© Libro N° 8723. El Demonio Y La Señorita Prym. Coelho, Paulo. Emancipación. Junio 12 de 2021.
Título
original: © El Demonio Y La Señorita
Prym. Paulo Coelho
Versión Original: © El Demonio Y La Señorita Prym. Paulo
Coelho
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
http://www.secst.cl/upfiles/documentos/19072016_1202am_578dc27cc60d9.pdf
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de Imagen original:
http://www.secst.cl/upfiles/documentos/19072016_1202am_578dc27cc60d9.pdf
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
SEÑORITA PRYM
Paulo Coelho
El Demonio Y La
Señorita Prym
Paulo Coelho
OH María, sin pecado concebida,
Rogad por nosotros, que a Vos recurrimos. Amén
Cierto personaje le preguntó: “Buen
Maestro, ¿Qué debo hacer para heredar
la vida eterna?” Y Jesús le respondió:
¿Por qué me llamas bueno? Únicamente
Dios es bueno.”
Lucas, 18,18-19
NOTA DEL AUTOR
La primera historia sobre la división nace en la
antigua Persia: El Dios del tiempo, después de haber creado el tiempo, después
de haber creado el universo, se da cuenta de la armonía que tiene a su
alrededor, pero siente que le falta algo muy importante: Una compañía con la
cual disfrutar de toda aquella belleza.
Durante mil años, reza para conseguir un hijo. La
historia no cuenta quién se lo pide, ya que él es todo poderoso, señor único y
supremo; a pesar de todo, reza y, al final, la deidad queda encinta.
Cuando comprende que ha conseguido lo que quería,
el Dios del tiempo se arrepiente, consciente de que el equilibrio de las cosas
es muy frágil. Pero ya es demasiado tarde: el hijo ya está en camino. Lo único
que consigue con su llanto es que la criatura que lleva en su vientre se divida
en dos.
Cuenta la leyenda que de la oración del Dios del
tiempo nace el Bien (Ormuz), y de su arrepentimiento nace el Mal (Ahriman) dos
hermanos gemelos.
Preocupado, hace lo posible para que Ormuz salga
primero de su vientre, controlando a su hermano, Ahriman, y evitando que cause
problemas en el universo. Pero el Mal, inteligente y espabilado da un empujón a
Ormuz en el momento del parto y es el primero en ver la luz de la estrellas.
El Dios del tiempo, desolado, decide crear aliados
para Ormuz y entonces crea la raza humana, que luchará con él para dominar a
Ahriman y evitar que se apodere del mundo.
En la leyenda persa, la raza humana nace como
aliada del Bien y, según la tradición, al final vencerá. Siglos después, surge
una versión opuesta, en la que el hombre es el instrumento del Mal.
Creo que todos ustedes ya saben de qué les estoy
hablando: un hombre y una mujer están en el jardín del paraíso, gozando de
todas las delicias inimaginables. Solo se les ha prohibido una cosa: La pareja
no puede conocer el significado de Bien y Mal. Dice el señor Todo poderoso: “No
comerás del árbol del Bien y del Mal” (Génesis, 2, 17).
Pero un buen día aparece la serpiente, que afirma
que este conocimiento es mas importante que el mismo Paraíso, y que ellos deben
poseerlo. La mujer se niega a ello, diciendo que Dios los ha amenazado de
muerte, pero la serpiente afirma que no les pasará nada, sino al contrario: el
día en que sepan lo que es el Bien y el Mal, serán iguales a Dios.
Eva, convencida, come fruta prohibida y da una
parte de ella a Adán. A partir de entonces, el equilibrio original del paraíso
queda destruido, y ambos son expulsados y maldecidos. Pero Dios pronuncia una
frase enigmática que da toda la razón a la serpiente: “Hete aquí que el hombre
se ha convertido en uno de nosotros, conocedores del Bien y del Mal”.
En este caso (al igual que en el del Dios del
tiempo, que reza pidiendo algo aunque sea el señor absoluto), la Biblia no
explica con quién está hablando el Dios único, y –si él es único- ¿Por qué dice
“en uno de nosotros”?
Sea como fuere, desde su orígenes, la raza humana
está condenada a lidiar con la eterna División entre dos polos opuestos. Y así
estamos nosotros, con las mismas dudas que nuestros antepasados; este libro
tiene como objetivo abordar este tema utilizando, en algunos momentos de su
trama, leyendas sobre este asunto, que han sido sembradas por los cuatro cantos
del mundo.
Con El Demonio y la señorita Prym concluyo la
trilogía Y al séptimo día... de la cual forman parte A orillas del río Piedra
me senté y lloré (1994) y Veronika decide morir (1998). Los tres libros hablan
de una semana en la vida de unas personas normales que, repentinamente, se ven
enfrentadas al amor, a la muerte y al poder. Siempre he creído que las
transformaciones mas profundas, tanto en el ser humana como el la sociedad,
tiene lugar en periodos de tiempo muy reducidos. Cuando menos lo esperamos, la vida
nos pone delante un desafío que pone a prueba nuestro coraje y nuestra voluntad
de cambio; en ese momento, no sirve de nada fingir que no pasa nada, ni
disculparnos diciendo que aún no estamos preparados.
El desafío nos espera. La vida no mira hacia atrás.
En una semana hay tiempo mas que suficiente para decidir si aceptamos o no
nuestro destino.
Buenos Aires, agosto de 2000.
Hacía casi quince años que la vieja Berta se
sentaba todos los días delante de su puerta. Los habitantes de Viscos sabían
que los ancianos suelen comportarse así: sueñan con el pasado y la juventud,
contemplan un mundo del que ya no forman parte, buscan temas de conversación
para hablar con los vecinos...
Pero Berta tenía un motivo para estar allí.
Y su espera terminó aquella mañana, cuando vio al
forastero subir por la escarpada cuesta y dirigirse lentamente en dirección al
único hotel de la aldea. No era tal como se lo había imaginado tantas veces;
sus ropas estaban gastadas por el uso, tenía el cabello más largo de lo normal
e iba sin afeitar. Pero llegaba con su acompañante: el Demonio.
"Mi marido tiene razón -se dijo a sí misma-.
Si yo no estuviera aquí, nadie se habría dado cuenta."
Era pésima para calcular edades, por eso estimó que
tendría entre cuarenta y cincuenta años. "Un joven", pensó,
utilizando ese baremo que sólo entienden los viejos. Se preguntó en silencio
por cuánto tiempo se quedaría pero no llegó a ninguna conclusión; quizás poco
tiempo, ya que sólo llevaba una pequeña mochila. Lo más probable era que sólo
se quedase una noche, antes de seguir adelante, hacia un destino que ella no
conocía ni le interesaba.
A pesar de ello, habían valido la pena todos los
años que pasó sentada a la puerta de su casa esperando su llegada, porque le
habían enseñado a contemplar la belleza de las montañas (nunca antes se había
fijado en ello, por el simple hecho de que había nacido allí, y estaba
acostumbrada al paisaje).
El hombre entró en el hotel, tal como era de
esperar. Berta consideró la posibilidad de hablar con el cura acerca de aquella
presencia indeseable, pero seguro que el sacerdote no le haría caso y pensaría
que eran manías de viejos.
Bien, ahora sólo faltaba esperar los
acontecimientos. Un demonio no necesita tiempo para causar estragos, igual que
las tempestades, los huracanes y las avalanchas que, en pocas horas, consiguen
destruir árboles que fueron plantados doscientos años antes. De repente, se dio
cuenta de que el simple conocimiento de que el Mal acababa de entrar en Viscos
no cambiaba en nada la situación; los demonios llegan y se van siempre, sin
que, necesariamente, nada se vea afectado por su presencia. Caminan por el mundo
constantemente, unas veces sólo para saber lo que está pasando, otras veces
para poner a prueba alguna alma, pero son inconstantes y cambian de objetivo
sin ninguna lógica, sólo los guía el placer de librar una batalla que valga la
pena.
Berta estaba convencida de que en Viscos no había
nada de interesante ni especial que pudiera atraer la atención de nadie por más
de un día, y mucho menos de un personaje tan importante y ocupado como un
mensajero de las tinieblas.
Intentó concentrarse en otra cosa, pero no podía
quitarse de la cabeza la imagen del forastero. El cielo, antes soleado, empezó
a cubrirse de nubes.
"Eso es normal en esta época del año -pensó-.
No tiene ninguna relación con la llegada del forastero, es pura
coincidencia."
Entonces oyó el lejano estrépito de un trueno,
seguido de otros tres. Por una parte, eso significaba que pronto llovería; por
otra, si decidía creer en las antiguas tradiciones del pueblo, podía
interpretar aquel sonido como la voz de un Dios airado que se quejaba de que
los hombres se habían vuelto indiferentes a Su presencia.
"Tal vez debería hacer algo. Al fin y al cabo,
acaba de llegar lo que yo estaba esperando."
Pasó unos minutos prestando atención a todo lo que
sucedía a su alrededor; las nubes seguían descendiendo sobre la ciudad, pero no
oyó ningún otro ruido. Como buena ex católica, no creía en tradiciones ni en
supersticiones, especialmente las de Viscos, que tenían sus raíces en la
antigua civilización celta que había poblado aquella zona en el pasado.
"Un trueno es un fenómeno de la naturaleza.
Si Dios quisiera hablar con los hombres, no
utilizaría unos medios tan indirectos."
Fue sólo pensar en ello y volver a oír el fragor de
un trueno, mucho más próximo. Berta se levantó, cogió su silla y entró en casa
antes de que empezara a llover, pero ahora tenía el corazón oprimido, con un
miedo que no conseguía definir.
"¿Qué debo hacer?"
Volvió a desear que el forastero partiera
inmediatamente; ya estaba demasiado vieja como para ayudarse a sí misma o a su
pueblo o, muchísimo menos, a Dios Todopoderoso, quien, en caso de necesitar
ayuda, a buen seguro hubiera elegido una persona más joven. Todo aquello no
pasaba de un delirio; a falta de nada mejor que hacer, su marido se inventaba
cosas que la ayudaran a matar el tiempo.
Pero había visto al Demonio; sí, no tenía la menor
duda de ello.
En carne y hueso, vestido de peregrino.
3
El hotel era, al mismo tiempo, tienda de productos
regionales, restaurante de comida típica y un bar donde los habitantes de
Viscos acostumbraban reunirse para discutir sobre las mismas cosas, como el
tiempo o la falta de interés de la juventud por la aldea. "Nueve meses de
invierno y tres de infierno", solían decir, refiriéndose al hecho de que
necesitaban hacer, en noventa días escasos, todas las faenas del campo:
labranza, abono, siembra, espera, cosecha, almacenaje del heno, esquilar las ovejas...
Todos los que residían allí sabían perfectamente
que se obstinaban en vivir en un mundo que ya había caducado. A pesar de ello,
no les resultaba fácil aceptar que formaban parte de la última generación de
los campesinos y pastores que habían poblado aquellas montañas desde hacía
siglos. Más pronto o más tarde llegarían las máquinas, el ganado sería criado
lejos de allí, con piensos especiales, y tal vez venderían la aldea a una gran
empresa, con sede en el extranjero, que la convertiría en una estación de esquí.
Esto ya había sucedido en otras poblaciones de la
comarca, pero Viscos se resistía a ello, porque tenía una deuda con su pasado,
con la fuerte tradición de los ancestros que habían habitado aquella zona en la
antigüedad y que les habían enseñado la importancia de luchar hasta el último
momento.
El forastero leyó cuidadosamente la ficha de
inscripción del hotel, mientras decidía cómo la iba a rellenar. Por su acento,
sabrían que procedía de algún país de Sudamérica, y decidió que ese país sería
Argentina, porque le encantaba su selección de fútbol. También pedían el
domicilio, y el hombre escribió calle Colombia porque tenía entendido que los
sudamericanos suelen homenajearse recíprocamente dando nombres de países
vecinos a las avenidas importantes. Como nombre de pila, eligió el de un famoso
terrorista del siglo pasado.
En menos de dos horas, los doscientos ochenta y un
habitantes de Viscos ya sabían que acababa de llegar al pueblo un extranjero
llamado Carlos, nacido en Argentina, que vivía en la bonita calle de Colombia,
en Buenos Aires. Esa es la ventaja de las comunidades muy pequeñas: no es
necesario hacer ningún esfuerzo para que en muy poco tiempo se sepa tu vida y
milagros.
Y ésa, por cierto, era la intención del recién
llegado.
Subió a la habitación y vació su mochila: había
traído algo de ropa, una maquinilla de afeitar, un par de zapatos de repuesto,
un grueso cuaderno donde hacía sus anotaciones y once lingotes de oro que
pesaban dos kilos cada uno. Exhausto por la tensión, la subida y el peso que
cargaba, se durmió inmediatamente, no sin antes atracar la puerta con una silla
a pesar de saber que podía confiar plenamente en todos y cada uno de los
habitantes de Viscos.
Al día siguiente, desayunó, dejó la ropa sucia en
la recepción del hotelito para que se la lavaran, volvió a colocar los lingotes
en la mochila y salió en dirección a la montaña situada al este de la aldea.
Por el camino, sólo vio a una vecina de la población: una vieja que estaba
sentada delante de la puerta de su casa, y que lo observaba con curiosidad.
Se internó en el bosque, y esperó a que sus oídos
se acostumbraran al murmullo de los insectos, los pájaros y el viento que batía
en las ramas sin hojas; sabía perfectamente que en un lugar como aquél, lo
podían observar sin que él lo notara, y estuvo sin hacer nada durante una hora.
Cuando tuvo la certeza de que cualquier observador
eventual ya se habría cansado y se habría ido sin ninguna novedad que contar,
cavó un agujero cerca de una formación rocosa en forma de Y, y allí escondió
uno de los lingotes. Subió un poco más, y estuvo otra hora sin hacer nada;
mientras simulaba contemplar la naturaleza en profunda meditación, descubrió
otra formación rocosa -ésta en forma de águila- y allí cavó un segundo agujero,
donde colocó los diez lingotes de oro restantes.
La primera persona que vio, en el camino de vuelta
al pueblo, fue una chica sentada a la vera de uno de los muchos torrentes de la
comarca formados por el deshielo de los glaciares. Ella levantó los ojos del
libro que estaba leyendo, advirtió su presencia y retomó la lectura, su madre
le habría enseñado que jamás se debe dirigir la palabra a un forastero.
Pero los extranjeros, cuando llegan a una ciudad
nueva, tienen todo el derecho a intentar entablar amistad con desconocidos, y
el hombre se aproximó a ella.
-Hola -le dijo-. Hace mucho calor para esta época
del año. Ella asintió con la cabeza. El extranjero insistió: - Me gustaría
enseñarte algo.
Ella, muy educadamente, dejó el libro a un lado, le
dio la mano y se presentó. -Me llamo Chantal, hago el turno de noche en el bar
del hotel donde te hospedas, y ayer me extrañó que no bajaras a cenar, piensa
que los hoteles no sólo ganan dinero por el alquiler de las habitaciones, sino
por todo lo que consumen los huéspedes. Tu nombre es Carlos, eres argentino y
vives en una calle que se llama Colombia; ya lo sabe todo el pueblo, porque un
hombre que llega aquí, fuera de la temporada de caza, es siempre objeto de
curiosidad. Un hombre de unos cincuenta años, cabello gris, mirada de haber
vivi do mucho...
»Por lo que respecta a tu invitación de enseñarme
algo, muchas gracias, pero conozco el paisaje de Viscos desde todos los ángulos
posibles e imaginables; tal vez sería mejor que fuera yo quien te enseñara
lugares que no has visto nunca, pero supongo que estarás muy ocupado.
-Tengo cincuenta y dos años, no me llamo Carlos y
todos los datos del registro son falsos.
Chantal no sabía qué decir. El forastero continuó
hablando: -No es Viscos lo que te quiero enseñar, sino algo que no has visto
nunca.
4
Ella había leído muchas historias de chicas que
siguieron a un desconocido hasta el corazón del bosque y desaparecieron sin
dejar rastro. Por un instante, sintió miedo; pero el miedo fue sustituido
inmediatamente por una sensación de aventura, al fin y al cabo, aquel hombre no
se atrevería a hacerle ningún daño, puesto que acababa de decirle que todo el
pueblo estaba enterado de su presencia, a pesar de que los datos del registro
no correspondieran a la realidad.
-¿Quién eres? -le preguntó-. Si lo que me has dicho
es cierto, ¿acaso no sabes que podría denunciarte a la policía por falsificar
tu identidad?
-Prometo responder a todas tus preguntas, pero
antes tienes que venir conmigo porque quiero mostrarte algo. Está a cinco
minutos de camino.
Chantal cerró el libro, respiró profundamente y
rezó una oración para sus adentros, mientras su corazón se henchía de una
mezcla de excitación y miedo. Después se levantó y acompañó al extranjero,
convencida de que se trataba de una nueva frustración en su vida, que siempre
empezaba con un encuentro lleno de promesas para luego revelarse como otro
sueño de amor imposible.
El hombre se acercó a la roca en forma de Y, le
mostró la tierra recién removida y le pidió que sacara lo que había enterrado
allí.
-Me ensuciaré las manos -dijo Chantal-. Y la ropa.
El hombre cogió una rama, la partió y se la dio
para que cavara la tierra. A ella le extrañó su comportamiento pero hizo lo que
le pedía.
Al cabo de cinco minutos, Chantal tenía delante de
sus ojos un lingote dorado y sucio.
-Parece oro -dijo.
-Es oro. Y es mío. Vuelve a cubrirlo de tierra, por
favor.
Ella le obedeció. El hombre la llevó al otro
escondrijo. Ella volvió a cavar y, esta vez, quedó muy sorprendida por la
cantidad de oro que tenía delante de sus ojos.
-También es oro. Y también es mío -le dijo el
extranjero.
Chantal estaba a punto de volver a enterrar el oro,
cuando él le pidió que dejara el agujero tal como estaba.
Se sentó en una piedra, encendió un cigarrillo, y
se puso a contemplar el horizonte.
-¿Por qué me lo has enseñado?
Él no dijo nada.
-Quién eres? ¿Qué haces aquí? ¿por qué me has
enseñado esto, sabiendo que puedo contar a todo el pueblo lo que hay escondido
en esta montaña?
-Demasiadas preguntas al mismo tiempo- respondió el
extranjero, manteniendo los ojos fijos en la montaña, como si ignorase su
presencia allí-. Por lo que respecta a contárselo a todo el pueblo, eso es
precisamente lo que deseo.
Me prometiste que, si te acompañaba, responderías a
todas mis preguntas.
-En primer lugar, nunca creas en promesas. El mundo
está lleno de ellas: riqueza, salvación eterna, amor infinito. Algunas personas
se consideran capaces de prometer de todo, otras aceptan cualquier cosa que les
garantice días mejores y ése, según creo, es tu caso. Los que prometen y no
cumplen acaban sintiéndose impotentes y frustrados, tal como les sucede a los
que se aferran a las promesas.
Estaba complicando las cosas; le hablaba de su
propia vida, de la noche que cambió su destino, de las mentiras que se vio
obligado a creer porque le resultaba imposible aceptar la realidad. Debería
utilizar el mismo lenguaje que la chica, palabras que ella pudiera comprender.
Pero Chantal lo entendía casi todo. Como todo
hombre mayor, sólo pensaba en el sexo con las personas más jóvenes. Como todo
ser humano, creía que el dinero puede comprar cualquier cosa. Como todo
extranjero, estaba convencido de que las chicas de pueblo son lo bastante
tontas como para aceptar cualquier proposición, real o imaginaria, que
signifique una remota posibilidad de largarse de su aldea.
No era el primero, ni -desgraciadamente- tampoco
sería el último que intentaba seducirla de una manera tan grosera. Lo que la
dejaba confusa era la cantidad de oro que le estaba ofreciendo; jamás pensó
valer tanto, y aquello le agradaba pero, al mismo tiempo, le causaba pánico.
-Ya soy mayorcita para creer en promesas –le
respondió, intentando ganar tiempo.
-Pero siempre las has creído, y sigues creyéndolas.
-Te equivocas; sé que vivo en el Paraíso, he leído
la Biblia y no pienso cometer el mismo error que Eva, que no se conformó con lo
que tenía.
Por supuesto, eso no era cierto, y a la chica
empezaba a preocuparle la posibilidad de que el extranjero perdiera el interés
y se marchara. En realidad, ella misma había tejido la telaraña al provocar un
encuentro en el bosque, se había situado en un lugar estratégico por donde él
pasaría forzosamente en su camino de vuelta, de manera que tendría alguien con
quien charlar, quizás surgiría una promesa y, durante algunos días, ella
soñaría con un nuevo amor y un viaje sin retorno más allá del valle donde había
nacido.
Su corazón estaba lleno de heridas, había dejado
escapar muchas oportunidades pensando que aún no había llegado la persona
adecuada, pero ahora sentía que el tiempo transcurría más de prisa de lo que
había imaginado y estaba dispuesta a abandonar Viscos con el primer hombre que
la quisiera llevar, aunque no sintiera nada por él.
Con toda certeza, aprendería a amarlo; el amor
también es cuestión de tiempo.
5
-Eso es precisamente lo que quiero averiguar: si
vivimos en un paraíso o en un infierno. –El hombre interrumpió sus
pensamientos.
Estaba cayendo en la trampa que le había preparado.
-En el paraíso. Pero quien vive durante mucho
tiempo en un lugar perfecto, termina por aborrecerlo.
Había lanzado el primer anzuelo. Le había dicho, en
otras palabras: "Estoy libre y disponible." La siguiente
pregunta del hombre debería ser: "¿como
tú?"
-¿Como tú? -quiso saber el extranjero.
Debía ser muy prudente, si se acercaba a la fuente
con mucha sed, el hombre podía asustarse.
-No lo sé. Algunas veces siento que sí, otras, creo
que mi destino está aquí, y que no sabría vivir lejos de Viscos.
Siguiente paso: fingir indiferencia.
-Bien, puesto que no me quieres contar nada al
respecto del oro que me enseñaste, te agradezco el paseo y vuelvo a mi río y mi
libro. Gracias.
-¡Espera!
El hombre había mordido el anzuelo.
-Por supuesto que pienso contarte el porqué del
oro; de lo contrario, no te habría traído hasta aquí.
Sexo, dinero, poder, promesas. Pero Chantal adoptó
el aire de quien está esperando una revelación sorprendente; a los hombres les
produce un extraño placer sentirse superiores, no se dan cuenta de que, la
mayoría de las veces, se comportan de una manera absolutamente previsible.
-Debes tener una gran experiencia en la vida; a
buen seguro que podrás enseñarme muchas cosas.
Eso. Aflojar ligeramente la cuerda, adular un poco
para no asustar a la presa es una regla muy importante.
-Pero tienes un hábito pésimo: en lugar de
responder a una simple pregunta, sueltas unos sermones larguísimos sobre
promesas o el comportamiento que debemos adoptar en la vida. Me encantará
quedarme aquí, siempre que respondas a las preguntas que te hice de buen
principio: ¿quién eres? Y ¿qué haces aquí?
El extranjero desvió los ojos de las montañas y
miró a la chica que tenía delante. Durante muchos años había trabajado con todo
tipo de personas y sabía -con certeza casi absoluta- lo que ella estaba
pensando. Seguro que pensaba que le había enseñado el oro para impresionarla
con su riqueza, de la misma manera que ahora ella intentaba impresionarlo con
su juventud e indiferencia.
-¿Quién soy yo? Bueno, digamos que soy un hombre
que ya hace algún tiempo que busca una determinada verdad; que averigüé la
teoría pero nunca la llevé a la práctica.
-¿Qué verdad?
-Sobre la naturaleza del ser humano. Averigüé que,
si tenemos la oportunidad de caer en la tentación, terminamos por caer en ella.
Dependiendo de las condiciones, todos los seres
humanos de la tierra estamos dispuestos a hacer el mal.
-Creo que...
-No se trata de lo que creas tú ni de lo que crea
yo, ni tampoco de lo que queramos creer, sino de averiguar si mi teoría está en
lo cierto.
¿Quieres saber quién soy? Soy un industrial muy
rico, muy famoso, que tuvo a sus órdenes a millares de empleados, que fue
agresivo cuando era preciso y bueno cuando era necesario.
»Alguien que ha tenido vivencias que muchas
personas ni siquiera imaginan que puedan existir y que, más allá de los
límites, buscó tanto el placer como el conocimiento. Un hombre que conoció el
paraíso cuando se consideraba prisionero de la rutina y de la familia, y que
conoció el infierno cuando pudo gozar del paraíso y de la libertad total. Eso
es lo que soy, un hombre que ha sido bueno y malo durante toda su vida, tal vez
la persona más preparada para responder a mi pregunta sobre la esencia del ser humano,
y por eso estoy aquí. Y sé perfectamente lo que vas a preguntarme ahora.
Chantal sintió que perdía terreno y debía
recuperarlo rápidamente.
-¿Crees que voy a preguntarte por qué me has
enseñado el oro? Pues, en realidad, lo que deseo saber es por qué un industrial
rico y famoso ha venido a Viscos en busca de una respuesta que puede hallar en
los libros, las universidades o, simplemente, contratando a algún filósofo
ilustre.
El extranjero quedó muy complacido por la sagacidad
de la chica. ¡Perfecto! Había elegido a la persona adecuada, como siempre.
-Vine a Viscos porque concebí un plan. Hace mucho
tiempo asistí a la representación teatral de una obra de un autor llamado
Dürrenmatt, supongo que lo conoces...
El comentario era una provocación; era evidente que
aquella chica jamás había oído hablar de Dürrenmatt, pero adoptaría un aire
indiferente, como si supiera de lo que se trataba. –
Sigue -dijo Chantal, fingiendo indiferencia.
-Me alegro de que lo conozcas, pero permíteme que
te recuerde de cuál de sus obras te estoy hablando -el hombre midió bien sus
palabras, de manera que el comentario no sonara exageradamente cínico, pero con
la firmeza de quien sabía que ella estaba mintiendo-. Una vieja dama vuelve a
su ciudad natal, convertida en una mujer muy rica, sólo para humillar y
destruir al hombre que la había rechazado de joven. Toda su vida, su
matrimonio, su éxito financiero habían sido motivados por el deseo de vengarse
de su primer amor.
»Entonces concebí mi propio juego: ir a un lugar
apartado del mundo, donde todos contemplan la vida con alegría, paz y
compasión, y ver si consigo que infrinjan algunos de los mandamientos de la ley
de Dios.
6
Chantal desvió la mirada y fijó los ojos en las
montañas. Era consciente de que el extranjero se había dado cuenta de que no
conocía a ese escritor y ahora temía que le preguntara cuáles eran los
mandamientos; nunca había sido muy religiosa, y no tenía la menor idea.
-En este pueblo, todos son honestos, empezando por
ti -continuó diciendo el extranjero-. Te enseñé un lingote de oro que te daría
la independencia necesaria para marcharte, correr mundo, realizar todos los
sueños de las chicas que viven en pueblos pequeños y aislados. Se quedará aquí;
aunque sepas que es mío podrías robarlo, si quisieras, pero entonces
infringirías uno de los mandamientos: "No robarás."
La chica miró al extranjero.
-Por lo que respecta a los diez lingotes restantes,
serían suficientes para que ninguno de los habitantes del lugar tuviera que
volver a trabajar en su vida -continuó diciendo-. Te pedí que no los cubrieras
de tierra porque voy a trasladarlos a un escondite que sólo yo conoceré.
Cuando vuelvas al pueblo, quiero que digas que los
has visto, y que estoy dispuesto a entregarlos a los habitantes de Viscos si
hacen una cosa que jamás han imaginado.
-¿Por ejemplo?
-No se trata de un ejemplo, sino de algo concreto:
quiero que infrinjan el mandamiento de "no matarás." -¡¿Cómo?!
La pregunta le había surgido casi como un grito.
-Lo que acabas de oír. Quiero que cometan un
crimen.
El extranjero notó que el cuerpo de la chica se
había quedado rígido, y que podía marcharse en cualquier momento, sin escuchar
el resto de la historia. Era necesario contarle rápidamente todo su plan.
-Les doy una semana de plazo. Si al final de estos
siete días, alguien aparece muerto en la aldea, puede ser un viejo inútil, un
enfermo terminal o un deficiente mental que sólo da trabajo, no importa quién
sea la víctima, este dinero será de sus habitantes y yo llegaré a la conclusión
de que todos somos malos. Si tú robas el lingote de oro, pero la gente del
pueblo se resiste a la tentación o viceversa, llegaré a la conclusión de que
hay buenos y malos, cosa que me planteará un problema muy serio, porque eso
significa que hay una lucha en el plano espiritual, que puede ser ganada por
cualquiera de los dos bandos. ¿Crees en Dios, en planos espirituales o en
luchas entre ángeles y demonios?
La chica no dijo nada y, esta vez, el hombre se dio
cuenta de que se lo había preguntado en un momento inoportuno y que se
arriesgaba a que ella, simplemente, le diera la espalda y no le dejara terminar
su historia. Era mejor dejarse de ironías e ir directamente al grano.
-Si, finalmente, abandono el pueblo con mis once
lingotes, se habrá demostrado que todo aquello en lo que creía era mentira.
Moriré con la respuesta que no me gustaría obtener, porque la vida me
resultaría más aceptable si estuviera en lo cierto y el mundo fuera malo.
»Aunque mi sufrimiento siga siendo el mismo, si
todos sufren, el dolor es más llevadero. Si sólo algunos son condenados a
enfrentarse a grandes tragedias, es que debe de haber un error muy grande en la
Creación.
Chantal tenía los ojos llenos de lágrimas. A pesar
de ello, encontró fuerzas suficientes para controlarse:
-¿Por qué lo haces? ¿Por qué en mi aldea?
-No se trata de ti ni de tu aldea, yo sólo pienso
en mí: la historia de un hombre es la historia de todos los hombres. Quiero
saber si somos buenos o malos. Si somos buenos, Dios es justo, y me perdonará
por todo lo que hice, por el mal que deseé a los que intentaron destruirme, por
las decisiones equivocadas que tomé en los momentos más importantes, por la
proposición que acabo de hacerte, porque fue Él quien me empujó hacia el lado
oscuro.
»Si somos malos, entonces todo está permitido,
nunca tomé una decisión equivocada, estamos condenados de buen principio y poco
importa lo que hagamos en esta vida, pues la redención está más allá de los
pensamientos y de los actos del ser humano.
Antes de que Chantal pudiera irse, añadió:
-Puedes decidir no colaborar conmigo. En ese caso,
yo mismo diré a todos que te di la oportunidad de ayudarlos y te negaste, y yo
mismo les haré la proposición. 'Si deciden matar a alguien, es muy probable que
tú seas la víctima.
Los habitantes de Viscos se familiarizaron en
seguida con la rutina del extranjero: se levantaba temprano, tomaba un desayuno
copioso y salía a caminar por las montañas, a pesar de la lluvia incesante que
empezó a caer al segundo día de su estancia en el pueblo y que pronto se
convirtió en una densa nevada que raramente amainaba. Jamás almorzaba; solía
volver al hotel a primera hora de la tarde, se encerraba en su cuarto y todos
suponían que dormía la siesta.
Cuando anochecía, volvía a sus paseos, esta vez por
los alrededores del pueblo. Siempre era el primero en llegar al restaurante,
sabía pedir los platos más refinados, no se dejaba engañar por el precio,
siempre elegía el mejor vino, que no era necesariamente el más caro, fumaba un
cigarrillo y después se acercaba al bar, en donde empezó a entablar amistad con
los clientes habituales.
Le gustaba escuchar las historias de la comarca, de
las generaciones que habían habitado Viscos (había quien afirmaba que en el
pasado había sido una ciudad mucho más grande, como lo demostraban algunas
ruinas de casas que había al final de las tres calles existentes en la
actualidad), las costumbres y supersticiones que formaban parte de la vida de
la gente del campo, de las nuevas técnicas de agricultura y pastoreo.
7
Cuando le llegaba el turno de hablar de sí mismo
contaba algunas historias contradictorias; unas veces decía que había sido
marinero, otras se refería a las grandes industrias de armamento que había
dirigido o bien hablaba de la época en que lo había dejado todo para recluirse
durante una temporada en un monasterio en busca de Dios.
La gente, en cuanto salía del bar, discutía sobre
si decía la verdad o mentía. El alcalde pensaba que un hombre puede ser muchas
cosas en la vida, aunque los habitantes de Viscos ya conocían su destino desde
la infancia; el cura era de otra opinión, él creía que el recién llegado era un
hombre perdido, confuso, que intentaba encontrarse a sí mismo.
La única cosa que sabían a ciencia cierta era que
sólo se quedaría siete días; la dueña del hotel había contado que lo había oído
telefonear al aeropuerto de la capital para confirmar un vuelo, curiosamente
para África en lugar de Sudamérica. Después de esa llamada, sacó un fajo de
billetes de su bolsillo para pagar todo el alquiler de la habitación y las
comidas hechas y por hacer, a pesar de que ella le dijo que confiaba en él.
Como el extranjero insistía, la mujer sugirió que utilizara la tarjeta de crédito,
como suelen hacer la mayoría de los huéspedes; de esa forma, tendría dinero
para cualquier emergencia que pudiera presentársele durante el resto de su
viaje. Quiso añadir "quizás en África no acepten tarjetas de
crédito", pero no hubiera sido muy delicado demostrar que había escuchado
su conversación ni afirmar que hay continentes más avanzados que otros.
El extranjero le agradeció su preocupación pero,
muy educadamente, se negó.
Durante las tres noches siguientes pagó -también
con dinero contante y sonante- una ronda de bebidas para todos. Era algo que
nunca había sucedido en Viscos, de modo que muy pronto se olvidaron de las
contradicciones de sus historias y pasaron a ver en él a un amigo generoso, sin
prejuicios, dispuesto a tratar a los campesinos como si fueran iguales a los
hombres y las mujeres de las grandes ciudades.
