© Libro N° 15224. Las Encantadas. Melville, Herman. Emancipación. Junio 6 de 2026
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LAS
ENCANTADAS
Herman
Melville
Las Encantadas
Herman Melville
Las Encantadas
Melville, Herman
Novela
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PRIMER BOSQUEJO
3
Las islas en general
—Eso no puede ser —dijo el barquero–
A menos que sin saberlo, por un acaso, estemos predestinados Pues esas
mismas islas que surgen de vez en cuando,
Que no son tierra firme, no tienen punto fijo, Sino que flotan de aquí
para allí
Por el ancho mar; por esto son llamadas Las Islas Errantes; por esto
evítalas
Pues a menudo han hundido a muchos navegantes En el más mortal peligro y
en desesperado trance; Pues cualquiera que una vez haya puesto
Allí su pie nunca puede recobrarlo
Y se queda eternamente desorientado e inseguro.
Oscura, lúgubre, sombría como tumba voraz, Que reclama todavía carroñas
y osamentas;
Sobre la cual se posa la lechuza espeluznante
Para dejar oír su nota funesta que para siempre apaña De su guarida a
todas las otras aves, más alegres,
mientras en torno suyo espectros errantes gimen o aúllan.
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Tome veinticinco cúmulos de ceniza desparramados aquí y allá en un
terreno baldío de las afueras de la ciudad; imagine algunos de ellos
engrandecidos al tamaño de montañas y que el mar sea la parte baldía y tendrá
entonces una idea adecuada del aspecto general de las Islas Encantadas. Se
trata más bien de un grupo de volcanes extinguidos que de islas; con un aspecto
similar al que tendría el mundo después de una guerra punitiva.
Hay que preguntarse si en cuanto a desolación, algún otro sitio yermo de
la tierra pueda proporcionar algo semejante a este grupo. Cementerios
abandonados de otros tiempos o viejas ciudades en ruinas constituyen
espectáculos ya bastante melancólicos, pero como todo lo que en algún momento
ha estado vinculado a la humanidad, aún despiertan en nosotros cierto afecto,
por muy tristes que sean. De modo que incluso el Mar Muerto, por más que genere
a veces otras emociones, no deja de provocar en el peregrino alguno de sus
sentimientos menos desagradables.
Y por lo que hace al ánimo solitario: los grandes bosques del norte, las
superficies de aguas no navegadas, los campos de hielo de Groenlandia, son las
más profundas de las soledades para un observador humano; con todo, la magia de
sus cambiantes mareas y sus estaciones atenúa su horror ya que, aunque no los
visiten los hombres, la primavera visita esos bosques; los mares más remotos
reflejan las estrellas familiares, lo mismo que el Lago Erie, y en el aire
claro de un bello día polar, el hielo azulado y radiante, luce tan hermoso como
malaquita.
Pero la propia maldición, si uno quiere, de Las Encantadas, lo que las
pone en cuanto a desolación por arriba de Idumea[1] y del Polo, es que para
ellas el cambio nunca llega; ni el cambio de estaciones ni el de pesares.
Atravesadas por el Ecuador, no conocen el otoño ni tampoco la primavera; ya
reducidas a las heces del fuego, poco más es lo que la misma devastación puede
provocar en ellas. Las lluvias refrescan a los desiertos; pero en estas islas
nunca llueve. Como calabazas de Siria que se secan al sol, son resquebrajadas
por una eterna sequía bajo un cielo ardiente. «Ten piedad de mí», parece gritar
el espíritu de Las Encantadas que gime, «y envía a Lázaro, para que pueda meter
en el agua las yemas de sus dedos y refrescar mi lengua, pues estoy atormentado
por estas llamas».
5
Otro rasgo de estas islas es la absoluta imposibilidad de que sean
habitadas. Se considera un ejemplo apropiado de desidia que el chacal tenga su
guarida en un páramo que pudo haber sido Babilonia; pero Las Encantadas se
niegan a darle acogida hasta a las más descastadas entre las bestias. Tanto el
hombre como el lobo las evitan. Allí se pueden encontrar pocos animales, con la
excepción de los reptiles:
tortugas, lagartos, arañas enormes, serpientes y esa singular anomalía
de la naturaleza exótica que es la iguana. No se oye una voz ni un mugido ni un
aullido; el primordial signo de vida allí es el silbido.
En la mayor parte de las islas donde hay alguna vegetación, ésta resulta
más ingrata que la aridez de Atacama. Confusos matorrales de arbustos tiesos,
sin frutos y sin nombres, que brotan entre profundas grietas de roca calcinada
y vilmente las esconden; o algún conjunto reseco de cactos retorcidos.
En muchos lugares la costa está recortada por rocas o, dicho con más
exactitud, por escorias; masas hundidas de materia negruzca o verdosa como los
residuos de una caldera, que forman grietas oscuras y cavernas aquí y allí, y a
las cuales el mar, incesantemente, baña con la furia de su espuma, cubriéndolas
con un remolino de bruma gris y escuálida por la que vuelan chillonas bandadas
de aves aterradoras que acrecientan el estrépito tenebroso. Por muy tranquilo
que esté mar afuera, no hay tregua para este oleaje y para esas rocas; el
embate de las olas no se detiene por más que el océano exterior esté en su
momento de máxima calma. En las mañanas sofocantes y nubladas, tan
características de esta zona del Ecuador marítimo, las
oscuras masas vítreas, muchas de las cuales se elevan costa afuera entre
blancos remolinos y rompientes en lugares apartados y peligrosos, ofrecen una
visión extraordinariamente plutónica. Sólo en un mundo caído pueden existir
semejantes tierras.
Las partes de la costa que están libres de las marcas del fuego se
extienden por playas extensas con innumerables caracoles muertos, con pedazos
podridos de caña de azúcar aquí y allá, bambúes y cocos, arrastrados hasta este
otro mundo más sombrío desde las encantadoras islas con palmeras que
encontramos hacia el oeste y el sur, es decir todo el trayecto del Paraíso al
Tártaro; pero también mezclados con vestigios de una belleza lejana se hallarán
a veces pedazos de madera quemada y astillas de naufragios. Y no ha de
asombrarse nadie de que se encuentren estasúltimas, después de observar las
corrientes rivales que se entrechocan a lo largo de casi todos los anchos
canales del grupo entero de islas. Los caprichos de las corrientes de aire
concuerdan con los de las del mar. En ninguna parte el viento es tan liviano,
tan sorprendente, tan inseguro en todo sentido, así como tan propenso a las
inexplicables calmas, como en Las Encantadas. Cerca de un mes le tomó a un
barco de una isla ir a otra, a pesar de que, entre ellas, hay sólo noventa
millas; pues debido a la fuerza de la corriente, los botes empleados para el
remolque apenas alcanzaban para
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impedir que el barco fuera arrojado sobre los acantilados y en nada
contribuyeron a acelerar su viaje. A veces le es imposible a una embarcación
que viene de lejos acercarse al grupo de islas, a menos que las posibilidades
de deriva se hayan tenido muy en cuenta antes de que aparezcan a la vista. No
obstante ello, en otras
oportunidades, una misteriosa succión atrae irresistiblemente hacia las
islas al barco que pasa con otro rumbo.
Es verdad que, en una época, como de cierta forma hasta el día de hoy,
grandes flotas de balleneros recorrían, en busca de cetáceos, lo que algunos
marineros llaman el Terreno Encantado. Pero esto, como se describirá en su
momento, ocurría en los alrededores de la gran isla exterior de Albemarle,
lejos del laberinto de las islas menores, adonde el mar es ancho; y, en
consecuencia, las precedentes observaciones no se aplican en absoluto a esta
zona, aunque aún allí los embates de la corriente a veces tienen una fuerza
singular, aunque cambian de rumbo también, con capricho igualmente extraño.
Por cierto, hay estaciones en que hay corrientes absolutamente
inexplicables que se imponen hasta una gran distancia alrededor de todo el
grupo; y son tan fuertes e irregulares como para cambiar el rumbo de un barco
en contra de lo que el timón manda, por más que se navegue a un promedio de
cuatro o cinco millas por hora. Las diferencias en los cálculos de los
navegantes que estas causas producían, junto con los vientos leves y variables,
durante largo tiempo sustentaron la creencia de que existían, en el paralelo de
Las Encantadas, dos grupos distintos de islas, apartados por unas cien leguas.
Tal fue la opinión de sus primeros visitantes, los bucaneros; y aún en 1750,
los mapas de esa zona del Pacífico se ajustaban a la extraña fantasía. Y la
fugacidad e irrealidad aparentes en la ubicación de las islas fue muy
posiblemente el motivo por el cual los españoles las llamaran Las Encantadas o
Grupo Encantado.
