© Libro N° 8906. Comportamiento Íntimo. Morris, Desmond. Emancipación. Julio 31 de 2021.
Título original: ©
Comportamiento Íntimo. Desmond Morris
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Desmond Morris
Comportamiento Íntimo
Desmond Morris
COMPORTAMIENTO ÍNTIMO
Desmond Morris
Titulo original:
INTIMATE BEHAVIOUR
Traducción de
JOSE Mª M. PARICIO
© 1971, Desmond Morris
1974. PLAZA 8 JANES. S. A. Editores Virgen de Guadalupe. 21–33 Esplugas
de Llobregat (Barcelona)
Printed In Spain
Impreso en España
Depósito Legal 6.629 – 1974
ISBN: S401–44103X
GRÁFICAS GUADA. S. A. – Virgen de Guadalupe, 33 Espluges de Llobregat
(Barcelona)
INTRODUCCIÓN
Intimidad significa unión, y quiero dejar bien claro, desde el
prin-cipio, que empleo esta palabra en su sentido literal. Por consi-guiente,
de acuerdo con este sentido, la intimidad se produce cuando dos individuos
establecen contacto corporal. La naturaleza de este contacto, ya sea un apretón
de manos o un coito, una pal-mada en la espalda o un cachete, una manicura o
una operación quirúrgica, constituye el objeto de este libro. Cuando dos
personas se tocan físicamente, algo especial se produce, y es este algo lo que
he querido estudiar.
Para ello, he seguido el método del zoólogo experto en etología, es
decir, en la observación y el análisis del comportamiento ani-mal. En este
caso, me he limitado al estudio del animal humano, imponiéndome la tarea de
observar lo que hace la gente: no lo que dice o lo que dice que hace, sino lo
que hace en realidad.
El método es bastante sencillo –simplemente, mirar–, pero la tarea no es
tan fácil como parece. Esto se debe a que a pesar de la auto-disciplina, hay
palabras que se empeñan en entremeterse e ideas preconcebidas que se cruzan
reiteradamente en el camino. Es difí-cil, para el hombre adulto, observar un
fragmento de comporta-miento humano como si lo viese por primera vez; pero esto
es lo que debe intentar el etólogo, si quiere arrojar una nueva luz sobre el
tema. Desde luego, cuanto más conocido y vulgar es el com-portamiento, más se
agrava el problema; además, cuanto más ín-timo es el comportamiento, tanto más
se llena de carga emocional, no sólo para sus actores, sino también para el
observador.
Tal vez es esta la razón de que a pesar de su importancia e interés, se
hayan efectuado tan pocos estudios sobre las intimidades hu-
manas corrientes. Es mucho más cómodo estudiar algo tan ajeno a la
intervención humana como, por ejemplo, la costumbre del pan-da gigante de
marcar el territorio por el olor, o la del acuchi verde de enterrar la comida,
que examinar científica y objetivamente algo tan «conocido» como el abrazo
humano, el beso de una ma-dre o la caricia del amante. Pero, en un medio social
cada día más apretado e impersonal, importa muchísimo reconsiderar el valor de
las relaciones personales íntimas, antes de vernos impulsados a formular la
olvidada pregunta: «¿Qué le ha pasado al amor?» Con frecuencia, los biólogos se
muestran reacios a emplear la palabra «amor», como si ésta no reflejase más que
una especie de roman-ticismo culturalmente inspirado. Pero el amor es un hecho
bioló-gico. Los goces emocionales, subjetivos y la angustia que le son
inherentes, pueden ser profundos y misteriosos y difíciles de ex-plicar
científicamente; pero los signos extremos del amor –los actos del amor– son
perfectamente observables, y no hay ninguna razón para no estudiarlos como otro
tipo cualquiera de comporta-miento.
A veces se ha dicho que explicar el amor es destruirlo, pero esto es
totalmente incierto. Según como se mira, es incluso un insulto al amor, al
presumir que, como una cara vieja y maquillada, no puede resistir el escrutinio
bajo una luz brillante. Y es que en el vigoroso proceso de formación de fuertes
lazos afectivos entre los individuos no hay nada ilusorio. Es algo que
compartimos con mi-llares de otras especies animales: en nuestras relaciones
paterno-filiales, en nuestras relaciones sexuales y en nuestras amistades más
íntimas.
Nuestros encuentros íntimos incluyen elementos verbales, visua-les e
incluso olfatorios, pero, por encima de todo, el amor signi-fica tacto y
contacto corporal. Con frecuencia hablamos de cómo hablamos, y a menudo
tratamos de ver cómo vemos; pero, por alguna razón, raras veces tocamos el tema
de cómo tocamos. Qui-zás el acto es tan fundamental –alguien lo llamó madre de
los sentidos– que tendemos a darlo por cosa sabida. Por desgracia, y
casi sin advertirlo, nos hemos vuelto progresivamente menos tác-tiles,
más y más distantes, y la falta de contacto físico ha ido acompañada de un
alejamiento emocional. Es como si el hombre educado moderno se hubiese puesto
una armadura emocional y con su mano de terciopelo en un guante de hierro,
empezase a sentirse atrapado y aislado de los sentimientos de sus más próxi-mos
compañeros.
Es hora de mirar más de cerca esta situación. Al hacerlo, procu-raré
reservarme mis opiniones y describir el comportamiento hu-mano con la óptica
objetiva del zoólogo. Confío en que los hechos hablarán por sí solos, y que lo
harán con bastante elocuencia para que el lector se forme sus propias
conclusiones.
1
LAS RAICES DE LA INTIMIDAD
Como ser humano que es, usted puede comunicarse conmigo de muchas
maneras. Yo puedo leer lo que usted escribe, escuchar las palabras que
pronuncia, oír su risa y su llanto, mirar la expresión de su rostro, observar
las acciones que realiza, oler el perfume que lleva, y sentir su abrazo. En
lenguaje vulgar, podemos referimos a estas interacciones diciendo que
«establecemos contacto» o «mantenemos contacto»; sin embargo, sólo la última
involucra un contado corporal. Todas las demás se realizan a distancia. El
em-pleo de palabras tales como «contacto» y «tacto» al referirnos a actividades
tales con la escritura, la vocalización o las señales visuales, es, si lo
consideramos objetivamente, extraño y bastante revelador. Es como si
aceptásemos automáticamente que el con-tacto corporal es la forma más
fundamental de comunicación. Hay otros ejemplos de esto. Así, hablamos con
frecuencia de «tener el corazón en un puño», de –escenas que nos tocan en lo
más «vivo» o de «sentimientos heridos», y decimos que un orador «tiene al
público en la mano». En ninguno de estos casos hay agarrón, to-camiento,
sensación o manejo; pero esto parece no importar. El empleo de metáforas de
contacto físico es un medio eficaz de expresar las diversas emociones
implicadas en diferentes contex-tos.
La explicación es bastante sencilla. En la primera infancia, antes de
que supiésemos hablar o escribir, el contacto corporal fue un tema dominante.
La interacción física directa con la madre tuvo una importancia suprema y nos
dejó su marca. E incluso antes, dentro del claustro materno, antes de que
pudiésemos, no ya ha-blar o escribir, sino ver u oler, fue un elemento aún más
poderoso de nuestras vidas. Si queremos comprender las muchas maneras curiosas,
y a veces fuertemente reprimidas, en que establecemos
contactos físicos con otros durante la vida adulta, debemos empe-zar por
volver a nuestros remotos orígenes, cuando no éramos más que embriones dentro
del cuerpo de nuestras madres. Las intimidades del útero, que raras veces
tomamos en consideración, nos mudarán a comprender las intimidades de la
infancia, de las que solemos prescindir porque las damos por sabidas, y las
inti-midades de la infancia nos ayudarán, al ser vistas y examinadas de nuevo,
a explicar las intimidades de la vida adulta, que tan a me-nudo nos confunden,
nos intrigan e incluso nos inquietan.
Las primerísimas impresiones que recibimos como seres vivos, al flotar
acurrucados dentro del muro protector del útero materno, son sin duda
sensaciones de íntimo contacto corporal. Por consi-guiente, la principal
excitación del sistema nervioso en desarrollo toma, en esta fase, la forma de
variadas sensaciones de tacto, pre-sión y movimiento. Toda la superficie de la
piel del feto se baña en el tibio líquido uterino de la madre. Al crecer aquel
y apretarse el cuerpo en desarrollo contra los tejidos de la madre, el suave
abrazo del saco uterino envolvente se hace gradualmente más firme, estrechando
más y más al feto a cada semana que transcu-rre. Además, a lo largo de todo
este periodo, la criatura que se está desarrollando se ve sometida a la presión
variable de la rítmica respiración de los pulmones de la madre y a un suave y
regular movimiento de balanceo, cuando la madre camina.
Cuando, en los tres últimos meses antes del nacimiento, el emba-razo
toca ya a su fin el niño es también capaz de oír. Todavía no puede ver, ni
gustar, ni oler; pero cosas que resuenan en la noche del claustro materno
pueden ser claramente detectadas. Si se pro-duce un ruido fuerte y agudo cerca
del vientre de la madre, la cria-tura se sobresalta. Su movimiento puede ser
fácilmente registrado por instrumentos sensibles, o incluso ser lo bastante
fuerte para que la madre lo sienta. Esto significa que durante este período, el
niño es indudablemente capaz de oír el rítmico latido del corazón de la madre,
72 veces por minuto. Este quedará grabado como la principal señal sonora de la
vida intrauterina.
Estas son, pues, nuestras primeras y verdaderas experiencias vi-tales:
flotar en un líquido tibio, permanecer acurrucados en un abrazo total,
balancearnos con las oscilaciones del cuerpo en mo-vimiento y escuchar los
latidos del corazón de la madre. Nuestra prolongada exposición a estas
sensaciones, a falta de otros estí-mulos, dejan una huella duradera en nuestro
cerebro, una impre-sión de seguridad, de bienestar y de pasividad.
De pronto, esta dicha intrauterina se ve rápidamente destruida por lo
que debe ser una de las experiencias más traumáticas de toda nuestra vida: el
acto de nacer. En cuestión de horas, el útero se transforma de nido mullido, en
violento y opresor saco de múscu-los, el músculo más vasto y poderoso de todo
el cuerpo humano, incluidos los brazos de los atletas. El perezoso abrazo que
era como un apretón cariñoso se convierte en una constricción aplas-tante. El
recién nacido no nos saluda con una sonrisa feliz, sino con la tensa y convulsa
expresión facial de una víctima de-sesperada. Su llanto, que suena como música
dulcísima a los oí-dos de los ansiosos padres, es en realidad muy parecido a un
grito salvaje de pánico ciego, al perder de pronto su íntimo contacto con el
cuerpo de la madre.
En el momento de nacer, el niño aparece fláccido, como de goma blanda y
mojada: pero casi inmediatamente boquea y absorbe su primer aliento. Después, a
los cinco a seis segundos, empieza a llorar. Mueve la cabeza, los brazos y las
piernas con creciente intensidad, y, durante media hora, sigue protestando, con
irregula-res sacudidas de los miembros, jadeos, muecas y gritos, hasta que se
sume, generalmente, en un profundo y largo sueño.
De momento, el drama ha terminado; pero cuando el niño se des-pierta
necesita un gran cuidado maternal, contacto e intimidad para compensar la
perdida comodidad de la matriz. Estos sustitu-tos post uterinos se los
proporciona, de muchas maneras, la madre a los que la ayudan. El más natural es
remplazar el abrazo del útero por el de los brazos de la madre. El abrazo
maternal ideal es el que abarca todo el niño, de modo que la superficie del
cuerpo
de éste establezca con el de la madre el mayor contacto posible, sin
dificultar su respiración. Existe una gran diferencia entre abra-zar al niño o
simplemente sostenerlo. El adulto que sostiene un niño con el mínimo contacto
no tarda en descubrir que esto reduce extraordinariamente el valor
reconfortante de su acción. El pecho, los brazos y las manos de la madre deben
procurar reproducir el abrigo total de la matriz perdida.
A veces, no basta con el brazo, sino que hay que añadir otros ele-mentos
similares a los de la matriz. Sin saber muy bien por qué la madre empieza a
mecer suavemente al niño de un lado a otro. Esto tiene un poderoso efecto
sedante; pero, si no basta, debe le-vantarse y dar pasos hacia delante y hacia
atrás, con el niño acu-nado en los brazos. De vez en cuando, conviene que lo
sacuda brevemente arriba y abajo. Todas estas intimidades ejercen una
influencia reconfortante sobre el niño inquieto o llorón y, al pare-cer, esto
se debe a que imitan algunos de los ritmos experimenta-dos por la criatura
antes de nacer. La presunción más natural es que aquéllas reproducen las suaves
oscilaciones sentidas por el niño en el claustro materno cuando la madre
caminaba durante su embarazo. Pero esto tiene una falla. Suele equivocarse la
rapidez. El ritmo del cuneo es considerablemente más lento que el de la marcha
normal. Además, cuando «se pasea al niño» se hace a un paso mucho más lento que
cuando se anda con normalidad.
Recientemente, se han realizado experimentos para averiguar el ritmo
ideal de la cuna. Si era demasiado lento o demasiado rápido, el movimiento
producía muy poco efecto sedante, si es que pro-ducía alguno; pero cuando se
imprimió a la cuna mecánica de sesenta a setenta oscilaciones por minuto, el
cambio fue sorpren-dente: los niños en observación se tranquilizaron
inmediatamente y lloraron mucho menos. Aunque las madres varían en la rapidez
con que mecen a sus hijos cuando los llevan en brazos, su ritmo típico es muy
parecido al de los experimentos, y lo propio puede decirse de cuando «pasea al
niño». Sin embargo, en circunstancias normales, la rapidez de la marcha suele
exceder de los cien pasos
por minuto.
Parece, pues, que aunque estas acciones tranquilizadoras pueden surtir
efecto porque reproducen los movimientos oscilatorios que siente el niño en el
claustro materno, la rapidez con que se efectúa requiere otras explicaciones.
Aparte de la marcha de la madre el feto pasa por otras dos experiencias
rítmicas: la respiración regu-lar de la madre y los latidos regulares de su
corazón. El ritmo de la respiración –entre diez y catorce respiraciones por
minuto– es demasiado lento para ser tomado en consideración; en cambio, el del
corazón –72 latidos por minuto– parece mucho más digno de atención. Parece que
este ritmo, oído o sentido, es un consolador vital, que recuerda al niño el
paraíso perdido de la matriz.
Existen dos indicios que refuerzan esta opinión. Primera: si
regis-tramos en un disco los latidos del corazón y hacemos que el niño lo
escuche a la velocidad correcta, observamos un efecto cal-mante, incluso sin
cuneo o movimientos oscilatorios. Si tocamos el disco más de prisa, a más de
cien latidos por minuto –o sea, la velocidad normal de la marcha–, los efectos
calmantes cesan in-mediatamente. Segundo: como ya refiero en El mono desnudo,
cuidadosas observaciones han revelado que la inmensa mayoría de las madres
sostienen a sus hijos de modo que apoyen la cabeza sobre su seno izquierdo,
cerca del corazón. Aunque estas madres no saben por qué lo hacen, aciertan al
colocar el oído del niño lo más cerca posible del lugar en que se producen los
latidos. Esto se aplica tanto a las madres normales como a las zurdas, por lo
que la explicación de los latidos del corazón parece ser la única ade-cuada.
Salta a la vista que esto sería susceptible de ser explotado
comer-cialmente mediante la confección de una cuna que oscilase mecá-nicamente
a la velocidad de los latidos del corazón, o que estu-viese provista de un
pequeño aparato que reprodujese, ampliado, el sonido normal de aquellos
latidos. Un modelo de lujo que in-cluyese ambos ingenios sería indudablemente
aún más eficaz, y muchas madres atareadas sólo tendrían que apretar un botón y
echarse a descansar, para que el aparato tranquilizase e hiciese dormir
a su pequeño con la misma facilidad con que la máquina lavadora limpia su
ropita sucia.
La aparición de estas máquinas en el mercado es sólo cuestión de tiempo,
y sin duda servirán de gran ayuda a las atareadas madres modernas; pero sería
peligroso excederse en su utilización. Cierto que un tranquilizador mecánico es
mejor que la falta de todo se-dante, tanto para los nervios de la madre como
para el bienestar del niño, y que aquél tiene grandes ventajas, sobre todo
cuando la falta de tiempo quita a la madre toda alternativa. Sin embargo, los
anticuados procedimientos maternales siempre serán mejores que sus sustitutos
mecánicos. Dos razones lo confirman. Primera: la madre hace más de lo que nunca
podrá hacer una máquina. Sus acciones confortantes son más complejas y tienen
rasgos específi-cos que examinaremos más adelante. Segunda: la íntima
interac-ción entre la madre y el hijo, que se produce siempre que aquélla
conforta a éste, sosteniéndolo, abrazándolo y meciéndolo, consti-tuye la base
fundamental del fuerte lazo afectivo que pronto sur-girá entre ambos. Cierto
que durante los primeros meses el niño responde positivamente a cualquier
adulto complaciente; pero, pasado un año, habrá aprendido a conocer a su propia
madre y a rechazar la intimidad de los extraños. En la mayoría de los niños,
este cambio suele producirse al quinto mes, pero no se realiza de la noche a la
mañana y varía mucho de un niño a otro. Por consi-guiente, es difícil predecir
con seguridad el momento exacto en que el niño empezará a responder
selectivamente a su propia ma-dre. Es un período crítico, porque la fuerza y la
calidad del lazo afectivo ulterior dependerá de la riqueza y la intensidad del
com-portamiento de contacto corporal que se produzca entre la madre y al hijo,
precisamente en esta fase inicial.
Evidentemente, el uso excesivo, durante esta fase vital, de
proce-dimientos mecánicos puede ser peligroso. Algunas madres se fi-guran que
el suministro de alimento y de otras recompensas pare-cidas les granjea el
afecto de sus hijos: pero no es así. Observa-
ciones realizadas con niños carentes de aquellas atenciones y
ex-perimentos practicados con monos han revelado, sin lugar a du-das, que es
esencial el tierno contado con el suave cuerpo de la madre para producir el
lazo vital afectivo que tan importante ha-brá de ser para el comportamiento en
ulteriores etapas de la exis-tencia. Es virtualmente imposible dar demasiado
amor y contacto durante estos primeros meses críticos, y la madre que ignora
este hecho lo lamentara más tarde, lo mismo que su hijo. Es difícil comprender
la torcida tradición según la cual conviene dejar que el niño llore para que
«no se le suba a uno a las barbas», cosa que ocurre con demasiada frecuencia en
nuestras culturas civilizadas.
Sin embargo, al combatir esta declaración, hay que añadir que cuando el
niño es mayor la situación cambia. Entonces, es posible que la madre exagere su
protección y retenga al niño pegado a sus faldas, cuando éste debería empezar a
campar por sus respetos y hacerse más independiente. Lo peor que puede hacer
una madre es ser poco protectora y demasiado severa y exigente con un niño
pequeño, y después, exagerar su protección y su apego al niño mayor. Esto
invierte completamente el orden natural de formación del lazo, aunque,
desgraciadamente, es algo muy frecuente en la actualidad. Cuando un niño mayor
o un adolescente, «se rebela», es muy probable que encontremos, en el fondo,
este equivocado sistema de crianza. Y, cuando esto ocurre, es demasiado tarde
para corregir el primitivo error.
La secuencia natural que acabo de esbozar –primero, amor; des-pués,
libertad– es fundamental, no sólo para el hombre, sino tam-bién para todos los
primates superiores. Las madres de los monos mantienen ininterrumpidamente la
intimidad del contacto corporal durante muchas semanas después del nacimiento.
Desde luego, su tarea se ve facilitada por el hecho de que los monitos son lo
bas-tante vigorosos para mantenerse agarrados a ellas durante largo rato. En
los monos más grandes, como el gorila, los pequeños pueden necesitar unos
cuantos días para aprender a agarrarse bien, pero una vez conseguido esto, y a
pesar de su peso, lo practican
con notable tenacidad. Los monos más pequeños se agarran a su madre
desde que nacen, e incluso he visto a un monito, en el mo-mento del
alumbramiento, agarrarse fuertemente con las patas delanteras al cuerpo de su
madre, cuando la parte posterior del animalito no había salido aún de la
matriz.
El niño es mucho menos atlético. Sus brazos son más débiles, y los pies,
de cortos dedos, no son prensiles. Por consiguiente, plan-tean un problema
mayor a la madre humana. Durante los primeros meses, ella sola debe realizar
todas las acciones físicas encamina-das a mantener el contacto corporal entre
ella y su pequeño. Suele subsisten unos pocos restos de los ancestrales hábitos
prensiles del recién nacido, rudimentarias huellas de su remoto pasado en el
curso de la evolución, pero que de nada le sirven en la actualidad. Duran poco
más de dos meses a partir del nacimiento y reciben el nombre de reflejo de
asimiento y reflejo de Mono.
El reflejo de asimiento se produce muy pronto; el feto de seis me-ses lo
experimenta ya de un modo muy intenso. Después del na-cimiento, un estímulo en
la palma de la mano hace que ésta se cierre con tal fuerza que permite al
adulto levantar el cuerpo del niño con todo su peso. Sin embargo, a diferencia
del mono pe-queño, este asimiento no puede prolongarse mucho rato.
El reflejo de Moro puede observarse si bajamos rápida y brusca-mente al
niño unos pocos palmos –como si le dejásemos caer–, sosteniéndole por la
espalda. El pequeño extiende inmediatamente los brazos y abre las manos y los
dedos. Después, cierra los bra-zos de nuevo, como para agarrarse a algo. Aquí
vemos claramente un reflejo de la ancestral acción de asimiento del primate,
practi-cada eficazmente por todos los monitos normales. Recientes estu-dios han
confirmado esto, aún con mayor claridad. Si el niño se siente caer, sostenido
de las manos de modo que estas puedan agarrarse, su primera reacción no es
abrir los brazos para volver a cerrarlos, sino, simplemente, apretar los dedos
con más fuerza. Esto es precisamente lo que haría un monito asustado, si, hallán-dose
flojamente agarrado a la pelambre de su madre, ésta, súbita-
mente espantada, se levantase de un salto. El mono apretaría más los
dedos, para que su madre le llevase rápidamente a lugar se-guro. El niño, hasta
las ocho semanas, aún conserva lo bastante del mono para mostrarnos un resto de
esta reacción.
Sin embargo, desde el punto de vista de la madre humana, estas
reacciones «simiescas» sólo tienen un interés académico. Pueden intrigar al
zoólogo, pero, en la práctica, no sirven para aliviar la carga de los padres.
Entonces, ¿cómo debe hacer frente a la situa-ción? Hay varias alternativas. En
la mayoría de las llamadas cul-turas primitivas, el niño, durante los primeros
meses, está casi constantemente en contacto con el cuerpo de la madre. Cuando
ésta descansa, el niño es sostenido continuamente por ella misma o por otra
persona. Cuando duerme, el pequeño comparte su le-cho. Cuando trabaja o va de
un lado a otro, lo lleva firmemente sujeto a su cuerpo. De este modo, mantiene
el casi ininterrumpido contacto típico de los primates. Pero las madres
modernas no pueden siempre llegar a estos extremos.
Una alternativa es fajar al niño con unos pañales. Si la madre no puede
ofrecer al pequeño el abrigado refugio de sus brazos o el íntimo contacto con
el cuerpo, de noche y de día, hora tras hora, puede al menos envolverlo en unos
pañales finos y calientes que sustituyan al perdido abrigo de la matriz. En
general, pensamos que se abriga a los niños sólo para mantener su calor; pero,
en realidad, hay mucho más que esto. El abrazo de la tela en que es envuelto el
niño, establece un contacto igualmente importante con la superficie de mi
cuerpo. Si esta envoltura debe ser floja o apre-tada, es un tema objeto de
acaloradas discusiones. La actitud de las diferentes culturas varía mucho sobre
el grado ideal de su-jeción de este primer abrigo que sustituye a la matriz.
En nuestro mundo occidental, suelen rechazarse los pañales y se prefiere
envolver ligeramente al recién nacido, de modo que pue-da mover el cuerpo y los
miembros a su antojo. Los expertos han expresado el temor de que una mayor
sujeción «podría entumecer el espíritu del niño». La inmensa mayoría de los
lectores occiden-
tales aceptarán inmediatamente esta opinión: pero conviene estu-diarla
más de cerca. Los antiguos griegos y romanos fajaban a sus pequeños; sin
embargo, incluso los más ardientes detractores de los pañales tienen que
admitir que había, entre ellos, muy pocos espíritus entumecidos. En cuanto a
los niños ingleses, hasta fina-les del siglo XVIII eran envueltos en pañales, y
muchos pequeños rusos, yugoslavos, mejicanos, tapones, japoneses e indios
ameri-canos lo son aún en la actualidad. Hace poco, se estudió científi-camente
la cuestión, comprobando, por medio de instrumentos su-mamente sensibles, el
grado de incomodidad experimentado por niños con pañales y niños sin ellos. Y
se llegó a la conclusión de que los que llevaban pañales se sentían menos
incómodos, hecho demostrado por un pulso y una respiración más lentas y por la
menor frecuencia del llanto. Además, aumentaban las horas de sueño. Es de
presumir que esto es debido a que los pañales apre-tados reproducen mejor la
presión de la matriz experimentada por el feto durante las últimas semanas de
gestación.
Pero si esto parece hablar en favor de los pañales, no hay que ol-vidar
que incluso los fetos más voluminosos y que hinchan más el vientre de la madre
no están nunca tan apretados por la matriz, que ésta les impida ocasionales
movimientos y patadas. Cualquier madre que sienta estos movimientos en su
interior sabrá que no lleva a su hijo tan fajado como para imponerle una
inmovilidad total. Por consiguiente, un fajado moderadamente aislado, después
del nacimiento, es probablemente más natural que los pañales apretados que se
aplican en algunos países. Además, los pañales suelen prolongar
innecesariamente, mucho más de lo que es re-comendable, la estrecha sujeción de
los pequeños. Puede ser útil durante las primeras semanas, pero si se prolonga
durante meses puede entorpecer el proceso de desarrollo muscular y de
movi-lidad normales. Así como el feto tiene que abandonar la matriz real, así
el recién nacido tiene que abandonar pronto la matriz de tela, si no quiere
«llegar con retraso» a su nueva fase de desarro-llo. En general, cuando
hablamos de niños prematuros o retrasados nos referimos únicamente al momento
de su nacimiento, pero conviene aplicar los mismos conceptos a fases más
avanzadas de su desarrollo. En cada fase, desde la infancia hasta la adolescen-cia,
existen importantes formas de intimidad, de contacto corporal y de crianza, que
deberían producirse entre padres e hijos si se quiere que estos pasen
venturosamente por las diversas etapas. Si la intimidad brindada por los padres
en cada fase particular se adelanta o retrasa demasiado en relación con lo
adecuado, pueden surgir ulteriores complicaciones.
Hasta aquí hemos considerado algunas de las maneras en que la madre
ayuda a su pequeño a suplir ciertas intimidades de la vida intrauterina; pero
sería erróneo dar la impresión de que los cuida-dos prestados durante la
primera fase que sigue al nacimiento no son más que prolongación del bienestar
del feto. Esto es solo una parte del cuadro. Otras interacciones se producen al
mismo tiem-po. La condición del niño tiene sus propias y nuevas formas
adi-cionales de satisfacción. Entre estas, figuran las caricias, los besos y
palmaditas de la madre, y la limpieza de la superficie del cuerpo del niño
mediante cuidadosas manipulaciones, como el lavado y otras fricciones suaves.
El abrazo requiere también algo más que un simple abrazo. Además de la presión
envolvente de los brazos, la madre suele dar rítmicas palmaditas al pequeño.
Esta acción se limita casi siempre a una región del cuerpo del niño, a saber,
la espalda. En ella se observa un ritmo característico y un vigor pe-culiar, ni
demasiado débil, ni demasiado fuerte. Sería erróneo considerarlo como una mera
acción de «zalamería». Es una reac-ción de la madre mucho más amplia y
fundamental, y no se limita a una forma específica de malestar infantil.
Siempre que el niño parece necesitar un poco más de alivio, la madre enriquece
su sencillo abrazo con unas palmaditas en la espalda. Con frecuen-cia, les
añade un poco de balanceo simultáneo y unos murmullos cerca de la cabeza del
pequeño. La importancia de estos primeros actos de consuelo es considerable,
pues, como veremos más ade-lante, reaparecen bajo muchas formas, a veces
evidentes, a veces
muy disimuladas, en las diversas intimidades de la vida adulta. Son tan
automáticos, para la madre, que raras veces se advierten o se discuten, lo cual
da por resultado que el papel transformado que representan en la vida ulterior
suele pasarse por alto.
En su origen, la acción de dar palmaditas es lo que los especialis-tas
en comportamiento animal califican de movimiento de inten-ción. Lo
comprenderemos mejor con un ejemplo animal. Cuando un pájaro está a punto de
emprender el vuelo, agacha la cabeza como parte de la acción de partida. A lo
largo de la evolución, esta inclinación de la cabeza puede exagerarse para
indicar a los otros pájaros que se dispone a volar. El animalito sacude la
cabeza con fuerza y reiteradamente antes de iniciar el vuelo, como avi-sándoles
de lo que va a hacer e invitándoles a acompañarle. Dicho con otras palabras,
manifiesta su intención de volar, y por eso el movimiento de cabeza se denomina
movimiento de intención. Las palmaditas de las madres parecen haber
evolucionado de manera parecida, como una señal especial de contacto, como un
reiterado movimiento intencional de apretar fuerte. Cada palmada de la madre es
como si dijera: «Mira, así te apretaré de fuerte para pro-tegerte del peligro;
conque, descansa, no tienes nada que temer.» Cada palmada repite la señal y
contribuye a sosegar al niño. Pero aún hay más. Y de nuevo puede servirnos el
ejemplo del pájaro. Si éste se alarma un poco, pero no lo bastante para echar a
volar, puede avisar a sus compañeros con unos ligeros movimientos de cabeza,
pero sin llegar a levantar el vuelo. En otras palabras, la señal de intención
de movimiento puede darse por sí misma, sin llegar a la plenitud de la acción.
Lo mismo ocurre con las palma-das humanas. La mano da unas palmadas en la espalda,
se detiene, repite su acción y vuelve a detenerse. No llega hasta la plena
ac-ción de asimiento como protección contra un peligro. Y así, el mensaje de la
madre al niño no dice solamente: «No temas, te tendré agarrado así, si amenaza
un peligro», sino también: «No temas, no hay peligro; si lo hubiese, te
agarraría más fuerte.» Por consiguiente, las palmadas repetidas son doblemente
tranquilizadoras.
La señal de los arrullos o de los murmullos aplaca de otra manera.
También aquí nos servirá un ejemplo animal. Cuando ciertos pe-ces se sienten
agresivos, lo indican bajando la parte del cuerpo correspondiente a la cabeza y
levantando la de la cola. Si el mis-mo pez indica que no tiene propósitos
agresivos, hace todo lo contrario, es decir, levanta la cabeza y baja la cola.
Los suaves murmullos de la madre se rigen por el mismo principio de antíte-sis.
Los sonidos fuertes y roncos son señales de alarma para nues-tra especie, como
para muchas otras. Los chillidos, los gritos, los gruñidos y los rugidos son,
entre los mamíferos, mensajes de do-lor, de peligro, de miedo y de agresión.
Empleando matices de fondo que son la antítesis de estos sonidos, la madre humana
pue-de indicar lo contrario de aquellos mensajes, a saber, que todo marcha
bien. Puede transmitir mensajes verbales en su arrullo o en su murmullo, pero,
desde luego, las palabras tienen poca im-portancia. Lo que transmite la señal
vital y confortante es la suave y dulce calidad del tono del arrullo.
Otra nueva e importante forma de intimidad post uterina es el
ofrecimiento del pezón (o del chupete) para que el niño lo suc-cione. La boca
de éste siente entrar una forma suave, tibia y elás-tica de la que puede
extraer un líquido dulce y caliente. Su boca siente el calor; su lengua gusta
el dulzor, y sus labios perciben la suavidad. Una nueva y básica satisfacción
–una intimidad prima-ria– ha entrado a formar parte de su vida. Y, bajo muchos
disfra-ces, reaparecerá más tarde, en la vida adulta.
Estas son, pues, las intimidades más importantes de la primera fase
infantil de la especie humana. La madre abraza a su retoño, lo sostiene, lo
mece, le da palmaditas, lo besa, le acaricia, le limpia y le amamanta, y le
canturrea y le murmura. Durante esta primera fase, la única acción realmente
positiva de contacto del niño es chupar pero emite dos señales vitales con las
que anima a la ma-dre a realizar acciones de intimidad y de estrecho contacto.
Estas señales son el llanto y la sonrisa. Llanto para iniciar el contacto, y
sonrisa para mantenerlo. Al llorar, dice: «Ven», y al sonreír:
«Quédate, por favor.»
El llanto es, a veces, mal interpretado. Como el niño llora cuando tiene
hambre, se siente incómodo o le duele algo, se presume que éstos son los únicos
mensajes que transmite. Cuando el niño llora, la madre saca inmediatamente la
conclusión de que se ha plan-teado alguno de estos tres problemas; pero esto no
es necesaria-mente cierto. El mensaje dice solamente: «Ven»; no dice por qué.
Un niño bien alimentado, cómodo y sin dolor alguno, puede se-guir llorando sólo
para iniciar un contacto íntimo con la madre. Si la madre le da alimento, se
asegura de que se encuentra cómodo y lo deja otra vez, es posible que el niño
reanude su llantina. Todo lo que esto significa, en un niño sano, es que no ha
tenido toda su ración de íntimo contacto corporal, y que seguirá protestando
has-ta conseguirla. En los primeros meses, esta exigencia es muy apremiante;
pero el niño tiene la suerte de disponer de otra señal, ésta muy atractiva, la
sonrisa de gozo, que compensa a la madre de todos sus trabajos.
La sonrisa es una facultad única del niño humano. Los monos y los simios
no la tienen. En realidad, no la necesitan, porque son lo bastante vigorosos
para agarrarse a la pelambre de su madre y aferrarse a ella por su propio
esfuerzo. El niño no puede hacerlo, y necesita algo para atraer a la madre. La
sonrisa fue la solución dada por la evolución a este problema.
Tanto el llanto como la sonrisa están respaldados por señales
se-cundarias. El llanto humano empieza como el de los monos. Cuando un monito
llora, produce una serie de chillidos rítmicos, pero no vierte lágrimas.
Durante las primeras semanas después del nacimiento, el niño llora también sin
lágrimas; pero, pasado este periodo inicial, las lágrimas se suman a la señal
vocal. Más tarde, en la vida adulta, las lágrimas pueden fluir aisladamente,
por si solas, como una señal muda: pero, en el niño, el llanto es por esencia
un acto combinado. Por alguna razón, la singularidad del hombre, como primate
que vierte lágrimas, ha sido raras veces comentada; pero salta a la vista que
esto debe tener alguna signi-ficación concreta para nuestra especie. En primer
lugar, es, desde luego, una señal visual, acrecentada por las mejillas
lampiñas, donde las lágrimas pueden brillar y rodar ostensiblemente. Pero otra
clave del problema es la reacción de la madre, que suele «en-jugar» los ojos de
su hijo. Esto entraña un suave secado de las lágrimas de la piel de la cara, un
acto apaciguador de íntimo con-tacto corporal. Tal vez sea ésta una importante
función secundaria de la creciente y espectacular secreción de las glándulas
lacrima-les, que, tan a menudo, inundan el rostro del joven animal hu-mano.
Si esto parece rebuscado, conviene recordar que la madre hu-mana, como
la de otras muchas especies, siente la fuerte necesi-dad de limpiar el cuerpo
de su retoño. Cuando éste se orina, ella lo seca, y casi parece como si las
lágrimas copiosas hubiesen lle-gado a ser una especie de “sustituto de la
orina”, para estimular una reacción íntima parecida en momentos de desconsuelo
emo-cional. A diferencia de la orina, las lágrimas no sirven para elimi-nar
impurezas del cuerpo. Cuando la secreción es escasa, limpia y protege los ojos;
pero cuando es abundante su única función pa-rece ser la de transmitir señales
sociales, lo cual justifica una in-terpretación a base únicamente del
comportamiento. Como en el caso de la sonrisa, la invitación a la intimidad
parece ser su prin-cipal objetivo.
La sonrisa es reforzada por las señales secundarias de los murmu-llos y
el estiramiento de brazos. El niño sonríe, emite sonidos inarticulados y tiende
los brazos a su madre en un movimiento intencional de asirse a ella,
invitándola a levantarlo. La reacción de la madre es recíproca. Sonríe a su
vez, «balbucea» y le tiende los brazos para tocarlo o asirlo. Como el llanto,
la sonrisa com-pleja no aparece, aproximadamente, hasta el segundo mes. En
rea-lidad, en el primer mes podría llamarse «simiesca», pues las pri-meras
señales humanas sólo aparecen después de transcurridas estas primeras semanas.
Al tener el niño tres o cuatro meses, aparecen nuevas muestras de
contacto corporal. Las primeras acciones «simiescas» del reflejo de asimiento y
del reflejo de Moro desaparecen siendo remplaza-das por formas más refinadas de
asimiento y agarrón directos. En el caso del primitivo reflejo de asimiento, la
mano del niño se cerraba automáticamente sobre cualquier objeto que se pusiese
en contacto con ella; en cambio, ahora, el agarrón selectivo se con-vierte en
una acción positiva en que el niño coordina los ojos y las manos, estirando los
brazos para agarrar un objeto concreto que le llama la atención. En general,
este es parte del cuerpo de la madre y sobre todo, sus cabellos. Los agarrones
directos de esta clase suelen ser perfectos al quinto mes de vida.
De manera parecida, los automáticos e indirectos movimientos del reflejo
de Moro se convierten en un apretón deliberado, en que el niño se aferra
concretamente al cuerpo de la madre, adaptando sus movimientos a la posición de
esta. Esta adhesión dirigida se pro-duce normalmente al sexto mes.
Dejando atrás la primera infancia y pasando al período siguiente,
observamos que existe una decadencia gradual en el alcance de la primitiva
intimidad corporal. La necesidad de seguridad, satisfe-cha por el amplio
contacto corporal con los padres, tropieza con un competidor cada vez más
poderoso, a saber, la necesidad de independencia, de descubrir el mundo, de
explorar el medio am-biente, Y es natural que esto no puede hacerse desde
dentro del cerco de los brazos de la madre. El niño debe lanzarse. La intimi-dad
primera debe sufrir por ello. Pero el mundo es todavía un lugar temible, y el
niño necesita alguna forma de intimidad indi-recta, a distancia, para conservar
la impresión de seguridad, mien-tras se afirma la independencia. La
comunicación táctil debe ceder paso a una comunicación visual cada vez más
sensible. El niño tiene que remplazar el restringido y engorroso refugio del
abrazo y de los mimos por el menos restrictivo artificio del intercambio de
expresiones faciales. El abrazo reciproco cede terrino a la son-risa
compartida, a la risa compartida y a las demás actitudes faciales de que es
capaz el ser humano. La cara sonriente, que antes invitaba al abrazo, ahora lo
sustituye. En efecto: la sonrisa se con-vierte en un abrazo simbólico, que
opera a distancia. Esto permite al niño moverse con mayor libertad, pero
restablece, con una mi-rada, el «contacto» emocional con la madre.
La siguiente fase importante de desarrollo llega cuando el niño empieza
a hablar. En el tercer año de vida, con la adquisición de un vocabulario
básico, el «contacto» verbal viene a sumarse al visual. Ahora, el niño y la
madre pueden comunicarse sus «senti-mientos» recíprocos por medio de la
palabra.
Al progresar esta fase, las primitivas y elementales intimidades del
contacto corporal directo se restringen forzosamente mucho más. El abrazo es
propio del niño «pequeño». La creciente nece-sidad de exploración, de
independencia y de identidad individual y separada, amortigua el deseo de ser
sostenido y abrazado. Si en esta fase, los padres exageran esos contactos
corporales primarios, el niño no se siente protegido, sino magullado. El
asimiento signi-fica un retroceso, y los padres tienen que adaptarse a la nueva
situación.
Sin embargo, el contacto corporal no desaparece por completo. En
momentos de dolor, de disgusto, de temor o de pánico, el abrazo será bien
recibido o deseado, e incluso en momentos menos dra-máticos puede producirse
algún contacto. Pero la forma de este experimenta importantes cambios. El
abrazo total y apretado se transforma en parcial. Y empiezan a aparecer el
abrazo a medias, el brazo que rodea los hombros, la palmada en la cabeza y el
apre-tón de manos.
Lo curioso de esta fase de la infancia es que, con todas las tensio-nes
originadas por la exploración, persiste aún una gran necesidad interior de
intimidad y contactos corporales. Esta necesidad, más que reducirse, se
reprime. La intimidad táctil es infantil y tiene que relegarse al pasado, pero
el medio sigue pidiéndola. El con-flicto resultante de esta situación se
resuelve con la introducción de nuevas formas de contacto que proporcionan la
requerida inti-midad corporal sin dar la impresión de que el niño sigue en la
primera infancia.
La primera señal de estas intimidades disimuladas aparece muy pronto y
casi vuelve a llevarnos a la primera fase. Empieza en la segunda mitad del
primer año de vida y consiste en el empleo de los que han sido llamados
«objetos de transición». Éstos son, en efecto, sustitutos inanimados de la
madre. Tres de ellos son muy corrientes: un biberón predilecto, un juguete
blando y un pedazo de tejido suave, generalmente un chal o una pieza particular
de los enseres de la cama. En la primera fase infantil, estos fueron
expe-rimentados por el niño como parte de sus contactos íntimos con la madre.
Desde luego, no los prefería a estos, pero los asociaba intensamente con su
presencia corporal. En ausencia de la madre, se convierten en sus sustitutos, y
muchos niños se niegan a dormir sin su consoladora proximidad. El chal o el
juguete tienen que estar en la cunita a la hora de acostarse, o habrá mucho
jaleo. Y la exigencia es concreta: tiene que ser el juguete o el chal. Otros
parecidos, pero desconocidos, no sirven.
En esta fase, los objetos se emplean solamente cuando la propia madre no
está disponible: por esto adquieren tanta importancia a la hora de acostarse,
cuando se rompe el contacto con la madre. Pero al crecer el niño se produce un
cambio. Al independizarse el hijo de la madre, los objetos predilectos se hacen
más importantes y confortadores. Algunas madres lo interpretan mal y se
imaginan que el niño se siente extrañamente inseguro por alguna razón. Si el
niño muestra un furioso afán de contacto con su Teddy o su «chalín» o su
«titín» –estos objetos son siempre designados con un apodo especial–, la madre
tal vez lo considere como un retro-ceso. En realidad, es todo lo contrario. Lo
que el niño hace es como si dijera: «Quiero estar en contacto con el cuerpo de
mi madre, pero esto es propio de un niño pequeño. Ahora, soy dema-siado
independiente para esto. En cambio, estableceré contacto con este objeto, que
hará que me sienta seguro sin tener que arrojarme en brazos de mi madre.» Como
dijo un autor, el objeto de transición «es un recordatorio de los aspectos
agradables de la madre, es un sustituto de ésta, pero es también una defensa
contra un nuevo acaparamiento por parte de la madre».
Al crecer el niño, y con el paso de los años, el objeto confortador
puede persistir con notable tenacidad, a veces hasta después de la mitad de la
infancia. En raras ocasiones se prolonga hasta la edad adulta. Todos conocemos
el caso de la muchacha núbil que se duerme abrazada a su gigantesco oso Teddy.
He dicho en «raras ocasiones», pero esto requiere una aclaración. Ciertamente,
es raro que conservemos una obsesión por el mismo objeto de transi-ción
empleado en nuestra infancia. Para la mayoría de nosotros, la naturaleza del
acto sería demasiado transparente. Lo que hacemos es buscar sustitutos a los
sustitutos: refinados sustitutos de adulto para los sustitutos infantiles del
cuerpo de la madre. Cuando el chal de la infancia se transforma en un abrigo de
piel, lo tratamos con más respeto.
Otra forma de intimidad disimulada del niño en crecimiento se manifiesta
en la afición a los juegos violentos. Si subsiste la nece-sidad de unos abrazos
que parecen de niño pequeño, el problema puede resolverse abrazando a los
padres de manera que el consi-guiente contacto corporal no parezca un abrazo.
El apretón cari-ñoso se convierte en un abrazo de oso aparentemente agresivo.
El abrazo se convierte en lucha. Cuando juega a luchar con los pa-dres, el niño
satisface la necesidad de intimidad corporal de la primera infancia, pero
ocultándola bajo la máscara de una agresi-vidad propia de los adultos.
Este recurso es tan eficaz, que estas luchas fingidas con los padres
continúan, a veces, hasta muy avanzada la adolescencia. Y aún más, entre los
adultos, suele comprimirse en un amistoso apretón del brazo o en una palmada a
la espalda. Desde luego, la lucha fingida de la infancia involucra algo más que
una simple intimi-dad disimulada.
Contiene una buena dosis de prueba y de contacto corporales, de
exploración de nuevas posibilidades físicas, junto a la reproduc-ción de las
viejas. Pero las viejas siguen estando allí, y son im-portantes, mucho más de
lo que suele pensarse.
Con la llegada de la pubertad surge un nuevo problema. El con-tacto
corporal con los padres se restringe aún más. Los padres descubren que sus
hijas son, de pronto, menos juguetonas. Los hijos muestran cierta timidez en
sus contactos con la madre. En el caso que sigue a la primera infancia, empieza
a manifestarse la acción independiente; pero ahora, en la pubertad, se
intensifica esta necesidad, que introduce una nueva y poderosa exigencia: la
reserva.
Si el mensaje del niño pequeño era «agárrame fuerte», y el del
muchachito, «a ver si me tumbas», el del adolescente es «déjame solo». Un
psicoanalista describió cómo, en la pubertad, «la joven persona tiende a
aislarse, y cómo, a partir de entonces, convive con los miembros de su familia
como si le fuesen extraños». Des-de luego, esta declaración es exagerada. Los
adolescentes no van por ahí besando a los extraños, y sin embargo, siguen
besando a sus padres. Cierto que sus acciones son más comedidas –el beso sonoro
se convierte en un roce de la mejilla– pero siguen produ-ciéndose breves
intimidades. Sin embargo, las limitan, como los adultos, a los saludos, las
despedidas, las celebraciones y los desastres. En realidad, el adolescente es
ya un adulto –y a veces un superadulto– en lo que respecta a las intimidades
familiares. Los amantes padres, con inconsciente ingenuidad, resuelven este
problema de muchas maneras. Ejemplo típico de ello es el “arre-glo de la ropa”.
Si no pueden realizar un contacto cariñoso di-recto, establecen el contacto
corporal disimulado bajo la fórmula de «deja que te arregle la corbata», o
«deja que te cepille la cha-queta». Si la respuesta es «no te preocupes,
madre», o «puedo hacerlo yo mismo», esto significa que el adolescente, también
inconscientemente, ha comprendido el truco.
Cuando llega la post adolescencia y el joven adulto sale de la familia,
es –desde el punto de vista de la intimidad corporal– como si se produjese un
segundo nacimiento, porque aquél abandona el claustro familiar de la misma
manera que, dos decenios antes, abandonó el claustro materno. Vuelve a empezar
la primitiva se-cuencia de intimidades cambiantes «agárrame fuerte, a ver si me
tumbas, déjame solo». Los jóvenes amantes dicen, como el niño, «agárrame
fuerte». A veces, incluso se llaman «pequeño» cuando dicen tal cosa. Por
primera vez desde la primera infancia, las in-timidades se extienden hasta el
máximo; las señales de contacto corporal empiezan un tejido mágico y comienza a
formarse un poderoso lazo afectivo. Para recalcar la fuerza de este lazo, el mensaje
«agárrame fuerte» se amplía con las palabras «y no me sueltes». Cuando se
completa la formación de la pareja y los amantes constituyen una nueva unidad
familiar de dos personas, termina la fase de esta repetición de la primera
niñez. La secuen-cia de la nueva intimidad continúa, copiando la primera, la
prima-ria. Y viene la repetición de la infancia avanzada. (Es realmente una
segunda infancia, que no debe confundirse con la fase senil, que aparece mucho
más tarde y que a veces ha sido denominada, equivocadamente, segunda infancia.)
Ahora, las absorbentes intimidades del noviazgo empiezan a de-bilitarse.
En casos extremas, uno o ambos miembros de la nueva pareja se sienten
atrapados, y amenazada su independencia de acción. Es una cosa normal; pero
parece anormal, y por ello, deci-den separarse, pensando que todo fue una
equivocación. El «suél-tame» de la segunda niñez es sustituido por el «déjame
solo» de la segunda pubertad, y la separación familiar primaria de la
adoles-cencia se convierte en la separación familiar secundaria del divor-cio.
Pero, si el divorcio crea una segunda adolescencia, ¿qué va a hacer, solo, el
nuevo adolescente, sin alguien que le ame? Por esto, después del divorcio, cada
uno de los ex cónyuges busca un nuevo amor, pasa una vez más por la segunda
fase de la niñez, vuelve a casarse y, de pronto, se encuentra de nuevo en la
segunda infancia. Para su asombro, se ha repetido el proceso.
Esta descripción puede ser cínica por su excesiva sencillez, pero ayuda
a centrar el problema. Para los afortunados, que aún abun-dan en la actualidad,
la segunda adolescencia no llega nunca. Aceptan la conversión de la segunda
fase de la primera infancia en la segunda fase de la segunda niñez. Fortalecido
por las nuevas intimidades del sexo y por las intimidades compartidas de la
pa-ternidad, el lazo entre la pareja se mantiene.
Más tarde, la pérdida del factor paternal se mitiga con la llegada de
nuevas intimidades con los nietos, hasta que, en definitiva, aparece la tercera
y última infancia, con la perspectiva de la seni-lidad y la impotencia de la
ancianidad. Esta tercera parte de la secuencia de la intimidad dura poco. No
hay una tercera niñez avanzada, al menos en este mundo. Terminamos como niños
de teta, suavemente encajados en el ataúd, que, como la cuna del recién nacido,
está suavemente almohadillado y adornado. De la cuna de la infancia pasamos a
la cuna de la vejez.
A muchos les resulta difícil aceptar que termine aquí la tercera parte
de la intimidad. Se niegan a admitir que a la tercera primera infancia no sigue
una tercera segunda infancia, que pueden en-contrar en el ciclo, donde no
existe el temor de un exceso de cui-dados maternales.
Al trazar este esquema de la intimidad, desde el claustro materno hasta
la tumba, me he demorado en las primeras fases de la vida y he pasado
rápidamente las etapas ulteriores. Pero expuestas como han sido las raíces de
la intimidad, podremos ahora, en los capí-tulos siguientes, observar mejor el
comportamiento de los adultos.
2
INVITACIONES A LA INTIMIDAD SEXUAL
El cuerpo humano envía constantemente señales a sus compañe-ros de
sociedad. Algunas de estas señales invitan a un contacto íntimo: otras, lo
repelen. A menos que tropecemos accidental-mente con el cuerpo de alguien,
nunca nos tocamos sin estudiar primero los signos. Sin embargo, nuestro cerebro
está tan a tono con la delicada función de captar estas señales invitadoras,
que con frecuencia podemos resumir una situación social en una frac-ción de
segundo. Si descubrimos inesperadamente una persona amada entre una multitud de
desconocidos, podemos abrazarlos a todos a los pocos momentos de haber puesto
en ellos la mirada. Esto no implica descuido; sólo significa que las
computadoras de nuestro cráneo son estupendas para el cálculo rápido, casi
instan-táneo, del aspecto y estado de ánimo de los muchos individuos con
quienes nos tropezamos en nuestras horas de vigilia. Los cen-tenares de señales
separadas emanadas de los detalles de su for-ma, tamaño, color, sonido, olor,
actitud, movimiento y expresión, afluyen con la velocidad del rayo a nuestros
órganos sensoriales especializados: la computadora social entra en acción, y
brota la respuesta: tocar o no tocar.
Cuando somos muy pequeños, nuestro reducido tamaño y nuestra impotencia
incitan poderosamente a los adultos a tendernos los brazos y establecer un
contacto amistoso con nosotros. La cara lisa, las grandes ojos, los torpes
movimientos, los cortos miem-bros y los contornos generalmente redondeados,
todo esto contri-buye a nuestro atractivo al tacto. Añádanse a esto la amplia
son-risa y las señales de alarma del llanto y los chillidos. El niño es una
clara y poderosa invitación a la intimidad.
Si, de adultos, enviamos señales parecidas de impotencia o de dolor,
como cuando estamos enfermos o somos víctimas de un accidente, provocamos una
reacción seudopaternal de naturaleza semejante. También cuando realizamos el
primer intento de con-tacto material, en forma de un apretón de manos, solemos
acom-pañar nuestra acción con una sonrisa.
Estas son las invitaciones básicas a la intimidad; pero, con la ma-durez
sexual, el animal humano entra en una nueva esfera de se-ñales de contacto –las
señales de la atracción del sexo– que sirven para incitar al varón o a la
hembra a contactos recíprocos algo más que amistosos.
Algunas señales sexuales son universales y comunes a todos los seres
humanos; otras, constituyen variaciones culturales de estos temas biológicos.
Algunas se refieren a nuestro aspecto de varo-nes o hembras adultos; otras,
tienen que ver con nuestro compor-tamiento adulto: nuestras actitudes, ademanes
y acciones. La ma-nera más simple de observarlas es dando un recorrido al
cuerpo humano, deteniéndonos brevemente en cada uno de los principa-les puntos
de interés.
La zona genital.
Ya que tratamos de señales sexuales, es lógico empezar con la típica
área genital y partir de cita para pasar a otras zonas. La zona genital es la
región tabú por excelencia, lo cual no se debe única-mente a que en ella se
encuentran los órganos externos de la re-producción. En esta pequeña zona del
cuerpo se concentran todos los tabúes: la micción, la defecación, la cópula, la
eyaculación, la masturbación y la menstruación. Con esta serie de actividades,
no es de extrañar que haya sido siempre la región más oculta del cuerpo humano.
Exponerla directamente, como invitación visual a la intimidad, es una señal
sexual demasiado fuerte para ser em-pleada como incitación preliminar, antes de
que la relación haya pasado por las primeras fases de contacto corporal. Lo
curioso es
que, cuando la relación ha alcanzado la fase más avanzada de intimidad
genital, es generalmente demasiado tarde para la exhi-bición visual, y así, la
primera experiencia de los órganos genita-les de la pareja es normalmente
táctil. El acto de mirar directa-mente al órgano genital del sexo opuesto es
muy raro en el mo-derno galanteo humano. Existe, en cambio, considerable
interés en esta región del cuerpo, y si es imposible la exhibición directa,
suele acudirse a ciertas alternativas.
La primera es el empleo de artículos de vestir que recalquen la
naturaleza de los órganos que ocultan. Para la hembra, esto signi-fica llevar
pantalones, shorts o trajes de baño demasiado estrechos para ser cómodos, pero
que, con su estrechez, revelan la forma del sexo a la atenta mirada masculina.
Este es un fenómeno exclusi-vamente moderno, pero si equivalente, en el varón,
tiene una larga historia. Durante un período de casi doscientos años
(aproxima-damente desde 1408 hasta 1575) muchos varones europeos exhi-bían
indirectamente sus órganos genitales mediante una pieza del vestido colocada en
la parte anterior de la entrepierna. Al princi-pio, no fue más que un modesto
pliegue delantero que formaba una pequeña bolsa en el pantalón excesivamente
ceñido o en las calzas que llevaban los hombres de aquellos tiempos. En
realidad, éstas eran tan ajustadas, que el remedio era necesario. Pero, con el
transcurso de los años, su tamaño aumentó extraordinariamente hasta convertirse
en una pieza para el falo, y no simplemente para el escroto, que daba la
impresión de que el que la llevaba estaba en erección continua. Para
subrayarlo, era muchas veces de color distinto de la tela circundante, e
incluso se adornaba con oro y pedrería. Al final, llegó a exagerarse tanto que
fue tomado a bro-ma, y por esto Rabelais, al describir el que usaba su
protagonista, pudo decir que se habían empleado en él quince metros de
mate-rial. Su forma era de arco de triunfo, elegantísimo y asegurado por dos
anillas de oro sujetas a unos botones de esmalte, del tamaño de naranjas, y con
grandes esmeraldas incrustadas. La pieza for-maba una protuberancia de cinco
palmos».
Actualmente, estas extravagantes exhibiciones no se encuentran ya en el
mundo de la moda, pero aún subsisten algunas reminis-cencias en los calzones
excesivamente ajustados de los jovencitos de los años sesenta y setenta. Como
las hembras modernas, se ponen «jeans» y trajes de baño ceñidísimos, que les
obligan a cambiar la posición corriente del pene. A diferencia de los varo-nes
de edad madura, que lo llevan colgante dentro del ancho pan-talón, el joven
actual camina con el pene en posición erecta. Su-jeto firmemente en su postura
vertical por la ajustada tela, pre-senta un ligero pero visible bulto genital a
los interesados ojos femeninos. De este modo, el traje del joven varón permite
a éste hacer alarde de una seudoerección, que, como la antigua pieza, no ha
provocado excesivas críticas, ni siquiera por parte de los secto-res más
puritanos. Falta por ver si la antigua pieza no volverá a ponerse de moda en
los años venideros, o si llegaremos a un pun-to en que este alarde de
masculinidad será tan descarado que aca-bara por desacreditarse.
Otras prendas modernas de exhibición genital son de carácter francamente
exótico y poco empleadas. Entre ellas, trajes de baño femeninos y bragas
adornadas con piel en la región del pubis, o con encajes en la parte delantera
que imitan la forma del aparato genital. Otra forma de exhibición genital
indirecta que ha sobrevi-vido sin oposición al paso de los años es el monedero
escocés, simbólica bolsa genital que se lleva en la región del escroto y está
frecuentemente recubierta de vello simbólico.
Una manera aún más indirecta de transmitir señales genitales vi-suales
consiste en emplear alguna otra parte del cuerpo como imi-tación o «eco
genital». Esto permite enviar un primario mensaje genital, manteniendo
completamente ocultos los verdaderos órga-nos. Hay varias maneras de hacer
esto, y, para comprenderlas, debemos examinar la anatomía de los órganos
sexuales feme-ninos. A efectos de simbolismo, consisten en un orificio –la
va-gina– y dos pares de pliegues de piel: los labios menores y mayo-res. Si
éstos están cubiertos, otros órganos o detalles del cuerpo que se les parezcan
de algún modo pueden emplearse como «ecos genitales», a modo de señales.
Como sustitutos del orificio, tenemos el ombligo, la boca, las fo-sas
nasales y las orejas. Todos ellos tienen algo que es tabú. Por ejemplo, es de
mala educación sonarse en público o limpiarse la oreja con el dedo. Esto
contrasta con acciones de limpieza tales como enjugarse la frente o frotarse
los ojos, que consentimos sin el menor reparo. Con frecuencia nos cubrimos la
boca por alguna razón, si no con un velo, al menos con la mano, cuando
bosteza-mos, tosemos o reímos disimuladamente. El ombligo es aún más tabú, y,
en tiempos pasados, solía borrarse de las fotografías para ocultar a nuestros
ojos su sugestiva forma. De estos cuatro tipos de «abertura», sólo la boca y el
ombligo parecen haber sido em-pleados como invitaciones sexuales.
La boca
es, con mucho, la más importante, y transmite muchas señales
seudogenitales durante los encuentros amorosos. Ya sugerí en El mono desnudo
que la singular evolución de los labios en nuestra especie puede tener algo que
ver con esto, al desarrollarse sus superficies rosadas y carnosas como una
imitación labial a nivel biológico, más que puramente cultural. Como los labios
genitales, se enrojecen e hinchan con el estímulo sexual, y, como ellos,
ro-dean un orificio central. Desde los primeros tiempos históricos, la mujer
acentuó sus señales labiales con la aplicación de un color artificial. El lápiz
de labios es, actualmente, uno de los productos cosméticos más importantes, y
aunque sus colores varían con la moda, siempre vuelven al rojo vivo, copiando
el enrojecimiento sexual en los estados avanzados de excitación. Desde luego,
no se trata de una sublimación consciente de las señales sexuales, sino de algo
puramente sexy o «atractivo», sin más complicaciones.
