© Libro N° 15225. El Castillo De Lesley. Austen, Jane. Emancipación. Junio 6 de 2026
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EL CASTILLO DE LESLEY
Jane
Austen
El Castillo De Lesley
Jane Austen
El Castillo De Lesley
Austen, Jane
Cuento
Se reconocen los derechos morales de Austen, Jane. Obra de dominio
público.
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Frederic y Elfrida
A LA SEÑORITA LLOYD Mi querida Martha:
Como breve testimonio de la gratitud que siento por su reciente
generosidad hacia mí, acabando mi capa de muselina, pido permiso para ofrecerle
esta pequeña producción de su sincera amiga
La autora
Capítulo uno
El tío de Elfrida era el padre de Frederic; en otras palabras, eran
primos hermanos por parte de padre.
Habiendo nacido los dos el mismo día, y habiendo ido a la misma escuela,
no era extraño que sintiesen por el otro algo más que simple cortesía. Se
amaban con mutua sinceridad, pero ambos estaban decididos a no transgredir las
reglas del decoro consumando su afecto ni con el objeto amado ni con nadie más.
Eran extremadamente guapos y tan parecidos entre sí, que no todo el
mundo podía diferenciarlos. Ni siquiera sus amigos más íntimos podían
distinguirlos por nada que no fuese la forma de la cara, el color de ojos, el
tamaño de la nariz y la diferencia en el cutis.
Elfrida tenía una íntima amiga a quien, en una visita a una tía suya,
escribió la siguiente carta:
A LA SEÑORITA DRUMMOND Querida Charlotte:
Te agradecería que me comprases durante tu estancia con la señora
Williamson un nuevo gorro a la moda, que le siente bien al cutis de tu
E. Falknor Charlotte, en cuyo carácter prevalecía la voluntad de hacerle
favores a todo el mundo, cuando volvió a la ciudad le llevó a su amiga el gorro
deseado, y así acabó
esta pequeña aventura, para gran satisfacción de todas las partes.
En su regreso a Crankhumdunberry (dulce pueblo del cual su padre era el
párroco), Charlotte fue recibida con la mayor de las alegrías por Frederic y
Elfrida, quienes, tras abrazarla el uno y la otra alternativamente, le
propusieron dar un paseo por una alameda que iba desde la casa del párroco
hasta un prado verde esmaltado con una amplia variedad de flores coloridas y
bañado por un arroyo ondeante que llegaba del valle de Tempé a través de un
paso subterráneo.
Llevaban apenas nueve horas en la arboleda cuando fueron agradablemente
sorprendidos al escuchar una voz de lo más encantadora trinar la siguiente
estrofa:
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Canción
Que Damon estaba enamorado de míUna vez pensé y creí
Pero ahora que veo que no es asíCreo que engañada fui.
Nada más acabar los dos últimos versos vieron por un camino de la
arboleda a dos elegantes jóvenes apoyadas la una en el brazo de la otra, las
cuales, al verlos, tomaron inmediatamente un sendero diferente y desaparecieron
de su vista.
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Capítulo dos
Como Elfrida y sus compañeros las habían visto lo suficiente como para
saber que no eran ni las dos señoritas Green, ni la señora Jackson y su hija,
no pudieron evitar expresar sorpresa ante su aparición; hasta que al final,
recordaron que una nueva familia había comprado recientemente una casa no muy
lejos de la arboleda y se apresuraron a volver a casa, decididos a no perder
más tiempo y a conocer a dos chicas tan amables y respetables, de cuya familia
pensaban acertadamente que formaban parte.
Conforme a tal decisión, esa misma tarde fueron a presentar sus respetos
a la señora Fitzroy y a sus dos hijas. Les condujeron a un elegante vestidor
adornado con festones de flores artificiales, donde fueron conmovidos por el
atractivo exterior y la belleza externa de Jezalinda, la mayor de las jóvenes;
pero cuando ya llevaban varios minutos sentados, el ingenio y los encantos que
lucían resplandecientes en la conversación de Rebecca les gustaron tanto, que
todos saltaron y en un solo acorde exclamaron:
—Adorable y muy encantadora belleza: a pesar de tu amenazadora bizquera,
tus grasientas trenzas, y tu espalda abombada, que son más aterradoras de lo
que la imaginación pueda explicar y la pluma describir, no puedo abstenerme de
expresar miéxtasis ante las atractivas cualidades de tu mente, que tan
ampliamente compensan el horror que tu primera aparición ha de inspirar al
incauto visitante.
—Sus opiniones tan noblemente expresadas acerca de las diferentes
excelencias de la muselina india e inglesa, y la juiciosa preferencia que
ustedes dan a la primera me han causado una admiración de tal amplitud que sólo
yo puedo comprender, y les aseguro que es prácticamente lo mismo que pienso yo.
Luego, haciendo una profunda reverencia a la amable y desconcertada
Rebecca, salieron de la habitación y se apresuraron a volver a casa.
Desde este momento la relación íntima entre las familias Fitzroy,
Drummond y Falknor se afianzaba día tras día, hasta que al final se consolidó
de tal modo que no tenían escrúpulos para echarse mutuamente a patadas hasta la
calle a la menor provocación.
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Durante este feliz período de armonía, la mayor de las señoritas Fitzroy
se escapócon el cochero y la amable Rebecca fue pedida en matrimonio por el
capitán Roger de Buckinghamshire.
La señora Fizroy no aprobó la unión a causa de la tierna edad de la
joven pareja, al tener Rebecca sólo treinta y seis años, y el capitán poco más
de sesenta y tres. Para poner remedio a esta objeción, se acordó que esperarían
hasta que fuesen bastante más mayores.
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Capítulo tres
Entretanto, los padres de Frederic propusieron a los de Elfrida una
unión entre ellos, y, habiendo sido ésta aceptada con agrado, se compraron los
vestidos de boda y no quedaba nada por fijar salvo el día del casamiento.
En cuanto a la adorable Charlotte, al ser insistentemente importunada
para que visitase otra vez a su tía, decidió aceptar la invitación, y como
consecuencia de ello, caminó a casa de la señora Fitzroy para despedirse de la
amable Rebecca, a la que encontró rodeada de cataplasmas, polvos, pomadas y
pintura, con los que estaba intentando, en vano, remediar la fealdad natural de
su cara.
—Hevenido, mi amable Rebecca, para despedirme de ti ya que estoy
destinada a pasar quince días con mi tía. Créeme, esta separación es dolorosa
para mí, pero es tan necesaria como la tarea que ahora te ocupa.
—Vaya, a decir verdad, mi amor —respondió Rebecca—, últimamente se me ha
pasado por la cabeza (quizá sin mucho fundamento) que mi piel no se parece en
nada al resto de mi cara, y por tanto he cogido, como ves, pintura blanca y
roja, lo que desdeñaría usar en cualquier otra ocasión, puesto que odio el
arte.
Charlotte, que entendió perfectamente el discurso de su amiga, era
demasiado ecuánime y solícita como para negarle lo que sabía que ella deseaba:
un cumplido; y se despidieron como las mejores amigas del mundo.
Con el corazón triste y los ojos llorosos subió a la noble silla de
posta que la separaba de sus amigos y de su casa, pero, apenada como estaba, no
pensó mucho en la manera diferente y extraña en la que volvería.
Al entrar en la ciudad de Londres, que era donde estaba el domicilio de
la señora Williamson, el cochero, cuya estupidez era asombrosa, declaró, y lo
hizo sin ningún tipo de vergüenza, ni tampoco compungido, que como no se le
había informado, ignoraba totalmente a qué parte de la ciudad tenía que ir.
Charlotte, en cuya naturaleza, como hemos indicado anteriormente,
existía un fuerte deseo de agradar a todo el mundo, con la mayor
condescendencia y buen humor le informó de que tenía que ir a Portland Place,
lo que hizo, como corresponde, y Charlotte pronto se encontró en los brazos de
una cariñosa tía.
Apenas se sentaron como normalmente hacían, del modo más cariñoso, en
una sola silla, cuando se abrió repentinamente la puerta y un caballero maduro
con cara
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cetrina y un viejo abrigo rosa, en parte intencionadamente, en parte por
debilidad, se encontró a los pies de la adorable Charlotte, declarando su
afecto por ella, y suplicando su compasión del modo más conmovedor.
Al no ser capaz de hacer desdichado a nadie, accedió a ser su esposa,
con lo cual el caballero salió de la habitación y todo quedó en silencio.
Sin embargo, el silencio duró poco tiempo, ya que, la puerta se abrió
por segunda vez y, un joven y apuesto caballero con un abrigo nuevo azul entró
y le suplicó a la adorable Charlotte permiso para presentarle sus respetos.
Había algo en la apariencia del segundo extraño que inclinó a Charlotte
hacia él, al menos tanto como la aparición del primero: no podía explicarlo,
pero así era.
Por tanto, habiéndole prometido, de acuerdo con eso y el carácter
natural de su mente de hacer feliz a todos, convertirse en su esposa a la
mañana siguiente, él se despidió y las dos damas se sentaron a cenar una tierna
liebre, un collar de perdices, una correa de faisanes y una docena de pichones.
9
Capítulo cuatro
Hasta la semana siguiente Charlotte no recordó el doble compromiso que
había adquirido; pero cuando lo hizo, la reflexión sobre su pasada insensatez
operó con tanta fuerza en su mente, que decidió ser culpable de otra mayor, y
con tal propósito se tiró a un profundo arroyo que transcurría a través de las
agradables arboledas de su tía en Portland Place.
Flotó hasta Crankhumdunberry, donde la recogieron y la enterraron; el
siguiente epitafio, compuesto por Frederic, Elfrida y Rebecca, fue colocado en
su tumba:
Epitafio
Aquí yace nuestra amiga, quien prometióque con dos se casaría,
su dulce cuerpo y su adorable cara tiró
al arroyo que a través de Portland Place corría
Estos dulces versos, tan patéticos como hermosos, nunca fueron leídos
por nadie que pasara por ahí sin un baño de lágrimas; si no te las provocan a
ti, lector, tu alma debe de ser indigna de ellos.
Una vez efectuado el último y triste oficio a su difunta amiga, Frederic
y Elfrida, junto con el capitán Roger y Rebecca regresaron a casa de la señora
Fitzroy, a cuyos pies se tiraron todos a una y se dirigieron a ella del
siguiente modo:
Señora:
Cuando el dulce capitán Roger se dirigió por primera vez a la afable
Rebecca, usted sola puso objeciones a su unión a causa de la tierna edad de las
partes. Ese pretexto ya no sirve, habiendo expirado hace siete días, junto con
la adorable Charlotte, desde que el capitán le habló por primera vez del
asunto.
Acceda pues, señora, a su unión y, como recompensa, esta olorosa botella
que encierro en mi mano será suya, y suya para siempre; no lo diré dos veces.
Pero si rechaza unir sus manos en un plazo de tres días, este puñal que
encierro en mi mano izquierda será hincado en la sangre de su corazón.
Hable pues, señora, y decida su suerte y la de ellos.
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Esta gentil y dulce persuasión no pudo dejar de lograr el efecto
deseado. La respuesta que recibieron fue ésta:
Mis queridos y jóvenes amigos:
Los argumentos que habéis utilizado son muy justos y demasiado
elocuentes como para resistirse; Rebecca, en un plazo de tres días te unirás al
capitán.
Este discurso, que no pudo ser más satisfactorio, fue recibido por todos
con alegría; y, habiendo recobrado la paz todas las partes, el capitán Roger
rogó a Rebecca que le honrase con una canción, conforme a cuya petición, y
habiendo primero asegurado que tenía un terrible resfriado, cantó de este modo:
Canción
Cuando Corydon a la feria acudióle compró a Bess una cinta rosa con la
que sus cabellos rodeó,
lo cual le hizo estar muy orgullosa.
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Capítulo cinco
Al cabo de tres días se produjo el enlace entre el capitán Roger y
Rebecca, e inmediatamente después tuvo lugar la ceremonia en el carromato que
iba a la casa del capitán en Buckinghamshire.
Los padres de Elfrida, aunque hubieran deseado realmente verla casada
con Frederic antes de morir, sabiendo que su estado de ánimo no podría soportar
ni el menor esfuerzo, y juzgando acertadamente que fijar el día de su boda
sería uno muy grande, se abstuvieron de pincharla sobre el asunto.
Transcurrieron semanas y semanas sin que se avanzase nada; las ropas se
pasaron de moda, y al final, el capitán Roger y su señora llegaron a visitar a
su madre y a presentarle a ella a su hermosa hija de dieciocho años.
Elfrida, que había descubierto que su antigua amiga se estaba haciendo
demasiado vieja y demasiado fea como para resultar aún agradable, se alegró de
enterarse de la llegada de una chica tan guapa como Eleanor, con la que decidió
cultivar la más estrecha amistad.
Pero pronto descubrió que la felicidad que había esperado del hecho de
conocer a Eleanor no le llegaría, puesto que no sólo tuvo la mortificación de
verse tratada por ella como poco menos que una anciana, sino que incluso tuvo
el horror de percibir una creciente pasión en el pecho de Frederic por la hija
de la amable Rebecca.
En el mismo instante en el que tuvo conocimiento de dicho afecto, voló
hasta Frederic, de un modo verdaderamente heroico y le balbuceó su intención de
casarse al día siguiente.
A alguien que estuviera en su aprieto y que poseyera menos valor que el
que Frederic poseía, ese discurso le habría supuesto la muerte; pero él, que no
estaba atemorizado en absoluto, respondió valientemente:
—£Maldita sea, Elfrida! Puede que tú estés casada mañana, pero yo no lo
estaré. Esta respuesta la angustió mucho debido a su delicada constitución. Por
ello se
desmayó y tuvo una sucesión de desmayos tan seguidos, que apenas tenía
tiempo suficiente para recuperarse de uno antes de caer en el siguiente.
Aunque ante cualquier peligro que amenazase a su vida y libertad
Frederic era tan valiente como un león, en otros aspectos su corazón era tan
suave como el algodón, y,
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al enterarse del peligro en el que se encontraba Elfrida, inmediatamente
voló hasta ella y, encontrándola mejor de lo que le habían hecho esperar, se
unió a ella para siempre.
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Jack y Alice
Novela dedicada respetuosamente al caballero Francis William Austen,
aspirante a
oficial de marina a bordo del barco de su Majestad, el Perseverancia,
por su humilde y agradecida servidora
La autora.
14
Capítulo uno
Érase una vez el señor Johnson que tenía unos cincuenta y tres años; un
año después tenía cincuenta y cuatro, lo cual le entusiasmaba tanto que estaba
decidido a celebrar su siguiente cumpleaños dando un baile de máscaras para sus
hijos y amigos. Por ello, el día que cumplió los cincuenta y cinco, envió
invitaciones a todos los vecinos con tal fin. De hecho, sus conocidos en esa
parte del mundo no eran muy numerosos, ya que solamente Lady Williams, el señor
y la señora Jones, Charles Adams y las tres señoritas Simpson conformaban el
vecindario de Pammydiddle y, por tanto, serían los asistentes al baile de
máscaras.
Antes de proceder a relatar la velada, será adecuado describirles a mis
lectores el físico y los caracteres del grupo que les ha sido presentado.
El señor y la señora Jones eran ambos bastante altos y muy apasionados,
pero eran en otros aspectos gente apacible y educada. Charles Adams era un
joven amable, experimentado y fascinador, de una belleza tan deslumbrante que
nadie, salvo laságuilas, podía mirarle directamente a la cara.
La señorita Simpson era agradable en su físico, en sus modales y en su
temperamento; una desmedida ambición era su único defecto. Su hermana mediana,
Sukey, era envidiosa, rencorosa y malvada. Físicamente era bajita, gorda y
desagradable. Cecilia (la hermana pequeña) era de lo más guapa, pero demasiado
afectada para resultar agradable.
En Lady Williams se juntaban todas las virtudes. Era una viuda con un
buenísimo usufructo y los restos de lo que fue una cara muy guapa. Aunque
benévola y franca, era generosa y sincera. Aunque piadosa y buena, era
religiosa y amable; y aunque elegante y agradable, era fina y divertida.
Los Johnson eran una familia llena de amor y, aunque un poco adictos a
la botella y al juego, tenían numerosas cualidades.
De este modo se encontraba reunido el grupo en el elegante salón del
palacio de los Johnson y, dentro de él, la agradable figura de una sultana era
la más notable de las máscaras femeninas. Entre los hombres, una máscara que
representaba al sol era la más admirada de todas. Los rayos que surgían de sus
ojos eran como los de la gloriosa luminaria, aunque infinitamente superiores.
Tan brillantes eran los rayos, que nadie se atrevía a aventurarse a menos de
media milla de ellos; tenían, por tanto, la mayor parte
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de la habitación para sí, ya que su tamaño no alcanzaba más de tres
cuartos de milla de largo y una de ancho. Finalmente el caballero se dio cuenta
de que la ferocidad de sus rayos resultaba muy inconveniente para la pista de
baile, pues obligaba a los invitados a agolparse en una esquina de la
habitación con los ojos entrecerrados, por lo que éstos descubrieron que era Charles
Adams en su abrigo verde liso, sin máscara alguna.
Cuando su asombro menguó un poco, su atención fue a parar a dos caretas
que avanzaban con una tremenda pasión; ambos eran muy altos, pero parecían
tener numerosas cualidades de otro tipo.
—Estos —dijo el agudo Charles—, estos son el señor y la señora Jones Y
efectivamente, eran ellos.
£Nadie podía imaginar quién era la sultana! Hasta que finalmente, al
dirigirse a la hermosa Flora, que se reclinaba en una actitud estudiada en un
sofá, con un «£Oh, Cecilia, me encantaría ser en realidad lo que finjo ser!»,
fue identificada gracias al indefectible don de Charles Adams como la elegante
pero ambiciosa Caroline Simpson, y la persona a la que se dirigía supuso,
correctamente, que se trataba de su adorable pero afectada hermana Cecilia.
La compañía avanzó entonces hacia una mesa de juego donde estaban
sentadas tres caretas (cada una con una botella en la mano) profundamente
concentradas; pero una mujer disfrazada de virtud huyó con paso rápido de la
vergonzosa escena, mientras que una mujercita gorda que representaba a la
envidia miraba alternativamente las frentes de los tres jugadores. Charles
Adams, que era siempre tan brillante, pronto descubrió que el grupo que jugaba
eran los tres Johnson, que la envidia era Sukey Simpson, y la virtud Lady
Williams.
Se quitaron entonces las máscaras y los invitados se retiraron a otra
habitación para tomar parte en una elegante y lograda diversión, tras la cual,
habiendo sido la botella zarandeada por los tres Johnson, el grupo entero
(incluso sin exceptuar a la virtud) fue llevado a casa, todos borrachos como
cubas.
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Capítulo dos
Durante tres meses el baile de máscaras proporcionó mucho tema de
conversación a los habitantes de Pammydiddle, pero de ningún personaje se habló
tanto como de Charles Adams. Lo singular de su apariencia, los rayos que le
salían de los ojos, el brillo de su ingenio, y el tout ensemble de su físico
habían dominado los corazones de tantas jóvenes, que de las seis presentes en
el baile de máscaras sólo cinco habían regresado a casa sin ser seducidas.
Alice Johnson era esa infeliz sexta persona cuyo corazón no había sido capaz de
resistirse al poder de sus encantos. Pero, como puede parecerles extraño a mis
lectores que tanta valía y excelencia como él poseía sólo hubiese conquistado
el corazón de ella, será necesario informarles de que las señoritas Simpson estaban
protegidas de su poder mediante la ambición, la envidia y la propia admiración.
Todo deseo de Caroline estaba centrado en lograr un marido con título,
mientras que en Sukey una excelencia tan superior sólo podía hacer brotar la
envidia, no su amor, y Cecilia estaba demasiado encariñada consigo misma como
para que le gustare nadie más. En cuanto a Lady Williams y la señora Jones, la
primera era demasiado sensata como para enamorarse de alguien tan joven para
ella; y la segunda, aunque muy alta y apasionada, quería demasiado a su marido
como para pensar en algo así.
Pero a pesar de todos los intentos por parte de la señorita Johnson de
descubrir enél algún cariño hacia ella, el frío e indiferente corazón de
Charles Adams aparentemente preservaba todavía entera su libertad natural;
cortés con todas pero no inclinado hacia ninguna, continuaba siendo aún el
adorable, enérgico, pero insensible Charles Adams de siempre.
Una velada, encontrándose Alice un tanto acalorada por el vino (algo no
poco común en ella), decidió buscar alivio para su desordenada cabeza y su
corazón enfermo de amor en la conversación de la inteligente Lady Williams.
Encontró a la señora en casa, como era generalmente el caso, ya que no
le gustaba mucho salir, y al igual que el gran Sir Charles Grandison, ella
también desdeñaba fingir que no estaba cuando estaba en la casa, ya que
consideraba ese elegante método de no dejar pasar a los visitantes
desagradables poco menos que una bigamia descarada.
A pesar del vino que había estado bebiendo, la pobre Alice estaba baja
de ánimo, algo fuera de lo común; no podía pensar en nada sino en Charles
Adams, y no podía
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hablar de nada sino de él y, en pocas palabras, habló tan abiertamente
de ello que Lady Williams pronto descubrió el afecto no correspondido que le
tenía, lo cual suscitósu lástima y compasión tan fuertemente que se dirigió a
ella de este modo:
—Percibo bastante claramente, querida señorita Johnson, que su corazón
no ha sido capaz de resistirse a los fascinantes encantos de este joven, y la
compadezco sinceramente. ¿Es su primer amor?
—Sí,lo es.
—Meapena mucho más el oír esto; yo misma soy un triste ejemplo de las
miserias que en general acompañan a un primer amor, y estoy decidida a evitar
desgracias parecidas en el futuro. Espero que no sea demasiado tarde para que
haga lo mismo; si no lo es, intente, mi querida niña, protegerse de tan grave
peligro. Un segundo encariñamiento va rara vez acompañado de serias
consecuencias; por lo tanto, no tengo nada que decir contra eso. Protéjase de
un primer amor y no tendrá que temer el segundo.
—Mencionó, señora mía, algo sobre haber sido usted misma víctima de la
desgracia que, muy amablemente, desea que yo evite. ¿Me honraría usted con el
relato de su vida y milagros?
—Demuy buena gana, mi amor.
