© Libro N° 8727. La Noche En Que Frankensein Leyó El Quijote. Posteguillo, Santiago. Emancipación. Junio 19 de
2021.
Título
original: © La Noche En Que
Frankensein Leyó El Quijote. Santiago Posteguillo
Versión Original: © La Noche En Que Frankensein Leyó El
Quijote. Santiago Posteguillo
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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LA NOCHE EN QUE FRANKENSEIN LEYÓ EL QUIJOTE
Santiago Posteguillo
La Noche En Que Frankensein
Leyó El Quijote
Santiago Posteguillo
CONTENIDO
Prólogo
§ 1. ¿Quién inventó el orden alfabético?
§ 2. Los vikingos y la literatura
§ 3. El autor secreto
§ 4. ¿Escribió Shakespeare las obras de
Shakespeare?
§ 5. La prisión
§ 6. El Ave María de Schubert y la novela histórica
§ 7. Alejandro Dumas y la larga sombra de Auguste
Maquet
§ 8. El discurso
§ 9. La noche en que Frankenstein leyó el Quijote
§ 10. Primeras impresiones
§ 11. Veintiséis días
§ 12. Hija de la lluvia
§ 13. Charles Dickens y la piratería informática
§ 14. Esquina Pérez Galdós con Ángel Guimerà
§ 15. El asesinato de Sherlock Holmes
§ 16. La trinchera
§ 17. La Gestapo y la literatura
§ 18. El presidente Eisenhower y la rebelión de un
hobbit
§ 19. El último vuelo
§ 20. El KGB y el manuscrito mortal
§ 21. La novela perdida
§ 22. Escritores asesinos
§ 23. El secreto de Alice Newton
§ 24. El libro electrónico o el pergamino del siglo
XXI
Para saber un poco más
Agradecimientos
A las primeras lecturas de Elsa bajo la atenta
mirada de Lisa.
Prólogo
El anverso, la cara que todos ven de la literatura,
son las novelas, los poemas o las obras de teatro representadas sobre un
escenario. Eso es lo que se ve, lo que iluminan las luces de las librerías, lo
que se anuncia en las páginas web de sus equivalentes virtuales en la red, lo
que resplandece a las puertas de los grandes teatros, pero ¿qué hay
detrás? La noche en que Frankenstein leyó el Quijote busca
conducir al lector audaz más allá de la frontera que nos marcan las páginas de
un libro, las palabras de un poema o las luces de una función. Éste es un
pequeño gran viaje que pretende mostrar al lector aquello que se esconde detrás
de los libros: los autores, sus vidas, sus caprichos, sus genialidades y, a
veces, sus miserias, y también aquello que hay detrás de los libros mismos como
objeto: ¿por qué hay libros anónimos?, ¿qué libro ponía nervioso al servicio
secreto soviético?, ¿cuál era el escritor que inquietaba a la Gestapo?, ¿qué
novela, que luego sería un gran éxito de ventas, fue rechazada por diferentes
editores? Y es que un libro, desde que nace en la mente de un autor, de una
autora, hasta que llega a las manos del público, pasa por decenas de pequeños
momentos cargados de casualidad o inspiración, de felicidad y, con frecuencia,
también de sufrimiento. Este volumen recrea algunos de esos instantes,
destellos fugaces de grandes momentos de la historia de la literatura
universal.
Pero empecemos por el principio: por favor, hay
muchísimos libros, decenas de miles, centenares de miles, millones de ellos, y
se acumulan en las estanterías y se amontonan en todas las esquinas del
despacho… ¿Cómo ordenarlos? Que venga alguien y, por favor, que ponga orden.
Luego seguiremos.
§ 1. ¿Quién inventó el orden alfabético?
Una persona entra en una librería. Va con prisa.
Olvidó comprar un regalo para su pareja, pero sabe qué autor le gusta y qué
novela de ese autor le falta. Sábado por la tarde. Ni un solo dependiente libre
a quien consultar. Va a la sección de novela histórica. A, B, C, D, E… M. Ahí
está. Ha sido rápido. Mientras nuestro amigo se dirige a la caja, bendice a
quien fuera que inventara el orden alfabético. Va a llegar a su cita, va a
tener el regalo perfecto, todo a tiempo. Y siempre gracias a esa magnífica ordenada
sucesión de letras, aunque ya no piensa en ello.
Una vez en la calle se cruza con montones de
personas: todas van de un lado a otro, unos miran sus móviles, buscando en sus
agendas electrónicas nombres de amigos, parientes, conocidos que el chip de su
teléfono organiza por orden alfabético; el semáforo se pone en verde. Decenas
de coches inmóviles, con sus matrículas de números y letras ordenadas por orden
alfabético, le miran con sus faros mientras cruza la avenida; anhelan su propia
luz verde para seguir sus infinitos trayectos. En una clínica un médico
consulta en su ordenador una base de datos organizada por orden alfabético; en
su casa, una señora, a quien el mundo digital pilló a contrapié, busca en las
páginas amarillas la F para encontrar un fontanero. Hay invenciones geniales
que por su uso común parece que estuvieron con nosotros desde siempre, pero no
fue así. Nada ha surgido de la nada. Es sólo que en la ineludible vorágine del
presente olvidamos nuestro pasado. Así, no sabemos quién inventó el fuego o
quién diseñó un día la primera rueda. De igual forma podemos preguntarnos:
¿sabemos acaso quién inventó el orden alfabético, ese mismo orden sin el que no
sabríamos identificar nuestros coches, organizar nuestras agendas electrónicas
o encontrar una buena novela en una librería? Viajemos atrás en el tiempo, pues
esta historia empezó hace muchos años.
A mediados del siglo III a. C., el gran imperio de
Alejandro Magno acaba de descomponerse en diferentes estados y a la cabeza de
cada uno de esos nuevos reinos ha quedado uno de sus veteranos generales.
Seleuco se quedó con Babilonia, Mesopotamia, Persia y Bactria; Antígono obtuvo
el control de Frigia, Lidia, Caria, el Helesponto y parte de Siria; Lisímaco se
quedó con Tracia, y Casandro con Macedonia; pero es el general Tolomeo quien
nos interesa, pues él será quien gobierne a partir de entonces el legendario
Egipto, desde el sur de Siria hasta los confines más recónditos del valle del
Nilo. Las guerras de frontera, precisamente contra los otros generales del
fallecido Alejandro, ahora convertidos en ambiciosos reyes, consumen las
energías de Egipto, pero, aun así, Tolomeo I funda un nuevo edificio en
Alejandría más allá de los intereses militares: una biblioteca. No tuvo tiempo
de más. Teniendo en cuenta a sus belicosos vecinos, ya hizo mucho. Su hijo
Tolomeo II le sucede en el trono, pero Tolomeo II no es el gran militar que fue
su padre y pronto es derrotado en las fronteras del reino; Tolomeo II, rey
faraón de Egipto, se concentra entonces en las grandes obras públicas en
Alejandría: continúa con la consolidación de la biblioteca y construye, en la
isla de Faros, una gran torre con fuego en lo alto que servirá de guía a los
barcos que llegan al gigantesco puerto de aquella emergente urbe del mundo
antiguo. Eran barcos cargados con todo tipo de mercancías venidas desde todas
las esquinas del Mediterráneo: aceite de la lejana Hispania, vino de la Galia,
lana de Tarento… y entre todo lo que traían había cestos enormes repletos de
rollos y más rollos de papiro con volúmenes de todo tipo: obras de teatro,
poemas épicos, tratados de filosofía, medicina, matemáticas, retórica y
cualquier rama del saber de la época. Se trataba de recopilar todo el
conocimiento para constituir la mayor y mejor biblioteca del mundo, pero llegó
un momento en que todos los funcionarios del nuevo edificio se vieron
desbordados por la enorme cantidad de rollos que tenían y así se lo comunicaron
a su rey. Fue entonces cuando Tolomeo II llamó a Zenodoto.
—Necesito que te ocupes de la biblioteca —le dijo
Tolomeo II.
Zenodoto se sentía incómodo. Llevaba meses centrado
en la recopilación de los viejos poemas de un tal Homero, un autor antiguo
difícil de entender que empleaba palabras viejas olvidadas por todos, hasta el
punto de que había ocupado las últimas semanas en escribir un detallado
glosario que recopilara todos aquellos términos.
—El rey faraón de Egipto tiene muchos servidores
que pueden ocuparse de la biblioteca —respondió Zenodoto para intentar zafarse
de un encargo que retrasaría en meses, quizá en años, el trabajo que llevaba
entre manos y que le interesaba mucho más que ponerse a ordenar papiros.
El rey faraón dador de Salud, Vida y Prosperidad,
pues según la milenaria tradición ésos eran sus títulos en Egipto desde el
tiempo de las pirámides, sonrió. Tolomeo II siempre fue paciente con Zenodoto.
—Sólo te pido que vayas a ver la biblioteca.
Entonces entenderás.
Zenodoto no podía negarse. A fin de cuentas era el
faraón quien financiaba sus trabajos. Así, a regañadientes, se encaminó hacia
la vieja biblioteca. Nada más llegar empezó a entender: Tolomeo II había
ampliado notablemente los edificios que su padre había dedicado a aquel centro
del saber. Las dimensiones eran descomunales. Era evidente que nunca antes se
había construido una biblioteca de esa envergadura, pero aquello carecía de
importancia en comparación con lo que Zenodoto encontró en su interior:
centenares de trabajadores llevaban miles de cestos repletos de rollos de
papiro de un lugar a otro, distribuyéndolos según podían por las inmensas salas
de aquella gigantesca obra. Había centenares de miles de rollos de papiro,
quizá más de un millón. Incontables, inabarcables. Zenodoto comprendió al rey
faraón. No había encontrado a nadie que ni tan siquiera pudiera haber intuido
cómo ordenar todo aquello. Y ordenarlo era clave, pues una biblioteca no valía
nada por el mero hecho de acumular centenares de miles de rollos si nadie era
capaz de encontrar uno cuando alguien quisiera consultarlo. En las pequeñas
bibliotecas griegas, donde se acumulaban unos centenares de rollos, el veterano
bibliotecario de cada lugar recordaba el sitio donde encontrar cualquier texto,
pero allí aquello era absurdo. Nadie podía recordar tanto. Había que
clasificar, como fuera; pero clasificar aquellas montañas de cestos llevaría
años, siglos. Ni siquiera bastaría una vida. Zenodoto, no obstante, no era
hombre de amilanarse con facilidad y puso los brazos en jarras. ¿Cómo ordenar
aquel universo de palabras? Tenía que haber alguna forma.
Zenodoto no durmió aquella noche. Se movió inquieto
en la cama. Sólo soñaba con miles y miles de rollos en grandes colinas
dispersas como túmulos fantasmagóricos. Se incorporó sobresaltado. Estaba
sudando profusamente. Se levantó y echó agua fresca en un vaso de cerámica. De
pronto tuvo un momento de iluminación.
A la mañana siguiente fue a hablar con el rey.
—Yo me haré cargo de la biblioteca —dijo, y Tolomeo
II asintió satisfecho.
Zenodoto regresó entonces a aquel imponente
edificio y se situó en medio de todos aquellos rollos. En su mente recordaba su
glosario de palabras antiguas de Homero: eran tantos los términos arcaicos que
usaba aquel poeta que los había ordenado por grupos, los que empezaban por A
todos juntos, luego los que empezaban por B y así sucesivamente. Al principio
le pareció algo demasiado simple, pero pronto se dio cuenta de que aquello
funcionaba muy bien para localizar una palabra sobre la que hubiera trabajado. Zenodoto,
subido a una mesa que utilizó como improvisado estrado, habló alto y claro a
los trabajadores de la gran Biblioteca de Alejandría.
—Ordenaremos los rollos por orden alfabético según
su autor.
Todos le miraron asombrados. Y, al mismo tiempo,
infinitamente aliviados. La tarea llevó meses, años, pero Zenodoto tuvo tiempo
de ver en vida aquella inmensa biblioteca con todos los centenares de miles de
rollos archivados y localizables y, además, tuvo tiempo de volver a trabajar
sobre los poemas de Homero.
Y así seguimos. Así que cuando busque un libro en
una librería o el número de teléfono de un amigo en su agenda electrónica en el
móvil, recuerde al bueno de Zenodoto. Se merece, cuando menos, un segundo de
nuestra memoria.
§ 2. Los vikingos y la literatura
Era el año 841 después de Cristo, aunque aquellos
hombres rubios, altos y feroces nada sabían de Cristo. Sus más de sesenta
barcos vikingos ascendían a buen ritmo por el río Liffey. Llegaron a la laguna
negra, un remanso del río donde podrían atracar sus temidos drakkars.
Aún no habían desembarcado y ya se oían los gritos de los pobladores de aquella
tierra huyendo en busca de refugio en las torres que habían construido para
resguardarse de aquellos ataques o para esconderse en el viejo monasterio.
Nadie sabe a ciencia cierta el nombre del guerrero que comandaba aquella nueva
expedición vikinga. Unos dicen que se llamaba Turgesius, otros que Gudfred y
hay quien lo ha identificado como Thorgils, el hijo del rey noruego Haraldr
Harfagri, es decir, Haraldr el del pelo rubio. Pero nadie sabe exactamente
quién era el que comandaba a aquellos vikingos que descendían ya de sus barcos
y que, para sorpresa de todos los que corrían en busca de refugio, no iban tras
ellos. Eso les pareció extraño, pues les daba la oportunidad de esconderse. Lo
que no sabían era que aquellos vikingos venidos de la remota Escandinavia no
tenían prisa esta vez y por eso no los perseguían como en otras ocasiones. No,
aquellos vikingos no habían venido a saquear y a secuestrar hombres, mujeres y
niños. No. Aquella mañana habían venido para quedarse en la bahía y fundar una
auténtica ciudad vikinga que el mundo luego conocería como Dubh Linn, es decir,
«laguna negra» en gaélico, el Dublín del siglo XXI.
Cuando uno piensa en la relación entre los vikingos
y la literatura, lo primero que le viene a la mente son esas largas e intensas
sagas nórdicas que, en el caso de la literatura inglesa, a través del
poema Beowulf (el equivalente al Mío Cid en
español), marcan el arranque de la literatura anglosajona. Luego Tolkien
recurriría a estas sagas como base para recrear su magnífico mundo de la Tierra
Media. Todo esto es cierto, pero los vikingos, aun sin saberlo, y sin
pretenderlo, contribuyeron a la historia de la literatura no ya sólo inglesa
sino universal con una acción que nadie pensó que podría ser tan importante: la
conquista de Dublín. Y es que, con la llegada de los vikingos, la ciudad creció
y se consolidó como un importante eje de comunicaciones marítimas y comerciales
en el norte de Europa. Fue un renacer construido sobre mucha sangre inocente,
sangre celta que, no obstante, se mezclaría finalmente con sangre vikinga y
luego normanda. No sé si será esta mezcla de la imaginación celta con la pasión
por las largas sagas de los vikingos lo que produjo el milagro, o si fue el
clima eternamente lluvioso y melancólico, pero Dublín, aunque no se sepa
demasiado, es una de las ciudades que más han aportado a la literatura. De
hecho es Ciudad de la Literatura por la Unesco. ¿Y eso por qué? Porque pocas
ciudades han dado a la literatura tantos maestros. Y si no, juzguen por ustedes
mismos:
Congreve o Sheridan, importantísimos dramaturgos
del XVIII y el XIX eran de Dublín, como lo era también el autor, mucho más
conocido, de Los viajes de Gulliver, Jonathan Swift, un ejemplo de
sátira social demoledora. Y también nació en Dublín el eterno e inigualable
Oscar Wilde, cuyos rompedores epigramas, como «Puedo resistirlo todo menos la
tentación» o «En los exámenes los estúpidos preguntan cosas que los sabios no
pueden responder», nos resumen bien la filosofía del pueblo irlandés. Como se
imaginarán, este segundo epigrama es muy popular entre los estudiantes
universitarios, incluidos los míos.
Pero hay mucho más en Dublín: ¿recuerdan el
musical My Fair Lady, con Audrey Hepburn y Rex Harrison? Está
basado en la obra Pigmalión de Bernard Shaw, otro dublinés que
obtuvo el Premio Nobel en 1925, y el Oscar por el mejor guión adaptado en 1938
(cuando reescribió Pigmalión para una primera versión
cinematográfica británica, preludio del musical My Fair Lady). Yo
creo que con Swift, Wilde y Shaw, además de los mencionados anteriormente,
cualquier ciudad merecería ya un lugar privilegiado en la historia de la
literatura, pero a estos autores podemos añadir un siempre controvertido Samuel
Beckett, que con su apuesta por el teatro del absurdo, con obras como Esperando
a Godot, fue merecedor del Premio Nobel en 1969. Esto hace ya dos
dublineses con el Premio Nobel de Literatura. Pero además, si uno pasea por la
ciudad, no sólo puede ver dónde nació o vivió Wilde o visitar el más que
interesante Writers’ Museum [Museo de los Escritores], sino que puede descubrir
placas y estatuas repartidas por las calles que hacen referencia a la épica
novela de James Joyce: Ulises. ¿Que dónde nació Joyce? En Dublín,
por supuesto, donde se educó como escritor y hasta donde dio clases como
profesor de lengua. Con Joyce tenemos otro autor internacional que añadir a la
gran lista de la ciudad y que, aunque luego viviría fuera de Dublín, quedó
literariamente atrapado en la capital irlandesa que le vio nacer, y siempre
escribía sobre sus calles, sus esquinas, sus pubs, sus gentes. Y si no me creen
relean otra de sus obras, Dublineses, cuyo título no deja lugar a
dudas. John Huston hizo una magnífica adaptación al cine del último de los
relatos de este libro, «Los muertos». Película memorable.
Es cierto que Joyce es un autor difícil de leer y
que es mucho mejor adentrarse en la literatura de escritores dublineses con las
obras de Swift o Shaw o, por qué no, ya que hay tanta moda con las sagas
vampíricas, releyendo el libro que lo inició todo: Drácula, de Bram
Stoker. Un clásico que recreando leyendas centroeuropeas estableció, sin
saberlo, todo un género con tantos hijos e hijas necesitados de sangre. Ya se
imaginarán dónde nació Bram Stoker: sí, en efecto, en Dublín. De hecho, una
novia de Wilde fue luego novia de Bram Stoker. Pero por si el listado aún no
les parece suficientemente sorprendente tenemos otro premio Nobel, William
Butler Yeats, el gran poeta de las leyendas irlandesas, quien, nacido también
en Dublín, recibiría el máximo galardón de la Academia Sueca en 1923. Muy
recientemente, en 2012, el grupo The Waterboys ha sacado un disco poniendo
música a varios de sus poemas más populares. Personalmente me encanta el final
de «La balada de Aengus, el errante», personaje de la mitología gaélica que
busca sin descanso a su amada:
Y aunque he envejecido caminando
por profundos valles y tierras montañosas
encontraré donde ha ido ella
y besaré sus labios y tocaré sus manos
y caminaré por la hierba moteada
y cogeré, hasta que el tiempo y los tiempos terminen,
las plateadas manzanas de la luna,
las doradas manzanas del sol.
Pero la lista de escritores dublineses populares no
es algo del pasado: Maeve Binchy, autora de bestsellers emotivos sobre el día a
día de la gente corriente, lleva más de cuarenta millones de ejemplares
vendidos. Y es que los libros forman parte integral de la vida irlandesa, ya
sea porque el clima invita a recogerse temprano en casa y, al lado de un
amigable fuego o un buen sistema de calefacción, pasar horas infinitas leyendo,
o porque el interés por las buenas historias va en los genes descendientes de aquellos
vikingos que gustaban de sagas interminables. En Dublín puedes encontrar
librerías modernas, librerías antiguas, mercadillos de libros usados o
bibliotecas absolutamente espectaculares. De hecho, cuando Hollywood buscaba en
qué inspirarse para recrear la impactante biblioteca del mítico castillo de
Hogwarts de la serie Harry Potter, encontraron la iluminación en la fastuosa
biblioteca del Trinity College de Dublín. Nada más entrar en ella, el visitante
tiene la sensación de estar en la catedral de las bibliotecas y de que en
cualquier momento el adolescente Harry o el malvado Voldemort pueden
sorprenderle emergiendo de cualquier pasillo. Visiten Dublín si pueden y, si
no, viajen literariamente a ella por cualquiera de sus muchos caminos.
Disfrutarán.
Como no podía ser de otra forma, otra escritora
dublinesa, Anne Enright, nos explica muy bien este matrimonio indisoluble
(estamos en Irlanda) entre literatura y Dublín: «En otras ciudades, la gente
inteligente sale y hace dinero. En Dublín, la gente inteligente se queda en
casa y escribe libros.»
§ 3. El autor secreto
Alguna ciudad de España. Año del Señor de 1553
Don Diego volvió a leer aquella misiva del rey. No,
no había duda. No importaba que apenas hubiera regresado de su puesto de
embajador en Roma: el emperador le conminaba a aceptar un nuevo cargo de forma
inminente. Don Diego dejó la carta encima del escritorio y meditó en silencio.
Al fin, tomó una decisión. Abrió un cajón, extrajo un montón de hojas escritas
y las envolvió con cuidado en una piel de cuero para proteger aquellas páginas
de la lluvia… y de las miradas indiscretas.
Se levantó y llamó a uno de los sirvientes de la
casa.
—Mi capa —dijo y, en cuanto se la trajeron, don
Diego Hurtado de Mendoza se embozó en ella y salió a la calle.
Hacía frío y una lluvia fina descargaba con
persistencia, aunque lo peor era el viento. Iba armado y era hombre resuelto,
así que no le preocupaba que la noche se hubiera apoderado de la ciudad. Caminó
así, oculto su rostro en el embozo de su capa. De esa forma se protegía de las
inclemencias del tiempo y, a la vez, pasaba desapercibido ante algún otro
caballero que debía de ir en busca de dama o que quizá acudía a algún duelo que
no entendía ni de rayos ni de truenos.
Llegado a las afueras de la población, se detuvo
frente a una vieja casa que, por sus grietas en las paredes y lo desvencijado
de su puerta, no parecía ser morada de nadie de renombre. Don Diego dio varios
golpes en la madera con la palma de su mano fría y endurecida a fuerza de
luchar en nombre del emperador Carlos V.
Pasó el tiempo sin obtener respuesta.
A fuerza de insistir en su llamada, se oyó una voz
quebrada, de alguien viejo, que hablaba desde el interior.
— ¡Voto a Dios que no son horas! —decía la voz—.
¿Quién va?
— ¡Abrid en nombre del rey! —exclamó don Diego con
el poderoso tono de quien está acostumbrado a mandar.
La puerta se abrió y una nariz aguileña tras la que
asomaban unos ojos inquietos apareció por el umbral. Como fuera que el viejo
vio en aquel inoportuno visitante el porte de un caballero y que éste estaba
solo, decidió hacerse a un lado y dejarle pasar, aunque, eso sí, siguió
maldiciendo e imprecando a Nuestro Señor.
—Voto a Dios que no es hora de visitas.
—No es hora, en efecto —dijo don Diego sacudiéndose
el agua de los hombros con su sombrero, pero, como hombre decidido que era y
para quien el tiempo también apremiaba, sin dudarlo un ápice, sacó una bolsa de
debajo de la capa y la arrojó al suelo.
El peso del metal resonó en aquella estancia mal
iluminada por la única vela que sostenía el viejo. Se terminaron las
imprecaciones. La puerta se cerró, el viejo se agachó, cogió la bolsa y la
llevó a una mesa donde había letras en moldes esparcidas por doquier. El viejo
volcó el contenido de la bolsa y el oro resplandeció incluso en aquella tenue
luz temblorosa de la vela.
—Esto es mucho dinero —dijo el viejo, veterano en
encargos extraños pero, como siempre, desconfiado—. Nada bueno queréis.
Don Diego sacó entonces el cuero que envolvía las
páginas escritas y lo dejó también sobre la mesa.
—Ese dinero es en pago por imprimir este libro.
Veréis que soy hombre asaz generoso.
El viejo ladeó la cabeza.
—Eso depende del riesgo que entrañe imprimir
aquello que me habéis traído. Sois caballero, pero tanto secreto y lo avanzado
de la noche me hace presentir que de nada bueno se trata.
—La hora en parte se debe a que he de marchar para
Siena al amanecer. A ello me conmina nuestro rey y emperador. El dinero es
porque quiero un buen trabajo y… bien, sí, para qué negarlo: algo de peligro
hay en el encargo. —Pero entonces don Diego puso sobre la mesa una segunda
bolsa de oro.
El viejo miró la nueva bolsa y miró el cuero con el
libro.
—Aunque sean poemas del mismo diablo, mañana me
pondré al trabajo —dijo el anciano acercando la luz a la segunda bolsa.
—Poemas no son, pero espero que cumpláis vuestra
palabra o por Dios que a mi regreso de Siena os he de encontrar y cobraros a
palos la traición de no servirme bien en este encargo. Imprimid este libro y
luego marchad de la ciudad. Si el trabajo se hace bien sabré de ello, pues sin
duda las noticias llegarán hasta Siena. —Y don Diego dejó un tercer saco de
monedas sobre la mesa—. Me consta que el negocio no os va bien, pero este extra
es por las molestias de vuestro mudar de ciudad.
El viejo tenía aquella imprenta heredada de su
padre. Años atrás, recién nacida aquella invención de juntar palabras, todo fue
bien, pero luego fueron tantas las imprentas que apenas había ya negocio para
sobrevivir. Aquel encargo parecía como llegado del cielo; o del infierno, que a
él tanto le daba. El viejo asintió y empezó a hojear las primeras páginas del
libro. Don Diego no esperaba que hubiera ni ocasión ni necesidad de
intercambiar más palabras, así que se encaminó hacia la puerta.
—Hay un problema, caballero —añadió el viejo
mientras don Diego atenazaba el tirador de la puerta.
El caballero se detuvo y se volvió despacio.
— ¿Qué problema?
—Aquí, en el libro, no figura autor alguno.
Don Diego sonrió de forma siniestra.
—No lo hay. Es un libro sin escritor ni noticia
donde encontrarlo; y vos, amigo mío, vos no me habéis visto. —Y dio media
vuelta, abrió la pesada puerta y se desvaneció en la noche de aquella ciudad
mojada y oscura.
Roma. Año del Señor de 1555
El papa miraba por la ventana. El gran inquisidor
insistía en aquel punto una y otra vez ante el silencio del pontífice.
—Es imperativo que nos pongamos manos a la obra en
este asunto de los libros, santísimo padre.
— ¿Qué asunto? —preguntó el papa Julio III con aire
distraído.
El gran inquisidor sonrió para ocultar en aquella
mueca falsa su rabia. Aquel maldito papa sólo pensaba en Inocencio, el niño que
había adoptado de la calle y que se había atrevido a nombrar cardenal pese a
ser medio analfabeto para sonroja de todos. El inquisidor sabía que necesitaban
otro papa, pero, de momento, el asunto de los libros apremiaba y algo debía
hacerse a la espera de encontrar el sustituto adecuado para aquel inútil.
—Se trata del índice de libros, el Índex
librorum prohibitorum, santísimo padre. Los herejes cada vez publican más
libros con esa máquina infernal de la imprenta y no sólo ellos, sino que hasta
desde reinos bien fieles como España se imprimen libros libidinosos o con
críticas manifiestas contra el clero.
— ¿Desde España? —preguntó el papa algo
sorprendido. La verdad es que no había escuchado demasiado nada de lo que había
dicho su interlocutor aquella mañana.
—Sí, santidad —continuó el inquisidor, convencido
de que se estaba ganando el cielo a base de ejercitar una paciencia infinita—.
En España mismo se ha publicado, por ejemplo, ese insultante Lazarillo
de Tormes, donde se hace mofa de todo y de todos —y el inquisidor iba
tornándose rojo a cada palabra, a cada sílaba—, y en particular hace burla de
clérigos y arciprestes y hasta de las mismísimas bulas papales con un escarnio
tan impertinente como sacrílego que no podemos, que no debemos tolerar.
—El Lazarillo de Tormes —repitió
su santidad—. ¿Tan popular se ha hecho ese libro?
—Hasta cuatro impresiones diferentes hemos
detectado el año pasado entre Amberes, Burgos, Medina del Campo y Alcalá. Hay
que detener libros como éste, santidad; hay que prohibirlos y quemarlos y
alejar a los pecadores de ellos.
—Supongo que tenéis razón —respondió el papa al
tiempo que bajaba la cabeza pensativo; hasta que, de pronto, parpadeó y, con
curiosidad, preguntó—: ¿Y quién ha escrito ese libro?
El gran inquisidor, que había empezado a dibujar un
semblante de satisfacción al obtener el permiso de su santidad para iniciar el
proceso de creación del Índice de libros prohibidos, dejó de
sonreír.
