© Libro N° 8914. Dientes De Gallina Y Dedos De Caballo. Jay Gould, Stephen. Emancipación. Agosto 7 de 2021.
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Dientes De Gallina Y Dedos De Caballo. Stephen
Jay Gould
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DIENTES DE GALLINA Y DEDOS DE CABALLO
Stephen
Jay Gould
Dientes De Gallina Y Dedos De Caballo
Stephen
Jay Gould
CONTENIDO
Prólogo
1. Rarezas razonables
2. Personalidades
3. Adaptación y desarrollo
4. Teilhard y Piltdown
5. Ciencia y política
6. Extinción
7. Una trilogía sobre las cebras
Bibliografía
Prólogo
A todo el mundo le encantan los centenarios; somos incapaces de resistir la tentación de celebrar algo limpio y
nítido en un mundo deshilvanado y lleno de incertidumbres. Estoy recopilando
este tercer volumen de ensayos escogidos[1] en
medio de las festividades mundiales en conmemoración del tercer centenario
darwiniano de nuestro siglo. El primero, en 1909, celebró el centenario del
nacimiento de Darwin; el segundo, en 1959, el centenario de la publicación
de «El origen de las especies»; el tercero, en 1982, el
centenario de su muerte. Darwin y la teoría de la evolución han constituido el
punto focal de todos mis escritos dentro de esta serie (mi tributo personal a
Darwin en su tercer centenario es el ensayo 9 de este volumen). Esta secuencia
de centenarios nos ofrece un espléndido epítome de la teoría evolutiva en
nuestro siglo, además de aportar algunas ideas acerca de sus éxitos y
dificultades actuales.
* * * *
Los organizadores de la gran celebración de 1909, realizada en la
Universidad de Cambridge, tuvieron que ocultar un dato embarazoso al preparar
su hagiográfico libro del centenario. Si bien ya no había nadie capaz de pensar
que pusiera en duda la existencia de la evolución en esta fecha, la propia
teoría de Darwin acerca de su mecanismo (la selección natural) no se encontraba
en el punto más álgido de su popularidad. De hecho, el año 1909 marcó el clímax
de la confusión sobre el mecanismo de la evolución en medio de una absoluta
convicción de que había tenido lugar. Un batallador grupo de darwinianos
estrictos, encabezado por A. R. Wallace, ya anciano, en Inglaterra y por A.
Weismann en Alemania, mantenía aún que prácticamente todos los cambios
evolutivos se producían por el poder acumulativo de la selección natural, que
llevaba paso a paso a la adaptación a partir de la materia prima aleatoria de
la variación genética a pequeña escala. El lamarckismo seguía siendo aún una
teoría influyente y aportaba una alternativa a la selección natural para el
desarrollo gradual de las adaptaciones: una respuesta orgánica creativa a las
necesidades percibidas, acompañada de su transmisión a la descendencia a través
de la herencia de los caracteres adquiridos. La genética mendeliana, al ser
adecuadamente dilucidada, inclinó la balanza a favor de Darwin; pero en 1909,
en sus balbuceantes inicios, no había hecho más que aumentar la confusión al
añadir un tercer mecanismo a la ya bulliciosa competencia: la aparición de nuevas
especies, de repente, por medio de mutaciones grandes y fortuitas.
Hacia 1959, la confusión había dado paso a un opuesto e indeseable
estado de complacencia. El darwinismo estricto había triunfado. El
florecimiento de la genética mendeliana había enterrado definitivamente el
lamarckismo, ya que el funcionamiento del ADN no deja lugar a mecanismos de
herencia para los caracteres adquiridos. La fascinación inicial por las grandes
mutaciones había cedido el puesto a la aceptación de que la copiosa y continua
variación a pequeña escala tenía también una base mendeliana, y ofrecía una
alternativa mucho mejor como materia prima del cambio evolutivo que las
mutaciones ocasionales y deletéreas a gran escala. Pero la variación aleatoria
a pequeña escala no produce cambios por sí misma y requiere alguna fuerza
moldeadora que preserve y sustente su componente favorable. En 1959
prácticamente todos los biólogos evolucionistas habían llegado a la conclusión
de que, después de todo, era la selección natural la que aportaba el mecanismo
creativo al cambio evolutivo. A los ciento cincuenta años de edad, Darwin había
triunfado. Aun así, en la euforia de la victoria, sus discípulos de
generaciones posteriores desarrollaron una versión de su teoría mucho más
estrecha de lo que Darwin hubiera permitido.
La versión estricta iba mucho más allá de la mera afirmación de que la
selección natural es un mecanismo predominante en el cambio evolutivo
(proposición que yo, por mi parte, no discuto). Hacía hincapié en un programa
de investigación que prácticamente consideraba el organismo como una amalgama
de partes, esculpida cada una de ellas casi hasta la perfección por la lenta
pero inexorable fuerza de la selección natural. Este «programa adaptacionista»
minimizaba la secular verdad de que los organismos son entidades integradas con
unas vías de desarrollo limitadas por los mecanismos de la herencia, y no meros
fragmentos de arcilla que puedan ser moldeados por las fuerzas selectivas del
ambiente en cualquier dirección adaptativa. La versión estricta, que pone el
énfasis en las variaciones mínimas, abundantes y aleatorias moldeadas con
incalculable pero persistente lentitud por la selección natural, implicaba
también que todos los sucesos de la evolución a gran escala (macro evolución)
fueran el producto gradual y acumulado de innumerables pasos, cada uno de ellos
una diminuta adaptación a un cambio de condiciones en el seno de una población
local. Esta teoría «extrapolacionista» negaba toda independencia a la macro
evolución e interpretaba todos los sucesos evolutivos a gran escala (origen de
diseños básicos, tendencias a largo plazo, mecanismos de extinción y sucesión
en la fauna) como una micro evolución lentamente acumulada (el estudio de los
cambios a pequeña escala en el seno de las especies). Finalmente, los defensores
de la versión estricta buscaban la fuente de todo cambio en las luchas
adaptativas entre organismos individuales, negando así una condición causal
directa a otros niveles de la amplia jerarquía de la naturaleza con sus
«individuos», tanto por debajo del nivel de los organismos (los genes, por
ejemplo), como por encima (especies, por ejemplo). En pocas palabras, esta
versión estricta ponía el énfasis en el cambio gradual y adaptativo producido
por una selección natural que actuaba exclusivamente sobre los organismos.
En el segundo centenario, algunos expertos llegaron incluso a declarar
que la inmensa complejidad de la evolución había producido una interpretación
final. Un seguidor de la versión estricta comentó en un famoso ensayo:
«Naturalmente, persisten diferencias de opinión sobre cuestiones relativamente
secundarias y quedan aún muchos detalles por cubrir, pero ahora probablemente
se han conseguido los requisitos esenciales para la explicación de la historia
de la vida». Ahora, en el tercer centenario, la teoría darwiniana disfruta de
un magnífico estado de salud. La confianza en el mecanismo básico de la
selección natural supone una infraestructura teórica y un punto de acuerdo
básico que nos lleva más allá de la pesimista anarquía de 1909. Pero las
limitaciones impuestas por una versión estricta excesivamente celosa, tan
populares en 1959, están perdiendo consistencia. Los excitantes descubrimientos
de la biología molecular y del estudio del desarrollo embrionario han vuelto a
poner de relieve la integridad de la forma orgánica, apuntando hacia modos de
cambio diferentes de la alteración acumulativa y gradual ensalzada por los
darwinianos estrictos. El estudio directo de las secuencias de fósiles también
puso en entredicho las inclinaciones gradualistas (el modelo del «equilibrio
puntuado», de una estasis a largo plazo en el seno de las especies y un origen
geológicamente rápido de nuevas especies) y estableció la idea de una jerarquía
explicativa al identificar las especies como agentes discretos y activos de la
evolución (del mismo modo que la biología molecular, en la dirección opuesta,
descubrió procesos evolutivos a niveles génicos que resultan «invisibles» a los
organismos; véase el ensayo 13).
No obstante, irónicamente, el comienzo de la década de 1980 ha sido
testigo también de un debate radicalmente diferente y perverso acerca de la
evolución, confundido con frecuencia por el gran público con otros debates
acerca de mecanismos evolutivos. Me refiero, por supuesto, al renacimiento, por
motivos políticos, de la pseudociencia a la que sus seguidores denominan
«creacionismo científico»: un literalismo estricto del Génesis disfrazado de
ciencia con el cínico propósito de eludir la Primera Enmienda de la
Constitución estadounidense y obtener por mandato legislativo la inclusión de
puntos de vista religiosos particulares (y minoritarios) en los programas de
estudios de la enseñanza pública. Al igual que en 1909, no existe persona
pensante ni científico alguno que dude del hecho básico de que la vida
evoluciona. Los intensos debates acerca de cómo se produce la
evolución nos descubren a la ciencia en su aspecto más excitante, pero no
ofrecen solaz alguno (sólo falsa munición tras una distorsión premeditada) a
los fundamentalistas estrictos.
Esta peculiar yuxtaposición de debates radicalmente diferentes, que
ostensiblemente abordan el mismo tema, me trae a la memoria o bien las dos
óperas de Wagner acerca de concursos de canciones, Tannhäuser y Los
maestros cantores, la una sublime, la otra cómica; o bien las dos
películas de Spielberg acerca de sucesos insólitos en los suburbios durante el
verano de 1982, E.T. y Poltergeist, la una
gozosa, la otra siniestra. Pero la vida es un continuo solapamiento de lo
profano y lo sagrado, y… ¿a quién le interesa que sea de otra manera?
La presente colección de ensayos acerca de la evolución nació en el seno
de estas tensiones. Aborda tanto la controversia puramente política, que no
intelectual, provocada por los creacionistas modernos (sección quinta) como los
fascinantes debates que se están produciendo hoy en día en el seno de la teoría
evolutiva. Discuto, por ejemplo, el papel de las alteraciones en el desarrollo
embrionario como posible mecanismo de transformaciones evolutivas rápidas
(sección tercera); el azar como fuente de cambio evolutivo, y no simplemente
como su materia prima (ensayo 26); la evolución a niveles jerárquicos tanto por
encima como por debajo del nivel tradicional darwiniano de los organismos
(ensayo 13); y las limitaciones del desarrollo y la herencia como argumentos en
favor de la integridad de los organismos y en contra de una visión de la
adaptación excesivamente atomista y determinista (sección tercera, pero es
también un tema relevante en los ensayos 3, 10 y 29).
Una tensión, en última instancia más importante (la que hace que la
evolución sea un tema tan excitante, y no sólo para los científicos), es la que
opone a estas vivaces controversias que nos dividen el enorme poder unificador
y la gran extensión de la propia teoría evolutiva. Según he ido explorando las
argumentaciones, he ido también escribiendo acerca de una visión de la vida
que, desde los tiempos de Darwin, ha transformado el concepto que tenemos de
nosotros mismos y del mundo que nos rodea. Las «grandes» preguntas acerca de la
historia de la Tierra y de la vida que la ocupa nos ofrecen un camino para
explorar el pensamiento de científicos ejemplares del pasado, y nos ayudan a
comprender el propio proceso de la ciencia incluso en los momentos en que se la
ha cultivado mejor (sección segunda). (Si los lectores sacan como conclusión
tras su lectura que la ciencia trafica en cuestiones que tienen respuesta, y no
en todos los fascinantes sueños de la mente humana, comprenderán también por
qué el creacionismo moderno no es una ciencia.) La infiltración de cuestiones
evolutivas en debates políticos ostensiblemente alejados de ellas (sección
quinta) demuestra tanto el gran alcance de esta forma de ver la vida, como la
inseparable relación de las cuestiones científicas y sociales. El punto de
vista amplio y distintivo que surge de la teoría evolutiva podría engrandecer
nuestro concepto de la ciencia y de las explicaciones en general, destacando
las contingencias históricas y los cambios impredecibles (pero sensatos vistos
en retrospectiva), frente al mundo predecible y regular que predica el
estereotipo de la llamada ciencia «dura». Hago una exploración bastante
exhaustiva de este tema, pero queda abordado fundamentalmente en el ensayo 4
(el único que probablemente debería leerse dos veces, en el caso de que el
lector considere cualquiera de los ensayos digno de tal atención).
Estas cuestiones son todas abstractas; pero mi forma de sacarlas a
colación sigue siendo el recurso a los peculiares y misteriosos detalles de la
naturaleza. Nunca he sido capaz de sentirme excesivamente entusiasmado por las
teorías incorpóreas. Por ello, cuando me apetece explorar el poder explicativo
de la teoría evolutiva (sección primera) escribo acerca de aparentes
singularidades resueltas por el punto de vista darwiniano: peces pescadores
machos enanos unidos parasíticamente a las hembras; avispas que paralizan
insectos para que sus larvas puedan disfrutar de un festín viviente; jóvenes
aves que matan a sus hermanos expulsándolos fuera de un círculo de guano que
hace las veces de «nido», y ácaros machos que atraviesan su ciclo vital en una
fracción del tiempo del que disponen las hembras. Otros ensayos abordan
cuestiones generales a través de misterios particulares: ¿por qué son los
genitales de las hembras de hienas manchadas exactas contrapartidas del pene y
el escroto del macho?; ¿por qué ningún gran animal se desplaza sobre ruedas?;
¿cómo puede inducirse a las gallinas a que desarrollen dientes, cuando hace más
de cincuenta millones de años que no se han formado en ninguna ave?; ¿cómo
pueden algunas moscas desarrollar patas en la boca? (y discuto el caso de un
mosquito «inerme» que sufre esta deformación); ¿por qué coincidió la
desaparición de los dinosaurios con la extinción de al menos un 25 por 100 de
las familias de invertebrados marinos?; ¿las cebras son blancas con franjas
negras, o negras con franjas blancas, y qué regla general enlaza sus diversos
tipos de rayas? Llego incluso a pensar que tras mi artículo acerca de las
menguantes barritas Hershey existe una idea generalizable, pero no intentaré
defenderla. El puro humor (o el interés en alcanzarlo) también tiene su lugar.
Darwin, en su tercer centenario, se sentiría realmente satisfecho del
vigor de su criatura, que tan grande y tan fuerte se ha hecho. También daría la
bienvenida a los legítimos debates de gran alcance que rodean su teoría, ya que
la ausencia de todo dogmatismo es la más clara impronta de un gran científico.
En el primer centenario, en 1909, William Bateson (véase el ensayo 11), tal vez
el menos darwiniano de todos los participantes, le rindió el más alto tributo
escribiendo lo que sigue: «Lo que más honraremos en él será el poder creativo,
por medio del cual inauguró una línea de descubrimientos de variedad y
extensión inacabables, y no sus logros concretos».
Capítulo 1
Rarezas razonables
Contenido:
1. Peces grandes, peces pequeños
2. La naturaleza amoral
3. El anillo de guano
4. Vidas rápidas y cambios caprichosos
1. Peces grandes, peces pequeños
Alfred, lord Tennyson, no conocido precisamente por sus puntos de vista
igualitarios, decía esto acerca de los méritos relativos de cada uno de los
sexos:
La mujer es el hombre inferior, y todas
sus pasiones, comparadas con las mías,
son como la luz de la luna frente a la luz del sol,
y como el agua ante el vino.[2]
Esta estrofa posiblemente no representa una opinión meditada de
Tennyson, ya que el protagonista de Locksley Hall acababa de
perder a su amada a manos de un competidor y dice estas palabras durante un
gran rapto poético de amargura. No obstante, una lectura literal (que las
mujeres son más pequeñas que los hombres) sería aceptada por la mayoría de
nosotros como un hecho general en la naturaleza, no como una trampa sexista. Y,
por consiguiente, la mayoría de nosotros estaríamos equivocados.
Los machos humanos son, por supuesto, generalmente más grandes que las
hembras humanas, y la mayor parte de los mamíferos que nos son familiares
siguen el mismo patrón (pero véase el ensayo 11). No obstante, las hembras son
más grandes que los machos en la mayor parte de las especies animales; y,
probablemente, en su inmensa mayoría. Para empezar, la mayor parte de las
especies animales son insectos, y los insectos hembra son normalmente de mayor
tamaño que los machos de su propia especie. ¿Por qué son los machos más
pequeños?
Hace justamente cien años se propuso una respuesta muy divertida con
toda seriedad (como pude averiguar en la columna «Hace cincuenta y cien años»
del Scientific American de enero de 1982). Un tal M. G.
Delaunay argumentaba que las razas humanas podían ser clasificadas en orden a
su rango por medio de la posición social relativa de las hembras. Las razas
inferiores padecían bajo el dominio de las hembras, los machos dominaban las
razas superiores, mientras que la igualdad entre los sexos caracterizaba las razas
de rango medio. Como apoyo colateral a tan singular tesis, Delaunay planteaba
que las hembras son más grandes que los machos en los animales «inferiores» y
más pequeñas en los animales «superiores». Así, la existencia de un número
mayor de especies en las que las hembras son mayores que los machos no suponía
amenaza alguna para la idea general de la superioridad del macho. Después de
todo, son muchos los que sirven pero pocos los que gobiernan.
El razonamiento de Delaunay es casi demasiado precioso como para
estropearlo con refutaciones, pero probablemente valga la pena mencionar que el
caso paradigmático de un grupo «superior» con macho de mayor tamaño (el de los
mamíferos) es bastante menos sólido de lo que la mayoría de la gente cree
(véase Katherine Ralls en la Bibliografía). Desde luego, en una gran parte de
las especies de mamíferos los machos son más grandes que las hembras, pero
Ralls encontró un sorprendente número de especies en las que la hembra era de
mayor tamaño, ampliamente dispersas a todo lo largo del abanico de la
diversidad de los mamíferos. Doce de veinte órdenes y veinte entre ciento
veintidós familias contienen especies en las que la hembra es mayor que el
macho. En algunos grupos importantes, la norma es que la hembra sea de mayor
tamaño: los conejos y las liebres, una familia de murciélagos, tres familias de
ballenas, un importante grupo de focas y dos tribus de antílopes. Ralls nos
recuerda también que, dado que los rorcuales azules son los animales más
grandes que jamás hayan existido y, dado que las hembras son más grandes que
los machos en las ballenas, el animal más grande de todos los tiempos es sin
duda una hembra. La ballena más grande jamás medida de modo fiable llegaba a
los 28 metros y era una hembra.
La distribución esporádica de hembras de mayor tamaño en el seno del
mundo taxonómico de los mamíferos ilustra la conclusión general más importante
a la que podemos llegar acerca del tamaño relativo de los sexos. Los datos
observados no sugieren tendencia general o universal que asocie la
predominancia de uno u otro sexo con la complejidad anatómica, la edad
geológica o el supuesto estadio evolutivo. Más bien, el tamaño relativo de los
sexos parece reflejar una estrategia evolucionada para cada circunstancia
particular; una reafirmación de la idea de Darwin de que la evolución es
fundamentalmente la historia de la adaptación a ambientes locales. En esta
perspectiva, no podemos por menos que esperar el esquema habitual de hembras de
mayor tamaño. Las hembras, como productoras de huevos, son normalmente más
activas que los machos en la cría de su descendencia. (En las especies que
disponen de machos que cuidan la prole, como los caballitos de mar y varios
peces que incuban en la boca, éstos deben recibir los huevos directamente de
una hembra o recogerlos activamente una vez depositados.) Incluso en las
especies que no ofrecen ningún cuidado por parte de los progenitores, los
óvulos deben ir equipados de nutrientes, mientras que los espermatozoides son
poco más que ADN desnudo equipado de un mecanismo de desplazamiento. Los
huevos, de mayor tamaño, requieren más espacio y un cuerpo más grande para
producirlos.
Si las hembras suministran la nutrición esencial para el crecimiento
embrionario o larvario, podríamos preguntarnos cuál es la razón de la
existencia de los machos. ¿Para qué molestarse con el sexo si un solo
progenitor puede hacerse cargo del aprovisionamiento esencial? La respuesta a
este viejo dilema parece encontrarse en la naturaleza misma del mundo de
Darwin. Si la selección natural impulsa la evolución preservando las variantes
favorecidas de un espectro aleatoriamente distribuido en torno a un valor
medio, entonces una ausencia de toda variación hace descarrilar el proceso,
puesto que la selección natural no hace nada directamente y tan sólo puede
escoger entre las alternativas que se le presenten. Si toda la descendencia
consistiera en fotocopias de un único progenitor, no presentaría variación
genética alguna (a excepción de escasas nuevas mutaciones) y la selección no
podría actuar eficazmente. El sexo genera una enorme cantidad de variación al
mezclar el material genético de dos organismos en cada descendiente. Aunque
sólo fuera por esto, tendremos machos dando vueltas a nuestro alrededor durante
mucho tiempo aún.
Pero, si la función biológica de los machos no va más allá de la
contribución de un poco de ADN esencialmente desnudo, ¿por qué tanto esfuerzo
para crearlos? ¿Por qué en la mayor parte de los casos son casi tan grandes
como las hembras, están dotados de órganos complejos y son perfectamente
capaces de llevar una vida independiente? ¿Por qué las industriosas abejas
habrían de continuar produciendo las grandes, y en buena medida inútiles,
criaturas macho, tan apropiadamente llamadas zánganos?
Estas preguntas serían difíciles de responder si la evolución estuviera
orientada hacia el bien de la especie o de grupos mayores. Pero la teoría de la
selección natural de Darwin mantiene que la evolución es fundamentalmente una
lucha entre organismos individuales por transferir más genes propios a las
sucesivas generaciones. Dado que los machos son esenciales (como argumentábamos
antes) se convierten en agentes evolutivos por derecho propio; no están
diseñados en beneficio de su especie. Como agentes independientes, se suman a
la lucha a su modo y manera; y estas formas de sumarse a la lucha favorecen en
ocasiones un mayor tamaño. En muchos grupos, los machos combaten (literalmente)
por el acceso a las hembras, y los pesos pesados a menudo disfrutan de ciertas
ventajas. En animales más complejos puede hace aparición la vida social,
convirtiéndose en algo cada vez más elaborado. Esa misma complejidad puede
llegar a hacer necesaria la presencia y la participación activa de más de un
progenitor en la crianza de los descendientes, y los machos obtienen un papel
biológico que trasciende la mera función de inseminador.
Pero ¿qué ocurre en las situaciones ecológicas que no favorecen el
combate ni hacen necesario el cuidado de los progenitores? Después de todo, la
frase relativa a la biología más famosa de Tennyson (su descripción de la
ecología de la vida como «la naturaleza, con uñas y dientes tintos en sangre»)
no se aplica en todos, ni siquiera en la mayoría de los casos. La «lucha por la
supervivencia» de Darwin es una metáfora que no tiene por qué implicar un
combate abierto. La lucha en pos de la representación genética en la siguiente
generación puede adoptar multitud de formas. Una estrategia habitual imita el
lema de las elecciones fraudulentas: «Vote temprano y vote a menudo»
(sustituyendo «fornique» por «vote»). Los machos apegados a esta táctica no
tienen necesidad evolutiva de un tamaño o una complejidad superiores a las
indispensables para localizar a una hembra con la mayor rapidez posible y
quedarse a su alrededor. En tales casos, podríamos esperar vernos frente a
machos en su estado ínfimo (una situación que podría haberse generalizado si la
evolución operara en bien de la especie), un pequeño dispositivo dedicado
exclusivamente a la producción y suministro de esperma. La naturaleza, siempre
tan bien dispuesta, nos ha proporcionado algunos ejemplos de lo que, de no
haber sido por gracia de la selección natural, podría haber sido mi sino.
Consideremos una especie muy dispersa en un área tan amplia que, sólo en
raras ocasiones, sería posible que los machos se encontraran junto a una
hembra. Supongamos también que las hembras, como adultos, se mueven muy poco o
nada: pueden vivir ancladas al substrato (por ejemplo, las bellotas de mar);
pueden vivir como parásitos dentro de otro animal o pueden alimentarse cazando
al acecho y con cebo en lugar de perseguir a sus presas. Y supongamos,
finalmente, que el medio que las rodea pueda mover de un lado para otro con
facilidad a animales de pequeño tamaño, como ocurre en los océanos con sus
corrientes y su elevada densidad (véase el libro de M. Ghiselin, The
Economy of Nature and The Evolution of Sex para una discusión acerca
de este fenómeno). Dado que los machos tienen poca propensión para las batallas
literales, al tener que encontrar una hembra inmóvil, y ya que el medio en el
que viven puede ofrecerles transporte (o al menos colaborar con él), ¿por qué
habrían de ser grandes? ¿Por qué no encontrar rápidamente una hembra siendo aún
pequeño y joven y limitarse a adherirse a ella como una simple fuente de
esperma? ¿Por qué trabajar y alimentarse y volverse grande y complejo? ¿Por qué
no explotar a la hembra que se alimenta? Toda la descendencia de ésta seguirá
siendo del macho al cincuenta por ciento.
De hecho, esta estrategia es bastante común, aunque poco apreciada por
los mamíferos conscientes de una condición diferente, entre los invertebrados
marinos que o bien viven a grandes profundidades (donde la comida es escasa y
las poblaciones son de muy baja densidad), o se sitúan en lugares muy dispersos
difíciles de localizar (como ocurre en muchos parásitos). Aquí nos encontramos
a menudo con el no va más de la expresión de la tendencia más común en la
naturaleza: que las hembras sean más grandes que los machos. Estos se
convierten en enanos, a menudo de menos de una décima parte de la longitud de
las hembras, y desarrollan un cuerpo fundamentalmente adaptado para localizar
hembras: una especie de mecanismo de entrega de esperma.
Por ejemplo, una especie de Enteroxenos, un molusco parásito
que vive dentro del intestino de los cohombros de mar (holoturias: equinodermos
emparentados con los erizos y las estrellas de mar) fue inicialmente descrito
como hermafrodita, dotado de órganos sexuales de macho y hembra. Pero J. Lutzen,
de la Universidad de Copenhague, descubrió hace poco que el «órgano masculino»
es, de hecho, el producto degenerado de un organismo macho enano e
independiente, que localizó a la hembra y se adhirió a ella permanentemente. La
hembra de Enteroxenos se ancla al esófago de la holoturia por
medio de un pequeño tubo ciliado. El macho enano encuentra el tubo, penetra en
el cuerpo de la hembra, se adhiere a un determinado lugar y acto seguido pierde
virtualmente la totalidad de sus órganos, a excepción, claro está, de los
testículos. Tras la penetración del macho, la hembra rompe su conexión tubular
con el esófago de su patrón, eliminando así toda posibilidad de entrada de
cualquier futuro macho. (Un darwiniano estricto —yo no lo soy— predeciría que
el macho ha desarrollado algún mecanismo para romper, o hacer que la hembra
rompa, esta conexión tubular, asegurándose así la paternidad de toda la
descendencia de la hembra. Pero no existe aún evidencia alguna que confirme o
rechace esta hipótesis.)
Mientras un fenómeno tan poco reconfortante resida en invertebrados poco
conocidos e «inferiores», los partidarios de la superioridad del macho que
buscan un falso apoyo en la naturaleza pueden no sentirse excesivamente
inquietos. Pero me encanta disponer de la oportunidad de narrar una historia
similar acerca de un grupo de vertebrados magníficamente apropiados: peces
pescadores abisales del orden Ceratioideos (un gran grupo con once familias y
casi cien especies).
Los peces pescadores ceratioideos disfrutan de todos los prerrequisitos
necesarios para la evolución de machos enanos como sistema de entrega de
esperma. Viven a grandes profundidades en mar abierto, en su mayor parte entre
los 1.000 y 3.000 metros de profundidad, donde la alimentación es escasa y las
poblaciones muy dispersas. Las hembras han liberado la primera espina de la
aleta dorsal, desplazándola hacia adelante sobre su voluminosa cabeza. Hacen
colgar un señuelo del extremo de esta espina y literalmente pescan con él.
Agitan y balancean el cebo mientras flotan inmóviles en medio del mar. Los
rapes y otros peces pescadores emparentados con éstos, que viven en aguas menos
profundas o en los fondos marinos, a menudo desarrollan estructuras miméticas
complejas para sus señuelos: trozos de tejido que parecen lombrices o incluso
un pez (véase el ensayo 3 en El pulgar del panda). Los ceratioideos
viven muy por debajo de la profundidad a la que llega la luz en el agua de mar.
Su mundo es un mundo de oscuridad total y, por consiguiente, deben aportar
ellos mismos la luz para atraer a sus presas. Sus señuelos resplandecen con una
luminiscencia producida por unas glándulas luminiscentes: una trampa mortal
para la presa y, tal vez, un foco de atracción para los machos enanos.
En 1922, B. Saemundsson, un biólogo pesquero islandés, capturó una
hembra de Ceratias holbolli de 66,4 cm de longitud. Para su
sorpresa, encontró dos pequeños peces pescadores de tan sólo 5,15 y 5,33 cm
adheridos a la piel de la hembra. Asumió, naturalmente, que eran crías, pero se
sintió sorprendido por su forma degenerada: «A primera vista —escribió— pensé
que estos jóvenes no eran más que trozos desgarrados de piel que habían quedado
sueltos». Había otro detalle que le sorprendió aún más: aquellos pequeños peces
estaban tan firmemente sujetos que sus labios habían quedado sellados en torno
a un trozo de tejido de la hembra que llegaba hasta bien entrada su garganta.
Saemundsson no dio con otra forma de expresar lo que veía más que a través de
una analogía, obviamente inadecuada, con los mamíferos: «Los labios quedan
sellados y adheridos a una papila blanda o "teta" que sobresale, al
parecer, del abdomen de la madre».
Tres años más tarde, el gran ictiólogo británico C. Tate Regan, por
aquel entonces conservador de peces, y posteriormente jefe del Museo Británico
(Historia Natural), resolvió el dilema de Saemundsson. Los «jóvenes» no eran
crías, sino machos enanos sexualmente maduros adheridos permanentemente a la
hembra. Al ir estudiando Regan los detalles de la unión entre el macho y la
hembra, descubrió el dato asombroso que desde entonces ha sido celebrado como
una de las mayores rarezas de la historia natural: «En el punto de unión del
macho y la hembra existe un amalgamiento total… Sus sistemas vasculares son
continuos». En otras palabras, el macho ha dejado de funcionar como organismo
independiente. Ya no se alimenta, puesto que su boca está sellada a la
epidermis de la hembra. Los sistemas vasculares del macho y la hembra se han
unido y el diminuto macho depende totalmente de la sangre de la hembra para su
nutrición. Regan escribe acerca de una segunda especie que presenta hábitos
similares: «Es imposible determinar dónde acaba un pez y dónde empieza el
otro». El macho se ha convertido en un apéndice sexual de la hembra, una
especie de pene incorporado. (Tanto la literatura técnica como la divulgativa,
a menudo se refieren al macho fusionado llamándole «parásito». Pero yo me
resisto. Los parásitos viven a expensas de su huésped. Los machos fusionados
dependen de las hembras para su nutrición, pero a cambio le ofrecen el más
precioso de los dones biológicos: el acceso a la siguiente generación y la
oportunidad de una continuidad evolutiva.)
1. Izquierda: Un pez pescador macho (a la derecha), de alrededor de 4 cm de
longitud, se fusiona con una hembra de 25 cm de su misma especie (reproducido
de Natural History). 2. Derecha: Sección longitudinal simplificada que muestra
un pez pescador macho adherido a una hembra. Los dos peces comparten tejidos
(A), y el testículo del macho (B) ha aumentado de tamaño (reproducido de
Natural History).
El grado de incorporación de los machos se ha visto exagerado en la
mayor parte de las versiones de divulgación. Aunque los machos fusionados
prescinden de su independencia vascular y pierden o reducen una serie de
órganos ya innecesarios (los ojos, por ejemplo), siguen siendo algo más que
simplemente un pene. Su propio corazón debe bombear la sangre que la hembra le
suministra, y siguen respirando con sus propias agallas y eliminan do materias
de desecho con sus propios riñones. Regan escribe acerca de un macho firmemente
adherido:
El macho, aunque en gran medida no sea más que un apéndice de la hembra
y dependa totalmente de ella para su nutrición, conserva a pesar de todo una
cierta autonomía. Probablemente sea capaz de cambiar su posición en alguna
medida moviendo la cola y las aletas. Respira, puede tener unos riñones
funcionales y extrae de la sangre ciertos productos de su propio metabolismo
conservándolos en forma de pigmento… Pero tan perfecta y compleja es la unión
entre marido y mujer, que uno puede estar prácticamente seguro de que sus
glándulas genitales maduran simultáneamente. Y tal vez no sea demasiado
aventurado pensar que la hembra probablemente pueda controlar la descarga de
semen del macho, asegurándose de que se produzca en el momento adecuado para la
fecundación de sus óvulos.
No obstante, por muy autónomos que sean, los machos no han afinado
excesivamente en busca de una optimización darwiniana, ya que no han
desarrollado ningún mecanismo para excluir la fusión de otros machos. A menudo
hay varios machos implantados sobre una única hembra.
(Ya que estamos criticando la exageración de algunas narraciones
populares, permítaseme una divagación tangencial para poner de relieve uno de
mis motivos favoritos de irritación. Para mis descripciones utilicé la
información básica obtenida en libros técnicos, pero empecé leyendo varias
versiones de divulgación. Todas las versiones escritas para el público no
científico hablan de los machos fusionados como de la curiosa historia del pez
pescador, del mismo modo que a menudo oímos hablar acerca del mono
que saltaba de árbol en árbol, o de la lombriz que excava
túneles en la tierra. Pero si la naturaleza nos da alguna lección, lo hace
proclamando la diversidad de la vida. No existen esas abstracciones que
son la almeja, la mosca o el pez
pescador. Los peces pescadores ceratioideos representan casi un centenar de
especies y cada una de ellas presenta sus propias peculiaridades. Los machos
fusionados no han aparecido en todas las especies. En algunas, los machos se
adhieren temporalmente, presumiblemente en la época de la puesta, pero jamás se
fusionan. En otras, algunos se fusionan y otros maduran sexualmente conservando
su independencia corporal. Existen aún otras en las que la fusión es
obligatoria. En una especie de estas últimas jamás se ha encontrado una hembra
sexualmente madura desprovista de macho, y es posible que el estímulo de las
hormonas masculinas constituya un requisito necesario para la maduración.
Estos ejemplares de fusión obligada se han convertido en el paradigma de
las descripciones populares del pez pescador, pero no
representan la mayoría de las especies de ceratioideos. Me quejo porque estas
abstracciones carentes de significado transmiten impresiones gravemente
falseadas acerca de la naturaleza. Exageran enormemente la discontinuidad de la
naturaleza, convirtiendo las formas extremas en falsos paradigmas de todo un
grupo, y rara vez mencionan las especies estructuralmente intermedias que a menudo
viven felices y abundantes. Si todos los peces tuvieran tan sólo machos
totalmente independientes o completamente fusionados, ¿cómo podríamos llegar a
imaginarnos siquiera la transición evolutiva hacia el singular sistema
sexual del pez pescador? Pero la abundancia de etapas
estructuralmente intermedias —adherencia temporal o fusión de sólo algunos
machos— nos transmite un mensaje evolutivo. Estos intermedios estructurales
modernos no son, por supuesto, antecesores de hecho de las especies totalmente
fusionadas, pero sí trazan a grandes rasgos una senda evolutiva; del mismo modo
que Darwin estudió los ojos simples de las lombrices y las conchas de peregrino
para averiguar cómo una estructura tan compleja y aparentemente perfecta como
el ojo de los vertebrados podía desarrollarse a través de una cadena de formas
intermedias. En cualquier caso, el lema de la naturaleza es el de la diversidad
exuberante; jamás debería verse oscurecido por abstracciones descuidadas.)
Los machos de los ceratioideos se embarcan en su peculiar curso vital en
un momento temprano de su vida. En su forma larvaria se alimentan normalmente y
viven independientes. Tras un período de rápido cambio, o metamorfosis, los
machos de las especies de fusión obligada no desarrollan sus canales
alimentarios más allá, y jamás se alimentan de nuevo. Sus dientes normales
desaparecen y conservan y exageran el desarrollo de tan sólo unos pocos dientes
fusionados en los extremos de la boca: inútiles para la alimentación, pero bien
adaptados para atravesar y aferrar la piel de una hembra. Adelgazan y se
vuelven más estilizados, con una cabeza afilada, cuerpo comprimido y una fuerte
aleta caudal propulsora; en pocas palabras, una especie de torpedo sexual.
Pero ¿cómo hacen para encontrar hembras esas diminutas partículas de
materia conyugal en medio de un océano infinito? La mayor parte de las especies
debe utilizar claves olfativas, un sistema que, en los peces, a menudo está
exquisitamente desarrollado, como en el caso de los salmones que retornan al
hogar, que son capaces de oler su arroyo natal. Estos machos de ceratioideos
desarrollan, tras la metamorfosis, unas gigantescas fosas nasales; en relación
con el tamaño del cuerpo, algunos ceratioideos tienen unos órganos nasales de
mayor tamaño que los de cualquier otro vertebrado. Otra familia de ceratioideos
no desarrolla grandes fosas, pero los machos tienen unos ojos enormemente
engrandecidos y sin duda se guían por la fantasmal luz de las hembras pescadoras
(cada especie tiene un modelo diferente de iluminación, y probablemente los
machos reconozcan a las hembras que les corresponden). El sistema no es
totalmente infalible, ya que el ictiólogo Ted Pietsch encontró hace poco un
macho de una especie adherido a una hembra de una especie diferente; un error
fatal en términos evolutivos (aunque los dos peces no se habían fusionado y tal
vez hubieran podido separarse más adelante si la celosa ciencia no les hubiera
capturado y preservado in flagrante debelo).
Aquí sentado moviendo los dedos de los pies y de las manos con mi
gloriosa independencia (y con los dos centímetros de ventaja que le saco a mi
esposa), me siento tentado (pero debo resistirme) a aplicar los estándares de
mi tan querida autonomía y a sentir lástima por el pobre macho fusionado. Su
vida puede no ser gran cosa en términos humanos, pero permite que varias
especies de peces pescadores sigan existiendo en un ambiente extraño y difícil.
Y, en cualquier caso, ¿quién puede juzgar? En algún sentido apocalípticamente
freudiano, ¿qué macho sería capaz de resistir la fantasía de una vida en forma
de pene con corazón, profunda y permanentemente enclavado en el seno de una
mujer que cubriera todas sus necesidades? En todo caso, estos peces pescadores
representan tan sólo la expresión extrema del modelo más común en la
naturaleza: machos de pequeño tamaño cumpliendo un papel evolutivo como fuentes
de esperma. ¿No expresarán, pues, una generalidad a través precisamente de su
exageración de ella? Los raros somos nosotros, los machos humanos.
Dejo, pues, a los peces pescadores fusionados con cierto respeto
reverencial. ¿Acaso no han descubierto y establecido como su modo de vida lo
que según Shakespeare «debería conocer todo hijo de hombre sabio», que «los
viajes terminan en encuentros de amantes»?[3]
2. La naturaleza amoral
Cuando el Muy Honorable y Reverendo Francis Henry, conde de Bridgewater,
murió en febrero de 1829, dejó 8.000 libras en su testamento para respaldar una
serie de libros «acerca del poder, la sabiduría y la bondad de Dios tal y como
se ponen de manifiesto en la Creación». William Buckland, primer geólogo
académico oficial de Inglaterra y posteriormente decano de Westminster, fue
invitado a desarrollar y redactar uno de los nueve tratados Bridgewater. En él
discutió el problema más acuciante de la teología natural: si Dios es
benevolente y la Creación exhibe su «poder, sabiduría y bondad», entonces ¿por
qué nos vemos rodeados de dolor, sufrimiento y una crueldad aparentemente
insensata dentro del mundo animal?
Buckland consideraba que el principal desafío a un mundo idealizado, en
el que el león pudiera convivir con la oveja, lo constituía la depredación de
las «razas carnívoras». Resolvió el problema de un modo para él satisfactorio,
argumentando que los carnívoros incrementan de hecho «el agregado del gozo
animal» y «disminuyen el del dolor». La muerte, después de todo, es rápida y
relativamente indolora; a las víctimas se les ahorran los horrores de la
decrepitud y la senilidad, y las poblaciones no agotan su suministro de
alimentos, lo que redundaría en gran pena para todos. Dios sabía lo que hacía
cuando hizo los leones. En un mal disimulado rapto de entusiasmo, Buckland
concluye:
La asignación de la muerte por acción de los carnívoros como terminación
natural de la existencia animal parece ser, por consiguiente, en lo que a sus
principales resultados se refiere, un acto de benevolencia; detrae mucho de la
cantidad agregada de la muerte universal; disminuye, y prácticamente aniquila,
en toda la creación animal, la miseria de la enfermedad, y las lesiones
accidentales y la muerte lenta; e impone unos límites tan saludables al
incremento excesivo del número que la existencia de alimentos se mantiene en
una relación perpetuamente favorable respecto a su demanda. El resultado es que
la superficie de la tierra y las profundidades de las aguas están perpetuamente
atestadas de seres animados, y los placeres de sus vidas son coextensivos a su
duración; y a todo lo largo del breve día de existencia que les es asignado
cumplen con gozo la tarea para la que fueron creados.
Tal vez encontremos un cierto encanto divertido hoy día en estas
palabras de Buckland, pero este tipo de argumentaciones son las primeras que
abordaron «el problema del mal» para muchos de los coetáneos de Buckland: ¿cómo
podía un Dios benevolente crear un mundo tan lleno de carnicería y
derramamiento de sangre? Aun así, este argumento no abolía totalmente el
problema del mal, ya que la naturaleza incluye en su seno multitud de fenómenos
mucho más horribles a nuestros ojos que la simple depredación. Sospecho que no
hay nada capaz de invocar una mayor revulsión en todos nosotros que la
destrucción lenta de un huésped por un parásito interno: la ingestión gradual
bocado a bocado, desde el interior. No se me ocurre otro modo de explicar por
qué Alien, una película de horror de categoría C, carente de
inspiración, puede haber obtenido tanto éxito. Aquella simple secuencia en la
que el señor Alien aparecía como un bebé parásito saliendo del cuerpo de un
hospedador humano era a la vez repulsiva y asombrosa. Nuestros antecesores del
siglo XIX parecían compartir nuestros sentimientos. La mayor amenaza para su
concepción de una deidad benevolente no era la simple depredación, sino una
muerte lenta por acción de un parásito. El caso más clásico, ampliamente
tratado por todos los grandes naturalistas, invocaba la llamada mosca
icneumónida. Buckland había soslayado la cuestión principal.
La «mosca icneumónida», que tanta preocupación había causado a los
teólogos naturales, era de hecho un animal compuesto que presentaba los hábitos
de una enorme tribu. Los Icneumonoideos son un grupo de avispas, no moscas, que
incluye más especies que todos los vertebrados juntos (las avispas, junto con
las hormigas y las abejas, constituyen el orden Himenópteros; las moscas, con
sus dos alas —las avispas tienen cuatro—, forman el orden Dípteros). Además, a
menudo se citaban muchas avispas no icneumónidas de similares hábitos, por los
mismos siniestros motivos. Así pues, la famosa historia no implicaba tan sólo
una única especie aberrante (tal vez una perversa infiltración del reino de
Satán), sino cientos de miles: una amplia porción de lo que no podía por menos
que ser creación de Dios.
Los icneumónidos, como la mayor parte de las avispas, normalmente viven
su fase adulta en estado libre, pero atraviesan su vida larvaria como parásitos
que se alimentan del cuerpo de otros animales, casi invariablemente miembros de
su propio phylum: los Artrópodos. Las víctimas más comunes son las
orugas (larvas de mariposas y polillas), pero algunos icneumónidos prefieren
los pulgones y otros atacan a las arañas. La mayor parte de los patrones son
parasitados cuando son aún larvas, pero también son atacados algunos adultos, y
hay multitud de icneumónidos diminutos que inyectan su puesta directamente en
el huevo de su patrón.
Las hembras de vuelo libre localizan un patrón apropiado y pasan a
convertirlo en una fábrica de alimentos para sus propios descendientes. Los
parasitólogos hablan de ectoparasitismo cuando el huésped no invitado vive
sobre la superficie del patrón, y de endoparasitismo cuando el parásito vive
dentro de él. (El ovipositor, un delgado tubo que se extiende hacia atrás a
partir del extremo posterior de la avispa, puede ser muchas veces más largo que
la propia avispa.) Normalmente, el patrón no se ve afectado de un modo
inmediato, al menos así es hasta que los huevos eclosionan y las larvas de
icneumónido inician su siniestra tarea de excavación interior.
Entre los ectoparásitos, no obstante, muchas hembras ponen sus huevos
directamente sobre el cuerpo del patrón. Dado que un patrón activo no tendría
dificultades para desalojar el huevo, la madre icneumónida a menudo inyecta
simultáneamente una toxina que paraliza inmediatamente a la oruga o la víctima
escogida. La parálisis puede ser permanente y la oruga sigue viviendo,
inmovilizada, con el agente de su futura destrucción instalada sobre su
abdomen. El huevo se abre, la indefensa oruga da un respingo, la larva de
avispa atraviesa la piel y empieza con su banquete macabro.
Dado que una oruga muerta y en descomposición no le serviría de nada a
la larva, ésta come según un método que no puede por menos que recordarnos,
según nuestra inapropiada y antropocéntrica interpretación, la antigua pena
impuesta en Inglaterra en los casos de traición: el descuartizamiento, con su
objetivo explícito de extremar hasta lo posible el tormento, manteniendo a la
víctima viva y consciente. Al extraer el verdugo del rey las entrañas de su
cliente y quemarlas hacía lo que la larva de icneumónido al devorar, lo primero
de todo, los cuerpos grasos y los órganos digestivos, manteniendo viva a la
oruga y conservando intacto el corazón y el sistema nervioso central.
Finalmente, la larva pone punto final a su trabajo y mata a su víctima, dejando
tras de sí la vacía cáscara de la oruga. ¿Puede acaso sorprendernos que fueran
los icneumónidos, y no las serpientes o los leones, la principal amenaza a la
benevolencia divina en la época del apogeo de la teología natural?
Al pasar revista a la bibliografía de los siglos XIX y XX dedicada a los
icneumónidos, lo que más me divirtió fue la tensión entre el reconocimiento
intelectual de que las avispas no debían ser descritas en términos humanos y la
incapacidad literaria o emocional para evitar las categorías habituales de la
literatura épica y narrativa, el dolor y la destrucción, el vencedor y la
víctima. Parecemos estar atrapados en las estructuras míticas de nuestras
propias sagas culturales, perfectamente incapaces, incluso en nuestras
descripciones básicas, de utilizar un lenguaje que no esté formado por las
metáforas de la batalla y la conquista. No somos capaces de exponer este rincón
de la historia natural en un lenguaje que no sea el de la historia, combinando
el horror sórdido y la fascinación, y normalmente terminamos por admirar la
eficiencia del icneumónido y no por sentir pena por la oruga.
En la mayor parte de las descripciones épicas, me parece detectar dos
motivos básicos: el forcejeo de la presa y la implacable eficiencia de los
parásitos. Aunque aceptamos que podemos estar siendo testigos de poco más que
un instinto automático o una reacción fisiológica, aun así describimos la
defensa del patrón como si fuera una lucha consciente. Así, los pulgones patean
y las orugas pueden retorcerse violentamente al intentar las avispas insertar
en ellos sus ovipositores. La pupa de la mariposa ortiguera (a la que
normalmente se considera una criatura inerte, que espera en silencio
convertirse de patito feo en cisne) puede contorsionar su región abdominal tan
violentamente que las avispas atacantes se ven arrojadas al aire. Las orugas
de Hapalia, al verse atacadas por la avispa Apanteles
machaeralis, se dejan caer bruscamente de las hojas sobre las que se
encuentran, quedando colgadas en el aire por un hilo de seda. Pero la avispa
puede correr a lo largo del hilo e insertar sus huevos a pesar de todo. Algunos
patrones son capaces de encapsular el huevo inyectado por medio de células
sanguíneas que se acumulan y endurecen, asfixiando así al parásito.
J. H. Fabre, el gran entomólogo francés del siglo XIX que, aún hoy,
continúa siendo el historiador natural preeminentemente literario de los
insectos, realizó un estudio especial sobre las avispas parásitas y escribió
con un antropocentrismo sin reparos acerca de la lucha de las víctimas
paralizadas (véanse sus libros La vida de los insectos y Las
maravillas del instinto). Describe algunas orugas parcialmente paralizadas
que se agitan tan violentamente cada vez que se acerca un parásito que las
larvas de la avispa deben alimentarse con grandes precauciones. Se sujetan por
medio de un hilo de seda al techo de su nido y descienden sobre una parte
segura y expuesta de la oruga:
La queresa está comiendo: con la cabeza hacia abajo excava en el
fláccido abdomen de una de las orugas. Al más mínimo indicio de peligro en el
grupo de orugas, la larva se retira… Y vuelve a trepar hasta el techo donde la
agitada multitud no puede alcanzarla. Al volver la paz se desliza hacia abajo
de nuevo [por su hilo de seda] y regresa al banquete con la cabeza sobre las
viandas y su parte trasera elevada y dispuesta para la retirada en caso
necesario.
En otro capítulo describe la suerte de un grillo paralizado:
Uno puede ver cómo el grillo, atacado en lo más vivo, mueve en vano sus
antenas y sus estilos abdominales, cómo abre y cierra sus vacías mandíbulas, e
incluso cómo mueve una pata, pero la larva está a salvo y penetra en busca de
sus órganos vitales con impunidad. ¡Qué terrible pesadilla para el paralizado
grillo!
Fabre descubrió incluso cómo alimentar a las víctimas paralizadas
poniendo un jarabe de agua y azúcar en sus partes bucales, y que así
demostraban que permanecían vivas, que sentían y (por implicación) que se
sentían agradecidas por todo lo que paliara su inevitable destino. Si Jesús,
inmóvil y sediento en la cruz no recibió de sus torturadores más que vinagre,
Fabre, al menos, podía hacer que el final fuera agridulce.
El segundo aspecto de la cuestión, la implacable eficiencia de los
parásitos, nos lleva a la conclusión opuesta: una reticente admiración por los
vencedores. Descubrimos su habilidad en la captura de peligrosos patrones que
en ocasiones son muchas veces mayores que ellos. Las orugas pueden ser una
presa fácil, pero las avispas psammocáridas prefieren a las arañas. Tienen que
insertar sus ovipositores en un lugar seguro y preciso. Algunas dejan a la
araña paralizada en su propia madriguera. Planiceps hirsutus, por
ejemplo, parasita a una araña de tapadera californiana. Busca pozos de arañas
en las dunas, después excava en la arena de la vecindad para alterar el hogar
de la araña y hacerla salir. Cuando la araña sale, la avispa ataca, paraliza a
su víctima, la arrastra de vuelta a su propio pozo, cierra y sujeta la
trampilla del mismo y deposita un único huevo sobre el abdomen de la araña.
Otros psammocáridos son capaces de arrastrar una pesada araña a un grupo de
celdillas de arcilla o de barro previamente dispuesto. Algunas amputan las
patas de la araña para que su transporte sea más sencillo, otras vuelven
volando sobre el agua, arrastrando una araña flotante sobre la superficie.
Algunas avispas se ven obligadas a batallar con otros parásitos por la
posesión del cuerpo de un patrón. Rhyssella curvipes es capaz
de detectar las larvas de las avispas de la madera a mucha profundidad dentro
de los alisos, y de taladrarlos hasta llegar a su víctima potencial por medio
de su afilado ovipositor. Pseudorhyssa alpestris, un parásito
emparentado con el anterior, no puede taladrar la madera ya que su delgado
ovipositor sólo tiene unos salientes cortantes bastante rudimentarios. Localiza
los orificios taladrados por Rhyssella, inserta su ovipositor, y
pone un huevo en el patrón (ya convenientemente paralizado por Rhyssella)
justo al lado del huevo depositado por su pariente. Los dos huevos se abren
casi al mismo tiempo, pero la larva de Pseudorhyssa tiene una
cabeza más grande y unas mandíbulas mucho mayores. Pseudorhyssa destruye
a la larva de Rhyssella, de menor tamaño, y pasa a devorar un
banquete muy bien preparado.
Pronto, rápidamente y a menudo, son algunos otros conceptos invocados
cuando se alaba la eficiencia de las madres. Muchos icneumónidos no esperan
siquiera a que sus patrones se desarrollen hasta el estado larvario, sino que
parasitan directamente el huevo (las larvas de avispas pueden entonces consumir
el propio huevo o penetrar dentro de la larva en desarrollo). Otras simplemente
se mueven deprisa. Apanteles militaris puede depositar hasta
setenta y dos huevos en sólo un segundo. Otras son irreductiblemente
persistentes. La hembra de Aphidius gomezi produce hasta mil
quinientos huevos y puede parasitar hasta seiscientos pulgones en un solo día
de trabajo. En una extraña variante del concepto de «a menudo», algunas avispas
se permiten la poliembrionía, una especie de supergemelos iterados. Un único
huevo se divide en células que llegan a producir hasta quinientos individuos.
Dado que algunas avispas poliembriónicas parasitan orugas que son mucho más
grandes que ellas y llegan a poner hasta seis huevos en cada una de ellas,
pueden llegar a desarrollarse hasta tres mil larvas en el interior de cada
patrón, y alimentarse de él. Estas avispas son endoparásitos y no paralizan a
sus víctimas. Las orugas se retuercen de un lado para otro, no (sospecho) de
dolor, sino simplemente en respuesta a la conmoción inducida por los miles de
larvas de avispa que se alimentan dentro de ella.
La eficiencia materna es con frecuencia comparada con la aptitud de las
larvas. Ya he mencionado el mecanismo que siguen de devorar, lo primero de
todo, las partes menos esenciales, manteniendo así al patrón vivo y fresco
hasta su misericordioso fin. Una vez que la larva digiere hasta el último
bocado comestible de su víctima (aunque sólo sea para evitar la posterior
contaminación de su hogar por la corrupción de los tejidos que pudieran quedar)
puede aún utilizar la cáscara exterior de su patrón. Un parásito de pulgones
abre un agujero en la parte inferior de la cáscara de su víctima, adhiere el
esqueleto a una hoja por medio de unas secreciones pegajosas de sus glándulas
salivares, y después teje un capullo para atravesar la fase pupal dentro del
exoesqueleto del pulgón.
Al utilizar un lenguaje antropocéntrico, inapropiado para este paseo a
lo largo de la historia natural de los icneumónidos, he pretendido poner de
relieve precisamente por qué estas avispas llegaron a ser una amenaza de primer
orden para la teología natural, la anticuada doctrina que intentaba inferir la
esencia de Dios a partir de los productos de la Creación. En su mayor parte, he
utilizado ejemplos del siglo XX, pero todos los temas eran conocidos y habían
quedado puestos de relieve por grandes teólogos naturales del siglo XIX. ¿Cómo
conseguían entonces casar los hábitos de estas avispas con la bondad de Dios?
¿Cómo superaban este dilema que ellos mismos habían elaborado?
Las estrategias para lograrlo eran tan variadas como las gentes que las
practicaban; tan sólo compartían la aceptación necesaria de una doctrina
apriorística: nuestros naturalistas sabían que la benevolencia
de Dios tenía que estar oculta en alguna parte, tras todas aquellas historias
de aparente horror. Charles Lyell, por ejemplo, en la primera edición de su
trascendental Principios de geología (1830-1833), decidió que las
orugas planteaban una amenaza tal para la vegetación que cualquier cortapisa
natural que se les opusiera no podía por menos que hablar de la bondad de una
deidad creadora, ya que las orugas destruirían la agricultura del hombre «si la
Providencia no pusiera en acción causas capaces de mantenerlas dentro de sus
límites».
El reverendo William Kirby, rector de Barham y principal entomólogo
británico, optó por ignorar el problema de las orugas y se concentró, por el
contrario, en la virtud del amor materno exhibido por las avispas al proveer
tan cuidadosamente para sus crías
El gran objetivo de la hembra es descubrir un nido apropiado para sus
huevos. En busca de él se mantiene continuamente en movimiento. ¿Acaso la oruga
de una mariposa o una polilla constituye una comida apropiada para sus hijos?
Inmediatamente la vemos descender sobre las plantas en las que más
habitualmente se encuentran, la vemos recorrerlas cuidadosamente examinando
cada hoja, y, una vez localizado el desafortunado objeto de su búsqueda, la
vemos insertar el aguijón en la carne, depositando un huevo… El activo
icneumónido no repara en peligros y no desiste hasta que su bravura y
prestancia han asegurado la supervivencia de uno de sus futuros descendientes.
A Kirby esta solicitud le pareció tanto más notable dado que la hembra
avispa jamás verá a su hijo ni disfrutará de los placeres de la maternidad. No
obstante, y a pesar de todo, el amor la impulsa hacia el peligro:
Una gran proporción de ellas están condenadas a morir antes de que sus
descendientes abran los ojos a la vida. Pero en éstas no queda extinta la
pasión… Cuando se es testigo de la solicitud con la que proveen para la
seguridad y el mantenimiento de sus futuros descendientes, difícilmente podemos
negarles que sientan amor por una progenie que están destinadas a no conocer
jamás.
Kirby también tuvo buenas palabras para las voraces larvas, alabándoles
su paciencia al comer selectivamente con el fin de mantener viva a la oruga.
¡Ay, si todos velásemos por nuestros recursos con tan exquisito cuidado!
En esta operación extraña y aparentemente cruel hay una circunstancia
que resulta especialmente notable. La larva del icneumónido, si bien a diario,
tal vez durante meses, va devorando el interior de la oruga y, aunque
finalmente la devora prácticamente en su totalidad, con excepción de la piel y
los intestinos, evita cuidadosamente, durante todo este tiempo, lesionar los
órganos vitales, ¡como si fuera consciente de que su propia existencia depende
de la del insecto del que se está alimentando! … ¿Qué impresión nos produciría
un caso similar entre los cuadrúpedos? Si, por ejemplo, un animal … apareciera
alimentándose del interior de un perro, devorando tan sólo aquellas partes que
no resultan esenciales para la vida, dejando cuidadosamente indemnes el corazón,
las arterias, los pulmones y los intestinos, ¿acaso no consideraríamos
semejante caso un perfecto prodigio, una especie de autocontrol instintivo casi
milagroso? [Las tres últimas citas proceden de la última edición pre darwiniana
de Kirby y Spence, An introduction to Entomology, 1856.]
Esta tradición de buscar significados morales en la naturaleza no vio su
fin con el triunfo de la teoría evolutiva en 1859, pues la evolución podía ser
considerada como el método escogido por Dios para poblar nuestro planeta, por
lo que la naturaleza podía aún estar repleta de mensajes éticos. Así, St .
George Mivart, uno de los críticos evolutivos más eficaces de Darwin y un
católico devoto, argumentaba que «muchas personas amables y excelentes» se
habían visto confundidas por los sufrimientos aparentes de los animales por dos
motivos. En primer lugar, sea cual fuere el dolor, «el sufrimiento físico no es
conmensurable con el mal moral». Dado que las bestias no son agentes morales,
sus sentimientos no pueden acarrear ningún mensaje ético. Pero en segundo lugar,
por si nuestras sensibilidades viscerales estuvieran aún excitadas, Mivart nos
asegura que los animales deben sentir poco, si es que sienten algo, de dolor.
Utilizando un argumento racista muy popular por entonces (que los pueblos
«primitivos» sufren mucho menos que las personas avanzadas y cultas) Mivart
extrapolaba más allá siguiendo la escalera de la vida hasta un reino de un
nivel de dolor muy limitado. El sufrimiento físico, según él,
depende en gran medida de la condición mental del sufriente. Sólo puede
existir en estado de consciencia y sólo alcanza su punto álgido en los hombres
con más alto nivel de organización. Al autor le ha sido asegurado que las razas
humanas inferiores parecen menos agudamente sensibles al sufrimiento físico que
los seres humanos más cultivados y refinados. Así pues, sólo en el hombre puede
darse un grado intenso de sufrimiento, ya que es sólo en él donde existe esa
recuperación intelectual de momentos pasados y esa anticipación de eventos
futuros, que en gran parte constituyen la amargura del sufrimiento. El latigazo
momentáneo, el dolor presente que las bestias soportan, si bien es
perfectamente real, es, no obstante, e indudablemente, incomparable en cuanto a
su intensidad con el sufrimiento que se produce en el hombre a través de su
alta prerrogativa de la autoconsciencia [de On the Genesis of Species, 1871].
Hizo falta la intervención del propio Darwin para desbancar esta antigua
tradición, y actuó del modo discreto tan característico de su enfoque
intelectual radical acerca de prácticamente la totalidad de las cosas. Los
icneumónidos también preocupaban mucho a Darwin y en una carta dirigida a Asa
Gray, fechada en 1860, decía:
Admito que no logro ver tan claramente como otras personas, y bien que
me gustaría, pruebas de la existencia de un designio y de bondad a nuestro
alrededor. Me parece que existe demasiada miseria en el mundo. No consigo
convencerme de que un Dios benefactor y omnipotente pudiera haber creado
intencionadamente los icneumónidos para que se alimenten dentro de los cuerpos
vivos de las orugas, o que un gato pueda jugar con los ratones.
De hecho, se había expresado con más pasión en su carta a Joseph Hooker
en 1856: «¡Qué libro podría escribir un capellán del diablo acerca de los
torpes, derrochadores, insensatos, rastreros y horriblemente crueles trabajos
de la naturaleza!».
Esta honesta aceptación, que la naturaleza es a menudo (según nuestros
esquemas) cruel, y que todos los intentos previos de hallar una bondad oculta
detrás de cada cosa no representan más que una forma especial de rogativa,
puede llevarnos en dos direcciones. Se puede mantener el principio de que la
naturaleza contiene mensajes morales, pero invirtiendo la perspectiva habitual
y pasando a afirmar que la moralidad consiste en comprender los senderos de la
naturaleza y en hacer exactamente lo contrario. Thomas Henry Huxley planteó
esta argumentación en su famoso ensayo Evolution and ethics (1893):
La práctica de lo que constituye éticamente lo óptimo (lo que
denominamos bondad o virtud) implica una línea de conducta que, en todos sus
aspectos, se opone a aquello que lleva al éxito en la lucha cósmica por la
existencia. En lugar de una autoafirmación sin escrúpulos, exige el
autocontrol; en lugar de empujar a un lado o pisotear a los competidores,
requiere que el individuo no se limite a respetar, sino que ayude a su prójimo
… Repudia una teoría de la existencia propia de gladiadores … Las leyes y los
preceptos morales se orientan a reprimir el proceso cósmico.
La otra argumentación, radical en tiempos de Darwin, pero más familiar
hoy en día, considera que la naturaleza es simplemente tal y como la
encontramos. Nuestra incapacidad de discernir ningún bien universal no supone
una falta de visión o de ingenio, sino que meramente demuestra que la
naturaleza no contiene mensajes morales enmarcados en términos humanos. La
moralidad es un tema para filósofos, teólogos, estudiosos de humanidades, de
hecho, para todo ser pensante. Las respuestas no aparecerán de una lectura
pasiva de la naturaleza; no surgen, ni pueden hacerlo, de los datos
proporcionados por la ciencia. El estado factual del mundo no nos enseña cómo
debemos, con nuestra capacidad para el bien o para el mal, alterarlo o
preservarlo del modo más ético.
El propio Darwin se inclinaba hacia este punto de vista, aunque no
podía, como hombre de su tiempo, abandonar por completo la idea de que las
leyes de la naturaleza podrían de algún modo reflejar designios superiores. Él
reconocía claramente que las manifestaciones específicas de aquellas leyes
(gatos que juegan con ratones y larvas de icneumónidos devorando orugas) no
podían incorporar ningún mensaje ético, pero de algún modo deseaba que pudieran
existir unas leyes superiores desconocidas «con los detalles, ya sean buenos o
malos, en manos de aquello que podríamos llamar azar».
Dado que los icneumónidos son un detalle, y que la selección natural es
una ley que regula detalles, la respuesta al primitivo dilema de por qué existe
tanta crueldad (en nuestros términos) en la naturaleza no puede ser otra que la
de que no existe respuesta; y que plantear la pregunta «en nuestros términos»
es totalmente inapropiado en un mundo natural que ni ha sido hecho para
nosotros, ni está gobernado por nosotros. Simple y llanamente, ocurre. Es una
estrategia que da buenos resultados para los icneumónidos y que la selección
natural ha programado en su repertorio de conducta. Las orugas no sufren para
enseñarnos nada; simplemente les han ganado por la mano, de momento, en la
carrera de la evolución. Tal vez desarrollen un juego de defensas adecuado en
algún momento del futuro, sellando así la suerte de los icneumónidos. Y tal
vez, de hecho probablemente, no lo hagan.
Otro Huxley, el nieto de Thomas, Julian, habló en favor de esta
posición, usando como ejemplo (en efecto, lo han adivinado ustedes) a los
ubicuos icneumónidos:
La selección natural, aunque parecida a los molinos de Dios porque muele
fino y muele lento, tiene pocos atributos más a los que una religión civilizada
pudiera llamar divinos… Sus productos pueden ser estética, moral o
intelectualmente tan repulsivos para nosotros como pueden ser atractivos. No
tenemos más que pensar en la fealdad de una Sacculina o un cisticerco, en la
estupidez de un rinoceronte o un estegosaurio, en el horror de una hembra de
santateresa devorando a su pareja o un puñado de crías de icneumónidos
devorando lentamente una oruga.
Si la naturaleza es amoral, entonces la evolución no puede ofrecernos
ninguna teoría ética. El supuesto de que podría hacerlo ha respaldado toda una
panoplia de males sociales, que los ideólogos falazmente imponen sobre la
naturaleza a partir de sus propias creencias; especialmente destacable entre
ellas serían la eugenesia y el (mal llamado) darwinismo social. Darwin no sólo
despreció todo intento de descubrir una ética antirreligiosa en la naturaleza,
sino que también planteó expresamente su desconcierto personal acerca de
cuestiones tan profundas como el problema del mal. Tan sólo unas pocas frases
después de invocar a los icneumónidos, y en palabras que expresan tanto la
modestia de este hombre espléndido como la compatibilidad, a través de la falta
de contacto, entre la ciencia y la verdadera religión, Darwin le escribió a Asa
Gray:
Siento muy dentro de mí que toda esta cuestión es excesivamente profunda
para el intelecto humano. Igual podría un perro especular acerca de la mente de
Newton. Que cada hombre confíe y crea en lo que pueda.
Post scriptum
Michele Aldrich me envió una referencia literaria aún mejor que las que
encontré yo. Mark Twain, en una mordiente pieza satírica llamada «Little Bessie
Would Assist Providence», hace la crónica de una conversación entre una madre y
su hija en la que la hija insiste en que un Dios benevolente jamás hubiera
permitido que su pequeño amigo «Billy Norris cogiera el tifus», tolerando que
otros injustos desastres cayeran sobre personas decentes, mientras la madre le
aseguraba que debía existir una buena razón para todo aquello. La última
respuesta de Bessie, que como verán pone sumariamente fin al ensayo, invoca a
nuestros viejos amigos los icneumónidos:
míster Hollister dice que las avispas cogen arañas y las incrustan en
sus nidos en el suelo (¡vivas, mamá!) y allí viven y sufren días y días y días,
y las avispitas hambrientas todo el rato masticándoles las patas y comiéndoles
la tripa para hacerlas buenas y religiosas y alabar a Dios por sus infinitas
bondades. A mí me parece que míster Hollister es adorable y muy bueno, porque
cuando le pregunté si él sería capaz de tratar a una araña de semejante manera,
me contestó que antes se condenaría; y después él… ¡mamá querida, te has
desmayado!
* * * *
James W. Tuttleton, presidente del Departamento de Inglés de la
Universidad de Nueva York, me envió un asombroso poema de Robert Frost que
parece un comentario acerca de la última afirmación de Darwin de que el azar
puede regular lo pequeño, aun en el supuesto de que pudieran hallarse
propósitos en lo grande. ¿Y vemos acaso verdaderos propósitos en lo grande? El
poema lleva por título, simplemente, «Designio»:
Encontré una araña virolenta, gorda y blanca,
sobre una consuelda blanca, sosteniendo una polilla
como un fragmento blanco de rígido satén
caracteres surtidos de muerte y plaga
mezclados presto para empezar bien la mañana.
Como los ingredientes de un caldo de brujas
una araña como un copo de nieve, una flor como una espuma,
y alas muertas llevadas como una corneta de papel.
¿Qué tenía esta flor que ver con ser blanca,
la inocente y azul consuelda del borde del camino?
¿Qué llevó a la pareja araña a esta altura,
y luego dirigió a la blanca polilla allá en la noche?
¿Qué cosa sino el designio de la oscuridad para aterrar?—
si es que el designio gobierna en una cosa tan pequeña.[4]
Me sentí muy impresionado por la imagen de la araña como un copo de
nieve, la flor como una espuma, la polilla como un par de alas bidimensionales.
Formas tan dispares, y sin embargo todas blancas y todas unidas en un mismo
punto para su destrucción. ¿Por qué? O, según leemos en las últimas dos líneas,
¿podemos siquiera plantear este interrogante? En mi opinión no podemos, y
considero que esta revelación es el aspecto más liberador de la revolución de
Darwin.
3. El anillo de guano
La primera vez que salí a la mar como aterrorizada criatura urbana que
jamás se había montado en nada más grande que una barca de remos, un viejo
marinero (y hombre de la Armada) me comentó que podría trazar una ruta a través
de aquella aqua incognita si recordaba nada más que una
sencilla regla de la vida y el trabajo a bordo de un barco: si se mueve,
salúdalo; si no se mueve, píntalo.
Si analizamos por qué semejante afirmación tiene carácter de broma (si
bien no demasiado graciosa) en nuestra cultura, nos vemos obligados a citar la
incongruencia que supone el situar un modelo tan «insensato» para la toma de
decisiones en el interior de un cráneo humano. Después de todo, la esencia de
la inteligencia humana es su flexibilidad a la hora de captar contextos nuevos
y complejos; en pocas palabras, nuestra capacidad para emitir (lo que llamamos)
juicios, en lugar de actuar según los dictados de unas reglas rígidas
preestablecidas. Somos, como ha afirmado Konrad Lorenz, «especialistas de la no
especialización». No nos comportamos como máquinas con sencillos conmutadores
«sí» y «no», activados invariablemente por partículas concretas de información
presentes en nuestro ambiente inmediato. Nuestro esclarecido marinero, al
margen del éxito que pueda tener en su combate contra el óxido o eludiendo el
calabozo, no se atiene a un estilo humano de inteligencia.
Y, no obstante, este modelo inflexible representa de hecho el estilo de
inteligencia adoptado con gran éxito por la mayor parte del resto de los
animales. Las decisiones de los animales suelen ser síes o noes perfectamente
unívocos activados por unas señales muy definidas, no sutiles opciones basadas
en la evaluación de un Gestalt complejo.
Muchas aves, por ejemplo, son incapaces de reconocer a sus propias crías
y, en consecuencia, se guían por la regla: cuida lo que hay dentro del nido;
ignora lo que haya fuera. El etólogo británico W. H. Thorpe escribe: «La mayor
parte de las aves, si bien pueden dedicar gran atención a sus crías estando en
el nido, son totalmente insensibles a esas mismas crías si, como resultado de
algún accidente, se encuentran fuera del nido o del territorio inmediato a
éste».
Esta norma rara vez plantea dilemas evolutivos a las aves, dado que los
objetos que hay en su nido suelen ser sus propias crías (portadoras de su
herencia darwiniana de genes compartidos). Pero este estilo inflexible de
inteligencia puede ser explotado y puesto al servicio de fines inicuos por
otras especies. Los cucos, por ejemplo, ponen sus huevos en los nidos de otras
aves. Un cuco recién nacido, normalmente mayor y más vigoroso que los
verdaderos propietarios del nido, a menudo expulsa de éste a sus compañeros,
que mueren rogando frenéticamente que les den alimento, mientras sus
progenitores siguen la norma: ignorarles porque se encuentran en una
localización inapropiada, y alimentan al joven cuco en su lugar. Podemos
eliminar intelectualmente nuestra tendencia al antropomorfismo, pero no podemos
eliminarlo de nuestras reacciones estéticas. Debo confesar que no existe escena
de actividad orgánica alguna que me ponga más frenético en contra de la
injusticia del mundo que la visión de un padre adoptivo, una vez muertas sus
crías por el intruso, alimentando de forma solícita a un pedigüeño parásito que
puede llegar a medir varias veces su tamaño (los cucos a menudo escogen a sus
huéspedes, y sus pollos pueden ser más grandes que sus padres adoptivos).
Durante un reciente viaje a las islas Galápagos, encontré otro ejemplo,
interesantemente distinto, de aves que desvían esta regla común hacia sus
propios fines. En esta ocasión tanto la víctima como el bienhechor son
hermanos, y el resultado final, aunque condena a morir a los hermanos más
débiles, es una mayor ventaja evolutiva para las estirpes familiares.
Los piqueros de las Galápagos (junto con sus primos, los alcatraces)
forman una familia pequeña (nueve especies), pero ampliamente distribuida, de
aves marinas, los Súlidos. (Todo y más de lo que quiera saber acerca de los
Súlidos podrá encontrarlo el lector en la magnífica monografía de J. Bryan
Nelson, The Sulidae: Gannets and Boobies [Los Súlidos:
alcatraces y piqueros, 1978.) Las referencias más antiguas del Oxford
English Dictionary indican que los piqueros recibieron su nombre poco
halagador,[5] no
por el característico andar anadeante de una de sus principales exhibiciones,
en la que se desplazan con sus grandes pies hacia afuera y la cabeza erguida en
una conducta denominada «apuntar al cielo», sino por su notable mansedumbre,
que permitía a los pescadores (preocupados tan sólo por destruir) cogerlos
fácilmente.
3. Un piquero patiazul incuba un huevo en el interior del anillo de guano
que delimita su «nido». Galápagos, isla Seymour (fotografía de Duncan M.
Porter).
En las islas Galápagos habitan tres especies de súlidos: el piquero
patirrojo, el piquero patiazul y el piquero enmascarado. El piquero patirrojo
pone un único huevo en un nido convencional construido cerca de las copas y los
bordes de árboles y arbustos. Por contraste, su primo, que frecuenta a un
pedicuro natural marcadamente diferente, el piquero patiazul, pone sus huevos
en el suelo y no construye un nido propiamente dicho. En su lugar, delimita el
área de nidada de un modo notable y eficaz: expulsa guano (excrementos de ave
para todos los que no sean ornitólogos y no hayan leído 007 contra el
Dr. No) en todas direcciones, produciendo así un anillo simétrico de
color blanco como indicador simbólico de la posición de su nido.
Dentro de este anillo pone sus huevos la hembra patiazul, y no uno (como
otros muchos piqueros), sino entre uno y tres huevos. En lo que supone su más
espectacular descubrimiento, Nelson ha explicado el comportamiento reproductivo
y la ecología de los piqueros al relacionar la producción de huevos y
descendencia con la calidad y estilo de la alimentación de sus progenitores.
Los piqueros que recorren largas distancias (de hasta 500 kilómetros) para
localizar fuentes de alimento escasas, tienden a poner un único huevo de gran
tamaño, del que sale un pollo muy resistente capaz de sobrevivir a los grandes
intervalos entre comida y comida. Por otra parte, si las fuentes de
alimentación son abundantes, seguras y están próximas, estas aves ponen más
huevos y crían más descendientes. En el extremo de esta tendencia nos
encontramos con el piquero peruano, con su puesta de entre dos y cuatro huevos
(tres de media) y su capacidad para criar a todos los pollos hasta su madurez.
Los piqueros peruanos se alimentan de las abundantísimas anchovetas que habitan
sus aguas locales, peces que pueden llegar a estar tan densamente apretados en
el océano como en las latas que pueden convertirse en su hogar póstumo.
El piquero patiazul se encuentra entre estas dos tendencias. Es un ave
que se alimenta cerca de la costa, pero sus fuentes de alimentación no tienen
ni la riqueza ni la predectibilidad de los cardúmenes de anchovetas. Por
consiguiente, las condiciones varían drásticamente de una generación a otra. El
piquero patiazul ha desarrollado, por lo tanto, una estrategia flexible basada
en la explotación que hacen los descendientes de más edad del estilo
intelectual de sus padres: decisiones afirmativas o negativas provocadas por
señales simples. Si los tiempos son buenos, los padres pueden llegar a poner
hasta tres huevos, criando con éxito los pollos resultantes; en los años malos
pueden poner también dos o tres huevos, y todos los pollos pueden hacer
eclosión, pero sólo uno de ellos podrá sobrevivir. La muerte de los compañeros
de nido (o más bien de anillo) no es el azaroso resultado de una lucha sin
esperanza por alimentar a los tres pollos con una cantidad insuficiente de
alimento, sino un asunto altamente sistemático basado en el asesinato indirecto
a manos del hermano mayor.
Me acordé del chascarrillo acerca de la pintura y los saludos mientras
observaba piqueros patiazules en la isla Española, en las Galápagos. Sus
anillos de guano cubren la superficie volcánica en multitud de lugares,
obstaculizando a menudo las estrechas sendas que deben recorrer los visitantes
de estas bien protegidas islas. Los progenitores se sientan sobre sus huevos y
sus pollos, ignorando aparentemente a los grupos de visitantes que se quedan
boquiabiertos, gesticulan y les apuntan con cámaras fotográficas a pocos
centímetros de su territorio. Aun así noté, en principio por accidente, que
toda intrusión en un anillo de guano alteraba el comportamiento de las aves
adultas, que pasaban de una indiferencia absoluta a una agresión directa. Al
atravesar el anillo con el dedo de un pie provocaba una inmediata escandalera
de chillidos, posturas agresivas y picoteos. Unos cuantos experimentos hechos
sobre la marcha me llevaron a la conclusión provisional de que la frontera es
un círculo invisible que se encuentra justamente en medio del anillo. Podía
hacer avanzar la punta del pie con cuidado a través de la parte exterior del
anillo sin que esto produjera efecto alguno. Pero al ir desplazándola hacia
adelante, tan lentamente como me era posible, atravesaba invariablemente un
punto central con lo que se producía la ya mencionada reacción del progenitor
de manera inmediata.
* * * *
Tres horas más tarde, averigüé de boca de nuestros magníficos guías y
del popular libro de Bryan Nelson (Galápagos: Islands of Birds), cómo
los hijos mayores explotan este comportamiento de sus progenitores. Y
antropomorfistas como somos todos, la explicación me produjo un escalofrío de
asombro y disgusto. (La ciencia, en gran medida, consiste en dar relieve a la
primera reacción y suprimir la segunda.) La hembra de piquero patiazul pone sus
huevos con intervalos de varios días, y éstos eclosionan en el mismo orden en
que han sido puestos. El pollo que nace primero es, por lo tanto, más grande y
considerablemente más fuerte que su o sus compañeros de nido. Cuando la comida
es abundante, los padres alimentan a todas las crías adecuadamente y el
primogénito no molesta a sus hermanos menores. Pero cuando la comida es escasa
y sólo pueden sobrevivir uno o dos pollos, las acciones de los hermanos más
jóvenes evocan (no sabemos cómo) un comportamiento diferente por parte del
hermano o la hermana mayor. El mayor se limita a empujar a sus hermanos menores
al exterior del anillo de guano. Como mamíferos humanos, nuestra primera
reacción podría ser: ¿y qué? Los hermanos más jóvenes no sufren daño físico y
acaban a tan sólo unos pocos centímetros del anillo, donde sus progenitores
escucharán sin duda sus chillidos de protesta y sus agitados movimientos, con
lo que no tardarán en recogerlos.
Pero un piquero padre no hace tal cosa, ya que actúa como nuestro
marinero proverbial, basándose en una norma de «lo uno o lo otro», invocando,
como criterio único, el movimiento. Los piqueros padre actúan de acuerdo a una
norma: si hay un pollo dentro del anillo, hay que cuidarlo; si está fuera, hay
que ignorarlo. Incluso si por casualidad el pollo atinara a penetrar en el
anillo, sería rechazado con la misma vehemencia dirigida a la punta de mi pie.
Vimos un pollo en la isla Española agitándose a tan sólo un palmo de
distancia del anillo a la vista del padre, que estaba dentro de él, sentado (en
una actitud que tendemos a considerar de afecto maternal) sobre el triunfante
hermano mayor (que, eso sí, no parecía sonreír satisfecho). Todos y cada uno de
nosotros anhelábamos poder reponer al pollo, pero la fe en la no interferencia
debe ser respetada aunque duela. Porque si entendemos este sistema
correctamente, tal masacre de inocentes constituye una hecatombe que persigue
el éxito de los linajes que la practican. Los pollos más crecidos sólo expulsan
a sus hermanos cuando no hay comida suficiente para criarlos a todos. Una lucha
por parte de los padres para intentar criarlos a todos con poca comida probablemente
llevaría a la muerte de todos ellos.
La regla de «alimentar a los de dentro, ignorar o rechazar a los de
fuera» no puede representar toda la complejidad del comportamiento social de
los piqueros en época de nidificación. Después de todo, la mayor parte de las
aves son «igualitaristas» notables en lo que a la división del trabajo entre
los sexos se refiere, y los piqueros macho son casi tan atentos como las
hembras a la hora de incubar tanto los huevos como los pollos. Dado que cada
sesión de incubación dura alrededor de un día, los piqueros deben permitir a su
pareja transgredir la santidad del anillo de guano para intercambiar sus
papeles de cuidador y aprovisionador. Aun así, la regla básica sigue en pie; no
se anula, sino que más bien es dejada de lado por una serie de señales
específicas y reconocidas que actúan como boleto de admisión. K. E. L. Simmons,
que trabajó en la isla de Ascensión con el piquero pardo, emparentado con
aquéllos, ha descrito la amplia serie de llamadas y rituales de aterrizaje que
utiliza la pareja que regresa para obtener la admisión en su territorio. Pero
cuando un adulto viola el territorio no vigilado de un ave no emparentada con
él (como hacen a menudo para obtener material para nidos a bajo coste), entra
«tan silenciosa e inconspicua» como le es posible.
Si los pollos pudieran ejecutar los gestos correspondientes, también
ellos podrían obtener acceso al anillo. De hecho, aprenden estas señales al ir
creciendo, y más les vale, ya que los pollos más adultos empiezan a salir del
nido en cuanto obtienen la suficiente movilidad para emprender viajes, a las
cuatro o cinco semanas de edad. (En opinión de Nelson, salen del nido
fundamentalmente en busca de sombra cuando ambos padres están buscando comida.
La insolación es una causa importante de muerte entre los pollos de
alcatraces.) Pero los piqueros recién salidos del huevo exhiben tan sólo unas
pocas pautas de comportamiento (poco más que gestos de solicitud de alimento y
ocultación del pico, o de aplacamiento, como ha demostrado Nelson) y las
señales para obtener acceso al anillo no se encuentran entre ellas.
La tercera especie de las Galápagos, el piquero blanco o enmascarado,
actúa según un sistema aún más rígido, pero obedece las mismas reglas que su
primo de patas azules. Los piqueros enmascarados son cazadores de grandes
distancias que se alimentan fundamentalmente de peces voladores. Según la
máxima de Nelson, no deberían ser capaces de criar más de un pollo. En
ocasiones, ponen sólo un huevo, pero normalmente ponen dos en cada lugar de
nidada. En este caso, la «reducción de la nidada» (por utilizar una jerga un
tanto eufemística) se vuelve obligatoria. El pollo mayor siempre expulsa a su
hermano menor fuera del nido, y ocasionalmente lo pisotea hasta la muerte
dentro del mismo. A primera vista, este sistema parece no tener sentido. Los
piqueros patiazules, cualesquiera que sean nuestras reacciones emocionales
negativas, y por inapropiadas que éstas sean, utilizan al menos el asesinato de
los hermanos como mecanismo para ajustar el número de pollos a un suministro
variable de alimentos.
¿Por qué perversa lógica deben los piqueros enmascarados producir dos
huevos, aunque jamás críen más de un pollo que, invariablemente, queda señalado
con la marca de Caín? Nelson argumenta de forma convincente que las puestas de
dos huevos representan una adaptación en favor de un incremento en el éxito de
la crianza de un pollo. Las causas de muerte, tanto en los
huevos como en los pollos recién nacidos, son numerosas, siendo los hermanos
empeñados en el asesinato tan sólo uno de los muchos peligros a los que deben
enfrentarse los pollos de piquero. Los huevos se rajan o ruedan fuera del nido;
los diminutos recién nacidos mueren fácilmente de insolación. El segundo huevo
puede representar una especie de seguro contra la muerte del primer pollo. Un
primer pollo sano cancela automáticamente la póliza de seguros, pero la
inversión añadida puede beneficiar a los padres como garantía digna del
dispendio producido por la puesta de un segundo huevo (después de todo, no
tendrán que gastar demasiada energía alimentando un segundo pollo innecesario).
En el atolón de Kure, en el archipiélago de las Hawai, por ejemplo, las puestas
de dos huevos tuvieron por resultado la aparición de un adulto en el 68 por 100
de los nidos examinados en el transcurso de tres años. Pero las puestas de un
solo huevo llegaban a producir un adulto solamente en un 32 por 100 de los
casos.
Los biólogos evolutivos, debido a su largo entrenamiento y sus ya
arraigados hábitos, tienden a discutir fenómenos tales como el fratricidio de
los piqueros en lenguaje adaptativo: ¿cómo puede representar un comportamiento,
que, a primera vista, parece dañino e irracional, una adaptación cuidadosamente
elaborada por la selección natural en beneficio de los individuos en lucha? De
hecho, he utilizado (de modo poco característico en mí) el lenguaje
convencional en este ensayo, ya que los trabajos de Nelson me han convencido de
que el fratricidio es una adaptación darwiniana para maximizar el éxito de los
padres en la crianza del mayor número posible de pollos permitido por la
cantidad de alimento disponible. Pero me siento muy incómodo al atribuir el
estilo de comportamiento básico, que permite el fratricidio como manifestación
específica, tan sólo a la adaptación, aunque también se haga así habitualmente.
Hablo aquí del modo básico de inteligencia que permite que funcione el
fratricidio: el sistema del marinero (el del primer párrafo) basado en
decisiones de sí-no activadas por señales muy específicas. John Alcock, por
ejemplo, en un importante texto actual (Animal Behavior, An Evolutionary
Approach, 1975) argumenta una y otra vez que este estilo intelectual común
es, por sí mismo y en general, una adaptación elaborada directamente por la
selección natural en busca de respuestas óptimas en los ambientes
fundamentales: «Las respuestas programadas están muy extendidas —escribe—
porque los animales que basan su comportamiento en señales relativamente
sencillas proporcionadas por objetos importantes de su ambiente tienen muchas
probabilidades de hacer aquello que es biológicamente correcto».
(Nada menos que S. A. R. el príncipe Felipe, duque de Edimburgo, ha
escrito en el prefacio al popular libro de Nelson acerca de las aves de las
Galápagos lo siguiente en relación con el apabullante poder de la selección
natural: «El proceso de la selección natural ha controlado hasta el más mínimo
detalle de cada rasgo del individuo y del grupo al que pertenece». No cito este
pasaje tendenciosamente para ganar una discusión, tomando una posición que yo
no acepto con el fingido sello de la aprobación real, sino más bien para
indicar lo ampliamente que el lenguaje del adaptacionismo estricto ha
traspasado el círculo de los profesionales, incorporándose a los escritos de
los aficionados bien informados.)
Como planteaba en el caso del fratricidio y los anillos de guano, estoy
dispuesto a considerar cualquier manifestación específica del estilo
intelectual de mi marinero como una adaptación. Pero no puedo, como afirma
Alcock, considerar el estilo en sí mismo más que como el producto optimizado de
una selección natural sin constricciones. El cerebro más pequeño, y los
circuitos neurales más limitados de los animales no humanos, deben imponer, o
al menos favorecer, modos intelectuales diferentes a los nuestros. Estos
cerebros de menor tamaño no tienen por qué ser considerados adaptaciones
directas a ninguna condición prevaleciente. Más bien, representan limitaciones
estructurales heredadas que limitan el abanico de adaptaciones específicas
elaboradas dentro de su órbita. El estilo del marinero es una limitación que
permite que los piqueros reduzcan sus nidadas al explotar un repertorio
etológico basado en reglas inflexibles y disparadores sencillos. Tal sistema no
funcionaría en los seres humanos, ya que los progenitores no dejan de reconocer
a sus hijos tras un sencillo y pequeño cambio de localización. En las
sociedades humanas que practican el infanticidio (por razones ecológicas que a
menudo son muy similares a aquellas que inducen el fratricidio en los piqueros),
la acción de los padres debe verse impuesta o avalada por normas sociales
explícitas o tradiciones religiosas veneradas, y no simplemente por querer
deshacerse de la criatura.
Posiblemente, las aves hayan desarrollado originalmente el cerebro, con
su tamaño característico, como adaptación a la vida en un linaje ancestral hace
más de doscientos millones de años; el estilo de inteligencia del marinero
puede ser una consecuencia no adaptativa de este diseño heredado. Y, no
obstante, este estilo ha sido el que ha marcado las fronteras de su
comportamiento desde entonces. Cada comportamiento individual puede ser una
preciosa adaptación, pero debe estar elaborado en el seno de una limitación
dominante. ¿Qué es más importante: la belleza de la adaptación o la limitación,
que la obliga a seguir un sendero permisible? No podemos y no tenemos por qué
escoger, ya que ambos factores definen una tensión esencial que regula toda
evolución.
Las fuentes de la forma orgánica y del comportamiento son múltiples e
incluyen al menos tres categorías primarias. Acabamos de discutir sólo dos: las
adaptaciones inmediatas configuradas por la selección natural (la explotación
del estilo intelectual de los progenitores por parte de los pollos de piquero,
que lleva a una eliminación fácil de los compañeros de nido); y finas
consecuencias potencialmente no adaptativas de diseños estructurales básicos
que actúan como limitación sobre las vías de adaptación (el estilo intelectual
de las decisiones sí-no basadas en disparadores sencillos).
En una tercera categoría, nos enfrentamos a adaptaciones ancestrales
definidas hoy en día, de diferente modo, por los descendientes. Nelson ha
demostrado, por ejemplo, que los piqueros refuerzan el vínculo de la pareja a
través de una compleja serie de comportamientos muy ritualizados que incluyen
la recolección de objetos y su ofrecimiento a la pareja. En los piqueros que
ponen sus huevos en el suelo, este comportamiento constituye claramente una
reliquia de las acciones que tiempo atrás sirvieron para recoger los materiales
necesarios para la elaboración de los nidos, ya que algunos de los detallados
movimientos utilizados para la construcción de nidos en algunas especies
emparentadas persisten, mientras que otros han desaparecido. Las áreas de
puesta de los piqueros enmascarados están repletas de trozos de ramas
esparcidos y otros materiales de nidificación, que los adultos recogen para sus
mutuas exhibiciones y que después deben barrer al exterior del anillo de guano,
con lo que quedan inutilizados sobre el suelo. He resaltado estos curiosos
cambios de función en varios ensayos más (véanse el 4 y el 11), porque son la
prueba fundamental de la evolución: formas y acciones que sólo tienen sentido a
la luz de una historia previa y heredada.
* * * *
Cuando me pregunto cómo tres orígenes tan dispares pueden llevar a las
estructuras armónicas que los organismos representan, templo mi asombro
recordando la historia de los lenguajes. Considere el lector la amalgama que
cualquier idioma representa: vestigios, préstamos, fusiones. Y con todo, los
poetas siguen creando objetos de belleza. Los senderos históricos y los usos
actuales son aspectos diferentes de un tema común. Los senderos son intrincados
más allá de todo lo imaginable, pero sólo los viajeros entusiastas siguen con
nosotros.
4. Vidas rápidas y cambios caprichosos
El triunfo póstumo es algo hueco, por reconfortante que resulte en
abstracto. Nanki-Poo rechazó las insinuaciones de Ko-Ko[6] para
que se sometiera a una ceremoniosa decapitación en público en lugar de
suicidarse en privado: «Habrá una procesión, bandas, marcha fúnebre, repicar de
campanas… después, cuando todo haya terminado, habrá un regocijo general, y
fuegos artificiales al entrar la noche. Tú no los verás, pero ahí estarán de
todos modos». Y jamás podré comprender por qué los antropólogos punteros del
siglo XIX en Norteamérica, J. W. Powell y W.J. McGee, se empeñaron en una
apuesta a ver cuál de los dos tenía el cerebro más grande, duda que habría de
resolverse tras una autopsia a la muerte de los apostantes, momento en el que
poco gozo podría suministrar la victoria.
Aun así, acabo de hacer una apuesta estúpida con una entusiasta
practicante de la marcha atlética: que ninguna mujer ganará la maratón de
Boston en el transcurso de lo que me quede de vida. Puede que pierda esta
apuesta, pero creo que no será así. A pesar de todo, si una mayor velocidad
media en la carrera se encuentra entre las pocas, insignificantes, pero
genuinas diferencias biológicas existentes entre el hombre y la mujer, tan sólo
puedo decir en mi defensa, frente a las probables acusaciones de que me regodeo
en ello (en cuanto a la abstracción que yo represento, pero no, ¡ay de mí! en
cuanto a mi persona, yo tardo ocho minutos en recorrer, medio asfixiado, la
milla), que lo lamento muy sinceramente; con todo gusto cambiaría esta inútil
ventaja por el más precioso beneficio de la condición de hembra: varios años de
vida media más.
No sé si en la naturaleza la vida media más corta del macho constituye
una norma general; y si, por consiguiente, deberíamos añadir a un tamaño medio
menor (véase el ensayo 1) otro violento ataque biológico contra el machismo,[7] pero
acabo de enterarme (gracias a Martin L. Adamson) de un caso extremo muy
instructivo.
En 1962, James H. Oliver Jr. siguió de cerca el ciclo biológico de un
ácaro que parasita los capullos de lombrices de tierra. Tanto los machos como
las hembras de Histiostoma murchiei atraviesan una fase de
huevo y tres fases juveniles antes de acceder al estado adulto a través de una
muda. Por su parte, la hembra intercala una fase adicional (eufónicamente
denominada hipopo) entre la segunda y la tercera fase pre adultas. Las hembras
se desarrollan a un ritmo cómodo para criaturas de tan pequeño tamaño. Sin
contar con el hipopo, el paso de huevo a adulto, y atravesando fases que
comparten con los machos, transcurre en un período de entre una y tres semanas.
El hipopo adicional puede extender mucho la vida de la hembra, ya que estos
animales buscan e infectan otros capullos exclusivamente en el transcurso de su
vida hipopal (los machos siempre se quedan en casa). El hipopo puede, ante
todo, permanecer en estado de letargo durante largos períodos, en el seno del
cascarón de la etapa juvenil anterior, a la espera, por así decirlo, de
condiciones favorables para emerger y mudarse a otro capullo. Cuando el hipopo
finalmente emerge puede llegar a vivir mucho tiempo, desplazándose de un lado a
otro en su propio capullo (y en ocasiones cayendo de nuevo en el letargo) o
lanzándose a la busca de un nuevo hogar.
Los machos, por el contrario, atraviesan esas mismas fases (a excepción
del hipopo) con una celeridad que debería inspirar a Bill Rodgers cuando suba
trabajosamente a Heartbreak Hill el próximo Día del Patriota.[8] «Los
machos adultos —escribe Oliver— han sido vistos copulando con su propia madre a
los tres o cuatro días de su puesta en forma de huevos», y mueren al poco de
este episodio de regocijo incestuoso. ¿Por qué esta notable diferencia en la
esperanza de vida de los dos sexos? Y ¿tiene acaso algo que ver con los
edípicos hábitos de estos ácaros? La respuesta parece encontrarse en una
detallada observación de la insólita biología de la reproducción de estos
parásitos.
Cuando un hipopo encuentra un capullo nuevo, pone entre dos y nueve
huevos en el plazo de dos días tras su transformación en adulto, y sin
necesidad de fertilización. Todos estos huevos se transforman en machos, que
son la única fuente de esposos potenciales. ¿Qué mejor razón para el rápido
desarrollo de los machos podríamos encontrar? Las hembras de la mayor parte de
las especies tienen que buscarse marido. Estos ácaros los fabrican a partir de
la nada y después esperan. Los machos de Histiostoma murchiei son
poco más que fuentes de esperma; cuanto antes puedan actuar, tanto mejor.
A los dos días de su incestuoso apareamiento, la hembra empieza a poner
huevos de nuevo, y puede invertir en la tarea entre dos y cinco días, llegando
a producir hasta quinientos descendientes, esta vez todos hembras.
Al resolver un problema (la velocidad diferencial en el desarrollo en
los distintos sexos) tan sólo nos hemos topado con una pregunta aún más
curiosa: en primer lugar, ¿cómo es posible que funcione este sistema?; ¿cómo
puede una hembra sin aparear, sola en un capullo nuevo, producir una generación
de maridos, y por qué la siguiente generación está formada exclusivamente por
hembras?
La respuesta a esta pregunta más amplia reside en el insólito estilo de
determinación del sexo de estos ácaros. En la mayor parte de los animales,
tanto los machos como las hembras tienen los cromosomas por parejas, y la
condición de una pareja determina el sexo del portador. Las hembras humanas,
por ejemplo, tienen dos grandes cromosomas sexuales (designados XX), mientras
que los machos tienen un cromosoma grande (X) y uno pequeño (Y) en su pareja
determinante. Todos los óvulos no fecundados llevan un X, mientras que los
espermas pueden llevar, indistintamente, un X o un Y. Cada uno de nosotros debe
su sexo a la buena suerte de un espermatozoide entre los millones emitidos en
una eyaculación. Los animales que presentan pares de cromosomas en ambos sexos
son llamados diploides.
