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Libro N° 8715. Amalia. IV y V Parte. Mármol, José.

 


© Libro N° 8715. Amalia. IV y V Parte. Mármol, José. Emancipación. Junio 12 de 2021.

Título original: ©  Amalia. IV y V Parte. José Mármol

 

Versión Original: © Amalia. IV y V Parte. José Mármol

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://freeditorial.com/es/books/amalia-iv-y-v-parte

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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Amalia

IV y V Parte

José Mármol

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Amalia

IV y V Parte

José Mármol

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Parte IV

 

 

Capítulo I

 

 

El 16 de agosto

 

Once días después de los acontecimientos anteriores, es decir, el 16 de agosto, el destino de Buenos Aires estaba sobre un monte de sombras donde la vista humana se extraviaba y se asustaba ante su perspectiva.

 

Eran apenas las cinco de la mañana de aquel día. No se veía un solo astro sobre el firmamento; y el oriente, envuelto en el espeso manto de la noche, no quería levantar aún las ligeras puntas del velo nacarado del alba.

 

Tres bultos, semejantes a otras tantas visiones de la imaginación de Hoffmann, parecían de cuando en cuando rarificarse sobre el muro y las ventanas que separaban las habitaciones de la joven viuda de Barracas del gran patio de la quinta, cortado por una verja de fierro, como se sabe, y cuya puerta estaba abierta en aquel momento, cosa que jamás había acontecido a tales horas, después de la tristísima noche con que empezamos la exposición de esta historia.

 

-Si no hay nadie. Aunque su merced se esté hasta mañana, no ha de ver luz, ni a ninguno -dijo, sin el misterio que parecía requerir aquella hora, una voz chillona de mujer.

 

-¿Pero cuándo, dónde se han ido? -exclamó con un acento de impaciencia y rabia la persona a quien se había dirigido la mujer.

 

-Ya le he dicho a su merced que se han ido antiyer, y que han de estar por ahí no más. Y los vi salir. Doña Amalia montó en el coche llevando de cochero al viejo Pedro, y de lacayo al mulato que la servía. Junto con Doña Amalia subió la muchacha Luisa. Y después se bajó del coche Doña Amalia, abrió las piezas y volvió a salir y subir al coche trayendo dos jaulas de pajaritos. Nada han llevado; y aquí no hay sino los negros viejos que están durmiendo en la quinta.

 

Restablecióse el silencio y uno de aquellos tres misteriosos personajes volvió a correr de puerta en puerta, de ventana en ventana, a ver si descubría alguna luz, si percibía algún ruido que le indicase la existencia de alguien en aquella mansión desierta y misteriosa.

 

 

 

 

Pero todo era en vano: él no oía sino el eco de sus propios pasos, y el murmullo de los grandes álamos de la quinta, mecidos por la recia brisa de aquella noche de invierno oscura y fría.

 

 

 

 

Por un momento esa especie de fantasma alzó su mano en actitud de descargar un golpe sobre los cristales de una de las ventanas de la alcoba de Amalia, pero la bajó y volvió al lugar en que estaba su compañero, y la persona que les había dado los informes que se conocen.

 

 

 

 

-Señor comandante, sabe Usía que la escolta marcha hoy muy temprano, y ya es la madrugada.

 

 

 

 

-Bien, teniente, vámonos. Usted me ha acompañado como un amigo, y no quiero incomodarlo más. Vámonos y marche a su cuartel.

 

 

 

 

-Señor de Mariño, mire su merced que lo que me ha dado lo he gastado todo en la llave falsa, y no tengo nada que darles a los de casa.

 

 

 

-Bien, mañana.

 

 

 

-Pero, ¿cómo mañana?

 

-Vamos, toma y déjame en paz.

 

 

 

-¿Y cuánto es esto?

 

 

 

-No sé. Pero no debe ser poco.

 

 

 

 

-Cuando más, cinco pesos -dijo la mujer de la llave falsa, marchando delante del comandante Mariño, y teniente del escuadrón escolta; y pasando por la verja de fierro, cuya puerta cerró Mariño, guardándose luego la llave en el bolsillo.

 

 

 

 

Un momento después esos dos personajes de la Federación dejaban a su colega por ella en la pulpería contigua a la casa de Amalia, satisfecha de ver que, aunque negra como era, prestaba servicios de importancia a la santa causa de pobres y ricos. Y comandante y teniente tomaban el galope para la ciudad; dirigiéndose, el primero a su cuartel de serenos, y el otro al de la escolta de Su Excelencia.

 

 

 

II

 

Apenas allá en el horizonte del gran río se veía una ligerísima claridad sobre las olas, como una leve sonrisa de la esperanza entre la densa noche del infortunio. La mañana venía.

 

 

 

 

Todo, menos el hombre, iba a armonizarse allí con ese lazo etéreo entre la Naturaleza y su creador, que se llama la luz. Los arrogantes potros de nuestra Pampa sacudirían en aquel momento su altanera cabeza, haciendo estremecer la soledad con su relincho salvaje. Nuestro indomable toro correría, arqueando su potente cuello, a apagar su sed, nunca saciada, en las aguas casi heladas de nuestros arroyos. Nuestros pájaros meridionales, menos brillantes que los del trópico, pero más poderosos unos y más tiernos otros, saltarían desde el nido a la copa de nuestros viejos ombúes, o de nuestros erizados espinillos, a saludar los albores primitivos del día; y nuestras humildes margaritas, perdidas entre el trébol y la alfalfa esmaltada con las gotas nevosas de la noche, empezarían a abrir sus blancas, punzoes y amarillas hojas, por tener el gusto, como la virtud, de contemplarse a sí mismas a la luz del cielo, porque la luz de la tierra no alcanza, ni a las unas, ni a la otra. ¡Toda la Naturaleza, sí, menos el

 

 

hombre! ¡Porque llegado era el momento en que la luz del sol no servía en la infeliz Buenos Aires, sino para hacer más visible la lóbrega y terrible noche de su vida, bajo cuyas sombras se revolvían en caos las esperanzas y el desengaño, la virtud y el crimen, el sufrimiento y la desesperación!...

 

 

 

El silencio era sepulcral en la ciudad.

 

 

 

 

El monótono ruido de nuestras pesadas carretas dirigiéndose a los mercados públicos, el paso del trabajador, el canto del lechero, la campanilla del aguador, el martilleo del pan entre las árganas; todos estos ruidos especiales y característicos de la ciudad de Buenos Aires, al venir el día, hacía ya cuatro o cinco que no se escuchaban. Era una ciudad desierta; un cementerio de vivos cuyas almas estaban, unas en el cielo de la esperanza aguardando el triunfo de Lavalle; otras en el infierno del crimen esperando el de Rosas.

 

 

 

Sólo en el camino de San José de Flores, que arranca de la ciudad; en aquel célebre camino, gloria de la Federación, y vergüenza de los porteños, mandado construir por Rosas en honor del general Quiroga; sólo en él, decíamos, sonaba el ruido de las pisadas de algunos caballos. Era don Juan Manuel Rosas que marchaba a encerrarse en su acampamento de Santos Lugares, en la madrugada del 16 de agosto de 1840: saliendo de la ciudad oculto entre las sombras de la noche, calculando, sin embargo, el poder llegar de día a la presencia de sus soldados, a quienes por la primera vez de su vida iba a poder decirles compañeros.

 

 

 

Su escolta tenía orden de marchar una hora después.

 

 

 

 

Nada más lúgubre, nada más dramático, nada más indeciso y violento que el cuadro político que representaban los sucesos en ese momento, en todo el horizonte revolucionado de la República Argentina.

 

 

 

 

Era un duelo a muerte entre la libertad y el despotismo, entre la civilización y la barbarie; y estaban ya sobre el campo los dos rivales con la espada en mano prontos a atravesarse el corazón, teniendo por testigos de su terrible combate a la humanidad y la posteridad.

 

 

 

La mirada de todos estaba fija sobre la inmensa arena del combate. ¿En qué lugar? Sobre la república entera.

 

 

 

 

El general Paz marchaba a Corrientes, a ese Anteo de la libertad argentina, que ha estado cayendo y levantando, luchando brazo a brazo con la dictadura de Rosas, y que entonces victoreaba la libertad y recibía a la noble hechura de Belgrano.

 

 

 

 

La Madrid, ese mosquetero de Luis XIII, resucitado en la República Argentina en el siglo XIX, bajaba sobre Córdoba a extender la poderosa Liga del Norte.

 

 

 

 

Lavalle, nuestro caballero del siglo XI, nuestro Tancredo, el Cruzado argentino, en fin, marchaba sobre la ciudad de Buenos Aires, al frente de sus tres mil legionarios, valientes como el acero, ardientes como la libertad, entusiastas como la poesía, y nobles como la causa santa por que abandonaron la patria, dejando en ella la voluptuosidad y el lujo, para volver a ella con la privación y la roída casaca del soldado.

 

 

 

 

Ejército compuesto de la parte más culta y distinguida de la juventud argentina, comandado por lo más selecto de nuestra milicia; ejército que representa en sí solo toda la poesía dramática y melancólica de la época. Soldados imberbes que tomaban el fusil, no como una carrera, sino como un sacerdocio. Que partían a la guerra, hablando de los peligros y de la muerte, no con la poesía de la imaginación, sino con la expresión de su conciencia en estado de pureza; que hablaban del martirio como del homenaje debido a la sombra de nuestros viejos padres y a la libertad futura de la patria.

 

 

 

Isla de la Libertad, agosto 31 de 1839.

 

Mi querida mamá: he derramado lágrimas al leer su carta tan llena de amor maternal. Devuelvo a usted esos tiernos sentimientos que me manifiesta, con todo mi corazón. Confío en que el cielo presidirá nuestros destinos y que yo tendré el gusto de abrazar a usted y a mis queridas hermanas en el seno de nuestra patria adorada. Diez años han durado nuestros sufrimientos, y la esperanza de terminarlos me llena de ardor y entusiasmo. Deseche toda idea triste: Dios regla el destino del hombre, Si muero, le pido su perdón, y su olvido...

 

Eduardo Álvarez.

 

¡Soldados así, como ese joven de diez y nueve años, hijo de uno de nuestros viejos generales, que se despedía de su madre para ir a morir por la libertad de su patria, y que murió por ella en la jornada del Sauce Grande, después de haberse cubierto de gloria en el Yeruá y Don Cristóbal; cayendo al expirar en los brazos de su hermano, enviándole un beso a su madre y haciendo jurar a ese hermano que no dejaría la espada sino con la libertad argentina, o con su muerte!

 

 

 

 

De parte de la tiranía, Echagüe en Entre Ríos, López en Santa Fe, Aldao en Mendoza y Rosas en Buenos Aires, formaban las cuatro columnas de resistencia al ataque de la libertad.

 

 

 

 

En el exterior, por parte de la Francia sólo había la novedad del nombramiento del vicealmirante Baudin para el comando de una expedición militar al Plata, que parecía haberse resuelto con el fin de poner término a los asuntos pendientes. Y por parte del Estado Oriental, el general Rivera, entretenido en bailar y dar convites en su cuartel general en San José del Uruguay, divertido con versos del comandante Pacheco, contribuía con brindis a la cruzada argentina; bebiendo «porque la República Argentina anonadando al tirano que la ensangrienta, siga nuestro ejemplo, y comprenda que la única base de la felicidad de los pueblos es la que se funda en leyes justas y análogas a sus necesidades»;y en la de tener gobiernos morales, previsores y activos, le faltó decir al presidente Rivera.

 

 

 

En cuanto al pueblo de Buenos Aires, él tenía una fisonomía especial en ese momento: la fisonomía especial de la angustia; la fisonomía de la ansiedad. Cada minuto pesaba horriblemente sobre el espíritu.

 

 

 

Lavalle marchaba sobre la ciudad.

 

 

 

 

Rosas delegaba el gobierno en Don Felipe Arana, y salía a esperar a Lavalle, o más bien, huía de la ciudad a su acampamento de Santos Lugares, distante dos leguas.

 

 

El batallón de Maza, el de Revelo, el Nº 1 de caballería, los dos escuadrones de abastecedores, el escuadrón escolta, y algunas divisiones que anteriormente se encontraban allí, componían, en número de 5.000 hombres, el ejército de Rosas en Santos Lugares, especie de inmenso reducto zanjeado y artillado por todas partes.

 

 

 

La ciudad era guardada de otro modo.

 

 

 

 

En el fuerte estaba acuartelada la mitad del cuerpo de serenos; y de noche se reunían allí la plana mayor activa y la inactiva; los jueces de paz, los alcaldes y sus tenientes, componiendo un total de 400 a 500 hombres.

 

 

 

En su cuartel del Retiro estaba el coronel Rolón con 250 veteranos.

 

 

 

El coronel Ramírez mandando 80 negros viejos e inválidos.

 

 

 

 

Y el cuarto batallón de patricios estaba mandado accidentalmente por Don Pedro Ximeno.

 

 

 

El coronel Vidal mandaba también alguna fuerza pequeña.

 

 

 

 

Los pocos ciudadanos que quedaban en Buenos Aires no estaban organizados, ni alistados siquiera.

 

 

 

 

El cuerpo de la Mashorca, compuesto de 80 a 100 facinerosos, se distribuía desde las oraciones en partidas de 6 y de 8 hombres, que recorrían toda la noche la ciudad; sin hacer otra cosa hasta esos días, sin embargo, que registrar escrupulosamente a los que hallaban en la calle; llevarlos a la presencia de Salomón si tenían armas, o insultarlos groseramente si no iban con gran divisa o con papeleta de Socio Popular Restaurador.

 

 

El inspector, general Pinedo, hacía los nombramientos de jefe de día; cargo que recaía siempre en alguno de los generales que sin destino permanecían en la ciudad.

 

 

 

 

Y esos jefes, acompañados de algunos ayudantes, recorrían la ciudad toda la noche, visitando los cuarteles para ver si se observaban las órdenes expedidas.

 

 

 

 

Pero época alguna de la Federación hizo más tolerantes a sus hijos, que estos días que estamos describiendo; es decir, aquellos en que el general Lavalle marchaba, aproximándose a la ciudad.

 

 

 

La Mashorca no hacía uso de sus armas, como hemos dicho.

 

 

 

 

Los jefes de día, en el curso de sus paseos nocturnos, solían llamar a alguna que otra puerta anatematizada desde mucho tiempo; y preguntaban con el mayor esmero: si algo se ofrecía, si había alguna novedad; o aseguraban que no había nada que temer, etc.

 

 

 

 

El gobernador delegado mandaba indirectamente ciertos avisos a ciertas casas sobre seguridades, sobre garantías no conocidas nunca.

 

 

 

 

En los cuarteles, los acérrimos entusiastas en el tiempo de las parroquiales se demostraban mutuamente, con una lógica concluyente, lo terrible que era el no poder vivir en paz y tener que pelear con sus hermanos... ¡Ah!, Lavalle, Lavalle, por qué no mandasteis un escuadrón a gritar: ¡Viva la patria! en la plaza de la Victoria.

 

 

 

Pero sigamos.

 

 

 

 

De otro lado, las familias de los enemigos del tirano, es decir, las cuatro quintas partes de la sociedad culta y moral, esperaban y temblaban, querían reír, y sentían el corazón oprimido; Lavalle se acercaba, pero cada una de ellas tenía un hijo, un hermano, un esposo en las filas de los libertadores, y una bala enemiga podía abrirse

 

 

paso por su pecho; Lavalle se acercaba, pero el puñal de la Mashorca estaba más cerca de ellas que la espada de sus amigos.

 

 

 

 

Encerradas en sus aposentos, las jóvenes tejían coronas, bordaban cintas, buscaban en el fondo de sus gavetas algún traje celeste, escondido por muchos años, para recibir a los libertadores; y las madres querían esconder dentro de sí mismas a los hijos que les quedaban aún en Buenos Aires, para que no fuesen arrebatados de las calles por las levas de la Mashorca.

 

 

 

 

Cada familia, cada individuo, era en fin la imagen viva y palpitante de la ansiedad, de la más penosa y terrible incertidumbre.

 

 

 

 

Tal era el inmenso cuadro que apenas bosquejamos, al fin de la primera mitad de agosto; tiempo también en que vamos a encontrarnos de nuevo con los personajes de esta historia.

 

 

 

 

El corazón de los patriotas latía de temor y de esperanza. El de los héroes de las parroquiales de miedo y de miedo.

 

 

 

 

Pero antes de cerrar este capítulo, vamos a explicar esa voz parroquial, con que en este libro se ha determinado a menudo una época a que no se ha dado todavía un nombre especial.

 

 

 

III

 

Al anochecer del 27 de junio de 1839 fue asesinado en las antesalas de la Cámara de Representantes el presidente de ella, Don Manuel Vicente Maza.

 

 

 

 

Dejemos la palabra a los documentos, porque ellos de suyo han de reflejar sobre la conciencia del lector todo lo que hay de horrible y de repugnante en los hechos que fijamos como antecedentes de esa bacanal pública, que se llamó fiestas de las parroquias.

 

 

En Buenos Aires, a 27 de junio de 1839, a las seis y media de la noche, se presentó en la casa habitación del señor vicepresidente 1º de la Honorable Sala, ciudadano general Don Agustín Pinedo, el ordenanza de dicha sala Anastasio Ramírez, y anunció al referido vicepresidente que acababa de ser violentamente muerto el señor presidente de la Honorable Sala, doctor Don Manuel Vicente Maza, cuyo cadáver había encontrado el exponente en la sala de la presidencia.

 

La comisión permanente se reunió. Se hizo el reconocimiento facultativo del cadáver; y encontraron en él dos heridas hechas con cuchillo o daga.

 

 

 

 

La Sala se reunió al día siguiente; ¿se reunió para deliberar sobre el hecho inaudito que acababa de cometerse en su recinto? No: se reunió para oír un discurso del diputado Garrigós. He aquí un pequeño fragmento de ese discurso:

 

...Se ha querido contrastar la acrisolada fidelidad de nuestra tropa. Pero por todas partes, señores, ha encontrado el vicio la resistencia que le ofrece la virtud. Estos leales federales, que detestan al bando unitario, y mucho más aún a los traidores que desertan de la causa de la Confederación Argentina, volaron presurosos a participar al gobierno aquel inicuo atentado, exhibiendo al mismo tiempo comprobantes inequívocos de la certeza de su aserto. Pues bien, señores, el autor principal del crimen tan execrable era el hijo de nuestro presidente; y sin duda alguna, datos muy exactos y antecedentes muy fundados comprobaban la connivencia del padre en el complot del hijo: estos graves cargos, que gravitaban contra el ex presidente, desparramados en la población, cundieron con una rapidez eléctrica: los ciudadanos de todas clases miraron con horror tan inaudito crimen y se apresuraron entonces a dirigirse a esta Honorable Legislatura ejerciendo el derecho de petición. Al efecto prepararon una solicitud con el objeto de que se separase del elevado puesto de presidente de la representación de la provincia, y aun del seno de la Legislatura, a un ciudadano, contra quien pesaban graves cargos y contra quien la opinión pública se había ya manifestado del modo más severo: y que por consiguiente debía quedar fuera del amparo de esta posición para que el fallo de la ley se pronunciase contra su conducta. Aún no fue esto todo, señores; pendiente este paso, la animadversión pública se explicó más palpablemente. La casa del presidente fue agredida la noche del jueves de un modo que se conoció que el pueblo estaba en oposición a la permanencia del presidente en su puesto, que aún esa mañana ocupó. Tales antecedentes decidieron al presidente a hacer su renuncia, no tan sólo del cargo que ocupaba en este recinto, sino también de la presidencia del tribunal de justicia. Recién entonces se apercibió que debía alejarse de esta tierra, y no poner a prueba tan difícil la irritación del pueblo, y la justificación del jefe ilustre del Estado, que fluctuaría entre el severo deber de la justicia, y el cruel recuerdo de una antigua amistad

 

 

...En tal estado, señores, ¿qué cosa resta a la honorable sala, que dar cuenta de este trágico suceso al P. E. acompañándole todos los antecedentes de la materia, para que en su vista dicte las medidas que su sabiduría le aconseje?

 

Al día siguiente, es decir, el día 28, en que tuvo lugar la sesión, el hijo del presidente de la Sala, teniente coronel Don Ramón Maza, fue fusilado en la cárcel.

 

 

 

 

El cadáver del anciano estaba en la puerta, en un carro de la basura; y allí se le reunió el cadáver de su hijo, y juntos fueron echados a la zanja del cementerio.

 

 

 

 

Tras este horrendo asesinato del presidente de la legislatura y del tribunal de justicia, ¿qué aconteció en el pueblo de Buenos Aires? Aconteció que una voz unánime se levantó en derredor a Rosas, de todas las corporaciones y empleados públicos, dando el parabién al asesino. «En virtud del descubrimiento del feroz, inicuo y salvaje plan de asesinato premeditado por los parricidas, reos de lesa América, traidores Manuel Vicente y su hijo espúreo Ramón Maza, vendidos al inmundo oro francés», decía uno. Otro le hacía coro, repitiendo: «Esté bien convencido Vuecelencia, que el Dios de los ejércitos protege la causa de la justicia, poniendo en descubierto los planes infernales de los traidores sobornados por un vil interés, como sucede con el traidor sucio, inmundo y feroz Manuel Vicente Maza y su hijo bastardo.»

 

 

 

Las felicitaciones, vaciadas todas en el molde de las anteriores, se desgranaban de la inmensa mazorca de la Federación, y centenares de páginas no podían abrazar en sus millones de tipos todo el palabreo inmundo de esa época, y fue preciso abrir válvulas en cada parroquia de la ciudad, para que el entusiasmo popular no hiciese reventar el pecho de los federales; y de aquí las fiestas parroquiales, cuya bacanal debía celebrarse en los templos.

 

 

 

 

El asesino fue deificado, y el asesinato bendecido, no sólo en la ciudad, sino en la campaña.

 

 

 

Del día del delito, se decía en la cátedra del Espíritu Santo:

 

 

Yo no haré otra cosa en esta mi breve alocución que exhortaros con las palabras del profeta real a establecer este día hasta el cornijal del altar. Constituite diem solemnem in condensis usque ad cornu altaris. Solemne llamo este día por el feliz descubrimiento de la trama horrorosa contra la vida de nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes; solemne llamo a este día, por el escarmiento público, que la divina Providencia hizo de los enemigos de nuestra libertad e independencia... La divina Providencia... ella quiso que este público a la verdad, Dios vela sobre los buenos y sobre los malos; sobre los buenos para darles a su tiempo el premio en el cielo, sobre los malos para darles a su tiempo el condigno castigo.

 

El juez de paz de cada parroquia citaba a los vecinos y previamente le sacaba a cada uno lo que podía, o no podía dar, para la suscripción de la fiesta. Luego se nombraba la comisión, se señalaba el día, y se invitaba por los periódicos.

 

 

 

La parroquia entera se vestía de federal y..., pero que hablen los documentos.

 

 

 

 

La cuadra de la iglesia estaba toda adornada de olivo y lindas banderas, las cuales fueron tomadas por los vecinos y de golpe las rindieron al pasar el retrato, hincando la rodilla, causando un espectáculo verdaderamente imponente el repique de las campanas, cohetes de todas clases y vivas del inmenso pueblo que había allí reunido; al llegar al atrio tomaron el señor juez de paz y el señor maestre el retrato, y entraron con él a la iglesia en cuya puerta el señor cura y seis sacerdotes de sobrepelliz acompañaron el retrato hasta que se colocó en el lugar destinado, y como se retirase la comitiva por no empezarse la función de iglesia, se dejaron dos tenientes alcaldes uno a cada lado del retrato haciéndole guardia hasta que concluida la función tomó asiento el acompañamiento esperando al señor cura y demás sacerdotes que de sobrepelliz salieron a acompañar el retrato que fue sacado hasta el atrio, donde lo recibió el señor juez de 1ª instancia, Don Lucas González Peña...

 

Gran porción de vecinos se reunió en la casa contigua a la del juez de paz, donde fue servida con abundancia carne con cuero; concluida la comida se formó del contento general la más federal y republicana danza en el patio de la casa del señor juez de paz, adoptando nuestra alegre media caña por baile, la que era tocada por la música restauradora: en esta danza aceptada únicamente por todos, no quedó nadie sin bailar, pues todos entreverados no se conoció distinción. La señorita Doña Manuelita de Rosas, digna hija de nuestro Ilustre Restaurador, y la respetable familia de Su Excelencia dieron realce con su presencia, etc.

 

Los documentos de la época van más adelante todavía: veneros inagotables de la más desesperante filosofía sobre la debilidad de la raza humana cuando gravita sobre

 

 

ella la pesada mano del despotismo, en cada página, en cada día de esa época funesta, enseñan en progreso la degradación del pueblo sometido a Rosas. Las inspiraciones de éste eran las que daban impulso a las acciones: obraban obedeciendo; pero era tan perfectamente disfrazada la imposición, que a los diez años, el escritor se halla en conflicto para saber dónde comenzaba esa imposición, y dónde terminaba la acción espontánea, en conciencias que el miedo había pervertido.

 

 

 

 

La descripción de la fiesta de San Miguel, publicada en el número 4891 de la Gaceta, brilla todavía con mayor lujo de degradación, de prostitución, de escarnio.

 

 

 

 

Más todavía, la fiesta de la catedral que describe la Gaceta 4.866; he aquí un fragmento:

 

 

 

 

En la entrada del templo se agolpaba un numeroso gentío, y saliendo a la puerta el senado del clero fue introducido al templo el retrato de Su Excelencia por los mismos generales que lo habían recibido, etc. La función fue celebrada con majestuosa solemnidad. Nuestro venerable y digno compatriota, el ilustrísimo obispo diocesano de Buenos Aires, doctor Don Mariano Medrano, rodeado de todo el esplendor y pompa con que se ostenta el culto de la Iglesia católica en sus augustas fiestas, ofició en tan importante acción de gracias. Una magnífica orquesta acompañaba el canto de algunos profesores y aficionados. Concluida la misa se entonó el Te Deum por el ilustrísimo prelado, que se anunció al público por repiques de campanas y una salva de artillería en los baluartes de la fortaleza. En seguida fue reconducido el retrato de Su Excelencia al carro. La caballería formó en columna, etc.

 

Luego que el señor inspector general dispuso la retirada del retrato empezó la marcha en el mismo orden, siguiendo la columna por el expresado arco principal, y de éste por la calle de la Reconquista hasta la casa de Su Excelencia. Al salir de la fortaleza el acompañamiento, se empeñaron las señoras en conducir el retrato de Su Excelencia, tirando del carro que alternativamente habían tomado los generales y jefes de la comitiva al conducirlo al templo. Las señoras mostraron el más delicado y vivo entusiasmo, y vimos con inmenso placer a las distinguidas señoras Doña..., etc., etc.

 

Como se ve, pues, estas célebres fiestas tuvieron por origen un crimen; y dignas sucesoras de esa causa, ellas en sí mismas eran un crimen, y fueron más tarde madre de mil crímenes.

 

 

En el estado normal de las sociedades, en toda reunión pública, e trata de poner en competencia la cultura o el talento, la elegancia o el lujo.

 

 

 

En toda reunión pública, o se trata de agradar, o se trata de moralizar.

 

 

 

 

En las famosas fiestas parroquiales, todo era a la inversa, porque el ser moral de la sociedad estaba ya invertido.

 

 

 

 

Cada parroquial era un inmenso certamen de barbarismo, de grosería, de vulgaridad y de inmoralidad, de patricidio y de herejía.

 

 

 

 

A la profanación del templo seguía la profanación del buen gusto, de las conveniencias, de las maneras, del lenguaje, y hasta de la mujer, en lo que llamaban el ambigú federal, cuya mesa se colocaba ora en la sacristía, a veces en algún corredor, bajo algún claustro, y alguna vez también en la casa del juez de paz de la parroquia.

 

 

 

 

El primer asiento era reservado a Manuela, y como si esta pobre criatura fuese el conductor eléctrico que debiera llevar a su padre los pensamientos de cuantos allí había, cada uno empleaba todo el poder de la oratoria especial de la época, para mostrarse a los ojos de la hija, fuerte y potente defensor del padre.

 

 

 

 

La oratoria de la época tenía su vigor, su brillo, su sello federal en la abundancia de los adjetivos más extravagantes, más cínicos, más bárbaros.

 

 

 

 

El enemigo debía ser inmundo, sucio, asqueroso, chancho, mulato, vendido, asesino, traidor, salvaje. Y el héroe de la Federación, en boca de los aseados federales, para quienes el oro francés era inmundo, pero el oro argentino muy limpio y muy pulido, para dejar de robárselo a manos llenas, era ilustre, grande, héroe; como ilustres, grandes y héroes eran todos ellos en la prostitución y el vicio que allí representaban.

 

 

En pos de la borrachera federal venía la danza federal. Y la joven inocente y casta, llevada allí por el miedo o la degradación de su padre; la esposa honrada, conducida muchas veces a esas orgías pestíferas con las lágrimas en los ojos, tenían luego que rozarse, que tocarse, que abrazarse en la danza con lo más degradado y criminal de la Mashorca.

 

 

 

 

Estas escenas fueron interrumpidas momentáneamente por la Revolución del Sur, en octubre del mismo año de 1839, pero continuadas tan pronto como fue sofocado aquel heroico movimiento. Y en ellas fue donde debía engendrarse la época de sangre que debía comenzar en 1840. Porque si la cabeza de Zelarrallán, de Castelli y otros había dado ya ocupación al cuchillo, todo eso no era, sin embargo, sino los preludios de las ejecuciones en masa que debían cometerse más tarde.

 

 

 

El terror fue graduado, fría y sistemáticamente, por el dictador.

 

 

 

Las personerías.

 

 

 

Los azotes.

 

 

 

Los moños de cinta, pegados con brea en la cabeza de las señoras.

 

 

 

 

Este y el otro asesinato, de tiempo en tiempo, fueron escalones sucesivos por los que Rosas fue arrastrando el espíritu individual y el espíritu público al abismo de la desesperación y del miedo, a cuyo fondo insondable debía empujarlos con mano de demonio en la San Bartolomé de 1840.

 

 

 

 

Así la sociedad a esta época se hallaba dividida en víctimas y asesinos. Y estos últimos, que desde muy atrás traían sus títulos de tales; valientes con el puñal sobre la víctima indefensa; héroes en la ostentación de su cinismo, temblaban, sin embargo, cuando la pisada del Ejército Libertador hacía vibrar la tierra de Buenos Aires, en la última quincena de agosto de 1840, a cuyos días hemos llegado en esta historia; mientras que la parte oprimida del pueblo sufría también la incertidumbre penosa por el éxito próximo de la cruzada.

 

 

 

Y es para poder fijar con claridad la filosofía de esta conclusión, que la novela ha tenido que historiar brevemente los antecedentes que se han leído.

 

Capítulo II

 

 

 

El gobernador delegado

 

Pasado el zaguán que conducía del primero al segundo patio en la casa de Don Felipe Arana, calle de Representantes, núm. 153, se hallaba a mano izquierda una pieza cuadrada, con una gran mesa de escribir en el centro, otra más pequeña en uno de los ángulos, y un estante conteniendo muchas obras teológicas, las Partidas, un diccionario de la lengua, edición de 1764; un grabado representando a San Antonio; un botellón de agua; unas tazas de loza y un damero: nada más tenía el estante del señor Don Felipe; pues acabamos de conocer el gabinete del señor ministro, ascendido al alto rango de gobernador delegado.

 

 

 

 

En la pequeña mesa copiaba un largo oficio nuestro distinguido amigo el señor Don Cándido Rodríguez. Y delante de la gran mesa en que figuraban gallardamente muchos legajos, muchos sobres de cartas y de oficios y un gran tintero de estaño, sentados estaban Don Felipe Arana y el ministro de Su Majestad Británica, caballero Enrique Mandeville, y nuestro entrometido Daniel.

 

 

 

 

-Pero si no ha habido declaración de guerra, señor Mandeville -decía el señor Don Felipe a tiempo que nos entramos con el lector a su gabinete. Y eso decía con sus manos cruzadas sobre el estómago, como las tienen habitualmente las señoras cuando se hallan en estado de esperanzas.

 

 

 

 

-Así es, no ha habido declaración de guerra -contestó el señor Mandeville, jugando con la punta de sus rosados dedos.

 

 

 

 

-Y usted ve, señor ministro -prosiguió Don Felipe-, que según el derecho de gentes y la práctica de las naciones cultas y civilizadas, no se puede hacer la guerra, sin que a ese acto preceda una declaración solemne y motivada.

 

 

 

-¡Pues!

 

 

-Y como el derecho de gentes nos comprende a nosotros también, ¿digo bien, señor Bello?

 

 

 

-Perfectamente, señor ministro.

 

 

 

 

-Luego, si nos comprende a nosotros el derecho de gentes -prosiguió Don Felipe-, teníamos derecho a que la Francia nos declarase la guerra antes de mandar una expedición. Y puesto que no lo hace así, la Inglaterra debía estorbarle el envío de la antedicha expedición; porque conquistado el país por la Francia, la Inglaterra pierde todos sus privilegios en la Confederación. Y es por esto que concluyo, repitiendo al señor ministro, a quien tengo el honor de hablar, que la Inglaterra debe oponerse al tránsito por mar de la susodicha expedición, que debe salir de Francia, o estar ya en camino por el mar.

 

 

 

 

-Yo transmitiré a mi gobierno las poderosas observaciones del señor gobernador delegado -contestó el señor Mandeville, cuyo espíritu, no estando avasallado por Don Felipe como lo estaba por Rosas, podía medir a su antojo la diplomacia y la elocuencia del antiguo campanillero de la Hermandad del Rosario.

 

 

 

 

-Si fuera dable que yo tomase parte en este asunto, yo diría al señor gobernador cuál es en mi opinión la política que ha creído conveniente seguir en los negocios del Plata el gabinete de San James -dijo Daniel con un tono tan humilde y tan comedido que acabó de encantar a Don Felipe, que no deseaba otra cosa sino que alguien hablase cuando él tenía que hacerlo.

 

 

 

 

-Las opiniones de un joven tan aventajado como el señor Bello deben ser oídas siempre.

 

 

 

-Mil gracias, señor Arana.

 

 

 

 

El señor Mandeville fijó sus ojos en la fisonomía de aquel joven cuyo nombre le era conocido; y se dispuso con toda su atención a escucharlo.

 

 

 

-Es muy probable que a la fecha en que estamos, el señor Palmerston esté en posesión de un documento muy grave de la actualidad: me refiero al protocolo de una conferencia tenida el 22 de junio de este año entre la Comisión Argentina y el señor Martigny. ¿El señor Mandeville sabe algo de este documento?

 

 

 

 

-Nada absolutamente -contestó el ministro inglés-, y dudo que mi gobierno lo tenga desde que no ha ido por mi conducto.

 

 

 

-Entonces me cabe la dicha de haber hecho las veces del señor ministro.

 

 

 

-¿Es posible?

 

 

 

 

-Sí, señor, el 22 de junio se firmó ese documento, y el 26 marchaba para Londres, enviado por mí al vizconde Palmerston. Tiene hoy, pues, cincuenta y dos días de viaje.

 

 

 

-¿Pero ese documento?... -dijo el señor Mandeville algo intrigado.

 

 

 

 

-Helo aquí, señor ministro. Leámoslo y después observemos -dijo Daniel sacando de su cartera un pliego de papel muy fino en que leyó:

 

 

 

Protocolo

 

De una conferencia entre el señor Bouchet Martigny, Cónsul General,

 

Encargado de Negocios y Plenipotenciario de Su Majestad el Rey de los Franceses, y la Comisión Argentina, establecida en Montevideo, con el objeto de fijar algunos hechos relativos a la cuestión pendiente en el Río de la Plata.

 

Los sucesos que han tenido lugar en el Río de la Plata, desde el 28 de marzo de 1838, en que las fuerzas navales de Su Majestad el Rey de los Franceses establecieron el bloqueo del litoral argentino, produjeron una alianza de hecho, entre los jefes de las expresadas fuerzas, y los agentes de Su Majestad por una parte, y las

 

 

provincias y ciudadanos argentinos, armados contra su tirano, el actual gobernador de Buenos Aires, por la otra.

 

Esta alianza se hizo más estrecha, y adquirió alguna más regularidad, desde que el señor general Lavalle, en julio de 1839, se puso de acuerdo con dichos jefes y agentes, para organizar en la isla de Martín García la primera fuerza argentina, destinada a obrar contra el gobernador de Buenos Aires; y desde que el gobierno de la provincia de Corrientes abrió comunicaciones con ellos en octubre del propio año.

 

Desde entonces los señores agentes diplomáticos, y los jefes de las fuerzas navales francesas, han prestado reiterados servicios a la causa de los argentinos, donde quiera que se han armado contra su tirano, y han recibido a su vez pruebas de sinceras simpatías hacia la Francia, donde quiera que no ha dominado la influencia de aquél. Todo esto había estrechado más cada día la expresada alianza de hecho.

 

Actualmente, los últimos periódicos de Francia, que acaban de recibirse en esta capital, han dado a conocer el discurso, pronunciado en la Cámara de diputados el 27 de abril último, por el señor Thiers, presidente del consejo de ministros de Su Majestad; y en el cual Su Excelencia reconoció pública y solemnemente, como aliados de la Francia, a las provincias y ciudadanos de la República Argentina, armados contra el tirano de Buenos Aires; dando así una especie de sanción a la alianza, que sólo de hecho existía.

 

Esta circunstancia ha dado lugar a que las partes interesadas en el negocio creyesen, como realmente creen, llegado el momento de fijar algunos puntos, que den a la alianza toda la regularidad posible, y establezcan al mismo tiempo sus más naturales consecuencias.

 

Por este efecto, los abajo firmados, a saber:

 

Por una parte, el señor Claudio Justo Enrique Bouchet Martigny, Cónsul general, encargado de negocios, y ministro plenipotenciario de Su Majestad el Rey de los Franceses.

 

Y por otra, los señores Dr. Don Julián Segundo de Agüero, Dr. Don Juan José Cernadas, Don Gregorio Gómez, Dr. Don Ireneo Portela, Dr. Don Valentín Alsina, Dr. Don Florencio Varela, miembros que componen la Comisión Argentina, establecida en Montevideo, por especial delegación del señor general Lavalle, que como jefe de todas las fuerzas argentinas dirigidas contra el dictador Rosas, representa de hecho los intereses y negocios de la provincia de Buenos Aires, cuya representación delegó en dicha Comisión.

 

Se han reunido, hoy día de la fecha, en la casa habitación del señor Bouchet Martigny; y después de dar a este negocio su más seria atención, han reconocido, de

 

 

común acuerdo, que es de la mayor importancia que la desavenencia entre la Francia y Buenos Aires, a que han dado lugar las crueldades, y actos arbitrarios ejercidos por el actual gobernador de esta provincia, contra diversos ciudadanos franceses, y el bloqueo que ha sido su consecuencia, cesen en el instante mismo en que haya desaparecido la autoridad del dicho gobierno y haya sido reemplazada por otra, conforme a los deseos del país, como las circunstancias dan lugar a esperarlo.

 

Y, creyendo necesario entenderse de antemano, respecto de los medios mejores que deben emplearse para obtener ese resultado de un modo igualmente honroso para ambos países, han discutido maduramente el negocio, y han convenido, por fin, en lo siguiente:

 

Tan luego como se haya instalado en Buenos Aires una nueva administración, en lugar del despotismo que allí domina actualmente, anunciará ella misma este suceso al señor Bouchet Martigny, instándole a trasladarse cerca de ella. El señor Bouchet Martigny se prestará inmediatamente a esta invitación, y se presentará a la nueva administración en calidad de Cónsul general, encargado de negocios y plenipotenciario de Francia.

 

Su primer acto, en respuesta a la nota que se le haya dirigido, será el de hacer a la nueva administración una declaración al efecto siguiente:

 

El bloqueo establecido en el litoral de Buenos Aires, y los actos hostiles que le han acompañado, jamás han sido dirigidos contra los ciudadanos de la República Argentina; lo que más de una vez han mostrado las medidas tomadas en favor de los mismos ciudadanos argentinos, por los agentes de Su Majestad, y por los comandantes de las fuerzas navales francesas en el Plata. Esos actos ningún otro objeto han tenido que el de compeler al tirano, bajo cuyo yugo gemía la república, a poner término a sus crueldades contra los ciudadanos franceses, a conceder justas indemnizaciones a aquellos que las habían ya sufrido, y a respetar la cosa juzgada. Vivamente ha sentido el gobierno del Rey verse obligado a echar mano de medidas que debían producir grandes males para el pueblo argentino; pues jamás ha creído que ese pueblo haya tenido parte alguna en semejantes excesos; o los haya aprobado.

 

Hoy, pues, que ha desaparecido el monstruoso poder, contra el cual se dirigían determinadamente las hostilidades de la Francia, y que el pueblo argentino ha recobrado el ejercicio de sus derechos y de su libertad, no hay ya motivo alguno para que continúe la desavenencia entre los dos países, ni el bloqueo a que había dado lugar; contando positivamente el gobierno de Su Majestad, y el infrascrito, con la disposición del pueblo argentino, y de la administración que acaba de establecerse en Buenos Aires, a hacer justicia a la nación francesa, y acceder a sus justas reclamaciones.

 

 

En consecuencia, el señor Bouchet Martigny va a apresurarse a escribir al contraalmirante, comandante de las fuerzas navales francesas en el Plata, para darle noticia de los acontecimientos y para rogarle que declare levantado el bloqueo del Río de la Plata, y dé las órdenes necesarias, a fin de que las fuerzas francesas, que se hallan en la isla de Martín García, se retiren; y, al dejarla, entreguen al jefe militar, y a la guarnición que, a efecto de relevarlas, mande el gobierno de Buenos Aires, la artillería y todos los otros objetos, que existían en la isla, antes de su ocupación por los franceses.

 

En cambio de esta nota, la nueva administración de Buenos Aires trasmitirá al señor Bouchet Martigny una declaración concebida, poco más o menos, en los términos siguientes, la cual llevará fecha seis u ocho días después:

 

El gobierno provisorio de Buenos Aires, deseando corresponder a la generosidad de la declaración que con fecha le ha sido hecha por el señor encargado de negocios y plenipotenciario de la Francia, deseando también dar a esta nación una prueba de su amistad, y de su reconocimiento, por los eficaces servicios que en estas últimas circunstancias ha prestado a la causa argentina.

 

Considerando igualmente la justicia con que el gobierno de Su Majestad el Rey de los Franceses ha reclamado indemnizaciones, en favor de aquellos de sus nacionales, que hayan sido víctimas de actos crueles y arbitrarios del tirano de Buenos Aires Don Juan Manuel Rosas:

 

 

 

Ha decretado lo que sigue:

 

Art. 1º. Hasta la conclusión de una conversación de amistad, comercio y navegación, entre Su Majestad el Rey de los Franceses y la provincia de Buenos Aires, los ciudadanos franceses establecidos en el territorio de la provincia serán tratados, respecto de sus personas y propiedades, como lo son los de la nación más favorecida.

 

Art. 2º. Se reconoce el principio de las indemnizaciones, reclamadas por Su Majestad el Rey de los Franceses, en favor de aquellos de sus nacionales que hayan sufrido antes o después de establecido el bloqueo, por medidas inicuas y arbitrarias del último gobernador de Buenos Aires Don Juan Manuel Rosas, o sus delegados.

 

Invitará este gobierno al señor Bouchet Martigny a que se entienda con él, para hacer determinar, en un plazo breve, el monto de esas indemnizaciones, por árbitros elegidos por ambas partes, en igual número; y que en caso de empate, tendrán la facultad de asociarse un tercero en discordia, nombrado por ellos a mayoría de votos.

 

Se reconoce también el principio del crédito del señor Despuy contra el gobierno de Buenos Aires. Los mismos árbitros fijarán su monto por documentos auténticos.

 

 

El señor Martigny, en respuesta a la notificación que reciba de esta resolución, dará las gracias al gobierno de Buenos Aires, por este testimonio de amistad y de justicia, y lo aceptará en nombre del gobierno de Su Majestad.

 

Los señores miembros de la Comisión Argentina, reconocidos a los servicios que la Francia ha hecho a su república, en la lucha que sostiene contra su tirano, se comprometen del modo más formal, tanto en su nombre, como en el del general Lavalle, de quien son delegados, a emplear todos sus esfuerzos y usar de toda su influencia, para que el nuevo gobierno de Buenos Aires, legalmente constituido, concluya sin demora, con el encargado de negocios y plenipotenciario de Francia, una convención de amistad, comercio y navegación, en los mismos términos de la que se firmó en Montevideo el 8 de abril de 1836, entre la Francia y la República Oriental del Uruguay; lo que será también una nueva prueba de la moderación e intenciones de la Francia; pues que nada más pide, ni desea de la República Argentina, sino lo mismo que propuso, en medio de la paz y la amistad, al Estado Oriental del Uruguay.

 

Terminado así el objeto de la presente conferencia, se formó este protocolo, que quedará secreto, y que firmaron todos los miembros de ella, en dos ejemplares, en francés el uno, y el otro en castellano, en Montevideo, a 22 de junio de 1840.

 

(Firmado)

 

Bouchet Martigny.

 

Julián S. De Agüero.

 

Juan J. Cernadas.

 

Gregorio Gómez.

 

Valentín Alsina.

 

Ireneo Portela.

 

Florencio Varela.

 

El señor Mandeville estaba absorto.

 

 

 

 

Por la cabeza de Arana no pasó sino la idea que la dominaba siempre, y bajo su inspiración dijo:

 

 

 

 

-¿Pero qué dirá el Señor Gobernador cuando sepa que ese documento ha existido en manos de usted por tanto tiempo, sin él saberlo?

 

 

 

-El Señor Gobernador conoce ese documento desde el mismo día en que llegó a mis manos.

 

 

 

-¡Ah!

 

 

 

 

-Sí, señor Arana; lo conoce porque era de mi deber enseñárselo, primero, para probarle mi celo por nuestra causa; y segundo, para que no declinase de su heroica resistencia contra las pretensiones francesas.

 

 

 

 

-Es un prodigio este joven -dijo Don Felipe mirando a Mandeville; mientras Don Cándido se persignaba, creyendo que Daniel había hecho pacto con el diablo, y que él se encontraba en la asociación.

 

 

 

 

-Bien, pues -continuó Daniel-, a primera vista esta alianza debería inspirar recelos al gabinete británico, sobre la influencia comercial que adquiriría la Francia en estos países, en el caso de que los unitarios triunfasen. Pero éstos hacen desaparecer esos temores con una política que no deja de ser hábil y conducente. Ellos hacen entender que las concesiones hechas a la Francia no son una especialidad, sino un programa general que establecen para lo futuro en sus relaciones políticas y comerciales para con los demás estados. Que su sistema de orden y de garantías se extenderá a todos los extranjeros que residan en la república. Anuncian la libre navegación de los ríos interiores. Proclaman la emigración europea como una necesidad de estos países; y distraen los intereses políticos, con las perspectivas comerciales que ofrecen en ellos una vez que triunfe su partido.

 

 

 

 

-¡Traición es todo eso! -exclamó Don Felipe, que no entendía una palabra de cuanto acababa de oír.

 

 

 

 

-Prosiga usted -dijo Mandeville, interesado profundamente en las palabras de Daniel.

 

 

-En presencia de tal programa -prosiguió el joven-, el ministerio inglés toma en cuenta, de una parte, los inconvenientes de una hostilidad directa a la Francia en su cuestión en el Plata; y por otra, las ventajas que puede reservarse para lo futuro, con sólo que la Inglaterra se mantenga neutral en una cuestión cuyo resultado puede ser el triunfo de un partido que establece un programa político, todo él de ventajas de comercio, al capital y a la emigración europea, y cuya amistad quizá convendrá más tarde adquirirse a todo trance para equilibrar la influencia que la Francia haya establecido en sus relaciones anteriores.

 

 

 

 

-¡Pero es una picardía! -exclamó el señor Don Felipe-, una traición, un ataque a la independencia y soberanía nacional.

 

 

 

 

-Por supuesto que lo es -dijo Daniel-, es una completa picardía de los unitarios. Pero eso no obsta a que puedan alucinarse con ella en Inglaterra; y toda nuestra esperanza, en este caso, se funda en la habilidad de usted, señor Arana, para hacer entender al señor Mandeville todo lo que tiene de traidor a los intereses americanos y europeos el pensamiento de los unitarios.

 

 

 

-Ya... sí... pues... yo he de hablar con el señor Mandeville.

 

 

 

 

-Sí, hemos de hablar -contestó el ministro inglés cambiando una mirada significativa con Daniel, en quien había descubierto todo cuanto a Don Felipe le faltaba.

 

 

 

 

-¿Y me podría usted facilitar una copia de ese documento? -continuó Mandeville dirigiéndose a Daniel.

 

 

 

 

-Desgraciadamente no puedo -contestó el joven haciendo al mismo tiempo una seña de afirmativa a Mandeville, que fue comprendida en el acto.

 

 

 

 

-No puedo -prosiguió Daniel-, porque le entregué una copia de él al Señor Gobernador, que se manifestó muy disgustado de que su ministro de Relaciones Exteriores no supiese nada de este negocio.

 

 

 

-¡Pero si nada sabía! -exclamó Don Felipe abriendo tamaños ojos.

 

 

 

 

-De eso se trata; de que no supiera usted nada; y si usted le habla alguna vez de este asunto, conocerá cuán disgustado está Su Excelencia por aquella ignorancia.

 

 

 

 

-Oh, yo no hablo jamás al Señor Gobernador sino de los asuntos que él me promueve.

 

 

 

-En eso se conoce el talento de usted, señor Arana.

 

 

 

-Y de este asunto me guardaré bien de decirle una palabra.

 

 

 

-Bien hecho, ¿no le parece a usted, señor Mandeville?

 

 

 

-Soy de la misma opinión del señor Bello.

 

 

 

 

-¡Oh! Nosotros todos nos entendemos perfectamente -dijo Arana arrellanándose en la silla.

 

 

 

 

-¿Y podríamos entendernos sobre el asunto que me ha traído a saludar a Vuestra Excelencia? -preguntó Mandeville.

 

 

 

-¿Sobre la reclamación del súbdito inglés?

 

 

 

-Justamente.

 

 

 

-Sí, podríamos, pero...

 

 

 

-¿Pero qué, señor? Es un asunto muy fácil.

 

 

 

-Pero como el Señor Gobernador no está...

 

 

 

-Pero Vuestra Excelencia es el gobernador delegado, y en un asunto tan sencillo...

 

 

 

-Sí, señor, pero yo no puedo sin consultarlo...

 

 

 

 

-Pero si esto no es de política; es un asunto civil; se trata de volver a un súbdito de Su Majestad una propiedad que le ha tomado un juez de paz.

 

 

 

-Lo consultaré.

 

 

 

-¡Válgame Dios!

 

 

 

-Lo consultaré.

 

 

 

-Haga el señor Arana lo que quiera.

 

 

 

-Lo consultaré, en la primera oportunidad.

 

 

 

-Bien, señor -dijo Mandeville levantándose y tomando el sombrero.

 

 

 

-¿Se va usted ya?

 

-Sí, señor ministro.

 

 

 

-¿Y usted también, señor Bello?

 

 

 

-A pesar mío.

 

 

 

-¿Pero volverá usted a verme?

 

 

 

-A cada momento, siempre que no incomode al señor gobernador delegado.

 

 

 

-¡Incomodarme! Por el contrario, tengo muchas cosas que consultar con usted.

 

 

 

-Siempre estoy pronto y contento de ser honrado de ese modo.

 

 

 

-¡Vaya, pues! ¡Vayan con Dios!

 

 

 

 

Y el señor Mandeville y Daniel salieron juntos riéndose y compadeciendo ambos interiormente aquel pobre hombre titulado ministro y gobernador delegado.

 

 

 

 

-¿Quiere usted que tomemos un vaso de vino en mi casa, señor Bello? -preguntó el ministro inglés al llegar al coche.

 

 

 

 

-Con mucho gusto -contestó Daniel-, y los dos subieron al carruaje, a tiempo que doblaban la calle, en dirección a lo de Arana, Victorica por una vereda, y el cura Gaete por otra.

 

 

Llegados que fueron aquéllos a la hermosa quinta del ministro británico, la conversación giró de nuevo sobre el documento que acaban de conocer nuestros lectores.

 

 

 

 

Esa pieza histórica tiene en sí misma el sello de dos verdades innegables, que más tarde serán temas de largas meditaciones en el historiador de estos países, como le servirá también de comprobante para justificar la lealtad y la moral de los emigrados argentinos, tantas veces acusados de vender y sacrificar los intereses y los derechos de su país, en sus relaciones con el extranjero.

 

 

 

 

Estudiando ese documento, no se puede menos que compadecer ese santo infortunio de la emigración, de cuyos tristes efectos no es el menos notable, ni el menos desgraciado, el alucinamiento a que da ocasión, aun en los espíritus más serios.

 

 

 

 

Parece increíble que hombres de la altura de Agüero y de Varela llegasen a creer que el protocolo que firmaban en 22 de junio de 1840 pudiera nunca servir a uno de los dos objetos que se proponían con ese paso, y que sin duda era el más importante para ellos.

 

 

 

 

Con una candidez pasmosa, la Comisión Argentina creyó arribar con ese convenio al logro de una obligación perfecta, de una alianza formal entre la Francia y los enemigos de Rosas.

 

 

 

 

La firma de la Comisión Argentina, los compromisos que ella hubiese contraído, podrían haber sido, sin duda, atendibles y respetados por el nuevo gobierno que sucediese al de Rosas en Buenos Aires. Pero si la Francia se negaba a respetar la alianza de hecho, sellada con las libaciones de la sangre, ¿cómo esperar que respetase un compromiso extraoficial, contraído con un agente suyo, por una entidad moral, que no representaba absolutamente nada, ni en derecho público, ni en poder, ni en consecuencias ulteriores, una vez que fuese vencido por Rosas el partido armado que esa entidad representaba? ¿Con qué carácter, dónde, ni cómo, se reclamaría de la Francia el cumplimiento de los deberes que la alianza imponía, si la Francia cortaba la cuestión, como la cortó, o daba a su política en el Plata cualquiera otro sesgo que le conviniese?

 

 

Entretanto, si el general Lavalle triunfaba de Rosas, la revolución no podía dejar de llevarlo al puesto del gobierno, y la Comisión Argentina, por la calidad de sus miembros, debía hallarse también en las altas regiones del poder; y las promesas del 22 de junio, si bien no eran de una obligación perfecta para Buenos Aires, lo eran para aquellos que las firmaron, y que, colocados en actitud de llenarlas, no hubieran querido ni podido prescindir de cumplirlas. Viniendo a resultar que aquel convenio era todo una realidad para la Francia, y todo una ilusión para la Comisión Argentina.

 

 

 

Pero ésta tuvo también otro objeto en aquel paso, y si por ventura no entró en sus consejos, debemos felicitarnos, sin embargo, de que aparezca como tal.

 

 

 

 

La alianza con el extranjero era el caballo de batalla de Don Juan Manuel Rosas, y de su partido, para estigmatizar a sus contrarios; y mucho tiempo después de aquel a que está circunscrita esta obra, ha continuado siendo el tema favorito de las más punzantes recriminaciones, de las más infundadas y arbitrarias sospechas.

 

 

 

 

Pero en materias tan graves, en que la historia no está menos interesada que el honor de los individuos y los Partidos, no se discute sino sobre los hechos y los documentos.

 

 

 

 

Para acusar a Rosas y la parte activa de su partido, a cada momento les hacemos su proceso con las piezas oficiales de ellos mismos, y con la exposición de hechos que han estado bajo el imperio de los ojos o que existen daguerreotipados en la memoria de cien mil testigos.

 

 

 

 

Para acusar a la emigración argentina, de haber sacrificado uno solo de los derechos permanentes de su país, de haber pospuesto una sola de sus conveniencias presentes o futuras, en política o en comercio, en territorio u obligaciones de cualquier género; para acusar a uno solo de los miembros espectables de esa emigración de haber recibido del extranjero un solo peso, una sola ventaja, una sola promesa a cambio de la mínima condescendencia, no han de hallar un solo documento ni un solo testigo, los más encarnizados perseguidores de esa emigración. Y si hallasen algún documento, ha de ser de la naturaleza y de los términos del que aquí se conoce.

 

 

Cuanto allí se le ofrecía a la Francia, no era una línea más que lo que ella había exigido desde el comenzamiento del bloqueo. Pero se le ofrecía mucho menos que lo que Rosas debía darle más tarde en la Convención de 29 de octubre, después de haber hecho sufrir y humillar al país, por el largo período del primer bloqueo.

 

 

 

Capítulo III

 

 

 

De cómo era y no era gobernador delegado don Felipe

 

Por más que apresuró sus pasos el cura Gaete para entrar a casa de Arana antes que el jefe de policía, no pudo desgraciadamente conseguirlo; y este último atravesó el patio y llegó al gabinete del gobernador delegado, mientras el cura de la Piedad, que tenía sus motivos para no querer hablar con Arana delante de Victorica, entró al salón a hacer sus cumplimientos federales a la señora Doña Pascuala Arana, señora sencilla y buena, que no entendía una palabra de las cosas públicas y que era federal porque su marido lo era.

 

 

 

 

-¿Qué novedades hay, señor Victorica? -preguntó Arana al jefe de policía después de haberse ambos cambiado los cumplimientos de estilo, y de haber hecho señas a Don Cándido para que continuase escribiendo; pues nuestro amigo había dejado pluma y silla y se deshacía en cortesías a Victorica.

 

 

 

 

-Ninguna en la ciudad, señor Don Felipe -contestó Victorica sacando y armando un cigarrillo de papel, cuidándose poco de los respetos debidos al Excelentísimo Señor Gobernador delegado.

 

 

 

-Y ¿qué le parece a usted Lavalle?

 

 

 

-¿A mí?

 

 

 

-¡Pues! ¿Qué le parece a usted cómo viene para adelante?

 

 

 

-Lo extraño sería que fuese para atrás, señor Don Felipe.

 

 

 

-¿Pero que no ve ese hombre de Dios, que va a conmover todo el país?

 

-A eso ha venido.

 

 

 

 

-¿Pero qué mal le hemos hecho? ¿No ha vivido tranquilo en la Banda Oriental sin que jamás hayamos ido a incomodarlo? ¿Cree usted que una obra como la suya tenga perdón de Dios?

 

 

 

 

-No sé, señor Don Felipe; pero en todo caso yo preferiría que no lo tuviese de los hombres, porque Dios está muy lejos, y Lavalle está muy cerca.

 

 

 

 

-Sí, más cerca de lo que debiera estar. ¿Conoce usted el diario de las marchas que ha hecho ya?

 

 

 

-No, señor.

 

 

 

-A ver, señor Don Cándido, ¿sacó usted copia del diario de marchas?

 

 

 

 

-Ya está lista, Excelentísimo Señor Gobernador delegado -contestó el secretario privado haciendo una profunda reverencia.

 

 

 

-Léalo usted.

 

 

 

 

Don Cándido se echó para atrás en su silla, alzó un papel a la altura de sus ojos, y leyó:

 

 

 

Marcha del ejército de los traidores inmundos unitarios desde el día 11 del

 

corriente.

 

Día 11. Marchó todo el ejército hacia los Arrecifes, y llegamos a la estancia de Dávila a las tres y media de la tarde, donde campamos y carneó el ejército.

 

 

Día 12. A las ocho y cuarto de la mañana empezamos a marchar, y campamos a las doce y cuarto de la misma en la estancia de Sosa. A las cuatro de la tarde, hora en que se acabó de carnear y comer, marchamos hasta las ocho de la noche que campamos. Este día y los anteriores se presentaron cerca de ciento cincuenta personas de aquellos lugares para unirse voluntariamente al ejército.

 

Día 13. A las nueve y media de la mañana marchamos y campamos en la estación de Pérez Millán, donde carneó el ejército. Este día se unió Sotelo al ejército, con ciento cuarenta vecinos de Arrecifes, que venían a servir en el mismo.

 

Día 14. A las cinco de la tarde marchamos, y campamos a las siete y media de la noche en otra estancia de Pérez Millán.

 

-¿Usted ve ese hombre lo que está haciendo? -dijo Don Felipe, dirigiéndose a Victorica y cruzando sus manos sobre el estómago, como era su costumbre.

 

 

 

 

-Sí, señor, veo con placer que no marcha tan recto ni tan pronto como le convendría.

 

 

 

-Pero marcha, y el día menos pensado se viene hasta la ciudad.

 

 

 

 

-Y ¿qué hemos de hacer? -contestó Victorica riéndose interiormente del miedo que percibía en Don Felipe.

 

 

 

 

-¿Qué hemos de hacer? Hace tres noches que no duermo, señor Victorica, y, en los momentos que concilio el sueño, suspiro mucho, según me dice Pascualita.

 

 

 

-Estará usted enfermo, señor Don Felipe.

 

 

 

 

-De cuerpo no, gracias a Dios, porque yo hago una vida muy arreglada; pero estoy enfermo del ánimo.

 

 

 

-¡Ah, del ánimo!

 

-¡Pues! Estas cosas no son para mí. Es verdad que yo no he hecho mal a nadie.

 

 

 

-No dicen eso los unitarios.

 

 

 

 

-Es decir, yo no he mandado fusilar a ninguno. Sé que si son justos me dejarían vivir en paz. Porque yo lo que quiero es vivir cristianamente educando a mis hijos, y acabar la obra sobre la Virgen del Rosario que comencé en 1804, y que después mis ocupaciones no me han dejado concluir. Así es, que si Lavalle es justo, no tendrá por qué ensañarse conmigo, y...

 

 

 

 

-Dispense usted, señor Don Felipe, pero me parece que está usted ofendiendo al Ilustre Restaurador y a todos los defensores de la Federación.

 

 

 

-¿Yo?

 

 

 

-Me parece que sí.

 

 

 

-¿Qué dice usted, señor Don Bernardo?

 

 

 

 

-Digo que es ofender al Restaurador y a los federales el suponer que el cabecilla Lavalle pueda triunfar.

 

 

 

-Y ¿quién dice que no puede triunfar?

 

 

 

-Lo dice Su Excelencia el Restaurador de las Leyes.

 

 

 

-¡Ah, lo dice!

 

-Y no me parece que debe desmentirlo el gobernador delegado.

 

 

 

 

-¡Qué desmentirlo, hombre de Dios! Al contrario, si yo sé muy bien que Lavalle va a encontrar su tumba. Era que me ponía en el caso solamente...

 

 

 

-¿De que triunfase?

 

 

 

-¿Pues?

 

 

 

 

-Ah, eso es otra cosa -dijo Victorica, que realmente se estaba divirtiendo, aun cuando su seco y bilioso temperamento no se prestaba fácilmente a esas comedias.

 

 

 

-Eso es, eso es; así es como se entienden los hombres.

 

 

 

 

-Y si fuera posible que nos entendiéramos también sobre algunos asuntos de servicio, habría llenado el objeto de esta visita.

 

 

 

-Hable usted, señor Don Bernardo.

 

 

 

 

-El comisario de la tercera sección está gravemente enfermo, y necesito saber si puede desempeñar interinamente su cargo el comisario de la segunda.

 

 

 

-¿Qué más, señor Victorica?

 

 

 

 

-La Sociedad Popular despacha patrullas armadas todas las noches, sin conocimiento de la policía.

 

 

 

 

-Apunte usted todo eso, señor don Cándido.

 

 

 

-En el momento, Excelentísimo Señor Gobernador delegado -contestó el secretario.

 

 

 

 

-Esas patrullas no toman el santo en la policía, y todas las noches hay conflictos entre ellas y las que salen del departamento.

 

 

 

-Anote usted esa circunstancia, señor Don Cándido.

 

 

 

-Inmediatamente, señor Excelentísimo.

 

 

 

 

-Una de las patrullas de la Sociedad Popular ha arrestado anoche dos vigilantes de policía, porque no llevaban papeletas de socios restauradores.

 

 

 

-Que no se olvide esto, señor Don Cándido.

 

 

 

-De ningún modo, respetable y Excelentísimo Señor.

 

 

 

 

-Cuatro panaderos se han presentado a mi oficina, anunciando que no podrán continuar la elaboración del pan, si no se les permite reducir su peso por cuanto están pagando sueldos crecidísimos a peones extranjeros, porque los hijos del país han sido llevados de leva.

 

 

 

-Que hagan el pan más grande, y multa si no trabajan.

 

 

 

 

-La señora Doña María Josefa Ezcurra solicita que se haga un nuevo registro en una casa que ya fue visitada en Barracas, y cuya dueña no está allí hace algunos días.

 

 

 

-¿Lo pide por orden del Señor Gobernador?

 

 

 

-No, señor. Por orden suya.

 

 

 

 

-Déjese, entonces, de hacer registros. ¡Qué gana de indisponerse con todo el mundo! Basta de compromisos, que demasiados tenemos, señor Don Bernardo. No siendo por orden del Señor Gobernador, no haga usted nada.

 

 

 

-Sin embargo, hay sospechas sobre un pariente de la dueña de esa casa.

 

 

 

-¿Quién es el pariente?

 

 

 

-Don Daniel Bello.

 

 

 

-¡Jesús! ¿Qué está usted diciendo?

 

 

 

-Yo las tengo.

 

 

 

 

-No diga usted disparates. Yo respondo por él como por la Virgen del Rosario. No sabe usted, ni Doña María Josefa, todo lo que la Federación debe a ese joven. Intriga, calumnia. Nada, nada contra Bello, si no es por orden del Señor Gobernador.

 

 

 

 

-Yo haré lo que el señor Arana me ordene, pues que no tengo órdenes especiales de Su Excelencia, pero no perderé de vista a ese mozo.

 

 

 

-¿Hay más?

 

 

 

-Nada más.

 

-¿Está usted despachado entonces?

 

 

 

-Aún no, señor Don Felipe.

 

 

 

-¿Y que más hay?

 

 

 

 

-Hay el que no me ha contestado usted, ni me ha autorizado para lo de las patrullas, ni para contener los avances de la Sociedad Popular que pone presos a los empleados de la policía.

 

 

 

-Consultaré.

 

 

 

-¿Pero no es usted el gobernador delegado?

 

 

 

-Lo soy.

 

 

 

-¿Y entonces?

 

 

 

-No importa, lo consultaré con el Señor Gobernador.

 

 

 

 

-Pero el Señor Gobernador no está hoy para ocuparse de asuntos de servicio interior.

 

 

 

-No importa; lo consultaré.

 

 

 

 

-¡Válgame Dios, señor Don Felipe! ¡Si usted es el gobernador delegado, y no sé que lo que pido esté fuera de sus atribuciones!

 

-Sí, hombre, sí, soy el gobernador delegado; pero es por forma, ¿entiende usted?

 

 

 

 

-Creo que entiendo -contestó Victorica, que bien lo sabía, pero que hubo pensado poder sacar algo que lo garantiese de la Mashorca.

 

 

 

 

-Por forma -continuó Don Felipe-, para que los unitarios no digan que marchamos sin las formas, pero nada más.

 

 

 

-Ya.

 

 

 

-Esto es para entre nosotros ¿eh?

 

 

 

-Sin embargo, el secreto lo saben todos.

 

 

 

-¿Qué secreto?

 

 

 

-El de la forma.

 

 

 

-Y...

 

 

 

-Y se ríen malignamente los unitarios.

 

 

 

-¡Traidores!

 

 

 

-Y dicen que usted es y no es gobernador delegado.

 

 

 

 

-¡Vendidos!

 

 

 

-Y dicen también que tiene usted miedo.

 

 

 

-¿Yo?

 

 

 

-Sí, eso dicen.

 

 

 

-¿Pero miedo de quién?

 

 

 

 

-Del Señor Gobernador, si hace usted algo que no le agrade; y de Lavalle, si hace algo del gusto del Señor Gobernador.

 

 

 

-Eso dicen, ¿eh?

 

 

 

-Eso.

 

 

 

-¿Y usted qué hace, señor jefe de policía?

 

 

 

-Sí, usted.

 

 

 

-Nada.

 

 

 

-Pues mal hecho, porque esos difamadores debían estar en la cárcel.

 

 

 

 

-¿Pero no me decía usted hace poco que hartos compromisos teníamos, para andar persiguiendo a otros?

 

-Sí, pero no a los que nos difaman.

 

 

 

-No haga usted caso.

 

 

 

-Créame usted que estoy deseando dejar el ministerio, señor Don Bernardo.

 

 

 

-Se lo creo; y pasar a vivir a su estancia, ¿no es eso?

 

 

 

-¡Qué estancia, hombre, si está arruinada!

 

 

 

-Pues no dicen eso los unitarios.

 

 

 

-¡Qué!, ¿hablan hasta de mi estancia?

 

 

 

-De las estancias.

 

 

 

-¡Jesús, señor! ¿Yo, estancias?

 

 

 

 

-Y que están muy pobladas; y que todo eso ha sido mal adquirido; y que todas se las han de quitar a usted, por haber sido compradas con fondos del Estado; ¡qué sé yo cuántas cosas dicen!

 

 

 

-Pero es preciso que vayan a la cárcel.

 

 

 

-¿Quiénes?

 

 

 

 

-Los que eso dicen.

 

 

 

-¿Pero si lo dicen en Montevideo, señor Arana?

 

 

 

-¡Ah, en Montevideo!

 

 

 

-Pues.

 

 

 

-¡Traidores!

 

 

 

-Por supuesto.

 

 

 

 

-Vea usted: hasta un crucifijo de plata que me regaló el padre guardián de San Francisco después de la entrada de los ingleses, es decir, después que se fueron, se lo he tenido que dar al almacenero Rejas, a cuenta del gasto que le hago.

 

 

 

-Ya.

 

 

 

-Esas son mis estancias, ¡traidores!

 

 

 

 

-¿De manera que no me autoriza usted para contener los avances de la Sociedad Popular?

 

 

 

-No tengo mi cabeza para esas cosas. Otro día, consultaré.

 

 

 

 

-Bien; yo le escribiré al Señor Gobernador -dijo Victorica levantándose, bien decidido a no escribir de eso una palabra a Rosas; quería asustar más al pobre Don Felipe, de quien acababa de vengarse a su satisfacción.

 

-¿Se va usted?

 

 

 

-Sí, señor.

 

 

 

-¿De modo que ya va usted autorizado?

 

 

 

-¡Autorizado! ¿Para qué?

 

 

 

-Para lo del pan.

 

 

 

-¡Ah, no me acordaba!

 

 

 

-Que lo hagan grande.

 

 

 

-¿Aunque pierdan los panaderos?

 

 

 

-Aunque pierdan.

 

 

 

-Muy bien.

 

 

 

-Y de harina de flor, como lo trabajan las monjas.

 

 

 

-Buenos días, señor Don Felipe.

 

 

 

-Diosse los dé buenos, señor Victorica. Consúlteme todo cuanto ocurra.

 

-¡Oh!, no dejaré de hacerlo. ¡Es usted el gobernador delegado!

 

 

 

-Aunque rabien los unitarios. Lo soy; sí, señor, lo soy.

 

 

 

-Buenos días.

 

 

 

Y Victorica salió echando a los diablos al gobernador delegado.

 

 

 

 

Entre las muchas preciosidades curiosas que ofrece a la crítica el sistema de Don Juan Manuel Rosas, o más bien, su época, es la laboriosa ficción de todos cuantos representaban un papel en el inmenso escenario de la política. Cada personaje era un actor teatral: rey a los ojos de los espectadores, y pobre diablo ante la realidad de las cosas.

 

 

 

 

Un ministro de Estado, un jefe de oficina, un diputado, un juez, un general en jefe, todo eran, menos ministro de Estado, juez, diputado, o general; pero hacían maravillosamente su papel de tales. Es a decir: hacían su papel para los demás; pero ante los mismos no había uno que no supiese que su corona era de cartón dorado, y su cesáreo manto, de franela.

 

 

 

 

Lujosos, porque jamás la plata les faltaba, al golpear la puerta de un magnate de Rosas, ya se tocaba en efecto a la casa de un ministro, de un general, de un alto magistrado, etc.

 

 

 

 

Se llegaba a la presencia del magnate, y ya la cara estaba diciendo a uno con quién hablaba.

 

 

 

 

Un ministro, un favorecido del héroe, debía ser por fuerza un hombre serio, grave, adusto, representante fiel de la más seria de las causas.

 

 

Como todos se vestían de diablo, el color de llamas de que estaban cubiertos dábales cierto aire más imponente, que luego sus términos llenos de mesuras y de reticencias acababan por solemnizar.

 

 

 

 

Mientras se trataba de lugares comunes, todo era flores para ellos. Por aquí o por allí, la conversación había de rodar por fuerza sobre Su Excelencia y Manuelita, con quienes indefectiblemente se había hablado el día antes, o hacía dos días cuando más.

 

 

 

 

Cada palabra de los labios federales era a los ojos del que la vertía una especie de onza de oro, con el busto del Restaurador, que debía recogérsela y metérsela en el bolsillo el que estaba escuchando sus relaciones con la sacra familia, por lo cual debía estar admirando el poder y la influencia del personaje, ministro, o juez, o diputado, etc.

 

 

 

 

Pero la mano de la providencia estaba allí cerquita, y en cuanto la conversación caía sobre algún asunto especial que debía girar entre las atribuciones oficiales del personaje, le daba entonces de chicotazos en la conciencia, haciéndole avergonzarse de sí mismo, o haciéndole comprender que era un pobre gusano que pisaba Rosas; un pobre cómico que representaba un papel, que no servía sino para hacerle comprender que estaba vestido de jergas oropeladas.

 

 

 

 

Ninguno de ellos se atrevía a confesar su situación, a decir que de su rango no conservaban sino el título, y que toda jurisdicción, toda acción, pertenecía al autor de la comedia que representaba, pero no a la pobre compañía, contratada por veinte años, sin más regalías que su sueldo, sus vestidos de príncipes y reyes, y un beneficio de vez en cuando, con la obligación de no enojarse cuando la posteridad los apedrease.

 

Capítulo IV

 

 

 

De cómo Don Felipe Arana explicaba los fenómenos del magnetismo

 

No bien atravesó el patio el señor jefe de policía, cuando el cura Gaete, que lo vio por entre los cristales de la puerta del salón, se despidió de las señoras y se fue derecho al gabinete del ministro gobernador, que por un principio de republicanismo recibía a todo el que se entraba hasta él, sin ceremonias ni edecanes.

 

 

 

 

La cabeza de Medusa, o la aparición del alma de su padre, no habrían producido en nuestro Don Cándido Rodríguez: la impresión que la cara del cura Gaete; pues su espíritu, tan abrumado de impresiones desgraciadas después de algún tiempo, sufrió una revolución tal, que estuvo el hombre por dar vuelta a la silla y ponerse de espalda al gobernador y al cura de la Piedad.

 

 

 

 

Pero entre el caos de ideas que surgió en su cabeza, de aquella malhadada aparición, adoptó por fin la de bajar la frente hasta tocar con el papel, y escribir con una rapidez asombrosa; aunque, en obsequio de la verdad, es necesario decir que no escribía, sino que rasgueaba sobre el papel.

 

 

 

 

Don Felipe Arana era amigo de todos los hombres de iglesia; pero con el cura Gaete existía en Don Felipe otro vínculo no menos atrayente, o quizá más atrayente, que el de la amistad y todos cuantos ligan los corazones humanos, por cuanto ese vínculo era el miedo; un miedo abrumador que sentía, tanto por la lengua difamadora de Gaete, cuanto por sus íntimas relaciones con la Mashorca.

 

 

 

 

Así fue que al verlo entrar salió a su encuentro con las dos manos estiradas, cual si fuese a tropezar con él, más bien que a saludarle. Pues que por un resultado necesario del sistema de Rosas, sus mejores servidores estuvieron siempre temblando recíprocamente unos de otros; y todos juntos, del mismo hombre a quien servían y sostenían.

 

 

 

 

-¡Qué milagro, padre, qué milagro! -exclamó Don Felipe sentándose a su lado; pero desgraciadamente el cura Gaete vino a quedar frente a frente con Don Cándido.

 

 

 

-Vengo a dos cosas.

 

 

 

-Hable, padre. Sabe que yo soy uno de sus más antiguos amigos.

 

 

 

-Eso lo hemos de ver hoy.

 

 

 

-Hable, hable no más.

 

 

 

-La primera cosa a que vengo, es a felicitarlo.

 

 

 

 

-Gracias, muchas gracias. ¡Qué quiere usted, todos debemos prestarnos a lo que manda el Señor Gobernador!

 

 

 

 

-Cabal. Al fin, nosotros nos quedamos aquí mientras él va a darles de firme a esos traidores.

 

 

 

-¿Y la segunda cosa, padre?

 

 

 

 

-La segunda es una orden que quiero me dé usted para que prendan a unos impíos unitarios que me han ofendido.

 

 

 

-¡Hola!

 

 

 

-Y a toda la Federación.

 

 

 

-¿Sí?

 

 

 

-Y hasta al mismo Restaurador.

 

 

 

-¿También?

 

 

 

-A todos.

 

 

 

-¡Qué insolencia!

 

 

 

 

-He estado más de diez veces a ver al Gobernador antes de irse, pero no he podido hablarle.

 

 

 

-¡Ha estado tan ocupado estos últimos días!

 

 

 

 

-Pero Victorica no está ocupado, y sin embargo, no ha querido prender a los que le he dicho, porque dice que no tiene órdenes.

 

 

 

-Pero si es caso extraordinario, debe hacerlo.

 

 

 

 

-No lo hace porque nunca ha querido hacer nada de lo que yo, o los demás socios, le decimos.

 

 

 

-Sus deberes quizá...

 

 

 

 

-No, señor, ¡qué deberes, ni qué deberes! No lo hace porque no es tan federal como nosotros.

 

 

 

-Vaya hombre, vaya, calma.

 

 

 

-No quiero calma, no, señor. Y si usted no me da la orden, yo no respondo de lo que puede suceder.

 

 

 

 

-¿Pero qué es lo que hay? -preguntó Don Felipe, que maldecía el momento en que le había entrado tal visita.

 

 

 

-¿Qué es lo que hay?

 

 

 

-Sí, vamos a ver, que si es cosa que merece la pena...

 

 

 

-Y verá usted si merece. Oigame usted, señor Don Felipe.

 

 

 

-Diga usted, pero con calma.

 

 

 

 

-Oiga usted: tengo por el barrio de la Residencia unas antiguas amigas mías que me cuidan la ropa. Fui una noche a verlas, hará como dos meses; levanté el picaporte, entré y volví a cerrar la puerta. El zaguán estaba oscuro, y...

 

 

 

 

Y el cura Gaete se levantó, entrecerró la puerta del gabinete que daba al zaguán, y dirigiéndose a Don Cándido le dijo:

 

 

 

-Venga, paisano; póngase aquí -señalando un lugar cerca de la puerta.

 

 

 

 

Don Cándido temblaba de pies a cabeza, la palabra se le había atragantado, y perdida la elasticidad de los músculos de su cuello, no volvía la cabeza a ningún lado.

 

 

 

 

-¡Eh! Con usted hablo -continuó Gaete, venga, hágame el favor de pararse aquí, que no es un perro el que se lo pide.

 

 

 

-Vaya usted, Don Cándido, vaya usted -dijo Arana.

 

 

 

 

Don Cándido se levanto y marchó, duro y derecho, hasta el lugar que indicaba Gaete, ni más ni menos que como el Convidado de Piedra.

 

 

 

 

-Bueno, ahí -dijo Gaete. Yo entré, pues, al zaguán que estaba oscuro, y ¡tras!, tropecé con un hombre.

 

 

 

Y Gaete caminó hacia Don Cándido y se dio contra él.

 

 

 

 

-En el momento saqué mi puñal; este puñal federal, señor Arana -dijo Gaete sacando un gran cuchillo de su cintura-, que me ha dado la patria como a todos sus hijos para defender su santa causa. ¿Quién está ahí?, pregunté, y yo le puse la punta del puñal sobre el pecho.

 

 

 

Y Gaete la puso en efecto sobre el pecho de Don Cándido.

 

 

 

 

-Me respondió que era un amigo; pero yo, que no entiendo de amigos en zaguanes a oscuras, me le fui encima y lo cacé del pescuezo.

 

 

 

Y Gaete se prendió de la corbata de Don Cándido con su mano izquierda.

 

 

 

 

Don Cándido fue a hablar, pero se contuvo; pues todo lo que más le importaba era no hablar; y tuvo que resignarse a sufrir en silencio la pantomima de Gaete, jurando en su interior que ese sería el último día de su residencia en Buenos Aires, si tenía la dicha de que no fuese el último de su existencia en el mundo.

 

 

 

Gaete continuó:

 

 

 

-Pero a tiempo que le iba a encajar, se me cayó el cuchillo. Fui a alzarlo, y a tiempo que me agachaba, otro hombre se echa sobre mí y me pone una pistola en la sien; y allí desarmado yo, y con la muerte en la cabeza, se pone a insultarme, y a insultar al Restaurador y a la Federación. Y después de decir cuanto se le vino a la boca, me metieron a la sala entre los dos hombres, me encerraron, porque casualmente las mujeres habían salido, y después se mandaron mudar.

 

 

 

-¡Oh, es una insolencia inaudita! -exclamó Don Felipe.

 

 

 

-¿No se lo decía, pues?

 

 

 

-¿Y quiénes eran?