Los labios de la mujer adulta son típicamente, un poco más grue-sos y
carnosos que los del varón, que es lo natural si desempeñan un papel simbólico,
diferencia que ha sido a veces acentuada pa-sando el lápiz sobre una zona más
amplia que la de los propios labios. Esto imita también la hinchazón que sufren
cuando la san-gre afluye a ellos, producto de la excitación sexual.
Muchos autores y poetas han considerado la boca como una pode-rosa
región erótica del cuerpo, sobre todo cuando la lengua del varón se inserta en
la cavidad bucal de la hembra durante un beso profundo. También se ha
pretendido que la estructura de los la-bios de una mujer determinada refleja la
estructura del órgano genital oculto. Así se presume que la mujer de labios
carnosos posee un órgano genital carnoso, y que la de labios linos y apreta-dos
tiene un órgano genital fino y estrecho. Si esto es realmente así, no refleja,
desde luego, un mimetismo exacto del cuerpo, sino simplemente el tipo somático
en general de la mujer en cuestión.
El ombligo
ha suscitado muchos menos comentarios que la boca; pero algo le ha
ocurrido en años recientes que revela el papel que desempeña como eco genital.
No sólo era borrado por los antiguos fotógrafos, sino que el primitivo «Código
de Hollywood» prohibía expresa-mente su exhibición. De modo que las bailarinas
de harén de las películas de antes de la guerra estaban obligadas a tapárselo
con algún elemento ornamental. Jamás se dio una verdadera explica-ción de este
tabú, salvo la débil excusa de que la exhibición del ombligo podía inducir a
los niños a preguntar para qué servía y obligar a los padres a explicaciones
enojosas. Pero, en un contexto adulto, esto no tiene sentido, y salta a la
vista que la verdadera razón fue que el ombligo recuerda vivamente un «orificio
secre-to». Como las muchachas de harén se presume que, en cuanto dejen caer el
velo, empezarán a retorcerse en una danza del vien-tre oriental, con el
resultado de que el seudoorificio empezará a abrirse, estirarse y girar de una
manera sexualmente invitadora. Hollywood decidió que había que disimular esta
descarada pieza de la anatomía. Lo curioso es que, al entrar en la segunda
mitad del siglo XX y empezar a mitigarse en Occidente la severidad del «Código
de Hollywood», el mundo árabe, con su nuevo espíritu republicano, empezó a
cambiar el rumbo. Se informó oficialmente a las danzarinas egipcias de que era
incorrecto e indecente mostrar el ombligo durante sus exhibiciones «folklóricas
tradicionales». En el futuro, declaró el Gobierno, la región del diafragma
debía cubrirse adecuadamente con alguna clase de paño ligero. Y así, mientras
los ombligos europeos y americanos volvieron por sus fueros, en los cines y en
las playas los falsos orificios de las nor-teafricanas se sumieron en la
obscuridad.
Desde su reaparición, los ombligos desnudos del mundo occiden-tal han
sufrido una curiosa alteración. Han empezado a cambiar de forma. En las
representaciones pictóricas, la antigua abertura circular tiende a ser
sustituida por una concavidad más alargada y vertical. Al investigar este
extraño fenómeno, descubrí que las modelos y actrices contemporáneas muestran,
en una proporción de seis a uno, un ombligo vertical más que circular, en
compara-ción con las modelos de artistas de ayer. Una rápida observación de
doscientas pinturas y esculturas de desnudos femeninos, elegi-das al azar entre
el caudal de la Historia del Arte, reveló una pro-porción del 92 por ciento de
ombligos redondos, contra un 8 por ciento de verticales. Un estudio parecido de
fotografías de mode-los y artistas de cine actuales, revela un cambio notable:
ahora, la proporción de ombligos verticales se ha elevado al 46 por ciento.
Esto sólo se explica en parte por el hecho de que las jóvenes son ahora, en
general, mucho más delgadas; pues, aunque es verdad que una mujer obesa no
puede mostrar un ombligo vertical al ob-servador, no lo es menos que esto puede
ocurrir también en las mujeres flacas, las esbeltas muchachas de Modigliani
exhiben ombligos tan redondos como los de las rollizas modelos de Re-noir.
Además, dos muchachas de los años setenta, de figura pare-cida, tienen con
frecuencia ombligos de forma diferente.
La manera de producirse este cambio, ya inconscientemente, ya
deliberadamente fomentado por los fotógrafos modernos, no está del todo clara.
Parece tener algo que ver con una sutil alteración de la posición del tronco de
la modelo, posiblemente relacionada en parte con las exageradas inspiraciones
de aire que éstas suelen realizar. Sin embargo, el significado último de la
nueva forma del ombligo parece razonablemente seguro. El clásico ombligo
re-dondo, en su papel de orificio simbólico, recuerda demasiado el ano. Al
convertirse en una hendidura más ovalada y vertical, ad-quiere automáticamente
una forma más genital, y su calidad de símbolo sexual aumenta
considerablemente. Al parecer, esto es lo que ha ocurrido desde que el ombligo
occidental salió a la luz y empezó a actuar más abiertamente como señal
erótica.
Las nalgas.
Dejando el pubis y sus ecos sustitutivos, y pasando a la parte
pos-terior de la pelvis, llegamos a los dos carnosos hemisferios de las nalgas.
Estas son más pronunciadas en la mujer que en el varón y constituyen un rasgo
exclusivamente humano, que falta en las otras especies de primates. Si una
mujer se agachase de espaldas a un varón, adoptando la típica posición
imitadora a la cópula de los primates, su aparato genital quedaría encuadrado
entre los dos hemisferios de carne suave. Esta comparación convierte a éstos en
una importante señal sexual para nuestra especie, y que tiene, probablemente,
un origen biológico muy antiguo. Es nuestro equivalente de las «hinchazones
sexuales» de otras especies. La diferencia está en que en nuestro caso la
condición es permanente. En las especies animales, la hinchazón aumenta o
disminuye con el ciclo menstrual, alcanzando el máximo cuando la hembra es
sexualmente receptiva, alrededor del tiempo de la ovulación. Na-turalmente,
como la mujer es sexualmente receptiva casi en todos los tiempos, sus
«hinchazones» sexuales permanecen de un modo continuo. Al erguirse nuestros
primeros antepasados y adoptar la posición vertical, el apáralo genital fue más
visible por delante que por detrás, pero las nalgas conservaron su
significación sexual. Aunque la cópula propiamente dicha se realizó cada vez
más de un modo frontal, la hembra siguió enviando señales sexuales acentuando
de algún modo su parte posterior. Actualmente, si una muchacha aumenta
ligeramente la ondulación de sus caderas al andar, envía una poderosa señal
erótica al varón. Si adopta una posición en que aquéllas sobresalen
«accidentalmente» un poco más de lo normal, el efecto es idéntico. En
ocasiones, como en la famosa posición de «traseros arriba» del cancán,
advertimos una versión completa de la invitación de los antiguos primates, y
son corrientes los chistes sobre el hombre que se siente tentado a dar una
palmada en el trasero a la muchacha que se inclina inocente-mente para recoger
un objeto del suelo.
Desde tiempos remotos, hay dos fenómenos relacionados con las nalgas que
merecen comentarios. El primero es la condición co-nocida por el nombre de
«esteatopigia», y el segundo es el artifi-cio del polisón. Literalmente,
esteatopigia significa ancas gordas, y designa la exagerada protuberancia de
las nalgas que se en-cuentra en ciertos grupos humanos y en particular el de
los bos-quimanos del África del Sur. Se ha sugerido que este es un caso de
acumulación de reseñas de grasa, semejante al de las gibas de los camellos;
pero si tenemos en cuenta que es mucho más exage-rado en las hembras que en los
varones, parece más probable que se trate de una especialización de las señales
sexuales que emanan de esta región del cuerpo. Parece como si las mujeres
bosquima-nas hubiesen acentuado más que las otras razas el desarrollo de esta
señal. Incluso es posible que esta condición fuese típica de la mayoría de
nuestros remotos antepasados y que, más tarde, se redujese en favor de una
disposición más adaptable atléticamente, en forma de las nalgas femeninas menos
protuberantes que vemos en la actualidad. No hay que olvidar que hubo un tiempo
en que los bosquimanos fueron mucho más numerosos que hoy día, y que dominaron
la mayor parte de África antes de la más moderna ex-pansión de los negros.
También es curioso que muchas figurillas prehistóricas femeninas, de
Europa y de otras partes, suelen presentar un aspecto pare-cido, con grandes y
protuberantes nalgas, completamente despro-porcionadas a la obesidad general de
los cuerpos representados. Esto tiene únicamente dos explicaciones. O las
mujeres prehistó-ricas estaban dotadas de enormes traseros, que enviaban
vigorosas señales sexuales a los varones, o los escultores prehistóricos
es-taban tan obsesionados por la naturaleza erótica de las nalgas que, como
muchos caricaturistas actuales, se permitieron un alto grado de licencia
artística. En ambos casos, las nalgas prehistóricas im-peraron de un modo
absoluto. Lo curioso es que después, al pro-gresar en una región tras otra las
formas del arte, la mujer de grandes nalgas empezó a desaparecer. En el arte
prehistórico de todas las localidades donde ésta ha aparecido, fue siempre la
pri-mera en ser encontrada. Después, desapareció, y otras mujeres más esbeltas
ocuparon su sitio. A menos que las mujeres de gran-des posaderas abundasen
realmente en los primeros tiempos y desapareciesen después gradualmente, la
razón de este cambio general en el arte prehistórico sigue envuelta en el
misterio. Per-sistió el interés del varón por las nalgas femeninas, pero, con
raras excepciones, éstas se redujeron a las proporciones naturales que
observamos en las pantallas de cine del siglo XX. Las danzarinas de los murales
del antiguo Egipto encontrarían fácil colocación en un club nocturno moderno,
y, si vivió la Venus de Milo, la me-dida de sus caderas no pasó de los 96
centímetros.
Las excepciones a esta regla son intrigantes, pues demuestran, en cierto
sentido, un retorno a los tiempos prehistóricos y un reno-vado interés del
hombre en la tosca exageración de la región glú-tea femenina. Y con ello
pasamos del fenómeno carnoso de la esteatopigia al ingenio artificial del
polisón. El efecto es el mismo en ambos casos –a saber, un considerable aumento
de la región glútea–, pero el polisón consistió en insertar un grueso relleno,
o alguna forma de armazón, debajo del vestido femenino. En su origen Fue una
especie de miriñaque reducido. La costumbre de poner almohadillas alrededor de
la pelvis fue muy frecuente en la
moda europea, y lo único que se necesitaba para destacar las po-saderas
era eliminar el almohadillado de la parte frontal y de los lados del cuerpo.
Esto hizo que el invento del polisón fuese más una «reducción» que una
exageración, y permitió que se introdu-jese en la alta costura sin indebidos
comentarios. Al surgir de este modo negativo, consiguió evitar sus evidentes
implicaciones se-xuales. El polisón con flejes y almohadillas de los años de
1870 pasó rápidamente de moda, pero regresó triunfalmente y en forma aún más
exagerada en la década de 1880, convirtiéndose en una especie de anaquel
plantado en la espalda, mantenido en su sitio con redes de alambre y muelles de
acero, y dando una impresión capaz de hacer reaccionar al bosquimano más
fatigado. Sin em-bargo, en los años noventa, se extinguió, y la cada vez más
atlé-tica hembra del siglo XX no pensó jamás en instaurarlo de nuevo. Las
nalgas aumentadas de los tiempos modernos quedaron limita-das a «postizos»
raramente empleados, actitudes provocativas y exageraciones de los
caricaturistas.
Las piernas.
Por debajo de la región de la pelvis, las piernas femeninas des-pertaron
también el interés de los varones como medios de señales sexuales.
Anatómicamente, la parte exterior de los muslos feme-ninos tiene mayor cantidad
de grasa que la de los varones, y, en determinados periodos, se consideró
erótica la pierna rolliza. En otros tiempos, la simple exhibición de la pierna
bastó para trans-mitir señales sexuales. Inútil decir que cuanto más alta es la
parte exhibida, más estimulante resulta, por la sencilla razón de que se acerca
más a la zona genital primaria. Entre los complementos artificiales de las
piernas figuraron también los «postizos», lleva-dos bajo medias opacas; pero su
empleo fue tan raro como el de los postizos de las caderas. Los zapatos de tacón
alto se han usado mucho más corrientemente, pues se presume que la inclinación
del pie da mayor esbeltez al contorno de la pierna y aumenta tam-bién su
longitud aparente, circunstancia relacionada con el hecho de que el
alargamiento de los miembros es característico de la adolescencia en
desarrollo. Las «piernas largas» equivalen a ma-durez sexual y por
consiguiente, a sexualidad.
En cuanto a los pies, han sido a menudo embutidos en calzados demasiado
estrechos, tendencia originada por el hecho de que el pie de la mujer adulta es
ligeramente más pequeño que el del va-rón adulto. Por consiguiente, aumentando
un poco esta diferencia, el pie de la mujer resulta más femenino y se convierte
en señal sexual para el varón. El pie pequeño fue a menudo alabado por los
varones, y muchas hembras se sometieron a verdaderas torturas para conseguirlo.
Unas palabras de Byron resumen la actitud tra-dicional masculina cuando habla
de «los menudos pies de sílfide que evocan la más perfecta simetría de las
bellas formas que tan bien terminan». Este punto de vista sobre el pie femenino
se re-fleja en el conocido cuento de la Cenicienta –cuento que se re-monta al
menos a dos siglos atrás–, cuyas feas hermanas tienen el pie demasiado grande
para introducirlo en el diminuto zapato de cristal. Sólo la hermosa heroína
tiene unos pies lo bastante peque-ños para conquistar el corazón del príncipe.
En la China de antaño, la afición a los pies femeninos diminutos llegó a
horribles extremos, y, muchas veces, las niñas tuvieron que soportar vendajes
tan estrechos que les produjeron graves deformidades. El pie vendado, «lirio de
oro», que parecía tan atractivo dentro de un adornado zapatito, tenía más bien
el as-pecto, si se veía descalzo, de una deformada pezuña de cerdo. Tan
importante era esta dolorosa práctica, que el valor comercial de una muchacha
se medía por la pequeñez de sus pies, y durante los tratos sobre el precio de
la novia se exhibían sus zapatos para acentuar su valor. La mujer moderna que
dice que sus pies «la están matando» no hace más que hacer eco, aunque
ligeramente, de este antiguo fenómeno. La razón oficial que se daba pura ex-plicar
la costumbre de los «lirios de oro» era que así se demos-traba que la hembra en
cuestión no necesitaba trabajar, pues es-taba tan tullida que no habría podido
hacerlo. Pero, a veces, su esposo tampoco necesitaba trabajar, a pesar de lo
cual no se es-trujaba los pies; por esto, la exageración de la diferencia de
sexo brinda una explicación mucho más convincente. Esta regla se aplica también
a otros muchos casos. Distorsiones o exageracio-nes particulares se justifican
oficialmente por razones de «alta elegancia» o de categoría, pero la
explicación profunda es que la tal modificación hace destacar de algún modo una
característica biológica de la mujer (o del hombre). La estrechez artificial de
la cintura femenina es otro ejemplo de esto.
Además de su anatomía, la posición de las piernas puede transmi-tir
señales sexuales. En muchas sociedades, se enseña a las niñas que no es
correcto permanecer de pie o sentadas con las piernas separadas. El hacerlo
equivale a una «apertura» de los órganos genitales, y aunque éstos sean
invisibles, el mensaje sigue siendo fundamentalmente el mismo. Con el
advenimiento del pantalón femenino y con la desaparición de severas normas de
etiqueta, la posición de piernas separadas se ha hecho mucho más frecuente en
los recientes años, y se adopta cada vez más por las modelos de publicidad. Lo
que antes fue señal poderosa se convirtió en simple actitud de reto; lo que era
de mal gusto, no es ahora más que lige-ramente incitante. Sin embargo, la chica
que lleva faldas sigue obedeciendo la antigua norma. Mostrar la entrepierna
cubierta con las bragas sigue siendo, en la mayoría de los casos, una señal
ex-cesiva de invitación.
Por consiguiente, la «niña bien educada» tradicional sigue mante-niendo
las piernas juntas: pero también es peligroso exagerar esta actitud y mantener
esas extremidades demasiado apretadas. Si hace esto o las cruza con fuerza, es
como si «protestase excesiva-mente», provocando una nueva clase de comentario
sexual. Como ocurre con todas las actitudes puritanas, revela con ello que
piensa demasiado en el sexo. En realidad, la joven que guarda con ex-ceso su
aparato genital llama casi tanto la atención como aquella que lo exhibe. De
manera parecida, si al sentarse una muchacha, la falda se levanta más de lo
pretendido por aquélla y la chica tira de ella para bajarla, no hará más que
acentuar la sexualidad de la situación. La única señal no sexual es la que evita
ambos extre-mos.
Para el varón, la separación de las piernas constituye una señal muy
parecida a la de la hembra, pues también es como una expo-sición velada de las
partes genitales. La actitud de sentarse con las piernas separadas es propia
del varón dominante y confiado (a menos, naturalmente, que esté demasiado gordo
para poder jun-tarlas).
El vientre.
Pasando ahora hacia arriba, llegamos al vientre, que tiene dos formas
características: plano o «abultado». Los amantes suelen tener el vientre plano,
mientras que los niños que pasan hambre y los hombres que comen demasiado
suelen ser barrigudos. La mu-jer adulta es menos propensa a volverse barriguda
que el varón adulto, aunque aumente de peso igual que este. Esto se debe a que
en la mujer, los tejidos que acumulan mayor cantidad de grasa están en los
muslos y las caderas, más que en el vientre. Desde luego, si un hombre y una
mujer comen con exceso, acabarán teniendo la misma forma esferoidal; pero, en
casos menos acen-tuados, la diferencia en la distribución de la grasa se
advierte fá-cilmente. Muchos hombres relativamente bajos se vuelven
mode-radamente barrigudos en la edad madura o en la vejez. ¿Cómo se explica
esto?
A veces, una caricatura dice más que lo que pretende o incluso comprende
su autor. Veamos la historieta muda de un hombre maduro y barrigón en una
playa, cuando se acerca una hermosa joven en bikini. Al aproximarse ésta, el
hombre la ve y empieza a contraer la abultada barriga, de modo que cuando ella
llega a su altura él tiene el pecho hinchada y el vientre encogido. Al pasar la
muchacha, el vientre del varón se va distendiendo lentamente, hasta que, al
perderse aquélla en la distancia, ha recobrado su abultada forma primitiva. La
historieta pretende claramente refle-jar un control consciente de la silueta
del hombre –y de su imagen sexual–, pero, al mismo tiempo, describe algo que
ocurre incons-cientemente, como parte del comportamiento sexual del varón. Pues
la excitación sexual, o un prolongado interés sexual, produ-cen automáticamente
el efecto de encoger los músculos del vien-tre. Aparte de variaciones
individuales, esto se pone de manifiesto en la diferencia general entre la
silueta del joven y la del viejo. Los jóvenes son sexualmente, más potentes que
los viejos, y la forma general de su cuerpo se adelgaza en la parte baja.
Tienen la complexión típica masculina de nuestra especie, con anchos hom-bros,
tórax dilatado y caderas estrechas. El vientre plano es parte de esta
complexión general del cuerpo. El viejo tiende a tener los hombros redondeados
y caídos, el pecho plano y las caderas más abultadas. También aquí, el vientre
barrigudo es parte de la com-plexión invertida del cuerpo. Con su silueta, el viejo
dice clara-mente: «Ya he pasado la fase del apareamiento.»
En los tiempos modernos, los varones maduros, que hicieran un culto de
la juventud y la potencia sexual, luchan desesperada-mente contra la casi
inevitable inversión de la silueta. Se imponen una dieta implacable, realizan
ejercicios físicos, se ponen fajas apretadas y contraen lo mejor que pueden los
flojos músculos del vientre. Desde luego, su tarea sería más sencilla si se
enamorasen de vez en cuando. Descubrirían que una aventura amorosa es tan
eficaz como la dieta, la faja y el ejercicio físico juntos. Bajo la influencia
de sus emociones pasionales, los músculos del vientre se contraerían
automáticamente y mantendrían su contracción, pues, por el simple hecho de
enamorarse, aquellos hombres volve-rían auténtica y biológicamente a una
condición juvenil, y su cuerpo se esforzaría en estar a la altura de las
circunstancias. Des-de luego, muchos hombres dan pasos en esta dirección de vez
en cuando, pero, a menos que el proceso sea más o menos continuo, la inversión
de la silueta habrá empezado ya a imponerse, y su éxito corporal será muy
limitado. Inútil decir que estas medidas hacen también estragos en el verdadero
papel biológico del varón maduro, que es el de jefe de una unidad familiar
establecida.
Pero la situación no ha sido siempre así. Hace tiempo, antes de que los
milagros de la medicina moderna alargasen nuestras vidas de modo tan
considerable, la mayoría de los varones maduros tardaban poco en bajar a la
tumba. A juzgar por nuestro peso y por otras varias características de nuestro
ciclo vital, la duración natural de la vida del hombre está, probablemente,
entre los cua-renta y los cincuenta años. Todo lo demás se le da por añadidura.
También, en anteriores periodos históricos, el varón dominador y maduro sostuvo
generalmente su posición a base de su influencia social, más que de su
juventud. La mujer joven y atractiva solía ser comprada, más que conquistada.
Al gordo señor feudal o al obeso amo de un harén, les preocupaba poco su
gordura y las se-ñales anti sexuales transmitidas por ésta. En el harén, esta
situa-ción dio origen al fenómeno de la danza del vientre, que, en un
principio, consistió en movimientos pélvicos de la hembra sobre la obesa e
incapacitada forma de su amo y señor, incapaz de reali-zar el movimiento y
obligado a valerse de los servicios de mucha-chas adiestradas, que
representaban el papel masculino en el en-cuentro, y que con sus ondulaciones
convertían la cópula en poco más que una fértil masturbación. Los hábiles y
variados movi-mientos de estas mujeres para complacer a sus obesos dueños y
señores constituyeron la base de la famosa danza del vientre oriental, que se
perfeccionó cada vez más como preliminar visual, hasta llegar a las
representaciones frecuentes hoy en día en los clubs nocturnos y los cabarets.
Para el varón moderno, las conquistas sexuales ajenas a las seña-les de
invitación masculinas suelen limitarse a breves visitas a las prostitutas. Para
sus relaciones a largo plazo, el hombre debe fiar principalmente en su
atractivo sexual personal, en este aspecto, ha vuelto a una situación mucho más
natural en la especie humana, pero, al propio tiempo, la duración de su vida ha
sido artificial-mente prolongada. Esta situación ha provocado la nueva
preocupación por «la juventud y el vigor» del varón, que, al rebasar los
treinta, empieza a sentir la disminución de su potencia sexual. Si la muerte
natural se produjese a los cuarenta, esto no significarla un problema tan
grave, pues al hombre le quedaría el tiempo justo para criar a sus hijos y
marcharse al otro mundo. Pero ahora, cuando el padre puede esperar vivir medio
siglo más, el problema se ha agudizado mucho, como lo demuestran los libros
sobre die-tética, las instituciones de salud y otros atavíos de la vida
contem-poránea.
La cintura.
Volvemos con esto al mundo de las señales sexuales de la mujer. La
cintura es más estrecha en la hembra que en el varón, o al me-nos parece serlo,
debido al ensanchamiento de las caderas y a los turgentes y redondos senos. Por
esto la estrechez de la cintura se convirtió en una importante señal sexual de
la mujer, susceptible de exageraciones parecidas a las estudiadas
anteriormente. La señal puede acentuarse de modo directo, o indirectamente,
apre-tando la cintura o ampliando el busto y las caderas. Puede lograrse la
máxima señal haciendo ambas cosas a la vez. El busto puede acentuarse
sujetándolo o levantándolo con vestidos estrechos, acudiendo a los postizos o
recurriendo a la cirugía estética. Las caderas pueden ensancharse con guata o
llevando ropas ceñidas que acentúen las curvas. En cuanto a la cintura, puede
estrecharse en un corsé apretado o llevando cinturón.
Los corsés femeninos tienen una larga y a veces desdichada histo-ria. En
épocas pasadas, fueron en ocasiones tan crueles que perju-dicaron el desarrollo
de las costillas y los pulmones de las joven-citas y dificultaron su
respiración normal. En los últimos tiempos Victorianos, una muchacha, para ser
atractiva, debía medir de cintura un número de pulgadas igual a sus años
cumplidos. Para conseguirlo, muchas jóvenes se veían obligadas a dormir con el
apretado corsé y a no quitárselo en todo el día. En periodos históricos, cuando
estaba de moda el miriñaque, el encogimiento de la cintura podía relajarse
bastante, porque, naturalmente cualquier cintura parecía estrecha en
comparación con las enormes caderas aparentes, debidas a la amplitud de las
faldas.
Las cinturas del siglo XX han padecido mucho menos la compre-sión
artificial del corsé, que con frecuencia fue totalmente supri-mido, prefiriendo
las «compresiones» de una severa dieta. La actual mujer inglesa corriente mide
703 centímetros de cintura. La joven modelo Twiggy, típica «compañera» de
Playboy, y la Miss Mundo (por término medio) tienen una cintura de 61
centímetros. Las atletas modernas, que imponen exigencias más masculinas a su
cuerpo, tienden a la cintura de 74 centímetros.
Estas cifras adquieren mayor significado si se comparan con las medidas
del busto y de la cadera, revelando de este modo el factor de «hendidura de la
cintura» que transmite la señal esencial de la silueta femenina. Twiggy
(77´5–61-84) y Miss Mundo (91´5-61-91´5) se diferencian ahora, siendo mucho más
poderosa la señal de cintura de la segunda.
Pero existe otro factor de la cintura que merece ser comentado. El
hundimiento de esta guarda relación con las partes del cuerpo que están por
encima y por debajo de ella, una de las cuales puede ser mayor que la otra.
Miss Mundo está perfectamente equilibrada, puesto que la diferencia entre el
busto y la cintura, y entre la ca-dera y la cintura, es de 30‟5 centímetros. En
cambio la mujer co-rriente inglesa (94–70‟5–99) presenta una diferencia mayor
entre la cintura y la cadera que entre aquella y el busto. El hecho de que sus
caderas sean cinco centímetros más anchas que su busto le da lo que se llama
una «caída» de cinco centímetros. Esto puede aplicarse también a la mujer
corriente de otros países occidenta-les. En Italia, es también de 5
centímetros; en Alemania y Suiza, es mayor en tres octavos, y en Suecia y
Francia, lo es un octavo.
Estas cifras muestran una marcada y significativa diferencia de la
“Compañera” de Playboy, cuyo ejemplo típico es de (94–61–89): en otras
palabras, una «elevación» y no una «caída» de 5 centí-metros. Así, pues, si es
llamada “pechugona”, no se debe única-mente al tamaño de su busto. Este es
exactamente igual al de cualquier inglesa corriente. Su aparente desarrollo se
debe más bien a que siendo igual la medida de su busto, tanto su cintura como
sus caderas miden, aproximadamente, diez centímetros me-nos, acentuando el
abultamiento de la parte superior de su silueta y atrayendo magnéticamente las
miradas hacia ella. Encontrar una mujer así no resulta fácil. Y, si la revista
exige su fotografía con los senos descubiertos, el problema es estrictamente
biológico: no se puede contar con ninguna ayuda artificial. Para estudiar esto
más a fondo, dejaremos la cintura y concentraremos la atención en la región
torácica.
Los senos.
La hembra adulta de la especie humana es el único primate que posee un
par de glándulas mamarias hemisféricas. Éstas son pro-tuberantes incluso cuando
no producen leche y son, evidente-mente, algo más que un simple aparato de
alimentación. Yo creo que, por su forma, pueden considerarse como otra
imitación de una zona sexual primaria; dicho en otras palabras, como copias
biológicamente realizadas de las nalgas hemisféricas. Esto da a la hembra una
poderosa señal sexual, cuando está de pie –en actitud exclusivamente humana–
frente a un varón.
Hay otros dos ecos de la forma básica del glúteo, pero menos elo-cuentes,
como señales, que los senos. Uno es el hombro suave y redondeado de la mujer,
que, si se exhibe “lo justo” al bajar la blusa o el suéter, presenta un
adecuado hemisferio carnoso. Es un corriente ingenio erótico, en período en que
se llevan vestidos escotados. El otro eco se encuentra en las finas y redondas
rodillas de la hembra, que cuando tiene las piernas juntas y dobladas pre-senta
a la mirada del varón otro par de hemisferios femeninos. Muchas veces se ha
aludido a las rodillas en un contexto erótico. Lo mismo que los hombros,
producen su mayor impacto cuando se exhiben sólo «lo justo». Si es visible toda
la pierna, se pierde parte de tal impacto, porque se convierten en simples
extremos redondos de los muslos, más que un par de hemisferios por dere-cho
propio. Pero éstos son ecos mucho más ligeros, y son los se-nos los que logran
el mayor impacto.
Aquí hay que distinguir entre la reacción infantil del niño y la sexual
del adulto. La mayoría de los hombres otorgan al pecho femenino un interés
puramente sexual. En cambio, algunos teóri-cos científicos lo consideran como
puramente infantil. El varón enamorado que besa el pecho de su hembra puede
evocar los pla-ceres de la infancia, más que la seudorregión glútea, pero el
que lo mira o acaricia puede responder, principalmente, a su forma glú-tea
hemisférica, más que revivir el contacto del pecho de la ma-dre. Para la manita
del niño, el pecho de la madre es demasiado grande para ser abarcado con la
palma de la mano; en cambio, para el adulto, presenta una superficie
redondeada, notablemente recordatoria del hemisferio glútea. Lo propio puede
decirse de su aspecto visual, pues un par de senos ofrecen una imagen mucho más
parecida a un par de nalgas que la forma imponente vista por el niño durante la
lactancia.
El significado sexual de los senos femeninos tiene, pues, gran
importancia para nuestra especie, y, aunque esto no lo es todo, representa un
papel primordial en la eterna preocupación de la sociedad por el pecho
femenino. Las primitivas puritanas inglesas se aplastaban completamente los
senos con un ajustado corpiño. En la España del siglo XVII, se tomaron medidas
aún más seve-ras; las jovencitas se apretaban el pecho con planchas de plomo,
en un intento de impedir su desarrollo. Desde luego, estas me-didas no indican
falta de interés por el pecho femenino, como ocurriría si se prescindiese
enteramente de él, sino que más bien representan un reconocimiento del hecho de
que esta región emite señales sexuales que, por razones culturales, conviene
evitar.
Una tendencia mucho más generalizada y frecuente fue tratar de exagerar
los senos de algún modo. Este esfuerzo se ha dedicado, más que a aumentar el
tamaño, a mantenerlas más erguidos. En otras palabras, se tendió a mejorar su
apariencia hemisférica de seudoglúteos. Se alzan mediante vestidos ajustados,
de manera que reboten, o se juntan para que la hendidura entre ambos sea más
parecida a la del glúteo real, o se encierran en sostenedores tirantes, de modo
que se mantengan erectos y no caídos. En algu-nos momentos de la Historia se
prestó aún mayor atención al pro-blema, hasta el punto de que un antiguo manual
amoroso indio advirtió que «un tratamiento continuo con antimonio y agua de
arroz hará que los senos de una adolescente crezcan y se hagan prominentes, de
modo que robarán el corazón de los galanes, co-mo roba oro el ladrón».
Sin embargo, en unas pocas sociedades primitivas se prefieren los senos
caídos o colgantes, y se anima a las jóvenes para que tiren regularmente de
ellos, a fin de apresurar su caída. También, en nuestros países, la mujer de
senos pequeños o incluso de pecho plano tiene ardientes partidarios. Estas
excepciones a la regla ge-neral requieren una explicación. Probablemente, el
antropólogo social lo atribuirá simplemente a «variaciones culturales» y no se
preocupará más del asunto. Cada cultura y cada período tienen sus particulares
modelos de belleza, dirá aquél, y, virtualmente, cual-quiera de ellos sirve,
con tal de que sea aceptado tumo de moda por una tribu o sociedad particulares.
Las variaciones no constitu-yen una cuestión biológica fundamental, sino sólo
una amplia gama de alternativas igualmente válidas, cada una de las cuales
tiene sus propios méritos. Pero adoptar esta actitud es provocar la pregunta
fundamental de por qué el hombre y la mujer adultos han evolucionado hasta
conseguir tantos detalles diferentes y típi-cos de nuestra especie en su
totalidad. La mujer típica tiene unos senos protuberantes de los que carece el
hombre; éstos se desa-rrollan con independencia de que haya o no producción de
leche para los pequeños, y otras especies de primates carecen de este
sobresaliente rasgo visual. Constituyen, pues, una cuestión biológica
fundamental para el Homo sapiens, y sus variaciones deben considerarse como
insólitas y merecedoras de una explicación especial, y no como simples
alternativas culturales igualmente válidas y que no requieren más comentario
que decir que son «di-ferentes costumbres de tribu». Para comprender las
excepciones, conviene observar el “ciclo vital” de un pecho femenino típico. En
la infancia, no es más que un pezón en un pecho plano. Des-pués, en la
pubertad, empieza a hincharse y se proyecta hacia de-lante. Al crecer y hacerse
más pesado, su propio peso tira hacia abajo, y la parte interior se hace más
curva que la superficie supe-rior. Sin embargo, los pezones siguen proyectados
hacia delante. Es lo propio de la muchacha que no llega a los veinte. Después,
al seguir creciendo el pecho, empieza lentamente a descender, hasta que, en la
edad madura, experimenta una marcada caída, que sólo puede remediarse ton
medios artificiales. Existen, pues, tres fases básicas: pequeños en la
adolescente; puntiagudos y protuberantes en la joven adulta, y caídos en la
mujer adulta.
Vistas bajo esta luz, las variaciones culturales empiezan a tener
sentido. Si, por alguna razón, se cree que las adolescentes son sexualmente
atractivas, se preferirán los senos pequeños. Si se prefieren las mujeres
maduras, se pondrán de moda los senos caí-dos. Pero la inmensa mayoría
preferirá la etapa intermedia, ya que representa la verdadera fase de la
primera actividad sexual de la hembra humana. Las mujeres subdesarrolladas
imitarán la condi-ción puntiaguda y protuberante, aplicando postizos a sus menudos
senos, y las maduras que deseen dar la impresión de hallarse en la plenitud de
su vida sexual recurrirán a elevaciones artificiales.
Hay varias explicaciones posibles para los casos en que se prefie-ren
las jóvenes seudoinmaduras. Para el varón que vive en una sociedad puritana y
de represión sexual, el pecho plano de la mu-jer contribuye a mitigar la fuerte
señal sexual. Para el hombre profundamente inclinado a representar un papel
«paternal» frente a una «esposa-hija», resultará atractivo el aspecto infantil
que dan unos senos menudos. Para el homosexual latente, los pechos pequeños dan
un aire de muchacho que ha de atraerle vivamente. Pasando al otro extremo, en
sociedades donde la función maternal de la hembra ha adquirido, culturalmente,
mucha más importancia que el papel sexual, los pechos caídos de la mujer madura
serán más apetecibles, incluso en muchachas jóvenes. En tales casos, estas
deben «envejecer» sus senos, tirando de ellos para que des-ciendan.
Sin embargo, para la mayoría de los seres humanos los senos ten-drán su
máximo atractivo cuando los hemisferios alcancen su pleno desarrollo, pero
antes de aumentar hasta el punto de empe-zar a caer. Esto explica el dilema del
fotógrafo de Playboy, pues, al mejorar una calidad del pecho (el tamaño),
disminuye la otra (la firmeza). Para fotografiar un superseno, tiene que buscar
una rara muchacha que retenga la firmeza del seno joven cuando éste ha
alcanzado ya su pleno desarrollo. Es interesante observar que esto limita su
campo de elección a un estrecho campo de unos pocos años antes de los veinte.
Este es indudablemente, el momento culminante en el ciclo vital de este tipo de
señal sexual, fase que las mujeres mayores tratan de imitar y de prolongar artificial-mente
mediante diversas técnicas.
El efecto del superseno se incrementa indirectamente eligiendo muchachas
de estrecha cintura y caderas reducidas. Y con esto volvemos a la cuestión del
cambio más general originado por la edad en la silueta del cuerpo femenino. Las
pruebas han demos-trado que la mujer adulta corriente sufre un aumento de peso
de algo más de un kilo cada cinco años. La pequeña parte de este peso que
corresponde a los senos es lo que tira de ellos hacia aba-jo a medida que pasan
los años. La mayor parte de aquél va a pa-rar a las caderas y los muslos, dando
a la mujer madura su ca-racterístico aspecto «hippy, (en el antiguo sentido de
la palabra). Esto explica la «caída» mencionada más arriba: el tamaño de la
cadera, mayor que el del busto. En algunas partes del mundo, y en particular en
las regiones mediterráneas, este cambio puede pro-ducirse con asombrosa rapidez
en las jóvenes entre los veinte y los treinta años. En un momento dado, son
delgadas y esbeltas, y después, casi de la noche a la mañana, empiezan a
hincharse en la zona pélvica y a presentar la típica forma maternal de las
mujeres mayores. En otras regiones, el cambio es más gradual; pero la tendencia
básica sigue siendo la misma. Hay que esperar a la an-cianidad para que se
produzca una inversión y el cuerpo empiece a encogerse de nuevo.
Para muchas mujeres occidentales que ansían conservar su as-pecto
juvenil, esta tendencia biológica natural de la especie, signi-fica un grave
reto y exige un molesto y severo control de la dieta. No es que luchen
simplemente contra la glotonería, sino también contra la Naturaleza. Si quieren
conservar su figura juvenil, no deben limitarse a comer «normalmente», sino a
comer menos de lo normal. La situación no ha sido siempre tan extremada como en
la actualidad. En el pasado, la figura rolliza de la mujer era per-fectamente
aceptable desde el punto de vista sexual. No hay nada antifemenino en las
curvas desarrolladas. Sin embargo, éstas indi-can la fase maternal más que la
virginal, y la mujer moderna, bajo la influencia del culto contemporáneo a la
juventud, quiere per-manecer virgen de carne, aunque copule y tenga hijos.
Estas curvas de la rolliza mujer adulta se relacionan esencial-mente con
la fase maternal de su vida y no con la que precede a esta, lo cual se debe a
que, por cada tres kilos que gana la mujer casada y con hijos, la soltera
aumenta menos de uno. Moraleja: si una mujer quiere conservar la forma de
soltera, debe conservar su estado de tal. El hecho de ser soltera significa
que, con indepen-dencia de la edad y biológicamente hablando, sigue luciendo
para un posible compañero y que, por ende, tiende a conservar la for-ma más
adecuada a esta situación. Una vez casada, empieza a deslizarse hacia un tipo
maternal más «cómodo», y su silueta em-pieza a manifestar esta nueva condición.
Aunque esta tendencia es considerada perniciosa por la mayoría de las
mujeres modernas, es demasiado básica para ser accidental. En términos
biológicos, debe tener algún valor. Con frecuencia, se alega el argumento de
que la mujer rolliza y de cadera ancha está mejor constituida para el parto;
pero esta teoría no parece tener mucha consistencia, sobre todo si tenemos en
cuenta que la mayor anchura de la pelvis no se debe a una mayor separación de
los huesos por entre los que debe pasar la criatura, sino a unas capas más
gruesas de grasa. (El cuerpo femenino contiene, por término medio, un 28 por
ciento de grasa, mientras que el masculino con-tiene sólo un 15 por ciento.)
Hay otra explicación, más sexual, que parece tener mayor sentido. La muchacha
esbelta es más agradable a la vista del hombre, que gusta de acariciarla
ligera-mente, besarla y enamorarse de ella. La mujer más llena, más mujer, es
más apta para la unión íntima durante años. Lo que ocu-rre es, tal vez, que la
forma ideal visual se convierte en la forma ideal táctil, que la «ligera
gacela» se transforma en un colchón de «felicidad neumática». Este cambio
explicaría, ciertamente, la diferencia entre la modelo de alta costura, buena
para ser vista y no tocada, y la mujer rolliza, apta para ser abrazada y
estrujada, una vez terminada su tarea biológica de atraer al varón adulto y
aparearse con él.
Desde luego, me refiero aquí a casos extremos. La mayoría de las veces,
el cuerpo juvenil no es tan escuálido como para resultar desagradable, y las
formas más opulentas no resultan repelentes a la vista. El cambio no tiene
mayor importancia, y ambas fases resultan convenientes en los sentidos visual y
táctil. Lo malo es que la sociedad moderna se ha tragado el mito romántico de
que los jóvenes enamorados conservan su amor ideal eternamente, año tras año, y
que la fase de formación de la pareja conserva indefi-nidamente su máxima
intensidad, incluso después de una larga permanencia de sus lazos. En vez de
aceptar el hecho de que la condición de «locamente enamorados» debe madurar
inevitable-mente hacia un «amor» profundo pero menos violento, los cónyu-ges luchan
por conservar el ardor de sus primeros contactos y las formas físicas que los
acompañaron. Cuando sienten, forzosa-mente, que decrece la intensidad inicial,
piensan que algo marcha mal y se sienten defraudados. Vistas respectivamente,
las prime-ras películas de Hollywood son bastante responsables de esto.
La piel.
Para ambos sexos, y en todas las sociedades, una piel suave, lim-pia y
sana tiene gran importancia sexual. Las arrugas, la suciedad y las enfermedades
de la piel han sido siempre antieróticas. (Las epidermis deliberadamente
marcadas o tatuadas de ciertas culturas son otra cuestión y contribuyen, más
que a perjudicarlo, al atrac-tivo sexual de su poseedor.)
Además, la piel del cuerpo y de los miembros de la hembra es menos
velluda que la del varón, y por esto no sólo procura aquélla hacerla más suave
con el empleo de pomadas, lociones y masajes, sino que también la depila de
diferentes maneras para acentuar la diferencia de sexo. La depilación fue
frecuente en muchas socie-dades y desde hace miles de años. La practicaron no
sólo ciertas tribus “primitivas”, sino también, y en particular, los antiguos
griegos, cuyas mujeres llegaban a depilarse el pubis, ya arran-cando
manualmente el vello –«puñados de mirlo arrancados con la mano», según la frase
de un autor clásico–, o chamuscándolo con una llama o con ascuas.
En los tiempos modernos, las mujeres se depilaron con maquini-llas de
afeitar o eléctricas, y, más recientemente, por medios quí-micos. Los expertos
en belleza sostienen que, en Inglaterra, el 80 por ciento de las mujeres poseen
vello «superfluo», el cual, aun-que más tenue y menos espeso que el del varón,
las hace sentirse demasiado masculinas para su gusto. Además del afeitado y de
la aplicación de cremas, lociones y pulverizaciones de aerosol, los expertos en
belleza recomiendan otras varias alternativas, como la cera, el raspado, el
arrancamiento y la electrólisis. La cera se em-plea en caliente y se aplica a
la piel como un molde blando y que se endurece después. Una vez endurecida, se
arranca con el vello adherido. Es, en el fondo, el mismo procedimiento empleado
antiguamente por las mujeres árabes, salvo que éstas usaban un es-peso jarabe a
base de agua y azúcar a partes iguales y zumo de limón. Se vertía sobre la piel
velluda y se dejaba secar, arrancán-dose después del mismo modo que la cera.
A primera vista, parece raro que el varón moderno, que suele lu-char
enérgicamente por depilar su velludo rostro, no haya probado a hacerlo con algo
distinto de la máquina de afeitar tradicional. Pero si lo observamos más de
cerca surge un factor oculto, No es cobardía, ni falta de iniciativa, sino
resultado de un paradójico deseo de aparecer barbudo incluso cuando no lleva
barba. El afei-tado deja siempre un azulado rostro masculino en la parte
inferior de la cara, una sombra de la barba que fue. Si, con alguna técnica,
pudiese eliminarse para siempre la barba del varón adulto, desapa-recería
también el azulado tono viril, y la cara tratada de este mo-do parecería
demasiado femenina para el gusto de su poseedor. Ahora, los hombres que se
afeitan emplean por término medio, durante toda su vida, más de dos mil horas
en rasparse la cara, precio muy alto para una señal tan contradictoria.
Durante las intensas fases precopulativa y copulativa, toda la
su-perficie de la piel, tanto del varón como de la hembra, sufre un cambio
considerable en la calidad de su tejido. Enrojece con el calor y, en los
momentos culminantes, puede sudar copiosamente. A veces, en las fotografías
eróticas, se simula esta condición en las modelos, como señales visuales. Se
puede untar la piel con aceite o grasa, o rociarla con agua, para dar la
impresión de un sudor copioso. En tales casos, no se pretende que el agua parezca
sudor, sino solamente agua, y muchas veces, para demostrarlo, se presenta a la
modelo saliendo del baño o de una piscina. Sería una alusión demasiado directa
hacer que el agua pareciese realmente sudor. En cambio, la superficie húmeda
logra su impacto me-diante una inconsciente asociación de ideas. Lo propio
puede de-cirse de la costumbre de usar una buena cantidad de rojo vivo en las
fotos en color. Esto da a la piel de la muchacha un aspecto sonrojado y
erótico, como de excitación sexual, como puede verse en muchas revistas
ilustradas. Sin embargo, esta «acentuación del rojo» no debe exagerarse hasta
el punto de que el observador se dé cuenta de la intención del fotógrafo.
Recientemente, han salido al mercado productos encaminados a dar a la
piel un brillo erótico artificial y más personal. Los enamo-rados pueden
utilizar diversas sustancias que les hacen parecer (y sentirse) en un avanzado
estado de excitación, incluso antes de iniciar las aproximaciones eróticas. Por
ejemplo, la «Love Foam» («Espuma de Amor») se vende en frascos de aerosol. De
mo-mento, parece una especie de crema de afeitar; pero, frotando con ella la
piel, hace –según sus fabricantes– que el cuerpo «adquiera un brillo mágico».
Para gustos más exóticos, existe una sustancia que lleva el sugestivo nombre de
«Orgy Butter» («Manteca de Orgia»). Calificada de “lubricante delicioso”, los
anuncios dicen que es una audaz, roja y cálida fricción... Produce un efecto
res-baladizo y sensual. Se introduce en la piel con el frotamiento y deja en
ella un brillo permanente. Vemos, pues, aquí, unas clarí-simas señales –rojo,
resbaladizo, brillante– que imitan la vasodi-latación y el sudor del verdadero
estado erótico de la piel humana.
Los hombros.
Ya nos hemos referido al hombro redondeado de la mujer; pero también el
ancho hombro masculino merece comentario. La an-chura de hombros es una
importante característica sexual secun-daria que empieza a manifestarse en la
pubertad. Los hombros del varón adolescente se ensanchan más que los de la
mujer, y cuando alcanza la fase adulta, el hombre tiene ostensiblemente los
hom-bros más anchos que su compañera. Como las otras diferencias de silueta,
esta ha sido también exagerada artificialmente de diversas maneras. A lo largo
de la historia, el vestido masculino ha in-cluido muchas veces las hombreras,
con el fin de ensanchar la región de los hombros y hacer que éstos parezcan más
viriles. El mejor ejemplo de ello lo constituyen las charreteras militares, que
no sólo hacen que los hombros parezcan más anchos, sino tam-bién más angulares.
De este modo, ofrecen un doble contraste con los hombros más estrechos y
redondeados de la hembra y pierden completamente su cualidad visual
hemisférica.
La mandíbula.
Hay varias diferencias sexuales importantes en la región de la cabeza, y
la primera de ellas está en la mandíbula y el mentón. El varón corriente tiene
la mandíbula y la barbilla ligeramente más fuertes que la mujer corriente. Por
alguna razón, este hecho ha sido comentado raras veces, y, sin embargo, es el
único detalle delator del hombre que se disfraza de mujer o pretende
represen-tar un personaje femenino, por muy perfecto que sea su disfraz. Este
hombre puede alterar la silueta del cuerpo, depilar todas las zonas visibles de
su piel, hacerse inyectar cera para simular los senos, maquillarse intensamente
el rostro y adoptar, en general, un aire femenino, que más de una vez ha sido
causa de que un ma-rino en puerto extranjero haya descubierto, demasiado tarde,
que la prostituta con la que cerró su trato no era tan femenina, como parecía.
Pero ni siquiera los mejores transformistas pueden disi-mular su mandíbula y su
mentón, salvo que acudan a la cirugía mayor. Excepto en raros casos, en que el
hombre puede tener una mandíbula anormalmente pequeña, su quijada le delatará
siempre a una mirada atenta.
En algunas razas, y sobre todo en Extremo Oriente, la firmeza de la
mandíbula y el mentón masculinos es menos pronunciada, y es significativo que
en estas mismas razas la barba es, típicamente, mucho menos poblada. Parece
como si existiese una relación en-tre estos dos rasgos. Proyectar la mandíbula
adelante es, en ambos sexos, una acción agresiva, un movimiento anunciador de
que el que lo hace se dispone a atacar. Es lo contrario de la sumisa
incli-nación de cabeza que acompaña a la humilde reverenda. El varón, al estar
dotado de una mandíbula más poderosa, realiza, por decirlo así, un movimiento
agresivo permanente, La importancia de éste rasgo masculino se revela en el
hecho de que los varones que tienen el mentón huidizo suelen ser objeto de
burla, implicando que carecen del aplomo normal del macho.
Dado que una de las más evidentes características masculinas de nuestra
especie es la barba, parece probable que esta evolucionase al mismo tiempo que
la mandíbula, al proporcionar la más amplia estructura ósea una mejor base para
el pelo y producir, ambos rasgos juntos, un máximo aspecto viril. El mentón,
peculiar de nuestra especie, tiene también gran importancia. A diferencia de
otros primates, nuestra mandíbula tiene una protuberancia en la región de la
barbilla, una protuberancia que, según los anatomis-tas, no tiene una función
mecánica interna. En el pasado, se for-mularon muchas teorías para explicar
este rasgo exclusivamente humano, fundándose, especialmente, en propiedades
peculiares de los músculos de la mandíbula y de la lengua; pero, recientemente,
todos estos argumentos han sido rebatidos. Hoy se admite que nuestro mentón es,
esencialmente, un rasgo señalizador, y que, como tal, debe considerarse como
reforzando la proyección do-minante de la barba varonil.
Las mejillas.
Subiendo cara arriba, y prescindiendo de la boca, que ha sido es-tudiada
anteriormente, llegamos a las mejillas. En ellas, la señal más importante es el
rubor, un enrojecimiento de la piel produ-cido por la congestión de los vasos.
Éste empieza siempre en las mejillas, donde se pone más de manifiesto que en
parte alguna, y puede extenderse a toda la cara, el cuello y, en algunos casos,
la parte superior del tronco. El rubor es más común en las mujeres que en los
hombres, y más en las jóvenes que en las maduras. Junto al enrojecimiento, se
produce una tirantez de la piel que da un brillo superficial, visible incluso
en la mujer negra. El rubor se produce en todas las razas humanas e incluso en
los sordos y ciegos, por lo que parece ser una característica biológica
fundamen-tal de nuestra especie. Darwin dedicó todo un capítulo al rubor y
llegó a la conclusión de que refleja timidez, vergüenza o modes-tia, e indica
«atención a la propia apariencia personal». Su im-portancia sexual viene
confirmada por el hecho registrado de que las muchachas que se ruborizaban más,
al ser ofrecidas en venta en los antiguos mercados de esclavos para ser
llevadas a los hare-nes, alcanzaban precios superiores a las que no mostraban
rubor. Deseado o no, el rubor parece haber sido una poderosa señal de
invitación a la intimidad.
Los ojos.
Órgano el más importante de los sentidos humanos, los ojos no sólo ven
las diversas señales que han sido estudiadas, sino que transmiten también otras
por su cuenta. Todos establecemos y rompemos contactos en nuestros encuentros
cara a cara, mirando a las personas para comprobar sus cambios de humor, y
desviando la mirada para no parecer insolentes. En cambio, entre los
enamo-rados, la mirada tija puede prolongarse sin ser desconcertante ni
agresiva. Los amantes «se miran profundamente a los ojos» por una razón
particular. Bajo la influencia de fuertes emociones agradables, nuestras
pupilas se dilatan de un modo extraño, y el puntito obscuro del centro del ojo
se convierte en un gran disco negro. Inconscientemente, transmite una poderosa
señal al ser amado, indicándole la intensidad del amor sentido por el de la
pupila dilatada. Este hecho no fue estudiado científicamente hasta hace poco,
pero era conocido desde muchos siglos atrás: las anti-guas bellas italianas se
echaban gotas de belladona en los ojos para lograr artificialmente este efecto.
En los tiempos modernos, los publicitarios han empleado un sistema parecido,
retocando con tinta negra las fotografías de las modelos, para aumentar sus
pu-pilas y darles un aire más atractivo.
Otro cambio que se produce en los ojos, cuando la emoción es fuerte, es
un ligero aumento de la producción de lágrimas. En un intenso estado amoroso,
esto no suele traducirse en un caudal de lágrimas que brotan de los ojos, sino
que en la superficie de éstos aparece un brillo mayor que de ordinario. Son los
ojos brillantes del amor, que, combinados con la dilatación de la pupila, no
dejan la menor duda sobre el estado del que emite las señales.
También diversos movimientos de los ojos invitan a la intimidad. Aparte
del conocido guiño, se dice que el giro de los ojos es, en ciertas sociedades,
una invitación sexual directa. La mujer que baja modestamente los párpados
transmite también un mensaje, y el varón que los entorna ligeramente da con
ello una muestra de interés. En un primer encuentro, el hecho de sostener la
mirada un poco más de lo corriente puede producir también un impacto, actuando
como anticipo, por decirlo así, de la profunda mirada que vendrá más tarde.
La mirada con los ojos muy abiertos es a veces utilizada como invitación
femenina a la intimidad, lo mismo que el truco feme-nino de parpadear o agitar
las pestañas. Ésta es, al menos en nues-tra sociedad, una acción que nada tiene
de masculina, hasta el punto de que es a veces realizada por el varón, en son
de chanza, cuando quiere imitar un ademán femenino. Tal vez debido a que estos
movimientos de pestañas son tan esencialmente femeninos, muchas mujeres lo
exageran en la actualidad. La cosa empezó con el empleo del antifaz, que hacía
que las pestañas resaltasen más y pareciesen más grandes; después vino el uso
de los rizadores, y por último, en los años sesenta, culminó con las largas
pestañas artificiales, superpuestas a las verdaderas. Actualmente, una sola
empresa ofrece nada menos que quince estilos diferentes de pes-tañas
artificiales, entre ellas las Wispy-tipped Starry Lashes», que «abren los
ojos», y las «Ragged Lashes», que «agrandan los ojos pequeños». Éstas se fijan
a los párpados superiores, lo mismo que ciertos productos exóticos como las
«Clauster-Lashes», las «Natu-ral-fluff Lashes» y las «Super-sweeper». Pura los
párpados infe-riores, están las «Winged Under-Lashes», que «agradan y
abrillantan los ojos». Como en otras muchas partes del cuerpo, cuan-do la mujer
tiene algo que envía una importante señal femenina lo aprovecha hasta el
máximo. Esta nueva tendencia a exagerar la región de las pestañas haría
ciertamente las delicias del enamora-do Trobriander, que, como parte importante
de su ritual erótico, arranca a mordiscos las pestañas de la amada.
Afortunadamente para esta, las pestañas crecen ahora muy de prisa y sólo duran
de tres a cinco meses, aunque nadie las muerda.
Las cejas.
El hombre tiene, sobre los ojos, dos peculiares mechones de ca-bello, en
la base de la lampiña frente. Antaño, las cejas fueron consideradas como un
medio de evitar que el sudor se introduzca en los ojos: pero su función básica
es la de señalar cambios de humor. Se levantan para expresar miedo o sorpresa,
se bajan para indicar furor, se juntan como expresión de angustia y se arquean
sobre una mirada interrogativa. Como prueba de amistad, suben y bajan
rápidamente una sola vez.
Las cejas de la mujer son menos gruesas y pobladas que las del hombre, y
por eso se prestan también a la exageración, para recal-car la condición
femenina. Muchas veces se han depilado en par-te, para hacerlas más finas, y,
en los años treinta, quedaron redu-cidas a una simple línea de pincel. Sin
embargo, esto fue aún más exagerado en remotos tiempos por las novias
japonesas, que llega-ron a depilárselas del todo antes de la boda.
El carácter sexual de esta modificación aparentemente trivial del
aspecto de la mujer aparece elocuentemente continuada por el hecho de que en
1933, una muchacha que solicitaba un puesto de enfermera en un hospital de
Londres fue advertida por la directora de que, entre otras cosas, estaba
prohibido depilarse las cejas. La joven presentó una queja; se dio estado
oficial al asunto y se pidió al Ayuntamiento de Londres que revocara la orden
de la directora; pero la petición fue denegada. De este modo, se evitó a las
pacientes del hospital el pernicioso estimulo de unas cejas depiladas, y los
conocidos modelos siguieron deslizándose por los blancos corredores.
La cara.
Antes de abandonar la región facial, bueno será echarle un vistazo en su
conjunto y no como una serie de detalles menores. La cara es sin duda alguna,
la región más expresiva de todo el cuerpo hu-mano capaz de transmitir mensajes
increíblemente variados y sutilmente emocionales. Contrayendo y relajando
músculos espe-ciales, y en particular los que rodean la boca y los ojos,
podemos expresarlo todo, desde alegría y sorpresa hasta tristeza y furor. Como
instrumento para invitar a la intimidad, tiene una importan-cia excepcional.
Una cara suave y sonriente, o alerta y provoca-tiva, nos atrae vivamente. Un
rostro triste y desesperado, puede estimular también el acercamiento y el
consuelo. Si es tenso, duro o enfurruñado, produce el efecto contrario. Esto es
cosa sabida; pero hay un interesante efecto a largo plazo que actúa sobre la
cara humana y que merece un breve comentario.
En lo que atañe a nuestras expresiones faciales, podemos hablar de caras
«amañadas» y de caras «libres». La cara amañada es la que empleamos en nuestras
relaciones sociales. Decimos «poner cara satisfecha» o «poner buena cara» y
tratamos de «no perder la faz» en público. Si queremos mostrarnos amistosos,
adoptamos una expresión dulce y sonriente. Por el contrario, en ocasiones más
graves, hacemos una mueca o adoptamos un gesto pomposo. Sin embargo, cuando
estamos solos y no nos ve nadie, dejamos a nuestros rostros en libertad. En
este caso, la cara adopta por sí misma la actitud típica de nuestro humor a
largo plazo. El hombre roído por la angustia, que trató de parecer dichoso en
una reunión, tensa ahora su rostro solitario, revelando su verdadero estado emocional
únicamente a sí mismo. (Aunque incluso si se mira en un espejo puede que ni él
mismo se dé cuenta.) Y el hombre que, en el fondo, se siente feliz y contento,
pero que trató de mostrarse triste y serio en un entierro, relaja ahora su
rostro solitario, disten-diendo los labios y desarrugando la frente.
La mayoría de nosotros cambiamos de vez en cuando nuestro humor a largo
plazo, y por esto nuestros músculos faciales no se ven continuamente dominados
por un estado particular del rostro íntimo. Podemos sentirnos deprimidos por la
mañana y de nuevo alegres por la noche, y, en nuestros momentos de soledad, la
ac-titud facial variará en consecuencia. En cuanto a los individuos que viven
en un estado más o menos permanente de angustia pri-vada, su situación es
diferente. Estos corren el peligro de que su cara autentica se inmovilice para
siempre. En estos casos, los músculos faciales parecen moldearse en una sola
expresión fun-damental. Las arrugas de la frente, alrededor de la boca y a los
lados de la nariz se vuelven casi permanentes.
A estas personas les resulta difícil adoptar la cara «exterior» en los
encuentros sociales. La persona que está angustiada sigue pa-reciéndolo inclusa
cuando sonríe para saludar. El hombre hosco sigue pareciéndolo incluso cuando
ríe un chiste. El molde mus-cular no se quiebra, y la cara íntima se superpone
a la exterior, más que remplazaría. De este modo, las expresiones faciales
pue-den revelarnos algo acerca del pasado de una persona, amén de su condición
emocional prevente.