Pero no sin influencia por el carácter de las islas, tales como ahora se
reconoce que existen, el viajero moderno se inclinará a imaginar que el
otorgamiento de este nombre podría en parte originarse en ese aire de hechizada
soledad que tan significativamente envuelve a las islas. Nada puede sugerir
mejor el aspecto de cosas que antiguamente estaban vivas y por un maleficio han
sido reducidas de la rubicundez a cenizas. Estas islas parecen manzanas de
Sodoma después de haber sido tocadas.
Por muy inconstante que pueda creerse su lugar debido a las corrientes,
estas islas, al menos para quien está en sus playas, se presentan
invariablemente idénticas: fijas, fundidas, pegadas al cuerpo mismo de una
muerte cadavérica.
Tampoco parecería que esta calificación de «encantadas» esté fuera de lugar en
otro sentido. Puesto que, con respecto a los peculiares reptiles que
habitan en estos yermos —cuya presencia proporciona al grupo su segundo nombre
español:
Galápagos—, con respecto a las tortugas que se encuentran allí, desde
hace tiempo la
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mayoría de los marineros sustentan una superstición tan terrible cuanto
grotesca. Creen sinceramente que todos los oficiales de marina malvados, más en
particular los comodoros y capitanes, son transformados al morir (y, en algunos
casos, ya antes de morir) en tortugas; y viven desde entonces en estas
calurosas arideces, únicos señores solitarios del alquitrán.
Sin duda, pensamiento tan singularmente doloroso fue en un comienzo
inspirado por el propio paisaje desesperanzado, pero acaso más en especial por
las tortugas. Porque, aparte de sus rasgos estrictamente físicos, hay algo
auto-condenatorio en la apariencia de estas criaturas. En ninguna otra forma
animal se expresa más lastimosamente la constancia del dolor, el sometimiento a
la pena impuesta; y por otra parte la consideración de su maravillosa
longevidad no deja de acentuar esta impresión.
Ni siquiera a riesgo de merecer la acusación de creer absurdamente en
encantamientos puedo dejar de admitir que a veces, incluso ahora mismo, cuando
dejo la ciudad populosa para pasar errando los meses de julio y agosto entre
los Adirondacks, lejos de las influencias ciudadanas y por contrapartida cerca
de esas otras influencias misteriosas de la naturaleza; cuando en esos días me
siento en la cima de algún desfiladero boscoso, rodeado por los troncos de los
pinos caídos y recuerdo, como en un sueño, mis otros vagabundeos, tan
distantes, en el corazón calcinado de las islas hechizadas; y recuerdo los
súbitos reflejos de conchas oscuras y los largos y lánguidos cuellos que
sobresalían de los raídos matorrales; y he contemplado nuevamente las rocas
vítreas del interior, gastadas y acanaladas en profundos surcos por milenios y
milenios del lento arrastrarse de las tortugas en busca de charcos con un poco
de agua, difícilmente puedo resistir el sentimiento de que algún día
dormírealmente en una tierra que sustentaba algún maleficio.
Pues entonces, que tal es la intensidad de mi recuerdo, o la magia de mi
fantasía, que ya no sé si soy la víctima ocasional de una ilusión óptica en lo
relativo a las Galápagos. Porque a menudo en escenas de regocijo público y
especialmente enágapes celebrados en viejas mansiones a la luz de candelabros
de modo tal que las sombras son arrojadas a los rincones más recónditos de
alguna habitación angular y amplia haciéndolas parecer la maleza embrujada de
un bosque solitario, he llamado la atención de mis compañeros de diversión por
mi mirada fija y por mi súbito cambio de semblante porque me parecía ver que
surgía lentamente entre esas soledades imaginadas, y que se arrastraba
pesadamente por el piso, el fantasma de una tortuga
gigante, con la leyenda «Memento…» inscrita en letras ardientes sobre la
caparazón.
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SEGUNDO BOSQUEJO
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Los dos lados de la tortuga Las más feas formas y los aspectos más
horribles
Que la misma Natura se espanta al ver
O bien se avergüenza de que defectos tan detestables De su mano tan
diestra hayan salido;
Allí todas son aterradoras imágenes de la deformación.
No es sorprendente que el hombre se asombre Pues todo lo que en casa nos
parece más horrible
Sólo son como las sabandijas que asustan a los chiquillos En comparación
con las criaturas que encierran estas islas.
Nada temas —dijo entonces el peregrino bien aconsejado–Estos mismos
monstruos no lo son en verdad
Sino que con estas formas horribles están disfrazados.
Y al blandir su báculo de gran virtud
Ese espantoso ejército velozmente huyó
A resguardarse en el seno de Tetis, donde aún sigue oculto.
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Ante la descripción citada, ¿se puede sentir alegría frente a Las
Encantadas? Sí: el asunto es encontrar un motivo de alegría y uno se sentirá
alegre. Y, en realidad, como son de arpillera y cenizas, las islas tal vez no
sean despiadadamente tenebrosas. Pues si bien ningún espectador puede negarles
sus derechos a la más solemne y supersticiosa consideración, (así como mis más
firmes resoluciones no pueden negarse a contemplar a la tortuga espectral
cuando surge de su umbrosa guarida); sin embargo la tortuga, negra y
melancólica como su lomo, tiene aún así un lado radiante: su coraza pectoral,
que a veces es de un matiz amarillento pálido o dorado. Además, todos saben que
tanto las tortugas de tierra como las de mar tienen una forma tal que, si uno
las coloca sobre sus lomos, se deja expuesto su lado claro sin que los animales
puedan por sí solos darse vuelta y mostrar el otro lado. Pero, después de haber
hecho esto, y porque se lo ha hecho, uno no puede jurar que la tortuga no tiene
un costado oscuro. Disfrute del color claro, manténgala continuamente patas
para arriba si puede, pero sea honesto y no niegue lo negro. Tampoco podría
quien no es capaz de voltear la tortuga y privarla de su posición natural a fin
de ocultar su aspecto más oscuro y hacerle mostrar el más claro —como una gran
calabaza de otoño al sol—, enunciar por esa causa que la criatura es claramente
un manchón de tinta. La tortuga es, a la vez, negra y brillante. Pero, pasemos
a los detalles.
Algunos meses antes de que descendiera por primera vez a tierra en una
isla del grupo, mi barco bordeaba sus proximidades. Un mediodía nos encontramos
a la altura de la Punta Sur de Albemarle y no muy lejos de la costa. En parte
por capricho y en parte para echar un vistazo a un lugar tan extraño se envió a
la isla un bote cuyos tripulantes tenían órdenes de ver todo lo que pudieran y,
además, traer cuantas tortugas consiguieran transportar con comodidad.
Al atardecer regresaron los aventureros. Yo miré hacia abajo por el
costado alto del barco como si mirara por encima del borde de un pozo y
confusamente vi el bote mojado, muy hundido en el mar, con una carga insólita.
Se arrojaron sogas por la borda y al rato tres enormes tortugas de aspecto
antediluviano eran depositadas, con esfuerzo, sobre cubierta. No parecían de la
fauna terrestre. Nosotros habíamos estado navegando durante cinco largos meses,
plazo suficiente para hacer que todas las cosas
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de la tierra adquieran matices fabulosos ante el espíritu soñador. Si en
aquellos momentos hubieran subido a bordo tres aduaneros españoles es probable
que yo los habría observado curiosamente, los habría palpado y admirado: más o
menos como los salvajes agasajan a huéspedes civilizados. Pero en vez de tres
aduaneros, tenemos estas tortugas realmente asombrosas —nada parecidas a las
tortugas de barro que hacen los niños sino negras como ropa de viudo, pesadas
como cofres enchapados y con enormes caparazones redondeados, y también
mellados y abollados como escudos que han soportado batallas; hirsutas,
asimismo, aquí y allá, con moho verde
oscuro, y viscosas por la espuma del mar—. Estas asombrosas criaturas,
que de repente habían sido trasladadas de noche desde inenarrables soledades a
nuestra poblada cubierta, me afectaron de un modo tal que me es difícil
explicar. Parecía que recién habían surgido desde las entrañas de la tierra.
Claramente: parecían las mismísimas tortugas sobre cuyos lomos pone el hindú
esta esfera entera. Con una linterna las examiné más detenidamente. £Qué
reverencial y venerable era su aspecto! Y ese verdor mohoso que cubría las
toscas hendiduras y curaba las fisuras de sus golpeados caparazones. Ya no veía
tres tortugas, sino que se habían dilatado y transfigurado. Me pareció ver tres
coliseos romanos en su espléndida decadencia.
