© Libro N° 8915. Brevísima Historia Del Tiempo. Hawking, Stephen Y Mlodinow, Leonard. Emancipación. Agosto 7 de 2021.
Título original: ©
Brevísima Historia Del Tiempo. Stephen Hawking
Y Leonard Mlodinow
Versión Original: © Brevísima Historia Del Tiempo. Stephen Hawking Y
Leonard Mlodinow
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
http://www.librosmaravillosos.com/brevisimahistoriadeltiempo/index.html
Licencia
Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza
una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se
puede utilizar este trabajo con fines comerciales
No derivados: No se
puede alterar, modificar o reconstruir este texto.
Portada E.O. de Imagen original:
http://www.librosmaravillosos.com/brevisimahistoriadeltiempo/imagenes/portada.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Stephen
Hawking
Y
Leonard
Mlodinow
Brevísima Historia Del Tiempo
Stephen Hawking
Y
Leonard Mlodinow
CONTENIDO
Prefacio
1. Hablando del universo
2. Nuestra imagen cambiante del universo
3. La naturaleza de las teorías científicas
4. El universo newtoniano
5. Relatividad
6. Espacio curvado
7. El universo en expansión
8. Big bang, agujeros negros y la evolución del universo
9. Gravedad cuántica
10. Agujeros de gusano y viajes en el tiempo
11. Las fuerzas de la naturaleza y la unificación de la física
Conclusión
Biografías
Glosario
Prefacio
El título del presente libro difiere en apenas una palabra del publicado
por primera vez en 1988. Aquella Historia del tiempo se mantuvo durante meses
en la lista de libros más vendidos en todo el mundo, de tal modo que su número
de ventas supone que uno de cada setecientos cincuenta hombres, mujeres y niños
de la tierra compraron un ejemplar. Resulta éste un éxito sorprendente para una
obra dedicada a algunas de las cuestiones más difíciles de la ciencia actual; y
es que, sin embargo, son en realidad las más atractivas, ya que conforman los
interrogantes básicos de la humanidad: ¿Qué sabemos realmente del universo?
¿Cómo lo sabemos? ¿De dónde procede y a dónde se dirige? Estas preguntas eran
la esencia de Historia del tiempo y son también el tema central de este libro.
En los años transcurridos desde la publicación de Historia del tiempo,
hemos recibido multitud de reacciones de lectores de todas las edades, de todas
las profesiones y de todo el planeta. Ellos nos han solicitado con insistencia
una nueva versión que mantuviera la esencia de aquella obra pero que explicara
con mayor claridad y amenidad los conceptos más importantes. Aunque cabría
esperar que un libro de tales características acabara por titularse Historia
menos breve del tiempo, también quedaba claro que pocos lectores deseaban una
disertación extensa, como si se tratara de un texto universitario de
cosmología. De ahí el enfoque actual. Al escribir Brevísima historia del tiempo
hemos conservado y ampliado el contenido esencial del libro original, pero hemos
intentado mantener su extensión y legibilidad. Esta historia es, en efecto, más
breve, ya que hemos excluido los contenidos más técnicos, pero creemos haberlo
compensado con creces con un tratamiento más exigente del material que
realmente constituye el núcleo del ensayo.
También hemos aprovechado la oportunidad para actualizar el texto e
incorporar nuevos resultados teóricos y derivados de la observación. Brevísima
historia del tiempo describe los avances más recientes en la búsqueda de una
teoría unificada completa de todas las fuerzas de la física. En particular,
describe el progreso realizado en la teoría de cuerdas y las «dualidades» o
correspondencias entre teorías físicas aparentemente diferentes, que parecen
indicar la existencia de una teoría unificada de la física. En la vertiente
práctica, el libro incluye nuevas observaciones importantes, como las
efectuadas por el satélite Cosmic Background Explorer (COBE) y el telescopio
espacial Hubble.
Hace unos cuarenta años, Richard Feynman dijo: «Tenemos la suerte de
vivir en un momento en que aún se hacen descubrimientos. Es como ir en busca de
América: sólo se nos aparece una vez. Nuestra época es la del descubrimiento de
las leyes fundamentales de la naturaleza». Hoy estamos más cerca que nunca de
comprender los fundamentos del universo. El objetivo de este libro es compartir
la excitación de esos descubrimientos y la nueva imagen de la realidad que de
ellos emerge.
Stephen Hawking en 2001
Capítulo 1
Hablando del universo.
Vivimos en un universo extraño y maravilloso. Se necesita una
extraordinaria imaginación para apreciar su edad, tamaño, violencia, e incluso
su belleza. Podría parecer que el lugar que ocupamos los humanos en este vasto
cosmos es insignificante; quizá por ello tratamos de encontrarle un sentido y
de ver cómo encajamos en él.
Hace algunas décadas, un célebre científico (algunos dicen que se
trataba de Bertrand Russell) dio una conferencia sobre astronomía. Describió
cómo la tierra gira alrededor del sol y cómo éste, a su vez, gira alrededor de
un inmenso conjunto de estrellas al que llamamos nuestra galaxia. Al final de
la conferencia, una vieja señora se levantó del fondo de la sala y dijo: «Todo
lo que nos ha contado son disparates. En realidad, el mundo es una placa plana
que se sostiene sobre el caparazón de una tortuga gigante». El científico
sonrió con suficiencia antes de replicar: «¿Y sobre qué se sostiene la
tortuga?». «Se cree usted muy agudo, joven, muy agudo», dijo la anciana. «¡Pero
hay tortugas hasta el fondo!»
La mayoría de nuestros contemporáneos consideraría ridículo imaginar el
universo como una torre infinita de tortugas. Pero ¿por qué nos empeñamos en
creer que sabemos más? Olvidemos un minuto lo que conocemos —o creemos conocer—
del espacio y levantemos la vista hacia el cielo nocturno. ¿Qué pensamos que
son todos estos minúsculos puntos luminosos? ¿Son fuegos diminutos? Resulta
difícil imaginar lo que son en realidad, ya que exceden inmensamente nuestra
experiencia ordinaria. Si observamos con regularidad las estrellas,
probablemente nos habremos fijado en una luz elusiva que sobrevuela el
horizonte en el crepúsculo. Es un planeta, Mercurio, pero es muy diferente de
la tierra. En él, un día dura dos tercios de lo que dura su año. Alcanza
temperaturas que sobrepasan los 400 °C cuando lo ilumina el sol, y cae a -200
°C en la oscuridad de la noche. Aun así, por muy diferente que sea Mercurio de
nuestro planeta, no se confunde con las estrellas típicas, con sus inmensos
hornos que queman miles de millones de kilos de materia cada segundo, y cuyos
núcleos se hallan a decenas de millones de grados.
Otra cosa que nos cuesta imaginar es la distancia a que se encuentran
realmente los planetas y las estrellas. Los antiguos chinos construyeron torres
de piedra para poderlos contemplar más de cerca. Es natural pensar que las
estrellas y los planetas se hallan más próximos de lo que realmente están; al
fin y al cabo, en nuestra vida cotidiana no tenemos experiencia alguna de las
enormes distancias espaciales. Dichas distancias son tan grandes que ni
siquiera tiene sentido expresarlas en metros o en kilómetros, las unidades con
que expresamos la mayoría de longitudes. En su lugar, utilizamos el año-luz,
que es la distancia recorrida por la luz en un año. En un segundo, un haz de
luz recorre 300.000 kilómetros, de manera que un año-luz es en efecto una
distancia muy grande. La estrella más próxima a nuestro sol, denominada Próxima
Centauri (o Alfa Centauri), se halla a unos cuatro años-luz. Está tan lejos que
incluso con la nave espacial tripulada más veloz de que disponemos en la
actualidad un viaje hasta ella duraría unos diez mil años.
Los antiguos se esforzaron mucho por entender el universo, pero entonces
no disponían de nuestras matemáticas y nuestra ciencia. En la actualidad
contamos con recursos poderosos: herramientas intelectuales como las
matemáticas y el método científico, e instrumentos tecnológicos como
ordenadores y telescopios. Con su ayuda, los científicos han acumulado un rico
acervo de conocimientos sobre el espacio. Pero ¿qué sabemos en realidad del
universo, y cómo lo conocemos? ¿De dónde viene el universo? ¿A dónde va? ¿Tuvo
un inicio? y, si es así, ¿qué pasó antes de él? ¿Cuál es la naturaleza del
tiempo? ¿Tendrá un final? ¿Podemos retroceder en el tiempo? Avances recientes
de la física, que debemos en parte a las nuevas tecnologías, sugieren
respuestas a algunas de estas antiquísimas preguntas. Algún día, estas
respuestas nos parecerán tan obvias como que la tierra gire alrededor del
sol..., o quizá tan ridículas como una torre de tortugas. Sólo el tiempo (sea
lo que sea) lo dirá.
Capítulo 2
Nuestra imagen cambiante del universo.
Aunque incluso en épocas tan tardías como la de Cristóbal Colón era
frecuente encontrar gente que creía que la tierra era plana (también hoy
encontraríamos algunas personas que lo siguen pensando), podemos situar las
raíces de la astronomía moderna en los antiguos griegos.
Alrededor de 340 a.C., el filósofo griego Aristóteles escribió un libro
titulado De Cáelo («Sobre el cielo»), en el quedaba buenos argumentos para
creer que la tierra era una esfera y no un disco plano.
Uno de los argumentos estaba basado en los eclipses de luna. Aristóteles
observó que estos eclipses se debían a que la tierra se interponía entre el sol
y la luna. Cuando ello ocurría, la tierra proyectaba su sombra sobre la luna,
causando así su eclipse. Aristóteles observó que la sombra de la tierra siempre
era redonda. Esto es lo que cabría esperar si la tierra fuese una esfera, pero
no si fuera un disco plano, en cuyo caso su sombra sólo sería redonda si el
eclipse se produjera justo en el momento en que el sol estuviera debajo del
centro del disco. En las demás ocasiones, la sombra sería alargada: tendría
forma de elipse (una elipse es un círculo alargado).
Los griegos tenían otro argumento a favor de la esfericidad de la
tierra. Si ésta fuera plana, un navío que se acercara desde el horizonte
primero debería aparecer como un punto sin caracteres y, a medida que se
aproximara, permitiría que fuésemos observando cada vez más detalles, como las
velas y el casco. Pero no es esto lo que ocurre. Cuando un barco aparece en el
horizonte, lo primero que divisamos son sus velas, y sólo más tarde podemos
observar el casco. El hecho de que sus mástiles, que se elevan muy por encima
del casco, sean la primera parte del barco que asoma sobre el horizonte
constituye una evidencia de que la tierra es una esfera.
Los griegos también escrutaron con atención el cielo nocturno. Ya en
tiempos de Aristóteles, habían pasado siglos reuniendo información sobre cómo
se desplazaban las lucecitas del cielo nocturno. Observaron que, aunque casi
todos los millares de luces visibles en el cielo parecían moverse
conjuntamente, cinco de ellas (sin contar la luna) no lo hacían así. A veces se
apartaban de un camino regular este-oeste, retrocedían y después volvían a
avanzar. Estas luces fueron denominadas planetas, término que en griego
significaba «vagabundo». Los griegos sólo conocieron cinco planetas, que son
los que podemos observar a simple vista: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y
Saturno. En la actualidad sabemos por qué sus trayectorias celestes son tan
poco usuales: las estrellas casi no se mueven en comparación con nuestro
sistema solar, pero los planetas, en cambio, giran alrededor del sol, de modo
que su movimiento en el cielo nocturno es mucho más complejo que el de las
estrellas distantes.
Un barco asoma por el horizonte. Debido a que la tierra es una esfera, el
mástil y las velas de un barco que cruza el horizonte se muestran antes que su
casco
Aristóteles creía que la tierra estaba en reposo y que el sol, la luna,
los planetas y las estrellas se movían en círculos a su alrededor. Y lo creía
porque pensaba, por motivos más bien místicos, que la tierra estaba en el
centro del universo y que el movimiento circular era el más perfecto. En el
siglo II a.C. otro griego, Ptolomeo, convirtió esta idea en un modelo completo
del firmamento. Ptolomeo sentía una gran pasión por sus estudios. «Cuando sigo
a placer la apretada multitud de las estrellas en su camino circular»,
escribió, «mis pies dejan de tocar el suelo.»
En el modelo de Ptolomeo, ocho esferas rotantes rodeaban la tierra. Cada
esfera era mayor que la anterior, como en un juego de muñecas rusas, y la
tierra estaba en el centro de todas ellas. Lo que hubiera más allá de la última
esfera no estaba claro, pero ciertamente no formaba parte del universo
observable para los hombres. Así, la esfera más externa era considerada una
especie de frontera, o de recipiente, del universo. Las estrellas ocupaban en
ella posiciones fijas, de manera que, cuando la esfera giraba, las estrellas
permanecían en las mismas posiciones relativas entre sí, y giraban
conjuntamente, en grupos, a través del espacio, tal como lo observamos. Las
esferas interiores transportaban los planetas, pero éstos, a diferencia de lo
que pasaba con las estrellas, no estaban fijados a sus propias esferas, sino
que se movían respecto a ellas en pequeños círculos denominados epiciclos. Al
girar las esferas planetarias, los planetas giraban a su vez respecto a ellas,
de modo que sus trayectorias en relación a la tierra resultaban muy
complicadas.
De esta manera, Ptolomeo consiguió explicar por qué las trayectorias
observadas de los planetas son mucho más complicadas que unos simples círculos
en el cielo.
El modelo de Ptolomeo proporcionó un sistema considerablemente preciso
para predecir las posiciones de los objetos celestes en el firmamento. Pero
para poderlo hacer correctamente, Ptolomeo tuvo que suponer que la trayectoria
de la luna algunas veces se acercaba a la tierra el doble que otras, lo cual
significaba que la luna ¡unas veces debería verse el doble de grande que otras!
Ptolomeo admitió este fallo, a pesar de lo cual su modelo consiguió una amplia
aceptación, aunque no completamente universal. Fue adoptado por la Iglesia
católica como la imagen del universo compatible con las Escrituras, ya que
ofrecía la ventaja de disponer, más allá de la esfera de las estrellas fijas,
de vastos espacios para el cielo y el infierno.
El modelo de Ptolomeo. En el modelo de Ptolomeo, la tierra estaba en el
centro del universo, rodeada por ocho esferas que transportaban todos los
cuerpos celestes conocidos.
Sin embargo, en 1514 un sacerdote polaco, Nicolás Copérnico, propuso
otro modelo. (Al principio, por miedo a ser quemado por hereje por la Iglesia,
Copérnico hizo circular su modelo anónimamente.) Copérnico tuvo la
revolucionaria idea de que no todos los cuerpos celestes deben girar alrededor
de la tierra. De hecho, su idea era que el sol estaba en reposo en el centro
del sistema solar y que la tierra y los planetas se movían en órbitas
circulares a su alrededor. El modelo de Copérnico, como el de Ptolomeo,
funcionaba bien, pero no concordaba perfectamente con lo que se observaba. No
obstante, como era mucho más simple que el de Ptolomeo, se podría haber
esperado que la gente lo adoptase. Y sin embargo, tuvo que transcurrir casi un
siglo hasta que la idea fue tomada seriamente en consideración, cuando dos
astrónomos, el alemán Johannes Kepler y el italiano Galileo Galilei, empezaron
a defender públicamente la teoría copernicana.
En 1609, Galileo empezó a estudiar el cielo nocturno con un telescopio,
que acababa de ser inventado. Al observar el planeta Júpiter, descubrió que
estaba acompañado por varios satélites pequeños, o lunas, que giraban a su
alrededor. Ello revelaba que no todo tenía que girar directamente alrededor de
la tierra, a diferencia de lo que habían pensado Aristóteles y Ptolomeo. En la
misma época, Kepler perfeccionó la teoría de Copérnico, sugiriendo que los
planetas no se movían en círculos sino en elipses: con este cambio, las
predicciones de la teoría pasaron a concordar con las observaciones. Estos
acontecimientos asestaron un golpe mortal al modelo de Ptolomeo.
Aunque las órbitas elípticas mejoraban el modelo de Copérnico, para
Kepler eran tan sólo una hipótesis provisional, ya que tenía ideas
preconcebidas sobre la naturaleza, que no estaban basadas en observación alguna
y, al igual que Aristóteles, consideraba que las elipses eran menos perfectas
que los círculos. La idea de que los planetas se movieran a lo largo de estas
trayectorias imperfectas le resultaba demasiado poco elegante para ser
considerada la verdad definitiva. Otra cosa que le preocupaba era que no
lograba conciliar las órbitas elípticas con su idea de que lo que hacía girar
los planetas alrededor del sol eran fuerzas magnéticas. Aunque Kepler se
equivocaba al considerar las fuerzas magnéticas como la causa de las órbitas de
los planetas, se le debe reconocer el mérito de advertir que ha de existir una
fuerza responsable del movimiento. La verdadera explicación de por qué los
planetas giran alrededor del sol sólo se ofreció mucho más tarde, en 1687,
cuando sir Isaac Newton publicó su Philosophiae Naturalis Principia
Mathematica, probablemente la obra más importante jamás publicada en
ciencias físicas.
En los Principia, Newton formuló una ley que establecía que todos los
objetos que se hallan naturalmente en reposo permanecen en reposo a no ser que
una fuerza actúe sobre ellos, y describió cómo los efectos de una fuerza hacen
que un objeto se ponga en marcha o cambie su movimiento. Así, ¿por qué los
planetas trazan elipses alrededor del sol? Newton dijo que ello se debía a una
fuerza particular, y afirmó que era la misma que hace que los objetos caigan al
suelo en lugar de permanecer en reposo en el aire cuando los soltamos. Denominó
a esta fuerza «gravedad» (antes de Newton, la palabra «gravedad» significaba o
bien un estado de ánimo serio o bien la cualidad de ser pesado). Newton también
inventó las matemáticas que demostraban numéricamente cómo reaccionan los
objetos cuando una fuerza, como la gravedad, actúa sobre ellos, y resolvió las
ecuaciones resultantes. De esta manera, consiguió demostrar que debido a la
gravedad del sol, la tierra y los otros planetas deben moverse en elipses, tal
como Kepler había predicho. Newton afirmó que sus leyes se aplicaban a todos
los cuerpos del universo, desde la caída de una manzana hasta los movimientos
de las estrellas y los planetas. Por primera vez en la historia, alguien
lograba explicar el movimiento de los planetas a partir de leyes que también
determinan los movimientos sobre la tierra, lo que representó el comienzo de la
física y la astronomía modernas.
Libres ya de las esferas de Ptolomeo, no había motivo alguno para
suponer que el universo tenía una frontera natural (la esfera más exterior).
Además, como las estrellas no parecían cambiar de posición, aparte de su giro
aparente en el cielo debido a la rotación de la tierra sobre su eje, pareció
natural suponer que eran objetos como el sol pero mucho más lejanos. Con ello
abandonamos no sólo la idea de que la tierra es el centro del universo, sino
incluso la idea de que el sol, y quizás el sistema solar, fuera algo más que
una característica ordinaria del universo.
Capítulo 3
La naturaleza de las teorías científicas.
Para hablar sobre la naturaleza del universo y discutir cuestiones como,
por ejemplo, si tuvo un principio o tendrá un final, debemos tener claro qué es
una teoría científica. Adoptaremos el punto de vista simplificado de que una
teoría es tan sólo un modelo del universo, o de una parte restringida de él, y
un conjunto de reglas que relacionan las magnitudes de dicho modelo con las
observaciones que efectuamos. Sólo existe en nuestras mentes y no tiene
realidad (sea lo que sea lo que signifique esto) fuera de ellas.
Una teoría es buena si satisface dos requisitos: describir con precisión
una amplia clase de observaciones sobre la base de un modelo que contenga tan
sólo irnos pocos elementos arbitrarios, y efectuar predicciones definidas
acerca de los resultados de futuras observaciones. Por ejemplo, Aristóteles
aceptaba la teoría de Empédocles de que todo estaba formado por cuatro
elementos: tierra, aire, fuego y agua.
Esto era suficientemente simple, pero no conducía a predicciones
definidas. En cambio, la teoría de la gravedad de Newton está basada en un
modelo aún más simple, en que los cuerpos se atraen mutuamente con una fuerza
proporcional a una magnitud llamada su masa e inversamente proporcional al
cuadrado de la distancia entre ellos. Y a pesar de esta simplicidad, predice
los movimientos del sol, la luna y los planetas con un alto grado de precisión.
Las teorías físicas son siempre provisionales, en el sentido de que sólo
son hipótesis: nunca las podemos demostrar. Sea cual sea el número de veces que
los resultados de los experimentos concuerden con alguna teoría, nunca podemos
estar seguros de que la siguiente vez el resultado no la va a contradecir. En
cambio, podemos refutar una teoría encontrando una sola observación que
discrepe de sus predicciones. Como afirmaba el filósofo de la ciencia Karl
Popper, una buena teoría se caracteriza por hacer un número de predicciones que
podrían en principio ser refutadas o falsadas por la observación. Cada vez que
nuevos experimentos concuerdan con sus predicciones, la teoría sobrevive y
nuestra confianza en ella aumenta; pero cuando se halla una nueva observación
que discrepa de ella, debemos modificar o abandonar la teoría. Al menos, esto
es lo que se supone que debería ocurrir, aunque siempre es posible cuestionar
la competencia de la persona que efectuó la observación.
En la práctica, a menudo ocurre que una nueva teoría propuesta es en
realidad una extensión de alguna teoría anterior. Por ejemplo, observaciones
muy precisas del planeta Mercurio revelaron una pequeña diferencia entre su
movimiento y las predicciones de la teoría newtoniana de la gravedad. La teoría
general de la relatividad de Einstein predecía un movimiento ligeramente
diferente del de la teoría de Newton. El hecho de que las predicciones de
Einstein, y no las de Newton, concordaran con las observaciones fue uno de los
espaldarazos decisivos de la nueva teoría. Sin embargo, a efectos prácticos
seguimos utilizando la teoría de Newton, porque la diferencia entre sus
predicciones y las de la relatividad general es muy pequeña en las situaciones
con que normalmente tratamos. (Y la teoría de Newton, además, tiene la gran
ventaja de que a la hora de trabajar con ella resulta mucho más simple que la
teoría de Einstein...)
El objetivo final de la ciencia es conseguir una sola teoría que
describa todo el universo. Sin embargo, el enfoque de la mayoría de los
científicos actuales consiste en descomponer el problema en dos partes. En
primer lugar, están las leyes que nos dicen cómo cambia el universo con el
tiempo. (Si sabemos que el universo es de una cierta manera en un momento dado,
las leyes físicas nos dicen qué aspecto tendrá en cualquier momento posterior.)
En segundo lugar está la cuestión del estado inicial del universo. Mucha gente
cree que a la ciencia sólo debería concernirle la primera parte, y consideran
la cuestión de la situación inicial un tema reservado a la metafísica o la
religión. Dirían que Dios, ser omnipotente, podría haber iniciado el universo
de cualquier forma que hubiera deseado. Es posible, en efecto, pero en tal caso
también podría haber hecho que evolucionara de una forma completamente
arbitraria. En cambio, parece que decidió que evolucionara de manera muy
regular, de acuerdo con ciertas leyes. Por lo tanto, parece igualmente
razonable suponer que también hay leyes que gobiernan el estado inicial.
Resulta muy difícil idear una teoría que describa todo el universo en
una sola formulación. Así pues, desglosamos el problema en partes e inventamos
un número de teorías parciales, cada una de las cuales describe y predice una
cierta clase limitada de observaciones, y omite los efectos de las otras
magnitudes, o las representa como un simple conjunto de parámetros numéricos.
Podría ser que este enfoque fuera completamente erróneo. Si todas las cosas del
universo dependen de todas las demás de una manera fundamental, podría ser
imposible aproximarse a una solución completa investigando aisladamente las
partes del problema. Sin embargo, es ciertamente la manera con la que hemos
progresado en el pasado. El ejemplo clásico es la teoría newtoniana de la
gravedad, que afirma que la fuerza gravitatoria entre dos cuerpos depende tan
sólo de un número asociado con cada cuerpo, su masa, pero es independiente del
material de que estén hechos los cuerpos. Así, no se necesita tener una teoría
de la estructura y la constitución del sol y los planetas para calcular sus
órbitas.
Actualmente, los científicos explican el universo mediante dos teorías
parciales básicas, la teoría general de la relatividad y la mecánica cuántica,
que son los grandes hitos intelectuales de la primera mitad del siglo XX. La
teoría general de la relatividad describe la fuerza de la gravedad y la
estructura a gran escala del universo, es decir, la estructura a escalas
comprendidas entre unos pocos kilómetros y unos billones de billones (un uno
con veinticuatro ceros detrás) de kilómetros, el tamaño del universo
observable. En cambio, la mecánica cuántica trata fenómenos a escalas
extremadamente pequeñas, como una billonésima de milímetro. Desgraciadamente,
sin embargo, se sabe que estas dos teorías son incoherentes entre sí: ambas no
pueden ser correctas a la vez. Uno de los mayores retos de la física actual, y
el tema principal de este libro, es la búsqueda de una nueva teoría que las
incorpore a ambas: una teoría cuántica de la gravedad. Carecemos, por ahora, de
una teoría de estas características, y puede que todavía estemos lejos de
tenerla, pero ya sabemos muchas de las propiedades que esa teoría debería
tener. Y veremos, en capítulos posteriores, que ya conocemos una cantidad
considerable de predicciones que una teoría cuántica de la gravedad debería hacer.
De átomos a galaxias. En la primera mitad del siglo XX, los físicos
ampliaron el alcance de sus teorías desde el mundo cotidiano de Isaac Newton
hasta los extremos más pequeños y más grandes de nuestro universo.
Ahora, si creemos que el universo no es arbitrario sino que está
gobernado por leyes definidas, tendremos que cambiar en último término las
teorías parciales para que encajen en una teoría unificada completa que
describa todas las cosas del universo. Pero tras la búsqueda de tal teoría
unificada completa acecha una paradoja fundamental. Las ideas sobre las teorías
científicas subrayadas anteriormente suponen que somos seres racionales libres
para observar el universo como queremos y para sacar conclusiones lógicas a
partir de lo que observamos. En este esquema, es razonable suponer que podemos
progresar cada vez más hacia las leyes que rigen nuestro universo. Sin embargo,
si una teoría fuera realmente unificada y completa, presumiblemente también
determinaría nuestros actos y, por tanto, ¡esa misma teoría determinaría
nuestra búsqueda de ella! ¿Y por qué debería determinar que lleguemos a las
conclusiones correctas a partir de las evidencias? ¿No podría determinar
igualmente que llegáramos a conclusiones incorrectas? ¿O a ninguna conclusión?
La única respuesta que puedo dar a este problema está basada en el
principio de Darwin de la selección natural. La idea es que, en cada población
de organismos que se autoreproducen, habrá variaciones en el material genético
y en la educación de los diferentes individuos. Esas diferencias harán que
algunos de estos individuos sean más capaces que otros de obtener conclusiones
correctas sobre el mundo que nos rodea y de actuar en consecuencia. Estos
individuos serán más capaces de sobrevivir y reproducirse, de manera que su
patrón de conducta y de pensamiento pasará a dominar. Ciertamente, es verdad
que en el pasado lo que llamamos inteligencia y descubrimiento científico ha
supuesto ventajas para la supervivencia. No está tan claro que siga siendo así:
puede que nuestros descubrimientos científicos nos destruyan a todos o, incluso
si no lo hacen, puede que una teoría unificada completa no entrañe una gran
diferencia en lo que respecta a nuestras posibilidades de supervivencia. Sin
embargo, en el supuesto de que el universo haya evolucionado de una manera
regular, podríamos esperar que las capacidades de razonamiento que la selección
natural nos ha proporcionado sean también válidas en nuestra búsqueda de una
teoría unificada completa y, por lo tanto, que no nos conduzcan a conclusiones
erróneas.
Como las teorías parciales de que ya disponemos bastan para hacer
predicciones precisas en todas las situaciones salvo las más extremas, la
búsqueda de una teoría última del universo parece difícil de justificar sobre
bases prácticas. (Cabe señalar, sin embargo, que argumentos similares podrían
haberse utilizado contra la relatividad y la mecánica cuántica, que nos han
proporcionado la energía nuclear y la revolución microelectrónica.) Es posible,
por lo tanto, que el descubrimiento de una teoría unificada completa no
contribuya a la supervivencia de nuestra especie, o que ni tan siquiera afecte
a nuestro modo de vida. Pero, desde los albores de las civilizaciones, no nos
hemos conformado con contemplar acontecimientos inconexos e inexplicables, sino
que hemos forjado una comprensión del orden subyacente del mundo. Actualmente
aún nos esforzamos para saber por qué estamos aquí y de dónde venimos
realmente. El profundísimo deseo de la humanidad de conocer es justificación
suficiente para proseguir nuestra investigación. Y nuestro objetivo es nada
menos que una descripción completa del universo en que vivimos.
Capítulo 4
El universo newtoniano
Nuestras actuales ideas sobre el movimiento de los cuerpos datan de
Galileo y Newton. Antes de ellos, la gente creía a Aristóteles, quien sostenía
que el estado natural de los cuerpos era estar en reposo, y que sólo se movían
si eran impulsados por una fuerza o un impacto. Se seguía de ello que un cuerpo
más pesado debería caer más rápidamente que uno ligero porque sería atraído
hacia la tierra con mayor intensidad. La tradición aristotélica también
afirmaba la posibilidad de deducir todas las leyes que gobiernan el universo
mediante puro razonamiento, sin que fuera necesario comprobarlas a través de la
observación. Así pues, nadie hasta Galileo se tomó la molestia de comprobar si
cuerpos de peso diferente caían realmente a velocidades diferentes. Se dice que
Galileo demostró que la creencia de Aristóteles era falsa dejando caer pesos
desde la torre inclinada de Pisa, en Italia. Aunque la historia probablemente
sea apócrifa, Galileo hizo algo equivalente: dejó rodar por una suave pendiente
bolas de pesos distintos. La situación es parecida a la caída vertical de los
cuerpos pesados, pero más fácil de observar porque las velocidades son menores.
Las medidas de Galileo indicaron que la tasa de aumento de la velocidad era la
misma para todos los cuerpos, independientemente de su peso.
Por ejemplo, si dejamos rodar una bola por una pendiente que descienda
un metro por cada diez metros de longitud, la bola bajará por ella con una
velocidad de aproximadamente un metro por segundo al cabo de un segundo, de dos
metros por segundo al cabo de dos segundos y así sucesivamente, con
independencia de cuál sea su peso. Naturalmente, un peso de plomo caerá más
rápido que una pluma, pero esto es debido tan sólo a que la pluma es frenada
por la resistencia del aire. Si dejamos caer cuerpos que no ofrezcan demasiada
resistencia al aire, como dos pesos de plomo diferentes, caerán a la misma
tasa. (Veremos después por qué es así.) En la luna, donde no hay aire que frene
las cosas, el astronauta David R. Scott realizó el experimento de la pluma y el
peso de plomo y comprobó que, efectivamente, ambos chocaban con el suelo en el
mismo instante.
Las mediciones de Galileo fueron utilizadas por Newton como punto de
partida para establecer sus leyes del movimiento. En los experimentos de
Galileo, cuando un cuerpo se deslizaba pendiente abajo siempre tiraba de él la
misma fuerza (el peso), y su efecto era el de proporcionarle una aceleración
constante. Esto demostraba que el efecto real de una fuerza es modificar la
velocidad de los cuerpos, y no únicamente ponerlos en movimiento, como se
pensaba antes. También significaba que si sobre un cuerpo no actúa ninguna
fuerza, se seguirá moviendo en línea recta con velocidad constante. Esta idea
fue enunciada explícitamente por vez primera en los Principia Mathematica de
Newton, publicados en 1687, y se la conoce como primera ley de Newton. Lo que
ocurre cuando una fuerza actúa sobre un cuerpo es descrito por la segunda ley
de Newton, que establece que el cuerpo se acelerará, es decir, cambiará su
velocidad, a un ritmo proporcional a la fuerza. (Por ejemplo, la aceleración es
el doble de grande si la fuerza se duplica.) La aceleración también es menor
cuanto mayor es la masa (o cantidad de materia) del cuerpo. (La misma fuerza
actuando sobre un cuerpo del doble de masa producirá la mitad de aceleración.)
Un ejemplo familiar lo proporciona un automóvil: cuanto más potente es su
motor, mayor es su aceleración, pero cuanto más pesado sea el automóvil, menor
será su aceleración para un mismo motor.
