© Libro N° 8718. Un Ligero Caso De Insolación. Clarke, Arthur C. Emancipación. Junio 12 de 2021.
Título
original: © Un Ligero Caso De
Insolación. Arthur C. Clarke
Versión Original: © Un Ligero Caso De Insolación. Arthur
C. Clarke
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Arthur C. Clarke
Un Ligero Caso De
Insolación
Arthur C. Clarke
Otra persona debería narrar esta historia: alguien
que entienda el extraño tipo de fútbol que juegan en América del Sur. Allá en
Moscú, Idaho, tomamos la pelota y corremos con ella. En la pequeña pero
próspera república que llamaré Perivia, la golpean con los pies. Y eso no es
nada, en comparación con lo que le hacen al árbitro.
Hasta la Vista, la capital de Perivia, es una
hermosa y moderna ciudad enclavada en los Andes, a casi tres mil metros sobre
el nivel del mar. Está muy orgullosa de su magnífico estadio de fútbol, que
puede alojar a cien mil personas. Aun así, es apenas suficiente para dar cabida
a todos los fanáticos que se presentan cuando hay un partido realmente
importante, como el anual con la vecina república de Panagura.
Una de las primeras cosas que aprendí cuando llegué
a Perivia, luego de varias aventuras penosas en zonas menos democráticas de
América del Sur, fue que el partido del año anterior lo habían perdido a causa
de la deshonestidad del juez. Aparentemente el juez había penado a casi todos
los jugadores del equipo, anulado un gol, y hecho todo lo necesario para que no
ganara el mejor cuadro. Esta diatriba me hizo añorar mi tierra pero, recordando
donde estaba, simplemente comenté:
—Deberían haberle pagado más.
—Lo hicimos —fue la amarga respuesta—, pero los
panaguros hablaron con él después.
—Es una lástima —respondí—. Hoy día es difícil
encontrar un hombre honesto que no cambie de comprador. El inspector de
aduanas, que acababa de tomar mi último billete de cien dólares, tuvo la
gentileza de sonrojarse debajo de las barbas mientras me hacía cruzar la
frontera.
Las semanas siguientes fueron duras, aunque no es
esa la única razón por la cual preferiría no hablar de ellas. Pero pronto volví
al negocio de las máquinas agrícolas, aunque ninguna de las máquinas que
importaba se acercó jamás a una granja, y ahora cuesta muchísimo más de cien
dólares cada vez que quiero pasarlas por la frontera sin que algún entrometido
mire las cajas. Tenía mucho que hacer y lo que menos me preocupaba era el
fútbol; sabía que mis costosos artículos importados serían utilizados en cualquier
momento, y quería asegurarme que esta vez mis ganancias fueran conmigo cuando
yo dejara el país.
A pesar de eso, apenas podía ignorar la excitación
al acercarse el día del partido de revancha. En primer lugar, me obstaculizaba
los negocios. Siempre que iba a una conferencia, arreglada con gran dificultad
y gastos en un hotel seguro o en casa de algún simpatizante de confianza, la
mitad del tiempo todo el mundo hablaba de fútbol. Era enloquecedor; y comencé a
preguntarme si los perivianos tomaban la política tan en serio como los
deportes.
—¡Caballeros! —protestaba yo—. Nuestro próximo
envío de sembradoras mecánicas giratorias será descargado mañana y, a menos que
obtengamos ese permiso del Ministro de Agricultura, alguien puede abrir las
cajas y entonces...
—No se preocupe, amigo —contestaba vivamente el
general Sierra o el coronel Pedro—, eso ya está arreglado. Déjelo en manos del
ejército.
Yo sabía que no era conveniente replicar: «¿qué
ejército?» y durante los diez minutos siguientes tuve que escuchar una
vehemente exposición de tácticas futbolísticas y la mejor forma de tratar a
árbitros recalcitrantes. Nunca soñé —ni yo ni nadie— que ese tópico estaría
íntimamente ligado a nuestro problema particular.
