© Libro N° 8907. Compre Júpiter. Asimov, Isaac. Emancipación. Julio 31 de 2021.
Título original: ©
Buy Jupiter
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Miranda
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Isaac Asimov
Isaac Asimov
Compre Júpiter
En este libro, Asimov nos ofrece 24 relatos de excelente ciencia
ficción, en los que se narran unas sugestivas situaciones que tratan desde la
evolución de la especie humana hasta las hipotéticas relaciones futuras entre
seres de distintas galaxias.
Isaac Asimov
Compre Júpiter
Título original: Buy Jupiter
Isaac Asimov, 1975
Traducción: Baldomero Porta
Editor digital: viejo_oso
ePub base r1.2
CONTENIDO
Introducción
Sala de billar darwiniana (Darwinian Pool Room, 1950)
El día de los cazadores (Day of the Hunters, 1950)
El Sha Guido G. (Shah Guido G., 1951)
Button, Button (Button, Button, 1953)
El dedo del mono (The Monkey’s Finger, 1953)
Everest (Everest, 1953)
La pausa (The Pause, 1954)
No cejemos (Let’s Not, 1954)
Todos exploradores (Each an Explorer, 1956)
¡En blanco! (Blank!, 1957)
¿Le importa a una abeja? (Does a Bee Care?, 1957)
Asnos estúpidos (Silly Asses, 1958)
Compre Júpiter (Buy Jupiter, 1958)
Una estatua para papá (A Statue for Father, 1959)
Lluvia, lluvia, vete lejos (Rain, Rain, Go Away, 1959)
Padre Fundador (Founding Father, 1965)
Exiliados al infierno (Exile to Hell, 1968)
El detalle (Key Item, 1968)
El estudio adecuado (The Proper Study, 1968)
2430 d. de C. (2430 A.D., 1970)
El mayor bien (The Greatest Asset, 1972)
Coja una cerilla (Take a Match, 1972)
Tiotimolina para las estrellas (Thiotimoline to the Stars, 1973)
Versos luminosos (Light Verse, 1973)
INTRODUCCIÓN
Siempre ha sido mi costumbre, amable lector, hacerle partícipe de mis
confidencias, puesto que no tengo nada que ocultar[1]. Permítame, pues, que le
cuente cómo nació este libro.
Se me pidió que asistiera como Huésped de Honor a la Boskone XI
(convención de ciencia ficción celebrada en Boston del 1 al 3 de marzo de
1974), y puesto que existía la tradición de publicar, con motivo de dicha
convención, una selección de relatos del Huésped de Honor, el comité
organizador me pidió que reuniera algunas narraciones mías para tal propósito.
Esto me puso en un pequeño aprieto. Mis relatos de ciencia ficción los
publica habitualmente esa estimada editorial, de excelente reputación, llamada
Doubleday & Company, y temí que pudieran sentirse ofendidos si preparaba un
libro para otros. El comité de la Boskone me tranquilizó asegurándome que sólo
pretendían hacer una edición limitada, de no más de quinientos ejemplares.
Así que, cautelosamente, fui a ver a Lawrence P. Ashmead, editor jefe de
Doubleday, y le pregunté si había algún inconveniente en que accediera a la
petición, señalando que usaría unos pocos relatos que no habían aparecido en
ninguna de mis colecciones publicadas por Doubleday. Larry, el más amable de
los hombres, me dijo: «Por supuesto, Isaac, no hay ningún problema.» Así que me
puse a ello.
El resultado fue un librito titulado Have You Seen These? (The Nesfa
Press, 1974), compuesto de ocho relatos. Estaba previsto que se publicara justo
antes de la Boskone XI, donde sería vendido a los asistentes… ¿Hace falta que
les diga que los avatares del juego editorial hicieron que el libro no
estuviera listo sino justo después de la convención? Con lo que, lógicamente,
tuvo una difusión aún menor de la prevista.
Pero allí estaba Larry, cuya amabilidad encubre una insólita astucia
editorial. Eventualmente, me preguntó: «¿Ya ha salido aquel librito de que me
hablaste, Isaac?»
«Oh, sí», contesté con una sonrisa (pues siempre me produce un ingenuo
placer hablar de mis libros), y la siguiente vez que nos vimos le di un
ejemplar.
Mientras lo hojeaba, dijo: «Qué pena que estos relatos no tengan una
mayor difusión. ¿No podría hacer Doubleday una nueva edición?»
Le expuse una objeción insuperable: «Sólo tiene veinte mil palabras,
Larry.»
Y Larry replicó: «En ese caso, añade más relatos.» (¿Cómo no se me había
ocurrido a mí?)
Luego me comentó que Doubleday tenía el propósito de publicar,
eventualmente, todas mis narraciones en una colección u otra. No estoy seguro
de que sea una buena idea, pues hay que reconocer que algunos de mis relatos no
son tan buenos como otros, e incluso puede que haya unos cuantos que no
merezcan realmente la
inmortalidad.
Larry (que es más partidario de Asimov que yo) desechó riendo esta
objeción. Señaló que 1) ningún relato parece malo a todos los lectores, 2)
ningún relato de Asimov puede ser realmente malo, y 3) todos mis relatos,
buenos o malos, tienen interés histórico.
(Este último punto me desazona un poco. Tengo la sensación de ser un
monumento nacional en el mundo de la ciencia ficción, y de que los lectores
jóvenes se sorprenden —e incluso se indignan— al descubrir que estoy todavía
vivo.)
Así que me puse a ello (¿quién puede resistirse a la resplandeciente
mirada de Larry?) y añadí relatos hasta un total de veinticuatro. La mayor
parte no son largos (unas veinticinco mil palabras por término medio), no han
sido publicados en ninguna de mis antologías anteriores, y los he dispuesto en
orden cronológico.
Quienes hayan leído mis libros Before The Golden Age (Doubleday, 1974) y
The Early Asimov[2] (Doubleday, 1972), sabrán que constituyen una especie de
autobiografía literaria hasta 1949, el año en que vendí mi primer libro a
Doubleday y me trasladé a Boston para incorporarme a la Boston University
School of Medicine.
En este libro también añado comentarios biográficos a los relatos. En
parte a causa de las muchas cartas de lectores que me dicen que el comentario
es «a menudo más divertido» que el propio relato. (¿Será esto un tributo a mi
encanto coloquial o un menosprecio de mi talento como fabulador?) Y en parte
también para neutralizar la insistencia de algunos editores (hey, Larry) que me
piden que escriba una autobiografía… de larga extensión y discutiendo cada
aspecto.
Yo insisto en que no hay en mi vida otro aspecto que el de escritor, y
que nunca me ha sucedido nada digno de mención, pero no me hacen caso. Pero si
cuento lo suficiente de mi autobiografía en estos libros…
Durante la mayor parte de los años 40 escribí exclusivamente para John
Campbell y su revista, Astounding Science Fiction. Hasta tal punto era así, que
llegué a temer que si algo le ocurría al director o a la revista, se acabaría
mi carrera de escritor.
Vendí mi primera novela de ciencia ficción, Pebble In The Sky (Un
guijarro en el cielo), a Doubleday, y fue publicada el 19 de enero de 1950,
menos de tres semanas después de mi trigésimo cumpleaños; pero esto no me
tranquilizó demasiado. No estaba seguro de poder repetir la hazaña, y sólo me
sentía a mis anchas con las ventas de relatos a Astounding, a las que me había
ido acostumbrando a lo largo de los once primeros años de mi carrera literaria.
En la década de los 50, sin embargo, se produjo una rápida expansión en
el mercado de las revistas de ciencia ficción, y pronto me convertí en
beneficiario de este fenómeno.
Una de las nuevas revistas, que empezó a gestarse en 1950, fue Galaxy
Science Fiction. Sería dirigida por Horace L. Gold, cuyas narraciones había yo
leído y
admirado, y me sentí muy halagado cuando me pidió un relato para el
primer numero, que, naturalmente, deseaba lanzar con el máximo nivel de calidad
posible.
El problema era que el plazo que me dio fue muy corto. Necesitaba el
relato en una semana, y yo estaba realmente nervioso con la idea de escribir
para alguien que no fuera John Campbell. Después de todo, yo no tenía la menor
idea de lo que podía gustarle a Horace, mientras que John y yo habíamos llegado
a adaptarnos el uno al otro como el yin y el yan.
Lo intenté, sin embargo, y escribí Sala de billar darwiniana. Horace lo
aceptó, aunque sin notable entusiasmo, y tuve la desagradable sensación de que
se lo había quedado sólo porque necesitaba urgentemente algo para su primer
número, que salió en octubre de 1950.
Puedo asegurarles, basándome en la experiencia personal, que la
sensación de vender un relato exclusivamente por la firma de uno o por hallarse
el editor en una situación desesperada, es mucho peor que un rechazo (a no ser
que uno tenga una acuciante necesidad de dinero, supongo).
Me ofrecí a escribir un segundo relato para Horace, y así lo hice[3].
Horace lo aceptó también y lo publicó en el segundo número, de noviembre de
1950. Esta vez no estaba en un apuro, y podía permitirse el lujo de ser
selectivo, por lo que me sentí muy aliviado cuando aceptó el relato…, aunque no
pude evitar darme cuenta de que de nuevo lo aceptaba sin notable entusiasmo.
Gradualmente, al pasar los meses y los años, acabé dándome cuenta de que
Horace nunca aceptaba un relato con notable entusiasmo. (Y sus rechazos eran
realmente bruscos, tan bruscos que perdió muchos escritores que se negaron a
tolerar el tipo de vituperaciones con que acompañaba sus rechazos.)
En cualquier caso, comprobé que mi angustia con respecto a Sala de
billar darwinia había sido innecesaria. Tal vez no fuera mi mejor relato, pero
Horace estaba todo lo satisfecho que podía estar con cualquier narración, que
no era mucho, por cierto.
La importancia de Sala de billar darwinia, en lo que a mí respecta,
estriba en que, junto con Pebble In The Sky, supuso el comienzo de mi
diversificación a nivel editorial, y el final de mi dependencia exclusiva de
John Campbell (aunque en absoluto el final de mi intensa gratitud hacia él).
ISAAC ASIMOV
A todos los editores cuyas carreras se cruzaron, en uno u otro momento,
con la mía. Todos fueron excelentes compañeros, del primero al último.
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SALA DE BILLAR DARWINIANA
—Por supuesto, la concepción ordinaria del Génesis, 1 está equivocada de
pies a cabeza —dije—. Considerad una sala de billar, por ejemplo.
Mentalmente, los otros tres se situaron en una sala de billar. Estábamos
sentados en unas destrozadas sillas giratorias del laboratorio del doctor
Trotter, pero no suponía problema alguno el convertir las mesas del laboratorio
en mesas de billar, los altos soportes circulares en tacos, las botellas de
reactivos en bolas y luego disponer limpiamente la cuestión completa ante
nosotros.
Thetier llegó al extremo de levantar un índice, cerrar los ojos y
murmurar por lo bajo:
—¡Sala de billar!
Como de costumbre, Trotter no dijo nada, pero se puso a acariciar su
segunda taza de café. También como de costumbre, el café estaba horrible;
aunque lo cierto es que yo era nuevo en el grupo y todavía no se me había
encallecido bastante la pared interior del tubo gástrico.
—Ahora considerad el final de una partida de billar de tronera —dije—.
Tenéis todas las bolas, menos la del taco, por supuesto, en una tronera
determinada…
—Espera un poco —interrumpió Thetier, siempre purista—, ¿no importa en
qué tronera con tal de que las pongas en un cierto orden, o…?
—No hace al caso. Terminada la partida, las bolas están en diversas
troneras. ¿De acuerdo? Ahora supongamos que entráis en la sala de billar cuando
la partida ha terminado definitivamente y observáis tan sólo esa posición
final, y luego tratáis de reconstruir el curso que siguieron los
acontecimientos. Evidentemente, tendréis cierto número de alternativas.
—Si conoces las reglas del juego, no —objetó Madend.
—Supón que las ignoras por completo —dije—. Puedes suponer que las bolas
fueron a parar a las troneras al ser golpeadas por la del taco, la cual, a su
vez, recibió el impacto de éste. Ésta sería la verdad, pero no es muy probable
que se te ocurriese espontáneamente esta explicación. Porque es mucho más
probable que supusieras que las bolas habían sido colocadas a mano, una por
una, en las respectivas troneras, o que las bolas hubiesen estado eternamente
en las troneras tal como las encontraste.
—Muy bien —observó Thetier—, si vas a retroceder hasta el Génesis,
asegurarás que, por analogía, podemos explicarnos el universo bien como algo
que ha existido siempre, bien como que ha sido creado arbitrariamente tal como
está ahora, bien como que se ha perfeccionado gracias a la evolución. Y
entonces, ¿qué?
—Ésa no es, en modo alguno, la alternativa que voy a proponer —dije yo—.
Aceptemos el hecho de una creación con una finalidad y consideremos solamente
los métodos que pueden haber servido para dicha creación. Es muy fácil suponer
que Dios dijo: «Hágase la luz», y que la luz fue hecha; pero no es estético.
—Es sencillo —comentó Madend—, y cuando hay distintas posibilidades lo
lógico es escoger la más sencilla.
—Entonces, ¿cómo es que no terminas la partida poniendo las bolas en las
troneras a mano? Eso es más sencillo, pero no es estético. Por otra parte, si
empezases con el átomo primigenio…
—¿Qué es eso? —preguntó Trotter.
—Pues toda la masa-energía del universo comprimida en una sola esfera,
en un estado de entropía mínima. Si hicieras estallar esa masa de tal forma que
todas las partículas constitutivas de la materia y los cuanta de energía al
actuar, reaccionasen e interactuasen, ¿no resultaría un proceso mucho más
satisfactorio que el simple hecho de mover la mano y decir: «Hágase la luz»?
—Quieres decir —intervino Madend—, como si se disparase la bola del taco
contra las otras y se mandara las quince bolas, sin excepción, a las troneras
que tenían destinadas de antemano.
—Formando una bonita combinación —respondí—. En efecto.
—Hay más poesía en la idea de un tremendo acto directo de la voluntad —
aseguró Madend.
—Eso depende de si miras la cuestión como un matemático o como un
teólogo — objeté—. En realidad el Génesis, 1 se podría modificar de forma que
encajase con el esquema de las bolas de billar. El Creador se habría podido
pasar el tiempo calculando todas las variables y todas las relaciones en seis
ecuaciones descomunales. Cuenta un «día» para cada ecuación. Después de haber
aplicado el impulso explosivo inicial, habría «descansado» en el séptimo «día»,
y este séptimo «día» sería todo el intervalo de tiempo desde el citado comienzo
hasta el año 4004 a. de C. Ese intervalo, durante el cual se va perfilando esa
compleja trama de bolas de billar, no les interesa para nada, evidentemente, a
los redactores de la Biblia. Los miles de millones de años que comprende se
podrían considerar meramente como el desarrollo del singular acto de la
creación.
—Estás postulando un universo teológico —dijo Trotter—, en el que va
implicado un propósito.
—Claro —respondí—, ¿por qué no? Un acto creador consciente sin objetivo
es ridículo. Por otra parte, si intentas considerar el curso de la evolución
como la resultante ciega de unas fuerzas sin objetivo alguno, topas con unos
cuantos problemas realmente desconcertantes.
—¿Por ejemplo? —inquirió Madend.
—Por ejemplo —respondí—, la extinción de los dinosaurios. —¿Qué gran
dificultad encierra la comprensión de ese fenómeno? —No hay razón lógica que lo
explique. A ver si puedes decirme alguna.
—La ley de disminución del rendimiento —contestó Madend—. Los
brontosaurios llegaron a ser tan voluminosos que se precisaban unas patas como
troncos de árboles para sostenerlos, con lo cual tenían que permanecer en el
agua y dejar que el empuje del líquido hiciera la mayor parte de la tarea.
Además, tenían que
estar comiendo continuamente para disponer de la cantidad necesaria de
calorías. He dicho continuamente, en sentido literal. En cuanto a los que
comían carne, en la carrera que emprendieron unos contra otros, todos hubieron
de cargarse con tales armaduras, ofensivas y defensivas, que eran unos pesados
tanques que se arrastraban bajo toneladas de huesos y escamas. La cosa llegó a
tal extremo que, simplemente, no podía continuar.
—Muy bien —repliqué—, y de este modo perecieron las criaturas enormes.
Pero la mayoría de los dinosaurios eran animales pequeños y veloces que no
habían adquirido ni una masa ni una armadura excesivas. ¿Qué les sucedió?
—Por lo que respecta a los pequeños —puntualizó Thetier—, hay que tener
en cuenta la competencia. Si algunos reptiles adquirieron pelo y sangre
caliente, pudieron adaptarse con mayor eficacia a las variaciones del clima. No
tuvieron Que soportar directamente los rayos del sol, ni se volvieron lentos y
torpes cuando la temperatura descendía por debajo de los veintiséis grados
centígrados. No tuvieron que aletargarse durante el invierno.
—La explicación no me satisface —dije—. En primer lugar, no creo que los
diversos saurios estuvieran en una situación tan desfavorable. Ya sabes,
resistieron unos trescientos millones de años, cifra que supera en 298 millones
a la que el género Homo tiene en su haber. En segundo lugar, continúan viviendo
animales de sangre fría, notablemente insectos y anfibios…
—Capacidad de reproducción —objetó Thetier.
—Y también algunos reptiles. Serpientes, lagartos y tortugas se lo pasan
bastante bien, gracias a Dios. Y, para el caso, ¿qué me dices del océano? Los
saurios se adaptaron a él bajo la forma de ictiosaurios y plesiosaurios. Pero
éstos desaparecieron igualmente, sin que hubiera formas de vida recién
aparecidas y fundadas en adelantos radicales de la evolución para competir con
ellos. Yo diría que la forma más elevada de vida en el océano son los peces,
los cuales datan de fechas anteriores a la de los ictiosaurios. ¿Cómo te lo
explicas? Los peces tienen la sangre fría, como ellos, y son todavía más
primitivos. Además, en el océano no existe el problema de la masa y la
disminución del rendimiento, puesto que el trabajo de sostén corre por cuenta
del agua. La ballena de las profundidades es mayor que cualquiera de los
dinosaurios que han existido… Y otra cosa, ¿a qué viene hablar de la ineficacia
de la sangre fría y de que a temperaturas inferiores a los veintiséis grados
centígrados los animales de sangre fría se vuelven lentos? Los peces se lo
pasan divinamente a temperaturas constantes poco superiores a los cero grados
centígrados, y en verdad que no se puede acusar de perezoso ni lento a un
tiburón.
—Entonces, ¿por qué se largaron calladamente de la Tierra los
dinosaurios, sin dejarnos más recuerdo que sus huesos? —preguntó Madend.
—Formaban parte del plan. Cuando hubieron cumplido su cometido, fueron
innecesarios y, por consiguiente, se prescindió de ellos.
—¿Cómo? ¿Fue una catástrofe velikovskiana? ¿Por el impacto de un cometa?
¿Por el dedo de Dios?
—No, por supuesto que no. Se extinguieron natural y necesariamente, de
acuerdo con el cálculo previo original.
—Entonces deberíamos ser capaces de encontrar cuál fue esa causa natural
e inevitable de extinción.
—No necesariamente. Pudo tratarse de un oscuro fracaso de la bioquímica
sauriana, de una deficiencia vitamínica que fue cobrando terreno…
—Me parece demasiado complicado —replicó Thetier.
—Lo parece, nada más —sostuve yo—. Supongamos que fuera preciso mandar a
la tronera una bola de billar mediante un golpe a cuatro bandas. ¿Te
preocuparía el relativamente complicado curso de la bola golpeada por el taco?
Un golpe directo resultaría menos complicado, pero no resolvería nada. Y a
pesar de la complicación aparente, el golpe indirecto no ofrecería mayores
dificultades que el otro a un buen maestro. Seguiría significando un solo
movimiento del taco, aunque en otra dirección. Las propiedades corrientes de
los materiales elásticos y las leyes de conservación del impulso mecánico
entrarían en acción y se encargarían de lo demás.
—Según creo entender —dijo Trotter—, tú sugieres que el curso de la
evolución representa el camino más sencillo por el que se podía progresar desde
el caos primitivo hasta el hombre.
—En efecto. No cae ni un solo gorrión sin una finalidad determinada, ni
tampoco un pterodáctilo.
—¿Y adónde vamos, partiendo del momento presente?
—A ninguna parte. La evolución termina al aparecer el hombre. Las
antiguas reglas no siguen en acción.
—¿Ah, no? —exclamó Madend—. Con esto niegas la posibilidad de que se
sigan produciendo variaciones y mutaciones en el medio ambiente.
—En cierto sentido, si —ratifiqué—. El hombre gobierna su medio ambiente
cada día más, y cada día comprende mejor el mecanismo de las mutaciones. Antes
de la aparición del hombre, las criaturas no podían prever los cambios de
condiciones del clima, ni podían protegerse contra ellos. Tampoco podían
comprender el peligro creciente que representaban ciertas especies recién
aparecidas antes de que dicho peligro adquiriese dimensiones catastróficas. Y
ahora, plantéate esta pregunta: ¿Qué clase de organismo puede reemplazarnos a
nosotros y cómo realizará esa tarea?
—Podemos empezar —dijo Madend— fijándonos en los insectos. Yo creo que
ya la están llevando a cabo en estos mismos momentos.
—Los insectos no han impedido que el número de seres humanos se
multiplicara por diez durante los doscientos cincuenta últimos años. Si el
hombre se entregara por entero a la lucha contra los insectos, en lugar de
invertir la mayor parte de las energías sobrantes de que dispone en otras
clases de combates, los pobres insectos no durarían mucho. Me sería imposible
demostrarlo, pero lo creo sinceramente.
—¿Y qué me dices de las bacterias o, mejor todavía, de los virus? —adujo
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Madend—. El virus de la gripe del 1918 hizo un trabajo más que
respetable, eliminando a un buen porcentaje de semejantes nuestros.
—Sin duda —repliqué—, alrededor de un uno por ciento, nada más. La misma
«muerte negra» del siglo XIV sólo logró matar una tercera parte de la población
de Europa, y eso en una época en que la ciencia médica prácticamente no
existía, y en que hubo que dejarle seguir su curso a placer, bajo la pobreza,
la suciedad y la inmundicia medievales más espantosas; y, sin embargo, los dos
tercios de esa resistente especie nuestra lograron sobrevivir. La enfermedad no
puede eliminarnos, estoy seguro.
—¿Y qué me dices de la posibilidad de que el mismo hombre evolucione
hasta formar un superhombre que desplace a los del tipo antiguo? —sugirió
Thetier.
—No existe ni la más mínima probabilidad —contesté—. La única parte del
ser humano que vale algo, en lo tocante a ser dueño del mundo, es su sistema
nervioso; los hemisferios cerebrales muy particularmente. Son la parte más
especializada de su organismo, y por consiguiente han llegado ya a su meta
final. Si el curso de la evolución demuestra algo, es que cuando se ha
alcanzado un cierto grado de especialización se pierde la flexibilidad, y todo
nuevo desarrollo sólo puede producirse en el sentido de una especialización
todavía mayor.
—¿Y no es eso precisamente lo que se necesita? —objetó Thetier.
—Quizá lo sea, pero, como ha hecho notar Madend, las especializaciones
tienden a llegar a un punto a partir del cual el rendimiento disminuye. El
tamaño de la cabeza humana es el causante de que los partos sean difíciles y
dolorosos. La complejidad de la mente humana es la culpable de que la madurez
emocional llegue tan rezagada detrás de la madurez sexual, con la
correspondiente cosecha de conflictos que ello genera. Lo delicado de nuestro
equipo mental origina que la mayor parte de los individuos de nuestra raza
seamos unos neuróticos. ¿Hasta que punto podemos seguir sin que se produzca el
desastre total?
—El desarrollo —dedujo Madend— podría continuar por el camino de una
mayor estabilidad, o una madurez más rápida, antes que por el de una mayor
capacidad mental.
—Quizá si; pero no hay indicio alguno de que así sea. El hombre de
Cro-Magnon existió hace diez mil años, y se han recogido interesantes
indicaciones de que el hombre moderno es, en todo caso, inferior a él en
capacidad cerebral, y en muscular también.
—Diez mil años no son gran cosa, en el proceso evolutivo —hizo notar
Trotter—. Además, siempre existe la posibilidad de que otras especies animales
adquieran el don de la inteligencia, o el de algo mejor, si existe algo mejor.
—No les dejaríamos adquirirlo. Ésa es la cuestión. Se necesitarían
centenares de miles de años para que los osos o las ratas, pongamos por caso,
se volvieran inteligentes; pero en cuanto nosotros nos diésemos cuenta del
proceso en marcha, o los eliminaríamos por completo… o los utilizaríamos como
esclavos.
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—Muy bien —aceptó Thetier—. ¿Qué me dices de unas oscuras deficiencias
bioquímicas, como alegabas en el caso de los dinosaurios? Consideremos la
vitamina C, por ejemplo. Los únicos organismos que no se la pueden fabricar son
los conejillos de Indias y los primates, incluido el hombre. Supongamos que
esta tendencia se intensifica y lleguemos a depender excesivamente de otros
seres en demasiados factores alimenticios esenciales. ¿O qué pasaría si
aumentara la vulnerabilidad, visiblemente creciente, del hombre respecto al
cáncer? ¿Qué sucederá entonces?
—Eso no es problema —aseguré—. La esencia de la nueva situación consiste
en que producimos artificialmente todos los factores nutritivos conocidos, y
con el tiempo acaso dispongamos de una dieta completamente sintética. Y no hay
motivo alguno para pensar que un día no aprenderemos cómo prevenir o curar el
cáncer.
Trotter se puso en pie. Se había bebido ya el café, pero seguía mirando
la taza. —Muy bien, pues, tú dices que hemos llegado al final del camino. Pero
¿qué pasa
si todo eso fue incluido en el cálculo original? El Creador estaba
dispuesto a intervenir trescientos millones de años dejando que los dinosaurios
desarrollaran algo, lo que fuera, que aceleraría la aparición del hombre, o así
lo dices tú; entonces, ¿por qué no es posible que idease la manera de que el
hombre utilice su inteligencia y el dominio que posee sobre el medio ambiente
para preparar la nueva fase del juego? Eso podría constituir una parte
realmente divertida del esquema de la bola de billar.
La idea me dejó paralizado.
—¿Qué quieres decir? —pregunté.
Trotter me dirigió una sonrisa.
—Oh, estaba pensando, solamente, que quizá no se trate de una mera
coincidencia, y que acaso surja una raza nueva —dijo, mientras se daba unos
golpecitos a la sien—, y otra vieja se aniquile por entero a causa de los
esfuerzos de su mecanismo cerebral.
—¿De qué manera?
—Interrúmpeme si me equivoco, pero ¿no están llegando a cumbres
simultáneas la física nuclear y la cibernética? ¿No estamos inventando, al
mismo tiempo, bombas de hidrógeno y máquinas pensantes? ¿Es pura coincidencia,
o forma parte del propósito divino?
Casi no se habló más durante aquel almuerzo. Al empezar, parecía que la
lógica estaba de mi parte; pero desde entonces… ¡lo estoy meditando!
Sala de billar darwiniana es esencialmente una conversación entre cierto
número de personas. Siempre sentí el afán de contar cuentos de esa clase, quizá
por haber leído demasiadas narraciones que me gustaron y que empezaban
presentando a un
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grupo de personas ante un fuego crepitante una noche de tormenta,
contándose historias unos a otros, hasta que de pronto uno decía: «Fue
precisamente en una noche como ésta cuando yo…»
Este cuento nació poderosamente influenciado por mi situación en la
Facultad de Medicina, donde la hora del almuerzo solía convertirse en una larga
sesión de despropósitos intercambiados con otros miembros de la Facultad,
singularmente con Burnham S. Walker, jefe del departamento de bioquímica;
William C. Boyd, que pertenecía al de inmunoquímica, y Matthew A. Derow, de
microbiología. (En la actualidad están todos jubilados, aunque, que yo sepa,
todos continúan con vida.)
Los tres, especialmente Boyd, eran unos apasionados de la ciencia
ficción, y había sido Boyd el primero que propuso mi nombre para el modesto
cargo de instructor, por el estipendio, que a mi en aquellos tiempos me parecía
magnifico, de cinco mil dólares al año.
Con el tiempo escribí un libro de texto de química en colaboración con
Walker y Boyd titulado Biochemistry and Human Metabolism (William &
Wilkins, 1952). Lo editamos por segunda vez en 1954, y por tercera en 1957, y
cada edición fue un fracaso. Otro libro de texto, en colaboración con Walker y
una enfermera de fuera de la Facultad, iba dirigido a las estudiantes
enfermeras y se titulaba Chemistry and Human Health (McGraw-Hill, 1956). Fue un
fracaso todavía más estrepitoso[4].
A pesar de haber fracasado, Biochemistry and Human Metabolism me hizo
saborear los deleites de escribir ciencia sin ficción, y ni yo ni mi carrera de
escritor volvimos a ser los mismos de antes.
Tenía yo el propósito de escribir una serie completa de cuentos
dialogados por el estilo de Sala de billar darwiniana. Me disuadieron del
intento —quizá por fortuna— la equivocada interpretación que di al aire
malhumorado de Horace cuando aceptó el cuento y al comentario que le dedicó el
doctor Walker cuando lo leyó, ya en letra de imprenta. Con su laconismo
habitual, dijo:
—Nuestras conversaciones son mejores.
Pero no se ha perdido nada. Llegaría el momento en que volvería a
sentirme inspirado, esta vez por las conversaciones sostenidas durante las
comidas en la Trap Door Spiders, club peculiar al que pertenezco. Teniendo
claramente en el pensamiento la Sala de billar darwiniana, he escrito una serie
entera de narraciones de misterio en forma de conversaciones de sobremesa.
Muchas de tales narraciones aparecieron en varios números de Ellery Queen’s
Mystery Magazine, empezando por el de enero de 1972. Doce de ellos han sido
reunidos en mi libro Tales of the Black Widowers (Doubleday, 1974). En el
momento actual, tengo terminados otros doce para More Tales of the Black
Widowers.
En The Early Asimov mencionaba el hecho de que había once cuentos que no
pude vender nunca. Más aún: decía yo en aquel libro que los once cuentos
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mencionados no existían ya y habrían de continuar para siempre en el
limbo.
No obstante, la Universidad de Boston colecciona todos mis papeles con
una asiduidad digna de mucho mejor causa, y cuando empezaron a recogerlos, allá
por 1966, yo les entregué montones de originales que no había repasado.
Pero algún joven, incondicional mío, si los repasó. Al parecer la
Universidad de Boston permite que la gente inspeccione sus colecciones
literarias con propósito de investigación, y el joven incondicional aludido,
que supongo se vería a sí mismo en el papel de historiador literario, tuvo
acceso a mis archivos. Así topó con mi descolorido original de Big Game, cuento
corto, de mil palabras, que yo había mencionado en The Early Asimov como el
undécimo y último de los rechazados y perdidos.
Como había leído The Early Asimov, el joven admirador comprendió el
valor del hallazgo, hizo reproducir la narración y me envió una copia. Yo la
hice imprimir sin pérdida de tiempo. Y apareció en Before the Golden Age.
Sin embargo, al leer Big Game descubrí que, en cierta manera, no se
había perdido. Yo lo había rescatado. A principios de 1950, Robert W. Lowndes,
que entonces publicaba varias revistas de ciencia ficción para la Columbia
Publications y que gozaba infinito con el auge de la ciencia ficción en aquella
época, me pidió un cuento. Sin duda yo recordé algo de Big Game, escrito ocho
años atrás, porque redacté Day of the Hunters (El día de los cazadores), que
era una versión ampliada del cuento anterior, y Bob lo publicó en el número de
noviembre de 1950 de Future Combined with Science Fiction Stories.
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EL DÍA DE LOS CAZADORES
Empezó la misma noche que terminó. No fue gran cosa. Sólo que me
fastidió; y sigue fastidiándome.
Joe Bloch, Ray Manning y yo estábamos agazapados alrededor de nuestra
mesa favorita del bar de la esquina, con una velada entera en las manos y una
barahúnda de charlas con que tirarla por la borda. He ahí el comienzo.
Joe Bloch puso el asunto en marcha al hablar de la bomba atómica y de lo
que consideraba que se podía hacer con ella, y exclamando que quién lo habría
pensado cinco años atrás. Yo repliqué que infinidad de personas lo habían
pensado cinco años atrás y escribieron narraciones sobre el tema y que ahora
tendrían un trabajo ímprobo tratando de llevarles la delantera a los
periódicos. Lo cual nos condujo a una discusión general acerca de cómo un
montón de cosas dementes podían resultar verdaderas, sazonada con un montón de
«por ejemplo».
Ray dijo que había oído decir a alguien que un científico famoso había
mandado un bloque de plomo para atrás en el tiempo durante dos segundos, o dos
minutos, o dos milésimas de segundo… no sabía bien cuál de los tres casos. Dijo
que el científico no explicaba nada a nadie porque no creía que nadie le
creyese.
Por lo cual yo pregunté, con bastante sarcasmo, cómo se había enterado
él… Ray quizá tenga montones de amigos, pero yo tengo los mismos, y ninguno de
ellos conoce a ningún científico famoso. Pero él replicó que no importaba cómo
se hubiese enterado y que podíamos tomarlo o dejarlo.
Después de lo cual no tuvimos más remedio que hablar de máquinas de
viajar en el tiempo y de qué pasaría si, supongamos, uno retrocediese unos años
y matase a su propio abuelo y de por qué no venía ninguna persona perteneciente
ya al futuro a decirnos quién ganaría la próxima guerra, o si habría una
próxima guerra, o si quedaría algún lugar de la Tierra donde se pudiera vivir
después de la contienda, sin importar quién hubiera vencido.
Ray opinaba que nada más que se pudiera saber quién iba a ganar la
séptima carrera mientras se corría la sexta ya sería algo.
Pero Joe se pronunció en otro sentido. Dijo:
—Lo malo en vosotros, muchachos, es que sólo tenéis guerras y carreras
en la mente. Yo tengo curiosidad. ¿Sabéis qué haría si tuviese una máquina del
tiempo?
Claro, quisimos saberlo inmediatamente, dispuestos a dedicarle la
risotada habitual, fuera lo que fuese.
Él prosiguió:
—Si yo tuviera una, retrocedería en el tiempo un par de millones de
años, o cinco, o cincuenta millones, y averiguaría qué les pasó a los
dinosaurios.
Palabras que tuvo que lamentar amargamente, porque tanto Ray como yo
opinamos que aquello no tenía sentido, en absoluto. Ray dijo que a quién le
importaban un pepino los dinosaurios, y yo dije que sólo sirvieron para dejar
un
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revoltijo de esqueletos con los que ocuparse esa gente bastante chiflada
para ir a desgastar suelos de museos, y que se habían portado estupendamente al
quitarse de en medio y dejar sitio a los seres humanos. Naturalmente, Joe
replicó que con respecto a ciertos seres humanos que él conocía —y aquí nos
dirigió una mirada severa—, habría sido mejor seguir con los dinosaurios. Pero
nosotros no le hicimos caso.
—Vosotros, cabezas de chorlito, podéis reíros y aparentar que sabéis
algo; pero si os portáis así es porque no poseéis ni una pizca de imaginación
—dijo él—. Los dinosaurios eran unos bichos dignos de ser tenidos en cuenta.
Había millones, de todas clases; grandes como casas, y estúpidos como casas,
también… por todas partes. Pero luego, repentinamente, ahí va… —y chasqueó los
dedos—, no queda ni uno.
—¿Cómo fue? —quisimos saber nosotros.
Pero él estaba apurando la cerveza y llamaba a Charlie con un ademán,
mostrándole una moneda en señal de que quería pagarla, y se limitó a encogerse
de hombros.
—No lo sé. Eso es lo que descubriría, precisamente.
Y no hubo más. La cuestión habría quedado resuelta. Yo hubiera dicho
algo, y Ray habría salido con alguna ocurrencia, y los tres habríamos pedido
otra cerveza y quizá hubiésemos hecho algún comentario sobre el tiempo y sobre
el equipo de los Brooklyn Dodgers y después nos habríamos despedido sin volver
a pensar más en dinosaurios.
Pero no lo hicimos así, y ahora nunca tengo otra cosa que dinosaurios en
la cabeza, y me dan náuseas.
Y no lo hicimos porque hete ahí que el tío borracho de la mesa vecina
levanta la vista de pronto y grita:
—¡Eh!
No le habíamos visto. Por regla general no nos dedicamos a ir por los
bares mirando a borrachos desconocidos. Por mi parte, bastante trabajo me da
llevar la cuenta de los borrachos a quienes si que conozco. El sujeto en
cuestión tenía ante si una botella ya medio vacía, y en la mano un vaso todavía
medio lleno.
—¡Eh! —repitió. Todos le miramos, y Ray dijo:
—Joe, pregúntale qué quiere.
Joe era el que estaba más cerca del borracho. Inclinó la silla hacia
atrás y preguntó:
—¿Qué quiere?
—¿No les he oído mentar a los dinosaurios, caballeros? —contestó el
beodo.
El hombre estaba un poco confuso nada más, y tenía unos ojos que
parecían manar sangre, y sólo se distinguía que su camisa fue blanca, en otro
tiempo, por pura suposición…, pero el efecto que nos causó probablemente se
debería a su manera de
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hablar. No eran palabras de borracho, si comprenden qué quiero decir.
Sea como fuere, Joe se suavizó y dijo:
—Sin duda. ¿Le interesa saber algo en particular?
El hombre nos dedicó una especie de sonrisa. Era una sonrisa extraña;
empezaba en los labios y terminaba inmediatamente antes de llegar a los ojos. Y
respondió:
—¿No querían construir una máquina del tiempo para retroceder y
averiguar qué les ocurrió a los dinosaurios?
Vi perfectamente que Joe sospechaba que el sujeto iba a prepararnos un
timo. Yo abrigaba idéntica sospecha. Joe dijo:
—¿Por qué? ¿Quiere ofrecerse a construir una para mí?
El borracho exhibió una confusión de dientes y replicó:
—No, señor. Podría, pero no quiero. ¿Sabe por qué? Pues porque hace un
par de años construí una para mi y retrocedí hasta la Era Mesozoica y descubrí
qué les había ocurrido a los dinosaurios.
Más tarde, miré cómo se escribe exactamente «Mesozoica», y por eso estoy
seguro de que lo escribo bien, si es que ustedes se lo preguntaban, y hallé que
la Era Mesozoica es la época en la que los dinosaurios hacían lo que a un
dinosaurio le corresponde hacer. Aunque, por supuesto, a la sazón era como si
me hablasen en acertijos, y más bien tendía a dar por descontado que nuestro
interlocutor estaba un poco chiflado. Joe afirmó luego que él ya estaba
enterado de la Mesozoica ésa; pero tendría que perorar largo y tendido si
quería que Ray y yo le creyéramos.
A pesar de todo, las palabras del vecino de mesa obraron su efecto
igualmente, y le invitamos a trasladarse a la nuestra. Yo me figuré, imagino,
que podíamos escucharle un rato, y luego quizá pudiéramos ayudarle a despachar
la botella, y probablemente los otros habían tenido la misma idea… Sin embargo,
el hombre sujetaba la botella fuertemente con la diestra al sentarse entre
nosotros, y no la abandonó ni por un momento.
Ray inquiría:
—¿Dónde construyó usted una máquina del tiempo?
—En la Universidad de Midwestern, Trabajábamos en ella mi hija y yo.
El caso es que hablaba como los de la enseñanza.
—¿Dónde la tiene ahora? ¿En el bolsillo? —intervine yo.
El desconocido no parpadeó siquiera. No nos devolvía nunca el golpe, por
más que nos hiciésemos los graciosos. Seguía hablando consigo mismo en voz
alta, como si el whisky le hubiese soltado la lengua y no le importase que
continuáramos allí o nos marchásemos.
—La destrocé —dijo—. No la quería. Estaba harto de ella.
No le creíamos. No le dábamos ni un triste comino de crédito. Conviene
que lo tengan muy en cuenta. Y es muy lógico que no le creyésemos; porque si un
individuo
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inventase una máquina del tiempo, podría forrarse de millones…, podría
hacerse con todo el dinero del mundo, sabiendo con toda seguridad lo que había
de ocurrir en la Bolsa, en las carreras de caballos y en las elecciones. No me
importaban los motivos que tuviera… Además, ninguno de nosotros creería en eso
de los viajes por el tiempo, porque, insisto, ¿qué pasaría si uno matase a su
propio abuelo?
Bueno, no importa.
Joe dijo:
—Sí, claro, la hizo pedazos. Claro que sí. ¿Cómo se llama usted?
Pero el otro no contestó a esta pregunta, en ningún momento. Se la
hicimos varias veces más, y terminamos llamándole «profesor».
Él vació el vaso por completo y volvió a llenárselo pausadamente. Como
no nos ofreció whisky, bebimos unos sorbos de cerveza.
—Bien, continúe —dije yo entonces—. ¿Qué les pasó a los dinosaurios?
Pero no nos lo dijo en seguida. Clavaba la mirada en el centro de la
mesa, y a ésta dirigía sus palabras:
—No sé cuántas veces me envió Carol hacia el pasado… (unos pocos minutos
nada más, o unas horas), antes de que diera el gran salto. No me importaban los
dinosaurios; sólo quería ver cuán lejos me llevaba la máquina con la reserva de
energía que tenía disponible. Supongo que me exponía a un gran peligro, pero
¿es la vida tan maravillosa? Por aquel entonces bramaba la guerra… ¿Una vida
más?
Casi habría podido decirse que el hombre mimaba y acariciaba el vaso,
como si pensara en cosas de tipo general; luego pareció colocar un papel en su
mente y seguir la pauta sin desviación alguna.
—Hacía sol —dijo—, hacía sol y el día estaba resplandeciente, y el suelo
duro y seco. No había ciénagas, ni helechos. No había ninguno de los aderezos
del Cretáceo que solemos asociar con los dinosaurios…
En fin, creo que es eso lo que dijo. No siempre lograba retener las
palabras sabias, de manera que a partir de este momento me limitaré a lo que
recuerdo bien. Luego comprobé los sonidos que daba a las palabras, y debo decir
que a pesar del licor que había despachado, las pronunciaba sin tartamudear.
Quizá fuera eso lo que nos fastidiaba. Parecía perfectamente
familiarizado con todo, y las frases fluían de su lengua como si nada.
—Se trataba de una era reciente, el Cretáceo sin duda —prosiguió—. Los
dinosaurios habían emprendido ya la retirada…, todos excepto los pequeños, con
los cinturones de metal y las armas.
Se me antoja que Joe hundió la nariz, de golpe, dentro de la cerveza y
resbaló en semicírculo alrededor del vaso, cuando el profesor soltó la
aseveración anterior con voz un tanto plañidera.
Joe tenía la voz de un loco.
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—¿Qué dinosaurios pequeños? ¿Y con qué cinturones de metal? ¿Y con qué
armas?
El profesor le miró por un segundo nada más; luego dejó que sus ojos
resbalasen de nuevo hacia la nada.
—Eran unos reptiles pequeños, de unos ciento veinte centímetros de
altura. Se sostenían sobre las patas traseras, con una gruesa cola detrás, y
tenían unos antebracitos con dedos. Llevaban en la cintura anchos cintos
metálicos, de los que colgaban las armas… Pero no eran armas que disparasen
balas; eran proyectores de energía.
—¿Qué eran? —pregunté—. Oiga, ¿cuándo ocurría eso? ¿Hace millones de
años? —En efecto —contestó él—. Eran reptiles. Estaban cubiertos de escamas y
carecían de párpados, y probablemente ponían huevos. Pero utilizaban pistolas
energéticas. Había cinco allí. Se echaron sobre mí apenas salí de la máquina.
Debía de haber millones por toda la faz de la Tierra…, millones. Desparramados
por todas
partes. Debían de ser los reyes de la Creación entonces.
Me figuro que en este punto fue cuando Ray creyó tenerle cogido, porque
apareció en sus ojos esa mirada de tío enterado que hace que te den ganas de
darle un golpe en la cabeza con una jarra de cerveza vacía. Porque si se le
diera con una llena se perdería la cerveza.
—Oiga, profesor —dijo—, en número de millones, ¿eh? ¿Acaso no hay por
ahí fulanos que no hacen otra cosa que hallar huesos antiguos y liarse con
ellos hasta deducir qué aspecto tenía un dinosaurio? Los museos están llenos de
esqueletos de esa clase, ¿verdad que sí? Bueno, pues ¿dónde encontraría uno
rodeado de un cinturón de metal? Si había millones, ¿qué ha sido de ellos?
¿Dónde están los huesos?
El profesor suspiró. Había sido un suspiro auténtico, de verdad, triste.
Acaso se diera cuenta por primera vez de que estaba hablando solamente con tres
sujetos que vestían mono, en un bar. O quizá no le importase.
—Fósiles no se encuentran muchos —dijo—. Piensen en la multitud de
animales que han vivido sobre la Tierra. Piensen en cuántos millones… y
billones. Y luego recuerden cuán poquísimos fósiles encontramos… Y aquellos
lagartos eran inteligentes. Recuérdenlo. No iban a dejarse cazar por aludes de
nieve, ni caerían en la lava, excepto por accidente fatal. Piensen en cuán
pocos hombres fósiles tenemos…, aun incluyendo los hombres-monos tan poco
inteligentes de un millón de años atrás.
El hombre clavaba los ojos en el vaso medio lleno y lo hacía rodar
incansablemente.
—¿Qué manifiestan los fósiles, en fin de cuentas? —exclamó—. Los
cinturones metálicos se oxidan y no dejan nada. Aquellos lagartos tenían la
sangre caliente. Yo lo sé, pero los huesos petrificados no sirven para
demostrarlo. ¡Qué diablos! Dentro
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de un millón de años, observando un esqueleto humano, ¿podrían adivinar
ustedes qué aspecto tiene ahora Nueva York? ¿Podrían distinguir a un hombre de
un gorila, sólo mediante los huesos, y deducir cuál de los dos construyó la
bomba atómica y cuál comía plátanos en un zoo?
—¡Eh! —le interrumpió Joe, protestando sin reparos—. El patán más simple
sabe diferenciar el esqueleto de un gorila del de un hombre. El hombre tiene el
cerebro mayor. Cualquier estúpido sabría decir cuál de los dos poseía el don de
la inteligencia.
—¿De veras? —El profesor rió para si mismo, como si aquello fuera tan
obvio que hubiera de considerarse una vergüenza inexcusable el perder tiempo en
ello—. Ustedes lo juzgan todo según el tipo de cerebro que el hombre ha logrado
desarrollar. La evolución tiene diversos modos de hacer una misma cosa. Las
aves vuelan de una manera; los murciélagos vuelan de otra. La vida tiene
infinidad de tretas para todo… ¿Qué cantidad de cerebro creen ustedes que
utilizan? Una quinta parte, aproximadamente. Eso dicen los psicólogos. Por lo
que ellos saben, y por lo que sabe todo el mundo, el ochenta por ciento de
nuestro cerebro no nos presta el menor servicio. Todo el mundo funciona a
marcha lenta, excepto, quizá, unas cuantas figuras de la Historia. Por ejemplo,
Leonardo da Vinci, Arquímedes, Aristóteles, Gauss, Galois, Einstein…
Yo no había oído nombrar a ninguno de ellos, exceptuando a Einstein;
pero no me delaté. Todavía mencionó unos cuantos más; yo he puesto solamente
los que he recordado. Y en esto él dijo:
—Aquellos pequeños reptiles tenían unos cerebros menudos, quizá la
cuarta parte de los nuestros, o quizá menos todavía; pero los usaban del todo,
hasta el último trocito. Puede que sus huesos no lo demuestren, pero eran
inteligentes; inteligentes como los seres humanos. Y eran los dueños de la
Tierra.
En este punto, Joe tuvo una ocurrencia buena de verdad. Por un rato
pareció que había cogido al profesor en una trampa, y yo me alegraba infinito
que hubiera tenido aquella idea.
—Oiga, profesor —dijo—, si aquellos lagartos eran tremendamente listos,
¿cómo no dejaron ningún resto? ¿Dónde están sus ciudades y sus edificaciones y
el sinfín de instrumentos que hallamos todos los días (cuchillos de piedra y
otras cosas) dejados por el hombre de las cavernas? ¡Diablos!, si los seres
humanos fueran a largarse de la faz de la Tierra, piense en la enormidad de
material que dejaríamos como prueba de nuestro paso. No se podría andar un par
de kilómetros sin encontrar una población. Y carreteras y ¡qué sé yo!
Pero, sencillamente, al profesor no había quien lo parase. Sin perder
los estribos,
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replicó al momento:
—Sigue juzgando las otras formas de vida según los raseros humanos.
Nosotros construimos ciudades, y carreteras, y aeropuertos, y todo lo demás que
va con nuestro modo de ser… y ellos no los construían. Estaban organizados
según un plan diferente. Su manera de vivir se diferenciaba de la nuestra ya
desde el principio. Ellos no vivían en ciudades. No tenían un arte como el
nuestro. No sé con seguridad qué tenían, porque era una cosa tan ajena a la
nuestra que yo no la comprendía, salvo las armas. Esas eran iguales. Curioso,
¿no?… Por lo que sé, acaso tropecemos continuamente con restos que nos dejaron
y no sabemos reconocerlos siquiera.
A la sazón, yo ya estaba harto de aquel juego. Sencillamente, no se
podía cazar al sujeto aquel. Cuanto más agudo te mostrabas tú, más agudo se
mostraba él.
—Oiga —dije—. ¿Cómo está tan enterado de esas cosas? ¿Qué hacía usted?
¿Vivir con ellos? ¿O acaso ellos hablaban inglés? O acaso usted habla el
lenguaje de los lagartos… Díganos unas cuantas palabras de ese lenguaje.
Me parece que también empezaba a perder la cabeza, a mi vez. Ya saben
qué pasa. Un fulano te cuenta algo que no puedes creer porque es demasiado
inverosímil, pero no consigues que confiese que está mintiendo.
En cambio el profesor no perdía la cabeza. Se estaba llenando el vaso
otra vez, con gran parsimonia.
—No —dijo—, yo no hablaba, y ellos tampoco. Sencillamente, me miraban
con aquellos ojos duros, fríos y fijos, ojos de serpiente, y yo sabía qué
estaban pensando, y veía que ellos también sabían qué estaba pensando yo. No me
pregunten cómo se producía el fenómeno. Se producía, y nada más. Siempre. Yo
sabía que habían salido a una expedición de caza, y sabía que no iban a
soltarme.
Y dejamos de hacerle preguntas. Nos limitábamos a mirarle. Después Ray
dijo:
—¿Qué sucedió? ¿Cómo pudo escapar?
—Fue fácil. Un animal se escabulló hacia el otro lado de la cima de la
colina. Era largo, quizá unos tres metros, y estrecho, y corría pegado al
suelo. Los lagartos se excitaron. Yo percibía su excitación a oleadas. Era como
si se olvidaran de mi en una sola y cálida eclosión de sed de sangre… Y
salieron disparados. Yo me metí dentro de la máquina, regresé y la destruí.
Era el final menos espectacular que hubiera escuchado jamás. Joe emitió
un sonido gutural.
—Bueno, ¿y qué fue de los dinosaurios?
—Ah, ¿no lo entienden? Yo creía que quedaba sobradamente claro… Fueron
aquellos pequeños lagartos inteligentes los que se encargaron de la limpieza.
Eran cazadores… por instinto y por vocación. Era la pasión de su vida. No
cazaban en busca de alimento, sino de diversión.
—¿Y barrieron a todos los dinosaurios de la Tierra?
—Al menos a todos los que vivieron por aquella época, a todas las
especies contemporáneas suyas. ¿No lo creen posible? ¿Cuánto tiempo tardamos
nosotros en
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barrer los rebaños de bisontes, que constaban de centenares de millones
de cabezas? ¿Qué fue del dodo, en pocos años? Supongan que nos dedicásemos a la
tarea con verdadero empeño. ¿Cuánto durarían los leones, y los tigres, y las
jirafas? ¡Por la época en que yo vi aquellos lagartos ya no quedaba ninguna
pieza de caza mayor…, ningún reptil que sobrepasara los cuatro metros y medio!
Todos habían desaparecido. Aquellos diablillos se entretenían ya cazando a los
pequeños y escurridizos, y seguramente en lo más íntimo de sus corazones
lloraban de añoranza de los viejos y hermosos tiempos.
Todos permanecíamos callados, contemplando las vacías botellas de
cerveza y meditando lo que acabábamos de escuchar. Aquel número inmenso de
dinosaurios… grandes como casas… matados por los lagartos pequeños, con armas.
Matados por diversión.
Y entonces Joe se inclinó sobre la mesa, posó la mano, con gesto
desenvuelto, en el hombro del profesor, y lo zarandeó.
—Eh, profesor —dijo—, en ese caso, ¿qué les ocurrió a los lagartos
pequeños, los que iban armados? ¿Eh? ¿Volvió usted allá alguna vez para
averiguarlo?
El profesor levantó la vista con una expresión en los ojos, como si se
hubiera extraviado.
—¿Todavía no lo ven? Ya empezaba a ocurrirles entonces. Lo vi en sus
ojos. Se estaban quedando sin caza mayor…, sin diversión. Por consiguiente,
¿qué esperaría que hiciesen? Se dedicaron a otra caza…, la mayor y más
peligrosa de todas… y se divirtieron de veras. Y siguieron la cacería hasta
exterminar la especie.
—¿Qué caza? —preguntó Ray. Él no lo entendía; en cambio Joe y yo sí lo
comprendimos.
—Ellos mismos —respondió el profesor con voz fuerte—. Agotados los
otros, se lanzaron contra ellos mismos hasta que no quedó ninguno.
De nuevo nos callamos para pensar en aquellos dinosaurios grandes como
casas, todos exterminados por los pequeños lagartos provistos de armas. Luego
pensamos en los mismos lagartos armados y en cómo tenían que mantener sus armas
en acción incluso cuando ya no podían dirigirlas sino contra su propia especie.
—¡Pobres lagartos estúpidos! —exclamó Joe. —¡Sí —dijo Ray—, pobres
lagartos dementes!
Y lo que sucedió entonces nos asustó de verdad. Porque el profesor se
puso en pie de un salto, con unos ojos que parecían querer salirse de las
órbitas y venir disparados hacia nosotros.
—Malditos locos! —gritó—. ¿Cómo se quedan sentados ahí lloriqueando por
unos reptiles que se extinguieron hace cien millones de años? Aquélla fue la
primera inteligencia que apareció sobre la Tierra, y terminó de este modo. Eso
ya pasó. Pero nosotros somos la segunda inteligencia… ¿y cómo diablos se
figuran que vamos a terminar nosotros?
El profesor empujó la silla y se encaminó hacia la puerta. Pero de
pronto se plantó
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un momento allí, antes de salir definitivamente, y gritó:
—¡Pobre humanidad estúpida! Adelante, lloren por eso.
El cuento, ¡ay de mi!, parece encerrar una moraleja, y, en realidad,
termina arrojando esa moraleja a la cabeza del lector. Y eso es malo. El aire
descarado de sermón destruye el efecto auténtico de un cuento. Si no puedes
resistir el impulso de mejorar al prójimo, hazlo de un modo muy disimulado.
Alguna que otra vez me salgo de madre y olvido esta máxima tan útil. El
día de los cazadores lo escribí poco después de que la Unión Soviética hiciera
estallar la primera bomba por fisión. Hasta entonces la situación ya era
bastante delicada, sabiendo que los Estados Unidos podía sentirse tentado de
utilizar bombas de fisión, si se irritaba lo suficiente, como en 1945. Ahora
surgía por primera vez la posibilidad de una auténtica guerra nuclear, en la
que ambos bandos podían utilizar bombas atómicas.
Nos hemos habituado ya a esta situación, y actualmente casi no nos
acordamos; pero en 1950 eran muchos los que creían inevitable una guerra
nuclear, y la esperaban para muy pronto, además. A mi la cuestión me tenía un
poco amargado, y esta amargura se nota en el cuento[5].
De paso diré que El día de los cazadores también aparece en forma de
narración dialogada. Esta ocurre en un bar. Los cuentos de Wodehouse sobre
Mulliner, las narraciones situadas en el bar de Gavagan por L. Sprague de Camp
y Fletcher Pratt, y los cuentos de Clarke sobre el Ciervo Blanco ocurrían todos
en bares. Yo los había leído, y me habían gustado en extremo.
Era inevitable, pues, que un día escribiese un cuento bajo la forma de
una conversación en un bar. Lo malo del caso es que yo no bebo y apenas me he
sentado nunca en un bar, de modo que es probable que lo haya tergiversado todo.
Pronto se vio que mi estancia en Boston no representaba obstáculo alguno
para mi carrera literaria. En realidad, después de la época en que me dediqué
por entero a mi investigación doctoral, en 1947, nada ha significado un
obstáculo.
Después de dos meses de realquilado en un apartamento, del tipo de los
de barrio bajo, muy próximo a la Facultad, nos trasladamos a los suburbios…, si
quieren llamarlos así. Cuando nos fuimos a Boston, ni mi esposa ni yo sabíamos
conducir un coche, de modo que teníamos que buscar un piso cercano a las líneas
de autobuses. Encontramos uno en la ciudad, más bien empobrecida, de
Somerville…, un ático de tipo primitivo en el que en verano hacía un calor
increíble.
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Allí escribí mi segunda novela, The Stars, Like Dust (Estrellas como
granos de arena) (Doubleday, 1951), y mientras estábamos allí, una pequeña
empresa de publicaciones, de un solo dueño, la Gnome Press, publicó una
colección de cuentos míos sobre robots positrónicos, I, Robot (Yo, robot), en
1950, y la primera parte de mis cuentos de la serie de las Fundaciones[6], con
el título de Foundation, en 1951[7].
En 1950 aprendí a conducir, y en 1951 hasta tuvimos un hijo, cosa que
nos sorprendió bastante. Después de nueve años de matrimonio, habíamos llegado
a formarnos la opinión de que estábamos condenados a no tener descendencia. Sin
embargo, a finales de 1950, resultó que la explicación a ciertas
manifestaciones fisiológicas más bien desconcertantes radicaba en que mi esposa
estaba embarazada. Recuerdo que la primera persona que me dijo cuál había de
ser la causa fue Evelyn Gold, que por entonces era la señora de Horace Gold. Yo
me puse a reír y dije: «No, no»; pero resultó «sí, sí», y David nació el 20 de
agosto de 1951.
Así pues, habiéndome vuelto tan prolífico en materia de libros y
habiendo iniciado la carrera en cuestión de automóviles y retoños, estaba
dispuesto a todo, y empecé a aceptar toda clase de encargos.
Entre las numerosas revistas de ciencia ficción de los primeros años
cincuenta, por ejemplo, había una titulada Marvel Science Fiction. Era la
reencarnación de una Marvel anterior que había publicado nueve números entre
1938 y 1941. Esta primera revista se había especializado en cuentos que
destacaban el sexo de una manera exagerada e incluso bastante tonta[8].
Resucitada Marvel en 1950 —sólo duró otra media docena de números—, me
pidieron un cuento. Yo habría podido recordar la desagradable historia de
aquella revista y negarme, pero me acordé de un cuento que no podía menos que
escribir, porque, como saben muy bien todos los que me conocen, soy un
aficionado incorregible a los juegos de palabras[9].
El cuento fue El Sha Guido G., y apareció en el número de noviembre de
1951 de Marvel.
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EL SHA GUIDO G.
Una vez al año, Philo Plat visitaba el escenario de su crimen. Era una
forma de penitencia. Cada aniversario trepaba hasta la desnuda cresta y
extendía la mirada por los kilómetros y kilómetros de metal aplastado, hormigón
y huesos.
Era una zona desolada. Las arrugadas masas de metal seguían inmaculadas,
sin oxidarse, con unos desordenados dientes levantados en ira fútil. Revueltos
por allí había los esqueletos de los millares de personas de todas las edades y
ambos sexos que habían perecido. Las calaveras volvían hacia él las cuencas de
unos ojos sin ojos, sin vista, desgarradas de maldiciones.
El hedor había desaparecido hacía tiempo del desierto, y nada ni nadie
perturbaba las madrigueras de los lagartos. Nadie se acercaba al vallado
cementerio donde lo que quedaba de aquellos cuerpos yacía en el desgarrado
cráter excavado por aquella última caída.
Sólo venía Plat. Año tras año, y siempre, como para apartar tantos Ojos
Malignos, traía su medalla de oro. Mientras él permanecía plantado en la
lumbre, la medalla colgaba fieramente de su cuello. Tenía inscrita una sencilla
leyenda: «¡Al Libertador!»
Esta vez Fulton estaba con él. En los días anteriores al choque, cuando
había Superiores e Inferiores, Fulton perteneció a estos últimos.
—Me sorprende que te empeñes en venir, Philo —decía Fulton.
Plat respondió:
—Debo. Ya sabes que el ruido del choque se oyó desde centenares de
kilómetros; los sismógrafos de todo el mundo lo registraron. Mi nave se
encontraba casi encima; las vibraciones del impacto me alcanzaron y me lanzaron
a muchos kilómetros. Y sin embargo, el único sonido que recuerdo es aquel
terrible alarido de cuando Atlantis inició la caída.
—Había que hacerlo.
—¡Palabras! —suspiró Plat—. Había niños y personas inocentes.
—Nadie es inocente.
—Tampoco lo soy yo. ¿Había de ser yo el verdugo?
—Alguien había de serlo. —Fulton se mantenía firme—. Piensa en el mundo
de ahora, veinticinco años después. La democracia reinstaurada, la educación
nuevamente para todos, la cultura al alcance de las masas y la ciencia
progresando una vez más. Dos expediciones han aterrizado ya en Marte.
—Lo sé, lo sé. Pero aquello también era una cultura. Lo llamaban
Atlantis porque era una isla que gobernaba el mundo. Una isla en el cielo, no
en el mar. Era una ciudad y un mundo, todo al mismo tiempo, Fulton. Tú no has
visto su bóveda de cristal ni sus magníficos edificios. Era una joya única,
fabricada con piedra y metal. Era un sueño.
—Era felicidad concentrada, destilada del reducido suministro destinado
a los
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miles de millones de personas corrientes que vivían en la Superficie.
—Sí, tienes razón. Si, había que hacerlo. Pero pudo haber sido muy
distinto, Fulton. Ya sabes… —se sentó en la dura roca, cruzó los brazos sobre
las rodillas y apoyó el mentón en ellos—, a veces pienso en cómo había de ser
en los antiguos tiempos, cuando en la Tierra había naciones y guerras. Pienso
que la gente debió de considerarlo un milagro cuando las Naciones Unidas se
convirtieron en un auténtico gobierno mundial, y en qué había de significar
Atlantis para ellos.
»Era una ciudad que gobernaba la Tierra, pero no pertenecía a la Tierra.
Era un disco negro en el aire, capaz de aparecer en cualquier punto de la
Tierra y a cualquier altura; no pertenecía a ninguna nación, sino a todo el
planeta; no era fruto de ninguna nación en particular, sino la primera gran
realización de toda la raza…, y luego, ¡en qué se convirtió!
—¿Nos vamos? —propuso Fulton—. Hemos de estar de regreso a la nave antes
de que oscurezca.
Plat continuó:
—En cierto modo, supongo que era inevitable. La raza humana nunca
inventó ninguna institución que no terminase siendo un cáncer. En los tiempos
prehistóricos, el curandero, que empezó siendo el depositario del saber tribal,
terminó, probablemente, constituyendo la última barrera que se oponía al
progreso de la tribu. En la Roma antigua, el ejército de ciudadanos…
Fulton le dejaba hablar pacientemente. Sus palabras eran un extraño eco
del pasado. Y, por aquellos días, había habido otros ojos posados sobre él,
aguardando pacientemente, mientras hablaba.
—… el ejército de ciudadanos que defendía a los romanos de todos los
invasores, desde Veii a Cartago, se convirtió en la Guardia Pretoriana
profesional que vendió el Imperio y cargó de tributos todas sus tierras. Los
turcos crearon los jenízaros como avanzadilla invencible contra Europa, y el
Sultán acabó siendo esclavo de los jenízaros esclavos suyos. Los barones de la
Europa medieval protegían a los siervos contra los normandos y los magiares,
pero luego continuaron durante seiscientos años más bajo la forma de una
aristocracia parásita que no aportaba nada en absoluto.