Además de las leyes del movimiento, que describen cómo reaccionan los
cuerpos a las fuerzas que les son aplicadas, la teoría de Newton de la gravedad
describía cómo determinar la intensidad de un tipo de fuerza particular, a
saber, la gravedad. Como hemos dicho, esta teoría afirma que cada cuerpo atrae
a cualquier otro cuerpo con una fuerza proporcional a la masa de éste, es
decir, que la fuerza entre dos cuerpos es el doble de intensa si uno de ellos
(por ejemplo, A) tiene el doble de masa. Esto es lo que cabía esperar, porque
podríamos imaginar el nuevo cuerpo A como formado por dos cuerpos, cada uno de
ellos con la masa original, atrayendo cada uno de ellos al cuerpo B con la
fuerza original. Así pues, la fuerza total entre A y B sería el doble de la fuerza
original. Y si, digamos, uno de los cuerpos tuviera seis veces su masa, o uno
tuviera el doble de masa y el otro el triple de masa, la fuerza entre ambos
sería seis veces más intensa.
Podemos comprender ahora por qué todos los cuerpos caen con el mismo
ritmo. Según la ley de Newton de la gravedad, un cuerpo con el doble de masa
será atraído por el doble de fuerza de gravitación. Pero también tendrá dos
veces más masa y por lo tanto, según la segunda ley de Newton, la mitad de
aceleración por unidad de fuerza. Según las leyes de Newton, pues, estos dos
efectos se anulan exactamente entre sí, de manera que la aceleración será la
misma, sea cual sea su peso.
Atracción gravitacional de cuerpos compuestos. Si la masa de un cuerpo se
duplica, también lo hace la fuerza gravitacional que ejerce.
La ley de la gravedad de Newton también establece que cuanto más
separados estén los cuerpos, menor será la fuerza entre ellos. Así, la ley de
Newton afirma que la fuerza de gravitación producida por una estrella dada es
exactamente un cuarto de la fuerza producida por otra estrella similar que esté
a mitad de distancia de la primera. Esta ley predice con gran precisión las
órbitas de la tierra, la luna y los planetas. Si la ley estableciera que la
atracción gravitatoria de una estrella disminuye más rápidamente con la
distancia, las órbitas de los planetas no serían elípticas, sino que se
precipitarían en espiral hacia el sol o escaparían de él.
La gran diferencia entre las ideas de Aristóteles y las de Galileo o
Newton es que el primero creía en un estado preferido de reposo, al que todo
cuerpo tendería si no fuera movido por alguna fuerza o impacto. En particular,
pensaba que la tierra se hallaba en reposo. Pero de las leyes de Newton se
sigue que no hay un único patrón de reposo, ya que tanto podría afirmarse que
el cuerpo A está en reposo y el cuerpo B se mueve a velocidad constante con
respecto a A, como que el cuerpo B está en reposo y el cuerpo A se mueve. Por
ejemplo, si prescindimos por un instante de la rotación de la tierra y su
órbita alrededor del sol, podemos decir que la tierra está en reposo y que un
tren se mueve con respecto a ella hacia el norte a cien kilómetros por hora, o
que el tren está en reposo y la tierra se está moviendo hacia el sur a cien
kilómetros por hora. Si hiciéramos experimentos en el tren en movimiento, todas
las leyes de Newton se seguirían cumpliendo. Por ejemplo, al jugar a ping-pong
en el tren comprobaríamos que la bola obedece las leyes de Newton exactamente
igual que una bola sobre una mesa en reposo con respecto a las vías. Por lo
tanto, no hay manera de decir si se mueve la tierra o se mueve el tren.
¿Quién tiene razón, Newton o Aristóteles? ¿Y cómo lo podemos decidir?
Una manera de averiguarlo sería ésta: imaginemos que estamos encerrados en una
caja y que no sabemos si ésta se halla en reposo en un vagón o en tierra firme,
el patrón de reposo para Aristóteles. ¿Existe alguna manera de determinar en
cuál de estas situaciones nos hallamos? Si es así, quizás Aristóteles estaba en
lo cierto: estar en reposo en la tierra tendría algo especial. Pero no hay
ninguna manera de conseguirlo: si efectuáramos experimentos en la caja en el
tren en marcha, darían exactamente los mismos resultados que si la caja
estuviera en tierra (suponiendo que en la vía del tren no hubiera
protuberancias, curvas o imperfecciones). Jugando a ping-pong en el tren,
veríamos que la bola se comportaría igual que si estuviéramos en reposo con
respecto a la vía. Y si estuviéramos en la caja y jugáramos a velocidades
diferentes, digamos a 0,50 o 100 kilómetros por hora, con respecto a la tierra,
la bola se comportaría siempre de la misma manera. Así es como se comporta el
mundo, y es lo que reflejan las matemáticas de las leyes de Newton: no hay
forma de saber si es el tren o la tierra lo que se mueve. El concepto de
movimiento solo tiene sentido cuando se relaciona con otros objetos.
¿Realmente importa si Aristóteles o Newton tienen razón? ¿Es esto
simplemente una diferencia de perspectiva o filosofía, o es un tema importante
para la ciencia? En realidad, la falta de un estándar absoluto de reposo tiene
profundas implicaciones para la física: significa que no podemos determinar si
dos eventos que tuvieron lugar en momentos diferentes ocurrieron en la misma
posición en el espacio.
Para imaginarse esto, suponga que alguien en un tren hace rebotar una
pelota de ping-pong hacia arriba y hacia abajo, golpeando la mesa dos veces en
el mismo lugar con un segundo de diferencia. Para esa persona, las ubicaciones
del primer y segundo rebote tendrán una separación espacial de cero. Para
alguien de pie junto a la vía, los dos rebotes parecerían tener lugar a unos
cuarenta metros de distancia, porque el tren habría recorrido esa distancia por
la vía entre los rebotes. Según Newton, los dos observadores tienen el mismo
derecho a considerarse en reposo, por lo que ambos puntos de vista son
igualmente aceptables. Uno no es favorecido sobre otro, como había creído
Aristóteles. Las posiciones observadas de los eventos y las distancias entre
ellos serían diferentes para una persona en el tren y otra al lado de la vía, y
no habría razón para preferir las observaciones de una persona a las de la
otra.
Newton estaba muy preocupado por esta falta de posición absoluta, o
espacio absoluto, como se le llamaba, porque no concordaba con su idea de un
Dios absoluto. De hecho, se negó a aceptar la falta de espacio absoluto, a
pesar de que sus leyes lo implicaban. Muchas personas lo criticaron severamente
por esta creencia irracional, sobre todo el obispo Berkeley, un filósofo que
creía que todos los objetos materiales y el espacio y el tiempo son una
ilusión. Cuando el famoso Dr. Johnson se enteró de la opinión de Berkeley,
gritó: "¡Lo refuto así!" y dio una patada a una gran piedra.
Relatividad de la distancia. La distancia (y la ruta) que recorre un objeto
puede verse diferente para diferentes observadores.
Tanto Aristóteles como Newton creían en el tiempo absoluto, es decir, en
la posibilidad de medir sin ambigüedad los intervalos temporales entre
acontecimientos, y que dichos intervalos coincidirían los midiera quien los
midiera, siempre y cuando utilizara un buen reloj. A diferencia del espacio
absoluto, el tiempo absoluto era coherente con las leyes de Newton, y con el
sentido común.
Sin embargo, en el siglo XX los físicos concluyeron que debían cambiar
sus ideas respecto al tiempo y el espacio. Como veremos, descubrieron que la
longitud y el tiempo entre acontecimientos, al igual que la distancia entre los
puntos donde rebotaba la pelota de ping-pong en el ejemplo anterior, dependían
del observador.
También descubrieron que el tiempo no era algo completamente separado e
independiente del espacio. La clave que condujo a estas conclusiones fue una
nueva interpretación de las propiedades de la luz. Éstas parecían contradecir
la experiencia, pero aunque las nociones de sentido común funcionan
aparentemente bien al tratar cosas como manzanas o planetas, que viajan con una
relativa lentitud, no funcionan en absoluto para cosas que se mueven con una
velocidad cercana o igual a la de la luz.
Capítulo 5
Relatividad
El hecho de que la luz viaje a velocidad finita, aunque muy elevada, fue
descubierto por vez primera en 1676 por el astrónomo danés Ole Christensen
Rømer. Si observamos las lunas de Júpiter advertiremos que de vez en cuando
desaparecen de nuestra vista porque pasan por detrás del planeta gigante. Estos
eclipses de las lunas de Júpiter deberían producirse a intervalos regulares,
pero Rømer observó que no estaban espaciados con la regularidad esperable. ¿Se
aceleraban y frenaban las lunas en sus órbitas? Rømer proponía otra
explicación.
Si la luz viajara con velocidad infinita, en la tierra veríamos los
eclipses a intervalos regulares, exactamente en el mismo momento en que se
producen, como los tics de un reloj cósmico. Como la luz recorrería
instantáneamente cualquier distancia, esta situación no cambiaría si Júpiter se
acercara o alejara de la tierra.
Imaginemos, en cambio, que la luz viaja con velocidad finita. Entonces
veremos cada eclipse un cierto tiempo después de haberse producido. Este
retraso depende de la velocidad de la luz y de la distancia de Júpiter respecto
a la tierra. Si ésta no variara, el retraso sería el mismo para todos los
eclipses. Sin embargo, a veces Júpiter se acerca a la tierra: en este caso, la
«señal» de cada eclipse sucesivo tendrá cada vez menos distancia que recorrer,
y llegará a la tierra progresivamente antes que si Júpiter hubiera permanecido
a una distancia constante. Por la misma razón, cuando Júpiter se esté alejando
de la tierra, veremos que los eclipses se van retrasando progresivamente
respecto de lo que se esperaba. El grado de avance o retraso de esta llegada depende
del valor de la velocidad de la luz y, por ello, nos permite medirla. Esto es
lo que hizo Rømer: observó que los eclipses de las limas de Júpiter se
avanzaban en las épocas del año en que la tierra se estaba acercando a la
órbita de Júpiter, y se retrasaban cuando la tierra se estaba separando de
ella, y utilizó esta diferencia para calcular la velocidad de la luz. Sus
mediciones de la distancia entre la tierra y Júpiter, sin embargo, no fueron
demasiado precisas, de manera que su valor para la velocidad de la luz fue de
225.000 kilómetros por segundo, en lugar del moderno valor de 300.000
kilómetros por segundo. Sin embargo, la hazaña de Rømer, no sólo al demostrar
que la luz viaja a velocidad finita, sino también al medir esta velocidad, fue
notable, habiéndose producido, como se produjo, once años antes de la
publicación de los Principia Mathematica de Newton.
Hasta 1865 no se dispuso de una teoría apropiada de la velocidad de la
luz; ese año el físico británico James Clerk Maxwell logró unificar las teorías
parciales que habían sido utilizadas hasta entonces para describir las fuerzas
de la electricidad y el magnetismo.
La velocidad de la luz y la sincronización de los eclipses. Los tiempos
observados de los eclipses de las lunas de Júpiter dependen tanto del tiempo
real de los eclipses como del tiempo que tarda su luz en viajar desde Júpiter a
la Tierra. Júpiter se mueve hacia la tierra, y con menos frecuencia cuando se
aleja Este efecto se exagera aquí para mayor claridad
Las ecuaciones de Maxwell predecían la existencia de perturbaciones de
tipo ondulatorio de lo que denominó campo electromagnético, y que éstas
viajarían con una velocidad fija, como ondas en un estanque. Cuando calculó
esta velocidad, ¡halló que coincidía exactamente con la velocidad de la luz!
Actualmente sabemos que las ondas de Maxwell son visibles al ojo humano siempre
y cuando tengan una longitud de onda comprendida entre cuatrocientas y
ochocientas millonésimas de milímetro (la longitud de onda es la distancia
entre crestas sucesivas de la onda). Ondas con longitud de onda menores que la
luz visible son conocidas ahora como ultravioletas, rayos X y rayos gamma.
Ondas con longitudes de onda mayores son las llamadas radioondas (de un metro o
más), micro- ondas (unos pocos centímetros), o infrarrojos (menores de una
diezmilésima de centímetro, pero mayores que el dominio visible).
Longitud de onda. La longitud de onda de una onda es la distancia entre
picos o valles sucesivos.
Las consecuencias de la teoría de Maxwell de que las ondas luminosas o
las ondas de radio viajaban con una velocidad fija eran difíciles de conciliar
con la teoría de New- ton, ya que, si no existe un patrón absoluto de reposo,
no puede existir un acuerdo universal sobre la velocidad de un objeto.
Diferentes velocidades de las bolas de ping-pong. Según la teoría de la
relatividad, aunque pueden no estar de acuerdo, la medida de cada observador de
la velocidad de un objeto es igualmente válida.
Para entender por qué, imaginemos otra vez que estamos jugando a
ping-pong en el tren. Si lanzamos la pelota hacia adelante con una velocidad
que, según nuestro oponente, es de 10 kilómetros por hora, esperaríamos que un
observador quieto en el andén viera que la pelota se mueve a 100 kilómetros por
hora: los 10 kilómetros por hora de la velocidad con respecto al tren, más los
90 kilómetros por hora con que suponemos que éste se mueve respecto al andén.
¿Cuál es la velocidad de la pelota: 10 kilómetros por hora o 100 kilómetros por
hora? ¿Cómo la definimos? ¿Con respecto al tren? ¿Con respecto a la tierra? A
falta de un patrón absoluto de reposo, no le podemos asignar una velocidad
absoluta. Podría afirmarse igualmente que la misma pelota tiene cualquier velocidad,
según el sistema de referencia respecto al que se mida. Según la teoría de
Newton, lo mismo debería ocurrir con la luz. Así pues, ¿qué significa en la
teoría de Maxwell que las ondas de luz viajan a una cierta velocidad fija?
Para conciliar la teoría de Maxwell con las leyes de Newton, se sugirió
la existencia de una sustancia denominada «éter» que estaría presente por
doquier, incluso en las extensiones del espacio «vacío». La idea del éter tenía
un cierto atractivo adicional para los científicos, que sentían que de todas
maneras, así como las ondas del agua necesitan agua o las ondas del sonido
necesitan aire, las ondas de la energía electromagnética debían requerir algún
medio que las transportara. Según este punto de vista, las ondas de luz
viajaban en el éter de igual modo que las ondas del sonido viajan por el aire,
y su «velocidad» deducida a partir de las ecuaciones de Maxwell debería ser,
pues, medida respecto al éter. Según esto, diferentes observadores verían que
la luz se les acerca a diferentes velocidades, pero la velocidad de la luz con
respecto al éter se mantendría fija. Esta idea podía ponerse a prueba.
Imaginemos la luz emitida por alguna fuente y que, según la teoría del éter,
viaja a través de éste con la velocidad de la luz. Si nos desplazamos hacia
ella por el éter, la velocidad con que nos acercamos a ella debería ser la suma
de su velocidad respecto al éter más nuestra velocidad respecto al éter. La luz
se aproximaría más rápido que si, digamos, no nos moviéramos, o nos moviéramos
en otra dirección. Aun así, como la velocidad de la luz es tan grande en
comparación con las velocidades a las que nos podemos mover, esta diferencia de
velocidad sería un efecto muy difícil de medir.
En 1887, Albert Michelson (que sería posteriormente el primer
norteamericano en recibir el premio Nobel de física) y Edward Morley llevaron a
cabo un experimento muy cuidadoso y difícil en la escuela Case de ciencias
aplicadas de Cleveland. Pensaron que, como la tierra gira alrededor del sol a
una velocidad de casi cuarenta kilómetros por segundo, su laboratorio se movía
a una velocidad relativamente elevada respecto al éter. Naturalmente, nadie
sabía en qué dirección ni con qué velocidad, ya que el éter se podría estar
moviendo con respecto al sol. Pero repitiendo el experimento en distintas
épocas del año, cuando la tierra ocupa diferentes posiciones a lo largo de su
órbita, podríamos esperar descubrir este factor desconocido. Así, Michelson y
Morley idearon un experimento para comparar la velocidad de la luz medida en la
dirección del movimiento de la tierra a través del éter (cuando nos movemos
hacia la fuente) con la velocidad de la luz perpendicularmente a dicho
movimiento (cuando no nos acercamos ni alejamos de la fuente). Y, para su
sorpresa, comprobaron que ¡la velocidad en ambas direcciones era la misma!
Entre 1887 y 1905 se sucedieron diversos intentos de salvar la teoría
del éter. El más notable fue el del físico holandés Hendrik Lorentz, quien
intentó explicar el resultado del experimento de Michelson-Morley en función de
objetos que se contraían y relojes que se ralentizaban al moverse respecto al
éter. Sin embargo, en un célebre artículo de 1905, un empleado entonces
desconocido de la oficina suiza de patentes, Albert Einstein, hizo notar que la
idea misma de un éter resultaba innecesaria, siempre y cuando uno estuviera
dispuesto a abandonar la idea de un tiempo absoluto (en seguida veremos por
qué). Pocas semanas más tarde, un importante matemático francés, Henri
Poincaré, hizo una propuesta parecida. Los argumentos de Einstein estaban más
próximos a la física que los de Poincaré, quien contemplaba este problema como
una cuestión meramente matemática y que, hasta el día de su muerte, rehusó
aceptar la interpretación de Einstein de la teoría.
El postulado fundamental de este último de la teoría de la relatividad,
como fue llamada, establecía que las leyes de la ciencia deben ser las mismas
para todos los observadores que se mueven libremente, sea cual sea su
velocidad. Esto era cierto para las leyes de Newton, pero ahora Einstein
extendía la idea para incluir la teoría de Maxwell. En otras palabras, como la
teoría de Maxwell afirma que la velocidad de la luz tiene un valor dado,
cualquier observador en movimiento libre debe medir el mismo valor, sea cual
sea la velocidad con que se acerque o se aleje de la fuente. Esta sencilla idea
ciertamente explicaba, sin recurrir al éter ni a ningún otro sistema de
referencia privilegiado, el significado de la velocidad de la luz en las
ecuaciones de Maxwell, pero también tenía algunas consecuencias notables y a
menudo contraintuitivas.
Por ejemplo, la exigencia de que todos los observadores deban obtener la
misma velocidad de la luz nos obliga a cambiar nuestro concepto de tiempo. En
relatividad, los observadores en el tren y en el andén discreparían sobre la
distancia que ha recorrido la luz y, como la velocidad es la distancia dividida
por el tiempo, la única manera para que pudieran coincidir en el valor de la
velocidad de la luz sería que discreparan en el tiempo transcurrido. En otras
palabras, ¡la teoría de la relatividad puso fin a la idea de un tiempo
absoluto! Parece que cada observador debe tener su propia medida del tiempo,
indicada por un reloj que se moviera consigo, y que relojes idénticos llevados
por observadores diferentes no tendrían por qué coincidir.
En relatividad no hay necesidad de introducir la idea de un éter, cuya
presencia, de todos modos, no puede ser detectada, como demostró el experimento
de Michelson- Morley. En lugar de ello, la teoría de la relatividad nos obliga
a cambiar fundamentalmente nuestras ideas de espacio y tiempo. Debemos aceptar
que el tiempo no está completamente separado del espacio, ni es independiente
de éste, sino que se combina con él para formar una entidad llamada
espacio-tiempo. Estas ideas no resultan fáciles de asumir, ni tan siquiera por
la comunidad de los físicos, por lo que transcurrieron años hasta que la
relatividad fue universalmente aceptada. Esta aceptación constituye el mejor
homenaje a la imaginación de Einstein, a su capacidad para concebir estas
ideas, y a su confianza en la lógica, que le llevó a examinar implacablemente
todas las consecuencias, por extrañas que parecieran las conclusiones hacia las
que le conducía.
Todos sabemos, por experiencia, que es posible describir la posición de
un punto en el espacio mediante tres números, o coordenadas. Por ejemplo,
podemos decir que un punto en una habitación está a dos metros de una pared, un
metro de otra y metro y medio del suelo. O bien podríamos especificar que un
punto está a una cierta latitud, longitud y altura sobre el nivel del mar.
Tenemos libertad para elegir tres coordenadas cualesquiera que resulten
adecuadas, aunque sólo tengan un dominio de validez limitado.
Coordenadas en el espacio. Cuando decimos que el espacio tiene tres
dimensiones, queremos decir que se necesitan tres números, o coordenadas, para
especificar un punto. Si agregamos tiempo a nuestra descripción, entonces el
espacio se convierte en espacio-tiempo, con cuatro dimensiones.
No resultaría práctico determinar la posición de la luna en función de
kilómetros al norte y al este de Piccadilly Circus y en metros sobre el nivel
del mar: es mejor describirla en función de la distancia al sol, la distancia
al plano de las órbitas de los planetas, y el ángulo formado por la línea que
la une con el sol y la línea que une a éste con una estrella cercana, como
Próxima Centauri. Ni siquiera estas coordenadas resultarían útiles para
describir la posición del sol en nuestra galaxia o la posición de ésta en el
grupo local de galaxias.
De hecho, se puede describir todo el universo en función de una
colección de retazos que se solapen, en cada uno de los cuales se puede
utilizar un conjunto diferente de tres coordenadas para especificar la posición
de los puntos.
En el espacio-tiempo de la relatividad, cualquier suceso, es decir,
cualquier cosa que ocurra en un punto particular del espacio y en un instante
particular del tiempo, puede ser especificado mediante cuatro números o
coordenadas. De nuevo, la elección de coordenadas es arbitraria; se puede
utilizar cualquier conjunto bien definido de tres coordenadas espaciales y
cualquier medida del tiempo. Pero en la relatividad no existe una diferencia
real entre coordenadas espaciales y temporales, de igual modo que tampoco
existe entre dos coordenadas espaciales cualesquiera. Uno podría escoger un
nuevo conjunto de coordenadas en que, digamos, la primera coordenada espacial
fuera una combinación de las dos primeras coordenadas espaciales del sistema
antiguo. Así, en lugar de medir la posición de un punto de la tierra en
kilómetros al norte y al este de Piccadilly, podríamos utilizar kilómetros al
noreste y al noroeste de Piccadilly. Análogamente, podríamos utilizar una nueva
coordenada temporal que fuera la antigua (en segundos) más la distancia (en
segundos- luz) al norte de Piccadilly.
Otra de las famosas consecuencias de la relatividad es la equivalencia
entre masa y energía, que se resume en la célebre ecuación de Einstein E
= mc2 (donde E es la energía, m la masa y c la velocidad de
la luz). Debido a la equivalencia entre masa y energía, la energía de un objeto
material debida a su movimiento contribuirá así a su masa; en otras palabras,
hará más difícil incrementar su velocidad. Este efecto sólo es realmente
significativo para objetos que se mueven a velocidad próxima a la de la luz. Por
ejemplo, al diez por 100 de la velocidad de la luz, la masa de un objeto sólo
es un 0,5 por 100 mayor que en reposo, mientas que al noventa por 100 de la
velocidad de la luz sería más del doble de la
masa normal en reposo. A medida que un objeto se aproxima a la velocidad
de la luz, su masa aumenta más rápidamente, de manera que seguirlo acelerando
cada vez cuesta más energía. Según la teoría de la relatividad, un objeto, de
hecho, nunca puede alcanzar la velocidad de la luz, porque su masa se haría
infinita y, por la equivalencia entre masa y energía, se necesitaría una
cantidad infinita de energía para hacerle alcanzar dicha velocidad. Esta es la
razón por la cual, según la relatividad, cualquier objeto normal está condenado
a moverse para siempre con velocidades inferiores a la de la luz. Sólo la luz,
u otras ondas que no tengan masa intrínseca, puede moverse a la velocidad de la
luz.
La teoría de la relatividad de Einstein de 1905 es llamada «relatividad
especial». En efecto, aunque resultaba muy satisfactoria para explicar que la
velocidad de la luz es la misma para todos los observadores y qué ocurre cuando
las cosas se mueven a velocidades próximas a la de la luz, devenía
contradictoria con la teoría newtoniana de la gravedad. La teoría de New ton
establece que, en cada instante, los objetos se atraen entre sí con una fuerza
que depende de la distancia entre ellos en ese mismo instante. Ello significa
que si desplazáramos uno de los objetos, la fuerza sobre el otro cambiaría
instantáneamente. Si, por ejemplo, el sol desapareciera súbitamente, la teoría
de Maxwell nos dice que la tierra no quedaría a oscuras hasta unos ocho minutos
después (ya que éste es el tiempo que tarda la luz del sol en llegar hasta
nosotros), pero, según la teoría de la gravedad de Newton, la tierra dejaría
inmediatamente de notar la atracción del sol y saldría de su órbita. El efecto
gravitatorio de la desaparición del sol, pues, nos llegaría con velocidad
infinita, y no con la velocidad de la luz o alguna velocidad inferior, como lo
exigía la teoría especial de la relatividad. Entre 1908 y 1914, Einstein hizo
un cierto número de ensayos infructuosos para formular una teoría de la
gravedad que resultara coherente con la relatividad especial. Al final, en
1915, propuso una teoría todavía más revolucionaria, que actualmente llamamos
la teoría general de la relatividad.
Capítulo 6
Espacio curvado
La teoría de Einstein de la relatividad general está basada en la
sugerencia revolucionaria de que la gravedad no es una fuerza como las demás,
sino una consecuencia de que el espacio-tiempo no es plano, a diferencia de lo
que se había supuesto hasta entonces. En la relatividad general, el
espacio-tiempo está curvado o deformado por la distribución de masa y energía
que contiene. Los objetos como la tierra no se mueven en órbitas curvadas a
causa de una fuerza llamada gravedad, sino porque siguen una trayectoria lo más
próxima posible a una línea recta en un espacio curvado, a la que se denomina
una geodésica. En términos técnicos, una geodésica se define como el camino más
corto (o más largo) entre dos puntos dados.
Un plano geométrico es un ejemplo de espacio bidimensional plano, cuyas
geodésicas son rectas. La superficie de la tierra es un espacio curvo
bidimensional, cuyas geodésicas son lo que llamamos círculos máximos. El
ecuador es un círculo máximo, y también lo es cualquier círculo sobre el globo
cuyo centro coincida con el centro de la tierra. (El término «círculo máximo»
hace referencia a que éstos son los mayores círculos que podemos dibujar sobre
el globo.) Como la geodésica es el camino más corto entre dos aeropuertos, es
la ruta que los navegadores de las aerolíneas indican al piloto para volar. Por
ejemplo, podríamos viajar de Nueva York a Madrid siguiendo la brújula siempre
hacia el este durante 5.965 kilómetros a lo largo de su paralelo común. Pero podemos
llegar en sólo 5.800 kilómetros si volamos en un círculo máximo, apuntando
primero hacia el noreste, girando gradualmente hacia el este y, después, hacia
el sureste. El aspecto de estas dos trayectorias sobre un mapa, donde la
superficie del globo ha sido distorsionada (aplanada), resulta engañoso. Cuando
nos movemos «recto» hacia el este de un punto a otro de la superficie del globo
no nos estamos moviendo realmente en línea recta, al menos no en el sentido del
camino más directo, la geodésica.
En la relatividad general, los cuerpos siempre siguen geodésicas en el
espacio-tiempo cuadridimensional. En ausencia de materia, las geodésicas en el
espacio-tiempo cuadridimensional corresponden a líneas rectas en el espacio
tridimensional.
Por el contrario, en presencia de materia, el espacio-tiempo
cuadridimensional queda distorsionado, haciendo que las trayectorias de los
cuerpos en el espacio tridimensional se curven (de una manera que en la vieja
teoría newtoniana de la gravedad era explicada por los efectos de la atracción
gravitatoria).
Distancias en el globo. La distancia más corta entre dos puntos en el globo
es a lo largo de un círculo máximo, que no corresponde a una línea recta si
está mirando un mapa plano.
Es parecido a observar el vuelo de un avión sobre un terreno
accidentado: aunque en el espacio tridimensional el avión se mueva en línea
recta, si olvidamos la tercera dimensión (altura) su sombra parece seguir sobre
el suelo bidimensional una trayectoria curvada. O bien imaginemos una nave
espacial que vuela en línea recta y pasa directamente sobre el Polo Norte. Si
proyectamos su trayectoria sobre la superficie bidimensional de la tierra
hallamos que sigue un semicírculo, trazando un meridiano sobre el hemisferio
norte. Aunque sea más difícil de representar, la masa del sol deforma el
espacio-tiempo cuadridimensional de tal manera que en él la tierra sigue un
cierto camino curvado, de forma que nos parece que se mueve en una órbita
(aproximadamente) circular en el espacio tridimensional.
En realidad, aunque deducidas de manera diferente, las órbitas
planetarias descritas por la relatividad general son casi idénticas a las
predichas por la teoría newtoniana de la gravedad. La desviación mayor se halla
en la órbita de Mercurio que, al ser el planeta más próximo al sol, nota
efectos gravitatorios más intensos y tiene una órbita elíptica bastante
alargada. La relatividad general predice que el eje mayor de dicha elipse debe
girar alrededor del sol con un ritmo de aproximadamente un grado en diez mil
años. Por pequeño que este efecto pueda parecer, había sido observado mucho
antes de 1915 (véase el capítulo 3) y fue una de las primeras confirmaciones de
la teoría de Einstein. Recientemente, se ha logrado medir, mediante radar,
incluso las desviaciones aún más pequeñas de las órbitas de los otros planetas
con respecto a las predicciones newtonianas y se ha comprobado que concuerdan
con las predicciones de la relatividad general.
También los rayos de luz deben seguir las geodésicas del espacio-tiempo.
De nuevo, el hecho de que el espacio sea curvado significa que la luz ya no
parece viajar en línea recta.
Así pues, la relatividad general predice que los campos gravitatorios
deberían curvar la trayectoria de la luz.
Trayectoria de la sombra de una nave espacial. Proyectada sobre el globo
bidimensional, la trayectoria de una nave espacial que vuela a lo largo de una
línea recta en el espacio aparecerá curva
Por ejemplo, la teoría predice que la trayectoria de los rayos de luz en
las proximidades del sol debería curvarse ligeramente hacia dentro, debido a la
masa de éste. Ello significa que la luz de una estrella lejana que pase cerca
del sol será desviada un pequeño ángulo, haciendo que para un observador
situado en la tierra la estrella parezca hallarse en una posición diferente.
Evidentemente, si la luz de la estrella siempre pasara cerca del sol, no
podríamos decir si la luz está siendo desviada o si simplemente la estrella
está donde parece estar. Sin embargo, a medida que la tierra gira alrededor del
sol diferentes estrellas pasan detrás de éste y su luz es desviada, por lo que
cambia su posición aparente con respecto a otras estrellas.
Precesión de la órbita de Mercurio. A medida que Mercurio orbita
repetidamente al sol, el eje largo de su trayectoria elíptica gira lentamente,
completando un círculo aproximadamente cada 360.000 años.
Normalmente es muy difícil observar este efecto, porque la luz del sol
impide observar estrellas en sus alrededores. Sin embargo, es posible hacerlo
durante un eclipse de sol, cuando la lima bloquea la luz solar. La predicción
de Einstein sobre la curvatura de la luz no pudo ser comprobada inmediatamente
en 1915, debido a la primera guerra mundial.
En 1919, una expedición británica, que observaba y un eclipse desde
África occidental, demostró que la luz era efectivamente curvada por el sol,
tal como predecía la teoría. Esta comprobación de una teoría alemana por
científicos británicos fue saludada como un canto de reconciliación entre ambos
países después de la guerra. Resulta irónico, pues, que exámenes posteriores de
las fotografías tomadas en dicha expedición mostraran que los errores eran tan
grandes como los efectos que estaban intentando medir. Su medida había sido
simple buena suerte, o bien un caso de interpretación sesgada, pues se sabía el
resultado que se quería obtener, una situación no demasiado infrecuente en la
ciencia. La desviación de la luz, sin embargo, ha sido confirmada con precisión
en diversas observaciones posteriores.
Otra predicción de la relatividad general es que el tiempo debería
parecer ralentizarse en las proximidades de cuerpos con una gran masa. Einstein
llegó a esta conclusión por primera vez en 1907, cinco años antes de advertir
que la gravedad también alteraba la forma del espacio y ocho años antes de
completar esta teoría. Dedujo el efecto mediante su principio de equivalencia,
que desempeña en la relatividad general el papel que sigue el postulado
fundamental en la teoría de la relatividad especial.
