi esposa tiene gran interés en que usted le cuente cosas
de la vida pasada de Godfrey, pero yo he de rogarle que haga caso omiso de su
presente y de su futuro. Tales pesquisas suyas no conducen a ninguna finalidad
útil, y nos colocan en una situación delicada y difícil». De modo, míster
Holmes, que me encontré con el camino ce-rrado. No había modo de seguir
adelante. Lo único que me quedaba era simular que aceptaba la situación,
haciendo interiormente promesa (le no descansar hasta aclarar qué había sido de
mi amigo. La velada fue tristona. Cenamos tranquilamente los tres, en una vieja
habitación, oscura y ajada. La señora me preguntó ansiosamente acerca de su
hijo, pero el anciano parecía huraño y deprimido. Todo aquello me aburrió de
tal manera, que me excusé lo antes que me fue posible hacerlo dentro, de las
buenas formas, y me retiré a mi dormitorio. Era ésta una habitación amplia y
desnuda, situada en la planta baja, tan lóbrega como todo el resto de la casa;
pero, míster Holmes, después de dormir durante un año en el veld, se vuelve uno
poco exigente en esas materias. Descorrí las cortinas y me asomé a mirar al
jardín, fijándome en que hacía una noche hermosa, con la media luna brillante
en el cielo. Después me senté junto a la viva hoguera de la chimenea, con la
lámpara colocada a mi lado en una mesa, y traté de distraer mis pensamientos
con la lectura de una novela. Pero me cortó la lectura la entrada de Ralph, el
viejo despensero, que me traía un nuevo suministro de carbón. «Pensé que, quizá
se le acabase durante la noche el que tiene, señor. El tiempo es, crudo y estas
habitaciones son frías.» Vaciló antes de retirarse de la habitación, y al
volver yo la vista, me encontré con que estaba en pie y que su arrugada cara me
miraba con expresión de ansiedad. «Señor, yo le ruego que me perdone, pero no
pude menos de escuchar lo que usted habló de mi joven míster Godfrey durante la
cena. Ya sabrá usted, señor, que fue mi mujer la que le crió, de modo que yo
casi podría decir que soy su padre adoptivo. Es, pues, natural, que nosotros
nos interesemos por el señorito. ¿De modo que, según dice usted, se portó como
un valiente?» «Hombre más valeroso no lo hubo en todo el regimiento. En cierta
ocasión me sacó de debajo mismo de los rifles de los bóers, y quizá si él no lo
hubiese hecho, yo no estaría aquí en este momento.» El anciano despensero se
frotó las arrugadas manos. «Sí, señor, sí; eso va perfectamente con la manera
de ser de míster Godfrey. Siempre fue valeroso. No hay en el parque un solo
árbol al que no haya trepado. Nada era capaz de detenerle. Fue un muchacho
magnífico, y también, señor..., también de hombre fue magnífico.» Me puse en
pie de un salto y exclamé: «¡Cómo! Dice usted que fue.
Habla como si él hubiera muerto. ¿Qué misterio encierra todo esto? ¿Qué
ha sido de Godfrey Emsworth?» Agarré al anciano por los hombros, pero él se
echó atrás. «No entiendo lo que usted dice, señor. Si algo quiere saber de
míster Godfrey interrogue usted al amo. Él lo sabe. Yo no debo entremeterme.»
iba a retirarse de la habitación, pero yo le detuve por el brazo y le dije:
«Escuche. Va usted a contestarme a una sola pregunta antes que se retire,
porque de lo contrario soy capaz de retenerle a usted aquí toda la noche. ¿Ha
muerto Godfrey?» No fue capaz de sostener mi mirada. Parecía estar hipnotizado.
La contestación salió de sus labios como si yo se la hubiese arrancado. Y fue
terrible e inesperada. «¡Pluguiera Dios que hubiese muerto!», exclamó, y arrancándose
mis manos se precipitó fuera de la habitación. Ya se imaginará usted, míster
Holmes, que no Volví a mi silla en un estado de ánimo muy feliz. Me pareció que
las palabras del anciano sólo podían tener una interpretación. Era evidente que
mi pobre amigo habíase visto envuelto en algún acto criminal, o, por lo menos,
vergonzoso, y que afectaba al honor de la familia. Por eso, aquel anciano
severo había enviado a su hijo lejos, ocultándolo al mundo, a fin de evitar
algún escándalo público. Godfrey era un mozo temerario, y que se dejaba llevar
fácilmente por los que le rodeaban. Había caído, sin duda, en malas manos que
le habían extraviado y conducido a la ruina. Si se trataba verdaderamente de
eso, la cosa era lamentable; pero aun en un caso así, era deber mío buscarle
hasta dar con él, a fin de ver si yo podía serle de alguna ayuda. Me hallaba
ensimismado y meditando con ansiedad en el asunto, cuando alcé la vista y me
encontré de pronto con el mismismo Godfrey Emsworth, que estaba en pie delante
de mí.
Mi cliente se había detenido, como persona presa de profunda emoción.
Yo, al darme cuenta de su estado, le dije:
-Prosiga, por favor. Su problema ofrece algunos rasgos muy fuera de lo
corriente.
-Míster Holmes, mi amigo estaba de la parte de afuera de la ventana, con
la cara apretada contra el cristal. Le he dicho antes que yo me asomé a mirar
cómo estaba la noche. Al hacerlo dejé las cortinas parcialmente descorridas. La
figura de mi amigo quedaba encuadrada dentro de esa abertura de las cortinas.
La ventana llegaba hasta el suelo mismo, de modo que pude ver toda su figura,
pero fue su rostro el que atrajo la mirada mía. Estaba mortalmente pálido;
jamás he visto yo a un hombre de rostro tan blanco. Creo que esa debe de ser la
blancura de los fantasmas; pero sus ojos se cruzaron con los míos, y en verdad
que eran ojos de una persona viva. En el momento en que él cayó en la cuenta de
que yo le miraba dio un salto atrás y desapareció en la oscuridad... Míster
Holmes, en el aspecto de ese hombre hay algo que me produjo una impresión
dolorosa. No se trata simplemente de
cara cadavérica que se destacaba en la oscuridad, tan blanca como el
yeso. Era algo más sutil; algo como vergonzoso, furtivo, algo como, culpable;
en fin, algo completamente distinto de la franqueza y hombría que yo conocí en
aquel mozo. Me quedó en el alma una sensación de horror... Pero, el hombre que
ha estado haciendo la guerra un año o dos, teniendo por contrario en el juego
al hermano bóer, sabe conservar templados los nervios y actuar con rapidez.
Apenas había desaparecido Godfrey, cuando yo ya me había abalanzado hacía la
ventana. El cierre de ésta funcionó con dificultad, y tardé algún tiempo en
poder levantarla hacia arriba. Acto contiguo me escabullí por la abertura y
corrí por el camino del jardín hacia la dirección que yo pensé que podría haber
tomado mi amigo...El camino era lago y la luz mala, pero me pareció que algo se
movía delante de mí. Seguí corriendo y le llamé por su nombre, pero fue inútil.
Al llegar al final del camino me encontré con que éste se bifurcaba en varias
direcciones, yendo a parar a distintos edificios adyacentes a la casa. Me quedé
indeciso, y estando así escuché con toda claridad el ruido de una puerta que se
cerraba. No se había producido en la casa, a mis espaldas, sino enfrente de mí,
en algún sitio envuelto en la oscuridad. Aquello me bastó, míster Holmes, para
adquirir el convencimiento de que lo que yo había visto no era una visión.
Godfrey había huido de mí corriendo y se había metido en algún sitio, cerrando
después la puerta. De eso estaba yo seguro. Ya no me quedaba a mí nada que
hacer. Pasé una noche intranquila, dando vueltas en mi cabeza al asunto y
tratando de encontrar alguna explicación en la que encajase todo lo sucedido.
Al día siguiente encontré al coronel de temperamento más conciliador, y como su
esposa me hizo notar que en aquellos alrededores existían lugares dignos de
verse, aproveché la oportunidad para preguntarles si les resultaría molesto que
yo pasase allí otra noche más. La gruñona conformidad dada por el anciano me
proporcionó un día entero para dedicarme a observar. Yo estaba ya completamente
convencido de que Godirey se ocultaba por allí cerca; pero me quedaba todavía
por averiguar el sitio y la razón de aquel ocultamiento ... Era la casa tan
espaciosa y tan llena de recovecos, que podía esconderse dentro de ella un
regimiento entero sin que nadie advirtiese su presencia. Si el secreto estaba
allí, me resultaría difícil penetrarlo. Pero la puerta que yo había oído
cerrarse estaba, con toda seguridad, fuera de la casa. Era preciso que yo explorase
el jardín, por si podía descubrir algo. Ningún obstáculo se me presentaba
para ello, porque los dos ancianos se hallaban atareados cada cual a su
manera, y me dejaron en libertad para pasar el tiempo como bien me pareciese...
Había varios pequeños edificios que servían de dependencias de la casa, pero al
fondo del jardín se alzaba un edificio aislado y de regular capacidad; lo
suficiente como para servir de vivienda a un jardinero o a un guarda de caza.
¿Sería aquel lugar del que procedía el ruido de la puerta que se cerró? Me
acerqué al edificio despreocupadamente, como si me estuviese paseando sin rumbo
fijo por el parque. Al hacerlo, salió de la puerta un hombre pequeño,
vivaracho, de barba, chaqueta negra y sombrero hongo; es decir, que no tenía
aspecto alguno de jardinero. Con gran sorpresa mía, aquel hombre cerró la
puerta con llave después de salir y se metió ésta en el bolsillo. Luego me miró
con expresión algo sorprendida y me preguntó: «¿Es usted visita en esta casa?»
Le dije que, en efecto, estaba de visita y que era amigo de Godfrey. Y agregué:
«¡Qué pena que se encuentre viajando, porque seguramente le habría agradado
hablar conmigo! » «Ya la creo que sí. Estoy seguro de que le habría agradado
-me contestó con expresión de culpabilidad- . Espero que repita usted la visita
en alguna ocasión más propicia.» Siguió su camino, pero, al darme yo media
vuelta, me fijé en que se había detenido y me estaba vigilando medio oculto por
los arbustos de laurel que había en el extremo más alejado del jardín. Me fijé
detenidamente en la casita al pasar por delante, pero las ventanas estaban
cerradas con gruesas cortinas, y me dio la impresión de que no había nadie
dentro. Si yo me mostraba demasiado audaz, pudiera echar a perder mi propio
juego, e incluso me exponía a que me diesen orden de marcharme de la casa,
porque tenía la sensación de que me vigilaban. Por eso me volví paseando al
edificio principal y dejé para la noche hacer nuevas averiguaciones. Cuando
todo estuvo oscuro y tranquilo, me deslicé por la ventana de mi cuarto y avancé
todo lo silenciosamente que me fue posible hasta la misteriosa casita... He
dicho ya que las ventanas estaban cubiertas con gruesas cortinas, pero ahora me
las encontré también cerradas con persianas. Sin embargo, a través de una de
ellas salía un poco de luz, y por eso concentré mi atención en ella. Tuve
suerte, porque la cortina no había sido corrida del todo, y podía ver el
interior de la habitación por una grieta que tenía la persiana. Era un cuarto
bastante alegre, en el que ardían una lámpara y un buen fuego en la chimenea.
Frente por frente de mí estaba sentado el hombrecito al que yo había encontrado
por la mañana. Fumaba en pipa y estaba leyendo un periódico.
-¿Qué periódico era? -pregunté yo.
Mi cliente pareció molestarse porque yo le hubiese interrumpido el
relato, y preguntó:
-¿Tiene eso importancia?
-Es de lo más esencial.
-Pues no me fijé.
-Sin embargo, quizá se fijase usted en si era un periódico de hojas
anchas o uno de esos otros de tamaño mas reducido, como suelen ser los
semanarios.
-Ahora que usted me menciona ese detalle, la verdad es que no era de
hojas grandes. Quizá fuese The Spectator. Pero yo no estaba para pensar en esa
clase de detalles, porque de espaldas a la ventana había otro hombre sentado, y
yo podría jurar que ese otro hombre era Godfrey. No le veía la cara, pero
reconocí la inclinación de sus hombros, que me era sumamente familiar. Estaba
apoyado sobre el codo, en actitud de gran melancolía, y miraba hacia el fuego
de la chimenea. Vacilaba yo en lo que debería hacer, cuando sentí un golpe seco
en el hombro y me encontré junto a mí al coronel Emsworth. «¡Venga por acá
señor!», me dijo en voz baja.
»Caminó en silencio hasta la casa y yo le seguí, entrando ambos en mi
dormitorio. Al pasar por el vestíbulo echó mano a un horario de trenes, y dijo:
"A las ocho treinta sale un tren para Londres. El coche está esperándole a
usted a las ocho junto a la puerta."
»Estaba blanco de ira, y yo me encontré no hará falta decirlo, en una
posición tan difícil que hube de limitarme a algunas frases incoherentes de
disculpa, tratando de excusarme con la gran preocupación que yo sentía por mi
amigo. El coronel me dijo con rudeza: "Este asunto no admite discusión. Ha
cometido usted un acto sumamente censurable, introduciéndose en la intimidad de
nuestra familia. Usted se encontraba aquí en calidad de huésped y se ha
convertido en espía. Nada más tengo que agregar, señor, fuera de que no deseo
volver a verle a usted."
»Míster Holmes, al oír aquello perdí los estribos y rompí a hablar
acaloradamente: "Yo he visto a su hijo, y tengo la seguridad de que usted
lo oculta del mundo por alguna razón que a usted solo le interesa. No puedo
imaginarme a qué móviles puede usted obedecer aislándole a él de esta
manera; pero estoy seguro de que mi amigo se encuentra imposibilitado de obrar
con libertad. Le prevengo, coronel Emsworth, que no renunciaré a mis esfuerzos
para llegar al fondo del misterio, mientras no tenga la seguridad de la salud y
del bienestar de mi amigo. Desde luego, no me dejaré intimidar por nada, en
absoluto, de cuanto usted pueda decir o hacer."
»Aquel viejo tenía en ese momento una expresión diabólica y llegué a
pensar que estaba a punto de agredirme. He dicho ya que es un gigantón de
aspecto agresivo y de rostro enjuto; aunque yo no soy poca cosa, quizá me
habría resultado difícil defenderme de él. Sin embargo, después de dirigirme
una furibunda y larga mirada, giró sobre sus talones y salió de la habitación.
Yo, por mi parte, tomé por la mañana el tren que se me había señalado, muy
resuelto de venir directamente a consultar con usted y a pedirle consejo y
ayuda, para lo cual le escribí pidiéndole una cita.»
Tal era el problema que mi visitante me expuso. Según habrá podido ya
observar el lector astuto, ofrecía pocas dificultades para su solución, porque
en la raíz del problema sólo existía una serie muy limitada (le alternativas.
Sin embargo, por elemental que fuese, ofrecía puntos (le interés y de novedad
que disculpaban que yo lo dejase registrado por escrito. Y ahora, empleando mi
método familiar de análisis lógico, ¡)asaré a reducir paulatinamente el
número de soluciones posibles.
-Dígame: ¿cuántos criados había en la casa? -le pregunté.
-Pues, por lo que yo vi, deduzco que no había más que el viejo
despensero y su mujer. El género de vida que allí se llevaba era de lo más
sencillo.
-¿De modo que en la casita independiente no había ningún criado?
-Ninguno, a menos que actuase como tal el hombrecito de la barba. Sin
embargo, me dio la impresión de ser una persona muy superior a ese cargo.
-He ahí un detalle muy sugestivo. ¿Se fijó usted en si llevaban de comer
desde una casa a la otra?
-Ahora que usted me habla de eso, es cierto que vi al viejo Ralph ir por
el camino del jardín en dirección a la casita, llevando una cesta. En aquel
momento no se me ocurrió la idea de que la cesta pudiera contener alimentos.
-¿Realizó usted alguna pesquisa en el pueblo?
-Sí. Hablé con el jefe de estación y también con el mesonero del pueblo.
Me limité a preguntarles si tenían algunas noticias de mi antiguo camarada
Godfrey Emsworth. Ambos me aseguraron que estaba realizando un viaje alrededor
del mundo; que había regresado a casa y que casi enseguida volvió a salir para
reemprenderlo. Es evidente que la explicación es aceptada por todos.
-¿Nada habló usted de sus sospechas?
-Nada.
--Obró usted muy cuerdamente. No hay duda de que estamos en la
obligación de investigar el caso.
Regresaré con usted a Texbury Old Park.
-¿Hoy mismo?
En aquel momento andaba yo ocupado en poner en claro el caso que mi
amigo Watson ha relatado con el título de La Escuela de la Abadía, en la que
tan de cerca se halla comprometido el duque de Greyminster. También había
recibido una misión procedente del sultán de Turquía que me obligaba a una
actuación inmediata, porque pudieran seguirse las más severas consecuencias
políticas de no hacerlo así. Por consiguiente, y según consta en mi Diario,
sólo en los comienzos de la semana siguiente pude ponerme en camino para
cumplir mi compromiso en Bedforshire en compañía de míster James M. Dodd.
Mientras nos dirigíamos a la estación de Euston recogimos a un caballero grave
y taciturno, de aspecto de hierro gris, con el que previamente había yo hecho
los arreglos necesarios.
-Es un viejo amigo -le dije a Dodd-. Quizá su presencia sea
absolutamente innecesaria, y puede también que resulte esencial. De momento no
hace falta entrar en más detalles.
Los relatos de Watson tendrán, sin duda, acostumbrado al lector a que yo
no pierda el tiempo en palabras inútiles y a que no ponga en claro mis
pensamientos mientras no tengo resuelto el caso que llevo entre manos. Dodd
pareció sorprendido, pero no se habló más acerca del asunto, y los tres
proseguimos juntos el viaje. Ya en el tren pregunté a Dodd algo que yo deseaba
que oyese nuestro acompañante.
-Dice usted que vio la cara de su amigo en la ventana con absoluta
claridad, con una claridad tal que tiene seguridad absoluta de que era él.
-No cabe la menor duda. Apretaba la nariz contra el cristal. La luz de
la lámpara se proyectaba de lleno sobre él.
-¿No podría tratarse de alguien que se le pareciese?
-No, no; era él.
-Pero usted afirma que estaba cambiado, ¿no es así?
-únicamente en cuanto al color. Su cara era... ¿cómo diré...?, de una
blancura como de barriga de pescado.
Estaba blanqueada.
-¿Con el mismo tono blanco por toda ella?
-Creo que no. Lo mejor que vi de todo fue su frente apretada contra la
ventana.
-¿Le llamó usted?
-Me hallaba demasiado sobresaltado y horrorizado en aquel momento. Acto
continuo, y según se lo he dicho ya, salí en persecución suya, pero sin
conseguir alcanzarle.
Para mí, el caso se hallaba prácticamente completo, y tan sólo me
faltaba un incidente pequeño a fin de redondearlo. Cuando, después de un
considerable trayecto en coche, llegamos a la vieja casa, extraña y retirada,
que mi cliente había descrito. Fue Ralph, el anciano despensero, quien nos
abrió la puerta. Yo había comprometido el coche para todo el día y había pedido
a mi anciano amigo que permaneciese dentro del mismo hasta que le llamásemos.
Ralph, viejecito arrugado, vestía el convencional traje de chaqueta negra y
pantalones negros con raya blanca, con una única y curiosa variante. Llevaba
guantes de cuero color castaño, de los que se despojó instantáneamente al
vernos, dejándolos encima de la mesa del vestíbulo al entrar nosotros. Según mi
amigo Watson ha podido hacer notar, poseo una agudeza anormal en mis sentidos;
husmeé un aroma débil, pero acre. Parecía centrado en la mesa del vestíbulo. Me
di media vuelta, coloqué allí mi sombrero, lo tire al suelo, me incliné para
recogerlo y me di maña para acercar mi nariz a menos de treinta centímetros de
distancia de los guantes. Sí, indudablemente que aquel curioso olor a brea
salía de ellos. Seguí adelante para entrar en el despacho con mi caso ya
resuelto. ¡Que lástima que no tenga más remedio que mostrar las cartas que
tengo en mano cuando relato yo mismo un caso! Watson lograba presentar sus
deslumbrantes finales ocultando esa clase de eslabones de la cadena.
El coronel Emsworth no estaba en la habitación, pero acudió con bastante
rapidez al recibir el mensaje de Ralph. Oímos en el pasillo sus pasos rápidos y
firmes. La puerta se abrió de par en par y entró precipitadamente, con la barba
enmarañada y las facciones contraídas, convertido en el anciano más terrible
que yo he encontrado nunca. Tenía en la ti lam) nuestras tarjetas, las rompió
en pedazos y las pisoteó.
-¿No le tengo dicho, condenado entremetido, que se considere arrojado de
esta casa? No vuelva jamás a
tener la audacia de mostrar aquí su maldita cara. Si vuelve a entrar sin
licencia mía estaré en mi de techo
recurriendo a la violencia. ¡Le mataré a tiros, señor! ¡Por Dios, que lo
haré! En cuanto a usted, señor
-prosiguió volviéndose hacia mí-, considérese incurso en la misma
advertencia. Estoy al tanto de la innoble
profesión que ejerce, pero debe usted ocupar sus celebrados talentos en
algún otro terreno. Aquí no hay
lugar para ellos.
-No puedo marcharme de aquí -dijo mi cliente con firmeza- hasta que sepa
de los propios labios de Godfrey que no se halla coartada su libertad.
Nuestro huésped, mal de su agrado, tiró de la campanilla.
-Ralph -dijo-, telefonee a la policía del condado y diga al inspector
que envíe un par de guardias. Dígale que hay en la casa asaltantes.
-Un momento - le dije yo-. Míster Dodd, ya sabrá usted que el coronel
Emsworth se encuentra en su derecho al dar ese paso, y que dentro de su casa
nosotros podemos consideramos fuera de la ley. Por otro lado, él debe reconocer
que usted ha obrado movido enteramente por el interés que le inspira su hijo.
Yo me atrevo a esperar que, si se nos conceden cinco minutos de conversación
con el coronel Emsworth, conseguiré con toda seguridad alterar su punto de
vista en este asunto.
-Yo no soy hombre que cambia fácilmente - repuso el veterano soldado-.
Ralph, haga lo que he dicho. ¿Qué diablos espera para hacerlo? ¡Llame usted a
la policía!
-No hará nada de eso -dije yo, descansando mi espalda en la puerta
cerrada-. Cualquier interferencia de la policía acarrearía la catástrofe misma
que usted tanto teme.
Saqué mi libro de notas y escribí una única palabra en una hoja stielta,
que entregué al coronel Emsworth, diciéndole:
-Esto es lo que nos ha traído hasta aquí.
Se quedó mirando fijamente el escrito con cara de la que había
desaparecido toda expresión, fuera sólo la de asombro.
-¿Cómo lo sabe usted? -jadeó, dejándose caer pesadamente en su sillón.
-Por mi profesión, debo poner en claro las cosas. De eso me ocupo.
El coronel se sumió en profundas meditaciones, mientras su mano huesuda
tiraba de su barba enmarañada.
De pronto hizo un gesto de resignación.
-Pues bien: si ustedes desean hablar con Godfrey, hablarán, No era ese
mi propósito, pero me han obligado a ello. Ralph, diga a Godfrey y a míster
Kent que iremos a visitarlos dentro de cinco minutos.
Al cabo de ese tiempo avanzamos por el camino del jardín y nos
encontramos delante de la casa del misterio, que se alzaba al final de aquél.