Durante aquellos días, sus discusiones habían
cambiado: cuando cerraban el bar, algunos de los rezagados daban la razón al
alcalde, diciendo que el recién llegado era un hombre experimentado, capaz de
entender el valor de una buena amistad; otros creían que el cura estaba en lo
cierto, ya que éste conocía mejor el alma humana, y que se trataba de un hombre
solitario en busca de nuevos amigos o de una nueva visión de la vida. Fuera
como fuese, era una persona agradable, y los habitantes de Viscos estaban convencidos
de que lo echarían de menos cuando se marchara, el lunes siguiente.
Además, también era una persona discretísima, y
todos lo habían notado por un detalle muy importante; los viajeros, sobre todo
cuando llegaban solos, siempre intentaban entablar conversación con Chantal
Prym, la camarera del bar, quizás con la esperanza de un romance efímero, o
algo así. Pero ese hombre sólo se dirigía a ella para pedir bebidas y jamás
había dedicado miradas seductoras ni libidinosas a la joven.
Durante las tres noches que siguieron al encuentro
en el río, Chantal apenas si pudo dormir. La tormenta - que iba y venía-
sacudía las persianas metálicas, produciendo un ruido pavoroso. Se despertaba a
menudo, bañada en sudor, a pesar de que tenía la calefacción apagada durante la
noche a causa del precio de la electricidad.
La primera noche se encontró con la presencia del
Bien. Entre una pesadilla y otra -que no conseguía recordar- rezaba y pedía a
Dios que la ayudase. En ningún momento se le pasó por la cabeza contar lo que
había escuchado y convertirse en la mensajera del pecado y de la muerte.
En un momento dado, consideró que Dios estaba
demasiado lejos para oírla y empezó a rezar a su abuela, muerta desde hacía
algún tiempo, y que era quien la había criado, ya que su madre murió de parto.
Se aferraba con todas sus fuerzas a la idea de que el Mal ya había pasado por
allí una vez y que se había ido para siempre.
A pesar de todos sus problemas personales, Chantal
sabía que vivía en un pueblo de hombres y mujeres honestos, cumplidores de sus
deberes, personas que caminaban con la cabeza bien alta y eran respetadas en
toda la comarca. Pero no siempre había sido así: durante más de dos siglos,
Viscos había cobijado lo peor del género humano, y todos lo aceptaban con
naturalidad, diciendo que era a causa de la maldición que habían lanzado los
celtas cuando fueron derrotados por los romanos.
Hasta que el silencio y el coraje de un solo hombre
-alguien que no creía en maldiciones sino en bendiciones-había redimido a su
pueblo.
Chantal oía el ruido que producían las persianas
metálicas al golpear los muros, y recordaba la voz de su abuela cuando le
contaba lo que había sucedido:
"Hace muchos años, un ermitaño -que más tarde
fue conocido como San Sabino- vivía en una cueva de esta comarca. En aquella
época, Viscos era un puesto de frontera, en donde vivían bandidos prófugos de
la justicia, contrabandistas, prostitutas, aventureros en busca de cómplices,
asesinos que descansaban entre un crimen y otro...
El peor de todos, un árabe llamado Ahab, controlaba
el pueblo y sus alrededores, y extorsionaba a los agricultores, quienes, a
pesar de todo, insistían en vivir de una manera digna.
»Un día, San Sabino salió de su cueva, se dirigió a
la casa de Ahab y le pidió permiso para pasar la noche allí. Ahab se echó a
reír:
»-¿Acaso no sabes que soy un asesino, que ya
degollé a algunas personas en mi tierra, y que tu vida no tiene ningún valor
para mí?
8
»-Lo sé -respondió Sabino-. Pero ya estoy harto de
vivir en la cueva. Me gustaría pasar una noche aquí, al menos una.
»Ahab conocía la fama del santo, que era tan grande
como la suya, y eso lo incomodaba, porque no le gustaba compartir su gloria con
alguien tan frágil. De modo que decidió matarlo aquella misma noche, para
demostrar a todos quién era el único y verdadero dueño del territorio.
»Conversaron durante un rato. Ahab quedó
impresionado por las palabras del santo, pero era un hombre desconfiado, y ya
no creía en el Bien.
Indicó
un lugar donde
Sabino podía echarse
a dormir, y
empezó a afilar
su daga, amenazadoramente.
Sabino, después de observarlo durante unos
instantes, cerró los ojos y se durmió.
»Ahab se pasó la noche entera afilando la daga.
A la mañana siguiente, cuando Sabino se despertó,
lo encontró a su lado, llorando desconsoladamente.
»-No has tenido miedo de mí, ni me has juzgado.
Por primera vez, alguien ha pasado la noche a mi
lado confiando en que yo podía ser un hombre bueno, capaz de ofrecer refugio a
quien lo necesita. Porque tú has creído que podía obrar bien, he obrado bien.
»A partir de entonces, Ahab abandonó su vida
delictiva, y empezó a transformar la comarca. Fue entonces cuando Viscos dejó
de ser un puesto fronterizo, plagado de marginales, para convertirse en una
ciudad próspera entre dos países."
"Sí, eso es."
Chantal se echó a llorar, agradeciéndole a su
abuela que le hubiera recordado aquella historia.
Su pueblo era bueno, podía confiar en él. Mientras
intentaba dormirse de nuevo, llegó a coquetear con la idea de contarles la
proposición del extranjero, sólo para ver su cara de espanto al ser expulsado
por los habitantes de Viscos.
Al día siguiente se sorprendió al verlo salir del
fondo del restaurante, dirigirse al bar/recepción/ tienda de productos típicos
y entablar conversación con las personas que se encontraban allí, igual que
cualquier turista, fingiendo interesarse por cosas absolutamente triviales,
como la manera de esquilar las ovejas o el método empleado para ahumar la
carne. Los habitantes de Viscos creían que el extranjero se sentía fascinado
por la vida tan saludable y natural que llevaban, de modo que repetían, cada
vez más extensamente, las mismas historias sobre lo bueno que es vivir lejos de
la civilización moderna, a pesar de que a ellos, en lo más hondo de su corazón,
les encantaría estar muy lejos de allí, entre coches que contaminan la
atmósfera, en barrios donde no se puede caminar con seguridad, simplemente
porque las grandes ciudades ejercen una fascinación absoluta sobre la gente del
campo.
Pero siempre que aparecía un visitante, demostraban
con sus palabras, sólo con sus palabras, la alegría de vivir en un paraíso
perdido, intentando convencerse a sí mismos del milagro que representaba haber
nacido allí, olvidando que, hasta ese momento, ninguno de los huéspedes del
hotel había decidido dejarlo todo atrás para instalarse en Viscos.
La noche fue bastante animada, excepto cuando el
extranjero hizo un comentario que no debería haber hecho.
-Sus niños están muy bien educados. Al contrario de
otros sitios en donde he estado, nunca los he oído gritar por la mañana.
Después de un silencio desagradable -en Viscos no
había niños-, alguien se acordó de preguntarle si le había gustado el plato
típico que acababa de comer, y la conversación prosiguió a un ritmo normal,
girando siempre en torno a las maravillas del campo y a los defectos de la gran
ciudad.
A medida que pasaba el tiempo, Chantal se iba
poniendo más nerviosa, temiendo que le pidiera que contase su encuentro en el
bosque. Pero el extranjero ni siquiera la miraba, y sólo le dirigió la palabra
una vez, cuando le pidió –y pagó en billetes- una ronda de bebidas para todos
los presentes.
Así que los clientes se marcharon y el extranjero
subió a su habitación, ella se quitó el delantal, encendió un cigarrillo de un
paquete que alguien había olvidado en una mesa, y dijo a la dueña del hotel que
limpiaría a la mañana siguiente, porque estaba exhausta, ya que no había
dormido bien la noche anterior. La dueña estuvo de acuerdo, Chantal cogió su
abrigo y salió al frío aire nocturno.
Tenía apenas dos minutos de camino hasta su casa y,
mientras dejaba que la lluvia cayera en su rostro, pensaba que tal vez se
trataba de una tontería, de una idea macabra que había tenido el extranjero
para llamar su atención.
Pero entonces recordó el oro: lo había visto con
sus propios ojos.
Tal vez no fuera oro. Pero estaba demasiado cansada
para pensar, y -tan pronto llegó a su cuarto- se quitó la ropa y se metió
debajo de las mantas.
En la segunda noche, Chantal se encontró con la
presencia del Bien y del Mal. Cayó en un sueño profundo, pero se despertó en
menos de una hora.
Fuera, todo estaba en silencio; el viento no
golpeaba las persianas metálicas y no se oían gritos de animales nocturnos; no
había nada, absolutamente nada, que indicase que aún seguía en el mundo de los
vivos.
Fue hasta la ventana y contempló la calle desierta,
la lluvia fina que caía, la neblina iluminada por la tenue luz del rótulo del
hotel, lo cual daba al pueblo un aspecto aún más siniestro. Ella conocía bien
ese silencio de pueblo del interior, que no significa en absoluto paz y
tranquilidad, sino la ausencia total de novedades que comentar.
9
Miró en dirección a las montañas; no podía verlas,
porque las nubes estaban muy bajas, pero sabía que en algún lugar había un
lingote de oro escondido. Mejor dicho: había una cosa amarilla, en forma de
ladrillo, que un extranjero había dejado allí. El hombre le había enseñado su
localización exacta, casi como si le pidiera que desenterrase el metal y se
quedara con él.
Se metió en la cama, se revolvió a un lado y a
otro, se levantó de nuevo y fue al baño. Examinó su cuerpo desnudo, temió que
pronto dejara de resultar atractivo, y volvió a la cama. Se arrepintió de no
haberse quedado con el paquete de cigarrillos olvidado en una mesa, pero sabía
que su dueño volvería a buscarlo, y no deseaba que desconfiaran de ella. Viscos
era así: un paquete medio vacío tenía un dueño, si encontraban un botón de
algún abrigo, era necesario guardarlo hasta que alguien volviera para reclamarlo,
debían devolver el cambio exacto, no les estaba permitido redondear la cuenta.
¡Maldito pueblo, donde todo era previsible, organizado, digno de confianza!
Como vio que no conseguiría dormir, volvió a rezar
y a pensar en su abuela, pero su pensamiento se había detenido en una escena:
el agujero abierto, el metal sucio de tierra, la rama que sujetaba su mano,
como el bastón de una peregrina a punto de marcha. Se adormeció y despertó
varias veces, pero fuera todo continuaba en silencio y la misma escena se
repetía sin cesar dentro de su cabeza.
Tan pronto como percibió que la primera claridad de
la mañana entraba por la ventana, se vistió y salió.
A pesar de que vivía en un pueblo donde la gente se
levantaba al salir el sol, aún era demasiado temprano. Caminó por la calle
vacía, mirando atrás varias veces, para asegurarse de que el extranjero no la
estaba siguiendo, pero la niebla no le dejaba ver más allá de algunos pocos
metros. Se detenía de vez en cuando, intentando escuchar pasos, pero sólo oía
los latidos descompasados de su corazón.
Se internó en el bosque, fue hasta la formación
rocosa en forma de “Y” -algo que siempre la ponía nerviosa, ya que parecía que
las rocas podían desprenderse en cualquier momento-, cogió la misma rama que
había dejado allí la noche anterior, cavó exactamente en el mismo lugar que le
había indicado el extranjero, introdujo la mano en el agujero y retiró el
lingote en forma de ladrillo. Algo le llamó la atención: el silencio se
mantenía en pleno bosque, como si allí hubiera alguna presencia extraña que asustaba
a los animales e impedía el movimiento de las hojas.
Le sorprendió el peso del metal que tenía en las
manos. Lo limpió y notó unas marcas impresas, se fijó en los dos sellos y en
una serie de números grabados, intentó descifrarlos pero no pudo.
¿Cuánto dinero representaba aquello? No sabía la
cantidad exacta, pero -tal como había dicho el extranjero-debía de ser lo
suficiente para no tener que preocuparse nunca más por ganar ni un solo céntimo
durante el resto de su vida. Tenía su sueño en las manos, lo que siempre había
soñado y que un milagro había puesto a su alcance. Allí delante tenía la
oportunidad de liberarse de todos los días y noches iguales de Viscos, de las
eternas idas y venidas al hotel donde trabajaba desde la mayoría de edad, de las
visitas anuales de todos los amigos y amigas que se habían marchado porque sus
familias los enviaron a estudiar lejos para que llegaran a ser algo en la vida,
de todas las ausencias a que ya se había acostumbrado, de los hombres que
llegaban con un sinfín de promesas y se iban al día siguiente sin decirle
adiós, de todas las despedidas y no-despedidas a las cuales ya se había
habituado.
Aquel momento, en aquel bosque, era el más
importante de toda su existencia.
La vida había sido muy injusta con ella; hija de
padre desconocido, su madre murió al dar a luz y la dejó con un pesado fardo de
culpa a sus espaldas; abuela campesina, que se ganaba el sustento cosiendo,
ahorrando cada céntimo para que su nieta pudiese, al menos, aprender a leer y
escribir. Chantal había tenido muchos sueños: creyó que podría superar todos
los obstáculos, encontrar marido y empleo en una gran ciudad, ser descubierta
por algún cazatalentos que iría hasta aquel lugar tan apartado para descansar
un poco, hacer carrera en el teatro, escribir un libro que sería un gran éxito,
oír los gritos de los fotógrafos implorándole una pose, pisar las alfombras
rojas de la vida.
Cada día era un día de espera. Cada noche era una
noche en que podía aparecer alguien que la valorase tal como se merecía. Cada
hombre que pasaba por su cama era la esperanza de marcharse al día siguiente y
no volver a contemplar aquellas tres calles, las casas de piedra, los tejados
de pizarra, la iglesia con el cementerio al lado, el hotel con sus productos
típicos que requerían meses de elaboración para después venderlos al mismo
precio que los productos fabricados en serie.
Una vez le pasó por la cabeza que los celtas, los
antiguos habitantes de la comarca, habían escondido un formidable tesoro y que
ella lo encontraría. Pues bien, de todos sus sueños, ése era el más absurdo, el
más improbable.
Pero allí estaba, con el lingote de oro en las
manos, el tesoro en el que jamás había creído, la liberación definitiva.
El pánico la sobrecogió: el único golpe de suerte
de su vida podía desaparecer aquella misma tarde. ¿Y si el extranjero cambiaba
de idea? ¿Y si se iba a otro pueblo, donde tal vez encontraría a otra mujer
mejor dispuesta a ayudarlo en su plan? ¿Por qué no se levantaba, volvía a su
habitación, metía sus pocas pertenencias en la maleta y, simplemente, se
largaba?
Se imaginó a sí misma bajando por la pronunciada
cuesta, haciendo autostop en la carretera de abajo mientras el extranjero salía
a dar su paseo matinal y descubría que habían robado su oro. Ella seguiría en
dirección a la ciudad más próxima y él volvería al hotel para llamar a la
policía.
Chantal daría las gracias por el pasaje e iría
directamente a la taquilla de la estación de autobuses, donde compraría un
billete para algún lugar lejano; en ese momento, dos policías se aproximarían a
ella y le pedirían
10
gentilmente que abriera su maleta. Tan pronto como
vieran su contenido, la gentileza desaparecería por completo; ella era la mujer
que andaban buscando, a causa de una denuncia efectuada tres horas antes.
En la comisaría, Chantal tendría dos alternativas:
o bien decir la verdad -que nadie creería- o afirmar que había visto la tierra
revuelta, había hurgado un poco y había encontrado el oro. Cierta vez, un
cazador de tesoros –que también buscaba algo escondido por los celtas- había
pasado la noche en su cama. Le había contado que las leyes de su país eran
claras: tenía derecho a todo lo que encontrase, pero estaba obligado a
registrar, en el departamento pertinente, determinadas piezas de valor
histórico. Pero aquel lingote de oro no tenía ningún valor histórico, era un
objeto moderno, con marcas, sellos y números impresos.
La policía interrogaría al hombre. El no podría
demostrar que ella había entrado en su habitación para robar sus pertenencias.
Sería su palabra contra la de Chantal, pero tal vez era más poderoso de lo que
ella se imaginaba, tal vez tenía contactos con gente importante y saldría bien
parado del asunto. Chantal, en cambio, pediría que la policía realizara un
examen al lingote y comprobarían que ella les había dicho la verdad: había
restos de tierra en el metal.
Mientras, la historia ya habría llegado a Viscos, y
sus habitantes -por celos o por envidia- empezarían a levantar sospechas
respecto a la chica, diciendo que en más de una ocasión había circulado el
rumor de que se acostaba con huéspedes; tal vez se lo había robado mientras el
hombre dormía.
El asunto terminaría de un modo patético: la
justicia confiscaría el lingote de oro hasta que se resolviera el caso, ella
volvería a hacer autostop y regresaría a Viscos, humillada, destrozada, víctima
de unos comentarios que no se olvidarían en una generación. Más tarde,
descubriría que los procesos legales nunca conducen a ninguna parte, que los
abogados cuestan un dinero que ella no poseía, y terminaría desistiendo del
proceso.
Resultado de la historia: ni oro, ni reputación.
Había otra versión posible: que el extranjero
estuviera diciendo la verdad. Si Chantal robaba el oro y desaparecía para
siempre, ¿acaso no estaría salvando al pueblo de una desgracia mucho peor?
Pero incluso antes de salir de su casa y dirigirse
a la montaña, ya sabía que era incapaz de dar aquel paso. ¿Por qué,
precisamente en este momento, cuando su vida podía cambiar por completo, tenía
tanto miedo? Al fin y al cabo, ¿no dormía con quien le apetecía? ¿No se
insinuaba más de la cuenta, para que los forasteros le dejaran una buena
propina? ¿No mentía de vez en cuando? ¿No sentía envidia de los amigos que sólo
iban al pueblo durante las fiestas de fin de año para visitar a la familia?
Agarró el lingote con todas sus fuerzas, pero al
levantarse se sintió débil y desesperada; volvió a colocarlo en el agujero y lo
cubrió de tierra. Era incapaz de hacerlo, y no se debía al hecho de ser o no
ser honesta, sino al pavor que sentía. Acababa de darse cuenta de que existen
dos cosas que impiden que una persona realice sus sueños: creer que son
imposibles o que, gracias a un repentino vuelco de la rueda del destino, veas
que se transforman en algo posible cuando menos te lo esperas. En ese momento surge
el miedo a un camino que no sabes adónde irá a parar, a una vida con desafíos
desconocidos, a la posibilidad de que las cosas a que estamos acostumbrados
desaparezcan para siempre.
Las personas quieren cambiarlo todo y, al mismo
tiempo, desean que todo siga igual. Chantal no entendía el porqué, pero era lo
que le estaba sucediendo.
Quizás ya estaba demasiado ligada a Viscos,
acostumbrada a su derrota, y cualquier oportunidad de triunfar le resultaba un
fardo demasiado pesado.
Tuvo la certeza de que el extranjero ya estaba
harto de su silencio y de que, en breve, tal vez esa misma tarde, elegiría a
otra persona. Pero era demasiado cobarde para modificar su destino.
Las manos que habían tocado el oro deberían sujetar
la escoba, la esponja, el trapo. Chantal dio la espalda al tesoro y se dirigió
al pueblo, donde ya la esperaba la dueña del hotel, con aspecto de estar
ligeramente enfadada, puesto que le había prometido hacer la limpieza antes de
que se levantara el único huésped del hotel.
Los temores de Chantal no se confirmaron: el
extranjero no se marchó. Esa misma noche lo vio en el bar, más simpático que
nunca, contando historias que tal vez no eran totalmente ciertas pero, al menos
en su imaginación, aquel hombre las vivía intensamente. De nuevo, sus miradas
sólo se cruzaron de manera impersonal, cuando le pagó la ronda que había
ofrecido a los habituales.
Chantal estaba exhausta. Deseaba que todos se
marcharan temprano, pero el extranjero estaba particularmente inspirado y no
terminaba de contar anécdotas que los demás escuchaban con atención, interés y
aquel odioso respeto -mejor dicho: sumisión- que los campesinos sienten delante
de todos los que llegan de las grandes ciudades, puesto que los consideran más
cultos, inteligentes, preparados, modernos...
"¡Estúpidos! -pensaba-. No son conscientes de
su importancia. No se dan cuenta de que cada vez que alguien se mete un tenedor
en la boca, en cualquier lugar del mundo, sólo puede hacerlo gracias a gente
como los habitantes de Viscos, que trabajan día y noche, que labran la tierra
con el sudor de sus cuerpos cansados, y que cuidan del ganado con inagotable
paciencia. El mundo los necesita mucho más que a todos los que viven en las
grandes ciudades, pero, a pesar de ello, se comportan, y se sienten, como seres
inferiores, acomplejados, inútiles."
Pero el extranjero estaba muy dispuesto a demostrar
que su cultura valía más que el esfuerzo de todos y cada uno de los hombres y
mujeres del bar. Indicó un cuadro que había en la pared.
-¿Saben qué es eso? -dijo-. Una de las pinturas más
famosas del mundo: la última cena de Jesús con sus discípulos, de Leonardo da
Vinci.
-No puede ser tan famosa -dijo la dueña del hotel-.
Era muy barata.
11
-Porque se trata de una reproducción; la auténtica
está en una iglesia, muy lejos de aquí. Existe una leyenda en torno a este
cuadro, pero no sé si les interesaría conocerla.
Todos asintieron y, de nuevo, Chantal sintió
vergüenza por estar allí, escuchando a un hombre que hacía ostentación de unos
conocimientos inútiles, para demostrar que sabía más que los otros.
-Al concebir este cuadro, Leonardo da Vinci tropezó
con una gran dificultad: tenía que pintar el Bien, el retrato de Jesucristo, y
el Mal, en la figura de judas, el amigo que lo traicionó durante la cena. Tuvo
que dejar el trabajo a medias porque no encontraba los modelos ideales.
"Un día, mientras escuchaba un coro, vio que
uno de los chicos era la imagen perfecta de Jesucristo. Lo invitó a su taller y
reprodujo sus facciones en estudios y esbozos.
»Pasaron tres años. La última cena estaba casi
terminada, pero Da Vinci aún no había encontrado el modelo ideal para Judas. El
cardenal responsable de la iglesia lo presionaba para que terminase el mural de
una vez por todas.
»Después de muchos días de búsqueda, el pintor se
encontró con un joven prematuramente envejecido, desharrapado, borracho,
tumbado junto a una cloaca. Pidió a la gente que había a su alrededor que lo
ayudaran y, con muchas dificultades, lo llevaron directamente a la iglesia,
porque ya no tenía tiempo para hacer esbozos.
»El mendigo no entendía lo que estaba sucediendo:
las personas que lo habían arrastrado hasta allí lo mantenían en pie mientras
Da Vinci copiaba las líneas de impiedad, de pecado, de egoísmo tan bien
marcadas en aquel rostro.
»Cuando terminó, el mendigo, algo rehecho de la
resaca, abrió los ojos y vio la pintura que tenía delante. Y dijo, con una
mezcla de espanto y tristeza:
»-¡Yo ya había visto este cuadro antes!
»-¿Cuando? -preguntó Da Vinci, sorprendido.
»-Hace tres años, antes de perderlo todo. En una
época en que yo cantaba en un coro y tenía una vida llena de sueños, fue
entonces cuando el pintor me invitó a posar como modelo para el rostro de
Jesucristo.
El extranjero hizo una larga pausa. Sus ojos
miraban fijamente al cura, que bebía su cerveza, pero Chantal sabía que esas
palabras iban dirigidas a ella.
-O sea, que el Bien y el Mal tienen el mismo
rostro; todo depende de la época en que se cruzan en el camino de cada ser
humano -concluyó.
Entonces se levantó y se excusó diciendo que estaba
muy cansado, y subió a su habitación. Todos pagaron lo que debían y fueron
saliendo lentamente, contemplando la reproducción barata del cuadro famoso,
preguntándose a sí mismos en qué período de su vida habían sido tocados por un
ángel o por un demonio. Sin que nadie comentase nada con los demás, todos
llegaron a la conclusión de que eso sólo había tenido lugar en Viscos antes de
que Ahab pacificara la comarca; ahora, cada día era igual al anterior, y nada
más.
Exhausta, trabajando como un autómata, Chantal
sabía que era la única que pensaba de una manera diferente, porque ella había
sentido cómo la seductora y pesada mano del Mal le acariciaba el rostro.
"El Bien y el Mal tienen el mismo rostro, todo depende de la época en que
se cruzan en el camino de cada ser humano." Bonitas palabras, tal vez
ciertas, pero lo que ella necesitaba era dormir, nada más.
Se equivocó al dar un cambio a un cliente, algo que
le sucedía en contadas ocasiones; pidió disculpas, pero no se culpó a sí misma.
Aguantó impasible y digna hasta que el cura y el alcalde -normalmente los
últimos en salir- abandonaron el local. Cerró la caja, cogió sus cosas, se puso
su abrigo, grueso y barato, y se fue a casa, tal como venía haciendo desde
hacía tantos años.
En la tercera noche se encontró con la presencia
del Mal. Y el Mal apareció bajo la apariencia de un gran cansancio y una fiebre
altísima, que la dejó en un estado de semiinconsciencia pero incapaz de dormir;
además, fuera había un lobo que aullaba sin cesar. Por unos instantes, tuvo la
certeza de que estaba delirando, porque le pareció que el animal había entrado
en su cuarto y le hablaba en una lengua extraña que ella no entendía. En un
breve instante de lucidez, intentó levantarse e ir a la iglesia, pedir al cura
que llamase a un médico porque estaba enferma, muy enferma; pero cuando intentó
transformar en acción su gesto, las piernas le flaquearon, y tuvo la certeza de
que no podría caminar.
Y si caminaba, no conseguiría llegar hasta la
iglesia.
Y si llegaba hasta la iglesia, tendría que esperar
a que el cura se despertase, se vistiera y abriera la puerta; mientras, el frío
le subiría rápidamente la fiebre hasta matarla allí mismo, sin piedad, delante
de un lugar que algunas personas consideran sagrado.
"Por lo menos, no hará falta que me lleven al
cementerio, prácticamente ya estaré dentro."
Chantal deliró toda la noche, pero a medida que la
luz de la mañana entraba en su cuarto, notó que la fiebre bajaba. Cuando
recuperó sus fuerzas e intentó dormir, oyó una bocina familiar y comprendió que
el repartidor del pan ya había llegado a Viscos y ya era hora de preparar el
desayuno.
Nadie la obligaba a bajar por el pan; era
independiente, podía quedarse en cama tanto tiempo como le apeteciese, su
trabajo no empezaba hasta el anochecer. Pero algo había cambiado en ella;
necesitaba estar en contacto con el mundo, antes de volverse completamente
loca. Quería encontrarse con las personas que en ese momento se aglomeraban
alrededor de la pequeña furgoneta verde, cambiando sus monedas por comida,
contentas porque empezaba un nuevo día y tenían sus quehaceres y algo que
comer.
Se acercó a ellos y oyó algunos comentarios del
estilo "pareces cansada" o "¿te pasa algo?." Todos sus
vecinos eran amables, solidarios, siempre dispuestos a echar una mano,
inocentes y simples en su
12
generosidad, pero su alma se debatía en una lucha
sin cuartel por sueños, aventuras, miedo y poder. Le hubiera gustado compartir
su secreto, pero si lo contaba a una sola persona, todo el pueblo estaría
enterado antes de que terminase la mañana; más valía agradecerles el interés
que sentían por su salud y seguir adelante, hasta que sus ideas se aclarasen un
poco.
-No es nada. Un lobo estuvo aullando toda la noche
y no me dejó dormir.
-Yo no oí a ningún lobo -dijo la dueña del hotel,
que también estaba allí, comprando el pan.
-Hace meses que no se oye el aullido de un lobo en
esta comarca -comentó la mujer que preparaba los productos que se vendían en la
pequeña tienda del hotel-. Los cazadores deben de haberlos exterminado a todos
y eso representa un desastre para nosotros, porque los escasos lobos que quedan
son los que atraen a los cazadores. Ellos adoran esta competición inútil: ver
quién consigue matar al animal más difícil.
-No digas delante del repartidor del pan que ya no
quedan lobos en la comarca -replicó en voz baja la jefa de Chantal-. En cuanto
lo descubran, puede que la vida en Viscos cese definitivamente.
-Pero yo oí un lobo...
-Debía de ser el lobo maldito -comentó la mujer del
alcalde, a quien no caía nada bien Chantal, pero era lo suficientemente educada
para disimular sus sentimientos.
La dueña del hotel se irritó:
-¡El lobo maldito no existe! Era un lobo vulgar y
corriente, y ya deben de haberlo matado.
La mujer del alcalde no se dio por vencida.
-Tanto si existe como si no, todos sabemos que ayer
noche no aulló ningún lobo. Haces trabajar demasiado a esta chica y está tan
exhausta que incluso tiene alucinaciones.
Chantal las dejó en plena discusión, cogió su pan y
se fue.
"Una competición inútil", pensaba,
recordando el comentario de la mujer que preparaba las conservas. Ellos
consideraban que la vida era eso: una competición inútil. Estuvo a punto de
revelar allí mismo la proposición del extranjero, para ver si aquella gente tan
cómoda y pobre de espíritu se comprometía en una competición verdaderamente
útil: diez lingotes de oro a cambio de un simple crimen que aseguraría el
futuro de hijos y nietos, el retorno de la gloria perdida de Viscos, con o sin
lobos.
Pero se contuvo. En aquel momento decidió que
contaría la historia aquella noche, pero delante de todos, en el bar, de manera
que nadie pudiese decir que no se había enterado o no lo había entendido bien.
Tal vez se abalanzarían sobre el extranjero y lo llevarían inmediatamente a la
comisaría de policía, dejándola libre para quedarse con su oro como recompensa
por el servicio prestado a la comunidad. Tal vez no se lo creerían y el
extranjero se marcharía creyendo que todos eran buenos, lo cual no era cierto.
Todos son ignorantes, ingenuos, resignados. No
creen en las cosas que no forman parte de aquello a lo que están acostumbrados
a creer. Todos temen a Dios. Todos -incluso ella- son cobardes a la hora en que
podrían cambiar su destino. Pero la bondad, la auténtica bondad, ésa no existe,
ni en la tierra de los cobardes, ni en el cielo de Dios Todopoderoso, quien
siembra sufrimientos a diestra y siniestra, para que nos pasemos toda la vida
pidiéndole que nos libre de todo mal.
La temperatura había bajado, Chantal llevaba tres
noches sin dormir, pero, mientras preparaba su desayuno, se sentía mejor que
nunca. No era la única cobarde. Pero tal vez era la única que era consciente de
su cobardía, porque los demás consideraban que la vida era "una
competición inútil" y confundían su miedo con generosidad.
Se acordó del caso de un hombre de Viscos, que
trabajaba en una farmacia de una ciudad vecina y fue despedido al cabo de
veinte años. No pidió ninguna indemnización porque -decía- era amigo de los
dueños y no deseaba perjudicarlos, sabía que lo habían echado por dificultades
económicas.
¡Mentira! No los llevó a juicio porque era un
cobarde y quería que lo quisieran a toda costa; pensó que los dueños lo
considerarían siempre una persona generosa y un buen compañero. Al cabo de un
cierto tiempo, cuando les pidió un préstamo, le dieron con la puerta en las
narices, pero entonces ya era demasiado tarde: había firmado un documento
solicitando la baja voluntaria y no les podía exigir nada.
¡Bien hecho! El papel de alma caritativa
corresponde a los que tienen miedo de tomar decisiones en la vida. Siempre es
mucho más fácil creer en la propia bondad que enfrentarte a los demás y luchar
por tus derechos. Siempre es más fácil escuchar una ofensa y no reaccionar que
tener el coraje de enzarzarte en un combate con alguien más fuerte; siempre
podemos decir que no nos ha alcanzado la piedra que nos han lanzado y de noche
-cuando estemos solos y nuestra mujer o nuestro marido o el compañero de escuela
duerman-, sólo de noche, podremos llorar en silencio por nuestra cobardía.
Chantal tomó su café y deseó que el día pasara
rápidamente. Pensaba destruir aquel pueblo, acabaría con Viscos aquella misma
noche. De todas formas, el pueblo estaba condenado en menos de una generación
porque no había niños: los jóvenes se reproducían en otras ciudades del país,
en medio de fiestas, ropa bonita, viajes y de la "competición
inútil."
Pero el día no pasó con rapidez. Todo lo contrario;
el cielo gris, plagado de nubes bajas provocaba que las horas se arrastrasen
lentamente.
La niebla no permitía ver las montañas y la aldea
parecía aislada del mundo, perdida en sí misma, como si fuera el único lugar
habitado de la Tierra. Desde la ventana, Chantal vio cómo el extranjero salía
del hotel y se encaminaba en dirección a las montañas, como siempre. Temió por
su oro, pero calmó a su corazón en seguida: a buen seguro que volvería, porque
había pagado una semana de hotel y la gente rica no desperdicia un céntimo; eso
sólo lo hacen los pobres.
13
Intentó leer, pero no conseguía concentrarse.
Decidió dar un paseo por Viscos, pero sólo vio a una persona:
Berta, la viuda, que se pasaba todo el santo día
sentada delante de su casa, vigilando todo lo que sucedía.
-Parece que por fin bajará la temperatura –dijo
Berta.
Chantal se preguntó por qué las personas que no
saben de qué hablar creen que el tiempo es un tema importante. Asintió con la
cabeza. Siguió su camino, porque ya había conversado de todo lo que se podía
conversar con Berta en los muchos años que llevaba viviendo en aquel pueblo.
Hubo una época en que la encontraba una mujer
interesante, valiente, que había sido capaz de seguir adelante después de que
su marido murió en uno de los frecuentes accidentes de caza. Había vendido
algunos de los pocos bienes que poseía, invirtió ese dinero -junto con el de la
indemnización- en una inversión segura y ahora vivía de rentas.