La curvatura de la luz en las proximidades del sol modifica la posición
aparente de las estrellas. Recordemos que el postulado fundamental de la
relatividad especial establece que las leyes de la ciencia deberían ser las
mismas para todos los observadores que se mueven libremente, sea cual sea su
velocidad. A grandes rasgos, el principio de equivalencia extiende esta idea a
los observadores que no se mueven libremente, sino bajo la influencia de un
campo gravitatorio. Una formulación precisa del principio requiere algunas
precisiones técnicas, como el hecho de que si el campo gravitatorio no es
uniforme debemos aplicar el principio por separado a una serie de pequeños
retazos espaciales solapados, pero no nos preocuparemos por esto aquí. Para
nuestros propósitos, podemos enunciar el principio de la manera siguiente: en
regiones suficientemente pequeñas del espacio, es imposible afirmar si estamos
en reposo en un campo gravita- torio o uniformemente acelerados en el espacio
vacío.
Imaginemos que estamos en un ascensor en un espacio vacío, sin gravedad.
No hay «arriba» ni «abajo»; estamos flotando libremente. De repente, el
ascensor se empieza a mover con una aceleración constante. Súbitamente notamos
peso, es decir, ¡nos sentimos atraídos hacia un extremo del ascensor, que de
repente parece haberse convertido en el suelo! Si soltamos una manzana, cae
hacia él. De hecho, ahora que nos estamos acelerando, todo lo que ocurre en el
interior del ascensor sucede exactamente igual que si éste no se moviera, como
si estuviera en reposo en un campo gravitatorio. Einstein se dio cuenta de que,
así como en el interior de un tren no podemos decir si nos estamos moviendo
uniformemente o no nos movemos, tampoco podemos decir, en el interior de un
ascensor, si estamos acelerando uniformemente o si permanecemos en reposo en un
campo gravitatorio uniforme. El resultado fue su principio de equivalencia.
El principio de equivalencia, y el ejemplo que acabamos de dar, sólo
puede ser verdad si la masa inercial (la masa que aparece en la segunda ley de
Newton, y que determina el valor de la aceleración en presencia de una fuerza)
y la masa gravitatoria (la masa que aparece en la ley de la gravedad de Newton,
y que determina el valor de la fuerza gravitatoria) son las mismas (véase el
capítulo 4). En efecto, si ambos tipos de masa son iguales, todos los objetos
situados en un campo gravitatorio caerán con el mismo ritmo, independientemente
del valor de su masa. Si esta equivalencia no fuera cierta, algunos objetos
caerían más rápido que otros bajo la influencia de la gravedad, y por lo tanto
podríamos distinguir la fuerza de la gravedad de una aceleración uniforme, en
la que todo cae con la misma aceleración. El uso que hizo Einstein de la
equivalencia entre masa inercial y masa gravitatoria para deducir su principio
de equivalencia y, a la larga, toda la relatividad general, supone un avance
implacable de razonamiento lógico sin precedentes en la historia del
pensamiento humano.
Curvado de la luz cerca del Sol. Cuando el sol se encuentra casi
directamente entre la Tierra y una estrella distante, su campo gravitacional
desvía la luz de la estrella, alterando su posición aparente.
Ahora que conocemos el principio de equivalencia, podemos seguir algunos
aspectos de la lógica de Einstein en otro experimento mental, que demuestra por
qué el tiempo debe verse afectado por la gravedad. Imaginemos una nave en el
espacio y supongamos, porque así nos conviene, que es tan larga que la luz
tarda un segundo en recorrerla de arriba abajo. Imaginemos, además, que hay un
observador en el techo de la nave y otro en el suelo, cada uno con relojes
idénticos que marcan cada segundo.
Supongamos que el observador situado en el techo espera una pulsación
del reloj e inmediatamente envía una señal luminosa hacia el observador situado
en el suelo. El observador del techo repite esta operación a cada pulsación de
su reloj. Según este procedimiento, cada señal viaja durante un segundo, tras
el cual es recibida por el observador del suelo. Así, si el observador del
techo envía dos señales separadas un segundo, el observador del suelo recibe
dos señales separadas también un segundo.
¿Cómo cambiaría esta situación si la nave estuviera en reposo en la
tierra, bajo la influencia de la gravedad, en lugar de flotar libremente en el
espacio? Según la teoría newtoniana de la gravedad, ésta no tendría efecto
alguno sobre el tiempo. Si el observador del techo envía señales cada segundo,
el del suelo también las recibirá cada segundo. Pero el principio de
equivalencia hace una predicción diferente. Podemos ver lo que ocurre, según
este principio, si en lugar del efecto de la gravedad consideramos el efecto de
una aceleración uniforme. Este es un ejemplo de la manera en que Einstein
utilizó el principio de equivalencia para crear su nueva teoría de la gravedad.
Supongamos, así pues, que la nave espacial está acelerando.
(Imaginaremos que suavemente, de modo que no se acerque a la velocidad de la
luz.) Como la nave espacial se está acelerando hacia arriba, la primera señal
deberá recorrer menos distancia que en la situación examinada anteriormente, y
por lo tanto llegará al suelo en menos de un segundo. Si el cohete se estuviera
moviendo a velocidad constante, la segunda señal tardaría exactamente el mismo
tiempo en llegar que la primera, y por lo tanto el intervalo entre ambas
señales seguiría siendo un segundo. Pero debido a la aceleración, la nave se
mueve más rápido cuando es enviada la segunda señal que cuando fue enviada la
primera, de manera que la segunda señal deberá recorrer menos espacio que la
primera, por lo que tardará menos tiempo en llegar al suelo. El observador
situado en el suelo, por tanto, medirá un intervalo inferior a un segundo entre
ambas señales, y discrepará del observador del techo, que afirma que las ha
enviado con exactamente un segundo de diferencia.
Quizás esto no resulte sorprendente en el caso de la nave espacial
acelerada; al fin y al cabo, ¡acabamos de dar una explicación! Pero recordemos
que el principio de equivalencia afirma que esto también se aplica a una nave
en reposo en un campo gravitatorio. Ello significa que, aunque el cohete no
esté acelerando sino quieto, por ejemplo en una plataforma de lanzamiento en la
superficie de la tierra, si el observador del techo envía señales hacia el
suelo a intervalos de un segundo (según su reloj), el observador del suelo
recibirá las señales a intervalos más cortos (según su reloj). ¡Y esto sí
resulta sorprendente!
Podríamos preguntarnos también: ¿significa esto que la gravedad modifica
el tiempo, o simplemente que estropea los relojes? Supongamos que el observador
del suelo trepa hasta el techo, donde él y su colega comparan sus relojes. Como
éstos son idénticos, ambos observadores comprobarán, con seguridad, que ahora
coinciden en la duración de un segundo. Nada está equivocado en el reloj del
observador del suelo: simplemente, mide el flujo local del tiempo, sea éste lo
que sea.
De este modo, así como la relatividad especial afirma que el tiempo
transcurre a ritmo diferente para observadores en movimiento relativo, la
relatividad general nos dice que el tiempo transcurre de forma diferente para
observadores en campos gravitatorios diferentes. Según la relatividad general,
el observador del suelo mide un intervalo temporal más corto porque el tiempo
transcurre más lentamente cerca de la superficie de la tierra, donde la
gravedad es más intensa. Cuanto más intenso el campo gravitatorio, mayor es
este efecto. Si las leyes de Newton del movimiento pusieron fin a la idea de
una posición absoluta en el espacio, ahora vemos que la teoría de la
relatividad elimina la idea de un tiempo absoluto.
Esta predicción fue comprobada en 1962, utilizando un par de relojes muy
precisos situados uno en la cumbre y otro en la base de una torre. El reloj de
la base, que estaba más próximo a la tierra, resultó que avanzaba más
lentamente, en concordancia exacta con la relatividad general. El efecto es
minúsculo: un reloj situado en la superficie del sol sólo ganaría un minuto por
año en comparación con uno situado en la superficie de la tierra. Aun así, la
diferencia de ritmo de los relojes situados a diferentes alturas sobre la
tierra reviste actualmente una importancia práctica considerable, debido al
advenimiento de sistemas de navegación muy precisos basados en las señales de
los satélites. Si se ignorasen las predicciones de la relatividad general, ¡las
posiciones que calcularíamos estarían equivocadas en varios kilómetros!
Nuestros relojes biológicos también se ven afectados por estos cambios
del flujo del tiempo. Consideremos un par de gemelos, y supongamos que uno de
ellos vive en la cumbre de una montaña y el otro al nivel del mar. El primer
gemelo envejecería más rápidamente que el segundo, de modo que, cuando se
volvieran a encontrar, el primero sería más viejo que el segundo. En este caso,
la diferencia de edades sería muy pequeña, pero sería mucho mayor si uno de los
gemelos emprendiera un largo viaje en una nave espacial en la cual fuera
acelerado casi hasta la velocidad de la luz. Al regresar, este gemelo sería
mucho más joven que el que hubiera permanecido en la tierra. Esto se conoce
como paradoja de los gemelos, pero sólo es una paradoja si se piensa en un
tiempo absoluto. En la teoría de la relatividad no existe un tiempo absoluto
único, sino que cada persona tiene su propia medida individual del tiempo, que
depende de dónde se halla y cómo se mueve.
Antes de 1915, se creía que el espacio y el tiempo constituían un
escenario fijo en el que tenían lugar los acontecimientos, pero que no se veía
afectado por ellos. Incluso en la teoría especial de la relatividad seguía
siendo así. Los cuerpos se movían, las fuerzas atraían y repelían, pero el
tiempo y el espacio seguían inmutables. Resultaba natural pensar que el espacio
y el tiempo seguían para siempre. La situación, sin embargo, es harto diferente
en la teoría general de la relatividad. Espacio y tiempo son ahora magnitudes
dinámicas: cuando un cuerpo se mueve o una fuerza actúa, afectan a la curvatura
del espacio y el tiempo, y, a su vez, la estructura del espacio-tiempo afecta a
la manera en que los cuerpos se mueven y actúan las fuerzas. El espacio y el
tiempo no tan sólo afectan, sino que también son afectados por todo lo que
ocurre en el universo. Así como no es posible hablar de acontecimientos en el
universo sin las nociones de espacio y tiempo, en la relatividad general carece
de sentido hablar de espacio y tiempo fuera de los límites del universo. En las
décadas siguientes a 1915, esta nueva imagen del espacio y el tiempo debía
revolucionar nuestra visión del universo. Como veremos, la vieja idea de un
universo esencialmente inmutable que podría haber existido, y podría continuar
existiendo, desde siempre y para siempre, fue sustituida por la concepción de
un universo dinámico en expansión que parecía haber empezado hace un tiempo
finito, y que podría terminar en un tiempo finito en el futuro.
Capítulo 7
El universo en expansión
Si contemplamos el cielo en una noche clara y sin luna, los objetos más
brillantes que avistaremos serán probablemente los planetas Venus, Marte,
Júpiter y Saturno.
También habrá un gran número de estrellas, que son como nuestro sol pero
están mucho más alejadas de nosotros. Algunas de ellas parecen cambiar
ligerísimamente de posición con respecto a las otras cuando la tierra gira
alrededor del sol. ¡Así que en realidad no están fijas! Advertimos esta
variación porque están relativamente próximas a nosotros. A medida que la
tierra gira alrededor del sol, vemos estas estrellas más cercanas en posiciones
ligeramente diferentes sobre el fondo de estrellas más distantes. El efecto es
el mismo que observamos cuando, al viajar por una carretera despejada, las
posiciones relativas de los árboles parecen cambiar sobre el fondo del
horizonte. Cuanto más próximos están los árboles, más parecen moverse. Este
cambio en la posición relativa se denomina paralaje. En el caso de las
estrellas es una gran suerte, porque nos permite medir directamente la
distancia entre ellas y nosotros.
La estrella más cercana, Próxima Centauri, está a unos cuatro años-luz,
o unos treinta y siete billones de kilómetros. La mayoría de las otras
estrellas observables a simple vista se halla a unos pocos centenares de
años-luz. A efectos de comparación, recordemos que nuestro sol está ¡a tan sólo
ocho minutos-luz de distancia! Las estrellas visibles aparecen distribuidas por
todo el cielo nocturno, pero están particularmente concentradas en una banda,
que denominamos Vía Láctea. Ya desde 1750, algunos astrónomos sugirieron que su
aspecto podría explicarse si la mayoría de las estrellas visibles estuviera en
una configuración de tipo discoidal, un ejemplo de lo que llamamos actualmente
una galaxia espiral. Algunas décadas más tarde, el astrónomo sir William Herschel
confirmó esta idea al catalogar meticulosamente las posiciones y distancias de
un gran número de estrellas, aunque no obstante, la idea sólo consiguió una
amplia aceptación a principios del siglo XX. Hoy sabemos que la Vía Láctea
—nuestra galaxia— tiene unos cien mil años-luz de amplitud y que está girando
lentamente; las estrellas de sus brazos espirales dan una vuelta completa
alrededor del centro de la galaxia en unos centenares de millones de años
aproximadamente. Nuestro sol es tan sólo una estrella amarilla ordinaria de
tamaño medio, cerca del borde interno de uno de los brazos espirales.
¡Ciertamente hemos recorrido un largo trecho desde Aristóteles y Ptolomeo,
cuando se creía que la tierra era el centro del universo!
Paralaje. Ya sea que se esté moviendo por una carretera o por el espacio, la
posición relativa de los objetos más cercanos y más lejanos cambia a medida que
avanza. Una medida de ese cambio se puede usar para determinar la distancia
relativa de los objetos.
La imagen moderna del universo data tan sólo de 1924, cuando el
astrónomo estadounidense Edwin Hubble demostró que la Vía Láctea no era la
única galaxia. De hecho, descubrió muchas otras, separadas por vastos espacios
vacíos. Para demostrarlo, tenía que determinar las distancias entre dichas
galaxias y la tierra, pero estas galaxias están tan alejadas que, a diferencia
de las estrellas próximas, sus posiciones parecen realmente fijas. Como no
podía utilizar el paralaje de estas galaxias, Hubble se vio obligado a recurrir
a métodos indirectos para medir sus distancias. Una medida obvia de la
distancia de una estrella es su brillo, pero el brillo aparente de una estrella
no sólo depende de su distancia, sino también de cuánta luz irradia (lo que se
denomina su luminosidad).
Una estrella relativamente tenue, pero suficientemente cercana,
eclipsará la estrella más brillante de cualquier galaxia distante. Así, para
utilizar el brillo aparente como medida de la distancia, debemos conocer la
luminosidad de la estrella.
La luminosidad de las estrellas próximas puede ser calculada a partir de
su brillo aparente porque conocemos su distancia a partir de su paralaje.
Hubble observó que estas estrellas cercanas podían ser clasificadas en
ciertos tipos según las características de la luz que emitían. Un mismo tipo de
estrellas tendría siempre la misma luminosidad. Argumentó, pues, que si
identificásemos estos tipos de estrellas en una galaxia distante, podríamos
suponer que tienen la misma luminosidad que las estrellas próximas semejantes a
ellas. Con esta información, podríamos calcular la distancia a dicha galaxia.
Si pudiéramos hacerlo para un cierto número de estrellas de la misma galaxia y
los cálculos dieran siempre la misma distancia, podríamos confiar
razonablemente en nuestra estimación. De esta manera, Edwin Hubble obtuvo las
distancias a nueve galaxias.
Hoy sabemos que las estrellas observables a simple vista sólo
constituyen una fracción diminuta del total de las estrellas. Podemos ver unas
5.000 estrellas, sólo un 0,0001 por 100 de todas las de nuestra galaxia, la Vía
Láctea. Esta, a su vez, no es más que una de los centenares de miles de
millones de galaxias que podemos ver mediante los telescopios modernos. Y cada
galaxia contiene como promedio unos cien mil millones de estrellas. Si una
estrella fuese un grano de sal, podríamos poner todas las estrellas observables
a simple vista en una cucharilla de té, pero el conjunto de las estrellas del
universo formaría una bola de más de quince kilómetros de diámetro.
Las estrellas están tan lejos que nos parecen meros puntitos luminosos,
cuyo tamaño y forma no podemos discernir. Pero, tal como Hubble observó,
existen muchos tipos diferentes de estrellas, que podemos distinguir a partir
del color de su luz. Newton descubrió que si la luz del sol atraviesa una pieza
triangular de vidrio llamada prisma, se descompone en colores como en un arco
iris. Las intensidades relativas de los diversos colores emitidos por una
fuente dada de luz se denomina su espectro.
Si enfocamos un telescopio en una estrella o una galaxia concretas,
podemos observar el espectro de su luz.
Una información que proporciona dicho espectro es la temperatura de la
estrella.
Espectro estelar. Al analizar los colores que componen la luz de las
estrellas, se puede determinar tanto la temperatura de una estrella como la
composición de su atmósfera.
En 1860, el físico alemán Gustav Kirchhoff observó que cualquier cuerpo
material, por ejemplo, una estrella, cuando está caliente, emite luz y otros
tipos de radiación, igual que brillan las brasas cuando están calientes. La luz
emitida por estos objetos resplandecientes es debida al movimiento térmico de
los átomos que los forman y se denomina radiación del cuerpo negro (aunque los
objetos brillantes no sean negros). El espectro de la radiación del cuerpo
negro es difícil de confundir: tiene una forma distintiva que varía con la
temperatura del cuerpo. La luz emitida por un objeto resplandeciente equivale,
pues, a una lectura termométrica. El espectro de las diferentes estrellas que
observamos tiene siempre exactamente esta forma: es una postal del estado
térmico de la estrella correspondiente.
Si la observamos con más detenimiento, la luz de las estrellas nos dice
todavía más cosas: observamos, así, que faltan algunos colores muy específicos,
y que los colores que faltan pueden variar de estrella a estrella. Como sabemos
que cada elemento químico absorbe un conjunto característico de colores,
ajustando éstos a los colores ausentes del espectro de una estrella, podemos
determinar exactamente qué elementos químicos existen en su atmósfera.
Espectro de cuerpo negro. Todos los objetos, no solo las estrellas, emiten
radiación resultante del movimiento térmico de los componentes microscópicos de
los objetos. La distribución de frecuencias en esta radiación es característica
de la temperatura de un objeto.
En la década de 1920, cuando los astrónomos empezaron a estudiar los
espectros de las estrellas de otras galaxias, observaron algo muy peculiar:
faltaban los mismos conjuntos característicos de colores que en las estrellas
de nuestra galaxia, pero todos ellos estaban desplazados hacia el extremo rojo
del espectro en la misma cantidad relativa.
El desplazamiento del color o la frecuencia es conocido por los físicos
como el efecto Doppler. Estamos familiarizados con él en el ámbito del sonido.
Escuchemos un coche que pasa por la carretera: cuando se acerca, su motor, o su
bocina, suena en un tono más agudo y, una vez ha pasado y se está alejando,
suena en un tono más grave.
Efecto Doppler. Cuando una fuente de ondas se mueve hacia un observador, sus
ondas parecen tener una longitud de onda más corta. Si la fuente de ondas se
aleja, sus ondas parecen tener una longitud de onda más larga. Esto se llama
efecto Doppler.
Un coche de policía que se nos acerque a unos ciento veinte kilómetros
por hora se está moviendo aproximadamente a una décima parte de la velocidad
del sonido. El sonido de su sirena es una onda, una sucesión de crestas y
valles. Recordemos que la distancia entre crestas sucesivas (o valles) se
denomina longitud de onda. Cuanto más corta es ésta, mayor es el número de
perturbaciones que nos llegan al oído cada segundo y más alto es el tono, o la
frecuencia. El efecto Doppler es debido a que si el coche de la policía se nos
acerca, a medida que emite crestas de onda sucesivas éstas serán emitidas cada
vez más cerca de nosotros, de manera que la distancia entre ellas será menor
que si el coche estuviera parado. Esto significa que la longitud de las ondas
que recibimos es más corta, y su frecuencia más elevada. Análogamente, si el
coche de policía se está alejando, la longitud de las ondas que recibimos será
mayor y, por lo tanto, la frecuencia será más baja. Y cuanto más rápido vaya el
coche, mayor será este efecto, de manera que podemos utilizar el efecto Doppler
para medir su velocidad.
El comportamiento de las ondas de luz y de radio es semejante. En
efecto, la policía utiliza el efecto Doppler para medir la velocidad de los
automóviles a partir de las longitudes de onda de pulsos de radioondas
reflejadas en ellos. La luz consiste en oscilaciones, u ondas, del campo
electromagnético. Como señalamos en el capítulo 5, la longitud de onda de la
luz visible es extremadamente pequeña, situándose entre cuatrocientas y
ochocientas millonésimas de milímetro. Las diferentes longitudes de onda son percibidas
por el ojo humano como colores diferentes, con las más largas en el extremo
rojo del espectro y las más cortas en el extremo azul. Imaginemos ahora una
fuente de luz situada a una distancia constante de nosotros, como es una
estrella, que emite ondas luminosas con una longitud de onda constante. La
longitud de onda de las ondas que recibiremos será la misma que la longitud de
onda emitida. Supongamos ahora que la fuente empieza a alejarse de nosotros. Al
igual que en el caso del sonido, ello significa que la longitud de onda de la
luz se alargará y que, por tanto, sus líneas espectrales se desplazarán hacia
el extremo rojo del espectro.
En los años que siguieron a su demostración de la existencia de otras
galaxias, Hubble se dedicó a clasificar sus distancias y observar sus
espectros. En aquella época, se esperaba que las galaxias se movieran de una
forma aleatoria y, por lo tanto, se esperaba hallar tantos espectros
desplazados hacia el azul como hacia el rojo. Por ello, resultó una gran
sorpresa descubrir que la mayoría de las galaxias parecían desplazadas hacia el
rojo: ¡casi todas se estaban alejando! Más sorprendente incluso fue el descubrimiento
que Hubble publicó en 1929: la magnitud del desplazamiento hacia el rojo no era
aleatoria, sino directamente proporcional a la distancia a que se hallaba la
galaxia. O en otras palabras: cuanto más lejos está una galaxia, ¡con mayor
velocidad se aleja! Ello significaba que el universo no podía ser estático, o
de tamaño fijo, como se había creído hasta entonces. De hecho, el universo se
está expandiendo: la distancia entre las diferentes galaxias va creciendo con
el tiempo.
El descubrimiento de que el universo se está expandiendo fue una de las
grandes revoluciones intelectuales del siglo XX. Visto retrospectivamente,
sorprende que nadie lo hubiera pensado antes. Newton, y otros, deberían haber
advertido que un universo estático sería inestable ya que, si en alguna época
el universo hubiera sido estático, la atracción gravitatoria mutua de todas las
estrellas y galaxias no hubiera tardado en empezarlo a contraer. Incluso si el
universo se estuviera expandiendo lentamente, la fuerza de la gravedad haría
que finalmente dejara de expandirse y, también en este caso, se empezara a
contraer. Sin embargo, si el universo se estuviera expandiendo con un ritmo
superior a un cierto valor crítico, la gravedad nunca sería lo suficientemente
intensa para detenerlo y el universo se seguiría expandiendo indefinidamente.
En cierto modo, es lo que ocurre cuando lanzamos un cohete desde la superficie
de la tierra. Si su velocidad es baja, la gravedad acabará por detenerlo y
volverá a caer. En cambio, si tiene una velocidad superior a cierto valor
crítico (de irnos once kilómetros por segundo), la gravedad no será lo
suficientemente intensa para hacerlo volver, y seguirá alejándose de la tierra
para siempre.
Este comportamiento del universo hubiera podido ser predicho a partir de
la teoría newtoniana de la gravedad en cualquier momento del siglo XIX, del
XVIII o, incluso, a finales del XVII. Sin embargo, la creencia en un universo
estático era tan firme que persistió hasta bien entrado el siglo XX. Incluso
Einstein, cuando formuló la teoría general de la relatividad en 1915, estaba
tan convencido de que el universo era estático que modificó su teoría para
hacerlo posible, introduciendo en sus ecuaciones un factor espúreo denominado
constante cosmológica. Esta constante tiene el efecto de una nueva fuerza
«antigravitatoria» que, a diferencia de las otras fuerzas, no procedería de
ninguna fuente en particular, sino que estaría imbuida en la misma fábrica del
espacio-tiempo y, como consecuencia de ella, el espacio- tiempo tendría una
tendencia innata a expandirse. Ajustando el valor de la constante cosmológica,
Einstein podía variar la intensidad de esta tendencia y vio que era posible
ajustarla de manera que anulara exactamente la atracción de toda la materia del
universo, de modo que éste fuera estático. Posteriormente desautorizó la
constante cosmológica y la calificó como «el mayor error que había cometido».
Como veremos más adelante, en la actualidad tenemos motivos para pensar que, al
fin y al cabo, tal vez acertó al introducirla. Pero lo que debió de molestar a
Einstein fue haber permitido que su creencia en un universo estático se
impusiera a lo que su teoría parecía predecir: que el universo está en expansión.
Sólo una persona, según parece, decidió tomarse en serio esta predicción de la
relatividad general. Mientras Einstein y otros físicos estaban buscando maneras
de evitar el universo no estacionario de la relatividad general, el físico y
matemático ruso Alexander Friedmann empezó a trabajar para explicarlo.
Friedmann planteó dos hipótesis muy simples: que el universo tiene
idéntico aspecto sea cual sea la dirección en que lo observamos, y que esto
también sería verdad si observáramos el universo desde cualquier otro punto. A
partir de estas dos únicas ideas, Friedmann demostró, resolviendo las
ecuaciones de la relatividad general, que no deberíamos esperar que el universo
fuese estático. De hecho, en 1922, varios años antes del descubrimiento de
Edwin Hubble, ¡Friedmann predijo exactamente lo que éste descubrió más tarde!
En realidad, la suposición de que el universo tiene el mismo aspecto en
cualquier dirección no es del todo cierta. Por ejemplo, como hemos visto, las
otras estrellas de nuestra galaxia forman una banda luminosa en el cielo
estrellado, llamada la Vía Láctea. Pero si miramos las galaxias distantes,
parece haber más o menos el mismo número de ellas en cualquier dirección, de
modo que el universo parece aproximadamente igual en todas direcciones, siempre
y cuando lo consideremos a escalas suficientemente grandes en relación con la
distancia entre galaxias, e ignoremos las diferencias a pequeñas escalas.
Imaginemos que estamos en un bosque en que los árboles crecen en posiciones
aleatorias. Puede que en una dirección veamos el árbol más próximo a una
distancia de un metro y en otra dirección lo veamos a tres metros. En una
tercera dirección podríamos ver grupos de árboles a uno, dos y tres metros de
distancia. No parece que el bosque tenga el mismo aspecto en cualquier
dirección, pero si debiéramos tener en cuenta todos los árboles en un par de
kilómetros a la redonda, haríamos un promedio de estas diferencias y
hallaríamos que el bosque tiene el mismo aspecto en cualquier dirección en que
miremos.
Durante largo tiempo, la distribución uniforme de estrellas fue
justificación suficiente para la hipótesis de Friedmann, como una primera
aproximación al universo real.
Pero más recientemente, un accidente afortunado reveló otro aspecto en
que la suposición de Friedmann proporciona de hecho una descripción
notablemente precisa del universo.
Bosque isotrópico. Incluso si los árboles en un bosque están distribuidos
uniformemente, los árboles cercanos pueden parecer agrupados. De manera
similar, el universo no parece uniforme en nuestro vecindario local, sin
embargo, a gran escala, nuestra vista parece idéntica en cualquier dirección
que miremos.
En 1965 dos físicos americanos del laboratorio de la Bell Telephone en
Nueva Jersey, Arno Penzias y Robert Wilson, estaban comprobando un detector de
microondas muy sensible. (Como hemos visto, las microondas son como las ondas
de luz, pero con una longitud de onda de aproximadamente un centímetro.) Lo que
preocupaba a Penzias y Wilson era que su detector estaba captando más ruido del
esperado. Descubrieron excrementos de pájaros en el detector y examinaron otras
posibles fuentes de mal funcionamiento, pero no tardaron en descartarlas. El
ruido presentaba la peculiaridad de ser igual durante el día y la noche y a lo
largo de todo el año, aunque la tierra girara sobre su eje y orbitara alrededor
del sol. Como la rotación y la órbita de la tierra hacían que el detector
apuntase en direcciones diferentes en el espacio, Penzias y Wilson concluyeron
que el ruido procedía de más allá del sistema solar, e incluso de más allá de
la galaxia. De hecho, parecía que procediera por igual de todas las direcciones
del espacio. En la actualidad sabemos que, sea cual sea la dirección en que
miremos, ese ruido sólo varía en una fracción diminuta, de manera que Penzias y
Wilson habían llegado sin proponérselo a una confirmación sorprendente de la
primera suposición de Friedmann.
¿Cuál es el origen de este ruido cósmico de fondo? Aproximadamente en la
misma época en que Penzias y Wilson estaban investigando el ruido de su
detector, dos físicos americanos de la cercana Universidad de Prince- ton, Bob
Dicke y Jim Peebles, también estaban interesados en las microondas. Estaban
trabajando en una sugerencia, formulada por George Gamow (que había sido
estudiante de Alexander Friedmann), de que el universo primitivo debería haber
sido muy caliente y denso, brillando al rojo vivo. Dicke y Peebles sostenían
que todavía debería ser posible observar el resplandor del universo primitivo,
porque nos estaría llegando en forma de luz procedente de regiones muy
distantes, que sólo ahora nos estaría alcanzando. Sin embargo, la expansión del
universo significa que esta luz debería estar tan desplazada hacia el rojo que
nos llegaría como radiación de microondas, y no como luz visible. Dicke y
Peebles se disponían a buscar esta radiación cuando Penzias y Wilson se
enteraron de su trabajo y se dieron cuenta de que ya la habían encontrado. Por
ello, Penzias y Wilson fueron galardonados con el premio Nobel de 1978 (lo que
parece una mala pasada para Dicke y Peebles, ¡por no hablar de Gamow!).
A primera vista, la evidencia de que el universo tiene el mismo aspecto
sea cual sea la dirección en que se observa parece sugerir que hay algo
peculiar en nuestra posición en él. En concreto, podría parecer que si
observamos que todas las galaxias se están separando de nosotros, deberíamos de
hallarnos en el centro mismo del universo. Pero cabe una explicación
alternativa: el universo también podría parecer igual en todas direcciones si
lo miráramos desde cualquier otra galaxia. Esto, como hemos dicho, constituía
la segunda suposición de Friedmann.
Carecemos de evidencias científicas a favor o en contra de la segunda
suposición de Friedmann. Hace siglos, la Iglesia la hubiera considerado una
herejía, ya que su doctrina dictaba que ocupamos un lugar especial en el centro
del universo. Pero actualmente admitimos la suposición de Friedmann casi por la
razón opuesta, por un cierto tipo de modestia: creemos que sería muy
sorprendente que el universo tuviera el mismo aspecto en todas direcciones a
nuestro alrededor pero no alrededor de otros puntos del universo...
En el modelo de universo de Friedmann, cada galaxia se está separando de
todas las demás. La situación es parecida a la de un globo con puntos marcados
en su superficie y que está siendo hinchado a ritmo constante. A medida que el
globo se expande, la distancia entre dos puntos cualesquiera aumenta, pero no
se puede decir que ninguno de ellos sea el centro de la expansión. Además, a
medida que el radio del globo va aumentando, cuanto más separados están los
puntos de su superficie, con mayor rapidez se separan entre sí. Supongamos, por
ejemplo, que el radio del globo se duplica cada segundo. En este caso, dos
puntos que al principio estén separados un centímetro, al cabo de un segundo
estarán separados dos centímetros (medidos sobre la superficie del globo), de
manera que su velocidad relativa será de un centímetro por segundo.
El Universo del Globo en Expansión. Como resultado de la expansión del
universo, todas las galaxias se están alejando directamente unas de otras Con
el tiempo, como puntos en un globo inflado, las galaxias que están más alejadas
aumentan su separación más que las galaxias más cercanas Por lo tanto, para un
observador En cualquier galaxia, cuanto más distante está una galaxia, más
rápido parece moverse.
En cambio, un par de puntos que inicialmente estén separados diez
centímetros, al cabo de un segundo estarán separados veinte centímetros, por lo
que su velocidad relativa será de diez centímetros por segundo. Análogamente,
en el modelo de Friedmann la velocidad con que se separan dos galaxias
cualesquiera es proporcional a la distancia entre ellas.
Así, él predijo que el desplazamiento hacia el rojo de una galaxia
debería ser proporcional a su distancia de nosotros, exactamente lo que
descubrió Hubble. A pesar del éxito de su modelo y de su predicción de las
observaciones de Hubble, el trabajo de Friedmann permaneció ampliamente
ignorado en el mundo occidental, donde modelos semejantes fueron redescubiertos
en 1935 por el físico americano Howard Robertson y el matemático británico
Arthur Walker, en respuesta al descubrimiento de Hubble de la expansión
uniforme del universo.