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Capítulo tres
»—Mipadre era un caballero de considerable fortuna en Berkshire; yo y
unos pocos más éramos sus únicos hijos. Sólo tenía seis años cuanto tuve la
desgracia de perder a mi madre, y como en ese momento era joven y cariñosa, mi
padre, en lugar de enviarme a la escuela, contrató a una institutriz competente
para supervisar mi educación en casa. Mis hermanos fueron llevados a escuelas
adecuadas para su edad, y mis hermanas, que eran más jóvenes que yo, quedaron
bajo el cuidado de su niñera.
»La señorita Dickins era una excelente institutriz. Me instruyó en los
caminos de la virtud; bajo su tutela cada día me hacía yo más amable, y en ese
momento podía casi haber alcanzado la perfección, si mi valiosa preceptora no
hubiese sido arrancada de mis brazos cuando hube cumplido los diecisiete años.
Nunca olvidaré sus últimas palabras:“Miquerida Kitty—dijo—,te doy las buenas
noches”. Nunca la volví a ver—continuó Lady Williams secándose los ojos—: se
fugó con el mayordomo esa misma noche.
»Al año siguiente, fui invitada por una pariente lejana de mi padre a
pasar el invierno con ella a la ciudad. La señora Watkins era una mujer de
clase, familia y fortuna; era en general considerada una mujer bonita, pero a
mí nunca me pareció muy guapa. Tenía una frente muy alta, los ojos demasiado
pequeños, y demasiado color.
—¿Cómopuede ser tal cosa? —interrumpió la señorita Johnson, poniéndose
roja de rabia—; ¿piensa usted que alguien puede tener demasiado color?
—Dehecho, sí, y le diré por qué, mi querida Alice; cuando una persona
tiene demasiada cantidad de rojo en su rostro, esto le da a su cara, en mi
opinión, un aspecto muy rojo.
—¿Pero puede una cara, mi señora, tener un aspecto muy rojo?
—Desde luego, mi querida señorita Johnson, y le diré por qué. Cuando una
cara tiene un aspecto demasiado rojo, no parece tener tanto mérito como tendría
si fuese más pálida.
—Leruego, señora, que continúe su historia.
—Bien, como decía, fui invitada por esta dama a pasar unas semanas con
ella en la ciudad. Muchos caballeros la consideraban guapa, pero a mí nunca me
lo pareció. Tenía una frente muy alta, los ojos demasiado pequeños, y demasiado
color.
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—Eneso, señora, como dije antes, debe de estar usted equivocada. La
señora Watkins no podía tener demasiado color, ya que nadie puede tener
demasiado.
—Perdóname, mi amor, si no estoy de acuerdo contigo sobre este detalle.
Déjame explicarlo con claridad; mi idea sobre el asunto es ésta: cuando una
mujer tiene demasiada proporción de color en sus mejillas, forzosamente tiene
demasiado color.
—Pero, señora, yo niego que sea posible que alguien tenga tanta cantidad
de rojo en sus mejillas.
—Vaya, mi amor, ¿pero qué ocurre si tienen demasiado color?
A la señorita Johnson se le había acabado la paciencia y más aún, quizá,
porque Lady Williams se mantenía tan inflexiblemente serena. Debe recordarse,
sin embargo, que la dama tenía en cierto sentido, una gran ventaja sobre Alice;
me refiero a que no estaba borracha, ya que, acalorada por el vino y elevada
por la pasión, ésta podía tener poco dominio sobre su temperamento.
Finalmente la disputa se caldeó tanto por parte de Alice que casi pasan
de las palabras a las manos, cuando, afortunadamente, entró el señor Johnson y,
con cierta dificultad, la forzó a alejarse de Lady Williams, de la señora
Watkins y de sus mejillas rojas.
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Capítulo cuatro
Tal vez mis lectores se imaginen que, tras semejante reyerta, ya no
podía existir una relación íntima entre los Johnson y Lady Williams, pero en
eso están equivocados; pues la dama era demasiado sensata para enfadarse por un
comportamiento que —no pudo evitar darse cuenta— era la consecuencia natural de
la embriaguez, y Alice le tenía a Lady Williams un respeto demasiado sincero y
tenía un gusto demasiado grande por su clarete, como para no hacer cualquier
concesión que estuviera en su mano.
Pocos días después de su reconciliación, Lady Williams fue a ver a la
señorita Johnson para proponerle un paseo por el bosque de limoneros que iba
desde su pocilga hasta la alberca para los caballos de Charles Adams. Alice era
muy consciente de la amabilidad de Lady Williams al proponerle tal paseo, y,
aunque estuviese muy contenta con la perspectiva de ver al final de él la
alberca para los caballos de Charles, también era consciente de que no debía
mostrar un placer demasiado visible. No habían avanzado mucho antes de ser
despertada por las reflexiones acerca de la felicidad de la que iba a
disfrutar, que le hacía Lady Williams, la cual se dirigió a ella de este modo:
—Mehe abstenido hasta ahora, mi querida Alice, de continuar la narración
de mi vida, debido a que no quería recordarte una escena que (dado que refleja
más vergüenza que honor por tu parte) debe ser olvidada, más que recordada.
Alice ya había empezado a ponerse colorada y estaba empezando a hablar,
cuando la dama, percibiendo su disgusto, continuó así:
—Metemo, mi querida muchacha, que te he ofendido con lo que acabo de
decir; te aseguro que no era mi intención apenarte mediante un recuerdo de lo
que ya no se puede evitar; considerándolo todo en su conjunto, no creo que se
te deba culpar como mucha gente hace; porque cuando una persona está bebida, no
responde de lo que pueda hacer.
—Señora, no hay que ser tan exagerada, e insisto en que…
—Miquerida muchacha, no te molestes por este asunto; te aseguro que lo
he perdonado todo; de hecho, no estaba enfadada en el momento, porque lo veía
claro:
estabas borracha, como una cuba. Sabía que no podías evitar decir las
cosas tan extrañas que dijiste. Pero veo que te aflijo, así que cambiaré de
tema y desearé que
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nunca más vuelva a ser mencionado; recuerda que está todo olvidado.
Seguiré ahora con mi historia; pero debo insistir en que no te daré ninguna
descripción de la señora Watkins; sólo serviría para reavivar viejas historias
y, como nunca la has visto, ha de darte igual que su frente fuese demasiado
alta, sus ojos muy pequeños, o si tenía demasiado color.
—£Otra vez!, Lady Williams: esto es demasiado.
Tan irritada estaba la pobre Alice con esta reanudación de la vieja
historia, que no sé qué consecuencias habría tenido si la atención de ambas no
hubiese estado
ocupada en otro objeto. Una adorable joven estirada, aparentemente muy
dolorida, bajo un limonero era algo demasiado interesante como para no atraer
la atención. Olvidando su propia discusión, ambas avanzaron hacia ella con una
ternura compasiva, y la abordaron en estos términos:
—Parece, bella ninfa, que se está arrastrando por alguna desgracia que
estaríamos encantadas de aliviar, si nos informase de qué se trata. ¿Nos
honraría contándonos su vida y milagros?
—Demuy buena gana, señoras mías, si fuesen tan amables de sentarse.
Tomaron entonces asiento y ella comenzó de este modo.
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Capítulo cinco
—Soy nativa del norte de Gales, y mi padre es uno de los sastres más
importantes de allí. Puesto que tenía una familia numerosa, una hermana de mi
madre, que es una viuda con buenas rentas y que tiene una taberna en el pueblo
al lado del nuestro, le convenció con facilidad para que le permitiese quedarse
conmigo y criarme corriendo ella con los gastos. Por consiguiente, he vivido
con ella durante los últimos ocho años de mi vida, tiempo durante el cual me
proporcionó algunos maestros de primera, quienes me enseñaron todas las dotes
requeridas para alguien de mi sexo y de mi alcurnia. A través de sus
enseñanzas, aprendí baile, música, dibujo y varias lenguas, gracias a lo cual
me volví más dotada que ninguna otra hija de sastre en Gales. Nunca
hubo criatura más feliz que yo hasta que en el último medio año… Pero
debería haberles dicho antes que la finca principal en nuestra vecindad
pertenece a Charles Adams, el propietario de la casa de ladrillo que ven allí.
—£Charles Adams! —exclamó la asombrada Alice—, ¿conoce a Charles Adams?
—Para mi desgracia, señora, lo conozco. Vino hace aproximadamente medio
año a cobrar el alquiler de la finca que acabo de mencionar. Esa fue la primera
vez que lo vi; como parece, señora, que también lo conoce, no necesito
describirle lo encantador
que es. No pude resistirme a su atractivo…
—£Ay!, ¿y quién podría hacerlo? —dijo Alice con un profundo suspiro.
—Mitía, que mantenía una íntima relación con su cocinera, conformemente
a mi petición, decidió descubrir, por medio de su amiga, si había alguna
oportunidad de que él correspondiese a mi afecto. Con este propósito fue una
tarde a tomar té con la señora Susan, quien, en el transcurso de la
conversación, mencionó la bondad de su casa y la bondad de su amo; tras lo cual
mi tía comenzó a sacarle información con tanta destreza que, en poco tiempo,
Susan confesó que no creía que su amo se casase nunca «porque —según dijo— me
ha manifestado una y otra vez que su mujer, quienquiera que fuese, debería
poseer juventud, belleza, cuna, ingenio, mérito y dinero. Muchas veces he
intentado —continuó— hacerle razonar sobre su decisión y convencerle de las
pocas probabilidades que hay de que conozca algún día a una mujer así; pero mis
argumentos no han surtido efecto y él continúa tan firme como siempre en su
decisión». Pueden imaginarse, señoras, mi angustia al oír esto; puesto que yo
temía que, a pesar de contar con juventud, belleza, ingenio, y mérito, y aunque
23
era la heredera más probable de la casa y negocios de mi tía, él me
considerara de baja alcurnia y, por tanto, indigna de casarme con él.
»Sin embargo, estaba decidida a hacer un valiente intento, y por lo
tanto, le escribíuna amabilísima carta, ofreciéndole con gran ternura mi mano y
mi corazón. Recibícomo respuesta un airado y definitivo rechazo; pero creyendo
que sería más resultado de su modestia que otra cosa, le volví a insistir
acerca del asunto. Pero nunca más respondió a ninguna de mis cartas y muy poco
después se fue del país. Tan pronto como me enteré de su partida, le escribí
aquí, informándole de que le haría el honor de esperarle en Pammydiddle, a lo
cual no recibí respuesta; por lo tanto, pensando que el que calla otorga, me
fui de Gales sin que lo supiera mi tía, y llegué aquí esta mañana, tras un
tedioso viaje. Preguntando por su casa, me mandaron a través de este bosque a la
que allí veis. Con el corazón eufórico por la esperada felicidad de poder
contemplarle, me introduje en él, y, de este modo, fui avanzando bastante en mi
camino, cuando me vi repentinamente detenida por la pierna y, examinando la
causa de esto, vi que me había enganchado en una de las trampas de acero, tan
comunes en tierras de caballeros.
—£Ah!—gritó Lady Williams—, qué afortunadas somos de encontrarla; puesto
que
de otro modo, podíamos haber compartido la misma desgracia…
—Enefecto es oportuno para ustedes, señoras, que haya pasado yo poco
antes que ustedes. Grité, como pueden fácilmente imaginar, hasta que el bosque
devolvió el eco, y hasta que uno de los inhumanos sirvientes del miserable vino
en mi ayuda y me liberó de mi horrible prisión, pero no antes de que una de mis
piernas se rompiese completamente.
24
Capítulo seis
Una vez oído el triste relato, los bellos ojos de Lady Williams se
llenaron de lágrimas y Alice no pudo evitar exclamar:
—£Oh!, cruel Charles, que hieres los corazones y piernas de todas las
mujeres justas.
Entonces Lady Williams la interrumpió y observó que la pierna de la
joven debía ser curada sin más dilación. Por lo tanto, tras examinar la
fractura, se puso manos a la obra y llevó a cabo la operación con gran
habilidad, lo que resultaba ser de lo más maravilloso si se tiene en cuenta que
nunca había hecho nada semejante. Lucy se levantó entonces del suelo y, viendo
que podía andar con la mayor facilidad, las acompañó a casa de Lady Williams,
de acuerdo con la petición de la dama.
La figura perfecta, la hermosa cara y los modales elegantes de Lucy se
ganaron de tal modo el afecto de Alice, que cuando se separaron, lo cual no
ocurrió hasta después de la cena, le aseguró que, exceptuando a su padre,
hermano, tíos, tías, primos y otros parientes, Lady Williams, Charles Adams y
una pequeña docena de amigos especiales, la quería a ella más que a ninguna
otra persona en el mundo.
Esta aduladora afirmación respecto a ella le habría producido gran
placer a la propia interesada, si no se hubiese dado claramente cuenta de que
la amable Alice había estado dándole alegremente al clarete de Lady Williams.
La dama (cuya perspicacia era enorme) leyó en el inteligente rostro de
Lucy sus pensamientos al respecto, y tan pronto como la señorita Johnson se
hubo marchado, se dirigió a ella de este modo:
—Cuando conozcas más íntimamente a mi Alice, no te sorprenderá, Lucy,
ver a la querida criatura beber demasiado, puesto que estas cosas ocurren cada
día. Ella tiene muchas cualidades poco frecuentes y encantadoras, pero la
sobriedad no es una de ellas. Toda su familia es una triste pandilla de
borrachos. También siento decir que nunca conocí tres jugadores tan
empedernidos como ellos, y muy especialmente Alice. Pero es una chica
encantadora. No creo que sea uno de los caracteres más dulces del mundo; para ser
sincera, £la he visto en cada arrebato de pasión! Sin embargo es una joven
dulce. Estoy segura de que te gustará. Apenas conozco a nadie tan amable.
£Oh!£Si la hubieses podido ver la otra noche! £Cómo despotricó!, £y por qué
nimiedad! £Es, en efecto, una muchacha agradabilísima! £Siempre la querré!
25
—Parece, por el relato de la dama, tener muchas buenas cualidades
—respondióLucy.
—£Oh!Miles… —respondió Lady Williams—, aunque siento debilidad por ella
y quizá estoy ciega, por mi cariño, ante sus defectos reales.
26
Capítulo siete
La mañana siguiente las tres señoritas Simpson fueron a visitar a Lady
Williams, quien las recibió con la mayor educación y les presentó a Lucy, quien
le gustó tanto a la mayor que, al irse, declaró que su única ambición era que
las acompañase la mañana siguiente a Bath, donde iban a pasar unas semanas.
—Lucy —dijo Lady Williams— está en su derecho, y si decide aceptar una
invitación tan amable espero que no dude debido a algún motivo de delicadeza
para conmigo. De hecho, no sé si yo podré ir con ella algún día. Nunca ha
estado en Bath y debo pensar que sería una de las excursiones más agradables
para ella. Habla, mi amor—continuó, volviéndose hacia Lucy—, ¿qué dices acerca
de acompañar a estas damas?
Seré desdichada sin ti…, pero será uno de tus viajes más agradables…,
espero que
vayas; si vas, estoy segura de que será mi muerte… pero te ruego que te
dejes convencer.
Lucy pidió permiso para rechazar el honor de acompañaras, con muchas
expresiones de gratitud por la extrema educación de la señorita Simpson al
invitarla.
La señorita Simpson parecía muy decepcionada por su negativa. Lady
Williams insistió en que fuese; declaró que nunca la perdonaría si no lo hacía,
y que no sobreviviría si lo hacía y, en pocas palabras, utilizó unos argumentos
tan persuasivos que al final se decidió que debía ir. A la mañana siguiente,
las señoritas Simpson la llamaron a las diez, y Lady Williams pronto tuvo la
satisfacción de recibir de su joven amiga la agradable noticia de que habían
llegado a Bath sin percances.
Puede que sea adecuado volver ahora al héroe de esta novela, el hermano
de Alice, de quien creo que apenas he tenido ocasión de hablar; quizá se deba,
en parte, a su desafortunada propensión al alcohol, lo cual le privaba
completamente del uso de aquellas facultades de las que la naturaleza le había
dotado, y explica que nunca hiciera nada digno de mención. Su muerte llegó poco
después de la partida de Lucy y fue la consecuencia natural de su práctica
perniciosa. A causa de su fallecimiento, su hermana se convirtió en la única
heredera de una fortuna muy grande, lo cual, como le daba nuevas esperanzas de
convertirse en una esposa aceptable para Charles, no dejóde ser de lo más
agradable para ella; y dado que el efecto fue de alegría, la causa apenas pudo
ser lamentada.
27
Viendo que la intensidad de su afecto hacia a él aumentaba a diario,
finalmente se lo contó a su padre, y le transmitió el deseo de que le
propusiesen la unión de ambos a Charles. El padre accedió y propuso una mañana
para hablarle del asunto al joven. Al ser el señor Johnson un hombre de pocas
palabras, su cometido pronto fue llevado a cabo, y la respuesta que recibió fue
la siguiente:
—Señor, quizá se espere de mí que parezca satisfecho y agradecido por la
oferta que me ha hecho: pero déjeme decirle que la considero una afrenta. Me
considero a mí mismo, señor, una absoluta belleza; ¿dónde verá mejor figura o
cara más encantadora? Además, señor, pienso que mis modales y mi discurso son
de la más exquisita clase; existe cierta elegancia, una peculiar dulzura en
ellos que nunca vi igualadas, y que no puedo describir. Modestia aparte, soy
seguramente más experto en toda lengua, toda ciencia, todo arte y todo lo demás
que ninguna otra persona en Europa. Mi humor es constante, mis virtudes
innumerables, y mi persona sin parangón. Puesto que así es mi carácter, señor,
¿qué pretende deseando que me case con su hija? Déjeme darle una descripción de
usted y de ella. Le considero a usted, señor, muy buen hombre en general pero
un poco borrachín, para serle sincero, aunque eso no significa nada para mí. Su
hija, señor, no es ni suficientemente guapa, ni suficientemente amable, ni
suficientemente ingeniosa, ni suficientemente rica para mí. No espero nada más
de mi mujer que lo que mi mujer pueda encontrar en mí: la perfección. Estas,
señor, son mis opiniones, y estoy orgulloso de tenerlas. Tengo una sola amiga y
la gloria de tener sólo una. Actualmente está preparando la cena, pero si
decide verla, vendrá y le informará de que éstas han sido siempre mis
opiniones.
El señor Johnson quedó satisfecho y declarándose muy agradecido ante el
señor Adams por el retrato con que había honrado a él y a su hija, se fue.
La pobre Alice, al recibir de su padre el triste relato del poco éxito
que había tenido la visita, apenas pudo soportar la decepción. Corrió a su
botella y pronto todo estuvo olvidado.
28
Capítulo ocho
Mientras estos asuntos se estaban desarrollando en Pammydiddle, Lucy
estaba conquistando todos los corazones de Bath. Una estancia de dos semanas
allí había prácticamente borrado de su memoria la seductora figura de Charles.
El recuerdo de lo que su corazón antiguamente había sufrido a causa de sus
encantos, y la pierna en la trampa de él, le permitió olvidarle con bastante
facilidad, que fue lo que ella decidióhacer; y con ese fin, dedicaba cinco
minutos cada día a la tarea de apartarlo de su recuerdo.
Su segunda carta a Lady Williams contenía la agradable noticia de que
había llevado a cabo su empresa con entera satisfacción; mencionó también una
proposición
de matrimonio que había recibido del Duque de…, un anciano de buena
fortuna cuya mala salud fue el principal aliciente para su viaje a Bath.
Estoy angustiada —continuaba— por saber si quiero aceptarle o no.
Existen miles de ventajas derivadas de un matrimonio con el duque, porque
además de las menores como son la alcurnia y la fortuna, me procurará una casa,
que es lo que más deseo sobre todas las cosas. El amable deseo de su señoría de
que siempre permanezca a su lado es noble y generoso, pero no puedo imaginarme
convertirme en una carga tal para alguien a quien tanto amo y estimo. El que
uno sólo haya de recibir muestras de estima de aquéllos a los que uno desprecia
es una idea inculcada en mi mente por mi respetable tía en mis primeros años,
y, en mi opinión, no debe mantenerse demasiado estrictamente. La excelente
mujer de la que hablo está, según he oído, demasiado indignada por mi imprudente
partida de Gales como para recibirme de nuevo. Deseo lo más encarecidamente
posible dejar a las damas con las que ahora estoy. La señorita Simpson es, de
hecho, (dejando a un lado la ambición) muy amable, pero su hermana mediana, la
envidiosa y malvada Sukey, es muy desagradable para convivir. Tengo razones
para pensar que la admiración con la que me he encontrado en los círculos de
los notables de este lugar ha provocado su odio y envidia; ya que a menudo me
ha amenazado y a veces ha intentado cortarme el cuello. Por eso su señoría
entenderáque no estoy equivocada al desear irme de Bath y al desear tener una
casa que me reciba, cuando lo haga. Esperaré con impaciencia su consejo acerca
del duque. Su más que agradecida
29
Lucy
Lady Williams envió su opinión sobre el asunto de la siguiente manera:
¿Por qué dudas, mi queridísima Lucy, un solo momento con respecto al
duque? He indagado sobre su persona y he encontrado que es un hombre carente de
principios y analfabeto. £Mi Lucy nunca debe unirse a alguien así! Tiene una
espléndida fortuna que aumenta cada día. £Cuán noblemente la gastarías! £Cuánto
reconocimiento le darás a los ojos de todos! £Cuánto se le respetará gracias a
su esposa! Pero ¿por qué?, mi querida Lucy, ¿por qué no decides este asunto de
una vez volviendo conmigo y no dejándome nunca más? Aunque admiro tus nobles
opiniones respecto a las consideraciones que mencionas, déjame pedirte que
éstas no impidan que me hagas feliz. Para serte sincera, supondría un gran
gasto el tenerte siempre conmigo—nosería capaz de mantenerlo—, ¿pero qué es eso
comparado con la felicidad que experimentaría en tu compañía? Sé que me
arruinará. Por lo tanto, seguramente no te
resistirás a estos argumentos ni rechazarás volver a tu más afectuosa,
etc, etc…
C. Williams
30
Capítulo nueve
Cuál habría sido el efecto del consejo de la dama si Lucy lo hubiese
aceptado es algo difícil de saber, ya que llegó a Bath pocas horas después de
que Lucy hubiera exhalado su último suspiro. Murió como sacrificio de la
envidia y malicia de Sukey, quien, celosa de sus superiores encantos, se la
llevó con veneno de un mundo que la había admirado, a la edad de diecisiete
años.