 

 

 

 

-Ahí está la cosa. No pude saber nada, porque se habían entrado con llave falsa a esperarme, cuando vieron que las señoras habían salido, pero después he dado con uno; lo he conocido por la voz.

 

 

 

-¿Ha oído usted una cosa más original, señor Don Cándido?

 

 

 

Don Cándido hizo una mueca como diciendo: ¡Asombrosa!

 

 

 

-¿Pero qué tiene usted, hombre? Está usted como un muerto.

 

 

 

Don Cándido llevó la mano a la cabeza y se golpeó la frente.

 

 

 

-¿Ah, le duele a usted la cabeza?

 

 

 

Don Cándido contestó afirmativamente.

 

 

 

-Bien, apunte usted la queja del señor cura Gaete, retírese entonces.

 

 

 

Don Cándido volvió a la mesa y se puso a escribir.

 

 

 

Gaete prosiguió:

 

 

 

 

-Este suceso casi me costó la vida, porque me levantaba de dormir la siesta después de haber estado de comida con cuatro amigos, y esa noche casi tuve una apoplejía.

 

 

 

-¡Oh, si ha sido una cosa terrible!

 

 

 

 

-Pero ya he conocido a uno como he dicho a usted, y si nadie me hace justicia, aquí está quien me la ha de hacer -dijo Gaete señalando el lugar de la cintura en que acababa de guardar su cuchillo, bajo un enorme chaleco colorado.

 

 

 

-¿Y quién es?

 

 

 

-No, señor. Déseme la orden de prisión con el nombre en blanco, que yo lo pondré.

 

 

 

-¡Pero hombre!

 

 

 

-Eso es lo que yo quiero.

 

 

 

 

-¿Acabó usted, señor Don Cándido? -dijo Don Felipe, que no sabía por dónde salir de aquel laberinto.

 

 

 

Don Cándido contestó afirmativamente.

 

 

 

-A ver, léaselo usted al señor cura Gaete.

 

 

 

Don Cándido hesitaba.

 

 

 

-Lea usted, hombre de Dios, lea usted lo que ha escrito.

 

 

 

Don Cándido elevó su pensamiento a Dios, tomó el papel y leyó:

 

 

 

 

-«Queja elevada al Excelentísimo Señor Gobernador delegado por el muy digno y respetable, esclarecido patriota federal, Reverendo...»

 

 

 

 

-¡Che! -exclamó Gaete, abriendo tamaños ojos y extendiendo el brazo hacia Don Cándido.

 

 

 

-¿Qué hay? -preguntó Arana.

 

 

 

-Este es el otro.

 

 

 

-¿Quién?

 

 

 

-Éste, éste. Este es el otro del zaguán.

 

 

 

-¿Está usted en su juicio? -exclamó Arana.

 

 

 

-Ya están los dos -dijo Gaete frotándose las manos.

 

-¡Pero hombre!

 

 

 

-Sí, señor Don Felipe. Éste, éste es el otro.

 

 

 

 

-¿Yo? ¿Yo querer asesinar al muy digno y respetable cura de la Piedad? -exclamó Don Cándido revistiéndose de una entereza que él habría llamado asombrosa, descomunal, inaudita.

 

 

 

-¡Toma! Hable otro poquito.

 

 

 

 

-Está usted en error, mi apreciable y estimado señor. El acaloramiento, la irritación...

 

 

 

-¿Cómo se llama usted?

 

 

 

-Cándido Rodríguez para servir a usted y a. toda su respetable familia.

 

 

 

-¿Familia? ¡El mismo! Ya están los dos.

 

 

 

 

-Señor cura Gaete, siéntese usted -dijo Don Felipe-. Aquí debe haber alguna cosa extraordinaria.

 

 

 

 

-Claro está, Excelentísimo Señor -dijo Don Cándido, cobrando ánimo-, yo estoy por creer que este respetable cura ha tenido algún sueño sugerido por el enemigo malo.

 

 

 

-¡Yo le he de dar sueño!

 

 

-Despacio, señor Gaete. Este señor es un hombre anciano, de cuya probidad y juicio tengo repetidísimas pruebas.

 

 

 

-Sí, está bueno.

 

 

 

 

-Oiga usted: la palabra sueño que acaba de pronunciar mi secretario me inspira una luminosa idea.

 

 

 

-No entiendo de ideas, señor Don Felipe. Este es uno y el otro es quien yo sé.

 

 

 

-Oiga usted, hombre, oiga usted.

 

 

 

-Vamos a ver, oigo.

 

 

 

-¿Usted comió con unos amigos ese día?

 

 

 

-Sí, señor, comí.

 

 

 

-¿Durmió usted la siesta?

 

 

 

-Dormí la siesta.

 

 

 

 

-Entonces no sería nada de extraño que todo cuanto usted refiere haya sido una escena de sonambulismo.

 

 

 

-¿Y qué diablos es eso?

 

 

-Yo se lo explicaré a usted: el sonambulismo es una cosa descubierta modernamente, no recuerdo por quién. Pero se ha probado que hay muchas personas que conversan dormidas, que se levantan, se visten; montan a caballo, pasean, y todo esto dormidas; que sostienen conversaciones, que ven y hablan con personas que no están delante, y hasta hay algunos que se han batido y dado contra las paredes, creyendo que brigaban con sus enemigos; y a todo esto se le da el nombre de sonambulismo, o magnetismo.

 

 

 

-Dice muy bien el Excelentísimo Señor Gobernador. Y es en Alemania donde se trabaja con más perseverancia por descubrir esos fenómenos íntimos, secretos, misteriosos del espíritu humano. Y es en las dignas personas como la del respetable señor cura Gaete, de temperamento nervioso, ardiente, impresionable, en quienes se obran con más frecuencia esos portentosos prodigios de la Naturaleza. De lo cual la ilustración del Excelentísimo Señor Gobernador deduce con mucha propiedad, que el estimable señor cura Gaete ha pasado por algún momento de sonambulismo.

 

 

 

-¿Usted se quiere jugar conmigo?

 

 

 

-¿Yo, mi respetable señor?

 

 

 

-Señor Don Felipe, ¿usted no es el gobernador delegado?

 

 

 

-Sí, hombre, sí, pero para este caso...

 

 

 

 

-Para este caso usted me hará justicia, y si no hace prender a ese hombre y a quien yo sé, yo me voy mañana a Santos Lugares a poner la queja al Restaurador.

 

 

 

 

-Haga usted lo que quiera, pero yo no puedo hacer prender a nadie sin orden de su Excelencia.

 

 

 

 

-¿Ni a este hombre tampoco?

 

 

 

-Menos. Déme usted pruebas, señor Gaete, pruebas.

 

 

 

-Pero si es el mismo.

 

 

 

-¿Lo vio usted?

 

 

 

-No, pero lo oí.

 

 

 

-Sueño, sonambulismo, mi querido señor -dijo Don Cándido.

 

 

 

-Yo lo he de hacer dormir a usted, pero por toda la vida.

 

 

 

 

-¡Pero, señor Gaete, un sacerdote! -dijo Arana-, ¡un hombre de las condiciones de usted, hacer así acusaciones sin pruebas; querer así distraer la atención del gobierno en momentos en que todos estamos ocupadísimos con la invasión del cabecilla Lavalle!

 

 

 

 

-¿Sí? Pues yo también estoy ocupadísimo con la invasión que me hizo este hombre y su compañero.

 

 

 

-No ha sido este hombre, no puede ser, no fue.

 

 

 

-Él fue, señor ministro Arana.

 

 

 

 

-No fui yo, señor cura de la Piedad -dijo Don Cándido alzando la voz por primera vez, al verse bajo la poderosa protección del gobernador delegado.

 

 

 

-Usted fue, en su cara se lo digo.

 

 

 

-No.

 

 

 

-Usted.

 

 

 

 

-Repito que no; y protesto una y tres veces contra la ofensa que me hace el poder eclesiástico, gratuita, humillante y calumniosa.

 

 

 

-Despacio, paz, paz -dijo Don Felipe.

 

 

 

 

-En la calle le he de decir yo que me alce la voz -continuó Gaete, echando una mirada aterradora a Don Cándido.

 

 

 

 

-No acepto ese desafío, pero nos mediremos cuerpo a cuerpo en el campo de los tribunales.

 

 

 

-¡Paz, por amor de Dios, Paz! -exclamaba Don Felipe.

 

 

 

-Señor ministro, yo me voy, y he de ver al Señor Gobernador.

 

 

 

-Haga usted lo que quiera.

 

 

 

 

-Hasta más ver, señor mío -dijo Gaete mirando a Don Cándido y dando la mano a Don Felipe.

 

 

 

-Vaya usted, hombre sonámbulo.

 

 

 

-Sondiablo lo he de hacer yo a usted.

 

 

 

-Vaya usted, visionario.

 

 

 

-A que...

 

 

 

-Vamos, retírese, padre, retírese.

 

 

 

 

Y empujando suavemente a Gaete lo sacó Don Felipe fuera del gabinete, mientras Don Cándido no cabía dentro de su levitón blanco, después del heroísmo con que acababa de portarse.

 

 

 

 

-Ese hombre es un energúmeno, Excelentísimo Señor -dijo Don Cándido al ver entrar a Don Felipe-. Doy a Vuecelencia las más rendidas gracias, Excelentísimo Señor, por la noble y justísima defensa con que ha honrado la causa del más leal y sumiso de sus servidores.

 

 

 

-¡Qué! ¿Sabe lo que hay en plata, Don Cándido?

 

 

 

-El talento innato, profundo y cultivado de Vuecelencia me ilustrará.

 

 

 

 

-Lo que hay en plata es, que este cura Gaete, que no es tan metódico como debiera serlo, tomó demasiado vino con los amigos a que se ha referido, y después tuvo alguna pelotera por ahí; no se acuerda con quién se peleó, y se le ha puesto que es usted.

 

 

 

 

-¡Oh, cómo admiro y venero el talento de Vuecelencia, que encuentra siempre y con tanta facilidad las causas ocultas de los fenómenos visibles!

 

 

 

-El hábito, mi amigo, el hábito de tratar con tanta gente.

 

-No; el talento, el genio.

 

 

 

 

-Algo puede haber de eso, pero no tanto como me atribuyen -dijo Don Felipe bajando humildemente los ojos.

 

 

 

-¡Justicia al mérito!

 

 

 

 

Además, estamos en una época de tolerancia y de olvido con los errores pasados, y yo quiero que mi gobierno delegado sea inspirado por una política de fina benevolencia para con todos. Mañana pueden quizá cambiar los acontecimientos, y yo quiero que se recuerde con placer el programa de mi pasajero gobierno.

 

 

 

-¡Sublime programa!

 

 

 

 

-Cristiano, que es lo que yo quiero que sea. Pero ahora es preciso que se vaya usted a ver las monjitas y haga lo que le encargué.

 

 

 

-¿Ahora mismo?

 

 

 

-Sí, no se debe perder tiempo.

 

 

 

 

-¿Y no cree Vuecelencia que este cura desnaturalizado me está esperando en la bocacalle?

 

 

 

 

-No lo creo porque sería un grande desacato. Pero en todo caso tome usted sus precauciones.

 

 

 

-¡Oh, las tomaré! Mis ojos se multiplicarán, no tenga cuidado Vuecelencia.

 

-No quiero que haya sangre.

 

 

 

 

-¡Sangre! Yo le juro a Vuecelencia que haré todo cuanto de mí dependa para que no corra una gota.

 

 

 

-Bien, eso es lo que yo quiero. Váyase usted a ver las monjas, y vuelva a la noche.

 

 

 

-¿A la noche?

 

 

 

-Sí.

 

 

 

-Es la hora del crimen, Excelentísimo Señor.

 

 

 

 

-No, no ha de haber nada, vaya no más, que me voy a recostar un rato, antes que Pascualita haga poner la comida.

 

Capítulo V

 

 

 

Así fue

 

En el cataclismo a que habían caído, arrojados por la mano de Rosas, todos los principios de la constitución moral, social y política del cuerpo argentino, la religión no podía librarse del sacudimiento universal, porque sus representantes en la tierra son hechos, por desgracia, de la misma cera modificativa que los profanos.

 

 

 

 

Exhaustas las fuentes purísimas del cristianismo, la justicia, la paz, la fraternidad, la tolerancia, la religión divina no encontró en Buenos Aires otros hijos dignos de su severo apostolado, que los padres de la Compañía de Jesús.

 

 

 

 

Desenfrenadas las pasiones innobles en el corazón de una plebe ignorante, al soplo instigador del tirano; subvertida la moral; perdido el equilibrio de las clases; rotos los diques, en fin, al desborde de los malos instintos de una multitud sin creencias, educada por aquel fanatismo español que abría los ojos del cuerpo a la superstición por el fraile, y cerraba los del alma a la adoración ingenua de la divinidad, y a la comprensión de la más ilustrada de las religiones, la Federación vio sin dolor la profanación de los templos, la prostitución del clero, y el insulto cometido a los altares y a la cátedra de la predicación evangélica, sin sentir en su conciencia el torcedor secreto de su crimen.

 

 

 

 

Rosas quiso despojar a la conciencia de los hombres que lo sostenían en el mando, de toda creencia que no fuese la de su poder; de otro temor que a su persona; de esperanza alguna que no fuese la que su labio prometía; de otro consuelo que el que ofrece al crimen la repetición del crimen. Y para eso era preciso insultar a Dios, la religión, y la práctica de ella, a los ojos de esa multitud fanática y apasionada, cuyos sentimientos rudos explotaba.

 

 

 

 

Sacerdotes indignos de su misión evangélica se prestaron al plan rebelde del apóstata, y comenzaron en las famosas parroquiales sus primeros insultos a Dios, a Cristo, y a su sacra casa.

 

 

Cuando el emperador Teodosio, bañado en la sangre de la degollación de Tesalónica, quiso entrar al templo, San Ambrosio salió a la puerta, y extendiendo su mano le dijo: «Aquí no entra el delito, id a lavaros, y volved limpio.»

 

 

 

Pero en Buenos Aires no hubo quien velase la santidad del templo.

 

 

 

 

En los brazos de los federales, de los federales dignificados con la casaca de nuestros generales, o con el bastón de nuestros magistrados, pero plebeyos y corrompidos de corazón, el retrato del dictador fue conducido hasta los templos, y recibido en la puerta de ellos por los sacerdotes en sobrepelliz; paseado por entre las naves bajo el santo palio, y colocado en el altar al lado del Dios crucificado por los hombres...

 

 

 

 

En la tribuna del Espíritu Santo se alzaba al mismo tiempo la voz del misionero apóstata de la santa ley del evangelio, y buscando la inspiración de su palabra, no en el sagrado tabernáculo donde se encierra la primera ofrenda, que hace al alma el legado sublime del catolicismo, sino en la imagen ensangrentada del renegado de su Dios y de sus doctrinas en la tierra, trasmitía al pueblo ignorante y ciego que cuajaba el templo, no esa predicación de amor y de paz, de abnegación y de virtud, de sacrificio y de hermandad que le dictó el hombre-Dios desde el Calvario, sino el odio de Caín, y la mofa sangrienta del que presentaba el vinagre y la hiel al que pedía desde la cruz una gota de agua para sus labios abrasados...

 

 

 

 

Sobre las losas de esos templos, en sus atrios, los mashorqueros, inflamados por la palabra de sus predicadores, agitaban su cuchillo y juraban mellarlo sobre la garganta de los unitarios.

 

 

 

 

El confesionario estaba convertido en otro púlpito de propaganda federal, donde se extraviaba la conciencia del penitente, pintándole a Rosas como el protegido de Dios sobre la tierra, y mostrando a los unitarios como los condenados por Dios a la persecución de los cristianos...

 

 

Y este escándalo, llevado al grado de propaganda diaria, caminaba, como una epidemia, por el aire, e iba a infestar y corromper el clero y las nociones de la moral y de lo santo, hasta en los últimos confines de la República.

 

 

 

 

Uno de los bizarros cuerpos de la cruzada libertadora es deshecho y acuchillado por las fuerzas federales. A su espalda tiene la muerte en el cuchillo de Rosas. A su frente tiene la muerte entre las nieves de los Andes.

 

 

 

 

Esta invasión a la Naturaleza, en la estación de sus enojos, cuando el hombre no tiene entre los hielos más amparo que Dios, que parece a veces castigarle por su insensata vanidad, que arrastra al pie mortal donde parece que solo el rayo del sol y las alas del aire pueden llegar, ofrecía un espectáculo pasmoso.

 

 

 

Nuestros valientes, sin embargo, atropellan las nieves.

 

 

 

 

Infinitos de ellos perecen en su lucha terrible con la Naturaleza. Quedan sepultados para siempre bajo enormes hielos que se desploman sobre sus cabezas. ¡Y cuando el aire, la luz, el hielo y la gigante mole guardaban quizá el silencio de la admiración, en presencia de esa magnífica osadía, de ese terrible infortunio, al pie de los Andes, las provincias de Cuyo rugían, haciendo eco a la voz del obispo, José Manuel Eufrasio, que levantaba su báculo, incitando a los pueblos a la persecución de aquellos desgraciados, predicando su muerte y su exterminio en la persecución!

 

 

 

 

Y Rosas, contento el bárbaro de ver a su sistema dando los resultados calculados, escribía al obispo de Cuyo:

 

 

 

 

Descargando Vuestra Señoría Ilustrísima un anatema justo contra los salvajes unitarios, impíos enemigos de Dios y de los hombres, ofrece un lucido ejemplo eminente. Resalta la verdadera caridad cristiana, que enérgica y sublime por el bien de los pueblos, desea el exterminio de un bando sacrílego, feroz, bárbaro... Altamente complacido el infrascrito por los espléndidos triunfos con que la divina providencia se ha dignado enlucir las armas de nuestra libertad y honor, quedando exterminados los feroces salvajes unitarios, siente una satisfacción pura en retornar a Vuestra Señoría Ilustrísima sus benévolas congratulaciones.

 

Juan Manuel de Rosas

 

.

 

 

 

Así: el clero se prostituía.

 

 

 

El sentimiento religioso se pervertía en la sociedad.

 

 

 

La niñez abría los ojos ante un culto de sangre.

 

 

 

 

Y Rosas, hijo de la Federación, y jefe de ella, sostenía este escándalo, y se sostenía con él, al mismo tiempo.

 

 

 

 

Sí. ¡En este nombre de la Federación está sellada la tradición de toda cuanta desgracia puede azotar el nombre y el destino de todo un pueblo!

 

 

 

 

No hay jerarquía de delitos, no hay género de criminales que no haya surgido de los centros que aceptaron por nombre esa palabra Federación.

 

 

 

 

Quiroga, ese bandido que algún día se creerá una creación de la fábula de nuestras tradiciones; Quiroga, que prendía fuego a la ciudad de su nacimiento; que pasaba como un cometa de sangre y crímenes sobre la frente de los pueblos; que desde la profanación de la virgen, hasta el degüello del anciano y el niño, muestra en su vida una gradería indefinible de delitos; que para escarnio de Dios, cansado ya de escarnecer los hombres, inscribía sobre un pendón negro: ¡Religión o muerte!; Quiroga, decíamos, se llamaba federal; y a nombre de la Federación dejó a la posterioridad una historia inaudita de delitos.

 

 

 

López, cuya vida era el robo y la falsía del salvaje.

 

 

Ibarra, que entregaba a sus amigos arrancándolos del techo de su casa que los cubría, para pasarlos a manos del verdugo que se los pedía.

 

 

 

 

Aldao, el fraile Aldao, que tenía celos de la vida criminal de Quiroga, y en una ambición febriciente de delitos se empeñaba en sobrepasarle y eclipsarle el nombre.

 

 

 

 

Rosas, que reasumió todas las inspiraciones de esos otros, y sistematizó con ellas su gobierno basado en el crimen, nutrido por él, dirigido a él: todos tomaron su bautismo público en esa charca de sangre que se ha llamado Federación en la república.

 

 

 

 

 

La historia argentina no enseñará esa palabra sino como la representación de algún delincuente, como el signo convencional de alguna rebelión, de algún partido, de algún golpe preparado al progreso y a la libertad del país.

 

 

 

 

La Federación, como sistema, jamás ha sido practicada en la república, ni los pueblos la exigieron nunca. Una sola vez fueron consultados, y fue cuando aceptaron la constitución unitaria...

 

 

 

 

«Los unitarios son demasiado ilustrados, relativamente a nuestros pueblos», decían los federales en tiempo del debate constitucional; «y no pueden mandarlos, porque los pueblos no entenderían su civilización».

 

 

 

 

Pero los federales al mismo tiempo pedían que esos pueblos se gobernasen y legislasen por sí solos...

 

 

 

 

¡Como si el pueblo, atrasado para comprender la ilustración ajena, pudiera a la vez ser bastante civilizado para darse lo más difícil de la existencia pública: su legislación, y sus principios de gobierno!

 

 

 

 

La Federación no ha sido jamás en la república, sino el vicio orgánico que quisieron introducir en ella los caudillos, alzados a la sombra de la ignorancia general... Y ahí está

 

 

la tradición entera de ese pueblo. Desde 1811, las guerras civiles, el crimen oficial, el atraso, la estagnación de los elementos de progreso que tenía el país, su ruina en una palabra, todo es debido a los que han levantado la bandera de federación. Y cuanta tradición honrosa tiene la república, en armas, en constitucionalismo, en moral, en ciencia, en literatura, está inherente a los nombres de los que han constituido el martirologio argentino bajo el puñal de los federales.

 

 

 

 

Cuanto más se aleja la historia de la vida desenfrenada de los caudillos de la Federación; cuanto más se acerca a nuestro primer día político, el pensamiento unitario refleja más sobre la frente de nuestros primeros patriotas.

 

 

 

Moreno era unitario; quería un centro de poder genérico en la república.

 

 

 

 

Belgrano era más que unitario: era monarquista. Recibió la República como un hecho que se establecía al empuje de los acontecimientos; la sostuvo con su espada; la propagó en el continente; pero en sus convicciones de hombre, la monarquía constitucional irritaba los deseos más vivos de su corazón. La monarquía, único gobierno para que nos dejó preparados la metrópoli. La constitución, última expresión de la revolución americana.

 

 

 

Muchos otros la querían también.

 

 

 

 

Ellos sabían que no era la emancipación del principio monárquico lo que requerían las necesidades sociales de los pueblos de América. Estos necesitaban, para cumplir la grandeza de su destino en el mundo, quebrar los lazos seculares que los ataban a una monarquía extranjera y atrasada. Pero esas necesidades no pedían el divorcio del principio monárquico y los pueblos.

 

 

 

 

La raza, la educación, los hábitos, los intentos y el estado social, todo clamaba por la conservación de aquel principio. La geografía, el suelo mismo, coordinaban sus voces con los pueblos.

 

 

Pero la revolución degeneró, se extravió, y al derrocar al trono ibérico, dio un hachazo también sobre la raíz monárquica, y, de la superficie de la tierra, se alzó, sin raíces, pero fascinadora y seductiva, esa bella imagen de la poesía política, que se llama república.

 

 

 

 

Todavía un medio quedaba de reconquistar algo de la gran pérdida de aquel principio, y ese medio era la unidad de régimen en la República.

 

 

 

 

La unidad, sin embargo, fue hecha pedazos por los Atilas argentinos, que, salidos del fondo de nuestros desiertos bárbaros, vinieron a romper con el casco de sus potros las tablas de ese occidente americano, en que empezaban a inscribirse las primeras palabras de nuestra revolución social.

 

 

 

 

Tomaron el nombre de los pueblos. Entendieron que Federación era hacer cada uno lo que le diera la gana; y cada uno hizo lo que Artigas, López, Bustos, Ibarra, Aldao, Quiroga y Rosas.

 

 

 

 

Y entre todo lo que hicieron, pocos de ellos dejaron de convertir la religión en instrumento de su ambición personal.

 

 

 

 

Rosas fue el último de todos que se valió de ella, pero el primero, sin disputa, en la grandeza de su crimen.

 

 

 

 

Los jesuitas fueron los únicos sacerdotes que osaron oponer la entereza del justo, la fortaleza del que cumple en la tierra una misión de sacrificio y de virtud, a la profanación que hizo al altar la enceguecida pretensión del tirano.

 

 

 

 

El templo de San Ignacio, fundado por ellos durante la dominación española, y de donde fueron expulsados después, fue velado por ellos en 1839, y cerradas sus puertas a la profana imagen con que se intentaba escarnecer el altar. Ellos le pagaron más tarde al dictador esta resistencia digna de los propagadores mártires del cristianismo en la América, pero ellos recibieron el premio en su conciencia; y más tarde lo recibirán en el cielo.

 

 

 

¿Qué tenía que ver el templo y los sacerdotes de Cristo con los triunfos políticos de Rosas, ni con la imagen de un profano la casa de las imágenes celestes? «Determinado está por Jesucristo el fin de la misión eclesiástica, y trazado el círculo de sus funciones. Encargada de apacentar y conducir el rebaño que está de camino para la vida eterna, conductora de peregrinos, y ella misma peregrina, no puede cuidarse más, ni necesita más, que el permiso del tránsito para viajar por tierra extraña.»

 

 

 

 

Pero fuera de los padres de la Compañía de Jesús, la religión se vio escarnecida por sus mismos intérpretes en la tierra.

 

 

 

 

Las comunidades de Santo Domingo, San Francisco, y monjas Catalinas y Capuchinas hicieron exposiciones políticas completamente opuestas al espíritu de caridad, al sentimiento de paz y fraternidad, que debe abrasar a los que se cubren con un sayal para vivir lejos de las pasiones del mundo.

 

 

 

 

La victoria del Sauce Grande fue victoreada por esos frailes y esas monjas; y era la sangre de hermanos, la sangre de Abel la que había corrido en esa lucha...

 

 

 

 

Jesucristo no se entrometió jamás en los negocios políticos de la Judea; y ninguna tradición revela que los apóstoles felicitasen en calidad de tales a ninguno de los césares romanos por sus victorias sobre los otros pueblos. Y esos frailes y esas religiosas se las tributaban por la prensa al más impío y sanguinario de los tiranos. Sus labios sacrílegos ofrecían elevar a Dios sus plegarias por sus continuos triunfos sobre los unitarios.

 

 

 

 

«Tienen miedo», decían para disculparlos. ¡Miedo! El que viste el santo hábito del religioso no conoce ese sentimiento. Cuando siente que la fortaleza de su alma se desmaya, él se arrodilla en el templo, o bajo la bóveda eterna de los cielos, y pide a Dios la inspiración divina que imprimió la resignación en el espíritu de su hijo. El miedo es un crimen en el varón apostólico, cuando se trata de defender la religión y la moral; cuando se trata de resistir al crimen o a la tentación del demonio. El hijo de la Iglesia debe morir antes que claudicar de los santos principios que profesa. Cuando le falta el valor a la carne, la inspiración del Altísimo lo infiltra en la conciencia, si ella se lleva hasta él en estado de santidad y de ruego. En Cochinchina, en el Tibet, en los desiertos

 

 

del África, en los bosques de la India, entre sus boas y sus reptiles, el sacerdote de Cristo no conoce el miedo. Allí van diez, y vuelve uno contando que sus demás hermanos perecieron, y otros diez y otros cien siguen tras ellos, a llevar en su palabra, en su resignación y en su martirio, la propaganda santa que el curso de diez y nueve siglos no ha cortado.

 

 

 

 

Al nuevo mundo, levantado en la mano de Colón y presentado a la luz de la civilización del viejo mundo, ni vino antes que ésta la luz pura y clarísima del Cristianismo, a invadir los páramos solitarios y en tinieblas de la conciencia del rudo habitador de los desiertos. Y el misionero apostólico, estableciendo su púlpito y su predicación donde encontraba cuatro hombres que le oyesen, sentía por su oído el silbo de la flecha, se deslumbraban sus ojos con el brillo de la hoguera, y, levantando el corazón a Dios, seguía hablando la palabra de Cristo, muchas veces cortada en sus labios por la muerte, y hablaba y moría sin conocer el miedo. Porque la vida terrenal, la vida de la carne, no es la vida del sacerdote de la cruz. Su vida es el espíritu, su mundo el cielo, su reino la eternidad, su misión el martirio, su premio la prosternación de su alma ante el rostro de su Creador, bañado en la inefable sonrisa del que recibe con amor al hijo digno de su precioso aliento...

 

 

 

No, no es el miedo una justificación de esos sacerdotes impíos. No es el miedo quien puede justificarlos ante Dios de su predicación de sangre, de sus apoteosis mentidas al asesino de un pueblo, al profanador de los altares, al rebelde a la justicia, a la fraternidad y a la paz, inspiraciones purísimas del Omnipotente, puestas en los divinos labios del Redentor del mundo.

 

 

 

 

¡Si había miedo, era porque no había fe, porque no había la conciencia de su apostolado en la tierra; y había esto, porque la prostitución de la época, que filtraba sus gotas de veneno por los viejos muros de nuestros conventos, inficionaba el aire y corrompía las conciencias...!

 

 

 

 

¡Y mañana cuando la revolución o la naturaleza tumbe la frente del tirano, y el pueblo, sin cadenas, se levante, ¡oh!, no toquéis entonces su conciencia; no le miréis el alma, si queréis bajar a la tumba con una ilusión y una esperanza!

 

 

Veinte años no pasan sin dejar huella en el alma de las generaciones jóvenes. Y donde no se ha visto sino el escándalo y el crimen, el vicio, la apostasía, y la prostitución de todas las nociones del bien, que envuelve la palabra y la práctica del evangelio, en tan largo, en tan pesado tiempo, allí no encontraréis ni la religión, ni la moral; allí será precisa una propaganda y una acción sostenida por no menos tiempo, en sentido inverso de la que arrulló en la cuna y desenvolvió los instintos y el espíritu de un pueblo nuevo. Y cuando el ángel bueno de la patria vierta una lágrima al lado del pueblo, dormido sobre la almohada de sus pasiones solamente, sin que la fe y la creencia refresquen sus sienes con la imagen dulcísima de Dios, el nombre de la Federación y de Rosas brillará fosfórico en el aire que circunda al Plata.

 

 

 

Porque ellos serán para Dios y para la historia la causa generatriz que hizo desenvolver tanto germen de inmoralidad y de escándalo; tanta semilla cuyos frutos amargos no son para nosotros solamente, sino también para nuestros hijos.

 

Capítulo VI

 

 

 

Sor Marta del Rosario

 

En un pequeño banco de piedra, en el centro de un bosque de naranjos de Tucumán, sentada estaba Sor Marta del Rosario, abadesa de las Capuchinas, y Sor María del Pilar; mientras otras monjas paseaban por el jardín cercano al muro del convento, que da a la calle del Tacuarí.

 

 

 

 

Sor María del Pilar leía con mucha atención un papel: y, concluida que fue su lectura, dijo a la madre abadesa:

 

 

 

-Está como de mano, Sor Marta.

 

 

 

 

-Dios nos ilumina, Sor María, cuando tenemos que cumplir su voluntad -contestó la madre abadesa-. Pero quiero que lo lea fuerte. Puede ser que se me haya olvidado alguna cosa.

 

 

 

Sor María volvió a desdoblar el papel y leyó:

 

 

 

Jesús

 

Excelentísimo Señor.

 

Demos gloria al Soberano Dios de los ejércitos cuyo brazo poderoso sostiene y vigoriza las huestes de Vuecelencia para que reporte tan repetidos triunfos: en nombre de este nuestro buen Dios y de la Santa Comunidad, doy a Vuecelencia mil enhorabuenas, y quedamos con nuevo empeño rogando a nuestro Señor dé a Vuecelencia la investidura de sus soberanos atributos de bondad, equidad y misericordia, para consuelo de este pueblo que tanto lo ama, y para que la gloria de Vuecelencia sea eterna en compañía de los Santos y del mismo Dios.

 

Deseo que Vuecelencia disfrute perfecta salud, y tan abrasado en su divino amor, como se lo suplica de continuo esta su más humilde y afectísima hija en este monasterio de Nuestra Señora del Pilar y Pobres Capuchinas, en Buenos Aires, a 31 de julio de 1840.

 

Sor marta del Rosario,

 

Indigna Abadesa

 

.

 

 

 

-No creo que falte nada -dijo Sor María después de concluida la lectura.

 

 

 

 

-Lo he pesado y consultado con mi conciencia por muchos días -contestó la madre abadesa.

 

 

 

-¿Y cree Su Reverencia que toda la comunidad piense del mismo modo?

 

 

 

 

-La comunidad debe pensar como su abadesa; porque de lo contrario, no sólo sería faltarme al respeto, sino una ingratitud, una herejía el desconocer los servicios que debemos al Señor Restaurador. El nos ha regalado la reja de fierro que tiene el atrio del templo. A él debemos que se haya arreglado nuestro asunto con el síndico; y de él y su familia estamos todos los días recibiendo obsequios; ¿qué sería de nosotras si él faltase? Además, las comunidades de Santo Domingo, de San Francisco y las monjas Catalinas nos han dado el ejemplo, y si nosotras no pasamos esta felicitación, infaliblemente caeremos en el enojo de Su Excelencia. Así, pues, en esta felicitación por la batalla del Sauce Grande, aunque va a ir después de tanto tiempo y con fecha atrasada, nos ponemos a cubierto del disgusto de Su Excelencia. Pero en otra cosa nos vamos a anticipar a todos los demás, y es en otra comunicación que vamos a dirigirle, y cuyo borrador lo ha de ver primero Don Felipe.

 

 

 

-Me parece muy bien pensado, porque nadie es capaz de darnos mejores consejos que ese santo varón.

 

 

 

 

-Una persona ha de venir dentro de un momento, y con ella he de mandarle a Don Felipe lo que quiero que vea.

 

 

Sor Marta del Rosario acababa estas palabras, cuando sonó la campana de la portería, y una monja llegó al jardín a anunciar que preguntaban por la madre abadesa.

 

 

 

Esta se levantó en el acto y fue al torno.

 

 

 

Era el señor Don Cándido Rodríguez, quien después de la introducción de forma,

 

Ave María, etc, dijo a la abadesa:

 

 

 

 

-El Excelentísimo Señor Gobernador delegado, Camarista, Doctor Don Felipe Arana, me manda saludar en su nombre a Su Reverencia, madre abadesa, y a toda la santa comunidad del convento, y preguntar por la salud de Su Reverencia y toda la santa comunidad.

 

 

 

 

-Por la bondad de Dios todas gozamos de completa salud, y estamos rogando por la del señor Don Felipe y todos los que se hallan en gracia del Espíritu Santo -contestó Sor Marta, que por estatutos de su orden sólo podía hacerlo por el torno, en la parte interior del locutorio de recepción.

 

 

 

 

-El Excelentísimo Señor Gobernador delegado me ha ordenado el dar a Su Reverencia las más finas y benévolas gracias por las empanadas y el dulce de toronja.

 

 

 

-No salieron muy buenas las empanadas.

 

 

 

-He oído al Excelentísimo Señor que estaban muy buenas, y que se comió tres.

 

 

 

-Mañana le hemos de mandar al señor Don Felipe unas tortas.

 

 

 

-Tortas es lo que más come el Excelentísimo Señor.

 

 

-Y también le hemos de mandar a usted una; ¿usted vive en casa del señor Don Felipe?

 

 

 

 

-No, madre abadesa. Yo vivo en mi casa. Soy indigno secretario del señor Don Felipe. Pero en vez de la torta, yo viviría más eternamente agradecido a Su Reverencia y a toda la santa comunidad, si se dignaran elevar a Dios sus piadosos ruegos por la seguridad y tranquilidad de mi vida, en este caos de trastornos por que estamos atravesando.

 

 

 

-¿Pero usted no es federal y secretario de Su Excelencia?

 

 

 

 

-Sí, madre, lo soy, pero temo las intrigas de los enemigos de Dios y de los hombres; y sobre todo, madre abadesa, temo mucho las equivocaciones.

 

 

 

-No tenga usted cuidado, lo hemos de hacer; ¿cómo se llama usted, hermano?

 

 

 

 

-Cándido Rodríguez, natural de Buenos Aires, de edad de cuarenta y cinco años, soltero, actualmente secretario privado de Su Excelencia el gobernador delegado, humilde siervo de Dios, y criado de Su Reverencia y de toda la santa comunidad.

 

 

 

-¿Y el señor Don Felipe no le ha hecho a usted otro encargo, señor Don Cándido?

 

 

 

 

-Sí, madre abadesa. Me ha encargado reciba de Su Reverencia una carta para Su Excelencia el Restaurador de todas las Leyes, héroe de todos los desiertos y de la Federación, y el borrador de otra que habrá de dirigirle Su Reverencia a su nombre y al de toda la comunidad.

 

 

 

 

-Eso es; ya está todo pronto. Ahí va la carta -dijo la abadesa haciendo girar el torno con una carta que Don Cándido tomó, diciendo:

 

 

 

 

-Ya está en mis manos, madre abadesa.

 

 

 

-Muy bien, ahí va el borrador de la otra.

 

 

 

-Ya lo tengo también.

 

 

 

 

-Recomiéndele usted mucho al señor Don Felipe que lea el borrador con toda atención y haga en él las alteraciones que crea convenientes.

 

 

 

 

-Muy pocas tendrá que hacer, madre abadesa, porque las obras de Su Reverencia deben ser completas, acabadas, perfectas.

 

 

 

-¿Si usted quiere leer el borrador?...

 

 

 

-Con el mayor placer, madre abadesa.

 

 

 

-Pero léalo fuerte; me gusta mucho oír leer lo que yo escribo.

 

 

 

 

-Esa es propensión de todos los sabios y sabias de este mundo -dijo Don Cándido desdoblando el papel, en el cual leyó en seguida:

 

 

 

Jesús

 

Excelentísimo Señor.

 

Rogamos al Dios del cielo y de la tierra, Soberano Rey que da rigor al brazo victorioso de Vuecelencia, para que reporte nuevos triunfos sobre sus encarnizados enemigos que acaban de invadir el país, y para que sean pulverizados por Vuecelencia bajo la protección de la divina Providencia.

 

En todas nuestras oraciones elevamos votos al Ser Supremo porque se consumen todas las glorias de Vuecelencia sin peligro de su vida, ni de su importante y preciosa

 

 

salud. Y que, abrasado en el divino amor en que arde, viva eternamente para la felicidad de sus pueblos.

 

Estos son los votos que a nombre de toda la comunidad de las pobres Capuchinas, hace al cielo y los trasmite a Vuecelencia en Buenos Aires, a de agosto de 1840.

 

Sor Marta del Rosario,

 

Indigna Abadesa.

 

-¡Magnífico está, madre abadesa!

 

 

 

-¿Lo halla usted bueno?

 

 

 

 

-No lo haría mejor el señor Don Felipe, a pesar de su inmensa sabiduría y elocuencia.

 

 

 

-Vaya, pues, muchas gracias, señor Don Cándido.

 

 

 

-¿Entonces no ordena Su Reverencia nada más?

 

 

 

-Nada más.

 

 

 

 

-Luego que el señor gobernador delegado haya impuéstose de este santo documento, yo mismo se lo traeré a Su Reverencia para que lo haga poner en limpio.

 

 

 

-Eso es.

 

 

 

 

-Pero entre tanto, yo vuelvo a pedir a Su Reverencia, que no me eche en olvido en sus santas oraciones.

 

-Pierda usted cuidado.

 

 

 

-Entonces, me despido de Su Reverencia y de toda la santa comunidad.

 

 

 

-Dios vaya con usted, hermano

 

 

 

 

-Sí, madre, Dios venga conmigo en todas partes -dijo Don Cándido, y salió del convento meditabundo y paso a paso.

 

Capítulo VII

 

 

 

 

Cómo Don cándido se decide a emigrar, y cuáles fueron las consecuencias de su primera tentativa

 

 

 

 

Pero no bien nuestro secretario privado tuvo un pie en la vereda, y otro sobre el alto escalón de la portería del convento, cuando una mujer, con sus gruesos rizos negros en completo desorden, y cuyo gran pañuelo de merino blanco con guardas rojas arrastraba la punta de su ángulo cuatro o seis dedos más abajo de la halda del vestido, le tomó el brazo y exclamó:

 

 

 

 

-¡Ah, qué felicidad! Son los dioses del Olimpo los que me han conducido por esta senda. ¡Oh! Ya no tenemos que temer del hado, pues que he hallado a usted.

 

 

 

 

-Señora, usted se equivoca -dijo Don Cándido estupefacto-, yo no tengo el honor de conocer a usted, ni creo que usted me conoce a mí, a pesar del hado y de los dioses del Olimpo.

 

 

 

-¡Que no os conozco! Vos sois Pílades.

 

 

 

-Yo soy Don Cándido Rodríguez, señora.

 

 

 

-No, vos sois Pílades; como Daniel, Ulises.

 

 

 

-¿Daniel?

 

 

 

 

-Sí, ¿ahora se hace usted el que no me conoce? Yo soy la señora Doña Marcelina, en cuya casa hizo usted parte de aquella estupenda tragedia en que...

 

-Señora, por el amor de todos los santos, cállese usted que estamos en la calle.

 

 

 

-Pero hablo despacio, apenas me oye usted mismo.

 

 

 

-Pero usted se equivoca. Yo no soy... yo no soy...

 

 

 

 

-¿Qué no es usted? ¡Oh! Más fácil hubiera sido a Orestes desconocer su patria, que a mí el desconocer a mis amigos; y sobre todo cuando están en peligro.

 

 

 

-¿En peligro?

 

 

 

 

-¡Sí, en peligro; se piensa hacer una hecatombe con usted y con el señor Don Daniel! -exclamó Doña Marcelina levantando su dedo índice a la altura de los ojos de Don Cándido; ojos que vagaron del cielo a la tierra, y de doña Marcelina al vestíbulo de la portería.

 

 

 

 

-Entre usted, señora -la dijo Don Cándido tomándola de la mano, entrándola y haciéndola sentar a su lado en un escaño.

 

 

 

 

-¿Qué hay? -continuó-. ¿Qué especies de profecías espantosas y terríficas son las que salen rápidas y tumultuosas de la boca de usted? ¿Dónde he conocido yo a usted?

 

 

 

 

-Contestaré, primero: que conocí a usted una mañana en casa de mi protector Daniel, y que otra vez lo vi a usted salir del zaguán de mi casa en aquella noche en que...

 

 

 

-Despacio.

 

 

-Bien. Agrego a usted que en este momento el cura Gaete está durmiendo la siesta en mi casa.

 

 

 

-¡En los infiernos debiera estar durmiendo!

 

 

 

-Despacio.

 

 

 

-Prosiga usted, buena mujer, prosiga usted.

 

 

 

 

-Durante la comida ha blasfemado contra usted y Daniel. Ha hecho brillar en su mano un puñal más grande que el de Bruto; y, con los furores de Orestes, ha jurado perseguir a ustedes con más encarnizamiento que Montegón a Capuleto.

 

 

 

-¡Qué horror!

 

 

 

-Pero hay más.

 

 

 

-¿Más que matarnos?

 

 

 

 

-Sí, hay más: ha jurado que desde esta noche, él y cuatro más van a espiar a usted y a Daniel para asesinarlos donde los encuentren.

 

 

 

-¡Desde esta noche!

 

 

 

-¡Oh! Al lado del pensamiento de Gaete es nada este verso de Creón:

 

 

 

Moriré, morirás, morirán ellos,

 

Todos perecerán...

 

-¿Conoce usted la Argia, señor Don Cándido?

 

 

 

 

-Déjeme usted de comedias, señora -dijo Don Cándido pasándose la mano por su frente bañada de sudor.

 

 

 

-No es comedia, es una estupenda tragedia.

 

 

 

-¡Qué más tragedia que la que me pasa, Santo Dios! -exclamó Don Cándido.

 

 

 

 

-Y lo peor de todo es que Daniel y usted serán víctimas inocentes inmoladas a Júpiter.

 

 

 

 

-¿Inocentes? Yo, a lo menos, lo soy. Pero veo que en mi destino hay algo de raro, de extraño, de fenomenal. Fluctúo entre los sucesos como un débil barquichuelo a merced de las ondas. ¡Oh, fortuna, fortuna! No tienes tú la culpa, sino yo, yo que abandoné mi profesión, que hoy podía servirme para tener áncoras de salvación en mis discípulos. Porque ha de saber usted, señora, que yo he sido maestro de enseñanza primaria, y tenía adoptados los mejores métodos: a las ocho se entraba en clase; a las diez los niños iban a recreo mientras yo almorzaba; mi almuerzo era generalmente puchero, huevos y café con leche, sin vino, por supuesto, porque esta bebida embota las facultades mentales, razón por la cual los ingleses no tienen entendimiento; después duraba la clase hasta la una, hora en que los niños volvían a su casa y yo dormía un poco, no el sueño de ese infernal cura Gaete, que debe ser agitado por un enjambre de venenosas serpientes...

 

 

 

-Despacio. Pueden oírnos aquí mismo. Vivimos sobre un volcán, y yo, aunque mujer, soy quizá el ser más comprometido por mis antiguas relaciones y opiniones políticas. ¿Me conoce usted?

 

 

 

-No, señora, ni quiero conocerla.

 

 

 

 

-Pues estoy comprometida hace tiempo.

 

 

 

-¿Usted?

 

 

 

 

-Yo. Todos mis amigos han sido víctimas. Acercárseme y tener sobre su cabeza la cuchilla del ángel exterminador, es todo una misma cosa. Yo, mis amigos y la desgracia componemos las tres unidades de la tragedia clásica, según me lo explicó tantas veces el célebre poeta Lafinur, que sabía que con nada se me contentaba más que con darme lecciones de literatura. No puedo ni hablar con las personas sin que caigan en desgracia luego.

 

 

 

 

-¿Y eso me dice usted recién? -dijo Don Cándido tomando su sombrero y su caña de la India, que había puesto a su lado sobre el escaño, y preparándose a marchar de prisa.

 

 

 

-¡Deteneos, presunta víctima! -exclamó Doña Marcelina.

 

 

 

-¿Yo? ¿Al lado de usted?

 

 

 

 

-¿Y qué sería de vuestra vida y de la de Daniel si no hubiera yo volado a prevenirles el inmenso riesgo que están corriendo?

 

 

 

-¿Y qué será de mí si continúo hablando con usted?

 

 

 

-De todos modos usted ha de morir. El hado es implacable.

 

 

 

-El diablo es quien se la debía llevar a usted, señora.

 

 

 

 

-Conteneos, temerario: si no habláis conmigo, morís por la mano de Gaete; y si habláis conmigo, morís por la mano de las autoridades.

 

 

 

-¡Cruz! exclamó Don Cándido mirando a Doña Marcelina con despavoridos ojos, y cruzando los dos índices de sus manos.

 

 

 

-¡Ah! ¿Cuándo no se ha visto

 

A la beneficencia haciendo ingratos?

 

-contestó Doña Marcelina con esos dos versos de un poeta español.

 

 

 

-Adiós, señora.

 

 

 

 

-Deteneos. Sólo la necesidad me obligaba a llegar a la casa del señor Don Daniel; los dioses me han hecho encontraros; ¿me juráis volar a su encuentro para comunicarle la catástrofe que os amenaza a los dos?

 

 

 

 

-Sí, señora, voy a verlo dentro de una hora. ¿Pero me jura usted, por su parte, no volver a pararme en la calle, páseme lo que me pase?

 

 

 

 

-¡Lo juro sobre la tumba de mis abuelos! -exclamó Doña Marcelina extendiendo su brazo y ahuecando la voz, cuyos ecos se perdieron bajo las bóvedas de la pequeña portería del convento de las Capuchinas.

 

 

 

 

Poco después Don Cándido bajaba a largo paso por la calle del Potosí, dobló por la de la Florida; tomó por la de la Victoria, y descendió al Bajo por la plaza del 25 de Mayo, dejando la fortaleza a su derecha.

 

 

 

 

Eran ya las tres de la tarde; hora en invierno en que los porteños no abandonan jamás su vieja costumbre de salir al sol, sean cualesquiera los sucesos políticos que sus rayos alumbran.

 

 

La alameda estaba cuajada de gente. Cinco tiros de cañón disparados por la batería, que desde el principio del bloqueo se había colocado en el Bajo del Retiro, tras el magnífico palacio del señor Laprida, que entonces ocupaba Mr. Slade, cónsul de los Estados Unidos, habían arrebatado de las calles a cuantos las transitaban en aquel momento, y traídolos a averiguar la causa de los cañonazos.

 

 

 

 

Ella no era otra, sin embargo, que la que daba lugar todos los días a iguales detonaciones; es decir, la aproximación a la costa de alguna ballenera francesa que sondeaba el río, o venía a reconocer algún lugar convenido, donde debía atracar bajo la oscuridad de la noche para recibir emigrados. De esas balleneras, sin embargo, ninguna fue echada a pique por las tres grandes baterías de la costa; y los artilleros de Rosas se contentaban con ver los estragos que hacían los proyectiles en las agitadas olas del gran río.

 

 

 

Esta vez la embarcación francesa sobre quien la batería del Retiro había hecho sus cinco tiros, fuese por jactancia del oficial que la mandaba, o porque para ello traía órdenes, habíase aproximado, a favor de la creciente del río, casi a tiro de fusil de la capitanía del puerto, quedando por consiguiente bajo los tiros de la fortaleza y de la batería del Retiro.

 

 

 

 

Toda la gente se apiñó sobre las toscas del desembarcadero; el peor de todos los de este mundo, porque no han querido hacerlo bueno.

 

 

 

-Vienen pasados -decían unos.

 

 

 

-¡A degüello con ellos en cuanto bajen! -exclamaba Larrazábal.

 

 

 

 

-¡El anteojo! -gritaba Ximeno desde las toscas a los oficiales de la capitanía del puerto.

 

 

 

-¡Es desembarco! -gritaban otros.

 

 

-Campo, que van a hacer fuego las baterías -decía desde su caballo un socio popular que dominaba con su talla toda la multitud de a pie, de a caballo y de carretas.

 

 

 

 

La ballenera entretanto arrió de repente su vela tiriana, a doscientas varas de la orilla del agua, y quedó a la capa con sus remos.

 

 

 

Todos estaban en expectación.

 

 

 

Pero no era ella sola el objeto de la mirada universal.

 

 

 

 

A cincuentas varas de la arena sobresalía del agua la negra y lustrosa superficie de una gran tosca adonde no se podía llegar sin haber atravesado esa distancia, con el agua hasta la pantorrilla cuando menos. Y parado sobre esa especie de isla, el punto más cercano a la ballenera, llamó de improviso la atención de todos un hombre vestido con un largo levitón blanco, con su sombrero en la mano, una caña de la India en la otra; y que indudablemente había atravesado a pie cuarenta varas de agua, sin que nadie lo echase de ver, pues que sólo por el agua se podía llegar a la peña.

 

 

 

 

Él era, como el lector conoce ya, nuestro Don Cándido Rodríguez, que al salir del convento concibió el proyecto de emigrar aunque fuese en una tina de baño, según él mismo se decía en la larga conversación que trajo consigo mismo.

 

 

 

 

-Este es tu día, Cándido -se decía sobre la peña-, la providencia te ha traído hasta este lugar. Ea, valor. En cuanto esa embarcación salvadora se aproxime más, corre, precipítate, vuela sobre este río, y ponte bajo la poderosa protección de esa bandera.

 

 

 

 

El miedo, que es el peor consejero del mundo, inspiraba de ese modo a nuestro desgraciado amigo, que no echaba de ver que a su retaguardia tenía cien o más jinetes federales, que con un par de rebencazos a sus caballos habrían llegado hasta él en dos minutos, al primer paso que diera hacia la embarcación, como sucedió en efecto.

 

 

El oficial de la ballenera paseaba su anteojo por aquella multitud de más de mil personas que había sobre el muelle, y todas las miradas se dividían entre él y Don Cándido, cuando el estallido del cañón dio sobre los nervios ese golpe eléctrico que acompaña siempre a la impresión del sonido violento, y cuatro pirámides sucesivas de agua, que se elevaron a pocas varas de la embarcación, arrebataron la mirada de todos, que prorrumpieron luego en un estrepitoso aplauso al tiro de la fortaleza.

 

 

 

 

En ese momento la ballenera izó su vela, y, como para tomar el viento sur necesitó dirigirse un momento hacia el oeste, todos creyeron que se venía sobre el muelle, y el primero que participó de esta preocupación fue, desgraciadamente, nuestro Don Cándido. Y desplegarse la vela, y bajar de la peña, entrarse al agua, y empezar a andar río adentro con el agua a la pantorrilla, todo fue la obra de un segundo.

 

 

 

 

Pero no bien acababa de poner sus pies en ese improvisado baño, cuando la ballenera viró de bordo y tomó al este, volando más bien que navegando con la brisa del sur. Y a ese mismo tiempo, mientras Don Cándido abría tamaños ojos y cruzaba sus manos, cuatro caballos levantaban nubes de agua, corriendo a gran galope sobre él.

 

 

 

 

Don Cándido volvió la cabeza cuando ya estaba rodeado de los cuatro verdaderos federales, en cuyos semblantes no pudo adivinar otra cosa nuestro pobre amigo que su última hora.

 

 

 

 

-Usted se iba -le dijo uno de ellos alzando sobre la cabeza de Don Cándido el cabo de fierro de un inmenso rebenque.

 

 

 

 

-No, señor, venía -contestó Don Cándido haciendo maquinalmente profundas reverencias a los jinetes y a los caballos, o más bien, a los caballos y a los jinetes, siguiendo el orden de una rigorosa cronología moral.

 

 

 

-¿Cómo es eso que venía, y se iba usted para adentro del río?

 

 

 

 

-Sí, mis distinguidos amigos federales; venía de casa del señor gobernador delegado, de quien soy secretario.

 

 

 

-¿Pero usted iba a alcanzar la ballenera? -le interrogó otro.

 

 

 

 

-No, señor, líbreme Dios de ello; quería acercarme solamente, lo más posible, para ver si la ballenera traía gente de desembarco en el fondo, para volver a avisarlo a los heroicos defensores de la Federación e incitarlos a triunfar o morir por el padre de cuantos hijos tiene Buenos Aires, y por el señor Don Felipe y su respetable familia.

 

 

 

 

Una grita estrepitosa contra los franceses y en loor de la Federación y de los federales sucedió al discurso de Don Cándido, en la multitud de marineros del puerto y carretilleros que se habían acercado, con el agua a la rodilla, hasta el lugar de aquella escena en que todos esperaron ver un desenlace trágico.

 

 

 

 

El coronel Crespo, el comandante Ximeno, Larrazábal y todos cuantos estaban sobre la pequeña barranca de la capitanía, no sabiendo lo que pasaba, y queriendo saberlo cuanto antes, dieron tan fuertes gritos e hicieron tan violentas señas a los de a caballo, que uno de estos hizo subir a Don Cándido a la grupa, medio cargado por algunos comedidos entusiastas de los que allí había. Y he aquí que condujeron en triunfo hasta la alameda al impertérrito secretario de Su Excelencia, que se había arrojado al agua para observar el fondo de la ballenera francesa.

 

 

 

 

Inútil es decir todas las felicitaciones que recibió Don Cándido. Pero no podemos callar que, a pretexto de estar mojado, el maestro de Daniel se despidió muy pronto de sus decididos amigos, y que por una reacción natural en su organización, la debilidad sucedió al coraje artificial con que logró salvarse del peligro que había corrido; y que tuvo que entrar a tomar una taza de café a un hotel inmediato a la capitanía, para poder llegar después a casa de Daniel como pensaba, a echarle en cara las consecuencias que estaba sufriendo, después de la vida política a que lo había arrastrado, y a prevenirle que la vida de los dos estaba expuesta a ser sacrificada en hecatombe, como decía Doña Marcelina.

 

Capítulo VIII

 

 

 

La guardia de Luján y Santos Lugares

 

Era el 21 de agosto.

 

 

 

 

El refulgente rey del universo descendía con su manto de nácares y oro, allá sobre el confín del horizonte que bordaba las planicies esmeraltadas de los campos, llanos como la superficie de un mar en calma. Su frente no llevaba esa corona de rubíes con que el cielo del trópico lo magnifica en los momentos de decirle adiós; ni en redor suyo se abrían de improviso esos espléndidos jardines de luz que irradian fosfóricos en las latitudes del crucero, donde la coqueta Naturaleza se divierte en inventar perspectivas sobre los confines del alba y del ocaso.

 

 

 

Nuestro sol meridional descendía, sin más belleza que la suya propia, sobre los desiertos de la Pampa.

 

 

 

Escuadrones de pájaros salvajes volaban al oeste, como a alcanzar el sol.

 

 

 

 

La brisa del sur hacía ondular la superficie verde de los campos, y agitaba la crin de alguno que otro potro perdido en el desierto, fijos sus ojos en el sol poniente.

 

 

 

 

Toda la Naturaleza tenía allí ese aspecto desconsolador, agreste e imponente al mismo tiempo, que impresiona al espíritu argentino y parece contribuir a dar el temple a sus pasiones profundas y a sus ideas atrevidas.

 

 

 

Naturaleza especial en la América, Naturaleza madre e institutriz del gaucho.

 

 

 

 

Ese ser que por sus instintos se aproxima al hombre de la Naturaleza; y por su religión y por su idioma se da la mano con la sociedad civilizada.

 

 

Por sus habitudes no se aproxima a nadie, sino a él mismo; porque el gaucho argentino no tiene tipo en el mundo, por más que se han empeñado en compararlo unos al árabe, otros al gitano, otros al indígena de nuestros desiertos.

 

 

 

 

La Naturaleza lo educa. Nace bajo los espectáculos más salvajes de ella, y crece luchando con ella y aprendiendo de ella.

 

 

 

 

La inmensidad, la intemperie, la soledad, y las tormentas de nuestro clima meridional, son las impresiones que desde su niñez comienzan a templar su espíritu y sus nervios, y a formarle la conciencia de su valor y de sus medios. Solo, abandonado a sí mismo, aislado, por decirlo así, del trato de la sociedad civilizada; siempre en lucha con los elementos, con las necesidades y los peligros, su espíritu se ensoberbece a medida que él triunfa de su destino. Sus ideas se melancolizan; su vida se reconcentra en vez de expandirse. La soledad y la Naturaleza han puesto en acción sobre su espíritu sus leyes invariables y eternas; y la libertad y la independencia de instintos humanos se convierten en condiciones imprescindibles de la vida del gaucho.

 

 

 

 

El caballo concluye la obra de la Naturaleza: es el elemento material que contribuye a la acción de su moral. Criado sobre él, la inmensidad de los desiertos se limita y apoca para aquel que la atraviesa al vuelo de su caballo. Criado sobre él, se hace su déspota y su amigo al mismo tiempo. Sobre él, no teme ni a los hombres ni a la Naturaleza; y sobre él, es un modelo de gracia y de soltura, que no debe nada, ni al indio americano, ni al jinete europeo.

 

 

 

 

Los trabajos de pastoreo a que se entrega por necesidad y por vocación, completan después su educación física y moral. En ellos se hace fuerte, diestro y atrevido; y en ellos adquiere esa desgraciada indiferencia a los espectáculos de sangre, que influyen tanto en la moral del gaucho.

 

 

 

 

Entre el hombre y el animal existe esa simpatía íntima, esa relación común que tiene su origen en la circulación de la sangre. El gaucho pierde la una y la otra por la habitud de verter la sangre, que viene a convertirse en él, de ocupación en necesidad, y de necesidad en diversión.

 

 

Esa vida y esa educación le dan una idea tal de su superioridad sobre el hombre de la ciudad, que sin esfuerzo y naturalmente siente por él un profundísimo desprecio.

 

 

 

 

El hombre de la ciudad monta mal a caballo; es incapaz de conducirse por sí solo en las llanuras desiertas; más incapaz aún de procurarse en ellas la satisfacción de sus necesidades, y, por último, el hombre de la ciudad no sabe prender un toro al certero lazo de los gauchos, y tiene miedo de hundir un cuchillo hasta el puño en la garganta del animal; y no sabe ver sin agitación que su brazo está empapado en los borbotones de la sangre.

 

 

 

 

Lo desprecia; y desprecia a la vez la acción de la justicia, porque la justicia viene de la ciudad; y porque el gaucho tiene su caballo, su cuchillo, su lazo y los desiertos, donde ir a vivir sin otro auxilio que el suyo propio, y sin temor de ser alcanzado por nadie.

 

 

 

 

Esta clase de hombres es la que constituye el pueblo argentino, propiamente hablando; y que está rodeando siempre, como una tempestad, los horizontes de las ciudades.

 

 

 

 

Esa clase, empero, tributa con facilidad su respeto y su admiración a ciertos hombres: que son aquellos que sobresalen por sus condiciones de gaucho.

 

 

 

 

Nada más común en las sociedades civilizadas que malos generales al frente de numerosos ejércitos; que jefes ignorantes de partido a la cabeza de millares de prosélitos. Pero entre los gauchos tal aberración es imposible. El caudillo del gaucho es siempre el mejor gaucho. Él tiene que alcanzar ese puesto con pruebas materiales, continuadas y públicas. Tiene que adquirir su prestigio sobre el lomo de los potros; con el lazo en la mano; entre las charcas de sangre; durmiendo a la intemperie; conociendo palmo a palmo todas nuestras campañas; desobedeciendo constantemente a las autoridades civiles y militares; y burlando y hostilizando día por día cuanta mejora industrial, cuanta disposición y cuanto hombre llega de las ciudades a la campaña.

 

 

¡Sin estas condiciones principales es inútil pensar en acaudillar los gauchos! ¡Pero el que las posee y sabe ostentarlas a tiempo, ése es su caudillo, que los conduce y hace de ellos lo que mejor le place!

 

 

 

 

Ese es el gaucho; y su importancia social y política se comprende en nuestra revolución, con pasar la vista, como un relámpago solamente, sobre el inmenso cuadro de nuestra historia.

 

 

 

 

Las provincias del Río de la Plata habían llegado a ocupar en la América una extensión y una importancia tal, que cuando Carlos III se ve forzado a repeler de nuevo con las armas las pretensiones de los portugueses en ellas, y aconsejado a nombrar de jefe de la expedición que debía salir de Cádiz al teniente general Don Pedro Zeballos, cree de oportunidad y de conveniencia poner su real sello en la cédula que erigía en virreinato las provincias del Río de la Plata, Paraguay, Tucumán, Potosí, Santa Cruz de la Sierra, Charcas, y las lindantes de Mendoza y San Juan, creando por su virrey al mismo teniente general Zeballos, que recibe dicha cédula de erección, fecha en San Ildefonso el 1.º de agosto de 1777.

 

 

 

 

Ya tenemos, pues, descubierta, conquistada, poblada y constituida en virreinato español esa hermosa región de la América meridional, donde la providencia había decretado la iniciación y complemento de la grande obra que había imaginado en su inefable idea, para la reivindicación de la humanidad ultrajada, y de los magníficos destinos de un mundo, a quien la ambición, la ignorancia y la superstición sofocaban.

 

 

 

 

La esclavitud de la América, que empezó desde el primer instante de su descubrimiento, fue gemela con una completa revolución en Europa; y por una de esas reproducciones pasmosas que se encuentran en la historia de la humanidad, su libertad lo fue de otra no menos vasta revolución europea.

 

 

 

 

Los grandes movimientos sociales pueden ser la obra de un solo hombre, de una sola palabra; pero sus consecuencias no pueden ser calculadas ni contenidas muchas veces por una generación, ni por un siglo. Y la reunión de los estados generales en Francia estuvo muy lejos de prever que ella sería la causa generatriz de la decapitación de una familia, defendida por Dios; del derrocamiento de un trono afianzado por los siglos; de la improvisación de una república; de un imperio; del cataclismo universal de

 

 

la Europa; de la canonización de la filosofía del siglo XVIII, y, por último, la causa indirecta de la libertad de las colonias españolas en la América, oprimidas por el poder incontrastable de su metrópoli; pero así sucedió, sin embargo.

 

 

 

 

La raza americana tenía ya la conciencia de su situación desgraciada. La naturaleza meridional no había desmentido su generosidad con la inteligencia de los americanos; y la sangre española, tan ardiente como orgullosa, estaba en sus venas. Los sucesos de la Europa llegaban furtivamente; pero al fin llegaban hasta ellos. Algunos libros del siglo XVIII; algunos debates de la Convención francesa; algunos periódicos de la república, se escurrían de contrabando entre las mercaderías con que la madre España suplía a las primeras necesidades de sus hijos; y las ideas, primera semilla de las revoluciones, iban formando y dando nociones exactas a los hombres capaces, pero inapercibidos de las colonias.

 

 

 

 

La conciencia estaba hecha; el convencimiento estaba hecho; los instintos eran uniformes; no faltaba sino la decisión y la oportunidad.

 

 

 

La Revolución Francesa se encargó de ella.

 

 

 

 

Fernando VII es arrebatado de su pueblo. El trono español queda vacío. Las provincias del reino se dan sus gobiernos respectivos; o más bien, se gobiernan como pueden entre la tormenta que las sacudía; la capital del virreinato de Buenos Aires quiere darse también sus gobernantes; y bajo ese pretexto, que las circunstancias le ofrecían, pronuncia la primera palabra de su libertad, el 25 de Mayo de 1810.

 

 

 

 

Ese movimiento fue el iniciador de la revolución; y con ésta, la revolución del continente.

 

 

 

 

Buenos Aires descubre su pensamiento revolucionario; la América entera se electriza con él; y tras el primer relámpago, ahí tenéis bajo los cielos americanos esa tempestad de combates y de glorias, entre la cual estallaba el pensamiento y el cañón, al choque violento de dos mundos, de dos creencias, de dos siglos.

 

 

La España disputa palmo a palmo su dominación; y palmo a palmo sostiene, defiende y hace triunfar su libertad la América, en el decurso de quince años.

 

 

 

 

Buenos Aires es en la lucha, y durante ese tiempo, lo que Dios en el universo; ella está y resplandece en todas partes. Su espada da la libertad, o contribuye a ella, en todas partes: sus ideas, sus hombres, sus tesoros, no faltan en ninguna; y la guerrera y pertinaz España, donde no hallaba un hombre, hallaba un principio; donde no hallaba un principio, hallaba una imitación de Buenos Aires. Las provincias del Río de la Plata eran su ángel malo, cuyo influjo dañoso la perseguía como la sombra al cuerpo.

 

 

 

 

La España resiste con valor; sangre por sangre se cambia en las batallas, pero la revolución era demasiado inmensa y demasiado sólida, para que la España pudiera sofocarla con su mano en el siglo XIX, y la España vencida en la América, la América se hace para siempre jamás independiente.

 

 

 

 

Pero el pensamiento de Mayo había bebido sus inspiraciones en fuente harto caudalosa, para poder conformarse con asignar a la revolución los límites de una independencia política, y de una libertad civil solamente. Él inició más que todo eso, y por más que eso combatieron sus hijos.

 

 

 

 

Era una revolución totalmente social lo que buscaba. Una revolución reformadora de la sociedad educada por la España de la Inquisición, del absolutismo y de las preocupaciones hereditarias de tres siglos, en política, en legislación, en filosofía y en costumbres. Y bajo el humo de las batallas que ennegrecía el cielo americano, Buenos Aires marchaba a pasos, por desgracia demasiado rápidos, en la senda de su atrevido cuanto sublime pensamiento.

 

 

 

 

Sus brazos se extienden por todo el continente; y su inteligencia formula y elabora al mismo tiempo su existencia nueva.

 

 

 

 

Libres en política, y colonos en tradiciones sociales, legislativas y filosóficas, habría sido una anomalía monstruosa.

 

 

Romper con las viejas preocupaciones españolas en política, en comercio, en literatura, y hasta en costumbres, cuando el pueblo se las fuese dando a sí mismo, era imprimir a la revolución el movimiento reformador del siglo: era ponerse a la altura de las ideas de la época; era hacer, en fin, lo que la misma España había de tentar más tarde bajo el reinado de Isabel II.

 

 

 

 

«Quedarse fijo en su abuelo y en su bisabuelo» para por esa solidaridad de tradiciones paternas darse la mano con la civilización europea, como acaba de pretenderlo no sé qué mal conocedor de nuestra historia europea, que ha escrito no sé qué con el título de Nueva Troya, era cuanto se necesitaba para no ser más de lo que fueron el abuelo y el bisabuelo, en tiempo de Carlos III y de su antecesor. Reproducción que, felizmente, la revolución tuvo el buen sentido de no apetecer jamás.

 

 

 

El mejor alguacil del santo oficio no habría opinado de otro modo; jurando que era una verdadera herejía no ser el nieto lo que fue el abuelo. Pero sigamos el campo de los vastos acontecimientos que narramos de carrera; y asimismo se han de percibir claras y distintas la reproducción del abuelo y bisabuelo en el nieto, dando sus naturales consecuencias; y las que nacieron del divorcio de estas tradiciones pestilentes.

 

 

 

 

En medio del estrépito de las armas, Buenos Aires, esa capital donde se reunían los contingentes de ideas que le enviaban todas las provincias de la unión, como enviaban a las batallas los contingentes de lanzas, marcha a grandes pasos en el camino de la revolución social; y todas las tradiciones de la colonia son tumbadas por la mano de la república. Los grandes principios se fundan y se practican a la vez. La república; el gobierno representativo; el ministerio responsable; el sistema electoral; la libertad de la conciencia, del pensamiento, del comercio; la igualdad democrática; la inviolabilidad de los derechos; todo, en fin, cuanto la revolución europea tenía de más santo, de más social, lo canoniza para sí la revolución del Plata. Y a la luz de este brillante día que se levantaba sobre sus olas, surgieron de la revolución esas cabezas chispeantes de genio que hicieron el honor y la gloria de la república, no menos grandes que el honor y la gloria que conquistaba con sus armas sobre los campos de batalla.

 

 

Pero dos grandes principios de resistencia debían encontrarse de frente con la reforma social, y desde sus primeros días se le presentaron, en efecto, disfrazados bajo distintos modos.

 

 

 

 

De una parte, el sistema de gobierno republicano que la revolución improvisaba, debía resentir los hábitos monárquicos de una sociedad nacida y educada bajo la monarquía absoluta.

 

 

 

 

De otra parte, la innovación civilizadora debía despertar las susceptibilidades del pueblo colonial atrasado, ignorante y apegado a sus tradiciones seculares.

 

 

 

 

Y esa reacción franca, ingenua, inevitable, que sucede a las grandes innovaciones sociales, cuando se obran sobre pueblos no preparados a ellas, debía estallar y estalló, en efecto, en la república.

 

 

 

 

De otro lado, la revolución había creado en todas las clases de la sociedad sus representantes, su expresión y sus intereses; y la reacción se hizo sentir, primero en las rebeliones parciales; después en las distintas pretensiones de provincia; y últimamente en el pronunciamiento espontáneo y franco del pueblo semisalvaje de las florestas, restaurando el absolutismo y la ignorancia de sus abuelos y bisabuelos, contra la clase ilustrada de las ciudades, que representaba el principio civilizador.

 

 

 

 

Ibarra, Bustos, López, Quiroga, de una parte, Rivadavia y los congresales de la otra, no eran sino las peripecias de esa guerra sorda, pero gigantesca, que se disputaba en la república el triunfo de principios y de cosas diametralmente opuestas, como eran la tradición colonial y la innovación revolucionaria.

 

 

 

 

La historia de las revoluciones sociales en el mundo es el tratado de lógica más perfecto: a tales causas han de suceder tales efectos. Y el gran trastorno que sufría aquí el principio monárquico; la improvisación de una república, donde no había ni ilustración ni virtudes para conservarla; y la plantificación repentina de ideas y de hábitos civilizados, en pueblos acostumbrados a la cómoda inercia de la ignorancia, eran una utopía magnífica pero impracticable, con la cual la barbarie daría en tierra; hasta que una enseñanza más prolija, en la escuela misma de las desgracias públicas,

 

 

crease una generación que la levantase y la pusiese en práctica: tal cosa debía suceder; y así ha sucedido, por desgracia.

 

 

 

 

Durante que las ideas y los hombres se disputaban intereses locales y transitorios, en la época en que se constituía la república, y al amparo de las guerras civiles consiguientes, la reacción social tronaba como una tempestad espantosa en los horizontes del Plata; y en un momento en que ciertos sucesos malhadados de nuestra historia tan dramática dejaron desierta la escena, todos los principios reaccionarios de la revolución aparecieron en ella personificados maravillosamente bien en un solo hombre; como sucede siempre en los grandes movimientos sociales, prósperos o adversos para la humanidad; en que Dios o el demonio hacen de todas las ideas y los instintos una sola masa en forma humana, cuyo destino es representar el bien o el mal, según sean los elementos de que se ha formado su vida.

 

 

 

Ese hombre era Rosas.

 

 

 

 

Rosas, que era el mejor gaucho en todo sentido; que reunía a su educación y a sus propensiones salvajes, todos los vicios de la civilización; porque sabía hablar, mentir y alucinar.

 

 

 

 

La reacción había estallado; y personificada en él, él debía serla fiel, porque el día que la hiciera traición, los sacerdotes sacrificarían el ídolo. Y fiel a su origen, y a la misión que acepta, da al gaucho, a sus ideas y a sus hábitos, el predominio de la sociedad bonaerense, luego que se asegura con el triunfo el imperio de la reacción.

 

 

 

 

Sorprendida Buenos Aires, tiene que soportar esa imposición terrible de la fuerza. Ya no era la cuestión de unitarios y federales: eran la civilización y la barbarie las que quedaron para disputar más tarde su predominio. Entre tanto, con la derrota de los unitarios la civilización quedó vencida temporariamente, porque el mismo partido federal, como representante de un principio político, quedó postrado por el triunfo del caudillo gaucho, que tomando por pretexto la Federación, echó por tierra federación y unidad. Sin embargo, el partido federal sonreía creyéndose vencedor, mientras que legaba a la historia el derecho de acusarlo justa y terriblemente algún día, por haber querido comprar el sacrificio de sus adversarios políticos con la libertad y el honor de su país, entregándolo a manos de un bandido que debía más tarde pisar con el casco

 

 

de sus potros los derechos mismos que buscaban bajo el sistema federal. Porque es mentira que padecieron un error los federalistas; es mentira que no conocieron a Rosas: Rosas fue conocido desde que tuvo quince años. A esa edad fue hijo insolente; a los diez y seis fue hijo huido; más tarde fue un gaucho ingrato con sus bienhechores; después fue siempre un bandido rebelde a las autoridades de su país.

 

 

 

 

Ese era el hombre que en 1840 se encerraba en los reductos de Santos Lugares, porque marchaba sobre la ciudad el puñado de libertadores que conducía el general Lavalle.

 

 

 

 

Llevemos la vista hasta los campos de Luján, y allí encontraremos esa cruzada de valientes, a la indecisa luz de los crepúsculos de la tarde, símil de la indecisa suerte que corrían; todo el mundo a caballo, y el pequeño ejército dividido en dos cuerpos; el primero mandado por el general Lavalle, el segundo por el coronel Vilela.

 

 

 

 

Estos dos cuerpos iban a separarse momentáneamente; el primero iba a dirigirse hacia el sur; el segundo quedaba sobre Luján.

 

 

 

 

El general Lavalle quería conocer primero el espíritu de la campaña al sur, antes de marchar sobre la capital. En el norte no se habían reunido a su ejército sino algunos grupos insignificantes de vecinos, pero las milicias y las fuerzas de línea permanecían fieles al tirano.

 

 

 

 

Los dos cuerpos del ejército se despidieron dando vivas a la libertad de la patria; de esa patria tan cara para sus buenos hijos, y cuyos campos debían regar bien pronto con su noble sangre.

 

 

 

 

Los escuadrones marchaban, y todavía los soldados se despedían con sus lanzas y sus espadas.

 

 

 

 

El escuadrón Mayo, que pertenecía al segundo cuerpo, entonó entonces el himno nacional; canto de victoria de nuestras viejas legiones, cuyas palabras se escapaban con la vida del que caía al bote de las pujantes lanzas españolas. Y hasta que allá en el

 

 

horizonte, cubierto con los oscuros velos de la noche, se perdieron las sombras del general Lavalle y sus valientes, los soldados del segundo grupo permanecieron a caballo.

 

 

 

 

Después los legionarios de la libertad encendieron sus fogones para calentar su cuerpo entumecido por el frío de aquel rigoroso invierno, mientras que el calor de su alma entusiasmada lo bebían en la fe, en la esperanza y en los recuerdos santos de la patria.

 

 

 

 

La noche descorrió su manto de estrellas sobre aquel romancesco campamento, donde no palpitaba un corazón que no fuera puro y digno de la mirada protectora de la providencia. Y sólo esas estrellas podrían revelarnos los suspiros de amor que se elevaban hasta ellas, exhalados por el pecho tierno de aquellos soldados, arrancados por la libertad a las caricias maternales y a las sonrisas de la mujer amada, en la edad en que la vida del hombre abre el jardín de los efectos purísimos de su alma...

 

 

 

 

¡Antítesis terrible! ¡A doce leguas de ese lugar en que la libertad velaba con su manto de armiño el tranquilo sueño de sus hijos, un ejército de esclavos dormía soñando con el crimen a la sombra de la mano de fierro de un tirano!

 

 

 

 

Seis mil soldados, tendidos entre los reductos de Santos Lugares, estaban esperando la voz del asesino de su patria para abocar sus armas contra los mismos que les traían la libertad. Traidores a su madre común, podían serlo también al hombre a quien vendían sus derechos; y en el silencio de la noche los campamentos eran patrullados triplemente por partidas que se mudaban cada dos horas. Unas vigilaban la parte exterior de los reductos, otras paseaban en redor del campamento, y otra patrullaba por entre las carpas de los soldados. ¿Estaba entre ellas la tienda del tirano? ¿La banderola o el fierro de su lanza la hacía descubrir en parte alguna? No. Rosas no tenía tienda. De día escribía dentro de una galera, y de noche no se supo jamás su lugar fijo. Fingía echar su recado en tal paraje para pasar la noche, y media hora después estaba su recado solo con algún soldado que lo cuidaba. ¿Vigilaba? No, huía; mudaba de lugar y de escolta para que todos ignorasen dónde estaba.

 

 

El general Lavalle entretanto, dormía entre sus jóvenes soldados, con la misma confianza con que había dormido sobre la cama de Rosas, once años antes, cuando fue él solo con sus edecanes a hacer arreglos al campamento mismo de su enemigo.

 

Capítulo IX

 

 

 

Manuela Rosas

 

Ya que hemos dejado al lector en conocimiento de la situación política y militar, en sus grandes manifestaciones, a la época a que hemos llegado en nuestra historia, es necesario conducirle ahora a un más minucioso conocimiento individual de los personajes que caracterizan la época, y que han de contribuir al desenlace de los acontecimientos que habrán de fijar la suerte respectiva de los protagonistas de la obra, a que nos vamos a acercar bien pronto.

 

 

 

 

Manuela Rosas es el rasgo histórico más visible, después de su padre, en el cuadro de la dictadura argentina.

 

 

 

 

En 1840 ella no es una sombra, sin embargo, de lo que fue más tarde, pero en esa época ella empezaba a ser la primera víctima de su padre y el mejor instrumento, sin quererlo ser y sin saberlo, de sus diabólicos planes.

 

 

 

 

Manuela estaba en la edad más risueña de la vida: contaba apenas de veinte y dos a veinte y tres años. Alta, delgada, talle redondo y fino, formas graciosas y ligeramente dibujadas; fisonomía americana, pálida, ojerosa, ojos pardo-claro, de pupila inquieta y de mirada inteligente; frente poco espaciosa pero bien dibujada; cabello castaño oscuro, abundante y fino; nariz recta, y boca grande, pero fresca y picante; tal era Manuela en 1840.

 

 

 

 

Su carácter era alegre, fácil y comunicativo. Pero de vez en cuando se notaba en ella, después de algún tiempo, algo de pesadumbre, de melancolía, de disgustos; y sus vivos ojos eran cubiertos alguna vez por sus párpados irritados; lloraba, pero lloraba en secreto como las personas que verdaderamente sufren.

 

 

 

 

Su educación de cultura era descuidada, pero su talento natural suplía los vacíos de ella.

 

 

Su madre, mujer de talento y de intriga, pero vulgar, no había hecho nada por la perfecta educación de su hija. Y huérfana de madre hacía dos años, Manuela no contaba, a la época que narramos, con otro ser que debiera interesarse por ella, que su padre; porque su hermano era un bellaco rudo inclinado al mal, y sus parientes se cuidaban mucho de Juan Manuel, pero nada de Manuela.

 

 

 

 

Su corazón había sentido dos veces ya la tierna serenata del amor a sus cerradas puertas; pero las dos veces la mano de su padre vino a echar los cerrojos de ellas, y la pobre joven tuvo que ver los más bellos encantos de la vida de una mujer a través del cristal de su imaginación.

 

 

 

 

Su padre había decretado el celibato eterno de aquella criatura sabedora de todas las miserias, de todas sus intrigas y de todos sus crímenes; porque entregaría todos esos importantes secretos con el corazón de la joven.

 

 

 

 

Ella, además, era su instrumento de popularidad. Con ella lisonjeaba el amor propio del plebeyo alzado de repente a condición distinguida en la amistad del jefe federal. Con ella trasmitía su pensamiento a sus más abyectos servidores. Con ella, en fin, sabía la palabra y hasta el gesto de cuantos se acercaban a comprar con una oficiosidad viciosa o criminal algún destino, algún favor, algún título de consideración federal.

 

 

 

 

Su hija, además, era el ángel custodio de su vida; velaba hasta el movimiento de los párpados de los que se acercaban a su padre; vigilaba la casa, las puertas y hasta los alimentos.