Friedmann sólo dedujo un modelo de universo pero, si sus suposiciones
son correctas, hay en realidad tres posibles tipos de soluciones de las
ecuaciones de Einstein, es decir, tres diferentes tipos de modelos de
Friedmann, y tres diferentes comportamientos del universo.
En el primer tipo de solución (el que descubrió Friedmann), el universo
se expande con suficiente lentitud como para que la atracción gravitatoria
entre las galaxias vaya frenando la expansión hasta llegar a detenerla, tras lo
cual las galaxias empiezan a aproximarse las unas a las otras y el universo se
contrae. En el segundo tipo de solución, el universo se expande tan rápidamente
que la atracción gravitatoria no puede llegar a frenarlo nunca, aunque sí va
reduciendo su ritmo de expansión. Finalmente, en un tercer tipo de solución, el
universo se expande con el ritmo justo para impedir que se vuelva a colapsar.
La velocidad con que las galaxias se separan va disminuyendo progresivamente,
pero nunca llega a alcanzar el valor cero.
Una característica destacable del primer tipo de modelo de Friedmann es
que en él el espacio del universo no es infinito, pero no tiene ningún límite.
La gravedad es tan intensa que el espacio se curva sobre sí mismo como una
esfera. Esto es muy parecido a la superficie de la tierra, que es finita pero
no tiene límites: si viajamos sobre ella siempre en la misma dirección, nunca
encontramos una barrera insuperable ni caemos por ningún borde, sino que al
final regresamos al lugar de partida. En este modelo de universo el espacio es
así, pero con tres dimensiones en lugar de las dos de la superficie terrestre.
La idea de que podríamos circunvalar el universo y regresar al punto de donde
partimos resulta atractiva para la ciencia ficción, pero es irrelevante a
efectos prácticos, ya que se puede demostrar que el universo se habría vuelto a
colapsar a un tamaño nulo antes de poderlo rodear. En efecto, el universo es
tan grande que para regresar al punto de partida antes de que se terminara
deberíamos viajar a una velocidad superior a la de la luz, ¡y esto no está
permitido! En el segundo modelo de Friedmann el espacio también está curvado,
pero de una manera diferente. Sólo el tercer modelo corresponde a un universo
cuya geometría a gran escala es plana (aunque el espacio sigue siendo curvado,
o deformado, en las proximidades de los objetos con una gran masa).
¿Cuál de los modelos de Friedmann describe nuestro universo? ¿Llegará el
universo a detenerse y empezará a contraerse de nuevo, o bien se seguirá
expandiendo para siempre?
Resulta que responder a esta pregunta es más complicado de lo que los
científicos creyeron al principio. El análisis más básico depende de dos
factores: el ritmo de expansión actual del universo y su densidad media actual
(la cantidad de materia en un volumen dado de espacio). Cuanto mayor sea el
ritmo de expansión, mayor será la fuerza gravitatoria necesaria para detenerlo
y, por lo tanto, mayor será la densidad necesaria de materia. Si la densidad
media supera un cierto valor crítico (determinado por el ritmo de expansión),
la atracción gravitatoria de la materia contenida en el universo conseguirá
detener su expansión y hará que se vuelva a colapsar, como en el primer modelo
de Friedmann. Si la densidad media es menor que el valor crítico, no habrá suficiente
fuerza gravitatoria para detener la expansión y el universo se seguirá
expandiendo para siempre, como en el segundo modelo de Friedmann. Y si la
densidad media del universo es exactamente igual al valor crítico, su expansión
se irá frenando paulatinamente, cada vez con más lentitud, acercándose, aunque
sin llegar a alcanzarlo, a un tamaño estacionario. Esto corresponde al tercer
modelo de Friedmann.
Así pues, ¿en qué tipo de universo nos encontramos? Podemos determinar
el ritmo de expansión actual midiendo, mediante el efecto Doppler, las
velocidades con que se están alejando las galaxias. Esto se puede lograr con
gran precisión pero, en cambio, las distancias a las galaxias no se conocen muy
bien, porque sólo las podemos medir indirectamente.
Así, todo lo que sabemos es que el universo se está expandiendo con una
tasa de entre el cinco y el diez por 100 cada mil millones de años. La
incertidumbre sobre la densidad media actual del universo es aún mayor. Sin
embargo, si sumamos las masas de todas las estrellas que podemos ver en nuestra
galaxia y en las otras galaxias, el total es menor que la centésima parte del
valor necesario para detener la expansión del universo, incluso para la
estimación más baja de la tasa de expansión.
Pero la historia no termina aquí. Nuestra galaxia, y las demás, deben
contener también una gran cantidad de «materia oscura» que no podemos ver
directamente, pero cuya presencia inferimos a partir de la influencia de su
atracción gravitatoria sobre las órbitas de las estrellas. Quizá la mejor
evidencia de ello procede de las estrellas de las zonas exteriores de las
galaxias espirales como la Vía Láctea. Estas estrellas giran alrededor de sus
galaxias demasiado velozmente para poder ser retenidas en su órbita meramente
por la atracción gravitatoria de las estrellas observadas. Además, la mayoría
de las galaxias se hallan agrupadas en cúmulos, y podemos inferir análogamente
la presencia de más materia aún entre dichas galaxias por su efecto sobre el
movimiento de éstas. De hecho, la cantidad de materia oscura en el universo
supera ampliamente la de materia ordinaria. Cuando sumamos toda esta materia
oscura, sólo obtenemos una décima parte de la densidad de materia necesaria
para detener la expansión. Pero también podría haber otras formas de materia,
distribuida casi uniformemente por el universo, que aún no hayan sido
detectadas y que puedan elevar más la densidad media del universo. Por ejemplo,
existe un tipo de partículas elementales denominadas neutrinos, que
interaccionan muy débilmente con la materia y son muy difíciles de detectar (un
experimento reciente sobre neutrinos utilizó un detector subterráneo con nada
menos que ¡50.000 toneladas de agua!). Se creía que la masa de los neutrinos
era nula y que, por tanto, no ejercían atracción gravitatoria, pero algunos
experimentos de los últimos años indican que en realidad tienen una masa muy
pequeña, que había pasado desapercibida hasta ahora. Si tienen masa, podrían
constituir una forma de materia oscura. Aun admitiendo la existencia de materia
oscura, parece que en el universo existe mucha menos materia de la necesaria
para detener su expansión, de modo que, hasta hace poco, la mayoría de los
físicos habrían admitido que corresponde al segundo modelo de Friedmann.
Pero entonces llegaron nuevas observaciones. En los últimos años, varios
equipos de investigadores han estudiado diminutas arrugas en la radiación de
fondo de microondas descubierta por Penzias y Wilson. El tamaño de éstas puede
ser utilizado como un indicador de la geometría a gran escala del universo y
parece indicar que, a fin de cuentas, ¡el universo es plano (como en el tercer
modelo de Friedmann)! Como no parece haber suficiente materia normal y materia
oscura para dar razón de ello, los físicos han postulado la existencia de una
tercera sustancia —no detectada por ahora— para explicarlo: la energía oscura.
Para complicar más las cosas, otras observaciones recientes indican que
la expansión del universo en realidad no se está frenando, sino que se está
acelerando. ¡Ninguno de los modelos de Friedmann contempla esto! Y resulta muy
extraño, ya que el efecto de la materia sobre el espacio, tenga densidad
elevada o baja, sólo puede ser el de frenar la expansión. La gravedad, a fin de
cuentas, es atractiva. El que la expansión cósmica se esté acelerando es tan
sorprendente como que la onda expansiva de una bomba ganara potencia en lugar
de disiparla a medida que se expande. ¿Qué fuerza podría impulsar el cosmos
cada vez más rápidamente? Nadie lo sabe con certeza todavía, pero podría ser
una evidencia de que, después de todo, Einstein estaba en lo cierto acerca de la
necesidad de la constante cosmológica (y sus efectos antigravitatorios).
Con el arrollador avance de las nuevas tecnologías y los grandes nuevos
telescopios instalados en satélites, estamos aprendiendo rápidamente cosas
nuevas y sorprendentes sobre el universo. Tenemos ahora una idea bastante
aceptable de su comportamiento en tiempos futuros: el universo se seguirá
expandiendo a un ritmo cada vez mayor. El tiempo seguirá transcurriendo
indefinidamente, al menos para aquellos que sean suficientemente cautos como
para no caer en algún agujero negro. ¿Pero qué ocurrió en las etapas iniciales?
¿Cómo empezó el universo y qué hizo que se expandiera?
Capítulo 8
Big bang, agujeros negros y la evolución del universo.
En el modelo cosmológico de Friedmann la cuarta dimensión, el tiempo, al
igual que el espacio, tiene extensión finita: es como una línea con dos
extremos o fronteras, de manera que el tiempo tendrá un final y tuvo un
principio. De hecho, todas las soluciones de las ecuaciones de Einstein en que
el universo tiene la cantidad de materia que observamos comparten una
característica muy importante: en algún instante del pasado (hace unos 13.700
millones de años) la distancia entre galaxias vecinas debió de haber sido nula.
En otras palabras, todo el universo estaba concentrado en un solo punto de
tamaño nulo, como una esfera de radio cero. En aquel instante, la densidad del
universo y la curvatura del espacio-tiempo debieron de haber sido infinitas. Es
el instante que denominamos big bang o gran explosión primordial.
Todas las teorías de la cosmología están formuladas sobre la suposición
de que el espacio-tiempo es liso y relativamente plano. Esto significa que
todas ellas dejan de ser válidas en la gran explosión: ¡difícilmente puede
decirse que un espacio-tiempo de curvatura infinita sea plano! Así pues,
incluso si antes del big bang hubiera habido algo, no lo podríamos utilizar
para determinar lo que podría ocurrir después, porque la predictibilidad se
hubiera roto en la gran explosión.
Así, si éste es el caso, sólo sabemos lo que ha ocurrido desde la gran
explosión y no podemos determinar lo que ocurrió con anterioridad a ella. En lo
que nos concierne, los acontecimientos anteriores a la gran explosión no pueden
tener consecuencias y no deberían formar parte de ningún modelo científico del
universo. Por ello, deberíamos eliminarlos del modelo y admitir que la gran
explosión fue el origen del tiempo. Ello significa que preguntas como «¿quién
estableció las condiciones para el big bang?» no son cuestiones que la ciencia
estudie.
Si el universo tuvo tamaño nulo, surge la posibilidad de que su
temperatura hubiera sido infinita. Se cree que, en el momento mismo de la gran
explosión, el universo debía estar infinitamente caliente y que, a medida que
se expandía, la temperatura de la radiación iba decreciendo. Como la
temperatura es una medida de la energía media —o del cuadrado de la velocidad—
de las partículas, este enfriamiento del universo hubiera podido tener un
efecto importantísimo sobre la materia. A temperaturas muy elevadas, las
partículas se moverían tan rápidamente que podrían escapar de cualquier
atracción mutua debida a las fuerzas nucleares o electromagnéticas, pero se
podría esperar que, a medida que se fuera enfriando, las partículas empezaran a
atraerse y agruparse. Incluso el tipo de partículas que existen depende de la
temperatura, y por lo tanto de la edad, del universo.
Aristóteles no creía que la materia estuviera constituida por
partículas; creía que era continua. Es decir, según él, sería posible dividir
indefinidamente un trozo de materia en fragmentos cada vez menores: nunca se
llegaría a un grano de materia que no pudiera seguir siendo dividido. Unos
pocos griegos, sin embargo, como Demócrito, sostenían que la materia era
inherentemente granular y que todo estaba formado por un gran número de
diversos tipos diferentes de átomos. (La palabra átomo significa «indivisible»
en griego.) Actualmente sabemos que esto es verdad, al menos en nuestro entorno
y en el estado actual del universo. Pero los átomos de nuestro universo no han
existido siempre, no son indivisibles, y representan tan sólo una pequeña
porción de los tipos de partículas del universo.
Los átomos están constituidos por partículas aún más pequeñas:
electrones, protones y neutrones. A su vez, protones y neutrones están formados
por partículas aún menores llamadas quarks. Además, para cada uno de estos
tipos de partículas subatómicas existe un tipo de antipartícula. Las
antipartículas tienen la misma masa que sus partículas correspondientes, pero
tienen carga eléctrica opuesta y algunos otros atributos opuestos. Por ejemplo,
la antipartícula de un electrón, denominada positrón, tiene carga positiva,
opuesta a la del electrón. Podría haber antimundos y antigente hechos de
antipartículas. Sin embargo, cuando una partícula choca con una antipartícula
ambas se aniquilan mutuamente. Por tanto, si alguna vez encuentra usted a su
anti-yo, ¡no le dé la mano! Se aniquilarían mutuamente en un gran destello de
radiación.
La energía luminosa llega en forma de otro tipo de partículas,
partículas sin masa denominadas fotones. El horno nuclear del sol es la mayor
fuente de fotones para la tierra y es también una inmensa fuente de otro tipo
de partículas, el neutrino (y antineutrino), antes mencionado, pero estas
partículas extremadamente ligeras difícilmente interaccionan con la materia y,
en consecuencia, nos atraviesan sin afectarnos, a un ritmo de miles de millones
por segundo. De hecho, los físicos han descubierto docenas de partículas
elementales. Con el tiempo, a medida que el universo ha experimentado una
evolución compleja, la composición de este zoológico de partículas también ha
evolucionado. Es esta evolución la que ha hecho posible que existan planetas
como la tierra y seres como nosotros.
Un segundo después del Big Bang, el universo se habría expandido lo
suficiente como para reducir su temperatura a unos diez mil millones de grados
Celsius. Esto es aproximadamente mil veces la temperatura en el centro del sol,
pero temperaturas tan altas como esta se alcanzan en explosiones de bombas H.
En ese momento, el universo habría contenido principalmente fotones, electrones
y neutrinos, y sus antipartículas, junto con algunos protones y neutrones.
Estas partículas habrían tenido tanta energía que cuando chocaron, habrían
producido muchos pares de partículas / antipartículas diferentes. Por ejemplo,
la colisión de fotones podría producir un electrón y su antipartícula, el
positrón. Algunas de estas partículas recién producidas chocarían con un hermano
antipartícula y serían aniquiladas. Cada vez que un electrón se encuentra con
un positrón, ambos serán aniquilados, pero el proceso inverso no es tan fácil:
para que dos partículas sin masa, como los fotones, creen un par
partícula/antipartícula como un electrón y un positrón, la colisión las
partículas sin masa deben tener una cierta energía mínima. Esto se debe a que
un electrón y un positrón tienen masa, y esta masa recién creada debe provenir
de la energía de las partículas en colisión. A medida que el universo
continuaba expandiéndose y la temperatura bajaba, las colisiones que tenían
suficiente energía para crear pares de electrones/positrones ocurrirían con
menos frecuencia que la velocidad a la que los pares estaban siendo destruidos
por la aniquilación. Entonces, eventualmente, la mayoría de los electrones y
positrones se habrían aniquilado entre sí para producir más fotones, dejando
solo relativamente pocos electrones.
Los neutrinos y antineutrinos, por otro lado, interactúan entre sí y con
otras partículas solo muy débilmente, por lo que no se aniquilan entre sí con
tanta rapidez. Deberían estar todavía hoy. Si pudiéramos observarlos,
proporcionaría una buena prueba de esta imagen de una etapa temprana muy
calurosa del universo, pero desafortunadamente, después de miles de millones de
años, sus energías ahora serían demasiado bajas para que podamos observarlos
directamente (aunque podríamos estarlo. capaz de detectarlos indirectamente).
Equilibrio Fotón/Electrón/Positrón. En el universo temprano, había un
equilibrio entre pares de electrones y positrones que chocaban para crear
fotones, y el proceso inverso A medida que la temperatura del universo
descendía, el equilibrio se alteró para favorecer la creación de fotones.
Finalmente, la mayoría de los electrones y positrones del universo se
aniquilaron entre sí, dejando solo los relativamente pocos electrones presentes
en la actualidad.
Aproximadamente cien segundos después del Big Bang, la temperatura del
universo habría caído a mil millones de grados, la temperatura dentro de las
estrellas más calientes. A esta temperatura, una fuerza llamada fuerza fuerte
habría jugado un papel importante. La fuerza fuerte, que analizaremos con más
detalle en el capítulo 11, es una fuerza de atracción de corto alcance que
puede hacer que los protones y los neutrones se unan entre sí, formando
núcleos. A temperaturas suficientemente altas, los protones y neutrones tienen
suficiente energía de movimiento (véase el Capítulo 5) para que puedan emerger
de sus colisiones aún libres e independientes. Pero a mil millones de grados,
ya no habrían tenido suficiente energía para superar la atracción de la fuerza fuerte,
y habrían comenzado a combinarse para producir los núcleos de átomos de
deuterio (hidrógeno pesado), que contienen un protón y un neutrón. . Los
núcleos de deuterio se habrían combinado con más protones y neutrones para
formar núcleos de helio, que contienen dos protones y dos neutrones, y también
pequeñas cantidades de un par de elementos más pesados, litio y berilio. Se
puede calcular que en el modelo del big bang caliente, aproximadamente una
cuarta parte de los protones y neutrones se habrían convertido en núcleos de
helio, junto con una pequeña cantidad de hidrógeno pesado y otros elementos.
Los neutrones restantes se habrían desintegrado en protones, que son los
núcleos de los átomos de hidrógeno ordinarios.
Esta imagen de una etapa temprana y cálida del universo fue presentada
por primera vez por el científico George Gamow (ver página 61) en un famoso
artículo escrito en 1948 con un alumno suyo, Ralph Alpher. Gamow tenía bastante
sentido del humor: convenció al científico nuclear Hans Bethe de que añadiera
su nombre al artículo para hacer la lista de autores Alpher, Bethe, Gamow, como
las tres primeras letras del alfabeto griego, alfa, beta, gamma, ¡y
particularmente apropiado para un artículo sobre el comienzo del universo!
En este artículo hicieron la notable predicción de que la radiación (en
forma de fotones) de las etapas primitivas muy calientes del universo aún
debería estar a nuestro alrededor, pero con su temperatura reducida a unos
pocos grados sobre el cero absoluto. (En el cero absoluto, -273 °C, las
sustancias no contienen energía térmica y ésta es, por lo tanto, la temperatura
más baja posible.)
Esta radiación de microondas fue lo que Penzias y Wilson descubrieron en
1965. En la época en que Alpher, Bethe y Gamow escribieron su artículo, se
sabía poco sobre las reacciones nucleares de protones y neutrones. En
consecuencia, sus predicciones sobre las proporciones de varios elementos en el
universo primitivo eran muy poco precisas, pero estos cálculos han sido
repetidos a la luz de mejores conocimientos y ahora concuerdan muy bien con las
observaciones. Además, es muy difícil explicar de otra manera por qué un cuarto
de la masa del universo está en forma de helio.
Pero esta visión presenta algunos problemas: en el modelo del big bang
caliente no hubo tiempo suficiente para que en el universo primitivo hubiera
podido fluir calor de una región a otra. Ello significa que el estado inicial
del universo debería haber tenido exactamente la misma temperatura en todos los
puntos para poder explicar que el fondo de microondas presente la misma
temperatura en todas las direcciones en que observemos. El ritmo de expansión
inicial también debería haber sido escogido de manera muy precisa como para que
su valor actual sea tan próximo al ritmo crítico necesario para evitar que el
universo se vuelva a colapsar. Sería muy difícil explicar por qué el universo
debería haber empezado precisamente de esta manera, excepto como un acto de
voluntad de un Dios que quisiera crear seres como nosotros. En un intento de
hallar un modelo de universo en que muchas configuraciones iniciales diferentes
pudieran haber evolucionado hacia algo parecido al universo actual, un
científico del Instituto de Tecnología de Massachusetts, Alan Guth, sugirió que
el universo primitivo podría haber atravesado un período de expansión muy
rápida. Esta expansión se denomina «inflacionaria», lo que significa que en una
cierta época el universo se expandió a un ritmo creciente. Según Guth, el radio
del universo creció un millón de billones de billones de veces (un uno con
treinta ceros detrás) en sólo una pequeñísima fracción de segundo. Cualquier
irregularidad que hubiera habido en el universo simplemente habría quedado
suavizada por la expansión, así como las arrugas de un globo desaparecen al
hincharlo. De esta manera, la inflación explicaría cómo el estado actual suave
y uniforme del universo podría proceder de la evolución de muchos posibles
estados iniciales no homogéneos diferentes. Por lo tanto, confiamos bastante en
que tenemos la imagen correcta del universo, al menos hasta una millonésima de
billonésima de billonésima de segundo después de la gran explosión.
Tras este torbellino inicial, sólo unas pocas horas después del big
bang, la producción de helio y de otros elementos como el litio se habría
detenido. Y después, durante el millón de años siguiente, aproximadamente, el
universo se habría limitado a seguir expandiéndose, sin que ocurriera nada de
especial interés. Cuando la temperatura cayó a unos pocos miles de grados y los
electrones y los núcleos ya no tenían suficiente energía cinética para superar
su atracción electromagnética mutua, deberían haber empezado a combinarse para
formar átomos. El universo en conjunto se siguió expandiendo y enfriando, pero
en algunas regiones donde la densidad era ligeramente superior a la media, la
expansión se habría frenado un poco por la atracción gravitatoria adicional.
Esta atracción acabaría por detener la expansión en algunas regiones y
haría que se empezaran a colapsar. Durante su colapso, la atracción
gravitatoria de la materia de su alrededor les podría imprimir una leve
rotación. A medida que la región que se colapsase se fuera haciendo más
pequeña, giraría más deprisa, igual que pasa con los patinadores sobre hielo al
encoger los brazos. Al final, cuando la región fuera suficientemente pequeña,
girarían con suficiente velocidad como para contrarrestar la atracción de la
gravedad, y a partir de ella nacerían galaxias rotatorias de forma discoidal.
Otras regiones, que no habrían adquirido rotación, se convertirían en objetos
ovalados denominados galaxias elípticas. En ellas, la región dejaría de
colapsarse porque las partes individuales de la galaxia girarían de forma
estable alrededor de su centro, pero la galaxia no tendría una rotación global.
Con el transcurso del tiempo, el hidrógeno y el helio de las galaxias se
disgregarían en nubes más pequeñas que podrían colapsarse bajo los efectos de
su propia gravedad. A medida que se contrajeran y sus átomos chocaran entre sí,
la temperatura del gas aumentaría hasta alcanzar un valor suficientemente
elevado como para que empezaran a producirse reacciones de fusión nuclear, que
convertirían hidrógeno en helio. El calor liberado por estas reacciones, que
son como una explosión controlada de una bomba de hidrógeno, es lo que hace que
las estrellas brillen. Este calor adicional también aumenta la presión del gas
hasta que adquiere el valor suficiente para contrarrestar la atracción
gravitatoria, y el gas deja de contraerse. Así, estas nubes se convierten en
estrellas como el sol, que queman hidrógeno en helio e irradian la energía
resultante en forma de calor y de luz. La situación es parecida a la de un
globo, en que la presión del aire del interior, que intenta que el globo se
expanda, neutraliza la tensión de la goma, que intenta comprimir el globo.
Una vez las nubes de gas caliente han formado una estrella, ésta
permanece estable largo tiempo, durante el cual el calor de las reacciones
nucleares contrarresta la atracción gravitatoria. Llega un momento, sin
embargo, en que la estrella agota su hidrógeno y otros combustibles nucleares.
Paradójicamente, cuanto mayor es la cantidad inicial de combustible de una
estrella, menos tarda en agotarlo. Ello se debe a que cuanto mayor es la masa
de la estrella, más caliente debe estar para contrarrestar su atracción
gravitatoria, y cuanto más caliente está, más rápida es la reacción de fusión
nuclear y más rápidamente consume el combustible. Nuestro sol tiene
probablemente combustible suficiente para durar otros cinco mil millones de
años, pero estrellas mayores pueden agotar su combustible en menos de unos cien
millones de años, mucho menos que la edad del universo.
Cuando una estrella agota su combustible, empieza a enfriarse y la
gravedad comienza a ganar la partida, y hace que se contraiga. Esta contracción
comprime el gas de la estrella y hace que se vuelva a calentar. A medida que
esto ocurre, empieza a convertir helio en elementos más pesados, como carbón u
oxígeno. Pero esto no libera mucha más energía, de manera que se produciría una
crisis. Lo que sucede a continuación no queda del todo claro, pero parece
probable que las regiones centrales de la estrella se colapsen a un estado muy
denso, como un agujero negro.
El término agujero negro tiene un origen reciente. Fue acuñado en 1969
por el científico americano John Wheeler para describir gráficamente una idea
que cuenta al menos con doscientos años: si la masa de una estrella es lo
suficientemente elevada, la luz no podría escapar de su atracción gravitatoria
y, por tanto, parecería negra a los observadores exteriores.
Cuando esta idea fue propuesta por primera vez, había dos teorías sobre
la luz: según una, favorecida por Newton, la luz estaba compuesta por
partículas; según la otra, estaba formada por ondas. Actualmente sabemos que
ambas teorías son correctas. Como veremos en el capítulo 9, por la dualidad
onda-corpúsculo de la mecánica cuántica, algunos comportamientos de la luz son
ondulatorios y otros nos sorprenden como corpusculares. Los descriptores «onda»
y «partícula» son conceptos creados por los humanos, y no necesariamente
realidades que la naturaleza esté obligada a respetar haciendo que todos los
fenómenos caigan en una categoría o en la otra.
En la teoría ondulatoria de la luz, no quedaba claro cómo respondería
ésta a la gravitación. Pero si pensamos en la luz como algo constituido por
partículas, podríamos esperar que éstas fueran afectadas por la gravitación al
igual que lo son los obuses, los cohetes y los planetas. En particular, si
disparamos un obús hacia arriba, al final volverá a caer a la tierra, a no ser
que su velocidad inicial exceda un cierto valor. Esta velocidad mínima se llama
velocidad de escape. La velocidad de escape de una estrella depende de la
fuerza de su atracción gravitacional.
Cuanto más masiva es la estrella, mayor es su velocidad de escape. Al
principio, la gente pensó que las partículas de luz viajaban infinitamente
rápido, por lo que la gravedad no habría podido frenarlas, pero el
descubrimiento de Rømer de que la luz viaja a una velocidad finita significó
que la gravedad podría tener un efecto importante: si la estrella es lo
suficientemente masiva, la velocidad de la luz será menor que la velocidad de
escape de la estrella, y toda la luz emitida por la estrella volverá a caer en
ella. Partiendo de esta suposición, en 1783 un profesor de Cambridge, John
Michell, publicó un artículo en Philosophical Transactions of
the Royal Society of London en el que señalaba que una
estrella que fuera suficientemente masiva y compacta tendría un campo
gravitacional tan fuerte que la luz podría no escapar: cualquier luz emitida
desde la superficie de la estrella sería arrastrada hacia atrás por la
atracción gravitacional de la estrella antes de que pudiera llegar muy lejos.
Tales objetos son lo que ahora llamamos agujeros negros, porque eso es lo que
son: vacíos negros en el espacio.
Unos años más tarde, un científico francés, el marqués de Laplace, hizo
una sugerencia similar, aparentemente independiente de Michell.
Balas de cañón por encima y por debajo de la velocidad de escape. Lo que
sube no necesita bajar, si se dispara hacia arriba más rápido que la velocidad
de escape
Curiosamente, Laplace lo incluyó solo en la primera y segunda ediciones
de su libro El sistema del mundo, dejándolo fuera de las ediciones
posteriores. Quizás decidió que era una idea loca: la teoría de las partículas
de la luz perdió popularidad durante el siglo XIX porque parecía que todo podía
explicarse utilizando la teoría de las ondas. De hecho, no es realmente
coherente tratar la luz como balas de cañón en la teoría de la gravedad de
Newton porque la velocidad de la luz es fija. Una bala de cañón disparada hacia
arriba desde la tierra será ralentizada por la gravedad y eventualmente se
detendrá y retrocederá; un fotón, sin embargo, debe continuar hacia arriba a
una velocidad constante. Una teoría consistente de cómo la gravedad afecta a la
luz no surgió hasta que Einstein propuso la relatividad general en 1915, y el
problema de comprender qué le sucedería a una estrella masiva, según la
relatividad general, fue resuelto por primera vez por un joven estadounidense,
Robert Oppenheimer, en 1939.
La imagen que ahora tenemos del trabajo de Oppenheimer es la siguiente.
El campo gravitacional de la estrella cambia las trayectorias de los rayos de
luz que pasan en el espacio-tiempo de lo que habrían sido si la estrella no
hubiera estado presente. Este es el efecto que se ve en la curvatura de la luz
de estrellas distantes que se observa durante un eclipse de sol. Los caminos
seguidos en el espacio y el tiempo por la luz se curvan ligeramente hacia
adentro cerca de la superficie de la estrella. A medida que la estrella se
contrae, se vuelve más densa, por lo que el campo gravitacional en su
superficie se vuelve más fuerte. (Puede pensar que el campo gravitacional emana
de un punto en el centro de la estrella; a medida que la estrella se encoge,
los puntos en su superficie se acercan al centro, por lo que sienten un campo
más fuerte). El campo más fuerte hace que los caminos de luz se acerquen la
superficie se dobla más hacia adentro. Finalmente, cuando la estrella se ha
encogido a un cierto radio crítico, el campo gravitacional en la superficie se
vuelve tan fuerte que las trayectorias de la luz se desvían hacia adentro hasta
el punto de que la luz ya no puede escapar.
Según la teoría de la relatividad, nada puede viajar más rápido que la
luz. Así, si la luz no puede escapar, tampoco puede escapar nada más; todo es
arrastrado hacia atrás por el campo gravitacional. La estrella colapsada ha
formado una región de espacio-tiempo a su alrededor de la que no es posible
escapar para alcanzar a un observador distante. Esta región es el agujero
negro. El límite exterior de un agujero negro se denomina horizonte de sucesos.
Hoy, gracias al telescopio espacial Hubble y otros telescopios que se enfocan
en rayos X y rayos gamma en lugar de luz visible, sabemos que los agujeros
negros son fenómenos comunes, mucho más comunes de lo que la gente pensó en un
principio. Un satélite descubrió mil quinientos agujeros negros en solo una pequeña
área del cielo. También hemos descubierto un agujero negro en el centro de
nuestra galaxia, con una masa de más de un millón de veces la de nuestro sol.
Ese agujero negro supermasivo tiene una estrella orbitando alrededor del 2 por
ciento de la velocidad de la luz, ¡más rápido que la velocidad promedio de un
electrón que orbita el núcleo de un átomo!
Para comprender lo que veríamos si observáramos cómo una estrella con
una gran masa se colapsa para formar un agujero negro, debemos recordar que en
la teoría de la relatividad no existe un tiempo absoluto, sino que cada
observador tiene su propia medida del tiempo. El paso del tiempo para alguien
en la superficie de una estrella será diferente del de alguien a distancia de
ella, porque el campo gravitatorio es más intenso en la superficie de la
estrella.
Supongamos que un intrépido astronauta se posa sobre la superficie de
una estrella y permanece sobre ella a medida que ésta se va colapsando. En
algún momento en su reloj, digamos a las 11:00, la estrella se encoge por
debajo del radio crítico en que su campo gravitatorio deviene tan intenso que
nada puede escapar de ella. Supongamos ahora que tiene instrucciones de enviar
una señal cada segundo que marque su reloj, a una nave espacial que órbita a
una distancia fija alrededor de la estrella. Empieza a transmitir a las
10:59:58, dos segundos antes de las 11:00. ¿Qué detectarán sus compañeros de la
nave espacial?
Hemos aprendido, del experimento mental anterior acerca de la nave
espacial acelerada, que la gravedad ralentiza el tiempo y que, cuanto más
intensa es, mayor resulta este efecto. El astronauta sobre la estrella se halla
en un campo gravitatorio más intenso que sus compañeros en órbita, de manera
que lo que para él es un segundo será más de un segundo en los relojes de
ellos. A medida que cabalga sobre el colapso de la estrella, el campo que
experimenta crecerá cada vez más, de manera que el intervalo entre sus señales
parecerá sucesivamente más largo a los compañeros de la nave espacial. Esta
dilatación del tiempo sería muy pequeña antes de las 10:59:59, de manera que
los astronautas en órbita sólo tendrían que esperar un poco más de un segundo
entre las señales del astronauta correspondientes a las 10:59:58 y las
10:59:59, pero deberían esperar indefinidamente para la señal de las 11:00.