Pero con el paso del tiempo, la viuda dejó de
interesarle, y se convirtió en la imagen de todo lo que temía que le sucediese
a ella: terminar su vida sentada en una silla delante de su casa, cubierta de
abrigos durante el invierno, contemplando el único paisaje que había visto en
toda su vida, vigilando algo que no era necesario vigilar porque allí no había
nada serio, importante ni valioso.
Caminó en medio de la niebla del bosque sin miedo a
perderse porque se sabía de memoria todos sus senderos, árboles y rocas. Se
imaginó las emociones de la noche, ensayó distintas maneras de contar la
proposición del extranjero; en algunas, repetía literalmente lo que había oído
y visto, en otras contaba una historia que podía ser cierta o no, imitando el
estilo del hombre que llevaba tres días sin dejarla dormir.
"Es un hombre muy peligroso, el peor de todos
los cazadores que he conocido."
Mientras caminaba por el bosque, Chantal empezó a
darse cuenta de que había otra persona tan peligrosa como el extranjero: ella
misma. Cuatro días antes, no era consciente de que se estaba acostumbrando a
ser lo que era, a lo que podía esperar de la vida, al hecho de que la vida en
Viscos no era tan mala; al fin y al cabo, los turistas que invadían la comarca
todos los veranos afirmaban que era un paraíso.
Pero los monstruos habían salido de la tumba, se le
aparecían por la noche, y la hacían sentir desgraciada, incomprendida,
abandonada por Dios y por su destino. Peor que eso: la obligaban a ver la
amargura que arrastraba consigo día y noche, en el bosque y en el trabajo, en
sus escasos encuentros, en los muchos momentos de soledad.
"¡Maldito sea ese hombre! ¡Y maldita sea yo,
porque lo forcé a cruzarse en mi camino!"
Mientras volvía al pueblo, se arrepentía de cada
minuto de su vida, y blasfemaba contra su madre por haber muerto
prematuramente, contra su abuela, por haberle enseñado que debía intentar ser
buena y honesta, contra los amigos que la habían abandonado, contra su destino
que no cesaba de perseguirla.
Berta seguía en el mismo sitio.
-Vas muy de prisa -le dijo-. Siéntate a mi lado y
descansa.
Chantal hizo lo que le había sugerido la anciana.
Hubiera hecho cualquier cosa con tal de que el tiempo pasara más rápidamente.
-Parece que la aldea está cambiando –dijo Berta-.
Hay algo distinto en el ambiente; anoche oí aullar al lobo maldito.
La chica se sintió aliviada. Maldito o no, un lobo
había aullado la noche anterior y al menos otra persona - además de ella- lo
había oído.
-Este pueblo no cambia nunca -le respondió-. Sólo
con las estaciones, que vienen y se van, y ahora le toca el turno al invierno.
-No. Es por la llegada del extranjero.
Chantal se contuvo. ¿Y si el hombre había hablado
con alguien más?
-¿Qué tiene que ver la llegada del extranjero con
Viscos?
-Me paso el santo día contemplando la naturaleza.
Algunas personas creen que es una pérdida de tiempo, pero esto fue lo único que
me ayudó a aceptar la pérdida de aquel a quien yo amaba tanto. Veo que las
estaciones pasan, los árboles pierden sus hojas y después las recuperan.
Pero, de vez en cuando, un elemento inesperado de
la naturaleza provoca cambios definitivos. Me contaron que las montañas que
tenemos a nuestro al rededor son el resultado de un terremoto que tuvo lugar
hace milenios.
La chica asintió con la cabeza; lo había aprendido
en la escuela.
-Y entonces, nada vuelve a ser igual. Me da miedo
que eso pueda suceder ahora.
Chantal sintió deseos de contarle la historia del
oro, porque pensaba que la vieja podía saber algo; pero continuó en silencio.
-No dejo de pensar en Ahab, nuestro gran
reformador, nuestro héroe, el hombre a quien bendijo San Sabino. -¿Por qué en
Ahab?
-Porque él era capaz de entender que un pequeño
detalle, por bien intencionado que sea, puede destruirlo todo. Cuentan que
después de pacificar el pueblo, de expulsar a los delincuentes más
recalcitrantes, y de modernizar la agricultura y el comercio de Viscos, cierta
noche reunió a sus amigos para ofrecerles una cena, y guisó un suculento pedazo
de carne. De repente, se dio cuenta de que se le había terminado la sal.
»Entonces, Ahab llamó a su hijo.
»-Ve al pueblo y compra sal. Pero paga por ella un
precio justo: ni más cara ni más barata. »Su hijo se sorprendió mucho.
14
»-Comprendo que no deba pagarla más cara, papá.
Pero, si puedo regatear un poco, ¿por qué no ahorrar algún dinero?
»-En una ciudad grande, eso es muy aconsejable.
Pero podría significar la muerte de una aldea como la nuestra.
»El chico se fue sin hacer más preguntas. Pero los
invitados, que habían oído su conversación, quisieron saber por qué no era
conveniente comprar la sal más barata. Ahab respondió: »-Quien vende la sal muy
barata, lo hace porque necesita desesperadamente el dinero. Quien se aprovecha
de esa situación muestra su falta de respeto por el sudor y el esfuerzo de
quien trabajó para producir algo.
»-Pero eso es muy poco, no basta para destruir a
una aldea.
»-Al principio del mundo, también había poca
injusticia. Pero todos los que fueron llegando añadieron algo, pensando que no
tenía mucha importancia y ya ven hasta dónde hemos llegado, hoy en día.
-Como el extranjero, por ejemplo -dijo Chantal, con
la esperanza de ver si Berta confirmaba que también había hablado con él. Pero
la anciana permaneció en silencio.
-No sé por qué Ahab deseaba tanto salvar Viscos
-insistió-. Antes era un antro de delincuencia, ahora es una aldea de cobardes.
A buen seguro que la vieja sabía algo. Sólo le
faltaba averiguar si se lo había contado el extranjero en persona.
-Quizás. Pero no sé a ciencia cierta qué es la
cobardía. Creo que todo el mundo teme a los cambios. Quieren que Viscos sea
como siempre: un lugar donde se puede cultivar la tierra y criar el ganado, que
acoge bien a cazadores y turistas, pero en donde cada persona sabe exactamente
lo que sucederá al día siguiente, y las únicas cosas imprevisibles son las
tormentas de la naturaleza. Tal vez ésta sea una manera de encontrar la paz,
pero estoy de acuerdo contigo en un punto: la gente cree que lo tiene todo bajo
control, pero no controla nada.
-Nada de nada -dijo Chantal, dándole la razón.
-"Nadie puede añadir ni un punto ni una coma a
lo que ya está escrito" -dijo la anciana, citando un texto evangélico
católico-. Pero nos gusta vivir con esa ilusión porque nos da seguridad.
»En fin, se trata de una elección como cualquier
otra, aunque sea una estupidez intentar controlar el mundo, creyendo en una
seguridad completamente falsa, que termina por dejarnos indefensos delante de
la vida; cuando menos te lo esperas, un terremoto crea una montaña, un rayo
mata un árbol que se preparaba para renacer en verano, un accidente de caza
acaba con la vida de un hombre honesto.
Berta le contó, por enésima vez, cómo había muerto
su marido. Era uno de los guías más respetados de la comarca, un hombre que en
la caza no veía un deporte salvaje sino una manera de respetar la tradición
local. Gracias a él, Viscos creó una reserva de animales, el ayuntamiento
promulgó leyes que protegían algunas especies en peligro de extinción, cobraban
un impuesto por cada pieza cobrada, y el dinero revertía en beneficio de la
comunidad.
El marido de Berta intentaba ver en aquel deporte
-salvaje para unos, tradicional para otros- una manera de enseñar a los
cazadores algo sobre el arte de vivir. Cuando llegaba alguien con mucho dinero
y poca experiencia, lo llevaba a un descampado. Allí, encima de una piedra,
colocaba una lata de cerveza.
Se alejaba cincuenta metros de la lata y, de un
solo tiro, la hacía volar por los aires.
-Soy el mejor tirador de la comarca -decía-. Ahora,
usted aprenderá a ser tan bueno como yo.
Volvía a colocar la lata en el mismo sitio, se
alejaba a la misma distancia de antes, sacaba un pañuelo del bolsillo y pedía
que le vendasen los ojos. Luego, apuntaba en dirección al blanco y disparaba
nuevamente.
-¿Acerté? -preguntaba mientras se quitaba la venda
de los ojos.
-¡Claro que no! -respondía el cazador recién
llegado, contento porque el orgulloso guía había sufrido una humillación-. La
bala pasó muy lejos. Dudo que usted pueda enseñarme nada.
-Le acabo de enseñar la lección más importante de
su vida -replicaba el marido de Berta-. Cuando quiera algo, mantenga los ojos
bien abiertos, concéntrese y tenga muy claro lo que desea. Nadie acierta a su
objetivo con los ojos cerrados.
Una vez, mientras volvía a colocar la lata en su
sitio después del primer tiro, el otro cazador pensó que era su turno de probar
puntería. Disparó antes de que el marido de Berta volviera a su lado; erró el
tiro y lo hirió en la nuca. No tuvo tiempo de aprender la excelente lección
sobre concentración y objetividad.
-Debo irme -dijo Chantal-. Tengo que hacer algunas
cosas antes de ir a trabajar.
Berta le deseó una buena tarde, y la acompañó con
los ojos hasta que desapareció por la callejuela que había junto a la iglesia.
Tantos años sentada delante de su casa, contemplando las montañas, las nubes y
conversando mentalmente con su difunto marido, le habían enseñado a
"ver" a las personas. Su vocabulario era limitado, no encontraba otra
palabra para describir las muchas sensaciones que le producían los demás, pero
esto era lo que sucedía: "veía" a los demás, conocía sus sentimientos.
Todo empezó durante el entierro de su grande y
único amor; estaba llorando cuando se le acercó un niño -el hijo de un vecino
de Viscos, que actualmente era un hombre hecho y derecho, y vivía a miles de
kilómetros de allí- y le preguntó por qué estaba triste.
Berta no quiso asustar al niño hablándole de
muertes ni despedidas definitivas; sólo le dijo que su marido se había
marchado, y que tal vez tardaría mucho en volver a Viscos.
"Creo que se equivoca -respondió el niño-.
Acabo de verlo detrás de una tumba, sonriente, con una cuchara de sopa en la
mano."
15
La madre del niño, que había oído el comentario, lo
riñó severamente: "Los niños siempre están viendo ‘cosas’”, le dijo,
disculpándose. Pero Berta dejó de llorar inmediatamente y miró en dirección al
lugar indicado; su marido tenía la manía de tomar la sopa con una cuchara
determinada, a pesar de que ello la irritaba profundamente -puesto que todas
las cucharas son iguales y cabe la misma cantidad de sopa-, pero él se empeñaba
en usar sólo una.
Berta jamás contó esa historia a nadie, porque
temía que la tomaran por loca. El niño había visto realmente a su marido; la
cuchara era la señal. Los niños "ven" cosas. Y Berta decidió que ella
también aprendería a "ver" porque quería hablar con su marido,
tenerlo de vuelta, aunque fuese en forma de fantasma.
Primero, se encerró en su casa, de donde raramente
salía, esperando que él se le apareciese. Un buen día tuvo un presentimiento:
debía situarse en la puerta de su casa y empezar a prestar atención a los
demás, sintió que su marido quería que su vida fuera más alegre, que
participase más en todo lo que acontecía en el pueblo.
Colocó una silla delante de casa y se puso a
contemplar las montañas; pocas personas pasaban por las calles de Viscos pero,
ese mismo día, una vecina que volvía de un pueblo cercano le dijo que los
vendedores ambulantes vendían cubiertos muy baratos y de calidad, y sacó una
cuchara de su bolso para demostrar lo que contaba.
Berta comprendió que jamás volvería a ver a su
marido, pero él le había pedido que se quedara allí, contemplando el pueblo, y
pensaba hacerlo. Con el paso del tiempo, empezó a notar una presencia a su
izquierda, y tuvo la certeza de que él estaba allí, haciéndole compañía y
protegiéndola de cualquier peligro y, además, le enseñaba a ver cosas que los
demás no percibían, como los dibujos de las nubes, que siempre llevan mensajes.
Se entristecía un poco cuando intentaba verlo de frente, porque el bulto se desvanecía;
pero después se dio cuenta de que podía conversar con él utilizando su
intuición, y empezaron a tener larguísimas conversaciones sobre temas de todo
tipo.
Tres años después, ya era capaz de "ver"
los sentimientos de las personas, aparte de poder escuchar los consejos
prácticos que le daba su marido y que terminaron siéndole muy útiles; de esta
manera, no se dejó engañar cuando le ofrecieron una indemnización mucho menor
de la que merecía, e ingresó su dinero en otro banco antes de que el suyo
cayera en bancarrota llevándose el fruto de años de trabajo de mucha gente de
la comarca.
Una mañana -ya no recordaba cuánto tiempo hacía de
ello-, él le había dicho que Viscos podía ser destruido. Berta pensó
inmediatamente en un terremoto, en el nacimiento de nuevas montañas en aquella
zona, pero él la tranquilizó, afirmando que ese tipo de fenómeno no sucedería
allí en los próximos mil años; no, era otro tipo de destrucción la que lo tenía
preocupado, aunque ni él mismo sabía de lo que estaba hablando. Pero le pidió
que estuviera atenta, ya que aquél era su pueblo, el lugar que más amaba de este
mundo, a pesar de haber tenido que marcharse prematuramente.
Tres días antes vio que el extranjero llegaba con
un demonio, y supo que su tiempo de espera había terminado. Hoy había visto que
había un demonio y un ángel al lado de la chica; inmediatamente relacionó ambas
cosas, y comprendió que algo raro estaba pasando en su pueblo.
La mujer sonrió para sí misma, miró a su izquierda,
y lanzó hacia allí un discreto besito. No era una vieja inútil; tenía que hacer
algo muy importante: salvar el lugar donde había nacido, aunque no supiera con
certeza qué medidas debía adoptar.
Chantal dejó a la vieja inmersa en sus pensamientos
y volvió a su casa. Berta tenía fama -los habitantes de Viscos la hacían
circular en voz baja- de ser una bruja. Decían que se había pasado casi todo un
año encerrada en su casa y que, durante ese tiempo, había aprendido artes
mágicas. Cuando, en cierta ocasión, Chantal preguntó quién se las había
enseñado, algunas personas dijeron que el Demonio en persona se le aparecía por
la noche; otras, en cambio, afirmaron que la mujer invocaba a un druida celta,
pronunciando unas palabras que le habían enseñado sus padres. Pero a nadie le
importaba gran cosa; Berta era inofensiva, y siempre contaba historias
interesantes.
Y tenían razón, aunque siempre fueran las mismas.
De repente, Chantal se detuvo con la mano aferrada al pomo de la puerta. A
pesar de haber escuchado muchas veces el relato de cómo había muerto el marido
de Berta, sólo en aquel instante se dio cuenta de que en él había una lección
importantísima para ella. Recordó su reciente paseo por el bosque, su odio
intenso que se prodigaba por todas partes, dispuesto a herir
indiscriminadamente a todo lo que estuviera a su alrededor: a sí misma, al
pueblo, los habitantes, los hijos de los habitantes...
Pero, en realidad, sólo tenía un objetivo: el
extranjero. Concentrarse, disparar, matar a la presa. Para ello era necesario
un plan; sería una tontería soltar la noticia de cualquier manera esa misma
noche y perder el control de la situación.
Decidió retrasar otro día el relato de su encuentro
con el extranjero, si es que alguna vez lo revelaba a los habitantes de Viscos.
Aquella noche, al cobrar la ronda de bebidas que el
extranjero solía pagar, Chantal notó que le pasaba una nota. La guardó en el
bolsillo, fingiendo indiferencia, a pesar de que -de vez en cuando- los ojos
del extranjero buscaban los suyos en una interrogación muda. Parecía haberse
invertido el juego: ahora era ella quien controlaba la situación, eligiendo el
campo de batalla y la hora del combate. Los buenos cazadores actúan de esta
manera: siempre imponen sus condiciones para que sea la presa la que se acerque
a ellos.
Cuando volvió a su cuarto, con la extraña sensación
de que esa noche dormiría muy bien, sólo entonces, leyó la nota: el hombre le
pedía que se encontrasen en el lugar donde se habían conocido.
16
Terminaba diciendo que prefería conversar con ella
a solas. Pero que también podían hacerlo delante de todos, si así lo deseaba.
A ella no le preocupó la amenaza; todo lo
contrario, se alegró de haberla recibido. Eso demostraba que el hombre estaba
perdiendo el control, puesto que las personas peligrosas no hacen ese tipo de
cosas. Ahab, el gran pacificador de Viscos, solía decir: "Existen dos
tipos de idiotas: los que dejan de hacer algo porque han recibido amenazas, y
los que creen que van a hacer algo porque están amenazando a alguien."
Rompió la nota en pedacitos, los echó en la taza
del váter, tiró de la cadena, tomó un baño de agua muy caliente, casi
hirviendo, se metió entre las mantas, y sonrió. Había conseguido exactamente lo
que quería: encontrarse de nuevo con el extranjero para hablar a solas. Si
quería averiguar la manera de derrotarlo, necesitaba conocerlo mejor.
Se durmió casi inmediatamente; un sueño profundo,
reparador, relajado. Había pasado una noche con el Bien, una noche con el Bien
y el Mal, y una noche con el Mal. Ninguno de los tres había conseguido
resultados, pero seguían vivos en su alma y habían empezado a luchar entre sí,
para demostrar quién era el más fuerte.
Cuando llegó el extranjero, Chantal ya estaba empapada; volvía a llover.
-No hablemos del tiempo -dijo ella-. Es evidente
que está lloviendo. Conozco un lugar donde podremos conversar con más
tranquilidad.
Se levantó y cogió una bolsa alargada de lona.
-¿Hay una escopeta, ahí dentro? -preguntó el
extranjero.
-Sí.
-¿Quieres matarme?
-Sí. No sé si podré, pero tengo muchas ganas de
hacerlo. De todas maneras, he traído el arma por otro motivo: si tropiezo con
el lobo maldito por el camino y acabo con él, seré más respetada en Viscos.
Ayer oí sus aullidos, aunque nadie parezca dispuesto a creerme.
-¿Qué es el lobo maldito?
Ella dudó de la conveniencia de conceder un mayor
grado de intimidad a aquel hombre, que era su enemigo. Además, recordó un libro
de artes marciales japonesas (ella leía todos los libros que los huéspedes
olvidaban en el hotel, sin importarle el tema, porque no le gustaba malgastar
su dinero en libros). Allí decía que la mejor manera de debilitar al adversario
es hacerle creer que estás de su parte.
Mientras caminaban en medio de la lluvia y el
viento, le contó la historia del lobo. Dos años atrás, un habitante de Viscos,
el herrero del pueblo, para ser más exactos, salió a dar un paseo cuando, de
repente, se encontró frente a un lobo y sus crías. El hombre se asustó, agarró
una rama y le dio al animal. En condiciones normales, cualquier otro lobo
habría huido, pero como estaba con sus crías, contraatacó y le mordió una
pierna. El herrero, un hombre cuya profesión exigía una fuerza descomunal, le golpeó
con tanta violencia que el animal terminó retrocediendo; el lobo se internó en
el bosque con sus crías y jamás volvieron a verlo; lo único que se sabe de él
es que tiene una mancha blanca en la oreja izquierda.
-¿Por qué "maldito"?
-Los animales no suelen atacar, ni siquiera los más
feroces, a no ser que se trate de una situación excepcional como, en este caso,
para proteger a sus crías. Pero si atacan y prueban la sangre humana, se
vuelven peligrosos; van a querer más, dejan de ser animales salvajes para
convertirse en asesinos. Todos creen que, algún día, ese lobo volverá a atacar.
"Es la historia de mi vida", pensó el
extranjero.
Chantal procuraba caminar lo más de prisa que
podía, porque era más joven, más ágil y quería tener la ventaja psicológica de
cansar y humillar al hombre que la acompañaba; él, sin embargo, seguía el ritmo
de sus pasos. Y, a pesar de que jadeaba un poco, en ningún momento le pidió que
caminase más despacio.
Llegaron hasta una pequeña tienda de plástico
verde, perfectamente camuflada, que utilizaban los cazadores para aguardar a su
presa. Se sentaron dentro, ambos restregándose y soplándose las manos heladas.
-¿Qué quieres? -dijo ella-. ¿A qué viene la nota?
-Quiero plantearte un enigma: de todos los días de
nuestra vi da, ¿cuál es el que jamás llega? No hubo respuesta.
-El mañana -dijo el extranjero-. Pero parece ser
que tú sí crees que el mañana llegará, y sigues posponiendo lo que te pedí. Hoy
empieza el fin de semana; si tú no dices nada, lo haré yo.
Chantal salió de la tienda, se situó a una
distancia prudencial, abrió la bolsa de lona y sacó la escopeta.
Aparentemente, el extranjero no se inmutó lo más
mínimo.
-Has tenido el oro en tus manos -prosiguió el
hombre-. Si tuvieras que escribir un libro sobre tu experiencia, ¿no crees que
la mayor parte de los lectores, que se enfrentan a todo tipo de dificultades,
que son víctimas de las injusticias de la vida y del prójimo, que tienen que
luchar para pagar el colegio de sus hijos y tener comida en la mesa, no crees
que esas personas desearían que huyeras con el lingote?
-No lo sé -dijo ella, mientras colocaba un cartucho
en el arma.
-Yo tampoco. Ésa es la respuesta que deseo.
Chantal colocó el segundo cartucho.
-Estás a punto de matarme, a pesar de que hayas
intentado tranquilizarme con el cuento del lobo. No importa, porque eso
responde a mi pregunta: los seres humanos son esencialmente malos, una simple
camarera de pueblo es capaz de cometer un crimen por dinero. Voy a morir, pero
ya conozco la respuesta, y moriré feliz.
17
-Toma -dijo ella, entregándole la escopeta al
extranjero-. Nadie sabe que nos conocemos. Todos los datos de tu ficha son
falsos. Puedes irte cuando quieras y, según tengo entendido, puedes ir a
cualquier parte del mundo. No es necesario tener buena puntería: basta con
apuntar la escopeta en dirección a mí y apretar el gatillo. Cada cartucho está
compuesto de varios perdigones de plomo que, al salir del cañón, se expanden en
forma de cono.
Sirve para matar pájaros y seres humanos. Incluso
puedes mirar hacia otro lado, si no quieres ver mi cuerpo despedazado.
El hombre introdujo su dedo en el gatillo, apuntó
en dirección a ella y, para su sorpresa, Chantal vio que sujetaba la escopeta
correctamente, como un profesional. Estuvieron así largo rato, ella sabía que
un simple resbalón, o el susto provocado por un animal que apareciera
inesperadamente, podía hacer que el dedo se moviera y el arma se disparase. En
aquel momento se dio cuenta de lo infantil de su gesto al desafiar a alguien
sólo por el placer de provocarlo, afirmando que no era capaz de hacer lo que
pedía a los demás.
El extranjero seguía apuntando con la escopeta, sus
ojos no parpadeaban, sus manos no temblaban. Ya era tarde, quizás porque estaba
convencido de que, en el fondo, no era tan mala idea terminar con la vida de la
chica que lo había desafiado.
Chantal se dispuso a pedirle que la perdonase, pero
el extranjero bajó el arma antes de que ella pudiera decir nada.
-Casi puedo tocar tu miedo -le dijo al devolver la
escopeta a Chantal-. Siento el olor del sudor que resbala por tu piel, aunque
la lluvia lo disimule; y oigo los latidos de tu corazón, que casi se te sale
por la boca, aunque los árboles agitados por el viento hagan un ruido infernal.
-Esta noche haré lo que me pediste –dijo Chantal,
fingiendo que no escuchaba las verdades que acababa de decirle-. A fin de
cuentas, viniste a Viscos para saber más cosas de tu propia naturaleza, para
saber si eres bueno o malo. Pues acabo de demostrarte una cosa: que a pesar de
todo lo que yo pueda haber sentido, podrías haber apretado el gatillo y, sin
embargo, no lo has hecho. ¿Sabes por qué? Porque eres un cobarde.
Utilizas a los demás para resolver tus conflictos,
pero eres incapaz de tomar ciertas decisiones.
-Un filósofo alemán dijo en cierta ocasión:
"Hasta Dios tiene un infierno: es su amor por los hombres." No, no
soy un cobarde. He apretado gatillos mucho peores que el de esta arma; mejor
dicho: fabriqué armas mucho mejores que ésta, y las repartí por todo el mundo.
Lo hice todo de manera legal, en transacciones aprobadas por el gobierno,
timbres de exportación, pago de impuestos. Me casé con la mujer que amaba y
tuve dos hijas muy lindas, jamás desvié un solo céntimo de mi empresa, y
siempre supe exigir aquello que me debían.
»Al contrario que tú, que te consideras perseguida
por el destino, yo siempre fui capaz de actuar, de luchar contra las muchas
adversidades a que tuve que enfrentarme, de perder unas batallas y ganar otras,
de entender que las victorias y las derrotas forman parte de la vida de todos,
excepto de la de los cobardes, tal como dices tú, porque ellos nunca pierden ni
ganan.
»Leía mucho. Iba a la iglesia. Temía a Dios y
respetaba sus mandamientos. Era director de una importante firma. Como recibía
una comisión por cada transacción realizada, gané lo suficiente para mantener a
mi mujer, mis hijas, mis nietos y mis bisnietos, ya que el comercio de armas es
el que mueve más dinero en el mundo. Conocía la importancia de cada pieza que
vendía, de modo que controlaba personalmente los negocios; descubrí varios
casos de corrupción, despedí a los culpables, interrumpí ventas. Las armas que
fabricaba eran para la defensa del orden, la única manera de continuar el
progreso y la construcción del mundo; al menos, eso era lo que pensaba yo
entonces.
El extranjero se acercó a Chantal y la sujetó por
los hombros; quería que ella viese sus ojos y comprendiera que lo que decía era
cierto.
-Tal vez pienses que los fabricantes de armas son
la peor gentuza del mundo. Y tal vez tengas razón; pero lo cierto es que, desde
el tiempo de las cavernas, el hombre ha utilizado armas; primero para matar
animales, después para conquistar el poder sobre los demás. El mundo ha
existido sin agricultura, sin ganadería, sin religión, sin música, pero jamás
ha existido sin armas.
El hombre cogió una piedra del suelo.
-Y ésta, la primera de ellas, fue generosamente
entregada por la Madre Naturaleza a los que debían enfrentarse a los animales
prehistóricos. A buen seguro que una piedra como ésta salvó a un hombre, y este
hombre, después de incontables generaciones, hizo posible que tú y yo
naciéramos. Si él no hubiera tenido esa piedra, el carnívoro asesino lo habría
devorado, y centenares de millones de personas no habrían nacido.
El viento arreciaba por momentos, y la lluvia era
molesta, pero sus miradas no se desviaban.
-Del mismo modo que muchas personas critican a los
cazadores pero Viscos los acoge con toda pompa porque vive de ellos, del mismo
modo que mucha gente detesta las corridas de toros, pero compran carne en la
carnicería alegando que los animales sacrificados en mataderos tuvieron una
muerte "digna", también mucha gente critica a los fabricantes de
armas, pero continuarán existiendo hasta que no quede ni una sola arma sobre la
faz de la tierra. Porque, mientras quede un arma, deberá existir otra; de lo
contrario, el equilibrio, estará peligrosamente descompensado.
-¿Y qué tiene eso que ver con mi pueblo? -preguntó
Chantal-. ¿Qué tiene que ver con desobedecer los mandamientos, con el crimen,
con el robo, con la esencia del ser humano, con el Bien y el Mal?
Los ojos del extranjero se ensombrecieron, como si
les hubiera inundado una gran tristeza.
-Recuerda
lo que te
dije al principio:
siempre procuré hacer
mis negocios conforme
a las leyes,
me
consideraba "un hombre de bien." Una
tarde recibí una llamada en la oficina: una voz femenina, suave, que no
18
mostraba ninguna emoción, me informó que su grupo
terrorista había secuestrado a mi mujer y a mis hijas. Querían una gran
cantidad de aquello que yo estaba en condiciones de proveerles: armas.
Exigieron discreción, dijeron que nada le pasaría a mi familia si yo seguía las
instrucciones que me darían.
»La mujer colgó diciéndome que volvería a llamar en
media hora, y pidió que esperase en una cabina telefónica determinada de la
estación de trenes. Dijo que no me preocupara más de la cuenta, que las
trataban bien y que serían liberadas al cabo de pocas horas, puesto que sólo
debía mandar un e-mail a una de nuestras filiales en cierto país. En realidad,
ni siquiera se trataba de un robo, sino de una venta ilegal que podía pasar
completamente desapercibida incluso para la empresa en donde trabajaba.
»Como buen ciudadano educado para obedecer las
leyes y sentirme protegido por ellas, lo primero que hice fue llamar a la
policía. Al minuto siguiente yo ya no era dueño de mis decisiones, me había
transformado en una persona incapaz de proteger a mi propia familia, mi
universo estaba poblado por voces anónimas y llamadas frenéticas.
Cuando me dirigí a la cabina indicada, un verdadero
ejército de técnicos ya había conectado el cable telefónico subterráneo con los
aparatos más modernos existentes, de modo que podrían localizar inmediatamente
la llamada. Había helicópteros preparados para despegar, coches situados
estratégicamente para cortar el tráfico, hombres bien entrenados y armados
hasta los dientes estaban en alerta roja.
»Dos gobiernos diferentes, en continentes
distantes, ya estaban al corriente de la situación, y prohibían cualquier tipo
de negociación; yo sólo podía obedecer órdenes, repetir las frases que me
dictaban, y comportarme de la manera que me exigían los especialistas.
»Antes del final del día, el zulo donde mantenían
encerradas a las rehenes fue asaltado y los secuestradores, dos chicos y una
chica, aparentemente sin mucha experiencia, simples piezas descartables de una
poderosa organización política, yacían muertos, cosidos a balas. Pero antes de
morir, habían tenido tiempo de ejecutar a mi mujer y a mis hijas. Si hasta Dios
tiene un infierno, que es su amor por los hombres, cualquier hombre tiene un
infierno al alcance de la mano, que es el amor por su familia.
El hombre hizo una pausa: temía perder el control
de su voz, y demostrar una emoción que deseaba mantener oculta. Cuando se
recuperó, siguió hablando:
-Tanto la policía como los secuestradores
utilizaron armas que fabricaba mi industria. Nadie sabe cómo llegaron a manos
de los terroristas, pero eso no tiene la menor importancia, el hecho es que
estaban allí. A pesar de mis precauciones, de mi lucha para que todo se llevara
a cabo conforme a las normas más estrictas de producción y venta, mi familia
había sido asesinada por algo que yo había vendido, en algún momento, quizás
durante una cena en un restaurante carísimo, mientras hablaba del tiempo o de política
mundial.
Nueva pausa. Cuando prosiguió con el relato,
parecía que hablaba otra persona, como si nada de aquello tuviera ningún tipo
de relación con él.
-Conozco bien el arma y las municiones que
utilizaron para matar a mi familia, y sé dónde les dispararon: al pecho. Al
entrar, la bala produce un pequeño orificio, menor que la anchura del dedo
meñique. Pero cuando choca con el primer hueso, se divide en cuatro, y cada uno
de los fragmentos sigue en direcciones distintas, destruyendo con violencia
todo lo que encuentra a su paso: riñones, corazón, hígado, pulmones. Cada vez
que roza algo resistente, como una vértebra, se desvía de nuevo, generalmente
arrastrando consigo fragmentos afilados y músculos destrozados, hasta que
finalmente consigue salir. Cada uno de los cuatro orificios de salida es casi
tan grande como un puño, y la bala aún tiene fuerza suficiente para esparcir
por la sala los pedazos de fibra, carne y huesos que se le han adherido
mientras recorría el interior del cuerpo.
»Todo eso sucede en menos de dos segundos; dos
segundos para morir no parece mucho, pero el tiempo no se mide de esta manera.
Espero que lo comprendas.
Chantal asintió con la cabeza.
-Dejé mi empleo a finales de aquel año. Vagué por
los cuatro costados de la Tierra, llorando a solas mi dolor, preguntándome a mí
mismo cómo es posible que el ser humano sea capaz de tanta maldad. Perdí lo más
importante que tenemos las personas: la fe en el prójimo. Reí y lloré por la
ironía de Dios, al demostrarme, de una manera tan absurda, que yo era un
instrumento del Bien y del Mal.
»Toda mi compasión fue desapareciendo, y hoy en día
mi corazón está seco; tanto me da vivir o morir. Pero antes, en nombre de mi
mujer y mis hijas, necesito comprender qué pasó durante ese cautiverio.
Comprendo que se pueda matar por odio o por amor, pero, ¿sin ningún motivo,
sólo por negocios?
»Tal vez esto te parezca ingenuo, al fin y al cabo,
la gente mata todos los días por dinero, pero eso no me interesa, yo sólo
pienso en mi mujer y en mis hijas. Quiero saber lo que pasó por la cabeza de
aquellos terroristas. Quiero saber si, en algún momento, podían haber sentido
piedad y haberlas dejado marchar, ya que aquella guerra no era la de mi
familia. Quiero saber si existe una fracción de segundo, cuando el Bien y el
Mal se enfrentan, en que el Bien puede vencer.
-¿Por qué Viscos? ¿Por qué mi pueblo?
-¿Por qué las armas de mi fábrica, si hay tantas
fábricas de armas en el mundo, algunas sin ningún tipo de control
gubernamental? La respuesta es muy simple: por azar. Yo necesitaba una
comunidad pequeña, donde todos se conocieran y se quisieran. En cuanto sepan lo
de la recompensa, el Bien y el Mal se encontrarán de nuevo frente a frente, y
lo que sucedió durante aquel cautiverio, sucederá en tu pueblo.