—No lo sabemos. —Y el inquisidor hizo una breve
pausa—. No lo sabemos aún, santidad, pero lo averiguaremos.
Apenas cuatro años después, en 1559, el Índex
librorum prohibitorum fue oficial. En él ingresó el Lazarillo
de Tormes; sin embargo, pese a todos los intentos de la Sagrada
Inquisición, cuatrocientos cincuenta y tres años más tarde, seguimos sin saber
quién fue su autor. Tras los inquisidores, con un espíritu opuesto, cargados de
nobleza y ansia investigadora, llegaron los grandes estudios sobre literatura
de los siglos XIX, XX y XXI y sus conclusiones: la atribución de la autoría
del Lazarillo de Tormes a don Diego Hurtado de Mendoza parece
ser una de las que mayores seguidores y pruebas tiene, y, en consecuencia, así
lo he recreado en los párrafos iniciales de este capítulo. No obstante, además
de don Diego Hurtado de Mendoza, se ha considerado que el Lazarillo quizá
pudo ser obra de un secretario erasmista del emperador Carlos V, o del
mismísimo Fernando de Rojas, autor de La Celestina; o quizá del
jerónimo fray Juan de Ortega o de Sebastián de Horozco o del dramaturgo Lope de
Rueda o de Juan Maldonado, Gonzalo Pérez, Bartolomé Torres Naharro o hasta del
humanista Luis Vives. La lista de posibles autores es casi interminable.
Siempre pensé que el que no se conociera quién es
el autor de esta novela era una derrota de la literatura, pero cuando pienso en
el gran inquisidor comprendo que el anonimato eterno de aquel escritor es, en
realidad, una de las grandes victorias de la literatura universal.
§ 4. ¿Escribió Shakespeare las obras de
Shakespeare?
30 de mayo de 1593. Una posada en Deptford, junto
al Támesis, a dieciséis millas de Londres. Cuatro hombres comparten una cena.
La cerveza ha sido abundante. Sin embargo hay pocas risas. Los hombres hablan
en voz baja. De pronto uno se levanta alterado.
—Prometiste que pagaríais vosotros.
—Siéntate, Marlowe, por Dios —le responde Ingram,
uno de sus compañeros, cogiéndole del brazo, pero Marlowe está fuera de sí. Ya
entró nervioso en la taberna y a cada cerveza se había puesto más irascible
aún.
— ¡Malditos miserables! ¡Malditos mentirosos! —les
espeta Marlowe con agresividad.
Robert y Nicholas cogen entonces a Marlowe por los
brazos, mientras que Eleanor Bull, la viuda dueña del alojamiento, desciende a
toda prisa desde el piso superior. Marlowe se zafa del abrazo de sus compañeros
y esgrime una daga ante el perplejo rostro de su amigo Ingram.
— ¡Sois todos unos traidores y pagaréis por ello
como pagaréis esta maldita cuenta! —insiste un Marlowe fuera de sí.
Ninguno parece entender por qué Marlowe reacciona
con esa violencia.
— ¡Señores, ésta es una casa honrada! —exclama
Eleanor Bull aterrorizada, pero ya es tarde para todo.
Marlowe, borracho, embiste a Ingram con su daga.
Ingram, no obstante, ha estado en mil reyertas de taberna: coge la muñeca de
Marlowe, la retuerce y el puñal desaparece de la vista de todos. Lo siguiente
que se oye es el grito de agonía de Marlowe a la vez que un gran charco de
sangre empieza a salpicarlo todo. En ese momento se abre la puerta. Danby, el
juez de la reina, de paso por Deptford, ha oído los gritos de la lucha y entra
en el comedor.
—En nombre de la reina, ¿qué ocurre aquí?
Y todo se detiene.
A los pocos minutos, el cuerpo sin vida de
Christopher Marlowe, poeta y autor de teatro isabelino, es puesto en una
carreta acompañando al cadáver de un recién ahorcado. Eleanor Bull y otros
testigos están declarando. Ingram es detenido por posible asesinato. Danby
parte hacia Londres custodiando a Ingram y se adelanta al grupo de sus hombres
que conducen la carreta con los cuerpos sin vida de aquellos miserables. El
carromato, más despacio, con Robert y Nicholas velando al fallecido Marlowe,
cruza Deptford con los dos cadáveres, el de Marlowe y el del ahorcado. Justo a
la salida del pueblo, el cuerpo sin vida de Christopher Marlowe abre los ojos y
se sienta.
— ¿Qué mierda roja es ésta? —pregunta.
Ni Robert ni Nicholas ni el conductor del carro se
sorprenden.
—Sangre de vaca —responde Robert en un susurro—,
hemos usado sangre de vaca; y sigue tumbado, que todavía no hemos dejado el
pueblo. Aún conseguirás que nos maten a todos, pero esta vez de verdad.
Marlowe obedece y, aunque a regañadientes,
maldiciendo el mal olor de aquella sangre, se recuesta de nuevo en el carro. El
cadáver del ahorcado tampoco hace muy grato el viaje.
En pocos minutos llegan a un muelle. Marlowe se
cambia de ropa, sube a una barca que lo conduce a un mercante anclado en medio
del río y desaparece de Inglaterra con destino al continente. A todos los
efectos, Christopher Marlowe, autor de grandes obras del teatro isabelino
como El doctor Fausto, El judío de Malta o La
masacre en París, ha muerto. El cuerpo del ahorcado sirve a sus compañeros
para entregarlo en lugar del suyo. El supuestamente malogrado escritor ha
dejado de existir, al menos en Inglaterra.
Sin embargo, la vida de Marlowe sigue en Francia,
Italia y otros países como agente secreto al servicio de la corona inglesa, la
misma institución que está detrás de su ficticio asesinato para evitar que
fuera detenido e interrogado bajo tortura y que sus posibles confesiones
comprometieran a altos funcionarios de la corona para los que había estado
trabajando durante años. Marlowe, desde Europa, envía informes con regularidad
a Londres, pero también envía algo más. Y es que su vieja pasión, un extraño vicio
que le reconcome las entrañas, no le ha abandonado. De noche, cuando no puede
dormir por el calor de algunos de los países mediterráneos en los que deambula,
o quizá en medio de un perenne insomnio motivado por las preocupaciones, sigue
escribiendo. Así nacen Hamlet, Otelo, Julio
César, El mercader de Venecia, Romeo y Julieta, Mucho
ruido y pocas nueces, El sueño de una noche de verano, Antonio
y Cleopatra, Macbeth y tantas otras. Marlowe envía los
manuscritos a Inglaterra, a su buen amigo Thomas Walsingham, primo de sir
Francis Walsingham, secretario de la reina Isabel. Thomas, admirado por la
calidad de las obras, busca un hombre, un joven actor, y le ofrece un pacto:
que sea él el rostro conocido que firma esos nuevos escritos de un Marlowe
supuestamente muerto en una reyerta de taberna. Este joven actor, de nombre
William Shakespeare, acepta. No tiene nada que perder.
¿Es todo esto cierto o estamos ante un dislate? La
corriente dominante en la historia de la literatura inglesa sigue siendo la de
considerar a Shakespeare como el autor de todas las grandes obras isabelinas
que habitualmente se le atribuyen, pero hay quien ha dudado de que Shakespeare,
hombre sin formación académica conocida, pudiera escribir semejantes obras
maestras. Así Zeigler en 1895 y Webster en 1923 plantean sus dudas de forma
rigurosa en diferentes publicaciones académicas. A esto se une que en 1925 se
descubre el documento sobre la investigación oficial sobre la muerte de
Marlowe: Ingram recibió un indulto de la reina cuatro semanas después de la
supuesta muerte de Marlowe, alegándose defensa propia; los testigos presentaban
contradicciones extrañas en sus declaraciones y es curioso que el juez de la
reina, Danby, estuviera justo en el sitio del asesinato en el momento exacto en
que supuestamente se produjo aquella reyerta. En 1955 Calvin Hoffman y en 1994
A. D. Wright continuaron defendiendo con todo tipo de argumentaciones
literarias y policiales que Marlowe no murió en esa pelea y que era él y nadie
más el auténtico autor de las obras que firmaba el actor Shakespeare. Su
argumentación cobra fuerza con el hecho de que un tal Marlowe se paseara por
Europa entre 1593, año de su supuesta muerte, y 1627, apareciendo
intermitentemente en diferentes ciudades como Padua, Rutland y hasta la hispana
Valladolid. ¿Tenía Hoffman razón en su teoría y es Marlowe el autor de obras
tan memorables de la literatura universal como Hamlet o Romeo
y Julieta?
Es un hecho que prevalece que hay dudas sobre si
Shakespeare fue o no el autor en cuestión de tales obras maestras. Muy
recientemente, en octubre de 2011, asistimos al estreno de la película Anonymous,
en donde se formula nuevamente la teoría de que Shakespeare no fue el autor de
esas obras que normalmente se le reconocen. La película no se postula a favor
de Marlowe como el auténtico autor, sino que formula otra hipótesis diferente
que no desvelo por si desean ver el largometraje. En todo caso, el asunto de la
muerte de Christopher Marlowe sigue siendo enigmático.
De quien sí sabemos cuándo murió con exactitud es
de Calvin Hoffman, en 1987, pero tal era la pasión de este investigador del
pasado por confirmar que fue Marlowe, en efecto, quien escribió las obras que
firmaba Shakespeare que el propio Hoffman decidió que el tema no quedaría
zanjado con su propia muerte. Para ello dejó un testamento con un premio de
varios centenares de miles de libras esterlinas que deben ser entregadas como
recompensa al investigador o investigadora que sea capaz de demostrar sin ningún
margen de duda que fue Marlowe y no Shakespeare el que escribió las obras más
famosas de la literatura inglesa. Observarán que he dicho «deben ser
entregadas» en presente. Y es que la fundación del King’s College de Canterbury
custodia los deseos y el dinero de Hoffman, que sigue esperando. El concurso
sigue abierto. Si tienen alguna idea, por favor, no lo duden y preséntenla a la
fundación del King’s College.
Por cierto, el cadáver de Marlowe fue incinerado en
menos de veinticuatro horas después de su supuesta muerte. ¿Casualidad o
alguien tuvo mucha prisa en que no fuera identificado? Ah, se me olvidaba:
curiosamente Shakespeare no publicó nunca nada antes de 1593, año de la muerte
de Marlowe. Hay quien cree en las casualidades. Hay quien no.
§ 5. La prisión
El nuevo preso entró custodiado por dos de los
porteros de la cárcel pública de Sevilla. Corría el año del Señor de 1597 y en
aquella ciudad del sur del reino hacía un calor asfixiante. Pero ésa no era, ni
de lejos, la mayor preocupación de aquel preso, entrado en años, marcado por el
tiempo y la guerra. Miraba atento a su alrededor. No era tampoco aquél su
primer cautiverio y sabía que nunca se andaba con suficiente tiento en una
cárcel. Tanto andar sirviendo al rey y así se lo pagaban.
— ¡Entrad de una vez! —le espetó uno de los
porteros con desdén.
El preso cruzó la puerta que llamaban del Oro y
luego la segunda puerta, esta de reja, que llamaban puerta de Hierro. Sin
embargo, resopló de alivio cuando comprobó que no le obligaron a cruzar la
tercera y última de las puertas de aquella terrible prisión, la de la Galera
Vieja. Mal asunto que te metieran allí, con los prisioneros de la peor calaña:
desertores, salteadores y ladrones de la peor estofa con mucha sangre derramada
sin orden ni concierto.
Llegados al patio de la fuente, le indicaron que
subiera por la escalera. El reo recién llegado obedeció disciplinado. No era
momento de rebeldías absurdas. Tampoco es que estuviera resignado a ese
destino, pero pensaba luchar contra aquel cautiverio de otra forma. Al poco,
porteros y preso se encontraron en una galería de la planta primera con
pequeñas celdas de ventanas aún más pequeñas. Todo allí era agobiante. El calor
sevillano parecía que se te metía en las entrañas y allí se quedaba. Sudaba por
todas partes.
—Ahí. —Y le empujaron con tal fuerza que
trastabilló y dio con sus huesos en el duro suelo de aquella prisión.
— ¡Voto a Dios! —dijo al caer, pero se controló y
no añadió más.
El portero de la cárcel le miraba como quien espera
una provocación para tener una buena excusa con la que descalabrarle.
—Uno nuevo —oyó el recién llegado entonces que
decía alguien a su espalda. Se volvió y vio que un preso anciano le miraba
sonriendo con una boca desdentada y sucia—. Tranquilo. Aquí no se está tan mal.
Allí fuera —y señaló a la minúscula ventana de la celda— hay gente mucho peor
que la que hay aquí dentro.
El preso nuevo no respondió, aunque pensó que mucho
había de cierto en aquella reflexión. Se levantó y se volvió raudo a la puerta
para gritar una petición a los porteros que le habían traído y que ya se
alejaban. No era queja sobre el trato recibido. Era asunto de más enjundia.
— ¡Recado de escribir! —Y como fuera que se
volvieron con asco, el preso, que de argucias y cautiverios entendía bien,
mostró en su mano varias monedas a la par que insistía en su ruego—. ¡Recado de
escribir! ¡Háganme esa merced!
El reo sabía que tenía derecho a ello, que
cualquier preso tenía que disponer de la posibilidad de escribir al menos una
carta a algún familiar, a algún allegado o a quien se terciara según su juicio,
para informar de su penosa circunstancia, pero como también era hombre
experimentado y conocedor de la miseria humana, ofreció las monedas para que se
ablandara la mala voluntad de aquellos carceleros. — ¡Háganme esa merced!
—insistió cuando les daba el dinero.
Los porteros no respondieron, pero se la hicieron,
porque el dinero canta y abre caminos en todas partes, pero más que en ningún
sitio en las cárceles, en las de antes y en las de ahora.
Llegó entonces papel, una pluma y algo de tinta
para escribir. El preso anciano que había hablado de la maldad de los de fuera
vio cómo el nuevo reo tomaba el material que le habían traído para escribir y
cómo se afanaba en redactar lo que parecía una carta, de muchas palabras juntas
para lo que él tenía acostumbrado ver en otros presos. El reo nuevo, al fin,
entregó su carta a uno de aquellos porteros siempre mal encarados.
—Muchos son los que escriben rogando perdón a los
jueces y pocos los que lo reciben —dijo el preso anciano.
—Lo sé —respondió el preso nuevo—. Pero yo he
escrito al rey.
— ¡Al rey! ¡Ja, ja, ja! —se desternilló el anciano
ante lo absurdo del destinatario, pero pronto calló.
En el fondo, aquel preso nuevo le había
impresionado: o estaba loco o se consideraba alguien cuyo destino podía ser de
interés para el mismísimo rey. Seguramente sería un loco. No le gustaba
compartir prisión con un loco.
Llegó la noche y un vigilante les cerró la puerta
de la celda de un golpe. Se oyeron entonces voces desde el patio.
— ¡Acá los de la Galera Nueva!
— ¡Acá los de la Cámara de Hierro!
— ¡Acá los de la Galera Vieja!
El nuevo miró instintivamente al anciano de su
celda y éste le aclaró las cosas.
—Son los bastoneros, los vigilantes de la cárcel.
Mil veces peores que los porteros. Con los bastoneros no hay que tratar. Son
las diez y cierran todas las puertas. Siempre gritan así, para que el alcaide
sepa que las cosas están bien y para que todos sepamos que ellos están ahí.
Mala gente los bastoneros. Mala gente.
El preso nuevo asintió y se acurrucó en su jergón e
intentó conciliar el sueño. Al principio, un poco por el cansancio, un poco por
lo avanzado de la hora, pudo dormir algo, pero, de pronto, en medio de las
sombras, un aullido de dolor rasgó la noche de la prisión.
— ¡Aagggh!
El recién llegado miró hacia el anciano. El otro no
podía verle, pero seguramente había intuido que el nuevo también se había
despertado y que debía de estar confuso.
—De las celdas de abajo. Alguien bajo tormento
—aclaró el viejo susurrando sus palabras en la oscuridad de la celda. El nuevo
no dijo nada.
Al cabo de otro rato le pareció al preso nuevo que
se oían voces de mujeres, pero pensó que estaba soñando y se abandonó, al fin,
a los brazos de Morfeo.
Pasaban los días y seguía sin recibir respuesta a
su carta. La rutina carcelaria empezó a tomar acomodo en su persona, junto con
la suciedad y el tedio y el calor: los martes venía el asistente con sus
tenientes para ver a los presos que habían entrado nuevos desde el sábado; los
jueves volvía el asistente para examinar las causas de los presos que llevaban
más tiempo a cargo de la justicia; y, por fin, los sábados venían los oidores
que escuchaban quejas y reclamaciones de los presos, esto es, si se les untaba
convenientemente con monedas que hubieran conseguido los reos por los más
diferentes y siempre peligrosos medios. A estos últimos, los oidores, recurrió
en varias ocasiones nuestro preso, pero sin grandes logros.
Los días pasaban. Una tarde descubrió que no había
soñado la primera noche que llegó allí y que las voces de mujeres que se oían
ocasionalmente en algunas horas nocturnas eran reales. Hasta cien mujerzuelas
entraban alguna noche para solaz de los presos que pagaban bien a los
bastoneros de forma que éstos miraran para otro lado por unas horas. Pero nada
de todo aquello le sacaría de allí. El rey era hombre ocupado y tardaría
primero en leer su carta y luego en reaccionar. Nuestro preso se armó de la paciencia
infinita del soldado en las largas campañas de guerra y, al fin, una mañana,
pidió de nuevo recado de escribir.
— ¿Más cartas al rey? —le preguntó con sorna el
preso viejo.
—No. El rey responderá. Hay que darle tiempo.
Entretanto escribiré. Poca cosa más se puede hacer aquí.
El preso viejo se acercó y miró a aquel veterano de
guerra que se afanaba en sostener bien el papel que le habían traído con un
muñón que tenía por toda mano en el brazo izquierdo.
—Es herida de guerra, ¿cierto? —indagó el preso
viejo con curiosidad infinita.
—De guerra es. Sí —dijo el preso nuevo sin levantar
la mirada. El otro intentó discernir la escritura, pero apenas sabía leer y se
volvió a su jergón.
El preso nuevo llevaba días con una idea en la
cabeza, con una historia de esas de… novela. Tenía que distraerse o se volvería
loco.
«En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero
acordarme…», empezó con decisión, y con decisión siguió un par de horas. Hasta
que se le acabó la tinta y el sol dejó de iluminar bien.
Ahora esa misma cárcel sevillana tiene una placa,
justo en la esquina de la calle Sierpes con Francisco Bruna, que reza: «En el
recinto de esta casa, antes cárcel real, estuvo preso (1597-1602) Miguel de
Cervantes Saavedra, y aquí se engendró para asombro y delicia del mundo El
ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. La Real Academia Sevillana de
las Buenas Letras acordó perpetuar este glorioso recuerdo, año de MCMLXV.» No
me queda claro qué de «glorioso» tuvo aquel encierro para el bueno de
Cervantes. He contado hoy día hasta más de veinte placas en honor a Cervantes
por toda Sevilla. Y si contáramos todas las de España, no quiero ni pensarlo.
Hasta tenemos un premio de las letras con su nombre y un instituto de promoción
del español también. Sí, ahora sí, pero aquel 1597 lo metimos en la cárcel. Así
somos.
§ 6. El Ave María de Schubert y la novela histórica
El niño se quedó cojo. La polio le había dejado
aquella secuela. Y aun así estaban contentos porque había sobrevivido a una
enfermedad que con frecuencia era mortal; pero, pese a ello, ser cojo a finales
del siglo XVIII no era pasaporte hacia el éxito en ningún ámbito profesional.
Por eso sus padres lo intentaron todo. Primero le enviaron de Edimburgo al
norte, al campo en Sandyknowe. Tenían la esperanza de que el aire más puro de
las montañas, alejado de las grandes factorías de la ciudad, le ayudara. Sin embargo,
el niño no mejoró. Lo único bueno de todo aquello fue que conoció a su tía
Jenny, una mujer dotada para la narración oral que empezó a contarle centenares
de historias de la Escocia medieval; y, ésta es la clave, aquellos relatos se
quedaron en la cabeza de aquel niño para siempre. Sus padres, no obstante, que
seguían preocupados por la falta de mejoría en la salud del joven muchacho, no
se daban por vencidos. Le enviaron entonces al sur, a Bath, con la esperanza de
que allí, con los tratamientos de aguas de la ciudad, quizá su salud se
fortaleciera y la cojera, por fin, empezara a remitir. Lo esencial, de nuevo,
fue que la tía Jenny volvió a hacer de enfermera y, una vez más, de eterna
narradora de historias. Además, en este nuevo viaje, le hizo un regalo muy
especial: le enseñó a leer. La cojera, sin embargo, nunca desapareció.
El niño se hizo grande y empezó a estudiar Derecho
en la Universidad de Edimburgo, y luego, al poco tiempo de terminar su
licenciatura, entró como aprendiz en el despacho de abogados de su padre. La
cojera nunca le supuso cortapisas más allá de las que todos habían querido ver
en aquel defecto. Aunque no todo era fácil. Un primer romance no fructificó y
la mujer de sus sueños se casó con otro hombre. Pero nuestro joven protagonista
no se hundió. Tenía determinación y un ansia enorme por mejorar. Empujado por
esa decisión que le caracterizó siempre, aprendió a montar a caballo. Aquello
le permitió moverse y viajar de una forma que nunca antes había podido
disfrutar con su torpe modo de caminar. Además, aquel muchacho ya hombre
manejaba bien las palabras y supo con ellas y con su arrojo persuadir a una
hermosa joven de origen francés, Charlotte Genevieve Charpentier, para que se
casara con él. Con ella tendría cinco hijos. Comprendió entonces que su camino
estaba en las palabras: primero fueron poemas, luego relatos y por fin novelas.
Su nombre pronto se hizo conocido por el mundillo literario del Edimburgo de
finales del siglo XVIII y principios del XIX. Sus colecciones de poemas, en
particular La dama del lago, le granjearon fama nacional e
internacional, hasta el punto de que el famoso Ave María de
Schubert no lo compuso Schubert originariamente para poner música a la oración
dedicada a la Virgen María, sino que el compositor hizo esa genial pieza para
poner música a un poema de este escritor cojo. Posteriormente, como el poema
de La dama del lago al que Schubert había puesto música
empezaba con las palabras «Ave María», el compositor pensó en adaptar la obra
musical a la oración a la Virgen.
Pero divago; volvamos a nuestro protagonista: con
el correr de los años se le nombró Poeta Laureado, un reconocimiento sólo
propio de los grandes maestros, pero él lo rechazó. Nunca quedó muy claro el
motivo. O bien no se consideraba merecedor de éste o bien no quería las
ataduras que su aceptación implicaba, pues, a cambio del título y la
remuneración que conllevaba, el poseedor de semejante mención también contraía
una serie de obligaciones literarias que podían coartar sus escritos futuros. Y
es que, pensaran lo que pensasen de él y sus poemas, no parecía estar
satisfecho aún consigo mismo; al menos, desde el punto de vista de la
literatura. Había algo que le reconcomía por dentro. Y es que, allí donde otros
veían el cénit de una gran carrera literaria, él aún no la daba por empezada.
Pero ¿por qué? ¿Qué reconcomía las entrañas de nuestro escritor? Algo a lo que,
por fin, decidió enfrentarse.
Así, después de tantos años, empezó a dar forma
narrativa a las viejas historias de su tía Jenny, a aquellas antiguas leyendas
de la legendaria Escocia medieval que todo el mundo menos él parecía haber
olvidado. Eso era lo que bullía en su mente, lo que no le dejaba dormir por las
noches y lo que, por otro lado, se le aparecía como un magnífico desafío. Y se
dedicó a la tarea con ahínco, sin descanso, con energía y las destrezas
adquiridas en la poesía, pero puestas ahora al servicio de crear una novela. Y la
terminó y consiguió que se publicara, pero tuvo miedo y recurrió a un seudónimo
para evitar identificarse como su autor. Y es que, a principios del siglo XIX,
escribir novelas no era precisamente la actividad literaria mejor considerada,
más bien al contrario. Sí, temía que aquella novela que recreaba el pasado
pudiera dañar su reputación como gran poeta. Pero la novela gustó y los
editores pidieron más; y él, siempre con seudónimo, entregó, una tras otra,
cinco novelas más. Todas fueron recompensadas con un grandísimo éxito popular,
pero él seguía sin identificarse. Se trataba de novelas históricas sobre
aquella antigua Escocia que le contaba en su niñez la tía Jenny. El público
disfrutaba tanto con estas obras que empezaron a llamarle el Mago del Norte,
pues se intuía que el escritor debía de ser de Escocia o de algún otro lugar
del norte de las islas Británicas. Pero llegó un día en que hasta el mismísimo
rey Jorge III de Inglaterra confesó que le gustaban aquellas novelas medievales
e incluso manifestó que quería conocer a ese enigmático escritor. Y él, el
escritor en cuestión, al fin, reconoció que era el autor de aquellas novelas.
Fue un impacto tremendo en todo el Reino Unido, donde su popularidad ya era
incontenible. Ya había habido rumores, pero muchos se negaban a creerlo, pues a
aquel gran poeta se le consideraba un escritor serio.
Y fue entonces, cuando todos sabían ya quién era,
cuando publicó su obra maestra, Ivanhoe, para muchos la primera
gran novela histórica de la historia de la literatura moderna, una vez más
centrada en aquella Escocia de las historias de su vieja tía Jenny. El éxito
fue arrollador. Sir Walter Scott, que así se llamaba aquel niño cojo que nunca
dejó de serlo, pasó a ser leído por toda Europa y Estados Unidos. Todo iba a la
perfección, incluido su negocio de impresión de libros, hasta que llegó una
brutal crisis económica y financiera (imagino que esto de una crisis brutal,
lamentablemente, les suena). Aquella crisis de principios del siglo XIX se
llevó por delante los sueños y las inversiones de centenares de miles, de
millones de personas en todo el Reino Unido; y el negocio de Scott, como el de
tantos otros, quebró por completo. Sin financiación ni crédito, rodeado por
decenas de acreedores, sus propios lectores y hasta el mismísimo rey ofrecieron
ayuda económica a sir Walter Scott, pero él, como cuando era niño, no se
arredró por las inclemencias de la vida. Y era hombre orgulloso. En lugar de aceptar
esas ayudas, reunió a sus acreedores y les propuso crear una fundación a nombre
de todos aquellos a quienes debía dinero (la deuda ascendía a más de cien mil
libras esterlinas de 1820). La idea era que todo el dinero de las ventas de sus
libros, excepto una mínima cantidad para subsistir él y su familia, revertiría
en esa fundación para así, poco a poco, ir satisfaciendo a sus acreedores. Les
aseguró a todos ellos, además, que escribiría tantos libros como fuera
necesario para pagar todas sus deudas. Nadie le creyó capaz de ello, pero
aceptaron.
Y no, no fue capaz de conseguirlo. Cien mil libras
del XIX era una cantidad astronómica. No, sir Walter Scott no consiguió pagar
su deuda. Esto es, en vida. Pero la fundación continuó generando ingresos tras
su muerte porque sus libros seguían vendiéndose sin parar, y sir Walter Scott
podría ver desde su tumba cómo su palabra se cumplió. La fundación devolvió a
cada acreedor hasta el último penique. Sin ayuda bancaria, sin créditos, sólo
por la fuerza de su pasión por la literatura y por la novela histórica.
La crítica literaria se empeñó en hundir a Scott
como novelista. Aún hoy muchos críticos siguen en ello (sin conseguirlo), pero
para todos los que amamos la novela histórica, el Mago del Norte es nuestra
estrella y en él nos miramos con humildad deseando simplemente aprender y
disfrutar.
§ 7. Alejandro Dumas y la larga sombra de Auguste
Maquet
Auguste Maquet llegó a la casa de Dumas un plomizo
día de lluvia de 1844. Nada más entrar en la casa del más afamado escritor de
Francia, Maquet frunció el ceño: todo era lujo sin control, prueba de un gasto
desmedido en telas, cortinajes, alfombras…, y se oían las risas de varias
mujeres. Dumas, como siempre, no reparaba en malgastar el dinero en toda suerte
de caprichos y productos suntuosos. El mayordomo que le había abierto la puerta
hizo un gesto con el que le invitó a seguirle: del amplio vestíbulo pasaron a
un largo pasillo y de ahí a un muy espacioso salón.
—Le ruego que espere aquí, por favor —dijo el
mayordomo al salir y dejarle solo en aquella enorme habitación.
Auguste Maquet se quedó de pie. Se sentía incómodo
en aquella casa y más incómodo con aquella relación secreta que mantenía con el
escritor más famoso de Francia. No estaba seguro de que debiera seguir con todo
aquello. Él quería empezar su propia carrera como escritor y sentía que con lo
que estaba haciendo nunca llegaría a ningún lado.