En efecto, todo lo que ocurre en la superficie de la estrella entre las
10:59:59 y las 11:00 (según el reloj del astronauta) se esparciría en un
intervalo infinito de tiempo, según la nave espacial. A medida que se acercaran
las 11:00, el intervalo temporal entre la llegada de crestas y valles sucesivos
de la luz procedente de la estrella se haría cada vez más largo, tal como
ocurriría con los intervalos entre las señales sucesivas del astronauta. Como
la frecuencia de la luz expresa el número de crestas y valles por segundo,
dicha frecuencia de la luz parecería cada vez más baja, y por lo tanto la luz
parecería cada vez más roja (¡y cada vez más débil!) a los tripulantes de la
nave espacial. Al final, la estrella sería tan mortecina que ya no podría ser divisada
desde la nave espacial: todo lo que quedaría de ella sería un agujero negro en
el espacio. Sin embargo, la estrella seguiría ejerciendo la misma fuerza
gravitatoria sobre la nave espacial, que seguiría girando en su órbita.
Este escenario, sin embargo, no es completamente realista debido al
siguiente problema: la gravedad se hace más débil a medida que nos alejamos de
la estrella, de manera que la fuerza gravitatoria sobre nuestro valeroso
astronauta siempre sería mayor sobre los pies que sobre la cabeza. ¡Esta
diferencia de fuerzas estiraría al astronauta como un espagueti y lo
despedazaría antes de que la estrella se hubiera contraído al radio crítico en
que se forma el horizonte de sucesos! Sin embargo, creemos que en el universo
hay objetos mucho mayores, como por ejemplo la región central de las galaxias,
que también pueden experimentar colapso gravitacional para producir agujeros
negros, como el agujero negro supermasivo del centro de nuestra galaxia.
Sobre uno de éstos, un astronauta no sería despedazado antes de formarse
el agujero negro, sino que, de hecho, no notaría nada especial cuando llegara
al radio crítico y podría atravesar el punto de no retorno sin advertirlo,
aunque para los observadores exteriores sus señales estarían cada vez más
espaciadas y acabarían por detenerse.
Fuerzas de marea. Dado que la gravedad se debilita con la distancia, la
tierra tira de tu cabeza con menos fuerza que de tus pies, que están uno o dos
metros más cerca del centro de la tierra La diferencia es tan pequeña que no
podemos sentirla, pero un astronauta cerca del La superficie de un agujero
negro sería literalmente destrozada.
Pero al cabo de unas pocas horas (medidas por el astronauta), conforme
la región siguiera colapsándose, la diferencia entre las fuerzas gravitatorias
en los pies y la cabeza empezaría a ser tan intensa que lo despedazaría.
A veces, cuando se colapsa una estrella de masa muy grande, sus regiones
exteriores pueden ser expulsadas violentamente hacia fuera por una tremenda
explosión denominada supernova. Una explosión de supernova es enorme: puede
emitir más luz que todas las demás estrellas de la galaxia juntas. Un ejemplo
de ello es la supernova del Cangrejo, que los chinos registraron en 1054.
Aunque la estrella había explotado a 5.000 años-luz de distancia, resultó
perceptible a simple vista durante meses, y brillaba tanto que resultaba
visible incluso durante el día y se podía leer a su luz durante la noche. Una
supernova a 500 años-luz de distancia (una décima parte de la distancia
anterior) sería cien veces más brillante y podría literalmente convertir la
noche en día. Para apreciar la violencia de estas explosiones, tengamos
presente que su luz podría competir con la del sol, aunque estuviera decenas de
millones de veces más lejos (nuestro sol se halla a una distancia de tan sólo
ocho minutos-luz). Si se produjera una supernova suficientemente cerca, podría
emitir bastante radiación para matar a todos los seres vivos, aun dejando la
tierra intacta. De hecho, recientemente se propuso que una debacle de criaturas
marinas que tuvo lugar hace doscientos millones de años fue causada por los
rayos cósmicos de la radiación de una supernova cercana. Algunos científicos
creen que la vida avanzada sólo se puede desarrollar en las regiones de las
galaxias donde no haya demasiadas estrellas («zonas de vida») porque en
regiones más densas los fenómenos de supernovas serían lo suficientemente
comunes para sofocar regularmente cualquier intento de evolución biológica.
Como promedio, centenares de miles de supernovas explotan diariamente en un
lugar u otro del universo. En una galaxia, se produce una superno va
aproximadamente una vez por siglo, pero esto es tan sólo un promedio.
Desgraciadamente —para los astrónomos, al menos—, la última supernova
registrada en la Vía Láctea se produjo en 1604, antes de que se inventara el
telescopio.
El principal candidato a la próxima explosión de supernova en nuestra
galaxia es una estrella denominada Rho Casiopea. Por fortuna, está a una
distancia prudencial de nosotros: unos 10.000 años-luz. Pertenece a una clase
de estrellas conocidas como hipergigantes amarillas, y es una de las siete
estrellas de esta clase que se conocen en la Vía Láctea. Un equipo
internacional de astrónomos empezó a estudiarla en 1993. Al ir pasando los años
observaron que presentaba fluctuaciones periódicas de temperatura de unos pocos
centenares de grados. De repente, en el verano de 2000, su temperatura cayó
bruscamente de unos 7.000 grados a unos 2.000 grados Celsius. Durante este
tiempo, también se detectó en su atmósfera óxido de titanio que, según se cree,
forma parte de una capa expulsada por la estrella a causa de una imponente onda
de choque.
En una supernova, algunos de los elementos más pesados producidos hacia
el fin de la vida de la estrella son eyectados al gas de la galaxia, y
suministran parte de la materia prima para la próxima generación de estrellas.
Nuestro sol contiene un dos por 100 de estos elementos más pesados. Es una
estrella de segunda o tercera generación, formada hace unos cinco mil millones
de años a partir de una nube de gas en rotación que contenía los desechos de
supernovas anteriores. La mayor parte del gas de dicha nube pasó a formar el
sol o fue lanzada al espacio, pero una pequeña parte de los elementos más
pesados se agrupó para formar los cuerpos que ahora orbitan alrededor del sol
como planetas, como sucede con la tierra. ¡El oro de las joyas y el uranio de
los reactores nucleares son restos de supernovas que existieron antes de que
naciera nuestro sistema solar!
Cuando la tierra estaba recién condensada, estaba muy caliente y carecía
de atmósfera. Con el transcurso del tiempo se enfrió y adquirió una atmósfera
mediante la emisión de gases de las rocas, pero en aquella atmósfera primitiva
no hubiéramos podido sobrevivir: no contenía oxígeno, sino muchos otros gases
que resultan tóxicos para nosotros, como el sulfhídrico (el gas que produce el
hedor de los huevos podridos). Sin embargo, otras formas primitivas de vida
pudieron florecer en aquellas condiciones. Se cree que se desarrollaron en los
océanos, quizá como resultado de combinaciones aleatorias de átomos en
estructuras grandes, denominadas macromoléculas, capaces de reunir otros átomos
en el océano para producir estructuras semejantes a sí mismas. Así, se habrían
autorreproducido y multiplicado, aunque en algunos casos habría habido errores
en la reproducción. La mayoría de ellos habría impedido que la nueva
macromolécula se pudiera reproducir y al final habría sido destruida. Sin
embargo, unos pocos de los errores habrían producido nuevas macromoléculas que
se reproducirían mejor aún, ventaja que les habría llevado a reemplazar las
macromoléculas originales. De esta manera, habría empezado un proceso de
evolución que condujo al desarrollo de organismos autorreproductores cada vez
más complicados. Las primeras formas primitivas de vida consumían diversos
materiales, incluido el sulfhídrico, y liberaban oxígeno. Esto cambió
gradualmente la composición de la atmósfera hasta la que tiene en la
actualidad, y permitió el desarrollo de formas superiores de vida como los
peces, reptiles, mamíferos y, al final, la especie humana.
Esta imagen del universo, basada en la relatividad general, concuerda
con las evidencias observacionales de que disponemos en la actualidad. Sin
embargo, las matemáticas no pueden tratar realmente magnitudes infinitas, de
manera que, al afirmar que el universo empezó con el big bang, la teoría
general de la relatividad predice que hay un punto en el universo en que ella
misma deja de ser válida. Tal punto es un ejemplo de lo que los matemáticos
denominan una singularidad. Cuando una teoría predice singularidades, como por
ejemplo valores infinitos para la temperatura, la densidad o la curvatura, nos
está indicando que debe ser modificada de alguna manera. La relatividad general
es, así, una teoría incompleta porque no nos puede predecir cómo dio comienzo el
universo.
El siglo XX vio cómo se transformaba la visión que los seres humanos
tenemos del universo: nos dimos cuenta de la insignificancia de nuestro planeta
en la inmensidad del universo, descubrimos que el tiempo y el espacio eran
curvados e inseparables, que el universo se estaba expandiendo y que había
tenido un comienzo en el tiempo. Aun así, también comprendimos que la nueva
gran teoría de la estructura a gran escala del universo, la relatividad
general, deja de ser válida en las proximidades del origen del tiempo.
El siglo XX también vio nacer otra gran teoría parcial de la naturaleza:
la mecánica cuántica. Esta teoría trata los fenómenos que se producen a escalas
muy pequeñas. Nuestra concepción del big bang nos indica que debió de haber un
momento en que el universo muy primitivo era tan pequeño que, incluso al
estudiar su estructura «a gran escala», no es posible ignorar los efectos de
pequeña escala de la mecánica cuántica. Nuestra mayor esperanza de obtener una
comprensión completa del universo desde su principio hasta su final implica
combinar estas dos teorías parciales en una sola teoría cuántica de la
gravedad. Veremos posteriormente que cuando se combina la relatividad general
con el principio de incertidumbre de la mecánica cuántica surge la posibilidad
de que tanto el espacio como el tiempo sean finitos, pero sin tener bordes ni
fronteras. Y es posible que las leyes ordinarias de la ciencia se cumplan en
todos los sitios, incluida la región inicial del tiempo, sin necesidad de que
haya en ella singularidad alguna.
Capítulo 9
Gravedad cuántica
El éxito de las teorías científicas, en particular de la teoría de la
gravedad de Newton, condujo al científico francés marqués de Laplace, a
principios del siglo XIX, a sostener que el universo era completamente
determinista.
Ello significa que Laplace creía en la existencia de un conjunto de
leyes científicas que nos permitirían, al menos en principio, predecir todo lo
que ocurriría en el universo. La «única» información que necesitarían estas
leyes sería el estado completo del universo en un momento dado. Esto se
denomina una «condición inicial» o «condición de frontera». (Una frontera puede
referirse a una frontera en el espacio o en el tiempo; una condición de
frontera en el espacio es el estado del universo en su borde exterior, si es
que lo tiene.) Basándose en un conjunto completo de leyes y en las condiciones
iniciales y de fronteras apropiadas, Laplace creía que deberíamos poder
calcular el estado completo del universo en cualquier otro instante.
Probablemente, la necesidad de las condiciones iniciales es intuitivamente
obvia: diferentes estados presentes conducirán, obviamente, a estados futuros
diferentes. La necesidad de condiciones de frontera en el espacio es un poco
más sutil, pero el principio es el mismo. Las ecuaciones en que se basan las
teorías físicas pueden tener generalmente soluciones muy diferentes, y debemos
contar con las condiciones iniciales y de frontera para decidir cuáles de ellas
hemos de considerar. En cierto modo, es como decir que nuestra cuenta bancada
depende no sólo de las sumas que ingresamos o retiramos, sino también de las
condiciones iniciales o de frontera de cuál era el valor de la cuenta en el
momento de su apertura.
Si Laplace estuviera en lo cierto, entonces, dado el estado del universo
en el presente, estas leyes nos podrían decir su estado tanto en el futuro como
en el pasado. Por ejemplo, dadas las posiciones y velocidades del sol y los
planetas, podemos utilizar las leyes de Newton para calcular el estado del
sistema solar en cualquier instante anterior o posterior. El determinismo
parece bastante obvio en el caso de los planetas; al fin y al cabo, los
astrónomos hacen predicciones muy precisas de acontecimientos como los
eclipses. Pero Laplace fue más allá, y supuso que había leyes semejantes que
gobernaban todo lo demás, incluido el comportamiento humano.
¿Es realmente posible que los científicos lleguen a calcular en el
futuro cuáles serán nuestras acciones? Un vaso de agua contiene más de 1024 (un
10 seguido de 24 ceros) moléculas. En la práctica, no podemos esperar saber
nunca el estado de cada una de ellas, y mucho menos, pues, el «estado completo»
del universo, ni tan siquiera el de nuestro cuerpo. Aun así, decir que el
universo es determinista significa que, aunque no tengamos la potencia mental
necesaria para efectuar el cálculo, nuestro futuro está, sin embargo,
determinado.
Esta doctrina del determinismo científico halló una fuerte oposición por
parte de mucha gente, que pensó que quedaba infringida la libertad de Dios de
hacer que el mundo funcionara como Él creyera conveniente, pero siguió siendo
la suposición habitual de la ciencia hasta principios del siglo XX. Uno de los
primeros indicios de que esta creencia debía ser abandonada surgió cuando los
científicos británicos lord Rayleigh y sir James Jeans calcularon la cantidad
de radiación de cuerpo negro que un objeto caliente, como por ejemplo una
estrella, debe radiar (recordemos, del capítulo 7, que cualquier cuerpo
material, al ser calentado, emite radiación de cuerpo negro).
Según las leyes conocidas en aquel tiempo, un cuerpo caliente debería
emitir por igual ondas electromagnéticas en todas las frecuencias. Si esto
fuera verdad, radiaría la misma cantidad de energía en todos los colores del
espectro de la luz visible, y para todas las frecuencias de micro- ondas,
radioondas, rayos X, etc. Recordemos que la frecuencia de una onda es el número
de veces que ésta oscila por segundo, es decir, el número de «ondas por
segundo». Matemáticamente, que un cuerpo caliente emitiera por igual ondas a
todas las frecuencias significaba que debería emitir la misma cantidad de
energía tanto en ondas con frecuencias comprendidas entre cero y un millón de
ondas por segundo, como en ondas con frecuencias comprendidas entre uno y dos
millones de ondas por segundo, dos y tres millones de ondas por segundo, y así
sucesivamente, e indefinidamente. Supongamos que se emite una unidad de energía
en forma de ondas con frecuencia comprendida entre cero y un millón de ondas
por segundo, y así en cada intervalo. Entonces, la cantidad total de energía
radiada en todas las frecuencias es la suma de uno más uno más uno...
indefinidamente. Como no hay límite para el número de ondas por segundo que
pueda contener una onda, la suma de estas energías es una suma sin fin. Según
este razonamiento, la energía total radiada debería ser infinita.
Para evitar este resultado evidentemente absurdo, el científico alemán
Max Planck sugirió en 1900 que la luz, los rayos X y otras ondas
electromagnéticas sólo podrían ser emitidos en ciertos paquetes discretos, que
denominó «cuantos». En la actualidad, llamamos fotón al cuanto de luz. Cuanto
mayor es la frecuencia de la luz, mayor es el contenido de energía de
«cuantos». Por lo tanto, aunque todos los fotones de cualquier color o
frecuencia dados son idénticos, la teoría de Planck establece que los fotones de
diferentes frecuencias difieren en la cantidad de energía que transportan. Esto
significa que en la teoría cuántica la luz «más tenue» de un color dado
cualquiera —la luz transportada por un solo fotón— tiene un contenido
energético que depende de su color. Por ejemplo, como la frecuencia de la luz
violeta es el doble que la de la luz roja, un cuanto de luz violeta tiene el
doble de energía que uno de luz roja. Así pues, la cantidad más pequeña posible
de la luz violeta es el doble de grande que la cantidad más pequeña posible de
luz roja.
Luz más débil posible. La luz débil significa menos fotones La luz más débil
posible de cualquier color es la luz transportada por un solo fotón
¿Cómo resuelve esto el problema del cuerpo negro? La cantidad más
pequeña de energía electromagnética que un cuerpo negro puede emitir en una
frecuencia dada es la transportada por un fotón de dicha frecuencia, energía
que es mayor a frecuencias más elevadas. A frecuencias suficientemente
elevadas, la cantidad de energía en un solo fotón sería mayor que la disponible
para todo el cuerpo, en cuyo caso no se emitiría luz, poniendo fin de este modo
a la suma anteriormente ilimitada. Así, en la teoría de Planck, la radiación a
frecuencias elevadas quedaría reducida y, en consecuencia, la tasa con que el
cuerpo pierde energía sería finita, resolviendo el problema del cuerpo negro.
La hipótesis cuántica explicaba muy satisfactoriamente la tasa observada
de emisión de radiación de los cuerpos calientes, pero sus consecuencias sobre
el determinismo no fueron advertidas hasta 1926, cuando otro científico alemán,
Werner Heisenberg, formuló su famoso principio de incertidumbre.
El principio de incertidumbre (o de indeterminación), contrariamente a
la creencia de Laplace, afirma que la naturaleza impone límites a nuestra
capacidad de predecir el futuro mediante leyes científicas. Esto es debido a
que, para poder predecir la posición y velocidad futuras de una partícula,
debemos poder medir con precisión su estado inicial, es decir, su posición y
velocidad actuales. La manera obvia de hacerlo es enviar luz a la partícula.
Algunas de las ondas de luz serán dispersadas por ésta y podrán ser detectadas
por el observador, indicando así la posición de la partícula. Sin embargo, la
luz de una longitud de onda determinada sólo tiene una sensibilidad limitada:
no es posible determinar la posición de la partícula con precisión mayor que la
distancia entre crestas sucesivas de la onda. Por lo tanto, si deseamos medir
con precisión la posición de la partícula, debemos utilizar luz con longitud de
onda corta, es decir, con frecuencia elevada. Por la hipótesis cuántica de
Planck, sin embargo, no podemos utilizar una cantidad de luz arbitrariamente
pequeña: como mínimo, debemos utilizar un cuanto, cuya energía es mayor a
frecuencias más elevadas. Así, cuanto mayor sea la precisión con que queramos
medir la posición de una partícula, más energético será el cuanto de luz que
debemos lanzar contra ella.
Según la teoría cuántica, incluso un solo cuanto de luz perturbará la
partícula y modificará su velocidad de forma impredecible. Y cuanto más
energético sea el cuanto de luz utilizado, mayor será la perturbación esperada.
Esto significa que, para medir con más precisión la posición, tenemos que
utilizar un cuanto más energético, con lo que la velocidad de la partícula se
verá más perturbada. Por tanto, con cuanta mayor precisión tratemos de medir la
posición de la partícula, menor será la precisión con que podremos medir su
velocidad, y viceversa. Heisenberg demostró que la incertidumbre en la posición
de la partícula, multiplicada por la incertidumbre en su velocidad,
multiplicada por la masa de la partícula, nunca puede ser menor que un valor
dado. Esto significa, por ejemplo, que si reducimos a la mitad la incertidumbre
en la posición, se duplica la incertidumbre en la velocidad, y viceversa. La
naturaleza siempre nos obligará a participar en esta negociación.
¿Cuán mala es esta negociación? Depende del valor numérico de ese
«cierto valor fijo» que mencionamos anteriormente. Dicho valor es conocido como
la constante de Planck, y es un número muy pequeño. Como la constante de Planck
es muy pequeña, los efectos de esta negociación, y de la teoría cuántica en
general, no son directamente observables en nuestra vida cotidiana, igual que
ocurre con los efectos de la relatividad. (Aunque la teoría cuántica afecta
directamente a nuestra vida, ya que constituye la base de campos como, por
ejemplo, la electrónica moderna.) Por ejemplo, si seleccionamos la velocidad de
una pelota de un gramo de masa con un error de un centímetro por segundo,
podemos precisar su posición con una exactitud mucho mayor de la que nunca
necesitaremos. Pero si medimos la posición de un electrón con una precisión de
aproximadamente los confines de un átomo, no podremos saber su velocidad con
mayor precisión que más o menos mil kilómetros por segundo, que no es muy
preciso que digamos.
El límite dictado por el principio de incertidumbre no depende de la
manera en que intentemos medir la posición o la velocidad de la partícula, ni
del tipo de partícula. El principio de incertidumbre de Heisenberg es una
propiedad fundamental e ineludible del mundo, y ha tenido implicaciones
profundas en la manera como vemos la realidad, implicaciones que, incluso más
de setenta años después, no han sido apreciadas por muchos filósofos, y siguen
siendo objeto de numerosas controversias. El principio de incertidumbre puso
fin al sueño de Laplace de una teoría de la ciencia en que el modelo del
universo fuese completamente determinista: ¡no podemos predecir acontecimientos
futuros con exactitud si ni tan siquiera podemos medir con precisión el estado
actual del universo!
Queda la posibilidad de imaginar que existe un conjunto de leyes que
determinan completamente los acontecimientos a la vista de algún ser
sobrenatural que, a diferencia de nosotros, pudiera observar el estado actual
del universo sin perturbarlo. Sin embargo, tales modelos de universo no son de
gran interés para nosotros, simples mortales. Parece mejor utilizar el
principio de economía conocido como navaja de Occam y suprimir todos los rasgos
de la teoría que no pueden ser observados. Este enfoque condujo a Heisenberg,
Edwin Schrödinger y Paul Dirac en los años veinte a reformular la mecánica
newtoniana en una nueva teoría llamada mecánica cuántica, basada en el
principio de incertidumbre. En esta teoría, las partículas no tienen posiciones
y velocidades separadas y bien definidas, sino un estado cuántico, que es una
combinación de posición y velocidad definida tan sólo dentro de los límites del
principio de incertidumbre.
Una de las propiedades revolucionarias de la mecánica cuántica es que no
predice un solo resultado definido para una observación, sino un cierto número
de resultados posibles, y nos dice cuál es la probabilidad de obtener cada uno
de ellos. Es decir, si en un gran número de sistemas parecidos, cada uno de los
cuales hubiera empezado de la misma manera, hiciéramos la misma medición,
hallaríamos que el resultado de la medida sería A en un cierto número de casos,
B en un número diferente de casos, y así sucesivamente. Podríamos predecir el
número aproximado de veces en que el resultado sería A o B, pero no podríamos
predecir el resultado concreto de una medida individual.
Por ejemplo, imaginemos que lanzamos un dardo hacia un blanco. Según las
teorías clásicas —es decir, las viejas teorías no cuánticas—, el dardo tocará o
no el centro de la diana. Si fuéramos capaces de saber la velocidad del dado al
lanzarlo, y la atracción de la gravedad, etc., podríamos calcular si tocará o
no la diana. Pero la teoría cuántica dice que esto no es verdad, que no podemos
afirmar con seguridad que existe una cierta probabilidad de que el dardo
alcance el centro de la diana, y otra probabilidad no nula de que vaya a alguna
otra zona del blanco. Para un objeto del tamaño de un dardo, si la teoría
clásica —en este caso las leyes de Newton — afirma que el dardo irá al centro
de la diana, podemos estar seguros de que sucederá así. Al menos, la probabilidad
de que no sea así (según la teoría cuántica) es tan pequeña que si siguiéramos
lanzando el dardo exactamente de la misma manera hasta el final del universo,
probablemente nunca observaríamos que no diera en el centro de la diana. Pero
en escala atómica las cosas son diferentes. Un dardo constituido por un solo
átomo puede tener una probabilidad de un noventa por 100 de tocar el centro de
la diana, un cinco por 100 de probabilidad de dar en alguna otra zona del
blanco y otro cinco por 100 de probabilidad de dar fuera del blanco. No podemos
decir de entrada cuál de estas posibilidades se dará. Todo lo que podemos decir
es que si repetimos muchas veces el experimento, podemos esperar como promedio
que, noventa de cada cien veces que repitamos el experimento, el dardo dará en
el centro de la diana.
Por lo tanto, la mecánica cuántica introduce en la ciencia un elemento
inevitable de impredecibilidad o aleatoriedad. Einstein se opuso rotundamente a
ello, a pesar del importante papel que había desempeñado en el desarrollo de
estas ideas. De hecho, Einstein fue galardonado con el premio Nobel por su
contribución a la teoría cuántica, pero nunca aceptó que el universo estuviera
regido por el azar, y resumió sus sentimientos al respecto en su famosa frase:
«Dios no juega a los dados».
Posición cuántica manchada. De acuerdo con la teoría cuántica, no se puede
precisar la posición y velocidad de un objeto con precisión infinita, ni se
puede predecir exactamente el curso de eventos futuros.
La prueba de una teoría científica, como hemos dicho, es su capacidad de
predecir los resultados de un experimento. La teoría cuántica limita nuestras
posibilidades. ¿Limita la teoría cuántica la ciencia? Para progresar, la manera
en que hacemos ciencia debe ser dictada por la naturaleza. En este caso, la
naturaleza exige que redefinamos lo que entendemos por predicción: quizá no
podamos predecir exactamente el resultado de un experimento, pero podemos
repetirlo muchas veces y confirmar que los diversos resultados posibles ocurren
con las probabilidades predichas por la teoría cuántica. Así, a pesar del
principio de incertidumbre, no es necesario abandonar la creencia en un mundo
regido por leyes físicas. De hecho, la mayoría de los científicos acabó por aceptar
la teoría cuántica precisamente porque concordaba a la perfección con los
experimentos.
Una de las consecuencias más importantes del principio de incertidumbre
de Heisenberg es que las partículas se comportan en algunos aspectos como
ondas. Como hemos visto, no tienen una posición bien definida, sino que son
«difuminadas» con una cierta distribución de probabilidad.
Dentro y fuera de fase. Si las crestas y valles de dos ondas coinciden, dan
como resultado una ola más fuerte, pero si las crestas de una ola coinciden con
las valles de otra, las dos ondas se cancelan entre sí.
Igualmente, aunque la luz está compuesta por ondas, la hipótesis
cuántica de Planck indica que en algunos aspectos la luz también se comporta
como si estuviera compuesta por partículas: sólo puede ser absorbida o emitida
en paquetes o cuantos. De hecho, la teoría de la mecánica cuántica está basada
en un tipo completamente nuevo de matemática que no describe el mundo real en
función de partículas u ondas. Para algunos propósitos es más útil interpretar
las partículas como ondas y en otros es mejor interpretar las ondas como
partículas, pero estas maneras de pensar son puras conveniencias. Esto es lo
que los físicos quieren decir cuando afirman que en la mecánica cuántica existe
una dualidad entre partículas y ondas.
Una consecuencia importante del comportamiento ondulatorio en mecánica
cuántica es la posibilidad de observar lo que se denomina interferencia entre
dos conjuntos de partículas. Normalmente, se cree que la interferencia es un
fenómeno de las ondas. Es decir, cuando chocan ondas, las crestas de un
conjunto de ondas pueden coincidir con los valles del otro conjunto (en tal
caso se dice que las ondas están en «oposición de fase»). Si esto ocurre, los
dos conjuntos de ondas se pueden anular mutuamente en lugar de sumarse para dar
una onda mayor, tal como habríamos podido esperar. Un ejemplo familiar de
interferencia en el caso de la luz son los colores que a menudo se ven en las
burbujas de jabón. Éstos son provocados por la reflexión de la luz a ambos
lados de la película de agua que forma la burbuja. La luz blanca está formada
por ondas luminosas de todas las longitudes de onda, o colores. Para ciertas
longitudes de onda, las crestas de las ondas reflejadas en un lado de la
película de jabón coinciden con los valles de las ondas reflejadas en el otro
lado. Los colores correspondientes a estas longitudes de onda estarán ausentes
de la luz reflejada, que, por tanto, parecerá estar coloreada. Pero la teoría
cuántica afirma que también puede producirse interferencia para partículas, a
causa de la dualidad introducida por la mecánica cuántica.
Un ejemplo famoso es el llamado experimento de las dos rendijas.
Consideremos un tabique con dos rendijas estrechas paralelas.
Distancias e interferencia de la trayectoria. En el experimento de dos
limos, la distancia que deben recorrer las ondas desde las rendijas superior e
inferior hasta la pantalla varía con la altura a lo largo de la pantalla. El
resultado es que las ondas se refuerzan entre sí en ciertas alturas y se
cancelan en otras, un patrón de interferencia
Antes de considerar qué ocurre cuando enviamos partículas a través de
estas rendijas, examinemos qué pasa cuando enviamos luz.
A un lado del tabique se coloca una fuente luminosa de un color
particular (es decir, de una longitud de onda particular). La mayor parte de la
luz chocará con el tabique, pero una pequeña fracción atravesará las rendijas.
Supongamos ahora que al otro lado del tabique colocamos una pantalla y
consideremos uno cualquiera de sus puntos: recibirá ondas procedentes de ambas
rendijas. Sin embargo, en general, la distancia que la luz debe recorrer desde
la fuente luminosa hasta el punto de la pantalla a través de una de las
rendijas será diferente de la distancia recorrida por la luz que pasa por la
otra rendija.
Interferencia de electrones. Debido a la interferencia, el resultado de
enviar un haz de electrones a través de dos rendijas no se corresponde con el
resultado de enviar los electrones a través de cada rendija por separado.
Como las distancias recorridas son diferentes, las ondas procedentes de
las dos rendijas no estarán en fase entre sí cuando lleguen al punto. En
algunos lugares, los valles de una onda coincidirán con las crestas de la otra,
y las ondas se anularán mutuamente; en otros lugares, las crestas coincidirán
con las crestas y los valles con los valles, y las ondas se reforzarán
mutuamente; y en la mayoría de lugares, la situación será intermedia. El
resultado es un patrón característico de luz y oscuridad.
Lo más destacable es que se obtiene exactamente el mismo tipo de patrón
si sustituimos la fuente de luz por una fuente de partículas, como por ejemplo
electrones con una velocidad definida (que significa que las correspondientes
ondas de materia tienen una longitud de onda definida). Supongamos que sólo
tenemos una rendija, y que empezamos a disparar electrones contra el tabique.
La mayoría de los electrones será detenida por éste, pero algunos pasarán por
la rendija y llegarán a la pantalla del lado opuesto. Por lo tanto, podemos
pensar que abrir una segunda rendija en el tabique sólo incrementaría el número
de electrones que chocan con cada punto de la pantalla. Pero cuando abrimos la
segunda rendija, el número de electrones que chocan contra la pantalla aumenta
en algunos puntos y disminuye en otros, como si los electrones estuvieran
interfiriendo como ondas, en lugar de actuar como partículas.
Imaginemos ahora que enviamos los electrones a través de las rendijas
uno a uno. ¿Seguirá habiendo interferencia? Podríamos esperar que cada electrón
pasase por una rendija o la otra, y desapareciese el patrón de interferencia.
Sin embargo, en realidad, incluso cuando los electrones son enviados uno a uno,
persiste el patrón de interferencia. Cada electrón, por tanto, ¡debe pasar por
ambas rendijas a la vez e interferir consigo mismo!
El fenómeno de interferencia entre partículas ha sido crucial para
nuestra comprensión de la estructura de los átomos, las unidades básicas de que
estamos compuestos nosotros y todo lo que nos rodea. A comienzos del siglo XX
se creía que los átomos eran como los planetas que orbitan alrededor del sol,
con los electrones (partículas de electricidad negativa) orbitando alrededor de
un núcleo central, que llevaba electricidad positiva. Se suponía que la
atracción entre la electricidad positiva y la negativa mantenía los electrones
en sus órbitas, tal como la atracción gravitatoria entre el sol y los planetas
mantiene a éstos en sus órbitas. El problema es que las leyes clásicas de
mecánica y electricidad, anteriores a la mecánica cuántica, predecían que los electrones
que girasen así emitirían radiación, por lo que perderían energía y, en
consecuencia, girarían en espiral hasta chocar con el núcleo. Esto significaría
que el átomo y, de hecho, toda la materia, ¡debería colapsarse rápidamente a un
estado de densidad muy elevada, algo que obviamente no ocurre!