»Los terroristas ya estaban cercados, no tenían
escapatoria; a pesar de ello, mataron para cumplir con un ritual inútil y
vacío. Tu pueblo tendrá lo que a mí me fue negado: la posibilidad de elegir.
Estarán cercados por el deseo del dinero, tal vez creerán que tienen la
obligación de proteger y salvar al pueblo, pero, a pesar de
19
ello, aún tendrán la capacidad de decidir si
ejecutan o no ejecutan al rehén. Sólo eso: quiero averiguar si otras personas
habrían tenido una reacción distinta a la que tuvieron aquellos pobres y
sanguinarios jóvenes.
»Tal como te dije en nuestro primer encuentro, la
historia de un hombre es la historia de toda la humanidad. Si existe compasión,
entenderé que el destino, que fue cruel conmigo, pueda, a veces, ser dulce con
los demás. Eso no cambiará en nada mis sentimientos, no me devolverá a mi
familia, pero, por lo menos, alejaré el demonio que me acompaña y me roba la
esperanza.
-¿Y por qué quieres saber si soy capaz de robarte?
-Por el mismo motivo. Quizás tú divides el mundo en
delitos leves o graves: pero no es así. Creo que aquellos terroristas también
dividían el mundo de esa manera: pensaron que estaban matando por una causa, no
por placer, amor, odio o dinero. Si te llevas el lingote de oro, tendrás que
dar cuenta de tu delito a ti misma, y después a mí, y yo entenderé la
justificación que los asesinos dieron al asesinato de mis seres queridos. Ya
debes de haber notado que, durante todos estos años, he procurado entender lo que
pasó; no sé si eso me proporcionará la paz, pero no veo ninguna otra
alternativa.
-Si te robara el lingote, jamás volverías a verme.
Por primera vez, en la media hora que llevaban
hablando, el extranjero esbozó una sonrisa.
-No olvides que trabajé en armamento. Eso implica
servicios secretos.
El hombre le pidió que lo acompañase hasta el río;
se había perdido, no sabía el camino de vuelta. Chantal cogió la escopeta (la
había pedido prestada a un amigo con el pretexto de que estaba muy tensa y
quería distraerse yendo de caza).
No mediaron palabra durante el camino. Cuando
llegaron al río, el hombre se despidió de ella.
-Entiendo tu demora, pero ya no puedo esperar más.
También entiendo que, para luchar contra mí, necesitabas conocerme mejor: ahora
ya me conoces.
»Soy un hombre que camina por la Tierra en compañía
de un demonio; para alejarlo o aceptarlo de una vez por todas necesito hallar
la respuesta a algunas preguntas.
El tenedor golpeó insistentemente un vaso. Todos
los clientes del bar, que ese viernes estaba lleno hasta los topes, se giraron
en dirección a la fuente de aquel ruido; era la señorita Prym, que pedía
silencio.
El silencio fue inmediato. Nunca, en ningún momento
de la historia del pueblo, ninguna chica cuya única obligación era servir a la
clientela se había comportado de esa manera.
"Será mejor que tenga alguna cosa importante
que decirnos -pensó la dueña del hotel-. O la despediré hoy mismo, a pesar de
la promesa que hice a su abuela de no dejarla desamparada jamás."
-¡Escúchenme! Les voy a contar una historia que
conocen todos, excepto nuestro visitante –dijo Chantal, mirando en dirección al
extranjero-. Después, les contaré otra historia que sólo conoce nuestro
visitante. Cuando termine de contarles ambas historias deberán juzgar si he
hecho mal al interrumpir su merecido descanso de la noche de los viernes,
después de una semana de trabajo agotador.
"Se arriesga demasiado -pensó el cura-. No
sabe nada que no sepamos nosotros. Por mucho que sea una pobre huérfana, sin
otros medios para ganarse la vida, será difícil convencer a la dueña del hotel
para que la mantenga en el empleo.
»Bueno, quizás no sea tan difícil -reflexionó-.
Todos cometemos pecados y, pasados dos o tres días de enfado, todo se
perdona." Además, no conocía, en toda la aldea, otra persona que pudiese
trabajar en el bar. Era un empleo para gente joven y ya no quedaban más jóvenes
en Viscos.
-Viscos tiene tres calles, una plazuela con una
cruz, algunas casas en ruinas, una iglesia con un cementerio al lado... -empezó
a decir Chantal.
-¡Un momento! -exclamó el extranjero.
Sacó una pequeña grabadora de su bolsillo, la puso
en marcha y la dejó encima de la mesa.
-Todo lo que tiene relación con la historia de
Viscos me interesa. No quiero perderme ni una sola palabra.
Supongo que no te molesta que te grabe...
Chantal no sabía si le molestaba o no, pero no
podía perder más tiempo. Hacía horas que luchaba contra sus miedos y, cuando
finalmente había reunido el valor suficiente para empezar, no podía permitir
ninguna interrupción.
-Viscos tiene tres calles, una plazuela con una
cruz, algunas casas en ruinas, otras bien conservadas, un hotel, un buzón en un
poste, una iglesia con un cementerio al lado...
Por lo menos, esta vez había hecho una descripción
más completa. Ya no estaba tan nerviosa.
-Todos nosotros sabemos que había sido un reducto
de delincuencia, hasta que nuestro gran legislador, Ahab, después de haber sido
convertido por San Sabino, consiguió transformarlo en lo que es hoy en día, una
aldea que sólo acoge hombres y mujeres de buena voluntad.
»Lo que no sabe nuestro extranjero, y ahora mismo
se lo contaré, es el método que Ahab utilizó para conseguir su propósito. En
ningún momento intentó convencer a nadie porque conocía la naturaleza humana;
confundirían la honestidad con la flaqueza, e inmediatamente pondrían en duda
su poder.
»Lo que hizo fue contratar a unos carpinteros de un
pueblo cercano, darles un papel con un dibujo, y mandarles que construyeran
algo en el lugar donde ahora está la cruz. Día y noche, durante diez días, los
habitantes del pueblo oyeron el repiqueteo de los martillos, vieron hombres
aserrando tablones, encajando piezas, enroscando tornillos. Pasados diez días,
siempre cubierto por una lona, montaron aquel gigantesco rompecabezas en medio
de la plaza. Ahab reunió a todos los habitantes de Viscos para que presenciaran
la inauguración del monumento.
20
»Solemnemente, sin discursos, retiró la lona: era
una horca. Con soga, trampilla y todo lo necesario. Completamente nueva, untada
con cera de abeja, para que pudiera resistir mucho tiempo a al intemperie.
Aprovechando la multitud que se había congregado allí, Ahab leyó una serie de
leyes que protegían a los campesinos, incentivaban la cría de ganado, premiaban
a los que montaran nuevos negocios en Viscos, añadiendo que, a partir de
entonces, deberían dedicarse a trabajos honrados o mudarse a otro pueblo. Sólo
dijo eso, no mencionó ni una sola vez el "monumento" que acababa de
inaugurar; Ahab no creía en amenazas.
»Una vez terminada la reunión, se formaron diversos
grupos; la mayoría pensaba que el santo le había sorbido el seso a Ahab y que
éste ya no tenía el valor de antes, por lo que era necesario matarlo. Durante
los días siguientes hicieron muchos planes al respecto. Pero todos se veían
obligados a contemplar la horca que había en el centro de la plaza, y se
preguntaban: ¿qué hace ahí? ¿La han montado para ejecutar a los que no acaten
las nuevas leyes? ¿Quién está de parte de Ahab y quién no? ¿Tenemos espías entre
nosotros?
»La horca contemplaba a los hombres, y los hombres
contemplaban la horca. Poco a poco, el valor inicial de los rebeldes fue
cediendo paso al miedo; todos conocían la fama de Ahab, sabían que era
implacable en sus decisiones. Algunas personas abandonaron el pueblo, otras, en
cambio, decidieron probar los empleos que les habían sugerido, simplemente
porque no tenían otro sitio a donde ir o, tal vez, a causa de la sombra de
aquel instrumento de muerte que había en medio de la plaza. Al cabo de un
tiempo, Viscos era un remanso de paz, se había convertido en un gran centro
comercial fronterizo, empezó a exportar una lana excelente y a producir trigo
de primera calidad.
»La horca estuvo en la plaza durante diez años. La
madera resistía bien, pero periódicamente cambiaban la soga. Nunca fue
utilizada. Ahab nunca hizo ningún comentario sobre ella. Bastó su imagen para
transformar el valor en miedo, la confianza en sospecha, las bravatas en
susurros de aceptación. Pasados diez años, cuando finalmente la ley imperaba en
Viscos, Ahab ordenó desmontarla y usar su madera para construir una cruz, que
fue erigida en el mismo lugar.
Chantal hizo una pausa. En el bar, completamente en
silencio, resonaron los aplausos solitarios del extranjero.
-Una historia muy bonita -dijo el hombre-.
Realmente, Ahab conocía la naturaleza humana: no es la voluntad de cumplir las
leyes lo que hace que la gente se comporte como manda la sociedad, sino el
miedo al castigo. Todos arrastramos esta horca en nuestro interior.
-Hoy, porque el extranjero me lo pidió, arrancaré
la cruz y colocaré otra horca en medio de la plaza -continuó diciendo ella.
-Carlos -comentó alguien-. Se llama Carlos y sería
más educado usar su nombre que llamarlo "extranjero."
-No sé cómo se llama. Todos los datos de la ficha
del hotel son falsos. Nunca ha pagado con tarjeta de crédito. No sabemos de
dónde viene ni adónde va; incluso la llamada al aeropuerto podría ser una
mentira. Todos se giraron en dirección al hombre; él mantenía los ojos fijos en
Chantal.
-Pero cuando dijo la verdad no le creyeron;
realmente trabajó en una fábrica de armamento, vivió muchas aventuras, fue
varias personas diferentes, de padre amoroso a negociador despiadado. Ustedes,
al vivir aquí, no comprenden que la vida es mucho más compleja y rica de lo que
piensan.
"Será mejor que esta chica se exprese con
claridad", pensó la dueña del hotel. Y Chantal se expresó con claridad.
-Hace cuatro días me enseñó diez lingotes de oro
muy gruesos. Con ellos, se podría asegurar el futuro de todos los habitantes de
Viscos durante los próximos treinta años, realizar importantes reformas en el
pueblo, construir un parque infantil, con la esperanza de que los niños vuelvan
a poblar nuestra aldea... Después, los escondió en el bosque, y no se dónde
están ahora.
Todos se giraron nuevamente en dirección al
extranjero; esta vez, el hombre los miró a ellos y asintió con la cabeza.
-El oro será para Viscos si, en los próximos tres
días, se comete un asesinato aquí. Si no muere nadie, el extranjero se irá,
llevándose su tesoro.
»Esto es todo. Ya dije lo que tenía que decir, ya
puse de nuevo la horca en la plaza. Sólo que esta vez no está ahí para evitar
un crimen, sino para que un inocente sea ahorcado en ella, y el sacrificio de
este inocente sirva para que el pueblo prospere.
Por tercera vez, los presentes se giraron hacia el
extranjero; de nuevo, él asintió con la cabeza.
-Esta chica sabe contar historias -dijo el hombre,
apagando la grabadora y guardándola en el bolsillo.
Chantal se volvió de espaldas y empezó a fregar los
vasos en la pila. El tiempo parecía haberse detenido en Viscos; nadie decía
nada. Lo único que se oía era el agua del grifo, el tintineo de los vasos de
cristal cuando los ponía encima del mármol, el viento distante que agitaba las
ramas desnudas de los árboles.
El alcalde quebró el silencio.
-Vamos a llamar a la policía.
-Pueden hacerlo -dijo el extranjero-. Pero tengo en
mi poder una cinta grabada. Mi único comentario ha sido:
"Esta chica sabe contar historias."
-Por favor, suba a su habitación, recoja sus cosas
y salga inmediatamente del pueblo -exigió la dueña del hotel.
-Pagué una semana y pienso quedarme una semana,
aunque sea preciso llamar a la policía. -¿No se le ha ocurrido pensar que el
muerto podría ser usted?
21
-Claro. Pero eso no tiene la menor importancia para
mí. Si reaccionan así, habrán cometido un crimen y jamás obtendrán la
recompensa prometida.
Uno a uno, los clientes del bar fueron saliendo,
empezando por los más jóvenes y acabando por los más viejos. Sólo se quedaron
Chantal y el extranjero.
Ella cogió su bolso, se puso el abrigo, se dirigió
hacia la puerta y, entonces, se giró.
-Has sufrido y deseas venganza -dijo ella-. Tu
corazón está muerto, tu alma sin luz. El demonio que te acompaña está sonriendo
porque llevas a cabo el juego que él determinó.
-Gracias por haber hecho lo que te pedí. Y por
haberme contado la interesante y verídica historia sobre la horca.
-En el bosque me dijiste que querías respuestas
para ciertas preguntas, pero de la manera que has urdido tu plan, sólo la
maldad tiene recompensa; si no hay ningún asesinato, el Bien sólo obtendrá
alabanzas. Y sabes de sobras que las alabanzas no alimentan bocas hambrientas
ni animan pueblos decadentes. Tú no quieres la respuesta a una pregunta, sino
la confirmación de algo en lo que deseas creer desesperadamente: que todo el
mundo es malo.
La expresión del extranjero cambió y Chantal se dio
cuenta de ello.
-Si todo el mundo es malo, se justifica la tragedia
que has sufrido -continuó diciendo ella-. Te será más fácil aceptar la pérdida
de tu mujer y tus hijas. Pero si existen personas buenas, tu vida será
insoportable, aunque digas lo contrario; porque el destino te puso una trampa
que no merecías. No quieres recuperar la luz, sino tener la certeza de que sólo
existen las tinieblas.
-¿Adónde quieres ir a parar?
-A una apuesta más justa. Si, dentro de tres días,
no ha habido ningún asesinato, el pueblo obtendrá los diez lingotes de oro de
cualquier manera. Como premio por la integridad de sus habitantes.
El extranjero se echó a reír.
-Y yo obtendré mi lingote, como pago por haber
participado en este juego tan sórdido.
-No soy estúpido. Si lo acepto, lo primero que
harías sería salir a contárselo a todo el mundo.
-Es un riesgo. Pero no pienso hacerlo; lo juro por
mi abuela y por mi salvación eterna.
-No basta con eso. Nadie sabe si Dios escucha los
juramentos ni si existe la salvación eterna.
-Comprenderás que no lo he hecho, porque he erigido
una horca nueva en medio del pueblo. Te sería fácil percatarte de cualquier
truco, si lo hubiera. Además, aunque yo, ahora, contase nuestra conversación a
todos, nadie me creería; sería lo mismo que llegar a Viscos con el tesoro y
decir: "Esto es para ustedes, tanto si hacen lo que les ha pedido el
extranjero como si no." Estos hombres y estas mujeres están acostumbrados
a trabajar duro, a ganar con el sudor de su frente cada céntimo, y nunca
admitirían la posibilidad de que les cayera un tesoro del cielo.
El extranjero encendió un cigarrillo, apuró su vaso
y se levantó de la mesa. Chantal esperaba su respuesta con la puerta abierta y
el frío penetraba en el bar.
-Si juegas sucio, lo notaré -dijo el hombre-. Estoy
acostumbrado a tratar con los seres humanos, igual que tu Ahab.
-Estoy convencida de ello. ¿Eso significa que sí?
Nuevamente, el hombre asintió con la cabeza.
-Y otra cosa: aún crees que el hombre puede ser
bueno. De lo contrario, no habrías organizado este montaje tan estúpido sólo
para convencerte a ti mismo.
Chantal cerró la puerta y caminó por la única calle
de Viscos -completamente desierta- llorando sin parar.
Sin querer, se había involucrado en el juego; había
apostado que los hombres eran buenos, a pesar de toda la maldad que existe en
el mundo.
Jamás contaría la conversación que acababa de tener
con el extranjero porque ahora ella también necesitaba saber la respuesta.
Sabía que -a pesar de que la calle estaba desierta-
por detrás de las cortinas y de las luces apagadas, todas las miradas de Viscos
la acompañaban hasta su casa. No importaba; estaba demasiado oscuro para que
pudieran ver su llanto.
El extranjero abrió la ventana de su habitación, y
deseó que el frío acallase por algunos momentos la voz de su demonio.
Tal como había previsto, no funcionó, porque el
demonio estaba más agitado que nunca, a causa de lo que la chica acababa de
decir. Por primera vez en muchos años lo veía debilitado, y hubo algún momento
en que notó que se alejaba de él, para volver en seguida, ni más fuerte, ni más
débil, con su temperamento habitual. Moraba en el lado derecho de su cerebro,
precisamente la parte que gobierna la lógica y el raciocinio, pero nunca se
había dejado ver físicamente, de modo que estaba obligado a imaginarse cómo
debía de ser. Intentó retratarlo de mil maneras distintas, desde el diablo
convencional con cuernos y rabo, hasta una chica rubia de cabellos ondulados.
Terminó eligiendo la imagen de un joven de veinte y pocos años, con pantalones
negros, camisa azul y una boina verde displicentemente colocada encima de sus
cabellos negros.
Había escuchado su voz, por primera vez, en la isla
donde viajó después de abandonar la empresa; estaba en la playa, sufría pero
intentaba desesperadamente creer que aquel dolor tendría un final, cuando vio
la puesta de sol más hermosa de su vida. Entonces, la desesperación se abatió
sobre él con más fuerza que nunca y descendió al abismo más profundo de su
alma, porque aquel atardecer merecía ser visto por su mujer y las niñas. Lloró
compulsivamente, y presintió que nunca saldría del fondo de aquel pozo.
22
En ese momento, una voz simpática y amistosa le
dijo que no estaba solo, que todo lo que le había sucedido tenía un sentido, y
que el sentido era, precisamente, demostrarle que el destino de todas las
personas ya está trazado. La tragedia aparece siempre, y nada de lo que podamos
hacer puede cambiar ni una línea del mal que nos espera.
"No existe el bien: la virtud sólo es una de
las caras del terror -le había dicho la voz-. Cuando el hombre lo entiende, se
da cuenta de que este mundo no es otra cosa que una broma de Dios."
Después, la voz -que se identificó como el príncipe
de este mundo, el único conocedor de lo que acontece en la Tierra- empezó a
mostrarle las personas que tenía a su alrededor, en la playa. Al abnegado padre
de familia que empaquetaba cosas y ayudaba a sus hijos a ponerse el abrigo le
gustaría tener un lío con su secretaria pero le aterrorizaba la reacción de su
mujer. A la mujer le gustaría trabajar y ser independiente, pero le
aterrorizaba la reacción del marido. Los niños se portaban bien por miedo a los
castigos. La chica que leía un libro, sola en una caseta, fingía indiferencia,
pero su alma estaba aterrorizada por la posibilidad de pasar sola el resto de
su vida.
El chico que hacía ejercicio con la raqueta estaba
aterrorizado porque debía estar a la altura de las expectativas de sus padres.
Al camarero que servía cócteles tropicales le aterrorizaba la idea de que
pudieran despedirlo en cualquier momento. La chica que quería ser bailarina,
pero estudiaba derecho por miedo a enfrentarse a la crítica de sus vecinos. El
viejo que no fumaba ni bebía diciendo que así se conservaba en forma, cuando,
en realidad, el terror a la muerte susurraba en sus oídos como el viento. La
pareja que corría salpicando con el agua del rompiente, con una sonrisa en los
labios, y el terror oculto de volverse viejos, aburridos, inválidos. El hombre
que paró su lancha delante de todos y los saludó con la mano, sonriente,
bronceado, sintiendo terror porque podía perder su dinero de un momento a otro.
El dueño del hotel, que contemplaba aquella escena paradisíaca desde su
oficina, intentando que todos estuvieran contentos y animados, exigiendo el
máximo de sus contables, con el terror en el alma porque sabía que -por más
honrado que fuese- hacienda siempre descubría errores en la contabilidad.
Terror en cada una de las personas que había en
aquella bonita playa, en aquel atardecer que dejaba sin aliento. Terror de
quedarse solo, terror de la oscuridad que poblaba la imaginación de demonios,
terror de hacer alguna cosa ajena al manual de urbanidad, terror al juicio de
Dios, terror de los comentarios de los hombres, terror de la justicia que
castigaba cualquier falta, terror de arriesgarse y perder, terror de ganar y
tener que convivir con la envidia, terror de amar y ser rechazado, terror de pedir
un aumento, de aceptar una invitación, de ir a lugares desconocidos, de no
conseguir hablar una lengua extranjera, de no tener capacidad para impresionar
a los demás, de hacerse viejo, de morir, de hacerse notar por los defectos, de
no ser notado por las cualidades, de no ser notado ni por defectos ni por
cualidades.
Terror, terror, terror. La vida era un régimen de
terror, la sombra de la guillotina. "Espero que esto te tranquilice -oyó
decir a su demonio-. Todos están aterrorizados; no estás solo. La única
diferencia es que tú ya pasaste por lo más difícil; lo que más temías ya se ha
transformado en realidad. No tienes nada que perder, las otras personas que
están en esta playa, en cambio, conviven con la proximidad del terror, algunos
son más conscientes, otros intentan ignorarlo, pero todos saben que existe y
que, al final, los atrapará."
Por increíble que pueda parecer, aquello que
escuchaba lo dejó más aliviado, como si el sufrimiento ajeno disminuyera su
dolor individual. A partir de entonces, la presencia del demonio se tornó cada
vez más constante. Hacía dos años que convivía con él, y no le proporcionaba ni
placer ni tristeza saber que se había apoderado completamente de su alma.
A medida que se familiarizaba con la compañía del
demonio procuraba saber más cosas sobre el origen del Mal, pero nada de lo que
preguntaba obtenía una respuesta precisa: "Es inútil que intentes
averiguar por qué existo. Si quieres una explicación, puedes decirte a ti mismo
que soy la manera que Dios encontró para castigarse por haber decidido, en un
momento de distracción, crear el Universo."
Ya que el demonio hablaba tan poco de sí mismo, el
hombre empezó a buscar todo tipo de información referente al Infierno. Averiguó
que la mayoría de las religiones tenían "un lugar de castigo" adonde
se dirigía el alma inmortal que había cometido ciertos crímenes contra la
sociedad (todo parecía ser una cuestión de la sociedad, no del individuo).
Algunas decían que, una vez separado del cuerpo, el espíritu cruzaba un río, se
enfrentaba a un perro y entraba por una puerta por la que nunca jamás volvería
a salir. Como colocaban el cadáver en un túmulo, este lugar de tormentos se
situaba, en general, en el interior de la tierra; a causa de los volcanes, se
sabía que este interior está lleno de fuego, y la imaginación humana creó las
llamas que torturaban a los pecadores.
Una de las descripciones más interesantes la
encontró en un libro árabe: allí estaba escrito que, una vez fuera del cuerpo,
el alma debe caminar por un puente tan estrecho como el filo de una navaja, en
el lado derecho está el paraíso, en el izquierdo, una serie de círculos que
conducen a la oscuridad del interior de la Tierra. Antes de cruzar el puente
(el libro no explica adónde conduce), cada cual cargaba sus virtudes en la mano
derecha y sus pecados en la izquierda, y el desequilibrio provocaría que cayese
hacia el lado que sus actos en la tierra lo hubieran llevado.
El Cristianismo hablaba de un lugar donde se
escucharía llanto y crujir de dientes. El Judaísmo se refería a una caverna
interior, con espacio para un número determinado de almas; algún día, el
infierno estaría lleno y se acabaría el mundo. El Islam hablaba del fuego donde
todos arderían, "a menos que Dios desee lo contrario." Para los
hindúes, el Infierno nunca era un lugar de tormento eterno, ya que creían que
el alma se reencarnaría
23
al cabo de un cierto tiempo, para expiar sus
pecados en el mismo lugar donde los había cometido, o sea, en este mundo. A
pesar de ello, tenían veintiún tipos de lugares de sufrimiento, en lo que
solían llamar "las tierras inferiores."
Los budistas también hacían distinciones entre los
diferentes tipos de castigo a que el alma puede enfrentarse: ocho infiernos de
fuego, ocho completamente helados y, además, un reino en donde el condenado no
sentía frío ni calor, sólo un hambre y una sed infinitas.
Pero no había nada comparable a la gigantesca
variedad que los chinos habían concebido; al contrario que los otros -que
situaban el Infierno en el interior de la Tierra-, las almas de los pecadores
iban a una montaña llamada Pequeña Cerca de Hierro, que estaba rodeada por
otra, la Gran Cerca. En el espacio que había entre las dos existían ocho
grandes infiernos superpuestos, cada uno de los cuales controlaba dieciséis
infiernos pequeños que, a su vez, controlaban diez millones de infiernos
subyacentes. Los chinos también explicaban que los demonios estaban formados
por las almas de los que ya habían cumplido sus penas.
Además, los chinos eran los únicos que explicaban
de una manera convincente el origen de los demonios: eran malos porque habían
sufrido la maldad en carne propia, y querían pasarla a los demás, en un eterno
ciclo de venganza.
"Eso debe de ser lo que me está sucediendo a
mí", se dijo el extranjero, recordando las palabras de la señorita Prym.
El demonio también las había oído, y sentía que había perdido una parte del
terreno tan arduamente conquistado. La única manera de recuperarlo consistía en
no dejar que la mente del extranjero albergara ningún tipo de duda.
"No pasa nada, has tenido una duda -dijo el
demonio-. Pero el terror permanece. La historia de la horca ha sido muy buena y
esclarecedora: los hombres son virtuosos porque existe el terror, pero su
esencia es maligna, todos son descendientes míos."
El extranjero temblaba de frío, pero decidió seguir
con la ventana abierta.
"Dios mío, yo no merecía lo que me sucedió. Si
tú hiciste eso conmigo, yo puedo hacer lo mismo a los demás. Es de
justicia."
El demonio se asustó, pero permaneció en silencio;
no podía demostrar que también él estaba aterrorizado. El hombre blasfemaba
contra Dios, y justificaba sus actos, pero era la primera vez, en dos años, que
le oía dirigirse al cielo. Era una mala señal.
"Es una buena señal", fue el primer
pensamiento de Chantal, cuando oyó la bocina de la furgoneta que traía el pan.
En Viscos, la vida seguía igual, estaban repartiendo el pan, la gente, saldría
de su casa, tendrían todo el fin de semana para comentar el disparate que les
habían propuesto y contemplarían -con cierto disgusto- la partida del
extranjero el lunes por la mañana. Y, esa misma tarde, ella les contaría la
apuesta que había hecho, les anunciaría que habían ganado la batalla y que eran
ricos.
Nunca llegaría a convertirse en una santa, como San
Sabino, pero durante muchas generaciones sería recordada como la mujer que
salvó la aldea de la segunda visita del Mal; quizás inventarían leyendas sobre
ella y, posiblemente, los futuros habitantes de Viscos se referirían a ella
como a una hermosa mujer, la única que no abandonó Viscos cuando aún era joven,
porque tenía una misión que cumplir. Las damas piadosas encenderían velas en
homenaje a ella, los jóvenes suspirarían de amor por la heroína que no pudieron
conocer.
Se sintió orgullosa de sí misma y pensó que debía
ser discreta y no mencionar el lingote de oro que le pertenecía o acabarían por
convencerla de que, para ser considerada santa, era necesario que también
compartiera su parte.
A su manera, estaba ayudando a salvar el alma del
extranjero, y Dios se lo tendría en cuenta cuando tuviera que rendir cuentas de
sus actos. Pero el destino de aquel hombre poco le importaba, lo que más
deseaba era que los dos días pasaran lo más rápido posible, ya que tamaño
secreto casi no le cabía en el corazón.
Los habitantes de Viscos no eran ni mejores ni
peores que los de los pueblos vecinos, pero, con toda certeza, serían incapaces
de cometer un crimen por dinero; estaba segura de ello. Ahora que la historia
había salido a la luz pública, ningún hombre ni ninguna mujer podía tomar una
iniciativa aislada; primero, porque la recompensa debería ser repartida
igualmente, y no conocía a nadie dispuesto a arriesgarse por el lucro de los
demás. Segundo, si estuvieran considerando llevar a cabo aquello que ella juzgaba
impensable, deberían contar con la complicidad de todos, con excepción, tal
vez, de la víctima escogida. Si una sola persona estuviera en contra de la idea
-y, a falta de nadie más, ella sería esa persona-, los hombres y las mujeres de
Viscos correrían el riesgo de ser denunciados y apresados. Es mejor ser pobre y
honrado que rico en la cárcel.
Chantal bajó la escalera recordando que incluso
algo tan simple como la elección del alcalde de una aldea de tres calles ya
provocaba discusiones acaloradas y divisiones internas. Cuando quisieron
construir un parque infantil en la parte baja de Viscos se armó tal revuelo que
jamás llegaron a empezar las obras; unos decían que en el pueblo no había
niños, otros gritaban que un parque los haría volver, cuando sus padres fueran
al pueblo de vacaciones, y notaran que había mejorado en algo. En Viscos se discutía
por todo: la calidad del pan, las leyes de caza, la existencia o no del lobo
maldito, el extraño comportamiento de Berta y, posiblemente, los encuentros a
escondidas de la señorita Prym con algunos de los huéspedes del hotel, aunque
jamás se habían atrevido a mencionar el asunto delante de ella.
Se acercó a la furgoneta con aire de quien, por
primera vez en la vida, desempeñaba el papel principal en la historia del
pueblo. Hasta entonces había sido la huérfana desamparada, la chica que no
había conseguido casarse, la pobre trabajadora nocturna, la infeliz en busca de
compañía; nada perdían por esperar un poco.
24
Pero dentro de dos días, todos le besarían los pies
y le darían las gracias por su generosidad y la abundancia de que disfrutaban,
tal vez insistirían para que se presentara a candidata para la alcaldía
(pensándolo bien, quizás sería mejor quedarse una temporada y disfrutar de la
gloria recién conquistada).
El grupo de personas que estaba en torno a la
furgoneta compraba el pan en silencio. Todos se volvieron hacia ella, pero no
dijeron ni una palabra.
-¿Pero qué pasa en este pueblo? -preguntó el
repartidor del pan-. ¿Se ha muerto alguien?
-No -respondió el herrero, que, a pesar de ser un
sábado por la mañana y pudiera haber dormido hasta más tarde, estaba allí-. Hay
una persona que lo está pasando mal, y estamos preocupados.
Chantal no entendía nada de lo que estaba
sucediendo.
-Apresúrate a comprar lo que necesites –oyó decir-.
Que el chico tiene prisa.
Mecánicamente, entregó sus monedas y cogió el pan.
El chico de la furgoneta se encogió de hombros, como si desistiera de
comprender lo que pasaba. Dio el cambio, deseó a todos un buen día, arrancó el
vehículo y se marchó.
-Ahora soy yo la que pregunta: ¿qué pasa en este
pueblo? -dijo, y el miedo hizo que levantara la voz más de lo que permite la
buena educación.
-Ya sabes qué pasa -dijo el herrero-. Quieres que
cometamos un crimen por dinero.
-¡Yo no quiero nada! ¡Sólo hice lo que me pidió
aquel hombre! ¿Acaso se han vuelto locos?
-Te has vuelto loca. ¡No deberías haberte
convertido en la mensajera de ese chalado! ¿Qué quieres? ¿Qué vas a ganar con
esto? ¿Quieres transformar el pueblo en un infierno, como en la historia que
contaba Ahab? ¿Has perdido la dignidad y la honra?
Chantal estaba temblando.
-¡Ustedes sí que se han vuelto locos! ¿No me digan
que se han tomado en serio la proposición? -Déjala -dijo la dueña del hotel-.
Tenemos que preparar los desayunos. Poco a poco, el grupo se fue dispersando.
Chantal seguía temblando, sujetando el pan, incapaz
de moverse de donde estaba. Por primera vez, todas aquellas personas, que se
pasaban la vida discutiendo, se habían puesto de acuerdo en algo: ella era la
culpable. No el extranjero ni la proposición, sino ella, Chantal Prym, la
instigadora del crimen. ¿Acaso el mundo estaba de cabeza?
Dejó el pan a la puerta de su casa, salió del
pueblo en dirección a la montaña; no tenía hambre ni sed ni sentía ningún
deseo. Se había dado cuenta de algo muy importante, algo que la henchía de
miedo, pavor, terror absoluto.
Nadie había contado nada al hombre de la furgoneta.
Lo más natural habría sido comentar un
acontecimiento como aquél, ya fuera con indignación o con risas; pero el hombre
de la furgoneta, que repartía el pan y los chismorreos a los pueblos de la
comarca, se había marchado sin saber lo que estaba pasando. A buen seguro, los
habitantes de Viscos se habían reunido allí, por primera vez, aquel día y no
habían tenido tiempo de comentar con los demás lo que había sucedido la noche
anterior, a pesar de que todos ya estaban enterados de lo que había pasado en
el bar. Y habían hecho, inconscientemente, una especie de pacto de silencio.
O sea, que podía ser que cada una de esas personas,
en el fondo del corazón, estuviera pensando lo impensable, imaginando lo
inimaginable.
Berta la llamó. Continuaba en su sitio, vigilando
inútilmente el pueblo, porque el peligro ya había entrado, y era mucho peor de
lo que pensaba.
-No tengo ganas de hablar -dijo Chantal-. No puedo
pensar, ni reaccionar, ni decir nada.
-Pues siéntate aquí y escúchame.
De todas las personas con quien se había encontrado
desde que se había levantado, Berta era la única que la estaba tratando con
delicadeza.
Chantal, no sólo se sentó, sino que la abrazó. Se
quedaron así durante un buen rato, hasta que Berta rompió el silencio.