Plat se fijó en la expresión paciente de aquellos ojos, y dijo:
—¿No me comprendes?
Uno de los técnicos más audaces adujo:
—Con su permiso, Superior, deberíamos estar trabajando.
—Sí, supongo que sí.
El técnico sintió pena. Aquel Superior era un tipo raro, pero bien
intencionado. Aunque decía un sinfín de insensateces, les preguntaba por sus
familiares, les decía que eran muchachos excelentes y que el trabajar los hacía
mejores que los Superiores. Por ello explicó:
—Mire usted, hay otro cargamento de granito y acero para el nuevo teatro
y tendremos que modificar la distribución de energía. Pero se está poniendo
bastante
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difícil conseguirlo. Los Superiores no quieren escucharnos.
—Pues, eso es lo que quería decir. Deberíais obligarles.
Pero el otro se limitaba a mirarle fijamente, y en aquel momento una
idea penetró suavemente en el inconsciente de Plat.
Leo Spinney le esperaba en el nivel de cristal. Tenía los mismos años
que Plat, pero era más alto y mucho más atractivo. Plat tenía un rostro
delgado, los ojos azul porcelana y nunca sonreía. Spinney tenía la nariz recta
y unos ojos castaños que parecían reír continuamente.
—Nos perderemos el partido —le dijo Spinney.
—No quiero ir, Leo. Por favor.
—¿Otra vez con los técnicos? —dijo Spinney—. ¿Por qué pierdes el tiempo?
—Trabajan —respondió Plat—. Los respeto. ¿Qué derecho tenemos a permanecer
ociosos?
—¿Debo preguntarle al mundo cómo es eso, si a mí me va tan bien?
—Si no lo preguntas tú, alguien lo preguntará algún día.
—Será algún día; hoy no. Y, francamente, sería mejor que vinieras. El
Sekjen se ha fijado en que nunca asistes a los partidos, y no le gusta.
Personalmente, creo que la gente le habló de tus conversaciones con los
técnicos y tus visitas a la Superficie. Hasta es posible que piense que te
asocias con los Inferiores.
Spinney se rió de buena gana, pero Plat no dijo nada. No les
perjudicaría nada a los Otros que se relacionasen un poco más con los
Inferiores y se enterasen algo mejor de lo que pensaban. Atlantis tenía sus
cañones y sus batallones de ondas. Pero quizá algún día aprendiera que no
bastaba con esto. No bastaba para salvar al Sekjen.
¡El Sekjen! A Plat le daban ganas de escupir. El título completo era
«Secretario General de las Naciones Unidas». Dos siglos atrás era un cargo
electivo, honorable. Actualmente lo desempeñaba un hombre como Guido
Garsthavastra porque podía demostrar que era hijo de su igualmente indigno
padre.
«Guido G.», le llamaban los Inferiores de la Superficie. Y habitualmente
añadían «Sha Guido G.», porque el título de Sha lo había llevado una dinastía
de reyes despóticos orientales. Los Inferiores lo conocían bien, sabían quién
era. Plat quería explicarle estas cosas a Spinney, pero no había llegado el
momento todavía.
Los verdaderos juegos se celebraban en la parte alta de la estratosfera,
a ciento sesenta kilómetros sobre Atlantis, aunque la Isla Celeste se
encontraba a treinta y dos kilómetros nada más del nivel del mar. El enorme
anfiteatro estaba completamente lleno y el globo radiante de su centro atraía
todas las miradas. Cada diminuto crucero de un solo hombre de allá en las
alturas estaba representado por su símbolo particular, que brillaba con el
color de la flota de que formaba parte. Las pequeñas centellas
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reproducían en una miniatura exacta los movimientos de las naves.
El juego estaba empezando en el momento en que Plat y Spinney ocupaban
sus asientos. Los puntitos se lanzaban ya unos contra otros, cruzando rasantes,
errando el blanco, girando.
Un grandioso marcador pregonaba el desarrollo de la batalla utilizando
una simbología convencional que Plat no entendía. Sonaba una confusión de
vítores y gritos de aliento por una u otra flota y en favor de naves concretas.
Allá arriba, bajo un dosel, estaba el Sekjen, el Sha Guido G. de los
Inferiores. Plat casi no le veía; en cambio, distinguía claramente la
reproducción reducida del globo de juego que tenía allí para su uso particular.
Era la primera vez que Plat contemplaba el juego. No entendía el sentido
de ciertas jugadas ni la causa de los gritos de la gente en determinados
instantes. Sin embargo, comprendía que los puntos eran naves y las rayas
luminosas que salían de ellos con gran frecuencia representaban rayos de
energía que, allá arriba, a ciento sesenta kilómetros de distancia, eran tan
reales como los inflamados átomos podían producirlos. Cada vez que aparecía una
raya luminosa, se elevaba un gran griterío del público, que moría en forma de
gran gemido de lamento cuando el punto que servía de blanco lograba virar y
escapar.
De pronto, se levantó un grito general de todos los espectadores, y
hombres y mujeres, incluido el mismo Sekjen, se pusieron en pie. Uno de los
puntos brillantes había sido alcanzado y estaba cayendo…, cayendo, en espiral.
Ciento sesenta kilómetros más arriba una nave de verdad hacía lo mismo;
hundiéndose en la atmósfera, cada vez más densa, que calentaba y consumiría la
aleación especial de magnesio del casco hasta convertirlo en polvo, inofensivas
cenizas antes de que pudiera llegar a la superficie de la Tierra.
Plat se volvió.
—Me marcho, Spinney.
Éste trazaba unas señales en su tarjeta de puntuación y decía:
—Son ya cinco las naves que han perdido los Verdes esta semana. Hemos de
disponer de más. —Y estaba ya en pie, gritando furiosamente—: ¡Otra!
El público hacía suyo el grito, lo coreaba.
Plat dijo:
—En esa nave ha muerto un hombre.
—Tenlo por seguro. Uno de los mejores que tenían los Verdes, además. Es
una suerte tremenda.
—¿Te das cuenta de que ha muerto un hombre?
—No son más que Inferiores. ¿Qué te pasa?
Plat retrocedía despacio por entre las filas de gente, camino de la
salida. Unos cuantos espectadores levantaban los ojos hacia él y hablaban en
susurros. Pero la mayoría sólo tenían ojos para el globo del juego. El perfume
flotaba por todo su entorno, y en la distancia, entre los gritos del público,
se dejaba oír de vez en cuando
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una dulce cascada de música. Mientras cruzaba una de las entradas
principales, un alarido de la gente hizo temblar el aire, a su espalda.
Plat, con aire hosco, hizo un esfuerzo por sobreponerse a la náusea.
Anduvo algo más de tres kilómetros; luego se detuvo.
Unas vigas de acero se columpiaban en las puntas de los rayos
diamagnéticos y el áspero son de unas órdenes dadas con los acentos propios de
los Inferiores llenaban el aire.
En Atlantis se estaba construyendo edificios ininterrumpidamente.
Doscientos años atrás, cuando Atlantis era la auténtica sede del gobierno,
tenía líneas rectas, anchos espacios. Ahora, en cambio, había mucho más. Había
la cúpula de placer de Xanadú, a la que se había referido Coleridge.
El techo de cristal habla sido elevado y ampliado demasiadas veces
durante los dos siglos anteriores. Cada vez lo habían puesto más recio, a fin
de que Atlantis pudiera remontarse más hacia lo alto, sin correr peligro, y
soportar con mayor seguridad los posibles impactos de los guijarros meteóricos
que pudieran encontrar a su paso y que todavía no hubieran sido consumidos
enteramente por el aire.
Y a medida que Atlantis se volvía más inútil y más atractiva, los
Superiores dejaban cada vez más sus fincas y sus fábricas en manos de gerentes
y capataces y se iban a vivir permanentemente a la Isla Celeste, cuyos
edificios se hacían cada vez más extensos, más altos y más complicados.
Allí había otra estructura.
Las Ondas permanecían a la espera en estólida, sumisa obediencia. El
nombre con que se designaba a las mujeres —sí, pensaba acerbamente Plat, podía
considerárselas tales— había sido tomado del inglés primitivo de los tiempos en
que la Tierra estaba dividida en naciones. También aquí habían prevalecido la
transformación y la degeneración. Las antiguas Ondas se habían encargado del
trabajo burocrático en retaguardia. Ahora las criaturas a las que seguían dando
el nombre de Ondas eran soldados de línea.
Era una transformación lógica, y Plat lo sabía. Debidamente instruidas,
las mujeres eran más obstinadas, más fanáticas y menos propensas a dudas y
remordimientos que los hombres.
En todos los lugares donde se construyera algo, había siempre una
guarnición de Ondas, porque la tarea de construir la realizaban los Inferiores,
y a éstos, en Atlantis, había que vigilarlos. Del mismo modo que a los de la
Superficie había que atemorizarlos. En los últimos veinticinco años, la
artillería atómica de largo alcance que tachonaba la cara inferior de Atlantis
se había doblado y triplicado.
Plat observó como la viga descendía suavemente, y como dos hombres se
gritaban indicaciones el uno al otro mientras aquélla se asentaba en su puesto.
Pronto no quedaría ya espacio en Atlantis para nuevos edificios.
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La idea que removiera su Inconsciente a primeras horas del día, daba
ahora unos aldabonazos a la mente consciente de Plat.
Y las ventanillas de su nariz se dilataron.
Plat arrugó la nariz al percibir el olor del aceite y la maquinaria.
Estaba habituado a olores de todas clases; mucho más que la mayoría de
Superiores, que tenían el olfato pervertido por los perfumes. Había estado en
la Superficie y percibido los olores penetrantes de las plantas que crecían en
los campos de cultivo y los humos de sus ciudades.
Plat le dijo al técnico:
—Estoy pensando seriamente en construir una casa nueva. ¿Querrías
aconsejarme sobre cuál sería el mejor emplazamiento posible?
El técnico quedó sorprendido y complacido.
—Gracias, Superior. ¡Se ha hecho tan difícil ordenar la energía
disponible! —Por eso acudo a ti.
Hablaron extensamente. Plat había formulado una infinidad de preguntas,
y cuando volvió al nivel de cristal su mente se había convertido en un
laberinto de especulaciones. Dos días pasó en un tormento de dudas. Luego se
acordó del punto brillante, trazando una espiral tras otra, y los jóvenes,
inquisitivos ojos clavados en los suyos mientras Spinney decía:
—Son solamente Inferiores.
Plat tomó una decisión y pidió audiencia al Sekjen.
La voz pausada, arrastrada del Sekjen acentuaba el aburrimiento que el
hombre no se molestaba en esconder.
—Los Plat —decía—, pertenecen a una familia distinguida, y sin embargo,
usted se divierte relacionándose con los técnicos. Me han dicho que habla con
ellos como si fueran sus iguales. Espero no será necesario recordarle que las
fincas que tiene usted en la Superficie requieren que vele por ellas.
Eso significaría la expulsión de Atlantis, por supuesto.
—Es necesario vigilar a los técnicos, Señor. Proceden de los Inferiores
—dijo Plat.
El Sekjen arrugó el ceño.
—Nuestra Comandante de Ondas tiene encomendada una misión. Ella se
encarga de esas cuestiones.
—Hace cuanto puede, no lo dudo, Señor, pero yo me he conquistado la
amistad de los técnicos. No son de fiar. ¿Podría tener yo otros motivos, para
ensuciarme las manos con ellos, que la seguridad de Atlantis?
El Sekjen escuchaba. Primero con desconfianza; luego con una expresión
de
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miedo en su fofo rostro.
—Los tendré bajo custodia… —dijo.
—Calma, Señor —recomendó Plat—. Por el momento no podemos pasarnos sin
ellos, puesto que ninguno de nosotros sabe manejar las armas y los mecanismos
antigravedad. Sería mejor no darles pretexto alguno para rebelarse. Dentro de
dos semanas inauguraremos el teatro nuevo, con juegos y festejos.
—¿Y qué se proponen ellos?
—No estoy seguro todavía, Señor. Pero sé lo suficiente para recomendar
que traigan a Atlantis una división de Ondas. En secreto, naturalmente, y en el
último momento, a fin de que sea demasiado tarde para que los rebeldes cambien
los planes que hubiesen elaborado. Así tendrán que abandonarlos por completo, y
si se pierde el momento oportuno, una vez perdido ya no se vuelve a encontrar
jamás. Luego me enteraré de nuevos detalles. Si es necesario, entrenaremos más
hombres. Sería una lástima, Señor, hablar de todo esto a alguien, de antemano.
Si los técnicos se enteran de nuestras contramedidas antes de tiempo, la
situación podría empeorar todavía.
El Sekjen, con la enjoyada mano en la barbilla, meditó… y creyó.
Philo Plat contemplaba la alegre algazara desde cierta distancia. Las
plazas del centro de Atlantis eran negros hormigueros de gente. Era un factor
favorable. Por su parte, había logrado marcharse de allí sólo con grandes
dificultades. Y no demasiado pronto, pues la División de Ondas había hendido ya
el firmamento con sus naves.
Las guerreras maniobraban con dificultad, situándose en una posición
definitiva sobre el enorme y elevado campo de aterrizaje de Atlantis, que tenía
capacidad suficiente para acomodar a la vez a todas sus naves.
Ahora los cruceros descendían verticalmente, en formación de desfile.
Plat volvió la vista con gesto rápido hacia la ciudad propiamente dicha. El
populacho estaba mucho más quieto, contemplando la no programada demostración,
y hasta le pareció que no había visto nunca a tantos Superiores en la Isla
Celeste a un mismo tiempo. Por un momento, un último recelo inundó su mente.
Había tiempo aún para un aviso.
Pero mientras elaboraba este pensamiento sabía ya que no lo había. Los
cruceros descendían a gran velocidad. Tenía que darse prisa, si quería escapar
en su pequeño artificio. Con el estómago revuelto por la náusea, se preguntaba,
mientras empuñaba los mandos, si sus amigos de la Superficie habrían recibido
el mensaje que les dirigiera el día anterior, y si, en caso de haberlo
recibido, le habrían dado crédito. Si no actuaban con gran presteza, los
Superiores todavía podrían recuperarse, después del primer golpe, por muy
devastador que hubiera sido.
Estaba ya en el aire cuando las Ondas aterrizaron: siete mil quinientas
naves como gotas de lluvia cubriendo el campo de aviación lo mismo que una red
descendente. Plat hizo ganar altura a la suya, sin dejar de observar…
¡Atlantis se quedó a oscuras! Era como una vela sobre la cual hubiera
descendido
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súbitamente una encogida mano. En un instante iluminaba la noche con
vivo esplendor en ochenta kilómetros a la redonda, y el siguiente era una
negrura sobre el fondo de oscuridad.
Para Plat, los millares de gritos se confundieron en un agudo, perdido
alarido de miedo. Huyó, pero las vibraciones del impacto al chocar Atlantis
contra la Tierra alcanzaron su nave y la despidieron muy lejos.
Ya nunca más dejaría de oír aquel alarido.
Fulton miraba fijamente a Plat.
—¿Se lo has contado a alguien alguna vez?
Plat movió la cabeza negativamente.
También la mente de Fulton retrocedió un cuarto de siglo.
—Recibimos tu mensaje, por supuesto. Tal como esperabas, nos costó
trabajo darle crédito. Muchos temían una trampa, incluso después de haber
recibido el informe de la Caída. Pero… bueno, todo eso es historia. Los
Superiores que quedaban, los que se hallaban en la Superficie, estaban
desmoralizados, y antes de que pudieran recobrarse, se acabó con ellos…
»Pero, dime —el técnico se había vuelto hacia Plat con súbita y profunda
curiosidad—, ¿qué hiciste concretamente? Siempre supusimos que habías saboteado
las centrales de energía.
—Lo sé. La verdad es mucho menos romántica, Fulton. El mundo preferiría
creer el mito que se ha forjado. Déjalo que crea.
—¿Y yo? ¿Puedo saber la verdad?
—Si quieres. Como te he dicho, los Superiores edificaron y edificaron
hasta la saturación. Los rayos de energía antigravitación tenían que soportar
un peso de edificios, armas y concha envolvente que se doblaba y triplicaba a
medida que pasaban los años. Toda petición que los técnicos hicieran
solicitando motores mayores o más nuevos era rechazada, porque los Superiores
preferían tener espacio y dinero para sus mansiones y, por el momento, se
disponía de fuerza suficiente.
»Como te decía, los técnicos habían llegado ya a un punto en que la
construcción hasta de un solo edificio les inquietaba. Les interrogué y
averigüé exactamente qué escaso margen de seguridad quedaba. Sólo esperaban
haber terminado el nuevo teatro para presentar otra petición. Sin embargo, no
advertían que, a petición mía, Atlantis tendría que sostener aquel peso
adicional de una división de Ondas con sus naves correspondientes. ¡Siete mil
quinientas naves completamente equipadas!
»Cuando las Ondas aterrizaron, por un total que ascendería a las dos mil
toneladas, el suministro de energía antigravedad resultó tremendamente
insuficiente. Los motores fallaron y Atlantis quedó reducida a la condición de
una gran pena que se hallaba a dieciséis kilómetros del suelo. ¿Qué podía hacer
un pedrusco semejante sino caer?
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Plat se levantó. Los dos hombres regresaron a la nave.
Fulton soltó una carcajada ronca.
¿Sabes?, hay una fatalidad en los nombres.
—¿Qué quieres decir?
—Pues, que una vez más en la historia, Atlantis se hundió bajo las
Ondas.
Ahora que usted ha leído el cuento observará que todo se dirige hacia
ese pobre juego de palabras final, ¿no? La verdad es que cierta persona se me
acercó y, con tono de profundo desagrado, me dijo:
—El Sha Guido G. no es más que un cuento de perros peludos.
—En efecto —contesté—, y si divide el título en dos partes en lugar de
tres obtendrá: Shagui Dog[10]. De modo que, ¿no cree que ya lo sabía?
O sea, que también en el título hago un juego de palabras.
Estando David en camino, era evidente que no podíamos continuar en aquel
imposible apartamento de Somerville. Puesto que ahora yo ya sabía conducir, no
continuábamos sujetos a las líneas de autobuses, y podíamos buscar algo más
tierra adentro. En la primavera de 1951 nos trasladamos a un apartamento de
Waltham (Massachusetts). Éste reunía muchas más condiciones que el anterior,
aunque en verano también resultaba muy caluroso.
En la sala de estar del apartamento había un par de librerías
empotradas, muy pequeñas, y empecé a utilizarlas para guardar una colección de
obras mías, por orden cronológico. Estando en dicho apartamento, llegué hasta
un total de diecisiete libros. En 1952, cuando se publicó mi texto de
bioquímica, lo coloqué junto a los demás, en el orden adecuado. No recibió
ningún trato de preferencia. No veía motivo alguno por el que un libro
científico pudiera pretenderse más respetable que una novela de ciencia ficción.
En realidad, si alguna ambición tenía yo no discurría por el camino de
la respetabilidad. Quería seguir escribiendo cosas divertidas.
El humor es una cosa divertida, y sin embargo…
De acuerdo, el humor es una cosa peculiar, si tiene usted algún
prejuicio contra el hecho de jugar ingeniosamente con las palabras. No hay
manera de ser casi humorístico, o medianamente humorístico, o bastante
humorístico, o tolerablemente humorístico. Uno es humorístico o no lo es, y no
existen términos medios. Por lo general, el escritor es quien se cree
humorístico, y el lector es quien cree que no lo es. De ahí se entiende,
naturalmente, que el humor no es cosa que uno deba
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emprender a la ligera, y menos en los primeros tiempos de su carrera,
cuando todavía no ha aprendido a manejar las herramientas del oficio… A pesar
de lo cual casi todo escritor principiante prueba fortuna en el humorismo,
convencido de que es cosa fácil.
Yo no había de ser una excepción. Cuando había escrito y presentado ya
cuatro cuentos, sin que de momento hubiera vendido ninguno, se me antojó que
había llegado la hora de escribir uno divertido. Y lo escribí. Fue Anillo
alrededor del Sol, y el caso es que logré venderlo, y, con el tiempo, fue
incluido en The Early Asimov.
Lo cierto es que no lo creí realmente divertido ni siquiera por la época
en que lo escribí. Como tampoco creí que lo fueran los otros varios que
intenté, tales como Navidad en Ganimedes —también en The Early Asimov— y Robot
AL-76 Goes Astray, incluido en The Rest of the Robots (Doubleday, 1964).
No lo conseguí —en mi opinión solamente; no digo nada de la de ustedes—
hasta 1952. En dicho año escribí dos cuentos (Button, Button y El dedo del
mono) en los que creí haberlo conseguido definitivamente. En cada uno de los
dos me estuve riendo todo el rato, y logré colocarlos en Startling Stories,
donde aparecieron en números sucesivos, el primero en enero de 1953 y el
segundo en febrero del mismo año.
Y, amable lector, si no los encuentra divertidos, haga cuanto pueda para
que yo no me entere. Déjeme conservar la ilusión.
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BUTTON, BUTTON
Fue el smoking lo que me engañó, y durante un par de segundos no le
reconocí. Para mí era tan sólo un posible cliente, el primero al que hubiera
olido el rastro en una semana… y estaba precioso.
Hasta vistiendo un smoking a las nueve cuarenta y cinco de la mañana
estaba hermoso. Quince centímetros de huesuda muñeca y veinticinco de nudosa
mano continuaban el camino allí donde la manga ya no seguía; el final de los
calcetines y la botamanga de los pantalones no se unían del todo; y sin
embargo, estaba hermoso.
Luego le miré a la cara, y dejó de ser un posible cliente. Era mi tío
Otto. Se acabó la hermosura. Como de costumbre, el semblante de tío Otto tenía
la expresión de un sabueso que acabara de recibir un puntapié en el trasero de
parte de su mejor amigo.
No reaccioné de una manera excesivamente original:
—¡Tío Otto! —exclamé.
También usted le reconocería, si hubiese visto aquella cara. Cuando
apareció en la cubierta del Time, hace unos cinco años —fue por el 1957 o el
l958—, doscientos cuatro lectores, exactamente, escribieron diciendo que jamás
olvidarían aquel semblante. La mayoría añadía comentarios relativos a
pesadillas. Si quieren saber el nombre completo de tío Otto, es el de Otto
Schlemmelmayer. Pero no saquen conclusiones precipitadas. Es hermano de mi
madre. Yo me llamo Smith.
—Harry, hijo mío —exclamó él. Y soltó un gemido. Muy interesante, pero
nada ilustrativo. Yo pregunté: —¿Y por qué el smoking? —Es de alquiler
—respondió.
—De acuerdo. Pero ¿por qué lo lleva por la mañana?
—¿Es ya la mañana? —miró vagamente a su alrededor; luego fue hasta la
ventana y miró fuera.
Mi tío Otto Schlemmelmayer es así.
Le aseguré que sí, que había llegado ya la mañana y él, haciendo un
esfuerzo, dedujo que se había pasado la noche entera andando por las calles de
la ciudad.
Luego apartó un puñado de dedos de la frente para decir:
—Pero es que estaba tan trastornado, Harry. En el banquete…
Los dedos revolotearon por un minuto; luego se doblaron en un cuarto de
puño y descendieron, abriendo hoyos en la superficie de mi mesa escritorio.
—Pero ¡se acabó! Desde hoy, haré las cosas a mi manera.
Una afirmación que tío Otto venía repitiendo desde los comienzos del
asunto del «Efecto Schlemmelmayer». Quizá esto le sorprenda a usted. Quizá crea
usted que mi tío debía la fama al Efecto Schlemmelmayer. Bien, todo depende de
cómo se mire.
Descubrió el Efecto allá por el 1952, y es muy probable que usted esté
tan bien enterado como yo mismo. En pocas palabras, ideó un relé de germanio de
tal naturaleza que reaccionaba ante las ondas del pensamiento, o en todo caso
ante los
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campos electromagnéticos de las células cerebrales. Y trabajó años y
años para convertir dicho relé en una flauta, de modo que no tocara música bajo
ninguna presión que no fuera la del pensamiento. Aquello era su amor, su vida;
aquello iba a revolucionar la música. Todo el mundo sabría tocar aquella
flauta; no se necesitaría habilidad alguna…, sólo el pensamiento.
Luego, hace unos cinco años, un sujeto joven de Consolidated Arms, un
tal Stephen Wheland, modificó el Efecto Schlemmelmayer y lo invirtió. Ideó un
campo de ondas supersónicas capaces de activar el cerebro por medio de un relé
de germanio, freírlo, y matar una rata a seis metros de distancia. Según
descubrieron más tarde, también podía matar hombres.
Visto lo cual, Wheland obtuvo una gratificación de diez mil dólares y un
ascenso, mientras que los mayores accionistas de Consolidated Arms se pusieron
a ganar millones, cuando el gobierno compró las patentes y cursó pedidos.
¿Y tío Otto? Salió en la cubierta del Time.
Después de lo cual, todo el que se hallara cerca de su persona, digamos
a un radio de unos cuantos kilómetros, comprendía que tenía una queja. Unos
pensaban que se debía al hecho de no haber recibido dinero alguno; otros a que
su gran descubrimiento se hubiera convertido en un instrumento de guerra y
matanza.
¡Tonterías! ¡Era por la flauta! He ahí la auténtica tachuela en el
sillón de su vida. ¡Pobre tío Otto! Estaba enamorado de su flauta. La llevaba
siempre consigo, dispuesto a mostrar sus virtudes. El instrumento reposaba
dentro de un estuche especial, en el respaldo de la silla, cuando comía, y en
la cabecera de la cama cuando dormía. Las mañanas de los domingos, los
laboratorios de física de la Universidad resultaban odiosos por culpa de la
flauta de tío Otto, cuyos sonidos, bajo un control mental imperfecto, se abrían
un desafinado paso por alguna llorosa canción popular alemana.
El problema estaba en que ningún fabricante quería aventurarse con ella.
Apenas se revelaba la existencia de dicho instrumento, el Sindicato de Músicos
amenazaba con silenciar hasta la última semicorchea del país; las diversas
industrias de objetos de entretenimiento ponían firmes a sus cabilderos y los
sacaban formados en escuadras de asalto para entrar en acción inmediatamente; y
hasta el anciano Pietro Faranini se puso la batuta detrás de la oreja e hizo
apasionadas declaraciones a los periódicos sobre la inminente defunción del
arte.
Tío Otto no se sobrepuso jamás.
—Ayer tuve las últimas esperanzas —me estaba diciendo. La Consolidated
informa a mí que un banquete en honor mío querrán dar. ¿Quién sabe?, me digo.
Acaso querrán mi flauta comprar.
Cuando está nervioso, tío Otto suele desviarse de la ordenación de las
palabras según el estilo inglés para volver al alemán.
El cuadro me intrigó.
—¡Qué idea! —grité—. Un millar de flautas gigantes escondidas en puntos
clave
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de los territorios enemigos bramando canciones de propaganda comercial
bastante desafinadas como para…
—¡Silencio! ¡Silencio! —Tío Otto abatió la palma de la mano contra mi
mesa escritorio como un tiro de pistola, y el calendario de plástico, asustado,
dio un salto y cayó muerto—. ¿También de ti guasitas? ¿Dónde está tu respeto?
—Lo siento, tío Otto.
—Entonces, escucha. Yo asistí al banquete y pronunciaron discursos sobre
el Efecto Schlemmelmayer y sobre cómo reforzaba la energía mental. Luego,
cuando yo pensaba que anunciarían que mi flauta comprarían, ¡ellos me dan esto!
Tío Otto sacó una moneda que lucía como oro y que parecía ser de dos mil
dólares y la tiró contra mí. Yo me agaché.
Si la moneda hubiera dado contra la ventana, habría caído fuera y acaso
hubiese perforado el cráneo de un transeúnte; pero dio contra la pared. La
recogí. Por el peso, se adivinaba en seguida que no era de oro, sino solamente
dorada. En una cara decía: «Premio Elias Bancroft Sudford», en letras grandes,
y «al doctor Otto Schlemmelmayer por sus contribuciones a la ciencia», en
letras pequeñas. En la otra cara había un perfil, que, evidentemente, no era el
de mi tío Otto. En realidad no se parecía a ninguna variedad canina, sino más
bien a un cerdo.
—¡Ése —dijo tío Otto— es Elias Bancroft Sudford, presidente de
Consolidated Arms! —Y continuó—: De modo que cuando vi que eso era todo, me
levanté muy cortés y les dije: «¡Caballeros, ojalá revienten!» Y me marché.
—Luego ha andado por las calles toda la noche —completé yo por su
cuenta—, y ha venido aquí sin cambiarse de ropa siquiera. Todavía luce el
smoking.
Tío Otto estiró un brazo y fijó la mirada en las prendas que le cubrían.
—¿Un smoking? —repitió.
—¡Un smoking! —insistí.
Sus largas, carrilludas mejillas se cubrieron de manchas encarnadas, y
rugió:
—¡Yo he venido aquí por un asunto de importancia trascendentalísima, y
tú te
empeñas en nada más que de los smoking hablar! ¡Mi propio sobrino!
Dejé que la llama se apagara por sí misma. Tío Otto es el miembro
brillante de la familia; de modo que, aparte de procurar evitar que se caiga a
una cloaca o que salga de paseo por las ventanas, los otros, pobres imbéciles,
procuramos no molestarle.
—¿Y en qué puedo servirle, tío? —pregunté, tratando de dar un tono
profesional a mis palabras, de introducir en ellas la relación abogado-cliente.
Él aguardó, en una pausa impresionante, y dijo:
—Necesito dinero.
Inevitable, había de equivocarse de casa. Respondí:
—Tío, en estos momentos no tengo…
—No el tuyo —puntualizó.
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Me sentí mejor.
—Tengo un Efecto Schlemmelmayer nuevo, y mucho mejor. Este yo no en
científicos periódicos lo publico. La mi bocaza grande cerrada mantengo. Ello
enteramente mío propio es. —Mientras hablaba, con el huesudo índice, iba
dirigiendo una orquesta fantasma.
—Con este nuevo Efecto —prosiguió—, dinero ganaré y mi propia fábrica de
flautas abriré.
—Muy bien —dije yo, pensando en la fábrica de flautas y mintiendo.
—Lo malo es que poseo una mente brillante. Sé elaborar conceptos que
superan a las personas corrientes. Solamente, Harry, que maneras de ganar
dinero elaborar no sé. Ése es un talento que no poseo.
—Mal —dije yo, sin mentir nada en absoluto.
—Por eso acudo a ti como abogado.
Yo me reí un poco, con una risita deprecatoria.
—Acudo a ti —continuó él—, para hacer que me ayudes con tu taimado,
embustero, escurridizo, deshonesto cerebro de abogado.
Mentalmente, archivé el comentario en la carpeta de cumplidos
inesperados, y dije:
—Yo también le aprecio a usted, tío Otto.
Debió de notar el tono de sarcasmo, porque se puso morado de rabia y
chilló:
—No te pongas quisquilloso. Sé como yo, paciente, comprensivo y llano,
cabeza de leño. ¿Quién de ti como hombre habla? Como hombre, eres un badulaque
honrado, pero como abogado has de ser un granuja. Todo el mundo lo sabe.
Suspiré. El Colegio de Abogados me había advertido que viviría días como
éste.
—¿Cuál es su nuevo efecto, tío Otto? —pregunté.
—Puedo retroceder en el tiempo y traer al presente cosas del pasado.
Actué con presteza. Con la mano izquierda saqué el reloj del bolsillo
inferior izquierdo del chaleco y lo consulté con toda la ansiedad que supe
acumular. Con la mano derecha cogí el teléfono.
—Bien, tío —dije con calor—, acabo de recordar una cita tremendamente
importante a la que llegaré ya con horas de retraso. Siempre me alegra verle.
Pero ahora me temo que debo decirle adiós. Sí, señor, verle ha sido un placer,
un verdadero placer. Bueno, adiós, señor. Sí, señor…
No llegué a levantar el auricular del soporte. Iba a levantar la mano,
en efecto, pero la de mi tío se había posado sobre la mía y empujaba hacia
abajo. Imposible competir con él. ¿He dicho antes que tío Otto perteneció en
1932 al equipo de lucha grecorromana de Heidelberg?
Me cogió suavemente —para él— por el codo; yo me puse en pie. Fue un
tremendo ahorro —para mí— de esfuerzo muscular.
—Permítasenos —dijo—, a mi laboratorio ir.
Y al laboratorio se fue. En cuanto a mi, como no tenía cuchillo, ni
ganas de
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cortarme el bruzo izquierdo, separándolo del hombro correspondiente, a
su laboratorio me fui también…
El laboratorio de tío Otto se encuentra al final de un pasillo, después
de doblar una esquina, en un edificio de la Universidad. Desde que se vio la
gran importancia del Efecto Schlemmelmayer, le dispensaron de todo trabajo
rutinario y dejaron que hiciera lo que le pareciese bien. Lo cual se reflejaba
en su laboratorio.
—¿Ya no cierra nunca la puerta? —pregunté.
Me miró con aire taimado, arrugando la enorme nariz como si olisquease
algo. —Lo está; está cerrada. Con un relé Schlemmelmayer, está cerrada. Yo
pienso
una palabra… y la puerta se abre. De otro modo no puede nadie entrar. Ni
siquiera el Rector de la Universidad. ¡Ni siquiera el portero!
—¡Vaya, tío Otto! Una cerradura mental podría reportarle…
—¡Ah! ¿Debería vender la patente para que algún rico se lo apropiase?
Jamás.
Dentro de un tiempo yo mismo rico seré.
Una cosa hay que decir de tío Otto. No es uno de esos sujetos con los
que tienes que discutir y volver a discutir para lograr que vean la luz. Sabes
de antemano que nunca la verá. Por ello cambié de tema. Y dije:
—¿Y la máquina del tiempo?
Tío Otto me aventaja unos treinta centímetros en estatura, pesa cerca de
catorce kilos más y es fuerte como un buey. Cuando me rodea el cuello con las
manos y me sacude, tengo que limitar mi papel en el conflicto a ponerme de
color morado.
Y morado me volví, como era de rigor.
Él dijo:
—¡Sssiiittt!
Y yo entendí la idea.
Entonces me soltó y dijo:
—Nadie sabe nada del Proyecto X. —Y repitió ponderosamente—: El Proyecto
X. ¿Comprendes?
Hice un signo afirmativo. De ningún modo habría podido hablar con una
laringe que iba reponiéndose muy lentamente.
—No quiero que me creas sobre mi palabra —dijo—. Para ti voy una
demostración a hacer.
Procuré quedarme cerca de la puerta.
—¿Traes un pedazo de papel con letra tuya escrito? —preguntó.
Rebusqué por el bolsillo interior del chaleco. Guardaba unas notas para
una posible defensa de un posible cliente en un posible día futuro.
Tío Otto dijo:
—No me lo enseñes. Desgárralo, nada más. A pequeños pedazos desgárralo y
en este vaso de análisis los trozos pon.
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Rompí el papel en ciento veintiocho pedazos.
Él los examinó pensativamente y se puso a ordenar botones de una… humm…
una máquina. La tal máquina llevaba adosada una pequeña repisa de vidrio
opalino que parecía la batea de un dentista.
Hubo una pausa. Él seguía ordenando. Luego exclamó:
—¡Ajá! —Y yo emití un sonido raro, que no traduzco en letras.
Unos cinco centímetros más arriba de la batea había una cosa que parecía
un trozo de papel peludo. Mientras yo miraba, quedó enfocado y… oh, vaya, ¿por
qué darle demasiada importancia? Eran mis notas. Mi letra. Perfectamente
legible. Perfectamente legítima.
—¿Hay inconveniente en que lo toque? —Yo estaba un poco ronco, en parte
por la sorpresa, y en parte por la dulce manera que tenía tío Otto de imponer
el secreto.
—No se puede —contestó, pasando la mano al través. El papel continuaba
allí detrás, intacto—. Es sólo una imagen en un foco de un paraboloide
tetradimensional. El otro foco se halla en un punto del tiempo anterior al
momento en que lo has desgarrado.
Yo también lo atravesé con la mano. Yo no sentí nada.
—Ahora mira —dijo. Hizo girar un botón de la máquina y la imagen del
papel se desvaneció. Entonces sacó unos cuantos trozos de papel del montón, los
arrojó al cenicero y les acercó una cerilla. Luego echó las cenizas al
fregadero y las hizo desaparecer por el tubo. Hizo girar nuevamente el botón y
otra vez apareció el papel; aunque con una diferencia. Faltaban unos trozos
irregulares.
—¿Los pedazos quemados? —pregunté.
—Exactamente. La máquina debe recorrer el tiempo a lo largo de los
hipervectores de las moléculas sobre las cuales se enfoca. Si ciertas moléculas
están dispersas por el aire… ¡pff-f-ft!
Tuve una idea.
—Supongamos que dispusiera solamente de las cenizas de un documento.
—Entonces sólo podríamos seguir la pista de esas moléculas.
—Pero quedarían tan bien distribuidas —señalé—, que obtendría una
imagen, aunque borrosa, del documento.
—Hummm. Quizás.
La idea me entusiasmaba cada vez más.
—Bueno, pues, oiga, tío Otto. ¿Sabe cuánto pagarían por una máquina como
ésa muchos departamentos de policía? Sería un don del cielo para los agentes…
Me interrumpí. No me gustaban los bufidos que tío Otto soltaba. Y
pregunté, muy cortés:
—¿Decía usted algo, tío?
Él conservaba una calma notable. Al hablar, su voz apenas pasaba de un
berrido.
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—De una vez para siempre, sobrino. Mis inventos yo, de ahora en
adelante, por mi cuenta explotaré. Primero debo algún capital inicial obtener.
Capital de otra fuente que la de mis ideas vender. Después de lo cual, una
fábrica para mis flautas manufacturar abriré. Eso en primer lugar. Después,
después, con las ganancias puedo maquinaria vector-tiempo manufacturar. Pero
primero mis flautas. Antes que nada, mis flautas. Anoche, así lo juré.
»Por el egoísmo de unos cuantos el mundo de gran música se está
privando. ¿Debe mi nombre a la historia como un asesino pasar? ¿Debe el Efecto
Schlemmelmayer una manera de freír cerebros humanos ser? ¿O debe hermosa música
a la mente traer? Grande, maravillosa, perdurable música.
Tenía una mano levantada en actitud oratoria… la otra se la había
llevado a la espalda. Las ventanas producían un zumbido agudo al vibrar bajo el
impacto de sus palabras.
—Tío Otto, que le oirán —advertí precipitadamente.
—Entonces, deja de gritar —replicó.
—Pero, oiga —protesté—, ¿cómo piensa obtener el capital inicial, si no
quiere explotar esa maquinaria?
—No te lo he contado. Puede hacer una imagen real. Y si resulta una
imagen valiosa, ¿qué me dices?
Esto parecía excelente.
—¿Quiere decir algo así como un documento perdido, un manuscrito, una
primera edición… cosas de ese calibre?
—Pues no. Hay una pega. Dos pegas. Tres pegas.
Yo aguardé a que parase de contar; pero parecía ser que el limite era
tres.
—¿Qué pegas? —inquirí.
—Primera —respondió—, que debo tener el objeto en el presente para
enfocarlo; de lo contrario no puedo localizarlo en el pasado.
—¿Quiere decir que no puede encontrar nada que no exista actualmente, en
un lugar donde usted pueda verlo?
—Sí.
—En ese caso, las pegas números dos y tres son puramente académicas.
Pero, de todos modos, ¿en qué consisten?
—Sólo puedo traer del pasado un gramo de materia, aproximadamente. ¡Un
gramo! ¡La milésima parte de un kilogramo! —¿Qué pasa? ¿No dispone de bastante
energía?
Tío Otto contestó con acento irritado:
—Se trata de una relación exponencial inversa. Ni toda la energía del
universo más que acaso dos gramos traer no podría.
Eso ponía la situación más bien nublada.
—¿Y la tercera pega? —pregunté.
—Pues… —El hombre titubeaba—. Cuanto más separados los focos, tanto más
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elástico el lazo. Cierta distancia ha de existir antes de que al
presente se pueda traer.
En otras palabras, hacia el pasado al menos ciento cincuenta años hay
que retroceder.
—Comprendo —dije, aunque en realidad no lo comprendía.
Yo procuraba expresarme como un abogado.
—Resumiendo: usted quiere traer del pasado algo que le permita reunir un
capitalito. Ha de ser algo que exista y que usted pueda ver; de manera que no
puede ser un objeto perdido, de valor histórico o arqueológico. Ha de pesar
menos de un gramo, de modo que no puede ser el diamante Kullinan ni cosa
parecida. Ha de tener ciento cincuenta años de antigüedad al menos, de modo que
no puede ser un sello raro.
—Exacto —dijo tío Otto—. Lo has captado perfectamente.
—¿Qué he captado? —Medité un par de segundos. Luego dije—: No se me
ocurre nada. Bueno, adiós, tío Otto.
No creía que me saliera bien; pero intenté marcharme.
No salió bien. Las manos de tío Otto descendieron sobre mis hombros y me
quedé de puntillas sobre un par de centímetros de aire.
—Me arrugará la chaqueta, tío Otto.
—Harold —dijo él—, como abogado a su cliente, me debes algo más que un
adiós precipitado.
—No he cobrado anticipo alguno, comprometiéndome —logré gargarizar.
El cuello de la camisa empezaba a oprimir en exceso el mío propio. Probé
de deglutir, y el primer botón salió disparado.
—Entre parientes, el dar un anticipo es una formalidad baladí —razonaba
mi tío
—. Por mi condición de cliente y de tío tuyo me debes una fidelidad
absoluta. Además, si no me ayudas a salir de este apuro, te ataré las piernas
detrás del cuello y te bloquearé como si fueses una pelota de baloncesto.
Como abogado que soy, la lógica me infunde mucho respeto. —Me entrego
—dije—. Me rindo. Usted gana.
Él me dejó caer.
Y entonces… (ésta es la parte que me parece más increíble cuando vuelvo
la vista hacia la aventura en conjunto)… tuve una idea.
Fue la ballena de las ideas. Un monstruo. Esa idea en toda una vida que
todo el mundo tiene sólo una vez.
Por el momento, no le expliqué toda la cuestión a tío Otto. Quería pasar
unos días meditándolo. En cambio, si le dije lo que había que hacer. La dije
que tendría que irse a Washington. No fue fácil convencerle a fuerza de
discursos; aunque, por otra parte, si ustedes conocieran a tío Otto, hay
ciertos medios…
Encontré dos billetes de diez dólares asomando lamentablemente en mi
cartera y se los di.
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—Comprobaré cuánto vale el billete del tren, y usted podrá quedarse con
los veinte dólares, si resulta que no me porto honradamente.
Él reflexionó.
—Tonto para arriesgar veinte dólares por nada tampoco lo eres —admitió.
Tenía razón, además…
Volvió a los dos días y me comunicó qué objeto había enfocado. Al fin y
al cabo, estaba en una caja llena de nitrógeno y herméticamente cerrada; pero
tío Otto dijo que no importaba. De regreso al laboratorio, unos seiscientos
kilómetros más allá, el enfoque continuaba perfecto. También fue tío Otto quien
me lo aseguró.
Yo dije:
—Dos cosas, tío Otto, antes de hacer nada.
—¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? —Y siguió mucho más rato—: ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué?
¿Qué?
Colegí que le dominaba la ansiedad. Y dije:
—¿Está seguro de que si traemos al presente un fragmento de un objeto
perteneciente al pasado, ese fragmento no desaparecerá del objeto tal como
ahora exista?
Tío Otto hizo sonar los largos nudillos y dijo:
—Creamos materia nueva, no robamos la vieja. ¿Para qué otro fin enormes
cantidades de energía necesitaríamos?
Yo pasé al segundo punto.
—Y mis honorarios, ¿qué?
Acaso ustedes no lo crean, pero hasta entonces no había mencionado el
dinero para nada. Tampoco lo había mencionado tío Otto. En su caso, era muy
lógico.
Los labios se le estiraron en una mala imitación de una sonrisa
afectuosa. —¿Honorarios?
—El diez por ciento de lo que usted cobre —le dije.
El hombre abrió la boca de sorpresa.
—Pero ¿a cuánto ascenderá lo que cobre?
—Quizá ascienda a cien mil dólares. A usted le corresponderían noventa
mil. —¡Noventa mil…! ¡Himmel! Entonces, ¿a qué esperamos?
Saltó hacia la máquina y al medio minuto el espacio de encima de la
bandeja del dentista brillaba con la imagen de un pergamino.
Aquello aparecía cubierto de una letra pulcra, juntita, como si fuese
una anotación para un premio de caligrafía antigua. Al final de la hoja había
unos nombres: uno grande y cincuenta y cinco pequeños.
¡Cosa curiosa! Me quedé sin aliento. Yo había visto muchas
reproducciones, pero aquello era el documento original. ¡Era la auténtica
Declaración de Independencia!
—¡Que me cuelguen! —exclamé—. Lo ha conseguido.
—¿Y los cien mil? —inquirió tío Otto, pasando al punto concreto.
Había llegado el momento de darle una explicación.
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—Mire, tío, al final del documento hay firmas. Son los nombres de
americanos eminentes, padres de su patria, a quienes todos reverenciamos.
Cualquier cosa relativa a ellos interesa a todos los americanos.
—De acuerdo —refunfuñó tío Otto—, te acompañaré tocando el Stars and
Stripes Forever con la flauta.
Solté prestamente la carcajada para demostrar que tomaba a broma el
comentario. Porque si no era una broma, no había quien lo resistiera. ¿Han oído
alguna vez a mi tío tocando el Stars and Stripes Forever con la flauta?
—Uno de los firmantes —expliqué—, procedente del Estado de Georgia,
murió en 1777, al año siguiente de haber firmado la Declaración. No dejó muchos
recuerdos, de modo que las firmas auténticas suyas figuran entre las más
valiosas del mundo. Se llamaba Button Gwinnett.
—Pero ¿de qué nos sirve eso para ganar dinero? —preguntó tío Otto,
siempre con la mente ceñudamente fija en las verdades eternas del universo.
—Aquí —respondí sencillamente— tenemos una firma auténtica, verdadera,
de Button Gwinnett, en la mismísima Declaración de Independencia.
Tío Otto había quedado tan pasmado que guardaba un silencio absoluto, ¡y
conste que para imponer un silencio absoluto a tío Otto hay que dejarlo
realmente pasmado!
—Pues ahora —dije yo—, ahí la tiene, exactamente en el extremo izquierdo
del espacio reservado para las firmas, junto con los otros dos firmantes de
Georgia: Lyman Hall y George Walton. Advertirá usted que amontonaron las firmas
a pesar de haber espacio abundante encima y debajo. La verdad es que la G
mayúscula de Gwinnett desciende hasta entrar en contacto prácticamente con el
apellido de Hall. Por consiguiente, no trataremos de separarlos. Los grabaremos
todos. ¿Puede encargarse de ello?
¿Han visto jamás un perro sabueso que pusiera semblante de estar
contento? Pues mi tío Otto consiguió ponerlo.
Una mancha de luz más intensa se posó sobre los nombres de los tres
firmantes de Georgia.
Tío Otto dijo, un poquitín cortado el aliento: —Hasta hoy, jamás había
hecho este experimento. —¿Qué? —grité yo. Ahora me lo decía.
—Habría demasiada energía requerida. No deseaba que la universidad
indagara qué estaba ocurriendo aquí. ¡Pero no te apures! Mis matemáticas no
pueden estar equivocadas.
Yo recé en silencio para que sus matemáticas no estuviesen equivocadas.
La luz se hizo aún más brillante y se levantó un zumbido que fue
llenando el laboratorio de un ruido áspero. Tío Otto hizo girar un botón, luego
otro, y luego un tercero.
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¿Se acuerdan ustedes de aquella vez, hace sólo unas semanas, que todo el
Manhattan alto y el Bronx se quedaron doce horas sin electricidad a causa del
más condenado corte por exceso de carga en la central generadora principal? No
diré que fuese culpa nuestra, porque no tengo ganas de que me procesen por
daños y perjuicios; pero sí diré lo que sigue: la corriente cesó cuando tío
Otto hizo girar el tercer botón.
Fuera del laboratorio, todas las luces se apagaron y me encontré en el
suelo con unos zumbidos terribles en los oídos. Tío Otto estaba tendido sobre
mí.
Nos ayudamos recíprocamente a ponernos en pie, y tío Otto encontró una
lámpara eléctrica. Un momento después aullaba de angustia:
—Fundida. Fundida. Mi máquina en ruinas está. A la destrucción entregada
ha sido.
—Pero ¿y las firmas? —le grité—. ¿Las tiene?
Él se interrumpió a mitad de un grito.
—No lo he mirado.
Mientras lo miraba, cerré los ojos. La desaparición de cien mil dólares
no es cosa para mirarla tan tranquilamente.
—¡Ah! ¡Ah! —gritó él. Y yo abrí los ojos al momento. Tenía en la mano un
trozo cuadrado de pergamino de unos cinco centímetros de lado. Había en él tres
firmas, y la de arriba de todas era la de Button Gwinnett.
Bueno, fíjense bien, la firma era absolutamente auténtica. No era una
falsificación. No había ni un átomo de fraude en el negocio aquél. Quiero que
se comprenda bien esto. En la ancha mano de mi tío reposaba una firma trazada
por la georgiana mano del mismísimo Button Gwinnett en el pergamino auténtico,
real y verdadero de la fidedigna, realísima y autentiquísima Declaración de
Independencia.
Decidimos que tío Otto se trasladarla a Washington con el pedazo de
pergamino Yo no servía para el caso. Yo era abogado. Se supondría que estaba
demasiado enterado. En cambio, él era meramente un genio científico; de él no
se supondría que supiera nada. Además, ¿quién podría sospechar que el doctor
Schlemmelmayer fuese capaz de nada más que de la honradez más prístina?
Nos pasamos una semana retocando nuestra versión. Yo compré un libro
para el caso (una vieja historia de la Georgia colonial) en una librería de
ocasión. Mi tío Otto se lo llevaría consigo y afirmaría haber encontrado un
documento entre sus páginas; una carta al Congreso Continental en nombre del
Estado de Georgia. Pero al verlo levantó los hombros con indiferencia y sostuvo
el pergamino sobre un mechero «Bunsen». ¿Qué interés había de sentir un físico
por una carta? Luego se dio cuenta del olor peculiar que despedía al arder y de
la lentitud con que se consumía. Apagó
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las llamas, pero sólo pudo salvar el trozo con las firmas. Al mirarlas,
el nombre de Button Gwinnett hizo vibrar una delgada fibra de su memoria.
Él se aprendió la versión al pie de la letra. Yo quemé los bordes del
pergamino de forma que el nombre del fondo, el de George Walton, se chamuscara
un poco.
—Así parecerá más real —expliqué—. Por supuesto, una firma sin una carta
encima pierde valor; pero aquí tenemos tres firmas; las de los tres
representantes.
Tío Otto estaba pensativo.
—¿Y si comparan las firmas con las de la Declaración y se dan cuenta de
que hasta miradas al microscopio son idénticas, no de fraude sospecharán?
—Ciertamente. Pero ¿qué pueden hacer? El pergamino es auténtico. La
tinta es auténtica. Las firmas son auténticas. Tendrán que reconocerlo. Por más
que sospechen algo raro, no podrán probar nada. ¿Se les puede ocurrir la idea
de retroceder en el tiempo para saber la verdad? Ojalá armaran mucho revuelo
sobre el caso. La publicidad haría subir el precio.
Esta última frase arrancó una carcajada a tío Otto.
Al día siguiente, el inventor subió al tren para Washington contemplando
mentalmente constelaciones de flautas. Flautas largas, flautas cortas, flautas
bajas, flautas trémolo, flautas macizas, micro-flautas, flautas para solo y
flautas para orquesta. Un mundo de flautas para música modulada con la mente.
—Recuerda —fueron sus últimas palabras—, la máquina dinero no tengo para
reconstruir. Esto debe salir bien.
—No puede fallar, tío Otto —dije yo.
¡Ah!
Al cabo de una semana estaba de vuelta. Yo había hablado con él, por
teléfono, todos los días, y todos los días me había contestado que estaban
investigando.
Investigando.
Claro, ¿no investigarían ustedes? Mas ¿de qué había de servirles?
Yo estaba en la estación esperándole. Su cara permanecía inexpresiva. No
me atrevía a preguntarle nada en público. Tenía muchas ganas de inquirir:
«Bueno, ¿qué? ¿Sí o no?», pero pensé: «Dejemos que hable él.»
Lo llevé a mi oficina. Le ofrecí un cigarro y un trago. Escondí las
manos bajo la mesa, con lo cual sólo logré que la mesa bailotease también; de
modo que me las puse en los bolsillos y temblé todo yo entero.
—Investigaron —dijo él.
—¡Claro! Ya le dije que investigarían. ¡Ja, ja, ja! ¿Ja, ja?
Tío Otto dio una larga chupada al cigarro. Dijo:
—El encargado de la Oficina de Documentos se acercó a mí y me dijo:
«Profesor Schlemmelmayer, usted es víctima de un fraude inteligente.» Yo
respondí: «¿Sí? ¿Y cómo puede ser un fraude? ¿Acaso la firma una falsificación
es?» Y él respondió:
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«En verdad que no parece una falsificación, ¡pero ha de serlo!» «¿Y por
qué ha de serlo?», repliqué yo.
Tío Otto dejó el puro, dejó el vaso y se inclinó hacia mí por encima de
la mesa. Me tenía tan intrigado que yo me incliné hacia él, así que, en cierto
modo, me hice acreedor a lo que me sucedió.
—Eso es, precisamente —balbuceé—, ¿por qué ha de serlo? No pueden probar
ninguna anormalidad en ella, porque es auténtica. ¿Por qué ha de ser un fraude,
eh? ¿Por qué?
La voz de tío Otto tenía un acento dulzón.
—¿Sacamos el pergamino del pasado? —preguntó.
—Sí. Sí. Usted sabe que lo sacamos.
—Muy pasado.
—Más de ciento cincuenta años atrás. Usted dijo…
—Y ciento cincuenta años atrás el pergamino en el que escribieron la
Declaración de Independencia bonitamente nuevo estaba, ¿no?
Yo empezaba a entender el problema, aunque no con bastante rapidez.
La voz de tío Otto cambió de marcha y se convirtió en rugido opaco,
retumbante: —Y si Button Gwinnett en 1777 murió, ¡so cabeza de leño abandonada
de Dios!, ¿cómo se puede encontrar una firma suya auténtica en un pedazo nuevo
de
pergamino?
Después de lo cual todo se redujo a que el mundo se precipitaba adelante
y atrás a mi alrededor.
Espero que pronto podré volver a tenerme en pie. Todavía me duele todo
el cuerpo; pero los médicos me dicen que no se me rompió ningún hueso.
Con todo, tío Otto no me tuvo que obligar a tragarme el maldito
pergamino.
Si confié en que a resultas de estos cuentos se me reconociera como a un
maestro del humor, creo que fracasé.
L. Sprague de Camp, uno de los escritores de ciencia ficción y fantasía
que cosechaba mayores éxitos, se refería a mí en los siguientes términos, en su
Science Fiction Handbook (Hermitage House, 1953), que, como ustedes ven,
apareció poco después de aquellas, en mi opinión, afortunadas incursiones mías
por el campo del humor:
«Asimov es un individuo vigoroso, de aspecto joven, con el cabello
castaño y ondulado, ojos azules y unas maneras exuberantes, joviales,
efervescentes, a quien sus amigos aprecian mucho por su carácter generoso y
afectivo. Extremadamente sociable, lógico y ocurrente, le gusta libar en
diversos cálices. Esta vena de humor
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oral contrasta con la sobriedad de sus narraciones.» ¡Sobriedad!
Por otra parte, doce años después, Groff Conklin incluía Button, Button
en su antología 13 Above the Night (Dell, 1965) y decía, en parte: «Cuando el
Buen Doctor… decide tomarse un día de vacaciones y hacerse el gracioso, es
indudable, sabe ser gracioso de veras…»
Bien, aunque tanto Groff como Sprague eran buenos amigos míos (Groff ha
fallecido ya, por desgracia), no cabe duda de que en este caso concreto yo
opino que Groff manifiesta buen gusto, mientras que Sprague no da una.
De paso, y antes de seguir adelante, convendrá que explique la
ocurrencia ésa del «carácter generoso y afectivo» que me atribuye Sprague y que
quizá desconcierte a los que me tienen por un bruto perverso y corrompido.
Creo que el prejuicio de Sprague en mi favor se funda en un solo
incidente. Ocurrió en 1942, cuando Sprague y yo trabajábamos en los Astilleros
Navales de
Filadelfia. Estábamos en guerra, y necesitábamos placas para entrar.
Cualquiera que olvidara la suya tenía que vérselas una hora entera con la
burocracia para conseguir una temporal, le penalizaban con el sueldo de una
hora, y anotaban la odiosa falta en su historial.
Al encaminarnos hacia la puerta de entrada, aquel día, el semblante de
Sprague adquirió un color verde pastel, y dijo:
—¡He olvidado mi placa!
Estaba en camino de que le concedieran el grado de teniente de la Armada
y temía que hasta una ligera mancha en su historial civil pudiera obrar un
efecto pernicioso para el ascenso.
Yo, en cambio, no iba camino de nada, y estaba tan acostumbrado, desde
mis días de colegial, a que me enviaran al despacho del director, que los
gritos que pudieran dirigirme las autoridades constituidas no me atemorizaban
en absoluto. De modo que le entregué mi placa y le dije:
—Entra, Sprague, y ponte ésta en la solapa.
Entró y, en efecto, no le miraron la placa. Yo declaré haber perdido la
mía y sufrí las penalizaciones.
Sprague no olvidó jamás aquel incidente. Todavía hoy anda por ahí
contándole a la gente lo buen muchacho que soy, a pesar de que todo el mundo le
mira con ojo incrédulo. Aquel solo e impulsivo gesto ha dado origen a toda una
vida de ferviente propaganda pro-Asimov. Haz bien y no mires a quién…
Pero sigamos adelante.
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EL DEDO DEL MONO
—Sí. Sí. Si. Sí. Sí. Sí. Sí. Sí. Sí. Sí. Sí. Sí. Sí. Sí. Sí. Sí —dijo
Marmie Tallinn con dieciséis inflexiones y en dieciséis tonos distintos,
mientras la manzana de Adán de su largo cuello subía y bajaba convulsivamente.
Era un escritor de ciencia ficción.
—No —replicó Lemuel Hoskins, con una mirada pétrea a través de las gafas
con montura de acero. Era un editor de ciencia ficción.
—Entonces usted no quiere aceptar una prueba científica. No quiere
escucharme. No quiere que dé mi voto, ¿no? —Marmie se levantó sobre las puntas
de los pies. Volvió a bajar, repitió el movimiento varias veces e inspiró
profundamente. Tenía el negro cabello apelotonado en mechones formados bajo la
presión de los dedos.
—Uno contra dieciséis —respondió Hoskins.
—Oiga —dijo Marmie—, ¿por qué ha de estar siempre en lo cierto? ¿Y por
qué he de estar yo siempre equivocado?
—Mire la realidad cara a cara, Marmie. A cada uno se le juzga desde
dentro de su propio campo. Si la difusión de la revista descendiese, yo sería
un fracasado. Me cogerían de la oreja y me echarían a la calle. El presidente
de Space Publishers no haría preguntas, créame. Se limitaría a examinar las
cifras. Pero la tirada de la revista no disminuye, sino que aumenta. Lo cual me
eleva a la categoría de buen editor. En cuanto a usted… cuando los editores
aceptan sus trabajos, es un talento. Cuando se los rechazan, es un patán. Por
el momento, es un patán.
—Ya sabe, hay otros editores. Usted no es el único. —Marmie levantaba
las manos, con los dedos separados—. ¿Sabe contar? He ahí el número de revistas
de ciencia ficción del mercado que aceptarían muy gustosas una narración de
Tallinn, sin leerla siquiera.
—Gesundheit —exclamó Hoskins. (En alemán, significa salud.)
—Oiga —la voz de Marmie se dulcificó—, usted quería dos cambios, ¿no es
cierto? Quería una escena para introducir la batalla en el espacio. Bueno, pues
se lo concedí. Está aquí, precisamente. —Y blandió el original bajo la nariz de
Hoskins, el cual se apartó como si aquello oliera mal.
—Pero, además, quería —prosiguió Marmie— que interrumpiera la escena en
el casco de la nave espacial para dirigir una mirada retrospectiva al interior.
Esto no se lo puedo conceder. Si procediera a este cambio, arruinaría el final,
que, tal como está ahora, tiene sentimiento, y profundidad, y emoción.
El editor Hoskins se arrellanó en el sillón y apeló a su secretaria,
quien había estado todo el rato escribiendo a máquina calladamente. La
secretaria estaba habituada a tales escenas.
—¿Lo ha oído, señorita Kane? Él habla de sentimiento, profundidad y
emoción. ¿Qué sabe un escritor de semejantes cosas? Oiga, introduciendo la
mirada retrospectiva, aumenta la intriga; da más solidez al argumento; lo hace
más válido.
—¿Cómo lo hago más válido? —gritó Marmie, dolorido—. ¿Quiere decir que
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hacer que un puñado de hombres encerrados en una nave espacial se pongan
a discutir de política y sociología mientras corren grave riesgo de saltar en
pedazos da mayor verosimilitud al argumento? ¡Oh, Dios mío!
—No puede hacer otra cosa. Si espera a que haya pasado el momento
supremo para ponerse a hablar luego de política y sociología, el lector cerrará
el libro y se irá a la cama.
—Estoy tratando de demostrarle que se equivoca y que puedo probarlo.
¿Para qué perder el tiempo discutiendo, si he dispuesto un experimento
científico…?
—¿Qué experimento científico? —Hoskins apeló de nuevo a su secretaria—.
¿Qué le parece, señorita Kane? Cree ser uno de sus propios personajes.
—Se da el caso de que conozco a un científico.
—¿A quién?
—Al doctor Arndt Torgesson, profesor de psicodinámica en Columbia.
—No le había oído nombrar jamás.
—Lo cual significa mucho, supongo —replicó Marmie con desprecio—. Usted
no le ha oído nombrar. Usted no había oído nombrar jamás a Einstein hasta que
los que escriben en su revista empezaron a nombrarle en los cuentos.
—Muy humorístico. Todo un chiste. ¿Qué hay de ese Torgesson?
—Ha elaborado un sistema para determinar científicamente el valor de un
escrito. Es un trabajo tremendo. Es…, es…
—¿Y es secreto?
—Claro que lo guarda en secreto. No es profesor de ciencia ficción. En
ciencia ficción, cuando a uno se le ocurre una teoría, la comunica a los
periódicos inmediatamente. En la vida real, no se hace así. A veces un
científico se pasa años y años experimentando antes de imprimir sus teorías.
Publicar algo es una cosa muy seria.
—Entonces, ¿cómo es que está enterado usted? Es una pregunta, nada más.
—Se da el caso de que el doctor Torgesson es un admirador mío. Se da el
caso de
que mis cuentos le gustan. Se da el caso de que me considera el mejor
escritor de
fantasías que hay en el mercado.
—¿Y le enseña sus trabajos?
—En efecto. Yo ya daba por descontado que usted se mostraría tozudo
respecto a este cuento inverosímil y le he pedido que realizara un experimento
ante nuestros propios ojos. Me ha dicho que lo hará, a condición de que no lo
divulguemos. Dijo que sería un experimento interesante. Dijo que…
—¿Qué puede haber de gran secreto en eso?
—Pues… —Marmie titubeaba—. Oiga, suponga que le dijera que tiene un mono
capaz de escribir Hamlet a máquina, sacándoselo de la cabeza.
Hoskins miró alarmado a Marmie.
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—¿Qué está tramando? ¿Una broma pesada? —Y Otra vez recurrió a la
señorita Kane—. Cuando un escritor se ha dedicado a la ciencia ficción diez
años seguidos, no es de fiar, si uno no tiene cerca la jaula especial donde
encerrarle.
La señorita Kane siguió tecleando, siempre a la misma velocidad. Marmie
insistió:
—Ya me ha oído; un mono corriente, con un aspecto más divertido aún que
el del tipo normal de director de revista. Le pedí audiencia para esta tarde.