Oh vosotros, los más viejos habitantes de ésta o cualquier otra isla
—les dije—, os ruego que me deis acceso a vuestras tres ciudades amuralladas.
La gran sensación que estas criaturas inspiraban era la de antigüedad,
la de una resistencia indefinida que se perdía en el tiempo. Y en verdad que
haya otra criatura que pueda vivir y respirar tanto tiempo como la tortuga de
Las Encantadas no es cosa fácil de creer. Aparte de su reconocida capacidad
para sustentarse aunque pase un año entero sin comer, considérese esa
invencible coraza que es su cota de malla natural. ¿Hay algún otro ser corpóreo
que posea semejante ciudadela que le permita resistir los embates del Tiempo?
Mientras, linterna en mano, raspaba entre el moho y contemplaba las
viejas cicatrices de golpes recibidos en muchas caídas funestas entre las
gredosas montañas de la Isla, cicatrices extrañamente dilatadas, medio borradas
y deformadas como las que se hallan a veces en las cortezas de árboles
antiguos, yo parecía un naturalista que estudiaba los rastros de pájaros y las
marcas en pizarras desenterradas, que en su momento frecuentaron increíbles
criaturas cuyos espectros ya no están.
Cuando esa noche reposaba en mi hamaca sentí pasar por sobre mi cabeza
los tres corpulentos forasteros que se arrastraban con esfuerzo, por la
cubierta llena de
obstáculos. Su estupidez o su resolución era tan grande que, ante
cualquier obstáculo, nunca se apartaban. Una cesó del todo sus movimientos
justamente cuando empezó la guardia de medianoche. Al amanecer la encontré
topada como un ariete contra la base inamovible del palo de trinquete y
esforzándose todavía, con los dientes y las uñas, por superar el obstáculo
imposible. Que estas tortugas sean las víctimas de un
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hechicero punitivo o maléfico, o tal vez decididamente diabólico, parece
probable sobre todo cuando se toma en cuenta ese extraño entusiasmo por el
esfuerzo inútil que tan a menudo se apodera de ellas. Las he visto, en sus
correrías, arremeter heroicamente contra rocas y permanecer largo tiempo frente
a ellas, topándose y retorciéndose, tratando de meter una cuña para moverlas y
así poder seguir por su camino inflexible. La maldición que pesa sobre ellas
culmina en su ineludible impulso a ir siempre derecho por un mundo plagado de
escombros.
Por no haber dado con un obstáculo como el que enfrentó su compañera,
las otras tortugas sólo tropezaron con pequeños desafíos —baldes, poleas y
rollos de cabos— y a veces en el acto de superarlos arrastrándose resbalaban,
con una sorprendente barahúnda hacia cubierta. Al escuchar aquellos movimientos
y aquellos golpes me puse a pensar en el entorno que habitan: una isla llena de
quebradas y cañadas resistentes, hundida insondablemente en el corazón de
montañas astilladas y cubiertas por millas y millas con enmarañados matorrales.
Después imaginé a estos tres monstruos ostensibles retorciéndose siglo tras
siglo a través de las sombras, torvos como herreros; arrastrándose tan lenta y
pesadamente que no sólo podían crecer setas y hongos bajo sus patas sino que
también sobre sus lomos brotaba un musgo con aspecto de hollín. Con ellos me
perdí en meandros volcánicos; aparté innumerables ramas de maleza corrompida;
hasta que finalmente en un sueño me encontré sentado, de piernas cruzadas, en
primer lugar, con un brahmán montado del mismo modo a cada lado, formando un
trípode de frentes que sostenía la cúpula universal.
Así fue la salvaje pesadilla que surgió de mi primera impresión de las
tortugas de Las Encantadas. Pero a la noche, por más que parezca extraño, me
senté con los otros tripulantes e hicimos una agradable cena de filetes y guiso
de tortuga; y, acabada la comida, cuchillo en mano, nos abocamos a convertir
los tres poderosos caparazones cóncavos en tres soperas insólitas y pulimos los
tres cartílagos pectorales amarillentos para hacer con ellos tres bandejas
estupendas.
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TERCER BOSQUEJO
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Roca redonda
Pues a esta la llaman la Roca del Ruin Reproche, Lugar peligroso y
temible,
Al cual ni pez ni ave nunca se acercaban, Excepto los gritos de las
gaviotas cormoranes y aves de raza voraz,
Que todavía se posan a la espera en ese terrible arrecife.
Ante ello el mar incesante resonando con suavidad En su gran base les
respondió debidamente,
Y sobre la Roca, las olas rompiendo arriba Solemnemente siguieron el
ritmo,
Entonces el botero remó fácilmente,
Y le dejó escuchar una parte de esa rara melodía.
De repente un vuelo innumerable
De aves rapaces alrededor de ellos, aleteando, clamó, Y con sus alas
perversas a menudo los golpearon
Dejándolos doloridos, buscando a tientas en esa noche terrible.
Hasta toda la nación de desgraciadas
Y fatídicas aves en torno a ellos estaba en bandada.
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Ascender por una alta torre de piedra no sólo es algo en sí mismo
delicioso sino también la mejor de las maneras para lograr una visión de
conjunto de las tierras que la rodean. Y tanto mejor si se trata de una torre
que se eleva solitaria, sin par, como la misteriosa torre de Newport, como si
fuese la única sobreviviente de un castillo destruido.
Ahora bien, en el caso de las Islas Encantadas, tenemos la fortuna de
contar, precisamente, con tan noble punto de observación, representado por una
roca muy notable, la cual, en razón de su singular apariencia, hace años fue
bautizada por los españoles con el nombre de Roca Redonda. De unos 250 pies de
altura, la Roca Redonda se eleva directamente del mar a unas diez millas de la
costa, con todo el grupo montañoso al sur y al este, y ocupa, a gran escala, un
lugar muy similar al del célebre Campanile, el campanario independiente de San
Marcos, respecto del enredado grupo de edificios solemnes que lo rodean.
No obstante, ya antes de ascender para echarle una mirada a Las
Encantadas, esta torre marina reclama la atención por derecho propio. Es
visible a una distancia de treinta millas; y, completamente parte del hechizo
que se impone en el grupo, cuando por vez primera se la ve desde lejos,
invariablemente, se la confunde con una vela. A cuatro leguas de distancia, en
un mediodía nebuloso y dorado, parece el navío de un almirante español,
adornado con su velamen brillante. £Barco a la vista!, £Barco a la vista! £Barco
a la vista! desde los tres mástiles. Pero, si uno se acerca, la fragata
encantada se transforma de repente en una torre abrupta.
Hice mi primera visita al lugar en el momento gris de la mañana. Con la
idea de pescar, habíamos bajado tres botes y nos alejamos unas dos millas de
nuestro barco, hasta que nos encontramos, en el preciso momento en que estaba
por romper el día, al borde de la sombra lunar de la Roca Redonda. Su aspecto
era realzado, pero al mismo tiempo suavizado, por el extraño crepúsculo doble
de la hora. La gran luna llena ardía en el bajo horizonte occidental como un
farol al que ya le quedara poco combustible, dándole al mar un suave tinte
similar al de las brasas a medianoche en la chimenea; en tanto, a lo largo de
la totalidad del oriente el sol invisible enviaba pálidos indicios de su
llegada. El viento era leve; las olas débiles; las estrellas parpadeaban
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con un tenue resplandor; toda la naturaleza parecía aletargada por la
extensa vigilia y como en suspenso, en una espera agotadora del sol. Esta era
la hora crítica para sorprender a la Roca Redonda en su mejor momento. La luz
crepuscular era suficiente para develar cada uno de los puntos notables, sin
por esto desgarrar la túnica sutil de lo maravilloso.