Algunos animales utilizan un sistema diferente de determinación del
sexo. Las hembras son diploides, pero los machos tienen tan sólo un cromosoma
por cada par de la hembra, y son llamados haploides (es decir, la mitad del
número diploide). Los machos, en otras palabras (y por irónico que esto pueda
parecer), se desarrollan a partir de huevos no fertilizados, y carecen de
padre. Los huevos fertilizados producen hembras diploides. Los animales que
nacen por este sistema reciben el nombre de haplodiploides (porque los machos
son haploides y las hembras diploides).
Histiostoma murchiei es
haplodiploide. Por ello, la hembra sin aparear que encuentra un nuevo capullo
da lugar a una generación de machos a partir de huevos no fertilizados, y una
subsiguiente generación de hembras a partir de la relación incestuosa
resultante.
La haplodiploidía, un fascinante fenómeno rico en implicaciones, ha
circulado por estos ensayos en varios contextos diferentes a lo largo de años.
Ayudaba a explicar el origen de los sistemas sociales en las hormigas y las
abejas (véase el ensayo 33 en Desde Darwin), y subyace a los
hábitos de un ácaro macho que fertiliza a varias de sus hermanas en el interior
del cuerpo de su madre, muriendo antes de «nacer» (ensayo 6 en El
pulgar del panda). 'También circula ampliamente por todo el reino animal.
Se han hallado especies haplodiploides entre los rotíferos, los nematodos, los
ácaros y en cuatro órdenes separados de insectos —los Tisanópteros (trips), los
Homópteros (pulgones, cigarras y sus afines), los Coleópteros (escarabajos) y
los Himenópteros (hormigas, abejas y avispas) —. Estos grupos no están
estrechamente emparentados, y sus antecesores comunes supuestos eran diploides.
Así pues, la haplodiploidía ha surgido independientemente (y a menudo en
multitud de ocasiones) en el seno de cada grupo. Aunque la mayor parte de estos
grupos contienen tan sólo unas pocas especies haplodiploides entre una multitud
de especies diploides, los Himenópteros, con más de 100.000 especies descritas,
son exclusivamente haplodiploides. Ya que los vertebrados disponen únicamente
de unas 50.000 especies, como nos recuerda Oliver, nuestra chauvinista
impresión de que la haploidiploidía es algo curioso o escaso debería ser
revisada. Al menos un 10 por 100 de todas las especies animales descritas son
haplodiploides.
En el transcurso de la última década, la haplodiploidía ha figurado
prominentemente en las noticias (tanto de orden general como científicas) por
su papel en una ingeniosa explicación darwiniana de un viejo misterio
biológico: el origen de la sociabilidad en los Himenópteros, y en especial la
existencia de unas castas de «obreras» estériles, invariablemente compuestas de
hembras, en las hormigas y las abejas. Dado que la sociabilidad evolucionó en
varias ocasiones en el seno de los Himenópteros, el sistema inmutable de castas
de hembras estériles exige una explicación de orden general. El problema, visto
desde una perspectiva más general, resulta aún más desconcertante: ¿por qué en
un mundo presumiblemente darwiniano, repleto de organismos que actúan sólo en
función de su propio éxito reproductivo, habrían de «renunciar a» su propia
reproducción grandes cantidades de hembras para ayudar a su madre (la reina) a
producir más hermanas?
La ingeniosa explicación se basa en las peculiares asimetrías en la
relación genética entre los sexos en los animales haplodiploides. Tanto en los
animales diploides como en los haplodiploides, las madres transmiten la mitad
de su material genético (un juego de cromosomas por cada óvulo) a cada
descendiente. Por consiguiente, están emparentadas por igual (en la mitad de su
ser genético) tanto con los hijos como con las hijas. Una hembra de una especie
diploide comparte también, aproximadamente, la mitad de sus genes tanto con sus
hermanos como con sus hermanas. Pero una hembra de una especie haplodiploide
comparte las tres cuartas partes de sus genes con sus hermanas y tan sólo la
cuarta parte con sus hermanos por los siguientes motivos: considérese un gen
cualquiera (una copia en un único cromosoma) en el caso de las hermanas. ¿Qué
probabilidad existe de que sea compartido por un hermano? Si el gen pertenece a
un cromosoma paterno, el hermano tiene una probabilidad cero de compartirlo,
dado que carece de cromosomas paternos. Si el gen pertenece a un cromosoma
materno, tiene un 50 por 100 de probabilidades de compartirlo con una de sus
hermanas, ya que o bien recibió el mismo cromosoma de su madre, o recibió el
otro miembro de la pareja. Así pues, sumando todos los genes, la relación de
parentesco entre hermano y hermana oscila entre el cero (en el caso de los
genes paternos de las hembras, necesariamente ausentes en los machos) y el 50
por 100 (para los genes maternos), es decir, un 25 por 100.
¿Cuál es entonces la probabilidad de que dos hermanas compartan el mismo
gen? Si el gen es paterno, ambas hermanas deberán compartirlo, ya que los
padres tienen tan sólo un juego de cromosomas y pasan la totalidad de su
programa genético a sus hijas. Si es un gen materno, las probabilidades son del
50 por 100 por el mismo motivo que se plantea en el caso de los hermanos. La
relación genética total entre hermanas será, por consiguiente, la media entre
el 100 por 100 (en el caso de los genes paternos) y el 50 por 100 (para los
genes maternos): un 75 por 100.
Las hembras están, pues, más íntimamente relacionadas con sus hermanas
(en sus tres cuartas partes) que con sus madres (la mitad) o su descendencia
potencial (también la mitad). Si el imperativo darwiniano lleva a los
organismos a maximizar el número de sus propios genes en las generaciones
futuras, entonces las hembras obtendrán mejores resultados ayudando a su madre
a criar hijas (como hacen las obreras estériles) que produciendo su propia
descendencia. Así, la asimetría de las relaciones genéticas en los
haplodiploides puede explicar tanto por qué las castas de obreros en los
Himenópteros sociales están formadas invariablemente por hembras, como por qué
este estilo de sociabilidad ha evolucionado en multitud de ocasiones entre los
Himenópteros, pero no en la mucho más abundante variedad de organismos
diploides. (Como siempre, nuestro complejo mundo nos ofrece una excepción: los
termes diploides que, al menos, incluyen tanto machos como hembras en sus
castas de obreros.)
Esta explicación de un antiguo misterio ha despertado tal interés entre
los biólogos que en algunos trabajos se observa la subrepticia aparición de una
sutil inversión de la causalidad. La propia existencia de la haplodiploidía se
relaciona con fuerza y elegancia a la evolución de la sociabilidad, y casi nos
vemos obligados a creer que este modo de determinación sexual surgió «para», o
al menos en el contexto de, la maravillosa organización social de las hormigas
y las abejas. No obstante, una breve reflexión nos permite ver que no puede ser
así, por dos razones.
En primer lugar, todos los himenópteros son
haplodiploides, pero tan sólo unas cuantas estirpes del grupo han desarrollado
sistemas sociales complejos (la mayor parte de himenópteros son avispas
asociales o mínimamente sociales). El antecesor común de los himenópteros actuales
debió ser haplodiploide, pero con seguridad no era totalmente social, ya que la
compleja sociedad de las muy variadas abejas y hormigas se ha desarrollado como
un invento filético o tardío en varios linajes independientes. La causalidad
debe ir en dirección opuesta. La haplodiploidía no tiene por objeto la
sociabilidad, a menos que el futuro sea capaz de controlar el pasado. Por el
contrario, la haplodiploidía surgió por algunas otras razones y posteriormente,
por buena e imprevista fortuna, permitió el desarrollo de este modo de vida
social maravillosamente complejo y de notable éxito. Pero ¿qué otras razones? Y
ello me lleva, finalmente, al objeto de este ensayo, al motivo fundamental de
la fascinación que siento por Histiostoma murchiei y, de modo
más inmediato, a la segunda cuestión.
En segundo lugar, cuando consideramos el contexto ecológico habitual de
la haplodiploidía en un abanico amplio de animales que podrían haberla
desarrollado directamente (no limitándose a su cooptación para una utilización
diferente), aparece un esquema interesante. Histiostoma murchiei comparte
su modo de vida con los ácaros que mueren antes de nacer, y con otros muchos
animales haplodiploides en grupos lejanamente emparentados: todos ellos son
«colonizadores», especies que sobreviven buscando recursos escasos pero ricos,
reproduciéndose después todo lo deprisa que pueden, cuando un golpe de
infrecuente buena suerte premia su búsqueda (la inmensa mayoría de los hipopos
de Histiostoma mueren antes de encontrar un capullo fresco de
lombriz de tierra). La haplodiploidía aporta varias ventajas a este arriesgado
enfoque de la supervivencia. Una colonización con éxito no requiere dos
migraciones por separado de machos y hembras, ni siquiera que una única hembra
emigrante sea fecundada antes de que comience su búsqueda de una nueva fuente
de alimentos. Cualquier hembra no apareada, incluso sexualmente inmadura, se
convierte en origen potencial de nuevas colonias, ya que puede dar origen por
sí misma a una generación de machos y posteriormente aparearse con ellos para
dar lugar a una generación de hembras, que es la estrategia desarrollada
por Histiostoma.
Cuando los colonizadores localizan una fuente rica pero efímera, la
haplodiploidía puede aumentar la velocidad de aparición de nuevas generaciones
al permitir que las hembras fecundadas controlen la proporción sexual en su
descendencia. Como planteaba en mi ensayo acerca de la «muerte antes del
nacimiento» (véase El pulgar del panda), cuando los hermanos se
aparean con las hermanas, la siguiente generación se verá poblada por un mayor
número de descendientes si las madres pueden dedicar la mayor parte de su
limitada energía reproductiva a la procreación de hembras, produciendo tan sólo
un número mínimo de machos (a menudo con uno es suficiente). Un macho puede
fecundar multitud de hembras, y la tasa reproductora de una población se ve
limitada por el número de óvulos disponibles, no por el de espermatozoides;
¿por qué hacer entonces un gran número de machos superfluos? En teoría este
principio está muy bien, pero la mayor parte de los animales no pueden
controlar con facilidad la relación entre los sexos de su descendencia. A pesar
de las rogativas y las oraciones pidiendo hijos varones, tan frecuentes en
muchas sociedades humanas sexistas, las niñas siguen reafirmando su derecho a
la vida (y su tasa de natalidad) en alrededor de un 50 por 100.
Pero muchos haplodiploides pueden controlar la proporción sexual de su
descendencia. Si las hembras almacenan espermatozoides en su cuerpo después del
apareamiento, todos aquellos huevos que no entren en contacto con el área de
almacenamiento se transformarán en machos, mientras que aquellos que entren en
contacto con ella se convertirán en hembras. Los ácaros haplodiploides con
proporciones sexuales muy desiguales producen a menudo una puesta de huevos
femeninos, cortando justamente al final el suministro de esperma para añadir a
la puesta uno o dos machos.
Todo este complejo de rasgos interrelacionados (un estilo de vida
colonizador, recursos raros y efímeros, una reproducción rápida y la facilidad
de producir nuevas generaciones en lugares extraños) parece definir el contexto
original de ventaja para la haplodiploidía. Si asumimos, tan sólo como
hipótesis, que la haplodiploidía surge normalmente como adaptación a la vida en
este mundo incierto, entonces deberá ser interpretada como un accidente
afortunado, en lo que se refiere a su posterior utilidad en la evolución de la
vida social en las hormigas y las abejas.
Ahora bien, ¿qué podría ser más diferente, en nuestro modo biológico de
pensar, que la azarosa vida de una hembra colonizadora solitaria (cuya
descendencia difícilmente puede convertirse en social sobre la base de un
sustento que no dura más de una o dos generaciones) y la complejidad, la
estabilidad y la organización de las sociedades de hormigas y abejas? ¿Acaso no
resulta extremadamente peculiar que la haplodiploidía, que constituye
prácticamente un prerrequisito necesario para la evolución de las sociedades de
himenópteros, apareciera originalmente, con toda probabilidad, como una
adaptación a un estilo de vida diametralmente opuesto (al menos en sus
implicaciones metafóricas)? Si consigo convencer al lector de que esto no
resulta en absoluto peculiar, sino un ejemplo de un principio básico que
distingue la biología evolutiva de un estereotipo común acerca de la ciencia en
general, este ensayo habrá tenido éxito.
Es un error evidente, aunque lamentablemente habitual, el asumir que la
utilidad actual de un determinado rasgo permita inferir los motivos de su
origen evolutivo. La utilidad presente y su origen histórico constituyen temas
diferentes. Todo rasgo, al margen de cómo o por qué hizo su primera aparición,
queda disponible para su cooptación a otros papeles, a menudo notablemente
distintos. Los rasgos complejos están preñados de potencialidades; su uso
concebible no queda confinado a su función original (confieso que he utilizado
una tarjeta de crédito para forzar una puerta). Y estos desplazamientos
evolutivos en la función pueden ser tan caprichosos e impredecibles como vastos
son los potenciales de complejidad. Ocurre de continuo; prácticamente define la
maravillosa indefinición del proceso evolutivo.
Las aletas equilibradoras de los peces se convirtieron en las
extremidades propulsoras de los vertebrados terrestres, mientras que la cola
propulsora se convirtió en un órgano que a menudo colabora en el mantenimiento
del equilibrio. El hueso que articulaba la mandíbula superior de un pez
ancestral con su cráneo se convirtió en el hueso que transmite el sonido en los
oídos de los reptiles. Dos huesos que articulaban las mandíbulas de estos
reptiles se convirtieron entonces en los otros dos huesos transmisores de
sonido del nido medio de los mamíferos. Cuando vemos lo espléndidamente que
funcionan el estribo, el yunque y el martillo en la audición del hombre, ¿quién
podría imaginar que uno de los huesos primitivamente suspendía una mandíbula
del cráneo, mientras que los otros dos articulaban las mandíbulas? (Dicho sea
de paso, antes de que las mandíbulas llegaran siquiera a aparecer por
evolución, todos estos huesos sustentaban los arcos branquiales de un pez sin
mandíbulas ancestral.) Así, un modo de determinación del sexo que pudo
originalmente servir de ayuda a una hembra colonizadora solitaria se convirtió,
aparentemente, en la base de unos sistemas sociales con los que sólo puede
rivalizar en complejidad el nuestro.
Según vamos profundizando y alejándonos cada vez más en el tiempo, el
número de hechos impredecibles va en aumento. He discutido lo caprichoso de una
desviación funcional en apoyo de la sociabilidad mediante un sistema sexual que
probablemente hiciera su aparición como ayuda a la colonización. Pero ¿qué hay
de la razón de más alcance de la imperfección e impredecibilidad de nuestro
mundo: los límites estructurales impuestos por rasgos desarrollados para otras
funciones? Los sistemas sociales, como los de las hormigas y las abejas,
podrían ser enormemente ventajosos para un sinnúmero de otros animales. Pero no
evolucionan, en gran medida, por lo difícil que resulta ponerlos en marcha en
los organismos diploides (sólo los termes han tenido éxito), mientras que los
himenópteros haplodiploides los desarrollan una y otra vez. Y dando aún otro
paso atrás (prometo detenerme aquí), ¿qué hay de las limitaciones impuestas a
la evolución de la propia haplodiploidía? La haplodiploidía puede ser una
adaptación magnífica para una multitud de ecologías, pero no siempre es fácil
de desarrollar.
Asumiendo que los haplodiploides surgen normalmente de diploides, ¿qué
es lo que hace falta para convertir a un animal haploide en un macho? Bajo
determinados sistemas diploides de determinación del sexo, no es fácil que
puedan desarrollarse machos haploides. Un ser humano haploide no sería macho,
ya que un único cromosoma X induce el desarrollo de una hembra estéril. Pero
otros diploides tienen un sistema de determinación sexual llamado XX-X0, en el
que las hembras tienen dos cromosomas X y los machos tienen un solo cromosoma X
sin Y que lo acompañe (si bien todos los demás cromosomas aparecen en parejas).
En tales sistemas, tal vez podría desarrollarse con facilidad un macho
haploide. (El sistema XX-X0 no es un requisito indispensable para la
haplodiploidía, ya que unas modificaciones más complejas pueden producir
haploides machos a partir de otros modos de determinación diploide del sexo.)
En pocas palabras, los modos de determinación del sexo limitan la
haplodiploidía, ésta limita la sociabilidad, y la sociabilidad requiere un
caprichoso desplazamiento en el significado adaptativo de la haplodiploidía.
¿Qué clase de orden podemos encontrar en la evolución, en medio de semejante
maraña de límites impuestos sobre un mundo sensiblemente perfecto y predecible?
Habrá quienes se sientan tentados de extraer un mensaje casi místico de este
tema: que la evolución impone una inefable incognoscibilidad a la naturaleza.
Me gustaría rechazar enfáticamente semejante implicación: el conocimiento y la
predicción son fenómenos distintos. Otros tal vez intenten leer un mensaje
triste o pesimista: que la evolución no es una ciencia demasiado avanzada, o
que ni siquiera es una ciencia, si es incapaz de predecir el curso de los
acontecimientos en un mundo imperfecto. Una vez más, rechazo semejante lectura
de mis palabras acerca de las limitaciones y el desplazamiento funcional
caprichoso.
El problema está en nuestra visión simplista y estereotipada de la
ciencia como fenómeno monolítico basado en la regularidad, la repetición y la
capacidad de predecir el futuro. Las ciencias que se ocupan de objetos menos
complejos y menos atados históricamente que la vida pueden seguir esta fórmula.
El oxígeno y el hidrógeno, mezclados de un determinado modo, producen agua hoy,
produjeron agua hace millones de años y, presumiblemente, seguirán produciendo
agua aún durante muchísimo tiempo. La misma agua, la misma composición química.
Ninguna indicación de tiempo, ninguna restricción impuesta por una historia de
cambios previos.
Los organismos, en cambio, se ven dirigidos y limitados por su pasado.
Se ven obligados a la imperfección tanto en su forma como en su función y,
precisamente en esa medida, son impredecibles, al no ser máquinas óptimas. No
podemos conocer su futuro con certeza, aunque sólo sea porque dentro de las
capacidades de cualquier rasgo existe una miríada de desplazamientos
funcionales caprichosos, por bien adaptado que esté a su papel actual.
La ciencia de los objetos históricos complejos es una empresa diferente,
no inferior. Pretende explicar el pasado, no predecir el futuro. Busca los
principios y las regularidades que subyacen a la unicidad de cada especie y
cada interacción, atesorando a la vez esa irreductible unicidad y descubriendo
toda su gloria. Las nociones de la ciencia deben plegarse (y expandirse) para
dar acomodo a la vida. El arte de lo soluble, la definición de ciencia de Peter
Medawar, no debe volverse corto de vista, porque la vida es larga.
Capítulo 2
Personalidades
Contenido:
5. El obispo titular de Ticiópolis
6. El propósito de Hutton
7. Las antraconitas de Oeningen
8. Agassiz en las Galápagos
9. La lombriz del siglo y de todas las épocas
10. Una audiencia para Vavilov
5. El obispo titular de Ticiópolis
La geología moderna tuvo su origen, o así lo afirma la historia
habitual, en la publicación de un libro de un nombre tan extraño que casi
supera la peculiaridad del título posteriormente asumido por su autor, Nicolaus
Steno, danés de nacimiento y católico converso que llegó a ser obispo titular
de Ticiópolis (in partibus infidelium) en 1677. (Los obispos titulares
«presiden» áreas que están en manos paganas y que, por consiguiente, no están
disponibles para residir, de hecho, en ellas: en el reino de los infieles, como
proclama el subtítulo en latín. La antigua diócesis de Ticiópolis forma hoy
parte de Turquía.) En cuanto a su ocupación real, no poco peligrosa en tierras
protestantes, Steno se ocupaba de los dispersos remanentes católicos del norte
de Alemania, Noruega y Dinamarca.
El libro, publicado en 1669, lleva un título considerado «casi
ininteligible» por su principal traductor del original latino. Se llama De
solido intra solidum naturaliter contento dissertationis prodromus, o Prodromo
a una disertación acerca de un cuerpo sólido naturalmente contenido en el seno
de un sólido. Un prodromo es un discurso de introducción, pero Steno jamás
escribió la disertación prometida, dado que sus intereses religiosos, tras su
conversión en 1667 y su ordenación en 1675, le llevaron a abandonar su
distinguida carrera como médico anatomista y, por una fortuita introducción al
final mismo de su carrera científica, como geólogo.
¿Por qué un sólido dentro de un sólido? Y ¿qué puede tener que ver una
frase críptica como esta con los orígenes de la geología moderna? Plantear un
problema de una manera sorprendente y novedosa es virtualmente un requisito
previo necesario para la gran ciencia. El genio de Steno yace en haber
reconocido que una solución al problema general de cómo penetran los cuerpos
sólidos dentro de otros cuerpos sólidos podría suministrar un criterio para
desenmarañar la estructura y la historia de la Tierra. Pero Steno no formuló
este problema a través de una deducción racional, sentado en su sillón. Como
tan a menudo ocurre en este mundo de humanos, derivó hacia él tras un comienzo
accidental.
Como otros muchos anatomistas, Steno estaba interesado en las semejanzas
entre los seres humanos y otros animales. Decidió disecar tiburones y realizó
algunos importantes descubrimientos. Demostró, por ejemplo, que las apretadas
circunvoluciones de su intestino espiral daban una longitud total igual (en un
espacio más reducido) que el intestino de los mamíferos. En octubre de 1666,
durante el gran año de Newton, o annus mirabilis, y un mes
después del incendio de Londres, Steno recibió para su estudio la cabeza de un
tiburón gigante capturado en la ciudad cuyo nombre en inglés, Leghorn,[9] resulta
tan peculiar como los dos títulos de Steno. (El nombre no hace referencia ni a
piernas ni a instrumentos musicales, sino que representa una pobre versión en
inglés del antiguo nombre de Ligorno, por la ciudad que hoy en día lleva el
nombre italiano de Livorno.) Steno, como tantos otros intelectuales, trabajaba
en la ciudad próxima de Florencia bajo el patrocinio de Fernando II, el gran
duque de Médicis. Al examinar los dientes de su presa, Steno se dio cuenta de
que se acababa de incorporar accidentalmente a uno de los principales debates
científicos de su era, el origen de las glossipetrae, o piedras
de lengua.
Estos dientes de tiburón fósiles podían recolectarse por barriles,
especialmente en Malta. En términos del siglo XX, su origen no ofrece duda. Son
idénticos a los dientes de los tiburones modernos en su forma exterior, su
estructura fina y su composición química; por lo tanto, no pueden ser otra cosa
más que dientes de tiburón.
No obstante, la identidad en la forma, que a nosotros nos ofrece tanta
seguridad, llevó, en tiempos de Steno, a otra interpretación potencial, pues
Dios, creador de todas las cosas, a menudo creaba con llamativa similitud en
diferentes reinos para poner de manifiesto el orden de sus pensamientos y la
gloriosa armonía del mundo. Si había hecho un mundo con siete planetas (el Sol,
la Luna y los cinco planetas visibles de la cosmología antigua) y siete eran
las notas de una escala musical, ¿por qué no imbuir en las rocas el poder
plástico de formar objetos exactamente iguales a partes de animales? Después de
todo, las glossipetrae procedían de las rocas y las rocas
fueron creadas tal y como nos las encontramos. Si las «piedras de lengua» son
dientes de tiburón, ¿cómo llegaron al interior de las rocas?
Más aún, si la Tierra tiene tan sólo unos pocos miles de años de edad y las
colecciones europeas estaban inundadas de estas piedras, ¿cuántos tiburones
hubieran sido necesarios para infestar de ellas las aguas del Mediterráneo en
tan poco tiempo?
4. Ilustración de mediados del siglo XVIII de por qué las glossipetrae (A, B
y C) deben proceder de las fauces de los tiburones. Procedente de De Corporibus
Marinis Lapidescentibus (Sobre los cuerpos marinos petrificados), por el
artista-científico siciliano Augustino Scilla.
Steno observó que su tiburón tenía cientos de dientes y que se iban
formando continuamente dientes nuevos, al ir desgastándose y cayendo los
dientes viejos. El número de glossipetrae procedentes de Malta
ya no excluía la posibilidad de su origen en las bocas de los tiburones,
incluso aceptando la cronología mosaica (que Steno no cuestionaba). De acuerdo
con la leyenda habitual de que los grandes científicos son observadores sin
prejuicios, capaces de prescindir de las limitaciones culturales y observar la
naturaleza directamente, Steno llegó a la conclusión correcta (que las glossipetrae son
dientes fósiles de tiburón) porque realizaba unas observaciones de gran
calidad. Steno era un magnífico observador, pero era también seguidor de la
nueva filosofía mecánica, que insistía en las causas físicas de los fenómenos y
consideraba que una similitud interna detallada era una señal segura de una
fabricación común en el sentido mecánico. Steno no veía mejor: más bien,
disponía de las herramientas conceptuales necesarias para interpretar sus
excelentes observaciones de un modo necesario, que continuamos considerando
verdadero.
Pero Steno abstrajo entonces el problema de las glossipetrae de
un modo notablemente original; y con esta gran percepción se hizo merecedor de
su papel de creador de la geología moderna. Las «piedras de lengua» encontradas
dentro de las rocas, razonaba Steno, resultaban problemáticas por ser sólidos
incluidos en el interior de un objeto sólido. ¿Cómo habían llegado hasta allí?
Steno reconoció entonces que todos los objetos inquietantes de la geología eran
sólidos dentro de sólidos: fósiles en estratos, cristales en las rocas, incluso
los propios estratos en las cuencas de deposición. Una teoría general acerca
del origen de los sólidos dentro de los sólidos podría suministrar una guía
para llegar a comprender la historia de la Tierra.
A menudo, la taxonomía es considerada la más aburrida de las
disciplinas, útil tan sólo para un ordenamiento estúpido y, en ocasiones, es
incluso denigrada dentro de la misma ciencia como mero «coleccionismo de
sellos» (una designación que yo, como ex filatélico, lamento profundamente). Si
los sistemas de clasificación fueran percheros neutrales en los que colgar los
hechos del mundo, este desdén podría tal vez estar justificado. Pero las
clasificaciones reflejan y, a la vez, dirigen nuestro pensamiento. El modo en
que ordenamos representa el modo en que pensamos. Los cambios históricos en las
clasificaciones son los indicadores fosilizados de revoluciones conceptuales.
El filósofo francés Michel Foucault utilizaba este principio como clave
para la comprensión de la historia del pensamiento. En Locura y
civilización, por ejemplo, señalaba que a mediados del siglo XVII apareció
un nuevo método de tratar a los dementes que se extendió con gran rapidez por
toda Europa. Hasta entonces, los locos eran exiliados o tolerados, y se les
permitía vagar de un lado para otro. A mediados del siglo XVII, fueron
internados en instituciones junto con los indigentes y los desempleados, una
verdadera mezcolanza si nos guiamos por nuestros patrones actuales. Tal vez
esta clasificación nos parezca insensata o cruel, pero, como plantea Foucault,
semejante juicio no nos ayudará a comprender el siglo XVII.
¿Por qué clasificar como una sola cosa a los pobres, los desempleados y
los locos?; ¿qué elemento en común podía inspirar semejante ordenación?
Foucault argumenta que el nacimiento de la sociedad comercial moderna llevó a
una nueva designación del pecado cardinal, aquel que había de tornarse
invisible a través del confinamiento de todos los que, por la razón que fuera,
estaban inmersos en él. Aquel pecado era la ociosidad, y Foucault demuestra que
la pereza sustituyó a la vieja maldición medieval del orgullo como el más
importante de los siete pecados capitales en los textos del siglo XVII. Poca
importancia tenía que los locos no trabajaran por motivos biológicos o
psicológicos, y que los desempleados lo estuvieran por falta de oportunidades.
Steno reordenó también el mundo de un modo que a sus coetáneos les debió
parecer tan curioso como curiosa nos parece a nosotros la identificación de la
locura con la pobreza. Del mismo modo que sus contemporáneos confinaban a los
ociosos, Steno identificaba a los sólidos contenidos en sólidos como una clase
fundamental de objetos, los separaba de todo lo demás y desarrollaba una serie
de criterios para clasificarlos en subdivisiones que representaban las
diferentes causas que les habían dado forma. El gran Prodromus es,
fundamentalmente, un tratado acerca de un nuevo sistema de clasificación de
sólidos contenidos en sólidos; una clasificación por génesis común, no por
similitudes superficiales o apariencia externa. La revolución en el pensamiento
de Steno surge de su clasificación alterada; y su curioso título, comprendido
de este modo, no podría ser más devastadoramente apropiado. He leído el Prodromus muchas
veces, pero cuando finalmente comprendí su mensaje, hace tan sólo un mes, ese
extraño título hizo que un escalofrío me recorriera la espalda.
El Prodromus ha sido habitualmente malinterpretado por
los geólogos, que atribuyen el éxito de Steno a su utilización de unos métodos
de observación modernos. (De hecho, aunque el Prodromus está
salpicado de astutas observaciones, su sección más larga es una discusión
especulativa acerca del origen de los cuerpos sólidos basada en la premisa
incorrecta de que todos los sólidos deben ser generados a partir de líquidos, y
que la forma de un sólido indica el movimiento de los líquidos que lo
produjeron.) Su traductor escribe: «En un tiempo en que abundaban las
metafísicas fantásticas, Steno sólo confiaba en la inducción basada en la
experimentación y la observación». Pero el Prodromus no narra
ningún experimento verdadero y tan sólo un modesto número de observaciones.
Tuvo éxito fundamentalmente porque Steno siguió una metafísica similar a la
nuestra, pero relativamente novedosa en su tiempo.
Los geólogos también han juzgado inapropiadamente a Steno buscando en el
texto perlas de sabiduría «moderna», en lugar de intentar comprender su
argumentación como un todo. Así, la afirmación más común acerca del Prodromus,
a menudo la única hecha por los geólogos, mantiene que Steno planteó la ley
cristalográfica de la constancia de los ángulos interfaciales (que por mucho
que varíen el tamaño y la forma de las caras de los cristales, los ángulos
entre ellas siguen valiendo lo mismo). Bien, tal vez lo hiciera, pero la «ley»
aparece en forma de dos líneas escritas de pasada en el pie de una figura, y
tiene escasa relación con el razonamiento fundamental de Steno. (Surge
simplemente como corolario de sus especulaciones acerca de cómo inferir el
movimiento de los fluidos a partir de la forma de los sólidos de ellos
precipitados.)
No, el Prodromus es, como afirma su título, un texto
acerca de sólidos dentro de sólidos y acerca de su correcta clasificación según
su modo de origen. Se basa en dos grandes percepciones taxonómicas: en primer
lugar, el reconocimiento básico de que los sólidos contenidos en sólidos
constituyen una categoría coherente para su estudio y, en segundo lugar, el
establecimiento de subdivisiones para disponer los sólidos contenidos en
sólidos con arreglo a las causas que los originaron.
Steno utiliza dos criterios para sus subdivisiones. (Son afortunadamente
obvios una vez planteado el problema, pero la revolución de Steno consistió
precisamente en plantear el problema.) En primer lugar, lo que podríamos
denominar el principio del moldeado: Steno argumenta que, cuando un sólido está
contenido dentro de otro, podemos determinar cuál se endureció primero
prestando atención a la impresión de cada uno de ellos sobre el otro. Así, las
conchas fósiles eran ya sólidas antes que los estratos que las envuelven, dado
que las conchas imprimen su forma en los sedimentos que las rodean, del mismo
modo que nosotros dejamos huellas al caminar por la arena húmeda. Pero las
rocas que las rodean eran sólidas antes de que lo fueran las venas de calcita
que las recorren, debido a que la calcita rellena canalizaciones preexistentes,
del mismo modo que una gelatina encaja en los huecos de un molde. El principio
del moldeado nos permite establecer el orden temporal de formación de dos
objetos en contacto. En un mundo que aún era considerado por muchos de sus
coetáneos como un lugar formado de una sola vez por un acto de voluntad divino,
este criterio histórico de Steno no podía por menos que desentonar y,
eventualmente, impuso una transposición en el pensamiento.
Al comienzo del Prodromus, Steno planteaba el problema que
deseaba resolver con su segundo criterio: «Dada una sustancia poseída de
determinada figura, y producida con arreglo a las leyes de la naturaleza,
encontrar en la propia sustancia evidencias que desvelen el lugar y modo en que
fue producida». Su solución, que es el principio básico de cualquier
reconstrucción histórica, sostiene que:
Si una sustancia sólida es en todos los aspectos similar a otra
sustancia sólida, no sólo en lo que se refiere a las condiciones de su
superficie, sino también en lo que se refiere a la disposición interna de sus
partículas y partes, será también similar a ella en lo que se refiere al modo y
lugar de su formación.
Por principio, los procesos pasados no pueden ser observados; sólo
quedan sus resultados. Si deseamos inferir los sucesos que dieron lugar a
cualquier objeto geológico, debemos buscar pistas en el propio objeto. La pista
más segura es una similitud en detalle (parte interna por parte interna) con
objetos modernos formados por procesos que podemos observar directamente. La
similitud puede ser equívoca (y se han cometido grandes errores en la
aplicación del principio de Steno), pero nuestra confianza en el origen común
va en aumento según vamos catalogando similitudes cada vez más detalladas que
implican la estructura interna y la composición química además de la forma
exterior.
Así, argumenta Steno, las rocas sedimentarias deben ser los depósitos de
los ríos, los lagos y los océanos porque «se corresponden con aquellos estratos
depositados por las aguas turbias». Las conchas fósiles pertenecieron antaño a
animales y los cristales se precipitaron en fluidos del mismo modo que hoy
extraemos sal o hacemos caramelos.
Con estos dos principios (moldeado y similitud suficiente), Steno
estableció los dos requisitos previos necesarios para la reconstrucción
geológica y, de hecho, para cualquier reconstrucción histórica: podía
determinar cómo y dónde se formaban los objetos y podía ordenar los sucesos en
el tiempo. El genio de Steno, repitámoslo otra vez, estuvo en el
establecimiento de este nuevo marco conceptual para la observación, no en la
agudeza de sus subsiguientes observaciones. La ruptura de Steno con las viejas tradiciones
destaca más en su total fracaso, excepción hecha de un tímido pasaje, por
considerar el tema principal que obsesionaba a sus colegas: la identificación
de objetivos y propósitos en todas las cosas, incluyendo lo que hoy en día
consideramos procesos puramente físicos de alzamiento, erosión y
cristalización. En un pasaje breve, Steno cita la disimilitud de función como
razón explicativa de su habitual razonamiento acerca de la similitud interna,
para afirmar que las rocas y los huesos se forman de distinto modo. Pero
rápidamente introduce una corrección: «si a uno le estuviera permitido afirmar
algo acerca de un tema, por lo demás tan poco conocido, como son las funciones
de las cosas». Como argumenta también Foucault, los temas que deja uno fuera de
sus taxonomías son tan significativos como los que se incluyen.
La organización en cuatro partes del Prodromus ha sido,
normalmente, considerada deshilvanada o incluso incoherente: un trabajo montado
a toda prisa por un hombre deseoso de abandonar Florencia pero obligado a
justificar el patrocinio del gran duque. Yo, por el contrario, lo veo como un
resumen amplio y sólidamente razonado para una ciencia de la geología basada en
los principios del moldeado y de la similitud suficiente.
La parte primera es una provocación, un ejemplo específico con el que
demostrar el poder del método general. Las glossipetrae, argumenta
Steno, tienen que ser dientes de tiburón por ser idénticas en forma y
disposición interna a los objetos que había extraído de la boca de su presa de
Livorno. Se solidificaron antes que las rocas en las que están incluidas, dado
que imprimen su forma en los sedimentos que las rodean. Por lo tanto (y aquí el
argumento empieza a tomar rasgos de generalización revolucionaria), las rocas
sedimentarias no fueron creadas a la vez que la Tierra, sino que se han formado
del mismo modo que los depósitos de las aguas turbias en los ríos, los lagos, o
los océanos. Más aún, a menudo se encuentran fósiles marinos similares en lo
alto de las montañas y lejos del mar; estos fósiles también se solidificaron
antes que los estratos que los contienen. Así pues, la Tierra tiene una larga
historia: tierras y mares han cambiado de lugar, y de las aguas han emergido
montañas.
En la segunda parte, Steno argumenta que las glossipetrae no
son más que un ejemplo más del problema general de los sólidos dentro de los
sólidos, y que los principios de moldeado y de similitud suficiente pueden
abastecer unas subdivisiones taxonómicas apropiadas basadas en modos de origen
común. La tercera parte trata de las principales clases de sólidos dentro de
sólidos y establece dos categorías básicas para los objetos de dentro de las
rocas: los fósiles que se endurecen antes que los estratos que los rodean y los
cristales y las venas que se forman dentro de las rocas
sólidas.
La cuarta parte, una reconstrucción de la historia geológica toscana, ha
sido problemática e incluso embarazosa para aquellos geólogos que quieren ver a
Steno como su santo patrón y fundador. (La Iglesia católica, dicho sea de paso,
está también considerando la posibilidad de elevar a Steno a los altares, y
éste podría eventualmente alcanzar una doble distinción sin precedentes.) Steno
construye su historia de modo que se corresponda con la cronología bíblica, con
dos ciclos de deposición: a partir del vacío original y a partir del océano
universal de Noé. La esencia de esta cuarta parte, no obstante, no la
constituye su mantenimiento de la fidelidad a Moisés (Steno, después de todo,
no era un hombre de nuestro siglo), sino más bien su demostración de que los
principios del moldeado y la similitud suficiente pueden ser utilizados no sólo
para clasificar objetos (parte tres), sino también para reconstruir la historia
de la Tierra a partir de estos mismos objetos (parte cuatro). La última parte
del Prodromus demuestra por medio de ejemplos específicos,
extraídos del terreno local, que una clasificación correcta de los sólidos
dentro de los sólidos puede establecer una ciencia de la geología.
4. Letras latinas grabadas, casualmente, por la naturaleza en piedras de
calcita, halladas, casualmente, y reproducidas por el jesuita Athanasius
Kircher.
En 1678, Athanasius Kircher publicó una figura que mostraba todas las
letras del alfabeto, incluyendo la contracción ‘Æ’, grabadas en vetas de
calcita. Hoy soltamos una risita y pasamos por alto estas bien formadas letras
como accidentes. Pero para Kircher no eran menos significativas que las conchas
de almeja que también se hallaban en las rocas. Podría argumentarse que los
bivalvos son más complejos que las letras, pero un trabajo veneciano de 1708
reproducía un ágata que parecía mostrar en sus bandas de color a Cristo
crucificado con todos los atavíos correspondientes, incluyendo un sol en la
favorecida derecha y una luna en la despreciada izquierda. El pie del trabajo
proclamaba en mal alemán: Solche wunderbarliche Gestalt, hat die Natur
in ein Agat gemahlt («la propia naturaleza ha pintado esta maravillosa
figura en una ágata»). ¿Por qué era diferente una almeja en una roca de una
letra o una crucifixión? Dado que los alfabetos y las escenas religiosas no
pueden ser objetos preexistentes enterrados en estratos, debían haber sido
elaborados por algún poder plástico de las propias rocas. Mientras las «cosas
raras de dentro de las rocas» formaran una única categoría, las almejas y los
dientes de tiburón serían también manifestaciones de esa fuerza plástica y no
sería posible la ciencia de la paleontología ni la de la geología histórica.
Pero la clasificación de Steno reconocía la distinción básica entre los fósiles
que se endurecían antes que las rocas que los rodeaban y las vetas que
penetraban y que podían, por accidente, asemejarse a alguna forma o diseño
abstracto.
Steno cambió el mundo del modo más sencillo, y no obstante profundo.
Clasificó sus objetos de forma diferente.
6. El propósito de Hutton
En su tributo a Lucrecio, Virgilio escribía: «Feliz aquel que pudiera
conocer las causas de las cosas» (Felix qui potuit rerum cognoscere causas).
Un sentimiento noble y sin complicaciones, sin duda, pero un predecesor suyo,
aún más ilustre, había demostrado que la causalidad no es una cuestión simple.
Aristóteles, en la Analítica posterior del Organon,
afirmaba: «Sólo pensamos que tenemos conocimiento de algo cuando conocemos su
causa». Seguidamente pasaba a ofrecer un complejo análisis del propio concepto
de causalidad.
Cada suceso, argumentaba Aristóteles, tiene cuatro tipos distintos de
causas. Consideremos la llamada parábola de la casa, que probablemente se haya
venido utilizando durante más de dos mil años como ejemplo arquetípico para
ilustrar el esquema de Aristóteles. ¿Cuál es la causa de mi casa? ¿Cuáles son
los sine quibus non, los diversos factores cuya ausencia
llevaría a la inexistencia de la casa o a una casa de un diseño notablemente
diferente?
En primer lugar, razona Aristóteles, debemos disponer de la paja, los
palos o los ladrillos: la causa material. Evidentemente es
importante, como descubrieron los tres cerditos, el material que se elige.
Seguidamente, alguien debe llevar a cabo el trabajo concreto, impermeabilizar
el techo o poner los ladrillos: el efector o causa eficiente. El
plano por el que se guía el albañil no hace nada activamente y no es material
de construcción, pero es un tipo de causa, ya que diferentes planos tienen como
resultado casas diferentes, y la ausencia de planos le deja a uno con un montón
de ladrillos. Estas órdenes preconcebidas son causas formales en
el léxico de Aristóteles. Finalmente, si la casa no tuviera por objeto servir
de alojamiento para sus habitantes, nadie se molestaría en construirla. El
propósito es la causa última.
Nuestros hábitos lingüísticos actuales no siguen el análisis de
Aristóteles; nuestra noción de «causa» ha quedado a todos los efectos
restringida a las causas eficientes de Aristóteles. No negamos los aspectos
materiales y formales, pero ya no los llamamos causas. Cuando yo identifico el
movimiento de un taco de billar como la causa de la vacilante trayectoria de
una bola (aunque para Aristóteles sería sólo la causa eficiente), no considero
que la composición de la bola o el plano de la mesa sean irrelevantes, pero ya
no los llamo causas.
La eliminación del propósito, o causa última, cuenta una historia más
importante, y representa un cambio de estilo fundamental en la ciencia
occidental. Aristóteles no veía nada absurdo en asignar a cada suceso una causa
eficiente (un mecanismo, en nuestra terminología) y una causa final (un
propósito). Por ejemplo, escribe lo siguiente:
La luz sale de la linterna. Al estar compuesta de partículas más
pequeñas que los poros de la linterna, no puede evitar pasar a través de ellos
(asumiendo que sea así como se propaga la luz); pero también brilla con un
propósito, que no tropecemos [Analítica posterior, 94b, 1.28].
Podemos seguir a Aristóteles en dispositivos construidos por los humanos
con fines concretos. Efectivamente, pusimos agujeros en las linternas para
permitir el paso de la luz. La causa final sigue siendo también un concepto
legítimo para las adaptaciones de los organismos, a pesar de que estos rasgos
surgen por procesos naturales y no por la actividad consciente de los animales
implicados. Sigue siendo correcto decir coloquialmente que los murciélagos y
las aves tienen alas «para» volar, y el lobo invocó con toda legitimidad una
causa final para contestar a Caperucita Roja a su pregunta acerca de los
dientes afilados: «Para comerte mejor, querida».
Pero somos reticentes a adscribir causas finales al funcionamiento
físico de los objetos inanimados, aunque a Aristóteles no le ocurría lo mismo.
A Aristóteles le parecía lógica la expresión «Truena porque debe haber un siseo
y un rugido al ser extinguido el fuego, y para (como mantienen los pitagóricos)
amenazar a las almas del Tártaro y hacerles sentir miedo» [ibid., 94b,
1.34]. Aquí nos permitimos una risita, y esa sonrisa representa tal vez el
cambio más importante que haya experimentado la ciencia en los tiempos
modernos. Ya no vemos el universo como algo explícitamente diseñado en todas
sus menores y más variadas partes para servir a algún propósito humano. Hemos
sustituido esta hybris cósmica por una visión más mecánica de
la naturaleza. Tal vez al principio Dios le diera cuerda al reloj y
estableciera las leyes de su tictac, pero desde luego no dedica su precioso
tiempo a dar forma a cada hoja de hierba y a cada grano de arena para ofrecer
instrucciones de mantenimiento explícito a su especie favorita en la Tierra. El
punto de vista mecánico, basado en la predominancia de la causa eficiente, ha
expulsado con todos los merecimientos a la causa final del dominio de los
objetos naturales, físicos.
Hasta tal punto es absoluta esta proscripción de la causa última, y tan
esencial para una definición moderna de la ciencia, que los viejos pasajes
dedicados a las causas últimas de los objetos físicos no tienen parangón como
motivo de ridículo cuando, en nuestro arrogante enfoque de la historia,
decidimos burlarnos del pasado para mejor regocijarnos en nuestra actual
sabiduría (una causa última legítima en la psicología humana). Sería, en
efecto, difícil negar que muchos de estos pasajes son, admitámoslo, simplemente
divertidos.
Por ejemplo, Louis Agassiz argumentó con toda seriedad en la década de
1860 que las eras glaciales podían comprenderse tanto por la física del
movimiento glacial (causa eficiente) como a modo de una dispensa de
benevolencia divina cuyo objetivo era remover y enriquecer el suelo:
Naturalmente, uno se pregunta qué fin tenía esta gran máquina puesta en
funcionamiento hace eras que trituró, surcó y amasó, como quien dice, la
superficie de la Tierra. Encontramos nuestra respuesta en la fértil tierra que
se extiende por las regiones templadas del globo. El glaciar fue el gran arado
de Dios.
En 1836, William Buckland, primer geólogo académico de Oxford, afirmó
que el abundante carbón, combustible que hizo posible la gloria de Inglaterra,
estaba tan inteligentemente distribuido en las entrañas de la Tierra que el
propio Dios debió ponerlo allí, hace muchos millones de años, en amorosa
previsión de su futuro uso. Podríamos sospechar, con todo derecho, que, como
roca vieja, el carbón debería ahora estar enterrado bajo tantos kilómetros de
estratos más jóvenes, que estaría más allá (o más bien, por debajo) de nuestro
alcance. Pero a Dios le pareció bien ordenar su deposición no en vastas láminas
horizontales, sino en lechos discontinuos en forma de cuencos cuyos bordes aún
cortan la superficie de la tierra o yacen inmediatamente debajo de ella. Más
aún, los estratos que estaban enterrados en profundidades inaccesibles a menudo
han sufrido fallas extensivas y han sido elevados hasta la superficie. Estas
fallas constituyen un beneficio más para los mineros, porque los arroyos que a
menudo corren a lo largo de sus fracturados límites pueden guiarnos hasta la
preciosa sustancia que hay debajo, y porque los destructivos fuegos no pueden
ya arrasar todo un campo, al estar este extenso estrato roto por varias fallas
en segmentos discontinuos separados por rocas incombustibles. Buckland
escribió:
Por remotos que puedan haber sido los períodos en los que fueron
almacenados estos materiales, que serían beneficiosos en un futuro, podemos en
justicia asumir que… una clara perspectiva de los usos que el hombre haría de
ellos formaba parte del designio con el que, eras atrás, fueron dispuestos de
modo tan admirablemente adaptado al beneficio de la raza humana.
Alexander Winchell, eminente geólogo norteamericano y primer canciller
de la Universidad de Syracuse, era prácticamente incapaz de contener su
entusiasmo en su lírico homenaje a las fallas, que introducen el carbón en
nuestra órbita (Sketches of Creation, 1870):
Enterrado a tres mil metros de profundidad, el hombre jamás hubiera
llegado a conocer su existencia, y aún menos hubiera sabido cómo elevarlo hasta
la superficie. Vean la previsión de la naturaleza al romper los estratos
carboníferos inclinándolos sobre su costado, como diciendo: «helo aquí, aquí
está lo que deseáis; no busquéis en vano; excavad y quedad satisfechos con el
calor; sacad a la luz la oculta energía… y ordenad al sirviente que tenéis en
vuestras manos que ejecute todo lo que a vuestra comodidad convenga».
No hace falta decir que carezco del más mínimo deseo de reavivar esta
tradición de discusiones acerca de las causas finales. Pero sí condenaría, y
por dos razones, todo intento de utilizar pasajes antiguos acerca de las causas
últimas como fuente de hilaridad y autocomplacencia por haber trascendido las
ineptitudes del pasado. En primer lugar, subvierte todo intento de comprender
el pasado y utilizarlo como guía para la interpretación del presente. Cuando
intelectos tan destacados como Agassiz y Buckland (por no citar a Aristóteles)
plantean seriamente estos razonamientos, debemos considerarlos como indicadores
de una concepción del mundo fundamentalmente diferente, no como signos de
estupidez personal o ingenuidad colectiva. En segundo lugar, incluso las visiones
equivocadas del mundo, cuando tienen a la vez grandiosidad y profundidad,
pueden servir como fuentes maravillosamente fructíferas de percepciones. Por
reciclar una cita favorita utilizada en un volumen anterior (El pulgar del
panda): «Dadme errores fructíferos, llenos de semillas, llenos a reventar
de sus propias correcciones. Podéis quedaros con vuestra estéril verdad»
(comentario de Pareto acerca de Kepler).
La causa última sirvió como error fructífero en un momento crucial de mi
propia profesión. La mayor reconstrucción de la geología (la teoría de la
Tierra de James Hutton) descansaba sólidamente sobre una argumentación acerca
de causas últimas, y pocos geólogos tienen el más mínimo conocimiento de este
«anticuado» manantial de percepciones porque éstas han sido subvertidas por un
hito, confortable y reconfortante, que asigna el éxito de Hutton a su
utilización de tácticas modernas: trabajo de campo y un concepto mecánico de la
causalidad física (véase G. L. Davies, The Earth in Decay, American
Elsevier, 1969, para una magnífica descripción de este mito y su corrección).
Nacido en Edimburgo en 1726, James Hutton se codeaba con personas como
Adam Smith y James Watt, en el gran círculo intelectual escocés que tanto
influyó en la vida de la Europa del siglo XVIII. Tras abandonar su aprendizaje
en leyes, estudió medicina. Dado que era una persona de medios, no sintió
necesidad de ejercer y optó, por el contrario, por hacerse granjero (sobre una
tierra heredada de su padre y tras reforzar su seguridad económica inventando y
comercializando un proceso para producir sal amoniacal a partir de hollín de
chimenea). Hombre que se apartaba por igual del personaje rústico y del
caballero granjero, estudió los métodos más modernos en ganadería y montó una
granja rentable, moderna y modélica. A principios de su cuarentena, Hutton
abandonó la vida en el campo, regresó a Edimburgo y pasó las siguientes tres
décadas de su vida como caballero intelectual de dedicación plena y sin empleo.
En 1788, Hutton publicó su reconstrucción de la geología en el primer
volumen de las Transactions of the Royal Society of Edinburgh (ampliado
en 1795 a un trabajo de múltiples volúmenes titulado Theory of the
Earth, tras un furibundo ataque en contra suya, por su supuesto ateísmo y
otras impropiedades, por parte del químico y mineralogista irlandés Richard
Kirwan). Hutton, aunque normalmente se le retrata como un empírico moderno,
pertenece en realidad a la gran tradición de constructores de sistemas
generales (y, al menos en parte, especulativos) que dominó la mayor parte de la
«geología» del siglo XVIII (el término no había sido aún inventado, y la
profesión de geólogo, con sus procedimientos formalmente reconocidos, tampoco
existía por aquel entonces).
El sistema de Hutton, su «máquina del mundo», encarnaba una idea cíclica
de la historia, dinámica y continuamente recurrente, pero que no iba a ninguna
parte, como proclamaba el predicador del Eclesiastés:
Los ríos van todos al mar, y la mar no se llena; allá de donde vinieron
tornan de nuevo, para volver a correr (I: 7). Lo que fue, eso será. Lo que ya
se hizo, eso es lo que se hará; no se hace nada nuevo bajo el sol (I: 9).
Esta visión de la historia contrastaba violentamente con el concepto
cristiano, más familiar, de una secuencia lineal y direccional que se mueve
siempre hacia adelante desde la creación hacia la resurrección. (Hutton, que
decididamente no era ateo, no ponía en duda que Dios había ordenado un comienzo
y decretaría un final. Pero estos sucesos milagrosos se encontraban fuera de
los objetivos de la ciencia. Entre estas dos singularidades, Dios descansó y
permitió que el mundo funcionara según las reglas naturales que Él había
establecido. Tan sólo este período era susceptible de estudio por parte de la
ciencia, y en él Hutton no discernía dirección alguna, sólo un ciclo sin fin.)
La teoría de Hutton descansa, en parte, en su elección de metáforas para
hablar de la Tierra. A través de su amistad con James Watt y su reverencia por
Isaac Newton, Hutton decidió ver el mundo como una máquina perfecta que, una
vez se le ha dado cuerda, funcionaría eternamente (o hasta que Dios cambiara
las reglas) sin desgastarse ni romperse.
* * * *
Este mundo —proclamaba Hutton— es una escena activa o una máquina
material cuyas partes se mueven todas. Debemos averiguar cómo ha sido concebida
esta máquina para conseguir que esas partes se muevan sin desgastarse o
desaparecer, o para que aquellas partes que están gastadas o en decadencia
queden reparadas.
* * * *
Hutton concibió, por lo tanto, una teoría cíclica de cuatro etapas de la
historia de la Tierra. En la primera etapa, la única que podemos observar
directamente, la tierra es desgastada por erosión y eventualmente (segunda
etapa) es depositada en forma de estratos en las profundidades del océano. Allí
(etapa tercera) los estratos se ven comprimidos y consolidados por el calor
(procedente tanto de los fuegos interiores de la Tierra como por el peso de los
sedimentos de la parte superior), y después (cuarta etapa), como resultado de
ese mismo calor interno, son fracturados y elevados para formar nuevos
continentes. La tierra y el mar han cambiado de lugar y el ciclo se inicia de
nuevo: erosión, deposición, consolidación y elevación… por los siglos de los
siglos. Así, en las palabras más famosas jamás escritas por geólogo alguno,
Hutton pone fin a su tratado de 1788 comparando explícitamente su máquina del
mundo con las continuas revoluciones de los planetas en torno al Sol:
Habiendo visto, en la historia natural de esta Tierra, una sucesión de
mundos, podemos concluir de ella que existe un sistema en la naturaleza; de
modo similar a como se concluye, al ver las revoluciones de los planetas, que
existe un sistema por el cual se pretende que continúen esas revoluciones. El
resultado, por consiguiente, de nuestra actual investigación es que no
encontramos por parte alguna vestigios de un principio, ni perspectivas de un
final.
Aunque Hutton tuvo predecesores en cada una de sus afirmaciones, el
contenido revolucionario de su sistema general tiene dos fuentes principales.
En primer lugar, hizo saltar las fronteras del tiempo, estableciendo así la
contribución más específica y transformadora de la geología al pensamiento
humano: «el tiempo profundo», como dice John McPhee (Basin and Range,
1981). En su segunda afirmación más famosa, Hutton escribió: «El tiempo, que en
nuestro criterio lo mide todo, y en ocasiones es insuficiente para nuestros
planteamientos, es, para la naturaleza, infinito y como inexistente».
* * * *
Una de las principales barreras para la aceptación del tiempo profundo
había sido la ausencia de cualquier fuerza restauradora reconocida en el
funcionamiento de la naturaleza. Los geólogos anteriores a Hutton carecían en
general de un «concepto de reparación». Sabían que la erosión desgastaba sin
cesar la tierra, y las tradiciones culturales respaldaban la idea de la
historia como un declive continuo a partir de la perfección original del Edén.
No reconocían que el calor interno de la Tierra fuera capaz de fracturar y
elevar vastas áreas de los continentes formando montañas y altiplanos
(consideraban a las cordilleras como parte de la estructura original de la
Tierra y a los volcanes como una especie de sarpullidos en la superficie en
desintegración del planeta). Sin el concepto de reparación, la Tierra tiene que
ser aún muy joven. Después de todo, no llevaría mucho tiempo sumergir en el mar
todos los continentes por medio de la erosión, y todavía existen montañas que
se elevan sobre nosotros. Como segunda gran contribución, Hutton de mostró que
las fuerzas ígneas del interior de la Tierra suponían un poder restaurador que
elevaba continentes, evitaba la destrucción de la Tierra, permitía una teoría
de ciclos sin fin y establecía la posibilidad del tiempo profundo.
5. Ilustración original de Hutton de una discordancia angular. Nótense los
estratos verticales inferiores y los horizontales por encima de ellos. Dibujo
de John Clark, aparecido en el tratado de Hutton de 1795.
Para cada una de estas contribuciones (el tiempo profundo y el concepto
de reparación), Hutton aportó una observación empírica clave. En cuanto al
tiempo, Hutton reconoció el significado de lo que los geólogos denominan
discordancia angular. Las viejas rocas sedimentarias, depositadas originalmente
en superficies horizontales, a menudo se ven levantadas e inclinadas por la
acción de las fuerzas restauradoras de Hutton. Pueden ser erosionadas,
cubiertas de agua y ocultas por una nueva secuencia de sedimentos horizontales.
El contacto entre estos dos «paquetes» de rocas sedimentarias es denominado una
discordancia angular, dado que los estratos más viejos e inclinados se
encuentran con los estratos más jóvenes, horizontales, formando un ángulo.
Hutton estaba entusiasmado con estas discordancias, ya que le ofrecían una
evidencia directa en favor de su teoría de los ciclos. Cada discordancia
angular constituía el registro de dos mundos huttonianos
dispuestos en secuencia el uno encima del otro: un mundo más antiguo en el
primer paquete, creado en las profundidades del mar, elevado y de nuevo
erosionado, y un mundo más joven en el segundo paquete, formado en un océano
posterior y ahora elevado hasta nuestros ojos. John Playfair, el más grande de
los intérpretes de Hutton y el hombre más instruido que jamás escribiera sobre
geología, dejó constancia de su asombro al ver una discordancia angular en un
viaje de campo con Hutton:
¿Qué evidencia más clara podríamos esperar de la diferente formación de
estas rocas y del largo período que separó su formación, si no fuera haberlas
visto emerger del seno de las profundidades? … Mi mente sufrió un vértigo al
mirar a tanta distancia en el abismo del tiempo.
Para su concepto de la reparación, Hutton reconoció la naturaleza ígnea
de dos rocas comunes, el basalto y el granito. Muchos geólogos de la época
argumentaban que el basalto y el granito eran rocas sedimentarias depositadas
por el agua; Hutton mantenía (con toda corrección) que habían surgido en forma
de magma de las profundidades de la Tierra, enfriándose hasta alcanzar su
estado actual. Así pues, representaban los productos de la fuerza restauradora
de Hutton. Esta cuestión se convirtió en el punto focal de una gran disputa
científica entre los «neptunistas», que abogaban en favor del papel del agua, y
los «plutonistas» (como Hutton), que optaban en favor de los fuegos interiores
como origen del granito y el basalto. El debate recibió un buen tratamiento por
parte de la prensa popular y llegó incluso a trascender a las páginas de Fausto (por
ser Goethe, entre otras cosas, un brillante geólogo), en las que, debido al
error de su autor, Fausto defiende la posición neptunista y Mefistófeles (con
toda propiedad) argumenta en favor de los fuegos del interior de la Tierra. Los
debates científicos arcanos no despiertan tanta atención a menos que lo que
esté en juego sea importante; y este era el caso. El basalto y el granito
ocupan vastas áreas de la superficie de la Tierra. Si ellos, al igual que todas
las demás rocas comunes reconocidas por aquel entonces, eran sedimentarios,
entonces todas las rocas podrían ser producto de un océano original, y la
totalidad de la historia de nuestra Tierra podría ser corta y direccional: unos
pocos miles de años de deposición y secado. Pero si el granito y el basalto son
rocas ígneas, entonces dejan testimonio de una fuerza restauradora con una
potencia suficiente para cubrir con sus productos buena parte de la Tierra. La
historia podría ser cíclica y muy larga. Hutton se basó fundamentalmente en
evidencias de campo para defender sus conclusiones plutonianas. Tomó nota, en
particular, de que el granito y el basalto aparecen a menudo en forma de diques
verticales que atraviesan los sedimentos horizontales marcando el lugar de paso
de magmas procedentes del interior de la Tierra.
¿Basó Hutton su teoría general en estas observaciones? ¿Triunfó acaso,
como cuenta la versión popular, por ser un modernista objetivo que combatía las
antiguas tradiciones de especulación sesgada utilizando la «verdadera»
herramienta del científico, la observación pura, sin preconcepciones, y por
tener un concepto moderno de la causalidad mecánica? Un compatriota de Hutton,
el gran geólogo escocés sir Andrew Geikie, dio a este mito su más sólido apoyo
en su volumen de 1905, The Founders of Geology. Geikie escribió:
«En la totalidad de su doctrina, Hutton se guardó rigurosamente de admitir
cualquier principio que no pudiera estar basado en la observación. No hizo
suposiciones. Cada uno de los pasos de sus deducciones estaba basado en hechos
concretos». El heroico Hutton de Geikie hacía acopio de datos por el método
responsable tanto de la fuerza como de la mística de la geología, esto es, el
trabajo de campo:
Viajó a grandes distancias en busca de datos, y para poner a prueba las
interpretaciones que de ellos hacía. Viajó a diferentes lugares de Escocia.
Extendió sus expediciones también a Inglaterra y Gales. A lo largo de casi
treinta años jamás cesó de estudiar la historia natural del globo, buscando
constantemente el reconocer las pruebas de antiguas revoluciones terrestres y
averiguar por qué causas se habían producido.
Este Hutton encaja bien con la imagen idealizada de la geología que se
ofrece a sucesivas generaciones de estudiantes. Desde luego, Hutton no
permaneció continuamente sentado en su sillón. Realizó multitud de excursiones
y observó gran cantidad de cosas. Sus observaciones sin duda le inspiraron y le
instruyeron; pero podemos demostrar, más allá de toda duda, que el trabajo de
campo no fue la fuente de su teoría. En lo que se refiere a sus dos
observaciones clave, la cronología del mito oficial está al revés. Hutton vio
su primera discordancia angular tras haber presentado su teoría completa en
público. Más aún, y por propia admisión, sólo había tenido ocasión de ver
granito en un lugar, por lo demás poco informativo, antes de publicar su
teoría. Su trabajo de campo, en el mejor de los casos, servía para buscar
confirmación a una teoría desarrollada en otro lugar.
Cuando consultamos el registro escrito de Hutton, nos encontramos con
que (si aceptamos sus propias presentaciones sin más reservas) desarrolló su
teoría general a través de la ruta aceptada por los constructores de sistemas
del siglo XVIII: razonó a partir de su propia versión de los primeros
principios y después se puso a recolectar argumentos para lo que él consideraba
conclusiones necesarias. Y cuando examinamos el concepto de primeros principios
de Hutton, descubrimos que no era un mecanicista comprometido en favor de las
pruebas empíricas, sino un seguidor de las ideas de Aristóteles acerca de la
causalidad.
Hutton tenía, en efecto, un concepto mecánico de la causalidad: su
Tierra es una máquina perfecta que funciona sin el más mínimo indicio de
senilidad y lo seguirá haciendo hasta que Dios decida ordenar el final. Pero
Hutton seguía con las enseñanzas de Aristóteles al argumentar que los sucesos
tienen a la vez una causa mecánica (o eficiente) y un
propósito o causa última. De estas dos, Hutton consideraba evidentemente más
importante y más fundamental para su sistema la causa final. Cuando Geikie y
otros decidieron ignorar los propios escritos de Hutton, utilizándole como una
especie de homilía moral para una visión idealizada de la ciencia, le hicieron
un flaco favor a un intelecto grandioso, aunque no moderno.
El primer párrafo del gran trabajo de Hutton (la versión original de
1788), al destacar tanto las máquinas como sus propósitos, adelanta la
argumentación aristotélica de que toda teoría adecuada sobre la Tierra debe
explicar a la vez el cómo y el porqué:
Cuando seguimos la pista a las partes que componen este sistema
terrestre, y cuando observamos la conexión general de esas partes diversas, el
todo representa una máquina de construcción peculiar, gracias a la cual está
adaptada a un fin determinado. Percibimos un tejido, tramado de sabiduría, para
lograr un propósito digno del poder que resulta aparente en su creación.
En el cuarto párrafo nos enteramos de que la causa última de la Tierra
debe expresarse en términos de su adecuación para albergar a sus habitantes
conscientes, o sea, a nosotros: «El globo terrestre es un mundo habitable; y
nuestro sentido de la sabiduría existente en su formación deberá depender de su
adecuación a este propósito».
Hutton pasa después a explicar cómo desarrolló su teoría general de la
Tierra como máquina auto reparadora con una historia cíclica de erosión,
deposición, consolidación y elevación. No recurre ni a observaciones de campo
ni a causas mecánicas, sino que basa sus razonamientos en un rompecabezas que
surge de su propia experiencia como granjero y se centra nítidamente en la idea
de una causa última. Podríamos llamar a este rompecabezas la «paradoja del
suelo».
Sin suelos para la agricultura no podríamos sustentarnos en este
planeta. El suelo es producto de la erosión, la fase destructiva del ciclo
huttoniano:
Un cuerpo sólido de tierra no habría dado cabida al propósito de un
mundo habitable; los suelos son necesarios para el crecimiento de las plantas,
y un suelo no es más que una recolección de materiales procedentes de la
destrucción de la tierra sólida… Las alturas de nuestra tierra son así
niveladas con sus playas; nuestras fértiles planicies están formadas por las
ruinas de las montañas.
Y ahora viene la paradoja. Para formar el suelo que tan necesario es
para nuestra vida y, por consiguiente, tan esencial para la causa última de la
Tierra, la naturaleza utiliza un proceso mecánico que necesariamente destruye
la Tierra: «Debemos, por lo tanto, considerar como inevitable la destrucción de
nuestra Tierra en la medida en que se efectúa por causa de las operaciones
necesarias para el propósito de nuestro globo, considerado como un mundo
habitable». Pero Dios no gastaría semejante broma a sus criaturas favoritas. No
podía emplear como fuente de suelo dador de vida un proceso que en breve
acabaría eliminando a toda la humanidad, arrastrando la tierra al mar. Debe
existir, a priori, una fuerza restauradora, para que la Tierra
pueda mostrar sabiduría en su adaptación a la vida humana:
Si tras las investigaciones precisas no se hallara ese poder
reproductor, u operación reformadora, en la constitución de este mundo,
tendríamos razones para concluir que, o bien el sistema de esta Tierra ha sido
creado imperfecto intencionadamente, o que no ha sido obra de un poder y una
sabiduría infinitos.
Hutton no encontró su fuerza restauradora de forma inesperada en el
campo, tropezando con una discordancia angular o meditando acerca de la
naturaleza del granito. Dedujo la necesidad de una fuerza restauradora a partir
de una amenazante paradoja aparecida en la causa última, y posteriormente
dedicó sus esfuerzos a encontrarla. De hecho, él mismo interpreta todo su
tratado como una intensa búsqueda de propósitos en los objetos físicos:
Este es el punto de vista con el que deberemos ahora examinar el globo;
para ver si existe, en la constitución de este mundo, una operación
reproductiva por medio de la cual pudiera ser reparada una constitución
arruinada, aportando así a la máquina una estabilidad o una duración,
considerando la máquina como un mundo que sustenta animales y plantas … Aquí
aparece una importante pregunta … Una pregunta que, tal vez, la sagacidad del
hombre sea capaz de responder; y una pregunta que, si queda satisfactoriamente
resuelta, podría añadir un cierto lustre a la ciencia y el intelecto humanos.
Cuando Hutton localiza sus fuerzas restauradoras en los fuegos internos
de la Tierra, continúa con la estrategia aristotélica de identificar a la vez
cómo funcionan y por qué, en términos humanos, actúan como lo hacen:
El fin de la naturaleza al situar un fuego interno o un poder
calorífico, y una fuerza de expansión irresistible en el cuerpo del planeta, es
consolidar el sedimento acumulado en el fondo de los mares y configurar a
partir de él una masa de tierra permanente por encima del nivel del océano con
el fin de sustentar las plantas y los animales.
Los volcanes, nos cuenta Hutton, «no están hechos a propósito para
asustar a las personas supersticiosas y producir en ellas raptos de piedad y
devoción, ni tampoco para arrollar santas ciudades con su destrucción». Son
válvulas de escape de los fuegos internos, «espiráculos que van hasta el horno
subterráneo para evitar toda elevación innecesaria de la tierra y los fatales
efectos de los terremotos». Algunos pueden morir en las erupciones, pero sólo
con el fin de que otros puedan vivir: «Si bien ocasionalmente pueden destruir
la vivienda de unos pocos, proveen la seguridad y la tranquila existencia de
los más».
Los contemporáneos de Hutton comprendían desde luego el papel
fundamental de la causa última en su teoría, tanto como motivación original
como en su papel de tema de soporte. Playfair escribió acerca de su tratado:
«Vemos por doquiera una gran atención al descubrimiento, y la más apasionada
disposición a admirar los ejemplos de sabios y benéficos designios puestos de
manifiesto en la estructura o economía del mundo». Hutton, continuaba diciendo,
consideraba preeminentes las causas últimas:
Eran las partes… que contemplaba con mayor deleite; y se hubiera sentido
menos halagado por la afirmación del ingenio y la originalidad de su teoría,
que por la valoración de aportación que había supuesto a nuestro conocimiento
de las causas últimas.
Por supuesto, no sugiero que las causas últimas sean reincorporadas a la
ciencia como componente para la explicación de los sucesos físicos. Simplemente
deseo señalar que, aunque las teorías puedan ser expurgadas y preservadas
empíricamente, sus orígenes son tan variados como lo son las personas y los
tiempos y las tradiciones y las culturas. Si utilizamos el pasado
exclusivamente para crear héroes para nuestros propósitos actuales, jamás
comprenderemos la riqueza del pensamiento humano o la pluralidad de los modos
de conocimiento.
La causa última inspiró la más grande de todas las teorías geológicas,
pero no podemos ya utilizarla para objetos físicos. Esta pérdida creativa forma
parte del legado de Darwin, una bienvenida y fructífera retirada de la
arrogante idea de que algún poder divino creó todo lo que hay sobre la Tierra,
para facilitar e informar nuestras vidas. La extensión de esta pérdida me llamó
la atención recientemente al leer un pasaje procedente de los trabajos de
Edward Blyth, uno de los más importantes creacionistas de tiempos de Darwin.
Escribió acerca de la belleza y la sabiduría «tan magníficamente ejemplificadas
en la adaptación de la perdiz blanca a la cumbre de las montañas y de la cumbre
de las montañas a los hábitos de la perdiz blanca». Y me di cuenta de que esta
breve línea expresaba todo el poder de lo que había hecho Darwin; ya que si
bien podemos seguir hablando de la adaptación de la perdiz blanca a la montaña,
no podemos ya considerar que la montaña está adaptada a la perdiz blanca. En
esta pérdida yacen todo el gozo y el terror de nuestra actual visión de la
vida.
7. Las antraconitas de Oeningen
En su manifiesto en favor de una ciencia de la paleontología, Georges
Cuvier comparó nuestro desconocimiento del tiempo geológico con nuestro dominio
del espacio astronómico. En 1812, en el discurso preliminar a su gran trabajo
en cuatro volúmenes acerca de los huesos de los vertebrados fósiles, escribió:
El genio y la ciencia han derribado los límites del espacio y… han
desvelado el mecanismo del universo. ¿No sería también glorioso que el hombre
derribara los límites del tiempo? … Los astrónomos, sin duda, han avanzado con
mayor rapidez que los naturalistas, y el presente período, en lo referente a la
teoría de la Tierra, guarda ciertas semejanzas con aquel período en el que
algunos filósofos pensaban que los cielos estaban formados por piedra pulida y
que la Luna no era más grande que el Peloponeso; pero, después de Anaxágoras,
hemos tenido nuestros Copérnicos, nuestros Keplers, que indicaron el camino a
Newton; y ¿por qué no habría de tener algún día su Newton la historia natural?
[He seguido la famosa traducción de 1817 de Jameson, que es tan canónica para
el Discours préliminaire de Cuvier, como la de su homónimo, el rey Jacobo, [10] lo es para Moisés; de ahí la existencia de algunos agradables arcaísmos
en el texto, aunque en todos los casos he comprobado el original para
asegurarme de su precisión.]
Cuvier, un hombre ambicioso, tal vez tuviera ciertas esperanzas
personales, aunque Darwin (cuyos restos mortales yacen junto a los de Newton en
la abadía de Westminster) ha sido, en general, el que se ha hecho acreedor al
título. Con todo, a Cuvier no se le dio nada mal. Sus sucesores inmediatos, al
menos en Francia, normalmente se referían a él llamándole el Aristóteles de la
biología.
El centenario de la muerte de Darwin (ocurrida en abril de 1882) ha
producido una serie de celebraciones en todo el mundo. Pero 1982 marca también
el ciento cincuenta aniversario de la muerte de Cuvier (1769-1832), y nuestro
Aristóteles extemporáneo ha despertado poco interés. ¿Por qué Cuvier, sin duda
el mayor gigante de su época, se ha visto eclipsado (al menos a los ojos del
público) en nuestro tiempo? En cuanto a su potencia intelectual, y en cuanto a
la amplitud y alcance de su producción, Cuvier iguala fácilmente a Darwin.
Fundó virtualmente las ciencias actuales de la paleontología y de la anatomía
comparada y produjo algunos de los primeros (y más hermosos) mapas geológicos.
Más aún, y al contrario que Darwin, era una figura pública y política relevante,
un brillante orador y un alto funcionario de gobiernos que abarcaron desde la
Revolución hasta la Restauración. Charles Lyell, el gran geólogo inglés, visitó
a Cuvier durante el apogeo de su influencia y describió el orden y el sistema
que tenía por resultado tan prodigioso ritmo de producción en un solo hombre:
Conseguí entrar en el sancta sanctorum de Cuvier ayer, y es realmente
característico de él. Por doquiera pone de relieve ese extraordinario carácter
metódico que es el gran secreto de los prodigiosos logros que consigue año tras
año sin esfuerzo aparente … Está en primer lugar el Museo de Historia Natural,
frente a su casa, que tan admirablemente ha sido dispuesto por él; después, el
Museo de Anatomía, conectado con su alojamiento. En éste existe una biblioteca
dispuesta en una serie de habitaciones, cada una de las cuales contiene obras
dedicadas a un solo tema. En una de ellas están todos los trabajos acerca de la
ornitología; en otra los dedicados a la ictiología; en otra los de osteología,
y en otra más ¡hay libros de leyes!, etc. Su estudio no contiene estanterías.
Es una habitación más bien larga, confortablemente amueblada, iluminada desde
arriba, con once pupitres a los cuales puede uno acercarse a trabajar, y dos
mesas bajas, como una oficina pública para otros tantos funcionarios. Pero todo
esto es para el uso de un solo hombre, que se multiplica como autor y, sin
admitir la entrada de nadie, en esta habitación se desplaza, según sus
necesidades o su capricho, de una ocupación a otra. Cada mesa está equipada con
un juego completo de tintero, plumas, etc. Varias de las mesas tienen una
campanilla independiente. Las mesas bajas son para sentarse a ellas cuando está
cansado. Sus colaboradores no son numerosos, pero siempre son bien escogidos.
Le ahorran todos los trabajos rutinarios, le localizan referencias, etc.; rara
vez son admitidos al interior del estudio y reciben órdenes y no hablan.
Cuvier ha sufrido sobre todo porque la posteridad ha considerado
incorrectas las dos conclusiones fundamentales que motivaban su trabajo en la
biología y la geología: su fe en la fijeza de las especies y su catastrofismo.
Dado que estar equivocado es un pecado intelectual de primer orden cuando
juzgamos el pasado por su aproximación a la sabiduría actual, a Cuvier deben
adscribírsele motivaciones dudosas. ¿Cómo puede uno explicar por qué un hombre
tan brillante se alejó tanto de la verdad? Cuvier pasa así a convertirse en una
lección objetiva para los aspirantes a científicos. Cuvier tuvo que fracasar
por permitir que los prejuicios oscurecieran la verdad objetiva. Tanto su
creacionismo como el catastrofismo geológico que supuestamente consiguieron
encajar nuestra Tierra en la cronología mosaica tuvieron que ser dictados por
la teología convencional. Consideren esta valoración de Cuvier ofrecida por un
importante libro de texto actual sobre geología:
Cuvier creía que el diluvio universal había sido, en efecto, universal y
había preparado la Tierra para sus actuales habitantes. A la Iglesia le
satisfizo mucho disfrutar del apoyo de un científico tan eminente, y no hay
duda de que la gran reputación de Cuvier supuso un retraso en la aceptación de
los más razonables criterios que finalmente prevalecieron.
Dedico este ensayo a la defensa de Cuvier (que, a mi modo de ver, es,
junto con Darwin y Karl Ernst von Baer, el más grande de los historiadores
naturales del siglo XIX). Pero no pretendo hacerlo al modo habitual de los
historiadores: demostrando que las creencias de Cuvier no tenían sus raíces en
prejuicios irracionales, sino que, por una parte, surgieron del contexto
científico y social de su propio tiempo y, por otra, fueron mucho más allá de
él. Tampoco (evidentemente) pretendo defender el creacionismo de Cuvier ni más
que una mínima parte de su catastrofismo. En lugar de ello, pretendo argumentar
que Cuvier utilizó precisamente las doctrinas por las que ha sido condenado (el
creacionismo y el catastrofismo) como estrategias específicas y altamente fructíferas
de investigación, para establecer la base de la geología moderna: el registro
estratigráfico de los fósiles y su larga cronología concomitante de la historia
de la Tierra. Algunos tipos de verdad tal vez requieran ser perseguidos con
miras largas y estrechas, pero los senderos que llevan a la visión científica
son tan retorcidos y complejos como la mente humana.
A menudo se retrata a Cuvier como una especie de especulador de café
debido a que sus conclusiones son hoy consideradas incorrectas y el error,
supuestamente, aparece por aversión a los datos fiables. De hecho, era un
empírico convencido. Arremetía contra la tradición establecida en la geología
de construir «teorías generales de la Tierra» con una atención mínima a las
rocas y los fósiles. «Los naturalistas —escribió— parecen no tener
prácticamente idea de lo apropiado que resulta investigar los hechos antes de
construir sus sistemas.» (Cuvier incluye, correctamente, a Hutton, el personaje
central del ensayo anterior, entre los constructores de sistemas, aunque
confiesa que siente más simpatía por su colega escocés que por la mayor parte
de los demás miembros de su grupo.)
Por el contrario, razona Cuvier, debemos buscar algún criterio empírico
para desenmarañar la historia de la Tierra. Pero ¿cuál puede ser éste? ¿Qué ha
cambiado con la magnitud y regularidad suficientes como para servir de
indicador del tiempo? Cuvier reconoció que la litología de las rocas no podía
servir, ya que las areniscas y las pizarras se parecen bastante, ya aparezcan
en la parte superior o en la inferior de las secuencias estratigráficas. ¿Qué
hay, pues, de los fósiles enterrados en las rocas?
La idea de que los fósiles son un reflejo de la historia es hoy día tan
común que tendemos a considerarla como una verdad antiquísima. No obstante, en
tiempos de Cuvier, fue una cuestión muy debatida, cuando la discusión se centró
en si las especies podían o no extinguirse; ya que sin la extinción todos los
organismos son coetáneos y los fósiles no pueden dar una medida del tiempo (a
menos que sigan acumulándose formas nuevas y podamos datar las rocas por sus
primeras apariciones. Pero una Tierra finita parece hacer imposible una adición
continua sin una correlativa sustracción).
Muchos de los ilustres coetáneos de Cuvier (incluyendo a Thomas
Jefferson, quien, cuando no estaba ocupado con otras cuestiones, dedicó un
artículo al tema) argumentaban con vehemencia que la extinción no era posible.
Cuvier decidió que las defensas apriorísticas (y a menudo explícitamente
bíblicas) de la no extinción carecían por completo de valor y que la cuestión
tendría que ser resuelta empíricamente. Pero los anteriores estudios sobre
vertebrados fósiles (su especialidad) habían sido abordados al modo insensato
de una simple colección. Los fósiles habían sido recogidos fundamentalmente
como curiosidades; pero los científicos deben hacerse preguntas y
recolectar sistemáticamente a la luz de las mismas.
* * * *
Otros naturalistas, es cierto, han estudiado los restos fósiles de
cuerpos organizados; han recolectado y representado miles de ellos y su trabajo
servirá sin duda como un valioso almacén de materiales. Pero, al considerar
estos animales y plantas en sí mismos, en lugar de verlos en su relación con la
teoría de la Tierra, o al considerar su petrificación… como meras curiosidades,
en lugar de como documentos históricos…, han pasado casi siempre por alto la
investigación de las leyes generales que afectan a su posición, o la relación
de los fósiles extraños con los estratos en los que son hallados.
* * * *
Cuvier pasa entonces a ofrecernos un compendio de dos páginas de
preguntas, un vademécum del empírico para combatir la vieja tradición
especulativa.
* * * *
¿Existen ciertas plantas y animales peculiares de determinados estratos
que no aparezcan en otros? ¿Qué especies son las que aparecen las primeras y
las que vienen después? ¿Acompañan alguna vez estos dos tipos de especies las
unas a las otras? ¿Existen alteraciones en su apariencia; o, en otras palabras,
aparece la primera especie por segunda vez, desapareciendo entonces la segunda?
* * * *
Pero este programa de investigación para el establecimiento de un
registro geológico no puede funcionar a menos que la extinción sea un hecho
común en la naturaleza, y los organismos primitivos estén, por consiguiente,
confinados a rocas de edades concretas y restringidas. El gran trabajo en
cuatro volúmenes de Cuvier (Recherches sur les ossements fossiles)
constituye una larga demostración de que los huesos fósiles pertenecen a mundos
perdidos y a especies extintas.
Cuvier utilizó la anatomía comparada de los vertebrados actuales para
asignar sus fósiles a especies extintas. Dado que los fósiles siempre aparecen
en fragmentos, un diente aquí o un fémur allá, se hacía necesario elaborar
algún método para reconstruir el todo a partir de fragmentos escasos y para
averiguar si ese todo reconstruido camina aún entre los vivos. Pero ¿qué
principios deben gobernar la reconstrucción del todo a través de sus partes?
¿Puede hacerse? Cuvier reconoció que necesitaba estudiar la anatomía de
organismos modernos (donde disponemos de especímenes completos) para averiguar
el modo de interpretar los fragmentos del pasado. El segundo párrafo de su
ensayo presenta este programa de investigación:
Como anticuario de un nuevo orden, me he visto obligado a aprender el
arte de descifrar y restaurar estos restos, de descubrir y juntar, en su
disposición primitiva, los fragmentos dispersos y mutilados de los que están
compuestos … Tuve que prepararme para estas investigaciones por medio de otras
mucho más amplias en torno a los animales que existen aún. Nada, excepto un
repaso casi completo de la creación en su estado presente, podría otorgar el
carácter de demostración a los resultados de mi investigación acerca de su
estado primitivo; pero esta revisión me ha proporcionado, al mismo tiempo, un
cuerpo de normas y afinidades que han quedado no menos satisfactoriamente
demostradas; y la totalidad del reino animal se ha visto sometida a nuevas
leyes como consecuencia de este ensayo acerca de una pequeña parte de la teoría
de la Tierra.
Como regla cardinal para la reconstrucción, Cuvier concibió un principio
que denominó «correlación entre las partes». Los animales son estructuras
exquisitamente diseñadas e integradas, una especie de máquinas newtonianas
perfectas. Cada parte implica la siguiente, y cada fragmento lleva la
inaplicación de un todo: una versión grandiosa de aquel inmortal comentario
acerca de la visión de Ezequiel, «el hueso del pie está conectado con el hueso
del tobillo…».
Cuvier presenta la ley de la correlación como si fuera posible aplicarla
por exclusiva mediación de la razón, utilizando los principios de la mecánica
animal:
Cada individuo organizado constituye un sistema completo por derecho
propio, en el que todas las partes se corresponden mutuamente … Por lo tanto,
ninguna de estas partes separadas puede cambiar de forma sin un cambio
correspondiente en las demás partes del mismo animal, y, por consiguiente, cada
una de estas partes, tomadas por separado, indica todas las demás partes a las
que ha pertenecido … Si las vísceras de un animal están preparadas para ser
útiles tan sólo en la digestión de carne recién muerta, es también necesario
que las mandíbulas estén construidas de modo que puedan devorar a la presa; las
garras deben estar construidas para aferrar y desgarrar la presa; los dientes
para cortar y dividir su carne; el sistema de extremidades u órganos de la movilidad,
para la persecución y captura, y los órganos de los sentidos para descubrir la
presa desde la distancia … Así pues, si comenzamos nuestra investigación con
una revisión cuidadosa de cualquier hueso aislado, una persona suficientemente
versada en las leyes de la estructura orgánica podría, como quien dice,
reconstruir la totalidad del animal al que perteneció el hueso.
El principio de correlación de Cuvier subyace en ese mito popular de que
los paleontólogos son capaces de ver un dinosaurio completo en una única
vértebra. (Cuando yo era un niño creía en esta leyenda, y en una ocasión llegué
a desesperar de estudiar la profesión que había elegido porque no conseguía
imaginarme de qué modo iba a conseguir obtener un conocimiento tan maravilloso
y arcano.) El principio de Cuvier podría aplicarse en su sentido más general:
si encuentro una mandíbula con dientes débiles y chatos, no espero encontrar
las afiladas garras de un carnívoro en las patas que la acompañan. Pero un solo
diente no puede decirme cómo de largas serán las patas, cómo de afiladas las
garras y ni siquiera cuántos dientes más había en la mandíbula. Los animales
son paquetes de accidentes históricos, no máquinas perfectas y predecibles.
Cuando un paleontólogo coge un diente y exclama: « ¡Ajá, un
rinoceronte!», no está efectuando un cálculo por medio de las leyes de la
física, simplemente está haciendo una asociación empírica: los dientes con una
forma tan peculiar (y los dientes del rinoceronte son realmente singulares)
jamás se han encontrado en ningún otro animal. Ese único diente implica un
cuerno y una piel gruesa tan sólo debido a que todos los rinocerontes comparten
esos caracteres, y no porque las leyes deductivas de la estructura orgánica
declaren necesaria esa conexión. Cuvier, de hecho, era perfectamente consciente
de que actuaba por asociación empírica (y no por inferencia lógica), aunque
consideraba su método de observación como una vía de paso imperfecta hacia una
futura morfología racional:
Dado que todas estas conformaciones relativas son constantes y
regulares, podemos estar seguros de que dependen de alguna causa suficiente; y,
dado que no estamos familiarizados con esa causa, debemos aquí suplir la falta
de teoría por la observación y, de este modo, dejar sentadas las reglas
empíricas necesarias que son casi tan seguras como aquellas deducidas de
principios racionales, en especial si son establecidas a través de una
observación cuidadosa y repetida. Por consiguiente, todo aquel que observe
simplemente la huella de una pezuña hendida, podrá concluir que es la huella de
un animal rumiante y considerar esta conclusión tan segura como cualquier otra
conclusión extraída en el terreno de la física o de la moral.
Dado que Cuvier desconocía las leyes de una morfología racional (hoy día
sospechamos que no existen en la forma que él anticipaba), siguió adelante
utilizando su método favorito de catalogación empírica. Amasó una enorme
colección de esqueletos de vertebrados y tomó nota de una asociación invariante
de partes por observaciones repetidas. A partir de aquí podía utilizar su
catálogo de esqueletos recientes para decidir si los fósiles pertenecían o no a
especies extintas. La Tierra, argumentaba, ha sido explorada con suficiente
interés (al menos en busca de mamíferos terrestres de gran tamaño) como para
asegurar que los huesos fósiles que se salen del abanico de los esqueletos
modernos deben representar especies desaparecidas.
Los cuatro volúmenes del tratado de 1812 constituyen una única y extensa
argumentación en favor de la extinción, la correspondiente utilidad de los
vertebrados fósiles para la evaluación de las edades relativas de las rocas y
la consiguiente antigüedad de la Tierra. La introducción, el Discours
préliminaire, plantea principios básicos. En su primera monografía técnica
no existen, para Cuvier, según estudios realizados sobre aves modernas y los
restos momificados del ibis egipcio, diferencias de ningún orden entre las aves
actuales y las procedentes de los comienzos de la historia escrita, tal y como
entonces era concebida. La creación actual tiene, por tanto, una antigüedad
considerable; si las especies extintas habitaban mundos todavía anteriores, la
Tierra debería ser verdaderamente muy antigua. La siguiente serie de
monografías discute la anatomía detallada de grandes mamíferos hallados en los
estratos geológicos más superiores: alces irlandeses, rinocerontes lanudos y
toda una variedad de elefantes fósiles (mamuts y mastodontes). Son similares a
sus parientes actuales, pero los tamaños y formas de sus fragmentarios huesos
se encuentran fuera de la norma de nuestros días y no se correlacionan con los
esqueletos normales de formas actuales (no existe ciervo hoy día capaz de
mantener enhiestas las astas de un alce irlandés). Por consiguiente, la
extinción es un hecho y la vida sobre la Tierra tiene una historia. Las
monografías finales demuestran que los huesos más antiguos pertenecieron a
animales aún más distintos a las especies actuales. La historia de la vida
llene una dirección, y una gran antigüedad si ha atravesado tantos ciclos de
creación y destrucción.
Cuvier no ofreció una interpretación evolucionista a la dirección que
había discernido, dado que el mismo principio que utilizó para establecer el
hecho de la extinción (la correlación entre las partes) dejaba de lado toda
posibilidad de concebir el proceso evolutivo. Si las partes de un animal son
hasta tal punto interdependientes que cada una de ellas implica la forma exacta
de todas las demás, cualquier cambio exigiría la remodelación total del cuerpo
entero, y ¿qué proceso podría lograr semejante cosa de golpe? La dirección de
la historia de la vida debía reflejar una secuencia de creaciones (y
subsiguientes extinciones), cada una de ellas de un carácter más moderno. (Hoy
día no rechazaríamos la inferencia de Cuvier, sino su premisa inicial de una
correlación estrecha y ubicua. La evolución tiene un carácter de mosaico,
desarrollándose a ritmos diferentes en diferentes estructuras. Las partes de un
animal son, en gran medida, disociables, lo que permite que se produzca un
cambio histórico continuado.)
6. Esqueleto momificado de un ibis egipcio. De Ossements fossiles de
Cuvier, de 1812. Cuvier demostró que esta ave es idéntica a los ibis modernos y
que no se había producido cambio orgánico alguno en el transcurso del largo
período de tiempo entre el antiguo Egipto y nuestros días. Dado que en períodos
anteriores se habían producido tantos cambios, la Tierra debía ser enormemente
antigua.
Así pues, irónicamente, la premisa incorrecta que ha sellado la suerte
de Cuvier en nuestros días (su creencia en la fijeza de las especies) fue la
base de su más grande contribución al pensamiento humano y al empirismo
científico: la prueba de que la extinción otorga a la vida una rica historia y
a la Tierra una gran antigüedad. (Señalaré también que el creacionismo de
Cuvier —buena ciencia en su día— probó la falsedad, hace más de ciento
cincuenta años, del punto clave del creacionismo fundamentalista moderno: que
la Tierra tiene tan sólo unos miles de años de antigüedad; véanse los ensayos
de la sección 5.)
La reputación de Cuvier recibió un segundo golpe por su adhesión a (y
parcial invención de) la teoría geológica del catastrofismo, una compleja
doctrina de multitud de facetas, pero que se centra en la afirmación de que el
cambio geológico se concentra en escasos períodos de paroxismo a escala
prácticamente global: inundaciones, fuegos, elevación de las montañas, fractura
y hundimiento de continentes; en pocas palabras, todos los componentes
habituales del apocalipsis. Cuvier, claro está, ligó el catastrofismo a su
teoría de creaciones sucesivas y de sucesivas extinciones, identificando los
paroxismos geológicos como agentes de las debacles en la fauna.
Una perversa lectura de la historia había llevado a la conclusión
habitual de que, como ocurre en la valoración de aquel libro de texto acerca de
Cuvier que citábamos antes, el catastrofismo no era más que una cortina de humo
anticientífica por parte de la retaguardia teológica con el fin de introducir
el diluvio universal bajo el cobijo de la ciencia y justificar una comprensión
de la historia de la Tierra para que encajara en la cronología mosaica. Por
supuesto, si la Tierra tuviera unos pocos miles de años de antigüedad, sólo
podríamos explicar la vasta panoplia de cambios en ella observados
apelotonándolos en unos pocos episodios de destrucción a escala mundial. Pero
lo contrario no se sostiene: la afirmación de que la Tierra se ve
ocasionalmente atacada por paroxismos no dicta conclusión alguna acerca de su
edad. La Tierra podría seguir teniendo miles de millones de años de antigüedad
y sus cambios estar concentrados en escasos episodios de destrucción
generalizada.
El eclipse de Cuvier está inundado de ironía, pero no existe elemento de
su denigración que sea más curiosamente injusto que la acusación de que su
catastrofismo refleja un compromiso teológico con sus ideales científicos. En
los grandes debates de comienzos del siglo XIX en torno a la geología, los
catastrofistas aplicaban el método estereotipado de la ciencia objetiva, el
literalismo empírico. Creían en lo que veían, no interpolaban nada y leían el
registro geológico directamente. Este registro, leído literalmente, refleja
discontinuidad y transiciones abruptas: desaparecen faunas enteras; hay rocas
terrestres encastradas bajo rocas marinas sin entornos de transición entre las
unas y las otras; los sedimentos horizontales cubren estratos retorcidos y fracturados
de una era anterior. Los uniformistas, oponentes tradicionales del
catastrofismo, no triunfaron porque leyeran el registro más objetivamente. Más
bien, los uniformistas, como Lyell y Darwin, abogaban por un método más sutil y
menos empírico: utilizar la razón y la inferencia para obtener la información
que falta y que una evidencia imperfecta no puede aportar. El registro es
discontinuo, pero en las transiciones que faltan hay un cambio gradual. Por
citar un experimento mental de Lyell: si el Vesubio entrara de nuevo en
erupción enterrando una ciudad moderna situada inmediatamente encima de
Pompeya, ¿registrarían las abruptas transiciones del latín al italiano, de las
tablillas de arcilla a la televisión, un salto histórico real o dos mil años de
datos ausentes? Yo no me caracterizo por ser especialmente partidario del
cambio gradual, pero sí defiendo el método histórico de Lyell y Darwin. El
literalismo empírico, en crudo, es incapaz de trazar el mapa de un mundo
complejo e imperfecto. Aun así, parece injusto que los catastrofistas, que
llegaron casi a constituir una caricatura de la objetividad y la fidelidad a la
naturaleza, se vean etiquetados con la acusación de que abandonaron el mundo
real a cambio del de sus biblias.
La metodología de Cuvier pudo ser ingenua, pero no puede uno por menos
que admirar su fe en la naturaleza y su celo por construir un mundo por medio
de la observación paciente y directa, en lugar de hacerlo por decreto o dejando
rienda suelta a su imaginación. Su rechazo de la doctrina recibida como fuente
de verdad necesaria es, tal vez, más evidente en la misma sección del Discours
préliminaire que parece, a primera vista, defender la infalibilidad de
la Biblia: su defensa del diluvio universal. Argumenta en favor de una
inundación a nivel mundial alrededor de cinco mil años atrás, y cita, en
efecto, a la Biblia en su apoyo. Pero su discusión de treinta páginas es un
compendio literario y etnográfico de todas las tradiciones, desde las caldeas
hasta las chinas. Y pronto llegamos a comprender que Cuvier le ha dado la
vuelta a la habitual tradición apologética. No invoca a la geología y la
tradición no cristiana como decorado para afirmar «Me lo dice la Biblia». Más
bien utiliza la Biblia como una fuente más, entre otras muchas de igual valor,
en su busca de pista para desenmarañar la historia de la Tierra. El relato de
Noé no es más que una versión local altamente imperfecta del más reciente
paroxismo de importancia.
Como norma general, siempre me fijo en los últimos párrafos como
indicadores del carácter esencial de un libro. Los tratados generales de tipo
dogmático proclaman una unión de todo el conocimiento, o nos dicen, en términos
nada ambiguos, qué significa todo de cara al futuro físico y
el desarrollo moral del hombre. La conclusión a la que llega Cuvier es
reveladora por su sorprendente contraste en estilo. No hay tambores ni grandes
afirmaciones acerca de las implicaciones del catastrofismo para la historia del
hombre. Cuvier se limita a presentar una lista de diez páginas de problemas
destacados en la geología estratigráfica. «Me parece —escribe— que una historia
consecutiva de tan singulares depósitos resultaría infinitamente más valiosa
que tantas conjeturas contradictorias acerca de los primeros orígenes del mundo
y otros planetas.» Recorre Europa a todo lo largo de la columna geológica,
ofreciendo sugerencias para trabajos empíricos: estudiar depósitos aluviales
recientes en el Po y el Arno, excavar en las canteras de yeso de Aix y París,
recolectar «grifitas, los cornua ammonis y los entrochi»
que podrían abundar en la Selva Negra. «Seguimos sin información acerca de la
posición real de las placas de antraconitas de Oeningen, que, según dicen,
están llenas de restos de peces de agua dulce.»
Un hombre capaz de finalizar uno de los más grandes tratados teóricos de
la historia natural pidiendo que se desenmarañe la posición estratigráfica y el
contenido faunístico de las antraconitas de Oeningen comprendía, del modo más
profundo posible, qué es realmente la ciencia. Podemos refocilarnos para
siempre jamás en lo concebible; pero la ciencia trata de lo factible.