Desde entonces he tenido tiempo de reconstruir lo
que realmente había sucedido, aunque en aquel momento era muy confuso. La
figura central del drama era indudablemente don Hernando Díaz, playboy
millonario, fanático del fútbol, científico aficionado y, estoy seguro, futuro
presidente de Perivia. Debido a su afición a los autos de carrera y a las
bellezas de Hollywood, que lo ha convertido en uno de los artículos de
exportación mejor conocidos de su país, la mayoría de la gente supone que la
etiqueta de «playboy» describe completamente a don Hernando. Nada, pero nada,
podría estar más lejos de la verdad.
Yo sabía que don Hernando era uno de los nuestros,
pero al mismo tiempo gran favorito del Presidente Ruiz, y que estaba por lo
tanto en una posición poderosa pero delicada. Naturalmente, no lo había
conocido nunca; él tenía que ser muy exigente con sus amigos y había muy poca
gente interesada en conocerme a mí, a menos que no tuvieran otro remedio.
Recién mucho más tarde supe de su interés por la ciencia; parece que tiene un
observatorio privado que utiliza frecuentemente en las noches claras, aunque según
los rumores, las funciones no son solamente astronómicas.
Don Hernando debe de haber necesitado todo su
encanto y sus poderes de persuasión para convencer al Presidente; si éste no
hubiera sido también un fanático del fútbol, y no hubiera estado dolido por la
derrota del año anterior, como todo periviano patriota, jamás habría aceptado.
Pero la originalidad del plan debe haberlo atraído, aunque no le agradase mucho
la idea de tener la mitad de las tropas fuera de acción durante la mayor parte
de la tarde. No obstante, como se lo habrá recordado seguramente don Hernando,
¿qué mejor forma de asegurarse la lealtad del ejército que dándole cincuenta
mil asientos para el partido del año?
Yo no sabía nada del asunto cuando me senté en el
estadio ese día memorable. Si ustedes creen que yo no tenía deseo alguno de
estar allí, aciertan. Pero el coronel Pedro me había dado una entrada, y era
poco saludable herir los sentimientos no usándola. De modo que allí estaba yo,
bajo el sol abrasador, abanicándome con el programa y escuchando los
comentarios en mi radio portátil, mientras esperábamos a que comenzara el
juego.
El estadio estaba repleto; su gran óvalo cóncavo
era un apretado mar de rostros. Habían demorado un poco la entrada de los
espectadores; la policía había hecho todo lo posible, pero lleva tiempo revisar
a cien mil personas en busca de armas de fuego escondidas. El equipo visitante
había insistido en eso, para gran indignación de los locales. Pero las
protestas se desvanecieron rápidamente cuando la artillería se amontonó en los
puestos de control.
Fue fácil adivinar el momento exacto de la llegada
del árbitro en su Cadillac blanco; escuchando los abucheos de la multitud se
podía saber por dónde iba.
—¿Por qué no cambian al árbitro, si tanto les
disgusta? —pregunté a mi vecino, un teniente tan joven que podía ser visto
conmigo sin ningún problema.
Y el teniente se encogió de hombros resignadamente.
—Los visitantes tienen derecho a elegir. Nada
podemos hacer.
—Entonces por lo menos deberían ganar los partidos
que juegan en Panagura.
—Es cierto —coincidió—. Pero la última vez fuimos
demasiado confiados. Jugamos tan mal que ni siquiera nuestro árbitro pudo
salvarnos.
Me costaba sentir simpatía por alguno de los dos
bandos, y me dispuse a soportar un par de horas de bullicioso aburrimiento.
Pocas veces me equivoqué tanto.