 

 

 

 

Nos acercamos a esta mujer desgraciada en los momentos en que su salón está cuajado de gentes, y ella es allí la emperatriz de aquella extraña corte.

 

 

 

 

Pero nuestra mirada no puede divisar bien las fisonomías; es necesario acercarse a ellas porque una densa nube de humo de tabaco eclipsa la luz de las bujías.

 

 

Los principales miembros de la Sociedad Popular hacen su visita de costumbre en ese momento. Y fuman, juran, blasfeman y ensucian la alfombra con el lodo de sus botas o con el agua que destilan sus empapados ponchos.

 

 

 

 

Allí está viva y palpitante la democracia de la Federación. Gaetán, Moreira, Merlo, Cuitiño, Salomón, Parra, fuman y conversan mano a mano con los diputados García, Beláustegui, Garrigós, Lahitte, Medrano, etc.; con los generales Mansilla, Rolón, Soler, etc, también. Larrazábal, Mariño, Irigoyen, González Peña, conversan en otro grupo mientras sus esposas, federalizadas hasta la exaltación, rodean a Manuela con Doña María Josefa Ezcurra, la comadre de Merlo, la ahijada de éste, la sobrina de aquél; parientas en fin de todo género y de toda rama de aquellos corpulentos troncos sobre que reposaba la santa e inmaculada causa federal.

 

 

 

 

Las paredes de aquel salón tenían oídos y boca para repetir al Restaurador de las Leyes lo que allí se decía; pero no podían tener unos ni otra para el general Lavalle. No había, pues, miedo.

 

 

 

 

Cada grupo describía a su modo la situación política, pero ninguno disentía en opinión respecto al triunfo cierto del Restaurador sobre sus inmundos enemigos.

 

 

 

 

Según unos, la cabeza de Lavalle iba a ser puesta en una jaula en la plaza de la Victoria.

 

 

 

 

Según otros, todo el ejército prisionero debía venir a ser pasado a cuchillo por la Sociedad Popular, en la plaza del Retiro.

 

 

 

 

Las mujeres tomaban su parte también. Ellas declaraban que las unitarias, madres, esposas, hijas, hermanas de los traidores que traía Lavalle, les debían ser entregadas para cortarles la trenza y tenerlas después a su servicio.

 

 

 

 

Manuela no hacía sino volver los ojos de uno a otro grupo, oyendo ese certamen del crimen, en el cual todos competían por ganarse el triunfo en la emisión de una idea más criminal que las otras.

 

 

 

Para Manuela esto no era sorprendente, sin embargo, porque la repetición de esta escena le había hecho perder su admiración primitiva. Pero tampoco gozaba de ella, porque en su corazón de veinte y dos años no podía ser música agradable un coro perpetuo de juramentos y de maldiciones. Además, la costumbre de tratar a aquella gente le había dado el conocimiento de su importancia real, y ella sabía que no tenían para su padre ni aun la noble fidelidad del perro; que no eran otra cosa que esclavos envilecidos que venían delante de ella a jactarse de un sentimiento que era en ellos, más que otra cosa, la inspiración de sus instintos malos, y de su conciencia sometida al miedo y a la voluntad de su amo.

 

 

 

Pero en cambio, las demás mujeres gozaban por ella.

 

 

 

La una admiraba la elocuencia de su marido.

 

 

 

 

La otra renegaba del suyo porque no gritaba tanto como los otros. Pero se contentaba con que todos oyeran que ella hablaba por él.

 

 

 

 

Y otra, en fin, se envanecía de poder repetir a Manuela las palabras de su marido, que ésta no oía bien entre el tumulto.

 

 

 

 

Mercedes Rosas, que también hacía parte de la reunión, se alegraba a su vez porque las miradas de los hombres se dirigían a ella a la par que a Manuela, cuando hablaban del degüello y exterminio de los unitarios para defender así la Federación, al Restaurador y a las federales, palabras galantes con que los oradores de aquella asamblea cortejaban a las amables damas que allí había.

 

 

 

Y por último, Doña María Josefa Ezcurra gozaba por todos ellos y por todas ellas.

 

 

 

 

Larrazábal acababa de declarar en alta voz que él no esperaba sino la autorización de Su Excelencia para ser el primero que mojase su puñal en la sangre de los unitarios.

 

 

-Eso es hablar como buen federal -dijo Doña María Josefa en alta voz-. Por la tolerancia de Juan Manuel se han ido del país los unitarios que hoy vienen con Lavalle.

 

 

 

 

-Vienen a su tumba, señora -la contestó un hermano federal-, y debemos felicitarnos de que se hayan ido.

 

 

 

 

-No, señor, no -replicó Doña María Josefa-. Al seguro llevan preso; y mejor habría sido el matarlos antes de que se fuesen.

 

 

 

-¡Cabal! -gritó Salomón.

 

 

 

 

-Sí, señor, cabal -prosiguió la vieja-. Y no es lo peor la clemencia de Juan Manuel, sino que cuando él da una orden de prender a algunos unitarios, los comisionados se ponen a papar moscas, y los unitarios se les escapan.

 

 

 

 

Los ojos de la vieja, chiquitos, colorados y penetrantes, se clavaron en Cuitiño, que de pie, a dos pasos de ella, arrojaba una bocanada del humo de su cigarro.

 

 

 

 

-Y no es peor tampoco que se les escapen -continuó-, sino que cuando los buenos servidores de la Federación les dicen dónde están escondidos, van allá y los mismos unitarios los embaucan como a muchachos.

 

 

 

Cuitiño se dio vuelta.

 

 

 

-¿Qué, se va, comandante Cuitiño?

 

 

 

-No, señora Doña María Josefa, pero yo sé lo que. me hago.

 

 

 

 

-No siempre.

 

 

 

-Siempre, sí, señora. Yo sé matar unitarios y he dado pruebas de ello. Porque los unitarios son peores que perros, y yo no estoy contento sino cuando veo su sangre. Pero usted está con indirectas.

 

 

 

-Me alegro que me haya comprendido.

 

 

 

-Yo sé lo que me hago.

 

 

 

-El comandante Cuitiño es nuestra mejor espada -dijo Garrigós.

 

 

 

 

-Así se lo digo todos los días a Peña para que aprenda -dijo Doña Simona González Peña, una de las más entusiastas federales, y que ostentaba, más que su entusiasmo, unas hermosas barbas negras.

 

 

 

 

-Pero no es época de espadas -observó Doña María Josefa, sino de puñal. Porque es a puñal que deben morir todos los inmundos salvajes asquerosos unitarios, traidores a Dios y a la Federación.

 

 

 

-Así es -dijeron algunos.

 

 

 

 

-El puñal, esa es el arma que deben tener los buenos federales -continuó Doña María Josefa.

 

 

 

-¡Cabal, el puñal! -gritó Salomón.

 

 

 

 

-¡Sí, que mueran a puñal, a puñal! -repitieron otros, y todos en seguida hicieron este magnífico coro de la Federación.

 

-¡A puñal, pero en el pescuezo! -dijo Doña María Josefa relampagueándole los ojos.

 

 

 

 

-Y que el cuchillo esté mellado, con eso les duele -agregó Gaetán, hombre amulatado y de una figura la más repugnante posible.

 

 

 

 

-Yo lo que siento es que los serenos tengan fusiles, porque Mariño no quiere sino fusilar a los que llevan a su cuartel -dijo otro personaje de la reunión.

 

 

 

 

-¡Vaya, si es muy escrupuloso este Mariño! Por eso tuvo tantos miramientos con la viudita de Barracas.

 

 

 

 

-Ha dicho muy bien la señora Doña María Josefa: el puñal debe ser el arma de los federales, y en adelante yo daré mis órdenes -dijo Mariño queriendo lisonjear a aquella arpía para que no continuase.

 

 

 

 

-Que acabe el Restaurador con los que vienen, y nosotros acabaremos con los que están dentro -dijo Garrigós, embutido entre su alta corbata, como era su costumbre.

 

 

 

 

-A la primera orden que nos dé el Restaurador, la primera cabeza que corte yo, se la he de traer a usted, Doña Manuelita -dijo Parra.

 

 

 

 

Manuela hizo un gesto de repugnancia y volvió los ojos a la mujer de Don Fermín Irigoyen, que tenía a su lado.

 

 

 

 

-Los unitarios son demasiado feos para que quiera verlos Manuelita -dijo Torres buscando el ponerse de acuerdo con la hija de su padre.

 

 

 

 

-Así es, pero degollados se han de poner muy buenos mozos -contestóle Doña María Josefa.

 

 

-Si a la niña no le gustan ver esas cosas yo no le he de traer la cabeza que le he ofrecido -replicó Parra-, pero los hombres, sí; los hombres es preciso que veamos todos las cabezas de los unitarios, sean lindos o feos -continuó dirigiéndose a Torres-; porque aquí no hemos de andar con gambetas. Todos somos federales y todos debemos lavarnos las manos en la sangre de los traidores unitarios.

 

 

 

-¡Cabal! -gritó Salomón.

 

 

 

-Eso es hablar -dijo Merlo.

 

 

 

 

-Y el que no quiera hacer lo que los restauradores, que han de morir por el señor Don Juan Manuel de Rosas y su hija, que alce el dedo -dijo Gaetán.

 

 

 

 

-Mándeme, Doña Manuelita, y mándeme donde quiera, que yo solo basto para traerle un rosario de orejas de los traidores unitarios.

 

 

 

 

Manuela volvió los ojos a todas las mujeres que allí había. Buscaba alguna simpatía de sexo, alguna armonía blanda de espíritu, algún signo de resignación que la fortaleciese. Pero nada... nada... nada. Allí no había en hombres y mujeres sino fisonomías duras, encapotadas, siniestras. En ésta el oído, en aquélla el vicio; en ésa la abyección de la bestia, en la otra la prostitución y el cinismo: he ahí todo cuanto rodeaba a aquella mujer joven en cuyo corazón la Naturaleza no había sido avara quizá de afectos tiernos y delicados, pero en el cual la infernal escuela en que la ponía su mismo padre estaba encalleciendo sus sensibles fibras, al roce de las más rudas y torpes impresiones.

 

 

 

 

-¡Sí, todos debemos contribuir a dar un grande ejemplo para que la Federación quede afianzada sobre bases inconmovibles de diamante! -exclamó el diputado García, con el énfasis y la petulancia que era habitual a sus palabras.

 

 

 

-¡Bravo!

 

 

-¡Ese será el día grande de la patria, el día que se apague esta fiebre de libertad que nos devora -continuo el orador-. Fiebre santa que no se apagará sino con la sangre de los esclavos unitarios.

 

 

 

 

-A propósito de fiebre -dijo Mariño al general Soler, casi al oído, mientras el diputado continuaba su estupenda peroración ante su popular auditorio-. A propósito de fiebre, ¿sabe usted general que el cura Gaete se nos va?

 

 

 

-He oído que está malo, ¿qué diablos tiene?

 

 

 

-Una fiebre cerebral espantosa.

 

 

 

-¡Hola!

 

 

 

-De muerte.

 

 

 

-¿Desde cuándo?

 

 

 

-Creo que hace cinco o seis días.

 

 

 

-¡Malo!

 

 

 

 

-¡En todo el delirio no habla sino de magnetismo; de Arana, de dos que dice él mismo que no quiere nombrar, de una porción de disparates!

 

 

 

-¿Y al Gobernador no lo nombra?

 

 

 

 

-No.

 

 

 

-Entonces puede morirse cuando quiera.

 

 

 

-Sin embargo, era un buen federal.

 

 

 

-Y mejor borracho.

 

 

 

 

-Dice usted bien, general, y es probable que el origen de su fiebre sea de alguna tranca.

 

 

 

 

-De todos modos, si Lavalle triunfa, el diablo se había de llevar al fraile a las pocas horas.

 

 

 

-Y a muchos con él.

 

 

 

-¿A usted y a mí por ejemplo?

 

 

 

-Puede ser.

 

 

 

-Todo puede ser.

 

 

 

-Y no es eso lo peor.

 

 

 

-¿Cómo, general?

 

 

 

-Digo que es lo peor el que no podemos asegurar que no triunfará.

 

-Cierto.

 

 

 

-Lavalle es arrojado.

 

 

 

-Pero tenemos triple número de fuerza.

 

 

 

 

-Yo he tomado el cerrito de la Victoria con un tercio de fuerza de la que defendía su altura.

 

 

 

-Pero eran españoles

 

 

 

 

-¡Pues! Eran españoles. Lo que quiere decir, señor Mariño, que sabían batirse y morir peleando.

 

 

 

-No son menos valientes nuestros soldados.

 

 

 

 

-Lo sé. Y luego, pueden ser vencidos como lo fueron los españoles, a pesar de su valor.

 

 

 

-Pero la justicia está de nuestra parte.

 

 

 

-Sobre el campo de batalla no hay justicia, señor Mariño.

 

 

 

-Tenemos el entusiasmo.

 

 

 

-Ellos también.

 

-De manera que...

 

 

 

-De manera que se van a batir, y el diablo sabe quién ganará.

 

 

 

-General, estamos de acuerdo.

 

 

 

-Ya lo sé.

 

 

 

-He querido saber sus opiniones de usted a ese respecto.

 

 

 

-Ya lo sé también.

 

 

 

-No me admira esa perspicacia, general; usted ha vivido mucho en la revolución.

 

 

 

-Me he criado en ella.

 

 

 

 

-Pero nunca habría habido en ella un cataclismo peor que el que sufriríamos los federales, si triunfase Lavalle.

 

 

 

-Sería asunto concluido.

 

 

 

-Para todos.

 

 

 

-Especialmente para usted y para mí, señor Mariño.

 

 

 

-¿Especialmente?

 

 

 

-Sí.

 

 

 

-¿Y por qué, general?

 

 

 

-¿Con franqueza?

 

 

 

-Sí, con franqueza.

 

 

 

-Porque a mí me aborrecen no sé por qué, y a usted por mashorquero.

 

 

 

-¡Oh!

 

 

 

-Yo sé que no deben quererme.

 

 

 

-Y yo sé que no soy mashorquero, en el sentido de esa palabra.

 

 

 

 

-Bien puede ser, pero como no hemos de tener un tribunal que nos juzgue, tendremos que hacernos matar o emigrar.

 

 

 

 

-¡Y la emigración debe ser una cosa terrible, general Soler! -exclamó Mariño meneando la cabeza.

 

 

 

-Esa es la palabra; yo la he sufrido varias veces, y sé que es terrible.

 

 

 

-Entonces es preciso que todos resistamos hasta lo último.

 

-Quién sabe si podremos contar con todos.

 

 

 

-También tengo esa duda.

 

 

 

-Las defecciones son cosas naturales en todas las revoluciones.

 

 

 

-¡Ah, y los enemigos encubiertos son los peores!

 

 

 

-Los más terribles.

 

 

 

-Pero a mí no se me escapan... Ahí tiene usted uno.

 

 

 

-¿Quién?

 

 

 

-Ese que entra.

 

 

 

-Pero ése es un muchacho.

 

 

 

 

-Sí, es muchacho de veinte y cinco años. Todo el mundo lo cree el mejor federal, pero para mí no es otra cosa que un unitario disfrazado.

 

 

 

-Eso no vale nada.

 

 

 

-Ya lo sé, pero es unitario.

 

 

 

-¿Su nombre?

 

 

 

-Bello; Daniel Bello; es hijo de un verdadero federal; hacendado, socio de los Anchorenas; y de gran prestigio en la campaña.

 

 

 

-Entonces está bien guardado.

 

 

 

-El mozo este es además muy protegido de Salomón; y entra y sale en todas partes.

 

 

 

-Entonces, mi amigo, es preciso saludarlo -dijo el general Soler.

 

 

 

-Sí; pero ya está apuntado -contestó Mariño, y ambos volvieron a los grupos.

 

Capítulo X

 

 

 

Continuación del anterior

 

Era en efecto Daniel Bello el que había entrado al salón de Rosas; y después de atravesar por entre los concurrentes dando fuertes apretones de mano a derecha e izquierda, fue a hacer sus reverencias a Manuela y a las federales damas de su corte.

 

 

 

 

Daniel llegaba vestido a la rigorosa moda de la Federación; es decir, venía de chaqueta, chaleco punzó, grandes divisas y sin guantes. Pero la chaqueta estaba perfectamente cortada, con doble botonadura, y vueltas de terciopelo negro en las mangas; sus botas eran de lustroso charol, su chaleco de rico casimir; sus manos eran delicadas, manos mujeriles puede decirse, y su cara la que le conocemos: bella, inteligente y sobre cuya sien pálida caían sus lacios y lustrosos cabellos, más oscuros que sus ojos castaños, que a veces, con la luz vivísima de su mirada, parecían ser del gris semioscuro de los ojos de Cristóbal Colón, según nos los describe el hijo del célebre almirante. Y todas estas condiciones reunidas eran más que suficientes para que Daniel fuera bien recibido de las damas; damas, por otra parte, que no podían menos de mirar complacidas aquel hermoso joven que era de los pocos que a esa época usaban el chaleco punzó de la Federación. Y ellas, pues, que sabían la jactancia de las unitarias por los hermosos y elegantes jóvenes que había en su partido, miraban con cierto orgullo a aquel que en el de ellas podía rivalizar en todo con el más bien apuesto unitario.

 

 

 

 

En el acto la señora del médico Rivera hizo un lugar en el sofá en que estaba, pero tan estrecho que Daniel habría tenido que sentarse sobre alguna parte del turgente muslo de la abundante hermana de Su Excelencia. Crimen político que estuvo muy lejos de querer cometer, y prefirió una silla al otro extremo del sofá, junto a Manuela.

 

 

 

 

Mercedes no retrocedió, sin embargo. Se levantó, tomó una silla, se sentó al lado de Daniel, y su primer saludo fue darle un fuerte pellizco en un brazo, diciéndole al oído.

 

 

 

-¿Se ha hecho el que no ha visto, no?

 

 

-He visto que está usted muy buena moza, señora -la contestó Daniel creyendo darla lo que buscaba. Pero quería más.

 

 

 

-Desde ahora le digo una cosa.

 

 

 

-Hable usted, señora.

 

 

 

 

-Que quiero que me acompañe cuando nos vayamos. Porque hoy deseo hacer rabiar a Rivera yendo con un buen mozo; porque es celoso como un turco; no me deja ni respirar. Yo le he de contar todo esto, ahora cuando nos vayamos.

 

 

 

-Tendré mucho honor, señora.

 

 

 

-Bueno. Hablemos fuerte ahora para que no se fijen.

 

 

 

 

Manuela reclinaba su brazo en uno de los dos del sofá, y Daniel había elegido la silla que se juntaba con el ángulo en que estaba la joven, e inclinándose un poco podía conversar con ella sin ser oído de los demás. Así lo hizo y la dijo:

 

 

 

 

-Si alguien gozara la felicidad y el honor de un interés especial por usted, señorita, esta casa sería un rival peligroso.

 

 

 

-¿Porqué, señor Bello? -contestó Manuela con candidez.

 

 

 

 

-Porque la numerosa concurrencia diaria que hay en ella distraería mucho la imaginación de usted.

 

 

 

-No -contestó Manuela con prontitud.

 

-Perdón, señorita: yo tengo el atrevimiento de poner en duda esa negativa.

 

 

 

-Y, sin embargo, he dicho la verdad.

 

 

 

-¿Cierto?

 

 

 

-Cierto: yo hago por no oír, y por no ver.

 

 

 

-Es una ingratitud entonces -dijo Daniel sonriendo.

 

 

 

-No, es una retribución.

 

 

 

-¿De qué, señorita?

 

 

 

-¿Cree usted que mi silencio, o mi displicencia, les pueda disgustar?

 

 

 

-¿Y cómo no creerlo?

 

 

 

 

-Entonces yo les retribuyo el disgusto que ellos me causan con estarme hablando siempre de una misma cosa, que por otra parte yo no quisiera oír nunca.

 

 

 

 

-Pero hablan del señor Gobernador; de la causa que es común a todos; hablan por el entusiasmo que los anima.

 

 

 

-No, señor Bello, hablan por ellos mismos.

 

 

 

 

-¡Oh!

 

 

 

-¿Lo duda usted?

 

 

 

-Me sorprende a lo menos.

 

 

 

-¡Porque usted no ocupa mi triste lugar todos los días!

 

 

 

-Bien puede ser por eso.

 

 

 

 

-Eche usted la vista sobre cuantos aquí hay, y, a excepción de usted, yo no sé cuál de los que están esta noche en mi presencia ha venido con otro objeto que el de darse valimiento de federal a mis ojos, para que yo se lo repita a tatita.

 

 

 

-Sin embargo, ellos sirven fielmente a nuestra causa.

 

 

 

-No, señor Bello, ellos nos hacen mal.

 

 

 

-¿Mal?

 

 

 

 

-Sí; porque ellos hablan más de lo que debieran, y quizá no obran con la buena fe que yo quisiera para la causa de mi padre. Además, ¿usted cree que yo estoy contenta con estas mujeres y estos hombres que me rodean?

 

 

 

-Cierto. Usted tiene más talento que todos ellos.

 

 

 

-No hablo de talento; hablo de educación.

 

 

 

-Comprendo que deba mortificar a usted mucho la ausencia de otra sociedad.

 

 

 

-Hasta mis primeras amigas me han abandonado.

 

 

 

-La época quizá.

 

 

 

 

-No, es esta gente, cuya sociedad tengo que aceptar porque tatita lo quiere. Creo que es usted la única persona de calidad que me visita.

 

 

 

-Sin embargo, aquí veo personas muy distinguidas.

 

 

 

 

-Pero que se han empeñado en hacerse peores que las que no lo son, y lo han conseguido.

 

 

 

-¡Es terrible cosa!

 

 

 

 

-Me fastidian, señor Bello. Paso la vida más aburrida de este mundo. No oigo hablar sino de sangre y de muerte a estos hombres y a estas señoras. Yo sé bien que los unitarios son nuestros enemigos. ¿Pero qué necesidad hay de estarlo repitiendo a cada momento con esas maldiciones que me enferman: y sobre todo, con la expresión de un odio que yo no creo, porque toda esta gente es incapaz de pasiones? ¿Qué necesidad, además, de venir aquí mismo a atormentarme la cabeza con esas cosas, impidiendo así que se me acerquen las personas de mi sexo, o los amigos que yo quisiera?

 

 

 

 

-Es cierto, señorita -dijo Daniel con el tono más sencillo del mundo-. Es cierto; a usted le hacen falta algunas jóvenes de su edad y de su educación, que la distrajeran y la hicieran olvidar un momento los sobresaltos en que vive en esta época terrible para todos.

 

 

 

-¡Oh, cómo sería feliz entonces!

 

 

-Conozco una mujer cuyo carácter se armonizaría perfectamente con el de usted, la comprendería y la querría.

 

 

 

-¿Sí?

 

 

 

-Una mujer que simpatizó con usted desde el primer momento en que la vio.

 

 

 

-¿De veras?

 

 

 

-Que no hay un día que no me haga alguna pregunta relativa a usted.

 

 

 

-¡Oh! ¿Y quién es?

 

 

 

-Una mujer que es tan desgraciada, o más que usted misma.

 

 

 

-¿Tan desgraciada?

 

 

 

-Sí.

 

 

 

 

-No; no hay en el mundo ninguna más desgraciada que yo -dijo Manuela exhalando un suspiro y bajando húmedos sus ojos.

 

 

 

-Usted siquiera no es calumniada.

 

 

 

 

-¿Que no soy calumniada? -exclamó Manuela alzando su cabeza y fijando sus ojos resplandecientes sobre Daniel-. Es lo único que yo no les perdonaré a los enemigos de mi padre, que hayan hecho pedazos mi reputación de mujer, por espíritu de venganza

 

 

política. ¡Y que calumnia, Dios mío! -exclamó Manuela llevando la mano a sus vivísimos ojos.

 

 

 

 

Las conversaciones de los grupos eran tan animadas, que el diálogo de los dos jóvenes no era percibido, sino espiado de vez en cuando por las miradas de Doña María Josefa y de Mariño.

 

 

 

 

-El tiempo ha de desvanecer todo eso, amiga mía -dijo Daniel con un tono de voz tan insinuativo y tierno, que Manuela no pudo menos de darle las gracias con una mirada dulcísima-. Pero el tiempo es, por el contrario, el mayor enemigo de la persona de quien hablamos.

 

 

 

-¿Cómo? Explíquelo usted.

 

 

 

-El tiempo la hace mal, porque cada instante que pasa agrava su situación.

 

 

 

 

-¿Pero qué hay? ¿Quién es? -preguntó la joven con una prontitud propia de su carácter impaciente y vivo.

 

 

 

-La calumnian políticamente. La hacen aparecer como unitaria y la persiguen.

 

 

 

-¿Pero quién es?

 

 

 

-Amalia.

 

 

 

-¿Su prima de usted?

 

 

 

-Sí.

 

-¿Y la persiguen?

 

 

 

-Sí.

 

 

 

-¿Por orden de tatita?

 

 

 

-No.

 

 

 

-¿De la policía?

 

 

 

-No.

 

 

 

-¿Y de quién?

 

 

 

-Del que la persigue.

 

 

 

-¿Pero quién puede perseguirla?

 

 

 

-Uno que se ha enamorado de ella, y a quien ella desprecia.

 

 

 

-Y...

 

 

 

 

-Perdón... y hacen valer la Federación y el respetable nombre del Restaurador de las Leyes, como instrumentos de una venganza innoble e interesada.

 

 

 

 

-¡Ah!, ¿quién es?, ¿quién es el que la persigue?

 

 

 

-Perdón, señorita, no puedo decirlo todavía.

 

 

 

-Pero yo quiero saberlo para decirlo a tatita.

 

 

 

 

-Alguna vez lo sabrá usted. Pero tenga usted entendido que es persona de grande influencia.

 

 

 

-Tanto más criminal entonces, señor Bello.

 

 

 

-Lo sé.

 

 

 

-Una cosa.

 

 

 

-Hable usted, señorita.

 

 

 

-Quiero que traiga usted a Amalia.

 

 

 

-¿Aquí?

 

 

 

-Sí.

 

 

 

-No vendrá.

 

 

 

-¿No vendrá a mi casa?

 

 

-Es algo excéntrica, y se hallaría muy mal entre tan numerosa concurrencia, como la que rodea a usted, señorita.

 

 

 

-La recibiré sola... Pero no, yo no tengo libertad para estar sola.

 

 

 

-Además, ella teme un insulto desde que su casa ha sido registrada.

 

 

 

-¡Pero es inaudito!

 

 

 

 

-Además también, ella ha dejado su linda quinta de Barracas por algunos días; y a pesar del retiro en que vive, está inquieta, sobresaltada.

 

 

 

-¡Infeliz!

 

 

 

-Usted, sin embargo, podría hacerla un gran servicio.

 

 

 

-¿Yo? Hable usted, Bello.

 

 

 

 

-Una carta de usted que ella pudiera enseñarla a quien se presentara sin orden del señor Gobernador.

 

 

 

-¿Y habrá quien ose hacerlo sin orden de tatita?

 

 

 

-Lo han hecho ya.

 

 

 

-Bien, escribiré mañana mismo.

 

 

-Yo me atrevería a pedir a usted que, al escribir esa carta, recordase que todos deben guardarse bien de tomar el nombre del general Rosas y de la Federación para cometer injusticias e inferir insultos.

 

 

 

 

-Bien, bien, comprendo -dijo Manuela radiante de alegría, con encontrar una ocasión en que poder hacer sufrir al amor propio de aquellos que la incomodaban a todas horas.

 

 

 

 

-Nuestra conversación, que yo sostengo con tanto placer -continuó Manuela-, se prolonga demasiado para no despertar celos en toda esta gente a quien yo tengo que atender sin distinción de personas, según la voluntad de tatita.

 

 

 

 

-Sus deseos de usted son órdenes que yo respeto. ¿Pero usted me promete no olvidar la carta?

 

 

 

-Sí; mañana mismo la tendrá usted.

 

 

 

-Bien. Gracias.

 

 

 

 

Manuela no se había equivocado; el diálogo con Daniel empezaba a despertar celos en aquella especie de perros hambrientos de alguna sobra del banquete federal a que asistían todas las noches, y cuya reina bacanal debía ser Manuela, la pobre víctima de la loca ambición del que la dio la vida.

 

 

 

 

La noche estaba fría, pero Garrigós empezaba a sudar desde la frente, cubierta por la máscara de la hipocresía, hasta su cuello sumergido dentro su inmensa corbata; tal era cuanto había perorado aquel discípulo de fray Gerundio de Campazas; y toda la concurrencia esperaba que Manuela acabase su conversación particular, para irse a su casa a referir a sus allegados las palabras, las sonrisas, las acciones con que habían sido honrados por la señorita Doña Manuelita Rosas y Ezcurra.

 

 

En efecto, no bien Daniel se volvió a Mercedes, y Manuela a la esposa de Mariño, cuando sucesivamente fueron llegando a despedirse de ella cuantos allí había; haciendo cada uno un cumplimiento a su modo. El uno la hacía un juramento de morir por ella y por su padre; el otro la ofrecía una cabeza; aquél unas orejas; y más de uno la ofrecía trenzas de las salvajes unitarias; todo para cuando llegara el día de la venganza de los federales.

 

Capítulo XI

 

 

 

De cómo empezó para Daniel una aventura de fábulas

 

Por más de un momento Daniel llegó a creer con toda buena fe que se hallaba de veras en el infierno. Se puede imaginar, pues, lo que oiría entre aquellas gentes, cuya sociedad buscaba Rosas para su hija.

 

 

 

 

Manuela, aunque acostumbrada a este coro, se ruborizaba, sin embargo, de que Daniel oyese aquel lenguaje que se le tributaba como homenaje debido a su posición. Pero con esa elocuencia que aquél poseía en sus miradas, diola resignación por varias veces, acabando de convencerla de que había en él una remarcable superioridad sobre los otros.

 

 

 

 

La sala quedó al fin despejada, y la señora Doña Mercedes Rosas y Rivera levantóse para retirarse. Y con aquella su candidez característica la dijo abrazándola:

 

 

 

-Con que, hijita, me voy, y me llevo a Bello para hacer rabiar a Rivera.

 

 

 

Manuela fingió sonreírse.

 

 

 

 

-No me deja, mujer -continuó la primera-, está como nunca. Anoche hasta me pellizcó; pero yo nada... lo he de hacer rabiar, hasta que deje de celarme.

 

 

 

-¿Con que se va usted, tía?

 

 

 

-Sí, hijita, pues, hasta mañana.

 

 

 

 

Y Mercedes imprimió sus labios y sus rubios lunares en la pálida mejilla de su sobrina.

 

 

 

-Adiós, Manuelita. Descanse usted -la dijo Daniel dándola la mano, y con una expresión tan dulce y consoladora, que tocada la sensibilidad de aquella desgraciada criatura, sus ojos se anublaron de lágrimas al quedarse completamente sola en su salón.

 

 

 

 

Mercedes, entretanto, enlazó su brazo al de su compañero, y ambos atravesaron el gran patio, salieron a la calle de Restaurador, y doblaron luego hacia el correo.

 

 

 

 

La noche estaba fría. El pobre Daniel iba en cuerpo, pero el calor de la rabia que llevaba al verse tomado por asalto, le impedía felizmente echar de menos su capa.

 

 

 

-No, no vayamos tan ligero -dijo Mercedes.

 

 

 

-Como usted quiera, señora -contestó Daniel.

 

 

 

-Sí, vamos despacio. Y ¡ojalá que encontrásemos a Rivera!

 

 

 

-¡Sí, sí, ojalá!

 

 

 

-¡Cómo rabiaría!

 

 

 

-¿Es posible?

 

 

 

-¡Toma!

 

 

 

-¿Y, por supuesto, que me la quitaría a usted?

 

 

-¡Qué! Vea usted. Voy a contarle una cosa. La otra noche me encontró que venía de lo de Agustina con un mozo. Me vio; y atravesó a la vereda de enfrente. Yo que lo conocí en el acto, ¿qué le parece a usted que hice?

 

 

 

-Lo llamaría usted.

 

 

 

 

-¡Qué! Nada. Me hice la que no lo había visto. Empecé a caminar y doblar calles. Casi perdí un zapato que me había enchancletado. Pero, nada; siempre doblando calles; y Rivera sigue que sigue, por la vereda de enfrente. Yo conocía que venía ardiendo, y dale; a propósito lo hacía; hablaba despacio; me paraba de cuando en cuando; me reía de repente, hasta que al fin llegamos a casa, después de haber andado más de una hora, con Rivera por detrás. Allí fue la buena: gritó, hasta que más no pudo; pero al cabo tuvo que venirse a las buenas; se hincó, me besó la mano; y después...

 

 

 

 

-Y después quedarían las paces hechas, como entre dos buenos esposos -la dijo Daniel interrumpiéndola, y persuadido ya, que lo mejor era sacar un alegre partido de la conversación con aquella original criatura. La más original, sin duda, en la familia de Rosas, donde todos los caracteres tienen alguna novedad; la más original, pero la menos ofensiva, y la de mejor corazón. Con ese apellido, tan histórico desgraciadamente, ninguna mujer ha obrado el mal; y ningún hombre ha dejado, más o menos, de hacer sentir los arranques de su carácter despótico.

 

 

 

 

-Y después quedarían las paces hechas, como entre dos buenos esposos -había dicho Daniel.

 

 

 

-¡Qué, no! Después se fue a acostar a su cuarto.

 

 

 

-¿Ah, tienen ustedes cuarto aparte?

 

 

 

-Hace más de dos años.

 

-¿Sí?

 

 

 

 

-Y es por eso que lo hago rabiar. Yo paso unas soledades terribles, pero no cedo. Porque, mire usted, yo soy una mujer de pasiones violentas. Tengo una imaginación volcánica; y no he encontrado todavía quien me comprenda.

 

 

 

-¿Pero, señora, y su marido de usted?

 

 

 

-¿Mi marido?

 

 

 

-Pues, el señor Rivera.

 

 

 

-¡Marido, marido! ¿Pero hay cosa más insoportable que un marido?

 

 

 

-¿Es posible?

 

 

 

-No hay nada más prosaico.

 

 

 

-¡Ah!

 

 

 

-Más material.

 

 

 

-¿Sí?

 

 

 

-Jamás la comprenden a una.

 

 

 

 

-¡Pues!

 

 

 

-Además, Rivera es tonto.

 

 

 

-¿También?

 

 

 

-Pues, como todo hombre de ciencia.

 

 

 

-Así es.

 

 

 

-¡Oh, si fuera un poeta, un artista, un joven de pasiones ardientes!

 

 

 

-¡Ah, entonces!

 

 

 

 

-¡Ah!, yo soy muy desgraciada, muy desgraciada; yo que tengo un corazón volcánico y que comprendo todos los secretos del amor.

 

 

 

-Cierto, es una desgracia ser como usted es, Merceditas.

 

 

 

-Así se lo digo todos los días en su cara.

 

 

 

-¿A quién?

 

 

 

-A Rivera, pues.

 

 

 

-¡Ah!

 

-Se lo digo, sí, y a gritos.

 

 

 

-¿Lo que me ha dicho usted a mí?

 

 

 

-Y mucho más.

 

 

 

-¿Y él qué le dice a usted, señora?

 

 

 

-Nada. ¿Que ha de decirme?

 

 

 

-¿Y no la hace a usted algo?

 

 

 

-¡Qué! Si no puede hacer nada.

 

 

 

-¡Es muy bueno ese señor Rivera!

 

 

 

 

-Sí, es muy bueno, pero no me sirve. Yo necesito un hombre de imaginación ardiente; un hombre de talento. ¡Oh, un hombre así, para que nos enloqueciésemos juntos!

 

 

 

-¡Santa Bárbara, señora!

 

 

 

-Sí: que nos enloqueciésemos; que estuviésemos juntos todo el día; que...

 

 

 

-¿Qué más, señora?

 

 

-Que nos encerrásemos, aunque Rivera se enojase, y allí compusiéramos versos, y leyésemos juntos todas mis obras.

 

 

 

-¿Ah, es usted autora?

 

 

 

-¡Pues no!

 

 

 

-Superior.

 

 

 

-Estoy escribiendo mis memorias.

 

 

 

-Magnífico.

 

 

 

-Desde antes de nacer.

 

 

 

-¡Cómo! ¿Escribía usted sus obras antes de nacer?

 

 

 

 

-No; cuento mi historia desde esa época, porque mi madre me refirió, que desde que estaba embarazada de cinco meses, ya le saltaba en el vientre, hasta el extremo de no dejarla dormir. Nací llena de pelo; y desde que tuve un año, ya hablaba de corrido. No hay pasión por que no haya pasado en el curso de mi vida, y tengo un cajón de la cómoda lleno de cartas y rulos de pelo.

 

 

 

-¿Y el señor Rivera no anda por ese lado?

 

 

 

-¡Toma! Cuando lo quiero hacer rabiar, y él está viendo la calavera...

 

 

 

 

-¿Qué?

 

 

 

-Sí, pues, hombre. Una calavera vieja que tiene en su cuarto; y en la que se pone a estudiar no sé qué cosas.

 

 

 

-¡Ah!

 

 

 

-Pues, como le decía; cuando le siento en su cuarto, ¿sabe lo que hago?

 

 

 

-Vamos a ver.

 

 

 

 

-Entreabro la puerta de su cuarto para que me vea por la rendija, y yo abro la cómoda y empiezo a sacar las cartas y a leer en el primer renglón de cada una:

 

 

 

Mi querida Mercedes.

 

Ídolo de mi vida

 

Mi adorada Merceditas.

 

Merceditas de todo mi corazón.

 

Incomparable Mercedes.

 

Merceditas, luz de mis ojos.

 

Mi Mercedes, estrella de mi vida.

 

Rubiecita de toda mi alma.

 

Y en fin, un millón de cartas, de cuando era soltera, que sería nunca acabar si las dijera.

 

 

 

-¿Y hasta qué época ha llegado usted en sus memorias?

 

 

 

-Ayer he empezado a describir el día en que salí de cuidado por primera vez.

 

 

 

-¡Importante capítulo!

 

 

 

-Es una de las curiosidades de mi vida.

 

 

 

-Pero, señora, eso es muy común.

 

 

 

 

-¡Qué! Si fue una cosa asombrosa. Imagínese usted que salí de cuidado haciendo versos, y sin conocer el trance en que estaba.

 

 

 

-¡Admirable constitución!

 

 

 

-Así tuve mi primer hijo, y la mitad es en verso y la mitad en prosa.

 

 

 

-¿Quién, el niño?

 

 

 

-No, la obra, pues; las memorias.

 

 

 

-¡Ah!

 

 

 

-Sólo este zonzo de Rivera no les quiere dar mérito.

 

 

 

-Será un hombre frío.

 

 

 

-¡Como una nieve!

 

-Material.

 

 

 

-¡Como una piedra!

 

 

 

-Sin espíritu.

 

 

 

-¡Por supuesto!

 

 

 

-Prosaico.

 

 

 

-¡Ni leer sabe los versos siquiera!

 

 

 

-Un hombre sin corazón.

 

 

 

-¡Diga usted que es un zonzo, y lo ha dicho todo!

 

 

 

-Pues bien, diré, con el debido permiso de usted, que su marido es un zonzo.

 

 

 

 

-Eso es. Pero mire usted, asimismo lo quiero. Todas las mañanas él mismo va al mercado, y se viene con cuanto sabe que a mí me gusta. Me recuerda dándome palmadas, y me echa en la cama todo cuanto trae. Después, si el pobre se enoja alguna vez, se viene a las buenas.

 

 

 

-Es una excelente condición.

 

 

 

 

-No tiene más, sino lo que le he dicho. No sirve para nada; y yo necesito un hombre frenético; un joven, de talento, varonil; que no me deje un solo instante.

 

 

-Señora, vamos que ya estamos cerca -dijo Daniel viendo que su compañera acortaba cada vez más el paso.

 

 

 

-Sí, vamos. Le voy a leer a usted algo de mis memorias.

 

 

 

-Perdón, señora, pero...

 

 

 

-No hay pero que valga.

 

 

 

-Ya es muy tarde, señora.

 

 

 

-No, no, si no ha de haber venido Rivera todavía.

 

 

 

-Dispense usted, Merceditas, me es imposible.

 

 

 

-Sí, sí, ha de entrar.

 

 

 

En este momento llegaron a la puerta de la casa.

 

 

 

-Otro día.

 

 

 

-No, ahora.

 

 

 

-Me esperan en casa.

 

 

 

-¿Es alguna cita?

 

 

 

-No, señora.

 

 

 

-¿No es mujer?

 

 

 

-No, señora.

 

 

 

-Júremelo.

 

 

 

-Doy a usted mi palabra.

 

 

 

-Entonces, entre.

 

 

 

-No puedo, lo repito, señora, no puedo.

 

 

 

-¡Ingrato!

 

 

 

 

Daniel dio una docena de furiosos golpes con el llamador, a fin de que vinieran cuanto antes a sacarlo del trance en que se hallaba.

 

 

 

-Pero qué, ¿de veras no entra usted? ¿Desprecia usted la lectura de mis memorias?

 

 

 

-Otro día, señora.

 

 

 

-Bien, pero ese día será mañana.

 

-Haré lo posible.

 

 

 

-Mire, hay un pato que dejó Rivera para cenar; entre, vamos a comérnoslo.

 

 

 

-¡Señora, si yo no ceno nunca!

 

 

 

-¡Entonces, mañana!

 

 

 

-Puede ser.

 

 

 

-Bien; voy a tener listos los capítulos más interesantes de mis memorias.

 

 

 

-Buenas noches, Merceditas.

 

 

 

 

-Hasta mañana -contestó ella; y Daniel echóse, no a andar, sino a correr, luego que cerróse la puerta, y quedó en su casa la hermana de Su Excelencia el Restaurador de las Leyes, mujer todavía fresca, de hermoso busto y de un color alabastrino, pero de un carácter el mas romántico posible, sirviéndonos de una expresión de aquella época, usada para definir todo lo que salía del orden natural de las cosas. Y mientras nuestro héroe sigue corriendo y riéndose como un muchacho, no podemos menos de pasar con el lector a ciertos días anteriores a éste, para poder tomar y seguir el hilo de esta historia.

 

Capítulo XII

 

 

 

El despertar del cura Gaete

 

Aquel día tan fatal para Don Cándido Rodríguez, en que vio frustrada su tentativa de embarque clandestino, y en el momento en que se acercaba a la casa de Daniel, destilando agua todavía de sus empapadas botas y calzones, su discípulo acompañaba hasta la puerta de la casa al presidente de la Sociedad Popular Restauradora, que había venido en solicitud de una representación federal que la Sociedad debía dirigir al Ilustre Restaurador de las Leyes, ofreciéndole de nuevo sus vidas, honor y fama durante la espantosa crisis que provocaban los inmundos, traidores, asquerosos unitarios. Representación que le fue ofrecida por Daniel en el acto, con un calor y una elocuencia federal que dejó atónito al hermano de aquel enojadizo Don Genaro, que retribuía con leñazos el respetable nombre de Salomón, con que querían honrarlo los muchachos: la representación le debía ser enviada al siguiente día.

 

 

 

 

Y lleno de seguridad de que su nombre, después que firmase ese memorable documento, pasaría de generación en generación, a recibir los aplausos de la más remota posteridad, se despedía de su joven amigo, decidido a darle también honor, vida y haberes, como modelo que era del más acendrado federalismo. Y se despedía de él, cuando llegaba el muy respetable secretario privado de Su Excelencia el gobernador delegado.

 

 

 

-¡Daniel! -exclamó Don Cándido tomando del brazo a su discípulo.

 

 

 

-Entremos, mi querido maestro.

 

 

 

 

-No, salgamos -le contestó queriendo retenerle en el zaguán. Pero Daniel lo tomó del brazo y muy amablemente lo introdujo a la sala.

 

 

 

-¡Daniel!

 

 

 

 

-¿Sabe usted, señor, que me asusta la entonación de su voz y el modo de mirarme?

 

 

 

-¡Daniel! Estamos perdidos.

 

 

 

-No todavía.

 

 

 

-Pero nos perdemos.

 

 

 

-Es posible.

 

 

 

 

-¿Y no eres tú quien ha preparado esta suerte impía, calamitosa, adversa, que pesa y gravita sobre nosotros?

 

 

 

-Puede ser.

 

 

 

-¿Y sabes lo que hay?

 

 

 

-No.

 

 

 

-¿Pero no te lo dice la conciencia?

 

 

 

-No.

 

 

 

-¡Daniel!

 

 

 

 

-Señor, yo estoy de buen humor esta tarde, pero parece que viene usted a quitármelo.

 

 

-¿De buen humor, y pendiente está sobre tu cabeza, y sobre la mía, que es lo peor, la ensangrentada guadaña de la negra parca?

 

 

 

 

-Lo que me pone de mal humor no es eso, porque ya lo sé, sino el que usted no me dice lisa y llanamente lo que hay; que va emplear media hora de circunloquios, ¿no es verdad?

 

 

 

-No, oye.

 

 

 

-Oigo.

 

 

 

-Seré rápido, violento, súbito en mi discurso.

 

 

 

-Adelante.

 

 

 

-Tú sabes que soy secretario privado del ministro, ahora gobernador delegado.

 

 

 

-Estoy.

 

 

 

 

-Voy todas las mañanas, y escribo lo que hay que copiar, aunque con trabajo; pues has de saber que la escritura, la buena escritura, pertenece únicamente a la edad juvenil, o más propiamente dicho, a los treinta años, pues que antes de esa época de la vida el pulso está muy inquieto, y después, la vista está muy débil y poco flexibles los dedos; efecto es todo esto de la sangre que, según dicen, corre con más o menos celeridad, según los años en que está el hombre, y según la salud, aunque en mi opinión...

 

 

 

-¡Santa Bárbara bendita! Me va usted a hacer una disertación.

 

-Retrogrado.

 

 

 

-Bien.

 

 

 

-Me circunscribiré.

 

 

 

-Mejor.

 

 

 

 

-Esta mañana, pues... -Y Don Cándido hizo a Daniel la relación de cuanto le había ocurrido en lo de Arana, en el convento y en el muelle, empleando una buena media hora en unos doscientos adjetivos y un buen par de docenas de episodios.

 

 

 

 

Daniel oía, meditaba y formaba su plan con aquella rapidez de percepción y de cálculo que le conocemos.

 

 

 

 

-¿Conque se incomodó mucho con la cosa del sonambulismo? -preguntó a Don Cándido con los ojos fijos en el suelo, y su mano jugando maquinalmente con su barba.

 

 

 

-Mucho; primero estaba perplejo, indeciso, fluctuante: después se irritó y...

 

 

 

 

-¿Y miraría sucesivamente al señor Don Felipe y a usted durante esa perplejidad de que usted habla?

 

 

 

-Sí, puso una cara que me parecía de un loco.

 

 

 

-Dudaba... Es criminal y es ignorante, luego es susceptible a la superstición.

 

 

 

 

-¿Qué estás hablando entre dientes, Daniel?

 

 

 

-Nada, estoy sonámbulo.

 

 

 

-¿Y no es terrible?...

 

 

 

 

-¿Doña Marcelina le ha dicho a usted que el cura Gaete quedaba durmiendo la siesta?

 

 

 

-Sí.

 

 

 

-¿Qué hora sería?

 

 

 

-Tres y media a cuatro.

 

 

 

-Son las cinco y cuarto -dijo Daniel viendo su reloj.

 

 

 

-Y que había comido con las sobrinas de Doña Marcelina.

 

 

 

-Entonces ha bebido mucho -continuó Daniel como para sí mismo.

 

 

 

-Y bien, ¿qué dices? ¿Qué hacemos?

 

 

 

 

-Salir y andar de prisa -dijo Daniel levantándose, y pasando a su alcoba, donde tomó sus pistolas y su capa.

 

 

 

Volvió a la sala y dijo a Don Cándido:

 

-Vamos, señor.

 

 

 

-¿Adónde?

 

 

 

 

-A salvarnos de la persecución de Gaete, porque éstos no son momentos de vivir con gente a las espaldas.

 

 

 

-¿Pero dónde vamos? ¿Corremos acaso algún peligro?

 

 

 

 

-Vamos, señor, o de lo contrario esta noche o mañana tiene usted que habérselas con el cura Gaete y dos o tres de sus amigos.

 

 

 

-¡Daniel!

 

 

 

-¡Fermín! Cierra; si alguien viene, que estoy ocupado.

 

 

 

 

Y Daniel, después de dar esta orden a su fiel criado, se embozó en su capa; y, con Don Cándido arrastrado magnéticamente, enfiló la calle de la Victoria, dobló hacia Barracas, luego hacia el este, después de andar algunas cuadras, y fue a salir a la plaza de la Residencia, en los momentos en que el sol se ponía.

 

 

 

 

-Daniel -dijo Don Cándido con tono melancólico y voz trémula-, nos aproximamos a la calle de Cochabamba.

 

 

 

-Justamente.

 

 

 

 

-Pero, ¿y si nos ven de la casa de esa mujer estrafalaria, que habla con todas las tragedias en la boca?

 

-Mejor entonces.

 

 

 

-¿Qué es lo que dices?

 

 

 

-Que vamos a esa casa.

 

 

 

-¿Yo?

 

 

 

-Usted y yo.

 

 

 

-No, no dirá la historia que allí murió Don Cándido Rodríguez.

 

 

 

 

Y nuestro amigo dio un golpe con su caña de la India en el suelo, y dando luego media vuelta a la derecha, se disponía a volver por el camino que había andado.

 

 

 

Daniel, sin desembozarse, le tomó del brazo fuertemente, y le dijo:

 

 

 

 

-Si usted vuelve, Gaete estará con usted esta noche; si usted escapa de Gaete, mañana lo mandarán a usted a Santos Lugares. Si usted me sigue y no hace otra cosa que amplificar cuanto yo haga y cuanto diga, usted está salvado entonces.

 

 

 

 

-¡Pero tú eres el diablo, Daniel! -dijo Don Cándido abriendo tamaños ojos y mirando a su discípulo.

 

 

 

-Puede ser. Vamos.

 

 

 

-¿Yo?

 

 

-Vamos -repitió Daniel sacudiendo el brazo de Don Cándido y clavando de sus brillantes ojos rayos tan fijos y tan firmes sobre las débiles pupilas de aquel su esclavo de voluntad, que, como a un golpe galvánico, aquella masa inerte en su albedrío siguió al joven sin responder una palabra.

 

 

 

 

A pocos minutos de marcha Daniel y su compañero llegaron a la puerta de Doña Marcelina en la calle de Cochabamba, como sabe el lector.

 

 

 

 

La puerta tenía abierta una de sus hojas, y en el pequeño patio no se veía a nadie; la calle estaba solísima.

 

 

 

El joven tomó la hoja de la puerta y la cerró, quedando él y Don Cándido en la calle.

 

Después de cerrada tocó suavemente el picaporte.

 

 

 

Nadie salió.

 

 

 

 

Volvió a llamar un poco más fuerte; y entonces el ruido de un crujiente vestido de seda le hizo conocer que se acercaba la dueña de aquella solitaria mansión.

 

 

 

 

La puerta entreabrióse, y Doña Marcelina, toda desprendida, y en desorden sus espesos y denegridos rizos, asomó su redonda y moreniza cara, en quien la expresión de la sorpresa puso su sello al ver los huéspedes que acababan de tocar sobre las puertas de su Edén.

 

 

 

 

Pero la inspiración dramática no se cortaba jamás en aquella hija de la literatura clásica, y su estupor no le impidió la aplicación de un verso de la Argia:

 

 

 

-Solo, sin armas,

 

¿Qué pretendéis hacer? Volved al campo.

 

-¿Se ha despertado Gaete?

 

 

 

-Sus miembros fatigados

 

Gozan del sueño la quietud sabrosa,

 

-respondió Doña Marcelina.

 

 

 

 

-Adelante, pues -dijo Daniel empujando suavemente a Doña Marcelina, y arrastrando a Don Cándido en los momentos en que pasaba por su mente la idea de tomar la carrera.

 

 

 

-¿Qué hacéis, temerario? -exclamó Doña Marcelina.

 

 

 

-Cerrar la puerta.

 

 

 

Y en efecto corrió el cerrojo de ella.

 

 

 

 

La fisonomía de Daniel tenía en aquel momento la expresión de una resolución vigorosa.

 

 

 

Doña Marcelina estaba estupefacta.

 

 

 

 

Don Cándido creía llegada su última hora, y una especie de cristiana resignación empezaba a esparcirse por su alma.

 

 

 

-¿Cuáles de las sobrinas de usted están en casa?

 

 

 

-Gertruditas solamente; Andrea y las otras acaban de salir.

 

 

 

-¿Dónde está Gertrudis?

 

 

 

-Está peinándose en la cocina, porque el fraile está en el aposento, y yo estaba en la sala reclinada en mi lecho.

 

 

 

 

-Bien. Usted es una mujer de talento, Doña Marcelina; y con una sola mirada de su brillante imaginación alcanzará todo el cuadro que va a desenvolverse a sus ojos, o más bien a sus oídos, porque usted oirá todo desde la sala.

 

 

 

-¿Pero habrá sangre?

 

 

 

 

-No, usted me dará su opinión después, como literata. Quiero en el zaguán hablar con Gertruditas, cuando me disponga a salir.

 

 

 

-Bien.

 

 

 

-Traigo algo para ella y para usted.

 

 

 

-¿Pero dónde va usted a entrar?

 

 

 

-A ver a Gaete.

 

 

 

-¿A Gaete?

 

 

 

-Silencio.

 

 

 

 

Y Daniel tomó de la mano a Don Cándido y entró a la sala, mientras Doña Marcelina se fue a hablar a su Gertruditas.

 

 

La sala estaba casi en tinieblas, pero a la débil claridad, que entraba de la luz crepuscular por la rendija de un postigo, el joven se acercó a él, lo abrió y pudo entonces elegir el objeto que deseaba: éste no era otro que la inmensa colcha de zarazas del enorme lecho de Doña Marcelina, en que acababa de estar reclinada.

 

 

 

 

Daniel tomó la colcha, dio una punta a Don Cándido y le hizo señas de que la torciera a la derecha mientras él a la izquierda.

 

 

 

 

Don Cándido creyó con toda buena fe que se trataba de ahorcar al reverendo cura, y a pesar de todo el peligro que corría viviendo su enemigo, la idea de un asesinato le cuajó la sangre. Daniel, que adivinaba y estaba en todo, se sonrió y tomando la colcha ya torcida, miró a Don Cándido y puso su dedo índice sobre los labios. En seguida acercóse a la puerta del aposento y el ronquido áspero, sonoro y prolongado con que salía el aire pulmonar por la entreabierta boca del cura Gaete, le convenció de que allí se podía entrar sin muchas precauciones de silencio, y entró, en efecto, con Don Cándido pegado a su levita.

 

 

 

 

Entreabrió uno de los postigos que daban al patio, y a la débil claridad de la tarde distinguió al cura de la Piedad, tendido sobre un catre de lona, boca arriba, en mangas de camisa, cubierto con una frazada hasta medio cuerpo, y durmiendo y roncando a pierna suelta.

 

 

 

 

Tomó una silla, colocóla muy despacio a la cabecera, entre el catre y la pared, hizo señas a Don Cándido de pasar a sentarse en ella, y luego que vio que su maestro había obedecido maquinalmente, como estaba haciendo todo, puso él otra silla en el lado opuesto. En seguida dio a Don Cándido, por encima del dormido, una de las puntas de la colcha torcida, haciéndole seña de que la pasase por bajo del catre. Obedeció Don Cándido, y en diez segundos Daniel dejó perfectísimamente bien atado al dignísimo sacerdote de la Federación: atado por la mitad del pecho contra el catre, pero de tal modo que las puntas del nudo venían a quedar del lado en que el joven iba a sentarse.

 

 

 

 

Hecha esta operación, se acercó a la ventana y dejó apenas la suficiente luz para que los ojos que iban a abrirse distinguiesen los objetos; dio en seguida una de sus pistolas a Don Cándido, que la tomó temblando; le dijo al oído que repitiera sus palabras cuando le hiciera señas y se sentó.

 

 

 

Gaete roncaba estrepitosamente cuando Daniel exclamó con una voz sonora y hueca:

 

 

 

-¡Señor cura de la Piedad!

 

 

 

Gaete dejó de roncar.

 

 

 

-¡Señor cura de la Piedad!

 

 

 

 

Gaete abrió con dificultad sus abotagados ojos, dio vuelta lentamente su pesada cabeza, y al ver a Daniel, sus párpados se dilataron; una expresión de terror cubrió su rostro, y a tiempo de querer levantar la cabeza, exclamó Don Cándido del otro lado:

 

 

 

-¡Señor cura de la Piedad!

 

 

 

 

Es imposible poder describir la sorpresa de este hombre al dar vuelta hacia el lugar de donde salía esa nueva voz, y encontrarse con la cara de Don Cándido Rodríguez. Por un minuto estuvo volviendo su cabeza de derecha a izquierda; y como si quisiera convencerse de que no soñaba, hizo el movimiento de incorporarse, sin precipitación, como dudando, pero la banda que estaba atravesada sobre su pecho y sus brazos, le impidió levantar otra cosa que la cabeza, que inmediatamente cayó otra vez sobre la almohada. Pero esto no era todo. Al tiempo de descender la cabeza, Daniel puso la boca de su pistola sobre la sien izquierda, y Don Cándido, a un seña del joven, puso la suya sobre la sien derecha; y todo esto sin hablar una palabra, sin hacer un gesto, y sin moverse cada uno de su posición.

 

 

 

El fraile cerró los ojos, y una palidez mortal cubrió su frente.

 

 

 

Daniel y Don Cándido retiraron las pistolas.

 

 

-Señor cura Gaete -dijo el joven-, usted ha entregado su alma al demonio, y nosotros, a nombre de la justicia divina, vamos a castigar al que ha cometido tamaño crimen.

 

 

 

 

Don Cándido repitió las últimas palabras de Daniel, con una entonación y énfasis a que él quería dar todos los visos de sobrenaturales.

 

 

 

Un sudor abundante y frío empezó a correr por las sienes del cura Gaete.

 

 

 

 

-Usted ha jurado asesinar a dos personas que se nos parecen; y antes de que usted cometa ese nuevo crimen, vamos a mandarlo a los infiernos. ¿Es verdad que usted ha hecho la intención de asesinar esos dos individuos, juntándose con tres o cuatro de sus amigos?

 

 

 

El fraile no respondía.

 

 

 

-¡Responda usted!

 

 

 

 

-¡Responda usted! -dijeron Daniel y Don Cándido, poniendo otra vez la boca de sus pistolas sobre las sienes del fraile.

 

 

 

-Sí; pero yo juro por Dios...

 

 

 

 

-¡Silencio! No nombre usted a Dios -dijo Daniel cortando la voz trémula y hueca del espantado fraile, cuyo semblante empezó a cubrirse de un color rojo, salpicándosele la frente de manchas amoratadas.

 

 

 

 

-¡Apóstata, renegado, impío, tu hora ha llegado, mi poderosa mano va a descargar el golpe! -exclamó Don Cándido, que habiendo comprendido que ya no había peligro quería portarse como un héroe.

 

 

 

-¿De dónde iba usted a sacar los compañeros con que pensaba cometer ese crimen? -preguntó Daniel.

 

 

 

Gaete no contestó.

 

 

 

-¡Responded! -gritó Don Cándido con una voz sonora.

 

 

 

-¡Responded! -gritó Daniel al mismo tiempo.

 

 

 

 

-Iba a pedírselos a Salomón -contestó el fraile sin abrir los ojos y con una voz cada vez más trémula.

 

 

 

Su respiración empezaba a hacerse difícil.

 

 

 

-¿Qué pretexto iba usted a darle?

 

 

 

El fraile no respondió.

 

 

 

-Hable usted.

 

 

 

 

-Hable usted -repitió Don Cándido poniendo de nuevo su pistola sobre la sien de Gaete.

 

 

 

-¡Por Dios! -exclamó, queriendo incorporarse, y volviendo a caer sobre la almohada.

 

 

 

-¿Tiene usted miedo?

 

 

 

-Sí.

 

 

 

-Pues usted va a morir -dijo Don Cándido.

 

 

 

 

Un rugido, acompañado de un sacudimiento de cabeza, se escapó del oprimido pecho de aquel hombre: su sangre empezaba a afluir copiosamente a su cerebro.

 

 

 

 

-Usted no morirá si se convence de que jamás se ha encontrado en esta casa con las personas a quienes quiere perseguir -dijo Daniel.

 

 

 

 

-¿Pero y ustedes quiénes son? -preguntó el fraile abriendo los ojos y volviendo con dificultad de uno a otro lado la cabeza.

 

 

 

-Nadie.

 

 

 

-Nadie -repitieron maestro y discípulo.

 

 

 

 

-Nadie -exclamó Gaete volviendo a cerrar los ojos, y sufriendo un golpe de convulsión en todos sus miembros.

 

 

 

-¿No comprende usted lo que le ha pasado y lo que le pasa ahora mismo?

 

 

 

Gaete no respondió.

 

 

 

 

-Usted está sonámbulo, y su destino es morir en ese estado el día mismo en que intente hacer el menor daño a las personas que cree estar viendo.

 

 

-Sí -exclamó Don Cándido-, estáis sonámbulo, y moriréis sonámbulo, de muerte horrible, desgarradora, cruenta, el día que penséis siquiera en las respetables personas a quienes teníais sentenciadas. La justicia de Dios está pendiente sobre vuestra cabeza.

 

 

 

 

Gaete apenas entreoía. Un segundo sacudimiento convulsivo indicó a Daniel que un accidente apoplético estaba cercano de aquel miserable; y desatando entonces el nudo de la colcha que le oprimía el pecho, hizo una seña a Don Cándido y ambos salieron en puntas de pie: Gaete no los oyó salir.

 

 

 

 

Doña Marcelina y Gertruditas habían oído todo desde la puerta de la sala, y trémulas estaban con la risa.

 

 

 

 

-Doña Marcelina -la dijo Daniel en el zaguán-, su talento de usted es suficiente para adivinar cómo debe continuarse esta escena.

 

 

 

-Sí, sí; el sueño de Orestes, o el de Dido con Siqueo.

 

 

 

-Justamente. Eso es lo que ha tenido: un sueño, y nada más.

 

 

 

 

-Gertruditas, esto es para usted -continuó Daniel poniendo un billete de 500 pesos en manos de la sobrina de la ilustrada tía, que lo tomó no sin oprimir ligeramente aquella mano de que tan a menudo recibían obsequios, sin que su hermoso dueño pidiese por ello ningún favor a los animados ojos de las cuatro sobrinas huérfanas y abandonadas en el mundo, como decía su respetable tía, en cuyas manos puso el joven otro billete del mismo valor, saliendo en seguida a la calle de Cochabamba.

 

 

 

 

Cuatro horas después de esta escena el cura Gaete tenía rapada a navaja toda su cabeza, sin sentir cuatro docenas de sanguijuelas que se entretenían en chuparle la sangre tras de las orejas y en las sienes; y cuatro días después el médico de Su Excelencia el Restaurador, y el doctor Cordero, no respondían aún de la importante vida del predicador federal.

 

 

Entretanto, Daniel estaba perfectamente libre de la persecución que lo amenazaba en esos momentos en que él necesitaba tanto de su seguridad, por su patria, por su querida y por sus amigos. Y como un cuerpo de reserva, en la noche de esa escena, le mandó al presidente Salomón su portentosa representación, advirtiéndole que había pasado toda la tarde ocupado en su importante redacción.

 

Capítulo XIII

 

 

 

La casa sola

 

Siguiendo el camino del Bajo que conduce de Buenos Aires a San Isidro, se encuentra, como a tres leguas de la ciudad, el paraje llamado Los Olivos, y también cuarenta o cincuenta árboles de ese nombre, resto del antiguo bosque que dio el suyo a ese lugar, en donde más de una vez acamparon en los años de 1819 y 20 los ejércitos de mil a dos mil hombres que venían a echar a los gobiernos, para al otro día ser echados a su vez los que ellos colocaban.

 

 

 

 

Los Olivos, sobre una pequeña eminencia a la izquierda del camino, permiten contemplar el anchuroso río, la dilatada costa, y las altas barrancas de San Isidro. Pero lo que sobre ese paraje llamaba más la atención en 1840, era una pequeña, derruida y solitaria casa, aislada sobre la barranca que da al río, a la derecha del camino: propiedad antigua de la familia de Pelliza, pleiteada entonces por la familia de Canaveri, y que era conocida por el nombre de la Casa Sola.

 

 

 

 

Abandonada después de algunos años, la casa amenazaba ruinas por todas partes, y los vientos del sudoeste que habían soplado tanto en el invierno de 1840 habrían casi completado su destrucción, si de improviso, y en el espacio de tres días, no hubieran refaccionádola, y héchola casi de nuevo como por encanto, en toda la parte interior del edificio, dejándole sin mínima compostura en toda su parte exterior.

 

 

 

 

¿Quién dirigía la obra? ¿Quién mandaba hacerla? ¿Quién iba a habitar esa casa? Nadie lo sabía, ni lo interrogaba en momentos en que, federales y unitarios, todos tenían que pensar en asuntos muy serios y personales.

 

 

 

 

Pero el hecho es, que las paredes, antes derruidas, quedaron en tres días primorosamente empapeladas, asegurados los tirantes; allanado el piso; nuevas las cerraduras de las puertas, y puéstose vidrios en todas las ventanas.

 

 

 

 

Y en aquella mansión que todo el mundo conocía por el nombre de la Casa Sola, habitada poco antes por algunas aves nocturnas; sobre cuyas cornisas abatidas

 

 

resbalaban las alas poderosas de nuestros vientos de invierno, mientras que al pie de la barranca en que se levantaba, se quebraban en las negras peñas las azotadas olas del gran río, confundiendo su salvaje rumor con el que hacían los viejos olivares mecidos por el viento, y apenas a tres cuadras de aquella solitaria y misteriosa casa; en ella, decíamos, se veía ahora el sello de la habitación humana; y lo que es más, de la habitación humana y culta.

 

 

 

 

Las pocas y pequeñas habitaciones estaban sencilla pero elegantemente amuebladas; y al áspero grito de la lechuza había sucedido allí el melodioso canto de preciosos jilgueros en doradas jaulas.

 

 

 

 

En el centro de la pequeña sala, un blanquísimo mantel de hilo cubría una mesa redonda de caoba, sobre la que estaban dispuestos tres cubiertos, y cuya porcelana y cristales reflectaban la luz de una pequeña pero clarísima lámpara solar.

 

 

 

 

Eran las ocho y media de la noche, y la luna, llena y pálida, se levantaba de allá, del horizonte del Plata, como una magnífica perla sacada del fondo de las aguas por la mano de Dios, y presentada al mundo.

 

 

 

 

Una franja de luz, desde el pie de la tierra viajera de la noche, atravesaba el río, y parecía, sobre su superficie movediza, una inmensa serpiente con escamas de nácares y plata.

 

 

 

 

La noche era apacible. Las estrellas poblaban el azul del firmamento, y una brisa sutil, y perfumada en los jardines de nuestro Paraná, pasaba por la atmósfera, como el suspiro enamorado de las sílfides que vagaban en aquel momento entre los tiernos rayos de la luna, bebiendo el éter y jugando con la luz diamantina pero tenue de nuestros astros meridionales.

 

 

 

 

Todo era soledad y poesía; todo diafanidad y calma en la Naturaleza, allí, a orillas de ese río, testigo tantas veces y en ese instante de la tormenta desencadenada en las pasiones de todo un pueblo.

 

 

Las olas se escurrían muellemente sobre su blando y arenoso lecho, y por un momento parece que el invierno había plegado sus nevosas y agostadoras alas: y en la brisa del norte un aliento primaveral se respiraba.

 

 

 

 

Al pie de la barranca, que declinaba suavemente hasta la orilla del río, parada sobre un pequeño médano, a pocos pasos del linde de las olas, una mujer contemplaba extática la aparición de la redonda luna, saliendo muellemente de las ondas. La serpiente de luz venía a quebrar sus últimos anillos junto aquella misteriosa criatura, y las aguas llegaban con respeto a derramar su blanca espuma en la arena en que se acolchonaba su delicado pie, con ese murmullo del mar tranquilo que parece el canto misterioso con que arrulla al genio del espacio, cuando duerme quieto sobre su lecho de olas.

 

 

 

 

Los ojos de esa mujer tenían un brillo astral, y su mirada era lánguida y amorosísima como el rayo de la cándida frente de la luna.

 

 

 

 

Sus rizos, agitados suavemente por el pasajero soplo de la brisa, acariciaban su mejilla, pálida como la flor del aire cuando el sol la toca; y los encajes de su cuello, descubriéndolo furtivamente, dejaban ver el alabastro de una garganta que, lejos de esas horas primeras de la noche, habría parecido una de esas columnas del crepúsculo matutino, que se levantan, blancas y trasparentes como el mármol de Ferrara, entre los estambres dorados del oriente.

 

 

 

 

Su talle, ceñido por un jubón de terciopelo negro, parecía sufrir con resistirse a las ligeras corrientes de la brisa y no doblarse como el delicado mimbre de la rosa; y los pliegues de su vestido oscuro, englobándose y desmayándose de repente, parecían querer levantar en su nube aquella diosa solitaria de aquel desierto y amoroso río.

 

 

 

 

Esa mujer era Amalia. Amalia, en quien su organización impresionable y su imaginación poética estaban subyugadas por el atractivo imperio de la Naturaleza, en ese momento y bajo esa perspectiva de amor, de melancolía y dulcedumbre, críspido el cielo por el millar de estrellas que, como un arco de diamantes, parecían sostener engarzada la trasparente perla de la noche, cuando todos los síntomas hiemales habían huido bajo una brisa del trópico. Y el alma sensible y delicada de la joven, sufriendo uno de esos delirios deleitables, que a menudo absorbían en ella y abstraían

 

 

su pensamiento, sólo oía y veía con su espíritu, lejos del mundo material de la vida, sumergida en ese otro sin forma ni color, donde campean los espíritus poetizados en los vuelos de su enajenación celestina.

 

 

 

 

Ella no veía ni oía con los sentidos, y el leve rumor que de repente hicieron las pisadas de un hombre cerca de ella no la hicieron volver su bellísima cabeza del globo argentino que contemplaba en éxtasis.

 

 

 

 

Un hombre había descendido de la barranca. Sus pasos, precipitados al principio, se moderaron luego, a medida que fue aproximándose a la solitaria visitadora de aquel poético lugar.

 

 

 

 

Una especie de contemplación religiosa pareció embargar el ánimo de ese hombre, cuando a dos pasos de Amalia cruzó sus brazos al pecho y se puso a admirarla en silencio. Pero un suspiro hizo traición de repente a su secreto, y, volviendo súbitamente la cabeza, la joven dejó escapar una exclamación de sus labios, a tiempo que su cintura quedó presa entre las manos de aquel hombre, arrodillado ante ella.

 

 

 

Ese hombre era Eduardo.

 

 

 

-¡Amalia!

 

 

 

-¡Eduardo!

 

 

 

Fueron las primeras palabras que exclamaron.

 

 

 

 

-¡Ángel de mi alma, cuán bella estás así! -dijo el joven continuando de rodillas a los pies de su amada, mientras sus manos oprimían su cintura, y sus ojos se extasiaban en la contemplación de su belleza.

 

 

 

 

-Pensaba en ti -dijo Amalia poniendo su mano sobre la cabeza de Eduardo.

 

 

 

-¿Cierto?

 

 

 

 

-Sí; pensaba en ti; te veía, pero no aquí, no en la tierra; te veía a mi lado en un espacio diáfano, azulado, bañado suavemente por una luz de rosa, respirando un ambiente perfumado, y embriagado de una armonía celeste que vibraba en el aire; te veía en uno de esos instantes de éxtasis en que una fuerza sobrenatural parece desprenderme de la tierra.

 

 

 

 

-¡Oh, sí, tú no eres de la tierra, alma de mi alma! -dijo Eduardo sentándose en el declive del pequeño médano y colocando a Amalia al lado suyo, su pie casi tocando las espumosas y rizadas ondas.

 

 

 

 

-Tú no eres de la tierra -continuó-. ¿No ves qué majestad, cuánta belleza sobre el pálido rostro de la luna? Pues hay mayor majestad, mayor encanto sobre tu frente alabastrina. ¿Ves esa luz que se diría que se difunde bajo la bóveda del cielo? Pues más bella es la luz de tus miradas, más tierna y melancólica que el rayo azul de estos diamantes de la noche. ¡Oh! ¡Por qué no puedo remontarme contigo al más espléndido de esos astros, y allí, coronada de luz, llamarte la reina, la emperatriz del universo! ¡Ah! ¡Cuánto te amo, Amalia, cuánto te amo! Con mis manos yo querría cubrir la delicada flor de tu existencia, para que los rayos del sol no ajaran su belleza; y con el aliento abrasado de mi pecho yo quisiera ausentar el invierno de tu lado...

 

 

 

-¡Eduardo! ¡Eduardo!

 

 

 

-¡Cuán bella estás, Amalia!

 

 

 

 

Y Eduardo echaba a la espalda los rizos de su amada para que todo su rostro fuese bañado por los rayos plateados de la luna.

 

 

 

-Eres feliz, Eduardo, ¿no es verdad?

 

 

-Luz de mi vida, yo no envidio a tu lado la existencia inefable de los ángeles... Mira: ¿ves aquel astro, al más brillante que tiene el firmamento? ¿Lo ves? Ese es el nuestro, Amalia; ésa la estrella de nuestra felicidad; ella irradia, y brilla y resplandece como nuestro amor en nuestras almas, como nuestra felicidad a nuestros propios ojos, como tu belleza irradia y brilla y resplandece a mi alma.

 

 

 

-¡No, no!...

 

 

 

-¡Amalia!

 

 

 

 

-¡No; es aquélla! -dijo la joven extendiendo su mano y señalando una pequeña y pálida estrella, que parecía pronta a sumergirse en el confín del río. Después, su espléndida cabeza se inclinó sobre el hombro de su amado, y sus ojos se clavaron sobre el cenit azul del firmamento.

 

 

 

-¡Eduardo! ¡Eduardo! -exclamó la joven con sus ojos fijos en las estrellas.

 

 

 

-Vivo para ti, Amalia.

 

 

 

-Tú me has reconciliado con la esperanza, Eduardo.

 

 

 

-Yo no envidio a tu lado la existencia inefable de los ángeles, Amalia.

 

 

 

-Yo he conocido a tu lado que la felicidad no era un delirio de mi vida.

 

 

 

-Vivir para ti, Amalia.

 

 

 

-Respirar siempre, siempre, un perfume de felicidad como ésta que nos embriaga.

 

-Beber tu risa.

 

 

 

-¡Oh!, soy feliz; sí, feliz.

 

 

 

 

-Oír siempre de tus labios una palabra de cariño... Amalia, la esplendidez del día, la melancólica hermosura de la noche, el universo entero desaparece a mis ojos cuanto tu imagen me preocupa; y como tu imagen está fija y grabada sobre mi alma, sólo Dios y tú existen para mi corazón... Tú me amas, ¿no es verdad? ¿Tú aceptas en el mundo mi destino, es verdad?

 

 

 

-Sí.

 

 

 

-¿Cualquiera que él sea?

 

 

 

-Sí, sí, cualquiera.

 

 

 

-¡Ángel de mi alma!

 

 

 

-Si eres feliz, yo beberé en tu sonrisa la ventura inefable de los ángeles.

 

 

 

-¡Amalia!

 

 

 

-Si eres desgraciado, yo partiré tus pesares; y...

 

 

 

-¿Y? Acaba.

 

 

 

 

-Y si el destino adverso que te persigue te condujera a la muerte, el golpe que cortara tu vida haría volar mi espíritu en tu busca...

 

 

 

Eduardo estrechó contra su corazón a aquella generosa criatura; y en ese instante, cuando ella acababa su última palabra inspirada del rapto de entusiasmo en que se hallaba, un trueno lejano, prolongado, ronco, vibró en el espacio como el eco de un cañonazo en un país montañoso.

 

 

 

 

La superstición es la compañera inseparable de los espíritus poéticos; y aquellos dos jóvenes, en ese momento embriagados de felicidad, se tomaron las manos y miráronse por algunos segundos con una expresión indefinible. Amalia al fin bajó su cabeza, como abrumada por alguna idea profética y terrible.

 

 

 

 

-No -la dijo Eduardo sacudiéndose de su primera impresión-. No... Esto habría sucedido de todos modos... Es efecto del calor extemporáneo que hemos tenido en este día de invierno; nada más, Amalia.

 

 

 

 

Una sonrisa dulce y melancólica vagó por los labios de rosa de la joven; y un suspiro se escapó silencioso de su pecho.

 

 

 

Eduardo continuó:

 

 

 

 

-La tempestad está muy lejos, Amalia. Y entretanto un cielo tan puro como tu alma sirve de velo sobre la frente de los dos. El universo es nuestro templo; y es Dios el sacerdote santo que bendice el sentido amor de nuestras almas, desde esas nubes y esos astros; Dios mismo que los sostiene con el imán de su mirada, y entre ellos el nuestro... sí... aquélla... aquélla debe ser la estrella de nuestra felicidad en la tierra...

 

¿No la ves? Clara como tu alma; brillante como tus ojos; linda y graciosa como tú misma... ¿La ves, mi Amalia?

 

 

 

 

-No... aquélla -contestó la joven extendido su brazo y señalando una pequeña y amortiguada estrella que parecía próxima a sumergirse en las ondas del poderoso Plata, tranquilo como toda la naturaleza en ese instante.

 

 

En seguida, Amalia reclinó de nuevo su cabeza sobre el hombro de su amado como una blanca azucena que se dobla al soplo de la brisa, y se reclina suavemente sobre el tallo de otra. Sus ojos luego quedaron fijos sobre el diáfano cendal del firmamento.

 

 

 

 

 

Eduardo la contemplaba embelesado. Y las olas continuaban desenvolviéndose y derramando su blanca espuma, como pliegues vaporosos de blanco tul que se agitan en derredor del talle de una hermosa, a los pies de esos amantes tan tiernos y tan combatidos de la fortuna, olas cuyo rumor asemejaba al cerrar de un abanico cuando con mano perezosa lo abre y cierra una beldad coqueta.

 

 

 

 

-¿Por qué me separas tus ojos, luz de mi alma? -la dijo Eduardo después de un momento de silencio.

 

 

 

 

-Oh, no... Yo te miro... yo te miro en todas partes, Eduardo -respondióle la joven mirándolo con una sonrisa encantadora.

 

 

 

-Pero tú has cambiado, alma mía.

 

 

 

-¿Yo?

 

 

 

-Sí, tú.

 

 

 

-Te engañas, Eduardo, yo no cambio jamás.

 

 

 

-Esta vez, sí... Hace un momento que radiabas de felicidad y de amor... y ahora...

 

 

 

-¿Y ahora?

 

-El brillo de esa felicidad se ha ennublecido.

 

 

 

 

-Es porque la felicidad es un cristal que se empaña de repente con nuestro propio aliento.

 

 

 

-¿Desconfías acaso de nuestra suerte?

 

 

 

-Sí.

 

 

 

-¿Por qué, mi Amalia, por qué?

 

 

 

-No sé... ¡Qué quieres!... Han empezado tan tristemente nuestros amores.

 

 

 

-Y qué nos importa todo eso si vivimos el uno para el otro.

 

 

 

 

-¿Y cuál es el instante que hemos tenido de tranquilidad desde que se cambiaron nuestras miradas?

 

 

 

-No importa, somos felices.

 

 

 

 

-¡Felices! ¿No está pendiente la muerte sobre ti? ¡Oh! ¿Y sobre mí, porque yo vivo en ti?

 

 

 

-Pero pronto seremos felices para siempre.

 

 

 

-¡Quién sabe!

 

-¿Lo dudas?

 

 

 

-Sí.

 

 

 

-¿Por qué, mi Amalia?

 

 

 

 

-Aquí; aquí hay una voz que me habla no sé qué, pero que yo interpreto tristemente-dijo Amalia poniendo la mano sobre su corazón.

 

 

 

 

-¡Supersticiosa! -dijo Eduardo tomando aquella mano que había estado sobre el corazón de su amada y llenándola de besos.

 

 

 

 

-¿No es singular -continuó la joven-, no es singular que en el momento de hablar de una desgracia, en medio de esa aparente tranquilidad de la Naturaleza, un trueno haya retumbado en el espacio como una fatídica confirmación de mis palabras?

 

 

 

-¿Y por qué hemos de complicar a la Naturaleza con nuestra mala fortuna?

 

 

 

-No sé... pero... yo soy supersticiosa, Eduardo; tú lo has dicho.

 

 

 

 

Y una nueva sonrisa dulce y tierna pasó otra vez jugando por la preciosa boca de la tucumana, descubriendo sus bellos y blanquísimos dientes.

 

 

 

En seguida levantóse, y dijo a Eduardo:

 

 

 

-Vamos.

 

 

 

 

-No, todavía.

 

 

 

-Sí, vamos; es tarde, y Daniel puede haber llegado quizá.

 

 

 

 

Y Amalia, con esa superioridad regia que acompañaba todas sus maneras, atrajo a Eduardo suavemente hasta ella. La mano del joven rodeó la cintura de la bien amada de su alma, mientras el brazo de ésta reposaba sobre el hombro: y, asidos de ese modo, los dos amantes empezaron a ascender la barranca, paso a paso, hablando con los labios y los ojos, hasta que llegaron a la aislada y desierta Casa Sola.