Así murió la amable y adorable Lucy, cuya vida no estaba marcada por
crimen alguno, ni teñida por mancha alguna excepto su imprudente partida de
casa de su tía, y cuya muerte fue sinceramente lamentada por todo aquel que la
conoció. Entre sus amigos más afligidos estaban Lady Williams, la señorita
Johnson y el duque; de los cuales, las dos primeras tenían el más sincero
respeto por ella, más especialmente Alice, que había pasado una tarde entera en
su compañía y no había vuelto a pensar en ella desde entonces. La aflicción de
su ilustrísimo puede ser igualmente justificada con facilidad, puesto que
perdió a una por quien, durante los últimos diez días, había sentido un tierno
afecto y un sincero respeto. El duque lloró pues su pérdida con una constancia
inquebrantable durante las dos semanas siguientes, a cuyo término él complació
la ambición de Caroline Simpson ascendiéndola a la categoría de duquesa. De
este modo se le hizo a ella finalmente feliz mediante la satisfacción de su
pasión favorita. Su hermana, la pérfida Sukey, fue poco después igualmente
gratificada de un modo que realmente se merecía, y que parecía, por sus actos,
haber deseado siempre. El bárbaro asesinato fue descubierto y, al no tener un
amigo que intercediera, fue rápidamente conducida a la horca. La hermosa pero
afectada Cecilia era demasiado consciente de sus propios y superiores encantos
como para creer que podía comprometerse con un duque: podría aspirar sin el
menor impedimento al afecto de algún príncipe, y, sabiendo que aquellos de su
país natal estaban de lo más comprometidos, se fue de Inglaterra y desde
entonces he oído que actualmente es la
sultana favorita del gran mogol…
Entretanto, los habitantes de Pammydiddle estaban en un estado de gran
asombro y desconcierto, ya que circulaba un rumor acerca del pretendido
matrimonio de Charles Adams. El nombre de la dama todavía era un secreto. El
señor y la señora Jones pensaban que sería la señorita Johnson, pero ella tenía
mejor información, y
31
todos sus miedos estaban centrados en la cocinera de Charles, cuando,
para el asombro de todos, éste se unió públicamente a Lady Williams.
32
Henry y Eliza
La dedica humildemente a la señorita Cooper su agradecida y humilde
servidora La autora.
33
Mientras Sir George y Lady Harcourt estaban supervisando el trabajo de
sus segadores, recompensando la aplicación de algunos con sonrisas de
aprobación, y castigando la holgazanería de otros con una vara, vieron tendida
y muy oculta bajo el denso follaje de un almiar a una hermosa niña de no más de
tres meses de edad.
Conmovidos por la gracia encantadora del rostro y encantados con las
infantiles, aunque enérgicas respuestas que dio a sus numerosas preguntas,
decidieron llevársela a casa, y como no tenían hijos propios, educarla con
esmero y corriendo con todos los gastos.
Como eran buenas personas, su preocupación primera y principal fue
inculcarle un amor por la virtud y un odio por los vicios, lo cual les salió
tan bien (la propia Eliza tenía una predisposición natural en ese sentido) que
cuando creció, la niña se convirtió en una delicia para todo aquel que la
conocía.
Amada por Lady Harcourt, adorada por Sir George y admirada por el mundo
entero, vivió en una continua felicidad ininterrumpida hasta que cumplió los
dieciocho, momento en el que, al ser descubierta robando un billete de
cincuenta libras, fue puesta de patitas en la calle por sus inhumanos
benefactores. A alguien que no poseyera un espíritu tan noble y elevado como el
de Eliza, esa transición le hubiese supuesto la muerte, pero ella, feliz y
consciente de su propia excelencia, se divirtiósentándose bajo un árbol,
componiendo y cantando los siguientes versos:
Canción
Aunque mil desgracias haya de sufrir
espero no necesitar jamás a ningún amigo
pues siempre tendré un corazón inocente conmigo y nunca jamás de la
virtud habré de huir
Habiéndose divertido unas horas con esta canción y sus propias y
agradables reflexiones, se levantó y tomó rumbo a M., un pequeño pueblo
comerciante, de donde era su más íntima amiga, quien regentaba El León Rojo.
Inmediatamente fue en busca de esta amiga, a quien, tras haberle contado
su pasada desgracia, le comunicó su deseo de entrar en una familia en calidad
de humilde acompañante.
34
La señora Wilson, que era la criatura más amable de la tierra, tan
pronto como conoció su deseo, se sentó en el mostrador y escribió la siguiente
carta a la duquesa de F., la mujer que más estimaba entre todas.
A la duquesa de F.
Reciba en su familia, a petición mía, a una joven de carácter
excepcional, que es tan buena como para elegir ser su acompañante en lugar de
buscar ser sirvienta. Apresúrese y tómela de los brazos de su
Sarah Wilson. La duquesa, por cuya amistad con la señora Wilson habría
hecho todo lo imaginable, se sintió rebosante de alegría ante tal oportunidad
de hacerle un favor a su amiga y, por ello, tras recibir la carta se puso en
marcha inmediatamente en dirección al León Rojo, donde llegó esa misma tarde.
La duquesa de F. tenía unos cuarenta y cinco años y medio; sus pasiones eran
fuertes, sus amistades firmes, y sus enemistades invencibles. Era viuda y tenía
una sola hija, que estaba a punto de casarse con un joven
de una fortuna considerable.
Tan pronto como la duquesa contempló a nuestra heroína, le echó los
brazos alrededor del cuello y le dijo que se encontraba tan contenta con ella,
que estaba decidida a que no se separasen ya nunca. Eliza estaba encantada con
tal declaración de amistad y, tras despedirse lo más afectuosamente posible de
la señora Wilson, a la mañana siguiente acompañó a la dama a su residencia en
Surrey.
Con todas las expresiones posibles de respeto, la duquesa se la presentó
a Lady Harriet, quien se puso tan contenta con su aparición que le rogó la
considerase como una hermana, lo que Eliza, con la mayor condescendencia,
prometió hacer.
Al estar el señor Cecil—elamante de Lady Harriet— a menudo con la
familia, estaba también a menudo con Eliza. Un enamoramiento mutuo se produjo y
Cecil, que lo había declarado el primero, convenció a Eliza para que accediese
a una unión privada, la cual era fácil de llevar a cabo, puesto que al estar el
mismo capellán de la duquesa muy enamorado de Eliza, estaban seguros de que
haría lo que fuese para hacerles un favor.
Estando una velada la duquesa y Lady Harriet comprometidas para asistir
a una reunión, ellos aprovecharon la oportunidad de dicha ausencia y fueron
casados por el enamorado capellán.
Cuando volvieron las damas, su asombro fue enorme al encontrar en lugar
de Eliza la siguiente nota:
Señora:
Nos hemos casado y marchado.
Henry y Eliza Cecil.
35
La señora de la casa, tan pronto como leyó la carta, que explicaba
suficientemente todo el asunto, cayó en el más violento de los arrebatos y,
tras pasar una buena media hora llamándoles las peores cosas que su rabia pudo
sugerirle, mandó tras ellos a trescientos hombres armados, con la orden de no
regresar sin sus cuerpos, vivos o muertos; con la intención de que, si le
fuesen traídos en la primera de las condiciones los mataría con algún tipo de
tortura, tras algunos años de reclusión.
Entretanto, Henry y Eliza continuaron su fuga hacia el continente, el
cual consideraban más seguro que su tierra natal, pensando en las horribles
consecuencias de la venganza de la duquesa, lo que con tanta razón tenían de
recelar.
Se quedaron tres años en Francia, durante los cuales fueron padres de
dos niños, y al final de este periodo Eliza quedó viuda sin nada para
mantenerse a sí misma ni a sus hijos. Desde el momento de su matrimonio habían
vivido a razón de 18 000 libras al año, pero al ser el patrimonio del señor
Cecil bastante menos de la veinteava parte de dicha cantidad, no habían sido
capaces de ahorrar sino una nimiedad, pues habían vivido al límite de sus
ingresos.
Siendo Eliza perfectamente consciente de la precariedad de su hacienda,
inmediatamente tras la muerte de su marido zarpó rumbo a Inglaterra en un barco
de guerra de cincuenta y cinco cañones que habían construido en sus días más
prósperos. Pero tan pronto como pisó tierra firme en Dover, con un niño en cada
mano, fue capturada por los oficiales de la duquesa y llevada a la acogedora y
pequeña Newgate propiedad de la dama, que ésta había hecho construir para la
recepción de sus propios prisioneros privados.
En cuanto Eliza entró en el calabozo, el primer pensamiento que le vino
a la cabeza fue cómo salir de allí.
Se acercó a la puerta, pero estaba cerrada. Miró a la ventana, pero
estaba cruzada con barras de hierro; frustrada en ambas esperanzas, estaba a
punto de desesperar de su fuga cuando, afortunadamente, vio en una esquina de
su celda una pequeña sierra y una escalera de cuerda. Se puso al instante a
trabajar con la sierra, y en pocas semanas había cortado todos los barrotes
salvo uno, al cual ató la escalera.
Entonces apareció una dificultad que, durante unos momentos, no supo
cómo sortear. Sus hijos eran demasiado pequeños para bajar la escalera por sí
mismos, y tampoco le era posible a ella cogerlos en sus brazos mientras lo
hacía. Finalmente decidió arrojar toda su ropa, que tenía en gran cantidad y,
habiéndoles dado orden estricta de no hacerse daño, tiró a sus hijos tras la
ropa. Ella descendió con facilidad por la escalera, al final de la cual tuvo el
placer de encontrar a sus hijitos en perfecto estado de salud y profundamente
dormidos.
Entonces se vio en la fatal necesidad de vender su guardarropa para la
preservación tanto de sus hijos como de sí misma. Con lágrimas en los ojos, se
separó
36
de las últimas reliquias de su antiguo esplendor, y con el dinero que
obtuvo de ellas compró otras más útiles, algunos juguetes para sus hijos y un
reloj de oro para ella.
Pero apenas estuvo provista de todo lo necesario que he mencionado,
empezó a sentir bastante hambre y tuvo razones para pensar, a causa de los
mordiscos en dos de sus dedos, que sus hijos se hallaban en la misma situación.
Para remediar estas inevitables desgracias, decidió volver a buscar a
sus viejos amigos Sir George y Lady Harcourt, de cuya generosidad se había
beneficiado tan a menudo y esperaba beneficiarse tan a menudo en el futuro.
Tenía aproximadamente que viajar cuarenta millas antes de llegar a la
acogedora mansión, y tras caminar treinta sin parar, se encontró en la entrada
de una ciudad, donde en tiempos más felices, solía acompañar a Sir George y a
Lady Harcourt a comer platos fríos en alguna de las posadas.
Las reflexiones que le proporcionaron sus aventuras desde la última vez
que había participado en estas alegres francachelas ocuparon su mente durante
algún tiempo mientras se sentaba en los escalones de la puerta de la casa de un
caballero. Tan pronto estas reflexiones se acabaron, se levantó y decidió
ocupar su puesto en la misma posada que recordaba con tanto deleite, de cuyos
clientes esperaba recibir, mientras iban y venían, una propina caritativa.
Acababa de llegar al patio de la posada antes de que un carruaje saliese
de él, cuando, girando en la esquina donde ella estaba colocada, paró para
darle al cochero la oportunidad de admirar la belleza del panorama. Entonces
Eliza avanzó hacia el carruaje y estuvo a punto de pedir caridad, pero clavando
sus ojos en la mujer que estaba dentro, exclamó:
—£Lady Harcourt!
A lo que la mujer respondió:
—£Eliza!
—Si, señora, la desdichada Eliza en persona.
Sir George, que también se encontraba en el carruaje, pero demasiado
sorprendido para hablar, se disponía a pedirle a Eliza una explicación sobre la
situación en la que se encontraba, cuando Lady Harcourt, en un ataque de
alegría, exclamó:
—£Sir George, Sir George, no es sólo Eliza, nuestra hija adoptiva, sino
nuestra verdadera hija!
—£Nuestra verdadera hija! ¿Qué quiere decir, Lady Harcourt? Sabe que
nunca tuvo hijos. Le pido una explicación, se lo suplico.
—Hade recordar, Sir George, que cuando zarpó a América me dejó
embarazada.—Sí,sí, continúa querida Pollo.
—Cuatro meses después de que os fuerais, me fue entregada esta niña,
pero temiendo vuestro justo resentimiento al resultar no ser el chico que
deseabais, la llevéa un almiar y la tendí allí. Pocas semanas después
volvisteis y, afortunadamente para
37
mí, no hicisteis preguntas sobre el asunto. Satisfecha con el bienestar
de mi hija, pronto olvidé que tenía una hija. Tanto fue así que, cuando poco
después la encontramos en el mismo almiar en el que la había dejado, ya no me
acordaba de que fuese mía más de lo que vos os acordabais, y me atreveré a
decir que nada me habría devuelto el suceso a la memoria salvo el escuchar su
voz ahora de esta manera, que me parece el perfecto doble de mi propia hija.
—Elrelato racional y convincente que habéis hecho de todo el asunto
—dijo Sir George— no deja lugar a dudas de que es nuestra hija y, como tal,
perdono abiertamente el robo del que fue culpable.
Una mutua reconciliación tuvo lugar entonces y Eliza, subiendo al
carruaje con sus dos hijos, regresó a esa casa de la que había estado ausente
cerca de cuatro años.
En cuanto volvió a disfrutar de su antiguo poder en Harcourt Hall,
reunió un ejército con el que demolió por completo el Newgate de la duquesa,
acogedor como era, y mediante ese acto se ganó la bendición de miles de
personas y los aplausos de su propio corazón.
38
Míster Harley
Un cuento corto, pero interesante, dedicado con todo el respeto
imaginable al señor Francis William Austen, aspirante a oficial de marina a
bordo del barco de su majestad, el Perseverancia, por su humilde servidora
La autora.
39
Míster Harley era uno de varios hermanos. Destinado por su padre a la
Iglesia, y por su madre al mar, y deseoso de agradar a los dos, convenció a Sir
John de conseguirle un puesto de capellán a bordo de un buque de guerra. Y de
acuerdo con esto, se cortó el pelo y navegó.
Medio año después volvió y partió en el carruaje que iba a Hogsworth
Green, el lugar donde vivía Emma. Sus compañeros de viaje eran un hombre sin
sombrero, otro con dos, una solterona y una recién casada.
Esta última aparentaba unos diecisiete años, tenía unos finos ojos
negros y una elegante figura. En pocas palabras, míster Harley pronto descubrió
que era su Emma y recordó que se había casado con ella pocas semanas antes de
irse de Inglaterra.
40
Sir William Montague
Una obra inacabada dedicada al señor Charles John Austen por su
agradecida y humilde servidora,
La autora.
41
Sir William Montague era el hijo de Sir Henry Montague, que era el hijo
de Sir John Montague, un descendiente de Sir Christopher Montague, que era el
sobrino de Sir Edward Montague, cuyo antepasado fue Sir James Montague, un
pariente cercano de Sir Robert Montague, quien heredó el título y los bienes de
Sir Frederic Montague.
Sir William tenía alrededor de diecisiete años cuando su padre murió y
le dejó una buena fortuna, una casa antigua y un parque bien provisto de
ciervos. No llevaba Sir Williams mucho tiempo en posesión de su patrimonio
cuando se enamoró de las tres señoritas Clifton de Kilhoobery Park. Estas
damiselas eran las tres igual de jóvenes, igual de guapas, igual de ricas e
igual de amables. Sir William estaba enamorado de todas por igual y, al no
saber a cuál de ellas prefería, se marchó de la región y se alojóen un pequeño
pueblo cerca de Dover.
En este retiro, al que se había retirado con la esperanza de encontrar
protección frente a las punzadas del amor, se enamoró de una joven viuda de
bien, que vino a cambiar de aires al mismo pueblo tras la muerte de un marido
al que siempre había amado tiernamente y al que ahora lloraba sinceramente.
Lady Percival era joven, dotada y encantadora. Sir William la adoraba y
ella consintió convertirse en su esposa. Presionada con vehemencia por Sir
William para fijar el día en el que la conduciría al altar, finalmente se
decidió por el lunes siguiente, que era uno de septiembre. Sir William era un
pez gordo y no podía soportar la idea de perder un día como ése, incluso si se
debía a ese motivo. Le pidió retrasar la boda un poco. Lady Percival se
enfureció y regresó a Londres la mañana siguiente.
A Sir William le entristecía el haberla perdido, pero como sabía que se
habría sentido más apenado por la pérdida del uno de septiembre, no le faltó a
su pena una mezcla de felicidad, y su aflicción fue considerablemente
compensada por su alegría.
Tras quedarse en el pueblo unas pocas semanas más, se marchó y se fue a
casa de un amigo, en Surry. El señor Brudenell era un hombre razonable y tenía
una hermosa sobrina de la que Sir William pronto se enamoró. Pero la señorita
Arundel era cruel:
prefería al señor Stanhope: Sir William disparó al señor Stanhope; la
dama no tenía, pues, ninguna razón para rechazarle: le aceptó e iban a casarse
el 27 de octubre. Pero el 25 Sir William recibió la visita de Emma Stanhope, la
hermana de la desafortunada víctima de su rabia. Le suplicó alguna recompensa,
alguna expiación por el cruel asesinato de su hermano. Sir William intentó que
le dijese su precio. Ella lo fijó en
42
catorce chelines. Sir William se ofreció a sí mismo y su fortuna. Fueron
a Londres al día siguiente y se casaron en privado. Durante dos semanas Sir
William fue completamente feliz, pero al ver un día por casualidad a una
encantadora joven entrando en un carruaje en Brook Street, se enamoró de nuevo,
más intensamente. Cuando preguntó el nombre de su bella desconocida, descubrió
que era la hermana de su antigua amiga Lady Percival, de lo cual se alegró
muchísimo, ya que esperaba
tener, a través de la amistad con su señoría, acceso libre a la señorita
Wentworth…
43
Amelia Webster
Un cuento interesante y bien escrito que dedica con su permiso
a la señorita Austen su humilde servidora
La autora.
44
Carta primera
A LA SEÑORITA WEBSTER
Mi querida Amelia:
Le alegrará enterarse que regresa del extranjero mi amable hermano.
Llegó el jueves, y nunca había visto antes una figura más elegante que la suya,
salvo la de su sincera amiga
Matilda Hervey
45
Carta segunda
AL SEÑOR H. BEVERLEY
Querido Beverley:
Llegué aquí el pasado jueves y encontré un caluroso recibimiento por
parte de mi padre, madre y hermanas. Las dos últimas son unas chicas elegantes,
especialmente Maud, quien creo que sería una esposa bastante buena para ti.
¿Qué dices a eso? Tendrá dos mil libras, además de todo lo que tú puedas
conseguir. Si no te casas con ella, ofenderás mortalmente a
George Hervey
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Carta tercera
A LA SEÑORITA HERVEY
Querida Maud:
Créeme, estoy contenta de enterarme de la llegada de tu hermano. Tengo
miles de cosas que contarte, pero mi papel sólo me permite añadir que soy tu
amiga afectuosa
Amelia Webster
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Carta cuarta
A LA SEÑORITA S. HERVEY
Querida Sally:
He encontrado un roble convenientemente hueco donde guardar nuestras
cartas ya que, como sabes, llevamos mucho tiempo manteniendo una
correspondencia privada. Está aproximadamente a una milla de mi casa y a siete
de la tuya. Quizá pienses que debería haber elegido un árbol que estuviese a
una distancia más equitativa. Me percaté de esto en su momento pero, como
consideraba que el paseo sería beneficioso para tu débil e incierto estado de
salud, preferí éste a otro que estuviera más cerca de tu casa. Tu fiel
Benjamin Bar
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Carta quinta
A LA SEÑORITA HERVEY
Te escribo para informarte de que no paré en tu casa cuando iba de
camino a Bath el lunes pasado. Además, tengo muchas cosas que contarte, pero mi
papel me recuerda que debo concluir y créeme cuando te digo que soy tuya
siempre, etc.
Amelia Webster
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Carta sexta
A LA SEÑORITA WEBSTER
Sábado
Señora:
Un humilde admirador se dirige a usted. La vi, adorable belleza, el
último lunes, cuando pasaba por delante de nuestra casa en su camino a Bath. La
vi a través de un telescopio y sus encantos me sorprendieron de tal forma que
desde ese momento hasta ahora no he probado la comida humana.
George Hervey
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Carta séptima
A JACK
Esta mañana, cuando estaba desayunando me trajeron el periódico y, en la
lista de matrimonios, leí lo siguiente:
El señor George Hervey con la señorita Amelia Webster El señor Henry
Beverley con la señorita Hervey
y
El señor Benjamin Bar con la señorita Sarah Hervey
tuyo,
Tom.
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La visita
UNA COMEDIA EN DOS ACTOS
Dedicada al reverendo James Austen.
Señor,
La siguiente obra de teatro, la cual encomiendo humildemente a su
protección y patrocinio, aunque inferior a esas célebres comedias llamadas «La
escuela de los celos» y «El viajero», logrará —espero— proporcionarle algo de
diversión a un coadjutor tan respetable como usted, lo que era el propósito, al
componerla, de su humilde servidora
La Autora
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DRAMATIS PERSONAE
Sir Arthur Hampton Lady Hampton
Lord Fitzgerald Miss Fitzgerald Stanly
Sophy Hampton
Willoughby, el sobrino de Sir Arthur Cloe Willoughby
Las escenas suceden en la casa de Lord Fitzgerald.
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ACTO PRIMERO
ESCENA PRIMERA, UN SALÓN.
Entran Lord Fitzgerald y Stanly STANLY:
Primo, a tu servicio.
FITZGERALD:
Stanley, buenos días. Espero que durmieses bien anoche.
STANLY:
Extraordinariamente bien, gracias.
FITZGERALD:
Temo que encontrases tu cama demasiado pequeña. Fue comprada en los
tiempos de mi abuela, que era una mujer muy bajita, y se aseguraba de que todas
sus camas se adaptasen a su estatura, ya que nunca quiso tener compañía alguna
en la casa a causa de un desafortunado defecto en el habla, pues era consciente
de que resultaba muy desagradable a sus huéspedes.
STANLY:
No te excuses más, querido Fitzgerald.
FITZGERALD:
No te agobiaré con tanta urbanidad; sólo te pido que te sientas como en
tu casa. Recuerda: «Cuanto más libre, mejor acogido».
Sale Fitzgerald
STANLY:
£Amable juventud! «Si tus virtudes pudiese imitar, £qué feliz destino,
el de Stanly!».
Sale Stanly.