Alejandro Dumas apareció pronto.
— ¿Lo tienes? —preguntó el escritor francés sin
tomarse siquiera un segundo para saludar.
Maquet no dijo nada, acostumbrado como estaba a
aquella forma de conducirse de Dumas, que no parecía reparar nunca ni en las
formas ni en los preámbulos de la etiqueta social. El recién llegado extrajo de
debajo de su gabán mojado por la lluvia un grueso manuscrito.
— ¿Y bien? —continuó preguntando Dumas mientras
cogía el texto y empezaba a hojearlo—. Veamos qué me traes hoy. Espero que sea
mejor que el material del mes pasado. Apenas podía hacerse nada con aquello.
—Esto gustará —dijo Maquet conteniéndose.
—Los tres mosqueteros —leyó Dumas en
voz alta a la vez que se sentaba en un confortable sillón junto a una enorme
chimenea encendida que proyectaba sombras en aquella gran estancia. Las risas
de las mujeres aún se oían: descendían por las paredes de la casa como una lluvia
de frivolidad que asfixiaba a Maquet.
»Esta noche doy una fiesta. Podrías quedarte y
hablamos de esto. Tengo un invitado de España. José es dramaturgo. Alguien
interesante —dijo Dumas mirando a su interlocutor, pero Maquet negaba con la
cabeza al tiempo que para sí mismo se preguntaba: « ¿Y cuándo no da una fiesta
Alejandro Dumas?»
—No, léelo tú y ya hablamos dentro de unos días
—respondió Auguste Maquet, quien no quiso decir más ni escuchar más, sino que
dio media vuelta y, sin esperar respuesta a su comentario, abrió la puerta,
salió del salón, cruzó a paso rápido el pasillo, llegó de regreso a la entrada
de la casa, abrió él mismo la puerta de salida sin esperar al mayordomo y echó
a andar.
Hubo un instante de duda. Maquet se volvió hacia la
casa y vio la silueta de Alejandro Dumas recortada en uno de los grandes
ventanales de la casa que acababa de abandonar, pero se reafirmó en su decisión
y reemprendió la marcha hasta que su figura encogida se fundió con la fina
lluvia que descargaba sobre la hierba que rodeaba aquella mansión.
Dumas, desde la ventana del gran salón, al abrigo
del agradable calor que desprendía la gigantesca chimenea, le vio andar hasta
perderse en la tormenta. Alejandro Dumas volvió entonces, caminando lentamente,
hacia el calor del fuego. Sabía que Maquet estaba molesto con el asunto de que
su nombre no figurara en ninguna de las novelas en las que colaboraba con él,
pero los editores insistían en que era el nombre de Dumas, su nombre,
el que realmente atraía a los lectores. Alejandro Dumas, una vez situado de nuevo
junto a la chimenea, se sentó en una cómoda butaca y tomó el manuscrito que le
había traído Maquet.
—Los tres mosqueteros —leyó en voz
alta, pronunciando por segunda vez aquella jornada aquel curioso título.
Le llevó un rato empezar a familiarizarse con el
relato, pero pronto comprendió que, tal y como había dicho Maquet, podía gustar
al gran público. Era el esbozo de una buena historia, pero, como siempre, le
faltaba acción y más alma a los personajes, aunque el argumento era bueno, eso
tenía que admitirlo… Dumas cogió entonces una pluma de un tintero que tenía en
una mesilla junto a la chimenea y se puso a hacer correcciones allí mismo. En
ese momento se abrió la puerta del salón y entró el mayordomo.
—Ejem, señor, disculpe la molestia, pero las
señoritas preguntan…, y su invitado español, monsieur Zorrilla, querría saber
si el señor va a subir de nuevo —dijo el sirviente con la máxima solemnidad que
pudo.
Dumas no levantó la mirada de las páginas que
estaba corrigiendo.
—No. Estoy ocupado y lo estaré por un buen rato,
pero seguro que monsieur Zorrilla estará bien acompañado y no me echará de
menos —respondió el escritor; el mayordomo se inclinó y cerró la puerta
despacio.
Dumas continuó concentrado, corrigiendo, anotando,
pensando. La novela saldría publicada sólo con su nombre, Alejandro Dumas,
igual que otras de su larguísima lista de famosas obras como El conde
de Montecristo, El vizconde de Bragelonne, Veinte años
después o La reina Margot. Todas ellas clásicos de la
literatura francesa y algunas auténticas obras maestras de la novela de
aventuras en francés o en cualquier otra lengua; pero lo que no suele saberse
tanto es que en todas y cada una de ellas participó un siempre olvidado Auguste
Maquet.
Alejandro Dumas, escritor genial por otro lado,
recurrió a colaboradores para muchas de sus obras. Éste era un hecho que él
mismo reconocía abiertamente, en particular la ayuda de Maquet para algunas de
sus más famosas novelas, como las mencionadas anteriormente. Las editoriales
presionaban a Dumas día tras día reclamándole nuevas historias, nuevos relatos
con los que seguir atrayendo a más y más lectores; y Dumas, ambicioso y alguien
que disfrutaba del lujo, las mujeres y los viajes, sucumbió a la tentación.
Así, con el correr de los años, la catalogación de las obras atribuidas a Dumas
es confusa y, siempre, abrumadora: un día, movido por la simple curiosidad, me
puse a contar el número de novelas firmadas por Alejandro Dumas y, considerando
las de viajes, las novelas históricas, las biográficas y las de terror, me
salieron ciento ocho, pero está claro que muchas se me escapaban. Hay catálogos
que cifran entre unas doscientas y trescientas las obras de Dumas. Corre por
ahí incluso una anécdota que, sea o no cierta, es ilustrativa de la forma en
que Dumas trabajaba: un día Alejandro Dumas se encontró por la calle con su
hijo y le preguntó:
— ¿Has leído mi última novela?
—Sí, la he leído, ¿y tú? —respondió su hijo.
No sé si será verídica la cita, pero resume bien la
situación.
La estrategia de usar «negros» (es decir, recurrir
a otros escritores que escriban parte o la totalidad de libros que luego firma
otro autor) siempre ha existido en la literatura. Para no levantar suspicacias
nacionales, pondré ejemplos anglosajones: en 1622 se publicó una versión
de Medida por medida de Thomas Middleton, pero con la firma de
Shakespeare para atraer a más público; en 1832 se publicó Count Robert
of Paris con la firma de sir Walter Scott, pero realmente la escribió
su yerno (ya hemos comentado aquí la popularidad del nombre de Scott); pero hay
más: El ángel que nos mira, atribuida a Thomas Wolfe, fue
«retocada» por Maxwell Perkins a petición de la editorial; y cuando la popular
novelista V. C. Andrews falleció en 1986, la familia contrató a un «negro»
( ghost writer, es decir, «escritor fantasma», lo llaman en inglés,
por aquello de ser políticamente correctos y no implicar a otra raza en este
asunto) para que siguiera escribiendo más novelas: Andrew Neiderman, el elegido
para proseguir con la saga que inició V. C. Andrews, terminó primero dos
novelas inacabadas de la autora y luego, como había cogido carrerilla, se
inventó ocho más. Pero créanme que el que se sale aquí es Ronald Reagan, quien
a una pregunta relacionada con su supuesta autobiografía respondió con aplomo:
—Dicen que es un libro increíble. Un día de éstos
lo leeré.
Hay que reconocerle la sinceridad al ex presidente
norteamericano.
Volviendo a Dumas y Maquet, cabe decir que Arturo
Pérez-Reverte recoge en la fascinante trama de El club Dumas la
relación entre estos dos escritores. Pero, al final de todo esto, ¿qué debemos
pensar entonces de Dumas? Mi conclusión es que Dumas tenía un toque genial, un
saber hacer, un saber transformar en aventura y ritmo trepidante relatos que
otros no llegaban a presentar de la forma más impactante y emotiva posible.
Dumas, por su parte, fue, cuando menos, parcialmente «honesto» al reconocer que
tenía colaboradores; sin embargo, creo que habría sido más justo que en sus
novelas, especialmente en aquellas en las que colaboró tan estrechamente con
Maquet, los editores hubieran puesto como autores a Alejandro Dumas y a Auguste
Maquet. Es cierto que cuando Maquet se separó de Dumas e intentó una carrera en
solitario sus novelas no llegaron muy lejos, pero también es cierto que la
mejor época de Dumas se corresponde con aquellos años en los que colaboraba con
Maquet, así que algo especial tendría también Maquet, o la chispa que atraía a
tantos surgía quizá precisamente de esa colaboración Dumas-Maquet. En cualquier
caso, si leen o releen Los tres mosqueteros o El conde
de Montecristo, disfrútenlos y, ya puestos, no se olviden del bueno de
Auguste Maquet, que algo tuvo que ver en todo el asunto. Lo que nunca sabremos
es cuánto.
§ 8. El discurso
Primeros de mayo de 1885. Un amplio salón de una
gran casa en Valladolid. Tres hombres, dos de pie, Gaspar y Pedro, y uno en un
sillón, José, mantienen un debate airado.
— ¡Esta vez tiene que aceptar! ¡Por Dios, han
pasado más de treinta años desde aquello! —exclamó Gaspar con vehemencia.
Su interlocutor permanecía sentado en aquel sillón
mirando al vacío, sumido en los recuerdos del pasado, pero aun así respondió y
su voz sonó como si viniera desde muy lejos.
—Treinta y siete años, Gaspar. Han pasado treinta y
siete años.
—Más a mi favor —insistió el interpelado, pero, al
contemplar la efigie casi sin expresión de José y ver que no le estaba
persuadiendo, miró al otro compañero escritor que había ido para intentar hacer
entrar en razón a su amigo común—. Pedro, di algo tú también. Es más testarudo
que un mulo.
Pedro Antonio de Alarcón, autor de grandes obras
como El sombrero de tres picos, había acudido hasta allí junto con
su amigo, el también escritor Gaspar Núñez de Arce, para persuadir a José, don
José, para ellos, para todos, para que aceptara un reconocimiento que se le
quería otorgar, pero parecía que habían pinchado en hueso; o, mejor dicho,
habían pinchado en el viejo rencor que da el haberse sentido menospreciado.
—Gaspar tiene razón, don José: eso que tanto
recuerda pasó hace ya mucho tiempo. Treinta y siete años son toda una vida.
—Exacto —insistió don José—. Toda una vida es lo
que han tardado en rectificar.
—Y más que habrían tardado si llegan a imaginar que
iba a reaccionar así; seguramente porque imaginaban su rencor no se han
atrevido antes a intentar enmendar aquel error —comentó entonces Gaspar Núñez
de Arce.
Tanto él como Pedro Alarcón habían aceptado ser los
padrinos del evento: una recepción oficial en la que su amigo don José
ingresaría, por fin, en la Real Academia Española.
—Hace treinta y siete años prefirieron a José
Joaquín de Mora —insistió don José, que no daba su brazo a torcer—; pues ahora
el que no quiere ingresar en la Academia soy yo.
Gaspar Núñez y Pedro Alarcón se miraron y
suspiraron al tiempo. Todo venía de 1847, cuando, al fallecer Jaime Balmes, se
presentaron dos candidaturas para sustituirle en el banco vacío que éste dejaba
en la Real Academia. Los candidatos eran, por un lado, Joaquín de Mora y, por
otro, don José, y finalmente fue Joaquín de Mora, de mucha mayor edad, el
elegido. Al año siguiente, al fallecer Alberto Lista, se propuso que don José
remplazara a éste en el sillón vacío de la letra H. Esto se confirmó el 17 de
diciembre de 1848, pero don José, que había vivido como un menosprecio hacia su
persona su no elección del año anterior, no se pasaba por la Real Academia para
aceptar su ingreso oficial en la veterana institución. Ni siquiera preparó el
discurso oportuno. Su silencio fue tan mudo como la letra que le había
correspondido ocupar. Pero orgullo frente a orgullo. Los académicos también se
sintieron ofendidos por el desaire que les hacía don José al no acudir a
aceptar el ingreso. Fue entonces, en la reunión del 15 de noviembre de 1849,
cuando la Real Academia incluyó en sus estatutos una norma por la que se
decidía que, si un académico elegido no aceptaba formalmente ingresar en la
Academia, su sillón quedaría vacante. Y como fuera que don José nunca hizo nada
por aceptar, una vez más, quedó excluido de la Real Academia. Y así durante
decenios.
—Joaquín de Mora era mucho más mayor —argumentó
Gaspar en un intento por suavizar el rencor de su admirado amigo—. Y, por
favor, entonces usted sólo tenía… ¿cuántos? ¿Treinta años?
—Treinta, sí —confirmó don José—, pero mis obras se
representaban ya por todos los teatros de España.
Gaspar no sabía ya qué decir. Eso era cierto: el
éxito de las obras de su amigo había sido precoz e incontestable, le gustara o
no a la crítica o a los académicos más vetustos. Quizá hubo envidias en la
elección de Joaquín de Mora, pero a fin de cuentas sólo habían retrasado su
elección un año. Cierto era que resultaba difícil posponerlo más tiempo con los
carteles de las obras de don José por todas las ciudades de España.
—Sólo fue un año de retraso —arguyó también Pedro
Alarcón, pero don José no parecía escucharlos.
Gaspar dio media vuelta y fue junto a la ventana.
Varios carruajes pasaban en medio de un fuerte viento de primavera. Su amigo
siempre había sido testarudo desde la juventud. Ya se enfrentó con su propio
padre cuando éste quería hacer de él un hombre de provecho, de bien, alejado de
poetas y teatros, pero don José prefería el arte, la literatura, el teatro y
los versos. Se decía que don José robó un mulo y que con el dinero que sacó de
la venta escapó de su familia para empezar su carrera artística. No estaba
claro que la anécdota fuera cierta, pero el protagonista tampoco se preocupó de
desmentirla. Luego llegaron sus primeras obras y, con rapidez, el éxito: la
poesía, los versos que declamaban los actores en sus deslumbrantes piezas
teatrales llegaban al alma de todos, desde sus majestades reales hasta el
pueblo llano, y a nadie dejaban indiferente. Siguieron entonces los viajes por
todo el mundo, un matrimonio infeliz con una irlandesa y muchas amantes, eso
también, y la amistad de don José con el emperador Maximiliano en México o con
los grandes escritores franceses, como Alejandro Dumas o Victor Hugo, que
parecían reconocer en él lo que los académicos no parecieron haber querido ver
en 1847. Don José no parecía inclinado a olvidar y mucho menos a perdonar. Y,
sin embargo, para Gaspar, aquella tozudez en no aceptar entrar en la Academia,
propia de un arrebato de juventud rebelde, resultaba más incomprensible en
alguien que ya tenía sesenta y ocho años; una edad en la que a todos nos gusta
ya recibir premios y reconocimientos, vengan de donde vengan.
— ¿Hay algo más? —preguntó Gaspar Núñez separándose
de la ventana y regresando junto a su amigo, mirando directamente a don José y
con la certidumbre de que había dado con la clave—; quiero decir, hay algo más
además de la rabia que tiene por lo que pasó. A usted le incomoda algo más. Nos
conocemos bien. Háganos el favor al menos de no mentirnos a Pedro y a mí.
Don José se encogió de hombros. Ladeó la cabeza.
—Está también lo del discurso —dijo al fin.
Pedro y Gaspar se miraron confusos.
— ¿Qué discurso? —preguntó Pedro.
— ¡El discurso de ingreso! —respondió don José algo
airado y levantando el tono de voz, molesto porque sus amigos no le
entendieran.
—Pero si ha ido por todos los pueblos de España
declamando versos de sus obras en teatros abarrotados de público —dijo Gaspar—.
¿Cómo puede incomodarle ahora hablar ante unos cuantos académicos?
— ¿No iba a ir el rey y toda la familia real y el
presidente del Consejo de Ministros, Antonio Cánovas? Eso no es hablar ante
cualquiera —contra argumentó don José.
—Pero es escritor, las palabras son como… como
arcilla para alguien capaz de escribir las obras de teatro que ha creado. No
puede ser que… —argüía entonces Gaspar.
— ¡Yo soy poeta! —exclamó don José
interrumpiéndole—. ¡Mis obras están en verso!
— ¡Pues hable en verso! —intervino entonces Pedro—.
¡Pero acepte de una vez y no la liemos más! —Y para no dar opción a más debate,
o a nuevas negativas por parte de don José, añadió—: Y nos vamos. Gaspar y yo
vendremos a recogerle unos días antes para el viaje. Todo está preparado para
el 31 de este mes.
Gaspar le siguió el juego a su compañero y,
rápidamente, salió de allí. Antes de que don José pudiera decir esta boca es
mía sus amigos le habían dejado a solas. Sus amigos nunca pensaron que fuera a
hacerles caso. En todo.
Eran las dos de la tarde del último día del mes de
mayo de 1885. La sede de la Real Academia de la Lengua en el número 26 de la
calle Valverde era demasiado pequeña para el revuelo que se había organizado.
Además, la presencia confirmada de su majestad el rey Alfonso XII y del resto
de la familia real contribuyó a que todo el mundo quisiera estar allí. Con
treinta y siete años de retraso la Academia iba a resolver, al fin, un error
mayúsculo. Se trasladó todo el evento a los edificios de los que la Universidad
Central de Madrid disponía en la calle San Bernardo, mucho más amplios para dar
cabida a tantas personalidades como deseaban ser testigos del gran acto de
incorporación a la Academia de don José. El testarudo don José, que, por fin, a
sus sesenta y ocho años, parecía haber aceptado formar parte de la veterana
institución.
A las dos de la tarde exactas entró el rey Alfonso
XII, engalanado con el correspondiente uniforme de capitán general, en la gran
sala que acogía el acontecimiento. Ocupada por el rey la silla presidencial, su
majestad la reina doña María Cristina se sentó a su derecha y la reina madre
Isabel a su izquierda. Todo el mundo estaba en pie, empezando por el presidente
don Antonio Cánovas del Castillo. Se acomodaron también la infanta doña
Eulalia, muchos ministros del gobierno, autoridades diversas y el rector de la
Universidad Central, el señor don Galdo. El rey abrió la sesión y, al momento,
don José, flanqueado por sus padrinos, los escritores Gaspar Núñez de Arce y
Pedro de Alarcón, entró en la gran sala. Don José lucía un frac adquirido ex
profeso para la ocasión. Si aceptaba, aceptaría a lo grande. Pero también a su
manera. Y paseó, exhibiendo una enigmática sonrisa, entre todos los que antes
le despreciaron y ahora le rendían admiración o, al menos, eso aparentaban.
Su majestad Alfonso XII le concedió la palabra. Don
José asintió. Se situó en el estrado desde el que le correspondía dar el
discurso de recepción en la Academia. Tosió. Se aclaró la garganta con un sorbo
del vaso de agua que a tal efecto habían dispuesto en un extremo del estrado.
Saludó a sus majestades, al resto de miembros de la familia real, al presidente
del gobierno, a los ministros, al señor rector y al resto de autoridades. Hasta
ahí todo bien. Volvió a toser y a aclararse la garganta. Sacó unos papeles del
bolsillo y los puso sobre el estrado. Se sabía el texto de memoria, pero
siempre era tranquilizador tenerlo delante por si se quedaba en blanco. Y
empezó:
Mi recepción, señores, como todo
lo que me sintetiza o me revela,
como todas mis obras y mis hechos,
para ser natural, va a ser excéntrica;
Y calló un instante. Una breve pausa en la que miró
al público. Pedro y Gaspar negaban con la cabeza, pero don José los ignoró.
Ellos también ignoraron sus negativas. Ahora le tocaba a él. ¿No habíais dicho
que en verso? Pues en verso será. El resto de asistentes le observaba entre
admirados y atentos. Don José prosiguió:
pero excéntrica y lógica: su forma
una tan sólo puede ser, y es ésta.
¿Qué es lo que me ha valido la honra doble
de aceptarme dos veces la Academia?
El bagaje de versos que me sigue
y mi exclusivo nombre de poeta […]
La poesía fue mi único vicio,
mas son mis versos mi única defensa,
e imponerme la prosa y el discurso,
rigor fuera en vosotros, y en mí mengua.
¿Qué discurso ha de hacer quien no lo tiene?
¿Sobre qué discurrir podrá aunque quiera
ni sobre qué podrá formar un juicio
quien por vivir sin él hasta aquí llega?
Yo, conculcando vuestras reglas todas,
me hice famoso: de osadía a fuerza,
atropellé y amordacé la crítica;
sofoqué la razón y formé escuela;
inconsciente, es verdad, justicia hacedme,
jamás cátedra abrí ni fundé secta.
El 31 de mayo de 1885, don José Zorrilla, autor de
decenas de magníficas obras, entre ellas el inolvidable Don Juan
Tenorio, aceptó, al fin, después de dos intentos infructuosos anteriores,
ingresar en la Real Academia Española de la Lengua. Su discurso de recepción
fue íntegramente en verso. Un caso prácticamente único, ciertamente memorable y
un discurso impecable que recomiendo a cualquiera que le guste la literatura,
la poesía y la fina ironía. No hay uno solo de esos endecasílabos rimados que
pronunció don José Zorrilla aquella tarde que tenga desperdicio. Su discurso es
una de esas espléndidas piezas oratorias más llamativas aún por lo olvidada y
desconocida que es. Queda por aclarar que he dicho que su discurso en verso era
caso «prácticamente único», y digo eso en lugar de único a secas porque los
puristas podrían recordarme que el 10 de marzo de 1744 el padre maestro fray
Juan de la Concepción, carmelita descalzo, también usó el verso en su ingreso
en la Academia, aunque, dicho sea con todo el respeto, su discurso no estuvo
nunca a la altura de la calidad del de Zorrilla ni levantó tampoco la misma
expectación. También parece ser que usó el verso Javier de Quinto en 1850,
según Camilo José Cela, aunque el experto en historia de la Real Academia y miembro
de ésta don Pedro Álvarez de Miranda destaca que discursos de ingreso en verso,
desde que en 1847 se regularizó el uso de este tipo de recepciones, sólo hay
dos: el de don José Zorrilla en 1885 y el del poeta José García Nieto en 1983.
No es fácil hacer un discurso. Y más difícil aún es
hacerlo en verso. Pero Zorrilla no era hombre al uso, sino que, en el sentido
literal de la palabra, era hombre extraordinario. Y, pese a orgullos heridos,
hombre humilde, tal como da fe el cierre de su mítica intervención de 1885:
Pero aunque viva siglos, ya mi gloria
no podrás revivir, ¡noble Academia!
Ni en el cielo del Arte hacer de nuevo
brillar la luz de mi apagada estrella.
No arrancarán del alma las espinas
las coronas que nimben mi cabeza,
ni me hará creer el pueblo que soy grande,
siendo, cual son, mis obras tan pequeñas.
§ 9. La noche en que Frankenstein leyó el Quijote
¿Leyó Frankenstein alguna vez el Quijote?
Vayamos paso a paso.
Era el verano de 1816. Mary Shelley y su esposo, el
también escritor Percy Bysshe Shelley, acudieron a Suiza, a una hermosa casa en
las montañas que su amigo lord Byron tenía en aquel lugar. Allí disfrutaban
todos los invitados de un maravilloso verano alpino henchido de bosques, valles
y senderos por los que a menudo caminaban para ejercitarse, al tiempo que así
admiraban los espectaculares paisajes de aquel territorio. Pero un día, en uno
de esos frecuentes cambios meteorológicos propios de las zonas montañosas, las
nubes taparon el sol y las lluvias interrumpieron sus excursiones. Y no sólo
por una jornada o dos, sino que la lluvia pareció encontrarse cómoda entre
aquellas laderas verdes y decidió instalarse por un largo período. Byron, el
matrimonio Shelley y el resto de los invitados optaron entonces por reunirse a
la luz de una hoguera que ardía en una gran chimenea de la casa en la que se
habían instalado y allí, entre copa y copa de vino, deleitarse en la lectura en
voz alta que Percy Shelley realizaba de diferentes clásicos de la literatura
universal.
Percy Shelley era un reconocido poeta que, como
Byron, había tenido que escapar de Inglaterra por el revolucionario tono de
muchos de sus poemas contra el gobierno conservador británico que se oponía,
entre otras cosas, a cambios en una vetusta ley electoral que impedía que los
barrios obreros tuvieran los mismos representantes parlamentarios que las zonas
rurales más conservadoras. El caso es que Percy sabía leer en público o
declamar de modo que agitaba los corazones o despertaba la imaginación de quien
le escuchara.
Lo sabemos con detalle porque todo esto nos lo
cuenta la propia Mary Shelley, su esposa: por un lado, en el prólogo a su
obra Frankenstein y, por otro, en su propio diario personal,
en donde, día a día, la intrépida autora se tomaba la molestia de dejar
constancia de todo aquello que había hecho cada jornada: unos escritos que
ahora constituyen una pequeña gran joya para críticos literarios y curiosos de
toda condición (entre los que me incluyo). Así, Mary nos describe cómo lord
Byron, uno de esos interminables días de tormenta veraniega, sin posibilidad de
poder salir a la montaña o realizar cualquier otra actividad en el exterior de
la casa, se levantó y lanzó un gran reto. Como no podía ser de otra forma,
teniendo en cuenta a muchos de los allí presentes, se trataba de un reto
literario.
—Os propongo un concurso.
— ¿Qué tipo de concurso? —preguntó Percy intrigado
y poniendo palabras a la curiosidad de todos los presentes.
—Propongo —empezó entonces lord Byron— que cada uno
de nosotros escriba un relato, una historia de terror —dijo bajando la voz,
envuelto en las sombras que proyectaba el fuego de la chimenea—. Y el que
consideremos como el relato más terrorífico, ése ganará el concurso.
Era, sin duda, un desafío apasionante, y más aún
teniendo en cuenta el saber hacer literario de muchos de los allí reunidos,
pero la brillante idea, no obstante, cayó en el olvido con rapidez en cuanto
salió el sol y regresó el buen tiempo. Byron y Percy Shelley eran grandes
escritores, pero inconstantes (los hombres… ya se sabe), y pronto dejaron las
plumas y la tinta y las palabras escritas y se adentraron de nuevo en los
hermosos bosques de los Alpes.
Por el contrario, Mary Shelley, mucho más
disciplinada que cualquiera de sus amigos masculinos, no se dejó distraer o
tentar por las maravillas de la naturaleza, sino que prefirió permanecer en
aquella casa y día a día, noche a noche, engendró la maravillosa novela
titulada Frankenstein o el moderno Prometeo. Por cierto,
Frankenstein no es el monstruo, o la «criatura», como cariñosamente la define
la propia Mary Shelley, sino Victor Frankenstein, el doctor que la crea, aunque
todos pensemos siempre en esta criatura cuando oímos el apellido del doctor
alemán. Pero lo más interesante de esta historia es que la escritora no creó
esta novela desde la nada absoluta, sino imbuida por esos espacios montañosos
que la rodeaban (y muchas montañas y frío y nieve hay, sin duda, en el libro
que escribió, que abre con un viaje a una región polar); y también influida, de
una forma u otra, por las maravillosas lecturas que su esposo Percy seguía
haciendo por las noches junto a la chimenea de grandes clásicos de la literatura.
Mary escribía sobre todo durante el día, pero
seguía compartiendo con todos las veladas de lectura colectiva donde su marido
proseguía deleitándolos con su mágica dicción, que, estoy seguro de ello, debía
de dar vida a cada uno de aquellos personajes que aparecían en las novelas
seleccionadas. Y una noche especial, tras largas caminatas para unos en la
montaña y una intensa sesión de escritura para Mary, Percy eligió una obra
maestra de la literatura española traducida al inglés: Don Quijote.
Así lo recoge Mary Shelley en su diario en la entrada del 7 de octubre de 1816:
«Percy lee Curtius y Clarendon; escribir; Percy lee Don Quijote por
la noche.» Y así siguió su marido leyendo cada noche durante todo un mes, un
mes eterno e inolvidable para la historia de la literatura universal en el que
Mary escribía su gran novela. Hasta que el 7 de noviembre Mary anota en su
diario: «Escribir. Percy lee Montaigne por la mañana y termina la lectura
de Don Quijote por la noche.»