Desde una base muy similar a una escalera quebrada, que las olas bañaban
como a los peldaños de un palacio acuático, la torre se elevaba, como si fuesen
entabladuras por salientes, hasta una cumbre descarnada. Estas repisas
uniformes, que integran la mole, constituyen su rasgo más original. Pues en sus
líneas de confluencia se proyectan a nivel en salientes que forman círculos,
desde la parte más baja hasta la más alta, elevándose la una sobre la otra en
grupos calibrados. Y así como en los aleros de cualquier vieja abadía o de
cualquier granero proliferan las golondrinas, así también podían encontrarse
innumerables aves marinas en estas salientes de roca. Alero sobre alero y nido
sobre nido. Aquí y allá aparecían largos regueros de excrementos de ave de un
blanco espectral que manchaban la torre desde el mar hasta el aire y que
fácilmente explicaban su apariencia de velamen desde lejos. Todo hubiera
resultado extremadamente tranquilo, de no haber sido por el condenado estrépito
que hacían las aves. No sólo era que pululaban en los aleros sino que también
volaban por lo alto en espesas bandadas, desplegándose como un pabellón alado
en movimiento constante. La torre es el refugio de las aves acuáticas en
cientos de leguas a la redonda. Al norte, al este y al oeste no hay otra cosa
que el océano eterno; de modo que el halcón fragata procedente de las costas de
América del Norte, Polinesia o Perú, la primera tierra que toca es en Roca
Redonda. Y sin embargo, por más que Roca Redonda sea tierra firme, ningún pájaro
terrícola se posó jamás en ella. £Imagínense allíun petirrojo o un canario! Qué
caída en las garras de los filisteos cuando el pobre gorjeador se encontrara
rodeado por estas tupidas bandadas de vigorosas aves bandidas, provistas de
largos picos tan crueles como dagas.
No conozco otro lugar donde se pueda estudiar mejor que en Roca Redonda
la historia natural de aves marinas exóticas. Se trata de la pajarera del
océano. Aquí se posan aves que nunca tocaron mástil ni árbol;
pájaros-ermitaños, que siempre vuelan solos; pájaros-nubes, familiarizados con
regiones del aire nunca traspasadas.
Echemos primeramente un vistazo hacia la más baja de todas las salientes
de roca, la cual es asimismo la más amplia y sólo está a corta distancia de la
marca que deja la marea alta. ¿Qué seres estrafalarios son éstos? Erectos como
hombres, pero por cierto no muy simétricos, permanecen junto a la roca como
cariátides esculpidas que sostienen la siguiente fila de aleros. Sus cuerpos
son toscamente deformes; sus picos, cortos; sus pies al parecer no tienen
piernas; en tanto que los miembros a sus costados no son aletas, ni alas ni
brazos. Y la verdad es que el pingüino no es pez, mamífero ni pájaro; y en
cuanto comestible no corresponde al carnaval ni a la cuaresma, siendo sin
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excepción la criatura más ambigua y menos amable que hasta ahora haya
sido descubierta por el hombre. Por más que chapotea en los tres elementos, y
ciertamente posee algunos derechos básicos en cada uno de ellos, el pingüino no
se encuentra a sus anchas en ninguno. En tierra, renguea; se mantiene a flote
remando; en el aire bate las alas y se viene abajo. Como si este fracaso le
provocase vergüenza, la Naturaleza mantiene oculta esta criatura desgarbada en
los límites de la tierra en el estrecho de Magallanes y en el piso más bajo de
Isla Redonda.
Pero, observen: ¿qué son allá esos desconsolados regimientos que se
exhiben, más arriba, en la próxima saliente de roca? ¿Qué tropa de grandes aves
extrañas se trata?¿Quiénes son estos Frailes de la Orden Gris? Pelícanos. Sus
picos extendidos y las pesadas bolsas de cuero que cuelgan de ellos les dan una
apariencia sumamente lúgubre. De raza meditabunda, permanecen durante horas sin
moverse. El plumaje gris
opaco les impone un aspecto como si los hubieran cubierto de ceniza.
Como es realmente un ave que hace penitencia, es natural que frecuente las
playas cubiertas de lava de Las Encantadas, en las que el atormentado Job bien
podría haberse sentado a flagelarse.
Si levantamos más la vista ahora podemos ver al albatros gris, por
anomalía asíllamado, pues es un pájaro desabrido sin nada de poético, a
diferencia de su renombrado congénere, ese fantasma níveo de los hechizados
cabos de Esperanza y Hornos.
A medida que seguimos ascendiendo de escaño en escaño, encontramos a los
inquilinos de la torre alineados, según su tamaño: bubias, otras aves negras y
con pintas, chovas, gallinas de mar, pájaros balleneros, gaviotas de todas las
variedades:
tronos, principados y poderes que dominan los unos sobre los otros,
emplazados como en un senado; en tanto que, esparcido por doquier, como una
mosca que se repite en una gran tela bordada, el petrel de las tormentas o
pollo de la Madre Cary emite continuamente su desafío y su alarma. Que este
misterioso colibrí del océano—el cual, con sólo poseer un tinte más brillante
casi podría, a raíz de su movediza energía, ser llamado su mariposa, pese a que
su gorjeo bajo la popa es tan ominoso para los marineros como para el campesino
el rechinamiento lúgubre que suena tras la viga de la chimenea— tenga a Las
Encantadas como su lugar predilecto, de alguna forma contribuye a darle, en el
alma del marino, su triste encanto.
A medida que avanza el día incrementa el estrépito disonante. Con
chillidos que parten los tímpanos las aves celebran sus maitines. A cada
momento bandadas se zambullen desde la torre y se unen al coro aéreo que
revolotea por lo alto, en tanto que sus lugares son cubiertos por miríadas que
se lanzan a ellos. Pero, a través de toda esta conmoción discordante, oigo
notas claras y estridentes, semejantes al sonido de un clarín, que caen sin
interrupción como líneas oblicuas de una lluvia sesgada en el diluvio de un
aguacero. Miro hasta muy alto y entonces advierto una cosa angelical,
18
blanca como la nieve, con una larga pluma que le surge de atrás como una
lanza. Es el lustroso e inspirador chanticler del océano, esa bellísima ave que
por su incitante silbido de invocación musical ha sido con justicia denominado
el «Segundo Contramaestre».
La vida alada que cubre como una nube a Roca Redonda tiene su
contrapartida en los huéspedes con aletas que pueblan las aguas en su base. Por
debajo de la línea del agua, la roca parecía un colmenar de grutas, las cuales
proporcionaban laberínticos escondites para enjambres de peces fabulosos. Todos
ellos eran extraños; muchos, extremadamente bellos y bien podrían haber
engalanado los más valiosos recipientes de vidrio en que se exhiben peces de
colores. Nada resultaba más sorprendente que la absoluta novedad de muchos
especímenes en esta aglomeración. Había matices de colores nunca antes pintados
y formas todavía sin haber sido grabadas.
Para poner en evidencia la cantidad, la avidez y la audacia así como la
mansedumbre inaudita de estos peces, permítaseme señalar que a menudo,
observando a través de espacios claros de agua —momentáneamente en este
estado a causa de los rápidos movimientos concéntricos de los peces para llegar
a la superficie— a algunas criaturas más grandes y menos incautas, las cuales
nadaban lentamente y en profundidad, nuestros pescadores intentaron
prudentemente hacer llegar sus sedales hasta estos últimos. Pero era inútil
intentar atravesar la región superior. No bien el anzuelo tocaba el mar, un
centenar de infatuados se disputaba el honor de ser capturados. £Pobres peces
de Roca Redonda! En vuestra confianza de víctimas pertenecéis al número de
aquellos que sin pensarlo confían, sin comprenderla, en la naturaleza humana.
Pero ya el amanecer le ha dejado el paso al pleno día. Una bandada
detrás de otra, las aves marinas se alejan en busca de su alimento, que
hurgarán en las profundidades. La torre ahora queda solitaria, salvo los peces
en las cavernas, que están en su base. Los excrementos de los pájaros brillan
en los rayos dorados como los muros blanqueados de un faro muy alto o como las
velas solemnes de un crucero. En este momento, qué duda cabe, en tanto que
nosotros ya sabemos que se trata de una roca desierta, otros viajeros están
jurando que debe ser una nave espléndida y bulliciosa.
Pero, manos a las sogas y comencemos a subir. Por más que parece suave,
no es fácil.
19
CUARTO BOSQUEJO
20
Una visión mosaica desde la roca Una vez hecho eso, le conduce hasta el
monte más alto
y desde allí, a lo lejos le muestra:
21
Si usted procura escalar Roca Redonda, siga las siguientes indicaciones.
Dé tres vueltas al mundo en el sobrejuanete mayor de la fragata más alta que
está en navegación; luego haga uno o dos años de aprendizaje con los guías que
conducen forasteros al pico de Tenerife; y otros tantos más con un bailarín de
cuerda floja, un saltimbanqui y una gamuza. Una vez hecho esto, venga y sea
recompensado con la vista que tendrádesde nuestra torre. Cómo llegamos allí,
sólo nosotros lo sabemos. Si tratáramos de decírselo a otros, ¿cuánto más
sabios llegarían a ser? Deberá alcanzar con decir que usted y yo estamos aquí
en la cima. ¿Tiene el hombre que viaja en globo o el que
observa desde la luna una visión más amplia del espacio? Uno se imagina
que más o menos así es como se ve el universo desde las celestiales murallas
almenadas de Milton. Un Kentucky acuático sin límites. Aquí Daniel Boone
hubiera habitado con agrado.