No se sabe muy bien cuanto pueden durar las arrugas de la cara auténtica
al producirse un cambio fundamental en la vida. Si al-guien que ha estado toda
la vida inquieto y preocupado pasa de pronto a una situación satisfactoria, las
arrugas no se desvanece-rán de la noche a la mañana. Si la persona en cuestión
es de edad avanzada, aquéllas pueden no borrarse nunca. Es indudable que, en
estos casos, conservará durante un tiempo la antigua expresión, a pesar de que
el mensaje de esta ya no signifique nada; pero no sé que se haya realizado
ningún estudio sobre la duración de este periodo.
Estos comentarios pueden aplicarse, incidentalmente, a la actitud
general del cuerpo humano. Hay cuerpos hundidos y cuerpos vi-varachos, hay
cuerpos tensos y cuerpos flexibles. También aquí podemos cambiar las tensiones
de nuestros músculos para adap-tarlos a las costumbres y las ocasiones
sociales; pero, lo mismo que ocurre con la cara, una situación extrema y
prolongada puede fijar una actitud que no podremos reformar cuando queramos.
Unos hombros encogidos pueden degenerar en una giba perma-nente que no podremos
enderezar por más millones que ganemos, y una rigidez en las piernas al andar
puede acompañarnos durante toda la vida.
El cabello.
Llegamos, por último, al glorioso penacho del hombre: su tupida mata de
unos cien mil cabellos. En algunas razas, éstos son rizo-sos o crespos; en
otras, cuelgan lisos o flotan al viento. Crecer, a razón de unos doce
centímetros al año, y cada uno de ellos dura hasta seis años, antes de caer y
ser remplazado por otro. Esto sig-nifica que una cabellera sin cortar llega
hasta la cadera, y gracias a ella, el hombre primitivo debió de tener un
aspecto extraordinario, comparado con cualquier otra especie de primate. Así
como el vello del cuerpo no crece y es casi invisible a distancia, los
cabe-llos se desarrollan a placer.
Aparte del hecho de que los varones maduros se vuelven calvos en muchos
casos, lo cual no ocurre con las mujeres, no existe di-ferencia de sexo en lo
tocante al cabello. Biológicamente, tanto el hombre como la mujer tienen los
cabellos largos, y esta caracte-rística ha venido a ser una señal distintiva de
la especie, más que del sexo. Sin embargo, culturalmente se ha modificado
muchas veces como indicador del sexo. En ocasiones, los hombres lleva-ron el
cabello más largo que las mujeres; pero, en general, se ha producido lo
contrario. En los últimos siglos, el hombre se cortó el pelo muy corto para
evitar los parásitos, y los agresivos sargentos solían llamar «piojosos» a los
que llevaban el cabello lar-go. Las mujeres mantuvieron casi siempre una
longitud moderada de sus cabellos: fue el hombre quien fluctuó alocadamente de
un extremo a otro. En el pasado, llevó a veces enormes y largas pelu-cas,
costumbre que aún conservan los jueces en Inglaterra. Sin embargo, en los
tiempos modernos, los largos mechones fueron generalmente atribuidos al sexo
femenino, hasta el punto de que el hombre cuyos cabellos se acercaban un poco a
la longitud natu-ral era tenido por afeminado. En el curso de la última década,
esta actitud cambió espectacularmente entre los jóvenes, y la longitud del
cabello parece afirmar una vez más que su papel nada tiene de sexual. Tal vez
resulta irónico que cuando la moderna higiene ha casi eliminado el riesgo de
los parásitos, sea precisamente el anti-higiénico movimiento hippy el que se ha
puesto en cabeza de esta tendencia. La limpieza, el cuidado, el lavado y la
untura del cabe-llo fueron siempre importante complemento para su utilización
como señal sexual. Los antiguos elegantes, al igual que los mo-dernos, estaban
dispuestos a cualquier cosa para obtener el efecto deseado. El tónico capilar
más antiguo que se conoce estaba com-puesto de: «Uñas de perro, una parte:
huesos de dátil, una parte; pezuña de asno, una parte. Póngase largo rato a
cocer con aceite, y úntese.» Actualmente, el cabello brillante, lustroso y
suave si-gue siendo el ideal de casi todas las muchachas; y, como repiten
constantemente los anunciantes, el cabello «opaco y lacio» des-truye todas las
posibilidades de su poseedor de invitar a la intimi-dad.
En este recorrido del cuerpo humano, hemos estudiado una a una sus
diferentes partes, a efectos de señalización; pero nos queda por considerar la
persona en su conjunto. Las partes aisladas no actúan separadamente, sino al
mismo tiempo, en una combinación general y en un contexto especifico. Y es
precisamente la enorme variedad de aquellas combinaciones y la inmensa gama de
con-textos en que pueden manifestarse lo que hace que la interacción social sea
tan compleja y fascinante. Cada vez que entramos en una habitación o que
salimos a la calle, transmitimos un verda-dero cúmulo de señales, algunas
puramente biológicas y otras culturalmente modificadas, y siempre lo percibimos
subcons-cientemente y ajustamos las señales de mil maneras sutiles y
dis-tintas, según exigen nuestros diversos encuentros sociales. Casi siempre
procuramos enviar una serie equilibrada de señales, invi-tando o repeliendo la
intimidad. Sólo ocasionalmente avanzamos mucho más en una de ambas direcciones,
formulando ostensible-mente nuestra invitación o adoptando una actitud hostil y
de re-chazo frente a los que nos rodean.
Al estudiar, a lo largo de este capítulo, las diversas invitaciones a la
intimidad sexual, he recalcado los casos extremos. He escogido los ejemplos más
elocuentes a fin de subrayar las tesis formula-das. Las piezas de la
entrepierna de las calzas, los corsés y las charreteras pueden parecer muy
alejados de las señales corrientes empleadas por los adultos actuales, pero
contribuyen a llamar nuestra atención sobre ingenios menos exagerados –pantalón
ajus-tado, cinturones y hombreras–, que son de uso corriente y de sig-nificado
menos ostensible. De modo parecido, la danza del vientre puede no ser más que
una forma exótica de entretenimiento, pero también su inclusión en este estudio
nos ayuda a comprender los menos exagerados movimientos de los bailes a que, en
clubs y discotecas, se entregan todas las noches cientos de miles de mu-chachas
corrientes.
Tanto si, como seres adultos, apelamos a procedimientos refina-dos para
emitir nuestras señales visuales de invitación a la intimi-dad sexual, como si
abordamos la cuestión de un modo más di-recto; tanto si recurrimos a ayudas
artificiales (y son muy pocos los que no emplean alguna de ellas) como si nos
burlamos de éstas y preferimos un sistema más «natural», lo cierto es que
to-dos transmitimos constantemente una complicada serie de señales visuales a
nuestros compañeros. Muchas de estas señales tienen que ver forzosamente con
nuestras cualidades sexuales de adultos, e incluso cuando no nos damos la menor
cuenta de lo que estamos haciendo, nunca dejamos de “leer las señales”. De esta
manera nos preparamos para dar un importante paso social, el paso que nos
conduce a iniciar la primera tentativa de contacto con la posi-ble pareja
sexual y que nos hace cruzar el importantísimo umbral que da paso a todo el
complejo mundo de la intimidad sexual pro-piamente dicha.
3
INTIMIDAD SEXUAL
Al descubrir su personalidad, el niño en pleno desarrollo tiene que
empezar a rechazar el dulce abrazo de la madre. El joven adulto se yergue salo.
De pequeño, su confianza en su madre era ilimitada; su intimidad, total. Ahora,
en la madurez, sus relaciones con otros adultos y sus intimidades con ellos
están severamente limitadas. Como ellos, mantiene las distancias. La confianza
ciega es rem-plazada por una actitud de alerta; la dependencia, por la
interde-pendencia. Las dulces intimidades de la primera niñez, que dieron paso
a los alegres juegos de la infancia, se convierten en las duras transacciones
de la vida adulta.
Esto no quiere decir que desaparezca el interés. Hay que hacer cosas,
perseguir objetivos y alcanzar posiciones. Pero, ¿adónde fue a parar el amor
total? El amor era un acto de entrega, entre-garse uno mismo a otra persona sin
reseñas; y las relaciones entre adultos son cosa muy distinta.
Hasta este punto, mis palabras pueden aplicarse tanto a un mono en
crecimiento como a un hombre en desarrollo. El modelo es idéntico. Pero ahora
surge una diferencia. Si se trata de un mono adulto, jamás volverá a encontrar,
de adulto, la total intimidad del lazo amoroso. Hasta el día de su muerte,
continuara existiendo en un mundo sin amor, un mundo de rivalidad y asociación,
de com-petencia y colaboración. Si es hembra, recobrará sin duda la con-dición
amorosa, como madre de su hijo; pero, al igual que el ma-cho, no volverá a
encontrar este lazo con otro mono adulto. Buena amistad, sí; asociación, sí;
breves encuentros sexuales, pero inti-midad total, no.
En cambio, para el hombre adulto, existe esta posibilidad. Es ca-paz de
establecer un fuerte y duradero lazo de unión con un miembro del sexo opuesto,
que será mucho más que una simple asociación. Decir que «el matrimonio es una
sociedad», como a menudo se dice, es un insulto a esta institución y un
absoluto des-conocimiento de la verdadera naturaleza del lazo amoroso. Una
madre y su hijo pequeño no son «socios». El niño no ama a la madre porque ésta
le alimenta y le protege; la ama por lo que es, no por lo que hace. En una
sociedad, hay un intercambio de servi-cios; el socio no da sólo por dar. En
cambio, entre una pareja hu-mana adulta si establece una relación parecida a la
que existe en-tre madre e hijo. Surge una confianza total y, con ella, una
intimi-dad total. En el verdadero amor no hay «toma y daca»; sólo se da. El
hecho de que la acción de dar sea recíproca parece debilitar aquella
afirmación; pero la recepción por ambos, que es su conse-cuencia inevitable, no
es condición de entrega, como ocurre en una sociedad; es simplemente, su
agradable complemento.
Para el adulto precavido y calculador, el establecimiento de una
relación de esta índole parece cosa aventurada. La resistencia a «dejar hacer»
y confiar es enorme. Rompe todas las normas de negociación y cambalache que
está acostumbrado a observar en todas sus demás relaciones de adulto. Sin
alguna ayuda de los centros inferiores de su cerebro, los centros superiores no
se lo permitirían. Pero en nuestra especie esta ayuda no falta nunca, y, a
menudo contra nuestra voluntad, nos enamorarnos. Algunos su-primen el proceso
natural y entran en el matrimonio o en su equi-valente como quien realiza una
transacción comercial: tú criarás hijos y yo ganaré dinero. Esta «compra de
hijos» o «compra de posición» es, por desgracia, muy corriente en nuestras
atestadas sociedades, pero está llena de peligros. La pareja se mantiene uni-da
no por lazos internos afectivos, sino por las presiones externas de las
convenciones sociales. Esto significa que la capacidad natu-ral de la pareja
para enamorarse sigue latente en sus cerebros, y puede pasar a la acción sin
previo aviso y en cualquier momento para crear un lazo verdadero fuera de su
ambiente natural.
Esto no ocurre con los que tienen suerte. En su juventud, se ena-moran
irremisiblemente y establecen un verdadero lazo afectivo. Es un proceso
natural, aunque no siempre lo parece. El «flechazo» es un concepto popular. Sin
embargo, lo más frecuente es un jui-cio retrospectivo. No se produce una
«confianza total a primera vista», sino una «poderosa atracción a primera
vista». El progreso desde esta primera atracción hasta la confianza final es
casi siem-pre una larga y compleja serie de crecientes intimidades, y es esta
secuencia la que hemos de estudiar ahora.
Para ello, el método más sencillo es tomar una pareja de «enamo-rados
típicos», tal como las vemos en nuestra cultura occidental, y seguirlos a lo
largo del proceso de formación de la pareja, desde la primera mirada hasta el
ayuntamiento definitivo. Al hacerlo, debemos tener siempre presente que, en
realidad, no existe el «amante típico», como no existe el «ciudadano o el
hombre de la calle típicos». Pero será útil que tratemos de imaginarnos uno y,
después, observemos las variaciones.
Todas las pautas del galanteo animal están organizadas en un rumbo
típico, y el curso seguido por el hombre en la cuestión amorosa no es una
excepción a la regla. Para mayor comodidad, podemos dividir la secuencia humana
en doce etapas, y ver lo que ocurre cuando cada una de ellas se pasa
felizmente. Estas doce etapas (desde luego muy simplificadas) son las
siguientes:
1. Mirada al cuerpo.
La forma más corriente de establecer «contacto» social es mirar a la
gente desde lejos. En una fracción de segundo, se pueden captar las cualidades
físicas de otro adulto, rotulándolas y graduándolas mentalmente. Los ojos
suministran al cerebro información inme-diata sobre el sexo, la estatura, la
forma, la edad, el color, la posi-ción y el estado de ánimo de la otra persona.
Similarmente, se establece la calificación en una escala que va desde la
extremada atracción hasta la repulsión extremada. Si las señales indican que el
individuo observado es un atractivo miembro del sexo opuesto, podemos pasar a
la siguiente etapa. Mirada a los ojos.
Mientras miramos a otros, éstos nos miran a su vez. De cuando en cuando,
las miradas se encuentran, y cuando esto ocurre la reac-ción natural es mirar
rápidamente a otra parte, rompiendo el «con-tacto» visual. Desde luego, esto no
sucede cuando nos reco-nocemos mutuamente como antiguos conocidos. En tales
casos, el reconocimiento conduce instantáneamente a mutuas señales de saludo,
como una súbita sonrisa, una elevación de las cejas, un cambio de posición del
cuerpo, un movimiento de los brazos y, en definitiva, un cambio de palabras.
Pero si nuestra mirada se ha cruzado con la de un extraño, la reacción típica
es desviar aquélla, como para evitar la invasión temporal de un mundo privado.
Si después de establecer el contacto visual, uno de los dos descono-cidos sigue
mirando fijamente, el otro puede sentirse vivamente molesto o incluso
irritarse. Si éste puede alejarse para evitar la mirada fija, no tardará en
hacerlo, aunque no haya ningún ele-mento agresivo en las expresiones faciales o
en los ademanes que acompañan la mirada. Esto se debe a que una mirada fija y
pro-longada es en sí misma, un acto de agresión entre adultos que no se
conocen. Por consiguiente, lo normal es que dos desconocidos se observen por
turno y no simultáneamente. Entonces, si uno de ellos encuentra atractivo al
otro, él o ella pueden esbozar una lige-ra sonrisa cuando se encuentren de
nuevo sus miradas. Si la res-puesta es afirmativa, la sonrisa será
correspondida y, más tarde, podrán entablarse contactos más íntimos. Si la
respuesta es nega-tiva, una mirada indiferente atajará, por lo general, todo
ulterior intento.
3. Intercambio vocal.
Suponiendo que no haya un tercero que haga las presentaciones, la
próxima fase consiste en el establecimiento de contacto verbal entre el varón y
la hembra que no se conocen. Invariablemente, los comentarios iniciales se
referirán a trivialidades. Es muy raro, en esta fase, aludir directamente al
verdadero estado de ánimo de los interlocutores. Este parloteo facilita la
recepción de otra serie de señales, esta vez auditivas. Los modismos, el tono
de voz, el acento, la manera de expresar los pensamientos y el empleo que se
haga del vocabulario permiten que una nueva gama de unida-des de información
llegue hasta el cerebro. Manteniendo esta co-municación al nivel de una charla
insustancial, si las nuevas se-ñales resultan poco atractivas cada uno de los
interesados estará en condiciones de hacer marcha atrás, a pesar de la promesa
de las anteriores señales visuales.
4. La mano en la mano.
Las tres etapas anteriores pueden cubrirse en pocos segundos, o durar
meses enteros, cuando un amante en potencia admira silen-ciosamente a su
presunta pareja y desde lejos, sin atreverse a esta-blecer contacto oral. Esta
nueva fase –la mano en la mano– puede concluir también rápidamente, en forma de
un apretón de manos de presentación; pero, si no es así, lo más probable es que
se de-more considerablemente. Si no se produce el apretón de manos formal y
asexual, es probable que el primer contacto personal se disimule bajo la forma
de un acto de «ayuda», de «protección» o de «guía». Éste lo inicia generalmente
el varón, y consiste en sos-tener el brazo o la mano de la mujer para ayudarla
a cruzar la calle o a salvar un obstáculo. Si ella está a punto de tropezar o
de pasar por un sitio peligroso, la mano del varón aprovecha rápidamente la
oportunidad para extenderse y asir del brazo a la mujer, para rectificar su
dirección o controlar su movimiento. Si ella resbala o tropieza, una acción
protectora de las manos puede facilitar el primer contacto corporal. También
aquí es importante el empleo de medios que nada tienen que ver con el verdadero
carácter del encuentro. Si el cuerpo de la joven ha sido tocado por el hombre
al prestarle cualquier clase de ayuda, cada uno de ellos puede aún retirarse
dignamente. La joven puede dar las gracias al hombre por su ayuda y apartarse
de él, sin verse obligada a adoptar la posición de una rotunda y directa
negativa. Ambas partes compren-den muy bien que esto es sólo el inicio de una
secuencia de acti-tudes que puede llevar a mayores intimidades; pero ninguno de
ellos ha hecho nada que establezca abiertamente este hecho, y por ello está aún
a tiempo de retirarse sin herir los sentimientos del otro. Sólo cuando la
naciente relación se ha declarado abiertamen-te, se prolongará la duración de
la acción de apretar la mano o de asir el brazo. Entonces, ésta dejará de ser
un acto de «ayuda» o de «guía» y se convertirá en intimidad manifiesta.
5. El brazo en el hombro.
Hasta este momento, los cuerpos no han entrado en íntimo con-tacto.
Cuando lo hagan, se habrá dado otro paso importante. Ya estén sentados, de pie
o caminando, el roce de los costados de la pareja indica un gran adelanto en la
relación que empezó con los primeros y fundidos contactos. El método más
empleado es el abrazo de los hombros, realizado generalmente por el hombre para
atraer a su pareja. Es la iniciación más sencilla del contacto de los troncos,
porque también se produce en otros contextos, entre simples amigos, como acto
de compañerismo desprovisto de sexualidad. Por consiguiente, es el próximo y
pequeño paso a dar, y el que tiene menos probabilidades de ser rechazado.
Caminar juntos en esta actitud es adoptar un aire ligeramente ambiguo, a mitad
de camino entre la buena amistad y el amor.
6. El brazo en la cintura.
Un ligero avance, en relación con la fase anterior, se produce cuando el
brazo se desliza alrededor de la cintura. Es algo que el varón no haría con
otros hombres, por mucha que fuese su amis-tad: por consiguiente, es como una
declaración directa de intimi-dad amorosa. Además, su mano estará ahora más
cerca de la re-gión genital de la mujer.
7. La boca en la boca.
El beso en la boca, combinado con el abrazo frontal, es un im-portante
paso adelante. Por primera vez, existe una fuerte posibi-lidad de excitación
fisiológica, si la acción es prolongada o repe-lida, con manifestaciones
secretorias por parte de la mujer y de erección por la del hombre.
8. La mano en la cabeza.
Como ampliación de la última fase, las manos acarician la cabeza de la
pareja. Los dedos frotan la cara, el cuello y los cabellos. Las manos asen la
nuca y el lado de la cabeza.
9. La mano en el cuerpo.
Después de la fase del beso, las manos empiezan a explorar el cuerpo de
la pareja, dándole palmadas, apretándolo o acaricián-dolo. A este respecto, el
principal avance consiste en la manipula-ción por el hombre de los senos de la
mujer. Estos actos producen una mayor excitación fisiológica, hasta el punto de
que muchas jóvenes exigen su interrupción. De no hacerlo así, podría llegarse a
la consumación total, y, si el lazo afectivo no ha alcanzado el suficiente
nivel de confianza mutua, es preciso aplazar ulteriores y más completas
intimidades sexuales.
10. La boca en el pecho.
Con esto se cruza un umbral en que las interacciones son estric-tamente
privadas. Para muchas parejas, esto se aplica también a la fase anterior, pero
los besos y las caricias se prodigan frecuente-mente en lugares públicos y en
determinadas circunstancias. Estas acciones pueden provocar reacciones de
censura en otros miem-bros del público, pero, en la mayoría de los países, es
raro que se tomen medidas contra una pareja que se abraza. En cambio, en esta
fase, la situación es diferente, por el mero hecho de que significa la
exhibición del seno femenino Estos contactos constituyen las últimas
intimidades pregenitales y son preludio de las acciones sexuales propiamente
dichas y no de mera preparación.
11. La mano en el sexo.
Si continúa la exploración manual del cuerpo de la pareja, se llega
inevitablemente a la región genital. Después de los primeros con-tactos, la
acción progresa en el sentido de roces suaves que esti-mulan el rítmico
movimiento de la pelvis.
12. El sexo en el sexo.
Por último, se llega a la fase de la cópula propiamente dicha, y si la
mujer es virgen, el primer acto irreversible de toda la secuencia se produce
con la ruptura del himen. También existe, por primera vez, la posibilidad de
otro hecho irreversible, a saber, la fecunda-ción. Esta irreversibilidad sitúa
al acto final de la serie en un plano completamente nuevo. Cada fase habrá
servido para estre-char un poco más el lazo afectivo, pero, en un sentido
biológico, esta acción copulativa está claramente relacionada con una etapa en
que las anteriores intimidades han cumplido ya su función de estrechamiento del
lazo, de modo que la pareja quiera seguir uni-da después de aplacado el impulso
sexual por la consumación. Si aquel lazo falta, la mujer es susceptible de
quedar encinta sin que se haya producido una unidad familiar estable.
Éstas son, pues, las doce etapas típicas en el proceso de formación de
la pareja. Hasta cierto punto, están culturalmente determinadas, pero dependen,
en grado mucho mayor, de la anatomía y de la fisiología sexual común a nuestra
especie. Las variaciones im-puestas por las tradiciones y los convencionalismos
culturales, y por las peculiaridades personales de ciertos individuos poco
co-rrientes, alterarán de muchas maneras aquella secuencia básica, y estas
maneras pueden estudiarse ahora sobre el telón de fondo de la serie típica que
acabamos de examinar.
Las variaciones adoptan tres formas principales: reducción de la
secuencia, alteración del orden de los actos y perfeccionamiento de la pauta.
La forma más extremada de reducción es el ayuntamiento por la fuerza, o
violación. Aquí, se salta lo más rápidamente posible de la primera fase a la
última, reduciendo al mínimo las intermedias. Después de establecer el varón el
contacto de vista a cuerpo, se limita a violentar a la mujer, omitiendo todas
las etapas de cortejo y pasando al contacto genital con toda la rapidez que
permite la resistencia de la hembra. Los contactos corporales de genitales se
reducen puramente a los necesarios para dominar a la mujer y desnudar su región
genital.
Considerada objetivamente, la violación carece, en la especie hu-mana,
de dos importantes ingredientes: la formación de la pareja y la excitación
sexual. Está claro que el violador, al omitir todas las fases intermedias de la
secuencia sexual, no deja que se forme un lazo afectivo entre él y la mujer en
cuestión. Esto salta a la vista, pero, en términos biológicos, tiene mucha
importancia, porque nuestra especie requiere que se desarrolle aquel apego
personal, como medio de asegurar la buena crianza de los retoños que pue-den
resultar de la cópula. Existen especies animales, carentes de responsabilidades
paternas, en las que teóricamente, la violación no crearía problemas. La rareza
del caso se debe, entre otras cau-sas, a la dificultad física de conseguirlo.
La violación es virtual-mente imposible para el hombre que no tenga manos
vigorosas y un lenguaje amenazador, y las especies animales carecen de estas
dos ventajas. Incluso cuando se produce una violación animal, las apariencias
pueden ser engañosas. Por ejemplo, los carnívoros pueden –y muchos lo hacen–
agarrar, durante el apareamiento, la parte posterior del cuello de la hembra
con los dientes, como para impedir que ésta se escape; pero aún le queda el
problema de in-troducir el miembro, si la hembra se revuelve. Si esta no
quiere, el macho tiene pocas probabilidades de éxito. Lo cierto es que, en los
carnívoros, el acto, superficialmente salvaje, de morder el cue-llo de la
hembra es un movimiento bastante especializado. Aun-que se parece a un acto de
violación humano, es, en realidad, el equivalente animal del cariñoso abrazo en
nuestra especie. El mordisco es muy moderado, hasta el punto de que los dientes
no causan daño a la hembra. Es un comportamiento igual al em-pleado por los
padres carnívoros para trasladar a sus crías de un lado a otro. En efecto, el
macho trata a la hembra como a un ca-chorro a un gatito, y, si aquélla le
acepta sexualmente, reacciona como uno de éstos, permaneciendo inmóvil bajo su
mordisco, como hizo antaño al ser transportada amorosamente por su madre.
Para el hombre, la violación es relativamente fácil. Si no le basta la
fuerza física, puede añadir insultos o amenazas de muerte. Al-ternativamente,
puede dejar inconsciente o semiinconsciente a la mujer, o pedir la ayuda de
otros varones para sujetarla. Si la falta de respuesta sexual de la mujer hace
difícil o dolorosa la opera-ción, puede recurrir al uso de formas alternativas
de lubricidad para sustituir las secreciones naturales.
Para la hembra en cuestión, estos procedimientos resultan, en el mejor
de los casos, repelentes y nada satisfactorios, y en el peor, pueden producir
graves traumatismos y daños psicológicos. Sólo en aquellos casos de violación
en que los dos actores se conocían ya y en que la hembra tiene una clara
tendencia masoquista, existe la remota posibilidad de que surja un lazo
emocional como resul-tado de la violenta reducción de la secuencia sexual
normal de nuestra especie.
Me he extendido un poco en esta cuestión del estupro, porque está
íntimamente relacionada con otra forma de reducción sexual mu-cho más
importante y extendida. En contraste con la violación violenta que hemos
examinado, podríamos llamarla «violación económica». A diferencia del acto
violento, se produce, no en edificios abandonados o en el húmedo suelo junto a
un seto, sino en salones ricamente amueblados y en cómodos dormitorios. Es el
ayuntamiento sin amor del matrimonio de conveniencia, el acto de parejas que se
casan y cohabitan con sólo la sombra de un lazo de verdadero apego.
En pasados siglos, las bodas concertadas por los padres eran cosa
corriente. Actualmente, son cada vez más raras; pero la cicatriz psicológica
que dejan en los hijos es más duradera. Como testi-gos, en vías de desarrollo,
de esta relación carente de amor, los retoños de la pareja corren el peligro de
quedar sexualmente inca-pacitados, de modo que no podrán poner en práctica la
secuencia amatoria propia de nuestra especie. Su anatomía sexual estará en
perfectas condiciones; sus mecanismos fisiológicos funcionarán con toda
normalidad; pero su capacidad de relacionar estos facto-res biológicos con un
lazo afectivo, profundo y duradero habrá quedado anulada por el ambiente en que
se desarrollaron. A su vez, encontrarán difícil forjar verdaderos lazos con su
pareja; pero las presiones sociales les incitarán a intentarlo y, una vez más,
la próxima generación pagará las consecuencias. Esta repercusión es difícil de
eliminar, y los ocultos daños ocasionados por pasadas interferencias culturales
en el proceso humano natural de enamo-rarse profundamente se sienten aún en la
actualidad, aunque las bodas concertadas por los padres pasan a ser historia.
Desde luego, el esquema de la «violación económica» no es tan extremado
como el de la violación violenta, por el modo en que condensa la secuencia de
las dos fases, Superficialmente, puede incluso parecerse mucho a la secuencia
auténtica, con la pareja «recorriendo las diferentes etapas», una a una, hasta
llegar a la cópula final. Pero, si examinamos detalladamente las acciones,
descubrimos que todas ellas se reducen en intensidad, duración y frecuencia.
Observemos, ante todo, el caso clásico de los dos jóvenes que son
arrojados uno en brazos del otro para bien de la economía o de la posición
social de las dos familias. En siglos pasados, era típico que su noviazgo sólo
incluyese unos pocos y breves besos y abra-zos, consecutivos a largos
intercambios verbales. Entonces, con poco o ningún conocimiento de las
recíprocas emociones sexua-les, eran llevados al lecho matrimonial. Antes se
había instruido a la novia sobre las cosas, obscenas pero necesarias, que le
haría el novio para asegurar la futura población de la nación, y se le
acon-sejaba que, mientras tanto, «permaneciese quieta y pensase en Inglaterra».
El varón había recibido una instrucción rudimentaria sobre la anatomía femenina
y se le había dicho que tratase con delicadeza a la novia, pues ésta sangraría
al penetrarla. Con esta información, la joven pareja cumplía sus deberes
sexuales lo más sencilla y rápidamente posible, con un mínimo de placer y un
mínimo estrechamiento del lazo matrimonial. El orgasmo se pro-ducía raras veces
en la mujer. En cuanto al hombre, se encontraba con un objeto inerte en el
techo, que por casualidad era su esposa, y a la que utilizaba para un acto que
era casi como una masturba-ción. En la vida pública y social, la pareja seguía,
naturalmente, unas normas preestablecidas con las que simulaban una auténtica
relación amorosa. Cada acto de pública intimidad, severamente restringido en su
forma, era detalladamente definido y descrito en los libros de urbanidad, de
modo que era casi imposible distinguir a la verdadera pareja de enamorados de
la falsa. He dicho casi, pero no del todo imposible, y, en realidad, resultaba
dolorosa-mente fácil para los hijos pequeños, que, al desconocer aún las
detalladas normas de conducta, descubrían intuitivamente el grado de amor o de
desamor en la relación de sus padres. Así comen-zaba la dañosa corriente.
Si esta descripción nos parece chocante en la segunda mitad del siglo
XX, no es porque estos matrimonios hayan dejado de existir, sino porque se
organizan de un modo menos ostensible que an-taño. Actualmente, se simula un
amor mucho más intenso en estas relaciones; pero no deja de ser una simulación.
Los padres inter-vienen menos, y esto disimula también la realidad. Ahora, son
los dos componentes de la pareja, o uno de ellos, quienes construyen el
matrimonio fundado en la economía. Los labios de la novia se mueren detrás del
velo, pero no a causa de la emoción, sino porque calcula el importe de sus
futuras rentas. El novio, de expre-sión ausente, no se ha perdido en un sueño
romántico, sino que piensa en el impacto que la eficacia social de su esposa
producirá en sus colegas de negocios. Desde luego, las novias no permane-cen ya
inmóviles, y pensando en lo que sea en la noche de su bo-da. En vez de esto,
empiezan a calcular la frecuencia de sus or-gasmos en relación con el promedio
nacional correspondiente a su edad, su nivel cultural y su ambiente racial
urbano. Si no alcanzan el grado debido, ellas acuden a una agencia de
investigadores pri-vados para que averigüen si el marido gasta en otra parte el
1.7 por ciento de los orgasmos sensuales que echa de menos. Mien-tras tanto, el
marido calcula el número de copas que puede tomar por la tarde sin que el
alcohol merme sus facultades a horas más avanzadas de la noche. Con demasiada
frecuencia, éstos son los dulces misterios de la vida en las urbes modernas.
Al estudiar las reducciones en la secuencia sexual hemos pasado de la
violación al matrimonio concertado por los padres, de tiem-pos pasados, y al
llamado matrimonio «zorra-cabrón» de los tiempos modernos. La obsesión por la
frecuencia del orgasmo en este último es un nuevo e importante fenómeno que
parece apar-tarnos de la reducción y comprensión de la secuencia sexual que
estábamos examinando. Parece, por el contrario, un cambio en la otra dirección,
hacia la extensión, más que hacia la reducción. Pero la cosa no es tan simple.
En el fondo, lo único que ha ocu-rrido es que en la nueva «libertad sexual» se
ha prestado mucha más atención a las últimas fases de la secuencia. Toda la
compli-cación de ésta se ha concentrado en el último extremo, el del final de
la cópula. Las primeras fases del galanteo, tan importantes para la formación
de la pareja, en vez de perfeccionarse se han redu-cido y simplificado. Vale la
pena averiguar cómo se ha producido esto.
En siglos pasados, las etapas del noviazgo eran muy prolongadas en el
tiempo, pero sumamente restringidas en intensidad. El em-peño en observar,
hasta el menor detalle, las normas formales de procedimiento reducían su
impacto emocional. Después, cele-brada ya la boda, las últimas fases, de
preconsumación y de con-sumación eran sumamente abreviadas por la ignorancia y
por la propaganda antierótica. Los varones resolvían este problema en los
burdeles y con las amantes. Las mujeres, en su mayoría, no lo resolvían. En la
primera mitad del siglo actual, cambió la situa-ción. Menguó el control de los
padres y se intentó seriamente la educación sexual, con la publicación de
libros sobre «el amor en el matrimonio». Resultado de ello fue que las jóvenes
parejas tuvieron una libertad mucho mayor para buscar la pareja que les
convenía y para permitir actividades de galanteo mucho menos restringidas. El
fenómeno de la „carabina‟ pasó a la historia. Se relajaron las normas sobre
contacto corporal, de modo que, vir-tualmente, su permitieron todas las fases
de la secuencia sexual, a excepción de las últimas o genitales. Sin embargo,
aún se conside-raba que estas actividades prematrimoniales debían durar un
con-siderable periodo de tiempo. De todos modos, cuando se realizaba la boda,
la pareja podía acostarse en el lecho matrimonial con un conocimiento mucho
mayor de sus respectivos físicos y de sus caracteres emocionales. Los métodos
anticoncepcionales habían hecho ya su aparición, y los nuevos conocimientos
sexuales ha-cían menos limitados y más satisfactorios los goces matrimonia-les.
Durante este período, se produjo entre las jóvenes parejas la ten-dencia
a prolongadas «sesiones de tocamiento». La idea de per-mitirles llegar a este
punto, pero sin pasar de ahí, parecía buena en teoría, pero era difícil en la
práctica. La razón salta a la vista. A diferencia de las jóvenes parejas de
otros tiempos, se les permitía rebasar las primeras tases del galanteo –las que
facilitaban la for-mación de lazos afectivos pero no producían fuertes
reacciones orgánicas– y pasar a las directamente relacionadas con el estímulo
sexual. El hito entre ambas situaciones es el acto del beso en la boca. Si éste
se realiza con sencillez, no es más que una agradable manera de afirmar el lazo
afectivo; pero si se repite con apasionamiento es también el punto de partida
de la excitación preco-pulativa.
Esto condujo a un nuevo tipo de crisis para los jóvenes novios. Los
tocamientos prolongados producían intensas excitaciones, tanto en el varón como
en la hembra. Y entonces ocurría una de tres cosas: interrumpían la secuencia,
de acuerdo con las «normas oficiales», con la consiguiente e intensa
frustración; o buscaban un método sustitutivo de la cópula, o quebrantaban las
normas y cohabitaban. Si la segunda alternativa, o de masturbación, se
pro-longaba durante un largo periodo prematrimonial, existía el peli-gro de que
esta culminación adquiriese una significación excesiva en su relación sexual,
creando dificultades para el momento en que, realizada la boda, pudiesen
consumar el acto de la cópula. Si escogían la tercera alternativa y
quebrantaban las normas, surgía el problema de la culpa y del secreto. Sin
embargo, y a pesar de estas dificultades, la prolongada fase prematrimonial
contribuía poderosamente a la formación de un firme lazo afectivo, de modo que
muchos la preferían a la situación anterior, en que las accio-nes de la pareja
estaban severamente restringidas.
En tiempos aún más recientes, se ha producido un nuevo cambio. Aunque
las actitudes oficiales siguen siendo las mismas, se apli-can con menos
severidad. Con el perfeccionamiento de los méto-dos anticoncepcionales, la
virginidad, para muchas jovencitas, ha perdido importancia.
Dada la existencia de una higiene venérea adecuada y de eficaces métodos
anticoncepcionales, al alcance de todos, ¿cuál es el peli-gro de la nueva
situación? La respuesta, según algunos, es la “ti-ranía del orgasmo”, la
necesidad creada por las presiones sociales del nuevo y tolerante
convencionalismo de lograr una máxima actividad sexual. Esto se considera una
amenaza para la persona que se enamora de verdad, pero que se siente incapaz de
llegar al orgasmo.
Esta crítica adolece de falta de visión. Ya he mencionado con
anterioridad la obsesión por la frecuencia del orgasmo; pero lo hice en
relación con el matrimonio sin amor, equivalente moderno del matrimonio de
conveniencia del pasado. Aquí si el vigor se-xual de la mujer no llega al nivel
normal, puede sentirse fraca-sada, porque, incluso en cuestión de sexo, le
preocupa la catego-ría. Pero si dos jóvenes están enamorados, se burlarán del
deses-perado afán atlético de los fornicadores sin amor. Para ellos, como para
los verdaderos amantes de todas las épocas, un suave roce en la mejilla del ser
amado puede significar más que seis horas de variada fornicación de los que no
se aman de verdad. Esto siem-pre ha sido así, con la diferencia, por parte de
los nuevos amantes, de que, si lo permiten las circunstancias, no tienen que
limitarse al roce de la mejilla. Pueden hacer lo que quieran, sea mucho o muy
poco. Una vez formado el lazo afectivo, la que cuenta es la cali-dad, y no la
cantidad, de los actos sexuales. Para ellos, los nuevos convencionalismos sólo
autorizan, no aconsejan, como parecen pensar algunos críticos.
Otro punto que parecen no advertir los críticos, es que, cuando una
pareja ha empezado a enamorarse, no quiere omitir las prime-ras fases de la
secuencia sexual. No dejarán de asirse las manos sólo porque les está permitida
la cópula. Además, no son proba-blemente, los que menos disfrutarán del goce
del orgasmo en las etapas finales de la serie. La intensidad emocional de su
relación personal asegurara que lo consigan reiteradamente, sin tener que
apelar a las contorsiones, más propias de atletas de lucha libre, consignadas
en los manuales sexuales modernos.
Tal vez el mayor peligro de la tolerancia de que gozan actual-mente los
jóvenes enamorados es de carácter económico, pues todavía viven en una sociedad
compleja y estructurada económi-camente, y no fue casual que la economía
tuviese tanta importan-cia en los matrimonios de antaño. En tiempos pasados,
este as-pecto era salvaguardado por toda la serie de rígidas restricciones
impuestas al antiguo comportamiento sexual. Con ello sufría la intimidad
sexual, pero quedaba asegurada y organizada la posi-ción económica. Ahora,
cuando florece la intimidad sexual, la posición social de la joven pareja se ha
convertido en un pro-blema. ¿Cómo, en nuestra economía moderna, puede un par de
novios de diecisiete años, sexualmente maduros, que han estable-cido un
poderoso lazo afectivo y que gozan de plena libertad se-xual, crear un hogar? O
tienen que esperar, en una especie de lim-bo social, o tienen que «salirse» de
la pauta social establecida. La elección no es fácil, y el problema sigue sin
resolver.
Hemos llegado a este tema al examinar las maneras en que la se-cuencia
sexual se reduce en relación con su plena expresión. Aho-ra debemos dejar a los
jóvenes amantes que la expresan ple-namente, pero tropezando con graves
problemas sociales, y volver de nuevo a las reducciones. ¿Qué decir del ser
sexualmente ac-tivo, pero sin amor? Ya hemos hablado del violador y de los
ma-trimonios sexualmente inhibidos, que reducen al mínimo las últi-mas fases;
pero, ¿qué pasa con los actuales atletas sexuales sin amor? Para éstos, las
últimas fases de la secuencia no son la cul-minación de una pauta, sino la
sustitución de esta. En tiempos pasados, esto era exactamente lo que ocurría
cuando un hombre visitaba a una prostituta. No había asimiento de manos, ni
arru-macos, ni dulces naderías murmuradas al oído, sino solamente una rápida
transacción comercial y el contacto genital directo. Es lo que podríamos llamar
«violación mercantil». En generaciones anteriores, esta solía ser la iniciación
del joven en la cópula; pero, en la actualidad, estos servicios profesionales
suelen ser poco necesarios. Son sustituidos por lo que se llama “dormir un rato
por ahí”. En estos casos, se produce con frecuencia una impor-tante reducción
en las primeras fases de la secuencia, como en la visita a la prostituta. Esta
situación está perfectamente compen-diada por una joven de una caricatura que
dice: «Los chicos ya no quieren besar», cuando, a altas horas de la noche,
regresa a su casa en un estado de visible agotamiento, con el traje arrugado,
pero con el maquillaje absolutamente intacto.
Resultado de este tipo de reducción es un máximo de actividad
copulatoria con un mínimo de lazo afectivo entre la pareja. Como medio de
comparación, puede permitir soberbias actitudes de jac-tancia, pero, como
fuente de placer intenso, degrada la actividad sexual a un nivel parecido al de
orinar. Por consiguiente, no es de extrañar que el fornicador sin amor necesite
acudir a ciertos refi-namientos del acto sexual. Si al no existir el lazo
afectivo per-sonal, ha perdido su intensidad emocional, debe buscar la
com-pensación en la intensidad física. Aquí entran en escena los ma-nuales
sexuales ilustrados, y vale la pena examinar algunos de ellos para ver lo que
recomiendan.
Unos ejemplares, escogidos al azar entre los muchos que se hallan hoy a
la venta, insertaban varios centenares de biografías, todas ellas de una joven
pareja desnuda, en el momento de «hacer el amor». Entre todas las
ilustraciones, no más de un 4 por ciento mostraban alguna de las ocho primeras
fases de mi secuencia de doce, descrita anteriormente. En cambio, el 82 por
ciento exhibía la cópula real, con treinta a cincuenta posiciones distintas en
cada libro. Esto significa que la inmensa mayoría de las diversas inti-midades
sexuales se referían a la última fase de contacto genital, demostrando con ello
el gran énfasis aplicado a este elemento final de la secuencia. Así como la
antigua censura limitaba a las primeras fases la ilustración de las actividades
amorosas, la supre-sión de aquella, en vez de enriquecer la situación, produjo
sim-plemente el efecto de desviar la atención de principio de la escala al otro
extremo. El mensaje implícito en ello es que el acto de la cúpula debería ser
lo más complejo y variado posible, con olvido de todo lo demás. Muchas de las
posiciones expuestas son evi-dentemente incómodas, cuando no dolorosas si se
mantienen lar-go rato, salvo, quizá, para acróbatas de circo. Su inclusión sólo
puede reflejar una desesperada búsqueda de novedades para lograr una mayor
excitación, lo que interesa no es ya el amor, sino el atletismo sexual.
Desde luego, estas divertidas y deportivas adiciones al comportamiento
sexual no tienen en sí ningún peligro; pero si una obsesión por ellas sustituye
y excluye los aspectos emotivos personales de la interacción entre el varón y
la hembra en cuestión, su efecto último es una mengua del verdadero valor de la
relación. Pueden refinar un elemento de la secuencia sexual, pero, a fin de
cuentas, lo reducen.
Los jóvenes amantes que necesitan estas variaciones, y no las practican
simplemente como una experiencia ocasional, no puede decirse que sean realmente
jóvenes amantes. Ulteriormente, cuan-do hayan pasado ya la fase vital de
formación de la pareja y llega-do a la etapa más sosegada de conservación de la
misma, algunos refinamientos y novedades en su actividad sexual pueden
consti-tuir un medio eficaz de resucitar la primitiva intensidad; pero sí los
jóvenes amantes están realmente enamorados sería sorpren-dente que tuviesen
necesidad de ello.
Inútil decir que esto no significa que haya que condenar o supri-mir
estas intimidades sexuales, por muy caprichosas y exóticas que sean. Siempre
que se realicen voluntariamente y en privado por adultos, y que no causen daño
físico, no hay ninguna razón biológica para ser declaradas ilegales o para ser
censuradas por la sociedad.
Sin embargo, aún se cree así en algunos países. Ejemplo de ello es el de
los contactos orales-genitales, omitido en mi lista de doce fases. La razón de
no haberlo incluido es que no representa una fase definida en el camino que va
desde el primer encuentro de los amantes hasta la cópula final. En la inmensa
mayoría de los casos, aparecen solamente después de la consumación de la
primera có-pula, como un refinamiento de las intimidades sexuales. Más tar-de,
cuando la copulación se convierte en un elemento regular de la relación, se
incluyen frecuentemente como acto previo al coito, y pruebas tomadas del arte
antiguo y de la Historia demuestran que se emplean desde hace mucho tiempo.
Encuestas practicadas en la América moderna indican que, actualmente,
los contactos orales-genitales son realizados por la mitad aproximada de
parejas casadas, como parte de su actividad anterior a la cópula. La actuación
activa del varón se registró en un 54 por ciento de los casos, y la de la mujer
en un 49 por ciento. Sin embargo, a pesar de esto y de que es corriente en
otras espe-cies de mamíferos, es con frecuencia considerado como un acto de
intimidad “antinatural”. Es condenado por los códigos religio-sos
judeo-cristianos, incluso entre casados, y en muchos lugares no sólo se
considera inmoral, sino también ilegal. Es curioso que, en plena mitad del
siglo XX, éste sea el caso de la mayoría de los Estados de los EE. UU. de
América. Más concretamente, sólo en Kentucky y en Carolina del Sur puede un
matrimonio americano realizar en privado contactos orales-genitales sin
quebrantar la ley. Esto significa que, en tiempos recientes, el 50 por ciento
de todos los demás americanos han sido, técnicamente hablando, delincuentes, en
algún momento de su vida matrimonial. En los Estados en que está prohibido,
este acto constituye delito, salvo en Nueva York, donde es calificado de simple
falta. En los Estados de Illinois, Wisconsin, Missisipi y Ohio, la ley aplica
una curiosa discriminación de sexos, pues el acto es legal cuando lo realiza el
marido e ilegal cuando lo hace la mujer.
Estas singulares restricciones legales se han aplicado raras veces en la
práctica, y parecen haber perdido su razón de ser en los úl-timos años, durante
los cuales se ha permitido en América la ven-ta y la publicidad de
pulverizaciones con aroma vaginal: pero aparecen de vez en cuando en casos de
divorcio, donde esta clase de contactos han sido alegados como factores
integrantes de crueldad mental en el seno del matrimonio. También se ha
obser-vado que, en teoría, estas leyes podían incitar al chantaje. Como ya he
dicho, biológicamente hablando no puede censurarse esta clase de contactos. Por
el contrario, aumentan la intensidad de las actividades preparatorias de la
cópula y, por ello, sirven para es-trechar los lazos afectivos de lo pareja y
fortalecer el matrimonio, tan vigorosamente protegido en otros sentidos por las
Iglesias y las leyes del país.
Si examinamos la forma exacta de este tipo de actividad en la especie
humana, observamos una diferencia entre el hombre y los otros mamíferos que la
practican. Generalmente, en los animales, la acción se inicia husmeando y
continúa lamiendo. La fricción rítmica es menos corriente. Este acto obedece a
la necesidad de adquirir información detallada sobre el estado genital de la
pareja. A diferencia del hombre, las otras especies de mamíferos sólo se
encuentran en plenas condiciones sexuales durante ciertas épocas del año, o en
ciertas fases restringidas del ciclo menstrual, y es importante para la pareja,
y en especial para el macho, saber lo más posible sobre el estado de celo antes
de intentar la cópula. La aplicación de la nariz y de la lengua a la región
genital propor-ciona valiosas claves relativas al olor, el sabor y la textura.
De-bido a estos contactos, el estímulo de la pareja tiene, probable-mente, una
importancia secundaría.
En el hombre, la situación es a la inversa, pues el elemento
esti-mulador es el más importante. Aquí interesa poco enterarse de la condición
sexual de la pareja. Por esta razón, la fricción rítmica desempeña, en el
hombre, un papel más importante que el simple husmeo o contacto lingual de los
animales, es una sustitución de los órganos genitales por los orales, en la que
se imitan los movi-mientos del coito, efectuándose, por parte del varón, el
estímulo del clítoris mediante presiones rítmicas, que remedan el masaje del
órgano femenino que se produce por la pelvis durante la co-pulación propiamente
dicha. En esta forma de copulación fingida, la gran ventaja del varón es que
puede ofrecer a la mujer un estí-mulo prolongado, sin gozar él mismo. De este
modo, puede com-pensar el mayor tiempo que por término medio, tarda la mujer en
llegar al orgasmo.
Sin duda esta última circunstancia explica que esta clase de inti-midad
sexual sea más frecuente entre los varones que entre las hembras. Sin embargo,
se ha observado todo lo contrario en la reproducción de estos actos en las
«películas verdes». Un reciente estudio sobre esta clase de películas en el
pasado medio siglo, revela que en ellas se describe mucho más a menudo la
acción de la mujer que la del varón. Esto se explica por una razón especial.
Tradicionalmente, estas películas se realizaron para su exhibición en reuniones
exclusivamente masculinas, para «tertulias de hom-bres solos». Y éstas tienen
poco que ver con el amor, y mucho con el sexo como categoría. A este respecto,
los comentaristas de las películas pornográficas han observado que, si se muestra
a un hombre en actitud de subordinación a la mujer, se le «humilla», y, en
cambio, se halaga su instinto de dominio al presentarlo en el papel superior de
varón «servido» por la mujer. Aquí volvemos al básico comportamiento animal y a
las actitudes de sumisión. Cuando las genuflexiones y las reverencias se
efectúan como ac-tos de sumisión, su significación biológica estriba en que el
infe-rior reduce su estatura frente al superior. En el caso que estamos
examinando, el individuo activo debe rebajarse ante el pasivo. Esto es así en
cualquier posición, pero, sobre todo, cuando el in-dividuo pasivo está de pie.
El varón o la hembra activos deben arrodillarse o agacharse frente al cuerpo
pasivo, adoptando una posición de servilismo casi medieval. No es, pues, de
extrañar que la realización de este acto por la hembra satisfaga tanto la
jactan-cia sexual de los varones en las «tertulias de hombres solos».
Na-turalmente, la situación es completamente distinta entre amantes y en
privado. A menos que se trate de un encuentro sexual sin amor, el acto
consistirá solamente en dar satisfacción al compañero y estará desprovisto de
jactancia. Y, precisamente por la diferencia de tiempo entre los dos sexos para
llegar al orgasmo, será más fre-cuente, según hemos visto, como acción del
hombre que como acto de la mujer.
Hasta ahora, al considerar las variaciones en la secuencia sexual
básica, me he referido a las maneras en que ésta ha sido reducida y ampliada;
pero también mencioné una tercera posibilidad, a saber, cambios en el orden de
producción de los hechos. Estos cambios son muy abundantes, y, muchas veces, la
secuencia fija que esbocé resulta alterada de algún modo. En realidad, esta no
es más que una guía aproximada de la tendencia general seguida por las diversas
acciones, desde el primer encuentro hasta la cópula final. Es una imagen
verdadera de la serie común de aconteci-mientos, pero la formalización de
ciertos elementos específicos tendrá un marcado efecto en el orden de los
sucesos. Algunos ejemplos servirán para aclararlo.
Los primeros actos anotados fueron: mirada al cuerpo, mirada a los ojos
e intercambio vocal. Estos «contactos» pretáctiles cam-bian raras voces de
sitio en la secuencia. Actualmente se pueden producir excepciones cuando el
encuentro inicial se realiza por teléfono, y no es raro que oigamos decir: «Me
alegro mucho de conocerle personalmente después de haber hablado tantas veces
por teléfono.» Esto implica que los intercambios verbales por te-léfono no
significan, por si solos, un verdadero «conocimiento». Sin embargo, lo
significan si se combinan con el contacto visual. La frase “nos conocimos el
año pasado” no implica ningún con-tacto táctil, sino únicamente una combinación
de intercambios visuales y verbales. Pero el «conocimiento» suele incluir, en
ge-neral y como mínimo, el contacto corporal del apretón de manos. Para
«conocer a alguien», parece importante que se haya produ-cido cierto grado de
contacto físico. Como en la vida moderna nos tropezamos con tantos
desconocidos, no es de extrañar que este primer tocamiento sea en forma
rígidamente estilizada. Cualquier otro tipo de contacto corporal representaría
una intimidad exce-siva en una fase tan temprana de la relación que va a
desarrollarse.
Debido a esta formalización, el apretón de manos puede saltar a menudo
casi al primer lugar de toda la secuencia. Un tercero dice simplemente: «Voy a
presentarle a alguien», y a los pocos segun-dos de establecer contacto visual
se produce el contacto de las epidermis, al alargarse y unirse dos manos. Esta
acción puede producirse incluso un poco antes de establecerse el contacto
ver-bal.
Esta norma básica, según la cual, cuanto más formalista es una acción
más puede adelantarse en la secuencia, es elocuentemente ilustrada por el beso
en la boca. Aunque, estrictamente hablando, es esta la primera acción de
excitación previa a la copula y debe-ría incluirse en la segunda parte de la
secuencia, y no en la pri-mera, se adelanta muchas veces en el tiempo gracias
al aceptado convencionalismo del «beso de buenas noches» entre jóvenes
enamorados. Es significativo que el primer beso suele producirse como acción de
despedida. El truco empleado aquí, que hace que el beso, combinado con un
abrazo frontal, se anticipe a los abra-zos a medias del brazo sobre el hombro y
el brazo en la cintura, e incluso, posiblemente, a las manos juntas, es que
adopta la «inocencia» de los besos no sexuales de los saludos y despedidas
familiares. La joven pareja puede, después de conocerse y de charlar unas pocas
horas, pasar directamente al beso-abrazo, aun-que no se hayan tocado
previamente en absoluto. Esto contrasta vivamente con la situación producida
cuando un hombre visita a una prostituta, y en que el beso puede pasar a una
fase incluso posterior al contacto genital u omitirse por completo.
Ya se había comprendido que al examinar estas variaciones se-xuales, lo
he hecho pensando principalmente en las modernas sociedades «civilizadas». En
otras culturas y tribus, las normas varían en cierto grado, pero siguen
vigentes los principios de la serie progresiva de intimidad. Un estudio
realizado en América sobre casi doscientas culturas humanas distintas revela
que, «a menos que un condicionamiento social imponga inhibiciones, suelen
producirse las fases preparatorias». En casi todas las socie-dades se observan
actos de incitación, aunque, a veces, asumen formas diferentes. La nariz, por
ejemplo, es en ocasiones preferida a la boca como órgano de contacto; en estos
casos, el frotamiento o presión de las narices sustituye al beso en la boca. En
ciertas tribus, la mutua presión de la nariz y de la cara se produce,
gene-ralmente, en el momento en que parecen adecuados los contactos de boca en
la mejilla o de boca en la boca. En otras, los contactos de boca a boca y de
nariz a nariz se producen simultáneamente.
Algunos varones emplean la nariz en vez de los labios para esti-mular
los senos de la hembra. En otras tribus, el beso forma la forma de acercar los
labios a la cara de la pareja y aspirar profun-damente, mientras que, en otras,
son más frecuentes los contactos labiales y linguales. Estas variaciones de
detalle son interesantes por sí mismas, pero si exageramos su importancia, como
se hizo algunas veces en el pasado, obscurecemos el hecho de que, en términos
más generales, existe una gran similitud en el galanteo y en los hábitos
previos a la copulación en seres humanos.
Después de examinar la secuencia de las intimidades sexuales humanas,
llegamos ahora a la cuestión de su frecuencia. Yo he sostenido que el hombre es
el más sexual de todos los primates, opinión que ha sido objeto de algunas
críticas. Sin embargo, las pruebas biológicas son irrefutables, y el argumento
de que el alto nivel de actividad sexual observado en ciertos sectores actuales
es producido artificialmente, carece de sentido. En todo caso, es el notable
bajo nivel de actividad sexual en otros sectores lo que puede atribuirse al
carácter artificial de la vida moderna. Como saben todos los que han
experimentado graves tensiones, la ansie-dad es un poderoso factor antisexual,
y, dado el enorme caudal de tensión inherente a la agitada existencia de
nuestras modernas comunidades urbanas, el hecho de que aún exista tanta
actividad sexual es elocuente testimonio de la sexualidad de nuestra espe-cie.
Concretemos más. Si formulo mi declaración en una forma lige-ramente
distinta, a saber, diciendo que el hombre es, en potencia, el más sexual de
todos los primates, la afirmación es indiscutible. En primer lugar, los otros
primates tienen limitada su actividad sexual a un breve periodo del ciclo
menstrual de la hembra. En estos periodos, los órganos sexuales externos de la
hembra sufren un cambio que, en la mayoría de las especies, es claramente
visi-ble para el macho. Esto la hace sexualmente atractiva pura éste. En otros
períodos, ejercerá sobre él poca atracción, si es que ejer-ce alguna, fin la
especie humana, la fase activa se extiende a casi todo el ciclo mensual,
triplicando, más o menos, el tiempo en que la mujer resulta atractiva para el
varón. Sólo en este aspecto, el hombre tiene tres veces más potencia sexual que
su próximo pa-riente, el mono.
Segundo: la mujer es sexualmente atractiva y sensible durante la mayor
parte del período de embarazo, cosa que no ocurre en los demás primates.
También vuelve, a ser sexualmente activa des-pués del parto, mucho antes que
las otras especies. Por último, el hombre moderno puede esperar gozar de medio
siglo de vida se-xual activa, lapso que muy pocos mamíferos pueden igualar.
Y no sólo es cierto este enorme potencial de actividad sexual, sino que,
en la mayoría de los casos, llega a realizarse por entero; por consiguiente, no
veo ninguna razón para modificar mi primitiva declaración. La mayoría de los
seres humanos se expresan se-xualmente encontrando una pareja y realizando
frecuentes inter-acciones sexuales; pero, incluso los que no lo hacen, o que
pasan por un temporal aislamiento sexual, no suelen permanecer inacti-vos. Casi
típico de ellos es la frecuente masturbación, empleada para compensar la falta
de una pareja.
Por encima de todo, el comportamiento sexual humano es com-plejo.
Comprende no sólo una intensa copulación, sino también todas las amables
sutilezas del noviazgo y las intensas acciones del comportamiento previo a la
cópula. En otras palabras, no sólo ocurre con alta frecuencia durante un
prolongado número de años, y con las escasas interrupciones de los «períodos
muertos» de los ciclos reproductivos de la hembra, sino que, cuando se produce,
es continuado y refinado. Esta ampliación de la vida sexual de la especie se
consigue añadiendo, a la herencia del primate, una gran variedad de contactos e
intimidades sexuales, de la clase que antes hemos examinado. Aquí, el contraste
con otras especies es enor-me, y para aclarar este punto vale la pena que nos
detengamos a observar el comportamiento sexual de los monos.
Los monos no establecen profundos lazos afectivos con su pareja, el comportamiento previo a la cópula es muy
reducido. Durante los pocos días del ciclo mensual en que la hembra está en
plenas condiciones sexuales, ésta se acerca al macho o deja que éste se
aproxime, le vuelve la espalda y agacha ligeramente la parte ante-rior del
cuerpo; el macho la monta, introduce el miembro, efectúa unos pocos y rápidos
movimientos de la pelvis, eyacula, desmonta y se aparta. Generalmente, esto
dura unos pocos segundos. Unos ejemplos darán clara idea del carácter general
de esta brevedad. En los monos capuchinos, el macho hace solamente de 5 a 30
movimientos de la pelvis; el mono chillón, hace de 8 a 28, con un promedio de
17, y emplea 22 segundos, más otros 10 segundos para el ajuste corporal. El
macaco Rhesus realiza de 2 a 8 movi-mientos, en un tiempo total de 2 a 4
segundos. Los mandriles, según un informe, realizan 15 movimientos, en un total
de 7–8 segundos; según otro, 6 movimientos de promedio, con una dura-ción de
6–20 segundos y, según otro, de 5 a 10 movimientos, con una duración de 10–15
segundos. Dos estudios sobre los chim-pancés atribuyen al macho corriente de 4
a 8 movimientos, con un máximo de 15, en un caso, y de 6 a 20 movimientos, con
una du-ración total de 7–10 segundos, en otro.
Estos detalles indican claramente que nuestros velludos parientes no se
entretienen mucho en cuestiones de aparcamiento. Pero, si hemos de ser justos,
debemos reconocer que realizan estas «có-pulas instantáneas» con gran
frecuencia, durante los breves días en que la hembra es sexualmente receptiva.
En algunas especies, la cúpula puedo repetirse a los pocos minutos, y volver a
repetirse en rápida sucesión. Por ejemplo, el mandril sudafricano suele copular
de 3 a 6 veces seguidas, con sólo dos minutos de inter-valo. En el Rhesus, esta
cifra es aún más elevada; puede copular de 5 a 25 veces, a intervalos de sólo
un minuto. Parece que el ma-cho sólo eyacula en la última cópula, que es más
vigorosa e inten-sa, de modo que el sistema es más complejo de lo que parece.