Es cierto que el juego tardó en comenzar. Primero
una banda sudorosa tocó los himnos nacionales, luego los equipos fueron
presentados al Presidente y su dama, luego el Cardenal bendijo a todo el mundo,
luego hubo una pausa durante la cual ambos capitanes tuvieron alguna oscura
discusión sobre el tamaño o la forma de la pelota. Pasé el período de espera
leyendo el programa, una cosa cara hermosamente realizada que me había dado el
teniente. De tamaño tabloide, impreso en excelente papel, generosamente ilustrado,
parecía encuadernado en plata. Los editores difícilmente recuperarían el
dinero, pero se trataba más de un problema de prestigio que de un problema
económico. En todo caso, en ese «Recuerdo Especial de la Victoria» había una
impresionante lista de suscriptores, encabezada por el Presidente. La mayoría
de mis amigos también estaban, y noté con gran sorpresa que la cuenta del
regalo de cincuenta mil ejemplares a nuestros gallardos combatientes había sido
pagada por don Hernando. Parecía un intento algo ingenuo y caro de lograr
popularidad. Lo de «Victoria» también me pareció prematuro, por no decir falto
de tacto.
Comenzó el partido y el rugido de la enorme
multitud interrumpió estas reflexiones. La pelota entró en acción, pero apenas
había zigzagueado la mitad del campo cuando un periviano de camiseta azul hizo
una zancadilla a un panagurano de rayas negras. No pierden el tiempo, me dije;
¿qué hará el árbitro? Para mi sorpresa, no hizo nada, y me pregunté si en este
partido habríamos conseguido que aceptara nuestros términos de pago.
—¿No fue eso una infracción, o como quiera que
ustedes lo llamen? —pregunté a mi compañero.
—¡Bah! —respondió él, sin sacar los ojos del
partido—. Nadie se preocupa por ese tipo de cosas.
Además el coyote ni lo vio.
Eso era cierto. El árbitro estaba muy lejos, y
parecía que le costaba seguir el juego. Sus movimientos eran claramente
trabajosos, y me tuvieron perplejo hasta que adiviné la razón. ¿Alguna vez
vieron ustedes a un hombre tratando de correr con un chaleco a prueba de balas?
Pobre diablo, pensé, con la compasión de un bribón por otro bribón; te estás
ganando el soborno. Yo tenía mucho calor con sólo estar sentado.
Durante los primeros diez minutos fue un partido
bastante limpio, y no creo que haya habido más de tres peleas. Los perivianos
erraron un gol por muy poco; la pelota fue sacada con tanta elegancia que el
frenético aplauso de los aficionados panaguranos (que tenían una guardia
especial de la policía y una sección fortificada del estadio para ellos solos)
casi no fue abucheado. Comencé a sentirme desilusionado. Caramba, si se
cambiaba la forma de la pelota este podía ser un amable juego en mi tierra.
Por cierto que la Cruz Roja casi no tuvo trabajo
hasta que transcurrió la mitad del partido; entonces tres perivianos y dos
panaguranos (o puede haber sido a la inversa), se fundieron en una magnífica
pelotera de la que sólo sobrevivió uno gracias a su propia fuerza. Los heridos
fueron sacados del campo de batalla en medio de gran baraúnda, y el partido se
interrumpió mientras llegaban los reemplazantes. Esto originó el primer
incidente de importancia: los perivianos se quejaron porque los heridos del otro
lado fingían para introducir reservas frescas. Pero el árbitro fue inexorable:
los nuevos hombres salieron al campo y el ruido de fondo descendió apenas por
debajo del umbral del dolor al recomenzar el partido.
Pronto los panaguranos hicieron un gol, y aunque
ninguno de mis vecinos llegó a suicidarse, varios parecieron casi a punto de
hacerlo. La transfusión de sangre nueva aparentemente había vigorizado a los
visitantes y las cosas se presentaban malas para el equipo local. Sus oponentes
estaban pasando la pelota con tanta habilidad que las defensas perivianas
resultaban porosas como un tamiz. Si todo continúa así, me dije, el árbitro
puede permitirse ser honesto; su bando ganará de todas formas. Y para ser justo,
yo no había visto todavía signo alguno de parcialidad.