Un hombrecito de barba nos esperaba en la puerta, dando muestras de
considerable asombro, y nos dijo:
-Ha sido muy repentino, coronel Emsworth, y echará a perder todos
nuestros planes.
-No puedo evitarlo, míster Kent. Se nos ha hecho fuerza. ¿Puede
recibirnos míster Godfrey? -Si; está esperando dentro.
Giró sobre sus talones y nos condujo a una habitación delantera,
espaciosa y sencillamente amueblada. Un hombre nos esperaba en pie, vuelto de
espaldas al fuego. Al verlo, mi cliente avanzó precipitadamente con la mano
extendida.
-¡Godfrey, viejo, esto es magnífico!
Pero el otro le hizo una señal con la mano indicándole que se retirase.
-No me toques, Jimmie. Mantente a distancia. ¡Sí, tienes motivos para
mirarme con asombro! ¿Verdad que ya no parezco el elegante cabo honorario
Emsworth, del escuadrón B?
Desde luego que su aspecto era extraordinario. Veíase que había sido un
hombre bello, de facciones bien marcadas y quemadas por el sol africano; pero
sobre esa superficie oscura veíanse ronchones extrañamente blancuzcos como si
su piel hubiese sido blanqueada.
-Aquí tienes la razón de que no me agrade recibir visitas - dijo-. Por
ti, Jimmie, no me importa, pero hubiese preferido que no viniese tu amigo. Me
imagino que habrá mediado alguna razón de peso, pero con ello me encuentro en
situación de inferioridad.
-Yo quería asegurarme de que no te ocurría nada, Godfrey. Te vi la noche
aquella en que te pusiste a mirar por la ventana y no pude dejar el asunto
tranquilo hasta ponerlo todo en claro.
-El viejo Ralph me dijo que estabas allí, y no me pude contener sin
echarte un vistazo. Calculé que no me verías y tuve que refugiarme corriendo en
mi madriguera cuando oí que alzabas la ventana.
-Pero, ¡por vida de ... !, ¿qué es lo que ocurre?
-Es una cosa larga de contar -dijo él, encendiendo un cigarrillo-.
¿Recuerdas aquel combate por la mañana,
en Buffelsspruit, en los alrededores de Pretoria, sobre el ferrocarril
oriental? ¿No supiste que yo había sido herido?
-Sí; lo supe, pero no me dieron nunca detalles.
-Tres de nosotros quedamos separados del grueso de las fuerzas.
Recordarás que era un territorio muy abrupto. Éramos Simpson, al que llamábamos
el calvo Simpson, Andersen y yo. Estábamos limpiando el terreno de hermanos
bóers, pero éstos se hallaban acechando y nos aislaron a tres. Los otros dos
fueron muertos. A mí me atravesó el hombro una bala de grueso calibre. Yo, sin
embargo, me aferré a mi caballo, y éste galopó en un trayecto de varios
kilómetros antes de que me desmayase y rodase desde la silla al suelo.
»Cuando recobré el conocimiento estaba oscureciendo, y me incorporé,
sintiéndome muy débil y enfermo. Con gran sorpresa mía, me -,,! cerca de una
casa que estaba cerrada, una casa bastante grande con a 11 -cha escalinata y
muchas ventanas. Hacía un frío de muerte. Ya recordarás que todas las noches
hacía un frío entumecedor, un frío muy distinto de la temperatura cruda, pero
sana. Pues bien: yo estaba entumecido hasta el tuétano, y mi única esperanza
consistía, al parecer, en llega r hasta aquella casa. Me puse en pie,
tambaleando, y avancé arrastrandome, consciente apenas de lo que hacía.
Conservo un confuso recuerdo de que subí lentamente los peldaños de la
escalinata, de que entré por una puerta abierta de par en par y penetré en una
habitación muy espaciosa que contenía varias camas, y que me tumbé en una de
ellas con un suspiro de satisfacción. La cama estaba sin hacer, pero eso no me
produjo la menor inquietud. Me cubrí con las ropas de la cama el cuerpo, que
temblaba de frío, y un instante después me encontraba profundamente dormido.
»Me desperté a la mañana siguiente, y tuve la impresión de que en lugar
de recobrar el sentido en un mundo normal, habría irrumpido dentro de una
pesadilla extraordinaria. Por las amplias ventanas, sin cortinas, penetraba un
torrente de sol africano, y hasta los más pequeños detalles de aquel gran
dormitorio enjalbegado y desnudo se distinguían con nitidez y realce. Estaba
ante mí un hombre pequeño, parecido a un enano, de cabeza enorme y bulbosa, que
chapurreaba con gran excitación en holandés, accionando con dos manos horribles
que se me antojaban esponjas de color castaño. A sus espaldas había un grupo de
personas que parecían sumamente divertidas con la situación pero al mirarlas
sentí correr por mi cuerpo un escalofrío. Ni una sola (1, -ellas era un ser
humano normal. Todas estaban contorsionadas, hinchadas o desfiguradas de manera
fantástica. La risa de aquellos monstruos extraordinarios era espantosa de oír.
»Por lo visto, ninguno de ellos era capaz de hablar en inglés, pero
urgente aclarar la situación, porque aquel ser de cabeza monstruosa estaba
enfureciendo cada vez más y lanzando gritos de bestia salvaje; me había puesto
las manos deformes encima y me sacaba a rastras de la cama, sin hacer caso de
la sangre que manaba de nuevo de mi herida. Aquel pequeño monstruo tenía la
fuerza de un toro, y no se lo que me habría hecho si no hubiera acudido, al oír
el barullo, un hombre anciano que se veía que ejercía autoridad. Pronunció en
holandés algunas frases severas y mi perseguidor se alejó reculando. Luego,
aquel hombre me miró presa del mayor asombro, y me preguntó: "¿Cómo
diablos ha venido usted aquí? ¡Espere un momento! Me doy cuenta de que está
usted rendido de cansancio y que es preciso curar esa herida que tiene en el
hombro. Soy médico, y voy a vendarle en seguida. Pero, ¡por Dios vivo! , que
está usted aquí en un peligro mayor que el que le amenaza en el campo de
batalla, porque se encuentra en el hospital de leprosos y ha dormido usted en
la cama de un leproso." ¿Para qué voy a decirte más, Jimmie? Por lo visto,
todos aquellos pobres seres habían sido evacuados el día anterior, ante la
inminente batalla. Luego, al avanzar los británicos, el médico superintendente
había vuelto a llevarlos allí. Éste me aseguró que, aunque él se creía inmune a
la enfermedad, no se habría atrevido a hacer lo que yo había hecho. Me alojó en
una habitación reservada, me trató cariñosamente y cosa de una semana después fui
llevado al hospital general de Pretoria.
»Ahí tienes mi tragedia. Yo aguardaba contra toda esperanza. Los
terribles síntomas que tú ves en mi cara no vinieron a anunciarme que no me
había salvado hasta que no me encontré de vuelta en mi casa. ¿Qué iba a hacer?
Me encontraba en esta casa solitaria. Disponíamos de dos servidores en los que
podíamos confiar por completo. Contábamos con una casita dentro de la cual yo
podía vivir. Míster Kent, que es médico, se manifestó dispuesto a permanecer a
mi lado bajo juramento de guardar el secreto. En esas condiciones, el asunto
parecía sencillo. La alternativa que se me ofrecía era espantosa: separación
para toda la vida entre gentes desconocidas sin una sola esperanza de
liberación. Pero era imprescindible guardar el más absoluto secreto, porque, de
lo contrario, hasta en esta tranquila región campesina se habría levantado un
alboroto, y yo me habría visto arrastrado a mi suerte horrible. Era preciso
ocultarlo incluso de ti, Jimmie. No llego a comprender cómo mi padre ha
alterado su resolución.
El coronel Emsworth me señaló a mí con el dedo.
-Éste es el caballero que me forzó a ello.
Al decirlo desdobló la hoja de papel en la que yo había escrito la
palabra lepra.
-Me pareció que este señor sabía tanto, que lo más seguro era dejarle
que lo supiese todo.
-Y, en efecto, ha sido lo más seguro - le dije- . ¿Quién sabe si de todo
esto no redundará en beneficio? Creo haber entendido que la única persona que
ha examinado al enfermo ha sido míster Kent. ¿Me permite, señor, preguntarle si
es usted una autoridad competente en esta clase de enfermedades? Según tengo
entendido son, por naturaleza, tropicales o semitropicales.
-Sé de ellas lo que es corriente que sepa un médico instruido -me
contestó, con cierta tiesura.
-No pongo en duda, señor, que sea usted un hombre de absoluta
competencia, pero estoy seguro de que convendrá conmigo en que en un caso así
tiene importancia conocer otra opinión más. Me parece que ha huido de esto por
temor a que hiciesen presión sobre usted, para obligarle el apartamiento del
enfermo.
-Así es, en afecto -dijo el coronel Emsworth.
-Preví esta situación -dije yo, explicándome- y me he hecho acompañar de
un amigo en cuya discreción podemos confiar por completo. En cierta ocasión, yo
pude rendirle un favor profesional, y el está dispuesto a aconsejarme más bien
como amigo que en su calidad de especialista. Se llama sir James Saunders.
Ni siquiera la perspectiva de celebrar una entrevista con lord Roberts
habría despertado mayor admiración y placer en un simple subalterno que los que
ahora se reflejaban en la cara de míster Kent.
-Sin duda alguna que me sentiré muy orgulloso -murmuró.
-Pues entonces voy a pedir a sir James que venga hasta aquí. En este
momento se encuentra en el coche, fuera de la puerta. Mientras tanto, coronel
Emsworth, podríamos reunirnos en su despacho, donde yo le darla las
explicaciones necesarias.
Aquí es donde yo echo en falta a mi Watson. Él es capaz, recurriendo a
habilidosas preguntas y exclamaciones de asombro, de elevar a la categoría de
prodigio mi arte sencillo, que no es otra cosa que la sistematización del
sentido común. Siendo yo quien relata mi propia historia, no dispongo de
semejante ayuda. Sin embargo, voy a exponer aquí el proceso que siguió mi
pensamiento, y tal como lo expuse a mi pequeño auditorio, en el que estaba
incluida la madre de Godfrey, dentro del despacho del coronel Emsworth. He aquí
lo que yo dije:
-Mi razonamiento arranca de la suposición de que, una vez que se ha
eliminado del caso todo lo que es imposible, la verdad tiene que consistir en
el supuesto que todavía subsiste, por muy improbable que sea. Puede ocurrir que
los supuestos subsistentes sean varios, y en ese caso se van poniendo a prueba
uno después de otro hasta que uno de ellos ofrezca base convincente. Vamos a
aplicar esta norma al caso en cuestión. Tal y como a mí me lo presentaron al
principio, existían tres explicaciones posibles de la reclusión o
encarcelamiento de este caballero en uno de los edificios subalternos de la
mansión paternal. Consistía una de las explicaciones en que estaba oculto por
algún crimen, o en que estaba loco y su familia deseaba no verse en la
obligación de llevarlo a un asilo o en que se hallaba afectado de alguna
enfermedad que obligaba a mantenerle apartado. No se me ocurrieron otras
soluciones adecuadas. Por tanto, era preciso comparar y sopesar cada una de
ellas con las demás.
»La suposición del crimen no aguantaba un análisis. En este distrito no
se había dado la noticia de ningún crimen cuya solución constituyese un
misterio: de eso estaba yo seguro. De haberse tratado de un crimen que
permanecía años sin descubrirse, es evidente que la familia habría estado
interesada en desembarazarse del delincuente y en enviarle al extranjero más
bien que mantenerle oculto en casa. No se me ocurría ninguna explicación para
esta última línea de conducta.
»Lo de la locura ya era más plausible. La presencia de otra persona en
la casita hacía pensar en un cuidador. El hecho de que cerrase la puerta al
salir reforzaba la suposición y sugeria la idea de que se ejercía fuerza. Por
otro lado, esta fuerza no podía ser muy enérgica, porque en ese caso el joven
no habría podido librarse de ella para ir a echar un vistazo a su amigo. Usted
recordará, míster Dodd, que yo le fui tanteando en busca de detalles y
preguntándole, por ejemplo, qué periódico estaba leyendo míster Kent. Si lo que
leía hubiese
sido The Lancet o The Britisb Medical Journal, ese dato me habría
servido de ayuda. Sin embargo, nada tiene de ¡legal guardar a un loco dentro de
una casa particular, siempre que esté atendido por una persona calificada para
ello, y siempre que las autoridades hayan sido debidamente notificadas. ¿De
dónde, pues, nacía este anhelo desesperado de guardar secreto? Tampoco aquí la
teoría se amoldaba por completo a los hechos.
»Quedaba la tercera posibilidad, en la que todo parecía encajar, por
extraña e improbable que pareciese. La lepra no es cosa rara en África del Sur.
Quizás este joven, por alguna casualidad extraordinaria, la hubiese contraído.
En tal caso, su familia se verla en una situación espantosa, porque ellos
querían librarle del aislamiento. Sería precisa una gran reserva para evitar
que corriese el rumor de lo que ocurría, con la subsiguiente intervención de
las autoridades. Un médico legal, a condición de pagarle bien, podría
encargarse del paciente, no siendo difícil encontrar quien se prestase a ello.
No existía razón alguna para que el enfermo no pudiera salir de su reclusión
después de oscurecido. Una de las consecuencias corrientes de esta enfermedad
es el blanqueo de la piel. El caso era importante, tan importante, que me
decidí a actuar como si estuviese ya demostrado. Mis últimas dudas
desaparecieron cuando al llegar aquí me fijé en que Ralph, que es quien lleva
las comidas, usaba guantes impregnados en materias desinfectantes. Bastó una
sola palabra para hacerle ver a usted, señor, que su secreto había sido
descubierto, y si yo la escribí en lugar de pronunciarla, fue para demostrarle
que podía confiar en mi discreción.
Me hallaba yo finalizando este pequeño análisis del caso, cuando se
abrió la puerta y fue pasado al despacho el gran dermatólogo de austera figura.
Por esta vez sus facciones de esfinge se habían relajado y había en su mirada
calor de humanidad. Se adelantó hasta el coronel Emsworth y le dio un apretón
de manos, diciéndole:
-Con frecuencia me toca llevar malas noticias, y es muy raro que pueda
darlas buenas. Por esto me felicito más de esta oportunidad. No es lepra.
-¿Cómo?
-Es un caso bien claro de seudolepra o ictiosis, una afección de la piel
que le da apariencia de escamas, fea y obstinada, pero posible de curar y,
desde luego, no infecciosa. Sí, míster Holmes, la coincidencia es muy notable.
Pero ¿es, en verdad, una simple coincidencia, o están en juego fuerzas sutiles
de las que es muy poco lo que sabemos? ¿Estamos seguros de que la aprensión que
este joven ha venido sufriendo terriblemente desde que se encontró expuesto al
contagio no ha podido producir una acción física que estimula precisamente lo
que se teme? En todo caso, yo respondo con mi reputación profesional. ¡Pero la
señora se ha desmayado! Creo que lo mejor seria que míster Kent no se aparte de
ella hasta que se haya recobrado de esta impresión de alegría.
La aventura de la piedra preciosa de Mazarino
Fue agradable para el Dr. Watson encontrarse una vez más en la
desordenada sala del primer piso en Baker Street, la cual había sido el punto
de partida para tantas rememorables aventuras. Miró alrededor suyo hacia las
gráficas científicas sobre la pared, el banco de ácidos químicos calcinados, el
estuche de violín recostado en el rincón, el balde para carbones, que contenía
viejas pipas y tabaco. Finalmente, sus ojos se posaron en la fresca y sonriente
cara de Billy, un joven pero muy sabio y diplomático ayudante, quien lo había
ayudado en parte a cubrir los espacios de soledad y aislamiento que rodeaban la
saturnina figura del gran detective.
—Parece que nada ha cambiado, Billy. Nunca cambies. ¿Espero que se pueda
decir lo mismo de él? Billy echó una mirada con cuidado sobre la cerrada puerta
de la habitación. —Creo que está acostado y durmiendo —dijo.
Eran las siete de la tarde de un hermoso día de verano, pero el Dr.
Watson estaba suficientemente familiarizado con la irregularidad de las horas
de su viejo amigo para no sentirse sorprendido con la idea.
—¿Eso significa un caso, supongo?
—Sí, señor, está muy complicado en este momento. Estoy asustado por su
salud. Se pone pálido y delgado, y no come nada. “¿Cuándo estará disponible
para cenar, Sr. Holmes?” preguntó la Sra. Hudson. “Siete y media, pasado
mañana”, le contestó. Usted sabe sus maneras cuando está compenetrado en un
caso.
—Sí, Billy, lo sé.
—Está siguiendo a alguien. Ayer salió como un obrero en busca de
trabajo. Hoy era una anciana. Honestamente me atrapo, lo hizo, y debo conocer
sus maneras por ahora —Billy apuntó con una sonrisa burlona a un hinchado
parasol reclinado contra el sofá—. Eso es parte del vestido de anciana — dijo.
—¿Pero de qué se trata todo esto, Billy?
Billy disminuyó su voz, como uno que discute grandes secretos de estado.
—No está en mi mente contarle, señor, pero no debería ir más lejos. Es
este caso de la corona de diamantes. —¡Qué! ¿El robo de cientos de miles de
libras?
—Sí, señor. Deben regresarlo, señor. Porque, tenemos al Primer Ministro
y el Secretario de Estado ambos sentados en ese sofá. El Sr. Holmes fue muy
amigable con ellos. Prontamente los puso en su cuidado y prometió hacer todo lo
que pudiera. Entonces está Lord Cantlemere…
—¡Ah!
—Sí, señor, usted sabe que significa. Es un arrogante, señor, si puedo
decirlo. Puedo permanecer con el Primer Ministro, y no tengo nada contra el
Secretario de Estado, quien parece un hombre civilizado y de complaciente
estilo, pero no puedo permanecer con su señoría. Ninguno puede, ni el Sr.
Holmes, señor. Verá, él no cree en el Sr. Holmes y estaba en contra de
emplearlo. El piensa que fallará.
—¿Y el Sr. Holmes lo sabe?
—El Sr. Holmes siempre sabe lo que hay que saber.
—Bien, esperemos que no falle y que Lord Cantlemere resulte sorprendido.
Pero debo decir, Billy, ¿Qué es esa cortina que tapa la ventana?
—El Sr. Holmes la puso hace tres días. Tenemos algo gracioso tras de
ella.
Billy avanzó y retiró la cortina que apantallaba la alcoba de la
arqueada ventana.
El Dr. Watson no pudo reprimir un grito de asombro. Allí había un
maniquí de su antiguo camarada, vestido con camisón, la cara volcada tres
cuartos hacia la ventana y hacia abajo, como que estuviera leyendo un libro
invisible, mientras el cuerpo estaba profundamente hundido sobre un sillón.
Billy desprendió la cabeza y la sostuvo en el aire.
—La pusimos en diferentes ángulos, pero esta es la que parecía más real.
No debería atreverme a
tocarla si la persiana no estuviera baja. Pero cuando está arriba puede
verlo desde la otra calle.
—Nosotros usamos algo parecido una vez hace tiempo.
—Antes de mi tiempo —dijo Billy. Luego apartó las cortinas y miró hacia
la calle—. Ahí hay personas que nos observan a lo lejos. Puedo ver a uno en
este momento por la ventana. Véalo usted mismo.
Watson avanzó un paso cuando la puerta de la habitación se abrió, y a lo
largo, la delgada forma de Holmes emergió, con su pálida y dibujada cara pero
con sus pasos y su porte tan activos como siempre. Con un solo brinco ya estaba
en la ventana, y cerró las persianas una vez más.
—Eso lo habrá hecho, Billy —dijo—. Ahora estás en peligro de muerte, mi
muchacho, no puedo hacerlo sin ti ahora. Bien, Watson, es bueno verte en tu
viejo cuarto una vez más. Has venido en un momento crítico.
—Así lo deduzco.
—Puedes irte, Billy. Ese chico es un problema, Watson. ¿Cuan lejos estoy
justificado a permitir que esté en peligro?
—¿Peligro de qué, Holmes?
—De muerte súbita. Estoy esperando algo esta noche.
—¿Esperando qué?
—Ser asesinado, Watson.
—¡No, no, está bromeando, Holmes!
—Incluso mi limitado sentido del humor puede cultivar una mejor broma
que esa. Pero debemos permanecer cómodos mientras tanto, ¿No deberíamos? ¿Está
permitido el alcohol? El gasógeno y los cigarros están en su antiguo lugar.
Déjeme ver una vez más en el acostumbrado sillón. ¿Espero, que no haya
aprendido a despreciar mi pipa y mi lamentable tabaco? Ha debido tomar el lugar
de la comida en estos días.
—¿Pero por qué no come?
—Porque las facultades se refinan cuando se está muy hambriento. Porque,
seguramente, como un doctor, mi querido Watson, debes admite que la digestión
gana en el almacenamiento de sangre tanto que pierde en el cerebro. Yo soy un
cerebro, Watson. El resto de mí es meramente un apéndice. En consecuencia, es
el cerebro el que debo considerar.
—¿Pero, y este peligro, Holmes?
—Ah, sí, en caso de que algo ocurra, debería quizás estar bien que
cargues en la memoria con el nombre y la dirección del asesino. Puedes dárselo
a Scotland Yard, con mi cariño y una oración de despedida. Sylvius es el
nombre… Conde Negretto Sylvius. ¡Escríbalo, hombre, escríbalo! Moorside Gardens
136, N.W. ¿Lo tiene?
La honesta cara de Watson fue crispándose con ansiedad. Conocía
demasiado bien los inmensos riesgos tomados por Holmes y era consciente que lo
que él dijera sería más una subestimación que una exageración. Watson era
siempre un hombre de acción, y se elevó a la ocasión.
—Inclúyame, Holmes. No tengo nada que hacer por un día o dos.
—Su moral no mejora, Watson. Ha agregado la mentira a sus otros vicios.
Alberga cada señal de un médico ocupado, con llamadas sobre los pacientes a
cada hora.
—No son casos importantes. ¿Pero no puede arrestar a este hombre?
—Sí, Watson, puedo. Eso es lo que lo preocupa.
—¿Pero por qué no lo hace?
—Porque no sé dónde está el diamante.
—Ah! Billy me contó… ¡la corona de gemas perdida!
—Sí, la gran piedra amarilla de Mazarino. He lanzado mi red y he
atrapado al pez. Pero no tengo la piedra. ¿Cuál es el sentido de atraparlos?
Podemos hacer al mundo un mejor lugar pisándole los talones. Pero no es
eso lo que busco. Es la piedra lo que quiero.
—¿Y es este Conde Sylvius uno de sus peces? —Sí, y él es un tiburón.
Muerde. El otro es Sam Merton, el boxeador. No es una mala persona, Sam, pero
el Conde lo ha usado. Sam no es un tiburón. Es un gran y obstinado pez. Pero
está siendo atrapado por mi red como todos los demás.
—¿Dónde está este Conde Sylvius?
—He estado a su lado toda la mañana. Debería haberme visto como una
anciana, Watson. Nunca fui tan convincente. De hecho levantó el parasol por mí
una vez. “Con su permiso, madame” dijo, en un tono medio italiano, usted sabe,
y con la maneras agraciadas del sur cuando está de humor, pero un diablo
encarnado en el otro estado. La vida está llena de caprichosos hechos, Watson.