-Ahora vete al bosque, enfría tus ideas; ya sabes
que el problema no va contigo. Ellos también lo saben, pero buscan un culpable.
-¡Es el extranjero! -Tú y yo sabemos que es él.
Nadie más. Todos prefieren creer que han sido traicionados, que deberías
habérselo contado antes, que no has confiado en ellos.
-¡¿Que yo les he traicionado?!
-Sí.
-¿Por qué prefieren creer eso?
-Piensa.
Chantal pensó. Porque necesitaban un culpable. Una
víctima.
-No sé cómo terminará esta historia –dijo Berta-.
Viscos es un pueblo de hombres de bien, aunque, tal como tú dijiste, son un
poco cobardes. A pesar de ello, tal vez sería mejor que pasaras una temporada
lejos de aquí.
Berta debía de estar bromeando; nadie se tomaría en
serio la apuesta del extranjero. ¡Nadie! Además, ella no tenía dinero ni ningún
sitio a donde ir.
No era cierto: la estaba esperando un lingote de
oro, y la podía llevar a cualquier lugar del mundo. Pero no quería pensar en
ello, de ninguna manera.
25
En ese momento, como por una ironía del destino, el
hombre pasó por delante de ellas y se fue a caminar por las montañas, como
todas las mañanas. Las saludó con un gesto de la cabeza, y siguió adelante.
Berta lo acompañó con la mirada mientras Chantal comprobaba si alguien del
pueblo había visto que las saludaba. Dirían que ella era su cómplice. Dirían
que había un código secreto entre los dos.
-Está más serio -dijo Berta-. Tiene un aire
extraño.
-Tal vez se ha dado cuenta de que su broma se ha
convertido en realidad.
-No, no es solamente eso. No sé qué es, pero... Es
como si... No, no sé qué es. "Mi marido debe de saberlo", pensó
Berta, percibiendo una sensación nerviosa y desagradable que procedía de su
lado izquierdo. Pero no era el momento adecuado para conversar con él.
-Pienso en Ahab -dijo a la señorita Prym.
-¡No quiero saber nada de Ahab, ni de historias ni
de nada! ¡Sólo quiero que el mundo vuelva a ser como antes, que Viscos, con
todos sus defectos, no sea destruido por la locura de un hombre!
-Me parece que amas más este pueblo de lo que tú
crees.
Chantal estaba temblando. Berta volvió a abrazarla,
colocando la cabeza de la chica en su hombro, como si fuera la hija que no
había tenido.
-Como te estaba diciendo, Ahab contaba una historia
sobre el cielo y el infierno que, antiguamente, se transmitía de padres a
hijos, pero hoy en día, ya nadie la recuerda. Un hombre, su caballo y su perro
iban por una carretera.
Cuando pasaban cerca de un enorme árbol, cayó un
rayo y los tres murieron fulminados. Pero el hombre no se dio cuenta de que ya
había abandonado este mundo, y prosiguió su camino con sus dos animales; a
veces, los muertos tardan un cierto tiempo antes de ser conscientes de su nueva
condición...
Berta pensó en su marido, que continuaba
insistiendo para que se despidiera de la chica, porque debía contarle algo muy
importante. Tal vez había llegado el momento de explicarle que estaba muerto y
que dejara de interrumpir su historia.
-La carretera era muy larga, colina arriba, el sol
era muy fuerte, estaban sudados y sedientos. En una curva del camino vieron un
portal magnífico, todo de mármol, que conducía a una plaza pavimentada con
adoquines de oro, en el centro de la cual había una fuente de donde manaba un
agua cristalina. El caminante se dirigió al hombre que custodiaba la entrada.
»-Buenos días.
»-Buenos días -respondió el guardián.
»-¿Cómo se llama este lugar tan bonito?
»-Esto es el Cielo.
»-Qué bien que hayamos llegado al Cielo, porque
estamos sedientos.
»-Usted puede entrar y beber tanta agua como
quiera. -Y el guardián señaló la fuente.
»-Pero mi caballo y mi perro también tienen sed...
»-Lo siento mucho -dijo el guardián-. Pero aquí no
se permite la entrada a los animales.
»El hombre se llevó un gran disgusto, puesto que
tenía muchísima sed, pero no pensaba beber solo; dio las gracias al guardián y
siguió adelante. Después de caminar un buen rato cuesta arriba, exhaustos,
llegaron a otro sitio, cuya entrada estaba marcada por una puertecita vieja que
daba a un camino de tierra rodeado de árboles.
A la sombra de uno de los árboles había un hombre
echado, con la cabeza cubierta por un sombrero; posiblemente dormía.
»-Buenos días -dijo el caminante.
»El hombre respondió con un gesto de la cabeza.
»-Tenemos mucha sed, yo, mi caballo y mi perro.
»-Hay una fuente entre aquellas rocas -dijo el
hombre, indicando el lugar-. Pueden beber tanta agua como quieran.
»El hombre, el caballo y el perro fueron a la
fuente y calmaron su sed.
»El caminante volvió atrás para dar las gracias al
hombre.
»-Pueden volver siempre que quieran –le respondió.
»-A propósito, ¿cómo se llama este lugar?
»-Cielo.
»-¿El Cielo? ¡Pero si el guardián del portal de
mármol me ha dicho que aquello era el Cielo!
»-Aquello no era el Cielo, era el Infierno.
»El caminante quedó perplejo.
»-¡Deberían prohibir que utilicen su nombre! ¡Esta
información falsa debe de provocar grandes confusiones!
»-¡De
ninguna manera! En
realidad, nos hacen
un gran favor.
Porque allí se
quedan todos los
que son
capaces de abandonar a sus mejores amigos..."
Berta acarició la cabeza de la chica y percibió que
en su interior, el Bien y el Mal estaban librando un combate sin cuartel,
entonces le dijo que fuera al bosque y preguntara a la Naturaleza adónde debía
dirigirse.
-Presiento que nuestro pequeño paraíso enclavado en
las montañas está a punto de abandonar a sus amigos.
26
-Te equivocas, Berta. Perteneces a otra generación,
la sangre de los malhechores que habían poblado Viscos es más densa en tus
venas que en las mías. Los hombres y las mujeres de Viscos tienen mucha
dignidad. Si no tienen dignidad, desconfían los unos de los otros. Si no
desconfían, tienen miedo.
-De acuerdo, estoy equivocada. Pero haz lo que te
digo: ve a escuchar a la Naturaleza.
Chantal se marchó. Y Berta se volvió hacia El
fantasma de su marido, pidiéndole que se tranquilizara, que ya era una mujer
adulta; mejor dicho, una anciana, y que no debía interrumpirla cuando intentaba
dar consejos a una persona joven.
Ya había aprendido a cuidar de sí misma, y ahora
cuidaba del pueblo.
Su marido le pidió que anduviera con cuidado. Que
no diera tantos consejos a la chica, porque nadie sabía cómo acabaría aquella
historia.
Berta se sorprendió mucho, porque creía que los
muertos lo sabían todo; al fin y al cabo, ¿no había sido él quien la había
advertido de que el peligro estaba por llegar? Tal vez se estaba haciendo
demasiado viejo, y empezaba a tener otras manías, además de tomar la sopa con
la misma cuchara.
El marido le dijo que la vieja era ella, porque los
muertos conservan la misma edad. Y que, aunque supieran algunas cosas que los
vivos desconocían, necesitaban de algún tiempo para ser admitidos en el lugar
donde viven los ángeles superiores; él era un muerto reciente (no hacía ni
quince años que había abandonado la Tierra), aún debía aprender muchas cosas, a
pesar de que sabía que ya podía ayudar bastante.
Berta le preguntó si la morada de los ángeles
superiores era más bonita y cómoda. El marido le contestó que se dejara de
bromitas y concentrara su energía en la salvación de Viscos. No porque le
interesara especialmente; al fin y al cabo, estaba muerto y nadie había hablado
con él del tema de la reencarnación (aunque había oído algunas conversaciones
respecto a esta posibilidad) y, aunque la reencarnación fuera posible, él
preferiría renacer en algún lugar desconocido. Pero le gustaría que su mujer
viviese en paz y tranquilidad los años que le quedaran en este mundo.
"Pues no te preocupes", pensó Berta. Su
marido no aceptó el consejo; quería que ella hiciese alguna cosa. Si el Mal
vence, aunque sea en una aldea olvidada con tres calles, una plaza y una
iglesia, puede contagiar al valle, a la comarca, al país, al continente, los
mares, el mundo entero.
Aunque tuviese 281 habitantes, siendo Chantal la
más joven y Berta la más vieja, Viscos estaba bajo el control de media docena
de personas: la dueña del hotel, que era la responsable del bienestar de los
turistas, el sacerdote, responsable de las almas, el alcalde, responsable de
las leyes de caza, la mujer del alcalde, responsable del alcalde y de sus
decisiones, el herrero, que fue mordido por el lobo maldito y logró sobrevivir,
y el dueño de la mayor parte de las tierras que rodeaban el pueblo. Además, fue
él quien vetó la construcción del parque infantil, en la creencia -remota- de
que Viscos volvería a crecer, y el solar estaba situado en un lugar ideal para
construir una casa de lujo. A los demás habitantes de Viscos poco les importaba
lo que sucedía o dejaba de suceder en el pueblo, bastante trabajo tenían
cuidando a sus ovejas, su trigo y sus familias. Eran clientes habituales del
bar del hotel, iban a misa, obedecían las leyes, llevaban a arreglar sus
instrumentos a la herrería y, de vez en cuando, compraban tierras.
El terrateniente jamás iba al bar; se enteró de la
historia por su criada, que había estado esa noche y salió de allí
excitadísima, comentando con sus amigas que el huésped del hotel era muy rico y
que tal vez podía tener un hijo con él y exigirle que le cediera la mitad de su
fortuna. Preocupado por el futuro -es decir, que la historia de la señorita
Prym se difundiera y ahuyentara a cazadores y turistas-, había convocado una
reunión de emergencia. En aquel preciso momento, mientras Chantal se dirigía al
bosque, el extranjero se perdía en sus misteriosos paseos y Berta discutía con
su marido sobre si debía o no intentar salvar el pueblo, el grupo se reunía en
la sacristía de la pequeña iglesia.
-Lo único que debemos hacer es llamar a la policía
-dijo el terrateniente-. Está claro que ese oro no existe; creo que ese
individuo pretende seducir a mi criada.
-No sabes de qué hablas porque tú no estuviste allí
-respondió el alcalde-. El oro existe, la señorita Prym no arriesgaría su
reputación sin tener pruebas palpables. Pero eso no cambia nada: tenemos que
llamar a la policía. El extranjero debe de ser un ladrón, hay un precio por su
cabeza; a buen seguro ha venido aquí a ocultar el botín de algún robo.
-¡Menuda tontería! -dijo la mujer del alcalde-. Si
fuera cierto, ese hombre procuraría ser más discreto.
-Tanto da. Debemos llamar a la policía
inmediatamente.
Todos estuvieron de acuerdo. El sacerdote les
sirvió unas copas de vino, para calmar los ánimos.
Empezaron a pensar qué dirían a la policía, ya que,
en realidad, no tenían ninguna prueba contra el extranjero; era muy posible que
todo terminara con el encarcelamiento de la señorita Prym, por incitación al
crimen.
-La única prueba es el oro. Sin el oro, -no hay
nada que hacer.
Claro. Pero ¿dónde estaba el oro? Sólo lo había
visto una persona, y ella no sabía dónde estaba escondido.
El sacerdote sugirió que organizaran grupos de
búsqueda. La dueña del hotel retiró la cortina de la sacristía,
que daba al cementerio; les mostró las montañas de
un lado, el valle de abajo, y las montañas del otro lado.
-Necesitaríamos cien hombres durante cien años. El
terrateniente lamentó para sus adentros que hubieran
construido el cementerio en ese lugar; la vista era
preciosa, y a los muertos no les hacía ninguna falta.
-En otra ocasión, me gustaría hablar con usted del
cementerio -dijo al sacerdote-. Le puedo proporcionar un solar mucho mayor para
los muertos, cerca de aquí, a cambio del terreno que hay junto a la iglesia.
-Nadie querría comprarlo, ni vivir en un lugar
donde antes reposaban los muertos.
27
-Tal vez nadie del pueblo, pero hay turistas que
van como locos por las casas de veraneo, y sólo sería cuestión de pedir a la
gente de Viscos que no dijera nada. Aportaría más dinero para el pueblo y más
impuestos para el ayuntamiento.
-Tiene razón. Sólo es cuestión de que nadie diga
nada. No será muy difícil.
Y, de repente, se hizo el silencio. Un largo
silencio que nadie se atrevía a romper. Las dos mujeres contemplaban el
paisaje, el cura se puso a abrillantar una pequeña imagen de bronce, el
terrateniente se sirvió otro vaso de vino, el herrero se desató y ató los
cordones de los dos zapatos. El alcalde consultaba su reloj continuamente, como
si quisiera insinuar que tenía otros compromisos.
Pero nadie se movía; todos sabían que los
habitantes de Viscos no dirían nada, si aparecía algún comprador interesado en
el terreno que albergaba el cementerio; y lo harían por el placer de ver a un
nuevo vecino en un pueblo que corría el peligro de desaparecer. Sin cobrar ni
un céntimo por su silencio.
"¿Se imaginan que tuviéramos dinero?"
"¿Se imaginan que tuviéramos dinero suficiente
para el resto de nuestras vidas?"
"¿Se imaginan que tuviéramos dinero suficiente
para el resto de nuestras vidas y las de nuestros hijos?" En aquel preciso
momento, una ráfaga de viento cálido, absolutamente inesperado, penetró en la
sacristía. -¿Qué nos propones? -dijo el sacerdote, después de cinco largos
minutos.
Todos se volvieron hacia él.
-Si la gente de Viscos no dice nada, podríamos
seguir adelante con las negociaciones –respondió el terrateniente, eligiendo
cuidadosamente sus palabras, de modo que pudiera ser mal interpretado, o bien
interpretado, dependiendo del punto de vista.
-Son buenas personas, trabajadoras y discretas
-continuó la dueña del hotel, utilizando la misma estratagema-. Hoy mismo, por
ejemplo, cuando el repartidor del pan quiso saber lo que estaba pasando, nadie
le dijo nada. Creo que podemos confiar en ellos.
Un nuevo silencio. Sólo que esta vez era un
silencio opresivo, imposible de disfrazar. A pesar de ello, siguieron el juego,
y el herrero tomó la palabra.
-El problema no está en la discreción de la gente
del pueblo, sino en el hecho de saber que hacerlo es inmoral e inaceptable.
-¿De hacer qué?
-Vender tierra sagrada.
Un suspiro de alivio recorrió la sala; ya podían
pasar al debate moral, porque la parte práctica había avanzado bastante.
-Lo inmoral es ver la decadencia de nuestro Viscos
-dijo la mujer del alcalde-. Ser conscientes de que somos los últimos
habitantes del pueblo, y de que el sueño de nuestros abuelos, de los
antepasados, de Ahab, de los celtas, terminará en pocos años. Y nosotros no
tardaremos mucho en abandonar el pueblo, ya sea para ir a un asilo o para
implorar a nuestros hijos que cuiden de unos viejos enfermos, raros, incapaces
de adaptarse a la vida de la gran ciudad, nostálgicos de todo lo que han dejado
atrás, tristes porque no han tenido la satisfacción de entregar a la nueva
generación el regalo que recibieron de sus padres.
-Tienes razón -dijo el herrero-. Lo que es inmoral
es la vida que llevamos. Cuando Viscos esté casi en ruinas, estos campos
estarán abandonados o los comprarán por una miseria; llegarán las máquinas,
construirán buenas carreteras. Las casas serán demolidas, almacenes de acero
sustituirán aquello que fue construido con el sudor de nuestros antepasados. El
campo tendrá una agricultura mecanizada, los trabajadores vendrán durante el
día y de noche volverán a sus casas, que estarán muy lejos de aquí. ¡Qué vergüenza
para nuestra generación! Permitimos que nuestros hijos se marcharan, fuimos
incapaces de retenerlos a nuestro lado.
-¡Hemos de salvar el pueblo como sea! –exclamó el
terrateniente, que tal vez era el único que saldría beneficiado con la
decadencia de Viscos, puesto que podría comprarlo todo antes de revenderlo a
cualquier industria importante. Pero no le interesaba vender abajo precio unas
tierras en donde podía haber una fortuna enterrada.
-¿Algún comentario, señor cura? -preguntó la dueña
del hotel.
-En mi religión, que es lo único que conozco bien,
el sacrificio de una sola persona salvó a toda la humanidad.
Hubo un tercer silencio, pero éste fue más breve.
-Tengo que prepararme para la misa del sábado
-dijo-. Podríamos quedar a última hora de la tarde.
Se pusieron de acuerdo de inmediato, se dieron cita
al final del día, parecía que todos tuvieran mucha prisa, como si algún asunto
muy importante los estuviera esperando.
Sólo el alcalde conservó la sangre fría.
-Lo que acaba de decir es muy interesante, un tema
excelente para un buen sermón. Creo que hoy todos nosotros deberíamos ir a
misa.
Chantal ya no tenía ninguna duda; se dirigía hacia
la roca en forma de Y pensando en lo que haría en cuanto tuviera el oro.
Volvería a casa, cogería el dinero que tenía guardado allí, se pondría ropa más
resistente, bajaría por la carretera hasta el valle y haría autostop. Nada de
apuestas: aquel pueblo no merecía la fortuna que había tenido al alcance de las
manos. Nada de maletas, no quería que supieran que abandonaba Viscos para
siempre; con sus bellas e inútiles historias, sus habitantes amables y cobardes,
su bar siempre lleno de personas que hablaban siempre de lo mismo, la iglesia
adonde nunca iba. Claro que cabía la posibilidad de
28
que se encontrase con la policía esperándola en la
estación de autobuses, de que el extranjero la acusara de robo, etc. Pero ahora
estaba dispuesta a correr cualquier riesgo.
El odio que había sentido media hora antes se había
transformado en un sentimiento mucho más agradable:
la venganza.
Se alegraba de haber sido ella quien, por primera
vez, había mostrado a todas esas personas la maldad que tenían escondida en el
fondo de sus almas ingenuas y falsamente bondadosas. Todos soñaban con un
posible crimen; pero sólo lo soñaban, porque nunca harían nada. Dormirían
durante el resto de sus pusilánimes vidas repitiéndose a sí mismos que eran
nobles, incapaces de cometer una injusticia, dispuestos a defender el orgullo
de la aldea a cualquier precio, pero sabiendo que sólo el terror les había impedido
matar a un inocente. Se alabarían a sí mismos todas las mañanas por haber
mantenido la integridad, y todas las noches se arrepentirían de haber perdido
su oportunidad.
Durante los próximos tres meses, en el bar, no se
hablaría de otra cosa que de la honestidad y generosidad de los hombres y
mujeres del pueblo. Inmediatamente después llegaría la temporada de caza, y
pasarían un cierto tiempo sin tocar el tema. No era necesario que los
forasteros estuvieran al corriente, puesto que, a ellos, les gustaba creer que
se encontraban en un lugar remoto, en donde todos eran amigos, el bien
imperaba, la naturaleza era generosa y los productos regionales que estaban
expuestos a la venta en el pequeño estante - que la dueña del hotel llamaba la
"tiendecita"- estaban impregnados de este amor desinteresado.
Pero la temporada de caza terminaría y después
tendrían libertad para hablar de nuevo del tema. Esta vez, debido a las muchas
tardes pasadas soñando con el dinero perdido, empezarían a imaginar hipótesis
para la situación: ¿por qué nadie, amparado por la oscuridad de la noche, no
había tenido valor para matar a una vieja inútil como Berta a cambio de los
diez lingotes de oro? ¿Por qué no había tenido lugar un accidente de caza con
el pastor Santiago, quien, todas las mañanas, llevaba su rebaño a las montañas?
Barajarían varias hipótesis, primero con cierto pudor, después, con rabia.
Al cabo de un año, todos se odiarían mutuamente: el
pueblo había tenido una oportunidad y la había dejado escapar. Preguntarían por
la señorita Prym, que había desaparecido sin dejar rastro, tal vez llevando
consigo el oro que el extranjero había escondido. Hablarían mal de ella, la
huérfana, la ingrata, la pobre chica a la que todos se esforzaron por ayudar
cuando murió su abuela, que trabajaba en el bar porque no había podido
agenciarse un marido y desaparecer, que dormía con huéspedes del hotel, normalmente
hombres mucho mayores que ella, que lanzaba miradas seductoras a todos los
turistas mendigando una propina extra.
Se pasarían el resto de sus vidas entre la
autoconmiseración y el odio; Chantal era feliz, ésa era su venganza. Jamás
olvidaría las miradas de las personas que había alrededor de la furgoneta,
implorando su silencio por un crimen que nunca se atreverían a cometer, para
después volverse en su contra, como si fuera ella la culpable de que toda esa
cobardía hubiera salido, finalmente, a la luz.
"Abrigo. Los pantalones de cuero. Me pongo dos
camisetas, ato el oro a mi cintura. Abrigo. Los pantalones de cuero.
Abrigo..."
Ya se encontraba delante de la roca en forma de Y.
Junto a ella estaba la rama que había utilizado para cavar la tierra dos días
antes. Saboreó por un instante el gesto que la transformaría de persona honrada
en ladrona.
Nada de eso. El extranjero la había provocado, y
recibiría su merecido. No estaba robando, sino cobrando su salario por
desempeñar el papel de portavoz de aquella comedia de mal gusto. Se merecía
aquel oro -y mucho más- por haber visto las miradas de asesinos sin crimen
alrededor de la furgoneta, por haber vivido allí toda su vida, por las tres
noches sin dormir, por su alma que ahora estaba perdida, si es que existe el
alma y la perdición.
Cavó la tierra que ya estaba blanda y vio el
lingote. Al verlo, también oyó un ruido.
La habían seguido. Automáticamente, echó un puñado
de tierra en el agujero, consciente de que se trataba de un gesto inútil.
Después, se volvió, dispuesta a contar que estaba buscando el tesoro en ese
sendero porque sabía que el extranjero iba a pasear por allí y que hoy había
notado que la tierra estaba removida.
Pero lo que vio la dejó sin habla, porque no le
interesaban los tesoros, los pueblos decadentes, la justicia, ni la injusticia:
sólo la sangre. La mancha blanca en la oreja izquierda.
El lobo maldito.
Se encontraba entre ella y el árbol más próximo;
era imposible pasar por delante del lobo.
Chantal permaneció completamente inmóvil,
hipnotizada por los ojos azules del animal; su cabeza trabajaba a un ritmo
frenético pensando cuál debía ser su siguiente paso. La rama: demasiado débil
para contener la embestida del lobo; subir a la roca en forma de Y: demasiado
baja; no creer la leyenda y asustarlo, tal como haría con cualquier otro lobo
que apareciera solo: demasiado arriesgado. Más le valía creer que todas las
leyendas tienen siempre una verdad escondida.
"Castigo."
Un castigo injusto, como todo lo que le había
sucedido en la vida. Parecía como si Dios la hubiera elegido para demostrar su
odio por el mundo.
Instintivamente, puso la rama en el suelo y, en un
movimiento que le pareció eterno por lo lento, se protegió el cuello con los
brazos; no podía dejar que el lobo se lo mordiera. Lamentó no llevar puestos
los pantalones de cuero; el segundo lugar de más riesgo sería la pierna, por
donde circula una vena que, una vez rota, la dejaría sin sangre -en diez
minutos; o al menos eso era lo que decían los cazadores para justificar sus
botas altas.
29
El lobo abrió la boca y gruñó. Un gruñido sordo,
peligroso, de quien no amenaza sino que ataca. Ella mantuvo la mirada fija en
sus ojos, aunque el corazón se le salía por la boca, porque ya le estaba
enseñando los dientes.
Todo era cuestión de tiempo; o la atacaba o se iba,
pero Chantal sabía que atacaría. Estudió el terreno, buscó alguna piedra suelta
que pudiera hacerla resbalar, pero no vio ninguna. Decidió salir al encuentro
del animal; la mordería, correría con el lobo agarrado a su cuerpo hasta el
árbol. Debería ignorar el dolor.
Pensó en el oro. Pensó que en breve volvería a
buscarlo. Alimentó todas las esperanzas posibles, cualquier cosa que le diera
ánimos para enfrentarse a la carne desgarrada por colmillos afilados, el hueso
visible, la posibilidad de caer y ser mordida en el cuello.
Y se preparó para correr.
En ese instante, como en una película, vio que
alguien aparecía por detrás del lobo, aunque estaba a una distancia
considerable.
El animal también olisqueó la otra presencia, pero
no movió la cabeza, y ella mantuvo la mirada fija. Parecía que era precisamente
la fuerza de sus ojos lo que evitaba el ataque, y no deseaba correr ningún
riesgo; si había alguien más, las posibilidades de sobrevivir aumentaban, a
pesar de que eso le costaría, finalmente, su lingote de oro.
La presencia de detrás del lobo se inclinó
silenciosamente y después caminó hacia la izquierda. Chantal sabía que allí
había otro árbol, por el que era fácil trepar. En ese momento, una piedra cruzó
el aire cayendo cerca del animal. El lobo se giró con una agilidad nunca vista,
y salió disparado en dirección a la amenaza.
-¡Huye! -gritó el extranjero.
Ella corrió en dirección al único refugio que tenía
a su alcance mientras el hombre se encaramaba al otro árbol, con una agilidad
poco corriente. Cuando el lobo maldito llegó cerca de él, ya estaba en lugar
seguro.
El lobo empezó a gruñir y a saltar, a veces
conseguía subir hasta la mitad del tronco, pero resbalaba inmediatamente.
-¡Arranca unas ramas! -gritó Chantal.
Pero el extranjero parecía estar en una especie de
trance. Ella se lo repitió dos o tres veces, hasta que entendió lo que le
decía. El hombre empezó a arrancar ramas y a tirarlas en dirección al lobo.
-¡No hagas eso! ¡Arranca las ramas, júntalas y
enciéndelas! ¡Yo no tengo encendedor, haz lo que te mando!
Su voz tenía el tono desesperado de quien se
encuentra en una situación límite: el extranjero juntó las ramas pero tardó una
eternidad en encender el fuego; la tormenta del día anterior lo había dejado
todo húmedo, y el sol no calentaba allí en esa época del año.
Chantal esperó a que las llamas de la improvisada
antorcha tomaran fuerza suficiente. Ella hubiera querido dejarlo allí durante
todo el día para que se enfrentara al miedo que él quería imponer al mundo,
pero tenía que salir y por ello se veía obligada a ayudarlo.
-Ahora demuestra que eres un hombre -gritó-. Baja
del árbol, sujeta con fuerza la antorcha, y mantén el fuego en dirección al
lobo.
El extranjero estaba paralizado.
-¡Date prisa! -gritó ella, y el hombre, al oír su
voz, captó toda la autoridad que se escondía detrás de sus palabras, una
autoridad que provenía del terror, de la capacidad de reaccionar rápidamente,
dejando el miedo y el sufrimiento para más tarde.
Bajó con la antorcha en las manos, ignorando las
chispas que, alguna que otra vez, quemaban su rostro. Vio de cerca los dientes
y la espuma que salía de la boca del animal, su miedo aumentaba, pero era
necesario hacer algo, algo que debería haber hecho cuando su mujer y sus hijas
fueron secuestradas y asesinadas.
-¡No desvíes la mirada de los ojos del lobo!-oyó
decir a la chica. La obedeció. Todo se hacía más fácil por momentos, ya no
contemplaba las armas del enemigo, sino el enemigo que tenía dentro de sí
mismo. Estaban en igualdad de condiciones, ambos eran capaces de provocar
terror, el uno al otro.
Puso los pies en el suelo. El lobo retrocedió,
asustado por el fuego: seguía gruñendo y saltando, pero no se le acercaba.
-¡Atácalo!
El hombre avanzó en dirección al animal, que gruñó
con más fuerza que nunca y le enseñó los dientes, pero retrocedió aún más.
-¡Persíguelo! ¡Aléjalo de aquí!
Las llamas habían crecido y el extranjero se dio
cuenta de que, en breve, se quemaría las manos; no le quedaba mucho tiempo. Sin
pensarlo mucho, manteniendo la mirada fija en aquellos siniestros ojos azules,
corrió en dirección al lobo; éste dejó de gruñir y saltar, dio media vuelta y
se internó de nuevo en el bosque.
Chantal bajó del árbol en un abrir y cerrar de
ojos. En poquísimo tiempo había cogido un puñado de ramitas y se había hecho su
propia antorcha.
-¡Vámonos! ¡Rápido!
-¿Adónde? ¿Adónde? ¿A Viscos, en donde todos los
verían llegar juntos? ¿Hacia otra trampa en la que el fuego no producía el
menor efecto? Ella se dejó caer en el suelo, con un inmenso dolor en la espalda
y el corazón disparado.
-Enciende una hoguera -dijo al extranjero-. Y
déjame pensar.
30
Intentó moverse y lanzó un grito; parecía que
tuviera un puñal clavado en el hombro. El extranjero juntó hojas, ramas e hizo
la hoguera. A cada movimiento, Chantal se retorcía de dolor, y dejaba escapar
un gemido sordo; debía de haberse herido gravemente al subir al árbol.
-No te preocupes, que no tienes ningún hueso roto
-dijo el extranjero, al oír sus gemidos de dolor-. Yo he pasado por esto.
Cuando el organismo llega al límite de la tensión, los músculos se contraen y
nos juegan esta mala pasada. Deja que te dé un masaje.
-¡No me toques! ¡No te acerques! ¡No hables
conmigo!
Dolor, miedo, vergüenza. Estaba segura dé que él
había visto cómo desenterraba el oro; él sabía -porque el Demonio era su
compañero, y los demonios conocen el alma de las personas- que esta vez Chantal
pensaba robarle.
Como también sabía que, en ese instante, todo el
pueblo estaba soñando con cometer el crimen.
Como sabía que no harían nada, porque tenían miedo,
pero con la intención bastaba para responder a su pregunta: el ser humano es
esencialmente malo. Como sabía que ella pensaba huir, la apuesta que habían
hecho la noche anterior ya no tenía ningún sentido, él podría volver al lugar
de donde vino (¿de dónde vino?) con su tesoro intacto y sus sospechas
confirmadas.
Intentó sentarse en la posición más cómoda posible,
pero no había manera; sería mejor que se quedara inmóvil. El fuego mantendría
alejado al lobo, pero no tardaría mucho en llamar la atención de los pastores
que había por allí. Y los verían juntos.
Recordó que era sábado. Todos estarían en sus casas
llenas de trastos horribles, reproducciones de cuadros famosos colgadas en las
paredes, imágenes de santos de escayola, intentando distraerse. Y, aquel fin de
semana, tendrían la mejor distracción desde el fin de la segunda guerra
mundial.
-¡No hables conmigo! -No he dicho nada. Chantal tenía ganas de llorar, pero no
quería hacerlo delante de él.
Contuvo sus lágrimas.
-Te salvé la vida. Merezco el oro.
-Te salvé la vida. El lobo estaba a punto de
atacarte.
Era cierto.
-Por otro lado, creo que has salvado algo que hay
dentro de mí -continuó el extranjero.
Era un truco. Fingiría que no lo había oído;
aquello era una especie de permiso para quedarse con su fortuna, largarse para
siempre y punto final.
-La apuesta de ayer. Mi dolor era tan grande que
quería que todos sufrieran tanto como yo; sería mi único consuelo. Tienes
razón.
Al demonio del extranjero no le gustaba nada lo que
estaba oyendo. Pidió al demonio de Chantal que le ayudara, pero éste era un
recién llegado y aún no tenía el control total sobre la chica.
-¿Y eso qué cambia?
-Nada. La apuesta sigue en pie y sé que voy a
ganarla. Pero entiendo lo miserable que soy, como también entiendo por qué me
convertí en un miserable: porque creo que no merecía lo que me sucedió.
Chantal se preguntó a sí misma cómo saldrían de
allí; aún era de mañana, pero no se podían quedar en el bosque para siempre.
-Pues yo creo que me merezco el oro y lo cogeré, a
no ser que tú me lo impidas -dijo ella-. Y te aconsejo que hagas lo mismo; ni
tú ni yo necesitamos volver a Viscos; podemos ir directamente al valle, hacer
autostop y, después, cada uno sigue su camino.
-Puedes irte. Pero, en este momento, los habitantes
de Viscos están decidiendo quién va a morir.
-Puede ser. Durante los próximos dos días
discutirán sobre ello, hasta que se agote el plazo; luego, se pasarán dos años
discutiendo quién debería haber sido la víctima. Son muy indecisos a la hora de
actuar, e implacables a la hora de culpar a los demás; conozco a mi pueblo. Si
no vuelves, ni siquiera se tomarán la molestia de discutir; creerán que todo
fue invención mía.
-Viscos es igual a cualquier otra aldea del mundo,
y todo lo que pasa en ella puede pasar en todos los continentes, ciudades,
campamentos, conventos, no importa dónde. Pero tú no entiendes de estas cosas,
como tampoco entiendes que esta vez el destino jugó a mi favor: elegí a la
persona adecuada para ayudarme.
»Alguien que, bajo su apariencia de mujer
trabajadora y honrada, también desea vengarse. Como no podemos ver al enemigo,
porque, si miramos en el fondo de esta historia, el verdadero enemigo es Dios,
que nos hizo pasar por lo que pasamos, desahogamos nuestras frustraciones en
todo lo que nos rodea. Una venganza que nunca queda saciada, porque se dirige
contra la propia vida.
-¿Se puede saber de qué estamos hablando? –dijo
Chantal, irritada porque aquel hombre, la personaque más odiaba en el mundo,
conocía muy bien su alma-. ¿Por qué no cogemos el dinero y nos vamos?