Mary Shelley se enamoró de la literatura
mediterránea y en particular de Cervantes, ya fuera por la pasión con la que
Percy leyó aquella traducción del Quijote, o por sus largas
estancias en países del sur de Europa. El hecho es que Mary Shelley, años
después, entre 1835 y 1837, escribiría la más que bien documentada y aún más
que interesante Vidas de los más eminentes hombres de la ciencia y la
literatura de Italia, España y Portugal, donde, entre otros muchos autores
italianos y portugueses, biografiaba también las vidas de poetas, dramaturgos y
novelistas españoles como Boscán, Garcilaso de la Vega, Cervantes, Lope de
Vega, Góngora, Quevedo o Calderón de la Barca. Y es que Mary Shelley hablaba no
sólo inglés, sino francés, italiano, portugués y hasta español. ¿Y cómo
aprendió español? Muy «sencillo» (obsérvese que escribo sencillo entre
comillas): tanto le gustaron el Quijote y su lectura por parte
de su esposo en 1816 que, cuatro años después, en 1820, volvió a leerlo,
después de haber iniciado el estudio del español, pero esta vez lo leyó
directamente en castellano. Y tal es la pasión que Mary Shelley sintió por esa
gran obra que el lector curioso encontrará una referencia a Sancho Panza en el
prólogo a Frankenstein, igual que podrá observar que la novela de
Mary Shelley presenta su relato a través de múltiples narradores (el aventurero
Walton, el doctor Frankenstein y hasta el propio monstruo); es decir, la misma
técnica narrativa que Cervantes usó para el desarrollo del Quijote(narrado
por alguien que encontró un supuesto original en árabe que debe traducir una
tercera persona y donde cada uno quita y pone según le place). Y, por si quedan
dudas, Mary Shelley decidió recrear la famosa «Historia del cautivo» (capítulos
XXXIX-XLI del Quijote, primera parte) en el capítulo 14 de la
versión corregida de 1831 de Frankenstein. Para que se hagan una
idea de las similitudes: en la «Historia del cautivo» del Quijote,
un cristiano secuestrado en un país musulmán es rescatado por una musulmana que
está dispuesta a abrazar la fe cristiana desposándose con el cautivo cristiano
al que va a ayudar a escapar; mientras que en la novela de Mary Shelley la
monstruosa criatura creada por el doctor Frankenstein conocerá a Safie, una
musulmana cuyo padre está preso en la cárcel de París y será ayudado por un
cristiano que ama a Safie. Las conexiones entre ambos relatos son evidentes,
pero no lo digo yo, sino que sesudos artículos académicos como el titulado
«Recycling Zoraida: The Muslim Heroine in Mary Shelley’s Frankenstein»
[«Reciclando a Zoraida: la heroína musulmana de Frankenstein de
Mary Shelley»], publicado en una revista tan prestigiosa como el Bulletin
of the Cervantes Society of America [Boletín de la Sociedad
Cervantina de América], certifican esta relación entre un texto y otro.
Hoy día, no obstante, no corren tiempos tan buenos
para el bueno de don Quijote. Recuerdo, aún abrumado, una anécdota que me
contaron no hace mucho: en una cadena de librerías decidieron que a partir de
ahora sería un programa informático el que decidiría qué libros debían
permanecer en las estanterías y cuáles, por el contrario, debían ser retirados,
ya que nadie había adquirido ningún ejemplar en varios meses. A la hora de
realizar el trabajo de retirada de los ejemplares que no eran vendidos, se externalizaba
el trabajo contratando a alguien para esa tarea concreta, pues ver qué libros
marcaba en rojo el programa, buscarlos en los anaqueles y retirarlos en cajas
sólo requería saber leer (conocer el orden alfabético que inventó el bueno de
Zenodoto ayudaba a localizar los libros que debían ser retirados con mayor
rapidez, pero no era absolutamente necesario). El caso es que el programa
informático no atendía ni siquiera al hecho de que ciertas obras maestras de
nuestra literatura han quedado reducidas a lecturas obligatorias de diferentes
estudios y que, por lo tanto, sólo se venden al principio del curso académico.
El empleado contratado en una de estas librerías realizaba con eficacia su
trabajo cuando una de las libreras, algo veterana en estas lides, le detuvo un
instante y le dijo:
—Disculpa, pero este libro no lo retires, por
favor.
El muchacho, que estaba siendo concienzudo en su
tarea, tuvo miedo de que se detectara que no había sido escrupuloso en la
realización del trabajo para el que había sido contratado y, con el libro en
cuestión aún en la mano, argumentó:
—Es que el título de este libro viene marcado en
rojo en el programa.
La veterana librera suspiró.
—Ya, bueno. No importa. Yo asumo la
responsabilidad. —Y con cuidado tomó el volumen que el muchacho sólo cedió con
el ceño fruncido y claras muestras de enojo en el rostro. Como imaginarán, el
libro en disputa no era otro que un ejemplar del Quijote.
Conclusión: si Mary Shelley aprendió español para
poder no ya leer sino degustar el Quijote, ¿no deberíamos todos los
que ya tenemos la fortuna de saber español encontrar algún momento de nuestra
vida para zambullirnos, aunque sólo sea un rato, en alguno de los maravillosos
relatos que pueblan la irrepetible historia del maravilloso Don Quijote?
Y pronto, antes de que los programas informáticos decidan que ya no debemos
leerlo; o, para ser más justo, antes de que quienes programan
los programas informáticos decidan que ya no debemos leerlo.
§ 10. Primeras impresiones
Thomas Cadell Jr. caminaba algo encogido por la
humedad que llegaba desde el Támesis. Su oficina editorial en el 141 de la
calle Strand en Londres estaba demasiado cercana al río para su gusto. Pasó por
delante del espacio donde decían que iban a construir un nuevo teatro (hoy día
el Adelphi Theatre, abierto en 1806 con el nombre francés Sans Pareil [Sin
Comparación]). Thomas Cadell Jr., no obstante, aquella plomiza mañana de 1797,
no tenía claro que aquel proyecto del nuevo teatro fuera a llegar nunca a buen
puerto.
Llegó a su edificio y entró en las oficinas. En la
mesa de su despacho se acumulaban varios manuscritos que debía evaluar aquella
mañana de un octubre desapacible. De hecho, tenía una novela en particular,
remitida durante el verano, que había pospuesto leer en varias ocasiones.
Llevaba el título de Primeras impresiones y era una novela
romántica más de esas que parecían empezar a hacerse algo populares escrita por
una mujer. La remitía el padre de la joven autora con una pomposa carta de
presentación en un intento de darle prestancia al envío, pero Thomas Cadell Jr.
estaba bastante resabiado sobre el asunto de las novelas de mujeres. Su padre,
Thomas Cadell Sr., que se había retirado hacía tres años y les había dejado a
él y a su socio Davies el negocio editorial, decía que era mejor publicar obras
serias que esos relatos inverosímiles.
Thomas Cadell Jr. se acomodó en su silla frente al
escritorio y miró al techo mientras recordaba la frase que su padre repetía una
y otra vez en casa durante las cenas.
—Prefiero arriesgar mi fortuna con unos pocos
autores como mister Gibbon o David Hume que ser el editor de un centenar de
publicaciones insípidas.
Sí, eso decía siempre su padre. Y quizá tuviera
razón. Así había editado al filósofo Hume o el impresionante manual sobre
la Historia de la decadencia y caída del Imperio romano de
Edward Gibbon (que hoy día sigue siendo un referente sobre la historia de
Roma). También había publicado obras del economista Adam Smith o del escritor
Tobias Smollett. Gente seria. Thomas Cadell Jr. sabía, además, que su padre
había quedado muy decepcionado con el experimento que hizo al aceptar publicar
novelas de una mujer, Charlotte Turner Smith; ésta se volvió, al poco tiempo,
demasiado radical y prorrevolucionaria, apoyando la locura de todo lo que
estaba ocurriendo en la Francia que acababa de guillotinar a miles de
aristócratas. Un año antes de retirarse, su padre se negó a seguir publicando
novelas de Charlotte Turner y ésta tuvo que recurrir a otros editores.
Thomas Cadell Jr. dejó de mirar al techo y tomó de
nuevo en sus manos, como había hecho en verano, el volumen manuscrito de Primeras
impresiones.
Leyó un buen rato.
Llamaron a la puerta.
—Adelante —dijo sin dejar de leer.
Davies, el socio de su padre, entró. Traía más
manuscritos.
—Esto es lo que ha llegado esta semana —dijo
dejando cuatro gruesos volúmenes sobre el escritorio—. Hay algo de Hannah More
que seguro que interesará a tu padre.
Thomas Cadell Jr. levantó la mirada y la fijó en
los nuevos volúmenes. El trabajo empezaba a desbordarle. Había que ir tomando
decisiones. Davies tenía razón en lo de Hannah More. Aquélla era una mujer,
pero una evangelista de firmes convicciones religiosas. More era la única mujer
de quien su padre estaba dispuesto a leer o a publicar algo. Se limitó a leer
el título.
—Sí, sin duda esto interesará a mi padre. Ya puedes
ir escribiendo una carta de aceptación.
—De acuerdo —respondió Davies sin sorprenderse,
aunque sin ilusión; More tenía sus seguidores, eran ventas seguras y, a fin de
cuentas, aquello era un negocio.
Thomas Cadell Jr. suspiró un momento, antes de
volver a hablar.
—Y también puedes escribir al padre de esta autora
y decir que no estamos interesados en su libro.
— ¿El de Primeras impresiones?
—preguntó Davies, cogiendo el manuscrito en sus manos.
—Sí, ¿has tenido tiempo de leerlo?
—Algo leí, sí —contestó Davies—. No me pareció que
estuviera tan mal. Quizá requiera más maduración por parte de la escritora.
¿Qué edad tiene?
—Veintiún años; eso dice el padre en la carta.
—Muy joven, sí, eso me pareció —comentó Davies—,
pero tiene algo. No sé. La forma de contar los sucesos y esa manera de meterse
en la mente de los personajes. Es novela, pero es… —Davies tardó un instante en
encontrar la palabra adecuada—, es… creíble. Sí, eso es: uno cree lo que cuenta
ese libro.
—Le consultaré esta noche a mi padre —dijo Thomas
Cadell Jr.
—En ese caso voy preparando la carta de rechazo.
Después de lo de Charlotte Turner, tu padre no quiere oír hablar de mujeres
escritoras, a no ser que sean Hannah More.
Thomas Cadell Jr. sonrió.
Pocos días después, lejos de allí, en una pequeña
población de la campiña inglesa, llegó una carta de la editorial a nombre de
George Austen. El interesado la abrió durante el desayuno. Su hija estaba
presente y le miraba con emoción, pero el rostro de su padre no dejaba mucho
espacio para la celebración.
—Lo siento, Jane, de veras. No les gusta.
A George Austen le dolió tener que decir aquello.
Su joven hija había sufrido un grave desengaño amoroso hacía poco tiempo. Un
apuesto Tom Lefroy había entablado amistad con ella durante las navidades
anteriores, pero, como siempre, en cuanto la familia del joven se enteró de los
pocos recursos económicos de la familia Austen, rápidamente hicieron que Tom
Lefroy dejara de visitar a Jane. Su padre vio entonces cómo la muchacha se
concentraba en escribir para ahuyentar el dolor del amor perdido; él sabía que la
joven Jane se había enamorado profundamente. Jane había sobrellevado aquella
separación de sus sueños con dignidad y gran autocontrol, pero él estaba seguro
de que su hija había puesto entonces toda su ilusión en aquella novela y ahora
Cadell la rechazaba.
—Hay más editores, Jane. Lo seguiremos intentando.
Escribes bien —insistió su padre, en un intento por poner esperanzas en aquella
mañana que amanecía tan torcida.
—Gracias, padre —respondió ella—. Lo siento, pero
hoy no tengo hambre. —Se levantó y abandonó la mesa sin desayunar.
Su padre inspiró profundamente. ¿En qué se habrían
basado aquellos editores para rechazar el libro? Ni siquiera había críticas a
la novela en aquel mensaje.
Semanas antes, Thomas Cadell Jr. cenaba con su
padre.
—Han llegado nuevos manuscritos a la editorial
—había dicho el hijo.
— ¿Algo interesante? —preguntó Cadell padre, sin
dejar de masticar el cordero que estaba degustando.
—Ha llegado un nuevo libro de Hannah More, Las
estructuras del sistema moderno de la educación femenina, así lo ha
llamado. Me parece un título un poco…
—Es un buen título, es un título serio. Supongo que
lo habrás aceptado.
—Sí, por supuesto. El libro está bien y se venderá
bien.
—Ése es el tipo de libros que debemos publicar,
como los de Adam Smith, o David Hume, o Gibbon. Gente rigurosa, personas que
tienen algo relevante que contar.
—Sí, padre —respondió Cadell hijo; y decidió dejar
pasar un buen rato, en el que hablaron de las obras de aquel teatro que nunca
terminaban de construir próximo a las oficinas de la editorial, antes de volver
al asunto de los manuscritos—. Ha llegado también otro libro. Una novela.
— ¿De Smollett?
—No. De una mujer.
—Si es esa horrible Charlotte Turner, ya sabes lo
que pienso…
—No, no, es otra mujer. Es joven, una tal Jane
Austen. Es una novela, Primeras impresiones. Una historia
romántica, pero está bien escrita. Quizá…
—No, no, hijo. Ya tuvimos bastante con las novelas
románticas de Charlotte Turner. No quiero más experimentos. En fin, la
editorial la llevas tú, no me voy a meter, pero si quieres mi opinión…
—Por supuesto que tu opinión es importante, padre
—respondió Cadell hijo; pero añadió algo más, en un último intento por defender
aquella novela—. A Davies le gusta. Eso me pareció.
—Davies es un romántico. Si por él fuera,
publicaríamos cualquier cosa.
—Pero le has mantenido siempre como socio.
—Es un buen administrador, pero como editor…; en
fin, ya sabes mi opinión.
—Sí. No, no creo que publiquemos a esta autora. De
hecho, ya le dije a Davies que preparara una carta para rechazar el manuscrito.
—Has hecho bien.
Y Thomas Cadell Jr. asintió, aunque en el fondo no
estaba tan seguro de haber acertado.
Así, Jane Austen vio cómo se rechazaba su primera
gran obra. Pero no se rindió y siguió escribiendo. Hay que reconocer que, al
menos, Jane contó con el apoyo y el reconocimiento de su familia, que la
animaba a seguir intentándolo, pero no sería hasta 1811, catorce años después
de la negativa de Thomas Cadell Jr. (o Sr., pues nunca quedó claro de dónde
partió la negativa), cuando Henry, el hermano de Jane Austen, consiguió
persuadir a otro editor, Thomas Egerton, para que publicara Sentido y
sensibilidad. La novela se convirtió en un éxito editorial sorprendente en
la época y en pocos meses se agotó la primera edición. Mientras se preparaba
una reedición, Thomas Egerton quiso saber si Jane Austen tenía alguna otra
novela preparada.
—Hay algo, sí —dijo ella—, pero la rechazaron en el
pasado.
— ¿Quién la rechazó? —preguntó Egerton.
—Thomas Cadell —respondió Henry, que estaba
presente en aquella entrevista.
A Egerton no le gustaba hablar mal de la
competencia, pero sabía lo conservadores que eran los Cadell a la hora de
seleccionar libros.
— ¿Cómo se llama esa novela que le rechazaron?
—preguntó el editor.
—Primeras impresiones —respondió el
hermano de Jane.
— ¿Primeras impresiones? —repitió Egerton
pensativo.
—Bueno, ahora la he revisado y le he cambiado el
título —dijo entonces la propia Jane.
— ¿Y cuál es el nuevo título de la novela?
—preguntó el editor.
Jane, de pronto, no estuvo segura de sí misma,
pero, al final, se atrevió.
—Orgullo y prejuicio.
—Me gusta —respondió Egerton—. Es sugerente. Quiero
leerla inmediatamente. —Y la miró fijamente a los ojos—. Usted no es consciente
aún, pero es una gran escritora.
Y así, en 1813, dieciséis años después de haber
sido rechazada por los editores Cadell, Orgullo y prejuicio, una
obra maestra de la literatura, vio la luz por fin. Y es que, ya se sabe, a
veces las primeras impresiones pueden ser engañosas.
§ 11. Veintiséis días
Lo importante de una novela no es la velocidad con
la que fue escrita, sin duda, sino su calidad, es decir, que nos conmueva, que
nos entretenga o, si es posible, que consiga ambas cosas a la vez. Pero hay
ocasiones en las que la velocidad se convierte en la clave de la redacción de
una novela. Y sólo un genio es capaz de salir bien parado de semejante locura.
En noviembre de 1866, Fiodor Mijáilovich
Dostoievski caminaba cabizbajo por una de las grandes avenidas de San
Petersburgo. Acababa de perder a su mujer, y su viejo vicio, el juego, se había
apoderado, una vez más, de su vida. Dostoievski era un ludópata compulsivo.
Había períodos en su vida en que podía controlar aquel terrible hábito, pero la
depresión de la muerte de su esposa le había hecho débil. Las deudas eran
brutales y sus acreedores llamaban a su puerta a diario. Paradójicamente, en lo
literario las cosas iban bien. Seguía publicando capítulos de Crimen y
castigo en la revista El Mensajero Ruso, pero la falta de
dinero era tal que Dostoievski optó por una solución desesperada. El editor
Stellovski le recibió con una sonrisa de dientes escasos que se amplió hasta
límites insospechados cuando Dostoievski estampó su firma en aquel maquiavélico
contrato: a cambio de una nueva novela recibiría tres mil rublos que él ni
siquiera tocaría para que fueran directamente a sus acreedores. Ésa era la
única forma de que no se los gastara en la ruleta. Hasta ahí todo bien. La
sonrisa de Stellovski tenía que ver con lo que ocurriría si no podía cumplir el
plazo pactado: primero una multa, que se añadiría a sus deudas; y si, pasados
unos días más, no tenía aquella nueva novela, Dostoievski perdería todos los
derechos sobre sus obras anteriores, es decir, los derechos sobre Pobres
gentes (1846), El doble (1846), Noches
blancas (1848), Niétochka Nezvánova (1849), Stepanchikovo
y sus habitantes (1849), Humillados y ofendidos (1861), Un
episodio vergonzoso (1862), Recuerdos de la casa de los
muertos (1862) y Memorias del subsuelo (1864). Era
una pérdida terrible.
Dostoievski tenía claro que Stellovski estaba
convencido de que nunca podría entregar la nueva novela a tiempo, pues el plazo
marcado era de veintiséis días. Dostoievski, no obstante, no se rindió y, nada
más llegar a su casa, se frotó las manos para calentarse y empezar a escribir.
Había empeñado su abrigo la semana anterior y apenas tenía leña para la estufa.
Todo parecía encaminado al fracaso más absoluto. Además, tenía que seguir
enviando más capítulos de Crimen y castigo a El
Mensajero Ruso.
Pero no, Dostoievski no se arredró. Había superado
cinco años en un campo de Siberia. Había sido la condena por tener ideas
propias, por pensar. Pero si había podido con eso, podía con todo. Trazó un
plan: por las mañanas escribiría los últimos capítulos de Crimen y
castigo y por las tardes se dedicaría a la nueva novela. Podía
hacerse. Podía hacerlo. Al principio todo iba bien. Su privilegiada mente,
dotada como ninguna para la narrativa, elucubraba bien las frases, los
diálogos, las descripciones, saltando con habilidad y sin confusiones de una
novela a otra, pero a los tres días se dio cuenta de que no podría cumplir el
plazo. Su mente iba más rápido que sus manos. Tenía el final de Crimen
y castigo tan claro en su cabeza como todo el desarrollo de la nueva
novela que escribía por las tardes y que había titulado El jugador,
una obra sobre un ludópata igual que él. En su momento le había parecido una
justa penitencia escribir sobre su debilidad, pero ahora no se trataba del
contenido. La cuestión era que debía entregar los textos escritos en pocos días
y no podía. Sus manos eran torpes y, con frecuencia, ateridas por el frío,
escribían con una lentitud insoportable. La desesperación se apoderó de él.
Dostoievski recurrió entonces a los amigos, pero no les pidió más dinero (nadie
se lo habría prestado ya). Sus ruegos tenían otro objetivo y,
sorprendentemente, pronto tuvieron éxito, de forma que a los dos días llamaron
a la puerta. Dostoievski la abrió y recibió a aquella joven mujer.
—Soy Anna Grigorievna Snitkina —dijo la muchacha
mirando algo nerviosa al entorno destartalado, lleno de libros y polvo que
rodeaba al escritor—, la taquígrafa —completó la joven, aún sin atreverse a
entrar en aquella casa; y como fuera que Dostoievski no decía nada, la muchacha
preguntó—: Usted quería una taquígrafa, ¿verdad?
—Sí, perfecto, eso es —respondió Dostoievski, y se
hizo a un lado para invitar a la muchacha a adentrarse en su mundo.
Anna dudó. «Ten cuidado —le habían dicho—, es un
genio pero está maldito.» Pero la mirada que Anna encontró en aquel hombre era
la de alguien desamparado, no maldito. Eso le pareció entonces. Anna
Grigorievna dio unos pasos adelante y la puerta se cerró.
Apenas salían de la casa. Dostoievski dictaba Crimen
y castigo por las mañanas y El jugador por las
tardes. Y no paraba de hablar y hablar. Anna Grigorievna estaba completamente
cegada por la admiración: aquel hombre no escribía, sino que recitaba las
frases como si fuera una historia que ya estuviera escrita en su cabeza. Era
impresionante, demoledor.
Sin embargo, el escritor tenía momentos de duda.
—No sé si está quedando bien, si se entiende —dijo
una tarde tras dictar durante varias horas unos pensamientos de Raskólnikov, el
protagonista de Crimen y castigo, en donde se le describía
completamente consumido por los remordimientos.
—Sí, se entiende —se atrevió a decir Anna
Grigorievna—, pero da mucha pena.
Dostoievski la miró.
—La vida, a veces, da mucha pena —comentó el
escritor, y se quedó observando el contorno de facciones suaves de la joven
taquígrafa de veinte años—. A veces no —añadió el escritor; y Anna Grigorievna
bajó la mirada, pero no pudo evitar sonrojarse.
Siguieron trabajando.
A los veintiséis días exactos, Dostoievski fue al
encuentro del editor Stellovski, pero éste le rehuyó durante toda la mañana
inventando todo tipo de excusas, reuniones y visitas inexistentes. Dostoievski
salió entonces de las oficinas de su editor y acudió a paso rápido a una
comisaría, donde presentó el fruto de sus interminables jornadas de trabajo y
obtuvo el acuse de recibo necesario para dejar constancia de que había cumplido
el plazo de aquel contrato endemoniado. Luego regresó a casa y le pidió a Anna
que se casara con él. La joven aceptó sin dudarlo. Con el dinero que Stellovski
tuvo que pagar, Dostoievski saldó sus deudas y, como fuera que las dos nuevas
novelas se vendían bien, aún tuvo dinero extra para llevarse a Anna por Europa.
Pero el viejo vicio regresó.
La pareja pernoctó en Baden-Baden y Dostoievski fue
al casino.
—Sólo un momento, sólo un momento —dijo el
escritor.
Al principio apostó al rojo o negro, al par o
impar. Luego sintió que tenía una intuición y apostó a un número. Luego a otro.
Y a otro. Él mismo se explicaba, se intentaba justificar ante su joven esposa
en una emotiva carta:
[…] perdía la tranquilidad, destrozaba mis nervios
y comenzaba a arriesgar, me enojaba, apostaba todo ya sin ningún cálculo y
perdía (porque quien juega sin calcular, al azar, es un demente). Ángel mío, te
repito que no te reprocho nada, que te amo aún más por extrañarme de esa
manera. Pero escucha, querida, por ejemplo, lo que me pasó ayer: después de
haberte enviado la carta en donde te pedía que me mandaras dinero, fui a la
sala de juegos; me quedaban en el bolsillo únicamente veinte florines (para algún
imprevisto) y arriesgué diez. Hice esfuerzos sobrehumanos para permanecer
tranquilo y poder calcular durante una hora completa y todo terminó en que gané
[…] trescientos florines. Estaba tan feliz que sentí unas ganas irreprimibles
de ponerle fin hoy mismo a todo esto: quise ganar aunque fuera dos veces más de
lo ganado e irme de aquí y, entonces, sin detenerme siquiera a pensarlo, sin
descansar un segundo, me lancé hacia la ruleta y comencé a apostar mi oro, y
todo, todo lo perdí, hasta el último kópek.[1]
Anna Grigorievna le abandonaba en momentos de
desesperación. «No te recrimino, me maldigo», decía Dostoievski en sus cartas.
Y ella volvía.
A su ludopatía compulsiva debemos que Dostoievski
escribiera, una tras otra, una larga serie de obras maestras de la literatura
universal. La maldición que perseguía a un hombre supuso, sin embargo, la
bendición literaria para millones de lectores. La vida es, cuando menos,
contradictoria.
§ 12. Hija de la lluvia
Hay turistas japoneses que disparan los flashes de
sus móviles inteligentes a discreción. Los alemanes y los ingleses deambulan
con algo más de decoro y aire impresionado. Los españoles lo observan todo con
esos ojos de «parece mentira lo que somos capaces de hacer cuando realmente nos
ponemos a ello». Y es que no es para menos: las inmensas paredes del viejo
Hospital de los Reyes Católicos (hoy reconvertido en Parador Nacional, habiendo
sustituido el término «Hostal» al de «Hospital») se levantan majestuosas por
cada uno de los patios góticos y barrocos que configuran la planta del gran
edificio. Los hay que sólo piensan en el excelente desayuno que sirven a los
huéspedes en aquel gran y lujoso hotel, pero entre aquellos muros que recogen
la lluvia del pasado como esponjas que todo lo absorben no sólo hay
extranjeros, asistentes a congresos o trabajadores de hostelería: allí también
hay recuerdos escondidos, misterios olvidados y hasta un pequeño gran secreto
literario. Ocurrió hace mucho tiempo. Tenemos que retroceder ciento cincuenta y
seis años.
La mujer corría entre la lluvia perenne de Santiago
de Compostela, así se llamaba aquella ciudad: Santiago, en recuerdo del
discípulo de Cristo, y Compostela, procedente de campus stellae, o
campo de las estrellas, en referencia a las estrellas que brillaban donde
apareció el cuerpo del santo en tiempos remotos. La lluvia que caía era ese
eterno orvallo que puede con todo y que a todos engulle, esa lluvia en la que
muchos confían para borrar sus errores y sus faltas y sus miserias. La mujer de
nuestra historia es, no obstante, una sirvienta inocente; carga con algo en los
brazos que lleva cubierto con mantas. Hace frío. Es el amanecer del 24 de
febrero del año 1836. El agua arrecia, pero la mujer no quiere detenerse y
cruza la plaza del Obradoiro a toda velocidad. El imponente hospital, que los
Reyes Católicos ordenaron construir en el siglo XVI para atender a los
peregrinos que llegaran enfermos al final del largo peregrinaje a Santiago de
Compostela, está ante ella. Adán, santa Catalina, san Juan Bautista, Eva, santa
Lucía, María Magdalena, los propios Reyes Católicos, Cristo, Santiago y san
Pedro, la Virgen con el Niño, san Juan Evangelista y hasta seis ángeles parecen
observarla con atención desde aquella impactante fachada de piedra.
La mujer se detiene y golpea tres veces la puerta
principal del hospital.
La puerta se abre.
Una nariz gorda, fea, fofa, asoma bajo la capucha
de un hábito de monje. La nariz mira hacia la niebla, pero aún no se ve nada.
Todo está oscuro todavía. De pronto se oye el llanto de un niño. El monje se
vuelve hacia su derecha y ve aquel pequeño bulto de mantas en manos de aquella
mujer nerviosa. Ya sabe de qué se trata. A él no le gusta tocar aquellos niños
traídos al mundo fruto del pecado. Cierra la puerta con un sonoro estallido de
desprecio.
El llanto de la criatura se mezcla con la niebla
del amanecer. La mujer no sabe bien qué hacer. Le habían ordenado acudir allí,
pero aquel portazo la ha dejado confundida. Con la paciencia que dan los años
de servicio en casa de los amos, la mujer espera. Al cabo de unos minutos, la
puerta del hospital vuelve a abrirse y una monja emerge con aire de llevar
levantada varias horas y todas ellas trabajando sin descanso.
— ¡Ave María Purísima! — exclama la monja al tiempo
que coge en sus brazos a la criatura—. Y además está helada de frío. —Se
introduce en el hospital con el bebé en brazos, seguida de la joven sirvienta.
La puerta vuelve a cerrarse. La lluvia queda allí fuera, golpeando constante
los muros del hospital.
La monja cruza los patios góticos de San Juan y San
Marcos. La mujer que la sigue entiende bien la urgencia, al igual que la monja,
que sabe, por la triste experiencia del dolor, que hay que llegar a la Capilla
Real, que hace las veces de iglesia del hospital, lo antes posible. No sería
aquél el primer niño que se le muriera en los brazos sin haber llegado a tiempo
de bautizarlo.
En la capilla le espera el presbítero don José. Se
oye el respirar acelerado de la monja, que está a punto de quedarse sin
resuello. Él se ocupará de todo. Don José era más tolerante con las miserias
del alma y de la carne.
— ¡Ave… María… Purísima! —vuelve a decir la monja,
esta vez con más dificultad, como si pronunciar el nombre de la Virgen ayudara
a mitigar los horrores del mundo.