8. Agassiz en las Galápagos
Tuve en tiempos una profesora de inglés que utilizaba como texto un
libro en rústica barato, comprado en un drugstore, llamado Word
Power Made Easy (La fuerza de las palabras de manera fácil), en lugar
de los insípidos textos oficiales disponibles. Contenía algunas palabras
peliagudas, y nos iba sacando por turnos para que diéramos definiciones. Jamás
olvidaré el espectáculo de cinco niños en fila negando todo conocimiento del
significado de la palabra «ninfomanía», tal vez una de las pocas palabras que
uno puede estar seguro que todo el mundo ha aprendido con avidez. La sexta en
la fila era la inocente de la clase; se sonrojó y pasó a ofrecernos una definición
sobria y precisa con su dulce y tranquila vocecilla. Bendita sea en nombre de
todos nosotros y nuestra cobarde vergüenza; espero que todo le haya ido bien
desde la última vez que nos vimos, el día de nuestra graduación.
La ninfomanía me excitaba hasta mi pubescente médula, pero dos palabras
apareadas de aquella misma lección (anacronismo e incongruencia) me interesaron
aún más por las extrañas sensaciones que me inspiraban. Nada despierta una
mayor mezcla de fascinación y desasosiego en mí que los objetos o las personas
que parecen estar en el lugar o momento equivocados. Las cosas pequeñas que
ofenden al sentido del orden resultan las más turbadoras. Así, me quedé
anonadado al enterarme, en 1965, de que Alexander Kerensky estaba vivo, bien y
pasando sus días como emigrado ruso en Nueva York. ¿Kerensky, el hombre que
precedió a los bolcheviques en 1917? ¿Kerensky, tan ligado a Lenin y a los
tiempos pretéritos en mi pensamiento, seguía entre nosotros? (Murió, de hecho,
en 1970, a los ochenta y nueve años de edad.)
En julio de 1981, a bordo de un barco que se dirigía a las islas
Galápagos, me di de bruces con una incongruencia que me impresionó igual de
fuertemente. Estaba escuchando una conferencia cuando una frase suelta se me
clavó en el cerebro. «Louis Agassiz —dijo aquel hombre— visitó las Galápagos y
realizó recolecciones científicas allí en 1872.» ¿Cómo? ¿El adalid de los
creacionistas, el último baluarte en contra de Darwin en las Galápagos, la
tierra que simboliza la evolución y que provocó la conversión del propio
Darwin? Lo mismo podía uno hacer que un cristiano peregrinase a La Meca.
Resultaba tan incongruente como un presidente de los Estados Unidos
representando a un lanzador de béisbol borracho en la Liga Mundial de 1926.
Louis Agassiz fue, sin duda alguna, el naturalista más importante y más
influyente de la Norteamérica del siglo XIX. Suizo de nacimiento, fue el primer
gran biólogo teórico europeo en hacer de Estados Unidos su hogar. Tenía
atractivo, ingenio y abundantes contactos, y arrolló a los brahmanes[11] de
Boston. Era amigo íntimo de Emerson, Longfellow y de cualquiera que tuviera
alguna relevancia en la ciudad más patricia de los Estados Unidos. Publicó y
recolectó dinero con igual celo y, prácticamente, estableció la historia
natural como disciplina profesional en Norteamérica; de hecho, yo estoy
escribiendo este artículo en el gran museo que él mismo construyó.
Pero el verano de fama y fortuna de Agassiz se convirtió en un invierno
de dudas e indecisiones. Era coetáneo de Darwin (tenía dos años más que éste),
pero su mente estaba totalmente poseída de la visión creacionista del mundo y
de la filosofía idealista que había aprendido de los grandes científicos
europeos. Su erudición, que tanto agradaba a los rústicos de Norteamérica, se
convirtió en su ruina; Agassiz no podía ajustarse al mundo de Darwin. Todos sus
estudiantes y sus colegas se convirtieron en evolucionistas. El luchó y
batalló, ya que a nadie le agrada ser un marginado intelectual. Agassiz murió
en 1873, triste e intelectualmente aislado, pero insistiendo aún en que la
historia de la vida refleja un plan divino, predeterminado, y que las especies
son las encarnaciones creadas de ideas en la mente de Dios.
Agassiz, no obstante, visitó las Galápagos un año antes de su muerte. Mi
ignorancia de esta incongruencia es, al menos en parte, excusable, dado que él
jamás mencionó una palabra acerca de su viaje ni en discursos ni en
publicaciones. ¿Por qué este silencio, cuando el último año de su vida está
repleto de documentos y pronunciamientos? ¿Qué fue a buscar allí? ¿Qué impacto
le produjeron aquellos pinzones y aquellas tortugas? ¿Acaso la tierra que tanto
inspiró a Darwin, alimentando su transición de predicador en ciernes a
agnóstico evolucionista, no hizo nada por Agassiz? ¿No resulta este silencio
tan curioso como la misma visita de Agassiz? Estas preguntas me estuvieron
preocupando durante toda mi estancia en las Galápagos, pero no pude descubrir
las respuestas hasta haber regresado a la biblioteca que el propio Agassiz
había fundado hacía más de un siglo.
7. Agassiz, a la izquierda, y su amigo Benjamin Peirce, que organizó su
viaje a las Galápagos (fotografía por cortesía de la colección Granger).
El amigo de Agassiz Benjamin Peirce se había convertido en el
superintendente de la Inspección Costera. En febrero de 1871 escribió a Agassiz
ofreciéndole para su uso el Hassler, un vapor adecuado para el
dragado en alta mar. Sospecho que Peirce tenía un poderoso motivo oculto aparte
del deseo de recolectar algunos peces abisales: esperaba que el estancamiento
intelectual de Agassiz pudiera romperse mediante un largo viaje con una
exposición directa a la naturaleza. Agassiz había invertido tanto tiempo en obtener
dinero para su museo y haciendo política con la historia natural en
Norteamérica que su contacto con los organismos no pertenecientes a la especie
humana había cesado prácticamente. La vida de Agassiz ponía en cuestión su
propio lema: estudiad la naturaleza, no los libros. Tal vez pudiera ser
devuelto a la modernidad por un renovado contacto con la fuente original de su
fama.
* * * *
Agassiz entendió esto más de lo que su amigo se figuraba y aceptó
encantado la oferta de Peirce. Los amigos de Agassiz se regocijaron, ya que a
todos les entristecía el endurecimiento intelectual de una mente tan brillante.
El propio Darwin le escribió al hijo de Agassiz: «Por favor, ofrézcale mis más
sinceros respetos a su padre. Qué hombre maravilloso tiene que ser para que se
le haya ocurrido rodear el cabo de Hornos; si hace el viaje, deseo que pueda
atravesar el estrecho de Magallanes». El Hassler zarpó de
Boston en diciembre de 1871, recorrió la costa oriental de América del Sur,
satisfizo las esperanzas de Darwin atravesando el estrecho de Magallanes, subió
por la costa occidental de América del Sur y llegó a las Galápagos (en el
ecuador, a 600 millas de la costa de Ecuador) el 10 de junio de 1872, y
finalmente atracó en San Francisco el día 24 de agosto.
* * * *
Se sugiere inmediatamente una posible explicación del silencio de
Agassiz. Las Galápagos están como «muy de camino» en la ruta de Agassiz. Tal
vez el Hassler se detuviera tan sólo a cargar provisiones,
estando simplemente de paso. Tal vez el crucero estuviera tan dedicado al
dragado en mares profundos y a las observaciones de Agassiz de los glaciares de
los Andes australes, que las Galápagos no constituyeran nada de especial
interés.
Esta explicación tan sencilla es claramente incorrecta. De hecho,
Agassiz planeó el viaje del Hassler como puesta a prueba de la
teoría evolucionista. El propio dragado no tenía por objeto recolectar
simplemente organismos desconocidos, sino más bien obtener evidencias que
Agassiz esperaba que establecieran la validez intelectual de su creacionismo ya
agonizante. En una notable carta dirigida a Peirce, escrita justamente dos días
antes de la partida del Hassler, Agassiz manifestaba qué era
exactamente lo que esperaba encontrar en sus dragados a gran profundidad.
Agassiz creía que Dios había establecido un plan predeterminado para la
historia de la vida y que después se había dedicado a crear especies en la
secuencia apropiada, a lo largo del tiempo geológico. Dios se encargaba de
ajustar los ambientes al plan preconcebido de la creación. La adecuación de la
vida a su ambiente no refleja el seguimiento evolutivo del cambio climático por
parte de los organismos, sino más bien la construcción de ambientes por parte
de Dios para que se ajustaran al plan de la creación: «El mundo animal,
determinado desde un principio, ha sido la causa de los cambios físicos
experimentados por nuestro mundo», le escribió Agassiz a Peirce. Después aplicó
este razonamiento, curiosamente invertido, a la creencia, por aquel entonces
generalizada y hoy día desacreditada, de que la profundidad de los océanos
constituía un reino carente de cambios o amenazas: un mundo frío, calmo y
constante. Dios sólo podía haber creado tal entorno para los organismos más
primitivos de cada grupo. Las profundidades de los océanos albergarían, pues,
representantes vivos de los organismos simples hallados como fósiles en rocas
muy antiguas. Dado que la evolución exige un cambio progresivo a lo largo del
tiempo, la persistencia de estas formas sencillas y primitivas supondría la
bancarrota de la teoría darwinista. (No creo que Agassiz comprendiera jamás que
el principio de la selección natural no predice un progreso global e
inexorable, sino tan sólo la adaptación a ambientes locales. La persistencia de
formas sencillas en unas profundidades marinas constantes hubiera satisfecho
tanto a la teoría darwinista como al Dios de Agassiz. Pero las profundidades no
son constantes, y la vida que las habita no es primitiva.)
La carta a Peirce exhibe esa mezcla de desasosiego psicológico y
cabezonería intelectual tan característica de la oposición de Agassiz a la
evolución en sus años finales. Sabe que el mundo se burlará de sus ideas, pero
sigue dispuesto a llevarlas adelante hasta el punto de hacer predicciones
específicas a pesar de todo: el descubrimiento de organismos vivos «antiguos»
en las profundidades del mar.
Estoy deseoso de dejar en sus manos un documento que puede resultar muy
comprometedor para mí, pero que, aun así, estoy decidido a escribir con la
esperanza de mostrar dentro de qué límites ha avanzado la historia natural
hacia ese punto de madurez en el que una ciencia es capaz de anticipar el
futuro descubrimiento de nuevos datos. Si existe, como yo creo, un plan con
arreglo al cual las afinidades existentes entre los animales y el orden de su
sucesión en la naturaleza fueron determinados desde el principio… si este mundo
nuestro es obra de la inteligencia, y no meramente el producto de la fuerza y
la materia, la mente humana, como parte del todo, debería sintonizar tan bien
con él, por lo que sabemos, que bien podría alcanzar lo desconocido.
Pero Agassiz no se hizo a la mar sólo para poner a prueba la evolución
en términos abstractos. Escogió su ruta como desafío a Darwin, ya que
virtualmente recorrió de nuevo (y conscientemente) la parte principal del
itinerario del Beagle. Las Galápagos no fueron una estación de paso
convenientemente situada, sino una parte básica del plan. Su silencio posterior
se vuelve aún más curioso.
El Beagle circunnavegó el globo, pero el viaje de
Darwin fue básicamente una expedición de reconocimiento de la costa
suramericana. La ruta de Agassiz, por consiguiente, siguió los pasos esenciales
de Darwin (al menos de forma física, si no intelectual). No es posible leer la
narración de la expedición del Hassler escrita por Elizabeth
Agassiz sin percibir su asombrosa (y evidentemente no accidental) similitud con
la famosa narración de Darwin del viaje del Beagle. (Elizabeth
acompañó a Louis en el viaje.) Darwin se concentró fundamentalmente en la
geología y lo mismo hizo Agassiz. Tal vez el viaje fuera anunciado como una
expedición para realizar dragados, pero Agassiz estaba enormemente interesado
en llegar a la Suramérica austral para probar su teoría de una era glacial
global. Había estudiado las estriaciones y las morrenas glaciales en el
hemisferio norte y había determinado que una gran sábana de hielo había
descendido en el pasado desde el norte. (Las estriaciones son arañazos
producidos en el lecho de roca por las piedras adheridas a la base de los
glaciares. Las morrenas son colonias de detritos empujadas por el flujo del
hielo a la parte frontal y los laterales de los glaciares.) Si la era glacial
había sido global, la existencia de estriaciones y morrenas en Suramérica
indicaría que se había producido simultáneamente una extensión de los hielos
desde el continente antártico. Las predicciones de Agassiz se vieron, en este
caso, confirmadas, y él lo reflejó en copiosos escritos (cuidadosamente transcritos
por Elizabeth y publicados en el Atlantic Monthly).
Darwin se quedó anonadado por la áspera vida y la apariencia de los
«salvajes» fueguinos, y lo mismo le ocurrió a Agassiz. Elizabeth describió las
reacciones de ambos: «Nada podría resultar más crudo y repulsivo que su
apariencia, en la que la brutalidad del salvaje no se veía redimida en modo
alguno por la fuerza física o la virilidad … Se arrastraban y se abalanzaban
ferozmente, como animales salvajes, sobre todo aquello que podían agarrar».
En caso de que existiera aún algún vestigio de duda acerca de la
decisión consciente de Agassiz de evaluar el trabajo de Darwin, siguiendo sus
pasos, consideren este pasaje, escrito en alta mar y dirigido a su colega
alemán Carl Gegenbaur:
He navegado a través del océano Atlántico pasando por el estrecho de
Magallanes, y he recorrido la costa occidental de Suramérica hasta las
latitudes del norte. Naturalmente, mi principal preocupación fueron los
animales marinos, pero tenía también un propósito especial. Deseaba estudiar la
totalidad de la teoría darwiniana, libre de toda influencia exterior y de
entornos anteriores. ¿Acaso no fue en un viaje similar a este donde Darwin
desarrolló sus actuales opiniones? Me he traído pocos libros… fundamentalmente,
los principales trabajos de Darwin.
He conseguido encontrar muy pocos detalles acerca de la estancia de
Agassiz en las Galápagos. Sabemos que llegó el 10 de junio de 1872, que
permaneció allí una semana o más y que visitó cinco islas, una más que Darwin.
Elizabeth afirma que Louis «disfrutó enormemente su crucero por aquellas islas
de tan singular interés geológico y zoológico». Sabemos que recolectó (o, más
bien, que se sentó en las rocas mientras sus ayudantes recolectaban) las
famosas iguanas que se echan a nadar en el océano para comer algas marinas
(algunos de sus especímenes se encuentran aún en sus jarras de cristal en
nuestro museo). Sabemos que recorrió y admiró grandemente los desnudos campos
de lava rugosa recientemente enfriada, «repleta de los detalles más singulares
y fantásticos». Yo recorrí un campo similar, uno que Agassiz no pudo haber
visto dado que se formó en el transcurso de la década de 1890. Me quedé
hipnotizado por los signos solidificados de una actividad pasada: las
ondulantes, rugosas trazas del flujo, las burbujas que habían explotado y las
largas grietas producidas por la contracción. Y vi las lágrimas de Pele, el
objeto geológico más hermoso, a pequeña escala, que jamás me haya sido dado
ver. Cuando una lava muy fluida es expulsada a través de salidas pequeñas, puede
emerger en forma de gotas de basalto que forman, por goteo, castillos de piedra
iridiscente en torno a ellas: lágrimas de Pele, la diosa hawaiana de los
volcanes (no del monte Peleé de la Martinica, que tiene una e más).
Así pues, regreso a mi pregunta original: si Agassiz fue a las Galápagos
como parte de su plan básico de evaluar la evolución poniéndose en el lugar de
Darwin, ¿qué efecto tuvo sobre él el lugar más importante para Darwin? En
respuesta a esta pregunta sólo contamos con el silencio de Agassiz (y una
comunicación privada a la que volveremos en breve).
Existen dos razones, no intelectuales, que podrían explicar en parte
esta reticencia tan poco característica de Agassiz. En primer lugar, a pesar de
sus productivas observaciones acerca de los glaciares suramericanos, la
expedición del Hassler fue esencialmente un fracaso y supuso
una profunda desilusión; y Agassiz pudo decidir olvidarla. El equipo de dragado
jamás funcionaba correctamente, y Agassiz no consiguió extraer un solo
espécimen de los océanos más profundos. La tripulación hizo todo lo que pudo, pero
el barco era una calamidad. Jules Marcou, el fiel biógrafo de Agassiz,
escribió: «Fue un gran, casi un cruel descuido embarcar a un hombre tan
distinguido y tan anciano [Agassiz tenía sesenta y cuatro años; tal vez los
conceptos de la edad hayan cambiado], y tan próximo a la invalidez como
Agassiz, en un barco indigno de hacerse a la mar navegando bajo la bandera de
los Estados Unidos».
En segundo lugar, Agassiz se pasó enfermo gran parte del viaje, y su
decaimiento y malestar fueron en aumento al abandonar sus adorados glaciares
del sur y moverse hacia los sofocantes trópicos. (Las Galápagos, no obstante, y
a pesar de su situación ecuatorial, yacen en la zona de paso de una corriente
oceánica fría y son, en general, de clima templado; en sus costas vive la
especie de pájaro bobo más septentrional.) Al poco tiempo de su regreso a
Harvard, Agassiz escribió a Pedro II, emperador de Brasil (y un viejo amigo de
un viaje anterior):
Cuando atravesé el estrecho de Magallanes… el trabajo volvió a
resultarme sencillo. La belleza de sus lugares, la semejanza de sus montañas a
las de Suiza, el interés que los glaciares despertaron en mí, la felicidad al
ver confirmadas mis predicciones más allá de todas mis esperanzas, todas estas
cosas conspiraron para ponerme de nuevo en el buen camino, incluso para
rejuvenecerme … Más adelante, entré de nuevo en un declive gradual según íbamos
avanzando hacia las regiones tropicales; el calor me agotaba grandemente, y
durante el mes que pasamos en Panamá fui totalmente incapaz de realizar el más
mínimo esfuerzo.
(Para todas las citas procedentes de correspondencia, me he basado en
los originales guardados en la Biblioteca Houghton de Harvard; ninguno de ellos
ha sido publicado en su integridad anteriormente, aunque varios han aparecido
en versión resumida. Agassiz escribía con la misma facilidad en francés [a
Pedro II], en alemán [a Gegenbaur] y en inglés [a Peirce], y yo mismo he hecho
las traducciones. Le agradezco a mi secretaria Agnes Pilot su transcripción de
la carta a Gegenbaur a un alfabeto latino legible. Agassiz la escribió en
caligrafía germana antigua, que para mí es sólo un montón de garabatos.)
Hasta donde he podido llegar en mis averiguaciones, la única
manifestación de Agassiz acerca de las Galápagos aparece en una carta
particular a Benjamin Peirce escrita a bordo del barco el 29 de julio de 1872,
al día siguiente de escribir a Gegenbaur (en la que no mencionaba para nada las
Galápagos). La carta se inicia con las lamentaciones de todo buen marinero de
agua dulce: «Supongo que esta carta llegará a sus manos en Martha's Vineyard, y
desearía de todo corazón estar allí con usted, para poder descansar de este
balanceo continuo». Agassiz prosigue exponiendo su único comentario:
Nuestra visita a las Galápagos ha estado llena de interés geológico y
zoológico. Resulta de lo más impresionante ver un gran archipiélago, de origen
muy reciente, habitado por criaturas tan diferentes a todas las conocidas de
otros lugares del mundo. Aquí nos encontramos frente a un claro límite del
espacio de tiempo que podría haberle sido concedido a la transformación de
estos animales, si en efecto derivan de algún modo de aquellos otros que
habitan diferentes partes del mundo. Las Galápagos son tan recientes que
algunas de las islas están escasamente cubiertas de la más rala vegetación, que
es, a su vez, específica de estas islas. Algunas partes de su superficie están
totalmente desnudas, y una buena parte de los cráteres y arroyos de lava son
tan recientes que los agentes atmosféricos no han dejado aún su marca en ellos.
Por lo tanto, su edad no se remonta a períodos geológicos anteriores;
pertenecen, en términos geológicos, a nuestro tiempo; ¿de dónde, entonces,
proceden sus habitantes (tanto animales como vegetales)? Si descienden de algún
otro tipo, perteneciente a alguna tierra vecina, entonces no son necesarios
períodos de tiempo tan incalculablemente largos para la transformación de las
especies como afirman los modernos abogados de la transmutación; y el misterio
del cambio, con unas diferencias tan marcadas y características entre las
especies existentes, se ve aún aumentado, y situado al nivel del misterio de la
creación. Si son criaturas autóctonas, ¿a partir de qué semilla iniciaron su
existencia? Creo que los observadores cuidadosos, a la vista de estos hechos,
tendrán que admitir que nuestra ciencia no está aún madura para una discusión
justa acerca del origen de esos seres organizados.
La cita es larga, pero es, por lo que yo sé, única. Su aspecto más
notable es una extremada debilidad, casi frívola, en las argumentaciones.
Agassiz no plantea más que una cosa: muchos animales de las Galápagos sólo
viven allí. A pesar de todo, la juventud de las islas hace que no puedan
proceder de unos antecesores emparentados con ellos por un lento proceso de
evolución en el tiempo disponible. Así pues, fueron creados allí donde se
encuentran (conclusión obvia, a pesar de la afirmación de Agassiz de que sabemos
demasiado poco como para llegar a conclusiones firmes).
Hay dos problemas: en primer lugar, aunque las Galápagos son jóvenes
(las islas más viejas tienen entre dos y cinco millones de años de edad, según
los cálculos actuales), no son tan prístinas como indica Agassiz. En su carta,
Agassiz describe los ríos de lava de los últimos 100 años, aproximadamente, y
éstos están virtualmente limpios de vegetación y son tan recientes que uno casi
puede verlos fluir y sentir su calor. Pero Agassiz sabía, sin duda, que varias
de las islas (incluyendo algunas de las de su itinerario) están más densamente
pobladas de plantas y que, aunque no sean enormemente antiguas, no se formaron,
desde luego, ayer, geológicamente hablando.
En segundo lugar, Agassiz pasa por alto el aspecto más relevante de la
argumentación de Darwin. La cuestión no es que haya tantas especies únicas en
las Galápagos, sino más bien que sus parientes más próximos se encuentran
invariablemente en el adyacente continente suramericano. Si Dios creó las
especies de las Galápagos allá donde las encontramos, ¿por qué las imbuyó con
signos de afinidad suramericanos (en especial dado que el clima templado y los
hábitats de lava son enormemente distintos al ambiente tropical de las formas
ancestrales)? ¿Qué sentido puede tener semejante esquema, a menos que las
especies de las Galápagos sean descendientes modificados de formas
suramericanas que consiguieron cruzar la barrera oceánica? En el Viaje
del Beagle, Darwin escribió:
¿Por qué, en estos pequeños puntos de tierra, que en un reciente período
geológico debieron estar cubiertos por el océano, que están formados de lava
basáltica y, por consiguiente, difieren en su carácter geológico del continente
americano, y que se encuentran sometidos a un clima peculiar, … por qué fueron
sus habitantes aborígenes … creados según un modelo de organización americano?
Y la famosa afirmación poética que aparece anteriormente en el mismo
capítulo: «Parecemos encontrarnos cerca del gran hecho (ese misterio de
misterios), la primera aparición de seres nuevos sobre la Tierra».
Agassiz no pudo malinterpretar esto, ya que, al igual que Darwin, era un
biogeógrafo profesional. También había utilizado argumentaciones en torno a la
distribución geográfica como su principal defensa del creacionismo. ¿Por qué
pasó por alto la principal argumentación de Darwin? ¿Por qué dijo tan poco
acerca de las Galápagos y por qué eran tan débiles sus argumentos? Creo que
debemos considerar dos posibilidades como soluciones al misterio del silencio
de Agassiz (o a su incapacidad de tomar en consideración los puntos clave en
esta su única comunicación privada). Tal vez supiera que el razonamiento que
había ofrecido a Peirce era débil e inadecuado. Tal vez las Galápagos, y la
totalidad del viaje del Hassler, produjeran en él el mismo cambio
que experimentó Darwin en circunstancias similares y Agassiz simplemente no
fuera capaz de admitirlo.
No puedo aceptar semejante solución. Como dije anteriormente, vemos
abundantes signos de desasosiego psicológico y una profunda tristeza en las
últimas defensas del creacionismo por parte de Agassiz. A nadie le agrada ser
un paria intelectual, especialmente cuando le asignan el papel de tipo
quisquilloso entrado en años (el papel de visionario ignorado, pero profético,
despierta al menos un cierto coraje moral). No obstante, por débiles que fueran
sus argumentaciones (y fueron deteriorándose al irse acumulando evidencias en
favor de la evolución), no percibo hundimiento alguno en la resolución de
Agassiz. La carta a Peirce parece representar otra de las defensas defectuosas,
pero sinceras, de Agassiz de una visión de la vida cada vez más indefendible,
pero mantenida a capa y espada. (El último artículo de Agassiz, publicado a
título póstumo en Atlantic Monthly en 1874, era una vibrante
apología del creacionismo titulada «La evolución y la permanencia del tipo».)
En mi opinión, debemos aceptar la segunda solución: Agassiz dijo tan
poca cosa acerca de las Galápagos porque su visita le impresionó bien poco. El
mensaje de esto nos resulta familiar, pero no por ello es menos profundo. Los
descubrimientos científicos no son una transferencia unidireccional de
información de la inequívoca naturaleza a unas mentes siempre abiertas. Es una
interacción recíproca entre una variopinta y confusa naturaleza y unas mentes
lo suficientemente receptivas (como no lo son muchas) para extraer un esquema
razonable de entre todo ese ruido. No existen carteles en las Galápagos que
proclamen: «Evolución en acción. Abran los ojos y podrán verla». La evolución
constituye una inferencia ineludible, no un dato en bruto. Darwin, joven
inquieto y abierto, resultó receptivo a la señal. Agassiz, comprometido y a la
defensiva, no. ¿Acaso no había anunciado en su primera carta a Peirce que sabía
lo que tenía que encontrar? No creo que fuera libre para llegar a las
conclusiones de Darwin, y las islas Galápagos, por consiguiente, no disponían
de ningún mensaje importante para él. La ciencia es una interacción equilibrada
entre la mente y la naturaleza.
Agassiz vivió algo más de un año tras el regreso del Hassler.
James Russell Lowell, que estaba de viaje en el extranjero, se enteró de la
muerte de su amigo a través de un periódico y escribió en poético tributo
(citado de la magnífica biografía de Agassiz escrita por E. Lurie, Louis
Agassiz: A Life in Science, University of Chicago Press, 1960):
… con mirada vaga, mecánica,
ojeé las emponzoñadas noticias que a
medias despreciamos
cuando súbitamente,
como ocurre si el cerebro, por un excesivo peso
de sangre, infecta el ojo,
tres diminutas palabras
adquirieron un siniestro
fulgor mientras leía,
y se arremolinaron entremezcladas:
¡Agassiz ha muerto![12]
No sabría decirlo. Tal vez una pequeña parte de su ser incorpóreo se
dirigiera a un plano de existencia más elevado, como afirman algunas
religiones. Tal vez viera allí al viejo Adam Sedgwick, el gran geólogo (y
reverendo) británico, que a los ochenta y siete años de edad le escribió a
Agassiz, un año antes de la partida del Hassler:
Jamás tendré la alegría de ver su cara de nuevo en esta vida. Pero
permítame la esperanza, como cristiano, de que nos encontremos más adelante en
el paraíso, y de que veamos tales visiones de la gloria de Dios en el universo
moral y en el material, que reduzcan a un mero germen todo aquello que haya
sido elaborado por la habilidad del hombre.
Sea como fuere, las ideas de Agassiz habían sufrido ya la muerte
intelectual antes de que pusiera pie en las Galápagos. La vida es una serie de
trueques. Hemos perdido la reconfortante fe de Agassiz en una inteligencia
superior que regula directamente cada paso de la historia de la vida con
arreglo a un plan que nos sitúa por encima de todas las demás criaturas. («Si
hubiera sido de otro modo —le escribía Agassiz a Pedro II en junio de 1973—, no
quedaría más que la desesperación.») Hemos encontrado un mensaje en los
animales y las plantas de las Galápagos, y en todos los demás lugares, que nos
capacita para apreciarlos, no como maravillas inconexas, sino como productos
integrados de una teoría satisfactoria y general de la historia de la vida.
Para mí al menos, este ha sido un buen trueque.
9. La lombriz del siglo y de todas las épocas
En el prefacio a su último libro, un Charles Darwin ya entrado en años
escribió: «El tema puede parecer insignificante, pero, como veremos, posee
cierto interés; y la máxima de minimis lex non curat [la ley
no se ocupa de minucias] no es aplicable a la ciencia».
Las minucias pueden ser importantes en la naturaleza, pero son temas
poco convencionales para las obras finales. La mayoría de ancianos eminentes
resumen los pensamientos de toda su vida y ofrecen unas cuantas sugerencias
pomposas para la reconstrucción del futuro. Charles Darwin escribió acerca de
las lombrices: The Formation of Vegetable Mould, Through the Action of
Worms, With Observations on Their Habits (La formación de mantillo
vegetal a través de la acción de las lombrices, con observaciones sobre sus
costumbres) (1881).
Este mes marca el centenario de la muerte de Darwin[13], y en
todo el mundo se preparan conmemoraciones. La mayor parte de los simposios y de
los libros están tomando el camino habitual de las implicaciones de sus
trabajos: Darwin y la vida moderna, o Darwin y el pensamiento evolucionista. A
modo de tributo personal, tengo el propósito de adoptar una actitud minimalista
y discutir el «libro de las lombrices» de Darwin. Pero hago esto con el
propósito de plantear que Darwin invirtió con toda justicia la máxima de sus
colegas de leyes.
Darwin era un hombre astuto. Le gustaban las lombrices, desde luego,
pero su último libro, aunque superficialmente parezca no tratar de otra cosa,
es (de muchas maneras) un resumen encubierto de los principios de razonamiento
que había tardado toda una vida en identificar y utilizar en la más grande
transformación de la naturaleza jamás producida por una sola persona. Al
analizar su interés por las lombrices, tal vez consigamos aprehender las
fuentes del éxito global de Darwin. El libro ha sido habitualmente interpretado
como una curiosidad, un trabajo inofensivo de poca importancia de un gran
naturalista en sus laureles. Algunos autores lo han utilizado incluso para
respaldar un mito muy común acerca de Darwin que los académicos modernos han
desmentido. Darwin, según sus detractores, era un hombre de mediocres
capacidades que se hizo famoso por lo afortunado de su situación en el tiempo y
en el espacio. Su revolución se palpaba «en el aire», y Darwin simplemente tuvo
la paciencia y la tenacidad necesarias para desarrollar las implicaciones
evidentes. Era, escribió una vez Jacques Barzun (en lo que quizá sea el más
inexacto de los epítomes que jamás haya leído), «un gran recolector de datos y
un pobre hilvanador de ideas… un hombre que no tiene lugar entre los grandes
pensadores».
Para argumentar que Darwin no era más que un naturalista competente
enfangado en detalles triviales, estos detractores señalaban que la mayor parte
de sus libros tratan de minucias o pequeños y divertidos problemas: los hábitos
de las plantas trepadoras, por qué se encuentran a veces flores de diferente
forma sobre la misma planta, cómo son fecundadas las orquídeas por los
insectos, cuatro volúmenes acerca de la taxonomía de las bellotas de mar y,
finalmente, cómo remueven el suelo las lombrices. No obstante, todos estos
libros tienen tanto un contenido manifiesto como otro más profundo; y los
detractores no lograron percibir el segundo (probablemente por no haber leído
los libros, limitándose a sacar conclusiones de sus títulos). En cada caso, el
tema más profundo es la evolución misma o un programa de investigación de mayor
alcance para analizar la historia de un modo científico.
¿Por qué, podríamos preguntar en este centenario de su muerte, sigue
siendo Darwin un personaje tan central en el pensamiento científico? ¿Por qué
tenemos que continuar leyendo sus libros y captando su visión del mundo si
queremos ser historiadores naturales competentes? ¿Por qué los científicos, a
pesar de su notoria indiferencia por la historia, continúan ponderando y
discutiendo sus trabajos? Podemos ofrecer tres razonamientos para explicar la
relevancia continuada de Darwin para los científicos.
Podríamos, en primer lugar, honrarle como el hombre que «descubrió» la
evolución. Aunque la opinión popular pueda otorgarle esta condición a Darwin,
semejante atribución es sin duda errónea, dado que varios predecesores ilustres
suyos compartían su opinión de que los organismos están relacionados entre sí
por vínculos de descendencia física. En la biología del siglo XIX, la evolución
era una herejía bastante común.
Como segundo intento, podríamos atribuir la atención continuada que ha
obtenido Darwin por parte de los científicos a las implicaciones
extraordinariamente amplias y radicales del mecanismo evolutivo por él
planteado, la selección natural. De hecho, yo he abundado en ello en mis dos
libros anteriores centrándome en tres argumentos: la selección natural como
teoría de una adaptación local, no de un progreso inexorable; la afirmación de
que el orden en la naturaleza surge como subproducto accidental de la lucha
entre los individuos; y el carácter materialista de la teoría de Darwin, en
especial su rechazo de todo papel causal atribuible a fuerzas, energías o
poderes espirituales. No abjuro ahora de este tema, pero he llegado a darme
cuenta de que no puede representar el motivo fundamental de la relevancia científica de
Darwin, si bien explica su impacto en el mundo en general. Porque es demasiado
grandioso, y los científicos en ejercicio rara vez trafican en generalidades
tan abstractas.
Todo el mundo aprecia una idea ingeniosa o una abstracción capaz de
hacer que uno se incorpore, parpadee con fuerza varias veces para despejar las
telarañas intelectuales y altere una opinión atesorada. Pero la ciencia trata
de lo factible y lo soluble, de la idea que puede ser fructíferamente encarnada
en objetos concretos que puedan ser palpados, estrujados, manipulados y
extractables. La idea que cuenta en el terreno de la ciencia es aquella capaz
de llevar a un trabajo fructífero, no sólo a una especulación que no engendre
comprobaciones empíricas, por mucho que amplíe los horizontes de la mente.
Por lo tanto, deseo subrayar un tercer argumento explicativo de la
persistente importancia de Darwin, y afirmar que su mayor logro fue establecer
unos principios útiles de razonamiento para aquellas ciencias
(como la evolución) que intentan reconstruir la historia. Los problemas
específicos de las ciencias históricas (por contraste, por ejemplo, con la
física experimental) son múltiples, pero hay uno que destaca de modo especial:
la ciencia debe identificar procesos que den resultados observados. Los resultados
de la historia están desperdigados alrededor nuestro, pero nosotros no podemos,
por principio, observar los procesos que los produjeron. ¿Cómo podemos entonces
ser científicos al hablar del pasado?
Como respuesta general, debemos desarrollar criterios para inferir
aquellos procesos que no podemos ver a partir de aquellos resultados que han
quedado preservados. Esta es la quintaesencia del problema de la teoría
evolutiva: ¿cómo podemos utilizar la anatomía, la fisiología, el
comportamiento, la variación y la distribución geográfica de los organismos de
nuestros días y los restos fósiles en nuestro registro geológico para inferir
los caminos de la historia?
Así llegamos al tema encubierto del libro de las lombrices de Darwin, ya
que es un tratado sobre los hábitos de las lombrices de tierra y, a la vez, una
exploración de cómo podemos enfocar la historia de un modo científico. El
mentor de Darwin, el gran geólogo Charles Lyell, había vivido obsesionado con
el mismo problema. Argumentaba, aunque no con toda justicia, que sus
predecesores no habían conseguido configurar una ciencia de la geología porque
no habían desarrollado procedimientos para inferir un pasado inobservable a
partir de un presente que nos rodea, dedicándose, por consiguiente, a sueños
improbables y a todo tipo de especulaciones. «Vemos —escribió en su
incomparable prosa— el antiquísimo espíritu de la especulación redivivo, y el
manifiesto deseo de cortar, en vez de deshacer pacientemente, el Nudo
Gordiano.» La solución por él ofrecida, un aspecto de la compleja visión del
mundo que acabaría siendo denominada uniformismo, consistía en observar la
acción de procesos actuales y extrapolar sus ritmos y sus efectos al pasado.
Aquí Lyell se enfrentaba con un problema. Muchos de los resultados del pasado
(el Gran Cañón, por ejemplo) son extensos y espectaculares, pero la mayor parte
de lo que ocurre cotidianamente en nuestro derredor no ofrece resultados
demasiado llamativos: un poco de erosión aquí y un poco de deposición allá.
Incluso un Stromboli o un Vesubio no pasan de causar devastaciones locales. Si
las fuerzas modernas hacen demasiado poco, entonces deberemos invocar procesos
más cataclísmicos, hoy en día extintos o durmientes, para explicar el pasado. Y
ya estamos pillados en la trampa: si los procesos del pasado fueron efectivos y
diferentes a los procesos actuales, podríamos explicar en principio el pasado,
pero no podríamos hacerlo de forma científica por carecer de un análogo moderno
que observar. Si nos basamos exclusivamente en los procesos actuales, nos falta
el empuje necesario para explicar el pasado.
Lyell buscó la salvación en el gran tema de la geología: el tiempo.
Argumentaba que la vasta edad de la Tierra nos ofrece tiempo suficiente para
que puedan producirse los resultados observados, por espectaculares que sean,
por la simple adición de pequeños cambios a lo largo de inmensos períodos de
tiempo. Nuestro fracaso no estaba en la Tierra, sino en nuestros hábitos de
pensamiento: anteriormente no habíamos estado dispuestos a reconocer la
cantidad de trabajo que los procesos más insignificantes son capaces de
realizar en un tiempo suficiente.
Darwin enfocó la evolución del mismo modo. El día de hoy se vuelve
relevante, y el pasado, por consiguiente, se vuelve científico si, y tan sólo
si, podemos sumar los pequeños efectos de los procesos actuales para producir
los resultados observados. Los creacionistas no utilizaron estos principios y
no consiguieron comprender la relevancia de la variación a pequeña escala que
impregna el mundo biológico (desde las razas de los perros hasta la variación
geográfica en las mariposas). Las variaciones de pequeño alcance son la materia
prima de la evolución (no simplemente una serie de excursiones accidentales en
torno a un tipo ideal creado), pero reconocemos esto tan sólo cuando estamos
dispuestos a sumar pequeños efectos a lo largo de largos períodos de tiempo.
Darwin se dio cuenta de que este principio, como modo básico de
razonamiento en las ciencias históricas, debía ir más allá de la evolución.
Así, al final de su vida, decidió abstraer y ejemplificar su método histórico
aplicándolo a un problema aparentemente muy distinto al de la evolución: un
proyecto lo suficientemente amplio como para rematar una ilustre carrera.
Eligió las lombrices de tierra y el suelo. La refutación por parte de Darwin de
la máxima legal de minimis lex non curat tiene un doble
sentido conscientemente impuesto. Las lombrices son a la vez humildes e
interesantes, y el trabajo de una lombriz, al ser extendido a todas las
lombrices durante largos períodos de tiempo, puede dar forma a nuestros
paisajes y a nuestros suelos.
Así, al cerrar su prefacio, Darwin escribió, refutando las opiniones de
un tal míster Fish, que negaba que las lombrices pudieran explicar gran cosa
«considerando su debilidad y su tamaño»:
Aquí nos encontramos con un ejemplo de esa incapacidad para sumar los
efectos de una causa continuamente recurrentes, que a menudo ha lastrado el
progreso de la ciencia, como ocurrió anteriormente en el caso de la geología, y
más recientemente en el del principio de la evolución.
Darwin escogió bien la ilustración para esta generalización. Qué mejor
ejemplo que el de las lombrices: los objetos más humildes, comunes y ordinarios
de nuestra observación e ignorancia cotidianas. Si ellas, laborando
continuamente lejos de nuestra atención, son capaces de formar buena parte de
nuestros suelos y paisajes, entonces qué no podrá surgir de la adición de
pequeños efectos. Darwin no había abandonado la evolución en beneficio de las
lombrices de tierra; más bien estaba utilizando las lombrices para ilustrar el
método general que había dado también validez a la evolución. Los molinos de la
naturaleza, como los de Dios, muelen lento y muy fino.
Darwin afirmó dos cosas acerca de las lombrices. En primer lugar, que en
cuanto a la configuración de la tierra, su efecto es direccional. Trituran
partículas de roca en fragmentos cada vez menores (pasándolos a través de su
sistema digestivo mientras remueven el suelo) y dejan la tierra desnuda al
soltar y desagregar el suelo cuando lo remueven; la gravedad y los agentes
erosionantes arrastran más fácilmente los suelos desde las tierras altas a las
bajas, allanando el paisaje. El carácter topográfico bajo y suavemente ondulado
de las zonas habitadas por lombrices es, en gran medida, testimonio de su lento
pero incansable laborar.
En segundo lugar, al remover y formar el suelo, mantienen un estado
estable en medio de un cambio constante. Como tema principal de su libro (y
origen de su título), Darwin se lanzó a demostrar que las lombrices producen la
capa superficial del suelo, el llamado mantillo vegetal. Lo describe en el
primer párrafo:
La parte que las lombrices han desempeñado en la formación de la capa de
mantillo vegetal, que cubre la totalidad de la superficie del suelo en
cualquier tierra moderadamente húmeda, es el tema del presente volumen. Este
mantillo es normalmente de un color negruzco y tiene un espesor de unos pocos
centímetros. Difiere poco en apariencia en las diferentes regiones, aunque
puede reposar sobre diferentes subsuelos. La finura uniforme de sus partículas
es uno de sus rasgos característicos fundamentales.
Darwin argumenta que las lombrices de tierra forman el mantillo vegetal
llevando «una gran cantidad de tierra fina» a la superficie y depositándola
allí en forma de excrementos. (Las lombrices hacen pasar tierra continuamente
por su tracto digestivo, extraen todo aquello que pueden utilizar como alimento
y «vacían» el resto; el material rechazado no son heces sino fundamentalmente
partículas de tierra, reducidas en su tamaño medio por trituración y con parte
de la materia orgánica extraída.) Los excrementos, originalmente de forma
espiral y compuestos de partículas finas, son entonces desagregados por el
viento y el agua y dispersados para formar el mantillo vegetal. «Así me vi
obligado a llegar a la conclusión —escribe Darwin— de que todo el mantillo vegetal
de todo el país ha pasado incontables veces, y volverá a hacerlo otras muchas
veces más, a través de los canales intestinales de las lombrices.»
El mantillo no aumenta en espesor continuamente tras su formación, ya
que es comprimido por la presión formando capas más sólidas a pocos centímetros
de la superficie. La cuestión que plantea aquí Darwin no es la alteración
direccional, sino el cambio continuo en el seno de una aparente inmutabilidad.
El mantillo vegetal es siempre igual, y aun así está constantemente en estado
de cambio. Cada partícula es ciclada a través del sistema, comenzando en la
superficie en un excremento, extendiéndose y después hundiéndose al ir
depositando las lombrices más excrementos sobre ella; pero el mantillo en sí no
sufre alteración alguna. Puede conservar el mismo grosor y carácter mientras se
ciclan todas sus partículas. Así, un sistema que a nosotros nos parece estable,
tal vez incluso inmutable, se mantiene por medio de una agitación constante.
Nosotros, que carecemos de capacidad de apreciación de la historia y tenemos
tan poco sentimiento de la importancia agregada del cambio pequeño, pero
continuo, prácticamente no nos damos cuenta de que nos están literalmente
barriendo el suelo de debajo de los pies; está vivo y removiéndose
constantemente.
Darwin utiliza dos tipos principales de argumentaciones para
convencernos de que las lombrices de tierra forman el mantillo. En primer
lugar, demuestra que las lombrices son lo suficientemente numerosas y están lo
suficientemente distribuidas en el espacio como para poder hacerse cargo del
trabajo. Demuestra «qué vasto número de lombrices viven sin ser vistas por
nosotros bajo nuestros pies»: alrededor de 132.850 (o 400 kilogramos de
lombrices) por hectárea en un buen suelo británico. Después pasa a recoger
evidencia de informadores de todo el mundo para argumentar que las lombrices
tienen una distribución mucho más amplia, y en un abanico mayor de lo que
habitualmente imaginamos de ambientes aparentemente desfavorables. Cava para
ver hasta qué profundidad se extienden en el suelo y corta una en dos a 140
centímetros de profundidad, aunque otros informan haber visto lombrices a dos
metros y medio o más de profundidad.
8. Sección transversal de una de las piedras druídicas de Stonehenge, en
la que se ve hasta qué punto se había hundido en el suelo. Escala, 1:30.
(Ilustración original del libro de las lombrices de Darwin, que muestra el
hundimiento de las grandes piedras por la acción de las lombrices.)
Una vez establecida la plausibilidad de su afirmación, busca evidencias
directas del reciclado continuo del mantillo vegetal en la superficie de la
Tierra. Considerando las dos caras de la cuestión, estudia el lento hundimiento
en tierra de objetos al irse acumulando excrementos por encima de ellos, y
recoge y pesa los excrementos para determinar el ritmo de reciclado.
Darwin se quedó especialmente impresionado por la igualdad y la
uniformidad con la que se iban hundiendo en el suelo los objetos que habían
estado juntos en la superficie. Buscó campos que veinte años atrás o más
hubieran estado repletos de objetos de un tamaño sustancial: escorias, restos
de la demolición de un edificio, rocas apartadas para arar un campo. Excavó en
estos campos y descubrió, con gran regocijo, que los objetos seguían formando
una clara capa, paralela a la superficie, pero que se encontraba a varios
centímetros por debajo de ella, y cubierta de mantillo vegetal compuesto
exclusivamente de partículas finas. «La rectitud y la regularidad de las líneas
formadas por los objetos empotrados, y su paralelismo con la superficie de la
tierra, constituyen los rasgos más llamativos del caso», escribió. Nada
superaba a las lombrices a la hora de realizar una acción lenta y
meticulosamente uniforme.
Darwin estudió el hundimiento de las «piedras druídicas» de Stonehenge y
el hundimiento de casas de baños romanas, pero halló su caso más convincente en
su propia casa, en su propio campo, arado por última vez en 1841:
Durante varios años estuvo cubierto de una vegetación escasa; estaba tan
espesamente cubierto de fragmentos grandes y pequeños de pedernal (algunos de
ellos del tamaño de la cabeza de un niño) que mis hijos llamaban siempre a la
pradera «el campo de piedras». Cuando corrían ladera abajo las piedras chocaban
entre sí. Recuerdo haber dudado de vivir para ver aquellos grandes pedernales
cubiertos de mantillo vegetal y césped. Pero las piedras más pequeñas
desaparecieron antes de pasados muchos años, como ocurrió con las grandes
pasado un tiempo; de modo que, al cabo de treinta años (1871), un caballo podía
galopar toda la extensión de la pradera sin tocar una sola piedra con sus
herraduras. Para cualquiera que recordara el aspecto del prado en 1842, la
transformación fue maravillosa. Esto fue, sin duda, obra de las lombrices.
En 1871, Darwin excavó una zanja en su campo y encontró 6,3 centímetros
de mantillo totalmente libre de piedras: «debajo de éste había una capa de
tierra basta, arcillosa, llena de pedernales, como la de cualquiera de los
campos vecinos arados… La tasa media de acumulación del mantillo en aquellos
treinta años fue de tan sólo 0,21 centímetros por año (es decir, algo más de un
centímetro en cinco años)».
En varios intentos sucesivos por recolectar y pesar los excrementos
directamente, Darwin estimó entre 3,04 y 7,24 toneladas por hectárea y por año.
Extendido regularmente sobre la superficie del suelo, calculó que se formarían
entre 2 y 5,5 centímetros de mantillo nuevo cada diez años. Para la recolección
de estos datos, Darwin confió en esa grandiosa y anónima institución
característicamente británica: el ejército de celosos aficionados de la
historia natural, dispuestos a soportar cualquier privación a cambio de un dato
importante. Me sentí particularmente impresionado por un contribuyente anónimo:
«Una dama —nos explica Darwin—, de cuya precisión en las observaciones puedo
fiarme sin asomo de duda, se ofreció a recolectar durante todo un año los
excrementos de dos plazas, cerca de Leith Hill Place, en Surrey». ¿Sería ella
el análogo de una mujer moderna de Park Avenue, de buena posición, que va
recogiendo cuidadosamente los desechos de su perro: una bolsa por un Nueva York
más limpio, la otra para la Ciencia con C mayúscula?
El placer de leer el libro de las lombrices de Darwin estriba no sólo en
reconocer su tema principal, sino también los atractivos detalles acerca de las
lombrices que incluye. Yo preferiría leer trescientas páginas sobre las
lombrices, escritas por Darwin, que treinta páginas de verdades eternas
explícitamente predicadas por multitud de escritores. El libro de las lombrices
es un trabajo amorosamente realizado, lleno de detalles íntima y
meticulosamente expuestos. En la otra sección principal del libro, Darwin
utiliza cien páginas para describir experimentos ideados para determinar de qué
extremos de las hojas (y recortes triangulares de papel, u hojas «abstractas»)
tiran las lombrices para introducirlas en sus madrigueras. Encontramos aquí
también un tema explícito y otro encubierto: en este caso, hojas y madrigueras
frente a la evolución del instinto y la inteligencia, la preocupación de Darwin
por establecer una definición utilizable de la inteligencia, y su
descubrimiento (bajo esa definición) de que la inteligencia impregna también a
los animales «inferiores». Toda gran ciencia es el producto de un matrimonio
fructífero entre los detalles y la generalización, la exultación y la
explicación. Ni Darwin ni sus adoradas lombrices dejaron piedra por remover.
* * * *
He planteado ya que el último libro de Darwin es una obra con dos
niveles de lectura: un tratado explícito acerca de las lombrices y el suelo y
una discusión encubierta acerca de cómo averiguar cosas respecto del pasado
estudiando el presente. Pero ¿estaba Darwin conscientemente preocupado por
establecer una metodología para las ciencias históricas, como he planteado, o
simplemente surgió esa generalización en su último libro? En mi opinión, su
libro de las lombrices sigue los esquemas de todos sus demás libros, del
primero al último: todo compendio de minucias es también un tratado acerca del
razonamiento histórico; y cada libro dilucida un principio diferente.
9. Ilustración original de Darwin de su teoría de los arrecifes coralinos.
Figura superior: línea continua más baja, fase uno, arrecife costero en
contacto con la línea de costa. La isla se hunde (el nivel del mar se eleva)
hasta la línea de puntos superior, fase dos, arrecife barrera (A') separado de
la isla en hundimiento por una laguna (C). Figura inferior: línea continua
inferior, fase dos, arrecife barrera (copiado de la línea punteada superior de
la figura de arriba). La isla se hunde por debajo del nivel del mar, hasta la
línea punteada superior, fase tres, atolón (A"). Una gran laguna (C')
marca la anterior localización de la isla hundida.
Consideremos su primer libro dedicado a un tema específico, The
Structure and Distribution of Coral Reefs (1842). En él, propuso una
teoría acerca de la formación de los atolones, «esos singulares anillos de
tierra coralina que surgen abruptamente del insondable océano», que obtuvo una
aprobación universal tras un siglo de debates. Darwin argumentaba que los
arrecifes de coral debían clasificarse en tres categorías: los arrecifes
costeros, situados en torno a una isla o continente; los arrecifes barrera, separados
de la isla o continente por una laguna, y los atolones o arrecifes anillo, sin
plataforma alguna a la vista. Relacionó los tres tipos con su «teoría de la
subsidencia», presentándolos como tres fases de un único proceso: la
subsidencia de una isla o una plataforma continental debajo de las olas,
mientras el coral vivo sigue creciendo hacia arriba. Inicialmente, los
arrecifes crecen adosados a la plataforma (arrecifes costeros). Al irse
hundiendo la plataforma, los arrecifes crecen hacia arriba y hacia afuera,
dejando una separación entre la plataforma que se hunde y el coral vivo (un
arrecife barrera). Finalmente, la plataforma se hunde por completo, y queda un
anillo de coral como expresión de su forma primitiva (un atolón). A Darwin, las
formas de los arrecifes modernos le parecían «inexplicables, a menos que
aceptáramos la teoría de que sus bases rocosas fueran hundiéndose lenta y
progresivamente bajo el nivel del mar, mientras los corales siguen creciendo
hacia arriba».
Este libro habla del coral, pero trata también del razonamiento
histórico. El mantillo vegetal se formaba lo suficientemente deprisa como para
permitir la medida de su ritmo de formación directa; capturamos el pasado
sumando los efectos de causas actuales pequeñas y observables. Pero ¿qué ocurre
si los ritmos son demasiados lentos, o las escalas excesivamente grandes, como
para dilucidar la historia por observación directa de procesos actuales? Para
tales casos debemos desarrollar un método diferente. Dado que los procesos a
gran escala empiezan en momentos diferentes y se desarrollan con distintos
ritmos, deberían existir simultáneamente hoy en día variadas etapas de
diferentes ejemplos. Para establecer la historia en esos casos, debemos
construir una teoría capaz de explicar una serie de fenómenos actuales como
etapas de un único proceso histórico. El método es generalizable. Darwin lo
utilizó para explicar la formación de los arrecifes coralinos. Lo empleamos hoy
para inferir la historia de las estrellas. Darwin lo utilizó también para
establecer la existencia de la propia evolución orgánica. Algunas especies
están justamente empezando a separarse de sus antecesores, otras están a mitad
del proceso, y aún otras están a punto de terminarlo.
Pero ¿qué ocurre si la evidencia se limita al propio objeto estático?
¿Qué ocurre si no podemos observar parte de su formación, ni localizar varias
etapas del proceso que lo produjo? ¿Cómo podemos inferir la historia a partir
de un león? Darwin abordó este problema en su tratado acerca de la polinización
de las orquídeas por los insectos (1862), el primer libro publicado
inmediatamente después de El origen de las especies. He discutido
esta solución en varios ensayos (1, 4, 11 y El pulgar del panda) y
no me entretendré con ella aquí: inferimos la historia a partir de
imperfecciones que registran las restricciones a las que se ve sometida la
descendencia. Los «diversos artificios» que utilizan las orquídeas para atraer
insectos e impregnarlos de polen son partes muy alteradas de flores vulgares,
desarrolladas en sus antecesores con otros fines. Las orquídeas funcionan
razonablemente bien, pero su éxito se debe a una chapuza, dado que las flores
no están óptimamente construidas para su modificación a estos papeles
alterados. Si Dios hubiera querido elaborar atractores de insectos y
embadurnadores de polen partiendo de cero, sin duda habría imaginado algo
diferente.
Así pues, disponemos de tres principios para aumentar la adecuación de
los datos: si no hay más remedio que trabajar sobre un único objeto, buscar las
imperfecciones que registran su origen histórico; si hay varios objetos
disponibles, intentar verlos como fases de un único proceso histórico; si los
procesos son directamente observables, sumar sus efectos en el tiempo. Se
pueden discutir estos principios directamente, o reconocer los «pequeños
problemas» que Darwin empleó para ejemplificarlos: orquídeas, arrecifes de
coral y lombrices; el libro de en medio, el primero y el último.
Darwin no era conscientemente un filósofo. Al contrario que Huxley y
Lyell, no escribió tratados explícitos de metodología. Aun así, dudo que no
fuera consciente de lo que hacía al componer tan inteligentemente sus libros en
dos niveles, expresando así su amor por la naturaleza en lo pequeño y su
ardiente deseo de explicar tanto la evolución como los principios de la ciencia
histórica. Estaba yo meditando acerca de esta cuestión al terminar de leer el
libro de las lombrices hace dos semanas. ¿Era Darwin realmente consciente de lo
que había hecho al escribir sus últimas líneas como profesional, o actuó
intuitivamente, como a veces hacen los hombres de su genio? Entonces llegué al
último párrafo, y me estremecí con el gozo de lo que había percibido. Astuto viejo:
sabía perfectamente lo que estaba haciendo. En sus últimas palabras, echaba la
vista atrás, a sus comienzos, comparaba aquellas lombrices con sus primeros
corales, y completaba el trabajo de su vida tanto acerca de lo grande como de
lo pequeño:
El arado es uno de los más antiguos y más valiosos inventos de la
humanidad; pero mucho tiempo antes de que existiera, la tierra era de hecho
arada regularmente, y sigue siéndolo, por las lombrices de tierra. Puede
dudarse de que existan otros muchos animales que hayan desempeñado un papel tan
importante en la historia del mundo como el de estos animales humildemente
organizados. Algunos otros animales, no obstante, de organización aún más
humilde, es decir, los corales, han realizado un trabajo más conspicuo al
construir innumerables arrecifes e islas en los grandes océanos; pero éstos
están prácticamente confinados a las zonas tropicales.
Aun a riesgo de mostrar una morbosidad injustificable, no puedo suprimir
una ironía final. Un año después de publicar su libro de las lombrices Darwin
murió, el 19 de abril de 1882. Quería que le enterrasen en el suelo de su
pueblo adoptivo, donde habría realizado una ofrenda final y corpórea a sus
adoradas lombrices. Pero los sentimientos (y el politiqueo) de los colegas
científicos y hombres ilustrados obtuvieron un lugar resguardado para que
reposara su cuerpo en el seno del bien cimentado suelo de la Abadía de
Westminster. En última instancia, las lombrices no se verán privadas, ya que no
existe permanencia en la historia, ni siquiera para las catedrales, pero las
ideas y los métodos tienen la inmortalidad de la razón misma. Darwin
desapareció hace ya un siglo, y, a pesar de todo, sigue estando con nosotros
siempre que decidimos pensar acerca del tiempo.
10. Una audiencia para Vavilov
En 1936, Trofim D. Lysenko, que luchaba por reformar las ciencias
agrícolas basándose en desacreditados principios lamarckianos, escribió: «No me
agradan las controversias en torno a teorías. Soy un discutidor ardoroso tan
sólo cuando veo que, para llevar a cabo ciertas tareas prácticas, debo eliminar
los obstáculos que interfieren con mis actividades científicas».
Como tarea práctica, Lysenko se lanzó a «alterar la naturaleza de las
plantas en la dirección que nos interese, por medio de un aprendizaje
adecuado». Argumentaba que los fracasos previos de los intentos de producir
mejoras rápidas y heredables en importantes plantas de cultivo debían
atribuirse a la ideología en bancarrota de la ciencia burguesa, con su énfasis
en estériles teorías académicas y su fe en los genes mendelianos, que no
responden directamente a las indicaciones de los criadores, sino que cambian
tan sólo por mutaciones aleatorias y accidentales. El criterio para una ciencia
más adecuada debe ser el éxito en una crianza mejorada.
«Cuanto mejor comprendamos las leyes del desarrollo de las formas
animales y vegetales —escribió—, tanto más fácilmente y con mayor rapidez
podremos crear las formas que necesitamos con arreglo a nuestros deseos y
nuestros planes.» ¿Qué «leyes del desarrollo» podrían ser más prometedoras que
la afirmación lamarckiana de que la alteración de los ambientes puede inducir
indirectamente cambios hereditarios en las direcciones deseadas? ¡Si la
naturaleza funcionara así! Pero no lo hace, y todos los datos falsificados de
Lysenko y todas sus viciosas polémicas fueron incapaces de alterar este hecho
en lo más mínimo.
Si los «obstáculos» de Lysenko no hubieran sido más que ideas
incorpóreas, la historia de la genética rusa podría haberse librado de parte de
su tragedia particular. Pero las ideas emanan de personas, y los obstáculos
designados para su eliminación fueron necesariamente humanos. Nikolai Ivanovich
Vavilov, el principal genético mendeliano de Rusia y director de la Academia
Lenin de Ciencias Agrícolas de la Unión Soviética con sede en Leningrado,
sirvió como punto focal de los ataques de Lysenko en 1936.
Lysenko castigó a Vavilov por sus criterios generales mendelianos; pero
cualquier otro genético habría servido igual de bien para un tiro al blanco tan
generalizado. Lysenko escogió a Vavilov a causa de una teoría más específica y
personal (que es, además, el tema de este ensayo): la llamada ley de las series
homólogas en la variación.
Doce años más tarde, tras la devastación de la guerra, Lysenko había
triunfado. Su infamante discurso, «La situación en las ciencias biológicas»,
leído durante las sesiones de 1948 de la Academia Lenin de Ciencas Agrícolas,
contiene como primera afirmación de su sumario lo que bien podría ser el más
espeluznante pasaje de toda la literatura científica del siglo XX.
La pregunta ha sido planteada en una de las notas que me han
transmitido: « ¿Cuál es la actitud del Comité Central del Partido frente a mi
informe?». Mi respuesta es: El Comité Central del Partido ha examinado mi
informe y lo ha aprobado. [Aplausos frenéticos. Ovación. Todos se ponen en
pie.]
Tras otras diez páginas de retórica e invectivas, Lysenko concluye: «
¡Gloria al gran amigo y protagonista de la ciencia, nuestro líder y guía, el
camarada Stalin! [Todos se ponen en pie. Aplauso prolongado]».
Nikolai Vavilov no pudo asistir a la reunión de 1948. Había sido
arrestado en 1940 durante una expedición de recolección a Ucrania. En julio de
1941 fue sentenciado a muerte por sabotaje agrícola, espionaje a favor de
Inglaterra, mantener relaciones con emigrados, y pertenecer a una organización
derechista. La sentencia fue conmutada por diez años de prisión, y Vavilov fue
trasladado a la prisión interior de la NKVD[14] en
Moscú. En octubre fue evacuado a la prisión de Saratov, donde pasó varios meses
en una celda de la muerte bajo tierra, padeciendo desnutrición. Murió, aún
prisionero, en enero de 1943.[15]
¿Qué es la «ley de las series homólogas en la variación», y cómo pudo
ofrecerle a Lysenko el punto de apoyo retórico? Vavilov publicó esta ley, el
principio rector de gran parte de sus trabajos prácticos en genética agrícola,
en 1920, y lo revisó en 1935. Fue impresa en inglés en el prestigioso Journal
of Genetics en 1922 (vol. 12, pp. 48-89).
Vavilov era tal vez el principal experto mundial en la biogeografía del
trigo y otros cereales. Recorrió todo el mundo (haciéndose así vulnerable a la
falsa acusación de espionaje), recolectando variedades de plantas en sus
hábitats naturales y estableciendo el mayor «banco» del mundo de variaciones
genéticas en el seno de las principales especies agrícolas.[16] Al
recolectar especies naturales de trigo, cebada, centeno y mijo en una gran
variedad de ambientes y lugares, percibió que podían encontrarse series
notablemente similares de variedades en el seno de las diferentes especies
pertenecientes a un mismo género y, a menudo, también en el seno de especies
pertenecientes a géneros emparentados.
Recolectó, por ejemplo, un gran número de razas geográficas de la
especie del trigo común, Triticum vulgare. Estas variaban en juegos
complejos de características, incluyendo el color de las espigas y las
semillas, la forma de las espigas (barbadas o sin barba, lisas o hirsutas) y la
estación de maduración. Vavilov se sintió después sorprendido y encantado al
encontrar prácticamente el mismo juego de combinaciones de caracteres en
variedades de dos especies íntimamente emparentadas, T. compactum y T.
spelta.
Después pasó a estudiar el centeno (Secale cereale), una especie
perteneciente a un género muy cercano al trigo, pero hasta entonces considerada
de una variación geográfica mucho más limitada. No obstante, al ir recolectando
Vavilov y sus ayudantes muestras de centeno por toda la Rusia europea y asiática,
Irán y Afganistán, descubrió no sólo que su diferenciación era comparable a la
del trigo en cuanto a su extensión, sino también que sus razas exhibían el
mismo juego de caracteres, con las mismas variaciones en color, forma y período
de crecimiento.
Las similitudes entre las series de razas eran tan precisas y completas
entre especies emparentadas que Vavilov pensó que podría predecir la existencia
de variedades no descubiertas en el seno de una especie tras encontrar sus
formas paralelas en otra especie. En 1916, por ejemplo, localizó una serie de
variedades de trigo sin lígulas en Afganistán (las lígulas son delgadas
membranas que crecen a partir de la base de la hoja y rodean el tallo en muchas
gramíneas). Este descubrimiento sugería que deberían existir variedades de
centeno sin lígulas, y las obtuvo de semillas recogidas en Pamir en 1918.
Predijo que el trigo duro (Tricticum durum), representado por aquel
entonces exclusivamente por variedades primaverales, debería tener también
formar invernales, ya que otras especies con él emparentadas las tenían… y las
encontró en 1918 en una región aislada del norte de Irán.
Las observaciones de Vavilov habrían engendrado menos controversias si
no las hubiera interpretado, de hecho sobre interpretado, de un modo poco
compatible con los puntos de vista estrictamente darwinianos o lamarckianos.
Podría haber argumentado que sus series de variedades paralelas representaban
adaptaciones similares de sistemas genéticos diferentes a ambientes comunes que
engendraban una selección natural en una misma dirección. Tal interpretación
hubiera satisfecho las preferencias darwinianas por la variación aleatoria, en
la que el cambio evolutivo viene impuesto por la selección natural. (También
esto podría haber sido distorsionado por Lysenko, convirtiéndolo en una
afirmación de que los ambientes alteraban directamente la herencia de las
plantas de modo favorable.)
Pero Vavilov propuso una explicación diferente, más acorde con las
actitudes no darwinianas (aunque no anti darwinianas) que aún prevalecían en
los años veinte: afirmó que las series paralelas representaban respuestas
idénticas de los mismos sistemas genéticos, heredados in toto de
unas especies a las especies emparentadas. Así pues, en la jerga evolucionista,
sus series eran «homólogas»; de aquí el nombre de su ley. (Las homologías son
similitudes basadas en la herencia de los mismos genes o estructuras de un
antecesor común. Las similitudes forjadas en el seno de diferentes sistemas
genéticos por presiones selectivas de ambientes similares son llamadas
analogías.)
Vavilov argumentaba que las especies nuevas aparecían al desarrollar
diferencias genéticas que impiden la hibridación con especies emparentadas.
Pero la nueva especie no es genéticamente distinta a su antecesora en todos los
aspectos. La mayor parte del sistema genético del antepasado permanece intacto;
tan sólo un limitado número de genes son alterados. Las variedades paralelas
representan, pues, una «expresión» de las mismas capacidades genéticas
heredadas en bloque de especie a especie emparentada.
Tal interpretación no es anti darwiniana porque no niega un papel
importante a la selección natural. Mientras que cada variedad puede representar
una capacidad latente predecible, su expresión en cualquier clima o región
geográfica sigue haciendo necesaria la selección, para preservar la variante
adoptiva y eliminar las otras. Pero tal explicación entra en conflicto con el
espíritu del darwinismo, ya que debilita o compromete el punto cardinal de que
la selección es la fuerza creativa en la evolución. La variación aleatoria, o
no dirigida, desempeña un papel crucial en el sistema darwiniano, dado que
establece la importancia evolutiva central de la selección al garantizar que
el cambio evolutivo no puede ser adscrito a la variación en sí
misma. La variación no es más que materia prima. Aparece en todas las
direcciones o, al menos, no está ordenada preferentemente en formas
adaptativas. Por consiguiente, la dirección es impuesta por la selección
natural, preservando y acumulando lentamente, generación tras generación, las
variaciones que hacen que los organismos estén mejor adaptados a los ambientes
locales.
Pero ¿qué ocurre si la variación no es aleatoria y no carece de
dirección, sino que se ve fuertemente canalizada a lo largo de determinados
caminos? Entonces sólo es posible un limitado número de cambios que registran
las constricciones «internas» de la herencia en la misma medida que la acción
de la selección. La selección no está aletargada; sigue determinando cuál de
las diversas posibilidades alcanza su expresión en cualquier clima o área
determinados. Pero si las posibilidades son estrictamente limitadas, y si una
especie las exhibe en su totalidad entre sus diversas variedades, entonces este
abanico de formas no puede adscribirse tan sólo a la selección en su actuación
sobre las variaciones fortuitas.
Más aún, esta explicación de las variedades nuevas pone en tela de
juicio el principio cardinal de la creatividad de la selección natural. Las
variaciones son resultados predecibles dentro de su sistema genético. Su
aparición está prácticamente preordenada. El papel de la selección natural es
negativo. Se convierte en tan sólo un verdugo. Elimina las variantes no aptas
en cualquier ambiente dado, preservando así la forma favorecida que
eventualmente tenía que hacer su aparición.
Vavilov interpretó esta ley de las series homólogas de un modo no
darwiniano. «La variación —escribió— no se produce en todas direcciones, al
azar y sin orden ni concierto, sino con arreglo a sistemas distintivos y clases
análogas a las de la cristalografía y la química. Las propias grandes
divisiones [de los organismos] en órdenes y clases ponen de manifiesto
regularidades y repeticiones de sistemas.» Cita el caso de «diversas variedades
de arvejas, tan similares a las lentejas ordinarias en la forma, el color y el
tamaño de sus semillas, que no pueden ser separadas por ninguna máquina
clasificadora». Acepta que la similitud extrema en cualquier punto dado es
producto de la selección (selección inconsciente en las máquinas agrícolas de
clasificación). Pero el agente de la selección fue, literalmente en este caso,
un cedazo que preservaba una variante entre muchas. La variante apropiada
existía ya como producto encarnado de un conjunto heredado de posibilidades.
* * * *
El papel de la selección natural en este caso está perfectamente claro.
El hombre, inconscientemente, año tras año, separó, por medio de sus máquinas
clasificadoras, variedades de arvejas similares a las lentejas en tamaño y
forma de la semilla, y que maduraban simultáneamente a éstas. Existían las
mismas variedades, sin duda alguna antes que la propia selección, y la
apariencia de sus series, al margen de toda selección, estaba de acuerdo con
las leyes de la variación.
* * * *
Vavilov, excesivamente entusiasmado con su idea, siguió adelante. Le
embriagó la idea de que su ley podría representar un principio de ordenamiento
capaz de convertir a la biología en una ciencia tan exacta y tan experimental
como las ciencias «duras», como la física y la química. Tal vez los sistemas
genéticos estén compuestos de «elementos» y las variedades geográficas de las
especies sean «compuestos» predecibles que surgen inevitablemente de la unión
de estos elementos en mezclas específicas. Si ello es así, el abanico de formas
biológicas en el seno de una especie podría representarse en forma de una tabla
de posibilidades similar a la tabla periódica de los elementos químicos. La
evolución podría deducirse de la propia estructura genética; el ambiente tan sólo
puede actuar para preservar las posibilidades inherentes.
Abogaba por una explícita «analogía con la química» en la sección de
conclusiones de su trabajo de 1922 y escribió: «Las formas nuevas han de cubrir
vacantes en un sistema». Experimentó con un sistema de notación que expresaba
las variedades de una especie como una fórmula química y afirmó «la analogía
entre las series homológicas de plantas y animales con los sistemas y clases de
la cristalografía con estructuras químicas definidas». Un seguidor entusiasta
comentó que «la biología ha encontrado su Mendeleyev».
Vavilov moderó sus puntos de vista en el transcurso de los años veinte y
principios de los treinta. Averiguó que algunas de las variedades paralelas
entre las especies no están basadas, después de todo, en los mismos genes, sino
que representan una acción similar de la selección sobre diversas fuentes de
variación. En estos casos, las variedades son análogas, no homólogas, y deberá
concedérsele preeminencia a la explicación darwinista. En 1937, escribió:
Subestimamos la variabilidad de los propios genes … Por aquel entonces
pensábamos que los genes poseídos por especies próximas eran idénticos; hoy
sabemos que esto está muy lejos de ser cierto, que incluso especies íntimamente
emparentadas con rasgos externos muy similares están caracterizadas por
multitud de genes diferentes. Al concentrar nuestra atención en la variabilidad
en sí, no le prestamos la suficiente atención al papel de la selección natural.
Aun así, Vavilov continuaba defendiendo la importancia y la validez de
su ley, y continuaba abogando por la analogía con la química en una forma sólo
ligeramente más suave.
Por desgracia, en el sentido más profundo, Vavilov se había expuesto con
ello al polémico ataque de Lysenko. La ley de las series homólogas le
proporcionaba una importante munición a Lysenko, y la analogía química de
Vavilov, excesiva, aumentó sus problemas. Lysenko caricaturizó la ley de
Vavilov en 1936 mediante la presentación de ejemplos ridículos que implicaban a
especies demasiado lejanamente emparentadas para que presentaran series
paralelas en el sistema de Vavilov: «En la naturaleza encontramos manzanos con
frutos redondos, de manera que debe haber o puede haber árboles con peras
redondas, cerezas redondas, uvas redondas, etc.».
El ataque ideológico de Lysenko fue más perverso. Hizo dos acusaciones
graves que implicaban las dos partes de la divisa de la filosofía soviética
oficial: materialismo dialéctico. La ley de Vavilov, afirmaba, era anti
dialéctica porque situaba el origen del cambio orgánico dentro de los sistemas
genéticos de los propios organismos y no en la interacción (o dialéctica) entre
el organismo y el ambiente. En segundo lugar, Lysenko acusaba a la ley de las
series homólogas por ser «idealista» y no materialista, porque ésta consideraba
que la historia evolutiva de una especie se hallaba prefigurada en la capacidad
no realizada (y, por lo tanto, no material) de un sistema genético heredado.
La evolución, acusaba Lysenko, es casi una ilusión en el sistema de
Vavilov. Supone una mera representación de potenciales heredados, no el
desarrollo de algo nuevo. Expresa la inclinación burguesa a la estabilidad al
considerar que el cambio aparente es una expresión superficial de la constancia
subyacente. Según la ley de Vavilov, acusaba Lysenko,
Las formas nuevas resultan no del desarrollo de formas viejas, sino de
una reorganización, una recombinación de corpúsculos hereditarios ya
existentes… Todas las especies actuales existieron en el pasado, sólo que en
formas menos diversas; pero cada forma era más rica en potencialidades, en su
colección de genes.
La demencia muestra a menudo una razón perversa pero coherente con sus
propios términos; y debemos admitir que Lysenko identificó y explotó las
verdaderas debilidades de la argumentación de Vavilov. Éste subestimó, en
efecto, el papel creativo del ambiente, y su analogía química delataba,
efectivamente, una cierta fe en las potencialidades preestablecidas como fuente
de posteriores y, en cierto sentido, ilusorios cambios. Pero Lysenko, que era
también un charlatán y un cruel polemista, fue igualmente a dialéctico (a pesar
de sus protestas en contra) en su visión de las plantas como masilla ante un
ambiente moldeador.
Vavilov murió en nombre de un falso lamarckismo. Se convirtió en un
legítimo mártir en Occidente, pero sus ideas no florecieron como resultado de
ello. La ley de las series homólogas, el eje organizativo de sus trabajos
evolucionistas, fue ignorada en nombre de un darwinismo excesivamente estricto.
La ley de Vavilov no contradecía directamente ningún principio darwiniano, pero
su énfasis en las restricciones a la herencia y en la variación canalizada
encajaba malamente en el leit motiv darwiniano de la variación
aleatoria y la dirección del cambio evolutivo por parte de la selección
natural. Fue, por consiguiente, ignorada y relegada a la estantería dedicada a
las teorías anticuadas que habían implicado que la propia variación era la
fuerza directriz de la evolución. He consultado todos los documentos
fundacionales de la «síntesis moderna», el movimiento que estableció nuestra
actual versión del darwinismo entre finales de los años treinta y los
cincuenta. Sólo dos de ellos mencionan la ley de las series homólogas de
Vavilov; cada uno le dedica menos de un párrafo.
Y no obstante, yo creo que, a su manera imperfecta, Vavilov había
entrevisto algo importante. En términos más modernos, las especies nuevas no
heredan una forma adulta de sus antepasados. Reciben un complejo sistema
genético y una serie de rutas de desarrollo para traducir los productos
genéticos a través de la embriología y el posterior crecimiento a organismos
adultos. Estas rutas restringen de hecho la expresión de la variación genética;
no la canalizan a lo largo de determinadas líneas. La selección natural puede
escoger cualquier punto a lo largo de la línea, pero puede no ser capaz de
desplazar a una especie fuera de la línea, dado que la selección tan sólo puede
actuar sobre las variaciones presentadas ante ella. En este sentido, las
constricciones a la variación pueden determinar las rutas del cambio evolutivo
tanto como la selección, desempeñando su papel darwiniano como fuerza creativa.
Me han resultado de mucha ayuda las ideas de Vavilov a la hora de
reorientar mi propio pensamiento en direcciones que me parecen más fructíferas
que mi anterior convicción, jamás cuestionada, de que la selección elabora casi
la totalidad de los cambios evolutivos. Al estudiar la relación entre el tamaño
del cerebro y el tamaño corporal, los biólogos han descubierto que el cerebro
crece a una velocidad de entre una y dos quintas partes de la velocidad con la
que crece el cuerpo en comparaciones realizadas entre mamíferos íntimamente
emparentados, que difieren tan sólo (o fundamentalmente) en tamaño corporal:
adultos dentro de una única especie, razas de perros domésticos, chimpancés
frente a gorilas, por ejemplo. Durante noventa años, la gran literatura se ha
concentrado en especulaciones acerca de los motivos adaptativos de esta
relación, basándose en el supuesto (normalmente no manifiesto) de que debe
aparecer como producto directo de la selección natural. Pero mi colega Russell
Lande llamó mi atención hace poco hacia una serie de experimentos realizados
con ratones, seleccionados a lo largo de multitud de generaciones con arreglo a
su tamaño corporal exclusivamente. Al ir aumentando de tamaño estos ratones a
lo largo de las generaciones, su cerebro fue creciendo al ritmo habitual: un
poco por encima de un quinto de la velocidad de crecimiento del cuerpo. Dado
que sabemos que estos experimentos no incluían selección alguna referida al
tamaño del cerebro, el ritmo de un quinto debe ser un producto secundario de la
selección para un aumento de tamaño del cuerpo. Dado que el ritmo de uno a dos
quintos hace su aparición una y otra vez en diversos linajes de mamíferos, y
dado que tal vez registre una respuesta no adaptativa del cerebro a la
selección en favor de cuerpos de mayor tamaño en el seno de los sistemas de
desarrollo de los mamíferos, los juegos paralelos de razas y especies
dispuestos a lo largo de la pendiente de «un quinto-dos quintos» en los
carnívoros, roedores, ungulados y primates son series homólogas no darwinianas
en el sentido de Vavilov.
En nuestra investigación personal acerca del caracol terrestre de las
Antillas Cerion, mi colega David Woodruff y yo nos encontramos con
las mismas dos morfologías una y otra vez en la totalidad de las islas del
norte de las Bahamas. Las conchas costuladas, blancas o de un color uniforme,
gruesas y más o menos rectangulares, habitan las costas rocosas en los límites
de bancos en los que las islas caen abruptamente a un mar profundo. Las conchas
lisas, moteadas, más delgadas y en forma de barril habitan costas más
tranquilas y bajas en los límites interiores de los bancos, donde las islas
ceden el paso a millas y millas de aguas poco profundas. La conclusión más
sencilla, y más habitual, sería considerar que las conchas costuladas de todas
las islas están íntimamente emparentadas, y que las conchas lisas son miembros
de otro grupo coherente. Pero creemos que el complejo juego de caracteres que
forman las morfologías con cóstulas y la lisa surgen independientemente una y
otra vez. En las islas del pequeño banco de Bahama, tanto los animales con
cóstulas como los lisos comparten una anatomía genital distintiva. En las islas
del gran banco de Bahama, tanto los animales con cóstulas como los lisos
desarrollan un tipo de pene igualmente distintivo, pero diferente. La ecología
de las costas rocosas frente a la de las costas calmas puede seleccionar como
adaptaciones las morfologías citadas, pero la apariencia coordinada de la media
docena de rasgos característicos de cada morfología puede representar una
canalización de la variación disponible a la producción de series homólogas
(variedades costuladas y lisas) en linajes diferentes (definidos por la
anatomía de los genitales).
Una teoría completa de la evolución debe reconocer la existencia de un
equilibrio entre las fuerzas «exteriores» del ambiente que imponen una
selección en favor de la adaptación local y las fuerzas «internas» que
representan constricciones de la herencia y el desarrollo. Vavilov puso
excesivo énfasis en las constricciones internas menospreciando el poder de la
selección. Pero los darwinianos occidentales han errado también al ignorar
prácticamente (aunque reconociéndolo en teoría) los límites impuestos a la
selección por la estructura y el desarrollo, lo que Vavilov y los biólogos
antiguos hubieran llamado «leyes de la forma». Necesitamos, en pocas palabras,
una verdadera dialéctica entre los factores internos y externos de la
evolución.
La tragedia personal de Vavilov no puede ya remediarse. Pero ha sido
rehabilitado en Rusia, donde la Sociedad de Genéticos y Seleccionistas de la
Unión Soviética lleva hoy su nombre. Nosotros, que le vemos como un mártir y
nos hacemos defensores de su causa sin conocer sus ideas, haríamos bien en
reconsiderar la tradición darwiniana más antigua que representaba. Combinado
con nuestra legítima convicción acerca del poder de la selección, el principio
de las series homólogas (y otras «leyes de la forma») podría apadrinar una
teoría evolutiva verdaderamente sintética en su integración del desarrollo y la
forma orgánica, con un cuerpo de principios hoy dominado por la ecología y los
efectos de la selección sobre genes y rasgos únicos.
Capítulo 3
Adaptación y desarrollo
Contenido:
11. Mitos y realidades de las hienas
12. Reinos sin ruedas
13. ¿Qué pasa con los cuerpos si los genes actúan por su cuenta?
14. Dientes de gallina y dedos de caballo
15. Los monstruos útiles
11. Mitos y realidades de las hienas
Admito libremente que la hiena manchada, la que se ríe, no es el animal
más hermoso que imaginarse pueda. Aun así, difícilmente podría ser merecedora
de la lamentable reputación que le fue impuesta por parte de nuestros ilustres
antecesores. Existen tres mitos acerca de las hienas que fueron los que
inspiraron los comentarios, llenos de repugnancia, de los textos primitivos.
En primer lugar, las hienas eran consideradas animales carroñeros. En
su Historia natural, Plinio el Viejo (23-79 d.C.) se refería a
ellas diciendo que eran el único animal que excavaba las tumbas en busca de
cadáveres (ab uno animali sepulchra erui inquisitione corporum). Conrad
Gesner, el gran catalogador de la historia natural del siglo XVI, contaba que
se atiborran glotonamente al encontrar un cadáver, que sus panzas se hinchan
quedando tensas como un tambor. Después buscan algún lugar estrecho entre dos
árboles o dos piedras, y se estrujan para atravesarlo, expulsándose los restos
de sus comidas simultáneamente por ambos extremos.
Hans Kruuk, que pasó años estudiando las hienas manchadas en su hábitat
natural (las llanuras del África oriental), ha trabajado mucho por anular estos
antiguos mitos (véase su libro The Spotted Hyena, University of
Chicago Press, 1972). Nos informa de que las hienas comen carroña cuando tienen
oportunidad de hacerlo. (La mayor parte de los carnívoros, incluyendo al noble
león, se atiborrarán encantados de la carne muerta gracias al esfuerzo de algún
otro carnívoro.) Pero las hienas manchadas viven en clanes de caza compuestos
por hasta ochenta animales. Cada clan controla un territorio y mata la mayor
parte de sus alimentos (fundamentalmente cebras y ñúes) en persecuciones
comunales nocturnas.
* * * *
Como segundo insulto, las hienas eran generalmente consideradas como
híbridos. Sir Walter Raleigh las excluyó del Arca de Noé dado que creía que
Dios sólo había salvado purasangres. Las hienas fueron reconstituidas tras el
Diluvio por la unión antinatural de un perro y un gato. De hecho, las tres
especies actuales de hienas forman una familia propia en el seno del orden
Carnívoros. Sus parientes más próximos son los mustélidos (las comadrejas y sus
afines).
10. Similitud entre los genitales del macho y de la hembra en la hiena
manchada. Hilera superior, aspectos del pene del macho. Hilera inferior,
aspectos similares del clítoris de la hembra (de Harrison Matthews, 1939).
Como borrón final, y falso, en su cartilla, y con la mayor de las
injusticias, muchos escritores antiguos afirmaban que las hienas eran
hermafroditas, siendo portadoras de órganos tanto masculinos como femeninos.
Los bestiarios medievales, en su continuo intento de extraer deducciones
morales de la depravación de las bestias, se concentraron en esta supuesta
ambivalencia sexual. Un documento del siglo XII, traducido por T. H. White,
declaraba:
Dado que ni son machos ni son hembras, no son ni fieles ni paganos, sino
que son evidentemente el pueblo acerca del que Salomón dijo: «Un hombre con dos
mentes es inconstante en todas sus costumbres». También el Señor dijo: «No se
puede servir a Dios y a Mammón».
Pero las hienas también tenían algunos defensores formidables frente a
esta calumnia concreta. El propio Aristóteles había declarado en su Historia
animalium: «Se afirma que la hiena tiene órganos sexuales masculinos y
femeninos; pero esto no es cierto».
11. Genitales externos de la hiena manchada hembra, mostrando un clítoris
peniforme y un falso escroto (de Harrison Matthews, 1939).
Aristóteles (y no por primera vez) tenía, por supuesto, razón. Pero la
leyenda había surgido por buenos motivos. Las hienas hembra son virtualmente
indistinguibles de los machos. Su clítoris es de gran tamaño y está extendido
formando un órgano del mismo tamaño y posición que el pene del macho. También
puede experimentar erecciones. Los labios de su sexo se han plegado y fusionado
para formar un falso escroto que no es discerniblemente diferente, ni en su
forma ni en su localización, del verdadero escroto de los machos. Incluso
contiene tejidos grasos que forman dos bultos que resulta fácil confundir con
los testículos. Los autores del trabajo más reciente acerca de las hienas
manchadas consideraron el aspecto de los machos y las hembras «tan similar que
sólo se podía determinar su sexo con seguridad por palpación del escroto. En el
escroto del macho podían localizarse los testículos por comparación con el
blando tejido adiposo del falso escroto de las hembras».
El zoólogo británico L. Harrison Matthews hizo la descripción anatómica
más extensa de la anatomía sexual de la hiena en 1939. Describió el clítoris
peniforme, subrayando que su tamaño no es inferior al del pene del macho, está
igualmente constreñido a una única abertura en forma de ranura en la punta, y
es tan capaz de experimentar erecciones como su contrapartida en los machos.
Concluía sus austeras y precisas páginas de descripción con una manifestación
de asombro tan fuerte como cabría esperarse de la ponderada prosa científica
británica: «Probablemente sea una de las formas más insólitas que adopta el
orificio externo del canal urogenital en las hembras de los mamíferos».
Harrison Matthews investigó también la cuestión de cómo se aparean las
hembras, al contar con un orificio femenino que no es más grande que la
abertura del pene del macho. «En el estado pre púber —escribe— estas funciones
son obviamente imposibles, debido al diminuto tamaño de la abertura.» Pero, al
ir madurando la hembra, la abertura va alargándose gradualmente y «se va
extendiendo hacia abajo en torno a la superficie ventral…, desplazándose a lo
largo del eje longitudinal», hasta formar un orificio de 1,5 centímetros de
longitud que se extiende desde la abertura del clítoris hasta su base. Este
alargamiento de la abertura y un subsiguiente agrandamiento de los pezones tras
la preñez y el parto ayudan a distinguir las hembras adultas de los machos.
Podemos ahora comprender cuál era la base de los antiguos mitos de que las
hienas eran o bien hermafroditas simultáneos (portadores de órganos masculinos
y femeninos a la vez), o machos durante parte de su vida y posteriormente
hembras.
Las rarezas de la naturaleza exigen explicación y, por consiguiente, nos
hacemos la pregunta de cuáles son las ventajas que obtienen las hembras al
parecer machos. Inmediatamente llegamos al otro aspecto más llamativo de la
biología de las hienas: las hembras no sólo se parecen a los machos, son
también más grandes que ellos, al revés de lo que ocurre normalmente en los
mamíferos, incluidos los seres humanos. (Pero véase el ensayo 1 para una
discusión del modelo inverso en la mayoría de los demás animales.) Las hembras
de los clanes del África oriental, estudiados por Kruuk, pesaban por término
medio 54 kilogramos, frente a los 48 kilogramos de peso medio de los machos.
Más aún, dirigen los clanes en la caza y la defensa del territorio y son, en
general, dominantes frente a los machos en los contactos individuales. La
dominancia no es simplemente resultado de su mayor tamaño, ya que las hembras
también manifiestan un rango superior a los machos de mayor tamaño si la
discrepancia en éste no es demasiado grande.
Aunque la adopción por parte de la hembra de lo que son normalmente
papeles masculinos en los mamíferos probablemente esté relacionada con su
evolución de estructuras sexuales que imitan los órganos masculinos, la
relación entre estos fenómenos no está a la vista. No puede tener demasiado que
ver con el comportamiento sexual en sí, ya que, en todo caso, el «pene» de la
hembra constituye un obstáculo a la copulación hasta que la abertura se agranda
y su forma se aleja de la del macho.
Kruuk sugiere que este notable mimetismo surgió en relación con un
comportamiento común en las hienas denominado la «ceremonia del encuentro». Las
hienas viven en clanes que defienden territorios y cazan en comunidad. Pero los
individuos pasan también buena parte de su tiempo vagando en solitario en busca
de carroña. Para mantener la cohesión de los clanes y alejar a los intrusos,
las hienas deben desarrollar un mecanismo para reconocerse las unas a las otras
y reintegrar a los viajeros solitarios al clan apropiado.
Cuando se encuentran dos hienas del mismo clan, se ponen costado contra
costado mirando en direcciones opuestas. Cada una de ellas levanta la pata
trasera interior, el individuo subordinado en primer lugar, exponiendo un pene
o un clítoris erecto, una de las partes más vulnerables del cuerpo, a los
dientes de su compañero. Seguidamente se olfatean y lamen los genitales
mutuamente durante diez o quince segundos, fundamentalmente en la base del pene
o clítoris y la parte delante del escroto o falso escroto.
Kruuk cree que el clítoris de la hembra, y su falso escroto, se
desarrollaron para que dispusiera de una estructura conspicua, útil para el
reconocimiento en la ceremonia del encuentro. Escribe:
Es imposible imaginarse ningún otro propósito para este singular rasgo
femenino, que no sea su uso en la ceremonia del encuentro… También podría
ocurrir que un individuo dotado de una estructura familiar, pero relativamente
compleja y conspicua, olfateada durante el encuentro, disponga de alguna
ventaja sobre los demás; la estructura facilitaría a menudo este
restablecimiento de lazos sociales, manteniendo juntos a los compañeros a lo
largo de un período de encuentro más dilatado. Esta podría ser la ventaja
selectiva responsable de la evolución de la estructura genital de las hembras y
los cachorros.
La especulación acerca del significado adaptativo es una actividad muy
popular y, sin duda, muy entretenida, entre los biólogos evolutivos. Pero la
pregunta «¿para qué sirve?» a menudo distrae la atención de la cuestión más
mundana, pero con frecuencia más esclarecedora: «¿cómo está construido?». Un
este caso, las especulaciones acerca del significado adaptativo llevan mucho
tiempo figurando en la literatura, pero, aun así, nadie se tomó la molestia de
seguir el camino evidente en busca de hipótesis sobre la construcción anatómica
hasta 1979: ¿qué hormonas sexuales se mantienen, y a qué niveles, en las
hembras de hiena desde su concepción hasta la madurez? (Véase Racey y Skinner,
1979, en la Bibliografía.)
Racey y Skinner descubrieron, en pocas palabras, que dos andrógenos
(hormonas productoras de machos) tenían una concentración más elevada en los
testículos que en los ovarios de las hienas manchadas adultas (lo que
difícilmente puede ser una sorpresa). No obstante, cuando investigaron los
niveles de esas mismas hormonas en el plasma sanguíneo, no detectaron ninguna
diferencia entre machos y hembras. Una hembra contenía fetos hembra
gemelos, y ambos presentaban un nivel de testosterona igual al de las hembras
adultas. Por consiguiente, Racey y Skinner llegaron a la conclusión de que «los
altos niveles fetales de andrógenos son responsables de la aparición de la
facies sexual masculina en las hembras adultas de la hiena manchada».
Racey y Skinner reafirmaron su hipótesis estudiando las hienas pardas y
las rayadas, las otras dos especies de la familia Hiénidos. Ni las hienas
pardas ni las rayadas desarrollan clítoris peniformes o falsos escrotos. En
ambas especies los niveles de andrógenos en el plasma sanguíneo son muy
inferiores en las hembras respecto al nivel que existe en los machos.
(Aristóteles, dicho sea de paso, defendía a las hembras de la acusación de
hermafroditismo describiendo con toda corrección los genitales de estas otras
especies: una especie de finta frente a la hiena manchada, origen de la
leyenda; pero el «maestro de aquellos que saben» estaba, en cualquier caso, en
lo cierto.)
Pero ¿por qué debería llevar el elevado nivel de andrógenos a la
construcción de falsos penes y escrotos? Los animales que los forman siguen
siendo, después de todo, genéticamente hembras. ¿Cómo pueden los genes
femeninos producir imitaciones de la estructura de los machos, incluso en un
medio de hormonas androgénicas abundantes? Un vistazo a la base del desarrollo
de la anatomía sexual resuelve este problema.
Los mamíferos comparten un modelo común en la embriología de los órganos
sexuales, y, por consiguiente, podemos utilizar a los seres humanos como
ejemplo. El embrión joven es sexualmente indiferente y contiene todas las
estructuras y precursores necesarios para el desarrollo indistinto de órganos
sexuales masculinos o femeninos. Al cabo de la octava semana, aproximadamente,
de la concepción, las gónadas empiezan a diferenciarse, ya sea como ovarios o
como testículos. Los testículos en desarrollo segregan andrógenos, que inducen
el desarrollo de genitales masculinos. Si no hay andrógenos, o sus niveles son
muy bajos, se forman genitales femeninos.
Los genitales externos e internos se desarrollan de modos diferentes.
Para los genitales internos, el embrión joven contiene precursores de ambos
sexos: los conductos de Müller (que forman las trompas de Falopio y los ovarios
de las hembras) y los conductos de Wolff (que forman los conductos deferentes,
que llevan el esperma de los testículos al pene, de los machos). En las
hembras, los conductos de Wolff degeneran y los conductos de Müller se
diferencian; los machos se desarrollan por la vía contraria.
Los genitales externos siguen un esquema notablemente diferente. Los
individuos no parten de dos juegos diferentes de precursores, perdiendo uno y
reforzando otro. Por el contrario, los diferentes órganos del macho y de la
hembra se desarrollan a lo largo de rutas divergentes partiendo del mismo precursor.
El pene del macho es el mismo órgano que el clítoris de la hembra: se forman a
partir de los mismos tejidos, son indistinguibles en el embrión, y siguen rutas
diferentes más adelante. El escroto del macho es el mismo órgano que los labios
mayores de la hembra. Los dos labios se hacen más largos, se pliegan y se unen
a lo largo de la línea media, formando el saco escrotal.
La ruta de desarrollo de la hembra es, en cierto sentido, biológicamente
intrínseca a todos los mamíferos. Es el esquema que se desarrolla en ausencia
de influencias hormonales. La vía seguida por el macho es una modificación
inducida por la secreción de andrógenos por parte de los testículos en
desarrollo.
El misterio del mimetismo del macho en las hienas hembras puede
resolverse, en gran parte, reconociendo estos hechos fundamentales de la
anatomía del desarrollo. Sabemos, gracias al trabajo de Racey y Skinner, que
las hembras de las hienas mantienen elevados niveles de hormonas androgénicas.
Podemos, por tanto, llegar a la conclusión de que las sorprendentes y complejas
particularidades de la anatomía sexual de las hembras de la hiena manchada son
simplemente, de hecho casi automáticamente, producidas por un único efecto
subyacente: la secreción de cantidades inusitadamente grandes de andrógenos por
parte de las hembras.
La naturaleza automática de los clítoris peniformes y los falsos
escrotos en los mamíferos hembras con altos niveles de andrógeno puede
ilustrarse mediante pautas insólitas en el desarrollo humano. Las glándulas
suprarrenales segregan también andrógenos, habitualmente en pequeñas
cantidades. En algunas hembras genéticas, las suprarrenales son anormalmente
grandes y producen niveles elevados de andrógenos. Estas niñas nacen con pene y
falso escroto. Hace varios años se comercializó una droga para evitar los abortos.
Tenía el desafortunado efecto colateral de simular el efecto de los andrógenos
naturales. Los bebés hembras nacían con un clítoris muy desarrollado y un saco
escrotal vacío formado por los labios fusionados.
En mi opinión, estos datos de la anatomía del desarrollo deberían forzar
una revisión de la interpretación habitual del mimetismo del macho en las
hembras de hienas manchadas. Los biólogos evolutivos se han deslizado con
demasiada frecuencia hacia un modo de argumentación, selectivamente atractivo,
acerca del fenómeno de la adaptación. Tendemos a considerar cada estructura
como algo diseñado con un propósito definido, construyendo así (en nuestra
imaginación) un mundo de diseños perfectos no demasiado diferentes del
pergeñado por los teólogos naturales del siglo XVIII, que «demostraban la
existencia de Dios por la perfecta arquitectura de los organismos. Los
adaptacionistas podrían conceder una cierta flexibilidad a las estructuras
diminutas y aparentemente sin consecuencias; pero, sin duda, cualquier cosa
grande, compleja y evidentemente útil, debe haber sido construida directamente
por la selección natural. De hecho, toda la literatura anterior acerca de las
hienas manchadas ha asumido que los órganos sexuales femeninos evolucionaron
directamente para una función concreta; como en el caso de la especulación de
Kruuk acerca de las ventajas adaptativas de unos genitales externos conspicuos
para el reconocimiento en la ceremonia del encuentro.