—Debió ser una tragedia.
—Bien, quizás debió serlo. Lo seguí al viejo taller de Straubenzee en
las Minorías. Straubenzee hizo el rifle de aire, una hermosa pieza de arte,
como yo lo entiendo, y como puede imaginarse está en la ventana opuesta en este
preciso momento. ¿Ha visto al maniquí? Por supuesto, Billy se lo ha mostrado.
Bien, debería obtener un proyectil a través de su preciosa cabeza en cualquier
momento. ¿Ah, Billy, qué es esto?
El chico reapareció en la sala con una tarjeta sobre una bandeja. Holmes
la ojeó con sus elevadas pestañas y con irónica sonrisa.
—El hombre por sí mismo. Era difícil de esperar. ¡Captó la ofensa,
Watson! Un hombre de audacia. Posiblemente haya oído hablar de su reputación
como un tirador de grandes juegos. Sería ciertamente un final triunfante para
su excelente record deportivo si me agrega a su bolsa. Es una prueba de que
siente mi punta del pie detrás de su talón.
—Envíe por la policía.
—Probablemente lo haga. Pero no ahora. ¿Quisiera asomarse cuidadosamente
por la ventana, Watson, y verificar si alguien está esperando en la calle?
Watson observó cautelosamente rodeando el borde de la cortina.
—Sí, hay un tipo rudo cerca de la puerta.
—Ese debe ser Sam Merton... el leal aunque mejor dicho vanidoso Sam.
¿Dónde está este caballeroso Billy?
—En la sala de espera, señor.
—Tráelo cuando suene el timbre.
—Sí, señor.
—Y si no estoy en la sala, tráelo igual.
—Sí, señor.
Watson esperó hasta que la puerta se cerrara, y entonces se volvió
encarecidamente hacia su compañero.
—Mire, Holmes, esto es sencillamente imposible. Este es un hombre
desesperado, quien no se adhiere a nada. Quizás haya venido a matarlo.
—No debería estar sorprendido.
—Insisto sobre permanecer con usted.
—Sería horrible en el camino.
—¿En su camino?
—No, mi querido amigo… en mi camino.
—Bien, no puedo dejarlo.
—Sí, usted puede, Watson. Y lo hará, porque nunca ha fallado en jugar el
juego. Debo asegurarme que jugará hasta el final. Este hombre ha venido por sus
propios propósitos, pero debe permanecer por mí — Holmes tomó su anotador y
garabateó algunas líneas—. Tome un coche de alquiler hasta Scotland Yard y
déle esto a Youghal de la División de Investigaciones Criminales.
Regrese con la policía. El arresto del cómplice seguirá después.
—Lo haré con alegría.
—Antes de que regrese debería tener suficiente tiempo para encontrar
donde está la piedra — tocó la campana—. Creo que deberíamos salir por la
habitación. Esta segunda salida es excesivamente útil. Quiero preferiblemente
ver a mi tiburón sin que me vea, y tengo, como recordará, mi propia forma de
hacerlo.
Fue, en consecuencia, una habitación vacía a la cual Billy, un minuto
después, condució al Conde Sylvius. El famoso tirador, deportista, y hombre de
ciudad era una persona morena, con un formidable bigote oscuro sombreando una
cruel y delgada boca, y transpuesta por una larga y curvada nariz como el pico
de un águila. Estaba bien vestido, pero su brillante corbata, su
resplandeciente alfiler, y sus relucientes anillos eran extravagantes para su
efecto. Cuando la puerta se cerró tras de él, miró alrededor con feroces y
sobresaltados ojos, como uno que sospecha una trampa a cada paso. Entonces se
puso violento al notar la impasible cabeza y el collar del camisón que se
proyectaba por encima del sillón en la ventana. Primero su expresión fue una de
puro asombro. Entonces la luz de una horrible esperanza centelleó en sus
oscuros y sangrientos ojos. Tomó un vistazo a su alrededor para ver que no
hubiera testigos, y entonces, en puntas de pie, levantó su gruesa vara, y se
aproximó a la silenciosa figura. Se estaba agachando para su salto y estallido
final cuando una fría y sardónica voz lo saludo desde la puerta abierta de la
habitación:
—¡No lo rompa, Conde! ¡No lo rompa!
El asesino trastabilló, asombrado en su convulsa cara. Por un instante
levantó su cargado bastón una vez más, como si pudiera volcar su violencia
desde la imagen hacia el original; pero había algo en esos firmes ojos grises y
sonrisa burlona que causaron que su mano se posara a un lado.
—Es un objeto hermoso —dijo Holmes, avanzando hacia la imagen—.
Tavernier, el modelador francés, lo hizo. El es tan bueno para las figuras de
cera como su amigo Straubenzee es para los rifles de aire.
—¡Rifles de aire, señor! ¿A qué se refiere?
—Ponga su sombrero y la vara en el costado de la mesa. ¡Gracias! Por
favor, tome asiento. ¿Podría tener la amabilidad de quitarse su revolver
también? Oh, muy buen, si prefiere sentarse sobre él. Su visita es realmente
oportuna, porque de mala manera quería tener unos pocos minutos de charla con
usted.
El Conde frunció el ceño, con pesadas y amenazadoras cejas.
—Yo, también, deseaba tener algunas palabras con usted, Holmes. Es por
eso que estoy aquí. No negaré que intentaba embestirlo.
Holmes meció sus piernas en el borde de la mesa.
—Más bien deduzco que tenía alguna especie de idea en su cabeza —dijo.
—¿Pero por qué estas atenciones personales?
—Porque ha salido de su camino para fastidiarme. Porque ha puesto sus
criaturas sobre mi camino. —¡Mis criaturas! !Le aseguro que no!
—¡Absurdo! Los tengo vigilados. Dos pueden jugar el mismo juego, Holmes.
—Hay un pequeño punto, Conde Sylvius, pero quizás querría amablemente
darme un sobreaviso cuando me visita. Puede entender eso, con mi, rutina de
trabajo, debo encontrarme en familiares términos con la mitad de la galería de
bribones, y entenderá que las excepciones son odiosas.
—Bien, Sr. Holmes, entonces.
—¡Excelente! Pero le aseguro que está equivocado acerca de mis supuestos
agentes.
El Conde Sylvius rió desdeñosamente.
—Otras personas pueden observarlo tan bien como usted. Ayer fue un viejo
deportista. Hoy fue una anciana mujer. Ellos me vigilan todo el día.
—Realmente, señor, usted me elogia. El viejo Barón Dowson dijo la noche
anterior a que fuera colgado que
en mi caso lo que la ley ha ganado el escenario lo ha perdido. ¿Y ahora
usted me halaga por mis pequeñas interpretaciones?
—¿Fue... fue usted? —Holmes se encogió hombros.
—Puede ver en el rincón el parasol que tan educadamente me sostuvo en la
Minorías antes de que empezara a sospechar.
—Si lo hubiese sabido, nunca...
—Hubiera visto esta horrible casa nuevamente. Estaba consciente de ello.
Todos hemos descuidado oportunidades para lamentar. ¡Como sucedió, no lo sabe,
así que aquí estamos!
Las nudosas cejas del Conde se acumularon más pesadamente sobre sus
amenazantes ojos.
—Lo que dice sólo empeora la situación. ¡No eran sus agentes pero usted
actuando, entrometido! Admite que me ha estado acosando. ¿Por qué? —Venga,
Conde. Usted solía disparar a leones en Algeria.
—¿Y bien?
—¿Pero qué?
—¿Qué? ¡El deporte... la excitación... el peligro!
—¿Y, sin dudas, liberar al país de la peste?
—¡Exactamente!
—¡Mis razones en pocas palabras!
El Conde se puso de pie, y su mano involuntariamente retrocedió a su
bolsillo. —¡Siéntese, señor, siéntese! Hay otra, más práctica, razón. ¡Quería
ese diamante amarillo! El Conde Sylvius se apoyó en su silla con una malévola
sonrisa. —¡Sobre mi cadáver! —dijo.
—Usted sabía que estaba tras suyo por eso. La verdadera razón por la que
está aquí esta noche es para encontrar cuanto sé acerca del asunto y cuan lejos
mi eliminación es absolutamente esencial. Bien, debería decir que, desde su
punto de vista, es absolutamente esencial, porque lo sé todo, excepto una cosa,
que está dispuesto a contarme.
—¡Oh, efectivamente! ¿Y por favor, cuál es el hecho faltante?
—Donde está la corona de diamantes.
El Conde miró tajantemente a su compañía.
—¿Oh, usted quiere saberlo, no es cierto? ¿Cuán endemoniado debo ser
para permitirme contarle donde está?
—Puede, y debe.
—¡Por supuesto!
—No puede engañarme, Conde Sylvius —Los ojos de Holmes, cuando lo
contemplaba, se contrajeron y se iluminaron hasta que se volvieron como dos
amenazantes puntos de acero—. Es absolutamente de vidrio. Puedo ver hasta el
fondo de su mente.
—¡Entonces, por supuesto, puede ver donde está el diamante!
Holmes aplaudió con sus manos con diversión, y luego apuntó un
sarcástico dedo.
—¡Entonces lo sabe. Lo admite!
—Yo no admito nada.
—Ahora, Conde, si es razonable podemos hacer negocios. Si no, saldrá
herido.
El Conde Sylvius lanzó sus ojos hacia el techo.
—¡Y usted habla acerca de engaños! —dijo.
Holmes lo observó atentamente como un maestro jugador de ajedrez quien
medita su culminante movida.
Entonces abrió el cajón de la mesa y sacó un relleno anotador.
—¿Sabe lo que guardo en este libro?
—¡No, señor, no lo sé!
—¡Usted!
—¡Yo!
—¡Sí, señor, usted! Usted está aquí… toda acción de su vil y peligrosa
vida.
—¡Maldito sea, Holmes! —gritó el Conde con flameantes ojos—. Hay límites
para mi paciencia!
—Está todo aquí, Conde. Los hechos reales de la muerte de la anciana
Sra. Harold, quien le dejó la herencia de Blymer, la cual tan rápidamente
apostó.
—¡Está soñando!
—Y la completa historia de vida de la Srita. Minnie Warrender.
—¡Tonterías! !Usted no hará nada con eso!
—Aquí tenemos mucho más, Conde. Aquí esta el robo en el tren de lujo
hacia el Riviera el 13 de Febrero de 1892. Aquí esta el cheque falsificado en
el mismo año en el Crédito Lyonnais.
—No; usted se equivoca en eso.
—¡Entonces tengo razón sobre los otros! Ahora, Conde, usted es un
jugador de cartas. Cuando el otro compañero tiene todos los triunfos, es tiempo
de arrojar la mano.
—¿Qué tiene que ver toda esta conversación con la gema de la cual habló?
—Gentilmente, Conde. ¡Contenga esa fervorosa mente! Déjeme llegar a los
puntos en mi propia y monótona manera. Tengo todo esto contra usted; pero, por
sobre todo, tengo un limpio caso contra ambos, usted y su farsante peleador en
el caso de la corona de diamantes.
—¡Ciertamente!
—Tengo el chofer que lo llevó hasta Whitehall y el chofer que lo trajo
de vuelta. Tengo al comisionado que lo vio cerca del caso. Tengo a Ikey
Sanders, quien rehúsa interceder por usted. Ikey lo ha delatado, y el juego ha
terminado.
Las venas saltaron en la frente del Conde. Sus oscuras y peludas manos
se cerraron con fuerza en una convulsión de emoción controlada. Trató de
hablar, pero las palabras no tomaban forma.
—Esa es la mano que estoy jugando —dijo Holmes—. Están puestas en la
mesa. Pero una carta está perdida. Es el Rey de Diamantes. No sé donde está la
piedra.
—Y Nunca lo sabrá.
—¿No? Ahora, sea razonable, Conde. Considere la situación. Está
encerrándose por veinte años. También Sam Merton. ¿Qué tiene de bueno alejarse
del diamante? Nada en el mundo. Pero si lo toma... bien, ello compondría un
crimen. No queremos ni a usted ni a Sam. Queremos la piedra. Dénosla, y tanto
como me concierna puede mantenerse libre tanto tiempo como se comporte en el
futuro. Si hace otro desliz... bueno, será el último. Pero en este tiempo mi
encargo es conseguir la piedra, no a usted.
—¿Pero si me rehúso?
—Porque, entonces... ¡Que pena...! Será usted y no la piedra.
Billy apareció en respuesta a un timbre.
—Creo, Conde, que sería bueno tener a su amigo Sam en esta conferencia.
Después de todo, sus intereses deberían estar representados. Billy, verás un
gran y feo caballero afuera, en la puerta de entrada. Pregúntale si quiere
subir.
—¿Y si el no quiere venir, señor?
—Sin violencia, Billy. No seas rudo con él. Si le dices que el Conde
Sylvius lo quiere seguramente vendrá.
—¿Qué es lo que va a hacer ahora? —preguntó el Conde cuando Billy
desapareció.
—Mi amigo Watson estuvo conmigo. Le dije que tenía un tiburón y un pez
en mis redes; ahora estoy trazando la red y juntándolos.
El Conde se levantó de su silla, y su mano fue tras su espalda. Holmes
sostuvo algo que sobresalía del bolsillo de su camisón.
—No morirás en tu cama, Holmes.
—He tenido a menudo la misma idea. ¿Acaso importa? Después de todo,
Conde, su propia salida se parece más a una perpendicular que a una horizontal.
Pero esas anticipaciones del futuro son mórbidas. ¿Por qué no nos rendimos al
incontenible deleite del presente?
Una repentina luz de bestia salvaje emanó en la oscuridad, amenazantes
ojos de un maestro criminal. La figura de Holmes pareció agrandarse mientras él
se ponía tenso y listo para disparar.
—No es bueno que manosee el revolver, mi amigo —dijo con una voz calma—.
Conoce perfectamente bien que no se atrevería a usarla, incluso si le diera el
tiempo para jalarlo. Sucio, cosas ruidosas, revólveres, Conde. Mejor la vara a
los rifles de aire. Ah! Creo que oigo las pisadas de su estimable compañero.
Buen día, Sr. Merton. Permanecía aburrido en la calle, ¿No es cierto?
El galardonado boxeador, un duramente edificado joven con una estúpida,
obstinada y endurecida cara, permanecía torpemente en la puerta, mirando con
expresión desconcertada. La cortés manera de Holmes era una nueva experiencia,
y aunque vagamente notaba que era hostil, no sabía como contrarrestarla. Se
volvió hacia su astuto camarada en busca de ayuda.
—¿Qué es este juego, Conde? ¿Qué es lo que quiere este hombre? ¿Qué
pasa? —Su voz era profunda y ronca.
El Conde se encogió de hombros, y fue Holmes quien respondió.
—Si puedo ponerlo en pocas palabras, Sr. Merton, debería decir que todo
está arreglado.
El boxeador seguía en la misma dirección observando a su socio.
—¿Este hombre está tratando de ser gracioso, o qué? No estoy de humor.
—No, no lo espero —dijo Holmes—. Creo que puedo prometerle que se
sentirá incluso menos divertido cuando la noche avance. Ahora, mire aquí, Conde
Sylvius. Soy un hombre ocupado y no puedo perder tiempo. Me voy a esa
habitación. Por favor siéntense como en sus casas en mi ausencia. Puede
explicarle a su amigo cual es la situación del asunto sin la limitación de mi
presencia. Debería practicar la Barcarole de Hoffman sobre mi violín. En cinco
minutos regresaré por su respuesta final. ¿Ha comprendido la alternativa, no?
¿Lo apresamos a usted, o nos entrega la piedra?
Holmes se retiró, levantando su violín del rincón por el que pasaba.
Unos pocos momentos después, las melancólicas notas del mayor hechizo vinieron
débilmente a través de la cerrada puerta de la habitación.
—¿Qué es esto, entonces? —preguntó Merton ansiosamente a su compañero
cuando se volvió— ¿Sabe acaso de la piedra?
—El sabe condenadamente demasiado sobre ello. Pero no estoy seguro que
sepa todo.
—¡Por Dios! —La lívida cara del boxeador se tornó una sombra blanca.
—Ikey Sanders nos ha delatado.
—¿Qué ha que? Le haré pedazos por eso si soy colgado.
—Eso no nos ayudará de mucho. Necesitamos mentalizar lo que hay que
hacer.
—Cuidado —dijo el boxeador, mirando suspicazmente a la puerta de la
habitación—. Es un tramposo que quiere vigilarnos. ¿Se supone que no nos está
escuchando?
—¿Cómo puede escucharnos con esa música?
—Es correcto. Quizás alguien detrás de la cortina. Demasiadas cortinas
en esta habitación — Mientras miraba alrededor repentinamente observó por
primera vez la imagen en la ventana, y permaneció quieto y apuntando, demasiado
asombrado para pronunciar palabra.
—¡Tonterías! Es solo un muñeco —dijo el Conde.
—¿Es falso, no es cierto? ¡Bueno, me asusta! Madame Tussaud no está ahí.
Es el espíritu viviente de ella, vestida y todo. ¡Pero las cortinas, Conde!
—¡Oh, te desconciertan las cortinas! Estamos perdiendo nuestro tiempo, y
no hay demasiado. El puede encarcelarnos por esta piedra.
—¡Diantre si puede!
—Pero él nos dejará irnos si solamente le decimos donde está el botín.
—¡Qué! ¿Dárselo? ¿Darle cientos de miles de libras?
—Es lo uno o lo otro.
Merton sacudió su rapada calva.
—Está solo. Hagámoslo. Si no tuviera su luz no tendríamos nada que
temer.
El Conde sacudió su cabeza.
—Está armado y listo. Si le disparamos a duras penas podríamos alejarnos
de un lugar como este. Además, es suficiente como para que la policía sepa
cualquier evidencia que él tenga. ¡Espera! ¿Qué es esto?
Había un vago sonido que parecía venir de la ventana. Ambos hombres se
agazaparon, pero todo estaba calmo. Excepto por la única extraña figura sentada
en la silla, la habitación estaba ciertamente vacía.
—Hay algo en la calle —dijo Merton—. Mire, jefe, usted tiene el cerebro.
Seguramente encontrará la forma de salir. Si asestarle un golpe no lo es
entonces es todo suyo.
—He engañado a mejores hombre que él —contestó el Conde—. La piedra está
aquí en mi bolsillo secreto. No tomé riesgos al dejarlo. Puede estar fuera de
Inglaterra esta noche y dividido en cuatropiezas en Ámsterdam antes del
Domingo. No sabe nada de Van Seddar.
—Pensé que Van Seddar se iría la próxima semana.
—Lo estaba. Pero ahora debe salir en el próximo ferry. Uno u otro de
nosotros debe escabullirse con la piedra hacia la calle Lima y decirle.
—Pero el falso fondo no está hecho.
—Bien, debe tomarlo como está y arriesgarse. No hay ni un momento que
perder — nuevamente, con el sentido de peligro que se convierte en un instinto
en el deportista, se detuvo y observó duramente hacia la ventana. Sí, era
seguro que desde la calle venía ese débil sonido.
—Respecto a Holmes —continuó—, podemos engañarlo suficientemente fácil.
Verás, el condenado tonto no nos arrestará si le damos la piedra. Bien, le
prometeremos la piedra. Lo pondremos sobre el camino equivocado, y antes de que
descubra que está por mal camino estará en Holanda y nosotros fuera del país.
—¡Eso suena genial! —exclamó Sam Merton con una amplia sonrisa.
—Puedes irte y decirle al holandés que se mueva. Yo veré a este tonto y
lo llenaré con confesiones falsas. Le diré que la piedra está en Liverpool.
Como me aturde esa melancólica música; ¡Me pone de los nervios! En el momento
en que encuentre que no está en Liverpool ya estará en cuartos y nosotros sobre
el agua azul. Regresa, fuera de la línea de la cerradura. Aquí está la piedra.
—Me extraña que no se atreva a llevarla.
—¿Dónde puedo mantenerla segura? Si pudiéramos sacarla de Whitehall
alguien más podría seguramente alejarla de mí.
—Echémosle una mirada.
El Conde Sylvius lanzó algo así como una mirada poco halagadora hacia su
socio e hizo caso omiso de las manos sucias que se extendían hacia él.
—¿Qué… piensas que voy a robártelo? Mire, señor, me estoy cansando de
sus métodos.
—Bien, bien, sin ofensas, Sam. No podemos permitirnos una disputa. Ve
por la ventana si quieres ver la adecuada belleza. ¡Ahora sostén la lámpara!
¡Aquí!
—¡Gracias!
Con un simple salto Holmes brincó de la silla del maniquí y atrapó la
preciosa gema. La sostuvo en una sola mano, mientras que con la otra apuntaba
un revolver a la cabeza del Conde. Los dos villanos retrocedieron en absoluto
asombro. Antes de que se recobraran Holmes presionó la campana eléctrica.
—¡Sin violencia, caballeros… sin violencia, les ruego! ¡Consideren el
amueblado! Debe ser evidente para usted que en su posición es imposible. La
policía está esperando abajo.
La perplejidad del Conde sobrepasó su furia y su temor.
—¿Pero cómo dedujo...? —balbuceó.
—Su sorpresa es muy natural. No estaba enterado que una segunda puerta
de mi habitación se dirige directamente detrás de la cortina. Me imaginé que
debió oírme cuando desplacé la imagen, pero la suerte estaba de mi lado. Me dio
una chance de escuchar a su graciosa conversación que hubiese sido penosamente
embarazosa si estuvieran percatados de mi presencia.
El Conde brindó un gesto de resignación.
—Lo subestimamos, Holmes. Creo que eres el mismísimo diablo.
—No tan lejos, de cualquier forma —Holmes respondió con una cortés
sonrisa.
El lento intelecto de Sam Merton sólo gradualmente fue apreciando la
situación. Ahora, con los sonidos de pesados pasos viniendo por las escaleras,
rompió el silencio.
—¡Un polizonte! —dijo—. ¡Pero, digo, que hay acerca de ese violín! Yo lo
oí.
—¡Tonterías, tonterías! —respondió Holmes—. Tienes perfectamente la
razón. ¡Encendámoslo! Estos modernos gramófonos son una memorable invención.
Hubo un apresuramiento de la policía, los grilletes chasquearon y los
criminales fueron llevados al coche. Watson se demoró con Holmes, felicitándolo
por esta fresca hoja añadida a sus laureles. Una vez más su conversación fue
interrumpida por el imperturbable Billy con su tarjetero.
—Lord Cantlemere, señor.
—Tráelo, Billy. Este es un eminente noble que representa los más altos
intereses —dijo Holmes—. Es una excelente y leal persona, pero sin embargo del
viejo régimen. ¿Deberíamos enderezarlo? ¿Nos atreveríamos a aventurar sobre él
con una despreciada libertad? No sabe, debemos conjeturar, nada de lo que
ocurrió.
La puerta se abrió para admitir una delgada y austera imagen con una
cara feroz y bigotes encorvados de la era victoriana y de una reluciente
negrura que duramente correspondería con los redondeados hombros y endeble
caminar. Holmes avanzó amablemente y agitó una apática mano. —¿Cómo le va, Lord
Cantlemere? Está helado para este momento del año, pero seguramente caliente
puertas adentro. ¿Puedo tomar su abrigo?
—No, gracias; no me lo quitaré.
Holmes apoyó su mano insistentemente sobre la manga.
—¡Permítame! Mi amigo el Dr. Watson le asegurará que estos cambios de
temperatura son de los más tendenciosos.
Su señoría se agitó libremente con un poco de impaciencia.