¿Vendrá usted conmigo, o no?
—Por supuesto que no. ¿Cree que abandonaría una pila de originales que
me llega hasta aquí —y se señaló la laringe moviendo la mano de canto como para
cortársela—, por sus estúpidas bromas? ¿Se figura que voy a servirle de
comparsa?
—Si esto tiene siquiera una apariencia de broma, Hoskins, le pago una
comida en el restaurante que usted elija. La señorita Kane es testigo.
Hoskins se arrellanó en el sillón.
—¿Me paga una comida? ¿Usted, Marmaduke Tallinn, la lombriz solitaria
más conocida de Nueva York, que siempre come a crédito, se hará cargo de la
cuenta?
Marmie hizo una mueca; no por la referencia a la facilidad con que se
descuidaba de pedir la cuenta de una comida, sino al oír pronunciar su primer
nombre todo entero, con aquellas tres sílabas horribles… Pero dijo:
—Lo repito. Una comida a mi costa, donde usted quiera y pidiendo lo que
le venga en gana. Chuletas, setas, pechugas de gallina de Guinea, caimán
marciano… en fin, todo.
Hoskins se puso en pie y cogió el sombrero de encima del
armario-archivo. —Por la posibilidad de verle desplegar unos cuantos billetes
antiguos, de esos
grandes —dijo—, que guarda en el talón con falso fondo del zapato
izquierdo desde 1928, sería capaz de ir hasta Boston andando…
El doctor Torgesson se sintió muy honrado. Estrechó calurosamente la
mano de
Hoskins y dijo:
—Leo Space Yarns desde que llegué a este país, señor Hoskins. Es una
revista excelente. Y me encantan muy especialmente las narraciones del señor
Tallinn.
—¿Lo oye? —dijo Marmie.
—Lo oigo. Marmie dice que usted posee un mono dotado de talento,
profesor. —Sí —admitió Torgesson—, pero, por supuesto, esto ha de quedar entre
nosotros. Todavía no estoy en situación de publicar nada, y una
divulgación prematura podría significar mi ruina profesional.
—Queda estrictamente en el secreto del sumario editorial, profesor.
—Bien, bien. Siéntense, caballeros, siéntense. —Y se puso a ir y venir
por delante de ellos—. ¿Qué le has dicho al señor Hoskins de mis trabajos,
Marmie?
—Ni una palabra, profesor.
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—Bueno, señor Hoskins, dada su condición de director de una revista de
ciencia ficción, no es necesario que le pregunte si sabe algo de cibernética.
Hoskins permitió que una mirada de inteligencia concentrada se filtrara
más allá de los aros de acero de sus gafas.
—Ah, sí —dijo—. Máquinas computadoras… —M. I. T… «Norbert Weiner»… Y
murmuró unas cuantas marcas más.
—Sí, sí. —Torgesson deambulaba más aprisa—. Entonces debe de saber que,
siguiendo los principios de la cibernética, se han construido computadoras que
juegan al ajedrez. En sus circuitos se han introducido las reglas del juego y
la meta perseguida. Dada una posición cualquiera en el tablero, la máquina
puede computar todos los movimientos posibles, junto con las consecuencias que
acarrearían, y luego elegir el que ofrezca más posibilidades de ganar la
partida. Hasta se puede lograr que tome en cuenta el temperamento del
adversario.
—¡Ah, sí! —exclamó Hoskins, acariciándose profusamente el mentón.
—Ahora imaginen una situación similar —continuó Torgesson— en la que a
una máquina computadora se le pueda dar un fragmento de una obra literaria a la
que seguidamente la máquina pueda añadir palabras de su completa reserva de
vocabulario, de manera que queden satisfechos los más altos valores literarios.
Naturalmente, a la computadora habría que enseñarle el significado de las
diversas teclas de una máquina de escribir. Por supuesto, una computadora así
habría de ser muchísimo más complicada que la de jugar al ajedrez.
Hoskins se revolvía inquieto.
—El mono, profesor. Marmie habló de un mono.
—Sí, a eso quiero ir a parar —dijo Torgesson—. Naturalmente, no se ha
construido ninguna máquina bastante compleja. Ah, pero… el cerebro humano… El
cerebro humano es por sí mismo una máquina computadora. Por supuesto, no podría
utilizar un cerebro humano. Por desgracia, la justicia no me lo permitiría.
Pero hasta un cerebro de mono, arreglado convenientemente, puede hacer más que
ninguna máquina que el hombre haya construido en todos los tiempos. ¡Esperen!
Voy a buscar al pequeño Rollo.
El sabio salió de la habitación. Hoskins esperó un momento; luego miró
recelosamente a Marmie, y dijo:
—¡Oh, vaya!
—¿Qué pasa? —preguntó Marmie.
—¿Qué pasa? Que ese hombre es un embaucador. Dígame, Marmie, ¿dónde
contrató a ese marrullero?
Marmie se sentía ofendido.
—¿Marrullero? Ésta es la auténtica oficina del profesor, en Fayerweather
Hall, de la Columbia. Confío que habrá reconocido Columbia. Ha visto la estatua
del Alma Mater en la Calle 116. Yo mismo le he señalado la oficina de
Eisenhower.
—Sin duda, pero…
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—Y ésta es la oficina del doctor Torgesson. Mire el polvo. —Sopló sobre
un libro de texto y levantó nubes enteras—. El polvo, por sí solo, le
demostraría que es una oficina de sabio auténtica. Y fíjese en el título de
este libro: Psicodinámica de la conducta humana, por el profesor Arndt Rolf
Torgesson.
—Concedido, Marmie, concedido. Existe un Torgesson y ésta es su oficina.
El cómo supiera usted que el verdadero Torgesson estaba de vacaciones y cómo se
las haya compuesto para poder utilizar su oficina, es un misterio para mí. Pero
¿intenta usted hacerme creer que ese bufón con monos y computadoras es el
personaje auténtico? ¡Ah!
—Con un carácter receloso como el de usted, sólo puedo presumir que tuvo
una infancia desdichada, que se veía rechazado por todos.
—No, me viene del trato con escritores, Marmie. Ya tengo elegido el
restaurante, y le advierto que la broma le costará sus buenos centavos.
Marmie lanzó un bufido:
—La broma no me costará ni el peor centavo que usted me haya pagado
jamás.
Silencio, el profesor vuelve.
Con el profesor, agarrado a su cuello, venía un mono cébido de aire muy
melancólico.
—Éste —dijo Torgesson— es el pequeño Rollo. Saluda, Rollo.
El mono se llevó la mano al copete.
—Está cansado, me temo —añadió el profesor—. Bien, aquí tengo un
fragmento escrito por él.
Dejó al mono en el suelo, permitiéndole que se le agarrase al dedo
índice mientras él sacaba dos hojas de papel del bolsillo de la chaqueta y las
entregaba a Hoskins. Éste leyó:
—«Ser o no ser; ésa es la cuestión. Si es más noble, espiritualmente,
sufrir las pedradas y las flechas de la mala fortuna, o tomar las armas contra
una hueste de conflictos, y ponerles fin, enfrentándose con ellos. Morir:
dormir; no más: y por dormir decir que nosotros…» —Aquí levantó la vista y
preguntó—: ¿El pequeño Rollo escribió esto?
—No así exactamente. Eso es una copia de lo que escribió él.
—¡Ah, una copia! Bien, el pequeño Rollo no conoce bien a Shakespeare.
Dice en realidad: «Tomar las armas contra un mar de conflictos.»
Torgesson hizo un signo afirmativo.
—Está en lo cierto, señor Hoskins. En efecto, Shakespeare escribió
«mar». Pero usted puede ver que eso es una metáfora mixta. No se combate al mar
con armas. Se combate a una hueste, o a un ejército. Rollo eligió la palabra
precisa y escribió «hueste». Es una de las poquísimas equivocaciones cometidas
por Shakespeare.
—Veamos cómo escribe a máquina —dijo Hoskins.
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—Por supuesto. —El profesor hizo rodar una mesita que sostenía una
máquina de escribir, de la que salía un hilo conductor—. Es necesario utilizar
una máquina eléctrica —explicó—. De otro modo el esfuerzo físico sería
excesivo. También es necesario conectar al monitor con este transformador.
Así lo hizo, utilizando dos electrodos que sobresalían unos tres
milímetros del pelaje del cráneo de la bestezuela.
—Rollo —dijo— fue sometido a una delicadísima operación cerebral en la
que conectaron un haz de hilos conductores con varias regiones de su cerebro.
Así podemos reducir sus actividades voluntarias y utilizar estrictamente su
cerebro como una computadora. Me temo que los detalles resultarían…
—Veamos cómo escribe a máquina —insistió Hoskins.
—¿Qué le gustaría que escribiese? —preguntó Torgesson.
Hoskins meditaba aceleradamente.
—¿Conoce el Lepanto de Chesterton?
—No sabe nada de memoria. Escribe actuando como una computadora. Bien,
recítele usted un fragmento de la obra para que él pueda apreciar el estilo y
computar las secuencias de las primeras palabras.
Hoskins hizo un gesto de asentimiento, hinchó el pecho y tronó:
—«Blancas fuentes que manan en los patios del sol, y el Sultán de
Bizancio sonríe mientras corre el agua. Hay risa como en las fuentes en aquella
faz temida de todos los hombres; una risa que agita las tinieblas del bosque,
la negrura de su barba; que riza la media luna color sangre, y la media luna de
sus labios; pues el más recóndito mar del mundo es agitado por sus barcos…»
—Es suficiente —dijo Torgesson.
Hubo un silencio mientras esperaban. El mono miraba la máquina de
escribir con expresión solemne. Torgesson dijo:
—El proceso exige tiempo, naturalmente. El pequeño Rollo ha de tomar en
cuenta el romanticismo del poema, su sabor ligeramente arcaico, el poderoso
ritmo cantarín, etc., etc.
Y entonces un dedito negro avanzó y tocó una tecla. Era una e.
—No pone mayúsculas, ni signos de puntuación —dijo el científico— y
tampoco te puedes fiar mucho de su espaciado. Por eso suelo reescribir su
trabajo, cuando ha terminado.
El pequeño Rollo tocó la l por dos veces consecutivas, luego una o y una
s.
Luego, después de una pausa prolongada, tocó el espaciador.
—«Ellos» —leyó Hoskins.
Las palabras fueron surgiendo de manera espontánea: «ellos hanre tado a
las repu blicasblan cas dearriba delos cabos dei talia ellos sean lanzado porel
maradriaticoque rodeal leon; y el papaha tendidosus brazos alextran jero
angustiadoydes amparado y convocado alos reyes delacris tiandad paraque se
reunanjun toala cruz.»
—¡Dios mío! —exclamó Hoskins.
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—¿Así reza, pues, el fragmento? preguntó Torgesson.
—¡Por el amor de Pete! —dijo Hoskins.
—Si es así, entonces es que Chesterton realizó un trabajo bueno,
consistente.
—¡Santos inocentes! —exclamó Hoskins.
—Ya ve —dijo Marmie, dando masaje al hombro de Hoskins—, ya ve, ya ve,
ya ve. Ya ve —añadió por fin.
—¡Que me cuelguen! —dijo Hoskins.
Ahora escuche —continuó Marmie, frotándose el cabello hasta que se
levantó a mechones como el penacho de una cacatúa—, vayamos a lo que importa.
Comprobemos mi cuento.
—Bueno, pero…
—No quedará fuera de la capacidad de Rollo —le aseguró Torgesson—. Muy a
menudo le leo trozos de las mejores narraciones de ciencia ficción, incluidos
muchos cuentos de Marmie. Sorprende ver cómo mejoran algunos.
—No es eso —respondió Hoskins—. Cualquier mono escribiría una ciencia
ficción bastante mejor que algunos colaboradores que he tenido. Pero el cuento
de Tallinn tiene una extensión de trece mil palabras. El mono tardará una
eternidad en escribirlo.
—De ningún modo, señor Hoskins, de ningún modo. Yo le leeré el cuento, y
en el punto crucial le dejaremos que continúe él.
Hoskins cruzó los brazos.
—Entonces, dispare. Estoy dispuesto.
—Yo —dijo Marmie— estoy más que dispuesto. —Y cruzó los brazos a su vez.
El pobre Rollo permanecía sentado, allí, peludo fardito de desdicha
cataléptica, mientras la suave voz del doctor Torgesson subía y bajaba al
compás de una batalla de naves espaciales, con las subsiguientes luchas de los
terrestres cautivos por recobrar la nave perdida.
Uno de los personajes salía del casco de la nave espacial, y el doctor
Torgesson seguía los extravagantes acontecimientos con suave arrobo, leía:
—«… Stalny se quedó helado en el silencio de las estrellas eternas. El
dolor de la rodilla le desgarraba la consciencia mientras esperaba que los
monstruos oyeran el choque sordo y …»
Marmie tiraba desesperadamente de la manga del doctor Torgesson. Éste
levantó la vista y desconectó al pequeño Rollo.
—Eso es —dijo Marmie—. Mire usted, profesor, es aquí, poco más o menos,
donde Hoskins mete sus deditos viscosos en la masa. Yo continúo la escena fuera
de la nave espacial hasta que Stalny triunfa y la nave vuelve a manos de los
terrestres. Luego entro en explicaciones. Hoskins quiere que interrumpa esa
escena exterior, me meta dentro de nuevo, detenga la acción por espacio de dos
mil palabras, y luego
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vuelva a salir. ¿Ha oído jamás una porquería semejante?
—¿Y si dejáramos que decidiese el mono? —propuso Hoskins.
El doctor Torgesson conectó nuevamente al animalito, y un dedito negro y
encogido se acercó vacilante a la máquina de escribir. Hoskins y Marmie se
inclinaron simultáneamente, juntando dulcemente las cabezas casi encima mismo
del caviloso cuerpo de Rollo. La máquina marcó la letra e.
—E —alentó Marmie, con un signo afirmativo.
—E —convino Hoskins.
La máquina de escribir marcó una n, y luego siguió a un compás más
rápido: «en medio de la accion stalny aguardaba con desam paradoho rror que las
esco tillassea briesen yper mitiesen que laroos emergiera implacable…»
—Al pie de la letra —decía Marmie arrobado.
—En verdad que tiene su estilo dulzón.
—A los lectores les gusta.
—No les gustaría si no tuvieran la edad mental de… —Hoskins se
interrumpió. —Siga —encareció Marmie—, dígalo. Dígalo. Diga que tienen el
coeficiente
intelectual de un niño de doce años, y yo citaré sus palabras en todas
las revistas de la nación.
—Caballeros —intervino Torgesson—, caballeros. Trastornarán al pequeño
Rollo.
Los tres fijaron nuevamente la atención en la máquina, que seguía
tecleando rápidamente: «… las estrellas girabanen sus poderosas orbitas
mientras lossenti dos vueltosha ciala tierra de stalny seempe ñabanen quela
giratoria nave se quedara quieta.»
El carro de la máquina retrocedió para empezar otra línea. Marmie
contenía la respiración. Si había de tener el susto en alguna parte, lo tendría
aquí…
Y el dedito del mono se movió y marcó.
Hoskins bramó:
—¡Un asterisco!
Marmie murmuró:
—Un asterisco…
Torgesson preguntó:
—¿Un asterisco?
Y a continuación vino toda una línea de asteriscos.
—Asunto resuelto, amigo —dijo Hoskins. Y le explicó rápidamente a
Torgesson, que abría unos ojos pasmados—. Marmie suele utilizar una línea de
asteriscos cuando quiere indicar un cambio de escena radical. Y eso, un cambio
radical de escena es lo que yo quería.
La máquina de escribir atacaba un nuevo párrafo: «dentro dela nave…»
—Apague, profesor —pidió Marmie. Hoskins se frotaba las manos.
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—¿Cuándo tendré la revisión, Marmie?
—¿Qué revisión? —preguntó fríamente el aludido.
—Ya ha visto la versión del mono.
—Claro. Yo le he traído aquí para que viera lo que acaba de ver,
precisamente.
Que el pequeño Rollo es una máquina; una máquina fría, brutal, lógica.
—¿Y qué?
—Y un buen escritor no es una máquina. Él no escribe con la cabeza, sino
con el corazón. El corazón —repitió Marmie golpeándose el pecho.
Hoskins gimió:
—¿Qué está haciendo conmigo ahora, Marmie? Si me suelta el rollo ese del
escritor «que pone el corazón y el alma» me veré obligado a vomitar aquí mismo,
en seguida. Dejemos que el asunto descanse sobre la base de «yo escribiría
cualquier cosa que se presentase, por dinero».
—Escúcheme un minuto nada más —insistió Marmie—. El pequeño Rollo
corrigió a Shakespeare. Lo ha hecho notar usted mismo. El pequeño Rollo quería
que Shakespeare escribiera «una hueste de conflictos», y desde su punto de
vista de máquina, tenía razón. Una «mar de conflictos», dadas las
circunstancias, es una metáfora mixta. Pero ¿no cree usted que Shakespeare
también lo sabía? Y es que, sencillamente, Shakespeare sabía cuándo hay que
faltar a las normas; ni más ni menos. El monito Rollo es una máquina que no
puede faltar a las normas; un buen escritor sí puede, y debe. «Mar de
conflictos» es más expresivo, tiene sonoridad y fuerza. Al diablo con la
metáfora mixta.
»Pues bien, cuando usted me dice que cambie de escena, sigue las reglas
mecánicas de sostener la intriga; y, por consiguiente, el pequeño Rollo está de
acuerdo con usted. En cambio yo sé que debo romper las normas para mantener el
profundo impacto emocional del final del cuento, tal como yo lo veo. De lo
contrario, realizaría un producto mecánico que una computadora podría fabricar.
Hoskins objetó:
—Pero…
—Adelante —le incitó Marmie—, vote a favor de lo mecánico. Diga que el
pequeño Rollo es tan buen director como usted llegaría a ser jamás.
Hoskins respondió, con un trémolo en la garganta:
—Está bien, Marmie, me quedaré el cuento tal como está. No, no me lo dé;
envíelo por correo. Yo tengo que buscar un bar, si no le importa.
El hombre se caló el sombrero con fuerza y dio media vuelta para salir.
Torgesson le gritó:
—No hable a nadie de mi monito Rollo, por favor.
La respuesta vino por el aire, a caballo de un fuerte portazo.
—¿Cree que estoy loco…?
Cuando estuvo bien seguro de que Hoskins se había marchado, Marmie se
frotó las manos extasiado.
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—El cerebro, eso es lo que ha triunfado —dijo, hundiéndose el pulgar en
la sien tan profundamente como pudo—. Esta venta la he gozado de veras. Esta
venta, profesor, vale por todas las demás que haya conseguido en mi vida. Por
todas las demás juntas. —Y se dejó caer gozosamente en la silla más cercana.
Torgesson se subió al pequeño Rollo al hombro, diciendo mansamente:
—Pero, Marmaduke, ¿qué habría hecho si el pequeño Rollo hubiese escrito
la versión de usted y no ésa?
Una expresión de enojo cruzó la faz de Marmie.
—Pues, ¡maldita sea! —exclamó—, eso es precisamente lo que yo pensaba
que ocurriría.
Digamos de paso que en El dedo del mono el escritor y el director
estaban perfilados según el modelo de un par de personas reales y discutían de
verdad sobre un relato real.
El cuento en cuestión era C-Chute, que apareció en el número de octubre
de 1951 de Galaxy, después de la discusión, y que en su momento fue incluido en
mi libro Nightfall and Other Stories (Cae la noche). El escritor era yo, por
supuesto, y el director era Horace Gold.
Aunque el argumento y el cuento sean auténticos, los personajes han sido
caricaturizados. Yo no me parezco nada en absoluto al escritor que describo,
como tampoco Horace se parece en nada al director presentado en esta narración.
Horace tiene sus propias peculiaridades, mucho más interesantes que las que yo
inventé para cubrir los objetivos de mi cuento, y también las tengo yo… Pero no
se fijen en eso.
De todos los cuentos que he escrito y que se publicaron una vez sin
reaparecer nunca más, el que sigue es aquel del que más suelo hablar. Lo he
analizado en una docena de conversaciones y lo he mencionado alguna que otra
vez en letra de imprenta, por una muy buena razón, a la que me referiré luego.
En abril de 1953 me encontraba en Chicago. No me gusta demasiado viajar
y era la primera vez en mi vida que estaba en dicha ciudad, a la que sólo he
vuelto una vez más. Me encontraba allí para asistir a una convención de la
American Chemical Society a la que había de presentar una breve comunicación.
La cosa no resultaba muy divertida, de modo que pensé que quizá le inyectase un
poco de interés yendo a Evanston, suburbio de la parte norte, y visitando las
oficinas de la Universe Science Fiction.
Esta revista la editaba, por aquellas fechas, Bea Mahaffey, mujer joven
y
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extraordinariamente hermosa, y yo suelo decir que los escritores de
ciencia ficción la habían elegido, dos años consecutivos, como la editora a
quien más les gustaría someterse.
Cuando llegué a la oficina, el 7 de abril de 1953, Bea me saludó con
gran alegría y me preguntó por qué no le había llevado un cuento mío.
—¿Quiere un cuento? —pregunté, recreándome en su belleza—. Le escribiré
uno.
Tráigame una máquina.
La verdad es que trataba de impresionarla, confiando que se arrojaría en
mis brazos en un espasmo de adoración irrefrenable. No se arrojó. Me trajo la
máquina.
Tuve que cumplir. Y como el tema de la conquista del Everest salía con
frecuencia en los periódicos por aquellos días, los hombres intentaban la
empresa desde hacía treinta años, y hacía poco que el séptimo intento había
fracasado, pensé un momento y escribí Everest.
Bea leyó el relato y me ofreció treinta dólares, que yo acepté sin
pérdida de tiempo. Al poco rato me gastaba la mitad de dicha suma en una
deliciosa comida para ambos y me esforcé con tal éxito en mostrarme encantador,
campechano y amable, que la camarera me dijo, con acento de vivo deseo, que
ojalá su yerno fuese como yo.
Esto parecía darme ciertas esperanzas y, con el corazón alegre, acompañé
a Bea a su apartamento. No estoy seguro de qué intenciones tendría en la mente,
pero si tenía alguna que no fuese completamente ortodoxa —¡sin duda que no!— me
quedé chasqueado. Bea se las arregló para meterse en el apartamento dejándome
plantado en el pasillo y sin que hubiera visto siquiera la puerta abierta.
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EVEREST
En 1952 estaban casi dispuestos a abandonar las tentativas de escalar el
Everest.
Pero las fotografías les mantuvieron en marcha.
Aunque como tales, las fotografías no eran gran cosa: borrosas, rayadas
y sin otro detalle de interés que una especie de ampollas oscuras sobre el
fondo blanco. Pero aquellas ampollas oscuras eran criaturas vivientes. Los
hombres lo juraban.
—¡Qué diablos! —dije yo—. Hace cuarenta años que hablan de criaturas
vivientes resbalando por los glaciares del Everest. Ya sería hora de que nos
ocupáramos del caso.
Jimmy Robbons (perdonen, James Abraham Robbons) era quien me había
empujado a esta actitud. El montañismo era su pasión. Él sabía bien por qué los
tibetanos no querían acercarse al Everest por considerarlo la montaña de los
dioses. Era capaz de hablarme hasta de la última misteriosa huella de un pie
más o menos humano de que hubiera habido noticia sobre el hielo a siete mil
quinientos metros de altura; se sabía de memoria todos los cuentos fantásticos
sobre las alargadas y blancas criaturas, corriendo veloces por las grietas de
encima del último campamento que los alpinistas habían conseguido plantar en un
paraje que encogía el corazón.
Es muy saludable tener a un tipo entusiasta como él en el cuartel
general de Inspección Planetaria.
De todos modos, las últimas fotografías daban un tono mordaz a sus
palabras. Al fin y al cabo, uno apenas podía pensar que aquello fuesen hombres.
—Oiga, jefe —decía Jimmy—, lo interesante no es la existencia de esas
manchas, sino el hecho de que se mueven a gran velocidad. Fíjese en esa figura.
Está borrosa.
—Es posible que se moviera la cámara.
—Esa grieta de aquí está sobradamente clara. Y los hombres juran que ese
ser corría. Imagine el metabolismo que ha de tener para correr con esa presión
de oxígeno. Oiga, jefe, ¿usted habría creído en los peces abisales, si no
hubiese oído hablar nunca de ellos? Hay peces que buscan nuevos escondites en
un medio ambiente que puedan explotar, con lo cual se hunden cada vez más en
las profundidades, hasta que un día descubren que ya no pueden regresar. Se han
adaptado tan perfectamente que pueden vivir bajo una presión de toneladas.
—Entonces…
—¡Maldita sea!, ¿no puede invertir el cuadro? Algunas criaturas se
pueden ver obligadas a remontarse por la montaña, ¿verdad? Pueden adaptarse a
resistir en una atmósfera más enrarecida y a temperaturas más frías. Pueden
alimentarse de musgo, del mismo modo que, en última instancia, los peces de las
grandes profundidades viven de la fauna que se va filtrando poco a poco hacia
el fondo. Y hete ahí que esos seres de la montaña descubren un día que ya no
pueden volver a bajar. No digo que sean hombres. Es posible que sean gamos, o
cabras monteses, o tejones, o cualquier otra especie animal.
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—Los testigos dijeron que tenían una figura vagamente humana —aduje yo,
testarudo—, y declararon que las pisadas eran indudablemente semejantes a las
humanas.
—O a las de los osos —dijo Jimmy—. No se puede saber.
Con lo cual aproveché la ocasión para repetir:
—Ya sería hora de que hiciésemos algo.
Jimmy levantó los hombros y replicó:
—Hace cuarenta años que tratan de escalar el Everest. —Y meneó la
cabeza. —Por amor de Dios —dije yo—. Todos ustedes, escaladores de montañas,
están
locos. No cabe la menor duda. No les interesa llegar a la cima. Lo que
les interesa es llegar de determinada manera. Ya empieza a ser hora de que
dejemos de tontear con piquetas, sogas, campamentos y toda la parafernalia del
Club de los Caballeros, que envía primos hacia las laderas cada cinco años,
poco más o menos.
—¿Adónde quiere ir a parar?
—El aeroplano lo inventaron en 1903, ¿sabe?
—¿Quiere decir volar sobre el Everest? —Lo dijo de la misma manera que
un lord inglés diría: «¡Dispare contra la zorra!», o un pescador de caña:
«¡Utilice gusanos!»
—Sí —respondí—, volar sobre el Everest y dejar caer una persona en la
cumbre. ¿Por qué no?
—No viviría mucho tiempo. La persona que bajase a la cumbre, quiero
decir. —¿Por qué no? —pregunté otra vez—. Le sueltas suministros diversos y
depósitos de oxígeno, y el sujeto en cuestión lleva un traje espacial,
naturalmente.
Se precisó algún tiempo para lograr que la Fuerza Aérea prestase oídos y
se declarase dispuesta a enviar un aeroplano; y por aquella fecha Jimmy Robbons
había cambiado de ideas tan radicalmente que se ofreció para ser la persona a
quien dejaran caer sobre el pico del Everest.
—Al fin y al cabo —dijo en un semimurmullo—, sería el primer hombre que
habría pisado aquel suelo.
Ése es el comienzo de la historia. Una historia que en sí misma se puede
contar sencillísimamente, en muchas menos palabras.
El avión aguardó dos semanas en el mejor período del año —el mejor por
lo que respecta al Everest—, en espera de un intervalo de tiempo sólo
moderadamente malo para el vuelo, y luego despegó. El piloto Informó por radio
a un grupo de escucha del aspecto que tenía el Everest visto desde el aire, y
luego describió minuciosamente el aspecto que tenía Jimmy Robbons mientras el
paracaídas iba pareciendo cada vez más pequeño.
Luego se desató otra nevisca, y el aparato se vio en apuros para
regresar a la base, y hubo que esperar otras dos semanas para poder gozar de
otro intervalo de tiempo
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relativamente soportable.
Entretanto, todos aquellos días Jimmy estuvo en el techo del mundo, y yo
sentía odio contra mí mismo y me consideraba un asesino.
El aeroplano se remontó dos semanas después para ver si lograban
localizar el cadáver de Jimmy. No sé de qué habría servido que lo localizaran,
pero la raza humana es así. ¿Cuántas personas murieron en la última guerra?
¿Quién sería capaz de contar un número tan elevado? En cambio, ni el dinero, ni
ninguna otra cosa, es obstáculo para salvar una sola vida, hasta para rescatar
un solo cadáver.
No encontraron su cuerpo; pero sí encontraron una señal de humo,
enroscándose por el aire enrarecido y dejándose arrastrar lejos por las ráfagas
de viento. Entonces hicieron descender una cesta de rescate y Jimmy subió,
todavía con su traje espacial y con un aspecto endemoniado, pero decididamente
vivo.
La postdata del cuento incluye una visita al hospital la semana pasada
para verle. Se restablecía muy despacio. Los médicos hablaban de un shock y de
agotamiento; pero los ojos de Jimmy decían muchísimo más.
—¿Qué tal la aventura, Jimmy? —le pregunté—. No has hablado con los
periodistas; tampoco has hablado con el Gobierno. Muy bien. ¿Qué te parece si
hablaras conmigo?
—No tengo nada que contar —susurró él.
—Claro que tienes —repliqué—. Has vivido en la cumbre del Everest dos
semanas enteras, bajo una nevisca. Y no lo conseguiste por ti solo, ni siquiera
con la gran cantidad de provisiones que arrojamos al lanzarte. Vamos, Jimmy,
muchacho, ¿quién te socorrió?
Imagino que comprendió la inutilidad de tratar de embaucarme. O acaso
estuviera ansioso por descargar aquel peso de su mente.
—Son inteligentes, jefe —dijo—. Comprimieron aire para que yo pudiera
respirar. Montaron una centralilla generadora de energía para conservarme el
calor. Y cuando vieron que el aeroplano regresaba, elevaron la señal de humo.
—Comprendo. —No quería darle prisa—. Ha sido tal como imaginábamos. Se
han adaptado a las condiciones de vida del Everest. Y no pueden descender por
sus laderas.
—No, no pueden. Como tampoco nosotros podemos subir. Aun suponiendo que
la meteorología no nos lo impidiera, ¡nos lo impedirían ellos!
—Por lo que dices parecen criaturas bondadosas; entonces, ¿por qué
habrían de oponerse? A ti te socorrieron.
—No tienen nada contra nosotros. Hablaron conmigo, ¿sabe? Por telepatía.
Yo arrugué la frente.
—Pues, entonces…
—Pero no quieren que se les moleste. Nos están observando, jefe. Se ven
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obligados. Nosotros tenemos la energía atómica. Estamos a punto de
disponer de astronaves. Se inquietan por nosotros. ¡Y el Everest es el único
sitio desde el que pueden observarnos!
Las arrugas de mi frente se acentuaron. Él sudaba; las manos le
temblaban. —Calma, muchacho —le dije—. Tómalo con calma. ¿Qué diablos son esas
criaturas?
Y él respondió:
—¿Qué ser cree usted que podría estar tan adaptado a una temperatura de
diecisiete grados bajo cero y a una atmósfera tan tenue como la del Everest
para que ése fuera el único lugar de la Tierra en el que pudiera sobrevivir? He
ahí el meollo de la cuestión. Esas criaturas no proceden de ningún lugar de la
Tierra. Son marcianos.
Y ahora dejen que les hable del motivo de que me refiera tan a menudo a
Everest. Naturalmente, yo no creía realmente que en el Everest hubiera
marcianos ni que nada pudiera retrasar por mucho tiempo la conquista de la
montaña. Creía nada más que la gente tendría la honradez de abstenerse de
trepar a la cima hasta que hubiera
aparecido mi cuento.
¡Pues, no! El 29 de mayo de 1953, menos de dos meses después de haber
escrito y vendido Everest, Edmund Hillary y Tenzing Norgay llegaron al punto
más alto del Everest y no vieron marcianos, ni tampoco «abominables hombres de
las nieves».
Por supuesto, Universe habría podido sacrificar treinta dólares y dejar
el cuento sin publicar; o yo habría podido comprárselo otra vez. Ni ellos ni yo
hicimos nada de eso, y Everest apareció en el número de noviembre de 1953 de
Universe.
Como se me requiere con frecuencia para hablar del futuro del hombre, no
puedo por menos que utilizar Everest para hacer notar cuán experto futurista
soy. Al fin y al cabo, yo predecía que el Everest no sería escalado jamás,
cinco meses después de haberlo sido ya.
Actualmente está de moda publicar antologías de cuentos de ciencia
ficción originales, cosa que yo más bien censuro. Porque dichas antologías se
llevan, en exclusiva, relatos y lectores que en otro caso habrían acudido a las
revistas. Y no quiero que eso suceda. Considero que las revistas son esenciales
para la ciencia ficción.
Esta creencia ¿habrá nacido de una mera nostalgia? ¿Surge acaso del
recuerdo de lo que las revistas de ciencia ficción significaron para mí durante
mi niñez y de cómo me dieron la oportunidad de empezar a escribir? En parte,
sí, supongo; pero en parte
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es fruto de la sincera convicción de que las revistas desempeñan un
papel primordial. ¿Dónde puede empezar un escritor joven? Las revistas, que
aparecen seis o doce veces al año, necesitan relatos, sencillamente. Una
antología puede retrasar su publicación hasta haber reunido los cuentos
apetecidos; una revista, no. Obligada por limites insoslayables, una revista
quizá acepte de vez en cuando una narración que no llegue al nivel normal, y de
vez en cuando un joven escritor quizá empiece a publicar algo, sin haber
llegado todavía a dominar suficientemente su oficio. La verdad es que
así empecé yo.
Ello significa que el lector se expone a encontrar en su revista, alguna
que otra vez, un cuento de aficionado; pero el escritor aficionado que lo
redactó recibe el estimulo suficiente para seguir trabajando y llegar a ser —se
trata de una posibilidad, nada más— un gran escritor.
No obstante, cuando aparecieron las primeras antologías de narraciones
inéditas de ciencia ficción, constituían una novedad. Nunca creí de veras que
adquiriesen mucha categoría, y cuando escribía para ellas no experimentaba la
sensación de estar facilitando el advenimiento de una fatalidad inminente,
inexorable. En realidad, y puesto que pagaban mejor de lo que solían hacer las
revistas, me gustaba mucho escribir para ellas.
La primera de esa estirpe fue New Tales of Space and Time, editada por
Raymond T. Healey (Henry Holt, 1951) y para ella escribí yo In a Good Cause,
cuento que luego formaría parte de Nightfall and Other Stories.
Unos años después, August Derleth preparaba una antología de cuentos
origínales, y para ella escribí La pausa.
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LA PAUSA
El polvo blanco estaba encerrado dentro de una cápsula transparente de
delgadas paredes. A su vez, la cápsula estaba cerrada por soldadura dentro de
una doble lámina de parafilme, dentro de la cual, y a intervalos de quince
centímetros, había encerradas otras cápsulas.
La lámina se deslizaba. Durante el proceso, cada cápsula reposaba un
minuto en una mordaza de metal, inmediatamente debajo de una ventanilla de
mica. En otra porción de la esfera del contador de radiaciones, un número
saltaba sobre un cilindro de papel que se iba desplegando. La cápsula seguía
adelante, y la que venía detrás ocupaba su puesto.
El número marcado a la una cuarenta y cinco de la tarde era el 308. Un
minuto después apareció el 256. Un minuto después, el 391. Un minuto después,
el 477. Un minuto después, el 202. Un minuto después, el 251. Un minuto
después, el 000. Un minuto después, el 000. Un minuto después, el 000.
Poco después de las dos de la tarde, Alexander Johannison pasaba junto
al contador y el rabillo de un ojo se le clavó en la hilera de números. Dos
pasos más allá del contador se detuvo y retrocedió.
Alexander Johannison hizo retroceder el rollo de papel luego lo volvió a
su posición primitiva y exclamó:
—¡Cáspita!
Lo dijo con vehemencia. Era alto y delgado, de gruesos nudillos, cabello
bermejo y cejas claras. Parecía cansado y, de momento, perplejo.
Gene Damelli se acercaba, dando rodeos, con la misma tranquila
despreocupación que infundía a todos sus actos. Era moreno, velloso y más bien
bajo. En otro tiempo le aplastaron la nariz, y esta circunstancia le daba un
aspecto curiosamente distinto al que la gente suele imaginar que debe de tener
un físico nuclear. Damelli dijo:
—Mi condenado contador Geiger no recoge nada en absoluto, y yo no me
siento de humor para repasar todos sus alambres. ¿Tienes un pitillo?
Johannison sacó un paquete.
—¿Qué tal están los demás del edificio?
—No los he probado, pero me figuro que no se habrán estropeado todos.
—¿Por qué no? El mío tampoco registra nada.
—No bromees. ¿Ves? Tanto dinero gastado para nada. Salgamos a beber una
«Coca-Cola».
Johannison respondió con más pasión de lo que se proponía:
—¡No! Voy a ver a George Duke. Quiero comprobar su máquina. Si aquélla
también está parada…
Damelli le seguía, pisándole los talones.
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—No lo estará, Alex. No seas tonto.
George Duke escuchaba a Johannison mirándole con disgusto por encima de
unos lentes sin aros. Era un joven viejo con poco cabello y menos paciencia.
—Estoy ocupado —dijo.
—¿Demasiado ocupado para decirme si tus aparatos funcionan, por amor de
Dios?
Duke se puso en pie, exclamando:
—¡Ah, diablos! ¿Cuándo tiene uno tiempo para trabajar, por estos
contornos? — Al dar la vuelta a la mesa, la regla de cálculo se le cayó,
chocando sordamente con una capa de dispersas hojas de papel milimetrado.
El hombre se acercó a una mesa de laboratorio llena de objetos y levantó
la pesada tapa de plomo de un pesado recipiente de plomo. Luego introdujo
dentro unas tenazas de sesenta centímetros de longitud y sacó un pequeño
cilindro plateado.
—Quédate donde estás —ordenó con semblante malhumorado.
Johannison no necesitaba el consejo. Se mantuvo a distancia. Durante el
mes anterior no había estado expuesto a ninguna dosis anormal de radiactividad,
pero habría sido una insensatez acercarse más de lo necesario al cobalto
«caliente».
Siempre utilizando las tenazas, y con los brazos bien estirados para
mantener lejos de su cuerpo el brillante pedazo de metal cargado de
radiactividad concentrada, llevó dicho fragmento metálico junto a la ventanilla
de su contador. A sesenta centímetros de distancia, el contador habría tenido
que vibrar lo suficiente como para hacerse pedazos. Pero no vibró.
—¡Repámpanos! —exclamó Duke, dejando caer el recipiente de cobalto.
Rebuscó alocadamente por el suelo y cuando lo encontró lo levantó hacia la
ventanilla. Esta vez, más cerca.
No se oyó nada. En el contador de impulsos no aparecieron los puntitos
de luz.
Los números no aumentaron.
—No se oye ni siquiera un ruido de fondo —comentó Johannison.
—¡Por Júpiter! —exclamó Damelli.
Duke devolvió el tubo de cobalto a su funda de plomo, con la misma
presteza de siempre, y se quedó plantado, inmóvil, mirando fijamente.
Johannison irrumpió en la oficina de Bill Everard, con Damelli pisándole
los talones, y habló excitadamente durante unos minutos, las manos con los
nudillos blancos sobre la reluciente mesa escritorio de Everard. Éste escuchaba
con las lisas, recién afeitadas mejillas adquiriendo un tinte rosado y el
rollizo cuello dilatándose un poco sobre el duro y blanco cuello de la camisa.
Everard miró a Damelli y dirigió un interrogatorio pulgar a Johannison.
Damelli se encogió de hombros, levantando las manos, con las palmas para
arriba, y arrugando la frente.
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—No entiendo que todos puedan funcionar mal —dijo Everard.
—Pues han funcionado mal, indiscutiblemente —insistió Johannison—. Se
han quedado todos inertes alrededor de las dos. Hace ya más de una hora, y
ninguno ha vuelto a funcionar bien. Ni el mismo George Duke sabe cómo resolver
el problema. Te lo aseguro, la culpa no la tienen los contadores.
—¡Pero si me estás diciendo que sí la tienen!
—Lo que digo es que no funcionan. Pero no es por culpa suya. No hay nada
que los haga funcionar.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que en este lugar no hay radiactividad alguna. No la hay
en todo el edificio. En ninguna parte.
—No te creo.
—Oye, si un cilindro de cobalto «caliente» no pone en marcha un
contador, quizá podamos suponer que todos los contadores con que ensayamos
están avenados. Pero si ese mismo cilindro no descarga un electroscopio de
láminas de oro y ni siquiera vela una placa fotográfica, entonces el que está
averiado es el cilindro.
—De acuerdo —admitió Everard—, se trata de un cartucho sin bala. Alguien
cometería un error y se olvidaría de cargarlo.
—Ese mismo cilindro funcionaba debidamente esta mañana. Pero no me hagas
caso: es posible que hayan cambiado unos cilindros por otros. Sin embargo, he
cogido aquel pedazo de pechblenda de la caja de exposición del cuarto piso, y
tampoco produce el menor efecto. No vas a decirme que alguien se olvidó de
meterle el uranio dentro.
Everard se frotó la oreja.
—¿Qué opinas tú, Damelli?
—No lo sé, jefe —respondió el aludido, meneando la cabeza—. Ojalá lo
supiera. —No es hora de reflexiones —dijo Johannison—, sino de hechos. Tienes
que
avisar a Washington.
—Avisar, ¿de qué? —preguntó Everard. —Avisarles sobre la dotación de
bombas atómicas. —¿Qué?
—La respuesta podría estar ahí. Oye, alguien ha ideado una manera de
interrumpir la radiactividad; toda, por entero. Podría tratarse de un fenómeno
que se extendiese por todo el país, por todos los Estados Unidos. Si alguien ha
provocado ese fenómeno, sólo puede haberlo hecho para dejar inservibles
nuestras bombas atómicas. Como no saben dónde las guardamos, tienen que cubrir
el país entero. Y si esta hipótesis fuese acertada, ello significa un ataque
inminente. Un ataque que puede desencadenarse en cualquier instante. ¡Utiliza
el teléfono, jefe!
La mano de Everard fue en busca del teléfono. Sus ojos y los de
Johannison se encontraron y se miraron de hito en hito.
—Conferencia con el exterior, tenga la bondad —pidió.
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Eran las cuatro menos cinco. Everard dejó el aparato.
—¿Era el comisario? —preguntó Johannison.
—Sí —respondió Everard. Tenía el ceño fruncido.
—Muy bien. ¿Qué ha dicho?
—«¿Qué bombas atómicas, hijo mío?», me ha dicho —contestó Everard.
Johannison parecía estupefacto.
—¿Qué diablos significa eso de «¿Qué bombas atómicas?»? ¡Ah, ya sé! Han
descubierto ya que tienen en las manos unos proyectiles descargados, y no
quieren hablar. Ni siquiera con nosotros. ¿Qué hacemos ahora?
—Ahora, nada —respondió Everard, volviendo a sentarse y mirando con ojo
inflamado al físico—. Alex, comprendo la tensión que estás sufriendo, y por eso
no voy a estallar por este asunto. Pero lo que me molesta es pensar: ¿cómo me
has metido a mí en esa tontería?
Johannison palideció.
—Esto no es una tontería. ¿O acaso dijo el comisario que lo era?
—Ha dicho que soy un tonto; y lo soy, efectivamente. ¿Qué diablos te
propones al venir aquí con esos cuentos sobre bombas atómicas? ¿Qué son bombas
atómicas? Yo nunca había oído hablar de ellas.
—¿No has oído hablar de bombas atómicas? ¿Qué es esto? ¿Una broma? —No
las había oído mencionar jamás. Suenan como algo sacado de un tebeo. Johannison
se volvió hacia Damelli, cuyo aceitunado cutis parecía oscurecerse
por la inquietud.
—Díselo, Gene.
Damelli meneó la cabeza.
—Dejadme al margen de este asunto.
—Está bien. —Johannison se inclinó para repasar con la mirada la hilera
de libros de los estantes próximos a la cabeza de Everard—. No sé a qué viene
todo esto; pero no lo aguanto. ¿Dónde está el Gladstone?
—Ahí mismo —dijo Everard.
—No. No quiero el Libro de texto de Química y Física, sino su obra
Fuentes de la energía atómica.
—No la conozco.
—¿Qué estás diciendo? Desde que trabajo aquí la has tenido siempre ahí,
en ese estante.
—No lo había oído citar jamás —insistió tercamente Everard.
—Supongo que tampoco habrás oído citar Rastreadores radiactivos en
biología, de Kamen.
—No.
—Muy bien —gritó Johannison—. Entonces, utilicemos el Libro de texto de
Gladstone. Servirá para el caso.
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Así diciendo, bajó el grueso volumen e hizo correr las páginas. Una vez,
dos veces. Arrugando la frente, miró la página del copyright. Decía: Tercera
edición,
1956. El hombre repasó los dos primeros capítulos, página por página.
Allí estaba: estructura atómica, números cuánticos, electrones y sus capas,
series de transición…, pero nada sobre radiactividad, nada en absoluto
referente a ella.
Entonces recurrió a la tabla periódica de elementos de la cara interior
de la cubierta delantera. No necesitó más que unos segundos para ver que sólo
anotaba ochenta y uno; los ochenta y un elementos no radiactivos.
Johannison sentía la garganta seca como un ladrillo. Con voz ronca, le
dijo a
Everard:
—Supongo que nunca has oído pronunciar la palabra uranio.
—¿Qué es eso? —preguntó fríamente el otro—. ¿Un nombre comercial?
Desesperado, Johannison dejó el Gladstone y cogió el Manual de Química y
Física y utilizó el indice. Buscó: series radiactivas, uranio, plutonio,
isótopos. Sólo encontró esta última palabra. Con dedos inseguros, nerviosos,
acudió a la tabla de isótopos. La bastó una mirada. Sólo traía los isótopos
estables.
—Muy bien —dijo con acento de súplica—. Abandono. Ya basta. Has colocado
aquí un puñado de libros apócrifos, sólo para sacarme de mis casillas, ¿verdad
que sí? —E intentó sonreír.
Everard se puso tieso.
—No seas tonto, Johannison. Será mejor que te vayas a casa. Consulta a
un médico.
—No estoy enfermo.
—Es posible que no lo creas; pero lo estás. Necesitas unas vacaciones;
tómatelas, pues. Hazme un favor, Damelli. Mételo en un taxi y cuida de que
llegue a su casa.
Johannison seguía plantado allí, irresoluto. De pronto se puso a
chillar:
—Entonces, ¿para qué sirven la multitud de contadores que hay en este
establecimiento? ¿Qué función realizan?
—No sé qué quieres decir con eso de contadores. Si te refieres a las
computadoras, están aquí para resolver los problemas que se nos plantean.
Johannison señaló una placa de la pared.
—Muy bien, pues. Mira esas iniciales. ¡C! ¡E! ¡A! ¡Comisión! ¡Energía!
¡Atómica! —Y espació bien las palabras, separándolas perfectamente una de otra.
Everard señaló a su vez:
—¡Comisión! ¡Experimental! ¡Aire!, Llévale a casa, Damelli.
Johannison se volvió hacia Damelli apenas hubieron llegado a la acera.
En tono apasionado, le susurró:
—Oye, Gene, no te hagas cómplice de ese fulano. Everard se ha vendido.
Le han comprado, sea como fuere. Figúrate, ¡haber hecho confeccionar aquellos
libros falsos
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y querer hacerme creer que estoy loco!
Damelli dijo, sin inmutarse:
—Sosiégate, Alex, muchacho. Estás un poco excitado, nada más. Everard es
un hombre cabal.
—Ya le has oído. No sabe qué son las bombas atómicas, ni tampoco el
uranio.
Damelli levantó un dedo.
—¡Taxi! —El taxi pasó zumbando.
Johannison se libertó de la sensación de ahogo.
—¡Gene! Tú estabas presente cuando los contadores han dejado de
funcionar. Tú estabas presente cuando la pechblenda ha quedado inerte. Y has
ido conmigo a ver a Everard para resolver el problema.
—Si quieres que te diga la pura verdad, Alex, tú me has dicho que tenías
que hablar de algo con el jefe y me has pedido que te acompañase, y eso es todo
lo que sé. Que yo sepa, no se ha estropeado nada, y… ¿qué diablos habíamos de
hacer con esa pechblenda? No utilizamos brea alguna en el centro… ¡Taxi!
El taxi se paró junto al bordillo.
Damelli abrió la puerta e indicó a Johannison, con un ademán, que
subiera. Éste subió; luego, con los ojos enrojecidos de cólera, arrancó la
portezuela de la mano de Damelli, cerró de golpe y le gritó una dirección al
taxista. Y se asomó por la ventanilla mientras el taxi arrancaba, dejando a
Damelli plantado y mirando estupefacto.
—Dile a Everard que no le saldrá bien —gritó Johannison—. Sé qué os
traéis entre manos.
Luego se derrumbó sobre el tapizado, exhausto. Estaba seguro de que
Damelli había oído la dirección que había dado al taxista. ¿Acudirían los otros
al FBI antes que él con algún cuento sobre una pretendida crisis nerviosa? Y
los del FBI, ¿darían más crédito a la palabra de Everard que a la suya? No
podrían negar la Interrupción de la radiactividad. No podrían negar la
presencia de los libros falsificados.
Mas ¿de qué serviría todo ello? Estaba a punto de producirse un ataque
enemigo, y hombres como Damelli y Everard… ¿Hasta qué punto estaba carcomido el
país por la traición? De pronto se puso tenso, rígido.
—¡Chófer! —gritó. Luego, más fuerte—: ¡Chófer! El hombre del volante no
volvió la cabeza. El tráfico discurría suavemente junto a ellos.
Johannison quiso levantarse del asiento; pero sentía una especie de
vértigo. —¡Chófer! —murmuró. No iban camino del FBI, sino que el taxista le
llevaba a
su casa. Pero ¿cómo sabía su dirección?
Claro, sería un taxista comprado. Johannison apenas divisaba los objetos
y en sus oídos zumbaba un estrépito infernal.
¡Santo Dios, qué organización! ¡Era perfectamente inútil luchar!
Johannison perdió el conocimiento.
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Johannison andaba por la acera dirigiéndose a la casita de dos pisos,
con fachada de ladrillo, donde vivían él y Mercedes. No recordaba cómo había
salido del taxi.
Se volvió, y no había ninguno a la vista. Automáticamente se palpó la
chaqueta en busca de la cartera y las llaves. Ambas cosas estaban en su sitio.
No le habían quitado nada.
Mercedes estaba a la puerta, esperándole. No parecía sorprendida de
verle regresar. Johannison dirigió una mirada rápida al reloj. Volvía a su casa
cerca de una hora antes que de costumbre.
—Mercedes —dijo—, hemos de marcharnos de aquí para… —Lo sé todo, Alex
—le cortó ella con voz ronca—. Entra.
Mirándola, el marido creía estar contemplando el mismísimo cielo.
Cabello lacio, tirando a rubio, con la raya en medio y recogido en forma de
cola de caballo; grandes ojos azules, bien separados y con aquella ligerísima
inclinación oriental, orejas pequeñas y pegadas a la cabeza. Johannison la
devoraba con la mirada.
Pero advertía que ella hacía un esfuerzo mayúsculo por reprimir cierta
tensión.
—¿Te ha telefoneado Everard? ¿O acaso Damelli? —le preguntó.
—Tenemos visita —respondió la mujer.
«Han llegado hasta ella», pensó Johannison.
Podía cogerla de la mano y arrancarla del umbral. Correrían; probarían
de ponerse a salvo. Pero ¿lo conseguirían? El visitante estaría aguardando
entre las sombras del pasillo. Sería un hombre siniestro, se figuraba, de voz
recia, brutal y con acento extranjero, plantado allí con una mano en el
bolsillo, aunque formando un bulto mucho mayor que la mano. Atontado, entró en
su casa.
—Espera en la sala —explicó Mercedes, por cuyo semblante cruzó
momentáneamente una sonrisa—. Creo que no hay nada que temer.
El visitante estaba de pie. Tenía un aspecto irreal, con la irrealidad
de la perfección. Tenía la cara y el cuerpo sin defecto alguno y completamente
desprovistos de individualidad. Habría podido salir de un cartel publicitario.
Tenía la voz cultivada y desapasionada del locutor profesional. Una voz
completamente desprovista de acento regional.
—Nos ha dado mucho trabajo traerle a casa, doctor Johannison —dijo el
forastero.
El científico aseguró:
—Sea lo que fuere lo que pretenda, no estoy dispuesto a colaborar.
Mercedes intervino:
—No, Alex, no lo entiendes. Hemos conversado ya. Ese señor dice que la
radiactividad ha quedado interrumpida.
—Sí, lo ha quedado, ¡y me gustaría que ese anuncio de cuellos de camisa
me dijera cómo lo han hecho! ¡Oiga!, ¿es usted americano?
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—Sigues sin comprender, Alex —dijo la esposa—. La radiactividad ha
quedado interrumpida en todo el mundo. Ese hombre no pertenece a ninguna nación
de la Tierra. No me mires así, Alex. Es cierto. Sé que es cierto. Mírale.
El visitante sonrió. Era una sonrisa perfecta.
—Este cuerpo bajo el que me presento —dijo—, ha sido esmeradamente
confeccionado por encargo; pero no es más que materia. Está bajo un control
absoluto. —Levantó una mano, y la piel desapareció. Los músculos, los rectos
tendones y las sinuosas venas quedaron al descubierto. Las paredes de las venas
desaparecieron y la sangre manó suavemente sin necesidad de que la contuvieran.
Todo se disolvió para que ahora pudiera aparecer el hueso gris, liso. Que
también se evaporó.
Luego reapareció todo.
—¡Hipnotismo! —murmuró Johannison.
—En modo alguno —negó tranquilamente el visitante.
Johannison preguntó:
—¿De dónde es usted?
—Resulta difícil explicarlo, —contestó el otro—. ¿Importa realmente?
—He de comprender lo que está ocurriendo —gritó Johannison—. ¿No se da
cuenta?
—Sí. Me doy cuenta. Por eso estoy aquí. En este momento estoy hablando a
ciento y pico de personas diseminadas por todo este planeta de ustedes. Desde
dentro de diferentes cuerpos, por supuesto, dado que diferentes secciones de
ustedes tienen preferencias y normas distintas en lo referente al aspecto del
cuerpo.
Fugazmente, Johannison se preguntó si no estaría loco, después de todo.
—¿Son ustedes de… Marte? ¿O de otro sitio parecido? ¿Van a tomar el
mundo?
¿Estamos en guerra?
—¿Ve usted? —dijo el visitante—. Esa clase de actitud es precisamente lo
que tratamos de corregir. Su gente está enferma, doctor Johannison, muy
enferma. Desde hace decenas de miles de años, años de los de ustedes, sabemos
que esa especie particular a que pertenecen tiene grandes posibilidades. Pero
nos ha desilusionado mucho observar que su desarrollo se ha desviado hacia un
camino patológico. Claramente patológico. —Meneó la cabeza.
Mercedes se dirigió a su marido.
—Antes de llegar tú, me ha dicho que trataba de curarnos.
—¿Quién se lo ha pedido? —murmuró Johannison.
El visitante se limitó a sonreír, y explicó:
—Me encargaron esta tarea hace muchísimo tiempo; pero las enfermedades
de esa clase siempre son difíciles de tratar. En primer lugar, está la
dificultad de comunicarnos.
—Nos estamos comunicando, ¿no? —replicó tercamente Johannison.
—Sí. Hasta cierto punto, sí. Yo utilizo los conceptos de ustedes, el
código que
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ustedes adoptaron. Y que es bastante imperfecto. Ni siquiera podría
explicarle la verdadera naturaleza de la enfermedad de su especie. Utilizando
los conceptos de ustedes, la manera más aproximada de decirlo consistiría en
afirmar que se trata de una enfermedad del espíritu.
—¿Eh?
—Es una especie de dolencia social delicada, escurridiza. Por eso he
vacilado tanto tiempo antes de intentar una cura directa. Sería una pena que,
por accidente, una potencialidad tan enorme como la que representa la raza de
ustedes se nos perdiera. Hasta ahora, el recurso que he empleado durante miles
de años ha consistido en actuar indirectamente, a través de los pocos
individuos de cada generación que poseían una inmunidad natural para esa
enfermedad. Filósofos, moralistas, guerreros, políticos. Todos los que poseían
un atisbo de la hermandad universal. Todos los que…
—Muy bien. Y ha fracasado. Dejémoslo en eso. ¿Y si ahora me hablase de
su pueblo, y no del mío?
—¿Qué le diría que usted pudiera entender?
—¿De dónde procede? Empiece por ahí.
—Usted carece del concepto adecuado. Yo no procedo de ninguna parte del
recinto.
—¿De qué recinto?
—Del universo, quiero decir. Procedo de fuera del universo.
Mercedes volvió a intervenir, inclinándose hacia adelante.
—¿No entiendes qué quiere decir, Alex? Supón que tú aterrizases en la
costa de Nueva Guinea y que hablases a unos nativos por televisión. Quiero
decir a unos nativos que no hubiesen visto ni oído a nadie de fuera de su
tribu. ¿Podrías explicarles cómo funciona la televisión y cómo te permitía
hablar a muchas personas situadas en distintos lugares, a un mismo tiempo?
¿Podrías explicarles que la imagen no eras tú mismo, sino una ilusión que
podías hacer desaparecer y reaparecer? Si todo el universo que tus oyentes
conocieran quedase limitado a su propia isla, ni siquiera podrías explicarles
de dónde procedes.
—Bien. Entonces, para ese individuo somos salvajes, ¿no es eso?
—preguntó Johannison.
—Su esposa habla en metáfora —dijo el visitante—. Déjeme terminar. No
puedo seguir tratando de estimular a la sociedad de ustedes a que se cure por
si misma. La enfermedad ha llegado demasiado lejos. Tendré que alterar la
composición temperamental de la raza.
—¿Cómo?
—Tampoco hay palabras ni conceptos para explicarlo. Habrá visto usted
que poseemos un enorme dominio sobre la materia física. Nos ha costado muy poco
esfuerzo interrumpir toda radiactividad. Ha resultado algo más difícil cuidar
de que todas las cosas, comprendidos los libros, concordaran ahora con un mundo
en el que
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la radiactividad no existe. Ha sido un poco más difícil todavía, y ha
requerido más tiempo, el borrar toda idea de la radiactividad de las mentes de
los hombres. En estos precisos instantes, en la Tierra no hay uranio. Y nadie
lo ha oído mencionar jamás.
—Yo sí —replicó Johannison—. ¿Y tú, Mercy? —Yo también lo recuerdo
—contestó Mercedes.
—Con ustedes dos hemos hecho una excepción —dijo el visitante—, tal como
la hacemos con un centenar y pico de hombres y mujeres de todas partes del
mundo.
—No habrá radiactividad —murmuró Johannison—. ¿Nunca más?
—Durante cinco años de los de ustedes —dijo el visitante—. Se trata de
una pausa, nada más. Una pausa, meramente; o llámelo, si prefiere, un período
de anestesia, a fin de que yo pueda actuar sobre la especie sin el peligro
eventual de una guerra atómica. A los cinco años, el fenómeno de la
radiactividad se reanudará y existirán de nuevo el uranio y el torio, que
actualmente han desaparecido. Sin embargo, el conocimiento de los mismos no
retornará. Y ahí es donde entran ustedes. Y los demás tratados como ustedes.
Ustedes reeducarán paulatinamente al mundo.
—Es toda una tarea. Hemos necesitado cincuenta años para llegar adonde
estamos. Aun concediendo que la segunda vez quizá se tardase menos, ¿por qué no
devolver los conocimientos, sencillamente? Podrían hacerlo, ¿verdad que sí?
—Se tratará de una operación muy seria —replicó el visitante—. Se
necesitará hasta un decenio para estar seguros de si surgen complicaciones o
no. Por ello queremos que la reeducación se verifique despacio.
—¿Cómo sabremos que ha llegado el momento? —preguntó Johannison—.
Quiero decir, que la operación ha terminado.
El visitante sonrió.
—Cuando llegue el momento, lo sabrán. Esté seguro.
—Bueno, es una maldición eso de esperar cinco años para que te suene un
gong dentro de la cabeza. ¿Y si no suena nunca? ¿Y si la operación que va a
realizar usted no tiene éxito?
—Confiemos en que sí lo tendrá —respondió muy serio el visitante.
—Pero ¿Y si no lo tiene? ¿No podría borrarnos el recuerdo temporalmente
también? ¿No podría dejarnos vivir normalmente hasta que haya llegado el
momento?
—No, y lo siento. Necesito sus mentes intactas. Si la operación fracasa,
si la cura no resulta bien, necesitaré una pequeña reserva de mentes normales,
intactas, para engendrar, a partir de ellas, una población nueva de este
planeta en la que se pueda intentar otra clase de cura. La especie de ustedes
debe conservarse a toda costa. Es muy valiosa. Por eso estoy dedicando tanto
tiempo a explicarles la situación. Si les hubiera dejado en la ignorancia en
que estaban hace una hora nada más, habrían bastado cinco días (no hablemos ya
de cinco años) para arruinarles por completo.
Y sin añadir ni una palabra más, desapareció.
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Mercedes realizó las tareas necesarias para preparar la cena, y se
sentaron a la mesa casi como si acabaran de vivir una jornada normal y
corriente.
—¿Es cierto? —exclamó Johannison—. ¿Es real todo eso? —Yo también lo he
visto —contestó Mercedes—. Y lo he oído.
—He repasado mis libros. Están cambiados. Cuando haya terminado esta…
pausa, habremos de trabajar de memoria, todos los que hemos quedado intactos.
Tendremos que volver a construir los instrumentos. Tardaremos mucho tiempo en
metérselo en la cabeza a los que no lo recordarán. —La cólera le dominó
repentinamente—. ¿Y por qué? Me gustaría saber por qué.
—Alex —empezó tímidamente Mercedes—, ese ser quizá haya estado en la
Tierra anteriormente y haya hablado con otras personas. Él ha vivido miles y
miles de años. ¿No piensas que acaso sea eso que durante muchísimo tiempo hemos
designado como… como…?
—¿Como Dios? —concluyó Johannison, mirándola—. ¿No es eso lo que querías
decir? ¿Cómo puedo saberlo? Lo único que sé es que sus semejantes, sean quienes
fueren, están infinitamente más adelantados que nosotros, y que él nos está
curando una enfermedad.
—Entonces —dijo Mercedes—, me lo imagino como un médico, o el
equivalente a médico que exista en su sociedad.
—¿Médico? Lo único que ha repetido muchas veces ha sido que el gran
problema estaba en la dificultad de comunicarnos. ¿Qué médico no podría
comunicarse con sus pacientes? ¡Un veterinario! ¡Un médico de animales! —Y
apartó el plato.
Su mujer replicó:
—Aun así. Si trae el fin de las guerras…
—¿Por qué querría ponerles fin? ¿Qué somos para él? Animales. Para él
somos animales. Literalmente. Lo ha dicho bien claro. Cuando le he preguntado
de dónde venía, ha contestado que no venía del «recinto» ¿Lo ves? El recinto de
los animales. Y luego lo ha cambiado por «universo». No venía del «universo».
La dificultad de comunicación le ha delatado. Ha utilizado el concepto de lo
que es nuestro universo para él, y no el de lo que es para nosotros. De modo
que el universo es un corral de animales, y nosotros somos… caballos, gallinas,
ovejas. Escoge.
—El Señor es mi Pastor. No me faltará…
—Basta, Mercy. Eso es una metáfora, y esto es una realidad. Si él es el
pastor, entonces nosotros somos unas ovejas dotadas de un deseo y una habilidad
extraños, antinaturales, de matarnos los unos a los otros. ¿Para qué habrían de
interrumpirnos?
—Él ha dicho…
—Sé qué ha dicho. Ha dicho que poseemos grandes potencialidades. Que
somos muy valiosos. ¿No es cierto?
—Sí.
—Pero ¿qué potencialidades y valores tienen las ovejas para el pastor?
Las ovejas no tienen ni idea. No pueden tenerla. Si supieran por qué las miman
tanto quizá
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prefiriesen vivir sus propias vidas. Acaso quisieran correr los peligros
que signifiquen los lobos, o los que signifiquen unas para otras.