Habían llegado noticias de que aquello podía
ocurrir pronto y pronto había sido, en efecto. No habría padres, pero al menos
tenían noticia del nombre que debía recibir la criatura. Las había que llegaban
sin siquiera un nombre con el que bautizarse.
—Es una niña…, la que esperábamos —dijo la monja al
entrar en la capilla con la criatura en brazos. Aún lloraba, pero eso era
bueno.
—Déjeme a mí, hermana —dijo la sirvienta que había
llevado a la niña hasta el hospital, preocupada de que la monja, agotada como
estaba por la carrera, pudiera perder el equilibrio y caer con el bebé en
brazos—. Creo que se ha acostumbrado a mí y quizá sepa calmarla.
Y así fue: por cansancio o por sentir de nuevo el
calor de la mujer que se ocupaba de ella desde hacía días, la niña interrumpió
aquel llanto que partía el alma.
El presbítero era hombre de pocas palabras. No era
partidario de hablar, sino de hacer. En pocos minutos dispuso todo lo necesario
al lado de la pila.
El bautizo fue rápido y sobrio. Sólo el presbítero,
la monja y la sirvienta atendieron al evento. Don José rellenó el acta
bautismal con la parsimonia del funcionario eclesiástico que ya ha visto todo
lo que tenía que verse en aquel mundo y mucho, también, de lo que no debería
verse nunca. Un mundo de nieblas y lluvia.
En veinte y cuatro de febrero de mil ochocientos
treinta y seis, María Francisca Martínez, vecina de San Juan del Campo, fue
madrina de una niña que bauticé solemnemente y puse los santos óleos,
llamándole María Rosalía Rita, hija de padres incógnitos, cuya niña llevó la
madrina, y van sin número por no haber pasado a la inclusa; y para que así
conste, lo firmo.
La sirvienta María Francisca recogió a la niña y,
poco a poco, con algo más de paz de ánimo, fue desandando el camino por el
interior del gran hospital. Llegó al fin a la entrada. Allí seguía, cabizbajo,
el monje que había abierto la puerta por primera vez. Nada más verla llegar,
abrió la puerta como quien la abre para que salga una alimaña perniciosa. La
sirvienta cruzó el umbral y salió con rapidez para desaparecer, sigilosa,
mezclando su figura y la del bebé con las primeras luces de un alba que volvía
a respirar lluvia.
Rosalía de Castro era hija de un sacerdote y una
hidalga de familia venida a menos. Con aquel origen sacrílego, nadie preveía
que fuera a tener un gran futuro por delante, pero su tía paterna se hizo cargo
de la criatura, ya fuera por piedad cristiana o por miedo a que se conociera
toda la historia de aquel incómodo nacimiento. Durante decenios, el origen de
la gran escritora gallega, madre del resurgimiento de la literatura en esa
lengua a la par que magna escritora en lengua castellana, quedó fuera de los
libros de texto. Lo que no hicieron esos manuales, y es de agradecer, es dejar
de lado sus magníficos poemas.
Si alguna vez peregrinan a Santiago de Compostela,
disfruten y admiren lo mucho que hay que admirar y sentir en su catedral
sagrada, y paseen por sus calles estrechas y anchas, empedradas de historia
palmo a palmo, pero deslícense también hacia el interior del Hostal de los
Reyes Católicos (no hace falta alojarse allí para visitarlo). Caminen entonces
en el silencio rotundo que se apodera de sus inmensos claustros una tarde de
lluvia constante y lean entre esos muros un poema de Rosalía de Castro. Háganlo
en voz alta. No tengan vergüenza de dar voz a quien allí fue bautizada. Quizá
los ecos de las paredes les devuelvan el llanto inocente de una niña, una
pequeña gran escritora hija de la lluvia. Una tarde de octubre estuve allí, no
hace mucho. Paseé por aquellos claustros y me preguntaba: ¿se acordaría Rosalía
de Castro de su nacimiento cuando decía…?
Aunque mi cuerpo se hiela,
me imagino que me quemo;
y es que el hielo algunas veces
hace la impresión de fuego.
§ 13. Charles Dickens y la piratería informática
A Charles Dickens la piratería informática no le
preocuparía demasiado. Los genios es lo que tienen: se pueden permitir vivir
por encima del bien y del mal. Me explicaré.
Dickens no lo tuvo fácil en sus comienzos: no
recibió educación alguna hasta los nueve años y, aunque de los nueve a los doce
pudo disfrutar de un breve intervalo de tranquilidad en el que devoró todos los
libros que caían en sus manos, desde el Tom Jones de Fielding,
uno de sus escritores preferidos, hasta el mismísimo Quijote (sí,
Dickens también leyó el Quijote y, si vamos a eso, Henry
Fielding también y, como Mary Shelley, lo recomendaba encarecidamente a todo el
mundo). Pero estamos con Dickens: todo le iba mejor hasta que su padre ingresó
en la cárcel por su incapacidad de hacer frente a las deudas, y entonces
Dickens, un niño de doce años, empezó a trabajar en una factoría de zapatos.
Fueron tiempos durísimos que se quedarían grabados en su memoria para siempre y
que luego reflejaría en sus obras maestras. Dickens, ejemplo donde los haya de
un hombre hecho a sí mismo, consiguió dejar la fábrica gracias a sus enconados
esfuerzos en auto educarse para así ingresar como pasante en un bufete de
abogados. Sin embargo, ejercer el derecho no era algo que colmara las
expectativas de Dickens, quien, en cuanto le fue posible, saltó del despacho de
abogados a un periódico y, por fin, a una editorial. No deja de resultarme
gracioso que algunos de sus detractores le critiquen precisamente eso: que era,
que fue, que tuvo que ser a la fuerza, «autodidacta». Dejemos estos críticos a
un lado y sigamos, que hasta la piratería informática aún falta.
Dickens, como tantos otros en su época, publicaba
sus novelas por fascículos, por la sencilla razón de que el público lector
normalmente no disponía de la capacidad económica suficiente para comprar un
gran volumen y les era mucho más asequible ir adquiriendo fascículos semanales
o mensuales a un precio muy inferior. El éxito de Dickens en este formato fue
arrollador. Sus obras literarias no sólo han pasado a la historia de la
literatura inglesa y universal, sino que además ya en su tiempo disfrutaron de
un desbordante éxito popular. Como muestra, baste decir que, según el periódico
británico The Telegraph, en su edición del 8 de mayo de 2010, Historia
de dos ciudades de Dickens, la gran novela que recrea los tumultuosos
años de la Revolución francesa, había vendido más de doscientos millones de
ejemplares en todo el mundo desde su publicación en 1859, siendo el libro más
leído de la historia (dejando de lado la Biblia, el Corán y otros libros
religiosos), superando a la épica trilogía de El señor de los anillos.
Con Dickens el éxito popular y el prestigio
literario han ido de la mano durante decenios. La única crítica sólida que veo
a sus libros es sobre la credibilidad, o, mejor dicho, la «incredibilidad» (el
término existe y está recogido en la última edición del Diccionario de
la lengua española de la Real Academia). Me refiero a la
incredibilidad de algunos de sus más grandes personajes. Y es que parece hasta
cierto punto inverosímil que personajes como Oliver Twist o David Copperfield,
que malviven en los peores antros de un Londres embrutecido y embrutecedor, en
compañía de malhechores de toda condición y decenas de otros personajes
terribles y, por encima de todo, sin escrúpulos, puedan mantener unos grados de
bondad tan elevados pese a padecer tanto. Pero así nos los presenta Dickens, un
David Copperfield o un Oliver Twist que mantienen su bondad en medio de una
ciénaga de miseria. Es cierto que nos puede resultar inverosímil, pero, y aquí
empieza la genialidad, estos relatos son tan magníficos, tan colosales, y su
trama, las descripciones, la recreación histórica, la atención al detalle, la
comicidad, la tragedia, el vocabulario, todo está tan bien hecho que al final
lo inverosímil deja de resultarnos increíble, hasta el punto de que el Londres
del siglo XIX que tiene en su mente la mayoría de británicos y no británicos
es, precisamente, el Londres que retrata Charles Dickens.
Pero Dickens dio un salto más que muy pocos
escritores se han atrevido a dar. Todo empezó, como muchas cosas en nuestra
vida, de forma casual, con el objeto de recaudar fondos con fines benéficos:
varias instituciones se habían dirigido al famoso escritor para que aceptara
realizar algunas lecturas públicas de sus obras en diferentes centros
culturales del Reino Unido para reunir el dinero necesario que precisaban
varios hospitales y orfanatos que, de lo contrario, se verían obligados a
cerrar. Dickens, que no había olvidado lo que era pasar penurias, aceptó sin
dudarlo. Para sorpresa de todos, aquellas lecturas supusieron un éxito rotundo,
muy por encima de las mejores expectativas que hubieran podido imaginar. Fue
entonces cuando Charles Dickens pensó: « ¿Y por qué no seguir con estas
lecturas públicas en teatros por todo el país y por Estados Unidos?» Y eso
hizo. Dickens, siempre un profesional, viajaba con todo lo necesario, que
tampoco era tanto: una mesa, una silla, una pantalla para situar a su espalda
que ayudara a proyectar mejor su voz. Iba de ciudad en ciudad, y la gente, su
público, sus lectores, pagaban por escuchar en vivo y en directo a uno de sus
autores favoritos leyendo en voz alta; más aún, recreando con diferentes voces
y acentos los distintos personajes de Un cuento de Navidad, Historia
de dos ciudades, Oliver Twist y tantas otras historias
memorables. El escritor salía a escena, saludaba al público presente y
anunciaba la novela que iba a leer.
—Hoy leeré para todos ustedes Un cuento de
Navidad. Espero que les guste.
Es posible que piensen que mi pasión por Dickens
nubla mi ecuanimidad, pero les invito a leer las críticas recogidas en la
prensa de la época: «Escuche a Dickens y muera: nunca oirá nada mejor en su
vida», decía el Scotsman; «Pocas veces he sido testigo o he
compartido una noche de tan genuino entretenimiento», comentaba el crítico
del Times, para concluir diciendo que «nunca una audiencia tan
grande había sido cautivada por la simple fuerza de la lectura de un solo
hombre»; mientras que un periodista del Cheltenham Examiner seguía
con la boca abierta tras la lectura pública a la que había asistido porque «la
facilidad con la que míster Dickens ajustaba su voz a cada uno de los
diferentes personajes de su obra era asombrosa». Por fin, el reportero
del Exeter Journal no tenía duda en afirmar sin ambages que
«míster Dickens es el mejor lector del mejor escritor de su época».
Estas lecturas públicas proporcionaron a Dickens la
fuente regular de ingresos que le hacía falta para mantener a su esposa, a sus
diez hijos y… a su amante (pero ésa es otra historia en la que no deseo
profundizar demasiado: digamos que Dickens tuvo una amante y que esto sólo
salió a la luz porque, cuando viajaba en un tren con ella, el tren descarriló y
Dickens, en lugar de escabullirse con ella, se quedó para ayudar a sacar a los
heridos, y fue ahí cuando se descubrió quién era y con quién iba). No sabemos
si su mujer le perdonó o no el delicado asunto de su amante, pero, sin duda, el
público sí que pareció olvidarse de ello: Dickens falleció en su casa un día de
verano y dejó por escrito que deseaba un funeral sencillo y privado y una
lápida en la que sólo se pusiera, con caracteres carentes de adornos, su nombre
y su fecha de nacimiento y muerte. Y todo se cumplió, con excepción de que el
público exigió que Charles Dickens debía estar enterrado en la Abadía de
Westminster en el corazón de Londres, ese Londres que tanto amó y que tan bien
describió con todas sus luces y sus muchas sombras.
¿Qué haría Charles Dickens hoy día? Estoy
convencido de que publicaría sus novelas por capítulos en su web, anunciaría
por Twitter su próxima lectura pública, llenaría teatros y auditorios y, con
toda seguridad, no se preocuparía demasiado por la piratería informática,
porque la gente pagaría por escucharle en directo.
¡Qué pena, qué lástima tan grande que Charles
Dickens falleciera en 1870, sólo seis años antes de que Thomas Alva Edison
inventara el fonógrafo!
§ 14. Esquina Pérez Galdós con Ángel Guimerà
Estoy sentado en la terraza de un pequeño café que
lleva el esperanzador nombre de Il·lusió [Ilusión], justo en una esquina del
cruce entre la avenida Pérez Galdós con la calle Ángel Guimerà en la ciudad de
Valencia. No creo que nadie de los que caminan por estas calles, rápidamente,
agobiados por el tiempo y por la vida, piense en los premios Nobel de
Literatura que pudieron ser y no fueron. Se trata, además, de un cruce de
avenidas algo desabrido: muchos coches y bastante contaminación, circunstancias
que no invitan al reposo y la reflexión. Desde mi mesa, mientras saboreo un
buen café con leche que ayuda a compensar el entorno, puedo ver el paisaje
atestado por ese pálpito permanente de un tráfico urbano incesante. Se puede
ver una tienda de bisutería, un centro de manicura, un bar, una boutique, una
entidad bancaria, una casa de comida para llevar y una inmensa torre de
telecomunicaciones que completa el escenario a modo de gran guinda tecnológica.
Me levanto y cruzo la calle. Hay unas placas verdes
que indican la dirección para encontrar los números 76 al 14 de la calle Ángel
Guimerà y los números 86 al 128 de la avenida Pérez Galdós. ¿Y Harald Hjärne?
Faltaría una tercera calle que se cruzara con estas dos para completar la
historia, pero supongo que ya es suficiente casualidad que aquí en Valencia la
calle Ángel Guimerà termine justo en la avenida Pérez Galdós, porque es por
casualidad, ¿verdad?; ¿o no? Es posible que la gente que transita por aquí
nunca repare en esta curiosa ironía del plano de Valencia.
Me explicaré: la historia de los premios Nobel de
Literatura se remonta a 1901, cuando el francés Sully Prudhomme inauguró la
lista de premiados de mayor prestigio en el mundo de la escritura. En los años
siguientes, un alemán y un noruego obtuvieron el premio. Hasta ahí todo bien.
El conflicto empieza luego. La Academia Sueca quería conceder premios Nobel a
algunas literaturas de lenguas latinas que estaban en recuperación a principios
del siglo XX, y los nombres de Frédéric Mistral, occitano, y de Ángel Guimerà,
catalán, sonaron con fuerza, pero las presiones desde España forzaron a que la
Academia Sueca concediera el premio de 1904 ex aequo a Mistral por un lado y a
Echegaray por otro, este último en lugar de Guimerà. La Academia de Bellas
Artes de Barcelona reaccionará entonces con energía y propondrá durante los
próximos diecisiete años y de forma ininterrumpida la candidatura de Ángel
Guimerà para el Premio Nobel de Literatura. Desde la Real Academia Española,
sin embargo, se favorecieron las candidaturas de Menéndez Pelayo primero y de
Benito Pérez Galdós después. La división de las propuestas que llegaban desde
España, pues así era percibido por la Academia Sueca, no favorecía nunca las
propuestas de nuestro país; y así escritores europeos de Polonia, Bélgica, del
Imperio alemán, Reino Unido, Italia, y hasta un famoso escritor de la India
(Tagore), obtuvieron el muy anhelado galardón. Los años van pasando y llegamos
a 1916. Una vez más desde España se insiste en Galdós, por un lado, y en
Guimerà, por otro. Harald Hjärne, presidente de la Academia Sueca en ese año,
parece decantarse, por fin, por Galdós, por su impresionante obra de los Episodios
nacionales, sin que eso vaya en demérito de la valía de Ángel Guimerà.
Además, no hay que olvidar que Harald Hjärne era historiador en la Universidad
de Uppsala. Quizá a su influencia debemos también el Premio Nobel al gran
escritor polaco de novela histórica Henryk Sienkiewicz, de quien siempre está
bien recordar su épica Quo vadis, inmortalizada por el grandioso
Hollywood y que la televisión suele programar en Pascua. Nunca está de más
volver a verla. Peter Ustinov como ese Nerón delirante realiza una actuación
memorable.
Pero volviendo a 1916, cuando Hjärne empieza a
emitir informes en los que recomienda al resto de la Academia Sueca a Benito
Pérez Galdós, desde España llega no sólo la propuesta alternativa de Ángel
Guimerà, apoyada una vez más por el Círculo de Bellas Artes de Barcelona, sino
que también se remiten numerosos escritos y críticas de los enemigos políticos
de Galdós, y eso que don Benito, pese a su ideología progresista, fue hombre
ajeno a dogmatismos y se declaraba amigo de personas tan alejadas de cualquier
izquierdismo como el propio Menéndez Pelayo o Antonio Cánovas del Castillo, con
los que compartía animada tertulia en Madrid. Fuera como fuese, ante un país
que pedía el Nobel con sus instituciones divididas en derechas, izquierdas y
nacionalismos, el sueco se hizo precisamente eso, el sueco, y dio el Premio
Nobel de Literatura de 1916 a un sueco, y en 1917 a dos daneses, a nadie en
1918 por causa de la primera guerra mundial, y a un suizo en 1919.
Me puedo imaginar al anciano Galdós o al propio
Ángel Guimerà escuchando aquellos nombres que algún amigo o familiar les
leería, en especial a don Benito Pérez Galdós, que estaba quedándose ciego.
—Don Benito, este año se lo han dado a Verner von
Heidenstam.
—Ya, bien. Será bueno —diría don Benito.
—Dicen que es poeta y novelista. Creo que el
periódico hablaba de que tenía una novela histórica sobre Suecia, pero no estoy
seguro.
—Bueno. Bien está. Pero ahora sigue leyéndome Oliver
Twist. Dickens sí que es bueno de veras —respondería don Benito, que
disfrutaba escuchando pasajes de sus grandes autores favoritos, como el propio
Dickens, Cervantes o Shakespeare.
Y al año siguiente.
—Don Benito, este año el Nobel se lo han dado a
Karl Adolph Gjellerup y Henrik Pontoppidan.
— ¿Y éstos quiénes son?
—Daneses.
Y al año siguiente.
—Don Benito, este año se lo han dado a Carl
Spitteler.
— ¿Danés? —preguntaría Galdós.
—No, suizo —le responderían—. Un poeta.
Y don Benito asentía y callaba. Y así hasta su
muerte.
En 1920, don Benito Pérez Galdós falleció. Guimerà
aún seguiría esperando pacientemente.
—Aquest any l’han donat a Knut Hamsun [Este
año se lo han dado a Knut Hamsun] —le dirían, y don Ángel Guimerà escucharía y
aguantaría. Eso sería en 1920.
Al año siguiente le contarían que el Premio Nobel
de Literatura iba a parar a manos del francés Anatole France. Y en 1922 el que
lo recibiría sería el español Jacinto Benavente. Ángel Guimerà iba cayendo en
el olvido de una Academia Sueca que tenía sus miras puestas ya en otras
literaturas. En 1923 el premiado sería William Butler Yeats, abriendo el camino
a los premios Nobel irlandeses que ya he referido en otro de estos episodios.
En 1924 don Ángel Guimerà falleció.
Ninguno de los dos, ni Galdós ni Guimerà, obtuvo un
reconocimiento que, en mi opinión, con estilos literarios diferentes e
intereses diversos, ambos merecían sobradamente. La desunión institucional y
política propia de nuestro país hizo que sus oportunidades, es decir, nuestras
oportunidades, se perdieran.
En una dinámica diferente hay que enmarcar el
proceso contrario, en el que, por ejemplo, la Generalitat valenciana financió
la puesta en escena de Los intereses creados del Nobel
Benavente, madrileño, durante la temporada teatral 2011 en una magnífica
producción dirigida por el actor valenciano Pepe Sancho. La obra cosechó, una
vez más, un gran éxito de crítica y público, y la de 2011 es una puesta en
escena que me permito recomendar a quien no pudiera verla, en caso de que la
obra vuelva a representarse en Valencia o en cualquier otra ciudad española. Y
es que en la literatura de verdad no hay tantas fronteras. Los escritores se
respetaban entre sí: Echegaray traducía a Guimerà del catalán al español a la
par que apreciaba enormemente a Galdós, pero las instituciones fallaron. En
lugar de proponer conjuntamente a un autor y luego a otro, la división condujo
a que ni Galdós ni Guimerà obtuvieran el Nobel.
Y ahora aquí están en Valencia estas dos calles,
dos grandes avenidas, la de Pérez Galdós y la de Ángel Guimerà, cruzándose
eternamente en este enclave donde el tráfico de la ciudad fluye constante sin
detenerse un solo momento. Me pregunto si el hecho de que estas dos calles se
cruzaran fue realmente una inocente casualidad del destino o un guiño irónico
que algún urbanista de la capital del Turia quiso dejarnos para la posteridad.
§ 15. El asesinato de Sherlock Holmes
Arthur era un hombre tranquilo. Nadie podía
imaginar en qué andaba pensando desde hacía varios meses.
Había diseñado el asesinato perfecto. O eso creía.
Ni siquiera el enigmático y agudo Sherlock Holmes podría hacer nada por
evitarlo. La jugada era maestra, perfecta. Más aún: era osadía pura, pues su
víctima no iba a ser otra que el propio Sherlock y, sin embargo, el detective
de Baker Street no tenía ni la más mínima idea de lo que estaba a punto de
ocurrir. Ni idea. Ése era el gran poder de Arthur. El plan era sencillo. Sólo
había que conducir a Sherlock Holmes, al vanidoso y ególatra Holmes, hasta el
abismo de Reichenbach, en Alemania. Ocurriría allí. Arthur asentía mientras lo
preparaba todo. Pero Arthur no quería ser acusado. ¿Acaso quiere alguien pasar
por eso? No. Lo tenía todo pensado: acusarían a otra persona en su lugar.
¿Quién? Aquí Arthur sonrió. Quién sino el enemigo eterno de Sherlock Holmes,
quién sino el perverso dueño de los bajos fondos de Londres y de medio mundo,
quién sino el temido profesor Moriarty.
Sí. Arthur lo preparó todo con esmero: folios
limpios, blancos, sin mácula, y tinta negra, oscura, líquida, bien dispuesta.
Ésas eran sus armas. No necesitaba más. Dicen que hay palabras que hieren. De
acuerdo. Y también hay palabras que pueden matar. Empezó a escribir.
Todo salió tal y como lo había diseñado: Holmes
siguió a su archienemigo hasta el precipicio de Reichenbach y allí luchó a
muerte con él hasta que el abismo se tragó a ambos. Todos cometen torpezas.
Holmes, en su afán por atrapar a Moriarty, decidió arriesgarse. Arthur contaba
con ese punto de vanidad de Holmes. Sabía que no dejaría pasar la oportunidad
que se le brindaba de atrapar a Moriarty, incluso si eso conllevaba una
arriesgada lucha al borde mismo de un precipicio.
Todo pasó rápidamente. No era momento de
proporcionar muchos detalles. Arthur, además, se aseguró de que ni tan siquiera
aparecieran los cadáveres. Mejor así. Aún más difícil reunir pruebas en su
contra.
Todo había terminado. Sherlock Holmes había muerto.
Arthur se levantó de la mesa de su escritorio y
cruzó el despacho hasta llegar al pequeño mueble donde guardaba las bebidas.
Podría haber llamado a alguien del servicio, pero se sentía como si aún tuviera
sangre en las manos y, por encima de cualquier otra consideración, aquél era un
momento privado. Se sirvió un vaso de jerez. Bebió. Le supo algo amargo. ¿Le
sabrían ahora siempre amargas todas las copas? ¿Era ése el regusto que le iba a
quedar en el paladar para siempre? Retornó hacia el escritorio y, de pie, con
la copa en la mano, releyó la última página que acababa de escribir. Al menos
le había proporcionado una muerte heroica. A todos les gustaría. Además, así
aún sospecharían menos de él. Fin de la historia. Regresó al mueble bar y se
sirvió una segunda copa. Ahí se detuvo. No quería emborracharse. Tampoco sentía
esa necesidad.
Arthur durmió tranquilo aquella noche, sin el más
mínimo complejo de culpabilidad. Por fin era libre. Tenía tantos proyectos,
tantas ideas. Ahora podría ocuparse de ellos, darles forma. Ya no estaba atado
a Sherlock. Mañana mismo empezaría a trabajar.
Todo fue bien durante varios días. La rutina se
apoderó de su existencia y se sentía cómodo. Hasta que llegó la primera carta.
Arthur la vio una mañana en la bandeja del correo, pero no quiso abrirla.
Intuía qué podía ser y decidió ignorarla. Venía del mismo Londres. No le dio
importancia. Era lógico que hubiera algunas reacciones, pero al día siguiente
eran tres las cartas y diez al siguiente y luego veinte, treinta, cincuenta…
Arthur decidió abrir algunas, sólo por tener una noción de lo que se pensaba: le
acusaban a él, directamente, con firmeza, sin duda alguna. Nunca pensó que
fueran a llegar a esa conclusión tan rápidamente. Pero había más: le rogaban;
le imploraban que deshiciera el pasado, que desanduviera el camino andado con
aquellas páginas, pero cómo hacerlo y, a fin de cuentas, por qué. Ahora era
libre. Y le gustaba serlo y pretendía seguir siéndolo por mucho tiempo; no,
para siempre. Negó con la cabeza y dejó las cartas sobre la bandeja del correo.
No volvería a leer ninguna más. No importaba cuántas llegaran, pero, justo en
ese instante, llamaron a la puerta. Arthur iba a dar orden de que ignoraran esa
llamada, pero ya era tarde: oyó cómo el servicio la abría y cómo subían por la
escalera. Debería haberse marchado de Londres por un tiempo. Quedarse había
sido un error de cálculo. Se mantuvo tranquilo. No se sentía culpable.
Un hombre entró en el salón. Era conocido por el
servicio y nadie pensó que se le debiera detener en la entrada.
—¿Qué has hecho, Arthur? —le preguntó el hombre aun
antes de saludar.
Arthur guardó silencio.
—¿Por qué? ¿Por qué, Arthur?
Arthur seguía callado. Se levantó de la butaca en
la que se había sentado y deambuló por la habitación, hasta que se detuvo en
una ventana y miró a través de las cortinas. Había mucha gente frente a su
residencia. Dio un paso atrás. Encaró entonces al recién llegado.
—Porque estoy harto, hastiado, por eso —replicó
Arthur resuelto, casi con fiereza. El hombre que había ido a verle suspiró,
hizo un gesto al escritor para que regresara a su butaca, lo que Arthur aceptó,
y el otro hombre se sentó frente a él. Le hablaba como quien habla a un niño.
—Arthur, te aseguro que si hay alguien que puede
entenderte ése soy yo, pero esto no puede ser. Has ido demasiado lejos. Esto
tiene que… tiene que ser de otra forma.
Arthur volvía a negar con la cabeza, pero el hombre
le hablaba con decisión y Arthur sabía que tenía razón, que no había otro
camino.
—Sherlock Holmes era demasiado grande ya, Arthur,
demasiado. Quizá al principio habrías podido hacerlo, cuando no lo conocía
tanta gente; pero ahora no, ahora de ningún modo. Nadie lo aceptará. Veo que
aquí también han llegado algunas cartas —dijo mirando la bandeja del correo de
Arthur repleta de sobres sin abrir—. Esto no es nada, lo que tienes aquí es
apenas una muestra. Nosotros tenemos miles de cartas. Y todas piden lo mismo. Y
tienes ya a mucha gente congregada ahí fuera.
Arthur miraba al suelo.
—Ha de volver, amigo mío —concluyó el hombre—.
Arthur, no sé cómo podrás hacerlo, pero Sherlock Holmes ha de volver, ha de
salir vivo del abismo de Reichenbach.
Hubo un momento de silencio.