Sin embargo, en todos los casos la actividad del aparcamiento difiere mucho de
la del hombre.
En la especie humana no sólo hay más preparación sexual, sino que el
acto de la cópula dura mucho más. En la fase previa, más del 50 por ciento de
las parejas humanas ponen en práctica una gran variedad de técnicas de
excitación. Después de esto, la eya-culación del varón suele producirse a los
pocos minutos, aunque es típica del mismo la prolongación de esta fase. Esto se
debe a que, a diferencia de lo que ocurre en los monos, la mujer puede
experimentar un clímax sexual parecido al del hombre en su in-tensidad
emocional, pero, en general, tarda de diez a veinte mi-nutos en experimentarla.
Todo esto significa que, para la pareja humana corriente, toda la operación,
incluidas la preparación y la cópula, requiere aproximadamente media hora, o
sea, más de cien veces más que una típica pareja de monos. Para ser justos una
vez, más, hay que decir que los monos son generalmente capaces de repetir su
breve acto mucho más pronto que la pareja humana; pero, en compensación,
debemos insistir en que la hembra del mono sólo es receptiva durante los pocos
días del periodo de celo.
Para comparar la situación del mono hembra con la de la hembra humana,
hay que decir que la primera entra en celo cuando se acerca el tiempo de la
ovulación, permaneciendo así durante casi una semana. Durante este tiempo, el
apareamiento no la excita ni la agota sexualmente. Sigue continuamente
dispuesta durante todo el periodo de apareamiento. Para la hembra humana, es
como si cada ocasión pasase por un breve periodo de celo, independiente del
tiempo de la ovulación, pero relacionado, en cambio, con los estímulos previos
del varón. Responde a su pareja, y no a la ovu-lación. Su excitación
fisiológica depende de las intimidades se-xuales compartidas con su pareja, y
no de la rígida secuencia del ciclo mensual de ovulación y menstruación, esta
diferencia vital, que representa un cambio básico en el sistema sexual
corriente de los primates, conduce inevitablemente a un mayor grado de
com-plejidad del contacto corporal entre la pareja y constituye la base de la
intimidad sexual humana.
Esto nos lleva a la cuestión de los orígenes de los más complejos actos
sexuales humanos. ¿Cuáles son las fuentes de todos los con-tactos corporales
adicionales? Dado que los monos hacen poco más que montar y copular, el acto de
la monta, los movimientos de la pelvis y la eyaculación son, virtualmente, lo
único que te-nemos en común con ellos. Por consiguiente, ¿de dónde proceden
todos los amables y vacilantes contactos y el asimiento de manos durante el
período de galanteo, y todos los apasionados actos pre-paratorios de la cópula?
La respuesta acertada parece ser que casi todas estas cosas pueden referirse a
las intimidades de la relación madre-hijo que antes hemos estudiado. Pocas de
ellas parecen ser acciones «nuevas», desarrolladas en relación directa con la
se-xualidad. En términos de comportamiento, el acto de enamorarse se parece
mucho a un retorno a la infancia.
Al observar la manera en que el primitivo abrazo de nuestros pri-meros
años se reduce gradualmente a medida que crecemos, des-cubrimos la decadencia y
el cese de la intimidad corporal. Ahora, al estudiar a los jóvenes enamorados,
vemos que todo el proceso se invierte. Las primeras acciones de la secuencia
sexual son vir-tualmente idénticas a las de cualquier otra clase de interacción
social de los adultos. Después, poco a poco, las saetas del reloj del
comportamiento empiezan a marchar hacia atrás. El formal apre-tón de manos y la
charla insustancial de la presentación se trans-forman en el protector
asimiento de manos de la infancia. Los jóvenes enamorados caminan de la mano,
como hicieron de pe-queños con sus padres. Al aproximarse sus cuerpos, con la
cre-ciente confianza, no tardamos en observar el dichoso retorno al íntimo
abrazo frontal, con las dos cabezas tocándose y besándose. Al hacerse más
profunda la relación, seguimos viajando hacia atrás, hacia los primeras días de
suaves caricias. Las manos acari-cian de nuevo la cara, los cabellos y el
cuerpo del ser amado. Por fin, los amantes vuelven a encontrarse desnudos y,
por primera vez desde que eran muy pequeños, sus cuerpos experimentan el íntimo
y mutuo contacto. Y, al retroceder sus movimientos en el tiempo, sus voces
hacen lo propia y las palabras son menos importantes que el tono en que son
pronunciadas. Con frecuencia, incluso los frases empleadas se vuelven aniñadas,
en una nueva clase de balbuceo infantil. Una ola de seguridad compartida con-mueve
a la joven pareja, y, como en la infancia, el ajetreo del mundo exterior
importa muy poco. La expresión soñadora de la joven enamorada no se parece en
nada al semblante alerta de la niña activa; es más bien el rostro casi
inexpresivo de un bebé sa-tisfecho.
Esta vuelta a la intimidad, tan hermosa para los que la experi-mentan,
es con frecuencia desdeñada por los que no la conocen. Los epigramas no pueden
demostrarlo mejor: «La primera señal del amor es la última de la sabiduría».
«El amor es mal de mu-chos»; «El amor es ciego»; «Vanse los amores y quedan los
dolo-res»; «El amor es una enfermedad incurable»; «Amor de madre, que todo lo
demás es aire». Incluso en la literatura científica, el término «comportamiento
regresivo» adquiere un tono peyora-tivo, en vez de ser una definición imparcial
y objetiva de algo que sucede. Desde luego, comportarse de un modo infantil en
ciertos contextos adultos es una manera ineficaz de enfrentarse con una
situación; pero aquí, en el caso de los jóvenes amantes que esta-blecen un
profundo lazo de apego personal, es todo lo contrario. Los amplios e íntimos
contactos corporales son la mejor manera de crear aquel lazo, y los que los
rechazan por «infantiles» saldrán perdiendo por ello.
Cuando el galanteo pasa a la fase de comportamiento previo a la cópula,
el cuadro infantil no se desvanece. La pareja se rejuvenece aún más y las
saetas del reloj retroceden hasta el periodo de la lactancia. Un simple beso,
en que los labios se posan suavemente en la boca o en la mejilla del ser amado,
adquiere una mayor pre-sión y vigor. Las acciones musculares de los labios y la
lengua son parecidas a cuando succionaban leche del pecho de la madre. Las
rítmicas succiones y presiones de los labios parecen las de un niño hambriento.
Y estos besos activos no se limitan a la boca de la pareja, sino que pasan a
otros sitios, como buscando el pezón de la madre perdido hace tanto tiempo. En
esta búsqueda, se po-san en todas partes, descubriendo los seudopezones de los
lóbulos de las orejas, de los dedos de los pies, de los órganos más íntimos y
desde luego, los auténticos pezones de la pareja.
Con anterioridad, mencioné estas acciones en relación con el goce sexual
que producen, pero es evidente que esto era una sola parte de la cuestión.
Existe también la satisfacción más directa de vol-ver a experimentar el
remunerador contacto oral de la interacción lactante de la infancia. El efecto
es más intenso cuando el falso pecho produce una falsa leche, como en el caso
de la creciente salivación de la boca del amante, o del incremento da las
secre-ciones sexuales de los órganos genitales de la mujer y del flujo seminal
del pene del varón.
Ni siquiera cuando termina la fase previa a la cópula y comienza ésta
desaparecen del todo las acciones infantiles. En el aparca-miento de los monos,
los únicos contactos corporales, aparte de la interacción genital propiamente
dicha, son las acciones mecánicas que realiza el macho con las manos y los pies
para sostenerse. Agarra el cuerpo de la hembra, no como un acto de amorosa
inti-midad, sino para mantener el equilibrio mientras realiza los rápi-dos
movimientos de la pelvis. Parecidas actitudes se producen también en las
parejas humanas; pero, además de estos contactos, se ejercen otros muchos que
no tienen una función de “ajuste cor-poral”. Las manos agarran o sujetan a la
pareja, no por razones mecánicas de facilidad de movimiento, sino como señales táctiles
de intimidad.
Volviendo de nuevo a los manuales sexuales ilustrados a que an-tes nos
referimos, y tomando únicamente los casos en que el va-rón y la hembra
aparecían copulando, podremos registrar la fre-cuencia de los contactos no
genitales que acompañan al movi-miento de la pelvis. En no menos del 74 por
ciento de las posicio-nes de copulación representadas, la mano (o las manos) de
uno de los miembros de la pareja ase o toca alguna parte del cuerpo del otro,
de una manera que nada tiene que ver con la «sujeción». Además, aparecen muchas
acciones relativas al abrazo, al beso y a contactos de las dos cabezas sin
besarse, y también, un gran nú-mero de contactos de mano a cabeza y de las
manos entre sí. To-das estas acciones son, en el fondo, abrazos, abrazos
parciales o fragmentos de abrazos. Indican que, para el hombre, la cópula
consiste en el acto de apareamiento propio de los primates adul-tos, más un
retorno al acto infantil de abrazar, este último persiste en toda la secuencia
sexual, desde las primeras fases de galanteo hasta sus momentos finales. El
hombre no se limita a practicar la cópula en el complejo aparato genital de un
miembro del sexo contrario, sino que –hace el amor –significativa expresión– a
un individuo especial y total. Por esta razón, todas las fases de la secuencia,
incluida la cópula, pueden servir, en nuestra especie, para fomentar el proceso
de formación del lazo afectivo, y hay que suponer que por esta misma causa se
desarrolló en la hembra un prolongado periodo de receptividad sexual, que se extiende
mucho más allá del periodo de ovulación. Incluso puede decirse que en la
actualidad, realiza el acto sexual más que para fecundar un óvulo, para
fecundar una relación. Esto no entraña ningún pe-ligro para la reproducción,
pues, incluso la pequeña proporción de cópulas que coinciden con el tiempo de
ovulación es suficiente para producir un adecuado número de retoños, como lo
demuestra el hecho de que más de tres mil millones de seres humanos esta-mos
hoy día con vida.
4
INTIMIDAD SOCIAL
Estudiar la intimidad sexual humana es presenciar el renacimiento de un
abundante contacto corporal entre adultos, en sustitución de las perdidas
intimidades de la infancia. Estudiar la intimidad so-cial humana es en
contraste, observar las restricciones de un con-tacto cauteloso e inhibido,
mientras las opuestas exigencias de apego y de reserva, de dependencia y de
independencia, luchan en el interior de nuestro cerebro.
De vez en cuando nos sentimos abrumados por la multitud, como desnudos
ante las escudriñadoras miradas y pensamientos de los demás. La idea simiesca
de aislarnos nos atrae con insistencia. Pero a la mayoría de nosotros nos basta
con unas horas de aisla-miento, y nos espanta la idea de una soledad monástica
de toda la vida. Pues el hombre es un animal social, y el ser humano sano y
normal considera el aislamiento prolongado como un castigo gra-vísimo. Aparte
de la tortura física y de la muerte, el confina-miento solitario es la pena
peor que puede imponerse a un prisio-nero. Este, medio enloquecido, llega a
hablar con la taza de su retrete para escuchar el eco de su propia voz. Es lo
más parecido a una respuesta social que puede conseguir.
Una persona tímida, que viva en una gran ciudad, puede encon-trarse en
una situación muy parecida. Si estas personas han dejado atrás la intimidad del
hogar y viven solas en una pequeña habita-ción o en un apartamento, la soledad
puede llegar a hacérseles insoportable. Demasiado tímidas para hacer amistades,
quizá ter-minen prefiriendo el suicidio a esta prolongada falta de contactos
humanos. La necesidad de intimidad es fundamental. Pues la in-timidad origina
comprensión, y la mayoría de nosotros, a diferen-cia del ermitaño, queremos ser
comprendidos, al menos por unas pocas personas.
No se trata de ser comprendido racional o intelectualmente. Se trata de
ser comprendido emocional mente, y, a este respecto, un solo contacto íntimo
corporal será más beneficioso que todas las bellas palabras del diccionario. La
posibilidad que tienen las sen-saciones físicas de transmitir sentimientos
emocionales es real-mente asombrosa. Pero quizás en su fuerza está su
debilidad. Si recorremos la secuencia de intimidades que se producen en la
vida, desde el nacimiento hasta la muerte, vemos que las dos fases de contacto
masivo corporal son también las dos fases de más fuerte vinculación social:
primero, entre padres e hijos; después, entre la pareja de enamorados. Todo
demuestra que es imposible ser pródigo y liberal con los contactos cuerpo a
cuerpo sin verse estrechamente ligado con el objeto de la propia atención. Tal
vez una intuitiva comprensión de esto nos impide entregarnos sin res-tricciones
al puro placer de mayores intimidades corporales. Por ejemplo, no basta con
decir que es incorrecto abrazar y estrechar fuertemente a los compañeros de
oficina. Esto no explica cómo surgió el convencionalismo de «mantener las
distancias» o de que «cada cual se las apañe». Tenemos que profundizar más para
comprender los extraordinarios esfuerzos que realizamos para evitar tocarnos
los unos a los otros en el curso de la vida coti-diana, fuera del círculo
familiar.
Parte de la solución puede consistir en la abrumadora acumula-ción
experimentada en nuestras modernas sociedades urbanas. Tropezamos diariamente
con tantas personas en las calles y en las casas, que, sencillamente, no
podemos intimar con todas ellas, so pena de paralizar toda la organización
social. Lo irónico es que esta situación de superpoblación produce en nosotros
dos efectos absolutamente incompatibles. De una parte, nos oprime y hace que
nos sintamos tensos e inseguros, y de otra, nos obliga a redu-cir los
intercambios de intimidades que pudrían aliviar aquella presión y aquella
tensión.
Otra parte de la respuesta tiene que ver con el sexo. No se trata
solamente de que no disponemos de tiempo y energía para formar
los infinitos lazos sociales que resultarían de una exagerada
pro-pensión a copiosas intimidades corporales. Existe también el pro-blema de
que, entre adultos, la intimidad corporal se llama sexo. Es ésta una lamentable
confusión, pero es fácil comprender su origen. Ya que la copulación es
imposible, salvo en la insemina-ción artificial, sin una intimidad de cuerpos,
ambos conceptos se han convertido en sinónimos. En la copulación, incluso el
adulto más «intocable» tiene que tocar y ser tocado. En casi todas las demás
ocasiones, puede evitarlo; pero no en ésta. Algunos Victo-rianos llegaron el
extremo de ponerse camisas de noche, con pe-queñas oberturas frontales, para
reducir el contacto; pero alguno tenían que establecer si querían poblar su
mundo. Y así, en el año 1889, la expresión «relaciones íntimas» se convirtió en
un eufe-mismo para indicar la relación sexual. Durante el siglo actual, los
adultos de ambos sexos, y con ambos sexos, han encontrado cada vez más difícil
realizar contactos corporales sin dar la impresión de que su reto lleva
inherente un elemento sexual.
Sería erróneo decir que esto es cosa enteramente nueva. Desde luego, el
problema ha existido siempre, y siempre se han impuesto limitaciones a las
intimidades de los adultos, para evitar implica-ciones sexuales. Pero tenemos
la clara impresión de que esta si-tuación se ha acentuado en los últimos años.
Parece que ya no gozamos de libertad para abrazarnos cuando nos invade la
alegría, o para Murar en los brazos de otro cuando nos aflige el dolor. Sin
embargo, persiste la necesidad fundamental de tocarnos mutua-mente, y conviene
estudiar cómo lo hacemos en la vida cotidiana, fuera del seno de la familia.
La respuesta es que lo formalizamos. Tomamos las intimidades no
inhibidas de la infancia y las reducimos a fragmentos. Cada uno de éstos se
estiliza y adquiere rigidez, hasta que entra a formar parte de una categoría
definida. Establecemos normas de etiqueta (palabra tomada del francés y que,
literalmente, significa marbete) y enseñamos a los miembros de nuestras
culturas a regirse por ellas. El abrazo no requiere enseñanza previa. Es, como
hemos visto, un acto biológico innato que compartimos con todos nues-tros
parientes primates. Pero un abrazo contiene muchos elemen-tos, y nuestra
constitución genética no puede decirnos cuál de éstos hemos de utilizar en un
momento social particular, ni en qué forma rígidamente estilizada hemos de
hacerlo. Para el animal, existe comportamiento o no comportamiento; más para
nosotros hay comportamiento recto y comportamiento erróneo, buen
com-portamiento y mal comportamiento, y las reglas son muy compli-cadas. Pero
esto no significa que no podamos estudiarlos biológi-camente. Por muy
culturalmente determinados que estén, o por muy culturalmente variables que
sean, los comprenderemos mejor si los consideramos como partes del
comportamiento de los pri-mates. Y esto es así porque, casi siempre, podemos
seguirles la pista hasta mis orígenes biológicos.
Antes de contemplar toda la escena, séame permitido, para ilustrar lo
que quiero decir, dar un solo ejemplo detallado. Emplearé una acción a la que
parece no haberse prestado mucha atención en el pasado, a saber, la palmada en
la espalda. Tal vez piensen ustedes que es un elemento de comportamiento
demasiado trivial para que tenga interés; pero es peligroso prescindir de este
modo de las pequeñas acciones. Un apretón, un arañazo, un golpe o una pal-mada
son susceptibles, en potencia, de cambiar toda la vida de una persona o incluso
de una nación. La afectuosa caricia no pro-digada en un momento vital en que
era desesperadamente necesi-tada, puede muy bien ser el acto, o mejor dicho, la
omisión, que destruya definitivamente una relación. La simple actitud de no
co-rresponder a una sonrisa, entre dos grandes políticos, puede llevar a la
guerra y a la destrucción. Por consiguiente, es imprudente burlarse de una
simple «palmada» en la espalda. Estas pequeñas acciones son el material que
compone la vida emocional.
Si ha mantenido usted una prolongada relación personal con un chimpancé,
sabrá que la palmada en la espalda no es una acción exclusivamente humana. Si
su mono se alegra mucho de verle, lo más probable es que corra hacia usted, le
abrace, apriete afectuosamente sus húmedos labios sobre el lado de su cuello y
empiece a darle rítmicas palmadas en la espalda. Esto produce una sensa-ción
extraña, porque, en cierto modo, es completamente humano, y, sin embargo, es
sutilmente diferente. El beso no es igual que el beso humano. Puede
describirse, más bien, como una suave pre-sión con la boca abierta. Y las
palmadas son más ligeras y más rá-pidas que las humanas, y propinadas
rítmicamente con las dos manos. Sin embargo, las acciones de abrazar, de besar
y de dar palmadas son, en el fondo, las mismas en ambas especies, y las señales
sociales que transmiten parecen ser idénticas. Podemos, pues, empezar con una
fundada presunción de que las palmadas en la espalda son un rasgo biológico del
animal humano.
Ya he explicado, en el capítulo primero, el probable origen de esta
acción, como reiterado movimiento de intención, que significa: «Me agarraré a
ti de este modo, en caso necesario, y me soltare, si no lo es; así, todo irá
bien.» En la infancia, las palmadas son so-lamente un adorno del abrazo; pero,
más tarde, la palmada amisto-sa puede darse por sí misma, sin necesidad de
abrazo. El que la da se limita a estirar el brazo hacia el compañero, y
establecer el contacto con una sola mano. Con este cambio, empezó el proceso de
formalización. Al ver una palmada sin abrazo, es difícil adivi-nar su verdadero
origen. Otro cambio se produce ni mismo tiem-po: la zona del cuerpo que recibe
la palmada se hace menos res-tringida. El niño pequeño recibe las palmadas casi
exclusivamente en la espalda; en cambio, el niño mayor las recibe en casi todas
partes: no sólo en la espalda, sino también en el hombro, el brazo, la mejilla,
la cabeza, el estómago, las nalgas, los muslos, las rodi-llas y las piernas. El
mensaje de la palmada se hace también más extenso. La señal tranquilizadora de
«todo va bien» se convierte en la señal congratulatoria de “todo está muy
bien”, o de «lo ha hecho muy bien». Como el cerebro que ha actuado bien está
alo-jado en el cráneo, es natural que la palmada en la cabeza sea la acción que
tipifique el mensaje congratulatorio. En realidad, esta forma particular de
acción está tan fuertemente asociada con las congratulaciones de la infancia
que, más tarde, en las palmadas entre adultos, tiene que abandonarse, porque
tendría un matiz de condescendencia.
Pero también se producen otros cambios al pasar del contexto
adulto-palmadas-niño al contexto adulto-palmadas-adulto. Ade-más de la cabeza,
otras zonas se convierten en tabú. Las palmadas en la espalda, el hombro o el
brazo, siguen siendo inofensivas; pero si se dan en el dorso de la mano, en la
rodilla o en el muslo, adquieren un ligero matiz sexual, y si se dan en las
nalgas, este matiz se acentúa considerablemente. Sin embargo, la situación es
muy variable, y hay muchas excepciones a la regla. Las palmadas en el dorso de
la mano y en los muslos, si se dan entre mujeres, pueden no tener atisbos de
sexualidad. También es posible, en son de broma, dar palmadas en cualquier
parte del cuerpo sin que re-sulten ofensivas. En estos casos, el que hace la
broma suele acompañarla con chanzas, mientras da palmadas en la cabeza o en las
mejillas de su víctima, como «vamos, vamos, pequeñín», indi-cando con ello que
el contacto no tiene nada de sexual, sino que es remedo de un ademán paternal y
no debe ser tomado en serio. Desde luego, existe un elemento ofensivo; pero no
tiene nada que ver con la violación del tabú sexual, aunque se toquen ciertas
zo-nas de cierta manera.
Para complicar más el asunto, esta última excepción tiene, a su vez una
excepción. Hela aquí. Un adulto, digamos varón, quiere establecer contacto
sexual con otro, digamos hembra. Sabe que ésta no aceptaría un contacto directo
y no disimulado, pues le parecería de mal gusto. En realidad, sabe que ella no
le encuentra sexualmente atractivo en general, pero su afán de tocarla es lo
bastante fuerte para hacerle prescindir de las señales disuasorias que ella le
transmite. Por consiguiente, adopta la estrategia de simular comportarse de un
modo paternal fingido. Alardea de chancero al darle unas palmadas en la rodilla
y dedicarle unos cuantas diminutivos infantiles. Confía en que ella aceptará el
con-tacto como una broma, aunque el verdadero objetivo es sexual.
Desgraciadamente para él, no suele ser lo bastante buen actor para disimular
otras señales sexuales, en particular su expresión facial, y normalmente, la
joven en cuestión descubre la artimaña y reac-ciona de un mudo adecuadamente
negativo.
La menos sexual de estas acciones es la palmada en la espalda. Esta
conserva de algún modo su calidad original, y con frecuencia podemos observarla
entre personas totalmente desconocidas, en ocasiones de pésame o de
felicitación. Dos situaciones específicas que ilustran este hecho son el
accidente de carretera y el momento de triunfo de un deportista. Después de un
accidente de carretera, si una de las victimas está sentada en la cuneta, con
muestras de atontamiento, no tardará en acercársele alguien dispuesto a
auxi-liarla. En general, el auxiliador mirará fijamente a la maltrecha persona
y le formulará alguna pregunta tonta por este estilo:
«¿Se encuentra usted bien?», cuando es evidente que se encuentra mal.
Casi inmediatamente, el auxiliador se da cuenta de la estupi-dez de sus
palabras en tal situación y pasa al más eficaz y fun-damental medio de
comunicación, que es el contacto corporal directo. La forma más probable de
establecer este contacto es la amable y consoladora palmada en la espalda de la
víctima. La misma reacción, pero mucho más vigorosa, puede observarse cuando un
deportista acaba de alcanzar una victoria atlética. Al salir triunfalmente del
campo o de la pista, sus fanáticos partida-rios se disputan el honor de darle
palmadas en la espalda cuando pasa por su lado.
Ya nos hemos alejado mucho de la situación primaria en que la madre daba
cariñosas palmaditas en la espalda de su pequeñín; pero aún hemos de ir más
lejos, pues, entre los adultos, la acción de dar palmadas ha extendido su campo
de acción más allá del contacto corporal. La señal básica táctil se ha
convertido, en dos importantes contextos, en señal sonora y visual. Tanto el
aplauso, con el que se premia una actuación, como la acción de agitar la mano,
en los recibimientos y las despedidas, son derivaciones del primitivo acto de
dar palmadas. Hablemos primero del aplauso.
Durante muchos años, me intrigó el abundante empleo del aplauso como
medio de recompensar una actuación. El violento choque de una mano con otra me
parecía una acción casi agresiva, lo mismo que el fuerte ruido que produce. Sin
embargo, significaba todo lo contrario de agresividad y llenaba de satisfacción
al aplaudido. Desde hace siglos, los actores ambicionaron el aplauso del
públi-co e incluso inventaron muchos «trucos» para conseguirlo.
Para comprender la gran recompensa que representa el aplauso, debemos
buscar su origen en la infancia. Minuciosos estudios de los niños, en la
segunda mitad de su primer año de vida, revelan que a esta edad, el palmoteo
es, frecuentemente, parte del saludo con que el niño recibe a la madre, cuando
esta vuelve junto a él después de una breve ausencia. Esta acción puede
realizarse antes de –o en vez de– tender los brazos a la madre. Es como si el
niño, al ver acercarse a su madre, hiciese un movimiento para abrazarla. Pero
el cuerpo de ella no ha llegado aún, y por eso los brazos pro-siguen su
movimiento de abrazo hasta que chocan las palmas de las manos. En esta fase, el
aplauso se realiza partiendo del brazo, no de la muñeca, como en la versión
adulta.
Detalladas observaciones han puesto de manifiesto que esto se produce
aunque la madre no haya enseñado al niño a reaccionar de esta manera. Dicho de
otro modo: la mejor interpretación del aplauso del niño es como la culminación
audible de un abrazo en el vacío. Las rítmicas palmadas por la acción de la
muñeca, que se desarrollan más tarde, pueden interpretarse claramente como una
especio de palmadas en el vacío, añadidas al abrazo en el vacío. En efecto,
cuando aplaudimos a un actor, lo que en realidad ha-cemos es darle palmadas en
la espalda desde lejos. Es incómodo o imposible levantarnos y establecer con él
un verdadero contacto tísico; por esto, permanecemos en nuestro sitio y damos
palmadas en el vacío. Si hace usted la prueba de dar palmadas como si estu-viese
aplaudiendo, se dará cuenta de que no junta ambas manos con igual tuerza. Y es
que una mano representa el papel de la es-palda del actor y la otra golpea está
en el vacío. Cierto que ambas manos se mueven, pero una lo hace con mucha mayor
fuerza que la otra. En nueve personas de cada diez, es la mano derecha, con la
palma hacia abajo, la que hace el papel del que golpea, mientras que la
izquierda, con la palma hacia arriba, representa el papel del que recibe la
palmada en la espalda.
De vez en cuando, podemos atisbar inesperadamente, incluso en el mundo
de los adultos, la relación fundamental que existe entre el abrazo primario y
el aplauso. Cuando el primer astronauta ruso regreso triunfalmente a Moscú y su
presentó en la Plaza Roja jun-to a los gobernantes rusas, una inmensa multitud
desfiló frente a él para rendirle homenaje, levantando las manos y aplaudiendo
al pasar. En una película de este acontecimiento, vemos claramente a un hombre
tan embargado por la emoción que interrumpe repe-tidas veces el aplauso para
abrazar el vacío. Levanta las manos y aplaude, abraza el aire como si lo
estrechase sobre su pecho, vuelve a aplaudir y vuelve a abrazar. Cuando la
fuerza de la emo-ción rompe el formalismo de la pauta convencional, nos propor-ciona
una elocuente confirmación de los orígenes del acto reali-zado por los adultos.
La propia Rusia nos brinda otra interesante variación del aplauso. En
este país, es frecuente que los actores aplaudan al público, correspondiendo a
las ovaciones de éste. Esto no significa, como se ha sugerido a veces
cínicamente, que los actores rusos sean tan narcisistas como para aplaudir sus
propias actuaciones. Lo único que hacen es devolver al público el abrazo
formalizado, tal como lo harían si el abrazo fuese real. En Occidente, no
existe este con-vencionalismo, aunque a veces encontramos una variante en la
costumbre de los actores de extender los brazos, al final del acto, buscando el
aplauso. Los actores de circo y los acróbatas son par-ticularmente aficionados
a adoptar esta actitud. Al terminar un ejercicio difícil, se plantan
orgullosamente en pie, de cara al pú-blico, y extienden ampliamente los brazos.
El público estalla in-mediatamente en ruidosos aplausos. El acto de abrir los
brazos de esta manera es un ejemplo de movimiento intencional de abrazar.
Los brazos están en posición de abrazar al público, pero no llegan a
consumar la acción en el vacío. Algunas cantantes de cabaret, especializadas en
canciones emotivas, hacen el mismo ademán mientras cantan, emocionando al
público con su implorante invi-tación al abrazo, como acompañamiento de la
implorante letra de la canción.
Las palmadas se emplean también a veces para llamar a un sir-viente. En
las fantasías de harén, es una señal que dice «traed a las danzarinas». En
estos casos, no son la típica acción repetida y rápida propia del aplauso, sino
solamente una o dos secas palma-das. En este aspecto, se parecen mucho más a la
acción del bebé que saluda a su madre. El mensaje es también parecido. La
peti-ción que hace el niño a la madre –«acércate más»– se convierte en igual
petición del adulto al servidor.
Ya he dicho anteriormente que la señal básica táctil se extendió a la
forma sonora que acabamos de examinar y a la forma visual consistente en agitar
la mano. Como la palmada, el hecho de agi-tar la mano es algo que se considera
corriente; pero también este tiene elementos inesperados que vale la pena
analizar con detalle.
En primer lugar, parece evidente que agitamos la mano para salu-dar o
para despedirnos, porque, dada la distancia, nos hacemos más visibles. Esto es
cierto, pero no es toda la explicación. Si observamos a personas obstinadamente
empeñadas en hacerse ver, ya porque quieren parar un taxi, ya porque tratan de
estable-cer contacto visual, en medio de una muchedumbre, con otra per-sona que
aún no les ha visto, no agitan la mano en la forma con-vencional acostumbrada.
En vez de esto, levantan rígidamente un brazo y empiezan a moverlo de un lado a
otro, con un movimiento que parte del hombro. Si la tensión es aún mayor,
pueden levantar ambos brazos y agitarlos simultáneamente. Es la acción que lo
hace a uno más visible desde lejos. En cambio, cuando ya hemos establecido
contacto visual agitamos la mano de otro modo. Si nos despedimos de alguien, o
si recibimos a alguien que ya nos ha visto pero está aún fuera de nuestro
alcance, no solemos agitar los
brazos. Levantamos el brazo, pero agitamos la mano. Y lo hace-mos en una
de estas tres formas. La primera, es mover la mano arriba y abajo, con los
dedos apuntando hacia fuera. Cuando la mano está levantada, la palma mira hacia
fuera; cuando aquélla está bajada, ésta mira hacia abajo. De nuevo advertimos
aquí la acción de la palmada. El brazo que saluda se estira para abrazar y dar
palmadas, pero, igual que en el aplauso, la distancia nos obli-ga a realizar la
acción en el vacío. La diferencia estriba en que, así como en la acción de
aplaudir el abrazo y la palmada a distancia se convierten en una señal sonora,
aquí se transforma en un signo visual. El brazo se tiende hacia arriba, en vez
de hacia delante, como en un verdadero abrazo de contacto, porque esto aumenta
la visibilidad de la acción. Por lo demás, hay poca diferencia.
Una segunda forma del acto de agitar la mano revela otra modifi-cación
tendente a la visibilidad. En vez de mover la mano arriba y abajo, se agita de
un lado a otro, con la palma vuelta hacia lucra. La rapidez es aproximadamente
la misma, pero la acción se aparta un poco más del primitivo movimiento de dar
palmadas. Es signi-ficativo que esta manera de agitar la mano es más propia de
los adultos que de los niños, que parecen preferir la primera versión.
El tercer tipo parecerá extraño a la mayoría de los lectores
occi-dentales. Yo lo he observado solamente en Italia, pero, según di-cen, se
produce también en España, China, India, Pakistán, Bir-mania, Malasia, África
Oriental y Nigeria, y entre los gitanos. (He aquí una distribución, cuando
menos muy curiosa, a la que no he podido encontrar aún explicación.) Recuerda
una acción de lla-mada, pero no lo es, ya que suele emplearse como señal de
des-pedida. Como la primera forma que he mencionado, es un movi-miento de
arriba abajo; pero esta vez el movimiento empieza des-de abajo, con la palma
hacia arriba (como pidiendo limosna), y la mano se eleva repetidamente en
dirección al cuerpo del que la agita. Una vez más, vemos que es movimiento de
palmeo, pues en la verdadera acción de dar palmadas en la espalda la mano
adopta muchas veces esta posición, con los dedos apuntando hacia arriba, cuando
el codo está en posición baja.
Dos movimientos especiales de la mano guardan relación con este último.
Son los saludos papal y real inglés. En ambos casos, y por alguna razón, el
movimiento no parte del hombro, como en el visible saludo con el brazo, ni de
la muñeca, como en el palmeo corriente. En general, el Papa emplea los dos
brazos simultánea-mente y levanta despacio los antebrazos y las manos, rítmica
y repetidamente, con las palmas hacia arriba, en una serie de movi-mientos de
abrazo intencional. Pero la cosa no es tan sencilla, porque los brazos no se
doblan directamente sobre su pecho. No estrecha sobre éste a la multitud. El
arco que describen sus brazos ya en parte hacia dentro y en parte hacia arriba,
como en una ac-ción compleja, abrazando a la muchedumbre en parte sobre su
cuerpo y en parte hacia los ciclos, donde todos esperan ser recibi-dos algún
día.
El saludo real ingles parte también típicamente del codo, pero suele
realizarse con una sola mano y con los dedos apuntando hacia arriba. La palma
está vuelta hacia dentro, señalando el cuer-po real y recalcando el carácter de
abrazo de la acción, y el ante-brazo gira lenta y rítmicamente, acentuando la
rotación en su fase interna. De esta manera, de un modo sumamente estilizado,
la rei-na abraza a sus súbditos y los tranquiliza con una formal palmada en la
espalda.
Como en el caso del palmoteo, a veces tenemos la suerte de ob-servar
cómo, bajo la presión emocional, se quiebra el formalismo del saludo, y ello de
un modo revelador que pone al descubierto su origen remoto. Un ejemplo concreto
servirá de ilustración. En un pequeño aeropuerto, donde hacia yo observaciones
sobre los movimientos de las manos, hay una galería desde donde los ami-gos y
parientes pueden ver cómo los recién llegados bajan del avión y cruzan el
asfalto hasta la entrada de la Aduana. Esta en-trada está precisamente debajo
de la galería, de modo que los que llegan, aunque no pueden tocar a los que les
saludan frenética-mente desde arriba, se acercan mucho a ellos antes de
franquear la puerta del edificio. Este es el escenario; en cuanto a la acción,
suele desarrollarse del modo siguiente. Cuando se abren las puer-tas del avión
y empiezan a salir los pasajeros, tanto los que llegan como los que esperan se
buscan desde lejos con los ojos. Si uno establece contacto visual antes que el
otro, suele agitar vigorosa-mente el brazo, en un movimiento que parte del
hombro y de la manera más ostensible posible. Después de establecido el mutuo
contacto visual, ambos interesados tienden a adoptar la actitud del brazo
levantado y el saludo con la mano. Esto dura cierto rato, pero, como el
trayecto hasta el edificio es bastante largo, suele interrumpirse al poco
tiempo. Parecen haber agotado los saludos y las sonrisas (como la persona que
posa para una fotografía, que, al pasar el tiempo, encuentra cada vez más difícil
conservar su son-risa natural ante la cámara), pero no quieren parecer
“indiferen-tes”, y por eso se interesan súbitamente par otros aspectos de la
escena del aeropuerto. El recién llegado mira a su alrededor para captar el
paisaje del campo de aviación, o coloca mejor la cartera de mano que
misteriosamente resbalaba de sus dedos. Por su par-te, los que esperan empiezan
a hacer comentarios sobre el aspecto del recién llegado. Después, al acercarse
el último y hacerse más perceptibles sus facciones, ambas partes reanudan sus
sonrisas y sus vigorosos saludos con la mano, hasta que el viajero desa-parece
en la planta inferior del edificio. Media hora más tarde, terminada la revisión
aduanera, se establece el primer contacto corporal, con apretones de manos,
abrazos, palmadas y besos.
Esta es la escena básica. Naturalmente, hay muchas variaciones, poco
importantes; pero, en una ocasión, la norma se exageró de un modo sumamente
revelador. Un hombre volvía al seno de su familia después de una prolongada
estancia en el extranjero. En cuanto salió del avión, tanto él como los
familiares que le espera-ban estallaron en frenéticos movimientos de brazos y
manos. Cuando el viajero llegó cerca del edificio y pudo ver claramente y con
todo detalle las caras de los que habían ido a recibirle, debió de pensar que
el convencionalismo de agitar la mano era insuficiente para sus necesidades
emocionales. Con lágrimas en los ojos y dibujando con los labios mudas palabras
de cariño, tenía que hacer algo con el brazo que expresase mejor, al reunirse
con su familia, la profunda intensidad de sus sentimientos. Yo, que le estaba
observando, vi que cambiaban los movimientos de su mano. La acción normal de
agitar ésta se transformó en una per-fecta imitación de una apasionada serie de
palmadas en la espalda. Ahora, en vez de tener el brazo levantado, lo extendía
en direc-ción al grupo familiar, de modo que resultaba más corto y menos
ostensible. La mano giró hacia adentro y dio una rápida serie de palmadas en el
aire. La fuerza de sus emociones era tan intensa, que prescindió de todas las
modificaciones secundarias y conven-cionales de las primitivas acciones de
abrazo y palmada, que sir-ven para hacer más visible desde lejos la señal, y,
en el calor del momento, puso al descubierto la pauta básica y original de com-portamiento.
La intensidad de este encuentro fue confirmado por los saludos táctiles
que siguieron al paréntesis de la Aduana. Cuando el hom-bre salió al vestíbulo
del aeropuerto, los catorce miembros de su familia empezaron a abrazarle, a
sacudirle, a besarle y a darle palmadas con tal fuerza que, cuando hubieron
terminado, el hom-bre estaba emocionalmente agotado, lleno de lágrimas el
rostro y temblando de los pies a la cabeza. Hubo un momento en que una mujer,
que parecía ser su madre, reforzó su abrazo sobándole vi-gorosamente la cara,
sujetándole las mejillas con ambas manos y apretándoselas como si estuviese
amasando pan en su cocina. Mientras tanto, el hombre la abrazaba a su vez y le
daba fuertes palmadas en la espalda. Sin embargo, después del saludo del dé-cimo
miembro de la familia, pareció que el agotamiento emocio-nal empezaba a hacer
mella en él. En este momento, sus palmadas cambiaron de modo significativo. Una
vez más, se quebraba la señal convencional bajo la presión emocional, y de
nuevo se po-nían al descubierto los orígenes de una acción formalizada. Así
como antes la agitación de la mano se había convertido en un palmoteo en el
vacío, ahora dio otro paso hacia la fuente primi-tiva. Las repetidas palmadas
fueron remplazadas por breves y reiteradas acciones de asimiento. Cada palmada
se convirtió en un movimiento como de garra, un apretón de los dedos, que se
abrían y cerraban. Indudablemente, era el movimiento intencional primi-tivo de
asimiento. Era la pauta «ancestral», de la que procedían todos los otros
movimientos, a través de un proceso de especiali-zación de las señales: la
señal táctil, por una modificación de la palmada; la señal sonora, por el
empleo de la otra mano en susti-tución del objeto palmeado, y la señal visual,
al golpear el aire con el brazo levantado en el acto de agitar la mano. Tales
son las ramificaciones de los llamados actos «triviales» de la intimidad
humana.
Al examinar esta pequeña acción de contacto humano a través de sus
diversas variantes, he tratado de demostrar que las viejas y tan conocidas
acciones pueden verse bajo una nueva luz. La necesi-dad que tenemos los adultos
de establecer contactos recíprocos es fundamental y poderosa, pero, como
acabamos de ver, raras veces se expresa plenamente. En vez de esto, se
manifiesta en formas fragmentarias, modificadas o disfrazadas, en muchos de los
ges-tos, ademanes y señales que nos hacemos los unos a los otros en nuestra
vida cotidiana. Con frecuencia, el verdadero significado de las acciones
permanece oculto para nosotros, y tenemos que seguirles la pista hasta su
origen para comprenderlas bien. En los ejemplos que acabo de exponer, la
primitiva acción de contacto era frecuentemente remota, operaba a distancia;
pero hay también muchas maneras de establecer un verdadero contacto corporal
reciproco, y es interesante estudiarlas y ver las formas que adop-tan. Para
ello, conviene que volvamos un momento al primitivo abrazo como tal. En la
actualidad, éste no se prodiga en público entre adultos, pero todavía se
produce de vez en cuando, y vale la pena estudiar las situaciones en que
aparece.
El abrazo total.
Si observamos cuidadosamente el mayor número posible de abra-zos, pronto
vemos claramente que, entre adultos, esta acción per-tenece a tres categorías
distintas. Como era de esperar, el grupo más numeroso es el de los contactos
cariñosos entre enamorados. Representar, aproximadamente, los dos tercios de
los abrazos en público que pueden verse en la actualidad. El tercio restante
pue-de dividirse en dos tipos, a los que llamaremos de «reunión de parientes» y
de «triunfo del deportista».
Los jóvenes enamorados se abrazan no sólo cuando se encuentran o se
separan, sino también mientras están juntos. Entre las parejas casadas y
maduras, es rara ver un auténtico abrazo en público, salvo cuando uno de sus
miembros se dispone a emprender un largo viaje o cuando regresa después de una
ausencia de al menos unos días. En otras ocasiones, y cuando no falta en
absoluto, el abrazo se expresa públicamente como un simple contacto
conven-cional bastante más flojo.
Entre parientes adultos, tales como hermanos y hermanas, o pa-dres e
hijos mayores, el abrazo apasionado es aún menos fre-cuente. Sin embargo, puede
predecirse que se producirá cuando un pariente se ha librado de una catástrofe.
Si el, o ella, ha sido secuestrado, hecho prisionero o atrapado en un accidente
de la naturaleza, podemos estar seguros de que la «reunión de parien-tes» que
seguirá a su feliz regreso abundará en abrazos de la ma-yor intensidad. En
tales circunstancias, la acción puede extenderse incluso a los amigos íntimos
de ambos sexos, que normalmente se limitarían al apretón de manos o al beso en
la mejilla. La intensi-dad emocional de la situación es tan grande, que el
abrazo apasio-nado entre hombres, entre mujeres, o entre un hombre amigo y una
mujer amiga, no crearán la menor dificultad con respecto a los tabúes sexuales.
En ocasiones de menor intensidad emocional, el problema existiría, pero en
circunstancias altamente dramáticas, los tabúes se olvidan fácilmente. En
momentos de triunfo, de ali-vio o de desesperación, nuestra civilización admite
que. Incluso dos varones adultos se abracen y se besen; en cambio, si, en una
situación menos dramática, realizasen un simple esbozo de abra-zo, como asirse
largamente las manos o juntar las mejillas, darían inmediatamente una impresión
de homosexualidad.
Esta diferencia es importante y requiere una explicación. Nos dice algo
sobre la manera en que los contactos corporales básicos se fragmentan y
formalizan. En primer lugar, el abrazo es natural entre uno de los padres y el
hijo pequeño, y también entre los pa-dres y el hijo mayor, aunque éste es menos
frecuente. Entre adul-tos, es típico entre novios y entre cónyuges. Pero si
otros adultos sienten, por cualquier razón, la necesidad de abrazarse, deben
hacerlo de manera que quede bien claro que no hay ningún ele-mento sexual en su
contacto. Esto se consigue empleando algún fragmento formalizado del abrazo
auténtico, fragmento que, por convencionalismo admitido, se considera no
sexual. Por ejemplo, un hombre puede pasar el brazo por encima de los hombros
de otro, sin peligro de que su acción sea mal interpretada por el com-pañero o
por cualquiera que le vea realizarla. En cambio, si em-please otros fragmentos,
como por ejemplo besar la oreja del hombre, inmediatamente se atribuiría a su
acción un sentido se-xual.
La situación es completamente distinta cuando se ve a dos hom-bres
abrazándose plenamente, estrujándose y besándose, con mo-tivo de un gran
triunfo, de un desastre o de una reunión. En este caso, no se da ninguna
interpretación sexual a su acción, porque se admite que se trata de una
reacción formalizada, pero básica. Los espectadores comprenden que se
encuentran ante una situa-ción en que la intensidad de las emociones pesa más
que los con-vencionalismos. Saben, intuitivamente, que lo que están viendo es un
retorno al abrazo primario y presexual de la infancia, despro-visto de la
ulterior estilización de la vida adulta, y aceptan el con-tacto como
perfectamente natural. En realidad, si dos homose-xuales varones quieren
establecer contacto corporal en público sin despertar la hostilidad o la
curiosidad de las personas normales, harán bien en abrazarse con fuerza en vez
de besarse ligeramente.
Por consiguiente, el estudio de los diversos fragmentos del abrazo
básico nos permitirá ver cómo los convencionalismos los han situado en
diferentes categorías, de modo que cada uno de ellos indica algo absolutamente
específico sobre la naturaleza de la relación existente entre los que
establecen el «contacto».
Sin embargo, debemos referirnos, antes, a la tercera categoría del
abrazo total, a saber, el del «triunfo del deportista». El abrazo entre dos
hombres, después de una catástrofe, es algo normal des-de hace muchísimo
tiempo; en cambio, los apasionados abrazos de los jugadores de fútbol, después
de conseguir un gol, son rela-tivamente recientes. ¿Cómo se explica que esta
ocasión se haya elevado súbitamente a la categoría de suprema experiencia
emo-cional? Para hallar la respuesta a esta pregunta debemos ir mucho más lejos
de los vestuarios de un campo de fútbol. En realidad, tenemos que remontarnos a
muchos siglos atrás.
Hace dos mil años, cuando el mundo estaba menos poblado y las relaciones
entre los miembros de una comunidad estaban más claramente definidas que ahora,
el abrazo total se empleaba con más frecuencia como forma corriente de saludo
entre iguales. El beso con abrazo se daba entre hombres, entre mujeres, y entre
hombres y mujeres no enamorados. En la antigua Persia, era in-cluso corriente
que hombres de igual categoría se besasen en la boca, reservando el beso en la
mejilla para los de categoría lige-ramente inferior. Sin embargo, en otros
países, lo más frecuente era el beso en la mejilla entre iguales. Esta
situación persistió du-rante muchos siglos, y todavía se conservaba en la
Inglaterra me-dieval, en que los esforzados caballeros se besaban y abrazaban en
ocasiones en que sus equivalentes modernos no harían más que saludarse con la
cabeza o estrecharse la mano.
A finales del siglo XVII la situación empezó a cambiar en Inglate-rra, y
el abrazo no sexual entró en rápida decadencia. Esto empezó en las ciudades y
se extendió poco a poco al campo, según sabe-mos por unas frases de The Way of
the World de Congreve: «Os imagináis que estáis en el campo, donde los zafios
hermanos babean y se besan cuando se encuentran. Esto no está aquí de moda;
aquí no hay un hermano querido.»
En las ciudades, la vida social se iba haciendo más apiñada, y las
relaciones personales, más complejas y confusas; y, con la llegada del siglo
XIX, se impusieron nuevas restricciones. Incluso las complicadas reverencias,
que habían sobrevivido durante el siglo XVIII se redujeron cada vez más a
ocasiones de ceremonia y per-dieron su carácter cotidiano. Hacia los años de
1830, empezó a implantarse el contacto mínimo, el apretón de manos, que
segui-mos empleando desde entonces.
En otros lugares se manifestaron tendencias similares, pero no siempre
con la misma intensidad. Los países latinos tendieron a restringir los
contactos corporales menos que los ingleses, e in-cluso en pleno siglo XX,
admitieron el abrazo amistoso entre va-rones adultos. Aún siguen haciéndolo en
la actualidad, y con esto volvemos a los «abrazos de los futbolistas». El
fútbol, que em-pezó siendo un deporte británico, se extendió rápidamente, en el
presente siglo, a muchas partes del mundo. En los países latinos adquirió
especial popularidad, y, al poco tiempo, empezaron a jugarse partidos
internacionales de gran intensidad emocional. Cuando los equipos latinos
visitaron Inglaterra, los apasionados abrazos de sus miembros, después de
conseguir un gol, fueron recibidos al principio con asombro y con burla; pero
la excelencia de su juego hizo que esto se olvidase pronto. Con el paso de los
años, el «Bien, muchachos» de los jugadores ingleses, cuando uno de ellos
marcaba un gol, empezó a parecer casi mezquino. Las palmadas en la espalda
dieron paso al ligero abrazo, y el ligero abrazo se convirtió en fuertes
apretones, hasta que, hoy en día, los espectadores se han acostumbrado a ver al
autor de un gol casi estrujado bajo un montón de apasionados compañeros que acuden
a felicitarle.
Así, pues, en este contexto específico, hemos descrito un círculo
completo para remontarnos a los tiempos de los caballeros medie-vales y a
tiempos aún más antiguos.
Falta por ver si esta tendencia se extenderá a otras esferas. Puede que
sea así, pero existe una limitación que no debemos olvidar. Los jugadores que
se abrazan en un campo de fútbol están en con-texto estrictamente no sexual.
Sus papeles están claramente defi-nidos, y su virilidad física queda plenamente
demostrada por la rudeza del juego que practican. En una situación social de
tipo menos claramente definido, la situación sería distinta, y, proba-blemente,
seguirían aplicándose las restricciones corrientes de nuestra compleja
sociedad. Solamente en ámbitos donde la expre-sión de intensas emociones es
parte del pan de cada día, como es la profesión de actor, podemos presumir
importantes excepciones. Si nosotros encontramos excesivos los abrazos sociales
entre acto-res y actrices, debemos recordar tres cosas. No sólo están
acos-tumbrados a expresar fácilmente sus pasiones, sino que se ven también
sometidos a fuertes tensiones emocionales por el carácter de su trabajo, y,
además, su profesión es particularmente insegura. Necesitan todo el apoyo mutuo
posible.
Ahora debemos pasar a las formas de expresión del abrazo total menos
intensas. Hasta aquí, hemos tratado del máximo abrazo frontal, en que los dos
componentes de la pareja se aprietan recí-procamente, con los lados de sus
cabezas en contacto y los brazos estrechando fuertemente el cuerpo. Cuando esta
acción se realiza con menor intensidad, suelen producirse tres cambios
importan-tes. Los cuerpos se tocan de lado, y no de frente; sólo se rodea el
cuerpo del compañero con un brazo, en vez de hacerlo con los dos; en general,
las cabezas no se tocan. Mis observaciones reve-lan que, entre adultos y en
público, esta clase de abrazo parcial es seis veces más frecuente que el abrazo
total.*
* Esta y otras declaraciones
cuantitativas similares se fundan en ob-servaciones personales, confirmadas por
un detallado estudio de 10.000 fotografías tomadas al azar de una gran variedad
de revistas y periódicos recientes.
El abrazo del hombro.
La forma más corriente del abrazo parcial es el hombro, en el cual una
persona pasa el brazo sobre la espalda de otra, de modo que la mano se apoya en
el hombro más distante. Es dos veces más frecuente que cualquier otra forma de
abrazo parcial.
La primera diferencia que observamos, al compararlo con el abra-zo total
y frontal, es que es predominantemente un acto mas-culino, así como el abrazo
total se da en proporción aproximada-mente igual entre hombres y mujeres, el
abrazo del hombre es cinco veces más frecuente en el varón que en la hembra. La
razón es bastante sencilla: los hombres son más altos que las mujeres, y la
mujer tienen que mirar al hombre desde abajo, sean cuales fue-ren sus actitudes
en otros aspectos. Consecuencia de esta diferen-cia anatómica es que ciertos
contactos corporales son mucho más fáciles para los hombres que para las
mujeres, y el abrazo del hombro es uno de estos.
Esta circunstancia da al abrazo del hombro una calidad especial. Dado
que, cuando se produce entre un hombre y una mujer, es casi siempre realizado
por el hombre, esto significa que nada tiene de afeminado. Esto, a su vez,
quiere decir que también puede em-plearse entre varones, en situaciones
casuales y amistosas, sin que el contacto tenga el menor matiz sexual. En
realidad, de cada cua-tro abrazos de esta clase, uno se produce entre hombres.
Y es la única forma de abrazo corporal que resulta corriente en un contex-to
exclusivamente masculino. La diferencia con el abrazo frontal es evidente. Este
último, entre dos hombres, revela una típica si-tuación de fuerte dramatismo o
de emoción intensa; en cambio, el otro puede producirse en un contexto mucho
más tranquilo, y es corriente entre compañeros de equipo, viejos camaradas o
amigos íntimos.
Este carácter “seguramente masculino” no puede atribuirse a otros tipos
de abrazo parcial, como pasar el brazo alrededor de la cin-tura del compañero.
Dado que es fácil de realizar por ambos sexos y que supone un mayor
acercamiento a la región genital, es raro que se produzca entre varones.
Si nos apartamos aún más del abrazo total y desviamos la aten-ción de
los abrazos parciales a los simples fragmentos del acto completo, encontraremos
diferencias parecidas. Algunos frag-mentos de abrazo no tienen carácter sexual
y pueden realizarse sin temor entre varones, mientras que otros conservan un
matiz más amoroso, y su empleo suele estar reservado a los novios y a los
cónyuges.
La mano en el hombro.
Un acto muy corriente es apoyar una mano sobre el hombro del compañero,
sin abrazarle en realidad. Es una sencilla reducción del abrazo del hombro, y
como es de suponer, se emplea en pare-cidos contextos. Como es un poco menos
íntimo, es incluso más común entre varones. Así como la proporción del abrazo
del hombro entre varones era de uno a cuatro, aquí la cifra es de uno a tres.
El brazo en el brazo.
Si el abrazo se desintegra aún más, convirtiéndose en un simple
entrelazamiento de los brazos, la situación experimenta un cambio curioso.
Aquí, en vez de aumentar, la proporción del contacto entre varones pasa a ser
de uno a doce; por lo que surge inme-diatamente la pregunta de por qué siendo
una forma menos íntima de contacto corporal, los hombres se sienten menos
inclinados asirse del brazo entre ellos que con las mujeres. La respuesta es
que esta acción es básicamente femenina. Cuando se produce en-tre varones y
hembras, es cinco veces más probable que sea la mujer quien enlace su brazo con
el del hombre. Esto invierte la posición que observamos en el abrazo del
hombro, y significa que si este contacto se establece entre miembros del mismo
sexo ten-drá una calidad afeminada. Lo cual nos lleva a presumir que, si se
produce entre miembros del mismo sexo, será más frecuente entre mujeres que
entre hombres, presunción confirmada por las obser-vaciones.
Sí buscamos los casos en que dos hombres caminan de bracete,
descubriremos que éstos pertenecen a una de dos categorías: lati-nos o
ancianos. Los varones latinos, con su mayor libertad de contactos corporales,
suelen hacerlo a menudo, y, en los países occidentales no latinos podemos
observar también esta actitud como acto de ayuda al anciano que ha pasado ya la
fase sexual de su vida.
La mano en la mano.
Prosiguiendo nuestro alejamiento anatómico del abrazo total, vía abrazo
del hombro, mano en el hombro y brazo en el brazo, lle-gamos por último a la
mano en la mano (que no debe confundirse con el apretón de manos, que
estudiaremos más tarde por sepa-rado). Aunque ésta es una forma de contacto más
remota que las tres últimas, con los dos cuerpos generalmente separados entre
sí, tiene algo en común con el abrazo total que no tienen las otras. Es un acto
mutuo. Yo puedo, por ejemplo, apoyar la mano en su hombro, sin que usted haga
nada; en cambio, si le tomo de la mano, usted ase también la mía. Como esto
ocurre frecuentemente entre un varón y una hembra, y como ambos realizan la
acción, el acto adquiere un carácter que no es masculino ni femenino, sino más bien
heterosexual. Esto lo convierte, de hecho, en una versión reducida del abrazo
total, y por ello no es de extrañar que raras veces lo realicen en público dos
hombres.
Pero no siempre fue así. En los tiempos en que el abrazo total se daba
libremente entre hombres, también podían éstos caminar asidos de la mano, en un
acto de amistad no sexual. Como ejem-plo de ello, refiere la Historia que, en
una ocasión, se encomiaron dos monarcas medievales, los cuales «se asieron de
la mano, cuando el rey de Francia condujo a su tienda al rey de Inglaterra: los
cuatro duques se asieron de la mano y los siguieron». Pero esta costumbre se
perdió al poco tiempo, y la acción de «llevar de la mano» paso a ser exclusiva
de la relación entre varón y hembra. En los tiempos modernos, esta acción se ha
modificado en dos sentidos diferentes. En ocasiones de ceremonia, como cuando
un caballero escolta a una dama en un banquete, o en el pasillo de una iglesia,
tomó la forma más seria del entrelazamiento de bra-zos. En ocasiones menos
solemnes, se transformó en el típico asimiento de manos con los dedos cruzados
y las palmas juntas. Y, a veces, cuando se quiere una mayor intimidad, se
realizan ambos actos simultáneamente.
A pesar de la tendencia general, existen ciertas ocasiones espe-ciales
en que los varones de nuestro mundo moderno siguen co-giéndose las manos.
Ejemplo de ello es el asimiento múltiple que se produce cuando los componentes
de un grupo de personas en-trelazan sus manos para entonar una canción o para
saludar desde el escenario de un teatro. Incluso en estos casos, lo corriente
es alternar la posición de varones y hembras, de modo que cada per-sona esté
flanqueada por miembros del sexo contrario; pero si el número de estos no es
igual, o si resulta demasiado difícil colocar a cada cual en la posición
correcta, está permitido asir la mano de una persona del misma sexo. Esto es
así porque en manera alguna forman pareja entre ellos. La misma dimensión del
grupo elimina el posible matiz sexual del asimiento de manos.
Otra versión sumamente estilizada del asimiento de manos entre varones
consiste en que uno de ellos tome la mano del otro en la suya y la levante en
señal de triunfo. Aunque esto tiene su origen en el mundo del boxeo, hoy se
emplea quizá con más frecuencia entre varones políticos, que parecen poner unos
imaginarios guan-tes de boxeo en las manos de sus colegas victoriosos. Este
asi-miento de manos es permisible en este contexto, debido a la natu-raleza
esencialmente agresiva del ademán de levantar el brazo. En su forma primitiva,
anterior a este asimiento, el movimiento de levantar el puño fue,
indudablemente, una señal del pugilista vencedor pura indicar que aún era capaz
de pegar, cosa que no podía hacer su rival. Es un movimiento intencional y
congelado de des-cargar un puñetazo, que ha sido adoptado como saludo por los
comunistas modernos. Estudios realizados sobre el com-portamiento de los niños
en la lucha han demostrado que esta forma de pegar, bajando el brazo para
descargar el golpe, es ge-nuino de nuestra especie y no necesita ser aprendida.
Por consi-guiente, es interesante observar que el boxeador moderno sigue
empleando el movimiento internacional de esta acción como signo de victoria,
aunque no lo emplee en la verdadera lucha, donde prefiere el más estilizado y
“menos natural” puñetazo de frente. También es curioso observar que, en luchas
más irregula-res, como las de las algaradas callejeras, tanto la policía como
los alborotadores vuelven, muchas veces, a la forma más primitiva de pegar desde
arriba.
Volviendo ahora a la cuestión del asimiento de manos entra varo-nes y en
público, existe un último contexto especial en que esto se produce. Atañe a los
sacerdotes y, en particular, a los de alta je-rarquía dentro de la Iglesia
católica. Por ejemplo, es frecuente ver al Papa asiendo las manos de sus
fieles, varones y hembras, y esta excepción ilustra la manera en que una figura
pública bien cono-cida puede situarse al margen de los convencionalismos
normales. La imagen del Papa es tan absolutamente asexual que puede reali-zar
una enorme variedad de intimidades fragmentarias con perso-nas absolutamente
desconocidas, intimidades que jamás podrían permitirse los ciudadanos
corrientes. ¿Quién más podría, por ejemplo, alargar la mano y acariciar las
mejillas de una hermosa muchacha de un modo que nada tiene que ver con la
sexualidad? En realidad, el Papa puede actuar como un «santo padre» y
es-tablecer confiadamente íntimos contactos corporales con adultos
desconocidos, lo mismo que haría un padre de verdad con sus verdaderos hijos.