—Estoy cómodo, señor. No necesito quedarme. Vengo simplemente a observar
e interiorizarme como está progresando la tarea que se le encargó.
—Es difícil... muy difícil.
—Me temo que no lo encuentre.
Hubo una distintiva burla en las palabras y maneras del viejo cortesano.
—Todo hombre encuentra sus limitaciones, Sr. Holmes, pero por lo menos
nos cura de la impotencia de la autosatisfacción.
—Sí, señor, he estado desconcertado.
—Sin duda.
—Especialmente sobre un punto. ¿Posiblemente pueda ayudarme en él?
—Solicita por mi consejo cuando ya ha avanzado el día. Pienso que usted
tiene sus propios y suficientes métodos. Sin embargo, estoy listo para
ayudarlo.
—Verá, Lord Cantlemere, no tenemos dudas en enmarcar un caso contra los
actuales ladrones.
—Cuando los atrape.
—Exactamente. Pero la cuestión es... ¿Cómo deberemos proceder contra el
receptor?
—¿No es algo prematuro?
—Es bueno tener nuestros planes listos. Ahora, ¿Qué nos recomendaría
como evidencia final contra el receptor?
—La posesión de la piedra.
—¿Usted lo arrestaría por eso?
—Indudablemente.
Holmes raramente reía, pero estaba tan cerca como su amigo Watson podía
recordar.
—En ese caso, mi querido señor, estoy en la penosa necesidad de avisarle
que esta bajo arresto.
Lord Cantlemere estaba muy enfurecido. Alguno de los antiguos fuegos
ardieron sobre sus lívidas mejillas.
—Se está tomando una gran libertad, Sr. Holmes. En cincuenta años de
vida oficial nunca recuerdo tal hecho en un caso. Soy un hombre ocupado, señor,
involucrado en importantes asuntos, y no tengo tiempo o gusto de bromas. Debo
decirle francamente, señor, que nunca he sido un creyente en sus poderes, y que
siempre fui de la opinión que el asunto era más seguro tenerlo en las manos de
la fuerza policial regular. Su conducta confirma todas mis conclusiones. Tengo
el honor, señor, de desearle buenas noches.
Holmes velozmente cambió su posición y se puso entre el colega y la
puerta.
—Un momento, señor —dijo—. Dejarlo ir con la piedra Mazarino sería una
ofensa mayor que encontrarlo en posesión temporal de ella.
—¡Señor, esto es intolerable! Déjeme pasar.
—Ponga su mano en el bolsillo derecho de su abrigo.
—¿Qué quiere decir, señor?
—Venga… venga, haga lo que le digo.
Un instante después el asombrado colega permaneció, parpadeando y
balbuceando, con la gran piedra amarilla en su temblante palma. —¡Qué! ¡Qué!
¿Cómo es esto, Sr. Holmes?
—¡Muy mal, Lord Cantlemere, muy mal! —exclamó Holmes—. Mi viejo amigo
aquí presente le dirá que tengo un impulsivo hábito de practicar bromas.
También que nunca puedo resistir una situación dramática. Me tomé la libertad…
la gran libertad, debo admitir… de poner la piedra en su bolsillo al comienzo
de nuestra entrevista.
El viejo colega clavó los ojos desde la piedra a la sonriente cara tras
de él.
—Señor, estoy desconcertado. Pero… si… es por cierto la piedra Mazarino.
Somos gratamente sus deudores, Sr. Holmes. Su sentido del humor puede, como
admite, ser algo pervertido, y su exhibición
memorablemente inoportuna, pero por lo menos debo retirar cualquier
reflexión que hice sobre sus asombrosos poderes profesionales. Pero cómo…
—El caso está medio concluido; los detalles pueden esperar. Sin duda,
Lord Cantlemere, su placer en contar este exitoso resultado en el enardecido
rol de su regreso será una pequeña expurgación de mi broma pesada. Billy,
muéstrale la salida a su señoría y dile a la Sra. Hudson que estaría agradecido
si pudiera enviar una cena para dos tan pronto como sea posible.
La aventura de Los Tres Gabletes
No creo que alguna de mis aventuras con el Sr. Sherlock Holmes se haya
resuelto tan abruptamente y de manera dramática, como la que se asocia con The
Three Gables (NdT: Los Tres Gabletes). No había visto a Holmes por varios días
y no tenía idea del nuevo canal por el cual sus actividades habían sido
dirigidas. Estaba de un humor locuaz esa mañana, sin embargo, y precisamente me
había sentado en el sillón consumido en un lado del fuego, mientras se
encrespaba con su pipa en la boca sobre la silla opuesta, cuando nuestro
visitante arribó. Si hubiera dicho que un toro bravo había arribado sería dar
una clara impresión de lo que ocurrió.
La puerta había sido abierta violentamente y un enorme negro había
estallado en la habitación. Hubiera sido una figura cómica si no hubiera sido
terrorífico, porque estaba vestido en un traje de etiqueta con una corbata
ondulante de color salmón. Su ancha cara y nariz achatada estaban empujadas
hacia delante, y sus sombríos ojos negros, con un destello ardiente de malicia
en ellos, se volvían de uno hacia el otro.
—¿Cuál de ustedes, caballeros es el señor Holmes? —preguntó.
Holmes elevó su pipa con una lánguida sonrisa.
—¡Oh! ¿Es usted, no es cierto? —dijo nuestro visitante, acercándose con
unos desagradables y sigilosos pasos alrededor del ángulo de la mesa— Verá,
señor Holmes, mantenga sus manos fuera de los negocios de otros. Deje a otra
gente manejar sus propios asuntos. ¿Comprende eso, señor Holmes?
—Siga hablando —dijo Holmes—. Está bien.
—¡Oh! ¿Está bien, no es cierto? —gruño el salvaje—. No sería tan
condenadamente bueno si pudiera recortarlo en pedazos. He manipulado a gente de
su tipo mucho antes, y ellos no parecían tan bien cuando terminé con ellos.
¡Mire esto, señor Holmes!
Balanceó un enorme y nudoso bulto de un puño bajo la nariz de mi amigo.
Holmes lo examinó de cerca con un aire de gran interés.
—¿Dónde nació? —preguntó— ¿O viene gradualmente?
Pudo haber sido la helada frialdad de mi amigo, o pudo haber sido el
ligero estrépito que hice al levantar el atizador. En cualquier caso, los
modales de nuestro visitante se volvieron menos extravagantes.
—Bien, le he dado suficientes consejos —dijo—. Tengo un amigo que está
interesado sobre el camino de Harrow, usted sabe a lo que me refiero, y no
tiene intención de tener que interrumpir los hechos por usted. ¿Lo comprende?
Usted no es la ley, y yo no soy la ley tampoco, y si usted viene estaremos a
mano. No lo olvide.
—Lo he buscado por algún tiempo —dijo Holmes—. No le pregunté si quería
sentarse, porque no soporto su olor. ¿Pero no es usted Steve Dixie, el matón?
—Ese es mi nombre, señor Holmes, y usted seguro conseguirá transmitirlo
si me ofrece alguna insolencia.
—Es ciertamente lo último que necesita —dijo Holmes, permaneciendo
frente a la abominable boca de nuestro visitante—. Usted fue el asesino del
joven Perkins en las afueras de Holborn… ¡Pero qué! ¿No se va?
El negro se había enfurecido, y su cara estaba dura como plomo.
—No escucharé tales comentarios —dijo—. ¿Qué tenía que hacer con este
Perkins, señor Holmes? Estaba entrenando en el Bull Ring en Birmingham cuando
este muchacho se metió en problemas.
—Sí, ya le contó al magistrado acerca de eso, Steve —dijo Holmes—. Lo he
estado observando y a Barney Stockdale…
—¡Que Dios me ayude! Señor Holmes...
—Esto es suficiente. Salga de aquí. Lo visitaré cuando yo lo desee.
—Buenos días, señor Holmes. ¿Espero que no haya ningún rencor acerca de
esta visita?
—Serán a menos que me diga quién lo envió.
—Por qué, no hay secreto acerca de ello, señor Holmes. Fue el mismo
caballero que usted acaba de mencionar.
—¿Y quién lo puso a él?
—No lo sé, señor Holmes. El dijo “Steve, ve a ver al Sr. Holmes, y
cuéntale que su vida no será segura si va por el camino de Harrow”. Esa es toda
la verdad —y sin esperar por más preguntas nuestro visitante cerró la puerta de
la habitación tan precipitadamente como había entrado. Holmes sacudió las
cenizas de su pipa con una calmada sonrisa.
—Estoy contento de que no haya sido forzado a romper su lanuda cabeza,
Watson. Observé sus maniobras con el atizador. Pero él es realmente un amigo
inofensivo, un bebé de gran musculatura, pero tonto y fanfarrón, y fácilmente
acobardable, como acaba de ver. Es uno de la pandilla de Spencer John y ha
tomado parte en algún sucio trabajo de última hora que resolveré cuando tenga
tiempo. Su superior principal, Barney, es una persona más astuta. Ellos se
especializan en asaltos, intimidaciones y otros por el estilo. ¿Lo que quisiera
saber es, quién está atrás de ellos en esta particular ocasión?
—¿Pero por qué quieren intimidarlo?
—Es este caso de Harrow Weald. Esto me decide a observar el asunto,
porque si alguien se toma la molestia, debe haber algo en él.
—¿Pero qué es?
—Le iba a contar cuando tuvimos este interludio cómico. Aquí está la
nota de la Sra. Maberley. Si tiene el cuidado de acompañarme nos conectaremos
con ella y saldremos de inmediato.
ESTIMADO SR. SHERLOCK HOLMES —leí—:
He tenido una sucesión de extraños incidentes ocurridos en conexión con
esta casa, y que valoraría su consejo. Me encontrará en casa mañana en
cualquier momento. La casa está a un corto trecho de la estación Weald. Creo
que mi difunto esposo, Mortimer Maberley, fue uno de sus antiguos clientes.
Fielmente suya, MARY MABERLEY
La dirección era “The Three Gables, Harrow Weald”.
—¡Así que es eso! —dijo Holmes—. Y ahora, si puede disponer de tiempo,
Watson, nos pondremos en camino.
Un corto viaje en tren, y un aún más corto paseo en coche, nos llevó a
la casa, una quinta de maderas y ladrillos, permaneciendo en su propio acre de
pastizal no desarrollado. Tres pequeñas proyecciones por encima de las ventanas
superiores hacían un poco convincente intento de justificar su nombre. Detrás
había un bosque de melancolía, pinos a medio crecer, y todo el aspecto del
lugar era pobre y depresivo. Con todo, encontramos el lugar bien abastecido, y
la señora que nos recibió fue una persona simpáticamente mayor, quien albergaba
toda impresión de refinamiento y cultura.
—Recuerdo a su esposo, madame —dijo Holmes— pese a que fue hace varios
años desde que usó mis servicios en un asunto trivial.
—Probablemente esté más familiarizado con el nombre de mi hijo Douglas.
Holmes la observó con gran interés.
—¡Querida! ¿Es usted la madre de Douglas Maberley? Lo conocí levemente.
Pero por supuesto todo Londres lo conoce. ¡Que magnifica criatura era! ¿Dónde
está él ahora?
—¡Muerto, Sr. Holmes, muerto! Era un agregado en Roma, y murió de
neumonía el mes pasado.
—Lo siento. Uno no podría conectar la muerte con tal hombre. Nunca he
conocido a nadie tan vitalmente animado. Vivió intensamente… ¡Todas sus fibras!
—Demasiado intensamente, Sr. Holmes. Eso fue su ruina. Usted lo
recordará como era… gallardo y majestuoso. No ha visto la caprichosa,
malhumorada y cavilante criatura en la que se desarrollo. Su corazón se partió.
En un solo mes me pareció ver a mi galante muchacho transformarse en un cínico
y desgastado
hombre.
—¿Una aventura amorosa… una mujer?
—O un demonio. Bien, no fue para hablar de mi pobre muchacho que le pedí
que viniera, Sr. Holmes. —El Dr. Watson y yo estamos a su servicio.
—Han habido varios sucesos muy extraños. He estado en esta casa más de
un año, y he deseado la ventaja de tener una vida retirada por lo que he visto
poco a mis vecinos. Hace tres días recibí una llamada de un hombre que decía
ser un comprador. Dijo que esta casa sería exactamente a la medida de uno de
sus clientes, y que si pudiera renunciar a ella por su dinero no habría
objeción. Me pareció muy extraño ya que aquí hay varias casas vacías en venta
que aparecen ser igualmente elegibles, pero naturalmente estaba interesado en
lo que decía. En consecuencia mencioné un precio que era quinientas libras más
del que me dio. Inmediatamente cerramos la oferta, pero añadió que su cliente
deseaba comprar el amueblado cuando pusiera un precio sobre él. Algunos de los
muebles son de mi antiguo hogar, y son, como verá, muy buenos, por lo que le
ofrecí una buena suma. A esto también estuvo de acuerdo. Siempre quise viajar,
y el convenio era tan bueno que realmente parecía que debería ser mi propia
dueña por el resto de mi vida… Ayer el hombre arribó con los acuerdos todos
escritos. Afortunadamente se los mostré al Sr. Sutro, mi abogado, quien vive en
Harrow. Me dijo: “Este es un documento extraño. ¿Está segura que si usted firma
no puede legalmente retirar algo de la casa… ni siquiera sus propias posesiones
privadas?” Cuando el hombre regresó en la tarde apunté hacia esto, y le dije
que sólo ofrecía vender el amueblado.
»No, no, todo —dijo él
»¿Pero mis ropas? ¿Mis joyas?
»Bien, bien, algunas concesiones pueden hacerse para sus efectos
personales. Pero nada puede salir de esta casa sin ser comprobado. Mi cliente
es un hombre muy liberal, pero tiene sus fruslerías y sus propias maneras de
hacer las cosas. Es todo o nada con él.
»Entonces será nada —dije. Y ahí terminó el asunto, pero todo el hecho
me pareció ser más inusual que lo que pensaba…
Aquí se produjo una extraordinaria interrupción.
Holmes levantó su mano por silencio. Entonces caminó a zancadas a través
de la habitación, abrió de golpe la puerta, y arrastró a una gran y delgada
mujer quien era asida por los hombros. Ella entró con un torpe forcejeo como
una enorme y torpe gallina, desgarrada, graznando, fuera de su gallinero.
—¡Suélteme! ¿Qué está haciendo? —chilló.
—¿Por qué, Susan, qué es esto?
—Bien, Señora, venía a preguntar si los visitantes iban a quedarse para
el almuerzo cuando este hombre me empujó.
—La he estado escuchando por los últimos cinco minutos, pero no quise
interrumpir su tan interesante narrativa. Solo un pequeño jadeo, ¿Susan eres,
no? Su respiración es demasiado pesada para ese tipo de trabajo.
Susan tornó en malhumorada pero asombrada la cara sobre su captor.
—¿Quién es, de todos modos, y que derecho tiene para empujarme de ese
modo?
—Era simplemente que deseaba preguntar en su presencia. ¿Usted, Sra.
Maberley, mencionó a alguien que me iba a escribir para consultarme?
—No, Sr. Holmes, no lo hice.
—¿Quién envió su carta?
—Susan lo hizo.
—Exactamente. Ahora, Susan, ¿A quién era que le escribió o envió un
mensaje diciendo que su ama estaba preguntando por mi consejo?
—Es una mentira. Yo no envié ningún mensaje.
—Ahora, Susan, la gente jadeante puede no vivir mucho, usted sabe. Es
una cosa inmoral decir mentiras. ¿A quién se lo contó?
—¡Susan! —gritó su ama—. Creo que eres una mala y traicionera mujer.
Ahora recuerdo que la vi hablando con alguien sobre la cerca.
—Esos eran mis propios negocios —dijo la mujer malhumoradamente.
—¿Suponga que le digo que era a Barney Stockdale a quién le habló? —dijo
Holmes.
—Bien, si lo conoce, ¿Por qué pregunta por él?
—No estaba seguro, pero ahora lo sé. Bien ahora, Susan, valdrá diez
libras si me dices quién está detrás de Barney.
—Alguien que puede fijar miles de libras por cada diez que tiene en el
mundo.
—¿Entonces, es un hombre rico? No; sonrió… una mujer rica. Ahora que
hemos llegado tan lejos, puede darnos el nombre y ganarse un tenner (NdT:
billete de diez libras)
—Lo veré en el infierno primero.
—¡Oh, Susan! ¡Tu lenguaje!
—Me voy de aquí. Ya he tenido suficiente de todos ustedes. Enviaré por
mi caja mañana —y se retiró por la puerta.
—Adiós, Susan. Un calmante es el mejor remedio… ahora —continuó,
tornándose repentinamente de lívida a severa cuando la puerta se hubo cerrado
tras de la excitada y furiosa mujer—. Esta pandilla significa negocios. Mire
cuan cerca juegan su juego. Su carta tiene el matasellos de las 10 PM. Y con
todo Susan le comunica a Barney. Barney tiene tiempo de ir a su empleador y
obtener instrucciones; él
o ella (me inclino por lo último de acuerdo a la ironía de Susan cuando
pensó que había cometido un error) forma un plan. Black Steve es llamado, y soy
puesta en alerta a las once en punto de mañana. Así tan rápido trabajan, usted
sabe.
—¿Pero qué es lo que ellos quieren?—Sí, esa es la pregunta. ¿Quién tenía
la casa antes que usted?—Un Capitán de mar retirado llamado Ferguson. —¿Algo
memorable acerca de él?—Nada que haya oído. —Me preguntó si tanto pudo enterrar
algo. Por supuesto, cuando la gente entierra los tesoros hoy en
día lo hacen en el banco de la oficina de correos. Pero siempre hay
algunos lunáticos sobre eso. Sería un mundo aburrido sin ellos. Primero pensé
que había enterrado algo de valor. ¿Pero por qué, en ese caso, deberían querer
su amueblado? ¿No parece tener un Rafael o un manuscrito de Shakespeare sin
saberlo?
—No, no lo creo, no tengo nada más raro que un juego de té de Crown
Derby.
—Eso duramente justificaría todo este misterio. Excepto, ¿Por qué no
deberían decir abiertamente que es lo que quieren? Si codiciaran su juego de
té, pueden seguramente ofrecer un precio por él sin comprar lo que está
encerrado, almacenado y puesto en barriles. No, como yo lo leo, hay algo que
usted no sabe y que lo tiene, y que no se lo daría si lo supiera.
—Eso es como yo lo leo —dije.
—El Dr. Watson está de acuerdo, entonces así está establecido.
—¿Bien, Sr. Holmes, qué puede ser?
—Veamos si por el puro análisis mental podemos obtener un punto fino. Ha
estado en esta casa un año.
—Casi dos.
—Aún mejor. Durante este largo período nadie quiso nada de usted. Ahora
repentinamente en tres o cuatro días tiene urgentes demandas. ¿Qué deduce de
ello?
—Sólo puede significar —dije— que el objeto, cualquiera que sea, sólo ha
venido a esta casa.
—Es correcto una vez más —dijo Holmes—. Ahora, Sra. Maberley ¿Ha
recibido un objeto recientemente? —No, no he comprado nada nuevo este año.
—¡De veras! Eso es algo notable. Bien, creo que tenemos que permitir que
se desarrollen algunos asuntos hasta que tengamos datos más claros. ¿Es este
abogado suyo un hombre calificado?
—El Sr. Sutro es el más calificado.
—¿Tiene usted otra criada, o era la honrada Susan, quien azotó la puerta
de entrada?
—Tengo una jovenzuela.
—Trate y consiga que Sutro permanezca una noche o dos en la casa. Quizás
posiblemente quiera protección. —¿Contra quién?
—¿Quién sabe? El asunto es ciertamente oscuro. Si no puedo encontrar
quien está detrás, deberé aproximarme al asunto desde la otra punta y tratar de
llegar al principal. ¿Le dio este comprador alguna dirección?
—Simplemente su tarjeta y su ocupación. “Haines-Johnson, Martillero y
Tasador”.
—No creo que lo encontremos en el directorio. Los hombres honestos de
negocios no disimulan su lugar de negocios. Hágame saber cualquier nuevo
desarrollo. He tomado su caso, y usted puede confiar en ello que veré a través
de él.
Cuando atravesamos el pasillo los ojos de Holmes, que no se perdían
nada, brillaron sobre varios baúles y estuches que estaban apilados en una
esquina. Las etiquetas brillaron sobre él.
—“Milano”, “Lucerna”. Estos son de Italia.
—Son las cosas del pobre Douglas.
—¿No las ha desempaquetado? ¿Hace cuanto que las tiene?
—Arribaron la semana pasada.
—Pero usted dijo… porque, seguramente este debe ser el enlace perdido.
¿Cómo sabemos que no hay nada de valor ahí?
—No puede ser posible, Sr. Holmes. El pobre Douglas sólo tenía su paga y
una pequeña anualidad. ¿Qué podía tener de valor?
Holmes estaba perdido en sus pensamientos.
—No se demore más, Sra. Maberley —dijo al fin—. Llévese estas cosas
arriba a su habitación. Examínelas tan pronto como sea posible y vea que
contienen. Vendré mañana y oiré su reporte.
Era absolutamente evidente que The Three Gables estaba bajo una estrecha
vigilancia, por lo que dimos vuelta alrededor de la alta cerca y al final de la
línea estaba el negro boxeador profesional permaneciendo en las sombras. Nos
acercábamos calmos cuando repentinamente, una grotesca y amenazante figura nos
observó desde ese solitario lugar. Holmes golpeteó con su mano en el bolsillo.
—¿Buscando su arma, señor Holmes?
—No, por mi botella de perfume, Steve.
—¿Es gracioso, señor Holmes, no lo es?
—No sería gracioso, Steve, si lo atrapara. Le di bastantes avisos esta
mañana.
—Bien, señor Holmes, he hecho caso omiso de lo que dijo, y no quiero
hablar más acerca de ese asunto del señor Perkins. Suponga que si puedo
ayudarlo, señor Holmes, lo haré.
—Bien, entonces, dígame quién está detrás suyo en este trabajo.
—¡Qué Dios me ayude! Señor Holmes, le dije toda la verdad antes. No lo
sé. Mi jefe Barney me dio órdenes y eso es todo.
—Bien, solo recuerde, Steve, que la señora en esa casa, y todo bajo ese
techo, están bajo mi protección. No lo olvide.
—Está bien, señor Holmes. Lo recordaré.
—Lo tenía completamente asustado en su propia piel, Watson —remarcó
Holmes cuando caminábamos—. Creo que traicionaría a su empleador si supiera
quién es. Fue afortunado que tuviera algo de conocimiento de la legión de
Spencer John, y que Steve fuera uno de ellos. Ahora, Watson, hay un caso de
Langdale Pike, y me voy a verlo ahora. Cuando regrese quizás pueda resolver el
asunto.
No vi más de Holmes durante el día, pero bien puedo imaginar como lo
pasó, porque Langdale Pike era su libro humano de referencia sobre todos los
asuntos de escándalos sociales. Esta extraña y lánguida criatura pasaba sus
horas de vigilia en el arco de la ventana de un club de la calle Saint James y
era el recepcionista tan bien como el transmisor de todos los chismes de la
metrópolis. Hizo, como se dice, un formal ingreso con los párrafos con los que
contribuye todas las semanas a la basura que satisface a un público
inquisitivo. Si bien nunca ha bajado a las túrbidas profundidades de la vida de
Londres, si había algún extraño remolino o espiral, era señalado con automática
exactitud por este dial humano sobre la superficie. Holmes discretamente ayudo
a Langdale con su conocimiento, y en una ocasión fue ayudado a su vez.