El científico danés Niels Bohr halló una solución parcial a este
problema en 1913. Sugirió que quizá los electrones no puedan girar a cualquier
distancia del núcleo central, sino sólo a ciertas distancias específicas. Si
también se supone que sólo uno o dos electrones pueden girar a cada una de
estas distancias, el problema del colapso se resolvería, porque una vez el
limitado número de órbitas interiores estuviera completo, los electrones no
podrían seguir cayendo hacia el interior. Este modelo explicaba muy
satisfactoriamente la estructura del átomo más sencillo, el hidrógeno, que sólo
tiene un electrón en órbita alrededor del núcleo, pero no quedaba claro cómo
hacerlo extensible a átomos más complejos. Además, la idea de un conjunto
limitado de órbitas permitidas parecía un mero recurso sin justificación, un
truco que funcionaba matemáticamente, pero sin que nadie supiera por qué la
naturaleza debía comportarse de esta manera, o qué ley más profunda
representaba, si es que había alguna. La nueva teoría de la mecánica cuántica
resolvió esta dificultad, al revelar que un electrón en órbita alrededor del
núcleo puede ser interpretado como una onda, cuya longitud de onda sólo
dependería de su velocidad. Imaginemos que la onda da la vuelta al núcleo a
ciertas distancias específicas, como Bohr había postulado. Para algunas
órbitas, su circunferencia correspondería a un número entero de longitudes de
onda. Para estas órbitas, las crestas de la onda estarían en la misma posición
cada vez que se diera una vuelta completa, de manera que las ondas se sumarían
entre sí. Estas órbitas corresponderían a las órbitas permitidas de Bohr. Sin
embargo, para órbitas cuyas longitudes no fueran un número entero de longitudes
de onda, cada cresta de la onda acabaría por ser cancelada por un valle a
medida que los electrones giraran, de manera que estas órbitas no serían
permitidas. La ley de Bohr de órbitas permitidas y prohibidas tenía ahora una
explicación.
Una manera especialmente elegante de visualizar la dualidad
onda-partícula es la llamada idea de las múltiples historias introducida por el
científico americano Richard Feynman. En su visión, se supone que una partícula
no tiene una sola historia o camino en el espacio-tiempo, como ocurría en la
teoría clásica (no cuántica), sino que se supone que se desplaza de A a B por
todos los caminos posibles.
Ondas en órbitas atómicas. Niels Bohr imaginó que el átomo consistía en
ondas de electrones que circundaban sin cesar núcleos atómicos En su imagen,
solo las órbitas con circunferencias correspondientes a un número entero de
longitudes de onda de electrones podrían sobrevivir sin interferencias
destructivas.
A cada camino entre A y B, Feynman asoció un par de números. Uno
representa la amplitud, o tamaño, de una onda y el otro la fase, o posición en
el ciclo (es decir, si estamos en una cresta o un valle). La probabilidad de
que una partícula vaya de A a B se calcula por adición de todas las ondas para
todos los caminos que conectan A con B. En general, si se compara un conjunto
de caminos contiguos, sus fases difieren considerablemente, lo que significa
que las ondas asociadas con ellos casi se anularán entre sí. Sin embargo, para
algunos conjuntos de caminos contiguos, la fase no variará mucho y las ondas
correspondientes a ellos no se anularán. Tales caminos corresponden a las
órbitas permitidas de Bohr.
Muchos caminos de electrones. En la formulación de la teoría cuántica de
Richard Feynman, una partícula, como esta que se mueve de la fuente a la
pantalla, toma todos los caminos posibles.
Con la formulación matemática concreta de estas ideas resultó
relativamente fácil calcular las órbitas permitidas en átomos más complejos e
incluso en moléculas, que están constituidas por un gran número de átomos
enlazados por electrones en órbitas que giran alrededor de más de un núcleo.
Como la estructura de las moléculas y sus reacciones entre sí están en la base
de toda la química y toda la biología, la mecánica cuántica nos permite en
principio predecir casi todo lo que vemos a nuestro alrededor, dentro de los
límites impuestos por el principio de incertidumbre. (En la práctica, sin
embargo, no podemos resolver exactamente las ecuaciones para ningún átomo más
allá del más simple, el hidrógeno, que sólo tiene un electrón, y debemos
utilizar aproximaciones y ordenadores para analizar átomos más complejos y para
moléculas.)
La teoría cuántica es una teoría muy satisfactoria e importante que
constituye la base de casi toda la ciencia y tecnología modernas. Gobierna el
comportamiento de los transistores y circuitos integrados, que son los
componentes esenciales de dispositivos electrónicos como los de los televisores
y ordenadores, y es también la base de la química y la biología modernas. Las
únicas áreas de la física en que la mecánica cuántica no ha sido incorporada
con propiedad son la gravedad y la estructura a gran escala del universo. La
teoría general de la relatividad de Einstein no toma en consideración el
principio de incertidumbre de la mecánica cuántica como debería hacerlo por
coherencia con otras teorías.
Como vimos en el último capítulo, ya sabemos que la relatividad general
debe ser modificada. Al predecir puntos de densidad infinita —singularidades—,
la relatividad general clásica (es decir, no cuántica) predice su propio
fracaso, del mismo modo que la mecánica clásica predijo su propio fracaso al
sugerir que los cuerpos negros deberían radiar una cantidad infinita de
energía, o que los átomos se deberían colapsar a una densidad infinita. Como en
el caso de la mecánica clásica, esperamos poder eliminar estas singularidades
inaceptables si convertimos la relatividad general clásica en una teoría
cuántica, es decir, si formulamos una teoría cuántica de la gravedad.
Si la relatividad general está equivocada, ¿por qué la confirman todos
los experimentos realizados hasta ahora? La razón de que todavía no hayamos
observado ninguna discrepancia con las observaciones es que los campos
gravitatorios que normalmente experimentamos son muy débiles. Pero, como hemos
visto, el campo gravitatorio se debería hacer muy intenso cuando toda la
materia y la energía del universo se comprime en un pequeño volumen en el
universo primitivo. En presencia de estos campos tan intensos, los efectos de
la teoría cuántica deberían ser importantes.
Aunque todavía no disponemos de una teoría cuántica de la gravedad,
conocemos un cierto número de características que, creemos, debería poseer. Una
es que debería incorporar la formulación de Feynman de la teoría cuántica en
términos de una suma de historias. Una segunda característica que, creemos,
debería formar parte de cualquier teoría última es la idea de Einstein de que
el campo gravitatorio está representado por un espacio-tiempo curvo en el que
las partículas intentan seguir el camino más próximo a una recta, pero como el
espacio-tiempo no es plano sus caminos parecen estar curvados, como por un
campo gravitatorio. Cuando aplicamos la idea de las múltiples historias de
Feynman a la propuesta de Einstein para la gravedad, el análogo de la historia
de una partícula es ahora un espacio-tiempo curvado completo que representa la
historia de todo el universo.
En la teoría clásica de la gravedad, sólo hay dos comportamientos
posibles del universo: o bien ha existido durante un tiempo infinito, o bien
empezó en una singularidad hace un tiempo finito. Por razones que ya discutimos
con anterioridad, creemos que el universo no ha existido siempre. Aun así, si
tuvo un comienzo, de acuerdo con la relatividad general clásica, para conocer
qué solución de las ecuaciones de Einstein lo describe, deberíamos conocer su
estado inicial, es decir, cómo empezó el universo exactamente. Puede que Dios
decretara originalmente las leyes de la naturaleza, pero en tal caso parece que
desde entonces ha dejado que el universo evolucione según ellas y no interviene
en él. ¿Cómo escogió el estado o configuración inicial del universo? ¿Cuáles
eran las «condiciones en los límites» en el comienzo del tiempo? En relatividad
general clásica, esto constituye un problema porque la teoría deja de ser
válida en el comienzo del universo.
En la teoría cuántica de la gravedad, en cambio, surge una nueva
posibilidad, que, si es correcta, solucionaría este problema. En la teoría
cuántica es posible que el espacio-tiempo sea finito pero que no tenga
singularidades que formen una frontera o un borde. El espacio-tiempo sería como
la superficie de la tierra, sólo que con dos dimensiones adicionales. Tal como
subrayamos antes, si viajamos en la superficie de la tierra siempre en la misma
dirección, nunca nos encontramos con una barrera insuperable, sino que al final
regresamos al punto de partida, sin caer por ningún borde ni toparnos con
ninguna singularidad. Por lo tanto, si éste resultara ser el caso, la teoría
cuántica de la gravedad habría abierto una nueva posibilidad en que no habría
singularidades donde las leyes de la naturaleza dejaran de ser válidas.
Si el espacio-tiempo no tiene fronteras, no es necesario especificar su
comportamiento en la frontera, esto es, no hay necesidad de conocer el estado
inicial del universo. No existe un borde del espacio-tiempo en que debamos
apelar a Dios o a alguna nueva ley que establezca las condiciones de frontera
del espacio- tiempo. Podríamos decir: «La condición de frontera del universo es
que no tiene fronteras». El universo estaría completamente autocontenido y no
afectado por nada exterior a sí mismo. No sería creado ni destruido,
simplemente sería. Mientras creímos que el universo tuvo un comienzo, el papel
de un Creador parecía claro, pero si el universo está realmente autocontenido,
sin bordes ni fronteras, sin origen ni final, la respuesta a la pregunta «¿cuál
es el papel de un Creador?» no resulta tan obvia.
Capítulo 10
Agujeros de gusano y viajes en el tiempo.
En los capítulos anteriores hemos visto cómo nuestra imagen de la
naturaleza del tiempo había cambiado con los años. Hasta comienzos del siglo
XX, se creía en un tiempo absoluto, es decir, que cada acontecimiento podía ser
etiquetado de manera unívoca con un número llamado «tiempo» y que todos los
buenos relojes indicarían el mismo intervalo temporal entre dos acontecimientos
dados cualesquiera. Sin embargo, el descubrimiento de que la velocidad de la
luz es la misma para todos los observadores, sea cual sea la velocidad de
éstos, condujo a la teoría de la relatividad, y a abandonar la idea de un
tiempo absoluto y único. El tiempo de los acontecimientos no podría ser
etiquetado de manera única, sino que cada observador tendría su propia medida
del tiempo, indicado por un reloj que viajaría consigo, y relojes transportados
por diferentes observadores no tendrían por qué coincidir. Así, el tiempo
deviene un concepto más personal, relativo al observador que lo mide. Sin
embargo, sigue siendo tratado como una línea de ferrocarril recta, en la que se
podría ir en una dirección o en la otra. ¿Pero qué pasaría si la vía tuviera
ramificaciones y bucles, de manera que el tren, pese a seguir avanzando,
pudiera regresar a una estación por la que ya había pasado? En otras palabras,
¿sería posible que alguien viajara al futuro o al pasado? H.G. Wells exploró
estas posibilidades en La máquina del tiempo, como han hecho otros numerosos
escritores de ciencia ficción. Pero sabemos que muchas de las ideas de la
ciencia ficción, como los submarinos o los viajes a la lima, se han convertido
en materias de hecho científico. Por lo tanto, es lícito preguntarse: ¿cuáles
son las perspectivas de viajar en el tiempo?
Máquina del tiempo. Los autores en una máquina del tiempo
Es posible viajar al futuro. Es decir, la relatividad demuestra que es
posible concebir una máquina del tiempo que nos permita saltar al futuro.
Entramos en la máquina del tiempo, esperamos, bajamos y hallamos que ha pasado
mucho más tiempo en la tierra del que ha transcurrido para nosotros.
Actualmente no disponemos de tecnología para hacerlo, pero esto es una cuestión
de ingeniería: sabemos que en principio es factible. Un método de construir tal
máquina sería explotar la situación de que hablamos en la paradoja de los
gemelos del capítulo 6. En este método, nos introducimos en la máquina del
tiempo, ésta produce una onda explosiva que nos acelera hasta casi la velocidad
de la luz, recorremos un trecho (cuya extensión depende de cuán lejos queramos
ir en el tiempo) y después regresamos. No nos debería sorprender que la máquina
del tiempo sea también una nave espacial, porque, según la relatividad, tiempo
y espacio están profundamente imbricados. En cualquier caso, en lo que nos
atañe, el único «lugar» en que estaremos durante todo el proceso es la nave
espacial, y cuando salgamos de ella, notaremos que ha pasado más tiempo en la
tierra del que hemos notado que pasaba para nosotros. Hemos viajado hacia el
futuro. Pero ¿podemos regresar al pasado? ¿Podemos crear las condiciones
necesarias para viajar hacia atrás en el tiempo?
La primera indicación de que las leyes de la física podrían permitir
realmente viajar hacia atrás en el tiempo se obtuvo en 1949, cuando Kurt Gödel
descubrió una nueva solución de las ecuaciones de Einstein, es decir, un nuevo
espacio-tiempo permitido por la teoría de la relatividad general. Muchos
modelos matemáticos diferentes satisfacen las ecuaciones de Einstein para el
universo. Difieren, por ejemplo, en sus condiciones iniciales o en los límites,
y debemos comprobar sus predicciones físicas para decidir si pueden o no
corresponder al universo en que vivimos.
Gödel era un matemático que se hizo famoso por haber puesto de
manifiesto que es imposible demostrar todas las aseveraciones verdaderas,
incluso si nos limitamos a intentar demostrar todos los enunciados verdaderos
en un tema aparentemente tan nítido y árido como la aritmética. Como el
principio de incertidumbre, el teorema de in- completitud de Gödel puede
representar una limitación fundamental de nuestra capacidad de comprender y
predecir el universo. Gödel se familiarizó con la relatividad general cuando él
y Einstein pasaron sus últimos años en el Instituto de Estudios Avanzados de
Princeton. El espacio-tiempo de Gödel tenía la curiosa propiedad de que el
conjunto del universo está girando.
¿Qué significa decir que el conjunto del universo está girando? Girar
significa dar vueltas, pero ¿no implica la existencia de un punto estacionario
de referencia? De manera que podríamos preguntar: «¿Girando respecto a qué?».
La respuesta es un poco técnica, pero es básicamente que la materia distante
giraría respecto a direcciones indicadas por pequeñas peonzas o giroscopios, en
el universo. En el espacio-tiempo de Gödel una consecuencia del efecto de
rotación era que si viajáramos a gran distancia de la tierra y después
regresáramos, sería posible llegar a la tierra antes de haber salido de ella.
Que sus ecuaciones pudieran permitir una cosa así realmente preocupó a
Einstein, que creía que la relatividad general no permitiría viajar en el
tiempo. Pero aunque satisface las ecuaciones de Einstein, la solución hallada
por Gödel no corresponde al universo en que vivimos, porque las observaciones
demuestran que nuestro universo no está girando, al menos apreciablemente.
Además, el universo de Gödel no se expande, a diferencia del nuestro. Sin
embargo, desde entonces, los científicos que estudian las ecuaciones de
Einstein han encontrado otros espacio-tiempos permitidos por la relatividad
general que permiten viajar al pasado. Aun así, las observaciones del fondo de
microondas y la abundancia de elementos ligeros indican que nuestro universo
primitivo no tenía el tipo de curvatura que estos modelos requieren para
permitir viajar en el tiempo. La misma conclusión se sigue de bases teóricas si
la propuesta de ausencia de fronteras es correcta. Así, la formulación adecuada
de la pregunta es: si el universo empieza sin el tipo de curvatura necesaria
para viajar en el tiempo, ¿podemos, con posterioridad, deformar suficientemente
regiones locales del espacio-tiempo para que esto sea posible?
Como tiempo y espacio están relacionados, puede que no nos sorprenda que
un problema íntimamente vinculado con la posibilidad de viajar hacia atrás en
el tiempo sea la cuestión de si es o no posible viajar con velocidad superior a
la de la luz. Que viajar en el tiempo implique viajar más rápido que la luz es
fácil de ver: si en la última etapa del viaje retrocedemos en el tiempo,
podríamos hacer que la duración total del periplo fuera tan corta como
quisiéramos, ¡de manera que podríamos viajar con una velocidad ilimitada! Pero,
como veremos, esto también funciona en el sentido opuesto: si podemos viajar
con velocidad ilimitada, también podemos retroceder en el tiempo, de modo que
una cosa no es posible sin la otra.
El tema de los viajes a velocidad más elevada que la luz es una
preocupación central de los escritores de ciencia ficción. Su problema es que,
según la relatividad, si enviáramos una nave espacial a la estrella más próxima
al sol, Alfa Centauri, que está a unos cuatro años-luz de distancia, habría que
esperar al menos ocho años para que los viajeros regresaran y nos dijeran lo
que habían encontrado. Y si la expedición fuera al centro de nuestra galaxia,
tardaría al menos unos cien mil años en regresar. ¡No es una situación
demasiado halagüeña si lo que queremos es escribir sobre guerras espaciales! La
teoría de la relatividad nos ofrece un consuelo, de nuevo en relación con
nuestra discusión de la paradoja de los gemelos: es posible que el viaje
parezca mucho más corto a los viajeros espaciales que a los que han permanecido
en la tierra. Pero no debe de ser una gran alegría regresar de un viaje
espacial unos pocos años más viejos y encontrarse con que todos los que dejamos
en la tierra murieron hace miles de años. Por ello, para dar a sus historias
cierto interés humano, los escritores de ciencia ficción han supuesto que algún
día descubriríamos la manera de viajar más rápido que la luz. Al parecer, la
mayoría de ellos no ha advertido que, de hecho, si se viajara más rápido que la
luz, la teoría de la relatividad implicaría que también podríamos viajar hacia
atrás en el tiempo, de forma que podrían ser verdad los siguientes versos:
Una jovencita de un pueblo andaluz,
más ligera y veloz que la mismísima luz,
a un largo viaje un día partió y era
antes de partir cuando al inicio regresó.
La clave de esta conexión es que la teoría de la relatividad no sólo
afirma que no existe una única medida del tiempo en que coincidan todos los
espectadores sino que, en ciertas circunstancias, éstos no están de acuerdo ni
tan siquiera en el orden de los acontecimientos. En particular, si dos
acontecimientos A y B están tan separados en el espacio que un cohete debe
viajar más rápido que la luz para llegar del acontecimiento A al B, entonces
dos observadores que se muevan a velocidades diferentes pueden discrepar sobre
si el acontecimiento A ocurrió antes que el B, o el B antes que el A.
Supongamos, por ejemplo, que el acontecimiento A es la final de la
carrera de 100 metros de los Juegos Olímpicos de 2012, y que el acontecimiento
B es la apertura del 100.004 Congreso de Alfa Centauri. Supongamos que para un
observador terrestre, el acontecimiento A ocurrió primero y después ocurrió B.
Digamos que B ocurrió un año después, en el 2013 del tiempo terrestre. Como la
tierra y Alfa Centauri están separadas por cuatro años-luz, estos
acontecimientos cumplen el criterio anterior: aunque A ocurre antes que B, para
llegar de A a B deberíamos viajar más rápido que la luz. En este caso, para un
observador de Alfa Centauri que se alejara de la tierra a casi la velocidad de
la luz, el orden de los acontecimientos sería el inverso: le parecería que B se
produjo antes que A. Este observador afirmaría que es posible, si nos
pudiéramos mover más rápido que la luz, ir del acontecimiento B al A. Y por lo
tanto, si fuéramos realmente rápidos ¡podríamos también regresar de A a B antes
de que la carrera se celebrase y hacer apuestas sobre ella sabiendo con certeza
el ganador!
Pero romper la barrera de la velocidad de la luz supone un problema. La
teoría de la relatividad afirma que la potencia necesaria para acelerar la nave
espacial crece a medida que su velocidad se aproxima a la de la luz. Tenemos
evidencias experimentales de esto, no con naves espaciales, sino con partículas
elementales en los aceleradores de partículas como los del Fermilab o del CERN
(Centro Europeo de Investigaciones Nucleares). Podemos acelerar partículas
hasta el 99,99 por 100 de la velocidad de la luz, pero sea cual sea la potencia
que les suministremos, no podemos hacerlas atravesar la barrera de la velocidad
de la luz. Algo semejante pasaría con las naves espaciales: fuera cual fuera la
potencia de sus cohetes, no podrían acelerar hasta una velocidad superior a la
de la luz. Y como el viaje hacia atrás en el tiempo sólo es posible si también
lo es viajar con velocidad superior a la de la luz, puede parecer que esto
prohíba tanto el viaje espacial rápido como viajar hacia atrás en el tiempo.
Sin embargo, existe una posible manera de superar esta restricción:
deformar el espacio-tiempo de modo que se abra un atajo entre A y B. Una manera
de hacerlo sería crear un agujero de gusano entre A y B. Tal como su nombre
sugiere, un agujero de gusano es un fino tubo de espacio-tiempo que puede
conectar dos regiones casi planas muy distantes entre sí. Es como si
estuviéramos al pie de una alta cordillera: para llegar al otro lado,
normalmente deberíamos subir un gran trecho y después bajar, pero no sería así
si un agujero de gusano gigante atravesara la roca horizontalmente. Imaginemos
que somos capaces de producir o de encontrar un agujero de gusano que conduzca
desde la vecindad de nuestro sistema solar a Alfa Centauri, de modo que la
distancia a través del agujero de gusano sea de tan sólo unos pocos millones de
kilómetros, aunque la tierra y Alfa Centauri estén separados por unos cuarenta
billones de kilómetros en el espacio ordinario. Si transmitimos las noticias de
la carrera de 100 metros a través del agujero de gusano, podría haber tiempo
más que suficiente para que éstas llegaran allí antes de la apertura del
Congreso. Pero entonces un observador que se desplazara hacia la tierra también
debería ser capaz de hallar otro agujero de gusano que le permitiera venir
desde la apertura del Congreso de Alfa Centauri a la tierra antes del comienzo
de la carrera. De este modo, los agujeros de gusano, como cualquier otra forma
posible de viajar más rápido que la luz, permitirían viajar hacia el pasado.
La idea de agujeros de gusano entre diferentes regiones del
espacio-tiempo no es un invento de los escritores de ciencia ficción, sino que
procede de una fuente muy respetable. En 1935, Einstein y Nathan Rosen
publicaron un artículo donde demostraron que la relatividad general permitía lo
que denominaron «puentes», y que ahora son conocidos como agujeros de gusano.
Agujero de gusano. Si existen agujeros de gusano, podrían proporcionar
atajos entre puntos distantes en el espacio
Los puentes de Einstein-Rosen no duraban lo suficiente para que una nave
espacial los pudiera recorrer: la nave caería a una singularidad cuando el
agujero negro se colapsara. Sin embargo, se ha sugerido que una civilización
avanzada podría mantener abierto un agujero de gusano. Es posible demostrar que
para conseguirlo, o para deformar el espacio-tiempo de alguna otra manera que
permita viajar en el tiempo, se necesita una región de espacio-tiempo con
curvatura negativa, como la superficie de una silla de montar. La materia
ordinaria, que tiene una densidad de energía positiva, confiere una curvatura
positiva al espacio-tiempo, como la superficie de una esfera. Así, lo que se
necesita para deformar el espacio-tiempo de forma que permita viajar hacia el
pasado, es materia con densidad de energía negativa.
¿Qué significa tener una densidad de energía negativa? La energía se
parece un poco a la moneda: si tenemos un balance positivo, podemos
distribuirla de diferentes formas, pero según las leyes clásicas en que se
creía a comienzos del siglo XX, no se nos permite tener cuentas con saldo
negativo. Así, las leyes clásicas habrían prohibido densidades de energía
negativas, y por lo tanto la posibilidad de viajar hacia atrás en el tiempo.
Sin embargo, como hemos dicho en los capítulos anteriores, las leyes clásicas
fueron superadas por las leyes cuánticas basadas en el principio de
incertidumbre. Estas leyes cuánticas son más liberales y nos permiten
endeudarnos en una o dos cuentas siempre que el balance total sea positivo. En
otras palabras, la teoría cuántica permite que la densidad de energía sea
negativa en algunos lugares, siempre y cuando ello sea compensado por las
densidades de energía positivas en otros lugares, de modo que la energía total
permanezca positiva. Por tanto, tenemos razones para creer que el
espacio-tiempo puede ser deformado de la manera necesaria para poder viajar en
el tiempo.
Según la idea de Feynman de las múltiples historias, el viaje en el
tiempo hacia el pasado ya ocurre a escala de partículas elementales
individuales. En el método de Feynman, una partícula ordinaria que se mueve
hacia adelante en el tiempo es equivalente a una antipartícula que se mueve
hacia atrás en el tiempo. Según sus cálculos, podemos considerar un par
partícula-antipartícula, que son creadas conjuntamente y se aniquilan
mutuamente, como una partícula que se mueve en un bucle cerrado en el espacio-tiempo.
Para verlo, representemos primero el proceso en la forma tradicional. En un
cierto instante, digamos A, son creadas una partícula y una antipartícula.
Ambas se mueven hacia adelante en el tiempo. En un instante posterior, B,
interaccionan de nuevo y se aniquilan. Antes de A, y después de B, no existe
ninguna de las partículas. Según Feynman, sin embargo, podemos considerar esta
situación de una manera completamente diferente. En A, se produce una sola
partícula, que se mueve hacia adelante en el tiempo hasta B, y después
retrocede en el tiempo hasta A. En lugar de tener una partícula y una
antipartícula moviéndose juntas hacia adelante en el tiempo, hay tan sólo un
único objeto que avanza en un «bucle» de A a B y retrocede después de B a A.
Cuando el objeto se mueve hacia adelante en el tiempo (de A a B), se denomina
partícula, pero cuando retrocede en el tiempo (de B a A), parece como una
antipartícula que viaja hacia adelante en el tiempo. Dicho viaje en el tiempo
puede producir efectos observables. Entonces podemos preguntar: ¿también
permite la teoría cuántica viajar en el tiempo a una escala macroscópica, que
pudiera ser utilizada por nosotros? A primera vista, parece que debería ser
así. Se supone que la propuesta de Feynman de múltiples historias debería ser
válida sobre todas las historias. Por lo tanto, debería incluir historias en
que el espacio-tiempo esté tan deformado que sea posible viajar al pasado.
Cabría esperar, una vez examinadas estas consideraciones teóricas, que a
medida que la ciencia y la tecnología avanzasen, pudiésemos lograr construir
una máquina del tiempo. Pero, incluso si las leyes conocidas de la física no
parecen prohibir el viaje en el tiempo, ¿existen otras razones para poner en
duda que ello sea posible?
Una cuestión es que, si pudiéramos viajar hacia el pasado, ¿por qué
nadie ha regresado del futuro y nos ha comunicado cómo hacerlo? Podría haber
buenas razones por las cuales resultara poco prudente comunicarnos el secreto
del viaje en el tiempo en nuestro estado presente de desarrollo, aún bastante
primitivo, pero, a no ser que la naturaleza humana cambie radicalmente, resulta
difícil creer que algún visitante del futuro pudiera resistir la tentación de
decírnoslo.
Agujero de gusano. Si existen agujeros de gusano, podrían proporcionar
atajos entre puntos distantes en el espacio
Naturalmente, alguna gente pretendería que las visiones de ovnis son una
evidencia de que nos visitan alienígenas o personas procedentes del futuro.
(Dada la gran distancia a las otras estrellas, puede que las dos posibilidades
sean equivalentes.)
Una posible explicación de la ausencia de visitantes del futuro sería
que el pasado está fijado porque lo hemos observado y sabemos que no tiene el
tipo de deformación necesaria para regresar desde el futuro. En cambio, el
futuro es desconocido y abierto, de manera que bien podría tener la curvatura
requerida. Ello significaría que cualquier viaje en el tiempo estaría confinado
al futuro. No existiría la posibilidad de que el capitán Kirk y la nave estelar
Enterprise regresasen al momento presente.
Esto podría explicar por qué todavía no hemos sido invadidos por
turistas del futuro, pero no evitaría otro tipo de problema que se plantearía
si fuéramos capaces de viajar al pasado y cambiar la historia. ¿Por qué no
tenemos problemas con la historia? Supongamos, por ejemplo, que alguien
regresara y entregara a los nazis el secreto de la bomba atómica. O que
regresáramos al pasado y matáramos a nuestros tatarabuelos antes de que
tuvieran hijos. Existen muchas versiones de esta paradoja, pero todas son esencialmente
equivalentes: si pudiéramos viajar libremente al pasado, nos encontraríamos con
contradicciones. Parece haber dos posibles soluciones a las paradojas
planteadas por los viajes en el tiempo.
La primera puede ser llamada enfoque de las historias coherentes. Según
ésta, aunque el espacio-tiempo estuviera deformado de manera que fuera posible
viajar en el tiempo al pasado, lo que ocurra en el espacio-tiempo debe ser una
solución coherente con las leyes de la física. En otras palabras, según este
punto de vista, no podemos retroceder en el tiempo a no ser que la historia ya
nos mostrara que habíamos retrocedido y, mientras estábamos allí, no habíamos
matado a nuestro tatarabuelo ni cometido otros actos que entraran en conflicto
con la historia de cómo llegamos a nuestra situación actual. Además, cuando
retrocediéramos, no podríamos cambiar la historia registrada en los archivos;
simplemente estaríamos siguiéndola. En esta visión, el pasado y el futuro están
predeterminados: no tendríamos libre albedrío para hacer lo que quisiéramos.
Naturalmente, podríamos decir que de todos modos el libre albedrío es
una ilusión. Si realmente hay una teoría física completa que lo gobierna todo,
presumiblemente también determina nuestras acciones, pero lo hace de una manera
que resulta imposible de calcular para un organismo de la complejidad de un ser
humano, y hace intervenir una cierta aleatoriedad debida a efectos
mecánico-cuánticos. Así, se podría pensar que decimos que los seres humanos
tenemos libre albedrío porque no podemos predecir lo que vamos a hacer. Sin
embargo, si un hombre partiera en un cohete espacial y regresara antes de su
partida, sería capaz de predecir lo que hará, porque formaría parte de la
historia registrada. Así, en esta situación el viajero en el tiempo carecería
de libre albedrío en todos los sentidos.
La otra manera de resolver las paradojas del viaje en el tiempo podría
ser denominada la hipótesis de las historias alternativas. La idea, aquí, es
que cuando los viajeros en el tiempo regresan al pasado, entran en historias
alternativas que difieren de la historia que han vivido hasta entonces. Así,
pueden actuar libremente, sin la restricción de coherencia con su historia
anterior. Steven Spielberg se divirtió con esta idea en las películas Regreso
al futuro: Marty McFly era capaz de regresar y convertir el noviazgo de sus
padres en una historia más satisfactoria.
La hipótesis de las historias alternativas recuerda la manera de Richard
Feynman de expresar la teoría cuántica como las múltiples historias. Ésta
afirma que el universo no ha tenido una sola historia, sino todas las historias
posibles, cada una de ellas con su propia probabilidad. Sin embargo, parece
haber una diferencia importante entre la propuesta de Feynman y las historias
alternativas. En las múltiples historias de Feynman, cada historia comprende
todo el espacio-tiempo y todo lo que éste contiene. El espacio-tiempo puede ser
tan deformado que permita viajar en un cohete hacia el pasado. Pero el cohete
pertenecería al mismo espacio-tiempo y, por lo tanto, a la misma historia, que
debería ser coherente. Así, la propuesta de las múltiples historias de Feynman
parece apoyar la hipótesis de las historias coherentes más que la de las
historias alternativas.
Podemos evitar estos problemas si adoptamos lo que podríamos llamar la
conjetura de protección de la cronología, que establece que las leyes de la
física conspiran para evitar que cuerpos macroscópicos lleven información hacia
el pasado. Esta conjetura no ha sido demostrada, pero hay razones para pensar
que es verdadera. El motivo es que cuando el espacio-tiempo es deformado
suficientemente para que el viaje en el tiempo hacia el pasado sea posible, los
cálculos demuestran que los efectos mecanicocuánticos pueden contrarrestar la
deformación que permitiría el viaje en el tiempo. Aún no está claro si es así,
de manera que la posibilidad de viajar en el tiempo permanece abierta. Pero no
apueste por ella. Su oponente podría tener la ventaja desleal de conocer el
futuro.
Capítulo 11
Las fuerzas de la naturaleza y la unificación de la física
Como explicamos en el capítulo 3, sería muy difícil construir en un solo
paso una teoría unificada completa de todo lo que ocurre en el universo. En
cambio, hemos progresado descubriendo teorías parciales que describen un
dominio limitado de fenómenos y despreciando otros efectos o aproximándolos
mediante algunos parámetros numéricos. Las leyes de la ciencia, tal como las
conocemos actualmente, contienen muchos parámetros (como el valor de la carga
eléctrica del electrón y el cociente de las masas del protón y el electrón) que
no podemos, al menos de momento, predecir de la teoría, sino que tenemos que
hallar por observación, e insertarlos en las ecuaciones. Algunos llaman a estos
parámetros numéricos «constantes fundamentales», y otros los llaman factores
manipulables.
Sea cual sea nuestro punto de vista, lo sorprendente es que los valores
de estos números parecen haber sido ajustados muy finamente para permitir el
desarrollo de la vida. Por ejemplo, si la carga eléctrica del electrón hubiera
sido un poco diferente, se habría alterado el balance entre las fuerzas
electromagnéticas y gravitatorias en las estrellas, y o bien hubieran sido
incapaces de convertir hidrógeno en helio, o bien hubieran explotado. En último
término, esperaríamos encontrar una teoría unificada, completa y coherente, que
incluyera todas estas teorías parciales como aproximaciones, y en la que los
valores de sus parámetros arbitrarios, como por ejemplo el de la carga del
electrón, tuvieran que ser seleccionados para ajustarse a las observaciones.