Mercedes le miraba desamparada. Él gritó:
—Es lo que me estoy preguntando yo ahora. ¿Adónde vamos? ¿Adónde vamos?
¿Lo saben las ovejas? ¿Lo sabemos nosotros? ¿Podemos saberlo?
Marido y mujer se quedaron en silencio, inmóviles, con los ojos fijos en
los respectivos platos, sin comer. Fuera se oía el ruido del tráfico y las
voces de los niños que jugaban. La noche se acercaba; poco a poco, oscureció.
Un recuerdo relativo a La pausa refuerza el deleite constante que me
produce limitarme al papel de escritor, sin verme implicado en ninguna otra
faceta del juego literario.
Hallándose la antología en las primeras fases de su publicación, me
encontraba yo en las oficinas de Farrar, Straus & Young y la directora de
ediciones sudaba y se angustiaba pensando en qué título iban a darle. Pensaban
titularía In Time To Come, pero le parecía que a este título le faltaba algo y
se preguntaba qué otros podía elegir.
—¿Qué opina usted, doctor Asimov? —me preguntó, con una mirada
suplicante. (Muy a menudo la gente cree que tengo la respuesta, cuando ni
siquiera tengo las preguntas.)
Después de reflexionar desesperadamente, dije:
—Quite la primera palabra y déjelo en Time To Come. Así se refuerza el
concepto «tiempo» y se da más carácter de ciencia ficción al título.
Ella exclamó en seguida:
—Eso es, exactamente. —Y en efecto, Time To Come fue el título de la
antología, cuando apareció.
¿Aumentaría las ventas el cambio de título? ¿Cómo iban a saberlo? ¿Cómo
podían saber si no las perjudicó? Me alegro mucho de no ser director.
Mientras iba realizando estas tareas de escritor, mis actividades
profesionales en la Facultad de Medicina marchaban muy satisfactoriamente. En
1951 había sido ascendido a profesor auxiliar de bioquímica, de modo que ahora
contaba con mi categoría profesional que sumar a mi doctorado. Sin embargo,
esta doble dosis de título no parecía añadir nada a mi dignidad. Seguía
poseyendo «unas maneras efervescentes, dinámicas, joviales», como solía decir
Sprague, y todavía las conservo en la actualidad, como atestiguarán todos los
que me tratan, a pesar de que mi «ondulado cabello castaño», si bien sigue
siendo ondulado, es más largo y menos
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castaño de lo que era.
Por aquella efervescencia mía me llevaba estupendamente con los
estudiantes, aunque no siempre me llevase tan bien con los miembros de la
Facultad. Por fortuna, todo el mundo se daba buena cuenta de que yo era un
escritor de ciencia ficción. ¡Esto me favorecía mucho! Parecía reconciliar a
mis colegas con mi excéntrica manera de ser, gracias a lo cual me perdonaban
muchas cosas.
Por lo que a mí respecta, nunca intenté disimular el hecho. Hay personas
que siguen vocaciones más serias y que si alguna vez sucumben a la tentación de
escribir cosas que temen sea hojarasca sin valor utilizan seudónimos. Como yo
no he considerado nunca a la ciencia ficción hojarasca sin valor, y como la
escribía y publicaba mucho antes de haber ingresado en el claustro de
profesores, no tenía más remedio que utilizar mi verdadero nombre en mis
narraciones.
Tampoco pretendía meter a la Facultad en algo que pudiera ofender su
dignidad. Había vendido mi primer libro, Pebble in the Sky (Un guijarro en el
cielo), unas
seis semanas antes de aceptar el empleo en la Facultad de Medicina. Lo
que no sabía era que Doubleday fuese a explotar mi nueva situación profesional
en favor del libro. Sólo cuando vi la sobrecubierta, a finales de 1949, me di
cuenta de lo que había en la parte posterior.
Junto con un buen retrato mío de cuando tenía veinticinco años (que
actualmente me destroza el corazón cuando lo contemplo) había una frase final
que decía: «El doctor Asimov vive en Boston, dedicado a investigaciones sobre
el cáncer en la Facultad de Medicina de la Universidad de Boston.»
Durante bastante tiempo pensé a menudo en la citada frase, hasta que
decidí actuar sin reparos. Pedí ver a Dean James Faulkner y se lo expuse
francamente. Le dije que yo era un escritor de narraciones de ciencia ficción,
y lo era desde hacía bastantes años. Mi primer libro aparecería pronto bajo mi
verdadero nombre, y en él se mencionaba mi vinculación con la Facultad de
Medicina. ¿Quería que dimitiese?
El decano, un brahmán de Boston dotado de sentido del humor, me
preguntó:
—¿Es bueno el libro?
Cautelosamente, respondí:
—Los editores creen que sí.
—En tal caso —dijo él—, la Facultad de Medicina se alegrará de verse
vinculada con él.
Así quedó resuelto el caso, y ya nunca más, durante mi permanencia en la
Facultad de Medicina, me inquieté poco ni mucho por mi condición de escritor de
ciencia ficción. La verdad es que algunos miembros de la Facultad tuvieron la
idea de utilizarme. En octubre de 1954 los redactores del Boston University
Graduate Journal me pidieron unos centenares de palabras de ciencia ficción
para animar un número del periódico. Les obsequié con No cejemos, que se
publicó en el número de diciembre del mismo año.
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NO CEJEMOS
El profesor Charles Kittredge corría a largas e inseguras zancadas. Y
llegó a tiempo para arrancar de un manotazo el vaso que el profesor auxiliar
Heber Vandermeer se había llevado a los labios. Fue casi como un ejercicio a
cámara lenta.
Vandermeer, que al parecer estaba tan totalmente absorto que no había
oído las pisadas sordas de Kittredge, adoptó una expresión a la vez sorprendida
y avergonzada. Bajó los ojos hacia el roto vaso y el charco de liquido que lo
rodeaba.
—¿Qué era? —preguntó Kittredge con ceño fruncido.
—Cianuro de potasio. Me guardé un poco, cuando nos fuimos. Sólo por si
acaso…
—¿Qué beneficio nos habría reportado? Además hemos perdido un vaso.
Ahora hay que limpiar eso… No, yo lo haré.
Kittredge encontró un precioso pedazo de cartón para recoger los trozos
de cristal y un trapo todavía más precioso para absorber el venenoso líquido. Y
salió un momento para tirar los vidrios y —con gran pesar— el cartón y el trapo
en uno de los tubos que los impulsarían arriba, hacia la superficie, a unos
ochocientos metros de altura.
Al regresar encontró a Vandermeer sentado en el catre, mirando la pared
con ojos vidriosos. El cabello se le había vuelto completamente blanco, y,
naturalmente, había perdido peso. En el Refugio no había hombres obesos. Por
contraste, Kittredge, que ya antes era alto, delgado y canoso, apenas había
cambiado nada.
—Recuerda los viejos tiempos, Kitt —dijo Vandermeer.
—Procuro no recordarlos.
—Es el único placer que nos queda —insistió Vandermeer—. Los colegios
eran colegios. Había clases, material, estudiantes, aire, luz y gente. Gente.
—Un colegio es un colegio siempre que cuente con un profesor y un
estudiante. —Casi aciertas —se lamentó Vandermeer—. Hay dos profesores. Tú,
química;
yo, física. Sólo nosotros dos; todo lo demás, hemos de sacarlo de los
libros. Y un estudiante a punto de terminar. Será el primer hombre que obtendrá
la licenciatura aquí abajo. Toda una distinción. ¡Pobre Jones!
Kittredge se llevó las manos a la espalda para tenerlas quietas.
—Hay otros veinte jóvenes que llegarán algún día a estudiantes de los
últimos cursos.
Vandermeer levantó la vista, Tenía el semblante color ceniza.
—¿Qué les enseñaremos entretanto? ¿Historia? ¿Cómo descubrió el hombre
la manera de hacer estallar el hidrógeno, y que se sentía feliz como una
alondra mientras el hidrógeno estallaba y volvía a estallar repetidamente?
¿Geografía? Podremos describirles de qué manera dispersaron los vientos el
polvo brillante por todas partes y las aguas transportaron los disueltos
isótopos hacia todas las profundidades, mayores y menores, de los mares.
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A Kittredge le parecía una dura enseñanza. Él y Vandermeer fueron los
únicos científicos de talla que escaparon a tiempo. Ahora habían de velar por
las vidas de un centenar de personas, entre hombres, mujeres y niños, mientras
se escondían de los peligros y rigores de la superficie y del terror que el
hombre había creado. Se escondían allí, en aquella burbuja de vida, a
ochocientos metros por debajo de la corteza del planeta.
Desesperadamente, probó de inyectarle ánimos a Vandermeer. Con toda la
energía de que fue capaz, dijo:
—Tú sabes qué debemos enseñarles. Hemos de mantener la ciencia viva de
modo que algún día podamos repoblar la Tierra. Podamos empezar de nuevo.
Vandermeer no respondió. Volvió el rostro hacia la pared. Kittredge
insistió:
—¿Por qué no? Nada dura eternamente, ni siquiera la radiactividad.
Supongamos que tarde mil años, o cinco mil. Pero un día el nivel de radiación
en la superficie de la Tierra descenderá hasta un grado soportable.
—Un día.
—Naturalmente. Un día. ¿No ves que el colegio que tenemos aquí es el más
importante de toda la historia del hombre? Si triunfamos…, si tú y yo
triunfamos, nuestros descendientes volverán a ver el firmamento en toda su
extensión y volverán a gozar del agua corriente. Hasta tendrán —añadió con una
sonrisa torcida—, colegios mayores como los que nosotros recordamos.
—No creo nada de lo que dices —replicó Vandermeer—. Al principio, cuando
parecía mejor que morir, lo habría creído todo. En cambio ahora… sencillamente,
no tiene sentido. Sí, les enseñaremos todo lo que sabemos, aquí abajo, y luego
moriremos… aquí abajo.
—Pero antes de mucho tiempo, Jones nos dará lecciones a nosotros, y
pronto habrá otros. Los jóvenes que apenas recuerdan la existencia antigua
llegarán a ser profesores, y más tarde lo serán los que habrán nacido ya aquí
dentro. Éste será el punto crítico. Cuando lleven la batuta los nacidos aquí
abajo, no habrá recuerdos que destruyan la moral. Ésta será su vida, y tendrán
una meta que conquistar, algo por lo que combatir…, todo un mundo que ganar una
vez más. Siempre que, Van, siempre que mantengamos vivo el conocimiento de la
ciencia física a nivel de licenciatura. Tú comprendes por qué, ¿verdad que sí?
—Claro que lo comprendo —contestó Vandermeer, irritado—, pero no basta
con comprenderlo para hacerlo posible.
—Si abandonamos, entonces lo haremos imposible. Eso sí que es seguro.
—Bien, lo intentaré —susurró Vandermeer.
Con lo cual Kittredge se fue a su catre y cerró los ojos, ansiando
desesperadamente poder hallarse de pie, dentro del traje protector, en la
superficie del planeta. Sólo un ratito. Un ratito solamente. Se plantaría junto
al casco de la nave que habían desmantelado y aprovechado para crear la burbuja
de vida, en el fondo. Luego podría estimular su propio valor levantando la
vista y contemplando una vez más,
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sólo una vez más, a través de la tenue y fría atmósfera de Marte, el
fulgor de aquel brillante astro muerto que era la Tierra.
Algunas personas me acusan de exprimir hasta la última gota todo lo que
escribo. En realidad no es una táctica deliberada; pero debo admitir que el
número de gotas exprimidas parece ir en aumento. Ya en la lejana fecha de 1945
ocurría así.
Había escrito No cejemos para mi Facultad, y, naturalmente, no me dieron
nada por esta narración, ni yo esperaba que me lo dieran. Pero poco después,
Martin Greenberg, de la Gnome Press, me pidió una introducción para una nueva
antología que proyectaba, All About The Future, que había de aparecer en 1955.
Yo no tenía ganas de negarme, en verdad, porque apreciaba a Martin
Greenberg, aunque llevaba años de retraso en el pago de derechos de autor. Por
otra parte, tampoco quería entregarle material nuevo; por consiguiente, se me
ocurrió una solución de compromiso.
—¿Qué le parecería un cuento corto, en lugar de una introducción?
—dije—. Y le ofrecí No cejemos. Él lo incluyó como una de las dos
introducciones —la otra, más convencional, la escribió Robert A. Heinlein—, y,
maravilla de las maravillas, me dio diez dólares.
El mismo año, se produjo otro momento crucial. (Asombra la cantidad de
momentos cruciales que hay en la vida de una persona, y lo difícil que es
reconocerlos cuando llegan.)
Yo escribía literatura no perteneciente a la ciencia ficción, en pequeña
cantidad, desde los días de mi disertación doctoral. Se trataba de documentos
científicos sobre mis investigaciones, por ejemplo. No eran numerosos, sin
embargo, porque no tardé en descubrir que yo no era en realidad un investigador
apasionado. Por otra parte, escribir documentos significaba un trabajo
terriblemente desagradable, puesto que los documentos científicos son
aborrecibles en cuanto a estilo.
Con el libro de texto gocé más, si bien al escribirlo tuve que
contenerme y sujetarme continuamente por causa de mis dos colaboradores… Ambos
eran maravillosos, pero ambos tenían un estilo completamente distinto del mío.
Por pura frustración, concebí la idea de escribir un libro de bioquímica por mi
cuenta y riesgo, no para estudiantes de Medicina, sino para el público en
general. De todos modos, yo mismo consideraba esta idea como un sueño, pues en
realidad no sabía ver más allá de mi ciencia ficción.
Sin embargo, mi colaborador, Bill Boyd, había escrito un libro popular
sobre
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genética, Genetics and The Races of Man (Little-Brown, 1950), y en 1953
vino de Nueva York un tal Henry Schuman, propietario de una pequeña editorial
que llevaba su nombre. Schuman quería persuadir a Bill de que escribiese un
libro para él; pero Bill estaba ocupado y, persona de corazón tierno, probó de
desembarazarse fácilmente de Schuman presentándomelo, después de haberle
recomendado que me convenciese a mí de que escribiera un libro.
Naturalmente, di mi conformidad, y lo escribí con rapidez. De todos
modos, cuando se acercaba la fecha de su aparición, Henry Schuman había vendido
ya su empresa a otra firma, también pequeña: Abelard. Así pues, cuando apareció
mi libro, The Chemicals of Life, debió su publicación a Abelard-Schuman, 1954.
Era la primera obra ajena a la ciencia ficción que aparecía bajo mi
nombre exclusivamente; la primera de esta clase que escribía para el público en
general.
Más aún, la tarea me había resultado muy fácil, mucho más que inventar
relatos de ciencia ficción. Sólo tardé diez semanas en escribirlo, sin
dedicarle nunca más de una o dos horas diarias, y me divertía muchísimo. Al
instante me puse a pensar en qué otros libros similares, ajenos a la ciencia
ficción, podía escribir, y así inicié una actividad que iba a llenar mi vida…,
aunque a la sazón no sospechaba que hubiera de ocurrir semejante cosa.
Por otra parte, ese mismo año empezó a parecer que estaba en camino un
segundo retoño nuestro. También éste nos cogió por sorpresa y creó un problema
grave.
Cuando nos trasladamos a nuestro apartamento de Waltham, en la primavera
de 1951, sólo éramos dos. Dormíamos en un dormitorio, y el otro me servía de
oficina. En ese segundo dormitorio escribí mi libro The Currents of Space (Las
corrientes del espacio) (Doubleday, 1952).
Cuando David ya fue bastante mayor para necesitar un dormitorio
particular, le concedimos ese segundo, y trasladé mi oficina al dormitorio
principal. Allí escribí The Caves of Steel (Doubleday, 1953).
Luego, el 19 de febrero de 1955, nació mi hija Robyn Joan, y yo me
trasladé, por adelantado, al pasillo. Era el único sitio que quedaba
disponible. Allí empecé la cuarta de mis novelas de Lucky Starr, el mismo día
que trajeron a la pequeña del hospital. Se tituló Lucky Starr and the big sun
of Mercury (Lucky Starr y el gran sol de Mercurio) (Doubleday, 1956) Y la
dediqué «A Robyn Joan, que hizo cuanto pudo por estorbar».
El estorbo resultó demasiado efectivo, realmente. Con un hijo en cada
habitación y yo en el pasillo, la cosa marchaba bastante mal; pero con el
tiempo Robyn Joan sería bastante mayor para necesitar también una habitación
propia. Con lo cual decidimos empezar a buscar una casa.
Esto fue un trauma. Yo no había vivido nunca en una casa. Mis treinta y
cinco años de existencia los había pasado en una serie de apartamentos
alquilados. No obstante, lo que había de ser hubo de ser. En enero de 1956
encontramos una casa en Newton (Massachusetts), al oeste de Boston, y el 12 de
marzo del mismo año nos
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trasladamos allá.
El 16 de marzo, Boston sufrió una de las peores tormentas de nieve que
se recuerde; la capa de nieve alcanzó noventa centímetros. Yo, que nunca había
quitado nieve, me hallé empezando la tarea con una pala en un ancho y profundo
paseo. Apenas me había abierto paso cuando, el 20 de marzo, hubo otra tormenta
de nieve y cayó otra capa de ciento veinte centímetros.
La nieve amontonada contra las paredes exteriores de la casa, al
fundirse, se filtró a través de la madera, penetrando en el sótano, y sufrimos
una pequeña inundación… ¡Cielos, cómo deseábamos volver a encontrarnos en un
apartamento!
Pero sobrevivimos al conflicto, y luego vino una preocupación mayor
todavía… para mí al menos. Mi vida había cambiado tan radicalmente (con dos
hijos, una casa y una hipoteca) que empecé a preguntarme si seguiría siendo
capaz de escribir. (La novela The Naked Sun, Doubleday, 1957, la había
terminado dos días antes del traslado).
Ya saben, uno se hace de tal modo a la idea de que un escritor es una
planta delicada, a la que hay que cultivar con mucho esmero (y si no se
marchita) que todo cambio traumático en su manera de vivir le da,
inevitablemente, la impresión de que a la delicada planta le han cortado todas
las flores.
Entre las tormentas de nieve, el manejo de la pala, achicar el agua del
sótano y todo lo demás, pasé un tiempo sin poder escribir.
Pero he ahí que Bob Lowndes me pidió un cuento para Future, y en junio
de 1956 empecé mi primer trabajo de escritor en la nueva casa. Se había
producido ya la primera ola de calor de la estación, pero el sótano continuaba
fresco, de modo que instalé la máquina de escribir allí, gozando del lujo
singular de poder estar fresco en medio de una ola de calor.
No había problema. Seguía poseyendo facultades para escribir. Produje
Todos exploradores, y apareció en el número 30 de Future… (Los números de esta
revista aparecían tan irregularmente, a la sazón, que no se consideraba
prudente designarlos por el mes en que se publicaran.)
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TODOS EXPLORADORES
Herman Chouns era hombre de corazonadas. A veces acertaba; a veces se
equivocaba: en la proporción de un cincuenta por ciento, aproximadamente. No
obstante, si consideramos que uno tiene un universo entero de posibilidades del
que sacar una respuesta correcta, el cincuenta por ciento de aciertos empieza a
parecer un porcentaje muy aceptable.
Chouns no siempre estaba tan contento de este don como cabría imaginar.
Le sometía a demasiadas tensiones. La gente solía amontonarse en torno a un
problema, sin sacar nada en limpio, para luego volverse hacia él y preguntarle:
—¿Qué le parece, Chouns? Ponga en juego su conocida intuición.
Y si lo que él decía no resultaba acertado, luego le echaban la culpa de
lo que pudiera ocurrir.
Su trabajo de explorador más bien tendía a empeorar la situación.
—¿Opina que vale la pena examinar más de cerca aquel planeta? —solían
preguntarle—. ¿Qué opina usted, Chouns?
De modo que resultaba un alivio poder cambiar de programa y planear una
operación para dos hombres nada más (lo cual significaba que el próximo viaje
sería hacia un lugar sin prioridad especial y, por consiguiente, sin
particulares apremios) y, para colmo de buena fortuna, tener a Allen Smith de
compañero.
Smith era un hombre tan normal y corriente como su apellido. El primer
día de viaje le decía a Chouns:
—Lo que te pasa es que los archivos de la memoria de tu cerebro poseen
un mecanismo de respuesta extranormal. Cuando examinas un problema recuerdas
una cantidad suficiente de pequeños detalles, que quizá los demás no sepamos
apreciar, para llegar a una decisión. Llamar a eso una corazonada,
sencillamente, le da un misterio que en realidad no tiene.
Diciendo esto se alisaba el cabello hacia atrás. Tenía el cabello claro,
que se aplanaba sobre el cráneo como una funda.
Chouns, que tenía el cabello indomable y la nariz chata y un poco
descentrada, respondió mansamente, según solía hacer:
—Yo pienso que quizá sea telepatía.
—¿Qué?
—Sólo un vestigio de telepatía.
—¡Tonterías! —exclamó Smith, con sonora mofa, como solía hacer él—. Los
científicos se han pasado mil años tratando de descubrir poderes, y no han
logrado nada. No existen, no hay tal cosa: ni precognición, ni telekinesis, ni
clarividencia, ni telepatía.
—Lo admito; pero medita lo que voy a decirte. Si recibiera una imagen de
lo que piensa un grupo de personas, aunque quizá no me diera cuenta de lo que
estuviera sucediendo, podría combinar la información recibida y brindar una
respuesta. Yo
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sabría más que un solo individuo del grupo; por lo tanto, podría juzgar
con más acierto que los otros… a veces, al menos.
—¿Tienes alguna prueba, grande o pequeña, que demuestre lo que dices?
Chouns volvió sus dulces ojos castaños hacia Smith. —Sólo una corazonada —dijo.
Se llevaban muy bien. Chouns agradecía el tranquilizador espíritu
práctico de su compañero, y Smith alentaba las especulaciones de Chouns.
Estaban en desacuerdo muy a menudo; pero nunca se peleaban.
El buen entendimiento entre ambos no empeoró ni siquiera cuando llegaban
a su objetivo, que consistía en una constelación globular que nunca había
sufrido los aguijonazos de energía de un reactor nuclear ideado por el hombre.
—Me gustaría saber qué hacen con todos estos datos allá en la Tierra
—comentó Smith—. A veces se me antojan una pérdida de tiempo.
—La Tierra empieza apenas a expansionarse —contestó Chouns—. Es
imposible predecir hasta qué punto la humanidad se extenderá por la galaxia en
el término de un millón de años, poco más o menos. Todos los datos que podamos
recoger sobre cualquier mundo serán útiles algún día.
—Hablas como un manual de reclutamiento para los Equipos de Exploración.
¿Crees que veremos algo interesante ahí? —Smith indicaba la pantalla visora en
la que habían centrado, como derramado polvo de talco, el enjambre, ya no muy
distante, de astros.
—Quizá. Tengo una corazonada… —Chouns se interrumpió, hizo un movimiento
de deglución, y luego sonrió débilmente.
Smith soltó un bufido.
Enfoquemos los grupos de estrellas más cercanos y atravesemos al azar el
más denso. Te apuesto diez contra uno a que hallamos la relación McKomin por
debajo de 0,2.
—Perderás —murmuró Chouns, sintiendo la pronta sacudida de excitación
que experimentaba siempre que se extendían bajo sus ojos mundos nuevos. Era una
sensación tremendamente contagiosa; todos los años afectaba a centenares de
jóvenes, los cuales, como hizo él a su edad, acudían a manadas hacia los
Equipos, ansiosos por ver los mundos que sus descendientes llamarían un día
propios, por convertirse en exploradores…
Realizaron el enfoque, realizaron el primer salto hiperespacial a corta
distancia dentro del enjambre, y se pusieron a escudriñar estrellas en busca de
sistemas planetarios. Los computadores hacían su tarea; los archivos de
información se llenaban continuamente, y todo seguía una marcha normal y
satisfactoria… hasta que en el Sistema 23, poco después de haber completado el
salto, los motores hiperatómicos fallaron.
Chouns murmuró:
—Es curioso; los analizadores no indican qué es lo que funciona mal.
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Tenía razón. Las manecillas oscilaban caprichosamente, sin pararse ni
una sola vez un tiempo razonable, de modo que no se podía hacer ningún
diagnóstico. Y, por consiguiente, no se podía proceder a ninguna reparación.
—Jamás vi cosa parecida —refunfuñaba Smith—. Tendremos que cerrarlo todo
y buscar la avería manualmente.
—Será mejor que la busquemos con la mayor comodidad —dijo Chouns, que
estaba ya en los telescopios—. El trayecto espacial no presenta ninguna
dificultad, y en este sistema hay dos planetas muy agradables.
—¿Eh? ¿Hasta qué punto son agradables, y cuáles son?
—El primero y el segundo de aquel grupo de cuatro. Ambos tienen agua y
oxigeno. El primero es un poco mayor y más caliente que la Tierra; el segundo
es un poco más frío y pequeño. ¿Te parece bien?
—¿Vida?
—En ambos. Vegetal, por lo menos.
Smith soltó un sonido gutural. Aquello no era para sorprender a nadie;
la vegetación se daba con gran frecuencia, en más del cincuenta por ciento de
los mundos dotados de agua y oxigeno. Y, a diferencia de la vida animal, la
vegetación se podía ver telescópicamente… o, con más precisión,
espectroscópicamente. En todas las formas vegetales sólo se había descubierto
cuatro pigmentos fotoquímicos, cada uno de los cuales se podía detectar por la
naturaleza de la luz que reflejaba.
—La vegetación en ambos planetas pertenece al tipo clorofílico, nada
menos — explicó Chouns—. Exactamente igual que en la Tierra; parecerá un
retorno al hogar.
—¿Cuál de los dos está más cerca? —preguntó Smith.
—El número dos, y estamos en camino. Tengo la sensación de que será un
planeta agradable.
—Lo juzgaré con los instrumentos, si no te importa —dijo Smith.
Pero la corazonada de Chouns parecía corresponder al grupo de las
acertadas. Se trataba de un planeta apacible, con una intricada red de mares
que aseguraba un clima con pequeñas variaciones de temperatura. Las cordilleras
eran bajas y redondeadas, y la distribución de la vegetación indicaba una
fertilidad notable y generalizada.
Chouns estaba en los mandos para proceder al aterrizaje.
Smith se impacientaba.
—¿Qué estás buscando? Tanto da un sitio como otro.
—Busco un paraje sin plantas —contestó Chouns—. No hay por qué quemar
una hectárea de vida vegetal.
—Si la quemas, ¿qué importa?
—¿Y qué importa si no la quemo? —replicó Chouns, que en aquel momento
encontraba su espacio desierto.
Sólo entonces, después de aterrizar, se dieron cuenta de una pequeña
parte de la realidad en que se habían introducido.
—¡Caracoles espaciales! —exclamó Smith.
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Chouns se había quedado atónito. La vida animal era mucho más rara que
la vegetal, y la inteligencia, incluso los más leves destellos de la misma,
muchísimo más; y sin embargo, aquí, a menos de un kilómetro del punto donde
habían aterrizado, había un grupo de chozas bajas, cubiertas de bardas,
producto evidente de una inteligencia primitiva.
—¡Cuidado! —recomendó Smith, deslumbrado.
—No creo que corramos ningún peligro —dijo Chouns. Y saltó a la
superficie del planeta con toda confianza. Smith le siguió.
A Chouns le costaba trabajo dominar su excitación.
—¡Esto es extraordinario! Hasta hoy nadie había podido dar noticia sino
de cavernas o ramas de árboles entretejidas, a lo sumo.
—Espero que sean inofensivos.
—Esto es demasiado pacífico para que no lo sean. Huele el aire.
Al descender hacia el suelo, el terreno —por todas partes del horizonte,
excepto allá donde una hilera baja de colinas rompía la uniformidad de la
línea— aparecía teñido de un sedante rosa pálido que salpicaba el verde de la
clorofila. Vistas de cerca, las manchas rosa pálido se individualizaban en unas
flores, delicadas y olorosas. Sólo los espacios inmediatos a las chozas tenían
un color ambarino, debido a unas plantas que parecían cereales.
De las chozas sallan ahora unas criaturas que se acercaban indecisas,
aunque sin temor, a la nave. Tenían cuatro patas y un cuerno inclinado que
alcanzaba una altura de noventa centímetros, hasta los hombros. Sobre éstos se
asentaba firmemente la cabeza, dotada de unos ojos muy salientes —Chouns contó
seis— dispuestos en círculo y capaces de los movimientos más
desconcertantemente independientes. «Esto compensa la inmovilidad de la
cabeza», pensó Chouns.
Cada criatura tenía una cola con la punta bifurcada, formando dos recias
fibrilas que mantenían en alto. Las fibrilas estaban continuamente en rápida
oscilación, y por ello tenían un aspecto confuso, borroso.
—Vamos —dijo Chouns—. No nos harán ningún daño, estoy seguro.
Las criaturas les rodearon a una distancia prudencial. Sus colas
producían un zumbido modulado.
—Es posible que se comuniquen de ese modo —dijo Chouns—. Y me parece
obvio que son vegetarianos. —Su índice señalaba una choza donde un ejemplar
pequeño de la especie estaba sentado sobre las posaderas, cortando el cereal
ambarino con la cola y llevándose una espiga a la boca lo mismo que quien chupa
una sarta de cerezas marrasquinas de un palillo.
—Los seres humanos comen lechugas —replicó Smith—, pero eso no demuestra
nada.
Otros seres con rabos salieron de las chozas, se entretuvieron unos
instantes alrededor de los hombres, y luego desaparecieron por los espacios
verdes y rosa.
—Son vegetarianos —aseguró con firmeza Chouns—. Mira cómo cultivan su
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cosecha principal.
La cosecha principal, según la llamaba Chouns, consistía en una
guirnalda de suaves púas verdes próximas al suelo. Del centro de la guirnalda
subía un tallo velloso que, a intervalos de unos cinco centímetros, daba
nacimiento a unos capullos carnosos, recorridos por una especie de venas y tan
extraordinariamente vivos que casi latían. El tallo terminaba en la punta con
los capullos rosa pálido, que, excepto por su color, eran lo más terrenal que
tenían aquellas plantas.
Las plantas estaban dispuestas en filas e hileras con una precisión
geométrica. Alrededor de cada una, el suelo se veía suelto y mezclado con un
polvo extraño que no podía ser otra cosa que un fertilizante. Unos angostos
pasillos, sólo con la anchura suficiente para que circulara por ellos una
criatura, cruzaban el campo en varios sentidos. Cada pasillo aparecía bordeado
de unas pequeñas acequias destinadas evidentemente a la conducción del agua.
Ahora los seres estaban repartidos por el campo, trabajando
diligentemente, con las cabezas bajas. Sólo unos pocos continuaban en las
proximidades de los dos hombres.
—Son buenos labradores —dijo Chouns, reforzando las palabras con un
cabeceo afirmativo.
—No lo hacen mal —convino Smith, acercándose a paso vivo hacia la más
próxima de aquellas flores rosa pálido y estirando el brazo para cogerla. Pero
cuando tenía la mano a unos quince centímetros, le detuvo el sonido de las
vibraciones de las colas, que estaba adquiriendo un timbre agudo, así como el
contacto directo de una cola con su brazo. Era un contacto delicado, pero
firme, que se interponía entre Smith y las plantas. Smith retrocedió.
—¡Qué diablos…! —Y su mano iba a empuñar el desintegrador cuando Chouns
le dijo:
—No hay motivo para excitarse; tómalo con calma.
En ese momento se agrupaba alrededor de ellos media docena de aquellas
criaturas, ofreciéndoles tallos de cereal humilde y dulcemente, unos utilizando
las colas, otros empujándolos con los hocicos.
—Se muestran perfectamente amistosos —dijo Chouns—. Quizá el coger
flores vaya contra sus costumbres; es probable que haya que tratar las plantas
según unas normas rígidas. Acaso toda cultura que conozca la agricultura cuente
con ritos sobre la fecundidad, y Dios sabe qué pueden implicar tales ritos. Las
normas sobre el cultivo de las plantas quizá sean muy estrictas; de lo
contrario no veríamos esas hileras tan exactamente medidas… ¡Espacio!, allá en
la Tierra saltarán de sus sillas cuando les contemos esta aventura.
El zumbido de las colas volvió a adquirir un tono agudo, y todas las
criaturas que los rodeaban retrocedieron. De una choza mayor que las otras,
situada en el centro del grupo, emergía otro ejemplar de la especie. —El jefe,
supongo —murmuró Chouns.
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El recién aparecido se acercaba lentamente, la cola en alto, con un
objeto negro entre las fibrilas. A la distancia de metro y medio, la cola
avanzó en arco.
—Quiere darnos eso —exclamó Smith, atónito—. ¡Y, Chouns, por amor de
Dios, mira qué es!
Chouns lo estaba mirando, febrilmente. Se le cortaba la voz:
—Son unos anteojos Gamow hiperespaciales. Son aparatitos de diez mil
dólares.
Smith volvió a emerger de la nave, después de haber permanecido una hora
dentro. Desde la rampa, gritaba muy excitado:
—Funcionan. Están en perfectas condiciones. Somos ricos.
Chouns le contestó:
—He buscado por sus chozas. Pero no encuentro ninguno más.
—No desdeñes el tener sólo éstos. Dios santo, son tan negociables como
un puñado de monedas.
Pero Chouns seguía mirando por todas partes, los brazos en jarras,
exasperado. Tres de aquellas rabudas criaturas le habían seguido tozudamente de
choza en choza, siempre pacientes, sin molestarle nunca, pero siempre
interponiéndose entre él y las flores rosa pálido geométricamente plantadas.
Ahora le estaban contemplando con sus múltiples ojos.
—Además, son del último modelo —decía Smith—. Mira aquí —añadía,
señalando las letras en relieve que anunciaban: Modelo X-20, Productos Gamow,
Varsovia, Sector Europeo.
Chouns dirigió una mirada a la inscripción y dijo irritado:
—Lo que me interesa es conseguir más. Sé que hay más anteojos Gamow en
alguna parte, y los quiero. —Tenía las mejillas encarnadas y la respiración
alterada.
El sol se ponía; la temperatura descendía hasta hacerse ingrata. Smith
estornudó dos veces; luego Chouns.
—Cogeremos una neumonía —gangueó el primero.
—Tengo que hacérselo entender —se obstinaba Chouns. Había devorado
precipitadamente parte del contenido de un bote de embutidos, había bebido un
bote de café, y estaba dispuesto a intentarlo de nuevo. Levantando los anteojos
en alto, pedía—: Más, más —y trazaba movimientos circulares con los brazos,
Señalaba un anteojo, luego el otro, y luego señalaba otros más, imaginarios,
puestos en hilera ante él—. Más.
Luego, cuando los últimos fragmentos del disco solar se hundían bajo el
horizonte, de todas partes del campo se elevó un vasto zumbido, mientras todas
las criaturas que había a la vista agachaban la cabeza y levantaban la
bifurcada cola, que hacían vibrar, ganando en estridencia al tiempo que se iba
volviendo invisible, bajo el crepúsculo.
—¡Gran Espacio…! —murmuró Smith, inquieto—. ¡Oye, mira las flores! —Y
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estornudó otra vez.
Las flores rosa pálido se encogían visiblemente.
Chouns gritó, para dominar el tremendo zumbido:
—Quizá sea una reacción causada por la puesta del sol. Ya sabes, unas
flores que de noche se cierran. Y el ruido puede ser un rito religioso
celebrándolo.
Un levísimo golpe de una cola en la muñeca atrajo inmediatamente la
atención de Chouns. La cola en cuestión pertenecía a la criatura más próxima, y
en aquel momento se levantaba hacia el cielo, en dirección a un objeto
brillante que había salido hacía unos momentos por el oeste del horizonte. La
cola se dobló para señalar los anteojos, y luego volvió a levantarse hacia el
astro.
Chouns gritó excitado:
—Claro, el planeta interior, el otro planeta habitable. Estos anteojos
habrán venido de allá. —Entonces, por asociación de ideas, recordó y gritó,
súbitamente alarmado—: ¡Eh, Smith, los motores hiperatómicos siguen sin
funcionar!
Smith parecía sorprendido, como si también se hubiera olvidado; luego
murmuró:
—Quería decírtelo. Están perfectamente.
—¿Los has arreglado?
—Ni los he tocado. Pero cuando probaba los anteojos utilicé los motores,
y funcionaron. En aquel momento no presté ninguna atención al hecho; había
olvidado que estuvieran averiados. Sea como fuere, funcionaban.
—Entonces, vámonos —dijo al momento Chouns. Ni se le ocurrió la idea de
dormir.
Ninguno de ambos pegó ojo durante las seis horas de travesía. Se
mantuvieron atentos a los controles con una pasión de drogados. Y de nuevo
eligieron un claro sin vegetación para aterrizar.
Hacía calor, el calor de las primeras horas de una tarde subtropical, y
junto a ellos discurría plácidamente un ancho río turbio. La orilla más próxima
era de barro endurecido y aparecía perforada por grandes cavidades.
Los dos hombres salieron a la superficie del planeta, y Smith gritó con
voz ronca:
—¡Chouns, mira aquello!
Chouns se libró de la mano que le sujetaba.
—¡Que me cuelguen! —exclamó—. ¡Las mismas plantas!
Imposible confundir las pálidas flores rosadas, los tallos con los
venosos capullos y la guirnalda de púas debajo. También aquí se observaba la
geométrica distribución, el cuidado esmerado y el abonado del suelo, las
acequias de riego…
—¿No habremos cometido un error y volado en circulo…? —preguntó Smith.
—¡Oh, mira el sol; tiene doble diámetro que antes! ¡Y mira allá!
De las madrigueras de la orilla del río emergían unos seres color
canela, lisos y sinuosos, tan desprovistos de extremidades como las serpientes.
Tenían treinta
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centímetros de diámetro y unos tres metros de longitud; los dos extremos
eran igualmente achatados y carecían por igual de rasgos diferenciales. En la
mitad de su parte superior mostraban unos bultos. Como obedeciendo a una señal,
todos los bultos crecieron bajo las sorprendidas miradas de los dos hombres
hasta convertirse en gruesos ovoides partidos por el centro para formar unas
hendiduras, unas bocas sin labios que se abrían y cerraban produciendo un ruido
como el de un bosque de palos golpeando unos contra otros.
Luego, al igual que en el planeta exterior, satisfecha ya su curiosidad
y calmados sus temores, la mayoría de aquellos seres se alejó, dispersándose
por los esmeradamente cultivados campos.
Smith estornudó. La fuerza del aire expelido, que chocó con la manga de
su chaqueta, levantó una nube de polvo. Smith la contempló pasmado; luego se
sacudió, diciendo:
—Maldita sea, estoy cubierto de polvo. —Así era, y el polvo se extendía
como una niebla rosa pálido—. Y tú también —añadió, sacudiendo con la mano el
de Chouns.
Ambos estornudaban a placer.
—Lo hemos recogido en el planeta exterior, supongo —dijo Chouns.
—Podemos contraer una alergia.
—Imposible. —Chouns levantó los anteojos y les gritó a las reptilianas
criaturas
—: ¿Tienen otros como éstos?
Durante uh rato no vino ninguna respuesta, como no fuera el chapoteo del
agua al meterse en ella algunos de aquellos seres, para salir luego con platea
dos racimos de criaturas acuáticas, que aquéllos se embutían debajo del cuerpo,
en alguna escondida boca que tendrían allí.
Pero luego, una serpiente, más larga que las otras, vino a empujones por
el suelo, con una de las chatas puntas levantada inquisitivamente cosa de unos
cinco centímetros y moviéndose, ciega, de un lado para otro, como una
lanzadera. El bulto de su centro se hinchó, primero moderadamente, luego de una
manera alarmante, y se partió en dos con audible estallido. Allí dentro,
guardados entre las dos conchas, habla otros anteojos, duplicado exacto de los
primeros.
—¡Dios del cielo! —exclamó Chouns, extasiado—. ¿No es hermoso? —Y se
precipitó hacia adelante para apoderarse del objeto. La turgencia que lo
contenía se adelgazó y estiró, formando una especie de tentáculos que se
tendían hacia él.
Chouns reía de gozo. Eran unos anteojos Gamow, en efecto; iguales,
exactamente iguales que los primeros. Chouns los acarició.
—¿No me oyes? —gritaba Smith—. ¡Chouns, escúchame, maldita sea!
—¿Qué? —inquirió Chouns. Se daba cuenta vagamente de que Smith le
hablaba a voces desde hacía más de un minuto.
—Mira las flores, Chouns.
Se estaban cerrando, como se habían cerrado las del otro planeta, y
entre las filas
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de plantas, los seres reptilianos se enderezaban sobre un extremo,
meciéndose y bamboleándose con un ritmo extraño, entrecortado. Sólo sus chatas
puntas aparecían sobre el rosa pálido de las flores.
—No dirás que se cierran a causa del crepúsculo —comentó Smith—. Es
pleno
día.
Chouns se encogió de hombros.
—Planeta diferente, planta distinta. ¡Vamos! Sólo tenemos dos anteojos
ha de haber más.
—Chouns, regresemos a casa. —Smith afianzó las piernas hasta
convertirlas en dos resistentes pilares y sus dedos se cerraron con más fuerza
sobre el cuello de la camisa de Chouns.
La enrojecida faz de éste se volvió hacia él con expresión indignada.
—¿Qué estás haciendo?
—Me estoy preparando para dejarte sin conocimiento, de un puñetazo, si
no regresas conmigo a la nave, inmediatamente.
Chouns permaneció un momento irresoluto; luego se desvaneció cierta
alocada excitación que se notaba en él, su cuerpo se relajó, y dijo:
—Bien, de acuerdo.
Salían del enjambre de astros; estaban ya a mitad de camino, y Smith
preguntó:
—¿Cómo te encuentras?
Chouns se incorporó en el catre y se pasó la mano por el cabello.
—Normal, supongo; nuevamente cuerdo. ¿Cuánto tiempo he dormido?
—Doce horas.
—¿Y tú?
—Yo he descabezado un sueño. —Smith se volvió ostentosamente hacia los
instrumentos y procedió a unos pequeños reajustes—. ¿Sabes que ocurrió en
aquellos planetas? —preguntó en tono un tanto presuntuoso.
Chouns contestó pausadamente, preguntando:
—¿Lo sabes tú?
—Creo que sí.
—¿Eh? ¿Puedes decírmelo?
—Era la misma planta en ambos planetas —explicó Smith—. ¿Lo admites?
—Claro que sí.
—Fuera como fuese, la trasplantaron de un planeta al otro. En ambos
planetas se da perfectamente bien; pero de vez en cuando (para conservar el
vigor, me imagino) ha de haber fecundación cruzada, la mezcla de las dos
variedades. Esto, ocurre con bastante frecuencia en la Tierra.
—¿La fecundación cruzada para aumentar el vigor? Sí.
—Y nosotros hemos sido los agentes por conducto de los cuales se ha
realizado el
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cruce. Aterrizamos en un planeta y quedamos cubiertos de polen
¿Recuerdas que las flores se cerraban? Eso debía de ser inmediatamente después
de haber soltado el polen; y eso era también lo que nos hacía estornudar. Luego
aterrizamos en el otro planeta y sacudimos el polen de nuestras ropas. Ahora se
producirá una nueva raza híbrida. No hemos sido otra cosa que un par de abejas
con dos patas, Chouns, cumpliendo nuestro deber con las flores.
Chouns sonrió tímidamente.
—Un papel poco glorioso, en cierto modo.
—¡Ah, diablos, no es eso lo que importa! ¿No ves el peligro? ¿No ves por
qué hemos de regresar a casa pronto?
—¿Por qué?
—Porque los organismos no se adaptan a algo que no existe. Aquellas
plantas parecen adaptadas a la fecundación interplanetaria. E incluso nos han
pagado, como pagan las otras flores a las abejas; no con néctar, con unos
anteojos Gamow.
—¿Entonces…?
—Entonces, no se puede disponer de una fecundación interplanetaria a
menos que algo o alguien se encargue de la tarea. Esta vez nos hemos encargado
nosotros; pero éramos los primeros seres humanos que entraban jamás en ese
grupo de astros. Por lo tanto, anteriormente hubieron de realizar el trabajo
seres no humanos; quizá los mismos que en un principio trasplantaron las
plantas. Eso significa que en algún punto del enjambre de astros hay una raza
de seres inteligentes; bastante inteligentes para emprender viajes espaciales.
Y hemos de informar de ello a la Tierra.
Chouns meneó la cabeza pausadamente.
Smith arrugó la frente.
—¿Encuentras lagunas en el razonamiento?
Chouns se cogió la cabeza con las manos y puso un semblante afligido.
—Digamos que se te ha pasado por alto casi todo.
—¿Qué he pasado por alto? —preguntó, enojado, Smith.
—Tu teoría de la fecundación cruzada es buena, en lo referente a la vida
de las plantas; pero hay unos cuantos puntos que no has tomado en
consideración. Cuando nos acercábamos a aquel sistema solar, nuestros motores
hiperatómicos sufrieron una extraña avería que los controles automáticos no
supieron diagnosticar ni corregir. Después de aterrizar, no hicimos nada para
repararlos. La verdad es que nos olvidamos de ellos; y luego, cuando los
pusiste en marcha, los encontraste en perfecto estado; pero el hecho te
impresionó tan poco que ni siquiera lo comentaste conmigo hasta varias horas
después.
»Fíjate en otro detalle, en lo más oportunamente que encontramos puntos
de aterrizaje cerca de grupos de vida animal en ambos planetas. ¿Buena suerte
nada más? Y en la increíble confianza que tuvimos en la buena disposición de
aquellas criaturas. Ni siquiera nos tomamos el trabajo de comprobar la
atmósfera de ninguno de ambos planetas por si descubríamos rastros de venenos,
antes de exponernos a
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ella.
»Pero lo que me inquieta más es que me volviera tan loco por los
malditos anteojos. ¿Por qué? Valen dinero, en efecto, pero no tanto… y por lo
general yo no me pirro en exceso por los beneficios monetarios.
Smith, que había mantenido un silencio desazonado, dijo:
—No veo que ninguno de estos detalles conduzca a ninguna conclusión.
—Pero ¿qué dices? Eres bastante inteligente para comprenderlo. ¿No ves
con toda claridad que estábamos bajo control mental desde el exterior?
Los labios de Smith se torcieron en una mueca que quedaba a mitad de
camino entre la burla y la duda.
—¿Otra vez el cuento de las facultades?
—Sí; los hechos son hechos. Te dije que mis corazonadas pueden ser una
forma de telepatía rudimentaria.
—¿Es también un hecho eso? Hace un par de días no lo creías así.
—Pues ahora lo creo. Fíjate, soy mejor receptor que tú, y por ello me
afectó más intensamente. Ahora que el fenómeno ha pasado, entiendo mejor lo que
pasó porque recibí más vibraciones. ¿Comprendes?
—No —respondió Smith con aspereza.
—Entonces, escucha algo más. Tú has dicho que los anteojos Gamow fueron
el néctar que nos sobornó para que realizáramos la polinización. Lo has dicho
tú.
—De acuerdo.
—Bien, pues ¿de dónde procedían los anteojos? Eran productos terrestres;
hasta hemos leído en ellos el nombre del fabricante y el modelo, letra por
letra. Pero, si no ha habido nunca seres humanos en el enjambre de astros, ¿de
dónde sacaron esos anteojos? Ninguno de los dos pensamos entonces en este
detalle; y a ti parece que no te preocupa ni siquiera ahora.
—Bueno…
—¿Qué hiciste con los anteojos luego que subimos a la nave? Me los
cogiste; lo recuerdo bien.
—Los puse en la caja fuerte —dijo Smith en tono defensivo.
—¿Los has tocado desde entonces?
—No.
—¿Y yo?
—Que yo sepa, tampoco.
—Te doy mi palabra de que no. Entonces, ¿por qué no abres la caja fuerte
ahora? Smith se acercó pausadamente a ella. La cerradura estaba construida de
forma que reaccionase a las yemas de sus dedos, y se abrió. Sin mirar, Smith
puso la mano dentro. El semblante se le alteró y, con un grito agudo, primero
miró el contenido, y
luego lo sacó todo fuera.
En las manos tenía cuatro piedras de un color raro y las cuatro más o
menos prismáticas.
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—Se han aprovechado de nuestros propios sentimientos para hacernos
actuar a su gusto —dijo suavemente Chouns, como introduciendo las palabras en
el tozudo cráneo del otro, una por una—. Nos hicieron creer que los motores
hiperatómicos no funcionaban, para inducirnos a aterrizar en uno de los dos
planetas; supongo que no importaba cuál de ambos. Cuando hubimos aterrizado,
nos hicieron creer que teníamos en las manos unos instrumentos de precisión,
para que corriéramos hacia el otro planeta.
—¿A quiénes te refieres —refunfuñó Smith—, a los rabudos o a las
serpientes?
¿O a ambas especies?
—Ni a los unos ni a los otros —respondió Chouns—. Fueron las plantas.
—¿Las plantas? ¿Las flores?
—Ciertamente. Vimos dos clases diferentes de animales cuidando la misma
especie de planta. Como nosotros somos animales, presumimos que los animales
eran los dueños. Pero ¿por qué habría de ser así? Las plantas eran las que
recibían todas las atenciones.
—En la Tierra también cultivamos plantas, Chouns.
—Pero nos las comemos —replicó éste.
—Quizá aquellas criaturas también se las coman.
—Digamos que yo sé que no se las comen —replicó Chouns—. Nos manejaron
bastante bien. Recuerda con qué cuidado hube de buscar un trozo de suelo
desnudo para aterrizar.
—Yo no sentía esa necesidad.
—Tú no estabas en los mandos; tú no les interesabas. Luego, por otra
parte, recuerda que no nos fijamos en el polen ni por un momento, aunque
estábamos cubiertos de él… No nos fijamos hasta que estuvimos ya en el segundo
planeta. Entonces nos lo sacudimos obedeciendo a un mandato.
—Jamás oí nada tan inverosímil.
—¿Por qué inverosímil? No asociamos la inteligencia con las plantas
porque las plantas que conocemos no poseen sistema nervioso; pero ésas quizá lo
tengan. ¿Recuerdas las carnosas yemas de los tallos? Por otra parte, las
plantas no se mueven libremente; pero no tienen necesidad de moverse si
adquieren poderes psi y utilizan a los animales que sí tienen libertad de
movimientos. Así se hacen cultivar, abonar, regar, polinizar y todo lo demás.
Los animales las cuidan con dedicación exclusiva, y se sienten dichosos
cuidándolas, porque ellas los hacen sentirse así.
—Y yo lo siento por ti —dijo Smith con acento monótono—. Si intentas
explicar esta historia de regreso a la Tierra, lo siento por ti.
—No me hago ilusiones —musitó Chouns—. Sin embargo…, ¿qué puedo hacer
sino intentar advertir a los de la Tierra? Ya has visto qué hacen aquellas
plantas con los animales.
—Según tu interpretación, los convierten en esclavos.
—Peor aún. O las criaturas con rabo, o las que parecen serpientes, o
ambas, han
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de haber tenido una civilización bastante adelantada para llegar a
conocer y practicar los viajes espaciales. De otro modo aquellas plantas no
podrían encontrarse en los dos planetas. Pero en cuanto las plantas adquirieron
poderes psi (quizá aparecieran estos poderes en una raza salida de una
mutación), la civilización animal llegó a su fin. En la fase atómica, los
animales son peligrosos. Por consiguiente, les hicieron olvidar, los redujeron
a su condición actual… ¡Maldita sea, Smith! ¡Aquellas plantas son la cosa más
peligrosa de todo el universo! La Tierra ha de ser informada de su existencia.
Puede darse el caso de que otros terrestres entren en aquel grupo de astros.
Smith soltó la carcajada.
—¿Sabes?, estás completamente desatinado. Si aquellas plantas nos tenían
realmente bajo su dominio, ¿cómo permitieron que nos marchásemos y avisemos a
los otros?
Chouns hizo una pausa.
—No lo sé —respondió por fin.
Smith había recobrado el buen humor.
—Por un minuto me has tenido cogido, debo admitirlo —comentó.
Chouns se rascaba el cráneo furiosamente. ¿Por qué les dejaban marchar?
Todavía más, ¿por qué sentía él un afán tan imperioso de avisar en la Tierra de
una cuestión con la que los hombres quizá no volverían a ponerse en contacto
durante miles de años?
Chouns pensaba intensa, profundamente, y al final se le apareció una
especie de idea brillante. Quiso captarla del todo; pero se le escapó. Por un
momento pensó desesperadamente en qué sería, como si algo o alguien hubiera
empujado la idea fuera de su alcance; aunque luego también esta sensación se
desvaneció a su vez.
Sólo continuaba sabiendo que la nave había de seguir volando a toda
velocidad, que tenían que apresurarse.
De modo que, después de años incontables, las condiciones adecuadas se
habían producido otra vez. Las protosporas de las dos variedades planetarias de
la planta madre se encontraron y fusionaron, saltando juntas a las ropas y el
cabello y la nave de esos nuevos animales. Y casi al instante se formaron las
esporas híbridas, que eran las únicas dotadas de la facultad y la potencia
necesarias para adaptarse a un nuevo planeta.
Ahora las esporas aguardaban calladamente, en la nave que, con el último
impulso de la planta madre en las mentes de las criaturas que la tripulaban,
las llevaba a toda velocidad hacia un mundo nuevo y maduro, donde unos seres
que gozaban de libertad de movimientos atenderían a sus necesidades.
Las esporas aguardaban con la paciencia de la planta (esa paciencia que
lo vence todo y que ningún animal poseerá jamás) la llegada a un nuevo mundo…
Aquellas esporas que eran, todas y cada una, a su diminuta manera, unas
exploradoras…
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Los cuentos de este libro no habían entrado a formar parte de muchas
antologías. Por este motivo los elegí, y ése es uno de los puntos que Doubleday
me encareció. Todos exploradores, no obstante, ha sido escogido dos veces para
una antología: la primera por Judith Merril en 1957, y la segunda por Vic
Ghidalia en 1973.
Sin embargo, eso no es mucho. Algunos relatos míos tienden a ser
publicados varias veces. Un cuentecito que escribí, titulado The Fun They Had,
ha aparecido al menos cuarenta y dos veces desde 1951, cuando fue publicado
primeramente, hasta la fecha, y en la actualidad está en prensa para aparecer
en otros ocho volúmenes. Es posible que lo hayan publicado en algunos sitios
más; en mí biblioteca, yo sólo tengo cuarenta y dos.
Pueden encontrarlo, si así lo desean, en mi libro Earth Is Room Enough
(Con la Tierra nos basta), (Doubleday, 1957). Es uno de los cuarenta y dos
citados.
Los editores no se cansan de imaginar estratagemas. A veces soy víctima
de sus maquinaciones.
El 14 de noviembre de 1956 me encontraba en la oficina de Infinity
Science Fiction, hablando con el director, Larry Shaw. Nos llevábamos muy
bien[11], y cuando yo visitaba Nueva York iba a verle muy a menudo.
Aquel día, él tuvo una idea. Me daría el título de un cuento (el título
menos evocador que pudiera ocurrírsele) y yo escribiría un cuentecito corto,
allí mismo, basándome en el título. Luego diría el mismo título a dos
escritores más, los cuales harían lo mismo que yo.
Le pregunté, receloso, cuál era el título en cuestión, y me contestó:
—En blanco.
—¿En blanco? —dije.
—En blanco —repitió.
De modo que medité unos momentos y me puse a escribir la narración
siguiente, con el título de ¡En blanco! (con signos de admiración).
Randall Garret escribió un cuento titulado ¿En blanco?, con signos de
interrogación, y Harlan Ellison escribió uno titulado En blanco, sin signos de
ninguna clase.
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¡EN BLANCO!
—Es de suponer —decía August Pointdexter— que existe un sentimiento que
podríamos denominar orgullo arrogante. Los griegos lo llamaban hubris y lo
consideraban un desafío a los dioses, al que había de seguir siempre la ate o
retribución. —Se frotó los pálidos ojos azules con gesto inquieto.
—Muy bonito —respondió el doctor Edward Barron con impaciencia—. ¿Tiene
alguna relación eso con lo que yo he dicho? —Tenía la frente alta y surcada por
unas arrugas horizontales que formaban profundos cortes, cuando levantaba las
cejas en expresión despectiva.
—Todas las relaciones —aseguró Pointdexter—. Construir una máquina del
tiempo es en sí mismo un desafío al destino. Y usted lo empeora con esa
confianza tan total que manifiesta. ¿Cómo puede estar seguro de que su máquina
del tiempo actuará a través de todo el tiempo sin la posibilidad de que se
produzca una paradoja?
—No sabía que fueses supersticioso —replicó Barron—. La verdad pura y
simple es que una máquina del tiempo es una máquina como otra cualquiera, ni
más ni menos sacrílega que las otras. Matemáticamente hablando, es análoga a un
ascensor que sube y baja por su pozo. ¿Qué peligro de retribución hay en ello?
Pointdexter adujo con energía:
—Un ascensor no implica paradojas. No puedes bajar del quinto piso al
cuarto y matar a tu propio abuelo cuando era niño.
El doctor Barron meneaba la cabeza con atormentada impaciencia.
—Esperaba eso. Eso exactamente. ¿Cómo no has sugerido que podría
encontrarme a mí mismo? ¿O que podría cambiar el curso de la Historia
diciéndole a McClean que Stonewall Jackson se disponía a llevar a cabo una
marcha de flanco sobre Washington, u otra cosa por el estilo? Te lo pido sin
rodeos. ¿Quieres entrar en la máquina conmigo?
Pointdexter titubeaba.
—Yo… creo que no.
—¿Por qué pones las cosas difíciles? Te he explicado ya que el tiempo es
invariable. Si vuelvo al pasado será porque ya estuve allí. Todo lo que decida
hacer y haga, lo habré hecho ya en otro tiempo; de modo que no cambiaré nada, y
no se producirá ninguna paradoja. Si hubiera decidido matar a mi abuelo siendo
él niño y lo hubiese hecho, yo no estaría aquí. Pero estoy aquí. Por
consiguiente, no maté a mi abuelo. Y no importa ahora cómo planease matarle e
intentase hacerlo, la realidad es que no le maté, y por lo tanto no le mataría.
Nada cambiará esta realidad. ¿No comprendes lo que te estoy explicando?
—Entiendo lo que me dices, pero… ¿es cierto?
—Claro que es cierto. Por amor de Dios, ¿por qué no podías ser
matemático, en lugar de maquinista, y poseer una cultura universitaria?
—Llevado por la impaciencia, Barron apenas sabía disimular su desdén—. Mira,
esta máquina sólo es
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posible porque ciertas relaciones matemáticas entre el espacio y el
tiempo son ciertas. Lo comprendes, ¿verdad que sí?, aunque no puedas seguir los
detalles matemáticos. La máquina existe, así pues, las relaciones matemáticas
que elaboré están de acuerdo con la realidad. ¿No es cierto? Me has visto
mandar conejos una semana en el futuro. Y una semana después los has visto
aparecer de la nada. Me has visto enviar un conejo a una semana en el pasado,
una semana después de su aparición. Y quedaron indemnes.
—De acuerdo. Lo admito.
—Entonces, ¿me creerás si te digo que las ecuaciones sobre las que
construí la máquina dan por supuesto que el tiempo está compuesto de partículas
que existen en un orden inalterable, que el tiempo es invariante? Si el orden
de las partículas se pudiera cambiar de algún modo —del que fuera—, las
ecuaciones no valdrían y esta máquina no funcionaría; este método particular de
viajar por el tiempo sería imposible.
Pointdexter se frotó los ojos una vez más y miró con expresión
pensativa. —¡Ojalá supiera matemáticas!
—Considera los hechos, nada más —dijo Barron—. Tú intentaste enviar el
conejo a dos semanas en el pasado siendo así que había llegado hacía solamente
una semana. Esto habría creado una paradoja, ¿verdad que sí? Pero ¿qué ocurrió?
El indicador se paró a una semana y no quiso moverse de ahí. No pudiste crear
una paradoja. ¿Vendrás?
Pointdexter se estremeció en el borde mismo del abismo del
consentimiento, y retrocedió.
—No —dijo.
Barron insistió:
—No te pediría que me ayudases, si pudiera hacerlo solo; pero ya sabes
que se necesitan dos hombres para manejar la máquina para intervalos de más de
un mes. Necesito alguien que controle los estándares para que podamos regresar
con precisión. Y tú eres la persona que quiero utilizar. Ahora compartimos la…,
la gloria de haber construido esta máquina. ¿Quieres disminuir la porción que
nos toca, introduciendo a otra persona? Habrá tiempo de sobra para ello cuando
nos hayamos situado en el puesto de los primeros viajeros del tiempo, en la
Historia. ¡Dios santo! ¿No quieres ver dónde estaremos dentro de cien años, o
de mil? ¿No quieres ver a Napoleón, o a Jesús? Seremos…, seremos… —Barron
parecía arrebatado— como dioses.
—Exactamente —murmuró Pointdexter—. Hubris. Viajar por el tiempo no es
lo suficientemente atractivo como para exponerme a encallar fuera de mi propio
tiempo.
—Hubris. Encallar. Sigues fabricando temores. Sencillamente, nos
moveremos por las partículas de tiempo lo mismo que un ascensor por las plantas
de un edificio. En realidad, el viajar por el tiempo es más seguro, porque el
cable de un ascensor se puede romper, mientras que en una máquina de tiempo no
hay gravedad que nos
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arrastre para abajo en una caída destructora. No puede pasar nada malo.
Te lo garantizo —dijo Barron, golpeándose el pecho con el dedo medio de la mano
derecha —. Te lo garantizo.
—Hubris —musitó Pointdexter. A pesar de lo cual cayó en el abismo del
consentimiento, arrollado por fin.
Los dos hombres entraron en la máquina.
Pointdexter no entendía los mandos tal como los entendía Barron, porque
no era matemático; pero sabía cómo había que manejarlos.
Barron se encargaba de un grupo, de las propulsiones. Éstas
suministraban la fuerza que impulsaba la máquina por el eje del tiempo.
Pointdexter controlaba los estándares para mantener el punto de origen fijo, a
fin de que la máquina pudiera regresar al momento de partida en cualquier
instante.
A Pointdexter le castañetearon los dientes cuando sintió, en el
estómago, el primer movimiento. Se parecía al de un ascensor, aunque no era
exactamente igual. Era una cosa más sutil, y sin embargo muy real. —¿Y qué
hacemos si…? —quiso preguntar.
Barron le espetó:
—No puede fallar nada. ¡Por favor!
Y al momento se produjo una sacudida, y Pointdexter fue a chocar
pesadamente contra la pared.
—¿Qué diablos…? —exclamó Barron.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Pointdexter.
—No lo sé; pero no importa. Sólo hemos penetrado veintidós horas en el
futuro.
Paremos y veamos qué hay.
La puerta de la máquina se deslizó dentro de su ahuecado panel.
Pointdexter emitió un suspiro jadeante y se quedó sin respiración.
—Ahí no hay nada —dijo.
Nada. Ninguna materia. Nada de luz. ¡En blanco!
Pointdexter chilló:
—La Tierra se movía. Lo hemos olvidado. En veintidós horas ha corrido
miles de kilómetros por el espacio, en su viaje alrededor del Sol.
—No —desmintió Barron con voz débil—. No lo olvidé. La máquina está
diseñada de modo que siga el camino de la Tierra, adonde sea que ésta vaya.
Además, aun en el caso de que la Tierra se hubiese alejado, ¿dónde está el Sol?
¿Dónde están las estrellas?
Barron volvió a los mandos. Nada se movía. Nada funcionaba. La puerta ya
no resbalaba para cerrarse. ¡En blanco!
Pointdexter hallaba dificultad en respirar, en moverse. Con gran
esfuerzo dijo:
—¿Qué pasa, pues?
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Barron avanzó lentamente hacia el centro de la máquina. Y contestó con
dificultad:
—Las partículas de tiempo… Creo que, por azar, nos hemos parado… entre
dos… partículas.
Pointdexter quiso cerrar el puño, pero no pudo.
—No lo entiendo.
—Como un ascensor. Como un ascensor. —Ya no podía hacer sonar las
palabras, sino solamente mover los labios para configurarías—. Como un
ascensor, después de todo…, atascado entre dos plantas.