Cuando me encontré con mi amigo en su habitación temprano a la mañana
siguiente, era consciente desde su porte que todo estaba bien, pero nada menos
que una desagradable sorpresa nos estaba esperando. Tomó la forma del siguiente
telegrama:
Por favor venga inmediatamente. Casa de
cliente desvalijada en la noche. Policía en posesión.
SUTRO
Holmes silbó.
—El drama ha llegado a una crisis, y más rápido de lo que esperaba. Hay
un gran poder de maneja detrás de este negocio, Watson, que no me sorprende
después de lo que escuché. Este Sutro, por supuesto, es su abogado. Tuve un
error, me temo, en no preguntarle si quería pasar la noche de guardia. Este
amigo ha claramente probado un extremo roto. Bien, no hay nada que hacer
excepto otro viaje a Harrow Weald.
Encontramos a The Three Gables con un diferente establecimiento del
ordenado grupo familiar del día previo. Un pequeño grupo de haraganes se habían
congregado en la puerta del jardín, mientras un par de alguaciles estaban
examinando las ventanas y las camas de geranios. En el interior nos encontramos
con un gris caballero, quién se introdujo como el cooperativo abogado con un
rubicundo y bullicioso Inspector, quien saludo a Holmes como un viejo amigo.
—Bien, Sr. Holmes, no hay chances para usted en este caso, me temo. Sólo
un común y ordinario robo, y bien sin la capacidad del pobre viejo policía. No
se necesita el empleo de expertos.
—Estoy seguro que el caso está en muy buenas manos —dijo Holmes—.
¿Simplemente un robo común, dijo?
—Exactamente. Conocemos bastante bien quienes son los hombres y donde
encontrarlos. Es la banda de Barney Stockdale, con el gran moreno en él… han
sido vistos por los alrededores.
—¡Excelente! ¿Qué tomaron?
—Bien, parece que no han tomado mucho. La Sra. Maberley fue
cloroformizada y la casa fue… ¡Ah! Aquí está la señora.
Nuestra amiga de ayer, mostrándose muy pálida y enferma, había entrado
en la habitación, inclinada sobre una pequeña doncella.
—Me dio un buen consejo, Sr. Holmes —dijo ella, sonriendo tristemente—.
¡Que pena, no le hice caso! No deseaba molestar al Sr. Sutro, y entonces estaba
desprotegida.
—Solamente oí de ello esta mañana —explicó el abogado.
—El Sr. Holmes me aconsejó de tener algunos amigos en la casa. Rechacé
su consejo, y ahora tengo que pagar por ello.
—Se ve paupérrimamente enferma —dijo Holmes—. Quizás pueda escasamente
igual decirnos lo que ocurrió.
—Está todo aquí —dijo el Inspector, golpeteando una abultada agenda.
—Aún… si la señora no está demasiado exhausta…
—En realidad hay poco para decir. No tengo duda de que esa traicionera
Susan había planeado una entrada para ellos. Deben conocer la casa pulgada por
pulgada. Fui consciente por un momento de la esponja de cloroformo que fue
puesta sobre mi boca, pero no tengo noción por cuanto tiempo estuve sin
sentido. Cuando me levanté, un hombre estaba en la cabecera de la cama y otro
estaba levantándose con un fardo en su mano de entre el equipaje de mi hijo, el
cual estaba parcialmente abierto y tirado sobre el piso. Antes de que pudieran
alejarse salté y lo agarré.
—Tomó un gran riesgo —dijo el Inspector.
—Me le pegué encima, pero me sacudió, y el otro quizás me golpeó, porque
no puedo recordar nada más. Mary la criada oyó el ruido y comenzó a gritar por
la ventana. Eso atrajo a la policía pero los malvivientes se habían alejado.
—¿Que fue lo que tomaron?
—Bien, no creo que algo de valor se haya perdido. Estoy segura que no
había nada en el baúl de mi hijo. —¿No dejaron ninguna pista los hombres?
—Había solamente una hoja de papel que pude haber desgarrado del hombre
del que me aferré. Estaba echado todo estrujado sobre el piso. Tenía la
escritura de mi hijo.
—Lo que significa que no es de mucho uso —dijo el Inspector—. Ahora si
ha estado en el robo… —Exactamente —dijo Holmes—. ¡Que fuerte sentido común!
Nada menos, sería curioso si puedo verlo. El Inspector extrajo una hoja doblada
de un pliego de papel de su libreta de notas.
—Nunca paso nada, a menos que sea algo trivial —dijo con algo de pompa—.
Ese es mi consejo, Sr. Holmes. En veinticinco años de experiencia he aprendido
mi lección. Siempre está la chance de encontrar huellas o algo.
Holmes inspeccionó la hoja de papel.
—¿Qué piensa de esto, Inspector?
—Parece ser el final de alguna extraña novela, hasta donde puedo ver.
—Puede ciertamente probar ser el final de un extraño cuento —dijo
Holmes—. Ha notado el número en el tope de la página. Es el doscientos cuarenta
y cinco. ¿Dónde están las singulares doscientas cuarenta y cuatro páginas
restantes?
—Bien, supongo que los ladrones tienen esas. ¡Sería demasiado bien para
ellos!
—Parece un extraño hecho irrumpir en una casa en orden para hurtar tales
papeles. ¿No le sugiere nada a usted, Inspector?
—Sí, señor, sugiere que en su apuro los malvivientes tomaron lo primero
que tenían a mano. Les desearía la mayor alegría por lo que consiguieron.
—¿Por qué deberían ir a las cosas de mi hijo? —preguntó la Sra.
Maberley.
—Bien, ellos no encontraron nada de valor en la planta baja, así que
intentaron suerte en el primer piso. Así es como yo lo leo. ¿Qué piensa usted,
Sr. Holmes?
—Debo pensarlo, Inspector. Venga conmigo a la ventana, Watson.
Entonces, mientras permanecíamos juntos, leyó un fragmento del papel.
Comenzó en el medio de una frase y decía algo como esto: “…su cara sangraba
considerablemente de los cortes y porrazos, pero no era nada comparado con el
sangrado de su corazón mientras veía esa adorable cara, la cara por la que
había estado preparado para sacrificar su vida, prestando atención a su agonía
y humillación. Ella sonrió… ¡Sí, por el Cielo! Ella sonrió, como el despiadado
demonio que era, mientras la miraba. Fue en ese momento que el amor murió y el
odio nació. El hombre debe vivir por algo. Si no es por tu contención, mi
señora, entonces será seguramente por tu destrucción y mi completa venganza.”
—¡Extraña gramática! —dijo Holmes con una sonrisa mientras le entregaba
en mano el papel de regreso al Inspector—. ¿Notó como el “él” cambió
repentinamente a “mí”? El escritor estaba tan compenetrado con su propia
historia que se imagino a si mismo en el momento supremo del héroe.
—Me parece poderosamente poca cosa —dijo el Inspector mientras lo
reponía en su libro— ¡Qué! ¿Se va, Sr. Holmes?
—No creo que haya algo más para mí que hacer ahora que el caso está en
sus calificadas manos. Por cierto, Sra. Maberley, ¿Usted dijo que desearía
viajar?
—Siempre ha sido mi sueño, Sr. Holmes.
—¿Adónde le gustaría ir... El Cairo, Madeira, el Riviera?
—Oh, si tuviera dinero iría alrededor del mundo.
—Exactamente. Alrededor del mundo. Bien, buenos días. Le enviaré algunos
renglones en la tarde.
Cuando pasamos la ventana vi al avanzar la sonrisa del Inspector y el
sacudón de cabeza. “Estos astutos tipos siempre tienen un toque de locura”. Eso
fue lo que leí en la sonrisa del Inspector.
—Ahora, Watson, estamos en la última vuelta de nuestro pequeño viaje
—dijo Holmes cuando regresábamos por el bullicio del centro de Londres una vez
más—. Creo que tendremos más claro el asunto inmediatamente, y sería bueno si
puede acompañarme, porque es seguro tener un testigo cuando se está
confrontándose con una señora tal como Isadora Klein.
Tomamos un taxi y salimos acelerados hacia alguna dirección en Grosvenor
Square. Holmes había estado compenetrado con sus pensamientos, pero se avivó
repentinamente.
—A propósito, Watson, ¿Supongo que lo ve todo claramente?
—No, no puedo decir eso. Solamente puedo deducir que estamos yendo a ver
a la señora que está detrás de estas acciones.
—¡Exactamente! ¿Pero el nombre de Isadora Klein no lo conduce a nada?
Ella era, por supuesto, la belleza celebrada. Nunca hubo una mujer que se
compare. Ella es puramente española, la sangre real de los magistrales
conquistadores, y sus gentes han sido los líderes en Pernambuco por
generaciones. Se casó con el anciano rey del azúcar alemán, Klein, y
actualmente es la más rica como bien la más amada viuda sobre la tierra.
Entonces hubo un intervalo de aventuras donde ella se rindió a sus propios
gustos. Tenía varios amantes, y Douglas Maberley, uno de los más notables
hombres en Londres, fue uno de ellos. Fue por todas cuentas más que una
aventura con él. No era una mariposa de la sociedad pero un fuerte y orgulloso
hombre que daba y esperaba todo. Pero ella es la “belle dame sans merci” de la
ficción (NdT: bella dama desgraciada). Cuando su capricho estaba satisfecho el
asunto se terminaba, y la otra parte en el asunto si no podía tomar para si sus
palabras ella sabía como devolverlos a sus casas.
—Entonces esa fue su propia historia…
—¡Ah! Está juntando las piezas. He oído que ella está por casarse con el
joven Duque de Lomond, quien podría ser su hijo. Su madre Grace puede pasar por
alto la edad, pero un gran escándalo sería un hecho diferente, así que es
imperativo… ¡Ah! Aquí estamos.
Era una de las más finas casas esquineras de West End. Un lacayo al
estilo máquina tomó nuestras tarjetas y regresó con la palabra de que la señora
no estaba en casa.
—Entonces esperaremos hasta que regrese —dijo Holmes festivamente.
La maquina se rompió.
—Que no esté en casa significa que no está para usted —dijo el lacayo.
—Bien —respondió Holmes—. Eso significa que no tendremos que esperar.
Déle amablemente esta nota a su ama.
Garabateó tres o cuatro palabras sobre una hoja de su agenda, la dobló y
se la entregó en mano al hombre.
—¿Qué decía, Holmes? —pregunté.
—Simplemente escribí: “¿Debería ser la policía, entonces?”. Creo que eso
debería permitirnos entrar.
Lo hizo… con increíble celeridad. Un minuto después estábamos en un
cuarto al estilo de las Noches de Arabia, vasto y maravilloso, con una
oscuridad a medias, seleccionada con una ocasional luz eléctrica rosa. La
señora había llegado, lo sentía, a ese tiempo de la vida cuando incluso la más
soberbia belleza encuentra a la media luz mejor bienvenida. Se levantó del sofá
cuando entramos: alta, majestuosa, una figura perfecta, una hermosa cara como
si fuera una mascara, con dos maravillosos ojos españoles que parecían
asesinarnos a ambos.
—¿Qué es esta intrusión... y este insultante mensaje? —preguntó,
sosteniendo el pliego de papel.
—No necesita explicación, madame. Tengo demasiado respeto por su
inteligencia para hacerlo... sin embargo debo confesar que la inteligencia ha
sido sorprendentemente defecto de tardanza.
—¿Cómo es eso, señor?
—Suponiendo que sus intimidantes empleados pudieron asustarme por mi
trabajo. Seguramente ningún hombre se ocuparía de mi profesión si no fuera que
el peligro lo atrae. Fue usted, entonces, quien me forzó a examinar el caso del
joven Maberley.
—No tengo idea de lo que está diciendo. ¿Qué tengo que ver con
intimidantes empleados? Holmes se alejó cansadamente.
—Sí, he sobrestimado su inteligencia. ¡Bien, buenas tardes!
—¡Deténgase! ¿A dónde va?
—A Scotland Yard.
Estábamos a medio camino de la puerta antes de que nos alcanzara y
sostuviera su brazo. Se tornó en un momento del acero al terciopelo.
—Venga y siéntese, caballero. Hablemos sobre este asunto. Siento que
debo ser franca con usted, Sr. Holmes. Tiene los sentimientos de un caballero.
Cuán rápido el instinto de mujer es buscarlos. Lo trataré como a un amigo.
—No puedo prometer el recíproco, madame. No soy la ley, pero represento
a la justicia tanto como mis débiles poderes lo permitan. Estoy listo para oír,
y entonces le diré como actuaré.
—No hay dudas de que fui una estúpida al amenazar a un valiente hombre
como usted.
—Lo que fue realmente estúpido, madame, es que se ha puesto en el poder
de una banda de malvivientes, quienes pueden extorsionarla o dejarla.
—¡No, no! No soy tan simple. Puesto que prometí ser franca, debo decir
que ninguno, excepto Barney Stockdale y Susan, su esposa, tiene la menor idea
de quién es su empleador. Para ellos, bien, no es el primero… —ella sonrió y
cabeceo con un encantador e íntimo coqueteo.
—Ya veo. Lo ha testeado antes.
—Son buenos sabuesos quienes corren en silencio.
—Tales sabuesos tienden tarde o temprano a morder la mano que los
alimenta. Serán arrestados por este robo. La policía ya está detrás de ellos.
—Ellos tendrán lo que les corresponda. Eso es por lo que pagaron. Yo no
debo aparecer en el asunto.
—A menos que la inserte en él.
—No, no, no debería. Usted es un caballero. Es un secreto de mujer.
—En primer lugar, debería devolver el manuscrito.
Ella rompió en una ondulación de risa y caminó a la chimenea. Allí había
una masa calcinada que se rompió con el atizador.
—¿Debería devolver esto? —preguntó. Tan picaresca y exquisita parecía
cuando se paró frente a nosotros con una sonrisa desafiante que sentí que de
todos los criminales de Holmes era la única que había sido
difícil de enfrentarse. De cualquier manera, él estaba inmune a los
sentimientos.
—Ello sella su destino —dijo fríamente—. Está muy compenetrada en sus
acciones, madame, pero se ha sobrepasado en esta ocasión.
Ella tiró el atizador estrepitosamente.
—¡Cuán duro es! —gritó— ¿Debería contarle toda la historia?
—Me imagino que yo podría contársela.
—Pero usted debe mirarla con mis ojos, Sr. Holmes. Debe darse cuenta
desde el punto de vista de una mujer quien ve toda la ambición de su vida sobre
la ruina en el último momento. ¿Es tal que una mujer sea inculpada si se
protege a si misma?
—El pecado original era suyo.
—¡Sí, sí! Lo admito. Era un muchacho querido, Douglas, pero era tan
arriesgado que pudiera no encajar en mis planes. El quería matrimonio…
matrimonio, Sr. Holmes… con un vulgar sin dinero. Nada menos le hubiera
servido. Entonces se volvió pertinaz. Porque lo que le di le hizo pensar que
aun debía darle, y a él solamente. Era intolerable. Al final tuve que hacerle
darse cuenta.
—Empleando rufianes para pegarle bajo su propia ventana.
—Parece ciertamente conocer todo. Bien, es verdad. Barney y los
muchachos lo condujeron, y era, lo admito, un poco grosero hacerlo. ¿Pero que
fue lo que hizo entonces? ¿Podría creer que un caballero haría de tal un acto?
Escribió un libro en el cual describía su propia historia. Yo, por supuesto,
era el lobo; él la oveja. Estaba todo ahí, bajo diferentes nombres, por
supuesto; ¿Pero quién en todo Londres podría equivocarse en reconocerlo? ¿Qué
opina de ello, Sr. Holmes?
—Bien, estaba dentro de sus derechos.
—Era como si el aire de Italia hubiera entrado en su sangre y hubiera
traído con él el viejo espíritu de crueldad italiano. Me escribió y envió una
copia de su libro que debía tener la tortura de la anticipación. Habían dos
copias, dijo... una para mí, una para su editor.
—¿Cómo sabe que el editor no lo ha comprendido?
—Sabía quien era su editor. No es su única novela, usted sabe. Descubrí
que no había oído nada desde Italia. Entonces vino la repentina muerte de
Douglas. Mientras tanto como que los otros manuscritos estuvieran en el mundo
no habría seguridad para mí. Por supuesto, debía estar entre sus efectos, y
esos deberían ser regresados a su madre. Puse toda la banda a trabajar. Uno de
ellos entró en la casa como sirviente. Quería hacer las cosas honestamente.
Real y verdaderamente lo hice. Estaba lista para comprar la casa y todo en
ella. Ofrecí cualquier precio que ella pidiera. Solamente intente el otro
método cuando todo lo demás había fallado. Ahora, Sr. Holmes, concediendo que
fuera demasiado duro para Douglas… ¡Y Dios sabe, me arrepiento de ello! ¿Qué
más puedo hacer con todo mi futuro comprometido?
Sherlock Holmes arrugó sus hombros.
—Bien, bien —dijo— supongo que deberé compensar una felonía como
usualmente. ¿Cuánto costaría viajar alrededor del mundo en primera clase?
La señora fijo sus ojos con asombro.
—¿Podría ser hecho con cinco mil libras?
—¡Bien, se podría pensar eso, ciertamente!
—Muy bien. Pienso que debería firmarme un cheque por esa cantidad, y
veré que llegue a la Sra. Maberley. Su deuda es darle un pequeño cambio de
aire. Mientras tanto, señora —agitando un dedo índice de precaución— ¡Tenga
cuidado! ¡Tenga cuidado! No puede jugar con herramientas filosas para siempre
sin cortarse esas delicadas manos.
El Vampiro de Sussex
Holmes acabó de leer cuidadosamente una nota que le había llegado en el
último reparto de correo. Luego, con una risita contenida, que era en él lo más
cercano a la risa, me la tendió. -Como ejemplo de mezcla de lo moderno y lo
medieval, de lo práctico y lo demencialmente fantástico, creo que éste debe ser
indudablemente el límite -dijo-. ¿Qué le parece, Watson? Leí lo que sigue:
46 0ld Jewry 19 de noviembre.
Asunto: Vampiros.
Señor: nuestro cliente, el señor Robert Ferguson, de Ferguson &
Muirhead, mayorista de té, de Mincing Lane, nos ha dirigido una consulta con
fecha de la presente en relación a los vampiros. Dado que nuestra firma está
enteramente especializada en impuestos de maquinaria, el asunto difícilmente
queda dentro de nuestra esfera de actividades, y, en consecuencia, hemos
recomendado al señor Ferguson que le visite a usted y le exponga el caso. No
nos hemos olvidado del éxito de su intervencion en el caso Matilda Briggs.
Somos, señor, de usted muy atentamente,
Morrison, Morrison y dodd.
E.J.C.
-Matilda Briggs no era el nombre de ninguna joven, Watson -dijo Holmes,
en tono reminiscente -. Era un buque relacionado con la rata gigante de
Sumatra. Es una historia que el mundo no está todavía preparado para oír. Pero,
¿qué sabemos de vampiros? ¿Entra eso en nuestra esfera de actividades?
Cualquier cosa es mejor que la inactividad, pero lo cierto es que parece como
si nos hubieran trasladado a un cuento fantástico de los hermanos Grimm.
Extienda el brazo, Watson, y veamos qué nos cuenta la V. Me eché hacia atrás y
tomé el enorme fichero al que Holmes había aludido. Lo sostuvo sobre las
rodillas, y su mirada fue pasando, lenta y amorosamente, por el registro donde
los viejos casos se mezclaban con la información acumulada a lo largo de su
vida. -Viaje del Gloria Scott -leyó-. Fue un feo asunto. Me parece recordar que
usted lo puso por escrito, Watson, aunque no puedo felicitarle por el
resultado. Victor Lynch, el falsificador. Veneno...
lagarto venenoso, o gila. Un caso notable, ése. Vittoria, la bella del
circo. Vanderbilt y el ladrón ambulante. Víboras. Victor, el asombro de
Hammersmith. ¡Vaya, vaya! ¡Querido viejo índice! Nada se le escapa. Escuche
esto, Watson: Vampirismo en Hungría. Y también: Vampiros en Transilvania.
Recorrió impacientemente las páginas con la mirada, pero al cabo de una breve
lectura ensimismada dejó a un lado el enorme registro con un gruñido de
decepción. -¡Basura, Watson! ¡Basura! ¿Qué tenemos nosotros que ver con
cadáveres andarines que sólo se quedan en sus tumbas si se les clava una estaca
en el corazón? Es pura chifladura. -Pero, indudablemente -dije yo-, el vampiro
no es necesariamente un muerto. Una persona viva podría tener la costumbre. He
leído algo, por ejemplo, de viejos que chupaban la sangre de jóvenes para
apoderarse de su juventud. -Tiene usted razón, Watson. En una de esas
referencias se menciona esta leyenda. Pero, ¿vamos a prestar seriamente
atención a esta clase de cosas? Esta agencia pisa fuertemente el suelo, y así
debe seguir. El mundo es suficientemente ancho para nosotros. No
necesitamos fantasmas. Metemo que no podemos tomarnos al señor Robert Ferguson
demasiado en serio. Quizá esta nota sea suya, y pueda arrojar alguna luz sobre
lo que le preocupa. Tomó una segunda carta que había permanecido olvidada sobre
la mesa mientras había estado absorto en la primera. Empezó a leerla con una
sonrisa divertida en el rostro, pero esa expresiónse fue mutando en otra de
intenso interés y concentración. Cuando terminó, permaneció algún rato perdido
en meditaciones, jugueteando con la carta entre los dedos. Finalmente, se
despertó sobresaltado de su ensueño. -Mansión Cheeseman, Lamberley. ¿Dónde está
Lamberley?-Está en Sussex, al sur de Horsham. -No muy lejos, ¿eh? ¿Y la mansión
Cheeseman?-Conozco esa zona, Holmes. Está llena de viejas casas que llevan los
nombres de los hombres que las construyeron hace siglos. Tiene usted las
mansiones Odley, y Harvey, y Carriton... A la gente se la ha olvidado, pero sus
hombres viven en sus casas. -Precisamente -dijo Holmes, fríamente. Era una de
las peculiaridades de su modo de ser, orgulloso y reservado, el que, si bien
almacenaba muy rápida y cuidadosamente en el cerebrotoda nueva información,
raras veces daba muestras de agradecimiento a aquel que se la hubiera
proporcionado-. Estoy por afirmar que sabremos muchas más cosas de la mansión
Cheeseman, en Lamberley, antes de haber terminado con
esto. La carta es, tal como esperaba, de Robert Ferguson. A propósito,
dice que le conoce a usted. -¿Que me conoce?-Mejor lea la carta. Me tendió la
carta. Llevaba el encabezamiento citado. Decía así:
Querido mister Holmes: me ha sido usted recomendado por mis abogados,
pero, a decir verdad, el asunto es tan extraordinariamente delicado que resulta
sumamente difícil hablar de él. Concierne a un amigo mío en cuyo nombre actúo.
Este caballero se casó hará como cinco años con una dama peruana, hija de un
negociante peruano al que había conocido en relación con la importancia de
nitratos. La dama era muy hermosa, pero su cuna extranjera y su distinta
religión determinaron siempre una separación de intereses y de sentimientos
entre marido y mujer, de modo que, al cabo de un tiempo, el amor de mi amigo
hacia ella pudo enfriarse, y pudo considerar aquel matrimonio como un error.