No tuve que esperar mucho. El equipo local bloqueó
un ataque que amenazaba a su meta, y un poderoso puntapié envió la pelota como
un cohete hacia el otro extremo del campo. Antes que alcanzase la cúspide de su
vuelo, el agudo silbato del árbitro detuvo el juego. Hubo una breve consulta
entre árbitro y capitanes, que casi de inmediato derivó en un desorden. Abajo,
en el campo, todo el mundo gesticulaba violentamente, y la multitud rugía su
desaprobación.
—¿Qué sucede ahora? —pregunté quejumbrosamente.
—El árbitro dice que nuestro hombre estaba en
posición adelantada.
—¿Pero cómo, si está delante de su propio arco?
—¡Shhh! —dijo el teniente, que se negaba a perder
tiempo informándome. No me callo fácilmente, pero esta vez lo hice, y traté de
entender yo solo las cosas. Parecía que el árbitro había dado un tiro libre a
los panaguranos, y yo comprendía cómo se sentían todos.
La pelota voló por el aire describiendo una hermosa
parábola, rozó el poste y entró a pesar del salto del guardameta. De la
multitud surgió un poderoso rugido de angustia, que luego murió abruptamente
quedando en su sitio un silencio aún más impresionante. Fue como si un gran
animal hubiera sido herido, y estuviera esperando el momento de la venganza. A
pesar del sol, casi a plomo, sentí de pronto un escalofrío, como si hubiera
soplado un viento helado. Ni por todas las riquezas de los Incas cambiaría de
lugar con el hombre que sudaba en el campo, envuelto en su chaleco a prueba de
balas.
Perdíamos dos a cero, pero aún había esperanzas;
todavía no había terminado el primer tiempo, y podían suceder muchas cosas
antes del fin del partido. Los perivianos estaban heridos en su amor propio y
ahora jugaban con una intensidad casi demoníaca, como hombres que han aceptado
un desafío.
El nuevo espíritu pronto dio sus frutos. El equipo
local anotó un gol impecable en un par de minutos y la multitud enloqueció de
alegría. Ahora yo gritaba con todo el mundo, diciéndole al árbitro cosas que ni
siquiera sabía que podía decir en español. Íbamos uno a dos, y cien mil
personas rezaban y maldecían para que llegara el gol del empate.
El gol llegó cuando ya terminaba el primer tiempo.
En un asunto de tan graves consecuencias quiero ser perfectamente justo. La
pelota pasó a uno de nuestros delanteros, quien corrió unos quince metros con
ella, eludió a un par de defensas con un magnífico juego de pies y pateó
limpiamente hacia el arco. Apenas había caído la pelota de la red cuando volvió
a sonar el silbato.
¿Y ahora qué?, me pregunté. No podía anular eso.
Pero lo anuló. La pelota, al parecer, había sido
tocada con la mano. Tengo muy buenos ojos y no vi tal cosa. De modo que
honestamente no puedo culpar a los perivianos por lo que sucedió después.
La policía logró mantener a la multitud fuera del
campo, aunque durante un minuto la cosa estuvo fea. Los dos equipos se
separaron, dejando desnudo el centro del campo, excepto por la tozuda y
desafiante figura del árbitro. Quizá estaba pensando cómo escaparía del
estadio, y se consolaba con el pensamiento que con la finalización del partido
podría retirarse para siempre.
El agudo toque de clarín tomó a todos por sorpresa;
a todos menos a los cincuenta mil hombres adiestrados que lo esperaban con
creciente impaciencia. La arena quedó instantáneamente en silencio; tan en
silencio que se oía el ruido del tránsito fuera del estadio. Otra vez el clarín
sonó y, allá enfrente, la inmensa extensión se desvaneció en un enceguecedor
mar de fuego.