Por el momento no se preocupe más allá del Distrito Quemado de las Islas
Encantadas. Mire de costado, por decirlo de alguna manera, más allá, hacia el
sur. Usted no ve nada; pero, permítame señalarle la dirección, ya que no el
lugar, de ciertos objetos interesantes en el vasto mar, que mientras besan la
base de esta torre, vemos desplegarse hacia el Polo Antártico.
Ahora nos encontramos a diez millas del Ecuador. Más allá, a unas
seiscientas millas hacia el este se encuentra el continente; pues esta Roca
está casi exactamente en el paralelo de Quito.
Observe otra cosa aquí. Estamos en uno de los tres grupos deshabitados
que, a distancias casi similares del continente, montan guardia, a largos
intervalos entre sí, sobre la costa entera de América del Sur. Además, de modo
peculiar marcan el límite del carácter de la tierra sudamericana. De las
innumerables cadenas polinesias que hay hacia el Occidente, ninguna comparte
las cualidades de Las Encantadas o Galápagos, las islas de San Félix y San
Ambrosio, y las islas de Juan Fernández y Más Afuera. De las primeras, no es
necesario hablar aquí. Las segundas están un poco por encima del Trópico
Meridional; son rocas elevadas, inhóspitas e inhabitables, una de ellas
presenta dos montículos redondos conectados por un arrecife bajo que se parece
exactamente a un enorme perdigón de dos cabezas. Las últimas están en la
latitud de
22
33.º; altas, desiertas y partidas. La Isla de Juan Fernández es
suficientemente conocida sin que sea necesaria otra descripción. En español,
Massafuero[2] significa que la isla así llamada se encuentra más afuera, es
decir, más alejada del continente que su vecina Juan Fernández. Esta Isla de
Más Afuera presenta un aspecto muy imponente a una distancia de ocho o diez
millas. Si uno se aproxima a ella desde una dirección, con el tiempo nublado,
la gran altura que sobresale y su contorno irregular, así como más
particularmente el peculiar declive que tienen sus anchas cumbres, le dan un
aspecto muy parecido al de un enorme témpano que viaja a la deriva con gran
elegancia. Sus costados están partidos por sombrías hendiduras cavernosas, como
sería una antigua catedral con sus lúgubres capillas laterales. Si uno se
aproxima a una de estas gargantas desde el mar, después de un largo viaje, y
observa a algún forajido andrajoso, que con su cayado en la mano, desciende por
las rocas empinadas en dirección a uno, el amante de lo pintoresco sentirá una
emoción muy extraña.
En distintas oportunidades, cuando nos alejábamos de los barcos para
salir a pescar, he tenido ocasión de visitar cada uno de estos grupos. La
impresión que
ofrecen al viajero que se aproxima en bote a sus arrecifes amenazadores
es que sin duda él es su primer descubridor, tales son, casi siempre, el
silencio y la soledad
incomparables… Y, de paso, sería bueno mencionar la manera en que
realmente llegaron por vez primera a estas islas los europeos, en particular si
uno considera que lo que se va a decir se aplica igualmente al hallazgo
original de nuestras Encantadas.
Antes del año de 1563, los viajes que realizaban las naves españolas de
Perú a Chile estaban llenos de dificultades. En general, a lo largo de esta
costa, dominan los vientos del sur; y había sido una costumbre inalterable
mantenerse cerca de tierra, debido a una noción supersticiosa que los españoles
sostenían: que, en caso de perderla de vista, el eterno viento alisio los
arrastraría a aguas infinitas de las que no habría retorno. Aquí, metidas entre
sinuosos cabos y puntas, bancos de arena y escollos, dando, asimismo, contra un
continuo viento de frente, a menudo liviano, y a veces durante días y semanas
sumido en calma chicha, las naves provincianas sufrían, en muchos casos, las
penurias más extremas en travesías que hoy en día parecen haber sido increíblemente
prolongadas. En algunos registros de desastres náuticos consta el caso de uno
de estos barcos, que zarpó para efectuar un viaje cuya duración se calculaba en
diez días, permaneció cuatro meses en el mar y, por cierto, nunca volvió a
puerto, pues al final naufragó. Por singular que resulte al contarlo, esta
embarcación nunca encontró una tempestad sino que fue el acongojado pelele de
calmas y corrientes maliciosas. Después de agotar tres veces sus provisiones,
volvió a un puerto intermedio e inició nuevamente la travesía, pero sólo para
regresar otra vez. Frecuentes nieblas la envolvieron, de modo que era imposible
observar su posición, y una vez, cuando toda la tripulación esperaba con júbilo
el momento de ver el punto de llegada, hete aquí que las brumas se disipan y
revelan las montañas de donde habían
23
partido en un principio. En medio de las brumas tan engañosas, por
último la embarcación chocó contra un arrecife; tras lo cual se sucedió una
larga serie de calamidades que resulta demasiado triste detallar.
Fue el célebre piloto Juan Fernández, inmortalizado por la isla que
lleva su nombre, quien puso fin a estas tribulaciones costeras al llevar a cabo
el experimento —como Vasco Da Gama lo hiciera, con respecto a Europa, antes
queél—de mantenerse bien alejado de tierra. Así encontró los vientos favorables
para navegar hacia el sur, y sin toparse con los alisios, volvió a encontrar la
costa sin dificultad; así pudo realizar una travesía que, si bien fue bastante
tortuosa, demostró ser más expeditiva que la que era supuestamente directa. Fue
en este trayecto y alrededor del año 1670 cuando se descubrieron las Islas
Encantadas y el resto de los grupos centinelas, como se los puede llamar. Si
bien no conozco ninguna relación que registre si había habitantes en alguna de
ellas, la conclusión es que se trata de soledades inmemoriales. Pero volvamos a
la Roca Redonda.
Al sureste de nuestra torre se encuentra la Polinesia, a cientos de
leguas de distancia; pero si uno se dirige hacia el oeste, por la línea precisa
de su paralelo, no hay tierra hasta que la quilla toque los Kingmills[3], un
bonito viaje de, digamos, unas 5000 millas.
Así, como hemos establecido nuestro lugar en el océano, con estas
referencias distantes que en el caso de Roca Redonda son las únicas posibles,
podremos considerar objetos que no sean tan remotos. Observemos las
amenazadoras y calcinadas Islas Encantadas. Este promontorio más próximo, en
forma de cráter, es parte de Albemarle, la más grande del grupo, pues tiene
unas sesenta millas o más de largo y quince de ancho. ¿Alguna vez posó usted la
vista en el Ecuador genuino, en el verdadero? ¿Alguna vez, en el sentido más
amplio de la expresión, ha puesto usted el pie sobre la Línea? Y bien: ese
promontorio con forma de cráter que está ahí, todo de lava amarilla, está
cortado por el Ecuador de la misma forma en que un cuchillo corta por el centro
un pastel de calabaza. Si sólo pudiera ver hasta allí, justamente a un costado
de ese mismo promontorio, a través de aquel terreno bajo y acanalado, sus
ojos tropezarían con la Isla de Narborough, la tierra más elevada del
grupo; en ella no existe tierra cultivable; de arriba a abajo es pura escoria
agrietada; abundante en cavernas ennegrecidas como forjas; al pisarla, su playa
metálica suena como láminas de hierro; y sus volcanes centrales están agrupados
como una gigantesca chimenea. Narborough y Albemarle son vecinas de un modo
curiosísimo. Un diagrama
ejemplificador mostrará mejor esta extraña vecindad:
24
Córtese un canal en la juntura de la letra que hay arriba y el miembro
transversal del medio es Narborough y todo el resto es Albemarle. La volcánica
Narborough yace entre las negras fauces de Albemarle como la lengua roja de un
lobo en su boca abierta.
Si lo que ahora desea es conocer la población de Albemarle, le voy a
dar, en números redondos, las estadísticas, de acuerdo con los cómputos más
dignos de confianza, realizados sobre el terreno:
con exclusión de una multitud incalculable de demonios, osos
hormigueros, enemigos del hombre y salamandras.