—Es lo mejor, créeme, Arthur, es lo mejor. —Y el
hombre se levantó, le dio una palmada en la espalda y salió despidiéndose en
voz baja para no interrumpir los pensamientos de Arthur, que debía encontrar la
fórmula para resucitar a un muerto. Sir Arthur Conan Doyle, cansado de escribir
decenas de relatos sobre el más famoso detective de la historia, decidió que
Sherlock Holmes, la más impactante de todas sus creaciones, debería morir
luchando contra su enemigo Moriarty. Conan Doyle relató aquella lucha de titanes
en una carta que Holmes enviaría al doctor Watson, donde el propio Sherlock
Holmes explicaba que iba a seguir a Moriarty hasta aquel terrible lugar, el
abismo de Reichenbach, y atraparlo; pero cuando Watson fue allí, las pisadas de
ambos hombres se perdían en el nefasto precipicio. El amigo del detective
concluyó que todo había terminado. Y para que no quedara duda alguna entre los
lectores, el título del relato era claro: «La aventura del problema final.» Era
el fin de Sherlock Holmes, ése había sido el plan, pero dar muerte al más audaz
de los detectives no era tan fácil: los miles de cartas recibidas por sir
Arthur Conan Doyle y las visitas y los ruegos de su propio editor le hicieron
ver que el público se negaba a aceptar que Holmes pudiera morir. Muchos
seguidores de las aventuras del aclamado detective de Baker Street se paseaban
frente a la casa del escritor con crespones negros en los sombreros en señal de
protesta y luto por la muerte de su ídolo. Conan Doyle se plegó al fin a las
peticiones de su editor y del público y, en «La casa deshabitada», Sherlock
Holmes regresaba a la vida. ¿Cómo? En la ficción todo puede arreglarse: Holmes,
haciendo uso del arte marcial baritsu, había luchado contra
Moriarty al borde del abismo de Reichenbach y había derrotado al terrible
enemigo, pero el detective había fingido caer él también al vacío para
combatir, durante unos años, al resto de líderes de los bajos fondos de
Londres, gracias al anonimato que le daba el hecho de que todos le creyeran
muerto, hasta que por fin el gran detective se presentó de nuevo ante un
sorprendido e inmensamente feliz doctor Watson, en uno de los reencuentros más
conmovedores de la historia de la literatura. Incluso el gélido Sherlock Holmes
se verá conmovido, como pocas veces en su vida, ante la alegría incontenible de
su amigo al reencontrarse con él. Hoy día, sir Arthur Conan Doyle está muerto y
no le podemos resucitar, pero Holmes sigue vivo, más vivo que nunca. A veces
los personajes son mucho más importantes, más fuertes, incluso casi más reales,
que sus autores.
§ 16. La trinchera
Los disparos de la ametralladora alemana, por fin,
se detuvieron. Se trataba de una Schweres Maschinengewehr 08, una ametralladora
pesada que escupía hasta cuatrocientas balas por minuto. Las ráfagas mortales
habían estado arreciando toda la jornada como una lluvia incesante de fuego y
rabia.
—O se les ha acabado la munición o se han cansado
de matarnos —dijo su amigo.
Raymond le miró y asintió. Quedaban media docena de
sus compañeros de armas en aquella trinchera. De hecho, apenas quedaban hombres
del regimiento de las tropas expedicionarias canadienses a las que Raymond se
había alistado para ir a luchar al frente en Europa. Por entonces, él era
nacionalizado británico y, al estallar la Gran Guerra de 1914, había
considerado su deber alistarse, pero, después de meses en el frente, Raymond ya
no estaba seguro de nada. Ni siquiera de que fuera a salir vivo de aquella trinchera
en la que tantos habían caído en unas pocas horas.
Raymond, para evadirse del horror del momento,
repasaba en su mente lo que había ocurrido en los últimos meses: los alemanes
se habían lanzado contra París y casi llegan a tomar la ciudad, pero los
ejércitos francés y británico combinados consiguieron hacerles retroceder;
hasta ahí todo bien, pero lo que parecía un rápido contraataque anglo-francés,
que debería haberlos conducido a todos a luchar en un Berlín que británicos y
franceses pensaban que caería pronto, se detuvo en seco cuando los alemanes enviaron
más tropas de refuerzo a Francia. Ése fue el principio de una tragedia humana
de dimensiones desconocidas hasta entonces. Los ejércitos quedaron
inmovilizados y con ellos pareció detenerse Europa entera. Todo el norte de
Francia se plagó de trincheras, alambradas y ametralladoras. Desde entonces, en
una larga guerra de desgaste, decenas de miles de soldados de uno y otro bando
se dejaban la vida mientras los altos mandos de los dos contendientes
introducían todo tipo de nuevas armas en los campos de batalla. Los altos
mandos experimentaban. Los soldados caían.
Raymond había visto enemigos con fusiles que
lanzaban llamas incendiándolo todo a su alrededor y a compañeros suyos
envueltos en fuego, convertidos en antorchas humanas, corriendo despavoridos,
cegados por el horror y el sufrimiento extremos, hasta que eran alcanzados por
una ráfaga de ametralladora que casi parecía misericordiosa en medio de aquella
locura. Otros días había tenido que gatear para escapar de aquellos gases
terribles que habían dejado ciegos a tantos de sus compañeros. Nadie sabía ya a
qué atenerse ni qué tipo de guerra era ésa. Les repartieron entonces máscaras
con las que protegerse de los gases. Pero llegaron entonces las máquinas.
Raymond vio ingenios terribles, como apisonadoras gigantes que exhibían cañones
por los laterales o por delante, vehículos completamente acorazados que lo
arrasaban todo a su paso, alambradas o huesos quebrados de soldados atónitos,
hasta que un cañonazo enemigo o un lanzallamas detenía el avance de aquella
máquina y ésta quedaba destrozada, aprisionando en su interior a sus ocupantes.
Todos usaban de todo. Pero lo peor era que con
frecuencia, después de los gases, los lanzallamas y los tanques, había que
terminar luchando en muchas ocasiones con las bayonetas de los fusiles cuando
se terminaban encontrando cuerpo a cuerpo con el enemigo. Peleaban entonces
como animales, como perros rabiosos.
Pero aquella jornada la ametralladora enemiga
decidió callar por fin. Aprovechando el descanso de las interminables ráfagas
de munición asesina, Raymond sacó un cigarrillo y ofreció otro a su amigo. No
se conocían, pero llevaban toda la mañana sobreviviendo juntos en la trinchera,
bombardeo tras bombardeo de la artillería enemiga. El otro soldado era de un
escuadrón diferente, pero, seis horas después de estar allí juntos bajo el
fuego enemigo, Raymond sentía que eran amigos.
—Gracias —dijo su compañero aceptando el cigarrillo
de buen grado. El resto los miró con envidia.
—No tengo más —dijo Raymond—, pero ahora os paso el
mío. —Inspiró un par de veces y les dio su cigarrillo. El amigo de Raymond le
imitó y también empezó a pasar su pitillo.
— ¿Qué estarán haciendo? —preguntó uno de los
compañeros de la trinchera al tiempo que inspiraba profundamente el humo del
tabaco.
—Si hay suerte, los franceses avanzarán y nos
sacarán de aquí —comentó entonces Raymond, en un intento de animarse a sí mismo
y al resto.
—No sé. Parecen atascados a quinientos metros
—respondió otro—. Vi cómo intentaban romper alambradas hacia allí, en aquel
sector. —Y señaló hacia el este, donde se podían ver unas colinas.
—Llegarán. Si esperamos aquí, llegarán —insistió
Raymond, pero más por no perder la esperanza que por convencimiento.
Nadie dijo nada en un rato. Se limitaban a fumar.
De pronto, empezaron a oírse nuevas explosiones y ambos cigarrillos cayeron al
suelo por la sorpresa. Dicen que te acostumbras, pero no es cierto. Malvives
con el miedo. Eso es todo.
— ¡Maldita sea! —dijo Raymond.
Eran los nuevos cañones del enemigo, de un calibre
superior. Y sonaban muy cerca.
—Ya sabemos lo que estaban haciendo —dijo uno de
los atrincherados—. Estaban acercando sus cañones pesados.
—Nos van a dar —dijo su amigo.
Y en ese momento una explosión hizo saltar por los
aires un enorme montón de arena, pocos metros por delante de su posición, que
les cubrió los cascos y el uniforme de polvo y tierra y sangre.
—¡Nos van a dar! ¡Hay que salir de aquí! —gritó su
amigo una vez más para hacerse oír por encima del estruendo de las bombas, que
caían por todas partes.
— ¡No es buena idea! ¡Salir no es buena idea!
—replicó Raymond sacudiéndose la tierra que le había caído encima—. ¡Está la
ametralladora!
Pero su amigo no le escuchaba. Estaba como ciego
por el pánico y sacó los brazos para empezar a trepar y salir de la trinchera;
y el resto, como poseídos por el mismo terror, le imitaron. Las bombas
volvieron a caer cerca. Era cierto que podía caerles una bomba en cualquier
momento, pero la ametralladora seguía allí. Raymond, en un último intento por
detenerlo, cogió a su amigo por el uniforme.
— ¡No salgas! ¡Es lo que quieren! ¡Está la
ametralladora! ¡Aquí aún tenemos una posibilidad! ¡Fuera estamos muertos!
Pero su amigo se zafó de su brazo.
— ¡No les quedan balas! —dijo, y salió gateando
seguido por los otros.
Una ráfaga de ametralladora barrió toda la parte
superior de la trinchera. Raymond se salvó por muy poco. Su amigo y el resto
agonizaban en el exterior. Raymond los oía aullar de dolor. Una segunda ráfaga
acabó con ellos.
El bombardeo prosiguió todo el día, hasta que un
avance de los franceses rescató la posición canadiense con varios tanques que
arrasaron las alambradas alemanas y volaron por los aires la posición de las
ametralladoras. Raymond salió de su refugio en estado de shock.
Apenas podía hablar. Lo que nadie sabía allí es que de esa trinchera, junto con
Raymond, salieron vivos El sueño eterno, El largo adiós, La
dama del lago, Adiós, muñeca, El simple arte de matar, La
historia de Poodle Springs y tantas otras obras maestras de la novela
negra; y, si lo pensamos bien, por extensión, también salieron de allí vivas
tantas obras maestras del cine negro de todos los tiempos, fruto de las
magníficas adaptaciones cinematográficas de todos esos relatos. Y es que de
aquella maldita trinchera salió vivo Raymond Chandler, el genial escritor, y
con él sus historias sobre el investigador Philip Marlowe, que tan bien
encarnaría en la gran pantalla del cine del mejor Hollywood el inolvidable
Humphrey Bogart, siempre seguido de cerca por la impactante Lauren Bacall. Sí:
todo eso, de una forma u otra, sobrevivió a esa guerra, a aquel bombardeo de la
artillería y a las ametralladoras.
En aquella jornada nadie podía imaginar lo que se
rescataba de la masacre, pero ahora sí sabemos lo que se salvó de aquella
trinchera de la primera guerra mundial. Lo que no sabe nadie ni nunca podremos
averiguar es si quedó alguna otra gran novela en aquellas alambradas, entre los
cuerpos sin vida de los compañeros de Raymond Chandler. Ni nunca sabremos
cuántas otras novelas, obras de arte, avances científicos, vacunas,
descubrimientos o maravillas se nos quedan cada día en las interminables
trincheras de este mundo, en un bando o en otro.
§ 17. La Gestapo y la literatura
Aquella tarde de junio de 1924, Max regresó del
funeral caminando despacio y melancólico por las calles empapadas de aquella
ciudad austríaca que no dejaba de recordarle a la vieja Praga. Max llegó a su
residencia agotado, se sentó en el modesto salón de la casa que habitaba y
encendió la chimenea. El fuego debía servir a un doble fin: calentar sus
entumecidos músculos y quemar los escritos de su amigo recién fallecido. Este
segundo objetivo, el de quemar los relatos y las novelas de su amigo, no ilusionaba
a Max; se le antojaba algo terrible, pero no tenía elección.
—¡Quémalo todo! —le había dicho su amigo mientras
le asía con fuerza de un brazo insistiendo varias veces—. ¡Todo! ¡Quémalo todo!
¡No quiero que quede nada! ¿Me entiendes?
—De acuerdo —dijo al fin Max. Es prácticamente
imposible discutir con un moribundo.
Max dispuso los escritos en varios montones junto a
su butaca frente a la chimenea. Unos los tenía hacía tiempo. Otros los había
recogido en la habitación de su amigo en el sanatorio de Kierling. Había mucho
material para quemar. Aquello sólo hacía que aumentaran sus dudas.
—No seré capaz de hacerlo —le había dicho Max
después a su amigo pese a haber aceptado el terrible encargo; pero el
moribundo, como si no le hubiera escuchado o como si no quisiera escucharle, le
nombró albacea de todos sus escritos. Esto es, de todos los relatos y novelas
menos de los que tenía Dora Diamant, una joven actriz que su amigo había
conocido en sus largas estancias en el sanatorio, cuando intentaba curarse de
aquella maldita tuberculosis que ya no lo abandonó nunca y que terminó por
llevárselo allí donde fueran los que ya no están entre nosotros.
Max frunció el ceño. ¿Tendría Dora las mismas
instrucciones? Se respondió a sí mismo con un gesto mudo de asentimiento.
Seguramente. ¿Las cumpliría? Muy posiblemente. Dora adoraba a Franz, su amigo.
Fue lo único feliz que Franz extrajo de aquel sanatorio: su amistad con Dora
Diamant.
Max cogió el primer legajo de folios y lo miró con
atención. La llama del fuego era ya poderosa, capaz de engullir en su incendio
miles, decenas de miles, millones de palabras que enmudecerían para siempre.
Max acercó el montón de páginas a las llamas. Su amigo, a fin de cuentas,
apenas había conseguido publicar unos pocos relatos cortos en su vida. Relatos
extraños que nadie supo entender, de forma que éstos habían pasado bastante
desapercibidos tanto para los críticos como para los lectores. Franz le confesó
un día:
—Lo que he escrito fue hecho en un baño tibio, no
he vivido el infierno eterno de los verdaderos escritores, a excepción de unos
pocos arrebatos que puedo ignorar […] debido a su escasa frecuencia y a la
debilidad con que se manifestaron.[2]**
Si eso era cierto, no era probable que se perdiera
nada especial en aquellas llamas. De pronto, los ojos de Max se detuvieron
sobre el título de aquel primer gran grupo de folios. Y las dos palabras le
atraparon. Se reclinó en la butaca y, a la luz del fuego de la chimenea y de la
pequeña luz de gas que tenía encendida, empezó a leer. A fin de cuentas, había
aceptado quemarlos, pero no habían concretado que él no pudiera leer antes
aquello que luego tendría que destruir. Y leer era como volver a recuperar un
poco la voz inconfundible de Franz. El relato le atrapó. Max no paró de leer en
varias horas. Era una novela inquietante, asfixiante y, sin embargo, no podía
dejar de leerla.
Con las primeras luces del alba, Max se despertó
sobresaltado, y de un respingo se puso en pie y se palpó la cara. Había tenido
una pesadilla recordando otro de los relatos de Franz, La metamorfosis,
en donde el protagonista se despierta un día convertido en un gran insecto. Fue
corriendo al lavabo y se miró en el espejo. No, no pasaba nada. Allí estaba él,
Max, taciturno y abatido y con las ojeras propias de una noche en vela sumido
en la lectura. Volvió al salón y miró los folios desperdigados por el suelo. Se
arrodilló y los ordenó de nuevo. El título del texto que había leído por la
noche y que su amigo quería que quemara seguía allí, extraño, incómodo: El
proceso, así se llamaba.
Max no desayunó, sino que puso a un lado el texto
que había estado leyendo y que no había terminado y tomó el siguiente montón de
páginas y siguió leyendo. Éste se titulaba El castillo. Quizá sólo
merecía la pena uno de los manuscritos, aquel por el que había empezado la
noche anterior, y el resto fuera material que no merecía ser recordado por
nadie. Durante varios días, Max no salió de casa. Sólo se detenía para comer de
cuando en cuando. Al cabo de varias semanas concluyó aquel maratón de lectura
con el último montón de folios: América. Cuando terminó, se llevó
las manos a la cabeza. No sabía qué hacer. Todo lo que había leído era
espléndido y original. Su amigo tenía siempre una perspectiva especial sobre el
mundo que arrojaba una visión crítica y demoledora a la vez. Nadie escribía como
él, y todo eso… ¿se iba a perder?
Max Brod decidió al fin no quemar nunca los
escritos de su amigo Franz Kafka, aunque con ello contraviniera su último
deseo. Eran demasiado buenos, demasiado especiales, demasiado únicos. No podían
perderse así, sin más. Y no sólo los guardó, sino que decidió que se publicaran
lo antes posible; y así, sucesivamente, en 1925, 1926 y 1927 fueron apareciendo
muchos de estos volúmenes. La historia de la literatura universal ya no fue la
misma.
Pero ¿qué pasó con los manuscritos que Kafka confió
a Dora Diamant?
Unos años después, en 1933, Dora, aquella joven que
Kafka había conocido en el sanatorio de Kierling, se escondía de la Gestapo en
las entonces peligrosas calles del Berlín previo a la segunda guerra mundial.
Sabía que su nombre estaba en las listas de la policía secreta nazi y sabía
que, además de su afiliación al partido comunista, su relación con Franz Kafka
no la ayudaba demasiado. Kafka estaba mal considerado por el nuevo régimen
nazi. Sus escritos eran demasiado extraños y críticos con cualquier orden
establecido, y, sobre todo, hacían pensar demasiado, así que el Reich había
decidido que Kafka no debía leerse y, sobre todo, que nada más que hubiera
escrito aquel rebelde de Praga debía ver la luz nunca jamás. Pero Dora no tuvo
suerte. Se acababa de mudar a un nuevo piso con la esperanza de haber burlado a
los agentes que la vigilaban, pero una mañana fría sintió aquellos terribles
golpes en la puerta y supo que la habían encontrado.
— ¡Abran, rápido, rápido!
A Dora no le dio tiempo a nada. Los agentes de la
Gestapo irrumpieron en el piso a puntapiés, la detuvieron y no pudo hacer ya
nada por evitar el registro. Ella, igual que Max, pese a lo que éste hubiera
podido suponer, tampoco había sido capaz de quemar los textos que tenía de
Franz Kafka. Con más dudas que Max, sin embargo, no se había atrevido a
hacerlos públicos. Una cosa era no quemarlos y otra que se publicaran; pero
ahora, al ver aquellas treinta cartas y aquellos veinte cuadernos de notas con
relatos manuscritos por Kafka en manos de los agentes de la Gestapo, Dora
lamentó no haberlos dado a conocer antes.
Dora fue encarcelada. Luego huiría a Rusia, pero no
tuvo una vida fácil. Dora pensaba por sí misma. Seguramente eso es lo que Kafka
vio en ella, lo que le atrajo. La joven sufrió pronto las purgas de un Stalin
al que, como a los nazis, no le gustaban nada quienes se empeñaban en pensar
por sí mismos. La vida fue injusta con ella. Seguramente los meses pasados con
Kafka en Kierling fueron los mejores de su vida.
Pero volvamos al Berlín de finales de la segunda
guerra mundial: la Gestapo se llevó aquellos escritos de Kafka. ¿Y qué hizo?
¿Los ocultó en algún archivo secreto o los destruyó? Aún hoy no sabemos nada de
ellos. Se siguen buscando, pero, por el momento, nunca se han encontrado ni se
han obtenido noticias fiables sobre su paradero. Y hay más preguntas: ¿había en
aquellos cuadernos más novelas o más relatos de Kafka? Tampoco lo sabemos. Dora
Diamant, la única que podía saberlo, huyó de país en país, hasta morir
finalmente en la Inglaterra de la posguerra mundial, y nunca precisó qué había
escrito en aquellos cuadernos. El Kafka Project de la Facultad de Humanidades y
Letras de la Universidad de San Diego en Estados Unidos, en colaboración con el
gobierno de Alemania, sigue aún tras el rastro de aquel registro de la Gestapo
del año 1933, pero aún no ha conseguido resultados positivos. La pérdida de
aquellas treinta cartas y veinte cuadernos de notas sigue siendo uno de los
mayores enigmas literarios de todos los tiempos.
§ 18. El presidente Eisenhower y la rebelión de un
hobbit
«In a hole in the ground there lived a Hobbit»
[«En un agujero en el suelo, vivía un hobbit»], eso es lo que el profesor J. R.
R. Tolkien escribió un día en una hoja de papel, cansado de corregir exámenes
de inglés antiguo de sus estudiantes de la Universidad de Oxford. Siempre les
contaba cuentos a sus hijos y esta frase le pareció un buen principio para el
de esa noche, así que lo apuntó en un cuaderno y, acto seguido, continuó con su
trabajo. Tenía todavía varios ensayos sobre el poema Beowulf que
evaluar. Tolkien nunca pensó en ese momento que El hobbit fuera
a escribirse y mucho menos a publicarse, y menos aún que tendría un notable
éxito.
Pero lo hizo, ya fuera porque el relato entusiasmó
a sus hijos o porque era una historia que tenía la necesidad de contar. El caso
es que El hobbit se publicó y gustó tanto que, al poco tiempo,
sus editores en Inglaterra le rogaron que escribiera una segunda parte.
— ¿Una segunda parte? —se preguntó Tolkien
inseguro, pues aún no había digerido del todo la popularidad de su primera
novela.
Y no, no pensaba que aquello pudiera tener una
continuación precisa, pero… se puso a pensar y algo se le fue ocurriendo y fue
tomando forma, poco a poco, en su cabeza. Pero el tiempo transcurría y sus
editores empezaron a ponerse nerviosos: primero se trataba de unos meses, pero
luego ya era cuestión de dos, tres años, y Tolkien no aparecía con la anhelada
continuación de El hobbit.
— ¿No tiene ya la continuación? —le preguntaban
constantemente al veterano profesor de inglés antiguo de Oxford sus editores de
Houghton Mifflin, que no podían entender cómo se podía tardar tanto en escribir
otra novela para niños de unas doscientas cincuenta páginas.
El tiempo siguió transcurriendo con lentitud
enervante para los editores. Pasaron doce años.
Tolkien, no obstante, no estaba inactivo, pero
durante ese período sólo leía capítulos de su nueva obra a un selecto grupo de
amigos. Entre ellos estaba C. S. Lewis, uno de los pocos que entendía bien de
fantasía, pues sería luego el autor de la también famosa y exitosa serie de
Narnia. Lewis le animó constantemente a que terminara el proyecto y lo
presentara a sus editores; y Tolkien, al fin, siguió su consejo y presentó su
nueva novela, la continuación de El hobbit, a aquella editorial que
ya daba casi por perdido aquel libro.
Sin embargo, la felicidad de los editores se
transformó en confusión: estaban completamente abrumados por la extensión del
nuevo texto, que tenía más de mil doscientas páginas, es decir, medio millón de
palabras, en un momento en que las novelas no solían pasar de las trescientas
páginas. Los editores de Houghton Mifflin no sabían cómo reaccionar. Además, la
extensión era sólo la primera de las diferencias con El hobbit. El
nuevo relato era original en otros aspectos: era más oscuro, más denso y más
complejo que su antecesor. Así, los editores, perplejos, no tenían ni la más
mínima idea de qué hacer. ¿Era mejor olvidarse de todo aquel proyecto que se
había tornado en locura o invertir algo de dinero y ver cómo respondían los
lectores? Al final, asumiendo que iban a perder unas mil libras esterlinas como
mínimo (mil libras de los años cincuenta), se decidieron a publicar aquella
obra pero, con la idea de minimizar los daños, dividida en tres partes. El
objetivo de los editores realmente era que si la primera parte resultaba, como
preveían, un absoluto desastre de ventas, ya no publicarían el resto,
excusándose en la baja demanda.
La comunidad del anillo apareció el 29 de julio de 1954. Y,
contraviniendo todas las expectativas que se habían formado en la editorial, se
vendió bien. Se aventuraron entonces a publicar la segunda parte. Las
dos torres llegó a las librerías el 11 de noviembre de ese mismo año.
Y también se vendió bien. De hecho, los lectores empezaron a escribir a
Houghton Mifflin quejándose por el retraso en la publicación de la tercera
parte, pero es que para entonces el propio Tolkien, que había empezado a tomar
conciencia de la sorprendente repercusión que estaba teniendo aquel largo
relato sobre la Tierra Media, estaba enfrascado en numerosas correcciones para
dar un impactante broche final a su historia. Al fin, El retorno del
rey se publicó el 20 de octubre de 1955 y, al igual que en las dos
ocasiones anteriores, también se vendió bien. Muy bien. Tolkien hubiera
preferido que el tercer volumen se hubiera titulado La guerra del
anillo para no desvelar tanto sobre la trama, pero al final fueron los
editores aquí quienes ganaron el pulso. Yo también creo que La guerra
del anillo es tan o más sugerente que El retorno del rey y
no desvela parte del desenlace. En cualquier caso, las novelas funcionaron
razonablemente; bueno, mucho más que eso, hasta el punto de que en poco tiempo
se publicaron también en Estados Unidos con un éxito similar, no arrollador,
pero económicamente rentable. ¿Y los críticos literarios? Estaban aún
intentando digerir qué era exactamente esa serie de novelas englobada bajo el
título genérico de El señor de los anillos. Primero hubo una
acogida dubitativa de la crítica literaria, que no sabía discernir si estaban
ante una gran obra de la literatura universal o ante un… no, no sabían bien
qué. Lo curioso es que muchos críticos siguen sin saberlo aún.
Hasta ahí todo bien; la historia no deja de ser la
de otra novela, o serie de novelas en este caso, que sorprendió por un éxito
inesperado, pero en 1965 todo se complica: Ace Books, de Estados Unidos,
decidió lanzar una publicación masiva en tapa blanda de los tres volúmenes
de El señor de los anillos sin, y aquí empieza lo grotesco,
sin, insisto, SIN pagar derechos de autor a J. R. R. Tolkien. ¿Y cómo podían
atreverse a hacer algo así en pleno siglo XX? Pues muy sencillo: amparándose en
el hecho de que el presidente Eisenhower, lógicamente bastante más preocupado
por la guerra fría que por los vericuetos legales sobre los derechos de autor,
no había estampado su firma en la ratificación del Convenio de Berna. Este
tratado internacional es el que regula el reconocimiento de derechos de autor
en todo el mundo, de forma que, simplificando mucho y pidiendo perdón a los más
doctos en leyes, si un libro se publicaba en aquellos años en, por ejemplo, el
Reino Unido, los derechos de autor quedaban reconocidos en todos aquellos
países firmantes de dicho convenio. Pero la editorial Ace Books, muy astutos
ellos, argüían que el presidente Eisenhower no firmó dicho convenio hasta unos
meses después de la publicación de El señor de los anillos en
Inglaterra, por lo que, desde un punto de vista legal, en Estados Unidos los
tres volúmenes de la trilogía no estaban sujetos a derechos de autor en su
país. Como se lo cuento. Literal. Tal fue el revuelo que generó el asunto que
hasta hay una tesis de máster sobre todo este alucinante episodio, recogida en
los fondos bibliográficos de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel
Hill.
En los años sesenta, internet era sólo un proyecto
militar, no había móviles, ni sms ni Facebook ni Twitter, pero, eso sí, J. R.
R. Tolkien tenía unos niveles de indignación equivalentes a los que cualquier
escritor sentiría hoy día si una editorial publicara masivamente sus obras y se
negara a pagarle rédito alguno. Tolkien, no obstante, era una persona pacífica,
pero, y aquí es donde le infravaloró Ace Books, perseverante. Es lo que tiene
ser catedrático de inglés antiguo y dedicar muchos días, semanas, meses o años
a traducir viejos textos olvidados por todos. Además, si se había pasado doce
años para escribir la trilogía de El señor de los anillos, bien
podía pasarse otros tantos intentando que las leyes estadounidenses retornaran
a la senda del sentido común. Tolkien meditó, trazó un plan y lo ejecutó con la
precisión y la tenacidad de un hobbit: había recibido numerosas cartas de
admiradores de todo el gran país norteamericano, así que, con paciencia, les
escribió a todos y cada uno de ellos y les contó lo que estaba pasando con la
edición en tapa blanda. Los lectores de Tolkien, admiradores y entusiastas de
su obra, reaccionaron en cadena. En pocos meses, Ace Books recibió decenas de
miles de cartas de protesta y, ante un creciente descrédito popular que
amenazaba con hundir la empresa si los lectores llevaban a cabo sus amenazas de
no comprar ya más libros de aquella editorial, se vio obligada a contactar con
Tolkien y acordar la cantidad que éste debía percibir por unas novelas, fruto
de su inteligencia, de sus conocimientos y de su imaginación. No sólo se
trataba de una cuestión de orgullo. Era un asunto importante. La trilogía lleva
vendidos ciento cincuenta millones de ejemplares.
Uno de mis lectores me dijo un día en una firma:
—Cuando usted escribe en su trilogía de Escipión
«ahí, al final de todas las cosas», o cuando dice «en estos tiempos oscuros»,
cuando usted escribía eso… ¿pensaba en El señor de los anillos?
Le sonreí.
—Por supuesto —dije—, y me encanta que usted se
haya dado cuenta; y… —añadí con cierto suspense—, y en Los asesinos del
emperador hay un gran homenaje a Éowyn de Rohan.
El lector asintió con complicidad, seguro también
de que pronto descubriría ese nuevo guiño literario.