Adoptando un papel de superpadre, el Pontifico puede prescindir de
restricciones de contacto corporal que son imperativas para todos los demás, y
volver a las más naturales y primarias actividades típicas de la primera fase
padre-hijo. Si, a pesar de ello, parece más inhibido frente a sus fieles de lo
que lo estaría un padre frente a su hijo, ello no se debe a la confusión sexual
que nos cohíbe a todos, sino, simplemente, al hecho de que, frente a una
familia de 500 millones de hijos, tiene que con-servar su fortaleza.
Hasta aquí, nos hemos alejado del abrazo total, pasando de los hombros
al brazo y a la mano, y en esta dirección hemos llegado al final de trayecto.
Pero podemos observar qué otras partes del cuerpo entran en contacto durante el
abrazo total, y ver si, tam-bién aquí, descubrimos el origen de otros
fragmentos útiles que pueden utilizarse en los encuentros cotidianos.
La presión de los troncos y las piernas durante un abrazo frontal
completo no parecen ser una fuente muy rica, y es fácil adivinar la razón.
Tratándose de adultos, tocar estas regiones les llevaría de-masiado cerca de
las zonas prohibidas. Pero hay otra importante región de contacto que
interviene en el abrazo total, y es la ca-beza. En momentos intensamente
emocionales, las mejillas se juntan o son acariciadas con las manos o tocadas
con los labios, y de estas acciones se derivan tres importantes fragmentos muy
empleados en la vida cotidiana. Pueden ser rotulados como con-tacto de cabeza a
cabeza, contacto de mano a cabeza, y beso.
Contactos de cabeza.
Tocar la cabeza de la pareja con la mano y juntar las dos cabezas son
otras tantas especialidades de los enamorados. Esto es parti-cularmente cierto
en la primera de estas acciones. Los contactos de mano a cabeza son cuatro
veces más frecuentes entre jóvenes enamorados que entre casados maduros. Los
contactos de las ca-bezas entre sí son dos veces más frecuentes en los
enamorados jóvenes, y ambos casos contrastan con otras intimidades, como la del
brazo sobre los hombros, que son más corrientes entre parejas de más edad.
Los varones efectúan raras veces contactos de cabeza con otros hombres.
Si un varón toca con la mano otra cabeza de varón, sue-le hacerlo por una de
estas tres razones especiales: prestar un pri-mer auxilio, restañar una herida
o propinar un golpe. Si un varón (o una hembra) se encuentra con la víctima de
un accidente, la im-potencia de la persona herida transmite fuertes señales
infantiles difíciles de resistir. Por ejemplo, en las fotografías de víctimas
de asesinatos frustrados, casi siempre se ve a alguien sosteniéndoles la cabeza
con las manos. Médicamente, es un procedimiento bas-tante dudoso; pero aquí no
juega la lógica médica. No es un acto de auxilio estudiado; es una reacción más
fundamental, rela-cionada con la primitiva ayuda paterna al hijo doliente. A la
pe-rruna no adiestrada le resulta muy difícil, antes de iniciar su ac-ción
auxiliadora, detenerse a considerar lógicamente las lesiones sufridas por la
víctima. En vez de esto, la tocará o la levantará, como acto primario de
consuelo, sin pensar en que puede causarle un daño mayor. Es muy duro
permanecer plantado y calcular fríamente las mejores medidas a tomar. El
impulso de establecer un contacto corporal consolador es poderosísimo, pero
debemos enfrentarnos con el hecho de que, a veces, puede resultar fatal. Una
vez, cuando yo era pequeño e ignoraba todo esto, vi morir a un hombre de este
modo. Víctima de un accidente, su cuerpo le-sionado fue levantado por los
solícitos brazos de unas personas que acudieron en su auxilio y que se lo llevaron
en un coche. Este piadoso acto le costó la vida, al hacer que sus costillas
rotas perfo-rasen sus pulmones. Si, “cruelmente”, le hubiesen dejado tendido en
el lugar donde se hallaba, hasta que llegara una ambulancia, tal vez se habría
salvado. Tal es la fuerza del impulso a establecer contacto corporal cuando
ocurre una tragedia; y esto es igual-mente aplicable al varón y a la hembra,
pues la catástrofe no co-noce sexos.
Las bendiciones de los sacerdotes tampoco tienen nada que ver con el
sexo, lo mismo que la imposición de las manos por un obispo en la ordenación o
la confirmación. Aquí volvemos de nuevo a una imitación de la relación
paterno-filial.
El golpe dado por un hombre a la cabeza de otro requiere, en sí mismo,
pocos comentarios; pero constituye una posible fuente de intimidad entre
varones. Si un varón siente la amistosa necesidad de tocar la cabeza de otro,
pero teme que se interprete como una caricia, puede emplear el sencillo truco
de una agresión en broma. En vez de acariciarle la cabeza, cosa que tendría un
marcado ma-tiz sexual, puede «ungir un ataque», mesándole los cabellos o
apretándole el cuello como si quisiera estrangularle. Así como el juego de la
lucha ayudó al padre a prolongar la intimidad con sus hijos al empezar éstos a
crecer, así muchos fragmentos de ataque en broma pueden ser utilizados por los
amigos varones, permi-tiéndoles conservar la virilidad y la intimidad al mismo
tiempo.
El beso.
Llegamos ahora al último derivado importante del abrazo prima-rio, a
saber, el beso, acción de curiosa y complicada historia. Si cree usted que el
beso es un acto bastante sencillo, piense un mo-mento en las muchas maneras en
que lo da, incluso en la sociedad presuntamente informal de nuestros días. Besa
a su amante en la boca, a un viejo amigo del sexo contrario en la mejilla, a un
niño en la coronilla; si un hijo suyo se corta en un dedo, se lo besa «pa-ra
que se cure»; si se enfrenta con un peligro, besa una mascota «para que le dé
suerte»; si es jugador, besa el dado antes de arro-jarlo; si es padrino de una
boda, besa a la novia; si es persona religiosa, besa el anillo del obispo en
señal de respeto, o la Biblia al prestar un juramento; si se despide de alguien
que está ya fuera de su alcance, se besa las puntas de los dedos y le envía el
beso con un soplo. No; el beso no es materia sencilla, y, para compren-derlo,
debemos atrasar de nuevo las manecillas del reloj.
La función de los labios se inicia con el acto de succionar el pe-cho de
la madre, que proporciona, además de alimento, una satis-facción táctil. Esto
se ha demostrado con el estudio del comportamiento de niños nacidos con el
esófago obstruido y que tenían que ser alimentados por medios artificiales. Se
observó que si se les daba a chupar una tetilla de goma, esto les tranquilizaba
y de-jaban de llorar. Como nunca habían tomado alimento por la boca, la
satisfacción de tener una tetina entre los labios no podía tener nada que ver
con el placer de la absorción de leche que es resul-tado normal de tal acción.
Tenía que ser un caso de contacto, por sólo el contacto. Así pues, el hecho de
tocar algo blando con la boca es, por sí misma, una importante y primaria
intimidad.
Como el niño crece y cambia contactos de cabeza a cabeza con la madre,
sintiendo los labios de ella sobre su piel, y los propios sobre la de ella, es
fácil comprender cómo este primitivo contacto oral puede convertirse en un
elocuente acto de saludo amistoso. En el abrazo infantil, los labios suelen
tocar la mejilla o el lado de la cabeza del padre. Como ya he mencionado
anteriormente, en tiempos antiguos, cuando el abrazo total se prodigaba con
mayor libertad entre adultos de ambos sexos, el beso en la mejilla era la forma
corriente de contacto bucal entre iguales. Era, en cierto sentido, el primitivo
beso infantil transferido con pocas variacio-nes a la vida adulta, costumbre
que a través de los siglos ha perdu-rado hasta nuestros días. En nuestra sociedad,
amigos y parientes, varones y hembras, se besan aún de esta manera cuando se
en-cuentran o se despiden, y es un acto que puede realizarse sin la menor
implicación sexual. Lo propio puede decirse de las mujeres adultas entre ellas.
En los varones adultos, la situación varía con-siderablemente según los países;
Francia, por ejemplo, conserva la antigua costumbre mucho más que Inglaterra.
El beso directo de boca a boca siguió un curso diferente. En di-versas
épocas y lugares, fue empleado, hasta cierto punto, como saludo no sexual entre
amigos íntimos; pero esta unión de dos orificios del cuerpo pareció, en
general, un acto demasiado ín-timo, incluso entre buenos amigos, y, hablando en
términos gene-rales, su uso no cada vez más exclusivo de los novios y los
cónyuges.
Dado que los senos femeninos son señales sexuales, además de órganos de
alimentación, el beso en el pecho de una mujer por un varón adulto es una
acción enteramente sexual, a pesar de su si-militud con la primitiva acción
infantil de succionar el pecho. Inútil decir que el beso en los órganos
genitales es también exclu-sivamente sexual, así como en el de otras muchas
partes del cuer-po y, en especial, en el tronco, los muslos y las orejas. Sin
em-bargo, ciertas partes especificas del cuerpo fueron consideradas formalmente
como cosa aparte, a los efectos de una clase especial de beso no sexual, que
podríamos llamar beso de subordinación o de reverencia. Este difiere
categóricamente del beso amistoso y del sexual, y para comprenderlo, debemos
observar la manera en que el ser humano subordinado se presenta frente al
dominador.
Sabido es, por los estudios del comportamiento animal, que una manera de
aplacar la ira de un animal dominante es empequeñe-cerse y parecer, por ende,
menos amenazador. Si no se le ame-naza, es probable que aquél no sienta
desafiada su autoridad y no emprenda una acción perjudicial para el
apaciguador. Se limitará a prescindir de éste, como ser que este por debajo de
él, metafó-rica y literalmente, que es precisamente lo que quiere el animal más
débil (al menos de momento). Por eso vemos en numerosas especies de animales
toda clase de encogimientos y encorvaduras, y mucho arrastrarse y doblar el
cuerpo, y bajar los ojos y la ca-beza.
Lo propio ocurre con el hombre. Donde no hay formalidades, la reacción
toma la forma animal de arrastrarse por el suelo: pero, en muchas situaciones,
la respuesta del hombre inferior se estilizó en grado sumo, estilización que
varió considerablemente según los lugares y las épocas. Sin embargo, esto no la
excluye del campo del análisis biológico, pues todas las reacciones, sin
excepción, siguen revelando características fundamentales que las relacionan
como el comportamiento de sumisión de las especies animales.
La forma más extremada de sumiso rebajamiento que se haya visto en el
hombre es la postración total, en la que todo el cuerpo yace plano en el suelo,
en posición de decúbito prono. Uno no puede llegar más bajo, salvo cuando lo
entierren. Por otra parte, el hombre dominante puede –y muchas veces lo hizo–
aumentar el efecto del rebajamiento observándolo desde una plataforma ele-vada
o trono. Este acto de servilismo absoluto fue cosa corriente y muy extendida en
los antiguos reinos, y lo realizaban los prisione-ros frente a sus vencedores,
los esclavos frente a sus amos, y los siervos frente a sus señores. Entre este
acto y el de permanecer erguido, hay toda una gama de sumisiones
convencionales, que examinaremos brevemente por orden ascendente.
Después de la postración total, viene la reverencia del mundo oriental,
en que el hombre no se tiende en el suelo, sino que se arrodilla y después
inclina el tronco, hasta tocar el suelo con la frente. Un peldaño más arriba
está la genuflexión total, con ambas rodillas en el suelo, pero sin inclinar el
cuerpo hacia delante. Esto fue también frecuente en el mundo antiguo, cuando
uno se pre-sentaba ante un gran señor; pero, en los tiempos medievales, de-rivó
hacia la genuflexión sencilla, con una sola rodilla tocando el suelo. Se dijo a
los hombres que debían reservar la genuflexión total para Dios, que, en aquella
época, era más respetado que los gobernantes. En los tiempos modernos, es raro
que nos arrodille-mos ante cualquier hombre, en cualquier momento, salvo en
cier-tas ceremonias de Estado y en presencia de la realeza; pero los devotos no
han cambiado la antigua costumbre de hincar ambas rodillas, con lo que Dios
consiguió lo que no han logrado los go-bernantes actuales.
Subiendo otro peldaño, llegamos a la reverencia (o cortesía), que no es
más que un movimiento intencional de genuflexión. Se echaba ligeramente una
pierna atrás, como si la rodilla fuese a bajar y tocar el suelo, y, después,
ambas rodillas empezaban a doblarse, pero sin llegar nunca al nivel del suelo.
Entonces, se inclinaba el cuerpo hacia adelante. Hasta los tiempos de
Shakes-peare, tanto los hombres como las mujeres hacían esta clase de
reverencia. Al menos en este aspecto, se respetaba la igualdad de sexos. Con la
llegada de la reverencia, se redujo aún más la acti-tud de servilismo, y la
genuflexión sencilla empezó a desaparecer, reservándose exclusivamente para la
realeza.
En el siglo XVII los sexos se dividieron: los hombres doblaron el cuerpo
por la cintura, mientras que las mujeres siguieron haciendo reverencias. Ambas
acciones rebajaban el cuerpo frente al indivi-duo dominante, pero lo hacían de
un modo completamente dis-tinto. Desde entonces hasta hoy, la situación ha
permanecido igual en el fondo, aunque se ha reducido la amplitud de los
movimien-tos, la florida inclinación masculina del periodo de la Restaura-ción
dio paso a la más sencilla y estirada inclinación de los tiem-pos Victorianos,
y la reverencia pasó a ser poco más que una bre-ve cortesía. En la actualidad,
y salvo en presencia de poderosos gobernantes o de personas reales, las mujeres
hacen raras veces reverencias, y la inclinación masculina, si se hace, consiste
úni-camente en bajar y levantar la cabeza.
La única excepción a esta regla se produce al final de las
repre-sentaciones teatrales, cuando, por alguna razón, los actores retro-ceden
varios siglos en el tiempo y hacen profundas reverencias y complicadas
cortesías. Es curioso que aquí vemos también una tendencia completamente nueva:
las actrices se inclinan igual que los varones. Parece como si esta vuelta a la
igualdad sexual en un acto de subordinación reflejase la nueva tendencia a la
igualdad femenina en todas las demás cuestiones; pero, si es así, los varo-nes
pueden alardear al menos de que fueron las mujeres quienes adoptaron la actitud
del varón, sin que éste tuviera que volver a las cortesías medievales. Pero es
también posible que exista otra razón de la reverencia de la actriz, que nada
tenga que ver con la masculinización de la mujer moderna en nuestra sociedad.
Puede deberse a todo lo contrario y derivarse de los primeros tiempos del
teatro, cuando todos los personajes eran representados por varones y la mitad
de los hombres tenían que disfrazarse de mu-jer. Tal vez la actriz moderna, al
inclinarse, lo hace por la fuerza de la tradición, imitando a sus predecesores
masculinos. Sin embargo, aun admitiendo la persistencia de antiguas
tradiciones, esta explicación parece muy improbable. Es más lógico pensar que
la mujer tiene la impresión de equipararse al hombre.
Todas las inclinaciones y zalemas del saludo cotidiano de antaño han
sido casi universalmente remplazadas por el más breve y digno apretón de manos.
Al menos, para realizar esta acción no hay que inclinar el cuerpo. Permanecemos
erguidos, y, al hacerlo así, nos hallamos en el polo opuesto de la antigua
postración total. Actualmente, no todos los hombres lo hacen iguales pero, al
me-nos en el saludo entre adultos, se presume lo contrario.
Me he extendido un poco en estos formulismos del saludo, a pesar de que,
hasta que llegamos al apretón de manos, nada tienen que ver con las intimidades
del contacto corporal. Pero esta digresión era necesaria, debido a su
importancia en relación al beso de cor-tesía. Diré, ante todo, que, en los
antiguos tiempos, dos iguales se besaban en la mejilla, es decir, a igual
altura del cuerpo. Pero esto habría sido inconcebible en el beso de un inferior
a un superior. Si aquél tenía que demostrar su amistad con un contacto de sus
la-bios, debía hacerlo a un nivel lo bastante bajo para que fuese
re-conocimiento de su interioridad. Los subordinados más humildes lo hacían
besando el pie de su señor. Y, como esto era aún dema-siado bueno para el
vencido prisionero, se obligaba a éste a besar la tierra junto al calzado del
vencedor. En los tiempos modernos, estas acciones son muy raras; pero, incluso
ahora, el monarca de Etiopia, pongo por caso, puede recibir este homenaje en
público por parte de uno de sus súbditos. Y ciertas frases como «besar el
suelo», «morder el polvo» o «lamer las botas», permanecen aún para recordarnos
las humillaciones de antaño.
Aquellos que no se hallaban en una posición tan acusada de infe-rioridad
podían besar el vestido o la rodilla del individuo domi-nante. Los obispos, por
ejemplo, podían besar la rodilla del Papa; en cambio, los fieles de menor
categoría tenían que contentarse con besar la cruz bordada en su zapatilla
derecha.
Subiendo un poco más, llegamos al beso en la mano. Éste se daba
antiguamente a muchas varones eminentes; pero en la actualidad, aparte de los
sacerdotes de alta categoría, lo empleamos única-mente como señal de respeto a
una dama, y sólo en ciertos países y en determinadas ocasiones.
Había, pues, cuatro regiones del cuerpo en las que era permitido, por
decirlo así, el beso no sexual: la mejilla, para la igualdad amistosa; la mano,
para el profundo respeto; la rodilla, para la humilde sumisión, y el pie, para
el abyecto servilismo. La acción de tocar con los labios era idéntica en todos
los casos, pero cuanto más abajo se aplicaba el beso, más baja era la posición
social ex-presada por éste. A pesar de la pompa y la ceremonia, nada podía
parecerse más a las acciones de apaciguamiento típicas de los animales. Si las
despojamos de todos los desorientadores detalles impuestos por la variación
cultural y las consideramos en un con-junto, incluso las más refinadas normas
de comportamiento hu-mano siguen la pauta de comportamiento de los animales que
nos rodean.
Anteriormente, me referí a una serie de formas modernas de beso, que tal
vez dejé sin la debida explicación: por ejemplo, besar un dado antes de
arrojarlo, besar un amuleto o besar un dedo herido para curarlo. Estas y otras
acciones similares, todas ellas básica-mente encaminadas a llamar la buena
suerte, guardan relación con el beso reverencial que acabo de describir. Es
imposible besar a Dios, que es el Ser Supremo, y por eso los fieles besan
símbolos de Dios, como la cruz, la Biblia y otros objetos similares. Como el
acto de besarlo simboliza besar a Dios, trae buena suerte, senci-llamente
porque aplaca a Dios. Por consiguiente, cualquier amu-leto es tratado como una
reliquia sagrada. Puede parecer extraño que un jugador de Las Vegas pretenda
besar a Dios cuando sopla sobre sus dados en una desenfrenada partida, pero
esto es lo que hace realmente, de la misma manera que, cuando cruza los dedos
para tener suerte, hace la señal reverencial de la cruz para prote-gerse del
enojo divino. Cuando, en las despedidas, nos besamos los dedos y enviamos el
beso con un soplo al amigo que se va, realizamos otro acto muy antiguo, pues,
en los viejos tiempos, era más servil besarse la propia mano que la de la
persona dominante. El beso en la mano, en el moderno aeropuerto, es el único
super-viviente de esta costumbre, aunque en la actualidad es la distancia y no
el servilismo la que nos impulsa a realizar este movimiento.
El apretón de manos.
Con este beso de despedida abandonamos el mundo del abrazo fragmentario,
con todas sus complejidades, y llegamos al último de los contactos corporales
entre adultos, que bien merece ser estudiado con detalle; a saber, el apretón
de manos. Ya he men-cionado que esta costumbre no se generalizó hasta hace unos
cien-to cincuenta años; pero su precursor, el simple acto de estrecharse las
manos inmóviles, era conocido desde mucho tiempo atrás. En la antigua Roma se
empleaba como un compromiso de honor, y esta siguió siendo su función primaria
durante casi dos mil años. Por ejemplo, en los tiempos medievales un hombre se
arrodillaba y ponía la mano sobre la de su superior, como prenda de fidelidad.
La adición de un movimiento de sacudida se menciona ya en el siglo XVI. La
frase “se estrecharon las manos y se juraron frater-nidad” aparece en Como
gustéis, de Shakespeare, con aquel sen-tido de formalización de un compromiso.
En la primera mitad del siglo XIX cambió la situación. Aunque el apretón
de manos seguía aplicándose después de hacer una pro-mesa de cerrar un
contrato, como para refrendarlo, se empleó por primera vez en las salutaciones
corrientes. Causas de este cambio fueron la revolución industrial y la tremenda
expansión de la clase media, que introdujo una cuña cada vez más grande entre
la aris-tocracia y los campesinos. Estos nuevos burgueses, can su comer-cio y
sus negocios, celebraban continuos “tratos” y “convenios”, sellándolos con el
inevitable apretón de manos. La negociación y el comercio marcaron el nuevo
estilo de vida, y las relaciones sociales giraron progresivamente alrededor de
aquéllos. Y así fue como el apretón de manos contractual invadió la esfera
social. Era un mensaje mercantil de: «Lo ofrezco un intercambio de saludos
amistosos.» Gradualmente, sustituyo a las otras formas de saludo, y en la
actualidad es un acto que se realiza en todo el mundo, no sólo en los
encuentros entre iguales, sino también entre subordi-nados y superiores. Así
como antaño teníamos una extensa gama de alternativas para cada tipo de
encuentro social, hoy tenemos únicamente esta fórmula. El presidente se
comporta ante el cam-pesino como el campesino se comporta ante el presidente:
ambos tienden la mano, se la estrechan y sonríen. Más, cuando un presi-dente se
encuentra con otro presidente, o un campesino con otro campesino, todos se
comportan exactamente de la misma manera. En términos de intimidad corporal, no
hay duda de que los tiem-pos han cambiado. Pero si el universal apretón de
manos ha sim-plificado la cuestión en cierto sentido, la ha complicado en otro.
Sabemos que esto es lo que hay que hacer; pero, ¿cuándo hay que hacerlo? ¿Quién
debe tender la mano a quién?
Los modernos libros de urbanidad están llenos de consejos
con-tradictorios, que ponen de manifiesto la confusión que existe, lino nos
dice que el hombre no debe tender nunca la mano a una mu-jer, invitándola al
apretón, mientras que otros nos indican que, en muchas partes del mundo, es el
varón quien ha de tomar la inicia-tiva. Uno nos dice que el joven no debe
alargar jamás la mano a una persona de mayor edad, mientras otro aconseja que
en caso de duda, debemos tender la mano, antes que correr el riesgo de herir
los sentimientos de otro. Un autor insiste en que la mujer debe levantarse para
el apretón de manos y otro dice que debe perma-necer sentada. Hay otras
complicaciones que dependen de si so-mos anfitriones o invitados, pues se dice
que el anfitrión varón debe tender la mano a las mujeres invitadas, mientras
que el in-vitado latón debe esperar a que la anfitriona le tienda la suya.
También hay normas diferentes para los encuentros sociales o de negocios. Un
libro llega a decir que «No existen reglas sobre el apretón de manos», pero lo
cierto es que existen demasiadas.
Evidentemente, la superficialmente simple acción de estrechar la mano
implica alguna complicación oculta que hay que aclarar, si queremos comprender
estas confusiones. Para ello, debemos ave-riguar los orígenes del acto.
Si retrocedemos hasta nuestros parientes animales, veremos que un
chimpancé subordinado apaciguará a menudo a otro dominante tendiéndole una mano
fláccida, como si le pidiese una limosna. Si su acción es correspondida, los
dos animales se tocarán la mano, en un breve contacto muy parecido a un breve
apretón. La señal inicial quiere decir: «Ya lo ves; no soy más que un pobre
pordio-sero que no se atreve a atacarte», y la respuesta es: Tampoco yo te
atacare. Convertido en ademán amistoso entre iguales, el mensaje dice
simplemente; «No te haré daño; soy tu amigo.» En otras pa-labras, el
ofrecimiento de la mano por un chimpancé puede ha-cerse por el subordinado al
dominador como acto de sumisión, o por el dominador al subordinado como acto
tranquilizador, o por ambos a la vez, entre iguales, como acto de amistad. Sin
embargo, es fundamentalmente, a este respecto, un acto de apaciguamiento que, traducido
en los términos modernos de los libros de urbani-dad, debería acentuar la
iniciativa del individuo inferior en ofrecer la mano al superior.
Pasando ahora a la antigua unión de las manos entre seres huma-nos,
podemos ver este acto bajo una luz parecida. Concretamente, el ofrecimiento de
la mano vacía demostraba que ésta no ocultaba ningún arma, y esto explicarla
por qué alargamos siempre la dies-tra, que es la mano que empuña las armas. El
acto de mostrar la mano de esta manera podía hacerse sumisamente, por el débil
al más fuerte, o tranquilizadoramente, por el fuerte al más débil, como en el
caso de los chimpancés. Al convertirse en un firme y mutuo apretón, se
manifestó como un poderoso instrumento con-tractual, mediante el cual dos
hombres se reconocían recíproca-mente, y, al menos de momento, como iguales.
Sin embargo, si-gue siendo, en el fondo, un acto en el que ninguno de sus
actores afirma su dominio, sino que, con independencia de su posición
re-lativa, se manifiesta temporalmente como inofensivo.
Este es un origen probable del moderno apretón de manos; pero existe
otro que induce a confusión. Una de las formas de saludo más importantes, de un
varón a una hembra, era el beso en la mano. Para ello, el hombre tomaba la mano
que se le tendía, antes de aplicar los labios en ella. Al estilizarse más esta
acción, el beso real perdió intensidad, hasta el punto de que la boca sólo se
acer-caba al dorso de la mano de la dama y se detenía antes de estable-cer
contacto, de modo que los labios esbozaban un beso en el aire. Más petrificado
aún, este acto consistía, a veces, en asir y levantar la mano de la dama,
acompañando esta acción de una ligera incli-nación de cabeza. En esta forma
modificada es como un débil apretón de manos, pero suprimiendo el movimiento de
sacudida. Un escritor vio en esto el único origen del apretón de manos
mo-derno: Como saludo de contacto, el apretón de manos parece un derivado
tardío del “beso en la mejilla”, con el “beso en la mano” como eslabón entre
ambos. En este aspecto, el ofrecimiento de la mano es esencialmente, un acto de
dominio frente a un subor-dinado, y, por consiguiente, difiere esencialmente
del apretón de manos como expresión de un pacto entre varones.
La verdad parece estar en que tanto la teoría del simple asimiento de
las manos como la del beso en la mano son correctas, y que este doble origen es
causa de todas las contradicciones de los li-bros modernos de urbanidad. La
cuestión es que, actualmente, no nos estrechamos la mano por una sola razón. Lo
hacemos como saludo, como despedida, para hacer un pacto, para cerrar un
nego-cio, para aceptar un desafío, para dar las gracias, para dar el pé-same,
para reconciliarnos después de una disputa y para desearnos suerte. Y es que
hay dos elementos. En algunos casos, el apretón simboliza un lazo amistoso; en
otros, un estado de ánimo amis-toso en el momento del apretón. Si estrechamos
la mano a un hombre que acaba de sernos presentado, es simplemente un acto de
cortesía, que nada expresa sobre nuestras relaciones pasadas o aún lumias.
En otras palabras: podemos decir que el moderno apretón de ma-nos es un
acto doble que encubre un solo acto. El «apretón de manos contractual» y el
«apretón de manos de cortesía» tienen distinto origen y diferente función, pero
como ambos han tomado la misma forma los consideramos simplemente como un
«apretón de manos amistoso». De ahí toda la confusión. Hasta los primeros
tiempos Victorianos, esto no originó ningún problema. Entonces, había el
apretón de manos contractual entre varones, que quería decir «trato hecho», y
el beso en la mano, dado por los varones a las damas, que quería decir
«considero un honor el conocerla». Pero cuando los Victorianos empezaron a
mezclar los negocios con la vida social, ambas formas se mezclaron y
confundieron. El vigoroso apretón de manos contractual se ablandó y debilitó,
mientras que el suave asimiento de la mano de la dama, en el ya abreviado beso,
se hizo más fuerte. Aunque hoy aceptamos esto de buen grado, lo cierto es que
tropezó con alguna resistencia en la Francia del siglo XIX, cuando esta forma
de saludo se consi-deró como “un apretón de manos a la americana”, y fue mal
visto entre un visitante varón y una joven soltera. La razón de esto no era el
contacto corporal que involucraba, sino, simplemente, que los franceses
interpretaban aún el apretón de manos según su anti-gua función masculina.
Entonces, los varones visitantes parecían «cerrar un pacto» y establecer un
lazo de amistad con muchachas a las que acababan de conocer, cosa que era
considerada como sumamente impertinente. Desde luego, los visitantes
extranjeros no se imaginaban hacer más que un saludo cortés.
Esto nos lleva de nuevo a las confusiones y malas interpretaciones de
los libros de urbanidad. El gran problema consiste en saber quién debe ofrecer
la mano a quién. ¿Es un insulto abstenerse de ser el primero en alargar la
mano, cosa que puede parecer poco amistosa, o lo es apresurarse a tenderla,
como si se pidiese un disfrazado beso en la mano? Una atenta observación de las
situa-ciones sociales revela que los confusos actores del episodio tienden a
resolver el problema observando mínimas señales. Buscan el menor indicio de un
movimiento intencional de levantar el bra-zo por parte de la olía persona, y
entonces tratan de que el es-tablecimiento de contacto parezca simultáneo. El
hecho de que, en la mayoría de las otras salutaciones, es el subordinado el
primero en mostrar su respeto, sine para aumentar la confusión. El cabo saluda
al oficial, antes de que el oficial salude al cabo. Antigua-mente, era siempre
el joven quien primero se inclinaba ante el más viejo. Pero en el beso en la
mano ocurría lo contrario. La dama tenía que ser la primera en alargar la mano.
Ningún hombre respetuoso se habría atrevido a asirla sin una señal de la mujer.
Y como el beso en la mano está en el origen del apretón de manos, aquella norma
sigue en vigor en la mayoría de los casos. El hom-bre espera a que la mujer le
ofrezca la mano para estrechársela, como si se tratase de una invitación a
besarla. Sin embargo, el hecho de no ser el hombre el primero en tender la
mano, ahora que el beso ha dejado de existir, equivale a decirle a la dama que
él es el oficial y ella el cabo, y que es ella quien debe saludar pri-mero. De
ahí todos los balbuceos de los expertos en urbanidad.
El otro origen del apretón de manos, concerniente ni cierre de tratos,
contribuye a confundir la situación. Aquí, el varón más débil suele ser el
primero en tender la mano, para mostrar su bue-na disposición al más fuerte. En
una competición deportiva, suele ser el débil perdedor quien tiende la mano al
fuerte vencedor, en el acto de las felicitaciones, para demostrarle que a pesar
de su desarrollo sigue firme el vínculo de su amistad. De manera pare-cida, la
acción del socio joven al tender la mano al colega más viejo puedo considerarse
una impertinencia «puede usted besarme la mano» o un acto de humildad (usted
gana). Y una vez más, como en las ocasiones sociales, suele resolverse el
problema ob-servando pequeños indicios de intención y tratando de realizar un
acto simultáneo.
Dados su complicado pasado y su confuso presente, cabría esperar la
decadencia del apretón de manos en un mundo como el presente, cada vez menos
convencional, y, en ciertos contextos, pa-rece ser así. El saludo social es
cada día más verbal. A mediados del presente siglo, los expertos en urbanidad
manifestaron que «el apretón de manos, en las presentaciones entre hombres,
está en plena decadencia en Gran Bretaña». A pesar de todo, es todavía mucho
más frecuente entre hombres que entre hombres y mujeres, y que entre mujeres
solas. Mis observaciones indican que los dos tercios de todos los apretones de
manos se dan entre varones; en el tercio restante, se dan tres veces más entre
los dos sexos que entre mujeres solas. Estas cifras responden bien a la historia
de la acción, pues el hombre heredó el apretón de manos como instru-mento de
pacto y, después, le añadió la función de saludo, dando, por decirlo así, un
doble valor al acto entre varones. Las mujeres, en su relación con los hombres,
lo heredaron del beso en la mano, pero no le han asignado igual función en los
negocios, y por eso, en dicha relación mixta, son raros los apretones de manos
se-llando un pacto. Las mujeres nunca se besaron la mano entre ellas; y por
eso, al no practicar el apretón de ambas clases, ocupan el último lugar de la
lista.
Una última característica de esta forma particular de contacto sexual,
que puede parecer obvia pero tiene su importancia, es que no se da entre
enamorados. Ni siquiera, en la mayoría de los paí-ses, entre cónyuges.
Pregunten a un inglés que lleve, por ejemplo, doce años de casado, cuándo fue
la última vez que saludó a su esposa con un apretón de manos, y lo probable es
que les res-ponda que hace de ello doce años, y no doce días. Es,
indudable-mente, el menos amoroso de todos los contactos corporales. En todas
las otras clases mencionadas en este capítulo, desde el abra-zo total hasta el
beso, existe siempre un acusado elemento sexual. Todas proceden de la misma
fuente primordial, y todas se realizan más entre amantes o cónyuges que entre
adultos que no tienen esta condición. Cuando te efectúan entre varones, lo
normal es que existan circunstancias que lo autoricen. En cambio, el apretón de
manos, que tiene su origen no en el abrazo amoroso, sino en la acción masculina
de cerrar un trato, no tuvo que vencer tantas dificultades. Ni siquiera como
derivación del beso en la mano creó el menor problema, porque este beso era un
acto formal y asexual antes de su transformación. Por consiguiente, los hombres
más viriles pueden estrecharse la mano hasta enrojecerse las pal-mas, sin
peligro de dar la más ligera impresión amorosa. El hecho de que las manos
agarradas se agitan arriba y abajo a media altu-ra, circunstancia típica de
esta acción, hace que el movimiento sea más brusco y menos amable, y lo
distingue claramente, incluso visto desde lejos, del asimiento de manos de los
enamorados.”
Hemos observado en este capítulo la manera en que en público, los
adultos se comportan entre sí, y hemos visto que las intimida-des cruciales y
no restringidas de la infancia se limitan, clasifican y rotulan. Puede argüirse
que esto ha sido así porque los adultos necesitan mayor independencia de
facción y mayor movilidad que los niños, y que unos contactos corporales más
extensos los limi-taría a este respecto. Esto explicaría la reducción de la
cantidad de tiempo empleado en los contactos, pero no la reducción de la
in-timidad de los contactos que siguen produciéndose. Puede adu-cirse que esto
ha sido así porque los adultos no necesitan tanto contacto corporal; pero, en
tal caso, ¿por qué pasan tanto tiempo buscando intimidades de segunda mano en
loa libros, las pelícu-las, las comedias y la televisión, y por qué las
canciones populares gritan hora tras hora su mensaje? Puede argüirse que
nuestra into-cabilidad tiene que ver con la posición social, con el deseo de no
ser tocados por los inferiores y el temor de tocar a los superiores; pero, en
este caso, ¿por qué no mostramos una mayor intimidad con nuestros iguales?
Puede alegarse que no queremos que nues-tras acciones intimas se confundan con
las de los amantes; pero, en este caso, ¿cómo se explica que los propios
enamorados limi-ten sus actividades en público mucho más que en privado?
Todos estos argumentos brindan respuestas parciales; pero en todos ellos
falta algo. Este factor oculta es el poderoso efecto de creación de lazos
producidos por las intimidades corporales en aquellos que las practican. No
podemos juntarnos físicamente sin juntarnos emocionalmente, En nuestras
atareadas vidas modernas huimos de tales compromisos, aunque puedan sernos
necesarios. Nuestras relaciones son demasiado copiosas, demasiado vagas,
demasiado complejas, y a menudo demasiado insinceras, para que nos arriesguemos
al primitivo proceso creador de lazos de la inti-midad corporal. En el
implacable mundo de los negocios, pode-mos despedir a una muchacha a la que
sólo hemos estrechado la mano, o podemos jugarle una mala pasada a un colega
con el que no hemos tenido más contacto que el apoyar una mano sobre su hombro;
pero, ¿qué pasarla si nuestros contactos corporales hu-biesen sido mayores?
¿Qué pasaría si, aun sin el menor elemento sexual, hubiésemos tenido con
aquellas mayores intimidades? Indudablemente, en el momento de tomar decisiones
radicales nuestra determinación se habría debilitado y habríamos vacilado en
nuestra actitud competitiva. Y si no nos atrevemos a correr personalmente
ciertos peligros, a sufrir los efectos de unos com-promisos recíprocos ajenos a
toda lógica, es natural que no que-ramos que otros nos los recuerden
practicándolos en público. Por eso los jóvenes enamorados los reservan para sí
y los practican en privado, porque temen que nuestra oposición se convierta en
ley. Hacemos un delito de la intimidad en público. Por eso incluso en la
actualidad, el acto de besarse en público es delito en ciertos países
civilizados y sofisticados. Un contacto cariñoso es inmoral e ilegal. Una
intimidad amorosa se equipara legalmente a un robo. Por tanto, hay que
esconderse, (para que los demás no veamos aquello que nos falta)
Se ha dicho, a veces, que si todos los severos defensores de la moral
pública se abrazasen amorosamente entre sí, se acariciasen el rostro y se
besasen las mejillas, comprenderían de pronto que había llegado para ellos el
momento de marcharse a casa y dejar que el resto de la sociedad continuase con
sus amistosas y amoro-sas expansiones, sin tener que soportar su desesperada
envidia. Pero sería inútil despreciarlos, porque la sociedad se confecciona su
propia camisa de fuerza. El zoo amansado en que vivimos no es el sitio ideal
para las intimidades públicas. Padece de contami-nación social; tropezamos los
unos con los otros y nos disculpa-mos, cuando deberíamos alargar los brazos
para tocarnos; choca-mos y maldecimos, cuando deberíamos abrazarnos y echarnos
a reír. Hay desconocidos en todas partes, y nos echamos atrás. Pa-rece no haber
otra alternativa. Nuestra única compensación es entregarnos con más ardor a las
intimidades privadas, pero esto falta muchas veces. Parece como si nuestra
restricción en público se contagiase a nuestra conducta, incluso en el seno de
la familia. Muchos buscan la solución en intimidades de segunda mano y pasan la
velada observando los contactos y los abrazos de los pro-fesionales en las
pantallas de la televisión o del cine, escuchando las eternas palabras de amor
de las canciones populares, o leyén-dolas en novelas y revistas. Para otros,
existen alternativas más encubiertas, como veremos en las páginas siguientes.
5
INTIMIDAD ESPECIALIZADA
Al estudiar el comportamiento de los niños y de los enamorados,
advertimos claramente que el grado de intimidad física entre dos seres humanos
está en relación con el grado de confianza exis-tente entre ellos. La
superpoblación del mundo moderno hace que nos veamos rodeados de extraños en
quienes no confiamos, al menos plenamente, que tratemos desesperadamente de
mantener-nos distanciados de ellos. Los intrincados sistemas de evitación de
encuentros en una calle de gran circulación dan buen testimonio de ello. Pero
la agitación de la vida urbana crea tensiones, y las tensiones producen
angustia y sentimientos de inseguridad. La intimidad calma estos sentimientos,
y por eso, aunque parezca paradójico, cuanto más obligados nos veamos a
mantenernos apartados, mayor es nuestra necesidad de establecer contados
corporales. Si nuestros seres amados nos aman lo bastante, la can-tidad de
intimidad que nos brindan será suficiente, y podremos salir a enfrentarnos con
el mundo a cierta distancia. Pero supon-gamos que no es así; supongamos que,
como adultos, hemos fra-casado en la tarea de establecer lazos de intimidad con
los amigos o los seres amados, y que no tenemos hijos: ¿qué haremos enton-ces?
O supongamos que conseguimos forjar aquellos lazos, pero que después se
rompieron o se fosilizaron en una lejana indiferen-cia, convirtiéndose el beso
o el abrazo de «amor» en algo tan con-vencional como el apretón de manos en
público: ¿qué pasará? Para muchos, la solución consiste simplemente en
aguantarse; pero es que existen verdaderas soluciones, y una de ellas consiste
en el empleo de «tocadores» profesionales, para compensar, en cierta medida, la
escasez de contacto amistoso y amoroso que nos priva de la necesaria ración de
intimidad corporal.
¿Quiénes son estos profesionales? Virtualmente, son todas las
personas desconocidas o poco conocidas que, a pretexto de pres-tarnos
algún servicio especializado, tienen que tocar nuestros cuerpos. Este pretexto
es necesario, porque nadie está dispuesto a confesar su propia inseguridad y su
necesidad del contacto tran-quilizador de otro cuerpo humano. Lo contrario
sería una prueba de «blandura», de falta de madurez, de regresión; destruiría
la imagen de adultos conscientes e independientes que nos forjamos de nosotros
mismos. Por eso debemos conseguir nuestra dosis de intimidad en forma
disfrazada.
Uno de los métodos más populares y extendidos es el de ponerse enfermo.
Nada grave, desde luego: sólo una leve dolencia que incite a los demás a
realizar consoladores actos de intimidad. Casi todas las personas se imaginan
que, cuando son víctimas de al-guna enfermedad leve, no han hecho más que
tropezar con un virus hostil, con una bacteria o con cualquier otra forma de
pará-sito. Si sufren un molesto ataque gripal, pongo por caso, creen que esto
podría haberle ocurrido a cualquiera, a cualquiera que, como ellos, hubiese ido
de compras a atestados almacenes, o subido a un autobús lleno de gente, o
asistido a una de esas fiestas multitu-dinarias, donde toses y estornudos
llenan incesantemente el aire de gérmenes patógenos. Sin embargo, los hechos no
confirman este mudo de pensar. Incluso en el periodo más agudo de una epi-demia
de gripe, sigue habiendo muchas personas –igualmente expuestas a la infección–
que no sucumben a ella. ¿Cómo es que estas se libran de tener que meterse en la
cama? Y, en particular, ¿cómo consiguen los médicos conservarse tan sanos?
Ellos, más que nadie, se exponen diariamente a la infección, y, sin embargo,
proporcionalmente, no parecen enfermar tanto como las otras personas.
Por consiguiente, las enfermedades leves no parecen deberse úni-camente
a accidentes desgraciados. En las ciudades modernas, hay microbios nocivos en
todas partes. Casi todos los días, en casi todos los lugares adonde vamos y
donde respiramos, estamos ex-puestos a la infección. Si vencemos a los
microbios, no es porque
consigamos evitarlos, sino porque nuestros cuerpos poseen un eficaz
sistema de defensa que los mata a millones, continuamente. Si sucumbimos, ello
se debe, más que a una exposición acciden-tal, a que, por alguna razón, han
menguado nuestras defensas cor-porales. Una de estas razones (¡aparte de la
higiene excesiva!) es que hemos dejado que las presiones de la vida urbana
produzcan en nosotros tensiones excesivas. En nuestra condición debilitada,
somos presa fácil de alguna variedad de los microbios nocivos que llenan el
medio ambiente. Afortunadamente, la enfermedad lleva en sí misma la curación,
porque, al obligarnos a meternos en la cama, nos proporciona el solaz de que
antes carecíamos. Po-dríamos llamar a esto síndrome del «bebé temporal».
El hombre que se «encuentra mal» asume una apariencia débil e impotente,
y empieza a transmitir poderosas señales seudoinfan-tiles a su esposa. Esta
reacciona automáticamente como una «ma-dre temporal» y empieza a cuidarle como
una madre, obligándole a meterse en la cama (cuna) y a tomar sopa, bebidas
calientes y medicamentos (alimento infantil). El tono de su voz se vuelve más
suave (arrullo maternal), y la mujer revolotea alrededor del enfermo, tocándole
la frente y realizando otras intimidades que brillan por su ausencia cuando él
se encontraba bien, pero que las necesitaba con igual intensidad. Este
comportamiento produce milagrosos efectos curativos, y el hombre vuelve pronto
a en-frentarse activamente con el hostil mundo exterior.
Esto no significa que el hombre finja su enfermedad. Es indispen-sable
que el paciente se halle real y visiblemente enfermo para provocar los
necesarios cuidados seudomaternales. Esto explica la alta frecuencia de
dolencias leves, pero muy debilitadoras e indo-loras, en casos de enfermedades
emocionalmente provocadas. Es importante no sólo estar enfermo, sino también
que se vea que lo está.
Algunos considerarán cínicos estos comentarios; pero no es esta mi
intención. Si las tensiones de la vida exigen que obtengamos mayores cuidados e
intimidades de nuestros más próximos compañeros, y nos obligan a buscar el
cálido y suave refugio de nues-tras «cunas», debemos considerarlo como un
valioso mecanismo social, inmerecedor de burla.
En realidad, es un truco tan útil que ha llegado a sostener una
im-portante industria. A pesar de los imponentes progresos tecno-lógicos de la
medicina moderna y de lo que hemos dado en llamar conquista del medio, todavía
enfermamos en asombrosa propor-ción. La mayoría de los pacientes no han
ingresado nunca en una sala de hospital. Pueden ser pacientes ambulantes,
parroquianos de farmacias o simplemente, enfermos que se tratan ellos mismos en
su casa. Padecen una gran variedad de dolencias corrientes, tales como los
resfriados, gripe, jaqueca, alergia, dolores en la nuca, amigdalitis,
laringitis, dolores de estómago, úlceras, diarrea, erupciones cutáneas y otras
cosas parecidas. La moda cambia de generación en generación –antiguamente,
fueron «humores»; hoy, es «un virus»–, pero, en el fondo, la lista sigue siendo
la misma. En términos de simple frecuencia, estos casos constituyen la in-mensa
mayoría de las enfermedades actuales.
Por ejemplo, en Inglaterra, se efectúan anualmente 500 millones de
compras en las farmacias para tratar dolencias leves, lo cual equivale,
aproximadamente, a diez indisposiciones anuales por habitante. Unos 100
millones de libras se gastan todos los años en estos productos. Y más de los
dos tercios de estas enfermedades no son lo bastante graves para exigir los
cuidados de un médico.
La razón de esta situación es bastante sencilla. La cifra de nuestra
población aumenta constantemente, y nuestras comunidades están cada día más
superpobladas, con el consiguiente aumento de las tensiones. El gran número de
personas afectadas significa que cada vez se dispone de más dinero para la
investigación médica, que, a su vez, descubre remedios más y más eficaces.
Pero, mien-tras tanto, la población ha seguido aumentando, las tensiones
so-ciales se han incrementado, y ha crecido la propensión a la enfer-medad. Por
consiguiente, se necesita más investigación médica, y así sucesivamente, en una
tarea codo a codo hacia un futuro exento de enfermedades que jamás ha de
llegar.
Pero supongamos por un instante que peco de pesimista: supon-gamos que
en un momento dado, se produce un milagro médico que destruye y extermina todos
los parásitos. ¿Habremos llegado con esto a una situación en que el atropellado
y emocionalmente lesionado ciudadano no podrá refugiarse impunemente en los
tranquilizadores brazos de su lecho de enfermo? Hay poquísimas probabilidades
de que este milagro se produzca jamás, pero, aun-que se produjese, todavía le
quedarían varias alternativas al «bebe temporal». Estas se emplean ya
frecuentemente en la actualidad. A falta de virus o bacterias adecuados,
podemos sufrir una «crisis nerviosa». Las dolencias mentales leves tienen la
ventaja de que pueden actuar a falta de microbios, y son igualmente eficaces
como productoras de alivio. En realidad, son tan eficaces que in-cluso un
asesino puede alegar «trastorno mental transitorio» como excusa de su acción, y
ver reducida su pena gracias a la «disminu-ción de su responsabilidad», con lo
que vuelve a tratársele como si fuese un «bebe temporal». El alegato de que
padecía un res-friado en el momento del asesinato le sería mucho menos útil;
por consiguiente, cuando la tensión se hace exagerada, el papel de la crisis
nerviosa es importante como artificio sucedáneo. Su prin-cipal inconveniente
radica en que muchas de las versiones leves de enfermedad mental carecen de los
síntomas externos necesa-rios para provocar las tan necesitadas reacciones
confortadoras. El individuo emocionalmente lesionado tiene que acudir a manifes-taciones
extremas para provocar la respuesta requerida. La angus-tia interior es
insuficiente; pero, después de un fuerte y ruidoso ataque de histerismo, tiene
muchas probabilidades de que su cuer-po agotado se vea cariñosamente rodeado
por los brazos de un ansioso consolador. Si la crisis es aún más violenta,
puede verse sujetado por otros brazos más enérgicos; pero incluso en este caso
no lo habrá perdido todo porque habrá conseguido, aunque en forma desesperada,
establecer alguna clase de íntimo contacto corporal con otro ser humano. Sólo
si pierde absolutamente el
control puede fracasar y verse condonado al solitario abrazo de las
mangas de lona de la camisa de fuerza.
La segunda alternativa, a falta de parásitos extraños, es el empleo de
los propios microbios endógenos del paciente, es decir, los que ha llevado en
su cuerpo durante toda su vida. Para explicar mejor este proceso, debemos
observar más de cerca, al microscopio, la superficie de nuestro cuerpo.
Muchas personas parecen creer que todos los microbios son noci-vos y
están automáticamente asociados con la enfermedad o con la suciedad; pero esto
no es cierto. Cualquier bacteriólogo confir-mará que esto no es más que un mito
moderno de la nueva reli-gión de la higiene; la religión cuyas plegarias de
aerosol libran a sus fieles de todo germen conocido, cuya agua bendita es la
solu-ción antiséptica y cuyo dios es totalmente estéril. Desde luego, hay
gérmenes nocivos y aun mortales que deben ser implacable-mente destruidos. No
lo niego. Pero, ¿qué decir de los «gérme-nes» cuya principal actividad es matar
a otros gérmenes? ¿Debe-mos realmente matarlos a todos?
Lo cierto es que cada uno de nosotros está protegido por un nume-roso
ejército de microbios amigos, que no nos perjudican, sino que nos ayudan
activamente a conservar la salud. Sobre nuestra piel sana y limpia hay, por
término medio, cinco millones de aquellos por centímetro cuadrado. La saliva
corriente, al ser escu-pida, contiene entre diez y mil millones de bacterias
por centíme-tro cúbico. Cada vez, que defecamos, perdemos 100.000 millones de
microbios, pero éstos son rápidamente remplazados dentro del cuerpo. Esta es la
condición del animal humano adulto. Si consi-guiésemos «libramos» de nuestros
propios microbios por toda la vida, nos colocaríamos en una posición gravemente
desventajosa. Entre otras cosas, seriamos menos resistentes a los microbios ex-ternos
y realmente nocivos que nos atacarían de vez en cuando. Minuciosos experimentos
con animales de laboratorio, libres de gérmenes, así lo han demostrado. Nuestra
carga natural de micro-bios corporales es, pues, muy valiosa para nosotros;
pero tiene
una pega. Tenemos que pagar un alto precio por sus buenos servi-cios;
pero incluso ellos pueden desmandarse cuando nuestra ten-sión es excesiva.
Algunas de nuestras dolencias son producidas, no por contagio de otras
personas, sino por una súbita erupción y «superpoblación» de nuestros propios
microbios «normales». Las medidas corrientes de higiene pública, encaminadas a
atajar las infecciones de unas personan a oirás, no sirven para estos casos:
nosotros no “pillamos” la enfermedad, sino que siempre hemos llevado encima sus
factores. Esto es particularmente así en mu-chos de los trastornos digestivos
frecuentes en el paciente some-tido a una gran tensión emocional. Si sufrimos
un trastorno gás-trico, lo atribuimos a «algo malo» que hemos comido; pero
sor-prende que una persona sana y dichosa pueda ingerir lo mismo sin que le
pase nada. Lo más probable es que casi todos los leves tras-tornos gástricos e
intestinales que padecemos se deban a una in-capacidad de adaptación a las
presiones y tensiones de la vida moderna. Para comprenderlo, bástenos observar
una película de historia natural de una bandada de sanos buitres en las
llanuras africanas, devorando la carne podrida de un animal muerto; es-cena que
antes nos revolverá el estómago a nosotros que a las aves en cuestión.
La tercera alternativa del ser humano necesitado de cuidados es bastante
más drástica. Si fallan la enfermedad mental o la enfer-medad endógena, puede,
con un poco de agitación y de descuido, ser muy propenso a los accidentes. Si
tropieza y se rompe un to-billo, no tardará en lamentarse de que ha quedado
«inútil como un bebé» y en ser ayudado y consolado como un bebe autentico.
Pe-ro, ¿acaso los accidentes no son accidentales? Desde luego, pue-den serlo;
pero es sorprendente observar cómo varían las personas en su propensión a
sufrir lesiones «accidentales». En una reciente investigación realizada en un
hospital sobre los antecedentes de los pacientes enfermos, se empleó cierto
número de pacientes accidentados como grupo de control, porque se presumía que es-tos
estaban hospitalizados “por accidente”, en los dos sentidos de
esta palabra. Los resultados demostraron que, lejos de ser así, las
víctimas de accidentes estaban más emocionalmente trastornadas que los
hospitalizados enfermos.
Vemos, pues, que el morador de la ciudad que busca alivio a su tensión
tiene varias maneras de conseguir una adecuada inutilidad que provoque las
intimidades de los que le cuidan. El hecho de estar levemente enfermo de vez en
cuando tiene considerables ventajas, y si estas no pueden conseguirse de una
manera, hay otras para lograrlo. Sin embargo, este método de aumentar las
intimidades entre adultos tiene también sus inconvenientes. En todos los casos,
exige que el individuo enfermo adopte una actitud sumisa. Para lograr las
atenciones aliviadoras requeridas por su dolencia, tiene que hacerse mental o
físicamente inferior a aque-llos que le cuidan. Esto no era así en los jóvenes
amantes, que se «ablandaban» de un modo reciproco que no rebajaba su condición
social. Además, el baño tibio del paciente no tarda en enfriarse cuando éste
recupera la salud y el vigor y cesan bruscamente las tiernas intimidades de los
que le han cuidado. Fue un alivio tem-poral, y la única manera de prolongarlo
es convirtiéndose en un inválido crónico de esos que «disfrutan en el
balneario». Pero, aparte de prolongar la situación de inferioridad, esto
presenta un nuevo peligro: el de la escalada de la dolencia. El fuego
conforta-dor puede extenderse o incendiar toda la casa. Incluso empleado como
medida a corto plazo, siempre existe el riesgo de un per-juicio prolongado para
el organismo, como saben muy bien los que padecen úlceras. Sin embargo, para
muchos que encuentran insoportables las tensiones de la vida moderna, el riesgo
vale la pena de ser corrido. Un respiro temporal es mejor que no tener ninguno.
Si la suerte les acompaña, esto les dará tiempo a recargar sus baterías
emocionales, con lo que, hablando en términos bio-lógicos, podemos decir que
adquirirán una probabilidad conside-rable de supervivencia en las atestadas
comunidades humanas actuales.
Aunque una gran parte del alivio obtenido de este modo procede
de los compañeros más íntimos del paciente, cuyo grado de inti-midad
aumenta espectacularmente en la mayoría de los casos, el fenómeno de «ponerse
enfermo» proporciona también la recom-pensa adicional de las íntimas atenciones
de un grupo de personas relativamente extrañas: los miembros del cuerpo médico.
Los médicos tienen permiso para tocar y para hacerlo en un grado de intimidad
prohibido a la mayoría de los adultos. Intuitivamente conscientes de este
importante elemento de su trabajo, saben muy bien el valor curativo del
«comportamiento de cabecera». El efec-to sedante de una palabra pronunciada a
media voz, el confiado contacto de la mano que toma el pulso o percute el pecho
o vuelve la cabeza para examinar los ojos o la boca, son otras tantas ac-ciones
de contacto corporal, que a algunos les hacen más efecto que un centenar de
píldoras.
A veces, un médico ordenará el traslado de un paciente a una ca-ma de
hospital, por motivos puramente emocionales. Para el indi-viduo cuya tensión es
debida únicamente al mundo exterior, este traslado es innecesario. Quedándose
en casa y guardando cama, escapa a la tensión que tanto le perjudica. Pero si
la tensión reside en su propia casa, esta evasión es imposible. Si las
presiones emocionales se originan en el seno mismo de la unidad familiar, puede
que ni su dormitorio le sirva de escondite donde acu-rrucarse y buscar el
alivio que tanto necesita. En tal caso, la cama del hospital es la única
solución, siempre que las horas de visita sean breves.
Como hemos visto, para el adulto que busca la intimidad, la solu-ción
médica es un tanto confusa, y éste haría bien en buscarla en otra parte. Si es
religioso, puede recibir quizás un alivio claro de manos de un sacerdote; pero,
si no lo es, puede buscar otros con-tactos tranquilizadores.
Existe todo un lozano mundo de acondicionamiento y embelleci-miento
corporal, donde un ejército de profesionales está prepa-rado para frotar,
golpear, suavizar y dar tirones y palmadas a casi todas las partes del cuerpo
que uno les indique. Es una especie de
«medicina para sanos», donde el desagradable estigma de la en-fermedad
es sustituido por un ambiente predominantemente atlé-tico o cosmético. Al
menos, así parece; pero, una vez más, existe aquí un poderoso elemento de
contacto corporal por el propio contacto inherente a todas estas actividades.
Que una joven de masaje a un hombre de los pies a la cabeza, es un
procedimiento casi tan íntimo como si ambos se hiciesen el amor. En algunos
aspectos, lo es incluso más pues, al terminar el masaje, la joven habrá establecido
contado activo con casi todas las partes del cuerpo del varón, aplicándoles por
turno una rica variedad de pre-siones, toques y ritmos táctiles. Y aquí nos
atrevemos a decir que está lo malo, pues la interacción, aunque no involucre
contacto sexual directo, es demasiado íntima para la comodidad de algunos
hombres.
Tal vez sería más exacto decir que es demasiado íntimo para la comodidad
de la sociedad occidental. En privado, el cuerpo objeto de masaje sentiría un
indudable alivio; pero, en nuestra sociedad, la imagen pública de un sillón de
masaje no es lo que debería ser. Alguien tendió a reducir el presunto erotismo
de esta actividad estableciendo la segregación de sexos, de modo que los
hombres diesen masaje a los hombres, y las mujeres, a las mujeres. Pero ni
siquiera esta medida bastó para que esta forma intrínsecamente inofensiva de
contacto corporal tranquilizador fuese generalmente aceptada por la sociedad
moderna. Al eliminarse el contacto hete-rosexual, se allanaba inevitablemente
el camino a las turbias murmuraciones sobre el elemento homosexual. Sólo los varones
esencialmente atléticos pueden desdeñar fácilmente esta impu-tación. Para el
boxeador o el que practica la lucha libre, no existe problema. Como los
futbolistas triunfantes, que se abrazan apa-sionadamente en público sin
provocar la menor critica, debido a su evidente papel agresivo y masculino, el
pugilista puede disfru-tar en la mesa del masaje, sin comentarios adversos. En
teoría, toda la población adulta podría seguir este sistema y hacerlo sin el
menor matiz sexual, independientemente de los sexos; pero en la
práctica esto no ocurre así, y la mayoría a la cual está vedado el
masaje tiene que buscar en otra parte las intimidades corporales propias de los
adultos.
Una manera de resolver este problema consiste en multiplicar el número
de los actores, eliminando la atmósfera que rodea a una «pareja» íntima. Esto
se practica en muchos gimnasios y campos de deporte, donde se reúnen grupos de
personas para realizar mo-vimientos que incluyen una gran variedad de contactos
corpora-les, sin crear el ambiente propio de dos «adultos condescendientes en
privado». Otro método consiste en sustituir el o la masajista humanos por una
máquina estrictamente asexual que no tiene brazos, sino un impersonal cinturón
de lona que establece mecá-nicamente el íntimo contacto.
Una solución más comúnmente empleada es limitar los contactos a las
partes menos privadas del cuerpo humano. Con esto entra-mos en el mundo
totalmente aceptable de los peluqueros y exper-tos en belleza, deteniéndonos
únicamente para echar una última y compasiva mirada al mundo del masaje,
algunos de cuyos practi-cantes intentaron una restricción similar mediante el
taimado anuncio de que sólo «se da masaje a los brazos y las piernas».
Dado que, en la sociedad occidental, todos exponemos la cabeza a las
miradas del público, el peluquero no tiene que desnudar nada para realizar sus
contactos corporales profesionales. Todos vemos lo que él, o ella, manipula.