Pointdexter ya no podía ni mover los labios. Pensaba: en el no-tiempo no
puede ocurrir nada. Todo movimiento ha quedado interrumpido, toda consciencia,
todo…, todo. La inercia que poseían antes los había mantenido en actividad
durante un minuto, poco más o menos, como el cuerpo que se inclina hacia
adelante cuando el coche para repentinamente…, pero aquella inercia se disipaba
rápidamente.
La luz del interior de la máquina perdió brillo y se apagó. La sensación
y la conciencia se helaban en la nada.
Un último pensamiento, un último, débil suspiro mental:
—¡Hubris, ate!
Y entonces se interrumpió también el pensamiento.
¡Inmovilidad! ¡Nada! Por toda la eternidad, allí donde hasta la
eternidad carecía de significado, sólo habría… ¡en blanco!
Los tres En blanco se publicaron en el número de junio de 1957 de
Infinity. Me figuro que la estratagema se proponía dar ocasión al lector de
compararlos y observar cómo levantaban el vuelo tres imaginaciones distintas a
partir de un solo y estrambótico título.
Quizá le gustaría a usted tener los tres cuentos aquí, para poder
compararlos usted también. Lo lamento, no puede.
En primer lugar yo debería conseguir el permiso de Randall y de Harlan,
y no quiero pasar por eso. En segundo lugar, usted subestima mi egocentrismo.
¡No quiero los cuentos de los otros dos aquí junto al mío!
Por último, debo explicar que siempre recorto las revistas que traen
cuentos míos, porque, sencillamente, no me puedo permitir el lujo de guardarlas
enteras. El número de revistas sería excesivo y el espacio disponible muy
insuficiente. Recorto mis cuentos y los guardo en volúmenes para usarlos
eventualmente como referencia (como he hecho en la preparación de este libro,
por ejemplo). La verdad es que ya no me queda espacio para tales volúmenes.
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Sea como fuere, cuando llegó el momento de romper el número de junio de
1957 de Infinity, sólo me quedé ¡En blanco! y deseché ¿En blanco? y En blanco.
O quizá usted no subestime mi egocentrismo y ya daba por hecho que lo
hacía como lo hago.
Allá a mediados los años cincuenta, cuando algunas de las revistas de
ciencia ficción menos boyantes (y eso no significa que hubiera algunas
verdaderamente boyantes) me pedían un relato, yo solía pedir la misma cantidad
que pagaban Astounding y Galaxy, si querían algún cuento escrito especialmente
para uno de sus números. Y me la pagaban, completamente confiados en que si yo
afirmaba que un determinado cuento lo había escrito especialmente para ellos,
así era en efecto, y no lo había sacado del fondo de un cajón. (Hay ocasiones
en las que el tener fama de ser uno demasiado tonto para hacer el granuja tiene
sus ventajas.)
Como corolario de lo dicho se desprende que si alguna vez el editor A
rechaza un cuento mío y más tarde lo ofrezco al editor B, tengo el deber de
advertirle a éste que el otro lo rechazó. En primer lugar, el hecho de que un
cuento que lleve mi nombre haya sido rechazado ha de dar origen a pensamientos
tales como: «¡Puaf! ¡Este cuento ha de ser una porquería!», y es justo dar una
ocasión al segundo editor de mostrar su conformidad con el primero. En segundo
lugar, aun en el caso de que el segundo editor lo acepte, no se siente obligado
a darme por él más de lo que suele pagar a otros escritores. Lo cual me ha
hecho perder unos cuantos dólares alguna que otra vez; pero ha infundido una
gran tranquilidad a lo más recóndito de mi pequeña y mustia alma.
Sea como fuere, ¿Le importa a una abeja? lo escribí en octubre de 1956,
después de haberlo discutido con Robert P. Mills, de Fantasy and Science
Fiction, quien había pasado a director de una revista gemela de la mencionada
que se llamaría Venture Science Fiction.
Colijo que el fruto no salió tan apetecible como prometí, porque Mills
lo rechazó, considerándolo indigno tanto para Venture como para Fantasy. De
modo que lo pasé a If: Worlds of Science Fiction, con la nota de haber sido
rechazado por las otras, y no me lo pagaron al precio más alto. Apareció en el
número de junio de 1957.
Pues bien, lo más triste del caso es que jamás he sabido adivinar qué
tiene un determinado cuento para que lo acepten o lo rechacen, ni tampoco qué
editor es el que acierta, si el que lo acepta o el que lo rechaza. Por eso no
soy editor ni pienso serlo nunca.
Pero usted puede juzgar por si mismo.
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¿LE IMPORTA A UNA ABEJA?
La nave empezó siendo un esqueleto de metal. Poco a poco lo fueron
recubriendo con un pellejo por el exterior, y el interior lo atiborraron de
suministros de formas raras.
Entre todos los individuos, menos uno, que participaban en la
construcción, Thornton Hammer era el que menos colaboró físicamente. Quizá por
esto le tuvieran en mayor consideración. Él manejaba los símbolos matemáticos
que servían de base para el trazado de líneas en papel de dibujo, el cual
servía de base a su vez para conjuntar las diversas masas y las distintas
formas de energía que componían la nave.
En este momento Hammer miraba sombríamente a través de unas ajustadas
gafas, cuyas lentes captaban la luz de los tubos fluorescentes de lo alto y la
reflejaban como sendos focos. Theodore Lengyel, que representaba al personal de
la corporación que se hacía cargo de los gastos del proyecto, se hallaba a su
lado, de pie, y decía, señalando con un índice rígido como un puñal:
—Ahí está. Ése es el hombre.
Hammer atisbó.
—¿Se refiere a Kane?
—Me refiero al sujeto del mono verde que tiene una llave inglesa en la
mano. —Sí, es Kane. Veamos, ¿qué tiene usted contra él?
—Quiero saber qué hace. Ese hombre es un idiota. —Lengyel tenía una cara
redonda, rolliza, y los carrillos le temblequeaban un poco.
Hammer se volvió para mirar al otro, y su magro cuerpo adquirió un aire
de disgusto, centímetro a centímetro.
—¿Le ha molestado usted?
—¿Molestarle? Estuve hablando con él. Mi tarea consiste en hablar con
los empleados, enterarme de sus opiniones, conseguir informaciones mediante las
cuales estructurar campañas para mejorar la moral del conjunto.
—¿Y en qué forma le molesta Kane a usted?
—Es insolente. Le pregunté qué impresión causaba trabajar en una nave
que llegará a la Luna. Le dije algo acerca de que esa nave será un camino hacia
las estrellas. Quizá hice un pequeño discurso e hinché un poco el asunto, y de
pronto él se alejó del modo más grosero. Yo le llamé y le pregunté: «¿Adónde
vas?», y él me contestó: «Estoy cansado de esa manera de hablar. Salgo a
contemplar las estrellas.»
Hammer movió la cabeza afirmativamente.
—En efecto. A Kane le gusta contemplar las estrellas.
—Era de día. Ese tipo es un idiota. Desde entonces vengo fijándome en
él, y no hace nada en absoluto.
—Ya lo sé.
—Entonces, ¿por qué lo conservan?
Hammer respondió con furia repentina y tensa:
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—Porque quiero tenerle aquí. Porque me da buena suerte.
—¿Le da buena suerte? —tartamudeó Lengyel—. ¿Qué demonios significa eso?
—Significa que cuando le tengo cerca pienso mejor. Cuando pasa junto a mí, con
su maldita llave inglesa, se me ocurren ideas. Me ha sucedido tres
veces. No me lo explico; no me interesa la explicación. Ha sucedido así. Y se
queda.
—Usted bromea.
—No. No bromeo. Y ahora déjeme en paz.
Kane estaba allí, con el mono verde y la llave inglesa.
Se daba cuenta vagamente de que la nave estaba casi a punto. No la
habían diseñado para transportar a un hombre, pero había espacio para uno. Kane
lo sabía de la misma manera que sabía muchísimas cosas; tales como procurar
mantenerse apartado del camino de la mayoría de personas la mayor parte del
tiempo; o como llevar una llave inglesa hasta que la gente se habituaba a verle
de este modo y dejaba de fijarse. El mimetismo protector consistía en una
multitud de pequeños detalles, realmente… como el de llevar siempre una llave
inglesa.
Kane sentía una multitud de impulsos que no comprendía del todo; como,
por ejemplo, el de mirar a las estrellas. Al principio, muchos años atrás, se
limitaba a mirarlas con vago pesar. Luego, poco a poco, su atención se fue
centrando en una determinada región del cielo; después en un punto concreto. No
sabía por qué miraba hacia allí. Precisamente era un punto en el que no había
estrellas. Un punto en el que no se veía nada.
Era un punto situado muy arriba del horizonte, en el cielo nocturno, a
finales de primavera y durante el verano, y a veces Kane se pasaba la mayor
parte de la noche observando ese punto, hasta verlo hundirse en dirección al
horizonte suroeste. En otras épocas del año, lo contemplaba en pleno día.
Aquel punto le inspiraba un asomo de pensamiento que no acababa de
cristalizar. Con el transcurso de los años, dicho atisbo se había fortalecido,
había subido más cerca de la superficie, y ahora casi estaba emergiendo,
abriéndose camino en busca de expresión. Aunque todavía no se había revelado
con toda claridad.
Kane iba y venía inquieto, y se acercó a la nave. Estaba casi completa,
casi terminada. Todo encajaba casi perfectamente. Casi.
Porque en su interior, muy hacia la parte delantera, había un agujero
poco mayor que un hombre; había también un pasadizo poco mayor que un hombre
que llevaba hasta aquel refugio. Mañana ese pasadizo se llenaría con los
últimos mecanismos; pero antes se habría llenado también el agujero. Aunque no
con nada planeado por ellos.
Kane se acercó todavía más; pero nadie le prestó la menor atención. Se
habían acostumbrado a él.
Había una escalera de metal, por la que tendría que subir, y una
pasarela que
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había que recorrer para entrar en la última abertura. Y él sabía dónde
estaba exactamente dicha abertura; lo sabía tan bien como si hubiera construido
la nave con sus propias manos. Kane trepó por la escalera y recorrió la
pasarela. No había nadie allí en aquel mo…
Se equivocaba. Había un hombre. El hombre le preguntó vivamente:
—¿Qué hace usted aquí?
Kane se volvió, y sus ojos inexpresivos miraron al que le había hablado.
En seguida levantó la llave inglesa y la hizo descender suavemente contra la
cabeza del hombre. El agredido, que no había hecho el menor intento de esquivar
el golpe, cayó; en parte por efecto del golpe.
Kane le dejó tendido allí, sin preocuparse. El hombre no pasaría mucho
rato inconsciente, aunque sí el suficiente para permitir que Kane se
introdujera en el agujero. Cuando recobrase el sentido no recordaría nada de
Kane, como tampoco de que hubiera pasado un rato inconsciente. Sencillamente,
habría restado de su vida cinco minutos que ni volvería a recuperar jamás ni
echaría de menos.
El agujero estaba oscuro y, por supuesto, no tenía ventilación; pero
Kane no se fijó siquiera en tales detalles. Con la seguridad del instinto, se
arrastró hacia el refugio que lo acogería y luego permaneció tendido allí,
jadeando, encajado perfectamente en la cavidad, como en una matriz.
Dentro de dos horas introducirían los últimos mecanismos, cerrarían el
pasillo y, sin saberlo, dejarían a Kane allí. Kane sería el único pedazo de
carne y sangre dentro de un objeto de metal, cerámica y combustible.
Kane no tenía miedo de que le descubrieran antes de tiempo. De todos los
que habían participado en el proyecto, nadie sabía que existiera aquella
cavidad. No figuraba en el diseño. Los mecánicos y los constructores no se
daban cuenta de que lo hubieran dejado.
Kane lo había arreglado todo.
No sabía cómo, pero sabía que lo había hecho.
Poseía la facultad de observar la influencia que ejercía, aunque sin
saber cómo la ejercía. Consideremos, por ejemplo, a Hammer, el jefe del equipo
y el más claramente influenciado por él. De todas las figuras confusas que
rodeaban a Kane, era la menos borrosa. En ocasiones, Kane se daba perfecta
cuenta de su presencia, cuando pasaba junto a él en sus lentos, imprecisos
viajes por el recinto. Era lo único que precisaba: pasar junto a él.
Kane recordaba que también había sucedido así anteriormente, en
particular con los teóricos. Cuando Lise Meitner decidió comprobar si había
bario entre los productos del bombardeo del uranio mediante neutrones, Kane
estaba allí; era un individuo que deambulaba por un pasillo vecino sin que
nadie se fijara en él.
Y estaba recogiendo hojarasca en un parque, en el año 1904, cuando el
joven Einstein pasaba por allí, meditando. En aquel instante, el sabio aceleró
el paso, excitado por el impacto de una idea repentina. Kane lo percibió como
una sacudida
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eléctrica.
Pero no sabía cómo se producía el hecho. ¿Conoce una araña la teoría
arquitectónica cuando empieza a construir su primera tela?
Pero el proceso venía desde más atrás todavía. El día que Newton
contemplaba la Luna, con el alborear de un determinado pensamiento, Kane estaba
junto a él. Y desde mucho más lejos todavía.
El panorama de Nuevo México, ordinariamente desierto, bullía de hormigas
humanas que rondaban en torno de la torre metálica de lanzamiento. La
estructura que dispararían hoy era diferente de todas las que la habían
precedido.
Ésta quedaría libre de la atracción de la Tierra mucho antes que ninguna
de las otras. Se alejaría mucho más y rodearía la Luna antes de regresar.
Estaría llena de instrumentos que fotografiarían la Luna y medirían el calor
que emitiera, medirían su radiactividad y examinarían su estructura química
mediante las microondas. Realizaría de manera automática casi todo lo que podía
pedírsele a una nave tripulada. Y proporcionaría los datos suficientes para que
la nave siguiente que enviaran fuese realmente un vehículo tripulado.
Pero hay que decir que, en cierto modo, esta primera nave era ya un
vehículo tripulado.
Había allí representantes de varios gobiernos, de varias industrias, de
varias agrupaciones sociales y económicas. Había cámaras de televisión y
reporteros.
Las personas que no podían estar allí contemplaban la escena en sus
hogares y escuchaban la cuenta atrás, pronunciada con cuidadosa monotonía, de
la manera que había devenido tradicional en sólo tres décadas.
Al llegar a cero, los motores de reacción se pusieron en funcionamiento,
y la nave se elevó pesadamente.
Kane oía el ruido de los gases que salían precipitadamente, como desde
muy lejos, y sentía contra su cuerpo el peso de la aceleración creciente.
Kane apartó la mente, levantándola y dirigiéndola hacia el exterior,
liberándola de toda relación directa con el cuerpo, a fin de no darse cuenta
del dolor y la incomodidad.
Comprendía confusamente que el largo viaje estaba llegando a su fin. Ya
no tendría que seguir actuando cuidadosamente para evitar que la gente se diera
cuenta de que era inmortal. No tendría que seguir disimulándose en segundo
término, ni errar eternamente de un lugar a otro, cambiando de nombre y de
personalidad y manipulando mentes.
La cosa no había salido perfecta, claro está. Habían surgido los mitos
del Judío Errante y del Holandés Volador, pero él había seguido adelante. Nadie
le había
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molestado.
Veía su punto en el firmamento. A través de la masa y la solidez de la
nave, seguía viéndolo. O acaso no lo «veía» realmente. No tenía la palabra
exactamente apropiada.
Sin embargo, sabía que la palabra apropiada, exacta, existía. No habría
sabido decir cómo sabía una parte de las cosas que sabía, como no fuera
explicando que con el paso de los siglos las había aprendido poco a poco, con
una seguridad que no requería razonamiento alguno.
Había empezado a existir como un ovum, o como algo para lo cual la
palabra «ovum» era la más apropiada que conocía, depositado en la Tierra antes
de que las criaturas nómadas, llamadas desde entonces «hombres», hubiesen
construido las primeras ciudades. Su progenitor había elegido, cuidadosamente,
la Tierra. No servía cualquier mundo, no.
¿Qué mundo habría servido? ¿En qué criterio se fundaba la elección? Esto
no lo sabía todavía.
¿Acaso un icneumón, ese curioso insecto, estudia entomología antes de
encontrar la especie precisa de araña que servirá para sus huevos y de herirla
de modo que a pesar de todo siga viviendo?
El ovum lo echó fuera por fin, y él tomó forma humana y vivió entre los
hombres, y se protegió de ellos. Entretanto, su único objetivo consistía en
disponer las cosas de forma que los hombres recorrieran un camino que les
condujese a construir una nave espacial, y que dentro de la nave hubiera una
cavidad, y que en la cavidad estuviera él.
La empresa había requerido ocho mil años de esfuerzos, de progresos
lentos y tropiezos.
Ahora, cuando la nave estaba ya fuera de la atmósfera, el punto del
firmamento se divisaba mejor. Aquélla era la llave que le abría la mente.
Aquélla era la pieza que completaba el rompecabezas.
Las estrellas parpadeaban dentro de aquel punto que el ojo del hombre,
sin auxilio de aparatos, no habría podido ver. Una determinada estrella de
aquel grupo brillaba esplendorosa, y Kane se lanzaba afanoso hacia ella. La
expresión que habla ido tomando forma en él durante tanto tiempo se abría paso
ahora.
—Mi hogar —susurró.
¿Lo sabía? ¿Acaso un salmón estudia cartografía para encontrar los
manantiales de agua dulce del riachuelo en donde nació años atrás?
Se había dado el último paso en el lento proceso de maduración que había
durado ocho mil años, y Kane ya no se hallaba en estado de larva, sino de
adulto.
El Kane adulto volaba fuera de la carne humana que había protegido a la
larva, y huyó también de la nave. Y se lanzó adelante, a velocidades
increíbles, hacia el hogar, del que quizá saliera también un día, para ponerse
a vagar por el espacio y fecundar algún planeta con su «ovum».
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El Kane adulto surcaba raudo el espacio, sin acordarse siquiera de la
nave que transportaba la crisálida vacía. No dedicó ni un momento de atención
al hecho de haber empujado a un mundo entero hacia la tecnología y los viajes
espaciales sólo para que aquel ser que había sido Kane pudiera madurar y llegar
a su realización total.
¿Le importa a una abeja lo que le haya ocurrido a una flor, cuando ella
ha terminado su asunto con aquella flor y está siguiendo su propio camino?
El repasar ¿Le importa a una abeja? me hace pensar en los muchos
editores y directores de revistas con quienes he tratado y de la manera como a
veces se desvanecían en el limbo.
Hubo algunos a los que vi con gran frecuencia durante un tiempo y con
quienes me sentía muy unido. Luego, por una razón u otra, perdían sus puestos y
desaparecían de mi vista. Por ejemplo, hace muchos años que no veo a Horace
Gold… y que tampoco veo a James L. Quinn, quien compró ¿Le importa a una abeja?
y algunos otros cuentos míos.
Recuerdo que Quinn tenía acento meridional, y era una persona deliciosa…
y ahora no sé dónde está, ni siquiera si sigue viviendo.
El cuento siguiente, Asnos estúpidos, es uno del que será mejor que diga
muy poca cosa, porque el comentario podría resultar más largo que el propio
cuento. Lo escribí el 29 de julio de 1957 y fue rechazado por dos revistas
antes de que Bob Lowndes tuviese la amabilidad de darle cobijo. Apareció en el
número de febrero de Future.
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ASNOS ESTÚPIDOS
Naron, de la longeva raza rigeliana, era el cuarto de su estirpe que
llevaba los anales galácticos.
Tenía en su poder el gran libro que contenía la lista de las numerosas
razas de todas las galaxias que habían adquirido el don de la inteligencia, y
el libro, mucho menor, en el que figuraban las que habían llegado a la madurez
y poseían méritos para formar parte de la Federación Galáctica. En el primer
libro habían tachado algunos nombres anotados anteriormente: los de las razas
que, por el motivo que fuere, habían fracasado. La mala fortuna, las
deficiencias bioquímicas o biofísicas, la falta de adaptación social se
cobraban su tributo. Sin embargo, en el libro pequeño no había habido que
tachar jamás ninguno de los nombres anotados.
En aquel momento, Naron, enormemente corpulento e increíblemente
anciano, levantaba la vista, notando que se acercaba un mensajero.
—Naron —saludó el mensajero—. ¡Gran Señor! —Bueno, bueno, ¿qué hay?
Menos ceremonias. —Otro grupo de organismos ha llegado a la madurez.
—Estupendo. Estupendo. Actualmente ascienden muy aprisa. Apenas pasa año
sin que llegue un grupo nuevo. ¿Quiénes son ésos?
El mensajero dio el número clave de la galaxia y las coordenadas del
mundo en cuestión.
—Ah, sí —dijo Naron—. Lo conozco. —Y con buena letra cursiva anotó el
dato en el primer libro, trasladando luego el nombre del planeta al segundo.
Utilizaba, como de costumbre, el nombre bajo el cual era conocido el planeta
por la fracción más numerosa de sus propios habitantes.
Escribió, pues: La Tierra.
—Estas criaturas nuevas —dijo luego— han establecido un récord. Ningún
otro grupo ha pasado de la inteligencia a la madurez tan rápidamente. No será
una equivocación, espero.
—De ningún modo, señor —respondió el mensajero.
—Han llegado al conocimiento de la energía termonuclear, ¿no es cierto?
—Sí, señor.
—Bien, ése es el requisito —Naron soltaba una risita—. Sus naves
sondearán pronto el espacio y se pondrán en contacto con la Federación.
—En realidad, señor —dijo el mensajero con renuencia—, los Observadores
nos comunican que todavía no han penetrado en el espacio.
Naron se quedó atónito.
—¿Ni poco ni mucho? ¿No tienen siquiera una estación espacial?
—Todavía no, señor.
—Pero si poseen la energía termonuclear, ¿dónde realizan las pruebas y
las explosiones?
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—En su propio planeta, señor.
Naron se irguió en sus seis metros de estatura y tronó:
—¿En su propio planeta?
—Sí, señor.
Con gesto pausado, Naron sacó la pluma y tachó con una raya la última
anotación en el libro pequeño. Era un hecho sin precedentes; pero es que Naron
era muy sabio y capaz de ver lo inevitable como nadie en la galaxia.
—¡Asnos estúpidos! —murmuró.
Me temo que éste es otro cuento con moraleja. Pero verán ustedes, el
peligro nuclear escaló puntos cuando los Estados Unidos y la Unión Soviética,
cada uno por su parte, construyeron la bomba de fusión, o de hidrógeno. Yo
volvía a sentirme amargado.
Al finalizar el año 1957, me encontré en otro momento crucial. Se
produjo de esta manera:
Cuando Walker, Boyd y yo escribimos el libro de texto que cité antes,
invertimos en él, sin reparo, el tiempo que pasábamos en la Facultad, aunque;
naturalmente, gran parte del trabajo recaía sobre las veladas y los fines de
semana. Era una tarea de estudiantes y formaba parte de nuestros deberes como
tales.
Cuando escribí The Chemicals of Life me dije que aquélla también era una
tarea escolar, y trabajaba en ella durante las horas de estudio sin ningún
escrúpulo de conciencia[12]. De este modo, a finales de 1957, yo había escrito
ya siete libros que no eran de ciencia ficción, para el público en general.
Pero en el ínterin, James Faulkner, el comprensivo y simpático decano, y
Burnham S. Walker, el comprensivo y simpático jefe de departamento, habían
renunciado a sus puestos; y habían venido unos sustitutos… que me miraban sin
ninguna simpatía.
La persona que sustituyó al decano Faulkner no aprobaba mis actividades;
y me figuro que tendría sus razones para ello. En mi entusiasmo por escribir
literatura ajena a la ciencia ficción, había abandonado por completo las
investigaciones, y el nuevo decano opinaba que la reputación de la Facultad
dependía precisamente de las investigaciones. Hasta cierto punto, es verdad,
aunque no lo es siempre y en mi caso concreto no lo era.
Tuvimos una conferencia sobre el asunto y yo expuse mi punto de vista
con toda franqueza y claridad, como me había ensenado a hacerlo siempre mi
padre, que no
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tenía dote alguna de hombre de mundo.
—Señor —le dije—, como escritor soy una figura conocida y mi trabajo
dará brillo a la Facultad. En cambio, como investigador soy meramente
competente, y si algo hay que la Facultad de Medicina de la Universidad de
Boston no necesita es un investigador más que no pase de la medianía.
Me figuro que habría podido mostrarme un poco más diplomático; porque,
al parecer, mi argumento puso fin a la discusión. Me borraron de la lista de
profesores, y el semestre de la primavera de 1958 fue el último en que di
clases regularmente, después de nueve años en ese deporte.
Esto no me molestó demasiado. En lo que concierne al salario de la
Facultad, no me importó nada. Incluso después de dos aumentos de sueldo, sólo
ascendía a seis mil quinientos dólares al año, y por aquellas fechas ya cobraba
mucho más como escritor.
Tampoco me inquietaba el haber perdido la oportunidad de investigar; en
realidad, había abandonado ya la tarea de investigador. En cuanto al placer de
enseñar, los libros de ciencia en serio, y hasta los de ciencia ficción,
representaban formas de enseñar que, por su gran variedad, me satisfacían
muchísimo más que impartir una sola materia. Tampoco temía perder la
interacción personal de las conferencias, porque desde 1950 me había afianzado
ya como conferenciante profesional y estaba ganando unos honorarios respetables
en esta actividad.
Sin embargo, el nuevo decano tenía intención de privarme del título,
además, y echarme a puntapiés de la Facultad. Eso no quise permitirlo. Sostuve
que me había ganado la propiedad del título, por haber sido promovido a
profesor auxiliar en 1955, y que no se me podía privar del mismo sin causa
justificada. El pleito duró dos años, y gané yo. Conservé el título, y sigo
conservándolo en la actualidad. Sigo siendo Profesor Auxiliar de Bioquímica de
la Facultad de Medicina de Boston.
Sigo sin dar clase y, por consiguiente, sin cobrar; pero es porque lo
prefiero. De una u otra forma, me han pedido que reingresara en varias
ocasiones; y yo les he explicado las causas que me lo impiden. Cuando me lo
piden, doy conferencias en la Facultad, y el 19 de mayo de 1974 pronuncié el
discurso inaugural en la Facultad de Medicina… De modo que, como ven, todo
marcha perfectamente.
Sea como fuere, cuando me encontré con tiempo disponible, sin tener que
pensar en las clases ni trasladarme diariamente a la Universidad, descubrí que
me sentía inclinado a dedicar este tiempo adicional a la divulgación
científica, de la que me había enamorado completa e irremediablemente.
Recuerden que el 4 de octubre de 1957 entró en órbita el Sputnik I, y
con el apasionamiento que el hecho produjo, me entusiasmó la importancia que
tenía el escribir sobre temas científicos para los legos. Es más, ahora los
editores también se interesaban enormemente por ello, y al poco tiempo me
encontré con que me metieron, quieras que no, en tantas empresas que se me hizo
difícil y hasta imposible encontrar tiempo para trabajar en obras importantes
de ciencia ficción, dificultad que,
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¡ay de mí!, se ha prolongado hasta la fecha.
Entiéndanlo bien, no abandoné la ciencia ficción por completo. No ha
pasado año sin que escribiera algo, aunque sólo haya sido un par de cuentos
cortos. El 14 de enero de 1958, cuando me disponía a iniciar el último
semestre, y antes de que me hubiera dado plena cuenta de las consecuencias de
la decisión tomada, escribí el siguiente cuento para Bob Mills y para su (¡qué
pena!) efímera Venture. Se publicó en el número de mayo de 1958.
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COMPRE JÚPITER
Era un simulacro, por supuesto, pero tan perfectamente realizado que los
seres humanos que sostenían tratos con él habían dejado de pensar desde hacía
tiempo en las entidades energéticas reales, que esperaban, sumidas en llamas,
dentro de su nave campo de fuerzas, en el espacio próximo a la Tierra.
El simulacro, con una majestuosa barba dorada y profundos ojos castaño
oscuro, dijo suavemente:
—Nosotros comprendemos sus dudas y sospechas, y sólo podemos reiterarles
que no deseamos hacerles ningún daño. Creo que les hemos presentado pruebas de
que habitamos los halos que coronan las estrellas de tipo O[13] y que su sol es
demasiado débil para nosotros, mientras que sus planetas son de materia sólida
y, por lo tanto, completa y eternamente ajenos a nuestros intereses.
El negociador terrestre, que era secretario de Ciencias y que por
unánime acuerdo había sido encargado de las negociaciones con el
extraterrestre, dijo:
—Pero ustedes han admitido que nosotros estamos en una de sus
principales rutas comerciales.
—Sí, ya que nuestro nuevo mundo, Kimmonoshek, ha desarrollado nuevos
campos de fluido protónico.
El secretario agregó:
—Verá, aquí en la Tierra, los puntos de las rutas comerciales pueden
adquirir una importancia militar desproporcionada con respecto a su valor
intrínseco. Por lo tanto, sólo puedo repetir, para ganar su confianza, que nos
debe decir por qué necesita Júpiter.
Y, como cada vez que la pregunta era formulada o se aludía a ella, el
simulacro pareció apenarse.
—Es importante mantener el secreto. Si la gente de Lamberj…
—Exactamente —dijo el secretario—. Para nosotros esto suena a guerra.
Ustedes y lo que llama la gente de Lamberj…
Hurañamente, el simulacro continuó:
—Pero les estamos ofreciendo un precio muy generoso. Ustedes sólo han
colonizado los planetas interiores del sistema y no estamos interesados en
ellos. Pedimos el mundo que ustedes llaman Júpiter, en el que, según tengo
entendido, su gente no espera poder vivir nunca, ni siquiera aterrizar en él.
Su tamaño —dijo, mientras reía indulgentemente— es demasiado grande para
ustedes.
El secretario, molesto por ese aire de condescendencia, dijo con
obstinación:
—Los satélites jovianos son, no obstante, sitios aptos para la
colonización, y de
hecho pretendemos colonizarlos en breve plazo.
—Pero los satélites no serán molestados en forma alguna. Continuarán
siendo suyos en el pleno sentido de la palabra. Solamente les pedimos Júpiter,
un mundo
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completamente inútil para ustedes, a pesar de lo cual les ofrecemos un
pago generoso. Seguramente se dará cuenta de que podríamos tomar su Júpiter por
las buenas, si así lo deseáramos, sin contar para nada con su permiso. Pero
preferimos efectuar un pago mediante contrato legalizado. Esto impedirá
posibles disputas en el futuro. Tal como puede ver, mi sinceridad es absoluta.
Pero el secretario insistió, tercamente:
—¿Por qué necesitan Júpiter?
—Los de Lamberj…
—¿Están ustedes en guerra con la gente de Lamberj?
—No es eso exactamente…
—Porque usted comprenderá que si estalla una guerra y ustedes establecen
alguna base militar en Júpiter, la gente de Lamberj podría, y con razón,
resentirse por ello y vengarse de nosotros por haberles concedido ese permiso.
No podemos permitirnos el vernos envueltos en semejante situación.
—Ni yo se lo pido. Tiene mi palabra de que no significará ningún daño
para ustedes. Además —continuaba volviendo siempre a lo mismo—, el precio es
generoso. Suficientes cajas de energía por año para proveer a su mundo de la
energía necesaria para cada año completo.
El secretario dijo:
—¿Y qué sucedería en el caso de que el consumo de energía aumentara en
el futuro?
—Si se tratara de una cifra hasta cinco veces mayor que la actual, no
habría ningún problema.
—Bueno, pues entonces, tal como le he dicho, yo sólo soy un alto
delegado del Gobierno y me han dado considerables poderes para tratar con
usted, pero mis facultades son limitadas. Yo, por mi parte, me inclino a
confiar en usted, pero no puedo aceptar sus condiciones sin comprender
exactamente por qué quiere Júpiter. Si la explicación es satisfactoria y
convincente, quizá podría persuadir a nuestros gobernantes y, a través de
ellos, a nuestro pueblo, para firmar este acuerdo. Pero si intentase llevarlo a
término sin dar ninguna explicación, yo sería simplemente relevado de mi puesto
y la Tierra negaría su ratificación. Entonces, tal como ya ha dicho, ustedes
podrían tomar Júpiter por la fuerza, pero lo tendrían en posesión ilegal y, por
lo que ha mencionado, no lo quiere de esa manera.
El simulacro hizo chasquear su lengua impacientemente.
—No puedo seguir eternamente con esta insignificante disputa. Los de
Lamberj… Se detuvo una vez más y luego continuó:
—¿Tengo su palabra de honor de que todo esto no es un plan inspirado por
la gente de Lamberj para ir aplazando el acuerdo…?
—Mi palabra de honor —dijo el secretario.
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El secretario de Ciencias, moviendo su frente con un aire de hombre diez
años más joven, dijo suavemente:
—Le he asegurado que su gente podría tenerlo tan pronto como obtuviera
la aprobación formal del presidente. No creo que él se oponga, ni tampoco el
Congreso. ¡Dios mio! Piénsenlo, caballeros; energía gratuita en la punta de
nuestros dedos en pago por un planeta que nunca y en ningún caso íbamos a
utilizar.
El secretario de Defensa, volviéndose grana, dijo:
—Pero estamos de acuerdo en que sólo una guerra entre Mizzarett y
Lamberj podía ser la causa de su necesidad de tener Júpiter. En tales
circunstancias, y comparando su potencial militar con el nuestro, es esencial
mantenernos en estricta neutralidad.
—Pero no hay ninguna guerra, señor —replicó el secretario de Ciencias—.
El simulacro me dio otra explicación acerca de su necesidad de tener Júpiter,
tan racional y plausible que la acepté inmediatamente. Y creo que el presidente
estará de acuerdo conmigo, y ustedes también, caballeros, cuando lo comprendan.
De hecho, tengo aquí sus planos para el nuevo Júpiter, tal como será muy
pronto.
Los demás se levantaron de sus asientos, gritando.
—¿Un nuevo Júpiter? —dijo entrecortadamente el secretario de Defensa.
—No demasiado diferente del viejo, caballeros —dijo el secretario de
Ciencias—. Aquí están los diseños realizados en forma adecuada para su
observación por seres humanos como nosotros.
Se los entregó. El familiar planeta listado estaba allí delante de
ellos, en uno de los dibujos: amarillo, verde pálido y castaño claro con rayas
blancas rizadas aquí y allá contra el moteado fondo aterciopelado del espacio.
Pero a través de las franjas había rayas tan negras como aterciopelado era el
fondo, distribuidas de una curiosa manera.
—Eso —dijo el secretario de Ciencias—, es el lado diurno del planeta. El
lado nocturno se encuentra en este otro diseño. —Allí, Júpiter era una delgada
media luna envuelta en tinieblas, y dentro de esa oscuridad se veían las mismas
rayas distribuidas de la misma manera, pero esta vez en un encendido color
naranja fosforescente.
—Las marcas —continuó el secretario de Ciencias— son un fenómeno
puramente óptico, según me ha dicho, que no rotarán con el planeta sino que
quedarán estáticas en su margen atmosférico.
—Pero ¿qué son? —preguntó el secretario de Comercio.
—Verán —dijo el secretario de Ciencias—, nuestro sistema solar se
encuentra en el camino de una de sus mejores rutas comerciales. No menos de
siete de sus naves pasan a unos pocos cientos de millones de kilómetros del
sistema, en un solo día, y cada nave, cuando pasa, tiene bajo observación
telescópica los planetas más importantes. Curiosidad turística, ya saben. Para
ellos, los planetas sólidos de
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cualquier tamaño son una maravilla.
—¿Qué tiene que ver eso con estas marcas?
—Son una forma de escritura. Traducidas, estas marcas dicen: «Usad
vértices ergónicos de Mizzarett para un calor saludable y resplandeciente.»
—¿Quiere decir que Júpiter va a ser algo así como una valla
publicitaria? — explotó el secretario de Defensa.
—Exacto. Parece ser que la gente de Lamberj produce una tableta de ergón
muy competitiva, que hace que los de Mizzarett tengan un ansioso interés por
establecerse completa y legalmente en Júpiter, en caso de un posterior litigio
con los de Lamberj. Afortunadamente, los de Mizzarett son novatos en el juego
publicitario, según parece.
—¿Por qué dice eso? —preguntó el secretario del Interior.
—Porque desaprovecharon una serie de opciones que tenían para otros
planetas. El anuncio de Júpiter servirá para promocionar nuestro sistema al
mismo tiempo que su propio producto. Y cuando la gente de Lamberj venga como un
vendaval a comprobar que los de Mizzarett poseen el título legal de Júpiter,
nosotros tendremos Saturno para vendérselo a ellos. Con sus anillos. Y tal como
nosotros nos encargaremos fácilmente de explicarles, los anillos harán de
Saturno un espectáculo mucho mejor.
Y, por lo tanto —dijo el secretario del Tesoro, repentinamente alegre—,
valdrá un precio mucho mejor.
Y entonces todos, de repente, parecieron felices.
Compre Júpiter no fue mi título original para el relato. Normalmente me
indigno bastante cuando un editor cambia el título que he dado a un cuento, y
lo vuelvo a cambiar cuando aparece en una de mis colecciones y entonces dejo
traslucir mi indignación en el comentario. Pero no ha sido así esta vez.
Yo había titulado el cuento It Pays (Esto rinde), un título totalmente
anodino. Mills, sin siquiera consultarme, lo cambió tranquilamente por Buy
Jupiter, y yo me enamoré del nuevo título tan pronto como advertí el cambio.
Para un apasionado de los equívocos[14] como soy yo, era el título perfecto
para el cuento, tan perfecto que lo he dado a esta colección completa.
Bob Mills es el que se ha hecho acreedor de ello.
Durante esta primera época, vivía con cierto desasosiego y veía que mis
escritos de ciencia ficción comenzaban a decaer, por lo que ocasionalmente me
sumía en estados depresivos. ¿Podría ser que ya no pudiera seguir escribiendo
ciencia ficción?
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Suponiendo que lo intentara, ¿podría escribir ciencia ficción?
Iba conduciendo el automóvil hasta Marshfield, Massachusetts, el día 23
de julio de 1958, para comenzar unas odiosas vacaciones de tres semanas —en
realidad odio todas las vacaciones—, cuando, deliberadamente, me puse a pensar
en un argumento, como para alejar mi mente de las vacaciones, y ver al mismo
tiempo si podía hacerlo. Una estatua para papá fue el resultado. Lo vendí a una
nueva revista llamada Satellite Science Fiction y apareció en el número de
febrero de 1959.
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UNA ESTATUA PARA PAPÁ
¿Es la primera vez? ¿De veras? Ah, pero, por supuesto, usted tenía
noticias. Sí, estaba seguro de que lo había oído comentar.
Si el descubrimiento le interesa de verdad, créame, me encantará
explicárselo. Es una historia que siempre me ha gustado contar, aunque pocas
personas me dan ocasión. Hasta hubo quien me aconsejó que la mantuviera en
secreto, porque contradice la leyenda que se está formando respecto a mi padre.
De todos modos, creo que la verdad es valiosa. Tiene una moraleja. Un
hombre puede pasarse la vida dedicando sus energías a la satisfacción de su
propia curiosidad, únicamente, y luego, por pura casualidad, sin proponerse
nada parecido, acabar siendo un bienhechor de la humanidad.
Papá era solamente un físico teórico, dedicado a la investigación de los
viajes por el tiempo. No creo que jamás se parase a pensar ni por un momento
qué pudieran significar los viajes a través del tiempo para el Homo sapiens.
Sencillamente, sentía curiosidad por las relaciones matemáticas que gobernaban
el universo.
¿Hambriento? Tanto mejor. Imagino que se precisará cerca de media hora.
Lo arreglarán perfectamente para un oficial como usted. Es cuestión de amor
propio.
Para empezar, papá era tan pobre como sólo un profesor de Universidad
puede serlo. Con el tiempo, sin embargo, se hizo rico. En los últimos años de
su vida llegó a ser fabulosamente rico, y en cuanto a mí, y a mis hijos, y a
mis nietos… bueno, usted mismo lo verá.
Oh, además, le dedicaron estatuas. La más antigua está aquí mismo, en el
lugar donde realizó el descubrimiento. Puede verla mirando por la ventana. Si.
¿Distingue la inscripción? Bueno, es que miramos desde un ángulo desfavorable.
No importa.
Por la época en que papá inició las investigaciones sobre viajes a
través del tiempo, la mayoría de físicos habían abandonado este problema,
considerándolo una tarea demasiado ardua. En cambio, había empezado como una
marea tiempo atrás, la primera vez que montaron crono-túneles.
La verdad es que no hay mucho que ver. Las imágenes son completamente
irracionales e incontrolables. Lo que se ve aparece ondulado y borroso, con
poco más de medio metro de anchura en el mejor de los casos, y se desvanece
rápidamente. Querer enfocar en el pasado es lo mismo que querer captar la
imagen de una pluma arrastrada por un huracán enloquecido.
Probaron de sujetar el pasado con unas grapas, pero el procedimiento
resultó igualmente imposible. A veces se sostenían bien unos segundos, siempre
que un hombre empujara la grapa con fuerza; pero en otras ocasiones no se las
podía hacer penetrar ni con un martinete. Del pasado no se pudo conseguir nada
hasta que… Bien, ya llegaremos a ello.
Después de cincuenta años de no hacer progreso alguno, los físicos
perdieron el interés. La técnica operativa parecía hallarse en un callejón sin
salida. Cuando vuelvo
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la vista hacia aquellos tiempos, no puedo decir que se lo reproche.
Algunos hasta trataron de demostrar que en realidad los túneles no mostraban el
pasado; pero se habían divisado demasiados animales vivientes por aquellos
túneles…, animales extinguidos en la actualidad.
Sea como fuere, cuando la gente se había olvidado casi de los viajes por
el tiempo, entró en escena papá. Y convenció al Gobierno de que le concediera
una subvención para montar un crono-túnel propio, y emprendió el asunto de
nuevo, desde el principio.
Yo le ayudaba, por aquellas fechas. Había salido recientemente de la
Universidad, donde obtuve el doctorado en Física.
No obstante, al cabo de un año, poco más o menos, nuestros esfuerzos
tropezaron con un mar de penosos conflictos. A papá le costó mucho trabajo
conseguir que le renovaran la subvención. Los industriales no manifestaban el
menor interés, y la Universidad decidió que manchaba la reputación de tan
distinguido centro al mostrarse tan obstinado en investigar en un campo sin
ninguna posibilidad. El decano, que sólo entendía bien el aspecto monetario de
la beca, empezó insinuándole que se pasara a campos más lucrativos, y acabó
echándole.
Por supuesto, el buen señor —que sigue viviendo y seguía contando
dólares de las subvenciones cuando papá falleció— se sentiría en ridículo,
imagino, cuando papá legó a la Universidad, en su testamento, un millón de
dólares libres de impuestos… pero con un codicilo anulando el legado porque el
decano carecía de visión. Bien, esto fue, meramente, una venganza póstuma.
Muchos años antes…
No quisiera ponerme en plan dictador, pero tened la bondad, no comáis
más barritas de pan. La sopa clara, comida muy despacio para evitar un apetito
demasiado vivo, bastará.
De todos modos, nos las arreglábamos. Papá conservó el equipo que
habíamos comprado con el dinero de la subvención, lo sacamos de la Universidad
y lo montamos aquí.
Aquellos primeros años de investigar por nuestra cuenta fueron brutales.
Yo no me cansaba de insistir en que abandonásemos; pero él no quiso. Era
indomable; siempre encontraba de dónde sacar mil dólares, cuando los
necesitábamos.
La vida seguía; pero él no permitía que nada le apartase de sus
investigaciones. Mi madre murió; papá la lloró, y volvió a sus investigaciones.
Yo me casé; tuve un hijo, y luego una hija, y no pude estar siempre al lado de
mi padre. Él continuaba sin mí. Se rompió la pierna, y estuvo mes y medio
trabajando con la pierna escayolada.
De modo que le concedo todo el mérito a él. Yo colaboraba, naturalmente.
Realizaba tareas marginales de consulta y cuidaba de las negociaciones
con
Washington. Pero la vida y el alma del proyecto era él.
A pesar de todo, no llegábamos a ninguna parte. Habría dado lo mismo si
todo el dinero que lográbamos sacar a duras penas lo hubiésemos arrojado dentro
de uno de aquellos crono-túneles… lo cual no quiere decir que hubiese podido
cruzarlo.
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Al fin y al cabo, no logramos nunca, ni una sola vez, hacer pasar una
grapa por un túnel de aquéllos. Sólo en una ocasión estuvimos a punto de
conseguirlo. Teníamos la grapa a unos cinco centímetros del otro extremo cuando
el foco cambió. La imagen se fue de pronto, y hete ahí que en determinado
momento de la Era Mesozoica aparece un pedazo de vara de acero fabricada por el
hombre, oxidándose en una margen de río.
Luego, un día, el día crucial, el foco se mantuvo durante diez largos
minutos… suceso que tenía menos de una entre un billón de probabilidades de
ocurrir. ¡Señor, y qué agitación tan frenética nos dominaba mientras montábamos
las cámaras! En la otra parte del túnel, tocándolo casi, veíamos criaturas
vivas que se movían vigorosamente.
Luego, coronando la aventura, el crono-tubo se hizo permeable, hasta
hubiéramos jurado que no había nada sino aire entre el pasado y nosotros. La
notable permeabilidad debía de estar relacionada con la larga permanencia del
enfoque, aunque jamás pudimos demostrar si había sido así realmente.
Naturalmente, no teníamos ninguna grapa a mano, ya se lo figurarán
ustedes, sin duda. Pero la baja permeabilidad resultaba suficiente, puesto que
algo cayó a través del tubo, o túnel, pasando del Entonces al Ahora. Como
herido por el rayo, obrando sólo por el ciego instinto, estiré el brazo y lo
cogí.
En aquel instante perdimos el enfoque; pero esta contrariedad ya no nos
dejó amargados y desesperados. Ambos mirábamos fijamente, lleno el pensamiento
de locas conjeturas; aquello que yo sujetaba. Era una masa de barro apelotonado
y seco, completamente liso por las partes que habían rozado con el túnel del
tiempo, y en aquella masa de barro había catorce huevos del tamaño,
aproximadamente, de huevos de pato.
—¿Huevos de dinosaurio? —pregunté—. ¿Supones que lo son de verdad?
—Quizá —respondió mi padre—. No podemos asegurarlo.
—A menos que los incubemos —dije yo, con repentina y casi incontrolable
animación. Y los deposité con la misma reverencia que si hubieran sido de
platino. Estaban calientes, con el calor del sol de las eras primitivas—. Si
los incubamos, papá —dije yo—, tendremos unos seres que se extinguieron hace
más de cien millones de años. Será el primer caso en que se haya traído a la
actualidad algo realmente perteneciente al pasado. Si lo publicamos…
Estaba pensando en las subvenciones que nos concederían, en la
publicidad, en todo lo que aquel triunfo significaría para mi padre. Veía por
adelantado la mirada de consternación en la cara del decano.
Pero papá contemplaba la situación desde otro ángulo. Así pues, dijo con
firmeza: —Ni una palabra, hijo. Si esto se divulga, tendremos veinte equipos de
investigación sobre el rastro de los crono-tubos, cortando mis progresos. No.
Pero apenas haya solucionado el acertijo de esos crono-tubos, podrás anunciar
todo lo que quieras. Hasta entonces… guardaremos silencio. No pongas esa cara,
hijo. Tendré la
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solución antes de un año. Estoy seguro.
Yo me sentía algo menos confiado; pero aquellos huevos, estaba
convencido, nos proporcionarían todas las pruebas que necesitásemos. De modo
que gradué una gran estufa a la temperatura de la sangre y la dispuse de modo
que circulasen por ella el aire y el vapor de agua convenientes. Después monté
un timbre de alarma que sonaría a los primeros asomos de movimiento en el
interior de los huevos.
Éstos se abrieron a las tres de la madrugada, diecinueve días más tarde.
Y allí estaban… catorce diminutos canguritos con escamas verdosas, garras en
las patas traseras, muslitos rollizos en forma de fusta.
Al principio creía que se trataba de tiranosaurios; pero eran demasiado
pequeños para pertenecer a esta variedad. Pasaron los meses, y pude ver que no
sobrepasarían en corpulencia a unos perros de tamaño mediano.
Papá parecía desilusionado, pero yo seguí adelante, confiando que me
dejaría utilizarlos para fines publicitarios. Uno de los animalitos murió antes
de llegar a la madurez y otro falleció en una pelea. Pero los doce restantes
sobrevivieron… cinco machos y siete hembras. Yo los alimentaba con zanahorias
picadas, huevos duros y leche, y me aficioné mucho a ellos. Eran terriblemente
estúpidos, y sin embargo muy dulces. Y, además, verdaderamente hermosos. Sus
escamas…
Ah, sí, bueno, sería tontería describirlos. Aquellos primeros retratos
de la publicidad han circulado por todas partes. Aunque, pensándolo bien, no sé
si en Marte… ¡Oh, ahora con ésas! Bueno, bien.
Pero hubo de pasar mucho tiempo para que los retratos impresionaran al
público, y no hablemos ya de la vista de las criaturas auténticas. Papá
continuaba intransigente. Pasó un año, pasaron dos, y finalmente tres. No
teníamos suerte, ninguna, con los crono-tubos. Aquel afortunado azar anterior
no se repetía; a pesar de lo cual papá se negaba a ceder.
Cuatro hembras pusieron huevos, y pronto tuve en mi poder más de
cincuenta seres de aquella especie.
—¿Qué haremos con ellos? —pregunté.
—Mátalos —me dijo.
Claro, por supuesto, yo era incapaz de matarlos.
Henry, ¿está ya casi listo? Bien.
Cuando se produjo el milagro, hablamos agotado todos nuestros recursos.
No sabíamos dónde conseguir más dinero. Yo había ensayado en todas partes, y en
todas partes había cosechado continuas negativas. Y hasta me alegraba, pensando
que ahora papá tendría que abandonar. Mas, con un mentón firme e indómitamente
levantado, papá montó otro experimento, con toda tranquilidad.
Les juro a ustedes que si no hubiera ocurrido el accidente, la verdad
nos habría esquivado ya por siempre. La humanidad se habría visto privada de
una de sus
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mayores bendiciones.
A veces sucede así. Perkin descubre una mancha morada en su líquido y
encuentra los colorantes de anilina. Ramsen se lleva a los labios un dedo
contaminado y descubre la sacarina. Goodyear deja caer una mezcla en la estufa
y encuentra el secreto de la vulcanización.
En nuestro caso, fue un dinosaurio a mitad de su crecimiento el que se
internó por el laboratorio principal de investigaciones. Teníamos ya tantos que
no podía seguirles la pista a todos.
El dinosaurio se metió exactamente entre dos puntos de contacto
abiertos… en el lugar preciso en donde clavaron la lápida inmortalizando el
hecho. Estoy convencido de que el suceso no volvería a producirse ni en mil
años. Hubo un destello cegador, un corto circuito capaz de abrasarlo todo, y el
crono-tubo recién montado desapareció en un arco iris de centellas.
La verdad es que en aquel momento preciso no supimos exactamente qué
habíamos conseguido. Todo lo que sabíamos era que el animal había quemado, y
acaso destruido definitivamente, doscientos mil dólares de equipo, y que
estábamos completamente arruinados. Y todo lo que podíamos presentar como
recuerdo era un dinosaurio asado de pies a cabeza. Hasta nosotros nos habíamos
chamuscado un poco; pero el dinosaurio había recibido toda la concentración de
energía del campo. Lo percibíamos por el olfato. El aire estaba saturado de su
olor. Papá y yo nos mirábamos sorprendidos. Yo levanté el animalito cogiéndolo
con unas tenazas. Estaba negro y socarrado por fuera, pero las quemadas escamas
cayeron al contacto de las tenazas, arrastrando la piel consigo. Y bajo el socarrado
apareció una carne blanca y firme, muy parecida a la de pollo.
No pude resistir la tentación de probarla, y encontré que su parecido
con el pollo podía compararse al que existe entre Júpiter y un asteroide.
Pueden creerme o no, pero con nuestro trabajo científico convertido en
ruinas a nuestro alrededor, nos sentamos los dos allí y nos pusimos a devorar
dinosaurio. Hallábamos trozos quemados y trozos casi crudos. Y no lo habíamos
condimentado. Pero no paramos hasta haber mondado bien los huesos.
—¡Papá —exclamé yo—, los hemos de criar, gloriosa y sistemáticamente,
para alimento!
Papá hubo de dar su conformidad. Estábamos en la bancarrota más
absoluta. Conseguí un préstamo del Banco invitando al director a comer y
dándole
dinosaurio.
La treta no ha fallado nunca. Nadie que haya probado lo que ahora
llamamos «dinopollo» queda contento con los platos corrientes. Una comida sin
dinopollo es una comida en la que nos cuesta trabajo mantener el alma y el
cuerpo juntos. Sólo el dinopollo es alimento de verdad.
Nuestra familia sigue siendo dueña del único rebaño de dinopollos que
existe y somos los únicos proveedores de una cadena mundial de restaurantes —la
primera y
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más antigua— que se ha formado y desarrollado gracias a esta
especialidad.
¡Pobre papá! Nunca fue dichoso, salvo aquellos singulares momentos en
que comía real y auténtico dinopollo. Continuó trabajando en los crono-tubos,
como trabajan asimismo (tal como él había dicho que ocurriría) otros veinte
equipos de investigadores que invadieron el campo. Sin embargo, hasta la fecha,
nada salió de todos esos esfuerzos. Nada salvo el dinopollo.
¡Ah, Pierre, gracias! ¡Ha sido un trabajo superlativo! Buena, señor, si
me permite que trinche. Nada de sal, ahora, y sólo un poquitín de salsa. Así
está bien… ¡Ah, esa es la expresión que veo siempre en el rostro del hombre que
cata por primera vez esa delicia!
Una humanidad agradecida aportó cincuenta mil dólares para erigir la
estatua en la cima de la colina; pero ni este tributo fue suficiente para hacer
feliz a papá.
Lo único que pudo ver fue la inscripción: «Al Hombre que Dio Dinopollo
al Mundo».
Vean ustedes, hasta el día de su muerte, papá sólo anheló una cosa:
encontrar el secreto para viajar por el tiempo. Y a pesar de haber sido un
bienhechor de la humanidad, murió sin haber podido satisfacer su curiosidad.
El título original que yo le había puesto era el de Benefactor of
Humanity, que pensé encerraba un suave regusto irónico, y me indigné un poco
cuando Leo Marguiles, de Satellite, lo cambió. Cuando The Saturday Evening Post
pidió permiso para reimprimir el cuento (que apareció en el número de
marzo-abril de 1973 de dicha revista), puse por condición que le devolvieran el
título original. Pero luego, cuando lo vi en letra impresa y reflexioné, decidí
que el título elegido por Leo era mejor que el mío. De modo que aparece aquí
nuevamente con el de Una estatua para papá.
Bob Mills, a quien mencioné en relación con Compre Júpiter, era íntimo
amigo mío cuando trabajaba en F & SF y en Venture, y posteriormente no he
perdido el contacto con él. Bob ha vendido el alma al diablo y se ha convertido
en agente literario; pero nos vemos de vez en cuando y somos tan buenos amigos
como siempre.
Además, fue él quien contribuyó a que yo invadiera el campo de la no
ficción. Como me fastidiaba redactar documentos de investigación, empecé, en
1953, a escribir imaginativos artículos sobre química en el Journal of Chemical
Education. Había escrito ya una media docena cuando se me ocurrió que no sacaba
ningún
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provecho de ellos y que no llegaban a mi público.
Así pues, me puse a escribir artículos de ciencia auténtica para las
revistas de ciencia ficción; y con ellos llegaba a mayor número de lectores y
podía abordar mayor número de temas que en ninguna publicación erudita. El
primero de dichos artículos se titulaba La hemoglobina y el universo y apareció
en el número de febrero de 1955 de Astounding.
De todos modos, en setiembre de 1957, Bob Mills me llamó y me preguntó
si quería escribir, de modo fijo, un artículo de ciencia real para Venture.
Acepté al momento, y el primero de los tales, Fecundity Limited, se publicó en
el número de enero de 1958 de Venture. ¡Ay de mí! Venture sólo duró unos
cuantos números más; pero luego me pidieron que me encargase de la misma
sección para F & SF. El primero de esta serie fue Dust of Ages, y apareció
en el número de noviembre de 1958.
La serie de F & SF duró y floreció. Al principio me pidieron una
extensión de mil quinientas palabras, y ésta fue la que tuvieron todos los de
Venture y los primeros de F & SF. Pero pronto me pidieron que aumentara la
extensión hasta cuatro mil palabras, y así los escribí desde entonces, siendo
el primero de esta colección Catching up With Newton, que se publicó en el
número de diciembre de 1958.
La serie de F & SF ha tenido un éxito asombroso. El artículo número
doscientos que he publicado en ella apareció en el número de junio de 1975 de F
& SF. Hasta el momento no he dejado de publicar mi artículo en ningún
número, y quizá sea la serie más larga de artículos de un mismo escritor
(exceptuando al editor) que haya aparecido jamás en una revista de ciencia
ficción. Periódicamente, Doubleday reúne los mencionados artículos en libros,
de los cuales, hasta la fecha en que escribo estas líneas, han publicado once.
Sin embargo, lo más importante de todo es el placer que me causan dichos
artículos mensuales. Hasta el día de hoy, me divierto más con ellos que con
ninguno de mis otros trabajos de escritor. Siempre llevo de uno a dos meses de
ventaja, porque no sé esperar; pero parece que a los editores no les importa.
En cierta manera fue Bob Mills quien me ayudó a adquirir el estilo de
escritor de artículos que tengo en la actualidad, un estilo altamente
despreocupado, que se ha filtrado también a mis colecciones de ciencia ficción,
de lo cual puede ser testimonio este libro. Mientras escribí la mencionada
sección en su revista, él se refería a mí constantemente bajo la denominación
de «el Buen Doctor», mientras yo, por mi parte, le llamaba «el Cariñoso
Director», y nos divertíamos mucho haciéndonos bromas en las notas marginales…,
hasta que dimitió de su cargo. (No, aquí no hubo una relación causa-efecto.)
Sea como fuere, los artículos me ayudaron a afianzarme en el terreno de
la no ficción, y me hicieron más difícil el retorno al campo de la ficción.
Bob, lógicamente, no estaba de acuerdo en que abandonase este segundo campo. A
veces me sugería argumentos para cuentos, con el propósito de incitarme a
escribir, y a veces sus
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sugerencias me gustaban. Por ejemplo, una de tales sugerencias dio
origen a Unto The Fourth Generation, que apareció en el número de abril de 1959
de F & SF y fue incluido en Nightfall and Other Stories. Ese cuento es uno
de mis preferidos.
Creí que me había sugerido otro ganador cuando plasmé una idea suya en
Lluvia, lluvia, vete lejos[15]. Lo escribí el 1.º de noviembre de 1958, se lo
presenté el día siguiente, y él me lo rechazó al otro día, es decir, el 3 de
noviembre. ¡Cariñoso director, ciertamente!
Con el tiempo le encontré acomodo, sin embargo, y apareció en el número
de setiembre de 1959 de Fantastic Universe Science Fiction.
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LLUVIA, LLUVIA, VETE LEJOS
—Ahí está otra vez —decía Lillian Wright, colocando las celosías de la
manera más conveniente para mirar—. Ahí está, George.
—¿Quién está ahí? —preguntó el marido, intentando conseguir el contraste
adecuado en el televisor, para poder contemplar a gusto el partido de béisbol.
—La señora Sakkaro —respondió la mujer, y luego, para evitar el
inevitable: «¿Quién es la señora Sakkaro?», añadió precipitadamente—: Son los
nuevos vecinos, ¡por amor de Dios!
—¡Ah!
—Tomando un baño de sol. Siempre tomando baños de sol. Me pregunto dónde
estará su chico. Suele estar fuera de casa, en un día bueno como éste, allí en
aquel patio tan grande que tienen, tirando la pelota contra las paredes de la
casa. ¿No le has visto nunca, George?
—Le he oído. Es una variante del tormento chino del agua. ¡Bang! contra
la pared, ¡biff! en el suelo, ¡plaff! en la mano. Bang, biff, plaff, bang,
biff, plaff…
—Es un muchacho agradable, tranquilo y bien educado. Ojalá Tommie
trabara amistad con él. Además, tiene la edad conveniente; unos diez años,
diría yo.
—No sabía que Tommie tuviera dificultad en ganarse amigos.
—Pues con los Sakkaro es difícil hacer amistad. ¡Viven tan retraídos! Ni
siquiera sé a qué se dedica el señor Sakkaro.
—¿Para qué has de saberlo? A nadie le importa un pepino lo que haga ese
hombre.
—Es raro que nunca le vea salir a trabajar.
—A mí nadie me ve salir yendo al trabajo.
—Tú te quedas en casa y escribes. ¿Y él? ¿Qué hace?
—Me atrevería a decir que la señora Sakkaro sabe qué hace el señor
Sakkaro, y que está muy consternada porque no sabe qué hago yo.
—¡Oh, George! —Lillian se apartó de la ventana y dirigió una mirada de
disgusto a la televisión (Schoendienst estaba en el puesto de bateador)—. Creo
que deberíamos hacer un esfuerzo; sí, los vecinos deberíamos hacerlo.
—¿Qué clase de esfuerzo? —Ahora George estaba cómodamente sentado en el
canapé, con una «Coca-Cola» de las grandes en la mano, recién abierta y con el
líquido casi convertido en escarcha.
—El de conocerlos bien.
—Oye, ¿no la conociste cuando se trasladaron aquí? Me dijiste que fuiste
a visitarla.
—Sí, le dije: «Hola»; pero ella se metió dentro, y como todavía tenían
la casa en desorden, no podía pasar de eso, de decirle «Hola». Pero hace ya más
de dos meses que están, y todavía no hemos pasado de un «hola» de vez en
cuando… ¡Es tan rara!
—¿De veras?
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—Siempre está mirando al cielo. La he visto en esa actitud un centenar
de veces, y basta que haya la menor nube en el firmamento para que no salga. Un
día que el chico estaba fuera, jugando, le gritó que entrase, diciendo que iba
a llover. Yo la oí y pensé: «¡Santo Dios! ¿Quién lo diría? Y yo que tengo la
ropa tendida…» De modo que salí corriendo y, ¿sabes?, hacía un sol
deslumbrante. Ah, sí, había unas nubecillas; pero nada, en realidad.
—¿Llovió más tarde?
—Claro que no. Había salido corriendo al patio por nada.
George se había perdido entre dos blancos en la base y un fallo de los
más enojosos, que provocaría una carrera. Calmados los ánimos y habiendo
recobrado la compostura el lanzador de la pelota, George le gritó a Lillian,
que estaba desapareciendo dentro de la cocina:
—Bueno, como son de Arizona, me atrevería a decir que no distinguen las
nubes que traen lluvia de las que no.
Lillian regresó a la sala con un repicar de tacones altos.
—¿De dónde?
—De Arizona, dice Tommie.
—¿Y cómo lo sabe Tommie?
—Habló con aquel muchacho, entre manotazo y manotazo a la pelota, me
figuro, y el chico le dijo que habían venido de Arizona; pero en aquel momento
lo llamaron para que entrase en casa. Al menos Tommie dice que era Arizona… o
quizá Alabama, o algo que suena por el estilo. Ya conoces a Tommie y su falta
absoluta de memoria. Pero si están tan preocupados por el tiempo, me figuro que
procederán de Arizona y no saben gozar de un buen clima lluvioso como el
nuestro.
—¿Cómo no me lo dijiste?
—Porque Tommie me lo ha dicho esta mañana, precisamente, y porque he
pensado que te lo habría contado también a ti, y a decir verdad, porque pensaba
que serías capaz de llevar una existencia normal incluso en el caso de que no
te enterases nunca, Puaf…
La pelota había salido volando hacia la parte indicada del campo para
que el lanzador pudiera dar por terminada su actuación.
Lillian regresó junto a sus celosías y dijo:
—Sencillamente, he de intentar conocerla. Parece muy simpática… ¡Oh,
mira eso, George!
George no miraba otra cosa que el televisor.
—Sé que está absorta mirando aquella nube —añadió Lillian—. Y ahora se
meterá dentro de casa. Seguro.
Dos días después, George fue a la biblioteca en busca de datos, y volvió
a casa con un cargamento de libros. Lillian le saludó radiante de satisfacción.