§ 19. El último vuelo
El presidente Eisenhower, sin saberlo, se cruzó una
segunda vez con la historia de la literatura universal. En este caso examinó
aquella carta que acababa de recibir y que le habían dejado en la mesa junto
con el resto del correo oficial relevante según sus asesores. Se trataba de una
petición, una más, pero especial: un francés de cuarenta y tres años,
experimentadísimo piloto, solicitaba ser admitido en un convoy para
incorporarse como piloto de reconocimiento en el Mediterráneo. El solicitante
apenas podía vestirse solo ni girar la cabeza hacia la izquierda, lo que
implicaba que no podría detectar a un avión enemigo por ese lado. Todo esto se
debía a innumerables fracturas de accidentes aéreos sufridos en el pasado. Pese
a todo, el solicitante insistía en que todavía podía ser útil a su país y a los
aliados como piloto gracias a su enorme experiencia. El presidente
estadounidense dejó la carta sobre la mesa. Meditó. Quien había escrito aquella
petición no era alguien común; por eso había llegado hasta la mesa del
presidente de Estados Unidos. Eisenhower asintió en silencio. Aprobó la
solicitud. Ese espíritu era el que necesitaban para ganar aquella maldita
guerra.
Antoine esperaba con ansia la reacción a su carta.
Llegó en el correo de una mañana cálida. Cuando Antoine recibió la respuesta
del presidente, no lo dudó: lo tenía todo preparado hacía muchos días, semanas.
Solamente faltaba un detalle. Algo que no consideraba de particular
importancia, sólo era un libro más, pero aun así se preocupó de embalar bien
las hojas y remitir el manuscrito a sus editores. Ya había publicado cinco
novelas con ellos. La mayoría eran relatos épicos sobre la historia de la
aviación basados en sus propias experiencias en Europa, el Atlántico, África y
Sudamérica. Aquel nuevo relato, no obstante, era algo diferente. Se trataba de
una gran metáfora.
Antoine cruzó el gran océano en dirección a Europa
a los pocos días, pero le ordenaron ir al norte de África. Allí tendría la
misión. No discutió. Sabía que con sus heridas del pasado no estaba en
situación de exigir nada. Una vez en una base de la Francia libre en Argelia,
le asignaron un moderno P-38 Lightning. Necesitó varias semanas de
adiestramiento para familiarizarse con el nuevo cuadro de mandos y su
tecnología, pero al final volvió a volar. Fue una sensación maravillosa aquel
reencuentro con el cielo azul, las nubes y los grandes horizontes sin fin.
Lamentablemente, en su segunda misión estrelló el avión. La investigación
confirmó que el avión había sufrido un fallo mecánico que había detenido el
motor, pero aun así Antoine, que una vez más había sobrevivido, tuvo que
quedarse ocho meses sin pilotar. Para él se trataba de una condena injusta,
pues él no había sido el culpable del accidente, pero calló y aguantó. El
general norteamericano Ira Eaker permitió que por fin Antoine volviera a volar
tras ese período de meses en tierra, pero la nueva orden llegó tarde: el mal ya
estaba hecho. Y es que Antoine había tenido que sufrir no sólo que le alejaran
del aire, sino las acusaciones de ser colaborador del régimen de Vichy. Antoine
era demasiado conocido y su nombre era usado como moneda de cambio para
acusaciones políticas de unos y otros. Hasta el propio De Gaulle le acusó de
ser colaboracionista de los alemanes. Antoine cayó en una profunda depresión.
Fue entonces cuando empezó a beber de forma incontrolada.
La mañana del 31 de julio de 1944, Antoine subió de
nuevo a un P-38 modelo P5 no armado y partió en su novena misión de
reconocimiento. El ejército estadounidense estaba preparando la invasión del
sur de Francia, lo que luego denominarían la Operación Dragón, y necesitaban de
más informes sobre los movimientos de tropas alemanas en esa región.
No sabemos exactamente qué pasó.
Antoine no regresó nunca de aquella misión.
¿Le atacaron por la izquierda y no pudo ver el
avión de combate alemán? ¿Subió en malas condiciones al avión? ¿O el aparato
sufrió un nuevo error mecánico? La perfección no era frecuente en la
construcción de aviones durante la segunda guerra mundial. De hecho, hasta hay
obras de teatro norteamericanas sobre el asunto: por ejemplo, por si sienten
curiosidad, lean Todos eran mis hijos, de Eugene O’Neill. Pero,
volviendo a Antoine y su desaparición, no sabemos nada. Pudo pasar cualquier
cosa.
Mientras, en Nueva York, su editor leía aquel
manuscrito que Antoine le había enviado antes de alistarse en las fuerzas
francesas en el norte de África. Se quedó perplejo. ¿Qué era aquello? No era
una novela como El aviador (1926), Correo del sur (1928), Vuelo
nocturno (1931), Tierra de hombres (1939) o Piloto
de guerra (1942). Era otra cosa completamente diferente. Ni siquiera
sabía si quería publicarlo o no. Pero entonces llegaron las noticias: Antoine
había caído en el frente europeo. El piloto de pilotos, uno de los aviadores
más audaces de la historia, a la par que un escritor difícil de clasificar,
había muerto. El editor se quedó mirando aquellas páginas. Era su testamento
literario. Antoine siempre había cumplido. Incluso si aquel texto era extraño,
merecía ver la luz. Publicó el libro.
Un piloto germano reclamó en 2008 que él fue quien
abatió el P-38 modelo P5 de Antoine en el sur de Francia, en las costas
próximas a Marsella, pero que al saber quién era el piloto prefirió no
admitirlo en ese momento. Las investigaciones posteriores no han confirmado
este hecho. Es muy improbable que un piloto alemán pudiera saber quién era
Antoine, uno de los más famosos periodistas, escritores y pilotos franceses de
toda la historia, pues los aliados no revelaron su identidad hasta varios días
después de la desaparición de su avión. Quizá el octogenario piloto alemán de
2008 sólo buscaba publicidad. Es posible. Es difícil saber la verdad sobre el
pasado.
Pero ¿quién era Antoine?
Apenas unos meses después de la desaparición de su
avión, el último manuscrito de Antoine se publicó en Estados Unidos y luego en
Francia con un notable éxito de crítica y público, aunque nadie tenía muy claro
si se trataba de un cuento para niños o de una gran metáfora sobre la
existencia del hombre. El texto era inesperado, peculiar, diferente: trataba
sobre un niño que vivía en un asteroide, el numerado B-612, en donde había tres
volcanes y una rosa y donde el peculiar protagonista niño tiene que luchar contra
los árboles baobab que amenazan con echar raíces en su planeta. De hacerlo,
quebrarían el asteroide en mil pedazos. La rosa es más bien engreída y siempre
tiene un comentario negativo para el niño, que, un día, decidirá abandonar su
pequeño asteroide para viajar y conocer otros mundos. En uno de esos viajes, el
pequeño príncipe del asteroide B-612 llegará a un lejano planeta llamado
Tierra, en donde conocerá a un aviador que camina perdido por el desierto. Los
diálogos entre el protagonista y los diferentes personajes del relato no tienen
desperdicio, repletos de ironías y críticas a nuestra sociedad, empeñada en
destruir la ingenuidad de los niños para que éstos terminen aceptando la cruda
realidad del mundo gobernado por los adultos y sus innumerables prejuicios,
incoherencias e injusticias. A la gente le apasionó. Y aún sigue gustando a
grandes y pequeños. Cada uno lo lee desde su visión y el texto le aporta
enseñanzas diferentes sobre la vida. Hoy día, los investigadores que han
profundizado en la vida de Antoine consideran que el relato que se publicó tras
su muerte tiene mucho que ver con los días que siguieron a un accidente de
Antoine en los años treinta, antes de la segunda guerra mundial, cuando éste
quedó, junto con su copiloto, perdido en medio del desierto del Sahara hasta
que fue rescatado por un beduino cuando estaba a punto de morir por
deshidratación. ¿Era el relato fruto de las alucinaciones por la falta de agua
y el sol cegador? Fuera como fuese, El principito, que así se
llamaba aquel relato o novela corta, sigue despertando enorme interés de
público y crítica. El avión de Antoine de Saint-Exupéry, curiosamente, fue
recuperado en octubre de 2003. El 7 de abril de 2004 los investigadores
confirmaron que se trataba de un P-38 modelo P5. No había impactos de balas en
los trozos recuperados, pero quedó mucho avión enterrado en el fondo del mar; y
también es posible que fuera en el fuselaje, que no se recuperó, donde
estuviera la respuesta a aquel fatal accidente. ¿O ataque militar? Es casi imposible
aceptar un fallo humano en alguien que pilotaba desde los años veinte. ¿Qué fue
lo último que pensó Antoine? Muchas preguntas y pocas respuestas, aunque quizá
él dejó todas sus respuestas a esta existencia de locos que nos ha tocado vivir
en El principito. Muchos creen que se trata de un simple cuento de
hadas, de un relato infantil, pero para mí ese libro es la obra de alguien que
había visto la muerte de cerca muchas veces en su vida. Las reflexiones de
alguien así merecen la pena leerse.
§ 20. El KGB y el manuscrito mortal
En El nombre de la rosa de Umberto
Eco, varios asesinatos se suceden por causa de un manuscrito, de un libro que,
para algunos, no debería existir. Se trata de ficción histórica, muy bien
ambientada en el tiempo medieval que describe, pero no deja de ser ficción en
gran parte (pues ni esa abadía en concreto ni esa serie de asesinatos están
recogidas en ninguna fuente histórica, aunque eso no impide que Eco construya
una novela memorable). La vida, no obstante, como siempre, es mucho más cruel y
demoledora; y en ella, con frecuencia, echamos de menos esos grandes personajes
como el Guillermo de Baskerville de aquella remota abadía medieval. Así, muchos
años después de la época que recrea la novela de Eco, existió un manuscrito que
resultaba mortal de verdad, un texto por el que murió una mujer inocente, un
texto que revelaba, a su vez, la muerte de millones de inocentes. Por eso era
tan peligroso. Todo esto ocurría en la extinta Unión Soviética. Los agentes del
Komitet Gosudárstvennoy Bezopásnosti [Comité para la Seguridad del Estado], es
decir, el KGB, fueron informados de la existencia de dicho manuscrito. Entonces
empezó la búsqueda mortal.
Tras años de espionaje y persecución, Elisaveta
Voronnyanskaya fue detenida. La condujeron a un lugar desconocido y allí la
torturaron durante días. El KGB tenía gente experimentada en alargar el
sufrimiento de un ser humano, especialmente cuando se trataba de sacar
información. Oficialmente fue liberada, pero apareció ahorcada en su casa el 3
de agosto de 1973. Y el manuscrito que intentaba proteger había desaparecido.
Pero los agentes del servicio secreto soviético habían averiguado algo
aterrador para ellos: aquélla ya no era la única copia. El KGB siguió buscando.
Cambiaron de estrategia. Habían recibido instrucciones para terminar con aquel
problema de raíz. Ahora la clave era detener al autor. El único problema era
que el autor era asquerosamente famoso, premio Nobel de Literatura en 1970,
incluso aclamado escritor en la mismísima Unión Soviética. El autor era, pues,
a todos los efectos, intocable. Esto es: por el momento.
Pero ¿cómo se llamaba aquel manuscrito? ¿Qué
contaba? ¿Y quién era su autor?
Alexander Solzhenitsyn, oficial del ejército
soviético, condecorado en dos ocasiones por su valor durante la segunda guerra
mundial, cometió un error grave en su vida: en 1945, durante los últimos
coletazos de aquel terrible conflicto armado, se atrevió a criticar a Stalin en
una carta dirigida a un amigo; el oficial condecorado por su valor no veía con
buenos ojos la forma en la que Stalin dirigía el ejército. En febrero de ese
mismo año 1945, Solzhenitsyn fue detenido y, de acuerdo con lo estipulado en el
artículo 58 de las leyes soviéticas, el oficial ruso fue condenado a lo
habitual en aquellos casos: ocho años de trabajos forzados en un campo de
Siberia.
Las condiciones de aquellos campos eran peores que
lo que cualquier ser humano normal pueda concebir o imaginar, incluso
poniéndose en el más terrible de los supuestos. La mayoría de los presos de
aquellas gigantescas cárceles moría al cabo de poco tiempo. Aquello, sin
embargo, no preocupaba a los que detentaban el poder, porque siempre había
nuevos presos condenados en virtud del artículo 58 para sustituir a los
fallecidos en aquellas obras públicas que estos prisioneros se veían obligados
a ejecutar para el bien común de la Unión Soviética.
En 1953 Stalin murió. Jruschov, su sucesor, tenía
otra forma de ver las cosas y condenaría en 1956, en un discurso secreto ante
el comité federal del Partido Comunista de la URSS, el terror de estos campos
que dieron en denominar «estalinistas». Solzhenitsyn, en medio de la ola de
libertad controlada que promovía el nuevo gobierno, fue excarcelado, pero los
años en Siberia lo habían cambiado ya para siempre. En 1962 presentó un
manuscrito tremendo: Un día en la vida de Ivan Denisovich, donde se
denunciaba con crudeza y realismo descarnado la violencia, inhumanidad y
perversión de aquellos campos. El texto fue objeto de análisis hasta por el
Politburó. Nadie pensaba que se fuera a publicar.
—Éste es el libro, camarada presidente —dijo uno de
los comisarios políticos.
—Déjelo sobre la mesa, camarada —respondió Jruschov,
por entonces el hombre que dictaba los designios de la gran superpotencia
soviética.
Jruschov pasó varias horas leyendo. Se tomó al
final el día siguiente libre para terminar el texto. Luego llamó de nuevo al
camarada comisario a su despacho.
—Que lo publiquen —dijo.
El comisario político no dijo nada, pero, si
Jruschov no hubiera estado ocupado en revisar el resto de la documentación que
se le había acumulado en el escritorio durante su día «libre», habría observado
una mirada extraña en aquel servidor del Estado.
Jruschov, sin duda, vio en aquel texto una denuncia
contra Stalin que encajaba perfectamente en su campaña de desmantelamiento de
las infraestructuras de dominio de los estalinistas y defendió personalmente la
necesidad de publicar aquel libro.
Un día en la vida de Ivan Denisovich se convirtió en un auténtico bestseller en el
extranjero y también, con el permiso de Jruschov, en la propia URSS. Hasta aquí
todo iba bien. Pero en 1964, sólo dos años después de la publicación de esa
novela, Jruschov fue depuesto del poder por un golpe de Estado ejecutado por el
ultraconservador comunista Brézhnev, a quien habían acudido todos aquellos
«servidores del Estado» que desconfiaban del aperturismo que estaba promoviendo
el incontrolado Jruschov. Y, desde luego, Brézhnev no veía con los mismos ojos
tolerantes las críticas que Solzhenitsyn se empeñaba en seguir publicando
contra el antiguo régimen estalinista. Pero todo empeoró. La gota que colmó el
vaso de la escasa paciencia del Politburó fue la información que les suministró
el KGB: Solzhenitsyn trabajaba sobre otra novela, pero esta vez sus críticas no
iban contra el fallecido Stalin.
— ¿Contra quién entonces? —preguntó Brézhnev.
El comisario fue escueto en su respuesta.
—Contra el gobierno comunista de la Unión
Soviética, camarada presidente.
Brézhnev inspiró aire y algo de mocos. Arrastraba
un estúpido resfriado que no parecía darle descanso.
—Ese manuscrito no debe salir nunca a la luz
—respondió.
¿Fue el propio Brézhnev el que dio la orden? No lo
sabemos, aunque después del golpe de Estado contra Jruschov hubo unos años en
los que era difícil que algo se hiciera en la Unión Soviética sin su visto
bueno. Lo que es un hecho es que, desde que Brézhnev se hizo con el control del
gobierno, detener la publicación de esa nueva novela fue objetivo prioritario
del KGB.
Solzhenitsyn vivía entonces en casa del
violonchelista Rostropovich, muy respetado dentro y fuera de la URSS, lo que le
aseguraba un mínimo de autonomía, pero, siempre desconfiado, Solzhenitsyn había
decidido trabajar sobre su nueva novela secreta con un método peculiar: la
dividió en diferentes partes y confió a un amigo distinto cada una de estas
secciones del manuscrito; luego acudía a «visitar» a estos amigos, siempre
vigilado de cerca por agentes del KGB, pero lo que en realidad hacía era
recluirse en una habitación de la casa del amigo «visitado» para trabajar sobre
el texto. Y el sistema funcionó hasta que tomó la decisión, ineludible por otro
lado, de que alguien mecanografiara el manuscrito completo antes de remitirlo a
los editores. Elisaveta Voronnyanskaya fue la elegida y ya conocemos su triste
desenlace.
Entretanto, Solzhenitsyn recibió el Nobel de
Literatura, a cuya ceremonia de entrega decidió no acudir para evitar que luego
no le dejaran regresar a Rusia. El KGB se hizo con la copia de Elisaveta, pero
Solzhenitsyn, siempre precavido, tenía otras dos copias manuscritas a buen
resguardo y presentó una de forma oficial al sindicato de escritores de la
URSS, que, por supuesto, prohibió su publicación. La otra copia salió
clandestinamente de Rusia y llegó a Francia, donde se publicó traducida al
francés en 1974. A las seis semanas de dicha publicación, Solzhenitsyn fue
deportado de la URSS y se le retiró la nacionalidad soviética. El manuscrito
mortal se llamaba, y se sigue llamando, Archipiélago Gulag. Hoy día
es lectura obligatoria en los institutos de secundaria en Rusia. En la primera
edición, el autor se disculpaba, pero no con el KGB o el gobierno soviético,
sino con sus compañeros muertos en Siberia: «que por favor me perdonen por no
haberlo visto todo, por no recordarlo todo y por no decirlo todo.» Les aseguro
que el autor, pese a su humildad, vio mucho, recordó mucho y dijo mucho.
§ 21. La novela perdida
Su primera novela había sido un gran éxito y
acababa de recibir una carta de su editor, Pierre-Jules Hetzel, con relación a
su segundo manuscrito. Estaba emocionado. Nervioso, rasgó el sobre y empezó a
leer la carta de pie. Su rostro, no obstante, comenzó a cambiar de gesto y todo
asomo de ilusión se desvaneció por completo. Poco a poco, se sentó en una
silla. Hetzel no se andaba con rodeos y fue directo al grano:
—Me ha decepcionado profundamente. Este manuscrito
está muy alejado de la calidad de su primera novela. Ha intentado un proyecto
demasiado ambicioso y ha fracasado. Quizá pueda intentar algo de esta
envergadura más adelante, cuando sea un escritor más maduro, pero no ahora.
Pero él ya no volvería a intentarlo. Al menos, no
de esa forma. Tampoco siguió leyendo. No tenía sentido aumentar el dolor de la
derrota, y su editor era bastante cruel en la elección de los calificativos.
Probablemente de forma completamente innecesaria, pero no todos tienen el don
de la sensibilidad. Dejó la carta sobre la mesa, fue al despacho, cogió el
manuscrito y lo metió en un cajón del escritorio. Tal fue la decepción que
quizá su mente, hábilmente, borró todo recuerdo sobre la existencia misma de aquella
novela. Y allí se quedó, olvidada por todos. ¿Para siempre?
Pasaron los años y, pese a ese segundo manuscrito
fracasado, escribió más libros y se convirtió en un autor famoso. Publicó
decenas de novelas, muchas de las cuales se hicieron muy populares. Murió en
1905 y con el siglo XX llegaron las adaptaciones al cine de sus novelas. Fue
considerado un genio de la anticipación histórica, algo así como la novela
histórica pero al revés. En sus novelas predijo el viaje del hombre a la luna o
la invención del submarino, los automóviles, los motores eléctricos, los ascensores,
la construcción de rascacielos o incluso la silla eléctrica. Evidentemente, me
estoy refiriendo a Julio Verne. Un visionario perfectamente documentado que
supo proyectar hacia el futuro el progreso de los avances científicos de su
época. Pero ¿qué fue de aquella segunda novela olvidada en un cajón?
En 1989, ochenta y cuatro años después de la muerte
de Verne, su bisnieto hacía limpieza en una de las antiguas residencias de su
famoso bisabuelo y, vaciando armarios y escritorios viejos, encontró un
manuscrito amarillento por el paso del tiempo. Estaba firmado por Julio Verne.
Su bisnieto tomó el montón de folios envejecidos y, con buen criterio, decidió
dedicarle un poco de tiempo y leerlo. Le pareció deslumbrante, con una
capacidad de prever el futuro tan abrumadora como en el resto de sus famosas novelas: Cinco
semanas en globo, La vuelta al mundo en ochenta días, Viaje
a la luna o Veinte mil leguas de viaje submarino. Sólo
había una diferencia sustancial, pero absolutamente clave: en el resto de sus
obras, Verne parecía presentar siempre una visión más positiva que negativa
sobre los avances y progresos de la humanidad; sin embargo, esta novela
olvidada era demoledora en su descripción del mundo del ser humano en pleno
siglo XX. No era de extrañar que su antiguo editor, Hetzel, se hubiera sentido
tan incómodo con aquel texto: en él Verne describía un mundo gobernado por las
operaciones financieras, donde la gente ya no leía libros, y el latín y el
griego eran objeto de desprecio, de burla; un mundo donde la gente se
desprendía de los libros y se mofaba de la música clásica. Eso sí, en ese mundo
descrito por Verne había trenes de alta velocidad, trasatlánticos gigantescos y
ciudades atestadas de automóviles que se desplazaban con motores de combustión
interna (así de preciso le gustaba ser a Julio Verne); había también aeronaves
y millares de farolas con luz eléctrica por todas las calles. A modo de
ilustración, les transcribo algún pasaje de este relato perdido:
La mayoría de los innumerables vehículos que
congestionaban la calzada de los bulevares se movía sin caballos; avanzaban
gracias a una fuerza invisible, por medio de un motor que funcionaba con la
combustión del gas.
Y todo este mundo estaba iluminado por una
electricidad omnipresente, sin la cual aquellos seres parecían ya incapaces de
existir:
La multitud llenaba las calles; estaba por llegar
la noche; las tiendas de lujo proyectaban resplandores de luz eléctrica a lo
lejos; los candelabros construidos según el sistema Way, mediante la
electrificación de un filamento de mercurio, brillaban con claridad
incomparable; estaban enlazados entre sí.
Pero la novela no sólo chocó con la hostil negativa
de Hetzel, sino que aún encontró nuevas dificultades y reticencias para ser
publicada en pleno siglo XX. Tras ser encontrada, tuvo que pasar por un
complejo proceso de autentificación, lo que se consiguió en relativamente poco
tiempo. Hasta aquí todo es comprensible, pero no fue hasta 1994, cinco años
después de haber sido redescubierto por el bisnieto del autor, cuando el libro
apareció publicado en Francia con su título original: París en el siglo
XX. Ochenta y nueve años después de su muerte, Julio Verne volvía a
publicar una novela.
Las traducciones a otros idiomas llegaron pronto.
El autor no necesitaba presentación y todos parecían querer disponer de aquella
novela en su propia lengua, pero… de pronto todo salió mal: la obra no
terminaba de despegar en los índices de más vendidos. ¿Acaso Verne, uno de los
grandes autores del siglo XIX, por lo menos si nos atenemos a su popularidad y
al número de ejemplares vendidos, había dejado de interesar? ¿Por qué motivo la
novela no llegó a ser un superventas? Es difícil saberlo. Hay quien apunta,
tras un sesudo análisis literario de la obra, que la novela carece del ritmo
adecuado, que le falta coherencia, cohesión, que parece demasiado deslavazada.
Es posible que algo de esto haya. No hay que olvidar que era su segunda novela
y a esto de escribir, como en casi todo, se aprende haciendo. Pero yo creo que
hay una segunda razón de no menor calado para explicar la falta de ventas de
este nuevo libro. Julio Verne lo escribió pensando en retratar el mundo de
1960, pero no tuvo en cuenta que más bien describía el mundo del siglo XXI y
que a los humanos de este nuevo siglo no nos iba a gustar vernos retratados con
tanta precisión. Y, si no me creen, juzguen por ustedes mismos. Así reflexiona
en un momento de la narración el protagonista de la novela:
Qué habría dicho uno de nuestros antepasados al ver
esos bulevares iluminados con un brillo comparable al del sol, esos miles de
vehículos que circulaban sin hacer ruido por el sordo asfalto de las calles,
esas tiendas ricas como palacios donde la luz se esparcía en blancas
irradiaciones, esas vías de comunicación amplias como plazas, esas plazas
vastas como llanuras, esos hoteles inmensos donde alojaban veinte mil viajeros,
esos viaductos tan ligeros; esas largas galerías elegantes, esos puentes que cruzaban
de una calle a otra, y en fin, esos trenes refulgentes que parecían atravesar
el aire a velocidad fantástica… Se habría sorprendido mucho, sin duda; pero los
hombres de 1960 ya no admiraban estas maravillas; las disfrutaban
tranquilamente, sin por ello ser más felices, pues su talante apresurado, su
marcha ansiosa, su ímpetu americano, ponían de manifiesto que el demonio del
dinero los empujaba sin descanso y sin piedad.
Pero no, parece que no quisimos escuchar a Verne en
el XIX, tampoco en el XX y creo que menos aún en el siglo XXI. A modo de
excepción, Ridley Scott nos recrea la capacidad de visión de Julio Verne y
otros grandes escritores del género de la ciencia ficción en una más que
interesante serie de televisión llamada «Profetas de la ciencia ficción».
Pero por si no les parecen suficientemente
premonitorios los párrafos que les he transcrito de aquella vieja novela
perdida y olvidada, París en el siglo XX se abre con
afirmaciones tan contundentes como: «Abundaban [en aquel tiempo futuro] los
capitales y más aún los capitalistas a la caza de operaciones financieras.»
¿Estaba intuyendo acaso el genial augur de la
literatura francesa el poder de los especuladores y los mercados? Qué lástima
tan grande que don Julio Verne ya no esté entre nosotros. Quizá sería el único
que sabría decirnos a todos qué es lo que nos va a deparar el futuro. A veces
me pregunto si el bueno de Verne querría respondernos. Total: si no le hicimos
caso en el pasado, ¿por qué le íbamos a escuchar ahora? Seguramente, si Verne
hablara del futuro, de nuestro próximo futuro, todas las agencias de calificación
menospreciarían su opinión y no les temblaría el pulso a la hora de rebajar la
calificación de sus novelas.
§ 22. Escritores asesinos
Que yo sepa, porque en esto, como en todo, hay que
ser cauto, sólo he cenado una vez con una asesina confesa, es decir, con una
persona que quitó la vida de forma brutal a otro ser humano y ha admitido
haberlo hecho. Uno podría concluir con facilidad que mi encuentro con Juliet
Hulme, que así se llama esta persona, fue tumultuoso, peligroso y tenso, pero
no fue así. Tampoco hay que deducir que fue en una cárcel de máxima seguridad
tras someterme a rigurosos controles (más o menos los mismos que padecemos cuando
estamos en un aeropuerto). Pero nada puede haber más alejado de la realidad de
aquel encuentro. Todo surgió por mis editoras, quienes, por un lado, pensaban,
y estaban en lo cierto, que me resultaría interesante conocer a Juliet Hulme;
y, por otro, por un motivo quizá menos altruista, pero sin duda muy práctico:
buscaban a algún escritor que pudiera departir con ella en inglés, su lengua
nativa. Las escritoras inglesas (los escritores ingleses también) y, en
general, los ingleses de ambos sexos no suelen ser muy proclives al aprendizaje
de otros idiomas, así que un escritor español profesor titular de Filología
Inglesa es algo muy socorrido para estas veladas.
El encuentro tuvo lugar durante la Semana Negra de
Gijón, pues Juliet Hulme acababa de publicar una nueva novela de crímenes, una
más de una larga serie. La editorial seleccionó, con muy buen gusto, una
magnífica sidrería asturiana donde la comida y la sidra, como no podría ser de
otra forma, eran excelentes. Nos presentaron y nos sentamos frente a frente.
—Soy Santiago Posteguillo —dije en un tono
cordial—; encantado de conocerla.
—Anne Perry —respondió ella haciendo uso del nombre
con el que es hoy más conocida, y estrechamos las manos.
A ella le sorprendió mi conocimiento sobre la
literatura inglesa, en particular sobre el período victoriano, del que ella es
una experta y que recrea en muchas de sus magníficas novelas. Le expliqué que
yo impartía clases de literatura inglesa en la universidad. Las opiniones de
Juliet Hulme/Anne Perry eran mesuradas, profundas y agudas. Tuve que estar
concentrado como pocas veces. No quería quedar mal o dejar en mal lugar a la
editorial y que ella se pudiera volver al Reino Unido pensando que los escritores
españoles no tenemos una conversación que pueda merecer la pena. Lo más curioso
es que durante toda aquella cena me olvidé por completo del tormentoso pasado
de mi interlocutora.
Y es que aquella experta en novela victoriana,
novela sobre la primera guerra mundial y novela negra, entre otras muchas cosas
más, asesinó, cuando era adolescente, a la madre de una íntima amiga suya, que
también participó en el crimen, de forma brutal, asestando a la pobre mujer
cuarenta y cinco golpes con un ladrillo. Luego las dos adolescentes arguyeron
que la mujer había sufrido un accidente.