Albemarle abre su boca hacia el sol poniente. Sus fauces dilatadas
forman una gran bahía que Narborough, su lengua, divide en mitades, una de las
cuales se llama Bahía de Barlovento y la otra Bahía de Sotavento; en tanto, que
los promontorios volcánicos, en los que culminan sus costas, son denominados
Punta del Sur y Punta del Norte. Señalo esto porque estas bahías son famosas en
los anales de la caza del cachalote. En determinadas estaciones, los cachalotes
vienen aquí a parir. Me cuentan que cuando los barcos empezaban a navegar en
las proximidades, solían bloquear la entrada de la Bahía de Sotavento y sus
botes, dando una vuelta por la Bahía de Barlovento, pasaban a través del canal
de Narborough, de modo que así tenían a los leviatanes muy limpiamente metidos
en un corral.
Al día siguiente de nuestra pesca en la base de esta Torre Redonda,
tuvimos buen viento y pasando rápidamente alrededor del promontorio del norte,
súbitamente pudimos ver una flota de unos treinta barcos, barloventeando todos
como un escuadrón en formación. Un espectáculo muy impactante. Un acuerdo
sumamente armonioso de quillas impetuosas. Sus treinta sobrequillas zumbaban
como treinta cuerdas de arpa y se mostraban igualmente rectas mientras dejaban
sus huellas paralelas al mar. Pero resultó que había demasiados cazadores para
la presa. La flota se dispersó y por diferentes rutas se perdieron de vista;
los únicos que quedaron fueron mi propia nave y dos elegantes caballeros de
Londres. Estos últimos, al comprobar que tampoco tenían suerte, asimismo desaparecieron;
y la Bahía de Sotavento, volvió a nuestras manos, con todas sus pertenencias y
sin un solo rival.
25
El modo de navegar aquí es el siguiente. Uno se mantiene rondando por la
boca de la bahía, entrando y saliendo una y otra vez. Pero a veces—nosiempre,
como ocurre en otras partes del grupo de islas— una corriente rápida pasa a
través de su embocadura. De modo que, con las velas desplegadas, uno vira.
Cuántas veces, desde el palo de trinquete, al amanecer, con nuestra paciente
proa apuntando al medio de estas islas, demoré la vista en esta tierra, que no
es de terrones sino de escoria, no de torrentes de agua cristalina sino de
corrientes detenidas de atormentada lava.
Cuando el barco entra desde mar abierto, Narborough se presenta de un
lado en una oscura masa rocosa que se eleva hasta unos cinco o seis mil pies, y
a esa altura se
oculta entre pesadas nubes, cuyo pliegue inferior se define tan
claramente contra las rocas como la línea de la nieve contra los Andes.
Mientras tanto, espantosos perjuicios
ocurren en aquella oscuridad allá arriba. Los demonios del fuego, a
intervalos, iluminan las noches con extraños resplandores espectrales por
millas y millas a su alrededor, pero sin que a esto lo acompañe ninguna otra
demostración; o si no, repentinamente se anuncian mediante tremendas sacudidas
y el absoluto dramatismo de una erupción volcánica. Cuanto más negra es de día
esa nube, más luces se verán por la noche. A menudo los balleneros se han
encontrado navegando cerca de esa montaña ardiente cuando estaba fulgurante con
todo el brillo de un salón de baile. O por otro lado, también se podría decir
que esta misma isla vítrea de Narborough es una cristalería, con sus chimeneas
altas.
Aquí donde todavía nos encontramos, en Roca Redonda, no se pueden ver
todas las otras islas, pero es un buen lugar desde el cual indicar dónde están.
Más allá, sin embargo, al E.N.E., observo una oscura cadena de cerros. Se trata
de la Isla de Abington, una de las más septentrionales del grupo; tan
solitaria, remota y vacía, vista desde nuestra playa septentrional da la
impresión de ser la Tierra de Nadie. Dudo que dos seres humanos hayan posado
alguna vez sus pies en ese sitio. En lo que concierne a la Isla de Abington,
Adán y sus miles de millones de descendientes aún no han sido creados.
Al sur de Abington, y absolutamente fuera del alcance de la vista, pues
está detrás del largo espinazo de Albemarle, se encuentra la Isla de James, así
llamada por los primeros bucaneros en homenaje al desafortunado Estuardo, duque
de York. Obsérvese aquí, de paso, que si se exceptúan las islas que han sido
vistas en tiempos relativamente recientes, y las cuales recibieron casi siempre
los nombres de famosos almirantes, Las Encantadas fueron bautizadas
inicialmente por los españoles; pero, por lo general, estos nombres españoles
fueron borrados de los mapas ingleses debido a los posteriores bautizos por los
bucaneros, quienes, a mediados siglo XVII, les dieron nombres de miembros de la
nobleza y de monarcas ingleses. Sobre estos leales saqueadores y las cosas que
asocian su nombre con Las Encantadas voy a relatar algo pronto. Mejor dicho, si
de un asunto pequeño se trata, lo haré inmediatamente; pues
26
entre la Isla de James y Albemarle se encuentra un fantástico islote,
conocido extrañamente con el nombre de «Isla encantada de Cowley». Como se
estima que todo el grupo está encantado, corresponde explicar el motivo de este
hechizo dentro de otro hechizo que implica esta designación especial. El nombre
le fue dado por el propio bucanero, ese excelente individuo que era Cowley, en
ocasión de su primera visita allí. Cuando habla de este lugar en sus viajes
publicados, dice: «Por capricho se me ocurrió llamarla Isla encantada de
Cowley, pues como la vi desde diversos puntos de la brújula, aparecía siempre
en otras tantas formas diferentes: a veces como una fortificación en ruinas,
desde otro punto como una gran ciudad», etcétera. No es asombroso, por lo tanto,
que entre Las Encantadas se encuentre todo género de engaños visuales y
espejismos.
Que Cowley asociara su nombre con esta isla transformista y burlona
sugiere la posibilidad de que ella le comunicara cierta imagen reflexiva de sí
mismo. Por lo menos, cosa que no es imposible, si él era más o menos pariente
de Cowley, el poeta suavemente reflexivo y crítico de sí mismo, quien vivió por
sus mismos tiempos, la vanidad podría parecer justificable; pues el género de
cosa que se evidencia en la denominación de la isla es algo que corre por la
sangre y se lo puede hallar en piratas tanto como en poetas.
Todavía más al sur de la Isla de James se encuentran la Isla de Jervis,
la Isla de Duncan, la Isla de Crossman, la Isla de Brattle, la Isla de Wood, la
Isla de Chatham y varias otras islas menos importantes, que en su mayor parte
constituyen un archipiélago de arideces, sin habitantes, historia o esperanza
de una u otra cosa en todo tiempo futuro. Pero no lejos de ellas se encuentran
unas islas bastante notables:
las de Barrington, Charles, Norfolk y Hood. Los capítulos siguientes
revelarán los motivos que las hacen notables.
27
QUINTO BOSQUEJO
28
La fragata y el barco inconstante Mirando muy a lo lejos en el ancho
océano
Un vistoso barco hermosamente adornado con banderas Y el pendón en su
juanete pude observar,
Que a través de alta mar emprendía su alegre vuelo.
29
Antes de partir de Roca Redonda no hay que olvidar mencionar que aquí,
en 1813, la fragata norteamericana Essex al mando del capitán David Porter,
estuvo a punto de sucumbir. Yacía en calma una mañana, con una poderosa
corriente que la empujaba rápidamente hacia la roca, cuando avistó una
embarcación extraña, la cual —para no desentonar con los hechizos atribuidos a
las inmediaciones— parecía sacudida por un viento violento, en tanto que la
fragata permanecía inerte como si estuviera encantada. Pero, habiéndose
levantado un viento ligero, la fragata se dirigió a toda velocidad a la caza
del enemigo, según lo suponía (pues se estimó que se trataba de un barco
ballenero inglés); pero la rapidez de la corriente era tan grande que pronto lo
perdióde vista por completo; y, al mediodía, la fragata Essex, a pesar de sus
rastras, había sido impulsada tan cerca de los arrecifes batidos por la espuma
que, por un momento, toda la tripulación dio por perdida la nave. Sin embargo,
una brisa muy viva la ayudó a salir por fin del peligro, si bien la escapada
fue tan ardua que pareció poco menos que milagrosa.