 

Capítulo XIV

 

 

 

Aparición

 

Según las órdenes de Amalia ninguna luz se veía en la casa. Las puertas de las habitaciones estaban cerradas, a excepción de las que daban al río, porque por ese lado era seguro que no pasaba nadie de noche.

 

 

 

 

A su entrada a la pequeña sala Luisa vino a recibir a su señora, y el viejo Pedro asomó su cabeza por una ventana interior para ver que volvía sin novedad la hija de su coronel.

 

 

 

-¿No ha venido Daniel?

 

 

 

-No, señora: nadie ha venido después del señor Don Eduardo.

 

 

 

 

Pocos momentos hacía que la linda viuda y su gallardo amante conversaban siempre de sus amores y de sus promesas para lo futuro, cuando Pedro, que vigilaba el camino desde una ventana de su cuarto a oscuras, se asomó a la puerta de la sala, y dijo:

 

 

 

-Ahí vienen.

 

 

 

-¡Vienen! ¿Quiénes? -preguntó Amalia sobresaltada.

 

 

 

-El señor Don Daniel y Fermín.

 

 

 

-¡Ah! Bien, cuidado con los caballos.

 

 

 

 

-Daniel es nuestro ángel custodio, Eduardo.

 

 

 

-¡Oh, Daniel, Daniel no tiene semejante entre los hombres! -dijo el joven con cierto aire de vanidad, al tributar aquel homenaje de justicia al amigo de su infancia.

 

 

 

 

Vivo, alegre, desenvuelto como siempre, Daniel entró a la sala de su prima, cubierto con un pequeño poncho que le llegaba al muslo solamente, atada al cuello una cinta negra sobre la que caían los cuellos de su camisa, descubriendo su varonil garganta.

 

 

 

 

-Los amantes no comen; y esta bobería es una felicidad para mí -dijo, haciendo desde la puerta una cortesía a su prima, otra a su amigo, y otra a la mesa en que, como sabe el lector, estaban prontos tres cubiertos.

 

 

 

-Te esperábamos -dijo la joven sonriendo.

 

 

 

-¿A mí?

 

 

 

-Con usted se habla, señor Don Daniel -dijo Eduardo.

 

 

 

 

-¡Ah! ¡Muchas gracias! Son ustedes las criaturas más amables del mundo. ¡Y cómo se habrán cansado de esperarme! ¡Qué fastidiados habrán pasado el tiempo!

 

 

 

-Así, así -le respondió Eduardo meneando la cabeza.

 

 

 

-¡Ya ustedes no pueden estar solos un momento sin fastidiarse...! ¡Pedro!

 

 

 

-¿Qué quieres, loco?

 

 

 

 

-La comida, Pedro -dijo Daniel quitándose su poncho, sus guantes de castor, sentándose a la mesa y echando un poco de vino de Burdeos en un vaso.

 

 

 

-¡Pero, señor, eso es una impolítica! Se ha sentado usted a la mesa antes que esta señora.

 

 

 

 

-¡Ah! Yo soy federal, señor Belgrano, y pues que nuestra santa causa se sentó sin cumplimiento en el banquete de nuestra revolución, bien puedo yo sentarme sin ceremonia en una mesa que es otra perfecta revolución: platos de un color, fuentes de otro; vasos, sin copas de champagne; la lámpara casi a oscuras, y una punta del mantel cayendo al suelo, como el pañuelo de mi íntima amiga la señora Doña Mercedes Rosas de Rivera.

 

 

 

 

Amalia y Eduardo, que sabían ya la aventura de Daniel, dieron libre curso a su risa y vinieron a sentarse a la mesa donde Pedro acababa de poner la comida, a las diez de la noche, en aquella casa en que todo era romanesco y extraño.

 

 

 

 

-Y bien; antenoche te comprometiste con esa señora a hacerla ayer una visita y oír sus memorias; según nos lo dijiste anoche, ayer faltaste a tu palabra de caballero, pero supongo que hoy habrás reconquistado tu buen nombre.

 

 

 

-No, mi querida prima -dijo Daniel trinchando una ave.

 

 

 

-Has hecho mal.

 

 

 

 

-Puede ser; pero no iré a casa de mi entusiasta amiga, hasta no tener el honor de presentarme en ella con Eduardo.

 

 

 

-¿Qué? -preguntó Amalia frunciendo las cejas.

 

 

 

-¡Conmigo! -exclamó Eduardo.

 

-Pues no creo que haya aquí otro que se llame Eduardo.

 

 

 

 

-No pierda usted esa ocasión, señor Belgrano -dijo Amalia con ese tono y ese gestito que emplean las mujeres cuando quieren decir a su querido: «Dios lo libre a usted de hacer tal cosa.»

 

 

 

-Amalia, yo no he perdido el juicio todavía -le respondió Eduardo.

 

 

 

 

-A fe de Daniel que es una desgracia: yo no he conocido mucho juicio acompañado de mucha suerte.

 

 

 

 

-¡Ah!, ahora me explico tu excesiva fortuna -dijo Amalia, queriendo vengarse de Daniel.

 

 

 

 

-¡Cabal!, como dice el respetable presidente Salomón; y si Eduardo tuviera menos juicio sabría aprovechar la poderosa protección que se le presenta en la difícil situación en que vive; es decir, haría una visita a la hermana del Restaurador de las Leyes; leería con ella sus memorias; comería con ella antes que Rivera; se encerraría con ella en la sala mientras Rivera comía, y después... y después ya no habría que temer de Doña María Josefa, ni de nadie.

 

 

 

-Vamos, Eduardo, aproveche usted.

 

 

 

-Amalia, ¿no conoce usted a Daniel?

 

 

 

-¡Quién sabe si él tiene motivos para hablar así!

 

 

 

 

-Eso es, prima mía, eso es: nunca se hacen aberturas sino cuando hay presunción de que serán aceptadas. ¿Qué dice usted, Eduardo?

 

 

-Digo, Daniel, que me hagas el favor por todos los santos del cielo de mudar de conversación.

 

 

 

 

Amalia tenía una cara tan seria, y Eduardo había encapotado su mirada cuando habló a Daniel, que éste no pudo menos que soltar una estrepitosa carcajada que desarmó a los jóvenes haciéndoles conocer que se burlaba de ellos.

 

 

 

 

-¡Son impagables! -exclamó Daniel riéndose todavía-; Florencia es menor que tú, Amalia; yo soy menor que Eduardo, y sin embargo, Florencia y yo tenemos más juicio que ustedes, sin comparación; apenas nos enojamos tres veces por semana; pero eso es calculado por mí para tener tres reconciliaciones.

 

 

 

-¿Pero la haces sufrir, entonces?

 

 

 

 

-Para hacerla gozar, Amalia; porque no hay felicidad comparable a la que sucede al enojo entre dos personas que se aman de corazón; y si yo consigo que ustedes se enojen tres veces por semana...

 

 

 

 

-No, no, gracias, Daniel, gracias -dijo Eduardo con tal viveza que hizo sonreír de placer a aquella mujer querida, a quien quería ahorrarle la juguetona oferta de su amigo.

 

 

 

-Como quieras, yo no hago sino ofrecer.

 

 

 

-Y bien, Daniel, hablemos de cosas serias.

 

 

 

-Lo que será un prodigio en esta casa.

 

 

 

-¿Has sabido de Barracas?

 

 

-Sí, todavía no han asaltado la casa, lo que es una cosa prodigiosa en tiempo de la santa causa de los federales.

 

 

 

-¿Ha cesado el espionaje?

 

 

 

 

-Hace tres noches que no va nadie, lo que también es raro entre los federales; yo he estado esta mañana. Todo está en el mismo orden que lo hemos dejado hace quince días. He hecho poner una nueva llave a la verja; y tus fieles negros que cuidan la quinta duermen mucho de día para vigilar de noche; y si alguien va se hacen los dormidos, pero ven y oyen, que es lo que yo quiero.

 

 

 

-¡Oh, mis viejos criados, yo los compensaré alguna vez!

 

 

 

 

-Ayer los mandó llamar Doña María Josefa; estuvieron con ella esta mañana temprano, pero los pobres no han podido decirla sino lo que saben; es decir, que no estás en la casa, y que ignoran dónde te hallas.

 

 

 

-¡Oh, qué mujer, qué mujer, Eduardo!

 

 

 

-No, no es de ella de quien debemos vengarnos.

 

 

 

-Una cosa, sin embargo, conspira en nuestro favor.

 

 

 

-¿Cuál?

 

 

 

-¿Cuál? -preguntaron con prontitud.

 

 

 

 

-La situación pública. El Ejército Libertador está aún sobre la guardia de Luján, pero mañana 1º de setiembre seguirá sus marchas; Rosas no puede dar su atención sino a

 

 

los grandes peligros, y nadie se atrevería a importunarlo con chismografía individual; la persecución que se te hace, y la que continúa sobre Eduardo, es simplemente parcial, y en baja esfera; no hay órdenes de Rosas para ello; y la Mashorca, y todos los corifeos de la Federación, no quieren tomar posición más determinativa hasta saber los resultados de la invasión. Así es que, desde el suceso del 23, no hemos tenido nada notable en los últimos quince días; pero esa desgracia fue ordenada por Rosas.

 

 

 

-¿Pero qué desgracia? -preguntó Amalia llena de inquietud.

 

 

 

-Es un hecho horrible, característico de Rosas.

 

 

 

-Dilo, dilo, Daniel.

 

 

 

 

-Oye: un Ramos cordobés, hombre pacífico, abstraído e insignificante en política, llegó a nuestro Buenos Aires el 21 del corriente, trayendo una tropa de carretas desde la campaña del sur. Su mujer dio a luz, en la madrugada del 23, un niño muerto, quedando en un estado muy delicado. Ramos salió a la calle a hacer las diligencias para el entierro. Un comisario de policía le detuvo en ella, fue con él a casa de Ramos, donde sin consideración al estado de la familia, empezó el más minucioso e indecente rebusco, descerrajando muebles, y sin perdonar los colchones de la enferma. Aunque nada halló, tuvo que cumplir sus órdenes. Intimó a Ramos que le siguiese; salió con él y su partida; le sacó de la ciudad y le condujo a San José de Flores. Entonces le hizo saber que iba a morir, y que «Su Excelencia el Restaurador de las Leyes le concedía dos horas, para ponerse bien con Dios». Las dos horas pasaron y Ramos fue muerto a pistoletazos por la partida.

 

 

 

-¡Qué horror! -exclamó la joven cubriéndose los ojos con sus manos-. ¿Pero, y la mujer? ¿Qué es de esa desgraciada, Daniel?

 

 

 

-¿La mujer? Se ha enloquecido, prima mía.

 

 

 

 

-¡Loca!

 

 

 

-Sí, loca, y morirá pronto.

 

 

 

 

Eduardo hizo señas a su amigo de que mudase de conversación. Amalia se había puesto excesivamente pálida.

 

 

 

 

-Cuando hayamos pasado esta época terrible -continuó Daniel-, y vivamos juntos tú y Eduardo, mi Florencia y yo, entonces te diré, mi noble prima, cosas horribles que han pasado cerca de ti y que las ignoras. Es verdad que entonces seremos tan felices, que quizá no queramos hablar de desgracia ninguna. Vamos a beber por ese momento.

 

 

 

-Sí, sí.

 

 

 

 

-Sí, bebamos por nuestra dicha futura -contestaron Eduardo y Amalia acompañando a Daniel con una copa de vino.

 

 

 

 

-Apenas lo has probado, Amalia, pero yo y Eduardo hemos hecho tus veces, y hacemos bien, el vino vigoriza, y dentro de un momento vamos a correr tres leguas por la costa de nuestro río.

 

 

 

-¡Dios mío! Esto me inquieta -exclamó Amalia-, a esta hora...

 

 

 

-Hasta ahora hemos salido bien, y bien saldremos en adelante -dijo Eduardo.

 

 

 

-¿Y si esa confianza fuera demasiada?

 

 

 

 

-No, amiga mía, no. Los hombres de Rosas nunca andan solos, pero sus comitivas nunca pasan de seis u ocho hombres.

 

-¡Pero ustedes no son más que tres!

 

 

 

 

-Justamente, Amalia, y es porque somos tres que los mashorqueros necesitarían juntarse hasta el número de doce; cuatro por uno; entonces la cosa podría ser dudosa -le contestó Eduardo con una confianza tal, que casi llegó a inspirársela a su amada; pero esto fue momentáneo: una mujer enamorada no duda nunca del valor de su amado, pero no quiere jamás que lo ponga a prueba, y Amalia le dijo prontamente:

 

 

 

-Sin embargo, ustedes evitarán todo encuentro, ¿no es cierto?

 

 

 

 

-Sí, a menos que no se le ocurra a Eduardo recordar un poco su viejo frenesí por la esgrima. Por no soportar yo el peso de la espada que él trae todas las noches, me dejaría dar con otra igual.

 

 

 

-Yo no uso armas misteriosas, caballero -le contestó Eduardo sonriendo.

 

 

 

-Así será, pero son más eficaces; sobre todo, más cómodas.

 

 

 

 

-¡Ah, ya sé! ¿Qué arma es ésa, Daniel, que usas tú y con que has hecho a veces tanto daño?

 

 

 

-Y tanto bien, podrías agregar, prima mía.

 

 

 

 

-Cierto, cierto, perdona; pero respóndeme; mira que he tenido esta curiosidad muchas veces.

 

 

 

-Espera, déjame acabar este dulce.

 

 

 

 

-No te dejo ir esta noche, sin que me digas lo que quiero.

 

 

 

-Casi estoy por ocultártelo entonces.

 

 

 

-¡Cargoso!

 

 

 

-Vaya, pues; ahí está el arma misteriosa, como la ha llamado Eduardo.

 

 

 

 

Y Daniel sacó del bolsillo de su levita y puso sobre la mesa una varilla de mimbre de un pie de largo, y delgada en el centro, y en cuyos extremos había dos balas de fierro de seis onzas a lo menos cada una, cubierto todo por una red finísima de cuero de Rusia, sumamente espesa; arma que tomada por una de las balas, se blandía sin quebrarse el mimbre, y daba un peso y una fuerza triple al otro extremo, al más leve movimiento de la mano.

 

 

 

 

Amalia la tomó al principio como un juguete, pero luego que comprendió todo su poder mortífero la separó de sus manos.

 

 

 

-¿La has visto ya, mi Amalia?

 

 

 

-Sí, sí, guarda eso. Debe ser terrible un golpe dado con una de esas balas.

 

 

 

 

-Es mortal si se descarga sobre la cabeza, o sobre el pecho. Ahora te diré su nombre: en inglés se llama life preserver; en francés casse-tête; y en español no tiene un nombre especial, pero le aplicaremos el del francés, que es el mas expresivo, porque quiere decir, como tú sabes, rompe-cabezas. En Inglaterra esta arma es muy común; en una provincia de Francia la usan también; y Napoleón la hacía llevar en varios regimientos de caballería. Para mí tiene dos méritos: el uno, haber salvado a Eduardo con ella; el otro, estar pronta para salvarlo otra vez si llega el caso.

 

 

 

-¡Oh, no llegará! ¿No es verdad que no se expondrá usted, Eduardo?

 

 

-No, no me expondré; yo temo demasiado el verme imposibilitado de volver a esta casa.

 

 

 

-Y dice bien, porque es la única de que no lo echan.

 

 

 

-¿A él?

 

 

 

 

-¡Toma! ¿Pues no lo sabes ya, mi querida prima? Nuestro respetable maestro de primeras letras no lo echó a empujones, pero lo echó a discursos. Mi Florencia le dio hospedaje una noche, pero yo lo eché de allí. Un amigo nuestro quiso tenerlo dos días, pero su respetable padre no quiso hospedarlo sino día y medio; y por último, yo no he querido tenerlo sino dos veces, y con esta noche son tres.

 

 

 

-Pero he estado una en mi casa -dijo Eduardo con cierto énfasis.

 

 

 

-Sí, señor, es bastante.

 

 

 

 

Amalia se esforzaba en sonreírse, pero sus ojos estaban bañados de lágrimas. Daniel las percibió y dijo sacando su reloj:

 

 

 

-Las once y media: es preciso volvernos.

 

 

 

Todos se levantaron.

 

 

 

-¿El poncho y la espada de usted, Eduardo?

 

 

 

-Se los di a Luisa, creo que los ha llevado a una pieza interior.

 

 

Amalia pasó de la sala a la habitación contigua, y de ésta a otra; ambas sin ninguna luz artificial, alumbradas apenas por la claridad de la luna que penetraba a través de los cristales de las ventanas que daban hacia el camino de arriba, que pasaba entre los olivos y la Casa Sola.

 

 

 

 

Eduardo y Daniel se cambiaban algunas palabras cuando sintieron un grito de Amalia, y al mismo tiempo sus precipitados pasos hacia la sala.

 

 

 

 

Los dos jóvenes se precipitaban a las habitaciones, cuando las manos de la joven los detuvieron en el dintel de la puerta de comunicación.

 

 

 

-¿Qué hay?

 

 

 

-¿Qué hay? -preguntaron los dos amigos.

 

 

 

 

-Nada... no salgan todavía... no salgan esta noche -les respondió Amalia excesivamente pálido y descompuesto su semblante.

 

 

 

 

-¡Por Dios, Amalia! ¿Qué hay? -le preguntó Daniel con su impetuosidad natural, mientras Eduardo se esforzaba por entrar a las habitaciones oscuras, cuya puerta había cerrado Amalia y parádose delante de ella.

 

 

 

-Yo lo diré, yo lo diré; pero no entren.

 

 

 

-¿Pero hay alguien en esas piezas?

 

 

 

-No, nadie hay en ellas.

 

 

 

 

-¿Pero, prima mía, por qué has dado ese grito, por qué estás pálida?

 

 

 

-He visto un hombre arrimado a la ventana del cuarto de Luisa que da hacia el camino; creí al principio que sería Pedro o Fermín, me aproximé para convencerme, y descubierta por ese hombre al acercarme a los vidrios, dio vuelta precipitadamente, se cubrió el rostro con el poncho y se alejó casi a carrera, pero al separarse de la ventana los rayos de la luna alumbraron su cara y le conocí.

 

 

 

-¿Y quién era, Amalia? -preguntaron los dos jóvenes.

 

 

 

-¡Mariño! -exclamó Daniel, mientras Eduardo se torcía los dedos.

 

 

 

-Sí, él era, no me he engañado. No pude contenerme y di un grito.

 

 

 

 

-Todo nuestro trabajo está perdido -exclamó Eduardo paseándose precipitadamente por la sala.

 

 

 

 

-No hay duda, he sido seguido por él al salir de lo de Arana-dijo Daniel reflexionando.

 

 

 

 

En seguida el joven se asomó a la puerta que daba al río, y llamó a Pedro, que acababa de salir de la sala con el servicio de la mesa.

 

 

 

El veterano se presentó en el acto.

 

 

 

-Pedro, durante comíamos, ¿dónde estaba Fermín?

 

 

 

 

-No se ha movido de la cocina después que guardamos los caballos en el cuarto caído.

 

-¿Y ni usted, ni él han sentido cosa alguna en el camino, o cerca de la casa?

 

 

 

-Nada, señor.

 

 

 

 

-Sin embargo, un hombre ha estado largo rato, al parecer, contra las ventanas del aposento de Luisa.

 

 

 

 

El soldado llevó las manos a sus canos bigotes y, fingiendo retorcerlos, se dio un fuerte tirón de ellos.

 

 

 

 

-Usted no lo ha sentido, Pedro. Eso ha podido suceder, pero es necesario mayor vigilancia en adelante; llame usted a Fermín y entretanto ponga usted el freno al caballo que él monta.

 

 

 

Pedro salió sin responder una palabra, y al instante entró el criado de Daniel.

 

 

 

 

-Fermín, necesito saber si hay hombres a caballo entre los olivos; y si no están ahí, quiero saber qué dirección acaban de tomar, y cuántos eran; si de allí han salido, no hará cinco minutos cuando tú llegues.

 

 

 

 

Fermín se retiró, y en el acto Daniel, Amalia y Eduardo pasaron al aposento de Luisa, y abrieron la ventana, de donde se descubría el camino y los cuarenta o cincuenta árboles que aparecían a tres cuadras de la casa, como otros tantos fantasmas que visitaban aquel solitario paraje.

 

 

 

 

Pocos minutos hacía que estaban observando el camino en la dirección a los árboles cuando Amalia dijo:

 

 

 

-¿Pero por qué tarda en salir Fermín?

 

-Oh, está ya a muchas cuadras de nosotros, Amalia.

 

 

 

-Pero si no ha pasado y sólo por aquí se va al camino.

 

 

 

 

-No, mi hija, no; Fermín es buen gaucho, y sabe que al animal que dispara no se le persigue de atrás; estoy seguro que ha bajado la barranca, y que a tres o cuatro cuadras ha subido y dado vuelta hacia los olivos por el camino de arriba... Allí está, ¿lo ves?

 

 

 

 

En efecto, a dos cuadras de la Casa Sola, orillando el camino a la derecha y dejando un poco a la izquierda los olivos, se veía un hombre sobre un caballo oscuro que a galope corto seguía el camino; y un momento después se oyó la voz de ese hombre que cantaba una de esas melancólicas y espirituosas canciones de nuestros gauchos, todas diferentes en la letra, y semejantes en la música.

 

 

 

 

Después se le vio parar el galope y tomar el trote hacia los olivos, siempre cantando. Perdióse luego entre los árboles, y pocos instantes después se le vio salir de ellos como una exhalación, repasando en un minuto el camino que había andado.

 

 

 

-Corren a Fermín, Daniel.

 

 

 

-No, Amalia.

 

 

 

-Pero mira, ya no se ve.

 

 

 

-Comprendo todo.

 

 

 

 

-¿Pero qué comprendes? -preguntó Eduardo, que carecía de ese talento de observación que poseía Daniel en tan alto grado, y que le había hecho conocer la ciencia del gaucho como la de la civilización.

 

 

 

-Lo que comprendo es que Fermín no ha encontrado a nadie entre los olivos, que se ha bajado, que ha buscado algún rastro, que ha encontrado frescas indicaciones de caballos que acaban de tomar la dirección que él lleva, y que sigue por ella a convencerse de su presunción.

 

 

 

 

En seguida volvieron a la sala, y no haría diez minutos que estaban en la puerta de ella que daba hacia el río, cuando divisaron a Fermín, que venía volando por la playa. Subió la barranca a trote largo y vino a desmontarse delante de la puerta.

 

 

 

-Ahí van, señor -dijo con esa indolencia característica del gaucho.

 

 

 

-¿Cuántos?

 

 

 

-Tres.

 

 

 

-¿Por qué camino?

 

 

 

-Por el de arriba.

 

 

 

-¿Has distinguido los caballos?

 

 

 

-Sí, señor.

 

 

 

-¿Conoces alguno?

 

 

 

-Sí, señor.

 

-A ver.

 

 

 

 

-El que iba delante es el picazo de galope trabado, que monta el comandante Mariño.

 

 

 

Amalia miro sorprendida a Eduardo y a Daniel.

 

 

 

-Bien: baja los caballos a la orilla del río.

 

 

 

Fermín se retiró llevando el suyo de la brida.

 

 

 

-¡Pero qué! ¿Se van? -preguntó Amalia.

 

 

 

-Sin perder un momento -la respondió su primo.

 

 

 

-¿Y cómo la dejamos sola, Daniel?

 

 

 

-Fermín se quedará, y él y Pedro nos responderán de ella.

 

 

 

-Yo debo acompañar esta noche al jefe de día; y tú dormirás en mi casa.

 

 

 

 

-¡Dios mío, nuevos trabajos! -exclamó Amalia llevando sus manos a sus ojos, y oprimiendo sus párpados, como era su costumbre en los momentos en que sufría.

 

 

 

 

-Sí, nuevos trabajos, mi Amalia, ya esta casa no nos ofrece seguridad, será necesario buscar otra.

 

 

-Pero vamos pronto, Daniel -dijo Eduardo con una impaciencia tan marcada y una expresión tan dura en sus brillantes ojos de azabache, que Amaba creyó adivinar su pensamiento, y le cogió la mano diciéndole:

 

 

 

 

-Por mí, Eduardo, por mí -con tal dulcedumbre, con tal ternura en su mirada y en su voz, que Eduardo, por la primera vez, tuvo que desviar sus ojos de los de ella, para que el león no fuera fascinado por la maga.

 

 

 

 

-Descansa en mí, mi Amalia -la dijo Daniel imprimiendo un beso sobre su frente, como tenía de habitud al despedirse de ella; de esa criatura tan bella, tan noble, generosa, y tan desgraciada al mismo tiempo.

 

 

 

 

Eduardo apretaba la mano de su amada, y al mismo tiempo Pedro le daba su poncho y su espada, renegando entre sí mismo de no haber podido saludar con su tercerola al que vino a espiar las ventanas de la hija de su coronel.

 

 

 

 

La despedida fue casi silenciosa: cada uno allí estaba animado de distintos deseos, de distintas emociones:

 

 

 

 

Amalia sufría por verlos partir; Eduardo, porque veía que cada momento se ganaba terreno Mariño; y Daniel, porque no podía volverse dos hombres y velar por Amalia en el camino de San Isidro y por Eduardo en la ciudad.

 

 

 

 

Al pie de la barranca saltaron sobre sus caballos, y Fermín recibió orden de permanecer cerca de Amalia, hasta las seis de la mañana.

 

 

 

 

En seguida partieron a gran galope por el camino del Bajo, mientras Amalia los seguía con sus ojos, elevados al cielo cuando húbolos perdido de vista, buscando el propiciar a la divinidad con los sentidos ruegos de su purísima conciencia, bajo aquel magnífico y sagrado templo de la Naturaleza, que pocas horas antes había escuchado la expresión de amor de dos almas formadas por Dios, la una para la otra, y en el peligro a cada instante de ser separadas para siempre por la mano del hombre.

 

Capítulo XV

 

 

 

El jefe de día

 

-¡Es inútil, Eduardo! Vamos a reventar los caballos sin conseguir lo que deseas - decía Daniel, mientras que los caballos volaban.

 

 

 

-¿Y sabes lo que deseo?

 

 

 

-Sí.

 

 

 

-¿Qué?

 

 

 

-Alcanzar a Mariño.

 

 

 

-Sí.

 

 

 

-Pero no será.

 

 

 

-¿No?

 

 

 

 

-No lo conseguirás; y he ahí la razón por que me presto a tu capricho de que corramos como dos demonios por este camino, a riesgo de rompernos la cabeza de una rodada.

 

 

 

-Veremos si lo alcanzo.

 

 

 

 

-Nos lleva veinte minutos.

 

 

 

-No tanto.

 

 

 

-Y más.

 

 

 

-Al menos, diez hemos reconquistado ya.

 

 

 

-¿Y si lo alcanzáramos?

 

 

 

-A Roma por todo.

 

 

 

-¿Qué?

 

 

 

-Que le busco pendencia y lo atravieso de una estocada.

 

 

 

-¡Magnífica idea!

 

 

 

-Si no es magnífica, a lo menos es terminante.

 

 

 

-¿Olvidas que son cuatro?

 

 

 

-Aunque sean cinco; pero son tres solamente: él y sus dos ordenanzas.

 

 

 

-Son cuatro; Mariño, dos ordenanzas, y yo.

 

 

 

-¿Tú?

 

 

 

-Yo.

 

 

 

-¿Tú contra mí?

 

 

 

-Contra ti.

 

 

 

-En hora buena.

 

 

 

 

Tal era el diálogo de los jóvenes mientras hacían volar sus poderosos corceles; y ya habían andado legua y media de las tres que tenían que correr, cuando Daniel, que empezaba a temer que a tal carrera saliérase Eduardo con su loca idea, que era preciso evitar a todo trance, se aprovechó de la aparición de dos hombres a caballo que divisó hacia la derecha del camino, y que marchaban en la misma dirección que ellos.

 

 

 

 

-Ve ahí; allá van tres hombres, Eduardo..., a nuestra derecha... como a dos cuadras... ¿Los ves?

 

 

 

-Pero no son tres, son dos solamente.

 

 

 

-No; he visto tres... Es que están en línea con nosotros.

 

 

 

 

Eduardo no oyó más, y dio vuelta su caballo en dirección a los jinetes que distaban como quinientos pasos.

 

 

 

 

Sesgaba, pues, el camino, perdía tiempo, y era cuanto quería Daniel, que siguió siempre al lado de su amigo.

 

 

Los desconocidos, al ver a aquellos hombres que se venían sobre ellos a carrera tendida, tiraron las riendas a sus caballos, y esperaron lo que ocurriera.

 

 

 

 

Los jóvenes sentaron sus caballos a cuatro pasos de ellos; y Eduardo se mordió los labios al ver que eran un pobre viejo y un muchacho, los que le habían hecho perder cuatro o seis minutos de marcha recta; y sobre todo al comprender que había sido un artificio de Daniel.

 

 

 

 

Salir de su error, dar vuelta su caballo, y volver a tomar de nuevo la carrera, todo fue obra de un segundo.

 

 

 

 

Daniel, por ese cálculo frío con que sabía clasificar la importancia de los sucesos, equivocándose rara vez en su vida, tenía la seguridad de que no alcanzarían a Mariño llevándoles veinte minutos de delantera, en el corto camino de tres leguas; confiado en que el redactor de la Gaceta no era hombre de ir contemplando la Naturaleza, sino de correr aprisa para dejar cuanto antes aquellos solitarios caminos; y ya casi sin temor ninguno dejaba correr a Eduardo, persuadido de que no había otro inconveniente que el de dar una rodada, como lo había dicho.

 

 

 

 

Los caballos de Daniel eran superiores; de él era el que montaba Eduardo; pero al fin los pobres animales no podían andar tres leguas a carrera tendida, y poco a poco fueron desobedeciendo a sus amos, y perdiendo su fuerza.

 

 

 

 

Seguían, sin embargo, incitándolos, cuando el ¡quién vive! de un centinela llegó súbito al oído de los jóvenes; estaban bajo las barrancas del Retiro, donde se hallaban acuartelados el general Rolón, un piquete de caballería y media compañía del batallón de la marina que mandaba Maza, y que hacía la guardia del cuartel, pues que el batallón, como se sabe, había marchado el 16 de agosto para Santos Lugares.

 

 

 

 

-¡Gracias a Dios! ¡La patria! -contestó Daniel sentando su caballo, al mismo tiempo que el de Eduardo, de cuya rienda dio un tan fuerte tirón, que al brusco y desigual movimiento del animal casi saltó el jinete de la silla.

 

-¿Qué gente? -continuó el centinela.

 

 

 

-Federales netos -respondió Daniel.

 

 

 

-Pasen de largo.

 

 

 

Y ya volvía Eduardo a tomar el galope cuando una ronca y vibrante voz les gritó:

 

 

 

-Alto.

 

 

 

Los jóvenes se pararon.

 

 

 

Una comitiva de diez jinetes descendía por la barranca del cuartel de Maza.

 

 

 

 

Tres de aquéllos se adelantaron a reconocer los que venían por el camino del Bajo. Y examinándolos detenidamente estaban, cuando el resto de la comitiva llegó a ellos.

 

 

 

 

-Me debe usted un caballo, general -dijo Daniel con ese tono de confianza que sabía tomar en los momentos más difíciles, y con el que desarmaba al más malicioso y perspicaz, luego que conoció al general Mansilla, que hacía esa noche el servicio de jefe de día.

 

 

 

-¿Usted por aquí, Bello? -contestó el general.

 

 

 

 

-Sí, señor; yo por aquí, después de haber andado más de una legua por la costa del río a ver si daba con usted, pues que no lo he encontrado en las inmediaciones de ninguno de los cuarteles de la ciudad. No hay más: me debe usted un caballo, pues que el mío ya no puede más, después de lo que he corrido en su busca.

 

-Pero quedó usted en ir a casa a las once, y he salido a las once y cuarto.

 

 

 

-¿Entonces yo tengo la culpa?

 

 

 

-Por supuesto.

 

 

 

-Bien, me confieso culpado, y no reclamo el caballo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

-¿Y hay novedad, general?

 

 

 

-Ninguna.

 

 

 

-Pero yo le he pedido a usted que quiero ver nuestros soldados en sus cuarteles.

 

 

 

-He empezado por los del Retiro, y nos faltan todos los demás.

 

 

 

-¿Y se dirige usted ahora?

 

 

 

-Al fuerte.

 

 

 

-A que están dormidos.

 

 

 

-¡Toma! Alcaldes y jueces de paz; ¡hágame usted el favor, qué soldados!

 

-Bien, general, ¿qué camino va usted a llevar?

 

 

 

-El del Bajo, porque voy primero a la batería.

 

 

 

-Bien, nos encontraremos en la plazoleta del fuerte.

 

 

 

-Pero vamos juntos.

 

 

 

 

-No, general; voy a subir a la ciudad a acompañar a este amigo mío que pensó pasar la noche con nosotros, pero que se ha indispuesto.

 

 

 

-¡Toma! Si ustedes no sirven para maldita la cosa, los mozos de ahora.

 

 

 

-Eso es lo mismo que yo le decía a usted esta mañana.

 

 

 

-No pueden pasar una mala noche.

 

 

 

-Ya usted lo ve.

 

 

 

-Bueno, vaya ligero, y nos reuniremos en el fuerte; allí cenaremos.

 

 

 

-Hasta de aquí un momento, general.

 

 

 

-Ande pronto.

 

 

 

 

Eduardo hizo apenas un ligero saludo con la cabeza al general Mansilla, y subió con su amigo por la barranca del Retiro.

 

 

 

Diez minutos después Daniel abría la puerta de su casa: entraba en ella con su amigo; y poco más tarde, volvía a salir solo, cerraba la puerta y montaba de nuevo en su caballo; en su ágil, nuevo y brioso caballo, el mejor de cuantos había en la poblada estancia de su padre.

 

 

 

 

Al pasar por el grande arco de la Recova vio al jefe de día y su comitiva que subía a la plaza del 25 de Mayo; y volvieron a saludarse junto a los fosos de la fortaleza, donde entraron después de las formalidades militares.

 

 

 

 

La noche seguía hermosa y apacible; y en el gran patio del fuerte, y en los corredores de lo que fue en otro tiempo departamentos ministeriales, apiñados estaban, fumando y conversando, todos los alcaldes y jueces de paz de la ciudad, con sus tenientes y ordenanzas; la mitad del cuerpo de serenos, y gran parte de la plana mayor; componiendo todos un número de cuatrocientos cincuenta a quinientos hombres.

 

 

 

 

Toda esa heterogénea guarnición de la fortaleza mandada esa noche por Mariño, según las disposiciones del general Pinedo, inspector de armas.

 

 

 

 

Imposible es describir la sorpresa del comandante de serenos al ver a Daniel en compañía del general Mansilla, cuando lo creía en ese momento en la Casa Sola, a tres leguas de la ciudad.

 

 

 

 

Daniel no sabía que Mariño estaba esa noche a cargo de la fortaleza, pero ninguna sorpresa manifestó su semblante; y comprendiendo la de Mariño, delante de él, dijo al jefe de día:

 

 

 

-Esto es servir, general: el señor Mariño deja la pluma y toma la espada.

 

 

 

 

-Eso es cumplir los deberes, señor Bello -le contestó Mariño sin volver todavía de su sorpresa.

 

 

 

-Y esto es vigilancia. Todo el mundo está aquí despierto -dijo el jefe de día.

 

 

 

 

-Lo que no hemos visto en parte alguna -agregó Daniel, acabando con esto de perturbar la imaginación de Mariño, pues que si Daniel había andado acompañando al jefe de día, no podía ser él a quien había seguido de lejos hasta la Casa Sola, tres horas antes; y quizá no sería Amalia aquella mujer que dio un grito en un cuarto a oscuras de esa casa. Así, Mariño se perdía en conjeturas; y mientras el general conversaba con varios jueces de paz, yendo con ellos a una de las habitaciones altas, donde había una mesa con algunos fiambres y botellas, Mariño no pudo menos de preguntar a Daniel, con esa indiscreción que acompaña siempre a los espíritus perturbados de improviso:

 

 

 

-¿Entonces usted no ha paseado esta noche solo, a caballo?

 

 

 

-Un poco.

 

 

 

-¡Ah!

 

 

 

 

-Estuve hasta las siete en casa del señor gobernador delegado, y antes de ir a juntarme con el general Mansilla di un paseo por esos lados del Retiro.

 

 

 

-¿Por el Retiro, en dirección a San Isidro?

 

 

 

 

-Pues, en dirección a San Isidro. Pero me acorde que tenía que hacer una diligencia por el Socorro, y dejé de repente mi paseo envidiando la suerte de uno que iba delante de mí, y que siguió sin tener que hacer diligencias.

 

 

 

-¿Adelante de usted?

 

 

-Sí, en dirección a San Isidro, por el camino de arriba -contestó Daniel con una candidez tal, que Mariño acabó de perder la cabeza, empezando a convencerse de que él mismo se había burlado a sí mismo.

 

 

 

-¿Qué quiere usted? -continuó Daniel-, nosotros no tenemos un momento nuestro.

 

 

 

-Así es.

 

 

 

 

-¡Oh, y si yo tuviera el talento de usted, señor Mariño! Si yo supiera escribir como usted sabe, mis desvelos entonces podrían ser útiles a nuestra causa; pero ando de aquí para allá todo el día y toda la noche, y maldito lo que hago en beneficio del Restaurador.

 

 

 

 

-Cada uno hace lo que puede, señor Bello -contestó Mariño, en cuya alma, más torcida que sus ojos, ni la lisonja hacía impresión.

 

 

 

 

-¡Cuándo estaremos en paz y veremos afianzados esos luminosos principios federales que usted propaga en la Gaceta!

 

 

 

 

-Cuando no haya ningún unitario descubierto, ni disfrazado -respondió el escritor federal.

 

 

 

-Eso es lo mismo que le decía yo esta tarde al señor gobernador delegado.

 

 

 

 

En ese momento un ayudante del jefe de día vino a llamar a Bello y a Mariño de parte de aquél.

 

 

 

Subieron.

 

 

Parados en redor de una mesa doce o catorce individuos tomaban una copa con el jefe de día. Pero ¡cosa rara, era la tercera o cuarta vez que vaciaban sus copas, y ningún entusiasta brindis federal había resonado bajo las bóvedas de aquel palacio, que escuchó en otros tiempos los brindis a la libertad y a la patria! Mariño llegó a tiempo de beber con ellos, pero tampoco dijo una palabra.

 

 

 

-Vamos, Bello, ¿qué toma usted? -dijo el general Mansilla.

 

 

 

 

-Nada, señor, nada de comer; pero beberé una copa por el pronto triunfo de nuestras armas federales.

 

 

 

 

-Y la gloria eterna del Restaurador de las Leyes -agregó Mansilla; y todos cuantos allí había bebieron su copa, pero en silencio.

 

 

 

-¡Comandante Mariño!

 

 

 

 

-Pronto, señor -contestó éste acercándose al general Mansilla, que le dijo, separado de los demás:

 

 

 

 

-Haga usted que toda esta gente se acueste; la cosa puede ser larga, y no es bueno que se fatiguen tanto.

 

 

 

-¿Hago levantar el puente?

 

 

 

-No hay para qué.

 

 

 

-¿Cree usted, general, que esta noche no haya novedad?

 

 

 

 

-Ninguna.

 

 

 

-¿Se retira usted ya?

 

 

 

-Sí; voy a visitar otros cuarteles, y me voy a dormir.

 

 

 

-Lleva usted un buen compañero.

 

 

 

-¿Quién?

 

 

 

-Bello.

 

 

 

-¡Ah, es una alhaja este muchacho!

 

 

 

-¿De qué, general?

 

 

 

 

-No sé si es oro, o cobre dorado, pero brilla -dijo Mansilla, sonriendo, y dando la mano a Mariño.

 

 

 

 

En seguida, bajaron por la grande escalera, y mientras Mansilla se reunía a su comitiva para montar a caballo, Daniel se acercó a Mariño y le dijo:

 

 

 

 

-Lo envidio a usted, comandante: yo quisiera tener también algún puesto donde poder distinguirme.

 

 

 

-¿Y sufriría usted por la Federación los desvelos que sufro yo?

 

 

 

-Todo: hasta las murmuraciones.

 

 

 

-¿Murmuraciones?

 

 

 

-Sí. Aquí mismo acabo de oír a algunos que criticaban algo de usted.

 

 

 

-¿De mí?

 

 

 

 

-Decían que no ha venido usted a la fortaleza hasta las once de la noche, debiendo venir a las siete.

 

 

 

Mariño revolvió los ojos, y se puso colorado como un tomate.

 

 

 

-¿Y quién decía eso, señor Bello? -preguntó Mariño con voz trémula de rabia.

 

 

 

 

-Eso no se dice, señor Mariño: se cuentan los milagros, sin nombrar los santos; pero hablaban de ello, y sería bien desagradable que esto llegase a oídos del Restaurador.

 

 

 

Mariño se puso pálido.

 

 

 

-Habladurías -dijo.

 

 

 

-Por supuesto. Habladurías.

 

 

 

-Sin embargo no repita usted esto a nadie, señor Bello.

 

 

 

 

-Palabra de honor, señor Mariño; yo soy uno de los hombre que más admira el talento de usted; y que tengo especiales motivos para estarle a usted grato, por el servicio que quiso prestar a mi prima.

 

 

 

-¿Y su prima de usted está buena?

 

 

 

-Muy buena, gracias.

 

 

 

-¿La ha visto usted?

 

 

 

-Esta tarde he estado con ella.

 

 

 

-He oído que se ha mudado de Barracas.

 

 

 

-No. Ha venido a pasar unos días a la ciudad, pero se vuelve pronto.

 

 

 

-¿Ah, se vuelve?

 

 

 

-De un día a otro.

 

 

 

-Vamos, Bello -gritó el general Mansilla ya de a caballo.

 

 

 

-Vamos, general; buenas noches, señor Mariño.

 

 

 

-Recomiendo a usted el olvido de estas habladurías, señor Bello.

 

 

 

-Ya no me acuerdo de ellas; buenas noches.

 

 

Y Daniel saltó en su caballo y salió de la fortaleza con el jefe de día; dejando a Mariño lleno de perplejidades y zozobra, sin poder clasificar bien a ese joven que por todas partes se le escapaba, y por todas partes se le entraba en sus negocios privados; a quien odiaba por instinto; y de quien no podía tomar una sola prueba, una sola indiscreción para perderlo.

 

Capítulo XVI

 

 

 

Continuación del anterior

 

La comitiva del jefe de día tomó por la calle de la Reconquista, que conducía al cuartel del coronel Ravelo.

 

 

 

 

No eran más que las doce de la noche, pero la ciudad estaba desierta, pues sólo veíase en ella el bulto de los serenos en sus respectivos puestos, prontos a marchar a la fortaleza para reunirse con su jefe, a la señal de alarma; pero nada más. De aquel alegre y bullicioso pueblo de Buenos Aires, cuya juventud en otro tiempo esperaba con impaciencia la noche para dar expandimiento a su espíritu ávido de aventuras y de placeres, no quedaba ya un solo vestigio. Cada familia encerraba desde el anochecer a los padres y a los hijos; y la simple acción de pasear las calles de Buenos Aires, en la época del terror, después de las ocho de la noche, era lo bastante para hacer entender que había una gran seguridad federal en quien tal cosa hacía. Terrible escuela desde 1838, en que la juventud que permaneció en Buenos Aires comenzó a aprender hábitos femeniles aconsejados por esa falta de seguridad personal, que hacía buscar entre las paredes del domicilio la única garantía posible a los que temían a cada paso encontrarse con el puñal o el chicote de la Mashorca.

 

 

 

 

¿Pero el sueño venía siquiera en auxilio del inquieto y abrumado espíritu de los habitantes de esa infeliz ciudad? Los deseos eran demasiado vivos, y demasiado punzantes las impresiones del momento que atravesaban, para poder encontrar en el sueño el olvido de la vigilia. Y no bien las herraduras de la cabalgata del jefe de día resonaban en el empedrado de las calles, cuando alguna sombra se proyectaba desde una azotea, o algún postigo de una habitación en tinieblas se entreabría para dar paso a una mirada inquieta y buscadora.

 

 

 

 

Un caballo a galope daba origen a imaginar un chasque que volaba a anunciar una traición, una victoria, una derrota.

 

 

 

 

Un ruido cualquiera, cuya explicación no se podía encontrar en el momento, era clasificado de cañoneo, o de tropel de gente armada.

 

 

Y para más de uno, la comitiva de Mansilla pareció acaso un escuadrón del general Lavalle que se había precipitado a la ciudad.

 

 

 

 

¿Era la causa política quien ponía a los espíritus en esta irritabilidad nerviosa? Era más que esto: era la causa política y la causa individual quien los sujetaba a ese penoso modo de existencia, porque a las opiniones de la causa común ligado estaba para cada individuo el azar de su destino propio.

 

 

 

 

Los federalistas, por principio, sabían bien que no había que temer individualmente del triunfo del principio unitario, porque tal principio no venía campeando, ni el jefe de la cruzada libertadora venía a consumar venganzas de opiniones políticas. Mas ellos sabían que el caudillo llamado federal los había precipitado a una vida de responsabilidades privadas, en las cuales ya no entraba la política sino la justicia; y temían.

 

 

 

 

Los hombres pertenecientes al Club de la Mashorca, manchados con cuanto género de crimen puede conducir al cadalso, comprendían bien que eran millares de familias las que tenían descargando sobre ellos el anatema justísimo a que se habían hecho acreedores; porque sus insultos individuales no podían traer sino venganzas y castigos individuales; y a su vez, temblaban del triunfo de Lavalle.

 

 

 

 

Los que tenían un deudo en el Ejército Libertador recordaban que era una cuestión de sangre la que se iba a resolver a sus ojos: y temían de los combates.

 

 

 

 

Los que no habían dado jamás pruebas prácticas de su entusiasmo federal, motivo suficiente para la clasificación de unitario, sufrían la inquietud consiguiente a la incertidumbre de los sucesos pendientes: y temblaban por la patria y por ellos, al imaginarse una desgracia en el Ejército Libertador.

 

 

 

 

Y he ahí, pues, que toda la sociedad, de uno y de otro color político, sus clases complicadas en la actualidad por las opiniones o por las obras, por los parientes o por los amigos, toda entera estaba conmovida, y pendiente su espíritu del más leve incidente que ocurría.

 

 

 

Daniel, que marchaba al lado de Mansilla, percibía a menudo el movimiento de las ventanas, o las sombras en las azoteas, y comprendía perfectamente cuanto acabamos de decir.

 

 

 

 

-Nuestra buena ciudad no duerme, general, ¿no nota usted que es cierto lo que le digo?

 

 

 

 

-Todos esperan, amigo mío -contestó el general Mansilla, de cuyos labios rara vez salía una palabra sin malicia, sin doble sentido, o sin sátira.

 

 

 

-¿Pero todos una misma cosa, general?

 

 

 

-Todos.

 

 

 

 

-¡Es asombrosa la mancomunidad de opiniones que reina bajo nuestro sistema federal!

 

 

 

 

Mansilla dio vuelta y miró furtivamente a aquella alhaja, como él decía, y luego contestó:

 

 

 

-Especialmente en una cosa. ¿La adivina usted?

 

 

 

-Palabra de honor, que no.

 

 

 

-Hay una admirable mancomunidad de deseos, de que esto se acabe cuanto antes.

 

 

 

-¿Esto? ¿Y qué es esto, general?

 

 

 

Mansilla volvió a mirar a Daniel, porque la pregunta era una estocada a fondo sobre sus confianzas.

 

 

 

-La situación, quiero decir.

 

 

 

 

-¡Ah, la situación! Pero para usted no pasará nunca la situación política, general Mansilla.

 

 

 

-¿Cómo así?

 

 

 

 

-Usted no es hombre para vivir en la vida doméstica; necesita usted los asuntos públicos, y sea en favor, sea en oposición al gobierno, habrá usted siempre de figurar en nuestro país.

 

 

 

-¿Aunque entrasen los unitarios?

 

 

 

-Aunque entrasen. Hay muchos de nuestros federales que figurarán entre ellos.

 

 

 

 

-Sí; y algunos estarán en un puesto muy eminente, por ejemplo, en la horca; pero, en fin, nosotros debemos estar siempre al lado del Restaurador.

 

 

 

 

El doble sentido de esa palabra no escapó a Daniel; pero prosiguió con una naturalidad infantil:

 

 

 

-Sí, él es digno de que ninguno lo abandonemos en este trance.

 

 

 

-No crea usted que es terrible, este hombre tiene mucha suerte.

 

 

 

-Es que representa la causa federal.

 

 

 

-Que es la mejor de todas, ¿no es verdad? -dijo Mansilla, mirando a Daniel.

 

 

 

-Así lo he aprendido en las sesiones del Congreso Constituyente.

 

 

 

 

Mansilla se mordió los labios: él había sido unitario en el Congreso; pero Daniel tenía tal aspecto de sencillez, que el astuto viejo no pudo comprender bien si aquellas palabras eran, o no, un sarcasmo.

 

 

 

Daniel continuó:

 

 

 

 

-Causa que nunca habrá de ser destruida por los unitarios. No hay que equivocarse, solamente los federales podrán dar en tierra con el general Rosas.

 

 

 

-Parece que tuviera usted cincuenta años, señor Bello.

 

 

 

-Es que me fijo mucho en lo que oigo.

 

 

 

-¿Y qué es lo que usted oye?

 

 

 

-La popularidad de que gozan algunos federales; usted por ejemplo, general.

 

 

 

-¿Yo?

 

 

 

 

-Sí, usted. Sin los lazos de parentesco que le unen al Señor Gobernador, éste vigilaría mucho sobre usted, porque no debe ignorar la popularidad de que goza, y

 

 

sobre todo, su talento y su valor. A pesar de que he oído que hablando de esto alguna vez en 1835, dijo que usted no servía sino para revueltas de real y medio.

 

 

 

Mansilla acercó violentamente su caballo al de Daniel y le dijo con una voz nerviosa:

 

 

 

 

-Son propias de ese gaucho bruto estas palabras; ¿pero sabe usted por qué las ha dicho?

 

 

 

-Por broma quizá, general -contestó Daniel con la mayor sangre fría.

 

 

 

 

-Porque me tiene miedo -dijo Mansilla apretando el brazo de Daniel, y adjetivando el nombre de Rosas con aquella palabra que debía ser pronunciada bien claro, para poder ser rey de España, según decían los españoles, en su última guerra con los franceses.

 

 

 

 

Aquella brusca declaración era propia del carácter de Mansilla, mezcla de valor y de petulancia, de arrojo y de indiscreción. Pero la situación era tan grave, que no dejó de conocer pronto que se había avanzado demasiado en sus confianzas con Daniel; mas era tarde ya para retroceder, y creyó que lo mejor sería arrancar iguales confianzas de su compañero de ronda, y le dijo con su astucia natural:

 

 

 

 

-Yo sé que si pegase un grito tendría toda la juventud en mi favor, porque ninguno de ustedes quiere este orden de cosas en que vivimos.

 

 

 

 

-¿Sabe usted, general, que yo creo lo mismo? -le contestó Daniel, como si por la primera vez de su vida le ocurriese tal idea.

 

 

 

-Y usted sería el primero en estar a mi lado.

 

 

 

 

-¿En una revolución?

 

 

 

-En... en cualquier cosa -dijo Mansilla no atreviéndose a pronunciar aquella palabra.

 

 

 

-Me parece que tendría usted muchos que lo siguieran.

 

 

 

 

-¿Pero vendría usted? -preguntó Mansilla insistiendo en arrancar alguna confidencia de aquel joven que acababa de ser depositario de una enorme indiscreción suya.

 

 

 

-¿Yo? Mire usted, general, yo no podría por una sencilla razón.

 

 

 

-¿Y cuál?

 

 

 

 

-Porque yo he jurado no asociarme a nada de lo que hagan los jóvenes de mi edad, desde que ellos en su mayor parte se han hecho unitarios, y yo sigo y profeso los principios de la Federación.

 

 

 

-¡Bah, bah, bah!

 

 

 

 

Y Mansilla separó su caballo, queriendo convencerse de que Daniel no era sino un muchacho hablantín, y sin peso ninguno en sus ideas, pues que aquel escrúpulo de amor propio no podía caber en un espíritu superior.

 

 

 

Daniel continuó, como si nada notase:

 

 

 

 

-Además, general, yo tengo horror a la política y me avengo mejor con la literatura y con las damas, como se lo decía esta tarde a Agustinita, cuando me pedía que le acompañase a usted esta noche.

 

 

 

-Así lo creo -contestó Mansilla con sequedad.

 

 

 

-Qué quiere usted, yo quiero ser tan buen porteño como el general Mansilla.

 

 

 

-¿Qué?

 

 

 

-Es decir, quiero acreditarme como él en el concepto de las buenas mozas.

 

 

 

 

El amor había sido siempre el flaco de Mansilla, como su fuerte habían sido siempre las tramoyas políticas; y Daniel le empezó a dar en el clavo.

 

 

 

-Pero esos tiempos ya se pasaron -dijo Mansilla sonriendo.

 

 

 

-No para la crónica.

 

 

 

-Bah, ¡la crónica!; ¿y qué sacamos con eso?

 

 

 

-Ni para la actualidad si usted quiere.

 

 

 

-Eso no es cierto.

 

 

 

 

-Cierto. Hay mil unitarios que odian al general Mansilla, de envidia por la mujer que tiene.

 

 

 

 

-¿Es linda mi mujer, eh? ¡Es linda! -dijo Mansilla casi parando su caballo, y mirando a su compañero con un semblante lleno de satisfecha vanidad.

 

 

 

 

-Es la reina de las bellas; así lo confiesan hasta los mismos unitarios, y me parece que si ha sido el último triunfo, ha valido por todos.

 

 

 

-Eso del último...

 

 

 

 

-Vamos, no quiero saber nada, general... Yo quiero mucho a Agustinita... y no quiero oír que usted le hace infidelidades.

 

 

 

 

-Ah, mi amigo, si usted enoja y desenoja a las mujeres como a los hombres, usted tendrá en su vida más aventuras que yo.

 

 

 

-¡No entiendo, general! -le contestó Daniel fingiendo la más perfecta sorpresa.

 

 

 

-Dejemos esto, ya estamos en el cuartel de Ravelo.

 

 

 

 

En efecto, habían llegado al cuartel donde dormían cien negros vicios a las órdenes del coronel Ravelo, y hecha la inspección de ordenanza, siguieron luego a visitar el cuarto batallón de patricios, a las órdenes de Ximeno; y en seguida algunos otros retenes.

 

 

 

 

Pero, ¡cosa singular!, el champagne de la Federación parecía no fermentar ya en el pecho de sus entusiastas hijos; pues que salían sin espuma las preguntas, las respuestas, las conversaciones todas, que tenían con el jefe de día los jefes a quienes se acercaba, y lo que allí pasaba, sucedía en todas partes y en todas las clases... Causa sin fe, sin conciencia, sin entusiasmo del corazón, que trepidaba y desmayaba al primer amago de sus adversarios políticos.., sacerdotes sin religión, que besaban el suelo cuando el ídolo se columpiaba sobre su altar de cráneos.

 

 

 

Daniel veía y estudiaba todo, y se decía a sí mismo a cada paso:

 

 

 

 

-«Doscientos hombres solamente, y toda esta gente se la entregaba atada de pies y manos al general Lavalle.»

 

 

Eran ya las tres de la mañana cuando el general Mansilla tomó para su casa, en la calle del Potosí.

 

 

 

 

Daniel lo acompañó hasta ella. Pero él no quería que el cuñado de Rosas durmiese inquieto por sus confidencias, y le dijo, al llegar a la casa:

 

 

 

-¡General, usted ha desconfiado de mí, y lo siento!

 

 

 

-¿Yo, señor Bello?

 

 

 

 

-Sí; conocedor de que toda nuestra juventud se ha dejado fascinar por los locos de Montevideo, ha querido sondearme diciéndome cosas que no siente, porque yo sé bien que el Restaurador no tiene mejor amigo que el general Mansilla; pero felizmente usted no ha visto en mí sino patriotismo federal. ¿No es cierto? -preguntó Daniel fingiendo la expresión más tímida del mundo.

 

 

 

 

-Cierto, cierto -le contestó Mansilla apretándole la mano y sonriendo de aquel pobre y cándido muchacho, como él lo clasificaba en ese momento.

 

 

 

-¿De manera que contaré con la protección de usted, general?

 

 

 

-Siempre, a todas horas, Bello.

 

 

 

-Bien, entonces hasta mañana.

 

 

 

-Hasta mañana, gracias por la compañía.

 

 

 

Y Daniel dio vuelta a su caballo, riéndose y diciendo para sí mismo:

 

 

-«No hubiera dado un diablo por mi vida, mientras tú creyeses que yo tenía tu secreto; ahora me la has dejado rescatar, y no te he devuelto tu prenda: buenas noches, general Mansilla.»

 

Capítulo XVII

 

 

 

Patria, amor y amistad

 

Daniel entró a su casa y él mismo condujo su caballo al pesebre, porque no lo esperaba su fiel Fermín, y los otros criados nada sabían de las excursiones nocturnas de su señor: él despertó a uno sin embargo, y mandó estuviese pronto para recibir sus órdenes.

 

 

 

 

Eran las cuatro de la mañana, y cuando entró a sus habitaciones, alumbradas por una mustia lámpara, echó de menos el fuego de su chimenea, porque el frío de la madrugada empezaba a hacerse sentir con el rigor con que mostróse en el invierno de 1840. Pero no estaba Fermín, y ningún otro criado podía entrar a las habitaciones de Daniel.

 

 

 

 

El joven encendió una bujía, y lo primero que hizo fue pasar al aposento en que dormía Eduardo, contiguo al suyo.

 

 

 

 

El sueño era agitado en aquella robusta organización, cuyo espíritu apasionado estaba combatido por tan distintas impresiones, después de cuatro meses; y en su hermoso semblante grabado estaba un ceño duro, revelador de las imágenes adustas que en aquel momento estaban quizá hiriendo su estimulada imaginación.

 

 

 

 

Contemplóle Daniel un largo rato; conoció que no hacía mucho tiempo que dormía, por lo poco que quedaba de la vela a cuya luz había estado leyendo un volumen de la Revolución Francesa. Vio en Eduardo la imagen palpitante y viva de la persecución y la desgracia que sufría la juventud de la república; y elevándose más su espíritu a medida que las ideas se sucedían en él, llegó a creer que tenía delante de sus ojos una personificación de la actualidad, en cuya suerte podría estudiar el destino de la generación a que pertenecía.

 

 

 

 

Pálido, ojeroso, abrumado su espíritu y su cuerpo por el trabajo, la labor y la ansiedad continua, Daniel pasó a su bufete y se echó en su sillón.

 

 

Pero de repente, separando de sus sienes sus lacios y descompuestos cabellos, sentóse a su escritorio, y, tranquilo, con ese semblante sereno que se descubría en él cuando una alta idea le preocupaba, sacó algunas cartas de un secreto de su escritorio, leyólas, tomó la fecha de una de ellas, y escribió luego la siguiente, que leyó después con completa calma:

 

 

 

Al señor Bouchet Martigny, etc.

 

Buenos Aires, lº de setiembre de 1840.

 

A las cuatro de la mañana.

 

Muy señor mío:

 

Están en mi poder sus cartas del 22 y 24 del pasado, y la última me ha confirmado la lisonjera idea de que la noble causa de mi patria encuentra prosélitos, no sólo en sus hijos, sino también en los hombres de corazón, cualquiera que sea la tierra de su nacimiento: y las solicitudes que me avisa usted haber sido dirigidas por compatriotas suyos al gobierno francés, sobre los asuntos del Plata, y en favor de la causa argentina, son otros tantos títulos de reconocimiento hacia esas excepciones nobles de la Europa, que tan mal nos comprende y peor nos quiere.

 

Pero al pagar mi parte en esta deuda de gratitud, debo decir a usted con lealtad, que a la altura a que han llegado los acontecimientos, toda interposición que deba venir de Europa, favorable o adversa a nuestra causa, no llegará a tiempo de influir en los sucesos, porque las dos causas políticas deben resolverse al influjo de las armas, dentro de pocos días.

 

Para mí, la situación encierra un dilema preciso y terminante a este respecto: o la ciudad es tomada antes de quince días, y entonces Rosas está perdido para siempre, o el Ejército Libertador se retira, y entonces todo se pierde por muchos años, de un modo que no ofrecerá posibilidad de nuevo incremento, ni aun con el auxilio de un poder extraño.

 

Dar al general Lavalle todo cuanto elemento sea posible, es lo único que aconseja la situación actual; pero dárselo sin pérdida de hora; porque del efecto moral que produzca una violenta invasión a la ciudad, más que un ataque a los reductos de Santos Lugares, puede resultar solamente el triunfo de un ejército que no cuenta tres mil hombres, con las dos terceras partes de caballería; que tiene por enemigo un poder fuerte doblemente en el número, y que no puede, ni debe contar con la mínima cooperación de los habitantes de Buenos Aires, sino cuando haga sentir el ruido de sus armas y los vivas a la patria, dentro las ralles mismas de la ciudad.

 

 

Este aparente contrasentido en un pueblo, cuya mayoría maldice las cadenas que le oprimen, y espera con toda la efusión de su alma la regeneración de la libertad patria, yo sé bien que los unitarios se empeñan en separarlo de su consideración, por que ellos no quieren convenir cor. que el pueblo de Buenos Aires no sea, en 1840, lo que en 1810: es un honroso error, pero es error al fin, y pues que los hechos que están ya bajo el dominio histórico, y que han acaecido en todo el norte de la provincia, destruyen la mitad de las ilusiones unitarias, y arguyen muy alto contra las que se tienen fundadas en la ciudad, yo creo de una innegable conveniencia el no contar con otros recursos que los que tiene propios el ejército.

 

Es imposible, materialmente imposible, establecer hoy la asociación de diez hombres en Buenos Aires: el individualismo es el cáncer que corroe las entrañas de este pueblo. Ese fenómeno se explica, se justifica, puedo decir, pero no es tiempo de averiguaciones filosóficas, sino de tomar los hechos existentes, buenos o malos, y basar sobre ellos el cálculo de operaciones fijas. Y es sobre el hecho de la no revolución en Buenos Aires, que debe calcular sus operaciones el Ejército Libertador.

 

¿Sin más auxilios que los suyos propios, debe, o no, seguir sobre Rosas el general Lavalle? Tal es la cuestión que pueden proponerse algunos, especialmente la Comisión Argentina, que discurre tanto, aunque con tan poco buen éxito, desgraciadamente.

 

Antes de resolverla, sin embargo, yo querría hacer entender al general Lavalle, y a todo el mundo, que el poder de Rosas no está en los esteros, zanjas, cañones y soldados de Santos Lugares; que está en la capital; que está en el fuerte, puedo decir: Buenos Aires es la cabeza; todo lo demás no son sino miembros subordinados. Es de Buenos Aires que ha de partir la reacción en la corriente revolucionaria, que debe descender de ella para surcar por toda la república. Y en este caso el problema por resolver no es otro que el de si conviene o no invadir la ciudad por alguno de los flancos de los acampamentos de Rosas, y to mar posesión de ella, dejándolo a él dueño de la campaña.

 

En la posición del general Lavalle, yo no trepidaría en aceptar el primer caso, porque me asiste la convicción que si el ejército se retira, la cuestión se pierde y se pierde el ejército; y en esta coyuntura yo preferiría arriesgar esa inmensa pérdida, sobre el único terreno que ofrece una posibilidad de triunfo.

 

En la ciudad no puede haber resistencia; los federales están abatidos por la simple incertidumbre de los sucesos, y la mitad de ellos, cuando menos, se pasaría de buen grado al general Lavalle, para buscar con su traición a Rosas una garantía futura.

 

 

 

Mi carta anterior lo ha impuesto a usted del pormenor de los acuartelamientos, tropa de línea, etc, que hay en la ciudad; y si esta otra puede contribuir a meditar

 

 

sobre la idea que aconsejo, habré conseguido mis deseos, pues que no dudo que del examen de ella resultaría su aprobación.

 

Quiera usted, señor Martigny, aceptar como siempre las seguridades de mi particular aprecio.

 

B.

 

Daniel puso a esta carta un sello especial; púsole luego una dirección para Mr.

 

Douglas, y la guardó en el secreto de su escritorio.

 

 

 

Luego escribió la siguiente:

 

 

 

Amalia:

 

La visión no era otra que Mariño. He conseguido intrigarle el espíritu. Cree y no cree que me ha seguido y que ha dado contigo. Pero esa misma duda le excitará más y querrá salir de ella.

 

De hoy en adelante mis pasos serán seguidos más que nunca.

 

No hay remedio: para ¡as dificultades que nos cercan, no hay otro camino que el de la temeridad, que es la prudencia de las situaciones difíciles.

 

Es necesario volver a Barracas, y pronto.

 

Disponlo todo, y consérvate pronta a todas horas.

 

Los sucesos se precipitan ya, y todo debe ser rápido como va a serlo el choque de nuestra desgracia o nuestra fortuna.

 

¡Dios vele sobre los buenos!

 

Terminada esta carta, el joven escribió por último a su Florencia, y le decía:

 

 

 

 

Alma de mi alma: todavía soy feliz en el mundo, muy feliz, desde que, abrumado y cansado de una lucha estéril, pero terrible, que tú no conoces todavía, tengo tu corazón para refugio de mi alma, tengo tu nombre para acercarme a Dios y a los ángeles, al escribirlo.

 

Hoy he sufrido mucho, y mi único consuelo es la esperanza que tengo de que vas a prestarte a mis deseos: es necesario que persuadas a tu buena madre, que la decidas a su viaje a Montevideo; pero pronto, mañana si es posible. Yo facilitaré todo. Y si es

 

 

necesario para la tranquilidad de su espíritu el que seas mi esposa antes de la partida, mañana mismo nos unirá la Iglesia, como nos ha unido Dios: para siempre.

 

Sobre el cielo que nos cubre, en el aire que respiramos esta hoy la desgracia, y quizá ¡Quién sabe! Todo es fatídico hoy... Yo no quiero tu mano, es decir, mi felicidad, mi orgullo, mi paraíso, en estos momentos. Pero lo haré, si es necesario para tu partida.

 

No me preguntes nada. No puedo decirte sino que quisiera alzarte sobre los astros, para que el aire de estos momentos no rozase tu frente. No me pidas que te siga... No puedo... Frío como un cálculo, mi destino está hecho. Estoy clavado a Buenos Aires, y...

 

Pero nos hemos de ver pronto, dentro de ocho, dentro de quince días a lo más. Es un siglo, ¿no es verdad? No importa, en la nube, en el aire, en la luz, tú me conversarás, Florencia, y yo recogeré tus palabras en el adoratorio de tu imagen: en mi alma.

 

¿Me complacerás?

 

Madama Dupasquier nada te niega.

 

Y yo no te he pedido jamás nada, sino por tu felicidad y por la mía.

 

Daniel.

 

El joven cerró esta última carta, púsola en su pecho, y esperó al día para darla dirección con las otras.

 

 

 

Parte V

 

 

 

 

 

 

Capítulo I

 

 

 

Setiembre

 

El primer día de setiembre de 1840 se extendió sobre el cielo de Buenos Aires oscuro, triste, cargado de vapores, como si en su aparición ese fatal mes quisiera ofrecerse a los ojos de los mortales tal como se ofrecería en la posteridad al estudio del historiador: triste, sombrío, cargado de errores y preñado de la tormenta de sangre que debía estrellarse, romperse, y diluviar sobre la frente argentina.

 

 

 

Todo era fatídico.

 

 

 

 

El Ejército Libertador había pasado cerca de un mes en pequeñas operaciones, marchando lentamente, tratando de conquistar con buenas proclamas y acciones de indulgencia unas simpatías que no era posible hallar en la campaña, en el número en que las buscaba el general Lavalle para vencer a Rosas.

 

 

 

El general López, de Santa Fe, empezaba a obrar a retaguardia del ejército.

 

 

 

Don Vicente González, y otros jefes de Rosas, por el flanco derecho.

 

 

 

 

Y a su frente el dictador se atrincheraba en su acampamento de Santos Lugares. Y débil en los primeros días de la invasión, se hacía fuerte, moral y materialmente, por la lentitud de su enemigo.

 

 

La vista se dilataba en todos los horizontes tormentosos de la república. Pero el rayo que debía herir la cabeza de la libertad o de la tiranía no fermentaba en círculos tan lejanos, sino entre las nubes que se cernían sobre el espacio de Luján a Buenos Aires.

 

 

 

 

El general Paz contaba ya en Corrientes un ejército de dos mil hombres, que disciplinaba con su pericia y habilidad exclusivas.

 

 

 

 

El gobernador Ferré juraba «sepultarse en las ruinas de su provincia antes que consentirla esclava».

 

 

 

 

Las provincias de Córdoba, de San Luis y San Juan se inclinaban a entrar en la gran Liga, y se negaban ya a dar al fraile Aldao los auxilios que solicitaba.

 

 

 

El general La Madrid pisaba ya el territorio de Córdoba.

 

 

 

 

Aldao escribía a Rosas, con fecha 8 de agosto, desconfiando de todo el mundo, «hasta de su sombra».

 

 

 

Pero ¿qué importaba todo esto?

 

 

 

El gran problema estaba en Buenos Aires.

 

 

 

 

El triunfo, o la derrota general, estaban pendientes del resultado de la expedición libertadora en la provincia de Buenos Aires.

 

 

 

 

Ante ese reto a muerte de los dos principios, de las dos espadas, en el estrecho palenque de Buenos Aires, la actitud de las provincias, cualquiera que fuese, y hasta la misma cuestión francesa, eran ya cosas secundarias e indiferentes para el resultado del duelo.

 

Lavalle y Rosas representaban los dos principios opuestos de la revolución.

 

 

 

Ya estaban frente a frente.

 

 

 

Su voz se oía.

 

 

 

 

Sus armas se tocaban. Y el que cayese, debía arrastrar en su caída toda su causa con todas sus ramificaciones, más o menos extensas que ellas fuesen.

 

 

 

 

Y ante esta verdad, que los sucesos debían justificar más tarde, desgraciadamente, el genio de la política y de la guerra se manifestó rebelde, y se negó a inspirar en la cabeza del cruzado la idea de que el mundo no tenía más límites para la libertad argentina que los que marca el plano de la ciudad de Buenos Aires. Spartacus mató su caballo antes de entrar a la batalla. Cortés quemó sus naves. Lavalle debió deshacerse de naves y caballo.

 

 

 

Pero no fue así.

 

 

 

 

Rozándose con Rosas, todavía se pensaba en las provincias, todavía se pensaba en la Francia; sin calcular que si Lavalle retrocedía, Rosas se levantaba más alto que la cuestión francesa y la liga provinciana; sin calcular que si Buenos Aires era tomado, ya no había punto de apoyo al edificio de la tiranía en la república, ni trepidaciones en la cuestión internacional.

 

 

 

 

Entretanto, la pluma del romancista se resiste, dejando al historiador esta tristísima tarea, a describir la situación de Buenos Aires, al comenzar los primeros días de setiembre.

 

 

 

 

A medida que pasaban las horas, se iba enervando la impresión del miedo que causó a los rosistas la súbita aparición de las armas libertadoras en la provincia. Y por un exceso brutal de cobardía, y de cuanto puede haber de infame en la historia de un partido político, o de los instrumentos de un jefe de partido, la mujer comenzó a ser el

 

 

blanco del encarnizamiento de bandas de forajidos, bautizados con el nombre de federales.

 

 

 

 

Sin disputa, sin duda histórica, la mujer porteña había desplegado, durante esos fatales tiempos del terror, un valor moral, una firmeza y dignidad de carácter, y, puede decirse, una altanería y una audacia tal, que los hombres estaban muy lejos de ostentar, y que servía de punzante reproche a las damas exaltadas de la Federación, y a los hombres corrompidos sobre que se apoyaba la santa causa.

 

 

 

 

La linda cabeza de las gaditanas de la América paseaba alta, erguida; les parecía tan bien colocada sobre sus hombros, que creían ofenderla doblándola un poco al pasar por medio de los magnates de la época. Y el vestido modesto de la patriota parecía plegarse y contraerse por sí mismo al ir a rozarse con la crujiente y deslumbrante seda de la opulenta federal.

 

 

 

 

Sus cabellos, trono en otro tiempo de la flor del aire, se rebelaban al repugnante moño de la Federación; y apenas la punta de una pequeña cinta rosa se descubría entre sus rizos, o bajo las flores de su sombrero.

 

 

 

 

Todo esto era un crimen. Y la misma moral que así lo clasificaba, debía inventar un castigo propio de ella, propio de sus jueces, propio de los verdugos.

 

 

 

 

Bandas de ellos, de distintas jerarquías y condiciones, empezaron a apostarse en las puertas de los templos, llevando cántaros con brea derretida, y moños de coco punzó.

 

 

 

 

Estos trapos eran untados de brea, y a cuantas jóvenes salían del templo sin la gran mancha de la Federación en la cabeza, tomábanla brutalmente de la cintura, la arrastraban en medio de ellos, y sobre la cabeza linda y casta pegaban el parche embreado y la empujaban luego, entre algazara y risas federales; pues tenemos en todo que valernos de esta expresión que no caía de los labios en la época que describimos.

 

 

 

 

A las puertas del colegio tiene lugar una de esas escenas a las once del día.

 

 

 

Una niña salía con su madre; y es arrebatada por algunos de los que allí esperaban a las señoras.

 

 

 

 

La joven comprende lo que se quiere hacer de ella; y en el acto se quita el chal que cubría su cabeza, y la presenta a las manos de sus profanadores.

 

 

 

La madre, que estaba contenida por otros, grita desesperada:

 

 

 

-Ya no hay un hombre en Buenos Aires para proteger a las señoras.

 

 

 

 

-No, mamá -dice la joven con la palidez de la muerte en su semblante, pero con una sonrisa del más profundísimo desprecio-, no, mamá, los hombres están en la guardia de Luján, donde está mi hermano. Aquí no hemos quedado sino las mujeres y los tigres.

 

 

 

 

La comunidad de la Mashorca, la gente del mercado, y sobre todo las negras y las mulatas que se habían dado ya carta de independencia absoluta para defender mejor su madre causa, comenzaban a pasear en grandes bandas la ciudad, y la clausura de las familias empezó a hacerse un hecho.

 

 

 

Empezó a temerse el salir a la vecindad.

 

 

 

 

Los barrios céntricos de la ciudad eran los más atravesados en todas direcciones por aquellas bandas; y las confiterías, especialmente, eran el punto tácito de reunión.

 

 

 

 

Allí se bebía y no se pagaba, porque los brindis que oía el confitero eran demasiado honor y demasiado precio por su vino.

 

 

Los cafés eran invadidos desde las cuatro de la tarde. Y ¡ay de aquel que se presentase en ellos con su barba cerrada o su cabello partido! Un nuevo modo de afeitar, que no conoció Fígaro, se empleaba con él en menos de un minuto.

 

 

 

 

El cuchillo de la Mashorca, que más tarde debía servir de sierra en la garganta humana, hizo su aprendizaje como navaja de barba y tijeras de peluquería.

 

 

 

 

El último crespúsculo de la tarde no se había apagado en los bordes del horizonte, cuando la ciudad era un desierto; todo el mundo en su casa; la atención pendiente del menor ruido; las miradas cambiándose; el corazón latiendo.

 

 

 

Lavalle.

 

 

 

Rosas.

 

 

 

La Mashorca.

 

 

 

 

Eran ideas que cruzaban, como relámpagos súbitos del miedo, o la esperanza, en la imaginación de todos.

 

 

 

¡Ay de la madre que tenía un hijo fuera de su casa!

 

 

 

¡Ay de la amada que esperaba a su amante!

 

 

 

Un golpe en la puerta de calle, y todos se precipitaban a las interiores.

 

 

 

El corazón quería adivinar.

 

La imaginación lo extraviaba.

 

 

 

La realidad arrancaba un suspiro y una sonrisa.

 

 

 

 

Era un momento de calma, de transición a otro momento de inquietud, de zozobra, de miedo, que debía durar toda la noche, todo el siguiente día, y días y semanas todavía.

 

 

 

 

¿De qué han sido las familias de Buenos Aires? ¿Cómo se ha podido vivir de esta agonía latente, sin que esos espasmos de la sangre, sin que esas contracciones del alma y las arterias no consumieran la vida, y no arrastrasen a la demencia o al suicidio?

 

 

 

 

El sueño. Pero ni el sueño era permitido siquiera. Los serenos debían venir cada media hora a despertar a las gentes con un grito de muerte.

 

 

 

No. Ni Roma bajo los emperadores militares.

 

 

 

Ni antes en los excesos de sus más brutales tiranos.

 

 

 

 

Ni en la historia moderna la Inglaterra durante sus despotismos religiosos; la Francia durante sus reinados criminales; la España durante la hoguera, ofrecen el cuadro de una sociedad entera en la horrible situación de Buenos Aires, en los meses que describimos, en 1840.

 

 

 

 

Los tiranos en todas partes han perseguido un partido, una idea. Pero en ninguna han perseguido a la sociedad con una pequeñísima parte de la sociedad misma.

 

 

 

 

Las proscripciones pegadas en la puerta del senado romano hacían saber siquiera quiénes eran los que estaban bajo el anatema del odio o la venganza.

 

Pero en Buenos Aires ninguno era señalado, y todos estaban bajo el anatema.

 

 

 

 

La hoguera inglesa no hizo menos estrago que la española. Pero cada hombre sabía, en las creencias religiosas que profesaba, cuál era el destino que le cabía.

 

 

 

 

En Buenos Aires no había más medio de poder conocer ese destino; no había otro camino que condujese a la seguridad personal que convertirse en asesino, para libertarse de ser víctima. Y no se crea que la palabra asesino es empleada como un concepto hiperbólico, sino que materialmente era preciso asociarse a lo más corrompido de la Mashorca, y tener el cuchillo en la mano, matando o pronto para matar.

 

 

 

 

En todas partes la adhesión moral a la causa del poder, por más brutal y tiránico que fuese, ha sido, naturalmente, una salvaguardia.

 

 

 

En Buenos Aires, no.

 

 

 

 

El antiguo federalista de principios, siempre que fuese honrado y moderado; el extranjero mismo, que no era, ni unitario, ni federal; el hombre pacífico y laborioso que no había sentido jamás una opinión política; la mujer, el joven, el adolescente, puede decirse, todos, todos, todos estaban envueltos, estaban comprendidos en la misma sentencia universal: o ser facinerosos o ser víctimas.

 

Capítulo II

 

 

 

Santos Lugares

 

Las primeras luces del alba se dibujaban sobre el oriente, y la vista se fatigaba por definir los objetos informes que, aquí y allá, se le ofrecían en grandes grupos, en el acampamento de Santos Lugares.

 

 

 

Eran centenares de carretas.

 

 

 

Montes de tierra a orillas de las zanjas que se habían abierto.

 

 

 

Cañones de batería.

 

 

 

Cerros de balas.

 

 

 

Cientos de carpas formadas de cueros, y esparramadas en el mayor desorden.

 

 

 

 

Caballadas, armas, soldados, mujeres, galeras, todo confundido y en el más completo desarreglo.

 

 

 

 

Y el toque de diana en los batallones; la corneta de la caballería; la algazara del cuerpo de indios; la gritería de las negras; el movimiento de los caballos; el grito del gaucho enlazándolos, todo a la vez venía a formar un ruido indefinible, para que el oído, como la vista, se intrigase también.

 

 

 

 

El cuartel general estaba hacia el extremo derecho del campamento, en un grande rancho que, sin embargo, no hospedaba de noche al general en jefe.

 

 

 

 

¿Dónde dormía Rosas? En el cuartel general tenía su cama, pero allí no dormía.

 

 

 

En la alta noche se le veía llegar al campamento, y el héroe popular hacía tender su recado cerca de sus leales defensores.

 

 

 

Allí se le veía echarse; pero media hora después, ya no estaba allí.

 

 

 

 

¿Dónde estaba? Con el poncho y la gorra de su asistente tendido en cualquiera otra parte, donde nadie lo hallara ni lo conociera.

 

 

 

 

En el momento en que estamos, se desmontaba en el cuartel general, a cuya puerta tomaba mate multitud de jefes, oficiales y paisanos confundidos.

 

 

 

 

Aquel hombre, de una naturaleza de bronce, que acababa de pasar la noche con las mismas comodidades que su caballo, o más bien, con menos comodidades que el animal, llegaba, sin embargo, fresco, lozano y fuerte como si saliese de un colchón de plumas y de un baño de leche.

 

 

 

 

La expresión de su semblante era adusta y siniestra como las pasiones que agitaban su alma.

 

 

 

 

De poncho, con una gorra de oficial, y sin espada, ni insignia alguna, pasó por medio a su corte, o su estado mayor, o lo que fuese, sin dignarse echarle una mirada.

 

 

 

 

Una gran mesa de pino estaba colocada en medio del rancho, y cubierta casi toda ella de papeles manuscritos e impresos.

 

 

 

 

Veíanse allí tres oficiales de secretaría pálidos, ojerosos, en un profundísimo silencio, y sin hacer nada; y al general Corvalán con un grueso paquete de pliegos cerrados en la mano, entreteniéndose en leer y releer los sobres de ellos.