Sin embargo, como vimos en un capí-tulo anterior, el hecho de tocar la cabeza
está normalmente reser-vado a los parientes o íntimos amigos, y caracteriza, en
especial, los contactos amorosos entre jóvenes enamorados. Entre adultos
desconocidos es poco menos que tabú, y por eso el peluquero, con un disfraz de
profesional de la cosmética, puede llenar una im-portante laguna para el adulto
falto de contacto. Esto no significa que el papel cosmético carezca de
importancia, sino solamente que hay en la peluquería más de lo que ven los ojos
del espejo.
El cuidado de la cabeza, en su doble papel cosmético-íntimo, se
remonta a miles de años atrás. Y si queremos incluir a nuestros
antepasados primates, podemos elevar aquella cifra a millones de años. El
cuidado y la ternura que podemos observar en cualquier jaula de monos de un
parque zoológico, cuando un mico manosea amorosamente los pelos de la cabeza de
un compañero, dejan pocas dudas sobre el elemento de intimidad inherente a esta
ac-ción. La limpieza no puede, por sí sola, explicar el éxtasis de esta forma
de acicalamiento de los primates. Y lo propio ocurre en nuestro caso, salvo que
nosotros no podemos, naturalmente, ex-tender la interacción a todo el cuerpo,
como hacen los velludos monos. Sólo al vestir nuestra piel desnuda, los
diestros y delica-dos dedos del sastre, al ajustar nuestro nuevo traje, evocan
lige-ramente –muy ligeramente– la ancestral sensación del asco del pellejo por
nuestros viejos compañeros.
Para los monos, el aseo del pelo por un tercero es un acto de
vin-culación social; por eso no es de extrañar que, en remotos perío-dos de
nuestra Historia, fuesen muy raros los peluqueros profe-sionales. El cabello
era cuidado por los íntimos y no por personas relativamente extrañas. En los
tiempos en que vivíamos en peque-ñas tribus esto era inevitable, ya que todos
los miembros del gru-po social se conocían personalmente. Más tarde, cuando se
produ-jo la revolución urbana y nos encontrarnos cada vez más rodeados de
personas extrañas, el peinado y otras actividades similares se restringieron a
una interacción entre parientes próximos. Mucho más tarde, con la complicación
del tocado después de la Edad Media, los miembros distinguidos de la sociedad
tuvieron que acudir a los expertos, y los peluqueros profesionales empezaron a
hacer su agosto. Al principio, y tratándose de damas, los servicios de aquéllos
se prestaban reservadamente en la casa de sus clien-tes: pero gradualmente se
fueron abriendo salones públicos, a los que fueron en tropel las damas
elegantes. A pesar de ello, esta costumbre no se vulgarizó hasta la segunda
mitad del siglo pasa-do. Y empezó la carrera. En 1851, había ya 2338 peluqueros
en Londres; pero, cincuenta años más tarde, 1901, aquella cifra se
había elevado a 7.771, en un crecimiento espectacular que supe-raba
proporcionalmente el aumento general de la población de la ciudad. Las razones
de este cambio fueron, en parte, económicas; pero quizás intervino también otro
factor, pues la mujer victoriana estaba sujeta a severas restricciones en otras
maneras de estable-cer contactos corporales con adultos. En esa época, las
normas de conducta eran tan estrictas que, en un período tan restrictivo, la
caricia de las manos del peluquero debió ser bien recibida. No sólo aumentó
progresivamente el número de clientes femeninos, sino también la frecuencia de
sus visitas. En el siglo actual, esta costumbre pasó de las grandes ciudades a
los pequeños pueblos, siendo adoptada por casi toda la población femenina.
Advirtiendo que sus modernos parroquianos anhelaban una mayor intimidad
que la que podía proporcionarles el simple cuidado del cabello, el nuevo
ejército de «tocadores» profesionales amplió el campo de sus actividades,
dedicando sus delicadas atenciones a todas las zonas en que la piel estaba
descubierta. Las manicuras se hicieron populares. El cuidado del «cutis» entró
en escena. Se aplicaron mascarillas de crema, se alisaron las arrugas y se
«en-tonó» la piel pálida, último estilo de maquillaje practicado por manos
profesionales. «La belleza –proclamó Vogue, en 1923– merece la máxima
dedicación.» Es innegable que el primer mo-tivo fue visual, pero las crecientes
intimidades táctiles necesarias para obtener el deseado efecto visual
adquirieron también gran importancia. Visitar un moderno salón de belleza es
pasar por una experiencia táctil.
En comparación con la mujer, el varón moderno recibe pocas intimidades
de esta clase. Algunos hombres se hacen hacer la manicura y masaje del cráneo,
y algunos se hacen afeitar por el barbero; pero la mayoría visitan al peluquero
para un rápido corte de pelo y vuelven a casa para lavarse ellos mismos la
cabeza. Es interesante observar que el peluquero hace todo lo posible por
aumentar la intimidad del simple corte de pelo mediante un truco ritual. Si es
usted varón, la próxima vez que visite a su barbero
escuche el ruido de sus tijeras, y observará que, por cada vez que corta
unos cabellos, corta varias veces «el aire», haciendo chocar las hojas
velozmente antes de practicar un verdadero corte. Estos cortes en el aire no
tienen la menor función mecánica, pero dan la impresión de una gran actividad
alrededor del cráneo, aumen-tando eficazmente la impresión de
«contacto-complejo».
A pesar de todo, la intimidad inherente a tales operaciones es
su-mamente limitada, y resulta sorprendente que los varones actuales acepten
tantas restricciones. Con el retorno de los cabellos largos masculinos,
observaremos, tal vez, algún cambio. Pero hay que reconocer que hasta ahora,
más bien se ha observado lo contrario. En todo caso, el pelo largo masculino
significa una reducción del limpio corte de cabello, mientras que las
operaciones de lavado siguen practicándose principalmente en casa. Sólo en los
centros urbanos más refinados existen indicios de que los nuevos estilos de
peinado producen una mayor actividad en las peluquerías; pero aún no sabemos si
esta costumbre va a desarrollarse. Se trata de una moda nueva, y, si perdura,
todavía tardará algún tiempo en recobrar su respetabilidad de antaño. Se la
tilda injustamente de «afeminada» por los varones maduros, los cuales no han
com-prendido aún que el estilo del cabello corto nació como una ma-nera de
lucha contra los piojos, y que empeñarse en conservar este estilo en una época
en que ya no hay piojos, es el colmo del ab-surdo. Mientras subsista este
prejuicio, muchos jóvenes se resisti-rán a seguir la nueva tendencia hasta su
lógica conclusión y a vol-ver a disfrutar de más complejas intimidades de
tonsura.
Casi la única intimidad cosmética de la que el hombre moderno disfruta
más que la mujer, es la que proporciona el limpiabotas, e incluso esta
actividad ha perdido terreno en los últimos tiempos. En la mayoría de las
grandes ciudades, la tienda del limpiabotas se ha convertido en poco más que
una curiosidad, que sólo puede encontrarse en uno o dos puntos determinados.
Aparte de ciertas intimidades sexuales estudiadas anteriormente, ésta es,
probable-mente, la única ocasión en que el hombre moderno ve arrodillarse
a sus pies a otro ser humano para realizar un acto de contacto
cor-poral, y, desde luego, es la única ocasión en que esto se produce en
público. (El dependiente de una zapatería suele evitar esta po-sición,
sentándose e inclinándose hacia delante.) El hecho de po-nerse de rodillas para
limpiar unos zapatos produce una impresión tan fuerte de servilismo, que puede
ser muy bien la causa de la decadencia de este oficio. En tiempos pasados, el
hombre acep-taba más fácilmente un alarde de humildad de esta clase, pues, con
ella, la intimidad resultaba doblemente satisfactoria: pero el desarrollo del
concepto de igualdad humana hace que este exceso de sumisión resulte casi
molesto. Un beso simbólico de nuestros pies es demasiado para nosotros, y por
eso se extingue la raza de los limpiabotas. Y no es que hayamos dejado de
apreciar los ser-vicios humillantes – ¡ojalá fuese así!–, sino que no queremos
que se vea que nos complacen.
En este breve examen de los «tocadores» profesionales hemos aludido al
médico, a la enfermera, al masajista, a los profesores de gimnasia y de cultura
física, al peluquero, al sastre, a la manicura, al experto en belleza, al
especialista en maquillaje, al barbero, al limpiabotas y al dependiente de
zapatería. Podríamos añadir a esta lista otras muchas ocupaciones, tales como
el confeccionista de pelucas, el sombrerero, el pedicuro, el dentista, el
cirujano, el ginecólogo y toda una serie de especialistas médicos o
semimedi-cos. De todos éstos, pocos merecen comentario especial. El den-tista
produce, en general, demasiada tensión para que sus intimi-dades orales
representen contactos satisfactorios. El cirujano, cu-yas intimidades
corporales son más profundas que las del más apasionado amante, también
produce, gracias al empleo de la anestesia, poco impacto emocional.
Las acciones que se realizan durante el examen de una paciente por el
ginecólogo son parecidas, a nivel descriptivo, a los contac-tos genitales antes
descritos, pero tampoco aquí existe, paradóji-camente, el menor alivio en la
intimidad. Una intensa atmosfera profesional reduce actualmente la violencia de
la situación, y ambos actores permanecen en guardia contra cualquier
interpretación errónea del contacto anatómicamente sexual. Así como el hecho de
sostener la mano de una mujer para tomarle el pulso puede proporcionar la
ventaja secundaria de una intimidad corporal, el tocamiento del aparato genital
es forzosamente tan íntimo, que las barreras emocionales se cierran
inmediatamente y aquella ventaja resulta imposible.
En tiempos pasados, la naturaleza especial de los reconocimientos
ginecológicos fue causa de innumerables molestias para los gine-cólogos
bienintencionados. Hace trescientos años, se le pedía a veces que entrase a
gachas en el dormitorio de la mujer encinta, para impedir que ésta viese la
cara del dueño de los dedos que habían de tocarla tan íntimamente. En épocas
posteriores, se le obligó a trabajar en la habitación a obscuras y a agarrar a
la cria-tura por debajo de las sábanas. Un dibujo del siglo XVII lo mues-tra
sentado a los pies de la cama, con la sábana introducida en el cuello como una
servilleta, a fin de que no viese lo que hacían sus manos: procedimiento que
evitaba la intimidad, pero hacía suma-mente arriesgada la operación de cortar
el cordón umbilical.
A pesar de estas curiosas precauciones, el comadrón fue siempre mirado
con recelo, y, no hace más de doscientos años, un serio libro de texto sobre la
teoría y la práctica del parto fue abierta-mente censurado como «el libro más
obsceno, indecente y ver-gonzoso que jamás haya salido de la prensa». Inútil
decir que eran casi siempre los hombres los que se quejaban, y las mujeres las
que pagaban las consecuencias. Durante siglos, la naturaleza se-xual de las
intimidades inherentes a la asistencia en un parto cons-tituyó grave obstáculo
para los eficaces cuidados módicos. En general, hombres sumamente competentes
eran desterrados del dormitorio de la parturienta, y el trabajo era realizado
por coma-dronas, poco hábiles y con frecuencia supersticiosas. (La palabra
inglesa midwife –comadrona– significa simplemente «con-la -es-posa», sin aludir
al sexo de la persona en cuestión, aunque ac-tualmente se aplica únicamente a
la mujer, hecho que refleja la
antigua prohibición que pesaba sobre el hombre.) Como resultado de esto,
fueron muchas las mujeres que murieron de parto y mu-chísimos los niños que
sucumbieron en el acto de nacer o en el primer mes de su vida. Muchos de estos
casos se debieron ente-ramente a las normas de antiintimidad, que impedían la
prestación de servicios especializados.
Tenemos, pues, aquí, un ejemplo de tabú sexual que produjo grandes
calamidades sociales e influyó en todo el curso de la His-toria. Tenían que
pasar muchos años y acumularse innumerables desdichas humanas, para que
prevaleciese el sano juicio y para que la ciencia barriese los antiguos
prejuicios. Sólo observando las normas de conducta más severas pudieron los
profesionales ir eliminando gradualmente aquellas viejas estupideces. Pero, a
pe-sar de ello, aún subsisten ecos de los remotos temores, y el reco-nocimiento
ginecológico moderno sigue siendo incómodo en la esfera del contacto corporal.
Sólo existe un sector de actividad social donde no padecen de este modo
los contactos sexuales, y no es otro que la profesión teatral. Actores y
actrices, incluidos los artistas de ballet, los cantantes de ópera y los
modelos fotográficos, disfrutan de una vida profesio-nal en la que están
plenamente autorizados para tocarse de modo sexual. En sus representaciones, se
besan y acarician, se abrazan o se pegan, siguiendo las indicaciones del
director. Todo lo que figura en el libro está dentro de la «ley» social, y el
actor o la ac-triz pueden, durante sus horas de trabajo, disfrutar de muchas
formas de contacto corporal. Tratándose de una profesión tan in-segura, esto
constituye, indudablemente, una importante ventaja, aunque los extremos a veces
requeridos pueden crear dificultades. Es muy difícil simular que se hace el
amor a alguien, aunque sea un colega profesional, una y otra vez, sin que
empiecen a tildarse en su relación las reacciones emocionales básicas, y así
ocurre con mucha frecuencia, en detrimento de otras relaciones íntimas
mantenidas en el mundo «real» exterior. Si las intimidades sexua-les son
imitadas a conciencia, no es fácil suprimir las verdaderas reacciones
biológicas que suelen acompañarlas.
Otro contacto peligroso para las estrellas que nos deslumbran en el
mundo del espectáculo es el entusiasmo físico de sus más ar-dientes
partidarios. En los lugares públicos, pueden verse atrope-lladas por los
ansiosos «fans», empeñados en tocar a su ídolo. A un nivel moderado, esto puede
proporcionar una recompensa emocional agradable, pero, en ocasiones, puede
producir magu-lladuras e incluso lesiones. El tremendo afán de tocar los
cuerpos de músicos y cantantes célebres –e incluso de algún político fa-moso–
ha alcanzado recientemente enormes proporciones. Para las entusiastas chicas
que siguen a los más famosos astros pop no existen barreras.
Al aludir a estas interacciones entre los astros pop y sus «fans», nos
hemos apartado de la situación en que el contacto es parte inherente de la
actividad profesional en sí. Un masajista o un pe-luquero tienen que tocar a su
cliente, o no puede realizar su labor; en cambio, el cantante no tiene que
tocar ni ser tocado para inter-pretar sus canciones. El hecho de que su función
en la sociedad le haga más «tocable», es un factor secundario. Una condición
si-milar se aplica a otras esferas, de las que la policía nos brinda un
evidente ejemplo.
La función del policía no es tocar a la gente, pero está autorizado a
hacerlo con mucha mayor libertad que todos los demás. Puede ponernos las manos
encima, de un modo que nos ofendería si se tratase de otra persona cualquiera.
Puede tomar a un niño de la mano, en la calle, sin provocar comentarios. En una
aglomera-ción, puede empujarnos para mantenernos a raya, y aceptamos con igual
facilidad este contacto. Si nos echa la zarpa cuando nos mostramos violentos,
no solemos reaccionar agresivamente, como haríamos con cualquiera que nos
tratase de modo parecido. Solo en casos extremos de violencia, cuando se
quiebra su propio re-frenamiento y empieza a comportarse. Frente a una intensa
provo-cación, como un matón uniformado, damos rienda suelta a nues-tras reacciones.
Entonces, y contrastando con la anterior situación, nuestra furia no conoce
límites, como han demostrado recientes y demasiado frecuentes algaradas. Es
como si, después de darle un permiso limitado para tocarnos, nos pareciese
inaceptable el abu-so de esta autorización, lo mismo que ocurre cuando un
maestro de coro se porta mal con uno de los coristas infantiles, o un maes-tro
con un alumno. Como resultado de ello, si el policía se ve obligado a
quebrantar reiteradamente aquella limitación, se con-vierte rápidamente en un
hombre odiado y violentamente atacado cuando se reúne la irritada turba. Sólo
en países como Gran Bre-taña, donde la policía es deliberadamente situada, sin
armas, en las calles, se han observado señales de una ligera contención por ambos
bandos en las peores algaradas civiles de los últimos años. Es como si la
circunstancia de que ambos bandos se ven obliga-dos a establecer la importante
intimidad corporal de la lucha a brazo partido, en vez de las antiguas
barbaridades del porrazo en la cabeza y la lucha a palos, o las aún más remotas
brutalidades de las armas de fuego, tuviese cierta influencia restrictiva en
las hos-tilidades. En el fondo, estos encuentros pueden ser no menos bru-tales;
pueden saltarse ojos y palearse testículos, pero estos actos de crueldad son
sumamente raros. Comparadas con las antiguas escenas de cráneos abiertos y
sangrantes, las luchas a brazo par-tido en Londres y en otras ciudades
británicas empiezan a parecer casi civilizadas, y lo paradójico es que adquieren
este carácter al volver a las formas más íntimas de los combates sin armas de
antes de la civilización.
Existe, en las películas, un tópico muy conocido, en el que dos hombres
duros, por lo demás admirables, se lían a puñetazos para liquidar alguna
antigua pendencia. El público entendido sabe muy bien que, si los dos hombres
empiezan a flaquear después de pro-pinarse una paliza agotadora, no tardará en
surgir entre ellos una nueva y sólida amistad. Cuando los dos magullados brutos
caen al suelo, es casi seguro que un par de labios escupirá un diente arrancado
y sonreirá, con admiración, al igualmente derrotado rival. Al cabo de unos
momentos, nuestros héroes se ayudarán a
levantarse y se irán trabajosamente hacia el bar (siempre hay un bar
cerca) para tomar juntos unas copas reanimadoras. Después de esto, podemos
tener la seguridad de que nada volverá a separarlos y de que se convertirán en
una pareja indomable de desfacedores de entuertos, hasta que, al final de la
película, uno de ellos morirá valientemente por salvar la vida al otro,
exhalando el último sus-piro entre los brazos amigos de éste, que antes le
había hecho papilla el rostro.
La moraleja de esta animada fábula es, naturalmente, que un enemigo
ardiente es mejor que un amigo frío, y sirve para confir-mar la importancia de
las intimidades corporales involucradas en el tema. Es, casi, como si cualquier
forma de intimidad, incluso violenta, puede producir un lazo afectivo entre dos
antagonistas, siempre que se realice sobre una base suficientemente personal.
Inútil decir que es peligroso generalizar, y que esto no puede ser-vir de
excusa a la violencia; pero ignorar completamente el fenó-meno porque asusta,
es igualmente equivocado.
Lo malo es que la violencia impersonal ha alcanzado reciente-mente tales
extremos, que ha llegado a convertirse en un tabú casi total. Para la sociedad
sexualmente tolerante, la violencia, toda clase de violencia, con independencia
de su grado y del contexto, ha llegado a constituir la nueva restricción
filosófica. En el amplio contexto en que se pretende implantarlo, el credo de
que debemos hacer el amor, no la guerra es irrebatible; pero el mensaje
incluido en las luchas rituales de película nos lleva a considerar una posi-ble
excepción a esta regla general. Por supuesto, no me refiero a nada tan salvaje
como la pelea descrita más arriba. Pero, en vez de esto, imaginemos una
situación en que determinadas personas han reprimido hasta tal punto su
agresividad, que incluso ante una intensa provocación «no pondrán un dedo»
sobre el cuerpo de los provocadores. Llevar a este extremo la no violencia
puede crear una nueva forma de antiintimidad. Véase un ejemplo.
Si dos individuos, por la razón que fuere, han visto enfriarse
inevitablemente su relación, ésta puede llegar a congelarse en una
atmósfera de hipócrita contención. La fina y dura sonrisa de un odio
reprimido puede cortar como un cuchillo. A veces, en tales condiciones, la
explosión de los sentimientos en una riña abierta, acompañada de una moderada
pero agresiva interacción, puede despejar el aire como una tormenta largo
tiempo esperada y aflo-jar la nociva tensión. Quizá por vez primera en muchos
meses, la enojada pareja se trabará con los brazos, y, aunque sea para
sacu-dirse violentamente y no para abrazarse con cariño, sentirá, desde hace
mucho tiempo, el primer contacto realmente significativo. Desde luego, una
situación en que el contacto sólo pueda estable-cerse de esta manera hostil es
una situación desesperada, y puede fallar. Pero, en ocasiones, puede tener
éxito, y el acto de prescin-dir de este hecho porque no está de acuerda ton la
corriente cultu-ral moderna, es lo mismo que olvidar otra faceta del poderoso
impacto emocional que puede producir la intimidad corporal en los lazos
afectivos entre dos seres humanos.
Un esquema parecido de comportamiento es el de los juegos de lucha de
los niños o de las «barrabasadas» entre amigos adultos. Una vez más, los
contactos corporales inherentes a estas acciones producen un impacto emocional,
porque van acompañados de un mensaje tácito que dice: «Aunque me muestro
agresivo, tú sabes que de veras no lo soy.» Sin embargo, este mensaje es muy
sutil, y las luchas en broma, en cualquier edad, pueden constituir una
interacción de equilibrio muy inestable. El hombre que, en broma, descarga un
manotazo a la espalda de un compañero, puede fá-cilmente invertir la señal en
este sentido: «Aunque finja mos-trarme jocosamente agresivo, puedes ver por la
manera de ha-cerlo, que no es así.» Emplea el manotazo porque éste ha sido
aceptado como un juego, pero las acciones que lo acompañan y la dureza del
golpe demuestran a las claras a sus compañeros que ha invertido el sentido del
mensaje.
Una complejidad parecida existe en el caso, mencionado más arriba, de la
pareja enemistada. Si frente a una provocación ex-trema la reacción no es más
que un débil bofetón o una sacudida
de los hombros del otro, el mensaje quiere decir: «Aunque me has hecho
sentir deseos de romperte la boca, esto es todo lo que ha-go». En cambio si la
provocación no es extrema, incluso el más moderado contacto agresivo transmite
una señal desagradable y hosca.
Los sutiles peligros de la lucha en broma pueden observarse a veces
claramente cuando dos muchachos empiezan a forcejear un una esquina. Al
principio, ambos siguen las reglas de una agresi-vidad fingida. Todas las
llaves y empujones se realizan con la intensidad adecuada: lo bastante fuerte
para que sea un juego de fuerza, pero no lo bastante para que se convierta en
verdadera violencia. Si este delicado equilibrio se rompe accidentalmente y uno
de los muchachos se hace daño, el panorama cambia com-pletamente. Ahora, el
perjudicado replica con más lucha, y, si ambos no logran dominar la situación,
el juego se convierte poco a poco en lucha de verdad. Los cambios que indican
esto son difí-ciles de analizar, pues incluso la lucha en broma puede parecer
bastante real. En general, las señales reveladoras se manifiestan en las
expresiones faciales, que, en vez de ser tranquilas y son-rientes, o
exageradamente agresivas, se vuelven duras y fijas. Y a menudo van acompañadas
de pulidez o enrojecimiento del rostro.
Los luchadores profesionales suelen hacer imitaciones de este cambio. El
«malo» hace deliberadamente una trastada al bueno, el cual se muestra
exageradamente indignado, protesta ante el árbi-tro y pide comprensión al
público. Después, se lanza desalmada-mente contra su rival, simula olvidar las
normas convencionales de la lucha y dejarse llevar por la más desentrenada
violencia, devolviendo mal por mal y el público lanza rugidos de aproba-ción.
Pero aquí incluso la agresión incontrolada está sujeta a nor-mas, y el público,
que participa en el juego, lo sabe perfecta-mente. Si un luchador lesiona de
veras a su contrincante, se acaba inmediatamente la comedia, y, en vez de
producirse la «salvaje represalia», todos los interesados dan muestras de
preocupación.
Pero dejemos este peligroso tema y observemos las más inofensivas y
tiernas intimidades en una pista de baile. En los casos en que actúan
profesionales, autorizados para tocar, el baile ofrece posibilidades limitadas.
Cierto que el adulto que busca alguna forma de contacto corporal puede
conseguirla utilizando los servi-cios de un profesor o profesora de baile, e
incluso, en ciertas lo-calidades, puede un varón acudir a salas de baile donde
hay mu-chachas profesionales que le servirán de pareja mediante el pago de una
cantidad por cada baile: pero en la actualidad el mundo del baile social
corresponde principalmente a los aficionados. En fies-tas, discotecas y salas
de baile, personas absolutamente desco-nocidas, pueden reunirse y discurrir por
el salón abrazados nor-malmente. Y las que se conocen de antes pueden pasar de
una relación a distancia a otra de contacto. En nuestra sociedad, la función
principal del baile es que permite, dado su especial con-texto, un espectacular
aumento de la intimidad corporal, que sería imposible en otra parte. Si el
mismo abrazo completo y frontal lo realizasen dos desconocidos, o casi
desconocidos, fuera de la pista de baile, su impacto serla completamente
distinto. El baile des-valoriza, por decirlo así, la significación del abrazo,
rebajándola a un nivel en el que éste puede darse sin miedo a una repulsa. Una
vez producido, el individuo tiene la oportunidad de aprovechar su poderosa
manía. Pero sí esta falta, el formalismo de la situación permite una digna
retirada.
Como otros muchos aspectos de la intimidad corporal, el baile tiene una
larga historia, que se remonta a nuestro pasado animal. En términos de
comportamiento, su ingrediente básico es el repe-lido movimiento intencional.
Si observamos los pasos de danza de diferentes pájaros, nos daremos cuenta de
que los rítmicos movi-mientos que efectúan suelen empezar marchando en una
direc-ción, después de lo cual se paran, se mueven en dirección contra-ria,
vuelven a pararse, y así sucesivamente. Al ir de un lado a otro, adelante y
atrás, o arriba y abajo, el pájaro hace una elocuente exhibición delante de su
pareja. Se halla en un estado conflictivo, entre dos fuerzas que le impulsan a
avanzar y a retroceder. En el curso de la evolución, el ritmo de estos
movimientos intencionales se fijó, y la exhibición tomó un aspecto ritual. La
forma de este varía según las especies y, en todo caso, es característico de
sus particulares preparaciones sexuales.
La mayoría de nuestros movimientos de danza tuvieron el mismo origen,
pero, en nuestro caso, no evolucionaron hacia una forma fija. Por el contrario,
al desarrollarse culturalmente se hicieron sumamente variables. Muchas de las
acciones de los bailarines humanos no son más que movimientos intencionales de
ir a al-guna parte; pero en vez de llevar la acción hasta el fin la
contro-lamos, hacemos marcha atrás o damos la vuelta, y empezamos de nuevo. En
siglos pasados, muchas danzas eran como pequeños desfiles; la pareja se asía de
la mano, desfila por el salón, se pa-raba de vez en cuando, daba media vuelta y
proseguía la marcha, al ritmo de la orquesta. Como el plan era, en el fondo,
algo así como dar un paseo, el baile solía incluir salutaciones fingidas, en
forma de reverencias y cortesías formales, como si los dos miem-bros de la
pareja acabasen de encontrarse. Tanto en los bailes fol-klóricos como en los
salones elegantes, se hacían complicadas evoluciones e intercambios de pareja,
en la pista o al aire libre. Las intimidades corporales inherentes a tales
representaciones eran tan severamente limitadas que no provocaban problemas
sexuales. Sólo permitían una mezcla social generalizada, el hecho de que el
varón condujese a la mujer alrededor de la pista era tan formal que impedía
toda pregunta enojosa sobre si realmente se proponía conducirla a alguna parte
y con qué fin.
La situación cambió radicalmente a principios del pasado siglo al
difundirse un nuevo baile por toda Europa. Había llegado el vals. Por primera
vez, la pareja se abrazó al moverse, y esta intimidad en público provocó
inmediatamente gran escándalo y preocupa-ción. Un avance tan importante
requería un subterfugio, y se acu-dió a uno que examinamos ya anteriormente. Al
estudiar la pri-mera manera en que puede establecerse un contacto de mano a
mano, dije que un truco muy usado es el de la intimidad disfrazada de ayuda. La
mano que se alarga lo hace, ostensiblemente, para auxiliar o sostener a otra
persona, para guiarla o para evitar que se caiga. De este modo puede cruzar el
umbral vital del con-tacto corporal sin suscitar alarma. Lo propio ocurrió con
el vals. Al principio, fue un baile inasiblemente rápido y atlético, de modo
que la pareja tenía que agarrarse fuertemente para no despren-derse. Era el
truco del «sostenimiento», y permitió que el vals entrase en los salones de
baile; después, sólo fue cuestión de re-ducir la velocidad de las evoluciones
para convertir aquellas ac-ciones de ayuda mutua física en las más tiernas
intimidades del verdadero abrazo frontal.
La vieja generación, que no había conocido estos placeres, se in-dignó.
El vals, que hoy nos parece completamente anticuado, fue calificado, en sus
primeros tiempos, de «contaminador» y de «el baile más degenerado de este siglo
y del pasado». El autor Victo-riano de The Ladies Pocket-Book of Etiquett
dedicó diez páginas a un furibundo ataque contra este abominable acto de
pública inti-midad. Entre otras cosas, decía: «Preguntad a cualquier madre...
si puede consentir que su hija caiga sucesivamente en brazos de todos los
bailarines de vals. Preguntad al novio... si puede sopor-tar la visión de la
amada de su corazón... en brazos de otro... Pre-guntad al marido... si
soportará que su esposa sea medio abrazada por esos petimetres que giran sobre
los talones o sobre las puntas de los pies.» El ataque continuó, y, hace menos
de un siglo, un maestro de baile de Filadelfia declaro que el vals era inmoral,
porque gracias a él una dama podía ser abrazada por un caballero desconocido.
Pero era una batalla perdida, y el maldito vals im-puso su soberanía, trayendo
como consecuencia una gran variedad de bailes en los que era preciso el abrazo
frontal. Estos, a su vez, fueron causa de renovado escándalo.
La importación, en 1912, del tango sudamericano causó también enorme
irritación. Como este baile incluía «sugestivos movi-mientos laterales de la
cadera», que recordaba a los atentos guar-dianes de la moral las acciones de la
cópula, fue instantáneamente calificado de depravado.
Perdida de nuevo esta batalla, entró en escena La Era del Jazz, y los
enfurecidos maestros de baile de los años veinte convocaron urgentes reuniones
para discutir esta nueva amenaza a su respeta-bilidad. Lanzaron fuertes
protestas oficiales contra la nueva lo-cura, señalando que todos los bailes de
jazz tenían su origen en los burdeles negros.
Tal vez, el ataque más extraordinario contra el baile de jazz fue el de
un título periodístico en el que se decía:
«El baile, y la música, con su abominable ritmo y sus pulsaciones
copulativas, fueron importados de África Central a América por una banda de
bolcheviques con el objeto de destruir la civilización cristiana en todo el
mundo.»
Tal vez esto sitúa en su verdadera perspectiva las recientes
alega-ciones de que la ola actual de rebelión estudiantil, de evasión y de
consumo de drogas es también un «complot rojo».
Desde sus primeros tiempos, el jazz dio origen a diversos y sen-suales
retoños, que provocaron el inevitable fruncimiento de cejas al exhibir los
bailarines en la pista una serie de variaciones del abrazo en público. En los
años cuarenta, fue el jitterbun, y en los cincuenta, el rock and roll; pero
entonces ocurrió algo extraño. Por alguna razón que aún no podemos comprender,
las parejas se separaron. En los años sesenta, el abrazo entró en rápida
decaden-cia. Actualmente, sólo las parejas más formales y maduras evolu-cionan
amarradas por la pista. Los jóvenes bailan separados y casi sin moverse de su
sitio. Esto empezó con el twist, y poco después siguió una enorme serie de
variantes, como el hitch-hiker, el sha-ke, el monkey y el frag. Y siguieron
proliferando los estilos hasta que en definitiva, al tocar la década a su fin
la situación se hizo tan confusa que todos aquellos bailes se fundieron en una
amal-gama más o menos innominada y se convirtieron, simplemente, en el estilo
pop. Todos tenían la misma característica importante: no tocar. Posiblemente,
la explicación de este cambio reside en el marcado aumento de la tolerancia en
cuestiones sexuales. Si las jóvenes parejas victorianas no podían permitirse
acusadas intimi-dades privadas, el abrazo del vals tenía para ellos mucha
impor-tancia; pero si hoy existe mayor libertad, ¿a quién le interesa una
situación especialmente «autorizada» para un simple y prolonga-do abrazo? Es
como si los jóvenes bailarines actuales declarasen: –No lo necesitamos; tenemos
algo mejor.»
Con esto llegamos al final de este breve estudio de la manera en que los
adultos encontramos métodos especializados para conse-guir la intimidad
corporal. A lo largo de todo el capítulo, desde los médicos hasta los
bailarines, hemos visto que siempre hay algo más que un mero contacto. En
ninguna ocasión hemos visto tocar por solo tocar. En todos los casos ha exigido
una excusa que nos autorizaba a tocar o ser tocados. Y, sin embargo, muchas
ve-ces tenemos la clara impresión de que el contacto es más impor-tante que la
actividad oficial. Tal vez un día, al agudizarse las tensiones de la vida
moderna, veremos aparecer un «tocador» profesional no disimulado que venderá
abrazos como quien vende collares. O quizá la compra de su artículo será
siempre una confe-sión excesiva de fracasos por nuestra parte, de un fracaso en
con-seguir las anheladas intimidades con una unidad familiar exclusi-vamente
nuestra.
Ocurra lo que ocurra, siempre podemos volver al perpetuo susti-tutivo de
la intimidad corporal, es decir, a la intimidad verbal. En vez de intercambiar
abrazos, podemos intercambiar palabras tran-quilizadoras. Podemos sonreír y
hablar del tiempo. Desde luego, es éste un pobre sustitutivo cuando se trata de
intercambios emo-cionales; pero siempre es mejor que un total aislamiento
emocio-nal, Y si todavía seguimos anhelando una forma más directa de contacto,
existen otras alternativas a nuestro alcance: podemos tocar algún animal, o un
objeto inanimado, empleado como sím-bolo del ser humano al que realmente
queríamos acercarnos, o, si no hay otra solución, podemos tocarnos nosotros
mismos. Los modos de emplear los animales, los objetos y nuestro propio
cuerpo como sustitutivos para las intimidades humanas, serán estudiados
en los tres capítulos siguientes.
6
SUSTITUTIVOS DE LA INTIMIDAD
En el mundo humano adulto, mundo lleno de tensiones y de des-conocidos,
buscamos alivio en nuestros seres queridos. Si, debido a su indiferencia o a
sus preocupaciones por las complejidades de la vida moderna, no responden a
nuestra llamada, corremos el peligro de vernos privados del sedante primordial
del contacto corporal. Si, debido a las normas moralizadoras establecidas por
una minoría, reprimen sus intimidades y aceptan la opinión de que toda
tolerancia en los placeres táctiles es mala y pecaminosa, po-demos sentirnos
solos incluso entre nuestros seres más próximos y queridos. Pero nuestra
especie es ingeniosa, y si se nos niega algo que deseamos o necesitamos
imperiosamente, nuestra habili-dad nos lleva a buscarle un sustitutivo.
Si no encontramos amor dentro de la familia, no tardamos en bus-carlo
fuera de ella. La mujer desdeñada se lía con un amante; el marido, con una
querida. Y florecen de nuevo las intimidades corporales. Desgraciadamente,
estos sustitutivos no siempre se suman a lo que queda de intimidad en la vida
familiar, sino que compiten con ello y quizá lo sustituyen del todo, creando
así di-versos grados de desastre social. Una alternativa menos perjudi-cial es
la que discutimos en el capítulo anterior: el recurso a con-tactos con
especialistas autorizados para tocar, estos tienen la enorme ventaja de que no
suelen competir con las relaciones in-ternas de la unidad familiar. Las grandes
intimidades del masa-jista, con tal de que se apliquen con estricto sentido
profesional, no pueden alegarse como causa de divorcio. Pero incluso el
profe-sional, por muy válida que sea su excusa para tocar, es un ser adulto
fisiológicamente capaz, y, como tal, es inevitablemente
considerado como una amenaza sexual en potencia. En general, nunca se
confiesa abiertamente la «percepción» de esta amenaza, salvo en son de chanza.
En vez de esto, la sociedad impone cre-cientes restricciones a la naturaleza y
a la amplitud de las intimi-dades del especialista. En primer lugar, raras
veces se admite que existen tales intimidades. Si uno va a un baile, no es para
tocar, sino «para divertirse». Uno va a ver al médico, debido a un virus, no a
su necesidad de alivio táctil. Uno va a la peluquería para que le arreglen el
cabello, no para que le acaricien la cabeza. Estas funciones oficiales son,
desde luego, perfectamente válidas e im-portantes. Tienen que serlo para
disimular el hecho de que algo más ocurre al mismo tiempo, a saber, la busca de
un amistoso contacto corporal. En el momento en que tales funciones dejan de
ser importantes, esta necesidad insatisfecha se hace demasiado evidente, y
empiezan a surgir ciertas preguntas básicas sobre nuestro estilo de vida, cuyas
respuestas preferimos no vernos obligados a considerar.
Sin embargo, inconscientemente, todos advertimos el juego que se
desarrolla, y de este modo atamos indirectamente las manos que quisiéramos que
nos acariciasen. Lo hacemos aplicando conven-cionalismos y normas de conducta
que mitigan nuestros temores sexuales. En general, no decimos por qué. Nos
limitamos a acep-tar las reglas abstractas de la bueno educación, y nos decimos
los unos a los otros que ciertas cosas «no se hacen» o «no están bien». Es de
mala educación el señalar con el dedo, y más aún el tocar. Es una ordinariez
mostrar los propios sentimientos.
Entonces, ¿adónde acudir? La respuesta es tan sencilla y natural como el
gatito que se acurruca en nuestro regazo. Acudimos a otras especies. Si
nuestros seres humanos más íntimos no pueden proporcionarnos lo que
necesitamos, y si es demasiado peligroso buscar intimidad en los extraños,
podemos dirigirnos a la tienda de animales más cercana y comprar, por poco
dinero, una pieza de intimidad animal. Pues estos animalitos son inofensivos:
no sus-citan problemas ni nos hacen preguntas. Nos lamen las manos, se
frotan suavemente en nuestras piernas, se echan a dormir sobre nuestros
muslos y nos hociquean. Podemos mimarles, darles pal-madas, acariciarles,
llevarlos de un lado a otro como bebes, ras-carles detrás de las orejas e
incluso besarles.
Si esto parece trivial, considérese la escala de la operación. En los
Estados Unidos se gastan anualmente 5.000 millones de dólares en animalitos de
esta clase. En Inglaterra, la cifra anual es de 100 millones de libras. En
Alemania Occidental es de 600 millones de marcos. En Francia era, hace pocos
años, de 125 millones de fran-cos nuevos, y se calcula que esta cifra ha sido
doblada. Estos nú-meros no merecen el calificativo de triviales.
Los animalitos domésticos más importantes son los gatos y los perros. En
los Estados Unidos hay 90 millones de ellos. En dicho país, los cachorros y
gatitos nacen a un ritmo de 10.000 por hora. En Francia hay más de 16 millones
de perros; en Alemania Occi-dental, 8 millones, y en Inglaterra, 5 millones. No
existe informa-ción exacta sobre los gatos, pero es indudable que hay tantos
co-mo perros y, probablemente, más.
Sumando aquellas cifras, podemos decir que sólo en aquellos cua-tro
países hay, aproximadamente, 150 millones de perros y gatos. Haciendo otro
cálculo aproximado, digamos que el dueño de cada uno de estos animales le pega,
lo toca o le acaricia, por término medio, tres veces al día, o sea, unas 1.000
veces al año. Esto re-presenta un total de 150.000 millones de contactos
corporales al año. Lo asombroso de esta cifra es que representa, para los
ameri-canos, franceses, alemanes e ingleses, intimidades realizadas, no con
otros americanos, franceses, alemanes o ingleses, sino con otras especies
pertenecientes al orden de los carnívoros. Con-siderado desde esto punto de
vista, el fenómeno parece mucho menos trivial.
Como ya hemos visto, nos damos palmadas en la espalda cuando nos
abrazamos, o nos acariciamos el cabello y la piel en las rela-ciones entre
amantes o entre padres o hijos. Pero está claro que
esto no basta, y, si no, ahí están estos miles de millones de cari-cias
animales para demostrarlo. Cohibidos en nuestros contactos humanos por nuestros
constreñimientos culturales, dirigirnos nuestras intimidades hacia nuestros
animalitos mimados, como sustitutivos del amor.
Esta situación ha provocado violentas críticas por parte de algu-nos
sectores. Calificada de “mimosismo” por un autor, fue conde-nada como reflejo
del decadente fracaso de los seres humanos modernos y civilizados en
comunicarse íntimamente entre sí. Se ha recalcado, en particular, que se gasta
más dinero en prevenir la crueldad contra los animales que en evitar la
crueldad contra los niños. Las respuestas dadas en apoyo de la moderna afición
a los animales domésticos son rechazadas como ilógicas e hipócritas. El
argumento de que nos enseña los estilos de la vida animal es considerado
absurdo, en vista del tosco antropomorfismo de la relación en la mayoría de los
casos. Los animalitos son humani-zados, son considerados como personas velludas
y no como ver-daderos animales. El argumento de que los animales son
inofensi-vos y necesitan nuestra ayuda es tachado de parcialidad. En una era en
que se maltrata a los niños y se arrojan bombas de napalm sobre los campesinos,
el argumento de que los animales son inofensivos y necesitan nuestra ayuda es
tachado de parcialidad. ¿Cómo hemos podido permitir, en esta era ilustrada, que
fuesen muertos o heridos un millón de niños en Vietnam, mientras pres-tábamos
toda clase de cuidados a nuestros perros y gatos? ¿Cómo hemos podido tolerar,
en pleno siglo XX, que nuestros varones adultos asesinasen a 100 millones de
miembros de su propia es-pecio en la guerra, mientras gastábamos más de otros
tantos mi-llones en atiborrar a nuestros lujosos animalitos? En una palabra,
¿cómo hemos podido ser más amables con otras especies que con la nuestra
propia?
Son argumentos sólidos que no pueden desdeñarse a la ligera, pero
adolecen de un defecto vital, la cuestión es, simplemente, que con dos males no
puede hacerse un bien. Indudablemente, es
monstruoso mimar a un animal y despreciar a un niño, y es cierto que
esto ocurre en casos extremos. Pero emplearlo como argu-mento para no cuidar a
un animal es una tontería. Es muy impro-bable que, incluso en casos extremos,
un animalito «robe» ca-ricias a un niño. Si, por alguna razón neurótica, el
niño no es amado por el padre o por la madre, no es de suponer que la ausen-cia
de un animalito mimado mejorase la situación. Casi siempre, el animalito se
emplea como fuente adicional de intimidad o como sustitutivo de intimidades que
faltan ya por alguna razón. Decir que un mayor cuidado de los animales redunda
en un menor cui-dado de los seres humanos parece una afirmación totalmente
in-justificada.
Imaginemos por un momento que una terrible epidemia extermi-nase, de la
noche a la mañana, todos los animalitos domésticos eliminando así los millones
de intimidares que se habrían produ-cido entre ellos y sus dueños. ¿Adónde iría
a parar todo este ca-riño? ¿Rebotaría, mágicamente, sobre otros compañeros,
esta vez humanos? Desgraciadamente, la respuesta es que probablemente no
ocurriría así. Lo único que sucedería es que millones de perso-nas, algunas de
ellas solitarias e incapaces, por diversas razones, de gozar de verdaderas
intimidades humanas, se verían privadas de una forma importante de tierno
contacto corporal. Difícilmente cabe concebir que la anciana que vivía sola con
sus gatos empe-zase a rascar la cabeza del cartero. Y no es probable que el hom-bre
que daba palmadas a su perro, las diese, en lo sucesivo, a su hijo adolescente.
Cierto que, en una sociedad ideal, no deberíamos necesitar estos
sustitutivos o maneras adicionales de desfogar nuestras intimida-des: pero
querer prohibirlas por esta razón es lo mismo que pre-tender curar el síntoma y
no la causa de la dolencia. Incluso en una sociedad idealmente amante y libre,
nos sobraría probable-mente una gran dosis de intimidad para prodigarla en
nuestros compañeros animales, no porque necesitásemos entonces tales contactos,
sino porque ello nos daría una satisfacción adicional
que no perjudicaría en modo alguno nuestras relaciones humanas.
Una última palabra en defensa de los animalitos caseros: si somos
capaces de querer a los animales, esto revela, al menos, que so-mos capaces de
querer. Pero enseguida viene la réplica: incluso los comandantes de los campos
de concentración eran amables con sus perros; por consiguiente, ¿qué prueba
esto? Prueba, dicho en pocas palabras, que incluso los seres humanos más
monstruo-sos son capaces de alguna clase de cariño; y el hecho de que, en este
caso particular, su yuxtaposición a la más ruin brutalidad nos irrita tan
profundamente y hace que tal brutalidad nos parezca aún más horrible, no debe
cegarnos hasta el punto de no cegarnos ver aquella realidad. Nos recuerda
constantemente que el animal hu-mano, cuando no está dominado por lo que
podríamos llamar, paradójicamente, salvajismo de la civilización, posee
fundamen-talmente un gran potencial de ternura y de intimidad. Si la
obser-vación del contacto amable y amistoso que se establece entre el animalito
y su dueño nos sirve más que para demostrar que el hombre es, en el fondo, un
animal cariñoso e íntimo, esto solo constituiría una lección digna de ser
aprendida, sobre todo en un mundo que se vuelve, año tras año, más frío e
impersonal, Cuando el hombre, bajo una fuerte presión, se convierte en
implacable, es cuando más pruebas necesitamos de que no tiene que ser
forzo-samente así, de que no es ésta la condición natural del hombre. Si
nuestra capacidad de amar a nuestros animales predilectos sirve para demostrar
algo de esto, los bienintencionados críticos debe-rían pensarlo dos veces antes
de lanzar sus ataques, por muy ab-surda que les provoca la cuestión vista desde
determinados ángu-los.
Sentado esto, ¿qué decir de la naturaleza de las propias intimida-des
con los animales? Por ejemplo, ¿por qué damos palmadas a un perro y acariciamos
a un gato, y no solemos dar palmadas a un gato y acariciar a un perro? ¿Por qué
una clase de animal provoca un tipo de intimidad, y otra, otro? Para responder
a estas pregun-tas debemos observar la anatomía de los animales en cuestión. En
su papel de animalitos mimados, actúan, naturalmente, en repre-sentación
de compañeros humanos, y, por ello, sus cuerpos son sustitutivos de cuerpos
humanos. Sin embargo, anatómicamente existen grandes diferencias. Las tiesas
patas de un perro no pue-den abrazarnos. Por nuestra parte, no podemos abrazar
a un gato. Ni siquiera el gato más grande es mayor que un bebe humano, y su
cuerpo es suave y flexible. Por consiguiente, adaptamos nues-tras acciones a
estas circunstancias.
Hablemos primero del perro. Como cariñoso compañero que es, querríamos
abrazarle; pero como sus patas no lo permiten aislar-nos el elemento del
abrazo, que es la palmada, y lo aplicamos directamente. Alargamos el brazo y
damos palmadas al lomo del animal, o a su cabeza o sus flancos. Si el perro es
grande, su lomo ancho y firme será adecuado sustitutivo de la espalda humana
que golpeamos por poderes.
El gato es distinto. Más pequeño y más suave al tacto, no puede ser un
sustitutivo de la espalda para darle vigorosas palmadas. Su pelambre lisa y
sedosa se parece más, al tacto, a los cabellos hu-manos. Y como tendemos a
acariciar el cabello del ser amado, lo propio hacemos con el gato. Así como el
perro es sustitutivo de la espalda, el gato es sustitutivo de la cabellera. En
realidad, muchas veces tratamos al gato como si todo su cuerpo representase una
sedosa cabeza humana.
De acuerdo con este argumento, podría pensarse que damos
au-tomáticamente palmadas a todos los caninos y acariciamos a to-dos los
felinos; pero la cosa no es tan sencilla. El hecho tiene mu-cho más que ver con
la típica calidad corporal del perro y del gato doméstico. Cualquiera que se
haya dado el exótico lujo de tener contactos corporales con un leopardo, o un
tigre domesticados, sabrá que el esquema cambia. Aunque todos éstos son
verdaderos felinos, tienen lomos anchos y vigorosos, que recuerdan más el del
perro doméstico que el del gato de la casa. Como en el perro típico, su pelo es
también más áspero. Resultado de ello es que más que acariciarles se les da
palmadas. En cambio, el diminuto
perro ladero de larga y suave pelambre es acariciado como un gato.
Subiendo unos peldaños en la escala del tamaño, el hombre que ama a los
caballos suele también darles palmadas; pero aquí se adviene un cambio sutil.
La espalda humana –donde empezó el palmeo, por decirlo así– es una superficie
vertical, mientras que el lomo del caballo es horizontal y, por consiguiente,
menos satis-factorio como sustitutivo de aquella. Sin embargo, el cuello del
caballo viene a suplir esta deficiencia, porque está a la debida altura y
proporciona, además, una superficie vertical ideal: por eso, la mayoría de las
palmadas se dan al caballo en el cuello. En este aspecto, el caballo va mejor
que el perro, cuyo cuello suele ser demasiado pequeño para este objeto. También
la altura del caballo es ideal para los contactos de cabeza, mientras que con
el perro tenemos que agacharnos a su nivel o levantarlo en brazos. Por eso
vemos a muchas mujeres amantes de los caballos apo-yando la cara en el cuello o
en la cabeza del animal, abrazando aquél y dando palmadas en la dura y tibia
carne.
Para muchas personas, el animalito mimado no es simplemente un compañero
sustitutivo, sino, más concretamente, el sustitutivo de un hijo. Aquí, el
tamaño del animal cobra importancia. Los gatos domésticos no constituyen ningún
problema; en cambio, el perro corriente es demasiado grande, y por eso algunos
tipos, mediante adecuados cruzamientos, han sido progresivamente reducidos de
tamaño hasta tener las proporciones de un bebé. Entonces, lo mismo que los
gatos y otras varias criaturas, como conejos y mo-nos, pueden ser sostenidos
sin excesivo esfuerzo por los brazos seudo maternales de su dueña. Esta es, con
mucho, la forma más popular de contado corporal con los animalitos mimados. El
estu-dio de un gran número de fotografías de personas en contacto con sus
animales preferidos revela que el acto de sostener a un anima-lito en brazos,
como si fuese un niño, se da en el 50 por ciento de los casos. Después de ésta,
la acción más común es la de las pal-madas (11 por ciento), seguida del abrazo
a medias, en que se
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rodea al animal con un brazo (7 por ciento), y a poca distancia del acto
de juntar la mejilla al cuerpo del animal, generalmente en la región de la
cabeza. Otra intimidad que se manifiesta con fre-cuencia bastante sorprendente
es el beso en la boca (5 por ciento), en especies que varían desde el periquito
hasta la ballena. Cabría pensar que, como animal para intimar con él, la
ballena deja mu-cho que desear. Sin duda el capitán Ahab se habría
escandalizado ante la idea de una muchacha besando a una ballena en la boca;
pero las recientes exhibiciones en las grandes acuarios han cam-biado todo
esto. Tanto las ballenas domesticadas como sus más pequeños parientes, los
delfines, se han convertido recientemente en animales predilectos, y, como sus
frentes hinchadas y bulbosas dan una forma infantil a sus cabezas, incitan a
sus compañeros humanos a darles palmadas, acariciarles y hacerles cosquillas
cuando asoman sus aparentemente sonrientes caras en los bordes de las piscinas.
Los pájaros domesticados, como loros, periquitos y palomas, son
frecuentemente levantados y apoyados contra la mejilla para sen-tir en ésta la
suavidad de su plumaje. La intimidad se acentúa a veces dándoles migajas de
comida con la boca. Debido a su pe-queño tamaño, que impide los abrazos y las
palmadas, las intimi-dades manuales se limitan a acariciarlos con el dedo o
rascarles suavemente «detrás de las orejas».
Si retrocedemos en la escala de la evolución, las posibilidades de
intimidad declinan rápidamente. Para la mayoría de las personas, los reptiles,
los anfibios, los peces y los insectos son sumamente desagradables al tacto. La
tortuga, con su lisa y dura concha, pue-de recibir de vez en cuando una palmada
en el dorso, pero sus pa-rientes en la escala carecen de las cualidades
esenciales para el amistoso contacto corporal. Quizá las únicas excepciones
dignas de mención las constituyen las grandes serpientes. Por ejemplo, las
pitón, debidamente amansadas, pueden dar a sus dueños algo que ni siquiera los
perros y los gatos pueden brindarle: un abrazo a todo el cuerpo. Al enroscar
sus fuertes espirales en el cuerpo de
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 179
sus compañeros humanos, apretando y relajando sus músculos, haciendo
ondular sus numerosas costillas y pasando la finísima lengua por la epidermis
de sus dueños, producen un impacto sen-sorial que hay que experimentarlo para
creerlo. Sin embargo, de-bido a su difícil régimen alimenticio y a su mala fama
desde el desastre del Paraíso, por no hablar del pánico que producen sus más
pequeños parientes venenosos, las grandes serpientes no han tenido nunca mucha
popularidad como compañeros íntimos, ni siquiera entre los humanos más
sedientos de abrazos.
El contacto con los peces es virtualmente inexistente.
Tal vez la única excepción es el voluptuoso beso en la mano dado en
ocasiones por la carpa gigante domesticada, cuando saca la cabeza del agua
pidiendo comida. Estos peces pueden abrir la boca y tragar con tanta energía en
el borde del estanque, que in-cluso el pájaro transeúnte puede verse obligado a
realizar un breve acto de intimidad. Existe una fotografía extraordinaria que
mues-tra a un pequeño pinzón, con el pico lleno de sabrosos insectos para sus
polluelos, deteniéndose frente a la bocaza de una carpa domesticada y
arrojándole impulsivamente su preciosa carga. Si un pájaro puede ser incitado
de este modo a establecer un con-tacto corporal completamente antinatural, no
es de extrañar que los visitantes humanos de los estanques de las carpas
reaccionen de manera parecida.
Hasta aquí, sólo hemos considerado las intimidades amistosas con los
animales; pero, en ciertos individuos, los contactos van más lejos e incluyen
interacciones plenamente sexuales. Estos casos son raros, pero tienen una larga
y vieja historia, según demuestran el arte y la literatura de todos los
tiempos. Existen dos formas principales de ellos. O el varón copula con un
animal –general-mente un animal doméstico del campo–, o se produce la
mastur-bación. En este último caso, se aprovecha la tendencia natural de
ciertas especies a lamer o chupar para conseguir una excitación sexual, sea en
el hombre o en la mujer. Esto demuestra el grado de aislamiento y de
frustración que debe existir en la sociedad
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 180
humana para que puedan producirse en ella tales aberraciones. Sin
embargo, si recordamos los millones de intimidades menores, como caricias,
besos y palmadas que se producen en nuestras so-ciedades modernas entre el
inmenso ejército de animalitos mi-mados y sus dueños, no debe sorprendernos
que, en un reducido número de casos, se produzcan otras intimidades como las
aludi-das.
Hasta ahora, al estudiar la cuestión general de los contactos entre
hombres y animales, sólo hemos mencionado los animales do-mésticos y de granja;
pero hay otras dos esferas de interacción que merecen comentario. Los animales
dominados por el hombre no existen sólo en las casas y las granjas, sino que se
encuentran también en gran número en los zoos y en los laboratorios de
in-vestigación. También aquí se producen frecuentes contactos, que no siempre
consiguen la aprobación general.
Los visitantes de los zoos no sólo quieren ver las criaturas cauti-vas,
sino también tocar las criaturas que ven. El afán de tocar es tan poderoso, que
constituye una constante preocupación para las autoridades del zoo. El registro
de primeros auxilios de cualquier parque zoológico importante da testimonio de
ello. Por cada tobi-llo dislocado o dedo cortado, hay una mano mordida o una
cara arañada. En ocasiones, las lesiones sufridas por los que se empe-ñan en
tocar a los animales son graves, pero raras veces se deben a descuido del
personal del zoo. Dos ejemplos bastarán para ilus-trarlo. El primero se refiere
a una mujer que entró en el puesto de socorro de un zoo importante llevando a
su hijo con la mano tritu-rada. Mientras éste era atendido, se puso en claro
que el niño ha-bía dicho a su madre que quería tocar a un gorila macho y adulto
del zoo. Accediendo a su deseo, la mujer lo había levantado por encima de la
barrera de seguridad, a pesar del rótulo indicador de que el animal era
sumamente peligroso, y lo había introducido de modo que pudiese pasar los
brazos por el lado del cristal irrompi-ble protector y a través de la reja de
la jaula. El gorila, interpre-tando mal el acto amistoso, había clavado los
dientes en la mano
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 181
del niño. Y la mujer, impenitente, fue a quejarse, indignada, a las
impotentes autoridades del zoo. El segundo ejemplo es el trágico caso del
«tocador de tigres», un anciano caballero que intentó varias veces saltar la
barrera de la jaula de los tigres de un zoo para acariciar a una tigresa. Al
impedírselo una y otra vez, el per-sonal del zoo, saltó al fin la barrera con
tal furia que se rompió una pierna y tuvo que ser llevado a un hospital.
Durante su ausen-cia, la tigresa en cuestión fue trasladada a otro zoo, a
efectos de reproducción. Al recobrar la salud, el hombre marchó directa-mente a
la jaula del zoo y se encontró con que la ocupaba un leo-pardo desconocido.
Furioso, se dirigió a la oficina del zoo y dijo que quería saber a dónde habían
llevado a su esposa. De mo-mento, las autoridades se quedaron pasmadas ante la
extraordina-ria acusación; pero después de un prudente interrogatorio se puso
de manifiesto que aquel desgraciado había perdido a su verdadera esposa poco
tiempo antes, después de toda una vida de íntima compañía, y había transferido
todo su apego emocional a la ti-gresa en cuestión. Como el animal se había
convertido, para él, en la encarnación de su difunta compañera, era natural que
quisiese seguir manteniendo contacto corporal con ella, en su nueva forma, aun
con peligro de su pierna y de su vida.
Si estos ejemplos parecen ridículos, conviene recordar que sólo son
casos extremos de acciones que, a un nivel más moderado, ocurren diariamente y
en gran número en todos los zoos del mun-do. Cuando la necesidad de tocar a
otro ser humano se ve frustra-da, ya por una tragedia personal, ya por un tabú
cultural, casi siempre encuentra otra manera de expresarse, sin reparar en las
consecuencias. Esto nos recuerda inevitablemente los lamentables casos de
personas que su dedican a perseguir a los niños y que son detenidas por
supuestos abusos deshonrosos. Incapaces de esta-blecer contactos normales con
adultos, acuden a los niños, que desconocen la severidad de los tabúes de
aquéllos. Con fre-cuencia, todo lo que buscan estos hombres es alguna clase de
in-timidad corporal amistosa y amable; pero, inevitablemente, el
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 182
instinto vengativo de los demás lo interpreta como actos sexual-mente
motivados. Desde luego, pueden serlo; pero no lo son nece-sariamente, y muchos
viejos inofensivos sufrieron injustamente por esta causa. Inútil decir que, en
tales casos, también los niños salen perjudicados, no por las intimidades en
sí, que incluso en casos típicamente sexuales lo más probable es que no las
com-prendan, sino por el pánico de los padres y, sobre todo, por el traumatismo
psicológico del procedimiento judicial al que se ven vergonzosamente
arrastrados.
Volviendo a la situación animal y cerrando a nuestra espalda las puertas
del zoo, llegamos a la cuarta categoría importante de con-tactos entre hombres
y animales, a saber, los que se producen en el mundo de la ciencia. Millones de
animales de laboratorio son criados y matados todos los años con fines de
investigación médi-ca, y los contactos que se producen entre los investigadores
y los objetos de su experimentación han dado lugar a acalorados deba-tes. Para
el científico, la interacción es totalmente objetiva. No reconoce ningún lazo
emocional, positivo o negativo, atractivo o repelente, con los animales que
tiene que manejar para sus in-vestigaciones. Su posición es bastante sencilla:
si para mitigar el sufrimiento humano tiene que sacrificar a los animales de su
labo-ratorio, la elección no es dudosa. Evitaría este sacrificio, si pu-diese;
pero no puede, y se niega a colocar las vidas de los anima-les en un plano
superior al de las vidas de sus congéneres huma-nos. Esta es, en pocas
palabras, su posición; pero muchas veces esta actitud es enconadamente
discutida.