-Porque ayer me di cuenta de que, al proponer lo
que más me repugna, un asesinato sin motivo, como el de mi mujer y mis hijas,
en realidad, deseaba salvarme. ¿Recuerdas el filósofo que mencioné en nuestra
segunda conversación? ¿Aquel que decía que el infierno de Dios es el amor que
siente por los hombres, puesto que la actitud humana Le atormenta a cada
segundo de Su vida eterna?
»Pues bien, ese mismo filósofo dijo otra cosa:
"El hombre necesita de lo peor que hay en él para alcanzar lo mejor que
existe en él."
-No lo entiendo.
-Antes, yo sólo pensaba en vengarme. Igual que los
habitantes de tu aldea, yo soñaba, hacía planes día y noche, pero no los
llevaba a cabo. Durante un cierto tiempo seguí por la prensa la reacción de
personas que
31
habían perdido a sus seres queridos de una manera
similar, y todos terminaron actuando de una manera completamente distinta de la
mía: formaron grupos de apoyo a las víctimas, entidades para denunciar las
injusticias, campañas para demostrar que el dolor de la pérdida nunca puede ser
sustituido por el fardo de la venganza...
»Yo también intenté enfocar las cosas desde un
ángulo más generoso: no lo conseguí. Pero ahora que he cogido valor, que he
llegado a este extremo, he descubierto, muy en el fondo, una luz.
-Sigue -dijo Chantal, porque ella también
vislumbraba una luz.
-No quiero demostrar que la humanidad es perversa.
Lo que sí quiero demostrar es que yo, inconscientemente, pedí las cosas que me
sucedieron, porque soy malo, soy un degenerado, y merecía el castigo que la
vida me impuso.
-Quieres demostrar que Dios es justo. El extranjero
pensó un poco.
-Puede ser.
-Yo no sé si Dios es justo. Pero no se ha portado
muy bien conmigo, y lo que ha destruido mi alma es esta sensación de
impotencia. No consigo ser tan buena como desearía, ni tan mala como creo que
necesito ser. Hace unos minutos pensaba que Él me había elegido para vengarse
de toda la tristeza que los hombres Le causan.
»Creo que tú tienes las mismas dudas, a una escala
mucho mayor: tu bondad no fue recompensada.
Chantal se sorprendía de sus propias palabras.
El demonio del extranjero notaba que el ángel de la
chica empezaba a brillar con más intensidad, y la situación se estaba
invirtiendo por completo.
"¡Espabílate!", le decía al otro demonio.
"Ya lo hago -respondía-. Pero la batalla es
dura." -Tu problema no es exactamente la justicia de Dios -dijo el
hombre-. Sino el hecho de que siempre elegiste ser una víctima de las
circunstancias. Conozco a mucha gente en esa misma situación.
-Como tú, por ejemplo.
-No. Yo me rebelé contra algo que me sucedió y poco
me importa si a la gente le gusta o no mi actitud. Tú, al contrario que yo,
creíste en tu papel de huérfana, desamparada, de persona que desea ser aceptada
a cualquier precio; como eso no siempre sucede, tu necesidad de ser amada se
transforma en un sordo deseo de venganza. En el fondo, a ti te gustaría ser
como los otros habitantes de Viscos; es más, en el fondo, todos deseamos ser
iguales a los demás. Pero el destino te dio una historia diferente.
Chantal negó con la cabeza.
“¡Haz algo! -decía el demonio de Chantal a su
compañero-. Aunque diga que no, su alma empieza a entender, y está diciendo que
sí."
El demonio del extranjero se sentía humillado,
porque el recién llegado se daba cuenta de que no era lo suficientemente fuerte
para acallar al hombre.
"Las palabras no llevan a ninguna parte
-respondió-. Dejemos que hablen, la vida se encargará de que actúen de una
manera diferente."
-No quería interrumpirte -prosiguió el extranjero-.
Por favor, sigue hablándome de la justicia de Dios.
Chantal se alegró de no tener que escuchar más
aquello que no deseaba oír.
-No sé si tiene mucho sentido. Debes de haber
notado que Viscos no es un pueblo muy religioso, aunque tenga una iglesia, como
los demás pueblos de la comarca. Precisamente porque Ahab, a pesar de que San
Sabino lo hubiera convertido, tenía serias dudas por lo que respecta a la
influencia de los curas. Como la mayor parte de los primeros habitantes de
Viscos eran bandidos, creía que los sacerdotes los llevarían de vuelta a la
delincuencia con sus amenazas de tormentos eternos. Quien no tiene nada que perder
jamás piensa en la vida eterna.
»En cuanto apareció el primer cura, Ahab captó la
amenaza. Para compensarla, instituyó un ritual que había aprendido de los
judíos: el día del perdón. Pero adaptó el ritual a su manera.
»Una vez al año, la gente del pueblo se encerraba
en sus casas, hacían dos listas, se volvían en dirección a la montaña más alta,
y elevaban la primera lista hacia al cielo.
»-Aquí tienes, Señor, mis pecados para contigo
-decían al leer la relación de faltas que habían cometido. Trapicheos en los
negocios, adulterios, injusticias y cosas por el estilo-. He pecado mucho y Te
pido perdón por haberte ofendido tanto.
»Después, y en ello residía la invención de Ahab,
sacaban la segunda lista del bolsillo, también la elevaban hacia el cielo, con
el cuerpo vuelto en dirección a la misma montaña. Y decían algo así como:
"Y ésta es la lista de Tus pecados para conmigo: me hiciste trabajar más
de lo necesario, mi hija enfermó a pesar de mis oraciones, me robaron cuando
intenté ser honrado, sufrí más de lo necesario..."
»Una vez terminada la lectura de la segunda lista,
completaban el ritual: "Fui injusto Contigo y Tú fuiste injusto conmigo,
olvida mis faltas, que yo olvidaré las Tuyas y podremos continuar juntos otro
año."
-Perdonar a Dios -dijo el extranjero-. Perdonar a
un Dios implacable que construye y destruye sin cesar.
-Esta conversación es demasiado íntima para mi
gusto -dijo Chantal, mirando en otra dirección-. No he aprendido tanto de la
vida como para poder darte lecciones de nada.
El extranjero permaneció en silencio.
32
"Esto no me gusta nada", pensó el demonio
del extranjero, que ya empezaba a ver una luz a su lado, una presencia que, de
ninguna manera, pensaba admitir allí. Había alejado esa luz dos años atrás, en
una de las muchas playas del mundo.
Por culpa de un exceso de leyendas, de la
influencia de celtas y de protestantes, de algunos pésimos ejemplos del árabe
que había pacificado el pueblo, de la constante presencia de santos y bandidos
por los alrededores, el sacerdote sabía que Viscos no era un pueblo muy
religioso, aunque sus habitantes fueran a bodas y bautizos (lo cual, hoy en
día, era un recuerdo remoto), a funerales (cada vez más frecuentes) y a la misa
de Navidad. Por lo que respecta al resto del año, pocas personas se molestaban
en asistir a ninguna de las dos misas semanales (sábado y domingo, ambas a las
once de la mañana); a pesar de ello, él insistía en celebrarlas, aunque sólo
fuera para justificar su presencia allí. Quería dar la impresión de ser un
hombre santo
y ocupado.
Para su sorpresa, aquel día la iglesia estaba tan
abarrotada que permitió que algunas personas se situaran
alrededor del altar, de lo contrario, no habrían
cabido todos. En vez de encender las estufas eléctricas que pendían del techo,
se vio obligado a pedir que abrieran los dos ventanucos laterales, porque todos
estaban sudando; el sacerdote se preguntaba si el sudor se debía al calor o a
la tensión que reinaba en el ambiente.
Todo el pueblo estaba allí, excepto la señorita
Prym -tal vez avergonzada por lo que había dicho el día anterior- y la vieja
Berta, de quien todos sospechaban que se trataba de una bruja alérgica a la
religión.
-En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo.
Se oyó el eco de un "amén" muy fuerte. El
sacerdote empezó la liturgia, cantó el introito, pidió a la beata de costumbre
que hiciera la lectura, entonó solemnemente el salmo responsorial y recitó el
evangelio con voz pausada y severa.
Acto seguido pidió a los que estaban en los bancos
que se sentaran, los demás permanecieron de pie. Había llegado la hora del
sermón.
-En el evangelio de Lucas hay un pasaje en que un
hombre importante se aproxima a Jesús y le pregunta: «Buen Maestro, ¿qué debo
hacer para heredar la vida eterna? -Y, para nuestra sorpresa, Jesús responde:
"¿Por qué dices que soy bueno? Nadie es bueno, sólo Dios es bueno."»
»Durante muchos años leí a menudo este pequeño
fragmento, intentando comprender lo que dijo Nuestro Señor: ¿que Él no es
bueno? ¿Que el cristianismo, con su concepto de caridad, se basa en las
enseñanzas de alguien que se consideraba malo? Hasta que, finalmente, lo
comprendí: Jesucristo, en ese momento, se refiere a su naturaleza humana; como
hombre, es malo. Como Dios, es bueno.
El sacerdote hizo una pausa, esperando que sus
feligreses captaran el mensaje. Se estaba engañando a sí mismo: seguía sin
comprender lo que había dicho Jesucristo, ya que, si en su naturaleza humana
era malo, sus palabras y gestos también deberían de serlo. Pero eso era una
disquisición teológica que no interesaba en ese momento; lo importante era que
su explicación fuera convincente.
-Hoy no me extenderé mucho. Quiero que comprendan
que todo ser humano debe aceptar que tiene una naturaleza inferior y perversa,
y que si no hemos sido condenados al castigo eterno por ella, es porque
Jesucristo se sacrificó para salvar a la humanidad. Repito: el sacrificio del
hijo de Dios nos salvó. El sacrificio de una sola persona.
»Quiero terminar este sermón recordando el
principio de uno de los libros sagrados que componen la Biblia: el Libro de
Job. Dios está en su trono celestial y el Demonio va a conversar con Él. Dios
le pregunta dónde ha estado.
»-Vengo de hacer un largo viaje por el mundo
-responde el Demonio.
»-Entonces, debes de haber visto a mi siervo Job.
¿Has visto cómo me adora y cumple con todos los sacrificios?
»El Demonio se ríe y argumenta:
»-Al fin y al cabo, Job tiene de todo, ¿por qué no
habría de adorar a Dios y hacer sacrificios? Quítale los bienes que le has
concedido, y veremos si sigue adorando al Señor -desafía el Demonio.
»Dios acepta la apuesta. Año tras año, castiga al
que más Le amaba. Job se encuentra delante de un poder que no comprende, al que
consideraba la Suprema Justicia, pero que le va quitando el ganado, matando a
los hijos, llenando su cuerpo de llagas. Hasta que, después de muchos
sufrimientos, Job se rebela y blasfema contra el Señor. Sólo en ese momento,
Dios le devuelve todo lo que le había quitado.
»Hace años que estamos presenciando la decadencia
de este pueblo; y ahora se me ocurre que tal vez esto sea fruto de un castigo
divino, precisamente porque siempre aceptamos lo que nos dan sin protestar,
como si mereciéramos perder el lugar donde vivimos, los campos donde cultivamos
el trigo, las ovejas, las casas que fueron erguidas con los sueños de nuestros
ancestros. ¿No habrá llegado el momento de rebelarnos? Si Dios obligó a Job a
hacerlo, ¿no nos estará pidiendo lo mismo?
»¿Por qué Dios obligó a Job a rebelarse? Para
demostrar que su naturaleza era mala, y que todo lo que le concedía era por su
gracia, no por su buen comportamiento. Hemos pecado de orgullo al creernos
demasiado buenos, y de ahí viene el castigo que estamos sufriendo.
»Dios aceptó la apuesta del Demonio, y
-aparentemente- cometió una injusticia. Acuérdense de esto: Dios aceptó la
apuesta del Demonio. Y Job aprendió la lección, porque, al igual que nosotros,
pecaba de orgullo al creerse un hombre bueno.
33
»"Nadie es bueno", dice el Señor. Nadie.
¡Ya basta de fingir una bondad que ofende a Dios! Aceptemos nuestras faltas, si
algún día fuera preciso aceptar la apuesta del Demonio, recordemos que Nuestro
Señor, que está en los cielos, lo hizo para salvar el alma de su siervo Job.
El sermón había terminado. El sacerdote pidió que
se levantaran, y siguió con el oficio religioso. No tenía ninguna duda de que
todos habían comprendido el mensaje.
-¡Vámonos! Cada uno por su lado, yo con mi lingote
de oro y tú...
-Con mi lingote de oro -la interrumpió el
extranjero.
-Tú sólo tienes que coger tus cosas y desaparecer.
Si yo no consigo el oro, tendré que volver a Viscos. Me despedirán, o seré
estigmatizada por todo el pueblo. Creerán que mentí. No puedes, simplemente, no
puedes hacerme esto. Merezco este pago por mi trabajo.
El extranjero se levantó y cogió algunas de las
ramas que ardían en la hoguera. -El lobo siempre huye del fuego, ¿no? Voy a
Viscos. Tú puedes hacer lo que te apetezca, róbame el oro y huye, tanto me da.
Tengo cosas más importantes que hacer.
-¡Un momento! ¡No me dejes aquí sola!
-Pues ven conmigo.
Chantal miró la hoguera que tenía ante sí, la roca
en forma de Y, el extranjero que se alejaba llevándose consigo una parte del
fuego. Podía hacer lo mismo: coger algunas ramas de la hoguera, desenterrar el
oro, e ir directamente hacia el fondo del valle; no hacía falta volver a casa
para buscar los ahorrillos que había guardado con tanto cuidado. En cuanto
llegara a la ciudad que había al final del valle pediría al banco que valorasen
el oro, lo vendería, compraría ropa y maletas, sería libre.
-¡Espérame! -gritó al extranjero, pero el hombre
seguía andando en dirección a Viscos, no tardaría nada en perderle de vista.
"Piensa rápido", se decía a sí misma.
No tenía mucho en que pensar. Ella también cogió
unas ramas de la hoguera, se acercó a la roca y volvió a desenterrar el oro. Lo
cogió, lo limpió con su vestido, y lo contempló por tercera vez.
En ese momento fue presa del pánico. Agarró un
puñado de leña de la hoguera, y corrió en dirección al camino que el extranjero
ya debía de estar recorriendo, transpirando odio por todos sus poros. Se había
topado con dos lobos en un mismo día, al primero le asustaba el fuego, al
segundo, ya no le asustaba nada, porque había perdido todo lo que era
importante para él, y ahora avanzaba, ciegamente, con la intención de destruir
todo lo que se interpusiera en su camino.
Corrió tanto como pudo, pero no lo encontró. Debía
de estar en el bosque, con la antorcha apagada, desafiando al lobo maldito;
deseando morir con tanta intensidad como deseaba matar.
Llegó al pueblo, fingió que no oía a Berta, que la
llamaba, se cruzó con el gentío que salía de la iglesia y le extrañó que
prácticamente todo el pueblo hubiera ido a misa. El extranjero quería un crimen
y había terminado por llenar la agenda del cura; sería una semana plagada de
confesiones y arrepentimientos, ¡como si fuera posible engañar a Dios!
Todos la miraron pero nadie le dirigió la palabra.
Ella resistió cada una de las miradas, porque sabía que no era culpable de
nada, que no necesitaba confesarse, sólo era el instrumento de un juego maligno
que, poco a poco, empezaba a entender, y no le gustaba nada lo que estaba
viendo.
Se encerró en su cuarto y miró por la ventana. El
gentío ya se había dispersado: de nuevo estaba pasando algo raro; la aldea
estaba demasiado desierta para un sábado de sol como aquél. En general, la
gente se quedaba charlando en pequeños grupos, en la plaza donde estuvo la
horca y ahora había una cruz.
Se quedó un buen rato contemplando la calle vacía,
sintiendo en su rostro el sol que no calentaba, porque el invierno estaba
empezando. Si la gente estuviera en la plaza, estarían hablando justamente de
eso, del tiempo. De la temperatura. De la amenaza de lluvia o de sequía. Pero
hoy todos estaban en sus casas, y Chantal no sabía por qué.
Cuanto más contemplaba la calle, más se sentía
igual a todas aquellas personas; precisamente ella, que se juzgaba distinta,
atrevida, llena de proyectos que nunca habían pasado por la cabeza de aquellos
campesinos.
¡Qué vergüenza! Y, al mismo tiempo, qué alivio; no
estaba en Viscos por una injusticia del destino, sino porque se lo merecía,
siempre había creído ser diferente, y ahora se daba cuenta de que era igual que
ellos. Ya había desenterrado el lingote tres veces, pero había sido incapaz de
llevárselo consigo. Cometía el robo de pensamiento, pero no conseguía
materializarlo en la realidad.
Aunque supiera que no debía cometerlo de ninguna
manera, porque aquello no era una tentación, sino una trampa.
"¿Por qué una trampa?", pensó. Algo le
decía que había visto en el lingote la solución al problema que había generado
el extranjero. Pero, por más que se esforzaba, no conseguía averiguar cuál era
esa solución.
El demonio recién llegado miró al lado de la chica,
y vio que la luz de la señorita Prym, que antes amenazaba con crecer, casi
había desaparecido; ¡qué lástima que su compañero no estuviera allí para
presenciar su victoria!
Lo que él no sabía era que los ángeles también
tienen sus estrategias: en ese momento, la luz de la señorita Prym se había
ocultado para no despertar la reacción de su enemigo. Todo lo que necesitaba su
ángel era que ella durmiera un poco, para poder conversar con su alma sin la
interferencia de los miedos y las culpas que a los seres humanos les gusta
tanto arrastrar.
Chantal durmió. Y oyó lo que necesitaba oír, y entendió lo que debía entender.
34
-No hace falta hablar de terrenos ni de cementerios
-dijo la mujer del alcalde en cuanto se volvieron a encontrar en la sacristía-.
Hablemos claramente.
Los otros cinco estuvieron de acuerdo.
-El señor cura me ha convencido -dijo el
terrateniente-. Dios justifica ciertos actos.
-No seas cínico -replicó el sacerdote-. Cuando
hemos mirado por la ventana, lo hemos entendido todo. Por eso ha soplado el
viento cálido; el Demonio ha venido a hacernos compañía.
-Sí -el alcalde, que no creía en demonios, le dio
la razón-. Todos nosotros ya estábamos convencidos de ello.
Mejor será que hablemos claro o perderemos un
tiempo precioso.
-Tomo la palabra -dijo la dueña del hotel-. Estamos
pensando en aceptar la propuesta del extranjero, en cometer un crimen.
-Ofrecer un sacrificio -matizó el sacerdote, más
acostumbrado a los rituales religiosos. El silencio que siguió demostró que
todos estaban de acuerdo.
-Sólo los cobardes se esconden detrás del silencio.
Vamos a rezar en voz alta, para que Dios nos escuche y sepa que lo hacemos por
el bien de Viscos. Arrodíllense.
Todos se arrodillaron a disgusto, sabiendo que era
inútil pedir perdón a Dios por un pecado que cometían con plena conciencia del
mal que iban a causar. Pero se acordaron del día del perdón de Ahab; en breve,
cuando llegara ese día, acusarían a Dios de haberles puesto delante una
tentación muy difícil de resistir.
El sacerdote les pidió que rezaran todos juntos.
-Señor, Tú que dijiste que nadie es bueno,
acéptanos con nuestras imperfecciones, y perdónanos en Tu infinita generosidad
y en Tu infinito amor. Así como perdonaste a los cruzados que mataron
musulmanes para reconquistar la Tierra Santa de Jerusalén, así como perdonaste
a los Inquisidores que querían preservar la pureza de Tu Iglesia, así como
perdonaste a aquellos que Te injuriaron y Te clavaron en una cruz, perdónanos
porque nos vemos obligados a ofrecer un sacrificio para salvar al pueblo.
-Pasemos a la parte práctica -dijo la mujer del alcalde,
levantándose-. ¿Quién será ofrecido en holocausto?
¿Y quién ejecutará el sacrificio?
-La chica a quien tanto hemos ayudado y apoyado nos
ha traído al Demonio -dijo el terrateniente, que no hacía mucho se había
acostado precisamente con esa chica y desde entonces le atormentaba la
posibilidad de que un día ella contara lo sucedido a su mujer-. El mal se
combate con el mal, y ella debe ser castigada.
Otras dos personas estuvieron de acuerdo con él,
alegando que, además, la señorita Prym era la única persona de la aldea en
quien no podían confiar, ya que se consideraba distinta de los demás y siempre
decía que algún día se marcharía.
-Su madre murió, su abuela murió. Nadie la echará
de menos -afirmó el alcalde, que se convirtió en la tercera persona que aprobó
la idea. Pero su mujer se opuso. -Vamos a suponer que sabe dónde se encuentra
el tesoro; al fin y al cabo, es la única que lo ha visto. Además, podemos
confiar en ella por lo que hemos hablado aquí; fue ella quien nos trajo el mal,
quien indujo a todo un pueblo a pensar en un crimen. Puede decir lo que le
plazca; si el resto del pueblo calla, será la palabra de una joven problemática
contra la de todos nosotros, las personas que hemos conseguido ser algo en la
vida.
El alcalde se sintió inseguro, como todas las veces
en que su mujer daba su opinión.
-¿Por qué quieres salvarla, si te cae mal? -Ya lo
entiendo -dijo el sacerdote-. Para que la culpa recaiga sobre la cabeza de
quien provocó la tragedia. Ella cargará con ese fardo durante el resto de sus
días y de sus noches; tal vez acabe como judas, que traicionó a Jesucristo y
después se suicidó, en un gesto desesperado e inútil, puesto que había sido él
quien había creado las condiciones favorables para el crimen. A la mujer del
alcalde le sorprendió el razonamiento del cura; era exactamente lo que ella había
pensado. La chica era bonita, tentaba a los hombres, no aceptaba llevar una
vida igual a la de los demás habitantes de Viscos, siempre se quejaba por vivir
en una aldea en donde, a pesar de sus defectos, había personas trabajadoras y
honradas, y en donde a muchas personas les encantaría residir (extranjeros,
claro está, que se marcharían poco después de descubrir lo aburrido que es
vivir constantemente en paz).
-No se me ocurre nadie más -dijo la dueña del
hotel, consciente del problema que representaría encontrar otra camarera para
el bar, pero comprendió que con la parte que le correspondería del oro podría
cerrar el hotel e irse muy lejos-. Los campesinos y los pastores están muy
unidos, algunos están casados, muchos tienen hijos lejos de aquí, que podrían
sospechar si les pasaba algo. La señorita Prym es la única que puede
desaparecer sin dejar rastro.
Por motivos religiosos -al fin y al cabo, Jesús
maldecía a los que acusaban a un inocente-, el sacerdote no quería indicar a
nadie. Pero tenía muy claro quién era la víctima adecuada, y debía
ingeniárselas para que los demás llegaran a la misma conclusión.
-Los vecinos de Viscos trabajan de sol a sol, de
lluvia a lluvia. Todos tienen alguna tarea que cumplir, incluso esta pobre
chica que el demonio ha utilizado para sus malignos propósitos. Queda muy poca
gente y no podemos permitirnos el lujo de perder otro par de brazos.
-En ese caso, señor cura, ya no tenemos víctima.
Tendremos que rezar para que aparezca otro forastero esta noche y, aun así,
sería peligroso, porque seguramente tendría una familia que lo buscaría por
todas partes. En Viscos, todos los pares de brazos trabajan y ganan con mucho
esfuerzo el pan que trae la furgoneta.
-Tienes razón -dijo el sacerdote-. Tal vez todo lo
que hemos vivido desde ayer no sea más que unailusión. En este pueblo, todos
tienen alguien que les echaría en falta y nadie aceptará que dañen a un ser
querido. Sólo tres personas dormimos solas: la señora Berta, la señorita Prym y
yo.
35
-¿Se está ofreciendo en sacrificio, padre? -Lo que
sea por el bien del pueblo.
Las cinco personas restantes se sintieron
aliviadas; de repente, se dieron cuenta de que era un sábado soleado y de que
ya no había crimen sino martirio. La tensión en la sacristía desapareció como
por arte de magia, y la dueña del hotel sintió un impulso de besar los pies de
aquel santo.
-Pero hay un problema -continuó el sacerdote-.
Tendrán que convencer a todos de que matar a un ministro de Dios no es un
pecado mortal.
-¡Explíquelo usted a la gente de Viscos! –dijo el
alcalde, muy animado porque ya estaba pensando en las reformas que llevaría a
cabo con el dinero, en la publicidad que pondría en los periódicos de la
comarca, atrayendo a nuevas inversiones porque los impuestos habían bajado,
llamando la atención de los turistas porque pensaba subvencionar algunas
mejoras en el hotel y también pensaba instalar un cable telefónico nuevo que no
diera los problemas del actual.
-No puedo hacerlo -dijo el sacerdote-. Los mártires
se ofrecían cuando el pueblo quería matarlos. Pero jamás provocaron su propia
muerte, porque la Iglesia siempre ha dicho que la vida es un don de Dios.
Tendrán que explicárselo ustedes.
-Nadie nos va a creer. Pensarán que somos unos
asesinos de la peor calaña, que matamos a un santo por dinero, tal como hizo
judas con Jesucristo.
El sacerdote se encogió de hombros. De nuevo
parecía que el sol había desaparecido y que la tensión volvía a la sacristía.
-En ese caso, sólo nos queda la señora Berta
-comentó el terrateniente.
Después de una larga pausa, le tocó hablar al sacerdote.
-Esa mujer debe sufrir mucho por la ausencia de su
marido: durante todos estos años se ha pasado la vida sentada delante de su
casa, enfrentándose a la intemperie y al tedio. No hace otra cosa que sentir
nostalgia, y creo que la pobre se está volviendo loca poco a poco: muchas veces
he pasado junto a ella y la he visto hablar sola.
De nuevo sopló una ráfaga de viento, muy rápida, y
los allí reunidos se asustaron porque las ventanas estaban cerradas.
-Su vida ha sido muy triste -dijo la dueña del
hotel-. Creo que ella lo daría todo para poder reunirse con su amado esposo.
¿Saben que estuvieron casados durante cuarenta años?
Claro que lo sabían, pero aquello no venía a
cuento.
-Es vieja, ha llegado al final de su vida -añadió
el terrateniente-. Es la única persona de este pueblo que no hace nada
importante. Una vez le pregunté por qué estaba siempre a la puerta de su casa,
incluso en invierno; ¿saben qué respondió? Que vigilaba el pueblo, de esta
manera sería la primera en enterarse cuando llegara el mal aquí.
-Por lo visto no desempeñó bien su trabajo.
-Al contrario -dijo el sacerdote-. Por lo que se
desprende de su conversación, quien dejó entrar el mal es quien debe echarlo.
Otro silencio. Todos habían comprendido que la víctima ya había sido elegida.
-Sólo falta un último detalle -comentó la mujer del
alcalde-. Ya sabemos cuándo será ofrecido el sacrificio en nombre del bienestar
del pueblo. Ya sabemos quién será; gracias a este sacrificio, una alma buena
subirá al cielo y volverá a ser feliz, en lugar de seguir sufriendo en esta
tierra. Sólo nos queda saber cómo lo llevaremos
a cabo.
-Intenta hablar con todos los hombres del pueblo
-dijo el sacerdote al alcalde- y convoca una asamblea en la
plaza a las nueve de la noche. Creo saber cómo
hacerlo, un poco antes de las nueve, pasa por aquí: tenemos que hablar a solas.
Antes de que se fueran todos pidió a las dos
mujeres presentes que, mientras se celebrase la asamblea, se acercaran a casa
de Berta y le hicieran conversación. A pesar de que la vieja nunca salía de
noche, toda precaución era poca.
Chantal llegó al bar a su hora. No había nadie.
-Esta noche hay una asamblea en la plaza -comentó
la dueña del hotel-. Sólo para hombres.
No hacía falta decir nada más. Ella ya sabía Lo que estaba pasando.
-¿Seguro que viste el oro?
-Sí. Pero deberías pedir al extranjero que lo
traiga aquí. Podría ser que, en cuanto consiga lo que quiere, decida
desaparecer.
-No está loco.
-Sí, lo está.
La dueña del hotel pensó que era una buena idea.
Subió a la habitación del extranjero y bajó a los diez minutos.
-Está de acuerdo. Dice que lo tiene escondido en el
bosque, lo traerá mañana.
-Así pues, hoy no hace falta que trabaje.
-¡Claro que sí! Debes cumplir con tu contrato.
La mujer no sabía cómo abordar el asunto que habían
discutido durante la tarde, pero era importante conocer la opinión de la chica.
-Todo esto me trae de cabeza -dijo-. Y, al mismo
tiempo, comprendo que la gente necesite pensarlo dos, diez veces lo que debe
hacer.
36
-Pueden pensarlo veinte o doscientas veces, pero no
tendrán valor para hacerlo.
-Quizás -dijo la dueña del hotel-. Pero, si
decidieran hacerlo, ¿tú qué harías?
La mujer quería saber su opinión, y Chantal se dio
cuenta de que el extranjero estaba más cerca de la verdad que ella, que hacía
tanto tiempo que vivía en Viscos. ¡Una asamblea en la plaza! Lástima que
hubieran desmontado la horca.
-¿Qué harías? -insistió la mujer.
-No pienso responder a esta pregunta -replicó,
aunque sabía exactamente lo que haría-. Sólo te diré que el mal nunca ha traído
nada bueno. Yo misma he tenido ocasión de comprobarlo esta tarde.
A la dueña del hotel no le hacía ninguna gracia que
no respetaran su autoridad, pero creyó más prudente no discutir con la chica y
crearse una enemistad que podía traer problemas en un futuro. Dijo que tenía
que poner la contabilidad al día (comprendió de inmediato que la excusa era
absurda, puesto que sólo había un huésped en el hotel) y la dejó sola en el
bar. Se sentía tranquila; la señorita Prym no había dado muestras de rebeldía,
ni siquiera después de mencionarle la asamblea en la plaza, lo cual demostraba
que algo diferente estaba sucediendo en Viscos. Aquella chica también
necesitaba mucho dinero, tenía toda una vida por delante, a buen seguro que le
gustaría seguir los pasos de sus amigos de la infancia, que ya se habían ido
del pueblo.
Y aunque no estuviera dispuesta a cooperar, al menos no parecía tener intención de
interferir.
El sacerdote tomó una cena frugal y se sentó en un
banco de la iglesia. El alcalde estaba a punto de llegar. Contempló las paredes
encaladas, el altar sin ninguna obra de arte importante, lleno de
reproducciones
baratas de santos que -en un pasado remoto- habían
vivido en la zona. La población de Viscos nunca había sido muy religiosa, a
pesar de que San Sabino había sido el responsable de la resurrección del
pueblo; pero la gente olvidaba esas cosas y prefería pensar en Ahab, en los
celtas y en las supersticiones milenarias de los campesinos, sin entender que
basta un gesto, un simple gesto, para la redención: aceptar a Jesús como el
único Salvador de la Humanidad.
Horas antes se había ofrecido a sí mismo para el
martirio. Había sido una jugada arriesgada, pero estaba dispuesto a llegar
hasta el final, a entregarse en holocausto, si las personas no fueran tan
insignificantes, tan fácilmente manipulables.
"No es cierto. Son insignificantes, pero no
tan fácilmente manipulables." Tanto es así que, gracias al silencio y a
los juegos de palabras, le habían obligado a decir lo que deseaban escuchar: el
sacrificio que redime, la víctima que salva, la decadencia que se transforma
nuevamente en gloria. Él había fingido dejarse utilizar por las personas pero,
en realidad, había dicho lo que pensaba.
Lo habían educado desde pequeño para el sacerdocio,
y aquélla era su verdadera vocación. A los veintiún años, ya había sido
ordenado sacerdote, e impresionaba a todos por su don de palabra y por la
capacidad para administrar su parroquia. Rezaba todas las noches, consolaba a
los enfermos, visitaba los presidios, daba de comer a los hambrientos, tal como
mandaban las sagradas escrituras. Poco a poco, su fama se extendió por toda la
comarca, y llegó a oídos del obispo, un hombre conocido por su sabiduría y equidad.
Este lo invitó, junto con otros sacerdotes jóvenes,
a una cena. Comieron, conversaron sobre temas diversos y, al final, el obispo
-un anciano que tenía dificultades para andar- se levantó y fue a servir agua a
cada uno de los presentes. Todos la rechazaron, menos él, que pidió que le
llenara el vaso hasta el borde.
Uno de los sacerdotes susurró de manera que el
obispo pudiera oírlo: "Todos hemos rechazado el agua porque sabemos que
somos indignos de beber de las manos de este santo. Sólo uno de nosotros no se
ha dado cuenta del sacrificio que nuestro superior está haciendo, al cargar
esta botella tan pesada."
Cuando volvió a sentarse, el obispo dijo:
-Ustedes, que se creen tan santos, no han tenido la
humildad de recibir, y yo no he tenido la alegría de dar.
Sólo uno de ustedes ha permitido que el bien se
manifestara.
Esa misma noche lo nombró rector de una parroquia
más importante.
Los dos se hicieron amigos, y se veían a menudo.
Siempre que tenía dudas recurría al que llamaba "su padre espiritual"
y, normalmente, quedaba satisfecho con sus respuestas. Una tarde, por ejemplo,
se sentía muy angustiado, puesto que no, tenía ninguna certeza de que sus obras
agradaran a Dios. Fue a ver al obispo, y le preguntó qué debía hacer.
-Abraham aceptaba a los forasteros, y Dios estaba
contento -le respondió-. A Elías no le gustaban los forasteros, y Dios estaba
contento. David estaba orgulloso de lo que hacía, y Dios estaba contento. El
publicano que estaba ante el altar se avergonzaba de lo que hacía, y Dios
estaba contento. Juan Bautista se fue al desierto, y Dios estaba contento.
Pablo fue a las grandes ciudades del imperio romano, y Dios estaba contento.