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ESCENA SEGUNDA
Stanley y la señorita Fitzgerald aparecen. STANLY:
¿Quién esperas que cene contigo hoy, prima?
SEÑORITA F:
Sir Arthur y Lady Hampton; su hija, sobrino y sobrina.
STANLY:
La señorita Hampton y su prima son guapas, ¿verdad?
SEÑORITA F:
La señorita Willoughby es realmente guapa. La señorita Hampton es una
chica elegante, pero no tanto como ella.
STANLY:
¿No está tu hermano encariñado con esta última?
SEÑORITA F:
Sé que la admira, pero creo que nada más. De hecho, le he oído decir que
era la chica más guapa, agradable y afable del mundo, y que entre todas las
demás, debería preferir a ella como esposa. Pero nunca fue más allá, estoy
segura de ello.
STANLY:
Y aun así, mi primo nunca dice nada que no quiera decir.
SEÑORITA F:
Jamás. Nunca. Desde que estaba en la cuna ha sido siempre un fiel
partidario de la verdad. Nunca dijo una mentira, sino una vez; pero fue sólo
por complacerme.£De hecho puedo decir que nunca hubo hermano igual!
Salen por separado. Fin del acto primero
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ACTO SEGUNDO
ESCENA PRIMERA, EN EL SALÓN.
Sillas alineadas en un círculo. Lord Fitzgerald, la señora Fitzgeraldy
Stanly, sentados.
Entra un sirviente.
SIRVIENTE:
Sir Arthur y Lady Hampton. Señora Hampton, señor y señora Willoughby.
Sale el sirviente.
Entra el grupo.
SEÑORITA F:
Espero tener el placer de encontrar bien a sus señorías. Sir Arthur, a su
servicio.
Suya, señor Willoughby. Querida Sophy, querida Cloe…
Se presentan sus respetos por turnos. SEÑORITA F:
Les ruego que tomen asiento.
Se sientan.
£Bendita sea! Debería haber ocho sillas y sólo hay seis. Sin embargo, si
su señoría fuese tan amable de tomar a Sir Arthur en su regazo, y Sophy a mi
hermano en el suyo, creo que podremos arreglarlo más o menos.
LADY H:
£Oh! Será un placer…
SOPHY:
Le pido a su señoría que se siente.
SEÑORITA F:
Me duele mucho tener que hacinarlos de esta manera, pero como mi abuela
(quien compró todos los muebles de esta habitación) nunca tuvo un grupo tan
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grande, no consideró necesario comprar más sillas que las que bastaban
para su propia familia y dos de sus amigos íntimos.
SOPHY:
Le pido que no se disculpe. Su hermano es muy risueño.
STANLY:
(aparte) £Vaya querubín es Cloe!
CLOE:
(aparte) £Vaya serafín es Stanly!
Entra un sirviente
SIRVIENTE:
La cena está servida.
Se levantan todos. SEÑORITA F:
Lady Hampton, señorita Hampton, señorita Willoughby.
Stanly da la mano a Cloe; Lord Fitzgerald a Sophy; Willoughby a la
señorita Fitzgerald; y Sir Arthur a Lady Hampton.
Salen.
ESCENA SEGUNDA, EN EL COMEDOR
La señora Fitzgerald en un extremo. Lord Fitzgerald, en el otro. El
grupo, distribuido a ambos lados. Los sirvientes, esperando.
CLOE:
Tengo que molestar al señor Stanly por un poco de la carne frita y
cebolla.
STANLY:
Oh, señora. Existe un secreto placer en ayudar a una mujer tan amable…
LADY H:
Le aseguro, señor mío, que Sir Arthur nunca toca el vino, pero seguro
que Sophy le acompañará con un trago para agradar a su señoría.
LORD E:
¿Crianza o aguamiel, señorita Hampton?
SOPHY:
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Si no le importa, señor, preferiría cerveza caliente con una tostada y
nuez moscada.
LORD E:
Dos vasos de cerveza caliente con una tostada y nuez moscada.
SEÑORITA F:
Me preocupa, señor Willoughby, que no coma nada. Me asusta que no
encuentre nada a su gusto.
WILLOUGHBY:
£Oh, señora! No puedo querer nada más mientras haya arenques en la mesa.
LORD F:
Sir Arthur, pruebe estos callos. Creo que no los encontrará malos.
LADY H:
Sir Arthur nunca come callos, son demasiado especiados para él, ya lo
sabe, señor mío.
SEÑORITA F:
Llévese el hígado y el cuervo, y traiga el pudín de sebo.
Una pequeña pausa. SEÑORITA F:
Sir Arthur, ¿no quiere que le dé un poco de pudín?
LADY H:
Sir Arthur nunca come pudín de sebo, señora. Es un plato demasiado
fuerte paraél.
SEÑORITA F:
¿Nadie va a hacerme el honor de dejarme ayudarle? Entonces, John,
llévate el pudín y trae el vino.
Los sirvientes se llevan las cosas y traen botellas y vasos. LORD F:
Me gustaría tener algún postre para ofrecerles, pero mi abuela, en su
día, destruyóel invernadero con el fin de construir un receptáculo para los
pavos y sus materiales, y nunca hemos sido capaces de construir otro que fuese
tolerable.
LADY H:
Le ruego, señor, que no se disculpe.
WILLOUGHBY:
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Venga, chicas, hagamos circular la botella. SOPHY:
Una muy buena idea, primo; y la apoyaré con todo mi corazón. Stanley, no
estás bebiendo.
STANLY:
Señora, bebo tragos de amor de los ojos de Cloe.
SOPHY:
Eso es un alimento verdaderamente pobre. Venga, bebe a la salud de
conocerla mejor.
La señora Fitzgerald va hacia un armario y saca una botella. SEÑORITA F:
Esto, damas y caballeros, es de fabricación de mi abuela. Sobresalía
haciendo vino de grosella. Le pido que lo pruebe, Lady Hampton.
LADY H:
£Qué refrescante es!
SEÑORA F:
Debo pensar, con el permiso de su señoría, que Sir Arthur podrá probar
un poco.
LADY H:
Por nada del mundo. Sir Arthur nunca bebe nada tan fuerte.
LORD F:
Y ahora, mi amable Sophia, acceda a casarse conmigo.
Toma su mano y la conduce al frente. STANLY:
£Oh, Cloe! ¿Podría esperar que me bendijeses…?
CLOE:
Sí, lo haré.
SEÑORITA E:
Ya que es usted, Willoughby, el único que queda, no puedo rechazar sus
serias peticiones. Tome mi mano.
LADY H:
£Y todos serán felices!
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Las tres hermanas
Al caballero Edward Austen le dedica respetuosamente
la siguiente novela inacabada
su agradecida y humilde servidora
La autora.
60
Carta primera:
DE LA SEÑORITA STANHOPE A LA SEÑORITA…
Mi querida Fanny:
Soy la criatura más feliz del mundo, ya que he recibido una oferta de
matrimonio por parte del señor Watts. Es la primera que nunca he tenido y
apenas sé cómo valorarla. £Cómo voy a triunfar sobre las hermanas Dutton! No
tengo intención de aceptarla, al menos no lo creo, pero como no estoy muy
segura, le di una respuesta ambigua y me fui. Y ahora, mi querida Fanny, quiero
tu consejo sobre si debo o no aceptar la oferta; pero para que puedas juzgar
las cualidades de él y la situación, te haré un relato de todo ello. Es un
hombre bastante mayor, cerca de los treinta y dos años, muy poco atractivo, tan
poco atractivo que no soporto mirarle. Es muy desagradable y le odio más que a
nadie en el mundo. Tiene una gran fortuna y propondrá una gran dote conmigo;
pero también es una persona muy saludable. En pocas palabras, no sé qué hacer.
Si le rechazo, me ha dicho que se lo propondría a Sophy, y si ella le
rechazaba, a Georgiana, y yo no podría soportar que cualquiera de ellas se
casase antes que servidora. Si le acepto, sé que seré desgraciada el resto de
mi vida, ya que es cascarrabias y muy malhumorado, extremadamente celoso y tan
tacaño que vivir a su lado no sería vida. Me dijo que le mencionaría el asunto
a mamá, pero insistí en que no lo hiciera, porque muy probablemente ella me
obligaría a casarme con él, quiera o no; pero me temo que lo haya hecho ya,
puesto que nunca hace lo que se desea que haga. Creo que he de hacerlo mío.
£Será tal triunfo el estar casada antes que Sophy, Georgiana y las Dutton!; y
él prometió hacerse con un nuevo carruaje para la ocasión, pero casi nos
peleamos por el color, puesto que yo insistía en que fuese azul con detalles en
plata, y él decía que debía ser simplemente de color chocolate; y, para
provocarme más, me dijo que tendría que ser tan bajo como el que ya tiene. No
lo haré mío, aquí lo afirmo. Dijo que vendría de nuevo mañana a escuchar mi
decisión definitiva, así que creo que debo aceptarle mientras pueda. Sé que las
Dutton me envidiarán y podré hacerles de carabina a Sophy y Georgiana en todos
los bailes de invierno. Pero de qué servirá luego si, muy probablemente, él no
me dejaráir, porque sé que odia bailar, y no se hace a la idea de que a alguien
le guste lo que él
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odia; y además habla mucho sobre que la mujer debe estar siempre en casa
y esa clase de cosas. Creo que no debería casarme con él; le rechazaría al
instante si estuviese segura de que ninguna de mis hermanas iba a aceptarle; y
que, si ellas no lo hiciesen, no se lo ofrecería a las Dutton. No puedo correr
ese riesgo, así que, si me promete encargar el carruaje como a mí me gusta, lo
aceptaré; si no, ya puede ir pensando en viajar solo en él. Espero que te
parezca bien mi decisión; no se me ocurre nada mejor;
Tu siempre afectuosa
Mary Stanhope
62
DE LA MISMA A LA MISMA
Querida Fanny:
Acababa de sellar mi última carta para ti, cuando subió mi madre y me
dijo que quería hablar conmigo de un asunto muy especial.
—£Ah,ya sé! —dije yo—, ese viejo idiota del señor Watts te lo ha contado
todo, aunque le pedí que no lo hiciera. Sin embargo, no puedes forzarme a
aceptarle si yo no quiero.
—No voy a forzarte, hija; sólo quiero saber cuál es tu decisión respecto
a su propuesta, e insistir para que te decidas en uno u otro sentido, porque si
tú no la aceptas, Sophy puede que sí lo haga.
—Dehecho —respondí apresuradamente—, Sophy no debe preocuparse, porque
sí me voy a casar con él.
—Siésa es tu decisión —dijo mi madre—, ¿por qué temías que forzase tu
voluntad?—Bueno, porque no he decidido si debo aceptarlo o no.
—Eres la chica más rara del mundo, Mary. Lo que dices en un momento
dado, lo niegas justo después. Dime de una vez si tienes intención de casarte
con el señor Watts o no.
—£Vaya! Mamá, ¿cómo quieres que te diga lo que ni yo misma sé?
—Pues deseo que lo sepas, y rápido, porque el señor Watts dice que no se
va a dejar mantener en vilo.
—Eso dependerá de mí.
—No, no es así; puesto que si no le das tu respuesta definitiva mañana
cuando tome el té con nosotras, tiene la intención de hacerle una proposición a
Sophy.
—Entonces le diré a todo el mundo que se ha portado muy mal conmigo.
—¿Y eso de qué servirá? El señor Watts ha sido insultado durante
demasiado tiempo por todo el mundo como para que le importe ahora.
—Desearía tener un padre o un hermano para que pudieran batirse con él.
—Serían muy astutos si lo lograsen, ya que el señor Watts saldría
huyendo antes; y por tanto, debes decidir y decidirás si le aceptas o le
rechazas antes de mañana por la tarde.
—¿Pero por qué si lo rechazo tiene que proponérselo a mis hermanas?
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—£Vaya!, pues porque desea pertenecer a la familia, y porque son tan
bonitas como tú.
—¿Pero, mamá, se casará Sophy con él si se lo propone?
—Probablemente, ¿por qué no?; sin embargo, si ella decide no hacerlo,
Georgiana lo hará, ya que estoy decidida a no dejar escapar una oportunidad
como ésta para colocar a una de mis hijas tan provechosamente. Así que
aprovecha bien el tiempo; te dejo para que decidas sobre el asunto contigo
misma.
Y luego se fue. Lo único que se me ocurre, mi querida Fanny, es
preguntarles a Sophy y a Georgiana si lo aceptarían si se lo propusiera a
ellas, y si dicen que no, yo le rechazaré también, porque le odio más de lo que
te puedas imaginar. En cuanto a las Dutton, si se casa con una de ellas, aún
tendré el triunfo de haberlo rechazado yo antes. Así que adiós, mi querida
amiga.
Tuya siempre,
M.S.
64
DE LA SEÑORITA GEORGIANA STANHOPE A LA SEÑORITA XXX
Miércoles
Mi querida Anne:
Sophy y yo hemos estado pergeñando un pequeño engaño para nuestra
hermana mayor en el que no estamos completamente de acuerdo, pero las
circunstancias eran tales que, si algo puede excusarlo, deben ser éstas.
Nuestro vecino, el señor Watts, le ha hecho una propuesta de matrimonio a Mary:
propuesta que ella no sabe cómo valorar, ya que, aunque siente especial
aversión hacia él (ella no es la única que siente tal cosa), se casaría con él
de buena gana antes que arriesgarse a que nos lo propusiera a Sophy o a mí, lo
que, en caso de que lo rechazase, él dijo que haría. Debes saber que, puesto
que la pobre chica considera el que nos casemos antes que ella una de las
mayores desgracias que podrían sucederle, para evitarlo se aseguraría
voluntariamente su eterno sufrimiento mediante un matrimonio con el señor
Watts. Hace una hora se acercó a nosotras para sacarnos información acerca de
nuestras intenciones respecto al asunto, las cuales determinarían las suyas.
Poco antes de que viniese, mi madre nos lo había contado, y nos había dicho que
no iba a dejarle ir en busca de una esposa fuera de nuestra familia.
—Y por eso —dijo—, si Mary no lo acepta, Sophy debe hacerlo; y si Sophy
tampoco, lo hará Georgiana.
£Pobre Georgiana! Ninguna de nosotras teníamos intención de modificar la
decisión de mi madre, la cual, siento decirlo, es más fruto de la obcecación
que de la racionalidad. Tan pronto como se hubo ido, sin embargo, rompí el
silencio para asegurarle a Sophy que, si Mary rechazaba al señor Watts, no
esperaba que ella sacrificase su felicidad convirtiéndose en su esposa por
motivo de generosidad hacia mí, cosa que temía que su bondad y su cariño
fraternal le inducirían a hacer.
—Deja que nos hagamos ilusiones —dijo ella— pensando que Mary no le
rechazará. Pero ¿cómo puedo esperar que mi hermana acepte a un hombre que no
puede hacerla feliz?
—Esverdad que él no puede, pero su fortuna, su nombre, su casa, su
carruaje, síque pueden, y no tengo ninguna duda de que Mary se casará con él;
de hecho, ¿por qué no lo haría? Él no tiene más de treinta y dos, una edad muy
adecuada para casarse
65
un hombre. Es bastante poco atractivo, a decir verdad, pero ¿qué es la
belleza en un hombre? Si tiene una figura distinguida y una cara de persona
sensata, eso es más que suficiente.
—Todo esto es cierto, Georgiana, pero la figura del señor Watts es,
desafortunadamente, muy vulgar y su rostro muy duro. Y luego, en relación con
su carácter, se cree que es malo, pero ¿no puede estar todo el mundo engañado
en su juicio? En su temperamento hay una sincera franqueza que le sienta bien a
un hombre. Dicen que es tacaño: nosotras lo llamaremos prudencia. Dicen que es
receloso. Eso procede de una calidez de corazón siempre excusable en la
juventud; y, en pocas palabras, no veo razón para que no pueda ser un muy buen
marido, o para que Mary no sea feliz con él.
Sophy se rió, y yo continué:
—Sin embargo, lo acepte Mary o no, yo estoy decidida. Mi resolución está
tomada. Nunca me casaría con el señor Watts, aunque la mendicidad sea la única
alternativa.£Es tan poca cosa en todos los sentidos! Atroz de carácter, y sin
una buena cualidad que pueda redimirlo. Su fortuna, para serte sincera, te diré
que es buena. £Pero no tan grande! Tres mil al año. ¿Qué son tres mil al año?
Sólo son seis veces los ingresos de mi madre. Eso no me tentará.
—Pero será una buena fortuna para Mary —dijo Sophy, riendo de
nuevo.—£Para Mary! Sí, efectivamente, me encantaría verla a ella con tal
riqueza.
Continué de esta manera, para gran diversión de mi hermana, hasta que
Mary entróen la habitación, aparentemente en estado de gran agitación. Se
sentó. Le hicimos un hueco cerca del fuego. Parecía no encontrar palabras para
empezar y, al final, dijo un poco confundida:
—Teruego que me lo digas, Sophy: ¿tienes alguna intención de casarte?
—£Decasarme! Ninguna en absoluto. ¿Pero por qué me preguntas? ¿Sabes de
alguien que tenga intención de proponérmelo?
—Yo…no, ¿cómo iba a saber tal cosa? ¿Pero no puedo hacerte una pregunta
normal?
—Noes muy normal, Mary, ¿no? —dije yo.
Hizo una pausa y, tras unos momentos de silencio, prosiguió:
—¿Quéte parecería casarte con el señor Watts, Sophy? Le guiñé el ojo a
Sophy y contesté por ella.
—Quien esté en esa situación no debe sino regocijarse de casarse con un
hombre con una renta de tres mil al año.
—Muy cierto —respondió—, eso es muy cierto. Así que ¿lo aceptarías si te
lo propusiese, Georgiana? ¿Y tú, Sophy?
A Sophy no le gustó la idea de mentir y engañar a su hermana; evitó lo
primero, y redimió su conciencia mediante la ambigüedad.
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—Seguramente actuaría como lo haría Georgiana.
—Pues bien —dijo Mary con el triunfo en sus ojos—; yo he recibido una
propuesta del señor Watts.
Estábamos, por supuesto, muy sorprendidas.
—£Oh!, no le aceptes —dijeyo—y tal vez así pueda elegirme a mí.
En pocas palabras, mi plan funcionó, y Mary está decidida a casarse con
tal de evitar nuestra supuesta felicidad, cosa que, en realidad, ella no habría
hecho nunca para asegurárnosla. Y sin embargo, después de todo, mi corazón no
puede absolverme, y Sophy es aún más escrupulosa. Sosiega nuestros espíritus,
mi querida Anne, escribiéndonos y diciéndonos que apruebas nuestra conducta.
Considéralo en todos sus aspectos. Mary disfrutará mucho siendo una mujer
casada y haciéndonos de carabina, lo que seguramente hará, ya que me siento
obligada a contribuir lo más posible a que sea feliz en la situación que yo le
he hecho elegir. Probablemente tendrán un nuevo carruaje, lo que para ella será
el paraíso, y si podemos convencer al señor W. de encargar un faetón, será de
lo más feliz. Estas cosas, sin embargo, no serían consuelo ni para Sophy ni
para mí frente a la tristeza hogareña. Recuerda todo esto y no nos condenes.
Viernes
Anoche el señor Watts tomó el té con nosotras, previa cita. Tan pronto
como el carruaje hubo llegado a la puerta, Mary fue a la ventana.
—¿Sophy, te puedes creer—dijo—que el viejo idiota quiere su nueva
carroza del mismo color que la antigua, e igual de baja? Pero no debe ser así,
me saldré con la mía. Y si no deja que sea tan alta como la de las Dutton, y de
color azul con detalles en plata, no me casaré con él. Sí, así lo haré. Aquí
viene. Sé que será grosero, sé que estará malhumorado, £y no me dirá nada
cortés!, ni se comportará en absoluto como un amante.
Luego se sentó, y el señor Watts entró.
—Damas mías, aquí está su más agradecido servidor. Nosotras le
presentamos nuestros respetos y se sentó.—Hace bueno, mis señoras.
Después, volviéndose hacia Mary:
—Bueno, señorita Stanhope, espero que haya decidido finalmente sobre el
asunto, y sea tan buena como para permitirme saber si se dignará a casarse
conmigo o no.
—Creo —dijo Mary— que debería preguntarlo de una manera más distinguida
queésa. No sé si debo aceptarle si se comporta de ese modo tan extraño.
—£Mary! —dijo mi madre.
—Bueno, mamá, si tiene que estar tan enfadado…
—£Chuuut! Mary, no debes ser grosera con el señor Watts.
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—Leruego, señora, que no obligue a la señorita Stanhope a ser educada.
Si decide no aceptar mi mano, puedo ofrecerla en otro lugar, puesto que de
ningún modo estoy guiado por una especial preferencia por usted sobre sus
hermanas: a mí me es igual casarme con cualquiera de las tres.
¿Existió nunca alguien tan miserable? Sophy se puso roja de rabia, £y yo
sentí tanto
rencor…!
—Pues bien —dijo Mary en tono malhumorado—, aceptaré, si eso es lo que
he de hacer.
—Debería haber pensado, señorita Stanhope, que cuando se hace una oferta
como la que yo le he hecho, no se debería presionar mucho sobre la voluntad
para aceptarla.
Mary farfulló algo, lo que yo, que me sentaba cerca de ella, distinguí
como:
—¿Dequé sirve un gran usufructo si los hombres viven para siempre? Y
luego en voz alta:
—Recuerde la asignación, de doscientos al año.—Ciento setenta y cinco,
señora mía.
—Dehecho, doscientos, señor mío —dijo mi madre.
—Yrecuerde que tendré un nuevo carruaje tan alto como el de las Dutton,
y azul con detalles en plata; y he de esperar un nuevo caballo de silla, un
vestido de fino encaje, y un número infinito de las joyas más valiosas.
Diamantes que nunca se han visto, y perlas, rubíes, esmeraldas, y numerosos
abalorios. Tendrá que encargar un faetón, que deberá ser de color crema con una
corona de flores de plata alrededor; deberá comprar cuatro de los mejores
caballos del reino y llevarme en él cada día. Y esto no es todo, tendrá que
reamueblar la casa a mi gusto, deberá contratar dos criados más para mi
intendencia y dos mujeres para servirme, deberá hacer siempre lo que yo quiera
y ser un buen marido.
Aquí se calló, creo que casi sin aliento.
—Esmuy razonable, señor Watts, que mi hija espere todo esto.
—Yes muy razonable, señora Stanhope, que su hija se lleve una decepción.