Pero existe otro posible escenario, y a mí me parece más probable. No
dudo que la peculiaridad básica de la organización social de las hienas (el
mayor tamaño y la dominancia de las hembras) es una adaptación a algo. El
camino más sencillo hacia esa adaptación sería un marcado incremento en la
producción de hormonas androgénicas por parte de las hembras (existen en
pequeñas cantidades en todos los mamíferos hembra). Los altos niveles de
andrógenos implicarían efectos secundarios complejos como consecuencia automática;
entre ellos, un clítoris peniforme y un falso escroto (no podemos, después de
todo, etiquetar esa misma condición en algunos bebés humanos hembras anormales
como una adaptación). Una vez presentes estos efectos, tal vez pueda
encontrarse alguna utilidad para ellos, como la ceremonia del encuentro. Pero
su actual utilidad no implica que fueran elaborados directamente por la
selección natural para el fin al que hoy en día sirven. (Sí, ya sé que puede
plantearse al revés: la ceremonia del encuentro requiere unos genitales
femeninos conspicuos y son desarrollados por medio de un aumento de los niveles
de andrógeno, lo que tiene por consecuencia un aumento en el tamaño de las
hembras y su dominancia. No obstante, sí quisiera señalar que bajo nuestras
habituales preferencias por ver adaptaciones directas por todas partes, mi
planteamiento ni siquiera sería tomado en consideración. En efecto, no aparecía
en los principales trabajos acerca de las hienas manchadas.)
No habitamos en un mundo perfecto en el que la selección natural
escudriña implacablemente todas las estructuras orgánicas, moldeándolas después
para un óptimo de utilidad. Los organismos heredan una forma y un estilo de
desarrollo embrionario; éstos imponen determinadas constricciones sobre los
futuros cambios y adaptaciones. En muchos casos, las rutas evolutivas reflejan
esquemas heredados, más que exigencias ambientales de hoy. Estas herencias
limitan, pero también ofrecen oportunidades. Un cambio genético potencialmente
pequeño (en este caso, un incremento en el nivel de andrógenos) implica una
hueste de consecuencias complejas y no adaptativas. La flexibilidad primaria de
la evolución puede surgir de los subproductos no adaptativos que ocasionalmente
permiten a los organismos lanzarse en nuevas e impredecibles direcciones. ¿Qué
«juego» tendría la evolución si cada estructura fuera elaborada con un fin
restringido y no pudiera utilizarse para nada más? ¿Cómo podrían aprender a
escribir los seres humanos si nuestro cerebro hubiera evolucionado para la
caza, la cohesión social, o cualquier otra cosa, y no pudiera trascender los
límites adaptativos de su propósito original?
En el segundo episodio de su serie Cosmos, Carl Sagan contó
la historia de un cangrejo japonés que lleva en su dorso el retrato de un
guerrero samurai. Planteaba que los seres humanos han construido esta cara a su
imagen y semejanza, porque los pescadores locales llevan devolviendo al agua
los cangrejos con el dibujo más nítido durante siglos, imponiendo así una
fuerte presión de selección en favor de los cangrejos con la imagen del samurai
(a los otros, se los comen). Utilizó este ejemplo a modo de introducción de un
apasionante discurso acerca del casi omnímodo poder de la selección natural.
Dudo mucho de esta historia, y sospecho que la explicación convencional
es la correcta: que la similitud es accidental y, en el mejor de los casos,
sólo se ha visto ligeramente reforzada por la intervención del hombre. Pero
incluso aunque Sagan estuviera en lo cierto, en mi opinión se está maravillando
ante el fenómeno equivocado (o al menos, no le está dedicando un tiempo
equivalente a otro aspecto notable del caso). De entrada, me siento muy
impresionado por la capacidad del cangrejo de hacer algo tan poco propio de los
cangrejos; del mismo modo en que la capacidad de un sistema de desarrollo
heredado para producir (y con gran facilidad) unos cambios tan acentuados en la
anatomía sexual de las hienas hembra me llama mucho más la atención que
cualquier significación adaptativa potencial del cambio. La capacidad de los
cangrejos de trazar un rostro en su dorso no surgió de ningún valor selectivo
que pudiera tener esa cara, ya que los cangrejos utilizan muy raramente esta
habilidad latente. Más bien esta capacidad refleja varios hechos más profundos
de la biología de los cangrejos: la simetría bilateral del caparazón (que
corresponde por analogía a la simetría bilateral del rostro humano), y el hecho
de que muchos cangrejos van adornados por arrugas a lo largo de la línea media
(donde podría formarse una «nariz») y perpendiculares a ella (donde podrían
construirse «ojos» y «bocas»).
La producción accidental de un retrato humano representa un asombroso
ejemplo de la flexibilidad evolutiva que surge como consecuencia de un diseño
heredado. La materia orgánica no es masilla y la selección natural no es
omnipotente. Cada diseño orgánico está preñado de posibilidades evolutivas,
pero tiene sus senderos restringidos en lo que a su potencial de cambio se
refiere. Los pescadores pueden devolver al agua una selección de estrellas de
mar con su simetría central, o caracoles con su diseño en espiral, durante
decenas de millones de años y jamás conseguirán tallar un samurai en sus partes
duras.
Peter Medawar ha descrito la ciencia como «el arte de lo soluble». La
evolución podría denominarse «la transformación de lo posible».
12. Reinos sin ruedas
La madre de Sísara pensaba encantada en el botín que su hijo podría
traer de vuelta («una presa de bordados de varios colores»), tras su
enfrentamiento a los ejércitos de Israel conducidos por Débora y Barac (Jueces,
capítulos 4-5). No obstante llevaba ya retraso, y empezó a preocuparse: «¿Por
qué tardan las ruedas de sus carros de combate?», se preguntaba llena de
ansiedad. Y tenía motivos para tener miedo, ya que Sisara jamás regresó. Los
ejércitos cananeos habían sido aplastados mientras que Jael acababa de
atravesar la cabeza de Sisara con un clavo (un poste de tienda según las
traducciones modernas) (lo que convirtió a Jael en un personaje por debajo tan
sólo de Judith entre las heroínas judías por la sanguinolenta eliminación de
sus enemigos).
Los generales de los ejércitos bíblicos conducían carrozas, sus aparatos
viajaban en carros. Pero dos mil años más tarde, en el siglo VI d.C., la
pregunta que se hacía la madre de Sísara no podía ya plantearse, puesto que las
ruedas habían desaparecido prácticamente como medio de transporte desde
Marruecos hasta Afganistán. Fueron reemplazadas por camellos (Richard W.
Bulliet, The Carnel and the Wheel, 1975).
Bulliet cita varias razones para este cambio, que desafía toda
intuición. Las carreteras romanas habían empezado a deteriorarse y los camellos
no se veían obligados a recurrir a ellas. La artesanía de los arneses y los
carros había sufrido un acentuado declive. Pero, lo más importante, los
camellos (como animales de carga) eran más eficaces que los carros arrastrados
por animales (incluso por camellos). En una larga lista de las razones por las
que eran preferibles los camellos a un transporte no mecanizado basado en el
uso de la rueda, Bulliet incluye su longevidad, su resistencia, su capacidad de
cruzar ríos y recorrer tramos difíciles, además del ahorro de fuerza de trabajo
humano (un carro requiere un hombre por cada dos animales, pero una sola
persona puede hacerse cargo de entre tres y seis camellos de carga).
Inicialmente, la narración de Bulliet nos sorprende porque la rueda ha
llegado a simbolizar en nuestra cultura el sine qua non de la
explotación inteligente y el progreso tecnológico. Una vez inventada, su
superioridad no puede ser discutida ni superada. De hecho, «reinventar la
rueda» se ha convertido en nuestra metáfora estándar para burlarnos de la
repetición de verdades obvias. En una era anterior, de un darwinismo social
triunfante, las ruedas representaban una fase ineluctable del progreso humano.
Las culturas «inferiores» de África se deslizaban hacia la derrota; sus
conquistadores rodaban hacia la victoria. Las culturas «avanzadas» de México y
Perú podrían haber expulsado a Cortés y Pizarro, si tan sólo a algún artesano
astuto se le hubiera ocurrido convertir una piedra de calendario en la rueda de
un carro. La idea de que los carros pudieran ser reemplazados por animales de
carga nos resulta no sólo un atraso, sino prácticamente un sacrilegio.
El éxito de los camellos vuelve a poner de relieve un tema fundamental
en estos ensayos. La adaptación, ya sea biológica o cultural, representa un
mejor ajuste a ambientes locales específicos, no una fase inevitable en una
escala de progreso. La rueda fue una formidable invención, y sus usos son
múltiples (los alfareros y los molineros siguieron utilizándolas, incluso
cuando los fabricantes de carros se eclipsaron). Pero los camellos pueden dar
mejores resultados en determinadas circunstancias. Las ruedas, como las alas,
las aletas y los cerebros, son mecanismos exquisitos para determinados
propósitos, no indicios de una superioridad intrínseca. El orgulloso camello
podría poner en situación comprometida a cualquier Ezequiel de nuestros días, y
podría parecer que este artículo representa otro borrón en la reputación de la
rueda (aunque no sea así). Deseo plantear otra cuestión que parece ponerle
límites a la rueda. Buena parte de la tecnología humana surgió recreando el
buen diseño de los organismos. Si el arte es el reflejo de la naturaleza y si
las ruedas son un invento de tanto éxito, ¿por qué los animales andan, saltan,
vuelan, se arrastran, nadan y nunca ruedan (al menos no sobre ruedas)? Bastante
malo es que las ruedas, como artefacto humano, no sean siempre superiores al
trabajo de la naturaleza. ¿Por qué ésta, tan variopinta en sus actividades, ha
pasado también por alto la rueda? ¿Acaso es la rueda un mecanismo poco eficaz
para desplazarse, después de todo?
En este caso, las limitaciones están en los animales, no en la eficacia
de la rueda. Una vulgarización de la evolución, que aparece en multitud de
narraciones populares, presenta a la selección natural como un principio
perfeccionador, tan preciso en su funcionamiento, tan libre de trabas en su
actuación, que los animales acaban encarnando un juego de planos de ingeniería
para una forma óptima (véase el ensayo 11). En lugar de sustituir el antiguo
«razonamiento a partir del diseño» (la idea de que puede demostrarse la
existencia de Dios a través de la armonía de la naturaleza y la sabia
construcción de los organismos), la selección natural pasa a ocupar el antiguo
papel de Dios como principio perfeccionador.
* * * *
Pero la prueba de que ha sido la evolución, y no el fiat de
un agente racional, la que ha construido los organismos yace en las
imperfecciones que registran una historia de descendencia y
refutan la creación a partir de la nada. Los animales no pueden desarrollar
multitud de formas ventajosas porque los esquemas estructurales heredados se lo
impiden. Las ruedas no presentan defectos como modo de transporte; estoy convencido
de que a muchos animales les iría mucho mejor con ellas. (La única criatura lo
suficientemente inteligente como para construirlas, después de todo, les ha
sacado un buen partido, a pesar de la superioridad de los camellos en
determinadas circunstancias.) Pero los animales no pueden construir ruedas a
partir de las piezas que les suministra la naturaleza.
* * * *
Como principio estructural básico, una verdadera rueda debe girar
libremente, sin estar físicamente fusionada al objeto sólido que mueve. Si la
rueda y el objeto están físicamente ligados, entonces la rueda no puede girar
libremente mucho espacio, y debe girar de vuelta, ya que, en caso contrario,
los elementos de conexión se romperían por la tensión acumulada. Pero los
animales deben mantener una conexión física entre todas sus partes. Si los
extremos de nuestras piernas fueran ejes y nuestros pies ruedas, ¿cómo podrían
la sangre, los nutrientes y los impulsos nerviosos salvar el espacio, para
alimentar y dirigir las partes móviles de nuestros patines naturales? Los
huesos de nuestros brazos tal vez estén o no estén en contacto, pero
necesitamos las envueltas que los rodean formadas por los músculos, los vasos
sanguíneos y la piel; y, por lo tanto, no somos capaces de rotar nuestros
brazos ni siquiera una sola vuelta en torno al hombro.
Estudiamos a los animales para ilustrar o ejemplificar las leyes de la
naturaleza. El principio más elevado de todos podría ser el equivalente, en la
naturaleza, al axioma de que para cada regularidad duramente ganada y
reconfortante, podemos encontrar una excepción. Sin duda, alguien allá fuera
tiene una rueda. De hecho, en este mismo momento, hay millones de ruedas
girando en la tripa del lector.
Escherichia coli, el
bacilo común del intestino humano, mide alrededor de dos micras de longitud
(una micra es una milésima de milímetro). Impulsado por largos flagelos,
un E. coli puede nadar alrededor de diez veces su longitud en
un segundo. En caso de que nadar pudiera parecer fácil para un organismo
prácticamente inmune a la fuerza de la gravedad, que se desplaza a través de un
fluido de soporte fácil de atravesar, me gustaría señalar que es peligroso
extrapolar nuestras perspectivas al mundo de las bacterias. La viscosidad
percibida de un fluido depende de las dimensiones del organismo. Si hacemos
disminuir el tamaño de un organismo, el agua se convierte inmediatamente en
melaza. Howard C. Berg, el biólogo de Colorado que demostró cómo operan los
flagelos, compara a una bacteria moviéndose a través del agua con un hombre
intentando nadar en el asfalto. Una bacteria no puede deslizarse. Si sus
flagelos dejan de moverse, la bacteria se detiene abruptamente en menos de una
millonésima parte de su longitud. Los flagelos funcionan magníficamente bien en
circunstancias difíciles.
Una vez que Berg modificó su microscopio para seguir la pista a
bacterias individuales, percibió que E. coli se desplaza de
dos maneras distintas. Puede «correr» nadando sin interrupción a lo largo de
una línea recta o ligeramente curva. Después se detiene abruptamente y se agita
de un lado para otro: se «revuelve» en la terminología de Berg. Después echa a
correr en otra dirección. Las «revoluciones» duran una décima de segundo y se
producen, por término medio, una vez cada segundo. La temporización de las
«revoluciones» y la dirección de las nuevas carreras parecen ser totalmente
aleatorias, a menos que exista una elevada concentración de algún señuelo
químico en alguna parte del medio. La bacteria se desplazará entonces gradiente
arriba hacia el producto atrayente, disminuyendo la probabilidad de la
«revolución» cuando una carrera al azar la lleva en la dirección apropiada.
Cuando una carrera la lleva en dirección equivocada, la «revolución» sigue
siendo de duración y frecuencia normales. Las bacterias, por lo tanto, se
dirigen hacia el producto que las atrae incrementando la longitud de sus
carreras en las direcciones apropiadas.
El flagelo bacteriano está formado por tres partes: un filamento largo y
helicoidal, un segmento corto (llamado gancho o anclaje) que conecta el
filamento a la base del flagelo y una estructura basal empotrada en la pared
celular. Los biólogos llevan argumentando acerca de cómo se mueven las
bacterias desde que Leeuwenhoek las vio por vez primera en 1676. La mayor parte
de los modelos asumían que los flagelos estaban firmemente anclados a la pared
de la célula y que mueven a las bacterias agitándose de un lado a otro. Cuando
tales modelos resultaron tener poco éxito a la hora de explicar la rápida
transición entre las carreras y las «revoluciones», algunos biólogos sugirieron
que los flagelos tal vez fueran arrastrados pasivamente y que algún otro
mecanismo (desconocido) fuera el responsable del movimiento de las bacterias.
Las observaciones de Berg desvelaron algo sorprendente, insinuado y
propuesto anteriormente en teoría, pero nunca demostrado del todo: el flagelo
bacteriano opera como una rueda. Gira rígidamente como una hélice, movida por
un «motor» rotatorio de la porción basal empotrada en la pared celular. Lo que
es más, el motor es reversible. ¡E. Coli corre haciendo girar los
flagelos en una dirección; se revuelve deteniéndose abruptamente y haciendo
girar los flagelos en dirección contraria!
Berg pudo observar la rotación y correlacionar su dirección con las
carreras y las agitaciones, siguiendo a las bacterias de desplazamiento libre
en su máquina; pero S. H. Larsen y otros, trabajando en el laboratorio de
Julius Adler en la Universidad de Wisconsin, lograron una demostración aún más
llamativa. Aislaron dos cepas mutantes de E. coli: una que corre y
jamás hace «revoluciones», y una que sólo hace «revoluciones». «Enjaezaron»
estas bacterias a portaobjetos de cristal, utilizando anticuerpos que se fijan
o bien en el filamento o en el gancho del flagelo y también, afortunadamente,
al cristal. Así, las bacterias quedan sujetas al cristal por sus flagelos.
Larsen notó que las bacterias sujetas giran continuamente en torno a sus
flagelos inmovilizados. Los mutantes corredores giran en sentido contrario al
de las agujas del reloj (visto desde fuera de la célula), mientras que el
mutante no corredor gira en el sentido de las agujas del reloj. La rueda
flagelar tiene un motor reversible.
La base bioquímica de la rotación no ha sido aún dilucidada, pero su
morfología puede ser resuelta. Berg propone que el extremo inferior del flagelo
se expande, formando un delgado anillo que gira libremente en la membrana
citoplásmica de la pared celular. Justamente encima, un segundo anillo rodea la
base del flagelo, sin adherirse a ella. Este segundo anillo está rígidamente
montado sobre la pared celular. El anillo interior (y la totalidad del flagelo)
gira libremente, siendo mantenido en posición por el anillo superior y la
propia pared celular.
Algunas excepciones en la naturaleza resultan desalentadoras; son los
feos y desagradables pequeños datos que estropean las grandes teorías, por
utilizar el aforismo de Huxley. Otros resultan iluminadores y sirven tan sólo
para reforzar una regularidad, delimitando tanto su alcance como sus motivos.
Estas son las excepciones que prueban (o ponen a prueba) las reglas, y la rueda
flagelar cae dentro de esta feliz categoría.
¿Es accidental que las ruedas aparezcan tan sólo en los organismos más
pequeños de la naturaleza? Las ruedas orgánicas requieren que haya dos partes
yuxtapuestas sin una conexión física. Argumenté anteriormente que esto no puede
darse en organismos que nos son familiares, dado que la conexión entre las
partes constituye una propiedad integral de los sistemas vivientes. Las
sustancias y los impulsos deben poder ir de un segmento al siguiente. No
obstante, en los organismos más pequeños (y sólo en ellos) las sustancias
pueden moverse entre dos partes no conectadas por difusión a través de las
membranas. Así, las células individuales, incluyendo por supuesto todas las
nuestras, contienen orgánulos en el seno del citoplasma que se comunican con
otras partes de la célula, no por una conexión física, sino por el paso de
moléculas a través de membranas. Tales estructuras, en principio, podrían estar
diseñadas para girar como ruedas.
El principio que restringe esta comunicación sin contacto físico a los
organismos de menor tamaño de todos (o a partes de un tamaño similar de
organismos de mayor tamaño) encarna uno de los temas que más frecuentemente han
circulado por estos ensayos (véanse las secciones en Desde Darwin y El
pulgar del panda): la correlación entre tamaño y forma a través de la
cambiante relación superficie/volumen. Las superficies (longitud²) crecen mucho
más despacio que los volúmenes (longitud³), por lo que al ir creciendo el
objeto, todo proceso regulado por superficies, pero esencial para los
volúmenes, se irá volviendo menos eficiente a menos que el objeto cuyo tamaño
va en aumento cambie de forma para lograr tener una mayor superficie. El límite
externo es suficientemente extenso para la comunicación entre los orgánulos de
una única célula, debido a sus minúsculos volúmenes. Pero la superficie de una
rueda del tamaño de un pie humano no podría aprovisionar a la cantidad de
materia orgánica en forma de rueda que habría dentro. Los grandes organismos
deben desarrollar canales, conductos (conexiones físicas) para transportar los
nutrientes y el oxígeno que no pueden ya difundirse a través de las superficies
externas.
Las ruedas funcionan bien, pero los animales se ven imposibilitados a
desarrollarlas por limitaciones estructurales, heredadas como legado evolutivo.
La adaptación no se atiene a los planos de un perfecto ingeniero. Se ve
obligada a funcionar con las piezas disponibles. Aun así, cuando examino los
animales y su enorme variedad, aunque carente de ruedas, no puedo por menos que
maravillarme ante la diversidad del buen diseño que unos pocos modelos
orgánicos básicos, altamente delimitados, han producido. Obligados a
arreglarnos con lo que haya, nos arreglamos bastante bien.
Post scriptum
No tenía conocimiento de la cantidad de artistas y escritores que habían
compensado las limitaciones de la naturaleza, hasta que los lectores comenzaron
a enviarme sus historias favoritas.[17] Por
elegir sólo un ejemplo en cada categoría, G. W. Chandler me dijo que una de las
novelas de Oz presentaba unos animales de cuatro patas con ruedas
llamados rodadores. De hecho, estaban construidos exactamente del
modo que he planteado en mi ensayo que era imposible que pudieran funcionar
unos animales: con ruedas en lugar de patas y los extremos de las patas a modo
de ejes. D. Roper me envió un grabado de Escher, una litografía que muestra
cientos de peculiares criaturas vagando a través de un paisaje típicamente
escheriano de imposibles escaleras. Trepan arrastrando un cuerpo segmentado por
medio de tres pares de patas humanoides. Cuando alcanzan una superficie plana
se enroscan y se echan a rodar. Estas «ruedas de una sola pieza» son, por
supuesto, permisibles (como las hierbas rodadoras); no la imposible combinación
de ejes y ruedas. No obstante, Escher los crió específicamente para compensar
la limitación de la naturaleza, ya que él mismo escribió que la litografía está
inspirada en su «insatisfacción con respecto a la falta de organismos en forma
de rueda en la naturaleza… De modo que el animalito que aparece … constituye un
intento de rellenar un vacío largamente sentido».
Con todo, y como de costumbre, la naturaleza triunfa de nuevo. Tanto
Robert LaPorta como Joseph Frankel me escribieron para decirme que había pasado
por alto otra de las auténticas ruedas de la naturaleza. Me indicaron el
trabajo de Sidney Tamm, que, confieso con rubor, no conocía antes de escribir
el artículo original. El doctor Tamm ha encontrado ruedas entre los organismos
unicelulares que viven en el intestino de los termes. Por consiguiente
(¡exclamación de alivio!), entran dentro de la categoría de excepciones
permisibles de dimensiones pequeñas.
El cuerpo de este protista contiene un axostilo (una especie de eje que
recorre el cuerpo en toda su longitud) que gira continuamente sólo en una
dirección. Los orgánulos del extremo anterior (incluyendo el núcleo) están
sujetos al axostilo y giran con él («algo así como darle vueltas a un chupachups por
el palo», como señala Tamm). Pero, y nos enfrentamos ahora con el aspecto más
curioso y más propio de la rueda, la totalidad del extremo anterior, incluyendo
la superficie de la célula, gira junto con el axostilo en relación al resto del
cuerpo.
Tamm demostró este movimiento singular con un ingenioso experimento, en
el que adhirió pequeñas bacterias sobre la totalidad de la superficie exterior
de la célula. Aquellas que estaban sujetas al extremo exterior giraban
continuamente con respecto a aquellas adheridas al extremo posterior. Pero las
bacterias no se sujetaban a una estrecha banda existente entre la parte
anterior y la posterior, por lo que ésta debe representar una superficie de
cizallamiento. Tamm pasó entonces a estudiar la estructura de la membrana
celular por microscopía electrónica de crio fractura, y descubrió que la
membrana era continua a todo lo largo de la zona en cuestión. Tamm concluye que
la totalidad de la superficie debe ser fluida y que, en teoría, se podrían
formar zonas de cizallamiento en cualquier punto. ¡Una criatura muy extraña!
«Alabado sea el insondable universo —escribió Whitman por la vida y el gozo, y
por sus curiosos objetos y conocimientos.»
13. ¿Qué pasa con los cuerpos si los genes actúan por su cuenta?
La buena prosa, infrecuente entre los científicos, es entre ellos más a
menudo árida que florida. En mi ejemplo favorito, James D. Watson y Francis
Crick, utilizaron menos de una página para anunciar la estructura por ellos
propuesta del ADN en 1953. Empezaban con un pronunciamiento particularmente
escueto: «Deseamos sugerir una estructura de la sal del ácido
desoxirribonucleico (ADN). Esta estructura presenta rasgos novedosos que tienen
un notable interés biológico». Y acababan con un recordatorio de que no habían
pasado por alto un punto de importancia por haber decidido posponer su
discusión: «No ha escapado a nuestro conocimiento que el apareamiento
específico que hemos postulado sugiere de inmediato un mecanismo de posible
copia del material genético» (esto es, las dos mitades de la doble hélice se
separarían actuando como matrices para la reconstrucción de su complementaria).
Francis Crick, en la actualidad profesor del Salk Institute, en el sur
de California, ha seguido presentando hipótesis controvertidas y audaces (y, a
menudo, correctas). A finales de 1981, publicó un libro, Life Itself,
defendiendo una teoría de «panspermia dirigida»: la idea de que la vida
original de la Tierra llegó a ella en forma de microorganismos enviados por
seres inteligentes que habían optado por no hacer el viaje ellos mismos.
(Apuesto diez contra cincuenta a que en esta ocasión se equivoca… pero sólo
cincuenta. Ha acertado demasiado a menudo.)
Crick tampoco ha perdido su capacidad para elaborar frases bien
construidas. En la presentación de su más reciente y controvertida hipótesis,
publicada en Nature (17 de abril de 1980) con un colega del
Salk Institute, Leslie Orgel, como primer autor, superó la última línea de su
trabajo con Watson, de 1953. Orgel y Crick concluyen: «Los hechos principales
son, a primera vista, tan extraños que sólo pueden explicarse por medio de una
idea poco convencional». De hecho, los datos son tan interesantes, y la meditación
acerca de ellos tan intensa, que aquel mismo número de Nature llevaba
un artículo complementario, por los biólogos W. Ford Doolittle y Carmen
Sapienza, de la Universidad Dalhousie, que habían imaginado,
independientemente, la misma explicación y planteado el mismo caso, en muchos
aspectos, de forma más convincente.
¿Cuáles son estos inquietantes datos? Cuando un Crick más joven
determinó la estructura del ADN en 1953, y otros desentrañaron el código
genético pocos años más tarde, todo pareció, momentáneamente, encajar en un
orden. La vieja idea de los genes como cuentas de un collar (el cromosoma)
pareció quedar vindicada por el modelo de Watson y Crick. Cada uno de los tres
nucleóticos del ADN codifica un aminoácido (a través de un ARN intermediario);
una cadena de aminoácidos constituye una proteína. Tal vez, pudiéramos
simplemente leer a lo largo de un cromosoma, encontrándonos con los genes
alineados, uno detrás de otro, y cada uno dispuesto a iniciar el montaje de su
parte esencial.
No había de ser así. ¿Alguna vez lo es? Sabemos que el material genético
de los organismos superiores es infinitamente más complejo. Muchos genes vienen
en piezas, separadas en el ADN por secuencias de nucleótidos que no son
transcritas al ARN. Muchas proteínas son codificadas por secuencias parciales
existentes en dos o más cromosomas. ¿Qué mecanismos de control regulan su
ensamblaje? (La globina humana, el componente proteínico de la hemoglobina,
contiene cadenas alfa y beta, y los genes de cada cadena aparecen en cromosomas
diferentes.)
Aún más inquietante (y emocionante) es el descubrimiento, realizado hace
más de una década, pero que va ganando presencia de continuo, de que sólo un
pequeño porcentaje del ADN codifica proteínas en los organismos superiores; y
estas son las únicas partículas de ADN cuya función podemos realmente
comprender hoy por hoy. En los seres humanos, algo más de un 1 por 100, pero
sin llegar al 2 por 100, del ADN codifica proteínas. Una gran parte de lo que
queda contiene secuencias que se repiten una y otra vez: cientos o miles de
cuentas idénticas (o casi idénticas); en ocasiones, unas detrás de otras, pero
otras veces ampliamente dispersas entre varios cromosomas. ¿Por qué tantas
copias? ¿Para qué sirven? La hipótesis del «ADN egoísta» de Doolittle,
Sapienza, Orgel y Crick, suministra una respuesta insólita a la desconcertante
cuestión de por qué existe tanto ADN en copias repetidas (pero les mantendré en
suspenso un rato y empezaré por discutir las respuestas convencionales).
Los organismos superiores contienen diferentes clases de ADN repetido.
Un tipo, llamado ADN altamente repetitivo o satélite, contiene secuencias
cortas y sencillas repetidas cientos de miles o millones de veces. Alrededor
del 5 por 100 del ADN humano entra en esta categoría; ni la hipótesis del ADN
egoísta ni las hipótesis convencionales son capaces de explicarlo. El ADN
satélite constituye, como se dice vulgarmente, «una historia completamente
distinta» que habrá que contar en otro momento.
El debate actual acerca de las hipótesis convencionales y del ADN
egoísta se centra en el llamado ADN intermedio o medianamente repetitivo, que
representa entre el 15 y el 20 por 100 del genoma, tanto del humano como del de
la mosca del vinagre. El ADN medianamente repetitivo existe desde decenas,
hasta unas pocas centenas de copias, por secuencia. Las copias a menudo están
dispersas ampliamente entre varios cromosomas.
No he dicho nada hasta el momento acerca del ADN de los organismos más
sencillos: las bacterias procariotas y las algas verdiazules, que carecen de
núcleo y llevan su ADN en un único cromosoma. El ADN de los organismos
procariotas (pre nucleares) se «comporta mejor» con respecto a las esperanzas
originales del modelo de Watson y Crick. La mayor parte del ADN bacteriano es
de copia única y codifica proteínas. Es, en suma, casi aquel collar de cuentas.
Pero incluso los procariotas son vulnerables a la repetición. Un reciente tema
muy debatido se refiere a la presencia en los procariotas de los llamados
transposones, elementos transponibles o, de manera más colorista, genes
saltarines. Estas secuencias de ADN, como proclaman todos los nombres que les
han sido asignados, son capaces de autorreplicarse y desplazarse autónomamente
a otras posiciones dentro del cromosoma bacteriano. A menudo existen casi con
el mismo número de copias que el ADN medianamente repetitivo de los eucariotas
(organismos superiores con un núcleo y número par de cromosomas). Esto ha
llevado a muchos biólogos a proponer que al menos parte del ADN medianamente
repetitivo de los organismos superiores se amplifica por el mismo mecanismo de
transposición. (La hipótesis del ADN egoísta asume una correspondencia entre
los transposones de los procariotas y la fuente del ADN medianamente repetitivo
en los eucariotas. Probablemente una cierta cantidad de ADN medianamente
repetitivo aparezca por otros mecanismos. El ADN egoísta, por consiguiente, no
lo explica todo.)
Los argumentos convencionales para explicar la existencia del ADN
medianamente repetitivo siguen la habitual perspectiva darwiniana. La evolución
se refiere a la lucha de los organismos por dejar un mayor número de
descendientes vivos en las generaciones subsiguientes. Esta lucha opera por
medio de la selección natural, y la selección natural es un corrector poderoso.
Los principales rasgos de los organismos (y alrededor de un 25 por 100 del
material genético no puede ser algo sin importancia) deben existir porque
ofrecen alguna ventaja a los organismos en la lucha por la vida. En otras
palabras, debemos hallar una función para el ADN medianamente repetitivo en
términos de las ventajas que otorga a los cuerpos que disponen de él.
De cuando en cuando se han escuchado ecos en favor de una condición no
adaptativa y no funcional (el ADN egoísta es la primera explosión, y la más
sutil, en favor de esta perspectiva). Aun así, como detallan Doolittle y
Sapienza en su artículo, la inmensa mayoría de las propuestas se han atenido a
la ortodoxia darwiniana: asumen que el ADN medianamente repetitivo no puede
existir en tales cantidades a menos que confiera beneficios adaptativos
directos a los organismos. (A partir de ahora ahorraré palabras escribiendo
simplemente «ADN repetitivo» al referirme al «ADN medianamente repetitivo».)
Las hipótesis adaptacionistas convencionales pertenecen a dos clases:
una de ellas, obviamente (aunque no reconocidamente), errónea por principio. La
otra, indudablemente correcta en parte (no creo que todo el ADN repetitivo sea
ADN egoísta). Los argumentos poco razonables postulan lo que a mí me gusta
llamar una «significación retrospectiva» para el ADN repetitivo: esto es,
justifican su existencia discutiendo los beneficios que podría conferir en un
distante futuro evolutivo.
Supongamos que todos los genes funcionales pudieran existir tan sólo en
una copia que codificara una proteína esencial. ¿Cómo podría entonces
producirse un cambio evolutivo sustancial? ¿Quién aportará la proteína esencial
mientras la evolución juega con la única secuencia de codificación que la
produce? Pero si un gen puede repetirse, entonces una copia podría seguir
codificando la proteína esencial, dejando a la otra libre para el cambio. Así,
a menudo se ha citado la flexibilidad potencial para el cambio evolutivo como
principal significado del ADN repetitivo. No tengo nada en contra de la idea de
que la redundancia pueda aportar la flexibilidad que la evolución requiere para
poner en marcha cambios importantes. Susumu Ohno fue el primero en popularizar esta
idea en 1970 en un brillante libro (Evolution by Gene Duplication).
Argumentaba que, en ausencia de la redundancia, «de una bacteria sólo podrían
haber emergido numerosas formas de bacterias». La duplicación aporta la materia
prima de los grandes cambios evolutivos: «La creación de un gen nuevo a partir
de una copia redundante de un gen antiguo es el papel más importante que la
duplicación de los genes haya desempeñado en la evolución».
Pero pensemos acerca de ello un momento. La argumentación es sólida y
podría representar, de hecho, el principal efecto de la
duplicación de genes en la evolución. Y aun así, a menos que nuestras ideas
habituales acerca de la causalidad vayan en dirección equivocada, es
simplemente imposible que esta flexibilidad sea la explicación adaptativa de la
existencia del ADN repetitivo. La selección actúa para el momento presente. Es
incapaz de predecir qué podría resultar útil dentro de diez millones de años en
un descendiente lejano. El gen duplicado puede hacer posible el cambio
evolutivo en el futuro, pero la selección no puede preservarlo a menos que
confiera un «significado inmediato». La utilidad futura es una consideración
importante en la evolución, pero no puede constituir la explicación de la
preservación hoy. Las utilidades futuras tan sólo pueden ser efectos
fortuitos de otros motivos directos para un favorecimiento inmediato.
(La confusión entre utilidad actual y razones del origen
histórico constituye una trampa lógica que ha traído de cabeza a la
teoría evolutiva ya desde el principio; véase el ensayo 11. Las plumas
funcionan maravillosamente para el vuelo, pero los antecesores de las aves
tuvieron que desarrollarlas por algún otro motivo —probablemente para la
termorregulación—, dado que unas cuantas plumas en el brazo de un pequeño
reptil corredor no le serían de utilidad para echar a volar. Nuestro cerebro
aumentó de tamaño por una serie de razones complejas, pero sin duda no para que
algunos de nosotros nos dedicáramos a escribir ensayos acerca de ello. Los
lectores interesados tal vez deseen consultar un artículo técnico que hemos
escrito acerca de este tema Elisabeth Vrba y yo; véase la Bibliografía.) Nos
gustaría restringir el término adaptación exclusivamente a
aquellas estructuras que se han desarrollado para desempeñar el papel actual;
llamamos exaptaciones a aquellas estructuras sutiles, surgidas por otros
motivos, o sin ningún motivo convencional, y que después, fortuitamente,
quedaron disponibles para otros usos. (Los genes nuevos importantes surgidos a
partir de una copia repetida y un gen ancestral son exaptaciones parciales, ya
que su nuevo uso no puede constituir la razón de la duplicación original.)
La segunda serie de argumentaciones adaptativas es legítima en la medida
en que propone un beneficio selectivo inmediato para el ADN repetido. Si los
genes se mueven de un lado para otro insertándose en cromosomas diferentes, por
ejemplo, pueden enlazarse ocasionalmente con otros segmentos de ADN formando
nuevas combinaciones ventajosas. Lo que es más importante, una buena cantidad
de ADN, si bien no codifica por sí mismo sus proteínas, puede desempeñar un
papel en la regulación del ADN que sí las codifica. Este ADN regulador puede
activar y desactivar otros genes y puede determinar la secuencia y localización
de la expresión de aquellos genes que sí codifican proteínas. Si el ADN
repetitivo desempeña estas funciones reguladoras, entonces su dispersión a todo
lo largo del genoma puede tener efectos inmediatos profundos. Al insertarse en
un cromosoma nuevo, puede activar los genes adyacentes en formas y en
secuencias nuevas. Por ejemplo, podría unir los productos de dos genes que
jamás hubieran estado próximos. Esta nueva combinación podría resultar
beneficiosa para un organismo (véase el artículo clásico de Roy Britten y Eric
Davidson, 1971).
Aun así, y a pesar de todos estos esfuerzos, sigue presente la incómoda
sospecha de que estas explicaciones adaptativas son insuficientes para
justificar todo el ADN repetitivo. Simplemente, hay demasiado, está disperso de
un modo excesivamente aleatorio, y aparentemente tiene demasiado poco sentido
en su construcción, como para argumentar que cada parte de él sigue estando
presente porque la selección natural le ha favorecido en su papel regulador. La
hipótesis del ADN egoísta propone una explicación fundamentalmente diferente
para buena parte de estas repeticiones. Es radical en el sentido literal de
llegar a las raíces, ya que exige que reevaluemos algunos supuestos básicos, y
normalmente incuestionados, de los razonamientos evolutivos; aquello a lo que
se referían Orgel y Crick al hablar de hechos «tan extraños que tan sólo pueden
explicarse por medio de una idea poco convencional».
El razonamiento es la simplicidad misma una vez se establece la actitud
mental necesaria para permitirlo: si el ADN repetitivo es transponible,
entonces ¿por qué necesitamos buscarle una explicación adaptativa (al menos en
términos convencionales de beneficios conferidos a sus portadores, en lo que a
su cuerpo se refiere)? Puede simplemente dispersarse por su propia cuenta de
cromosoma a cromosoma, haciendo copias de sí mismo, mientras los otros genes
«sedentarios» no pueden. Estas copias extra pueden persistir, no porque
confieran ventajas a los cuerpos, sino precisamente por el motivo contrario:
porque los cuerpos no las perciben. Si carecen de efecto sobre el cuerpo, si
son (en este sentido) «basura», ¿qué puede detener su multiplicación? No hacen
más que jugar al juego de Darwin, si bien al nivel «equivocado». Normalmente,
consideramos la selección natural como una lucha entre los cuerpos para dejar
más descendientes vivos. Aquí ciertos genes han hallado un mecanismo, a través
de la transponibilidad o el «salto», para dejar más copias de sí mismos en
el seno de un cuerpo. ¿Acaso es necesaria alguna otra explicación? El
título utilizado por Orgel y Crick refleja esta perspectiva invertida: «Selfish
DNA: The Ultimate Parasite» (El ADN egoísta: el parásito definitivo).
Casi puedo oír la ira y la desilusión de algunos lectores: «Valiente
bastardo ese Gould. Nos ha llevado por la nariz a lo largo de varias páginas y
ahora nos da una explicación que no explica nada. Pasa lo que pasa y eso es
todo. ¿Qué es esto: una broma, o es que nos sugiere que desesperemos?». Me
gustaría discrepar de este adversario no totalmente hipotético (construido a
partir de varias respuestas reales que he recibido tras hacer descripciones
verbales de la hipótesis del ADN egoísta). La explicación parece una broma sólo
en el contexto de una adherencia inflexible al punto de vista tradicional de
que todos los rasgos importantes han de ser adaptaciones y que el cuerpo es el
agente de los procesos darwinianos. El contenido radical del ADN egoísta no es
la explicación en sí misma, sino la perspectiva reformulada que debe ser
asimilada antes de que la explicación pueda conferir algún tipo de
satisfacción.
Si los cuerpos son los únicos «individuos» que cuentan en la evolución,
el ADN egoísta resulta insatisfactorio porque no hace nada a su nivel y sólo
puede ser considerado como aleatorio con respecto a ellos. Pero ¿por qué deben
ocupar los cuerpos una posición tan central y privilegiada en la teoría
evolutiva? Es, desde luego, cierto que la selección sólo puede operar sobre
individuos discretos con una continuidad heredada de antecesor a descendiente.
Pero ¿son los cuerpos el único tipo de individuos legítimos en biología? ¿No
podría haber acaso una jerarquía de individuos, con categorías legítimas tanto
por encima como por debajo de los cuerpos: los genes debajo, las especies
arriba? (Confieso que padezco lo que los evolucionistas llaman una «pre
adaptación» hacia una respuesta favorable a la hipótesis del ADN egoísta. Llevo
mucho tiempo argumentando que las especies deben considerarse unidades
evolutivas verdaderas y que las tendencias macro evolutivas a menudo se ven
impulsadas por una «selección de especie» que es análoga, pero no idéntica, a
la selección natural, que actúa sobre los cuerpos.) El ADN egoísta puede no
hacer nada por los cuerpos, pero éstos constituyen un nivel equivocado de
análisis. Desde el punto de vista de un gen, los elementos transponibles han
descubierto un mecanismo para elaborar más copias supervivientes de sí mismos
(por repetición y transposición), y esto, en sí mismo, es el summum
bonum evolutivo. Si los cuerpos no perciben esta repetición y, por lo
tanto, no pueden suprimirla muriéndose o dejando de reproducirse, tanto mejor
para los genes repetitivos.
En este sentido, «ADN egoísta» es posiblemente el peor nombre imaginable
para describir el fenómeno, ya que registra precisamente el prejuicio que
debería combatir la nueva estructura de esta explicación: una consideración
exclusiva de los cuerpos como agentes evolutivos. Cuando llamamos «egoísta» al
ADN repetitivo, implicamos que actúa en su propio beneficio cuando debería
estar haciendo alguna otra cosa: en concreto, ayudar a los cuerpos en su lucha
evolutiva. Del mismo modo, no deberíamos considerar al ADN repetitivo «no
adaptativo», ya que, aunque puede no estar ayudando a los cuerpos, está
actuando como su propio agente darwiniano. No se me ocurre ningún nombre
excesivamente mejor en un lenguaje repleto de términos antropocéntricos; pero
¿qué tal estaría «individualista» (que al menos no tiene las implicaciones
oprobiosas que inevitablemente contiene «egoísta»)?
Otra argumentación en contra de la utilización del término ADN egoísta
se encuentra en su origen histórico: el libro de Richard Dawkins, The Selfish
Gene (1976) (El gen egoísta). Dawkins argumentaba que los cuerpos
constituyen un nivel equivocado del análisis evolutivo y que toda la evolución
no es más que una lucha entre genes. Los cuerpos no son más que receptáculos
temporales de sus genes egoístas. Superficialmente, esto suena como el ADN
egoísta a mayor escala, y de aquí la decisión de Orgel y Crick de tomar
prestado el término. De hecho, las teorías del gen egoísta y del ADN egoísta no
podrían ser más diferentes en lo que a las estructuras explicativas que las
nutren se refiere.
Dawkins escribe como un darwiniano estricto, comprometido con la idea de
que todos los rasgos deben ser interpretados como adaptaciones, y que toda la
evolución es una lucha por la existencia entre los individuos al nivel más
bajo. Se limitó a decidir que los darwinianos no eran lo suficientemente
radicales, al reducir sueños tan elevados como «el bien de la especie» o «la
armonía de la naturaleza» a la lucha sin cuartel de los organismos. Los
elementos en lucha están un nivel más abajo (son los genes y no los cuerpos) y
el programa darwiniano de reduccionismo puede ir incluso más allá de lo que
habían osado esperar sus defensores modernos. El ADN egoísta, por su parte,
obtiene su base lógica a partir de la creencia anti reduccionista de que la
evolución opera en una jerarquía de niveles legítimos que no puede ser
condensada en el primer escalón de la escalera. Los genes egoístas de Dawkins
aumentan su frecuencia por tener efectos sobre los cuerpos, lo que les supone
una ayuda en su lucha por la existencia. El ADN egoísta crece en su frecuencia
exactamente por la razón opuesta: porque inicialmente carece de efectos sobre
los cuerpos y, por consiguiente, no es suprimido en ese nivel superior
legítimo. La teoría de Dawkins es una propuesta no convencional para explicar
la adaptación ordinaria de los cuerpos (véase mi crítica en El pulgar
del panda). El ADN egoísta sobrevive tan sólo porque no significa nada a
nivel de los cuerpos. Pero si el ADN medianamente repetitivo es individualista,
¿por qué existe sólo en centenares de copias dentro de los genomas? Si puede
extenderse por transposición, mientras que otros genes no pueden, ¿por qué no
genera millones o miles de millones de copias, con lo que dejaría de lado a
todos los demás? ¿Qué le detiene? ¿Por qué se comporta como un parásito
«inteligente» (suficientes copias como para sentirse cómodo y poderoso, pero no
suficientes como para destruir al huésped y a sí mismo), y no como un cáncer
voraz?
La respuesta potencial a esta pregunta, propuesta por los dos grupos de
autores, ilustra otro interesante punto acerca del modo jerárquico de pensar
que subyace a la teoría del ADN individualista. En los modelos jerárquicos, los
niveles no son independientes, no están aislados por fronteras impenetrables de
los niveles superiores y los inferiores. Los niveles sufren infiltraciones e
interacciones. Arthur Koestler, a quien habitualmente no alabo pero cuya
entrega al concepto de jerarquía me resulta admirable, escogió como su metáfora
para la jerarquía al dios de dos caras Jano, en pie en uno de los niveles, pero
buscando conexiones en ambas direcciones.
Consideremos diferentes formas de selección que actúen a los niveles del
gen, el cuerpo y la especie. Un transposón penetra en un sistema genético y
empieza a ampliarse por medio de la replicación y el movimiento. En el proceso
de selección entre los genes, está incrementando su presencia por medio de un
análogo de lo que llamaríamos «nacimiento diferencial» en la selección natural
a nivel de los cuerpos. Su incremento no produce, inicialmente, ninguna
interacción con el nivel de la selección natural sobre los cuerpos, y no hay
nada que suprima su impulso intrínseco a elaborar más copias de sí mismo.
Pero eventualmente, si su crecimiento sigue al mismo ritmo, los cuerpos
tendrán que empezar a darse cuenta. La replicación tiene un coste energético
que se pondría de manifiesto tras la replicación, generación a generación, de
cientos de miles de secuencias de ADN que no hacen nada en favor de los cuerpos
que invierten esta energía. Los cuerpos pueden no percibir unas cuantas copias,
pero un gran número de ellas tendrá que producir una desventaja al viejo nivel
darwiniano de la selección natural entre los cuerpos. A partir de este punto,
todo incremento de ADN individualista se verá suprimido, ya que los cuerpos que
lleven demasiadas copias padecerán bajo la selección natural, llevándose
consigo todas las copias al morir o no conseguir reproducirse. El nivel
habitual de decenas a centenares de copias bien podría representar un
equilibrio entre un incremento inexorable a nivel de la selección entre los
cuerpos. Los niveles están conectados por complejos lazos de retroalimentación.
Mi solicitud de que sea reconocida la selección a otros niveles que no sea el
de los cuerpos no es una negación de la teoría darwiniana, sino un intento de
enriquecerla.
Las discusiones continuarán largo tiempo. Un grupo de científicos señala
la similitud en la disposición, dentro de los cromosomas, de las secuencias
repetitivas en dos animales evolutivamente tan distantes como el sapo Xenopus
laevis y el erizo de mar Strongylocentrotus purpuratus.
Esta similitud refuta el ADN individualista y parece indicar una función común,
dado que los transposones vagabundos, visibles sólo para su propio nivel,
deberían dispersarse más al azar entre los cromosomas. Otros señalan que un
importante elemento transponible en las levaduras y otro de la mosca del
vinagre Drosophila melanogaster están representados en
diferentes cepas de la misma especie con aproximadamente el mismo número de
copias, pero en posiciones muy diferentes entre los cromosomas. ¿Representan
las diferentes posiciones una amplificación individualista? Y la similitud
entre los números, ¿refleja acaso una supresión al nivel superior de la
selección entre los cuerpos?
Como ocurre con todas las cuestiones interesantes en historia natural,
la solución requiere una investigación acerca de la frecuencia relativa, no un
sí o un no definitivo. La lógica del ADN individualista parece sólida. Queda la
pregunta: ¿cómo es de importante? ¿Cuánto ADN repetitivo es ADN individualista?
Si la respuesta es «mucho menos del 1 por 100», porque la selección
convencional al nivel de los cuerpos casi siempre desborda la selección a nivel
de los genes, entonces el ADN individualista no es más que otra buena idea
plausible de la que se ha burlado la naturaleza. Si la respuesta es «mucho»,
entonces necesitaremos una teoría jerárquica totalmente articulada de la
evolución. Mi inclinación personal es, obviamente, a favor de la jerarquía. El
reduccionismo ha sido la fuente del triunfo de la ciencia durante trescientos
años; pero sospecho que hemos llegado ya a su límite en varias áreas.
Disponemos de razones legítimas e idiosincrásicas para mantener nuestro
hábito lingüístico de identificar «individuos» con cuerpos, y para otorgar una
preponderancia a los cuerpos entre todos los objetos de la naturaleza. Yo, por
ejemplo, no puedo imaginar ninguna política aceptable que no tenga por centro
la predominancia de los cuerpos individuales; nos lamentamos de la inhumanidad
de aquellas que no lo han hecho, floreciendo a pesar de todo durante algún
tiempo. La naturaleza, no obstante, reconoce muchos tipos de individuos, tanto
grandes como pequeños.
14. Dientes de gallina y dedos de caballo
Las matrículas personalizadas para automóvil son la más reciente
expresión de la vieja convicción de que los signos distintivos reflejan la
condición o, al menos, llaman la atención. Nosotros podremos construir nuestras
modernas máquinas de encargo, pero la naturaleza tiene límites más estrechos.
Los caballos de tamaño desusado, o de un color insólito, gozaban de un gran
favor, pero Julio César se aventuró más allá de la mera acentuación de la
normalidad al escoger su montura favorita. El historiador Suetonio nos cuenta
que César
… solía cabalgar sobre un caballo notable, cuyos pies eran casi humanos,
al estar los cascos hendidos, como si fueran dedos. Había nacido en sus propios
establos y, dado que los augures habían declarado que significaba que su dueño
sería el señor del mundo, lo crió con grandes cuidados y fue el primero en
montarlo; no toleraba ningún otro jinete.
Los caballos normales representan el límite de las tendencias evolutivas
hacia la reducción de los dedos. El Hyracotherium ancestral
(conocido popularmente pero de forma incorrecta como Eohippus)
tenía cuatro dedos en las patas delanteras y tres en las traseras, mientras que
sin duda algún otro antecesor suyo debió poseer la dotación original de los
mamíferos de cinco dedos por cada pata.[18] Los
caballos modernos conservan un solo dedo, el tercero de los cinco originales.
Desarrollan también vestigios de los antiguos dedos segundo y cuarto en forma
de cortas astillas de hueso montadas muy por encima del casco y poco visibles.
Los caballos anormales con dedos extras han sido admirados y estudiados
desde los tiempos de César. O. C. Marsh, uno de los fundadores de la
paleontología de vertebrados en Norteamérica, se tomó un especial interés en
estos animales aberrantes y publicó un largo artículo acerca de «Caballos
polidáctilos recientes» en abril de 1892. Marsh tenía dos motivos para alcanzar
la fama, uno de ellos de dudoso valor: sus desaforadas batallas con E. D. Cope
en la recolección y descripción de fósiles de vertebrados del Oeste
norteamericano; y otro incontestable: su éxito al descifrar la evolución de los
caballos, la primera demostración adecuada de la descendencia suministrada por
el registro fósil de los vertebrados y un importante sostén en las primeras
batallas de Darwin.
Marsh se sentía desconcertado y fascinado por estos caballos aberrantes
con dedos de más. En la mayor parte de los casos, el dedo adicional no es más
que una copia duplicada del tercer dígito funcional. Pero Marsh descubrió que
muchos caballos de dos y tres dedos habían retrocedido hacia sus antepasados,
desarrollando una o dos de las astillas óseas laterales convirtiéndolas en
dedos funcionales (o casi funcionales) rematados por un casco. (Una monografía
posterior, y particularmente exhaustiva, escrita en Alemania en 1918, llegaba a
la conclusión de que alrededor de los dos tercios de los caballos que
presentaban dedos de más se habían limitado a duplicar el tercer dígito
funcional, mientras que el tercio restante había resucitado un rasgo ancestral,
desarrollando los restos vestigiales de su segundo o cuarto dedos en forma de
dedos completos con casco.)
Estas aparentes reversiones a estados evolutivos previos son llamadas
atavismos (del latín atavus: literalmente, abuelo o, más
generalmente, simplemente antepasado). La literatura biológica está llena de
ejemplos del género, pero en general han sido tratados como anécdotas, como
meras curiosidades no portadoras de mensaje evolutivo importante alguno. En
todo caso, están rodeados de un aura de cierto embarazo, como si el proceso
progresivo de la evolución prefiriera que no le recordaran tan palpablemente
sus anteriores imperfecciones. Los sinónimos de los colegas europeos expresan
este sentimiento de manera directa: throwback (salto atrás) en
Inglaterra, pas-en-arriére (paso atrás) en Francia y
Rückschlag (atraso) en Alemania. Cuando se les ha otorgado alguna
significación general, los atavismos han sido considerados prueba de la
limitación, indicadores de que el pasado de un organismo se esconde
directamente debajo de su superficie actual y puede retrasar su futuro avance.
Yo sugeriría un punto de vista opuesto: que los atavismos nos dan una
importante lección acerca de los resultados potenciales de pequeños cambios
genéticos, y que sugieren un enfoque nada convencional al problema de las
grandes transiciones en la evolución. Desde el punto de vista tradicional, las
grandes transiciones son el resultado de la suma de pequeños cambios que las
poblaciones adaptan, cada vez más exquisitamente, a su ambiente local. Varios
evolucionistas, yo incluido, hemos empezado a sentirnos insatisfechos con esta
versión de extrapolación sin sobresaltos. ¿Siempre tiene que surgir un grupo de
otro, a través de una serie imperceptiblemente gradual de formas intermedias?
¿Debe la evolución proceder gen a gen, produciendo cada cambio diminuto una
alteración correspondientemente pequeña en el aspecto externo? El registro
fósil rara vez muestra transiciones suaves y, a menudo, es difícil hasta
imaginar una función para todos los intermedios hipotéticos entre los
antepasados y sus descendientes altamente modificados.
12. Figuras de Marsh, de 1892, de caballos polidáctilos. A la izquierda, un
caballo normal. Obsérvense las astillas, restos de los dedos laterales,
numeradas II y IV. Centro: polidactilia por duplicación. Las astillas laterales
siguen existiendo, y el dedo extra es un tercer dígito duplicado. Derecha:
polidactilia por atavismo. El dedo extra es una astilla engrosada.
Una prometedora solución a este dilema reconoce que ciertos tipos de
pequeños cambios genéticos pueden tener grandes efectos discontinuos sobre la
morfología. No podemos hacer ninguna traducción biunívoca entre la extensión
del cambio genético y el grado de alteración de la forma exterior. Los genes no
están ligados a porciones independientes del cuerpo, cada uno de ellos
responsable de la construcción de un pequeño elemento. Los sistemas genéticos
están dispuestos jerárquicamente; hay controladores e interruptores maestros
que, a menudo, activan grandes bloques de genes. Los cambios pequeños en la
sincronización de la actividad de estos controladores se traducen con
frecuencia en grandes y discontinuas alteraciones en la forma externa. Los más
espectaculares son los llamados mutantes homeóticos, que discutiremos en el
ensayo siguiente.
13. Dibujo de Marsh, de 1892, de un caballo polidáctilo, el «caballo cornudo
de Texas».
El reto actual a las versiones gradualistas tradicionales de la
transición evolutiva sólo tomará cuerpo si los sistemas genéticos contienen
capacidades amplias y ocultas para expresar cambios pequeños como grandes
efectos. Los atavismos aportan la demostración más sorprendente que conozco de
este principio. Si los sistemas genéticos fueran sacos de elementos
independientes, responsable cada uno de ellos de la construcción de una sola
parte del cuerpo, entonces el cambio evolutivo sólo podría producirse pieza por
pieza. Pero los sistemas genéticos son productos integrados en la historia de
un organismo y retienen capacidades extensivas y latentes que a menudo pueden
ser liberadas por pequeños cambios. Los caballos jamás han perdido la
información genética necesaria para producir los dedos laterales, a pesar de
que sus antecesores escogieron el dedo único hace ya varios millones de años.
¿Qué más cosas podría contener su sistema genético, normalmente sin expresar,
pero capaces de servir, si fueran activadas, como posible foco de un gran
cambio evolutivo rápido? Los atavismos reflejan la enorme capacidad latente de
los sistemas genéticos y no fundamentalmente las constricciones y limitaciones
impuestas por el pasado de un organismo.
Mi interés permanente en el atavismo se vio recientemente avivado por un
informe acerca de algo que no tiene derecho a existir, si uno de nuestros más
venerables símiles expresa la verdad literal: los dientes de gallina. El 29 de
febrero de 1980 (un día de por sí bastante raro), E. J. Kollar y C. Fisher
dieron noticia de una ingeniosa técnica para animar a las gallinas a revelar
una sorprendente flexibilidad genética conservada desde tiempos muy remotos.
Tomaron tejido epitelial (exterior) del primer y segundo arco branquial
de un embrión de pollo de cinco días y lo combinaron con mesénquima (tejido
embrionario interior) de embriones de ratón, de entre dieciséis y dieciocho
días, tomado de la zona donde se forman los primeros dientes molares. Ya en
esta historia hay un fascinante proceso evolutivo. Las mandíbulas se
desarrollaron a partir de huesos que sustentaban las branquias anteriores de
peces ancestrales. Todos los embriones de vertebrado siguen desarrollando los
arcos branquiales anteriores en primer lugar (como hacían los embriones
ancestrales) y después los transforman, durante su desarrollo, en mandíbulas
(cosa que no hacían aquellos antecesores, que conservaban las branquias
delanteras durante toda su vida). Así pues, si los tejidos embrionarios de los
pollos retienen alguna capacidad para la formación de dientes, el lugar para
buscarla es el epitelio de los arcos branquiales anteriores.
Kollar y Fisher cogieron el tejido embrionario mezclado de ratón y pollo
y lo cultivaron en lo que podría parecer un lugar extraño e improbable: las
cámaras anteriores de los ojos de ratones desnudos adultos (pero ¿en qué otra
parte del cuerpo de un animal puede encontrarse un espacio abierto lleno de un
líquido que no esté en circulación?). En los dientes ordinarios, formados por
un único animal, la capa externa de esmalte se forma a partir de tejido
epitelial y la dentina y el hueso subyacentes se forman a partir del
mesénquima. Pero este último no puede formar dentina (aunque puede producir
hueso) a menos que pueda interaccionar directamente con un epitelio destinado a
formar esmalte. (En jerga embriológica, el epitelio es un inductor necesario,
aunque sólo el mesénquima puede formar dentina.)
Cuando Kollar y Fisher trasplantaron sólo mesénquima de ratón a los ojos
de sus animales experimentales no se desarrolló dentina, sino tan sólo huesos
esponjosos: el producto normal del mesénquima al ser privado de contacto con un
epitelio formador de esmalte como inductor. Pero de entre cincuenta y cinco
trasplantes combinados de mesénquima de ratón y epitelio de pollo, diez
produjeron dentina. Por consiguiente, el epitelio de pollo sigue siendo capaz
de inducir al mesénquima (y, para colmo, ¡de otra especie, perteneciente a otra
clase de vertebrados!) a formar dentina. Archaeopteryx, la primera
ave, poseía aún dientes, al igual que otros varios fósiles procedentes de la
historia primigenia de las aves. Pero ninguna ave fósil ha producido dientes en
los últimos sesenta millones de años, mientras que la falta de dientes de todas
las aves modernas tiene la misma categoría que las alas y las plumas como
característica definitoria de la clase. No obstante, aunque el sistema no ha
sido utilizado en su lugar de origen durante tal vez cien millones de
generaciones, el epitelio de pollo puede aún inducir la formación de dentina si
se le combina con un mesénquima apropiado (el mesénquima de pollo probablemente
haya perdido la capacidad de formar dentina, de ahí la ausencia de dientes en
las gallinas y la necesidad de utilizar ratones).
Kollar y Fisher descubrieron entonces algo aún más interesante. ¡En
cuatro de sus trasplantes se habían desarrollado dientes completos! El epitelio
de pollo no sólo había inducido al mesénquima a formar dentina; también había
sido capaz de generar proteínas matrices del esmalte. (La dentina debe ser
inducida por el epitelio, pero este epitelio no puede diferenciarse en esmalte
a menos que él, a su vez, pueda interaccionar con la propia dentina que ha
inducido. Dado que el mesénquima de pollo no puede formar dentina, el epitelio
de pollo jamás tiene oportunidad de mostrar su persistencia en la naturaleza.)
Un punto final me dejó aún más estupefacto. Kollar y Fisher dicen
respecto de su mejor diente: «La totalidad de la estructura del diente estaba
bien formada, con un desarrollo de la raíz en la relación adecuada con el
desarrollo de la corona, pero ésta no tenía la típica morfología del primer
molar, ya que carecía del esquema de cúspides habitualmente presente en los
trasplantes intraoculares de rudimentos de primeros molares». En otras
palabras, el diente parece normal, pero no tiene la forma de un molar de ratón.
La extraña forma puede, por supuesto, no ser más que el resultado de la
peculiar interacción de dos sistemas que jamás se hubieran unido en la
naturaleza. Pero es posible que estemos viendo, en parte, la forma real de un
diente de ave latente: la estructura potencial codificada en el epitelio de
pollo durante sesenta millones de años, pero no expresada por la ausencia de la
dentina necesaria para inducirla.
El trabajo de Kollar y Fisher me recordó otro experimento relacionado
con el extremo opuesto de un pollo, una famosa historia habitualmente mal
recogida por los biólogos evolucionistas (en una ocasión, vergüenza me da
confesarlo, yo mismo lo hice), como pude descubrir al seguirle la pista hasta
su fuente original. En 1959, el embriólogo francés Armand Hampé informó acerca
de algunos experimentos realizados sobre el desarrollo de los huesos de la pata
en los embriones de pollo. En los reptiles ancestrales, la tibia y la fíbula o
peroné (los huesos que hay entre la rodilla y el tobillo en los seres humanos)
son de igual longitud; la región del tobillo, inmediatamente debajo, incluye
una serie de pequeños huesos. En Archaeopteryx, la tibia y la
fíbula siguen siendo de igual longitud, pero los huesos del tobillo han quedado
reducidos a dos, uno de ellos articulado con la tibia y el otro con la fíbula.
En la mayor parte de las aves modernas, no obstante, la fíbula ha quedado reducida
a un vestigio. Nunca llega a la región del tobillo, mientras que los dos huesos
de éste se ven «envueltos» por la tibia en rápido crecimiento y se fusionan con
ella. Así, las aves modernas desarrollan una única estructura (la tibia con los
huesos del tobillo fusionados a ella y la fíbula rudimentaria a su costado),
que se articula con los huesos del pie.
Hampé razonaba que la fíbula probablemente conservara su capacidad de
alcanzar la longitud total original, pero que la competencia por el material
disponible frente a la tibia de rápido crecimiento tal vez la privara de toda
oportunidad de expresar su potencial. Realizó, por tanto, tres tipos de
experimentos, todos ellos dirigidos a darle a la fíbula algún alivio de la
presión de su imperialista, y habitualmente victorioso, hueso vecino. En todos
los casos, la fíbula alcanzó su longitud primitiva, igual a la de la tibia,
llegando hasta la región del tobillo. En el primer experimento, Hampé se limitó
a trasplantar más tejido embrionario a la región de los huesos en crecimiento.
La tibia alcanzaba su longitud característica, pero la zona disponía ahora de
suficiente material «remanente» para la fíbula. En el segundo experimento
alteró la dirección de crecimiento de la tibia y la fíbula, de modo que los dos
huesos no estuvieran en contacto íntimo. En el tercero insertó una placa de
mica entre los dos huesos; la tibia en desarrollo no podía ya «echar mano» del
material de su vecino menos vigoroso y la fíbula alcanzaba toda su longitud.
Así, Hampé recreó una relación ancestral entre dos huesos por medio de
una serie de manipulaciones simples. Y esta alteración engendró una
consecuencia aún más interesante. En los pollos normales, la fíbula comienza su
crecimiento en contacto con uno de los pequeños huesos del tobillo, pero al
crecer y predominar la tibia este contacto se rompe alrededor del quinto día de
desarrollo. La fíbula se retira entonces para formar su espina, mientras la
tibia en expansión rodea los dos huesos del tobillo para formar una única
estructura. En un caso, durante las manipulaciones de Hampé, los dos huesos del
tobillo permanecieron separados y no se fusionaron ni con la tibia ni con la
fíbula (mientras que los dos huesos del tobillo se fusionaron con la tibia,
como de costumbre, en la otra pata del mismo embrión, un control al que se
permitía crecer normalmente). En estas aves, la simple manipulación de Hampé no
sólo produjo el resultado pretendido (expresión de una relación ancestral en
los huesos de la pata); también evocó el esquema ancestral de los huesos del
tobillo.
* * * *
Hampé logró producir estos impresionantes atavismos por manipulaciones
simples que vienen a equivaler a cambios menores, cuantitativos, en la
sincronización del desarrollo o el emplazamiento del tejido embrionario. El
añadir más tejido no sólo construye una parte de mayor tamaño con las mismas
proporciones; lleva al crecimiento diferencial de un hueso (la fíbula) y a un
cambio en la disposición de la totalidad del área del tobillo (dos huesos del
tobillo, articulándose por separado con la tibia y la fíbula en algunos casos,
en lugar de una única tibia con los dos huesos del tobillo fusionados a ella).
Los esquemas de desarrollo del pasado de un organismo persisten en forma
latente. Los pollos no desarrollan ya dientes porque su propio mesénquima no
forma dentina, a pesar de que su epitelio sigue produciendo esmalte y puede
inducir también la formación de dentina en otros animales. Los pollos no
desarrollan ya huesos separados en el tobillo porque su fíbula no se mantiene
al ritmo de la tibia durante el crecimiento, pero los huesos del tobillo
desarrollan y retienen su identidad cuando se induce a las fíbulas a alcanzar
su longitud ancestral. El pasado de un organismo no sólo restringe su futuro;
también aporta como legado una enorme reserva de potencial para el cambio
morfológico rápido basado en pequeñas alteraciones genéticas.
Charles Darwin construyó su teoría en forma de proceso en dos etapas:
variación para suministrar materia prima y selección natural para impartir
direcciones. A menudo (e incorrectamente) se afirma que no dijo gran cosa
acerca de la variación, al estar profundamente avergonzado por su ignorancia
acerca del mecanismo de la herencia. Mucha gente cree que se limitó a
considerar la variación como una especie de «caja negra», algo que debía ser
asumido, mencionado de pasada, y luego olvidado. Después de todo, si siempre
hay suficiente variación para que la selección natural pueda utilizarla, ¿por
qué preocuparse acerca de su naturaleza y sus causas?
* * * *
Por el contrario, Darwin estaba obsesionado con la variación. Sus
libros, considerados en conjunto, dedican mucha mayor atención a la variación
que a la selección natural, dado que sabía que no podría construirse una teoría
satisfactoria de los grandes cambios evolutivos hasta que se hubieran
dilucidado las causas de la variación y las reglas empíricas de su forma y
cantidad. Su libro más largo está dedicado, por entero, a problemas de la
variación —la obra en dos volúmenes Variation of Animal and Plants under
Domestication (Variación de animales y plantas sometidos a
domesticación) (1868). Darwin opinaba que el atavismo era la clave de muchos
misterios de la variación, y le dedicó todo un capítulo, concluyendo (como lo
hago yo) con estas palabras:
El germen fertilizado de uno de los animales superiores … tal vez sea el
objeto más maravilloso de la naturaleza … En la doctrina de la reversión
[atavismo] … el germen se convierte en un objeto aún más maravilloso, ya que,
además de los cambios visibles que experimenta, debemos creer que está repleto
de invisibles caracteres… separados por cientos e incluso miles de generaciones
del tiempo presente: y esos caracteres, como los escritos sobre el papel con
tinta invisible, yacen listos para ser desarrollados, siempre que la
organización se vea alterada por ciertas condiciones conocidas o desconocidas.
15. Los monstruos útiles
Mi abuelo, que me enseñó a jugar al póquer y veía conmigo los combates
de boxeo del viernes por la noche todas las semanas, me llevó en una ocasión a
uno de los espectáculos más crueles, y sin embargo más fascinantes, de unas
décadas que, afortunadamente, pertenecen ya al pasado: las hileras de personas
con malformaciones, obligadas (por falta de otras oportunidades) a exhibirse
ante un público boquiabierto, en un espectáculo secundario del Ringling
Brothers.
La contrapartida elegante y legítima a esta crueldad del público es la
vasta literatura científica dedicada al nacimiento de seres deformes, un tema
dignificado con el nombre formal de teratología, que significa, literalmente,
estudio de los monstruos. Aunque los científicos son tan proclives como todo el
mundo a la combinación de sobrecogimiento, horror y curiosidad que atrae a las
personas a los espectáculos secundarios, la teratología tiene un importante
significado aparte de su primitiva fascinación.
Las leyes del crecimiento normal se formulan y comprenden mejor cuando
las causas de sus excepciones pueden ser establecidas. El propio método
experimental, piedra angular del procedimiento científico, descansa sobre la
idea de que las desviaciones inducidas y controladas de la normalidad pueden
dejar al desnudo las leyes del orden. Los cuerpos con malformaciones congénitas
son experimentos de la naturaleza, desde luego no controlados intencionalmente
por la intervención humana, pero, aun así, fuente de abundante información.
Los primeros teratólogos pretendían comprender las malformaciones
clasificándolas. En las décadas anteriores a Darwin, los anatomistas médicos
Franceses instauraron tres categorías: falta de partes (monstres par défaut),
partes de más (monstres par excés) y partes normales en los lugares
equivocados. El folklore de los monstruos había reconocido, hacía ya mucho
tiempo, la última categoría en los relatos de antropófagos, devoradores de
hombres con los ojos en los hombros y una boca en el pecho. Shakespeare hacía
alusión tanto a ellos como a otros colegas suyos en Otelo, al
hablar de «Los antropófagos y los hombres cuyas cabezas / crecen por debajo de
sus hombros».[19]
Pero una clasificación no es más que una serie de nichos convenientes,
hasta que las causas del ordenamiento pueden ser especificadas. Y aquí la
teratología del siglo XIX se atascó en su propia ignorancia de la herencia. La
instauración de la genética en nuestro siglo revivió el mortecino interés por
la teratología, al descubrir los primeros mendelianos la base mutacional de
varias deformidades comunes.
Los genéticos tuvieron particular éxito con una categoría común en la
antigua clasificación: partes normales en los lugares equivocados. Estudiaron
su animal favorito, la mosca del vinagre, Drosophila melanogaster,
y encontraron toda una variedad de extrañas transposiciones. En el primero de
dos famosos ejemplos, los halterios (órganos del equilibrio) se transforman en
alas, devolviendo a la mosca aberrante su dotación ancestral de cuatro (las
moscas normales, como miembros del orden Dípteros, tienen dos alas). En el
segundo ejemplo, una serie de estructuras de la cabeza aparecen reemplazadas
por patas o partes de las patas, las antenas y piezas bucales en particular.
Este tipo de mutaciones reciben el nombre de homeóticas.
No todas las alteraciones en la situación de las partes representan una
homeosis, y esta restricción constituye una clave del mensaje evolutivo que
extraeré más adelante. William Bateson, que posteriormente inventó este término
genético, definía como «homeóticas» (la palabra procede de una raíz griega que
significa «similar») tan sólo aquellas partes que sustituyen a un órgano del
mismo origen evolutivo u ontogénico. Así pues, los halterios son los
descendientes evolutivos de las alas, mientras que las antenas, las piezas
bucales y las patas de los insectos se diferencian todas a partir de
precursores similares en los segmentos embrionarios, y todas ellas se
desarrollaron, presumiblemente, a partir de un antepasado dotado de un par de
apéndices sencillos similares en cada segmento de su cuerpo adulto. Podríamos
hablar de homeosis si un ser humano desarrollara un segundo par de brazos en el
lugar de sus piernas, pero un par de brazos supernumerarios en mitad del pecho
no cumpliría las condiciones.
Los mutantes homeóticos aparecen en la totalidad de los cuatro pares de
cromosomas de D. melanogaster. Una revisión general, publicada en
1976 por W. J. Ouweneel, incluye una lista que ocupa tres páginas enteras. Pero
los dos juegos de mutaciones homeóticas más famosos, mejor estudiados y más
elaborados, residen ambos en el brazo derecho del tercer cromosoma. El primer
juego, llamado el complejo bitórax, y abreviadamente BX-C, regula el desarrollo
normal y la diferenciación de los segmentos posteriores del cuerpo de la mosca.
La mosca en estado larvario está ya dividida en una serie de segmentos,
inicialmente muy similares, que se diferenciarán en estructuras adultas
especializadas. Los primeros cinco segmentos larvarios construyen la cabeza del
adulto (el primero forma las partes anteriores de la cabeza; el segundo, los
ojos y las antenas, y del tercero al quinto, las diversas piezas bucales). Los
siguientes tres segmentos, T1, T2 y T3,
forman el tórax. Cada uno de ellos será portador de un par de patas en el
adulto, formando la dotación normal de seis de los insectos. El único par de
alas se diferenciará en T2.
Los siguientes ocho segmentos (del A1 al A8)
forman el abdomen del adulto, mientras que los segmentos finales (A9 y
A10) formarán el extremo posterior del adulto. La presencia de genes
BX-C normales parece ser una condición necesaria para el desarrollo normal de
todos los segmentos posteriores al segundo torácico (T2). Si se
eliminan todos los genes BX-C del tercer cromosoma, ninguno de los segmentos
larvarios a partir del segundo torácico se diferencian siguiendo su ruta normal
y parecen convertirse, también, en segmentos torácicos segundos. Si el adulto
sobreviviera sería fascinante de ver, con un par de patas (presumiblemente) en
cada uno de sus numerosos segmentos posteriores. Pero esta supresión es, en la
jerga de los genéticos, «letal», y la mosca muere siendo aún una larva. Sabemos
que los segmentos posteriores de estas moscas aberrantes se ven obligados a
desarrollarse como segundos segmentos torácicos, porque la diferenciación
incipiente en el seno de los segmentos larvarios sirve como guía infalible para
su destino ulterior.
El complejo bitórax comprende al menos ocho genes, todos ellos
secuencialmente situados el uno junto al otro. Edward B. Lewis (véase la
Bibliografía), distinguido genético del CalTech [Instituto de Tecnología de
California] que se ha pasado veinte años indagando las complejidades de BX-C,
opina que estos ocho genes surgieron como repeticiones de un único gen
ancestral y, posteriormente, evolucionaron en diferentes direcciones. Del mismo
modo que la eliminación total de BX-C produce el llamativo efecto homeótico de
convertir todos los segmentos posteriores en segundos torácicos, también
existen varias mutaciones en los ocho genes que producen resultados homeóticos.
La mutación más famosa, llamada bitórax y utilizada como nombre de todo el
complejo, convierte el tercer segmento torácico en un segmento torácico
segundo. Así, la mosca adulta se desarrolla con dos segmentos torácicos
segundos y dos pares de alas, en lugar de un solo par de alas y un par de
halterios detrás (resulta equívoco afirmar que los halterios «se convierten» en
alas. Más bien la totalidad del segmento, que normalmente habría sido el
tercero torácico y que habría producido halterios, se desarrolla como un
segundo torácico y produce alas). En otra mutación, llamada hitoraxoide, el
primer segmento abdominal se desarrolla como un tercer segmento torácico,
produce un par de patas y da como resultado una mosca con un número superior de
patas a las seis que son normales en los insectos.
* * * *
Lewis ha propuesto una hipótesis interesante acerca de la acción normal
de los genes BX-C. Este autor cree que, inicialmente, están reprimidos
(inactivados) en la larva de la mosca. Al irse desarrollando la mosca, estos
genes son progresivamente activados. Los genes BX-C actúan como reguladores:
esto es, no construyen por sí mismos partes del cuerpo, sino que son
responsables de activar los genes estructurales que sí codifican la
construcción del cuerpo. La forma adulta refleja la cantidad del producto de los
genes BX-C en un segmento embrionario: cuanto más BX-C haya, más posterior será
el aspecto del segmento. Lewis pasa a argumentar que los genes BX-C son
activados secuencialmente, desde el punto anterior de su acción (el tercer
segmento torácico) al extremo posterior del animal. Cuando se activa un gen
BX-C su producto se acumula en un segmento dado y, simultáneamente, en todos
los segmentos posteriores a él. El primer BX-C se activa en el tercer segmento
torácico, y su producto se acumula en todos los segmentos a partir de éste
hasta el extremo posterior. El siguiente gen BX-C se activa en el siguiente
segmento, el primero abdominal, y su producto se acumula en todos los
segmentos, desde el primer abdominal hasta el extremo posterior. El siguiente
gen se activa en el segundo segmento abdominal, y así sucesivamente. Así pues,
se forma un gradiente del producto de BX-C, con una concentración mínima en el
segundo segmento torácico, que va creciendo en dirección antero posterior.
Cuanta mayor cantidad de producto elaborado por los genes haya, más posterior
en su aspecto será la forma del segmento resultante.
* * * *
Esta hipótesis resulta consistente con los efectos homeóticos conocidos
de las mutaciones BX-C. Si BX-C es totalmente eliminado, no aporta producto
génico alguno, y todos los segmentos posteriores al segundo torácico se
desarrollan como segundos torácicos. En una mutación con el efecto contrario
todos los genes BX-C son activados simultáneamente en todos los segmentos: y
todos los segmentos afectados por BX-C se diferencian como octavos segmentos
abdominales.
* * * *
El segundo juego destacado de homeóticos recibe también el nombre de su
mutación más famosa: el complejo antenapedia o ANT-C. La estructura fina de ese
complejo ha sido dilucidada recientemente en una serie de notables experimentos
realizados por Thomas C. Kaufman, Ricki Lewis, Barbara Wakimoto y Tulle
Hazelrigg, en el laboratorio de Kaufman en la Universidad de Indiana.
(Agradezco al doctor Kaufman el haberme introducido en la literatura de la
homeosis y sus pacientes y lúcidas explicaciones acerca de su trabajo.) Los
genes BX-C regulan la morfología de la segmentación desde el tercer segmento
torácico hasta el extremo posterior; ANT-C afecta también al tercer segmento
torácico, pero después regula el desarrollo de los cinco segmentos anteriores
(los otros dos segmentos torácicos y los tres que producen piezas bucales). Si
se elimina la totalidad del complejo, los tres segmentos torácicos empiezan a
diferenciarse como primeros segmentos torácicos (mientras los abdominales,
regulados por BX-C, se desarrollan normalmente). Aparentemente, los genes de
ANT-C se activan en el segundo segmento torácico y propician el desarrollo
adecuado del segundo y tercer segmentos torácicos.
14. Mosca con la mutación antenapedia, en la que las patas se forman donde
deberían estar las antenas (microscopía electrónica de barrido a cargo de F. R.
Turner).
Kaufman y sus colegas han descubierto que ANT-C está formado por al
menos siete genes, de los cuales no todos tienen efectos homeóticos conocidos,
que están situados el uno junto al otro en el brazo derecho del tercer
cromosoma de D. melanogaster. Los genes no reciben su nombre por
sus efectos normales (que, después de todo, consisten en producir una mosca
ordinaria sin ningún rasgo especial para su reconocimiento), sino por sus raras
mutaciones homeóticas. La primera, la del gen de la antenapedia, regula la
diferenciación del segundo segmento torácico y, normalmente, se activa allí
para llevar a cabo la función asignada. Se han detectado una serie de
mutaciones en este locus. Todas ellas tienen efectos homeóticos que resultan
consistentes con esta interpretación de su función normal.
Una mutación dominante, la antenapedia, tiene el extraño efecto (como su
propio nombre indica) de producir una pata donde debería ir una antena. Este
apéndice descolocado no es una pata cualquiera, sino claramente una segunda
torácica. La mutación antenapedia opera aparentemente activándose en el lugar
equivocado (el segmento correspondiente a las antenas) en lugar de en el
segundo segmento torácico.
Otra mutación dominante, denominada peines sexuales supernumerarios,
lleva a la aparición de peines sexuales en los tres pares de patas, no sólo en
el primero como en las moscas normales. Esta morfología no constituye
simplemente el resultado de la actuación de un gen elaborador de peines
sexuales (contrariamente a lo que normalmente se cree, hay muy pocos genes que
se limiten a «hacer» partes aisladas sin una serie de efectos complejos y
combinados). Es una mutación homeótica. Los tres segmentos torácicos se
diferencian como primeros segmentos torácicos, y la mosca tiene, literalmente,
tres pares de patas anteriores con sus correspondientes peines sexuales. (La
eliminación total de ANT-C también hace que los tres segmentos torácicos se
diferencien como primeros segmentos torácicos. Pero esta supresión es letal y
la mosca muere en fase larvaria. Las moscas con la mutación de peines sexuales
supernumerarios viven y llegan a adultas.) Esta mutación probablemente actúe
suprimiendo la acción normal de su gen. Dado que la acción normal de éste hace
que el segundo segmento torácico se diferencie como es debido, su supresión
induce a los tres torácicos a desarrollarse como primeros segmentos torácicos.
El segundo gen de ANT-C recibe su nombre de su prominente mutación,
peine sexual reducido. Esta mutación homeótica, contraria al efecto de su
vecino, peines sexuales supernumerarios, hace que el primer segmento torácico
se diferencie como un segundo segmento torácico. En D. melanogaster sólo
las primeras patas torácicas llevan peines sexuales. Los tres genes siguientes
carecen de efectos homeóticos conocidos, y su inclusión en ANT-C resulta en
cierto modo un misterio. Uno de ellos elimina una serie de segmentos
embrionarios en su mutación más espectacular, otro interfiere con el desarrollo
normal de las maxilas y las mandíbulas de la boca, mientras el tercero produce
un embrión curiosamente arrugado.
El sexto gen de ANT-C recibe su nombre del otro famoso mutante homeótico
de este complejo: proboscipedia, descubierto en 1933 por dos de los genéticos
más famosos del siglo, Calvin Bridges y Theodosius Dobzhansky. Se han detectado
seis mutaciones en este locus; en su mayor parte, como la propia proboscipedia,
producen patas donde deberían desarrollarse piezas bucales. El séptimo y último
gen (conocido) de ANT-C carece de efectos homeóticos en su forma mutante y
produce constricciones severas en los límites de los segmentos de la larva. Es
letal. La homeosis no es específica de la mosca del vinagre, sino que parece
ser un fenómeno general, al menos en los artrópodos. En la polilla de
seda Bombyx, aparece un juego de mutaciones análogas (o incluso
homólogas) a las homeóticas bitórax de Drosophila (Bombyx pertenece
al orden Lepidópteros; las moscas al orden Dípteros). Dos especies de Tribolium,
el gorgojo de la harina (orden Coleópteros), exhiben mutaciones homeóticas que
imitan a las ANT-C de Drosophila. Un juego, en Tribolium
castaneum, actúa igual que la antenapedia y produce una serie gradual de
sustitución parcial de antenas por patas, que va de las garras tarsales en el
undécimo segmento antenal, hasta la sustitución virtual de una antena completa
por una pata anterior. Otra, en T. confusum, actúa como la
proboscipedia y sustituye por patas del primer segmento torácico las
estructuras bucales llamadas palpos labiales. En la cucaracha Blatella
germanica, un mutante homeótico produce alas rudimentarias en el primer
segmento torácico. Ningún insecto moderno lleva normalmente alas en su primer
segmento torácico, ¡pero los más primitivos insectos fósiles alados las
llevaban!
La homeosis resulta fácil de demostrar en los artrópodos, gracias a su
esquema corporal característico de segmentos discretos con destinos diferentes
y definidos en el desarrollo normal, pero con un origen embriológico y
evolutivo común. No obstante, se han señalado fenómenos análogos una y otra vez
en los otros animales y plantas con partes repetidas. De hecho, el primer
ejemplo de Bateson, una vez definido el término, citaba las vértebras de la
espina dorsal humana. Todos los mamíferos (excepto los perezosos, pero
incluyendo las jirafas), tienen siete vértebras cervicales (en las jirafas son
enormes). Éstas van seguidas de las vértebras dorsales o portadoras de
costillas. Bateson anotó numerosos casos de seres humanos con costillas en la
séptima vértebra cervical, e incluso unos cuantos que las presentaban en la
sexta.
Los mutantes homeóticos resultan fascinantes en su extrañeza, pero ¿qué
es lo que nos enseñan acerca de la evolución? Debemos evitar, en mi opinión, la
idea tentadora, pero dolorosamente ingenua, de que representan los tan
largamente buscados «monstruos prometedores», que podrían validar las ideas
mutacionistas extremas que defienden la aparición de grandes transiciones
evolutivas en un solo paso (una idea que yo, a pesar de mi predilección por el
cambio rápido, considero una fantasía nacida de una apreciación insuficiente
del carácter complejo e integrado de los organismos). En primer lugar, la mayor
parte de las mutaciones homeóticas producen organismos desahuciados. Las patas
que se extienden a partir de las articulaciones de las antenas o que rodean la
boca en las moscas afectadas son apéndices inútiles carentes de enlaces
neurales y musculares adecuados. Incluso aunque pudieran actuar, ¿qué podrían
hacer en tan extrañas posiciones? En segundo lugar, los homeóticos viables que
imitan formas ancestrales, no son realmente antepasados renacidos. Una mosca
bitórax porta la dotación ancestral de cuatro alas, pero alcanza este estado
desarrollando dos segundos segmentos torácicos, no recuperando un esquema
primigenio.
En mi opinión, las lecciones de la homeosis aparecen, en primer lugar,
en la embriología y, después, llegan hasta la evolución. Como me indicó Tom
Kaufman, demuestran de un modo espectacular hasta qué punto son pocos los genes
responsables de la regulación del orden básico de las partes en desarrollo del
cuerpo de una mosca del vinagre. Conjuntamente, los complejos ANT-C y BX-C
de D. melanogaster especifican el desarrollo normal de todos
los segmentos bucales, torácicos y abdominales; tan sólo los dos segmentos
anteriores están libres de su control. Cada complejo contiene sólo un puñado de
genes y cada uno puede haber evolucionado a partir de un único gen ancestral,
que se repitió a sí mismo varias veces. Cuando estos genes mutan o son
eliminados, surgen unos efectos homeóticos peculiares que normalmente
descontrolan el desarrollo y llevan a la muerte.
Tal vez aún más importante, estos complejos homeóticos muestran la forma
jerárquica en la que los programas genéticos regulan la inmensa complejidad del
desarrollo embrionario, reconocido desde tiempos de Aristóteles como el más
grande misterio de la biología. Los genes homeóticos no construyen las
diferentes estructuras de cada segmento corporal. Esta es la función de los
llamados genes estructurales, que dirigen el ensamblaje de las proteínas. Los
homeóticos son interruptores o reguladores; producen alguna señal (de
naturaleza totalmente desconocida) que activa bloques completos de genes
estructurales.
No obstante, a un nivel más elevado, debe haber algún regulador
responsable de la activación de los homeóticos en el momento y el lugar
adecuados. Tal vez este regulador maestro no sea más que un gradiente de una
sustancia que vaya del extremo anterior al posterior de la larva de la mosca;
tal vez los reguladores homeóticos puedan «leer» este gradiente y activarse en
el lugar adecuado evaluando su concentración. En cualquier caso tenemos tres
niveles jerárquicos de control: los genes estructurales que construyen
diferentes partes en cada segmento, los reguladores homeóticos que activan los
bloques de genes estructurales, y los reguladores más elevados que activan los
reguladores homeóticos en el lugar y momento correctos.
Si la embriología es un sistema jerárquico, con sorprendentemente pocos
interruptores maestros a niveles elevados, podremos, después de todo, extraer
un mensaje evolutivo. Si los programas genéticos fueran sacos de genes
independientes, responsables cada uno de ellos de la construcción de una única
parte del cuerpo, la evolución tendría que producirse pieza por pieza, y
cualquier cambio importante tendría que producirse lenta y secuencialmente, al
ir logrando miles de partes sus modificaciones independientes. Pero los
programas genéticos son jerarquías con interruptores maestros, y los pequeños
cambios genéticos que afectan casualmente a estos interruptores pueden tener un
efecto de cascada en todo cuerpo. Los mutantes homeóticos nos enseñan que los
pequeños cambios genéticos pueden afectar a los interruptores y producir
cambios notables en la mosca adulta. Las grandes transiciones evolutivas pueden
estar instigadas (aunque no acabadas de repente, como argumentan los
entusiastas de los «monstruos prometedores») por pequeños cambios genéticos que
se traducen en cuerpos fundamentalmente alterados. Si el gradualismo darwiniano
clásico está ahora siendo atacado en los círculos evolucionistas, la estructura
jerárquica de los programas genéticos constituye un poderoso argumento en favor
de los críticos.
En este contexto, consideramos los principales pasos hipotéticos en la
evolución de los insectos, y reconocemos que los mutantes homeóticos podrían
ayudarnos a dilucidarlos. Los insectos, con sus segmentos relativamente escasos
y diferenciados, probablemente evolucionaran a partir de un antepasado con
segmentos más numerosos y menos diferenciados. Inicialmente, estos segmentos
menos diferenciados llevaban un par de patas cada uno (las antenas y piezas
bucales de los insectos modernos son patas modificadas). Los insectos
evolucionaron suprimiendo las patas en los segmentos posteriores y
modificándolas para convertirlas en antenas y piezas bucales en los segmentos
anteriores. Los principales complejos homeóticos de Drosophila parecen
regular precisamente estos cambios, y con un mínimo de información genética.
BX-C controla los apéndices posteriores con sus patas suprimidas, y su
eliminación hace que estos segmentos empiecen a delimitarse como segundos
segmentos torácicos con patas incipientes. Los principales mutantes de ANT-C
sustituyen estructuras que antaño fueron patas, por patas. La naturaleza de los
cambios homeóticos no es caprichosa, sino que sigue caminos evolutivos.
Incluso los extraños homeóticos pueden no carecer de información
evolutiva. Cuando Bridges y Dobzhansky describieron la proboscipedia en 1933,
señalaron que una amplia serie de cambios coordinados (aparte de la aparición
espectacular de patas) aproximaban las piezas bucales a la forma típica de los
insectos mordedores, de los que presumiblemente surgieron las moscas.
(Dobzhansky, que murió hace unos pocos años, fue el más grande genético
evolucionista de nuestro tiempo. El trabajo a fondo de laboratorio se lleva con
frecuencia todos los méritos, mientras que los naturalistas de campo, con sus
conocimientos detallados y específicos, son injustamente ignorados como si
fueran coleccionistas de sellos. La vida de Dobzhansky demuestra hasta qué
punto está equivocado este prejuicio. Los genéticos llevaban años describiendo
mutantes homeóticos, pero ninguno tenía los conocimientos necesarios para
reconocer los sutiles efectos morfológicos para cuya comprensión es necesario
el ojo entrenado de un taxónomo. Dobzhansky, el mejor genético de todos ellos,
era un taxónomo de talla y un biólogo de campo que inició su trabajo
especializándose en la sistemática de los Coccinélidos, las mariquitas. Nada
puede sustituir al conocimiento detallado de la historia natural y la taxonomía.)
Si alguien se ha preguntado si los mutantes homeóticos deben encontrar
su significación sólo en los altos y rimbombantes territorios de la
especulación evolutiva, cierro este artículo con un dato para pensárselo. Ha
aparecido una mutación homeótica en el mosquito picador Aedes
albopictus. En efecto, lo han adivinado. ¡Esta mutación convierte parte del
aparato picador en un par de patas! Los seis estiletes que atraviesan de hecho
nuestra piel no quedan afectados, pero los labelos, las estructuras que rodean a
los estiletes y contienen cerdas táctiles y quimio sensitivas, quedan
convertidas en patas con garras tarsales en sus extremos. Estos mosquitos no
pueden atravesar la piel, tanto porque carecen de las cerdas táctiles y quimio
sensitivas para localizar el punto apropiado, como porque los estiletes quedan
atrapados entre las patas mal situadas.
¡Qué maravillosa novedad en un mundo inundado de malas noticias: un
mosquito incapaz de picar, con un par extra de patas! Pero no se dejen llevar
por la esperanza. No sustituirán a los mosquitos normales. En primer lugar,
mueren al ser incapaces de alimentarse (aunque pueden ser sustentados
artificialmente por medio de algodones empapados en sangre). Incluso aunque
aprendieran a alimentarse chupando en lugar de perforando, no supondrían una
competencia para el tipo normal debido a que tienen una vida larvaria más
larga, una mayor mortalidad en la fase de pupa y una disminución significativa
en la longevidad de los adultos. Aun así, estos son los hechos curiosos que
alimentan la esperanza en tiempos difíciles; en este caso, con una muy pequeña
licencia poética, las enormes ventajas (aunque sólo lo sean para otra sufrida
criatura distinta) de meterse el pie en la boca.
Capítulo 4
Teilhard y Piltdown
Contenido:
16. La conspiración de Piltdown
17. Réplica a los críticos
18. Nuestro lugar en la naturaleza
16. La conspiración de Piltdown
Introducción y antecedentes
Acerca de las conspiraciones
[20]En su
gran aria «La calunnia», don Basilio, el maestro músico de El barbero
de Sevilla, de Rossini, describe gráficamente cómo crecen los susurros
malvados, con un riesgo apropiado, convirtiéndose en calumnias realmente
grandes e injuriosas. Los menos retorcidos de entre nosotros podemos
interpretar esa misma lección con intención opuesta: en la adversidad, intenta
contenerte. El deseo de asignar hechos malvados a una única persona que actúa
sola es reflejo de esta estrategia; las teorías de la conspiración tienen una
terrible tendencia a ramificarse como los susurros de Basilio hasta que la
solución a « ¿quién lo hizo?» acaba siendo «todo el mundo». Pero las
conspiraciones existen. Hasta los profesionales y los viejos políticos dudan
hoy en día que Lee Harvey Oswald actuara solo; y en el Orient Express
conspiraba todo el mundo.[21]
El caso de Piltdown, sin duda el fraude más espectacular y famoso de la
ciencia en todo el siglo XX, ha experimentado esta tensión desde el momento en
que fue descubierto en 1953. La versión semioficial abreviada mantiene que
Charles Dawson, el abogado y arqueólogo aficionado que «encontró» los primeros
especímenes, ideó y ejecutó él solo el complot. Dado que la elegante
presentación del caso de J. S. Weiner hace prácticamente imposible pensar en la
inocencia de Dawson (The Piltdown Forgery, Oxford University Press,
1955), el único refugio razonable para aquellos que la afirman son las
conspiraciones. Y las propuestas de co-conspiradores abundan, y van desde el
gran anatomista Grafton Elliot Smith hasta W. J. Sollas, profesor de geología
en Oxford. En mi opinión estas afirmaciones vienen tiradas de los pelos y
carecen de toda prueba razonable. Pero sí creo que en Piltdown existió una
conspiración y que, por una vez, la hipótesis más interesante es la verdadera.
Es mi opinión que un hombre que posteriormente habría de convertirse en uno de
los más famosos teólogos del mundo, una figura de culto a lo largo de muchos
años después de su muerte en 1955, sabía lo que Dawson estaba haciendo y
probablemente le ayudara y no poco: el sacerdote jesuita francés y paleontólogo
Pierre Teilhard de Chardin.
Teilhard y Piltdown
Teilhard, nacido en Auvernia (en la Francia central) en 1881, pertenecía
a una antigua familia, conservadora y próspera. Ingresado en la Compañía de
Jesús en 1902, estudió en la isla inglesa de Jersey desde 1902 hasta 1905 y
después pasó tres años como profesor de física y química en una escuela jesuita
en El Cairo. En 1908, regresó para finalizar su formación teológica en el
seminario jesuita de Ore Place en Hastings, providencialmente situado al lado
de Piltdown, en la costa sureste de Inglaterra. Permaneció allí cuatro años, y
en él fue ordenado sacerdote en 1912.[22] Como
estudiante de teología, Teilhard tenía un notable talento, pero resultaba un
tanto desganado. Su pasión, durante su estancia en Hasting, fue, como siempre
lo había sido, la historia natural. Recorría el campo en busca de mariposas,
aves y fósiles. Y en 1909, se encontró con Charles Dawson en el punto focal de
sus intereses comunes: en una cantera de piedra buscando fósiles. Los dos
hombres se hicieron buenos amigos y colegas en la persecución de sus intereses.
Teilhard describió a Dawson ante sus parientes como «mi corresponsal en
geología».
Dawson afirmaba que había descubierto el primer fragmento del cráneo de
Piltdown en 1908, después de que unos trabajadores de un pozo de grava le
hablaran de un «coco» (el cráneo completo) que habían desenterrado y aplastado
en aquel lugar. Dawson siguió hurgando por la zona, recolectando unas pocas
piezas más del cráneo y algunos fragmentos de otros mamíferos fósiles. No llevó
sus especímenes a Arthur Smith Woodward, conservador de paleontología del Museo
Británico, hasta mediados de 1912. Así pues, durante tres años, antes de que
ningún profesional oyera hablar siquiera del material de Piltdown, Dawson y
Teilhard fueron compañeros en la historia natural, en los alrededores de
Piltdown.
Smith Woodward no era un hombre dado al secreto, pero conocía el valor
de lo que le había llevado Dawson y las envidias que podía inspirar. Impuso una
férrea censura sobre la información de Dawson antes de su publicación. No
quería que ninguno de los amigos legos de Dawson apareciera por la localización
y tan sólo un naturalista acompañó a Dawson y Smith Woodward en sus primeras
excavaciones conjuntas en Piltdown: Teilhard de Chardin, a quien Dawson había
descrito como «de fiar». A lo largo de 1912 salieron a la luz más especímenes,
incluyendo la famosa mandíbula con sus dos dientes molares, artificialmente
limados para simular la pauta de desgaste humano. En diciembre, Smith Woodward
publicó el resultado de los trabajos y se inició la controversia.