¿Cómo quieres que sepa lo que hará feliz a Dios Todopoderoso? Haz lo que te diga
el corazón, y Dios estará contento.
Al día siguiente de esta conversación, el obispo
-su gran mentor espiritual- murió de un infarto fulminante. El sacerdote
interpretó la muerte del obispo como una señal y decidió obedecer puntualmente
lo que le había recomendado: seguir los dictados de su corazón. Unas veces daba
limosna a los mendigos, otras les decía que se pusieran a trabajar. Unas veces
hacía un sermón muy serio, otras cantaba con sus feligreses. Su comportamiento
llegó a oídos del nuevo obispo, que le pidió que fuera a verlo.
Cuál no sería su sorpresa al descubrir que se
trataba de aquel que, años atrás, había hecho el comentario respecto al agua
que servía su superior.
-Sé que tienes a tu cargo una parroquia importante
-dijo el nuevo obispo, con ironía en los ojos-. Y que durante todos estos años
has sido un buen amigo de mi predecesor. Quizás aspirabas al obispado.
37
-No -respondió el sacerdote-. Aspiraba a la
sabiduría.
-Pues ya debes de ser un hombre muy culto. Pero he
oído historias muy raras respecto a ti: unas veces das limosna, otras niegas la
ayuda que nuestra Iglesia está obligada a dar.
-Mis pantalones tienen dos bolsillos, en cada uno
hay un papel escrito, pero sólo guardo el dinero en el bolsillo izquierdo.
El nuevo obispo quedó muy intrigado con esa
historia; ¿qué decían los papeles? -En el del bolsillo derecho escribí:
"No soy nada más que polvo y cenizas." En el del izquierdo, donde
guardo el dinero, el papel dice: "Soy la manifestación de Dios en la
Tierra."
Cuando veo miseria e injusticia, meto la mano en el
bolsillo izquierdo y presto ayuda. Cuando veo pereza e indolencia, meto la mano
en el bolsillo derecho y veo que no tengo nada que ofrecer. De esta manera
equilibro el mundo material con el espiritual.
El nuevo obispo le dio las gracias por aquella
imagen tan bella de la caridad y le dijo que ya podía regresar a su parroquia,
pero que pensaba reestructurar toda la comarca. Al cabo de poco tiempo recibió
la notificación de su traslado a Viscos.
Captó el mensaje inmediatamente: envidia. Pero
había hecho la promesa de servir a Dios en cualquier parte, y se encaminó a
Viscos lleno de humildad y fervor; era un nuevo desafío que debía superar.
Pasó un año. Y otro. Al cabo de cinco años, aún no
había conseguido atraer a más fieles a la iglesia, por mucho que se esforzara;
en el pueblo gobernaba un fantasma del pasado, un tal Ahab, y nada de lo que él
dijera tenía más importancia que las leyendas que circulaban por allí.
Pasaron diez años. Al final del décimo año se
percató de su error: había transformado en arrogancia su búsqueda de la
sabiduría. Estaba tan convencido de la justicia divina, que no había sabido
equilibrarla con el arte de la diplomacia. Creía vivir en un mundo en donde
Dios está en todas partes y descubrió que se encontraba entre personas que a
menudo no Lo dejaban entrar. Al cabo de quince años comprendió que nunca
saldría de allí: el antiguo obispo era ya un importante cardenal, trabajaba en
el Vaticano, tenía grandes posibilidades de ser elegido Papa, y ,jamás
permitiría que un sacerdote de pueblo hiciera correr la voz de que lo había
exiliado por envidia y celos.
Por aquel entonces, ya se había contagiado de la
absoluta falta de estímulo; nadie puede resistir la indiferencia durante tantos
años. Pensó que, si hubiera colgado los hábitos en el momento oportuno, podría
haber sido mucho más útil a Dios; pero había pospuesto la decisión
indefinidamente, creyendo que su situación cambiaría; y ahora ya era tarde, no
tenía ningún tipo de contacto con el mundo.
Una noche, pasados veinte años, se despertó
desesperado; su vida había sido completamente inútil. Sabía lo mucho de que era
capaz y lo poco que había llevado a cabo. Recordó los papeles que solía llevar
en los bolsillos y se dio cuenta de que siempre metía la mano en el lado
derecho. Quiso ser sabio, pero no fue político. Quiso ser justo, y no fue
sabio. Quiso ser político, pero no fue audaz.
"¿Dónde está Tu generosidad, Señor? ¿Por qué
me has hecho a mí lo mismo que le hiciste a Job? ¿Jamás volveré a tener una
buena ocasión en mi vida? ¡Dame otra oportunidad!"
Se levantó y abrió la Biblia al azar, tal como
tenía por costumbre hacer cuando necesitaba una respuesta. Salió el fragmento
en que, durante la última cena de Jesucristo, éste pide al traidor que le
entregue a los soldados que lo estaban buscando.
El sacerdote pasó horas pensando en lo que acababa
de leer: ¿por qué Jesús pedía al traidor que cometiera un pecado?
"Para que se cumplieran las escrituras",
dirían los doctores de la Iglesia. Aun así, ¿cómo era posible que Jesús
indujera a un hombre al pecado y a la condena eterna?
Jesús jamás haría algo así; en realidad, el traidor
era otra víctima, igual que Él. El Mal debía manifestarse y cumplir con su
papel para que el Bien pudiese vencer al final. Si no había traición, no habría
cruz, las escrituras no se cumplirían y el sacrificio no serviría de ejemplo.
Al día siguiente, un extranjero llegó al pueblo,
como otros tantos que llegaban y se marchaban; el sacerdote no le dio ninguna
importancia, no lo relacionó con la petición que había hecho a Jesús, ni con el
fragmento que había leído. Cuando le oyó contar la historia de los modelos que
Leonardo da Vinci utilizó para pintar La última cena recordó que era el mismo
texto que había leído en la Biblia, pero creyó que se trataba de una mera
coincidencia. Pero cuando la señorita Prym les habló de la propuesta, comprendió
que Dios había escuchado su plegaria.
El Mal debía manifestarse para que el Bien pudiera,
finalmente, conmover el corazón de aquella gente. Por primera vez desde que
había llegado a aquella parroquia, había visto su iglesia llena a rebosar. Por
primera vez, las fuerzas vivas del pueblo habían entrado en la sacristía.
"Es necesario que el Mal se manifieste para
que comprendan el valor del Bien." A aquellas personas les pasaría lo
mismo que al traidor de la Biblia, quien, poco después de haber consumado su
traición, se percató del alcance de su acto: estaba convencido de que todos se
arrepentirían de tal manera que sólo encontrarían refugio en la Iglesia y
Viscos se convertiría -después de tantos años- en un pueblo religioso.
Le correspondió a él hacer el papel de instrumento
del Mal; éste era el gesto de más profunda humildad que podía ofrendar a Dios.
El alcalde llegó, tal como habían quedado.
-Quiero saber lo que debo decir, señor cura.
-Deja que sea yo quien hable en la asamblea –le
respondió.
38
El alcalde dudó; al fin y al cabo, él era la mayor
autoridad en Viscos, y no le gustaría que un extraño tratara públicamente sobre
un tema de tanta mportancia. Aunque el sacerdote llevara veinte años viviendo
en Viscos, no había nacido allí, y no conocía todas las historias locales; por
sus venas no corría la sangre de Ahab.
-Creo que, tratándose de un asunto de tanta
gravedad, es preferible que sea yo quien hable con el pueblo - dijo.
-De acuerdo. Mejor así, porque podría salir mal, y
no quiero que la Iglesia se vea implicada en ello. Te explicaré mi plan y tú te
encargarás de hacerlo público.
-Pensándolo bien, si el plan es suyo, es más justo
y más honesto dejar que usted lo comparta con todos.
"El miedo, siempre el miedo -pensó el
sacerdote-. Para dominar a un hombre, basta con meterle miedo en el
cuerpo."
Las dos señoras llegaron a casa de Berta poco antes
de las nueve, y la encontraron haciendo ganchillo en la salita de estar.
-El pueblo está distinto, esta noche -dijo la
anciana-. Hay mucha gente por la calle, he oído mucho ruido de pasos: el bar es
demasiado pequeño para tanto movimiento.
-Son los hombres -respondió la dueña del hotel-. Se
dirigen a la plaza, para discutir lo que debemos hacer con el extranjero.
-Ya entiendo. Pero no creo que haya mucho que
discutir: o aceptan su propuesta o dejan que se vaya dentro de dos días.
-¡Jamás aceptaríamos su propuesta! -replicó la
mujer del alcalde, indignada.
-¿Por qué? Me han dicho que esta mañana el cura ha
leído un magnífico sermón en el que decía que el sacrificio de un hombre salvó
a la humanidad, y que Dios aceptó una apuesta del Demonio y castigó a su
servidor más fiel. ¿Qué tiene de malo que los habitantes de Viscos consideren
la propuesta del extranjero como, por así decirlo, un negocio?
-¡¿No estarás hablando en serio?!
-Claro que estoy hablando en serio. Son ustedes las
que intentan engañarme.
Las dos mujeres pensaron en levantarse e irse; pero era demasiado arriesgado.
-Por cierto, ¿a qué debo el honor de su visita?
Esto es nuevo para mí.
-Hace un par de días, la señorita Prym nos dijo que
había oído aullar al lobo maldito.
-Todos sabemos que lo del lobo maldito es una
ridícula excusa del herrero -dijo la dueña del hotel-. A buen seguro que fue al
bosque con alguna mujer del pueblo vecino, intentó propasarse, ella se defendió
y él nos vino con ese cuento. Pero, por si acaso, hemos preferido pasar para
asegurarnos de que todo estaba bien.
-Todo está en orden. Estoy haciendo un mantel,
aunque no sé si podré terminarlo; podría morir mañana mismo.
Hubo un momento de tensión.
-Ya saben que los viejos podemos morir de un
momento a otro. La situación volvió a la normalidad. O casi.
-Aún es pronto para pensar en eso. -Quizás. Nunca
se sabe. Pero resulta que este tema ha ocupado la mayor parte de mis
pensamientos de hoy.
-¿Por alguna razón en especial?
-¿Debería tenerla?
La dueña del hotel necesitaba cambiar de tema, pero
debía hacerlo con mucho cuidado. En ese momento, la reunión ya debía de haber
empezado, y terminaría en pocos minutos.
-Creo que, con la edad, la gente acaba por entender
que la muerte es inevitable. Y debemos aprender a enfrentarnos a ella con
serenidad, sabiduría y resignación: a menudo nos alivia de sufrimientos
inútiles.
-Tienes toda la razón -respondió Berta-.
Precisamente he estado pensando en ello durante toda la tarde. ¿Y saben a qué
conclusión he llegado? Que me da miedo, me da muchísimo miedo morir. Y no creo
que sea mi hora.
El ambiente era cada vez más oprimente, y la mujer
del alcalde se acordó de la discusión en la sacristía; hablaban de un tema,
pero en realidad se referían a otra cosa. Ninguna de las dos sabía cómo iba la
asamblea de la plaza; nadie conocía el plan del cura ni la reacción de los
hombres de Viscos. Era inútil tener una conversación más sincera con Berta;
además, nadie acepta la muerte sin una reacción desesperada. Mentalmente, tomó
nota del problema: si decidían matar a aquella mujer, deberían encontrar la manera
de hacerlo sin que hubiera una lucha violenta, sin dejar pistas para futuras
investigaciones.
Desaparecer. Aquella vieja tenía que desaparecer;
no podían enterrar su cuerpo en el cementerio ni abandonarlo en el bosque; una
vez que el extranjero hubiera constatado que se había cumplido su deseo,
deberían quemarlo y esparcir sus cenizas en las montañas. En la teoría y en la
práctica, era ella quien fertilizaría de nuevo aquella tierra.
-¿En qué estás pensando? -Berta interrumpió sus
pensamientos.
-En una hoguera -respondió la mujer del alcalde-.
En una linda hoguera que caliente nuestros cuerpos y nuestros corazones.
-¡Menos mal que no estamos en la Edad Media! ¿Saben
que algunas personas del pueblo creen que soy una bruja?
Era imposible mentir, porque la vieja desconfiaría;
las dos mujeres asintieron con la cabeza.
-Si estuviéramos en la Edad Media, podrían querer
quemarme, así, sin más, sólo porque alguien habría decidido culparme de algo.
39
"¿Qué está pasando? -pensaba la dueña del
hotel-. ¿Y si nos ha traicionado alguien? ¿Y si la mujer del alcalde, que ahora
está a mi lado, ya ha venido antes y se lo ha contado todo? ¿Y si el cura se ha
arrepentido y ha venido a confesarse con una pecadora?"
-Les agradezco mucho la visita, pero me encuentro
bien, gozo de buena salud y estoy dispuesta a hacer todos los sacrificios
necesarios, inclusive estas dietas alimenticias tan tontas para rebajar el
colesterol, porque deseo continuar viviendo durante mucho tiempo.
Berta se levantó y abrió la puerta. Las dos mujeres
se despidieron de ella. La asamblea de la plaza aún no debía de haber
terminado.
-Estoy contenta de que hayan venido, por ahora
dejaré de hacer ganchillo y me iré a la cama. Y, para ser sincera, yo sí creo
en el lobo maldito; como ustedes son jóvenes, ¿verdad que no les importa
quedarse por aquí hasta que termine la asamblea, para asegurarnos que no se
acerque a mi puerta?
Las dos estuvieron de acuerdo, le dieron las buenas
noches, y Berta entró en su casa.
-¡Lo sabe! -dijo bajito la dueña del hotel-. ¡Se lo
han contado! ¿Te has fijado en el tono irónico de su voz? ¡Se ha dado cuenta de
que hemos venido para vigilarla!
-Es imposible. Nadie sería tan loco de contárselo.
A no ser...
-A no ser, ¿qué?
-Que sí sea una bruja. ¿Te acuerdas de la ráfaga de
viento que ha soplado mientras hablábamos? -Las ventanas estaban cerradas...
A las dos mujeres se les encogió el corazón y
siglos de supersticiones salieron a la superficie. Si se trataba realmente de
una bruja, su muerte, en lugar de salvar al pueblo, lo destruiría
completamente.Eso decían las leyendas...
Berta apagó la luz y contempló a las mujeres desde
su ventana. No sabía si debía reír, llorar o, simplemente, aceptar su destino.
Sólo tenía certeza de una cosa: había sido elegida como víctima.
Su marido se le había aparecido a última hora de la
tarde y, para su sorpresa, lo acompañaba la abuela de la señorita Prym. El
primer impulso de Berta habían sido los celos: ¿qué hacía con aquella mujer?
Pero en seguida había notado la preocupación reflejada en sus ojos y se
desesperó aún más cuando le contaron lo que habían oído en la sacristía.
Los dos le pidieron que huyera inmediatamente.
-¿Bromean? -respondió Berta-. ¿Cómo voy a huir? Si
mis piernas a duras penas me llevan hasta la iglesia, que está a cien metros de
aquí, ¿cómo voy a bajar por la cuesta? ¡Solucionen el problema allá arriba, por
favor! ¡Protéjanme! ¡Que se note que me paso el día rezando a todos los santos!
La situación era más complicada de lo que creía Berta, le contaron que el Bien
y el Mal estaban en pleno combate y nadie podía interferir en él.
Ángeles y demonios estaban librando una de sus
periódicas batallas, en que salvan o condenan territorios enteros durante un
período de tiempo indefinido.
-¿Y a mí, qué? Yo no sé cómo defenderme, ésta no es
mi lucha, yo no he pedido entrar en ella.
Nadie lo había pedido. Todo había empezado con un
error de cálculo de un ángel de la guarda, dos años atrás. En un secuestro,
había dos mujeres con las horas contadas, pero una niña de tres años debía
salvarse. Esa niña, dijeron, terminaría por consolar a su padre y conseguiría
que mantuviera su esperanza en la vida y superara el tremendo sufrimiento a que
sería sometido. Era un hombre de bien y, a pesar de que tendría que pasar por
momentos terribles (nadie sabía la razón, eso formaba parte de un plan de Dios
que no les habían contado del todo) acabaría por recuperarse. La niña crecería
con el estigma de la tragedia pero, después de los veinte años, utilizaría la
experiencia de su sufrimiento para aliviar el dolor ajeno. Terminaría por
llevar a cabo un trabajo tan importante que sería conocido en las cuatro
esquinas del mundo.
Ése era el plan original. Y todo iba bien: la
policía entró en la casa y empezaron a disparar, las personas destinadas a
morir, caían abatidas. En ese momento, el ángel de la guarda de la niña -Berta
sabía que todos los niños de tres años ven a sus ángeles y hablan con ellos
constantemente- le hizo una señal para que retrocediera hasta la pared. Pero la
niña no lo entendió y se aproximó a él, para poder oír lo que le decía.
Apenas avanzó treinta centímetros; lo suficiente
para que la alcanzara una bala mortal. A partir de entonces, la historia tomó
otro rumbo; lo que estaba escrito que debía transformarse en una bella historia
de redención se convirtió en una lucha sin cuartel. El Demonio entró en escena,
reclamando el alma de aquel hombre, llena de odio, impotencia, deseo de
venganza. Los ángeles no se conformaron; era un buen hombre, había sido elegido
para ayudar a su hija a cambiar muchas cosas en el mundo, a pesar de que su
profesión no era de las más recomendables.
Pero los argumentos del ángel no hicieron mella en
sus oídos. Poco a poco, el Demonio se fue apoderando de su alma, hasta que
consiguió controlarla casi por completo.
-Casi por completo -repitió Berta-. Han dicho
"casi."
Ambos se lo confirmaron. Aún quedaba una luz
imperceptible, porque uno de los ángeles se había negado a desistir de la
lucha. Pero no lo había escuchado nunca, hasta que, la noche anterior, había
conseguido hablarle un poco. Y su instrumento había sido, precisamente, la
señorita Prym.
La abuela de Chantal contó que estaba allí por eso:
porque, si existía una persona capaz de cambiar la situación, ésa era su nieta.
Sin embargo, el combate era más feroz que nunca y la presencia del demonio
había sofocado de nuevo al ángel del extranjero.
Berta intentó calmarlos, porque estaban muy
nerviosos; pero, al fin y al cabo, ellos ya estaban muertos, era ella quien
debía estar preocupada. ¿Acaso no podían ayudar a Chantal a cambiarlo todo?
40
"El demonio de Chantal también está ganando la
batalla", le respondieron. Cuando ella fue al bosque, su abuela le había
enviado el lobo maldito, que, por cierto, sí existía, el herrero decía la
verdad. Quiso despertar la bondad del hombre y lo había conseguido. Pero,
aparentemente, el diálogo entre los dos no siguió adelante; ambos tenían una
personalidad muy fuerte. Sólo quedaba una oportunidad: que la chica hubiera
visto lo que ellos deseaban que viera. Mejor dicho: sabían que lo había visto,
lo que querían era que lo entendiese.
-¿El qué?
No se lo podían revelar; el contacto con los vivos
tenía un límite, había demonios prestando atención a lo que decían, y podían
estropearlo todo si se enteraban del plan con antelación. Pero le garantizaron
que se trataba de algo muy sencillo, y si Chantal era despabilada -tal como
aseguraba su abuela- sabría controlar la situación.
Berta aceptó la respuesta; no pensaba exigir una
indiscreción que podía costarle la vida, y se volvió hacia su marido.
-Me dijiste que me quedara aquí, sentada en esta
silla, a lo largo de todos estos años, vigilando el pueblo, porque podía entrar
el Mal. Eso fue mucho antes de que el error del ángel causara la muerte de la
niña. ¿Por qué me lo pediste?
Su marido respondió que, de una manera o de otra,
el Mal pasaría por Viscos, puesto que suele hacer una ronda por la Tierra, y le
gusta atrapar a los hombres desprevenidos.
-No me convences.
Tampoco su marido estaba muy convencido de ello,
pero era cierto. Tal vez el duelo entre el Bien y el Mal se libre en el corazón
de cada hombre, el campo de batalla de ángeles y demonios; que luchen palmo a
palmo para ganar terreno por muchos milenios, hasta que una de las dos fuerzas
destruya por completo a la otra. Además, a pesar de que ya se encontraba en el
plano espiritual, aún había muchas cosas que desconocía, muchas más de las que
ignoraba en la Tierra.
-Ya estoy algo más convencida. Tómenlo con calma;
si muero, será porque habrá llegado mi hora.
Berta no dijo que se sentía celosa y que le
gustaría reunirse con su marido; la abuela de Chantal había sido una de las
mujeres más deseadas de Viscos. Los dos se marcharon alegando que debían hacer
entender a la chica lo que había visto. Los celos de Berta aumentaron, pero
intentó tranquilizarse, aunque pensaba que su marido quería que viviese más
tiempo para poder disfrutar, sin ser molestado, de la compañía de la abuela de
la señorita Prym.
¡Quién sabe! Quizás al día siguiente terminaría con
esa independencia que él creía tener. Berta reflexionó un poco y cambió de
idea: el pobre hombre merecía unos años de descanso, no le costaba nada dejarle
pensar que era libre de hacer lo que le viniera en gana, puesto que tenía la
certeza de que la echaba mucho de menos.
Viendo a las dos mujeres que estaban en la calle,
pensó que no estaría nada mal seguir un cierto tiempo en aquel valle,
contemplando las montañas, presenciando los eternos conflictos entre hombres y
mujeres, los árboles y el viento, los ángeles y los demonios. Empezó a sentir
miedo y procuró pensar en otra cosa; tal vez mañana utilizaría un ovillo de
lana de otro color, porque el mantel le estaba quedando algo soso.
Antes de que la asamblea de la plaza terminara,
ella ya estaba durmiendo, convencida de que la señorita Prym terminaría por
entender el mensaje, aunque no tuviera el don de comunicarse con los espíritus.
-En la iglesia, en suelo sagrado, les hablé de la
necesidad del sacrificio -dijo el sacerdote-. Aquí, en suelo profano, les pido
que estén dispuestos al martirio.
La plazoleta, con su iluminación deficiente -sólo
había un farol, a pesar de que el alcalde había prometido instalar más durante
la campaña electoral- estaba repleta. Campesinos y pastores, con ojos
soñolientos, puesto que suelen acostarse y levantarse con el sol, guardaban un
silencio respetuoso y asustado. El sacerdote había colocado una silla junto a
la cruz y se había subido a ella, de manera que todos pudieran verlo.
-Durante siglos, la Iglesia ha sido acusada de
luchas injustas, pero, en realidad, no hemos hecho otra cosa que sobrevivir a
las amenazas.
-¡No hemos venido aquí para escuchar historias de
la Iglesia, señor cura! -gritó una voz.
-No es necesario que les explique que sobre Viscos
pesa la amenaza de desaparecer del mapa, y junto con Viscos, desaparecerán
ustedes, sus tierras y sus rebaños. Les aseguro que no he venido aquí para
hablar de la Iglesia, pero sí debo decirles una cosa: sólo con el sacrificio y
la penitencia podremos llegar a la salvación. Y antes de que me interrumpan de
nuevo añadiré que me refiero al sacrificio de una persona, de la penitencia de
todos, y de la salvación del pueblo.
-¡Quizás todo sea una mentira! -exclamó otra voz.
-El extranjero nos enseñará el oro mañana sin falta
-dijo el alcalde, contento por aportar una información de la que el cura no
estaba enterado-. La señorita Prym no quiere cargar sola con la
responsabilidad, y la dueña del hotel lo convenció para que trajera los
lingotes hasta aquí. Sólo actuaremos si nos ofrece esta garantía.
Entonces, el alcalde tomó la palabra e hizo una
gran disertación sobre las mejoras que pensaba llevar a cabo en el pueblo, las
reformas, el parque infantil, la reducción de los impuestos, y la distribución
de la riqueza recién adquirida.
-¡A partes iguales! -vociferó alguien.
Había llegado el momento de asumir un compromiso
que detestaba; pero todos los ojos se fijaron en él, y parecían haberse
desvelado de repente.
-A partes iguales -confirmó el sacerdote antes de
que el alcalde tuviera tiempo de reaccionar. No existía ninguna otra
alternativa: o todos participaban con la misma responsabilidad y la misma
recompensa o, en
41
breve, alguien terminaría por denunciar el crimen,
por envidia o venganza. El sacerdote conocía bien esas dos palabras.
-¿Quién va a morir?
El alcalde explicó la manera equitativa con que
habían elegido a Berta; sufría mucho por la pérdida de su marido, era vieja, no
tenía amigos, parecía loca, sentada de la mañana a la noche a la puerta de su
casa y, además, no colaboraba en la prosperidad de la aldea. En vez de invertir
su dinero en ovejas o tierras, lo había ingresado a largo plazo en un banco muy
lejos de allí; los únicos que se beneficiaban de él eran los comerciantes que,
al igual que el repartidor del pan, aparecían todas las semanas en el pueblo
para vender sus productos.
Ninguna voz se manifestó en contra de la elección.
El alcalde se alegró de ello, porque habían aceptado su autoridad; el
sacerdote, en cambio, sabía que aquello podía ser una buena o una mala señal,
el silencio no siempre significa un "sí"; generalmente, sólo
demuestra la incapacidad de las personas para reaccionar de inmediato. Pero si
alguien no estaba de acuerdo, después se torturaría por lo que había aceptado
sin desearlo y las consecuencias podían ser muy graves.
-Necesito que todos estén de acuerdo -dijo el
sacerdote-. Necesito que digan en voz alta si están de acuerdo o no, para que
Dios los pueda oír y sepa que tiene hombres valientes en Su ejército. A los que
no creen en Dios, también les pido que digan en voz alta si están de acuerdo o
no, de manera que todos sepamos lo que piensa cada uno.
Al alcalde no le gustó nada que el sacerdote
empleara la forma "necesito", ya que, lo correcto habría sido decir
"necesitamos" o "el alcalde necesita." Cuando aquel asunto
hubiera terminado, recuperaría su autoridad fuera como fuese. Ahora, como buen
político, dejaría que el sacerdote hablara y se pusiera en evidencia.
-Deben estar todos de acuerdo. El primer
"sí" partió del herrero. El alcalde, para demostrar su valor, también
manifestó su acuerdo en voz alta. Poco a poco, todos los presentes en la plaza
fueron diciendo en voz alta que estaban de acuerdo, hasta que todos asumieron
el compromiso. Unos estaban de acuerdo porque querían que la asamblea se
acabara de una vez para poder volver a casa; otros pensaban en el oro y en la
manera más rápida de abandonar el pueblo con la riqueza recién adquirida; otros
pensaban enviar dinero a sus hijos, para que no pasaran vergüenza delante de
sus amigos de la gran ciudad; prácticamente, ninguno de los hombres allí
reunidos creía que Viscos podía recuperar la gloria perdida, sólo deseaban una
riqueza que siempre habían merecido y jamás habían tenido.
Nadie dijo que no.
-En este pueblo hay 108 mujeres y 178 hombres
-continuó diciendo el sacerdote-. Cada habitante tiene, por lo menos, un arma,
ya que la tradición manda que todos aprendan a cazar. Pues bien, mañana por la
mañana dejarán esas armas cargadas con un solo cartucho en la sacristía. Y le
pido al alcalde, que tiene más de una escopeta, que traiga una para mí.
-Nunca dejamos nuestras armas a los extraños -gritó
un guía de caza-. Son sagradas, caprichosas, personales. No pueden ser
utilizadas por otras personas.
-¡Déjenme terminar, por favor! Les explicaré cómo
funciona un pelotón de fusilamiento: se convoca a siete soldados para disparar
contra el condenado a muerte. Se entregan siete fusiles a los soldados: seis
que están cargados con balas de verdad y uno que contiene un cartucho sin
munición. La pólvora explota de la misma manera, el ruido es idéntico, pero de
ahí dentro no saldrá plomo disparado en dirección al cuerpo de la víctima.
»Ningún soldado sabe cuál es el rifle que contiene
el cartucho de fogueo. Así, cada uno cree que es el suyo, y que son sus
compañeros los responsables por la muerte de aquel hombre o de aquella mujer
que no conocen, pero a quien se han visto obligados a ejecutar porque se trata
de un deber que conlleva su oficio.
-Todos se consideran inocentes -dijo el
terrateniente, que hasta entonces se había mantenido en silencio.
-Exacto. Mañana, yo haré lo mismo: retiraré el
plomo de 87 cartuchos, y dejaré las otras escopetas cargadas. Todas las armas
sonarán al mismo tiempo y nadie sabrá cuáles tenían un proyectil dentro; de
esta manera, todos se podrán considerar inocentes.
Por más cansados que estuvieran, la idea del
sacerdote fue acogida con un suspiro de alivio. Una energía diferente se
desparramó por la plaza como si, de un momento a otro, toda aquella historia
hubiera perdido su cariz trágico y se hubiese convertido en la búsqueda de un
tesoro escondido. Cada uno de los presentes tuvo la certeza absoluta de que su
arma sería la del cartucho de fogueo y que no era culpable de nada, sino
solidario con sus compañeros que necesitaban cambiar de vida y de ciudad. Todos
estaban muy animados; Viscos era un lugar en donde finalmente sucedían cosas
diferentes e importantes.
-La única arma que estará cargada será la mía,
pueden estar seguros, puesto que yo no puedo elegir por mí mismo. Tampoco me
voy a quedar con mi parte del oro; esto lo hago por otros motivos.
Las palabras del sacerdote molestaron de nuevo al
alcalde. Estaba haciendo lo posible para que los habitantes de Viscos
comprendieran que se trataba de un hombre valiente, un líder generoso capaz de
hacer cualquier sacrificio. Si su mujer estuviera allí, diría que estaba
preparando su candidatura para las próximas elecciones municipales.
"Ya llegará el lunes", pensó. Promulgaría
un decreto aumentando de tal manera los impuestos de la iglesia, que al
sacerdote le resultaría imposible quedarse en el pueblo. Al fin y al cabo, era
el único que no pretendía ser rico.
42
-¿Y la víctima? -preguntó el herrero. -Vendrá -dijo
el sacerdote-. Yo me encargaré de ello. Pero necesito tres voluntarios. Como no
se presentó nadie, el sacerdote escogió tres hombres fuertes. Uno de ellos
intentó negarse, pero sus amigos lo miraron y cambió de idea al momento.
-¿Dónde ofreceremos el sacrificio? -preguntó el
terrateniente, dirigiéndose abiertamente al sacerdote. El alcalde estaba
perdiendo su autoridad rápidamente, y necesitaba recuperarla deinmediato.
-Quien decide soy yo -dijo, mirando con rabia al
terrateniente-. No quiero que el suelo de Viscos se manche con sangre. Será
mañana, a esta misma hora, junto al monolito celta. Traigan linternas,
farolillos y antorchas, para que todos puedan ver bien dónde apuntan la
escopeta y no disparen en la dirección equivocada.
El sacerdote bajó de la silla; la asamblea había
finalizado. Las mujeres de Viscos volvieron a oír pasos en el pavimento, los
hombres volvían a sus casas. Una vez allí, bebieron algo, miraron por la
ventana o, simplemente, cayeron en la cama, rendidos. El alcalde habló con su
mujer, quien le comentó lo que había oído en casa de Berta y la angustia que
había sentido. Claro que, después de analizar -junto con la dueña del
hotel-palabra por palabra lo que había dicho la anciana, las dos llegaron a la
conclusión de que Berta no sabía nada, y que había sido el sentimiento de culpa
lo que les había hecho pensar lo contrario. "No existen los fantasmas ni
el lobo maldito", afirmó.
El sacerdote volvió a la iglesia, y pasó la noche
entera en oración.
Chantal desayunó con el pan del día anterior,
porque el domingo no pasaba la furgoneta del panadero. Miró por la ventana, y
vio que los habitantes de Viscos salían de sus casas con un arma de caza. Se
dispuso a morir, ya que cabía la posibilidad de que la hubieran elegido; pero
nadie llamó a su puerta; al contrario, seguían adelante, entraban en la
sacristía, y salían con las manos vacías.
Bajó, se acercó al hotel, y la dueña le contó lo
que había sucedido la noche anterior; la elección de la víctima, la propuesta
del cura, los preparativos para el sacrificio. El tono hostil había
desaparecido por completo y las cosas parecían estar cambiando a favor de
Chantal.
-Hay algo que quiero decirte; algún día, Viscos se
dará cuenta de todo lo que has hecho por sus habitantes.
-Pero el extranjero tendrá que enseñarnos el oro
-insistió.
-Claro. Acaba de salir con la mochila vacía.
La chica decidió no salir a pasear por el bosque,
porque tendría que pasar por delante de la casa de Berta y se sentiría muy
avergonzada si la veía. Volvió a su cuarto en donde, de repente, recordó su
sueño.
La tarde anterior había tenido un sueño muy raro;
un ángel le entregaba los once lingotes de oro y le pedía que los guardase
ella.
Chantal le respondía que, para ello, era necesario
matar a alguien. Pero el ángel le aseguraba que no: todo lo contrario, los
lingotes demostraban que el oro no existía.
Por eso le había pedido a la dueña del hotel que
hablara con el extranjero; tenía un plan. Pero, como había perdido todas la
batallas de su vida, desconfiaba de poder llevarlo a cabo.
Berta contemplaba la puesta del sol detrás de las
montañas, cuando vio que se acercaban el cura y otros tres hombres. Se puso
triste por tres cosas: por saber que había llegado su hora, por ver que su
marido no había aparecido para consolarla -tal vez sentía miedo por lo que
tendría que escuchar, tal vez estaba avergonzado por no haber podido salvarla-
y porque se dio cuenta de que el dinero que había ahorrado quedaría en manos de
los accionistas del banco donde estaba depositado, ya que no había tenido tiempo
de retirarlo y encender una hoguera con él. Pero se alegró por dos cosas:
porque finalmente se reuniría con su marido, que en ese momento debía de estar
paseando con la abuela de la señorita Prym; y porque el último día de su vida
había sido frío pero soleado y claro; no todo el mundo tiene el privilegio de
partir con un recuerdo tan bello.