—Se ha caído por la escalera —dijeron.
Pero al final todo se descubrió. Era imposible que
aquellas heridas fueran resultado de un accidente. El móvil parecía estar en
que los padres iban a separar a las dos adolescentes y éstas reaccionaron de la
peor de las formas posibles, pensando, en su ingenuidad, que al asesinar a la
madre de una de ellas todo se detendría.
Fueron juzgadas, condenadas y encarceladas. Todo
esto ocurrió en Nueva Zelanda. Eran menores y no quedó claro nunca si habían
actuado bajo los efectos de alguna droga alucinógena (yo prefiero pensar que
sí). Por su escasa edad tuvieron una condena de cinco años de cárcel que
cumplieron íntegramente. También quedaron sentenciadas a no verse nunca más.
Juliet Hulme retornó a su Reino Unido natal. Se cambió el nombre y, al cabo del
tiempo, decidió intentar ganarse la vida escribiendo novelas. Lo hacía y lo hace
muy bien. Su nombre actual es Anne Perry, muchas de sus novelas están
traducidas al español y son fáciles de encontrar en nuestras librerías y
centros comerciales. Y son muy recomendables. Hablo de esta historia porque no
desvelo nada personal que no sea ya público, aunque muchos aún puedan
desconocerlo. Para que se hagan una idea, el director Peter Jackson llevó este
terrible suceso al cine contando con la actriz Kate Winslet como protagonista
(es decir, como Juliet Hulme/ Anne Perry) en la película Criaturas
celestiales.
Lo cierto es que esto de asesinar y escribir no es
tan infrecuente. Cabe recordar, por ejemplo, a Hill Ford, Fallada, Bala,
Unterweger y otros muchos. ¿Los escritores tenemos instintos criminales o a los
criminales les gusta escribir? Si Oscar Wilde viviera se lo preguntaría. Estoy
seguro de que él tendría una respuesta adecuada. Siempre la tenía para las
paradojas. Y, hablando de escritores asesinos, no podemos olvidarnos de Henry
Abbot. Un homicida que escribió al famoso autor Norman Mailer desde la cárcel,
tal y como nos cuenta muy bien José Ovejero en su libro Escritores
delincuentes (ya les digo que este tema da para mucho). El asesino
Abbot impresionó con su buena prosa al escritor Mailer hasta el punto de que
este último inició una campaña para que le excarcelasen. Y lo consiguió. Abbot
salió de prisión y publicó un libro con una selección de sus cartas, que
recogían sus pensamientos con una notable y poderosa forma de narrar.
Lamentablemente, a las seis semanas de su excarcelación, Abbot tuvo una «desavenencia»
con un camarero que derivó rápidamente en una discusión airada y Abbot, que se
ve que seguía siendo hombre con un mal pronto, mató al camarero de una
cuchillada. Y Abbot de vuelta a la cárcel.
Tampoco era manco Vlado Taneski, que escribía para
el periódico la crónica de sucesos y, en su tiempo libre, publicaba novela
negra. La lástima es que Taneski empezó a describir con tal grado de detalle
algunos asesinatos sobre prostitutas que habían ocurrido en su región que los
inspectores pronto comprendieron que ese nivel de conocimiento sobre aquellos
horribles sucesos se debía a que Taneski era el autor mismo de los crímenes
sobre los que luego escribía. No sé si alguno de estos asesinos quería llevar a
término alguno de los postulados del ensayo de Thomas de Quincey titulado Del
asesinato considerado como una de las bellas artes, ensayo que influyó
notablemente en Edgar Allan Poe y sir Arthur Conan Doyle, sólo que estos
maestros de la literatura se limitaron a recrear el asesinato con palabras sin
necesidad de herir o matar a nadie. Es verdad que sobre sir Arthur Conan Doyle
queda la duda, extendida por el libro que Roger Garrick publicó en 1989
acusando al creador de Sherlock Holmes de haber envenenado a un amigo escritor
con el doble fin de ocultar su relación amorosa con la esposa de éste y,
además, robarle el manuscrito de El sabueso de los Baskerville. En
2006 se exhumó el cadáver de Fletcher Robinson, que así se llamaba el amigo
escritor de Conan Doyle, para intentar confirmar la teoría de Garrick. Nunca se
encontraron rastros de veneno y todo parece más una obra de difamación que
producto de una investigación seria.
William Burroughs, sin embargo, sí que es un
escritor condenado por asesinato. Ocurrió en México en 1951. En un evidente
estado de ebriedad, decidió jugar a Guillermo Tell con su mujer, Joan Vollmer.
Si el disparo que mató a Joan fue accidental, como defendió el abogado de
Burroughs, o no lo fue es algo difícil de averiguar. Burroughs y su abogado
hicieron todo lo posible por sobornar a los investigadores y las autoridades
judiciales de México para poder quedar sin condena. Como fuera que al final no
estaba claro el desenlace del juicio, Burroughs huyó a Estados Unidos, donde
empezó una exitosa carrera como escritor.
Y hay más ejemplos de asesinos escritores, pero, en
la mayoría de los casos, la obra de estas personas no es, por decirlo
suavemente, no vaya a ser que alguno de ellos lea este libro y me busque,
demasiado buena. Excepto, eso sí, las novelas de Burroughs y, sin duda alguna,
las de Anne Perry, que me gustan mucho más. Esta deliciosa dama británica es
otra historia, está a otro nivel. Durante aquella cena en Gijón no hablamos de
su pasado, por supuesto; ni habría sido oportuno ni mucho menos elegante; ni siquiera
hablamos de crímenes ni de novela negra. Hasta ese punto llegaba mi cobardía o
mi prudencia.
Así que ya saben: cuando estén cenando con un
escritor, sean comedidos en las críticas. Nunca se sabe cómo podemos
reaccionar.
§ 23. El secreto de Alice Newton
La historia de Alice no es la de una escritora. La
historia de Alice es la historia de una niña de ocho años a la que le gustaba
leer. Un día de 1996, Alice Newton pasaba la tarde en su casa, algo aburrida
porque no tenía nada nuevo que le resultara interesante para leer en ese
momento. La niña oyó que la puerta de entrada se abría. Su padre, el señor
Cunningham, regresaba del trabajo, y Alice estaba segura de que, fiel a su
costumbre, traería libros, notas y cuentos de todo tipo; y es que el señor Cunningham
era editor. Pero, además, no se trataba de un editor cualquiera, sino que, para
fortuna de Alice, su padre estaba especializado en la publicación de libros
infantiles; de ahí la pasión de Alice por la lectura. La niña fue corriendo a
la puerta, en parte porque quería a su padre y en parte porque tenía la
esperanza de que hubiera traído algo genial que leer.
— ¡Hola, papá! —exclamó Alice, y le dio un beso y
un abrazo.
Su padre iba a corresponder de igual forma, pero,
para cuando dejaba la cartera en el suelo para poder abrazar a la niña, ésta ya
había dado un paso atrás y le miraba con cara ilusionada y expectante. Barry
Cunningham, no obstante, no parecía estar tan contento. Había sido un día duro
en la editorial Bloomsbury: muchos manuscritos para leer pero casi nada, por no
decir nada de nada, que mereciera la pena. Hasta se había olvidado y no había
llevado nada que pudiera gustarle a Alice. Sólo llevaba consigo alguno de esos
manuscritos no demasiado interesantes, pero, como la niña le seguía mirando con
esa cara de ilusión, su mente intentó encontrar alguna salida para no
decepcionarla. Se acordó entonces del último texto que había recibido de la
agencia literaria Christopher Little. Lo había empezado en la oficina, algo
cansado al final de la larga jornada, y, como todo lo que había leído aquella
mañana, no le había parecido tampoco demasiado estimulante, pero al menos quizá
sirviera para mantener a Alice entretenida un rato.
—Bueno, pequeña…, tengo algo… tengo esto. —Y le
entregó aquel manuscrito tecleado en máquina de escribir. El autor…, o era
autora? (Barry Cunningham no se acordaba bien), ni siquiera lo había escrito en
ordenador. ¿Qué podía esperarse de alguien así?
A la pequeña Alice no pareció importarle demasiado
cómo hubieran escrito aquel cuento, o aquel principio de libro o lo que fuera.
Cogió el manuscrito que le presentaba su padre a modo de sorpresa, como si lo
hubiera tenido todo preparado, y, rauda, fue al refugio de su habitación
jugando a subir por los peldaños de la escalera de dos en dos.
Muy lejos de allí, en aquella época de finales del
siglo XX, yo acababa de leer mi tesis doctoral en la Universidad de Valencia y
me afanaba con empeño en mis investigaciones en filología inglesa, con la
aspiración de conseguir algún día una plaza de profesor titular en la
Universitat Jaume I de Castelló. Nunca hubiera podido imaginar que lo que
pensase Alice Newton, una niña británica de ocho años, en aquella pequeña
habitación de su casa, pudiera, en algún momento, afectar a mi vida. Y lo hizo,
ya lo creo que lo hizo. De muchas formas.
Alice Newton bajó de su cuarto una hora después de
haber desaparecido con aquel manuscrito. Se plantó entonces frente a su padre y
le habló con decisión.
—This is so much better than anything else that
you have brought home, Dad![3] [¡Esto
es mucho mejor que cualquier otra cosa que hayas traído antes, papá!] —Y acto
seguido pidió más para leer.
—No tengo más —respondió su padre algo sorprendido
por la reacción de su hija.
—Pero tiene que haber más, papá. Esto tiene que ser
el principio. Dime que hay más. Por favor.
Y ante la faz de desolación de Alice, Barry
Cunningham añadió con decisión:
—No te preocupes, hija. Conseguiré el resto del
libro. Te lo prometo.
Una promesa hecha a una niña ha de mantenerse por
encima de cualquier cosa, así que Barry Cunningham, nada más regresar a su
oficina el día siguiente, llamó a la agencia Christopher Little y, sin pensarlo
más, ofreció un adelanto de mil quinientas libras esterlinas por el manuscrito
completo. En la agencia literaria no regatearon. Colgaron el teléfono entre
confusos y extrañados, pero tampoco le dieron más importancia al asunto. Eso
sí, llamaron a la persona que había escrito el texto para que estuviera al corriente
del interés del señor Cunningham.
Por su parte, Barry Cunningham dejó el teléfono
colgando despacio. Estaba pensando en que ya era hora de hacerse con un
teléfono móvil de esos que estaban haciéndose tan populares; eso le daría más
libertad para llamar a las agencias y los autores desde cualquier sitio. Sus
ojos se fijaron entonces en la copia del manuscrito que había leído su hija la
tarde anterior.
—En fin —dijo. Lo publicaría aunque sólo fuera para
que su Alice pudiera verlo en el formato de libro, pese a que no tenía claro
que fuera a recuperar todo el dinero de la inversión.
El teléfono volvió a sonar. El señor Cunningham lo
cogió de nuevo. La agencia literaria le devolvía la llamada anterior para
confirmarle que la autora del manuscrito, se trataba de una mujer, aceptaba su
oferta sin discusión.
A los pocos días, la escritora firmaba el contrato.
Barry Cunningham dudó un instante, pero, al final, de buena fe, pensó que era
oportuno dar un consejo realista a aquella joven autora. Las ilusiones mal
administradas conducían a tremendos fracasos y aquella mujer tenía hijos. Y es
que muchos escritores noveles confunden el hecho de conseguir publicar un libro
con el éxito. Se trata de cosas diferentes: publicar una novela es un gran
paso, pero no conlleva, ni mucho menos, un éxito de ventas garantizado. Muchos
escritores caen en el error de pensar que lo uno suele llevar a lo otro, cuando
la concatenación de ambas cosas, publicación y éxito, es más excepcional que
habitual.
—Disculpe que le diga —dijo Barry Cunningham
mientras cogía el contrato firmado que le entregaba la autora—, pero yo, en su
caso…; bueno, quizá me meto en donde no debiera…
—No, por favor, dígame —invitó la escritora,
mirándole con respeto y atención.
Barry Cunningham se aclaró la garganta. Sabía que
lo que iba a decir no era agradable, pero pensó que, en gran medida, era su
obligación hacerlo.
—Yo en su lugar, sin ánimo de desanimarla, buscaría
un empleo, un trabajo distinto al de escribir. Es muy difícil vivir de esto y…
usted tiene hijos, una familia…
—¿Y no cree que yo pueda vivir de la escritura?
Barry Cunningham suspiró, pero fue preciso en su
respuesta.
—A decir verdad, y sin querer ofenderla y dicho con
la mejor de las intenciones, no, no creo que pueda vivir de escribir cuentos
para niños.
La escritora recibió aquel comentario con una
sonrisa que demostraba que estaba acostumbrada a digerir decepciones en su
vida. Arrastraba un divorcio, la reciente muerte de su madre, varios años de
penurias económicas y doce negativas de diferentes editoriales. A decir verdad,
el consejo del señor Cunningham no parecía un mal consejo. La escritora asintió
en silencio.
Sólo se publicaron mil ejemplares de aquella
primera edición. No tenía ningún sentido hacer más. Quinientos de esos
ejemplares fueron a parar directamente a bibliotecas. Los otros quinientos se
comercializaron. Y… se vendieron. Ahora cada uno de esos libros vale entre
dieciséis mil y veinticinco mil libras, según los datos de la web de Rick
Klefel (no he podido contrastarlos con otras fuentes, pero, a tenor de lo que
pagan los coleccionistas por primeras ediciones de libros famosos, me parece
una estimación creíble, probablemente incluso muy conservadora). Y es que ese
libro cuyo primer capítulo tanto gustó a la niña Alice Newton, hasta el punto
de provocar la publicación del manuscrito por parte de su padre, el editor de
la ahora todopoderosa pero entonces muy pequeña editorial Bloomsbury, se
titulaba Harry Potter y la piedra filosofal. La serie avanzó con
otros seis títulos más. Luego vino Hollywood y la sistemática y minuciosa
adaptación de todos y cada uno de esos libros. Alguno incluso dividiendo la
novela en dos para tener una película adicional. Así de bueno era el negocio.
Yo, en la distante ciudad de Castellón,
modestamente, conseguí mi plaza de profesor titular. Empecé entonces a elaborar
un diccionario de terminología informática junto con los profesores Jordi
Piqué, mi director de tesis, de quien tanto he aprendido a la hora de
investigar y escribir, la profesora Lourdes Melción y el editor Peter Collin,
grandes profesionales todos ellos. Terminamos el diccionario en cuatro años,
pero, justo cuando iba a publicarse, la editorial de Peter Collin fue adquirida
por la rica Bloomsbury (rica gracias al desbordante éxito editorial de Harry
Potter). La nueva editorial reevaluó el proyecto del diccionario, le siguió
pareciendo meritorio, y, por fin, se publicó, eso sí, con un impacto de ventas
bastante más reducido que el de las novelas de J. K. Rowling. El caso es que
así fue como Alice Newton provocó que tenga un libro, coescrito con los autores
que he mencionado anteriormente, publicado por Bloomsbury.
Años después, impresionado por el éxito arrollador
de Harry Potter, me sentí en la obligación, como profesor de lengua y
literatura inglesa, de, al menos, leer algo de la saga del niño mago (que ha
llegado a vender cuatrocientos millones de ejemplares en todo el mundo). Leí el
primer capítulo y comprendí a Alice. Aquello era muy bueno. Me leí cinco de los
libros de la saga de un tirón.
J. K. Rowling ha hecho que millones de niños y
adolescentes se acostumbren a leer libros de hasta novecientas páginas. Me
consta que ahora tengo lectores que empezaron en la lectura con Harry Potter y
que luego continúan con otras novelas de otros autores, incluso con las mías.
Ésa es otra forma en la que Alice Newton influyó en mi vida. Así que un millón
de gracias a J. K. Rowling. Yo creo que lo que ha hecho es muy grande: pese a
los muchos detractores que me consta que tiene, yo no puedo evitar pensar que
es un mérito indiscutible conseguir que millones de niños y adolescentes se
enganchen a la lectura. Ah, y otro millón de gracias para Alice. ¿Qué habría
sido de los lectores de Potter sin ella? No me ha sido posible averiguar qué es
hoy día de la pequeña Alice Newton. Espero que se haya hecho editora. Tiene el
instinto.
§ 24. El libro electrónico o el pergamino del siglo
XXI
La historia se repite, aunque muchos la olviden,
pues es tozuda y tenaz y persistente. Lo del libro electrónico no es la primera
vez que pasa. Ya hubo otras grandes revoluciones. La escritura ha ido cambiando
de formatos a lo largo de la historia. No es nuevo. Realmente lo nuevo muchas
veces coincide con lo olvidado. Es una lástima que la Historia (con mayúscula)
no se transmita genéticamente. Avanzaríamos más, más rápido y mejor. Pero
divago.
En mi última novela, Los asesinos del
emperador, muchos lectores ya han detectado ese guiño que hago desde el
siglo I d. C. al libro electrónico del siglo XXI: el veterano senador Marco
Ulpio Trajano, padre de un joven e impetuoso adolescente del mismo nombre que
luego será emperador, lleva precisamente a su hijo por las bibliotecas de Roma
en busca de unos textos de Julio César y Homero; pero las bibliotecas han sido
dañadas por varios incendios en la reciente guerra civil y aún están en obras:
—Las mejores [bibliotecas] están aquí, en la colina
del Palatino, pero veo que también ha hecho estragos el incendio. —Trajano
padre no había estado en la gran ciudad en los últimos cuatro años y era obvio
que estaba indignado por la magnitud de aquel horrible incendio que tantos
edificios había destruido por completo o dañado en gran medida—. Ahí está el
templo de Apolo, y a su lado… —un breve silencio; el edificio contiguo estaba
semiderruido—; a su lado estaba la Biblioteca Palatina. —De aquel antiguo centro
del saber quedaba poco, demasiado poco. Miró alrededor y echó a andar de nuevo
de regreso al foro—. Iremos a una de las bibliotecas que levantó el emperador
Tiberio. No son tan buenas, pero quizá allí encontremos lo que busco para ti.
Las bibliotecas de Tiberio, aunque no destruidas, también estaban cerradas al
gran público; uno de los trabajadores que estaba reparando el edificio le
aconsejó a Trajano padre que se olvidara de las del centro y que acudiera a la
gran biblioteca levantada por Augusto en el Campo de Marte, la que todos
conocían con el sobrenombre de Porticus Octaviae.
Y hacia allí se encaminarán entonces Trajano padre
y su joven hijo. En el Porticus Octaviae conocerán a Vetus, un
viejo bibliotecario que, no obstante, también decepcionará a Trajano padre,
pues le negará la posibilidad de sacar de la biblioteca los libros que quiere:
—Quiero la serie de rollos que contienen el
Commentarii de Bello Gallico y el Commentarii de Bello Civili de Julio César
para poder encargar a un escriba una copia de los mismos. […] Me consta que
estos textos se prestan para estos fines.
Vetus inspiró aire despacio.
—Eso era lo habitual, sí, hasta el incendio, pero con varias bibliotecas
dañadas se ha restringido el servicio de préstamo hasta que podamos hacer
copias de todos los volúmenes relevantes para reintegrarlos cuando éstas hayan
sido restauradas. Puedo permitiros consultar los textos que deseas aquí en la
sala, pero no, por el momento, el préstamo.
Vetus observó que la indignación, una vez más, hacía presa de aquel senador que
se expresaba con un fuerte acento hispano; podía dejarlo allí y que uno de los
esclavos se ocupara en recibir sus quejas, pero hacía tiempo que no entraba
nadie allí con el valor, incluso con la imprudencia, de criticar la mala
gestión imperial de las bibliotecas en los últimos años; aquel Trajano era como
una bocanada de aire fresco y puro en la corrompida Roma. Miró al adolescente,
un joven fuerte y de mirada viva, que callaba junto a aquel alto oficial del
Imperio.
—¿Las copias eran, entonces, para el muchacho? —preguntó.
—Así es —confirmó Trajano padre—. Hemos venido desde Hispania y quería
regalárselas, pero veo que todo parece ponerse en mi contra.
—Son un excelente regalo para un joven que, sin duda, aspirará a ser un gran
legatus algún día, ¿no es así?
El joven Trajano asintió sin decir nada al sentirse directamente aludido por
aquella pregunta.
Así, el veterano bibliotecario terminará sugiriendo
a Trajano padre que adquiera esos volúmenes en algunas de las nuevas librerías
de la ciudad, y pasa a comentarle los diferentes libreros que hay y qué tipo de
libros venden:
Vetus se permitió posar su mano sobre el brazo del
senador y acompañarlo a la puerta de salida mientras le explicaba todo lo
necesario.
—Está Trifón, tiene copias de todo, son baratas pero la calidad de sus escribas
y del papiro que usa no son las mejores; luego está Atrecto, con él la calidad
está garantizada, incluso el lujo. Atrecto es siempre una buena opción. Si vais
a viajar, que imagino es lo más probable, de regreso a vuestra patria, lo ideal
es algo muy nuevo que sólo vende Secundo: se trata de textos, los textos de
siempre como los que buscáis de César o de Homero, pero copiados no sobre
papiro sino sobre pergamino, más resistente, pegados por un lateral, como un
códice de tablilla, en lugar de juntando luego las hojas en rollos; así se
escribe por ambos lados del pergamino y en mucho menos volumen puedes tener los
dos textos. Es una gran idea, pero muy cara; hay quien dice que un día esos
códices reemplazarán por completo a los rollos, pero yo no lo creo posible, se
perdería ese placer especial de desenrollar poco a poco el texto; es absurdo.
Bueno, el caso es que para viajar son útiles los códices de pergamino, eso lo
reconozco, y aunque sean caros no creo que el dinero sea un inconveniente para
el senador Marco Ulpio Trajano.
Y no, el dinero no era un problema para aquel
veterano senador hispano, que se hará con esos textos para que su hijo aprenda
estrategia militar con Julio César y griego con Homero. Pero el viejo Vetus se
equivocaba: el pergamino reemplazó, lenta pero progresivamente, al papiro; y el
códice, el formato libro que conocemos hoy día en papel impreso, fue el soporte
de poemas y novelas durante siglos. Ahora ha surgido un nuevo formato. Muchos
periodistas me preguntan:
— ¿Qué piensa usted del libro electrónico? ¿Cree
que acabará con el libro impreso?
No soy augur romano, pero, a riesgo de equivocarme,
me pronuncio alejado del dogmatismo del bibliotecario Vetus, pero distante
también de aquellos que predicen la rápida desaparición de un formato que tiene
siglos de existencia. También se predijo que la televisión acabaría con la
radio y, que yo sepa, la radio sigue ahí. Es un potente medio de comunicación
que se ha reinventado. Nadie pensó que uno puede conducir y escuchar la radio,
o recoger la cocina y escuchar las noticias. Es más difícil, cuando no imposible,
hacer esas y otras actividades viendo la tele. Y la radio, además, ofrece otras
cosas diferentes a la televisión. Del mismo modo pienso que el libro impreso
tiene unos espacios que el libro electrónico tiene difícil ocupar: ser regalo,
ser el objeto fetiche que firma el autor preferido o ser lectura en lugares
donde el objeto puede estropearse o perderse, como la playa, donde no nos
importa un poco de arena en una edición de bolsillo de un libro, pero donde
entraríamos en pánico si esto mismo pasara con nuestra recién adquirida tableta
electrónica. Además, si te roban el lector, igual se llevan con él toda tu
biblioteca. ¿Que podemos tener copias de seguridad? Es posible, pero, al final,
como con las fotos digitales, terminamos teniendo menos fotos que enseñar
porque la batería de tal o cual dispositivo no va o porque tal o cual otro
dispositivo no lee el formato en el que tenemos las fotografías del último
viaje. Quizá algo del bibliotecario Vetus sí que tengo en mí, es posible, pero
de veras pienso que la transición será más larga y más compleja de lo que
muchos piensan. Cierto es que el libro-regalo también puede ser reemplazado:
podemos regalar un archivo, como podemos regalar una cantidad de dinero con una
tarjeta de un centro comercial para que el agasajado se compre lo que desee,
pero, de momento, ni en navidades ni en los cumpleaños se regalan sólo una
serie de tarjetas o archivos, sino que a la gente le sigue gustando recibir y
regalar objetos tangibles. Un libro, en muchas ocasiones, es más duro de pelar,
ante el sol o el frío o la lluvia, que un dispositivo electrónico, y aún sigue
siendo, para muchos, más apetecido. El libro electrónico, no obstante, crecerá
en cuota de mercado en los próximos años, sin duda alguna, pero sigo pensando
que durante varios decenios como mínimo coexistirá con el libro impreso. Ah, y
también existe la posibilidad de que, antes de que el libro electrónico se
consolide, aparezca algún otro formato que nosotros aún somos incapaces ni tan
siquiera de imaginar, porque esto de la tecnología, ya se sabe, va muy rápido.
Y queda, por fin, un formato del que nadie se
acuerda en esta disputa sobre diferentes formas de leer: el libro 3D. Es un
formato impactante: los personajes se mueven delante de ti no como si fueran
personas de carne y hueso, sino que en efecto lo son; se mueven y dan vida a
las palabras del texto con pericia experimentada, con un realismo tal que
parece que lo que lees no lo lees sino que lo vives. Es un formato que tiene
más de dos mil quinientos años de historia y, siempre en crisis, siempre al
límite, pese a todo y pese a todos, sobrevive y sobrevivirá al libro
electrónico. Se llama teatro.
De igual forma que sobrevivirán otras formas de
narrar, otras formas de leer historias. ¿O es que unos agotados padres no
reciben como agua de mayo a aquel cuentacuentos ingenioso que sabe entretener a
sus hijos en un centro comercial o en una lluviosa tarde fría de un pueblo, ya
sea con su voz o con títeres? Y es que, por encima de formas y formatos, más
allá de los rollos de papiro, los libros de papel o los lectores electrónicos,
está la perenne pasión del ser humano por que le cuenten historias.
Igual que nos pasa con la rueda o el fuego, el arte
de narrar, de contar relatos, de referir un cuento, se retrotrae a tiempos más
allá de nuestra memoria, más allá del momento en el que empezamos a transcribir
lo que nos acontecía en el devenir de la existencia humana. El escritor
italiano Valerio Massimo Manfredi lo tiene muy claro y yo comparto su opinión
punto por punto: un día un periodista le preguntó a Manfredi, hablando, cómo
no, de novela histórica:
— ¿Qué fue primero, don Valerio, el cuento o la
historia?
Manfredi sonrió.
—No lo dude: el cuento.
La historia es memoria y tenemos memoria colectiva
desde que anotamos lo que nos sucede, pero más allá de la historia, mucho
antes, seguramente en alguna cueva del paleolítico, un hombre dejó perplejos a
los miembros de su tribu con un relato sobre una cacería; o quizá fue una mujer
con un cuento que se inventó sobre las nubes y las estrellas para calmar el
miedo de un niño.
Allí empezó todo.
Para saber un poco más
Bibliografía, referencias curiosas y estudios olvidados
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Agradecimientos
Gracias en primer lugar a David Figueras, editor de
Planeta, por su interés en este libro. Su ilusión por el proyecto ha sido la
energía necesaria para dar término a estos relatos, o artículos, pues son
textos que andan a caballo, o a pie, entre uno y otro género. Gracias a mis
editoras Ángeles Aguilera y Puri Plaza por permitirme tener este affaire literario
con David. Gracias también a todo el equipo de la editorial Planeta.
No querría olvidarme tampoco de los ilustradores
Joan Miquel Bennasar y Josep Torres, cuyos magníficos dibujos acompañan tan
maravillosamente los diferentes episodios de este libro, ni de Alejandro
Colucci, autor de la cubierta.
Y un agradecimiento muy especial al periódico Las
Provincias, en donde todos estos textos tuvieron una primera vida impresa,
en versión más reducida pero que, sin duda, fue el germen perfecto para el
nacimiento de cada uno de los capítulos del libro. Les estoy particularmente
reconocido a los amigos que me presentaron a Julián Quirós, director de Las
Provincias, y, por supuesto, muy en particular a Julián Quirós mismo, pues
su propuesta de que escribiera con regularidad para el periódico y la libertad
que me concedió con relación al contenido me motivaron y, por qué no admitirlo,
me forzaron. Y es que sin la disciplina de tener que remitir un nuevo artículo
cada tres semanas al periódico nunca habría terminado este libro.
Y gracias, como siempre, a toda mi familia y mis
amigos, los puntales que le anclan a uno en la vida, en la realidad y en el
mundo. Sin ellos no somos nada. Sin ellos nada importa nada.
Notas:
[1] La
traducción de la carta de Dostoievski sigue la versión proporcionada por el
ITAM (Instituto Tecnológico Autónomo de México)
[2] Texto
literal de una carta que Franz envió a su amigo Max el 22 de julio de 1912.
[3] Frase
literal de la niña según cuenta su padre, editor de Bloomsbury.

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