 

 

Paráronse todos a la entrada de Rosas. Este quitóse su gorra y su poncho, tirólos sobre el catre, y comenzó a pasearse a lo largo de la habitación; mientras los escribientes y el edecán, a quienes no había saludado, permanecían de pie junto a las sillas que un momento antes ocupaban.

 

 

 

 

Inmediatamente apareció un soldado, y paróse en la puerta, con un mate en la mano. Ahí quedó clavado.

 

 

 

Rosas continuaba sus paseos.

 

 

 

 

Al volver de uno de ellos, estiró el brazo, cogió el mate, tomó dos o tres tragos, sin moverse, volviólo al soldado, y siguió sus paseos.

 

 

 

El soldado quedó en su mismo lugar con el mate en la mano.

 

 

 

 

Al cabo de dos o tres minutos volvióse a repetir la misma escena; hasta que habiendo sonado el aire entre la bombilla, el autómata salió a renovar el agua.

 

 

 

Y los secretarios y el edecán permanecían parados.

 

 

 

Y Rosas continuaba sus paseos.

 

 

 

Y el cebador del mate iba y venía.

 

 

 

Y esta pantomima duró por tres largos cuartos de hora, cuando menos.

 

 

 

 

En uno de esos paseos, paróse de repente junto a la mesa y dijo, con una cara muy alegre, a los escribientes, y como si recién reparase en ellos:

 

-Siéntense, no más.

 

 

 

Los escribientes se sentaron.

 

 

 

Luego, volviéndose a Corvalán, preguntóle como admirado:

 

 

 

-¿Que había estado ahí?

 

 

 

-Sí, Excelentísimo Señor.

 

 

 

-¿Cuándo vino?

 

 

 

-Hará como una hora.

 

 

 

-¿Qué ha ocurrido en la ciudad?

 

 

 

-Nada absolutamente, Excelentísimo Señor.

 

 

 

-¿Están alegres?

 

 

 

-Sí, señor.

 

 

 

-¿Y Victorica cómo está?

 

 

 

-Anoche lo he visto, está muy bueno, Excelentísimo Señor.

 

 

-Cuando lo vea déle memorias. Como ayer no ha venido en todo el día, creía que se había muerto el gallego. Y a Don Felipe, ¿lo ha visto?

 

 

 

-Sí, Excelentísimo Señor.

 

 

 

Y Rosas soltó una estrepitosa carcajada.

 

 

 

-¡Qué miedo tendrá el gobernador delegado! ¿Conque no hay nada?

 

 

 

-Hace dos horas que han llegado por agua estas comunicaciones.

 

 

 

-A ver, traiga.

 

 

 

 

Rosas tomó los pliegos; los abrió, y luego de leer las firmas se los tiró a uno de los escribientes.

 

 

 

-Lea -le dijo, y volvió a pasearse.

 

 

 

El escribiente leyó:

 

 

 

Señor Don Juan Manuel de Rosas.

 

Campamento general, Abril, llanos de la Rioja, agosto 8 de 1840.

 

Mi apreciado gobernador y general:

 

El 5 del corriente a las 4 de la tarde arribó a este destino Don Lucas Llanos con su apreciable correspondencia del 2 y 18 del pasado; por ella quedó impuesto que usted se ha dignado acceder a las indicaciones de mi casa de 30 de junio sobre el vestuario, sables, etc., cuya remisión se activará desde Córdoba por el general Alemán, que con motivo de ir por unos días a repararse de una enfermedad que le molesta...

 

 

-Bueno; que se muera; y que se muera el fraile también, ¿no es ésa la del fraile Aldao?

 

 

 

-Sí, Excelentísimo Señor.

 

 

 

-Extráctela luego. A ver; lea otra. ¿Cuál es ésa?

 

 

 

-Del comandante Don Vicente González. Da cuenta de las marchas de...

 

 

 

-No le pregunto de qué da cuenta. Lea.

 

 

 

 

-Da cuenta de las marchas que ha hecho el cabecilla Lavalle en los días 30 y 31 de agosto; 1 y 2 de setiembre.

 

 

 

-A ver; lea las marchas.

 

 

 

-«Día 30.»

 

 

 

-¿De qué?

 

 

 

-De agosto, dice antes -contestó el escribiente tartamudeando.

 

 

 

 

-Pero ahí también debía decirlo. A ver, póngale una nota a este viejo bruto -dijo Rosas a otro de los escribientes-, diciéndole que otra vez ponga con más claridad las marchas del ejército de los salvajes unitarios.

 

 

 

-¿Le digo que escriba las fechas de las marchas?

 

-Váyase a un cuerno; escriba lo que le digo. Siga usted.

 

 

 

El primer escribiente continuó:

 

 

 

 

Día 30; como a las ocho y media de la mañana carneó el ejército de los inmundos salvajes unitarios, y luego marchó hacia la Villa de Luján y campó cerca del pueblo, a las cinco y media de la tarde, en la Quinta de Marcó.

 

Día 31; el cabecilla Lavalle ha dejado en la Villa de Luján varias carretas y parte de la artillería, y lleva sólo dos obuses y dos piezas ligeras. En este día el cabecilla ha tenido junta de jefes y oficiales. No se sabe para qué.

 

Día 1.º; el cabecilla permanece en el mismo lugar. Han salido dos escuadrones, el uno hacia la Capilla del Señor, y el otro con dirección a Zárate.

 

Día 2; a las nueve de la mañana se puso en marcha el ejército de los salvajes unitarios.

 

A una legua hicieron alto.

 

A las doce volvieron a marchar los asquerosos unitarios.

 

A la una y media hicieron alto.

 

A las dos de la tarde volvieron a marchar.

 

A las tres hizo alto todo el ejército.

 

A las cuatro continuaron la marcha, y a las cinco y media pasaron el arroyo de la Chosa.

 

A las seis camparon en los dos puestos de Ramírez, con cuyos ranchos hicieron fuego los salvajes unitarios.

 

-No hay más -dijo el escribiente.

 

 

 

 

-Pasado mañana pueden estar en Merlo; mañana también -dijo Rosas y empezó a pasearse más precipitadamente por el cuarto.

 

 

 

 

-¿Qué dice esa comunicación de López? -preguntó parándose de repente, y después de un largo rato de silencio.

 

 

 

-Que marcha sobre San Pedro.

 

 

 

El cebador de mate volvió a aparecer en la puerta del rancho.

 

 

 

-¿No hay una carta sin firma ahí?

 

 

 

-Sí, Excelentísimo Señor.

 

 

 

-A ver, léala toda.

 

 

 

El escribiente leyó:

 

 

 

Montevideo, 1º de setiembre de 1840.

 

Excelentísimo Señor:

 

Después de mi carta de anteayer no hay más novedad sino la que ha traído ayer un buque de guerra inglés, que ha llegado del Janeiro, sobre la venida de un nuevo almirante francés, mandando la expedición que debe venir en auxilio de los traidores y desnaturalizados unitarios, que venderían su patria al extranjero, si no fuera el brazo poderoso de V. E. que la está defendiendo, solo contra tantos.

 

Aquí los salvajes unitarios siguen en la más completa anarquía.

 

Unos hablan pestes de Lavalle porque no avanza tan pronto corno quisieran.

 

Otros...

 

-Vea qué bulla es esa, Corvalán. No; espérese. Anda a ver -dijo Rosas al soldado del mate; porque en efecto se sentía cierta algazara en el campo.

 

 

 

El soldado salió y los escribientes y Corvalán quedaron en perplejidad.

 

-Siga no más -dijo Rosas al escribiente.

 

 

 

Este prosiguió:

 

 

 

Unos hablan pestes de Lavalle...

 

-Ya leyó eso, no sea bruto.

 

 

 

El lector se puso pálido como la cera, y prosiguió:

 

 

 

Otros gritan que no debe seguir adelante hasta que...

 

-¿Qué hay? -preguntó Rosas al soldado que entraba, mientras el escribiente rayaba con la uña la dicción en que había quedado pendiente la lectura.

 

 

 

-Nada, señor.

 

 

 

-¿Cómo nada?

 

 

 

-Es uno que vende dulces, y los compañeros dicen que es espía de Lavalle.

 

 

 

-Ha de ser, pues. ¿De dónde viene?

 

 

 

-No sé, señor; pero ha de ser de por ahí no más.

 

 

 

-Bueno, a los compañeros que hagan lo que quieran.

 

 

 

 

El soldado salió. Y Rosas hizo señas al escribiente para que continuase su lectura.

 

 

 

Prosiguió:

 

 

 

 

Haya sublevado en su favor todas las simpatías del país. Y el cabecilla Lavalle debe estar sin saber qué hacer porque cada uno le aconseja de distinto modo. Por lo que hace a Rivera...

 

El lector se paró de súbito a los horribles gritos, a los ayes que transían el alma y que se exhalaban a pocos pasos de allí, de Rosas: era que estaban degollando al vendedor de dulces, entre la grita y alegría salvaje de los soldados y la chusma, al ver la sangre y las agonías de la víctima.

 

 

 

 

Este infeliz se llamaba Antonio Fragueiro Calviño. Era viejo de sesenta y tantos años, y vendedor de masas por profesión, y que había ido ese día a Santos Lugares a hacer comercio con su cajón de dulces, arrastrado fatalmente por su destino.

 

 

 

-Siga, pues -dijo Rosas con la mayor flema.

 

 

 

 

Por lo que hace a Rivera no les ha de dar el mínimo auxilio, pues está deseando que se pierdan todos, no porque el pardejón no sea tan unitario como ellos, sino porque todos viven así en la más completa anarquía.

 

Todos los días llegan fugados de ésa. Me consta que la mayor parte se embarca por la costa de San Isidro en balleneras francesas que van a buscarlos; y me parece que ese punto es el que debe ser más vigilado.

 

Mañana volveré a escribir a Vuecelencia como lo hago en todas las ocasiones que me es posible.

 

La letra de cien onzas me fue pagada a la vista.

 

Quedo haciendo votos por el triunfo de Vuecelencia.

 

-No hay más.

 

 

 

-Mire -dijo Rosas dirigiéndose a Corvalán-, usted se va a la ciudad, ¿no?

 

-Como Vuecelencia lo ordene.

 

 

 

 

-Tiene qué hacer. Busque a Cuitiño y dígale que me han escrito de Montevideo que está dejando escapar por plata a los unitarios que se embarcan por la costa de San Isidro; que yo no lo creo, pero que no deje que los salvajes unitarios le estén sacando el cuero de ese modo; y que yo he de ir una noche de éstas a pasear por la costa.

 

 

 

-Muy bien, Excelentísimo Señor.

 

 

 

 

-Y cuente a los amigos, y a él también, todo lo que ha visto y oído por aquí... ¿Me entiende?

 

 

 

-Sí, Excelentísimo Señor.

 

 

 

 

-¿No está Maza ahí en la puerta? -preguntó Rosas al soldado que estaba con el mate, en que, de cuando en cuanto, tomaba Rosas algunos tragos.

 

 

 

-Ahí está -respondió aquél.

 

 

 

-Que venga.

 

 

 

 

Un instante después apareció Mariano Maza, jefe de un cuerpo llamado de la marina: hombre que más tarde debía jugar un sangriento y repugnante papel en las guerras de Rosas.

 

 

 

 

Era entonces como de treinta y cinco años, de estatura regular, rubio y de una fisonomía gatuna y siniestra, donde estaban dibujados francamente los instintos del mal y del vicio.

 

 

Presentóse con su gorra militar en la mano, delante del que tenía en su frente, tibias y en relieve, las manchas de sangre de su tío y de su primo hermano.

 

 

 

Rosas lo miró sin dignarse saludarlo, y le preguntó:

 

 

 

-¿No están en su cuartel unos que trajeron ayer?

 

 

 

-Sí, Excelentísimo Señor.

 

 

 

-¿Cuántos son?

 

 

 

-Son cuatro, Excelentísimo Señor.

 

 

 

-¿Cómo se llaman?

 

 

 

Maza sacó un papel de su bolsillo y leyó:

 

 

 

-José Yera, español.

 

 

 

-Gallego, diga.

 

 

 

-José Yera, gallego, y su hijo.

 

 

 

-¿Estos los mandaron de Lobos, no?

 

 

 

-Sí, Excelentísimo Señor.

 

 

 

-¿Y los otros?

 

 

 

-Un tal Vélez, cordobés, y Mariano Álvarez, porteño.

 

 

 

-¿Esos son todos?

 

 

 

-No han traído más, Excelentísimo Señor.

 

 

 

-Bueno; fusílelos.

 

 

 

Maza hizo una profunda reverencia y salió; mientras que Rosas volvió a sus paseos.

 

 

 

Al cabo de cinco minutos se paró y dijo:

 

 

 

-Vaya no más, Corvalán.

 

 

 

El edecán se disponía a salir.

 

 

 

 

-Ah, lléguese a lo de María Josefa y dígale que haga lo que quiera. Que sin son unitarios no le importe de nada.

 

 

 

-Muy bien, Excelentísimo Señor.

 

 

 

-Mire, véase a Mariño y dígale...

 

 

La voz de Rosas y la atención de todos fue suspendida por la detonación de dos descargas sucesivas.

 

 

 

 

¡Yera y su hijo, Álvarez y Vélez acababan de caer asesinados por el plomo de Rosas; como diez minutos antes había caído Calviño bajo el bárbaro cuchillo federal!

 

 

 

 

-Dígale, pues, a Mariño -continuó Rosas, con la mas inaudita tranquilidad- todo lo que hay por aquí; dígale también que parece unitario, porque están muy flojos sus artículos.

 

 

 

 

Esto decía Rosas en los momentos en que La Gaceta Mercantil chorreaba sangre, azuzando a lo lebreles de la Federación al exterminio de todos los unitarios.

 

 

 

 

Y Corvalán, así cargado de comisiones, cada una envolviendo una muerte o una desgracia, montó a caballo con menos seguridad que la que su nombre tenía de pasar tristísimamente a la posteridad, si no como un actor de crímenes, porque en efecto no lo fue el general Corvalán, a lo menos como un modelo de sumisión y de obediencia pasiva al tirano a quien sirvió por tantos años.

 

 

 

 

Pero no bien su caballo había dado algunos pasos cuando el cebador de mate lo alcanzó, y llamó al edecán de parte de Rosas.

 

 

 

El viejecito se desmontó con trabajo, y tropezando

 

 

 

 

con su espadín, y las charreteras bailándole, volvió a la presencia de Rosas, mientras que el soldado iba a buscar un vaso de agua que había pedido el dictador.

 

Capítulo III

 

 

 

Un vaso de sangre

 

-¿Ya se iba?

 

 

 

-Ya, Excelentísimo Señor.

 

 

 

-No; espérese. Siéntese.

 

 

 

Corvalán se sentó.

 

 

 

 

-A ver -continuó Rosas dirigiéndose a uno de los secretarios-: ¿cuál es el legajo que trajeron ayer?

 

 

 

 

-Aquél, Excelentísimo Señor -contestó el secretario señalando uno inmenso que estaba sobre una silla.

 

 

 

-Desátelo.

 

 

 

-Ya está, Excelentísimo Señor.

 

 

 

-Bueno, saque una clasificación.

 

 

 

-¿Cuál de ellas, Excelentísimo Señor?

 

 

 

-Empiece por la primera. Búsquela.

 

El escribiente se puso a recorrer los papeles.

 

 

 

-Aquí está, Excelentísimo Señor.

 

 

 

-Lea.

 

 

 

 

Y Rosas volvió a sus paseos en la habitación, mientras que el ordenanza permanecía parado en la puerta con el vaso de agua en la mano.

 

 

 

El secretario leyó lo siguiente(7)

 

 

 

Clasificaciones de 1835

 

Número 1

 

General Don Juan José Viamont, enemigo de los restauradores.

 

General Don Nicolás de Vedia, sostuvo el gobierno de Balcarce, y proclamó al pueblo con entusiasmo en contra del ejército.

 

General Don Tomás Iriarte, éste nunca fue federal; sostuvo con encarnizamiento a Balcarce.

 

General Don Gervasio Espinosa, éste fue federal, y se convirtió enemigo por sostener al gobierno de Balcarce, de quien recibió especiales consideraciones.

 

Coronel Don Francisco Linch, desertó del partido federal, y fue agente del ministro de la Guerra Martínez, en buscar prosélitos que sostuvieron su causa inicua.

 

Coronel Don Juan Pedro Luna, desde que regresó del ejército del sur era un furioso en hablar con publicidad del general, y de todo individuo que sostenía el partido federal; sólo una administración tan corrompida como la de aquella época pudo permitir tanta audacia sin contenerlo; en consecuencia tomó las armas; últimamente fue comprendido en la reforma, pasándole al estado mayor inactivo, pero en el momento pidió su licencia absoluta, y se le concedió.

 

Coronel Don Paulino Rojas, unitario y lomo negro, está en el estado mayor inactivo.

 

 

Teniente Coronel Don Prudencio Torres, fue unitario empecinado y después federal y últimamente lomo negro.

 

Teniente Coronel Don Juan José Olleros, lomo negro empecinado; está reformado.

 

Sargento Mayor Don Manuel Torres, se singularizó en las elecciones de abril, y ha estado en contra de los federales; es oriental y pariente de Martínez.

 

Teniente Coronel de milicias Don Epitacio del Campo, fue federal y después lomo negro empecinado; se singularizó en las elecciones de abril; esto le valió para ser jefe de policía, en cuyo destino hostilizaba a todos los federales que no eran de su facción.

 

Don Juan Manuel Canabery, lomo negro empecinado; tenía una protección decidida, y en consorcio de Don Epitacio del Campo hacían todos los remates del gobierno, en lo que ganaron gruesas cantidades.

 

Don Juan José Bosch, fue federal y se convirtió en lomo negro entusiasmado.

 

Teniente Coronel Don Manuel Gregorio Mons, español, lomo negro, y ciego agente del general Espinosa.

 

Coronel Don Bernardo Castañón, lomo negro, y espía del gobierno de Balcarce.

 

Coronel Don José María Echauri, en todo como el anterior.

 

Mayor Don Lorenzo Melgar, lomo negro empecinado, seducía a los paisanos: salía en todas las guerrillas, hasta que fue inutilizado por un lanzazo.

 

Mayor Don Casiano Aparicio, lomo negro empecinado.

 

Don Federico Obenr, éste, siendo particular y extranjero, andaba con una partida hostilizando a los paisanos en los días de la revolución, fue comisionado por Balcarce para persuadir al general Izquierdo viniese con su fuerza a la ciudad, quien lo arrestó, y puesto a disposición del general del ejército, fue remitido preso a la Guardia del Monte.

 

Don Matías Aberastegui, era oficial de abastecedores; tomó las armas contra sus compañeros y sirvió de ayudante del general Olazábal.

 

Mayor Don Martín Olazábal, lomo negro, tomó las armas.

 

Mayor Don Jerónimo Olazábal, unitario y lomo negro.

 

Don Diego Vivar, éste trabajó con empeño en seducir los milicianos del comandante Navarrete, por lo que fue arrestado y remitido a la Guardia del Monte.

 

Don Marcelino Carranza, unitario y lomo negro.

 

Teniente Coronel Don Benito Nazar, unitario y lomo negro.

 

Capitán Don Marino Bermúdez, está con el concepto de unitario, lomo negro, no ha servido en el ejército de la Federación; actualmente está causado por haber muerto a un músico de patricios.

 

Mayor Don José Gueselaga, lo fue del batallón de defensores, partidario del general Martínez, y lomo negro.

 

Mayor Don Rufino Guati, unitario y lomo negro.

 

Teniente Coronel Don Francisco Seguí, unitario y lomo negro.

 

Teniente Coronel Don Antonio Toll, en todo como el anterior.

 

Capitán de milicias Don Pablo López, era federal, se volvió lomo negro y tomó las armas.

 

Capitán de milicias Don Martín Amarilla, en todo como el anterior.

 

Capitán de milicias Don Luis Casar, idem, idem.

 

Teniente Coronel Don Mariano Moreno, lomo negro; sostuvo con ardor el gobierno de Balcarce.

 

Coronel Don Juan José Martínez Fontes, en todo como el anterior.

 

Coronel Don Nicolás Martínez Fontes, mandó el batallón «Río de la Plata»; estaba tan entusiasmado que el día de las elecciones de abril formó la tropa en el cuartel y la proclamó diciendo: que murieran los absolutistas.

 

Don José María Zelaya, éste era federal, lo trastornó el ministro de Guerra Martínez (se dice que por intereses), pero él era su agente y panegirista.

 

Don Demetrio Villarino, era juez de paz de San Fernando y lo sedujo el comandante Don Manuel Feliciano Fernández, por cuyo motivo lo depuso del cargo el general del ejército.

 

Don Juan José Maciel, era juez de paz de San Isidro; en todo como el anterior.

 

Coronel graduado Don José María Escobar, lomo negro, no es bueno ni para amigo ni para enemigo.

 

Don Diego Piñero, fue juez de paz de las Conchas; partidario entusiasta de Balcarce.

 

Don Plácido Viera, éste de particular fue hecho, en los días de la revolución de octubre, sargento mayor de caballería de línea y anduvo con partida; se le recogieron los despachos por comprenderlo la revolución de la honorable Sala.

 

 

Don José María Grimau, era corredor de número y uno de los más exaltados en la revolución contra los federales.

 

Coronel Don Rafael Hortiguera, lomo negro, pero moderado.

 

Don Pedro Echenagusia, siendo paisano se ofertó al gobierno para formar una compañía para pelear contra los federales, no llenó su compromiso, pero recibió ocho mil pesos que se quedó con ellos.

 

Capitán Don Emilio Góngora, lomo negro, y estuvo hasta lo último con las armas en la mano.

 

Don Mariano Artayeta, era mayor de Lavalle, unitario empecinado y se presentó en los días de la revolución a tomar las armas contra nosotros.

 

Don Mariano Aquilino, era alcalde del cuartel 17; hizo primores en las elecciones a favor de la lista negra, y últimamente tomó las armas.

 

Coronel Don Juan Coé, yerno de Balcarce, en los momentos de la revolución le dieron el mando del puerto.

 

Don Pedro Echagüe, lomo negro y espía del ministro Martínez.

 

Sargento Mayor Don Julián Martínez, hijo político del ministro Martínez, tomó las armas.

 

Coronel Don Manuel Rojas, unitario y lomo negro.

 

Coronel Don Román R. Fernández, lomo negro, trabajó con calor en las elecciones en contra de los federales.

 

Capitán Don Mariano Quintas, unitario y tomó las armas.

 

Don Antonio Martínez Fontes, escribió contra los federales, actualmente está empleado en la aduana.

 

Don Dámaso del Campo, lomo negro y trabajó en las elecciones en contra nuestra.

 

Teniente Coronel Don Juan Santiago Wascalde, unitario acérrimo, actualmente está empleado en el parque.

 

Capitán Don Bartolo Herrera, peleó contra los federales, está en el estado mayor activo.

 

Teniente Coronel Don Ramón Listas, unitario y lomo negro.

 

Mayor Don Bartolo Fernández, lomo negro completo; se hizo notar por su encarnizamiento en las elecciones y con las armas en los días del movimiento.

 

 

Teniente Coronel Don Amadeo Ibarrola, cuando estalló el movimiento del 11 de octubre se hallaba de comandante en Quilmes, donde lo había mandado días antes el gobierno. Los patriotas lo sorprendieron esa misma noche y después de arrestado lo pusieron en libertad, juramentándolo en que no tomaría las armas. Correspondió a esta generosidad con bajeza, y lo que se vio libre las tomó de nuevo.

 

Sargento mayor Don Félix Iriarte, unitario y lomo negro.

 

Sargento mayor Don Ciriaco Otero, tomó las armas contra los federales.

 

Teniente Coronel Don Victorio Llorenti, estaba empleado en la inspección, y en los días del movimiento de octubre, como se había dado a conocer por su exaltación, lo colocó el general Olazábal de su segundo en el cuerpo de patricios.

 

Mayor Don Pedro Calderón, unitario y lomo negro.

 

Don Gregorio Silva, era juez de paz de la Concepción, lomo negro empecinado y el agente del general Olazábal.

 

Don Eduardo Espinosa, era oficial de abastecedores, estuvo adentro con las armas en la mano, por esto fue arrojado del cuerpo.

 

Presbítero Don Mateo Vidal, enemigo acérrimo de los federales, era el que sostenía en la Sala de Representantes todas las disposiciones del gobierno en aquella época, y dirigía al ministro de la Guerra Martínez.

 

Coronel Don Ángel Salvadores, lomo negro, estuvo con las armas en la mano al mando de un cantón.

 

Mayor Don Ramón Carbajal, unitario y lomo negro.

 

Batallón de artillería

 

Clasificación de los jefes y oficiales de él

 

Comandante Don Juan Ceballos, obtuvo este empleo por el gobernador Balcarce después del 11 de octubre; lo ratificó Viamont; estuvo con las armas en la mano. No ha hecho más servicios a la Federación que la expedición a Córdoba.

 

Capitán Don Martiniano Aparicio, unitario y lomo negro.

 

Capitán Don Luis Arguero, lomo negro.

 

Teniente Don Manuel Visetrez, unitario.

 

Ayudante Don José Revol, lomo negro.

 

Teniente Don Norberto Abrego, lomo negro.

 

Subteniente Don Manuel Castañón, lomo negro.

 

Batallón Guardia Argentina. -Los jefes y oficiales sin excepción son federales y de toda confianza.

 

Regimiento Núm. 1.º de Campaña. -Los jefes y oficiales, sean de línea como de milicias que actualmente tiene, son federales y de confianza.

 

Relación de los lomos negros enemigos de los federales, y se hallan ausentes fuera de la provincia.

 

Brigadier Don Juan Ramón Balcarce; brigadier Don Enrique Martínez; general Don Félix Olazábal; coronel Don Manuel Olazábal; teniente coronel Don Manuel Feliciano Fernández; teniente coronel Don Ignacio Inarra; teniente coronel Don Adriano Cardozo; mayor Don Benito Olazábal; mayor Don Marcelino Aguilar; capitán Don Casimiro Garmendia; capitán Don Marcelino Salinas; teniente de milicias Don José Estanislao Bejarano, paisano; paisano Juan José Cano; guarda José Villoldo; guarda Pedro José Molina.

 

-No hay más, Excelentísimo Señor.

 

 

 

-Bueno; lea la segunda -dijo Rosas continuando su paseo, y el escribiente leyó:

 

 

 

Clasificación

 

Número 2

 

Empleados civiles de todas clases que son muy marcados por sus opiniones.

 

Departamento de policía

 

Comisarios.-Don Matías Robles, federal; Don Ángel Herrero, idem firme; Don Pedro Romero, idem firme; Don Lorenzo Laguna, idem; Don Pedro Chanteiro, idem, idem; Don Isidoro López, idem, idem; Don Hilario Ábalos, idem, idem; Don Juan José Castro, idem, idem; Don Diego Ruiz, federal; Don Manuel García, idem; Don Manuel Insúa, idem; Don Juan Manuel Serrano, idem; Don Pedro C. Chavarría, idem firme; D. Ciriaco Cuitiño, federal firme y sobresaliente; Don Andrés Parra, idem, idem, idem.

 

Comisario en comisión.-Don Marcelo Aspitía, federal firme.

 

Oficial 2.º.-Don Pedro Romero, federal.

 

 

Oficiales de mesa.-Don Juan Moreno, idem; Don Ramón Torres, idem; Don José María Zamorano, federal firme; Don Francisco Plot, idem, idem; Don Baltasar Agüero, insignificante e inasistente al servicio.

 

Oficiales escribientes.-Don Francisco A. Maciel, nuevo en el partido, con buena conducta; Don Esteban Ojeda, idem, idem; Don Francisco Cámara, idem, idem, fue unitario; Don Juan Victorica, demostró ser buen federal en la época de los renegados, y continúa; Don Manuel Ovella, español unitario; Don Ángel M. Gómez, se ignora su actual opinión y fue unitario.

 

Administradores de los carros fúnebres y de policía.-1º Don Luciano Isla, federal; 2º Don Pedro Óbrego, federal firme y neto.

 

Alcaides del depósito de policía.-1º Gregorio Guzmán, federal; 2.º Santiago Olivero, idem.

 

Tesorero de policía.-Don Francisco Eyzaga, buen federal.

 

Nota. Entre los vigilantes hay muchos buenos federales, pero otros son enteramente desconocidos respecto de su opinión, y será preciso el clasificarlos despacio, previos los informes convenientes.

 

Actuales jueces de paz en la ciudad.-Catedral al norte: Don Inocencio Escalada,

 

federal; San Nicolás: Don Julián González Salomón, federal firme y sobresaliente;

 

Piedad:  Don  Antonio  Viera,  federal;  Monserrat:  Don  Manuel  Maestre,  idem;

 

Concepción: Don José María Pintos, idem; Socorro: Don Gabriel Ferreyra, idem; San

 

Telmo: Francisco Buzaco, idem; Pilar: Don Juan Ovalle, idem; San Miguel: Don José

 

Moreno, idem; Balbanera: Don Mariano Lorea, renegado.

 

Nota. Hay un alcalde en esta última parroquia llamado D. Eustaquio Giménez, que tiene actitudes, es hombre de bien y federal conocido.

 

Empleados del fuerte.-Don Pedro Salvadores, unitario y renegado; Don Benedicto Maciel, pasa por federal, pero lo pasaba bien con los renegados, y gobierno subsiguiente; Don Severo Belvis, renegado; Don Mariano Balcarce, idem; Don Demetrio Peña, idem y unitario; Don José María Sagasta, idem; Don Gregorio Alagón, idem, idem; Don Prudencio Gramajo, idem, idem; Don Avelino Balcarce, renegado.

 

Ministerio de Guerra.-Oficial mayor Don Mariano Moreno, renegado; Don Juan J. Martínez Fontes, idem; Don José M. Agrelo, idem; Don Marcos Agrelo, idem; Luis Méndez, idem; Don Esteban Badlam, renegado; doctor Don Mariano Herrera, unitario; Don Pedro Díaz de Vivar, renegado; Don Justo Balcarce, idem.

 

Contaduría general.-Don Tomás Usúa, unitario y renegado; Don Antonio Marcó, idem, idem; Don Mariano Javelera, idem, idem.

 

 

Archiveros.-Don Jerónimo Lasala, vive con todos; Don Mariano Vega, renegado exaltado.

 

Colecturía.-Don Santiago Calzadilla, unitario; Don Marcos Sauvidet, unitario; Don Juan Araújo, renegado malo; Don Antonio Martínez Fontes, renegado.

 

En el resguardo.-Don José M. Somalo, renegado; Don José A. Echevarría, idem; Don José Guerreros, renegado exaltado y fue agente del gobierno de Balcarce; unos Peñas, renegados; Don N. Perelló, unitario y renegado.

 

Debe haber en el resguardo otros muchos renegados, según la opinión general.

 

Correos.-Don Manuel J. Albarracín, unitario; Don Bonifacio Salvadores, idem y renegado; F. Olayo Picó, unitario.

 

Institución de serenos.-Presidente Don José Olaguer, renegado, vive con todos.

 

Tesorero. -Don Felipe Botet, unitario muy renegado.

 

Ayudantes.-Don Juan Bautista Perichón, unitario; Don Pedro Botet, renegado; Don Antonio José Larrosa, vive con todos; Don José Álvarez, federal; Don Ambrosio Correa, idem; Don José León Gutiérrez, idem muy comprometido.

 

Serenos pertenecientes al partido de los renegados.-Pedro Espejo; Fermín Urain; José Pillao; Manuel Roxas; Juan Navea; Cosme Méndez; Vicente Gómez; Nicolás Martínez; José Alcolea, y unitario; Rufino Blanco; Manuel Sosa; Manuel Rubio; Gregorio Díaz, y muy malo en la época pasada; Domingo Lara, y unitario malo; Nicolás Blanco; Lorenzo Vose; José M. Cabot; Juan Ramón Díaz; José Ramos; Pedro Melo; Atanasio Romero; Luis Peredo; Francisco Rodríguez; Alberto Buráñez; José Isla; Vicente Montillo; Francisco Tixera; José M. Ordóñez; Julián Muñoz.

 

Individuos de todas clases

 

Don Luis Vega, ex juez de paz el año 33, renegado exaltado.

 

Don José M. Zelaya, empleado en el parque, renegado.

 

Un empleado del mismo destino apellidado Velázquez, renegado.

 

Don Matías Aberasteguy, ex alcalde del cuartel número 9, renegado.

 

Don Martín Troncoso, idem del número 13, renegado exaltado.

 

Don José Picó, idem, del 52, idem, idem.

 

Don Demetrio Villarino, ex juez de paz de San Fernando, renegado.

 

Don Juan José Maciel, ex juez de paz de San Pedro, renegado.

 

Don Juan Barrenechea, R.te, renegado.

 

Don Vicente Arraga, idem, idem.

 

Don Irineo Portela, idem, unitario.

 

Don Ignacio Martínez, idem, renegado.

 

Don Pedro Trapani, idem, idem.

 

Don Baldomero García, vividor con todos los partidos y muy relacionado con los unitarios.

 

Doctor Don Mateo Vidal, eclesiástico, renegado.

 

Don Francisco Silveira, canónigo, idem.

 

Don Ramón Olavarrieta, cura, idem.

 

Don Manuel Nazar, teniente cura, renegado y unitario.

 

Don José Albarracín, cura renegado.

 

Don Mariano Brizuela, presbítero, unitario.

 

Don Bernardo José Campos, cura, idem.

 

Abogados.-Doctor Don Pedro José Agrelo, renegado; doctor Don Valentín Alsina, unitario; doctor Don Marcelo Gamboa, moderado; doctor Don Pedro del Valle, renegado; doctor Don Manuel Belgrano, unitario; doctor Don Juan José Cernadas, renegado; doctor Don Bernardo Vélez, unitario malo; doctor Don Florentino Castellano, unitario renegado; doctor Don Paulino Ibarbás, unitario; doctor Don Rafael Macedo Ferreira, renegado; doctor Don José Tomás Aguiar, idem.

 

Escribanos.-Don Francisco Castellote, «unitario él, su mujer, hijos e hijas»(8)

 

;      («Agregado auxiliar») Antonio Fausto Gómez; Don Manuel Covia, unitario «del consulado»; Don Marcos José Agrelo, unitario, escribano de número; Don Teodoro Montaño, renegado; Don Luis Castañaga, unitario incorregible; Don Luis López, federal, «buen sujeto»; Don Laureano Silva, idem; Don Miguel Mogrovejo, renegado; Don José María Jordán, unitario; Don Juan José Canaberis, procurador renegado, «malo, incapaz»; José Joaquín Rubí, federal firme.

 

 

 

 

Médicos y cirujanos.-Los dos Almeidas, unitarios moderados; Don Cosme Argerich, renegado; Don Pedro Carrasco, unitario; Don José Fuentes, federal; Don Fernando María Cordero, idem firme; Don Andrés Dik, extranjero federal; Don Juan Antonio

 

 

Fernández, unitario; Don James Leppar, extranjero, no es unitario; Don Pedro Martínez, renegado; Don Pedro Roxas, unitario, Don Manuel Salvadores, idem, renegado; Don Justo García Valdés, idem, idem; Don Benjamín Vieites, idem, idem.

 

Particulares

 

Unitarios y federales renegados.-Don Mariano Fragueiro, unitario; Don José Pérez (comandante), idem; Don Manuel Arroyo y Pinedo, muy unitario; Don José Arroyo y Pinedo, idem, idem; Don Juan Fernández Molina, unitario; Don Ventura Arzac, idem, malo; Don José María Arzac (impresor), renegado y malo; Don Pablo García (vago), idem, idem; Don Francisco Lavalle, unitario; Don Francisco Seguí, idem; Don Joaquín Belgrano, idem; Don Pedro Berro, idem; Don Fidel Casati, idem; Don Miguel Fernández, hermano de Manuel Feliciano, renegado; Don Carlos Lamarca, unitario; Don José María Maldonado, idem; Don Molino Torres, Ángel, idem; Don Sebastián Ocampo, unitario exaltado; Don Carlos Reyes, idem; Don Miguel Sánchez, idem, muy exaltado; Don Manuel Terri, empleado en el banco, unitario; Don Gregorio Terri, empleado en el banco, idem; Don Marcelino Carranza, renegado; Don Manuel Carranza, unitario y renegado; un joven Máximo Lara, muy renegado; Don Juan Manuel Canaveris, idem, idem; Don Benito Díaz (corredor), unitario renegado; Don Juan de Dios Padrón, idem; Don Matías Aberastegui, ex alcalde del cuartel número 9, renegado; Don Pedro Echenagusia, renegado malo, espía pagado en el gobierno de Balcarce contra los federales; Don Manuel Vega, renegado malo y atropelló a algunos ciudadanos en la época malhadada de los renegados; Don José María James, unitario malo y renegado; Don Gervasio Armeros, renegado y no hace honor al empleo de oficial de justicia que ejerce.

 

Federales de varias clases que pertenecen a la Sociedad Popular Restauradora y son comprometidos

 

Don Martín Santa Coloma, sobresaliente; Don Pablo Hernández, «representante, fortuna»; Don Sebastián Sárate; Don José M. Boneo, «b.»; Don José Aldao, «b.»; Don Ramón Bustos, «edecán»; Don Rafael Barrios, «bueno», «abastecedor»; Don Hilario Rodríguez, capitán de Pardos, «empleado»; Don Miguel Planes, «b.»;Don Manuel Alarcón, «b.», «capitán»; Don Laureano Almada, «b.», «puesto verdura»; Don José Tomás Robledo, «b.», «capitán del 6 o de la partida de Cuitiño»; Don Andrés Robledo, «b.», «idem capitán»; Don Bernardo Fuentes, «b.», «mercado»; Don Pedro Nolasco Contín; Don Andrés Cabo, «b.», «casa propia, en el puente, fortuna»; Don Juan Merlo, «b.», «capitán»; Don Manuel Barbarín; Don Manuel Núñez; Don Julián de León; Don José Antonio Reynoso; Don Bernardino Orellana; Don Máximo Sosa (negro); Don Silvestre San Martín (negro); Don Francisco Molina; Don José María Yedros, capitán pardo, «b.»; Don José Rodríguez (pardo), «b.»; Don Daniel Capdevila (negro), «b.»; Don Mariano Castillo, «b.», «capitán de milicia»; Don Antonio Bonifás (marina), «b.», «en el servicio de la marina»; Don Evaristo Idalga; Don Antonino Reyes; Don Trifón Cárdenas

 

 

(oficial); Don Francisco Isar; Don Antonio Reynoso; Don José Pintos, «b.»; Don Vicente Funes; Don José A. Liménez, «hacendado del N.»; Don José Domingo Montaño; Don Juan Baleyja, «b.», «capitán M.»; Don Lorenzo García; Don Martín Farías (del resguardo); Don Mateo Castañón; Don Manuel Burgos; Don Angel Octán; Don Francisco Esquibando; Don José M. Pita; Don Manuel Aráoz de Parra; Don Ciriaco Gari (oficial de milicia); Don Felvo Briones (oficial militar); Don Mariano Soria; Don Diego Obirson; Don Antonio Miranda; Don Juan Molina; Don Pedro Santellán; Don Laureano Silva (escribano); Don Cayetano Laprida; Don Juan José Olivera; Don José Serapio Gaona; Don Máximo Taybo; Don José Tiburcio Sánchez; Don José D. Farías; Don José Carrasco; Don Francisco Farías, «b.», «capitán»; Don Manuel Altolaguirre (pardo); Don Juan Balanzártegui (negro); Don Manuel Abrego; Don José Gabriel Romero; Don Pedro Aberastegui; Don Juan Fuentes; Don Félix Padín (pardo), «b.», «verdulero»; Don Roque Narbona (negro); Don Juan José Pérez de la Rosa, «bueno, oficial rebajado»; Don Gregorio Sufrategui.

 

Otros federales, aunque no son de la sociedad

 

Don Bonifacio Huergo; Don Manuel Rábago; Don Miguel Oñederra; Don Anselmo Farías, sobresaliente; Don Domingo Eyzaga, «b.»; Don Miguel Casal (ex comisario); Don Evaristo Pineda (corredor); Don Simón Pereira; Don José Vari; y otros muchos.

 

Respecto a los negros de la última clase pueden considerarse federales prontos a sostener la causa más de las nueve décimas partes de ellos, y la otra se compone de algunos oficiales del cuerpo de defensores (que pueden ser clasificados a su tiempo) y de otros pobres ignorantes, alucinados por ellos.

 

-Se ha concluido, Excelentísimo Señor.

 

 

 

 

-Entonces, deje ahí no más; vaya separando las otras para leerlas luego; pero mire, cuando vea unitarios en esos papeles, léame salvajes unitarios. Tome, Corvalán. Llévele a María Josefa y dígale que vaya entresacando; que mañana le mandaré otras.

 

 

 

-¿Nada más, Excelentísimo Señor?

 

 

 

-Nada más.

 

 

 

 

Corvalán salió.

 

 

 

En este momento tomó Rosas el vaso de agua de manos del ordenanza.

 

 

 

 

La puerta vidriera del rancho daba al oriente, y los vidrios estaban cubiertos por cortinas de coco punzó. El sol estaba levantándose entre su radiante pabellón de grana; y sus rayos quebrándose en los vidrios de la puerta y su luz tomando el color de las cortinas, venía a reflejar con él en el agua del vaso un color de sangre y fuego.

 

 

 

 

Este fenómeno de óptica llevó el terror a la imaginación de los secretarios, que, herida por la idea que acababan de comprender en Rosas al mandar las clasificaciones a su hermana política, les hizo creer que el agua se había convertido en sangre, y súbitamente se pararon pálidos como la muerte.

 

 

 

 

La óptica y su imaginación, sin embargo, se habían combinado para representar, bajo el prisma de una ilusión, la verdad terrible de ese momento. Sí, porque en ese momento bebía sangre, sudaba sangre y respiraba sangre: concertaba en su mente, y disponía los primeros pasos de las degollaciones que debían bien pronto bañar en sangre la infeliz Buenos Aires.

 

Capítulo IV

 

 

 

Donde aparece, como aparece siempre, nuestro Don Cándido Rodríguez

 

Si los capítulos anteriores han podido dar una ligerísima idea de la ferocidad de Rosas, también habrán hecho reflexionar, es probable, sobre el modo como se ocupaba de la defensa de su causa, frente del enemigo que le invadía, y la amenazaba.

 

 

 

 

Hay resistencia en el espíritu para creer que en todo pensase Rosas, en los primeros días de setiembre de 1840, menos en una formal organización de defensa, en un plan de campaña, tan serio siquiera, como la situación que lo rodeaba. Y nada hay más cierto, sin embargo.

 

 

 

 

Rosas jamás fue militar. Y en aquel conflicto no hizo otra cosa que amontonar hombres y cañones, carretas y caballos, en los estrechos reductos de Santos Lugares; esperándolo todo de la casualidad, del terror en sus enemigos, y del miedo en sus servidores, que parece haber sido la única táctica de ese hijo predilecto de una fortuna, la más siniestra para la humanidad, tanto en sus guerras de 1840 a 1842, como en la que sostiene en la época en que estos cuadros se delinean.

 

 

 

 

Alistados a sus banderas no faltaban algunos oficiales, generales del tiempo de la independencia; y, como tales, viejos veteranos que habíanse criado entre los grandes planes militares y la disciplina severa, sirviendo a las órdenes de los primeros capitanes de aquella guerra gigantesca. Y las medidas de Rosas, como general en jefe del ejército, en aquellos momentos en que todos jugaban su porvenir, si no su vida, era la pesadilla diaria de aquellos soldados de la independencia, que no veían sino el absurdo y la ignorancia, o la más completa apatía en las disposiciones del dictador, que revelaba una completa ausencia de las nociones más simples del arte de la guerra. Para ellos era incomprensible que sólo con rondas, para ver si hallaban algún unitario con armas; con visitas a los cuarteles, para no encontrar sino montones de hombres sin disciplina ni espíritu de soldado; y con hacinar enjambres de hombres y de animales en un estrecho campamento, se pudiese asegurar el triunfo o siquiera una resistencia regularizada, llegado el caso de un ataque serio sobre aquel punto, o de una sorpresa a la ciudad. Y ante semejantes planes militares renegaban de la suerte que los había puesto bajo el mando de aquel bruto, como lo llamaban Mansilla, Soler y otros que habían ceñido la espada desde los primeros días de la revolución de América.

 

 

 

¡Pero parece increíble! Este mismo trastorno de lo natural, esta misma vulgaridad e ignorancia de Rosas, servía para que la fanática plebe de su partido, y muchos también que no eran plebe, dijesen y creyesen que todo aquello que veían y los sorprendía era efecto del genio del Restaurador, que se escapaba a la penetración de los demás.

 

 

 

-Él sabe lo que hace -decían.

 

 

 

 

Y sin embargo, la verdad es que el genio no sabía una palabra de lo que estaba haciendo, o de lo que debía hacer, en orden a la defensa militar; y se lo llevaba en un trabajo asiduo y laborioso, dentro sí mismo, pensando y combinando los medios de satisfacer sus bárbaras venganzas en el caso de triunfar, que ya empezaba a ver como muy probable, sin más ciencia que sus instintos y su sagacidad, puramente orgánicos, puramente animales: ora combinando nombres para encontrar víctimas, sea combinando en su idea el medio de arrojar a la mendicidad la mitad de la población; nuevo y el más espantoso de sus delitos, que debía convertirse en ley dentro de pocos días.

 

 

 

 

Entretanto, y a medida que los sucesos se precipitan, el lector tendrá que acompañarnos, con la misma prisa que esos sucesos, a todas partes y con toda clase de personas. Y al llegar más pronto que Corvalán de Santos Lugares a la ciudad, y al correr sus calles, ora en largas longitudes, tristes, solitarias, lúgubres; sea teniendo que empujar y codear para abrirnos camino por medio de una oleada de negras viejas, jóvenes, sucias unas y andrajosas, vestidas otras con muy luciente seda, hablando, gritando y abrazándose con los negros, soldados de Rolón o de Ravelo, mientras otras se despedían a gritos, marchando a Santos Lugares; ya teniendo que ampararnos del umbral de una puerta, para que los caballos a galope, azuzados por el rebenque de la Mashorca que pasa en tropel, haciendo que hace en el gran plan de defensa de su genio, no invada la vereda y nos lleve por delante; o ya en fin, andando más de prisa para evitar la mirada curiosa que se escurre por la rendija de un postigo entreabierto, donde se asoma una pupila inquieta y buscadora, queriendo interrogar hasta las piedras para saber qué pasa, qué fortuna se cierne en ese instante sobre la cabeza de todos, sobre el lecho del viejo, sobre la cuna del niño; para saber si el corazón ha de latir de miedo o de esperanza todavía; si el sol ha de ponerse el último para ella, o el postrero para la terrible ansiedad que devora el espíritu y el cuerpo. Y corriendo, deslizándonos con el lector sobre esa ciudad cuyo piso tiembla, cuyo aire tiene olor a sangre, donde sobre las nubes no parece haber Dios, donde sobre el suelo no parece

 

 

haber hombres, de todo falta, menos la agonía del alma, las creaciones asustadoras de la imaginación, y la lucha terrible de la esperanza, que se escapa, o se postra en el pecho, con la realidad, con la verdad, que subyuga y aniquila y mata esa esperanza misma; corriendo aquí y allí, de repente nos hallaremos con un personaje serio y tieso, que con su inseparable bastón va pasando por la puerta de la Sala de Representantes, con un aplomo de piernas sorprendente, mientras que la vaguedad de sus miradas, y su semblante como bañado en agua de azafrán, nos hará creer por un momento que aquel hombre lleva una cabeza postiza, viendo en el rostro el antítesis de la seguridad que ostenta el cuerpo.

 

 

 

Era Don Cándido Rodríguez.

 

 

 

 

Frente a la Sala de Representantes había en 1840 una pequeña fonda, que era el Palais Royal de toda la corte del genio, desde las ocho hasta las once de la mañana, desde las nueve hasta la una de la noche; en cuya puerta, un año antes, habían tomado al joven Alagón, para convertirlo en una de las más tristes y lamentables víctimas de Rosas.

 

 

 

Eran las diez de la mañana.

 

 

 

 

Don Cándido llegaba ya a la puerta de la Sala de Representantes, cuando salía de la fonda una docena de personajes de la Federación, haciendo un ruido infernal con sus inmensas espuelas.

 

 

 

 

Don Cándido no los miró con los ojos. Los miró y conoció con el oído. Y, sin dar vuelta su cabeza, ni precipitar sus pasos, se entró muy serio a la Sala de Representantes, y empezó a subir por la escalera que conduce al archivo.

 

 

 

 

El no iba a semejante casa, ni a tal archivo. Era el ruido de las espuelas federales lo que había dado a sus piernas una nueva dirección, sin dar tiempo a su cabeza a la combinación de ninguna idea. Así es que, cuando se halló frente a frente con un oficial de esa oficina, no sabiendo qué decirle, y no creyendo que debía pararse todavía, pasó por delante de él, y siguió andando.

 

 

 

-Señor, ¿quería usted algo? -le dijo aquél.

 

 

 

-¿Yo?

 

 

 

-Sí, pues, usted que se entra, así no más.

 

 

 

 

-Mire usted, joven, esto es efecto de causas muy remotas y recónditas, que cuando el tiempo, ese amigo de la vejez e instructor de los jóvenes... el tiempo, ¡si usted supiera lo que es el tiempo!

 

 

 

 

-Señor, yo lo que deseo saber es qué busca usted -dijo el oficial, que empezó a creer que Don Cándido era un loco, y no las tenía todas consigo al encontrarse solo, en tan peligrosa compañía.

 

 

 

 

-Mire usted; yo, francamente, no quiero nada. ¿De qué familia es usted, mi distinguido señor?

 

 

 

 

-Señor, yo tengo que cerrar la puerta: hágame el favor de retirarse -dijo el joven retrocediendo algunos pasos y dando la espalda a la puerta de salida.

 

 

 

 

-Tiene usted en su fisonomía la expresión del talento, de la asiduidad, de la labor; ¿en qué forma de letra escribe usted?

 

 

 

-Señor, hágame usted el favor de irse.

 

 

 

 

-De todos mis discípulos; porque ha de saber usted que yo he sido maestro de primeras letras, de todo Buenos Aires. ¡Oh, y qué hombres he sacado! Unos son hoy diputados, comerciantes de primer orden, activos, hacendosos, infatigables; ¿conoce usted la casa de comercio que hay...?

 

 

 

Don Cándido alzó su caña de la India, como para apuntar en el aire la dirección a que iba a referirse, cuando el joven, creyendo que la alzaba para darle un palo, corrió a la puerta y dio un grito al portero, que felizmente no se hallaba en su puesto.

 

 

 

-¿Qué hacéis, joven imprudente, inconsiderado, ligero como todos los jóvenes?

 

 

 

-Señor, si usted no se va, yo empiezo a gritar.

 

 

 

-Bien; ya me voy, joven inexperto y alucinado.

 

 

 

 

Pero en lugar de dirigirse a la puerta, Don Cándido se dirigió a uno de los balcones, que quedaban frente a frente con la fonda; y el alma le volvió al cuerpo, al ver que nadie había en la puerta de ella.

 

 

 

 

Volvióse entonces y extendió su mano para despedirse del oficial del archivo, quien, no teniendo la mínima duda de que Don Cándido acababa de escaparse de la Residencia, se guardó muy bien de poner su mano entre las suyas.

 

 

 

 

-Adiós, joven bisoño y nuevo en la escuela del mundo. Ojalá pueda pagar a usted y a su respetabilísima familia el eminente e inolvidable servicio que acabo de recibir.

 

 

 

 

Y Don Cándido bajó con toda su estudiada gravedad las escaleras, mientras el joven quedóse mirándole y riendose.

 

 

 

 

Pero no bien el maestro de primeras letras había llegado a la esquina de esa cuadra, andando siempre en dirección al Retiro, cuando otra comitiva federal doblaba del Colegio hacia la fonda y se encontró de manos a boca con Don Cándido.

 

 

Este no bajó, saltó de la vereda, y con el sombrero en la mano empezó a hacer profundas reverencias.

 

 

 

 

Los otros, que tenían más ganas de almorzar que de saludar, y muy habituados que estaban a esa clase de cumplimientos, siguieron su camino, mientras Don Cándido se quedó saludándolos hasta por la espalda.

 

 

 

 

Vertiginoso, latiéndole las sienes terriblemente, y sudando a ríos, dobló al fin por la calle de la Victoria en dirección al campo, y fue a entrar por aquella puerta donde lo conocieron nuestros lectores por la primera vez, y que no era otra que la de Daniel, como es probable que lo recuerden.

 

 

 

 

Un momento después, nuestro desgraciado secretario entraba a la sala de su antiguo discípulo, a quien halló sentado en una cómoda silla de balanza, leyendo muy tranquilamente la elocuente Gaceta Mercantil.

 

 

 

-¡Daniel!

 

 

 

-¿Señor?

 

 

 

-¡Daniel! ¡Daniel!

 

 

 

-¡Señor, señor!

 

 

 

-Nos perdemos.

 

 

 

-Ya lo sé.

 

 

 

 

-¿Lo sabes y no nos salvas?

 

 

 

-De eso se trata.

 

 

 

-No, Daniel, no, no tendremos tiempo.

 

 

 

-Tanto mejor.

 

 

 

 

-¿Cómo? -interrogó Don Cándido, abriendo tamaños ojos, y sentándose en un sofá al lado de Daniel.

 

 

 

-Digo, señor, que en las situaciones difíciles lo mejor es acabar pronto.

 

 

 

-Pero acabar bien, querrás decir.

 

 

 

-O acabar mal.

 

 

 

-¿Mal?

 

 

 

 

-Sí, pues, mal o bien, siempre es mejor que vivir dando un brazo al bien y el otro al mal.

 

 

 

-¿Y ese mal será?

 

 

 

-Que nos corten la cabeza, por ejemplo.

 

 

 

 

-Que te la corten a ti y a todos los conspiradores. Pero no a mí, un hombre tranquilo, inocente, manso, incapaz de hacer el mal con intención, con premeditación, con...

 

 

 

-Siéntese usted, mi querido maestro -dijo Daniel cortando el discurso de aquél, que a medida que hablaba había ido parándose.

 

 

 

 

-¿Qué he hecho yo, ni qué he pensado hacer para encontrarme, como me hallo, semejante a un débil barquichuelo en medio de las ondas y las tempestades del Océano?

 

 

 

-¿Qué ha hecho usted?

 

 

 

-¿Sí, yo?

 

 

 

-¡Toma! Pues no es nada lo que usted ha hecho.

 

 

 

 

-Yo no he hecho nada, señor Don Daniel, y ya es tiempo de que nuestra sociabilidad se separe, se rasgue, se rompa para siempre. Yo soy un acérrimo defensor del más ilustre de los restauradores de este mundo. Quiero hasta el último de la respetabilísima familia de Su Excelencia, como quiero y soy defensor del otro señor gobernador, doctor Don Felipe, de sus antepasados, y de todos sus hijos. Yo he querido...

 

 

 

-Usted ha querido emigrar, señor Don Cándido.

 

 

 

-¿Yo?

 

 

 

-Usted; y éste es delito de lesa federación que se paga con la cabeza.

 

 

 

-Las pruebas.

 

-Señor Don Cándido, usted está empeñado en que alguien lo ahorque.

 

 

 

-¿Yo?

 

 

 

 

-Y sólo espero que me diga usted si quiere serlo por la mano de Rosas o por la mano de Lavalle. Si lo primero, le complaceré a usted en el momento, haciendo una visita al coronel Salomón. Si lo segundo, esperaré tres o cuatro días a que entre el general Lavalle, y en primera oportunidad le hablaré del secretario del señor Don Felipe.

 

 

 

-¿Conque entonces yo soy hombre al agua?

 

 

 

 

-No, señor, hombre al aire será usted, si persiste en hablar tanta tontería como lo ha estado haciendo.

 

 

 

-Pero, Daniel, hijo mío, ¿no ves mi cara?

 

 

 

-Sí, señor.

 

 

 

-¿Y qué notas en ella?

 

 

 

-Miedo.

 

 

 

 

-No, miedo no, desconfianza, efecto de las terríficas impresiones que me acaban de dominar.

 

 

 

-¿Y qué hay?

 

 

-De lo del señor gobernador aquí, me he encontrado dos veces con esos hombres que parecen.., que parecen...

 

 

 

-¿Qué?

 

 

 

-Que parecen diablos vestidos de hombre.

 

 

 

-U hombres vestidos de diablo, ¿no es eso?

 

 

 

 

-¡Qué caras, Daniel, qué caras! Y sobre todo esos cuchillos que llevan. ¿Crees que uno de esos hombres sería capaz de matarme, Daniel?

 

 

 

-No, me parece. ¿Qué les ha hecho usted?

 

 

 

-Nada, nada. Pero imagínate que me confunden con otro, y...

 

 

 

 

-Bah, dejemos eso, mi querido amigo. Usted me ha dicho que salió de lo de Arana para venir aquí, ¿no es eso?

 

 

 

-Sí, sí, Daniel.

 

 

 

-Luego usted traía un objeto en su venida.

 

 

 

-Sí.

 

 

 

-¿Y cuál era, mi amigo?

 

-No sé; no quiero decirlo ya. No quiero más política, ni confidencias.

 

 

 

-Ah, ¿luego era una confidencia política lo que venía usted a hacerme?

 

 

 

-No he dicho tal.

 

 

 

-Y apostaría a que trae usted en el bolsillo de su levitón algún papel importante.

 

 

 

-No traigo nada.

 

 

 

 

-Y apostaría a que si algún hermano federal se le antoja registrarlo a usted al salir de acá, por ver si lleva armas, y le encuentra el tal papel, se lo despacha a usted en un abrir y cerrar de ojos.

 

 

 

-¡Daniel!...

 

 

 

-Señor, ¿me da usted los documentos que me trae o no?

 

 

 

-Bajo de una condición.

 

 

 

-Veamos.

 

 

 

-Que no me exigirás que continúe faltando a mis deberes.

 

 

 

 

-Tanto peor para usted, porque Lavalle no pasa cuatro días sin que esté en Buenos Aires.

 

 

-¡Y qué! ¿Tú no responderías de los inmensos servicios que he prestado a la libertad?

 

 

 

-No, si usted se para en la mitad del camino.

 

 

 

-¿Y crees que entre Lavalle?

 

 

 

-Para eso ha venido.

 

 

 

 

-Mira; aquí entre los dos, yo también lo creo; y es por eso que venía a verte. Ha habido un contraste.

 

 

 

 

-¿En quién? -preguntó Daniel con viveza, sonrosándosele un poco el semblante, donde en pocos días habían hecho un notable estrago las diferentes impresiones que invadían su alma. Pálido, ojeroso, desencajado, se parecía más ese día a un joven libertino que echa la vida y la salud por la puerta de los sentidos, que a un joven que vive la vida, el corazón y la inteligencia.

 

 

 

-Toma, lee.

 

 

 

Daniel desdobló un papel que le daba Don Cándido y leyó:

 

 

 

San Pedro, 1º de setiembre.

 

Hace dos días que se presentó Mascarilla con mil hombres, a tomarnos el pueblo, que mostró una decisión extraordinaria, rechazándolo vigorosamente. Traía una pieza de cañón, ciento cincuenta infantes y como seiscientos jinetes. Atacó por dos puntos. Penetraron un momento hasta la plaza; pero fueron repelidos por nuestro vivísimo fuego. La pérdida pasa de cien hombres.

 

Adjunto a usted copia de la comunicación que he recibido del general.

 

Mañana le escribiré detalladamente.

 

Juan Camelino.

 

Señor D...

 

-A ver el documento a que se refiere -dijo Daniel después de un silencio de más de diez minutos fijos sus ojos en el papel que tenía en la mano, mientras pasaban por su expresiva fisonomía visibles nubes de tristeza y desconsuelo.

 

 

 

 

-Toma -dijo Don Cándido-, son los dos documentos de importancia, y que se han encontrado en una ballenera tomada anoche. Volando he sacado una copia para traértela.

 

 

 

Daniel tomó el papel sin oír a Don Cándido, y leyó:

 

 

 

Ejército Libertador, cuartel general en marcha,

 

agosto 29 de 1840.

 

Al Señor D. Juan Camelino, comandante militar de San Pedro

 

El general en jefe tiene la satisfacción de comunicar a usted, para que lo haga saber en el partido de su mando, que por comunicaciones que se han interceptado de Don Félix Aldao al tirano Rosas, se sabe que el estado de la opinión de los pueblos del interior es el más favorable a la causa de la libertad. Las provincias de Córdoba, San Luis y San Juan se han negado a dar a Aldao los auxilios que había solicitado. La provincia de La Rioja se ha alzado en masa contra la tiranía de Rosas y ha armado una gruesa columna de caballería y ochocientos infantes. El general La Madrid, que pisó el territorio de Córdoba al frente de un ejército de bravos amigos de la libertad, vendrá pronto a apoyar las operaciones del Ejército Libertador.

 

La división Vega dispersó completamente en Navarro las fuerzas de milicias que había reunido Chirino. El ejército cuenta con un escuadrón de aquellas milicias.

 

El general en jefe ha sabido que las milicias de la Magdalena se han sublevado abandonando a sus jefes en el momento que les dieron la orden de incorporarse al ejército de Rosas. La causa de la libertad hace rápidos progresos, y el general en jefe espera que bien pronto serán premiados los esfuerzos de los soldados de la patria entre los que ocuparán un lugar distinguido los bravos defensores de San Pedro.

 

 

Hará usted saber las noticias que le comunico en el partido de su mando, con la seguridad de que el Ejército Libertador no imita el sistema de mentir con que el tirano intenta ocultar su crítica situación.

 

Enviará usted una copia de esta nota al juez de paz del Baradero.

 

Dios guarde a usted.

 

Juan Lavalle.

 

-¿Qué te parece? -preguntó Don Cándido luego que Daniel hubo concluido la lectura del documento.

 

 

 

El joven no contestó.

 

 

 

-Se vienen, Daniel, se vienen.

 

 

 

 

-No, señor, se van -repuso éste, y estrujando el papel entre sus manos, se levantó y empezó a pasearse en el salón, marcando en su rostro la impaciencia y el disgusto.

 

 

 

-¿Te has enloquecido, Daniel?

 

 

 

-Son otros los que se han enloquecido, no yo.

 

 

 

-¡Pero si han derrotado a López, mi estimado y querido Daniel!

 

 

 

-No vale nada.

 

 

 

-Si ya están en la Guardia de Luján.

 

 

 

-No vale nada.

 

-¿No ves el entusiasmo ardiente, fogoso, tremebundo de que están animados?

 

 

 

-No vale nada.

 

 

 

-¿Estás en ti, Daniel?

 

 

 

 

-Sí, señor; los que no están en sí son los que están pensando en las provincias, revelando con eso que no confían en sus propios medios, ni ven la fortuna que se les presenta a dos pasos. ¡Fatalidad, raro destino el que persigue a este partido, y con él a la patria! -exclamó el joven paseandose siempre precipitadamente por el salón, mientras Don Cándido lo miraba estupefacto.

 

 

 

-Bien decimos entonces los federales...

 

 

 

-Que los unitarios no sirven para un diablo; tiene usted razón, señor Don Cándido.

 

 

 

En ese momento, dos fuertes aldabazos se sintieron en la puerta de calle.

 

Capítulo V

 

 

 

Pílades enojado

 

Don Cándido se estremeció.

 

 

 

Daniel cambió de fisonomía como si le hubiesen quitado una cara y puesto otra:

 

antes visiblemente alterada y descompuesta, ahora tranquila y casi risueña.

 

 

 

Un criado apareció, y anunció a una señora.

 

 

 

Daniel dio orden de que entrase.

 

 

 

-¿Me iré, hijo mío?

 

 

 

-No hay necesidad, señor.

 

 

 

 

-Es verdad que yo no quisiera irme, sino esperar a que tú salieras para acompañarte.

 

 

 

 

Daniel sonrióse. Y en ese momento, una mujer que sonaba como si estuviese vestida de papel picado, con un moño federal de media vara, y unos rulos negros, duros y lustrosos, sobre una cara redonda, morena y gorda, tal como si el médico Rivera, marido de la rubia Merceditas, se hubiese vestido de mujer, apareció en la puerta de la sala.

 

 

 

-¡Oh! -exclamó Don Cándido.

 

 

 

 

-Adelante, Misia Marcelina -dijo Daniel.

 

 

 

-¿Ah, sois vosotros?

 

 

 

-Los mismos.

 

 

 

-Pílades y Orestes.

 

 

 

-Exactamente.

 

 

 

-Aqueste es Pílades -dijo Doña Marcelina extendiendo la mano a Don Cándido.

 

 

 

-Señora, usted es una mujer fatídica -contestó retirándose de Doña Marcelina.

 

 

 

-No cabe en tus entrañas

 

Ni el amor ni la amistad, pecho de bronce.

 

-¡Ojalá fuese yo de bronce todo entero! -repuso Don Cándido suspirando.

 

 

 

-Especialmente el cuello, ¿no es verdad, amigo mío? -observó Daniel.

 

 

 

-¡Qué! ¿Está sentenciada al sacrificio la cabeza de Pílades?

 

 

 

 

-No, señora; ni usted se meta a repetir semejantes barbaridades; yo no soy unitario, ni nunca lo he sido, ¿entiende usted?

 

 

 

-¿Y qué importa la cabeza?

 

-No importa la cabeza de usted, que es.., pero la mía...

 

 

 

 

-Y la vuestra, ¿qué importa ante las hecatombes que ha presenciado el mundo? ¿La cabeza de Antonio y de Cicerón no fueron tiradas en el Capitolio, como me leía el inmortal Juan Cruz? ¿No os llevaría la posteridad en sus alas?

 

 

 

-El diablo debía llevársela a usted en sus cuernos.

 

 

 

-¿Veinte y tres puñaladas, no acabaron con César?

 

 

 

 

-Daniel; si esta mujer no es mensajera de Satanás, poco le falta. Es una mujer fatídica, es bruja, o hija de bruja. Cada vez que nos hemos acercado a ella, o a su casa, nos ha sucedido una desgracia. Como tu antiguo maestro, como tu viejo amigo, que tiene por ti estimación, cariño, simpatías, te pido, te mando que despaches a esta mujer, que parece que anda con el diablo prendido del vestido.

 

 

 

-Calla esa lengua con que en rudo alarde

 

Al sexo bello difamáis, cobarde.

 

-¿Bello? ¿Usted bella? -y Don Cándido apuntaba con el dedo a Doña Marcelina.

 

 

 

-Señor Don Daniel, ¿qué es esto?

 

 

 

-Échala, Daniel.

 

 

 

-¿En qué horrible celada caen mis pasos?

 

-Todo esto no es más sino que el señor es un poco excéntrico -dijo Daniel mirando a Doña Marcelina, sin poder ya disimular la risa que le saltaba en el alma y en la cara.

 

 

-¡Ah, debe haber hecho sus estudios en la literatura inglesa! -exclamó aquélla, paseando una mirada despreciativa por toda la figura de Don Cándido, que permanecía parado a una buena distancia de su antagonista-. Si hubiera, como yo, educádose en la literatura griega y latina, otra cosa sería. Lo perdono.

 

 

 

-¿Usted sabe el latín y el griego? ¿Usted?

 

 

 

-No, pero conozco el fondo de esas lenguas muertas.

 

 

 

-¿Usted?

 

 

 

-Yo, hombre prosaico.

 

 

 

-Daniel, échala, hijo mío, mira que un loco hace ciento.

 

 

 

 

-¿Cómo, señor Don Daniel, un hombre de la altura literaria de usted, en relación con seres tan vulgares, cuya muerte es como su vida, oscura y silenciosa?... Pero no; vivamos en constante y lírica armonía. Los tres hemos pasado por terribles peripecias dramáticas. Vivamos juntos, y muramos juntos. He aquí mi mano -y Doña Marcelina se adelantó hacia Don Cándido.

 

 

 

-No quiero, déjeme usted -repuso Don Cándido retrocediendo.

 

 

 

-Venid y ante las aras de la patria

 

juremos en unión salvar a Roma.

 

-No quiero.

 

 

-Doña Marcelina -dijo Daniel, que ya no podía tenerse de risa, y que sentía profanar con ella el tristísimo estado de su espíritu-, Doña Marcelina, usted tiene algo que decirme; pasaremos a mi escritorio.

 

 

 

-Sí, entremos.

 

 

 

Misterios son de otro mundo,

 

Cosas secretas de Dios.

 

-¡Cruz, diablo! -exclamó Don Cándido haciéndole la señal de la cruz, cuando Doña Marcelina pasó con Daniel al escritorio.

 

 

 

-Ha llegado Douglas -dijo aquélla después de haber cerrado la puerta del escritorio.

 

 

 

-¿Cuándo?

 

 

 

-Esta madrugada.

 

 

 

-¿Y salió?

 

 

 

-Anteayer. He aquí la carta.

 

 

 

 

Daniel leyó la que le entregaba Doña Marcelina, uno de sus correos secretos, como se sabe, y quedó pensativo en su silla por más de diez minutos; tiempo que empleó aquélla en reconocer los títulos de las obras que había en los estantes, sonriendo y meneando la cabeza, como si saludase a antiguas conocidas.

 

 

 

-¿Podría usted dar con Douglas, antes de las tres de la tarde?

 

-Sí.

 

 

 

-¿Con seguridad?

 

 

 

-En este momento está durmiendo el intrépido marino.

 

 

 

-Bien, pues, necesito que usted le hable.

 

 

 

-Ahora mismo.

 

 

 

-Y le diga que tengo necesidad de él antes de la noche.

 

 

 

-¿Aquí?

 

 

 

-Sí, aquí.

 

 

 

-Así lo haré.

 

 

 

-Fijemos hora: lo espero de las cuatro a las cinco de la tarde.

 

 

 

-Bien.

 

 

 

-No pierda usted el tiempo, Doña Marcelina.

 

 

 

-Iré volando en alas del destino.

 

 

-No, vaya usted caminando, nada más; no es bueno en esta época hacerse notable, ni por andar muy de prisa, ni por andar muy despacio.

 

 

 

-Seguiré el vuelo de sus ideas.

 

 

 

-Adiós, pues, Doña Marcelina.

 

 

 

-Los dioses sean con vos, señor.

 

 

 

-¡Ah! ¿Cómo se halla Gaete?

 

 

 

-El hado lo ha salvado.

 

 

 

-¿Se levanta?

 

 

 

-Todavía yace en su lecho.

 

 

 

-Tanto mejor para mi amigo Don Cándido. Adiós pues, Doña Marcelina.

 

 

 

 

Y mientras ésta salía del escritorio por la puerta que conducía a la sala, Daniel pasaba por otra, en el extremo opuesto, que conducía a su aposento, llevando en su mano la carta que había recibido.

 

 

 

 

Don Cándido se paseaba en la sala, cuando volvió Doña Marcelina; y súbitamente la dio la espalda, y se puso a mirar un retrato del padre de Daniel.

 

 

 

 

Doña Marcelina acercóse hasta él, y le dijo, poniéndole la mano en el hombro al mismo tiempo:

 

 

 

-¿Sabes tú padecer?

 

 

 

-No, señora, ni quiero saberlo.

 

 

 

-¡Gaete vive! -continuó Doña Marcelina ahuecando la voz.

 

 

 

 

La trompeta del juicio no hubiera hecho la impresión que esas dos palabras en el tímpano donde se estrellaron.

 

 

 

 

-Y me ha dado memorias para vos -prosiguió aquélla, siempre con la mano sobre el hombro de su Pílades.

 

 

 

 

-Señora, usted ha hecho pacto con el diablo para Perder mi alma. Déjeme usted; déjeme usted por amor de Dios.

 

 

 

-Os busca.

 

 

 

-Pues yo no lo busco a él, ni a usted.

 

 

 

-Está celoso como un tigre.

 

 

 

-Que reviente.

 

 

 

-Vos le habéis arrebatado el corazón de Gertrudis.

 

 

 

-¿Yo?

 

 

 

-Vos.

 

 

 

-Señora, usted está loca de atar; déjeme usted.

 

 

 

-Y moriréis bajo el puñal de Bruto.

 

 

 

-Si usted no se va, doy voces para que vengan y la echen.

 

 

 

-Y chorreará del fierro la sangre de vuestro protervo corazón.

 

 

 

-¡Santa Bárbara!, Daniel.

 

 

 

-Silencio.

 

 

 

-Usted es un espía de ese malvado fraile. ¡Ahora lo comprendo! ¡Daniel!

 

 

 

-¡Silencio!, no llaméis a Daniel.

 

 

 

-Y voy a hacer que la aten a usted con la soga del pozo. ¡Daniel!

 

 

 

-¡Silencio!

 

 

 

-No quiero callarme, no quiero; usted ha venido de espía.

 

 

Daniel entró a la sala, atraído por los descompasados gritos de Don Cándido, y comprendiendo, poco más o menos, lo que estaba pasando, preguntó con una cara muy seria:

 

 

 

-¿Qué víctima se inmola en sacrificio?

 

 

 

 

-Viene de espía, Daniel, viene de espía -dijo Don Cándido señalando a Doña Marcelina.

 

 

 

 

-¡Delira con las sombras de su crimen! -exclamó aquélla sonriendo, saludando con la mano a Daniel, y saliendo de la sala; mientras su Pílades se esforzaba en persuadir a Daniel que aquélla era una mujer espía de Gaete.

 

 

 

 

-Trataremos de eso, amigo mío, pero por ahora no vuelva usted a gritar tan descompasadamente, a lo menos por un cuarto de hora.

 

 

 

Y el joven volvió a las habitaciones interiores.

 

 

 

 

-No es nada; era una escena entre dos personajes, los más originales que he visto en mi vida, y que en otra circunstancia me harían gozar mucho -dijo Daniel al volver a su alcoba, y dirigiéndose al doctor Alcorta y a Eduardo, que estaban allí hacía largo tiempo.

 

 

 

 

Daniel, al separarse de Doña Marcelina la primera vez, era a ellos a quienes había venido a buscar en su dormitorio, con la carta que había conducido Mr. Douglas, el contrabandista de unitarios, como se sabe ya.

 

 

 

Al entrar la primera vez, Daniel se había dirigido al doctor Alcorta, diciéndole:

 

 

 

 

-He aquí lo que acabo de recibir por Montevideo. El doctor Alcorta tomó el papel y leyó:

 

 

 

París, 11 de julio de 1840.

 

El vicealmirante Mackau ha sido nombrado para mandar la expedición del Río de la Plata, en lugar del vicealmirante Baudin. Partirá inmediatamente. El señor Mackau, perteneciente a una familia distinguida de Francia, tiene la gloria de haber terminado las cuestiones que tuvo Francia con Santo Domingo y Cartagena.

 

Es notable por su intrepidez, y los que hayan leído la historia marítima de Francia, recordarán su bella acción de armas con la Critie, un buque de guerra inglés. En la guerra que desgraciadamente existió últimamente entre la Francia y la Inglaterra, el señor Mackau, que apenas tenía diez y siete años, se hallaba a bordo de un bergantín de guerra francés en clase de guardiamarina. La peste diezmó la tripulación del buque francés, y no sobrevivió a sus estragos otro oficial que el guardiamarina Mackau. Lleno de una noble satisfacción por hallarse mandando un buque de guerra francés, determinó confirmar la elección de la suerte por un ilustre hecho de armas. Pronto se encontró con un buque de guerra inglés: era la Critie. Después de un combate prodigioso Mackau rindió al buque enemigo que estaba mandado por un antiguo teniente de marina. Este pundonoroso marino fue a la presencia de su vencedor; y al considerar que éste no era sino un joven guardiamarina de diez y siete años al mando de una tripulación diezmada por la peste, fue tan grande su pesar que rindió la vida a la fuerza de su tormento.

 

Su afectísimo, etc.

 

-Todo se combina para que los sucesos marchen a su fin, amigos míos -dijo el doctor Alcorta, después de leer.

 

 

 

-Sí; a su fin, ¿pero cuál?

 

 

 

-¿No oyes que viene una expedición, Daniel?

 

 

 

 

-Que llegará tarde, y que entretanto inspira las cartas que escriben al general desde Montevideo para que no exponga su ejercito y espere esa expedición, que, o no vendrá, o si viene hará que Rosas transe con los franceses, antes de llegar las fuerzas al Janeiro.

 

-¡Pero sería una infamia de parte de la Francia! -repuso Eduardo.

 

 

 

 

-En política no se miden las acciones por la moral individual de los hombres, Eduardo.

 

 

 

 

-¿Y es positivo que le den esos consejos al general Lavalle? -preguntó el doctor Alcorta.

 

 

 

 

-Sí, señor; se los dan los más de la Comisión Argentina que no quieren esperar nada sino de un grande ejército.

 

 

 

-¡Ah, si yo fuera Lavalle! -exclamó Eduardo.

 

 

 

 

-Si tú fueras Lavalle estarías ya loco. El general está contrariado por todos y por todo. La resistencia del comandante Penau a desembarcar el ejército en el Baradero, en vez de llevarlo a San Pedro, ha hecho que el general pierda tiempo, y caballos que lo esperaban en el primer punto. La hostilidad de Rivera le traba todas sus medidas desde hace un año. El alucinamiento de los doctores unitarios le hace concebir un mundo de esperanzas risueñas, de facilidades deslumbrantes sobre las simpatías que hallará en la provincia, y el general viene, y toca la realidad, y no halla tales simpatías. Un centenar de cartas contradictorias le llegan todos los días de Montevideo, a él, a sus jefes, a sus oficiales, que avance, que no avance, que espere, que no espere. Diez hombres no piensan del mismo modo. Y el general duda, vacila, teme marchar contra opiniones, respetables por el nombre que llevan, y marcha con lentitud, hoy distrayendo sus fuerzas en perseguir a un caudillejo, mañana a otro, y somos 3 de setiembre y no está a una legua de Luján; y entretanto, Rosas se repone moralmente, sus hombres van volviendo en sí del primer momento, y se acercará a la ciudad, quizá para verla y volverse; o quizá para que corra mucha sangre, que hace quince días, ocho días se hubiera podido evitar -dijo Daniel con un acento desconsolador y triste que impresionó visiblemente a sus amigos.

 

 

 

-Todo eso es la verdad, y este pueblo sufrirá toda la ira de Rosas, como la ha empezado a sufrir ya -repuso el doctor Alcorta.

 

 

 

-Sí, el pueblo, señor, el pueblo, cómplice hasta cierto punto de la bárbara tiranía que le oprime, ha de pagar con su sangre, con su libertad y con su nombre, las trepidaciones de los enemigos armados del tirano, y el egoísmo de los ciudadanos, indolentes a la suerte de su patria y a la suya propia. Correrá sangre, mucha sangre si Lavalle se retira, y no habrá por muchos años que pensar en la caída de Rosas.

 

 

 

 

-Pero estamos hablando sobre conjeturas -repuso Eduardo-. Hasta ahora, el ejército sigue sus marchas. Ya veremos mañana, pasado mañana cuando más. Entre tanto, nuestro buen amigo cree como tú y como yo que nuestro plan particular es excelente. ¿No es cierto?

 

 

 

 

-Sí; lo creo muy prudente, a lo menos-contestó el doctor Alcorta, a quien Eduardo había dirigido su pregunta.

 

 

 

-Eran dos ideas que debías comunicarle -observó Daniel.

 

 

 

-Lo sé todo ya. De lo primero, dudo.

 

 

 

 

-No, señor, no dude usted; verdad es que somos pocos: apenas he podido reunir quince; pero seremos quince hombres bien resueltos. La azotea que debemos ocupar, al mismo tiempo que servirá de punto de reunión, servirá eficazmente para despejar toda la calle del Colegio, si el general, como se lo ruego, invade por Barracas, y suben sus fuerzas por la Barranca de Marcó, que es el punto más señalado. La posición que he elegido es la mejor de toda esa larga y recta calle; y con veinte y cinco hombres más que me deje el general, yo le respondo de la retirada, si llega a haber necesidad de ello.

 

 

 

-¿Armas?

 

 

 

 

-Tengo cuarenta y seis fusiles, y tres mil cartuchos que he hecho comprar en Montevideo, y están ya bien seguros en Buenos Aires.

 

 

 

-¿La señal?

 

 

 

-La que me avisen del ejército, si se deciden a atacar.

 

 

 

-¿Las comunicaciones son seguras?

 

 

 

-Muy seguras.

 

 

 

 

-Bien, entonces apruebo con más razón la segunda idea, porque es preciso que estén ustedes desembarazados de asuntos domésticos, para toda eventualidad. Sólo temo el momento del embarque.

 

 

 

 

-Eso es lo de menos, doctor; no habrá riesgo. Acabo de mandar llamar un agente mío para remitir con él una carta al comandante de un buque bloqueador, previniéndole y pidiéndole una ballenera armada, porque el único peligro sería encontrar alguna de las embarcaciones de la capitanía que suelen correr la costa.

 

 

 

-Bien pensado.

 

 

 

 

-Le diré también que él mismo determine la noche, y la hora, y la señal con que me avisará desde a bordo.

 

 

 

-¿El embarque será por San Isidro?

 

 

 

-Sí, señor. Eduardo le habrá dicho a usted todo a ese respecto.

 

 

 

-Sí, ya.

 

 

 

-¿Y cree usted que Madama Dupasquier resista al viaje?