La búsqueda de tal teoría se conoce como la «unificación de la física».
Einstein dedicó la mayor parte de sus últimos años a buscar infructuosamente
una teoría unificada, pero los tiempos no estaban maduros: había teorías
parciales de la gravedad y de la fuerza electromagnética, pero se sabía muy
poco de las fuerzas nucleares. Además, Einstein rehusó creer en la realidad de
la mecánica cuántica, a pesar del importante papel que había desempeñado en
su desarrollo. Sin embargo, parece que el principio de incertidumbre es
una característica fundamental del universo en que vivimos, de modo que una
teoría unificada satisfactoria debe incorporarlo necesariamente.
Las perspectivas de hallar tal teoría parecen más halagüeñas en la
actualidad, ya que conocemos mucho más sobre el universo. Pero debemos ser
precavidos contra los excesos de confianza: ¡ya hemos vivido falsas auroras
antes! A comienzos del siglo XX, por ejemplo, se creía que todo podía ser
explicado en función de las propiedades de la materia continua, como la
elasticidad y la conducción del calor. El descubrimiento de la estructura
atómica y del principio de incertidumbre dio al traste con todo ello. De nuevo,
en 1928, el físico y ganador del premio Nobel Max Born dijo a un grupo de
visitantes de la Universidad de Gotinga: «La física, como sabemos, estará
terminada dentro de seis meses». Su confianza se basaba en el reciente
descubrimiento de Dirac de la ecuación que regía los electrones. Se creía que
una ecuación semejante podría gobernar los protones, que era la otra partícula
más que se conocía en aquel tiempo, y que con esto culminaría el final de la
física teórica. Sin embargo, el descubrimiento del neutrón y de las fuerzas
nucleares también hizo que se desvanecieran estas esperanzas. Una vez admitido
esto, debemos reconocer, sin embargo, que existen motivos para un prudente
optimismo de que nos podamos hallar ahora cerca del final de la búsqueda de las
leyes últimas de la naturaleza.
En la mecánica cuántica, se supone que las fuerzas o interacciones entre
las partículas de materia son transportadas por partículas. Lo que ocurre es
que una partícula de materia, como un electrón o un quark, emite una partícula
transportadora de fuerzas. El retroceso de esta emisión cambia la velocidad de
la partícula de materia, por el mismo motivo que un cañón retrocede al disparar
un proyectil. La partícula transportadora de fuerza choca con otra partícula de
materia y es absorbida por ella, cambiando su movimiento. El resultado neto del
proceso de emisión y absorción es el mismo que si hubiera habido una fuerza
entre las dos partículas de materia.
Cada fuerza es transmitida por su propio tipo característico de
partícula transportadora. Si las partículas transportadoras de fuerza tienen
una masa elevada, será difícil producirlas e intercambiarlas a una distancia
grande, por lo que las fuerzas que transportarán serán de corto alcance. En
cambio, si las partículas transportadoras no tienen masa, las fuerzas tendrán
largo alcance. Se dice que las partículas transportadoras de fuerza
intercambiadas entre partículas de materia son partículas virtuales porque, a
diferencia de las partículas «reales», no pueden ser registradas directamente
por un detector de partículas. Sabemos que existen, sin embargo, porque tienen
un efecto mensurable: dan lugar a las fuerzas entre las partículas de materia.
Intercambio de partículas. Según la teoría cuántica, las fuerzas surgen del
intercambio de partículas portadoras de fuerza
Las partículas transportadoras de fuerzas pueden ser agrupadas en cuatro
categorías. Debería subrayarse que esta división en cuatro clases es
artificial; resulta adecuada para la construcción de teorías parciales, pero
podría no corresponder a nada realmente profundo. En último término, la mayoría
de físicos espera encontrar una teoría unificada completa que explique las
cuatro fuerzas como aspectos diferentes de una sola fuerza. Muchos dirían,
incluso, que éste es el objetivo primordial de la física actual.
La primera categoría es la fuerza gravitatoria. Esta fuerza es
universal, es decir, todas las partículas experimentan la fuerza de la
gravedad, según su masa o energía. La atracción gravitatoria puede ser
interpretada como el intercambio de unas partículas virtuales denominadas
gravitones. La gravedad es la más débil de las cuatro fuerzas, con gran
diferencia; es tan débil que no la notaríamos si no fuera por dos propiedades
especiales que la caracterizan: puede actuar a largas distancias y siempre es de
atracción. Ello significa que las fuerzas gravitatorias muy débiles entre las
partículas individuales de dos cuerpos grandes, como la tierra y el sol, al
sumarse pueden dar lugar a una fuerza importante. Las otras tres fuerzas o bien
son de corto alcance, o a veces son de atracción y a veces de repulsión, de
manera que tienden a anularse.
La siguiente categoría es la fuerza electromagnética, que interacciona
con las partículas cargadas eléctricamente como los electrones y los quarks,
pero no con partículas sin carga, como los neutrinos. Es mucho más intensa que
la fuerza gravitatoria: la fuerza electromagnética entre dos electrones es un
millón de billones de billones de billones (un 1 con 42 ceros detrás) de veces
más intensa que la fuerza gravitatoria. Sin embargo, hay dos tipos de carga
eléctrica: positiva y negativa. La fuerza entre dos cargas positivas es de
repulsión, al igual que lo es entre dos cargas negativas, pero es de atracción
entre cargas positivas y negativas.
Un cuerpo grande, como la tierra o el sol, contiene aproximadamente el
mismo número de cargas positivas que negativas. Así pues, las fuerzas de
atracción y repulsión entre las partículas individuales se anulan entre sí, y
la fuerza electromagnética neta es muy pequeña. Sin embargo, a las escalas
pequeñas de átomos y moléculas, la fuerza electromagnética domina. La atracción
electromagnética entre electrones cargados negativamente y protones cargados
positivamente hace que los primeros giren en órbita alrededor del núcleo, tal
como la atracción gravitatoria hace que la tierra gire alrededor del sol. La
atracción electromagnética es representada como un intercambio de un gran
número de partículas virtuales llamadas fotones. De nuevo, los fotones
intercambiados son partículas virtuales. Sin embargo, cuando un electrón cambia
de una órbita a otra más próxima al núcleo, se libera energía y se emite un
fotón real, que puede ser observado como luz visible por el ojo humano, si
tiene la longitud de onda adecuada, o por un detector de fotones, como una
película fotográfica. Igualmente, si un fotón real choca con un átomo, puede
desplazar un electrón desde una órbita más cercana al núcleo a una órbita más
lejana. Ello consume la energía del fotón, que es absorbido.
La tercera categoría se llama la fuerza nuclear débil. En la vida
cotidiana no estamos en contacto directo con ella, pero es responsable de la
radiactividad: el decaimiento de núcleos atómicos. La fuerza nuclear débil no
fue bien comprendida hasta 1967, cuando Abdus Salam, en el Imperial College de
Londres, y Steven Weinberg, en Harvard, propusieron independientemente teorías
que la unificaban con la fuerza electromagnética, igual que Maxwell había
unificado la electricidad y el magnetismo unos cien años antes. Las
predicciones de la teoría eran tan acordes con los experimentos que, en 1979,
Salam y Weinberg fueron galardonados con el premio Nobel de física, junto con
Sheldon Glasgow, también de Harvard, que había sugerido teorías unificadas
similares de las fuerzas electromagnética y débil.
La cuarta categoría es la fuerza más intensa de las cuatro, la fuerza
nuclear fuerte. Es otra fuerza con la que tampoco tenemos un contacto directo,
aunque es la que mantiene unido la mayoría de nuestro mundo cotidiano. Es la
responsable de retener los quarks en el interior de los protones y los
neutrones, y de mantener protones y neutrones unidos en los núcleos atómicos.
Sin la fuerza fuerte, la repulsión eléctrica entre los protones cargados
positivamente haría pedazos todos los núcleos atómicos del universo, excepto
los del hidrógeno, que están formados por un solo protón. Se cree que esta
fuerza es transportada por partículas llamadas gluones, que sólo Ínter accionan
consigo mismos y con los quarks.
El éxito de la unificación de las fuerzas electromagnética y nuclear
débil condujo a un cierto número de intentos de combinar estas dos fuerzas con
la fuerza nuclear fuerte en lo que se llama una teoría de gran unificación
(GUT). Este nombre es una exageración: las teorías resultantes no son ni mucho
menos tan grandes, ni están completamente unificadas, ya que no incluyen la
gravedad. Tampoco son en realidad teorías completas, porque contienen un cierto
número de parámetros numéricos cuyos valores no pueden ser predichos por la
teoría, sino que deben ser escogidos en concordancia con los experimentos. Sin
embargo, pueden constituir un paso hacia una teoría completa, totalmente
unificada.
La principal dificultad para hallar una teoría que unifique la gravedad
con las otras fuerzas es que la teoría de la gravedad —la relatividad general—
es la única que no es una teoría cuántica: no toma en consideración el
principio de incertidumbre. Pero como las teorías parciales de las otras
fuerzas dependen de la mecánica cuántica de un modo esencial, unificar la
gravedad con las otras teorías requeriría hallar una manera de incorporar este
principio a la relatividad general, es decir, de hallar una teoría cuántica de
la gravedad, una tarea que hasta ahora nadie ha podido llevar a cabo.
La razón por la cual la formulación de una teoría cuántica de la
gravedad ha demostrado ser tan difícil tiene que ver con el hecho de que el
principio de incertidumbre significa que incluso el espacio «vacío» está lleno
de pares de partículas y antipartículas virtuales. Si no lo estuviera, si el
espacio «vacío» estuviera en realidad completamente vacío, ello significaría
que todos los campos, como el gravitatorio y el electromagnético, deberían ser
exactamente cero. Sin embargo, el valor de un campo y el de su tasa de cambio
con el tiempo son análogos a la posición y la velocidad (que es el cambio de
posición) de una partícula: el principio de incertidumbre implica que cuanta
mayor es la precisión con que conocemos una de estas magnitudes, menor es la
precisión con que conocemos la otra. Así, si un campo en el espacio vacío fuera
exactamente nulo, debería tener un valor preciso (cero) y una tasa de cambio
precisa (también cero), violando así dicho principio. Por lo tanto, debe haber
un cierto mínimo de incertidumbre en el valor del campo, manifestado en forma
de fluctuaciones cuánticas.
Podemos interpretar estas fluctuaciones como pares de partículas que
aparecen conjuntamente en cierto instante, se separan, vuelven a juntarse de
nuevo y se aniquilan mutuamente. Son partículas virtuales, como las partículas
que transportan las fuerzas: a diferencia de las partículas reales, no pueden
ser observadas directamente por un detector de partículas.
Diagrama de Feynman de par de partículas virtuales/antipartículas. El
principio de incertidumbre, aplicado al electrón, dicta que incluso en el
espacio vacío aparecen pares de partículas virtuales/antipartículas y luego se
aniquilan entre sí.
Sin embargo, sus efectos indirectos, como los pequeños cambios en la
energía de las órbitas de los electrones, pueden ser medidos y concuerdan con
las predicciones teóricas con un notable grado de precisión.
En el caso de las fluctuaciones del campo electromagnético, estas
partículas son fotones virtuales, y en el caso de las fluctuaciones del campo
gravitatorio son gravitones virtuales. En el caso de las fluctuaciones de los
campos de las fuerzas fuerte y débil, sin embargo, los pares virtuales son
pares de partículas de materia, como electrones o quarks. En este caso, un
miembro del par virtual será una partícula y el otro una antipartícula (las
antipartículas de la luz y de la gravedad coinciden con las partículas).
El problema es que las partículas virtuales tienen energía. De hecho,
como existe un número infinito de pares virtuales de partículas, deberían tener
una cantidad infinita de energía y, por lo tanto, según la famosa ecuación de
Einstein, E = mc2, deberían tener una cantidad infinita
de masa. ¡Según la relatividad general, ello significaría que su gravedad
curvaría el universo a un tamaño infinitesimalmente pequeño! Esto, obviamente,
no ocurre. Otros infinitos absurdos se presentan también en las otras teorías
parciales —las de las fuerzas fuerte, débil y electromagnética—, pero en todas
ellas un proceso denominado renormalización consigue eliminarlos, lo que ha
permitido formular teorías cuánticas de tales fuerzas.
La renormalización introduce nuevos infinitos que tienen el efecto de
anular los infinitos que surgen en la teoría. Sin embargo, no necesitan
anularse exactamente. Es posible escoger los nuevos infinitos de manera que
queden pequeños restos, que son denominados magnitudes renormalizadas de la
teoría.
Aunque esta técnica es matemáticamente dudosa, en la práctica parece
funcionar, y ha sido utilizada con las teorías de las fuerzas fuerte, débil y
electromagnética para efectuar predicciones que concuerdan con las
observaciones con un extraordinario grado de precisión. Sin embargo, la
renormalización presenta serios inconvenientes desde la perspectiva de intentar
hallar una teoría completa, porque significa que los valores reales de las
masas o de las intensidades de las fuerzas no pueden ser predichos por la
teoría, sino que deben ser escogidos para ser acordes con las observaciones. Al
intentar utilizar la renormalización para eliminar los infinitos cuánticos de
la relatividad general, sólo disponemos de dos magnitudes ajustables: la
intensidad de la gravedad y el valor de la constante cosmológica, el término
que Einstein había introducido en sus ecuaciones porque creía que el universo
no se expandía (capítulo 7). Resulta, sin embargo, que ajustar estos
coeficientes no basta para eliminar todos los infinitos. Nos quedamos, pues,
con una teoría cuántica de la gravitación que parece predecir que ciertas
magnitudes, como la curvatura del espacio-tiempo, son realmente infinitas,
aunque estas magnitudes pueden ser observadas y medidas y ¡son perfectamente
finitas!
Que esto supondría un problema al combinar la relatividad general con el
principio de incertidumbre se había sospechado durante algún tiempo, pero fue
finalmente confirmado por cálculos detallados en 1972. Cuatro años más tarde,
se propuso una posible solución, llamada «supergravedad». Desgraciadamente, los
cálculos necesarios para saber si en esta teoría quedan o no quedan infinitos
sin anular eran tan largos y difíciles que nadie estaba preparado para
afrontarlos. Se suponía que incluso con un ordenador tomarían años, y que las
probabilidades de cometer al menos un error (y seguramente más de uno) eran muy
elevadas. Así, sólo se sabría que se tenía la respuesta correcta si alguien
repitiera los cálculos y obtuviera la misma respuesta, ¡lo que no parecía muy
probable! A pesar de estos problemas, y de que las partículas en las teorías de
la supergravedad no parecían coincidir con las partículas observadas, la
mayoría de los científicos creía que la supergravedad podría ser arreglada y
que probablemente era la respuesta correcta a la unificación de la física.
Parecía la mejor manera de unificar la gravedad con las otras fuerzas. Pero en
1984 se produjo un notable cambio de opinión a favor de lo que llamamos teorías
de cuerdas.
Antes de las teorías de cuerdas, se creía que las partículas
fundamentales ocupaban un punto en el espacio. En las teorías de cuerdas, los
objetos básicos no son partículas puntuales, sino cuerdas que tienen longitud y
ninguna otra dimensión, como un fragmento de cuerda infinitamente fina. Estas
cuerdas pueden tener extremos (las llamadas cuerdas abiertas) o pueden juntar
sus extremos y formar bucles cerrados (cuerdas cerradas). A cada instante, una
partícula ocupa un punto en el espacio; en cambio, una cuerda ocupa una línea.
Dos fragmentos de cuerda pueden unirse para formar una sola cuerda; en el caso
de cuerdas abiertas, simplemente se unen por los extremos, mientras que en el
caso de las cuerdas cerradas es como si las dos piernas de un pantalón se unieran.
Asimismo, un solo fragmento de cuerda se puede dividir en dos cuerdas.
Si los objetos fundamentales del universo son cuerdas, ¿qué son las
partículas puntuales que nos parece observar en los experimentos? En las
teorías de cuerdas, lo que previamente se interpretaba como diferentes
partículas puntuales se interpreta ahora como diversas ondas en las cuerdas,
como las ondas en una cuerda vibrante. Pero las cuerdas, y las vibraciones a lo
largo de ellas, son tan diminutas que ni tan siquiera nuestra mejor tecnología
podría resolver su forma, y así se comportan, en todos nuestros experimentos,
como puntos diminutos y sin características. Imaginemos que miramos una mota de
polvo en el espejo: de cerca, o con una lupa, podemos ver que tiene una forma
irregular o incluso una forma de cuerdecita, pero a cierta distancia parece un
punto sin características particulares.
En la teoría de cuerdas, la emisión o absorción de una partícula por
otra corresponde a dividir o juntar cuerdas. Por ejemplo, la fuerza
gravitatoria del sol sobre la tierra es representada en las teorías de
partículas como una emisión de partículas transportadoras de fuerza,
denominadas gravitones, por una partícula de materia del sol y su absorción por
una partícula de materia de la tierra. En la teoría de cuerdas, este proceso
corresponde a un tubo en forma de H (la teoría de cuerdas se parece a la fontanería,
en este aspecto). Los dos palos verticales de la H corresponden a las
partículas del sol y de la tierra, y el tubo horizontal corresponde al gravitón
que viaja entre ellas.
La teoría de cuerdas tiene una historia curiosa.
Diagramas de Feynman en la teoría de cuerdas. En las teorías de cuerdas, se
considera que las fuerzas de largo alcance son causadas por la conexión de
tubos en lugar del intercambio de partículas portadoras de fuerza.
Fue inventada a finales de la década de 1960 en un intento de hallar una
teoría que describiera la interacción fuerte. La idea era que las partículas
como el protón y el neutrón podían ser consideradas como ondas en una cuerda.
Las fuerzas nucleares fuertes entre las partículas corresponderían a los
fragmentos de cuerda que iban entre otros fragmentos de cuerda, como en una
tela de araña. Para que esta teoría diera el valor observado de la fuerza
fuerte entre partículas, las cuerdas tenían que ser como bandas de goma con una
tensión de unas diez toneladas.
En 1974, Joel Scherk, de París, y John Schwarz, del Instituto de
Tecnología de California, publicaron un artículo en que demostraron que la
teoría de cuerdas podría describir la naturaleza de la fuerza gravitatoria,
pero sólo si la tensión era de irnos mil billones de billones de billones (un 1
con 39 ceros detrás) de toneladas.
Las predicciones de la teoría de cuerdas serían idénticas a las de la
relatividad general a escalas de longitud normales, pero diferirían de ellas a
distancias muy pequeñas, menores que una milmillonésima de billonésima de
billonésima de centímetro (un centímetro dividido por un 1 seguido de 33
ceros).
Su trabajo, sin embargo, no recibió mucha atención porque justo en aquel
tiempo la mayoría de los investigadores abandonó la teoría de cuerdas original
de las fuerzas fuertes a favor de la teoría basada en quarks y gluones, que
parecía concordar mucho mejor con las observaciones. Scherk murió en
circunstancias trágicas (tenía diabetes y sufrió un coma cuando no había nadie
cerca para darle una inyección de insulina).
Así, Schwarz quedó casi como el único partidario de la teoría de
cuerdas, pero ahora con el valor propuesto mucho más elevado de la tensión de
las cuerdas.
En 1984, el interés en las cuerdas revivió súbitamente, al parecer por
dos motivos. Uno fue que realmente no se estaba progresando demasiado en la
demostración de que la supergravedad fuera finita o que pudiera explicar los
tipos de partículas que observamos.
La otra fue la publicación de otro artículo de John Schwarz, esta vez en
colaboración con Mike Green, del Queen Mary College de Londres, que demostraba
que la teoría de cuerdas podría explicar la existencia de partículas que tienen
carácter levógiro intrínseco, como algunas de las partículas que observamos.
(El comportamiento de la mayoría de las partículas sería el mismo si
cambiáramos el montaje experimental por su imagen especular; pero el
comportamiento de estas partículas concretas cambiaría. Es como si fueran
levógiras —o dextrógiras — en lugar de ser ambidiestras.) Fueran cuales fueran
las razones, un gran número de investigadores empezó a trabajar en teoría de
cuerdas y se desarrolló una nueva versión, que parecía capaz de explicar los
tipos de partículas que observamos.
Las teorías de cuerdas también conducen a infinitos, pero se cree que
éstos se anularán en una versión correcta de la teoría (aunque no lo sabemos
con seguridad). Sin embargo, las teorías de cuerdas tienen un problema más
grave: ¡sólo parecen ser coherentes si el espacio-tiempo tiene diez o
veintiséis dimensiones, en lugar de las cuatro usuales!
Naturalmente, las dimensiones espacio-temporales adicionales son un
lugar común en la ciencia ficción. En efecto, proporcionan una manera ideal de
superar la restricción normal de la relatividad general de no poder viajar más
rápido que la luz ni retroceder en el tiempo (véase el capítulo 10). La idea es
tomar un atajo a través de las dimensiones adicionales. Podemos representar
esto de la manera siguiente: imaginemos que el espacio en que vivimos sólo
tiene dos dimensiones y está curvado como la superficie de una argolla o un
donut. Si estuviéramos en el borde interior de la argolla y quisiéramos ir a un
punto al otro lado de ella, deberíamos movernos en forma de círculo a lo largo
del borde interior de la argolla hasta que alcanzáramos el punto deseado. Sin
embargo, si pudiéramos viajar en la tercera dimensión, podríamos abandonar la
argolla y atravesar el espacio en línea recta por un diámetro.
¿Por qué no observamos estas dimensiones adicionales, si es que
realmente existen? ¿Por qué sólo vemos tres dimensiones espaciales y una
temporal? La sugerencia es que las otras dimensiones no son como las
dimensiones a que estamos acostumbrados, sino que están curvadas en un espacio
diminuto, algo así como una millonésima de billonésima de billonésima de
centímetro. Es tan pequeño que simplemente no las notamos: sólo vemos una
dimensión temporal y tres dimensiones espaciales, en las cuales el espacio-tiempo
es casi plano. Para imaginar cómo ocurre esto, pensemos en la superficie de una
paja de beber. Si la miramos atentamente, vemos que la superficie es
bidimensional, es decir, la posición de un punto en la paja queda descrita por
dos números, la longitud a lo largo de la paja y la distancia en la dirección
circular. Pero su dimensión circular es mucho menor que su longitud, por lo
cual, si miramos la paja desde cierta distancia, no vemos su grosor y parece
unidimensional. Es decir, parece que para especificar la posición de un punto
sólo se necesite la longitud a lo largo de la paja. Así, dicen los teóricos de
cuerdas, es el espacio-tiempo: a escala muy pequeña es de diez dimensiones y
muy curvado, pero a escalas mayores, no vemos la curvatura ni las dimensiones
adicionales.
Si esta visión es correcta, supone malas noticias para los pretendidos
viajeros del espacio: las dimensiones adicionales serían demasiado pequeñas
para permitir el paso de una nave espacial. Sin embargo, suscita también un
problema de envergadura para los científicos: ¿por qué algunas dimensiones,
pero no todas, deben curvarse en una bola pequeña? Presumiblemente, en el
universo muy primitivo todas las dimensiones deberían haber estado muy
curvadas. ¿Por qué una dimensión tiempo y tres dimensiones espaciales se
aplanaron, mientras las otras permanecían estrechamente curvadas?
Una posible respuesta es el principio antrópico, que puede ser
parafraseado como «Vemos el universo como es, porque existimos». Hay dos
versiones del principio antrópico: la débil y la fuerte. El principio antrópico
débil establece que, en un universo que sea grande o infinito en el espacio y/o
el tiempo, las condiciones necesarias para el desarrollo de vida inteligente
sólo se cumplirán en ciertas regiones limitadas en el espacio y el tiempo. Los
seres inteligentes en estas regiones no deberían sorprenderse, por tanto, si
observan que en sus alrededores el universo satisface las condiciones
necesarias para su existencia. Es como una persona rica que vive en un entorno
rico, sin ver nunca la pobreza.
Algunos van mucho más allá y proponen una versión fuerte del principio.
Según ésta, existen muchos universos diferentes o muchas regiones diferentes de
un solo universo, cada uno de ellos con su configuración inicial y, quizá, con
su propio conjunto de leyes científicas. En la mayoría de estos universos, las
condiciones no serían adecuadas para el desarrollo de organismos complejos;
sólo en los pocos universos que fuesen semejantes al nuestro se podrían
desarrollar seres inteligentes que se plantearan la pregunta: «¿Por qué el
universo es de la manera que vemos?». La respuesta es entonces sencilla: ¡si
hubiera sido diferente, no estaríamos aquí!
Poca gente discutiría la validez o utilidad del principio antrópico
débil, pero es posible plantear un cierto número de objeciones al principio
antrópico fuerte como explicación del estado observado del universo. Por
ejemplo, ¿en qué sentido podemos decir que existen todos estos diferentes
universos? Si realmente están separados entre sí, lo que ocurre en otro
universo no puede tener consecuencias observables en el nuestro. Por
consiguiente, deberíamos utilizar el principio de economía y eliminarlos de la
teoría. En cambio, si sólo fueran regiones diferentes de un solo universo, las
leyes de la ciencia deberían ser las mismas en cada región, porque de otra
manera no podríamos pasar suavemente de una región a otra. En este caso, la
única diferencia entre las regiones radicaría en sus configuraciones iniciales,
de manera que el principio antrópico fuerte se reduciría al débil.
El principio antrópico también proporciona una posible respuesta a la
pregunta de por qué las dimensiones adicionales de la teoría de cuerdas están
curvadas. Dos dimensiones espaciales no parecen suficientes para permitir el
desarrollo de seres complejos como nosotros. Así, los animales bidimensionales
que vivieran en una tierra unidimensional deberían trepar los unos sobre los
otros para adelantarse. Si una criatura bidimensional comiera algo que no
pudiera digerir completamente, debería vomitar los restos por la misma vía por
donde los ingirió, porque si hubiera un conducto que atravesara todo su cuerpo,
dividiría la criatura en dos mitades separadas y ésta caería a trozos. También
es difícil ver cómo podría haber circulación de la sangre en una criatura
bidimensional.
También habría problemas en espacios de más de tres dimensiones. La
fuerza gravitatoria entre dos cuerpos decrecería más rápidamente con la
distancia de lo que lo hace en tres dimensiones. (En tres dimensiones, la
fuerza gravitatoria cae a una cuarta parte si duplicamos la distancia. En
cuatro dimensiones, caería en un factor ocho, en cinco dimensiones caería en un
factor dieciséis, y análogamente en otros casos.) La importancia de esto
consiste en que las órbitas de los planetas, como la tierra, alrededor del sol
serían inestables: la mínima perturbación de una órbita circular (por ejemplo,
la provocada por la atracción gravitatoria de otros planetas) haría que la
tierra describiera un movimiento espiral acercándose o alejándose del sol. O
bien nos helaríamos o nos abrasaríamos. De hecho, el mismo comportamiento de la
gravedad con la distancia en espacios de más de tres dimensiones implicaría que
el sol no podría existir en un estado estable, con la presión contrarrestando
la gravedad, sino que se rompería en pedazos o bien se colapsaría para formar
un agujero negro. En ninguno de estos casos resultaría útil como fuente de luz
y de calor para la vida terrestre. A menor escala, las fuerzas eléctricas que
hacen que los electrones giren alrededor de los núcleos de los átomos se
comportarían de la misma manera que la fuerza gravitatoria. Así, los electrones
o bien escaparían completamente del átomo o bien caerían en espiral hacia el
núcleo. En ninguno de los dos casos podrían existir átomos como los que conocemos.
Parece claro que la vida, al menos tal como la conocemos, sólo puede
existir en regiones de espacio-tiempo en que una dimensión temporal y
exactamente tres dimensiones espaciales no estén demasiado curvadas. Esto
significa que podríamos apelar al principio antrópico débil, siempre y cuando
pudiéramos demostrar que la teoría de cuerdas permite al menos que existan
tales regiones del universo, y parece que efectivamente lo permite. También
podría haber otras regiones del universo, u otros universos (sea lo que sea lo
que signifique esto), en que todas las dimensiones estén muy curvadas o en que
más de cuatro dimensiones sean prácticamente planas, pero en tales regiones no
habría seres inteligentes para observar el número diferente de dimensiones
efectivas.
Otro problema de la teoría de cuerdas es que hay al menos cinco teorías
diferentes (dos teorías con cuerdas abiertas y tres con cuerdas cerradas) y
millones de maneras de curvar las dimensiones adicionales predichas por la
teoría. ¿Por qué deberíamos escoger sólo una teoría de cuerdas y un solo modo
de plegamiento de las dimensiones? Durante un tiempo pareció que no había
respuesta, y el progreso quedó atascado, pero aproximadamente desde 1994 se
empezó a descubrir lo que se ha llamado dualidades: diferentes teorías de
cuerdas y diferentes formas de curvar las dimensiones adicionales podrían
conducir a los mismos resultados en cuatro dimensiones. Por otro lado, se
descubrió que además de las partículas, que ocupan un punto del espacio, y las
cuerdas, que son líneas, hay otros objetos denominados p-branas, que ocupan
volúmenes bidimensionales o pluridimensionales en el espacio. (Una partícula
puede ser considerada como una Obrana y una cuerda como una 1-brana, pero
también hay p-branas para p = 2 hasta p = 9. Una 2-brana puede ser considerada
como algo parecido a una membrana bidimensional. ¡Es más difícil representar
las branas pluridimensionales!) Lo que esto parece indicar es que hay un cierto
tipo de democracia (en el sentido de tener igual voz) entre las teorías de
supergravedad, de cuerdas y de p- branas: parece que sean compatibles entre sí,
pero no se puede decir que una de ellas sea más fundamental que las otras. Más
bien parecen ser aproximaciones distintas (cada una de ellas válida en
situaciones diferentes) a alguna teoría más fundamental.
Estamos buscando esta teoría subyacente, pero hasta el momento sin
éxito. Quizá no pueda haber una sola formulación de la teoría fundamental, de
la misma manera que tampoco es posible formular la aritmética en función de un
único conjunto de axiomas, como demostró Gödel.
En cambio, puede ser como mapas: no puede usar un solo mapa plano para
describir la superficie redonda de la tierra o la superficie de un anillo de
anclaje: necesita al menos dos mapas en el caso de la tierra y cuatro para el
anillo de anclaje para cubrir todos los puntos.
La importancia de ser tridimensional En más de tres dimensiones espaciales,
las órbitas planetarias serían inestables y los planetas caerían al sol o
escaparían de su atracción por completo.
Cada mapa es válido solo en una región limitada, pero los diferentes
mapas tendrán una región de superposición. La colección de mapas proporciona
una descripción completa de la superficie. De manera similar, en física puede
ser necesario usar diferentes formulaciones en diferentes situaciones, pero dos
formulaciones diferentes estarían de acuerdo en situaciones en las que ambas
pueden aplicarse.
Si esto es cierto, toda la colección de diferentes formulaciones podría
considerarse como una teoría unificada completa, aunque sería una teoría que no
podría expresarse en términos de un solo conjunto de postulados. Pero incluso
esto puede ser más de lo que la naturaleza permite. ¿Es posible que no exista
una teoría unificada? ¿Quizás solo estamos persiguiendo un espejismo? Parece
haber tres posibilidades: Realmente existe una teoría unificada completa (o una
colección de formulaciones superpuestas), que algún día descubriremos si somos
lo suficientemente inteligentes. No existe una teoría definitiva del universo,
solo una secuencia infinita de teorías que describen el universo cada vez con
mayor precisión, pero nunca son exactos. No existe una teoría del universo, los
eventos no pueden predecirse más allá de cierto grado, pero ocurren de manera
aleatoria y arbitraria.
Algunos argumentarían a favor de la tercera posibilidad sobre la base de
que si hubiera un conjunto completo leyes, que infringirían la libertad de Dios
para cambiar de opinión e intervenir en el mundo. Sin embargo, dado que Dios es
todopoderoso, ¿no podría Dios infringir su libertad si quisiera? Es un poco
como la vieja paradoja: ¿puede Dios hacer una piedra tan pesada que no pueda
levantarla? En realidad, la idea de que Dios quiera cambiar de opinión es un
ejemplo de la falacia, señalada por San Agustín, de imaginar a Dios como un ser
que existe en el tiempo. El tiempo es una propiedad exclusiva del universo que
Dios creó. ¡Presumiblemente, Él sabía lo que pretendía cuando lo estableció!