Iba a continuar, pero Mary le interrumpió:
—Tendrá que construirme un elegante invernadero y llenarlo de plantas.
Deberápermitirme pasar todos los inviernos en Bath, las primaveras en la
ciudad, todos los veranos de viaje, y los otoños en un balneario; y si estamos
en casa el resto del año—Sophy y yo nos reímos—, no deberá hacer más que dar
fiestas y bailes de máscaras. Tendrá que habilitar un salón a tal efecto y un
teatro para representar obras. La primera obra será ¿Quién es el hombre?, y yo
haré de Lady Bell Bloomer.
—Pero le ruego que me diga, señorita Stanhope —dijo el señor Watts—,
¿qué he de esperar de usted como respuesta a todo esto?
—¿Esperar? Vaya, pues debe esperar complacerme.
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—Sería extraño si no lo hiciera. Sus expectativas, señora, son demasiado
elevadas para mí, y debo dirigirme a la señorita Sophy, quien tal vez no haya
puesto las suyas tan altas.
—Seequivoca, señor, al suponer tal cosa —dijo Sophy—; porque, aunque
puede que no vayan en la misma línea, mis expectativas son en todo punto tan
elevadas como las de mi hermana, dado que espero un marido con buen humor y
alegre, que tenga en cuenta mi felicidad en todas sus acciones, y que me quiera
con constancia y sinceridad.
El señor Watts se quedó mirándola fijamente.
—Esas son unas ideas muy extrañas, jovencita. Debería descartarlas antes
de casarse, o se verá obligada a hacerlo después.
Mi madre, mientras tanto, estaba sermoneando a Mary, quien era
consciente de haber ido demasiado lejos, y cuando el señor Watts se estaba
volviendo para dirigirse a mí, creo, le habló con una voz medio humilde, medio
enfurruñada:
—Estáusted equivocado, señor Watts, si piensa que hablaba en serio
cuando dije que esperaba tanto. Sin embargo, he de tener una nueva carroza.
—Sí,señor, debe permitirle a Mary el derecho a esperar eso.
—Señora Stanhope, quiero y siempre he querido tener una nueva carroza
para mi boda. Pero ha de ser del mismo color que la actual.
—Creo, señor Watts, que debe complacer a mi hija consultándole sus
gustos sobre este asunto.
El señor Watts no accedía a esto, y durante algún tiempo insistió en que
fuese de color chocolate, mientras que Mary persistía en que fuese azul con
detalles en plata. Sin embargo, finalmente Sophy propuso que, para agradar al
señor W., debía ser de un marrón oscuro, y para agradar a Mary, tenía que ser
lo bastante alta y tener ribetes de plata. Finalmente se acordó esto, aunque a
regañadientes por ambas partes, ya que cada uno pretendía salirse totalmente
con la suya. Pasamos entonces a otros asuntos, y se decidió que debían casarse
tan pronto como los acuerdos pudiesen concluirse. Mary estaba deseosa de
obtener una licencia especial, y el señor Watts hablaba de amonestaciones. Al
final se acordó una licencia común. Mary se quedarácon todas las joyas familiares,
que, según tengo entendido, son bastante insignificantes, y el señor W.
prometió comprarle un caballo de silla nuevo; pero, a cambio, ella no debe
esperar ir a la ciudad o a ningún otro lugar público durante estos tres años.
No tendrá ni invernadero, ni teatro, ni faetón; se contentará con una criada, y
renunciará al criado adicional. Se necesitó toda la tarde para decidir sobre
estos asuntos; el señor W. cenó con nosotras y no se fue hasta las doce. Nada
más irse, Mary exclamó:
—£ADios gracias!, por fin se ha ido; £cómo le odio!
69
Fue inútil que mamá le indicase la falta de decoro de la que era
culpable al no gustarle el que iba a ser su marido, puesto que persistió en
declarar su aversión haciaél y en desear no verle nunca más. £Vaya boda va a
ser! Adiós, mi querida Anne. Tu fielmente sincera
Georgiana Stanhope.
70
DE LA MISMA A LA MISMA
Sábado
Querida Anne:
Mary, ansiosa por que todos supieran lo de su boda, que ya se
aproximaba, y más especialmente deseosa de triunfar, como ella decía, sobre las
Dutton, quiso que esta mañana caminásemos con ella hasta Stoneham. Como no
teníamos nada más que hacer, accedimos de buena gana, y tuvimos un paseo tan
agradable como podía tenerse con Mary, cuya conversación consistió todo el rato
en insultar al hombre con el que pronto va a casarse, y en anhelar un carruaje
azul con detalles en plata. Cuando llegamos a la casa de los Dutton,
encontramos a las chicas en el vestidor con un joven muy guapo al que, por
supuesto, nos presentaron. Es el hijo de Sir Henry Brudenell de Leicestershire.
El señor Brudenell es el hombre más apuesto que he visto en mi vida; las tres
estamos encantadísimas con él. Mary, que hasta el momento en el que llegamos al
vestidor se había estado creciendo con su propia importancia, y con el deseo de
comunicar la noticia de su boda, no pudo quedarse callada sobre el asunto mucho
tiempo después de sentarnos y pronto dijo, dirigiéndose a Kitty:
—¿Nocrees que será necesario tener todas las joyas nuevas
preparadas?—¿Necesario para qué?
—¿Para qué? Vaya, pues para mi aparición en público.
—Tepido perdón pero realmente no te entiendo. ¿De qué joyas estás
hablando, y dónde harás una aparición pública?
—Enel próximo baile, a decir verdad, después de mi boda.
Puedes imaginarte su sorpresa. Al principio estaban incrédulas, pero al
final, cuando confirmamos la historia, se lo creyeron.
—¿Ycon quién? —fue, por supuesto, la primera pregunta. Mary fingió
timidez y respondió turbada, con los ojos bajos:
—Con el señor Watts.
Esto también requirió nuestra confirmación, puesto que apenas podían
creer que alguien que tenía la belleza y fortuna (aunque pequeña, la verdad) de
Mary quisiera voluntariamente casarse con el señor Watts. Habiendo sido
aclarado el asunto y
71
viéndose ella el centro de atención de todos los invitados, perdió toda
su turbación y se volvió absolutamente abierta y comunicativa.
—Mepregunto si no habíais oído nada de esto antes, puesto que
generalmente los asuntos de esta naturaleza se conocen muy bien en el
vecindario.
—Teaseguro —dijo Jemima— que nunca tuve la menor sospecha sobre el
asunto.¿Lleva en curso mucho tiempo todo esto?
—£Oh!, sí, desde el miércoles.
Todos rieron, especialmente el señor Brudenell.
—Tenéis que saber que el señor Watts está muy enamorado de mí, así que
es una unión por amor, por su parte.
—Nosólo por la suya, imagino —dijo Kitty.
—£Oh!Cuando hay tanto amor por un lado, no hay lugar para él en el otro.
Sin embargo, no me disgusta mucho, aunque es muy poco atractivo, para seros
sincera.
El señor Brudenell se quedó estupefacto, las señoritas Dutton rieron, y
Sophy y yo estábamos sinceramente avergonzadas de nuestra hermana. Ella
continuó:
—Tendremos una nueva silla de montar, y muy probablemente podremos
construir nuestro faetón.
Sabíamos que esto era falso, pero a la pobre chica le agradaba la idea
de hacer creer a los invitados que eso iba a ser así, y yo no iba a privarle de
un entretenimiento tan inofensivo. Continuó:
—Elseñor Watts va a presentarme con las joyas de la familia, que
supongo, son muy considerables.
No pude evitar susurrarle a Sophy:
—Yocreo que no.
—Estas joyas son, imagino, de esas que deben ser engarzadas de nuevo
antes de lucirlas. No debo lucirlas antes del primer baile al que vaya después
de mi boda. Si la señora Dutton no fuese, espero que me dejéis haceros de
carabina; seguramente lo haga con Sophy y Georgiana.
—Eres muy amable —dijo Kitty— y ya que estás dispuesta a asumir el
cuidado de jóvenes damiselas, he de aconsejarte que convenzas al señor
Edgecumbe para que te permita hacer de carabina a sus seis hijas, quienes,
junto con tus dos hermanas y nosotras, haremos tu entrée de lo más respetable.
Kitty nos hizo sonreír a todas excepto a Mary, que no entendió sus
palabras, y dijo fríamente que no le gustaría hacer de carabina a tantas
personas. Sophy y yo intentamos entonces cambiar de conversación, pero sólo lo
conseguimos durante unos pocos minutos, puesto que Mary se encargó de atraer de
nuevo la atención hacia ella y la boda que se avecinaba. Me dolía, por el bien
de mi hermana, ver cómo el señor Brudenell parecía disfrutar escuchando su
relato, e incluso la animaba mediante preguntas y comentarios, ya que era
evidente que su único propósito era burlarse de
72
ella. Me temo que él la encontraba muy ridícula. Contenía perfectamente
su semblante, pero era fácil ver que le costaba hacerlo. Sin embargo, al final
parecía cansado e indignado con su ridícula conversación, puesto que se volvió
hacia nosotras y apenas le habló a ella durante aproximadamente media hora
antes de irnos de Stoneham. Tan pronto como estuvimos fuera de la casa, nos
unimos en alabanzas al señor Brudenell, a su persona y a sus modales.
Encontramos al señor Watts en casa.
—Y bien, señorita Stanhope —dijo—, ya ve que vengo a cortejarla como un
verdadero amante…
—Pues no habría sido necesario que me lo dijese. Sé muy bien por qué ha
venido. Entonces Sophy y yo salimos de la habitación, imaginando, por supuesto,
que
debíamos ausentarnos por si fuese a empezar una escena de cortejo. Nos
sorprendióser seguidas casi inmediatamente por Mary.
—¿Tanpronto ha acabado tu cortejo?
—£Cortejo! —respondió Mary—. Hemos estado discutiendo. £Watts es tan
idiota! Espero no verle nunca más.
—Metemo que lo harás —dije yo—. Puesto que hoy cena aquí. ¿Pero cuál ha
sido vuestra disputa?
—Vaya, sólo porque le dije que esta mañana había visto a un hombre mucho
más apuesto que él se puso como una furia y me llamó zorra, así que sólo me
quedé para decirle que pensaba que era un sinvergüenza y me fui.
—Todo muy educado y escueto —dijo Sophy—; pero te ruego que nos digas,
Mary, ¿cómo se va a arreglar esto?
—Debería pedirme perdón; pero si lo hiciese, no le
perdonaría.—Susumisión, entonces, no sería muy útil.
Cuando estuvimos vestidas volvimos al salón, donde mamá y el señor Watts
mantenían una conversación íntima. Parece que él había estado quejándose del
comportamiento de su hija, y ella le había convencido de no pensar más en ello.
Por tanto, fue a buscar a Mary con toda su acostumbrada urbanidad y, salvo una
mención acerca del faetón y otra acerca del invernadero, la velada transcurrió
con gran armonía y cordialidad. Watts va a ir a la ciudad para acelerar los
preparativos de la boda. Tu afectuosa amiga
G. S.
73
La historia de Inglaterra
Desde el reinado de Enrique IV hasta la muerte de Carlos I
Por una historiadora parcial, prejuiciosa e ignorante.
Dedico este libro a la señorita Austen, hija mayor del Reverendo George
Austen, con todo el debido respeto de
La autora.
N.B. En esta Historia habrá muy pocas fechas.
74
Enrique IV
Enrique IV subió al trono de Inglaterra, para su propia satisfacción, en
el año de 1399, tras haber convencido a su primo y predecesor Ricardo II de
renunciar a él en su favor, y de retirarse para el resto de su vida a Pomfret
Castle, donde resultó ser asesinado. Es de suponer que Enrique estuvo casado,
puesto que, en verdad, tuvo cuatro hijos, pero no está en mi mano el informar
al lector sobre quién fue su esposa. Sea como fuere, no vivió para siempre,
pues al enfermar, su hijo el príncipe de Gales vino y se llevó la corona; tras
lo cual, el rey dio un largo discurso (para ello debo remitir al lector a las
obras teatrales de Shakespeare), y el príncipe dio otro aún más largo. Habiendo
resuelto las cosas entre ellos de tal modo, el rey murió y fue sucedido por su
hijo Enrique, quien previamente le había pegado una buena paliza a Sir William
Gascoigne.
75
Enrique V
Tras acceder al trono, este príncipe se reformó y se volvió bastante
amable, abandonó todas sus malas influencias y no volvió a darle más palizas a
Sir William Gascoigne. Durante su reinado, Lord Cobham fue quemado vivo, pero
no recuerdo por qué. Luego su Majestad dirigió sus pensamientos a Francia,
adonde fue y en donde combatió en la famosa batalla de Agincourt. Después se
casó con la hija del rey, Catherine, una mujer muy agradable, según nos cuenta
Shakespeare. Sin embargo, y a pesar de todo esto, murió y fue sucedido por su
hijo Enrique.
76
Enrique VI
No puedo decir gran cosa sobre el buen juicio de este monarca. Tampoco
lo haría si pudiera, puesto que era un Lancaster. Imagino que el lector ya lo
sabe todo sobre las guerras entre él y el duque de York, que pertenecía al
bando de los buenos; si no es así, debería leer algún otro libro de Historia,
dado que yo no seré muy prolija enéste, pues en él sólo intento descargar mi
rencor y mostrar mi odio hacia toda esa gente cuyos partidos o principios no
coinciden con los míos, y no dar información. Este rey se casó con Margarita de
Anjou, una mujer cuyas angustias y desgracias fueron tan grandes que casi hacen
que yo, que la odio, sienta lástima por ella. Fue durante este reinado cuando
vivió Juana de Arco, que armó un buen lío con los ingleses. No deberían haberla
quemado, pero lo hicieron. Hubo varias batallas entre los York y los Lancaster,
en las cuales (como tiene que ser) solían ganar los primeros. A la larga fueron
vencidos completamente; el rey fue asesinado, la reina mandada de vuelta a
casa, y Eduardo IV accedió al trono.
77
Eduardo IV
Este monarca sólo fue famoso por su belleza y valentía, prueba de lo
cual la hallamos plasmada en el retrato que de él se ha hecho y en la intrépida
conducta que mostró al casarse con una mujer aunque estaba comprometido con
otra. Su esposa fue Elizabeth Woodvile, una viuda, £pobre mujer!, que fue más
tarde recluida en un convento por ese monstruo de la infamia y la avaricia que
era Enrique VII. Una de las amantes de Eduardo fue Jane Shore, sobre la que se
ha escrito una obra, pero es una tragedia y, por lo tanto, no merece la pena
leerla. Tras haber llevado a cabo todas estas nobles acciones, su Majestad
murió, y fue sucedido por su hijo.
78
Eduardo V
Este desafortunado príncipe vivió tan poco tiempo que nadie pudo pintar
su retrato. Fue asesinado por una estratagema de su tío, cuyo nombre era
Ricardo III.
79
Ricardo III
El personaje de este príncipe ha sido, en general, muy duramente tratado
por los historiadores, pero, al ser un miembro de los York, me inclino a creer
que era un hombre de lo más respetable. De hecho, se ha afirmado con mucha
seguridad que mató a sus dos sobrinos y a su esposa, pero también se ha dicho
que no mató a sus dos sobrinos, lo que estoy dispuesta a dar por cierto; y, si
es el caso, también puede afirmarse que no mató a su mujer, ya que si Perkin
Warbeck fue realmente el duque de York, ¿por qué no iba a ser Lambert Simnel la
viuda de Ricardo? Fuese inocente o culpable, no reinó en paz durante mucho
tiempo, puesto que Enrique Tudor E. de Richmond, el mayor villano que existió
nunca, armó un gran escándalo para hacerse con la corona y, tras matar al rey
en la batalla de Bosworth, le sucedió.
80
Enrique VII
Este monarca se casó con la princesa Isabel de York poco después de su
ascenso al trono, a través de cuya alianza demostró claramente que consideraba
su derecho propio inferior al de ella, aunque aparentaba lo contrario. De este
matrimonio tuvo dos hijos y dos hijas, la mayor de las cuales se casó con el
rey de Escocia y tuvo la alegría de ser abuela de uno de los mayores personajes
del mundo. Pero ya tendré ocasión de hablar más extensamente de ella más
adelante. La más joven, Mary, se casó primero con el rey de Francia y después
con el duque de Suffolk, de quien tuvo una hija, que más tarde fue madre de
Lady Jane Grey, quien, aunque menos que su adorable prima, la reina de los
escoceses, fue una amable joven, famosa por leer el griego mientras
otros andaban de cacería. Fue durante el reinado de Enrique VII cuando
Perkin Warbeck y Lambert Simnel, mencionados ya anteriormente, hicieron su
aparición; el primero, que fue torturado en el potro, se refugió en la abadía
de Beaulieu y fue decapitado por el conde de Warwick; el segundo fue llevado a
la cocina del rey. Su Majestad murió y fue sucedido por su hijo Enrique, cuyo
único mérito fue el de no ser tan malo como su hija Isabel.
81
Enrique VIII
Sería una ofensa para con mis lectores si no imaginase que están tan
bien enterados como yo del reinado de este rey. Por eso les voy a ahorrar la
tarea de leer de nuevo lo que ya han leído antes, y a mí misma la molestia de
escribir lo que no recuerdo a la perfección, dando tan sólo una somera
descripción de los acontecimientos principales que marcaron su reinado. Entre
ellos deben figurar el del cardenal Wosley diciéndole al padre abad de la
abadía de Leicester que «había venido para reposar sus huesos entre ellos» o la
reforma religiosa y el paseo del rey a caballo por las calles de Londres con
Ana Bolena. Sin embargo es justo y es mi deber declarar que esta amable mujer
fue completamente inocente de los crímenes de los que fue acusada, de lo cual
su belleza, elegancia y energía son pruebas suficientes, sin mencionar sus
solemnes declaraciones de inocencia, la debilidad de los cargos que se le
imputaban, y el carácter del rey; todo lo cual añade un punto más de
confirmación, aunque quizá sea poco en comparación con aquéllos antes alegados
a su favor.
Aunque no soy partidaria de citar muchas fechas, creo que es apropiado
dar algunas y, por supuesto, elegiré aquellas que resulten más importantes que
el lector conozca; creo que es bueno informarle de que la carta de ella al rey
lleva fecha de 6 de mayo. Los crímenes y crueldades de este príncipe son
demasiado numerosos para ser mencionados (como confío que esta Historia ha
mostrado claramente), y nada se puede decir en su favor, salvo que el hecho de
abolir los monasterios y dejarlos al capricho de la ruinosa depredación del
tiempo le ha sido infinitamente útil al paisaje de Inglaterra en general, lo
que probablemente fue su principal motivo para hacerlo, puesto que, de otro
modo, ¿por qué un hombre que ni siquiera es religioso habría de tomarse tantas
molestias para abolir algo que llevaba tanto tiempo asentado en el reino? La
quinta esposa de su Majestad fue la sobrina del duque de Norfolk, quien, aunque
universalmente absuelta de los crímenes por los que fue decapitada, mucha gente
cree que dejó una mala vida antes de casarse; sin embargo, yo tengo muchas
dudas al respecto, ya que era pariente de ese noble duque de Norfolk que tan
ardiente fue en la lucha por la causa de la reina de Escocia, y que a la postre
fue víctima de ella. La única esposa del rey logró sobrevivirle, pero lo llevó
a cabo con dificultad. Su único hijo, Eduardo, le sucedió.
82
Eduardo VI
Como este príncipe tenía sólo nueve años en el momento de la muerte de
su padre, mucha gente lo consideraba demasiado joven para gobernar y, al ser el
difunto rey de la misma opinión, el hermano de su madre, el duque de Somerset,
fue elegido defensor del reino durante la minoría de edad del príncipe. Este
hombre fue, en general, de un carácter muy afable y es algo así como uno de mis
favoritos, aunque de ninguna manera pretenda afirmar que fuera igual a aquellos
grandiosos hombres como el conde Roberto de Essex, Delamere o Gilpin. Fue
decapitado, de lo cual hubiese estado orgulloso, y con razón, de haber sabido
que ésa fue la muerte de la reina María de Escocia; pero como era imposible que
estuviese al tanto de lo que aún no había
ocurrido, no parece que se sintiese especialmente encantado con la
modalidad que le tocó en suerte. Tras su muerte, el duque de Northumberland se
encargó del cuidado del rey y del reino, y llevó a cabo su tarea en ambos casos
tan bien que el rey murió y el reino le fue legado a su nuera, la dama Jane
Grey, la cual ya ha sido mencionada como lectora de griego. El saber si
realmente entendía esa lengua o si su estudio procedía en ella de un simple
exceso de vanidad, en lo que creo que siempre fue notable, es algo que no se
sabe a ciencia cierta. Fuese cual fuese la causa, conservódurante toda su vida
la misma apariencia de conocimiento y desdén por aquello que generalmente era
considerado un placer, puesto que se declaraba disgustada por haber sido
designada reina, y mientras la llevaban al patíbulo escribió una frase en latín
y otra en griego al ver el cuerpo muerto de su marido que pasaba por casualidad
por ahí.
83
María
Esta mujer tuvo la buena suerte de ser propuesta para el trono de
Inglaterra, a pesar de las superiores pretensiones, méritos, y belleza de sus
primas la reina María de Escocia y Jane Grey. Y no es que pueda compadecerme
del reino por las desgracias que sufrió durante su reinado, puesto que se las
merecía completamente por haber permitido que ella sucediese a su hermano, lo
cual fue un doble disparate, ya que deberían haber previsto que, al morir sin
hijos, iba a sucedería esa desgracia para la humanidad, esa plaga de la
sociedad que era Isabel. Fueron varios los que cayeron mártires de la religión
protestante durante su reinado; imagino que no menos de una docena. Se casó con
Felipe, rey de España, quien fue famoso durante el reinado de su hermana por
construir Armadas. Murió sin descendencia, y entonces llegó el espantoso
momento en el que la destructora de toda comodidad, la falsa traidora de la
confianza depositada en ella y asesina de su prima la sucedió en el trono.