 

 

 

 

-Lo que creo es que no resistirá quince días más de Buenos Aires. Es una de esas enfermedades que no residen en ningún órgano, que están esparramadas en la misma vida, y que la secan y la extinguen por horas. Es tan profunda la afección moral de esa señora, que ha enfermado ya el corazón y los pulmones, y la consunción la mata. Pero el aire libre la va a volver a la vida, con la misma rapidez que la falta de él la está asesinando en Buenos Aires.

 

 

 

-¿Y ella está bien decidida? -preguntó Eduardo.

 

 

 

-Anoche se convino a todo -contestó Daniel.

 

 

 

 

-Y hoy lo desea con ansiedad -agregó el doctor Alcorta-, y está conforme en que Daniel se quede. Lo ama a usted ya, amigo mío, como si fuera su hijo.

 

 

 

 

-Lo seré, señor, y no lo soy mañana, ahora mismo, porque ella se resiste. Es supersticiosa como toda mujer de corazón, y teme de un enlace contraído en estos tristísimos momentos.

 

 

 

 

-Sí, sí, es mejor que así sea. ¡Quién sabe cuál es la suerte que vamos a correr! Que se salven siquiera las mujeres -dijo el doctor Alcorta.

 

 

 

-Menos mi prima, señor. No hay medio de hacerla decidir.

 

 

 

-¿Ni Belgrano?

 

 

 

 

-Nadie, señor -contestó éste, sobre cuyo corazón había ido a fondo la interrogación del doctor Alcorta.

 

 

 

-Son las dos de la tarde, amigos míos. ¿Van ustedes hoy a San Isidro?

 

 

 

-Sí, señor, a la noche y regresaremos antes del día.

 

 

 

-¡Cuidado, mucho cuidado, por Dios!

 

 

 

 

-Son ya nuestros últimos viajes, señor -dijo Eduardo-, tan pronto como se embarque Madama Dupasquier quedará vacía la casa de Los Olivos.

 

 

 

-Hasta mañana, pues.

 

 

 

-Hasta mañana, señor.

 

 

 

-Hasta mañana, mi querido amigo.

 

 

 

 

Y los dos jóvenes abrazaron a su antiguo catedrático de filosofía, a quien Daniel acompañó hasta la puerta de la calle.

 

Capítulo VI

 

 

 

El contrabandista de hombres

 

Apenas se había retirado el doctor Alcorta, cuando sintiéronse dos palmadas en el escritorio de Daniel, contiguo al aposento, como se sabe.

 

 

 

 

-Espera -dijo Daniel a Eduardo; y pasó al escritorio, algo sorprendido de aquella llamada en una pieza donde nadie entraba sin su orden.

 

 

 

-¿Ah, es usted, mi querido maestro? -dijo el joven encontrándose con Don Cándido.

 

 

 

 

-Yo, Daniel, yo soy. Perdóname; pero es que viendo que tardabas, entré a sospechar que te habrías salido por alguna puerta secreta, excusada, que me fuese desconocida; y como de algún tiempo a esta parte huyo de la soledad... Porque has de saber, mi estimado Daniel, que la soledad afecta la imaginación; facultad que, según dicen los filósofos, sirve para el bien, y sirve para el mal; razón por la cual yo prefiero la facultad de recordar, que según la opinión de Quintiliano...

 

 

 

-¡Eduardo!

 

 

 

-¿Qué hay? -contestó éste entrando.

 

 

 

-¡Cómo! ¿Belgrano aquí?

 

 

 

-Sí, señor, y a quien llamo para que me ayude a oír la disertación de usted.

 

 

 

-¿De manera que esta casa es un horno de peligros para mí?

 

 

 

 

-¿Cómo así, mi respetable maestro? -le preguntó Eduardo sentándose a su lado.

 

 

 

-¿Qué es esto, Daniel? Quiero una explicación franca, terminante, clara -prosiguió Don Cándido dirigiéndose a Daniel y separando su silla de la de Eduardo-. Quiero saber una cosa que fije y determine, y establezca mi posición; quiero saber qué casa es ésta.

 

 

 

-¿Qué casa es ésta?

 

 

 

-Sí.

 

 

 

-¡Toma! Una casa como cualquiera otra, mi querido maestro.

 

 

 

 

-Eso no es contestarme. Esta casa no es como cualquiera otra. Porque aquí conspiran los unitarios, y conspiran los federales.

 

 

 

-¿Cómo así, señor?

 

 

 

 

-Hace un cuarto de hora que has recibido en tu casa a una mujer espía de ese fraile endemoniado que ha jurado mi ruina y mi exterminio, y ahora se me aparece en tus habitaciones interiores y recónditas este joven misterioso que huye de su hogar, y anda de casa en casa con toda la apariencia de un conspirador emboscado y sigiloso.

 

 

 

-¿Acabó usted, mi querido maestro?

 

 

 

 

-No, ni quiero acabar sin decirte una, dos y tres veces que de mi posición oficial tan encumbrada y delicada yo no puedo conservar relaciones con una casa a que no se le halla una perfecta definición gramatical. Y desde que no sé qué casa es ésta, quiero abstenerme de su mancomunidad y trato.

 

 

 

-Señor, usted ha almorzado con el diputado García -dijo Eduardo.

 

 

 

-No, señor, no he tenido el honor de almorzar con el señor Don Baldomero.

 

 

 

-Entonces, con Garrigós.

 

 

 

-Tampoco, ni esto me parece del caso.

 

 

 

-Entonces la inspiración de ese estupendo discurso es puramente suya.

 

 

 

-Cortemos toda sociabilidad, señor Belgrano.

 

 

 

 

-Pero es, señor Don Cándido -repuso Daniel-, que usted ha llamado conspirador a mi amigo y esto me parece poco cortés entre colegas.

 

 

 

 

-¡Colegas! Yo he sido maestro del señor cuando era niño, inocente, tierno. Pero, después...

 

 

 

-Después le ha tenido usted oculto en su casa, mi querido maestro.

 

 

 

-Fue acción sin voluntad.

 

 

 

- Como quiera.

 

 

 

-Pero nunca he sido colega de usted para nada.

 

 

 

 

-Pero lo es usted ahora, señor Don Cándido -replicó Daniel-. ¿No es usted secretario del señor Arana?

 

 

 

-Lo soy.

 

 

 

-Pues bien, el señor es secretario en comisión del general Lavalle.

 

 

 

 

-¡Secretario en comisión del general Lavalle! -exclamó Don Cándido, parándose gradualmente y mirando a Eduardo con ojos que querían salirse de las órbitas.

 

 

 

 

-¡Pues! -prosiguió Daniel-, y como usted es secretario de Arana, y el señor es secretario de Lavalle, resulta que son ustedes colegas.

 

 

 

-¡Secretario de Lavalle, y conversando conmigo!

 

 

 

-Y huésped de usted hace pocos días.

 

 

 

-¡Y huésped mío!...

 

 

 

 

-Y agradecidísimo por otra parte. Y tanto que mi primera visita será para usted dentro de dos o tres días, mi querido colega.

 

 

 

-¿Usted en mi casa? No, señor, ni estoy ni puedo estar en mi casa para usted.

 

 

 

 

-Ah, eso es otra cosa. Yo esperaba ir a visitar a mi antiguo maestro con algunos discípulos suyos que vienen en el Ejército Libertador, y que podrían servirle de garantía en las muy justas represalias que pensamos tomar con todos los servidores de Rosas y Arana. Pero si usted no quiere, cada uno es dueño de dejarse ahorcar.

 

 

 

 

-Pero, señor secretario -repuso Don Cándido que verdaderamente se hallaba en una perplejidad lastimosa-, si yo no hablo en el caso de que estén aquí los bravos e

 

impertérritos defensores de Su Excelencia el Señor General Lavalle, sino... Daniel...

 

habla por mí, hijo mío... Yo tengo mi cabeza como un horno.

 

 

 

 

-No hay nada que hablar, señor -repuso aquél-, todo lo ha comprendido su colega de usted. Todos nos entendemos, o más bien, todos nos hemos de entender.

 

 

 

 

-Menos yo, mi querido Daniel; que bajaré al sepulcro sin entender, sin comprender, sin saber lo que he hecho, ni lo que he sido en esta época calamitosa y nefanda.

 

 

 

-Usted es de los nuestros, señor Don Cándido -repuso Eduardo.

 

 

 

 

-Yo soy de todos, sí, señor, de todos. Anoche mismo se me caían las lágrimas de los ojos cuando el señor Don Felipe me dictaba ese tremendo preámbulo que va a dejar a todo el mundo en la miseria.

 

 

 

 

-Ah, sí, el preámbulo -dijo Daniel, picada su curiosidad, pero sin querer que Don Cándido lo conociera.

 

 

 

-¡Pues! Ya tú has de saber de lo que se trata.

 

 

 

 

-¿Cómo no? ¿Desde ayer a la tarde? ¿Y no ha acabado todavía el preámbulo el señor Don Felipe?

 

 

 

 

-No, hijo mío. Deben ser muchos los considerandos, según me dijo; pero no me dictó sino el primero; y eso quedó en limpio después del décimo o undécimo borrador que me dictó Su Excelencia.

 

 

 

 

-¡Santa Bárbara! Casi se podría apostar a que lo sabe usted de memoria con tanto escribirlo.

 

 

-Poco más o menos. Pero en sustancia, se trata de quitarles a todos los unitarios sus bienes después que se haya triunfado de Su Excelencia el Señor General Lavalle, de quien es digno secretario mi ilustre discípulo. Y por orden de Su Excelencia el Señor Restaurador, se ha puesto a trabajar el preámbulo de la ley el Excelentísimo Señor Gobernador Don Felipe Arana, para cuando llegue aquel caso, que no llegará según las convicciones profundas que acabo de oír en mi honorable colega.

 

 

 

 

Daniel y Eduardo se miraban, se hablaban en las miradas, y la expresión del horror quedó en relieve sobre sus expresivos semblantes.

 

 

 

 

-Así es -prosiguió Don Cándido-, que las lágrimas me corrían de hilo en hilo al considerar tanta familia que va a quedar en la miseria, si por una casualidad, por un evento, por un azar, las armas refulgentes de la libertad no dan en tierra con estas cosas en que nadie mejor que tú, Daniel, sabe, y puede decir que yo no tengo ninguna parte activa, hija de mi voluntad, de...

 

 

 

 

Dos golpes a la puerta de la calle cortaron la palabra en los labios de Don Cándido, y mientras los dos secretarios quedaban en el escritorio, Daniel pasó a la sala y abrió él mismo la puerta que daba al patio, para ver quién era, sin poder todavía dominar en su espíritu, ni en su semblante la terrible impresión que acababan de hacerle las palabras de Don Cándido. Pues que a través de sus mal expresadas ideas, ambos jóvenes habían penetrado hasta el pensamiento de Rosas y comprendido con horror el fin que se proponía el tirano, elaborando en secreto la medida con que pensaba arrojar a la última desgracia, al hambre, a todos sus enemigos, si triunfaba.

 

 

 

-¡Ah!, ¿es usted Mr. Douglas? -dijo el joven a un individuo que ya estaba en el patio.

 

 

 

-Sí, señor -contestó aquél-. Me acaba de hablar Doña Marcelina y...

 

 

 

-¿Y le ha dicho a usted que yo lo necesito?

 

 

 

 

-Sí, señor.

 

 

 

-Es cierto. Entre usted, Douglas. ¿Salió usted de Montevideo anteayer?

 

 

 

-Sí, señor. Antenoche.

 

 

 

-Mucho alboroto, ¿eh?

 

 

 

 

-Todo el mundo se está alistando para venirse, y de aquí todos quieren irse - contestó el inglés, haciendo un movimiento con los hombros.

 

 

 

-¿De manera que se gana plata?

 

 

 

 

-No mucha. En el mes pasado he hecho siete viajes, y he llevado sesenta y dos personas, a diez onzas cada una.

 

 

 

-Ah, no es poco.

 

 

 

-¡Bah! Más vale mi cabeza, señor Don Daniel.

 

 

 

-Sí, cierto. Pero es más fácil agarrar al diablo que agarrarlo a usted.

 

 

 

El inglés soltó una carcajada.

 

 

 

 

-Mire usted, señor -dijo-, tengo muchas ganas de que me sientan, por ver si me asusto. Porque para mí todo esto es una diversión. En España hacía el contrabando de tabaco; y aquí hago el contrabando de hombres.

 

 

 

Y el inglés se reía como un muchacho.

 

 

 

-Pero no pagan mucho -continuó-. Más me ha dado usted por los cajones que traje de Montevideo, que lo que otros por salvarles la vida.

 

 

 

-Bien, pues, Mr. Douglas -dijo Daniel-, necesito nuevamente sus servicios.

 

 

 

 

-A la orden, señor Don Daniel: mi ballenera, cuatro hombres que saben hacer fuego y remar, y yo que valgo por los cuatro.

 

 

 

 

-Si hay que embarcar a alguno, he descubierto otro lugar que ni el diablo da con los que allí se escondan.

 

 

 

 

-No, no hay que llevar a personas. Primeramente, ¿cuándo piensa usted volver a Montevideo?

 

 

 

-Pasado mañana, si completo el número.

 

 

 

-Bien. No se irá usted hasta que yo se lo avise.

 

 

 

-Bueno.

 

 

 

-Esta noche me llevará usted una carta a la escuadra bloqueadora.

 

 

 

-Muy bien.

 

 

 

-Me traerá usted la contestación mañana antes de las diez.

 

 

 

-Y antes también, si usted quiere.

 

 

 

-Mañana a la oración estará usted en su casa para recibir dos pequeños baúles que guardará usted en el sótano donde están dos cajones de armas. En esos baúles irán alhajas y objetos de señoras, que usted mismo embarcará y llevará a bordo del buque que yo le designe, cuando me haya traído la contestación de la carta.

 

 

 

-Todo se hará así.

 

 

 

-¿Conoce usted bien la costa de Los Olivos?

 

 

 

 

-Como esto -contestó el contrabandista, abriendo su grande mano y mostrándosela a Daniel.

 

 

 

-¿Puede atracar una ballenera con facilidad?

 

 

 

 

-Según esté el río. Pero hay un puertito que llaman el Sauce, que, aunque haya poca agua, puede entrar una ballenera y esconderse entre las toscas, sin peligro ninguno. Pero ése está más allá de Los Olivos, como a una milla.

 

 

 

-¿Y por Los Olivos?

 

 

 

-Si el río está alto. Pero hay un peligro.

 

 

 

¿Y cuál?

 

 

 

 

-Que las dos falúas de la capitanía recorren toda esa costa desde las diez de la noche.

 

 

 

-¿Las dos juntas?

 

 

 

-No. Generalmente se separan.

 

 

 

-¿Qué tripulación montan?

 

 

 

-La una ocho, y la otra diez hombres; y andan bien.

 

 

 

-Bueno, Mr. Douglas. Todo eso me era importante saber. Recapitulemos:

 

 

 

-Que usted no se irá, hasta que yo se lo avise.

 

 

 

 

»Que irá usted a la escuadra esta noche, y traerá la respuesta de la carta que voy a entregarle, de las ocho a las diez de la mañana.

 

 

 

 

»Que recibirá usted dos baúles mañana a la oración en su casa, y los embarcará y llevará usted mismo a la escuadra cuando yo se lo avise.

 

 

 

»Precio convenido el que usted ponga.

 

 

 

 

-Eso es lo mejor -respondió el inglés frotándose las manos-, eso es lo mejor. Así hablan los hombres. Ahora no me hace falta sino la carta.

 

 

 

 

-Va usted a tenerla -repuso Daniel levantándose y pasando a su escritorio; mientras quedaba calculando el precio que pondría a todas sus comisiones el contrabandista de tabaco en España y de hombres en Buenos Aires.

 

 

 

 

Y no era él solo. Muchos eran los que se ocupaban de ese tráfico, desde 1838 hasta 1842, en Buenos Aires. Y en hora buena que ellos obrasen por el interés que les producía su arrojo, no es menos cierto que a ellos se debe la vida de centenares de

 

 

buenos y patriotas ciudadanos, que sin la protección de ese inusitado contrabando habrían caído bajo el plomo o el puñal de Rosas.

 

 

 

 

Los más notables personajes de la emigración activa fueron salvados de Buenos Aires en las balleneras contrabandistas; y la juventud casi toda no salió de otro modo que como salió Paz, Agrelo, etc.; es decir, bajo la protección de hombres como Mr. Douglas. Y hay que recordar un hecho bien explicativo por cierto; y es que cuando la delación era tan pródigamente correspondida, y cuando no pasaba un día sin que las autoridades de Rosas la recibiesen de hijos del país, en todos esos extranjeros, italianos, ingleses, norteamericanos, poseedores del secreto y de la persona de los que emigraban, sin ignorar la alta posición que muchos de ellos tenían en la sociedad, lo que habría importádoles una altísima recompensa de parte de Rosas, no hubo uno solo que vendiese el secreto o la confianza que se depositaba en él.

 

Capítulo VII

 

 

 

El jefe de ronda

 

Dos días después de aquel en que Pílades había pasado por tanta agitación de espíritu y de cuerpo, en las calles, y en la casa de su amigo Oreste, es decir, el 5 de setiembre, Buenos Aires era toda confusión y anarquía en las ideas, en los temores, y en las esperanzas; todo silencio y reconcentración en los enemigos de la dictadura, mientras los federales se hallaban en una agitación nerviosa que los ponía en continuo movimiento: era que desde las once se sabía que el Ejército Libertador estaba a una legua de la Capilla de Merlo; y por consiguiente, que al otro día podía estar sobre Santos Lugares o en la ciudad misma.

 

 

 

 

No se puede decir que la aproximación de los enemigos de Dios y de los hombres aumentó el personal de las fuerzas amontonadas en la fortaleza, en el cuartel de serenos, en el de Ravelo, etc. Pero sí puede decirse que los religiosos y humanitarios partidarios de Rosas se movían cada uno como cuatro, corriendo a galope de un lado al otro de la ciudad anunciándose recíprocamente la aproximación de Lavalle, y haciendo espléndidos juramentos federales. Y aun cuando la crónica contemporánea no alcanzó a averiguar hasta qué punto tomaba parte el valor en aquella estrepitosa y movediza decisión, y hasta qué punto el miedo, porque todos los extremos se tocan en la naturaleza, y suelen aparecer aparentemente de causas contrarias los mismos resultados, lo que hay de cierto es que muchos se movían y que gritaban mucho, siendo su punto de reunión general, después de fatigar sus caballos y sus pulmones, la casa del héroe vivo y la heroína muerta; donde a falta del uno, que se hallaba en Santos Lugares, y de la otra, cuyo paradero Dios lo sabe, estaba la que debía pagar por todos: esa pobre hija de Rosas, destinada a presenciar todo lo más repugnante de un sistema perfecto de relajación y de sangre, y a rozarse con cuanto había de repulsivo, de inmoral y de cínico en un sistema de cosas que había subvertido el orden natural de la sociedad, y alzado el barro de su fondo a la superficie, donde se sostenía en nata el crimen y la degradación de la especie humana.

 

 

 

 

Toda la cuadra de la casa de Rosas estaba obstruida por los caballos federales. Y como a ningún federal de esa especie podía faltarle cola, y como un recio viento del S. E. enfilaba la calle, sucedía que las cintas de las colas federales, y las plumas que coronaban sus frentes, agitadas por el viento, y alumbradas por el sol clarísimo de septiembre, parecían de lejos espirales de llamas enrojecidas, saliendo de las puertas del infierno.

 

 

 

El gran corralón, los patios, la oficina, toda la casa, a excepción de las habitaciones del dictador, representaban un verdadero hormiguero.

 

 

 

 

Todo el mundo federal entraba y salía en aquella casa. ¿A qué? A cualquier cosa. Allí se había de saber, primero que en ninguna otra casa, el triunfo o la derrota de Lavalle.

 

 

 

 

Había, sin embargo, una clase de vivientes, que entraba a casa de Rosas, y buscaba la presencia de Manuela con un objeto exprofeso, sincero y real: las negras.

 

 

 

 

Uno de los fenómenos sociales más dignos de estudiarse en la época del terror, es el que ofreció la raza africana, conservada apenas en su sangre originaria, y modificada notablemente por el idioma, el clima y los hábitos americanos. Raza africana por el color. Plebe de Buenos Aires por todo lo demás.

 

 

 

 

Desde los primeros días de nuestra revolución, la magnífica ley de libertad de vientres vino en amparo de aquella parte desgraciada de la humanidad, que había sido arrastrada también al virreinato de Buenos Aires por la codicia y crueldad del hombre europeo.

 

 

 

 

Fue Buenos Aires la primera que en el continente de Colón cubrió con la mano de la libertad la frente del africano, pues donde estaba el agua del bautismo no quería ver la degradación de la especie humana. Y la libertad que así la regeneró y rompió de sus brazos la cadena de siervo, no tuvo en la época del terror ni más acérrimo, ni más ingenuo enemigo que esa raza africana.

 

 

 

 

Nada sería que hubiese sido partidaria de Rosas; hasta natural sería que hubiese soportado por él todo género de privaciones y sacrificios; desde que ninguno como él lisonjeó sus instintos, estimuló sentimientos de vanidad hasta entonces desconocidos para esa clase, que ocupaba por su condición y por su misma naturaleza el último escalón de la gradería social.

 

 

A las promesas, a las consideraciones, Rosas agregaba los hechos; y las personas de su familia, los principales de su partido, su hija misma, por decirlo todo, se rozaban federalmente y hasta bailaban con los negros.

 

 

 

 

Nada sería, pues, en el estudio de esta época curiosa, ver esa parte de la plebe porteña entusiasta y fanática por aquel gobierno, que así la protegía y consideraba.

 

 

 

 

Pero lo que llama, sí, la atención y concentración del espíritu, y que deberá preocupar más tarde a los regeneradores de esa tierra infeliz, son los instintos perversos que se revelaron en aquella clase de la sociedad, con una rapidez y una franqueza inauditas.

 

 

 

 

Los negros, pero con especialidad las mujeres de ese color, fueron los principales órganos de delación que tuvo Rosas.

 

 

 

El sentimiento de la gratitud apareció seco, sin raíces en su corazón.

 

 

 

 

Allí donde se daba el pan a sus hijos, donde ellas mismas habían recibido su salario, y las prodigalidades de una sociedad cuyas familias pecan por la generosidad, por la indulgencia, y por la comunidad, puede decirse, con el doméstico, allí llevaban la calumnia, la desgracia y la muerte.

 

 

 

 

Una carta insignificante, un vestido, una cinta con un estambre azul o celeste, era ya un arma; y una mala mirada, una pasajera reconvención de los dueños de casa o de sus hijos, era lo suficiente para emplear esa arma. La policía, Doña María Josefa, cualquier juez de paz, o comisario, o corifeo de la Mashorca, recibía una delación, en que figuraban comunicaciones con Lavalle, o cosas semejantes, que importaban la ruina y el luto de una familia; porque el ser clasificado de unitario en Buenos Aires importaba estar puesto fuera de toda ley, y bajo el imperio de todo insulto, de toda desgracia, de todo crimen.

 

 

El odio a las clases honestas y acomodadas de la sociedad era sincero y profundo en esa clase de color; sus propensiones a ejecutar el mal eran a la vez francas e ingenuas; y su adhesión a Rosas leal y robusta.

 

 

 

 

Desde que el dictador marchó a Santos Lugares, y con él los batallones de negros que había en la plaza, las negras empezaron también, por su cuenta, a marchar al campamento, abandonando el servicio de las familias que quedaron entregadas a su propia asistencia.

 

 

 

 

Pero antes de salir de la ciudad se presentaban en bandas en casa de Manuela o en la de Doña María Josefa Ezcurra, anunciando que iban a pelear también por el Restaurador de las Leyes. Y en el día que describimos, no era pequeño el número de ellas que cuajaba los patios y zaguanes de la casa de Rosas, haciendo estrepitosa algazara al despedirse de Manuela y de cuantos allí había.

 

 

 

Era un día de jubileo en aquella casa, tan célebre en los fastos de la tiranía.

 

 

 

 

Doña María Josefa se había trasportado a ella desde las once; y a las ocho de la noche todavía estaban allí esperando algún otro chasque de Santos Lugares que hiciese saber si Lavalle había pasado más acá de la Capilla de Merlo o si el ejército federal había salídole al encuentro y pulverizádolo bajo sus tremendas armas, y a los rayos del genio.

 

 

 

Ya era de noche.

 

 

 

De repente, el eco de un cañonazo lejano vino a herir el espíritu de todos.

 

 

 

 

Manuela se inmutó visiblemente. No era la causa política, era la vida de su padre lo que inspiró un cúmulo de sentimientos penosos en su corazón.

 

 

 

 

Por un largo rato, la atención de todos se concentró en el oído; pero en vano.

 

 

 

Manuela buscaba con sus miradas alguien que pudiera decirla la verdad. Pero la joven conocía tanto a los que la rodeaban, que no se atrevió a interrogar a ninguno.

 

 

 

 

De improviso, un movimiento, cuya impulsión venía del patio, se comunica hasta la sala, y todos vuelven sus miradas hacia la puerta en donde, a través de las nubes densas de humo de cigarro, se pudo distinguir la figura del jefe de policía, y pudo percibirse su voz, que decía a cuantos le preguntaban:

 

 

 

-No es nada, no es nada, es el cañonazo de las ocho que tiran los franceses.

 

 

 

Manuela alivió con un suspiro a su oprimido corazón, y preguntó impaciente a

 

Victorica, que se acercaba a saludarla:

 

 

 

-¿Nadie ha venido?

 

 

 

-Nadie, señorita.

 

 

 

-Por Dios; ¡desde las once no sé una palabra!

 

 

 

-Pero es probable que antes de una hora sepamos algo.

 

 

 

-¿Antes de una hora?

 

 

 

-Sí.

 

 

 

-¿Y por qué, Victorica?

 

 

-Porque a las seis mandé un comisario de policía con el parte del día al Señor Gobernador.

 

 

 

-Bien, gracias.

 

 

 

-Estará aquí a las nueve, cuando más.

 

 

 

-¡Ojalá! ¿Y cree usted que estén muy cerca ya de Santos Lugares?

 

 

 

 

-No es probable. Anoche acampó Lavalle en la estancia de Bravo. A las diez y media de la mañana de hoy estaban a tres leguas de Merlo; y a estas horas se hallaran, cuando más, a una legua de ese punto; es decir, a dos leguas de nuestro acampamento.

 

 

 

-¿Y esta noche?

 

 

 

-¿Cómo?

 

 

 

 

-¿Si no marcharán esta noche? -repuso Manuela pendiente de las palabras de Victorica.

 

 

 

 

-¡Oh, no! -contestó éste, esta noche no marcharán, ni tal vez mañana. Lavalle trae poca gente, señorita, y tendrá que prepararla muy bien.

 

 

 

 

-¿Y a qué número ascienden las fuerzas de Lavalle? Dígame usted la verdad, yo se lo ruego -prosiguió Manuela, que hablaba casi al oído del jefe de policía.

 

 

 

-¿La verdad?

 

-Sí, sí, la verdad.

 

 

 

 

-Es que no se puede preguntar así no más por esa señora; porque hoy es muy difícil encontrarla. Pero según los datos que me parecen más seguros, Lavalle trae tres mil hombres.

 

 

 

-¡Tres mil hombres, y me dicen que apenas tiene mil! -exclamó la joven.

 

 

 

-¿No dije a usted que no se encuentra a la verdad?

 

 

 

-¡Oh, es terrible!

 

 

 

-La engañan a usted en muchas cosas.

 

 

 

-Ya lo sé. En todo, y todos me engañan.

 

 

 

-¿Todos?

 

 

 

-Menos usted, Victorica.

 

 

 

 

-¿Y para qué engañar ahora? -repuso el jefe de policía con un brusco movimiento de hombros, que parecía decir: «Estamos jugando el todo, la hora ha llegado, y no tenemos a quien engañar, si no es a nosotros mismos.»

 

 

 

-Y tatita, ¿qué fuerza tiene? La verdad también.

 

 

 

 

-¡Oh, eso es fácil! El Señor Gobernador tiene en Santos Lugares de siete a ocho mil hombres.

 

 

 

-¿Y aquí?

 

 

 

-¿Aquí?

 

 

 

-¿Sí, en la ciudad, pues?

 

 

 

-Todos y ninguno.

 

 

 

-¿Cómo?

 

 

 

 

-Que según las noticias que nos lleguen del campamento mañana, o pasado mañana, hemos de tener un mundo de soldados, o hallaremos que no tenemos ninguno.

 

 

 

 

-¡Ah! Sí; sí, ya lo sé -repuso Manuela con viveza, al comprender lo que pareció al principio una paradoja de Victorica. Ella sabía mejor que nadie el crédito que debía dar a las palabras de los seres envilecidos que la rodeaban; que sólo eran bravos con el puñal, sobre la víctima inerme.

 

 

 

 

-¿Y me dará usted las noticias -prosiguió-, en cuanto las reciba esta noche, si tatita no me escribe?

 

 

 

 

-No lo sé, señorita, porque ahora mismo parto para la Boca, y he dado orden para que el comisario vaya en mi busca por ese lado.

 

 

 

-¡A la Boca! ¿Y no hace usted más falta en la ciudad?

 

 

-Yo creo, señorita, que no hago falta en ninguna parte -contestó Victorica con cierta expresión en el rostro, que hubiera parecido una sonrisa y que sin duda quiso serlo, si lo hubieran permitido aquellos músculos duros y rígidos que no se prestaban a otro movimiento que al de la expresión de las pasiones recias y profundas.

 

 

 

 

-¿Qué quiere usted decir, señor Don Bernardo? -preguntóle Manuela algo seria; porque el carácter de aquella joven ya empezaba, naturalmente, a resentirse un poco de la regia autoridad de su padre, y a disgustarse al notar síntomas de desagrado en sus servidores.

 

 

 

 

-Quiero decir -contestó Victorica-, y lo mejor es decirlo con franqueza, que antes recibía las órdenes directamente del Señor Gobernador; y después de algún tiempo las estoy recibiendo de otros, a nombre de Su Excelencia.

 

 

 

-¿Y cree usted que alguien se atrevería a tomar el nombre de mi padre?

 

 

 

 

-Lo que creo, señorita, es que no se puede ir a Santos Lugares y volver, en media hora.

 

 

 

-¿Y bien?

 

 

 

 

-Y esta tarde, por ejemplo, recibí, a nombre de Su Excelencia, la orden de vigilar esta noche la costa hasta San Isidro; y un cuarto de hora, o media hora después, recibí contraorden, a nombre también del Restaurador, de hacer la ronda por la Boca.

 

 

 

-¡Ah!

 

 

 

 

-Y ya usted ve, Manuelita, que alguna de las dos órdenes no es del Señor Gobernador.

 

 

 

 

-Cierto. ¡Es bien singular!

 

 

 

-Para mí no ha habido épocas buenas ni malas en servicio del general Rosas, ni las habrá nunca. Pero no siento la misma voluntad en servir a otras personas, que obren por intereses particulares, y no de la causa.

 

 

 

 

-Créame usted, Victorica, que he de hablar a tatita sobre esto la primera vez que me sea posible.

 

 

 

-Esta señora me da más que hacer que el Señor Gobernador.

 

 

 

-¡Esta señora! ¿Qué señora?

 

 

 

-¿No ha comprendido usted que me estoy refiriendo a Doña María Josefa?

 

 

 

 

-Ah, sí -y, sin embargo, Manuela no había comprendido tal cosa, porque poca atención prestaba, en efecto, a todo cuanto no fuera relativo a la situación que rodeaba a su padre en esos momentos.

 

 

 

 

-Esa señora -prosiguió Victorica- tiene un especial interés en que se vigilen las costas para que no se vayan los unitarios; y si por mí fuera, los dejaría ir a todos.

 

 

 

-Y yo también -agregó Manuela con prontitud.

 

 

 

 

-Hoy me mandó orden de hacer espiar de nuevo una casa, donde yo sé muy bien que hasta las paredes son unitarias. ¿Pero qué sacamos con espiarla? Ni se me dice lo que se debe vigilar, ni qué haré si encuentro tal o tal cosa.

 

 

 

-Ya.

 

 

-En seguida, orden, a nombre de Su Excelencia, de andar tras los pasos de un muchacho alocado.

 

 

 

-¡Es ocurrencia!

 

 

 

 

-Un muchacho que anda de aquí para allí como un saltimbanqui, y que, en realidad, no se le conocen más relaciones que federales.

 

 

 

-¿Y quién es, señor Victorica?

 

 

 

-Una visita de aquí mismo.

 

 

 

-¿De aquí? ¿Y orden de perseguirlo?

 

 

 

-Sí, señorita.

 

 

 

-¿Pero, quién es?

 

 

 

-Bello.

 

 

 

-¡Bello! -exclamó Manuela, que sentía una sincera amistad por el joven.

 

 

 

-Sí; a nombre del Señor Gobernador -prosiguió Victorica.

 

 

 

-Oh, no puede ser.

 

 

 

-Sin embargo, así me lo ha dicho personalmente Doña María Josefa.

 

 

 

-¿Prender a Bello? -repuso Manuela-. Vamos, repito que es imposible. Tatita no puede haber dado semejante orden. Bello es un excelente joven; es un buen federal, y su padre es uno de los amigos más antiguos del mío.

 

 

 

-No se me ha dicho que lo prenda, sino que lo vigile.

 

 

 

-Es quizá uno de los pocos hombres sinceros que nos rodean -agregó Manuela.

 

 

 

 

-A mí no me parece malo. Pero debo decir que tiene muchos enemigos, o enemigos muy poderosos.

 

 

 

 

-Señor Victorica, no dé usted paso alguno contra ese señor, si no recibe orden expresa de tatita.

 

 

 

-Si usted lo dispone así...

 

 

 

-Así lo dispongo, no siendo dada la orden por Corvalán.

 

 

 

-Muy bien.

 

 

 

-Yo sé algo de esto, poco más o menos. No hagamos que tatita sirva de pantalla.

 

 

 

 

-Bien, bien -repuso Victorica contentísimo de haberse vengado de Doña María Josefa; y cual si quisiese recompensar a Manuela del buen rato que acababa de darle, la ofreció mandarle al comisario en el acto que llegase con las noticias del campamento.

 

 

-Pero pido a usted -agregó- que, buenas o malas las noticias que traiga, no pasen de usted, hasta que yo se las repita como es mi obligación.

 

 

 

-Se lo prometo a usted.

 

 

 

-Entonces, buenas noches, Manuelita.

 

 

 

 

Y el jefe de policía volvió a pasar por entre los grupos que poblaban la sala y el patio, sin que nadie se atreviese a detenerlo para pedir noticias, como se hacían todos recíprocamente.

 

 

 

 

El asiento que dejó no quedó vacío ni un minuto, pues un nuevo personaje de la época vino a dar a la joven anticipadas felicitaciones por el próximo triunfo federal.

 

 

 

 

Y mientras Manuela suplicaba a su nuevo interlocutor que saliese a pedir a las negras que no gritasen tanto en el patio, y las dijese que su padre las recibiría con mucho gusto en el campamento; Doña María Josefa daba la mano, despidiendo a un personaje de gallarda estatura, como de treinta y ocho o cuarenta años, de hermosos ojos, moreno, de espeso y negro bigote, y vestido con chaqueta de paño grana, pantalón negro con franja punzó, chaleco y corbata de este último color, y que ostentaba una enorme divisa, y un no menos grande puñal a la cintura.

 

 

 

-Conque temprano -le decía la cuñada de Rosas.

 

 

 

-Sí, señora, antes de las siete estoy en casa de usted a darle cuenta.

 

 

 

-¿Pero si antes hay novedad, me manda avisar en el momento?

 

 

 

-Sí, señora.

 

 

-Yo he de estar aquí toda la noche, o hasta que sepamos de Juan Manuel. Pero, mire, no le de cuartel a ninguno. Ya sabe que todos los que se fugan se van a Lavalle.

 

 

 

 

-No hay cuidado -contestó aquél con una sonrisita que parecía decir: «No necesito de esa recomendación.»

 

 

 

 

-Victorica va a correr la costa desde el fuerte hasta la Boca -prosiguió Doña María Josefa.

 

 

 

 

-Ya lo sé, señora; y yo voy a relevar a Cuitiño, que está haciendo la ronda desde la Batería hasta San Isidro.

 

 

 

 

-Eso es. Hay un ratón que ya una vez se escapó de la jaula, pero se me ha puesto que lo hemos de hacer caer tarde o temprano. Váyase de una vez. Ya sabe que para estas cosas yo hago las veces de Juan Manuel. Vaya, despídase de Manuelita, y hasta mañana.

 

 

 

 

Y el personaje que iba a relevar a Cuitiño se separó de la hermana política del dictador: ese individuo era Martín Santa Coloma, uno de los principales corifeos de la Mashorca, cuyas manos quedaron, en 1840, bañadas en la sangre de sus indefensos compatriotas.

 

Capítulo VIII

 

 

 

La ballenera

 

La noche estaba nebulosa pero suave; el río tranquilo; una brisa fresca, pero suave, picaba ligerísimamente las aguas que, en alta marca, cubrían las peñas de las costas y se derramaban sin rumor en las pequeñas ensenadas de sus orillas. Apenas, de vez en cuando, se dejaba ver una que otra estrella en el firmamento al través de los pardos celajes, como aparece una que otra esperanza en el cristal empañado de una alma desgraciada.

 

 

 

 

A las nueve de esa noche, una embarcación había desprendídose del costado de una de las corbetas bloqueadoras con un joven oficial francés, el patrón y ocho marineros.

 

 

 

 

En la primera hora, la ballenera corrió al largo con su proa al oeste cuarta al norte, con su vela englobada, ligera y graciosa como una creación de la noche posada en el ala de la brisa, mientras que el joven oficial, envuelto en su capa, y tendido sobre el banco de popa, con esa indolencia característica del marino, sólo bajaba su vista de rato en rato, a ver una pequeña carta abierta a sus pies, y alumbrado por una linterna a cuya luz echaba una mirada de vez en cuando a una rosa náutica que sujetaba el pequeño plano, mostrando luego con la mano, y sin hablar una palabra, la dirección que debía dar a la ballenera el patrón que dirigía el timón. Y a la luz también de esa linterna colocada en el fondo de la ballenera, se distinguían los fusiles de los marineros, colocados de babor a estribor.

 

 

 

Como al cabo de una hora, el oficial vio su reloj, e hizo en seguida un examen más detenido de la aguja, del plano, y de la dirección de la ballenera; y mandó luego arriar la vela, y seguir a remo en la dirección que indicó, después de colocar bajo un banco de popa la linterna. La parte superior de los remos estaba envuelta en lona; y apenas se percibía el débil rumor de la pala en el agua.

 

 

 

 

Las luces de la ciudad se habían perdido completamente a la vista; y apenas, hacia la izquierda, se percibía la forma de la costa indefinible y negra, y que aparecía más y más elevada a medida que la ballenera avanzaba con más rapidez al impulso de los remos, que antes a la fuerza del paño.

 

 

 

Al cabo, el oficial dijo una palabra al timonero, y la ballenera viró un tercio más hacia la costa; y, a otra palabra del patrón, los marineros empezaron a tocar apenas con la punta del remo la superficie del agua, y la embarcación perdió más de la mitad de su marcha.

 

 

 

 

Entonces, el joven oficial se sentó en el piso de popa, tomó la linterna, observó con mucha atención la aguja y las indicaciones del plano, y después de un rato levantó su brazo, sin quitar los ojos de la aguja y la carta.

 

 

 

 

A esta acción los marineros dieron, por una sola vez, una impulsión inversa a los remos, y la ballenera quedó como clavada sobre las aguas en medio del silencio y de las sombras.

 

 

 

Estaban a una cuadra de la costa.

 

 

 

 

Entonces, el oficial pidió dos sombreros a los marineros. Colocó la linterna entre los dos sombreros de hule, uno de cada lado, de manera a que la luz se proyectase en línea recta, sin esparcir claridad en redor suyo; y tomándola de este modo entre sus manos, se paró y la levantó a la altura de su cabeza, con la luz en dirección a la costa.

 

 

 

 

Permaneció de este modo algunos minutos, mientras que la mirada de todos buscaba en tierra la correspondencia de aquel telégrafo misterioso. Pero inútilmente.

 

 

 

 

El joven meneó la cabeza y, colocando la linterna en su lugar anterior, dio orden de seguir.

 

 

 

 

Cinco minutos después volvió a repetirse la misma operación con las mismas precauciones. Pero inútilmente también.

 

 

El oficial, ya con un poco de mal humor, volvió de nuevo a examinar la dirección que se había dado, y confirmado de que estaba en ella, de que estaba en el mismo paraje, al mismo rumbo que se marcaba en el plano, dio orden de marchar un poco más a tierra para salir de la sombra que formaba la barranca inmediata.

 

 

 

 

En efecto, a pocos minutos de marcha, la ballenera pasó por frente a un pequeño cabo, y como a dos cuadras de su anterior estación, volvió a funcionar el telégrafo entre las manos del oficial.

 

 

 

 

No habría pasado un minuto que aquella luz flotante despedía su rayo sigiloso en dirección a la tierra únicamente, cuando sobre la barranca inmediata brilló una luz, algo más viva que la que parecía requerirse por la luz marítima, que se rodeaba de tantas precauciones.

 

 

 

 

-Allí está -exclamaron todos los de la ballenera, pero con una voz apenas perceptible de ellos mismos.

 

 

 

 

La linterna subió y bajó entonces, por dos veces, en las manos del oficial, y la luz de tierra extinguióse en el acto.

 

 

 

Eran las once de la noche.

 

 

 

II

 

Como a las siete de esa misma noche, un carruaje, conducido por Fermín, había parado a la puerta de la casa de Madama Dupasquier; y poco después subía a él aquella noble señora, pero subía pálida, macilenta, con la expresión de esas enfermedades, de esas tisis del alma que hacen mayores estragos, y más pronto, que las más crueles dolencias de los órganos; y a su lado subía su hija, linda como una promesa de amor, y pura y delicada como un jazmín del aire: eran dos mujeres del tipo perfecto de 1820, que podemos hacer llegar, si se quiere, hasta 1830. Porque la generación que desenvolvióse durante la revolución, tanto en hombres como en mujeres, en lo moral como en lo físico, ha tenido un sello especial que ha desaparecido con la época. Es curiosa, pero sería muy larga esa demostración. Y sólo diremos que de

 

 

aquellas mujeres, que hoy se perpetúan en los retratos, o en las tradiciones, no quedan sino los retratos y las tradiciones.

 

 

 

 

Inmediatamente, el coche había tomado hacia la plaza, doblando por bajo el arco de la Recova, atravesando la plaza del 25 de Mayo, descendido al Bajo, y tomado a gran trote con dirección al norte.

 

 

 

 

Al pasar por el bajo de la Recoleta, ya muy de noche, dos jinetes habían salido al encuentro del carruaje, y luego de reconocerlo siguieron su marcha a pocos pasos de él.

 

 

 

 

Más allá de Palermo de San Benito, lugar casi desierto en esa época, y que muy pronto debía convertirse en la espléndida y bulliciosa morada del tirano, se vieron cuatro hombres venir en dirección opuesta.

 

 

 

 

En el acto, los dos jinetes que lo escoltaban prepararon las armas que traían bajo sus ponchos, y se dispusieron a lo que puchera ocurrir. Pero felizmente no era gente de la Mashorca, y lejos de detener el carruaje, aquellos cuatro hombres pasaron haciendo grandes cortesías a los que iban dentro y a los que cabalgaban a su lado. Porque uno de los rasgos característicos de la época de Rosas era el afán de los hombres por saludarse unos a otros, aun cuando en su vida se hubieran visto la cara: originalidad que no puede explicarse de otro modo que por el miedo que recíprocamente se tenían todos.

 

 

 

 

De cuando en cuando, y a pesar del aire de la noche, la misma Madama Dupasquier mandaba a su hija que abriese uno de los postigos del coche para ver si venían sus amigos. Y cada vez que la joven cumplía esta orden, bien poco pesada para ella, como se comprende, unos ojos llenos de amor y vigilancia divisaban su preciosa cabeza, y en el rápido vuelo de un segundo, uno de los jinetes estaba al lado del estribo, y un brevísimo diálogo de las más tiernas interrogaciones tenía lugar entre la niña y el joven, entre la madre y su hijo, porque el joven, bien se entiende, no era otro que Daniel, el prometido esposo de Florencia.

 

 

En una de estas idas y venidas, Daniel, al llegar a su amigo, acercando mucho su caballo, y poniéndole la mano en el hombro, le dijo:

 

 

 

 

-¿Quieres que te haga una revelación que a cualquiera otro le daría rubor el hacerla?

 

 

 

 

-¿Acaso vas a decirme que estás enamorado? ¡Qué diablos! Yo también lo estoy y no me avergonzaría de contarlo.

 

 

 

-No, no es eso.

 

 

 

-Veamos, pues.

 

 

 

-Que tengo miedo.

 

 

 

-¡Miedo!

 

 

 

 

-Sí, Eduardo, miedo. Pero es en este momento. En esta solitaria travesía. En el paso arriesgado que vamos a dar. Yo que juego mi vida a todas horas; que desde niño, puedo decirlo, he buscado la noche, las aventuras peligrosas, los pasos arriesgados; que he aprendido a domar el potro por el placer de correr un peligro; que he surcado las olas de nuestro río, más bravas y poderosas que el Océano, en un débil bote, sin motivo, sin interés, por sólo la satisfacción de verme frente a frente con la Naturaleza, en los momentos de su salvaje jactancia; yo que tengo fuerte el corazón y diestro el brazo, temblaría como una criatura si tuviésemos en este momento un accidente cualquiera que nos pusiese en peligro.

 

 

 

 

-¡Pues es un lindo modo de ser valiente! ¿Para cuándo quieres el valor sino para los peligros?

 

 

-Sí; pero peligros para mí; pero no para Florencia, no para su madre. No es el miedo de perder mi vida. Es miedo de hacerla derramar una lágrima, de hacerla sufrir los tormentos horribles porque pasaría su corazón, si nos rodease de repente un conflicto. Es miedo de que quedase sola, con su padre ausente, con su madre casi expirando, y sin mi apoyo en esta tormenta de crímenes que se cierne sobre nuestras cabezas. Es ese miedo por la desgracia del ser amado, que sólo sienten ciertos corazones, ciertos caracteres en la vida. ¿Me comprendes ahora?

 

 

 

-Sí, y lo peor es que me has inoculado ese miedo en que no había pensado, a fe mía:

 

miedo de morir, no por morir, sino por los que quedan vivos. ¿No es eso?

 

 

 

 

-Sí, Eduardo; cuando uno tiene la conciencia de que es amado, cuando uno ama de veras, la vida se reparte, se encarna con otra vida, y al morir queda un pedazo de uno mismo en la tierra, y esto es lo que se siente.

 

 

 

 

-Pero en fin, ya estamos cerca, Daniel, dentro de diez minutos estaremos allí. ¡Pobrecita! Tu Florencia siquiera viene con nosotros; pero ella, ella está sola desde ayer. ¡Ah, pensar que pasado mañana, que mañana tal vez puede cesar esta horrible vida que llevamos! ¡Prófugos, parias en nuestro propio país, en nuestra misma casa!. Mira, Daniel, creo que cuando respire el olor a la pólvora, cuando sienta el primer escuadrón de Lavalle, y salgamos los veinte que ya somos, con nuestros fusiles, creo, te digo, que voy a empezar a tirar tiros al aire, por respirar pólvora, si ese canalla de Rosas no quiere que se los tiremos al pecho. ¿Crees que estén aquí pasado mañana?

 

 

 

 

-Sí -repuso Daniel-, ese es el orden de las marchas. Puede emprenderse el ataque pasado mañana; y es esa la razón por que he instado tanto por el viaje que se va a efectuar esta noche. Me conozco. No valdría, con Florencia en Buenos Aires, ni la mitad de lo que valdré solo en aquel trance.

 

 

 

-¡Y esta Amalia, esta Amalia no querer seguirlas! -exclamó Eduardo.

 

 

 

 

-Amalia tiene más valor que Florencia, y otro carácter también. No habría poder humano que la separase de tu destino. Aquí estás tú, y aquí está ella; es tu sombra.

 

 

 

-No, es la luz, es la estrella de mi vida -repuso Eduardo con un acento de vanidad que parecía decir: «Así es el carácter que quiero en la mujer amada de mi corazón.»

 

 

 

 

-Ahí está la casa -dijo Daniel y se adelantó a dar orden a Fermín de poner el carruaje en la parte opuesta del edificio, luego que bajasen las señoras.

 

 

 

 

Un minuto después estaba aquél en la puerta de la Casa Sola. Pero ni una luz, ni una voz, y sólo el rumor de los árboles cercanos.

 

 

 

 

Sin embargo, no bien el carruaje y los caballeros pararon a la puerta, cuando ésta abrióse, y los ojos de los viajeros, habituados a la oscuridad después de dos horas, pudieron distinguir las figuras de Amalia y de Luisa paradas en la puerta; mientras que por el postigo de una ventana asomaba la cabeza de Pedro, el viejo veterano, que custodiaba a la hija de su coronel, con la misma vigilancia con que veinte años antes guardaba su puesto y su consigna, en las centinelas avanzadas de los viejos ejércitos de la patria.

 

 

 

 

Madama Dupasquier bajó casi exánime, pues el viaje la había molestado terriblemente. Pero todo estaba preparado por la prolija y delicada Amalia; y después de tomar algunos confortativos y reposar un rato, la enferma volvió a hallarse mejor. Además, la idea de que pronto iba a dejar de respirar aquel aire que la asfixiaba, y salvar a su hija, era el mejor tónico para su debilidad presente.

 

 

 

 

Según las instrucciones de Daniel, sólo había luz en el aposento de Amalia, cuya única ventana daba al pequeño patio de la casa. La sala, que servía de aposento a Luisa, y el comedor, cuyas ventanas daban hacia el río, y sus puertas hacia el camino, estaban completamente oscuras.

 

 

 

 

Florencia estaba más pálida que de costumbre; y su corazón latía con esa irregularidad que acompaña a las situaciones inmediatamente precursoras de un desenlace que se anhela y se teme. Un peligro inminente iba a correrse. Pero en el

 

 

blando espíritu de la mujer no cabe el recuerdo de sí misma cuando peligra también la vida de su madre, la vida de su amante.

 

 

 

 

La joven sonreía a aquélla. Miraba tierna y amorosamente a su Daniel; y en el cristal bellísimo de sus ojos, una humedad celestial se esparramaba.

 

 

 

Daniel salió; habló un buen rato con Fermín, y volvió luego diciendo:

 

 

 

 

-Van a dar las diez de la noche. Es necesario que vayamos a las ventanas del comedor, a esperar la señal de la ballenera, que no debe tardar. Pero es preciso que Luisa se quede aquí y que lleve la luz a la sala en el momento en que yo se la pida. ¿Entiendes, Luisa, lo que tienes que hacer?

 

 

 

-Sí, sí, señor -contestó la vivísima criatura.

 

 

 

 

-Vamos, pues, mamá -dijo Daniel tomando la mano de Madama Dupasquier-. Usted también nos ayudará a observar el río.

 

 

 

 

-Sí, vamos -contestó la aristocrática porteña con una sonrisa que mal pegaba con su cadavérico semblante-, y he aquí lo que no se me había ocurrido jamás.

 

 

 

-¿Qué cosa, mamá? -la preguntó con prontitud Florencia.

 

 

 

 

-Que yo tuviera que hacerme federal por un momento, empleando mis ojos en espiar entre las sombras. Y sobre todo, no se me había ocurrido que tuviese alguna vez que embarcarme por estos parajes y a estas horas.

 

 

 

-Pero se desembarcará usted en su coche dentro de ocho días, señora.

 

-¿Ocho?¡Y qué! ¿Costará tanto echar a esta canalla de Buenos Aires?

 

 

 

 

-No, señora -repuso Eduardo-, pero usted no vendrá de Montevideo hasta que vayamos todos a buscarla.

 

 

 

 

-Y será el mismo día que no haya Rosas -agregó Daniel, que fue compensado por una leve presión de la mano de su Florencia, que no se había desprendido de la suya desde que salieron del aposento de Amalia, pues que ya estaban en el comedor, sin más luz que la escasísima de la noche que entraba por los vidrios que daban hacia el río, en cuya dirección estaba fija la mirada de todos.

 

 

 

 

A medida que pasaban los minutos por la rueda del tiempo, la conversación se cortaba y se anudaba con dificultad, porque una misma idea absorbía la atención de todos: era ya la hora, y la ballenera no venía. Madama Dupasquier no podía permanecer allí. El conflicto de armas podía tener lugar al otro día. Y se necesitaban tres por lo menos para combinarse de nuevo con la estación francesa.

 

 

 

 

-Tardan -dijo Amalia, que era quien conservaba más sereno su espíritu, porque no había nada que agitase, ni la felicidad, ni el peligro, ni la muerte, aquella naturaleza dulce, tierna y melancólica.

 

 

 

 

-El viento quizá -repuso Daniel buscando un pretexto que algo calmase la inquietud general, y en la que tomaba él la mayor parte.

 

 

 

De repente, Amalia, que estaba parada con Eduardo, exclamó:

 

 

 

-Allí está -extendiendo su mano en dirección al río.

 

 

 

-¿Es? -preguntó Florencia levantándose y dirigiéndose a Daniel.

 

 

El joven abrió entonces la ventana, calculó la distancia de la casa a la orilla del agua, que se dejaba conocer por el rumor de la ola, y conociendo que la luz estaba en el agua cerró la ventana y gritó:

 

 

 

-¿Luisa?

 

 

 

El corazón de todos latía con violencia.

 

 

 

 

Luisa, que había estado con su manecita en el candelero desde que recibió la orden, llegó con la luz antes que el eco de su nombre se extinguiese en el aposento.

 

 

 

 

Daniel puso la luz contra el vidrio, y después de haber percibido el movimiento convenido en la luz marítima, cerró los postigos y dijo:

 

 

 

-Vamos.

 

 

 

Florencia estaba trémula, y pálida como el marfil.

 

 

 

Madama Dupasquier, tranquila y serena.

 

 

 

Al salir fuera de la casa, Daniel las hizo parar un momento.

 

 

 

 

-¿Qué se espera? -preguntó Eduardo que daba el brazo a Florencia, mientras Madama Dupasquier se apoyaba en el de Daniel.

 

 

 

-Esto -dijo Daniel señalando un bulto que se veía subir por la barranca.

 

 

 

 

Daniel dejó el brazo de Madama Dupasquier y se adelantó.

 

 

 

-¿Hay alguien, Fermín?

 

 

 

-Nadie, señor.

 

 

 

-¿En qué distancia?

 

 

 

-Como a cuatro cuadras de un lado a otro.

 

 

 

-¿Se ve de tierra la ballenera?

 

 

 

 

-Ahora, señor, porque acaba de atracar a las toscas; el río está muy crecido, y se puede subir sin mojarse.

 

 

 

-Bien, pues. ¿Recuerdas todo?

 

 

 

-Sí, señor.

 

 

 

 

-Mi caballo desde ahora mismo, en la peña blanca, como a tres cuartos de legua de aquí. Bastante adentro del agua, para quedar cubiertos por la peña grande. Allí he de desembarcar dentro de dos horas. Pero por toda precaución monta a caballo ya y vete a esperarme.

 

 

 

-Bien, señor.

 

 

 

 

La comitiva ya estaba impaciente e intrigada por la demora de Daniel. Pero éste los tranquilizó luego y descendieron la barranca.

 

 

El aire de la noche parecía vigorizar a la enferma, pues que caminaba con una notable serenidad, apoyada en el brazo de su futuro hijo.

 

 

 

Adelante de ellos iba Florencia con Eduardo.

 

 

 

Y abriendo la marcha de la comitiva iba Amalia con la pequeña Luisa de la mano.

 

 

 

 

Por dos veces la había rogado Eduardo que tomase su otro brazo. Pero ella, queriendo dar valor a todos, contestaba que no; que era la señora feudal de aquellos parajes, y debía siempre marchar delante de todos.

 

 

 

 

Cubierta su espléndida cabeza con un pequeño pañuelo de seda negro cuyas puntas estaban prendidas bajo la barba, sólo se distinguía el perfil de su hechicero rostro, y sus ojos, en los que no faltaba una luz ni entre las densas sombras de la noche.

 

 

 

 

En pocos minutos llegaron a la orilla del río donde la ballenera estaba atracada y contenida por dos robustos marineros que habían saltado a tierra con ese objeto.

 

 

 

La embarcación había dado por casualidad con una pequeña abra del río.

 

 

 

 

Al acercarse las señoras, el oficial francés saltó a tierra con toda la galantería de su nación, para ayudarlas a embarcarse.

 

 

 

 

Había un no sé qué de solemnidad religiosa en ese momento, en medio de las sombras de la noche, y en esas costas desiertas y solitarias.

 

 

 

Madama Dupasquier se despidió con estas solas palabras:

 

 

 

 

-Hasta muy pronto, Amalia.

 

 

 

Un unitario jamás se atrevía a decir, ni aun a creer, que Rosas se conservase ocho días más.

 

 

 

 

Pero Florencia, organización en que pocas veces había el consuelo de las lágrimas, sintió rotas al fin las fuentes de su corazón, y bañó con ellas los hombros y el semblante de su amiga.

 

 

 

 

Amalia lloraba dentro su alma mientras que las imágenes más tristes y fatídicas cruzaban por su rica y desgraciada imaginación.

 

 

 

 

-Vamos -dijo al fin Daniel, y tomando a su Florencia de la mano la separó de Luisa que lloraba también, y alzándola por su cintura de sílfide, la puso de un salto en la ballenera, donde ya estaba Madama Dupasquier al lado del oficial.

 

 

 

 

Todavía un ¡adiós! se cambió Florencia con Amalia y Eduardo; y a una voz del oficial, la ballenera se desprendió de tierra, viró luego hacia el sud, y enfiló la costa, con su vela tiriana desplegada, y sin las precauciones con que se había acercado un cuarto de hora antes. Seguía la costa con la intención de tomar más abajo un cuarto más de viento en su bordada al este.

 

 

 

 

Amalia, Eduardo y Luisa la siguieron con sus ojos hasta que se perdió entre las sombras.

 

 

 

 

Entonces posó Amalia su brazo en el hombro del bien querido de su alma, y alzó sus lindos y tranquilos ojos a contemplar los fragmentos de nubes que volaban entre las alas de la brisa, y que dejaban de vez en vez aparecer los astros, mientras que Eduardo la contemplaba embelesado, rodeando con su brazo derecho su cintura.

 

 

 

 

Ocho minutos habrían pasado apenas, cuando una súbita claridad y la detonación de una descarga de mosquetería, en la costa, y hacia el lado en que navegaba la

 

 

ballenera, vino a herir de súbito, y como un golpe eléctrico, el corazón de Amalia, de Eduardo y de la tierna Luisa.

 

Capítulo IX

 

 

 

La ronda federal

 

Todavía Eduardo tenía vuelta su gallarda cabeza hacia la dirección de la descarga, y las manos llevadas instintivamente a los bolsillos donde tenía sus pistolas, cuando la voz de Amalia interrumpió el silencio de aquel lúgubre recinto, exclamando:

 

 

 

 

-¡Sube, sube, por Dios! -oprimiendo el brazo de su amado y queriendo arrastrarlo con sus débiles manos.

 

 

 

 

Eduardo, comprendiéndolo todo, y el peligro de que permaneciese Amalia un minuto más en aquel lugar, la tomó por la cintura con su robusto brazo, diciéndola:

 

 

 

 

-Sí, pronto, no hay que perder un momento -mientras que Luisa, prendida del vestido de su señora, quería darla apoyo también para subir ligero.

 

 

 

 

Apenas habrían caminado dos minutos cuando una segunda descarga los paró maquinalmente a todos, haciéndoles volver la vista a la dirección que traía el sonido, y entonces percibieron claro, aunque a larga distancia, una súbita claridad en el río, y el sonido de otra descarga.

 

 

 

-¡Dios mío! -exclamó Amalia.

 

 

 

 

-No, esa última es de la ballenera, que les contesta -repuso Eduardo, dejando ver sus dientes de alabastro en una sonrisa, mezcla de contentamiento y de rabia.

 

 

 

-¿Pero las habrán herido, Eduardo?

 

 

 

 

-No, no; es muy difícil; sube, hay otro peligro que evitar.

 

 

 

-¿Otro?

 

 

 

-Sube, sube.

 

 

 

 

A pocos pasos estaban ya en la casa cuando se encontraron con Pedro, que venía atacando otra bala en su tercerola, y con su sable debajo del brazo.

 

 

 

-Ah, ya están aquí -dijo al verlos.

 

 

 

-Pedro.

 

 

 

-Señora, yo soy. Pero éstas no son horas para que ande usted por estos lugares.

 

 

 

 

Es ésta la primera vez quizá que el buen viejo dirigía una reconvención a la hija de su coronel.

 

 

 

-Pedro, ¿ha oído usted? -le preguntó Eduardo.

 

 

 

-Sí, señor, todo lo he oído. Pero éstas no son horas de que la señora...

 

 

 

 

-Bien, bien, ya no lo haré más, Pedro -dijo Amalia, que comprendía todo el interés que sentía por ella aquel fiel servidor de su familia.

 

 

 

 

-Quería preguntar a usted, Pedro -prosiguió Eduardo, entrando ya en la casa-, si ha podido distinguir, ¿de qué armas son los primeros y los segundos tiros?

 

 

 

-¡Bah! -exclamó el veterano, cerrando la puerta y sonriéndose.

 

 

 

-¿Veamos, pues?

 

 

 

-La primera y la segunda descarga han sido de tercerola; y la última de fusil.

 

 

 

-Esa es mi misma idea.

 

 

 

 

-A cualquiera que tenga oídos se le ocurre lo mismo -repuso Pedro, que parecía estar de malísimo humor con todos por el peligro que acababa de correr su señora, y, como para evitar más preguntas, se fue a encender luz en el aposento en que dormían Eduardo y Daniel cuando se quedaban en la Casa Sola, y que se hallaba en el otro extremo de las tres habitaciones de Amalia.

 

 

 

 

Cuando ésta entró a la sala, y se quitó de la cabeza el pañuelo de seda que la cubría, Eduardo no pudo menos que sorprenderse al mirar la excesiva palidez de su semblante.

 

 

 

 

La joven se sentó en una silla, afirmó el codo en una mesa y posó su frente sobre su blanca y delicada mano, mientras Eduardo había pasado al comedor, a oscuras, y abriendo la ventana, ponía toda su alma en el oído, porque la densidad de las sombras era cada vez mayor y no se podía distinguir cosa alguna.

 

 

 

Nada se oía.

 

 

 

No parecía que la vida acabase de enviar tanta muerte un momento antes.

 

 

 

Cuando volvió a la sala todavía permanecía Amalia en la misma actitud.

 

 

-Basta, mi Amalia, basta; ya ha pasado todo, y Daniel irá riéndose en este momento -la dijo sentándose a su lado y arreglando unas hebras de los lacios cabellos de su amada, que se habían descompuesto con la presión de la mano.

 

 

 

-¡Pero tanta bala! Es imposible que no hayan herido a alguno.

 

 

 

 

-Por el contrario; lo que es imposible es que haya llegado una bala de tercerola, ni a cincuenta varas de la ballenera. Han visto su sombra en el agua y han tirado al acaso.

 

 

 

-¿Pero toda la costa está vigilada? ¿Y Daniel? ¡Cómo desembarca Daniel, Dios mío!

 

 

 

-Bajará a la madrugada, en que se retiran las patrullas.

 

 

 

-¿Y Fermín le ha llevado el caballo?

 

 

 

-Sí, señora -respondió Luisa que entraba con una taza de té para Amalia.

 

 

 

 

En ese momento Eduardo volvió a levantarse y pasar al comedor para escuchar de nuevo por la ventana. Una idea hacía rato que estaba cruzando por su cabeza, y que era lo único que lo inquietaba.

 

 

 

 

Apenas haría tres minutos que estaba recostado contra la reja, cuando creyó percibir cierto ruido por el Bajo.

 

 

 

 

Un momento después ese ruido era bien perceptible, y no podía dudarse que lo originaba la marcha de muchos caballos.

 

 

De repente, el rumor de la marcha de la cabalgata cesó, pero pudo distinguirse el eco confuso de algunas voces al pie de la barranca. En seguida volvió a sentirse la marcha de los caballos.

 

 

 

 

-No hay duda -se dijo Eduardo-, ésta es la patrulla que ha hecho fuego. Se ha parado al pie de la barranca, y probablemente han hablado de esta casa. No hay duda; van a dar la vuelta para venir por el camino de arriba. ¡Fatalidad, fatalidad! -y el joven se mordió los labios hasta sacarse sangre.

 

 

 

 

Al entrar a la sala, Amalia, que leía tan bien en el semblante de su amado, comprendió que alguna emoción profunda lo agitaba, y ella misma le abrió el camino diciéndole, en el estilo que usaba con él, y el único que le consentía, cuando no estaban en ciertos momentos en que la poesía del amor les inspiraba un tratamiento más dulce y más íntimo:

 

 

 

 

-Hable usted, Eduardo: yo siempre tengo en mi alma la resignación, esperando a la desgracia.

 

 

 

 

-No; desgracia no -repuso aquél como avergonzado de que su amada hubiera apercibido en su semblante alguna expresión pasajera de temor.

 

 

 

-¿Y qué es, pues?

 

 

 

 

-Quizá... Quizá nada... Una tontería mía -dijo el joven, sonriendo, sacudiendo su cabeza y tomando el té que había dejado Amalia en su taza.

 

 

 

-No, no, algo hay, y yo quiero saberlo.

 

 

 

 

-Pues bien; lo que hay es, que acaba de pasar una patrulla por bajo la barranca, y que será probablemente la misma que ha hecho fuego sobre la ballenera. He ahí todo.

 

 

-¿Todo? Bien; ya verá usted si he comprendido lo que usted ha callado. Luisa, llama a Pedro.

 

 

 

-¿Y para qué? -preguntó Eduardo.

 

 

 

-Va usted a oírlo.

 

 

 

El veterano apareció.

 

 

 

 

-Pedro -le dijo Amalia-, es posible que intenten asaltarnos esta noche, querer registrar la casa, o alguna cosa así; cierre usted bien las puertas y prepare sus armas.

 

 

 

 

Eduardo quedó atónito de aquel valor y serenidad de su amada, admirándola en el santuario de su alma, conociendo que no era el valor de la organización, sino el valor del amor, elevado al grado de sacrificio. Porque en aquellos momentos una resistencia armada, una resistencia cualquiera a la voz de los agentes de Rosas era una sentencia infalible de muerte, o de desgracias de todo género, y Amalia se lanzaba a afrontarlas, intentando salvar al bien amado de su corazón.

 

 

 

-Ya está todo hecho, señora; tengo veinte tiros y mi sable -respondió Pedro.

 

 

 

 

-Y yo cuatro y el mío -dijo Eduardo parándose súbitamente; pero más súbito todavía y como si hubiesen cambiado un hombre por otro, volvió a sentarse y dijo:

 

 

 

-No, aquí no correrá sangre.

 

 

 

-¿Cómo?

 

 

-Digo, Amalia, que en último caso no merece mi vida el que usted presencia una escena como la que hemos querido preparar imprudentemente, y que no daría, por último, sino la pérdida de todos.

 

 

 

-Pedro, haga usted lo que se le ha mandado -repuso Amalia.

 

 

 

-¡Amalia! -exclamó Eduardo, tomándole la mano.

 

 

 

 

-Eduardo -replicó la joven-, yo no tengo nada en mi vida que no esté en la vida del ser que amo y cuando el destino de él fuese de prisa a la desgracia, yo precipitaría el mío para que fuésemos juntos.

 

 

 

 

La joven no había acabado estas palabras melancólicas, expresión de su triste y enamorado corazón, cuando el golpe de muchos caballos se sintió por el camino de arriba.

 

 

 

 

Eduardo se levantó sereno, pasó al patio donde se paseaba Pedro, y entró a su aposento. Se quitó tranquilamente el pequeño poncho que lo cubría aún, sacó sus pistolas de dos tiros que tenía en los bolsillos de sus pantalones, examinó los cebos, y tomando luego su espada dio al patio y colocóla desnuda en un rincón.

 

 

 

 

En ese momento Amalia llegaba también al patio con la inocente Luisa pegada a su vestido, que por segunda vez la repetía:

 

 

 

-Señora, ¿quiere usted que rece?

 

 

 

-Sí, hija mía, anda a la sala y reza.

 

 

 

 

La noche había cubiértose con todo su ropaje de sombras y la tormenta se cernía sobre la tierra.

 

 

 

No bien había cambiado Amalia algunas palabras con Eduardo y Pedro, cuando sintióse el rumor de voces cerca de la puerta, y luego los sables y las espuelas de algunos que se desmontaban; y entonces pasaron a la sala, cuya puerta daba al pequeño zaguán.

 

 

 

 

Al entrar, un espectáculo tierno y sublime los detuvo a la puerta: la vista de Luisa, hincada, con sus manecitas juntas en actitud de súplica, rezando delante al crucifijo de Amalia.

 

 

 

 

Parecía que se esperaba la última palabra de esa oración de la inocencia elevada a Dios, en medio de la noche y los peligros, para comenzar la primera escena de aquel drama que presagiaba un terrible desenlace; pues que en el acto de levantarse la niña, y de entrar los que la observaban, una docena de recios golpes fueron dados en la puerta de la calle.

 

 

 

 

-Nuestro plan está ya concebido con Pedro -dijo Eduardo dirigiéndose a Amalia-, no abriremos, ni responderemos. Si se cansan y se van, tanto mejor. Si intentan echar la puerta abajo, tendrán que trabajar mucho, pues es gruesa y bien sostenida; y si lo logran, cuando los recibamos estarán fatigados.

 

 

 

 

Los golpes se repitieron en la puerta, y en seguida empezaron a darlos en las ventanas de la sala y del comedor.

 

 

 

 

-Échenla abajo -dijo una voz ronca y fuerte que había sobresalido varias veces entre aquellas que acompañaban con un coro de palabras obscenas los golpes que daban en vano sobre la puerta y las ventanas.

 

 

 

Pedro se sonrió, recostándose tranquilamente en la puerta de la sala.

 

 

-No se puede -dijeron muchas voces a la vez, después de haberse hecho grandes esfuerzos, que se conocía por el crujimiento de los tablones que descansaban sobre dos gruesas trancas.

 

 

 

-Tiren sobre la cerradura -dijo la misma voz que se hacía notable entre todas.

 

 

 

 

Pedro se sonrió, dio vuelta la cabeza y miró a Eduardo parado con Amalia de la mano en el medio de la sala.

 

 

 

 

En aquel momento, cuatro tiros de tercerola se dispararon en la parte exterior, y la cerradura vino a caer a los pies de Pedro, que con una serenidad admirable diose vuelta, acercóse a Amalia y la dijo:

 

 

 

-Estos pícaros pueden tirar por las ventanas, y usted no está bien aquí.

 

 

 

-Es cierto -repuso Eduardo-, al aposento de Luisa.

 

 

 

-No; yo estaré donde estén ustedes.

 

 

 

 

-Niña, si usted no entra, yo la cargo y la encierro -replicó Pedro con una voz tan tranquila pero tan resuelta, que Amalia, aunque sorprendida, no se atrevió a replicarle y entró con Luisa al aposento. Mientras Pedro y Eduardo fueron a colocarse entre las dos ventanas, quedando cubiertos por la pared.

 

 

 

 

Estas precauciones no fueron inútiles, pues apenas habían ocupado aquel lugar, cuando los vidrios saltaron en mil pedazos y algunas balas atravesaron la sala.

 

 

 

 

Pero afuera también tomaban sus medidas. Conocían bien que había gente en la casa, pues que la puerta estaba cerrada por dentro, y se veía luz por los agujeros que habían hecho las balas. Y esta resistencia a abrir los exasperaba más, a ellos que traían

 

 

sable y tercerola, y que por consiguiente eran agentes de la autoridad todopoderosa del Restaurador.

 

 

 

 

De repente, un golpe tremendo, un empuje casi irresistible hizo rechinar los goznes y crujir los marcos de la puerta que parecía pronta a saltar toda entera, pues hasta las paredes se conmovieron cual si las sacudiese un terremoto.

 

 

 

 

-¡Ah, ya sé; y para esto no hay remedio! -dijo Pedro saliendo del lugar en que estaba, amartillando su tercerola y dirigiéndose al zaguán; mientras que Eduardo, preparando también sus pistolas, iba a su lado con los ojos chispeantes, la boca entreabierta, y apretando convulsivamente sus armas.

 

 

 

 

Amalia, que sintió y vio todo esto, ocurrido en menos de un segundo, iba a precipitarse del aposento, cuando Luisa se echó a sus pies y le abrazó las rodillas.

 

 

 

 

Un segundo golpe sin vibración, pero pujante, a plomo, hizo estremecer de nuevo toda la casa, y multitud de cascotes saltaron de los marcos de la puerta.

 

 

 

-No resiste otro -dijo Pedro.

 

 

 

 

-¿Y con qué demonios dan? -preguntó Eduardo trémulo de rabia y deseando que cayese la puerta de una vez.

 

 

 

 

-Con el anca de dos o tres caballos a un mismo tiempo -contestó Pedro-; así echamos abajo la puerta de un cuartel en el Perú.

 

 

 

 

En ese momento, porque toda esta escena era rápida como el pensamiento, Luisa, abrazada de las rodillas de Amalia, sin dejarla salir, la decía llorando:

 

 

 

 

-Señora, la Virgen me ha hecho recordar una cosa; la carta, yo sé donde está, con ella nos salvamos, señora.

 

 

 

-¿Qué carta, Luisa?

 

 

 

-Aquella que...

 

 

 

-Ah, sí. ¡Providencia divina! Es el único mecho de salvarlo. Tráela, tráela.

 

 

 

Y Luisa voló, sacó de una cajita una carta y se la dio.

 

 

 

 

Amalia entonces pasó corriendo a la puerta de la sala y dijo a Eduardo y Pedro, que estaban en el zaguán esperando por momentos ver caer la de la calle:

 

 

 

 

-No se muevan, por Dios; oigan todo pero no hablen ni entren a la sala -y sin esperar' respuesta, corrió las hojas de la puerta, y volando a una de las ventanas, tiró los pasadores y abrió.

 

 

 

 

A este ruido, dejaron la puerta y se precipitaron a la ventana diez o doce de los que estaban desmontados; y por instinto, por instinto federal, abocaron sus tercerolas a las rejas.

 

 

 

 

Amalia no retrocedió, no se inmutó siquiera, y con una voz entera y digna se dirigió a ellos:

 

 

 

 

-¿Por qué se asalta de este modo la casa de una mujer, señores? Aquí no hay hombres, ni riquezas.

 

 

 

 

-¡Eh, que no somos ladrones! -contestó uno que se abrió camino por medio de los demás hasta llegar a la ventana.

 

 

-Pues si es ésta una patrulla militar, no debía tratar de echar abajo las puertas de esta casa.

 

 

 

 

-¿Y de quién es esta casa? -preguntó aquel que se había acercado, parodiando la acentuación con que había marcado Amalia aquellas dos palabras.

 

 

 

-Lea usted y lo sabrá. Luisa, alcanza la luz.

 

 

 

 

El tono de Amalia, su juventud, su belleza, y el misterio de esa especie de seguridad y de amenaza que envolvía en sus últimas palabras, acompañada del papel que entregaba, en aquella época en que todos temían caer, por equivocación, o por cualquier cosa, en el enojo de Rosas, llevó sin esfuerzo la perplejidad a toda aquella gente, en cuyas cabezas no había entrado la sospecha de que en esa casa, por tantos años desierta, hubiese una mujer como la que veían.

 

 

 

 

-Pero, señora, abra usted -le dijo entrecortado el personaje que recibió la carta, y que no era otro en cuerpo y alma que Martín Santa Coloma al frente de su partida.

 

 

 

 

-Lea usted primero y después abriré si todavía lo quiere -repuso Amalia dando mayor firmeza y aire de reproche a la entonación de su voz; al mismo tiempo que Luisa, fingiendo valor como su señora, acercaba la luz a la reja, entre una bomba de cristal.

 

 

 

 

Santa Coloma desdobló la carta sin quitar sus ojos de aquella mujer que a la luz del fanal le hería la imaginación, como algo de encantamiento en aquel lúgubre y solitario lugar. Miró luego la firma de la carta, y la sorpresa se pintó en su rostro, que no dejaba de ser varonil e interesante.

 

 

 

-Tenga usted la bondad de leer fuerte para que todos oigan -dijo Amalia.

 

 

-Señora, yo soy el jefe de esta partida, y con que yo lea es bastante -contestó aquél, y se impuso del contenido de esta carta, que el lector debe conocer también y que decía:

 

 

 

Señora Doña Amalia Sáenz de Olavarrieta

 

Mi distinguida compatriota: He sabido con mucho disgusto que se han atrevido a incomodar a usted en su soledad, sin motivos, y sin orden de tatita, lo que es un grande abuso que él reprendería si lo supiese. La vida que usted lleva no puede inspirar sospechas a nadie, sino a los que toman el nombre del gobierno para sus fines particulares: usted está en el número de las personas que más distingo, y le ruego, como una amiga, que me comunique al momento, si otra vez fuese usted molestada; porque si es sin orden de tatita, como no lo dudo, yo se lo avisaré a él en el acto, para que no se abuse de su nombre otra vez.

 

Crea usted que será un momento muy feliz para mí aquel en que pueda serle útil su obsecuente servidora y amiga.

 

Manuela Rosas.

 

Agosto 23 de 1840.

 

-Señora -dijo Santa Coloma quitándose su sombrero-, yo no he tenido la intención de hacer a usted ningún mal, ni sabía quién vivía aquí. He creído que podrían haber salido de esta casa algunos de los que se han embarcado hace poco por esta costa, pues acabo de batirme con una ballenera enemiga muy cerca de aquí, y como no hay más casa que ésta...

 

 

 

 

-Vino usted a echarme las puertas abajo, ¿no es eso? -le interrumpió Amalia para acabar de dominar el espíritu de Santa Coloma.

 

 

 

 

-Señora, como no me abrían, y veía luz... pero, dispénseme usted. Yo ignoraba que aquí viviera una amiga de Doña Manuelita.

 

 

 

 

-Está bien, ¿quiere usted entrar ahora y registrar la casa? -y Amalia hizo un movimiento como para salir a abrir.

 

 

-No, señora, no. Sólo le pido a usted el favor de permitirme que vengan mañana a componer la puerta, que quizá se ha estropeado.

 

 

 

-Mil gracias, señor. Mañana pienso irme a mi casa del pueblo, y esto no es nada.

 

 

 

-Yo mismo -prosiguió Santa Coloma-, voy a pedirle disculpas a Doña Manuelita.

 

Créame usted que ha sido sin intención.

 

 

 

 

-Todo lo creo a usted, y no hay necesidad de disculpas; porque por mi boca nadie sabrá lo que ha ocurrido, usted se ha equivocado y eso es todo lo que hay -repuso Amalia endulzando su voz todo cuanto le era posible en su situación.

 

 

 

-Señores, a caballo; ésta es una casa federal -gritó Santa Coloma a los suyos-. Vuelvo

 

a     pedir a usted perdón -continuó volviéndose a Amalia-. Buenas noches, señora.

 

 

 

-¿No quiere usted descansar ni un momento?

 

 

 

-No, señora, mil gracias; usted es la que debe descansar del mal rato que la he dado.

 

 

 

Y retirándose Santa Coloma, todavía no se ponía el sombrero.

 

 

 

-Buenas noches -dijo Amalia y cerró su ventana.

 

 

 

Un minuto después estaba desmayada sobre el sofá.

 

Capítulo X

 

 

 

Primavera de sangre

 

Ya los pájaros cantaban al asomar el día el himno misterioso de la Naturaleza a su creador.

 

 

 

 

La golondrina volvía de sus calientes climas, y cruzaba rápida y sin destino, como las imágenes del delirio.

 

 

 

 

El duraznero ostentaba todo el lujo de sus estrellas color de rosas y violetas; y entre los glóbulos dorados de su flor se cuajaba el germen de su exquisito fruto.

 

 

 

 

El nardo se levantaba altivo, como la palmera del desierto; y a su pie la tímida violeta se escondía entre sus pabellones de esmeralda, lastimada de su punzante aroma.

 

 

 

 

El jacinto asomaba gracioso a respirar el aire primaveral que lo rizaba. Y la espléndida reina de las flores abría su globo de púrpura para beber el llanto de la aurora, dejando herir su seno por el rayo del matutino sol, a cuyo influjo fermentaba el ámbar que encerraba; como la virgen que deja penetrar por su pupila la mirada ardiente que va hasta el corazón, y roba y bebe el primer soplo de amor, que un suspiro de la divinidad puso en su seno.

 

 

 

 

Y sobre las hojas punzoes de la rosa, o sobre la frente pálida de la azucena, la mariposa esparcía el polvo de oro de sus alas, y remontaba luego a embriagarse de luz y de colores: imagen delicada y tierna de la mujer, cuando se abre la flor de su inocente vida, y vuela en el jardín de las ilusiones, derramando el oro de su imaginación sobre las flores fragantes de sus deseos.