Los fragmentos de cráneo, a pesar de ser notablemente gruesos, no podían
distinguirse de los pertenecientes al hombre de hoy. Por otra parte, la
mandíbula, excepción hecha del desgaste de los dientes, era claramente de
«chimpancé» para muchos expertos (de hecho, perteneció originalmente a un
orangután). Nadie olfateó un fraude, pero muchos profesionales fueron de la
opinión de que se habían mezclado partes de dos animales en Piltdown. Smith
Woodward defendió vehemente la integridad de su criatura, argumentando, con
lógica defectuosa, que el papel crucial del poder del cerebro en nuestro
control de la Tierra hoy en día implicaba también un papel precoz de los
grandes cerebros en la historia evolutiva. Un cráneo totalmente moderno con una
mandíbula aún simiesca vindicaba aquella visión de la evolución humana tan
centrada en el cerebro.
Teilhard salió de Inglaterra a finales de 1912[23] para
iniciar sus estudios de graduado con Marcellin Boule, el más grande antropólogo
físico de Francia, pero en agosto de 1913 estaba de vuelta en Inglaterra para
un retiro en Ore Place. Pasó también varios días haciendo prospecciones con
Dawson, y el 30 de agosto hizo un descubrimiento de importancia: un diente
canino de la mandíbula inferior, de aspecto simiesco, pero desgastado al modo
humano. Smith Woodward continuó su serie de publicaciones acerca del nuevo
material, pero los críticos persistieron en su convicción de que el hombre de
Piltdown representaba una unión impropia de dos animales.
El impasse se rompió en favor de Smith Woodward en
1915. Dawson había estado realizando prospecciones en otra localización, a unos
tres kilómetros de Piltdown, durante varios años. Probablemente llevara allí a
Teilhard en 1913; sabemos que registró varias veces el área con Smith Woodward
en 1914. Entonces, en enero de 1915, escribió a Smith Woodward. La segunda
localización, posteriormente llamada Piltdown 2, había dado su premio: «Creo
que hemos vuelto a tener suerte. Tengo un fragmento del lado izquierdo [de
hecho era del lado derecho] de un hueso frontal con una porción de la órbita y
la base de la nariz». En julio de aquel mismo año, anunció el descubrimiento de
un molar inferior, una vez más de aspecto simiesco, pero desgastado al modo
humano. Los huesos de un humano y un simio podrían ser arrastrados al mismo
pozo de grava una vez, pero una segunda asociación idéntica entre un cráneo
humano y una mandíbula simiesca probaba, sin duda, que pertenecían a un mismo
ser, a pesar de la aparente incongruencia anatómica. H. F. Osborn, el principal
paleontólogo norteamericano y crítico del primer hallazgo de Piltdown, anunció
su conversión con su característico estilo grandilocuente. Incluso el profesor
de Teilhard, Marcellin Boule, abanderado de los escépticos, gruñó que los
nuevos descubrimientos habían hecho inclinarse la balanza, si bien ligeramente,
en favor de Smith Woodward. Dawson no vivió para disfrutar de su triunfo, ya
que murió en 1916. Smith Woodward defendió sin reservas los hallazgos de
Piltdown durante toda su vida, dedicando su último libro (The Earliest
Englishman, 1948) a su defensa. Murió, afortunadamente, antes de que el
asunto hiciera explosión.
Mientras tanto, Teilhard seguía su vocación con creciente fama,
frustración y entusiasmo. Sirvió con distinción como camillero en la primera
guerra mundial, convirtiéndose después en profesor de geología en el Instituto
Católico de París. Pero su pensamiento poco ortodoxo (aunque siempre piadoso)
pronto le llevó a un irrevocable conflicto con las autoridades eclesiásticas.
Obligado a abandonar su puesto de enseñante y a salir de Francia, Teilhard
partió hacia China en 1926. Allí permaneció la mayor parte de su vida,
entregado a brillantes investigaciones en geología y paleontología y
escribiendo los tratados filosóficos acerca de la historia cósmica y la
reconciliación de la ciencia con la religión, que tan famoso habrían de hacerle
más adelante. Todos ellos permanecieron inéditos, por fíat eclesiástico,
hasta su muerte. Teilhard murió en 1955, pero su muerte sólo sirvió de
indicador del comienzo de su meteórico ascenso a la fama. Sus tratados,
prohibidos durante mucho tiempo, fueron publicados y rápidamente traducidos a
todos los principales idiomas. El fenómeno humano se convirtió
en un éxito de ventas en todo el mundo. La Biblioteca Widener, de Harvard,
aloja hoy en día una estantería completa de libros dedicados a los escritos y
al pensamiento de Teilhard. Dos revistas creadas para discutir sus ideas siguen
aún florecientes.
Del trío original (Dawson, Teilhard y Smith Woodward) sólo Teilhard
seguía vivo cuando Kenneth Oakley, J. S. Weiner y W. E. le Gros Clark
demostraron que los huesos de Piltdown habían sido teñidos químicamente para
aparentar gran antigüedad, los dientes limados para simular desgaste humano, y
que los restos de mamíferos asociados habían sido traídos de algún otro lugar,
mientras que los «instrumentos» de pedernal habían sido tallados recientemente.
Los críticos habían tenido razón, mucha más razón de la que hubieran osado
imaginar. Los huesos del cráneo pertenecían, en efecto, a un ser humano
moderno, la mandíbula a un orangután. Al dar paso la conmoción de la revelación
a la fascinación por el autor del fraude, las sospechas se alejaron rápidamente
de dos miembros del trío. Smith Woodward había sido un hombre de indudable
dedicación y excesivamente inocente; más aún, no sabía nada de Piltdown hasta
que Dawson le llevó en 1912 los huesos originales. (Yo no tengo la más mínima
duda acerca de la inocencia de Smith Woodward.) Teilhard era demasiado famoso y
estaba demasiado presente como para que nadie se atreviera a realizar ni la más
ligera indagación. Fue exonerado como un ingenuo y joven estudiante que,
cuarenta años antes, había sido engañado y utilizado por el astuto Dawson. La
teoría oficial fue que Dawson había actuado solo; la ciencia profesional quedó
avergonzada, pero absuelta.
Dudas
Yo estaba en la edad justa para sentirme fascinado por primera vez
(tenía doce años de edad) y era un paleontólogo incipiente, cuando las noticias
del fraude aparecieron en la primera página del New York Times una
mañana a la hora del desayuno. Mi interés por el tema no ha disminuido, y a lo
largo de los años he interrogado a muchos paleontólogos decanos acerca de
Piltdown. También he podido comprobar, con asombro y diversión, que muy pocos
de ellos creían en la teoría oficial de que Dawson había actuado solo. Me di
cuenta, en particular, de que varios de los hombres a los que más admiro
sospechaban de Teilhard, no tanto sobre la base de las evidencias disponibles
(ya que sus sospechas se basaban en lo que yo considero un punto débil entre
las argumentaciones), sino en un sentimiento intuitivo acerca de este hombre al
que conocían bien, amaban y respetaban, pero que parecía ocultarse tras una
capa de piedad, pasiones, misterios y buen humor. A. S. Romer y Bryan
Patterson, dos de los principales paleontólogos de vertebrados de Norteamérica,
antiguos colegas míos de Harvard, me comentaron a menudo sus sospechas. Louis
Leakey las manifestó en letra impresa, sin dar nombres, pero sin ambigüedad
alguna para todo aquel que estuviera al tanto (véase su autobiografía, By
the Evidente).[24]
Finalmente, decidí ponerme en movimiento y hurgar un poco, tras escribir
una columna acerca de Piltdown por otros motivos (Natural History, marzo
de 1979). Leí todos los documentos oficiales y llegué a la conclusión de que no
había motivo para excluir a Teilhard, aunque tampoco había nada, aparte de su
presencia desde el principio, que le implicara de modo particular. Tenía toda
la intención de olvidarme del tema o de pasárselo a alguien con un mayor celo
investigador por estos asuntos. Pero, en una conferencia en Francia el pasado
septiembre, me encontré con dos de los más íntimos colegas de Teilhard, el
destacado paleontólogo J. Piveteau y el gran zoólogo P. P. Grassé. Acogieron
mis sospechas con un tajante «incroyable». Entonces Pire Francois
Russo, amigo de Teilhard y también jesuita, oyó hablar de mis indagaciones y
prometió mandarme un documento que demostraría la inocencia de Teilhard: una
copia de la carta que Teilhard había escrito a Kenneth Oakley el 28 de
noviembre de 1953. Recibí esta carta en una traducción al francés impresa
(Teilhard la escribió en inglés) en octubre de 1979. Me di cuenta
inmediatamente de que contenía una inconsistencia (un desliz por parte de
Teilhard) cuya resolución más fácil era la hipótesis de la complicidad. Cuando
visité a Oakley en Oxford en abril de 1980, me mostró la carta original junto
con varias más que le había escrito Teihlard. Estudiamos los documentos,
discutimos el tema de Piltdown durante buena parte de un día, y yo me fui
convencido de que Romer, Patterson y Leakey habían tenido razón. Oakley, que se
había dado también cuenta de la inconsistencia, aunque la había interpretado de
manera diferente, estuvo de acuerdo conmigo y afirmó al despedirnos: «Creo que
es cierto que Teilhard estuvo complicado». (Permítaseme aquí expresar mi
profundo aprecio por la hospitalidad, la franqueza y la buena disposición, tan
sencilla y aparentemente inagotable, del doctor Oakley. Siempre me deja
profundamente emocionado descubrir —y no es tan infrecuente como mucha gente
cree— que un gran pensador es también un ser humano ejemplar.) Desde entonces,
he afinado las argumentaciones básicas y he leído los trabajos publicados de
Teilhard, poniendo al descubierto un esquema difícilmente reconciliable con su
inocencia. El caso que yo presento, es, sin duda, circunstancial (igual que lo
es el caso presentado contra Dawson o contra cualquier otra persona). Pero, en
mi opinión, la carga de buscar pruebas debe quedar ahora en manos de aquellos
que consideran libre de culpa al padre Teilhard.
El caso contra Teilhard
Las cartas a Kenneth Oakley
La principal virtud de la verdad, aparte de su valor ético (que en mi
opinión es considerable), es que representa una guía infalible para tener las
cosas claras. El problema de la prevaricación es que, cuando las cosas se
complican o los recuerdos pierden precisión, acaba resultando muy difícil
recordar todos los detalles de una historia inventada. Richard Nixon sucumbió
finalmente a causa de una cuestión menor, y sir Walter Scott decía la verdad al
escribir el famoso pareado: « ¡Oh, qué enrevesada tela tejemos, / cuando por
primera vez engañar queremos!».[25]
Teilhard tuvo sólo un pequeño desliz significativo, en torno a una
cuestión secundaria, en su carta a Oakley. Teilhard no ofreció ningún recuerdo
espontáneo acerca de Piltdown y respondía tan sólo a las preguntas directas de
Oakley, que buscaba ayuda para establecer la identidad del falsificador.
Empieza felicitando a Oakley con toda sinceridad por haber resuelto el problema
de Piltdown. Anatómicamente hablando, «Eoanthropus» [el nombre que Smith
Woodward había puesto al animal de Piltdown] era una especie de monstruo… Por
lo tanto, me siento fundamentalmente satisfecho por sus conclusiones, a pesar
del hecho de que, sentimentalmente hablando, echan a perder uno de mis primeros
y más brillantes recuerdos paleontológicos.
Teilhard pasa entonces a adoptar una actitud inamovible acerca de la
cuestión del fraude. Se niega a creer en él en absoluto, declarando que Smith
Woodward y Dawson (y, por implicación, él mismo) no eran el tipo de hombres que
concebiblemente fueran capaces de hacer una cosa así. ¿No es posible, pregunta,
que algún recolector desechara los huesos de simio en un pozo de grava que
contuviera legítimamente un cráneo humano, producto de algún enterramiento
reciente? ¿No podría ser la tinción con hierro natural, dado que el agua de la
localidad «puede manchar (de hierro) con notable rapidez»? Pero la idea de
Teilhard no puede explicar ni el limado artificial de los dientes para simular
un desgaste humano, ni el crucial descubrimiento de una segunda combinación de
mono y hombre en la localización de Piltdown 2. De hecho, Teilhard admite: «La
idea parece fantástica. Pero, en mi opinión, no más fantástica que convertir a
Dawson en el perpetrador de un fraude».
Teilhard pasa entonces a discutir Piltdown 2 y, en su intento de
exonerar a Dawson, comete su error fatal. Escribe:
Él [Dawson] se limitó a llevarme a la localización 2 y me
explicó [sic] que había encontrado el molar aislado y las pequeñas
piezas del cráneo en los montones de escombros y piedrecillas que habían sido
rastrillados en la superficie de aquel lugar.
Pero esto no puede ser. Teilhard visitó, en efecto, la segunda
localización con Dawson en 1913, pero no encontraron nada. Dawson «descubrió»
los huesos del cráneo de Piltdown 2 en enero de 1915, y el diente aún más
tarde, en julio del mismo año. Y ahora, el punto clave: Teilhard fue llamado al
ejército francés en diciembre de 1914 y fue inmediatamente embarcado hacia el
frente, donde permaneció hasta el final de la guerra. No pudo haber visto los
restos de Piltdown 2 con Dawson a menos que los fabricaran juntos antes de su
partida (Dawson murió en 1916).
Oakley se percató inmediatamente de la inconsistencia al recibir la
carta de Teilhard en 1953, pero la interpretó de modo diferente y por buenos
motivos. Por aquel entonces, Oakley y sus colegas no habían hecho más que
empezar sus investigaciones acerca del autor del fraude. Sospechaban,
correctamente, de Dawson, y le habían escrito a Teilhard en busca de
evidencias. Oakley leyó la declaración de Teilhard cuando estaba intentando
establecer el hecho básico de la culpabilidad de Dawson. En ese contexto, asumió
que Dawson había mostrado los especímenes a Teilhard en 1913, pero que los
había ocultado a Smith Woodward hasta 1915: más pruebas de la culpabilidad de
Dawson.
Oakley contestó a vuelta de correo, y Teilhard, consciente de que había
cometido un error, empezó a contemporizar. En su segunda carta, del 29 de enero
de 1954, intentaba recomponer su posición:
En lo que se refiere al punto de la «historia» sobre el que usted me
pregunta, mis souvenirs son un tanto vagos. No obstante, y por eliminación (y
dado que Dawson murió durante la primera guerra mundial, si no estoy
equivocado) mi visita con Dawson a la segunda localización (donde se
encontraron los dos pequeños fragmentos de cráneo y el molar aislado entre los
escombros) debió ser a finales de julio de 1913 [probablemente fuera a primeros
de agosto].
Evidentemente preocupado, escribió seguidamente la siguiente postdata:
Cuando visité la localización número 2 (¿en 1913?), los dos pequeños
fragmentos de cráneo y el diente habían sido ya descubiertos, según creo.
¡Pero supregunta me hace dudar! Sí, creo que en
efecto habían sido ya hallados: y ese es el motivo por el que Dawson
me señaló los pequeños montículos de piedras rastrilladas como lugar del
«descubrimiento».
En una última carta a Mable Kenward, hija del dueño de Barkham Manor,
lugar donde se hallaba la primera localización de Piltdown, Teilhard se echaba
aún más atrás: «Dawson me mostró el campo donde fue hallado el segundo cráneo
(fragmentos). Pero, como le escribí a Oakley, no consigo recordar si fue antes
o después del hallazgo» (2 de marzo de 1954).
Sólo consigo imaginarme cuatro interpretaciones del desliz de Teilhard.
1. Inicialmente, la
primera vez que leí la carta de Teilhard, pensé que podía interpretarse su
afirmación de la siguiente manera: Dawson me llevó a la localización en 1913 y
posteriormente me puso en conocimiento por correo, durante la guerra, de que había
encontrado los fragmentos entre los escombros. Pero la segunda carta de
Teilhard afirma explícitamente que Dawson, en carne y hueso, le había indicado
el punto de Piltdown 2 donde había encontrado los especímenes.
2. La hipótesis original
de Oakley: Dawson mostró los especímenes a un Teilhard inocente en 1913, pero
los retuvo sin enseñárselos a Smith Woodward hasta 1915. Pero Dawson no
destruiría su coartada de un modo tan crudo. Porque Dawson llevó a Smith Woodward
a la segunda localización en varios viajes de prospección en 1914, sin
encontrar nada en ninguno de ellos. Ahora bien, Teilhard y Smith Woodward eran
bastante amigos. Dawson les había presentado en 1909, al enviar a Londres
algunos importantes especímenes de mamíferos (que no tenían nada que ver con
Piltdown) que había recolectado Teilhard. Smith Woodward se quedó encantado con
el trabajo de Teilhard y lo alabó sin reservas en una publicación. Aceptó a
Teilhard como único miembro extra de sus primeros viajes de recolección a
Piltdown. Más aún, Teilhard fue invitado a permanecer en casa de los Smith
Woodward cuando visitó Londres en septiembre de 1913, tras su descubrimiento
del canino. Si Dawson le hubiera mostrado a Teilhard los hallazgos de Piltdown
2 en 1913, manteniendo a Smith Woodward engañado a lo largo de varias
excursiones de campo en 1914, y si un inocente Teilhard le hubiera contado a
Smith Woodward la existencia de los especímenes (y no puedo imaginarme por qué
motivo iba a callársela), Dawson hubiera sido descubierto.
3. Teilhard jamás llegó
a enterarse de la existencia de los especímenes de Piltdown 2 de boca de
Dawson, sino que simplemente olvidó, cuarenta años más tarde, que jamás había
llegado a ver de hecho los fósiles sobre los que había leído más adelante. Esta
es la única alternativa (a la complicidad de Teilhard) que en mi opinión tiene
algo de plausible. Si las cartas no estuvieran repletas de otros detalles
inculpatorios, y si el caso en contra de Teilhard no tuviera apoyo también en
otros terrenos, me tomaría más en serio esta posibilidad.
4. Teilhard y Dawson
planearon el descubrimiento de Piltdown 2 antes de que Teilhard abandonara
Inglaterra. Cuarenta años más tarde, Teilhard se confundió al reconstruir la
cronología exacta. Se olvidó de que no podía haber visto los especímenes cuando
fueron «hallados» oficialmente, y cometió un desliz al escribir a Oakley.
* * * *
Las cartas de Teilhard a Oakley contienen otras afirmaciones curiosas,
cada una de ellas insignificante (o susceptible de otras interpretaciones) por
sí misma, pero que, en conjunto, constituyen un sutil intento de alejar de sí
las sospechas.
* * * *
1. En su carta del 28 de
noviembre de 1953, Teilhard afirma que conoció a Dawson en 1911. De hecho, se
conocieron en mayo de 1909, ya que Teilhard describe el encuentro en una vívida
carta a sus padres. Más aún, este encuentro fue un importante acontecimiento en
la carrera de Teilhard, ya que Dawson se hizo amigo del joven sacerdote y forjó
personalmente su camino hacia el reconocimiento y el respeto profesionales
enviando algunos importantes especímenes que había recolectado a Smith
Woodward. Cuando Smith Woodward describió este material ante la Sociedad
Geológica de Londres en 1911, Dawson, en la discusión posterior a las palabras
de Woodward, rindió tributo a «la paciente y capaz ayuda» que le había sido
prestada por Teilhard desde 1909. Esto, por sí mismo, no me parece un punto
particularmente condenatorio. Un encuentro en 1911 habría permitido igualmente
su participación en el complot (Dawson «encontró» su primer fragmento del
cráneo de Piltdown en 1911, aunque afirmaba que un trabajador le había dado un
fragmento «varios años antes»), y yo jamás utilizaría un error de dos años
contra un hombre que intentara recordar el suceso cuarenta años más tarde. Aun
así, la fecha posterior (incorrecta), pisándole los talones al primer
«hallazgo» de Dawson, aleja, sin duda, las sospechas de Teilhard.
2. Oakley volvió a
escribir a Teilhard en febrero de 1954, indagando aún acerca del primer
contacto de Dawson con el material de Piltdown, preguntándose, en particular,
qué había ocurrido en 1908. Teilhard se limitó a responder (1 de marzo de
1954): «En 1908 no conocía a Dawson». Cierto sin duda, pero se conocieron pocos
meses después, y Teilhard podría haberlo mencionado. Un punto pequeño, bien es
verdad.
3. En la misma carta,
Teilhard vuelve a intentar alejar de sí las sospechas escribiendo acerca de los
años que pasó en Hastings: «Sabe, por aquel entonces yo era un joven estudiante
de teología, al que no le estaba permitido abandonar demasiado a menudo su
celda en Ore Place (Hastings)». Pero esta descripción de un hombre joven,
piadoso y atado, contrasta notablemente con la imagen que Teilhard pintó de sí
mismo por aquellas fechas en una notable serie de cartas a sus padres (Lettres
de Hastings et de Paris, 1908-1914, Aubier, París, 1965). Estas cartas
hablan bien poco de la teología, pero están repletas de narraciones
encantadoras y detalladas acerca de los frecuentes vagabundeos de Teilhard por
todo el sur de Inglaterra. Once cartas se refieren a excursiones con Dawson,[26] y
no hay ningún otro naturalista que sea mencionado tan frecuentemente. Si pasaba
mucho tiempo en Ore Place, decidió no escribir acerca de ello. El 13 de agosto
de 1910, por ejemplo, exclama: «He recorrido la costa de arriba abajo, a la
izquierda y a la derecha de Hastings; gracias a los trenes baratos, tan comunes
en este período del año, es fácil llegar lejos con muy poco dinero».
* * * *
Tal vez yo esté ya excesivamente cegado por la atracción que siento
hacia la hipótesis de la culpabilidad de Teilhard. Tal vez todos estos puntos
carezcan de importancia y no tengan ninguna relación, dando testimonio
únicamente de la defectuosa memoria de un hombre anciano. Aun así, yo no
plantearía el caso abiertamente si no fuera por un segundo argumento, desde
luego más circunstancial, pero de algún modo más poderoso en su persistencia a
lo largo de cuarenta años: el registro de las cartas y publicaciones de
Teilhard.
Piltdown en los escritos de Teilhard
Recuerdo un libro de chistes que tuve cuando era niño. En el índice
venía «mula, vida sexual de la», pero la página indicada estaba en blanco
(ridículo, en cualquier caso, ya que las mulas no se abstienen simplemente
porque la extraña disposición de sus cromosomas híbridos les imposibiliten para
tener descendencia). El registro publicado por Teilhard sobre Piltdown es casi
igualmente poco abundante. En 1920, escribió un artículo breve para una revista
popular acerca de Le cas de l'homme de Piltdown. A partir de aquí,
prácticamente todo son silencios. Piltdown no recibió jamás ni el honor de una
frase entera en todos sus trabajos (a excepción de una nota a pie de página).
Teilhard mencionaba Piltdown cuando difícilmente podía no hacerlo: en artículos
amplios de revisión que discuten todos los principales fósiles humanos. No he
podido hallar ni media docena de referencias en los veintitrés volúmenes de sus
obras completas. En cada caso, Piltdown aparece o bien como un elemento listado
sin comentarios en una nota a pie de página, o como un punto (también sin
comentarios) en un dibujo del árbol evolutivo del hombre, o como una frase
parcial dentro de algún comentario acerca del hombre de Neandertal.[27]
Consideremos lo notablemente curioso que resulta esto. En su primera
carta a Oakley, Teilhard describe sus trabajos en Piltdown como «uno de mis
primeros y más brillantes recuerdos paleontológicos». Entonces, ¿por qué tanto
silencio? ¿Acaso Teilhard era demasiado tímido o santo como para contar sus
propias alabanzas? No es probable, dado que ningún otro tema recibe una
atención más voluminosa, en multitud de artículos posteriores, que su papel en
el descubrimiento del legítimo hombre de Pekín en China.
Al comenzar mis investigaciones acerca de este extraordinario silencio,
mientras intentaba ser todo lo caritativo posible, construí dos posibles
motivos de exoneración ante la incapacidad de Teilhard de discutir el principal
hecho de su juventud como paleontólogo. Kenneth Oakley me habló entonces del
artículo de 1920, el único análisis de Piltdown jamás publicado por Teilhard.
Encontré una copia del mismo en la edición en tres volúmenes de la Oeuvre
scientifique de Teilhard, y me di cuenta de que su contenido
invalidaba los únicos argumentos exculpatorios que yo era capaz de pergeñar.
El primer argumento:
Marcellin Boule, el reverenciado profesor de Teilhard, era uno de los
principales críticos de Piltdown. Lo consideraba una mezcla de dos criaturas
(no un fraude), si bien suavizó su oposición tras enterarse del segundo
descubrimiento de Piltdown.
Tal vez Boule hubiera regañado a su joven pupilo por su credulidad, y
Teilhard, avergonzado, jamás volviera a hablar de la infernal criatura, ni del
papel que él desempeñó en su descubrimiento.
El artículo de 1920 invalida esta conjetura, ya que en este trabajo
Teilhard se pone inequívocamente del lado correcto. Menciona que sus compañeros
ingleses, convencidos por haber hallado la mandíbula tan cerca de los
fragmentos de cráneo, jamás dudaron de la integridad del fósil. Teilhard señala
seguidamente, con aguda percepción, que los expertos que no habían visto los
especímenes in situ cambiarían de opinión fundamentalmente por
la anatomía formal de los propios huesos, y que éstos proclamaban a voz en
cuello: cráneo humano, mandíbula de simio. ¿Qué énfasis debe, pues, prevalecer,
el geológico o el anatómico? A pesar de haber visto en persona la geología del
descubrimiento, Teilhard optaba por la anatomía:
Para poder admitir tal combinación de formas [un cráneo de humano y una
mandíbula de simio en la misma criatura], es necesario que nos veamos forzados
a tal conclusión. Ahora bien, este no es el caso aquí… La actitud razonable
consiste en adjudicar la predominancia a las probabilidades morfológicas
intrínsecas sobre las probabilidades extrínsecas de las condiciones geológicas…
Debemos suponer que la mandíbula y el cráneo de Piltdown pertenecen a dos
individuos diferentes.
Teilhard se pronunció una vez, y se pronunció acertadamente. No tenía
motivos para sentirse avergonzado.
El segundo argumento: tal vez
Teilhard había disfrutado de su papel en Piltdown y recordaba aquellos momentos
con cariño, pero simplemente se encontró con que el hombre que había ayudado a
descubrir no le ofrecía ningún apoyo, ni siquiera tenía contacto, con las
preocupaciones de su subsiguiente carrera. A un nivel amplio, este argumento
resulta poco plausible, aunque sólo sea porque Teilhard escribió varias
revisiones generales acerca de los fósiles humanos. Por controvertido y dudoso
que fuera, Piltdown debía haber sido mencionado. Incluso los principales
críticos jamás dejaban de sacar a la luz sus sospechas. Boule escribió
capítulos enteros acerca de Piltdown. Teilhard se limitó a listarlo sin
comentarios tan sólo unas pocas veces, y sólo cuando no tenía alternativa.
En un área más específica, el silencio de Teilhard acerca de Piltdown se
vuelve inexplicable hasta la perversidad (a menos que fuera engendrado por la
culpabilidad y el conocimiento del fraude), ya que Piltdown representaba el
mejor apoyo que los fósiles podían suministrar a la principal argumentación de
la visión cósmica y mística acerca de la evolución de Teilhard, el tema
dominante de toda su carrera y fuente de su posterior fama. Teilhard jamás echó
mano a su mejor arma, que en parte había sido forjada por sus propias manos.
La conclusión de que el cráneo y la mandíbula pertenecían a animales
diferentes no destruía el valor científico de Piltdown, siempre y cuando ambos
animales yacieran legítimamente en los estratos en los que habían sido
supuestamente enterrados. Porque estos estratos eran más viejos que ningún otro
que contuviera restos del hombre de Neandertal, la principal causa de la fama
antropológica de Europa. El Neandertal, aunque hoy en día sea considerado en
general una raza de nuestra propia especie, era un individuo de bóveda craneana
baja, enormes cejas y de un aspecto definitivamente «primitivo». Piltdown, a
pesar del grosor de los huesos de su cráneo, parecía más moderno, con su bóveda
globular. La asignación de la mandíbula a un simio fósil no hacía más que aumentar
la condición avanzada del cráneo. En Inglaterra debieron vivir seres humanos de
aspecto moderno, incluso antes de que el hombre de Neandertal se desarrollara
en el continente. El Neandertal, por consiguiente, no puede ser una forma
ancestral; tiene que representar una rama lateral del árbol humano. La
evolución humana no es una escalera, sino una serie de linajes que
evolucionaron a lo largo de senderos diferentes.
En el artículo de 1920, Teilhard presentaba el cráneo de Piltdown,
divorciado de su mandíbula, precisamente bajo esta luz: como prueba de que los
homínidos evolucionaron como un racimo de linajes que se movían en direcciones
similares. Escribió:
Por encima de todo, queda a partir de ahora probado, que incluso en este
tiempo [el de Piltdow] existía una raza de hombres, ya incluida en nuestra
línea humana actual, y muy diferentes de aquellos que habrían de convertirse en
Neandertales… Gracias al descubrimiento de míster Dawson, la raza humana
aparece ante nosotros, en aquellos tiempos primitivos, aún más nítidamente
formada por paquetes fuertemente diferenciados, ya muy alejados de su punto de
divergencia. Para cualquiera que tenga una idea acerca de las realidades
paleontológicas, esta luz, por tenue que parezca, ilumina grandes
profundidades.
¿A qué profundidades, entonces, refirió Teilhard a Piltdown como
evidencia? Teilhard creía que la evolución se mueve en una dirección intrínseca
que representa el creciente dominio del espíritu sobre la materia. Bajo el yugo
de la materia, las estirpes divergirían volviéndose cada vez más distintas,
pero todas ellas se moverían en la misma dirección general. Con el hombre, la
evolución alcanzó su apogeo. El espíritu había comenzado su dominio sobre la
materia, añadiendo una nueva capa de pensamiento (la noosfera) sobre la más
antigua biosfera. La divergencia sería detenida; de hecho, la convergencia
estaba ya en marcha en el proceso de la socialización humana. La convergencia
continuará al ir prevaleciendo el espíritu. Cuando los últimos vestigios de
materia hayan sido desechados, el espíritu involucionará sobre sí mismo en un
único punto llamado Omega e identificado con Dios: el místico apocalipsis
evolutivo que garantizó la fama de Teilhard.[28]
Pero la convergencia pertenece al futuro. Los científicos que buscan
evidencia de semejante esquema deben mirar hacia el pasado en busca de signos
gemelos de divergencia acompañados por direcciones ascendentes similares; en
otras palabras, en busca de linajes paralelos múltiples en el
seno de grupos mayores.
He leído todos los trabajos de Teilhard de comienzos de la década de
1920. Ningún tema recibe mayor énfasis que la búsqueda de linajes paralelos
múltiples. En un artículo acerca de tarsos fósiles, escrito en 1921, argumenta
que hay tres linajes separados de primates que se remontan al alba de la era de
los mamíferos, evolucionando cada uno de ellos en la misma dirección de
cerebros mayores y caras de menor tamaño. En una revisión publicada en 1922
acerca de Les hommes fossiles, de Marcellin Boule, Teilhard escribe:
«La evolución no ha de ser representada en nuestro caso por unos pocos trazos
sencillos, más que en otros seres vivos; pero se resuelve a sí misma en
innumerables líneas que divergen durante tanto tiempo que parecen paralelas».
En un ensayo general acerca de la evolución, impreso en 1921, habla
continuamente de la evolución orientada en líneas múltiples y paralelas entre
los mamíferos.
Pero ¿dónde estaba el hombre de Piltdown en esta extensa oda de
alabanzas a los linajes paralelos múltiples? Piltdown suponía la prueba, la
única prueba disponible, de la existencia de múltiples linajes paralelos dentro
de la propia evolución humana, ya que su cráneo pertenecía a un ser humano
avanzado anterior al primitivo Neandertal. Piltdown constituía el argumento más
sublime de que disponía Teilhard, y jamás lo mencionó para nada después del
artículo de 1920.
Estos dos argumentos han sido abstractos. Un tercer rasgo del artículo
de 1920 resulta asombroso por lo directo que es. Porque estoy convencido de que
Teilhard intentó en un momento, tal vez con demasiada sutileza, sugerir que
Piltdown era una estafa. Al discutir si los restos de Piltdown representan uno
o dos animales, Teilhard lamenta que no puede aplicarse la prueba directa e
infalible. Un fragmento de cráneo incluía una fosa glenoidea perfecta, el punto
de articulación de la mandíbula superior con la inferior. No obstante, el punto
correspondiente de la mandíbula inferior, el cóndilo, faltaba en un espécimen
por lo demás maravillosamente conservado en su extremo posterior. Teilhard
escribe: «Dado que la fosa glenoidea existe en perfecto estado en el hueso
temporal, podríamos habernos limitado a intentar articular las piezas, si
la mandíbula hubiera conservado su cóndilo: podríamos haber
averiguado, sin sombra de duda, si ambos encajan». Leí esta afirmación estando
medio dormido una madrugada a las dos, pero la siguiente línea (destacada por
Teilhard en forma de párrafo terminado en un signo de exclamación) eliminó en
mí todo resto de sueño: «¡Como si hubiera sido hecho a propósito [comme
par exprés], falta el cóndilo!».
«Comme par exprés.» No pude quitarme aquellas palabras de la
cabeza durante dos días. Sí, podía ser una concesión literaria, una metáfora
permisible en busca de un mayor énfasis. Pero yo creo que Teilhard estaba
intentando decirnos algo que no se atrevía a revelar directamente.
Otros argumentos
1. El embarazo de
Teilhard ante la divulgación del fraude por Oakley. Kenneth Oakley me dijo que,
aunque no había implicado a Teilhard en su pensamiento, uno de los aspectos de
la reacción de Teilhard siempre le había desconcertado. Todos los demás científicos,
incluidos aquellos que más razones tenían para sentirse avergonzados (como el
anciano sir Arthur Keith, que había utilizado Piltdown como base de su
pensamiento durante cuarenta años), expresaron un agudo interés en medio de su
descontento y pena. Todos ellos felicitaron a Oakley espontáneamente y le
agradecieron que hubiera resuelto una cuestión que siempre había resultado
desconcertante, a pesar de que la solución hubiera sido tan dolorosa. Teilhard
no dijo nada. Sus felicitaciones llegaron sólo cuando no pudieron ser eludidas:
en la introducción a una carta en la que respondía a las preguntas directas de
Oakley. Cuando Teilhard visitó Londres, Oakley intentó discutir el caso
Piltdown con él, pero Teilhard siempre cambiaba de tema. Llevó a Teilhard a una
exposición especial en el Museo Británico en la que se ilustraba cómo había
sido descubierto el fraude. Teilhard recorrió la exposición sombríamente y todo
lo deprisa que pudo, con la mirada huidiza, sin decir nada. (A. S. Romer me
comentó hace varios años que él también trató de enseñarle aquella exposición a
Teilhard, enfrentándose con la misma reacción extraña.) Finalmente, el
secretario de Teilhard, en un aparte, le explicó a Oakley que el tema de
Piltdown era algo delicado para el padre Teilhard.
Pero ¿por qué? Si había sido engañado por Dawson en la localización,
había desde luego puesto a salvo su orgullo. Smith Woodward había dedicado su
vida al artefacto de Dawson. Teilhard sólo había escrito acerca de él en una
ocasión, lo había mencionado tan correctamente como había podido y después se
había callado. ¿Por qué tanta vergüenza? A menos, desde luego, que la vergüenza
procediera de la culpa que sentía acerca de otro aspecto de su silencio: su
incapacidad de plantar cara y decir la verdad, mientras veía cómo hombres a los
que amaba y respetaba hacían el ridículo, en parte por culpa suya. Marcellin
Boule, por ejemplo, su adorado maestro, denominó con toda corrección «un ser
artificial y compuesto» al Eoanthropus de Smith Woodward en la
primera edición de Les hommes fossiles (1921). El cráneo,
decía, podía pertenecer a «un bourgeois de Londres»; la mandíbula
pertenecía a un simio. Pero meditó acerca del significado de Piltdown 2 y
cambió de parecer en la segunda edición de 1923: «A la luz de estos nuevos
datos, no puedo estar tan seguro como estaba. Reconozco que la balanza se ha
inclinado un poco en favor de la hipótesis de Smith Woodward; y me alegro en
nombre de ese científico, cuyos conocimientos y carácter estimo por igual».
Cómo iba a sentirse Teilhard mientras veía a su adorado maestro, Boule, caer en
el abismo, cuando disponía de medios para salvarle, que no osaba utilizar.
2. El elefante y el
hipopótamo. Las gravas de Piltdown fueron sembradas con fragmentos de otros
mamíferos fósiles para establecer una matriz geológica para los hallazgos
humanos. Todos aquellos elementos, menos dos, podrían haber sido recolectados
en Inglaterra. Pero los dientes de hipopótamo, pertenecientes a una especie
enana inconfundible, probablemente procedieran de la isla mediterránea de
Malta. El diente de elefante es casi seguro que procedía de un punto concreto
de Ichkeul, Túnez, ya que es altamente radiactivo como resultado de las
filtraciones de los sedimentos que le rodeaban, ricos en óxido de uranio. Esta
especie de elefante ha sido encontrada en otros lugares, pero en ninguno de
ellos estaba inmersa en sedimentos tan altamente radiactivos. Más aún, la
localización de Ichkeul sólo fue reconocida por profesionales en el año 1947;
el espécimen tratado encontrado en Piltdown no podía proceder de una colección
catalogada de un museo.
Teilhard estuvo enseñando física y química en una escuela jesuita en El
Cairo de 1905 a 1908, justo antes de ir a Piltdown. Su volumen de Letters
from Egypt habla poco, una vez más, acerca de teología y enseñanza,
pero sí habla mucho de viajes, de historia natural y recolección de
especímenes. En su viaje de ida no se detuvo en Túnez ni en Malta, pero no he
conseguido encontrar ningún registro de su pasaje de vuelta, y ambas zonas
están justo de camino de vuelta a Francia. En cualquier caso, las cartas escritas
por Teilhard desde El Cairo abundan en historias de intercambios y trueques con
otros naturalistas de varias naciones norteafricanas. Estaba conectado a una
red de aficionados que se transmitían información y realizaban intercambios, y
podría haber recibido los dientes de algún colega.
Este argumento formaba la evidencia fundamental de las sospechas
referentes a Teilhard de todos mis colegas: A. S. Romer, Bryan Patterson y
Louis Leakey (Leakey mencionaba también los conocimientos de química de
Teilhard y el astuto teñido de los huesos de Piltdown). Según los rumores, el
propio Le Gros Clark, uno de los miembros del trío que desveló la farsa,
también sospechaba de Teilhard por este motivo. En mi opinión este argumento
resulta atractivo, pero no convincente. También Dawson estaba en contacto con
una red de intercambios entre aficionados.
3. La buena suerte de
Teilhard en Piltdown. Aunque los registros resultan frustrantemente vagos, creo
que todas las piezas de Piltdown fueron halladas por el trío original: Dawson,
Smith Woodward y Teilhard. (En la versión oficial, la primera pieza pudo
haberle sido entregada a Dawson por un trabajador en 1908.) Dawson, por
supuesto, fue quien desenterró la mayor parte del material. Smith Woodward, por
lo que he podido averiguar, encontró tan sólo un fragmento de cráneo. Teilhard,
que pasó menos tiempo en Piltdown que sus dos colegas, fue bendecido por la
suerte. Encontró un fragmento del diente de elefante, un pedernal tallado, y el
famoso canino.
Las personas que jamás han recolectado especímenes en el campo
probablemente no se den cuenta de lo difícil y azarosa que es la operación
cuando los fósiles son escasos. El trabajo carece de magia, no es más que un
trabajo duro. Un diente en una fosa de grava es, aproximadamente, igual de
conspicuo que la proverbial aguja en un pajar. El autor del engaño trabajó
duramente en su material de Piltdown. Limó el canino y lo pintó para que
simulara ser antiguo. Los dientes de simio no son fáciles de conseguir. Si yo
no tuviera más que uno solo, no se me ocurriría echarlo en un montón de grava y
después esperar a que algún compañero inocente lo encontrara. Con toda
probabilidad se perdería para siempre y no sería recuperado triunfalmente
jamás. Dudo que yo mismo volviera a encontrarlo después de que alguna otra
persona se hubiera dedicado a hurgar concienzudamente en el montón. Teilhard
describía su descubrimiento en la primera carta a Oakley: «Cuando encontré el
canino resultaba tan poco visible entre las gravas que habían sido extendidas
por el suelo para su cribado, que me resulta casi inconcebible que hubiera sido
puesto allí a sabiendas. Incluso recuerdo que sir Arthur me felicitó por la
agudeza de mi vista». Los recuerdos de Smith Woodward (tomados de su último
libro de 1948) son más gráficos:
Estábamos excavando en una fosa bastante profunda y calurosa en la que
el padre Teilhard, vestido de negro, trabajaba con particular energía; y dado
que pensamos que parecía estar un tanto agotado, le sugerimos que nos dejara
hacer el trabajo duro durante un rato mientras él descansaba, dentro de lo que
cabe, buscando entre la grava lavada por la lluvia. Muy pronto exclamó que
había encontrado el canino que faltaba, pero nosotros reaccionamos con
incredulidad, y le dijimos que ya habíamos visto varios trozos de mineral de
hierro, que parecían dientes, en el lugar en el que estaba. No obstante, él
insistió en que no se equivocaba, por lo que ambos dejamos de cavar para
verificar su descubrimiento. No había duda alguna al respecto, y nos pasamos
todo el resto de aquel día, hasta el anochecer, gateando sobre la grava,
buscando en vano más.
También tengo algunas dudas acerca del pedernal de Teilhard, ya que es
el único elemento de Piltdown que fue, indudablemente, encontrado in
situ. Todos los demás especímenes procedían de montones de grava que habían
sido excavados y extendidos sobre el suelo, o su origen no puede ser fijado con
certeza. Ahora bien, in situ puede significar dos cosas (y los
registros no nos permiten hacer una distinción). Puede significar que el lecho
de grava estaba expuesto en un foso, en un farallón, o en un corte de la carretera
(en cuyo caso cualquiera podría haber metido el pedernal). Pero puede
significar también que Teilhard llegó hasta la capa de grava a través del suelo
sin excavar que la cubría (en cuyo caso, sólo él pudo poner allí el pedernal).
Una vez más, este argumento me parece tan sólo sugerente, no definitivo.
Es el punto más débil de todos y de ahí que lo haya puesto al final de la
lista. Tal vez Teilhard fuera simplemente un observador particularmente agudo.
Conclusiones
¿Qué podemos decir de todo esto? Sólo puedo imaginarme tres
conclusiones. En primer lugar, es posible que Piltdown simplemente haya
engañado a otra víctima ingenua, yo mismo en esta ocasión. Tal vez no haya
hecho más que encontrarme con una terrible serie de coincidencias. ¿Podrían ser
todos los deslices de las cartas errores inocentes de un hombre anciano;
el comme par exprés una licencia literaria; su no utilización
del mejor argumento del que disponía, un simple descuido; su conspicuo
silencio, aparte de unas pocas menciones superficiales e inevitables, tan sólo
un aspecto de una compleja personalidad que nadie ha conseguido penetrar; su
profunda turbación, tan sólo otra faceta de esa misma personalidad; los dientes
de elefante e hipopótamo, propiedad de Dawson…? Simplemente no puedo creerlo.
Las coincidencias van convirtiéndose en improbabilidades, al ir aglutinándose
cada vez más elementos independientes para formar un esquema. La piedra de
toque de cualquier buena teoría es su capacidad de hacer que tenga sentido una
serie de observaciones, por lo demás independientes e inexplicables. Asumamos,
pues, que Teilhard sabía que Piltdown era un fraude, al menos, a partir de
1920.
Nos quedan dos posibilidades. ¿Fue Teilhard inocente en el campo en
Piltdown? ¿Se tropezó acaso con el fraude más tarde (tal vez al descifrar la
inconsistencia de Piltdown 2)? ¿Mantuvo entonces silencio por lealtad a Dawson,
que le había dado su amistad o porque no quería meterse en un avispero sin
estar completamente seguro? Pero ¿por qué entonces hizo tantos intentos por
exonerar a Dawson, en sus cartas a Oakley? Dawson, después de todo, le habría
utilizado y se habría aprovechado de su juvenil inocencia con la misma crueldad
con la que había engañado a Smith Woodward. Y ¿por qué escribió a Oakley con
una serie de verdades a medias que incorporan, como único esquema, un intento
de exonerarse? ¿Por qué tanto embarazo y un silencio tan conspicuo, si había acertado
en sus deducciones, pero no había estado lo suficientemente seguro como para
decirlo?
Alan Ternes, editor de Natural History, hizo la interesante
sugerencia de que tal vez Teilhard, como sacerdote, se hubiera enterado de la
estafa a través de una confesión de Dawson que no podría revelar. No he podido
averiguar si Dawson era católico; no creo que lo fuera. Pero me dicen que el
sacerdote puede considerar los actos de contrición de otros cristianos
bautizados como información privilegiada. Esta es la versión más sensata que he
escuchado acerca de la hipótesis de que Teilhard estuviera al corriente del
fraude, aunque no participara en él. Explicaría su silencio, su turbación,
incluso el comme par exprés. Pero, en ese caso, ¿por qué tuvo que
construir Teilhard una teoría tan complicada y tan cogida por los pelos acerca
de la inocencia de Dawson en su primera carta a Oakley? La confesión tal vez le
obligara a mantenerse en silencio, pero dudo que le obligara a defender al
culpable por medio de la mentira.
¿Y por qué aparecen esos deslices y medias verdades, en busca de su
propia exoneración, en las cartas subsiguientes?
Esto nos lleva a una tercera explicación: que Teilhard fue un
co-conspirador activo, junto con Dawson, en Piltdown. Tan sólo así adquieren
sentido el esquema de las cartas de Teilhard a Oakley, el artículo de 1920, su
subsiguiente silencio, la intensa turbación.
Esta conclusión plantea dos cuestiones finales. En primer lugar, y
volviendo a mi introducción, las conspiraciones tienen tendencia a extenderse.
Una vez admitido Teilhard en el complot, ¿no deberíamos acaso preguntarnos si
no habría más gente implicada? De hecho, varias personalidades informadas
tienen fuertes sospechas acerca de algunos jóvenes subordinados del Museo
Británico. Yo he restringido mis trabajos al papel desempeñado por Teilhard;
creo que pueden haber participado más personas.
En segundo lugar, ¿qué hay acerca del motivo? Por aplastante que sea, la
evidencia no puede satisfacernos, en ausencia de una explicación razonable de
por qué Teilhard pudo hacer una cosa así. Aquí no veo grandes problemas, aunque
debemos replantear Piltdown (al menos en lo que a Teilhard se refiere) como una
broma que fue demasiado lejos, no como un intento malicioso de engañar.
Teilhard no era el solemne ascético, ni el místico transportado o
estático, que sus publicaciones sugieren en ocasiones. Era un hombre
apasionado: un auténtico héroe en la guerra, un verdadero aventurero en el
campo, un hombre que amaba la vida y a las personas, que luchaba por
experimentar el mundo en todos sus placeres y dolores. Supongo que Piltdown no
fue para él más que una broma deliciosa… al principio. En Hastings era un
naturalista aficionado, sin expectativas de una carrera profesional en la paleontología.
Probablemente compartiera la actitud hacia los profesionales que tan común es
entre sus colegas: aquí estoy si Dios no lo remedia. ¿Por qué tienen ellos la
fama, la reputación y el dinero? ¿Por qué están ellos sentados a sus mesas
recogiendo premios, mientras nosotros, con un conocimiento más profundo nacido
de nuestra experiencia, nos divertimos? ¿Por qué no hacemos algo para gastarles
una broma, para ver hasta qué punto podemos engañar a un profesional ingenuo? Y
además, qué broma tan espléndida para un francés, ya que por aquel entonces
Inglaterra no podía presumir de ningún fósil humano, mientras que Francia, con
sus Neandertales y Cro-Magnones, se erguía orgullosa como reina de la
antropología. ¡Qué idea tan irresistible: sembrar el suelo inglés con aquella
insensata mezcla entre un cráneo humano y una mandíbula de simio, y ver qué
podían sacar de ella los profesionales!
Pero la broma se agrió a toda velocidad. Smith Woodward cayó en la
trampa demasiado rápidamente y fue demasiado lejos. Teilhard fue destinado a
París para convertirse, después de todo, en un paleontólogo profesional.
Estalló la guerra, y Teilhard tuvo que partir justo en el momento en el que el
acto final, destinado a aplacar todo escepticismo, se ponía en marcha: Piltdown
2. Después murió Dawson en 1916, la guerra continuó hasta 1918 y la
paleontología profesional británica fue cayendo cada vez más en el fangal de la
aceptación. ¿Qué podía decir Teilhard a finales de la guerra? Dawson no podría
corroborar su historia. El trabajo y las carreras de otros conspiradores podían
estar en juego. Toda admisión por parte de Teilhard hubiera destrozado
irrevocablemente la carrera profesional que tanto deseaba, que tan pocas
esperanzas había tenido de emprender, y en cuyo umbral se hallaba en aquel
momento lleno de promesas. ¿Qué otra cosa podía decir que no fuera comme
par exprés?
¿Debemos entonces culpar a Teilhard, o perdonarle? No podemos limitarnos
a reír y olvidar. Piltdown absorbió la atención profesional de muchos
magníficos científicos. Desorientó a millones de personas durante cuarenta
años. Proyectó una falsa luz sobre los procesos básicos de la evolución humana.
Las carreras son demasiado cortas y el tiempo demasiado precioso, para poder
contemplar tanto desperdicio con ecuanimidad.
Pero ¿quiénes de entre nosotros hubieran podido o querido hacer honor a
la verdad en la posición de Teilhard? Por desgracia, las intenciones no siempre
están en correlación con sus efectos en nuestro complejo mundo; no obstante,
creo que debemos juzgar al hombre fundamentalmente por sus intenciones. Si
Teilhard hubiera actuado por malicia o en busca de una recompensa, no sentiría
la más mínima simpatía por él. Pero no alcanzo a ver su participación de otro
modo que como un intento de gastar una broma que, inesperadamente, se convirtió
en una situación de amargura casi inconcebible. En mi opinión, Teilhard sufrió
por Piltdown durante toda su vida. Estoy convencido de que debió llorar
interiormente al ver cómo Smith Woodward, e incluso el propio Boule, hacían el
ridículo, aquellas personas que le habían ofrecido su amistad y que habían sido
sus maestros. ¿Estaría en su mente la angustia de Piltdown cuando realizó el
siguiente juramento, en las trincheras durante la primera guerra mundial?:
Estos días, he llegado a darme cuenta de algo muy elemental: que el
mejor modo de obtener algún tipo de reconocimiento para mis ideas sería
alcanzar, en el sentido más verdadero posible de la palabra, una «santidad» que
resulte manifiesta a los demás: no sólo a causa de la fuerza particular que
Dios otorgaría entonces a lo que de bueno pueda haber en mis aspiraciones y en
mi influencia, sino también porque nada podrá darme más autoridad sobre los
hombres que el que ellos me vean como alguien que les habla desde cerca de
Dios. Con Su ayuda habré de vivir mi «visión» plenamente, lógicamente, y sin
desviaciones. Nada hay más infeccioso que el ejemplo de una vida gobernada por
convicciones y principios. Y ahora me siento suficientemente atraído por una
vida así, y suficientemente equipado para ella.
Teilhard pagó su deuda y vivió una vida plena; que todos sepamos hacer
lo mismo.
17. Réplica a los críticos
No puedo fingir ni una triste y académica sorpresa, ni la herida
indignación de un crítico amigable calificado de ruin y deshonesto. Sabía lo
que iba a ocurrir cuando publiqué el anterior ensayo. Jamás he estado tan
seguro de una retribución rápida, desde la ocasión que conseguí un golpe que
nos hizo ganar el partido (un triple) una tarde soleada de 1950. (En mi campo
de béisbol improvisado, los home runs pasaban por encima del
edificio de enfrente, pero los triples atravesaban las ventanas del tercer
piso.) Si el infierno no conoce mayor furia que la de la mujer burlada, los
auténticos creyentes no conocen mayor desilusión que la de un dios humanizado.
Teilhard fue una figura de culto internacional a finales de la década de 1950 y
durante la de 1960. Su estrella es hoy en día menos brillante, ya que la
variabilidad constituye la norma en cuestiones de modas, pero existe un núcleo
de devotos suyos que siguen agitando su estandarte y se mantiene presto a
aplastar cualquier sugerencia de que el comportamiento de Teilhard pudiera
haber sido menos digno (o más humano) que la más rarificada idea de una etérea
santidad. Nada de lo que yo diga hará que retiren sus perros de presa, pero
permítaseme que reitere para aquellos que estén algo más dispuestos a escuchar:
palabra de honor, no entra dentro de mis propósitos intentar destruir a
Teilhard. En mi opinión, era un hombre complejo y fascinante, mucho más
atractivo como ser humano real que la figura de cartón celestial que sus
devotos veneran. También, aunque evidentemente no sea yo quien debe decirlo, es
cierto que le perdono, si es que hizo lo que sospecho que hizo. Era joven; no
actuó en busca de beneficios, ni monetarios ni personales; sufrió; mantuvo una
total y admirable lealtad hacia todos los implicados; no buscó excusas.
Una vez que me he quitado este peso de encima, pasaré, al formular esta
respuesta, a ignorar la mayor parte de los comentarios personales y
vituperaciones que me han sido dirigidos. También me abstendré de comentar el
mayor volumen de cartas amistosas y de apoyo, excepto para decir: «Muchas
gracias por comprender lo que intentaba hacer».
El comentario negativo más serio vino en dos oleadas. Entre los seis y
los nueve meses posteriores a la publicación de mi artículo, en agosto de 1980,
recibí respuestas que no aportaban nuevas informaciones, pero que ofrecían
interpretaciones diferentes (en respaldo de la inocencia de Teilhard) de los
mismos datos por mí presentados, normalmente con argumentaciones a las que yo
mismo me había anticipado y (al menos según mi criterio) ya había rebatido. Las
tres piezas más interesantes de este tipo (de los profesores Dodson, Washburn y
Von Koenigswald) fueron publicadas junto con mi respuesta en el número de junio
de 1981 de Natural History. No las he incluido aquí, tanto porque
no deseo sobrecargar este volumen con mis pasiones privadas sobre este tema,
como porque, en mi opinión, ni los comentarios ni la respuesta a ellos añadían
nada sustantivo al debate. Pero aquellas personas que tengan un especial
interés en el tema, en particular aquellas que no compartan mi opinión,
deberían consultar la revista en vez de aceptar mi palabra.
En la segunda oleada empezaron a aparecer, por fin, refutaciones basadas
en informaciones nuevas. Discutiré todos los puntos importantes que me han
llamado la atención. En mi opinión, el intenso escrutinio al que ha sido
sometido el caso por mí presentado no ha conseguido, hasta el momento,
debilitarlo; aunque los lectores deberán juzgar por sí mismos si esta
afirmación no hace más que reflejar mi propio ciego egoísmo, o una juiciosa
exposición de los hechos.
Otras interpretaciones de las cartas de Teilhard a Oakley
Como uno de mis dos argumentos de convicción, planteaba que Teilhard
había cometido un desliz crucial en las fechas, al afirmar que Dawson le había
indicado el lugar donde había descubierto los restos de Piltdown 2. Pero en la
cronología «oficial» este segundo hallazgo se produjo en 1915, mientras
Teilhard había sido alistado en el ejército francés en 1914, y jamás volvió a
ver a Dawson. Discutí tres interpretaciones «inocentes» de este desliz, en mi
artículo original, ofreciendo las razones por las que prefería una cuarta
lectura: que Teilhard estaba al corriente de Piltdown 2 porque o bien había
planificado, o bien había discutido este futuro episodio con Dawson antes de
partir.
Mary Lukas, biógrafa de Teilhard y mi crítica más persistente, ofreció
su primera refutación relevante inmediatamente tras la publicación de mi
artículo. Afirmaba que Kenneth Oakley y yo, y todos los que habían leído las
cartas de Oakley, las habíamos malinterpretado sistemáticamente. Afirmaba que
Teilhard no se estaba refiriendo a la segunda localización de Piltdown (la que
se supone que dio a la luz sus fósiles en 1915), sino a un segundo pozo de la
primera localización (que podría haber sido excavado antes de 1913). Pero esto
no puede ser, dado que cada una de las tres veces que Teilhard menciona este
segundo hallazgo, se refiere a él explícitamente como el lugar «donde
supuestamente fueron hallados los dos pequeños fragmentos de cráneo y el molar
suelto entre los escombros». Sólo hubo un lugar en el que se encontraron dos
fragmentos de cráneo y un molar: la segunda localización,
«descubierta» por Dawson en 1915. Dado que Lukas ha escrito desde entonces
varios trabajos atacando mi hipótesis, aunque sin volver a tocar este punto,
asumiré que ha reconocido su falta de validez.
El principal artículo de miss Lukas apareció en la revista jesuita America,
correspondiente al 23 de mayo de 1981. Es fundamentalmente una argumentación
detallada (y correcta) en favor de un punto clave diferente. En pocas palabras,
invierte la mayor parte de su artículo en demostrar que Dawson probablemente
llevara a Teilhard a la localización de Piltdown 2 en 1913. Ella caracteriza mi
planteamiento con las siguientes palabras:
Dado que en su carta a Oakley Teilhard parecía demostrar que tenía
conocimiento previo de los planes de Dawson, al admitir que había visto la
segunda localización de Piltdown antes de que ninguna otra persona lo hubiera
hecho, Teilhard, según el señor Gould, debió ser culpable junto con Dawson en
el caso de Piltdown.
Una vez retratado así mi planteamiento, y tras demostrar que Dawson, en
efecto, mostró la segunda localización a Teilhard, Lukas concluye su
refutación:
Teilhard podría haber visto, en efecto, la localización 2, el campo
arado de Sheffield Park, justamente en el momento en el que, posteriormente, le
dijo a Oakley que lo había visto: durante el verano de 1913.
Espero que los lectores cuidadosos del ensayo original se habrán dado
cuenta de que Lukas me cita de modo totalmente erróneo, y que jamás he puesto
en duda que Dawson enseñara a Teilhard la localización de Piltdown 2 en 1913.
Lo dije explícitamente en mi artículo original: «Teilhard visitó, en efecto,
la segunda localización con Dawson en 1913, pero no encontraron nada. Dawson
"descubrió" los huesos del cráneo de Piltdown 2 en enero de 1915, y
el diente, en julio de 1915».
Es una cuestión clara y de dominio público que Dawson mostró la segunda
localización a varias personas antes de 1915, y no sólo a Teilhard en 1913,
sino también a Smith Woodward, y varias veces, en 1914 (como mencionaba también
en mi artículo). Pero estas visitas no llevaron a ningún descubrimiento
de fósiles. Los huesos de Piltdown 2 fueron «oficialmente» desenterrados en
1915, después de que Teilhard abandonara Inglaterra para unirse al ejército
francés. Y aun así, Teilhard manifestaba haber tenido conocimiento de los
hallazgos antes de su partida. Lukas ha dedicado grandes esfuerzos a demostrar
algo que todo el mundo sabe y admite, y que no es en absoluto relevante al caso
en discusión.
Si bien es cierto que estas dos argumentaciones no me preocuparon en
absoluto, una tercera, planteada en abril de 1981, me pareció inicialmente
mucho más seria. De hecho, estaba dispuesto a retractarme de esta parte de mi
argumentación (comprometiendo seriamente todo el caso), si podía demostrarse
que la afirmación era real. En pocas palabras, el doctor J. S. Weiner, uno de
los detractores originales de Piltdown y autor de un magnífico libro que
plantea las pruebas de la complicidad de Dawson (The Piltdown Forgery,
Oxford University Press, 1955), pronunció una conferencia en la Universidad de
Georgetown, como parte de la celebración del centenario del nacimiento de
Teilhard. Llevó consigo una carta, no publicada hasta entonces, de Dawson a
Smith Woodward fechada el 3 de julio de 1913. Los informes acerca de la
conferencia (no fui invitado y no asistí) mantenían que la carta hablaba de
hallazgos fósiles (no simplemente de visitas infructuosas) en la segunda
localización en 1913. De hecho, la carta de 1913 supuestamente informaba acerca
del descubrimiento de un fragmento de cráneo que posteriormente se convertiría
en parte de los materiales de Piltdown 2. Ahora bien, si Dawson efectivamente
había «hallado» materiales en Piltdown 2 en 1913, podría perfectamente
habérselo mencionado a Teilhard (por qué no, si ya había escrito a Smith
Woodward), y mi caso se evaporaba. (Después de todo, no podría acusar a
Teilhard por su afirmación de que había visto los tres especímenes de Piltdown
2, cuando Dawson le había hablado tan sólo del fragmento de cráneo. Un recuerdo
claro de algún hallazgo fósil podría, al cabo de cuarenta
años, confundirse con la totalidad de los hallazgos.)
Así pues, fui a los archivos del Museo Británico (donde se encuentra el
original de la carta), en febrero de 1982, con enorme zozobra y sentimiento de
humildad. Pero no tardé en averiguar que la carta del 3 de julio no habla
acerca del material de Piltdown 2 en absoluto; todos los indicios condujeron,
después de todo, a una pista falsa. La carta dice:
Mi querido Woodward:
He recogido la parte frontal de un cráneo humano esta tarde en un campo arado
cubierto de grava de pedernal. Es un lugar nuevo, muy lejos de Piltdown, y la
grava yace a 15 metros por debajo del nivel de Piltdown, y entre 12 y 15 metros
por encima del lecho actual del río. No es un cráneo grueso,
pero podría ser un descendiente de Eoanthropus. El arco supra orbitario es
ligero en el borde, pero pleno y prominente sobre la nariz. Estaba oscureciendo
y llovía cuando dejé el lugar, pero he marcado el sitio… [Las cursivas son de
Dawson.]
Ahora bien, el material de Piltdown incluye dos fragmentos de cráneo,
uno de ellos un frontal, y uno es notablemente más delgado que los fragmentos
de cráneo distintivos y notablemente gruesos de Piltdown 1. Pero el fragmento
delgado de Piltdown 2 es un occipital, no un frontal (esto es, un fragmento de
la parte trasera, no la delantera, del cráneo). (También está astutamente
cortado para imitar la porción más delgada del cráneo de Piltdown 1, evitando
así levantar sospechas por sus diferencias.) El fragmento frontal de Piltdown 2
es tan grueso como el material craneano de Piltdown 1; de hecho (visto
retrospectivamente) es parte del mismo cráneo utilizado para
construir la falsificación original. Así pues, el fragmento frontal delgado descrito
por Dawson en 1913 no forma parte del material de Piltdown 2. De hecho, el
propio Dawson reconocía las diferencias en su carta de 1913 y especulaba con
que el delgado fragmento frontal podría «pertenecer a un descendiente de Eoanthropus»
(Eoanthropus era la designación taxonómica oficial del hombre de
Piltdown).
Esta solución me satisfizo mucho, porque la historia de la carta de 1913
no tenía mucho sentido. Si Dawson había, efectivamente, encontrado un trozo de
cráneo de Piltdown 2 en 1913, entonces ¿por qué dio parte de su hallazgo en su
primera carta explícita acerca de esta localización el 9 de enero de 1915?
Reconozco, por supuesto, que esto nos deja con otro misterio interesante por
resolver, a saber: ¿qué ocurrió con el delgado fragmento de frontal descrito en
la carta de 1913? Porque jamás vuelve a mencionársele por lo que yo sé, y no
forma parte de los hallazgos de Piltdown. No tengo ni idea, y no conozco
ninguna posible fuente de evidencias al respecto. Conjeturaría que Dawson se lo
mostró a Smith Woodward y que decidieron que era precisamente lo que Dawson
había sugerido: un descendiente de Piltdown, de hecho, un fragmento de un
cráneo moderno, y que, por consiguiente, no le prestaron más atención. Quizá,
por esta vez, Smith Woodward no cayó en la trampa, y Dawson decidió no forzar
su suerte.
Por supuesto, reconozco que puede construirse, a través de la
interpretación correcta de la carta de 1913, un escenario en el que Teilhard
queda libre de toda culpa: Dawson le habló a Teilhard acerca del fragmento de
1913; Teilhard sabía por aquel entonces que no tenía nada que ver con una
segunda localización coetánea a la de Piltdown 1; sabía también que no procedía
de la localización de Piltdown 2 que había visitado con Dawson en 1913; luego
olvidó todo eso y recordó que se había encontrado algo, en algún lugar, en
1913, y confundió esta información con el posterior hallazgo de Piltdown 2.
Pero una conjetura tan complicada constituye un caso extremadamente poco
convincente. Desde luego, no resulta más convincente que la afirmación, más
sencilla y relacionada con ésta, que planteé y rechacé en el artículo original:
que Teilhard sólo vio la localización de Piltdown 2, pero que cuarenta años más
tarde le falló la memoria y creyó recordar que Dawson le había hablado también
de los fósiles.
La naturaleza de la vida de Teilhard en Ore Place
Bajo la rúbrica clásica de la «oportunidad», varios críticos
familiarizados con la vida de los jesuitas han afirmado que Teilhard estaba tan
atado por las reglas de su seminario que no podría haber pasado el suficiente
tiempo en privado con Dawson para imaginar y ejecutar semejante plan.
Karl Schmitz-Moorman, editor de la excelente edición facsímil de las
obras técnicas de Teilhard, planteó dos argumentos a este respecto (Teilhard
Newsletter, vol. 14, julio de 1981; miss Lukas los reitera en un artículo
relacionado con éstos en el mismo número, como también lo hizo Thomas M. King,
S.J., de la Universidad de Georgetown, en una comunicación privada dirigida a
mí). En primer lugar, razona Schmitz-Moorman, las estrictas reglas de los
jesuitas mantuvieron a Teilhard virtualmente confinado en sus alojamientos o
acompañado por otros jesuitas cuando estaba en el exterior; en otras palabras,
no tuvo oportunidad para conspirar en privado:
Teilhard estaba siempre sometido a supervisión cuando trabajaba en el
campo durante sus años de seminario. Lo mismo puede decirse de su vida dentro
del seminario. En cualquier momento podían abrirse las puertas para dar paso a
los superiores que entraban a ver cómo iban los estudiantes. Las reglas eran
muy estrictas (p. 3).
En segundo lugar, Schmitz-Moorman nos recuerda que Teilhard no era un
visitante frecuente de la localización de Piltdown 1: «Cuando Teilhard abandonó
Inglaterra, el verano de 1912, para iniciar sus estudios en París, sólo había
estado una vez en Piltdown» (p. 3). También excavó allí, junto con Dawson y
Smith Woodward, en dos ocasiones, en agosto de 1913. Ore Place, el seminario de
Teilhard, se encontraba a unos sesenta kilómetros de Piltdown.
Debo rechazar la premisa del segundo razonamiento y la afirmación del
primero. «Para que hubiera podido tomar parte en el fraude de Piltdown
—argumenta Schmitz-Moorman— Teilhard hubiera tenido que realizar multitud de
visitas a Uckfield en el este de Sussex» (p. 3), la localización de Piltdown.
Pero ¿por qué? ¿Acaso todos los conspiradores tienen que tirar del gatillo?
Jamás he acusado a Teilhard de poner él mismo los fragmentos en el suelo;
siempre he dado por supuesto que Dawson tenía ese papel asignado. Había
multitud de otras cosas que hacer: sólo para comenzar, obtener, romper y tratar
los especímenes.
* * * *
El primer argumento de Schmitz-Moorman me recuerda la inmortal
distinción de Casey Stengel entre categorías generales y casos específicos.
(Cuando le preguntaron por qué había echado a perder la opción de enrolamiento
de los Mets con un receptor particularmente inepto, Stengel comentó: «Si uno no
tiene un receptor lo más probable es que tenga un montón de bolas pasadas».) El
mismo problema (a la inversa) se plantea con Schmitz-Moorman. No pongo en duda
su generalización acerca de la vida en los seminarios de jesuitas. Pero el
registro específico referente a Ore Place indica que Teilhard disponía de
libertad más que suficiente para trabajar con Dawson. En primer lugar, sus
propias cartas (véase la Bibliografía) hablan de una frecuencia y un alcance de
sus excursiones muy por encima de lo que las reglas generales habrían
permitido. En segundo lugar, la biografía «oficial» de Teilhard (Teilhard de
Chardin, por Claude Cuénot, p. 12) dice lo siguiente:
Gracias a la actitud liberal del rector de Hastings, a Teilhard se le
permitía emprender más a menudo paseos y excursiones científicas, en los que
encontraba especímenes que ofrecía al Museo Británico o al Museo de Hastings.
Había trascendido ya la categoría de amateur y empezaba a manifestar
una clara inclinación hacia la paleontología de los vertebrados.
Naturaleza de las relaciones entre Dawson y Teilhard
Peter Costello, un investigador independiente de Dublín y autor de un
libro acerca de Piltdown, encontró cartas, previamente inéditas, de Teilhard a
Dawson en los archivos del Museo Británico (Historia Natural). Costello (1981,
véase la Bibliografía) publicó una de las cartas, sugiriendo que su tono
suponía una refutación de mi hipótesis. Cito la carta entera y la
interpretación de Costello. El 10 de julio de 1912, Teilhard le escribía a
Dawson:
Querido señor Dawson:
Lamento comunicarle que me es imposible ir a Lewes la semana que viene, debido
a que tengo que salir de Hastings el martes. Espero, no obstante, que volvamos
a excavar juntos en las gravas de Uckfield: el año próximo posiblemente estudie
Historia Natural en Francia, y es probable que pase mis vacaciones en
Inglaterra. Si es así, haré, desde luego, todo lo posible por verle. Hasta que
pueda darle mi dirección definitiva, puede escribirme a «Cháteau de Sarcenat,
par Oreines, Puy-de-Dóme».
Le estoy muy agradecido por su amabilidad conmigo durante estos últimos cuatro
años. Lewes constituirá, sin duda, uno de los mejores recuerdos que guarde de
Inglaterra, y puede tener la seguridad de que rezaré a menudo a Dios pidiéndole
que bendiga Castle Lodge [la residencia de Dawson].
Afectuosamente suyo,
P. Teilhard
Costello concluye (1981, pp. 58-59):
Sugiero que esta carta de despedida, tan conmovedora en su expresión de
agradecimiento, demuestra, al igual que las demás de la serie, que la relación
entre Dawson y Teilhard era una relación de mentor y pupilo, y que no existía
conspiración alguna entre ellos.
No veo de qué forma esta carta habla en favor o en contra del caso por
mí propuesto. Si uno lleva mucho tiempo viendo películas de gángsters al estilo
antiguo, y desarrolla una visión particularmente acartonada de las
conspiraciones, entonces supongo que es posible que uno crea que todos los
participantes en ellas han de ser escurridizos, degenerados, absolutamente
perversos y carentes de cualquier cualidad admirable. Pero yo más bien sospecho
que los conspiradores no están tan lejos del hombre medio. No veo por qué no
habrían de mostrar lealtad el uno para con el otro, agradecer los favores
prestados, e incluso mostrar deferencia ante las grandes diferencias de edad y
experiencia. ¿Acaso todos los conspiradores deben ser iguales? ¿Acaso no han
conspirado nunca «mentor y pupilo»? ¿Debemos exonerar a Teilhard porque él y
Dawson no se trataran de tú en la formal Inglaterra inmediatamente post
eduardiana? La carta resulta conmovedora y, efectivamente, presenta a Teilhard
bajo una luz admirable. Las personas son complejas, con abundantes defectos y
virtudes. Yo siempre he argumentado que las virtudes de Teilhard eran mayores
que el principal defecto que he intentado identificar.
Costello implica (en la afirmación citada anteriormente) que su
evidencia es múltiple y que «las demás de la serie» confirman el tono de la
carta que cita. Tal vez yo no rebuscara con la suficiente asiduidad en los
archivos del Museo Británico, pero tan sólo pude encontrar otra carta de
Teilhard dirigida a Dawson, breve y poco informativa, del 21 de junio de 1912,
en la que se limitaba a comunicar a Dawson su inminente partida y le pedía que
le visitara para seleccionar fósiles de su colección para el Museo Británico.
En otras palabras, pienso que Costello ha citado todo aquello de lo que
dispone.
Pero yo también hice algunos descubrimientos por mi cuenta acerca de la
relación entre Dawson y Teilhard, según viene reflejada en las cartas de los
archivos del Museo Británico. Si bien es cierto que los archivos contienen
pocas cartas de Teilhard, tienen un gran número de Dawson; y éstas ponen en
entredicho la principal afirmación de que Dawson y Teilhard solamente se
conocían formalmente y de manera superficial. La elevada densidad de
referencias a Teilhard en las cartas de Dawson (dirigidas en su mayor parte a
Smith Woodward) señala la existencia de una fuerte relación entre los dos
hombres y, en especial, de una particular solicitud por parte de Dawson hacia
Teilhard.
Consideremos, por ejemplo, una serie de cartas de Dawson a Smith
Woodward en 1915, tras partir Teilhard hacia el frente. El 9 de marzo, Dawson
escribe: «Le adjunto una postal de Teilhard desde el frente francés. Él, sin
duda, se alegraría con cualquier literatura que pudiera usted mandarle». El 3
de abril afirma: «Teilhard ha sido trasladado a un lugar próximo a las líneas
inglesas en Flandes. Dice que está bien “de cuerpo y mente”». Y el 3 de julio,
en la misma carta en la que anunciaba el «descubrimiento» del molar de Piltdown
2, Dawson afirmaba: «Teilhard escribió ayer; está bien y por el momento se
encuentra en un lugar tranquilo». (Por desgracia, nadie ha conseguido localizar
ni un solo fragmento de esta correspondencia entre Dawson y Teilhard. Por lo
que a mí respecta, me encantaría saber qué contenía.) Me gustaría proponer que
este grado de contacto indica un nivel de amistad y de preocupación mutuas, muy
superior al que mis críticos admiten. El contacto limitado es tan crucial para
ellos como esta demostrada amistad lo es para mí.
* * * *
La correspondencia prebélica entre Dawson y Smith Woodward muestra un
esquema similar. Seis cartas escritas entre octubre de 1909 y octubre de 1911
mencionan a Teilhard y sus trabajos en la recolección de fósiles. El ritmo va
en aumento tras la primera notificación de Dawson de su hallazgo del cráneo de
Piltdown a Smith Woodward, el 14 de febrero de 1912. Entre esa fecha y el 21 de
noviembre de ese mismo año, otras seis cartas mencionan a Teilhard.
En mi opinión, en lo relativo a este punto y a otros, todos mis críticos
han utilizado un estilo peculiar de razonamiento que viene a ser una
negativa a priori de tomarse en serio mis planteamientos; esto
es, Costello, Lukas y Schmitz-Moorman argumentan, al unísono, que debo estar
equivocado porque el registro escrito no aporta evidencias directas de ninguna
conspiración. Costello me escribió (4 de septiembre de 1981): «En ninguna parte
existe nada escrito que pueda sugerir que conspiraban juntos». Lukas escribe
(1981, véase la Bibliografía): «De acuerdo con sus cartas, tanto las publicadas
como las inéditas, dirigidas a su familia y amigos, la relación de Teilhard con
Dawson era todo menos íntima». Y más adelante: «Antes de la aventura de
Piltdown, Teilhard y Dawson se vieron, al parecer, tan sólo en cuatro
ocasiones».
Pero sin duda, si existe algún principio regulador de las
conspiraciones, podríamos afirmar que los conspiradores normalmente no escriben
extensas narraciones en el momento de los hechos (al margen de las posteriores
confesiones por dinero o expiación). Si Teilhard y Dawson estaban conspirando,
sus maquinaciones, obviamente, no aparecerían en cartas dirigidas a padres y
amigos, o en cartas conservadas del uno para el otro. Para identificar una
conspiración se deben buscar esquemas implícitos en el registro conocido, no
confesiones explícitas del momento.
Así pues, y a modo de conclusión, creo que nadie ha planteado
argumentaciones poderosas contra mi caso y que, en un área, he apuntalado mi
versión al conocer la extensión del interés de Dawson por Teilhard, tal y como
queda expresada en sus cartas a Smith Woodward. Más aún, a pesar de todas las
críticas dirigidas a mi primer punto importante (las cartas a Oakley), mis
detractores han permanecido en un conspicuo silencio acerca de mi segunda
argumentación de peso (el silencio de Teilhard referente a Piltdown, en sus
amplias publicaciones acerca de la evolución humana). Cuanto más pienso acerca
de esto, tanto más curioso me parece (curiouser and curiouser, como
decía la inmortal Alicia).
Desde que escribí el artículo original, otro pequeño detalle, que hace
aún más desconcertante el silencio de Teilhard, ha llegado hasta mí. Cuando el
hombre de Pekín fue descubierto, su cráneo fue incorrectamente reconstruido,
con lo que daba una capacidad, como el Piltdown, que entraba dentro de las
proporciones humanas modernas. Esto desató un torbellino de comentarios acerca
de las relaciones entre Piltdown y Pekín. Ahora bien, Teilhard estaba en China
contribuyendo (como geólogo) a los hallazgos originales de Pekín. Era el único
de los allí presentes que tenía conocimiento personal de Piltdown. Y aun así,
por lo que he podido averiguar, no dijo nada de nada. Su propio maestro,
Marcellin Boule, publicó un trabajo comparando los cráneos de Pekín y de Piltdown.
Incluía extensas citas de Teilhard acerca de la geología en las excavaciones de
Pekín, pero ni una sola palabra suya acerca de los cráneos.
Una vez más lo repito: si Teilhard consideraba que el material de
Piltdown era genuino, el cráneo[29] representaba
la evidencia directa más poderosa en favor del postulado por él más querido, y
que motivó todo su trabajo acerca de la evolución espiritual en el hombre:
linajes paralelos múltiples ascendiendo hacia la dominación del espíritu sobre
la materia. Y jamás mencionó Piltdown, aparte de media docena de referencias
rápidas e inevitables y casi avergonzadas. ¿Por qué?
Por si los lectores piensan que todas las especulaciones acerca de
Piltdown se han dirigido últimamente en contra de la implicación de Teilhard,
añado que el doctor L. Harrison Mattews, uno de los grandes decanos de la
zoología británica (véase el ensayo 11) y conocedor personal de prácticamente
todos los implicados en el caso original, ha publicado su reconstrucción, de la
extensión de una novela, en New Scientist (véase la
Bibliografía). El ve la necesidad de la participación de Teilhard, pero
desarrolla una situación enormemente complicada, en la que Dawson emprende el
fraude solo, Teilhard reconoce lo que Dawson está haciendo y, para que Dawson
sepa que ha sido descubierto y prevenirle contra futuras estafas, Teilhard
fabrica, coloca y encuentra el canino él mismo; entonces interviene la guerra,
Dawson muere, y Teilhard se ve obligado a guardar silencio. Doy la bienvenida a
esta percepción básica de que no es posible excluir a Teilhard, pero en mi
opinión su caso es excesivamente complejo, del modo más difícil imaginable:
para que fuera cierto, todos y cada uno de dos docenas de sucesos no
documentados tendrían que haber ocurrido tal y como Harrison Mattews los
explica. Sigo proponiendo el punto de vista más sencillo: que Teilhard cooperó
con Dawson, al menos desde 1912 hasta su partida hacia el frente.
En su último comentario público acerca de Piltdown, Kenneth Oakley, que
murió el 2 de noviembre de 1981, escribió una carta al New
Scientist (publicada póstumamente el 12 de noviembre de 1981), en la
que ponía de manifiesto su desacuerdo con Harrison Mattews. No sé qué opinión
tenía del caso por mí presentado en el momento de su muerte. Pero a la
publicación de mi artículo original escribió, por invitación, una carta a The
Times (Londres) en la que afirmaba que, en ausencia de pruebas
definitivas, debería otorgársele a Teilhard el beneficio de la duda. (Si yo
fuera un juez, y esto fuera un proceso legal con unos criterios tan
necesariamente distintos a los de la indagación histórica, no podría por menos
que estar de acuerdo. Un buen amigo comentó acerca de mi artículo original que
había establecido las bases para un proceso, pero no para una condena.) También
he visto afirmaciones, procedentes de una carta privada de Oakley, en la que,
argumentando a partir de la carta de 1913 de Dawson dirigida a Smith Woodward,
rechaza mi primera afirmación basada en las cartas intercambiadas entre
Teilhard y Oakley, pero no afirma, explícitamente, creer en la inocencia de
Teilhard. He indicado ya por qué, en mi opinión, la carta de 1913 resulta
irrelevante para el caso por mí presentado. Es bien conocido por varios de los
amigos íntimos de Oakley que tuvo, durante mucho tiempo, sospechas de que
Teilhard estuvo activamente implicado en, al menos, un aspecto del caso.
Saco esto a colación porque algunos críticos me han acusado de falta de
honestidad por imputar a Oakley una actitud más favorable hacia mi caso que la
que de hecho mantenía. Sólo puedo afirmar que envié una copia del artículo
original a Oakley antes de su publicación, en la que le preguntaba directamente
si le había citado correctamente y si aprobaba mi versión de su actitud. Él me
escribió (el 6 de junio de 1980): «Leí su artículo completo sin encontrar nada
(de importancia) que pudiera desear que alterara».
Como comentario final, debo expresar que mis sentimientos son ambiguos
dos años después de escrito el artículo original. Estoy encantado de ver que mi
hipótesis sigue siendo fuerte y no se ha visto debilitada (admito que en mi
opinión sesgada) tras una serie de comentarios penetrantes e intensamente
negativos. Por otra parte, confieso que tenía secretas esperanzas, alimentadas
tal vez por mi propia visión excesivamente heroica de la vida. Esperaba que
algún anciano bajara de una montaña o saliera de un monasterio con un documento
amarillento conteniendo la confesión de Teilhard. O que algún amigo de
confianza abriera una caja de seguridad de un banco e hiciera pública la «carta
para ser leída en el centenario de mi muerte, o cuando alguien descubra mi implicación
en Piltdown». No ha ocurrido nada de eso. Nadie ha planteado argumentaciones
válidas en mi contra, pero tengo que admitir que tampoco ha aparecido nada
demasiado importante en mi favor. Empecé el primer ensayo acerca de Piltdown
(incluido en El pulgar del panda) antes de que mi interés por el
papel de Teilhard fuera excesivo, con las palabras: «Nada resulta tan
fascinante como un misterio añejo». Y eso sigue siendo Piltdown, aunque me
gustaría añadir que nada me resultaría tan satisfactorio como una resolución
definitiva.
18. Nuestro lugar en la naturaleza
Cuando Linneo intentó clasificar todos los seres vivos en 1758, puso a
su gran obra el nombre de Systema Naturae, el «sistema de la
naturaleza». Los biólogos de todas las generaciones posteriores a él han
inundado la literatura científica de sistemas generales alternativos. El
contenido cambia, pero la pasión por construir sistemas permanece. Nuestro
impulso por buscarle sentido a la complejidad que nos rodea, de ponerlo todo
junto, desborda nuestra precaución natural frente a tan sobrecogedor trabajo.
Esta tradición de construir sistemas generales en la biología se ve
impregnada por una curiosa ironía. Los biólogos presentan sus sistemas o bien
como verdades necesarias de una lógica superior, o como conclusiones
ineluctables extraídas de unos poderes de observación incomparables; en otras
palabras, como visiones objetivas de la naturaleza, no apreciadas hasta el
momento. De hecho, estos sistemas comparten tan sólo una propiedad, y esta no
es ni la objetividad, ni una sabiduría superior. Son, en el fondo, intentos de
resolver una (tal vez la) cuestión cardinal de la historia del
intelecto: ¿cuál es el papel y la condición de nuestra propia especie, Homo
sapiens, en la naturaleza y en el cosmos?
Los sistemas pueden utilizar dos estrategias en su intento de impregnar
de sentido el «lugar del hombre en la naturaleza», por utilizar la frase de T.
H. Huxley. Una estrategia, la de la verja, en mi propia terminología (véase el
ensayo 12 en El pulgar del panda), imagina un orden generalizado
para el resto de la naturaleza, pero dejando aparte a los seres humanos con una
etiqueta de superioridad. Así, Charles Lyell visualizaba un mundo en continuo
cambio y movimiento, pero que siempre seguía siendo el mismo: sustitución sin
mejora. Sólo el hombre, una imposición de perfección moral sobre un mundo
estable, rompía el esquema de cambios sin progreso. A. R. Wallace atribuía
todos los rasgos de los organismos al poder moldeador de la selección natural,
a excepción de un producto de inspiración divina: el cerebro humano.
* * * *
La segunda estrategia aborda la cuestión desde el lado opuesto, para
perseguir el mismo objetivo: un lugar dentro de la naturaleza que dé algún
sentido a nuestras vidas. Esta estrategia plantea que no existe separación
alguna entre el hombre y la naturaleza. Estas teorías de la continuidad pueden
dirigirse en dos direcciones, y discutiré un reciente ejemplo de cada una de
ellas como representantes de una larga tradición de argumentos incorrectos. La
primera visión (la denominaré zoo céntrica) construye principios generales a
partir del comportamiento de otros animales y después incluye al hombre por
completo en esos principios, ya que después de todo, e innegablemente, somos
también animales. La segunda visión (que llamaré antropocéntrica) intenta
incluir en nosotros a la naturaleza, considerando que nuestras peculiaridades
son el objetivo de la vida desde sus comienzos.
* * * *
La propia teoría evolutiva tiene un núcleo adecuadamente zoocéntricos.
Los principios generales no pueden surgir del comportamiento de una única
especie, y aun así todas las especies deben conformarse a esos principios. El
papel de este suave zoocentrismo en el derribo de las sólidas verjas que
existían antes de los tiempos de Darwin tiene la categoría de gran
acontecimiento en la historia del pensamiento humano. Pero la visión zoo
céntrica puede llegar demasiado lejos, convirtiéndose en una caricatura llamada
la falacia del «tan sólo» (los humanos son «tan sólo» animales).
Las versiones simplistas de la sociobiología humana que hoy inundan la
literatura de divulgación encarnan esta versión exagerada del zoocentrismo. La
sociobiología no es simplemente cualquier afirmación de que la biología, la
genética y la teoría evolutiva tienen algo que ver con el comportamiento
humano. La sociobiología es una teoría específica acerca de la naturaleza de la
aportación genética y evolutiva al comportamiento humano. Descansa sobre el
criterio de que la selección natural es un arquitecto prácticamente
omnipotente, que va construyendo los organismos pieza por pieza en forma de
soluciones óptimas a los problemas de la vida en ambientes locales. Fragmenta
los organismos en «características», explica su existencia como si fueran un
conjunto de soluciones óptimas y argumenta que cada característica es un
prodigio de la selección natural que actúa «en favor» de la forma o
comportamiento en cuestión. Aplicado a los seres humanos, debe contemplar
comportamientos específicos (no simplemente potenciales en
general), adaptaciones construidas por la selección natural y arraigadas en
determinantes genéticos, ya que la selección natural es la teoría del cambio
genético. Así, se nos presentan unas especulaciones no demostradas e
indemostrables acerca de la base adaptativa y genética de comportamientos
humanos específicos: por qué algunas (o todas) las personas son agresivas,
xenófobas, religiosas, codiciosas u homosexuales.
El zoocentrismo es la principal falacia de la sociobiología humana, ya
que esta visión del comportamiento humano se basa en la argumentación de que si
las acciones de los animales «inferiores», con sus sistemas nerviosos simples,
surgen como productos genéticos de la selección natural, el comportamiento
humano debería tener una base similar. Los seres humanos somos también
animales, ¿no? Sí, pero animales con una diferencia. Y esa diferencia surge, en
parte, como resultado de una enorme flexibilidad basada en la complejidad de un
cerebro de gran tamaño y de la base, potencialmente cultural y no genética, de
los comportamientos adaptativos; aspectos de la construcción humana que dejan
de lado cualquier extrapolación zoo céntrica, desde el porqué algunos insectos
se comen a su pareja, hasta el asesinato en las familias humanas.
Irónicamente, el zoocentrismo de la sociobiología humana es, a menudo,
una ilusión que esconde un modo de razonamiento exactamente opuesto.
Previamente he argumentado que los sistemas «objetivos» son, con frecuencia,
mascaradas inconscientes que reflejan una imposición sobre la naturaleza de
nuestros propios prejuicios y esperanzas. Buena parte de la sociobiología
humana comercia con la idea de que si pueden hallarse comportamientos humanos
distintivos, aunque sea en forma rudimentaria, entre los animales «inferiores»,
entonces estos comportamientos deben ser también «naturales» en los seres
humanos, un producto de la evolución biológica. Los sociobiólogos se ven
frecuentemente engañados por similitudes equívocas, externas y superficiales,
entre los comportamientos de los seres humanos y otros animales. Asignan
nombres humanos a lo que hacen otras criaturas y hablan de esclavitud entre las
hormigas, violación en los ánades reales y adulterio entre los ruiseñores
azules montanos.[30] Dado
que estas «características» se dan entre los animales «inferiores», pueden ser
consideradas, entre los seres humanos, como naturales, genéticas y adaptativas.
Pero jamás han existido fuera del contexto humano. Si los machos de ánade real
parecen obligar a las hembras, físicamente más débiles, a copular, ¿qué posible
relación, al margen de las apariencias superficiales, por otra parte totalmente
carentes de significado, puede tener semejante acto con la violación en los
seres humanos? Nadie puede argumentar que ambos comportamientos son realmente
homólogos, esto es, que estén basados en los mismos genes heredados de un
antepasado común. Si la similitud es significativa, tan sólo podrá ser análoga,
esto es, tan sólo podrá reflejar un diferente origen evolutivo, aunque realice
la misma función biológica. Y no obstante, el comportamiento de los ánades en
cuestión forma parte del repertorio normal, y parece tener una utilidad
evidente en el incremento de la eficacia reproductiva de los machos; mientras que,
por el contrario, la violación en los seres humanos constituye una patología
social enraizada en el poder y en la impotencia, no en el sexo y la
reproducción.
¿No es esto un mero refunfuñar pedante? ¿Acaso los términos humanos no
constituyen una taquigrafía simpática, gráfica y aceptable de lo que todos
reconocemos como una realidad más compleja? No, cuando un colega describe las
respuestas agresivas de los machos de ruiseñores azules montanos hacia otros
machos en las inmediaciones de su nido con las siguientes palabras: «El término
`adulterio' es aquí empleado sin rubor…, sin comillas, ya que creo que refleja
una auténtica analogía con el concepto humano… También podemos profetizar que
la aplicación continuada de este enfoque evolutivo iluminará, también
considerablemente, varias debilidades humanas».
¡Qué historia tan vieja! Ponemos un espejo ante la naturaleza y nos
vemos a nosotros mismos y a nuestros prejuicios reflejados en él. Los ejemplos
históricos abundan. Aristóteles describía la gran abeja que encabeza el
enjambre como el «rey», y esta errónea identificación de la única hembra sexual
de los alrededores persistió durante casi dos mil años, al menos hasta un
madrigal isabelino que estuve cantando la semana pasada: «En verdad te amo como
a la primavera / o las abejas a su cuidadoso rey»[31] (cuidadoso
en el sentido de ofrecer cuidados, de estar pendiente, no en el sentido de
precavido). Los sistemas zoocéntricos fracasan, fundamentalmente, porque jamás
son lo que pretenden ser. El comportamiento «objetivo» de los animales, en el
que incluyen los actos humanos, es una imposición de las preferencias humanas,
ya desde el primer momento.
Los más venerables sistemas antropocéntricos tienen, al menos, la virtud
de reconocer explícitamente su naturaleza. Toman en serio a Protágoras en su
afirmación de que «el hombre es la medida de todas las cosas», y tan sólo
vacilan ante la hybris de argumentar que la evolución abordó
su elaborado trabajo, que llevó tres mil quinientos millones de años, para
generar tan sólo la pequeña ramita que llamamos Homo sapiens. Los
sistemas antropocéntricos pasaron de moda entre los científicos, al menos en
Inglaterra y Norteamérica, ya desde los tiempos de Darwin, pero hace unos pocos
años apareció una versión que disfrutó de una popularidad espectacular: el
sistema de un hombre del que hemos hablado en un contexto muy diferente, en
otro lugar de esta sección: el sacerdote jesuita, y distinguido paleontólogo,
Pierre Teilhard de Chardin.
A la muerte de Teilhard, en 1955, sus especulaciones evolutivas,
prohibidas durante mucho tiempo por las autoridades eclesiásticas, salieron a
la luz, y su éxito de ventas, El fenómeno humano, se convirtió en
un libro de culto en la década de 1960. La prosa florida y mística de Teilhard
resulta a menudo más difícil de descifrar que el papel que desempeñó en
Piltdown, pero creo que las líneas generales de su argumentación pueden
expresarse con sencillez. (Un teilhardiano convencido podría acusarme de ser un
científico superficial y sin corazón. Pero la prosa difícil y enrevesada puede
ser simplemente confusa, no profunda. La visión de Teilhard es rica en su
alcance y su tradición —ya que no es más que una vieja argumentación revestida
de una nueva terminología—, pero la esencia de su posición puede, no obstante,
ser expresada en palabras propias del lenguaje cotidiano.)
* * * *
Teilhard creía que la evolución se desarrolla en una dirección concreta
e irreversible. Para comprender la naturaleza de ese movimiento no tenemos que
echar la vista atrás hacia el origen de la vida y sus propiedades físicas, sino
observar su producto más reciente: el propio Homo sapiens. La vida
ha estado moviéndose en nuestra dirección en todo momento. El desarrollo de la
vida muestra una predominancia, en continuo aumento, del espíritu sobre la
materia. Este ineluctable incremento de la conciencia puede captarse estudiando
dos de sus productos materiales: entre los animales inferiores, los sistemas
nerviosos difusos y simples se transforman en órganos centralizados (cerebros)
con partes subsidiarias; entre los animales superiores, los cerebros van aumentando
de tamaño y complejidad a lo largo de la evolución. En un ensayo
autobiográfico, Teilhard escribió:
En realidad, nunca, ni por un momento, puse en cuestión la idea de que
la espiritualización progresiva de la materia (que tan claramente me demostraba
la paleontología) pudiera ser otra cosa, o algo menos, que un proceso
irreversible. Por su naturaleza gravitacional, vi que el universo estaba
cayendo (cayendo hacia adelante) en la dirección del espíritu, como si esa
fuera su forma estable. En otras palabras, la materia no se veía ultra
materializada como en un principio hubiera pensado, sino que, por el contrario,
se metamorfoseaba en psique.
La evolución humana es la culminación de este progreso psíquico. En la
visión antropocéntrica, la vida sólo tiene sentido en términos de su
persecución del hombre. Somos parte inextricable de la naturaleza, porque ella
nos ha venido añorando desde un principio. En un manuscrito de 1952, acerca de
la socialización humana, Teilhard manifestaba:
La evolución humana no es más que la continuación natural, a nivel
colectivo, del proceso perenne y acumulativo de disposición «psicogenética» de
la materia a la que llamamos vida… La totalidad de la historia de la humanidad
no ha sido más (y de ahora en adelante nunca será otra cosa) que un explosivo
brote de cerebración cada vez mayor… La vida, plenamente entendida, no es un
accidente en el universo, ni el hombre lo es en la vida. Por el contrario, la
vida culmina físicamente en el hombre, del mismo modo que la energía culmina
físicamente en la vida.
Dado que la evolución recorre un sendero dirigido, el árbol de la vida
no es una red de ramificación aleatoria, sino un manojo de ramas atadas en su
base por la genealogía, que divergen a lo largo de su historia y que, aun así,
siempre se mueven básicamente en la misma dirección. La energía de la materia
impone la divergencia; la fuerza de la conciencia creciente impone un avance
común hacia arriba. Las especies emparentadas deberían formar un juego de linajes
múltiples paralelos, cada uno de ellos divergiendo en su adaptación al
ambiente local, pero cada uno mejorando continuamente su relación
espíritu-materia. Teilhard escribió en 1922 que «la evolución… se resuelve en
innumerables líneas que divergen hasta tal extremo, que parecen paralelas».
Con la aparición del hombre, la evolución ha alcanzado un punto crucial.
Se ha acumulado el suficiente espíritu como para alcanzar la autoconciencia. De
hecho, ha aparecido una nueva capa en la estructura concéntrica de la Tierra.
Teilhard alababa al gran geólogo austríaco Eduard Suess por introducir el
término «biosfera» como añadido a las capas concéntricas tradicionales de la
litosfera y la atmósfera. Pero la conciencia, según Teilhard, ha añadido otra
capa más: «la superficie humana psíquicamente reflexiva… la noosfera».
Teilhard describe la noosfera como una realidad física, como una capa
delgada y frágil que hoy se extiende sobre toda la Tierra, tras la aparición de
antecesores humanos procedentes de África y su subsiguiente migración a todos
los continentes. En un manuscrito de 1952 escribió: «Por encima de la antigua
biosfera se extiende hoy una "noosfera". En cuanto a la realidad
material de este enorme acontecimiento, nadie estará en desacuerdo». En un
ensayo póstumo, publicado cuatro años más tarde, describía la noosfera como
«esa maravillosa sábana de materia humanizada y socializada que, a pesar de su
increíble delgadez, ha de ser considerada, positivamente, como la unidad
planetaria más nítidamente individualizada y más específicamente distintiva de
todas las hasta ahora reconocidas».