84
Isabel
La peculiar desgracia de esta mujer fue tener malos ministros. Ya que,
malvada como era, no podría haber cometido barbaridades de tanto calado si esos
infames e inmorales hombres no hubiesen conspirado con ella, y no la hubiesen
animado en sus crímenes. Sé que mucha gente ha afirmado y creído que Lord
Burleigh, Sir Francis Walsingham, y el resto de aquellos que ocuparon los
cargos principales del Estado eran ministros meritorios, experimentados y
capaces. Pero, £oh!, qué ciegos deben de estar esos escritores y lectores
frente al verdadero mérito, al mérito despreciado, descuidado y calumniado, si
pueden persistir en esas opiniones tras reflexionar que estos hombres, estos
tan vanagloriados hombres, fueron tal escándalo para su país y su sexo por
permitir y ayudar a su reina a encerrar durante un período de diecinueve años a
una mujer que, si las reivindicaciones de parentesco y dignidad no fuesen de
utilidad, ya como reina o como alguien que se digna a depositar confianza en
ella, tenía muchas razones para esperar ayuda y protección; y a la larga
permitieron a Isabel llevar a esta amable mujer a una prematura, desmerecida y
escandalosa muerte.¿Puede alguien, si reflexiona sólo un momento sobre esta
mancha, esta mancha eterna sobre su entendimiento y su personalidad, permitir
alguna alabanza a Lord Burleigh o Sir Francis Walsingham? £Oh! £Cuánto debe
haber sufrido esta fascinante princesa, cuyo único amigo fue el duque de
Norfolk, y cuyos únicos amigos ahora somos el señor Whitaker, la señora Lefroy,
la señora Knight y una servidora, y que fue abandonada por su hijo, encerrada
por su prima, engañada, acusada y vilipendiada por todos!, £cuánto no habrá
sufrido su noble juicio cuando fue informada de que Isabel había ordenado su
muerte! Sin embargo, lo aguantó con la más inquebrantable fortaleza, firme en
sus opiniones, constante en su religión; y preparada para encontrarse con el
cruel destino al que había sido condenada, con una magnanimidad que sólo podía
proceder de una inocencia consciente. Con todo, lector, ¿puede creer que
algunos insensibles y fanáticos protestantes la han llegado a insultar por esa
firmeza en la religión católica que tanto honor reflejaba en ella? Pero ésta es
una muestra llamativa de que son sus estrechas almas y sus juicios prejuiciosos
quienes la acusan. Fue ejecutada en el Great Hall, en Fortheringay Castle
(£sagrado lugar!), el miércoles 8 de febrero de 1586, para eterno reproche de
Isabel, sus ministros, e Inglaterra en general. Conviene decir, antes de que
concluya por completo mi relato
85
de esta malhadada reina, que fue acusada de varios crímenes durante su
período de reinado en Escocia, de lo cual, se lo aseguro lo más seriamente
posible al lector, era absolutamente inocente; no habiendo sido nunca culpable
de nada más que de las imprudencias en las que fue traicionada por la franqueza
de su corazón, su juventud y su educación. Habiendo eliminado, espero, mediante
esta garantía toda sospecha y toda duda que pueda haber surgido en la mente del
lector debido a lo que otros historiadores han escrito sobre ella, debo
proceder a mencionar los restantes sucesos que caracterizaron el reinado de
Isabel. Fue aproximadamente durante este período cuando Sir Francis Drake, el
primer marinero inglés que navegó alrededor del mundo, vivió para ser el adorno
de su país y de su profesión. Sin embargo, grande como era, y justamente
célebre como marinero, no puedo evitar predecir que sería igualado en este
siglo o en el próximo por alguien que, aunque sólo joven ahora, ya promete
responder a las ardientes y optimistas expectativas de sus amigos y familiares,
entre los cuales debo considerar a la amable mujer a quien este trabajo está
dedicado y a mi no menos amable persona.
Aunque de diferente profesión y brillando en una esfera diferente de la
vida, pero igualmente sobresaliente como conde, tal como Drake lo fuera como
marinero, tenemos a Robert Devereux Lord Essex. Este desafortunado joven no era
distinto en carácter al no menos desafortunado Frederick Delamere. El símil
puede llevarse aún más lejos, e Isabel, el tormento de Essex, puede ser
comparada con Emmeline de Delamere. Sería interminable el contar de nuevo las
desgracias de este noble y valiente conde. Será suficiente con decir que fue
decapitado el 25 de febrero, tras haber sido Lord lugarteniente de Irlanda,
tras haber puesto la mano en su espada, y tras haber llevado a cabo otros
servicios para su país. Isabel no sobrevivió durante mucho tiempo a su pérdida,
y murió tan miserablemente que, si no fuese un insulto a la memoria de María,
hasta yo misma la compadecería.
86
Jacobo I
Aunque este rey tenía algunos defectos, de los cuales el principal fue
el permitir la muerte de su madre, considerándolo en términos generales, no
puedo evitar que me guste. Se casó con Ana de Dinamarca y tuvo varios hijos;
afortunadamente para él, su hijo mayor, el príncipe Enrique, murió antes que su
padre: si no, podría haber sufrido los males que sufrió su desgraciado hermano.
Como siento debilidad por la religión católica, mucho me duele el
denunciar el comportamiento de cualquiera de sus miembros; pero siendo la
verdad, creo, algo muy excusable en un historiador, me veo en la obligación de
decir que durante este reinado los católicos de Inglaterra no se portaron como
caballeros con los protestantes. De hecho, su comportamiento para con la
familia real y ambas cámaras del Parlamento debe ser justamente tachado de poco
cortés, e incluso Sir Henry Percy, sin duda el hombre más cultivado del
partido, no tuvo nada de esa educación general que es tan universalmente
agradable, y sus atenciones se limitaron por completo a Lord Mounteagle.
Sir Walter Raleigh medró bajo este reinado y el precedente, y mucha
gente le guarda gran veneración y respeto. Pero dado que era enemigo del noble
Essex, no tengo ninguna alabanza que dirigirle y, a todos aquellos que deseen
conocer los detalles de su vida, debo remitirles a la obra de la Crítica del
señor Sheridan, donde encontrarán muchas anécdotas interesantes tanto de él
como de su amigo Sir Christopher Hatton. Su Majestad era de un temperamento tan
amable que predisponía a la amistad, y en ese aspecto, estaba dotado de una
visión más profunda que mucha
otra gente para descubrir el mérito. Una vez oí una excelente charada
respecto a una alfombra, que me ha recordado el tema que me ocupa, y como creo
que el adivinarla proporcionará a mis lectores algo de diversión, me tomo la
libertad de presentársela aquí.
Charada
Mi primera es lo que mi segunda fue para el rey Jacobo I, y tú me la
pisoteas toda.
87
Los favoritos principales de su Majestad fueron Car, más tarde nombrado
conde de Somerset, cuyo nombre tal vez tenga algo que ver con la charada
mencionada anteriormente; y George Villiers, más tarde duque de Buckingham. A
la muerte de su Majestad, fue sucedido por su hijo Carlos.
88
Carlos I
Este amable monarca pareció haber nacido para sufrir las mismas
desgracias que su adorable abuela; desgracias que no podía merecer, ya que era
descendiente de ella. Nunca hubo tantos personajes detestables al mismo tiempo
en Inglaterra como en este período de la Historia; nunca fueron tan escasos los
hombres afables. Se limita a cinco el número de ellos en todo el reino, además
de los habitantes de Oxford, quienes fueron siempre leales a su rey y fieles a
sus intereses. Los nombres de este noble quinteto que nunca olvidó los deberes
del súbdito ni viró bruscamente lejos de su apego a su Majestad son los
siguientes: el mismo rey, siempre firme en su propio apoyo; el arzobispo Laúd,
el conde de Strafford, el vizconde Faulkland y el duque de Ormond, los cuales
casi nunca fueron menos enérgicos y fervientes en pro de la causa. Mientras que
los villanos del momento conformarían una lista demasiado larga para ser
escrita o leída; por eso debo contentarme con mencionar a los líderes de la
banda. Cromwell, Fairfax, Hampden y Pym, que deben ser considerados como los
causantes
originales de todos los disturbios, desgracias y guerras civiles en los
que Inglaterra se vio sumida durante varios años. En este reinado, al igual que
en el de Isabel, me siento
obligada, a pesar de mi cariño por los escoceses, a considerarlos tan
culpables como a gran parte de los ingleses, puesto que se atrevieron a pensar
de una forma diferente a su soberano, a olvidar la adoración que, como Estuardo
que era, era su deber profesarle, a rebelarse en su contra, a destronar y
encarcelar a la desafortunada María, a oponerse, engañar y vender al no menos
desafortunado Carlos. Los sucesos del reinado de este monarca son demasiado
numerosos para mi pluma, y el exponer tantos acontecimientos (excepto los que a
mí me atañen) no me resulta interesante; siendo mi principal razón para
acometer la escritura de la Historia de Inglaterra el demostrar la inocencia de
la reina de Escocia, de lo que me congratulo haber hecho eficazmente, e insultar
a Isabel, aunque temo un poco haberme quedado corta en esta segunda parte de mi
propósito. Por lo tanto, como no es mi intención dar un relato detallado de las
desgracias en las que este rey se vio envuelto a causa de la mala conducta y
crueldad de su Parlamento, me conformaré con absolverle del reproche de
gobierno tiránico y arbitrario del que a menudo se le ha culpado. No es difícil
hacerlo, creo, puesto que estoy segura de que con un solo argumento convenceré
a toda
89
persona razonable y bien dispuesta, cuyas opiniones hayan sido
correctamente guiadas a través de una buena educación; y este argumento es que
era un Estuardo.
90
El castillo de Lesley
Un novela epistolar inacabada
Al caballero Henry Thomas Austen
Señor:
Me tomo la libertad, con la que a menudo me ha honrado, de dedicarle una
de mis novelas. Me apena que esté inacabada aunque me temo que, tratándose de
mí, siempre será así; el hecho que hasta donde ha llegado pueda resultar
demasiado trivial e indigna de usted es otra de las preocupaciones de su
humilde y agradecida servidora
La autora.
Los señores empleados de Demanda y Cía: tengan a bien pagar a Jane
Austen, soltera, la cantidad de cien guineas a cuenta de su humilde servidor
H. T. Austen
91
Carta primera
De la señorita Margaret Lesley a la señorita Charlotte Lutterell
Lesley Castle, a 3 de enero de 1792
Mi hermano acaba de dejarnos. «Matilda (dijo cuando se despedía), estoy
seguro de que tú y Margaret le daréis a mi hija pequeña todo el cuidado que
debería haber recibido de una madre indulgente, cariñosa y amable». Las
lágrimas rodaban por sus mejillas mientras pronunciaba estas palabras: el
recuerdo de aquella que había deshonrado tan gratuitamente el carácter maternal
y violado tan abiertamente los deberes conyugales le impidió añadir nada más;
abrazó a su dulce hija y, tras despedirse de Matilda y de mí, se separó de
nosotras apresuradamente, se sentó en su carroza y prosiguió camino de
Aberdeen. £Nunca existió un muchacho mejor! £Ah! £Quépoco se merecía las
desgracias que sufrió en el matrimonio! £Un marido tan bueno para tan mala
esposa! Ya sabes, mi querida Charlotte, que la despreciable Louisa le abandonó
a él, a su hija y su reputación hace unas semanas, en compañía de Danvers y del
señor Deshonra. £Nunca existió cara más dulce, figura más elegante ni corazón
menos afable que los que Louisa poseía! Su hija ya tiene los encantos
personales de su infeliz madre. £Más valdría que heredase de su padre los
mentales! Actualmente Lesley tiene tan sólo veinticinco años y ya se ha
abandonado a la melancolía y a la desesperación; £qué diferencia entre él y su padre!
Sir George tiene cincuenta y siete y todavía continúa siendo el pretendiente,
el frívolo mozalbete, el chaval alegre, el enérgico jovencito al que tanto se
parecía su hijo hace cinco años, y como se ha presentado a sí mismo siempre que
yo recuerde. Mientras nuestro padre estárevoloteando por las calles de Londres,
alegre, relajado e irreflexivo a la edad de cincuenta y siete años, Matilda y
yo seguimos separadas de la humanidad en nuestro viejo y decadente castillo, el
cual se encuentra situado a dos millas de Perth, en una firme roca que se alza
dominante sobre una amplia vista de la ciudad y sus encantadores alrededores.
Pero, aunque retiradas de prácticamente del mundo (ya que no visitamos más que
a los M’Leods, los M’Kenzies, los M’Phersons, los M’Cartneys, los M’Donalds,
los M’Kinnons, los M’Lellans, los M’Kays, los Macbeths y
92
los Macduffs), no nos encontramos aburridas ni infelices; al contrario,
nunca hubo dos chicas más vivas, más agradables o más ingeniosas que nosotras;
ni una sola hora al día queda pesadamente suspendida en nuestras manos. Leemos,
trabajamos, paseamos y, cuando estamos fatigadas de estas tareas, aliviamos
nuestras almas con una canción animada, con un baile grácil o con algunos
comentarios agudos y réplicas ingeniosas. Somos guapas, mi querida Charlotte,
mucho, y la mayor de nuestras perfecciones es que nosotras mismas nos quedamos
completamente impasibles ante ellas. Pero entonces, ¿por qué insisto en hablar
de mí? Déjame mejor volver a los elogios de nuestra querida sobrinita, la
inocente Louisa, la cual en este momento estásonriendo encantadoramente en un
dulce sueñecito mientras descansa en el sofá. La amada criatura acaba de
cumplir dos años y es tan guapa como se es a los veintidós, tan sensata como a
los treinta y dos, y tan prudente como a los cuarenta y dos. Para convencerte
de esto te informaré de que tiene una piel finísima y rasgos muy bonitos, que
ya se sabe las dos primeras letras del alfabeto y que nunca desgarra sus
vestidos. Si aún no te he convencido de su belleza, juicio y prudencia, no
tengo nada más que declarar para respaldar mi afirmación, y por tanto no
tendrás otra forma de resolver el asunto que viniendo a Lesley Castle y, tras
conocer personalmente a Louisa, decidir por ti misma. £Ah! Mi querida amiga,
£qué feliz me haría verte dentro de estas venerables paredes! Hace ahora cuatro
años desde que mi marcha de la escuela me separó de ti; el hecho de que dos
corazones tan bondadosos, tan estrechamente unidos por los lazos de la
comprensión y de la amistad tuvieran que ser tan lejanamente distanciados el
uno del otro es algo de lo más conmovedor. Yo vivo en Perthshire, tú en Sussex.
Podríamos reunimos en Londres, si mi padre estuviese dispuesto a
llevarme y tu madre estuviera allí al mismo tiempo. Podríamos encontrarnos en
Bath, en Tunbridge; es más, en cualquier otro sitio, simplemente por estar
juntas en el mismo lugar. Sólo nos queda esperar que ese momento pueda llegar.
Mi padre no regresará hasta el
otoño, mi hermano se irá de Escocia en pocos días: está impaciente por
viajar.£Juventud equivocada! Se convence en vano de que un cambio de aires
curará las heridas de un corazón roto. Estoy segura, mi querida Charlotte, de
que te unirás a míen las oraciones por la recuperación de la tranquilidad de
espíritu del infeliz Lesley, la cual será siempre imprescindible para la de tu
sincera amiga
M. Lesley
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Carta segunda
En respuesta de la señorita C. Lutterell a la señorita M. Lesley
Glenford, a 12 de febrero
Te pido mil disculpas por haberme retrasado tanto en darte las gracias,
mi querida Peggy, por tu amable carta, lo cual, créeme, no habría aplazado si
cada segundo de mi tiempo de estas últimas cinco semanas no hubiese estado tan
completamente
ocupado por los arreglos necesarios para la boda de mi hermana como para
no dejarme tiempo que dedicarte a ti ni a mí misma. Y ahora lo que más me
irrita de todo es que el matrimonio se ha roto y todo mi trabajo se ha echado a
perder. Imagínate qué decepción más grande debe de ser para mí el caer en la
cuenta de que, tras haber trabajado día y noche para tener preparada la cena de
boda a tiempo, tras haber asado suficiente carne de ternera, emparrillado
cordero y estofado suficiente caldo como para que les dure a los recién casados
toda la luna de miel, me encuentro con la humillación de haber estado asando,
emparrillando y estofando la carne y a mí misma para nada. De hecho, mi querida
amiga, no recuerdo haber sufrido nunca una ofensa igual que la que sufrí el
lunes pasado cuando mi hermana vino corriendo a buscarme a la despensa con la
cara tan blanca como la nata montada y me dijo que Henry se había caído del
caballo, fracturado el cráneo y, según dijo su cirujano, se encontraba en el
más grave peligro. «£Dios mío! (dije yo). ¿Lo dices en serio? ¿Por qué? En
nombre del cielo, ¿qué pasará con todas las viandas? No nos dará tiempo a
comerlas mientras estén en buen estado. En todo caso, llamaremos al médico para
que nos ayude. Debería ser capaz de arreglármelas con el solomillo yo sola, mi
madre se comerá el caldo y el doctor y tú os acabáis el resto». En este momento
me callé, al ver a mi pobre hermana caer como sin vida sobre una de las cómodas
en las que guardamos nuestra mantelería. Llamé inmediatamente a mi madre y a
las criadas y al final conseguimos que volviese en sí; tan pronto como recuperó
la conciencia, mostró la determinación de ir, en seguida, a buscar a Henry, y
estaba tan absolutamente empeñada en esta idea, que el impedir que la llevase a
cabo nos resultó la tarea más difícil del mundo; sin embargo, más a base de
fuerza que de súplicas, finalmente la convencimos para que
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fuese a su habitación; la acostamos en la cama donde continuó durante
unas horas sufriendo las más espantosas convulsiones. Mi madre y yo nos
quedamos en la habitación con ella y, cuando algún momento de tolerable calma
por parte de Eloisa nos lo permitía, nos uníamos en sinceros lamentos por el
atroz derroche de nuestras provisiones que este suceso ocasionaría, y
elaborábamos algún plan para deshacernos de ellas. Estábamos de acuerdo en que
lo mejor que podíamos hacer era empezar a comérnoslas inmediatamente y, por
consiguiente, ordenamos que subieran el jamón frío y la carne de ave y al
instante iniciamos, con gran entusiasmo, nuestro plan devorador. Habríamos
intentado convencer a Louisa de que tomase una alita de pollo, pero no se
hubiera dejado persuadir. No obstante, estaba mucho más tranquila de lo que lo
había estado antes: las convulsiones que había sufrido habían dado paso a una
inconsciencia casi perfecta. Procuramos despertarla por todos los medios de que
disponíamos, pero fue en vano. Le hablé de Henry. «Querida Eloisa (le dije), no
hay motivo para que llores tanto por una nimiedad como ésta (estaba dispuesta a
bromear con el tema a fin de consolarla). Te pediría que no te preocupases.
Como ves, a mí no me molesta en absoluto, aunque, después de todo, puede que yo
sea quien más sufra por ello, ya que no sólo tengo que comerme todas los platos
que ya he aliñado, sino que si Henry se recupera (lo que, en cualquier caso, no
es demasiado probable) tendréque aliñar la misma cantidad de nuevo; o si muere
(como imagino que ocurrirá), aún tendré que prepararte otra cena cuando te
cases con algún otro. Ya ves que, aunque quizá ahora te aflija el pensar en el
sufrimiento de Henry, tal vez muera pronto, y de ese modo se acabará su dolor y
tú estarás tranquila, mientras que mi problema durarámucho más, ya que, aunque
trabaje lo más duro que pueda, estoy segura de que la despensa no se vaciará en
menos de dos semanas». De esta manera hice todo lo que estaba en mi mano para
consolarla, aunque sin ningún resultado, y cuando al final vi que no parecía
escucharme, me callé, y, dejándola a solas con mi madre, me bajé los restos del
jamón y el pollo y mandé a William a preguntar qué tal estaba Henry. No
esperaban que viviese muchas más horas; murió ese mismo día. Pusimos todo el
cuidado que pudimos para suavizarle el triste suceso a Eloisa pero, a pesar de
las precauciones, el dolor que le produjo la noticia fue demasiado intenso para
su buen juicio y siguió durante varias horas sumida en un fuerte delirio.
Todavía se encuentra muy enferma y sus médicos temen mucho que sufra un
empeoramiento. Por eso nos estamos preparando para irnos a Bristol, donde se
supone que estaremos a lo largo de la próxima semana. Y ahora, mi querida
Margaret, déjame hablarte un poco de tus asuntos; en primer lugar, debo decirte
que he sido informada confidencialmente de esto: tu padre va a casarse; me
siento poco inclinada a creer un rumor tan desagradable, y a su vez no puedo
desmentirlo por completo. He escrito para mayor información sobre el asunto a
mi amiga Susan Fitzgerald, quien, al encontrarse actualmente en la cuidad,
podrá dármela con seguridad. No sé quién es la dama. Creo
95
que la resolución de viajar que ha tomado tu hermano es extremadamente
acertada, ya que tal vez pueda contribuir a borrar aquellos desagradables
sucesos que tanto le han afligido últimamente.
Me alegra descubrir que, aunque apartadas del mundo, Matilda y tú no
estáis aburridas ni infelices; que nunca descubras lo que es estarlo es el
deseo de tu sinceramente afectuosa
C.L.
P.D. Acabo de recibir en este instante le respuesta de mi amiga Susan,
la cual te adjunto, y de la que sacarás tus propias conclusiones.
La carta adjunta
Mi querida Charlotte:
No podías haber solicitado a nadie mejor que a mí información acerca del
rumor del matrimonio de Sir George Lesley. Sir George está efectivamente
casado; yo misma estuve presente en la ceremonia, lo cual no te sorprenderá, al
firmar esta carta como tu afectuosa
Susan Lesley
96
Carta tercera
De la señorita Margaret Lesley a la señorita C. Lutterell
Lesley Castle, a 16 de febrero
Saqué mis propias conclusiones acerca de la carta que me adjuntaste, mi
querida Charlotte, y ahora te diré cuáles fueron. Razoné que si mediante este
segundo matrimonio Sir George tuviese una segunda familia, nuestra fortuna se
vería considerablemente disminuida; si su mujer fuese de natural derrochadora,
le animaría a perseverar en ese alegre y disipado modo de vida, para lo cual no
necesitaría demasiado apoyo, me temo, pues ya ha demostrado no ser sino
demasiado perjudicial para su salud y su fortuna; que ella pasaría a ser ahora
dueña de aquellas joyas que una vez adornaron a nuestra madre y que Sir George
nos había prometido desde siempre; que si ellos no vinieran a Perthshire, no
podría satisfacer la curiosidad que me producía el contemplar a mi madrastra, y
que si lo hacían, Matilda no volvería a sentarse a la cabeza de la mesa de su
padre.