 

 

 

 

Las olas comenzaban a descansar ya de su agitación en el rígido invierno que acababa, y se dormían sobre sí mismas, como reposan las pasiones sobre el mismo corazón que les dio vida. Los vientos de la Pampa plegaban su ala poderosa; y las

 

 

templadas brisas de los trópicos se escurrían a la región del Plata, a conquistar el desierto palacio del invierno.

 

 

 

 

Toda la Naturaleza se regeneraba, se cubría de galas, respiraba esperanza, y reflejaba poesía como la amante abandonada vuelve a la radiantez de su belleza rebosando promesas y alegría, cuando el aliento del amante ausente viene de improviso a entibiar la frente marchita por el frío glacial del abandono.

 

 

 

 

Al invierno yermador, árido y triste, sucedía la creadora y alegre primavera. Y para toda la Naturaleza había una caricia, una sonrisa, una promesa... menos para el hombre.

 

 

 

 

La flor, el campo, el agua, las nubes y los astros que tachonan el manto celestino de Dios, todos recibían una mirada vivificadora, al abrirse el reinado de la opulenta primavera en las regiones del Plata... menos el hombre.

 

 

 

 

Su destino, frío como una cifra, adherido a su vida como el mármol al sepulcro, e incontrastable como el paso del tiempo, lo empujaba de desgracia en desgracia, y sin otra esperanza que en Dios, cuya mirada aparecía envuelta entre las nubes, sin llegar al alma, y alumbrarla, en la terrible noche de su infortunio.

 

 

 

 

La primavera comenzaba para la Naturaleza. Pero, ¡ay!, el ámbar de la flor iba a extinguirse entre el olor de la sangre.

 

 

 

 

El campo iba a perder su manto de esmeralda con las manchas de sangre, que ni el pie de los años borraría.

 

 

 

 

El arroyo iba a llevar sangre en su corriente. La luz del día a encapotarse entre vapor de sangre. Y los astros que tachonan el manto celestino de Dios iban a quebrar su tenue rayo sobre charcas de sangre.

 

 

Jugado estaba ya el destino de los pueblos del Plata. Su vida amarrada al potro de la tiranía, nuevo Mazeppa, iba a desangrarse por largos años, rotas las carnes de la libertad, en las espinas de un bosque de delitos y desgracias. Las tradiciones de la revolución, el destino de 1810, las promesas risueñas de 1825, los progresos intelectivos de la sociedad, la moral de educación y de raza, el carácter de los pueblos, su índole y su imaginación misma, todo iba a acabar de subvertirse bajo el más disolvente de los gobiernos, bajo la más inmoral de las escuelas públicas: bajo el gobierno personal y tiránico, bajo el ejemplo de sus medios bárbaros. Un gobierno tanto más funesto, cuanto que debía dejar inoculados en la sangre de una generación que se levantaba a la vida los malos hábitos de los pueblos que nacen y se educan bajo el imperio de los déspotas, en que la dignidad humana es escarnecida; la obediencia irreflexiva y ciega, una condición de la existencia individual; y las ideas y los intereses sociales, plantas exóticas en el terreno de ese gobierno.

 

 

 

 

La ausencia de todo espíritu de comunidad y asociación había conservado hasta entonces el mal gobierno de Don Juan Manuel Rosas, como había servido en gran parte a la anarquía que lo produjo. Y la prolongación de aquel gobierno iba a acabar de ahondar ese mal generador, en la tierra virgen de una sociedad sin hábitos ni creencias todavía. De este modo se preparaban para el futuro funestos y terribles síntomas de resistencia a la reacción que apareciese contra ese orden de cosas, en que ya no habría que luchar contra el tirano, sino contra los resabios de la tiranía.

 

 

 

Rosas había triunfado sin vencer. Y desde entonces, todas las cuestiones lejanas que rodeaban el horizonte de su gobierno iban a ceder poco a poco, y por sí solas, en la pendiente de su fortuna, o más bien, en el terreno de la fatalidad histórica; porque los cuadros históricos que ofrece al estudio la vida de los pueblos, ni quedan, ni se presentan incompletos nunca.

 

 

 

 

La República Argentina, como pueblo nuevo, había completado ya, en quince años, su epopeya de combates y glorias; y puesto con su lanza el sello de su fuerza militar en la América, y de su destino en el mundo, como pueblo. Con su último cañonazo había dicho la última palabra de sus primeras aspiraciones de 1810, y completado con el fuego de su pólvora la última luz del gran cuadro de su primera vida.

 

 

 

 

Le faltaba el segundo período de su revolución. Y aquí se chocaron entonces los grandes extremos del pensamiento: la innovación que creaba, la reacción que destruía.

 

 

 

Triunfante la última en sus primeros pasos, la lógica de la historia no podía fallar, y era necesario que se completase el gran cuadro de esa otra faz de la nueva nación. Y el crimen, el vicio, la relajación de todas las nociones del cristianismo, la subversión de todos los principios conservadores de la sociedad, el atraso, la estagnación y la indolencia, la inacción y la impotencia del pensamiento, el olvido de la tradición, y una índole acomodaticia al nuevo orden de vida, todo debía contribuir a llenar el cuadro de la tiranía de Rosas, que no debía quedar incompleto, como no lo queda ninguna de las perspectivas históricas, que nacen sin esfuerzo de situaciones dadas y francas en la vida de las sociedades.

 

 

 

 

Y allá en los futuros tiempos, cuando el pensador argentino separe la yedra que cubre la tumba de los primeros años de la patria, para encontrar las inscripciones sangrientas de sucesos y generaciones que rodaron en la tormenta de su juventud, y busque frío y tranquilo la ingenua filosofía de nuestra historia, no se pasmará, por cierto, de nuestra larga y pesada tiranía, expresión franca y candorosa del estado social en que nos encontró la revolución. Pero sí bajará su frente, avergonzado de que la alta figura que haya que dibujarse en el gran cuadro de ese episodio lúgubre de nuestra vida, sea la figura de Don Juan Manuel Rosas. Porque lo más sensible para la historia argentina no será, por cierto, el tener que referir la existencia de un tirano, sino el que ese tirano fuese Rosas.

 

 

 

Rosas fue un tirano ignorante y vulgar. A ningún fin político iban sus pasos. Ninguna alta idea formaba el centro de sus acciones. Y tras su vida política no debía quedar sino un recuerdo repugnante de ella.

 

 

 

 

Sólo el crimen fue sistemático en ese hombre. Pues ese tan ponderado sistema de su americanismo para repeler toda injerencia europea entre nosotros, defendiendo constantemente la dignidad de la bandera azul y blanca, fue una larga mentira del dictador, inventada para despertar en favor suyo las susceptibilidades nacionales: a lo menos la historia de sus propios actos así lo proclama.

 

 

 

 

Mucho antes de su jactancioso patriotismo americano, y en la edad en que el hombre es más susceptible a la ebullición de los sentimientos patrióticos, exagerados con frecuencia por el calor de la sangre, y los arranques impetuosos del carácter

 

 

personal, Rosas habíase puesto de parte de los extranjeros y aplaudido un acto de piratería ejercido contra el pabellón nacional.

 

 

 

 

Después de la revolución del 1º de diciembre de 1828, un hecho escandaloso fue cometido por el comandante M. de Venancourt, al mando de las fuerzas francesas en estas aguas, contra nuestra pequeña escuadra, asaltada en medio de la noche por las tripulaciones francesas. Don Juan Manuel Rosas, en armas ya contra la revolución, se dirigió a M. de Venancourt aprobando su conducta, y pidiéndole que retuviese la escuadra(9).

 

 

 

 

Sin altura ni dignidad personal, confiaba su pequeñez y su miseria a sus mismos subalternos; ordenando a los jefes militares, de oficio, que mintiesen en sus comunicaciones aumentando el número de sus fuerzas(10)

 

 

 

.

 

 

 

 

Pero más que esto. El cinismo del dictador llegaba a tal punto, que él mismo, de su puño y letra, escribía las instrucciones para los correos que partían de Buenos Aires para las provincias y Bolivia; ordenándoles que por todo su camino fuesen diciendo que: «S. E. trabajaba día y noche en sostén de la causa americana; que hasta las potencias extranjeras le tributaban respeto y admiración por su valor y por su genio; que todo el mundo estaba pronto a sacrificarse por él; que en todos los paquetes recibía cartas y regalos de los reyes; y que dentro de poco se iba a saber todo lo que él valía, etc.»

 

 

 

 

Capitaneó una de las épocas de la vida social, que con él, o sin él, tenía por fuerza que desenvolverse en el naciente pueblo; y no se hizo célebre por haber organizado esa época, sino por haberla ultrapasado en sus impulsos reaccionarios; y no se hizo espectable, individualmente, sino por la ferocidad de su alma, y por las infinitas circunstancias que los sucesos fueron eslabonando en torno suyo, debidos en su mayor parte a causas que no recibieran creación, ni impulsión de la cabeza de Rosas: como sucedió con la contramarcha repentina del Ejército Libertador, que dejaba abierto el camino por donde la tiranía reaccionaria debía marchar hasta su última expresión en la república.

 

 

Sobre las tablas del tiempo fue septiembre de 1840 quien jugó el destino de los pueblos del Plata; y en perdida la libertad, la primavera de la Naturaleza no fue sino la primavera de sangre de los argentinos.

 

 

 

 

Los sucesos que se precipitan, anudándolos con los sucesos anteriores que se conocen ya, nos van a dar a comprender todo lo que tiene de terrible y de lúgubre esa verdad.

 

Capítulo XI

 

 

 

De cuarenta, sólo diez

 

En la noche siguiente a aquella en que la policía federal comenzó a hacer de las suyas en la Casa Sola, y en que Luisa recibió por premio de su oración una inspiración que salvó a todos, varios hombres se habían ido reuniendo desde las ocho de la noche en un largo almacén de efectos por mayor, contiguo a una hermosa casa de altos que dominaba casi toda la calle de la Universidad(11)

 

 

 

.

 

 

 

 

Los que llegaban llamaban de un modo especial, y la puerta del almacén se abría para cerrarse en el acto.

 

 

 

 

Apenas allá en el fondo se distinguía la débil claridad de una luz, colocada tras una pila de cajones de vino y en redor de la cual iban juntándose los que llegaban. Y a pesar de la distancia que mediaba entre la calle y el fondo del almacén, en que se hallaban, la conversación, aunque animada, se sostenía, sin embargo, en voz baja. Pero esta precaución se explicaba por la circunstancia de que la casa de altos, a que pertenecía el almacén, y con la cual se comunicaba por una puerta al patio, era habitada en esa época por una familia federal. Pero lo que sí sorprendía, era ver que habían quitado de la parte interior de la puerta los efectos que había amontonados contra ella y desclavado una gruesa tabla que cruzaba las hojas, y, por último, llamaba la atención, más que todo cuanto se ha descrito, una hilera de fusiles, puesta cerca de la puerta del patio, entre unos barriles de vino y la pared.

 

 

 

 

Todo este aparato, en aquel lugar, bajo tal misterio, a semejantes horas y en aquellos tiempos, era más que suficiente para que la muerte se dejara de andar revolviendo los cabellos de cuantas cabezas allí había.

 

 

 

 

-Las diez -dijo uno, acercando su reloj a la vela de sebo que ardía sobre un candelero de metal, puesto en el suelo.

 

-Mejor -repuso otro, levantándose y dando algunos pasos.

 

 

 

-Sí, cierto -agregó un tercero-, si no hubiera nada, ya lo sabríamos a estas horas.

 

 

 

 

-Yo creo que la entrada no será hasta la madrugada -observó otro levantándose también, pues que todos estaban sentados sobre cajones de vino, en redor de la vela.

 

 

 

-Pero, ¿cómo es que no vienen los demás?

 

 

 

-Pero es que no sabemos cuántos somos.

 

 

 

-¿Te lo ha dicho Belgrano?

 

 

 

-No.

 

 

 

-Tampoco me ha dicho Bello el número de los que debíamos reunirnos.

 

 

 

-¿Y qué importa el número?

 

 

 

 

-¡Toma si importa! ¿Cree usted que con los que estamos aquí podemos hacer gran cosa? -repuso el que allí parecía el mayor de todos, no obstante que apenas representaba treinta y cinco años; teniendo en toda su figura un no sé qué de aire militar.

 

 

 

-Yo sé lo que ha de ser -dijo otro.

 

 

 

-¿Qué? -preguntaron varios.

 

 

-Que Bello y Belgrano han de haber señalado varios puntos de reunión en esta misma manzana, o en la misma cuadra, tal vez; y concertado la seña para el momento en que nos hagamos dueños de esta casa, y nos subamos a la azotea como a casa nuestra, a pesar de los gritos que quieran dar sus dueños, si es que los federales tienen fuerzas para gritar dentro de algunas horas.

 

 

 

 

-Eso parece una explicación -repuso el personaje de aire marcial-. Porque -continuó-no es que con diez o doce hombres no podamos apagar los fuegos de todas las azoteas de esta calle, desde el lugar en que nos vamos a colocar, en caso que haya quien quiera hacer fuego sobre Lavalle, sino que si tenemos que salir a operar fuera de aquí, por cualquier accidente, entonces no bastan los que somos.

 

 

 

 

-Yo, por ejemplo, haya o no combate, me voy, con cuatro más que ya estamos convenidos, en cuanto pase la fuerza por esta calle.

 

 

 

-¿Ve usted? Ya quedamos menos. ¿Y dónde diablos va usted?

 

 

 

-A casa de Rosas.

 

 

 

-¿Quiere usted prender a Manuela?

 

 

 

-No, por el contrario, trataría de defenderla si alguien quisiera insultarla.

 

 

 

-Y yo también.

 

 

 

-Y yo -dijeron algunos jóvenes.

 

 

 

 

-¿Pero entonces qué quiere usted hacer con la casa de Rosas? -repuso aquél, el más grave de todos-, ¿cree usted que los rosinos se irán a esconder allí?

 

-No, no creo tal zoncería.

 

 

 

-¿Y entonces?

 

 

 

-Los papeles.

 

 

 

-¡Ah!

 

 

 

-Los papeles; eso es lo que yo quiero.

 

 

 

 

-Muy buen provecho le hagan a usted, amiguito mío; pero me parece que ellos, y la carabina de Ambrosio, han de valer lo mismo.

 

 

 

 

-Para los militares, puede ser; para los escritores, no -contestó el joven de los papeles algo picado.

 

 

 

 

-¡Pues! Y como vamos a deber a los escritores la caída de Rosas, justo es que ellos continúen la obra -repuso con aire burlón el que lo tenía de militar.

 

 

 

-Puede ser que no se equivoque usted.

 

 

 

 

-¡Por supuesto, un cañonazo de gacetas haría un estrago terrible en el campamento de Rosas!

 

 

 

-Eso ya es personal, caballero.

 

 

 

 

-Pero, señores, por amor de Dios -dijo otro que no había hablado todavía-; ¿es posible que no podamos estar juntos cuatro argentinos, sin que nos pongamos en

 

 

anarquía? ¿Todavía no hemos vencido a Rosas, y ya nos ponemos a disputar sobre si el elemento militar ha sido más poderoso, para derrocarlo, que la propaganda literaria?

 

 

 

-Es que...

 

 

 

 

Un golpe en la puerta interrumpió la respuesta, y llamó la atención de todos, mientras se fue a abrir, porque se había llamado del modo convenido.

 

 

 

 

Un instante después, Daniel y Eduardo estaban rodeados de los diez personajes que allí había.

 

 

 

 

Los dos jóvenes venían de poncho, y con grandes divisas federales en el sombrero. Pero ambos, y más especialmente Daniel, tenían en su rostro una expresión de dolor y de despecho, marcada por el pincel de la Naturaleza, con toda la verdad y la elocuencia de sus obras maestras. Se leía, puede decirse, en la cara de aquellos jóvenes todo cuanto pasaba en su alma en ese instante. Y tanto, que el presunto invasor a los papeles de Rosas no pudo contenerse y les dijo:

 

 

 

 

-La cara de cada uno de ustedes es un boletín de Rosas, en que nos da cuenta de la derrota de Lavalle.

 

 

 

-No -contestó Daniel-. No, Lavalle no ha sido derrotado. Es más que esto.

 

 

 

-¡Diablo! El más no se me había ocurrido hasta ahora -repuso otro.

 

 

 

-Y, sin embargo, así es -replicó Daniel.

 

 

 

-Pero explicaos, con mil santos -exclamó el defensor de los militares.

 

 

-Nada más fácil, amigo mío -contestó Daniel, y prosiguió- Lavalle ha emprendido su retirada a las seis de la tarde de hoy, desde Merlo. Y a mi juicio esto importa la derrota de nuestra causa por muchos años, cosa que es de más importancia, sin duda, que la derrota de un ejército.

 

 

 

 

Un largo silencio sucedió a aquella declaración. Un frío glacial heló la sangre en el corazón de todos. Esa noticia era precisamente la que menos se esperaba.

 

 

 

Eduardo rompió el silencio.

 

 

 

 

-Sin embargo -dijo-, Bello no ha dicho todo. Es cierto que Lavalle ha contramarchado. Pero entiendo, según las mismas noticias de Daniel, que va a dar un golpe a López, que le está incomodando su retaguardia, para volver después, libre de ese inconveniente, a operar sobre Rosas.

 

 

 

 

-Claro está -repuso otro-. Ahora ya entiendo. Quiere decir que todo el susto que nos ha dado Bello no tiene más fundamento que la demora del triunfo por algunos días.

 

 

 

-Indudable -dijeron todos.

 

 

 

-Cierto.

 

 

 

 

-Pensad como gustéis, señores -replicó Daniel-. Para mí esto es concluido. La empresa del general Lavalle, para tener éxito, debía obrar, más sobre la moral, que sobre la fuerza material de Rosas. El momento se ha perdido. La reacción del espíritu vendrá en el numeroso Partido federal, y repuesto de su primera impresión, será diez veces más fuerte que nosotros. Dentro de dos horas, en este momento mismo, el general Lavalle podía tomar a Buenos Aires. Mañana ya será impotente. López lo sacará de la provincia. Y entretanto, Rosas levantará otro ejército sobre su retaguardia.

 

 

 

 

-¿Pero cómo se sabe su retirada? -preguntó uno.

 

 

 

-¿Me creéis, o no? Si me creéis, evitad preguntas cuya respuesta a nada conducirá - contestó Daniel con sequedad-; básteos saber que hoy, 6 de setiembre, ha emprendido su retirada, después de haber llegado hasta Merlo; y que la retirada la he recibido hace media hora.

 

 

 

-Bien, es preciso comunicársela a los otros.

 

 

 

-¿A cuáles otros? -preguntó Eduardo.

 

 

 

-¡Pues qué! ¿No hay en el barrio alguna otra reunión de nuestros amigos?

 

 

 

 

Daniel se sonrió de un modo cruel, puede decirse, pues que la ironía y el desprecio se dibujaron en su expresivo rostro.

 

 

 

 

-No, señores -contestó-, no hay más reunión que la presente. Hace quince días que tuve la palabra de cuarenta hombres para este caso. Después se me redujo a treinta. Ayer a veinte. Ahora os cuento y no hallo sino diez. ¿Y sabéis lo que es esto? La filosofía de la dictadura de Rosas. Nuestros hábitos de desunión, en la parte más culta de la sociedad; nuestra falta de asociación en todo y para todo; nuestra vida de individualismo; nuestra apatía; nuestro abandono; nuestro egoísmo; nuestra ignorancia sobre lo que importa la fuerza colectiva de los hombres, nos conserva a Rosas en el poder, y hará que mañana corte en de tal la cabeza de todos nosotros, sin que haya cuatro hombres que se den la mano para protegerse recíprocamente. Será siempre mentira la libertad; mentira la justicia; mentira la dignidad humana; y el progreso y la civilización, mentiras también, allí donde los hombres no liguen su pensamiento y su voluntad para hacerse todos solidarios del mal de cada uno, para congratularse todos del bien de cada uno, para vivir todos, en fin, en la libertad y en los derechos de cada uno. Pero donde no hay veinte hombres que unan su vida y su destino el día en que se juega la libertad y la suerte de su patria, la libertad y la suerte de ellos mismos, allí debe haber por fuerza un gobierno como el de Rosas, y allí está bien y en su lugar ese gobierno... Gracias, amigos míos, honrosas excepciones de nuestra raquítica generación, que tiene de sus padres todos los defectos sin ninguna de las virtudes. Gracias otra vez. Ahora ya no hay patria para mañana, como la esperábamos. Pero es preciso que la haya para dentro de un año, de dos, de diez,

 

 

¡quién sabe! Es preciso que haya patria para nuestros hijos siquiera. Y para esto, tenemos desde hoy que comenzar bajo otro programa de trabajo incesante, fatigoso, de resultados lentos, pero que darán su fruto con el tiempo. El trabajo de la emigración. El trabajo de la propaganda en todas partes, a todas horas, sin descanso. El trabajo del sable en los movimientos militantes. El trabajo de la palabra y de la pluma donde haya cuatro hombres que nos escuchen en el exterior, porque alguna de esas palabras ha de venir a la patria en el aire, en la luz, en la ola. Mi presencia todavía es necesaria en Buenos Aires por algunas semanas; pero la vuestra, no. Hasta ahora he tratado de ser el dique de la emigración. Ahora la escena ha cambiado, y seré su puente. Al extranjero, pues. Pero siempre rondando las puertas de la patria. Siempre golpeando en ellas. Siempre haciendo sentir al bárbaro que la libertad aún tiene un eco; teniéndolo siempre en lucha para gastarle su fuerza, sus medios, su terror mismo. He ahí nuestro programa por muchos años. Es un combate de sangre, de espíritu, de vida, al que vamos a entrar. Aquel que sobreviva de nosotros, cuando la libertad sea conquistada, enseñe a nuestros hijos que esa libertad durará poco, si la sociedad no es un solo hombre para defenderla, ni tendrán patria, libertad, ni leyes, ni religión, ni virtud pública, mientras el espíritu de asociación no mate al. cáncer del individualismo, que ha hecho y hace la desgracia de nuestra generación. Abracémonos y despidámonos hasta el extranjero.

 

 

 

 

Las lágrimas corrían por el semblante de todos, pocos momentos antes tan llenos de esperanzas y sueños de libertad y triunfo, y un momento después sólo quedaba en aquel lugar de tan tristísimo desengaño el encargado de cerrar las puertas y guardar las armas.

 

 

 

 

Al cerrar este capítulo, en que la novela ha sido una verdadera historia; pues que tal reunión tuvo lugar en efecto en la noche del 6 de setiembre de 1840, con algunos de los incidentes que se han referido, queremos apoyar las palabras del héroe del romance sobre su gran tema de asociación, con lo que existe en Inglaterra en un solo ramo de las asociaciones inglesas; en ese imperio cuyo poder y grandeza no tiene otra base que la asociación en todo y para todo.

 

 

 

 

Sólo con espíritu y tendencias religiosas y humanitarias, existen en Inglaterra las siguientes sociedades:

 

 

Sociedad para preservar la vida de los hombres contra toda clase de accidentes, el agua, el fuego, etc. Sociedad para garantir del incendio las vidas de las personas sorprendidas por esta calamidad. Sociedad para recoger los náufragos. Sociedad para prevenir los malos tratamientos a los animales, brutalidades que hacen feroces a los hombres, y que hacen a los animales, nuestros auxiliares en la vida, un suplicio de los servicios que nos prestan. Sociedad de mejora de la suerte de los labradores. Sociedad para propagar la instrucción en las clases industriosas. Sociedad para mejorar el estado sanitario del pueblo en la capital. Sociedad para inspirar el gusto del aseo al pueblo, abriéndole en los cuarteles populosos y pobres, casas de baños gratuitos, o casi gratuitos, con lavanderías, secadores calientes, en donde la mujer indiferente, y el hombre sin ropa blanca de remuda, pueden por dos sueldos bañarse en agua tibia, lavar, secar su ropa o la de su familia. Sociedad para facilitar a los obreros y a los mercaderes de menudeo los medios de cerrar temprano sus talleres o sus bodegones, y pasar la prima noche entretenidos en lecturas sanas, y entretenimientos domésticos útiles a sus costumbres y a su salud. Sociedad de templanza para prevenir en el pueblo el abuso de los licores embriagantes, y suprimir así la miseria y el embrutecimiento, consecuencia de la borrachera. Los miembros de esta sociedad, para dar el ejemplo al pueblo, se abstienen ellos mismos de vino y de cerveza, sujetándose a privaciones que sólo el sentimiento religioso puede explicar. Sociedad para la extinción del vicio, fundada por Wilberforce, el emancipador de los negros. Gasta sumas considerables para la propagación por la prensa de la moral y del sentimiento religioso en las clases pobres o ricas de la Gran Bretaña. Sociedad para la tutela moral y religiosa de los hijos de los sentenciados y de las mujeres perdidas. Sociedad con un inmenso capital para la educación, mantenimiento y colocación de los hijos legítimos. Sociedad para recoger las mujeres enfermas o desechadas de las casas sospechosas. Sociedad para la conversión de las prostitutas. Sociedad para el asilo de mujeres que, habiendo cometido faltas, quieren volver a la mejor vida y a prácticas religiosas. Sociedad para ofrecer refugio a mujeres o niñas expuestas, por su edad y su escasez, a las tentaciones del vicio. Sociedad para la supresión de las casas infames. Sociedad para suministrar un hogar y trabajo a las mujeres virtuosas, y a los sirvientes sin colocación. Sociedad para enseñar su religión y un oficio a las mujeres arrepentidas. Sociedad para la protección gratuita por las leyes de las mujeres perseguidas o maltratadas por los que tienen autoridad sobre ellas, y que abusan. Sociedad de aprendizaje gratuito para los presos jóvenes castigados por delitos correccionales. Sociedad para la extinción del crimen por medio de la instrucción y de la propiedad, propagadas en las clases más habitualmente criminales. Sociedad para la reforma de las prisiones, y la construcción por suscripción de prisiones correctivas y casas de trabajo. Cinco o seis sociedades para la reforma de las costumbres de las mujeres presas. Sociedad para apoderarse, a la expiración de la condena, de las personas castigadas por una primera falta, a fin de impedir las reincidencias, y ponerlas en el camino de las buenas costumbres y del trabajo. Sociedad para prevenir la mendicidad por medio de socorros inmediatos y

 

 

continuos a domicilio. Sociedad para visitar regularmente las familias menesterosas de cada parroquia o de cada barrio. Sociedad de informe para ilustrar la caridad privada sobre las personas que por medio de cartas solicitan limosnas. Sociedad para abrir asilo de noche a los individuos que se encuentran desprovistos de alojamiento y de fuego durante el invierno. Sociedad para establecer dormitorios y cocinas económicas, para los obreros que momentáneamente se hallan sin hogar. Sociedad para suministrar a las familias pobres de obreros el pan y el carbón a precio más bajo y sin ganancia para el vendedor al menudeo, en todos los barrios de Londres. Sociedad de servicio de sopa sustanciosa para los que mueren de hambre. Sociedad para buscar y visitar a todos los extranjeros de cualquiera religión que sean, y a cualquier país que pertenezcan, para socorrerlos en su abandono. Sociedad para leer al pueblo la santa escritura. Para las viudas sin apoyo y sin recursos. Para los presos por deudas. Para los marineros estropeados o inválidos, etc., como cien sociedades más.

 

Capítulo XII

 

 

 

La ley de hambre

 

Imposible es dar a conocer en los rasgos fugitivos del romance la situación pública de Buenos Aires, después de la retirada del Ejército Libertador.

 

 

 

 

El espíritu no volvía en sí del pasmo que le había causado tal noticia; y una lucha febriciente de la esperanza y el desengaño lo agitaba terriblemente. Todavía se esperaba, en cada semana, en cada día que pasaba, la vuelta del general Lavalle sobre Buenos Aires, después de haber triunfado sobre López. Y esta esperanza era sostenida por los periódicos y las cartas de Montevideo, que llegaban de contrabando dos o tres veces por semana.

 

 

 

 

Esos periódicos escritos con una pasión y un entusiasmo, con una perseverancia y una imaginación que sólo se hallan en rarísimas épocas de la vida de un pueblo, caían como fierro candente en el espíritu que se enfriaba. Y sobre hechos falsos, sobre detalles inventados, sobre conjeturas irracionales, se formaba, sin embargo, en muchos una fe positiva, una esperanza robusta.

 

 

 

Pero todo caía vencido por el terrorismo.

 

 

 

 

Rosas, poseedor del secreto de su triunfo real, ya no pensaba sino en vengarse de sus enemigos, y en acabar de enfermar y postrar el espíritu público a golpes de terror. El dique había sido roto por su mano, y la Mashorca se desbordaba como un río de sangre.

 

 

 

 

La sociedad estaba atónita; y en su pánico, buscaba en las más pueriles exterioridades un refugio, una salvación cualquiera.

 

 

 

 

En menos de ocho días, la ciudad entera de Buenos Aires quedó pintada de colorado. Hombres, mujeres, niños, todo el mundo estaba con el pincel en la mano pintando las puertas, las ventanas, las rejas, los frisos exteriores, de día y muchas

 

 

veces hasta en alta noche. Y mientras parte de una familia se ocupaba de aquello, la otra envolvía, ocultaba, borraba o rompía cuanto en el interior de la casa tenía una lista azul o verde. Era un trabajo del alma y del cuerpo, sostenido de sol a sol, y que no daba a nadie, sin embargo, la seguridad salvadora que buscaba.

 

 

 

La mayor parte de las casas había quedado sin sirvientes.

 

 

 

 

La ciudad se había convertido en una especie de cementerio de vivos. Y por encima de las azoteas, o por salidas de carrera, los vecinos se comunicaban las noticias que sabían de la Mashorca.

 

 

 

 

Este famoso club de asesinos corría las calles día y noche, aterrando, asesinando y robando, a la vez que en Santos Lugares, en la cárcel y en los cuarteles de Mariño y de Cuitiño, se le hacía coro con la agonía de las víctimas.

 

 

 

 

La entrada de la Mashorca a una casa representaba una combinación infernal de ruido, de brutalidad, de crimen, que no tiene ejemplo en la historia de los más bárbaros tiranos.

 

 

 

Entraba en partidas de ocho, diez, doce o más forajidos.

 

 

 

Unos empezaban a romper todos los vidrios, dando gritos.

 

 

 

Otros se ocupaban en tirar a los patios la loza y los cristales, dando gritos también.

 

 

 

Unos descerrajaban a golpes las cómodas y los estantes.

 

 

 

 

Otros corrían de cuarto en cuarto, de patio en patio, a las indefensas mujeres, dándoles con sus grandes rebenques, postrándolas y cortándoles con sus cuchillos el cabello; mientras otros buscaban, como perros furiosos, por bajo las camas y cuanto rincón había, el hombre o los hombres dueños de aquella casa, y si allí se estaban, allí

 

 

se les mataba, o de allí eran arrastrados a ser asesinados en las calles; y todo esto en medio de un ruido y una grita infernal, confundida con el llanto de los niños, los ayes de la mujer, y la agonía de la víctima.

 

 

 

 

En la vecindad el pánico cundía; ¡y sólo Dios sabe las oraciones que se elevaban hasta su trono por madres abrazadas de sus pequeños hijos, por vírgenes de rodillas pidiéndole amparo para su pudor, misericordia para sus padres, misericordia para las víctimas!

 

 

 

 

El terror ya no tenía límites. El espíritu estaba postrado, enfermo, muerto. La Naturaleza se había divorciado de la Naturaleza. La humanidad, la sociedad, la familia, todo se había desolado y roto.

 

 

 

No había asilo para nadie.

 

 

 

 

Las puertas se cerraban al prójimo, al pariente, al amigo. Y la víctima corría las calles; golpeaba las casas, los conventos, las legaciones extranjeras, y una mano convulsiva y pálida se le ponía en el pecho, y una voz trémula le decía:

 

 

 

 

-No, no; por Dios; vendrán aquí y moriremos todos. No. ¡Atrás!, ¡atrás! -y el infeliz salía, corría, imploraba, y ni la tierra le abría sus entrañas para guardarlo.

 

 

 

 

Los más leales y antiguos federales, ministros unos, diputados otros, generales, magistrados, todos temblaban. Nadie sabía si las cabezas estaban botadas al azar, o si era un martirologio escrito, pasado a las manos de la Mashorca. El golpe no era súbito e instantáneo como las vísperas en Sicilia, como la San Bartolomé en París. No; duraba, se reproducía a sí mismo con una exuberancia de ferocidad espantosa, y el espíritu se aterraba y postrábase más, pendiente la vida en el martillo de cada hora, en el sol de cada día.

 

 

 

 

Pero el cuchillo no podía herir a toda la familia. La madre, el niño, la virgen, no morían. Centenares de hombres escapaban a la muerte, y todo esto dejaba incompleta

 

 

la venganza de Rosas, y no podía ser así. Era necesario un golpe que diese sobre todas las vidas, sobre todos los destinos, y que hiriese el presente y el porvenir de todos.

 

 

 

 

Y en medio al llanto, al susto y a la muerte, a los reflejos del puñal de la Mashorca, leyó el pueblo de Buenos Aires el bárbaro decreto de 16 de setiembre de 1840, que arrojaba a la miseria, al hambre, a cuantos eran, o quería Rosas que fuesen unitarios.

 

 

 

 

De un momento a otro, millares de familias pasaron de la opulencia a la miseria, quedando a mendigar un albergue, y un pedazo de pan, arrojadas de sus casas, y robadas hasta de sus muebles y los objetos más necesarios a la vida. Pues todos «los bienes muebles e inmuebles, derechos y acciones de cualquiera clase, en la ciudad y campaña», pertenecientes, no digamos a los unitarios, a los que no eran sostenedores ardientes del tirano, cayeron bajo el imperio de la. confiscación(12)

 

 

 

.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ese solo decreto estaba destinado a envolver más desgracia y más lágrimas, que toda la serie de los delitos de Rosas.

 

 

 

 

En presencia de la muerte, la sociedad no pudo darse cuenta inmediatamente de toda la importancia de aquel estudiado acto de venganza.

 

 

 

 

Y mientras así temblaba y se sacudía convulsiva entre el puñal, el hambre, la desesperación y el terror, el Ejército Libertador, persiguiendo a López, se alejaba, y se alejaba para siempre; y el pueblo emigrado en la orilla oriental del Plata se echaba en los brazos de una nueva esperanza, con la llegada a Montevideo del vicealmirante Mackau, el 25 de setiembre, y que bien pronto debía disiparse.

 

 

 

 

Al llegar el señor Mackau a Montevideo, manifestó deseos de instruirse a fondo de la cuestión y de su estado; recibió prolijos informes, apoyados en documentos

 

 

verídicos, del señor Bouchet Martigny; oyó los de multitud de personas particulares, que aparentaba escuchar con interés y atención; recibió en un documento, revestido de multitud de firmas, la expresión de los deseos e ideas de la población francesa de estos países; pero con el pretexto de una prudente reserva, exigida por su posición, jamás manifestó abiertamente la menor de sus ideas, ni al ministro de Estado del gobierno oriental. Las palabras del almirante se redujeron siempre a éstas, o parecidas: «Mi posición es muy delicada: mis simpatías por la causa oriental y argentina son muy vivas: sería preciso no tener corazón para no sentirlas: haré por esa causa cuanto sea compatible con mis deberes.» A estas frases solía con frecuencia agregarse un medio no común en la diplomacia, la emoción y las lágrimas del almirante(13)

 

 

 

 

Sin embargo, de esta sensibilidad el plenipotenciario francés dejaba entrever que, según sus instrucciones, ni a la República Oriental, ni a las tropas que estaban a las órdenes del general Lavalle, había reconocido la Francia por aliados, sino como auxiliares que la casualidad le había proporcionado.

 

 

 

 

Pero la emigración decía bien alto que los orientales y argentinos tenían derecho a ser ayudados por la Francia hasta terminar su cuestión con Rosas, invocando la justicia, el honor y la conveniencia.

 

 

 

 

Antes de adoptar la Francia, decían, el medio de las alianzas locales contra Rosas, antes que su gobierno y sus Cámaras aprobasen, tan solemnemente como lo han hecho, el sistema adoptado por sus agentes, debió ella misma prever las consecuencias del compromiso en que entraba. Pero, después de formadas las alianzas, después de comprometidos los pueblos del Plata, sobre la fe de la Francia, el tiempo de retroceder había pasado irrevocablemente; alta barrera de bronce quedaba levantada entre la Francia y Rosas.

 

 

 

En esta alianza, como en muchas otras, los poderes que la contrajeron iban a un fin común, aunque por diversos motivos e intereses. Buscaba la Francia un tratamiento justo para sus nacionales, e indemnizaciones por daños a ellos causados; querían los orientales la destrucción de un poder que había atacado sus libertades y derechos, que los amenazaba constantemente, y que, desde muy atrás, hizo causa común con los enemigos de su tranquilidad interna; los argentinos, por último, buscaban el aniquilamiento, en su patria, de un sistema de expoliación y de sangre; la destrucción

 

 

perdurable del sistema dictatorial, o de facultades extraordinarias: reacción vergonzosa y mortal contra la revolución americana; querían, por fin, asentar el imperio de la civilización y de las leyes sobre el sitial que manchan hoy la barbarie y la voluntad sangrienta de un solo hombre. En esto último tenían también interés, aunque indirecto, la Francia y el Estado Oriental; porque le tienen la humanidad y la razón.

 

 

 

 

Pero el tiempo de las apreciaciones históricas que debieran medir los procedimientos de la Francia en su política con estas regiones del nuevo mundo no era aquél, por cierto. Y si las instrucciones del gabinete francés venían calcadas sobre aquello que entendía por su conveniencia en el Plata, todas las demostraciones y los llamamientos al honor y al deber eran fuerzas impotentes para estorbarlo. Aquel tiempo era de hechos únicamente; y los hechos empezaban a encaminarse favorablemente a Rosas de parte de la Francia.

 

 

 

El almirante debía partir para Buenos Aires en los primeros días de octubre. Y allí se iba a jugar la última esperanza de la época contra un nuevo triunfo para Rosas.

 

 

 

 

Pero aun cuando la última expresión de esa negociación fuese desfavorable al tirano, ella era impotente a su vez para estancar la sangre en las venas abiertas de ese pueblo infeliz.

 

 

 

 

Los negocios franceses ya eran sólo esperanzas de los emigrados. Para el pueblo de Buenos Aires no había esperanza sino en Dios.

 

 

 

Las cárceles se llenaban de ciudadanos.

 

 

 

Las calles se teñían de sangre.

 

 

 

El hogar doméstico era invadido.

 

 

 

 

Las madres querían volver a sus entrañas a sus hijos.

 

 

 

Cada mirada del padre sobre ellos era un adiós del alma, era una bendición que les echaba, esperando a cada instante el ser asesinado en medio de ellos.

 

 

 

 

Y el aire y la luz llevaban hasta Dios la oración íntima de todo un pueblo, que no tenía sino la muerte sobre su cabeza.

 

Capítulo XIII

 

 

 

El traje de boda

 

Era el 5 de octubre.

 

 

 

 

La ciudad, pintada toda de colorado, estaba vestida de banderas: invención del dictador para cada festejo federal. Ese día era el aniversario de un dolor de muelas que le privó, el año de 1820, entrar a la plaza con el cuerpo de milicia que mandaba en el ejército del general Rodríguez; y que Rosas festejaba, sin embargo, como un gran hecho militar el que su cuerpo se hubiese batido sin él.

 

 

 

 

Pero dejemos la ciudad un momento; y desde la barranca de Balcarce, antes de descender contemplemos la naturaleza un momento también.

 

 

 

La luz es un océano de oro en el espacio.

 

 

 

El firmamento está trasparente como la inocencia.

 

 

 

El aire es suave y acariciador como el aliento de una madre.

 

 

 

 

Los prados están risueños y matizados con todos los colores, bajo la luz clarísima que los baña: es el manto de la esperanza extendido sobre la tierra, con toda su riqueza, con todos sus caprichos, como el cendal de las ilusiones, sobre el alma enamorada de la mujer en su primera vida.

 

 

 

 

Todo allí es bello, suave y amoroso; es el contraste vivo de la naturaleza moral de la ciudad vecina.

 

 

 

 

Pero bajemos.

 

 

 

Hay una cosa más bella y amorosa todavía. Hay un contraste más vivo y más latente; una mistificación de la fortuna o de la desgracia; o mas bien, una bellísima ironía de cuanto está sucediendo en esos momentos: Amalia.

 

 

 

Amalia mintiendo felicidad, sin creerla ella misma.

 

 

 

 

Amalia bella como nunca. Apasionada como el alma del poeta. Tierna como la tórtola en su nido. Derramando una lágrima del corazón sobre su propia felicidad, y feliz con su llanto. Misterio de Dios y del destino. Presa disputada por la desgracia y por la dicha, por la vida y la muerte.

 

 

 

Entremos.

 

 

 

 

El salón de la encantada quinta ha recobrado su elegancia y su brillo. La luz del sol, bañando, amortiguada por las celosías y cortinas, el lujo de los tapices y los muebles; las nubes de ámbar que exhalaban las rosas y violetas entre canastas de filigrana, jacintos y alelíes entre pequeñas copas de porcelana dorada, y el silencio interrumpido apenas por el murmullo cercano del viento entre los árboles, todo hacía el salón de Amalia una mansión, al parecer destinada a las citas del amor, de la poesía y la elegancia.

 

 

 

 

Allí no estaba la diosa de aquella gruta. Con su cabello destrenzado pero rodeando en desorden su espléndida cabeza, vestida con un batón de merino azul oscuro con guarniciones de terciopelo negro, sujeto a su cintura por un cordón de seda, que hacía traición al seno de alabastro, y al pequeño pie, oculto entre unas chinelas colchadas de raso negro, la joven estaba en su tocador, con su pequeña Luisa. Y estaba allí entre un mundo de encajes, de riquísimas telas y de trajes extendidos, unos sobre los sofás, otros sobra las sillas, y otros colgados en los espejos de los roperos.

 

 

 

Bella siempre, bella de todos modos, su fisonomía estaba más animada que de costumbre. El cabello de sus sienes levantado, la naturaleza parecía hacer alarde de las perfecciones de aquella cabeza, de quien la imaginación no halla modelo sino en las

 

 

imágenes bíblicas. Sus ojos, que parecían siempre alumbrados por una luz celestial, que se escurría por la sombra aterciopelada de sus pestañas, como el primer rayo del alba por las sombras que aún bordan el oriente, participaban también de la animación de su rostro.

 

 

 

Todo era extraño en ella.

 

 

 

 

En el momento en que nos acercamos estaba parada delante a uno de sus guardarropas, en cuya puerta de espejo había colgado un magnífico vestido de blondas, con lazos de ancha cinta, blanca también, a la cintura y a las mangas.

 

 

 

 

Lo miraba. Tomaba la halda con sus dedos de rosa, y la alzaba un poco, como examinando mejor aquella nube, aquel vapor de un precio y de un gusto inestimables; mientras que la niña seguía todos sus movimientos tocando y examinando también cuanto miraba y tocaba su señora.

 

 

 

 

-Este, Luisa. Este es el más elegante -dijo al fin Amalia mirando por todos lados el precioso vestido.

 

 

 

-Sí, yo creo que sí, señora. ¿Quiere usted probárselo?

 

 

 

 

-Sí, pues. Dame un viso -y al pedir esto, desató el cordón de seda de su cintura y se quitó el batón, descubriendo sus hombros y sus brazos, como tentaciones del amor, como prodigios de un artífice que debió enamorarse de su propia obra.

 

 

 

 

En dos minutos un crujiente viso de raso blanco cubría aquellas formas encantadoras, y era prendido sin dificultad a su leve cintura por las manos de la graciosa Luisa.

 

 

 

 

-El vestido ahora -dijo Amalia pasando ligera como una fantasía a pararse enfrente de un espejo de siete pies de altura, colocado en el suelo; y el vestido pasó luego por su cabeza como una blanca nube abrillantada por el sol. Y era una verdadera diosa

 

 

entre una nube, cuando los encajes cayeron sobre sus brazos y su seno, y el transparente traje se dilató sobre el viso de joyante seda.

 

 

 

 

Una vez prendido a su cintura, Amalia ya no era Amalia, era una joven enamorada de las puerilidades del lujo y del buen gusto. Se miraba, se oprimía la cintura con sus manos, daba vueltas su preciosa cabeza para mirar su espalda en el grande espejo, o se colocaba entre los dos de sus roperos.

 

 

 

 

Luisa, entretanto, tocaba el vestido, lo englobaba, y sus ojos estaban en un movimiento continuo, de la cintura al pie de su señora, de la cintura a los hombros, de los hombros al rostro.

 

 

 

 

-¡Magnífico, señora, magnífico! exclamó al fin la niña, separándose algunos pasos como para verla de más lejos.

 

 

 

Pero, de repente, Amalia meneó su cabeza, hizo un gesto con sus labios, y dijo:

 

 

 

-No; no me gusta.

 

 

 

-Pero, señora...

 

 

 

 

-No; no me gusta, Luisa. Este es más bien un vestido de baile. Además, está corto de talle.

 

 

 

-No, señora, al contrario, está largo.

 

 

 

-Y grande de cintura.

 

 

 

 

-Le mudaré los broches en un momento.

 

 

 

-No; no me gusta. Despréndelo.

 

 

 

-Pues, señora, no hay otro más lindo -dijo Luisa desprendiendo el vestido.

 

 

 

-No importa, pero habrá otro más a mi gusto.

 

 

 

-Va usted a elegir el peor.

 

 

 

 

-No importa; déjame. Esto es un delirio como otro cualquiera, y hoy quiero tenerlo por la primera vez de mi vida, y sin duda, por la última.

 

 

 

 

-¡Válgame Dios, señora, siempre pensando cosas tristes! Verá usted como en Montevideo va a todos los bailes, al teatro, a todas partes, y hemos de tener todos los días que hacer lo mismo que hoy -repuso Luisa, colocando el vestido sobre una silla.

 

 

 

 

-No, Luisa, me basta con hoy. Hoy por todos los días de mi vida. Dame aquel otro vestido.

 

 

 

 

Y Luisa tomó de sobre un sofá un traje de moaré blanco, con tres guarniciones de fleco, formado del mismo género, con anchos encajes de Inglaterra en el pecho y las mangas; tela de los más ricos tejidos de Francia, y de un valor mayor aún que el vestido de blondas.

 

 

 

 

Este traje, más regio, y más ajustado al seno y a los hombros, dibujaba con más coquetería las formas encantadoras de Amalia, y mereció los honores de la contemplación por más largo rato que el primero.

 

 

 

 

Pero después, el mismo movimiento de cabeza y el mismo gestito le dieron su pase, con satisfacción de Luisa, que no pudo menos de decir:

 

 

 

-Ve usted, señora; si no hay otro como el de encajes.

 

 

 

-No, Luisa; ninguno de los dos.

 

 

 

-Mire usted, señora, yo estoy segura que él querría ver a usted con el primero.

 

 

 

-Me verá alguna vez, pero no hoy.

 

 

 

-Hoy, hoy.

 

 

 

-¿Y por qué?

 

 

 

-Porque es el más rico.

 

 

 

-¡Bah!

 

 

 

-Y porque es el que mejor le sienta.

 

 

 

-Eso es lo que no creo; y si lo creyese...

 

 

 

-¿Qué, señora?

 

 

 

-Me lo pondría.

 

 

 

-Pues ése es.

 

 

 

-Me lo pondría, porque hoy es la primera vez de mi vida que tengo la vanidad de querer estar bien, muy bien, Luisa.

 

 

 

-¿Nada más que muy bien?

 

 

 

-Y...

 

 

 

-¿Y?

 

 

 

 

-Y muy linda -dijo Amalia poniendo sus manos sobre la cabeza de Luisa, cubriéndose de carmín sus mejilllas, pasando relámpagos de sonrisa por sus labios, radiante de felicidad, y abochornada de su confesión.

 

 

 

-¿Y cuándo no lo está usted, señora? -dijo la niña tomándola las manos.

 

 

 

-Nunca.

 

 

 

-Siempre.

 

 

 

 

-Pero hoy quiero estarlo, Luisa, para él, para él solo. Es el día de su destino y del mío. ¡El día de nuestra felicidad y de nuestra separación! ¡De nuestra separación, Dios mío! -exclamó Amalia, cubriéndose los ojos con sus manos.

 

 

 

 

-Pero separación de ocho o quince días, señora. Vamos, si usted va a llorar como esta mañana cuando se despertó, va usted a estar muy mal para la noche.

 

 

-No, no, Luisa, no es nada -exclamó Amalia abriendo sus magníficos ojos y sacudiendo su cabeza, como para despejarla de las ideas que acababan de cruzar por ella-, no es nada; dame otro vestido.

 

 

 

-¿Cuál?

 

 

 

-Aquél.

 

 

 

-¿El del sofá?

 

 

 

-Sí.

 

 

 

-¡Ah! También es muy lindo; pero como el de encajes, no.

 

 

 

-¿Volvemos?

 

 

 

-Hasta la noche le he de estar a usted diciendo que es el mejor.

 

 

 

-Eres porfiada, Luisa.

 

 

 

 

-Ya se ve que lo soy, pero es cuando yo sé que hago bien. Y verá usted, yo se lo he de contar mañana al señor Don Eduardo, y...

 

 

 

-¿Mañana?

 

 

 

-¡Ah, sí, es verdad!

 

-Mañana cuando salga el sol ya estaremos separados.

 

 

 

-Pero, señora, ¿y no sería mejor que esperase unos días a ver si esto pasa?

 

 

 

 

-No, Luisa, ni un minuto más. Por su viaje he anticipado todo, he preparado todo en mi alma, en mis aprensiones, y afronto hasta la profanación que se hace hablando de felicidad, en estos momentos de duelo y sangre para tantos. Que parta hoy mismo. Es a esa condición que me caso. Yo iré después, cuando sea posible salir de este sepulcro de vivos.

 

 

 

-¡Ah, qué día, aquel que estemos todos juntos en Montevideo!

 

 

 

 

-Sí, en Montevideo -dijo Amalia doblando su cintura para que Luisa le prendiese el nuevo traje.

 

 

 

 

-Vea usted -prosiguió Luisa- cómo se ha puesto buena la madre de Doña Florencia, en tan pocos días.

 

 

 

-¡Oh, cuán contentas estarán pasado mañana!

 

 

 

 

-Pero aquí... vea usted, señora, ni los pajaritos cantan -y Luisa señalaba con su manecita las jaulas doradas de los jilgueros de Amalia, que habían vuelto a su primera colocación después que se dejó la Casa Sola y se volvió a Barracas.

 

 

 

 

-¡Sí! ¿Has notado, Luisa? ¡Los pájaros no han cantado hoy! -exclamó Amalia volviendo súbitamente sus ojos a las jaulas, y como fijándose en una circunstancia que no había recordado.

 

 

 

-¡Válgame Dios! ¡Para qué le diría a usted tal cosa!

 

 

-Sí, bien... hablemos del traje... Hoy no quiero creer otra cosa sino que soy feliz... ¿Te parece bien, Luisa?

 

 

 

-Espléndido, señora; pero no como el de encajes.

 

 

 

-¿Ves? Éste, éste es el que elijo.

 

 

 

 

-Y tiene usted razón. Después del de encajes no hay otro como éste -y Luisa se iba hasta el fin del tocador para ver de lejos a Amalia que se miraba, ora en el grande espejo, ora entre los dos de sus roperos, no mintiendo en su rostro la satisfacción que sentía al haber hallado el traje que buscaba, y con el cual se presentará al lector algunas horas más tarde.

 

 

 

-Este, sin duda. Despréndelo, Luisa, pero con cuidado.

 

 

 

-Está ya, señora.

 

 

 

-Ahora otra cosa, Luisa -prosiguió Amalia volviendo a ponerse su batón de merino.

 

 

 

-Ahora veremos las alhajas, ¿no, señora?

 

 

 

-No, Luisa, alhajas, no.

 

 

 

-¿Pero un collar, siquiera?

 

 

 

-No, en este acto no se ponen alhajas, Luisa.

 

 

 

 

-Pues, señora; yo si me caso alguna vez, y tengo tan lindas cosas como usted...

 

 

 

-No te las pondrás. Anda a la sala y tráeme todas las rosas.

 

 

 

Un minuto después volvía Luisa con la canasta de rosas que vimos al entrar a la sala.

 

 

 

 

Las flores eran el encanto, el tesoro de Amalia. Y cuando tomó en sus manos la canasta y aspiró una rosa que recién se abría, sus ojos se entrecerraron, empalideció su semblante, y palpitó su seno: era que el aroma de la flor estimulaba al aroma poético de su alma, y aquella organización sensible y armoniosa languidecía de placer y de amor al aspirar la fresca y purísima esencia de la rosa.

 

 

 

 

Puso luego el canastillo de filigrana sobre sus faldas y a medida que tomaba y aspiraba y examinaba las rosas, una mezcla de porvenir y de pasado, de felicidad y de melancolía, conmovía su corazón, sin duda, pues que su rostro, antes radiante, había vuelto súbitamente a su habitual expresión de dulcísima tristeza.

 

 

 

 

Las flores, como el campo, el mar y la luz en las horas crepusculares, ejercen sobre las almas poéticas y sensibles una influencia que se escapa al mecanismo de los sentidos, que el alma misma no se la puede definir, pero que la siente y se avasalla ante ella. Es la religión verdadera de Dios, ejercida en el templo de la Naturaleza, por el sacerdocio del corazón humano.

 

 

 

 

Al fin Amalia pareció contenta de una de las rosas en que escogía, y la colocó en una copa de cristal dorado, sobre el mármol de su elegante tocador.

 

 

 

-Ahí están mis diamantes, Luisa -dijo al colocar la rosa.

 

 

 

 

Pero en este instante, fuese por el demasiado diámetro del vaso, o por la demasiada inclinación de la flor, ésta cayó sobre el mármol, y del mármol rodó al suelo.

 

 

Amalia se inclinó con rapidez para alzarla; pero más rápida todavía cruzó una sombra por su imaginación.

 

 

 

 

-¡Es singular! -dijo volviendo a colocar la rosa-, dos veces me ha sucedido esto, y las dos con una rosa blanca: el día en que le di mi corazón, y el día en que voy a darle mi mano... Pero... veamos otra cosa, Luisa -dijo aquella mujer que sostenía visiblemente una lucha tenaz en ese día con sus preocupaciones y su espíritu; y ella misma tomó un cartón de sus roperos; se acercó a un sofá, y vació sobre él varios juegos de botines y zapatos que hacía traer expresamente de París, todos de una delicadeza dignos de la preciosa obra de la Naturaleza a que estaban destinados. Escogió unos botines delicadísimos que parecían cortados para una niña de doce años; y luego de separar algunos otros objetos destinados a su traje de boda, se acercó a sus pájaros, como arrepentida de haber estado tanto tiempo cerca de ellos sin tributarles una caricia.

 

 

 

Al acercarse y mover sus dedos entre los alambres dorados, uno de los jilgueros hizo vibrar una nota en su poderosa garganta, con un acento extraño, parecido más bien a un gemido que a las modulaciones naturales de esos coristas de la Naturaleza.

 

 

 

 

Amalia se impresionó visiblemente, y en vano agitaba sus manos y movía las jaulas, acción a que sus pájaros correspondían siempre con su canto; en vano. Los jilgueros saltaban por todos los círculos de alambre, pero sin cantar, y perezosos.

 

 

 

 

-¿Qué tienen los pajaritos, señora? -preguntó Luisa sorprendida de lo que veía por primera vez.

 

 

 

 

-¡Están tristes! -contestó Amalia dando vuelta su cabeza hacia Luisa y empañado el cristal purísimo de sus ojos con una lágrima levantada por la imaginación de la fuente misteriosa de la sensibilidad de aquella alma, tan tierna y combatida por la suerte, y por ella misma-; ¡están tristes! -prosiguió, y repentinamente más triste que el acento con que acababa de pronunciar sus últimas palabras, se acercó a la ventana que daba al patio, descorrió las cortinas y alzó sus ojos al firmamento azul, siguiendo por largo rato una nube blanquecina que, como una pluma de las alas del céfiro, se deslizaba graciosa entre la luz del espacio.

 

 

-¡No puede darse un día más bello! -exclamó Amalia-, todo está tranquilo, menos mi alma. ¿Qué horas son?

 

 

 

-Las tres de la tarde acaban de dar, señora.

 

 

 

-¡Faltan cinco horas todavía!... Arregla todo eso, Luisa.

 

 

 

 

Y al pronunciar esas palabras, Amalia dejó caer las cortinas, sacudió su cabeza, como era su costumbre cuando quería desechar ciertas ideas, y pasó de su tocador a su aposento, cerrando la puerta en pos de sí.

 

 

 

 

Con el movimiento de su cabeza, su cabello, destrenzado y apenas sujeto por una pequeña peineta, resbaló, y sus hebras se extendieron como un espléndido manto sobre su espalda. La alcoba estaba apenas alumbrada por la escasa luz que venía de la antesala, pues las ventanas al patio estaban cerradas. Y así, bajo esa débil claridad, y entre el ambiente perfumado que se respiraba en aquellas solitarias habitaciones, Amalia se acercó a la pequeña mesa colocada junto a su lecho, y se arrodilló delante del crucifijo de oro incrustado en ébano, que otra vez hemos visto en ese mismo lugar.

 

 

 

De rodillas, suelto el cabello, descansando sus brazos sobre el borde de la mesa, y sus manos oprimiendo la cruz, bella como una Magdalena, sólo el hijo de Dios que la escuchaba, sólo la mirada de Dios derramada en el aire y la luz del universo pudieron oír las palabras sentidas de aquella alma, y leer la verdad del sentimiento, de la fe y la esperanza en aquella purísima conciencia.

 

Capítulo XIV

 

 

 

Asilo inglés

 

Tenemos que retroceder con el lector para recoger ciertos personajes de esta historia, pocos días después de aquella noche de esperanzas y desengaños para los diez jóvenes reunidos en el almacén de la calle de la Universidad.

 

 

 

 

En efecto, pocos días después de aquella noche, un coche tirado por dos briosos caballos enfilaba la calle de la Reconquista, con dirección a Barracas, y a poco rato paraba en la quinta del señor ministro de Su Majestad Británica, caballero Mandeville.

 

 

 

 

El carruaje no había dejado de llamar en su tránsito la atención de los que lo veían o sentían; porque, en esos días de republicanismo federal, los coches se habían guardado, y la mayor parte de los caballos ofrecida al Restaurador, o arreada federalmente. Y al parar el carruaje en la casa del ministro inglés, no faltaron curiosos y curiosas que abrieran los ojos para ver aquella novedad.

 

 

 

El cochero abrió la portezuela, y dos hombres bajaron.

 

 

 

 

Uno de ellos, sin embargo, quedó parado en el estribo vuelto el cuerpo hacia adentro, y empezó a cambiarse este ligero diálogo con otro individuo que no había movídose del asiento delantero en que venía.

 

 

 

 

-¿Recuerda usted bien todo, mi querido maestro? -preguntó el que se había quedado medio afuera y medio adentro.

 

 

 

-Sí, Daniel, pero...

 

 

 

-¿Pero qué?

 

 

-¿Y no sería mejor saber si está el señor ministro, antes de que partiera aislado y solo por estas lúgubres calles, a estas horas, y encerrado en este vehículo?

 

 

 

 

-Nada importa eso; si no está, lo esperaremos: y cuando usted vuelva, aquí nos hallará.

 

 

 

-¿Y si el padre guardián me preguntase?...

 

 

 

 

-Ya se lo he dicho a usted cien veces. No debe usted contestar directamente a ninguna pregunta. Si quieren, o no, prestarse a lo que se les pide, cueste el dinero que cueste: eso es todo.

 

 

 

-¿Y por fuerza ha de ser sobrino mío?

 

 

 

-O hijo.

 

 

 

-¡Hijos yo, Daniel!

 

 

 

-O primo.

 

 

 

-¡Vaya!

 

 

 

-O ahijado, o lo que usted quiera.

 

 

 

-¡Dios ponga tiento en mis manos!

 

 

 

-Y en su boca, mi querido maestro. Antes de una hora tiene usted tiempo de volver.

 

-¡Adiós, Daniel, adiós!

 

 

 

 

-Hasta de aquí un momento, mi querido amigo -y el joven cerró la portezuela, e hizo una seña al cochero, que no era otro que Fermín, y que partió al momento.

 

 

 

 

El señor Mandeville estaba en su casa, y Daniel y su compañero, en quien ya el lector habrá creído reconocer a Eduardo, fueron introducidos al salón, donde encendían luces en ese momento.

 

 

 

 

El señor Mandeville no se hizo esperar mucho rato, porque nunca Buenos Aires hospedó un ministro europeo más afable y democrático que aquel, con cuantos se acercaban a su casa con las insignias de la época.

 

 

 

 

El ministro llegó con su cara distinguida y fresca, a pesar de los años, su levita abotonada, sus puños de batista cayendo sobre sus blancas y bien cuidadas manos, y con esa difícil facilidad de maneras que sólo se adquiere en el roce continuo de la alta sociedad, dio la mano a Daniel, y exclamó:

 

 

 

 

-¡Oh, qué felicidad! Nunca podrá usted imaginarse, señor Bello, cuánto es para mí un honor y un placer el verlo a usted en mi casa.

 

 

 

 

-Señor Mandeville -contestó el joven apretando la mano que le extendía el diplomático-, yo nunca doy honor ni placer sino a cambio de una gran ganancia en las mismas especies. Tengo la satisfacción de presentar a usted a mi íntimo amigo el señor Belgrano.

 

 

 

 

-¡Ah! El señor Belgrano. ¡Cuántos deseos tenía hace tiempo de conocer a este caballero! Es una noche completa la que usted me da, señor Bello.

 

 

 

 

-Es una dicha para mí, repuso Eduardo, que mi nombre fuese conocido del señor Mandeville.

 

 

 

-¡Qué quiere usted, mi joven amigo!, ya yo soy viejo, y como me gusta tanto la sociedad de las bellas damas de Buenos Aires, allí aprendo de memoria todos los nombres distinguidos de la juventud.

 

 

 

 

-Cada palabra de usted es una amabilidad, señor Mandeville -contestó Eduardo, que buscaba inútilmente cómo entrar a ese juego exquisito de palabras galantes, que forman uno de los atributos especiales de la sociedad culta y de la diplomacia europea, y que no entraba en el carácter ni en los hábitos del joven.

 

 

 

 

-Hoy no, justicia nada más, señor Belgrano. Los viejos estamos siempre próximos a dar cuenta a Dios de nuestras acciones, y debemos esmerarnos en ser siempre justos y verídicos. Y, vamos a ver, ¿ha visto usted a Manuelita, señor Bello?

 

 

 

-Hoy no, señor Mandeville.

 

 

 

 

-¡Ah, qué criatura tan encantadora! Yo no me canso de hablar con ella y admirarla. Muchos creerán que mis visitas llevan un fin político cerca de Su Excelencia; y nada menos que eso; yo voy a buscar cerca de esa espirituosa criatura algo que alegre a mi espíritu tan aburrido de los negocios. En Londres, Misia Manuelita haría furor.

 

 

 

 

-¿Y su padre? -preguntó Eduardo, sobre quien cayó como un palmetazo una mirada de Daniel.

 

 

 

-Su padre... el señor general Rosas... vea usted, en Londres...

 

 

 

 

-En Londres no gozaría de salud el Señor Gobernador -dijo Daniel para salvar al ministro del aprieto en que lo acababa de poner su amigo.

 

 

 

 

-Oh, el clima de Londres es detestable, ¿ha estado usted en Europa, señor Belgrano?

 

 

 

-No, señor, pero pienso viajar algunos años por ella.

 

 

 

-¿Y pronto?

 

 

 

 

-No tan pronto como se nos ha venido el señor de Mackau -repuso Daniel queriendo darle ya otro giro a aquella insustancial conversación.

 

 

 

-¡Cómo! ¿Ha llegado ya el vicealmirante Mackau?

 

 

 

-¿No lo sabía usted, señor Mandeville?

 

 

 

-A fe mía.

 

 

 

-Pues ha llegado.

 

 

 

-¿Aquí?

 

 

 

-No; a Montevideo, anteayer a la una.

 

 

 

-¿Y lo sabe ya Su Excelencia?

 

 

 

-¿Y cómo cree usted que sabiéndolo yo no lo sepa el Señor Gobernador?

 

 

 

-Ah, cierto, cierto. Pero es extraño que el comodoro no me haya comunicado nada.

 

-A la oración quedaba a la vista un bergantín inglés.

 

 

 

-¡Ah!

 

 

 

 

-El viento ha sido malo, señor Mandeville -observó Eduardo-, y recién a las cinco de la tarde se ha recibido la noticia por una ballenera.

 

 

 

 

-¿De suerte que estamos en la crisis? -dijo Mandeville jugando con sus uñas, como era su costumbre cuando se preocupaba de algo.

 

 

 

-Y no es eso lo mejor.

 

 

 

-¿Hay más?

 

 

 

 

-¡Friolera, señor Mandeville! Sabe usted que hasta ahora todos esperábamos ver llegar en actitud hostil al enviado francés, ¿no es así?

 

 

 

-Sí, sí, ¿y bien?

 

 

 

-Pues nada menos que llega con las más sanas y pacíficas intenciones.

 

 

 

-¡Ah, qué felicidad!

 

 

 

-Para nosotros.

 

 

 

-Para todos, señor Bello.

 

-Menos para la cuestión de Oriente.

 

 

 

-Sí, algo puede haber de eso.

 

 

 

 

-Un embarazo menos para la Francia es un embarazo más para la paz europea en estos momentos. Felizmente las relaciones hoy existentes entre la Inglaterra y la Francia nos garanten, hasta cierto punto, del resultado de la misión Mackau.

 

 

 

 

-El gobierno británico no trepidaría -observó Mandeville en ofrecer todos sus buenos oficios en esta cuestión.

 

 

 

 

-No quise decir eso -replicó Bello-. Quise decir que si la Inglaterra tuviese interés en distraer algo la atención de la Francia con su cuestión del Plata, hoy se le ofrecería una brillante oportunidad. Precisamente veníamos hablando de eso con el señor Belgrano.

 

 

 

 

-Sin embargo... si las instrucciones del barón de Mackau son de arreglar a todo trance este negocio, confieso a usted que no veo cómo la Inglaterra podría estorbar el arreglo, en la hipótesis, puramente caprichosa, de que tuviere interés en ello.

 

 

 

 

-Aquí, no, pero en Francia podía estorbar la ratificación del tratado, desde que llevara un vicio de nulidad que felizmente no lo echarán de ver en Francia, y que echaría a perder todo si el gabinete inglés lo hiciese conocer a la oposición francesa, y la trabajase en ese sentido. De ese temor precisamente veníamos hablando con Bello - dijo Eduardo, mientras que el señor Mandeville volvía sus inteligentes ojos de uno a otro de aquellos jóvenes, cuyo pensamiento verdadero quería agarrar, y se le escapaba a cada momento.

 

 

 

-¿Y en qué estaría ese vicio? -preguntó Mandeville con ingenuidad.

 

 

 

-Nada menos que en la firma del Señor Gobernador- contestó Daniel.

 

-¿Cómo?

 

 

 

 

-Que los unitarios que están en Montevideo han preparado una demostración al señor Mackau, que hasta cierto punto no deja de ser un fuerte argumento.

 

 

 

-¿Y es, señor Bello?

 

 

 

 

-Que la firma del Señor Gobernador es falsa, mi querido señor Mandeville. Figúrese usted que ellos raciocinan de este modo: que aun cuando el señor Mackau traiga instrucciones para tratar a todo trance, no hay autoridad con quien tratar en la República Argentina; porque el general Rosas no tiene poder, ni representación alguna, para ajustar tratados, a nombre de la Nación Argentina.

 

 

 

 

-Pero es un poder de hecho -replicó el señor Mandeville-, y el plenipotenciario no tiene que investigar su legalidad, sino reconocerle y tratar con él.

 

 

 

 

-Pero a ese argumento contestan los unitarios prosiguió Beller-, que si el almirante viniese a tratar con el señor general Rosas, como, simple gobernador de Buenos Aires, y con relación a esta sola provincia, entonces podía tratar con él, como el almirante Le Blanc y el señor Martigny se habían entendido con el gobierno de Corrientes. Pero que viniendo a tratar con un gobierno que represente en el exterior la soberanía nacional, se encontraba con que este gobierno no existía.

 

 

 

-Algo hay de eso, en efecto -contestó Mandeville con aire distraído.

 

 

 

 

-Los unitarios sostienen -prosiguió Daniel- que las provincias argentinas nunca han delegado la facultad de entender en las relaciones exteriores, celebrar tratados, etcétera, en el gobierno de Buenos Aires, una vez para siempre, sino especialmente en el gobernador, cada vez que se elige uno en los períodos legales. Que el general Rosas, nombrado gobernador por cinco años, el 7 de marzo de 1835, se recibió del mando el 13 de abril, y su término expiró en igual día de 1840; y que con él expiró también la delegación que tenía de las provincias; que reelecto por igual período, sólo aceptó por seis meses; pero su reelección no producía ipso jure la continuación de aquel especial

 

 

mandato; y que era indispensable que le fuese renovado. Pero que lejos de serlo, le fue retirado explícitamente por los que se lo habían conferido.

 

 

 

 

-He leído algo de eso en los periódicos de Montevideo -replicó Mandeville, cada vez más pensativo.

 

 

 

-Es decir, habrá leído usted en los periódicos los documentos oficiales.

 

 

 

-No precisamente los documentos; a lo menos, no lo recuerdo bien.

 

 

 

 

-Yo tampoco; pero creo que la Sala de Representantes de la provincia de Tucumán sancionó, el 7 de abril, una ley por la que retiraba la autorización que por parte de aquella provincia se había dado al general Rosas, para mantener y conservar las relaciones con las potencias extranjeras. La legislatura de Salta sancionó una ley igual en 13 de abril. El 5 de mayo, la provincia de La Rioja declaró por ley que ella reasumía las facultades que tenía conferidas al general Rosas, para intervenir en las relaciones con las potencias extranjeras. Igual ley dictó la provincia de Catamarca, el 7 de mayo. En términos igualmente positivos se pronunció la provincia de Jujuy, el 18 de abril. Y por lo que hace a la provincia de Corrientes, no se necesita otro documento que la misma posición que ha asumido. Así, pues, los unitarios demuestran que de las catorce provincias que forman la república, siete han retirado al general Rosas la facultad de tratar en su nombre.

 

 

 

-¿Y el almirante Mackau estará en posesión de esos hechos?

 

 

 

 

-¿Y cómo dudarlo? Y si sus instrucciones lo conducen al extremo de tratar con el señor general Rosas, a pesar de su incapacidad legal, fácil es prever que, en manos de la oposición francesa ese vicio radical en la negociación, o el tratado recibiría una repulsa, o el ministro se hallaría en una posición muy embarazosa. Y yo estoy cierto que si en la política franca del gobierno británico pudiese caber el sacrificio de un amigo leal como la República Argentina, por el interés de embarazar la marcha del gobierno francés, poco adelantaríamos, señor Mandeville, con el tratado a que probablemente arribará el barón de Mackau. Pero yo estoy seguro que el gobierno británico no sacrificará las simpatías argentinas, ni por hostilizar al gobierno francés, ni

 

 

por corresponder a la reacción que en el estado oriental va a operarse en favor de la Inglaterra.

 

 

 

-¿Cómo, cómo, señor Bello?

 

 

 

 

-Quiero decir, que abandonada por la Francia la República Oriental, y la numerosa emigración argentina que hay allí, después de los compromisos anteriores, tan solemnes, es muy probable que obrándose en el espíritu público una reacción muy desventajosa para la influencia francesa en estos países, por un movimiento consiguiente y lógico, las simpatías públicas se vuelvan hacia la Inglaterra, que fue tan leal en otra época en sus trabajos por la independencia oriental.

 

 

 

 

-Ah, sí, cierto. La independencia oriental es debida, hasta cierto punto, a los buenos oficios de la Inglaterra.

 

 

 

 

-Así es que -continuó Daniel-, perdida la influencia francesa en estos países, y llegado el caso en que peligrase la independencia oriental, la acción de la Inglaterra no sólo sería eficaz, sino también un golpe habilísimo para conquistar a favor suyo todo el terreno perdido por la Francia, en países tan llenos de porvenir como los del Plata.

 

 

 

 

-Señor Bello, usted sería un embajador peligroso para el general Rosas -dijo Mandeville, que no había perdido una sola palabra de cuantas pronunciara su interlocutor.

 

 

 

 

-Creo que mi amigo no ha emitido ideas suyas ni tenido tal intención -observó Eduardo mirando al señor Mandeville, sonriendo y mostrando sus blanquísimos dientes.

 

 

 

 

-Y tan no he hablado a mi nombre, que estoy por creer que habré dicho una porción de desatinos, al referir de memoria lo que dicen en Montevideo, y que suelo leer en los periódicos.

 

 

-Señor Bello -dijo el astuto inglés-, ya no agradezco a usted tanto su visita, porque esta noche me quitará usted un par de horas de sueño, haciendo algunos apuntes para mí solo. Y para ir desterrando el sueño tomaremos un poco de vino -y él mismo sirvió de unas botellas colocadas en una mesa, y los tres, después de tomar un poco de jerez, se pusieron a pasear de uno a otro extremo de la sala, con esa respetuosa familiaridad de los hombres de buen tono, que ni se queda atrás, ni va más adelante de lo que es debido.

 

 

 

-Yo acepto el vino, pero no los apuntes -le había contestado Daniel.

 

 

 

-¿Me explica usted eso, mi querido señor Bello?

 

 

 

 

-Nada más fácil, señor Mandeville: en esta época no pueden hacer apuntes sino los ministros extranjeros. Nadie está libre de un enemigo, de una calumnia, qué sé yo. ¡Qué feliz es usted, señor Mandeville! Vivir en esta casa es como estar en Inglaterra.

 

 

 

 

-Son inmunidades recíprocas. La legación argentina es la República Argentina en Londres.

 

 

 

 

-¿Y sabe usted que me sorprende una cosa, señor Mandeville? -dijo Daniel parando sus pasos y mirando al ministro con una fisonomía la más sorprendida posible.

 

 

 

-¿Qué cosa, señor Bello?

 

 

 

 

-Que estando en Buenos Aires la Inglaterra, y habiendo tantos que caminarían mil leguas por alejarse del país en estos momentos, no hayan caminado algunas cuadras y llegádose a esta casa.

 

 

 

-Ah, sí, pero...

 

 

-Perdóneme usted; no quiero saber nada. Si hay algunos desgraciados, cubiertos por la bandera inglesa en esta casa, es un deber y una humanidad de parte de usted, señor Mandeville, y yo no cometería la indiscreción de querer saberlo.

 

 

 

 

-No hay nadie: doy a usted mi palabra de honor de que no hay nadie refugiado en mi casa. Mi posición es excepcional. Mis instrucciones son terminantes para observar la más completa circunspección. Con la mejor voluntad, yo no podría faltar a mis instrucciones.

 

 

 

 

-¿Entonces ésta no es más que una casa como otra cualquiera? -le preguntó Eduardo con un tono de impertinencia que Daniel tuvo que barajar volando.

 

 

 

 

-Todos comprendemos su posición de usted, señor Mandeville. En estos momentos de efervescencia popular, nuestro mismo gobierno no podría hacer efectivas las inmunidades de esta casa; y usted quiere evitar los conflictos diplomáticos que necesariamente tendrían lugar, si el pueblo olvidase los respetos de la legación.

 

 

 

 

-Exactamente -contestó Mandeville con un contentamiento sincero, al oír que su mismo interlocutor lo salvaba del embarazo en que lo puso la brusca interrogación de Eduardo-, exactamente; y me he visto en la necesidad, en la dura necesidad de negar el asilo de mi casa a varios que lo han solicitado, porque ni puedo responderles de su seguridad, ni me es permitido obrar de modo que pueda traer más conflictos a este país, por cuyos habitantes tengo la más profunda simpatía, y con el cual mi gobierno se esmera en mantener las más estrechas relaciones de amistad.

 

 

 

 

-Me parece, Daniel, que he sentido parar el coche a la puerta, y que ya es tiempo de dejar al señor Mandeville, que querrá salir a sus visitas de costumbre -dijo Eduardo, que tenía punzoes hasta las orejas.

 

 

 

-No hay nada comparable, señor Belgrano, al placer que tengo en estar con ustedes.

 

 

 

 

-Sin embargo, mi amigo tiene razón, y es preciso que hagamos el sacrificio de separarnos del señor Mandeville y de su exquisito jerez -dijo Daniel llenando dos

 

 

copas, presentando una al señor Mandeville y saludándolo al tomar su vino, con una sonrisa la más cortesana de este mundo.

 

 

 

 

Un minuto después se despedían en la antesala, quedando el señor Mandeville sin saber a qué habían venido aquellos jóvenes, qué eran positivamente, ni qué pensaban de él al retirarse.

 

Capítulo XV

 

 

 

Mr. Slade

 

A pesar que el mal humor que dominaba a Eduardo lo había descompuesto a tal punto, que su despedida del caballero Mandeville había sido más bien una impertinencia que un saludo, su oído, sin embargo, no lo había engañado cuando anunció a su amigo la llegada del coche.

 

 

 

 

En efecto, allí estaba, y dentro de él nuestro Don Cándido Rodríguez, que espiró una gran cantidad de aire de su oprimido pecho, al verse de nuevo en compañía de Daniel y Eduardo, cuando el coche partió, volviendo a tomar el mismo camino que había traído, según la instrucción que, al subir, había dado Daniel a su fiel criado.

 

 

 

 

Y no bien el carruaje comenzó a balancearse en el maldito empedrado de la calle de la Reconquista, cuando Daniel preguntó a Don Cándido:

 

 

 

-¿A cuál de los dos?

 

 

 

-¿Cómo, Daniel?

 

 

 

-¿A Santo Domingo, o a San Francisco?

 

 

 

-Antes, es preciso que te imponga de todo, despacio, con pormenores, con...

 

 

 

 

-Todo quiero saberlo; pero debemos empezar por el fin, para dar órdenes al cochero.

 

 

 

-¿Absolutamente lo quieres?

 

-¡Sí, con mil bombas!

 

 

 

-Pues bien... ¿pero no te enojarás?

 

 

 

 

-Acaba usted, o lo echamos del coche -dijo Eduardo con una mirada que aterró a Don Cándido.

 

 

 

 

-¡Qué genios, qué genios! Bien, jóvenes fogosos, mi misión diplomática no ha tenido éxito.

 

 

 

 

-¿Quiere decir -prosiguió Daniel-, que ni en Santo Domingo, ni en San Francisco lo admiten?

 

 

 

-En ninguna parte.

 

 

 

 

Daniel se inclinó, abrió el vidrio delantero, dijo dos palabras a Fermín, y los caballos tomaron un trote más largo, siempre por la calle de la Reconquista, en dirección a la plaza.

 

 

 

 

-Te diré, pues -prosiguió Don Cándido-; hice parar el carruaje en Santo Domingo, bajé, entré, me persigné, y caminé por el lóbrego y solitario claustro; me paré, batí las manos, y un lego que encendía un farol vino a mi encuentro. Le interrogué por la salud de todos, y pregunté por el reverendo padre que me habías indicado.

 

 

 

 

Me introdujo a su celda, y luego de los saludos y cumplimientos de costumbre, no pude menos de felicitarlo por aquella vida tranquila, feliz y santa que disfrutaba en aquella mansión de sosiego y de paz; porque habéis de saber vosotros que desde mis primeros años tuve afición, tendencia, vocación al claustro; y cuando hoy me imagino que podía estar tranquilo bajo las bóvedas sagradas de un convento, libre de las agitaciones políticas, y con la puerta cerrada desde la oración, no puedo perdonarme mi descuido, mi negligencia, mi abandono. En fin...

 

 

 

-Sí, el fin; siempre el fin es lo mejor, mi querido maestro.

 

 

 

-Decía, pues, que en el acto establecí mis primeras proposiciones.

 

 

 

-En lo que ya hizo usted mal.

 

 

 

-¿Pues no iba a eso?

 

 

 

-Sí; pero nunca se comienza por lo que se quiere obtener.

 

 

 

 

-Déjale que hable -repuso Eduardo arrellanándose en un ángulo del coche, como si se tratase de dormir.

 

 

 

-Prosiga usted -dijo Daniel.

 

 

 

 

-Prosigo. Le dije clara y terminantemente la posición de un sobrino mío, que siendo un excelente federal, era perseguido por emulaciones individuales, por envidia, por celos de algunos malos servidores de la causa, que no respetaban como debían la ínclita fama y honra del patriarcal gobierno de nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes, y de su respetabilísima familia. Hice con elocuencia y entusiasmo la biografía de todos los miembros de las ilustres familias del Excelentísimo Señor Gobernador propietario, y de Su Excelencia el señor gobernador delegado; concluyendo, que por honor de estas ilustres ramas del tronco federal, la religión y la política estaban interesadas en evitar que se cometiese una tropelía contra el sobrino de un tío como yo, que había dado clásicas pruebas de valor y perseverancia federal; y que por no distraer la atención de los señores gobernadores y demás altos y conspicuos personales, ocupados actualmente en la independencia de la América, pedía al convento de Santo Domingo asilo, protección y albergue para mi inocente sobrino, ofreciendo donar para limosnas una suma crecida, en oro o en papel moneda, según lo que dispusieran los RR. PP. Tal fue, en muy ligero extracto, el discurso con que abrí mi

 

 

conferencia. Pero, y contra todas mis previsiones y perspicacia, el reverendo padre me dijo:

 

 

 

 

-Señor, yo quisiera poder ser útil a usted, pero no podemos mezclarnos en los asuntos políticos, y algo ha de haber cuando persiguen a su sobrino de usted.