Sus adversarios han sido muy numerosos, y George Bernard Shaw resumió
perfectamente su actitud general con estas palabras: «Si no podéis alcanzar el
conocimiento sin torturar a un perro, debéis renunciar al conocimiento.» Una
opinión más moderada es la de los que dicen que muchos experimentos con
animales son inútiles y que los resultados obtenidos son insuficientes en un
sentido humanitario, pues sólo sirven para satisfacer la curiosidad del mundo
académico. Aunque parezca sorprendente, esta opinión fue
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 183
expresada por el propio Charles Darwin en una carta a otro fa-moso
zoólogo, en la que le decía: «El experimento fisiológico con animales puede
justificarse en una investigación real, pero no por simple, censurable y
detestable curiosidad.»
Más recientemente, un famoso psicólogo experimental declaró:
“Una de las consecuencias del procedimiento obsesivamente behaviorista y
mecanicista, es la ostensible crueldad de muchos de los trabajos experimentales
que realizan con animales inferiores, a menudo sin un objetivo que valga la
pena.”
Es cierto que el número de experimentos autorizados que se reali-zan
anualmente con animales, creció extraordinariamente en el curso del siglo XX.
En Inglaterra, la cifra fue de 95.000, en 1910; en 1945, pasó de 1.000.000, y,
más recientemente, en 1969, se elevó a 5.500.000, entre 600 establecimientos de
investigación. El gran volumen de esta operación ha empezado a provocar
comen-tarios en los círculos políticos. Un miembro del Parlamento britá-nico,
en un discurso pronunciado en 1971, protestó, diciendo:
“Sé que su objeto es preservar la vida humana: pero me pregunto si una
raza humana capaz de tomar medidas tan envilecedoras, moralmente hablando, es
realmente digna de ser preservada.”
En estas y otras críticas del empleo en gran escala de animales para la
investigación, conviene distinguir dos elementos diferen-tes. En primer lugar,
está el elemento antropomórfico extremado, que ve en los animales símbolos de
las personas y, por consi-guiente, rechaza la idea de causarles dolor, sea cual
fuere el fin perseguido. En segundo término, está el elemento humanitario, que
considera a los animales como similares a las personas, ya que son capaces, a
su manera, de sentir miedo, dolor y desespera-ción, y rechaza la idea de que el
hombre les inflija sufrimientos innecesarios. Este segundo elemento acopla,
pues, la necesidad de causar cierto grado de sufrimiento, pero sólo si éste se
reduce al mínimo absoluto y la investigación va directamente encaminada a
evitar un sufrimiento mayor.
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 184
Los científicos investigadores replican a estas dos críticas de la
manera siguiente. A la primera critica, responden: «Díganselo a la madre de un
niño víctima de la talidomida.» Si se hubiese practi-cado una investigación más
compleja con animales, su hijo habría podido nacer normal. O bien: «Díganselo a
la madre cuyo hijo murió de difteria.» Hace pocos años esta enfermedad causaba
la muerte a millares de niños todos los años; en cambio, ahora, gra-cias al
descubrimiento de una vacuna obtenida con experimentos en animales vivos, ha
desaparecido prácticamente. O bien: «Pre-guntad a la madre de un niño
poliomielítico si cree que no vale la pena sacrificar la vida de un mono
experimental para obtener tres dosis de la vacuna que habría podido salvar a su
hijo.»
Dicho en otras palabras, los antiviviseccionistas declarados pro-claman
que es mejor que un niño muera o padezca, antes que em-plear animales vivos
para la investigación experimental. Aunque esto puede reflejar un admirable
interés por el bienestar de los animales, revela también una actitud
terriblemente cruel para las criaturas humanas. Esta anteposición de los
animales a las perso-nas nos lleva de nuevo a la situación de los que tienen
animalitos mimados; pero existe una importante diferencia. En estos últimos
casos, el cariño a los animales es perfectamente compatible con el afecto a las
personas. Una cosa no excluye automáticamente la otra, y esto ha podido
demostrarse. En cambio, aquí, la situación exige que, para ser amable con el
niño, hay que ser cruel con el animal experimental. No podemos ser amables con
ambos. Hay que optar entre los dos.
A la segunda y más moderada crítica, el investigador científico
responde: «De acuerdo; hay que reducir al mínimo el sufrimiento de los
animales; pero esto tiene sus problemas.» En años recien-tes, se han hecho
muchos y minuciosos estudios para conseguir que los procedimientos
experimentales sean menos dolorosos para los animales en cuestión, y se procura
inventar sistemas que re-quieran un menor número de animales y que les causen
los meno-res sufrimientos posibles, o incluso para sustituirlos por otras co-
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 185
sas. Partiendo de esto, cabría esperar que el número de animales de
laboratorio sacrificados anualmente decrecerá de manera sen-sible y regular.
Sin embargo, las cifras citadas más arriba de-muestran que no es así. El
científico investigador replica que esto no significa que se empleen métodos
más cruentos, sino que los programas de investigación son cada vez más extensos
y que cada día se descubren nuevas maneras de mitigar el sufrimiento hu-mano.
Además, nos dirá que uno de los grandes problemas de la investigación es la
imposibilidad de limitarla a zonas directa y visiblemente relacionadas con
formas específicas de sufrimiento humano. Muchos de los más grandes y, en
definitiva, beneficiosos descubrimientos, se realizan como resultado de
experimentos «pu-ros» y no de investigación «aplicada». Decir que un
experimento con un animal no debe realizarse porque en aquel momento no tiene
aplicación concreta en esferas tales como la medicina o la psiquiatría, es lo
mismo que querer entorpecer todo el progreso del conocimiento científico.
Este es el punto donde empiezan a preocuparse algunos de los críticos
menos sentimentales y más competentes: ¿Hasta dónde puede llegar la
investigación real sin convertirse, como dijo Dar-win, en «mera, censurable y
detestable curiosidad»? Esto conduce a una discusión mucho más difícil y
delicada. Al leer ciertos pe-riódicos científicos, y en especial los que tratan
de psicología ex-perimental, es difícil no llegar a la conclusión de que muchos
in-vestigadores modernos han ido demasiado lejos. De este modo, ponen en
peligro la aprobación pública del esfuerzo científico en su conjunta, y muchas
personas autorizadas creen que ya es hora de que se lleve a cabo una drástica
revisión del rumbo tomado por muchos proyectos de investigación. Si no se hace
así, puede pro-ducirse una reacción pública a gran escala que, a la larga,
perjudi-que enormemente el progreso científico.
Establecidos estos puntos generales, debemos ahora preguntarnos por qué
los contactos hombre-animal que se producen en el labo-ratorio tienen que
producir tantos acalorados debates y preocupa-
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 186
ciones. La respuesta evidente –demasiado evidente– es que, aun aceptando
su necesidad, nos repugna la idea de que un hombre cause dolor al animal que
tiene en sus manos. Pero, ¿qué decir del hombre que encuentra ratones en su
cocina, o del morador de los barrios bajos que encuentra ratas en su
dormitorio, y que los mata a garrotazos o los condena a una lenta y dolorosa
muerte por el veneno? Éste no es criticado, sino comprendido. No existen
so-ciedades protectoras establecidas para salvaguardar a los ratones y a las
ratas que infestan nuestros hogares; y, sin embargo, se trata de las mismas
especies empleadas en los experimentos de labora-torio y que provocan tantos
comentarios. Se aprueba la muerte de una rata en libertad, porque puede
contagiar enfermedades; en cambio, se censura la muerte de una rata de
laboratorio, aunque puede significar, a través de los descubrimientos
científicos, una contribución a la lucha contra las enfermedades.
¿Cómo se explica esta inconsecuencia? Está claro que –digamos lo que
digamos– tiene poco que ver con un interés objetivo por las ratas, ya estén en
libertad o enjauladas Si realmente nos preocu-pase la rata de laboratorio por
ella misma, como forma conmove-dora de vida animal, no trataríamos con tanta
brutalidad a su pa-riente de la calle. No; lo que ocurre es que reaccionamos de
una manera mucho más compleja y sutil de lo que nos imaginamos. Reaccionamos de
un modo primitivo contra la rata salvaje, como invasora que es de nuestro
territorio privado, y creemos justo de-fender este territorio con todos los
medios a nuestro alcance. Nin-gún trato es demasiado duro para un intruso
peligroso. Pero, ¿y la rata blanca de laboratorio? ¿Acaso no fueron sus antepasados
quienes trajeron la peste a la Humanidad? Cierto; pero ahora apa-rece con una
nueva función, y debemos saber lo que es esta fun-ción si queremos comprender
la profunda emoción que nos causa su muerte experimental.
En primer lugar, la rata blanca ya no es una plaga, sino una servi-dora
del hombre. Es bien tratada, bien alimentada, bien alojada y cuidada lo mejor
posible. La actitud de su compañero humano es
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 187
la de un médico que atiende a un paciente antes de la operación.
Después, se le inoculan células cancerosas. Más tarde, la matan las mismas
manos que la cuidaron. Salvo por la inoculación del cáncer, esta secuencia
podría aplicarse igualmente a la relación entre el ganadero y sus reses.
Primero las cuida, y después las mata. Sin embargo, no censuramos el
comportamiento del gana-dero corriente con sus animales, como tampoco
censuramos al hombre que envenena a una rata en su cocina. ¿Qué podemos deducir
de esto? La escena del laboratorio supone un cuidado amoroso, seguido de dolor
y de muerte. La de la granja, supone el mismo cuidado, seguido de muerte. La de
la rata en la cocina, supone causar dolor y muerte. En otras palabras, no
censuramos que se mate después de cuidar, ni que se mate después de causar
dolor; pero sí que se cause dolor después de cuidar. El papel sim-bólico
representado por la rata blanca en el laboratorio es el pro-pio de un humilde y
fiel servidor, apreciado por su amo, hasta que un día, sin previo aviso ni
provocación, el amable amo empieza a torturarle, y no para hacerle un bien,
sino para su propio benefi-cio. Es esta alegoría de la traición la que provoca
tantas dificulta-des.
Los críticos de los experimentos con animales lo negarán rotun-damente,
diciendo que piensan en la rata y no en su relación sim-bólica; pero, a menos
que se trate de vegetarianos convencidos, incapaces de matar una mosca, se
engañarán ellos mismos. Si han recibido alguna vez cuidados médicos, son unos
hipócritas. Si son sinceros, tendrán que reconocer que es la traición a la
intimidad, inherente a la simbólica relación hombre-rata, la que les preocupa.
Ahora conviene aclarar por qué me he entretenido tanto en un estilo de
comportamiento humano que, a primera vista, no parece tener mucha relación con
el tema desarrollado en este libro. Toda la esencia del dilema del investigador
experimental está en que para calmar los temores tiene que recalcar, una y otra
vez, lo bien que trata a sus animales de laboratorio: la suavidad con que los
maneja, lo tranquilos y contentos que se sienten en sus higiénicas
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 188
jaulas, donde esperan el momento de representar su importante papel en
la investigación. Es el contraste entre esta tierna intimi-dad y lo que viene
después, lo que provoca, en definitiva, el anta-gonismo de los críticos. Pues,
como hemos visto a lo largo de este libro, intimidad significa confianza, y
aquí se hace que la rata-servidor confíe ciegamente en su amo, que después le
causará dolor y le inoculará enfermedades con sus dulces y cariñosas ma-nos. Si
esta traición a la intimidad se produce únicamente de un modo ocasional y por
razones muy especiales, la mayoría de los críticos la aceptará de mala gana;
pero como ocurre millones de veces todos los años, empiezan a tener la
inquietante impresión de que pertenecen a un pueblo de traidores emocionales. Si
un hom-bre es capaz, deliberadamente, de causar dolor a un animal que confiaba
en él, y al cual, momentos antes, trataba con cuidado y con cariño, ¿cómo puede
ser digno de confianza en sus relaciones humanas? Si en todos los demás
aspectos de su vida social se comporta de un modo perfectamente razonable y
amistoso, ¿po-dremos volver a estar seguros de que la conducta razonable y
amistosa es verdadero indicio del carácter de los miembros de la sociedad en
que vivimos? ¿Cómo puede portarse tan bien con sus verdaderos hijos, si
traiciona constantemente a los «hijos» simbó-licos de su laboratorio? Son estos
temores los que cruzan, silen-ciosamente, por la mente de los críticos.
Aquí existe un parecido con el caso, mencionado anteriormente, del
comandante de un campo de concentración que mimaba a sus perros favoritos,
mientras torturaba brutalmente a sus prisioneros. Allí, su dulzura con los
animales nos recordó que ni siquiera los seres humanos más monstruosos están
totalmente desprovistos de tiernos sentimientos. Aquí, la situación es a la
inversa: el hombre capaz de mostrarse amante con sus congéneres es, sin
embargo, capaz de pasar todas sus horas de trabajo causando dolor a los
animales sujetos a experimentación. Lo que nos espanta es el con-traste. Si
vemos a un soldado de amable aspecto acariciando la cabeza de su perro, no
podemos dejar de preguntarnos si sería
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 189
también capaz de gasear a unas víctimas humanas indefensas. Si vemos a
un padre de aspecto bonachón jugando cariñosamente con sus hijos, no podemos
dejar de preguntarnos si, bajo su super-ficie, es capaz de hacer experimentos
crueles. Empezamos a per-der nuestro sentido de los valores. Nuestra fe en el
poder afectivo de las intimidades corporales empieza a flaquear, y nos
rebelamos contra la que llamamos crueldad de la ciencia.
Sabemos perfectamente que esta rebelión es injustificada, dados los
inmensos beneficios que la investigación científica nos ha prestado; pero ésta
ataca con tal fuerza nuestros conceptos básicos de lo que significa una
intimidad amable y cuidadosa, que no po-demos dominarnos. A pesar de todo,
cuando nos sentimos enfer-mos corremos a la farmacia y nos tragamos rápidamente
píldoras y tabletas, esforzándonos en no pensar en los confiados y
traicio-nados animales que sufrieron para que pudiésemos disfrutar de estos
maravillosos antibióticos.
Si la situación es mala para el público en general, ¿cómo será para el
experimentador? La respuesta es que no es mala en absoluto, por la sencilla
razón de que éste se ha educado específicamente para no ver el simbolismo de su
relación con los animales. Al aplicar a su sujeto una atención implacablemente
objetiva, supera la dificultad emocional. Si trata con cuidado a sus animales,
lo hace para que estén en mejores condiciones para el experimento, no para
satisfacer una necesidad emocional de sustitución de la intimidad corporal,
como en el caso del ardiente aficionado a los animalitos domésticos. Esto
exige, a menudo, considerables do-minio y autodisciplina, pues, naturalmente,
incluso el acto más intelectualmente controlado de contacto corporal puede desenca-denar
su magia fundamental y empezar a crear lazos afectivos. No es infrecuente que
un gran laboratorio albergue, en una jaula de un rincón, un conejo gordo y
orejudo, que se ha convertido en la mascota del departamento; un animalito
mimado que nadie soña-ría en emplear para un experimento, porque ha asumido un
papel completamente distinto.
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 190
Para el no científico, resulta difícil hacer estas rígidas
distincio-nes. Para él, todos los animales pertenecen a Disneylandia. Si a
través de los medios modernos de comunicación, como el cine y la televisión,
ensancha sus horizontes y empieza al fin a olvidar la imagen del animal-juguete
de su infancia, no lo hace en la experta compañía de investigadores
experimentales, sino de la mano de los naturalistas, cuyo papel es más de
observadores que de mani-puladores de la vida animal.
Los apuros del experimentador serio siguen, pues, sin resolver. Como el
cirujano que opera para salvar la vida de sus pacientes, lucha para mejorar
nuestra condición; pero, a diferencia del ciru-jano, recibe pocos placeres por
ello. Como el cirujano, permanece estrictamente objetivo e impertérrito durante
sus operaciones. En ambos casos, el interés emotivo sería perjudicial. En el
cirujano, esto resulta menos ostensible, porque debe adoptar el aire de un
médico de cabecera fuera del quirófano. Pero, una vez dentro de éste, trata a
sus pacientes con tanta frialdad y objetividad como el investigador
experimental, rajándolos como haría un jefe de co-cina con un tasajo de carne.
Si no lo hiciese así, todos, a la larga, saldríamos perdiendo. Y si el
investigador experimental se emo-cionase ante sus animales y los tratase como a
gatos o perros mi-mados, pronto sería incapaz de llevar adelante sus arduos
proyec-tos, que tanto alivian nuestros dolores y enfermedades. La enor-midad de
lo que hace le induciría a emborracharse. De manera parecida, si el cirujano se
dejase conmover por el estado de sus pacientes, tal vez le temblaría el bisturí
en la mano y causaría perjuicios irreparables. Si los pacientes de hospital
pudiesen oír las conversaciones que se desarrollan en muchos quirófanos, les
espantaría, probablemente, el tono indiferente y a veces chancero de los
facultativos; pero su reacción sería injusta. La terrible inti-midad de hundir
un instrumento agudo en el cuerpo de una per-sona exige una dramática eliminación
del impacto emocional del acto. Si la acción se realiza con desesperado y
cariñoso cuidado, es posible que el paciente acabe en las manos, aún más frías,
del
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 191
sepulturero.
En este capítulo hemos estudiado el empleo de sustitutivos vivos de los
cuerpos humanos en un mundo ávido de contacto. Y hemos visto que los contactos
cariñosos, como los establecidos con ani-malitos mimados, producen una
intimidad sumamente placentera, y que los contactos estrictamente no cariñosos,
como el de los animales experimentales, acarrean considerable disgusto. En su
conjunto, representan un número grandísimo de interacciones táctiles, y, por
ello, los animales son, a este respecto, muy impor-tantes para nosotros. En la
mayoría de los casos, hemos observado la actividad de los adultos; pero el mimo
de los animales es tam-bién una actitud significativa del niño cuando este,
empezando a imitar a sus padres, muestra una intensa preocupación seudopa-ternal
por los animalitos, acariciándolos, llevándolos de un lado a otro,
alimentándolos y cuidándolos, como si fuesen unos pequeñi-nes que dependiesen
enteramente de él. Como los gatos y los pe-rros suelen ser tildados, en el
grupo familiar, de seudohijos de los verdaderos padres, los jóvenes seudopadres
prefieren muchas veces otras especias generalmente desdeñadas por los adultos,
como conejos, conejillos de Indias o tortugas. Estas especies, no contaminadas
por preferencias familiares, proporcionan un mundo más privado e independiente
a las intimidades de sustitución de los pequeños seudopadres.
Los niños más pequeños resuelven el problema con el empleo de animales
de juguete, sustitutos de los sustitutivos en la intimidad. Estos son mimados y
queridos exactamente igual que si fuesen seres vivos, y el apego a un ratón
Mickey a un oso Teddy es tan intenso y apasionado como el de un niño mayor por
un conejo o, más tarde, por un pony. Es frecuente, entre las niñas, que el
apego a un animal grande de juguete perdure hasta la edad adulta, y una
fotografía, publicada en un periódico, de las víctimas de un re-ciente
secuestro aéreo, nos muestra a una adolescente que, sana y salva, «sigue
aferrada al oso Teddy que la consoló a través de toda
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 192
la ordalía en el desierto». Cuando necesitamos urgentemente al-guna
clase de contacto corporal tranquilizador, incluso un objeto inanimado puede
satisfacer esta necesidad, y esto es lo que vamos a ver en el próximo capítulo.
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 193
7
INTIMIDAD CON OBJETOS
En una valla de Zurich, Suiza, vemos un gran cartel con la cabeza de un
hombre en doble imagen, una al lado de otra. Las dos cabe-zas son idénticas,
salvo por un detalle: una lleva un cigarrillo en-tre los labios; la otra, una
tetilla de goma. Se presume que el men-saje es evidente, puesto que ni una
palabra acompaña a la imagen. Sin darse cuenta, los dibujantes de este cartel
dijeron más de lo que pretendían sobre la importancia de fumar. Con una simple
exposición visual, explicaron la causa de que tantos miles de per-sonas corran
el peligro de una muerte dolorosa, al llenarse sus pulmones de células
cancerosas.
Desde luego, el cartel pretende avergonzar a los fumadores adul-tos,
dándoles un aspecto de bebes; pero esto puede interpretarse también al revés.
Si el hombre de la tetilla en la boca se siente satisfecho con ella, lo mismo
que un bebé, lo único malo de esta parte de la imagen es que parece demasiado
infantil. En cambio, si observamos la otra cabeza, veremos que se ha resuelto
el pro-blema. El cigarrillo proporciona el mismo alivio y elimina el ele-mento
infantil. Visto de este modo, puede tomarse por un anuncio en favor del hábito
de fumar, para aquellos que aún no hayan des-cubierto el alivio básico de esta
actividad. ¡Fume un cigarrillo, y le tranquilizará sin sentirse infantil!
Pero aunque no pretendamos retorcer maliciosamente el bienin-tencionado
mensaje, éste nos proporciona una importante clave para estudiar el problema
universal del tabaco con que cuenta la sociedad actual. Es un problema que no
fue abordado hasta tiem-pos recientes. Muchos países han iniciado campañas para
advertir a los fumadores de los peligros de llenar los pulmones de humo
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 194
cancerígeno. En extensas zonas se ha prohibido la publicidad te-levisada
de los cigarrillos y se ha discutido ampliamente la mane-ra de evitar que los
niños se acostumbren a fumar. También se han proyectado espantosas películas de
pacientes de hospital en fases avanzadas de cáncer pulmonar. Algunos fumadores
respon-dieron inteligentemente y dejaron de fumar, pero otros muchos se
alarmaron tanto que tuvieron que encender un cigarrillo comple-mentario para
calmar sus nervios. En otras palabras, aunque se ha abordado el problema, éste
no está resuello en absoluto. Decir simplemente a la gente que no deba hacer
algo porque es peli-groso, puede ser una medida prudente, pero es un remedio a
corto plazo. Es como recurrir a la guerra para resolver el problema de la
superpoblación. La guerra mata a millones de seres humanos, pero en cuanto
termina aumenta de nuevo la natalidad, y la pobla-ción crece vertiginosamente.
De la misma manera, cada vez que se produce una alarma contra el tabaco miles
de personas dejan de fumar; pero, pasado el susto, las acciones de las
Compañías de cigarrillos vuelven a subir.
El gran error de las campañas contra el tabaco es que raras veces se
detienen a considerar la cuestión fundamental: ¿por qué fuma la gente? Parecen
creer que tiene algo que ver con la afición a las drogas: la nicotina produce
el hábito. Desde luego, hay algo de esto; pero no es en modo alguno el factor
más importante. Muchas personas no se tragan el humo y sólo absorben una
cantidad mí-nima de la droga; por consiguiente, la causa de su adicción a los
cigarrillos debe buscarse en otra parte. La solución está, induda-blemente, en
la intimidad oral inherente al acto de sostener el ob-jeto entre los labios,
según demuestra elocuentemente el cartel de Zurich; y esto nos da también la
explicación fundamental de la conducta de los que se tragan el humo. Mientras no
se investigue adecuadamente este aspecto del acto de fumar, tendremos pocas
esperanzas de eliminarlo de nuestras sociedades, llenas de tensio-nes y
afanosas de tranquilidad.
Aquí nos enfrentamos claramente con un caso de sustitución, por
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 195
un objeto inanimado, de una intimidad verdadera con otro ser humano. Al
estudiar este fenómeno, nos alejamos un paso más de la fuente original, o sea,
de la intimidad con semidesconocidos (los “tocadores” profesionales); el
segundo, a la intimidad con sustitutivos vivos (animales mimados), y, ahora, el
tercero nos lleva al mundo de los objetos simulados, pero que tienen un factor
de intimidad. Estos son muchos, además del cigarrillo: pero con-venía empezar
por éste, porque nos conduce naturalmente al prin-cipio de toda la historia, el
momento en que la madre aturrullada introduce un objeto de goma en la boca de
su lloroso hijo en sus-titución del pezón.
El chupete del niño suele calificarse de pezón «ciego», puesto que, a
diferencia de la tetilla del biberón, carece de orificio. Esta calificación es
un tanto desorientada, porque ninguna madre pue-de jactarse de tener unos
pezones tan voluminosos como el chupe-te comercial corriente. Este es un
superpezón, estéril, pero de una gran calidad táctil. En la parte opuesta,
suele tener un disco plano, para simular el pecho de la madre e impedir que el
superpezón de goma se introduzca enteramente en la boca del niño.
Objetos de esta clase fueron empleados durante siglos, pero no hace
mucho cayeron en descrédito porque se les consideró como una peligrosa fuente
de infecciones. Últimamente, han empezado a recobrar terreno, son recomendados
en muchas ocasiones por las autoridades médicas. Los niños que emplean el
chupete están me-nos predispuestos a chuparse el dedo (alternativa evidente a
falta de un pezón que les de la necesaria tranquilidad). Tampoco se cree ya que
los chupetes deforman la boca o perjudican el desa-rrollo de los dientes, y
recientes experimentos han demostrado a los expertos lo que ya sabían muchas
madres, es decir, que los chupetes producen un efecto espectacularmente
calmante en los niños inquietos. La «succión no nutritiva», según el término
ofi-cial, fue estudiada cuidadosamente en un gran número de niños,
registrándose los resultados. Entonces se descubrió que, a los treinta segundos
de tener el chupete en la boca, el llanto se re-
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 196
ducía a una quinta parte de su intensidad primitiva, y los movi-mientos
de manos y de pies, a la mitad. También se descubrió que, incluso sin un
chupete activo, la presencia del superpezón entre los labios del niño producía
un efecto calmante. Si un niño está medio dormido y deja de chupar, el hecho de
quitarle el chu-pete provoca fácilmente la continuación del llanto.
Todo esto quiere decir que el hecho de tener algo entre los labios
constituye una experiencia tranquilizadora para el animal humano, ya que
representa un contacto sedante con el protector primario, o sea, la madre. Es
una poderosa forma de intimidad simbólica, y cuando observamos a un viejo
chupando satisfecho su pipa se pone en evidencia que ésta es una forma que nos
acompaña du-rante toda la vida.
Lo importante, en el «chupador» adulto, es que no debería parecer que
hace lo que está haciendo: de ahí el mensaje del cartel de Zu-rich. El empleo
de un chupete infantil por un adulto desasosegado tendría, probablemente, el
mismo efecto calmante que otra cosa cualquiera, si no llevase consigo un
estigma de «infantilismo». Pero, como lo lleva, el hombre se ve obligado a
adoptar chupetes disimulados de diferentes clases. El cigarrillo es, al menos
en este aspecto, un objeto ideal, porque es exclusivamente propio de los
adultos. El hecho de que esté prohibido a los niños significa no sólo que no es
infantil, sino que ni siquiera lo parece, y, por con-siguiente, que es
absolutamente ajeno al contexto de la succión del bebé, donde está su verdadero
origen. El objeto ofrece un tac-to suave a los labios y es calentado por el
humo, lo cual hace que aún se parezca más que el chupete al pezón de la madre.
Además, la sensación de chupar algo y de tragarlo aumenta aún más aque-lla
ilusión. De este modo, se plantea una nueva ecuación simbóli-ca: el humo cálido
inhalado es igual a la leche caliente de la ma-dre.
Muchos fumadores, al llevarse un cigarrillo a la boca o al quitarlo de
ésta, apoyan los dedos en el borde de los labios, simulando de este modo el
tocamiento del pecho materno. Algunos se ponen el
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 197
cigarrillo entre los labios y lo dejan allí durante largo rato,
chu-pándolo solamente de vez en cuando. Cuando hacen esto, los momentos de
inactividad se parecen a los del bebe medio dormido que conserva el chupete en
la boca después de dejar de succio-narlo. Otros fumadores, tras quitarse el
cigarrillo de la boca si-guen acariciándolo entre los dedos, incluso cuando
sería más fácil dejarlo en un cenicero o en otra superficie cualquiera. Los
dedos “manchados de nicotina” son mudo testimonio de este afán de permanecer
agarrado al pezón confortador, incluso cuando la boca deja de actuar.
Una variación sobre el mismo tema es el superpezón del hombre de
negocios, el cigarro puro, cuyo extremo correspondiente a la boca es
adecuadamente suave y redondeado. Este pezón «ciego» es ceremoniosamente
perforado con aparatos especiales para faci-litar el flujo confortador del
cálido humo-leche. Algunos renun-cian al suave contacto del cigarrillo o del
cigarro en favor del aún más suave de la boquilla o de la pipa. Aquí, la lengua
puede jugar con una superficie tan suave y resbaladiza como un pezón de car-ne
o una tetilla de goma. Es extraño que no se haya inventado algún aparatito que
sea blando y resbaladizo al mismo tiempo – por ejemplo, una boquilla de goma–,
pero tal vez esto sería poco disimulado y se parecería demasiado a la cosa real
para conservar su respetabilidad entre los adultos. En realidad, haría aún más
difícil uno de los trucos predilectos de los fumadores de pipa, a saber, chupar
una pipa vacía. Esto resulta ya peligrosamente evi-dente, y el tubo de goma de
una pipa sería francamente delator.
La enorme cantidad de tabaco que se consume actualmente en todo el mundo
demuestra que existe una inmensa demanda de actos tranquilizadores de intimidad
simbólica. Si hay que eliminar los efectos secundarios de este tipo de
comportamiento, será nece-sario, o bien conseguir la adecuada reducción de las
tensiones en la población, o bien inventar otras alternativas. Como, de
momen-to, hay pocas esperanzas de lograr lo primero, habrá que acudir a la
segunda solución. Se propusieron, e incluso se probaron, los
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 198
cigarrillos de plástico; pero tuvieran poco éxito. En principio, la idea
no estaba mal, pero olvidaba los importantes factores del calor y de la
«chupabilidad» de los verdaderos cigarrillos. Tam-poco da una excusa oficial a
la acción. Para que un nuevo sistema resulte aceptable tiene que ser disimulado
de algún modo. Cierto que muchas personas chupan lápices, plumas, la madera de
las cerillas y los extremos de las varillas de las gafas; pero todos estos
objetos tienen otras funciones «oficiales». Un cigarrillo de plás-tico fallaría
en este aspecto y se parecería demasiado al chupete infantil del cartel de
Zurich. Habrá que encontrar alguna otra so-lución, y es muy posible que ésta
tenga que venir de los propios fabricantes de cigarrillos, en forma de un tabaco
sintético o de hierbas que no perjudiquen los pulmones. En la actualidad, se
está investigando ya en esta dirección, y tal vez el reciente miedo al cáncer
de pulmón y las campanas de propaganda contribuirán eficazmente a la intensa
aceleración de estas investigaciones. Pero sólo recordando la significación
profunda del acto de fumar, tal como ha sido aquí esbozada, aquellas campañas
podrán servir probablemente de algo, a largo plazo.
Las personas que han dejado de fumar, o que lo han intentado, se quejan
de que empiezan a engordar en cuanto abandonan la fuente no nutritiva del
tabaco. Esto nos da inmediatamente una clave sobre ciertos tipos de
alimentación. Muchas veces que comemos o chupamos golosinas lo hacemos, más que
como alimento propio de adultos, por la intimidad oral que proporcionan. Cuando
el ex fumador, hambriento de cigarrillos, siente la súbita necesidad de un
calmante en sustitución de aquéllos, se mete en la boca cual-quier cosa dulce.
El acto de chupar caramelos o bombones es otra forma disfrazada de la primitiva
alimentación a través del pecho materno. Para la mayoría de nosotros, es un
procedimiento para llenar el hueco entre el chupete de la infancia y los
cigarrillos de la edad adulta. La tienda de golosinas es el paraíso del
muchacho. Demasiado crecido para los tranquilizantes de goma, se dedica a
chupar regaliz y caramelos, bombones o azúcar cande. Quizá le
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 199
dañarán los dientes, pero sirven para sustituir el tranquilizador
perdido. Al llegar a la edad adulta, solemos volver la espalda a estas
golosinas; pero son muchos los jóvenes enamorados que regalan a sus novias
cajas de bombones surtidos de chocolate. Y más de una aburrida ama de tasa mete
mano en la caja de los ca-ramelos. Un truco frecuentemente usado para dar
respetabilidad a estos objetos es llenarlos de alcohol –producto que nada tiene
de alcohol– y comerlos en forma de «bombones de licor».
Aunque estos objetos alimenticios duran menos que los pezones, sus
cualidades de suavidad y dulzura permiten que representen su simbólico papel.
Una forma especial remedia el inconveniente de la corta duración: la goma de
mascar. La goma de mascar consiste en una sustancia elástica llamada chicle,
endulzada y aromatizada. (Una parto de goma chicle y tres partes de azúcar,
calcinadas, mezcladas y aromatizadas con canela, fresa o menta.) Puede
chu-parse horas y horas, y, según los anuncios, «calma los nervios y facilita
la concentración». Simbólicamente, no es más que un pe-zón elástico e
independiente. Debido a sus propiedades especiales, debería tener considerable
éxito; pero le perjudica el ostensible movimiento de mandíbulas indispensable
para su uso. Esto no es ningún problema para el que lo consume, pero a los que
le rodean les da la impresión de que está comiendo incesantemente. Como nunca
se traga la «comida» que tiene en la boca, parece como si esto tuviese que ser
algo desagradable, como un pedazo de cartí-lago, y mientras él se calma sus
observadores se irritan. Resultado de ello ha sido que, en muchos medios
sociales, el acto de chupar un trozo de goma es considerado como una «sucia
costumbre», y por ello esta actividad se ha restringido bastante.
Como la leche de la madre es un líquido caliente y dulce, no es de
extrañar que los adultos, en momentos de tensión o de fastidio consuman
diversas bebidas calientes y dulces. Los millones de litros de té, café,
chocolate y cacao líquidos que se consumen actualmente tiene poco que ver con
las exigencias de la sed; pero la sed proporciona, una vez más, la
indispensable excusa oficial.
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 200
Las copas y tazas de las que sorbemos tan afanosamente estos
sustitutivos de la leche nos brindan también superficies suaves y resbaladizas
en las que apoyar los labios, y es fácil comprender las protestas que se elevan
cuando el «sentido práctico» moderno requiere el empleo de nada suaves y nada
resbaladizos vasos de papel.
Una vez más, es interesante observar cómo tratamos de disimular lo que
es demasiado evidente: bebemos el té caliente, y la leche, fría. Beber leche
caliente es excesivamente infantil. Sólo los in-válidos beben leche caliente;
pero esto es comprensible, porque, como ya hemos visto, el inválido ha
renunciado a la lucha y se ha convertido, en otros aspectos, en un «bebé
temporal», de modo que, para él, una nueva faceta infantil no tiene la menor
importan-cia.
Aparte de la leche fría o de los batidos de leche, que, y esto es
significativo, solemos sorber con una paja, hay otros muchos tipos de bebidas
frías y dulces que empleamos como tranquilizantes. Casi siempre son anunciados
como remedios contra la sed; pero en este aspecto nunca son tan eficaces como
el agua vulgar y co-rriente. En cambio, tienen el sabor dulce vital, y la
costumbre cada vez más tolerada de beber directamente de la botella contri-buye
a elevar su valor simbólico. Por consiguiente, las botellas en cuestión son más
pequeñas que las tradicionales y han llegado a parecerse bastante al biberón
infantil. En realidad, si alguien qui-siera imitar el cartel de Zurich sobre
los cigarrillos, y pintase un hombre bebiendo «Coca-Cola» o limonada de una botella
con una tetilla, pronto la venta de estas bebidas dejaría de ser un buen
ne-gocio.
Otros muchos objetos, como los tallos de las plantas o las cuentas de un
collar, son llevados con frecuencia a los labios en busca de un alivio
momentáneo y fugaz; pero ya hemos dicho bastante para demostrar que las
intimidades orales de la infancia siguen siendo factor importante de nuestras
vidas de adultos, incluso fuera del más ostensible campo del beso amistoso o
sexual, por lo que pasa-
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 201
remos a estudiar otras partes del cuerpo adulto.
Otra forma básica de contacto, durante la primera infancia, con-siste en
apoyar la mejilla en el cuerpo de la madre durante el des-canso. El acto de
apoyar le mejilla en objetos sustitutivos suaves es raro en los varones
adultos, pero bastante frecuente en las mu-jeres. Muchos anuncios de colchas,
mantas y ropa blanca nos muestran a una mujer tranquila y sonriente arrebujada
en el suave artículo, inclinada la cabeza a un lado y apretando delicadamente
la mejilla sobre la fina superficie de la tela. Esto es frecuente, sobre todo,
en los anuncios de mantas, hasta el punto de que es la única actitud empleada,
a pesar del hecho evidente de que, una vez acostada la mujer, las inevitables
sábanas harán imposible este contacto.
Los anuncios de abrigos de pieles siguen una pauta parecida y muestran,
con frecuencia, el cuello del abrigo levantado o empu-jado con las manos, a fin
de que su superficie ultrasuave acaricie las mejillas de su dueña. Las
alfombras de piel brindan una super-ficie de contacto aún más extensa y son
como un gigantesco cuer-po maternal tendido en el suelo.
Tal vez la forma más común y generalizada del contacto de meji-lla, y
que es practicada tanto por los varones como por las hem-bras, es el empleo de
almohadas bien rellenas para dormir por la noche. La caricia de esta tierna
almohada-seno constituye un ele-mento apaciguador al terminar la jornada, nos
tranquiliza y nos predispone a sumirnos en un profundo sueño, reparador de los
esfuerzos del día. Los fabricantes de almohadas han dado pruebas de mucha
sutileza al conseguir el equilibrio adecuado entre la elasticidad y la
blandura, y en cualquier almacén de artículos de cama se puede escoger una
nueva almohada entre una gran varie-dad de ellas provistas de diversas
calidades táctiles. Para muchos adultos, una almohada especial es
importantísima para dormirse, y si se encaran (en los dos sentidos de la
palabra) con una almohada que no les conviene, en la cama de un hotel o de la
casa de un amigo, es muy posible que tarden más en dormirse que en su pro-
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 202
pio hogar. Este fenómeno es mucho más pronunciado en el caso de los
«amantes del hogar», que viajan poco y que durante mu-chos años emplean una
clase especifica de almohada, de elastici-dad, volumen y consistencia
determinados.
Algo parecido ocurre con el resto de la cama. Aparte de las reac-ciones
producidas por la almohada, los adultos suelen preferir grados particulares de
blandura o de dureza de los colchones, y ciertas ligereza o pesadez, sujeción o
flojedad de las ropas del lecho, al sumergirse en el vital abrazo nocturno del
sueño, que les envolverá durante una tercera parte de su vida.
En 1970, apareció en el mercado americano un nuevo tipo de ca-ma: la
«cama de agua». Esencialmente, es un colchón de plástico lleno de agua. Al
tumbarse en él, el individuo se hunde en un abrazo líquido, como si volviese a
una especie de claustro ma-terno. Un termostato y un sistema de calefacción
mantienen el agua a la temperatura adecuada. En el segundo semestre de 1970, se
vendieron más de 15.000 camas de esta clase, y la demanda supero pronto la
oferta. Los anunciantes animaban a sus posibles compradores con frases por este
estilo: «Viva y ame en un deli-cioso medio liquido», o «Ella le mecerá hasta
que se duerma». El único peligro, empleando una expresión ginecológica, es que
se rompa la membrana. Una punzada accidental en el colchón de agua es como un
nacimiento accidentado. Tal vez este ligero pero continuo temor hará que, en
definitiva, la mayoría prefiera envol-verse en el más seguro abrazo de nuestras
anticuadas sábanas y mantas.
Si los examinamos objetivamente, nuestros hábitos de sueño, con blandos
almohadones, sábanas y colchones, empiezan a adquirir una significación
especial. Son más que un método para clasificar y archivar la multitud de ideas
nuevas del día que acaba de trans-currir, y mucho más que un sistema de
descanso físico en espera de los esfuerzos de mañana. Representan, también, un
masivo y universal abandono en la consoladora intimidad de una envoltura
inanimada, que tiene algo de claustro materno y algo de abrazo
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 203
maternal.
Pero ni siquiera durante las horas de vigilia rechazamos entera-mente
estas delicias prístinas, según demuestra claramente la in-dustria moderna del
mueble. Las «poltronas» y los sofás, de una blandura voluptuosa y una comodidad
de lecho totalmente desco-nocidos en pasados siglos, se han convertido en la
casi inevitable pieza central de todos los salones y cuartos de estar. Al
terminar la dura jornada, nos hundimos agradecidos en la suave intimidad de
nuestro mueble predilecto, cuyos «brazos» no nos abrazan realmente, pero cuya
blanda superficie nos brinda una eran como-didad corporal. Mimosamente
acurrucados en la simbólica falda de nuestra butaca-madre, podemos observar con
seguridad infan-til, y desde lejos, el caos del duro mundo adulto exterior,
simbóli-camente retratado en nuestras pantallas de televisión o entre las
cubiertas de nuestras novelas.
Si al describir el acto de mirar la televisión desde la blanda y có-moda
poltrona como una acción infantil, similar a la de mirar por la ventana desde
el seguro refugio del regazo materno, parezco censurarlo, me apresuro a decir
que no es ésta mi intención. Antes al contrario, lo considero una ventaja más
de las actuales pautas mundiales de comportamiento. Además de proporcionar
entre-tenimiento e ilustración, el acto de mirar la televisión puede, co-mo ya
he indicado, aportar un elemento sedante vital a nuestro mundo adulto lleno de
tensiones. La pantalla de cristal que cubre las imágenes que vemos las mantiene
encerradas herméticamente en la caja del televisor, donde no pueden causarnos
ningún daño. Esto contribuye a compensar el hecho de que nuestra butaca-ma-dre
sólo nos ofrece uno de los dos factores vitales de seguridad que la verdadera
madre da a su hijo. La verdadera madre brinda a éste la intimidad de un suave
contacto corporal y protección con-tra el mundo exterior. Nuestras
poltronas-madre sólo nos propor-cionan el contacto suave; no pueden
protegernos. Y aquí es donde la impenetrable superficie de cristal de la
pantalla del televisor viene en nuestra ayuda, compensando la protección que
falta al
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 204
aislarnos de los dramas adultos que se desarrollan en el interior del
aparato: madre verdadera que protege y conforta – pantalla que protege –
poltrona-madre que conforta.
Mirando nuestra vida hogareña desde este punto de vista, no es de
extrañar que la mayoría de nosotros, cuando viajamos o vamos de vacaciones,
prefiramos alojarnos en los hoteles, que simulan, en casi todos los aspectos,
las condiciones que antaño conocimos en la «nursery». Como en nuestra infancia,
lo encontramos todo he-cho y no tenemos necesidad de levantar un dedo. El
cocinero -ma-dre nos prepara la comida; la camarera-madre nos la sirve, y la
doncella -madre limpia y arregla nuestras habitaciones. En los mejores hoteles,
el servicio puede devolvernos virtualmente a la cuna, con sólo sustituir el
llanto infantil por el sencillo acto de apretar un botón o de coger el
teléfono. Frecuentemente, una de las primeras cosas que hace el nuevo rico es
implantar estas con-diciones de «nursery» en su nuevo hogar, contratando un
servicio-madre personal. También, como señalé en uno de los capítulos
anteriores, la cama de enfermo y el hospital brindan una condi-ción similar al
inválido que ha renunciado temporalmente, pero por completo, a la lucha propia
del adulto.
A veces, nos permitimos brevemente el lujo, aún más primitivo, de volver
a la condición del claustro materno mediante el acto de tomar un baño caliente.
No es casualidad que casi todo el mundo prefiera hacerlo a la temperatura de la
matriz y flote satisfecho en el líquido seudoamniótico, después de cerrar la
puerta del cuarto de baño contra el mundo exterior de los adultos. Sin embargo,
más pronto o más tarde nos vemos obligados a quitar el tapón cervical y a
exponernos, de mala gana, al traumatismo de un nue-vo nacimiento. Como si
conociesen nuestros temores en este ho-rrible momento, los fabricantes de
toallas compiten entre sí para brindarnos el abrazo más suave que pueden
producir. Como dice un anuncio: « ¡Nuestras toallas le abrazan hasta secarle!»;
y la muchacha del cartel se arrebuja, extasiada, en la toalla, apretán-dola
contra su cuerpo y su cara, como si en ello le fuese la vida.
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 205
Cuando la joven de la toalla se viste al fin, no debe temer que cesen
estas agradables intimidades. Los anunciantes de prendas de vestir –ropa
interior, sueters, faldas y demás– prometen todos ellos recompensas parecidas.
Al parecer, las medias pantalón son algo más que un simple instrumento de
modestia, pues se nos dice que abrazan... suave y cariñosamente ... resiguiendo
las curvas del cuerpo». Y las mallas interiores son «sedosas y sensuales» y
es-trechan amorosamente desde la cabeza hasta los pies». Por no hablar de las
medias, que «abrazan sus piernas con una suave y prolongada caricia», y de los
vestidos de punto, que dan la impre-sión de que «están pegados». Por
consiguiente, la afortunada mu-chacha puede andar por ahí completamente vestida
y aparente-mente sola, pero simbólicamente envuelta en unas ropas amantes que
la acarician, la abrazan y la estrechan. Si todos los anuncios de prendas de
vestir tuviesen un efecto acumulativo, sería sor-prendente que la joven pudiese
cruzar una estancia sin experi-mentar un orgasmo múltiple. Sin embargo, y
afortunadamente para sus amantes verdaderas, el impacto de las ropas es mucho
más débil de lo que quisieran hacernos creer los anunciantes. Aunque, por muy
débil que sea aquél, las suaves y cómodas ropas actuales proporcionan una
auténtica e importante recompensa cor-poral.
Esta intimidad entre las ropas y la persona que las lleva se pro-duce en
ambas direcciones. No sólo los vestidos abrazan al que los lleva, sino que éste
abraza también a los vestidos, en justa correspondencia a sus apretones y
caricias. La manera predilecta de devolver el cumplido es introducir una o
ambas manos en al-gún adecuado pliegue de la ropa. Inmediatamente acude a
nuestra mente la actitud característica de Napoleón, con la mano introdu-cida
en una abertura de la casaca; pero, en la actualidad, la versión más común es
la acción de meterse las manos en los bolsillos. La función oficial de los
bolsillos es llevar pequeños objetos, y si introducimos la mano en ellos se
presume que es para sacar algo. Pero la inmensa mayoría de las actitudes de
manos en los bolsillos
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 206
no tienen nada que ver con el asimiento de objetos, sino que son
prolongadas acciones de contacto, en las que, por decirlo así, va-mos de la
mano con nuestros bolsillos. Con frecuencia se ordena a los colegiales y a los
soldados que “saquen las manos de los bol-sillos”, sin más explicación que
decirles que es muestra de des-aliño. Pero la verdad es que esta actitud indica
que han cedido a un acto simbólico de intimidad, lo cual es incompatible con
sus papeles oficiales de varones atentos y subordinados. Para los que no están
sujetos a estas restricciones existen varias alternativas, y la elección
realizada en un momento dado sigue una regla bas-tante curiosa. Es ésta: cuanto
más arriba del cuerpo se produce el contacto mano -ropa, más afirmativa es la
actitud. La más rotunda de todas es la que consiste en agarrarse las solapas. A
continua-ción, viene la postura de los pulgares en el chaleco. Después, la
posición napoleónica de la mana en la abertura de la chaqueta. Bajando más,
está la actitud de las manos en los bolsillos de la chaqueta, y, aún más abajo,
la de las manos en los bolsillos del pantalón. Por último, está la acción de
asirse las perneras del pan-talón con las manos, que es la más baja de la
escala.
La razón de esta regla parece ser que, cuanto más arriba se coloca la
mano para establecer el contacto, más se parece el ademán a un movimiento
intencional de descargar mi golpe. Cuando se asesta un golpe de verdad, este va
precedido de una elevación del brazo que lo descarga. Como ya hemos visto, esta
acción se convierte e inmoviliza en un signo formal en el caso del puño
levantado del saludo comunista. El firme agarrón de las solapas se aproxima a
aquella actitud –lo máximo que permite el contacto mano- ropa–, y, por
consiguiente, es natural que este sea el mensaje más trucu-lento de todas las
alternativas. Junto con la posición de los pulga-res en el chaleco, ha llegado
a ser casi una caricatura del aplomo, y por eso el verdadero hombre dominante
de nuestros días suele preferir, cuando se desenvuelve en público, la actitud
de las ma-nos en los bolsillos de la chaqueta. Esta última acción es
predi-lecta de los grandes hombres de negocios y de los generales, almi-
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 207
rantes y jefes políticos y fue también actitud típica de los
omni-potentes gángsters de los turbulentos años veinte. Estos hombres suelen
mostrarse mucho más reacios a adoptar la más baja posi-ción de las manos en los
bolsillos, sobre todo cuando el ambiente requiere la afirmación de sus derechos
dominantes.
Una curiosa excepción a la regla anterior es la de los pulgares en el
cinturón. Aunque el contacto se produce a un nivel más bajo del cuerpo, tiene
un matiz, resueltamente truculento. Es propio de los «hombres de pelo en
pecho», vaqueros, seudovaqueros y mu-chachas que se las dan de agresivas. Su
calidad dominante parece deberse no sólo a que es un movimiento intencional de
ataque, sino también a que es la versión moderna de los pulgares en el chaleco,
ahora que prácticamente ha desaparecido esta prenda de vestir. A veces, toda la
mano se desliza por debajo del cinturón o de la cintura del pantalón; pero, en
este caso pierde inmediata-mente buena parte de su agresividad y está más de
acuerdo con la escala de alturas más arriba indicada.
Además de estas acciones, hay otras muchas maneras en que las manos
realizan actividades secundarias con diferentes partes de los vestidos. Todas
ellas se producen en momentos de tensión, y muchas parecen representar
versiones simbólicas de actos de aseo y apaciguamiento que quisiéramos que
otros aplicasen a nuestro cuerpo. Con frecuencia, vemos a hombres que se
arreglan los pu-ños de la camisa o se ajustan la corbata. El presidente Kennedy
solía jugar, en momentos difíciles, con el botón central de su cha-queta.
Winston Churchill aparecía muchas veces, cuando la situa-ción era tensa, con la
mano apoyada de plano en la parte inferior de su chaqueta, como iniciando un
abrazo.
En el sexo femenino, los brazaletes y los collares sirven también para
ser manoseados y para jugar con ellos en momentos de ten-sión, de la misma
manera que las monjas obtienen sin duda alivio de la simple acción física de
pasar las cuentas de su rosario. En otros momentos, la suave caricia del lápiz
sobro los labios o de la borla de empolvar sobre las mejillas puede producir
una impre-
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 208
sión sedante a la mujer nerviosa que debe atender a un importante
compromiso social. En ocasiones más privadas, el paso repetido del peine o del
cepillo por los cabellos, mucho más de lo que re-quiere un “simple peinado”,
puede tener un marcado efecto se-dante y representar el papel de la caricia de
un amante.
En algunos casos, la acción de establecer contacto con un compa-ñero se
realiza indirectamente, a través de algún objeto interme-dio, como cuando
chocamos las copas en un brindis, en vez de establecer un contacto corporal
directo. Un clásico ejemplo de ello podemos hallarlo en cualquier álbum
Victoriano de fotogra-fías observando los grupos familiares. La madre aparece
siempre sentada en un sillón central, con el último retoño de su numerosa
familia sentado en su regazo. El marido, cuya inclinación natural es apoyar un
brazo sobre los hombros de ella, está demasiado cohibido para hacerlo en
público y se limita a abrazar el respaldo del sillón donde se sienta su esposa.
Una versión moderna de esto podemos verla cuando dos amigos se sientan juntos y
uno de ellos extiende el brazo sobre el respaldo del sofá ocupado por ambos,
apuntando en la dirección de la espalda del otro. De manera pare-cida, cuando
una persona se sienta sola en un sillón, puede abra-zar cariñosamente los
brazos de éste, mientras habla animada-mente con el compañero sentado frente a
ella. En ocasiones, se obtiene una comodidad complementaria con el empleo de la
me-cedora, actitud predilecta del presidente Kennedy cuando la situa-ción era
tensa. Huelga decir que este balanceo tiene relación di-recta con la oscilación
de la cuna o de los brazos de la madre.
Por último, llegamos a los objetos que ofrecen especificas mane-ras de
sustituir las intimidades sexuales. A un nivel medio, se encuentran las
fotografías del ser amado o de personas que nos gustan, que pueden ser besadas
y acariciadas a falta del ser real que representan, El empleo de reproducciones
de tamaño natural en la almohada es una nueva tendencia en esta dirección. En
efec-to, hoy se pueden comprar fluidas de almohadas en las que se ha estampado
la cara de la estrella de cine predilecta. Entonces, a la
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 209
hora de dormir, uno puede yacer mejilla contra mejilla con su adorada y
dormirse tranquilamente en el frío abrazo de las sába-nas.
Pasando a la propia cópula, se dijo, durante la Segunda Guerra Mundial,
que los soldados enemigos (siempre hay soldados enemigos) del frente disponían
de muñecos femeninos de caucho, hinchables y provistos de orificios sexuales.
El objeto de aplacar las tensiones sexuales. No podría asegurar si esto fue
pura propa-ganda, para demostrar las malas condiciones sexuales en que vivía el
enemigo, o si ocurrió en realidad.
En cambio, los sustitutivos íntimos del órgano masculino tienen una
larga y veraz historia, e incluso son mencionados una vez en el Antiguo
Testamento. Llamados comúnmente «Consoladores», fueron conocidos incluso antes
de los tiempos bíblicos y aparecen en antiguas esculturas babilónicas de muchos
siglos ames de Je-sucristo. En la antigua Grecia fueron llamados «olisbos», que
significa «loro resbaladizo», y, por lo visto, adquirieron gran po-pularidad en
los harenes turcos. Con el paso de los siglos, su em-pleo se extendió
virtualmente a todos los países del mundo. Su popularidad experimentó
alternativas, alcanzando seguramente su punto culminante en el siglo XVIII, es
que se vendieron descara-damente en Londres, fenómeno que no volvió a
producirse hasta la segunda mitad del siglo actual. Se dice que se ha puesto
gran cuidado y habilidad en su confección, para «dar mayor realismo a un coito
fingido». En los actuales años setenta, se venden, bajo diferentes formas, en
las «tiendas eróticas» de numerosos países occidentales.
Los propios juguetes, de tipo completamente no sexual, pueden ser
también un medio de conseguir satisfacciones táctiles a través de objetos
inanimados. Las posibilidades son enormes, pero los intentos son pocos, y los
éxitos aún menos. Cuando aparece al-guno, suelo adoptar la forma de un
ejercicio atlético. La cama elástica fue uno de ellos. La principal
satisfacción que producía era la extraña impresión de sentirse abrazado por la
superficie
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 210
elástica, lanzado al aire y, después, abrazado de nuevo en otra
posición. Pero toda la operación tenía que realizarse bajo la capa de una
atmósfera sumamente muscular y deportiva, cosa que la ponía fuera del alcance
de muchas personas. El efímero luda-hoop fue un caso parecido, que combinaba el
abrazo giratorio del aro alrededor de la cintura con un movimiento ondulatorio
de las ca-deras. Sin embargo, como su atractivo era muy limitado no so-brevivió
a la fase de novedad.
El mundo del arte intentó varias veces presentar objetos íntimos a un
mundo ávido de intimidad, pero tuvo poco éxito. En 1942, el “Museo de Arte
Moderno” de Nueva York exhibió, por primera vez, un nuevo tipo de escultura
llamada handies, o esculturas de mano. Consistía en pequeñas piezas suavemente
redondeadas, de madera pulida y de formas abstractas, que se adaptaban bien a
la mano humana y podían ser apiladas y cambiadas de posición para variar las
sensaciones táctiles. El artista que las creó hizo hincapié en que eran más
para tocar que para mirar, y sugirió que podían ser excelentes sustitutivos de
los cigarrillos, la goma de mascar o las chucherías que algunos revuelven entre
los dedos durante las reuniones de comité. Desgraciadamente, no lo fueron, y
desde entonces apenas si se ha vuelto a oír hablar de ellas. Una vez más, el
mensaje era demasiado evidente, y ningún miembro de comité quería que los demás
se enterasen de su necesidad de un conforta-dor contacto seudocorporal.
Más recientemente, en los años sesenta, ciertos artistas intentaron
ataques más ambiciosos a los cuerpos de los amantes del arte, creando
«esculturas de ambiente». Estas adoptaron muchas for-mas, algunas de las cuales
incluían una especie de espacio de jue-go, en el que se introducía el visitante
para experimentar una serie de impresiones táctiles diferentes, al pasar por
tubos, túneles y pasadizos, revestidos o provistos de una gran variedad de
texturas y sustancias. También su éxito fue muy efímero, y se perdieron grandes
posibilidades.
Un último ejemplo resume claramente toda la situación. Cierto
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 211
artista inventó una cápsula para coitos simulados, en la que ora
introducido y sujeto en diversas posiciones el “amante del arte”. Después, se
cerraba la capsula y se ponía en marcha el motor, sin la intención de producir
una experiencia sensorial masiva. El in-ventor de esta máquina dio una
conferencia sobre sus conceptos en un instituto de arte y ante un público
absorto, que le escuchó con interés mientras el hombre explicaba qué, debido a
inconve-nientes técnicos, acababa de inventar una versión mucho más sen-cilla
de la máquina, en la que tenía enorme confianza. El aparato modificado
consistía, básicamente, en una gran lámina vertical de goma, o de otro material
parecido, con un pequeño orificio a la altura del miembro del hombre. Para la
mujer amante del arte, había una lámina vertical parecida, de la que sobresalía
un objeto con forma de pene. Con la mayor seriedad, explicó que, además de su
sencillez, su nuevo invento tenía la ventaja de que podía ser utilizado
simultáneamente por un varón y una mujer –amantes del arte–, por el simple
procedimiento de colocarse a un lado y otro de la lámina.
Lo absurdo de esta historieta nos conduce inevitablemente al ab-surdo
inherente a muchos de los ejemplos dados un el presente capítulo. Es absurdo
que un ser humano adulto tenga que llenarse los pulmones de elementos
cancerígenos, con el fin de gozar de un tosco sustitutivo de las satisfacciones
que antaño conoció al darle su madre el pecho o al aplicar esta un biberón a
sus labios. Y es absurdo que hombres maduros tengan que masticar
incesan-temente un pezón sintético en forma de goma de mascar, o que mujeres
adultas tengan que usar un aparato de plástico para ma-sajes en vez de
conseguir la satisfacción sexual por medios natu-rales. Pero aunque estas
acciones puedan parecer absurdas, tontas o incluso francamente repugnantes para
algunos, lo cierto es que, para muchos, son la única solución que encuentran a
su alcance y no debemos olvidar que cualquier intimidad, por muy alejada que
esté de la cosa real, es aún mejor que la espantosa soledad del que no tiene
intimidad alguna. En otras palabras, debemos dejar de
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 212
atacar los síntomas y estudiar más de cerca las causas del pro-blema.
Bastaría con que pudiésemos establecer mayor intimidad con nuestros «íntimos»
para que cada vez hiciesen menos falta los sustitutivos de esta intimidad.
Mientras tanto, digamos que mu-chos de los contactos fingidos son mejores que
la falta absoluta de contacto.
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 213
8
INTIMIDAD CON UNO MISMO
Una mujer, de pie en el andén de la estación, a punto de coger el tren,
acaba de tener un susto. Su marido le ha preguntado si se acordó de cerrar la
puerta de la cocina; no, no lo hizo. ¿Qué es lo que hace ahora? Antes de
responder una palabra, abre la boca y se lleva una mano a la mejilla, incluso
cuando empieza a hablar, la mano sigue apretada contra un lado de la cara.
Después, a los po-cos momentos, la baja, y empieza la fase siguiente de
compor-tamiento. Pero no seguiremos adelante, sino que concentraremos nuestra
atención en esta mano, porque es la clave de todo un nue-vo mundo de
intimidades corporales: las intimidades con uno mismo.