Dado que se salvó de la destrucción, la fragata decidió hacer uso de esa
salvación para intentar destruir al otro barco. Renovó la cacería en la
dirección en que el desconocido había desaparecido, y lo volvió a avistar a la
mañana siguiente. Al ver que lo habían descubierto, enarboló bandera
norteamericana y se mantuvo alejado de la Essex. Por entonces el viento ya se
había calmado y el capitán Porter, convencido aún de que se trataba de una
embarcación inglesa, despachó una balandra, no con el
objeto de abordar al enemigo sino para hacer retroceder sus botes,
entregados a la faena de remolcarlo. La balandra logró su objetivo. Otras
balandras se despacharon seguidamente a fin de capturar el barco, que ahora
mostraba los colores ingleses en vez de los norteamericanos, pero, cuando los
botes de la fragata se hallaron a corta distancia de la presa codiciada, se
levantó otra súbita brisa; el desconocido, a toda vela, se alejó hacia el oeste
y, antes de que llegara la noche, había puesto bastante distancia, en tanto que
la Essex permanecía todo el tiempo en una perfecta calma.
Esta embarcación enigmática —norteamericana por la mañana e inglesa por
la tarde, viento en popa en medio de la calma— no fue vista nunca más. Se
trataba, sin duda, de un barco encantado. Eso es, por lo menos, lo que juraban
los marineros.
30
Esta travesía de la fragata Essex por el Pacífico durante la guerra de
1812 es, acaso, la más extraña y sorprendente que pueda encontrarse en la
historia de la armada norteamericana. Capturó las embarcaciones que navegaban
por los rumbos más alejados; visitó las islas y los mares más remotos; rondó
largo tiempo por las proximidades hechiceras del grupo encantado; y, por último
entregó valientemente el espíritu en combate contra dos fragatas inglesas en el
puerto de Valparaíso. Se hace aquí mención de ella por el mismo motivo que hará
dar cabida también a los bucaneros en este relato; pues, como ellos, que
navegaron largamente entre las islas, cazaron tortugas sobre sus playas y, en
general, las exploraron, por éstas y otras razones la fragata Essex está particularmente
ligada a Las Encantadas.
Es necesario consignar aquí que sólo se cuenta con tres testigos
oculares y autorizados que merecen ser mencionados en lo que concierne a las
Islas Encantadas:
el bucanero Cowley (1684), el explorador ballenero Colnet (1798), y
nuestro capitán Porter (1813). Fuera de éstos, sólo se encontrarán alusiones
estériles y sin fundamento en los escritos de unos cuantos viajeros o
compiladores.
31
SEXTO BOSQUEJO
32
La Isla de Barrington y los bucaneros
Y que en adelante se vea con desdén toda servil y baja sujeción y puesto
que somos hijos de la tierra tan ancha,
Dividámonos la herencia de nuestro padre, Atribuyéndonos las porciones
que nos corresponden De todo el patrimonio, que ahora unos cuantos
Se guardan en reserva entre sus manos.
Señores del mundo, y así vagaremos libremente
En todas partes escuchados, exentos de todo control.
£Cuán valientemente vivimos ahora, cuán joviales, cuán cerca de la
primera herencia,
cuán libres de pequeñas preocupaciones!
33
Hace casi dos siglos la Isla de Barrington fue el refugio de esa famosa
ala de los bucaneros de las Indias Occidentales que, al ser rechazados de las
aguas cubanas, cruzaron el istmo de Darién, asolaron las colonias españolas que
bordeaban el Pacífico y, con la regularidad y la puntualidad de un correo
moderno, asaltaron los galeones del tesoro real que iban y venían entre Manila
y Acapulco. Tras la dura labor de la piratería, allí iban a decir sus
oraciones, y gozar de sus ocios, a contar sus cohetes en los cascos, sus
doblones en los barriles y a medir sus sedas asiáticas con largas hojas de
Toledo en vez de varas.
Como refugio seguro, como escondite inhallable, ningún sitio podría
haber sido más apropiado en aquel tiempo. En el medio de un mar vasto y
silencioso, pero muy rara vez surcado —rodeado por islas cuyo aspecto
inhospitalario bien podría hacer alejarse al ocasional navegante— y no obstante
a unos pocos días de navegación de las tierras opulentas que tenían como presa,
los bucaneros, sin ser molestados, encontraban allí esa tranquilidad que por su
parte ellos negaban ferozmente a todos los puertos civilizados de esa parte del
mundo. Allí, después de soportar los embates del tiempo o una momentánea
azotaina en manos de sus enemigos vengativos, o bien tras un rápido escape con
su dorado botín llegaban estos antiguos merodeadores y descansaban muy
cómodamente, alejados de cualquier peligro. Pero este lugar no sólo era un
puerto seguro y un viñedo de holgura sino que por su utilidad para otras cosas
resultaba también sumamente notable.
En muchos aspectos, la Isla de Barrington se adapta singularmente a las
tareas de carenaje, reparaciones y aprovisionamiento, entre otras que son
propias de la vida del hombre de mar. No sólo cuenta la isla con buena agua y
buenos fondeaderos, bien al abrigo de todos los vientos debido a las tierras
altas de Albemarle, sino que también es la menos improductiva entre las islas
del grupo. Abundan las tortugas que sirven para comer, los árboles para
combustible y las hierbas frondosas para una cama cómoda, y asimismo hay
agradables paseos y diversos paisajes que valen la pena ser vistos. Si bien por
su ubicación pertenece al grupo de Las Encantadas, la Isla de Barrington es tan
diferente de la mayoría de sus vecinas que difícilmente se le podría reconocer
un parentesco con ellas.
34
«Una vez desembarqué sobre su costado occidental», contaba un viajero
sentimental hace tiempo, «donde enfrenta el contrafuerte negro de Albemarle».
Me paseé entre bosquecillos de árboles que son muy altos y que por cierto no
son ni palmeras, ni naranjos o perales, pero que, después de todo, tras mucho
navegar resultan un paseo muy agradable, por más que estos árboles no den
frutos. En espacios apacibles en la cima de los claros y sombreadas cumbres de
cuestas que dominan el escenario más sosegado, ¿qué creéis que vi? Bancos que
bien podrían haber servido para brahmanes y presidentes de sociedades
pacifistas. Hermosas ruinas de lo que en otro tiempo fueran simétricos asientos
de piedra y césped, presentaban todas las características del trabajo
artificial y del paso del tiempo y, sin duda, fueron hechos por los bucaneros.
Uno de ellos había sido un gran sofá, con respaldo y brazos; exactamente un
sofá que le habría gustado al poeta Gray para echarse en él, con su Crébillon
en la mano.
»Si bien los bucaneros se demoraban aquí a veces durante meses y usaban
el lugar para el almacenamiento de mástiles, velas y cascos de repuesto, con
todo es sumamente improbable que los bucaneros llegaran a levantar casas en la
isla. Nunca permanecían aquí excepto mientras se quedaban sus naves y lo más
probable es que durmieran a bordo. Menciono esto porque no puedo evitar pensar
que es difícil atribuir la construcción de estos románticos asientos a otro
motivo que una pura tranquilidad y gentil camaradería con la naturaleza. Que
los bucaneros perpetraron los peores atropellos es cosa muy cierta y que
algunos de ellos eran meros asesinos es algo que no se puede negar; pero
también sabemos que, de vez en cuando, entre sus huestes aparecía un Dampier,
un Wafer y un Cowley, e igualmente otros hombres cuyo peor vicio era la
desesperación ante los embates de la fortuna; hombres a quienes la persecución,
la adversidad o agravios secretos e irreparables los habían apartado de la
sociedad cristiana en busca de la soledad melancólica o de las censurables
aventuras del mar. De todas formas, en tanto que perduren esas ruinas de los
bancos en Barrington, se contará con los monumentos más singulares para
demostrar que no todos los bucaneros eran monstruos implacables.
»Pero, durante mi recorrida por la isla no tardé en descubrir muestras
de cosas, en armonía con esos rasgos feroces que por lo general se le imputan,
y no cabe duda que bastante acertadamente, al conjunto de los filibusteros. Si
hubiera encontrado viejas velas y aros herrumbrados, sólo habría pensado en el
carpintero y tonelero del barco. Pero encontré viejos machetes y dagas
reducidos a meras hilachas de herrumbre, los cuales, sin lugar a dudas, en
algún momento estuvieron clavados entre costillas españolas. Estas eran señales
del asesino y del ladrón; y el juerguista también había dejado su huella.
Entremezclados entre las conchas, aquí y allá aparecían fragmentos de cántaros
rotos, en la superficie de la playa. Eran el tipo de cántaro que en la actualidad
se usa en la costa española para el vino y el aguardiente de Pisco.