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—Bueno. Mañana no harás nada —exclamó.
—Eso parece una aseveración, no una pregunta.
—Es una aseveración. Saldremos con los Sakkaro; Iremos al parque Murphy.
—Con…
—Con nuestros vecinos, George. ¿Cómo es posible que no recuerdes nunca
su nombre?
—Soy un superdotado. ¿Y cómo ha sido?
—Simplemente, esta mañana he ido a su casa y he tocado el timbre.
—¿Tan fácilmente?
—No ha sido fácil. Ha sido duro. Allí me tenías, temblando de puro
nerviosismo, con el dedo apoyado en el timbre; hasta que se me ha ocurrido
pensar que era más cómodo tocar el timbre que esperar a que abriesen la puerta
y me sorprendieran plantada allí, como una tonta.
—¿Y no te ha echado a puntapiés?
—No. Ha sido muy afectuosa. Me ha invitado a entrar, me ha reconocido en
seguida y me ha dicho que estaba muy contenta de que hubiera ido a visitarla.
Ya sabes.
—Y tú le has propuesto que fuésemos al parque Murphy.
—Sí. He pensado que si proponía algo que pudiera significar una
diversión para los niños, le sería más fácil aceptar. No querría perder una
buena oportunidad para su chico.
—Psicología maternal.
—Pero deberías ver su casa.
—¡Ah! La visita tenía un objetivo. Ahí está. Querías realizar una
exploración completa. Pero, por favor, ahórrame los pequeños detalles. No me
interesan los cubrecamas, y puedo pasarme lo mismo sin saber las dimensiones de
los armarios.
El secreto de la felicidad de aquel matrimonio estaba en que Lillian no
le hacía el menor caso a George. En consecuencia, se metió en pequeños
detalles, describió meticulosamente los cubrecamas, y le dio noticia
detalladísima de las dimensiones de los armarios.
—¡Y limpio…! No había visto jamás una vivienda tan inmaculada.
—Entonces, si tienes mucho trato con ella, te marcará unas normas
imposibles y, en defensa propia, tendrás que renunciar a su amistad.
—Tiene una cocina —continuó Lillian, ignorándole por completo— tan
relucientemente limpia que no parece posible que la utilice nunca. La he pedido
un vaso de agua, y lo ha sostenido bajo el grifo con tal perfección que no se
ha derramado ni una gota sobre el fregadero. Y no era afectación. Lo ha hecho
con tal naturalidad que he comprendido que siempre lo hace así. Y cuando me ha
dado el vaso, lo sostenía envuelto en una servilleta limpia. Con la asepsia de
una clínica.
—Debe de ser un tormento para sí misma. ¿Aceptó sin titubeos y al
instante la invitación de salir con nosotros?
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—Pues… al instante no. Ha preguntado a su marido qué previsión había
para el tiempo, y él le ha contestado que todos los periódicos decían que
mañana haría buen tiempo, pero que aguardaba el último parte de la radio.
—Todos los periódicos lo decían, ¿eh?
—Naturalmente, todos publican el parte meteorológico oficial; de modo
que todos coinciden. Pero creo que están suscritos a todos los periódicos. Al
menos me he fijado en el paquete que deja el muchacho…
—No se te pasan muchos detalles por alto, ¿verdad?
—De todos modos —replicó Lillian con aire severo—, ha telefoneado a la
Oficina Meteorológica y les ha pedido el último parte y se lo ha comunicado, a
gritos, a su marido, y ambos han dicho que nos acompañarían, aunque advirtiendo
que si se produjeran cambios inesperados en el tiempo, nos telefonearían.
—Muy bien. Entonces, iremos.
Los Sakkaro eran jóvenes y agradables, morenos y guapos. Mientras
bajaban por el largo paseo desde su casa hacia donde aguardaba el coche de los
Wright, George se inclinó hacia su esposa y le susurró al oído:
—De modo que el motivo de tanto interés es él.
—Ojalá lo fuera —replicó Lillian—. ¿No es un bolso aquello que lleva?
—Una radio de bolsillo. Para escuchar los partes meteorológicos, apuesto.
El hijo de los Sakkaro venía corriendo tras ellos, blandiendo un objeto
que resultó ser un barómetro aneroide, y los tres subieron al asiento trasero.
La conversación se puso en marcha y duró, con un limpio peloteo sobre
cuestiones impersonales, hasta el parque Murphy.
El muchacho se mostraba tan cortés y razonable que hasta Tommie Wright,
incrustado entre sus progenitores en el asiento delantero, se sintió arrastrado
por el ejemplo a mantener una apariencia de civilización. Lillian no recordaba
cuándo hubiera gozado de un paseo en coche tan serenamente agradable.
Y no la inquietaba lo más mínimo el hecho de que, si bien apenas audible
bajo el chorro continuo de la conversación, la radio del señor Sakkaro seguía
abierta, aunque nunca le viese acercársela al oído.
En el parque Murphy hacía un día delicioso; caliente y seco, pero sin un
calor excesivo, y animado por un sol resplandeciente en un cielo azul, muy
azul. Ni siquiera el señor Sakkaro, a pesar de estar inspeccionando
continuamente todos los rincones del firmamento con mirada atenta y fijar luego
un ojo penetrante en el barómetro, parecía encontrar motivo de queja.
Lillian acompañó a los dos muchachos a la sección de diversiones y
compró los billetes suficientes para que ambos pudieran gozar de todas y cada
una de las emociones centrífugas que el parque ofrecía.
—Por favor —le dijo a la señora Sakkaro, que no quería permitirlo—, deje
que
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esta vez invite yo. Le prometo que la próxima dejaré que invite usted.
Cuando regresó, George estaba solo.
—¿Dónde…? —preguntaba ella.
—Allá abajo, en el puesto de los refrescos. Les he dicho que te
esperaría aquí y nos reuniríamos con ellos. —Él parecía sombrío.
—¿Pasa algo?
—No, en realidad no; excepto que pienso que ese hombre debe de ser
riquísimo. —¿Qué?
—No sé cómo se gana la vida. He insinuado… —¿Quién es el curioso ahora?
—Lo hice por ti. Me ha dicho que se dedica, simplemente, a estudiar la
naturaleza humana.
—¡Qué filosófico! Eso explicaría aquellos montones de periódicos.
—Sí, pero teniendo a un hombre guapo y rico en la puerta de al lado,
parece como si también a mi me marcaran unos modelos imposibles.
—No seas tonto.
—Ah, y no procede de Arizona.
—¿No?
—Le he dicho que había tenido noticia de que era de Arizona. Ha parecido
tan sorprendido que se ha visto claramente que no es de allá. Después se ha
puesto a reír y me ha preguntado si tiene el acento de Arizona.
Lillian comentó pensativamente:
—Sí, tiene un acento especial. En el suroeste hay muchísima gente que
desciende de españoles, de modo que, en fin de cuentas, podría proceder de
Arizona. Sakkaro podría ser un apellido español.
—A mí me suena a japonés… Vamos, nos están haciendo señas. ¡Oh, buen
Dios, mira lo que han comprado!
Cada uno de los miembros de la familia Sakkaro tenía en las manos tres
palos de algodón de azúcar, grandes volutas de espuma rosada consistente en
hebras de azúcar obtenidas a partir de un jarabe como escarcha que habían
batido en un recipiente caliente. Era una golosina de sabor dulce que se
desvanecía en la boca y le dejaba a uno todo pegajoso.
Los Sakkaro ofrecieron uno de aquellos bastones a cada uno de los
Wright, y éstos, por pura cortesía, aceptaron.
Luego probaron suerte con los dardos, en esa especie de póquer en que
unas bolas han de rodar hacia unos hoyos, y en derribar cilindros de madera de
encima de unos pedestales. Se retrataron, grabaron sus voces y probaron la
fuerza de sus manos.
Al cabo de un rato, recogieron a los chicos, que habían quedado
reducidos a un gozoso estado de diarrea y de entrañas irritadas, y los Sakkaro
acompañaron inmediatamente al suyo al puesto de los refrigerios. Tommie insinuó
la posibilidad de prolongar sus placeres adquiriendo un «perro caliente», y
George le dio un cuarto de
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dólar. Tommie salió corriendo en pos de los vecinos.
—Francamente, prefiero quedarme aquí —dijo George—. Si les veo
mordisquear otro palo de algodón de azúcar me pondré verde y me darán arcadas.
Si no se han comido una docena cada uno, me la como yo.
—Lo sé, y ahora están comprando un puñado para el chico.
—He invitado al marido a despachar un par de hamburguesas mano a mano;
pero él ha puesto mala cara y ha meneado la cabeza. Claro, una hamburguesa no
es gran cosa; pero después de tanto algodón de azúcar habría de parecer un
festín.
—Lo sé. Yo le he ofrecido una naranjada a ella, y, por el salto que ha
dado al decir que no, habrías pensado que se la había arrojado a la cara… Sin
embargo, me figuro que no habían estado nunca en un lugar como éste y necesitan
un tiempo para adaptarse a la novedad. Se hartarán de algodón de azúcar y luego
se pasarán diez años sin probarlo.
—Sí, es posible. —Y fueron a reunirse con los Sakkaro—. Mira, Lil, se
está nublando.
El señor Sakkaro sostenía el aparatito de radio junto al oído y miraba
ansiosamente hacia el Oeste.
—Oh, oh, lo ha visto —dijo George—. Te apuesto cincuenta contra uno a
que querrá irse a casa.
Los tres Sakkaro se le echaron encima, muy corteses, pero insistentes.
Lo sentían en extremo, lo habían pasado maravillosamente, imponderablemente
bien, y los Wright habrían de ser sus invitados tan pronto como pudieran
arreglarlo; pero ahora, de veras, tenían que irse a casa. Se acercaba una
tormenta. La señora Sakkaro gemía y lloriqueaba diciendo que todos los partes
de la radio habían anunciado buen tiempo.
George intentó consolarlos.
—Es difícil predecir una tormenta local; pero, aún en el caso de que
viniera, y es posible que no, no duraría más de media hora a lo sumo.
Explicación que puso al menor de los Sakkaro a punto de derramar
lágrimas, e hizo temblar visiblemente la mano de la señora Sakkaro, que
sujetaba un pañuelo.
—Volvamos a casa —concluyó George—, resignado.
El viaje de regreso parecía prolongarse interminablemente. La
conversación brillaba por su ausencia. Ahora la radio del señor Sakkaro bramaba
con fuerza, mientras su dueño sintonizaba una emisora tras otra, dando cada vez
con un parte meteorológico. En estos momentos todos hablaban de «aguaceros
locales».
El pequeño Sakkaro se quejó con un hilo de voz de que el barómetro
estaba bajando, y la señora Sakkaro, con el mentón apoyado en la palma de la
mano, contemplaba el cielo con mirada lúgubre y le pedía a George si podía
hacer el favor de correr más.
—No parece muy amenazador, ¿verdad que no? —comentaba Lillian en un
cortés
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intento de identificarse con el estado de ánimo de su invitada. Aunque
luego George le oyó murmurar entre dientes:
—¿Qué te parece?
Cuando entraron en la calle en que vivían, se había levantado un viento
que empujaba el polvo formado en semanas de no llover, y las hojas susurraban
con acento amenazador. Un relámpago cruzó el firmamento.
—Amigos míos, dentro de un par de minutos estarán en casa —prometió
George
—. Lo conseguiremos.
Paró ante la puerta de la verja que daba acceso al espacioso patio de
los Sakkaro y
saltó del coche para abrir la portezuela trasera. Creyó recibir una gota
de lluvia.
Llegaban justo a tiempo.
Los Sakkaro bajaron precipitadamente, las caras estiradas por la
tensión, murmurando unas frases de agradecimiento, y se lanzaron a la carrera
hacia el largo paseo que llevaba a la puerta de la fachada.
—¿Qué te parece? —empezó Lillian—. Uno diría que son de…
Los cielos se abrieron y la lluvia descendió en forma de gotas gigantes,
como si se hubiera reventado de pronto alguna presa celestial. Un centenar de
palos de tambor repicaban sobre la capota del coche… Y a mitad de camino de la
puerta de su casa, los Sakkaro se habían parado y levantaban la vista al cielo
con aire desesperado.
Bajo el azote de la lluvia, sus rostros se disolvían; se disolvieron y
contrajeron y resbalaron hacia el suelo. Los tres cuerpos se reducían,
desplomándose dentro de las ropas, que se deshincharon sobre el suelo, formando
tres montoncitos mojados y pegajosos.
Y mientras los Wright continuaban sentados en su coche, transfigurados
de horror, Lillian fue incapaz de reprimirse y dejar de terminar el comentario
iniciado:
—… que son de azúcar y tienen miedo de disolverse.
Mi libro The Early Asimov le dio los suficientes beneficios a Doubleday
como para decidirles a publicar otros libros similares de autores que llevaban
los años necesarios escribiendo para tener unos primeros tiempos de cierta
consideración. El siguiente libro de la serie fue The Early Del Rey (Doubleday,
1975), de mi buen y antiguo amigo Lester del Rey.
Lester no llenó su libro de minucias autobiográficas, como yo lo hago,
sino que lo quiso utilizar como instrumento más serio, para describir sus
opiniones acerca de cómo hay que escribir ciencia ficción.
Yo le imitaría de muy buena gana, sólo que no sé cómo debe escribirse la
ciencia ficción, ni tampoco ningún otro género. Lo que hago, lo hago por
instinto ciego, y
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nada más.
No obstante, algo sí se me ocurre de vez en cuando, y, así, me ha venido
una idea al pensar en Lluvia, lluvia, vete lejos. Si usted decide escribir un
cuento, evite referencias contemporáneas. Fechan el cuento y, en cambio, no
tienen poder de permanencia. Este mío cita a Schoendienst jugando de bateador
en un partido de béisbol. Bueno, pues, ¿quién diablos era Schoendienst? ¿Lo
recuerdan? ¿Les dice algo este nombre tres lustros después?
Y, suponiendo que les diga algo, ¿vale la pena recordarle al lector que
el cuento data de quince años atrás…? Naturalmente, yo invierto páginas enteras
explicándoles a ustedes los años que tienen mis narraciones y todo lo demás
concerniente a ellas; pero en nuestro caso es diferente. Todos ustedes son
amigos míos.
El desplazamiento hacia la ciencia seria continuaba. En la primavera de
1959, Leon Svirsky, de Basic Books, Inc., me persuadió de que escribiera un
libro voluminoso titulado The Intelligent Man’s Guide to Science, que se
publicó en 1960. Fue mi primer éxito auténtico fuera de la literatura de
ficción. Conseguí muchas criticas favorables, y mis ingresos anuales se
duplicaron súbitamente.
El dinero no era la razón primera que me impulsaba, ya saben ustedes;
pero mi familia aumentaba, y tampoco iba yo a tirar el dinero. Con lo cual,
otra vez disminuía considerablemente el impulso de retornar a la ciencia
ficción.
Frederik Pohl, que había sucedido a Horace Gold como director de Galaxy,
quiso inducirme a escribir un cuento en marzo de 1965, enviándome una
ilustración para una cubierta que intentaba lanzar, y me pidió que escribiera
el cuento.
—Como ya tienes la cubierta —me decía—, te será fácil.
No, no lo fue. Contemplé la cubierta, que representaba una cara grande,
triste, con casco espacial, y varias cruces toscas al fondo, cada una de las
cuales sostenía otro casco espacial. El cuadro no me sugirió nada en absoluto.
Se lo habría dicho así a Fred; pero se trataba de un viejo amigo, y no quería
destrozarle el corazón revelándole que había cosas que quedaban fuera de mis
facultades. De modo que hice un esfuerzo supremo y escribí el cuento siguiente,
que apareció en el número de agosto de 1965 de Galaxy.
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PADRE FUNDADOR
La primera combinación de catástrofes había tenido lugar cinco años
atrás…, cinco revoluciones de este planeta, que los mapas designaban como el
HC-12549d, y no tenía nombre alguno fuera de los mapas. Seis revoluciones y
pico de la Tierra; pero ¿quién contaba nada… ya?
Si los hombres de la madre Tierra lo hubiesen sabido, quizá habrían
dicho que era una lucha heroica, una hazaña épica del Cuerpo Galáctico; cinco
hombres contra un mundo hostil, resistiendo como bravos durante cinco o seis y
pico años. Pero ahora morían, perdida la batalla después de todo. Tres se
hallaban en las últimas fases del coma, el cuarto todavía tenía abiertos los
ojos, teñidos de amarillo, y el quinto seguía en pie.
Pero no era cuestión de heroísmo, en modo alguno. Había sido la hazaña
de cinco hombres combatiendo el aburrimiento y la desesperación y conservando
la burbuja metálica de habitabilidad que les quedaba por la muy antiheroica
razón de que no podían hacer otra cosa, mientras les quedara un soplo de vida.
Si alguno de ellos se sintió estimulado por la batalla, nunca lo dijo.
Transcurrido el primer año, dejaron de hablar de posibles rescates, y después
del segundo, descendió una mortaja sobre la palabra «Tierra».
En cambio, otra palabra continuaba siempre presente, y si no estaba en
su labios, no faltaba nunca en sus pensamientos: «amoníaco».
Se había presentado por primera vez cuando aterrizaban a la desesperada,
contra todas las probabilidades, con unos motores averiados y dentro de un
abollado bote espacial.
Uno ya se figura que puede haber momentos difíciles, por supuesto; uno
espera cierto número de tropiezos…, pero de uno en uno. Una llamarada estelar
quema los hipercircuitos…, bueno, esto se puede reparar, disponiendo de tiempo.
Un meteorito desordena las válvulas de alimentación…, esto se puede arreglar,
disponiendo de tiempo. Bajo la tensión, se calcula mal una trayectoria y una
aceleración momentáneamente insoportable destroza la antena de salto y embota
los sentidos de todos los tripulantes…, pero la antena se puede sustituir y los
sentidos se recobran, disponiendo de tiempo.
Las probabilidades de que se produzcan los tres contratiempos a la vez
son de una entre infinitas; y todavía son menores de que ocurran precisamente
durante un aterrizaje singularmente peligroso, cuando el tiempo, elemento
necesario para corregir todos los errores, es lo que más escasea.
El Cruiser John hubo de topar con esta probabilidad entre infinitas, y
realizó un aterrizaje definitivo, puesto que ya nunca más volvería a elevarse
de ninguna superficie planetaria.
Era en sí mismo, casi un milagro que hubiese aterrizado esencialmente
intacto. A los cinco tripulantes se les daba un permiso de vida por unos años
al menos. Aparte
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de eso, sólo la llegada —por error— de otra nave especial podía
socorrerles, y no esperaban que llegase ninguna. Sabían que habían agotado el
cupo de coincidencias que pudieran darse en todas sus vidas, y todas las
producidas habían sido malas.
Eso era todo.
Y la palabra clave era «amoníaco». Con la superficie subiendo hacia
ellos en vertiginosa espiral y la muerte, misericordiosamente rápida, ante
ellos con una probabilidad muy superior al cincuenta por ciento, Chou halló
tiempo, de todos modos, para fijarse en el espectrógrafo de absorción, que
registraba una sierra muy irregular.
—Amoníaco —gritó. Los otros le oyeron, pero no había tiempo para
prestarle atención. Sólo había la lucha desgarradora contra una muerte rápida,
en favor de otra lenta.
Cuando aterrizaron por fin, en un terreno arenoso con una vegetación
escasa y azulada (¿azulada?), una hierba bermeja, unos objetos achaparrados con
cierta apariencia de árboles con corteza azul pero sin hojas, sin el menor
indicio de vida animal y con un cielo verdoso (¿verdoso?) veteado de nubes… la
palabra volvió a sus mentes, para atormentarles.
—¿Amoníaco? —preguntó Petersen tensamente.
—Un cuatro por ciento —respondió Chou.
—Imposible —replicó Petersen.
Pero no lo era. Los libros no decían que fuese imposible. Lo que había
descubierto el Cuerpo Galáctico era que un planeta de determinada masa y
determinado volumen y a una determinada temperatura era un planeta océano y que
su atmósfera había de estar compuesta o bien de nitrógeno y oxígeno, o bien de
nitrógeno y anhídrido carbónico. En el primer caso, la vida estaría en una fase
adelantada; en el segundo, en una primitiva.
Nadie realizó nuevas comprobaciones sobre masa, volumen y temperatura.
Se daba por descontado que la atmósfera pertenecería a uno de los dos modelos
descritos, el que fuese. Pero los libros no decían que hubiera de ocurrir así
forzosamente; sólo decían que siempre ocurría así. Termodinámicamente cabía la
posibilidad de que hubiera otro tipo de atmósferas, si bien esta posibilidad
era tan improbable que no solía encontrárselas en la práctica.
Hasta entonces. Los hombres del Cruiser John habían encontrado una y se
hallarían sumergidos, durante todo el tiempo que pudieran prolongar su vida, en
una atmósfera de nitrógeno, anhídrido carbónico y amoníaco.
Los tripulantes convirtieron la nave en una burbuja subterránea de medio
ambiente similar a la Tierra. No podía despegar de la superficie, y tampoco
podían enviar un rayo de comunicación a través del hiperespacio; pero todo lo
demás podía salvarse. Para compensar las deficiencias del sistema de reciclaje,
podrían incluso
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echar mano, dentro de ciertos limites, del agua y el aire que les
suministrase el planeta; siempre, por supuesto, que los limpiaran de amoníaco.
Como tenían los trajes en perfectas condiciones, organizaban salidas de
exploración, y el tiempo fue pasando. Era un planeta inofensivo, sin vida
animal y con una vida vegetal escasa, pero diseminada por todas partes. Azul,
todo azul; clorofila amoniacada; proteínas amoniacadas.
Montaron laboratorios, analizaron los componentes de las plantas,
estudiaron secciones microscópicas, compilaron extensos volúmenes de hallazgos.
Probaron de cultivar plantas indígenas en atmósferas libres de amoníaco, pero
fracasaron. Se convirtieron en geólogos, y estudiaron la corteza del planeta;
en astrónomos, y estudiaron el espectro del sol que iluminaba aquel planeta.
Barrère decía en ocasiones:
—Con el tiempo, el Cuerpo volverá a mandar a alguien a este planeta, y
nosotros les habremos legado un tesoro de conocimientos. Al fin y al cabo es un
planeta único, Acaso no haya ningún otro similar a la Tierra, pero con
amoníaco, en toda la Vía Láctea.
—¡Estupendo! —comentaba amargamente Sandropoulos—. ¡Qué suerte la
nuestra!
Sandropoulos investigaba la termodinámica de la situación.
—Es un sistema metastable —decía—. El amoníaco desaparece continuamente
a causa de una oxidación geoquímica que forma nitrógeno; las plantas aprovechan
el nitrógeno y regeneran el amoníaco, adaptándose a la presencia de este
cuerpo. Si el promedio de formación de amoníaco por obra de las plantas
descendiera en un dos por ciento, se establecería una espiral descendente. La
vida vegetal disminuiría, reduciendo todavía más la cantidad de amoníaco, y así
sucesivamente.
—Quieres decir que si eliminásemos bastante vida vegetal —adujo
Vlassov—, podríamos acabar con el amoníaco.
—Si dispusiéramos de toneladas de aire y de inyectores de gran radio de
acción, y además de un año para trabajar en ello, quizá pudiéramos —dijo
Sandropoulos—; pero no los tenemos, y además hay una manera mejor. Si
pudiéramos cultivar nuestras plantas, la formación de oxígeno por fotosíntesis
aumentaría el porcentaje de amoníaco oxidado. Hasta un aumento pequeño y
localizado haría descender el amoníaco de la región, estimularía el crecimiento
de las plantas de origen terrestre a la vez que inhibiría el de las indígenas,
con lo cual el amoníaco disminuiría aún más, y así sucesivamente.
Durante toda la estación de cultivo de plantas, los cinco hombres se
constituyeron en jardineros. Al fin y al cabo esto era materia trillada para el
Cuerpo Galáctico. En los planetas similares a la Tierra, la vida solía
pertenecer al tipo agua-proteínas, pero con infinidad de variantes, y el
alimento de otros mundos raras veces era muy nutritivo y más raramente aún
agradable al paladar. Había que ensayar plantas terrestres de diferentes
clases. Y ocurría a menudo (no siempre, pero con frecuencia)
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que algunas especies de plantas terrestres dominaban y asfixiaban a la
flora indígena. Luego, ya dominada la flora indígena, podían aclimatarse otras
especies de vegetales terrestres.
De esta manera habían convertido en nuevas Tierras docenas de planetas.
En este proceso de aclimatación, las plantas terrestres dieron origen a
centenares de variedades resistentes que florecían en condiciones extremas… Lo
cual facilitaba la tarea de poblar el planeta siguiente.
El amoníaco habría matado a cualquier planta procedente de la Tierra;
pero las semillas que traía la Cruiser John no eran de plantas auténticamente
terrestres, sino de mutaciones de las mismas ocurridas en otros planetas. Y
luchaban duramente para arraigar, aunque no con bastante éxito. Algunas
variedades crecían débiles, enfermizas, y luego morían.
Con todo, salían mejor paradas que la vida microscópica. Los
bactericidas del planeta se hallaban en una situación mucho más floreciente que
su pobre vegetación azul. Los microorganismos indígenas arrollaron prestamente
todo intento de competencia por parte de muestras venidas de la Tierra. El
intento de inseminar el suelo del planeta con flora bacteriana de la Tierra,
para ayudar a las plantas terrestres, fracasó.
Vlassov meneaba la cabeza.
—Tampoco daría resultado, de todos modos. Si nuestras bacterias
sobreviviesen, sería a base de adaptarse previamente a la presencia del
amoníaco.
—Las bacterias no nos ayudarán —corroboraba Sandropoulos—. Necesitamos
las plantas, ellas poseen los sistemas productores de oxígeno.
—También nosotros podríamos fabricar alguno —decía Petersen—. Podríamos
electrolizar agua.
—¿Cuánto tiempo durará nuestro equipo? Si al menos pudiéramos hacer
vivir nuestras plantas, sería como electrolizar agua permanentemente, poco a
poco, pero año tras año, hasta que el planeta cediera.
—Tratemos el suelo, pues —dijo Barrère—. Está infectado por las sales
amoniacales. Separaremos estas sales por tostación, y volveremos a extender el
suelo libre de amonio.
—Pero ¿y la atmósfera? —preguntó Chou.
—En un suelo libre de amoníaco, pueden arraigar a pesar de la atmósfera.
Casi arraigan en la situación actual.
Trabajaron como estibadores de muelle, aunque sin verdadera meta a la
vista. Ninguno de ellos creía que el esfuerzo pudiera dar fruto; aparte de que
para ellos, personalmente, no había futuro alguno, aunque lo diera. Pero así,
trabajando, pasaban los días.
En la siguiente estación de cultivos tuvieron su suelo libre de
amoníaco; pero las plantas terrestres continuaron creciendo muy débiles. Hasta
protegieron con cúpulas varios tallos e inyectaron dentro aire libre de
amoníaco. Con ello se mejoró un poco,
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aunque no lo suficiente. Modificaron la composición química del suelo de
todas las maneras posibles. Y sus esfuerzos no fueron recompensados.
Los débiles tallos produjeron diminutos soplos de oxígeno; mas no en
cantidad suficiente para volcar la atmósfera de amoníaco fuera de su angosta
base.
—Un empujón más —recomendaba Sandropoulos—, uno más. Lo estamos
moviendo, lo estamos bamboleando; pero no logramos derribar el equilibrio
actual.
Con el paso del tiempo, las herramientas y el equipo se les desgastaban
y embotaban, y el futuro se les echaba encima incesantemente. Cada mes les
quedaba menos campo donde maniobrar.
Cuando se presentó el final, lo hizo de una manera repentina, que fue
casi una bendición. No había palabra para definir aquella debilidad y aquel
vértigo. Nadie sospechaba de veras que se tratase de un envenenamiento directo
por amoníaco. Sin embargo, vivían desde hacía tiempo a base de los vegetales
tipo alga de lo que había sido durante años los cultivos hidropónicos de la
nave y estos mismos vegetales estaban sin duda degenerados por una posible
contaminación amoniacal.
Esto acaso fuera debido al trabajo de un microorganismo indígena que
hubiera acabado por aprender a nutrirse de ellas. También podía deberse a un
microorganismo terrestre que hubiera engendrado una mutación bajo las
condiciones de un mundo extraño.
De esta manera acabaron sus días tres de los cinco hombres, y a favor de
las circunstancia debemos añadir que fue una muerte sin sufrimientos. Los tres
se alegraron de perder la vida y abandonar una lucha inútil.
—Es una tontería perder tan estrepitosamente —decía Chou en un susurro
casi sin voz.
Petersen, que era el único de los cinco que continuaba sosteniéndose en
pie (¿sería inmune a aquella dolencia, fuere lo que fuese?) volvió un semblante
afligido en dirección al único compañero que quedaba con vida.
—No te mueras —le suplicó—, no me dejes solo.
Chou intentó sonreír.
—No puedo escoger… Pero tú puedes seguirnos, buen amigo. ¿Por qué
luchar? Hemos perdido los instrumentos, y ya no hay manera de vencer, ahora; o
acaso no la hubiera nunca.
Incluso ahora, Petersen combatía la desesperación final, absoluta,
concentrándose en la lucha contra la atmósfera. Pero sentíase la mente cansada,
el corazón gastado, y cuando Chou murió, una hora después, Petersen se encontró
con cuatro cadáveres de los que ocuparse.
Los contempló fijamente, repasando y ordenando debidamente los recuerdos
de la Tierra, que había visitado hacía entonces cerca de diez años, y ahora que
estaba solo se permitía llorar.
Tendría que enterrar los cadáveres. Cortaría las ramas azuladas de
aquellos árboles indígenas sin hojas y haría cruces para sus compañeros. Sobre
cada cruz
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colocaría el casco espacial del difunto, y debajo recostaría sus
cilindros de oxigeno.
Unos cilindros vacíos, como símbolo de la batalla perdida.
Era un acto sentimental, una inútil muestra de afecto por unos hombres a
quienes ya no podía importarles y por unos ojos futuros que quizá nunca vieran
aquello.
Aunque también lo hacía por sí mismo, para demostrar un respeto hacia
sus amigos y hacia sí mismo, además; porque no era hombre para dejar a sus
amigos desatendidos, mientras pudiera tenerse en pie.
Además…
¿Además? Durante unos momentos permaneció sentado, inmóvil, meditando
fatigosamente.
Mientras siguiera vivo, lucharía con las herramientas que le quedaban.
Enterraría a sus amigos.
Y uno por uno los enterró en un trecho del suelo libre de amoníaco que
tan laboriosamente habían preparado. Los enterró sin mortaja y sin ropas,
dejándolos desnudos para que se operase en ellos la lenta descomposición que
provocarían sus propios microorganismos, antes de que también éstos perecieran
bajo la invasión de los bacteroides del planeta.
Petersen plantó las cruces, una tras otra, cada una con el
correspondiente casco y los correspondientes cilindros de oxígeno, apuntalados
con piedras, y se volvió, lúgubre y con los ojos llorosos, para regresar a la
enterrada nave, que ahora ocuparía él solo.
Siguió trabajando todos los días, y con el tiempo también empezó a notar
los síntomas en si mismo.
Así pues, se puso el traje espacial con dificultad y emergió a la
superficie, sabiendo que era la última vez que salía.
Petersen se arrodilló en el suelo del jardín. Las plantas terrestres
estaban verdes. Habían vivido mucho más tiempo que las cultivadas
anteriormente. Las veía sanas, hasta lozanas.
Sí, los cinco hombres habían enmendado el suelo, habían cuidado la
atmósfera, y ahora él, Petersen, había utilizado el último instrumento, el
único que le quedaba, y les había dado abono a las plantas, además…
De la carne en lenta descomposición de los difuntos terrestres salían
los elementos nutritivos que daban el impulso final. Y de las plantas
terrestres salía el oxígeno que acabaría expulsando al amoníaco y sacaría al
planeta del indescriptible foso en que se había atascado.
Si en alguna otra ocasión venían otros hombres de la Tierra (¿dentro de
un millón de años?) encontrarían una atmósfera a base de oxígeno y nitrógeno y
una flora limitada que les recordaría singularmente la de la Tierra.
Las cruces se pudrirían y consumirían; el metal se oxidaría y
descompondría. Los huesos quizá se fosilizaran y quedasen como un indicio de lo
que ocurrió. Hasta era posible que encontrasen los documentos escritos que
ellos dejaban, sellados.
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Pero nada de ello importaba. Suponiendo que no se encontrase nunca nada,
el planeta, todo el planeta, sería el monumento erigido a su obra, al
sacrificio de los cinco compañeros.
Y Petersen se tendió, para morir en medio del triunfo conseguido.
Fred Pohl tiende, más que la mayoría de directores, a cambiar títulos, y
en algunos casos esta costumbre suya me afligía sobremanera. Sin embargo, en el
caso presente yo había puesto el título de The Last Tool (La última
herramienta) y una vez más el cuento salió ganando con el cambio de título
impuesto por el director; de modo que me he quedado con ése, Padre Fundador. Me
fastidia que Fred mejore mis títulos; pero él no cesa de hacerlo.
En 1967 hacía diez años que me había entregado a la literatura
científica seria, y diez que no vendía nada a John Campbell.
John acababa de cumplir el tercer decenio como director de Astounding.
Sin embargo, al empezar el de los años sesenta, le cambió el nombre por el de
Analog, de modo que yo no había publicado nada de ciencia ficción en la revista
bajo esta nueva personalidad asumida.
Por ello escribí Exiliados al infierno y lo envié a John. Lo aceptó,
gracias a Dios, y fue para mi un gran placer volver a verme en las páginas de
la revista, aunque fuera solamente con un cuento muy corto.
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EXILIADOS AL INFIERNO
—Los rusos —decía Dowling con su voz clara y precisa—, por los tiempos
en que los viajes espaciales todavía no se habían generalizado, solían enviar
los presos a Siberia. Los franceses utilizaban la Isla del Diablo para este
fin. Los británicos los embarcaban para Australia.
Luego estudió atentamente el tablero y su mano se detuvo, indecisa,
sobre el alfil. Parkinson, sentado enfrente, al otro lado del tablero,
contemplaba distraídamente la distribución de las piezas. Naturalmente, el
ajedrez era el juego profesional de los
programadores de computadoras; pero, dadas las circunstancias, la
partida no le inspiraba ningún interés. Comprendía, con cierta desazón, que
Dowling habría tenido derecho a mostrarse muchísimo más severo. Dowling
programaba el alegato del fiscal.
Por supuesto, en los programadores se manifestaba una cierta tendencia a
asumir algunas de las supuestas características de las computadoras: la falta
de emoción, la impermeabilidad a todo lo que no fuera lógica estricta. Dowling
reflejaba esta tendencia en la raya perfecta que le partía el cabello y en la
discreta elegancia de su traje.
Parkinson, quien prefería programar el alegato de la defensa en los
procesos en que se veía mezclado, prefería, además, dejarse llevar por un
despreocupado desaliño en los aspectos menores de su atuendo.
—Tú quieres decir —comentó—, que el exilio es una pena bien ideada y,
por lo tanto, no particularmente cruel.
—No digo eso; sí es particularmente cruel; pero al mismo tiempo está
bien ideada, y ha llegado a ser el instrumento de disuasión perfecto.
Dowling movió el alfil, sin levantar la vista. Parkinson, aunque muy
involuntariamente, sí la levantó.
Naturalmente, no veía nada. Estaban dentro del refugio, en el
confortable mundo moderno cortado a la medida de las necesidades humanas y
cuidadosamente protegido contra el salvaje medio ambiente que los rodeaba. Allá
fuera, la noche estaría deslumbrante, iluminada por su astro.
¿Cuándo lo había visto por última vez? No hacía mucho tiempo. Se le
ocurrió pensar en qué fase estaría ahora mismo. ¿Llena? ¿Resplandeciente? ¿O se
encontraba en cuarto creciente? ¿Era como una brillante uña de luz suave en el
firmamento?
Por derecho propio, había de ser un hermoso espectáculo. En otro tiempo
lo fue. Pero lo fue siglos atrás, antes de que los viajes espaciales se
hubieran generalizado y abaratado, y antes de que el entorno en que se movían
se hubiera vuelto sofisticado y controlado. Ahora aquella hermosa luz en el
cielo se había convertido en una nueva y más horrible Isla del Diablo colgada
en el espacio.
Ya nadie pronunciaba su nombre siquiera, tal era la aversión que les
inspiraba. La llamaban «Eso». O todavía peor: se limitaban a levantar la cabeza
en breve
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movimiento, indicando las alturas.
—Podrías haberme dejado programar el alegato contra la pena de exilio,
en general.
—¿Por qué? No habría influido en el resultado.
—En éste no, Dowling. Pero habría podido influir en casos futuros. Quizá
las sentencias del futuro se conmutasen por la de pena de muerte.
—¿Para personas culpables de dañar las instalaciones? ¡Estás soñando!
—Fue un acto de cólera ciega. Había el propósito de perjudicar a un ser
humano, es cierto; pero no había el de dañar las instalaciones.
—Nada; eso no significa nada. En tales casos, la falta de propósito no
sirve de excusa. Y tú lo sabes.
—Debería servir. Ésa es mi posición, la que desearía defender.
Parkinson adelantó un peón para proteger el caballo.
Dowling reflexionó.
—Tratas de seguir atacando a la reina, Parkinson; pero no te lo
permitiré… Bueno, veamos. —Y mientras meditaba, dijo—: Ya no estamos en los
tiempos primitivos, Parkinson. Vivimos en un mundo abarrotado, sin margen para
el error. Hasta una cosa tan insignificante como el fundir un consistor podría
poner en peligro a una parte considerable de nuestra población. Si la cólera
pone en peligro o daña una línea de conducción de energía, es una cosa muy
grave.
—No lo pongo en duda…
—Pues parecía que lo ponías, cuando estabas estructurando el programa de
la defensa.
—No, en verdad que no. Mira, cuando Jenkins cortó el escudo energético,
me encontré tan cerca de la muerte como el que más. Un retraso de un cuarto de
hora más habría sido el fin para mí, lo mismo que para otros, y me doy perfecta
cuenta de ello. ¡LO que yo sostengo es que la pena de exilio no es la
apropiada! —Y reforzó la expresión golpeando el tablero con el dedo. Dowling
hubo de coger la dama antes de que se cayera.
—Arreglo las fichas, no muevo —murmuró. Luego sus ojos fueron pasando de
una pieza a otra, y siguió dubitativo—: Te equivocas, Parkinson. Es el castigo
adecuado, porque no hay nada peor, y porque se corresponde con un crimen como
no hay otro peor. Mira, todos sabemos que nuestra existencia depende de una
tecnología complicada y más bien frágil. Un fallo en la misma podría matarnos a
todos, y no importa si este fallo se ha provocado deliberadamente, casualmente
o por incompetencia. Los seres humanos exigen el castigo máximo para una acción
de tal naturaleza como única manera de sentirse seguros. La simple muerte no
representa un argumento bastante disuasorio.
—Sí, lo es. Nadie quiere morir.
—Pero todavía les apetece menos vivir en el exilio. Por eso hemos tenido
uno solo de tales casos en los diez últimos años, y únicamente un exiliado… ¡A
ver si le
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pones remedio a esto! —Y Dowling empujó la torre de dama un lugar hacia
la derecha.
Se encendió una luz. Parkinson estuvo en pie al momento.
—La programación ha quedado terminada. Ahora el computador tendrá su
veredicto.
Dowling levantó la vista con aire flemático.
—¿Verdad que no dudas de cuál será el veredicto…? Deja las piezas
colocadas en el tablero. Terminaremos la partida después.
Parkinson estaba seguro de que después le faltaría humor para
continuarla. Echó a correr por el pasillo en dirección a la sala del tribunal,
con los pies ligeros como de costumbre.
Poco después de haber entrado él y Dowling, el juez ocupó su puesto, y
luego vino Jenkins, entre dos guardias.
Jenkins estaba demacrado, pero estoico. Desde que le dominó aquel acceso
de cólera ciega, dejando involuntariamente a todo un sector en la oscuridad,
sin energía, mientras arremetía contra un camarada de trabajo, había de saber
las consecuencias de aquel crimen, el peor de todos. Es conveniente no hacerse
ilusiones.
Parkinson no era un estoico. No osaba mirar cara a cara a Jenkins. No
habría podido mirarle sin preguntarse, afligido, qué pasaría por la mente de
Jenkins en aquel momento. ¿Se estaba empapando a través de todos sus sentidos
de todas las delicias de aquel confort familiar, antes de que le arrojaran para
siempre al luminoso infierno que cabalgaba por el cielo de la noche?
¿Saboreaba su olfato aquel aire puro y agradable? ¿Le deleitaban las
suaves luces, la nivelada temperatura, el agua pura a discreción, el seguro
medio ambiente designado a mecer a la humanidad en domesticadas comodidades?
Mientras que allá arriba…
El juez pulsó un botón de contacto, y la decisión de la computadora se
convirtió en el sonido cálido, sin resabios de una voz humana normalizada.
—El examen de todas las informaciones pertinentes, a la luz de la ley
del país, y de todos los precedentes dignos de consideración, lleva a la
conclusión de que Anthony Jenkins es culpable, según todas las estimaciones,
del crimen de destrucción de instalaciones, y queda sujeto a la pena máxima.
En la sala del tribunal propiamente dicha sólo había seis personas;
pero, naturalmente, la población entera estaba viendo y escuchando el juicio
por televisión.
El juez empleó la fraseología de rigor:
—El acusado será sacado de aquí y llevado al espaciopuerto más próximo
y, en el primer medio de transporte disponible, será alejado de este mundo y
enviado al exilio por todo el tiempo que dure su vida natural.
Jenkins parecía recogerse dentro de sí mismo; pero no despegó los
labios. Parkinson se estremecía. ¿Cuántos —se preguntaba— se darían cuenta
ahora de
la enormidad de tal castigo para cualquiera que fuese el delito? ¿Cuánto
tiempo
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habría de transcurrir para que los hombres tuvieran la humanidad
suficiente para suprimir definitivamente la pena de exilio?
¿Había alguna persona capaz de imaginarse a Jenkins allá arriba en el
espacio sin estremecerse de angustia? ¿Podían pensar —y soportar el
pensamiento— en un semejante arrojado por toda la vida allá, entre la extraña,
hostil, desalmada población de un mundo de un calor irresistible durante el día
y de un frío terrible por la noche; de un mundo en el que el cielo era de un
azul áspero y el suelo de un verde más brusco y aplastante todavía, donde el
aire polvoriento se movía incesantemente y el perverso mar subía y bajaba
eternamente?
¡Y la gravedad, aquel pesado…, pesado…, pesado y eterno tirón!
¿Quién podía soportar el horror de condenar a una persona, fuera cual
fuese su crimen, a dejar el acogedor hogar de la Luna para irse a aquel
infierno de los cielos que era… la Tierra?
Considerando lo que John Campbell significaba para mí, me fastidia
señalar alguno de los defectos que pudiera tener como editor…, pero era
terrible escribiendo lisonjas. En esos breves comentarios editoriales
insertados como una especie de prefacio del relato, comentarios que tienen la
misión de atraer al lector, solía revelar con demasiada frecuencia el secreto
del cuento, siendo así que el autor hacía cuanto podía por tenerlo escondido
hasta el momento adecuado.
Aquí tienen la laudatoria introducción de John para Exiliados al
infierno: «El Infierno es, naturalmente, el peor lugar imaginable y el último
que usted querría verse obligado a conocer. Es una actitud respecto a un lugar…
Fiji para un esquimal; la Isla de Baffin para un polinesio…» Si uno lee primero
esta introducción y luego el cuento, Exiliados al infierno hará en él un
impacto comparable al de una cuerda de espaguetis hervidos.
Como mi sequía de ciencia ficción se intensificaba, me interesaba mucho
no permitir que ninguna producción mía quedara desperdigada.
Un amigo mio, Ed Berkeley, publicaba una pequeña revista dedicada a
computadoras y automación. Según recuerdo, se titulaba precisamente Computers
and Automation. En 1959 me pidió que le escribiera un cuento corto, en honor a
nuestra amistad, y como siempre me cuesta trabajo rechazar peticiones de esta
clase, escribí El detalle, y me dio un dólar a cambio… Pero luego no publicó el
cuento.
Pasaron ocho años, por fin le dije:
—¡Eh, Fred! ¿Qué ha sido de mi cuento El detalle? —Y me contestó que
había
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decidido no publicar ciencia ficción.
—Devuélvemelo —le pedí entonces.
Y él exclamó:
—¡Ah! ¿Podrías aprovecharlo?
Sí, pude aprovecharlo. Lo envié a F & SF, lo aceptaron y lo
publicaron en el número de julio de 1968.
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EL DETALLE
Jack Weaver salía de las entrañas de Multivac con semblante rendido y
disgustado.
Desde el taburete, donde continuaba con su estólida vigilancia, Todd
Nemerson preguntó:
—¿Nada?
—Nada —respondió Weaver—. Nada, nada, nada. Nadie puede hallar la menor
anormalidad.
—Salvo la de que no funciona, querrás decir. —¡De poco nos sirves,
sentado ahí! —Estoy pensando.
—¡Pensando! —Weaver mostró un canino en un ángulo de la boca.
Nemerson se agitó impaciente en el taburete.
—¿Por qué no? Hay seis equipos de técnicos en computadoras yendo y
viniendo por los pasillos de Multivac. Y en tres días no han conseguido ningún
resultado. ¿No podéis prescindir de una persona al menos para que se dedique a
pensar?
—No es cuestión de pensar. Hemos de mirar. En alguna parte habrá un relé
atascado.
—¡No es tan sencillo, Jack!
—¿Quién dice que sea sencillo? ¿Sabes cuántos millones de relés tenemos
ahí? —No importa. Si se tratara solamente de un relé, Multivac tendría
circuitos
suplementarios, ingenios para localizar el defecto y elementos para
reparar o sustituir la parte averiada. El problema está en que Multivac no
solamente se abstiene de responder a la pregunta que le habíamos formulado,
sino que, además, no quiere decirnos qué le pasa… Y entretanto, si no hallamos
una solución, cundirá el pánico en la ciudad. La economía mundial depende de
Multivac, y todo el mundo lo sabe.
—También lo sé yo. Pero ¿qué se debe hacer?
—Ya te lo he dicho, pensar. Ha de haber algo que se nos escapa por
completo. Mira, Jack, desde hace cien años no ha habido ni un solo pez gordo de
las computadoras que no se haya dedicado a aumentar la complejidad de Multivac.
Actualmente es capaz de hacer tantas cosas que… ¡diablos, si hasta sabe hablar
y escuchar! Prácticamente, es tan compleja como el cerebro humano. Y si no
comprendemos el cerebro humano, ¿por qué hemos de comprender a Multivac?
—Eh, vamos. Dentro de un momento dirás que Multivac es humana.
—¿Por qué no? —Nemerson se concentró en sus meditaciones, pareciendo que
se sumergía dentro de sí mismo—. Ahora que lo mencionas, ¿por qué no?
¿Sabríamos reconocerlo, si Multivac cruzase la fina línea divisoria que separa
a las máquinas de los hombres y empezara a ser humana? ¿Existe siquiera tal
línea? ¿Si el cerebro es, simplemente, más complejo que Multivac, y nosotros
seguimos aumentando la complejidad de Multivac, no habrá un punto en el que…?
—Y murmurando unas
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palabras más, se quedó callado.
—¿Adónde quieres ir a parar? —exclamó, irritado, Weaver—. Supongamos que
Multivac fuese humana; ¿cómo nos ayudaría eso a descubrir por qué no funciona?
—Por una razón humana, acaso. Supón que te preguntasen a ti el precio
más probable del trigo el próximo verano, y no contestaras. ¿Por qué no
contestarías?
—Porque no lo sabría. ¡Pero Multivac sí lo sabría! Le hemos dado todos
los factores. Puede analizar hechos futuros en cuestión de clima, política y
economía. Sabemos que puede. Lo ha hecho otras veces.
—Muy bien. Supón que yo te hiciera la pregunta y tú supieras la
respuesta, pero no me la dijeras. ¿Por qué sería?
Weaver respondió con una mueca furiosa:
—Quizá porque sufriría un tumor cerebral. Quizá porque me habrían dejado
sin conocimiento, de un golpe. Quizá por estar borracho. Quizá por tener la
maquinaria averiada, ¡maldita sea! Eso es precisamente lo que tratamos de
descubrir en Multivac. Estamos buscando el punto de su maquinaria que se ha
descompuesto; buscamos el punto clave.
—Sólo que no lo habéis encontrado. —Nemerson saltó del taburete—. Oye,
hazme la pregunta que ha paralizado a Multivac.
—¿Cómo? ¿Quieres que te meta la cinta dentro del cuerpo?
—Vamos, Jack, dime las palabras que la acompañan. A Multivac le hablas,
¿verdad?
—Tengo que hacerlo. Es la terapia.
Nemerson hizo un signo afirmativo.
—Sí, eso dicen. Terapia. Ésa es la versión oficial. Le hablamos para
simular que es un ser humano, a fin de que no nos volvamos neuróticos viendo
que tenemos una máquina que sabe muchísimo más que nosotros. Convertimos a un
monstruo metálico amedrentador en la imagen protectora de una madre.
—Si quieres expresarlo de ese modo…
—Bueno, la explicación es falsa, y tú lo sabes. Una computadora tan
compleja como Multivac debe hablar y escuchar para ser eficiente. No basta con
suministrarle y sacar de ella una clave de puntos. En determinado nivel de
complejidad, hay que hacer de modo que Multivac parezca humana porque, ¡por
Dios!, lo es. Vamos, Jack, dirígeme la pregunta. Quiero ver cómo reacciono ante
ella.
Jack Weaver se sonrojó.
—Eso es una necedad.
—Vamos, ¿quieres?
El hecho de que Weaver accediera da una idea de cuán grandes eran su
depresión y su desesperación. Un poco huraño, fingió suministrarle el programa
a Multivac, hablando como solía hacerlo habitualmente. Comentó las últimas
informaciones sobre intranquilidad en el campo, habló de las nuevas ecuaciones
que describían las contorsiones de las corrientes, y dio una conferencia sobre
la constante solar.
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Empezó en tono bastante seco, pero, arrastrado por el largo hábito, se
fue animando, y cuando hubo recitado las últimas partes del programa, casi
cerró el contacto con una palmada física en la cintura de Todd Nemerson. Y
terminó vivamente:
—Muy bien, pues. Elabora eso y danos la respuesta pronto.
Terminada la actuación, Jack Weaver permaneció plantado allí un momento,
dilatadas las ventanas de la nariz, como si experimentara una vez más la
excitación que le producía el poner en marcha la máquina más gigantesca y
perfecta que hubieran compuesto nunca la mente y las manos del hombre.
Luego volvió a la realidad, y murmuró:
—Muy bien. Ya está.
Nemerson dijo:
—Al menos, ahora ya sé por qué yo no querría responder; de modo que,
probemos con Multivac. Oye, despeja la máquina; asegúrate de que los
investigadores aparten sus zarpas de ella. Luego entrégale el programa, pero
deja la parte hablada de mi cuenta. Una vez nada más.
Weaver se encogió de hombros y se volvió hacia la pared de control de
Multivac, cubierta de sombrías esferas y luces, como ojos que no parpadeaban.
Lentamente, dejó la instalación despejada. Uno tras otro, ordenó a los equipos
que se fueran.
Luego, inspirando profundamente, se puso una vez más a suministrarle el
programa a Multivac. Era la duodécima vez que se lo dictaba, la docena
completa. En algún punto lejano, un comentarista de noticias daría la de que lo
estaban intentando de nuevo. Y por toda la faz del planeta, una población cuya
existencia dependía de Multivac contendría el aliento como un solo hombre.
Mientras Weaver suministraba los datos, en silencio, Nemerson hablaba.
Hablaba con cautela, procurando recordar lo que le había dicho Weaver, pero
esperando el momento oportuno para añadir el detalle clave.
Weaver había terminado y ahora la voz de Nemerson tenía un acento de
ansiedad. —Muy bien, pues, Multivac —dijo—. Elabora los datos y danos la
respuesta. —
Aquí hizo una pausa y añadió el detalle clave. Añadió las palabras—:
¡Por favor!
Y por todo el extenso cuerpo de Multivac, válvulas y relés se pusieron
gozosamente a la tarea. Al fin y al cabo, una máquina también tiene
sentimientos… cuando ya no es una máquina.
De paso, les comentaré que el cuento no quedó detenido en F & SF.
The Saturday Evening Post había fallecido en 1966, poco después de
publicar en forma de serial mi novela Fantastic Voyage (Viaje alucinante)
(Houghton Mifflin,
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1966), aunque no creo que hubiera ninguna relación entre ambos
acontecimientos. No obstante, volvió a la vida, y a sus editores les
interesaron algunos cuentos míos. Así reimprimieron Una estatua para papá y
también El detalle, bajo el título de La computadora que se declaró en huelga,
en el número correspondiente a la primavera de 1972.
A las revistas de gran público, les interesaba, por aquellas fechas, la
ciencia ficción. No era sólo The Saturday Evening Post el que solicitaba
cuentos míos; también me los pedía Boy’s Life. Éstos me enviaron una pintura,
confiando que me inspiraría un relato, y lo intenté. Redacté entonces El
estudio adecuado, que apareció en el número de setiembre de 1968 de Boy’s Life.
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EL ESTUDIO ADECUADO
—La demostración está a punto —dijo Oscar Harding en voz baja, como para
sí mismo, cuando el teléfono sonó para anunciar que el general estaba subiendo
las escaleras.
Ben Fife, joven asociado de Harding, hundió los puños profundamente en
los bolsillos de la chaqueta de laboratorio.
—No llegaremos a ninguna parte —dijo—. El general no cambiará de idea.
—Y miró de soslayo el anguloso perfil, las chupadas mejillas, el ralo cabello
cano de su compañero. Harding podía ser un mago de las instalaciones
electrónicas, pero parecía no poder comprender qué clase de hombre era el
general.
Y Harding respondió mansamente:
—Ah, nunca se sabe.
El general dio unos golpecitos a la puerta, aunque sólo como fórmula,
puesto que entró sin detenerse, sin esperar una respuesta. Dos soldados se
apostaron en el pasillo, uno a cada lado de la puerta. Miraban hacia todas
partes, preparadas las armas.
El general Gruenwald exclamó vivamente:
—¡Profesor Harding! —En seguida hizo un leve movimiento de cabeza en
dirección a Fife, y luego, por un momento, estudió a la otra persona presente
en la habitación.
Éste era un hombre de cara inexpresiva que se sentaba aparte, en una
silla de respaldo duro, medio oscurecido por el equipo que le rodeaba.
En la persona del general, todo tenía un carácter vivo: su andar, la
manera de mantener erguida la espalda, la manera de hablar… Era todo líneas
rectas y ángulos, manteniéndose absolutamente fiel en todos los aspectos a la
rígida etiqueta del soldado nato.
—¿No quiere sentarse, general? —murmuró Harding—. Gracias. Ha sido muy
amable viniendo; hace bastante tiempo que trato de verle. Me doy cuenta de que
es un hombre muy atareado.
—Y como es cierto que lo estoy —interrumpió el general—, vayamos al
grano. —Tan al grano como sea posible, señor. Presumo que está enterado del
proyecto
que estamos realizando aquí. Está enterado de nuestro neurofotoscopio.
—¿Su proyecto ultrasecreto? Naturalmente. Mis ayudantes científicos me
tienen al corriente de sus progresos lo mejor que pueden. Pero no me opongo a
que me dé unas cuantas aclaraciones más. ¿Qué quiere?
La prontitud de la pregunta hizo parpadear a Harding. Luego dijo:
—Para ser breve… que el proyecto deje de ser materia secreta. Quiero que
el mundo sepa que…
—¿Por qué quiere que sepan nada?
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—La neurofotoscopía es un problema importante, señor, y enormemente
complicado. Me gustaría que todos los científicos de todas las naciones
trabajaran en él.
—No, no. Ya lo hemos discutido demasiadas veces. El descubrimiento nos
pertenece, y nos lo guardamos.
—Se quedará en un descubrimiento muy pobre si nos lo reservamos para
nosotros solos. Permítame que se lo explique una vez más.
El general miró su reloj.
—Será perfectamente inútil.
—Tengo un sujeto nuevo. Una demostración nueva. Puesto que ha venido
aquí, al menos, general, ¿no querrá escuchar un rato nada más? Omitiré en todo
lo posible los detalles científicos y diré solamente que los potenciales
eléctricos variables de las células cerebrales se pueden registrar como
diminutas ondas irregulares.
—Electroencefalogramas. Sí, lo sé. Hace un siglo que los conocemos. Y sé
lo que hacen ustedes con ellos.
—Ah…, sí —Harding se puso más serio—. Las ondas cerebrales en sí mismas
traen la información demasiado compacta. Nos dan todo el conjunto de cambios de
cien mil millones de células cerebrales a la vez. Mi descubrimiento era un
método práctico para convertirlos en diseños coloreados.
—Con el neurofotoscopio de usted —dijo el general, señalándolo—. Ya ve,
reconozco la máquina.
Todas y cada una de las cintas y medallas de su pecho ocupaban el puesto
que les correspondía con un margen de error de menos de un milímetro.
—Sí, el aparato produce efectos cromáticos, imágenes reales que parecen
llenar el aire y cambian con gran rapidez. Se pueden fotografiar, y son muy
hermosas.
—He visto tales fotografías —dijo fríamente. —¿Ha visto el aparato mismo
en acción? —Un par de veces. Y usted estaba presente.
—Ah, sí. —El profesor parecía desconcertado—. Pero no ha visto a este
hombre; nuestro nuevo sujeto —dijo, señalando brevemente al que ocupaba la
silla. Era un individuo de mentón puntiagudo, nariz larga, sin vestigio de
cabello en el cráneo y siempre con una expresión ausente en la mirada.
—¿Quién es? —preguntó el general.
—El único nombre que le damos es el de Steve. Es un retrasado mental;
pero produce los diseños más intensos que hayamos encontrado jamás, hasta la
fecha. El motivo de que así ocurra lo ignoramos. Y si tiene algo que ver, o no,
con su desarrollo mental…
—¿Se propone enseñarme qué hace? —Interrumpió el general.
—Si tiene la bondad de mirar, general —Harding hizo un signo con la
cabeza a Fife, quien se puso en movimiento al instante.
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Como de costumbre, el sujeto miraba a Fife con moderado interés,
haciendo lo que le ordenaban y sin ofrecer ninguna resistencia. El ligero casco
de plástico se le adaptaba perfectamente al afeitado cráneo y cada uno de los
complicados electrodos encajaba debidamente. Fife procuraba trabajar con la
misma finura y pericia de siempre bajo la desacostumbrada tensión del momento.
Sufría horrores por miedo a que el general volviese a mirar el reloj y se
marchase. Al cabo de unos minutos, se apartó unos pasos, jadeando y preguntó:
—¿Debo activarlo ya, profesor Harding?
—Sí. En seguida.
Fife cerró suavemente un contacto y, encima de la cabeza de Steve, el
aire pareció saturado al instante de un color que se volvía más luminoso
paulatinamente. Aparecieron unos círculos, y otros círculos dentro de los
primeros, girando, arremolinándose y partiéndose.
Fife experimentaba una viva sensación de malestar; pero la rechazó
irritado. Era la emoción del sujeto, de Steve, no la suya propia. El general
debía de haberla recibido también, porque se revolvía en el asiento y
carraspeaba ruidosamente.
Harding dijo con toda naturalidad:
—Los dibujos no contienen más información que las ondas cerebrales, en
realidad, pero se pueden estudiar y analizar mucho más fácilmente. Es como
cuando se mira unos microbios con el microscopio. No se añade nada nuevo a
ellos; pero lo que hay se ve mucho más fácilmente.
Steve daba señales continuas y cada vez más intensas de desasosiego.
Fife percibía que la causa de aquella desazón era la ruda y antipática
presencia del general. Aunque Steve no cambiaba de posición ni manifestaba
tener miedo, los colores de los dibujos que su mente creaba se hacían más
disonantes y los círculos exteriores se entrelazaban llamativamente.
El general levantó la mano como para apartar de si las oscilantes luces.
—¿Qué me dice de todo eso, profesor?
—Contando con Steve, podemos adelantar camino más aprisa aún que hasta
el momento actual. Hemos aprendido ya más en los dos años que hace que ideé el
primer neurofotoscopio que en los cincuenta años anteriores. Con Steve, y con
otros como él, y con la ayuda de los científicos del mundo…
—Me han dicho que usted puede utilizar eso para influir en las mentes
—dijo vivamente el general.
—¿Influir en las mentes? —Harding meditó un momento—. ¿Se refiere a la
telepatía? Decir tal cosa es una exageración. Las mentes son demasiado
diferentes unas de otras para ello. Los finos detalles de la manera de pensar
de usted no se parecen a los míos ni a los de nadie, y las pautas cerebrales
originales no concuerdan nunca. Hemos de traducir el pensamiento en palabras,
medio de comunicación mucho más tosco, y aun así les cuesta bastante a los
seres humanos establecer contacto unos con otros.
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—¡No me refiero a la telepatía! ¡Quiero decir las emociones! Si el
sujeto se encoleriza, puede inducir al receptor a sentir cólera. ¿No es cierto?
—Por así decirlo.
El general estaba visiblemente agitado.
—Esas cosas… de ahí… —Su índice señalaba los dibujos, que ahora giraban
rápida y muy desagradablemente—. Se pueden utilizar para gobernar emociones.
Con ellas, propagadas por televisión, se puede manipular emocionalmente a
poblaciones enteras. ¿Podemos permitir que un poder semejante caiga en malas
manos?
—Si existiera un poder semejante —replicó afablemente Harding—, no habrá
manos buenas.
Fife arrugó el ceño. Era un comentario peligroso. Harding parecía
olvidar de vez en cuando que los viejos tiempos de la democracia habían pasado
ya.
Pero el general no le dio importancia.
—No creía que hubiesen llevado eso a un punto tan adelantado. No sabía
que contaran con ese… Steve. Busquen a otros como él. Entretanto el ejército se
hace cargo de esta investigación. ¡Totalmente!
—Espere, general, diez segundos nada más. —Harding se volvió hacia
Fife—:
Dale el libro a Steve, ¿quieres, Ben?
Fife obedeció prestamente. El libro era uno de los nuevos
«caleidolibros» que narraban cuentos por medio de fotografías en colores,
fotografías que iban transformándose y cambiando lentamente, una vez abierto el
libro. Eran una especie de dibujos animados guardados dentro de una
encuadernación en tela. Steve sonreía mientras alargaba la mano ansiosamente
para cogerlo.
Casi al momento los coloreados dibujos que se apiñaban sobre su casco de
plástico cambiaron de naturaleza. Disminuyó la velocidad con que giraban, y los
colores se dulcificaron. Los diseños del interior del círculo se hicieron menos
discordantes.
Fife exhaló un suspiro de alivio y dejó que la cordialidad y el sosiego
invadieran su ser. Harding dijo:
—General, no se deje alarmar por la posibilidad de controlar las
emociones. El aparato ofrece muchas menos posibilidades para ello de lo que
usted se imagina. Claro, hay hombres cuyas emociones se pueden gobernar a
capricho; pero para éstos no se necesita el neurofotoscopio. Son personas que
reaccionan, sin pensar, ante anuncios, música, uniformes; ante casi todo. En
otro tiempo Hitler dominó Alemania hasta sin televisión, y Napoleón dominaba
Francia sin contar ni siquiera con la radio, ni con periódicos de gran
circulación… El neurofotoscopio no ofrece nada nuevo.
—No creo lo que me está diciendo —murmuró el general; pero volvía a
estar pensativo.
Steve miraba con vivo interés el «caleidolibro», y las decoraciones de
encima de su cabeza se habían detenido casi en unos círculos de colores cálidos
y complicadamente detallados que latían de placer.
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La voz de Harding tenía un acento casi incitante.
—Siempre hay personas que no quieren doblegarse; que no se adaptan, y
estas personas son las más importantes de una sociedad. No se doblegan a las
pautas de colores ni más ni menos que a ninguna otra forma de persuasión.