Estas eran, mi querida Charlotte, las melancólicas reflexiones que se
agolpaban en la imaginación tras examinar concienzudamente la carta que te
envió Susan; las mismas que se le ocurrieron a su vez a Matilda al instante de
haberla examinado ella. Las mismas ideas, los mismos miedos le ocuparon
inmediatamente la mente, y no sé cuál de ellas la angustió más: si la probable
disminución de nuestra fortuna o su propia distinción. Ambas ardemos en deseos
de saber si lady Lesley es guapa y qué opinión te merece; dado que la honras
con el apelativo de amiga, nos complace pensar que debe de ser amable.
Mi hermano ya está en París. Tiene la intención de irse de allí en unos
pocos días y de ponerse en ruta hacia Italia. Escribe en un tono más alegre,
dice que el aire de Francia le ha hecho recuperar la salud y el ánimo; que ha
dejado completamente de pensar en Louisa en todos los sentidos, tanto con
lástima como con afecto, y que incluso se siente agradecido por su fuga, ya que
encuentra muy divertido el ser soltero de nuevo. Puedes imaginar por ello que
ha recobrado por completo esa graciosa alegría, ese enérgico ingenio que en su
día hacían de él un ser tan extraordinario.
97
Cuando conoció a Louisa por primera vez, hace poco más de tres años, era
uno de los muchachos más despiertos y agradables de su edad. Pero creo que
nunca llegaste a
oír los detalles de su primer encuentro con ella. Comenzó en la casa de
Cumberland de nuestro primo, el coronel Drummond, donde pasaba las Navidades y
donde cumplió los veintidós. Louisa Burton era hija de un pariente lejano de la
señora Drummond, quien, habiendo muerto pocos meses antes en extrema pobreza,
dejó a su única hija, que en ese momento tenía unos dieciocho años, bajo la
custodia de cualquier familiar que quisiera ocuparse de ella. La señora
Drummond fue la única que se mostró dispuesta. Así pues, Louisa fue alejada de
una miserable casa de campo en Yorkshire y llevada a una elegante mansión de
Cumberland, y pasó de la angustia pecuniaria que la pobreza podía ocasionar a
todo el elegante entretenimiento que el dinero podía comprar.
Louisa era malhumorada y astuta por naturaleza; pero su padre le enseñó
a disfrazar su verdadero temperamento bajo la apariencia de una insinuante
dulzura, siendo éste muy consciente de que sólo si se casaba tendría
oportunidad de no pasar hambre; él se congratulaba pensando que con esa mezcla
de belleza personal junto con unos modales delicados y un agradable discurso,
podría colocarse en posición de gustarle a algún joven que pudiera permitirse
casarse con una chica que no tuviera ni un chelín. Louisa participó a la
perfección en los planes de su padre y resolvió seguirlos con toda atención y
esmero. A fuerza de perseverancia y dedicación, finalmente había disfrazado tan
perfectamente su temperamento innato bajo la máscara de la inocencia y la
dulzura como para imponerlo a cualquiera que no hubiera descubierto su
verdadero carácter mediante una larga y constante relación íntima con ella. Así
era Louisa, cuando el desventurado Lesley la contempló por vez primera en la
casa de Drummond. Su corazón, que era (usando tu comparación favorita) tan
delicado, dulce y suave como la nata montada, no pudo resistirse a sus
encantos. En muy pocos días ya se estaba enamorando; de hecho, poco después se
enamoró y, antes de que pasase un mes de haberla conocido, ya se había casado
con ella. Al principio, mi padre se sentía tremendamente disgustado ante esa
unión tan precipitada e imprudente; pero cuando se dio cuenta de que no les
importaba en absoluto, pronto se reconcilió con el matrimonio. La finca que mi
hermano posee cerca de Aberdeen, que recibió como recompensa de su tío abuelo
(independiente de la de Sir George), era más que suficiente para mantenerles a
él y a mi hermana desahogados y con holgura. Durante los primeros doce meses,
nadie podía haber sido más feliz que Lesley, y nadie aparentemente más amable
que Louisa, que actuaba de un modo tan verosímil, y se comportaba tan
prudentemente que, aunque Matilda y yo a menudo pasábamos varias semanas con
ellos, ninguna de las dos sospechábamos nada acerca de su verdadero temperamento.
Sin embargo, tras el nacimiento de Louisa, el cual uno podría haber pensado que
habría intensificado su respeto por Lesley, la máscara que tanto tiempo
98
había mantenido fue gradualmente apartándose, y, como probablemente se
sentía segura del afecto de su marido (que de hecho parecía haber aumentado, si
eso fuera posible, tras el nacimiento de su hija), no aparentaba hacer
esfuerzos para evitar que ese afecto disminuyera cada vez más. De este modo,
nuestras visitas a Dunbeath eran menos frecuentes y, con mucho, menos
agradables de lo que solían ser. Nuestra ausencia nunca fue, sin embargo,
mencionada o lamentada por Louisa, quien se sentía infinitamente más feliz en
compañía del joven Danvers, al que conoció en Aberdeen (él estudiaba en una
universidad de allí) que en compañía de Matilda y de tu amiga, aunque en verdad
nunca hubo chicas más agradables que nosotras. Ya conoces el triste final de la
felicidad conyugal del matrimonio Lesley; no voy a insistir. Adiós, mi querida
Charlotte; aunque aún no he mencionado nada sobre el asunto, espero que al
menos te creas que pienso y siento mucho el dolor de tu hermana. No tengo
ninguna duda de que el aire puro de las colinas de Bristol lo eliminarán por
completo, borrando de su mente el recuerdo de Henry. Tuya siempre, mi querida
Charlotte,
M.L.
99
Carta cuarta
De la señorita C. Lutterell a la señorita M. Lesley
Bristol, a 27 de febrero.
Mi querida Peggy:
Acabo de recibir tu carta; al haberla mandado tú a Sussex y encontrarme
yo en Bristol, han tenido que reenviármela y, debido a un inexplicable retraso,
acaba de llegarme en este mismo instante. Te doy las gracias por el relato que
contiene sobre el primer encuentro, el amor y el matrimonio de Lesley y Louisa,
lo cual no me ha entretenido menos pese a habérseme relatado varias veces con
anterioridad.
Tengo la satisfacción de informarte de que hay motivos para creer que la
despensa está, a estas alturas, prácticamente vacía, ya que dimos a los
sirvientes órdenes específicas de comer todo lo que pudieran y de llamar a un
par de asistentas para que les ayudasen. Nosotras nos llevamos un pastel de
pichón, un pavo frío, una lengua fría, y media docena de gelatinas, de lo que
afortunadamente nos deshicimos en menos de dos días desde que llegamos, con la
ayuda de nuestra casera, su marido y sus tres hijos. La pobre Eloisa está aún
tan mal de salud y de ánimo que mucho me temo que el aire de Bristol, por
saludable que sea, no haya sido capaz de hacer salir a Henry de su recuerdo.
Me preguntas si tu nueva madrastra es guapa y agradable: te daré ahora
una descripción exhaustiva de sus encantos físicos y mentales. Es pequeña y
extremadamente bien hecha; es de natural pálida, pero se echa mucho colorete;
tiene unos ojos y dientes delicados, como se cuidará de hacerte saber en cuanto
te vea, y en conjunto es muy bonita. Tiene un humor extraordinariamente bueno
cuando se sale con la suya, y es muy alegre cuando no está de malas. Es
derrochadora por naturaleza y no muy emotiva; no lee nada salvo las cartas que
recibe de mí, y nunca escribe nada salvo las respuestas. Toca el piano, canta y
baila, pero no tiene gusto para ello, ni sobresale en ninguna de las tres
cosas, aunque dice que le gustan apasionadamente. Quizá me halagues sorprendiéndote
de que alguien de quien hablo con tan poco cariño pueda ser mi amiga especial;
pero, si te digo la verdad, nuestra amistad surgió
100
más de un capricho por su parte que de una estima por la mía. Pasamos
juntas dos o tres días en Berkshire, con una dama con la que las dos resultamos
estar emparentadas. Durante nuestra visita, debido a un tiempo
extraordinariamente malo y a un grupo de gente especialmente estúpida, fue tan
buena como para sentir una intensa debilidad por mí, la cual muy pronto cuajó
en una franca amistad y acabó en una sólida correspondencia. Probablemente a
estas alturas ella está tan cansada de mícomo yo lo estoy de ella, pero como
ella es demasiado educada y yo demasiado cortés para decirlo, nuestras cartas
todavía son tan frecuentes y afectuosas como siempre, y nuestro apego, tan
firme y sincero como al principio. Con lo que le gustan los placeres de Londres
y de Brighthelmstone, seguramente encuentre muy difícil el persuadirse de la
curiosidad que le pueda producir el conocerte, incluso a costa de dejar
aquellos lugares favoritos de disipación por la melancólica —aunque
venerable—penumbra del castillo que habitas. Sin embargo, si encuentra su salud
dañada a causa de demasiada diversión, quizás adquiera la suficiente fortaleza
para emprender un viaje a Escocia con la esperanza de que éste resulte ser al
menos beneficioso para su salud, si no propicio para su felicidad. Siento decir
que creo que tus miedos acerca del carácter derrochador de tu padre, de tu
propia fortuna, de las joyas de tu madre y de las consecuencias para tu hermana
no están sino completamente fundamentados. Mi amiga tiene cuatro mil libras, y
probablemente gaste al año aproximadamente la misma cantidad en ropa y lugares
públicos, si puede conseguirlo. Seguramente no se atreverá a reprocharle a Sir
George la manera de vivir a la que tanto tiempo ha estado acostumbrado; y, por
tanto, hay razones para pensar que vivirás muy acomodada si es que logras que
te llegue algo de dinero. Imagino que las joyas también serán indudablemente
suyas, y tiene lógica el pensar que presidirá la mesa de su marido antes que la
hija de él. Pero dado que un tema tan delicado como éste ha de angustiarte
necesariamente, no insistiré más.
La indisposición de Eloisa nos ha llevado a Bristol en una época del año
tan poco común, que desde que vinimos sólo hemos visto a una familia
distinguida. El señor y la señora Marlowe son una gente muy agradable; la mala
salud de su hijo fue lo que
ocasionó su llegada aquí; puedes imaginar que, al ser la única familia
con la que podemos conversar, nos encontramos en un estado de estrecha y
recíproca intimidad con ellos; de hecho, los vemos casi todos los días, y ayer
cenamos con ellos. Pasamos un día muy agradable y cenamos realmente bien
aunque, a decir verdad, la ternera estaba terriblemente cruda y el curry no
estaba condimentado. Durante el tiempo que duró la cena no pude evitar desear
haber estado presente en el momento de aliñarlo. Un hermano del señor Marlowe,
el señor Cleveland, está ahora con ellos; es un joven guapo y parece tener
mucho que decir. Yo le digo a Eloisa que debería echarle el lazo, pero no
parece gustarle nada la propuesta. Me gustaría ver a la chica casada, y
Cleveland tiene un patrimonio buenísimo. Quizá te extrañe que no me tenga en
cuenta
101
a mí misma del mismo modo que tengo en cuenta a mi hermana para mis
proyectos matrimoniales; pero si te digo la verdad, nunca he deseado tener un
papel más protagonista en una boda que el de supervisar y dirigir la cena; y
por eso, mientras tenga algún conocido que se case por mí, nunca pensaré en
casarme yo misma, ya que, sospecho, no tendría tanto tiempo para aliñar mi
propia cena de boda como tengo para aliñar las de mis amigos. Sinceramente
tuya,
C.L.
102
Carta quinta
De la señorita Margaret Lesley a la señorita Charlotte Lutterell
Lesley Castle, a 18 de marzo.
El mismo día en que recibí tu última y amable carta, Matilda recibió una
de Sir George, fechada en Edimburgo y en la que nos informaba de que sería él
quien tendría el placer de presentarnos a Lady Lesley a la noche siguiente.
Esto, como supondrás, nos sorprendió considerablemente, debido, especialmente,
a que tu relato acerca de la dama nos dio razones para creer que había pocas
posibilidades de que visitara Escocia en un momento en el que Londres debía de
ser tan divertido. Sin embargo, como era nuestro deber estar encantadas ante
una señal de condescendencia como era la visita de Sir George y Lady Lesley,
nos preparábamos para corresponder con una respuesta que expresase la felicidad
que experimentábamos ante la expectativa de tal bendición, cuando, afortunadamente,
nos acordamos de que, como iban a llegar al castillo la noche siguiente, a mi
padre le sería imposible recibirla antes de irse de Edimburgo, y nos
contentamos con dejarles que se imaginasen que éramos tan felices como se
esperaba que lo fuésemos. Llegaron a las nueve de la noche del día siguiente,
acompañados por uno de los hermanos de Lady Lesley. La dama se corresponde a la
perfección con la descripción que me mandaste de ella, excepto en que a mí no
me resulta tan bonita como túpareces considerarla. No tiene una cara fea, pero
hay algo tan poco majestuoso en su minúscula figura, que hace que parezca un
enano insignificante si se la compara con la elegante estatura que tenemos
Matilda y yo. Habiendo ahora satisfecho completamente su curiosidad por vernos
(la cual debe haber sido inmensa para haber hecho más de cuatrocientas millas),
ya empieza a mencionar su vuelta a la ciudad, y nos ha pedido que la
acompañemos. No podemos rechazar su petición, puesto que está secundada por las
órdenes de nuestro padre, y terciada por las súplicas del señor Fitzgerald, el
cual es ciertamente uno de los jóvenes más agradables que he visto nunca. Aún
no se ha decidido cuándo nos iremos, pero cuando quiera que sea, estáclaro que
tendremos que llevar a nuestra pequeña Louisa con nosotros. Adiós, mi
103
querida Charlotte, Matilda se une a los mejores deseos, para ti y
Eloisa, de la siempre tuya,
M.L.
104
Carta sexta
De Lady Lesley a la señorita Charlotte Lutterell
Lesley Castle, a 20 de marzo
Llegamos aquí, mi dulce amiga, hará unas dos semanas y ya me arrepiento
de corazón haber dejado alguna vez nuestra encantadora casa de Portman Square
por este sombrío castillo envejecido por el desgaste del clima. No puedes
hacerte una idea de lo espantoso que es, con esa forma de mazmorra que tiene.
De hecho, estácolgado en una roca de apariencia tan absolutamente inaccesible,
que esperaba que me subiesen tirando de una cuerda; y me arrepentí sinceramente
de haber satisfecho la curiosidad de contemplar a mis hijas a costa de verme
obligada a entrar en su prisión de una manera tan peligrosa y ridícula. Pero
tan pronto como me encontré a salvo dentro de este tremendo edificio, me
consolé con la esperanza de ver mi ánimo reavivado gracias a la visión de dos chicas
tan hermosas como se me había dicho en Edimburgo que eran las señoritas Lesley.
Pero nuevamente, no encuentro otra cosa que decepción y sorpresa. Matilda y
Margaret Lesley son dos chicas enormes, altas, fuera de lo común, demasiado
grandes, en definitiva, con la estatura perfecta para habitar un castillo en
comparación casi tan largo como ellas. Desearía, mi querida Charlotte, que
pudieras tan sólo contemplar estas gigantas escocesas; estoy segura de que te
darían un susto de muerte. Harán muy buen contraste conmigo, así que las he
invitado a que me acompañen a Londres, donde espero estar en el curso de las
próximas dos semanas. Además de estas dos bellas damiselas, conocí a una
pequeña y divertida mocosa, la cual creo que es pariente de ellas: me dijeron
quién era y me contaron un requilorio larguísimo acerca de su padre y de la
señorita Nosequién, que ya he olvidado por completo. Odio el escándalo y
detesto a los niños. Desde que vine aquí he sido acosada con pesadas visitas de
un grupo de desdichados escoceses con nombres terriblemente difíciles; eran tan
educados, me hicieron tantas invitaciones, y hablaron tan pronto de venir otra
vez, que no pude evitar ofenderlos. Supongo que no volveré a verlos y, sin
embargo, formamos una familia tan ridícula, que no sé qué voy a hacer. Estas
chicas no saben nada de música, sino de aires escoceses; no tienen
105
dibujos, sino montañas escocesas; y no tienen libros, sino poemas
escoceses; y yo odio todo lo escocés. Normalmente puedo pasarme la mitad del
día en el baño con gran placer, pero ¿por qué he de arreglarme aquí, si no hay
ni una sola criatura en la casa a quien tenga algún deseo de agradar? Acabo de
tener una conversación con mi hermano en la que me ha ofendido mucho, de la
cual, como no tengo nada más divertido que contarte, te daré todos los
detalles. Has de saber que durante estosúltimos cuatro o cinco días sospechaba
mucho que William sentía debilidad por mi hija mayor. Por mi parte, si hubiese
estado dispuesta a enamorarme de alguna mujer, no habría elegido a Matilda
Lesley como el objeto de mi pasión, puesto que no hay nada que odie más que una
mujer alta; sin embargo, no existe explicación para los gustos de algunos
hombres y, como William mide también casi dos metros, no es extraño que sienta
debilidad por esa altura. Ahora, dado que le tengo un gran cariño a mi hermano
y sentiría mucho verle infeliz, como imagino que sucedería si no pudiera
casarse con Matilda, y puesto que además sé que sus circunstancias no le
permitirían casarse con ninguna otra que no tuviese dinero, y Matilda depende
completamente de su padre, el cual no tendrá ni disposición propia ni mi
permiso para darle a ella algo en la actualidad, pensé que sería una buena
acción hacia mi hermano el hacérselo saber, para que pudiese elegir por sí
mismo entre vencer su pasión u optar por el amor y la desesperación. De esta
manera, al encontrarme esta mañana a solas con él en una de las viejas y
horribles habitaciones de este castillo, abordé la cuestión de este modo:
—Bien, mi querido William, ¿qué piensas de estas chicas? Por mi parte,
no las encuentro tan poco atractivas como esperaba, pero tal vez pienses que
tengo debilidad por las hijas de mi marido, y a lo mejor estás en lo cierto. Se
parecen tanto a
Sir George que es natural pensarlo…
—Miquerida Susan —gritó él en un tono de lo más sorprendido—, £no
piensas realmente que se parecen en lo más mínimo a su padre!£Éles tan poco
atractivo! Pero te pido perdón, había olvidado por completo con quién estaba
hablando.
—£Oh, no me importa! —respondí—, todo el mundo sabe que Sir George es
horriblemente feo, y te aseguro que a mí siempre me ha dado miedo.
—Mesorprendes mucho —replicó William— con eso que me cuentas respecto a
Sir George y sus hijas. No puedes pensar en tu marido como alguien con tan
pocos encantos personales como dices, ni, sin duda, puedes ver ningún parecido
entre él y las señoritas Lesley, quienes son, en mi opinión, completamente
diferentes a él y de lo más guapas.
—Siésa es tu opinión respecto a las chicas, eso prueba la belleza de su
padre, ya que, si ellas son tan diferentes a él y tan guapas al mismo tiempo,
es natural pensar que él es muy poco atractivo.
—Deningún modo —dijoél—,puesto que lo que puede hacer bonita a una mujer
puede resultar desagradable en un hombre.
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—Pero tú mismo —respondí— admitiste hace sólo unos minutos que era muy
poco atractivo.
—Los hombres no pueden juzgar la belleza de su propio sexo —dijo
él.—Nihombres ni mujeres pueden pensar que Sir George sea pasable.
—Bien, bien—dijo—,no vamos a disputarnos sobre su belleza, pero tu
opinión sobre sus hijas es sin duda muy extraña; pues si te entendí bien,
£dijiste que no las has encontrado tan poco atractivas como te esperabas!
—¿Porqué?, ¿entonces tú sí las encuentras menos atractivas? —dije yo.
—Apenas me creo que hables en serio —replicó— cuando te refieres a sus
personas de una manera tan extraordinaria. ¿No crees que las señoritas Lesley
son dos jóvenes muy guapas?
—£Dios! £No!—grité—£Me parecen terriblemente poco atractivas!
—¿Poco atractivas? —respondió—. Mi querida Susan, £no puedes pensar así
de verdad! ¿Por qué? ¿A qué rasgo de la cara de cualquiera de ellas puedes
poner reparos?
—£Ah!Espérame para eso —respondí yo—. Venga, empezaré con la mayor, con
Matilda. ¿Puedo, William?—Mehice pasar por todo lo astuta que pude mientras lo
decía, con el fin de avergonzarle.
—Separecen tanto—dijo—que debo suponer que los defectos de una serán los
defectos de ambas.
—Pues bien, en primer lugar, £las dos son tan horriblemente altas!
—Enefecto, son más altas que tú —dijo con una sonrisa
impertinente.—No—dije yo—, eso no lo sé.
—Bueno —continuó—, pero aunque su estatura esté por encima de lo común,
sus figuras son absolutamente elegantes; y en cuanto a su cara, sus ojos son
preciosos.
—Latremenda apariencia de esas figuras despampanantes nunca podrá
parecerme elegante en grado alguno, y en cuanto a sus ojos, son tan altas que
nunca pude forzar mi nuca lo suficiente como para mirarlos.
—Ya —dijo—, no sé si has hecho bien en no intentarlo, ya que quizá te
deslumbrasen con su brillo.
—£Oh, ciertamente! —dije yo, con la mayor de las complacencias, porque
te aseguro, mi querida Charlotte, que no me sentí ofendida en lo más mínimo,
aunque por lo que siguió cabe suponer que William era consciente de haberme
dado motivos para ello, ya que acercándoseme y cogiendo mi mano, dijo—: no
pongas esa cara tan solemne, Susan, £me harás creer que te he ofendido!
—¿Ofenderme?, querido hermano, ¿cómo se te ha ocurrido algo así?
—respondí—.£De verdad que no! Te aseguro que no estoy en absoluto sorprendida
de que seas un ardiente defensor de la belleza de esas chicas.
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—Bien —interrumpió William—, pero recuerda que aún no hemos terminado
nuestra discusión acerca de ellas. ¿Qué defecto encuentras en su cutis?
—£Sontan horriblemente pálidas!
—Siempre tienen algo de color y, tras algo de ejercicio, éste aumenta
considerablemente.
—Sí,pero si alguna vez lloviese en esta parte del mundo, nunca serían
capaces de crecer más de lo que ya han crecido; excepto si se divierten
corriendo de acá para alláen estas horribles y viejas galerías y antesalas.
—Bueno —respondió mi hermano en tono de enfado y lanzándome una mirada
impertinente—, puede que tengan poco color, pero al menos es todo suyo.