En su fugaz momento de pánico, la mujer del andén buscó
ins-tantáneamente el consuelo de la rápida caricia a la mejilla por la mano. Su
súbito sentimiento de aflicción la llevó, inconsciente-mente, a establecer el
contacto tranquilizador que, en otras cir-cunstancias, habría podido brindarle
una mano amiga, o, mucho tiempo atrás, sus padres, al verla padecer. Ahora, en
vez de la mano del amigo o de la madre, es la suya propia la que se levanta
para tocar la mejilla y establecer el contacto. Lo hace automáti-camente, sin
pensarlo y sin vacilación. Al realizar este acto, su mejilla sigue siendo su
mejilla; pero su mano se ha convertido simbólicamente en la de otra persona: su
amante o su madre.
Los contactos de esta clase son una forma de intimidad corporal que
apenas reconocemos como tal; pero, en el fondo, son idénti-cos a los que hemos
estudiado en los capítulos anteriores. Pueden parecer actos «unipersonales»;
pero en realidad son imitaciones inconscientes de actos entro dos personas, en
las que se emplea una parte del cuerpo para realizar el movimiento de contacto
del compañero imaginario. Son, dicho en otros términos, seudo inter-
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 214
personales.
A este respecto, constituyen la quinta y última fuente importante de
intimidades corporales. Las cinco fuentes pueden resumirse así: (1) Cuando nos
sentimos nerviosos o deprimidos, un ser ama-do puede, con un abrazo cariñoso o
un apretón de manos, intentar tranquilizarnos. (2) A falta de un ser amado,
puede ser un tocador especializado, como el médico, quien nos dé unas palmadas
en el brazo y nos diga que no debemos preocuparnos. (3) Si nuestra única
compañía es un perro o un gato mimados, podemos tomarlo en brazos y apretar la
mejilla contra su fina pelambre para sentir el consuelo de su tibio contacto.
(4) Si estamos completamente solos y algún ruido siniestro nos sobresalta por
la noche, podemos meterlos en las sabanas y sentirnos seguros en su dulce abrazo.
(5) Si falta todo lo demás, aún nos queda nuestro propio cuerpo, que podemos
estrechar, abrazar, pellizcar y tocar de mil maneras para calmar nuestros
temores.
Si dedica usted un poco de tiempo a observar cómo se comportan las
personas, no tardara en descubrir que los actos de contacto con uno mismo, o
autocontactos, son extraordinariamente frecuentes, mucho más de lo que usted
había supuesta. Sin embargo, sería un error considerar todos estos contactos
como sustitutivos de inti-midades interpersonales. Algunos de ellos tienen
otras funciones. Por ejemplo, un hombre que se rasca un grano en la pierna, no
lo hace imitando a otro que podría hacerlo. Lo hace como un simple acto de
mitigar el prurito, sin el menor factor oculto de intimidad. Por consiguiente,
no hay que exagerar el papel de las intimidades con uno mismo. A fin de
situarlas en su verdadera perspectiva, empezaremos formulando una pregunta
fundamental: ¿cómo y por qué tocamos nuestro propio cuerpo?
Pensando en esta interrogación, analicé varios miles de ejemplos de
acciones humanas de autocontactos. El primer hecho que me saltó a la vista fue
que la región de la cabeza era la más impor-tante zona receptora de estos
contactos, y que la mano era el ór-gano dador más destacado. Aunque la cabeza
es sólo una pequeña
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 215
parte de la superficie total del cuerpo humano, recibe,
aproxima-damente, la mitad del número total de auto contactos.
Observando ante todo estos contactos de la cabeza, pude identifi-car 650
tipos diferentes de acción. Esto lo conseguí registrando la parte de la mano
empleada, su manera de establecer el contacto, y la parte de la cabeza que
recibía éste. Pronto se puso de mani-fiesto que había cuatro categorías
principales. (Las tres primeras, aunque interesantes por derecho propio, no nos
interesan directa-mente aquí, y sólo serán mencionadas brevemente. Sin embargo,
su inclusión es importante, a fin de que quede claro que deben mantenerse
separadas y no contundirse con las verdaderas autoin-timidades.) Las cuatro
categorías son las siguientes:
1. Acciones de protección. La mano
se lleva a la cabeza para im-pedir o reducir los estímulos de los sentidos. El
hombre que quie-re oír menos se tapa los oídos con las manos. El que quiere
oler menos, se tapa la nariz. Si la luz es demasiado brillante, hace pan-talla
con la mano, y, si no puede soportar en absoluto lo que ve, se cubre los ojos
completamente. Acciones parecidas se emplean en sentido contrario, cuando uno
se tapa la boca para disimular una expresión facial.
2. Acciones de aseo. La mano se
lleva a la cabeza para rascar, frotar, pellizcar, enjugar o realizar alguna
acción semejante. Este enunciado general comprende también diversas acciones de
aseo del cabello. Algunos de estos movimientos son intentos auténticos de
limpiar y asear la región de la cabeza; pero en muchos casos son acciones
nerviosas, provocadas por tensiones emocionales, y similares a las «actividades
de desplazamiento» descritas por los que estudian el carácter de otras
especies.
3. Señales especializadas. La mano
se lleva a la cabeza para reali-zar algún ademán simbólico. El hombre que dice
–Ya estoy har-to–, se coloca el dorso de la mano debajo de la barbilla, para
indi-car que está ahíto de «alimento» simbólico y que ya no puede más. El
muchacho que quiere desafiar a alguien apoya el pulgar
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 216
en la nariz y extiende los otros dedos como un abanico vertical. Este
insulto se deriva del acto simbólico de imitar la cresta del gallo de pelea,
constituyendo por ello un ademán amenazador. Otro simbolismo animal, empleado
como insulto en ciertos países, es llevarse las manos a las sienes, con los
índices levantados y ligeramente encorvados, para imitar un par de cuernos. Y
una forma común de insulto a uno mismo es apuntar el índice en la sien y
disparar una pistola imaginaria.
4. Intimidades con uno mismo. La
mano se lleva a la cabeza para realizar alguna acción que copia o imita una
intimidad interperso-nal. Aunque parezca extraño, no menos de los cuatro
quintos de las diferentes acción de mano-a-la-cabeza caen dentro de esta categoría.
Parece como si la razón principal de tocarnos la cabeza logra conseguir
satisfacción imitando inconscientemente actos de tocamiento por parte de otros.
La forma más corriente consiste en apoyar la cabeza en la mano, con el
codo en contacto con una superficie de sustentación y el antebrazo sirviendo de
puntal para aguantar el peso de la cabeza. Desde luego, podría argüirse que
esto solo significa que los músculos del cuello están cansados. Sin embargo,
una observa-ción más atenta de estas acciones no tarda en revelar que, en la
mayoría de los casos, el cansancio físico no puede justificar esta acción.
En esta acción, la mano se emplea como algo más que una mano. Al contar
con el apoyo del codo, se ha convertido en algo más sólido, y más bien parece
actuar como sustitutivo del hombro o del pecho del imaginario «compañero de
abrazo». Cuando, de pequeños o de novios, nos abraza otra persona, solemos
apoyar el lado de la cara en la mano, podemos reproducir aquella impresión y
conseguir, con ella, una satisfactoria sensación de alivio y de intimidad.
Además, como el origen de este acto es poco conocido, podemos hacerlo en
público sin temor a ser tachados de infantiles. La acción de chuparse un
pulgar, imitando el acto de mamar de un niño pequeño, podría servir para lo
mismo; pero el disfraz sería
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 217
insuficiente, y por eso tendemos a evitarlo.
Llevarse la mano a la cabeza sin apoyarla en ninguna parte es también un
acto muy frecuente, como el del ejemplo de la mujer en el andén de la estación.
En este caso, la cabeza no puede des-cansar tan bien, y por ello parece que
este tipo de acción tiene más que ver con la caricia o las palmadas en la cara
o en el cabello, realizadas por el compañero que nos abraza como un adorno del
acto general de intimidad Aquí, la mano actúa como símbolo de la del compañero,
más que como símbolo de su pecho o de su hom-bro. La boca es una región que
recibe muchas atenciones, pero, aquí, la acción más común es tocarla de algún
modo con los dedos y no con toda la mano. Cuando hacemos contactos en la boca,
empleamos los dedos como sustitutivos del pecho y del pezón de la madre. Como
ya he dicho, el acto de chuparse el pulgar es raro; pero, en cambio, son
frecuentes otras versiones modificadas y me-nos evidentes. La modificación más
sencilla, y una de las más frecuentes, consiste en apretar la punta del pulgar
entre los labios. El dedo no se introduce en la boca ni se chupa: pero, a pesar
de todo, se produce el contacto apaciguador. La punta, el lado o el dorso del
índice, se emplean también mucho de esta manera, y, frecuentemente, el contado
con los labios se prolonga durante largo rato, mientras su preocupado dueño
recobra la serenidad al hacerse sentir en el cerebro los ecos inconscientes del
pasado in-fantil.
Como perfeccionamiento de esta forma de contacto bucal, el ín-dice o el
pulgar efectúan, en ocasiones, suaves y lentas fricciones de la superficie de
los labios, reproduciendo los movimientos de la boca del niño sobre el pecho de
la madre. En momentos de preocupación más intensa, se producen mordiscos de los
nudillos y de las uñas. Cuando un sentimiento de frustración agresiva se
conjuga con este acto, el hábito de morderse las uñas puede ser tan persistente
que produzca poco menos que una mutilación, al quedar las uñas reducidas a unos
pequeños muñones, con carne viva a su alrededor.
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 218
Entre las diferentes clases de contacto de mano-a-cabeza, las más
corrientes, por orden de frecuencia, son: (1) descanso de la man-díbula, (2)
descanso del mentón. (3) mesarse los cabellos, (4) des-canso de la mejilla, (5)
tocamiento de la boca y (6) descanso de la sien. Todos estos actos son
realizados por varones y hembras adultos; pero, en dos casos, influye el sexo
de la persona que los realiza. El hecho de mesarse los cabellos es tres veces
más fre-cuente en la mujer que en el hombre, y el de apoyar la sien en la mano
es dos veces más frecuente en el hombre que en la mujer.
Si dejamos la cabeza y bajamos por el cuerpo, pronto encontra-mos otras
formas de intimidad con uno mismo. Todos conocemos, a través de los
noticiarios, las trágicas escenas que siguen a catás-trofes tales como un
terremoto o un hundimiento de una mina. La mujer desesperada que se encuentra
en tal situación, no se limita a llevarse una mano a la mejilla. Esta acción
seria inadecuada, da-das las circunstancias. En vez de esto, se estrecha el
cuerpo con ambos brazos y, sentada ante las ruinas de su casa o esperando en la
boca de la mina, se mece de un lado a otro. Si ella y otra vícti-ma no pueden
consolarse en un abrazo mutuo, su reacción es abrazarse una misma y mecerse
suavemente, tal como habría he-cho su madre con ella cuando era una niñita
asustada.
Este es un caso extremo, pero todos empleamos casi diariamente un
recurso parecido cuando cruzamos los brazos sobre el pecho. Como la situación
es menos intensa, también lo es la acción, y el acto de cruzar los brazos es
una forma de autoabrazo más débil que el abrazo total de la desesperación. Sin
embargo, proporciona una sensación ligeramente confortadora de autointimidad, y
se produce, singularmente, en momentos en que estamos en una po-sición un tanto
defensiva. Por ejemplo, si hablamos con un grupo de personas poco conocidas, en
una fiesta o en otra clase de reunión social, y una de ellas «se nos acerca
demasiado», cruza-mos los brazos para sentirnos más cómodos. En general, no nos
damos cuenta de que lo hacemos, o de que ello guarda relación con los movimientos
producidos a nuestro alrededor; pero lo cier-
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 219
to es que nos hemos acostumbrado a emplear este ademán como inconsciente
signo social. Así, por ejemplo, el hombre dispuesto a impedir la entrada de
unos intrusos puede plantarse frente a la puerta de su casa, cruzar los brazos
y decir: «No se puede pasar.» En este caso, la acción de cruzar los brazos, que
da aplomo al hombre que la realiza, parece positivamente amenazadora a los que
se enfrentan con él. Señala el hecho de que les excluye de su abrazo y se
siente lo bastante seguro de sí mismo con su acción privada de autoabrazo.
Otro acto de intimidad que todos practicamos diariamente es el que
podríamos llamar «darnos la mano nosotros mismos». Una mano actúa como por
nuestra cuenta, mientras que la otra, que agarra o estrecha la primera, ejerce
el papel de la mano de un compañero imaginario. Hacemos esto de varias maneras,
algunas más intensas que otras. Así, cuando nuestro estado de ánimo nos hace
desear un fuerte apretón de manos con un compañero real, solemos entrelazar
nuestros dedos con los suyos, haciendo que la acción sea más compleja y
comprometida. De modo parecido, en ausencia de tal compañero, podemos
reproducir esta sensación cruzando los dedos de la mano izquierda con los de la
derecha. En momentos de tensión, esto se realiza a veces con tal fuerza que la
piel palidece a causa de la presión ejercida inconscientemente.
Presiones parecidas se producen en la parte inferior del cuerpo cuando
cruzamos las piernas. También el hecho de cruzar las piernas parece
tranquilizarnos mucho, puesto que con ello conse-guimos una presión
confortadora de una parte del cuerpo sobre otra, y nos recuerda, quizá, la
agradable tensión que sentíamos en nuestras piernas cuando, en un abrazo
trepador, montábamos a horcajadas en el cuerpo de nuestros padres.
En los tiempos Victorianos, las normas de urbanidad a la sazón vigentes
prohibían a las damas cruzar las piernas en público o en situaciones sociales.
Los varones Victorianos gozaban de mayor libertad en este aspecto; cuando
realizaban esta acción, se les pe-día, sin embargo, que no se asiesen las
rodillas o los pies. Ac-
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 220
tualmente no existen estas restricciones, y un estudio sobre un gran
número de casos reveló que el 53 por ciento de estas accio-nes eran realizadas
por mujeres, y el 47 por ciento por varones, de modo que la diferencia de sexos
ha dejado de influir en aquéllas en el transcurso del último siglo. Sin
embargo, existen dos dife-rencias en la forma de realizar el acto, según el
sexo del que lo efectúa. Si se coloca el tobillo de una pierna sobre la rodilla
o el muslo de la otra, el acto corresponde casi siempre al varón, sin duda
porque en la mujer, sería una posición muy poco recatada. Lo curioso es que
esto se produce igualmente cuando las mujeres llevan pantalón, de modo que se
diría que la mujer que lleva pan-talón sigue, mentalmente, vistiendo falda. La
segunda diferencia se refiere a la posición de los pies. Si el pie
correspondiente a la pierna “superior” sigue en contacto con la superficie de
la «infe-rior», después de cruzadas las piernas, el acto es casi siempre
fe-menino. (Excepción a esta regla es el acto de cruzar las piernas al nivel de
los tobillos, en el que no hay diferencias según los sexos, y en el que el
mutuo contacto de los pies viene determinado por la naturaleza de la acción.)
Una forma más íntima de contacto es el acto de abrazarse uno las
piernas. En los casos de mayor intensidad, se levantan los muslos y se baja el
pecho hasta que se encuentran. La presión se aumenta abarcando las rodillas o
las piernas con los brazos. Además, puede bajarse la cabeza y apoyar el mentón
o la mejilla en las rodillas. En tales casos, las piernas dobladas se emplean
como sustitutivas del tronco del compañero imaginario, con las rodillas en
función de pecho o de hombro. Es principalmente un acto femenino; entre muchos
casos observados y registrados, correspondió un 95 por ciento a las mujeres y
sólo un 5 por ciento a los varones.
Otra acción típicamente femenina es la de agarrarse el muslo con la
mano. Un estudio reveló que el 91 por ciento de estos actos eran femeninos, y
el 9 por ciento, masculinos. Aquí parece jugar un elemento erótico, en que la
mano de la mujer actúa como si fuese la mano de un hombre, colocada sobre su
muslo en un con-
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 221
texto sexual, en que el acto es más típico del varón que de la hembra.
En este examen de las autointimidades, hemos visto que eran casi siempre
los brazos y las manos, y algunas veces las piernas, los que establecían el
contacto; pero hay unas cuantas excepciones a esta regla. A veces –y este
movimiento es también típicamente femenino– se baja la cabeza sobre el hombro,
apretándola o de-jándola descansar en él, estableciéndose el contacto con la
mejilla, la mandíbula o el mentón. Aquí, el hombro propio es empleado como
símbolo del pecho o de hombro del compañero imaginario. Otro caso se refiere a
la lengua, que puede usarse para acariciar los labios o alguna otra parte del
cuerpo, dándose casos de muje-res que pueden establecer esta forma de contacto
con sus propios senos.
Aparte de todos estos métodos de establecer contacto corporal con uno
mismo, falta examinar otro aspecto importante de la autoin-timidad, y es el
estímulo erótico generalmente llamado masturba-ción. Esta palabra parece ser
una corrupción de manu-stuprare – «violar con la mano»–, y revela el hecho de
que el método más común de autoestimulación sexual requiere un contacto
mano-genital.
Ciertos estudios realizados a mediados del presente siglo revela-ron que
la masturbación es una forma sumamente corriente de autointimidad, practicada
por la inmensa mayoría de los indivi-duos en algún período de sus vidas. Aunque
siempre ha sido poco más que un sustitutivo del acto interpersonal del coito,
las actitu-des adoptadas frente a él por la sociedad variaron
considerable-mente según las épocas. Parece que se practicaba abundantemente en
las llamadas –tribus primitivas– pero en general es tomado a broma, como
síntoma de que el masturbador es un fornicador fracasado.
Completamente distinta fue la opinión dominante en nuestras so-ciedades,
en siglos pasados, durante los cuales se intentó seria-
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 222
mente la supresión total de esta actividad. En el siglo XVIII la
masturbación era censurada como «el odioso pecado de la auto-polución». En el
siglo XIX, se convirtió en «el vicio horrible y agotador del abuso de uno
mismo», y las damitas victorianas te-nían prohibido lavarse el aparato genital,
para evitar que la suave fricción propia de tal operación «pudiese provocar
pensamientos impuros». El maldito bidé francés no podía cruzar el canal de la
Mancha. En la primera mitad del siglo XX, el horror de la mas-turbación bajó al
nivel de una «fea costumbre»; pero las autorida-des religiosas siguieron
seriamente preocupadas por el hecho de que pudiese producir alguna recompensa
sexual al masturbador. Sin embargo, reconocieron que la “efusión de semen pueda
estar justificada por motivos médicos, si podía realizarse sin que pro-dujera
placer». A mediados del siglo XX, las actitudes experi-mentaron un cambio
espectacular, y llegó a decirse, atrevida-mente, que la masturbación es «un
acto normal y saludable para las personas de cualquier edad». En las dos
últimas décadas, esta nueva opinión siguió ganando terreno.
Los adolescentes actuales, que faltos de oportunidades de copular, se
sienten inclinados a practicar esta forma de auto intimidad, giran de grandes
facilidades. En cambio, el adolescente de antaño era frecuentemente castigado
por permitirse esta clase de activi-dades. Durante los dos últimos siglos, se
aplicaran toda clase de duras medidas restrictivas, algunas de las cuales
parecen hoy in-creíbles. A veces, se colocaba un anillo de plata sujeto a
orificios practicados en el prepucio del joven varón. Otras, se le ponía un
pequeño aparato con pinchos, que automáticamente pinchaban el pene en cuanto
iniciaba la erección. Embadurnar el pene con po-mada roja de mercurio era otro
«remedio» que se recomendaba en ocasiones. Los adolescentes de ambos sexos eran
a veces obliga-dos a dormir con las manos atadas o sujetas a los barrotes de la
cama, para evitar que «jugasen solos» por la noche, o eran pro-vistos de
versiones modernas del cinturón de castidad. Incluso se llegaba a someter a las
jóvenes a la cauterización o extirpación del
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 223
clítoris por medios quirúrgicos, y algunas autoridades médicas
aconsejaban la circuncisión de los varones, como manera imagi-naria de impedir
el «acto nefando» de la autoestimulación.
Afortunadamente, y salvo la circuncisión, ninguno de estos dolo-rosos
procedimientos ha sobrevivido hasta hoy como práctica corriente. Por fin parece
haberse dominado el afán de la antigua sociedad de mutilar a sus jóvenes. A
este respecto, conviene que nos detengamos un momento a considerar las causas
de que el curioso rito de la circuncisión se haya librada de éste cambio de
actitud general. Hoy no se da ya la escusa antimasturbatoria; sino que el
prepucio del niño varón es cortado por razones “religiosas, médicas o
higiénicas”. La frecuencia de la operación varía según los países; en
Inglaterra, se cree que se realiza en menos de la mitad de los niños varones,
mientras que, en los Estados Unidos, se ha registrado una cifra del 85 por
ciento.
La razón médica dada para la extirpación del prepucio es que, con ésta,
se eliminan ciertos peligros (sumamente raros) de enferme-dad. Estos sólo
pueden producirse si el varón adulto no mutilado deja de observar la
conveniente limpieza, por el sencillo procedi-miento de estirar la piel hacia
atrás y lavarse la punta del órgano. Si esto se hace regularmente, no hay más
peligro de enfermedad para el que conserva el prepucio que para el circunciso.
Dado que la inmensa mayoría de las extirpaciones del prepucio no se reali-zan
por motivos religiosos, y que las razones médicas son tan poco convincentes, la
verdadera razón de las miles de mutilacio-nes sexuales realizadas en niños
varones todos los años sigue en-vuelta en el misterio. Calificada recientemente
por un médico americano de “violación del falo”, la circuncisión parece ser
se-cuela de nuestra pasado remoto cultural. Desde los tiempos pri-mitivos, fue
práctica corriente en la mayoría de las tribus africa-nas, adoptada por los
antiguos egipcios, cuyos médicos-sacerdotes se aseguraban de que ningún varón
que se respetase conservara su prepucio. Debido al estigma social inherente a
la conservación de éste, los judíos tomaron este rito de los egipcios,
haciéndolo aún
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 224
más obligatorio para los miembros de su religión. Al convertirse en
«ley» social o religiosa, el significado original de la operación habla sido ya
olvidado, y hoy no resulta fácil remontarse a su fuente primitiva. Incluso en
las tribus africanas, donde es parte de complicadas ceremonias de iniciación,
suele decirse que se hace por costumbre, aunque los investigadores modernos han
suminis-trado numerosas explicaciones. Una de ellas pretende que el pre-pucio
masculino era considerado como un atributo femenino, tal vez, porque cubría la
cabeza del órgano varonil, de la misma ma-nera que los labios cubren la
abertura genital femenina. Otra opi-nión es que la remoción del prepucio era
una imitación simbólica de la muda de piel de la serpiente, fenómeno que se creía
que du-ba inmortalidad al reptil, puesto que la piel reaparecía después, más
hermosa y más brillante. La ecuación simbólica era bastante clara: serpiente
–falo; fuego, piel de la serpiente– prepucio.
Estas y otras muchas explicaciones ingeniosas fueron propuestas por los
expertos; pero todas ellas parecen inadecuadas si conside-ramos en su conjunto
el fenómeno de la mutilación sexual. Éste se produjo en determinadas épocas en
casi todos los rincones del mundo, en centenares de culturas diferentes, y sus
formas con-cretas variaron considerablemente. No siempre se reduce a la simple
extirpación del prepucio o del clítoris. En ciertos casos, las extirpaciones
eran más extensas, o las mutilaciones consistían, más que en amputaciones, en
rajas o cortaduras. En algunas tribus se extirpan los labios además del
clítoris de la mujer, y, en otras, el varón puede sufrir la dolorosa
extirpación de toda la piel que cubre el bajo vientre, la pelvis, el escroto y
la entrepierna, o pasar por la ordalía de que le abran el pene en dos en toda
su longitud. El único factor común parece ser un empeño de los adultos huma-nos
en producir daños funcionales al aparato genital de los jóve-nes.
El hecho de que esta antigua forma de agresión adulta sobrevi-viese, en
forma de circuncisión masculina, hasta los tiempos ac-tuales, debería ser
estudiado más de cerca por los modernos pro-
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 225
fesionales de la Medicina. Desde los ataques antimasturbatorios del
pasado siglo, las jóvenes se han librado de estas agresiones, probablemente
porque, a diferencia de los varones, no existía la menor justificación
higiénica para la mutilación de parte de su aparato genital. Es una suerte que
no se invirtiese la situación, pues si hubiese podido demostrarse que el
clítoris era antihigié-nico, cosa que habría dado una excusa médica para la
extirpación, la mujer habría sufrido una considerable merma de su sensibilidad sexual.
En cambio, recientes y minuciosas pruebas han demos-trado que el pene pierde
poca o ninguna sensibilidad con la remo-ción del prepucio, de modo que los
varones mutilados de esta suerte por los respetables equivalentes modernos de
los antiguos hechiceros no experimentan, al menos, ninguna mengua de su
capacidad sexual. Desde luego, estas pruebas modernas demues-tran la estupidez
de la antigua razón antimasturbatoria como pre-texto para la extirpación
quirúrgica del prepucio. Mutilado o in-demne, el varón adulto puede obtener
satisfacción sexual de sus intimidades consigo mismo.
En resumen, podemos decir que el motivo de que la circuncisión haya
sobrevivido en tan extensos sectores, cuando virtualmente todas las demás
formas de antigua mutilación genital han desapa-recido de las comunidades
civilizadas, es que es la única que no menoscaba la actividad sexual y que, al
propio tiempo, recibió un respetable aval de la opinión médica.
Volviendo a la masturbación en sí, lo único que nos queda por resolver
es si, en la libertad de autoestímulo de la segunda mitad del siglo XX, existen
futuros riesgos pina nosotros. Si los artícu-los de una revista popular
aconsejan que uno «se masturbe para que se alegre el corazón».
¿Será que el péndulo de la opinión sexual ha oscilado excesiva-mente?
Desde luego, la antigua creencia de que la masturbación causaba terribles
enfermedades y calamidades fue rebatida me-diante una vigorosa campaña de
propaganda; pero, ¿no existe el peligro de que, al desterrar las antiguas
ideas, vayamos demasiado
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 226
lejos en la dirección opuesta? A fin de cuentas, la masturbación es una
forma supletoria de la verdadera intimidad, como todas los actividades sociales
de sustitución Que hemos estudiado en capí-tulos anteriores, cualquier cosa que
sea imitación de algo que de-be hacerse con otra persona tiene que ser,
necesariamente, inferior al auténtico acto de intimidad corporal, y esta regla
es aplicable a la masturbación, como a las demás clases de intimidad con uno
mismo. Cuando no se dispone de algo mejor, no existen ar-gumentos lógicos
contra las actividades sustitutivas; pero supo-niendo que pueda conseguirse
algo mejor en un futuro próximo, ¿no es peligroso desarrollar una fijación de
los actos sustitutivos interiores, que más tarde harán más difícil el paso a la
cosa real?
Como sistema de proporcionar considerable satisfacción sexual a una
mujer solitaria o frustrada, puede ser excelente; pero como sistema para
fomentar el amor tal vez deja mucho que desear. Olvida completamente el hecho
de que el coito humano es mucho más que un acto de servicio sexual reciproco.
Llegar al momento de más intensa intimidad corporal reciproca con una idea
precon-cebida de la satisfacción a obtener es como colocar el carro de-lante
del caballo. No es mejor que emplear las acciones del varón como sustitutivos
de la masturbación, en vez de hacerlo al revés. De la misma manera, si un
hombre ha quedado excesivamente fijado de un tipo particular de masturbación,
puede acabar por emplear a la mujer como sustituta de la mano, y no al revés.
Con-siderar la copula de este modo es rebajar a la pareja al nivel de un
aparatito estimulante, en vez de una persona entera, íntima y amante. El
énfasis puesto en la importancia de las técnicas avan-zadas de masturbación es,
por tanto, menos inocente de lo que quisiera hacernos creer el «nuevo
liberalismo».
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 227
9
VUELTA A LA INTIMIDAD
Nacemos en una relación íntima de estrecho contado corporal con nuestra
madre. Al crecer, nos asomamos al mundo y lo explora-mos, volviendo de vez en
cuando a la protección y la segundad del abrazo materno. Por fin, rompemos las
cadenas y nos ergui-mos solos en el mundo de los adultos. Pronto empezamos a
buscar un nuevo lazo y volvemos a una relación de intimidad con la per-sona
amada, que se conviene en nuestra compañera. Una vez más, tenemos una base
segura para seguir explorando.
Si en alguna fase de esta secuencia faltan nuestras relaciones ín-timas,
nos es muy difícil luchar contra las presiones de la vida. Resolvemos el
problema buscando sustitutivos de la intimidad. Nos entregamos a actividades
sociales que suplen los fallidos contactos corporales, o empleamos un animalito
mimado que ha-ga el papel de compañero humano. Ciertos objetos inanimados nos
sirven también para el papel del compañero íntimo, e incluso llegamos al
extremo de practicar intimidades con nuestro propio cuerpo, como si de dos
personas se tratase.
Desde luego, estas alternativas a la verdadera intimidad pueden
explicarse como agradables complementos de nuestra vida táctil; pero, para
muchos, se convierte en tristes y necesarios sucedá-neos. La solución parece
bastante evidente. Si existe tan fuerte demanda de contacto íntimo por parte
del típico ser humano adul-to, entonces éste debe abrir su guardia y prestarse
más a los amis-tosos acercamientos de los otros. Debe olvidar las reglas que
di-cen: «Guarde sus cosas para sí, mantenga las distancias, no toque, no
suelte, no muestre nunca sus sentimientos.» Desgraciadamente, hay varios
factores poderosos que trabajan contra esta sencilla solución. El más
importante es la desmesurada y superpoblada sociedad en que vive. Está rodeado
de desconocidos y de casi
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 228
desconocidos, en los que no puede confiar, y son tantos que le es
imposible establecer lazos emocionales con más de una pequeña fracción de
ellos. Con los demás, debe restringir sus intimidades hasta el mínimo. Como
físicamente se le parecen tanto, esto le exige un grado antinatural de reserva,
mientras atiende a sus asun-tos cotidianos. Si lo consigue, será a costa de
restringir cada vez más todas sus intimidades, incluso con sus seres amados.
En esta condición de aislamiento del cuerpo y de restricción de la
intimidad, el moderno habitante de la urbe corre el peligro de ser un mal
padre. Si aplica esta restricción de contacto a sus retoños durante los
primeros años de sus vidas, puede causar un perjuicio irreparable a su
capacidad de establecer firmes lazos de afecto en el futuro. Si buscando
justificación a su inhibido comportamiento paternal encuentra (él o ella)
alguna aprobación oficial a su res-tricción, esto le ayudará a tranquilizar su
conciencia de padre. Desgraciadamente, estas aprobaciones se han producido a
menudo y han influido perjudicialmente en el desarrollo de las relaciones
personales en el seno de la familia.
Un ejemplo de este tipo de consejo es tan extremado que merece mención
especial. El método watsoniano de educación de la in-fancia, que recibió su
nombre del de su autor, un eminente psicó-logo americano, fue muy seguido a
principios de este siglo. Para captar el matiz de sus consejos a los padres,
vale la pena citarlo con cierta prolijidad. He aquí algunas de las cosas que
dijo:
Las madres, cuando besan a sus hijos, los levantan y los mecen, los
acarician y juegan con ellos sobre sus rodillas, no saben que están
constituyendo poco a poco un ser hu-mano, absolutamente incapaz, de enfrentarse
con el mun-do en el que habrá de vivir más tarde ... Hay una manera sensata de
tratar a los niños. Tratadlos como si fuesen jó-venes adultos... No los
estrechéis en vuestros brazos ni los beséis; no dejéis que se sienten en
vuestra falda. Si no te-néis más remedio, besadlos una vez en la frente cuando
os den las buenas noches... ¿Es que las madres no pueden
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 229
aprender, en todas sus relaciones con el hijo, a sustituir por una
palabra amable, por una sonrisa, los besos y los abrazos, los arrumacos y los
mimos? Si no tiene usted una niñera que pueda cuidar del niño, déjelo en el
patio du-rante una buena parte del día. Construya una valla alrede-dor del
patio, para que pueda estar segura de que no le ocurrirá nada malo. Hágalo
desde que él nace... Si su co-razón es demasiada tierno y tiene que observar al
niño, haga un orificio en la pared, por el que pueda mirar sin ser vista, o
emplee un periscopio... En fin, aprenda a no ha-blarle en términos dulzones y
mimosos.
Como se dijo que esto era tratar a un niño como a un joven adulto, la
evidente consecuencia es que los típicos adultos watsonianos nunca se besan o
se abrazan, y pasan el tiempo observándose a través de orificios metafóricos.
Desde luego, esto es precisamente lo que todos tendemos a hacer con los
extraños que nos rodean en la vida cotidiana; pero ver que esta conducta se
recomienda se-riamente, como actitud correcta de los padres frente a sus hijos,
es, por no emplear términos más duros, algo asombroso.
La opinión watsoniana sobre la educación de los hijos se fundaba en el
punto de vista behavoriana de que en el hombre –son de nuevo sus palabras– «no
hay instintos. Nosotros construimos, en los primeros años, todo lo que
aparecerá más tarde... No hay nada que desarrollar desde dentro». Consecuencia
obligada de ello, era que para producir un adulto bien disciplinado había que
empezar disciplinando bien al niño. Si se demoraba el proceso, los «malos
hábitos» podían formar lo que, más tarde, sería muy difícil elimi-nar.
Esta actitud, fundada en una premisa absolutamente falsa sobre el
desarrollo natural del comportamiento humano en la primera y en la segunda
infancias, no sería más que una grotesca curiosidad histórica si no fuese por
el hecho de que, de vez en cuando, se encuentra aún en los tiempos actuales. Y,
ya que la doctrina per-manece, bueno será examinarla más de cerca. La razón
principal
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 230
de su persistencia es que, en cierto modo, se perpetúa por si sola. Si
un niño pequeño es tratado de esta manera antinatural, se siente inseguro desde
el principio. Su fuerte demanda de intimidad cor-poral se ve frustrada y
castigada una y otra vez. Su llanto no ob-tiene respuesta. Pero se adapta,
aprende, no tiene otra opción. Se adiestra y crece. Lo malo es que durante toda
su vida le costará confiar en alguien. Como su afán de amar y ser amado se
frustró desde el principio, el mecanismo del amor quedará por siempre averiado.
Como su relación con sus padres se desarrolló como un negocio, todos sus
ulteriores compromisos personales seguirán el mismo camino. Y ni siquiera
tendrá la ventaja de poder compor-tarse como un autómata, pues en lo más
profundo de su ser aún sentirá la necesidad biológica básica de amar, pero sin
poder en-contrar la manera de darle salida. Como un miembro lesionado, pero que
no puede ser amputado del todo, seguirá sintiendo dolo-res. Si, por motivos
convencionales, este individuo se casa y tiene hijos, lo más probable es que
éstos sean tratados de la misma ma-nera, ya que el verdadero amor paternal se
habrá hecho, a su vez, virtualmente imposible. Esto se ha demostrado con
experimentos realizados con monos. Si un mono pequeño es criado por su ma-dre
sin cariñosa intimidad, más tarde será un mal padre.
Muchos padres humanos creyeron que el régimen watsoniano era bueno,
aunque exagerado. Por consiguiente, emplearon una ver-sión modificada y
suavizada. Se mostraban severas con su pe-queño durante un instante, y,
después, cedían. En ocasiones, apli-caban una rígida disciplina; en otras, la
mitigaban. Dejaban llorar al niño en su cuna, pero, otras veces, le mimaban y
le colmaban de juguetes caros. Le educaban en una limpieza prematura, pero le
llenaban de besos y de mimos. El resultado era, naturalmente, un crío
absolutamente confuso que, más tarde, se convertía en el clá-sico «niño
malcriado». Entonces, el error fundamental consistía en atribuir esta condición
no a confusión o a los primitivos ele-mentos disciplinarios, sino únicamente a
los momentos de «blan-dura». Si hubiesen seguido el régimen estricto y no
hubiesen ce-
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 231
dido tan a menudo –se decían los padres–, todo habría ido bien. Y como
el chico se había vuelto arisco y exigente, se le decía que tenía que «portarse
bien» y se endurecía la disciplina, esto traía como consecuencia, en esta y
ulteriores fases, berrinches y rebel-días.
Este niño había visto, en los primitivos momentos de «blandura», lo que
es el amor, pero después de mostrarle la entrada le habían dado con la puerta
en las narices. Sabia amar, pero no le habían amado lo bastante, y en sus
ulteriores rebeldías ponía a prueba a sus padres, con la esperanza de descubrir
que le amaban a pesar de todo, que le amaban por él mismo y no por su «buen
comporta-miento». Y, con demasiada frecuencia, la respuesta era negativa.
Pero aunque la respuesta fuese positiva y los padres perdonasen su
última trastada, aún no podía creer que todo marchaba bien. Las primeras
huellas se habían grabado con demasiada fuerza; la primitiva e intermitente
disciplina había sido demasiado cruel para su mentalidad de niño pequeño. Por
eso volvían a probarlo, yendo cada vez más lejos en su desesperado intento de
demostrar que, a pesar de todo, le querían de verdad. Entonces, los padres,
enfrentados con un caos, acababan por aplicar una disciplina rigu-rosa, que
confirmaba los más graves temores del niño, o cedían una y otra vez, perdonando
sus actos cada vez más antisociales, debido a un vago sentimiento de
culpabilidad: «¿Que hicimos mal? ¿Dónde estuvo nuestro fallo? Te lo dimos todo»
Todo eso habría podido evitarse si el bebe hubiese sido tratado como
tal, y no como un “joven adulto”. Durante su primer año de vida, el niño exige
un amor total. No trata de «sacar lo más posi-ble de sus padres», sino que lo
necesita. Si la madre está libre de tensiones, y no ha sido violentada en su
infancia, sentirá una ne-cesidad natural de darlo todo; y esto es precisamente
lo que llevo a los partidarios de la disciplina a ultranza a aconsejar a las
ma-dres que no se dejasen llevar por estas tiernas debilidades que «tocan sus
cuerdas sensibles», según frase predilecta de los wal-sonianos. Si, como
resultado del sistema de vida moderno, la ma-
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 232
dre está bajo presión, la cosa no resultara tan fácil; pero, incluso
así, y si prescinde de un régimen artificialmente impuesto, podrá acercarse
bastante al ideal de producir un hijo querido y feliz.
Lejos de convertirse en un «niño malcriado», el pequeño podrá
desarrollar una individualidad cada vez más independiente, con-servando su
calidad amorosa, pero sin inhibiciones para la inves-tigación del excitante
mundo exterior. Los primeros meses le ha-brán dado la seguridad de que dispone
de una base firme y seguía para lanzarse a la exploración. También esto es
confirmado por experimentos realizados con los monos. El hijo de una mona
cari-ñosa no tarda en jugar y explorar el medio ambiente. El hijo de una mona
despegada se muestra tímido y nervioso. Es todo lo contrario de la predicción
walsoniana, que supone que un «ex-ceso» de amor prematuro, en el sentido íntimo
y corporal, hará que la criatura sea, en el futuro, blanda y desconfiada. Lo
equivo-cado de esta opinión se manifiesta siempre a los tres años de vida del
niño. El chiquillo que fue amado pródigamente durante los dos primeros años,
empieza a mostrar seguridad y se lanza al mundo con grande aunque inseguro
vigor. Si se cae de bruces, lo más probable es que llore menos que los otros
niños. El pequeño que fue menos amado y que sufrió una disciplina más severa
será menos decidido, sentirá menos curiosidad por lo que ve y estará menos
inclinado a iniciar los primeros y torpes intentos de acción independiente.
En otras palabras, si, en los dos primeros años de vida, se ha
esta-blecido una relación de amor total, el niño pasará fácilmente a la
siguiente fase de su desarrollo. Sin embargo, al crecer, su alocado impulso de
explorar el mundo exigirá alguna disciplina por parte de los padres. Lo que
estaba mal en la primera infancia, estará bien ahora. Las censuras watsonianas
contra los padres excesiva-mente protectores de sus hijos mayores están, hasta
cierto punto, justificadas: pero lo curioso es que cuando esta protección es
ex-cesiva, suele ser una reacción contra los daños producidos por la crianza
watsoniana de los bebés. El niño que fue profundamente
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 233
amado durante sus primeros años, es poco probable que provoque un
comportamiento de esta clase.
Después, el adulto que, en su primera infancia, estableció, en la fase
primaria del amor total, un fuerte vínculo afectivo con sus padres, estará
también mejor pertrechado para forjar un vigoroso lazo afectivo sexual y
seguir, desde esta nueva «base de seguri-dad», explorando y llevando una vida
social activa y progresiva. Cierto que, antes de que se forme este lazo
afectivo sexual, él, o ella, sentirán un mayor afán de explorar la sexualidad.
Todos los campos de exploración estarán más acentuados, y la esfera sexual no
será una excepción. Pero si en su vida primitiva el individuo ha pasado con
naturalidad de una fase a otra, la exploración sexual conducirá muy pronto a la
formación de la pareja y al desarrollo de un poderoso vínculo emocional, con un
pleno retorno a las variadas intimidades, corporales propias de la primera fase
amo-rosa infantil.
Los jóvenes adultos que crean nuevas unidades familiares y gozan dentro
de ellas de intimidades no cohibidas, estarán en mejores condiciones para
enfrentarse con el duro e impersonal mundo exterior. Al hallarse en esta
condición de «lazo total», y no de falta de lazos, sabían hacer frente a toda
clase de encuentros so-ciales sin moverse de su terreno, y no se mostrarán
inadecuada-mente exigentes en situaciones que, inevitablemente, requerirán una
restricción emocional.
Un aspecto de la vida familiar que no debe ser desdeñado es la necesidad
de aislamiento. Es necesario disponer de un espacio privado para poder
disfrutar hasta el máximo de los contactos íntimos. Un hogar atestado dificulta
el desarrollo de las relaciones personales, salvo las violentas. Tropezar uno
con otro no es lo mismo que darse un cariñoso abrazo. La intimidad forzada se
convierte en antiintimidad, en el sentido literal de la palabra, de modo que,
paradójicamente, necesitamos más espacio para dar mayor significado al contacto
corporal. El mezquino proyecto arquitectónico que olvide esta circunstancia
crea una inevitable
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 234
tensión emocional. Pues la intimidad corporal personal no puede ser una
condición permanente, como la persistente superpoblación impersonal del mundo
urbano exterior al hogar. La necesidad humana de íntimo contacto corporal es
espasmódica, intermitente, y solo requiere expresión ocasional. Encoger el
espacio del hogar es convertir el contacto amoroso en una sofocante proximidad
de cuerpos. Si esto parece bastante evidente, resulta difícil compren-der la
poca atención que los proyectistas han prestado, durante los últimos años, al
espacio-hogar privado.
Al pintar este cuadro de los «jóvenes adultos íntimos», puedo haber dado
la impresión de que si han adquirido un espacio-hogar privado conveniente, han
tenido una infancia amorosa y han for-jado entre si nuevos y firmes lazos
afectivos, todo tiene que mar-char bien. Desgraciadamente no es así. El
atestado mundo mo-derno puede seguir aferrado a sus relaciones e inhibir sus
intimi-dades. Hay dos poderosas actitudes sociales que pueden influir en
aquéllas.
La primera es la que emplea la palabra “infantil” como un insulto. Las
extensas intimidades corporales son criticadas como retrógra-das, por no decir
propias de la primera infancia. Y esto es algo que puede fácilmente desanimar a
un joven adulto con capacidad de amar. La sugerencia de que un exceso de
intimidad constituye una amenaza para el espíritu independiente, sumada a
dichos tales como «el buey suelto bien se lame», empieza a producir un
im-pacto. Inútil decir que no hay ninguna prueba de que el adulto que se
permite contactos corporales típicos de la fase infantil de la vida tenga que
ver coartada su independencia en otros momentos. Más bien ocurre lo contrario.
Los efectos apaciguadores y cal-mantes de suaves intimidades dejan al individuo
más libre y mejor equipado emocionalmente para enfrentarse con los más remotos
e impersonales momentos de su vida. No le ablandan, como se ha dicho muchas
veces; le fortalecen, como fortalecen al niño ama-do, disponiéndole mejor para
la exploración.
La segunda actitud social que tiende a coartar las intimidades es la
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 235
que pretende que los contactos corporales implican un interés sexual.
Este error ha sido causa de muchas restricciones que en tiempos pasados se
aplicaron a la intimidad. No hay nada implí-citamente sexual en las intimidades
entre padres e hijos. El amor paterno y el amor filial no son amores sexuales,
y tampoco tiene que serlo necesariamente el amor entre dos hombres, dos mujeres
o incluso un hombre y una mujer particulares. El amor es amor – un lazo
emocional de apego–, y el hecho de que sentimientos se-xuales se incorporen o
no a él es cuestión secundaria. En tiempos recientes, se ha exagerado el
elemento sexual de estos lazos. Si existe un fuerte lazo, asexual en su origen,
pero acompañado de sentimientos sexuales débiles, estos son automáticamente capta-dos
y aumentados desaforadamente en nuestro pensamiento. Re-sultado de esto fue una
masiva coerción de nuestras intimidades corporales no sexuales, que se aplicó a
las relaciones con nuestros padres (¡cuidado con Edipo!), con nuestros hijos
(¡cuidado con el incesto!), con nuestros íntimos amigos del mismo sexo
(¡cuidado con la homosexualidad!), con nuestros íntimos amigos del sexo
contrario (¡cuidado con el adulterio!) y con nuestros muchos ami-gos casuales
(¡cuidado con la promiscuidad!). Todo esto es com-prensible, pero absolutamente
innecesario. Indica que en nuestras verdaderas relaciones sexuales tal vez no
disfrutamos de un grado de intimidad corporal eróticamente suficiente. Si
nuestras intimi-dades sexuales, en el seno de la pareja, fuesen lo bastante
intensas y extensas, no quedaría ninguna para invadir los otros tipos de
relaciones afectivas, y podríamos calmarnos y disfrutar de ellas más de lo que
nos atrevemos a hacer en la actualidad. Natural-mente, si permanecemos
cohibidos o frustrados con nuestra pa-reja, la situación es completamente
distinta.
La restricción general aplicada, en la vida moderna, a los contac-tos
corporales no sexuales ha llevado a algunas curiosas anoma-lías. Por ejemplo,
recientes estudios americanos han revelado que, en ciertos casos, hay mujeres
que se entregan al desenfreno sexual sólo con el fin de que alguien las
estreche entre sus brazos. Al ser
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 236
profundamente interrogadas, confesaron que, en ocasiones, se entregaban
sexualmente a un hombre porque esta era la única manera de colmar su ansia de
un estrecho abrazo. Esto ilustra con patética claridad la distinción entre
intimidad sexual e intimidad no sexual. Aquí no es la intimidad corporal la que
lleva al sexo, sino el sexo el que lleva a la intimidad corporal, y esta
inversión total no deja la menor duda sobre la separación entre ambas.
Estos son, pues, algunos de los riesgos a que se expone el adulto
moderno que quiere intimidad. Para completar este estudio del comportamiento
íntimo humano, debemos preguntamos que sig-nos de cambio se advierten en las
actitudes de la sociedad con-temporánea.
Al nivel de la infancia, y gracias a ímprobos trabajos de los
psi-cólogos de niños, se ha mejorado mucho en la comprensión de los problemas
de la crianza de los pequeños. Hoy se comprende mu-cho mejor la naturaleza de
los lazos entre padres e hijos, y el pa-pel esencial que representa el cariño
para que los niños se desa-rrollen sanos. La rígida e implacable disciplina de
ayer está en plena decadencia. Sin embargo, en nuestros centros urbanos más
superpoblados, el feo fenómeno del “síndrome del niño apaleado” subsiste aun,
para recordarnos que es muy largo el camino que nos falta por recorrer.
Al nivel del niño mayor, se realizan constantes y graduales refor-mas en
los métodos de educación y se está formando un criterio más sensato, fruto de
la necesidad de una educación social, junto a la instrucción técnica. Sin
embargo, la demanda de conoci-mientos tecnológicos es más fuerte que nunca, y
todavía existe el peligro de que el colegial corriente sea mejor instruido para
en-frentarse con los hechos que para convivir con las personas.
Entre los jóvenes adultos, el problema de manejar los encuentros
sociales parece, afortunadamente, que se resuelve por sí solo. No creo que
existiese nunca un periodo tan abierto y franco en el in-trincado mundo de la
interacción personal. Muchas críticas de la
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 237
conducta de los jóvenes adultos por parte de la vieja generación,
proceden de una bien disimulada envidia. Sin embargo, falta por ver si la
reciente libertad de expresión, la sinceridad sexual y las intimidades no
coartadas del tiempo actual podrán sobrevivir con el paso del tiempo, al
acercarse la madurez.
La creciente tensión impersonal de la vida madura puede salir aún por
sus fueros.
Entre los adultos maduros existe una clara y creciente preocupa-ción por
la supervivencia de la resuelta vida personal dentro de las comunidades urbanas
en continua expansión. Al influir cada vez más la tensión pública en la vida
privada, se percibe una creciente alarma sobre la naturaleza de la condición
humana moderna. En las relaciones personales se oye constantemente la palabra
“alie-nación”, ya que cada vez es más difícil quitarse por la noche la pesada
armadura emocional con que se cubre el hombre para la lucha social en las
calles y en las oficinas.
En América del Norte, puede oírse el clamor de una nueva rebe-lión
contra esta situación. Se ha iniciado un nuevo movimiento, que proporciona una
elocuente prueba de la ardiente necesidad que existir en la sociedad moderna de
una revisión de nuestras ideas concernientes al contacto corporal y a la
intimidad. Cono-cido en términos generales «Terapéutica de Grupo», apareció en
el último decenio, principalmente en California, y se extendió rápidamente a
muchos centros de los Estados Unidos y del Ca-nadá. Llamado Bod Biz (apócope de
body bussines) en la jerga americana, adoptó numerosos títulos oficiales, como
«Psicología transpersonal», «Psicoterapia múltiple» y «Dinámica social».
El principal factor común es la reunión de un grupo de adultos para
sesiones que duran, aproximadamente, de un día a una se-mana, y en las que
realizan una gran variedad de interacciones personales y de grupo. Aunque
algunas de éstas son esencial-mente verbales, otras muchas son no verbales y se
refieren a con-tactos corporales, contactos rituales, masaje mutuo y juegos. Su
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objetivo es derribar la fachada de la conducta del adulto civilizado y
recordar a las personas que «no tienen cuerpo, sino que son cuerpos».
La característica principal de estos cursillos es que animan a los
adultos inhibidos a jugar de nuevo como niños. La atmosfera científica de
vanguardia les autoriza a comportarse de un modo infantil, sin turbación o
miedo al ridículo. Se frotan, se golpean y se dan palmadas recíprocamente; se
llevan en brazos de un lado a otro y se untan con óleos; juegan juegos de niños
y se exhiben desnudos, a veces literalmente, pero, en general, metafóricamente.
Este deliberado retorno a la infancia se describe explícitamente en el
siguiente párrafo, relativo a un cursillo de cuatro días titulado «Volved a ser
como erais»:
«El americano formal alcanza un dudoso estado de “ma-durez” enterrando
muchos elementos infantiles bajo capas de vergüenza y de ridículo. Aprender de
nuevo a ser niños es algo que puede enriquecer la experiencia de mas-culinidad
del hombre y de la femineidad de la mujer. Ex-perimentar de nuevo la sensación
de ser un niño en com-pañía de la madre puede arrojar nueva luz sobre la manera
de considerar el amor, la práctica del amor y la búsqueda del amor.
Paradójicamente, el establecimiento de contac-tos con debilidad infantil
provoca chorros de energía, y el contacto de unas lágrimas infantiles abren los
canales de la expresión y del gozo.»
Otros cursillos similares, llamados «Cubre nueva vida con el jue-go» y
«Despertar sensorial: renacimiento», recalcan también la necesidad de volver a
las intimidades de la infancia. En algunos casos, el procedimiento se lleva aún
más lejos con el empleo de “piscinas-matriz”, mantenidas exactamente a la
temperatura ute-rina.
Desmond Morris - Comportamiento íntimo - 239
Los organizadores de estos cursos los califican de «terapéutica para
personas normales». Los visitantes no son enfermos: son miembros de grupo.
Acuden allí porque buscan con urgencia al-guna manera de volver a la intimidad.
Si es triste pensar que los adultos civilizados modernos necesitan autorización
oficial para tocarse, al menos es consolador que comprendan suficientemente que
algo anda mal y busquen activamente el remedio. Muchas personas que han
asistido a estas sesiones vuelven en busca de más, ya que en el curso de los
contactos corporales rituales expe-rimentan un alivio emocional y una
distensión. Dicen que sienten como una liberación y un aumento de calor en
relación con sus interacciones personales en el hogar.
¿Es un nuevo y valioso movimiento social, un capricho pasajero, o algo
peligroso, como la afición a las drogas? Docenas de nuevos centros se inauguran
todos los meses, pero las opiniones de los expertos son muy variadas. Algunos
psicólogos y psiquiatras apo-yan resueltamente el fenómeno de los encuentros en
grupo; otros lo condenan. Hay quien dice que los miembros del grupo «no
mejoran, sino que sólo obtienen una dosis paliativa de intimidad». Si esto es
cierto, los cursos pueden servir al menos a ciertos indi-viduos en fases
difíciles de su vida social. Esto sitúa a los miem-bros del grupo en el nivel
de intimidad de ir a bailar, de meterse en cama a causa de un resfriado y ser
consolado allí; pero esto no tiene nada de malo. Simplemente, añade una cuerda
más al arco de la persona que busca un contexto en el que «está permitido
tocar». Pero hay otras críticas más severas. «Las técnicas que se presume que
fomentan la verdadera intimidad, a veces la destru-yen», dice una de ellas. Un
teólogo, sin duda alarmado por esta nueva forma de competencia, afirma que lo
único que encuentra la gente en estos grupos es «una nueva manera de ser
impersonal, una nueva serie de trucos y nuevas maneras de ser hostiles bajo
apariencias amistosas».
Es cierto que si escuchamos a los líderes del movimiento cuando hablan
al público en general sobre sus métodos y su filosofía, se
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percibe siempre un inconfundible tufillo de afectada condescen-dencia.
Dan la impresión de haber descubierto el secreto del uni-verso y de ser lo
bastante generosos para confiarlo a los otros y más insignificantes mortales.
Este punto ha sido recalcado, en son de crítica, por algunos; pero
probablemente no es más que una defensa contra un ridículo previsto. Recuerda
la táctica de los psicoanalistas de los primeros tiempos. Como los veteranos de
los grupos de encuentro, los que habían sido psicoanalizados no po-dían dejar
de mirar de arriba abajo a los que no lo habían sido. Pero el psicoanálisis ha
pasado ya esta etapa, y si aquellos grupos superan la novedad, cambiará, sin
duda, la actitud, y el nuevo culto madurará hasta constituir un sistema
aceptado.
Las más severas afirmaciones de que las sesiones de grupo son, en
realidad, gravemente perjudiciales, no han tenido demostración. Sin embargo, la
«intimidad temporal», según ha sido llamada, tiene sus riesgos para el adepto
cuando éste regresa, parcial o to-talmente «despertado», a su antiguo medio. Él
ha cambiado, pero no sus compañeros de hogar, y existe el peligro de que no
tolere lo bastante esta diferencia. En esencia, es un problema de relacio-nes
en competencia. Si un individuo visita uno de aquellos gru-pos, se hace dar
masaje y fricciones por personas totalmente des-conocidas, se entrega a juegos
íntimos con ellas y se permite una gran variedad de contactos corporales,
realizará allí mucho más de lo que estaba acostumbrado a hacer con sus verdaderos
«íntimos» en el hogar. (Si no es así, no habrá problema.) Y sí –como ocu-rrirá
inevitablemente– describe más tarde sus experiencias con elocuente detalle,
despertará automáticamente sentimientos de celos. ¿Cómo pudo actuar así en el
centro de encuentros, si se mostraba tan remoto e intocable en casa? Desde
luego, la res-puesta está en la sanción oficial y científica de aquellos actos
en el ambiente especial del centro, pero esto no convencerá a los ínti-mos de
su «vida real». Cuando los miembros de una pareja asisten juntas a estas
sesiones de intimidad, el problema se reduce en gran manera; pero la situación
de «vuelta a casa» requiere aún mucho
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tacto.
Algunos han sostenido que el aporte más desagradable de los gru-pos de
encuentro es que estos convierten algo que debería ser parte inconsciente de la
vida cotidiana en un proceso consciente, altamente organizado y profesional,
con el peligro de que el acto de intimidad se convierta en un fin por sí mismo,
en vez, de ser uno de los medios básicos de que podemos servirnos
intuitiva-mente para enfrentarnos con el mundo exterior.
A pesar de que todos estos temores y críticas son muy comprensi-bles,
sería erróneo desdeñar esta nueva e intrigante tendencia. En el fondo, sus
dirigentes percibieron una creciente y perjudicial desviación de nuestras
relaciones hacia la impersonalidad, e hicie-ron lo que pudieron para invertir
el proceso. Si, como ocurre a menudo, por la «ley de errores recíprocos»,
mueven excesiva-mente el péndulo en la dirección opuesta, esto puede
considerarse una falta leve. Si el movimiento se desarrolla y crece hasta el
pun-to de que llegue a ser objeto de conocimiento general, entonces, incluso
para los no entusiastas, existirá como constante re-cordatorio de que algo anda
mal en la manera en que empleamos –o, mejor dicho, dejamos de emplear– nuestros
cuerpos. Aunque sólo consiga hacernos ver esto, habrá valido la pena. Una vez
más, es elocuente la comparación con el psicoanálisis. Sólo una pequeña parte
de la población general tiene experiencia directa del análisis; sin embargo, la
idea básica de que nuestros más profun-dos y negros pensamientos no son
vergonzosos o anormales, sino que son probablemente compartidos por la mayoría
de las perso-nas, influyó saludablemente en toda nuestra cultura. En parte, a
ello se debe la visión más sincera y franca de los problemas per-sonales mutuos
de los jóvenes adultos actuales. Si el movimiento de los grupos de encuentro
puede contribuir al mismo alivio indi-recto de nuestros sentimientos reprimidos
sobre el íntimo contacto corporal, es indudable que, en definitiva, habrá hecho
una valiosa aportación a la sociedad.
El animal humano es una especie sociable, capaz de amar y que necesita
ser amado. Simple cazador tribal por evolución, se en-cuentra ahora en un
superpoblado mundo comunitario. Cercado por todas partes, se defiende
encerrándose en sí mismo. En su retirada emocional, cierra las puertas incluso
a los seres más pró-ximos y que le son más queridos, hasta que se encuentra
solo en medio de una inmensa multitud. Incapaz de salir en busca de apo-yo
emocional, se vuelve tenso, irritable y, quizás, en definitiva, violento.
Hambriento de consuelo, busca sustitutivos del amor que sean inofensivos y no
hagan preguntas. Pero el amor es un proce-so de doble dirección, y los
sustitutivos son insuficientes. En estas condiciones, si no encuentra una
verdadera intimidad –aunque sea con una sola persona–, sufrirá graves
consecuencias.
Impulsado a abroquelarse contra el ataque y la traición, llegará a un
estado en que todo contacto le parecerá repelente, en que tocar o ser tocado
significará herir o ser herido. En cierto modo, esto ha llegado a ser una de
las grandes dolencias de nuestro tiempo, una grave enfermedad social de la
sociedad moderna, que haremos bien en curar antes de que sea demasiado tarde.
Si no prestamos atención al peligro, el mal puede aumentar de generación en
gene-ración, hasta que el daño sea irreparable.
Hasta cierto punto, nuestra capacidad de adaptación puede causar nuestra
ruina social. Somos capaces de vivir y de sobrevivir en tan espantosas
condiciones antinaturales, que en vez de detenernos y de volver a un sistema
más sano seguimos luchando. Así hemos combatido en nuestro atestado mundo
urbano, alejándonos cada vez más del estado de intimidad amorosa y personal,
hasta que aparecieron profundas grietas. Entonces, chupándonos los pulga-res
metafóricos y elaborando complicadas filosofías para conven-cernos de que todo
marcha bien, nos quedamos sentados sin hacer nada. Nos burlamos de los adultos
instruidos que pagan grandes cantidades para entregarse a juegos infantiles,
tocarse y abrazarse en institutos científicos, y cerramos los ojos a las
señales. ¡Cuanto más fácil no sería todo si aceptásemos el hecho de que un amor
tierno no es signo de debilidad, propio de niños y de jóvenes enamorados, si
pudiésemos dar vuelta a nuestros sentimientos y volviésemos de vez en cuando,
mágicamente, a la intimidad!
F I N

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