Entonces, ¿por qué preocuparse por el duende inútil del control de las
emociones? Miremos, en cambio, el neurofotoscopio como el primer instrumento
gracias al cual se puede analizar de verdad la función mental. Eso es lo que
debería interesarnos a todos. El adecuado estudio de la humanidad es el hombre;
como dijo Alexander Pope: ¿qué es el hombre sino su cerebro?
El general permanecía callado.
—Si logramos solucionar el problema de cómo funciona el cerebro
—continuó Harding—, y descubrimos por fin qué es lo que hace hombre a un
hombre, estaremos en camino de comprendernos a nosotros mismos, que es el
problema más difícil y más digno de estudio de todos los que tenemos
planteados. ¿Y cómo es posible que eso lo haga un hombre solo? ¿O que lo haga
un laboratorio solo? ¿Cómo puede llevarse a cabo en secreto y con miedo? Debe
cooperar todo el mundo científico… General, ¡levante la calificación de materia
reservada con respecto a este proyecto! ¡Expóngalo sin reservas ante todos los
hombres!
—Creo que tiene razón, después de todo —dijo el general moviendo la
cabeza con un signo afirmativo.
—Tengo aquí el documento preciso. Si lo firma y lo sanciona con la
huella del pulgar; si utiliza los dos guardias que ha dejado apostados fuera
como testigos; si avisa a la Junta Ejecutiva por video en circuito cerrado; si…
El asunto había quedado resuelto. Ante los atónitos ojos de Fife, el
asunto había quedado totalmente resuelto.
Cuando el general estuvo fuera, el neurofotoscopio desconectado y Steve
devuelto a sus asuntos, Fife consiguió dominar por fin su asombro el rato
suficiente para hablar.
—¿Cómo le ha podido persuadir tan fácilmente, profesor Harding? Usted
había expuesto su punto de vista detalladamente en una docena de informes, sin
conseguir el menor resultado.
—Nunca lo había expuesto en esta habitación, con el neurofotoscopio en
marcha —dijo Harding—. Nunca había dispuesto de un sujeto tan intensamente
emisor como ese Steve. Muchas personas se sustraen al control de las emociones,
tal como he dicho, pero algunas no. A las que tienden a doblegarse se las
induce fácilmente a estar de acuerdo con otras. Yo he llevado el juego sobre la
base de que a todo hombre que se siente a gusto en uniforme y vive sujeto a las
normas militares se le puede arrastrar fácilmente, por muy poderoso que se crea
él mismo.
—¿Quiere decir… que Steve…?
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—Por supuesto. Primero he dejado que el general experimentara su
desazón; luego tú le has dado el «caleidolibro» a Steve y el aire se ha llenado
de felicidad. Tú mismo la experimentabas, ¿verdad que sí?
—Sí. Desde luego.
—Pensé que el general no sabría resistirse a esa felicidad que seguía
tan repentinamente a la inquietud, y no se ha resistido. En aquel momento, todo
le habría parecido bien y bueno.
—Pero se sobrepondrá a esta emoción, ¿verdad?
—Con el tiempo sí, supongo; pero ¿y qué? En estos instantes estamos
enviando ya los informes sobre los progresos fundamentales en materia de
neurofotoscopía a todas las agencias de noticias del mundo. El general puede
detener la información aquí, pero no en todas partes… No, tendrá que sacar el
mejor partido posible de la situación. Por fin la humanidad podrá emprender el
estudio de sí misma.
La pintura consistía simplemente en una cabeza toscamente representada
rodeada de una serie de dibujos psicodélicos sin objeto alguno. A mí no me
decía nada, y lo pasé muy mal hasta idear El estudio adecuado. También Poul
Anderson escribió un cuento fundado en la misma pintura, y probablemente no
hallaría ninguna dificultad.
Los dos cuentos aparecieron en el mismo número, y supongo que sería
interesante compararlos y probar de hacerse una idea de las diferencias de
funcionamiento entre el cerebro de Poul y el mío…, pero como en el caso de ¡En
blanco! no guardé el otro cuento. Además, no quiero que ustedes comparen
cerebros. Poul es un hombre tremendamente listo, y ustedes quizá me vendrían
con algunas verdades con las cuales prefiero no enfrentarme.
A principios de 1970, IBM Magazine me vino con una cita de J. B.
Priestley que decía como sigue: «Entre la medianoche y el alba, cuando el sueño
se niega a venir y todas las antiguas heridas empiezan a dolerme, con
frecuencia veo el mundo futuro como una pesadilla en la que hay miles de
millones de personas, todas numeradas y registradas, sin un destello de genio
por ninguna parte, sin una mente original, sin una personalidad plena y
auténtica en todo el atestado globo.»
El director de la revista me pedía que escribiera un cuento basado en
esta cita. Yo cumplimenté el encargo a finales de abril, y lo envié por correo.
El cuento se titulaba 2430 d. de C., y en él tomaba en serio la cita de
Priestley y probaba de describir el mundo de sus pesadillas.
Pero IBM Magazine me lo devolvió. Me decían que ellos no querían un
cuento
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que respaldara la cita; querían uno que la refutara. Bueno, el caso es
que no lo habían dicho así.
En circunstancias ordinarias, quizá me habría indignado en extremo y les
hubiera escrito una carta cáustica. Sin embargo, pasaba yo entonces una época
mala y mi vida se acercaba a otro momento crucial… y muy triste.
Mi matrimonio se tambaleaba desde hacía varios años, y por fin se
derrumbó. El 3 de julio de 1970, cuando estaba ya muy próximo el vigésimo
octavo aniversario de nuestra boda, salí de mi casa y me fui a Nueva York. En
un hotel de dicha ciudad alquilé una suite de dos habitaciones, que utilizaría
como oficina cerca de cinco años.
No se puede proceder a un cambio semejante sin sufrir infinidad de
inquietudes, desdichas y remordimientos. Entre todo ello, dada mi peculiar
condición, una de las congojas que me atormentaban, mientras permanecía sentado
en una de aquellas dos habitaciones, en un ambiente extraño, sin que me
hubieran traído aún mi biblioteca de consulta[16], era la de si continuaría
siendo capaz de escribir.
Me acordé entonces del cuento 2430 d. de C., que en circunstancias
normales quizá hubiera abandonado con indignación. Ahora en cambio, y sólo para
poner a prueba mis aptitudes, empecé otro cuento el 8 de julio de 1970, cinco
días después de trasladarme de domicilio, refutando la cita de Priestley. Lo
titulé El mayor bien.
Lo envié a IBM Magazine, y ustedes no me creerán, pero después de leer
mi segundo cuento… decidieron quedarse con el primero, a pesar de todo. La
aventura me dejó perplejo. ¿Era mi segundo cuento tan malo que, en comparación,
el primero resultaba bueno? ¿O habían cambiado de idea antes de que yo
escribiera el segundo cuento, pero no se habían decidido todavía a decírmelo?
Sospecho que fue lo segundo. Sea como fuere, 2430 d. de C. se publicó en el
número de noviembre de IBM Magazine.
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2430 D. DE C.
Entre la medianoche y el alba, cuando el sueño se niega a venir y todas
las antiguas heridas empiezan a dolerme, con frecuencia veo el mundo futuro
como una pesadilla en la que hay miles de millones de personas, todas numeradas
y registradas, sin un destello de genio por ninguna parte, sin una mente
original, sin una personalidad plena y auténtica en todo el atestado globo.
J. B. PRIESTLEY
—Hablará con nosotros —aseguró Álvarez cuando el otro hubo cruzado la
puerta. —Bien —dijo Bunting—. La presión de la sociedad ha de llegar hasta él,
con el tiempo. Es un tipo raro. Jamás sabré cómo pudo escapar a la adaptación
genética…
Pero habla tú. A mí ese sujeto me irrita tanto que pierdo los estribos.
Juntos se precipitaron por el pasillo recorriendo la Pista del
Ejecutivo, que, como de costumbre, no aparecía muy frecuentada. Habrían podido
utilizar las Bandas Móviles, pero la distancia era de poco más de tres
kilómetros y Álvarez disfrutaba andando; de modo que Bunting no insistió.
Álvarez era alto y más bien delgado, con esa figura atlética que uno le
supondría a una persona que cultivaba con deleite las actividades musculares,
que tenía por costumbre el subir por escaleras y cuestas, por ejemplo, casi
hasta el extremo de que le considerasen una persona inadaptada. En cambio
Bunting, más blando y redondo, hasta evitaba las lámparas solares, y estaba muy
pálido.
Bunting dijo tristemente:
—Espero que con nosotros dos habrá bastante.
—Yo creería que sí. Nos conviene conservarlo en nuestro sector, si
podemos. —¡Sí! Ya sabes… a veces me pregunto por qué ha de ser nuestro sector.
Casi mil
trescientos millones de kilómetros cuadrados de espacio habitable a una
altura de casi setecientos metros y ha de encontrarse en nuestro bloque de
viviendas.
—Más bien una distinción. Aunque una distinción espantosa y terrible
—comentó Álvarez.
Bunting soltó un bufido.
—Y que nos honrará un poco —añadió en voz baja Álvarez—, si logramos
resolver el problema. Llegamos a la cumbre. Llegamos al final. Llegamos a la
meta. Toda la humanidad. Y nosotros resolvemos el problema.
Bunting se animó.
—¿Crees que lo verán de ese modo?
—Procuremos que así sea.
La roca triturada retenida entre apretadas mallas de plástico
amortiguaba sus
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pisadas. Recorrieron un reticulado de pasillos, viendo a media distancia
las multitudes de gente de las Bandas Móviles. Se notó un fugitivo olor a
plancton en todas sus variedades. En determinado momento, supieron, casi por
instinto, que allá arriba, muy arriba, había uno de los conductos gigantes que
venían del mar. Y, por simetría, sabían asimismo que había otro conducto, igual
de grande, muy abajo, que desembocaba en el mar.
Los dos hombres se dirigían a una habitación en funciones de vivienda
muy apartada del pasillo; una habitación que parecía diferente de las millares
que habían dejado atrás. Dicho aposento daba una sensación impalpable y
desconcertante de espaciosidad, porque a ambos lados, durante decenas y decenas
de metros, las paredes estaban completamente desnudas. Y se notaba algo también
en el aire.
—¿Lo hueles? —musitó Bunting.
—Lo he olido otras veces —dijo Álvarez—. Es inhumano.
—¡Literalmente! —exclamó Bunting—. No esperará que los miremos, ¿verdad?
—Si lo pretende, poco nos costará negarnos.
Hicieron la señal, y luego aguardaron en silencio mientras a su
alrededor, con una desconsideración absoluta, porque estaba siempre presente,
sonaba el zumbido de una vida infinita.
La puerta se abrió. Cranwitz estaba aguardando. Tenía un aire huraño.
Llevaba el mismo atuendo que los demás: unas ropas ligeras, sencillas, grises.
Pero sobre su cuerpo parecían, sin embargo, arrugadas. También él parecía
arrugado; llevaba el cabello demasiado largo; tenía los ojos inyectados en
sangre y se revolvía inquieto.
—¿Podemos entrar? —preguntó Álvarez con fría cortesía.
Cranwitz se echó a un lado.
Dentro, aquel olor era más intenso aún. Cranwitz cerró la puerta tras
ellos, y se sentaron. Cranwitz se quedó en pie, sin decir nada.
—Debo preguntarle, en mi calidad de Representante de Sector —empezó
Álvarez —, siendo Bunting, aquí presente, el Vicerrepresentante, si ahora está
dispuesto a someterse a la necesidad social.
Cranwitz parecía meditarlo. Cuando habló, por fin, la profunda voz
parecía ahogársele en la garganta, y tuvo que carraspear.
—No estoy obligado. Existe un antiguo contrato con el Gobierno. Mi
familia ha tenido siempre el derecho de…
—Estamos enterados, y no va implicada una cuestión de fuerza —replicó
Bunting en tono irritado—. Le pedimos que acceda voluntariamente.
Álvarez tocó levemente la rodilla del otro.
—¿Comprende usted que la situación no es la misma que en los tiempos de
su padre, ni siquiera, en realidad, que el año pasado?
La larga mandíbula de Cranwitz tembló un poco.
—No lo veo así. Este año el porcentaje de nacimientos ha descendido en
la cantidad calculada por las computadoras, y todo lo demás ha variado de
acuerdo con
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ello. Esto continúa año tras año. ¿Por qué habría de ser distinto el año
actual?
Mas, por lo que fuere, su voz no denotaba convicción. Álvarez estaba
seguro de que en realidad sabía la causa de que este año fuese distinto, y por
ello dijo mansamente:
—Este año hemos llegado a la meta. En la actualidad, el porcentaje de
nacimientos coincide exactamente con el de defunciones; el nivel de población
se mantiene estable; la construcción se limita a efectuar reparaciones, y las
granjas marinas también siguen la política de la estabilidad. Sólo usted se
yergue entre todo el género humano y la perfección.
—¿Por culpa de unos cuantos ratones?
—Sí, por culpa de unos cuantos ratones. Y otras criaturas. Conejillos de
Indias. Conejos corrientes. Algunas especies de pájaros y lagartos. No he
confeccionado un censo…
—Pero ¡es que son los únicos que quedan en todo el mundo! ¿Qué mal
hacen? —¿Y qué bien? —preguntó Bunting.
—El bien de estar ahí para que los veamos —replicó Cranwitz—. Hubo un
tiempo en que…
Álvarez había escuchado ese cuento otras veces. Con la mayor simpatía
que logró inyectar en su voz —y la sorpresa fue suya al notar que incluso con
cierta dosis de simpatía auténtica—, dijo:
—Lo sé. ¡Hubo un tiempo! ¡Siglos atrás! Había gran número de formas de
vida como esas que a usted le gustan tanto. Y millones de años antes todavía,
había dinosaurios. Pero ahora tenemos microfilmes de todo aquello. Ningún
hombre ha de ignorar cómo eran aquellos seres.
—¿Cómo puede comparar los microfilmes con los seres reales? —preguntó
Cranwitz.
Los labios de Bunting dibujaron un gesto torcido.
—Los microfilmes no huelen.
—En otros tiempos, el parque zoológico era mucho mayor —protestó
Cranwitz
—. Año tras año hemos tenido que desprendernos de muchísimos animales.
De todos los grandes. De todos los carnívoros. Y de los árboles… No queda nada,
sino plantas pequeñas, criaturas diminutas. Dejémosles vivir.
—¿Qué tienen que ver con nadie ni con nada? —replicó Álvarez—. Nadie
quiere verlos. La humanidad está contra usted.
—La presión social…
—No podríamos persuadir a la gente, ante una verdadera resistencia. La
gente no quiere presenciar esas distorsiones de la vida. Están asqueados; lo
están de verdad. ¿Qué les importa a ellos? —La voz de Álvarez había adquirido
un acento insinuante.
Cranwitz se sentó. Cierta agitación febril intensificaba el color de sus
mejillas. —Estuve meditando. Algún día saldremos al exterior. El hombre
colonizará otros
mundos. Necesitará animales. En aquellos mundos nuevos, desiertos,
necesitará otras
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especies. Iniciará una nueva ecología de la variedad. Nece…
La palabra se le heló en los labios bajo las miradas hostiles de sus
visitantes.
—¿Qué otros mundos vamos a colonizar? —preguntó Bunting.
—En 1969 llegamos a la Luna —respondió Cranwitz.
—Sin duda, y establecimos allí una colonia, para luego abandonarla. En
todo el Sistema Solar no hay ningún mundo capaz de albergar la vida humana sin
unos gastos de instalación prohibitivos.
—Hay otros mundos alrededor de otras estrellas —objetó Cranwitz—. Hay
centenares de millones de mundos similares a la Tierra. Ha de haberlos.
Álvarez meneó la cabeza.
—Fuera de nuestro alcance. Hemos terminado por explotar la Tierra y
llenarla con la especie humana. Hemos tomado una decisión, y esta decisión ha
sido la Tierra. No nos queda margen para el esfuerzo que requeriría el
construir una nave espacial capaz de cruzar años luz de espacio… ¿No conoce la
historia del siglo XX?
—Fue el último siglo de mundo abierto —dijo Cranwitz.
—En efecto —admitió secamente Álvarez—. Confío que no se lo habrá teñido
de colores demasiado románticos. Yo estudié sus demencias, además. Entonces el
mundo estaba desierto; sólo unos miles de millones; pero ellos lo creían
atestado… y con sobrada razón. Gastaban más de la mitad de sus bienes en
guerras y preparativos bélicos, dirigían su economía sin previsión alguna,
malgastaban y envenenaban a capricho, dejaban que el puro azar gobernase las
combinaciones genéticas y toleraban a los «desviados de la norma», fueran de la
clase que fuesen. Naturalmente, les espantaba lo que ellos llamaban explosión
demográfica, y soñaban en llegar a otros mundos, como válvula de escape. Lo
mismo hubiéramos hecho nosotros, en aquellas condiciones.
»No es preciso que le detalle la combinación de acontecimientos y
adelantos científicos que lo han transformado todo; pero permítame
recordárselos brevemente, por si usted quisiera olvidarlos. Hubo la
instauración de un gobierno mundial, el perfeccionamiento de la energía de
fusión y el desarrollo del arte de la ingeniería genética. Con una paz
planetaria, energía en abundancia y una humanidad sin preocupaciones, el hombre
pudo multiplicarse pacíficamente; y la ciencia fue aumentando lo mismo que la
población.
»Se sabía por adelantado, y con toda exactitud, el número de personas
que la Tierra podría sustentar. A la Tierra llegaba un determinado número de
calorías procedentes de la luz solar, gracias a las cuales las plantas verdes
podrían fijar, únicamente, tantas toneladas de anhídrido carbónico todos los
años, y dichas plantas sólo podrían sustentar tantas toneladas de vida animal.
La Tierra podía sustentar dos billones de toneladas de vida animal…
—¿Y por qué no podían ser los dos billones enteros de toneladas de vida
humana? —interpuso finalmente Cranwitz.
—Exacto.
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—¿Aunque ello significara matar toda otra forma de vida animal?
—Ésa es la norma de la evolución —dijo Bunting, secamente—. Los capaces
sobreviven.
Álvarez volvió a tocarle la rodilla.
—Bunting tiene razón, Cranwitz —dijo suavemente—. Los teleósteos
reemplazaron a los placodermos, quienes habían sustituido a los trilobites. Los
reptiles reemplazaron a los anfibios, y fueron sustituidos a su vez por los
mamíferos. Ahora, por fin, la evolución ha llegado a la cumbre. La Tierra
sustenta la tremenda población de quince billones de seres humanos…
—Pero ¿cómo? —interrogó Cranwitz—. Viven en un inmenso edificio que
ocupa la totalidad de la tierra firme, sin plantas ni animales, excepto los que
yo tengo aquí. Y todo el océano no habitado se ha convertido en una sopa de
plancton; no hay otra vida que el plancton.
—Vivimos muy bien —replicó Álvarez—. No hay guerras; no hay crímenes.
Los nacimientos están regulados; fallecemos pacíficamente. Nuestros pequeños
están genéticamente equilibrados y en la Tierra hay actualmente veinte mil
millones de toneladas de cerebros normales; la mayor cantidad que pueda
concebirse de la materia más compleja que pueda imaginarse en todo el universo.
—¿Y qué hace toda esa cantidad de cerebro?
Bunting exhaló un bien audible suspiro de exasperación; pero Álvarez,
todavía sosegado, respondió:
—Mi buen amigo, usted confunde el viaje con el destino. Quizá lo deba al
contacto con sus animales. Cuando la Tierra se hallaba en proceso de
desarrollo, la vida tuvo necesidad de realizar experimentos y correr peligros.
Hasta valió la pena saber derrochar. Entonces la Tierra estaba vacía. Contaba
con una infinidad de espacio, y la evolución tuvo que realizar sus experimentos
con diez millones de especies, o más… hasta que encontró la especie.
»Incluso después de la llegada del género humano, hubo de aprender el
camino. Y mientras aprendía, tenía que correr albures, intentar lo imposible,
ser tonta o loca… Pero ahora la humanidad ha alcanzado la meta definitiva. Los
hombres han llenado el planeta y no se necesita otra cosa que gozar de la
perfección.
Álvarez hizo una pausa para dejar que sus palabras calaran hondo. Luego
dijo:
—La necesitamos, Cranwitz. El mundo entero necesita perfección. En
nuestra generación la hemos conquistado definitivamente, y queremos la
distinción de haberla alcanzado. Esos animales suyos se cruzan en nuestro
camino.
Cranwitz meneaba la cabeza tozudamente.
—¡Ocupan tan poco espacio! ¡Consumen tan poca energía! Si los
suprimiéramos todos, ¿para qué tendrían más espacio? ¿Para veinticinco seres
humanos más? ¿Veinticinco entre quince billones?
—Veinticinco seres humanos representan otros treinta y cuatro kilogramos
de cerebros humanos. ¿Con qué medida puede evaluar treinta y cuatro kilogramos
de
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cerebro humano?
—¡Pero es que ya tienen miles de millones de toneladas de masa
encefálica! —Lo sé —respondió Álvarez—, pero la diferencia entre la perfección
absoluta y
la perfección aproximada es la misma que la que hay entre la vida y la
casi-casi-vida. ¡Ahora estamos tan cerca! Toda la Tierra se prepara para
celebrar este año de 2430. Es el año en que las computadoras nos dicen que el
planeta está saturado por fin; se ha logrado la meta; la lucha de la evolución
ha quedado coronada. ¿Hemos de quedar en deuda por veinticinco…, aunque sea
entre quince billones? Es una mancha pequeñita, muy pequeñita; pero es una
mancha.
»¡Medite, Cranwitz! La Tierra aguarda desde hace cinco mil millones de
años el momento de quedar saturada. ¿Hemos de esperar todavía más? Nosotros no
podemos, ni queremos, obligarle; pero si cede voluntariamente será un héroe a
los ojos de todo el mundo.
—Sí —corroboró Bunting—. Durante todos los días futuros los hombres
dirán que Cranwitz hizo un gesto, y con aquel gesto nada más, se llegó a la
perfección.
Y Cranwitz añadió, imitando el tono de voz del otro:
—Y los hombres dirán que Álvarez y Bunting le persuadieron de que lo
hiciera. —¡Si lo conseguimos! —puntualizó Álvarez, sin que se notara el menor
rastro de
enfado en su voz—. Pero dígame, Cranwitz, ¿puede resistirse
indefinidamente contra la ilustrada voluntad de quince billones de personas?
Sean cuales fueren los motivos que le impulsen, y reconozco que, a su manera,
usted es un idealista, no puede privar a tantísima gente de ese último pedacito
de perfección.
Cranwitz bajó los ojos en silencio, y la mano de Álvarez hizo un suave
ademán dirigido a Bunting, y éste no dijo una sola palabra. Nadie rompía el
silencio; los minutos transcurrían pausadamente.
Luego Cranwitz susurró:
—¿Puedo tener mis animales un día más conmigo?
—¿Y después?
—Y después… no quiero interponerme entre el hombre y la perfección.
—Lo comunicaré al mundo —dijo Álvarez—. Se le rendirán honores. —Y él y
Bunting se marcharon.
En los vastos edificios continentales, unos cinco billones de seres
humanos dormían plácidamente, unos dos billones estaban comiendo plácidamente,
y medio billón, aproximadamente, gozaban cuidadosamente del amor. Otros
billones conversaban sin pasión, o cuidaban silenciosamente de las
computadoras, o conducían los vehículos, u organizaban las bibliotecas de
microfilmes, o divertían a sus semejantes. Miles de billones se estaban
acostando; miles de billones se estaban despertando; y la rutina no variaba nunca.
La maquinaria funcionaba, se controlaba a sí misma, se reparaba por si
misma. La
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sopa de plancton del océano planetario se tostaba a los rayos del sol y
las células se dividían y dividían y dividían, mientras las dragas las subían a
la superficie y las deshidrataban y las transferían, a millones de toneladas, a
las cintas de transporte y los conductos que las llevaban a todos los rincones
de los interminables edificios.
Y en todos los rincones de los edificios se recogían los residuos
humanos, se irradiaban y desecaban. Y trituraban y trataban y deshidrataban los
cadáveres humanos. Y todos esos residuos eran devueltos interminablemente al
océano. Y durante unas horas, mientras todo este proceso continuaba, lo mismo
que había continuado durante décadas y acaso hubiera de seguir,
inevitablemente, durante milenios, Cranwitz dio de comer a sus criaturitas por
última vez, acarició el conejillo de Indias, levantó una tortuga para lavar la
mirada en su ojo ignorante y acarició entre los dedos una brizna, real, viva,
de hierba.
Y los contó, todos, uno por uno… los últimos seres vivos de la Tierra
que ni eran humanos ni servían de alimento para los humanos… y luego requemó el
suelo donde crecían las plantas y las mató. A continuación inundó con vapores
apropiados las jaulas y habitaciones donde tenía los animales, y éstos cesaron
de vivir y de moverse.
El último ser no humano había desaparecido, pues, y entre la humanidad y
la perfección sólo se levantaba el obstáculo de Cranwitz, cuyos pensamientos
todavía se revelaban, todavía se apartaban tozudamente de la norma. Pero
también para Cranwitz servían los vapores, y el rebelde no quería vivir.
Y después de esto, imperó realmente la perfección, puesto que, por toda
la faz de la Tierra, en sus quince billones de habitantes y en sus veinte miles
de millones de toneladas de cerebros humanos, no había —fallecido Cranwitz— ni
un solo pensamiento fuera de lugar, ni una sola idea inusitada, que alterasen
la placidez universal; aquella placidez que significaba que por fin se había
conseguido el vacío exquisito de la uniformidad.
Aunque 2430 d. de C. se publicó, y hasta fue pagado de forma realmente
generosa, mis neuróticos temores no se apaciguaron. Ese cuento, aceptado, lo
había escrito cuando aún residía en Newton. El que no aceptaron lo escribí ya
en Nueva York.
De modo que llevé El mayor bien a John Campbell (por primera vez después
de veintiún años volvíamos a vivir en la misma ciudad) y le expliqué la
anécdota de IBM Magazine. Le dije que le entregaba el que los otros habían
rechazado, pero que no se lo daría si por esta causa había de mirar el cuento
con ojo desdeñoso dadas las circunstancias.
El bueno de John se encogió de hombros y respondió:
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—Un editor no ha de coincidir forzosamente con otro.
John Campbell leyó el cuento y lo compró. No le había dicho nada de mi
loca ansiedad por si sería capaz de escribir en Nueva York, porque me
avergonzaba de tenerla, y John seguía siendo el gran hombre ante el cual me
daba miedo parecer estúpido. De todos modos, al aceptar aquel cuento mio, había
añadido uno más a los muchos, muchísimos favores que me hizo a lo largo de mi
carrera.
Y por si sintieran ustedes algún temor, les diré que los años pasados en
Nueva York han sido, hasta el momento, más prolíficos todavía que los vividos
en Newton. Permanecí cincuenta y siete meses en mi oficina de dos habitaciones,
y en este período de tiempo publiqué cincuenta y siete libros.
NOTA. La población de la Tierra en 1970 se estimaba en tres mil
seiscientos ochenta millones de personas. Al ritmo actual de crecimiento, la
población se duplica cada treinta y cinco años. Si este ritmo de crecimiento se
mantuviera durante cuatrocientos sesenta años, en el 2430 de nuestra Era el
peso de la carne y la sangre humana sobre la Tierra igualaría al de la
totalidad del mundo animal que la puebla actualmente. O sea, que en este
aspecto el cuento que antecede no tiene nada de ficticio.
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EL MAYOR BIEN
La Tierra era un solo y grandioso parque. Había sido dominada por
completo. Lou Tansonia la veía dilatarse bajo sus ojos mientras la contemplaba
con rostro
sombrío desde la nave Luna-Tierra. La prominente nariz de Lou partía su
cara en dos insignificantes mitades, cada una de las cuales tenía una expresión
eternamente triste… que en este momento reflejaba fielmente su estado de ánimo.
Nunca había estado lejos tanto tiempo (casi un mes) y ahora se prometía
un no demasiado agradable período de aclimatación, que empezaría en cuanto la
poderosa gravedad de la Tierra hiciera sentir clara y furiosamente su tirón.
Aunque esto quedaba para después, y no era lo que le causaba la tristeza
que sentía ahora, mientras la Tierra iba aumentando de tamaño.
Mientras el planeta continuaba a bastante distancia para constituir
únicamente un circulo de blancas espirales que centelleaban bajo los rayos del
Sol, que brillaba sobre los hombros de la nave, conservaba su belleza
primitiva. Y cuando las ocasionales manchas de color al pastel, castañas y
verdes, asomaron por entre las nubes, podía seguir siendo el planeta que fue en
cualquier momento del período de trescientos millones de años, desde que la
vida se extendió fuera del mar por primera vez para propagarse por la tierra
firme y llenar los valles de verde.
Hasta más abajo, mucho más abajo —cuando la nave se hundía ya—, no
empezó a notarse la domesticación de la Tierra.
Ya no quedaban espacios salvajes. Lou no los había visto nunca, en la
Tierra; sólo los conocía por lecturas, o por filmes antiguos.
Los bosques crecían en formación perfecta; cada árbol estaba
cuidadosamente señalado y registrado según su especie y su situación. En los
campos, las cosechas se sucedían ordenadamente, con abonados y escardas
intermitentes y automáticos. A los pocos animales domésticos que seguían
existiendo los habían numerado, y Lou torcía el gesto sospechando que se había
llegado a este extremo incluso con las briznas de hierbas.
Se veían tan pocos animales y tan de tarde en tarde que impresionaba
divisar alguno. Hasta los insectos habían desaparecido, y en cuanto a los
animales grandes, no había ninguno por ninguna parte, excepto en los parques
zoológicos, cuyo número también iba disminuyendo poco a poco.
Hasta el número de gatos había disminuido. Si uno se creía en la
necesidad de tener un animal doméstico, era mucho más patriótico criar un
hámster.
Mejor dicho, sólo había disminuido la población animal no humana de la
Tierra. La masa de vida animal del planeta era mayor que nunca; pero la mayor
parte, casi los tres cuartos del total, pertenecía a una misma especie: Homo
sapiens. Y a pesar de todo lo que la Oficina Terrestre de Ecología pudiera
hacer (o dijera que podía hacer), esta fracción crecía lentamente de año en
año.
Lou pensaba en ello, como solía hacerlo siempre, con una sensación
íntima y
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abrumadora de pérdida. La presencia humana resultaba muy poco llamativa,
en verdad. Desde el punto a partir del cual la astronave comprendía las órbitas
finales alrededor del planeta, no se apreciaba ni rastro de ella, y Lou sabía
que tampoco lo divisaría aunque se acercase mucho más.
Las desparramadas ciudades de los caóticos días preplanetarios habían
desaparecido. Todavía se podían localizar desde el aire las antiguas autopistas
por la huella que habían dejado en la vegetación; pero desde más cerca ya
resultaban invisibles. Raramente alteraba la superficie la figura de seres
humanos solitarios; aunque estaban allí, bajo el suelo. Todo el género humano,
la totalidad de sus miles de millones de individuos, estaba en las fábricas, en
las instalaciones de elaboración de alimento, en las centrales de energía, en
los túneles de vacío.
El mundo domesticado vivía de la energía solar, libre de luchas; y por
ello Lou lo encontraba odioso.
Aunque de momento casi se olvidó de esta aversión, porque, al cabo de
meses y meses de fracasos, vería personalmente a Adrastus. Para lograr la
entrevista, había tenido que tirar de todas las cuerdas de que pudo echar mano.
Ino Adrastus era el Secretario General de Ecología. Este cargo no era
electivo; y poca gente sabía que existiera. Aunque era el más importante de la
Tierra, porque, sencillamente, lo controlaba todo.
Jan Marley dijo esto mismo, exactamente, mientras permanecía sentado
allí, con una expresión somnolienta de distraído desmelenamiento que a uno le
hacía pensar que habría sido obeso… si a la sazón la dieta humana hubiera
quedado bastante incontrolada como para permitir la obesidad.
—Sin duda —decía— éste es el cargo más importante de la Tierra, y nadie
parece saberlo. Quiero escribir un reportaje.
Adrastus se encogió de hombros. Su maciza figura, con el mechón de
cabello, que en otro tiempo fue castaño claro y ahora era cano con unas hebras
castañas, sus descoloridos ojos azules rodeados de finas arrugas, había formado
parte, discreta, calladamente, del escenario administrativo durante toda una
generación. Era Secretario General de Ecología desde que los concejos
ecológicos regionales se refundieron en la Oficina Terrestre. A los que le
conocían, aunque no fuese a fondo, se les hacía imposible pensar en ecología
sin pensar en él.
—La verdad —decía Adrastus— es que casi nunca he tomado decisión alguna
que fuera auténticamente mía. Las órdenes que firmo no las doy en realidad. Las
firmo porque resultaría psicológicamente incómodo hacerlas firmar a las
computadoras. Pero, ya sabe, únicamente las computadoras pueden realizar la
tarea.
»La Oficina absorbe una cantidad increíble de datos todos los días;
datos que le llegan de todas partes del globo y que no sólo se refieren a
nacimientos, defunciones, migraciones de población, producciones y consumo,
sino también a todos los
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cambios perceptibles de la flora y la fauna, por no hablar de la
situación —expresada en números— de los componentes mayores del contorno: aire,
agua y suelo. Todos estos datos son recibidos, clasificados y asimilados por
bancos de memoria de una complejidad abrumadora. Y de esta memoria salen las
respuestas a las preguntas que formulamos.
Marley preguntó, con una astuta mirada de soslayo:
—¿Respuestas a todas las preguntas?
Adrastus sonrió.
—Hemos aprendido a no tomarnos la molestia de hacer preguntas que no
tengan respuesta.
—Y el fruto de todo ello —dijo Marley— es el equilibrio ecológico.
—Cierto, pero un equilibrio ecológico especial. A lo largo de toda la
historia del planeta, se ha conservado el equilibrio, pero siempre al precio de
una catástrofe. Después de un desequilibrio pasajero, el hambre, o una
epidemia, o un cambio drástico de clima restablecen el equilibrio. Actualmente
lo mantenemos sin catástrofes mediante mudanzas y cambios diarios, no
permitiendo nunca que el desequilibrio se acumule de forma peligrosa.
—Ahí está lo que dijo usted una vez —comentó Marley—: «El mayor bien del
hombre es una ecología equilibrada.»
—Eso es lo que dicen que dije.
—Está ahí, en la pared, detrás de usted.
—Sólo las cinco palabras primeras —replicó secamente Adrastus.
La frase estaba allí en un largo plástico rielante, en el que las
palabras parpadeaban, animadas: EL MAYOR BIEN DEL HOMBRE…
—No es preciso que complete la declaración.
—¿Qué más puedo decirle?
—¿Puedo pasar un rato con usted y ver cómo trabaja?
—Verá a un escribiente encumbrado.
—No lo creo. ¿Tiene alguna cita en la que yo pueda estar presente?
—Una sola, hoy; un joven llamado Tansonia; uno de nuestros hombres de la
Luna. Puede presenciarla.
—¿Un hombre de la Luna? ¿Quiere decir…?
—Sí, de nuestros laboratorios lunares. Demos gracias a Dios por habernos
proporcionado la Luna. De lo contrario, todos los experimentos tendrían lugar
en la Tierra, y bastante trabajo nos cuesta ya controlar la ecología.
—¿Se refiere a los experimentos nucleares y la polución de las
radiaciones? —Me refiero a muchas cosas.
El semblante de Lou Tansonia reflejaba una excitación difícilmente
reprimida, junto con una aprensión reprimida con igual dificultad.
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—Celebro tener esta ocasión de verle, señor Secretario —dijo sin
aliento, resoplando debido a la gravedad de la Tierra.
—Lamento no habérsela podido proporcionar antes —dijo afablemente
Adrastus
—. Tengo excelentes informes con referencia a su trabajo. Este otro
caballero aquí presente es Jan Marley, escritor científico. No debemos
inquietarnos por su presencia.
Lou miró brevemente al escritor y le saludó con un movimiento de cabeza;
luego se volvió vivamente hacia Adrastus.
—Señor Secretario… —Siéntese —dijo éste.
Lou obedeció, con el rastro de torpeza que podía esperarse en una
persona que se estaba aclimatando a la Tierra, y con el aire, sin embargo, de
estar pensando que el hacer una pausa bastante larga como para sentarse
equivalía a una pérdida de tiempo.
—Señor Secretario —dijo—, apelo a usted personalmente en relación a mi
Proyecto Aplicación de Num…
—Lo sé.
—¿Lo ha leído, señor?
—No, no lo he leído; pero las computadoras, sí. Y lo rechazaron. —¡Sí!
Pero yo apelo a usted, contra las computadoras.
Adrastus sonrió y movió la cabeza.
—Una reclamación difícil para mí. No sé de dónde podría sacar el valor
necesario para desautorizar a las computadoras.
—Pues debe hacerlo —aseguró el joven, muy serio—. Mi campo es la
ingeniería genética.
—Sí, lo sé.
—Y la ingeniería genética —dijo Lou, saltando por encima de la
interrupción— es la criada de la medicina. Pero no debería ser así. No del
todo, al menos.
—Es raro que usted piense así. Tiene su título de médico, y ha realizado
trabajos impresionantes en genética médica. Me han dicho que en el plazo de dos
años sus trabajos pueden conducir a la supresión definitiva de la glucosuria.
—Sí, pero no me importa. No quiero continuar esa investigación. Que lo
haga otro. Curar la glucosuria es sólo un detalle, y significará que el
porcentaje de defunciones disminuirá un poco, originando precisamente un poco
más de presión en el capítulo del aumento de población. No me interesa lograr
este resultado.
—¿No valora la vida humana?
—No le doy un valor infinito. Hay demasiada gente en la Tierra. —Sé que
algunos opinan así.
—Usted, por ejemplo, señor secretario. Ha escrito artículos diciéndolo.
Y cualquier hombre que piense, usted más que otro cualquiera, ha de ver
claramente las consecuencias. La superpoblación significa incomodidad, y para
reducir la incomodidad debe desaparecer la facultad de elegir cada uno a su
antojo. Amontone el número suficiente de personas en un campo, y la única
manera de que puedan
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sentarse consistirá en que todos se sienten al mismo tiempo. Haga que
una multitud esté bastante apretada, y la única manera de que alguien pueda
trasladarse de un punto a otro rápidamente consistirá en que todos marchen en
formación. En eso se están convirtiendo los hombres: en una muchedumbre que
camina a ciegas sin saber adónde va ni por qué.
—¿Cuánto tiempo estuvo ensayando ese discurso, señor Tansonia?
Lou se sonrojó levemente.
—Y las otras formas de vida están disminuyendo en número, lo mismo de
especies que de individuos, exceptuando las plantas comestibles. Año tras año,
la ecología se simplifica.
—Permanece equilibrada.
—Pero pierde color y variedad, y no sabemos siquiera si se trata de un
equilibrio realmente bueno. Lo aceptamos únicamente porque no tenemos otra
cosa.
¿Qué haría usted?
Pregúntelo a la computadora que rechazó mi proposición. Quiero iniciar
un programa de ingeniería genética sobre una gran variedad de especies, desde
gusanos hasta mamíferos. Aprovechando el material de que disponemos, y que se
está reduciendo continuamente, quiero crear variedades nuevas, antes de que se
reduzcan del todo.
—¿Para qué fin?
—Para originar ecologías artificiales. Para originar ecologías fundadas
en plantas y animales distintos de todo lo que hay en la Tierra.
—¿Qué se ganaría con ello?
—No lo sé. Si supiera exactamente lo que vamos a ganar, no sería preciso
investigarlo. En cambio sí sé lo que deberíamos ganar. Deberíamos aprender algo
más acerca de qué es lo que da vida a una ecología. Hasta el momento, nos hemos
limitado a coger lo que la naturaleza nos brindaba, y luego lo hemos arruinado
y destrozado, y nos las hemos arreglado con los destripados restos. ¿Por qué no
construir algo y estudiarlo?
—¿Quiere decir construirlo a ciegas? ¿Al azar?
—No sabemos bastante para hacerlo de otro modo. La fuerza impulsora
fundamental de la ingeniería genética es la mutación al azar. Aplicada a la
medicina, se procura a toda costa reducir ese azar, dado que se busca un efecto
especifico. Yo quiero aceptar el componente de azar de la ingeniería genética y
utilizarlo.
Adrastus arrugó la frente un momento.
—¿Y cómo originará una ecología que tenga un significado? ¿No
interaccionará con la ya existente, y no es posible que la desequilibre? Sería
una contingencia que no podemos permitirnos.
—No pienso realizar los experimentos en la Tierra —contestó Lou—. Claro
que
no.
—¿En la Luna?
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—Tampoco en la Luna… En los asteroides. Acaricio esta idea desde que
suministraron mi propuesta a la computadora, y ésta la rechazó. De este modo
quizá no sea lo mismo. ¿Qué le parece unos asteroides pequeños, desiertos, uno
por cada ecología? Destinar cierto número de asteroides a este fin… Hacerlos
preparar debidamente; equiparlos de fuentes de energía y de transductores;
poblarlos de colecciones de formas de vida que puedan formar una ecología
cerrada, completa. Y ver qué pasa. Si no da resultado, tratar de adivinar la
causa, y quitar un ser, o, más probablemente, añadirlo; o cambiar las
proporciones. Desarrollaríamos una ciencia de la ecología aplicada, o, si lo
prefiere, de ingeniería ecológica; una ciencia que estaría un peldaño más
arriba en complejidad y significado que la ingeniería genética.
—Pero no puede decirme el beneficio que podríamos obtener.
—El beneficio específico no, por supuesto. Pero ¿cómo podría dejar de
haberlo? Así aumentaríamos nuestros conocimientos sobre el campo en que más
falta nos hacen. —Y señaló el rielante rótulo de detrás de Adrastus—. Usted
mismo lo dijo: «El mayor bien del hombre es una ecología equilibrada.» Yo le
estoy ofreciendo una manera de efectuar investigaciones fundamentales sobre
ecología experimental; una cosa que nadie ha hecho todavía.
—¿Cuántos asteroides necesitará?
Lou titubeaba.
—¿Diez? —sugirió con una inflexión ascendente de la voz—. Para empezar.
—Coja cinco —dijo Adrastus, acercando el informe hacia sí y garabateando
rápidamente en él unas palabras que anulaban la decisión de la
computadora.
Al cabo de un rato, Marley decía:
—¿Y ahora será capaz de seguir sentado ahí, diciéndome que es un
escribiente encumbrado? Anula usted la decisión de la computadora y regala
cinco asteroides. Ni más ni menos.
—Antes el Congreso tendrá que aprobar la entrega. Pero estoy seguro de
que la aprobará.
—Entonces, ¿cree que la proposición de ese joven es acertada?
—No, no lo creo. No saldrá bien. A pesar de su entusiasmo, el asunto es
tan complicado que obtener alguna conquista digna de tal nombre sin duda
requerirla muchos más hombres que los que se podrá dedicar a esa investigación
y durante muchos más años de los que vivirá ese joven.
—¿Está seguro?
—La computadora lo dice así. Por eso rechazó el proyecto. —Entonces,
¿por qué ha anulado la decisión de la computadora?
—Porque yo, y todos los miembros del Gobierno en general, estamos aquí
para salvar una cosa mucho más importante que la ecología.
—No le entiendo —dijo Marley, inclinándose hacia él.
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—No me entiende porque citó mal lo que dije hace tantísimo tiempo.
Porque todo el mundo lo cita mal. Porque yo pronuncié dos frases; pero las
empalmaron formando una sola, y ya no he podido volver a separarlas. Presumo
que la raza humana no quiere aceptarlas tal como yo las pronuncié.
—¿Insinúa que no dijo: «El mayor bien del hombre es una ecología
equilibrada»?
—Claro que no. Dije: «La mayor necesidad del hombre es una ecología
equilibrada.»
—Pero en ese rótulo de ahí pone: «El mayor bien del hombre…»
—Ése es el comienzo de la segunda frase, la que la gente se niega a
citar; pero que yo no olvido jamás… «El mayor bien del hombre es una mente
inquieta.» No he desautorizado a la computadora en honor a nuestra ecología.
Para vivir nos basta con ella. Lo he desautorizado para salvar una mente
valiosa y tenerla en actividad, una mente inquieta. Necesitamos eso para que el
hombre sea hombre… que es mucho más importante que el mero hecho de vivir.
Marley se puso en pie.
—Sospecho, señor secretario, que usted quería que yo presenciara esta
entrevista. Quiere que publique esta tesis, ¿verdad?
—Digamos —contestó Adrastus— que aprovecho la oportunidad para conseguir
que citen correctamente las frases que pronuncié.
¡Ay de mí!, fue lo último que vendí a John. Recibí el cheque el 18 de
agosto de 1970, y menos de un año después mi amigo falleció.
Cuando apareció el relato en el número de enero de 1972 de Analog, Ben
Bova, buen amigo mío, era director de la revista. No es posible ocupar el lugar
de John Campbell; pero Ben ocupa magníficamente su propio lugar.
El cuento siguiente lo escribí a consecuencia de una comedia de enredo.
En enero de 1971, y como fruto de una complicada serie de circunstancias,
prometí a Bob Silverberg que escribiría un cuento corto para una antología de
relatos inéditos que él estaba preparando[17].
Escribí el cuento corto, en efecto, pero no resultó un cuento corto. Con
tremenda sorpresa por mi parte, escribí una novela, The Gods Themselves[18],
(Doubleday, 1972), mi primera novela de ciencia ficción en quince años, sin
contar Viaje alucinante, que no era enteramente mía.
No era una novela mala ni mucho menos, pues me valió los premios Hugo y
Nebula, y mostró al mundo de la ciencia ficción que el veterano todavía estaba
en
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forma. De todos modos, me puso en un aprieto, puesto que quedaba por
escribir el cuento que había prometido a Bob. Por consiguiente, escribí otro,
Coja una cerilla, que apareció en la antología de Bob, New Dimensions II
(Doubleday, 1972).
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COJA UNA CERILLA
El espacio estaba negro; negro en todo el entorno, en todas direcciones.
No se veía nada; ni una sola estrella.
Y no era porque no hubiera estrellas…
La verdad es que la idea de que quizá no hubiera estrellas, ninguna
estrella, literalmente, había helado las entrañas de Per Hanson. Era la vieja
pesadilla que acechaba subliminalmente en el cerebro de todo explorador del
espacio profundo.
Cuando uno daba el Salto a través del universo taquiónico, ¿qué
seguridad tenía de dónde emergería? Aunque la distribución y cantidad de
energía invertida se controlara tan estrictamente como se quisiera y el
fusionista que le acompañara a uno fuese el mejor del espacio, el principio de
la incertidumbre campaba por sus fueros y siempre había la posibilidad, y acaso
la certeza inevitable, de un error de dirección debido al azar.
Y en el terreno de los taquiones, un error del grueso de un papel podía
equivaler a un millar de años luz.
¿Qué pasaba, pues, si uno aterrizaba en la nada; o al menos a tal
distancia de cualquier parte que nada pudiera guiarle para determinar su propia
posición y, por ende, para regresar a ninguna parte?
Imposible, decían los pundits. No había ningún lugar en el universo
desde el que no se pudiera ver los quasares, y mediante ellos solamente podía
uno averiguar su propia posición. Además, la probabilidad de que en el curso de
Saltos ordinarios el mero azar lo llevase a uno fuera de la galaxia era
solamente de una entre diez millones, y hasta la distancia de la galaxia de
Andrómeda o de Maffei 1, por ejemplo, quizá de una entre un trillón.
Ni pensar en ello, decían los pundits.
De modo que cuando una nave ha terminado el Salto y regresa de las
extrañas paradojas de los taquiones, más rápidos que la luz, a la sana y
conocida seguridad de los tardiones, deben verse estrellas en el espacio. Y si
a pesar de todo no se ven, es que uno se encuentra dentro de una nube de polvo.
Es la única explicación. En nuestra galaxia, como en cualquier otra galaxia
espiral, hay secciones brumosas, como las hubo antiguamente en la Tierra,
cuando nuestro planeta era la única morada de la humanidad y no se parecía nada
a la pieza de museo conservadora de la vida, esmeradamente cuidada y con clima
acondicionado, que era ahora.
Hanson era alto y huraño; y lo que no supiera él sobre las hipernaves
que surcaban la galaxia y las regiones vecinas, es que todavía estaba por
descubrir. Ahora estaba solo, en su cabina de capitán, como le gustaba a él.
Tenía a mano lo necesario para ponerse en contacto con cualquier hombre o mujer
a bordo, así como con los datos de cualquier artefacto o instrumento, y le
complacía sentirse una presencia invisible.
Pero en aquellos momentos nada le complacía. Cerrando el contacto, dijo:
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—¿Qué más, Strauss?
—Estamos en un grupo abierto —respondió la voz de Strauss.
Hanson no había puesto en marcha el suplemento visual, porque al ponerlo
habría revelado el aspecto de su propio semblante, y prefería mantener oculta
la expresión de profunda inquietud que alteraba su rostro.
—Por lo menos —continuó Strauss—, por el nivel de radiaciones que
recogemos en el extremo infrarrojo y en las regiones de las microondas, parece
un grupo abierto. Lo malo es que no logramos localizar suficientemente las
posiciones como para determinar nuestra propia situación.
—¿No aparece nada en la luz visible?
—Nada en absoluto, y tampoco en el infrarrojo próximo. La nube de polvo
es densa como una sopa.
—¿Qué dimensiones tiene?
—No hay manera de saberlo.
—¿Puede calcular la distancia hasta el borde más próximo?
—Ni siquiera el orden de magnitud. Acaso haya una semana luz, o acaso un
año luz. Podrían ser diez años luz. Definitivamente, no hay manera de
deducirlo.
—¿Habló con Viluekis?
—Sí —contestó lacónicamente Strauss.
—¿Qué dice?
—No mucho. Está malhumorado. Lo toma como una afrenta personal, por
supuesto.
—Naturalmente. —Hanson exhaló un suspiro silencioso. Los fusionistas
eran más infantiles que los niños, pero como representaban el papel romántico
en las aventuras del espacio profundo, se les toleraba todo—. Supongo que usted
le habrá dicho que lo ocurrido ahora es imprevisible y puede suceder en
cualquier momento.
—Sí, se lo dije. Y, como puede suponer, contestó: «A Viluekis, no.»
—Sólo que si le ha sucedido, por supuesto. Bueno, yo no puedo hablar con
él. Nada de lo que le dijera tendría significado alguno, excepto que pretendo
dar las culpas a otro, y entonces ya no le sacaríamos ni media palabra más… ¿No
quiere poner en marcha el colector?
—Dice que no puede. Dice que se estropearía. —¿Cómo puede estropearse un
campo magnético? Strauss profirió unos sonidos inarticulados.
—No se lo diga. Le contestaría que en un tubo de fusión hay algo más que
un campo magnético, y luego añadiría que usted pretende rebajarle.
—Sí, lo sé… Bueno, oiga, dedíquelo todo, y a todo el mundo, a la nube.
Ha de haber alguna manera de hacer alguna deducción respecto a la dirección y
la distancia del borde más cercano. —Y cortó la comunicación.
Hanson, en ese momento, fruncía el ceño.
¡El borde más cercano! Cabía dudar de si a la velocidad de la nave (con
respecto
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a la materia que la rodeaba), se atreverían a gastar la energía precisa
para una alteración radical del curso.
Habían entrado en el Salto a mitad de la velocidad de la luz con
respecto al núcleo galáctico del universo tardiónico, y, por supuesto, salían
del Salto a la misma velocidad. Al fin y al cabo, supongamos que uno se
encontrara, de regreso, en las vecindades de una estrella y corriendo hacia
ella a mitad de la velocidad de la luz…
Los teóricos negaban tal posibilidad. No se podía esperar razonablemente
que un Salto le llevara a uno cerca de un cuerpo macizo. Eso decían los
pundits. Las fuerzas gravitacionales intervenían en el Salto. Y para la
transición de tardión a taquión y nuevamente a tardión esas fuerzas eran de
naturaleza repulsiva. En realidad, era el efecto por azar de fuerza
gravitatoria en red, que nunca se podría estudiar con todo detalle, el
responsable de gran parte de la incertidumbre en el Salto.
Además, dirían ellos, debe usted fiarse del instinto del fusionista. Un
buen fusionista no se equivoca nunca.
Salvo que, en este caso, el fusionista les había hecho dar el Salto
dentro de una nube.
—¡Ah, eso! —dirían—. Ocurre continuamente… No importa. Ya sabe usted lo
tenues que son la mayoría de nubes. Ni siquiera se entera usted de si está
dentro de una de ellas.
(En el caso de la presente, no es cierto, ¡oh, pundit!)
—En realidad las nubes son un elemento benéfico. Los colectores no
tienen que trabajar tanto rato ni tan intensamente para que la fusión siga
realizándose y se almacene energía.
(En el caso de la presente, no es cierto, ¡oh, pundit!)
—Bueno, pues confíe en el fusionista para encontrar la manera de salir.
(¿Y si no hay manera de salir?)
Hanson quiso alejarse, asustado, de este último pensamiento. Puso el
mayor empeño en no volver a concebirlo… Pero ¿cómo se las arregla uno para no
pensar en la cosa que clama con más fuerza dentro de su mente?
Henry Strauss, astrónomo de la nave, se hallaba asimismo en un estado de
profunda depresión. Si lo que había sucedido era una catástrofe sin paliativos,
había que aceptarlo. En las hipernaves nadie podía cerrar los ojos a la
posibilidad de una catástrofe. Uno estaba preparado para una eventualidad, o
probaba de estarlo… Sin embargo, para los pasajeros era peor, naturalmente.
Pero cuando la catástrofe procedía de algo que uno habría dado una muela
para poder observarlo y estudiarlo, y cuando uno descubría que el hallazgo y el
fruto de toda su vida profesional era precisamente lo que le mataba…
Strauss exhaló un profundo suspiro.
Era un hombre robusto, con lentes de contacto coloreadas que daban
brillo y color
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a unos ojos que de otro modo habrían concordado con una personalidad
incolora.
El capitán no podía hacer nada. Y él lo sabía. El capitán podía ser un
autócrata para el resto de la nave; pero el fusionista no tenía otra ley que la
suya propia, y siempre había sido así. Hasta para los pasajeros, pensaba con
cierto disgusto, el fusionista es el emperador de los caminos espaciales y
todos los que estén a su lado quedan disminuidos, sumidos en la impotencia.
Era cuestión de oferta y demanda. Las computadoras podían calcular la
cantidad exacta y la distribución de la energía necesaria, así como el lugar y
la dirección exactos, si «dirección» tenía algún significado en la transición
de tardión a taquión, pero el margen de error era enorme, y sólo un fusionista
con talento podía reducirlo. Cualquiera que fuese el manantial de donde
procediera el talento de un fusionista, nadie lo sabía… El fusionista nace, no
se hace. Y ellos sabían que poseían ese talento, y nunca hubo ni uno siquiera
que no quisiera sacar provecho de esta circunstancia.
Viluekis no era malo, comparado con los otros fusionistas…, aunque
tampoco éstos llevaran muy lejos su maldad. Al menos él y Strauss se hablaban,
a pesar de que Viluekis había acaparado a la pasajera más bonita que había a
bordo, aunque Strauss la había visto primero, lo cual formaba parte, por alguna
razón, de los derechos imperiales de los fusionistas en ruta.
Strauss se puso en contacto con Viluekis. Costó un rato establecer la
comunicación, y cuando se estableció, Viluekis tenía un semblante irritado, con
una irritación abatida, de mirada triste.
—¿Cómo está el tubo? —preguntó afablemente Strauss.
—Creo que lo cerré a tiempo. Lo he repasado todo y no veo ningún daño.
Bueno —añadió mirándose—, tengo que asearme.
—Al menos no se ha dañado.
—Pero no podemos utilizarlo.
—Quizá lo utilicemos, Vil —dijo Strauss con acento insinuante—. No
podemos predecir qué pasará ahí fuera. Si el tubo estuviera averiado, no
importaría que pasase esto o lo otro; pero no estándolo, si la nube se despeja…
—Sí… sí… sí… Yo le pondré otro «sí». Si ustedes, astrónomos estúpidos,
hubieran sabido que esta nube estaba aquí, yo habría podido sortearla.
Era un comentario claramente inconsistente, y Strauss no mordió el
anzuelo.
—Es posible que se despeje —dijo tan sólo.
—¿Qué dice el análisis?
—Nada bueno, Vil. Es la nube de oxhídrilo más densa que se haya
observado nunca. Que yo sepa, en ningún otro lugar de la galaxia se ha
concentrado tanto el oxhídrilo como aquí.
—¿Y no hay nada de hidrógeno?
—Algo, sí, por supuesto. Un cinco por ciento, aproximadamente.
—No es bastante —dijo secamente Viluekis—. Hay alguna otra cosa, aparte
el oxhídrilo. Hay algo que me ha producido problemas que el oxhídrilo no podía
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causarme. ¿Lo ha localizado?
—Ah, si. Es formaldehído. Hay más formaldehído que hidrógeno. ¿Se da
cuenta de lo que significa esto, Vil? Algún proceso ignorado ha concentrado en
el espacio oxigeno y carbono en cantidades nunca vistas; suficientes para
agotar el hidrógeno de un volumen de años luz cúbicos, acaso. No sé de ningún
fenómeno, ni podría imaginarlo siquiera, capaz de provocar estas consecuencias.
—¿Qué intenta decir, Strauss? ¿Me está diciendo que ésta es la única
nube de su clase que existe en el espacio y yo he sido lo bastante estúpido
como para ir a parar a ella?
—No digo eso, Vil. Sólo digo lo que usted ha oído, y no ha sido tal
cosa. Pero, Vil, para salir dependemos de usted. Yo no puedo pedir socorro,
porque no puedo dirigir un hiper-rayo sin saber dónde estamos. Y no puedo
hallar dónde estamos porque no puedo localizar ninguna estrella…
—Yo no puedo utilizar el tubo de fusión; entonces, ¿por qué soy el malo?
Tampoco usted puede hacer su tarea; entonces, ¿por qué el malo es siempre el
fusionista? —Viluekis ardía por dentro—. La salvación está en sus manos,
Strauss, en sus manos. Dígame dónde está el borde de la nube… O al diablo con
el borde de la nube; encuéntreme el de esa masa de oxhídrilo-formaldehído.
—¡Ojalá pudiera! —dijo Strauss—. Pero hasta el momento no hallo más que
oxhídrilo y formaldehído por lejos que realice el sondeo.
—No podemos fundir esa sustancia.
—Lo sé.
—Ea —exclamó Viluekis en tono violento—, he ahí un ejemplo de la
equivocación que comete el Gobierno al querer imponer una superseguridad
mediante leyes, en lugar de dejar el asunto en manos del fusionista del lugar.
Si tuviésemos medios para el Doble-Salto, no habría problema.
Strauss sabía perfectamente bien qué quería decir Viluekis. Existía la
posibilidad de ahorrar tiempo efectuando dos Saltos en rápida sucesión; pero si
un solo Salto implicaba ciertos azares inevitables, dos Saltos seguidos
multiplicaban por una elevada cifra tales incertidumbres, y ni el mejor
fusionista podía hacer mucho para corregirlas. Y casi invariablemente, el
multiplicado error prolongaba enormemente la duración total del viaje.
Era norma estricta de navegación que entre Salto y Salto había de
transcurrir un día entero de travesía… y mejor si se dejaban transcurrir tres.
Así se disponía del tiempo necesario para preparar el Salto siguiente con las
debidas precauciones. A fin de que no se faltara a esta norma, cada Salto se
realizaba en condiciones tales que no quedara energía suficiente para otro. Los
colectores necesitaban cierto tiempo para recoger y comprimir hidrógeno
suficiente, fundirlo y almacenar la energía, hasta llegar al nivel para el
«encendido» del Salto. Generalmente siempre se necesitaba un día, al menos,
para almacenar la cantidad requerida para un Salto.
—¿Qué cantidad de energía le falta, Vil? —preguntó Strauss.
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—No mucha. Así. —Viluekis colocaba el índice y el pulgar de manera que
quedase entre ellos un espacio de poco más de medio centímetro—. Pero falta la
suficiente para fastidiarnos, de todos modos. —¡Qué pena! —dijo llanamente
Strauss.
La reserva de energía se anotaba y podía inspeccionarse; pero aún así se
sabía que los fusionistas manipulaban los registros de modo que siempre les
quedara alguna reserva para ese segundo Salto.
—¿Está seguro? —dijo—. ¿Y si usted pusiera en marcha sus generadores de
emergencia, apagase todas las luces…?
—Y la circulación de aire, y los aparatos auxiliares, y los
hidropónicos… Lo sé, lo sé. Lo he calculado todo; pero no reunimos la energía
suficiente… Ahí tienen su estúpida regulación de seguridad del Doble Salto.
Strauss todavía consiguió dominar el genio. Sabía —lo sabía todo el
mundo— que había sido precisamente la Hermandad Fusionista la fuerza que había
impulsado aquella normativa. La mayor parte de las veces que se proponía un
Doble Salto, ya que en alguna ocasión quizá el capitán de la nave insistiera
incluso en que se diese, el fusionista ponía mala cara… Pero al menos había una
ventaja. Habiendo de realizarse una travesía obligatoria entre Salto y Salto,
había de transcurrir al menos una semana antes de que los pasajeros se pusieran
inquietos y recelosos, y durante aquella semana se podía hallar una solución.
Hasta el momento, no había transcurrido ni un día completo.
—¿Está seguro de que no puede hacer nada con su sistema? ¿No puede
filtrar algunas impurezas? —preguntó.
—¿Filtrarlas? No son impurezas; son toda esa masa. Aquí la impureza es
el hidrógeno. Oiga, necesitaría unos trescientos millones de grados centígrados
para fundir los átomos de carbono y de oxígeno; probablemente quinientos
millones. No puede hacerse, y no pienso probarlo. Si intento algo y falla, será
culpa mía. No quiero exponerme. Le incumbe a usted el proporcionarme el
hidrógeno, y usted deberá preocuparse. Simplemente, dirija la nave donde lo
haya. No me importa el tiempo que tarde.
—No podemos ir a mayor velocidad de la que vamos, dada la densidad del
medio, Vil. Y a una velocidad mitad de la luz quizá tengamos que viajar dos
años…, o acaso veinte…
—Bueno, piense usted la manera de salir del apuro. O que lo piense el
capitán. Strauss cortó la comunicación, desesperado. No, no se podía sostener
una
conversación racional con un fusionista. Alguna vez había oído enunciar
la teoría —y muy en serio— de que la repetición de Saltos afectaba al cerebro.
En el Salto, cada tardión de materia ordinaria había de convertirse en un
taquión equivalente, que luego habría de ser retransformado en el tardión
originario. Si la doble conversión se hacía de modo imperfecto, aun con la
imperfección más leve, sin duda el efecto de tal deficiencia habría de
manifestarse, antes que en ninguna otra parte, en el cerebro, que
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era, con mucho, el trozo de materia más complejo que debería someterse a
la transformación. Por supuesto, no se había demostrado experimentalmente
ningún efecto pernicioso, y ninguna clase de oficiales de hipernaves pareció
sufrir más estragos, en el transcurso del tiempo, que los que se podía atribuir
al simple hecho de envejecer. Pero quizá la peculiaridad, fuera cual fuese, que
tenían en el cerebro los fusionistas, que les daba la condición de tales y les
permitía ir más allá, por pura intuición, que la mejor computadora, fuese un
elemento singularmente complejo y, por ende, especialmente vulnerable.
¡Tonterías! ¡Qué peculiaridad ni qué…! ¡Los fusionistas eran, meramente,
unos malcriados!
Strauss titubeaba. ¿Debía ponerse en contacto con Cheryl? Si existía una
persona capaz de suavizar la tensión, era ella, y cuando lo hubieran mimado y
mecido convenientemente, bebé Vil quizá ideara la manera de poner los tubos de
fusión en funcionamiento…, a pesar del oxhídrilo.
¿Creía de verdad que Vil sería capaz de hacer algo, en cualquier
circunstancia? ¿O sólo quería apartar de su mente la idea de navegar por el
espacio años enteros? Naturalmente, las hipernaves estaban preparadas para tal
eventualidad, en principio; pero dicha eventualidad no se había dado nunca, y,
por otra parte, las tripulaciones — y menos aún los pasajeros— no lo estaban.