Grité y me tapé los ojos; por un espantoso momento
pensé en bombas atómicas y me preparé inútilmente para la explosión. Pero no
hubo sacudidas; sólo el parpadeante velo de llamas que durante largos segundos
me golpeó incluso a través de los párpados cerrados; luego el clarín sonó por
tercera y última vez, esfumándose el velo de llamas con la misma rapidez con
que había aparecido.
Todo estaba ahora como había estado antes, salvo
por un detalle de menor importancia. En el sitio del árbitro había ahora un
pequeño montón humeante de donde surgía una delgada columna de humo que se
enroscaba en el apacible aire.
¿Qué había sucedido? Me volví hacia mi compañero,
que estaba tan conmovido como yo.
—Madre de Dios —le oí murmurar—, no sabía que haría
eso.
El teniente no miraba la diminuta pira funeraria
sino el hermoso programa de recuerdo, abierto sobre las rodillas. Y entonces,
súbitamente, entendí.
Aun ahora, después que me explicaron todo, me
cuesta todavía creer lo que vi con mis propios ojos.
Fue tan simple, tan lógico... tan increíble.
¿Alguna vez han molestado ustedes a alguien
apuntándole con un espejo de bolsillo a los ojos? Supongo que todo niño lo ha
hecho; recuerdo la vez que se lo hice a una maestra, y el consiguiente castigo.
Pero nunca imaginé qué pasaría si cincuenta mil hombres bien adiestrados
hicieran la misma travesura usando cada uno de ellos un reflector de papel de
estaño de medio metro cuadrado.
Un amigo mío que tiene una mente matemática lo
resolvió; no es que necesite más pruebas, pero siempre me gusta llegar al fondo
de las cosas. Nunca supe, hasta entonces, cuánta energía hay en la luz solar:
en cada metro cuadrado de superficie iluminada hay más de un caballo de fuerza.
La mayor parte del calor que caía sobre un lado del gran estadio fue desviado
hacia la pequeña superficie que ocupaba el difunto árbitro. Incluso si pensamos
en todos los programas que no apuntaban correctamente, el árbitro debe haber
interceptado un calor de por lo menos mil caballos de fuerza. No puede haber
sentido mucho: fue como si lo hubieran tirado en un alto horno.
Estoy seguro que nadie, excepto don Hernando, sabía
lo que iba a suceder; a sus bien instruidos fanáticos se les había dicho que el
árbitro solamente sería cegado y puesto fuera de acción por el resto del
partido. Pero también estoy seguro que nadie tuvo remordimientos. En Perivia
juegan al fútbol con pasión.
Lo mismo sucede con la política. Mientras el
partido continuaba hacia su ahora predecible final, bajo la benigna mirada de
un nuevo juez comprensiblemente más dócil, mis amigos trabajaban intensamente.
Cuando nuestro victorioso equipo salió del campo (el resultado final fue
catorce a dos), todo estaba arreglado. Casi no hubo disparos y, cuando el
Presidente dejó el estadio, cortésmente le informaron que tenía un asiento
reservado en el vuelo matutino a Ciudad de México.
Como me dijo el general Sierra cuando subí al mismo
avión que su anterior jefe:
—Dejamos que el ejército ganase el partido de
fútbol y, mientras estaba ocupado, nosotros ganamos el país. Así todo el mundo
está contento.
Aunque yo era demasiado cortés para exteriorizar
mis dudas, no pude dejar de pensar que esta era una actitud un tanto miope.
Varios millones de panaguranos estaban por cierto muy disgustados y, tarde o
temprano, vendría el ajuste de cuentas.
Sospecho que ese día no está muy lejano. La semana
pasada un amigo mío, experto mundial en su especialidad pero que prefiere
trabajar por cuenta propia bajo un nombre falso, me confió indiscretamente un
problema.
—Joe —dijo—, ¿para qué demonios querrá alguien que
yo le fabrique un cohete guiado que pueda caber dentro de un balón de fútbol?
F I N

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