Esto fue demasiado, mi querida Charlotte, porque estoy segura de que con
esa mirada tuvo la insolencia de dudar de la realidad del mío. Pero estoy
segura de que tújustificarás mi comportamiento al verme tan cruelmente
insultada, ya que puedes atestiguar cuántas veces he protestado contra el hecho
de llevar colorete, y cuántas veces te he dicho lo mucho que lo detesto. Y te
aseguro que mi opinión es todavía la misma. Pues bien, no pudiendo aguantar las
dudas de mi hermano, salíinmediatamente de la habitación y desde entonces he
estado en mi vestidor escribiéndote. £Qué carta más larga me ha salido! Pero no
debes esperar recibir otra igual cuando haya llegado a la ciudad, puesto que
sólo en Lesley Castle uno tiene tiempo para escribir incluso a Charlotte Lutterell.
Estaba tan enfadada por la mirada de William que no pude armarme de suficiente
paciencia para quedarme y aconsejarle acerca de su apego a Matilda, que es lo
que me había llevado en un principio, por puro amor hacia él, a entablar la
conversación. Y debido a ésta, ahora estoy tan completamente convencida de su
intensa pasión por ella, que estoy segura de que nunca querrá oír hablar del
asunto, y por lo tanto no he de tomarme más molestias porél ni por su favorita.
Adiós, querida mía. Afectuosamente tuya,
Susan L.
108
Carta séptima
De la señorita C. Lutterell a la señorita M. Lesley
Bristol, a 27 de marzo.
Esta semana he recibido tu carta y la de tu madrastra, las cuales me han
entretenido mucho, puesto que me hacen ver que ambas estáis completamente
celosas de la belleza de la otra. Es muy curioso que dos mujeres bonitas, de
hecho, madre e hija, no puedan estar en la misma casa sin discutir sobre sus
respectivas caras. Convéncete de que ambas sois muy guapas y no digas nada más
sobre el asunto. Supongo que debo enviar esta carta a Portman Square, donde
probablemente (por grande que sea tu afecto por el castillo de los Lesley) no
lamentarás encontrarte. A pesar de lo que diga la gente sobre las verdes
praderas y el campo, siempre fui de la
opinión de que Londres y sus diversiones pueden ser muy agradables
durante un tiempo, y sería muy feliz si los ingresos de mi madre le permitieran
llevarnos a sus edificios y jardines públicos durante el invierno. Siempre he
anhelado especialmente ir a Vaux-Hall, para ver si la carne de vaca se corta
tan fina como dicen, ya que sospecho ligeramente que poca gente entiende tan
bien como yo el arte de cortar una rodaja de carne de vaca; sería difícil que
no supiera nada del asunto, dado que fue la parte de mi educación que más
esfuerzo me costó. Mamá siempre me consideró su mejor alumna; aunque cuando
papá vivía, Eloisa era su preferida. Efectivamente, nunca hubo dos caracteres
más diferentes en el mundo. A las dos nos encantaba leer. Ella prefería las
crónicas; yo las recetas. A ella le encantaba hacer dibujos y a mí caldo de
gallina. Nadie cantaba mejor que ella, y nadie hacía pasteles mejor que yo. Y
así sigue siendo desde que somos niñas. La única diferencia es que las entonces
tan frecuentes disputas sobre cuál de nuestras tareas era de mejor calidad ya
se han acabado. Desde hace varios años hemos llegado al acuerdo de admirar
siempre los trabajos de la otra; yo nunca me pierdo escuchar su música, y ella
es igual de constante comiendo mis pasteles. Al menos ésta era la situación
hasta que Henry apareció en Sussex. Antes de la llegada de su tía a nuestro
barrio, donde, como sabes, se instaló hace aproximadamente un año, las visitas
de él se habían producido en días muy concretos
109
y habían sido de una misma duración, fijada con antelación; pero tras su
mudanza a la mansión, que está a un paseo de nuestra casa, éstas se volvieron
más frecuentes y largas. Como puedes imaginar, esto no podía ser agradable para
la señora Diana, enemiga declarada de todo lo que no sea dirigido por el decoro
y la formalidad, o que se asemeje hasta en lo más mínimo a una educación buena
y acomodada. Tan grande era su aversión por el comportamiento de su sobrino,
que a menudo la he oído soltar tales indirectas sobre ello a su cara que, si en
esos momentos Henry no hubiese estado inmerso en una conversación con Eloisa,
habrían captado su atención y le habrían angustiado sobremanera. La alteración
en el comportamiento de mi hermana al que antes he aludido tuvo lugar entonces.
Ya no parecía respetar el acuerdo al que habíamos llegado acerca de admirar lo
que hiciera la otra; y aunque yo aplaudía constantemente incluso los bailes
campestres que ella organizaba, ni uno de los pasteles de pichón de mi cosecha
obtuvo de ella una sola palabra de aprobación. Esto hubiera sido más que
suficiente para encenderla a una; sin embargo, fui tan fría como la crema de
queso y, tras haber diseñado mi plan y maquinado una venganza, estaba decidida
a dejar que hiciese las cosas a su manera y a no hacerle ni un solo reproche.
Mi plan consistía en tratarla a ella como me había tratado a mí, y, aunque me
pintase mi propio retrato o tocase Malbrook (que es la única melodía que
siempre me ha gustado de verdad), no decir «Gracias, Eloísa»; aunque durante
muchos años había constantemente gritado con falsedad siempre que tocaba:
«Bravo!, bravissimo!, encora!, da capo!, allegretto!, con expressione!» y «poco
presto!», junto con otras estrafalarias palabras, todas ellas, que, como Eloisa
me decía, expresaban muy bien mi admiración; e imagino que así es, ya que veo
varias de ellas en todas y cada una de las páginas de todos los libros de
música: supongo que serán los sentimientos del compositor.
Cumplí mis planes con gran presteza. No puedo decir con éxito porque,
£ay de mí!, mi silencio mientras ella tocaba no parecía disgustarle; de hecho,
todo lo contrario; un día me dijo: «Bien Charlotte, me alegro mucho de ver que
por fin has abandonado esa ridícula costumbre de: vitorear mi ejecución al
clavicordio hasta causarme dolor de cabeza y quedarte ronca. Te agradezco mucho
que te guardes tu admiración para ti». Nunca olvidaré la respuesta tan
ingeniosa que le di a este comentario. «Eloisa —dije—, te pido que estés
tranquila con respecto a estos temores en el futuro, puesto que estate segura
de que siempre me guardaré mi admiración para mí y mis pasatiempos, y nunca la
extenderé a los tuyos». Ésta fue la única cosa dura que he dicho en mi vida; no
es que a menudo no me haya sentido satírica, pero era la primera vez que hacía
públicos mis sentimientos.
Imagino que nunca hubo dos jóvenes que se tuvieran más cariño que Henry
y Eloísa; no, el amor de tu hermano por la señorita Burton no podía ser tan
fuerte, aunque fuese más violento. Puedes imaginarte lo afectada que debía de
estar mi
110
hermana al hacerle él una jugarreta como ésa. £Pobre chica!, aún lamenta
su muerte con la misma constancia aunque lleva muerto más de seis semanas; pero
hay a quienes estas cosas les afectan más que a otros. El mal estado de salud
en el que la ha sumido su pérdida la hace estar tan débil y ser tan incapaz de
sobreponerse al más mínimo esfuerzo, que ha estado la mañana entera
desconsolada sólo por haberse despedido de la señora Marlowe, quien, junto a su
marido, su hermano y su hijo, se va de Bristol hoy por la mañana. A mí me da
pena que se vayan porque son la única familia que hemos conocido aquí, pero en
ningún momento he pensado en llorar; para ser sincera, Eloisa y la señora
Marlowe siempre han estado más unidas entre sí que conmigo, y por eso se han tomado
una especie de afecto, lo cual no hace las lágrimas tan inexcusables en ellas
como lo serían en mí. Los Marlowe se van a la ciudad, Cleveland los acompaña;
ya que ni Eloisa ni yo hemos podido cazarle, espero que tú o Matilda tengáis
más suerte. No sé cuándo podremos irnos de Bristol; el ánimo de Eloisa estátan
bajo que se siente muy reacia al traslado; y sin embargo, de ningún modo se
curará con su estancia aquí. Espero que en una o dos semanas se determinen
quémedidas tomar. Mientras tanto, cree, etc. y etc.
Charlotte Lutterell
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Carta octava
De la señorita Lutterell a la señora Marlowe
Bristol, a 4 de abril.
Te estoy muy agradecida, mi querida Emma, por la señal de afecto con la
que me halagas al transmitirme la propuesta de cartearnos; te aseguro que será
un alivio para mí el escribirte, y, siempre que mi salud y mi ánimo me lo
permitan, verás que soy una escritora muy constante; no diré divertida, ya que
conoces mi situación lo suficiente como para no ignorar que la alegría sería
impropia de mí; y yo conozco demasiado bien mi corazón como para no percibir
que ello sería anormal. No debes pues esperar noticias, ya que no vemos a nadie
de quien seamos en absoluto conocidos, o en cuyos eventos tengamos alguna
participación. No debes esperar ningún escándalo, ya que por el mismo motivo
nos está vedado tanto el oírlos como el inventárnoslos. No debes esperar nada
de mí salvo las efusiones de tristeza de un corazón roto, el cual se ve para
siempre privado de la felicidad de la que una vez disfrutó, y que difícilmente
soporta su actual desgracia. El hecho mismo de poder escribirte y hablarte de
mi extraviado Henry será un lujo para mí, y sé que tu bondad no rechazará leer
lo que a mi corazón tanto le aliviará escribir. Una vez creí que tener lo que,
generalmente, se llama un amigo (quiero decir, alguien de mi mismo sexo a quien
pueda hablarle con menos reservas que a cualquier otra persona) que no fuese mi
hermana nunca sería
objeto de mi deseo, £pero cuán equivocada estaba! Charlotte está
demasiado absorta con dos corresponsales confidenciales de ese tipo como para
brindarme a mí el sitio de una de ellas, y espero que no pienses que soy
infantil y romántica cuando te digo que tener algún tipo de amiga compasiva que
escuche mis penas sin intentar consolarme es lo que he estado deseando durante
bastante tiempo; cuando te conocí, la complicidad que siguió, y el cariño
especialmente afectuoso que me diste casi desde el principio, me hicieron
contemplar la favorecedora idea de aumentar esas atenciones mediante un mejor
conocimiento de una amistad que, si fueras lo que en mis deseos quería que
fueses, sería la felicidad más grande de la que yo podría disfrutar. El ver que
esas esperanzas se hacen realidad es una satisfacción suficiente;
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esa satisfacción es actualmente casi la única que puedo sentir. Me
encuentro tan débil que estoy segura de que si estuvieses conmigo me obligarías
a dejar de escribir, y no puedo darte mejor señal de cariño que haciendo lo que
sé que tú desearías que hiciera, ya estés ausente o presente. La sincera amiga
de mi querida Emma,
E.L.
113
Carta novena
De la señora Marlowe a la señorita Lutterell
Grosvenor Street, a 10 de abril.
¿He de decirte, mi querida Eloísa, lo grata que me resultó tu carta? No
puedo darte mejor prueba del placer que sentí con ella, o del deseo que siento
de que nuestra correspondencia sea regular y frecuente, que dándote —como ahora
hago— un buen ejemplo respondiéndote a ella antes de que acabe la semana. Pero
no te imagines que pretendo tener ningún mérito por ser tan puntual; al
contrario, te aseguro que me resulta mucho más gratificante escribirte que
pasar la tarde en un concierto o en un baile. El señor Marlowe está tan deseoso
de que aparezca en alguno de los lugares públicos cada tarde, que no me gusta
negárselo, pero, al mismo tiempo, deseo tanto quedarme en casa que, al margen
del placer que experimento dedicando alguna porción de mi tiempo a mi querida
Eloisa, la libertad que reivindico —puesto que tengo una carta que escribir— de
pasar una tarde en casa con mi hijo, y me conoces suficientemente bien como
para entenderlo, será en sí mismo bastante aliciente (si es que se necesita
alguno) para mantener, con placer, una correspondencia contigo. En cuanto al
contenido de tus cartas, sea serio o alegre, si te interesa a ti me resultará a
mí igualmente interesante; a pesar de ello, creo que la melancólica compasión
respecto a tus penas no hará sino aumentarlas y las alimentará a base de
repetírmelas e insistirme sobre ellas, y sería más prudente por tu parte que
evitases tan triste asunto; pero sabiendo como sé el tranquilizador y
melancólico placer que debe de proporcionarte, no puedo permitirme negarte tal
compasión, y sólo insistiré en que no esperes que te anime a ello en mis
cartas; al contrario, tengo la intención de llenarlas de enérgico ingenio y
humor animoso, para que puedan despertar incluso una sonrisa en el dulce pero
apenado rostro de mi Eloísa.
En primer lugar, has de saber que me he encontrado a las tres amigas de
tu hermana, a Lady Lesley y a sus hijas, en lugares públicos dos veces desde
que estoy aquí. Sé que estarás impaciente por saber mi opinión sobre la belleza
de las tres mujeres de las que tanto has oído hablar. Ahora que estás demasiado
enferma e infeliz
114
para ser vanidosa, creo que debo arriesgarme a informarte de que ninguna
de sus caras me gusta tanto como la tuya. Sí, son guapas—dehecho, a Lady Lesley
ya la había visto antes—, y creo que de sus hijas se diría, en general, que
tienen una cara más fina que la de la dama; y sin embargo, con los encantos de
una piel floreciente, algo de amaneramiento y mucha charla, quizá consiga
atraer tantos admiradores como los rasgos, más clásicos, de Matilda y Margaret.
Estoy segura de que estarás de acuerdo conmigo cuando digo que ninguna de ellas
puede ser de la talla correcta para la belleza real, puesto que sabes que dos
de ellas son más altas y otra más bajita que nosotras. A pesar de este defecto
(o mejor dicho, en virtud de él) hay algo muy noble y majestuoso en las figuras
de las señoritas Lesley y algo agradablemente vivo en su bonita y pequeña
madrastra. Pero aunque unas sean majestuosas y la otra vivaracha, la cara de
ninguna de ellas posee esa dulzura fascinadora de la de mi Eloisa, en la que su
actual languidez está tan lejos de desaparecer. ¿Qué dirían mi marido y mi
hermano de nosotras si supiesen todos los piropos que te estoy echando en esta
carta? Es bastante duro que alguien del mismo sexo no le pueda decir a una
mujer bonita que lo es sin que se sospeche que es su peor enemiga o su
declarada lamebotas. £Las mujeres somos mucho más amables en tales casos! Un
hombre le puede decir a otro cuarenta cosas corteses sin que nosotras pensemos
que se le ha pagado por ello, y, siempre que cumpla con sus deberes para con
nuestro sexo, nos da igual lo educado que sea con su mismo género.
Sea tan amable la señora Lutterell de aceptar mis cumplidos; Charlotte,
mi amor; y Eloisa, los mejores deseos para la recuperación de su salud y su
ánimo que le puede
ofrecer su afectuosa amiga,
E. Marlowe
Me temo que esta carta no será más que una pobre muestra de mis
facultades ingeniosas; y tu opinión sobre ellas no mejorará mucho cuando te
diga que he sido lo más divertida que soy capaz de ser.
115
Carta décima
De la señorita Margaret Lesley a la señorita Charlotte Lutterell
Portman Square, a 13 de abril.
Mi querida Charlotte:
Nos fuimos del castillo de los Lesley el día 28 del mes pasado y
llegamos sin incidentes a Londres tras un viaje de siete días; tuve el placer
de encontrarme aquí con tu carta, que esperaba mi llegada, por la que te doy
mis más sinceras gracias. £Ay! mi querida amiga, cada día añoro más los
tranquilos y serenos placeres del castillo que hemos dejado a cambio de las
dudosas y desiguales diversiones de esta ciudad glorificada. No pretendo
afirmar que estas dudosas y desiguales diversiones me sean en absoluto desagradables;
al contrario, las disfruto mucho y las disfrutaría incluso más si no estuviera
segura de que cada aparición que hago en público no hace sino fortalecer la
cadena de aquellos seres infelices de cuya pasión es imposible no compadecerse,
aunque el que vuelva a aparecer o no, no es cosa mía. En pocas palabras, mi
querida Charlotte, es mi debilidad por los sufrimientos de tantos jóvenes
amables, mi antipatía por la admiración extrema con la que me encuentro, y mi
aversión por ser tan célebre en público, en privado, en los periódicos y en las
imprentas, todas éstas son las razones por las que no puedo disfrutar del todo
las tan variadas y agradables diversiones de Londres.
£Cuántas veces he deseado tener tan poca belleza personal como tú!, £que
mi figura fuese tan poco elegante, mi cara tan fea, y mi apariencia tan
desagradable como la tuya! Pero, £ay!, qué pocas posibilidades hay de que
ocurra un acontecimiento tan deseado; ya he pasado la viruela y, por tanto,
debo someterme a mi infeliz destino.
Ahora, mi querida Charlotte, voy a confiarte un secreto que durante
mucho tiempo ha turbado la tranquilidad de mis días y que es del tipo de los
que requieren la más inviolable discreción por tu parte. El lunes pasado por la
noche, Matilda y yo acompañamos a Lady Lesley a una recepción en casa de la
honorable señora Kickabout; íbamos acompañadas del señor Fitzgerald, que, por
lo general, es un joven muy amable, aunque quizá con un gusto un poco extraño
—está enamorado de
116
Matilda—. Apenas habíamos presentado nuestros respetos a la señora de la
casa y habíamos hecho reverencias ante media veintena de diferentes personas,
cuando me llamó la atención la aparición de un joven de lo más hermoso en su
género, quien en ese momento entraba en la habitación junto con otro caballero
y una dama. Desde el primer momento en que lo vi, estuve segura de que la
felicidad de mi vida dependía de él. Imagina mi sorpresa cuando me lo
presentaron con el nombre de Cleveland; lo reconocí al instante como el hermano
de la señora Marlowe y como el conocido de mi Charlotte en Bristol. El señor y
la señora M. eran el caballero y la dama que lo acompañaban. (¿A ti no te
parece guapa la señora Marlowe?). El discurso elegante del señor Cleveland, sus
finos modales y su encantador saludo confirmaron mi afecto al momento. No
habló, pero podía imaginarme todo lo que hubiese dicho si hubiera abierto la
boca. Puedo imaginarme los cultos conocimientos, los nobles sentimientos y el
elegante lenguaje que habría relucido de manera tan destacada en la
conversación de Cleveland. El que se acercara Sir James Gower (uno de mis
demasiado numerosos admiradores) impidió el descubrimiento de alguna de esas
facultades, poniendo fin a la conversación que nunca entablamos y atrayendo mi
atención hacia él. Pero, £oh!,£qué inferiores eran las dotes de Sir James
comparadas con las de su tan envidiado rival! Sir James es uno de nuestros
visitantes más frecuentes y casi siempre es partícipe de nuestras fiestas. A
menudo nos hemos encontrado con el señor y la señora Marlowe, pero no con
Cleveland; siempre está ocupado en algún otro lugar. Cada vez que veo a la
señora Marlowe me agota mortalmente con su pesada conversación acerca de ti y
de Eloisa. £Es tan estúpida! Vivo con la esperanza de ver a su irresistible
hermano esta noche, ya que vamos a casa de Lady Flambeau, quien sé es íntima de
los Marlowe. Nuestro grupo lo formaremos Lady Lesley, Matilda, Fitzgerald, Sir
James Gower, y yo. Vemos poco a Sir George, que casi siempre está en la mesa de
juego.£Ay, pobre suerte mía!, ¿dónde estarás en estos momentos? Vemos más a
Lady L., que siempre aparece (con mucho colorete) en el momento de la cena.
£Ay, con qué joyas tan encantadoras estará adornada esta noche en casa de Lady
Flambeau! Pero me pregunto cómo puede ella deleitarse luciéndolas; seguramente
sea consciente de la ridícula falta de decoro que supone el cargar su diminuta
figura con esos superfluos adornos; ¿es posible que no sepa lo superior que es
una elegante simplicidad a la vestimenta más estudiada? Si tan sólo nos lo
regalase a Matilda y a mí, £cuánto se lo agradeceríamos!, £qué favorecedores
serían los diamantes en nuestras finas y majestuosas figuras! Y qué
sorprendente es que nunca se le haya ocurrido a ella esa idea. Estoy segura de
que si he pensado de este modo una vez, lo haré cincuenta más. Siempre que veo
a Lady Lesley llevándolas, inmediatamente acuden a mí estas reflexiones. £Y
además son las joyas de mi propia madre! Pero no diré más sobre este
melancólico asunto —déjame divertirte con algo más agradable—, Matilda recibió
una carta de Lesley esta mañana, mediante la cual tenemos el placer de
enterarnos de que
117
está en Nápoles, se ha hecho católico, ha conseguido una de las
declaraciones del Papa para anular su primer matrimonio, y desde entonces está
casado con una mujer napolitana de alta alcurnia y gran fortuna. Nos dice,
además, que un episodio del mismo estilo le ha ocurrido a su primera mujer,
Louisa, quien se encuentra igualmente en Nápoles, se ha hecho católica y pronto
se casará con un noble napolitano de grandes y distinguidos méritos. Dice que
actualmente son muy buenos amigos, que casi han olvidado todos los errores
pasados y tienen la intención de ser en un futuro muy buenos vecinos. Nos
invita a Matilda y a mí a visitarle a Italia y a llevarle a su pequeña Louisa,
a la que la madre, la madrastra y él están por igual deseosos de ver. En cuanto
a aceptar esta invitación, actualmente es algo bastante incierto; Lady Lesley
nos aconseja que vayamos sin más pérdida de tiempo; Fitzgerald se ofrece a
acompañarnos, pero Matilda tiene algunas dudas sobre si un plan así es
decoroso:
estoy segura de que el tipo le gusta. Mi padre no desea que tengamos
prisa, puesto que, tal vez si esperamos unos meses, él y Lady Lesley tendrán el
placer de acompañarnos en el viaje. Lady Lesley dice que no, que nada le hará
anteponer por encima de las diversiones de Brighthelmstone un viaje a Italia,
únicamente para ver a nuestro hermano. «No —dice la desagradable mujer—, ya fui
suficientemente tonta una vez como para viajar no sé cuántos cientos de millas
para ver a dos de la familia, y
me encontré con que no solucionó nada, así que… £lléveme el demonio si
alguna vez vuelvo a ser tan tonta!». Eso dice la dama, pero Sir George aún
insiste en que a lo mejor en uno o dos meses nos acompañarán.
Hasta siempre, mi querida Charlotte,
Tu fiel Margaret Lesley
FIN

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