 

 

 

 

-Protesto una, dos y tres veces -le respondí-, contra todo lo que pueda decirse de mi inocente sobrino.

 

 

 

 

-No importa -replicó-. Nosotros no podemos comprometernos con el señor Don Juan Manuel; y lo único que podemos hacer es rogar a Dios porque proteja la inocencia de su sobrino de usted, si en verdad es inocente.

 

 

 

-Amén -dijo Eduardo.

 

 

 

 

-Así contesté yo también -prosiguió Don Cándido-, levantándome y pidiéndole mil perdones por el tiempo que le había robado a Su Paternidad. Y paso ahora a mi conferencia en San Francisco.

 

 

 

 

-¡No, no, no, basta de frailes, por amor de Dios; y basta de todo y basta de la vida, porque esto no es vida, sino un infierno! -exclamó Eduardo pegándose una recia palmada en la frente.

 

 

 

 

-Todo esto, mi querido amigo -repuso Daniel-, no es sino un acto, una escena del drama de la vida, de esta vida nuestra y de nuestra época, que es un drama especial en este mundo. Pero sólo los corazones débiles se dejan dominar por la desesperación en los trances difíciles de la suerte. Acuérdate que éstas son las últimas palabras de Amalia. Ella es mujer, y, vive Dios, que tiene más serenidad que tú.

 

 

 

 

-Serenidad para morir es lo de menos. Pero esto es peor que la muerte, porque es la humillación. Desde ayer no se hace otra cosa que echárseme de todas partes. Mis criados me huyen; mis pocos parientes me desconocen; el extranjero, y hasta la casa

 

 

de Dios, me cierran sus puertas, y esto es cien veces, un millón de veces peor que una puñalada.

 

 

 

 

-Pero tienes una mujer, como ninguna, un hombre, como nadie. Todavía el amor y la amistad velan por ti, y no todos cuentan con esto en Buenos Aires. Hace tres días que no tienes casa, ni tienes nada. Te han roto, saqueado y confiscado cuanto tienes, según ellos. Y, sin embargo, he conseguido salvarte más de un millón de pesos. Y con una novia linda como el sol, con un amigo como yo, y con una buena fortuna, no hay todavía motivos por que quejarse tanto de la suerte.

 

 

 

-Pero ando como un mendigo.

 

 

 

-Dejemos de hablar tonterías, Eduardo.

 

 

 

-¿Dónde vamos, Daniel? Observo que nos acercamos al Retiro.

 

 

 

-Justamente, mi querido maestro.

 

 

 

-¡Pero estás en tu juicio!

 

 

 

-Sí, señor.

 

 

 

 

-¿No sabes que en el Retiro está el regimiento del general Rolón, y parte de la fuerza de Maza?

 

 

 

-Ya lo sé.

 

 

 

-¿Y entonces? ¿Quieres que nos prendan?

 

-Como usted quiera.

 

 

 

 

-Daniel, lo que yo quiero es que no nos sacrifiquemos tan pronto. Quién sabe qué días felices nos esperan en el porvenir. Volvámonos, hijo, volvámonos. Mira que ya nos acercamos al cuartel. Volvámonos.

 

 

 

 

Daniel volvió a sacar la cabeza por el vidrio delantero, dijo unas palabras a Fermín, y el coche dobló a la derecha, y en dos minutos estuvo a la puerta de la hermosa casa del señor Laprida, donde habitaba el cónsul de los Estados Unidos, el señor Slade. El gran portón de fierro estaba cerrado y en el edificio, como a cien pasos de la verja, apenas se percibía una luz en las habitaciones del primer piso.

 

 

 

Daniel dio dos fuertes golpes con el llamador; espero un rato, pero en vano.

 

 

 

 

-Vámonos, Daniel -decía Don Cándido a cada momento, sin bajar del coche, y sin quitar los ojos de los cuarteles, que a esas horas, cerca de las diez de la noche, estaban en el más profundo silencio.

 

 

 

 

Daniel volvió a llamar más fuerte aún; y al poco rato se vio venir, paso a paso, a un individuo hacia la puerta. Se acercó, miró con mucha flema, y luego preguntó en inglés:

 

 

 

-¿Qué hay?

 

 

 

Con el mismo laconismo le contestó Daniel:

 

 

 

-¿Mr. Slade?

 

 

 

 

El criado, entonces, sacó una llave del bolsillo, y abrió la gran puerta, sin decir una palabra.

 

 

Don Cándido bajó inmediatamente, y colocándose entre Daniel y Eduardo, siguió con ellos los pasos del sirviente.

 

 

 

 

Este los introdujo a una pequeña antesala, donde les hizo señas de esperar, y pasó a otra habitación.

 

 

 

 

Dos minutos después volvió, y empleando el mismo lenguaje de las señas, los hizo entrar.

 

 

 

El salón no tenía más luz que la que despedían dos velas de sebo.

 

 

 

 

El señor Slade estaba acostado en un sofá de cerda, en mangas de camisa, sin chaleco, sin corbata, y sin botas; y en una silla, al lado del sofá, había una botella de coñac, otra de agua y un vaso.

 

 

 

 

Daniel no conocía, sino de vista, al cónsul de los Estados Unidos. Pero conocía muy bien a su nación.

 

 

 

 

El señor Slade se sentó con mucha flema, dio las buenas noches, hizo seña al criado de poner sillas, y se puso las botas y la levita, como si estuviera solo en su aposento.

 

 

 

-Nuestra visita no será larga, ciudadano Slade -le dijo Daniel en inglés.

 

 

 

 

-¿Ustedes son argentinos? -preguntó el cónsul, hombre como de cincuenta años de edad, alto, de una fisonomía abierta y llana, y de un tipo más bien ordinario que distinguido.

 

 

 

-Sí, señor, los tres -contestó Daniel.

 

-Bueno. Yo quiero mucho a los argentinos hizo señas a su criado de servirles coñac.

 

 

 

 

-Lo creo bien, señor, y vengo a dar a usted una ocasión de manifestarnos sus simpatías.

 

 

 

-Ya lo sé.

 

 

 

-¿Sabe usted a lo que venía, señor Slade?

 

 

 

-Sí. Ustedes vienen a refugiarse a la legación de los Estados Unidos, ¿no es eso?

 

 

 

 

Daniel se encontró perplejo ante aquella extraña franqueza; pero comprendió que debía marchar en el mismo camino que se le abría, y contestó muy tranquilamente, después de tomarse medio vaso de agua con coñac:

 

 

 

-Sí, a eso venimos.

 

 

 

-Bueno. Ya están ustedes aquí.

 

 

 

-Pero el señor Slade no sabe aún nuestros nombres -repuso Eduardo.

 

 

 

 

-¿Qué me importan vuestros nombres? Aquí está la bandera de los Estados Unidos, y aquí se protege a todos los hombres, como quiera que se llamen -contestó el cónsul, volviéndose a acostar muy familiarmente en el sofá, sin incomodarse, cuando Daniel se levantó, y tomando y apretando fuertemente su mano, le dijo:

 

 

 

 

-Es usted el tipo más perfecto de la nación más libre y más democrática del siglo XIX.

 

-Y más fuerte -dijo Slade.

 

 

 

 

-Sí, y la más fuerte -agregó Eduardo-, porque no puede dejar de serlo con ciudadanos como los que tiene -y el joven tuvo que irse al balcón que daba al río, para no hacer notable a los demás la expresión de su sensibilidad y su dolor comprimidos, que brotó súbitamente de sus ojos.

 

 

 

 

-Bien, Mr. Slade -continuó Daniel-, no somos los tres los que veníamos a pedir asilo, sino únicamente aquel caballero que se ha levantado, y que es uno de los jóvenes más distinguidos de nuestro país, y que se ve actualmente perseguido. No sé si yo también tendré que buscar más tarde esta protección, pero, por ahora, sólo la buscábamos para el señor Belgrano, sobrino de uno de los primeros hombres de la guerra de nuestra independencia.

 

 

 

-Ah, bueno. Aquí están los Estados Unidos.

 

 

 

-¿Y no se atreverían a entrar aquí? -preguntó Don Cándido.

 

 

 

 

-¿Quién? -y al hacer esta interrogación el señor Slade frunció las cejas, miró a Don Cándido, y luego se rió-. Yo soy muy amigo del general Rosas -continuó-. Si él me pregunta quiénes están aquí, yo se lo diré. Pero si manda sacarlos por fuerza, yo tengo aquello -y señaló una mesa donde había un rifle, dos pistolas de tiro y un gran cuchillo-

 

,      y allí tengo la bandera de los Estados Unidos -y levantó su mano señalando el techo de la casa.

 

 

 

-Y a mí para ayudar a usted -dijo Eduardo, que volvía de la ventana.

 

 

 

-Bueno, gracias. Con usted son veinte.

 

 

 

-¿Tiene usted veinte hombres en su casa?

 

-Sí, veinte refugiados.

 

 

 

-¿Aquí?

 

 

 

-Sí, en las otras piezas y en el piso de arriba, y me han hablado por más de cien.

 

 

 

-¡Ah!

 

 

 

 

-Que vengan todos. Yo no tengo camas ni con qué mantener a tanta gente. Pero aquí está la casa y la bandera de los Estados Unidos(14)

 

 

 

 

-Bien, nada, nada nos faltará. Nos basta sólo la protección de usted, noble, franco y leal descendiente de Washington, porque yo también aquí me quedo -dijo Don Cándido alzando su cabeza y dando con el bastón en el suelo, y con tal seriedad y tal decisión que Daniel y Eduardo se miraron y no pudieron contener una carcajada; lo que obligó a Daniel a dirigirse en inglés al señor Slade, para darle una idea de la persona y del carácter de su maestro. Y esta ligera relación llevó de tal modo el buen humor al espíritu del sencillo Slade, que no pudo menos de echar él mismo un poco de coñac, y beber con Don Cándido, diciéndole:

 

 

 

 

-Desde hoy está usted bajo la protección de los Estados Unidos, y si lo matan a usted, he de hacer que arda Buenos Aires.

 

 

 

 

-Yo no acepto esa hipótesis, señor cónsul; y preferiría que Buenos Aires ardiese primero, no que primero me matasen y después ardiese.

 

 

 

-Vamos -dijo Daniel-, todo esto no es sino broma, mi querido señor Don Cándido:

 

usted tiene que volverse conmigo.

 

 

-No, no iré, ni tienes ya derecho ninguno sobre mí, pues estoy en territorio extraño. Aquí pasaré mi vida, cuidando de la importante salud de este hombre benemérito, y a quien amo ya entrañablemente.

 

 

 

 

-No, señor Don Cándido, vaya usted con Daniel -repuso Eduardo-, recuerde usted que tiene que hacer mañana.

 

 

 

 

-Es inútil, no me voy. Y desde este momento quedan cortadas todas nuestras relaciones.

 

 

 

 

Daniel se levantó, y llamando aparte a Don Cándido, tuvo con él un diálogo vivísimo, para reducirlo a volver al coche. Pero todo habría sido inútil si el joven no hubiese mezclado a las amenazas la promesa de dejarlo en completa libertad para volver a los Estados Unidos, tan pronto como le hiciese conocer algo que necesitaba saber de casa del gobernador delegado.

 

 

 

 

-Por último -decía Don Cándido al terminar sus condiciones-, sera condición expresa que dormiré esta noche en tu casa, y mañana, si mañana mismo no me vengo a esta hospitalaria y garantida mansión.

 

 

 

-Convenido.

 

 

 

 

-Señor cónsul -prosiguió Don Cándido volviéndose a Mr. Slade-, no puedo tener desde esta noche el honor, el placer, la satisfacción de ver sobre mi cabeza el ínclito pabellón norteamericano. Pero voy a hacer cuanto de mí dependa por estar aquí mañana.

 

 

 

-Bueno -contestó Slade. Yo no lo he de entregar a usted sino muerto.

 

 

 

 

-¡Qué demonio de franqueza tiene este hombre! -dijo Don Cándido mirando a Eduardo.

 

 

 

-Vamos, amigo mío -dijo Daniel.

 

 

 

-Vamos, Daniel.

 

 

 

 

Mr. Slade se levantó con pereza, se despidió en inglés de Daniel, y dándole un abrazo a Don Cándido, le dijo:

 

 

 

-Si no nos vemos más, espero que nos conoceremos en la otra vida.

 

 

 

 

-¿Sí? Pues no me voy, señor cónsul -y Don Cándido hizo un movimiento para volverse a sentar.

 

 

 

-Son bromas, mi querido maestro -repuso Eduardo.

 

 

 

-Vamos, vamos que es tarde.

 

 

 

-Sí, pero son bromas que...

 

 

 

-Vamos. Hasta mañana, Eduardo.

 

 

 

 

Y los dos jóvenes se dijeron elocuentes discursos en el largo y estrecho abrazo que se dieron.

 

 

 

-Para ella -fue la última palabra de Eduardo al oprimir a su amigo y separarse de él.

 

 

 

 

El mismo criado que los había introducido los condujo hasta la puerta de la calle; y al abrirla le preguntó Don Cándido:

 

 

 

-¿Y siempre está cerrada esta puerta de calle?

 

 

 

-Sí -le contestó el criado.

 

 

 

-¿Y no sería mejor tenerla abierta?

 

 

 

-No.

 

 

 

 

-¡Qué demonio de laconismo! Conózcame usted bien, amigo mío, ¿me conocerá usted para otra vez?

 

 

 

-Sí.

 

 

 

-Vamos, señor Don Cándido -dijo Daniel montando al coche.

 

 

 

-Vamos. Buenas noches, honrado criado del más ilustre de los cónsules.

 

 

 

-Buenas noches -contestó el criado, y cerró el portón.

 

Capítulo XVI

 

 

 

De cómo don Cándido Rodríguez era pariente de Cuitiño

 

A las ocho de la mañana de uno de los últimos días de setiembre, el maestro de primeras letras de Daniel sorbía a grandes tragos espumoso e hirviente chocolate en una enorme taza de porcelana, mientras que su discípulo arreglaba, doblaba y sellaba papeles, teniendo ambos en sus rostros las señales de haberse pasado en vela toda la noche.

 

 

 

 

-Daniel, hijo, ¿no sería bueno que nos recostásemos un rato, un momento, algún tiempo?

 

 

 

-Ahora no, señor; más tarde. Todavía necesito de usted un momento.

 

 

 

 

-Pero que sea el último, Daniel; porque decididamente hoy me voy a los Estados Unidos. Sabes que hace cinco días que le he dado mi palabra a ese honrado y benemérito cónsul de pasar a residir en su territorio.

 

 

 

-Es porque no sabe usted lo que hay -dijo Daniel sellando un paquete.

 

 

 

-¿Lo que hay?

 

 

 

-O lo que puede haber en el territorio.

 

 

 

 

-No, a mí no me engañas. Todavía anoche, mientras escribías, me he leído cinco tratados de derecho de gentes, y dos manuales diplomáticos, en los capítulos que tratan de las inmunidades de los agentes públicos, y las casas de su residencia. Y sabes, Daniel, que hasta los coches son inviolables, de lo que he deducido que podré pasear, seguro, en el coche del benemérito cónsul, sin temor, sin zozobra, sin peligro, sin...

 

 

-Vamos a ver, mi querido maestro. Oiga usted bien lo que yo leo, y lea usted bien el original que me ha traído -y Daniel dio un papel a Don Cándido y tomó otro.

 

 

 

-Este es el mío -dijo Don Cándido.

 

 

 

-O más bien, el de Don Felipe.

 

 

 

-¡Pues!, pero pertenece a mi secretaría privada.

 

 

 

-Vamos a ver -dijo Daniel, y leyó como sigue:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Individuos que han entrado a la cárcel desde el día 15 del presente mes de septiembre

 

 

 

Día 15.      Eustaquio Díaz Vélez, remitido por la policía.

 

»     17.   Pedro Longinoti, remitido por la policía.

 

»     »Lucas González, se ignora por quién.

 

(Se entregó a las doce y mecha de la noche del día 18 a Don Nicolás Mariño, por orden verbal, y fue fusilado en su cuartel.)

 

 

 

 

Al acabar estas palabras de la copia del diario que leía, Daniel sacudió su cabeza y llevó su mano derecha a los ojos, permaneciendo así largo rato.

 

 

 

-¡Ah, Daniel, hasta el mismo Don Felipe ha llorado al saber esta sensible pérdida!

 

 

 

 

-Al saber este horrendo asesinato, diga usted.., pero sigamos.

 

 

 

       Día      18.       Ramón Carmona .............................................     por      la

       policía                                   

»     19.      José María Canaveri ........................................    íd.       íd.

»     »          Ventura Ocampo .............................................     íd.       íd.

»     21.      Ezequiel Serna .................................................    íd.       íd.

»     22.      Luis Fernando Otero .......................................     íd.       íd.

»     »          José Rico ........................................................      íd.       íd.

»     »          Bernardo Testas ..............................................     íd.       íd.

»     »          Gregorio Collazo .............................................    íd.       íd.

»     »          Luciano Lizarreaga ..........................................    íd.       íd.

»     »          Juan Manuel Chaves ........................................    íd.       íd.

»     »          Santiago Eleísa ................................................    íd.       íd.

»     »          Bonifacio Aráoz ..............................................    íd.       íd.

»     »          Mateo Vidal ....................................................     íd.       íd.

»     »          Bernabé Márquez ............................................    íd.       íd.

»     »          Miguel Rodríguez Machado .............................   íd.       íd.

»     »          Antonio Saldarriaga .........................................    íd.       íd.

»     »          Alejo Menchaca ..............................................     íd.       íd.

»     23.      Pedro Paulino Gaete ........................................    íd.       íd.

»     »          Ventura Buteler ...............................................    íd.       íd.

»     »          Juan Lucas Thebes ..........................................     íd.       íd.

 

»     » Francisco Rodríguez, remitido por la policía y preso por el presidente de la Sociedad Popular Restauradora a la disposición del superior gobierno.

 

»     »Demetrio Villarino, policía, etc., preso por el presidente de los serenos.

 

»     24.      Segundo Benavente .........................................    por      la         policía

»     26.      Ignacio Fuentes ...............................................     íd.                   íd.

 

»

 

»

 

Sandalio González ...........................................

 

íd.

 

íd.

 

 

»

 

 

»

 

 

Francisco Aráoz ..............................................

 

 

íd.

 

 

íd.

 

 

-Veamos los muertos -dijo Daniel doblando el papel que había leído y tomando otro.

 

 

 

-Detente, espera, mi querido y estimado Daniel; dejemos a los muertos en paz.

 

 

 

-No, es la suma la que quiero ver.

 

 

 

-La suma está aquí, Daniel, son cincuenta y ocho, en veinte y dos días.

 

 

 

-Eso es; cincuenta y ocho en veinte y dos días.

 

 

 

Y Daniel dobló estos papeles como los anteriores, y les puso su sello.

 

 

 

-Mira que se te quedan las marchas del ejército en Santa Fe.

 

 

 

 

-Hago esto de ellas, mi querido maestro -y Daniel acercó el papel a la vela y lo quemó; y en seguida guardó todos los paquetes en un secreto del escritorio.

 

 

 

Luego tomó la pluma y escribió:

 

 

 

 

Mi querido Eduardo: He estado ayer con Amalia desde la oración hasta las once de la noche; y está enferma. La sorpresa de nuestra visita antenoche, y la ansiedad con que quedó al retirarnos, la han hecho mal. Y cuando yo mismo he reflexionado sobre mi condescendencia contigo, te confieso que me he criticado a mí mismo.

 

La Mashorca continúa ensangrentándose. La cárcel, los cuarteles y el campamento son teatros de muerte que se agrandan por momentos; y tengo motivos para creer

 

 

que todo esto no son sino preparativos de los crímenes en escala mayor que se preparan para octubre.

 

Todos hablan de esa casa, y se susurra que la atacarán. No creo, pero es necesario ponerse en todos los casos. Esta novedad ha llegado hasta oídos de Amalia. Quería, absolutamente, que tuviese lugar el matrimonio el primero de octubre, ya que tienes la resolución de no dejar el país hasta conquistar esa felicidad que tanto anhelas. Pero yo le he hecho ver que Mr. Douglas no puede estar aquí hasta el día 5, y ha tenido que resignarse a esperar.

 

Todo está concluido, mi querido arrugo. El resultado de las conferencias con Mackau será la paz. Yo esperaré, sin embargo, hasta el último momento, y entonces te llevaré a tu Amalia como hemos convenido.

 

He hecho ya todos mis arreglos, y espero a mi buen padre por momentos.

 

No iré a verte hasta pasado mañana.

 

Esta carta te la conduce nuestro querido maestro, que va determinado a no moverse de ahí; déjalo a tu lado.

 

Te abraza

 

Daniel.

 

-Se ha dormido usted, señor Don Cándido -dijo el joven cerrando la carta que se acaba de leer.

 

 

 

-No; pensaba, mi querido Daniel.

 

 

 

-Ah, pensaba usted.

 

 

 

 

-Pensaba que si la señora madre de nuestro Señor Gobernador propietario no se hubiese casado con su digno esposo, es muy probable que no hubiese tenido a su ilustre hijo, y que hoy no estaríamos pagando el amor conyugal de aquella mal embarazada señora.

 

 

 

 

-Amigo mío, juro a usted que no se me había ocurrido tal raciocinio -repuso Daniel poniendo su sello en la carta y dándosela a su maestro.

 

 

 

-Esta carta no tiene sobre, Daniel.

 

 

 

-No importa. Esa carta es para Eduardo, guárdela usted bien.

 

 

 

-¿La llevo ahora mismo?

 

 

 

-Cuando usted quiera. Pero va usted a ir en mi coche, y todavía no está pronto.

 

 

 

-¡Ah, bien, bien pensado!

 

 

 

 

Daniel iba a tocar un timbre, cuando llamaron a la puerta de calle, y al momento se presentó un criado, diciendo con una voz muy poco tranquila:

 

 

 

-El comandante Cuitiño.

 

 

 

Don Cándido se echó para atrás en el sillón y cerró los ojos.

 

 

 

 

-Que entre -dijo Daniel-. Serenidad, mi querido maestro -prosiguió-, esto no es nada.

 

 

 

-Ya estoy muerto, Daniel -respondió Don Cándido sin abrir los ojos.

 

 

 

 

-Adelante, mi comandante -dijo Daniel parándose y recibiendo a Cuitiño, mientras Don Cándido, al sentirlo en el escritorio, por una reacción puramente mecánica, se paró, abrió sus labios con una sonrisa convulsiva, y extendió sus dos manos, para coger la de Cuitiño, que se sentó en el ángulo de la mesa en que maestro y discípulo habían pasado largas horas.

 

 

 

-¿A qué hora recibió mi recado, comandante?

 

 

 

-Hará dos horas, señor Don Daniel.

 

 

 

-¿Y qué, está enfermo, que ha tardado tanto?

 

 

 

-No, señor, estaba en comisión.

 

 

 

 

-¡Ah, ya yo decía! ¡Cuando se trata del servicio de la causa, ojalá todos fuesen como usted! Y eso mismo le decía ayer al presidente; porque si hemos de andar paso a paso, como el jefe de policía, es mejor que lo digamos claro, y no andemos engañando al Restaurador. Por mi parte, comandante, yo ya ni sé lo que es dormir. Toda la noche me he pasado con este hombre cerrando Gacetas para mandar a todas partes, porque el Restaurador quiere que se sepa en todas partes el entusiasmo de los federales. Y hace poco el señor -y Daniel señalaba a Don Cándido, quien, poco a poco, iba volviendo en sí al saber que Cuitiño había venido por llamado de Daniel- me observaba una cosa en que ya ha de haber usted caído, comandante.

 

 

 

-¿Qué cosa, Don Daniel?

 

 

 

 

-Que vea si la Gaceta dice una palabra de usted, ni de los federales que exponen su vida a todas horas, por sostener la causa.

 

 

 

-¡Conque ni ponen los partes, siquiera!

 

 

 

-¿A quién los dirige, comandante?

 

 

 

-Ahora los dirijo a la policía, desde que el Restaurador está en el campamento.

 

Demasiado que me fijo, señor Don Daniel, y este hombre tiene mucha razón.

 

 

 

-Oh, señor comandante -dijo Don Cándido-, ¿y quién no ha de extrañar el silencio que se guarda con un hombre de los antecedentes de usted?

 

 

 

-Y que no son de ahora.

 

 

 

 

-¡Por supuesto que no son de ahora! -repuso Don Cándido-. Desde antes de nacer ya era usted acreedor al aprecio del público, porque el señor Cuitiño, padre de usted, pertenece a uno de los troncos más antiguos de nuestras respetables familias. Uno de los ilustres tíos de usted, mi benemérito señor comandante, fue casado, según lo he oído a mis mayores, con una de las primas de mi señora madre; por lo cual siempre he tenido por usted simpatías de pariente, a la vez que nos ligan los estrechos y federales lazos de nuestra causa común.

 

 

 

-¿Entonces usted es mi pariente? -le preguntó Cuitiño.

 

 

 

 

-Pariente, y muy cercano -le respondió Don Cándido-. Una misma sangre corre por nuestras venas, y nos debemos cariño, estimación y protección recíproca, por la conservación de nuestra sangre.

 

 

 

-Vaya, pues, si en algo puedo servirlo...

 

 

 

 

-¿Conque, comandante -dijo Daniel, interrumpiéndolo para que Don Cándido no acabara por revelarse más-, conque ni los partes le publican?

 

 

 

 

-No, señor. Ahora mismo acabo de pasar el parte sobre el salvaje unitario Salces, y no lo han de publicar.

 

 

 

-¿Salces?

 

-Sí, pues; el viejo Salces. Ahora mismo lo acabamos de degollar.

 

 

 

Don Cándido cerró los ojos.

 

 

 

 

-Estaba en la cama -continuó Cuitiño-, pero de ahí no más lo sacamos, y lo degollamos en la calle. El otro día pasé el parte, también, cuando degollamos al tucumano La Madrid. El jueves pasado, degollamos a Zañudo, y siete más, y tampoco han publicado esos partes. Por lo que hace a mí, tiene razón mi primo... ¿Cómo se llama?

 

 

 

 

-Cándido-contestó Daniel, viendo que el dueño de ese nombre no parecía estar dueño de su vida.

 

 

 

 

-Pues decía que tiene razón mi primo Cándido; y que ahora cuando empiece la cosa en grande, no voy a dar cuenta a nadie.

 

 

 

 

-¡Y qué! ¿Recién está por empezar? -preguntó Don Cándido con una voz que parecía salida, no de un pecho, sino de un sepulcro.

 

 

 

-Sí, pues. Ahora va a empezar lo bueno. Ya tenemos la orden.

 

 

 

-¿Directamente la ha recibido, comandante?

 

 

 

 

-Sí, señor Don Daniel. Yo ya no me entiendo sino con el Restaurador. No quiero saber nada con Doña María Josefa.

 

 

 

-¡Mire que lo ha molido!

 

 

-Ahora se ha agarrado con Gaetán, y Badía y Troncoso; y siempre dale con Barracas; y siempre con aquel salvaje que se escapó, como si ya no estuviera con Lavalle.

 

 

 

-¡Conque hasta a mí me aborrece esa señora!

 

 

 

-No, de usted no me ha hablado nada. Es a su prima a la que no quiere.

 

 

 

-Yo le he de contar algún día por qué, comandante.

 

 

 

-Hoy estaba encerrada con Troncoso, y una negrita de por ahí por la quinta.

 

 

 

 

-¡Mientras usted, comandante, se ocupa de los verdaderos servicios a la Federación, vea de lo que se ocupa Doña María Josefa!

 

 

 

-¡Pues! Haciendo espiar mujeres.

 

 

 

-Por supuesto. La negrita ha de ser espía. ¿Qué quiere tomar, comandante?

 

 

 

-Nada, Don Daniel, acabo de almorzar.

 

 

 

-¿Y no ha oído nada?

 

 

 

-¿De qué?

 

 

 

-¿Todavía no ha recibido cierta orden?

 

 

 

 

-No sé, pues.

 

 

 

-Por el Retiro.

 

 

 

-¿Por el Retiro?

 

 

 

-Sí, pues, la casa grande.

 

 

 

-¿La del cónsul?

 

 

 

-Sí.

 

 

 

-Ah, no. Orden, no, pero ya sabemos.

 

 

 

 

-¡Así! -y Daniel juntó todos los dedos de su mano derecha y los alzó a la altura de los ojos de Cuitiño; mientras que a Don Cándido se le erizaron los cabellos, y los ojos se le saltaban de las órbitas, creyendo ver en Daniel al mismo Judas.

 

 

 

-Ya sé -contesto Cuitiño.

 

 

 

-¿Pero no hay orden?

 

 

 

-No.

 

 

 

-Mejor, comandante.

 

 

 

-¿Cómo mejor?

 

 

-Sí, yo sé lo que le digo, y para eso lo he llamado. Su primo es de confianza, y está en todos estos secretos.

 

 

 

-¿Y qué hay, pues?

 

 

 

-Que no conviene todavía.

 

 

 

-¡Ah!

 

 

 

 

-Todavía hay pocos. Pero lo que empiece la buena, se ha de llenar la casa. Y allá para el 8 o el 9.... ¿me entiende?

 

 

 

 

-Sí, Don Daniel -contestó Cuitiño radiante de una feroz alegría al comprender a Daniel.

 

 

 

-¡Pues! Juntitos.

 

 

 

Don Cándido creía que estaba loco, pues no podía creer lo que estaba oyendo.

 

 

 

-¡Cabal! -contestó Cuitiño-, eso sería lo mejor. Pero falta la orden, Don Daniel.

 

 

 

-¡Ah, sí, sin la orden, Dios nos libre! Pero yo ando en eso.

 

 

 

-Y Santa Coloma.

 

 

 

-Ya sé.

 

-Le tiene muchas ganas al gringo.

 

 

 

-Ya sé, comandante.

 

 

 

-Tuvo no sé qué pelotera con él.

 

 

 

-Sí, pues. De manera que si yo consigo la orden, ¿ya sabe?

 

 

 

-Con toda mi partida, Don Daniel.

 

 

 

-Y si Santa Coloma la consigue, ¿usted me lo avisa?

 

 

 

-¿Cómo no?

 

 

 

 

-Porque hay esto. Es necesario que yo vaya, para evitar que, en medio del entusiasmo federal, vayan a tocar los papeles del consulado.

 

 

 

-¡Ah!

 

 

 

 

-Porque entonces sí, el Restaurador se enojaría por los compromisos que eso traería al país, ¿entiende?

 

 

 

-Sí, Don Daniel.

 

 

 

 

-Pero aunque Santa Coloma reciba la orden, yo soy de opinión que esperemos a que hayan más; allá para el 8 o el 9.

 

-Cabal, que es mejor.

 

 

 

-¡Qué golpe, comandante!

 

 

 

-Todos lo estamos deseando.

 

 

 

-¿De manera que todos lo saben?

 

 

 

-Todos; pero mientras no haya orden, no nos atrevemos a nada.

 

 

 

-Hacen bien, eso es ser federal.

 

 

 

-¿Pero sabe lo que hemos pensado?

 

 

 

-Diga, comandante.

 

 

 

-Vamos a poner emboscadas por el rededor de la casa desde esta noche.

 

 

 

-Bien pensado; pero tengan cuidado de una cosa.

 

 

 

-¿Qué?

 

 

 

-No vayan a parar ningún coche. Paren no más a los que vayan a pie.

 

 

 

-¿Y por qué no a los coches?

 

-Porque pueden ser los del cónsul, y a éstos no se pueden tocar.

 

 

 

-¿Y por qué?

 

 

 

-Porque son de él, y todo lo del cónsul está bajo la protección del Restaurador.

 

 

 

-¡Ah!

 

 

 

-De manera que tocar al coche, es como tocar al cónsul.

 

 

 

-Yo no sabía.

 

 

 

 

-¿Ve? Si siempre es bueno conversar. ¡Vea el disgusto que tendría el Restaurador, si hiciéramos una barbaridad que lo comprometiese en nuevas guerras!

 

 

 

-Ahora mismo voy a avisárselo a los compañeros.

 

 

 

-Sí, no pierda tiempo; estas cosas son muy delicadas.

 

 

 

-Por supuesto.

 

 

 

-Así es que nada sin orden.

 

 

 

-Dios nos libre, señor Don Daniel.

 

 

 

-Y en cuanto haya la orden, hacemos por esperar a que se junten más.

 

 

 

-Eso es.

 

 

 

-Entonces, quedamos entendidos, comandante.

 

 

 

-Bueno, Don Daniel. Y yo me voy, no sea que vayan a atajar algún coche.

 

 

 

-Sí, véalos a todos.

 

 

 

-Conque, Cándido, si en algo puedo servirte, ya sabes que soy tu primo.

 

 

 

 

-Gracias, mi querido y estimado primo -contestó Don Cándido, más muerto que vivo, levantándose y tomando la mano que le estiraba Cuitiño.

 

 

 

-¿Dónde vives?

 

 

 

-Hombre, yo vivo... yo vivo aquí.

 

 

 

-Bueno, te he de venir a ver.

 

 

 

-Gracias, gracias.

 

 

 

-Adiós, pues.

 

 

 

 

Y Cuitiño salió con Daniel, quien al despedirlo en la sala metió la mano al bolsillo, y le dijo:

 

 

-Comandante, esto es para usted, son cinco mil pesos, que me ha mandado mi padre, con orden de repartirlos entre los federales pobres, y yo le pido a usted que lo haga por mí.

 

 

 

-Vengan, Don Daniel. ¿Y cuándo viene el señor Don Antonio?

 

 

 

-Lo espero de un momento a otro.

 

 

 

-Mándeme avisar en cuanto llegue.

 

 

 

-Así lo haré, comandante; vaya con Dios y sirva a la causa.

 

 

 

 

Y Daniel volvió a su escritorio, tomó papel y se puso a escribir, sin reparar en Don Cándido, que lo miraba de hito en hito, con unos ojos en que el enojo hacía cierta mezcolanza con la estupefacción, y trazó estas líneas:

 

 

 

 

Eduardo, sé positivamente que todo lo que corre sobre asalto a la casa de Slade no son sino palabras, pues no hay orden ninguna a este respecto. Pero es necesario que el cónsul haga avisar a los que han solicitado asilo que por ningún motivo vayan a pie, porque la casa va a estar vigilada; pero que pueden ir en coche, sin inconveniente alguno; siendo mucho mejor que vayan en el mismo coche del señor Slade.

 

Adiós.

 

-Ahora, mi querido maestro, en vez de una carta, son dos -y Daniel alzó su mano para darte el billete.

 

 

 

Pero aquél le contestó:

 

 

 

-No, ¿o acaso quieres envolverme en tu negra traición?

 

-¡Adiós mi plata! ¿Ha perdido usted el juicio, mi respetable primo de Cuitiño?

 

 

 

-Primo del gran demonio deberá ser ese facineroso.

 

 

 

-¿Pero usted se lo ha dicho?

 

 

 

 

-¡Qué sé yo lo que digo; si yo creo que estoy loco, en ese laberinto en que me encuentro, rodeado del crimen, de la traición, de la falsía! ¿Quién eres, di? Define tu posición. ¿Cómo hablas en mi presencia de atacar la casa donde voy a asilarme, donde está ese joven a quien llamas tu amigo, donde...?

 

 

 

-¡Por amor de Dios, señor Don Cándido, que todo tenga que explicárselo a usted!

 

 

 

-¿Pero qué explicación cabe en lo que yo mismo he oído?

 

 

 

 

-Esto -dijo Daniel abriendo el último billete, que no había lacrado, y dándoselo a Don Cándido, cuya cara y cuyos ojos asustaban realmente.

 

 

 

-¡Ah! -exclamó después de leerlo dos veces.

 

 

 

 

-Esto, señor Don Cándido, es trabajar sobre el trabajo ajeno, es envolver a los hombres en sus propias redes, es hacerlos perder dentro sus propios planes, es hacerse servir de sus propios enemigos, es, en fin, la ciencia toda de Richelieu, aplicada a pequeñísimas cosas, porque no hay Rochelas ni Inglaterras entre nosotros, que si las hubiera, también la aplicaría. Ahora, vaya usted y repose tranquilo en el territorio norteamericano.

 

 

 

 

-Ven a mis brazos, joven admirable, que me has hecho pasar el más cruel momento de mi vida.

 

-Venga el abrazo, y váyase usted en mi coche, ilustre primo de Cuitiño.

 

 

 

-No me insultes, Daniel.

 

 

 

-Bueno, hasta mañana; no, hasta pasado mañana. El coche está en la puerta.

 

 

 

-Adiós, Daniel.

 

 

 

 

Y el pobre Don Cándido volvió a abrazar a su discípulo, que media hora después trataba de dormir, mientras Don Cándido se paseaba, con la cabeza erguida, en el territorio de los Estados Unidos, como él decía, en tanto que Eduardo leía las cartas de su amigo.

 

Capítulo XVII

 

 

 

El reloj del alma

 

El lector tendrá a bien recordar ahora aquel lindísimo día, 5 de octubre, en que dejamos a Amalia arrodillada, conversando con Dios, después de haberla visto entre sus riquísimos trajes, tratando de elegir el que debía ponerse esa noche, en que iba a dar su mano al bien amado de su corazón. Y es en la noche de ese día que volvemos a Barracas, después de tener conocimiento de los sucesos descritos en los capítulos anteriores.

 

 

 

 

Pero antes, nos fijaremos en un coche que para a la puerta de una casa de pobre apariencia en la calle de Corrientes, y de donde sale, al momento, un sacerdote anciano que sube al carruaje y saluda a dos individuos que parecían esperarlo en él. Los caballos partieron en el acto, doblaron por la calle de Suipacha, con dirección al sur, y al cortar la calle de la Federación, el cochero tuvo que sofrenarlos para no atropellar a tres jinetes que venían de la parte del campo, sus caballos sin herrar, y con la apariencia de haber galopado buenas leguas. Uno de los caballeros parecía de alguna edad, y ser el jefe o el patrón de los otros, por la distancia respetuosa que guardaban de él, y por el lujo gaucho de su caballo.

 

 

 

Acababan de dar las ocho.

 

 

 

La calle Larga de Barracas era un desierto.

 

 

 

 

La mirada se sumergía en ella, y no hallaba un ser viviente, ni una luz, ni un indicio de vida; ni se percibía otro ruido que el de la brisa entre las hojas de los árboles. Parecía uno de esos parajes que escogen los espíritus de otro mundo, para bajar al nuestro, envueltos en sus chales de sombra; y donde corren, se deslizan, se chocan, ríen, lloran, cantan, tocan en los cristales y se dilatan y se escurren, y sin forma ni color rozan la frente, revuelven los caballos, y con su soplo volcanizan la imaginación y se escapan: lugares rodeados de soledad y de misterio, en que el alma se sobrecoge y reconcentra, y un no sé qué de vago la oprime, imprimiéndose en el aire y en la sombra las mismas fantasías de la mente; espíritus que se ven; almas que corren, se alejan y se acercan; fantasmas que se levantan como la espiral del humo, y se rarifican

 

 

en el vacío, como la bruma, como el aire mismo; luces que súbitas se inflaman y se apagan; risas, gemidos que el aire trae, y cuyo eco cree conocer el alma, y más se sobrecoge, y más la oprime algo que no es propiamente el miedo vulgar, sino una especie de sueño en la vigilia, con algo que se acerca más a la muerte que a la vida, más a la oscura eternidad con sus arcanos, que al presente con sus peligros reales: ilusión del alma, y no de los sentidos; percepciones de la imaginación, en ciertos parajes, en horas especiales, y en circunstancias dadas...

 

 

 

Pero en medio de aquella soledad, había una animación escondida; y entre esas tinieblas, un torrente de luz, oculto por los muros de la quinta de Amalia.

 

 

 

 

En el salón, los rayos de cincuenta luces se reflejaban en los espejos, en los bruñidos muebles, y en el cristal de los jarrones que rebosaban flores, y en cuyas labores, a los rayos de la luz y la sombra de las flores, se descubría el brillo azul del diamante, la luz enrojecida del rubí, los desmayos del zafiro, la esplendidez de la esmeralda, y las coqueterías del ópalo.

 

 

 

 

El gabinete y el tocador estaban iluminados del mismo modo; y sólo el dormitorio de aquella solitaria beldad no tenía más luz que la de una pequeña lámpara de bronce velada por un globo de alabastro; porque el amor huye del ruido y de la luz. Hijo de los misterios de Dios, vaciados en el molde del corazón humano, busca también el secreto y el misterio en la tierra. La tarde en el mar, y el rayo de la luna al través de las hojas de los árboles, son los modelos de silencio y de luz, que la adivinación del sentimiento, más que el arte, sabe imitar para esconder al amor, cuando es esperado por los que arden en su celeste llama; y la alcoba de Amalia lo esperaba como el crepúsculo en el mar tranquilo, como la luna entre el bosque, como el corazón en el misterioso seno de la mujer.

 

 

 

Pero como un contraste de la melancólica claridad del aposento, la belleza de Amalia, entre el torrente de luz de su tocador, resplandecía como la Vespertina entre el millón de estrellas de la noche.

 

 

 

 

Radiante de hermosura, de juventud y de salud, tipo perfecto del gusto y la elegancia, acababa sus últimos adornos, parada en medio de sus magníficos espejos.

 

 

Había algo en aquella mujer que remontaba la imaginación en el ala misteriosa de las edades, y la trasportaba a las creaturas de Israel. Y aquí un perfil de María, la hermana de Moisés; allí el ojo y la mirada de la tímida Ruth; allá el talle y las formas de la gentil Rahab; el cuello y la piel trasparente de Abigail; las cejas como el arco del amor, y los cabellos como el manto de la noche, que daban sombra al rostro y a la espalda de Bethsabé; la gentileza y el lujo de la reina de Saba; y la noble frente de la esposa de Abraham. Y en medio a este conjunto de bellezas, trasparente en el rostro la lágrima del alma, como Sara, la bellísima esposa de Tobías.

 

 

 

Luisa la contemplaba como enajenada.

 

 

 

 

Vestía un traje de gro color lila claro, con dos anchos y blanquísimos encajes, recogidos por ramos de pequeñas rosas blancas, con tal arte trabajadas que rivalizaban con las más frescas y lozanas de la Naturaleza. Su cuello no tenía más adorno que un hilo de perlas que se perdía entre los encajes del seno mal velado, y suspendía un medallón con el retrato de su madre. Sus cabellos rodeaban, en una doble trenza, la parte posterior de su cabeza; y de allí, hasta cerca de las sienes, se abrían en rizos que besaban los hombros; y unas bandas de encaje de Inglaterra caían hacia la espalda sostenidas por la rosa blanca que ella misma había elegido esa mañana. Un chal del mismo encaje que las bandas caía como una tenue neblina sobre sus hombros, rebelde a su objeto, descubriendo el seno y la espalda que quería ocultar. Y la única alhaja que, a ruegos de Luisa, se había decidido a ponerse, era, en su brazo derecho, un brazalete de perlas con un broche de zafiros.

 

 

 

No era tal o cual cosa, era el todo; era ella misma la que absorbía la mirada, la que abstraía el alma y la fascinaba.

 

 

 

 

Sus ojos, sin rivales en el mundo, estaban más animados que de costumbre; y sus labios, como la flor del granado, tenían el brillo del rubí, mientras que el tenue colorido de las rosas de mayo había desterrado la palidez habitual de su semblante. ¿Era todo esto el efecto natural de esa fiebre insensible que agita la sangre en las situaciones definitivas de la vida humana; o era solamente la animación que obran en la mujer la luz y los espejos de un tocador, el resplandor de su belleza misma, y las imágenes caprichosas de la mente? ¡Quién sabe! ¡La fisiología del corazón de una mujer es toda arcanos, donde la mirada de la razón se pierde!... Un reloj dio las ocho de la noche: y desde el primer martillazo se habrían podido contar los siguientes, en los latidos del

 

 

corazón de Amalia, a través de los encajes que cubrían su seno, y, súbitamente, el granado de sus labios, y la rosa de mayo de su rostro, tomaron los colores de la perla y el jazmín.

 

 

 

 

-¡Se vuelve usted a poner pálida, señora, y tan luego ahora que acaban de dar las ocho!

 

 

 

 

-Es por eso precisamente -contestó Amalia, pasándose la mano por la frente, y sentándose.

 

 

 

-¿Porque son las ocho?

 

 

 

 

-Sí. No sé qué es esto: desde las seis de la tarde, cada vez que siento dar horas, sufro horriblemente.

 

 

 

-Sí, tres veces lo he notado. Eso es, desde las seis, ¿y sabe usted lo que voy a hacer?

 

 

 

-¿Qué, Luisa?

 

 

 

 

-Voy a hacer parar el reloj, para que cuando den las nueve no se vuelva usted a enfermar.

 

 

 

 

-No, Luisa, no. A las nueve ya estarán aquí, y todo estará concluido. Ya se ha pasado, no es nada -repuso Amalia levantándose y volviendo a sus colores anteriores.

 

 

 

 

-Es verdad, es verdad, ya vuelve usted a estar tan linda como antes; tan linda como nunca la he visto a usted, señora.

 

 

 

 

-Calla; anda y llama a Pedro.

 

 

 

Y entretanto, Amalia desprendió de su seno el medallón con el retrato de su madre, y lo llenó de besos. Y apenas acababa de prenderlo de nuevo sobre el seno de su vestido, cuando volvió Luisa con Pedro, tan bien afeitado y peinado, con una levita abotonada hasta el cuello, y con aire tan marcial, que pareció tener veinte años menos, en aquel día en que iba a casarse la hija de su coronel.

 

 

 

 

-Pedro, mi buen amigo -le dijo Amalia-, nada va a cambiarse en esta casa. Yo quiero ser siempre para usted lo que he sido hasta hoy; quiero que me cuide usted siempre como a una hija; y la primera prueba de cariño que quiero recibir de usted en mi nuevo estado, es la promesa de que nunca se separará usted de mí.

 

 

 

 

-Señora, yo... yo no puedo hablar, señora -dijo el viejo sacudiendo como con rabia su cabeza, o como si con ese movimiento quisiera castigar las lágrimas que le inundaban los ojos, y le entorpecían la palabra.

 

 

 

 

-Bien, me dirá usted un sí, solamente. Quiero que me acompañe usted a Montevideo la semana que viene, porque el que va a ser mi marido debe emigrar esta misma noche, y mi obligación es seguirlo en su destino; ¿vendrá usted, Pedro?

 

 

 

 

-Sí, pues, sí, señora, sí -contestó, dándose aires de que estaba muy entero y podía decir muchas palabras.

 

 

 

 

Amalia se acercó a una mesa, abrió una caja de ébano, llena de alhajas, tomó un anillo y se volvió al antiguo camarada de su padre.

 

 

 

 

-Este anillo -le dijo- es formado con cabellos míos, de cuando era niña. No tiene más valor que ése, y por eso se lo doy a usted para que lo conserve siempre; mi padre lo usaba en el ejército.

 

 

-¡Toma, éste es, lo conozco, vaya si lo conozco! -dijo el soldado inclinando la cabeza y besando el anillo que había estado en las manos de su coronel, como si fuese una reliquia santa.

 

 

 

 

Los ojos de Amalia y de Luisa se anublaron de lágrimas en ese momento, en presencia de aquella sensibilidad sin arte, sin esfuerzo, hija del corazón y los recuerdos.

 

 

 

-Otra cosa, Pedro -prosiguió Amalia.

 

 

 

-Diga usted, señora.

 

 

 

 

-Quiero que sea usted testigo de mi casamiento. No habrá nadie más que usted y Daniel.

 

 

 

 

El soldado, por toda contestación, se acercó a Amalia, tomóle la mano entre las suyas, convulsivas de emoción, e imprimió en ella un respetuoso beso.

 

 

 

-¿Se han ido ya los dos criados de la quinta?

 

 

 

-Desde la oración los despaché, como me lo previno usted.

 

 

 

-¿Entonces está usted solo?

 

 

 

-Solo.

 

 

 

 

-Bien. Mañana repartirá usted estos billetes entre los criados, sin decirles por qué -y Amalia tomó de sobre la mesa un puñado de papeles de banco, y se los dio.

 

-Señora -dijo Luisa-, me parece que siento ruido en el camino.

 

 

 

-¿Está todo cerrado, Pedro?

 

 

 

 

-Sí, señora. Pero esta puerta de fierro que da a la quinta, yo no sé cómo es eso... Van dos veces, ya se lo he dicho a usted, que la he encontrado abierta por las mañanas, cuando yo mismo la cierro y guardo la llave bajo mi almohada.

 

 

 

-Bien, no hablemos de eso esta noche.

 

 

 

-Señora -repitió Luisa-, siento ruido, y me parece que es un coche.

 

 

 

-Sí, yo también.

 

 

 

-Y ha parado -prosiguió Luisa.

 

 

 

-Es cierto. Ellos serán. Vaya usted, Pedro, pero no abra sin conocer.

 

 

 

-No hay cuidado, señora. Estoy solo, pero... no hay cuidado.

 

 

 

 

Y el veterano pasó del tocador al cuarto de Luisa, y atravesó el patio para ver quién llegaba a la casa de la hija de su coronel.

 

Capítulo XVIII

 

 

 

El velo de la novia

 

 

 

 

 

 

I

 

 

 

 

Amalia no se había equivocado, porque eran en efecto las personas que ella había esperado por tantas horas y con tanta angustia.

 

 

 

 

Desde su tocador sintió abrir la puerta de la sala, y al momento conoció los pasos de Daniel, que venía por el gabinete y su dormitorio.

 

 

 

 

-¡Ah, señora -dijo el joven parándose en la puerta del tocador, y mirando a Amalia-, yo esperaba tener el placer de encontrarme aquí con una linda mujer, y me sorprende la felicidad de hallarme con una diosa!

 

 

 

 

-¿De veras? -fue la respuesta de Amalia, con una sonrisa encantadora, acabando de calzarse un guante de cabritilla blanco, que parecía dibujado en su preciosa mano.

 

 

 

 

-Sí, muy cierto -repuso Daniel acercándose poco a poco a su prima, y contemplándola con ojos verdaderamente admirados-, y tan cierto que creo ser esta la primera vez que he mirado a una mujer, como miro a cierta otra, a quien...

 

 

 

-A quien yo escribiré tal novedad esta misma noche.

 

 

 

 

-Bien, y yo... yo... yo hago esto -y a medida que hablaba fuese acercando hasta que, tomando de súbito a su prima, le imprimió un beso en la frente, y saltando como un niño a cuatro pasos de ella, le dijo-: Ahora hablemos con seriedad.

 

 

 

-Sí, ya es tiempo, atrevido -le contestó Amalia con su sonrisa celestial.

 

 

 

-Eduardo está ahí.

 

 

 

-Y yo aquí.

 

 

 

-Y yo también: porque ya no me falta sino casarme por ustedes.

 

 

 

-No sería conmigo.

 

 

 

-Y harías bien. Está el cura, y es necesario que no esté ni diez minutos.

 

 

 

-¿Y por qué?

 

 

 

-Porque para estar él, es necesario que esté el coche a la puerta.

 

 

 

-¿Y bien?

 

 

 

-¿Y bien? Una partida puede pasar; el coche le llamará la atención; espiará; y...

 

 

 

 

-Ah, sí, sí... Comprendo todo... Vamos. Daniel.., pero... -y Amalia apoyó su mano en una mesa.

 

 

 

-¿Pero qué?

 

 

-No sé... Quisiera reírme de mí misma, y tampoco puedo... No sé lo que tiene mi corazón.., pero...

 

 

 

-Vamos, Amalia.

 

 

 

-Vamos, Daniel.

 

 

 

 

Y el joven tomó la mano de su prima, la enlazó de su brazo; pasaron por la alcoba y la antesala, y llegaron al salón donde estaban de pie, mirando un cuadro, el sacerdote y Eduardo.

 

 

 

 

Este último vestía todo de negro y guantes blancos. Sobre su semblante pálido resaltaban más sus cabellos negros como el ébano, y sus hermosos ojos, rodeados de una sombra aterciopelada, que daba a su varonil fisonomía un tinte de poesía y pesadumbre, que establecía un contraste de artista.

 

 

 

 

Por bien templada que fuese el alma de aquel hombre era imposible que donde hubiese corazón, hubiese indolencia para los grandes juegos a que se arrojaba su vida en esa noche. El matrimonio, que corta la vida del hombre, que separa el pasado del porvenir, que fija la suerte o la desgracia del resto de la existencia; la separación del objeto amado al libar la primera gota de la felicidad apetecida; y, por último, la emigración, con la muerte cerniéndose sobre la cabeza, a cada paso que se diera en los bordes de la patria, para decirla adiós, eran circunstancias capaces de dominar y oprimir al alma más acostumbrada a los golpes de fierro del destino, cuando todas ellas debían tener lugar en el pequeño círculo de pocas horas.

 

 

 

Él y su Amalia se dirigieron un millar de palabras en su primera mirada.

 

 

 

 

Y el sacerdote, que estaba instruido por Daniel de la necesidad de terminar brevemente aquella ceremonia, cuyos requisitos habían sido allanados de antemano por el joven, se preparó en el momento para el acto más serio, quizá, de su misión en la tierra; el que liga dos vidas y dos almas; el que santifica en el mundo una inspiración que sólo viene de Dios, y mezcla el nombre de Dios, y el respeto de Dios, a lo más

 

 

santo y más sublime del corazón humano, a la hebra imperceptible de luz que liga al ángel caído con la esencia de la divinidad que lo hizo: al amor.

 

 

 

 

El sacerdote acabó una oración, hizo esa pregunta, en cuya respuesta se sella el destino que va más allá, más allá de la tumba, y que no hay labio humano que la pronuncie sin sentir el calor del corazón latiendo apresurado. ¡Y luego, en nombre del Trino indivisible y eterno, Eduardo y Amalia quedaron unidos para la tierra, y para el cielo, porque las almas que Dios junta en la tierra, por la inspiración purísima de su divino soplo, si aquí se separan un momento, allí se juntan en el seno inefable de la inmortalidad!

 

 

 

Un suspiro desahogó el oprimido pecho, y en la presión de sus manos, en el rayo profundo de sus miradas, y en la sonrisa ingenua de sus labios, Amalia y Eduardo nadaron en espacios de ventura, atravesaron siglos de felicidad, y por primera vez el cristal de sus ojos fue empañado por una lágrima de ventura; y sus rostros, un momento antes tan pálidos, se sonrosaron de improviso con los relámpagos de su propia dicha.

 

 

 

 

No bien se hubo concluido la ceremonia, y mientras Amalia daba un beso a Luisa, que lloraba, cuando Daniel se acercó a Pedro y le preguntó al oído:

 

 

 

-¿Su caballo de usted está en el pesebre?

 

 

 

-Está.

 

 

 

-Lo necesito por una hora.

 

 

 

-Bien.

 

 

 

Luego, tomando de la mano a Amalia y llevándola a un sofá de la antesala, mientras

 

Eduardo daba las gracias al sacerdote, la dijo:

 

 

 

-El cura se va, y yo también.

 

 

 

-¿Tú?

 

 

 

 

-Sí, Madama Belgrano, yo; porque estoy destinado a no estar quieto en un solo lugar, porque llegue a estar quieto en Montevideo su marido de usted.

 

 

 

 

-Pero ¿qué hay? ¡Dios mío! ¿Qué hay? ¿No nos has dicho que estarías con nosotros hasta el momento de embarcarse?

 

 

 

 

-Sí, pero es por eso mismo que tengo que salir un momento. Óyeme: sabes que el punto de embarque es en la Boca, por lo mismo que nadie puede pensarlo; pero hemos quedado con Douglas en vernos de las nueve a las diez en una de las casillas de madera que hay en el puerto, por si acaso hubiese ocurrido alguna novedad que hiciera necesario mudar algo del plan; y como el inglés es más puntual que un inglés, estoy seguro que antes de un cuarto de hora está en la casilla, porque ya van a dar las nueve. Dentro de una hora estaré de vuelta; y, entretanto, Fermín, que hace de cochero, va a llevar al cura, y volverá a caballo con el mío de diestro para mi vuelta...

 

 

 

 

-¿Y para ir a la Boca? -preguntó Amalia, que estaba pendiente de los labios de Daniel.

 

 

 

-No, cuando vayamos con Eduardo iremos a pie.

 

 

 

-¿A pie?

 

 

 

 

-Sí, porque pasaremos por entre las quintas de Somellera y de Brown, y después iremos por el bañado, tan seguros como si estuviéramos en Londres.

 

-Sí, sí, me parece mejor -respondió Amalia-, pero irás con Fermín y con Pedro.

 

 

 

 

-No, iremos los dos, déjame hacer. Ahora es necesario separarnos, porque no estoy tranquilo hasta que salga el coche de la puerta de tu casa.

 

 

 

-¿Llevas armas?

 

 

 

-Sí; ven a despedirte del cura.

 

 

 

 

Los dos volvieron al salón, y un momento después Amalia y Eduardo acompañaban hasta la puerta del zaguán al ministro de la Iglesia, que se exponía por su ministerio a todos los inconvenientes que en esos tiempos tenían esas horas y esos lugares solitarios.

 

 

 

 

Y a la vez que los caballos del coche partían para la ciudad, y que Eduardo cerraba la puerta de la calle, salía Daniel por el portón, tarareando una de nuestras canciones de guitarra, o más bien de esos tristes, cuyo aire es, poco más o menos, el mismo para todas las letras; cubierto con su poncho, y a galope corto, como el mejor y más indolente gaucho.

 

 

 

II

 

 

 

 

Al volver al salón, y cuando las luces iluminaron de nuevo la figura de Amalia, Eduardo no pudo menos de pararse, con las dos manos de su esposa y amante entre las suyas, contemplándola embriagado de amor y encantamiento. Y luego la atrajo contra su seno, y, sin hablarla, sin poder hablar, la oprimió largo rato y bebió de su boca las sonrisas radiantes de felicidad que la inundaban, y de sus ojos los rayos del amor que se escapaban. Pero, de repente, un estremecimiento súbito, como el que produce el golpe eléctrico, agitó a la joven, que se desprendió de los brazos de Eduardo, y, con la cabeza inclinada al pecho, y lentamente, atravesó la sala, el gabinete, entró a su dormitorio, y se paró delante del crucifijo, interrogándole, u orando con el alma en los labios.

 

 

 

Eduardo la había seguido sin volver en sí de su sorpresa, o más bien, de su profunda perturbación, al notar el estremecimiento y la repentina palidez de su esposa.

 

 

 

 

-Pero ¡Dios mío!, ¿qué es esto? ¿Qué tienes, mi Amalia? -la preguntó al fin tomándola de la mano y sentándola en el pequeño sofá del dormitorio.

 

 

 

 

-¡Nada, nada, Eduardo, nada, ya pasó!... He sufrido tanto... supersticiones... los nervios; ¡qué sé yo! Pero ya pasó.

 

 

 

 

-No, no, Amalia; ha habido algo especial; algo que no sé, pero que quiero saber, porque sufro más que tú en este momento.

 

 

 

-No sufras, pues: ha sido la campana del reloj; he ahí todo.

 

 

 

-Pero...

 

 

 

 

-No me preguntes, no me hagas reflexiones; sé cuanto me dirías; pero no lo he podido remediar; y toda la tarde he sufrido iguales impresiones al oír las horas.

 

 

 

-¿Nada más?

 

 

 

-Te lo juro.

 

 

 

Eduardo respiró como si se aliviase su alma de un enorme peso.

 

 

 

 

-Mi Amalia -la dijo-, cuando te sentí estremecer, huir de mis brazos, y te vi venir a refugiarte en Dios, una idea horrible cruzó por mi cabeza, y he sufrido en un minuto un

 

 

siglo de tormento. Pensé ver en todo aquello una sensación de disgusto, una protesta de tu alma contra el lazo que acababa de ligarnos para siempre.

 

 

 

-¡Eduardo! ¿Y lo has creído? ¡También esto, Dios mío!

 

 

 

 

-Perdón, mi Amalia, encanto angelicado de mi alma, perdón.., mi vida tan combatida, mi amor tan entrañable, la misma felicidad de este momento, precursora de la vida encantada que me espera a tu lado, todo conspiró e intrigó mi espíritu... perdón, perdón.

 

 

 

 

Y atrayéndola hacia su seno, levantando los rizos que vagaban desordenados sobre su frente, apagaba con sus besos las luces de sus ojos y contaba con sus labios los latidos de sus sienes.

 

 

 

Ella, entretanto, decía al bien amado de su alma:

 

 

 

 

-Es esta la primera vez de mi vida que yo he amado. Es esta mi primera pasión, mi primer himeneo, mi primer día, mi primera dicha.

 

 

 

-¡Amalia!

 

 

 

 

-Desgracias, el silencio y la orfandad de mi vida, todo lo olvido, Eduardo. Hoy comienza mi vida por ti, para ti, en ti. Y si algo temía, si algo me retraía, era el miedo, esa visión terrible que me persigue siempre, haciéndome ver que en mi destino hay el veneno del infortunio, que mata, o hace la desgracia de cuantos me aman; y si he cerrado mis ojos a mi estrella, es porque sólo con mi mano puedo comprar tu alejamiento de aquí. Sin ello, yo habría sacrificado esta felicidad que ahora me abruma, estos siglos de ventura que vivo en este momento, por no tener el temor siquiera de originarte un minuto de mal... ¡Mira si te amo!

 

 

 

 

-¡Oh! ¡Es mucha, es mucha felicidad para un solo corazón!...

 

 

 

¡Y la luz de la lámpara se amortiguaba; las hojas de la rosa blanca se desprendían y caían entre los rizos de la joven, y el chal de encajes, envuelto al acaso entre los brazos de ella y él, cubrió la frente de los dos... y era el velo de la novia... y era el cendal del amor y del misterio!...

 

Capítulo XIX

 

 

 

El tálamo nupcial

 

Cuando el reloj de la quinta daba las diez de la noche, Pedro abría el portón para que entrase Daniel, después de haber oído y conocido su canto en la lóbrega y solitaria calle Larga.

 

 

 

 

Y en ese momento también, una escena bien diferente tenía lugar a pocos pasos: era Amalia, que, desde la primera vibración del reloj, había estremecídose con más violencia aún que en las veces anteriores, y refugiado su cabeza en el seno de su esposo, abrazándose de él instintivamente, como si el eco del metal fuese la voz fatídica del dolor, que la viniese a anunciar una desgracia en esa mitad de su vida, en esa su vida entera, que se llamaba Eduardo.

 

 

 

 

-¿Qué es esto, amado mío, esposo mío? -le preguntó al fin, derramándose de su mirada rayos de luz y de amor, sombras de pesadumbre y de inquietud-, ¿qué es esto? ¡Es la primera vez de mi vida que se obra en mi alma tal misterio, y a medida que pasan las horas, es más violenta y fuerte la impresión que siento! ¡Qué! ¿Ni a tu lado puedo yo ser feliz?

 

 

 

 

-Ángel de mi alma, es tu imaginación y nada más. Opreso de disgustos, tu espíritu se ha llenado de sombras, que se disiparán pronto al rayo de mi amor, a la adoración a que se consagrará mi vida, velando tu felicidad y tu calma. Es el aire, la luz de Buenos Aires, lo que enferma el espíritu y el cuerpo. Pero pronto estarás a mi lado, lejos de aquí.

 

 

 

 

-Sí, pronto, muy pronto, Eduardo. Yo no puedo vivir aquí, y en ninguna parte podré vivir sin ti.

 

 

 

-Viajaremos juntos.

 

 

 

 

-¿Y por qué no desde esta noche?

 

 

 

-Es imposible.

 

 

 

-Dejaré todo. Luisa y Pedro me seguirán después.

 

 

 

-Es imposible.

 

 

 

-Llévame, llévame, Eduardo, ¿no soy tu esposa? ¿No debo seguirte a todas partes?

 

 

 

-Sí, pero no debo exponerte, luz de mis ojos.

 

 

 

-¿Exponerme?

 

 

 

-Cualquier incidente...

 

 

 

 

-¿Luego tú te expones? ¿Por qué me engañan? ¿No me han dicho que hay la mayor seguridad posible?

 

 

 

 

-Es cierto, no hay peligro, pero quizá tengamos que permanecer en el río dos, tres, o cuatro días.

 

 

 

-¿Y qué me importa si los paso contigo?

 

 

 

 

-Amalia, no alteremos en nada nuestro plan. Respetemos de casados todas nuestras promesas de solteros. Si no vas con Daniel antes de quince días, irás sin él; porque a esa fecha, se habrá concluido la paz con la Francia, y no habrá inconveniente ninguno para tu embarque. Acuérdate, bien mío, que voy a dejarte porque tú me lo mandas, y que tú debes quedarte porque yo te lo ruego... Pero... siento alguien en la sala.

 

-¿Será Luisa?

 

-No, creo que es Daniel.

 

 

Y el joven besó la frente de su esposa y pasó al salón, donde se halló en efecto con su amigo.

 

Amalia, entretanto, llamó a Luisa y dispuso que Pedro trajese el té al gabinete, donde pasó a reunirse con su esposo y su primo.

 

-Dios nos protege, hija mía, todo está completamente listo y arreglado. Solamente que en vez de esperar a la madrugada, Douglas fija la hora del embarque para las doce de la noche, es decir, dentro de dos horas.

 

-¿Y por qué ese cambio? -preguntó Amalia.

 

-Es lo que yo mismo no puedo explicarte; porque tengo tal confianza en la previsión y sagacidad de mi famoso contrabandista, que desde que él ha señalado esa hora, nada le pregunté, porque estoy cierto que es la que más ha de convenir al embarque. Eduardo tomó la mano de su Amalia y parecía querer trasmitirle su alma en su contacto.

 

Daniel los miró con ternura y les dijo:

 

-El destino no ha querido corresponder a mis más vivísimos deseos: yo había deseado ver vuestra felicidad a la luz de la mía al mismo tiempo. Envueltos en unas mismas desgracias, yo había deseado que en una misma hora arrebatásemos a la suerte un momento para nuestra común felicidad, y si Florencia estuviese a mi lado en este instante, yo sería el ser más venturoso de la tierra... Pero en fin, he conquistado ya la mitad de mis aspiraciones. La otra... Dios dispondrá.

 

Era tan profunda, tan exquisita la sensibilidad de aquellos tres jóvenes, y se armonizaba tanto en cada uno la suerte de los otros, que sus impresiones de felicidad, o de dolor, de ansiedad, o de melancolía, se comunicaban con un magnetismo sorprendente; y en ese instante una lágrima fugitiva, pero brotada del fondo del corazón, empañó la pupila de todos. Pero Daniel, ese carácter especial para la dominación de sí mismo, esa alma de abnegación y generosidad, que sacrificaba todo a la felicidad de los que Amalia, concibió que era una crueldad echar una gota de pesadumbre en la copa de felicidad, que apenas llegaba a los labios de aquellos dos seres tan combatidos de la suerte, y levantándose, abrazándolos sucesivamente, les dijo:

 

-Vamos, vamos, estemos contentos estos instantes que nos deja el destino, y no pensemos sino en los días que vamos a pasar dentro de poco en Montevideo, ni hablemos de otra cosa que de ellos.

 

Pocos momentos después entró Pedro con la bandeja del té y fue a colocarla en una mesa del gabinete de lectura, que como se sabe, estaba entre el salón y el aposento, adonde pasó Amalia con su esposo y su primo, habiendo antes díchole a Pedro que se retirase, pues nunca consentía que él la sirviese.

 

Antes de diez minutos Daniel había vuelto la alegría a sus amigos.

 

Fugaz, animador, espirituoso, voluble y gracioso en los giros de la conversación, era imposible resistir al sello que él le imprimiera.

 

Por último, sólo le faltaba hacerlos enojar, para darles el placer de que se reconciliasen luego. Porque no hay nada más en armonía con las necesidades del corazón enamorado que esos pasajeros enojos que preparan la reconciliación, y en ella, más impetuosa, la reacción de los afectos. Y así fue, que con una gran seriedad, tomando su segunda taza de té, dijo a su amigo:

 

-Ah, Eduardo, una cosa se me ha olvidado preguntarte: ¿qué hago de la cajita de cartas?

 

-¡La cajita de cartas! -contestó Eduardo, mientras Amalia se puso a mirarlo fijamente.

 

-      ¡Sí, pues! -repuso Daniel con la misma gravedad-, la cajita de cartas, donde creo que hay también cabellos de Amalia, por el color.

 

-¿Te has vuelto loco, Daniel?

 

-No, gracias a Dios.

 

-¿Y por qué disimula usted, caballero? ¿Qué cosa más natural que tener esos recuerdos y querer conservarlos?

 

-Te juro, Amalia mía, que en mi vida he tenido semejante caja, ni sé de qué cartas me está hablando Daniel. O está jugando, o repito que se ha vuelto loco.

 

-Pero ¿por qué negarlo? -repuso Amalia, rosada y fingiendo una sonrisa que abrumaba a Eduardo.

 

-¿Ves, Daniel, lo que sacas con tus bromas? -repuso Eduardo, que empezó a comprender el capricho de su amigo.

 

-De modo que...

 

-De modo que haces mal, porque ¿lo ves?

 

-¿Qué?

 

-Que Amalia ha retirado muy insensiblemente su silla del lado de la mía.

 

Daniel entonces soltó una carcajada, se levantó, tomó la mano de su prima, y poniéndola entre las de Eduardo, exclamó:

 

-¡Están impagables! Mi Florencia tendría más circunspección.

 

-No, no, es cierto, tú no has mentido -repuso Amalia sin retirar su mano, y esperando y deseando que la acabaran de convencer.

 

Pero una nueva risa de Daniel, y una mirada de Eduardo, concluyeron por hacerla conocer la chanza caprichosa del primero; y la presión de su mano, y el rayo enamorado de su tiernísima mirada, le dijeron a Eduardo que la nube de celos se había evaporado. En ese instante ella y él se cambiaban el alma en las miradas, y en el calor de sus manos se trasmitían la vida.

 

Pero en ese instante también la voz de Luisa vino a caer como un rayo en medio de los tres.

 

Era un grito agudo, horrible y estridente, al mismo tiempo que se vio a la niña venir despavorida por las piezas interiores, y al mismo tiempo también que se oyó un tiro en el patio, y una especie de tormenta de gritos y de pasos precipitados.

 

Y antes que Luisa hubiese podido decir una palabra, y antes que nadie se la preguntase, todos adivinaron lo que había, y junto con la adivinación del instinto, la verdad se presentó ante ellos, a través de los vidrios del gabinete, en el fondo de las habitaciones por donde había venido la niña; pues una porción de figuras siniestras se precipitaban por el cuarto de Luisa al tocador de Amalia. Y todo esto desde el grito, hasta la vista de aquellos hombres, ocurría en un instante tan fugitivo como el de un relámpago.

 

Pero con la misma rapidez también, Eduardo arrastró a su esposa hasta la sala, y cogió sus pistolas de sobre el marco de la chimenea.

 

Inmediatamente, porque todo era simultáneo y rápido como la luz, Daniel arrastró la mesa y la tumbó con lámpara, bandeja y cuanto tenía, junto a la puerta que separaba el gabinete de la alcoba.

 

-¡Sálvanos, Daniel! -gritó Amalia precipitándose a Eduardo cuando tomaba las pistolas.

 

-Sí, mi Amalia, pero sólo peleando; ya no es tiempo de hablar.

 

Y estas últimas palabras perdiéronse a la detonación de las pistolas de Eduardo, que hizo fuego a cuatro pasos de distancia sobre ocho o diez forajidos que ya pisaban en la alcoba; mientras Daniel tiraba sillas delante de la puerta, y a tiempo que otro tiro disparaba en el patio, y un rugido semejante al de un león dominaba los gritos y las detonaciones.

 

-¡Dios mío, han muerto a Pedro! -gritaba Amalia prendida del brazo izquierdo de Eduardo, que no conseguía desasirse de ella.

 

-Todavía no -dijo el soldado entrando por la puerta de la sala que daba al zaguán, bañado el rostro y el pecho en la sangre que salía a ríos de un hachazo que había recibido en la cabeza, y tirando, al mismo tiempo que decía esas palabras, la espada de Eduardo, que vino a caer cerca del grupo que formaban todos en el gabinete, delante de la barricada improvisada por Daniel; y mientras que con el brazo izquierdo se limpiaba la sangre que le cubría los ojos, con la derecha, donde tenía su sable, trataba de cerrar la puerta de la sala.

 

La pluma, el pensamiento mismo, no puede alcanzar todos los accidentes de esta escena, en todo su movimiento súbito y veloz.

 

La voz de Eduardo que decía a su esposa, asida de su brazo y su cintura:

 

-Nos pierdes, Amalia, déjame, pasa a la sala -no se oía entre el ruido y la grita infernal que venía del patio, del tocador, y de aquellos que entraban al aposento, y de los cuales uno había caído a los pistoletazos de Eduardo.

 

El cristal de los espejos del tocador saltaba hecho pedazos a los sablazos que pegaban sobre ellos, sobre los muebles, sobre los vidrios de las ventanas, sobre las lozas del lavatorio, en cuanto había, siendo estos golpes acompañados de una gritería salvaje, que hacía más espantosa aquella escena de terror y muerte.

A los tiros de Eduardo, los que invadieron la alcoba habían unos retrocedido algunos pasos, otros parádose súbitamente, sin avanzar hacia la mesa y las sillas caídas delante de la puerta. Pero dos hombres se precipitaron en aquel instante en el aposento.

 

-¡Ah, Troncoso y Badía! -gritó Daniel arrojando otra silla, parándose contra el perfil de la puerta, y sacando de su pecho aquella arma con que había salvado a su amigo en la noche del 4 de mayo; única que llevaba, y que era impotente en la desigual lucha que iba a trabarse.

 

Y cuando aquellos dos hombres se precipitaban como dos demonios, el uno con una pistola en la mano, y el otro con un sable, Eduardo alzó a Amalia por la cintura, la llevó, la dejó sobre un sofá de la sala, y cogió la espada que le acababa de tirar Pedro. Y a éste, que venía de echar a la puerta de la sala el débil pasador que la cerraba, y quería hacer un esfuerzo para seguir a Eduardo al gabinete, le faltaron las fuerzas a los dos pasos, las piernas se le doblaron, y cayó temblando de furor, delante del sofá en que quedó la joven. Allí se abrazó de sus pies, bañando con su sangre generosa a aquella criatura, a quien todavía quería salvar, oprimiéndola para que no se moviese.

 

Entretanto, el rayo no cae más rápido ni mortífero que el sable de Eduardo sobre la cabeza del bandido más cercano a la mesa y las sillas caídas, entre los diez o doce que, a la voz de sus jefes, asaltaban aquel débil obstáculo.

 

Y al mismo tiempo Daniel alcanzaba al hombro de otro y le dislocaba el brazo de un golpe seco de su cassetête.

 

-¡Cógele el sable! -le gritó Eduardo; mientras que Pedro, haciendo esfuerzos por levantarse, sin poderlo conseguir, porque estaba mortalmente herido en el pecho y la cabeza, sólo tenía fuerzas para oprimir los pies de Amalia, y voz para estar repitiendo a Luisa, abrazada también de su señora:

 

-¡Las luces, apaguen las luces, por Dios!

 

Pero Luisa ni le oía, y si le oía no quería obedecerle, porque temblaba de quedarse a oscuras, si posible era sentir más terror que el que la dominaba.

 

Pero los dos golpes certeros de Eduardo y de Daniel no sirvieron sino para atraer sobre sí mayor número de asesinos, pues a la voz de uno de sus jefes vinieron los que estaban robando y rompiendo en el tocador; cuando se lanzaron a las sillas y la mesa, el mismo Eduardo, impaciente por aquellos obstáculos que impedían el alcance de su espada, con sus pies trataba de separar las sillas, y ya poco faltaba para que hubiese un camino expedito de la una a la otra habitación, cuando Daniel descargó su terrible maza sobre la espalda de uno de los que se agachaban a separar una silla del lado del aposento, y el bandido vino a ocupar el lugar que despejaba Eduardo.

 

-¡Salva a Amalia, Daniel, sálvala; déjame solo, sálvala! -gritaba Eduardo, temblando de furor, menos por el combate que por los obstáculos que no podía remover con las manos, porque con su espada hacía frente a los puñales y sables que había del otro lado de ellos, mientras que temía tropezar y caerse si intentaba separarlos con los pies.

 

Todo esto habría durado como diez minutos, cuando seis u ocho de los bandidos dejaron el aposento y se retiraron por el tocador, mientras que los restantes continuaban, a la voz del jefe que quedaba con ellos, tratando de separar los muebles caídos, pero con tal temor, que apenas habían separado dos o tres sillas que no estaban al alcance de la espada de Eduardo.

 

Ninguno de los dos jóvenes estaba herido, y Eduardo, en el momento en que su brazo descansaba un segundo, dio vuelta a su cabeza para ver a Amalia, a través de los vidrios del gabinete, contenida por un moribundo y una niña, y volviéndose a su amigo, le dijo en francés:

 

-Sálvala por la puerta de la sala; sal al camino, gana las zanjas de enfrente; y en cinco minutos yo habré roto todas las lámparas, pasaré por el medio de esta canalla, y te alcanzaré.

 

-Sí -le contestó Daniel-, es el único medio; ya lo sabía, pero no quería dejarte solo; ni lo quiero aun. Voy a ver de salvarla y vuelvo en dos minutos; pero no pases la barricada.

 

Y Daniel pasó como un relámpago a la sala, y a tiempo que tiraba una de las lámparas y uno de los candelabros de los dos que había encendidos, un tremendo golpe dado en la puerta de la sala hizo saltar el pestillo y abrirse las hojas de par en par, entrándose en tropel una banda de aquellos demonios, de que se rodeó un gobierno nacido del infierno y maldito para siempre jamás en la historia de las generaciones argentinas.

 

Un grito horrible, como si en él se arrancasen las fibras del corazón, salió del pecho de la pobre Amalia, y desprendiéndose de las manos casi heladas de Pedro, y de los débiles brazos de su tierna Luisa, corrió a escudar con su cuerpo el cuerpo de su Eduardo, mientras Daniel tomó el sable de Pedro, ya expirando, y corrió también al gabinete.

 

Pero junto con él los asesinos entraron. Y cuando Eduardo oprimía contra su corazón a su Amalia para hacerla con su cuerpo una última muralla, todos estaban ya confundidos; Daniel recibía una cuchillada en su brazo derecho; y una puñalada por la espalda atravesaba el pecho de Eduardo, a quien un esfuerzo sobrenatural debía mantener en pie por algunos segundos, porque ya estaba herido mortalmente. Y en ese momento, en que era sostenido apenas en un ángulo del gabinete por los brazos de su Amalia, mientras que su diestra se levantaba todavía por los impulsos de la sangre, y amedrentaba a sus asesinos; y cuando Daniel en el otro ángulo, con el sable en su mano izquierda, se defendía como un héroe; en ese momento en que dos bandidos cortaban en la sala la cabeza de Pedro, unos golpes terribles se daban en la puerta de la calle. Luisa, que había ganado el zaguán despavorida, conoce la voz de Fermín, descorre el cerrojo, y abre la puerta.

 

Entonces un hombre anciano, cubierto con un poncho oscuro, se precipita gritando con una voz de trueno, pero dolorida, como la voz que es arrancada del corazón por la mano de la Naturaleza:

 

-¡Alto, alto, en nombre del Restaurador!

 

Y todos oyeron esta voz, menos Eduardo, cuya alma, en ese instante, se volaba a Dios, y su cabeza caía sobre el seno de su Amalia, que dobló exánime su frente, y quedó tendida en un lecho de sangre junto al cadáver de su esposo, de su Eduardo.

 

En ese instante el reloj daba las 11 de la noche.

 

-Aquí, padre mío, aquí; salve usted a Amalia -dijo Daniel, al oír la voz y conocer a su padre.

 

¡Y al mismo tiempo el joven, que había recibido otra profunda herida en la cabeza, caía sin voz y sin fuerzas en los brazos de su padre, que con una sola palabra había suspendido el puñal, que esa misma palabra levantara para tanta desgracia y tanto crimen!...

 

Especie de epílogo

 

La crónica, que nos revelará más tarde quizá algo interesante sobre el destino de ciertos personajes que han figurado en esta larga narración, por ahora sólo cuenta que al siguiente día de aquel sangriento drama los vecinos de Barracas, que entraron por curiosidad a la quinta asaltada, no encontraron sino cuatro cadáveres: el de Pedro, cuya cabeza había sido separada del tronco, y los de tres miembros de la Sociedad Popular Restauradora; y que allí estuvieron hasta la oración de ese día, en que fueron sacados en un carro de la policía, a la vez que eran robados los últimos objetos que quedaban en las cómodas, mesas y roperos.

 

Se cuenta también que Don Cándido Rodríguez, después de la muerte del señor Slade, acaecida pocas semanas después de los sucesos que se acaban de conocer, fue obligado por un juez de paz a salir de la casa del consulado, porque decididamente se resistía a dejar el territorio de la Unión, aún después de la muerte del cónsul, y de quedar la casa sin consulado.

 

Y de Doña Marcelina sólo se sabe que un día vino a proponerle su mano a Don Cándido, como un vivo recuerdo de los peligros que juntos habían corrido; lo que Don Cándido rechazó horrorizado.


fin

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