Sentía que había aspectos del modo de ser de su mujer que nunca podría explorar
ni entender. Esto era tanto más penoso cuanto que ella era la esposa más amante
que hombre pueda desear, y, según toda apariencia, absolutamente leal.
Ahora vayamos al punto que le expondré más claramente cuando hablemos.
Lo cierto es que esta nota pretende solamente darle una idea general de la
situación y averiguar si está usted dispuesto a intervenir en el asunto. La
dama empezó a mostrar ciertos rasgos extraños, totalmente ajenos a su carácter
habitual, que es dulce y apacible. El hombre había estado ya casado, y tenía un
hijo de su primera mujer. El muchacho tenía quince años, y era un chico muy
simpático y afectuoso, aunque desdichadamente lisiado a consecuencia de un
accidente en su infancia. En dos ocasiones se sorprendió a la mujer en el
momento de atacar al pobre muchacho, sin la menor provocación por parte de
éste. Una de las veces le golpeó con un bastón, causándole un gran moretón en
el brazo.
Eso no fue nada, sin embargo, si se compara con su conducta con su
propio hijo, un niñito que aún no ha cumplido el año. En cierta ocasión, hace
cosa de un mes, este niño había sido dejado solo por su aya durante unos pocos
minutos. Un fuerte grito del niño, como de dolor, hizo volver al aya. Cuando
ésta entró corriendo en la habitación, vio a su ama, la señora de la casa,
inclinada sobre el niño y, aparentemente mordiéndole en el cuello. El niño
tenía en el cuello una pequeña herida por la que salía un hilillo de sangre.
El aya quedó tan horrorizada que quiso llamar al marido, pero la dama le
imploró que no lo hiciera, e incluso le dio cinco libras como precio de su
silencio. No dio ninguna explicación, y de momento, no se habló más del asunto.
Aquello dejó, sin embargo, una impresión terrible en el aya, y, desde
entonces, vigiló estrechamente a su ama, y montó una guardia más cuidadosa
sobre el niño, al que quería tiernamente. Le pareció que, del mismo modo que
ella vigilaba a la madre, la madre la vigilaba a ella, y que, cada vez que se
veía obligada a dejar solo al niño, la madre esperaba llegar hasta él. El aya
guardó al niño día y noche, y día y noche la silenciosa madre vigilante parecía
estar al acecho como el lobo acecha al cordero. Esto le parecerá increíble, y,
sin embargo, le ruego que se lo tome con toda seriedad, porque la vida de un
niño y la cordura de un hombre puede depender de ello.
Finalmente llegó el día tremendo en que los hechos no pudieron seguir
siendo ocultados al marido. Los nervios del aya no resistieron; no podía seguir
soportando la tensión, y se lo contó todo al hombre. A él le pareció aquello
una historia tan descabellada como ahora puede parecérselo a usted. Sabía que
la suya era una esposa amante, y, salvo por los ataques contra su hijastro, una
madre amante. ¿Cómo, entonces, era posible que hubiera herido a su querido
niñito? Le dijo al aya que estaba disparatando, que sus sospechas eran las de
una demente, y que no podían tolerarse semejantes infundios contra la señora.
Mientras hablaban, se oyó un grito de dolor. Aya y amo se abalanzaron juntos
hacia el cuarto del niño. Imagínese sus sentimientos, señor Holmes, cuando vio
a su mujer levantarse de la posición de arrodillada, junto a la cuna, y vio
sangre en el cuello al descubierto del niño y sobre la sábana. Profiriendo un
grito de horror, volvió hacia la luz el rostro de su mujer y le vio sangre
alrededor de los labios. Era ella, ella, más allá de toda duda, la que había
bebido sangre del pobre niño.
Así está la cosa. La mujer está ahora confinada en su habitación. No ha
habido explicaciones. El marido está medio enloquecido. El sabe, como yo, muy
poco de vampirismo, aparte del nombre. Habíamos pensado que era algún cuento
fantástico de tierras lejanas. Y, sin embargo, aquí, en Inglaterra, en el
corazón mismo de Sussex... Bueno, todo esto podríamos discutirlo mañana por la
mañana. ¿Acepta usted recibirme? ¿Querrá emplear sus notables talentos en
ayudar a un hombre aturdido? Si es así, tenga la amabilidad de cablegrafiar a
Ferguson, Mansión Cheeseman, Lamberley, y estaré en sus habitaciones a las
diez.
Sinceramente suyo,
Robert Ferguson.
P.S.-Creo que su amigo Watson jugaba al rugby en el equipo de Blackheath
cuando yo era tres cuartos en el de Richmond. Es la única referencia de orden
personal que puedo darle.
-Claro que lo recuerdo -dije, dejando la carta-. El grandullón Bob
Ferguson, el mejor tres cuartosque nunca tuvo Richmond. Fue siempre un tipo
excelente. Es muy suyo el preocuparse por el problema de un amigo. Holmes me
miró pensativamente y meneó la cabeza. -Watson, jamás lograré alcanzar sus
fronteras -dijo-. Hay en usted posibilidades inexploradas.Haga el favor de
enviar un cable, como un buen chico: «Estudiaré su caso gustosamente.» -¡Su
caso! -No debemos permitir que piense que esta agencia es un asilo de
retrasados mentales. Claro quees su caso. Envíele el cable y olvídese del
asunto hasta mañana.
La mañana siguiente, puntualmente a las diez, Ferguson entraba en
nuestra salita. Yo le recordaba como un hombre alto y flaco, de miembros
sueltos, con una veloz carrera que le había permitido burlar a muchos defensas
contrarios. Creo que no hay cosa más penosa que encontrarse con los restos
naufragados de un atleta que se ha conocido en su plenitud. Su fuerte
estructura estaba abatida, su pelo rubio era ralo, y estaba cargado de hombros.
Temí suscitar en él impresiones correlativas. -Hola, Watson -dijo; y su voz
seguía siendo grave y cordial-. No tiene usted exactamente el mismo aspecto del
hombre al que yo tiré por encima de las cuerdas en Old Deer Park. Supongo que
yo también debo estar un tanto cambiado. Pero han sido estos últimos uno o dos
días los que me han envejecido. He visto por su telegrama, señor Holmes, que es
inútil que me presente como emisario de otra persona. -Es más fácil el trato
directo -Desde luego. Pero puede usted suponer lo difícil que resulta hablar
así de la mujer que uno está obligado a proteger y ayudar. ¿Qué puedo hacer?
¿Cómo voy a acudir a la policía con semejante historia? Pero hay que proteger a
los niños. ¿Es que está loca, señor Holmes? ¿Llevará esto en la sangre? ¿Ha
conocido usted algún caso parecido en su carrera? Por el amor de Dios, deme
algún consejo, porque ya no doy más de mí. -Es muy natural, señor Ferguson.
Ahora siéntese y cálmese, y deme algunas respuestas claras. Puedo asegurarle
que yo sí puedo dar muchísimo más de mí, y que confío en encontrar alguna
solución. Ante todo, dígame qué pasos ha dado. ¿Sigue su mujer cerca de los
niños? -Tuvimos una escena terrible. Es una mujer amantísima, señor Holmes. Si
alguna vez una mujer ha amado a su marido en cuerpo y alma, ésa es ella. Le
partió el corazón el que yo hubiera descubierto ese secreto, ese horrible e
increíble secreto. Ni siquiera dijo nada. No dio a mis reproches otra respuesta
que una expresión como enloquecida y desesperada en sus ojos al mirarme, luego
se fue corriendo a su habitación y se encerró en ella. Desde entonces se ha
negado a verme. Tiene una doncella llamada Dolores que ya estaba a su servicio
antes de que se casara... Es una amiga más que una criada. Le lleva la comida.
-Entonces, ¿el niño no está en peligro inmediato? -La señora Mason, el aya, ha
jurado que no le dejará ni de día ni de noche. Puedo confiar por entero en
ella. Más que por él estoy inquieto por el pobrecito Jack, porque tal como le
dije en mi nota, ha sido atacado por ella dos veces. -¿Pero sin sufrir heridas?
-No. Le golpeó salvajemente. Es una cosa todavía más terrible si se tiene en
cuenta que es un pobre inválido inofensivo -las duras facciones de Ferguson se
dulcificaron al hablar de su chico-. Uno pensaría que la condición del muchacho
ablandaría el corazón de cualquiera. Una caída en la niñez y la columna
vertebral deformada, señor Holmes. Pero, por dentro, el más dulce y afectuoso
de los corazones. Holmes había tomado la carta del día anterior y la estaba
releyendo. -¿Qué otros ocupantes tiene su casa, señor Ferguson? -Dos criados
que no hace mucho que están a nuestro servicio. Un mozo de cuadras, Michael,
que duerme en la casa. Mi mujer, yo mismo, mi chico Jack, el pequeño, Dolores y
la señora Mason. Eso es todo. -Conjeturo que no conocía usted bien a su esposa
en la época de su matrimonio. -Hacía sólo unas pocas semanas que la conocía.
-¿Cuánto tiempo ha estado con ella la doncella Dolores? -Algunos años.
-Entonces, ¿Dolores debe conocer mejor que usted el carácter de su mujer? -Sí,
podría decirse que sí. Holmes anotó algo.
-Imagino -dijo- que puedo ser más útil en Lamberley que aquí. Es
eminentemente un caso de investigación personal. Si la dama permanece en su
habitación, nuestra presencia no puedeirritarla ni incomodarla. Naturalmente,
nos alojaremos en la posada. Ferguson tuvo un gesto de alivio. -Esto es lo que
yo esperaba, señor Holmes. Hay un tren excelente que sale a las dos de la
estación Victoria, si puede venir. -Claro que iremos. Ahora tenemos un bache de
trabajo. Puedo concederle indivisamente mis energías. Naturalmente, Watson nos
acompaña. Pero hay uno o dos puntos de los que quisiera estar seguro antes de
partir. Esa desdichada dama, tal como lo entiendo, ha atacado,aparentemente, a
ambos niños: a su propío hijo y al del primer matrimonio de usted. -Así es. -Pero
estos ataques toman formas diferentes, ¿no es cierto? Golpeó a su hijastro.
-Una vez con un bastón, y otra muy salvajemente con las manos. - ¿No dio
ninguna explicación de porqué le golpeaba?-Ninguna, salvo que le odiaba. Una y
otra vez dijo esto. -Bueno, no se desconoce
esto en las madrastras. Celos póstumos, por decirlo de algún modo.
¿Escelosa la dama por naturaleza? -Sí, es muy celosa... Es celosa con toda la
fuerza de su vehemente amor tropical. -Pero el muchacho... Tiene quince años,
creo haber entendido, y probablemente estará muy desarrollado mentalmente,
puesto que su cuerpo está tan limitado en la acción. ¿No dio él ninguna
explicación de esos ataques? -No. Declaró que no había ninguna razón para
ellos. -¿Hicieron buenas migas en otro tiempos?-No; nunca hubo amor entre
ellos. -Y, sin embargo, dice usted que es un chico muy afectuoso. - En todo el
mundo no puede haber otro hijo tan ferviente. Mi vida es su vida. Está absorto
entodo lo que digo y hago. Holmes anotó nuevamente algo. Permaneció un rato
perdido en sus pensamientos. -Sin duda, usted y su hijo eran grandes camaradas
antes de este segundo matrimonio. Estaban muy cerca el uno del otro, ¿no es
cierto?-Sí, muy cierto. -Y el chico, siendo tan afectuoso de naturaleza,
estaría muy apegado, sin duda, a la memoria desu madre. -Sí, mucho. -Parece
ser, desde luego, un interesantísimo muchacho. Otro punto acerca de esos
ataques. ¿Losextraños ataques contra el niño pequeño, y las agresiones contra
su hijo, se produjeron en los mismos períodos?-En el primer caso, así fue. Fue
como si se hubiera adueñado de ella una especie de frenesí, y hubiera
descargado su furia contra ambos. En el segundo caso Jack fue la única víctima.
La señora Mason no tenía quejas en torno al niño. -Eso, ciertamente, complica
las cosas. - No acabo de seguirle, señor Holmes. -Probablemente no. Uno se
forma teorías provisionales, y espera a que el tiempo o nuevos conocimientos
las desbaraten. Una mala costumbre, señor Ferguson, pero el hombre es débil. Me
temo que su viejo amigo, aquí presente, haya dado una visión exagerada de mis
métodos científicos. Sin embargo, en el punto en que estamos, me limitaré a
decir que su problema no me parece insoluble, y que puede contar con que
estaremos en la estación Victoria a las dos. Era ya entrada la tarde de un triste
y brumoso día de noviembre cuando, tras dejar el equipaje en la posada
Chequers, de Lamberley, viajamos en coche por un largo y serpenteante camino
arcilloso de Sussex, y llegamos finalmente a la vieja casa de campo aislada en
que vivía Ferguson. Era un edificio grande y complicado, muy antiguo en su
parte central, muy nuevo en
las alas, con altas chimeneas estilo Tudor y un techo picudo de lajas de
Horsham cubiertas de liquen. Los peldaños de la entrada estaban redondeados por
el desgaste, y los viejos azulejos que adornaban el pórtico tenían el emblema
de un queso y un hombre, en honor al constructor original (1). En el interior,
los techos estaban estriados por macizas vigas de roble, y los suelos
irregulares se combaban en pronunciadas curvas. Un olor a cosa vieja y
enmohecida invadía todo aquel vetusto edificio.
Había una gran sala central, y a ella nos condujo Ferguson. Allí, en una
gran chimenea anticuada cuyo manto de hierro llevaba inscrita la fecha 1670,
brillaba y chisporroteaba un espléndido fuego de troncos. Mirando a mi
alrededor, vi que la habitación era una singularísima mezcla de fechas y
sitios. Lasparedes medio artesonadas podían muy bien haber pertenecido al
caballero campesino del siglo diecisiete. Estaban ornamentadas, sin embargo, en
la parte inferior por una línea de acuarelas modernas elegidas con gusto,
mientras que en la parte superior, donde un yeso amarillentoocupaba el lugar
del roble, colgaba una hermosa colección de utensilios y armas sudamericanos,
que se había traído sin duda consigo la dama peruana que estaba en el piso de
arriba. Holmes se puso en pie, con esa pronta curiosidad que surgía de su
impaciente cerebro, y la examinó con bastante atención. Volvió con mirada
pensativa. -¡Vaya! -exclamó- ¡Vaya! Un spaniel, que había permanecido en una
cesta en un rincón, se echó a andar lentamente hacia su amo, avanzando con
dificultad. Sus patas traseras se movían irregularmente, y la cola le
arrastraba por el suelo. Lamió la mano de Ferguson. -¿Qué ocurre, señor
Holmes?-El perro. ¿Qué le ocurre?-Eso quisiera saber el veterinario. Una
especie de parálisis. Meningitis espinal, pensó él. Pero se le va pasando.
Pronto estará bien... ¿no es verdad, Carlo?Un temblor de asentimiento recorrió
la cola fláccida. Los ojos tristones del animal nos miraron a todos
sucesivamente. Sabia que estábamos hablando de su caso. -¿Le vino de
repente?-En una sola noche. -¿Cuánto tiempo hace? -Puede que cuatro meses. -Muy
notable. Muy sugerente. -¿Qué ve usted en ello, señor Holmes?-Una confirmación
de lo que ya pensaba. -Por el amor de Dios, ¿qué piensa usted, señor Holmes?
¡Puede que para usted sea un simpleejercicio intelectual, pero para mí es la
vida o la muerte! ¡Mi mujer una asesina frustrada! ¡Mi hijo en constante
peligro! No juegue conmigo, señor Holmes. Esto es terriblemente serio,demasiado
serio. El grandullón tres cuartos de rugby temblaba de pies a cabeza. Holmes le
puso la mano en elhombro, tranquilizadoramente. -Me temo que la solución, señor
Ferguson, sea cual sea, le reserva un dolor -dijo-. Se lo atenuaré todo lo que
pueda. Por el momento no puedo decir más, pero espero tener algo definitivo
antesde salir de esta casa. -¡Dios quiera que así sea! Si ustedes me disculpan,
caballeros, subiré a la habitación de mi mujer, y veré si se ha producido algún
cambio. Estuvo ausente algunos minutos, durante los cuales Holmes reanudó su
examen de los objetos curiosos de la pared. Cuando nuestro anfitrión volvió,
estaba claro, por su expresión abatida, que no había hecho ningún progreso. Le
acompañaba una joven, alta, esbelta, de tez morena. -El té está listo,
Dolores -dijo Ferguson-. Cuídese de que su ama tenga todo lo que desee.
-Está muy mala -exclamó la muchacha, mirando a su amo con ojos
indignados-. No pide comida. Está muy mala. Necesita un médico. Me daba miedo
estar sola con ella sin un médico. Ferguson me miró con una interrogación en
los ojos. -Me encantaría ser de alguna utilidad. -¿Recibirá su ama al doctor
Watson?-Que venga. No se lo preguntaré. Necesita un médico. -Entonces, iré con
usted de inmediato. Seguí a la muchacha, que temblaba presa de un fuerte
nerviosismo, por las escaleras y por unviejo pasillo. A su extremo había una
maciza puerta lacada de hierro. Se me ocurrió, al verla, que si Ferguson
trataba de llegar por la fuerza junto a su mujer la cosa no le resultaría
fácil. Lamuchacha se sacó una llave del bolsillo, y las pesadas planchas de
roble crujieron sobre susviejos goznes. Entré, y ella me siguió rápidamente,
cerrando la puerta detrás suyo. En la cama había una mujer, evidentemente con
mucha fiebre. Estaba consciente sólo a medias, pero cuando entré unos ojos
asustados, pero hermosos, me miraron con miedo. Al ver a un extraño, pareció
sentir alivio, y con un suspiro dejó caer nuevamente la cabeza sobre la
almohada. Avancé hacia ella pronunciando algunas palabras de confortación, y
permaneció quieta mientras le tomaba el pulso y la temperatura. Uno y otra estaban
altos, y, sin embargo, miimpresión fue que su condición era más de excitación
mental y nerviosa que no de auténtica enfermedad. -Ha estado así un día, dos
días. Temo que se muera -dijo la muchacha. La mujer volvió hacia mí su hermoso
rostro encendido. -¿Dónde está mi marido?-Está abajo, y le gustaría verla. -No
le veré. No le veré -y pareció entrar de nuevo en el delirio-. ¡Un diablo! ¡Un
diablo! ¡Oh! ¿Qué puedo hacer con ese demonio? -¿Puedo ayudarla en algo? -No.
Nadie puede ayudarme. Se acabó. Todo está destruido. Haga lo que haga, todo
estádestruido. La mujer debía sufrir alguna extraña ilusión. Yo era incapaz de
imaginarme al honrado Bob Fergusón como diablo o demonio. -Señora -dije-, su
marido la quiere a usted tiernamente. Está muy apenado por lo que ocurre. De
nuevo volvió hacia mí aquellos ojos magníficos. -Me quiere. Sí. Pero, ¿es que
yo no le quiero a él? ¿No le quiero hasta el punto de sacrificarmeantes que
romper su querido corazón? Así es como le quiero. Y, sin embargo, él podría
pensar demí... pudo hablarme de aquel modo... -Está muy dolorido, pero es
incapaz de entender. -No, no puede entender. Pero debería confiar. -¿Por qué no
habla con él? -sugerí. -No, no; no puedo olvidar aquellas palabras terribles,
ni su expresión. No le veré. Ahora váyase. No puede hacer nada por mí. Dígale
solamente una cosa. Quiero a mi hijo. Tengo derecho a mihijo. Este es el único
mensaje que puedo enviarle. Se volvió de cara a la pared y no dijo más. Volví a
la sala de abajo donde Ferguson y Holmes seguían todavía sentados junto al
fuego. Ferguson escuchó pensativamente mi narración de la entrevista. - ¿Cómo
puedo mandarle a su hijo? -dijo-. ¿Cómo voy a saber qué extraño impulso puede
entrarle? ¿Cómo podré jamás olvidar cómo se levantó del lado de la cuna con sangre
en los labios? -se estremeció al recordar-. El niño está seguro con la señora
Mason, y debe seguir con ella. Una doncella de elegante uniforme, la única cosa
moderna que podía verse en la casa, había traído un poco de té. Mientras lo
estaba sirviendo, se abrió la puerta y un jovencito entró en lahabitación. Era
un muchacho que llamaba la atención: cara pálida, cabello rubio, expresivos
ojos
azul pálido que se encendían en súbita llama de emoción y alegría cuando
su mirada se posaba en su padre.
Se abalanzó hacia él y le rodeó el cuello con los brazos, con el
abandono de una adolescente enamorada.
-Oh, papá -gritó-, no sabía que ya estuvieras de vueltas. Habría estado
aquí esperándote. ¡Oh! ¡Qué contento
estoy de verte! Ferguson se liberó suavemente del abrazo, con ciertas
muestras de turbación. -Querido
muchacho -dijo, dando unos tiernos golpecitos en la rubia cabeza-, he
vuelto pronto porque he podido
convencer a mis amigos, el señor Holmes y el doctor Watson, para que
vinieran a pasar la velada con
nosotros. -¿Es el señor Holmes, el detective? -Sí. El jovencito nos miró
de un modo penetrante y, según me
pareció, poco amistoso. -¿Qué me dice de su otro hijo, señor Ferguson?
-preguntó Holmes- ¿Podríamos ver
al bebé? -Pídele a la señora Mason que baje al niño -dijo Ferguson. El
muchacho se marchó con un andar
extraño, bamboleante, que delató a mis ojos médicos que sufría de una
afección espinal. Volvió al poco rato,
y, detrás suyo, venía una mujer alta y delgada que llevaba en sus brazos
a un hermosísimo niño, de ojos
negros y pelo rubio, una maravillosa mezcla de lo sajón y lo latino.
Ferguson, evidentemente estaba loco por
aquel niño, ya que lo tomó en sus brazos y lo acarició tiernamente. -Y
pensar que alguien pueda tener el
corazón tan duro como para hacerle daño -murmuró, bajando la mirada
hacia la pequeña mancha rojo vivo
del cuello del querubín. Fue en aquel momento cuando casualmente miré a
Holmes, viéndole una expresión
singularísimamente concentrada. Su cara estaba inmóvil, como tallada en
marfil, y sus ojos, que por un
momento habían mirado a padre e hijo, estaban ahora enfocados, con
vehemente curiosidad, en algo que se
encontraba al otro extremo de la habitación. Siguiendo su mirada, no
pude suponer otra cosa sino que a
través de la ventana contemplaba el melancólico jardín mojado. Cierto
que había una persiana medio
cerrada por la parte de fuera, obstruyendo la visión, pero, con todo,
era indudablemente la ventana lo que
Holmes miraba con concentrada atención. Luego sonrió, y su mirada volvió
al bebé. En su cuello regordete estaba la pequeña señal hinchada. Sin decir
nada, Holmes la examinó atentamente. Finalmente, tomó y agitó levemente uno de
los pequeños puños que revoloteaban ante su cara. -Adiós, hombrecito. Has
tenido un extraño comienzo en la vida. Aya, quisiera tener unas palabras con
usted en privado. Se la llevó aparte y le habló vehemente durante algunos
minutos. Sólo pude oír las últimas palabras, que fueron: «Espero que su
inquietud no tarde en quedar apaciguada.» La mujer, que parecía ser una
criatura de la especie huraña y silenciosa, se retiró con el niño. -¿Como es la
señora Mason? -preguntó Holmes. -No muy convincente externamente, como puede
ver, pero tiene un corazón de oro, y quiere muchísimo al niño. -¿Te gusta la
señora Mason, Jack? -Holmes se volvió repentinamente hacia el muchacho, cuya
expresiva cara se ensombreció. Negó con la cabeza. -Jacky tiene agrados y
desagrados muy acentuados -dijo Ferguson, rodeando con el brazo los hombros del
muchacho-. Afortunadamente, yo estoy entre sus agrados. El chico apoyó
arrulladoramente la cabeza en el pecho de su padre. Ferguson lo separó
suavemente. -Vete ya, Jacky, pequeño -dijo; y contempló a su hijo con mirada
amorosa hasta que hubo desaparecido- . Ahora, señor Holmes -prosiguió, cuando
el chico se hubo ido- , realmente me doy cuenta de que le he metido en un
problema sin solución, porque ¿qué puede hacer aparte de concederme su
simpatía? Debe ser un asunto extremadamente delicado y complejo desde su punto
de vista.