La emergencia de una noosfera, ahora tan delgada y frágil, representa el
punto crucial de la evolución universal. En 1930 Teilhard escribió:
El fenómeno del Hombre representa nada menos que una transformación
general de la Tierra, con el establecimiento sobre su superficie de una nueva
capa, la capa pensante, más vibrante y más conductiva, en un sentido, que todos
los metales; más móvil que todos los fluidos; más expandible que todos los
vapores … Y lo que le da a esta metamorfosis toda su grandiosidad es que no se
produjo como evento secundario o accidente fortuito, sino en forma de un punto
crucial, esencialmente preordenado, desde el principio, por la naturaleza de la
evolución general de nuestro planeta.
La evolución ha alcanzado ya su punto medio. Hasta aquí, a pesar del
progresivo aumento de espíritu, la materia ha dominado y los linajes
evolutivos, a pesar de moverse en la misma dirección general, han sido
constantemente divergentes. Pero la noosfera señala el comienzo del dominio del
espíritu sobre la materia. Al ir ganando predominancia el espíritu empezará la
convergencia. La frágil noosfera se hará más gruesa. La dirección de mil
millones de años se verá invertida y los linajes conscientes (al menos en el
seno de Homo sapiens) empezarán a converger, al ir triunfando
rápidamente el espíritu sobre la materia.
La convergencia ha comenzado ya en el proceso de la socialización
humana. En términos de mecánica vulgar, la evolución cultural humana puede ser
un proceso diferente a la evolución biológica darwiniana, pero ambas participan
en una unidad superior como aspectos secuenciales de la dirección universal. La
socialización humana, escribe Teilhard, ha engendrado «un proceso vasto y
específico de convergencia físico-psíquica …, cuya súbita aparición y
aceleración en el curso del último siglo tal vez sea el acontecimiento más
revolucionario registrado hasta el momento en la historia humana … El mundo
humano está decididamente atrapado, hoy y para siempre, en una vorágine de
unificación que se estrecha irresistible».
La carrera hacia la convergencia debe concentrarse y acelerarse hasta
que todo espíritu, más libre cada vez del lastre de la materia, se amalgame en
un punto único que Teilhard denominó Omega, identificado con Dios y, por lo que
yo sé, concebido como una realidad, no como una metáfora o un símbolo. Describe
esta apoteosis gráficamente, si bien no con perfecta claridad, en El
fenómeno humano:
El movimiento convergente alcanzará tal intensidad y tal calidad que la
humanidad, considerada como un todo, se verá obligada… a converger sobre sí
misma en un punto único… a abandonar su adherencia órgano-planetaria, para
poder proyectarse sobre el centro trascendente de su creciente concentración.
Este será el fin y la apoteosis del espíritu en la Tierra.
El fin del mundo: la
introversión global interna sobre sí misma de la noosfera, que simultáneamente
ha alcanzado el límite más alto de su complejidad y su centralidad.
El fin del mundo: el
derrocamiento del equilibrio, liberando la mente, plena al fin, de su matriz
material, para que por siempre descanse, con todo su peso, en Dios-Omega.
* * * *
Y así, la evolución durante miles de millones de años, produjo tal vez
un centenar de millones de especies de plantas, insectos y gusanos por el
camino, todo para lograr, a través de una especie dotada de conciencia, la
unión del espíritu con Dios en espléndida concentración en el punto Omega. Toda
la vida anterior existió por nosotros y por aquello en lo que nosotros nos
convertiríamos. Como el feto flotante que encarna la promesa del futuro al
final de 2001: Una odisea del espacio, nosotros (o más
bien nuestra capa espiritual, cada vez más gruesa, proyectada hacia lo alto)
somos los herederos y el propósito de toda vida anterior. Este es el colmo de
la visión antropocéntrica.
¿Qué puede decirse sobre semejante planteamiento? ¿Sería acaso
excesivamente literal y mezquino decir que parece fracasar en sus únicos puntos
de contacto comprobable con el registro fósil? Pocos paleontólogos son capaces
de discernir ninguna tendencia general, y mucho menos inevitable, hacia un
incremento en la cerebración en la historia de la vida. La mayor parte de las
especies animales son insectos, ácaros, copépodos, nematodos, moluscos, y sus
primos; y yo, al menos, no consigo ver ninguna tendencia generalizada entre
ellos hacia el dominio del espíritu sobre la materia. El árbol evolutivo me
recuerda más un matorral complejo y enmarañado, que un manojo de ramas
paralelas que crecen hacia arriba en una dirección definida. Por supuesto, soy
consciente de que Teilhard utilizaba el término evolución en un sentido
metafísico, para identificar las leyes del progreso cósmico, no en el sentido
habitual en que lo usamos nosotros para especificar la mecánica del cambio
orgánico (que Teilhard reconoció y estudió, pero al que llamó transformisme).
Los trabajos técnicos de Teilhard en paleontología son sobrios y correctos,
pero se ocupan del transformisme, y existen en un mundo discursivo
totalmente distinto del de su visión antropocéntrica de la evolución cósmica.
Tal vez el problema de todas estas visiones, tanto zoocéntricos como
antropocéntricas, sea nuestra inclinación a construir sistemas generales que lo
abarquen todo. Tal vez simplemente no funcionen. Tal vez deban verse derrotados
por la complejidad y ambigüedad inherentes a nuestro lugar en la naturaleza.
¿Cómo podemos erigir una verja, estando los seres humanos tan inextricablemente
ligados a la naturaleza? ¿Cómo podemos optar por una continuidad completa, ya
sea de abajo arriba, a partir de otros animales (zoo céntrica), o de arriba
abajo, a partir de los seres humanos (antropocéntrica), cuando los seres
humanos son tan especiales, para bien o para mal? No somos más que una ramita
diminuta de un árbol que incluye, al menos, un millón de especies de animales;
pero nuestro único gran invento evolutivo, la conciencia (un producto natural
de la evolución, integrado en un marco temporal carente de méritos especiales),
ha transformado la superficie de nuestro planeta. Echen un vistazo a la Tierra
desde la ventanilla de un avión. ¿Ha habido alguna otra especie que haya dejado
tantos signos visibles de su implacable presencia?
Vivimos en una tensión esencial e irresoluble entre nuestra unidad con
la naturaleza y nuestra peligrosa unicidad. Los sistemas que intentan situarnos
y extraer sentido de nosotros, concentrándose exclusivamente en la unicidad o
en la unidad, están condenados al fracaso. Pero no debemos dejar de hacer
preguntas porque las respuestas sean complejas y ambiguas. No podemos hacer
nada mejor que seguir la recomendación de Linneo, encarnada en su descripción
de Homo sapiens en el seno de su sistema. Él describió a las
demás especies por el número de sus dedos, su tamaño, su color; para nosotros,
en lugar de datos anatómicos, se limitó a repetir la máxima socrática: conócete
a ti mismo.
Capítulo 5
Ciencia y política
Contenido:
19. La evolución como hecho y como teoría
20. Una visita a Dayton
21. Moon, Mann y Otto
22. La ciencia y la inmigración judía
23. La política del censo
19. La evolución como hecho y como teoría
[32][33] Kirtley
Mather, que murió el año pasado a los noventa años de edad, era un pilar tanto
de la ciencia como de la religión cristiana en Norteamérica, y uno de mis
amigos más queridos. La diferencia de edades de casi medio siglo se evaporaba
frente a nuestros intereses comunes. La cosa más curiosa que compartíamos era
una batalla que libramos cada uno de nosotros a la misma edad. Pues Kirtley
había ido a Tennessee con Clarence Darrow para testificar en favor de la
evolución en el caso Scopes de 1925. Cuando pienso que estamos de nuevo
enzarzados en la misma lucha por uno de los conceptos mejor documentados, más
convincentes y excitantes de toda la ciencia, no sé si reír o llorar.
De acuerdo con los principios idealizados del discurso científico, el
despertar de cuestiones aletargadas debería representar la aparición de datos
frescos, capaces de dar una vida renovada a ideas abandonadas. Aquellos que se
encuentran fuera del debate actual pueden, por lo tanto, ser perdonados por
pensar que los creacionistas han aparecido con algo nuevo, o que los
evolucionistas se enfrentan a algún grave problema interno. Pero nada ha
cambiado; los creacionistas no han presentado ni un solo dato o argumento más.
Darrow y Bryan, al menos, resultaban más entretenidos que nosotros, pobres
antagonistas de hoy. El ascenso del creacionismo no es más que, pura y
simplemente, política; representa un tema (y ni mucho menos la principal
preocupación) de la resurgente derecha evangélica. Las argumentaciones que hace
tan sólo una década parecían tonterías han vuelto a incorporarse a la corriente
principal.
El ataque básico de los creacionistas se cae a pedazos por dos motivos
generales, antes siquiera de que lleguemos a supuestos detalles factuales de su
asalto a la evolución. En primer lugar, atacan a través de una
malinterpretación vernácula de la palabra «teoría» para transmitir la falsa
impresión de que nosotros, los evolucionistas, estamos encubriendo el podrido
núcleo de nuestro edificio. En segundo lugar, hacen mal uso de una filosofía
popular de la ciencia para argumentar que se comportan científicamente al
enfrentarse a la evolución. Y, no obstante, esa misma filosofía demuestra que
su propia creencia no es ciencia, y que «creacionismo científico» es una frase
carente de significado y contradictoria en sí misma, un ejemplo de lo que
Orwell llamó «novalingua» [newspeak].
En vernáculo norteamericano, «teoría» suele significar «dato
imperfecto»: parte de una jerarquía de confianza que va, en sentido
descendente, de los hechos a la teoría, de ahí a las hipótesis, y de éstas a la
suposición. Así, los creacionistas pueden argumentar (y lo hacen): la evolución
es «sólo» una teoría, y hoy existen intensos debates en torno a multitud de
aspectos de esa teoría. Si la evolución es algo menos que un hecho y los
científicos ni siquiera son capaces de ponerse de acuerdo acerca de la teoría,
entonces ¿cómo vamos a tener confianza en ella? De hecho, el presidente Reagan
se hizo eco de esta argumentación ante un grupo de evangélicos de Dallas cuando
dijo (en lo que espero que sólo fuera retórica de campaña): «Bueno, es una
teoría. Es sólo una teoría científica y en los últimos años ha sido puesta en
tela de juicio en el mundo de la ciencia; esto es, la comunidad científica no
piensa que sea tan infalible como lo fue en tiempos pasados».
Bueno, la evolución es una teoría. Es también un hecho. Y los hechos y
las teorías son cosas diferentes, no escalones de una jerarquía de certidumbre
creciente. Los hechos son los datos del mundo. Las teorías son estructuras de
ideas que explican e interpretan los hechos. Los hechos no se marchan mientras
los científicos debaten teorías rivales para explicarlos. La teoría de la
gravitación de Einstein reemplazó a la de Newton, pero las manzanas no se
quedaron colgadas en medio del aire pendientes de este resultado. Y los seres
humanos evolucionaron, a partir de antepasados simiescos, ya fuera por medio
del mecanismo propuesto por Darwin o por algún otro, aún por descubrir.
Más aún, «hecho» no significa «certidumbre absoluta». Las pruebas
finales de la lógica de las matemáticas fluyen deductivamente a partir de
premisas planteadas y alcanzan la certidumbre tan sólo porque no tratan el
mundo empírico. Los evolucionistas no afirman estar en posesión de la verdad
perpetua, aunque los creacionistas lo hacen a menudo (y después nos atacan por
un tipo de argumentaciones que ellos mismos practican). En ciencia, «hecho»
sólo puede significar «confirmado hasta tal punto que sería perverso no ofrecer
nuestro asentimiento provisional». Supongo que es posible que las manzanas
empiecen a flotar hacia arriba mañana, pero semejante posibilidad no merece que
se le dedique la misma atención en las clases de física.
Los evolucionistas hemos tenido clara esta distinción, entre hechos y
teoría, desde el principio, aunque sólo sea porque siempre hemos reconocido
cuán lejos estamos de comprender completamente los mecanismos (teoría) por
medio de los cuales la evolución (hecho) se ha producido. Darwin destacaba
continuamente la diferencia entre sus dos grandes y separados logros: el
establecimiento de la evolución como un hecho, y la proposición de una teoría
(la selección natural) para explicar el mecanismo de la evolución. En El
origen del hombre escribió: «Tenía dos objetivos distintos en mente:
en primer lugar, mostrar que las especies no habían sido creadas por separado,
y en segundo lugar, que la selección natural había sido el principal agente del
cambio… Por consiguiente, si he errado en… haber exagerado su poder [el de la
selección natural]…, espero al menos que habré hecho un buen servicio al ayudar
a desbancar el dogma de las creaciones separadas».
Así, Darwin reconocía la naturaleza provisional de la selección natural,
mientras afirmaba el hecho de la evolución. El fructífero debate teórico que
Darwin inició no ha cesado en ningún momento. Desde la década de 1940 a la de
1960, la teoría de Darwin de la selección natural logró de hecho una hegemonía
de la que jamás disfrutó en vida suya. Pero nuestra década viene caracterizada
por la renovación de los debates y, mientras que ningún biólogo pone en
cuestión la importancia de la selección natural, muchos dudan hoy de su
ubicuidad. En particular, hay muchos evolucionistas que argumentan que existen
cantidades sustanciales de cambio genético que pueden no estar sometidas a la
selección natural y que pueden extenderse al azar a través de las poblaciones. Otros
están poniendo en tela de juicio la ligazón que Darwin estableció entre la
selección natural y el cambio natural e imperceptible, a través de todos los
grados intermedios: argumentan que la mayor parte de los sucesos evolutivos
pueden ocurrir mucho más rápidamente de lo que suponía Darwin.
Los científicos consideran los debates acerca de cuestiones
fundamentales de la teoría como un signo de salud intelectual y como una fuente
de emociones. La ciencia es (¿y de qué otro modo podría decirlo?) más divertida
cuando juega con ideas interesantes, examina sus implicaciones y reconoce que
la información anterior podría ser explicada de formas sorprendentemente
nuevas. La teoría evolutiva disfruta ahora de este infrecuente vigor. No
obstante, entre todo este bullicio, ni un solo biólogo se ha visto llevado a
dudar del hecho de que la evolución se ha producido; estamos debatiendo cómo ocurrió.
Todos estamos intentando explicar la misma cosa: el árbol evolutivo que enlaza
a todos los organismos por medio de la genealogía. Los creacionistas pervierten
y caricaturizan este debate, olvidando convenientemente la convicción común que
le subyace, y sugiriendo falsamente que dudamos del fenómeno mismo que
intentamos comprender.
En segundo lugar, los creacionistas afirman que «el dogma de las
creaciones separadas», como lo caracterizó Darwin hace un siglo, es una teoría
científica merecedora de igual atención que la evolución en los planes de
estudio de biología de los institutos. Pero un punto de vista popular entre los
filósofos de la ciencia pone en su lugar esta argumentación creacionista. El
filósofo Karl Popper lleva manteniendo desde hace décadas que el principal
criterio de la ciencia es la falsabilidad de sus teorías. Nunca podemos
demostrar absolutamente, pero podemos falsar. Una serie de ideas que no pueden,
por principio, ser falsarias, no son ciencia.
Todo el programa creacionista incluye poco más que un intento retórico
de falsar la evolución, presentando supuestas contradicciones entre sus
defensores. Su modelo de creacionismo, según ellos, es «científico» porque
sigue el modelo poparían, al intentar demoler la evolución. Y no obstante, la
argumentación de Popper debe aplicarse en las dos direcciones. Uno no se
convierte en un científico por el simple acto de intentar falsar un sistema
rival y verdaderamente científico; uno debe presentar un sistema alternativo
que también se ajuste al criterio de Popper: también él debe ser falsable en
principio.
«Creacionismo científico» es una frase que se contradice a sí misma; sin
sentido, precisamente porque no puede ser falsada. Puedo imaginarme
observaciones y experimentos capaces de falsar cualquier teoría evolutiva de
las que conozco, pero no puedo imaginar qué datos potenciales podrían llevar a
los creacionistas a abandonar sus creencias. Los sistemas imbatibles son dogma,
no ciencia. En caso de que pueda parecer brutal o retórico, cito al principal
intelectual del creacionismo, el doctor Duane Gish, en su reciente libro
(1979) Evolution? The Fossils Say No! (¿Evolución? Los fósiles
dicen: ¡No!):
Por creación entendemos el dar existencia, por parte de un creador
sobrenatural, a los tipos básicos de plantas y animales por el proceso de
creación repentina o fíat. No sabemos cómo creó el
Creador, qué procesos utilizó, ya que Él hizo uso de procesos
que no operan hoy en ningún lugar del universo natural. Es por esto por lo que
nos referimos a la Creación denominándola creación especial. No podemos
descubrir, por medio de investigaciones científicas, nada acerca de los
procesos creativos utilizados por el Creador [la cursiva es de Gish].
Díganos, por favor, doctor Gish, a la luz de su última frase, ¿qué es
entonces el creacionismo «científico»?
Nuestra confianza en que la evolución tuvo lugar se centra en tres
argumentaciones generales. En primer lugar, tenemos evidencias directas
abundantes, procedentes de la observación, de la evolución en acción, tanto en
el campo como en el laboratorio. Esta evidencia va desde incontables
experimentos acerca del cambio, en casi cualquier cosa, en las moscas del
vinagre sometidas a selección artificial en el laboratorio, hasta las famosas
poblaciones de polillas británicas que se volvieron negras cuando el hollín
industrial oscureció los árboles sobre los que descansan. (Las polillas
obtienen protección frente a las aves depredadoras de vista aguda
confundiéndose con el fondo.) Los creacionistas no niegan estas observaciones:
¿cómo iban a hacerlo? Los creacionistas han reajustado su actuación. Argumentan
que Dios sólo creó «tipos básicos», dejando un margen para un limitado
vagabundeo evolutivo en su seno. Así, los perritos falderos y los grandes
daneses proceden del tipo perro y las polillas pueden cambiar de color, pero la
naturaleza no puede convertir un perro en un gato, ni un mono en un hombre.
El segundo y tercer argumentos en favor de la evolución (la tesis en
favor de los grandes cambios) no implican una observación directa de la
evolución en acción. Descansan sobre la inferencia, pero no por ello son menos
seguros. Los grandes cambios evolutivos requieren demasiado tiempo para su
observación directa, ya sea a la escala de la historia registrada o no. Todas
las ciencias históricas reposan sobre la inferencia, y la evolución no difiere
de la geología, la cosmología o la historia humana en este aspecto. Por
principio, no podemos observar procesos que operaron en el pasado. Debemos
inferirlos a partir de los resultados que aún nos rodean: organismos vivientes
y fósiles, en el caso de la evolución; documentos y artefactos, en el de la
historia humana; estratos y topografía, en el caso de la geología.
La segunda argumentación (que la imperfección de la naturaleza pone de
relieve la evolución) le parece irónica a la mayor parte de la gente, ya que
piensan que la evolución debería quedar exhibida con elegancia en la adaptación
casi perfecta expresada por algunos organismos: la curvatura del ala de una
gaviota, o las mariposas que no pueden verse sobre un fondo de hojas caídas por
lo bien que las imitan. Pero la perfección podría ser impuesta indistintamente
por un sabio creador o ser desarrollada por selección natural. La perfección
borra los datos de la historia pasada. Y la historia pasada (la evidencia del
origen) es la marca de la evolución.
La evolución queda expuesta en las imperfecciones que
registran una historia de descendencias. ¿Por qué debería correr una rata,
volar un murciélago, nadar un delfín, y yo escribir este ensayo con estructuras
conseguidas con los mismos huesos, sino porque todos los heredamos de un
antepasado común? Un ingeniero que partiera de cero podría diseñar unas
extremidades mejores para todos y cada uno de los casos. ¿Por qué habrían de
ser marsupiales todos los grandes mamíferos nativos de Australia, si no
descendieran de un antecesor común aislado en este continente insular? Los
marsupiales no son «mejores» ni están idealmente acondicionados a Australia;
muchos han sido barridos por mamíferos placentarios, importados de otros
continentes por el hombre. Este principio de la imperfección se extiende a
todas las ciencias históricas. Cuando reconocemos la etimología de septiembre,
octubre, noviembre y diciembre (séptimo, octavo, noveno y décimo), sabemos que
el año, en otro tiempo, empezaba en marzo, o que debieron añadirse dos meses
adicionales al calendario original de diez.
La tercera argumentación es más directa: en el registro fósil aparecen a
menudo transiciones. Las transiciones conservadas no son comunes (y no deberían
serlo, con arreglo a como comprendemos la evolución —véase la siguiente
sección—), pero no faltan totalmente, como a menudo afirman los creacionistas.
La mandíbula inferior de los reptiles contiene varios huesos. La de los
mamíferos, uno solo. Los huesos mandibulares no mamiferianos van siendo
reducidos paso a paso en los antepasados de los mamíferos, hasta que se
convierten en diminutos huesecillos situados en la parte trasera de la
mandíbula. El «martillo» y el «yunque» del oído de los mamíferos son
descendientes de estos huesecillos. ¿Cómo pudo lograrse tal transición?,
preguntan los creacionistas. Sin duda, un hueso o pertenece por completo a la
mandíbula, o pertenece al oído. No obstante, los paleontólogos han descubierto
dos linajes de transición de terápsidos (los llamados reptiles mamiferianos)
con una doble articulación mandibular: una compuesta de los antiguos huesos
cuadrado y articular (que pronto se habrían de convertir en el martillo y el
yunque), y la otra formada por los huesos escamoso y dentario (como en los
mamíferos modernos). Por otra parte, ¿qué mejor forma de transición podríamos
esperar hallar que la del ser humano más antiguo, Australopithecus
afarensis, con su paladar simiesco, su postura erguida humana y una
capacidad craneana superior a la de cualquier simio del mismo tamaño corporal,
pero nada menos que 1.000 centímetros cúbicos inferior a la nuestra? Si Dios
hizo cada una de la media docena de especies humanas descubiertas en las rocas
antiguas, ¿por qué las creó en una secuencia temporal contínua de rasgos
progresivamente más modernos: capacidad craneana creciente, cara y dientes más
reducidos, mayor tamaño corporal? ¿Acaso creó para simular una evolución y
poner así a prueba nuestra fe?
Enfrentados con estos datos de la evolución, y con la bancarrota
filosófica de su propio credo, los creacionistas se apoyan en la distorsión y
las insinuaciones para respaldar sus retóricas afirmaciones. Si les parece que
lo que digo es agrio y cortante es que, en efecto, lo soy; y es que me he
convertido en un blanco preferido de estas prácticas.
Me cuento entre los evolucionistas que defienden un ritmo de cambio a
saltos, o episódico, más que uno suavemente gradual. En 1972, mi colega Niles
Eldredge y yo desarrollamos la teoría del equilibrio puntuado. Planteábamos que
dos datos destacados del registro fósil, el origen geológicamente «repentino»
de nuevas especies y su ausencia de cambio posterior (estasis), reflejan las
predicciones de la teoría evolutiva, no las imperfecciones del registro fósil.
En la mayor parte de las teorías, la fuente de nuevas especies son pequeñas
poblaciones aisladas, y el proceso de especialización precisa de miles o
decenas de miles de años. Todo este tiempo, tan largo si lo comparamos con
nuestras vidas, es un microsegundo geológico. Representa mucho menos de 1 por
100 de la vida media de una especie fósil de invertebrado: más de diez millones
de años. Por otra parte, no es de esperar que las especies grandes, muy
extendidas y bien establecidas, cambien mucho. En nuestra opinión, la inercia
de las grandes poblaciones explica la estasis de la mayor parte de las especies
fósiles a lo largo de millones de años.
Propusimos la teoría del equilibrio puntuando en gran medida por ofrecer
una explicación diferente a las tendencias que impregnan todo el registro
fósil. Las tendencias, argumentábamos, no pueden atribuirse a la transformación
gradual en el seno de los linajes, sino que deben surgir del éxito diferencial
de ciertos tipos de especies. Una tendencia, argumentábamos, se parece más a
subir un tramo de escaleras (puntuaciones y estasis) que a subir rodando por un
plano inclinado.
Dado que propusimos el equilibrio puntuado para explicar las tendencias,
resulta enfurecedor ser citado una y otra vez por los creacionistas (no sabría
si intencionadamente o por estupidez) como si admitiéramos que el registro
fósil no incluye formas de transición. Las formas de transición no existen
normalmente a nivel de las especies, pero son abundantes entre los grupos
mayores. Y, no obstante, un panfleto titulado «Científicos de Harvard reconocen
que la evolución es un engaño», afirma: «Los hechos del equilibrio puntuado de
Gould y Eldredge… están obligando a los darwinistas a comulgar con el cuadro
pintado por Bryan, y que Dios nos ha revelado en la Biblia».
Continuando con la distorsión, varios creacionistas han equiparado la
teoría del equilibrio puntuado con una caricatura de las creencias de Richard
Goldschmidt, un gran genético de la primera época. Goldschmidt argumentaba, en
un famoso libro publicado en 1940, que pueden aparecer nuevos grupos de golpe
por medio de grandes mutaciones. Hacía referencia a estos organismos,
súbitamente transformados, llamándolos «monstruos prometedores». (A mí me
atraen algunos aspectos de la versión no caricaturizada, pero la teoría de
Goldschmidt no tiene, a pesar de todo, nada que ver con el equilibrio puntuado;
véanse los ensayos de la sección 3 y mi ensayo explícito acerca de Goldschmidt
en El pulgar del panda.) El creacionista Luther Sunderland habla de
la «teoría del equilibrio puntuado y los monstruos prometedores», y dice a sus
esperanzados lectores que «equivale a una admisión tácita de que los anti
evolucionistas están en lo cierto, al afirmar que no existe evidencia fósil
alguna que apoye la teoría de que toda vida está relacionada a través de un
antepasado común». Duane Gish escribe: «Según Goldschmidt, y ahora, al parecer,
también según Gould, un reptil puso un huevo del que salió la primera ave, con
plumas y todo». Cualquier evolucionista capaz de creer semejante imbecilidad
sería expulsado a carcajadas, con toda razón, del mundo intelectual; no
obstante, la única teoría que podría visualizar semejante escenario para el
origen de las aves es el creacionismo, con Dios actuando sobre el huevo.
Los creacionistas me irritan y me divierten a la vez; pero,
fundamentalmente, me producen una profunda tristeza. Por muchas razones.
Tristeza porque una gran cantidad de las personas que responden a la llamada
creacionista están preocupadas por los motivos correctos, pero están
desahogando su ira en el blanco equivocado. Es cierto que los científicos a
menudo hemos sido dogmáticos y elitistas. Es cierto que con frecuencia hemos
permitido que nos representara la imagen del hombre con la bata blanca que dice
en los anuncios «los científicos dicen que la Marca X cura los sabañones diez
veces más deprisa que…». No la hemos combatido adecuadamente, porque el
aparecer como un nuevo sacerdocio nos otorgaba beneficios. También es cierto
que el poder sin rostro y burocrático del Estado cada vez se entromete más en
nuestras vidas y elimina opciones que deberían ser patrimonio de los individuos
y las comunidades. Puedo comprender que los programas de estudio de las
escuelas, impuestos desde arriba y carentes de aportaciones locales, puedan ser
considerados como un insulto más, por este motivo. Pero el culpable no es, y no
puede ser, la evolución ni ningún otro hecho del mundo natural. Hay que
identificar y combatir a los verdaderos enemigos, por supuesto, pero nosotros
no estamos entre ellos.
Me siento triste porque el resultado práctico de toda esta escandalera
no será una expansión para incluir el creacionismo (también eso me
entristecería), sino la reducción o la eliminación de la evolución de los
planes de estudio de las escuelas superiores. La evolución es una de la media
docena de «grandes ideas» desarrolladas por la ciencia. Habla de las profundas
cuestiones de la genealogía que nos fascinan a todos: el fenómeno de las
«Raíces» escrito con mayúsculas. ¿De dónde venimos? ¿Dónde surgió la vida?
¿Cómo se desarrolló? ¿De qué modo se hallan emparentados los organismos? Nos
obliga a pensar, meditar y maravillarnos. ¿Debemos privar a millones de
estudiantes de este conocimiento y volver a enseñar biología como una serie de
datos aburridos e inconexos, sin el hilo que teje los diversos materiales en
una unidad flexible?
Pero, más que ninguna otra cosa, me entristece una tendencia que empiezo
a discernir entre mis colegas. Siento que muchos quieren ahora hacer enmudecer
el sano debate en torno a la teoría que ha dado nueva vida a la biología
evolutiva. Según ellos es llevar el agua al molino creacionista, aunque sólo
sea a través de la distorsión. Tal vez debiéramos agazaparnos y reunirnos en
torno a la bandera del darwinismo estricto, al menos de momento; una especie de
religión a la antigua que está de nuestra parte.
Deberíamos tomar prestada otra metáfora y reconocer que también nosotros
tenemos que recorrer un sendero recto y estrecho, rodeado de caminos de
perdición. Porque si en algún momento empezamos a suprimir nuestros intentos de
comprender la naturaleza, a ahogar nuestra propia excitación intelectual en un
malhadado esfuerzo por presentar un frente unido donde no sólo no existe, sino
que no debe existir, entonces estaremos definitivamente perdidos.
20. Una visita a Dayton
En su recapitulación ante el tribunal, Clarence Darrow habló durante
tres días enteros para salvar las vidas de Nathan Leopold y Richard Loeb.
Culpables, está claro que lo eran, y tal vez del asesinato más brutal y sin
sentido de los años veinte. Al argumentar que eran víctimas de su educación,
Darrow no perseguía más que mitigar su responsabilidad personal y cambiar la
horca por una vida en la cárcel. Ganó, como solía hacer.
John Thomas Scopes, el acusado del siguiente caso famoso de Darrow,
recordaba la teoría sobre el comportamiento humano de su abogado en las
primeras líneas de una autobiografía publicada mucho tiempo después del famoso
«juicio de los monos» (véase la Bibliografía): «Clarence Darrow pasó su vida
argumentando, en realidad enseñando,… que un hombre es la suma de su herencia y
su ambiente». El mundo puede parecer caprichoso, pero los acontecimientos
tienen sus razones, por complejas que éstas sean. Estas razones conspiran para
llevar adelante los acontecimientos. Leopold y Loeb no eran agentes libres
cuando mataron a golpes a Bobby Franks, embutiendo su cuerpo después en una
alcantarilla, sólo para poner a prueba la idea de que el crimen perfecto podía
ser cometido por hombres de suficiente inteligencia.[34]
Deseamos encontrar razones para la insensatez manifiesta que nos rodea.
Pero las teorías deterministas, como la de Darrow, dejan de lado la genuina
aleatoriedad de nuestro mundo, una indeterminación que da sentido al antiguo
concepto del libre albedrío. Muchos acontecimientos, aunque tras su inicio se
desarrollan con creciente inevitabilidad, comienzan como una concatenación de
asombrosas improbabilidades. Y así fue como empezamos todos, como un
espermatozoide entre miles de millones buscando una entrada: un microsegundo
más y yo podría haber sido la Stephanie que deseaba mi madre.
El juicio de Scopes en Dayton, Tennessee, tuvo lugar como resultado de
una acumulación de improbabilidades. La ley Butler, promulgada por la
legislatura y firmada por el gobernador Austin Peay el 21 de marzo de 1925,
declaraba «ilegal que ningún profesor de cualquiera de las universidades,
escuelas normales y todas las demás escuelas públicas del estado (que son
financiadas en su totalidad o en parte por los fondos para la enseñanza pública
del Estado), impartan cualquier teoría que niegue la historia de la Creación
divina del hombre tal como la enseña la Biblia, y digan, en su lugar, que el
hombre desciende de un orden inferior de animales». La ley podría haber sido
rebatida sin problemas si la oposición se hubiera tomado la molestia de
organizarse y oponerse a ella unificadamente (como había hecho el año anterior
en Kentucky, cuando una ley similar, en circunstancias similares, fue
fácilmente derrotada). El Senado la ratificó sin particular entusiasmo, dando
por supuesto que se produciría un veto por parte del gobernador. Un miembro
dijo, refiriéndose a míster Butler: «El caballero de Macon quería que fuera
aprobado un proyecto de ley; no había obtenido muchos resultados en el
transcurso de la sesión y ésta no tenía la menor importancia. Que se quede con
ella». Pero Peay, admitiendo lo absurdo de la ley y protestando porque la
legislatura debería haberle ahorrado tanto embarazo echando abajo el proyecto,
firmó la ley como si fuera una afirmación inocua de principios cristianos:
«Tras un cuidadoso examen —escribió Peay—, no encuentro nada de especial
importancia en los libros que se enseñan hoy en día en nuestras escuelas, con
lo que esta ley pudiera interferir en lo más mínimo. Por consiguiente, no
pondrá en peligro alguno a nuestros maestros. Probablemente, la ley jamás será
aplicada… Nadie piensa que vaya a constituir un estatuto activo» (véase Six
Days or Forever?, de Ray Ginger, para una magnífica narración del debate
legislativo).
Si el propio proyecto de ley resultaba improbable, su puesta a prueba
por Scopes resulta aún más inverosímil. La Unión Americana por las Libertades
Civiles (ACLU) se ofreció para hacerse cargo de la defensa y de los costes
legales de cualquier maestro dispuesto a desafiar la ley haciéndose acreedor a
un arresto por dar clases de evolución. La prueba fue dispuesta en el favorable
entorno urbano de Chattanooga, pero los planes fracasaron.
* * * *
Scopes ni siquiera daba clase de biología en la pequeña, inapropiada y
fundamentalista ciudad de Dayton, situada a unos sesenta kilómetros al norte de
Chattanooga. Había sido contratado como entrenador de atletismo y profesor de
física, pero había hecho una sustitución en biología cuando el profesor oficial
(y director de la escuela) cayó enfermo. No había dado activamente clases de
evolución, sino que simplemente había asignado las páginas ofensivas del texto
como parte de un repaso para un examen. Cuando algunos promotores de la ciudad
decidieron que poner a prueba la ley Butler podía darle cierta relevancia a
Dayton (a nadie parecía preocuparle excesivamente los aspectos intelectuales de
la cuestión), Scopes estuvo disponible sólo por otra broma del destino. (No se
lo hubieran pedido al director, un hombre mayor, conservador y apegado a su
familia, pero sospecharon que Scopes, soltero y librepensador, tal vez se
prestara al juego.) El curso había terminado, y Scopes tenía la intención de
partir inmediatamente para pasar el verano con su familia. Pero se quedó porque
tenía una cita con una «rubia preciosa» en una inminente fiesta social en la
iglesia.
15. Robinson's Drug Store, donde empezó todo, se trasladó a su actual local
a finales de la década de 1920 (fotografía de Deborah Gould).
Scopes estaba jugando al tenis una cálida tarde de mayo cuando un niño
apareció con un mensaje de Doc Robinson, el farmacéutico local
y propietario del centro social de Dayton, Robinson's Drug Store. Scopes acabó
su partido, ya que no había urgencias en Dayton, y después fue paseando hasta
Robinson's, donde se encontró con los ciudadanos más destacados de Dayton
arremolinados en torno a una mesa, bebiendo sorbitos de cola y discutiendo
acerca de la ley Butler. En pocos minutos, Scopes se ofreció como víctima
propiciatoria. A partir de ese momento, los acontecimientos se aceleraron y
empezaron a moverse por un camino predecible. William Jennings Bryan, que había
emocionado a millones con su discurso de la «Cruz de Oro», y como consecuencia
había estado a punto de convertirse en presidente, estaba pasando sus años
otoñales como orador político fundamentalista («un papa de hojalata en el
cinturón de la Coca-cola», como comentó H. L. Mencken). Ofreció voluntariamente
sus servicios como acusador, y Clarence Darrow hizo lo propio como defensor. El
resto, como suele decirse, es historia. Últimamente, y por desgracia, ha vuelto
a convertirse en algo de actualidad.
16. El interior de Robinson's está repleto de fotos y otros recuerdos del
juicio de Scopes (fotografía de Deborah Gould).
Robinson's Drug Store sigue siendo el centro social de Dayton, aunque se
trasladó en 1928 a su presente localización a la sombra del juzgado del condado
de Rhea, donde Scopes se enfrentó a la ira del dios de Bryan. Sonny Robinson,
el hijo de Doc, lleva varias décadas a cargo del negocio, dispensando píldoras
a la ciudadanía local y opiniones acerca del momento de fama de Dayton a los
peregrinos y mirones que se paran a ver dónde empezó todo. La pequeña mesa
redonda con sus sillas de respaldo metálico ocupa un lugar central, como lo
hacía cuando Scopes, Doc Robinson y George Rappelyea (que fue quien realizó el
«arresto» formal) trazaron sus planes en mayo de 1925. Las paredes están
cubiertas de fotos y otros recuerdos, incluyendo el único recuerdo personal de
Sonny Robinson del juicio: una fotografía de un niño de cinco años de edad
sentado en un cochecito y haciendo pucheros porque un chimpancé había sido el
destinatario de la Coca-Cola que esperaba recibir él. (El chimpancé era un
miembro prominente de la variopinta corte de seguidores, muchos de una
inteligencia comparable a la suya, que descendieron sobre Dayton durante el
juicio más en busca de dinero que de una eterna iluminación.)
17. Una forma apropiada de tratar las cuestiones que nos dividen. Tres
hombres, con puntos de vista divergentes, charlan y beben su Coca-Cola en torno
a la mesa «original» en Robinson's Drug Store. A la izquierda, Ted Mercer,
presidente del fundamentalista Bryan College; en el centro, su seguro servidor;
a la derecha, Sonny Robinson (fotografía de Deborah Gould).
Estaba yo de visita en el Robinson's Drug Store en junio de 1981, cuando
recibieron una llamada de un periódico de San Francisco solicitando fotos del
Dayton moderno. Sonny Robinson, que afirma ser un hombre tímido, empezó un
torbellino de llamadas para explotar el momento. Allá arriba, en el norte, en
la gran ciudad, no podía hacerse esperar a la gente, al menos no sin previa
petición o sin mediar una explicación: «Excúseme, sé que debe usted tener
prisa, pero no le importaría, no tardaré más que unos cuantos minutos…». Pero
afuera la temperatura alcanzaba casi los 40°C y en el almacén de Sonny Robinson
se estaba fresco. ¿Dónde iba a ir uno en semejantes condiciones? Media hora más
tarde, con sus personajes reunidos, Sonny Robinson sacó la famosa mesa y tres
Coca-colas en unos vasos viejos de cinco centavos. Yo me senté en medio («el
profesor de biología de Harvard que entró por casualidad», como le había dicho
Robinson a los que le habían llamado). A un lado se sentó Ted Mercer,
presidente del Bryan College, la escuela fundamentalista inaugurada como legado
de la última batalla del «Gran Plebeyo». Al otro lado se sentó el señor
Robinson, el hijo del hombre que había puesto todo en marcha, sentado a aquella
misma mesa, cincuenta y seis años atrás. El editor fundamentalista del Herald de
Dayton tomó nuestras fotos y nosotros bebimos sorbos de nuestras Coca-Colas.
18. El edificio de los juzgados del condado de Rhea, en Dayton, Tennessee,
escenario del juicio de Scopes (fotografía de Deborah Gould).
Dayton ha seguido siendo una ciudad pequeña e inconspicua. Si viene
usted de Knoxville por Decatur, aún hay que cruzar el río Tennessee en un
transbordador con capacidad para seis automóviles. Las casas más antiguas están
bien conservadas, con sus cuatro pilares blancos en la parte delantera,
imitación local del estilo de las plantaciones. (Como indicador regional del
Sur, estos pilares son el equivalente arquitectónico del muy fiable criterio
gastronómico: la bebida que figura en el menú como «té» viene invariablemente
servida con hielo.) H. L. Mencken, no conocido precisamente por sus alabanzas,
confesó (sorprendido) que Dayton le gustaba:
Había esperado encontrarme con un escuálido pueblito del Sur…, con
cerdos hozando bajo las casas y los habitantes infectados de malaria y
lombrices intestinales. Lo que descubrí fue una ciudad rural, repleta de
encanto e incluso de belleza … Las casas están rodeadas por bonitos jardines,
con verdes y frescos céspedes y orgullosos árboles … Los almacenes tienen
buenos productos y un aire metropolitano, especialmente el emporio de
medicinas, libros, revistas, artículos deportivos y agua de soda del estimable Robinson.
Algunas cosas han cambiado, por supuesto. Las casas-remolque que están
ahora ancladas sobre el césped y las casas de bloques de hormigón desnudo
reflejan la duplicación en la población de Dayton a casi cuatro mil habitantes.
Las antiguas certidumbres probablemente se hayan desgastado un poco. Un gran
titular del Herald de Dayton de esta semana habla de la
confiscación de una cosecha de marihuana de doscientos millones de dólares y de
su posterior destrucción en el condado de Rhea y del vecino Bledsoe. Y por un
cuarto de dólar se puede comprar un preservativo («vendido exclusivamente para
la prevención de enfermedades», por supuesto) en las máquinas automáticas de
los lavabos de las estaciones de servicio de la localidad. Por lo menos de eso
no pueden echarle la culpa a la evolución, como hizo un ministro evangelista
hace unos meses, al citar a Darwin como uno de los principales defensores de
las cuatro P: prostitución, perversión, pornografía y permisividad. Antes de la
llegada de John Scopes, en Dayton enseñaban creacionismo, y aún siguen
haciéndolo hoy en día.
A pesar de todos estos cambios moderados, Dayton sigue siendo una ciudad
de dos calles, empequeñecida en su cruce por el edificio del juzgado del
condado de Rhea, de estilo Nuevo Renacimiento de la década de 1890, que parece
excesivamente grande para una pequeña ciudad de un pequeño condado. Y, no
obstante, incluso aquella sala de juicios fracasó en su momento de gloria, dado
que el juez Raulston, al notar que el peso de los espectadores había abierto
grietas en el techo de la sala de debajo, volvió a reunir a la corte en el
césped lateral, donde Darrow interrogó[35] a
Bryan al aire libre. (Es una ironía sin significado y tangencial, desde luego,
pero me gustaría mencionarla. Rhea era hija de Urano y madre de Zeus. Su nombre
se aplica también al ñandú o «avestruz» suramericano. En el viaje del Beagle,
Darwin redescubrió una segunda especie, el ñandú menor, petizo o de Darwin, que
vivía en una parte diferente de Suramérica. En una de sus primeras
especulaciones evolutivas, Darwin supuso que la diferencia espacial entre
aquellos dos ñandúes[36] podría
ser análoga a la distinción temporal entre las especies extintas y sus
parientes vivos.)
El juicio de Scopes está rodeado de ideas equivocadas, y su
desvelamiento resulta un mecanismo tan bueno como cualquier otro para contar la
historia de fondo. En la versión heroica, John Scopes fue procesado, Darrow se
alzó en defensa de Scopes y arrasó al antediluviano Bryan, con lo que el
movimiento anti evolucionista se desvaneció o, al menos, se detuvo por un
tiempo. Las tres partes de esta versión son falsas.
En cuanto a la primera, hemos ya señalado que Austin Peay y los
legisladores de Tennessee no tenían intención de hacer cumplir la ley. De
hecho, el propio Bryan había negociado la legislatura (sin éxito), recomendando
que la ley no prescribiera penalización alguna en caso de transgresión. Después
de todo, no era más que una declaración de principios simbólica; si se
introducían en ella rasgos penales podría ser abolida por motivos
constitucionales. La ACLU puso anuncios en los periódicos de Tennessee en busca
de alguien dispuesto a poner a prueba la ley. George Rappelyea leyó la oferta
en el Times de Chattanooga y se acercó a Robinson's con un
plan. Más tarde, John Scopes recordaba: «No fue más que una discusión de café
que se salió de madre». Por una vez la historia de los agitadores exteriores
(incluso yanquis) cuenta al menos parte de la verdad.
Bryan fue derrotado y avergonzado a lo largo del juicio, pero no
fundamentalmente por Darrow. El juicio en sí, con su conclusión ya decidida de
antemano, resultó bastante aburrido. (Scopes había violado la
ley y la defensa deseaba una condena rápida para llevar el caso, con todas las
ventajas, a instancias superiores.) Se arrastró a través de interminables
forcejeos legales y tan sólo tuvo dos momentos dramáticos. El primero se
produjo en el transcurso de una discusión legal acerca de la admisibilidad del
testimonio de expertos. La defensa había llevado a Dayton un impresionante
grupo de prominentes expertos, tanto en biología evolutiva como en doctrina
cristiana. El acusador exigía la exclusión de su testimonio. La ley prohibía,
sin apelativos, la enseñanza de la evolución humana, y Scopes, también sin
apelativos, había violado aquella ley. No se trataba de discutir lo que pudiera
haber de verdad en la evolución. El juez Raulston estuvo de acuerdo con el
acusador y el grupo de expertos se abalanzó sobre sus máquinas de escribir en
lugar de testificar. Con el beneficio de disponer de un fin de semana para
afilar sus afirmaciones, los expertos produjeron algunos documentos
formidables. Fueron impresos en periódicos a todo lo ancho y largo del país, y
el juez Raulston los admitió finalmente como parte del acta del juicio.
Bryan, que llevaba sentado en un insólito silencio varios días, utilizó
este argumento de procedimiento como trampolín para su ataque, previamente
elaborado, contra la evolución. En un grandilocuente discurso dirigido
claramente a sus electores (los testigos observaron que se mantuvo de espaldas
al juez), Bryan llegó prácticamente a negar que los seres humanos fueran
mamíferos, argumentando que el caso de los señores Leopold y Loeb demostraba,
más que suficientemente, que un exceso de conocimientos resulta peligroso. La
refutación de la defensa supuso la primera humillación de Bryan; porque en esta
tierra rural, antes de la llegada de la televisión, no había arte más respetado
que el de la oratoria. Y Bryan fue derrotado, tanto en palabras, como en
gestos, como en gritos (no por Darrow, sino por otro abogado de la defensa,
Dudley Field Malone, un destacado jurista de Nueva York especializado en
divorcios, anteriormente subordinado de Bryan en el Departamento de Estado,
donde Bryan había sido secretario durante el mandato de Woodrow Wilson). H. L.
Mencken escribió:
Dudo que jamás se haya escuchado en juzgado alguno un discurso de mayor
volumen sonoro desde los tiempos de Gog y Magog. Salía, a través de las
ventanas abiertas, el arrollador discurso como salvas de artillería, alarmando
a los contrabandistas de licor y a los pumas de las lejanas montañas… En pocas
palabras, Malone tenía una buena voz. Fue un gran día para Irlanda, y para la
defensa. Porque Malone no sólo gritó más que Bryan, sino que también superó sus
aspavientos y sus argumentaciones… Conquistó incluso a los fundamentalistas. Al
final del discurso le premiaron con una enorme ovación, una ovación cuando
menos cuatro veces más fuerte que la que recibió Bryan. Y es que estos rústicos
disfrutan grandemente de la oratoria, y saben distinguir cuándo es buena. La
lógica del diablo no es capaz de arrastrarles, pero no están por encima de
disfrutar voluptuosamente de sus frases lascivas.
No obstante, el juez Raulston dictaminó en contra de la defensa y
excluyó la participación de los expertos en el testimonio del día siguiente.
Era viernes y todo parecía haber terminado, incluidos los gritos. Scopes sería
condenado sumariamente el lunes por la mañana; había violado la ley y el
planteamiento cuidadosamente restringido de Raulston había dejado de lado
cualquier otra cuestión. Prácticamente todos los periodistas, incluyendo a H.
L. Mencken, abandonaron la ciudad para evitar tanto el aburrimiento de un
receso de fin de semana, como el anticlímax posterior que todos esperaban. Así,
cuando Darrow indujo a Bryan a subir al estrado de los testigos, a título de
experto en la Biblia, éste tuvo que hablar ante una escasa asistencia de
público local y una presencia nominal de periodistas. La reconstrucción del
libro Inherit the Wind y otras narraciones dramatizan lo que
tan sólo fue una idea de última hora.
Ni siquiera está muy claro por qué Raulston permitió aparecer a Bryan
(dado que había conseguido excluir a los expertos de ideas opuestas). Los otros
abogados acusadores intentaron disuadir a Bryan, y Raulston acabó por eliminar
la totalidad de su declaración del acta. Bryan vio aquello como una ocasión a
la desesperada de recobrarse del vapuleo recibido de Malone, pero Darrow le
dejó en ridículo, como un estúpido pomposo. No obstante, el momento más famoso
de la discusión (cuando Bryan abandonó los principios básicos del
fundamentalismo estricto, para admitir que los días del Génesis podían haber
durado algo más de veinticuatro horas) no fue, como quisiera la leyenda, una
admisión a regañadientes arrancada por la implacable lógica de Darrow. Bryan
ofreció libremente esta afirmación, como respuesta inicial a una serie de
preguntas. No parecía darse cuenta de que los fundamentalistas locales la
considerarían una traición, y el mundo en general una fatal inconsistencia.
La condena de Scopes fue finalmente revocada por una cuestión técnica.
El juez Raulston había establecido una multa de cien dólares él mismo, pero la
ley de Tennessee exigía que todas aquellas multas que superaran los cincuenta
dólares fueran recomendadas por el jurado. Con la humillación de Bryan y la
anulación de la condena, surgió la leyenda de la victoria de la defensa,
completando así la versión heroica. Pero el juicio de Scopes fue una derrota (o
una victoria hasta tal grado pírrica que difícilmente merece tal nombre) por
varias razones. En primer lugar, Bryan devolvió el golpe adoptando,
involuntariamente, la única alternativa que le quedaba para una recuperación
inmediata de su prestigio: murió en Dayton una semana después de terminado el
juicio. El Bryan College de Ted Mercer, una floreciente institución
fundamentalista en Dayton, constituye su legado local. En segundo lugar, la
revocación de la condena de Scopes fue un trago amargo para la defensa.
Súbitamente no había caso contra el que apelar. Todos aquellos esfuerzos
echados a perder por un error de cincuenta dólares de un juez.
La ley Butler permaneció en la legislación hasta su revocación en 1967.
No era aplicada, pero ¿quién puede decir cuántos maestros disimularon o
suprimieron sus puntos de vista, y cuántos niños jamás llegaron a aprender una
de las más excitantes y expansivas ideas jamás desarrolladas por la ciencia? En
1973, un «proyecto de ley del Génesis» fue aprobado por el Senado de Tennessee,
por sesenta y nueve votos a favor y dieciséis en contra. Disponía que deberían
recibir igual atención en la enseñanza la creación y la evolución, y exigía
también la renuncia de todos los textos en los que cualquier idea sobre «el
origen de la creación del hombre y su mundo… no esté representado como un hecho
científico». La Biblia, con todo, fue declarada obra de referencia, no libro de
texto, y por consiguiente exenta de los requerimientos de una corrección
impresa. Esta ley fue declarada anticonstitucional pocos años más tarde.
En tercer lugar, y tristemente, toda esperanza de que las cuestiones
surgidas en el juicio de Scopes se hubieran visto arrumbadas en el reino de las
nostálgicas tradiciones norteamericanas se ha visto frustrada por la actual
reaparición del creacionismo: el clima que inspiró mi desvío hacia la otra
orilla del río Tennessee. Llegué a conocer a Kirtley Mather, profesor emérito
de geología en Harvard, pilar de la Iglesia baptista, defensor solitario de la
libertad académica durante los peores días del macartismo y, tal vez, uno de
los mejores hombres que he conocido, cuando ya era casi un anciano. Kirtley fue
también testigo de la defensa en Dayton. Todos los años, desde finales de la
década de 1960 hasta mediados de la de 1970, Kirtley daba una conferencia a mi
clase, recordando sus experiencias en Dayton. Parecía un magnífico eco de
tiempos pasados, ya que Kirtley, cerca de los noventa años, aún seguía siendo
capaz de derrotar, sin esfuerzo, a los mejores oradores de Harvard. La
conferencia no cambiaba mucho de un año a otro. Al principio me parecía una
encantadora evocación; posteriormente empecé a pensar que tan sólo estaba
ligeramente relacionada con asuntos del momento y, finalmente, la consideré un
planteamiento vital de realidades inmediatas. Este año pienso quitarle el polvo
a la cinta de vídeo y pasársela a mi clase como disquisición acerca de los
peligros inmediatos.
En 1965, John Scopes se permitió esta esperanza en retrospectiva:
En mi opinión, el juicio de Dayton marcó el comienzo del declive del
fundamentalismo … Creo que las legislaciones restrictivas en torno a la
libertad académica son algo del pasado para siempre; que la religión y la
ciencia pueden ahora dirigirse la una a la otra, en una atmósfera de respeto
mutuo y de búsqueda en común de la verdad. Me gustaría pensar que el juicio de
Dayton tuvo algo que ver con el advenimiento de esta nueva era.
(Scopes, dicho sea de paso, fue posteriormente a la Universidad de
Chicago y se hizo geólogo. Vivió tranquilamente en Shreveport, Louisiana, la
mayor parte de su vida, trabajando, como tantos otros geólogos, para la
industria del petróleo. Este espléndido hombre, de tranquila integridad, se
negó a capitalizar su fama transitoria y accidental en modo alguno. Su silencio
no era expresivo de ninguna crisis de confianza, ni ningún alejamiento de los
principios que le llevaron a su momento de fama. Simplemente escogió abrirse
camino por sus propios méritos.)
Hoy en día, Jerry Falwell ha recogido la antorcha de Bryan, y las
esperanzas de Scopes de una «nueva era» se han visto frustradas. Por supuesto,
no volveremos a interpretar el caso Scopes del mismo modo; algo hemos avanzado
en cincuenta y seis años. La evolución es, hoy en día, una idea excesivamente
poderosa como para poder ser totalmente excluida, y las actuales propuestas
legislativas solicitan «igual atención» para la evolución y la vieja religión,
disfrazada bajo el contradictorio título de «creacionismo científico». Pero las
similitudes entre 1925 y 1981 son más desconcertantes que reconfortantes son
las diferencias.
Al igual que en 1925, los creacionistas no plantean su batalla por la
religión. Han sido desautorizados por autoridades religiosas de todas las
tendencias, ya que desprestigian la religión tanto como malinterpretan la
ciencia. Son, sin duda, una muchedumbre variopinta, pero su núcleo de apoyo
práctico está en la derecha evangélica, y el creacionismo no es más que un
pretexto o una cuestión subsidiaria en un programa político que desearía
prohibir el aborto, eliminar los adelantos sociales y los triunfos políticos de
las mujeres, reduciendo el concepto vital de la familia a un paternalismo
arcaico, y restituyendo todo el jingoísmo y la desconfianza hacia el
conocimiento que preparan a una nación para la demagogia. Al igual que en 1925,
utilizan el mismo método de citar en falso para imprimir una pátina
«científica» al creacionismo. Yo mismo soy ahora una de las víctimas de estos
esfuerzos, debido a que mis opiniones acerca de las explosiones evolutivas
rápidas, seguidas de largos períodos de estasis, pueden ser distorsionadas para
que parezcan respaldar la creación por decreto y la persistencia de tipos
inmutables (véase el ensayo anterior). Por lo tanto, me divirtió (o alivió) el
leer que, en 1925, Bryan y compañía utilizaban la misma estrategia para explotar
el transparente discurso dirigido por William Bateson a la Asociación Americana
para el Avance de las Ciencias en 1922.
Bateson había expresado su confianza en el hecho de la evolución, pero
había admitido, con toda honestidad, que, a pesar de la prepotencia y la
palabrería de los libros de texto, sabíamos bastante poco acerca de los
mecanismos del cambio evolutivo. Los acusadores de Scopes utilizaron citas de
Bateson como «prueba» de que los científicos habían admitido la evanescencia de
la propia evolución. En su declaración jurada escrita al juez Raulston, W. C.
Curtis, un zoólogo de la Universidad de Missouri, incluía una carta de Bateson:
He revisado de nuevo mi discurso de Toronto. No veo en él nada que pueda
interpretarse como una expresión de duda acerca del hecho básico de la
evolución… Aproveché la ocasión para llamar la atención de mis colegas hacia
las opiniones gratuitas y los supuestos sin demostrar que, hoy en día, son
habituales en lo que a los procesos concretos de la evolución se refiere.
Sabemos que las plantas y los animales, incluyendo, sin duda de ningún género,
al hombre, han evolucionado a partir de formas de vida muy diferentes. En
cuanto a la naturaleza de este proceso de la evolución, disponemos de multitud
de conjeturas, pero de muy pocos conocimientos concretos.
Curtis incluía también una carta del antiguo jefe de Bryan, Woodrow
Wilson: «Por supuesto, como toda persona inteligente y con educación, creo en
la evolución orgánica. Me sorprende que a estas alturas puedan plantearse
semejantes cuestiones». Ronald Reagan, a pesar de todo, las planteó desde el
estrado ante una congregación fundamentalista en Dallas.
Mientras bebía aquella Coca-Cola, sentado a la mesa en el Robinson's
Drug Store, en Dayton, descubrí, o más bien recordé algo que jamás debí haber
olvidado. El enemigo no es el fundamentalismo, es la intolerancia. En este
caso, la intolerancia es perversa, dado que se oculta bajo la retórica
«liberal» de la «igual atención». Pero no nos confundamos. Los creacionistas
están intentando imponer un punto de vista específicamente religioso, por
decreto legislativo, a los maestros que lo rechazan, tanto por motivos de
conciencia como por formación. A pesar de toda su palabrería acerca de ver las
dos caras de la moneda (una mera cuestión de práctica política), también
querrían sustituir la investigación científica libre por la autoridad bíblica
como fuente de conocimiento empírico.
Todos los comentaristas de Dayton, incluyendo al propio H. L. Mencken,
con toda su causticidad, percibieron que las personas de la localidad, a pesar
de su adhesión a las creencias fundamentalistas, no mostraban ninguna
intolerancia, ni siquiera descortesía hacia la oposición. Festejaron a Bryan
cuando llegó a la ciudad, e hicieron un recibimiento de la misma categoría a
Darrow. Aplaudieron a Malone por su discurso. Mencken escribió:
Tampoco existe evidencia alguna en la ciudad de ese espíritu venenoso
que habitualmente hace acto de presencia cuando los cristianos se reúnen para
defender la gran doctrina de su fe. No he oído ni una palabra que sugiriera que
Scopes pudiera estar recibiendo dinero de los jesuitas, o que estuviera
respaldado por el consorcio del whisky, o que los judíos que producen películas
lascivas sean quienes estén detrás suyo. Por el contrario, los evolucionistas y
los anti evolucionistas parecen llevarse excepcionalmente bien y, en grupo,
resulta difícil distinguir a los unos de los otros.
La actitud transigente en Dayton persevera aún hoy en día. Yo me
enfrenté con un cálido desacuerdo con mis puntos de vista evolutivos, pero no
percibí ninguna falta de respeto por mis opiniones y ninguna inclinación a
minimizarme como persona, por estar a mi vez en desacuerdo con la creencia
predominante. Este tipo de actitud está muy extendida, pero, por desgracia, es
muy frágil. Unas pocas semillas de cizaña y la intolerancia puede llegar a
cubrir todo el territorio. No tenemos nada que temer de la inmensa mayoría de
los fundamentalistas que, como muchos ciudadanos de Dayton, viven acordes a una
doctrina legítimamente propia de su área. Más bien debemos combatir a unos
cuantos patanes que explotan los frutos de una pobre educación en busca de
dinero y fines políticos de mayor alcance.
Bryan era presa fácil del ridículo debido a su estulticia política. En
su prosa más acerba, Mencken escribió:
En tiempos tuvo un pie en la casa blanca, y la nación temblaba bajo sus
rugidos. Ahora es un papa de hojalata en el cinturón de la coca-cola y un
hermano de los solitarios pastores que predican ante catos en tabernáculos de
hierro galvanizado detrás de las estaciones de ferrocarril … es, sin duda, una
tragedia empezar la vida como un héroe y acabarla como un bufón.
Muchos creacionistas de hoy en día parecen igualmente dignos de
compasión en sus pronunciamientos: ¿puede alguien tomarse en serio que exista
alguna relación entre el darwinismo y las cuatro P del mal?
Pero Mencken comprendió también los peligros, ya que en sus últimas
líneas escribió:
Que nadie confunda esto con una comedia, por muy esperpéntico que pueda
ser en todos sus detalles. Sirve como anuncio a la nación de que el hombre de
Neandertal se está organizando en estos abandonados arrabales de nuestra
tierra, guiado por un fanático carente de sentido común y de conciencia.
Tennessee, al desafiarle de modo excesivamente timorato y al hacerlo demasiado
tarde, ve ahora sus centros de justicia convertidos en mítines y su Declaración
de Derechos burlada por sus guardianes jurados de la ley.
¿Acaso comienzan alguna vez los movimientos de intolerancia de otro
modo, dada nuestra generalizada tendencia a la tolerancia? ¿Acaso no comienzan
siempre de forma casi cómica y acaban siendo, si tienen éxito, una carnicería?
¿Quién no consideró a Hitler un penoso objeto de burla tras el putsch de
la cervecería?[37] ¿Y
quién puede leer las famosas palabras del teólogo protestante Martin Niemóller
sin estremecerse?:
En primer lugar, los nazis fueron contra los judíos, pero yo no era
judío, por lo que no reaccioné. Después la emprendieron contra los católicos,
pero yo no era católico, por lo que no puse objeción alguna. Después empezaron
a perseguir a los obreros, de modo que no me alcé. Después empezaron la
persecución de los sacerdotes protestantes, y por aquel entonces era ya
demasiado tarde para que nadie se alzara en contra de todo aquello.
Clarence Darrow comprendía demasiado bien cuáles eran las raíces de la
intolerancia cuando dijo, en Dayton:
Si hoy en día puede tomarse algo como la evolución y convertir en un
crimen el enseñarla en las escuelas públicas, mañana podrá ser un crimen
enseñarla en las escuelas privadas y el año próximo lo será enseñarla en los
municipios o en la iglesia. En la siguiente sesión podrían prohibirse los
libros y los periódicos… La ignorancia y el fanatismo no descansan, y necesitan
su alimento. Siempre están buscando y exigiendo más. Hoy son los maestros de
las escuelas públicas; mañana serán los de las privadas; al otro día, los
predicadores y los conferenciantes, las revistas, los libros, los periódicos.
En poco tiempo, Su Señoría, esto será el enfrentamiento entre los hombres y
entre los credos, hasta que con flameantes estandartes y rugir de tambores nos
encontremos retrocediendo a los gloriosos tiempos del siglo XVI, cuando los
intolerantes encendían antorchas para quemar a los hombres que osaban llevar la
inteligencia, la ilustración y la cultura a la mente de todos.
Siempre cínico, H. L. Mencken evaluó así este apasionado alegato: «El
efecto neto del gran discurso de Clarence Darrow de ayer parece haber sido el
mismo que si lo hubiera gritado a través de una tormenta en medio de
Afganistán». Más nos valdría proclamar ese mismo mensaje en forma de un
torrente que resonara por toda la nación.
21. Moon, Mann y Otto
Little Rock, Arkansas 10 de diciembre de 1981
La Arkansas Gazette de esta mañana trae un dibujo con
focos concentrados sobre un mapa del estado. El mapa no incluye datos de
topografía o de fronteras políticas, tan sólo contiene las palabras, grabadas
en negro desde Oklahoma hasta el Mississippi: «Juicio de Scopes II.
Notoriedad». Pasé la mayor parte del día de ayer (con un grado variable de
satisfacción, de honestidad, incomodidad e incredulidad) en el estrado de los
testigos, intentando convencer al juez federal William R. Overton de que todos
los estratos geológicos de la Tierra no deben su formación al diluvio
universal. Hemos llegado a la primera confrontación legal con la nueva oleada
de leyes creacionistas que exigen igual atención o un «tratamiento equilibrado»
para la evolución y una versión pobremente disfrazada del Génesis, literalmente
interpretado, que además pretende ocultarse bajo la expresión sin significado
de «ciencia de la creación». El juez, como mínimo, parecía ser receptivo a mis
palabras y estar tan desconcertado como yo por el hecho de que semejante juicio
pueda estar teniendo lugar a sólo unos pocos meses de la celebración del
centenario de la muerte de Darwin.
El juicio de John Scopes en 1925 ha proyectado una sombra tan larga
hasta nuestros días, que el proceso de Little Rock sugiere, inevitablemente,
todo tipo de comparaciones (véase el ensayo anterior). Yo aprecio la
continuidad histórica, pero estoy más impresionado por las diferencias. Me
siento a testificar dentro de un enorme edificio de alabastro, una mezcla de
juzgado y central de correos, un edificio adusto y sin adornos, rodeado de
tráfico, en el centro de Little Rock. El juzgado del condado de Rhea, en
Dayton, Tennessee (el edificio que acogió a Scopes, Darrow y Bryan en 1925), es
una estructura airosa, umbría y decorada estilo Nuevo Renacimiento, que domina
el cruce de carreteras de su ciudad de dos calles. El juicio de Scopes fue
iniciado directamente por los impulsores de Dayton para llamar la atención
sobre su ciudad. Muchos, probablemente la mayor parte, de los ciudadanos de
Arkansas se sienten medio avergonzados por el anacronismo que tienen a la
puerta de sus casas. John Scopes fue condenado por atreverse a mencionar que
los seres humanos descendían de «un orden inferior de animales»; en medio siglo
algo hemos adelantado, y el clamor creacionista moderno en pos del
reconocimiento oficial de su pseudociencia no incluye (al menos de momento) la
exclusión de nuestras bien documentadas conclusiones.
Decidí ser paleontólogo a los cinco años de edad, tras un anonadador
encuentro con un Tyrannosaurus en el Museo de Historia Natural
de Nueva York. La fenomenología de las grandes bestias probablemente hubiera
sido suficiente para mantener mi interés, pero confirmé mi elección de carrera
seis años más tarde, cuando leí, demasiado pronto y comprendiéndolo sólo a
medias, Meaning of Evolution, de G. G. Simpson, y descubrí que
había todo un cuerpo de excitantes ideas que daban sentido a todos aquellos
cuerpos de hueso. Tres años más tarde, abordé mi primer curso de ciencias en el
instituto con gran anticipación. En un año de biología, pensaba yo, sin duda lo
averiguaría todo acerca de la evolución. Imagínense mi desilusión cuando la
profesora dedicó al señor Darwin y su legado tan sólo un par de tímidos días,
justo al final de un año singularmente duro. Siempre me pregunté por qué, pero
no me atreví a consultarlo. Después simplemente olvidé todo aquello y continué
estudiando por mi cuenta.
Hace seis meses, en una tienda de libros de segunda mano, encontré una
copia de mi antiguo libro de texto del instituto, Modern Biology,
escrito por T. J. Moon, P. B. Mann y J. H. Otto. Todos sabemos lo poderosamente
evocador que puede resultar un olor o una visión inesperada de «cosas ya
pasadas». Supe lo que tenía entre manos en el momento mismo en que vi aquellas
tapas rojas con su microscopio grabado en plata y su portada de colores
chillones, en la que se veía a un castor afanándose. El libro, que había sido
propiedad de un tal «Lefty»,[38] pronto
fue mío por 95 centavos.
Ahora, transcurrida más de media vida (estudié biología en el instituto
en 1956), comprendo por fin por qué mistress Blenderman pasó por alto el tema
que tan apasionadamente me interesaba. Yo había sido víctima del fantasma de
Scopes (o más bien del de su adversario, Bryan). La mayor parte de la gente
considera que el juicio de Scopes fue una victoria para la evolución, aunque
sólo fuera por lo bien que Paul Muni y Spencer Tracy sirvieron a Clarence
Darrow en las versiones teatral y cinematográfica de Inherit the Wind, y
porque el juicio disparó una cascada de literatura popular por parte de
evolucionistas agraviados e iracundos. La condena de Scopes (posteriormente
revocada por una cuestión técnica) había sido una simple formalidad; la batalla
en favor de la evolución había triunfado en el tribunal de la opinión pública.
¡Ojalá fuera así! Como han demostrado varios historiadores, el juicio de Scopes
fue una aplastante derrota. Ayudó a un movimiento fundamentalista en desarrollo
y llevó directamente a la eliminación de la evolución o a su dilución en todos
los textos de divulgación de los centros de enseñanza media en los Estados
Unidos (véase la Bibliografía para los trabajos de Grabiner y Miller, así como
los de Nelkin). Ninguna rama de la industria es tan cobarde y conservadora como
las editoriales de textos para la enseñanza pública: no es fácil ignorar un
mercado de millones de compradores potenciales. La situación no cambió hasta
1957, un año demasiado tarde para mí, cuando el Sputnik ruso fue causa de una
profunda investigación acerca del vergonzoso estado de la educación científica
en los institutos norteamericanos de enseñanza media.
Moon, Mann y Otto se llevaron la parte del león en el mercado de
mediados de la década de 1950; los lectores de mi generación experimentarán
probablemente ese excitante sentimiento de déjá vu tanto como
yo. Al igual que muchos libros divulgativos, era el descendiente alterado de
varias ediciones anteriores. La primera, Biology for Beginners de
Truman J. Moon, fue publicada en 1921, antes del juicio de Scopes. En la
portada aparecía el señor Darwin en lugar del industrioso castor, y su texto
reflejaba una profunda inmersión en la evolución como punto focal de las
ciencias de la vida. En su prefacio se proclamaba: «El curso destaca el hecho
de que la biología es una ciencia unitaria, basada en la idea fundamental de la
evolución, más que en la combinación forzada de fragmentos de botánica,
zoología e higiene». Su texto contiene varios capítulos acerca de la evolución
y destaca continuamente la afirmación fundamental de Darwin de que el hecho de
la evolución está establecido más allá de toda duda razonable, aunque los
científicos tengan mucho que aprender acerca del mecanismo del
cambio evolutivo (véase el ensayo 19). El capítulo 35, dedicado a «El método de
la evolución», comienza: «La prueba del hecho de la similitud
existente entre las diversas formas de seres vivos, y de su muy evidente
relación, deja por responder una pregunta más difícil: ¿cómo se
produjo esta descendencia con modificación, por qué medios ha desarrollado la
naturaleza una forma a partir de la otra?» (La cursiva es de Moon).
Examiné entonces mi adquisición con una creciente diversión teñida de
repugnancia. El índice tenía apartados tan importantes como «cagadas de mosca,
gérmenes patógenos en las», pero nada acerca de la evolución. De hecho, en todo
el libro no aparece ni una sola vez la palabra evolución. El tema, no obstante,
no está totalmente ausente. Recibe dieciocho pobres páginas en un libro de
seiscientas sesenta y dos, como capítulo 58 entre 60 (pp. 618-636). En esta
mutilada versión recibe el nombre de «La hipótesis del desarrollo racial».
Moon, Mann y Otto habían escogido el camino post-Scopes de todos los textos
rentables: expurgar y no arriesgarse en absoluto. (Los que recuerden la
realidad de los cursos del instituto recordarán también que muchos profesores
ni siquiera llegaban a aquellos últimos capítulos.)
Este conciliador capítulo es tan desgraciado en su contenido como en su
brevedad. Sus dos primeros párrafos son de un entreguismo vergonzoso y
constituyen una estafa intelectual, en comparación con las claras palabras de
Moon de 1921. El primer párrafo aporta una espléndida visión de la continuidad
histórica y el cambio en los rasgos físicos de nuestro
planeta:
Este es un mundo cambiante. Cambia de año en año, de día en día y de
hora en hora. Los ríos van excavando gargantas cada vez más profundas y
arrastrando más tierra al mar. Las montañas se elevan, sólo para verse
gradualmente desgastadas por los vientos y la lluvia. Los continentes se alzan
y se hunden en el mar. Tales son los cambios graduales del mundo físico al ir
convirtiéndose los días en años y los años en eras.
Ahora bien, ¿qué podría ser más natural y lógico que extender este mismo
modo de razonamiento y este mismo estilo literario a la vida? El párrafo parece
haber sido constituido precisamente para esa transición. Pero nótese cómo el
tono del segundo párrafo cambia sutilmente para esquivar todo compromiso con la
continuidad en el caso del cambio orgánico:
En el transcurso de estas eras aparecieron especies de plantas y
animales, florecieron durante un tiempo y después perecieron al ir ocupando su
lugar otras especies nuevas… Cuando una raza perdía en la lucha por la
supervivencia, aparecía otra para ocupar su lugar.
Cuatro páginas más adelante obtenemos finalmente un atisbo de que la genealogía
podría estar detrás de las transiciones orgánicas a lo largo del tiempo: «Esta
historia geológica de las rocas, que muestra gradaciones fósiles de organismos
simples a organismos complejos, es lo que podríamos esperar encontrar si se
hubiera producido un desarrollo racial a todo lo largo del pasado». Más
adelante, en la misma página, Moon, Mann y Otto se hacen la temida pregunta, e
incluso se aventuran a escribir la palabra más cercana a «evolución» que se
atreven a utilizar: « ¿Son estas criaturas prehistóricas antepasados de los
animales modernos?». Si uno lee cuidadosamente todas las cualificaciones que
incluyen, ellos responden a su propia pregunta con un «sí» precavido; pero hay
que leer con mucha atención.
Así, millones de niños se vieron privados de la oportunidad de estudiar
una de las ideas más excitantes e influyentes de toda la ciencia, el tema
central de toda la biología. Unos pocos cientos, yo incluido, poseíamos las
motivaciones personales necesarias para trascender esta burla de la educación,
pero citarnos a nosotros parece tan estúpido y tan cruel como el viejo
argumento racista: « ¿y qué hay de George Washington Carver o Willy Mays?»,
utilizado para refutar la afirmación de que la escasez de logros podría estar
relacionada con las desventajas económicas y los prejuicios sociales.
Ahora podría expresar todos los argumentos grandilocuentes contrarios a
semejante disolución de la educación: formaremos una generación incapaz de
pensar por sí misma, debilitaremos el tejido económico y social de la nación si
formamos una generación científicamente inculta, y así sucesivamente. Incluso
creo que todos estos argumentos son ciertos. Pero no es eso lo que me
preocupaba al leer el capítulo 58 de Moon, Mann y Otto, ni siquiera me irritó
excesivamente; más bien me divirtió el torturado andar de puntillas y las
flagrantes omisiones de los autores. Las cuestiones pequeñas con grandes
implicaciones son mi alimento de cada día, como cualquier lector de estos
ensayos habrá descubierto. No suelo reaccionar vehementemente ante las
generalidades. Puedo ignorar una tendencia general que me desagrade. Pero soy
incapaz de soportar la falsificación y la humillación de algo pequeño y noble.
En realidad, no me sentí realmente estremecido hasta haber leído el último
párrafo del capítulo 58, pero en ese momento surgió en mí una voz interior que
empezó a elaborar este ensayo. Porque para poder exponer un punto válido en
medio de su cobardía general, Moon, Mann y Otto habían pervertido (tal vez sin
saberlo) una de mis citas favoritas. Si la cobardía es capaz de inspirar
semejante envilecimiento, entonces deberá ser eliminada.
El último párrafo se titula: Ciencia y religión. Estoy totalmente de
acuerdo con las dos primeras frases: «No hay nada en la ciencia que se oponga a
la fe en Dios y a la religión. Aquellos que así lo crean están en un error, ya
sea en su concepto de la ciencia, o en el de la teología, o en ambos». Pasan
seguidamente a citar (con algunos errores sin importancia, que he corregido)
una famosa afirmación de T. H. Huxley, utilizándola para plantear que un hombre
puede ser a la vez darwinista y devotamente cristiano:
La ciencia, en mi opinión, enseña del modo más elevado y poderoso la
gran verdad encarnada en el concepto cristiano de la entrega completa a la
voluntad de Dios. Siéntate ante los hechos como un niño pequeño, estate
dispuesto a prescindir de toda idea preconcebida, camina humildemente a
cualquier lugar y cualesquiera abismos a los que la naturaleza te lleve, o no
aprenderás nada. Sólo desde que he resuelto actuar así, cueste lo que cueste,
he empezado a conocer lo que es la tranquilidad y la paz conmigo mismo.
Ahora bien, un hombre puede ser un evolucionista y un cristiano devoto.
Hay millones de personas capaces de yuxtaponer con éxito estos dos puntos de
vista independientes, pero Thomas Henry Huxley no. Esta cita, en su contexto
adecuado, habla, de hecho, del valeroso agnosticismo de Huxley. Aparece además
en lo que es, en mi opinión, la carta más bella y emocionante jamás escrita por
científico alguno.
Las circunstancias trágicas de esta larga carta explican por qué Huxley
citaba, sólo como analogía, cosa que no comprendieron Moon, Mann y Otto, «el
concepto cristiano de la entrega completa a la voluntad de Dios». El joven hijo
de Huxley, su favorito, acababa de morir. Su amigo, el reverendo Charles
Kingsley (recordado hoy día como autor de The Water-Babies y Westward
Ho!)[39] le
había escrito una larga y amable carta de condolencia con una última línea de
buen anglicano: «Mira, Huxley, si tan sólo fueras capaz de abandonar tu maldito
agnosticismo y aceptar el concepto cristiano del alma inmortal, te sentirías
reconfortado».
Huxley le respondió en un tono que me recuerda al del jefe de policía
de Pirates of Penzance, de Gilbert y Sullivan, quien, al ser
alabado por las hijas del general Stanley por la bravura que de él se esperaba
en una inminente batalla, que probablemente le llevara a una muerte sangrienta,
respondió:
Aun así, tal vez sería sabio,
no censurar o criticar,
ya que es muy evidente
que estas atenciones
tienen buena intención.[40]
Huxley le agradece a Kingsley sus sinceras palabras de consuelo, pero
después pasa a explicar a lo largo de varias páginas de apasionada prosa la
razón por la que no puede alterar una serie de principios, establecidos tras
mucha meditación y deliberación, con el simple propósito de paliar su dolor
presente.
El, sostiene, se ha comprometido con la ciencia como única guía segura
hacia la verdad, en lo que a cuestiones de hecho se refiere. Dado que las
cuestiones de Dios y el alma no caen dentro de ese ámbito, él no puede conocer
las respuestas a afirmaciones específicas y, por consiguiente, debe seguir
siendo agnóstico. «Ni niego ni afirmo la inmortalidad del hombre —escribe—. No
veo razón alguna para creer en ella, pero, por otra parte, carezco de medios
para demostrar lo contrario. Así —continúa—, no puedo aseverar la certidumbre
de la inmortalidad para aplacar el dolor por mi pérdida.» Las convicciones
incómodas, si son fundadas, son aquellas que requieren una reafirmación más
asidua, como manifiesta justo antes del pasaje citado por Moon, Mann y Otto:
«Mi trabajo es, pues, enseñar a mis aspiraciones a que se conformen a los
hechos, no intentar hacer que los hechos armonicen con mis aspiraciones».
Más adelante, en la afirmación más conmovedora de la carta, habla del
gran consuelo que su compromiso con la ciencia le ha proporcionado, un consuelo
más profundo y duradero que el dolor que ahora le inspira su incertidumbre
sobre la inmortalidad. Entre tres agentes que dieron forma a sus más profundas
convicciones, señala: «la ciencia y sus métodos me dieron un lugar de reposo,
independiente de la autoridad y las tradiciones». (Los otros dos agentes que
cita Huxley son «el amor», que «abrió para mí una visión de la santidad de la
naturaleza humana», y su aceptación de que «un sentido religioso profundo era
compatible con una ausencia total de teología».) Después escribe:
Si en este momento no soy un inútil esqueleto desgastado y pervertido de
lo que antes era un hombre, si ha sido, o será, mi destino el colaborar al
avance de la causa de la ciencia, si siento que tengo motivos para esperar algo
de amor de aquellos que me rodean, si en el momento supremo en el que miré la
tumba de mi hijo mi dolor estaba lleno de aceptación y vacío de amargura, todo
ello obedece a que estos agentes han actuado sobre mí, y no porque jamás me
haya preocupado si mi pobre personalidad habrá de permanecer para siempre
separada del Todo de donde vino y al que ha de retornar.
Y así, mi querido Kingsley, comprenderá cuál es mi posición. Es posible que
esté equivocado y, en tal caso, sé que habré de pagar mi culpa por estarlo.
Pero sólo puedo decir, como Lutero, «Gott helfe mir, ich kann nichts anders»
(Que Dios me ayude, no puedo hacer otra cosa).
Así comprendemos qué era lo que Huxley quería decir al hablar de «el
concepto cristiano de la entrega completa a la voluntad de Dios», en el pasaje
citado por Moon, Mann y Otto. Obviamente, no se trata, como estos autores dan a
entender, de una profesión de fe cristiana, sino de una ardorosa analogía: del
mismo modo que el cristiano ha aceptado su compromiso, igualmente he hecho yo
con la ciencia. No puedo hacer otra cosa a pesar del consuelo inmediato que el
cristianismo convencional me supondría en mi dolor presente.
Hoy estuve sentado en el juzgado de Little Rock, escuchando el
testimonio de cuatro espléndidos hombres y mujeres que dan clases de ciencias
en escuelas e institutos de Arkansas. Su declaración tuvo momentos de humor,
como cuando un profesor describió un ejercicio que utiliza en el segundo grado.
Tiende un cordel a través del aula para representar la edad de la Tierra y
después pide a los estudiantes que se coloquen en diversas posiciones indicando
acontecimientos tales como el origen de la vida, la extinción de los
dinosaurios y la evolución de los seres humanos. ¿Qué haría usted, preguntó el
ayudante del fiscal del estado en su interrogatorio, para que existiera un
tratamiento equilibrado para la Tierra de diez mil años de edad como abogan los
científicos creacionistas? «Supongo que tendría que buscarme un cordel
cortito», contestó el maestro. La idea de veinte entusiastas alumnos de segundo
grado apretujándose todos a lo largo de un milímetro de cordel creó una imagen
visual que hizo que el tribunal estallara en carcajadas.
Pero el testimonio de los profesores también tuvo momentos de
inspiración. Al escuchar sus motivos para oponerse a la «ciencia de la
creación», pensé en T. H. Huxley y en el valor que han de tener las personas
dedicadas que no están dispuestas, por parafrasear a Lillian Hellman, a adaptar
sus convicciones para que encajen en las modas del momento. Del mismo modo en
que Huxley se negaba a simplificar y envilecer sus ideas para hallar consuelo
inmediato, estos maestros dijeron al tribunal que la aceptación mecánica de la
ley de «tratamiento equilibrado», aunque es fácil de lograr, destruiría su
integridad como enseñantes y violaría su responsabilidad para con los
estudiantes.
Un testigo señaló un pasaje de su libro de texto de química que atribuía
una gran antigüedad a los combustibles fósiles. Dado que la ley de Arkansas
incluye específicamente «una edad relativamente reciente para la Tierra» entre
las definiciones de la ciencia de la creación que requieren «un tratamiento
equilibrado», aquel pasaje tendría que ser alterado. El testigo afirmó que no
sabía de qué modo hacer semejante alteración. « ¿Por qué no? —preguntó el
ayudante del fiscal en su interrogatorio—; lo único que tenía que hacer era
insertar una frase: "Algunos científicos, no obstante, creen que los
combustibles fósiles son relativamente recientes".» Entonces, en la
manifestación más impresionante de todo el juicio, el profesor respondió:
«Podría —argumentó— insertar semejante frase en una aceptación mecánica de la
ley. Pero no puedo, como enseñante consciente, hacerlo. Porque 'tratamiento
equilibrado' tiene que significar `igual dignidad' y, por consiguiente, tendría
que justificar la inserción. Y esto es algo que no puedo hacer, ya que no
conozco ni un solo argumento válido capaz de respaldar semejante posición».
Otro profesor habló acerca de dilemas similares para ofrecer un
tratamiento equilibrado de un modo concienzudo y no mecánico. «Entonces —le
preguntaron—, ¿qué haría usted si la ley fuera ratificada?» Alzó la vista y
dijo con voz tranquila y digna: «Mi tendencia sería no plegarme a ella. No soy
un revolucionario ni un mártir, pero tengo unas responsabilidades ante mis
alumnos y no puedo dejarlas de lado».
Que Dios bendiga a los maestros con dedicación de este mundo. Nosotros,
los que trabajamos en escuelas universitarias privadas y universidades, lejos
de toda amenaza, a menudo no apreciamos adecuadamente la difícil situación de
estos colegas, o su valor al respaldar lo que deberían ser nuestros objetivos
comunes. Lo que Moon, Mann y Otto hicieron con Huxley es el epítome del mayor
peligro planteado por el antirracionalismo impuesto en las aulas: que uno debe
simplificar mediante distorsión, y eliminar tanto la profundidad como la
belleza para plegarse a la ley.
Como muestra de aprecio hacia los profesores de Arkansas, y por todos
nosotros, una afirmación más, en conclusión, de la carta de Huxley a Kingsley:
Si hubiera vivido un par de siglos antes, podría haberme imaginado que
un diablo se burlaba de mí… y me preguntaba qué ventaja tenía el haberme
desvestido de las esperanzas y los consuelos de la gran masa de la humanidad.
Ante lo cual mi única respuesta sería, y es: ¡Oh, diablo! La verdad es mejor
que muchos beneficios. He rebuscado una y otra vez en los pilares de mis
creencias, y si, como penalización, hubiera de perder uno tras otro a mi
esposa, mi hijo, mi nombre y mi fama, aun así no mentiría.
Post scriptum
El 5 de enero de 1982 el juez del distrito federal, R. William Overton,
declaró inconstitucional la ley de Arkansas, por obligar a los profesores de
biología a enseñar religión en las clases de ciencias.
22. La ciencia y la inmigración judía
En abril de 1925, C. B. Davenport, uno de los principales genéticos de
Norteamérica, escribió a Madison Grant, autor de The Passing of the
Great Race, y el racista más notorio de la tradición gentil yanqui:
«Nuestros antecesores empujaron a los baptistas de la bahía de Massachusetts a
Rhode Island, pero nosotros no tenemos ningún lugar a donde echar a los
judíos». Si Norteamérica estaba ya demasiado llena para suministrar lugares de
almacenamiento aislado para indeseables, entonces debería dejárseles fuera.
Davenport había escrito a Grant para discutir un importante problema político
del momento: el establecimiento de cuotas de inmigración en Estados Unidos.
Los judíos representaban un problema en potencia a los restriccionistas
ardorosos. A partir de 1890, el carácter de la inmigración norteamericana había
sufrido un cambio acentuado. Los aceptables ingleses, alemanes y escandinavos,
que habían predominado anteriormente, se habían visto reemplazados por hordas
de personas más pobres, más oscuras y menos familiares, procedentes del sur y
el este de Europa. El catálogo de estereotipos nacionales proclamaba que todas
estas personas (fundamentalmente, italianos, griegos, turcos y eslavos) eran,
tanto moral como intelectualmente, deficientes de forma innata. Las
argumentaciones en favor de su exclusión podían basarse en la preservación
eugenésica de una raza norteamericana amenazada. Pero los judíos planteaban un dilema.
El mismo catálogo racista les atribuía una serie de rasgos indeseables,
incluyendo la avaricia y la incapacidad de asimilación, pero no les acusaba de
estupidez. Si la torpeza innata había de ser el motivo científico «oficial»
para excluir a los inmigrantes procedentes del este y el sur de Europa, ¿cómo
iban a dejar fuera a los judíos?
La posibilidad más atractiva estaba en afirmar que el viejo catálogo
había sido demasiado generoso y que, contrariamente a su estereotipo popular,
los judíos eran, después de todo, estúpidos. Varios estudios «científicos»
realizados entre 1910 y 1930, momento álgido del gran debate de la inmigración,
llegaron a esta tan devotamente deseada conclusión. Como ejemplos de la
distorsión de los hechos para hacer que se ajusten a las expectativas, o de la
ceguera ante alternativas obvias, carecen de parangón. Este ensayo es la
historia de dos estudios famosos, de diferentes naciones y distinto impacto.
H. H. Goddard era el director de investigaciones del Instituto de
Vineland para Chicas y Chicos Retrasados Mentales de Nueva Jersey. Se
consideraba a sí mismo como un taxónomo de la debilidad mental. Se concentró en
los «deficientes en grado sumo», que planteaban problemas especiales, dado que
su condición inmediatamente inferior al límite de la normalidad hacía que su
identificación resultará más difícil. Inventó el término «morón» (de una
palabra griega que significa «tonto») para describir a las personas
pertenecientes a esta categoría. Por aquel entonces pensaba, aunque cambió de
opinión en 1928, que la mayor parte de los morones debían ser confinados de por
vida en instituciones, que se les debía mantener contentos asignándoles tareas
correspondientes a sus habilidades y, por encima de todo, que se debía impedir
su reproducción.
El método general de Goddard para identificar un morón era la sencillez
misma. Una vez suficientemente familiarizado con la bestia, no había más que
mirar a una de ellas, hacer unas pocas preguntas y extraer las conclusiones
evidentes. Si estaban muertas, hacías las preguntas a los vivos que las habían
conocido. Si a su vez éstos estaban muertos, o eran ficticios, uno se limitaba
a mirar. Goddard atacó en una ocasión al poeta Edwin Markham por sugerir que
«El hombre de la azada», inspirada por el famoso cuadro de Millet de un
campesino, «llegó a su estado como resultado de las condiciones sociales que no
le permitieron levantar cabeza, convirtiéndole en algo parecido a los terrones
que volteaba». ¿Acaso Markham no era capaz de ver que el hombre de Millet era
mentalmente deficiente? «El cuadro es un retrato perfecto de un imbécil»,
comentó Goddard. Pensaba que tenía buena vista, pero que la tarea principal de
identificación de morones debía ser realizada por mujeres, porque, según
Goddard, la naturaleza había dotado a éstas de una intuición superior:
Una vez que una persona ha tenido considerable experiencia en este
trabajo adquiere casi un sexto sentido acerca de lo que es una persona débil
mental, por lo que puede distinguirlas de lejos. Las personas que mejor
desempeñan este trabajo y que, en mi opinión, deberían hacerse cargo de él, son
las mujeres. Ellas parecen tener una capacidad de observación más penetrante
que los hombres.
En 1912, Goddard fue invitado por el Servicio de Sanidad Pública de los
Estados Unidos a que ejercitara sus habilidades en la identificación de morones
entre los inmigrantes que llegaban a Ellis Island. Tal vez pudieran ser
entresacados y devueltos a su lugar de origen, reduciendo así la «amenaza de
los subnormales». Pero en esta ocasión Goddard llevó consigo un nuevo método
para suplementar sus identificaciones a primera vista: las pruebas de
inteligencia de Binet, que posteriormente habrían de convertirse (en manos de
Lewis M. Terman, de la Universidad de Stanford) en la escala Stanford-Binet, o
sea, la medida convencional del C.I. Binet acababa de morir en Francia y jamás
llegaría a ser testigo de la distorsión de su mecanismo, ideado para la
identificación de niños necesitados de una ayuda especial en la escuela, que lo
convertía en un instrumento para marcar a las personas con un estigma
permanente de inferioridad.
Goddard quedó tan satisfecho con los resultados de sus pruebas
preliminares que consiguió algo de dinero y envió a dos de sus mujeres de
vuelta a Ellis Island para un estudio más detallado. En dos meses y medio
probaron a cuatro grupos principales: treinta y cinco judíos, veintidós
húngaros, cincuenta italianos y cuarenta y cinco rusos. Los tests de Binet
produjeron un resultado asombroso: un 83 por 100 de los judíos, un 87 por 100
de los rusos, un 80 por 100 de los húngaros y un 70 por 100 de los italianos
eran débiles mentales: esto es, estaban por debajo de los doce años de edad
mental (el límite superior del morón según la definición de Goddard). Hasta el
propio Goddard se sintió un tanto embarazado por la exageración de su éxito.
¿No eran sus resultados demasiado buenos para ser verdad? ¿Iba a ser posible
convencer a la gente de que las cuatro quintas partes de cualquier nación eran
subnormales? Goddard manipuló un poco sus números y rebajó las cifras hasta el
40 o el 50 por 100, pero aun así seguía sintiéndose perturbado.
La muestra de los judíos fue la que más atrajo su interés, por dos
motivos. En primer lugar, podría resolver el dilema de la supuesta inteligencia
de los judíos y suministrar un motivo para mantener aquel grupo indeseable
fuera del país. En segundo lugar, Goddard pensaba que no podían acusarle de
prejuicios en la muestra de judíos. Los otros grupos habían sido interrogados
por medio de intérpretes, pero él había dispuesto de un psicólogo que hablaba
yiddish para los judíos.
Vistas retrospectivamente, las conclusiones de Goddard eran mucho más
absurdas de lo que incluso él se permitió sospechar en momentos de ansiedad.
Pocos años más tarde quedó claro que Goddard había elaborado una versión
particularmente dura de las pruebas de Binet. Sus resultados estaban muy por
debajo de los obtenidos por todas las demás versiones. La mitad de las personas
que daban un coeficiente bajo, pero normal en la escala Stanford-Binet, daban
un coeficiente de morón en la escala de Goddard.
Pero el mayor absurdo surgía de la extraordinaria falta de sensibilidad
de Goddard a los efectos ambientales, tanto a largo plazo como inmediatos,
sobre los resultados de las pruebas. Según su punto de vista, las pruebas de
Binet medían, por definición, la inteligencia innata, dado que no requerían
lectura o escritura y no hacían referencia explícita a ningún aspecto
particular de culturas específicas. Atrapado en este círculo vicioso de
razonamientos, Goddard quedó ciego a la realidad primaria que rodeaba a sus
mujeres en Ellis Island. La formidable miss Kite se acerca a un grupo de
hombres y mujeres asustados (en su mayor parte analfabetos, casi ninguno de
ellos con conocimientos de inglés y todos recién salidos del barco tras un
agotador viaje en el entrepuente), los va sacando de la fila y les pide que
citen todos los objetos que puedan, en su propio idioma, en tres minutos. ¿Su
mala actuación no podría reflejar miedo, confusión o debilidad física, en vez
de estupidez? Goddard consideró la posibilidad, pero la rechazó:
¿Qué podemos decir del hecho de que sólo un cuarenta y cinco por ciento
sea capaz de articular quince palabras en tres minutos, cuando los niños
normales de once años llegan, en ocasiones, a las doscientas en el mismo
tiempo? Es difícil encontrar una explicación que no sea la falta de
inteligencia… ¿Cómo podría una persona vivir, aunque solo fueran quince años,
en cualquier ambiente, sin aprender cientos de nombres de los que, sin duda,
podría recordar sesenta en tres minutos?
¿Podía su incapacidad de identificar la fecha, o incluso el año,
atribuirse a algo que no fuera subnormalidad?
¿Debemos llegar nuevamente a la conclusión de que el campesinado
europeo, del tipo que inmigra a Norteamérica, no presta atención al paso del
tiempo? ¿Y que la dureza de su vida es tal que no le importa si es enero o
julio, si vive en 1912 o en 1906? ¿Es posible que la persona sea de una
inteligencia considerable y a pesar de todo, por la peculiaridad de su
ambiente, no haya adquirido ese tipo tan ordinario de conocimiento, aunque el
calendario no sea de uso general en el continente, o sea un tanto complicado en
Rusia? De ser así, ¡qué ambiente debía ser!
Goddard se debatía con la cuestión de esta inundación de morones. Por
una parte, podía ver en ella algunos beneficios:
Hacen una gran cantidad de trabajo que ninguna otra persona estaría
dispuesta a hacer … Hay una inmensa cantidad de trabajos penosos que realizar,
una inmensa cantidad de trabajo por el que no deseamos pagar lo suficiente como
para obtener trabajadores más inteligentes … Podría ocurrir que el morón tenga
su lugar.
Pero temía aún más el deterioro genético y, eventualmente, se regocijó
ante el endurecimiento de los estándares que su programa había respaldado. En
1917 informó, con placer, que las deportaciones por deficiencia mental habían
crecido en un 350 por 100 en 1913 y en un 570 por 100 en 1914, por encima de la
media de los cinco años precedentes. Los morones podían ser identificados en
los puertos de acceso y devueltos a casa, pero un procedimiento tan ineficiente
y oneroso jamás podría ser instituido como una política general. ¿No sería
mejor limitarse a restringir la inmigración procedente de países atestados de
imbéciles? Goddard sugirió que sus conclusiones «aportan importantes
consideraciones para futuras acciones, tanto de índole científica y social como
legislativa». En el transcurso de diez años las restricciones basadas en cuotas
nacionales se habían convertido en una realidad.
Mientras tanto, en Inglaterra, Karl Pearson había decidido también
estudiar la aparente anomalía de la inteligencia de los judíos. El estudio de
Pearson era tan ridículo como el de Goddard, pero no podemos atribuir sus
errores (como podríamos hacer, si tuviéramos inclinaciones a sentirnos
absurdamente caritativos, en el caso de Goddard) a la ingenuidad matemática, ya
que Pearson virtualmente inventó la ciencia de la estadística. Pearson, el
primer titular de la cátedra Galton de Eugenesia en el University College de
Londres, fundó los Annales of Eugenics en 1925. Decidió lanzar
el primer número con su estudio de la inmigración judía, considerándolo, por lo
visto, como un modelo de ciencia sobria y de planificación social racional. En
las líneas de introducción planteaba inequívocamente sus propósitos:
El objetivo de esta memoria es discutir si es deseable en un país ya muy
poblado, como Gran Bretaña, permitir una inmigración indiscriminada o, caso de
que la conclusión fuera negativa, en qué terreno debería basarse la
discriminación.
Si en un grupo considerado como intelectualmente capaz podía ser
clasificado como inferior, la argumentación básica para la restricción se vería
grandemente respaldada, ya que ¿quién defendería a los grupos que todo el mundo
consideraba estúpidos? Pearson, no obstante, negaba a grandes voces todo
intento de atribuir motivos o prejuicios a su estudio. No podemos por menos que
recordar unas palabras de Shakespeare: «La dama protesta demasiado, diría yo».
Sólo hay una solución ante un problema de este tipo, y está en la fría
luz de la indagación empírica… No tenemos grano que llevar a nuestro molino, no
tenemos cuerpo gubernativo al que propiciar por medio de publicitados
descubrimientos; nadie nos paga para que obtengamos resultados en un
determinado sentido. No tenemos electores ni suscriptores a los que
enfrentarnos en el mercado. Creemos firmemente carecer de prejuicios políticos,
religiosos o sociales… Nos recreamos en los números y las cifras por sí mismos
y, sometidos a la fiabilidad humana, recogemos nuestros datos (como han de
hacer todos los científicos) para averiguar la verdad que contienen.