Pero si hablaba con Cheryl, ¿qué le diría que no pareciese la orden de
que sedujera a un hombre? Sólo había pasado un día hasta el momento, y Strauss
no estaba dispuesto a actuar de alcahuete para un fusionista.
¡Esperemos! ¡Un rato al menos!
Viluekis arrugó el ceño. Después de bañarse se sentía un poco mejor, y
estaba contento de haberse mostrado firme con Strauss. No era mal sujeto ese
Strauss, pero como todos —«todos», el capitán, la tripulación, los pasajeros,
todos los estúpidos no fusionistas del universo— quería librarse de
responsabilidades. Carguémoslas todas sobre el fusionista. He ahí una antigua,
muy antigua, canción; pero él era un fusionista que no se la dejaría cantar.
Aquello de cruzar por el espacio años enteros lo decían solamente para
asustarle. Si ponían de veras el alma en el empeño podían alcanzar los limites
de la nube, y en alguna parte había de estar el borde más cercano. Ir a parar
en el centro matemático de la nube habría sido en verdad demasiado.
Naturalmente, si habían caído cerca de un borde y ahora navegaban en dirección
al otro…
Viluekis se levantó y se desperezó. Era alto; las cejas le colgaban
sobre los ojos como marquesinas.
Supongamos que pasaran años en la travesía. Ninguna hipernave había
viajado todavía durante años enteros. La travesía más larga duró ochenta y ocho
días y trece horas, cuando un navegante espacial se las compuso para
encontrarse en una
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situación desfavorable con respecto a una estrella difusa y hubo de
retroceder a velocidades que ascendieron hasta las nueve décimas de la de la
luz antes de que estuviera en condiciones aceptables para el Salto.
Entonces sobrevivieron, y fue una travesía que duró la cuarta parte de
un año. ¡Claro que veinte años…!
Pero eso era imposible.
La luz de señales se encendió tres veces antes de que se diera cuenta
claramente. Sí era el capitán que venía a verle personalmente, tendría que
marcharse más aprisa de lo que hubiera venido.
—¡Anton!
La voz era cálida, vehemente, y parte del enojo de Viluekis se disipó.
El fusionista permitió que la puerta retrocediese en su encaje, y Cheryl entró.
La puerta se cerró de nuevo.
Cheryl tenía unos veinticinco años, ojos verdes, mentón firme, cabello
rojo mate y una figura magnífica que no escondía su luz bajo el celemín.
—Anton —dijo la joven—, ¿pasa algo anormal?
La pregunta no cogió tan de sorpresa a Viluekis como para inducirle a
confesar que si. Hasta un fusionista tenía el buen criterio de no revelar nada
prematuramente a un pasajero.
—En absoluto. ¿Por qué lo pensabas?
—Un pasajero lo ha dicho. Un hombre llamado Martand.
—¿Martand? ¿Qué sabe él? —Luego, con recelo—: ¿Y qué haces tú escuchando
a un pasajero tonto? ¿Qué aspecto tiene?
Cheryl sonrió débilmente.
—Simplemente, parece que inició una conversación en el saloncito. Estará
cerca de los sesenta y es completamente inofensivo, aunque imagino que le
gustaría no serlo. Pero no es esto lo que importa. El caso es que no se ve
ninguna estrella. Cualquiera puede notarlo, y Martand ha dicho que era un
detalle muy significativo.
—¿De veras? Sencillamente, estamos atravesando una nube. Hay millares de
nubes en la galaxia, y las hipernaves las atraviesan continuamente.
Sí, pero Martand dice que, por lo general, incluso estando dentro de una
nube suele verse alguna estrella.
—¿Qué sabe él de estas cosas? —repitió Viluekis—. ¿Es un veterano de los
viajes especiales?
—No… —reconoció Cheryl—. En realidad es el primero que hace, pienso.
Pero parece muy enterado.
—Ya lo creo. Oye, ve a verle y dile que se calle. Con lo que ha dicho
hay motivo suficiente para aislarlo. Y tú tampoco repitas esas historias.
Cheryl ladeó la cabeza.
—Francamente, Anton, hablas como si realmente estuviéramos en apuros.
Ese Martand, Louis Martand se llama, es un sujeto interesante. Es maestro de
escuela…
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octavo curso, ciencia general.
—¡Un maestro de escuela! ¡Santo Dios, Cheryl…!
—Pues deberías oírle. Dice que la de maestro de niños es una de las
profesiones en las que hay que saber un poco de todo, porque los pequeños
preguntan continuamente, y si no estás enterado lo notan.
—Bueno, entonces, quizá tú también deberías especializarte en notar
cuándo habla alguien que no está enterado. Vamos, Cheryl, ve a decirle que se
calle; o voy yo.
—De acuerdo. Pero primero dime: ¿es cierto que estamos atravesando una
nube de oxhídrilo y que el tubo de fusión no funciona?
Viluekis abrió la boca, pero volvió a cerrarla. Pasó un buen rato antes
de que preguntara:
—¿Quién te lo ha dicho?
—Martand. Y ahora me voy.
—No —objetó vivamente el fusionista—. Espera un poco. ¿A quién más ha
explicado Martand todo esto?
—A nadie. Dice que no quiere sembrar el pánico. Me figuro que cuando
estaba sumido en estas meditaciones yo me encontraba cerca y él no supo
resistir la tentación de comunicar algo de lo que tenía en la mente.
—¿Sabe que me conoces?
La frente de Cheryl se arrugó un poco.
—Creo que comenté algo sobre nuestra amistad.
Viluekis soltó un bufido.
—No es probable que ese viejo loco haya querido demostrar sus grandes
dotes ante ti. A mí es a quien quiere impresionar, por tu conducto.
—Ni pensarlo —replicó Cheryl—. La verdad es que me ha pedido que no te
dijese nada.
—Sabiendo, por supuesto, que de este modo vendrías a verme
inmediatamente. —¿Por qué habría de querer que viniera a verte?
—Para ponerme en evidencia. ¿Sabes lo que significa ser fusionista?
Tener a todo el mundo en contra, resentido contra ti, porque la gente te
necesita tanto, porque…
—Pero ¿qué tiene que ver eso con el problema? Si Martand está
completamente equivocado, ¿cómo podría ponerte eso en evidencia? Y si está en
lo cierto… ¿lo está, Anton?
—Bueno, ¿qué ha dicho exactamente?
—No sé si me acordaré de todo, claro —musitó Cheryl con aire pensativo—.
Fue después de que hubiéramos dado el Salto, bastantes horas después, en
realidad. Por entonces todo el mundo hablaba de que no se vela ninguna estrella
por ninguna parte. En el saloncito todo el mundo decía que pronto daríamos otro
Salto, porque esto era lo bueno de los viajes espaciales cuando no se veía
nada. Naturalmente, todos sabíamos que había de transcurrir un día de travesía,
al menos. Entonces entró
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Martand, me vio y vino a conversar conmigo… Creo que le soy bastante
simpática. —Y yo creo que él no me lo es a mí —dijo Viluekis con semblante
enfurruñado
—. Continúa.
—Yo le he dicho que era muy molesto esto de no ver nada, y él ha
contestado que duraría así cierto tiempo, y por el tono de su voz parecía
preocupado. Naturalmente, yo le he preguntado por qué lo decía, y él ha
contestado que porque el tubo de fusión había quedado cerrado.
—¿Y quién le ha informado a él? —preguntó Viluekis.
—Ha dicho que, en una de las habitaciones para hombres, antes se oía un
zumbido bajo que ahora ya no se percibía. Y ha dicho también que en el armario
de la sala de juegos, donde guardan los tableros de ajedrez, la pared estaba
caliente debido a la proximidad del tubo de fusión, pero que ahora ya no lo
está.
—¿Son ésas todas las pruebas que tiene?
Cheryl pasó por alto la pregunta, y prosiguió:
—Ha dicho que no veíamos ninguna estrella porque nos encontrábamos en
una nube de polvo y los tubos de fusión debían de haber dejado de funcionar
porque en dicha nube no hay hidrógeno en cantidades apreciables. Ha dicho que,
probablemente, no tendríamos bastante energía para dar otro Salto, y que si
íbamos en busca de hidrógeno acaso tuviéramos que navegar años enteros para
salir de la nube.
El ceño de Viluekis había llegado al nivel de la ferocidad.
—Ese hombre siembra el pánico. ¿Sabes qué…?
—No lo siembra. Me ha dicho que no se lo contara a nadie, porque esto
desataría el pánico, y porque, además, no sucedería. Sólo me lo ha explicado a
mí porque acababa de ocurrírsele y estaba tan excitado por su conjetura que
tenía necesidad de comentarla con alguien; pero luego ha añadido que había una
manera fácil de salir del aprieto y que el fusionista sabría qué hay que hacer;
de modo que no había motivo para inquietarse… Pero como tú eres el fusionista,
me ha parecido que tenía que preguntarte si acierta de verdad en eso que dice
de la nube y si tú has hecho lo que deba hacerse en tales casos.
—Ese maestro de escuela tuyo no sabe nada de nada —sentenció Viluekis—.
No te acerques a él… ¡Eh, oye! ¿Ha dicho cuál es esa manera tan fácil de salir
de la nube?
—No. ¿Debía preguntárselo?
—¡No! ¿Por qué se lo habías de preguntar? Aunque, bien mirado… Está
bien, pregúntaselo. Siento curiosidad por saber qué está pensando el idiota
ése. Pregúntaselo.
Cheryl movió la cabeza en signo afirmativo. —Me será muy fácil. Pero
¿estamos en apuros? Viluekis replicó secamente:
—¿Y si dejaras eso de mi cuenta? No estaremos en apuros hasta que yo
diga que
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lo estamos.
Viluekis continuaba mirando fijamente la cerrada puerta, colérico y
desazonado a la vez, buen rato después de haberse marchado Cheryl. ¿Qué hacía
ese Louis Martand, maestro de escuela de octavo curso, con sus atinadas
suposiciones?
Si resultaba por fin que se hacía necesaria una travesía prolongada,
habría que comunicárselo a los pasajeros con mucho tacto; de lo contrario nadie
saldría con vida. Con el tal Martand diciéndoselo a gritos a todos los que
quisieran escucharle…
Con gesto casi salvaje, Viluekis pulsó la combinación que le pondría en
contacto con el capitán.
Martand era esbelto y de aspecto pulcro. Tenía unos labios que parecían
continuamente a punto de sonreír, aunque el semblante y el porte se
distinguieran por una amable gravedad, una gravedad casi expectante, como si
estuviera esperando siempre que la persona con quien se hallaba fuese a decir
algo importantísimo de veras.
Cheryl le estaba diciendo:
—He hablado con el señor Viluekis… Es el fusionista, ya sabe. Le he
contado lo que había dicho usted.
Martand pareció sobresaltado, y meneó la cabeza.
—¡Me temo que no debió decírselo!
—Parecía disgustado.
—Naturalmente. Los fusionistas son gente muy especial, y no les gusta
que los de fuera del gremio…
—Me he dado cuenta. Pero ha insistido en que no había motivo de alarma.
—Claro que no —aceptó Martand, cogiéndole la mano y dándole unas palmaditas
en ella con gesto consolador, pero reteniéndola dentro de la suya a
pesar de todo—. Ya le dije que hay una manera fácil de salir del apuro. La
estará poniendo en práctica, probablemente. Sin embargo, supongo que podría
transcurrir algún tiempo antes de que se le ocurra.
—Se le ocurra, ¿qué? —y luego, con calor—: ¿cómo no se le habrá ocurrido
a él, si se le ha ocurrido a usted?
—Pero comprenda, mi querida joven, él es un especialista. Los
especialistas se encasillan en su especialidad, y les cuesta muchísimo salir de
ella. En cambio yo no me atrevo a encajonarme en carriles fijos. Cuando hago
una demostración, en clase, la mayoría de las veces tengo que improvisar. No he
visto nunca una escuela que dispusiera de micropilas protónicas; de modo que
cuando salíamos de excursión al campo tenía que improvisar generadores
eléctricos a base de queroseno.
—¿Qué es queroseno? —preguntó Cheryl.
Martand soltó una carcajada. Parecía muy contento.
—¿Ve? La gente olvida. El queroseno es una clase de liquido inflamable.
Una
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fuente de energía más primitiva aún que he tenido que emplear muchas
veces era un fuego de leña, que se inicia por fricción. ¿No ha visto nunca
ninguno? Coges una cerilla…
Cheryl tenía cara de no saber nada, y Martand continuó con aire
indulgente:
—Bueno, no importa. Lo que quería darle a entender es que su amigo el
fusionista habrá de pensar en algo más primitivo que la fusión, y necesitará
algún tiempo para que se le ocurra. En cuanto a mi, estoy acostumbrado a
trabajar con métodos primitivos… Por ejemplo, ¿sabe qué hay ahí fuera? —Con el
gesto señalaba la ventanilla de observación, desde la que no se divisaba nada,
tan absolutamente nada que el saloncito estaba virtualmente despoblado por
falta de vista.
—Una nube; una nube de polvo.
—Ah, pero ¿de qué clase? Lo que hay que encontrar siempre en todas
partes es hidrógeno. Es la materia prima del universo, y las hipernaves
dependen de él. Ninguna nave puede transportar combustible suficiente para
efectuar Saltos repetidos ni para acelerar hasta casi la velocidad de la luz y
retardar de nuevo, repetidamente. Tenemos que recoger el combustible del
espacio.
—¿Sabe usted?, es una cosa que siempre me había dado que pensar. ¡Yo
creía que el espacio estaba vacío!
—Casi vacío, querida, y este «casi» equivale a un festín. Viajando a
ciento cincuenta mil kilómetros por segundo, se puede recoger y comprimir una
respetable cantidad de hidrógeno, aunque sólo haya unos cuantos átomos por
centímetro cúbico. Y unas pequeñas cantidades de hidrógeno, fundiéndose
constantemente, nos proporcionan toda la energía que necesitamos. En las nubes,
el hidrógeno suele estar más denso aún; pero las impurezas que lo acompañan
pueden originar conflictos, como en ésta en que nos hallamos.
—¿Cómo sabe que ésta tiene impurezas?
—¿Por qué otro motivo habría cerrado Viluekis el tubo de fusión? Después
del hidrógeno, los elementos más comunes del universo son el helio, el oxígeno
y el carbono. Si las bombas de fusión han parado, ello significa que hay
escasez de combustible, o sea hidrógeno, y en cambio está presente algo que
perjudicaría todo el complejo sistema de fusión. Este algo no puede ser el
helio, porque es inofensivo. Se trata posiblemente de grupos oxhídrilo, una
combinación de oxigeno e hidrógeno. ¿Comprende?
—Creo que sí —dijo Cheryl—. Tuve ciencia general en el colegio, y parte
de aquellos conocimientos vuelven a mi mente. Ese polvo se compone, en
realidad, de grupos oxhídrilo unidos a granos de polvo sólido.
—O también libres en estado gaseoso. Ni siquiera el oxhídrilo es
demasiado peligroso para el sistema de fusión; pero los compuestos de carbono
si que lo son. Lo más probable es que haya formaldehído; imagino que estará en
la proporción de uno por cada cuatro oxhídrilos. ¿Lo entiende ahora?
—No, no lo entiendo —respondió llanamente Cheryl.
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—Dichos compuestos no se funden. Si los calentamos hasta unos cuantos
centenares de millones de grados se rompen en átomos sencillos y la
concentración de oxigeno y carbono perjudica los aparatos. Pero ¿por qué no
absorberlos a temperaturas ordinarias? Después de la compresión, el oxhídrilo
se combinaría con el formaldehído, en una reacción química que no causaría
ningún daño al sistema. Al menos, estoy seguro de que un buen fusionista podría
modificar el sistema para proceder a una reacción química a la temperatura
ambiente. La energía de la reacción se podría almacenar, y al cabo de un tiempo
habría la suficiente para poder dar un Salto.
Cheryl replicó:
—No lo veo así de ningún modo. Las reacciones químicas apenas producen
energía alguna, comparadas con la fusión.
—Tiene mucha razón, querida. Pero no necesitamos mucha. Cierto que el
Salto anterior nos ha dejado con menos de la necesaria para dar otro
inmediatamente… así lo establecen las normas. Pero apuesto a que su amigo el
fusionista se preocupó de que faltara muy poca, lo menos posible. Los
fusionistas suelen hacerlo así. La poca que falta para llegar a la ignición se
podría recoger a partir de reacciones químicas. Luego, cuando el Salto nos haya
sacado fuera de la nube, una travesía de una semana, aproximadamente, nos
permitirá llenar de nuevo los depósitos, y podremos continuar sin ningún
riesgo. Por supuesto… —Martand enarcó las cejas y se encogió de hombros.
—¿Qué?
—Por supuesto —añadió Martand—, si por algún motivo el señor Viluekis
retrasara el proceso, podríamos vernos en dificultades. Cada día que pasamos
sin dar el Salto gasta energía, debido a la marcha ordinaria de la nave, y
dentro de poco las reacciones químicas ya no bastarán para suministrar la
energía que hace falta para llegar al punto de ignición. Confío que no esperará
demasiado.
—Bueno, ¿y por qué no se lo dice? Ahora mismo.
Martand meneó la cabeza.
—¿Dar indicaciones a un fusionista? Por nada del mundo, querida.
—Entonces, se lo diré yo.
—Oh, no. Con toda seguridad se le ocurrirá sin que se lo diga nadie.
Mire, apostaré con usted, querida mía. Usted le dice exactamente lo que he
dicho yo, y dígale que yo expliqué que ya se le había ocurrido a él y que el
tubo de fusión volvía a funcionar ya. Y, por supuesto, si gano… —Martand
sonreía.
Cheryl sonrió también.
—Veremos —dijo.
Martand la seguía con la mirada, pensativo el semblante, mientras ella
se alejaba a paso vivo; no pensaba exclusivamente en la posible reacción de
Viluekis.
Al maestro de escuela no le sorprendió que un guardia apareciese casi
como por arte de encantamiento y le dijera:
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—Tenga la bondad de acompañarme, señor Martand.
—Gracias por dejarme terminar —contestó éste—. Temí que no me dejaría.
Transcurrieron algo más de seis horas antes de que Martand pudiera ver
al capitán. El castigo, que así lo consideraba él, era, de aislamiento, pero no
demasiado pesado; y el capitán, cuando estuvo en su presencia, parecía cansado
y no particularmente hostil.
Hanson dijo:
—Me han informado de que usted propalaba rumores destinados a originar
pánico entre los pasajeros. Es una acusación grave.
—Hablé con una sola pasajera, señor; y con un propósito concreto.
—Así lo tenemos entendido. Le sometimos a vigilancia inmediatamente, y
tengo un informe bastante completo de la conversación que sostuvo con la
señorita Cheryl Winter. Era la segunda sobre el mismo tema.
—Sí, señor.
—Al parecer usted quería que dicha señorita transmitiera lo esencial de
la conversación al señor Viluekis.
—Así es.
—¿No se le ocurrió ir a ver personalmente al señor Viluekis?
—Dudo que me hubiera escuchado.
—O a mí.
—Usted quizá me hubiera escuchado; pero ¿cómo le habría pasado la
información al señor Viluekis? Usted mismo se habría visto en la necesidad de
utilizar a la señorita Winter. Los fusionistas tienen sus peculiaridades.
El capitán movió la cabeza distraídamente.
—¿Qué esperaba que sucediera cuando la señorita Winter pasase la
información al señor Viluekis?
—Confiaba —respondió Martand— en que Viluekis estaría menos en guardia
ante la señorita Winter que ante ninguna otra persona; que se sentiría menos
amenazado. Confiaba que se echaría a reír y diría que se trataba de una idea
muy simple, que se le había ocurrido ya hacía muchísimo rato, y que, en efecto,
los colectores estaban funcionando ya, a fin de provocar la reacción química. Y
que cuando se librase de la presencia de la señorita Winter pondría los
colectores en marcha y le avisaría a usted de haber tomado semejante medida,
omitiendo toda referencia a la señorita Winter y a mí.
—¿No pensó que acaso rechazara la idea por irrealizable?
—Existía la posibilidad, pero no se ha dado.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque una hora después de haber sido detenido, las luces de la
habitación en que me tenían preso disminuyeron perceptiblemente de intensidad y
no volvieron a
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reanimarse. Entonces supuse que habían reducido todo lo posible el gasto
de energía de la nave, y me dije que Viluekis ponía toda la carne en el asador
con objeto de que la reacción química produjera la energía suficiente para el
encendido.
El capitán arrugó la frente.
—¿Por qué estaba tan seguro de poder manipular al señor Viluekis? Me
figuro que usted no ha tratado nunca con fusionistas, ¿verdad que no?
—Ah, pero soy maestro de octavo grado de primaria, señor. He tratado con
otros niños.
Por un momento, el semblante del capitán continuó en una inmovilidad
pétrea.
Luego, poco a poco se distendió en una sonrisa.
—Usted me es simpático, señor Martand, aunque no le servirá de nada. Por
lo que puedo deducir, los acontecimientos tomaron exactamente el rumbo que
usted esperaba. Pero ¿comprende lo que vino luego?
—Lo comprenderé si usted me lo explica.
—Viluekis tuvo que evaluar la indicación que usted le transmitía y
decidir, inmediatamente, si era práctica. Tuvo que realizar cierto número de
cuidadosas correcciones en el sistema para que pudiera efectuar reacciones
químicas sin perder la posibilidad de dedicarse nuevamente a la fusión. Hubo de
determinar el nivel máximo de reacción que podíamos permitirnos sin correr
peligro; la cantidad de energía almacenada que podíamos ahorrar; el punto en
que podíamos intentar la ignición sin peligro; la clase y naturaleza de Salto
que íbamos a efectuar. Todo esto había que hacerlo rapidísimamente, y no podía
hacerlo nadie sino un fusionista. La verdad es que no todos los fusionistas son
capaces de realizarlo; Viluekis es excepcional hasta como fusionista. ¿Lo comprende?
Perfectamente.
El capitán levantó la vista hacia el reloj de la pared y activó su
mirilla. Al otro lado, sólo negrura, lo mismo que durante la mayor parte de los
dos días últimos.
—El señor Viluekis me ha comunicado en qué momento piensa intentar el
encendido para el Salto. Cree que saldrá bien, y yo confío en su criterio.
—Si se equivoca —comentó sombríamente Martand—, podemos encontrarnos en
la misma situación que antes, pero entonces completamente despojados de
energía.
—Si, me doy cuenta —admitió Hanson—, y como acaso se sienta usted un
tanto responsable por haber metido la idea en la mente del fusionista, he
pensado que quizá le gustaría estar alerta durante los minutos de ansiedad y
expectación que nos esperan.
Ambos hombres guardaban silencio, ahora, observando la pantalla,
mientras transcurrían los segundos, y luego los minutos. Hanson no había
mencionado el límite exacto; por consiguiente Martand no podía adivinar si era
ya inminente, o si había pasado incluso. Sólo podía levantar la vista de vez en
cuando, y por breves momentos, hasta el semblante del capitán, que asumía una
estudiada impasibilidad.
Y en esto se produjo aquel extraño tirón interno, que cesaba casi
inmediatamente,
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parecido a un tic en la pared abdominal. Habían Saltado.
—¡Estrellas! —exclamó Hanson en un susurro de profunda satisfacción. Al
otro lado de la mirilla la negrura se había inflamado con un sinfín de
estrellas. En aquel momento, Martand no recordaba haber contemplado otro cuadro
más hermoso en toda su vida.
—Y al segundo —dijo Hanson—. Magnifico trabajo. Hemos quedado despojados
de energía; pero en el transcurso de una a tres semanas volveremos a estar
saturados, y durante ese tiempo los pasajeros disfrutaran del panorama.
Martand se sentía demasiado débil, de puro alivio, para hablar.
El capitán se volvió hacia él.
—Bueno, señor Martand. Concibió usted una idea excelente. Se podría
argüir que ha salvado a la nave y a todos los que vamos en ella. Se podría
argüir también que, sin duda alguna, Viluekis no habría tardado en descubrir la
solución por si mismo. Pero nadie argüirá nada, porque bajo ningún pretexto ha
de saberse el papel que ha representado usted en esta aventura. El señor
Viluekis hizo la tarea, y la realizó magníficamente bien, como un gran
virtuoso, aun teniendo en cuenta que quizá se la sugiriera usted. Será
ensalzado por ello y recibirá grandes honores. Usted no recibirá nada.
Martand permaneció callado un momento. Luego dijo:
—Lo comprendo. Un fusionista es indispensable, y en cambio yo no cuento
para nada. Si Viluekis se siente herido en su orgullo, aunque sea sólo un
poquito, puede que usted ya no pueda utilizarle, y usted no puede permitirse el
lujo de prescindir de él. En cambio yo…, bueno, que sea como usted quiera.
Buenos días, capitán.
—De ningún modo —dijo el capitán—. No podemos fiarnos de usted.
—No diré nada.
—Acaso se proponga no decir nada; pero puede ocurrir la más inesperado.
No podemos correr el riesgo. Durante el resto del vuelo, estará usted bajo
arresto domiciliario.
Martand arrugó el ceño.
—¿Por qué? Yo le he salvado a usted, y a su condenada nave… y a su
fusionista. —Por eso precisamente. Por habernos salvado. Así marchan las cosas.
—¿Dónde está la justicia?
El capitán meneó la cabeza pausadamente.
—La justicia es un bien bastante raro, lo admito, y a veces demasiado
caro para que nos lo podamos conceder. Usted ni siquiera podrá volver a su
habitación. No verá a nadie en todo lo que queda de viaje.
Martand se frotó una mitad de la barbilla con el indice.
—No lo dirá en sentido literal, sin duda, capitán.
—Me temo que sí.
—Pero… hay otra persona que puede hablar. Por casualidad, y sin
proponérselo.
Convendría que también pusiera a la señorita bajo arresto domiciliario.
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—¿Y doblase la injusticia?
—A la desgracia le gusta la compañía —dijo Martand.
Y el capitán sonrió.
—Quizá tenga razón —dijo.
¡Ay de mí!, también los amigos y colegas vienen y se van. Después de
trasladarme a Nueva York veía con frecuencia a cierto número de escritores a
quienes, estando en Boston, sólo había visto de vez en cuando. Ejemplo de ellos
son Lester del Rey y Robert Silverberg. Pero luego, en 1972, Bob se trasladó a
California, y volví a perderle de vista.
Tuve ocasión de hacer una última cosa por John Campbell, de paso. Harry
Harrison concibió la idea de reunir una antología de cuentos del tipo de los
que John Campbell había hecho famosos y de los autores a quienes había dado
fama. Naturalmente, uno de tales autores era yo, y en marzo de 1972 ofrecí
escribir otro artículo sobre la «tiotimolina».
Había escrito tres durante mi carrera, y habían causado cierto revuelo.
El primero fue Las propiedades endocrónicas de la tiotimolina resublimada, y
apareció en el número de marzo de 1948 de Astounding en circunstancias que
describo en The Early Asimov, donde está incluido el artículo.
El segundo fue Las aplicaciones micropsiquiátricas de la tiotimolina,
que apareció en el número de diciembre de 1953 de Astounding. Junto con el
primero, que he incluido en mi colección Only a Trillion (Abelard-Schuman,
1957).
El tercero fue La tiotimolina y la Era Espacial, que apareció en el
número de setiembre de 1960 de Analog, y luego lo incluyeron en mi libro Opus
100 (Houghton Mifflin, 1969).
Así pues, escribí el cuarto un cuarto de siglo después del primero, y lo
titulé Tiotimolina para las estrellas.
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TIOTIMOLINA PARA LAS ESTRELLAS
—Será el mismo discurso, supongo —decía el alférez Peet con aire
fatigado. —¿Por qué no? —replicó el teniente Prohorov, cerrando los ojos y
arrellanándose
cuidadosamente, de modo que descansaba sobre los riñones—. Hace quince
años que lo pronuncia ante la clase que termina los estudios en la Academia de
Astronáutica.
—Palabra por palabra, apuesto —dijo Peet, que lo había oído el año
anterior, por primera vez.
—Supongo que sí. ¡Qué pelma! ¡Ah, quién tuviera un alfiler para pinchar
la presuntuosidad!
Pero en ese momento entraba la clase, todos uniformados y expectantes,
desfilando seguros, distribuyéndose en filas con precisión, cada uno, fuese
hombre o mujer, yendo a ocupar el asiento que le habían asignado al compás de
un mitigado redoble de tambor, para luego sentarse todos a la vez cuando sonó
un golpe fuerte.
En ese momento entró el almirante Vernon y se dirigió muy tieso hacia el
podio. —¡Promoción del veintidós, bien venidos! Los días de colegio han
terminado. El
verdadero estudio empieza ahora.
»Han aprendido ustedes todo lo que hay que saber sobre la teoría clásica
de los vuelos espaciales. Los han llenado a ustedes hasta rebosar de
astrofísica y mecánica relativista celeste. Pero no les han hablado de la
tiotimolina. Aun así, habrá muchos puestos que podrán ocupar todavía en el
mundo astronáutico. Sin embargo, el de piloto quedará excluido.
»Voy a iniciarles en esta materia en este día, el de su licenciatura,
con la única conferencia que les darán sobre el tema. Después de esta primera
lección, las experiencias con la tiotimolina deberán hacerlas en vuelo, y
pronto descubriremos si tienen talento para manipularla.
El almirante hizo una pausa, y pareció ir mirando cara por cara como si
tratase de descubrir el talento inicial que poseyera cada uno. Luego estalló:
—¡Tiotimolina! Mencionada por primera vez en 1948 por Azimuth, o, quizá,
Asymptota, personaje que es muy probable no haya existido jamás. No queda
ningún ejemplar del artículo original que se supone escribió, sino unas vagas
referencias al mismo, ninguna de ellas anterior al siglo XXI.
»El estudio en serio empezó con Almirante, quien o descubrió la
tiotimolina o la redescubrió, si hemos de aceptar la leyenda de
Azimuth-Asymptota. Almirante elaboró la teoría del impedimento hiperestésico y
demostró que la molécula de tiotimolina está tan distorsionada que un extremo
se ve obligado a extenderse a través de la dimensión temporal hacia el pasado,
y el otro hacia el futuro.
»A causa de la extensión hacia el futuro, la tiotimolina puede
interactuar con un acontecimiento no producido todavía. Por ejemplo, para citar
uno clásico, puede disolverse en agua un segundo antes, aproximadamente, de que
se le haya añadido el
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agua.
»Por supuesto, la tiotimolina es un compuesto muy simple, relativamente
hablando. Posee, realmente, la molécula más sencilla capaz de presentar
propiedades endocrónicas, es decir, la doble extensión pasado-futuro. Al paso
que esta propiedad hace posibles ciertos aparatos únicos, las verdaderas
aplicaciones de la endocronicidad tuvieron que esperar que se formasen
moléculas más complicadas; polímeros que combinaban la endocronicidad con una
estructura firme.
»Pellagrini fue el primero en formar resinas y plásticos endocrónicos,
y, veinte años más tarde, Cudahy descubrió la técnica para unir plásticos
endocrónicos a metales. Entonces hubo la posibilidad de construir objetos
endocrónicos grandes: naves espaciales completas, por ejemplo.
»Consideremos ahora qué pasa cuando una estructura endocrónica tiene
grandes dimensiones. Lo describiré cualitativamente tan sólo; no se necesita
más. Los teóricos lo han elaborado todo matemáticamente; pero yo todavía no he
conocido a ninguno que supiera pilotar una nave estelar.
»La diminuta molécula de la tiotimolina es extraordinariamente sensible
a los estados probabilísticos del futuro. Si uno está seguro de que añadirá el
agua, se disolverá antes de que el agua sea añadida. Si queda en su mente la
más leve duda de si la añadirá o no, la tiotimolina no se disolverá hasta que
el agua sea añadida real y efectivamente.
»Cuanto mayor es la molécula poseedora de endocronicidad, menos sensible
a la presencia de la duda. Se disolverá, se hinchará, cambiará de propiedades
eléctricas, o interactuará de alguna manera con el agua, aun en el caso de que
uno esté casi seguro de que no le añadirá el agua. Mas ¿qué pasa entonces si
uno no añade realmente el agua? La respuesta es muy sencilla. La estructura
endocrónica se internará por el futuro en busca del agua; y si no la encuentra,
seguirá internándose por el futuro.
»El efecto es muy similar al del asno que persigue una zanahoria atada a
un palo colgada a medio metro de su hocico; salvo que la estructura endocrónica
no es tan lista como el asno, y no se cansa nunca.
»Si una nave es endocrónica toda entera —es decir, si los grupos
endocrónicos se han fijado al casco a intervalos cortos— es fácil montar un
artefacto para suministrar agua a los puntos clave de la estructura, pero
arreglando dicho artefacto de tal modo que aunque siempre parezca a punto de
suministrar el agua, nunca la suministre en realidad.
»En este caso, los grupos endocrónicos corren adelante por el tiempo,
arrastrando consigo al resto de la nave, incluidos los objetos que contenga y
la tripulación.
»Naturalmente, no hay conceptos absolutos. La nave se mueve adelante por
el tiempo con respecto al universo; lo cual equivale exactamente a decir que el
universo se mueve hacia atrás en el tiempo con respecto a la nave. La velocidad
a que se mueve adelante la nave, o se mueve hacia atrás el universo, se puede
regular con gran exactitud modificando del modo oportuno el mecanismo para
añadir agua. La manera
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adecuada de proceder a esta modificación se puede enseñar, en cierto
modo; pero sólo la podrá aplicar quien posea un talento innato. He ahí lo que
vamos a averiguar en ustedes: si poseen dicho talento.
Nuevamente hizo una pausa para examinarlos con la mirada. Luego
continuó, en medio de un silencio total:
—Pero ¿De qué sirve todo ello? Consideremos los vuelos estelares y
repasemos algunas cosas que aprendieron ustedes durante sus estudios.
»Las estrellas están a distancias increíbles, y el viajar de una a otra,
considerando el límite que impone la luz a las velocidades, exige años, siglos,
milenios. Una manera de resolverlo consiste en montar una nave enorme con una
ecología cerrada; un universo diminuto, encerrado en si mismo. Un grupo de
personas partirá con él, y de este modo la décima generación de sus
descendientes llegará a una estrella lejana. Ningún hombre hace el viaje
entero, pues aún en el caso de que la nave regrese al punto de partida, habrán
transcurrido varios siglos.
—Para que la tripulación original llegara a las estrellas, habría que
emplear técnicas de hibernación que los tuvieran en animación suspendida
durante casi todo el viaje. Pero la hibernación es un procedimiento muy
inseguro, y aun en el caso de que la tripulación sobreviviera y regresase, se
encontraría con que en la Tierra habrían transcurrido varios siglos.
—Para que la tripulación original llegara a las estrellas durante su
vida natural, sin hibernarla, sólo sería necesario acelerar la velocidad hasta
aproximarse a la de la luz. El tiempo subjetivo se retarda, y a la tripulación
le parecerá que sólo ha invertido unos meses en el viaje. Pero el tiempo viaja
al ritmo normal para el resto del universo, de modo que cuando la tripulación
regresara se encontraría con que, aun cuando ellos no hayan envejecido ni
recogido experiencias sino como si sólo hubieran sido dos meses, quizá, para la
Tierra habrán transcurrido muchos siglos.
»En todos los casos, los viajes estelares implicarán una enorme duración
de tiempo en la Tierra, aunque no para la tripulación. Si se regresa a la
Tierra, se regresará siempre muy lejos en el futuro de la Tierra, lo cual
significa que el viaje interestelar no es psicológicamente práctico.
»Pero… Pero, graduados… —Fijó en ellos una mirada penetrante y añadió en
voz baja, tensa—: Si utilizamos una nave endocrónica, podemos sincronizar
exactamente el efecto “dilatación del tiempo” con el efecto endocrónico.
Mientras la nave viaja por el espacio a velocidades enormes y sufre un enorme
retraso en ritmo de tiempo percibido, el efecto endocrónico mueve al universo
para atrás en el tiempo con respecto a la nave. Compensando adecuadamente,
cuando la nave regrese a la Tierra y sus tripulantes hayan notado dos meses,
digamos, de duración del viaje, el universo entero habrá experimentado
igualmente sólo el paso de dos meses. De este modo, la navegación interestelar
se convierte en una cosa práctica.
»Aunque sólo si se la trata con mucho cuidado.
»Si el efecto endocrónico se retrasa un poco con respecto al de
“dilatación del
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tiempo”, la nave regresará al cabo de dos meses para encontrar una
Tierra cuatro meses más anciana. Quizá no sea mucho, y quizá ustedes piensen
que ha de poder resistirse muy bien; pero no es cierto. Los miembros de la
tripulación se encontrarían desfasados. Encontrarían que todo lo que les
rodease habría envejecido dos meses con respecto a ellos. Peor todavía la
población en general pensaría que los miembros de la tripulación tienen dos
meses menos de lo que les corresponde. Lo cual crearía resentimiento y
malestar.
»Del mismo modo, si el efecto endocrónico se acelera un poco en relación
al de “dilatación del tiempo”, la nave puede regresar al cabo de dos meses para
encontrarse con que para la Tierra no ha pasado el tiempo. La nave retorna en
el mismo momento en que se está elevando por el firmamento. El resentimiento y
el malestar se producirían también en este caso.
»No, graduados, ningún vuelo interestelar se considerará satisfactorio,
en esta flota estelar, a menos que el tiempo transcurrido para la tripulación y
el transcurrido para la Tierra concuerden minuto a minuto. Una desviación de
sesenta segundos se considerará una tarea mal hecha, y no significará mérito
alguno para el que la haya realizado. Una desviación de ciento veinte segundos
no se admitirá siquiera.
»Conozco las preguntas que cruzan por sus mentes. También cruzaron por
la mía cuando me licencié. ¿Es que en la nave endocrónica no tenemos el
equivalente de una máquina de tiempo? ¿Acaso no podemos mediante una apropiada
adaptación del mecanismo endocrónico, adentrarnos deliberadamente un siglo en
el futuro, realizar nuestras observaciones, y luego retroceder un siglo en el
pasado para regresar finalmente al punto de partida? ¿O adelantar y atrasar mil
años, o mil millones? O viceversa, ¿no podemos adentrarnos todo un siglo en el
pasado y luego adelantar hacia el futuro hasta el punto de partida? ¿No
podríamos ser testigos del nacimiento de la Tierra, de la evolución de la vida,
de la defunción del Sol?
»Graduados, los percherones matemáticos nos dicen que esto crea
paradojas y requiere demasiada energía para que resulte práctico. Pero yo les
digo a ustedes: ¡Al diablo las paradojas! No podemos hacerlo por una muy simple
razón. Las propiedades endocrónicas son inestables. Las moléculas que se
embolsan en la dimensión temporal son altamente sensibles. Efectos
relativamente pequeños provocan en ellas cambios que permiten retrocesos de los
embolsamientos. Y aunque no hubiera ningún efecto, las vibraciones accidentales
producen cambios que a su vez provocan tales retrocesos.
»En resumen, una nave endocrónica se vuelve lentamente isocrónica y se
convierte en materia ordinaria sin extensión temporal. La tecnología moderna ha
reducido enormemente el ritmo de desembolsamiento, y es posible que todavía lo
reduzca más; pero la teoría nos dice que, hagamos lo que hagamos, nunca
llegaremos a crear una molécula endocrónica realmente estable.
»Esto significa que la nave estelar tiene una vida limitada, como tal.
Debe regresar a la Tierra mientras conserva la endocronicidad, cualidad que hay
que
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restaurarle antes del viaje siguiente.
»Pues bien, ¿qué ocurre si uno regresa fuera de tiempo? Si no se está
muy cerca del momento debido, uno no sabrá con certeza si la tecnología se
habrá desarrollado lo suficiente para que pueda reendocronizar su nave. Quizá
esté de suerte si se encuentra en el futuro; pero será, con toda seguridad, muy
desafortunado si se halla en el pasado. Si, por desidia, o simplemente por
falta de talento, retroceden un tiempo considerable en el pasado, no cabe duda
de que quedarán atascados allá, porque no habrá manera de que nadie trate su
nave de forma que la traiga de nuevo a una época que, para ustedes, entonces,
será el futuro.
»Y quiero que tengan bien en cuenta, graduados —aquí se golpeó una mano
con la otra, como para dar mayor énfasis a sus palabras—, que no hay ninguna
época en el pasado con bastante atractivo como para que a un oficial astronauta
civilizado le guste pasar la vida en ella. Sería posible que uno de ustedes
quedara encallado, por ejemplo, en la Francia del siglo VI, o, peor todavía, en
la América del siglo XX.
»Rechacen, pues, la tentación de experimentar con el tiempo.
»Pasemos ahora a otro punto al que es posible que se haya aludido, y
nada más, durante sus días de estudio oficial, pero que, en cambio, tendrán que
conocer en la realidad.
»Quizá se pregunten cómo es posible que un numero relativamente pequeño
de lazos endocrónicos entre la materia, que es abrumadoramente isocrónica,
puedan arrastrarla toda consigo. ¿Por qué un solo enlace endocrónico que se
precipite hacia el agua ha de arrastrar un trillón de átomos con enlaces
isocrónicos? Nos parece que esto no debería ocurrir; pero lo vemos así por la
experiencia sobre la inercia que hemos reunido durante nuestra vida.
»Sin embargo, los movimientos hacia el pasado y hacia el futuro carecen
de inercia. Si una parte de un objeto se mueve hacia el pasado o hacia el
futuro, el resto del objeto la sigue, y a la misma velocidad. No existe ningún
“factor masa”. Por ello le resulta tan fácil al universo entero retroceder en
el tiempo como a la sola nave avanzar… y a la misma marcha.
»Pero aún hay más. El efecto de “dilatación del tiempo” es el resultado
de la aceleración de ustedes con respecto al universo en general. Lo
aprendieron así en los primeros cursos, cuando abordaron la física relativista
elemental. Forma parte del efecto inercial de la aceleración.
»Pero utilizando el efecto endocrónico, eliminamos el efecto de
“dilatación del tiempo”. Y si eliminamos este efecto, estamos eliminando, por
así decirlo, aquello que lo produce. En resumen, cuando el efecto endocrónico
equilibra exactamente el de dilatación del tiempo, se anula el efecto inercial
de la aceleración.
»Pero no se puede anular un efecto inercial sin anularlos todos. Por
ello la inercia queda anulada total y completamente y uno puede acelerar al
ritmo que quiera sin siquiera darse cuenta. Una vez perfectamente sincronizado
el efecto endocrónico, uno puede acelerar desde la posición de reposo con
respecto a la Tierra hasta una
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velocidad de trescientos mil kilómetros por segundo aproximadamente,
también respecto a la Tierra, en un intervalo que puede oscilar entre unas
horas y unos minutos. Cuanto más talento y habilidad posean ustedes para
manejar el efecto endocrónico, más rápidamente podrán acelerar.
»Ahora lo están experimentando, caballeros. A ustedes les parece que
están sentados en un salón de actos de la superficie de la Tierra, y estoy
seguro de que ninguno de ustedes ha tenido motivo ni ocasión para dudar de la
verdad de dicha impresión. A pesar de lo cual es totalmente falsa.
»Se encuentran en un salón de actos, es cierto, pero no en la superficie
del planeta Tierra; ya no. Ustedes… yo… todos nosotros… nos hallamos en una
gran nave estelar que ha despegado en el preciso momento que yo empezaba este
discurso y ha acelerado a un ritmo enorme. Mientras yo iba hablando hemos
llegado a la periferia del sistema solar, y ahora regresamos.
»Ninguno de ustedes ha experimentado en ningún momento la sensación de
que acelerásemos, ni por cambios de velocidad ni por cambios de dirección, y,
por consiguiente, todos han presumido que continuaban en reposo con respecto a
la superficie de la Tierra.
»De ningún modo, graduados. Han estado fuera, en el espacio, todo el
rato que yo estuve hablando y, según mis cálculos, han pasado a unos tres
millones doscientos mil kilómetros del planeta Saturno. Dentro de unos momentos
volveremos a encontrarnos de regreso en la superficie de la Tierra. Como
delicadeza especial, nos posaremos en el Puerto de las Naciones Unidas de
Lincoln, Nebraska, y todos ustedes podrán disfrutar de las diversiones que les
brinde la metrópolis durante el fin de semana.
»De paso, el mero hecho de que no hayamos notado ningunos efectos
inerciales manifiesta lo bien que se ha correspondido el efecto endocrónico con
el de dilatación del tiempo. Si hubiese habido alguna discordancia, aun
pequeñísima, entre ambos, habrían sentido ustedes los efectos de la
aceleración… y ése es otro motivo para no realizar experiencias con el tiempo.
»Recuérdenlo, graduados, una discordancia de sesenta segundos representa
una notable torpeza, y una de ciento veinte segundos resulta inaceptable. Ahora
estamos a punto de aterrizar. Teniente Prohorov, ¿quiere encargarse de los
mandos en el cuarto de derrota y supervisar el aterrizaje?
Prohorov respondió vivamente:
—Sí, señor —y subió por la escalerilla del fondo del salón de actos,
donde había estado sentado hasta entonces.
El almirante Vernon sonreía.
—Continúen todos en sus asientos. Nos hallamos en la trayectoria exacta.
Mis naves se hallan siempre en la trayectoria exacta.
Pero en esto Prohorov volvió a bajar y echó a correr por el pasillo
central en dirección al almirante. Al llegar junto a él, le habló en un
susurro:
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—Almirante, si esto es Lincoln, en Nebraska, aquí sucede algo anormal.
Yo no veo más que indios, hordas de indios. ¿Indios en Nebraska, en la
actualidad, almirante?
El almirante Vernon palideció, y en su garganta se produjo un sonido
cascado. El hombre se encogió y se derrumbó, mientras los alumnos que se iban a
graduar se ponían en pie indecisos. El alférez Peet había subido a la tribuna
detrás de Prohorov, había cogido al vuelo sus palabras y ahora permanecía allí
como fulminado.
Prohorov levantó los brazos.
—Todo marcha bien, damas y caballeros. Tómenlo con calma. El almirante
ha sufrido un ataque momentáneo de vértigo, nada más. Suele ocurrirles, en los
aterrizajes, a la personas de cierta edad.
Peet susurró con voz ronca:
—¡Pero estamos atascados en el pasado, Prohorov!
Prohorov enarcó las cejas.
—Claro que no. No has notado ningún efecto inercial, ¿verdad? No podemos
llevar ni una hora de diferencia. Si el almirante tuviera el cerebro que
corresponde a su uniforme, también se habría dado cuenta. ¡Si acababa de
decirlo, por amor de Dios!
—Entonces, ¿por qué has dicho tú que ocurría algo anormal? ¿Cómo has
dicho que ahí fuera hay indios?
—Porque ocurría, realmente, y porque los hay. Cuando el almirante Bobo
recobre el conocimiento no podrá reprenderme. No hemos aterrizado en Lincoln,
Nebraska, de manera que realmente ha ocurrido algo anormal. En cuanto a los
indios…, si he leído bien los signos de tráfico, hemos descendido en las
afueras de Calcuta.
La antología de Harry Harrison, en la que apareció Tiotimolina para las
estrellas, se tituló sencillamente Astounding. Harry se proponía que fuese el
último número de la citada revista. No Analog, sino Astounding.
No es que Analog tenga nada malo; pero nosotros, los veteranos,
comprendemos que ningún nombre nuevo podrá sustituir el de Astounding en
nuestros corazones.
En la primavera de 1973, The Saturday Evening Post, que había reimpreso
un par de relatos cortos míos, me pidió que escribiera uno original para ellos.
El 3 de mayo de 1973, mecido en alas de la inspiración, escribí Versos
luminosos en una sola y rápida sesión de máquina, y cuando preparé la redacción
definitiva no tuve que cambiar prácticamente nada. El cuento apareció en el
número de setiembre-octubre
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de 1973 de The Saturday Evening Post.
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VERSOS LUMINOSOS
De todas las personas del mundo, la última a quien nadie habría creído
capaz de cometer un asesinato era la señora Avis Lardner. Viuda del gran
astronauta mártir, era filántropa, coleccionista de arte, anfitriona
extraordinaria y, todo el mundo estaba de acuerdo en ello, artista genial. Pero
sobre todo era el ser humano más dulce y bondadoso que se pudiera imaginar.
Como todos recordamos, su marido, William J. Lardner, murió por efecto
de la radiación de una erupción solar, después de haberse quedado
deliberadamente en el espacio para que una nave de viajeros pudiera llegar sin
contratiempo a la Estación Espacial 5.
La hazaña de su difunto esposo le había valido a la señora Lardner una
generosa pensión, que ella invirtió con acierto y prudencia. Ya en plena edad
madura, era una mujer rica.
Su casa era una vitrina, un verdadero museo, que sólo contenía
colecciones extremadamente selectas de objetos extraordinariamente hermosos,
adornados con joyas. Procedentes de una docena de culturas distintas, había
conseguido reliquias de casi todos los artefactos imaginables que se pudieran
incrustar de joyas y destinar al servicio de la aristocracia de la cultura en
cuestión. Poseía uno de los primeros relojes de pulsera recamados de joyas
fabricados en América, un puñal enjoyado de Camboya, unas gafas incrustadas de
joyas de Italia, y un largo etcétera, casi interminable.
Todo estaba a la vista para que lo inspeccionara quien quisiese. Los
objetos no estaban asegurados, ni había medidas especiales de seguridad. No se
precisaba ninguna de las precauciones habituales, porque la señora Lardner
tenía un elevado número de robots, y se podía confiar plenamente en que cada
uno de ellos guardaría aquellos objetos con imperturbable concentración,
honradez irreprochable y eficiencia inquebrantable.
Todo el mundo conocía la existencia de tales robots, y no se tiene
noticia de ningún intento de robo.
Luego, por supuesto, venían sus «esculturas de luz». Ninguno de los
invitados a sus muchas fiestas y recepciones podía imaginar cómo hubiera
descubierto la señora Lardner su genio para el arte. En todas las ocasiones,
sin embargo, en que su casa abría las puertas de par en par para recibir
invitados, brillaba por las habitaciones una nueva sinfonía de luz; curvas
tridimensionales y sólidos de colores diluidos, unos puros y otros fundiéndose
en pasmosos efectos cristalinos que llenaban de admiración a los invitados y,
fuese como fuere, siempre modificándose de forma que el cabello, blanco
azulado, de la señora Lardner y su rostro, sin arrugas, adquiriese una dulce
belleza.
Los invitados venían por las «esculturas de luz» más que por ninguna
otra cosa. Nunca se vio dos veces la misma, ni apareció nunca ninguna que no
explorase nuevos
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caminos experimentales del arte. Muchas personas podían tener consolas
de luz por diversión; pero ninguna podía aproximarse siquiera a la pericia de
la señora Lardner. Ni aún aquellos que se consideraban artistas profesionales.
La misma señora Lardner hacía gala de una deliciosa modestia sobre este
asunto. —No, no —solía decir cuando alguien se derretía en lirismos—. Yo no lo
llamaría «poesía de luz». Eso es demasiado generoso. Todo lo más diría que son
light verse. —Y todo el mundo celebraba con una sonrisa el fino ingenio
encerrado en la conjunción de estas dos palabras que generalmente significarían
«versos ligeros»,
pero que también podían significar «versos luminosos».
Aunque se lo pedían con gran frecuencia, nunca quería crear «esculturas
de luz», sino en las fiestas que daba en su casa.
—Lo otro sería comercializar el arte —decía.
Sin embargo, no tenía inconveniente en preparar complicados hologramas
de sus esculturas a fin de hacerlas perdurables y de que se pudieran reproducir
en los museos de arte de todo el universo. Tampoco cobraba nada por el uso que
se pudiera hacer, fuera cual fuese, de sus esculturas de luz.
—No podría pedir ni un céntimo —decía, abriendo los brazos de par en
par—. Están a disposición de todos, gratis. Al fin y al cabo, a mí luego no me
sirven de nada. —¡Era cierto! Nunca utilizaba dos veces una misma escultura de
luz.
Cuando se tomaban los hologramas, solía colaborar personalmente.
Observando con ojo benigno cada uno de los pasos, estaba siempre a punto para
ordenar a sus criados robots que ayudaran.
—Por favor, Courtney —solía decir—, ¿tendría la bondad de disponer
convenientemente la gradilla?
Era su estilo. Siempre se dirigía a sus robots con la más depurada
cortesía.
En una ocasión, años atrás, un funcionario del gobierno de la Oficina de
Robots y Hombres Mecánicos casi la regañó.
—No puede hacerse así —le dijo muy serio—. La eficiencia de esas
máquinas sale perjudicada. Han sido construidas para obedecer órdenes, y cuanto
más claramente se les den las órdenes, con mayor eficacia las cumplirán. Si se
les pide algo con alambicada cortesía, les cuesta comprender que se trate de
una orden, y reaccionan más despacio.
Pero la señora Lardner levantó su aristocrática cabeza y dijo:
—Yo no pido ni rapidez ni eficiencia. Pido buena voluntad. Mis robots me
adoran.
El funcionario del gobierno le habría podido explicar que los robots no
pueden amar ni adorar; pero quedó cohibido bajo la mirada ofendida, aunque
dulce, de la dama.
Era bien sabido que la señora Lardner jamás devolvió un robot a la
fábrica para que se lo repasasen. Los cerebros positrónicos que llevan estos
aparatos son complicadísimos, y en un caso de cada diez, aproximadamente, no
están
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perfectamente ajustados cuando salen de la fábrica. A veces el defecto
no se nota hasta al cabo de un tiempo; pero siempre que se note, la razón
social «U. S. Robots & Mechanical Men, Inc.» los repara gratuitamente.
La señora Lardner movía la cabeza negativamente.
—Cuando un robot está ya en mi casa —decía—, y cumple con sus
obligaciones, las pequeñas excentricidades que tenga se le toleran. No quiero
que se les trate desconsideradamente.
Lo peor que se podía hacer era probar de explicarle que un robot no era
más que una máquina. En tales casos, replicaba muy secamente:
—Ningún ser tan inteligente como un robot puede ser solamente una
máquina. Yo los trato como a personas.
¡Y no había más que hablar!
Conservaba incluso a Max, a pesar de que estaba casi inservible. Apenas
entendía lo que le ordenaban. Pero la señora Lardner negaba con denuedo tal
afirmación.
—De ningún modo —decía con voz firme—. Coge sombreros y abrigos y los
almacena perfectamente. Me sostiene objetos. Sabe hacer muchas cosas.
—Pero ¿por qué no lo haces reparar? —le preguntó un día un amigo.
—Ah, no podría. Él es así. Y es un encanto, ¿sabes? Al fin y al cabo, un
cerebro positrónico es tan complejo que nadie puede asegurar en qué anda fuera
de quicio, exactamente. Si hicieran a Max perfectamente normal, no habría
manera de devolverle el encanto que ahora posee. No, no renunciaré a semejante
hechizo.
—Pero si no está bien centrado —decía el amigo, mirando nervioso al
robot—, ¿no podría resultar peligroso?
—Jamás —negó la señora Lardner con una carcajada—. Hace años que lo
tengo.
Es completamente inofensivo y una auténtica preciosidad.
Lo cierto era que Max tenía la misma figura que los otros robots: lisa,
metálica, vagamente humana, pero inexpresiva.
No obstante, para la dulce señora Lardner, todos eran personas, todos
eran un encanto, todos eran adorables. Ella tenía este carácter, esta
personalidad.
¿Cómo pudo perpetrar un asesinato?
La última persona del mundo que uno habría creído pudiera morir
asesinada era John Semper Travis. Introvertido y amable, vivía en este mundo,
pero no pertenecía a él. Poseía una mente con esa gracia especial para las
matemáticas que le permitía deshacer la complicada urdimbre de la miríada de
sendas positrónicas de la mente de un robot.
Era ingeniero jefe de «U. S. Robots & Mechanical Men, Inc.»
Y era además aficionado entusiasta a las «esculturas de luz». Había
escrito un libro sobre el tema, tratando de demostrar que la clase de
matemáticas que empleaba al elaborar sendas cerebrales positrónicas se podían
transformar en guías para la
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producción de esculturas de luz estéticas.
Sin embargo, el intento de pasar de la teoría a la práctica resultó un
lamentable fracaso. Las esculturas que producía siguiendo sus principios
matemáticos salían pesadas, mecánicas, nada interesantes.
Era el único motivo de pena que podía encontrarse en su sosegada
existencia, introvertida, segura; y sin embargo, era motivo bastante para que
se sintiera muy desdichado. Sabía que sus teorías eran ciertas, y sin embargo,
no lograba ponerlas en práctica. Si pudiera producir al menos una gran muestra
de escultura de luz…
Naturalmente conocía las de la señora Lardner. Todo el mundo la aplaudía
como a un genio, y sin embargo, Travis sabía que era incapaz de comprender
hasta los aspectos más sencillos de las matemáticas robóticas. Había sostenido
correspondencia con ella; pero la señora Lardner se había negado siempre a
explicar qué métodos seguía, y él llegó a preguntarse si seguía alguno
realmente. ¿No podía tratarse de simple intuición…? Pero hasta la intuición se
podía reducir a fórmulas matemáticas. Por fin logró que le invitase a una de
las fiestas que daba. Sencillamente, tenía que ver a aquella mujer.
Travis llegó más bien tarde. Había llevado a cabo una última tentativa
por realizar una escultura de luz y había fracasado lamentablemente.
Travis saludó a la señora Lardner con una especie de respeto maravillado
y dijo:
—El robot que me ha cogido el sombrero y el abrigo era muy singular.
—Ése es Max —dijo la señora Lardner.
—Está muy mal acoplado y es un modelo bastante antiguo. ¿Cómo es que no
lo devolvió a la fábrica?
—Oh, no —exclamó la señora Lardner—. Sería demasiada molestia.
—Ninguna en absoluto, señora Lardner —replicó Travis—. Le maravillaría
la sencillez con que harían la tarea. Pero como yo pertenezco a «U. S. Robots»
me he tomado la libertad de repasarlo. Lo hice en un momento, y usted verá que
ahora está en perfectas condiciones de funcionamiento.
En el semblante de la señora Lardner se produjo un cambio extraño. El
furor halló sitio en él, por primera vez en su dulce vida, y fue como si los
rasgos fisonómicos no supieran como debían ordenarse.
—¿Lo ha repasado? —gritó en un alarido—. ¡Si era él quien creaba mis
esculturas de luz! Era el mal acoplamiento, que ya no se podrá reproducir nunca
más, lo que…, lo que…
Fue realmente una desgracia que hubiera estado mostrando, hacía unos
instantes, su colección, y que el puñal incrustado de joyas de Camboya se
hallara sobre la mesita de mármol, delante de ella.
También Travis tenía el semblante terriblemente alterado.
—¿Quiere decir que si yo hubiera estudiado sus pistas cerebrales,
afectadas de un
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mal acoplamiento singular, único, habría podido aprender…?
La señora Lardner se abalanzó con un impulso demasiado repentino para
que nadie pudiera contenerla, y el hombre no intentó siquiera esquivar el
golpe. Algunos dijeron que hasta fue a su encuentro… como si quisiera morir.
Al enviar el cuento a The Saturday Evening Post tenía un enorme interés
por poner bien en claro que no les enviaba un cuento viejo. Y expliqué con
cierto énfasis que lo había escrito ese mismo día.
Al hacerlo así olvidaba el prejuicio que tienen muchas personas contra
todo cuento que haya sido escrito muy aprisa. Existe la leyenda de que un buen
cuento hay que escribirlo y volverlo a escribir, y que cada dolorido,
atormentado párrafo ha de haber costado días y días de sufrimientos. Yo creo
que los escritores hacen circular este bordado paño de lágrimas para atraerse
las simpatías del público.
Sea como fuere, yo no escribo despacio pero los editores que no me han
tratado mucho no lo saben. Por ello recibí una carta de la redacción del Post
cantando las alabanzas del cuento y expresando el mayor asombro ante el hecho
de que hubiera podido escribirlo en un solo día. Guardé silencio; no dije nada.
Sin embargo, a ustedes puedo decírselo; porque ustedes son amigos míos.
Desde el momento en que me senté ante la máquina de escribir hasta el momento
en que eché el sobre al buzón no pasó un día. Pasaron dos horas y media
solamente. Pero no se lo digan a los del Post.
Bueno, ¿qué falta, pues, para ponerles al corriente a ustedes?
Verán, el 30 de noviembre de 1973 me casé por segunda vez. Mi esposa es
Janet Jeppson. Es psiquiatra, escritora y una mujer maravillosa, en orden
creciente de importancia. Ha publicado una novela de ciencia ficción original,
The second experiment (Houghton Mifflin, 1974), y recibió el aviso definitivo
de que se la aceptaban el 30 de noviembre de 1973, media hora después de
habernos casado. Fue un gran día.
Por mi parte, me gustaría que su carrera le dejara algo más de tiempo
para escribir. Entonces quizá un día pudiéramos publicar una colección de
«marido y mujer».
Notas
[1] Literariamente, se
entiende. <<
[2] Asimov Selección 1, 2 y
3. <<
[3] Misbegotten Missionary
(Misionero bastardo), que encontrarán en mi libro Nightfall and Other Stories
(Doubleday, 1969) bajo el título que le había puesto yo, Green Patches.
<<
[4] Al cabo de un tiempo
escribí acerca de algunas experiencias vividas en la redacción de libros de
texto en mi artículo “The Sound of Panting”, que apareció en el número de junio
de 1955 de Astounding y fue incluido en mi libro Only a trillion (Abelard-Schuman,
1957). <<
[5] Actualmente, un cuarto
de siglo después de haber escrito yo El día de los cazadores, el suicidio de la
humanidad parece más probable que nunca, aunque por motivos distintos. <<
[6] Fundación, Fundación e
Imperio, Segunda Fundación. <<
[7] La Gnome Press no hizo
buen negocio con estos libros, ni con Foundation and Empire y Second Foundation,
que publicaron en 1951 y 1952, respectivamente. Por ello, y con gran alivio por
mi parte, la Doubleday, interpretando el papel de caballero andante en mi
favor, presionó en 1962 a la Gnome Press para que le cediera los mencionados
libros. En lo sucesivo los administraron ellos y lograron ganar, y siguen
ganando todavía, cantidades muy respetables de dinero para ellos y también para
mi.
[8] Esto condujo, de una
manera muy indirecta, a que yo escribiera un cuento titulado Playboy and the
Slime God, que apareció en el número de marzo de 1961 de Amazing Stories y fue
incluido entonces en mi colección Nightfall and other Stories bajo el título,
mucho más acertado, de What is This Thing Called Love? (¿Qué es eso que llamas
amor?) <<
[9] Una vez le pregunté a
una chica llamada Dawn si había utilizado alguna vez una de esas básculas en
las que se mete una moneda, durante un viaje a Florida del que me estaba
hablando. Ella respondió: “No. ¿por qué?” Yo le respondí que existía una
canción sobre el hecho que le había mencionado. Ella replicó: “¿De qué diablos
está hablando?” Yo contesté: “¿No ha oído nunca Weig (Pesa) Dawn Upon the
Swanee River?”, y ella me persiguió a lo largo de cinco manzanas de casas,
antes de que pudiera yo poner tierra de por medio. <<
[10] Juego de palabras
intraducible: en inglés, shaggy dog significa “perro peludo”. <<
[11] Esto no debe parecer
extraño. En realidad me llevaba bien con casi todo el mundo. <<
[12] Debo insistir una vez
más en que nunca trabajé en la ciencia ficción durante las horas de clase.
<<
[13] Estrellas azules muy
calientes. <<
[14] Buy Jupiter, “compre
Júpiter”, se pronuncia en inglés igual que by Jupiter, “por Júpiter”, conocida
exclamación. <<
[15] En inglés, Rain, Rain,
Go Away que es el comienzo de una tonadilla infantil para alejar la lluvia.
<<
[16] Mientras fui solamente
escritor de ciencia ficción necesité pocos libros de consulta y podía escribir
en cualquier parte. Uno de los aspectos menos agradables de mi paso a la
no-ficción fue el de que poco a poco fui acumulando una enorme biblioteca de libros
de consulta, que me tiene clavado al suelo. <<
[17] Quizá le sorprenda a
usted que no explique la complicada serie de circunstancias, dado lo parlanchín
que soy; pero Bob considera que mi versión tiene un carácter más bien ofensivo;
de modo que será mejor que lo dejemos. <<
[18] Los propios dioses,
Libro Amigo, núm. 262. <<

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