-Es ciertamente delicado -dijo mi amigo, con una sonrisa divertida-,
pero ahora no se merepresenta complejo. Ha sido un caso propio para la
deducción intelectual; pero cuando esta deducción intelectual original se ve
confirmada punto por punto por numerosos incidentes independientes, entonces lo
subjetivo se hace objetivo, y podemos decir confiadamente quehemos llegado a la
meta. De hecho, ya había llegado a ella antes de salir de Baker Street; el
resto ha sido meramente observación y confirmación. Ferguson se llevó su manaza
a la arrugada frente. -Por el amor del cielo, Holmes -dijo, roncamente-, si es
usted capaz de ver la verdad de este asunto, no me mantenga en la inquietud.
¿En qué posición me encuentro? ¿Qué debo hacer? No me importa cómo haya llegado
usted a establecer los hechos, mientras realmente los conozca. -Desde luego, le
debo una explicación, y la tendrá. Pero, ¿me permite llevar las cosas a
mimanera? ¿Puede recibirnos la dama, Watson?-Está enferma, pero goza de toda su
razón. -Muy bien. Sólo en su presencia podremos aclararlo todo. Subamos a
verla. - No me recibirá -exclamó Ferguson. -Oh, sí, lo hará -dijo Holmes.
Garrapateó unas pocas líneas en un papel-. Usted, al menos, tiene la entrée,
Watson. ¿Tendrá la bondad de entregarle esta nota a la dama?Subí nuevamente, y
entregué la nota a Dolores, que abrió la puerta cautamente. Al cabo de un
minuto oí un grito en el interior, un grito en el que parecían mezclarse la
alegría y la sorpresa, Dolores sacó la cabeza por la puerta. -Les recibirá. Escuchará
-dijo. Ferguson y Holmes subieron a mi llamada. Cuando entramos en la
habitación, Ferguson dio uno
o dos pasos hacia su mujer, que se había incorporado en la cama; pero
ella hizo con la mano ademán de detenerle. Ferguson se dejó caer en un sillón,
y Holmes y yo nos sentamos a su lado, después de una inclinación de cabeza a la
dama, que miró a Holmes con los ojos dilatados por el asombro. -Creo que
podríamos prescindir de Dolores -dijo Holmes- . Oh, muy bien, señora, si
prefiere que se quede, no tengo nada que objetar. Mire, señor Ferguson, soy un
hombre ocupado, con muchas visitas, y mis métodos tienen que ser breves y
directos. La operación quirúrgica más rápida es la menos dolorosa. Permítame
que antes que nada le diga algo que tranquilizará su espíritu. Su mujer es muy
buena, muy amante, y ha sido tratada muy mal. Ferguson se puso en pie con un
grito de alegría. -Demuéstreme esto, señor Holmes, y estaré en deuda con usted
para siempre. -Lo haré, pero al hacerlo le heriré profundamente en otra
dirección. -No me importa, si libera de culpa a mi mujer. Todo lo demás que hay
en el mundo no es nada comparado con eso. -Permítame contarle, entonces, el
curso de los razonamientos que pasaron por mi mente en Baker Street. La idea de
un vampiro me resultaba absurda. Y, sin embargo, su observación era precisa.
Usted había visto a la dama levantarse de junto a la cuna del niño con sangre
en los labios. -Cierto. -¿No se le ocurrió que puede chuparse una herida con
propósitos distintos al de extraer sangre? ¿Acaso no hubo una reina en la
historia de Inglaterra que chupó una herida para sacar de ella el veneno? -¡Veneno!
-Cosa corriente en Sudamérica. Mi instinto percibió la presencia de esas armas
de la pared antes de haberlas visto. Hubiera podido tratarse de otro veneno,
pero eso fue lo que se me ocurrió. Cuando vi el pequeño carcaj vacío junto al
pequeño arco de cazar pájaros, eso era exactamente lo que esperaba ver. Si el
niño resultaba pinchado con una de esas flechas impregnadas en curare o en
cualquier otro alcaloide diabólico, moriría a menos que se chupara el veneno de
la herida. ¡Y el perro! Si alguien fuera a usar un veneno como ése, ¿no lo
probaría primero para comprobar que no había perdido sus virtudes? No había
previsto al perro, pero al menos lo entendí, y encajó
en mi reconstrucción. ¿Entiende ahora? Su mujer temía un ataque de esa
clase. Vio que se producía, y salvó
la vida del niño; y, sin embargo, no quiso contarle a usted la verdad,
porque sabía cuánto quería usted al muchacho, y temió romperle el corazón.
-¡Jacky!-Le estuve observando hace unos momentos, cuando usted acariciaba al
pequeño. Su cara se reflejaba claramente en la ventana, porque la persiana
cerrada convertía al cristal en espejo. Vi en esa cara tantos celos, tanto odio
cruel, como raras veces he visto en un rostro humano. -¡Mi Jacky! -Tiene usted
que afrontarlo, señor Ferguson. Es todavía más penoso por cuanto que ha sido un
amor deformado, un amor demencialmente exagerado hacia usted, y probablemente
hacia su difunta madre, el que le ha inducido a actuar. Su alma entera está
consumida por el odio a ese espléndido niñito, cuya salud y belleza contrastan
con su propia deficiencia. -¡Santo Dios! ¡Es increíble! -¿He dicho la verdad,
señora?La mujer sollozaba, con la cara hundida entre las almohadas. En aquel
momento se volvió haciasu marido. -¿Cómo podía decírtelo, Bob? Sabía qué golpe
sería para ti. Era mejor que esperara, y que lo supieras por otros labios que
los míos. Cuando este caballero, que parece poseer poderes mágicos, me escribió
que lo sabía todo, me sentí extremadamente feliz. -Creo que mi receta para el
señorito Jacky sería un año de viaje por mar -dijo Holmes,poniéndose en pie-.
Sólo me queda una cosa oscura, señora. Podemos entender perfectamente
susataques contra Jacky. La paciencia de una madre tiene un limite. Pero, ¿cómo
se atrevió a dejar solo al niño estos últimos dos días?-Se lo había contado a
la señora Mason. Ella sabía. -Exacto. Eso pensé. Ferguson estaba junto a la
cama, conteniendo los sollozos, con las manos tendidas, tembloroso. - Creo,
Watson, que es el momento de marchamos -dijo Holmes, en un susurro-. Si coge
usted de un brazo a la excesivamente fiel Dolores, yo la cogeré del otro. Eso.
Ahora -añadió, cerrando la puerta detrás suyo-, creo que podemos dejar que
arreglen entre ellos lo que queda pendiente. Sólo tengo una anotación más sobre
este caso. Se trata de la carta que escribió Holmes comorespuesta final a
aquella con que empezaba este relato. Decía así:
Baker Streeet, 21 de noviembre.
Asunto: Vampiros.
Señor: en respuesta a su carta del 19, me permito comunicarle que he
estudiado el caso de su cliente, el señor Robert Ferguson, de Ferguson &
Muirhead, mayoristas de té, de Mincing Lane, y que el asunto ha sido llevado a
una satisfactoria conclusión. Agradeciéndole su recomendación, soy de ustedes,
atento, seguro servidor,
Sherlock Holmes.
(1) El nombre de la
mansión, «Cheeseman», está formado por «cheese», queso, y «man», hombre.
Literalmente: «hombre de queso».
FIN
La aventura de los tres Garridebs
Pudo haber sido una comedia, o puedo haber sido tragedia. Le costó a un
hombre su razón, me costó el alquiler de sangre, y le costó a otro hombre las
penalidades de la ley. Sin embargo allí había ciertamente un elemento de
comedia. Bien, deberán juzgarlo por ustedes mismos.
Recuerdo la fecha muy bien, porque fue en el mismo mes que Holmes
rechazó una orden de caballería por los servicios que quizás algún día sean
descriptos. Sólo me referiré al asunto en cuestión, porque en mi posición de
compañero y confidente estoy obligado a ser particularmente cuidadoso en evitar
cualquier indiscreción. Repito, de todas formas, que esto me permite asegurar
la fecha, la cualfue a finales de Junio, 1902, poco tiempo después de la
conclusión de la guerra en África del Sur. Holmes había pasado varios días en
cama, como es su hábito de tiempo en tiempo, pero emergió esa mañana con un
largo documento de papel plegado en su mano y un centelleo de diversión en sus
austeros ojos grises.
—Hay una chance para usted de hacerse con algo de dinero, amigo Watson
—dijo—. ¿Ha escuchado alguna vez el nombre de Garrideb?
Admití que no.
—Bien, si puede colocar su mano sobre un Garrideb, hay dinero en él.
—¿Por qué?
—Ah, esa es una larga historia… más bien una caprichosa, también. No
creo que en todas nuestras exploraciones de las complejidades humanas nos
hayamos en toda la vida encontrado con alguna tan singular. El amigo estará
presente para un contra interrogatorio, así que no abriré el asunto hasta que
llegue. Pero, mientras tanto, ese es el nombre que queremos.
El directorio telefónico yacía en la mesa al lado mío, y me volteé sobre
las páginas en una bien dicho búsqueda desesperada. Pero para mi asombro ahí
estaba este extraño nombre en su debido lugar. Di una exclamación de triunfo.
—¡Aquí está, Holmes! ¡Aquí está!
Holmes tomó el libro de mi mano.
—“Garrideb, N.” —leyó— “Little Ryder Street 136, Oeste”. Lamento
decepcionarlo, mi querido Watson, pero este es el hombre por sí mismo. Esta es
la dirección sobre su carta. Queremos algo para emparejarlo.
La Sra. Hudson había entrado con una tarjeta sobre una bandeja. La tomé
y la miré.
—¡Por qué, aquí está! —grité con asombro—. Esta es una inicial
diferente. John Garrideb, Consejero en Leyes, Moorville, Kansas, Estados Unidos
de América.
Holmes sonrió cuando observó la tarjeta.
—Me temo que deberá hacer otro esfuerzo, Watson —dijo—. Este caballero
ya está también en la trama, sin embargo ciertamente no lo esperaba ver esta
mañana. De cualquier modo, está en posición de contarnos un buen trato del cual
quiero conocer.
Un momento después estaba en la habitación. El Sr. John Garrideb,
Consejero en Leyes, era un poderoso hombre de baja estatura con la cara redonda
y fresca, recién afeitada, característica de tantos hombres americanos de
negocios. El efecto general era regordete más bien como un niño, así que uno
recibía la impresión de un joven hombre calmo con una amplia sonrisa sobre su
cara. Sus ojos, sin embargo, estaban detenidos. Rara vez en cualquier cabeza
humana he visto un par los cuales sugieren un mayor intensidad de vida
interior, tan brillantes estaban, tan alertas, tan sensibles a todo cambio de
pensamiento. Su acento era americano, pero no estaba acompañado por alguna
excentricidad en el habla.
—¿Sr. Holmes? —preguntó, mirando de uno al otro— ¡Ah, sí! Sus imágenes
no lo favorecen, señor, si puedo decirlo. ¿Creo que tiene una carta de mi
homónimo, el Sr. Nathan Garrideb, no es cierto?
—Por favor, siéntese —dijo Sherlock Holmes—. Deberíamos, me imagino,
tener un buen trato para discutir —tomó sus hojas de papel plegado—. Usted es,
por supuesto, el Sr. John Garrideb mencionado en este documento. ¿Pero
seguramente habrá estado en Inglaterra algún tiempo?
—¿Por qué dice eso, Sr. Holmes? —me pareció leer una sospecha repentina
en esos expresivos ojos. —Su completa vestimenta es inglesa.
El Sr. Garrideb forzó una sonrisa.
—He leído sobre sus trucos, Sr. Holmes, pero nunca pensé que sería
sujeto de ellos. ¿Dónde lee eso?
—Los hombros cortados de su traje, los dedos del pie de sus botas…
¿Podría alguien dudarlo?
—Bien, bien, no tenía idea de que era tan obvio un británico. Pero los
negocios me trajeron aquí hace ya bastante tiempo, y entonces, como usted dice,
mi vestimenta es aproximada a la de todo Londres. Sin embargo, me imagino que
su tiempo es de valor, y no nos hemos encontrado para hablar acerca del corte
de mis calcetines. ¿Qué hay acerca de ese papel que sostiene en su mano?
Holmes tenía de alguna forma irritado a nuestro visitante, quien su
regordeta cara había asumido una mucho menor expresión de amabilidad.
—¡Paciencia! ¡Paciencia, Sr. Garrideb! —dijo mi amigo en una apaciguante
voz—. El Dr. Watson podría decirle que esas pequeñas digresiones mías algunas
veces prueban al final tener algo de relación con el asunto. ¿Pero por qué el
Sr. Nathan Garrideb no vino con usted?
—¿Por qué lo arrastró a usted del todo? —preguntó nuestro visitante con
una repentina llamarada de furia— ¿Qué rayos tiene que ver con esto? Aquí había
un poco de negocio profesional entre dos caballeros, ¡Y uno de ellos necesitaba
llamar a un detective! Lo vi esta mañana, y me contó de este engaño que me
había jugado, y es por eso que estoy aquí. Pero me siento mal acerca de ello,
todos iguales.
—No hubo consideraciones sobre usted, Sr. Garrideb. Era simplemente celo
sobre su parte de la ganancia al final… un final que es, como yo lo entiendo,
igualmente vital para ambos. Sabía que tenía maneras de obtener información, y,
en consecuencia, fue muy natural que debiera usarme.
La irritada cara de nuestro visitante se aclaró gradualmente.
—Bien, eso es diferente —dijo—. Cuando fui a verlo esta mañana y me dijo
que había enviado un detective, sencillamente pregunté por su dirección y vine
de inmediato. No quiero a la policía entrometida en asuntos privados. Pero si
se contenta con ayudarnos a encontrar al hombre, no puede haber daño en ello.
—Bien, así es justo como lo interpreto —dijo Holmes—. Y ahora, señor,
puesto que está aquí, hubiese sido mejor si teníamos cuentas claras de nuestros
propios labios. Mi amigo aquí no sabe nada de los detalles.
El Sr. Garrideb me examinó con mirada no demasiado amigable.
—¿Necesita saber? —preguntó.
—Usualmente trabajamos juntos.
—Bien, no hay razón entonces para que deba guardar un secreto. Le daré
los hechos tan cortos como pueda hacerlos. Si viniera desde Kansas no
necesitaría explicarle quien era Alexander Hamilton Garrideb. Hizo su dinero en
bienes raíces, y luego en el pozo de maíz en Chicago, pero lo gastó comprando
tanta tierra como pudiera hacer en una finca, extendiéndose a lo largo del Río
Arkansas, al oeste de Fuerte Dodge. Es una tierra de pastoreo, maderera,
cultivable y de minerales, y precisamente toda clase de tierra que brinde
dólares al hombre que la posea.
»No tenía conocidos ni parientes… o, si los tenía, nunca había oído de
ellos. Pero tomó una especie de orgullo en la rareza de su nombre. Eso fue los
que nos juntó. Yo estaba en la ley en Topeka, y un día tuve una visita del
anciano, y estaba muerto de risa de encontrar otro hombre con su propio nombre.
Era su novedad favorita, y estaba completamente dispuesto a encontrar si habían
más Garridebs en el mundo. “¡Encuéntrame otro!” dijo. Le contesté que era un
hombre ocupado y no podía gastar mi vida paseando alrededor del mundo en busca
de Garridebs. “Nada menos”, dijo él, “eso es justo lo que harás si las cosas
salen tan bien como la planeé”. Pensé que estaba bromeando, pero había un
poderoso montón de significado en las palabras, como estaba pronto a descubrir.
»Porque murió un año después de decir esto, y dejó un testamento tras de
él. Era el extraño testamento que había sido archivado en el Estado de Kansas.
Sus propiedades fueron divididas en tres partes y tuve que tener la condición
de encontrar dos Garridebs quienes deberían compartir el restante. Eran cinco
millones de
dólares para cada uno, pero no podíamos poner un dedo en él hasta que
estuviéramos los tres.
—Era una gran chance que deslizara mi práctica legal y me pusiera en
camino de buscar por los Garridebs. No hay ninguno en los Estados Unidos. Fui
tras él, señor, con un peine fino pero nunca pude atrapar un Garrideb. Entonces
probé en el viejo país. Indudablemente debían haber suficientes nombres en el
directorio telefónico de Londres. Fui tras él hace dos días y le expliqué todo
el asunto. Pero era un hombre solitario, como yo, con algunas relaciones con
mujeres, pero no hombres. Dijo tres hombres adultos en el testamento. Así que
verá que hay una vacante, y si pudiera ayudarnos a llenarlo estaríamos listos
para pagarle por sus costos.
—Bien, Watson —dijo Holmes con una sonrisa— ¿Dije que era algo
caprichoso, no es cierto? Debería pensar, señor, que sus obvias maneras fueron
advertir en las columnas de los diarios.
—Lo he hecho, Sr. Holmes. Ninguna respuesta.
—¡Mi estimado! Bien, es ciertamente un pequeño y curioso problema.
Deberé tomar una mirada en mi tiempo libre. Por cierto, es curioso que haya
venido de Topeka. Yo solía tener un corresponsal… ahora está muerto… el viejo
Dr. Lysander Starr, quien fue Mayor en 1890.
—¡El buen Dr. Starr! —dijo nuestro visitante—. Su nombre aún es
honorable. Bien, Sr. Holmes, debo suponer que todo lo que podemos hacer es
reportarnos y permitirnos saber como progresamos. Cuento con usted para oír
novedades en un día o dos —con esta seguridad nuestro americano se inclinó de
modo respetuoso y se marchó.
Holmes tenía encendida su pipa, y se sentó por algún tiempo con una
sonrisa curiosa sobre su cara.
—¿Bien? —pregunté al fin.
—Me estoy preguntando, Watson… ¡Sólo preguntando!
—¿Lo qué?
Holmes tomó la pipa de sus labios.
—Me estaba preguntando, Watson, qué cosa sobre la tierra puede ser el
objeto de este hombre para decirnos tal maraña de mentiras. Estuve cerca de
preguntarle… porque hubo varias veces cuando un bruto ataque frontal es la
mejor acción… pero juzgué que sería mejor dejarle pensar que nos ha engañado.
Aquí hay un hombre con un traje inglés raído en los codos y pantalones
abultados en la rodilla con una vestimenta añeja, y aún por este documento y
por su propia cuenta él es un americano provinciano que posteriormente
desembarcó en Londres. No hubieron avisos en las columnas del diario. Usted
sabe que no me pierdo nada en esa sección. Son mi abrigo favorito para ofrecer
un ave, y nunca he pasado por alto un faisán como ese. Nunca conocí un Dr.
Lysander Starr, de Topeka. Lo toqué donde sabía que era falso. Creo que este
compañero es realmente un americano, pero ha consumido su refinado acento con
años en Londres. ¿Cuál es su juego, entonces, y que motivo yace detrás de esta
absurda búsqueda por Garridebs? Vale la pena nuestra atención, porque,
exceptuando que el hombre es un bribón, es también ciertamente uno complejo e
ingenioso. Debemos encontrar si nuestro otro corresponsal también es un fraude.
Sólo llámelo, Watson.
Así lo hice, y oí una delgada y temblante voz en el otro lado de la
línea.
—Sí, sí, yo soy el Sr. Nathan Garrideb. ¿Está el Sr. Holmes ahí?
Desearía mucho tener unas palabras con el Sr. Holmes.
Mi amigo tomó el instrumento y oí el usual y sincopado dialogo.
—Sí, ha estado aquí. Entiendo que no lo conoce… ¿Hace cuanto?…
¡Solamente dos días! ¿Supongo que su homónimo no estará ahí?… Muy bien, iremos
entonces, porque más bien quisiera tener una conversación sin él… El Dr. Watson
irá conmigo… Entiendo por su nota que no suele salir muy seguido… Bien,
estaremos alrededor de las seis. No necesita mencionarlo al abogado americano…
Muy bien. ¡Hasta luego!
Era el crepúsculo de una adorable tarde de verano, e incluso Little
Ryder Street, uno de los más pequeños apéndices de Edgware Road, dentro de un
molde de piedra del viejo árbol de Tyburn de malvada memoria, se observaba
dorada y maravillosa por los inclinados rayos del poniente sol. Esta casa en
particular a la cual nos habíamos dirigido era un edificio grande, anticuado y
georgiano de los primeros tiempos, con una cara de ladrillos planos rota
solamente por dos profundos miradores en la planta baja. Era en esta planta
baja que
nuestro cliente vivía, y, por cierto, la ventana baja confirmaba ser el
frente de la gigante habitación en la cual pasamos sus horas de vigilia. Holmes
apuntaba cuando pasábamos las pequeñas placas de bronce las cuales llevaban los
curiosos nombres.
—Desaparecieron hace algunos años, Watson —remarcó, indicando su
descolorida superficie—. Este es su nombre real, de todos modos, y eso es algo
para notar.
La casa tenía una escalera común, y allí habían numerosos nombres
pintados en la sala, algunos indicando despachos y algunas cámaras privadas. No
era una colección de aposentos residenciales, pero más bien la morada de un
soltero bohemio. Nuestro cliente nos abrió la puerta por sí mismo y se disculpó
diciendo que la encargada se fue a las cuatro en punto. El Sr. Nathan Garrideb
probó ser una persona muy alta, inarticulada y de espalda redonda, delgada y
calva, de algunos sesenta y pico de edad. Tenía una cadavérica cara, con una
deslucida piel muerta de un hombre a quien el ejercicio le era desconocido.
Grandes y redondeados anteojos y una pequeña barba proyectante combinada con su
encorvada actitud daban una expresión de miope curiosidad. El efecto general,
sin embargo, era amigable, aunque excéntrico.
La sala era tan curiosa como su ocupante. Parecía del estilo de un
pequeño museo. Tanto como ancho y profundo, con armarios y gabinetes todo
alrededor, atestados con especimenes, geológicos y anatómicos. Estuches de
mariposas y polillas flanqueaban cada lado de la entrada. Una gran mesa en el
centro estaba ensuciada con toda clase de desechos, mientras que el alto tubo
de metal de un poderoso microscopio se erizaba entre ellos. Mientras ojeaba
alrededor me sorprendí en la universalidad de los intereses del hombre. Aquí
había un estuche de monedas antiguas. Allí, un gabinete de instrumentos de la
edad de piedra. Detrás de la mesa central, un gran armario de huesos fósiles.