Pearson había inventado un procedimiento estadístico utilizado hoy día
tan comúnmente que, probablemente, muchas personas piensen que ha existido
desde el amanecer de las matemáticas: el coeficiente de correlación. Este
estadístico mide el grado de relación entre dos rasgos en una serie de objetos:
la altura frente al peso, o la circunferencia de la cabeza frente a la longitud
de las piernas, en un grupo de seres humanos, por ejemplo. Los coeficientes de
correlación pueden ir de 1,0 (si las personas más altas son invariablemente más
pesadas en la misma proporción) hasta 0,0 si no existe correlación alguna (si
un incremento en la estatura no aporta información alguna acerca del peso): una
persona más alta puede pesar más, lo mismo, o menos, y no puede hacerse
predicción alguna a partir tan sólo del incremento en estatura. Los
coeficientes de correlación pueden ser también negativos si el incremento en
una variable lleva a un decrecimiento de la otra (si, por ejemplo, las personas
más altas pesan en general menos). El estudio de Pearson de la inmigración
judía implicaba la medición de correlaciones entre un amplio y variado grupo de
caracteres físicos y mentales de hijos de inmigrantes judíos que vivían en
Londres.
Pearson midió todo aquello que pensó que podía resultar importante en la
evaluación del «mérito» de las personas. Estableció cuatro categorías de
limpieza del pelo: muy limpio y cuidado, aceptablemente limpio, sucio y
descuidado, y grasiento o con parásitos. Evaluaba tanto la ropa interior como
la exterior con arreglo a una escala similar: limpia, algo sucia, sucia e
infecta. Después computó los coeficientes de correlación entre todas las
medidas y se sintió, en general, defraudado por los bajos valores obtenidos. No
podía comprender, por ejemplo, por qué la limpieza del cuerpo y el cabello
tenían una correlación de sólo 0,2615 en los niños y 0,2119 en las niñas, y
meditaba:
Naturalmente habríamos supuesto que la limpieza del cuerpo y la
pulcritud del cabello serían productos del ambiente materno y que por lo tanto
estarían altamente relacionados. Resulta singular que no sea así. Tal vez haya
madres que consideren fundamentalmente los signos externos y, por consiguiente,
vigilen la pulcritud del pelo, pero resulta difícil imaginar que aquellas que
presten atención a la limpieza del cuerpo pasen por alto la del pelo.
Pearson concluyó su estudio de mediciones físicas proclamando que los
niños judíos eran inferiores a la población nativa en estatura, peso,
susceptibilidad a la enfermedad, nutrición, agudeza visual y limpieza:
Los niños judíos extranjeros no son superiores a los gentiles nativos.
De hecho, en términos generales, no exageraríamos si afirmáramos que son
inferiores en la inmensa mayoría de las categorías que hemos tratado.
La única justificación posible para admitirlos yacía en una inteligencia
potencialmente superior, que pudiera compensar sus limitaciones físicas.
Pearson pasó por lo tanto a estudiar la inteligencia por medio del mismo
tipo de escala breve y subjetiva que había caracterizado la medición de los
rasgos físicos. Para la inteligencia, se basó en las calificaciones de sus
profesores, ordenadas de la A a la G.[41] Al
computar las medias brutas, descubrió que los niños judíos no eran superiores a
los gentiles nativos. Los niños judíos daban una media un poco superior, pero
las niñas daban un promedio notablemente inferior al de sus compañeras de clase
inglesas. Pearson concluyó con una llamativa analogía:
Por término medio, y considerando los dos sexos, esta población judía
extranjera es un tanto inferior, física y mentalmente, a la población
nativa…Sabemos, y admitimos, que algunos de los niños de estos judíos
extranjeros han tenido una ejecutoria brillante desde el punto de vista
académico; otra cuestión es saber si tienen o no la capacidad de perseverancia
de la raza nativa. No obstante, ningún criador de ganado vacuno compraría todo
un rebaño, por pensar que iba a hallar en él uno o dos especímenes magníficos;
y aún menos si sus pastizales y sus establos estuvieran ya llenos.
Pero Pearson se daba cuenta de que le faltaba un argumento crucial.
Había admitido ya que los judíos vivían en una relativa pobreza. Supongamos que
la inteligencia sea más un producto del ambiente que un valor innato. ¿No
representarían los valores medios obtenidos por los judíos sus vidas en
inferioridad de condiciones? ¿No serían, después de todo, superiores, si
vivieran tan bien como los ingleses nativos? Pearson reconocía que tenía que
demostrar el carácter innato de la inteligencia para sacar adelante su
argumentación en favor de una inmigración restringida, basada en una
mediocridad irremediable.
Volvió de nuevo a sus coeficientes de correlación. Si un coeficiente
bajo de inteligencia estaba correlacionado con las medidas de miseria
(enfermedades, escualidez, bajos ingresos, por ejemplo), entonces podría
argumentarse la existencia de una base ambiental. Pero si aparecían pocas
correlaciones o ninguna, la inteligencia no se ve afectada por el entorno y
debe ser innata. Pearson computó sus coeficientes de correlación y, al igual
que con las medidas físicas, encontró muy pocos valores elevados, pero esta vez
se alegró. ¡Las correlaciones produjeron poco más que el descubrimiento de que
los niños inteligentes duermen menos y tienden a respirar más por la nariz!
Concluyó triunfante:
No existe en el material ninguna correlación mínimamente relevante entre
la inteligencia del niño y su físico, su salud, el cuidado de sus padres o las
condiciones económicas y sanitarias de su hogar… La inteligencia, como algo
distinto al mero conocimiento, destaca como carácter congénito. Admitamos,
finalmente, que la mente del hombre es, en su mayor parte, un producto
congénito y que los factores que la determinan son raciales y familiares … El
material por nosotros recolectado no nos ofrece evidencia alguna de que una
disminución de la pobreza de los extranjeros, una mejora en su alimentación, o
un aumento de su limpieza, pueda alterar sustancialmente el grado medio de su
inteligencia … Es procedente juzgar al inmigrante por lo que es cuando llega, y
rechazarlo o aceptarlo en ese momento.
Pero las conclusiones basadas en evidencias negativas resultan siempre
sospechosas. El que Pearson no registrara ninguna correlación entre la
«inteligencia» y el ambiente podría sugerir una verdadera ausencia de toda
relación. Pero también podría significar simplemente que sus mediciones eran
tan infectas como el pelo de su categoría cuatro. Tal vez la evaluación de un
maestro no registre nada con precisión y su incapacidad para estar en
correlación con medidas ambientales no demuestre más que una inadecuación como
índice de inteligencia. Después de todo, Pearson había ya admitido que las
correlaciones existentes entre las medidas físicas habían resultado
decepcionantemente pequeñas. Era un estadístico excesivamente bueno como para
ignorar esta posibilidad, de modo que le hizo frente y la dejó de lado con una
de las peores argumentaciones que yo jamás haya leído.
Pearson ofreció tres motivos para mantener su afirmación de que la
inteligencia es innata. Las dos primeras son irrelevantes: que las evaluaciones
de los profesores tienen una correlación positiva con los resultados de las
pruebas de Binet, y que la existencia de correlaciones elevadas entre hermanos
y entre padres e hijos prueban también que la inteligencia es innata. Pero
Pearson no había hecho pruebas de Binet a los niños judíos, y no había medido
la inteligencia de sus padres en modo alguno. Estas dos afirmaciones hacían
referencia a otros estudios y no podían ser transferidas al caso presente.
Pearson era consciente de esta debilidad y, por consiguiente, planteó una
tercera argumentación basada en la evidencia interna: la inteligencia (la
evaluación de los maestros) no tenía correlación con el ambiente, pero sí con
otras medidas «independientes» del valor mental.
Pero ¿cuáles eran estas otras medidas independientes? Lo crean o no,
Pearson escogió la «rectitud» (basándose también en las evaluaciones de los
maestros y clasificada como aguda, media y baja), y el rango en la clase. ¿De
qué otro modo evalúa la «inteligencia» un maestro, si no es (en gran parte) por
la rectitud y el rango de la clase? Las tres medidas de Pearson: inteligencia,
rectitud y rango en la clase, no eran más que evaluaciones redundantes de la
misma cosa: la opinión de los profesores acerca del valor de sus alumnos. Pero
no podemos saber si estas opiniones registran capacidades innatas, ventajas
ambientales o prejuicios de los maestros. En cualquier caso, Pearson concluía
solicitando que se prohibiera la entrada de todos, menos los más inteligentes
de entre los judíos extranjeros:
Para los hombres carentes de ninguna capacidad especial, sobre todo para
aquellos hombres a los que la religión, los hábitos sociales o el lenguaje
mantienen como una casta aparte, no debería haber lugar. No serán
absorbidos ni reforzarán la población existente; se convertirán en una raza
parásita.
Los estudios de Goddard y de Pearson compartían la propiedad de las
contradicciones internas y un prejuicio evidente, suficiente como para rechazar
todas sus afirmaciones. Pero difirieron en un aspecto importante: su impacto
social. Gran Bretaña no dictó leyes para restringir la inmigración por orígenes
raciales o nacionales. Pero en Norteamérica, Goddard y sus colegas ganaron. El
trabajo de Goddard en Ellis Island había ya animado a los funcionarios de
inmigración a rechazar gente por supuesta subnormalidad. Cinco años más tarde
el ejército sometió a 1.750.000 reclutas de la primera guerra mundial a una
prueba que Goddard ayudó a elaborar y que fue compuesta por una reunión de
comité en su Escuela de Formación de Vineland. Las tabulaciones no identificaban
a los judíos per se, pero calculaban la «inteligencia innata»,
según las medias nacionales. Estas pruebas absurdas, que medían la familiaridad
lingüística y cultural con las costumbres norteamericanas (véase mi libro The
Mismeasure of Man, W. W. Norton, 1981),[42] categorizaban
a los inmigrantes recientes del sur y el este de Europa muy por debajo de los
ingleses, alemanes y escandinavos, que habían llegado mucho antes. El soldado
medio de la mayor parte de las naciones del sur y el este de Europa obtuvo resultados
de morón en las pruebas del ejército. Dado que la mayor parte de los
inmigrantes judíos llegaban de naciones del este europeo, las cuotas basadas en
el país de origen eliminaban a los judíos con la misma seguridad con que las
cuotas colegiales basadas en la distribución geográfica les impidieron el
ingreso, en tiempos, a los campus universitarios de élite.
Cuando se instauraron las cuotas para la Ley de Restricción de la
Inmigración de 1924, fueron calculadas inicialmente en un 2 por 100 de las
personas de cada nación presente en Estados Unidos durante el censo de 1890, no
en el recuento más reciente de 1920. Dado que en 1890 habían llegado muy pocos
europeos del sur y del este, estas cuotas redujeron de manera efectiva, a un
goteo, el influjo de eslavos, italianos y judíos. La restricción estaba en el
aire, y en cualquier caso se hubiera producido. Pero el carácter peculiar y la
intención de las cuotas de 1924 fueron, en gran medida, resultado de la
propaganda publicada por Goddard y sus colegas eugenistas.
¿Qué efecto tuvieron estas cuotas, visto retrospectiva? Allan Chase,
autor de The Legacy of Malthus, el mejor libro acerca de la
historia del racismo científico en Norteamérica, ha estimado que las cuotas
impidieron la entrada de hasta seis millones de europeos del sur, del centro y
del este, entre 1924 y el estallido de la segunda guerra mundial (asumiendo que
la inmigración hubiera continuado al ritmo anterior a 1924). Sabemos lo que
ocurrió a muchos que querían partir, pero no tenían a dónde ir. Los caminos que
llevan a la destrucción a menudo son indirectos, pero las ideas pueden también
ser sus agentes, además de las armas y las bombas.
23. La política del censo
En la Constitución de los Estados Unidos, el mismo pasaje que prescribe
un censo cada diez años incluye también la infame afirmación de que los
esclavos serán considerados como tres quintas partes de una persona.
Irónicamente, y por diferentes que sean la situación y los motivos, los negros
siguen siendo contados por debajo de su número real en el censo norteamericano,
porque las personas pobres de las ciudades del interior son sistemáticamente
pasadas por alto.
El censo siempre ha sido una fuente de controversias porque fue
establecido como mecanismo político, no como un caro adorno para satisfacer
curiosidades y alimentar las fábricas académicas. El pasaje constitucional que
ordena el censo empieza diciendo: «El número de representantes y los impuestos
directos serán distribuidos entre los diversos estados que sean incluidos en
esta unión con arreglo a sus respectivas poblaciones».
La utilización política del censo se ha extendido a menudo más allá de
la asignación de impuestos y la representación política. El sexto censo de 1840
engendró una inflamada controversia, basada en la suposición correcta de que,
por una vez, se habían contado negros de más. Esta curiosa historia ilustra el
principio de que la copiosidad de los números no garantiza la objetividad, y
que incluso las prospecciones más cuidadosas y rigurosas sólo valen lo que sus
métodos y sus supuestos de partida. (William Stanton cuenta esta historia
en The Leopard's Spots, un excelente libro acerca de las actitudes
científicas respecto a la raza en la primera mitad del siglo XIX. He leído
también los trabajos originales del principal protagonista, Edward Jarvis.)
El censo de 1840 fue el primero en incluir en su recuento a los
deficientes y enfermos mentales, enumerados por raza y por estado. El doctor
Edward Jarvis, por aquel entonces un joven médico que posteriormente se
convertiría en una autoridad nacional en estadísticas médicas, se regocijaba
que las frustraciones debidas a datos inadecuados se verían pronto superadas.
En 1844 escribió:
Las estadísticas acerca de la demencia están convirtiéndose, cada vez
más, en objeto de interés para los filántropos, para los economistas políticos
y los hombres de ciencia. Pero todas las investigaciones, realizadas por
individuos o por asociaciones, han sido parciales e incompletas y han resultado
muy poco satisfactorias … No eran capaces de cuantificar los grupos de
personas, entre las cuales encontraron un número concreto de dementes, y por
consiguiente, como campo de comparación de la incidencia de la demencia en un
país comparada con la de otro, o en una clase o raza de personas comparada con
otra, sus informes no satisfacían su propósito.
Jarvis pasaba entonces a alabar a los encargados del censo de 1840 como
apóstoles del nuevo orden cuantitativo:
Dado que estos funcionarios recibieron orden de indagar casa por casa, y
de no dejar alojamiento (ni mansión, ni cabaña), ni tienda ni barco, sin
visitar y examinar, se supuso, razonablemente, que habría una evaluación
completa y precisa de la incidencia de la demencia entre 17 millones de
personas. Jamás había sido examinado un campo más amplio que este con tal fin
en parte alguna de la Tierra, desde que el mundo es mundo… Jamás el filántropo
se encontró con una mayor promesa de la verdad hasta entonces desconocida…
Muchos procedieron a analizar inmediatamente las tablas para averiguar la
incidencia de la demencia en diversos estados, y en las dos razas, que
constituyen nuestra población.
Al escrutar las tablas académicos y biólogos de diverso pelaje, salió a
la luz un hecho, de notable prominencia en aquellos tiempos difíciles. Entre
los negros, la demencia atacaba a las personas libres en los estados del Norte
con una frecuencia muy superior que a los esclavos del Sur. De hecho, uno de
cada 172 negros estaba loco en los estados libres, pero sólo uno de cada 1.558
en los estados esclavistas. Pero la libertad y el Norte no planteaban ningún
terror mental para los blancos, ya que su estado mental no difería en el Norte
y en el Sur.
Más aún, la demencia entre los negros parecía ir decreciendo con una
gradación homogénea, desde el áspero Norte hasta el amable Sur. Uno de cada 14
negros de la población de Maine estaba loco o era idiota; en New Hampshire, uno
de cada 28; en Massachusetts, uno de cada 43; en Nueva Jersey, uno de cada 279.
En Delaware, no obstante, la frecuencia de la demencia entre los negros
disminuía abruptamente. Según escribe Stanton: «Parecía como si Mason y Dixon
hubieran trazado una línea[43] no
sólo entre Maryland y Pennsylvania, sino también (sin duda involuntariamente)
entre la cordura y el manicomio».
* * * *
En su primera publicación acerca del censo de 1840, Jarvis sacó la misma
conclusión que tantos otros blancos hubieran planteado: la esclavitud, si bien
no es el estado natural de los negros, debe tener una incidencia notablemente
beneficiosa sobre ellos. Debe ejercer «una maravillosa influencia en el
desarrollo de las facultades morales y los poderes intelectuales». El esclavo
gana en ecuanimidad al «rechazar muchas de las esperanzas y responsabilidades
que las personas libres, pensantes, y que actúan por sí mismas, disfrutan y
mantienen», ya que la esclavitud «les evita algunos de los riesgos y peligros
de dirigir sus vidas por sí mismos».
* * * *
El «hecho» básico de la existencia de diez veces más demencia en régimen
de libertad que bajo la esclavitud fue ampliamente ensalzado por la prensa, a
menudo con tonos espectaculares. Stanton cita a un colaborador del Southern
Literary Messenger (1843) que, llegando a la conclusión de que los
negros se vuelven «más viciosos en un estado de libertad», trazaba una terrible
imagen de Virginia, caso de que alguna vez se convirtiera en un estado libre,
con «el fin de toda simpatía por parte del amo hacia el esclavo». Se
preguntaba:
¿Dónde encontraríamos penitenciarías para los miles de felones? ¿Dónde
manicomios para las decenas de miles de maníacos? ¿Sería posible vivir en un
país en el que el viajero sería recibido por maníacos y felones en cada cruce
de caminos?
Pero Jarvis se sentía preocupado. La disparidad entre el Norte y el Sur
tenía para él sentido, pero su extensión resultaba desconcertante. ¿Sería
posible que la esclavitud pudiera suponer una diferencia tan enorme? Si la
información no hubiera estado sellada con un imprimátur del gobierno, ¿quién la
habría creído? Jarvis escribió:
Esto resultaba tan improbable, tan contrario a la experiencia común,
había en ello una tan fuerte prueba suficiente a primera vista de error, que
nada que no hubiera sido un documento respaldado por toda la autoridad del
gobierno nacional y «corregido en el departamento de estado», podría haberle
otorgado la más mínima credibilidad entre los habitantes de los estados libres,
en los que la demencia parecía abundar tan asombrosamente.
Jarvis empezó, por lo tanto, por examinar las tablas y se quedó
escandalizado por lo que descubrió. De algún modo, y de una forma que
difícilmente podía obedecer a una serie de accidentes fortuitos, el número de
negros dementes había sido absurdamente inflado en las cifras asignadas a los
estados del Norte. Jarvis descubrió que había 25 ciudades en los 12 estados
libres en las que no había un solo negro cuerdo. La cifra de «todos los negros»
había sido obviamente trastocada o equivocadamente situada en la columna de
«negros locos». Pero los datos correspondientes a 135 ciudades adicionales
(incluyendo 39 en Ohio y 20 en Nueva York) no podían ser tan fácilmente
explicados, ¡ya que a estas ciudades les había sido asignado un número de
negros dementes superior al número total de ellos, ya estuvieran locos o
cuerdos!
En unos pocos casos, Jarvis pudo localizar el origen del error.
Worcester, Massachusetts, por ejemplo, tenía 133 dementes en una población
negra total de 151. Jarvis hizo averiguaciones y descubrió que esas 133
personas eran pacientes blancos que vivían en el manicomio estatal allí
localizado. Con esta única corrección, la primera entre muchas, la demencia
entre los negros en Massachusetts bajó de uno por cada 43 a uno por cada 129.
Jarvis, desmoralizado e iracundo, emprendió una década de lucha infructuosa
para obtener una retractación oficial o una corrección del censo de 1840.
Empezó:
Un documento como el que acabamos de describir, cargado de errores y
falsas afirmaciones, en lugar de ser portador de la verdad al mundo, para
iluminar su conocimiento y guiar sus opiniones, es, en lo que a la enfermedad
humana se refiere, un portador de mentiras para confundir y equivocar.
Este debate estaba destinado a tener un fin más significativo que las
persistentes discusiones en las revistas literarias y académicas. Los hallazgos
de Jarvis llegaron a oídos de un hombre formidable: John Quincy Adams, por
aquel entonces cercano a los ochenta años de edad, y a punto de rematar una
distinguida carrera como líder de las fuerzas antiesclavistas en la Cámara de
Representantes. Pero el oponente de Adams era también formidable. En aquel
momento el censo se hallaba bajo la jurisdicción del Departamento de Estado, y
su recién nombrado secretario no era otro que John C. Calhoun, el más astuto y
vigoroso defensor de la esclavitud en Norteamérica.
Calhoun, en uno de sus primeros actos oficiales, utilizó las cifras
incorrectas, pero oficiales, del censo para responder a la esperanza expresada
por el secretario del Exterior británico lord Aberdeen, de que la esclavitud no
fuera permitida en la nueva república (que pronto sería un estado) de Texas. El
censo probaba, escribió Calhoun a Aberdeen, que los negros del Norte habían
«caído invariablemente en el vicio y la pobreza, acompañados por las
aflicciones corporales y mentales correspondientes», mientras que en los
estados que habían retenido lo que Calhoun llamaba con elegante eufemismo «la
antigua relación entre las razas» había una población negra que «había mejorado
grandemente en todos los aspectos: en número, comodidades, inteligencia y
moral».
Calhoun pasó entonces a eludir la requisitoria oficial de la Cámara;
pasó por alto la moción de Adams de que el secretario de Estado informara
acerca de los errores del censo y acerca de las medidas que habrían de tomarse
para corregirlo. Adams abordó entonces a Calhoun en su despacho y registró la
respuesta del secretario en su diario:
Se retorcía como una serpiente de cascabel a la que hubieran pisado la
cabeza, al ver descubierto su falso informe a la Cámara de que no se habían
detectado errores materiales en el censo impreso de 1840, y dijo finalmente que
había tal cantidad de errores que se equilibraban los unos a los otros,
llevando a las mismas conclusiones que si todos ellos fueran correctos.
Jarvis, mientras tanto, había conseguido el apoyo de la Sociedad Médica
de Massachusetts y la Asociación Estadística Norteamericana. Armado con nuevos
datos y respaldos, Adams volvió a persuadir a la Cámara para que exigiera una
explicación oficial a Calhoun. Y una vez más, Calhoun se escurrió, entregando
finalmente un informe lleno de retórica y ofuscación, en el que seguía citando
las cifras de 1840 acerca de la demencia como prueba de que la libertad sería
«una maldición y no una bendición» para los esclavos negros. Jarvis vivió hasta
1884, y colaboró en los censos de 1850, 1860 y 1870. Pero jamás logró una
rectificación oficial de los errores que había descubierto en el censo de 1840.
Los datos manipulados, si no directamente fraudulentos, acerca de la demencia
entre los negros, siguieron siendo citados como argumento en favor de la
esclavitud al ir aproximándose la guerra civil.
Hay todo un mundo de diferencia entre la sobre evaluación de negros
dementes en 1840 y la sub evaluación de negros pobres (y otros grupos) en las
ciudades interiores en 1980. En primer lugar, aunque jamás ha sido determinada
la fuente de los errores del censo de 1840, podemos sospechar, con buenos
motivos, la existencia de una manipulación sistemática, y tal vez consciente,
por parte de los encargados de tabular los datos. Creo que podemos tener una
razonable confianza en que, con los procesos automatizados y un mayor cuidado,
los errores sistemáticos del censo de 1980 al menos sean errores involuntarios.
En segundo lugar, la política de 1840 dejaba abiertos pocos canales para la
crítica, y la cabezonería evasiva de Calhoun prevaleció al final. Hoy en día,
prácticamente todos los censos se ven sometidos a un escrutinio legal y a la
posibilidad de ser impugnados.
No obstante, tras todas estas batallas legales se encuentra el hecho de
que seguimos sin saber cómo contar con precisión a la gente. Los números
voluminosos y las tabulaciones extensivas no son una garantía de objetividad.
Si uno no puede encontrar a la gente, no puede contarla. Y el censo
norteamericano es, según la ley, un intento exhaustivo, no una operación
estadística basada en muestreos.
Si fuera posible (por caro que resultara) contar a todo el mundo con
absoluta confianza, no podría plantearse ninguna queja válida. Pero no lo es, y
el mero intento de hacerlo engendra un error sistemático que garantiza el
fracaso. Porque algunas personas son mucho más difíciles de encontrar que
otras, bien sea por su resistencia a ser incluidas (inmigrantes ilegales, por
ejemplo), o por el complejo de circunstancias desafortunadas que hace que los
pobres sean más anónimos que el resto de los estadounidenses.
Las regiones en las que existe una concentración de gente pobre serán
sistemáticamente sub evaluadas, y tales regiones no están dispersas al azar por
todos los Estados Unidos. Se encuentran en el corazón de nuestras principales
ciudades. Un censo que evalúe la población por recuento directo será una fuente
de contenciosos inacabables mientras el dinero federal y la representación en
el Congreso lleguen a las ciudades como premio por su mayor población.
Los censos han sido siempre fuente de controversias, en especial dado
que su propósito histórico ha implicado normalmente la contribución o el
reclutamiento. Cuando David, embaucado por el propio Satanás, tuvo el
atrevimiento de «numerar» Israel (1 Crónicas, cap. 21), el Señor le castigó
ofreciéndole algunas desagradables alternativas: tres años de hambre, tres
meses de devastación por ejércitos enemigos, o tres días de pestilencia (todas
ellas capaces de reducir la población, tal vez, hasta niveles en los que sería
posible contarla). El legado de cada censo norteamericano parece consistir en
diez años de contenciosos.
Capítulo 6
Extinción
Contenido:
24. Disminución filética en el tamaño de las barritas Hershey
25. El impacto de un asteroide
26. Las riquezas del azar
27. ¡Oh, tumba!, ¿dónde está tu victoria?
24. Disminución filética en el tamaño de las barritas Hershey
El solaz de mi juventud era una miserable mezcolanza de algo dulzón y
pringoso, con una abundante dosis de cacahuetes, y rodeado de chocolate;
verdadero chocolate, por lo menos. Se llamaba «Whizz» y costaba una moneda de
cinco centavos. Grabado en el envoltorio estaba su orgulloso lema rimado:[44] «La
mejor barra de cinco centavos que existe». Algún tiempo después de la guerra,
las barras de dulce subieron a seis centavos durante un tiempo, y el lema
cambió sin aspavientos: «La mejor barra que existe». ¿Cómo podía yo sospechar
que se había iniciado un proceso evolutivo, persistente en su dirección y en
aceleración constante?
Yo soy paleontólogo, uno de esos tipos raros que convirtieron su
fascinación infantil por los dinosaurios en una carrera. Buscamos modelos
repetidos en la historia de la vida, casi siempre sin éxito. Una generalidad
que funciona más veces de las que fracasa es la denominada «regla de Cope del
incremento filético en tamaño». Por razones que aún no han sido claramente
especificadas, el tamaño corporal tiende a crecer con bastante regularidad en
el seno de las líneas evolutivas. Algunos han citado las ventajas generales de
un mayor tamaño corporal: capacidad de recorrer mayores distancias en busca de
comida, mejores resultados reproductivos, una mayor inteligencia asociada con
un mayor tamaño del cerebro. Otros afirman que los fundadores de linajes largos
tienden a ser pequeños y que el incremento en tamaño es más una desviación de
la estatura diminuta que el logro positivo de un tamaño mayor.
El fenómeno opuesto de un decrecimiento gradual en el tamaño es
asombrosamente escaso. Hay un famoso foraminífero (un animal unicelular marino)
que fue haciéndose cada vez más pequeño antes de desaparecer por completo. Un
grupo extinto, pero importante en otros tiempos, los graptolites (organismos
marinos coloniales flotantes, tal vez relacionados con los vertebrados),
iniciaban su vida con un gran número de estipas (ramas portadoras de una hilera
de individuos). El número de estipas fue declinando progresivamente en varios
linajes a ocho, cuatro y dos, hasta que finalmente todos los graptolites
supervivientes poseían una única estipa. Después desaparecieron. Les ocurrió
como a El increíble hombre menguante, es decir, simplemente fueron
disminuyendo de tamaño hasta la invisibilidad (ya que él, habiendo disminuido
de tamaño lo suficiente como para salir a través de los agujeros de la malla de
una pantalla en su debut cinematográfico, debe tener ya el tamaño de un muon;
pero sospecho que sigue aún por ahí). O desaparecieron por completo como la
legendaria Ave-Fu, que giraba en círculos cada vez más pequeños hasta que acabó
volando a través de su propio ya-saben-ustedes-qué, y desapareció. ¿Qué aspecto
tendría un graptolite de cero estipas? En cualquier caso, ya no forman parte de
nuestro mundo.
Las rarezas de la naturaleza son a menudo lugares comunes en la cultura,
y estamos rodeados de disminuciones en el tamaño filético en muchos de los
productos de fabricación humana. Recuerden el reclamo publicitario de las
cubiertas de los tebeos: «52 páginas, todas de historietas». Y costaban sólo
diez centavos. Y hubo una época en la que grande significaba grande, en lugar
de ser el tamaño más pequeño de una secuencia de envases de detergente o de
cereales que iban de grande a enorme y a gigante.
Consideremos la barrita Hershey: un portaestandarte enormemente digno
del fenómeno general del decrecimiento filético en tamaño en los bienes de
consumo. Es el símbolo no publicitado de la calidad norteamericana. Comparte
con las Tiritas, el Kleenex, el Cello y el Danone[45] esa
rara distinción de asociar su nombre comercial al producto genérico. También ha
estado disminuyendo de tamaño a gran velocidad.
He venido controlando informalmente, y con creciente dolor, este proceso
durante más de una década. Es obvio que también otros lo han seguido. La
cuestión ha llegado a ser lo suficientemente delicada como para que haya dado
lugar a un memorándum oficial, en diciembre de 1978, procedente del cuartel
general de la empresa, sita en 19 East Chocolate Avenue (en Hershey,
Pennsylvania, por supuesto). En él, Hershey utilizaba el eslogan sin modificar
y revelaba el secreto de forma inadvertida. Este documento de tres páginas
lleva por título « ¿Recuerdan la barrita de cinco centavos?» (Desde luego que
sí, y con mucho cariño, ya que empecé a comerlas con avidez a una edad de
juvenil inocencia, mucho antes de que oyera hablar de la bolsita de cinco
centavos).[46] Hershey
defiende la disminución en el tamaño de sus barritas y el aumento de sus
precios como una respuesta estrictamente promedio (o incluso ligeramente mejor
que la promedio) a la inflación generalizada.
19. Las barritas Hershey caen por los suelos; una evaluación cuantitativa
(gráfico de L. Meszoly).
No es mi intención refutar esta afirmación, ya que utilizo la barrita
como sinécdoque de una enfermedad generalizada: como un ejemplo medio, no como
una muestra egregia.
He construido el gráfico a partir de la tabla de datos del memorándum de
Hershey, que incluye toda la información desde mediados de 1965 hasta hoy. Como
paleontólogo habituado a interpretar las secuencias evolutivas, vislumbro ahora
dos fenómenos generales: una disminución gradual en el tamaño filético en el
seno de cada linaje de precios, y mutaciones ocasionales súbitas a un tamaño (y
un precio) superiores tras una declinación previa hasta niveles peligrosos. Soy
totalmente ignorante en el terreno de la economía, la ciencia deprimente. Para
mí los toros y los osos tienen cuatro patas y reciben el nombre de Bos
taurus y Ursus arctos. Pero creo que finalmente he comprendido lo que un
evolucionista llamaría el «significado adaptativo» de la inflación. La
inflación es un subproducto necesario de la lucha fructífera de un linaje por
su existencia. Para aceptar esta explicación radical de la inflación, sólo
tienen que aceptarme una premisa: que los productos manufacturados de la
cultura, como algo fundamentalmente no natural, tienden a seguir el curso de la
vida a la inversa. Si los linajes orgánicos obedecen la regla de Cope y van
aumentando de tamaño, los linajes fabricados tienen una propensión, igualmente
fuerte, a disminuir de tamaño. Por consiguiente, o bien siguen los pasos del
Ave-Fu y desaparecen, o se restituyen periódicamente por una mutación súbita a
tamaños mayores (e, incidentalmente, a unos precios excesivos).
Podemos defender esta tesis extrapolando la tendencia de los linajes de
precios del gráfico. La barrita de cinco centavos pesaba una onza (28,35 g) en
1949. Y seguía pesando una onza (tras algunos bajones temporales a 7/8 de onza)
al comenzar nuestra historia en septiembre de 1965. Pero no podía retrasar más
su tendencia natural y comenzó el declive, a 7/8 de onza en septiembre de 1966
y finalmente a ¾ de onza en mayo de 1968, hasta su desaparición el 24 de
noviembre de 1969, día que habrá de cubrirse de infamia. Pero no importa que
haya sido así, ya que si extrapolamos su tasa media de reducción (un cuarto de
onza en 32 meses), se hubiera extinguido de modo natural en mayo de 1976. La
barrita de diez centavos siguió un camino similar, aunque empezó siendo más
grande y, por consiguiente, sobrevivió más tiempo. Fue disminuyendo de tamaño a
partir de dos onzas en agosto de 1965 hasta 1,26 onzas en enero de 1973. Dejó
de producirse oficialmente el 1 de enero de 1974, aunque calculo que se hubiera
extinguido el 17 de agosto de 1986. La barrita de quince centavos inició su
andadura llena de esperanzas con 1,4 onzas en enero de 1974, pero después entró
en declive a un ritmo alarmante, mucho más rápido que el de cualquier otro
predecesor. Inesperadamente, se recuperó exhibiendo la única inversión (aunque
menor) hacia un mayor tamaño en el seno de un linaje de precios desde el año
1965. A pesar de todo murió el 31 de diciembre de 1976 (y ¿por qué no?, si sólo
podría haber durado hasta el 31 de diciembre de 1988 y nadie habría pagado
quince centavos por una migaja de dulce, que es lo que hubiera sido en sus años
finales). La barrita de veinte centavos (espero no estar aburriéndoles) surgió
con un peso de 1,35 onzas en diciembre de 1976, e inmediatamente experimentó el
declive más rápido e irreversible de todos los linajes de precios. Morirá el 15
de julio de 1979. La barrita de veinticinco centavos, que tiene hoy en día unos
pocos meses de edad, inició su andadura con un peso de 1,2 onzas en diciembre
de 1978. Ave atque vale.
El gráfico muestra otra tendencia alarmante: cada vez que la barrita
Hershey muta a un nuevo linaje de precios, se vuelve más grande, pero nunca
tanto como el miembro fundador del linaje previo. La ley del decrecimiento del
tamaño filético para los bienes manufacturados debe actuar entre los linajes
emparentados, además de hacerlo en su seno; con lo que se frustra, en última
instancia, la estrategia de la restauración por salto mutacional. La barrita de
diez centavos empezó pesando dos onzas y aún se mantenía firme cuando comenzó
nuestra historia a finales de 1965. La barrita de quince centavos apareció con
un peso de 1,4 onzas. La barrita de veinte centavos lo hizo con 1,35 onzas y la
de 25 centavos pesaba inicialmente 1,2 onzas. Podemos también extrapolar este
ritmo de decrecimiento entre linajes hasta su solución final. Hemos visto un
decrecimiento de 0,8 onzas en tres pasos a lo largo de trece años y cuatro
meses. A este ritmo los cuatro escalones y medio que quedan llevarán otros
veinte años. Y en diciembre de 1988 hará su aparición esa maravilla de
maravillas, la barrita sin peso. Costará 47,5 centavos.
El personal de publicidad de Hershey mencionó algo acerca de una muestra
gratis de 10 libras. Pero supongo que ya me la he cargado. Aun así, me gustaría
recordarle a todo el mundo el comentario de Mark Twain de que existen
«embustes, malditos embustes y estadísticas». Y me gustaría añadir, en favor de
los buenos muchachos de Hershey, Pennsylvania, que el chocolate sigue siendo
francamente bueno, lo que queda de él. La única rebaja en la calidad que he
percibido ha sido la sustitución de las almendras enteras por almendras
picadas, mientras que me estremezco sólo con pensar de qué podrá estar hecha la
«crema» del interior de un devil dog [47]en estos
días.
Aun así, supongo que lo he estropeado todo. Es una pena. Una barra de
diez libras excita mis más salvajes fantasías. Sería algo tan bueno como el
cromo de 1949 de Joe DiMaggio que jamás llegué a tener (dudo que hubiera
ninguno en la colección). Y acabé con un enorme montón de fundas de chicle a
cambio de mis esfuerzos. Pero esa es otra historia para ser contada, con la
dentadura postiza colocada, en algún otro momento.
Post scriptum
Escribí este artículo (como cualquiera puede averiguar por la evidencia
interna) a comienzos de 1979. Desde entonces, se han producido dos
acontecimientos interesantes. El primero se ajustó a mis predicciones con
asombrosa precisión. En cuanto al segundo, intervino ese espectro de todas las
ciencias, la Gran Excepción (G mayúscula, E mayúscula) y me he visto frustrado.
Y (como ávido devorador de barritas Hershey) no sé cómo explicarles lo contento
que me he puesto.
La barrita de 25 centavos hizo prácticamente lo que yo había dicho que
haría. Inició su andadura con un peso de 1,2 onzas en diciembre de 1978, donde
la dejé, y después cayó en picado a 1,5 onzas en marzo de 1980, antes de
extinguirse en marzo de 1982. Pero Hershey procedió a darle un toque inesperado
a lo inevitable, al reemplazar su llorada barrita de 20 centavos por la
inevitable barrita de 30. Anteriormente, todas las nuevas presentaciones habían
emprendido camino con un peso inferior (a pesar de sus precios excesivos) que
el primer artículo del linaje de precios anterior. (Basé mi extrapolación hasta
la barrita sin peso en este esquema.) Pero, maravilla de maravilla y zalema a
la Gran Excepción, la barrita de 30 centavos emprendió camino con el asombroso
peso de 1,45 onzas, mucho mayor que nada que hayamos visto desde la barrita de
diez centavos de mi ya distante infancia.
Como podrían esperar los lectores cínicos, tras esta singular jugada
existe una historia. En el Washington Post del 11 de julio de
1982 (y gracias a Ellis Yochelson por enviarme el artículo), Randolph E.
Bucklin lo explica todo bajo el encabezado: «La guerra de los dulces: la
táctica de los precios de Hershey fracasa».
Al parecer, la buena gente de Mars (aunque son terrícolas)[48],
fabricantes de Three Musketeers, Snickers y M&M's, que son los principales
competidores de Hershey, habían realizado la maniobra sin precedentes de
aumentar el tamaño de sus barritas de 25 centavos sin subir los precios. Al
cabo de un tiempo, subieron el precio a 30 centavos, pero conservando el tamaño
nuevo. Hershey intentó aguantar el tipo con sus menguantes barritas de 25
centavos. Pero miles de almacenes familiares no estaban dispuestos a tomarse la
molestia de cobrar 25 centavos por algunas barritas y 30 por otras (y, además,
no conseguían acordarse de cuáles eran de Hershey y cuáles de Mars); y, por
consiguiente, cobraban 30 centavos tanto por las grandes barritas de Mars como
por las minúsculas ofertas de Hershey. Las ventas de Hershey cayeron en picado;
finalmente, capitularon frente a las tácticas de Mars, subiendo los precios a
30 centavos y aumentando el tamaño hasta el nivel de Mars, y por encima de las
predicciones de la tendencia natural.
Como científico entrenado en los razonamientos espectaculares, tengo
preparada una explicación de la Gran Excepción. Las tendencias generales tienen
un carácter intrínseco; continúan siempre que las condiciones externas
mantengan su constancia. Una catástrofe imprevista e impredecible, como el
asteroide de finales del Cretácico del próximo ensayo, o las arteras tácticas
de venta de Mars y Co., altera el sistema, con lo que todas las apuestas se
cierran. No obstante, prevalecerá la mayor inevitabilidad. La barrita de 30
centavos irá en disminución y sus restituciones, a precios más elevados,
también irán menguando. La barrita sin peso tal vez tarde en llegar unos
cuantos años más que los que predije (puede incluso llegar en el nuevo
milenio), pero sigo apostándoles a que les costará alrededor de 40 centavos.
25. El impacto de un asteroide
Las diez plagas de Moisés son los desastres arquetípicos del pensamiento
occidental. Por consiguiente, no me sorprende que las explicaciones populares
de las grandes catástrofes de la historia de la vida hayan tendido a seguir en
espíritu sus escenarios. La más famosa extinción en masa (aunque no la más
profunda) se produjo hace alrededor de sesenta y cinco millones de años, a
finales del período Cretácico. Todos los dinosaurios supervivientes murieron,
al igual que lo hicieron sus gigantescos primos del aire (pterosaurios) y de
los mares (ictiosaurios, plesiosaurios, mosasaurios). El plancton oceánico
desapareció prácticamente con espectacular rapidez, en una frontera que los
geólogos llaman la línea del plancton. Perecieron varios grandes grupos de
invertebrados, incluyendo todos los ammonites y los curiosos bivalvos rudistas
que tenían aspecto de corales y formaban arrecifes.
Las evidencias en torno a la causa de esta gran hecatombe son tan
escasas que la especulación campa por sus respetos. Los escenarios primigenios
de Moisés se nos imponen. Las teorías acerca de pandemias desbocadas recuerdan
la gran plaga que mató el ganado del faraón y las «pústulas y tumores en los
hombres y en los ganados». El envenenamiento de los océanos por el cobre
arrastrado desde la tierra o por una lente de agua dulce extendiéndose a partir
de un lago ártico fracturado nos recuerda al Nilo convertido en sangre («Los
peces que había en el río murieron, el río se inficionó…»). Un cambio
espectacular en el clima conjura el recuerdo de la gran tormenta de granizo que
cayó «sobre hombres y animales y sobre todas las verduras del campo…». Los
voraces depredadores y las pestilencias de parásitos tienen su contrapartida en
los sucesivos diluvios de ranas, piojos, moscas[49] y
langostas que tuvo que soportar el Faraón. Incluso la matanza de niños nos
recuerda la habitual especulación (aunque bastante tonta) acerca de los
mamíferos primitivos, que supuestamente se comían alegremente los huevos de los
dinosaurios. La única plaga mosaica que no ha sido bien representada en el
catálogo de los desastres de finales del Cretácico es la gran oscuridad que
cubrió Egipto durante tres días —«y hay tinieblas… tan densas, que se palpan».
Me alegra comunicarles que esta seria omisión ha sido por fin
rectificada. Más aún, me satisface informarles de que esta última aportación se
basa en una evidencia de un tipo totalmente nuevo. Ha legitimado, por vez
primera, una gran clase de explicaciones que hasta el momento estaba
caracterizada por su perfecta plausibilidad en teoría, combinada con la
absoluta falta de evidencia que pudiera confirmarla: los acontecimientos
extraterrestres. ¿Podrían ustedes creer en un asteroide tan grande que colisionó
con la Tierra, produciendo una nube de polvo lo suficientemente espesa como
para impedir por completo la fotosíntesis durante una década? El Faraón estuvo
a punto de arrojar la toalla con sólo tres días. Pero permítanme dejar de lado
el asteroide durante unos cuantos párrafos, para discutir algunas reglas y
principios básicos acerca de las extinciones en masa.
Las principales teorías acerca de las extinciones en masa pueden
dividirse en dos grupos con arreglo a su actitud respecto a dos
cuestiones: origen (dentro o fuera de la Tierra) y
ritmo (realmente repentinas o sólo relativamente rápidas). La propia
Tierra es el origen de algunas causas propuestas, ya sea por medio de
mecanismos físicos tales como el cambio de climas engendrado por el
desplazamiento de continentes, o por factores biológicos tales como las
enfermedades, la competencia, o el hundimiento de cadenas alimentarias. Las
hipótesis extraterrestres han ido desde la variación en la producción de
radiaciones solares a las radiaciones cósmicas procedentes de supernovas
cercanas y hasta los impactos de cuerpos diversos. Con respecto al ritmo,
algunas teorías plantean no simplemente un acontecimiento relativamente rápido
en la inmensidad del tiempo, sino auténticos cataclismos, desastres en la corta
escala de una vida humana: impactos de cuerpos extraterrestres, por ejemplo.
Otras teorías invocan procesos que serían demasiado lentos como para ser
percibidos en el transcurso de una vida humana, pero que realizan su trabajo
con miles o incluso millones de años, sobre un telón de fondo de miles de
millones de años. La mayor parte de estas teorías no catastróficas implican
cambios del clima, incluyendo disminuciones en el nivel del mar y el
crecimiento de glaciares.
Los geólogos, como todo el mundo, tienen sus prejuicios. Prefieren
causas que emanen de su propio terreno, la Tierra. Desde tiempos de Lyell han
venido siendo educados para considerar los grandes cambios como acumulación de
pequeñas aportaciones basadas en procesos observables en el presente geológico
relativamente tranquilo. Estas preferencias se han combinado para otorgarles un
mal papel a las teorías cataclísmicas extraterrestres. Y aun así, creo que
pocos geólogos considerarían como algo inherentemente imposible, ni siquiera
improbable, que la Tierra pudiera haber sufrido violentas agresiones cósmicas,
a intervalos infrecuentes a lo largo de su dilatadísima historia.
Pero existe otra razón, mejor que los prejuicios tradicionales, que
gobierna la baja estima en que se tienen las catástrofes extraterrestres. Los
geólogos no han conocido, ni siquiera en principio, modo alguno de obtener
evidencia directa en favor suyo. ¿Qué signo directo dejaría sobre la Tierra una
supernova o una pronunciada variación en la intensidad solar? De hecho, el
argumento tradicional del impacto de los rayos cósmicos, procedentes de
supernovas, se basa en una falta total de evidencias: ¡en el hecho de la
extinción en masa no acompañada de ningún agente geológico reconocido capaz de
causarla! Así pues, muchos geólogos, yo mismo incluido, han pasado mucho tiempo
en la incómoda posición de considerar inherentemente plausibles las catástrofes
extraterrestres, mientras luchaban activamente en contra de ellas. Porque ¿para
qué sirve una teoría, incluso una teoría correcta, que es incapaz de generar
evidencia que la confirme? La teoría del asteroide ha cambiado todo eso.
Los datos de la extinción del Cretácico imponen limitaciones a las
teorías que podemos proponer para explicarlos. Sabemos, por ejemplo, que las
extinciones se produjeron en todo el mundo y en todos los grandes ambientes:
tierra, aire y mar. Sólo este hecho invalida prácticamente toda la panoplia de
teorías populares que atribuyen la extinción de los dinosaurios a una causa
relacionada tan sólo con su supuesta torpe ineficiencia: los mamíferos se
comían sus huevos; las plantas con flores lanzaban demasiado oxígeno a la
atmósfera; el hiperpituitarismo, surgido a causa del gran tamaño y que les
llevó a la esterilidad. Cualquier idea descabellada puede obtener notoriedad en
un contexto de tal fascinación pública. Alguien propuso en una ocasión, y con
toda seriedad, que los dinosaurios machos simplemente llegaron a ser demasiado
pesados para montar a sus compañeras y fecundarlas, aunque jamás pude
comprender por qué el pequeño Velociraptor se extinguió junto
con sus primos gigantes (por no mencionar qué estuvieron haciendo los
brontosaurios gigantes durante los aproximadamente cien millones de años de su
éxito). El dato principal de la extinción de los dinosaurios es su situación en
el tiempo como parte de una muerte en masa a nivel global. Necesitamos una
teoría general, no una serie de fáciles especulaciones aplicables a grupos
independientes.
Sabemos también que la extinción del Cretácico incluyó algunos aspectos
de muerte geológicamente repentina, y otros de una duración algo más extensa.
Para algunos grupos, la fase final del Cretácico parece haber actuado más
como coup de gráce que como ángel exterminador. Los
dinosaurios y los ammonites llevaban en declive millones de años. La fauna de
los saurios de finales del Cretácico no incluía uno de cada uno de los que se
congregan en torno a un pozo de agua (como sugiere el póster multicolor del
cuarto de mi hijo), sino un conjunto muy reducido consistente en gran medida
en Tyrannosaurus, Triceratops y unos pocos animales de menor
tamaño. Podemos también correlacionar estos declives más lentos con algunos
acontecimientos geológicos, a menudo implicados en las extinciones (pero
recuerde, por favor, el lector que la correlación no implica necesariamente
causalidad). El nivel del mar bajó de modo regular durante todo el Cretácico
tardío; el canal marítimo continuo que había dividido en dos América del Norte,
desde Alaska hasta el golfo de México, fue retirándose gradualmente en ambas
direcciones. Al ir bajando el nivel del mar y aumentando la altura y la
extensión de los continentes, las temperaturas empezaron un descenso general
que continuó a lo largo de los siguientes 70 millones de años, culminando en el
reciente (y aún incompleto) ciclo de eras glaciares.
La disminución en el nivel del mar ha acompañado prácticamente todas las
extinciones en masa padecidas por la Tierra; esta correlación es prácticamente
el único aspecto de las extinciones en masa que es aceptado universalmente por
los geólogos. Su efecto negativo sobre la diversidad biológica también tiene
sentido, ya que el descenso de los mares dejó secas las extensas, pero poco
profundas, plataformas continentales, eliminando así una gran cantidad de
espacio vital del dominio de los invertebrados de aguas someras, la fauna
dominante de nuestro registro fósil. Seguidamente se extendieron por las
tierras unas condiciones más duras a medida que iba predominando el clima cada
vez más errático, y generalmente más frío, de una Tierra más «continental».
Dudo que ningún dinosaurio se comiera jamás un ammonites (aunque los
mosasaurios gigantes, lagartos varánidos crecidos, lo hacían), pero el declive
coordinado de ambos grupos podría estar causalmente relacionado con la
disminución del nivel del mar.
No obstante, no podemos atribuir la totalidad de la extinción del
Cretácico a un clima que se deterioraba gradualmente. Tuvo que pasar algo más
espectacular, como testifica la línea de plancton. Tal vez esta causa
espectacular vio multiplicados sus efectos debido a que estaban en pleno
declive más grupos de lo habitual, por lo que eran sensibles a un coup
de gráce. En este sentido, toda explicación completa de la extinción del
Cretácico incluirá probablemente una compleja combinación entre un fin
espectacular y un deterioro generalizado.
En cualquier caso, la evidencia geológica nos obliga a buscar una causa
contribuyente de efectos mundiales, capaz de exterminar grupos en todos los
grandes hábitats, y geológicamente repentina, al menos en lo referente a
algunos de sus resultados. Lo que me trae de vuelta a los asteroides.
La teoría asteroidal, como otras tantas hipótesis interesantes de la
ciencia, tuvo sus raíces en un estudio cuyos objetivos eran notablemente
diferentes (no se puede buscar activamente lo totalmente inesperado). Un equipo
encabezado por Luis y Walter Álvarez, de Berkeley, California, pensó en la
posibilidad de utilizar la cantidad de iridio presente en los sedimentos como
indicador de su tasa de deposición. El iridio, un elemento metálico escaso del
grupo del platino, es de una a diez mil veces más abundante en los asteroides y
los meteoritos que en la corteza y manto superior de la Tierra. (Dado que tanto
la Tierra como los meteoritos se formaron de la misma fuente, debemos suponer
que la Tierra, en su totalidad, contiene un porcentaje de iridio tan elevado
como el de los meteoritos. Pero la Tierra se fundió y se diferenció, y los
elementos pesados y no reactivos como el iridio se hundieron en el inaccesible
núcleo central. Los cuerpos más pequeños que constituyen los meteoritos y los
asteroides jamás se diferenciaron y conservan, por lo tanto, el iridio en su
primigenia abundancia.) La mayor parte del iridio de los sedimentos de la
Tierra procede, por lo tanto, de fuentes extraterrestres. Trabajando sobre el
supuesto común de que los meteoritos y el polvo cósmico caen sobre la Tierra en
forma de lluvia razonablemente constante, los Álvarez razonaron que los
sedimentos con abundancia de iridio debieron formarse lentamente, dado que se
habría acumulado relativamente menos sedimento terrestre para diluir el flujo
cósmico.
Pero no estaban preparados para las concentraciones anormalmente altas
de iridio que encontraron en dos lugares: en los Apeninos de Umbria en Italia y
cerca de Copenhague. Los niveles de iridio eran 30 veces más elevados que la
media en Italia y 160 veces más en Dinamarca. Más aún, un análisis de otros 27
elementos en la muestra italiana ponía de manifiesto que ningún otro se alejaba
del «comportamiento medio» de los sedimentos ordinarios en más de un factor de
dos. La anomalía sólo hace referencia al iridio.
Los Álvarez se preguntaron si podría aplicarse el tipo de explicación
que habían pensado en un principio: ¿podía haber sido la sedimentación lo
suficientemente lenta en estos lugares, como para dar una concentración tan
elevada de iridio, a partir tan sólo de la lluvia cósmica normal? No pudieron
encontrar evidencia alguna, ni siquiera se les ocurrió ninguna razón, por la
que se pudiera creer que aquellos sedimentos se habían formado durante una
virtual interrupción de los procesos normales de deposición en el océano. Por
el contrario, se vieron obligados a invertir su perspectiva: la sedimentación
había sido más o menos normal; el iridio representaba una genuina aportación
cósmica en cantidades insólitas, no una suave lluvia sin diluir. Los Álvarez
disponían de otra razón espléndidamente buena para animarles a tal cambio de
ideas. Ambas muestras procedían de arcillas finas depositadas en la parte
correspondiente al último período del Cretácico, coincidiendo con la gran
extinción.
Pero ¿qué fuente extraterrestre pudo haber producido a la vez el iridio
y actuado como causa de la gran extinción? Los Álvarez contemplaron primero esa
venerable teoría de entre las teorías cósmicas: la supernova que explotó cerca
de la Tierra inundando nuestro planeta con tal cantidad de radiación cósmica
que muchas criaturas mutaron hasta su desaparición. No obstante, tras juguetear
con la idea (en parte, públicamente) durante algún tiempo, la dejaron de lado
(con gran alegría por mi parte, ya que para mí nunca ha tenido sentido,
biológicamente hablando, a pesar de su asombrosa popularidad en la «literatura
del desastre»).
La radiación aumenta el ritmo de mutaciones y da una población con un
mayor grado de variación. Pero una mayor variación per se no
lleva ni a la extinción por la predominancia de monstruosidades, ni a unos
ritmos de evolución desusadamente rápidos, ya que los ritmos evolutivos parecen
estar controlados por una fuerza diferente: la selección natural. Las
poblaciones normales poseen la suficiente variación (sin intromisiones
externas) para permitir unos ritmos evolutivos tan rápidos que parecen
instantáneos en una perspectiva geológica. Unas tasas de mutación tan elevadas
como para matar a los animales directamente (no a través de la transmisión de
genes defectuosos a la descendencia) requiere una supernova excesivamente
próxima a nuestro Sol como para ser plausible, dadas las distancias entre las
estrellas en nuestra parte de la galaxia.
* * * *
Los Álvarez citan ahora tres motivos para su rechazo de una supernova:
1. Una supernova habría
producido también una elevada concentración de un ion del plutonio (244Pu),
y, no obstante, las arcillas italianas y danesas contienen unos niveles de este
ion diez veces inferiores a los valores predichos para el caso de una
supernova.
2. El iridio aparece en
forma de dos isótopos comunes (191Ir y 193Ir). Dado
que todos los objetos de nuestro sistema solar tuvieron un origen común, la
relación entre estos dos isótopos debería ser la misma en los meteoritos y en
la pequeña cantidad de iridio propio de la corteza terrestre. El iridio formado
en otras estrellas podría exhibir una relación diferente. La relación en las
muestras anómalas italianas y danesas se corresponde con la red del iridio
indígena de la Tierra, y probablemente proceda de nuestro sistema solar.
3. Para poder anegar
nuestra Tierra con todo el iridio que contienen las muestras italianas y
danesas, la estrella en explosión tendría que haber estado tan cerca de nuestro
Sol que la probabilidad de tal acontecimiento se vuelve excesivamente remota para
ser creíble.
* * * *
Dado que la relación entre los iones del iridio llevó a los Álvarez a
buscar una fuente para ellos dentro de nuestro propio sistema solar, dirigieron
su atención a los objetos que pudieran colisionar con la Tierra con una
probabilidad razonable y hacer el daño suficiente. La mayor parte de los
asteroides orbitan el Sol en el amplio espacio existente entre Marte y Júpiter,
pero unos cuantos recorren caminos algo más erráticos, y algunos, llamados
objetos Apolo, cruzan la órbita de la Tierra en sus vagabundeos. Desde el
descubrimiento del asteroide Apolo en 1933, han sido observados otros
veintisiete que cruzan la órbita de la Tierra. Los astrónomos descubren una
media de cuatro más por año, mientras que dos estimaciones realizadas por
fuentes distintas calculan en setecientos el número probable de asteroides
Apolo de más de un kilómetro de diámetro. Los Álvarez concluyen que las
colisiones ocasionales entre los asteroides Apolo y la Tierra son inevitables.
En pocas palabras, el escenario que ellos plantean para la gran
extinción del Cretácico implica el impacto de un asteroide Apolo de unos diez
kilómetros de diámetro. Calculan que un objeto así hubiera producido un cráter
de más de ciento cincuenta kilómetros de diámetro y habría inyectado tal
cantidad de polvo en la atmósfera, procedente tanto de su propia pulverización
como de la de la Tierra en torno a su punto de impacto, que la totalidad de
nuestro planeta quedó tan oscurecido como Egipto durante la ordalía del Faraón.
La fotosíntesis pudo quedar completamente suprimida durante una década o más,
lo que hubiera llevado a la muerte inmediata del plancton fotosintético (con su
corto tiempo de generación, que se mide en semanas) y el subsiguiente hundimiento
de la cadena alimentaria oceánica basada en él. La mayor parte de las especies
de grandes plantas terrestres podrían haber sobrevivido a través de la latencia
de sus semillas, pero las plantas adultas habrían muerto, llevándose consigo a
los dinosaurios herbívoros que se alimentaban de ellas. Los Álvarez calculan
que los asteroides Apolo de este tamaño podrían haber colisionado con la Tierra
con la suficiente frecuencia como para causar las cinco grandes extinciones que
han puntuado la historia de la vida desde la aparición de un registro fósil
adecuado, hace alrededor de seiscientos millones de años.
Este escenario contiene también problemas importantes. Lo que más me
preocupa son las argumentaciones especiales necesarias para hacer que el modelo
de las extinciones tenga sentido. Puedo aceptar el argumento oceánico, pero me
echo para atrás ante el intento de los Álvarez de explicar por qué hubo tres
grupos terrestres que salieron relativamente indemnes de la gran oscuridad:
plantas, pequeños vertebrados (mamíferos y aves) y vertebrados marinos
costeros. En un caso clásico de nadar y guardar la ropa, permiten a los
mamíferos sobrevivir comiendo semillas, y a pesar de todo utilizan esas mismas
semillas para salvar a las especies de plantas que las engendraron. Su
explicación, en el caso de los vertebrados costeros, está basada más en la
esperanza que en la lógica: su supervivencia «podría deberse a su capacidad
para utilizar cadenas alimentarias basadas en nutrientes procedentes de la
descomposición de plantas terrestres arrastradas por los ríos a los mares poco
profundos».
Los Álvarez padecen también de un exceso en lo que a su hallazgo se
refiere, ya que los niveles de iridio de la muestra danesa resultan
incómodamente elevados. Calculan que el iridio asteroidal medio, mezclado con
alrededor de cien veces su masa en material terrestre (la cantidad necesaria
para conjurar la gran nube de polvo), incrementaría los niveles medios de
iridio en los sedimentos en tan sólo una décima parte de la proporción danesa.
Las muestras italianas entran en valores más próximos a los esperados.
Pueden aparecer otros problemas aún. Un estudio poco seguro argumenta, a
partir de la magnífica estratigrafía de las inversiones magnéticas, que la
línea del plancton no coincide con la extinción de los dinosaurios: un efecto
pequeño para el concepto más relajado de la inmediatez geológica (que podría
abarcar muchos miles de años), pero potencialmente fatal para el requerimiento
de los Álvarez de una verdadera simultaneidad. En mi opinión, los Álvarez
asumen la actitud adecuada respecto a este informe: lo reconocen sin reparo,
señalan sus incertidumbres, admiten que su posterior confirmación podría
debilitar mucho o destruir su hipótesis y después predicen (sobre la base de su
teoría) que el informe probablemente esté equivocado y necesite un mayor
estudio.
Pero no me preocupa gran cosa si el escenario del asteroide en sí es
correcto. El aspecto notable del trabajo de los Álvarez (la parte que ha
producido un murmullo de excitación entre mis colegas, en lugar del bostezo que
normalmente acompaña a cada nueva vana aportación) yace en los datos sin
procesar acerca del aumento del iridio al llegar al final del Cretácico. Por
primera vez tenemos ahora la esperanza (de hecho, la expectación) de que puedan
existir evidencias de causas extraterrestres para las extinciones en masa en el
registro geológico. La vieja paradoja (de que debíamos erradicar una serie de
teorías tan plausibles, porque no conocíamos ningún medio para obtener
evidencia en su respaldo) ha desaparecido.
Cuando inicié mi carrera como paleontólogo, solía argumentar que las
extinciones en masa podían ser extraordinariamente divertidas de discutir, pero
que eran relativamente poco importantes para la disposición última de la vida y
su historia. Por aquel entonces andaba yo cautivado por algunos prejuicios
comunes, acerca del progreso inherente y majestuoso como clara rúbrica de la
historia de la vida. Las extinciones en masa, pensaba yo, podrían interrumpir
gravemente el proceso, echando atrás el reloj del progreso. Pero el tiempo
(para un geólogo) no es una grave limitación; la vida se recuperaría y seguiría
su camino como antes.
No consigo recordar ninguna otra idea que haya mantenido (a partir de
los cinco años de edad) que considere hoy en día tan tonta (excepto la idea de
que los Giants de Nueva York serían capaces de alcanzar a los Dodgers de
Brooklyn en 1951, cosa que hicieron; gracias otra vez, Bobby Thomson). La
historia de la vida tiene algunas débiles tendencias empíricas, pero no poseen
ninguna dirección intrínseca específica. Las extinciones en masa no cambian de
hora el reloj; crean un nuevo modelo. Eliminan grupos que podrían haber
prevalecido durante incontables milenios, y crean oportunidades ecológicas para
otros que tal vez jamás hubieran conseguido establecerse. Y causan su daño, en
gran parte, sin ninguna clase de consideración por el grado de perfección o
adaptación (el organismo planctónico fotosintético más maravillosamente
diseñado no podría sobrevivir a una gran oscuridad, mientras que algún
competidor marginal tal vez consiguiera hacerlo por los pelos, convirtiéndose
en el progenitor del siguiente grupo dominante).
¿Quién sabe? Sin la gran extinción del Cretácico tal vez los dinosaurios
se hubieran recuperado y dominarían aún la Tierra (llevaban ya viviendo mucho
más de los sesenta y cinco millones de años transcurridos desde su
desaparición). Los mamíferos podrían ser aún un pequeño grupo de animales
parecidos a las ratas, en busca de un ocasional bocado de proteínas en un huevo
de Triceratops.
Entre los mamíferos cretácicos que fueron testigos del gran
acontecimiento, conocemos un único primate llamado Purgatorius.
Pudo no haber sido el único miembro de nuestro orden, pero probablemente por
aquellos tiempos no hubiera muchos de los nuestros. Supongamos que Purgatorius no
hubiera conseguido salir del trance (y recuérdenlo, probablemente debió su
permanencia a la suerte o a adaptaciones en nada relacionadas con los rasgos
que valoramos en los primates, debido a que los hemos capitalizado). Los
primates no hubieran vuelto a evolucionar. Tal vez habría ahora una jirafa en
las llanuras observando la creación desde las alturas y considerándose,
prepotentemente, la más magnífica de las criaturas de Dios. Nuestra existencia
actual es una función extendida de enormes improbabilidades. Podemos deber
nuestra evolución, en buena parte, a la gran extinción del Cretácico que abrió
un camino, pero preservó la vida de nuestros antecesores para poder recorrerlo.
Aquel asteroide bien pudo ser el sine qua non de nuestra
existencia.
Post scriptum
Se ha escrito y discutido tanto acerca de la hipótesis de los Álvarez
desde la aparición de este ensayo en junio de 1980, que cualquier intento de
ponerlo al día de un modo completo (o incluso adecuado) requeriría todo un
libro. Por lo tanto, decidí dejar que el ensayo quedara en gran medida igual
que apareció; al menos pudo tener alguna virtud histórica como comentario
acerca de la hipótesis, tal y como fue originalmente presentada. Desde
entonces, la principal aportación en apoyo de los Álvarez ha sido el
descubrimiento de capas de iridio justamente en los límites Cretácico-Terciario
en otros muchos lugares aparte de los dos originales mencionados en el ensayo.
Algunos incluyen ambientes muy diferentes (muestras de fondos marinos
profundos) y lugares muy distantes (Nueva Zelanda, prácticamente en las
antípodas de los dos lugares originales). Todo esto son buenos auspicios para
una hipótesis que requiere un efecto a nivel mundial. La principal dificultad y
fuente de debates ha resultado ser una cuestión destacadamente discutida en mi
ensayo (una que cualquier paleontólogo profesional plantearía). En su artículo
original (véase la Bibliografía), Álvarez et al sugerían con
énfasis que su asteroide podría suministrar una explicación completa del
esquema de las extinciones de finales del Cretácico. No obstante, el registro
paleontológico indica claramente (como han establecido innegablemente los
críticos) que muchos de los grupos que llegaron a su fin en el Cretácico
llevaban millones de años de declinación antes de que ningún desastre golpeara
la Tierra en este período. Desde mi punto de vista, este hecho no reduce la
significación de una potencial catástrofe a finales del Cretácico; ni siquiera
reduce semejante catástrofe a la condición relativamente insignificante
de coup de gráce. Porque, como planteo en mi ensayo, estas
decadencias graduales (de no haberse super impuesto a ellas una catástrofe
terminal) probablemente no habrían llevado a una gran extinción que cambió el
esquema de la historia subsiguiente de la vida, incluyendo nuestra propia
evolución. Necesitamos una teoría compleja y sinérgica de la extinción del
Cretácico.
En octubre de 1981, prácticamente todos los principales expertos en
impactos extraterrestres, capas de iridio, evidencias paleontológicas, etc., se
reunieron en Snowbird, Utah, para discutir tanto la hipótesis de los Álvarez
como la cuestión general del papel de las catástrofes extraterrestres en la
historia geológica. Los resultados de esta conferencia serán publicados por la
Sociedad Geológica de Norteamérica a finales de 1982 o principios de 1983. Este
volumen constituirá una importante fuente de información para todo aquel lector
que desee indagar más acerca de este fascinante tema.
26. Las riquezas del azar
En la literatura, la idea de azar va a menudo emparejada con la de caos,
ausencia de leyes o desorden, para conjurar una visión de terror sin
paliativos. En el Ensayo sobre el hombre, Alexander Pope evoca la
imagen de todo un universo desmoronándose, si su orden legítimo se llegara a
romper.
Que la Tierra salida de su órbita vuele,
los planetas y los soles corran proscritos a través de los cielos;
que los ángeles gobernantes sean arrojados de sus esferas,
ser tras ser destrozado, y mundo tras mundo;
que los cimientos de los cielos se inclinen hacia su centro
y la naturaleza tiemble hasta el trono de Dios.[50]
La fácil y esperanzada solución de Pope consistía en eliminar, por las
buenas, la idea misma del azar por medio de un artículo de fe:
Toda la naturaleza no es sino arte, desconocido para ti;
toda la casualidad, dirección, que tú no puedes ver;
toda la discordia, armonía no comprendida;
toda maldad parcial, un bien universal.[51]
El azar también le trajo problemas a Darwin más de cien años después,
cuando le otorgó un importante papel en su teoría evolutiva. Muchos críticos,
impulsados por un negativismo reflejo hacia la aleatoriedad, no hicieron el más
mínimo esfuerzo por comprender el papel estrictamente limitado que Darwin le
había asignado. Argumentaban: Darwin tiene que estar equivocado; la naturaleza
es tan armoniosa, los animales están tan bien diseñados. Este orden no puede
ser obra del azar.
Darwin no hubiera estado en desacuerdo. Elaboró su teoría en dos partes,
permitiendo que en la primera prevaleciera el azar, pero excluyéndolo
estrictamente en la segunda, por la razón convencional de que el azar no
podría, en su opinión, producir el orden tan presente en nuestro mundo. Según
la teoría de Darwin, las poblaciones deben empezar por desarrollar una gran
cantidad de variación heredable para suministrar materia prima a la posterior
acción directora de la selección natural. Darwin consideraba este
almacenamiento de variaciones como aleatorio respecto a la dirección del cambio
adaptativo; esto es, si a una especie le resultara útil un tamaño menor, la
variación tiende a aparecer con igual frecuencia en tamaños tanto mayores como
menores a la media, en un momento dado. La materia prima para el cambio
evolutivo (y sólo la materia prima) surge por un proceso de mutación aleatoria.
Entonces hace su aparición en escena la selección natural para hacerse
cargo del segundo acto, e interviene como una fuerza directora convencional y
determinista. La selección natural da forma a la materia prima de la variación,
preservando y apadrinando individuos que varían en direcciones adaptativas. Si
en nuestra hipotética población los organismos pequeños consiguen, por término
medio, crear una mayor descendencia, lenta, pero inexorablemente, el tamaño
medio de los individuos de la población irá disminuyendo.
Darwin se expresó con admirable claridad y, a pesar de todo, los
críticos llevan interpretando erróneamente este punto fundamental más de un
siglo, desde el reverendo Adam Sedgwick (el mentor geológico de Darwin, y no un
teólogo dogmático y anticientífico) hasta Arthur Koestler. Siempre se repite la
misma letanía: Darwin tiene que estar equivocado; el orden no puede ser
producto del azar. Una vez más, Darwin nunca afirmó que así fuera. El azar sólo
produce la materia prima. La selección natural dirige el cambio evolutivo.
La teoría evolutiva empieza a alejarse ahora del darwinismo estricto que
ha prevalecido a lo largo de los últimos treinta años. Mientras que los
críticos no han desafiado seriamente el mecanismo de Darwin en su terreno
principal de explicar la adaptación, se han unido en una exigencia de
pluralismo. ¿Debe considerarse todo cambio evolutivo como una adaptación y ser
adscrito a la selección natural? La aleatoriedad se ha convertido en el blanco
principal de los críticos, porque la estricta dicotomía de Darwin parece estar
viniéndose abajo. La aleatoriedad puede actuar no sólo en la generación de
variaciones; puede también ser un importante agente del cambio evolutivo. El
espectro del azar empieza ahora a entrometerse en verdad donde los críticos de
Darwin lo habían detectado erróneamente en tiempos anteriores. Dadas tanto la
sorprendentemente pobre reputación de la aleatoriedad en general, como la
tradición darwiniana específica de limitar su papel a la producción de materia
prima, este desarrollo de la teoría evolutiva resulta a la vez excitante y,
para muchos, alarmante.
Debería incorporar algunas negaciones, aunque sólo sea para minimizar la
alarma. El azar está planteando su papel como agente del cambio evolutivo, pero
no amenaza el papel de la selección natural en el terreno de la adaptación. La
belleza y la eficacia de la dinámica del ala de un ave, la gracia y el buen
diseño de las aletas de un pez, no son accidentes fortuitos. También utilizo el
significado específico que el término «azar» ha venido manteniendo durante
mucho tiempo en la teoría evolutiva: describir cambios que surgen sin
orientación determinada. No lo utilizo como una metáfora general para referirme
al caos, el desorden o la ininteligibilidad (hablaremos más acerca de esto).
La evolución actúa en tres niveles principales: las poblaciones cambian
al ir volviéndose más o menos comunes determinados genes, por tener los
individuos que los llevan más o menos éxito en la producción de descendencia;
las especies nuevas surgen por la separación de las poblaciones descendientes
de sus antecesores; y las tendencias evolutivas se producen porque algunas
especies tienen más éxito que otras a la hora de ramificarse y persistir. El
azar amenaza el determinismo de la selección natural como causa del cambio
evolutivo a los tres niveles.
La estructura genética de las poblaciones. Cuando la selección natural opera del modo habitual, la variación
genética se ve reducida: los adaptados surgen, en parte, por la eliminación de
los no adaptados. La cantidad total de variación genética de una población
debería representar un equilibrio entre la adición de nuevas variaciones por
mutación y la eliminación de variantes no adaptadas, por selección natural.
Dado que tenemos gran cantidad de datos acerca de los ritmos de mutación y
selección, podemos predecir el límite superior de variación potencial de una
población si la selección actúa sobre todos los genes.
Las técnicas para medir la cantidad de variación genética en las
poblaciones naturales existen desde hace sólo quince años. El primer resultado,
y el más importante, supuso una sorpresa para muchos genéticos: la mayor parte
de las poblaciones mantienen demasiada variación como para respaldar la
afirmación habitual de que todos los genes son sometidos a escrutinio por parte
de la selección natural.
Desde luego, la selección natural no siempre elimina. En algunos casos,
puede actuar para incrementar o mantener la variación genética. El modo más
común de mantenimiento es la llamada «ventaja heterozigótica» o «ventaja del
heterozigoto». Supongamos que un gen existe en dos formas. Una dominante A y
una recesiva a. En las especies sexuales, cada individuo tiene dos
copias del gen, una procedente de cada progenitor. Supongamos que la mezcla, o
sea, el llamado heterozigoto Aa, dispone de una ventaja selectiva
sobre cualquiera de las dos formas puras, el doble dominante AA, o el
doble recesivo aa. En este caso, la selección preservará
tanto A como a, al favorecer a los individuos
heterozigotos Aa.
Pero incluso estos modos de preservación tienen sus límites. Muchos
genéticos opinan que las poblaciones siguen manteniendo una variación excesiva
para el control selectivo. Si tienen razón (y la cuestión sigue sometida a un
intenso debate), entonces tendremos que enfrentarnos a la posibilidad de que
muchos genes permanezcan en la población porque la selección no puede «verlos»,
y por consiguiente no puede ni marcarlos para su eliminación ni eliminar otras
variantes favoreciéndolos. En otras palabras, hay muchos genes que podrían
ser neutros. Pueden ser invisibles para la selección natural y el
aumento o disminución de su presencia ser tan sólo resultado del azar.
Dado que «cambio de frecuencias genéticas en las poblaciones» es la
definición «oficial» de la evolución, el azar ha transgredido las fronteras de
Darwin y se ha instaurado como agente del cambio evolutivo.
(Este proceso de aumento o reducción al azar de la frecuencia es denominado
«deriva genética». El darwinismo contemporáneo siempre ha reconocido la deriva,
pero la ha considerado un proceso infrecuente y sin importancia, confinado
fundamentalmente a pequeñas poblaciones con pocas posibilidades de persistencia
evolutiva. La teoría más reciente del neutralismo sugiere que muchos, si no la
mayor parte, de los genes en las grandes poblaciones deben su frecuencia,
fundamentalmente, a factores fortuitos.)
* * * *
El origen de las especies. Las
especies se definen como poblaciones reproductivamente aisladas de todas las
demás. Puestas en contacto con otras poblaciones, las especies verdaderas se
mantendrán como entidades evolutivas independientes y no se amalgamarán con
ellas por hibridación. La pregunta clave acerca del origen de las nuevas
especies es, por lo tanto: ¿cómo se produce el aislamiento reproductivo?
En la perspectiva tradicional, una población ancestral se ve dividida
por una barrera geográfica (los continentes pueden separarse, pueden surgir
cordilleras, o alterar su curso los ríos). Las dos poblaciones descendientes
evolucionan entonces por selección natural, para adaptarse a los distintos
ambientes locales. Con el transcurso del tiempo, las poblaciones se vuelven tan
diferentes que, caso de volver a entrar en contacto, no podrían hibridarse. El
aislamiento reproductivo es un subproducto de la evolución adaptativa por
selección natural.
En el transcurso de la pasada década, la predominancia de este mecanismo
fue puesta en duda por una serie de propuestas nuevas que defienden un
interesante giro o inversión de la perspectiva. Todas ellas argumentan que el
aislamiento reproductivo puede surgir rápidamente como resultado de accidentes
históricos carentes de todo significado selectivo. En este caso, el aislamiento
reproductivo viene en primer lugar. Al establecer unidades nuevas y discretas,
aporta una oportunidad para que actúe la selección. El éxito último de una tal
especie puede depender del desarrollo posterior de características
seleccionadas, pero el acto de especiación en sí mismo puede ser un
acontecimiento fortuito.
Consideremos, por ejemplo, el proceso denominado especiación
cromosómica. Los taxónomos han descubierto que muchos grupos de especies
íntimamente emparentadas no difieren gran cosa en forma y comportamiento, ni
siquiera en composición genética general. Pero sí que exhiben notables
diferencias en cuanto al número y forma de sus cromosomas. Estas diferencias
producen el aislamiento reproductivo que las hace seguir siendo especies
diferentes. Una hipótesis evidente, y antigua, sugiere que cada nueva especie
surge cuando, por accidente, tiene lugar un cambio cromosómico importante que
consigue establecer una nueva población. Pero esta hipótesis muestra una
dificultad evidente: el cambio importante surge en un único individuo. ¿Con
quién podrá aparearse? La descendencia híbrida de este mutante y de un miembro
normal de la población estará, casi con seguridad, sometida a una fuerte
desventaja selectiva. La mutación será, por consiguiente, eliminada con toda
rapidez.
Trabajos recientes acerca de la estructura de las poblaciones indican
que algunas formas de organización social, razonablemente comunes, podrían
facilitar el origen de nuevas especies por un cambio cromosómico accidental y
rápido. Si las poblaciones son «panmícticas», esto es, si cada hembra tiene las
mismas probabilidades de aparearse con cualquier macho disponible, entonces el
mutante cromosómico no puede extenderse. Pero supongamos que las poblaciones
están subdivididas en pequeños grupos consanguíneos que se cruzan,
exclusivamente, entre sí, a lo largo de varias generaciones. Supongamos también
que estos grupos consanguíneos son harenes, con un macho dominante que mantiene
varias hembras y con un apareamiento entre hermanos en la descendencia.
Si surge una mutación cromosómica en el macho dominante, todos sus hijos
llevarán tanto la forma mutante (de su padre) como la forma normal (de sus
respectivas madres). Probablemente, estarán sometidos a una fuerte desventaja
selectiva en relación a la descendencia normal de otros harenes. Pero esto
podría no tener importancia, en especial si su contacto con otros grupos es
limitado. La descendencia puede tener una mayor tasa de mortalidad, pero sólo
necesitamos que sobrevivan unos pocos para aparearse con sus hermanos
igualmente afligidos.
La cuarta parte de esta descendencia de segunda generación será «pura» y
contendrá dos copias de la mutación cromosómica. Si se pueden reconocer y
aparearse preferentemente entre sí en la siguiente generación, toda su
descendencia serán mutantes puros y miembros ya de una nueva especie (si
continúan apareándose entre sí y cualquier descendiente híbrido con formas
normales padece una fuerte penalización selectiva). El cromosoma nuevo es
selectivamente neutro; no aporta ni ventajas ni desventajas por sí mismo. Al
establecerse rápida y accidentalmente en un pequeño grupo, permite la aparición
de una nueva especie, una vez más por puro azar. La nueva especie puede
requerir una remodelación adaptativa sustancial para su subsiguiente
supervivencia, pero esto es una cuestión diferente y posterior.
Mi colega Guy Bush, de la Universidad de Texas, me dice que los caballos
nos ofrecen, al menos circunstancialmente, un caso poderoso a favor de la
especiación cromosómica. Todos ellos mantienen la estructura de harén de
apareamiento consanguíneo. Sus siete especies vivientes (dos caballos, dos
asnos y tres cebras) tienen todas un aspecto y un comportamiento muy similar, a
pesar de algunas notables diferencias en lo que al color y el esquema exterior
se refiere. Pero el número de sus cromosomas difiere mucho y de forma
sorprendente, de 32 en una de las cebras a 66 en ese paradigma de lo
impronunciable que es el caballo salvaje de Przewalski.
* * * *
Principales pautas de ascenso y decadencia en la historia de la vida. Muchos lectores podrían estar dispuestos a aceptar el azar en los
niveles inferiores. Un poco de cancha para los genes «invisibles» dentro de las
poblaciones, y aparece alguna que otra especie accidental aquí y allá. Pero,
sin duda, el gran flujo y reflujo de los grandes grupos en la historia de la
vida debe estar gobernado por razones convencionales. Los trilobites no pueden
estar tan bien adaptados como los artrópodos «avanzados» (camarones y sus
afines) que hoy en día pueblan nuestros mares. Las hordas de braquiópodos de
tiempos pasados debieron ser desalojadas por otros animales, en particular
bivalvos, que tienen un aspecto parecido pero funcionan mejor. Los dinosaurios
debían hacer mal algo que los mamíferos hacen bien. A este nivel, debe reinar
la selección natural y la vida debe ir mejorando.
Los hechos de las extinciones en masa ponen en evidencia la falacia de
este argumento. Si unos grupos reemplazaron lentamente a otros, creciendo
algunos de ellos en número de especies a lo largo de millones de años, mientras
otros iban perdiéndolas igual de regularmente, un escenario controlado por la
selección podría resultar aparentemente irresistible. Pero la mayor parte de
los grupos desaparecieron durante los episodios de extinciones en masa que han
puntuado la historia de la vida. Este hecho no es ninguna noticia nueva. Ha
sido reconocido durante décadas, pero ha sido también explicado asumiendo que
la mortalidad diferencial debe tener una base selectiva. Los grupos que
rugieron (o incluso chillaron) durante un holocausto debieron sobrevivir por
algún motivo. Eran los individuos duros, los buenos competidores. Pero algunos
datos recientes acerca de la extensión de las extinciones en masa nos obligan a
poner en cuestión esta reconfortante explicación.
* * * *
El abuelo de todas las extinciones apareció hace alrededor de 225
millones de años, a finales del Pérmico. (No sabemos por qué, aunque la
coalescencia de todos los continentes, aproximadamente por esa misma época,
debió establecer las condiciones básicas.) Al eliminar muchos grupos, debilitar
permanentemente otros y permitir que algunos sobrevivieran relativamente
indemnes, esta gran mortalidad instauró el esquema fundamental de la diversidad
de la vida desde entonces. Pero ¿hasta qué punto fue profunda la extinción del
Pérmico? Una vieja y conocida cifra afirma que la mitad de las familias de
organismos marinos (el 52 por 100 para ser exactos) pereció en aquel momento.
Pero las familias son abstracciones taxonómicas. ¿Qué significa para las
especies un 52 por 100 de las familias, dado que las especies son las
verdaderas unidades de la naturaleza? (Las prácticas taxonómicas inconsistentes
y un registro fósil inadecuado impiden un recuento directo de las especies. Las
familias, al ser unidades más grandes, son más difíciles de pasar por alto.)
* * * *
Podemos tener la seguridad de que la eliminación de la mitad de las
familias supone la muerte de un porcentaje mucho mayor de especies. Una familia
no desaparece hasta haber muerto todas sus especies, y muchas familias
contienen decenas o centenares de especies. La extinción de la mayor parte de
las especies individuales no elimina una familia, del mismo modo que, por
ejemplo, la eliminación al azar de un único abonado en una guía telefónica rara
vez supone la eliminación total del nombre: habría que eliminar una gran
cantidad de Smith. ¿Cuántas especies han de morir antes de que el 50 por 100 de
las familias haya desaparecido?
David M. Raup, del Museo Field de Chicago, ha considerado recientemente
esta cuestión (véase la Bibliografía). El problema no tiene una solución fácil.
Si todas las familias contuvieran aproximadamente el mismo número de especies,
sería suficiente una fórmula sencilla. Pero la variación es enorme. Hay muchas
familias que contienen una única especie. En este caso, la eliminación de la
especie supone también la eliminación de la familia. Las guías de teléfono
contienen sus Zzyzzymanski además de sus Wong. Otras familias contienen más de
cien especies. Debemos conocer la distribución empírica de especies por familia
antes de poder hacer la estimación en condiciones. Y no podemos elaborar una
distribución empírica de las familias del Pérmico, dado que no podemos contar
las especies directamente.
Raup elaboró, por consiguiente, tabulaciones para un grupo que conocemos
bien, los equinoideos o erizos de mar. Los equinoideos incluyen 894 especies
distribuidas en 222 géneros y 40 familias. ¿Cuántas especies, por término
medio, habrá que eliminar al azar, para llegar a eliminar el 52 por 100 de las
familias? Raup estudió esta cuestión, tanto empírica como teóricamente, y
obtuvo la asombrosa cifra de un 96 por 100. Si el resto de la vida mantiene una
distribución de especies dentro de las familias similar a la de los equinoideos
(y no disponemos de evidencia que muestre grandes diferencias en este esquema),
entonces la debacle del Pérmico pudo eliminar hasta un 96 por 100 de las
especies.
Dado que las estimaciones de las especies supervivientes, a finales del
Pérmico, van de 45.000 a 240.000, la eliminación de un 96 por 100 de ellas
dejaría tan sólo entre 1.800 y 9.600 especies como salvaguardia de la
continuidad de la vida. Más aún, como argumentaba Raup, carecemos de evidencias
poderosas, a pesar de una búsqueda intensa y específica, en favor de una
selectividad en las extinciones del Pérmico. La debacle no pareció favorecer a
ningún tipo especial de animal: a los más grandes, a los habitantes de aguas
poco profundas, a las formas más complejas, por ejemplo.
A mí no me convence por completo la cifra del 96 por 100. Los
equinoideos pueden no ser un buen modelo sobre el que evaluar todos los seres
vivos. Lo que es más importante, Raup asume que la cifra del 52 por 100 no está
siendo artificialmente hinchada por sesgos en el registro fósil. Sabemos, por
ejemplo, que los sedimentos marinos de finales del Pérmico son relativamente
escasos y tal vez estemos pasando por alto algunas familias de éxito,
simplemente por haberse preservado tan pocos fósiles de finales del período. No
obstante, hasta las cifras más conservadoras indican la desaparición de entre
un 80 y un 85 por 100 de todas las especies.
Creo que, por consiguiente, deberemos hacer frente a un hecho
desagradable. Si murieron un número de especies que se aproxime en lo más
mínimo al 96 por 100, dejando tan sólo un par de miles de formas para propagar
toda la vida subsiguiente, algunos grupos probablemente murieron y otros
sobrevivieron sin motivo especial alguno. Los organismos pueden erigir pocas
defensas ante una catástrofe de tal magnitud, y los supervivientes pueden
simplemente pertenecer a un afortunado 4 por 100. Dado que la extinción del
Pérmico instauró la pauta básica de la subsiguiente diversidad de la vida
(desde entonces no se han originado nuevos phyla, y tan sólo unas
pocas clases), la actual panoplia de diseños básicos puede no representar una
serie de adaptaciones óptimas, sino un grupo de supervivientes afortunados.
Si nos vemos obligados a admitir el azar como un importante agente
del cambio evolutivo a todos los niveles, ¿qué conclusión
debemos sacar? ¿Debemos acaso sumirnos en la desesperación y proclamar que la
historia de la vida es, a la vez, caótica e incognoscible? Tal solución podría
encarnar la ecuación de Pope del azar con el desorden, pero representaría una
malinterpretación de lo que significa la aleatoriedad. Y por dos motivos.
En primer lugar, el azar puede perfectamente describir una secuencia de
acontecimientos, sin implicar que cada elemento individual carezca de causas.
Tomemos el clásico acontecimiento aleatorio, voltear una moneda o echar los
dados. Yo me imagino que cada lanzamiento de la moneda tendría un resultado
determinado si pudiéramos (cosa que nos es imposible) especificar toda la
multitud de diversos factores que intervienen en él: altura sobre el nivel del
suelo, fuerza del lanzamiento, qué cara estaba inicialmente hacia arriba,
ángulo del primer contacto con el suelo, por ejemplo. Pero los factores son
demasiado numerosos y no están bajo nuestro control. Una igualdad de
oportunidades para cada resultado posible es la mejor predicción que podemos
hacer a largo plazo.
Tal vez la extinción del Pérmico actuó como un juego de dados con pocas
combinaciones ganadoras. Cada especie se extinguió por una razón local
convencional: aquí se secó una charca, allí la salinidad de un estuario aumentó
en exceso o sufrió la invasión de un depredador particularmente eficiente. Pero
las razones son tan numerosas y están tan lejos de nuestro alcance que la
asignación de una igualdad de oportunidades para la desaparición de cada una de
las especies representa la mejor predicción que podemos hacer sobre el
resultado global.
Sólo así algunos inventores de la teoría de las probabilidades fueron
capaces de digerir su propia creación, ya que eran creyentes convencionales en
la causación determinista y teístas convencidos que no tenían el menor deseo de
eliminar la finalidad en el mundo viviente. Charles Bell, autor de un famoso
trabajo acerca de la mano del hombre como reflejo de la sabiduría de Dios a
través de su intrincado diseño, escribió en 1833:
Decimos, en lenguaje cotidiano, que al agitar juntos los dados es
cuestión de azar cuáles son las caras que saldrán. Pero si pudiéramos observar
con precisión su posición en el cubilete antes de agitarlos, la dirección de la
fuerza aplicada, su intensidad, el número de vueltas del cubilete y la curva
con la que se realiza el movimiento, la forma de detenerlo y la línea a lo
largo de la cual se arrojan los dados, el resultado de la tirada sería una
cuestión predecible, con toda certidumbre.
Esta explicación puede ser reconfortante (y verdadera), pero, en mi
opinión, debemos hacer frente a una segunda posibilidad. Tal vez la
aleatoriedad no sea simplemente una descripción adecuada de causas complejas
que no podemos especificar. Tal vez el mundo funcione realmente así, y multitud
de acontecimientos carezcan de causa en cualquier sentido convencional de la
palabra. Tal vez nuestra visceral sensación de que no puede ser así refleje tan
sólo nuestras esperanzas y nuestros prejuicios, nuestra desesperada lucha por
sacar sentido de un mundo complejo y confuso, y no los caminos de la
naturaleza.
¿Qué solaz podemos entonces obtener, si es que lo necesitamos? Una
respuesta, creo, se encuentra en el rechazo de otra convicción tradicional, la
falsa equiparación que Pope hace del azar con una hueste de terribles
alternativas: desorden, caos, ausencia de leyes, impredecibilidad y
destrucción. Porque contrariamente a lo que se cree, fortuito o aleatorio no
significa nada de esto. Puede no implicar, como en el caso de los dados de
Bell, una ausencia de causación. E incluso, si en muchos casos sí lo significara,
un proceso aleatorio no tiene por qué engendrar un desorden impredecible. Los
procesos aleatorios pueden producir un orden de gran complejidad. Disponemos de
una elaborada teoría para predecir los resultados del voltear de una moneda, el
proceso aleatorio arquetípico. Supongamos que volteamos seis monedas juntas una
y otra vez; podemos predecir cuántas veces se producirá el resultado más común
de tres caras y tres cruces y cuántas veces se dará el resultado infrecuente de
todo cara o todo cruz. (Una de cada sesenta y cuatro veces para cada uno, o una
de cada treinta y dos para cualquiera de las dos.)
Desde luego, esto es un orden diferente de predectibilidad. Sólo sirve
para experimentos repetidos y a largo plazo. Podemos asignar una probabilidad
para cada lanzamiento individual, pero no podemos determinar un resultado
específico. Con todo, el resultado final es ordenado y predecible. ¿Acaso este
tipo de aleatoriedad no ofrece suficiente consuelo contra la amenaza del caos?
¿Acaso no hace que el mundo resulte incluso más intrigante? Después de todo, es
el azar, en este sentido, el que da a nuestras vidas, y al curso de la historia
humana, tanta riqueza e interés. Llámenlo por sus nombres antiguos de fortuna o
libre albedrío, si así lo desean. ¿Debemos acaso negarle una riqueza similar al
resto de la naturaleza?
27. ¡Oh, tumba!, ¿dónde está tu victoria?
Bill Lee, sin duda alguna el más pintoresco, si no el más hábil, de los
lanzadores de béisbol, comentó una vez que su pérdida de efectividad sobre el
montículo podía atribuirse a la regla del «bateador designado». (Esta regla,
para todos los no adeptos, permite a un entrenador de la liga norteamericana
designar a un bateador de emergencia para sustituir a cualquier jugador de la
alineación regular. Dado que la mayor parte de los lanzadores son unos
bateadores infames, el bateador designado casi siempre actúa en lugar del
lanzador y, por consiguiente, los lanzadores no batean ya.) «Todas las especies
que se han extinguido —proclamaba Lee— lo han hecho por culpa de un exceso de
especialización.»
En esta afirmación, este supuesto filósofo del béisbol, repite lo que
probablemente sea el error de concepción más común acerca de la historia de la
vida: que la extinción es la prueba última del fracaso. No parece existir
estigma mayor que una desaparición irrevocable. Los dinosaurios dominaron la
Tierra durante cien millones de años y, a pesar de todo, una especie que mide
su vida sobre la Tierra en decenas de miles de años ha catalogado a los
dinosaurios como un símbolo del fracaso. Hace dos años, por ejemplo, las buenas
gentes de Audi afirmaron (en una nada sutil comparación con sus grandes
competidores) que Brontosaurus era «posiblemente la criatura
peor diseñada de todos los tiempos». «La evolución —continuaban— tiene un
mecanismo infalible para la corrección de diseños defectuosos»: la extinción,
por supuesto. Los paleontólogos se alzaron en protesta y Audi se retractó.
«Pueden ustedes tener la seguridad de que trataremos a Brontosaurus con
más respeto en el futuro», prometieron.
Creo que esta equiparación entre desaparición e incompetencia refleja un
enfoque pasado de moda, basado en una falsa metáfora del progreso y en una
visión excesivamente siniestra de la selección natural como una persistente e
inacabable lucha a vida o muerte entre los competidores: una versión militar de
expresiones darwinianas tales como «supervivencia del más apto» y «la lucha por
la supervivencia». Si la vida se mueve continuamente hacia arriba y hacia
adelante por medio de una batalla sin cuartel y de la eliminación de los
perdedores, la extinción debe ser el signo definitivo de la inadecuación. Pero
la vida no es una historia de progresos; más bien es una historia de
intrincadas ramificaciones y vagabundeos, con supervivientes momentáneos que se
adaptan a unos ambientes locales cambiantes, sin acercarse siquiera a una
perfección cósmica o de ingeniería. Y el éxito en la selección natural es menos
el resultado del asesinato y la confusión que de la producción de más
descendientes vivos.
La equiparación entre extinción e inadecuación no tiene sentido desde el
punto de vista a largo plazo de la paleontología. La extinción es el destino
final de todos los linajes y, aun así, no podemos argumentar que todas las
especies estén, por consiguiente, mal diseñadas o insuficientemente adaptadas.
La extinción no es ninguna vergüenza. Es, en un sentido, la fuerza capacitadora
de la biosfera. Dado que la mayor parte de las especies son extraordinariamente
resistentes a los grandes cambios evolutivos y que muchos hábitats están
prácticamente llenos de especies, ¿cómo podría seguir adelante la evolución si
la extinción no dejara espacio para las novedades? ¿Estaría yo escribiendo, o
ustedes leyendo, si los dinosaurios hubieran sobrevivido y los mamíferos
hubieran seguido siendo, como durante cien millones de años habían sido, un
grupo menor de pequeños animales, viviendo en recovecos y grietas ecológicas en
las que los dinosaurios no penetraban?
Si la mayor parte de las extinciones fueran el resultado directo de una
competencia con especies superiores, o incluso si la mayor parte de ellas
representara un inevitable fracaso a la hora de hacer frente al desafío de
cambios ambientales menores (como afirmaba Bill Lee), entonces podría asignarse
un estigma a la desaparición. Pero muchas, si no la mayor parte de las
extinciones, son reacciones a retos ambientales tan severos e impredecibles que
no tenemos derecho alguno a esperar una respuesta satisfactoria y, por
consiguiente, no tenemos razones para «culpar» a una especie por su
desaparición. Un pez de agua dulce podría nadar tan elegante y velozmente como
para que un ingeniero proclamara que su anatomía era la óptima. Pero si los
lagos y los ríos se secan, ¿de qué defensa dispone? ¿Serán las ballenas azules
de un diseño menos exquisito si la rapaz humanidad elimina hasta la última de
ellas? Algunas pólizas de seguro no ofrecen protección alguna contra
cataclismos tan imponentes e inesperados que el lenguaje legal los denomina
«actos de Dios». Las especies a menudo mueren por razones que están también más
allá de todo cálculo o control.
Yo puedo plantear estos argumentos directamente, pero ustedes no tienen
por qué aceptarlos a menos que pueda respaldarlos con pruebas y números.
Durante la última década, un grupo de investigadores asentado en Chicago (pero
que admite algunos extraños como yo como miembros marginales) ha estado
trabajando para cuantificar las pautas de diversidad en la historia de la vida.
Estos estudios han aportado los datos más extensos y consistentes de los que
disponemos acerca de la extinción. Sus resultados respaldan mi afirmación
central de que la extinción no constituye una desgracia, sino habitualmente el
resultado inevitable de circunstancias que están más allá de toda respuesta
razonable. Un par de artículos publicados en Science durante
marzo de 1982 llegan a tres conclusiones fundamentales para esta discusión:
1.Una cuantificación de las
extinciones en masa.