El cura hizo un gesto para indicar a los tres
hombres que se mantuvieran a una cierta distancia, y se le acercó solo.
-Buenas tardes -dijo ella-. Contempla esta
naturaleza tan maravillosa: en ella se refleja la grandeza de Dios. "Me
matarán, pero les dejaré todo el sentimiento de culpa del mundo."
-Lo dices porque no te imaginas el Paraíso
-respondió el cura, pero ella notó que su flecha lo había alcanzado, y que
luchaba por conservar la sangre fría.
-No sé si es tan bello, ni siquiera tengo la
certeza de que exista; ¿ha estado allí alguna vez, señor cura?
-Aún no. Pero conozco el infierno, y sé que es
terrible, a pesar de que parezca muy atrayente visto desde fuera.
La mujer comprendió que se refería a Viscos.
-Se equivoca, señor cura. Usted ha estado en el
Paraíso, pero no ha sabido reconocerlo. Como sucede con la mayoría de las
personas de este mundo, que buscan el sufrimiento en los lugares más alegres,
porque creen que no merecen la felicidad.
-Al parecer, todos los años que has pasado aquí te
han hecho más sabia.
-Hacía mucho tiempo que nadie venía a charlar
conmigo y ahora, curiosamente, todos se han acordado de que existo. Imagínese
que ayer por la noche la dueña del hotel y la mujer del alcalde me honraron con
su visita, y hoy vi ene a verme el párroco de la aldea; ¿me habré vuelto una
persona importante?
-Mucho -dijo el sacerdote-. La más importante de la
aldea.
-¿He heredado algo?
43
-Diez lingotes de oro. Hombres, mujeres y niños, y
las generaciones del futuro te estarán muy agradecidas.
Incluso es posible que erijan una estatua en
homenaje a tu persona.
-Prefiero una fuente; además de ser decorativa,
sacia la sed de los que llegan, y calma a los que están preocupados.
-Construiremos una fuente. Te doy mi palabra. Berta
consideró que ya era hora de acabar con aquella farsa e ir directamente al
grano.
-Lo sé todo, señor cura. Usted está condenando a
una mujer inocente, que no puede luchar por su vida.
Maldito sea usted, esta tierra, y todos sus
habitantes.
-Maldito sea- repitió el sacerdote-. Durante más de
veinte años intenté bendecir esta tierra, pero nadie escuchó mi llamada.
Durante estos mismos veinte años intenté traer el bien al corazón de los
hombres, hasta que comprendí que Dios me había elegido para ser su brazo
izquierdo, y mostrarles todo el mal de que son capaces. Tal vez así se
asustarán y se convertirán.
Berta tenía ganas de llorar pero se contuvo.
-Unas palabras muy bonitas, pero sin ningún
contenido. Apenas dan una explicación para la crueldad y la injusticia.
-Al contrario que los demás, yo no lo hago por
dinero. Sé que el oro está maldito, como esta tierra, y que no aportará
felicidad para nadie: lo hago porque Dios me lo ha pedido. Mejor dicho: me lo
ha ordenado en respuesta a mis oraciones.
"Es inútil discutir", pensó Berta
mientras el sacerdote metía su mano en el bolsillo y sacaba unas pastillas.
-No sentirás nada- dijo-. Entremos en tu casa.
-Ni usted ni ninguna otra persona de esta aldea
pisará mi casa mientras esté viva. Quizás-esta noche la puerta estará abierta,
pero ahora, no.
El sacerdote hizo un gesto a uno de sus
acompañantes, que se acercó a ellos con una botella de plástico.
-Tómate estas pastillas. Dormirás durante las
próximas horas. Cuando despiertes, estarás en el cielo, junto a tu marido.
-Siempre he estado junto a mi marido y nunca he
tomado pastillas para dormir, a pesar de que tengo insomnio.
-Mejor así: el efecto será inmediato.
El sol ya se había puesto, las sombras caían
rápidamente por encima del valle, la iglesia, el pueblo. -¿Y si me niego a
tomarlas?
-Las tomarás de cualquier manera.
La anciana miró a los hombres que acompañaban al
sacerdote, y comprendió que le había dicho la verdad. Cogió las pastillas, se
las puso en la boca, y bebió toda el agua de la botella. Agua: sin sabor, sin
olor, sin color, pero, lo más importante del mundo. Al igual que ella, en aquel
momento.
Volvió a mirar las montañas, ya cubiertas de
sombras. Vio cómo surgía la primera estrella en el cielo, y recordó que había
tenido una buena vida; nació y vivió en un pueblo que amaba, aunque ella no
fuera muy popular en el pueblo, pero ¿qué importancia tenía eso? Quien ama
esperando una recompensa está perdiendo el tiempo.
Había sido bendecida. No había conocido ningún otro
país, pero sabía que allí, en Viscos, sucedían las mismas cosas que en todas
partes. Había perdido a su amado marido, pero Dios le había concedido la
alegría de poder conservarlo a su lado, incluso después de muerto. Vio el
apogeo de la aldea, presenció el inicio de su decadencia y se iba antes de
verla destruida por completo.
Había conocido a los hombres con sus defectos y
virtudes, y creía que, a pesar de lo que le estaba pasando, y de las luchas que
su marido decía presenciar en el mundo invisible, la bondad humana acabaría por
vencer al final.
Sintió lástima del sacerdote, el alcalde, la
señorita Prym, el extranjero y de cada uno de los habitantes de Viscos: el Mal
jamás traería el Bien, por mucho que ellos quisieran creerlo.
Descubrirían la realidad cuando ya fuera demasiado
tarde.
Solamente lamentaba una cosa: nunca había visto el
mar. Sabía que existía, que era inmenso, furioso y calmado a la vez, pero nunca
había podido acercarse al mar, no había sentido el sabor del agua salada en la
boca, ni el tacto de la arena debajo de sus pies descalzos, no se había
sumergido en el agua fría como quien vuelve al vientre de la Gran Madre
(recordó que a los celtas les gustaba esa palabra).
Aparte de eso, poco tenía de qué quejarse.
Estaba triste, muy triste por tener que irse de esa
manera, pero no quería sentirse cómo una víctima: seguramente Dios la había
elegido para aquel papel, que era mucho mejor que el que Él había elegido para
el sacerdote.
-Quiero hablarte del Bien y del Mal -oyó decir al
cura, al mismo tiempo que sentía una especie de torpeza en las manos y los
pies.
-No hace falta. Usted no conoce el Bien. El daño
que le hicieron lo envenenó y ahora está desparramando esta peste por nuestra
tierra. No es diferente del extranjero que ha venido a destruirnos.
Apenas si oyó sus últimas palabras. Miró la
estrella, y cerró los ojos.
El extranjero fue hasta el lavabo de su habitación,
lavó cuidadosamente cada uno de los lingotes de oro y volvió a guardarlos en la
vieja y gastada mochila. Dos días antes había hecho un mutis, pero ahora volví
a para el último acto; era imprescindible aparecer en escena.
44
Lo había planeado todo meticulosamente: desde la
elección de la aldea aislada, con pocos habitantes, hasta el hecho de tener un
cómplice, de manera que, si las cosas se ponían feas, nadie pudiera acusarlo de
ser el inductor de un crimen.
El magnetófono, la recompensa, los movimientos
cautelosos, la primera etapa en la que se haría amigo de la gente del pueblo,
la segunda etapa, en la que sembraría el terror y la confusión. Pensaba hacer
con los demás lo que Dios había hecho con él. Dios le había dado el Bien y
después le había lanzado a un abismo, y él quería que los demás se encontraran
en la misma situación.
Se cuidó de los más mínimos detalles, menos de uno:
jamás pensó que su plan funcionaría. Tenía la certeza de que, cuando llegase la
hora de la verdad, un simple "no" cambiaría la historia, que una
persona se negaría a cometer el crimen y bastaba con una sola persona para
demostrar que no todo estaba perdido. Si una persona salvaba la aldea, el mundo
se habría salvado, la esperanza aún sería posible, la bondad era más fuerte,
los terroristas no eran conscientes del daño que hacían, el perdón acabaría
triunfando y sus días de sufrimiento serían sustituidos por un recuerdo triste,
con el que podría aprender a convivir, y buscaría de nuevo la felicidad. Por
este "no" que le hubiera gustado escuchar, la aldea habría recibido
sus diez lingotes de oro, independientemente de la apuesta que había hecho con
la chica. Pero su plan había fallado. Y ya era tarde, no podía cambiar de idea.
Llamaron a la puerta.
-¡Venga! -Era la voz de la dueña del hotel-. Ha
llegado la hora.
-Bajo en seguida.
Se puso el abrigo y se reunió con ella en el bar.
-Traigo el oro -dijo-. Pero, para evitar
malentendidos, tenga en cuenta que hay personas que conocen mi paradero. Si
deciden cambiar de víctima, pueden estar seguros de que la policía vendrá a
buscarme aquí; usted misma me oyó hacer varias llamadas.
La dueña del hotel asintió con la cabeza.
El monolito celta estaba a media hora a pie de
Viscos. Durante muchos siglos, la gente del lugar creyó que se trataba de una
piedra distinta, grande, pulida por la lluvia y las heladas, que había estado
en pie pero había sido derribada por un rayo. Ahab acostumbraba a reunir al
consejo de la ciudad allí, porque la piedra servía de mesa natural, al aire
libre.
Hasta que el gobierno envió un equipo para
investigar la presunta presencia de los celtas en el valle, y alguien se fijó
en el monumento. De inmediato se acercaron hasta allí los arqueólogos, que
tomaron medidas, hicieron cálculos, discutieron, excavaron y llegaron a la
conclusión de que un pueblo celta había elegido aquel sitio como una especie de
santuario, pero desconocían qué tipo de rituales se practicaban allí. Unos
decían que era un observatorio astronómico, otros aseguraban que se llevaban a
cabo ceremonias de fertilidad; vírgenes poseídas por druidas. El grupo de
eruditos discutió durante una semana entera y, después, se marcharon en
dirección a otro yacimiento, mucho más interesante, sin llegar a ninguna
conclusión.
Cuando fue elegido, el alcalde intentó atraer al
turismo publicando en un periódico de la zona un reportaje sobre la herencia
celta de los habitantes de Viscos, pero los senderos eran difíciles, y todo lo
que encontraban los escasos aventureros que llegaban hasta allí era una piedra
caída, mientras que en otras aldeas del valle había esculturas, inscripciones y
cosas mucho más interesantes. La idea no prosperó y, al poco tiempo, el
monolito volvió a ejercer su función de siempre: servir de mesa para los picnics
de fin de semana.
Aquella tarde hubo peleas en varios hogares de
Viscos, todas por el mismo motivo; los maridos querían ir solos, y las mujeres
exigían tomar parte en el "ritual del sacrificio", que era como
llamaban al crimen que estaban a punto de cometer.
Los maridos decían que era peligroso, que nadie
sabe lo que puede hacer un arma de fuego, las mujeres insistían en que eran
unos egoístas, que debían respetar sus derechos y que el mundo ya no era como
antes. Al final, los maridos cedieron y las mujeres lo celebraron.
Ahora, una procesión se dirigía al lugar elegido,
formando una hilera de 281 puntos luminosos, porque el extranjero llevaba una
antorcha y Berta no llevaba nada, de modo que el número de habitantes seguía
estando representado con exactitud. Cada uno de los hombres cargaba un
farolillo o una linterna en una mano y una escopeta de caza en la otra, doblada
por la mitad, de manera que no pudiera dispararse accidentalmente.
Berta era la única que no necesitaba andar; dormía
plácidamente en una litera improvisada que dos leñadores cargaban con muchas
dificultades.
"Menos mal que no tendremos que cargar este
peso de vuelta -pensaba uno de ellos-. Porque, con la munición clavada en la
carne, pesará el triple."
Calculó que cada cartucho debía de contener,
aproximadamente, seis pequeñas esferas de plomo. Si todas las escopetas
cargadas acertaban elobjetivo, aquel cuerpo recibiría el impacto de 522
perdigones y, al final, habría más metal que sangre.
El hombre sintió que se le revolvía el estómago. No
debía pensar en nada, sólo en el lunes siguiente.
Nadie habló durante el trayecto. Nadie se miró a
los ojos, parecía que aquello fuera una pesadilla que estaban dispuestos a
olvidar lo más de prisa posible. Llegaron resoplando -más por la tensión que
por el cansancio- y formaron un enorme semicírculo de luces en el claro donde
estaba el monumento celta.
En cuanto el alcalde hizo una señal, los leñadores
desataron a Berta de la litera y la colocaron echada en el monolito.
45
-Así no puede ser -protestó el herrero, recordando
las películas de guerra, con soldados arrastrándose por el suelo-. Es muy
difícil acertar a una persona tumbada.
Los leñadores retiraron a Berta y la sentaron en el
suelo, con la espalda apoyada en la piedra. Parecía la posición ideal, pero, de
repente se oyó una voz llorosa de mujer.
-¡Nos está mirando! -dijo-. Ve lo que estamos
haciendo.
Evidentemente, Berta no veía nada de nada, pero
resultaba insoportable contemplar aquella señora de aire bondadoso, durmiendo
con una sonrisa de satisfacción pintada en los labios, que en breve sería
destrozada por una enorme cantidad de esferas de metal.
-¡De espaldas!
-ordenó el alcalde, a quien también incomodaba aquella imagen.
Protestando, los leñadores
se acercaron de nuevo al monolito, dieron al vuelta
al cuerpo y lo dejaron arrodillado en el suelo, con el rostro y
el pecho apoyados en la piedra. Como era imposible
mantenerlo erecto en esa posición, le ataron las muñecas
con una cuerda que pasaron por encima del monumento
y ataron por el otro lado. Era una posición grotesca: la
mujer arrodillada, de espaldas, con los brazos
extendidos por encima de la piedra, como si estuviera rezando o
implorando algo. Se oyó una nueva protesta,
pero el alcalde dijo que ya era hora de
terminar con la tarea.
Cuanto antes, mejor. Sin discursos ni
justificaciones; todo eso quedaba para el día siguiente, en el bar, en las
conversaciones entre pastores y campesinos. Con toda certeza, dejarían de
utilizar durante mucho tiempo una de las tres salidas de Viscos, ya que todos
estaban acostumbrados a ver a la vieja sentada allí, contemplando las montañas
y hablando sola. Menos mal que el pueblo tenía otras dos salidas, aparte de un
atajo, con una escalera improvisada, que daba a la carretera de abajo.
-¡Acabemos de una vez! -dijo el alcalde, muy
contento porque el sacerdote ya no decía nada y su autoridad había sido
restablecida-. Alguien podría ver las luces desde el valle y subir a ver qué
está pasando. Preparen las escopetas, disparen, y vámonos.
Sin solemnidad. En el cumplimiento del deber, como
buenos soldados que defendían a su pueblo.
Sin dudas. Era una orden y debían obedecerla. Pero,
de repente, el alcalde no sólo comprendió el silencio del sacerdote, sino que
tuvo la certeza de estar cayendo en una trampa. A partir de entonces, si alguna
vez se filtraba el asunto, todos podrían decir lo mismo que los asesinos de
guerra: que estaban cumpliendo órdenes.
¿Qué estaba pasando en el corazón de aquellas
personas? ¿Lo consideraban un canalla o un salvador? No podía flaquear,
precisamente en el momento en que oyó el chasquido de las escopetas
desdoblándose, el cañón encajando perfectamente en la culata. Se imaginó el
estruendo que harían las 174 armas, pero, antes de que alguien tuviera tiempo
de subir a ver lo que había pasado, ellos ya estarían lejos; poco antes de
iniciar el ascenso, había dado orden de apagar todas las linternas en el camino
de vuelta.
Se sabían de memoria el camino, la luz sólo era
necesaria para evitar accidentes a la hora de disparar. Instintivamente, las
mujeres se echaron atrás y los hombres apuntaron en dirección al cuerpo inerte,
que
distaba unos cincuenta metros. No podían fallar;
desde pequeños les habían enseñado a disparar a animales en movimiento y a
pájaros en pleno vuelo.
El alcalde se preparó para dar la orden de
disparar.
-¡Un momento! -gritó una voz de mujer.
Era la señorita Prym.
-¿Y el oro? ¿Han visto el oro?
Bajaron las escopetas, pero aún seguían
amartilladas: no, nadie lo había visto. Todos se volvieron hacia el extranjero.
Este se acercó, lentamente, hasta situarse delante
de las armas. Puso su mochila en el suelo y empezó a sacar, uno a uno, los
lingotes de oro.
-Aquí lo tienen -dijo, y volvió al lugar que
ocupaba en uno de los extremos del semicírculo.
La señorita Prym fue hasta donde estaban los
lingotes y cogió uno.
-Es oro -dijo-. Pero quiero que se aseguren de
ello. Que vengan nueve mujeres y que cada una examine los demás lingotes que
están en el suelo.
El alcalde empezaba a estar inquieto, las mujeres
deberían situarse en la línea de fuego y los nervios podían hacer que alguna
arma se disparase accidentalmente; pero nueve mujeres -inclusive la suya- se
acercaron a donde estaba la señorita Prym e hicieron lo que les había pedido.
-Sí, es oro -afirmó la mujer del alcalde,
estudiando con cuidado lo que tenía entre manos y comparándolo con las pocas
joyas que poseía-. Tiene un sello del gobierno, un número que debe indicar la
serie, la fecha en que fue fundido y el peso. No nos ha engañado.
-Pues bien, no dejen de sujetar los lingotes
mientras escuchan lo que tengo que decirles. -No es hora de discursos, señorita
Prym –dijo el alcalde-. Salga de ahí, para que podamos terminar con este
asunto.
-¡Cállate, idiota!
El grito de Chantal los asustó a todos. Parecía
imposible que nadie, en Viscos, se atreviera a decir lo que acababan de oír.
-¿Te has vuelto loca?
-¡Cállate! -gritó ella, con más fuerza, temblando
de la cabeza a los pies, con los ojos desorbitados por el odio-
. ¡El loco eres tú, que has caído en esta trampa
que nos arrastra hacia la maldición y la muerte! ¡Eres un irresponsable! El
alcalde avanzó hacia ella pero dos hombres lo sujetaron.
-¡Queremos escuchar a la chica! -gritó una voz
entre el gentío-. ¿Qué importa esperar diez minutos?
46
Diez minutos -o cinco- representaban una gran
diferencia y todos los presentes, hombres o mujeres, lo sabían de sobras. A
medida que se enfrentaban con la escena, el miedo aumentaba, el sentimiento de
culpa se extendía, la vergüenza se iba apoderando de ellos, les temblaban las
manos y todos querían una excusa para cambiar de idea.
Mientras subían, estaban convencidos de que su arma
estaba cargada con munición de fogueo y que después habría terminado todo; pero
ahora les daba miedo que del cañón de su escopeta salieran los proyectiles
auténticos y que el fantasma de aquella vieja -que tenía fama de bruja- se les
apareciera por las noches.
O que alguien se fuera de la lengua. O que el cura
no hubiera hecho lo prometido y que todos fueran culpables.
-Cinco minutos -dijo el alcalde, haciendo todo lo
posible para que los demás creyeran que le estaba dando permiso, cuando, en
realidad, la chica había conseguido imponer sus reglas.
-¡Hablaré cuanto quiera! -dijo Chantal, que parecía
haber recuperado la calma, no estaba dispuesta a ceder ni un centímetro y
hablaba con una autoridad nunca vista-. Pero no será mucho. Es curioso observar
lo que está sucediendo porque todos nosotros sabemos que, en tiempos de Ahab,
solían pasar por el pueblo unos hombres que aseguraban tener unos polvos
mágicos que transformaban el plomo en oro. Se llamaban a sí mismos alquimistas
y, por lo menos uno de ellos, demostró que decía la verdad, cuando Ahab lo amenazó
de muerte.
»Hoy, ustedes quieren hacer lo mismo: mezclar el
plomo con la sangre, convencidos de que se transformará en este oro que tenemos
en las manos. Por un lado, tienen toda la razón. Por el otro, el oro se les
escapará de las manos con la misma rapidez con que llegó a ellas.
El extranjero no entendía nada de lo que decía la
chica, pero deseaba que siguiera hablando porque sentía que en un rincón oscuro
de su alma la luz olvidada volvía a brillar.
-En la escuela todos aprendimos la famosa leyenda
del rey Midas. Un hombre que se encontró con un dios, y el dios le concedió un
deseo. Midas ya era muy rico, pero quería más dinero, y le pidió la facultad de
transformar en oro todo lo que tocase.
»Permítanme que les recuerde lo que le sucedió:
primero, Midas transformó en oro sus muebles, su palacio y todo lo que lo
rodeaba. Trabajó una mañana entera y consiguió tener un jardín de oro, árboles
de oro, escalinatas de oro. Al mediodía sintió hambre y quiso comer. Pero
cuando tocó la suculenta pierna de cordero que le habían preparado sus
sirvientes, ésta también se transformó en oro. Levantó un vaso de vino y se
transformó en oro al instante. Desesperado, fue a pedir ayuda a su mujer porque
se dio cuenta de la equivocación que había cometido; cuando le tocó el brazo,
la transformó en una estatua dorada.
»Los sirvientes salieron huyendo de allí, por miedo
a que les sucediera lo mismo. En menos de una semana, Midas había muerto de
hambre y de sed, rodeado de oro por todas partes.
-¿Por qué nos has contado esta historia? –le
preguntó la mujer del alcalde, quien dejó el lingote en el suelo y volvió junto
a su marido-. ¿Acaso ha venido algún dios a Viscos y nos ha concedido ese
poder?
-Se las he contado por una razón muy simple: el
oro, en sí mismo, no vale nada. Absolutamente nada.
No podemos comerlo ni beberlo ni usarlo para
comprar más ganado o tierras. Lo que vale es el dinero. ¿Cómo vamos a
transformar este oro en dinero?
»Podemos hacer dos cosas: la primera, pedir al
herrero que funda los lingotes, los divida en 280 pedazos iguales y cada uno
irá a la ciudad a cambiarlo. Inmediatamente, despertaremos las sospechas de las
autoridades, porque no hay oro en este valle, y resultará muy extraño que todos
los habitantes de Viscos aparezcan con un pequeño lingote. Las autoridades
desconfiarán. Nosotros diremos que encontramos un antiguo tesoro celta.
Una rápida investigación demostrará que el oro está
recién fundido, que ya hicieron excavaciones aquí, que los celtas no poseían
cantidades tan grandes de oro o habrían erigido una ciudad grande y lujosa en
esta zona.
-¡Eres una ignorante! -dijo el terrateniente-.
Llevaremos los lingotes al banco tal como están, con el sello del gobierno
incluido. Los cambiaremos y repartiremos el dinero entre todos nosotros.
-Esa es la segunda cosa. El alcalde coge los diez
lingotes, los lleva al banco y pide que se los cambien por dinero. El cajero no
le hará las preguntas que haría si todos nosotros, de uno en uno, nos
presentáramos en el banco con un lingote; como el alcalde es una autoridad,
sólo le pedirá el certificado de compra del oro. El alcalde dirá que no lo
tiene pero que –tal como dice su mujer- tiene el sello del gobierno y es
auténtico. En él consta la fecha y el peso.
»Para aquel entonces, el hombre que nos habrá dado
el oro estará muy lejos de aquí. El cajero dirá que necesita un cierto tiempo,
ya que, a pesar de que conoce al alcalde y sabe que es una persona honesta,
necesita una autorización para entregar una cantidad tan grande de dinero.
Empezarán a preguntar de dónde ha salido el oro. El alcalde dirá que nos lo ha
regalado un extranjero; al fin y al cabo, nuestro alcalde es inteligente y
encuentra respuestas para todo.
»Después de que el cajero hable con el director del
banco, éste, que aunque no sospeche nada, no deja de ser un asalariado que no
quiere correr riesgos innecesarios, llamará a la central del banco. Allí, nadie
conoce al alcalde, y retirar una cantidad tan grande siempre resulta
sospechoso; por lo tanto, le pedirán que espere un
par de días, mientras investigan el origen de los
lingotes. Y ¿qué descubrirán? Que el oro es producto de un robo. O que fue
comprado por un grupo sospechoso de narcotráfico.
47
Chantal hizo una pausa. Ahora, todos compartían el
miedo que ella había sentido la primera vez que tuvo su lingote entre las
manos. La historia de un hombre es la historia de la humanidad.
-Porque este oro tiene número de serie. Y fecha. Es
muy fácil de identificar.
Todos miraron en dirección al extranjero, que se
mantenía impasible.
-No sirve de nada preguntárselo -dijo Chantal-.
Tendríamos que confiar en que nos está diciendo la verdad, y un hombre que pide
que se cometa un crimen no merece ninguna confianza.
-Podemos retenerlo aquí, hasta que hayamos cambiado
el metal por dinero -sugirió el herrero.
El extranjero hizo un gesto con la cabeza en
dirección a la dueña del hotel.
-Es intocable. Debe tener amigos muy poderosos. En
mi presencia, telefoneó a varias personas y reservó pasajes; si desaparece,
sabrán que ha sido secuestrado, y vendrán a buscarlo a Viscos.
Chantal dejó su lingote de oro en el suelo y salió
de la línea de fuego. Las otras mujeres la imitaron.
-Pueden disparar, si quieren. Pero yo sé que esto
es una trampa del extranjero y no pienso ser cómplice en este crimen.
-¡Tú no sabes nada de nada! -exclamó el
terrateniente.
-Si tengo razón, dentro de poco el alcalde estará
entre rejas, y mandarán investigadores a Viscos para averiguar a quién robó el
tesoro. Alguien tendrá que dar explicaciones y ese alguien no seré yo, por
supuesto.
»Pero les prometo que callaré; sólo diré que no sé
qué pasó. Además, todos conocemos al alcalde, al contrario del extranjero, que
mañana se irá de Viscos. Es posible que asuma toda la culpa y diga que robó a
un hombre que pasó una semana en el pueblo. Todos le consideraremos un héroe,
el crimen jamás será descubierto y seguiremos adelante con nuestras vidas,
pero, de una manera o de otra, sin el oro.
-¡Claro que asumiré la culpa! -exclamó el alcalde,
que tenía muy claro que todo aquello era una invención de aquella chalada.
Pero oyó el primer chasquido de una escopeta que
volvía a doblarse.
-¡Confíen en mí! -gritó el alcalde-. ¡Acepto el
riesgo!
Pero, por toda respuesta, oyó otro chasquido, y
otro, y los chasquidos parecían contagiarse unos a otros, hasta que casi todas
las escopetas estuvieron dobladas; ¿desde cuándo se puede uno fiar de las
promesas de los políticos? Sólo las escopetas del alcalde y del sacerdote
permanecían listas para disparar; una apuntaba a la señorita Prym, la otra, al
cuerpo de Berta. Pero el leñador -el mismo que antes había calculado la
cantidad de perdigones que atravesarían el cuerpo de la vieja- se dio cuenta de
lo que estaba sucediendo, se acercó a ellos, y les arrancó las escopetas de las
manos: el alcalde no estaba tan loco como para cometer un crimen por venganza y
el sacerdote no tenía experiencia con las armas y, posiblemente, fallaría el
tiro.
La señorita Prym tenía razón: creer en los demás es
muy arriesgado. De repente, parecía que todos se habían dado cuenta de ello,
porque empezaron a abandonar aquel lugar, primero, los mayores, después, los
más jóvenes.
Bajaron por la cuesta, en silencio, intentando
pensar en el tiempo, en las ovejas que tenían que trasquilar, en el campo que
debían arar de nuevo, en la temporada de caza que estaba a punto de empezar.
Aquello no había sucedido, porque Viscos es una aldea perdida en el tiempo, en
donde todos los días son iguales.
Cada uno se decía a sí mismo que aquel fin de
semana sólo había sido un sueño.
O una pesadilla.
En el claro, sólo permanecieron tres personas y dos
farolillos; una de las tres personas dormía atada a una piedra.
-Aquí tienes el oro de tu aldea -dijo el extranjero
a Chantal-. Al final, me quedo sin el oro y sin mi respuesta.
-No es de mi aldea: es mío. Así como el lingote que
está junto a la roca en forma de Y. Y tú me acompañarás a cambiarlo por dinero;
no confío en tus palabras.
-Sabes muy bien que no habría hecho nada de lo que
has dicho. Y, por lo que respecta al desprecio que sientes por mí, en realidad,
se trata del desprecio que sientes por ti misma. Deberías estarme agradecida
por todo lo que ha sucedido, ya que, al mostrarte el oro, te di mucho más que
la posibilidad de hacerte rica.
-¡Muy generoso! -replicó Chantal, con ironía-.
Desde el primer momento, podría haberte comentado algo acerca de la naturaleza
del ser humano; aunque Viscos sea un pueblo decadente, tuvo un pasado de gloria
y sabiduría. Podría haberte dado la respuesta que buscabas, si me hubiera
acordado de ella.
Chantal desató a Berta y vio que tenía una herida
en la cabeza, tal vez a causa de la posición en que habían colocado su cabeza
en la piedra, pero no era nada grave. El problema era que debían quedarse allí
hasta la mañana siguiente, esperando que la mujer despertase.
-¿Puedes darme esa respuesta ahora? –le preguntó el
hombre.
-Supongo que ya deben de haberte contado el
encuentro entre San Sabino y Ahab.
-Claro. El santo fue a ver a Ahab, conversó con él
y, al final, el árabe se convirtió porque se percató de que el coraje del santo
era mucho mayor que el suyo.
-Sí. Pero antes de irse a dormir volvieron a
charlar un rato, a pesar de que Ahab se había puesto a afilar su puñal en
cuanto San Sabino había puesto los pies en su casa. Convencido de que el mundo
era un reflejo de sí mismo, decidió desafiarle, y le preguntó:
»-Si ahora entrase la prostituta más bella que
ronda por el pueblo, ¿te sería posible pensar que no es bella y seductora?
»-No. Pero conseguiría controlarme –respondió el
santo.
48
»-Si te ofreciera muchas monedas de oro para que
dejaras la montaña y te unieras a nosotros, ¿te sería posible mirarlas como si
fueran piedras?
—No. Pero conseguiría controlarme. »-Si vinieran a
verte dos hermanos, uno que te detesta y otro que te considera un santo, ¿te
sería posible pensar que los dos son iguales?
»-Aunque me hiciera sufrir, conseguiría controlarme
y los trataría a los dos de la misma manera. Chantal hizo una pausa. -Dicen que
este diálogo fue decisivo para la conversión de Ahab.
El extranjero no necesitaba que Chantal le contara
el resto de la historia; Sabino y Ahab tenían los mismos instintos; el Bien y
el Mal luchaban por ellos, como luchaban por todas las almas de la Tierra.
Cuando Ahab comprendió que Sabino era igual que él, también comprendió que él
era igual que Sabino.
Todo era una cuestión de control. Y de elección.
Nada más.
Chantal contempló por última vez el valle, las
montañas, los bosques por donde solía caminar de pequeña, y sintió en la boca
el sabor a verduras recién recolectadas, a vino casero, hecho con la mejor uva
de la comarca, que era celosamente guardada por la gente del pueblo para que
ningún turista lo descubriese, ya que la producción era demasiado limitada para
poder exportarlo a otros lugares, y el dinero podía hacer cambiar de opinión al
viticultor.
Sólo había vuelto para despedirse de Berta; llevaba
la misma ropa que de costumbre, para que nadie se percatara de que, durante su
corto viaje a la ciudad, se había convertido en una mujer rica: el extranjero
se había encargado de todo, había firmado los papeles de transferencia del
metal, se había encargado de la venta del oro y de que el dinero fuera
ingresado en la nueva cuenta de la señorita Prym. El cajero del banco los había
mirado con una discreción exagerada y no había hecho más preguntas de las estrictamente
necesarias para efectuar las transacciones. Pero Chantal sabía perfectamente lo
que aquel hombre había pensado: que se hallaba delante de la joven amante de un
señor maduro.
"¡Qué sensación tan agradable!", recordó.
Según el cajero del banco, ella era tan buena en la cama que valía esa inmensa
cantidad de dinero.
Se cruzó con algunos vecinos; nadie sabía que ella
se marchaba, y la saludaron como si no hubiera sucedido nada, como si Viscos no
hubiera recibido la visita del Demonio. Ella devolvió el saludo, fingiendo
también que aquel día era igual que todos los otros días de su vida.
No sabía hasta qué punto la había cambiado lo que
había descubierto sobre sí misma, pero tenía tiempo para aprender. Berta estaba
sentada delante de su casa, ya no para vigilar la llegada del Mal, sino porque
no sabía hacer nada más.
-Van a construir una fuente en mi honor –dijo la
anciana-. Es el precio de mi silencio. Pero yo sé que no durará mucho tiempo ni
saciará la sed de mucha gente porque Viscos está condenado de cualquier manera:
no por causa de ningún demonio, sino por la época en que vivimos.
Chantal le preguntó cómo sería la fuente; Berta
había ideado un sol de donde manaría un chorro de agua que caería en la boca de
un sapo; ella era el sol, y el sapo, el cura.
-Estoy saciando su sed de luz, y no dejaré de
hacerlo mientras la fuente se tenga en pie.
El alcalde se había quejado por los gastos, pero
Berta le hizo caso omiso y, dadas la circunstancias, no tenían más remedio que
construirla: las obras debían empezar a la semana siguiente.
-Y tú, hijita, finalmente vas a hacer lo que te
sugerí. Una cosa sí puedo decirte con toda seguridad: que la vida sea corta o
larga depende de la manera en que la vivamos.
Chantal, sonriente, le dio un beso y volvió la
espalda -para siempre- a Viscos. La anciana tenía razón: no había tiempo que
perder, aunque esperaba que su vida fuera muy larga.
22 de enero de 2000. 23.58 h.
FIN
* * *

No hay comentarios:
Publicar un comentario