Con el advenimiento de la mecánica cuántica, hemos llegado a reconocer
que los eventos no se pueden predecir con total precisión: siempre existe un
cierto grado de incertidumbre. Si lo desea, podría atribuir esta aleatoriedad a
la intervención de Dios. Pero sería un tipo de intervención muy extraño, sin
evidencia de que esté dirigida a algún propósito. De hecho, si lo fuera, por
definición no sería aleatorio. En los tiempos modernos, hemos eliminado
efectivamente la tercera posibilidad anterior al redefinir el objetivo de la
ciencia: nuestro objetivo es formular un conjunto de leyes que nos permitan
predecir eventos solo hasta el límite establecido por el principio de
incertidumbre.
La segunda posibilidad, que existe una secuencia infinita de teorías
cada vez más refinadas, está de acuerdo con toda nuestra experiencia hasta
ahora. En muchas ocasiones hemos aumentado la sensibilidad de nuestras
mediciones o realizado una nueva clase de observaciones, solo para descubrir
nuevos fenómenos que no fueron predichos por la teoría existente, y para dar
cuenta de estos hemos tenido que desarrollar una teoría más avanzada. Al
estudiar partículas que interactúan con más y más energía, podríamos esperar
encontrar nuevas capas de estructura más básicas que los quarks y electrones
que ahora consideramos partículas "elementales".
La gravedad podría proporcionar un límite a esta secuencia de «cajas
dentro de más cajas». Si hubiera una partícula con una energía superior a lo
que llamamos energía de Planck, su masa estaría tan concentrada que se
desgajaría a sí misma del resto de universo y formaría un pequeño agujero
negro. Parece, pues, que la secuencia de teorías cada vez más refinadas debería
tener algún límite a medida que vamos a energías cada vez más elevadas, de
manera que hubiera una teoría última del universo. Sin embargo, la energía de
Planck está muy lejos de las energías que podemos producir actualmente en el
laboratorio, y no podremos franquear este foso con aceleradores de partículas,
al menos en un futuro previsible. Los estadios muy primitivos del universo, sin
embargo, son un escenario donde tales energías deben haberse producido. Existen
buenas posibilidades de que el estudio del universo primitivo y las exigencias
de coherencia matemática nos conduzcan a una teoría unificada completa en el
tiempo de vida de algunos de nosotros, ¡suponiendo que antes no nos hagamos
volar!
¿Qué significaría que realmente descubriéramos la teoría última del
universo?
Tal como explicamos en el capítulo 3, nunca podríamos estar
completamente seguros de haber hallado efectivamente la teoría correcta, ya que
las teorías no pueden ser demostradas. Pero si la teoría fuera matemáticamente
coherente y siempre proporcionara predicciones acordes con las observaciones,
podríamos estar razonablemente confiados en que era correcta. Ello pondría fin
a un largo y glorioso capítulo de la historia del esfuerzo intelectual de la
humanidad para comprender el universo y, además, revolucionaría las
posibilidades de las personas corrientes de comprender las leyes que rigen el
universo.
En tiempos de Newton, una persona culta podía acceder al conjunto del
conocimiento humano, al menos a grandes rasgos, pero desde entonces, el
desarrollo incesante de la ciencia ha ido haciendo que esto resulte imposible.
Como las teorías siempre están siendo modificadas para poder explicar nuevas
observaciones, nunca son adecuadamente resumidas o simplificadas de modo que el
público pueda comprenderlas. Tenemos que ser especialistas y, aun así, sólo
podemos esperar tener un acceso adecuado a una pequeña proporción de las
teorías científicas. Además, el ritmo del progreso es tan rápido que lo que
aprendemos en la escuela o la universidad queda siempre un poco desfasado. Sólo
unas cuantas personas pueden seguir el rápido avance de la frontera del
conocimiento, y tienen que dedicar a ello todo su tiempo y especializarse en un
área restringida. El resto de la población, en cambio, desconoce los avances
que se están realizando y el entusiasmo que generan. Ahora bien, hace setenta
años, si damos crédito a Eddington, sólo dos personas comprendían la
relatividad general, en tanto que, actualmente, decenas de miles de graduados
universitarios lo hacen y muchos millones de personas están al menos
familiarizadas con la idea. Si descubriéramos una teoría unificada completa,
sería sólo cuestión de tiempo resumirla, simplificarla y enseñarla en las
escuelas, al menos en sus grandes líneas. Entonces, todos podríamos alcanzar
cierta comprensión de las leyes que gobiernan el universo y que son
responsables de nuestra existencia.
Sin embargo, incluso si descubriéramos una teoría unificada completa,
ello no significaría que pudiéramos predecir los acontecimientos en general,
por dos razones. La primera es la limitación que el principio de incertidumbre
de la mecánica cuántica establece sobre nuestros poderes de predicción. Nada
podemos hacer para evitarlo. En la práctica, sin embargo, esta primera
limitación es menos restrictiva que la segunda. Ésta surge del hecho de que muy
probablemente no podríamos resolver las ecuaciones de dicha teoría, salvo en
algunas situaciones muy sencillas. Como hemos dicho, no podemos resolver
exactamente las ecuaciones cuánticas para un átomo formado por un núcleo y más
de un electrón. No podemos ni siquiera resolver exactamente el movimiento de
tres cuerpos en una teoría tan sencilla como la teoría newtoniana de la
gravedad, y la dificultad aumenta con el número de cuerpos y con la complejidad
de la teoría. Las soluciones aproximadas habitualmente bastan para las
aplicaciones, ¡pero difícilmente colman las grandes expectativas suscitadas por
el término «teoría unificada de todo»!
Actualmente, conocemos ya las leyes que rigen el comportamiento de la
materia en todas las condiciones, salvo las más extremas. En particular,
conocemos las leyes básicas que constituyen la base de toda la química y la
biología, pero, aun así, ciertamente no hemos reducido estos temas al estatus
de problemas resueltos. ¡Y, de momento, estamos lejos de predecir el
comportamiento humano a partir de ecuaciones matemáticas! Así, incluso si
halláramos un conjunto completo de leyes básicas, todavía tendríamos en los
años que quedan por delante el desafío intelectual de desarrollar mejores
métodos de aproximación, para poder hacer predicciones útiles de los resultados
probables, en situaciones complicadas y realistas. Una teoría unificada,
completa, coherente, es sólo el primer paso: nuestro objetivo es una
comprensión completa de los acontecimientos que nos rodean y de nuestra propia
existencia.
Conclusión
Nos encontramos en un mundo sorprendente. Quisiéramos conocer el sentido
de lo que vemos a nuestro alrededor y nos preguntamos: ¿Cuál es la naturaleza
del universo? ¿Cuál es nuestro lugar en él y de dónde viene y de dónde venimos
nosotros? ¿Por qué es tal como es?
Para intentar contestar estas preguntas adoptamos una «imagen del
mundo». Así como una torre infinita de tortugas que sostiene una tierra plana
es una posible imagen del mundo, también lo es la teoría de supercuerdas. Ambas
son teorías del universo, aunque la segunda es mucho más matemática y precisa
que la primera. Ambas teorías carecen de evidencias observacionales: nadie ha
visto ninguna tortuga gigante que sostenga la tierra sobre su caparazón, pero
tampoco nadie ha visto una supercuerda. Sin embargo, la teoría de las tortugas
no consigue ser una buena teoría científica porque predice que la gente debería
caer por los bordes del mundo. Esto no concuerda con la experiencia, ¡a no ser
que explique la desaparición de tanta gente en el triángulo de las Bermudas!
Los primeros intentos teóricos de describir y explicar el universo se
basaban en la idea de que los acontecimientos y fenómenos naturales eran
controlados por espíritus con emociones humanas que actuaban de una manera muy
antropomórfica e impredecible. Estos espíritus habitaban objetos naturales,
como ríos y montañas, incluidos los cuerpos celestes como el sol y la luna.
Debían ser aplacados y se debía solicitar su favor para asegurar la fertilidad
del suelo y el ciclo de las estaciones. Gradualmente, sin embargo, se fue
advirtiendo la existencia de ciertas regularidades: el sol siempre amanecía por
el este y se ponía por el oeste, se ofrecieran o no sacrificios al dios sol.
De las tortugas al espacio curvo. Vistas antiguas y modernas del universo
Además, el sol, la luna y los planetas seguían trayectorias concretas en
el cielo que podían ser predichas con antelación y precisión considerables. Tal
vez el sol y la luna siguieran siendo dioses, pero eran dioses que obedecían
leyes estrictas, aparentemente sin excepciones, si no contamos historias como
la del sol detenido por Josué.
Al principio, estas regularidades y leyes sólo resultaban obvias en la
astronomía y unas cuantas situaciones más. Sin embargo, a medida que se
desarrolló la civilización, y particularmente en los últimos trescientos años,
se fueron descubriendo cada vez más regularidades y leyes. El éxito de estas
leyes condujo a Laplace, a comienzos del siglo XIX, a postular el determinismo
científico; es decir, sugirió que habría un conjunto de leyes que determinaría
con precisión la evolución del universo, dada su configuración en un instante
dado.
El determinismo de Laplace resultó incompleto en dos aspectos. No decía
cómo escoger las leyes y no especificaba la configuración inicial del universo,
cosas que se dejaban a Dios. Dios podría escoger cómo empezó el universo y qué
leyes obedecería, pero no intervendría en él una vez éste hubiera empezado.
Así, Dios quedaba confinado a las áreas que la ciencia del siglo XIX no
comprendía.
Sabemos ahora que las esperanzas de Laplace en el determinismo no pueden
ser colmadas, al menos en los términos que él consideraba. El principio de
incertidumbre de la mecánica cuántica implica que ciertos pares de magnitudes,
como la posición y la velocidad de una partícula, no pueden predecirse
simultáneamente con una precisión completa. La mecánica cuántica trata esta
situación mediante una clase de teorías en que las partículas no tienen
posiciones ni velocidades bien definidas, sino que están representadas por una
onda. Estas teorías cuánticas son deterministas en el sentido de que establecen
leyes para la evolución temporal de dicha onda, es decir, si conocemos ésta en
un cierto instante, podemos calcularla en cualquier otro instante. El elemento
aleatorio e impredecible sólo surge cuando intentamos interpretar la onda en
función de las posiciones y las velocidades de las partículas. Puede que éste
sea nuestro error: quizá no haya posiciones y velocidades de partículas, sino
sólo ondas. Quizá nuestro intento de someter las ondas a nuestras ideas
preconcebidas de posiciones y velocidades sea la causa de la impredecibilidad
aparente.
En efecto, hemos redefinido la tarea de la ciencia como el
descubrimiento de las leyes que nos permitirán predecir acontecimientos dentro
de los límites establecidos por el principio de incertidumbre. Sin embargo,
persiste la pregunta: ¿cómo o por qué se escogieron las leyes y el estado
inicial del universo?
Este libro ha otorgado especial preeminencia a las leyes que rigen la
gravedad, porque es ella, aunque sea la más débil de las cuatro fuerzas
básicas, la que configura la estructura a gran escala del universo. Las leyes
de la gravedad eran incompatibles con la imagen vigente hasta hace poco de que
el universo no cambia con el tiempo: el carácter siempre atractivo de la
gravedad implica que el universo debe estar o bien expandiéndose o bien
contrayéndose. Según la teoría general de la relatividad, debe haber habido en
el pasado un estado de densidad infinita, el big bang, que habría constituido
un inicio efectivo del tiempo. De igual modo, si el conjunto del universo se
volviera a colapsar, debería haber otro estado de densidad infinita en el
futuro, el big crunch, que sería un final del tiempo. Incluso si el conjunto
del universo no se volviera a colapsar, habría singularidades en las regiones
localizadas cuyo colapso ha formado agujeros negros y que supondrían el final
del tiempo para cualquiera que cayera en ellos. En el big bang y otras
singularidades, todas las leyes habrían dejado de ser válidas, y Dios todavía
habría tenido libertad completa para escoger lo que ocurrió y cómo empezó el
universo.
Al combinar la mecánica cuántica con la relatividad general, parece
surgir una nueva posibilidad que no cabía anteriormente: que el espacio y el
tiempo puedan formar conjuntamente un espacio cuadridimensional finito sin
singularidades ni fronteras, como la superficie de la tierra pero con más
dimensiones. Parece que esta idea podría explicar muchas de las características
observadas del universo, como su uniformidad a gran escala y también las
separaciones de la homogeneidad a menor escala, como galaxias, estrellas e
incluso los seres humanos. Pero si el universo estuviera completamente
autocontenido, sin singularidades ni fronteras, y fuera completamente descrito
por una teoría unificada, ello tendría profundas implicaciones para el papel de
Dios como Creador.
Einstein se preguntó en cierta ocasión: «¿Qué posibilidades de elección
tuvo Dios al construir el universo?». Si la propuesta de ausencia de fronteras
es correcta, Dios no tuvo libertad alguna para escoger las condiciones
iniciales, aunque habría tenido, claro está, la libertad de escoger las leyes
que rigen el universo. Esto, sin embargo, podría no haber constituido en
realidad una verdadera elección: bien podría ser que hubiera una sola o un
número pequeño de teorías unificadas completas, como la teoría de cuerdas, que
sean autocoherentes y permitan la existencia de estructuras tan complejas como
los seres humanos, que pueden investigar las leyes del universo y preguntarse
por la naturaleza de Dios.
Incluso si sólo es posible una única teoría unificada, se trata
solamente de un conjunto de reglas y de ecuaciones. ¿Qué es lo que les insufla
aliento y hace existir el universo descrito por ellas? El enfoque usual de la
ciencia de construir un modelo matemático no puede contestar las preguntas de
por qué existe el universo descrito por el modelo. ¿Por qué el universo se toma
la molestia de existir? ¿Es la misma teoría unificada la que obliga a su
existencia? ¿O necesita un Creador y, si es así, tiene Éste algún otro efecto
en el universo? ¿Y quién lo creó a Él?
¿Por qué existe el universo?
Hasta ahora, la mayoría de los científicos han estado demasiado ocupados
desarrollando nuevas teorías que describan cómo es el universo para preguntarse
por qué es el universo. En cambio, la gente cuya profesión es preguntarse el
porqué, los filósofos, no han sido capaces de mantenerse al día en el progreso
de las teorías científicas. En el siglo XVIII, los filósofos consideraron como
su campo el conjunto del conocimiento humano, incluida la ciencia, y
discutieron cuestiones como si el universo tuvo un comienzo. Sin embargo, en
los siglos XIX y XX la ciencia se hizo demasiado técnica y matemática para los
filósofos, o para cualquiera que no se contara entre unos pocos especialistas.
A su vez, los filósofos redujeron tanto el alcance de sus inquietudes que Wittgenstein,
el filósofo más célebre del siglo XX, dijo: «La única tarea que le queda a la
filosofía es el análisis del lenguaje». ¡Qué triste final para la gran
tradición filosófica desde Aristóteles a Kant!
Sin embargo, si descubriéramos una teoría completa, llegaría a ser
comprensible a grandes líneas para todos, y no sólo para unos cuantos
científicos. Entonces todos, filósofos, científicos y público en general,
seríamos capaces de participar en la discusión de la pregunta de por qué
existimos nosotros y el universo. Si halláramos la respuesta a esto, sería el
triunfo último de la razón humana, ya que entonces comprenderíamos la mente de
Dios.
Biografías
Albert Einstein
La relación de Einstein con la política de la bomba nuclear es bien
conocida: firmó la célebre carta al presidente Franklin Roosevelt que acabó
convenciendo a Estados Unidos de tomar seriamente en cuenta la idea, y se
comprometió activamente con los esfuerzos que se llevaron a cabo durante la
posguerra para prevenir la guerra nuclear. Pero éstas no fueron acciones
aisladas de un científico que se ve arrastrado al mundo de la política, sino
que, de hecho, toda la vida de Einstein estuvo, por decirlo con sus propias
palabras, «dividida entre la política y las ecuaciones».
La segunda gran causa de Einstein fue el sionismo. Aunque de ascendencia
judía, Einstein rechazaba la idea bíblica de Dios. Sin embargo, una conciencia
creciente del antisemitismo, antes y durante la primera guerra mundial, le
llevó a identificarse cada vez más con la comunidad judía, hasta convertirse en
un abierto defensor del judaísmo. Una vez más, el riesgo de hacerse impopular
no le impidió expresar sus opiniones. Sus teorías fueron atacadas e incluso se
fundó una organización anti-Einstein. Un hombre convicto de incitar al
asesinato de Einstein sólo fue multado con unos seis euros. Pero el científico
no se inmutó: cuando se publicó un libro titulado Cien autores contra Einstein,
dijo: «Si estuviera realmente equivocado, ¡con uno solo hubiera bastado!».
En 1933, Hitler llegó al poder. Einstein estaba en América, y declaró
que no regresaría a Alemania. Entonces, mientras las milicias nazis arrasaban
su casa y sus cuentas bancadas eran confiscadas, un periódico de Berlín tituló:
«Buenas noticias de Einstein: no regresará». Ante la amenaza nazi, Einstein
renunció a su pacifismo, por temor a que los científicos alemanes construyeran
una bomba nuclear, y propuso que Estados Unidos desarrollara la suya. Pero
incluso antes de estallar la primera bomba, advirtió públicamente de los
peligros de la guerra atómica y propuso un control internacional sobre el
armamento nuclear.
Los esfuerzos de Einstein a lo largo de su vida en favor de la paz no
lograron nada duradero, y ciertamente le granjearon muchas enemistades. Su
apoyo explícito a la causa sionista, sin embargo, fue debidamente reconocido en
1952, cuando se le ofreció la presidencia de Israel. El declinó la propuesta,
diciendo que creía que era demasiado ingenuo para la política. Pero quizá la
auténtica razón fue otra; por citarle una vez más: «Las ecuaciones son más
importantes para mí, porque la política es para el presente, mientras que las
ecuaciones son para la eternidad».
Galileo Galilei
Galileo creyó en la teoría copernicana (a saber, que los planetas giran
alrededor del sol) desde edad muy temprana, pero sólo cuando halló las
evidencias necesarias para sostener la idea empezó a apoyarla públicamente.
Escribió sobre la teoría de Copérnico en italiano (y no en el latín académico,
lengua usual entonces) y pronto sus opiniones fueron ampliamente seguidas fuera
de las universidades. Ello enojó a los profesores aristotélicos, que se unieron
contra él e intentaron convencer a la Iglesia de su copernicanismo.
Preocupado por ello, Galileo viajó a Roma para hablar con las
autoridades eclesiásticas. Argumentó que no pensaba que la Biblia dijera nada
sobre las teorías científicas y que podía suponerse que, allí donde la Biblia
entraba en conflicto con el sentido común, estaba siendo alegórica.
Pero la Iglesia temía un escándalo que pudiera minar su lucha contra el
protestantismo, por lo que tomó medidas represivas: en 1616 declaró el
copernicanismo «falso y erróneo» y ordenó a Galileo que nunca más «defendiera o
sostuviera» dicha doctrina. Galileo tuvo que aceptar.
En 1623, un viejo amigo de Galileo fue elegido papa. Inmediatamente, el
científico intentó que se revocara el decreto de 1616. No lo consiguió, pero
obtuvo el permiso para escribir un libro que discutiera las teorías
aristotélica y copernicana, con dos condiciones: no tomaría partido por ninguna
de las dos, y llegaría a la conclusión de que los hombres en ningún caso pueden
determinar cómo funciona el mundo, porque Dios podía conseguir los mismos
efectos a través de maneras no imaginadas por el hombre, quien no podía, por
tanto, poner restricciones a la omnipotencia divina.
El libro, Diálogos sobre los dos grandes sistemas del mundo, fue
terminado y publicado en 1632, con el beneplácito de los censores, e
inmediatamente fue saludado en Europa como una obra maestra literaria y
filosófica. Pronto el Papa, al darse cuenta de que el público estaba
considerando el libro como un argumento convincente a favor del copernicanismo,
lamentó haber autorizado su publicación y arguyó que, a pesar de que el libro
tenía las bendiciones oficiales de los censores, Galileo había contravenido el decreto
de 1616; de modo que lo llevó ante la Inquisición, que lo sentenció a arresto
domiciliario hasta el fin de sus días y le ordenó renunciar públicamente a su
copernicanismo. De nuevo, Galileo tuvo que aceptar.
Nuestro científico siguió siendo un católico convencido, pero su
creencia en la independencia de la ciencia se mantuvo indemne. Cuatro años
antes de su muerte en 1642, cuando estaba bajo arresto domiciliario, el
manuscrito de su segundo gran libro pasó a escondidas a un editor de Holanda.
Este trabajo, titulado Dos nuevas ciencias, aún más que su apoyo a Copérnico,
contribuyó a la génesis de la física moderna.
Isaac Newton
Newton pronto chocó con el astrónomo real, John Flamsteed, quien había
proporcionado datos para los Principia, pero que después se reservó información
deseada por Newton. Pero éste era incapaz de aceptar una negativa: se hizo
nombrar miembro de la junta directiva del Observatorio Real e intentó obligar a
la publicación inmediata de los datos. Al final, consiguió que el trabajo de
Flamsteed le fuera arrebatado y preparado para la publicación por el enemigo
mortal de éste, Edmond Halley. Pero Flamsteed acudió a los tribunales y
consiguió detener la publicación. Newton, enfurecido, se vengó de él borrando
su nombre de todas las referencias de las posteriores ediciones de los
Principia.
Más seria aún fue su disputa con el filósofo alemán Gottfried Leibniz.
Ambos habían desarrollado independientemente una rama de las matemáticas llama
a cálculo, presente en la mayor parte de la física moderna que produjo una
agria disputa sobre quién había sido el primero en descubrir, con científicos
defendiendo enérgicamente a cada uno de los contendientes. Es sabido, sin
embargo, que la mayoría de los artículos que aparecieron en defensa de Newton
fueron escritos originalmente de su puño y letra, y ¡sólo se publicaron con el
nombre de amigos! Cuando las discusiones arreciaron, Leibniz cometió el error
de acudir a la Royal Society para dirimir la disputa. Newton, como presidente,
nombró un comité «imparcial» para investigar, ¡casualmente formado en su integridad
por amigos suyos! Pero esto no fue todo: Newton en persona escribió el informe
del comité e hizo que la Royal Society lo publicara, acusando oficialmente a
Leibniz de plagiario. No satisfecho con esto, hizo imprimir un resumen anónimo
de dicho informe en la publicación periódica de la propia Roy al Society. Tras
la muerte de Leibniz, se dice que Newton declaró que había sentido una gran
satisfacción por «romper el corazón de Leibniz».
Durante el período de estas dos disputas, Newton ya había dejado
Cambridge y la academia. Había participado activamente en la política
anticatólica en Cambridge y posteriormente en el Parlamento, y fue recompensado
al fin con el lucrativo cargo de director de la Real Casa de la Moneda. Allí
usó sus dotes para la intriga y el vitriolo de manera socialmente más
aceptable, dirigiendo con éxito una importante campaña contra los
falsificadores y enviando incluso a varios hombres a la muerte en galeras.
Glosario
|
Aceleración |
Tasa con que varía la velocidad de un objeto en función del tiempo. |
|
Acelerador de partículas |
Máquina que, mediante
electroimanes, puede acelerar partículas cargadas en movimiento, e
incrementar su energía. |
|
Acontecimiento |
Un punto del espacio-tiempo, especificado por su posición y su tiempo. |
|
Agujero de gusano |
Tubo fino de
espacio-tiempo que conecta regiones distantes del universo. Los agujeros de
gusano también pueden conectar universos paralelos o pequeños universos y
podrían proporcionar la posibilidad de viajar en el tiempo. |
|
Agujero negro |
Región del espacio-tiempo de la que nada, ni siquiera la luz, puede
escapar, debido a la enorme intensidad de su gravedad. |
|
Antipartícula |
Cada tipo de partícula de
materia tiene su antipartícula correspondiente. Cuando una partícula choca
con su antipartícula, se aniquilan mutuamente y sólo queda energía. |
|
Átomo |
Unidad básica de materia ordinaria, formada por un núcleo minúsculo
(que consta de protones y neutrones) rodeado por electrones que giran a su
alrededor. |
|
Big bang (o gran
explosión primordial) |
Singularidad inicial del
universo. |
|
Big crunch (o gran implosión final) |
Singularidad al final del universo. |
|
Campo |
Algo que existe en todos
los puntos del espacio y el tiempo, en oposición a una partícula, que en un
instante dado sólo existe en un punto del espacio. |
|
Campo magnético |
Campo responsable de las fuerzas magnéticas, incorporado actualmente,
junto con el campo eléctrico, en el campo electromagnético. |
|
Carga eléctrica |
Propiedad de una
partícula por la cual puede repeler (o atraer) otras partículas que tengan
una carga del mismo signo (o del signo opuesto). |
|
Cero absoluto |
La temperatura más baja posible, a la que las sustancias no contienen
energía térmica. |
|
Condición de ausencia de
límites |
La idea de que el
universo es finito pero no tiene límites. |
|
Constante cosmológica |
Artificio matemático utilizado por Einstein para dar al espacio-
tiempo una tendencia innata a expandirse. |
|
Coordenadas |
Números que especifican
la posición de un punto en el espacio y el tiempo. |
|
Cosmología |
Estudio del universo como un todo. |
|
Desplazamiento hacia el
rojo |
Enrojecimiento de la
radiación de una estrella que se está alejando de nosotros, debido al efecto
Doppler. |
|
Dimensión espacial |
Cualquiera de las tres dimensiones, es decir, cualquier dimensión a
excepción de la dimensión temporal. |
|
Dualidad |
Correspondencia entre
teorías aparentemente diferentes que conducen a los mismos resultados
físicos. |
|
Dualidad partícula-onda |
Concepto de la mecánica cuántica según el cual no existen diferencias
fundamentales entre ondas y partículas; las partículas se pueden comportar a
veces como ondas y éstas como partículas. |
|
Electrón |
Partícula con carga
eléctrica negativa que gira alrededor de los núcleos de los átomos. |
|
Energía de unificación electrodébil |
Energía (alrededor de 100 GeV) por encima de la cual las diferencias
entre la fuerza electromagnética y la fuerza nuclear débil desaparecen. |
|
Espacio-tiempo |
Espacio cuadridimensional
cuyos puntos son los acontecimientos. |
|
Espectro |
Frecuencias que componen una onda. La parte visible del espectro solar
puede ser observada en el arco iris. |
|
Estrella de neutrones |
Estrella fría, sostenida
por la repulsión entre neutrones debida al principio de exclusión. |
|
Fase |
En una onda, posición en su ciclo en un instante dado: una medida de
si se halla en una cresta, en un valle, o en alguna situación intermedia. |
|
Fotón |
Cuanto de luz. |
|
Frecuencia |
En una onda, número de ciclos completos por segundo. |
|
Fuerza electromagnética |
Fuerza entre partículas
con carga eléctrica; es la segunda fuerza más intensa de las cuatro fuerzas
fundamentales. |
|
Fuerza nuclear débil |
Segunda fuerza más débil de las cuatro fuerzas fundamentales, con un
alcance muy corto. Afecta a todas las partículas de la materia, pero no a las
que transmiten las fuerzas. |
|
Fuerza nuclear fuerte |
Es la más intensa de las
cuatro fuerzas fundamentales, y la que tiene más corto alcance. Mantiene
unidos los quarks para formar protones y neutrones, y estas partículas unidas
entre sí para formar núcleos atómicos. |
|
Fusión nuclear |
Proceso en el que dos núcleos chocan y se unen para formar un núcleo
mayor y más pesado. |
|
Geodésica |
Camino más corto (o más
largo) entre dos puntos. |
|
Horizonte de sucesos |
Frontera de un agujero negro. |
|
Longitud de onda |
Distancia entre dos
crestas o dos valles consecutivos de una onda. |
|
Masa |
Cantidad de materia en un cuerpo; su inercia, o resistencia a la
aceleración. |
|
Materia oscura |
Materia en las galaxias,
cúmulos de galaxias y posiblemente entre los cúmulos de galaxias, que no
puede ser observada directamente pero que puede ser detectada por sus efectos
gravitatorios. Es posible que el noventa por 100 de la masa del universo esté
en forma de materia oscura. |
|
Mecánica cuántica |
Teoría desarrollada a partir del principio cuántico de Planck y del
principio de incertidumbre de Heisenberg. |
|
Neutrino |
Partícula extremadamente
ligera (quizá con masa nula) sometida sólo a la fuerza nuclear débil y a la
gravedad. |
|
Neutrón |
Partícula sin carga eléctrica, parecida al protón, que constituye
aproximadamente la mitad de las partículas en los núcleos atómicos. |
|
Núcleo |
Parte central de un
átomo, constituida por protones y neutrones, que se mantienen unidos por la
fuerza nuclear fuerte. |
|
Partícula elemental |
Partícula que se supone que no puede ser subdividida. |
|
Partícula virtual |
En mecánica cuántica,
partícula que nunca puede ser detectada directamente, pero cuya existencia
tiene efectos mensurables. |
|
Peso |
Fuerza ejercida sobre un cuerpo por un campo gravitatorio. Es
proporcional, pero no idéntico, a su masa. |
|
Positrón |
Antipartícula del
electrón, de carga positiva. |
|
Principio antrópico |
Idea según la cual vemos el universo como lo vemos porque, si fuera
diferente, no estaríamos aquí para observarlo. |
|
Principio cuántico de
Planck |
Idea según la cual la luz
(o cualquier otro tipo de ondas clásicas) puede ser absorbida o emitida en
cuantos discretos, cuya energía es proporcional a su frecuencia. |
|
Principio de exclusión |
Idea según la cual, para ciertos tipos de partículas, dos partículas
idénticas no pueden tener (dentro de los límites establecidos por el
principio de incertidumbre) la misma posición y la misma velocidad. |
|
Principio de
incertidumbre (o indeterminación) |
Principio, formulado por
Heisenberg, según el cual no podemos conocer con exactitud la posición y la
velocidad de una partícula. Cuanto mayor es la precisión en la medida de una,
menor lo es en la medida de la otra. |
|
Proporcional |
«X es proporcional a Y» significa que cuando Y es multiplicada por un
número, también X queda multiplicada por él. «X es inversamente proporcional
a Y» significa que cuando Y es multiplicada por un número, X queda dividida
por dicho número. |
|
Protón |
Partícula de carga
positiva, parecida al neutrón, que constituye aproximadamente la mitad de las
partículas de los núcleos atómicos. |
|
Puente de Einstein-Rosen |
Tubo fino de espacio-tiempo que conecta dos agujeros negros. (Véase
también «agujero de gusano».) |
|
Quark |
Partícula elemental
(cargada) sensible a la fuerza nuclear fuerte. Los protones y los neutrones
están compuestos por tres quarks, respectivamente. |
|
Radar |
Sistema que utiliza pulsos de radioondas para detectar la posición de
objetos a partir del tiempo que un impulso tarda en llegar al objeto y
regresar, tras haberse reflejado en él, al emisor. |
|
Radiación de fondo de
microondas |
Radiación correspondiente
al resplandor del universo primitivo caliente; actualmente está tan
desplazada hacia el rojo que no se presenta como luz visible sino como
microondas (con una longitud de onda de irnos pocos centímetros). |
|
Radiactividad |
Ruptura espontánea de algunos tipos de núcleos atómicos para dar
núcleos de otros tipos. |
|
Rayos gamma |
Rayos electromagnéticos
de longitud de onda muy corta, producidos en el debilitamiento radiactivo o
por colisiones de partículas elementales. |
|
Relatividad especial |
Teoría de Einstein basada en la idea de que las leyes de la ciencia
deben ser las mismas para todos los observadores, sea cual sea la velocidad
con que se muevan, en ausencia de campos gravitatorios. |
|
Relatividad general |
Teoría de Einstein basada
en la idea de que las leyes de la ciencia deben ser las mismas para todos los
observadores, sea cual sea su movimiento. Explica la fuerza de gravedad de la
curvatura de un espacio-tiempo cuadridimensional. |
|
Segundo-luz (año-luz) |
Distancia recorrida por la luz en un segundo (en un año). |
|
Singularidad |
Punto del espacio-tiempo
cuya curvatura espacio-temporal (o cualquier otra magnitud física) se hace
infinita. |
|
Teoría de cuerdas |
Teoría de la física en que las partículas son descritas como ondas en
cuerdas. Las cuerdas sólo tienen longitud y ninguna otra dimensión. |
|
Teoría de gran
unificación (GUT) |
Teoría que unifica las
fuerzas electromagnética, nuclear fuerte y nuclear débil. |

No hay comentarios:
Publicar un comentario