Sabemos, desde el alba de la paleontología, que las extinciones no se
distribuyen homogéneamente a lo largo del tiempo, sino que están concentradas
en unos pocos y breves períodos de diezmación[52] enormemente
acentuada y, a menudo, de alcance global: las llamadas extinciones en masa del
registro geológico. Las fronteras de la escala temporal geológica se
corresponden con estas épocas de extinción. (Cada año, cuando mis alumnos
refunfuñan ante mi solicitud, o más bien mi orden, de que se aprendan de
memoria la escala geológica del tiempo, les respondo que esos nombres tan
divertidos —Cámbrico, Ordovícico, Silúrico— no son caprichosos instrumentos de
tortura, sino registros de los acontecimientos fundamentales de la historia de
la vida.)
D. M. Raup y J. J. Sepkoski han recogido y resumido los datos acerca de
la longevidad geológica de todas las formas de vida marina. Su gráfica de tasas
de extinción (familias de organismos desaparecidas por cada millón de años)
frente al tiempo geológico ofrece pocas sorpresas en rasgos generales, pero
aporta nuestra más importante y consistente narración de las cantidades implicadas.
Cuatro breves períodos de extinción masiva destacan muy por encima de la tasa
ordinaria, o «de fondo», de los tiempos normales. Y hay un quinto que casi
alcanza el nivel de esos grandes episodios. Hay dos acontecimientos que marcan
los bien conocidos límites de sus respectivas eras: la gran extinción del
Pérmico, que pudo extirpar más del 90 por 100 de las especies marinas de aguas
poco profundas hace unos doscientos veinticinco millones de años (véase el
ensayo 26), y la debacle del Cretácico, que borró de la faz de la Tierra a los
dinosaurios que quedaban y a toda una hueste de organismos marinos hace unos
sesenta y cinco millones de años (véase el ensayo 25). Los otros tres
acontecimientos, aunque bien conocidos por los paleontólogos, no están grabados
en la conciencia popular. Dos de ellos ocurrieron antes del Pérmico (Ordovícico
y Devónico) y uno entre el Pérmico y el Cretácico (Triásico). Raup y Sepkoski
descubrieron que estas breves extinciones en masa fueron aún más pronunciadas
de lo que los datos anteriores habían sugerido. La tasa media de fondo varía
entre 2,0 y 4,6 familias por cada millón de años, mientras que las extinciones
en masa alcanzan las 19,3 familias por cada millón de años. Los autores
concluyen: «Nuestro análisis muestra que las grandes extinciones en masa son
mucho más distintivas, con respecto a la extinción de fondo, de lo que
indicaban los anteriores análisis y otros conjuntos de datos».
Las causas propuestas para explicar estas extinciones en masa (véanse
los otros ensayos de esta sección) van desde la coalescencia continental y sus
secuelas (para el Pérmico) al impacto de un asteroide (para el Cretácico);
causas que se encuentran todas en la categoría de las fluctuaciones más allá de
todo control o respuesta razonable y que, por consiguiente, no rodean a sus
víctimas de un aura de humillación. Dado que estas extinciones en masa son aún
más masivas de lo que se pensaba, el alcance de la extinción «libre de culpa»
se ha visto grandemente ampliado.
2. El caso,
supuestamente clásico, de extinción debida a la inferioridad competitiva no
puede sostenerse. Durante la mayor parte de la era Terciaria (la «era de
los mamíferos»), Suramérica era un continente insular (una especie de
super-Australia) con una fauna indígena que superaba a los marsupiales
australianos en interés y peculiaridades. La región australiana sólo presenta
un orden exclusivo de mamíferos: los Monotremas, ovíparos (los equidnas y el
ornitorrinco, con su pico de pato). Suramérica alojó en tiempos varios órdenes
exclusivos, con extraños animales que iban desde los toxodontes, semejantes a
los rinocerontes, pero no emparentados con ellos, que Darwin descubrió durante
su aprendizaje en el Beagle, hasta los litopternos, que llegaron a
ser más caballos que los caballos, al reducir el número de sus dedos a uno,
perdiendo incluso las astillas laterales (vestigios reducidos de los dedos),
que conservan los caballos (véase el ensayo 14), hasta los perezosos gigantes y
los gliptodontes. Otras rarezas pertenecían a órdenes que vivían en otros
lugares, pero que expresaban un giro suramericano característico. Todos los
grandes carnívoros mamíferos, por ejemplo, eran marsupiales e incluían animales
tan destacados como Thylacosmilus, de dientes de sable.
Todos estos animales han desaparecido, víctimas de la mayor tragedia
biológica de los últimos cinco millones de años. Por una vez, los seres humanos
quedan absueltos, y en su lugar debemos citar al alzamiento del istmo de Panamá
hace tan sólo unos pocos millones de años. El istmo conectó Suramérica con la
fauna, más cosmopolita, de los continentes del norte. Los mamíferos
norteamericanos llegaron (paseándose sobre el istmo) y, según la versión
tradicional, vieron y vencieron también. Lo que normalmente consideramos como
la fauna «nativa» suramericana (desde las llamas a las alpacas, pasando por los
jaguares, los tapires y los pecarís) son todos emigrantes relativamente
recientes del norte.
La visión tradicional, con su aroma de metáfora racista, enfrenta a una
fauna del norte elegante, armoniosa y rigurosamente adaptada, puesta a prueba
en el crisol de los climas ásperos y la implacable competencia de anteriores
oleadas de emigrantes asiáticos y europeos, con una fauna perezosa, estancada y
nunca desafiada, nativa de Sudamérica. ¿Qué posibilidades tenían los pobres
toxodontes y litopternos? Las formas superiores del norte cruzaron en gran
número el istmo y los borraron del mapa. A cambio, sólo unas pocas formas
suramericanas inferiores consiguieron viajar en dirección contraria y
sobrevivir. Obtuvimos los puercoespines, las zarigüeyas y el armadillo de nueve
bandas. Suramérica recibió un nuevo régimen completo.
Si esta historia fuera verdad, tal vez la lucha sea ley de vida y la
extinción connote, efectivamente, derrota. Pero ¿es correcta? ¿Está respaldada
por los números? ¿Fueron más formas del norte al sur que del sur al norte?
¿Fueron las tasas de extinción muy superiores para las formas suramericanas? L.
G. Marshall y S. D. Webb se unieron a Raup y Sepkoski en un segundo artículo
que aplica los mismos métodos cuantitativos a la historia reciente de la fauna
de Suramérica. Llegan a la conclusión de que varios aspectos de la historia
tradicional no son ciertos.
Para empezar, el intercambio fue sorprendentemente simétrico. Hoy día
residen en Suramérica miembros de catorce familias de Norteamérica, lo que
representa el 40 por 100 de la diversidad suramericana de familias. Doce
familias suramericanas viven hoy en Norteamérica, constituyendo un 36 por 100
de las familias norteamericanas. En la escala más fina de los géneros, la
reducción fue también equilibrada a ambos lados del istmo. Los géneros
suramericanos nativos declinaron en un 13 por 100 entre las faunas premente y
postístmicas. Los géneros nativos de Norteamérica declinaron en un 11 por 100
en ese mismo intervalo. Así pues, prácticamente el mismo número de familias se
desplazaron con éxito en ambas direcciones y aproximadamente el mismo
porcentaje de formas nativas se extinguieron a ambos lados tras el intercambio
inicial. ¿Por qué, entonces, incorpora el registro su aparente mensaje de
triunfo norteamericano y de hecatombe suramericana?
En mi opinión, hay tres razones principales que explican esta impresión:
una social, una biológica, pero en gran medida espúrea, y una tercera auténtica
e importante. Debemos considerar, en primer lugar, el chovinismo de la mayor
parte de los anglohablantes de los Estados Unidos (¡cielos!, he estado a punto
de poner americanos).[53] Todo
lo que está al sur de Río Grande es hispanohablante y, por consiguiente, está
culturalmente ligado a Suramérica. Pero una buena parte de América del Norte
yace entre El Paso y Panamá, y la mayor parte de los migrantes suramericanos
viven allí, no en los Estados Unidos o el Canadá. Después de todo, el ecuador
pasa por Quito (en una nación muy apropiadamente llamada Ecuador), y Suramérica
contiene más tierras tropicales que América del Norte. Por consiguiente, la
mayor parte de las formas migratorias suramericanas son tropicales o
subtropicales, en lo que a sus preferencias climáticas se refiere, y sus
hogares naturales en el norte son México o América Central. La escasez de
migrantes suramericanos en el patio trasero de mi casa (aunque una vez vi una zarigüeya)
no es un argumento contra su abundancia o su vigor.
En segundo lugar, la estructura taxonómica de las formas suramericanas
dictaba un mayor efecto sobre la diversidad global en el diseño para una
reducción equivalente en porcentaje de géneros. Cuando se alzó el istmo, muchos
de los grupos indígenas de Suramérica se habían visto reducidos ya a tan baja
diversidad que la desaparición de uno o dos géneros suponía la extinción de
todo el grupo. Pocos grupos norteamericanos estaban tan al borde del abismo. Si
una fauna está compuesta por veinte grupos con un género cada uno y una segunda
tiene dos grupos, con diez géneros cada uno, la eliminación de cuatro géneros
de cada una de ellas eliminará cuatro de los grandes grupos de cada fauna y
ninguno de la otra.
Finalmente, a pesar de que los migrantes se desplazaron con igual éxito
en ambas direcciones y que las formas nativas declinaron en la misma medida,
los migrantes norteamericanos sí tuvieron «mejor» suerte en un sentido
diferente e interesante. Cuando contamos los géneros derivados de los
migrantes, tras su llegada a sus nuevos hogares, nos encontramos con una
diferencia destacada. En Norteamérica los géneros procedentes de Suramérica
desarrollaron muy pocos géneros nuevos, mientras que las formas norteamericanas
fueron notablemente prolíficas en Suramérica. Doce migrantes fundamentales de
Suramérica desarrollaron tan sólo tres géneros secundarios, mientras que
veintiún migrantes norteamericanos dieron lugar a cuarenta y nueve géneros
secundarios en Suramérica. Así pues, las formas norteamericanas radiaron
vigorosamente en Suramérica, llenando el continente con su fauna moderna,
mientras que las formas suramericanas tuvieron éxito en Norteamérica, pero no
radiaron extensivamente.
¿Por qué esta diferencia? Los cuatro autores sugieren que una fase
importante en la elevación de los Andes creó una barrera a la lluvia sobre la
mayor parte de Suramérica que llevó a la sustitución de hábitats de tipo
predominantemente sabana-bosque por bosques más secos y pampas y desiertos y
por semi desiertos en algunas áreas. Tal vez las formas norteamericanas
radiaran en un nuevo hábitat apropiado para sus anteriores estilos de vida,
mientras que los habitantes suramericanos continuaron su decadencia al ir
reduciéndose sus hábitats preferidos. O tal vez la explicación tradicional sea
en parte verdad y las formas norteamericanas radiaran porque son, de algún modo
no explicado, competitivamente superiores a las formas nativas suramericanas
—aunque la mayoría de versiones de la «superioridad competitiva» no expliquen
unas tasas de especialización más elevadas, sino tan sólo el éxito en la lucha
(que llevaría a una mayor persistencia de los migrantes, concomitante con unas
tasas de extinción más elevadas entre los vencidos, ninguna de las cuales es un
componente de este relato). En cualquier caso, la vieja historia de « ¡Salve,
ahí viene el héroe conquistador!» (Oleadas de migración diferencial y
carnicería subsiguiente) ya no se sostiene.
3. Un rayo de
consuelo para los melioristas. El gran naturalista francés del siglo XVIII
George-Louis Buffon expresó en una ocasión el hecho de la extinción con una
espléndida imagen literaria: «Han de morir porque el tiempo lucha en contra
suya». Podemos decir hoy, haciendo uso de la misma licencia literaria, que tal
vez los organismos estén devolviendo el ataque. Cuando Raup y Sepkoski
recopilaron sus datos acerca del efecto cuantitativo de las extinciones en masa
realizaron un interesante e inesperado descubrimiento acerca del nivel «de
fondo» de los tiempos normales. Descubrieron que el nivel de fondo ha ido
decreciendo, lenta pero homogéneamente, desde hace más de quinientos millones
de años. A principios del Cámbrico, en el comienzo de nuestro registro fósil
adecuado, hace unos seiscientos millones de años, el ritmo medio era de 4,6
familias extinguidas por cada millón de años. Desde entonces el ritmo ha ido en
continua disminución hasta las 2,0 familias por millón de años de hoy día. Si
el ritmo del Cámbrico hubiera persistido, se hubieran producido 710 extinciones
suplementarias de familias. Resulta intrigante (aunque no sé qué significa) que
el número total de familias marinas haya crecido en casi el mismo número (680
familias) desde el Cámbrico.
Debemos tener cuidado de no introducir un exceso de significado en esta
fascinante conclusión, ya que, según nos recuerdan Raup y Sepkoski, los sesgos
del registro fósil deben ser siempre sospechosos de ofrecer una causa
artificial para tales pautas. Por ejemplo, la probabilidad de preservación
crece para los fósiles en rocas progresivamente más jóvenes (una mayor
extensión geográfica de los sedimentos, menos oportunidades para la destrucción
de los fósiles por un posterior exceso de calor y de presión). Tal vez las
familias más viejas parezcan vivir durante períodos más cortos sólo porque los
registros de su aparición temprana o tardía no quedan preservados. Pero si esta
pauta refleja, de hecho, una realidad biológica, sugiere que las familias
modernas son más resistentes a la extinción y que el aumento total de la
diversidad de la vida puede ser un reflejo de esta creciente robustez general.
Aun así, por heroica que pueda ser la lucha (por utilizar una metáfora
inapropiada), los organismos no pueden triunfar. La tasa de extinción de las
familias puede haber quedado reducida a la mitad a lo largo de la historia
registrada de la vida, pero ninguna especie es inmortal y todas deben perecer
al final. La perfección de la adaptación inmediata no ofrece ninguna protección
contra las fluctuaciones masivas del ambiente que, inevitablemente, en el
transcurso de millones de años, afectan a todos los rincones del globo. Dado
que los procesos darwinianos tan sólo pueden mejorar las adaptaciones locales,
y dado que las especies no consiguen prever el futuro (con una interesante pero
imperfecta excepción), todas perecerán eventualmente, dejando como patrimonio
potencial tan sólo a los descendientes alterados que puedan ramificarse a
partir de ellas.
Estuve esta primavera en la catedral de York, donde encontré la esencia
de este tema expresada en un encantador verso burlesco sobre la tumba del siglo
XVII de un tal William Gee. Sir William, al parecer, vivió una vida tan
inmaculada que, si Dios hubiera deseado conferir la inmortalidad a alguna
persona, su candidato había desde luego aparecido. Pero sir William murió, de
modo que Dios no debía tener prevista esta opción:
Si una cultura universal, las lenguas, la ley,
la pura piedad, el sobrecogimiento reverencial por la religión,
los buenos amigos, la buena sucesión: si una esposa virtuosa,
una conciencia tranquila, una vida satisfecha,
las oraciones del clero o las lágrimas del hombre pobre
pudieran haber alargado los años de vida asignados al hombre,
tan seguro como el destino, al que por nuestras culpas tememos,
la orgullosa muerte jamás había logrado este trofeo.
Ve en él tu final, provee para tu tumba.
Sir William Gee disfrutaba de todas estas disculpas y, aun así, murió.[54]
(He modernizado la ortografía y la puntuación, pero no las palabras o la
gramática. En el verso ocho lean «podría haber» en lugar del viejo subjuntivo
«había». La «sucesión» de sir William son sus hijos, de modo que tal vez la
estirpe familiar haya sobrevivido.)
Las cosas inevitables jamás deberían resultar deprimentes. Una antigua
tradición filosófica, que se remonta al menos a Spinoza, proclama que la
libertad es el reconocimiento de la necesidad. Si respetamos el intelecto, la
verdadera libertad debe proceder del aprendizaje de los caminos del mundo (lo
que se puede cambiar y lo que no se puede cambiar) y de la configuración de una
vida llena de valor con arreglo a ello. Además, si las especies vivieran para
siempre no dispondríamos de una ciencia de la paleontología, y yo podría
haberme convertido en un bombero después de todo.
Capítulo 7
Una trilogía sobre las cebras
Contenido:
28. ¿Qué es, si es que es algo, una cebra?
29. Cómo obtiene sus rayas la cebra
30. Cuagas, ostras enrolladas y hechos endebles
28. ¿Qué es, si es que es algo, una cebra?
Cada año los científicos profesionales ojean miles de títulos, leen
cientos de resúmenes y estudian unos pocos artículos en profundidad. Dado que
los títulos son la forma de contacto más común, y a menudo la única, entre los
escritores y los lectores potenciales en el extensísimo surtido de la
literatura científica, los títulos pegadizos son apreciados y recordados, pero
desafortunadamente escasos. Todo científico tiene su título favorito. El mío
fue pergeñado por el paleontólogo Albert E. Wood en 1957: « ¿Qué es, si es que
es algo, un conejo?».
La cuestión de Wood puede parecer una chanza, pero su conclusión era
espectacular: los conejos y sus parientes forman un orden de mamíferos
coherente y bien definido, no particularmente cercano a los roedores en su
ascendencia evolutiva. Me acordé del título de Wood recientemente, al leer una
seria amenaza a la integridad de uno de mis mamíferos favoritos: la cebra.
Ahora no se inquieten. No estoy intentando poner patas arriba la opinión
recibida. Es manifiesto que existen caballos con bandas. Pero ¿forman acaso una
auténtica unidad evolutiva? Con el título «Las rayas no hacen a la cebra» (un
título perfectamente respetable por derecho propio), Debra K. Bennett nos ha
obligado a extender la pregunta de Wood a otro grupo de mamíferos. ¿Qué es, si
es que es algo, una cebra?
Dado que el origen evolutivo es el criterio que seguimos para la
ordenación biológica, definimos los grupos de animales por su genealogía. No
unimos dos grupos lejanamente emparentados porque sus miembros hayan
desarrollado independientemente algunos rasgos similares. Los seres humanos y
los delfines mulares, por ejemplo, comparten la máxima posición en el tamaño
cerebral entre los mamíferos. Pero no establecemos, por este motivo, el grupo
taxonómico Psicozoos para alojar ambas especies, ya que los delfines están más
cercanamente emparentados, por su origen, con las ballenas, y los seres humanos
con los simios. Seguimos estos mismos principios en nuestra propia genealogía.
Un muchacho con el síndrome de Down sigue siendo el hijo de sus padres y no
está, por motivo de su aflicción, más íntimamente relacionado con otros niños
con el mismo síndrome, por larga que sea la lista de semejanzas.
El dilema potencial en el caso de las cebras se plantea con sencillez:
existen tres especies, todas ellas con rayas blancas y negras, desde luego,
pero notablemente diferentes tanto en el número de sus rayas como en su dibujo.
(Una cuarta especie, el cuaga, se extinguió a comienzos de este siglo; sólo
tenía rayas en el cuello y cuartos delanteros.) Estas tres especies son todas
miembros del género Equus, al igual que los verdaderos caballos,
los asnos y los burros (en este ensayo, utilizo el término «caballo» en sentido
genérico, para especificar todos los miembros de Equus, incluyendo
a los asnos y las cebras. Cuando quiera indicar que hablo de jamelgos y
percherones, escribiré «verdaderos caballos»). La integridad de las cebras se
articula, pues, en la respuesta a un único interrogante: ¿forman estas tres
especies una unidad evolutiva única? ¿Quiere decir esto que comparten un
antepasado común, que tan sólo las produjo a ellas y no a otras especies de
caballos? ¿O están unas cebras más íntimamente emparentadas por su origen con
los verdaderos caballos o los asnos de lo que lo están con las otras cebras? Si
esta segunda posibilidad es la real, como sugiere Bennett, entonces los
caballos con rayas blancas y negras aparecieron más de una vez en el seno del
género Equus y no existe, en un importante sentido evolutivo,
lo que hemos venido llamando cebras. Pero ¿cómo podemos averiguar esto, si
nadie ha sido testigo del origen de las especies de cebras (o, al menos, los
australopitecinos no se dedicaban a tomar notas por aquel entonces), y el
registro fósil es, en este caso, excesivamente inadecuado como para identificar
los acontecimientos a una escala tan fina? Durante los últimos veinte años se
han codificado una serie de procedimientos dentro de la ciencia de la
sistemática para resolver este tipo de cuestiones. El método, denominado
cladística, es una formalización de procedimientos que los buenos taxónomos seguían
intuitivamente aunque sin expresarlo adecuadamente en palabras, lo que llevó a
inacabables discusiones y a una gran indefinición de los conceptos. Un clado es
una rama de un árbol evolutivo y la cladística intenta establecer el esquema de
ramificación para una serie de especies relacionadas.
La cladística ha generado una jerga terrible, y muchos de sus
principales exponentes en Norteamérica se encuentran entre los científicos más
contenciosos que jamás haya conocido. Pero detrás de los nombres y la mala
educación yace una importante serie de principios. No obstante, la formulación
clara de los principios no garantiza una aplicación no ambigua en cada caso,
como veremos en nuestras cebras.
Creo que podemos arreglarnos con sólo dos de los términos ofrecidos por
los cladistas: dos linajes que comparten un antecesor común, del que no ha
surgido ningún otro, forman un grupo hermana. Mi hermano y yo
formamos un grupo hermana (perdonen la confusión de géneros) porque él es mi
único hermano y ninguno de mis padres ha tenido más hijos.
20. El esquema cladístico de los grandes simios y los seres humanos
(reproducido de Natural History. Dibujo de Joe Le Monnier).
Los cladistas intentan construir jerarquías de grupos hermana para
especificar el orden temporal de ramificación en la historia evolutiva. Por
ejemplo: los gorilas y los chimpancés forman un grupo hermana, porque ninguna
otra especie de primates se ramificó a partir de su antepasado común. Podemos
entonces tomar el grupo hermana chimpancé-gorila como una unidad y preguntarnos
qué primate forma con él un grupo hermana. La respuesta, según la mayor parte
de los expertos, es que somos nosotros. Disponemos ahora de un grupo hermana de
tres especies, cada una de ellas más íntimamente emparentada con sus dos
compañeras que con cualquier otra especie.
Podemos extender este proceso indefinidamente, para formar una tabla de
parentescos ramificados denominada cladograma. Pero consideremos tan sólo un
paso más: ¿qué especie de primates es el grupo hermana de la unidad
hombre-chimpancé-gorila? La sabiduría convencional cita al orangután, y lo
añadimos a nuestro cladograma.
Este cladograma de primates «superiores» contiene una interesante
implicación: no existe eso que llamamos un simio, al menos tal y como lo
definimos habitualmente. Varias especies de primates pueden balancearse a
través de los árboles, comer plátanos en los zoos y constituir buenos
prototipos para varios estilos de ciencia ficción. Pero los orangutanes, los
chimpancés y los gorilas (los «simios» en lengua vernácula) no son una unidad
genealógica porque los orangutanes están cladísticamente más alejados de los
chimpancés y los gorilas que los seres humanos; y originalmente definimos el
término simio para contrastar algunas formas inferiores con nuestro exaltado
estado, ¡no para incluirnos!
Podemos situar también en este contexto el problema de las cebras. Si
las tres especies de cebras forman un grupo hermana (como hacen los seres
humanos, los chimpancés y los gorilas, en nuestro cladograma), entonces cada
una de ellas está más íntimamente emparentada con sus dos compañeras que con
cualquier especie de caballo, y las cebras forman una auténtica unidad
evolutiva. Pero si las cebras son como los «simios», y existen otras especies
de caballos en el seno del cladograma de las cebras (del mismo modo que los
seres humanos yacen en el seno del cladograma de los simios tradicionales),
entonces los caballos rayados pueden compartir algunas llamativas similitudes,
merecedoras de un término vulgar común (como cebra), pero no son una unidad
genealógica.
Pero ¿cómo identificamos correctamente los grupos hermana? Los cladistas
argumentan que debemos buscar (y aquí viene el segundo término) caracteres
derivados compartidos (llamados técnicamente sinapomorfismos). Los
caracteres primitivos son rasgos presentes en un antecesor común remoto; pueden
perderse o verse modificados independientemente en varios linajes
subsiguientes. Debemos tener cuidado de evitar los caracteres primitivos en la
búsqueda de rasgos comunes para la identificación de grupos hermana, ya que lo
único que ofrecen son problemas y errores. Los seres humanos y muchas
salamandras tienen cinco dedos; los caballos sólo uno. No podemos, a partir de
esto, afirmar que los seres humanos estén más íntimamente relacionados con las
salamandras que con los caballos y que el concepto de «mamífero» es, por
consiguiente, una ficción. Más bien, la existencia de cinco dedos es un
carácter primitivo inadmisible. El antepasado común de todos los vertebrados
terrestres tenía cinco dedos. Las salamandras y los seres humanos han
conservado el número original. Los caballos (y las ballenas, y las vacas, y las
serpientes, y toda una hueste de otros vertebrados) han perdido algunos dedos,
o todos.
Los caracteres derivados, por otra parte, son rasgos que están
presentes solamente en miembros de linajes inmediatos. Son
únicos y están recién evolucionados. Todos los mamíferos, por ejemplo, tienen
pelo; ningún otro vertebrado lo tiene. El pelo es un carácter derivado para la
clase Mamíferos debido a que evolucionó una única vez en el antepasado común de
los mamíferos y, por lo tanto, identifica una verdadera rama en el árbol
familiar de los vertebrados. Los caracteres derivados compartidos son comunes a
dos o más linajes y pueden ser utilizados para especificar los grupos hermana.
Si deseamos identificar el grupo hermana entre los atunes, las focas y los
linces, podemos utilizar el pelo como carácter derivado compartido, para unir
los dos mamíferos y eliminar el pez.
En el caso de las cebras, la pregunta se plantea, pues, así: ¿son sus
rayas un carácter derivado compartido de las tres especies? Si es así, las
especies forman un grupo hermana y las cebras constituyen una unidad
genealógica. Si no es así, como plantea Bennett, las cebras son un grupo dispar
de caballos con algunas similitudes que confunden.
El método de la cladística es a la vez sencillo y sensato: establecer
secuencias de grupos hermana por medio de la identificación de caracteres
derivados compartidos. Por desgracia, la elegancia conceptual no garantiza una
fácil aplicación. El punto de fricción en este caso se encuentra en la
determinación de qué es y qué no es un carácter derivado compartido. Disponemos
de algunas guías aproximadas y algunas opiniones intuitivas, pero no de
fórmulas infalibles. Si los caracteres derivados son lo suficientemente
«complejos», por ejemplo, empezamos a confiar en que no podrían haber
evolucionado independientemente en linajes separados, y que su mutua presencia
indica, por lo tanto, una ascendencia común. Los chimpancés y los gorilas
comparten una serie de modificaciones complejas, y aparentemente
independientes, en varios de sus cromosomas (en su mayor parte «inversiones»,
esto es, la inversión de parte de un cromosoma tras su fractura, un giro y una
posterior reunificación del cromosoma). Dado que estos cambios cromosómicos son
complejos y no parecen representar modificaciones «fáciles» tan adaptativamente
necesarias como para que linajes separados pudieran desarrollarlas
independientemente, las consideramos caracteres derivados compartidos,
presentes en el antepasado común de los chimpancés y los gorilas, y en ningún
otro primate. Por ello identifican a los chimpancés y los gorilas como un grupo
hermana.
Desafortunadamente, la mayor parte de los caracteres derivados son más
ambiguos. Tienden a ser o bien fáciles de construir, o bien, en muchos otros
casos, tan ventajosos que podrían ser desarrollados independientemente por
selección natural en varios linajes. Muchos mamíferos, por ejemplo, desarrollan
una cresta sagital: una cresta de hueso que recorre la parte superior del
cráneo, de adelante hacia atrás, y sirve como punto de anclaje para músculos.
La mayor parte de los primates no tiene cresta sagital, en parte debido a que
su gran cerebro hace que el cráneo se hinche y no deje ni lugar ni material
para la construcción de tal estructura. Pero una regla general acerca de la
escala del cerebro en los mamíferos mantiene que los animales grandes tienen
cerebros relativamente más pequeños que sus parientes de menor tamaño corporal
(véanse ensayos en Desde Darwin y El pulgar del panda). Así, los
primates más grandes tienen una cresta sagital, porque su cerebro,
relativamente pequeño, no impide su formación. (Esta argumentación no se aplica
al gran excéntrico, Homo sapiens, que tiene un enorme cerebro a
pesar de su cuerpo de grandes dimensiones.) El australopitecino de mayor
tamaño, Australophitecus boisei, tiene una cresta sagital
pronunciada, mientras que los miembros de menor tamaño del mismo género carecen
de ella. Los gorilas tienen también una cresta sagital, mientras que la mayor
parte de los primates de menor tamaño no la tienen. Cometeríamos un grave error
si, utilizando la cresta sagital como carácter derivado compartido, uniéramos a
un australopitecino con un gorila en un grupo hermana, enlazando a otros
australopitecinos de menor tamaño con los titíes, los gibones y los macacos. La
cresta sagital es un carácter «simple», que probablemente forme parte del
repertorio potencial de desarrollo de cualquier primate. Aparece y desaparece
en el transcurso de la evolución, y su mera presencia no indica ascendencia
común.
21. El género Equus según Bennett.
Bennett basa su análisis cladístico del género Equus en
caracteres esqueléticos, fundamentalmente del cráneo. Todos los caballos se
parecen mucho por debajo de la piel, y Bennett no ha encontrado ningún carácter
derivado compartido tan convincente como las similitudes cromosómicas entre los
chimpancés y los gorilas. La mayor parte de los caracteres por ella elegidos
son, por propia confesión, como la cresta sagital; de ahí la naturaleza
provisional de sus conclusiones.
Bennett argumenta que el género Equus tiene dos
principales grupos ciadísticos: los burros y los asnos por un lado, y los
caballos verdaderos y las cebras por el otro. Así pues, las cebras superan la
primera comprobación para ser consideradas como una unidad genealógica.
Desgraciadamente (o no, dependiendo del punto de vista del lector), Bennett
afirma que no pasan la segunda prueba. Identifica, efectivamente, a las cebras
de Burchell y de Grevy (Equus burchelli y E. grevyi) como grupo hermana.
Pero en su esquema, la tercera especie, la cebra de montaña o de Hartmann (E.
zebra) no se une a sus primas para formar un grupo hermana más amplio. ¡En
su lugar, la especie hermana de la cebra de montaña es nuestro viejo hermano de
granjas y sendas, el caballo verdadero (E. caballus)! Así pues, las
cebras de montaña se juntan con los verdaderos caballos antes de conectar con
las otras cebras. El viejo caballo se ve inextricablemente intercalado en el
cladograma de las cebras. Y, dado que, por definición, no es una cebra, ¿qué
es, si es que es algo, una cebra?
Pero el análisis de Bennett se basa tan sólo en tres caracteres, ninguno
de ellos muy seguro. Todos son potencialmente simples modificaciones en la
forma o en la proporción, no presencias o ausencias de estructuras complejas.
Todas ellas, como la cresta sagital, podrían aparecer y desaparecer. Solamente
un carácter derivado compartido potencial une a los verdaderos caballos
con E. zebra: la «orientación de las barras postorbitarias, con
relación al plano horizontal» (una posición relativamente menos inclinada de
una barra de hueso situada en el cráneo detrás de los ojos; no exactamente el
tipo de material del que se extraen conclusiones seguras). Sólo dos caracteres
derivados compartidos potenciales unen a la cebra de Burchell con la de Grevy:
la presencia de un abovedamiento frontal (hinchazón de la parte superior del
cráneo) y la anchura relativa del mismo (estas dos cebras tienen un hocico
largo y estrecho). Desafortunadamente, sabemos que al menos uno de estos
caracteres no funciona bien para el esquema cladístico de Bennett, ya que esta
autora admite que un miembro de su otro linaje (un caballo con el nombre
peculiar[55] de
asno salvaje asiático o kiang, E. hemionus) ha desarrollado,
independientemente, un hocico largo y estrecho. Si ha ocurrido dos veces, ¿por
qué no iba a ocurrir tres?
Cuando buscamos corroboración en un lugar obvio (en el número de
cromosomas) nos vemos defraudados una vez más. Como discutía en el ensayo 26,
las diversas especies de caballos, a pesar de sus notables similitudes en la
forma, difieren mucho en su número de cromosomas. La fusión o la fisión de los
cromosomas puede ser un mecanismo importante para la especiación en los
mamíferos, y estas diferencias pueden, por consiguiente, tener un gran
significado evolutivo. Todas las cebras, y sólo las cebras, tienen menos de 50
pares de cromosomas (32 en la cebra de Hartmann y hasta 46 en la cebra de
Grevy). Todos los demás caballos tienen más de 50 (desde 56 en Equus
hemionus, hasta 66 en el caballo de Przewalski). El reducido número en las
cebras podría marcarlas como grupo genealógico, si el carácter es derivado y
compartido, y no primitivo o desarrollado en más de una ocasión. La hipótesis
de Bennett puede sostenerse todavía argumentando que los números bajos son
primitivos para todos los caballos y que los asnos y los verdaderos caballos
adquirieron números superiores por rutas evolutivas independientes; o que
linajes diferentes de cebras desarrollaron números bajos de cromosomas por
rutas evolutivas independientes. Aun así, dado que no tenemos razones para
asociar las rayas con un número bajo de cromosomas, su presencia en todas las
cebras puede ser interpretada de la mejor manera como un signo de su
genealogía. Cuantos más caracteres complejos comparta un grupo, tanto más
probable es que el grupo sea genealógico; a menos que tengamos buenas razones
para considerar todos los caracteres como primitivos (cosa que no ocurre en
este caso).
Mi conclusión es que la propuesta de Bennett es interesante, pero está
por demostrar. Supongamos, no obstante, que esta autora esté en lo cierto. ¿Qué
sería entonces una cebra? O más específicamente, ¿cómo obtuvieron sus rayas
blancas y negras caballos cladísticamente no emparentados? Existen dos
posibilidades: o bien el antepasado común de las cebras y los verdaderos
caballos tenía rayas y los verdaderos caballos las perdieron, mientras las tres
especies de «cebras» las retuvieron pasivamente; o bien el rayado es una
capacidad de desarrollo heredada de todos los caballos y no constituye un
carácter tan complejo como parece. En tal caso, varios linajes separados
adquirirían sus rayas independientemente. Las cebras serían entonces caballos
que han hecho realidad un camino potencial de desarrollo que, probablemente,
sea común a muchos de los miembros del género Equus (véase el
siguiente ensayo).
Esta historia particular de las cebras tal vez no se sostenga, pero los
mensajes radicales de la ordenación cladística están seguros en muchos casos.
Algunos de nuestros grupos más comunes y reconfortantes, si las clasificaciones
deben basarse en los cladogramas, no existen. Con mis excusas a míster Walton,[56] y a
otros tantos compatriotas de la costa de Nueva Inglaterra, lamento informarles
de que, desde luego, no existe eso a lo que se le llama un pez. Hay alrededor
de 20.000 especies de vertebrados que tienen escamas y aletas y viven en el
agua, pero no forman un grupo cladístico coherente. Algunos (en particular los
peces pulmonados y los celacantos) están genealógicamente próximos a los
animales que se arrastraron sobre la tierra para transformarse en anfibios,
reptiles, aves y mamíferos. En una ordenación cladística de las truchas, los
peces pulmonados y cualquier ave o mamífero, los peces pulmonados deben formar
un grupo hermana con los gorriones o los elefantes, dejando a los truchones en
su arroyo. Los caracteres que forman el concepto vernáculo de «pez» son todos
primitivos compartidos y, por consiguiente, no especifican grupos cladísticos.
En este punto, muchos biólogos se rebelan, y con razón, a mi modo de
ver. El cladograma de la trucha, el pez pulmonado y el elefante es sin duda
cierto como expresión de su orden de ramificación en el tiempo. Pero ¿deben
basarse las clasificaciones sólo en información cladística? Un celacanto parece
un pez, sabe como un pez, actúa como un pez y por consiguiente (en algún
sentido legítimo, más allá de la tradición inflexible) es un
pez.
No ha habido ningún debate más intenso en el seno de la teoría evolutiva
en la última década que el desafío planteado por los cladistas a los sistemas
tradicionales de clasificación. El problema surge de la complejidad del mundo,
no del aspecto borroso del pensamiento humano (aunque éste también ha hecho su
habitual contribución). Debemos reconocer que nuestro concepto de «similitud»
entre organismos tiene dos componentes bastante distintos; y las
clasificaciones están pensadas para que reflejen grados relativos de similitud.
Pero ¿qué hay de la idea vaga y cualitativa, pero no por ello intrascendente,
de la similitud global en forma, función o papel biológico? El celacanto,
digámoslo de nuevo, parece un pez y actúa como un pez, aunque sus parientes
cladísticos más próximos sean mamíferos. Otra teoría de la clasificación,
denominada fenética (procedente de una palabra griega que significa 'aspecto'),
se centra en la similitud global exclusivamente e intenta huir de la acusación
de subjetividad insistiendo en que las clasificaciones fenéticas se basan en
grandes grupos de caracteres, todos ellos expresados numéricamente y procesados
por un ordenador.
Por desgracia, estos dos tipos de información (el orden de ramificación
y la similitud global) no siempre dan resultados congruentes. Los cladistas
rechazan la similitud global como una trampa y una ilusión y trabajan
exclusivamente con el orden de ramificación; los fenéticos intentan trabajar
exclusivamente con la similitud global e intentan medirla en una vana búsqueda
de objetividad. El sistema tradicional intenta equilibrar los dos tipos de
información, pero a menudo cae en una confusión imposible porque realmente
ambos entran en conflicto. Los celacantos son como los mamíferos en cuanto a su
orden de ramificación, y como las truchas en cuanto a su papel biológico. Así,
los cladistas obtienen objetividad potencial a cambio de ignorar una
información biológicamente importante, y los tradicionalistas aderezan
confusión y subjetividad, en un intento de equilibrar dos fuentes de
información legítimas, aunque a menudo dispares. ¿Qué se puede hacer? No puedo
dar respuesta a esta pregunta, ya que plantea cuestiones de estilo, costumbres
y metodología más que cuestiones sustanciales demostrables. Pero puedo al menos
comentar cuál es el origen de este agrio debate, un punto un tanto simple que
de algún modo se perdió entre tanta agitación. En un mundo ideal no habría
conflicto alguno entre las tres escuelas (cladística, fenética y tradicional) y
todas producirían la misma clasificación de un grupo de organismos. En este
mundo fantástico descubriríamos una perfecta correlación entre la similitud
fenética y la proximidad de los antepasados comunes (orden de ramificación);
esto es, cuanto más tiempo hiciera que dos grupos de organismos se hubieran
separado a partir de un antepasado común, tanto más diferentes serían ahora,
tanto en su aspecto como en su papel biológico. Los cladistas establecerían un
orden de ramificación en el tiempo, catalogando los caracteres derivados
compartidos. Los fenéticos atestarían sus ordenadores favoritos con sus
numerosas mediciones de similitud y darían con el mismo orden, porque los organismos
más distintos tendrían los antepasados comunes más antiguos. Los
tradicionalistas, al ver una congruencia completa entre sus dos fuentes de
información, se unirían a la coreada armonía de aceptación.
Pero dejemos que el sueño se desvanezca. El mundo es mucho más
interesante que ideal. La similitud fenética a menudo se correlaciona muy
escasamente con la distancia al antepasado común. Nuestro mundo ideal requiere
una total constancia de la tasa evolutiva en todos los linajes. Pero las tasas
son enormemente variables. Algunos linajes no cambian en absoluto durante
decenas de millones de años; otros experimentan alteraciones notables en tan
sólo mil. Cuando los antecesores de los vertebrados terrestres se separaron por
vez primera de su antepasado común con el celacanto, seguían siendo
inequívocamente peces en lo que a su aspecto se refiere. Pero han evolucionado,
a lo largo de numerosos linajes y en el transcurso de unos 250 millones de
años, transformándose en ranas, dinosaurios, flamencos y rinocerontes. Los
celacantos, por otra parte, siguen siendo celacantos. Por orden de
ramificación, el moderno celacanto puede estar más próximo a un rinoceronte que
a un atún. Pero mientras que los rinocerontes, miembros de una línea de
evolución rápida, son hoy notablemente diferentes de aquel lejano antepasado
común, los celacantos todavía parecen peces y actúan como peces; y más vale que
lo digamos. Los cladistas los agruparán con los rinocerontes, los fenéticos con
los atunes; los tradicionalistas afinarán su retórica para defender una
decisión necesariamente subjetiva.
La naturaleza ha impuesto este conflicto a la ciencia al decretar, a
través de los mecanismos de la evolución, unas tasas tan desiguales de cambio
entre linajes y una tan pobre correlación entre la similitud fenética y la
proximidad al antepasado común. No creo que la naturaleza nos frustre por
designio, pero, aun así, me regocijo con su intransigencia.
29. Cómo obtiene sus rayas la cebra
Algunas preguntas persistentes no respondidas acerca de la naturaleza
poseen una especie de majestuosa intratabilidad. ¿Tiene el universo un
comienzo? ¿Hasta dónde se extiende? Otras se niegan a desaparecer porque
excitan una curiosidad pedestre, pero parecen calculadas, en su propia
formulación, para que produzcan discusiones en lugar de inspirar soluciones.
Como prototipo de la segunda categoría, me gustaría nominar a la pregunta « ¿Es
la cebra un animal blanco con rayas negras, o un animal negro con rayas
blancas?». En una ocasión me enteré de que el vientre blanco de la cebra había
decidido la cuestión en favor de las rayas negras sobre un torso descolorido.
Pero, para ilustrar una vez más que los «hechos» no pueden divorciarse de los
contextos culturales, descubrí hace poco que la mayor parte de los pueblos
africanos consideran a las cebras animales negros con rayas blancas.
En un poema acerca de los monos, Marianne Moore hablaba de algunos
compatriotas residentes en el zoológico, y contrastaba a los elefantes y sus
«apéndices estrictamente prácticos» con las cebras «supremas en su
anormalidad». Y aun así, en el ensayo 28 descubrimos que las tres especies de
cebras pueden no formar un grupo de parentesco muy próximo; y que las rayas o
bien evolucionaron más de una vez, o representan un esquema ancestral de los
progenitores de las cebras y los caballos verdaderos. Si las rayas no son los
indicadores de unos pocos seres excéntricos emparentados, sino un esquema
básico en el seno de un grupo de animales, los problemas de su aparición y su
significado adquieren un interés general mayor. J. B. L. Bard, un embriólogo de
Edimburgo, ha analizado recientemente las rayas de las cebras en el contexto
amplio de los modelos de color en todos los mamíferos. Detectó una unidad en el
desarrollo que subyacía a los diferentes esquemas de estriado de los adultos en
nuestras tres especies de cebras, e, inter alia, propuso incluso
una respuesta para la gran cuestión del blanco y el negro en favor del punto de
vista africano.
Los biólogos se ajustan a toda una serie de estilos intelectuales.
Algunos se deleitan con la diversidad por sí misma y emplean toda una vida en
descubrir intrincadas variaciones sobre temas comunes. Otros pugnan por
descubrir una unidad subyacente tras las diferencias que separan estos pocos
temas comunes en más de un millón de especies. Entre los buscadores de unidad,
ocupa un lugar especial el biólogo escocés y eminente erudito clásico D'Arcy
Wentworth Thompson (1860-1948). D'Arcy Thompson pasó toda su vida fuera de las
corrientes principales, dedicado a su propia clase de platonismo y acumulando
ideas en su obra clásica de mil páginas, Sobre el crecimiento y la
forma, un libro de tan amplio atractivo que le hizo merecedor de un título
honorífico en Oxford y que, treinta años más tarde, fue incorporado al Whole
Earth Catalog como «un clásico paradigmático».
* * * *
D'Arcy Thompson luchó por reducir expresiones diversas a unas pautas
generadoras comunes. Estaba convencido de que las propias pautas básicas tenían
una especie de inmutabilidad platónica como diseños ideales y de que las formas
de los organismos sólo podían incluir una serie de variaciones limitadas sobre
las pautas básicas. Desarrolló una teoría de «coordenadas transformadas» para
ilustrar las variaciones como expresiones de un único modelo transformado y
distorsionado de formas diversas. Trabajó antes de que los ordenadores
estuvieran disponibles para expresar tales transformaciones en términos
numéricos, y su teoría tuvo poco impacto porque nunca llegó mucho más allá de
la producción de imágenes bonitas.
Como pensador sutil, D'Arcy Thompson comprendió que el énfasis en la
diversidad o en la unidad no representa diferentes teorías acerca de la
biología, sino diferentes estilos estéticos que influyen tremendamente en la
práctica de la ciencia. Ningún estudioso de la diversidad niega la existencia
de pautas generadoras comunes, y ningún buscador de la unidad deja de apreciar
la unicidad de determinadas expresiones particulares. Pero la adhesión a uno u
otro estilo dicta, a menudo de manera sutil, el modo en que los biólogos ven
los organismos y lo que deciden estudiar. Debemos dar la vuelta a la máxima del
padre réprobo que enseña moralidad a su hijo (haz lo que yo digo, no lo que yo
hago) y reconocer que las fidelidades biológicas no están tanto en las palabras
como en las acciones y en los temas de investigación elegidos. Toma nota de lo
que hago, no de lo que digo. D'Arcy Thompson escribió lo siguiente acerca del
«taxónomo puro», el que describe la diversidad:
Al comparar un organismo con otro, describe las diferencias existentes
entre ellos, punto por punto y «carácter» por «carácter». Si de cuando en
cuando se ve obligado a admitir la existencia de una «correlación» entre los
caracteres,… reconoce este hecho de la correlación un tanto vagamente, como un
fenómeno debido a causas que, salvo en raras ocasiones, difícilmente podría
esperar descubrir; y cae fácilmente en el hábito de pensar y hablar acerca de
la evolución como si se hubiera desarrollado según las líneas de su propia
descripción, punto por punto y carácter por carácter.
D'Arcy Thompson reconocía, con tristeza, que se había hablado mucho del
tema de la unidad subyacente, pero que se había hecho poco por aplicarlo. Las
diferencias entre los trazados de las rayas de nuestras tres especies de cebras
habían sido minuciosamente descritas, y se había invertido gran cantidad de
energía en especulaciones acerca del significado adaptativo de las diferencias.
Pero muy pocos investigadores se habían preguntado si todas aquellas pautas
podrían reducirse a un único sistema de fuerzas generadoras. Y pocos parecían
percibir el significado que tal prueba de unidad podría poseer para la ciencia
de la forma orgánica.
22. «Coordenadas transformadas» sobre los caparazones de cangrejos de dos
géneros diferentes, que demuestran la unidad de su forma. De Sobre el
crecimiento y la forma, de D'Arcy Thompson.
La versión vulgar del darwinismo (no la de Darwin) mantiene que la
selección natural es tan poderosa y universal en su escrutinio de cada
variación y en la construcción de diseños óptimos que los organismos se
convierten en colecciones de partes perfectas, cada una de ellas minuciosamente
diseñada para su papel específico. Si bien no niega la correlación en el
desarrollo, ni la unidad subyacente en el diseño, el darwiniano vulgar relega
estos conceptos a la irrelevancia, ya que la selección natural puede siempre
alterar una correlación o remodelar un diseño heredado.
El darwiniano vulgar puro posiblemente sea una ficción; nadie puede ser
tan tonto. Pero los biólogos evolutivos a menudo se han deslizado hacia la
práctica del darwinismo vulgar (rechazando simultáneamente sus preceptos), al
adherirse a las estrategias de investigación reduccionistas de analizar los
organismos parte por parte e invocar a la selección natural como explicación
preferida para todas las formas y las funciones: el quid de la
profunda afirmación de D'Arcy Thompson que citábamos más arriba. Sólo así puedo
comprender el curioso hecho de que la unidad de diseño haya recibido tan poca
atención en la práctica de la investigación (aunque se hable mucho de ella en
los libros de texto) en el transcurso de los últimos cuarenta años, mientras
que los biólogos evolutivos han preferido, en términos generales, una
construcción bastante estricta del darwinismo en sus explicaciones de la
naturaleza.
Por muchos motivos, que van de la probable neutralidad de buena parte de
la variación genética al carácter no adaptativo de muchas tendencias
evolutivas, esta construcción estricta está viniéndose abajo, y las cuestiones
de la unidad empiezan a recibir de nuevo atención. Se están redescubriendo
viejas ideas; D'Arcy Thompson, aunque nunca haya dejado de reeditarse, a menudo
está agotado en las librerías (incorporándose a las bibliotecas personales). Un
antiguo y prometedor tema subraya los efectos correlacionados de los cambios en
la sincronización de los acontecimientos en el desarrollo embrionario. Un
pequeño cambio de sincronización, resultado tal vez de una modificación
genética pequeña, puede tener profundos efectos sobre toda una serie de
caracteres adultos si el cambio acaece al principio del desarrollo embrionario
y sus efectos se acumulan a partir de ahí.
La teoría de la neotenia humana, a menudo discutida en mis ensayos
(véase mi disquisición acerca de Mickey Mouse en El pulgar del panda),
es una expresión de este tema. Mantiene que un retardo en la maduración y las
tasas de desarrollo ha llevado a la expresión en los seres humanos adultos de
muchos rasgos que normalmente aparecen en los embriones o las fases juveniles
de otros primates. No hay por qué considerar todos estos factores como
adaptaciones directas elaboradas por selección natural. Muchos de ellos, como
la distribución «embrionaria» del vello corporal en la cabeza, los sobacos y la
región púbica, o la preservación de una membrana embrionaria, el himen, durante
la pubertad, pueden ser circunstancias no adaptativas de una neotenia básica,
que es adaptativa por otros motivos: el valor de una maduración lenta en un
animal que está realizando su aprendizaje, por ejemplo. La proposición de Bard
de «una unidad subyacente a los diferentes modelos de rayado de las cebras»
sigue la idea de D'Arcy Thompson de un motivo básico estirado y alargado en
diferentes direcciones por fuerzas cambiantes del crecimiento embrionario.
Estas fuerzas que varían surgen porque el modelo básico se desarrolla en momentos
diferentes del desarrollo embrionario de las tres especies. Bard
combina así el tema de las coordenadas transformadas con la idea de que puede
producirse una evolución sustancial por medio de cambios en la sincronización
del desarrollo.
El modelo básico es la simplicidad misma: una serie de rayas paralelas
perpendiculares a una línea que recorre la espalda de la cebra embrionaria de
la cabeza a la cola: cuelguen una sábana de un alambre tenso y pinten rayas
verticales a cada lado. Estas tiras se trazan inicialmente con un tamaño
constante, sin importar el tamaño del embrión que las forma. Están a una
distancia de 0,4 mm, o aproximadamente a veinte diámetros de célula las unas de
las otras. Cuanto mayor sea el embrión, mayor será el número inicial de rayas.
(Debería señalar aquí que la argumentación de Bard no es más que un modelo
provocativo que ha de ser puesto a prueba, no una serie de observaciones. Nadie
ha seguido la pista de modo directo a la embriología de las rayas de la cebra.)
Las tres especies de cebras difieren tanto en el número como en la
configuración de sus rayas. Según la hipótesis de Bard, estas complejas
variaciones surgen tan sólo porque se desarrolla el mismo esquema básico (las
rayas paralelas de espaciamiento constante) durante la quinta semana de
crecimiento embrionario en una especie, durante la cuarta en otra y durante la
tercera en la última especie. Dado que el embrión experimenta cambios complejos
de forma en el transcurso de esas semanas, el esquema básico se ve distendido y
distorsionado de diversos modos, lo que lleva a las principales diferencias en
el rayado de los adultos.
Las tres especies difieren de modo más notable en los esquemas de rayas
en la grupa y las patas traseras (véase la figura del ensayo anterior). La
cebra de Grevy (Equus grevyi) tiene multitud de rayas delgadas y
básicamente paralelas en esta región trasera. En el modelo de Bard, las rayas
debieron formarse cuando la parte trasera del embrión era relativamente grande.
(Cuanto más grande la parte, más rayas recibe, ya que éstas se forman
inicialmente con un tamaño y un espaciamiento constantes.) En la embriología de
los caballos, las regiones trasera y caudal se expanden acentuadamente durante
la quinta semana in utero. Silos adultos poseen numerosas bandas
delgadas traseras, éstas deben formarse tras la expansión embrionaria de los
cuartos traseros (desgraciadamente, nadie ha estudiado jamás directamente la
embriología temprana de las cebras, y Bard asume que los modelos de crecimiento
intrauterino de los verdaderos caballos son seguidos también por sus parientes
rayados. Dado que los rasgos básicos de la embriología temprana tienden a ser
altamente conservadores en la evolución, los verdaderos caballos probablemente
constituyan un modelo adecuado para las cebras).
La cebra de montaña, Equus zebra, es parecida a E.
grevyi hasta que llegamos a las ancas, donde tres rayas anchas
sustituyen a las numerosas rayas delgadas de la cebra de Grevy. La existencia
de rayas anchas en los adultos indica una formación inicial sobre una parte
pequeña del embrión (en la que pudieran encajar pocas rayas), y un posterior
crecimiento rápido de la parte en cuestión (ensanchando las rayas al expandirse
la superficie). Si un embrión forma rayas en su cuarta semana, justo antes de
la expansión posterior que deja lugar para las muchas rayas delgadas de la
cebra de Grevy, dará lugar al esquema de la cebra de montaña en el transcurso
de su posterior crecimiento embrionario.
La cebra de Burchell, Equus burchelli, tiene también pocas
rayas anchas en las ancas. Pero mientras que la cebra de montaña tiene rayas
delgadas sobre la mayor parte de la espalda y rayas anchas sólo en las ancas,
las rayas anchas de la cebra de Burchell empiezan en mitad del abdomen y se repliegan
hacia atrás sobre la grupa. Este esquema sugiere una formación inicial de rayas
durante la tercera semana del crecimiento embrionario. En esta etapa temprana,
el embrión tiene un dorso corto y compacto que posteriormente se expande hacia
atrás en una amplia curva en forma de arco, mientras el abdomen permanece
corto. Una raya que inicialmente corriera verticalmente desde el abdomen hasta
la espina dorsal se vería estirada hacia atrás al expandirse la superficie superior
del embrión, mientras su abdomen crecía poco. Una raya de adulto sometida a tal
deformación en su vida embrionaria sería ancha y subiría desde el abdomen hasta
pasar por encima de la grupa, como en la cebra de Burchell.
Así pues, Bard puede explicar las diferencias en el rayado trasero de
las tres especies como resultado de la deformación del mismo esquema inicial en
momentos diferentes del desarrollo embrionario normal. Su hipótesis recibe un
respaldo sorprendente de otro origen: el número total de rayas. Recordemos que
Bard asume un tamaño y un espaciamiento comunes para las rayas en su formación
inicial. Así, cuanto mayor sea el embrión al formarse las rayas, mayor será el
número de ellas. La cebra de Grevy, que presumiblemente forma sus rayas como un
embrión de cinco semanas y de alrededor de 32 mm de longitud, tiene alrededor
de 80 rayas como adulto (lo que corresponde a unos 0,4 mm por raya). Las cebras
de montaña, con un embrión de cuatro semanas de entre 14 y 19 mm de longitud,
tienen alrededor de 43 rayas (una vez más alrededor de 0,4 mm por raya). La
cebra de Burchell tiene entre 25 y 30 rayas; si se forman en un embrión de tres
semanas, de unos 11 mm de longitud, obtenemos el mismo valor: unos 0,4 mm por
raya.
Como apoyo adicional, y como adorable ejemplo de la diferencia entre la
apariencia superficial y el conocimiento de las causas subyacentes,
consideremos una vieja paradoja que implica a los descendientes híbridos entre
las cebras y los verdaderos caballos. Estos animales tienen casi siempre más
rayas que su progenitor cebra. El «sentido común», basándonos en la apariencia
superficial, nos dice que este resultado es desconcertante. Después de todo, el
estado intermedio entre la presencia de rayas y su ausencia es la presencia de
pocas rayas. Pero si Bard está en lo cierto acerca de las causas subyacentes al
rayado, este resultado paradójico tiene sentido. El estado intermedio entre la
presencia y la ausencia de rayas puede ser perfectamente un retraso en
la formación embrionaria de éstas. Si las rayas empiezan entonces a formarse,
según su tamaño y espaciamiento comunes, sobre un embrión de mayores
dimensiones, el adulto tendrá más rayas.
Si la diversidad del rayado de las cebras descansa sobre una unidad de
arquitectura básica, entonces debemos sospechar que nos enfrentamos a un
esquema general en la naturaleza, no simplemente a la «suprema anormalidad» que
describía Marianne Moore. Darwin examinó a los caballos a la luz de esta idea y
reconoció que la capacidad de mostrar rayado en todos los caballos suponía un
poderoso argumento en favor de la propia evolución. Si las cebras son unas
adaptaciones extrañas y perfectas para el camuflaje, Dios podría haberlas hecho
tal y como las encontramos, pero si las cebras se limitan a poner de manifiesto
y exagerar una propiedad potencial de todos los caballos, entonces la aparición
ocasional de rayados en otros caballos (donde no pueden ser considerados como
una adaptación perfeccionada, ordenada por Dios) deberá indicar una comunidad
de origen evolutivo.
Darwin dedicó mucho espacio en el capítulo 5 de El origen de las
especies a una tabulación exhaustiva de los rayados ocasionales en
otros caballos. Los asnos, según descubrió, a menudo tienen «rayas
transversales muy distintivas… como las de las patas de una cebra». Los
verdaderos caballos poseen a menudo una raya dorsal, y algunos tienen también
rayas transversales en las patas. Darwin encontró un poni galés con tres rayas
paralelas en cada hombro. Y señaló que los híbridos (sin progenitores cebra) a
menudo estaban fuertemente rayados, un ejemplo de la observación común y aún
misteriosa de que los híbridos a menudo exhiben reminiscencias ancestrales
ausentes en sus progenitores. «Vi una vez una mula —escribe Darwin— con las
patas tan rayadas que, a primera vista, cualquiera hubiese pensado que debía
ser el producto de una cebra.»
A partir de esta ilustración de modelos comunes y, a menudo, no
adaptativos en los caballos, Darwin extrajo una de sus argumentaciones más
poderosas y apasionadas en favor de la evolución, digna de ser citada in
extenso:
Aquel que crea que cada especie equina fue creada independientemente
afirmará, supongo, que cada especie ha sido creada con una tendencia a variar,
tanto bajo la naturaleza como bajo la domesticación, de este modo particular,
por lo que a menudo aparecen rayadas como otras especies del género; y pensará
también que cada una de ellas ha sido creada con una fuerte tendencia a ser
cruzada con especies procedentes de lugares distantes del mundo, a producir
híbridos que, en lo que a sus rayas se refiere, se parecen, no a sus parientes,
sino a otras especies del género. El admitir esta perspectiva es, a mi modo de
ver, rechazar una causa real por una irreal o al menos desconocida. Hace que
los trabajos de Dios sean una mera burla y engaño; casi preferiría creer, con
los antiguos e ignorantes cosmogonistas, que las conchas fósiles jamás habían
vivido, sino que fueron creadas en la piedra como imitación burlona de las
conchas que hoy viven en la playa.
Este mismo tema sugiere también una respuesta al título del ensayo 28:
«¿Qué es, si es que es algo, una cebra?». Planteé la argumentación de que las
cebras podrían no formar un grupo de parientes muy próximos, sino representar
una serie de caballos diferentes que o bien habían desarrollado sus rayas
independientemente, o las habían heredado de un antecesor común (mientras los
asnos y los caballos verdaderos las perdieron). La hipótesis de Bard respalda
esta conjetura, ya que sugiere que el esquema subyacente del rayado de las
cebras puede ser tan simple como para que todos los caballos lo incluyan en su
repertorio de desarrollo. Las cebras, entonces, podrían ser la realización de
un potencial que poseen todos los caballos.
Finalmente, pasando de lo sublime a lo simplemente interesante, Bard
propone una solución al gran dilema básico y argumenta que las cebras son
animales negros con rayas blancas, después de todo. El abdomen blanco
constituye un argumento infame, ya que gran cantidad de mamíferos totalmente
coloreados son blancos por debajo. El color puede verse inhibido en esa región
por razones por el momento desconocidas. Los mamíferos no tienen sus colores
pintados sobre un fondo blanco. La cuestión básica puede ser replanteada
entonces del siguiente modo: ¿resulta el rayado de una inhibición o de una
deposición de melanina? Si la respuesta es que de una inhibición, las cebras
son animales negros; en caso contrario, son blancos con rayas negras.
Los biólogos a menudo observan las teratologías o anormalidades del
desarrollo para resolver estas cuestiones. Bard ha descubierto una cebra
anormal cuyas «rayas» son hileras de puntos y manchas discontinuas, en lugar de
líneas coherentes de color. Los puntos y las manchas son blancos sobre un fondo
negro. Bard escribe: «Sólo podemos comprender este esquema si las rayas blancas
no se han formado correctamente, y, por consiguiente, el color "por
omisión" es el negro. El papel del mecanismo de rayado consiste, pues, en
la inhibición de la formación de pigmento natural, en lugar de en su
estimulación». La cebra, en otras palabras, es un animal negro con rayas
blancas.
30. Cuagas, ostras enrolladas y hechos endebles
Al catalogar Darwin casos de caballos y asnos rayados para ilustrar su
origen común con el de las cebras (véase el ensayo anterior), se encontró
inevitablemente con uno de los más famosos animales de la historia natural del
siglo XIX: la yegua del conde Morton. Darwin escribió en El origen de
las especies: «En el famoso híbrido de una hembra castaña y un cuaga macho
de lord Moreton [sic], el híbrido, e incluso la descendencia pura
producida subsiguientemente por el cruce de la yegua con un macho árabe negro,
tenían unas rayas transversales en las patas mucho más nítidas que incluso las
del cuaga puro».
El cuaga, una cebra con las rayas restringidas al cuello y las patas
delanteras, está hoy extinto. No le iba tampoco muy bien a comienzos del siglo
XIX, cuando el buen conde intentó salvar la especie domesticándola. Consiguió
un macho para su noble propósito, pero jamás consiguió obtener una hembra. Por
consiguiente, cruzó su cuaga macho con «una joven yegua castaña con siete
octavas partes de sangre árabe», y obtuvo un híbrido con «muy claras
indicaciones de su origen mixto». Hasta aquí no hay nada de sorprendente.
Pero el desilusionado lord Morton, incapaz de encontrar más cuagas,
vendió su hembra árabe a sir Gore Ouseley, que la apareó con «un magnífico
caballo árabe negro». Cuando lord Morton visitó a su amigo, viendo los dos
potrillos de padres árabes con pedigree, quedó asombrado al notar
en ellos lo que le pareció «un asombroso parecido con el cuaga». De algún modo,
el padre cuaga había influido en la subsiguiente descendencia de otros machos
años después de su permanente alejamiento de la yegua de lord Morton. ¿Cómo
podía mantenerse semejante influencia mucho después de interrumpido el contacto
físico?
La yegua de lord Morton fue el caso más celebrado, aunque en absoluto el
único, de un fenómeno que el biólogo alemán August Weismann denominó
posteriormente «telegonía», palabra de raíces griegas que significa
«descendencia a distancia», o la idea de que los padres podían influir sobre la
progenie subsiguiente no producida por ellos. Dado que el supuesto fenómeno
resultó ser una ilusión, la telegonía reposa hoy, como un elemento olvidado
más, en la pila de cenizas de la historia, y ni lord Morton ni su yegua
retuvieron su fama.
Pero el historiador de la ciencia Richard W. Burkhardt, Jr., que
escribió recientemente un excelente artículo acerca de la telegonía y la yegua
de lord Morton en particular (véase la Bibliografía), ha demostrado que la
telegonía fue en otro tiempo un tema de investigación importante e «inspiró el
trabajo más extensivo en crianza experimental de animales realizado en Gran
Bretaña entre la muerte de Darwin en 1882 y el redescubrimiento de la ley de
Mendel en 1900». El propio Darwin era un importante defensor de la telegonía.
Si las causas supuestas de la telegonía son un poco misteriosas, las
razones de Darwin para adherirse a la idea pueden resultar igualmente difíciles
de comprender. Después de todo, discutió por primera vez la progenie de la
yegua de lord Morton en un contexto que implicaba una explicación opuesta a la
telegonía. Como escribí en los dos primeros ensayos de esta trilogía, Darwin
había catalogado todos los casos que pudo nombrar de asnos y caballos
verdaderos con rayas. Utilizaba estos caballos rayados como argumento efectivo
en favor de la evolución: si Dios había creado los verdaderos caballos, los
asnos y las cebras como formas separadas, ¿por qué habríamos de hallar
ocasionalmente individuos rayados en especies en las que normalmente no
existen? ¿Acaso no indica esta tendencia latente al rayado en todos los
caballos (realizada permanentemente sólo en las cebras) una ascendencia común?
Entonces, ¿por qué implicó Darwin al anterior padre cuaga en el rayado de los
descendientes subsiguientes de la yegua de lord Morton? En su primera
discusión, en El origen de las especies, Darwin se lanzó a
demostrar que los caballos verdaderos y los asnos pueden desarrollar
rayas sin ninguna influencia por parte de una cebra. Como
veremos, esta explicación original probablemente fuera la correcta.
Burkhardt argumenta que Darwin cambió de opinión y respaldó la telegonía
por lo bien que encajaba con la teoría (irónicamente) «no darwiniana» de la
herencia que desarrolló en 1868. Bajo esta «hipótesis provisional de
pangénesis», como la llamó Darwin, todas las células del cuerpo producen
partículas diminutas llamadas gémulas que recorren todo el cuerpo, se reúnen en
las células sexuales y eventualmente transmiten los caracteres de los padres a
la descendencia. Dado que las gémulas podrían verse alteradas si las células
que las producen fueran alteradas por la influencia del ambiente o la propia
actividad de los animales, los caracteres adquiridos pueden heredarse y la
evolución adquiere un importante aspecto lamarckiano.
La telegonía encajaba bien en la pangénesis, ya que las gémulas
incluidas en el esquema del cuaga hubieran permanecido en el cuerpo de la yegua
de lord Morton, extendiendo su influencia a sus subsiguientes crías. (Darwin
incluso especuló en una ocasión que las gémulas transmitidas por el esperma
podrían explicar por qué algunas mujeres llegan a parecerse a sus maridos. En
cuanto a por qué tantas personas se parecen a sus perros, Darwin mantuvo un
discreto silencio.)
La telegonía se vino finalmente abajo al aparecer una nueva teoría de la
herencia que la excluía. August Weismann, que defendía el darwinismo estricto
de la selección natural frente a todas las formas de herencia lamarckiana
(incluida la pangénesis del propio Darwin), argumentaba a favor de lo que él
llamaba «la continuidad del plasma germinal». Mantenía que las células
reproductivas están completamente aisladas del resto del cuerpo, y no pueden
verse influidas por cualesquiera fuerzas que moldean y alteran otros órganos y
tejidos. Los caracteres adquiridos no pueden afectar a la siguiente generación,
porque no pueden atravesar el «estuche» que contiene las células reproductivas,
y se transmiten in toto de generación en generación. (El óvulo
fecundado, por supuesto, se forma por la unión de dos células reproductivas. Al
empezar a dividirse, no obstante, se forman las células no reproductivas, se
transforman en el cuerpo del organismo y quedan rígidamente segregadas del
linaje continuo de células germinales. La telegonía no tiene sentido porque,
aun suponiendo que existieran, las gémulas del macho en el cuerpo de una hembra
no podrían llegar hasta las células germinales; a menos que consiguieran llegar
a los propios ovarios y modificar los óvulos inmaduros.)
La telegonía estuvo rondando por la literatura científica durante
setenta años, desde la nota de Morton a la Royal Society en 1820 hasta la
refutación de Weismann. Cuando éste propuso la continuidad del plasma germinal,
la telegonía se convirtió en una amenazadora anomalía que exigía su afirmación
o rechazo. Se realizaron multitud de experimentos y la telegonía fracasó
miserablemente en todos. En particular, J. C. Ewart, profesor regio de Historia
Natural en Edimburgo, intentó repetir el experimento del propio Morton. Dado
que los cuagas se habían reunido con el Eohippus en el reino
de los caballos desaparecidos, Ewart apareó 20 hembras de diferentes razas y
crianzas con un macho de cebra de Burchell. El primer híbrido, nacido en 1896,
tenía rayas como se esperaba. Ewart apareó entonces la yegua con un segundo
macho, un semental árabe. Su descendencia tuvo también rayas, si bien poco
destacadas, y la telegonía quedó aparentemente vindicada, pero Ewart sabía que
necesitaba controles y, por consiguiente, cruzó aquel mismo macho árabe con
otras yeguas que «ni siquiera habían llegado a ver una cebra». La descendencia
de estos apareamientos estaba tan abundantemente listada como el potrillo de la
hembra que se había apareado anteriormente con una cebra. Darwin había estado
en lo cierto al principio. Las rayas no aparecen por una misteriosa influencia
de la cebra anterior; representan una ruta de desarrollo potencial de todos los
caballos.
* * * *
No he relatado esta historia de la telegonía por su valor en sí mismo,
ya que las meditaciones de anticuario sólo excitan a los profesionales o a los
aficionados a las trivialidades. Más bien, como subraya Burkhardt, la historia
encarna una cuestión más amplia, preocupante y de importancia en relación con
la naturaleza de los hechos en la ciencia. La telegonía, por lo que podemos
saber, estaba equivocada; a pesar de todo, permaneció en la literatura como un
hecho prístino, no refutado en general, durante setenta años. En una inversión
del estereotipado escenario, en el que un único y sólido hecho hace su
aparición destruyendo todo un edificio de teorías, el «hecho» de la telegonía
apareció primero, se atrincheró, y sólo se vio seriamente cuestionado cuando
una teoría (la continuidad del plasma germinal de Weismann) lo convirtió en
algo anómalo. Burkhardt señala que en el modelo habitual «una teoría largo
tiempo aceptada se ve derribada por un hecho recientemente descubierto y
aparentemente anómalo. En el caso de la telegonía, por contraste, un
"hecho" mucho tiempo aceptado se vio desacreditado al ser confrontado
con una teoría nueva y aparentemente contradictoria con él».
* * * *
En parte, sugiere Burkhardt, la telegonía obtuvo su aceptación porque
encajaba con una serie de supuestos decimonónicos, que iban de la dominancia
«natural» de los machos sobre las hembras hasta el respaldo de la separación de
las razas por la argumentación de que el contacto sexual con una raza inferior
podría extender su dañina influencia más allá de las consecuencias inmediatas
del acto en sí. En parte, la telegonía no era lo suficientemente controvertida,
y nadie se tomó la molestia de poner a prueba la improbable afirmación de lord
Morton. Al ser puesta a prueba, la telegonía se vino abajo, y en esta medida el
modelo habitual de la ciencia como experimentación objetiva se vio vindicado.
Pero otro aspecto de la visión convencional no era aplicable: el hecho no actuó
como la escoba barredora de teorías pasadas de moda. Más bien, un «hecho» falso
perduró durante un tiempo incómodamente largo, hasta que una teoría hizo
necesario que fuese cuestionado. ¿Qué nos cuenta esta historia acerca de la
relación entre los hechos y la teoría en la ciencia y acerca del papel de los
hechos únicos y aislados en primer lugar? Volveremos sobre estas generalidades,
pero antes veamos otra historia similar.
En 1922, el paleontólogo británico A. E. Trueman publicó el trabajo más
famoso de nuestro siglo acerca de un linaje supuestamente ininterrumpido de
fósiles en evolución.
23. Supuesto incremento del enrollamiento en Gryphaea según Trueman. A la
izquierda, de los antepasados (arriba) a los descendientes enrollados (abajo)
en los dibujos de ostras. A la derecha, de los antepasados (abajo) a los
descendientes enrollados (arriba) en los gráficos de variación en el número de
vueltas (reproducido de K. Joysey, Biological Reviews, vol. 34, 1959).
Argumentaba que las ostras planas habían evolucionado lentamente hasta
convertirse en ostras enrolladas del género Gryphaea. Aunque el
enrollamiento era originalmente ventajoso, al alzar a las ostras sobre un fondo
marino cada vez más cenagoso, la tendencia, una vez puesta en marcha, no podía
detenerse. Gryphaea elaboraba una valva enrollada y una plana
que yacía como una tapa sobre su compañera helicoidal. Eventualmente, la valva
enrollada creció por encima de la tapa, apretándola con fuerza. Incapaz de abrir
la concha, Gryphaea pereció, aprisionada en su propio abrazo.
Cuando Trueman publicó su trabajo, la mayor parte de los paleontólogos
no eran darwinianos. La teoría de la ortogénesis o de la evolución en «línea
recta», que obligaba a los organismos a seguir caminos predeterminados, seguía
siendo popular. Una tendencia inexorable, que la selección natural no podía
detener, y que llevaba a la desaparición de un linaje, constituía un fenómeno
esperado. Así pues, la historia de Trueman no fue rebatida por los
paleontólogos y, al igual que el impacto de la cebra en la hembra de lord
Morton, la Gryphaea sobreenrollada se convirtió en un hecho
establecido.
A finales de la década de 1930, tras una gestación de casi un centenar
de años, después de la gran visión de Darwin y a los ochenta años de su
publicación, la selección natural triunfó finalmente como teoría aceptada del
cambio evolutivo y Gryphaea se convirtió en una anomalía.
¿Cómo podía un linaje evolucionar activamente hasta la
extinción si el cambio evolutivo está dirigido por la selección natural y, por
consiguiente, sólo puede producirse en direcciones que adapten a los organismos
a sus ambientes locales? (La extinción basada en la incapacidad de cambiar lo
suficientemente deprisa frente a una perturbación ambiental es otra cuestión, y
perfectamente ortodoxa en un mundo darwiniano.)
Los darwinianos reaccionaron ante Gryphaea en toda una
variedad de formas, pero todos se sintieron profundamente perturbados. Algunos,
como J. B. S. Haldane, simplemente admitieron su desconcierto: «El exagerado
enrollamiento de Gryphaea no puede explicarse por el momento
con ningún grado de verosimilitud». Otros, como G. G. Simpson, intentaron
esquivar el problema con sugerencias vagamente plausibles, pero
evidentemente ad hoc: dado que el sobre enrollamiento sólo afectaba
a los individuos más viejos y, probablemente, pos reproductivos, podía incluso
haber beneficiado a la población para eliminar a los individuos viejos dejando
espacio libre para los jóvenes y vigorosos. Aun así, a través de todos estos
esfuerzos por salvar a la selección natural, a nadie se le ocurrió hacer la
pregunta más básica: ¿es todo esto verdad, para empezar? El excesivo
enrollamiento en Gryphaea se había convertido en un hecho.
Pero no es verdad; el sobre enrollamiento en Gryphaea es
tan quimérico como la supuesta influencia del cuaga de lord Morton en la
ulterior progenie de su yegua. En 1959, Anthony Hallam, hoy un buen amigo mío y
profesor de geología en Birmingham, pero por aquel entonces un osado estudiante
licenciado, escribió un trabajo iconoclasta con dos controvertidas
afirmaciones: en primer lugar, que Gryphaea no había
evolucionado en absoluto a partir de las ostras planas, sino que había emigrado
al sur de Inglaterra desde alguna parte; y, en segundo lugar, que Gryphaea llegó
a Inglaterra todo lo enrollada que llegaría a estar jamás, y que no podía
demostrarse en absoluto ninguna tendencia a un incremento en el enrollamiento
en el seno de Gryphaea. La conclusión de Hallam escandalizó a
muchos científicos mayores que habían conocido a Trueman. H. H. Swinnerton,
decano de la paleontología británica, escribió una repulsa irritada, acusando a
Hallam tanto de «pecado» como de «error monstruoso», un extraño par de
acusaciones para un trabajo científico.
Veinte años más tarde, el polvo por fin se había posado, y no creo que
nadie dude ya del destronamiento del que fue artífice Hallam. En cuanto a la
primera afirmación de Hallam (que Gryphaea no evolucionó a
partir de las ostras planas), H. B. Stenzel escribió una impresionante
monografía (Treatise on invertebrate paleontology, parte N, 1971) que ha
demostrado que los linajes de las ostras planas (género Ostrea) y
de las ostras enrolladas (género Gryphaea) han estado separados
desde su primera aparición, que Gryphaea es un poco más
antigua que Ostrea, y que los antepasados enrollados de
la Gryphaea de Trueman vivían en Groenlandia antes de
que Ostrea hiciera su aparición en Inglaterra.
En cuanto a su segunda afirmación (que Gryphaeano aumentó su
enrollamiento en el transcurso de su evolución), he vuelto a examinar todos los
datos publicados, llegando a la conclusión de que, si bien Gryphaea experimentó
un aumento en su Irónicamente, esto significa que las Gryphaea más
recientes estaban enrolladas más holgadamente que los especímenes anteriores
del mismo tamaño corporal, ya que el enrollamiento aumenta con el crecimiento,
y si un descendiente adulto más grande ha de alcanzar el mismo grado de
enrollamiento que su antecesor adulto de menor tamaño, entonces la concha del
descendiente deberá estar enrollada más holgadamente, al ser aún un individuo
juvenil, del mismo tamaño que un adulto ancestral. (He reeditado todos los
principales trabajos acerca del gran debate de Gryphaea en un
volumen titulado The Evolution of Gryphaea, Arno Press, 1980.)
Si el edificio de Trueman se derrumbó tan fácilmente, ¿por qué su
«hecho» fue tan rápidamente aceptado desde el primer momento? Cabría sospechar
que el enrollamiento de Gryphaea había disfrutado de una
documentación extensa y compleja, por poco fiable que pudiera haber sido, y que
Trueman simplemente abrumó a sus críticos potenciales. En absoluto. La
evidencia original era endeble, casi hasta lo increíble. En su trabajo de 1922,
Trueman mostraba cómo la mayor parte de las Gryphaea adultas evitan un
calamitoso sobre enrollamiento disminuyendo lo apretado de su espiral en las
últimas etapas del crecimiento.
La definición del sobre enrollamiento por parte de Trueman se basaba en
un único espécimen, el espécimen «tipo» (o portador del nombre) de la
especie Gryphaea incurva. Examiné este espécimen en el Museo
Británico en 1971. A primera vista, la valva enrollada sí parece apretar con
fuerza la valva plana. Pero el espécimen fue hallado en barros de grano muy
fino del mismo color que la propia concha. Después de hurgar un poco se
descubrió (y las radiografías posteriores lo confirmaron) que el supuesto
«cerrojo» de la valva plana no había sido formado por la valva enrollada, sino
por barro que se había incrustado en el espacio que había entre la valva plana
y la enrollada (el espacio que permitía abrirse a la concha) tras la muerte del
animal.
Si la telegonía y el sobre enrollamiento son «hechos» falsos, ¿por qué
consiguieron ambos tanto prestigio y no inspiraron el más mínimo intento de
refutación durante tanto tiempo? Creo, en primer lugar, que la reputación de
los hechos falsos se ve incrementada por la ingenua creencia de que los hechos
son partículas de información pura extraídas de la naturaleza por un proceso
objetivo de observación pura o por inferencia científica. Pero los hechos
surgen en contextos de expectativas, y tanto el ojo como la mente son
instrumentos notoriamente falibles. (Todo aquel que crea que las afirmaciones
de observación directa poseen alguna condición especial e irrefutable, debería
leer el espeluznante libro de Elizabeth Loftis acerca de testimonios directos.)
Los paleontólogos, al aceptar la realidad de la ortogénesis, estaban ya
condicionados para creer en el sobre enrollamiento de Gryphaea; la
telegonía pareció razonable hasta que Weismann la puso en cuestión setenta años
más tarde. En segundo lugar, los hechos alcanzan una condición casi inmortal
una vez que pasan de ser información primaria a fuentes secundarias,
particularmente libros de texto. No hay publicación tan conservadora como un
libro de texto; los errores son copiados de una generación a otra, y parecen
obtener apoyo de la mera repetición. Nadie vuelve atrás para descubrir la
fragilidad de las argumentaciones originales.
No estoy intentando transmitir el mensaje de que todo conocimiento es
relativo y que los hechos jamás pueden lograr una aprobación universal; todo lo
contrario. Más bien tenemos que distinguir entre los tipos de afirmaciones de
hechos que pueden lograr una aceptación y aquellas que deben permanecer en el
limbo. Los hechos más problemáticos son casos únicos: la descendencia de la
yegua de lord Morton, el sobre enrollamiento de una única Gryphaea.
Como recomendaba William Bateson, debemos «atesorar nuestras excepciones». Pero
debemos ser también conscientes de que los casos únicos son frágiles y que los
hechos de peso representan pautas generalizadas en la naturaleza, no
peculiaridades individuales. La mayor parte de las «historias clásicas» de la
ciencia están equivocadas.
La necesidad de distinguir el hecho sólido (pauta general) de una
afirmación factual endeble (casos únicos con documentación dudosa) jamás me ha
resultado más evidente que en el actual debate entre los evolucionistas y los
llamados «creacionistas científicos». El hecho de la evolución es tan sólido
como cualquier otra afirmación de la ciencia. Su solidez reside en una pauta
general detectada por varias disciplinas: por ejemplo, la edad de la Tierra y
la vida, tal y como la afirman la astronomía y la geología, y la pauta de
imperfecciones en los organismos que registra una historia de descendencia
física.
Frente a esta pauta, los creacionistas aplican un enfoque destructivo,
forzado. No ofrecen ninguna alternativa demostrable, sino que lanzan andanadas
de críticas retóricas en forma de afirmaciones de hechos inconexos y endebles:
un popurrí (literalmente, una marmita podrida en este caso) de estupideces que
atrae a muchas personas porque se disfraza de hechos y comercia con el falso
prestigio de una observación supuestamente pura.
Las afirmaciones individuales son fáciles de refutar con un poco de
investigación. Los propios creacionistas se han visto obligados a renunciar a
sus planteamientos más embarazosos. El notorio creacionista Henry Morris, por
ejemplo, ha citado a menudo las supuestas huellas de dinosaurios y seres
humanos aparecidas juntas en las rocas del río Paluxy, de Texas. Pero el
creacionista Leonard Brand atribuye algunas de las huellas «humanas» a la
erosión y otras a un dinosaurio de tres dedos. Añade también: «Sabemos que hubo
un individuo durante la Depresión que cincelaba huellas».
Y, no obstante, cada vez que destruimos un «hecho» creacionista se
inventan otros dos para ocupar su lugar. Hércules mató finalmente a la hidra de
Lerna, una bestia con tendencias similares a la proliferación tras su
destrucción parcial. Podemos privar al creacionismo de toda respetabilidad
intelectual (aunque no, por desgracia, de cierto atractivo popular) recordando
que los hechos sólidos se construyen a partir de modelos ampliamente extendidos
y que la coherencia en la estructura es el signo de los argumentos y las
teorías poderosos. Desconectados, los elementos individuales siguen siendo
endebles hasta que forman un modelo o hasta que logran una confianza en las
documentaciones individuales que ni la telegonía ni el sobre enrollamiento (por
no mencionar ninguna afirmación creacionista) lograron jamás.
Si las afirmaciones de hechos endebles fueran siempre fáciles de
desbaratar, este ensayo podría terminar con una nota puramente optimista. Pero
la telegonía duró setenta años, y el fantasma de William Jennings Bryan recorre
de nuevo nuestra nación. Si concluyo con un optimismo mesurado, no obstante, lo
hago pidiendo que nos concentremos en la segunda frase de lo que podría ser la
afirmación más famosa de Darwin (de El origen del hombre): «Los
hechos falsos resultan altamente dañinos para el progreso de la ciencia, ya que
a menudo sobreviven mucho tiempo; pero los puntos de vista falsos, si están
respaldados por alguna evidencia, hacen poco daño, ya que todo el mundo se
deleita demostrando su falsedad».
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Notas:
[1] (Los
primeros dos volúmenes, Desde Darwin y El pulgar del panda, fueron
publicados, respectivamente, por Hermann Blume en 1983, y por Crítica en 1994.)
Una vez más, el origen de casi todos los ensayos es la columna mensual que
escribo en la Natural History Magazine, titulada This View
of Life. Tres de los ensayos no proceden de ahí. El número 19 apareció por
primera vez en el número de mayo de 1981 deDiscover Magazine; el ensayo
24 fue escrito para Junk Food, publicado por Dial Press, 1980.
Escribí el ensayo 17 expresamente para este volumen, como comentario acerca de
las críticas que el ensayo 16 ha recibido desde su primera aparición en Natural
History.
[2] [Woman
is the lesser man, and all / thy passions, matched with mine, / Are as
moonlight unto sunlight, and / as water unto wine.]
[3] …
every wise man's son doth know… / journeys end in lovers meeting…
[4] [I
found a dimpled spider, fat and white, / On a white heal-all, holding up a moth
/ Like a white piece of rigid satin cloth— / Assorted characters of death and
blight / Mixed ready to begin the morning right, / Like the ingredients of a
witches' broth— / A snow-drop spider, a flower like a froth, / And dead wings
carried like a paper kite. // What had that flower to do with being white, /
The wayside blue and innocent heal-all? / What brought the kindred spider to
that height, /'Then steered the white moth thither in the night? / What but
design of darkness to appall?— / If design govern in a thing so small.]
[5] [En
castellano esta disquisición no tiene sentido, pero sí en inglés, idioma en el
que a los vaqueros o alcatraces tropicales se les llama boobies,
que puede traducirse, entre otras cosas, por tontos o bobalicones.
Curiosamente, el término deriva del castellano bobo, pero en este
Idioma se reserva el epíteto de pájaros bobos a los Esfenisciformes, mal
llamados pingüinos. (N. del r.)
[6] Personajes
de El Mikado, opereta cómica de W. S. Gilbert y A. Sullivan. (N.
del r.)
[7] En
castellano en el original. (N. del r.)
[8] Aniversario
de la batalla de Lexington (19 de abril de 1775), fiesta oficial en
Massachusetts y Maine. (N. del r.)
[9] Literalmente,
cuerno de pierna. (N. del r.)
[10] La
Biblia del rey Jacobo, la versión autorizada por la Iglesia anglicana y la más
usada por los protestantes. (N. del r.)
[11] Intelectuales
pretenciosos. (N. del r.)
[12] […
with vague, mechanic eyes, / I scanned the festering news we half despise /
When suddenly, / As happens if the brain, from overweight / Of blood, infect
the eye, / Three tiny words grew lurid as I read, / And reeled commingling:
Agassiz is dead!]
[13] Darwin
murió el 19 de abril de 1882 y este artículo apareció por primera vez como
columna en Natural History en abril de 1982.
[14] Servicio
secreto soviético predecesor del KGB. (N. del r.)
[15] El
lector interesado hallará en The rise and fall of T. D. Lysenko, de
Zhores Medvedev (Columbia University Press, Nueva York, 1969), un relato
escalofriante del funcionamiento de la genética en particular y de la ciencia
oficial en general en la Unión Soviética en los años posteriores a la segunda
guerra mundial. (N. del r.)
[16] En
reconocimiento a la actividad botánica y agronómica de este sabio ruso, reciben
el nombre de centros Vavilov aquellas localidades geográficas que fueron origen
de la agricultura neolítica y que conservan las especies originales de plantas
silvestres de las que derivaron las cultivadas. Véase l.a diversidad de
la vida, de Edward O. Wilson (Crítica, Barcelona, 1994). (N. del r.)
[17] El
lector interesado encontrará una exhaustiva relación de organismos-rueda o con
ruedas (reales y fantásticos) en la sección «Juegos matemáticos», de Martin
Gardner, en Investigación v ciencia de agosto de 1978.
(N. del r.)
[18] El
lector interesado en la evolución del caballo puede consultar el ensayo 11 de «Brontosaurus»
y la nalga del ministro, del mismo autor (Crítica, Barcelona, 1991. (N.
del r.)
[19] [The
Anthropophagi and men whose heads / Do grow beneath their shoulders.]
[20] Este
ensayo ha sido tema de multitud de comentarios, en su mayor parte positivos,
pero algunos (por decirlo con suavidad) abrasivamente negativos (los más
brutales de ellos, si me disculpan ustedes el conato de sospecha por
asociación, procedentes de devotos del «culto a Teilhard»). A la luz de esto,
he decidido volver a imprimir el ensayo (que apareció en Natural
History en agosto de 1980) sin cambios. Porque sería injusto mejorarlo
corrigiendo errores y ambigüedades para después volverme contra mis detractores
(véase el siguiente ensayo) con un producto mejor que el original que ellos
habían criticado. Dado que publicar errores conscientemente es simplemente
inmoral, corregiré algunas equivocaciones por medio de notas a pie de página,
para que todo el mundo pueda ver dónde metí la pata en el artículo original.
Dejaré todas las interpretaciones planteadas sin comentarios e indicaré los
cambios de opinión que pudiera haber habido (menores e insustanciales) en el
siguiente ensayo.
[21] Quizá
debería decir «algunos profesionales y viejos políticos», a la vista de cómo
gira de rápidamente la rueda de la fortuna. No obstante, la ficción tiene,
irónicamente, la inamovible permanencia que le falla a los hechos; y todo el
mundo lo hizo, y lo seguirá haciendo por los siglos de los siglos en el Orient
Express.
[22] Le
agradezco al reverendo Thomas M. King, S. J., de la Universidad de Georgetown,
que me haya indicado dos errores sin consecuencias, pero altamente embarazosos,
en este párrafo. Teilhard ingresó en la Compañía de Jesús en 1899, no en 1902,
y fue ordenado en 1911, no en 1912.
[23] De
nuevo debo darle las gracias al reverendo King por llamar mi atención sobre un
error, este de ciertas consecuencias potenciales, y, por consiguiente, más
embarazoso. Cuanto más tiempo permaneciera Teilhard en Inglaterra, más
oportunidad habría tenido de trabajar con Dawson. Salió, de hecho, no «a
finales de 1912», como afirmaba yo, sino el 16 de junio.
[24] He
averiguado después que Louis Leakey se tomaba mucho más en serio sus
indagaciones de lo que yo había imaginado. Estaba convencido de la culpabilidad
de Teilhard y se hallaba escribiendo un libro acerca del tema cuando murió.
[25] [Oh,
what langled web we weave, / When first we practice to deceive!]
[26] Varios
críticos han señalado que algunas de las cartas hacen referencia a visitas que
Dawson hizo a Teilhard en el seminario de Ore Place, más que a viajes de campo,
o «excursiones» propiamente dichas. Desde luego pasé esto por alto, pero no veo
de qué forma puede afectar a mi argumento.
[27] (Esta
nota, y sólo esta, formaba parte del ensayo original.) Las obras completas de
Teilhard están distribuidas en dos ediciones: un compendio de trece volúmenes
de sus artículos generales (Editions du Seuil, París) y una reimpresión
extensiva en diez volúmenes de sus publicaciones profesionales (Walter-Verlag,
Olten). Con gran irritación descubrí que la edición de París ha expurgado todas
las referencias a Piltdown sin ponerlo de manifiesto, y sin insertar siquiera
elipsis. Al intentar recomponer la ejecutoria de Teilhard, le han hecho parecer
aún más culpable, acentuando la impresión producida por su silencio. Por
consiguiente, consulté originales siempre que pude hallarlos. Una de las
expurgaciones resulta particularmente enfurecedora por su simple y sencilla
tergiversación. Un volumen póstumo de ensayos, Le Coeur de la matiére (Seuil,
1976), reproduce la solicitud de Teilhard de la cátedra de Paleontología del
Collége de France en 1948 (las autoridades eclesiásticas no le permitieron
aceptarla). En este ensayo autobiográfico, Teilhard discute su papel en la
paleontología humana: «Mi primer golpe de buena suerte, en esta área de la
antigua paleontología humana, llegó en 1923, cuando pude establecer, junto con
Émile Licent, la existencia, hasta aquel momento contestada, del hombre
paleolítico en el norte de China». Si Teilhard había suprimido así a Piltdown,
al presentarse a revista, ¿qué otra cosa podríamos inferir que no fuera su
complicidad? Por simple buena for-tuna, encontré una copia de este documento tirado
a multicopista, y nunca publicado, en la colección de mi malogrado colega A. S.
Romer. Dice así: «Mi primer golpe de buena suerte en esta área de la antigua
palentología humana fue verme incluido, siendo aún joven, en la excavación
de Eoanthropus dawsoni, en Inglaterra. El segundo fue, en 1923,
lograr establecer, con Émile Licent …». Dudo que existan media docena de copias
del original no publicado en Norteamérica, y hubiera sido fácil que la versión
publicada y manipulada me hubiera llevado a considerarla una indicación aún más
poderosa de la complicidad de Teilhard, basándome en su silencio. Por supuesto,
se me ha ocurrido que este esquema de silencios que detecto en los escritos de
Teilhard podría representar más una expurgación póstuma por parte del editor
que las propias preferencias de Teilhard. No obstante, la edición facsímil en
diez volúmenes, completamente honesta, contiene material más que suficiente
para establecer ese esquema, y he comprobado suficientes versiones originales
de textos potencialmente expurgados como para sentirme seguro de que las
referencias a Piltdown son superficiales y notablemente escasas en todos los
escritos de Teilhard.
[28] El
ensayo 18 incluye una explicación más detallada de la filosofía evolutiva de
Teilhard.
[29] Incluso
aunque hubiera decidido que la mandíbula pertenecía a un simio que se había
mezclado por accidente con los restos de las dos localizaciones de Piltdown, el
cráneo seguía siendo un fósil humano genuino: grueso y, por consiguiente,
«primitivo», pero de capacidad equivalente a la humana moderna. lista es la
solución doble que proponía en su artículo de 1920.
[30]Sialia
currucoides. (N. del r.)
[31] [I
do love thee as the spring / Or the bees their careful king.]
[32] Publicado
en Discover Magazine, mayo de 1981.
[33] El
lector interesado en otros aspectos del debate creacionismo-evolucionismo en
los Estados Unidos puede consultar los ensayos 28 y 30 de «Brontosaurus» y
la nalga del ministro, del mismo autor (Crítica, Barcelona, 1993). (N.
del r.)
[34] Este
caso inspiró la famosa narración novelada de Truman Capote A sangre
fría. (N. del r.)
[35] La
frase original en inglés «where Darrow grilled Bryan» tiene un triple sentido
intraducible: grill es a la vez asar a la parrilla, torturar
con fuego o calor e interrogar severamente. Gould compara subliminalmente el
juicio de Scopes a una barbacoa y a un tormento medieval. (N. del r.)
[36]Rhea
americana y Heroenemia pennala,
respectivamente. (N. del r.)
[37] Conspiración
protagonizada por Hitler en Munich en 1923 con el fin de derribar el régimen de
Weimar. (N. del r.)
[38] Zurdo.
(N. del r.)
[39] Clásicos
de la literatura juvenil inglesa. (N. del r.)
[40] [Still,
perhaps it would be wise / Not to carp or criticise, / For it's very evidenl /
These attentions are well meant.]
[41] De
las notas más altas (A) a las más bajas (G). (N. del r.)
[42] Hay
edición castellana: La falsa medida del hombre(Antoni Bosch,
Barcelona, 1984). (N. del r.)
[43] La
línea limítrofe entre los estados citados, y que hasta la guerra civil
norteamericana constituyó la separación entre el Norte y el Sur. (N. del r.)
[44] La
rima se pierde en la traducción: Whizz, the best nickel candy there
izz. (N. del r.)
[45] Se
ha sustituido la mayoría de marcas norteamericanas que el autor cita en el
original por otras más conocidas entre el público hispano, sin que ello
implique preferencia o publicidad encubierta. (N. del r.)
[46] Bolsita
con un preservativo. (N. del r.)
[47] Perrito
caliente (hot dog) picante. (N. del r.)
[48] En
inglés, Marte es Mars; de ahí la aclaración del autor, innecesaria en
castellano. (N. del r.)
[49] Los
piojos y moscas de la versión inglesa de la Biblia son mosquitos y tábanos en
la española que se ha seguido para la traducción (Sagrada Biblia,
versión de E. Nácar y A. Colunga, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid,
1972). En otras ocasiones, la cita textual por parte del autor de la Biblia
inglesa no tiene equivalencia en castellano; es el caso de las ruedas del
ensayo 12, que no aparecen en los versículos correspondientes de la versión
castellana. (N. del r.)
[50] [Let
earth unbalanc'd from her orbit fly, / Planets and suns run lawless thro' the
sky; / Let ruling angels from their spheres be hurl'd, / Being on being
wreck'd, and world on world; / Heav'n's whole foundations to their center nod,
/ An nature tremble to the throne of God.]
[51] [All
sature is but art unknown to thee; / All chance, direction which thou canst not
see; / All discord, harmony not understood; / All partial evil, universal
good.]
[52] Mortandad
en masa en la que desaparecen alrededor del 90 por 100 de las especies de una
fauna o flora, con lo que queda sólo la décima parte (el diezmo). Véase
en La vida maravillosa (Crítica, Barcelona, 1992), del mismo
autor, una definición más extensa y la justificación de este neologismo en
castellano. (N. del r.)
[53] En
realidad, el autor utiliza con mucha frecuencia América y americanos en lugar
de Estados Unidos y estadounidenses. (N. del r.)
[54] [If
universal learning, language, law / Pure piety, religion's reverend awe, / Fair
friends, fair issue: if a virtuous wife, / A quiet conscience, a contented
life, / The clergy's prayers or the poor man's tears / Could have lent length
to man's determined years. / Sure as the fate, which for our fault we fear, /
Proud death had ne'er advanced this trophy here. / In it behold thy doom, thy
tomb provide. / Sir William Gee had all these pleas, yet died.]
[55] Peculiar,
porque hemionus significa medio asno, que en inglés es half
ass; ass es también un vulgarismo: culo, trasero, de modo que el
kiang o half-ass es «medio asno», pero lamhién «medio
trasero». (N. del r.)
[56] Izaak
Walton (1593-1683), hagiógrafo inglés autor de The Compleat Angler [El
pescador de caña perfecto], un hito en la literatura haliéutica. (N. del
r.)

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