Por encima, una línea de cráneos de yeso con nombres tales como “Neardenthal”,
“Heidelberg”, “Cro-Magnon” impresos bajo ellos. Era claro que era un estudiante
de variadas materias. Mientras permanecía en frente de nosotros, sostuvo una
pieza de cuero de gamuza en su mano derecha con la cual estaba puliendo una
moneda.
—Siracusana… del mejor período —explicó, sosteniéndola—. Se depreciaron
enormemente hacia el final. A lo sumo la sostengo soberanamente, aunque algunos
prefieran la escuela alejandrina. Encontrará una silla aquí, Sr. Holmes. Por
favor permítame limpiar esos huesos. Y usted, señor... ah, sí, Dr. Watson... si
tuviera la bondad de poner esa vasija japonesa hacia un lado. Usted ve
alrededor mis pequeños intereses en la vida. Mi doctor me sermonea acerca de no
salir nunca, ¿pero por qué debo salir cuando tengo tanto para sostenerme aquí?
Puedo asegurarle que el adecuado catálogo de uno de
esos gabinetes me tardaría unos buenos tres meses.
Holmes observó a su alrededor con curiosidad.
—¿Pero me dirá que nunca sale? —dijo.
—De vez en cuando conduzco a Sotheby’s o Christie’s. Por lo contrario
ocasionalmente dejo mi habitación. No soy muy fuerte, y mis investigaciones son
muy absorbentes. Pero puede imaginar, Sr. Holmes, que increíble choque…
placentero pero increíble… fue para mí cuando oí de esta incomparable buena
fortuna. Sólo necesita un Garrideb más para completar el asunto, y seguramente
podemos encontrar uno. Tenía un hermano, pero está muerto, y familiares
femeninas son descalificadas. Pero deben haber seguramente otros en el mundo.
He oído que maneja extraños casos, y fue por eso que envié por usted. Por
supuesto, este caballero americano es realmente directo, y debería haber tomado
su consejo primero, pero actué por lo mejor.
—Creo que actuó muy inteligentemente sin embargo —dijo Holmes—. ¿Pero
está realmente ansioso de adquirir una finca en América?
—Ciertamente no, señor. Nada podría inducirme a dejar mi colección. Pero
este caballero me aseguró que me la compraría tan pronto como tengamos
establecida nuestra demanda. Cinco millones de dólares fue la suma mencionada.
Hay docenas de especimenes en el mercado en el presente que llenarían las
grietas en mi colección, y los cuales no puedo adquirir aunque quisiera por
unos pocos cientos de libras. Sólo piense lo que podría hacer con cinco
millones de dólares. Porque, tengo el
núcleo de una colección nacional. Sería el Hans Sloane1 de mi época.
1 Sir Hans Sloane (1660-1753). Físico y científico. Miembro fundador del
Museo Británico y el Museo de
Historia Natural. Presidente de la Real Sociedad de 1727 a 1741. En un
viaje a Jamaica realizó varias anotaciones sobre la flora y fauna del lugar,
vestimenta y fenómenos naturales tales como terremotos. Coleccionó moluscos,
insectos, plantas y otros especimenes.
Sus ojos brillaron tras sus grandes anteojos. Era muy claro que ningún
esfuerzo sería economizado por el Sr.
Nathan Garrideb en encontrar un homónimo.
—Meramente llamé para hacerme de su conocimiento, y no hay razón por la
cual deba interrumpir sus estudios —dijo Holmes—. Prefiero establecer un toque
personal con aquellos con quien hago negocios. Hay algunas cuestiones que
necesito preguntar, porque tengo una muy clara narrativa en mi bolsillo, y
llené los espacios en blanco cuando este caballero americano llamó. Entiendo
que hasta esta semana estaba ignorante de su existencia.
—Así es. Llamó el pasado Martes.
—¿Le contó de nuestra entrevista de esta mañana?
—Sí, vino directamente hacia mí. Había estado muy enojado.
—¿Por qué debería estar enojado?
—Parecía pensar que había alguna consideración en su honor. Pero estaba
alegre de nuevo cuando regresó.
—¿Sugirió algún curso de acción?
—No, señor, no lo hizo.
—¿Tenía, o preguntó por, cualquier dinero suyo?
—¡No, señor, nunca!
—¿Vio algún posible objetivo que tenga en vista?
—Ninguno, excepto lo que manifiesta.
—¿Le contó de nuestra cita telefónica?
—Sí, señor, lo hice.
Holmes estaba perdido en sus pensamientos. Pude ver que estaba
desconcertado.
—¿Tiene algún artículo de gran valor en su colección?
—No, señor. No soy un hombre rico. Es una buena colección, pero no una
muy valuada.
—¿No tiene temor a los ladrones?
—Ni menos.
—¿Hace cuanto que ha estado en estas habitaciones?
—Aproximadamente cinco años.
El contra interrogatorio de Holmes fue interrumpido por un imperativo
golpeteo en la puerta. Tan pronto como descorrió el cerrojo nuestro cliente el
abogado americano estalló excitadamente dentro de la habitación.
—¡Aquí está! —gritó, agitando un papel sobre su cabeza— Pensé que debía
estar a tiempo de alcanzarlo. ¡Sr. Nathan Garrideb, mis felicitaciones! Es
usted un hombre rico, señor. Nuestro negocio esta felizmente finalizado y todo
está perfecto. Respecto a usted, Sr. Holmes, solamente podemos decir que
sentimos si le hemos dado algún problema.
Extendió con la mano el papel a nuestro cliente, quien permaneció parado
en una señal de aviso. Holmes y yo nos inclinamos hacia adelante y leímos sobre
su hombro. Esto es lo que decía:
HOWARD GARRIDEB CONSTRUCTOR DE MAQUINARIA AGRICULTURAL Agavilladoras,
cosechadoras, harado a vapor y manual, taladros, gradas, carreta de campesinos,
carruajes de cuatro puertas, y todos los demás accesorios. Cotizaciones de
pozos artesianos. Empleado de Grosvenor Buildings, Aston.
—¡Glorioso! —exclamó sin aliento nuestro anfitrión—. Eso hace a nuestro
tercer hombre.
—He abierto una investigación en Birmingham —dijo el americano—, y mi
agente me ha enviado este aviso de un periódico local. Debemos darnos prisa y
poner las cosas. Le he escrito a este hombre y le conté que lo verá en su
oficina mañana a la tarde, a las cuatro en punto.
—¿Quiere que lo vea?
—¿Qué dice usted, Sr. Holmes? ¿No piensa que debería ser más sabio? Aquí
estoy, un ambulante americano con una historia maravilloso. ¿Por qué debería
creer lo que le conté? Pero usted es un británico con sólidas referencias, y
está claro que él tomará nota de lo que diga. Podría ir con usted si lo desea,
pero tengo un día muy ocupado mañana, y podría seguirlo siempre si está en
cualquier problema.
—Bien, no he hecho un viaje tal por años.
—No es nada, Sr. Garrideb. Ya he resuelto nuestras conexiones. Se irá a
las doce y debería estar allí momentos después de las dos. Entonces regresará
la misma noche. Lo único que tiene que hacer es ver a este hombre, explicarle
el asunto, y obtener una declaración de su existencia. ¡Por Dios! —agregó
apasionadamente—. Considerando que vengo todo el camino desde el centro de
América, es seguramente un pequeño esfuerzo si va unos cientos de millas a fin
de poner este asunto al completo.
—Exactamente —dijo Holmes—. Creo que lo que este caballero dice es muy
cierto.
El Sr. Nathan Garrideb frunció sus hombros con un aire desconsolado
—Bien, si insiste deberé ir —dijo—. Es ciertamente duro para mí rehusar
algo así, considerando la gloria de esperanza que trajo a mi vida. —Entonces
eso está acordado —dijo Holmes—, y no hay duda que me dará un reporte tan
pronto como pueda.
—Yo me encargaré de eso —dijo el americano—. Bien —agregó mirando a su
reloj—, debo irme. Llamaré mañana, Sr. Nathan, y lo veré salir a Birmingham.
¿Me acompaña, Sr. Holmes? Bien, entonces, adiós, y tendremos buenas noticias
para usted mañana en la noche.
Noté que la cara de mi amigo se aclaró cuando el americano dejó la
habitación, y la mirada de pensamientos confusos habían desaparecido. —Desearía
si pudiera observar su colección, Sr. Garrideb —dijo—. En mi profesión todos
los elementos de curiosos conocimientos son útiles, y esta habitación suya es
un almacén de ellos.
Nuestro cliente centelleó con placer y sus ojos brillaron desde detrás
de sus grandes anteojos.
—Siempre he oído, señor, que usted es un hombre muy inteligente —dijo—.
Le daría una visita ahora mismo si tuviera el tiempo.
—Desafortunadamente, yo no lo tengo. Pero estos especimenes están tan
bien etiquetados y clasificados que duramente necesitaría su explicación
personal. ¿Si fuera capaz de observarlo mañana, presumo que no habría objeción
en que les echara una ojeada sobre ellos?
—No, para nada. Es realmente bienvenido. Este lugar estará, por
supuesto, cerrado, pero la Sra. Saunders estará en el sótano hasta las cuatro
en punto y le dejará aquí con su llave. —Bien, espero estar libre mañana en la
tarde. Si le pudiera decir una palabra a la Sra. Saunders estaría todo en
orden. ¿Por cierto, quién es su agente inmobiliario?
Nuestro cliente estaba asombrado por esta repentina pregunta.
—Holloway y Steele, en Edgware Road. ¿Pero por qué?
—Tengo un poco de arqueólogo cuando voy a las casas —dijo Holmes,
riendo—. Me estaba preguntando si esta era de la Reina Anna o georgiana.
—Georgiana, sin ninguna duda. —Realmente. Había debido pensar que era anterior.
De cualquier modo, es fácilmente verificable.
Bien, adiós, Sr. Garrideb, y que tenga todos los éxitos en su viaje a
Birmingham. El agente inmobiliario estaba cerrado, pero encontramos que estuvo
cerrado todo el día, así que regresamos a Baker Street. No fue hasta después de
la cena que Holmes volvió al asunto. —Nuestro pequeño problema se acerca al
final —dijo
—. No hay duda de que ha delineado la solución en su propia mente. —No
comprendo ni una palabra de ello.
—La cabeza está seguro suficientemente despejada y la cola la veremos
mañana2. ¿No ha notado nada curioso acerca del aviso?
—Vi que la palabra “arado” estaba mal escrita.
—¿Oh, ha notado eso, no es cierto? Venga, Watson, mejora todo el tiempo.
Sí, era un mal inglés pero un buen americano. El impresor lo ha puesto como lo
recibió. Entonces el carruaje. Eso también es americano. Y los pozos artesianos
son comunes con ellos más que con nosotros. Era un típico aviso americano, pero
pretendiendo ser de una firma inglesa. ¿Qué piensa de ello?
2 “I can make neither head nor
tail of it” en el original, literalmente “no puedo hacer ni cabeza ni cola de
ello”.
—Sólo puedo suponer que este abogado americano lo puso por sí mismo.
Cuál fue su objetivo no lo puedo entender.
—Bien, hay dos explicaciones alternativas. De todos modos, quería enviar
a este viejo fósil a Birmingham. Eso está muy claro. Le debí haber dicho que
estaba claramente yendo a una búsqueda sin sentido, pero, en segundo lugar,
parecía mejor despejar la escena dejándolo ir. Mañana, Watson… bien, el mañana
hablará por sí mismo.
Holmes se levantó y se retiró muy temprano. Cuando regresó a la hora del
desayuno noté que su cara estaba muy seria.
—Este es un asunto más grave de lo que esperaba, Watson —dijo—. Es justo
que le cuente, aunque sé que será solamente una razón adicional para que corra
por su cabeza dentro del peligro. Es lo que debería saber Watson por ahora.
Pero hay peligro, y debería saberlo.
—Bien, no es el primero que compartimos, Holmes. Espero que no sea el
último. ¿Cuál es el peligro particular esta vez?
—Estamos contra un caso muy difícil. He identificado al Sr. John
Garrideb, Consejero en Leyes. No es otro que ‘Killer’ Evans, de siniestra y
homicida reputación.
—Me temo que no soy el sabio.
—Ah, no es parte de su profesión cargar con un calendario portátil
Newgate en su memoria. He ido a ver a mi amigo Lestrade en Yard. Pueden tener
un faltante de intuición imaginativa en ocasiones, pero lideran el mundo con
esmero y técnica. Tenía la idea de que nos íbamos a poner en el camino de
nuestro amigo americano en sus registros. Seguramente suficiente, encontré su
regordeta cara sonriéndome desde la galería de retratos de truhanes. “James
Winter, alias Morecroft, alias Killer Evans’ decía la inscripción —Holmes sacó
un envoltorio de su bolsillo— Garabateé algunos puntos de su expediente:
cuarenta y cuatro años. Nativo de Chicago. Se conoció que había disparado a
tres hombres en los Estados Unidos. Escapó de la penitenciaria a través de la
influencia policial. Vino a Londres en 1893. Le disparo a un hombre por encima
de las cartas en un club nocturno en Waterloo Road en Enero de 1895. El hombre
murió, pero fue enseñado como el agresor. El fallecido fue identificado como
Rodger Prescott, un famoso como falsificador y acuñador en Chicago. Killer
Evans fue liberado en 1901. Ha estado bajo la supervisión policial desde
entonces, pero lo máximo que se sabe es que lleva una vida honesta. Un hombre
muy peligroso, usualmente lleva armas y está preparado para usarlas. Esa es
nuestra ave, Watson... una ave deportiva, debe admitir.
—¿Pero cuál es su juego?
—Bien, comienza a definirse. He estado en la inmobiliaria. Nuestro
cliente, como nos contó, ha estado allí cinco años. Estuvo deshabitado durante
un año antes de eso. El anterior inquilino era un caballero de nombre Waldron.
La aparición de Waldron era muy recordada en la oficina. Repentinamente
desapareció y nada más se oyó de él. Era un hombre alto y barbudo con todos los
detalles oscuros. Ahora, Prescott, el hombre a quien Killer Evans disparó, era,
de acuerdo a Scotland Yard, un alto y oscuro hombre con una barba. Como una
hipótesis de trabajo, creo que tenemos que tomar que Prescott, el criminal
americano, solía vivir en la misma habitación en la que nuestro inocente amigo
ahora dedica a su museo. Así que al fin conseguimos un eslabón, como ve.
—¿Y el siguiente eslabón?
—Bien, debemos salir y buscarlo.
Tomó un revolver de su escritorio y me lo entregó en mano.
—Tengo mi preferida conmigo. Si nuestro amigo del Lejano Oeste trata de
vivir con su sobrenombre, nosotros estaremos listos. Le daré una hora para una
siesta, Watson, y entonces pienso que será tiempo para nuestra aventura en
Ryder Street.
Eran las cuatro en punto cuando alcanzamos el curioso apartamento de
Nathan Garrideb. La Sra. Saunders, la portera, estaba a punto de irse, pero no
tuvo ninguna duda en admitirnos, por lo que la puerta se cerró con una
cerradura de resortes, y Holmes prometió ver que todo estuviera seguro antes de
irnos. Poco tiempo después de que la puerta exterior se cerrara, la gorra de la
Sra. Saunders pasó por el mirador, y sabíamos que estábamos solos en el piso
inferior de la casa. Holmes realizó un rápido examen de la instalación. Había
un armario en el rincón oscuro el cual sobresalía de la pared. Fue detrás de
este donde eventualmente nos agazapábamos mientras Holmes en un susurro
delineaba sus intenciones.
—Quería que nuestro estimable amigo saliera de su habitación... eso está
muy claro, y, como el coleccionista nunca salía, tomó algún plan para hacerlo.
Todo lo de esta invención de los Garridebs no tiene aparentemente ningún otro
fin. Debo decir, Watson, que hay cierta ingenuidad demoníaca sobre ello,
incluso si el extraño nombre del arrendatario le diera una apertura que
duramente podría haber esperado. Tramó su estrategia con remarcada astucia.
—¿Pero qué es lo que quería?
—Bien, por eso estamos aquí para encontrarlo. No tiene nada que ver con
nuestro cliente, tanto como puedo leer la situación. Es algo conectado con el
hombre al que asesinó… el hombre quien pudo haber sido su cómplice en los
crímenes. Hay algún secreto de culpabilidad en la habitación. Eso es lo que
leo. Primero pensé que nuestro amigo podía tener algo más valioso en su
colección de lo que suponía… algo que valía la atención de un gran criminal.
Pero el hecho de que Rodger Prescott de malvada memoria habitara estas
habitaciones apunta hacia una razón aún más profunda. Bien, Watson, debemos
mantener la paciencia en nuestras almas y ver lo que la hora nos brinde.
Esa hora no fue extensa en dramatismo. Nos agazapamos cercanamente en
las sombras cuando escuchamos abrirse y cerrarse con fuerza la puerta exterior.
Entonces vino el chasquido metálico y afilado de una llave, y el americano
estaba en la habitación. Cerró la puerta suavemente tras de él, echó un mirada
filosa a su alrededor para ver que todo estuviera seguro, tiró su sobretodo, y
caminó hacia la mesa central con las enérgicas maneras de alguien que sabe
exactamente lo que tiene que hacer y como lo tiene que hacer. Empujó la mesa
hacia un lado, desgarró en ángulo la alfombra sobre la cual descansaba, la
enrolló completamente hacia atrás, y entonces, sacando una palanqueta de su
bolsillo, se arrodilló y trabajó vigorosamente sobre el piso. En poco tiempo
oímos el sonido de tablas deslizándose, y un instante después un hueco se abrió
en los tablones. Killer Evans encendió una cerilla, alumbró una sección de
vela, y desapareció de nuestra vista.
Claramente nuestro momento había llegado. Holmes tocó mi muñeca como una
señal, y juntos atravesamos la habitación hacia la puerta-trampa abierta.
Gentilmente cuando nos movíamos, sin embargo, el viejo piso pudo haber
rechinado bajo nuestros pies, porque la cabeza de nuestro americano, revisando
ansiosamente a su alrededor, emergió repentinamente desde el espacio abierto.
Su cara se volvió hacia nosotros con un resplandor de furia desconcertada, la
cual gradualmente se suavizó en una vergonzosa sonrisa cuando se dio cuenta de
que dos pistolas estaban apuntadas hacia su cabeza.
—¡Bien, bien! —dijo fríamente cuando trepó a la superficie—. Imagino que
ha sido demasiado para mí, Sr. Holmes. Vio a través de mi juego, supongo, y
jugó conmigo como un tonto desde el comienzo. Bien, señor, es todo suyo, me ha
derrotado y…
En un instante había sacado un revolver de su pecho y disparado dos
tiros. Sentí una quemadura repentina como si un hierro al rojo vivo hubiera
sido presionado contra mi muslo. Hubo una colisión cuando la pistola de Holmes
cayó en la cabeza del hombre. Tuve una visión de él revolcándose sobre el piso
con sangre corriendo de su cara mientras Holmes lo hurgaba en busca de armas.
Entonces los delgados brazos de mi amigo me rodearon, y me condujo hacia una
silla.
—¿Está herido, Watson? ¡Por amor de Dios, dígame que no está herido!
Era peor la herida… eran peor muchas heridas… que saber la profundidad
de lealtad y amor que yacía detrás de esa fría máscara. Los ojos severos y
claros se apagaron por un momento, y los firmes labios se agitaron. Por única
vez alcancé a ver un gran corazón tan bien como un gran cerebro. Todos mis años
de humildad pero de servicio inmediato culminó en ese momento de revelación.
—No es nada, Holmes. Es un mero rasguño.
Rasgó mis pantalones con su navaja.
—Estás bien —gritó con un inmenso suspiro—. Es absolutamente superficial
—su cara se puso como hilachas cuando observó a nuestro prisionero, quien
estaba levantándose con una aturdida cara—. Por Dios, esto está bastante bien
para usted. Si hubiera asesinado a Watson, no se iría de esta habitación con
vida. Ahora, señor, ¿Qué es lo que tiene para decirme? No tenía nada para
decir. Solamente se sentó y frunció la cara. Me apoyé en el brazo de Holmes, y
juntos miramos hacia abajo dentro del pequeño sótano que había sido descubierto
bajo la mesa. Aún estaba iluminado por la vela con la cual Evans había
descendido. Nuestros ojos cayeron sobre una masa de maquinaria oxidada, grandes
rollos de papel, un desorden de frascos, y, ordenados sobre una pequeña mesa,
un número de pequeños y limpios manojos.
—Una maquina impresora… un equipo de falsificación —dijo Holmes.
—Sí, señor —dijo nuestro prisionero, tambaleándose lentamente con sus
pies y entonces se hundió sobre la silla—. La más grande falsificadora que
Londres nunca vio. Esa es la maquina de Prescott, y esos manojos en la mesa son
dos mil billetes de Prescott que valen cien cada uno y son adecuados para pasar
por todos lados. Ayúdense a si mismos, caballeros. Llámenlo un trato y déjenme
largarme.
Holmes rió.
—Nosotros no hacemos así las cosas, Sr. Evans. No hay ningún refugio
para usted en este país. ¿Usted le disparo a este hombre Prescott, no es
cierto?
—Sí, señor, y tuve cinco años por ello, aunque fue él que me forzó a
ello. Cinco años… cuando debería tener una medalla del tamaño de un plato de
sopa. Ningún hombre vivo puede distinguir un Prescott de un Banco de
Inglaterra, y si no lo hubiera sacado hubiera inundado a Londres con ellos. Era
el único en el mundo que sabía donde los había hecho. ¿Puede imaginar que
quería llegar al lugar? ¿Y puede usted imaginar que cuando encontré a este loco
y tonto cazador de bichos con un extraño nombre usurpando encima, y nunca
alejándose de su habitación, he tenido que hacer lo mejor que podía para
desplazarlo? Quizás hubiera sido más astuto si lo guardaba. Hubiera sido
suficientemente fácil, pero soy un hombre blando de corazón que no puedo
empezar a disparar a menos que otro hombre tenga un arma también. ¿Pero dígame,
Sr. Holmes, qué es lo que hice mal, de todos modos? No he usado esta
instalación. No he herido a este viejo cadáver. ¿En qué me ha atrapado?
—Sólo intento de homicidio, por lo que puedo ver —dijo Holmes—. Pero ese
no es nuestro trabajo. Ellos tomarán eso en la siguiente etapa. Lo que
queríamos en este momento era solamente su atractiva personalidad. Por favor
llame a Yard, Watson. No les será enteramente inesperado.
Así que esos fueron los hechos acerca de Killer Evans y su rememorable
invención de los tres Garridebs. Oímos posteriormente que nuestro pobre y viejo
amigo nunca superó el trauma de sus sueños desaparecidos. Cuando su castillo en
el aire cayó, se enterró bajo las ruinas. Lo último que oímos fue de un
sanatorio en Brixton. Era un día alegre en Yard cuando el equipo de Prescott
fue descubierto, porque, aunque sabían que existía, nunca habían estado
dispuestos, luego de la muerte del hombre, a encontrar donde estaba. Evans
ciertamente hizo un gran servicio y causó muchas preocupaciones a los hombres
de la División de Investigaciones Criminales para dormir, porque el
falsificador permanece por sí mismo encasillado como un peligro publico.
Voluntariamente se había subscripto a esa medalla del tamaño de un plato de
sopa de la cual el criminal había hablado, pero un desagradecido banco tenía
una visión menos favorable, y el Killer regresó a las sombras de la cuales
había emergido.

No hay comentarios:
Publicar un comentario