35
»Con un herrumbrado fragmento de puñal en una mano y un pedazo de
cántaro para vino en la otra, me senté en el ruinoso sofá verde del que he
hablado y medité en extenso y profundamente sobre estos bucaneros. ¿Sería
posible que un día robaran y asesinaran, se entregaran a la orgía al siguiente
y al tercer día descansaran, convirtiéndose en filósofos meditabundos, poetas
bucólicos y constructores de divanes? Después de todo, no era tan improbable.
Porque hay que considerar las vacilaciones de un hombre. Además, por extraño
que parezca, debo atenerme al pensamiento más caritativo, a saber, que entre
estos aventureros existían algunos espíritus caballerescos y sociables, capaces
de una apacibilidad y una virtud genuinas».
36
SÉPTIMO BOSQUEJO
37
La Isla de Charles y el rey de los perros Así, con atroz alarido,
Un millar de villanos alrededor suyo se apiñó, Viniendo de las rocas y
cavernas aledañas;
Pícaros redomados, entre viles y desesperados, deformes y harapientos;
Todos amenazando de muerte, extrañamente armados;
Unos con formidables garrotes, otros con largas lanzas, Otros con
cuchillos herrumbrados y
otros con hierros calentados al fuego.
No tendremos ninguna ocupación,
Que los viles vasallos, nacidos con mezquina vocación Se afanen en el
mundo y por vivir se agoten,
Ya que no tienen ingenio para vivir sin esfuerzo.
38
Al suroeste de Barrington se encuentra la Isla de Charles. Y aquí viene
a cuento una historia que recogí hace mucho de un compañero de a bordo,
conocedor de las cosas de la vida aventurera.
Durante la rebelión, coronada por el éxito, de las colonias españolas
contra la vieja España, cierto aventurero criollo procedente de Cuba luchó a
favor de Perú, y por su coraje y su buena fortuna con el tiempo llegó a
alcanzar un alto rango en el ejército patriota. Una vez que terminó la guerra,
Perú se encontró, al igual que muchos valerosos caballeros, bastante libre e
independiente pero con poca munición en la alacena. En otras palabras, Perú no
tenía lo necesario para pagar a sus tropas. Pero el criollo —no recuerdo su
nombre— propuso voluntariamente que le pagaran con tierras. De modo que le
dijeron que podía escoger lo que quisiese en las Islas Encantadas, las que
entonces eran—ysiguen siendo— dependencia nominal de Perú. Al punto se embarca
el soldado para allí, explora el grupo, vuelve al Callao y declara que aceptará
una escritura de donación de la Isla de Charles. Además, en esta escritura
deberá estipularse que en adelante la Isla de Charles es no sólo propiedad
exclusiva del criollo sino que para siempre queda libre de Perú, lo mismo que
Perú de España. En pocas palabras, este aventurero procura que lo hagan en
realidad Señor Supremo de la Isla, uno de los príncipes de las potencias de la
tierra[4].
Enseguida el criollo lanza una proclama por la que invita súbditos a su
aún despoblado reino. Unas ochenta almas, entre hombres y mujeres, responden al
llamado y aprovisionados por su jefe con lo necesario, y con herramientas de
distintos tipos, junto con unas cabezas de ganado y cabras, se embarcan rumbo a
la tierra prometida y antes de zarpar, el propio criollo es el último en subir
a bordo, acompañado, cosa extraña, de una disciplinada compañía de caballería
formada por corpulentos y aterradores perros. Estos animales, según se pudo
observar en el curso de la travesía, se negaban a mezclarse con los emigrantes
y permanecían aristocráticamente agrupados en torno a su amo, en lo alto del
alcázar, echando miradas desdeñosas hacia la chusma relegada abajo, más o menos
como los soldados de una guarnición contemplan, desde las almenas, a la oscura
masa ciudadana a la que deben vigilar en una población recién conquistada.
39
Ahora bien, la Isla de Charles no sólo se asemeja a la de Barrington en
lo de ser mucho más habitable que las otras integrantes del grupo sino que
también tiene el doble de tamaño de la Isla de Barrington, más o menos un radio
de cuarenta o cincuenta millas.
Una vez que desembarcó sin problemas el contingente, bajo la dirección
de su jefe y señor, procedió enseguida a levantar la ciudad capital. Hacen
considerables adelantos en materia de muros de escoria y pisos de lava,
pulcramente espolvoreados con cenizas. En las colinas menos estériles pastorean
el ganado vacuno, en tanto que las cabras, aventureras por naturaleza, exploran
las apartadas soledades isleñas en busca de un magro sustento a base de
hierbas. Mientras tanto, la abundancia de peces y tortugas satisface las demás
necesidades.
Los desórdenes relacionados con el poblamiento de toda región primitiva
en este caso se vieron acentuados por el carácter singularmente insumiso de
muchos de los peregrinos. Finalmente, su Majestad se vio obligada a proclamar
la ley marcial y le dio caza y mató a tiros por mano propia a varios de sus
súbditos rebeldes, quienes, con las más dudosas intenciones, habían acampado en
el interior clandestinamente, de donde salían, furtivos, por la noche para
rondar descalzos y sigilosos en torno del recinto del palacio de lava. Sin
embargo, corresponde mencionar que antes de adoptar medidas tan drásticas los
hombres más dignos de confianza habían sido escogidos juiciosamente para armar
un cuerpo de guardaespaldas, cuya caballería estaba representada por el elemento
canino. Pero el estado político de esta desgraciada nación puede más o menos
imaginarse cuando se considera que aquellos que no estaban en el cuerpo de
guardaespaldas eran claramente conspiradores y malignos traidores. Por último
la pena de muerte quedó tácitamente abolida debido a la
oportuna reflexión de que si entre súbditos semejantes fuera a hacerse
una estricta justicia de deportista, a poco este rey Nimrod tendría que
abstenerse de cazar por falta de presas. El componente humano del cuerpo de
guardaespaldas fue disuelto, y se lo puso a cultivar el suelo y sembrar papas.
Ahora el ejército regio estaba constituidoúnicamente por el regimiento perruno.
Estos animales, por lo que tengo oído, eran de un carácter singularmente feroz,
si bien a través de un adiestramiento severo se había logrado hacerlos dóciles
ante su amo. Armado hasta los dientes, el criollo se pasea ahora con gran
pompa, rodeado de sus jenízaros caninos, cuyos terroríficos ladridos demuestran
ser tan útiles como bayonetas para mantener sofocados los brotes de rebelión.
Pero la población de la isla, tristemente reducida por el ejercicio de
la justicia y no renovada materialmente por el matrimonio, empezó a embargar de
melancólica desconfianza el espíritu del criollo. De alguna manera era
necesario aumentar la población. Ahora bien, como la Isla de Charles poseía un
poco de agua y la favorecía un aspecto relativamente agradable, los barcos
balleneros la visitaban de vez en
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cuando. A ellos Su Majestad siempre les había exigido tributos en
concepto de gravámenes portuarios, contribuyendo de este modo a sus rentas.
Pero ahora él tenía
otros designios. Mediante ciertos artilugios consigue, de vez en cuando,
engatusar a algunos marineros, incitándolos a desertar de sus barcos y que se
alisten bajo su bandera. No bien los miembros de tripulaciones desaparecen, los
capitanes de los barcos piden humildemente permiso para salir en busca de
ellos. Entonces Su Majestad esconde muy cuidadosamente a los desertores y
procede a conceder el permiso para que los busquen. De modo que nunca
encuentran a los prófugos y los barcos tienen que zarpar sin ellos.
Así, mediante la duplicidad política de este taimado monarca, se mutiló
en número de súbditos a las potencias extranjeras, en tanto que el propio se
multiplicaba considerablemente. Su Majestad mimaba especialmente a estos
extranjeros renegados. Pero, £ay de los astutos planes de príncipes
ambiciosos!, y £ay de la sed de gloria! Así como los pretorianos —nacidos en
otras tierras e imprudentemente introducidos en el estado romano y aún más
imprudentemente convertidos en favoritos de los emperadores—, terminaron por
deshonrar y derribar el trono, también estos marineros desaforados, con todo el
resto del cuerpo de guardaespaldas y la totalidad del populacho, se sublevaron,
desafiando a su señor. Éste marchó contra ellos con todos sus perros. En la
playa se lanzaron a una mortífera batalla que bramódurante tres horas. Los
perros lucharon con notable valentía, en tanto que los marineros sólo pensaban
en la victoria. Tres hombres y trece perros quedaron muertos en la reyerta, en
uno y otro bando muchos eran los heridos y el rey se vio obligado a emprender
la fuga con el resto de su regimiento canino. El enemigo los persiguió y a
pedradas obligó al amo y a sus servidores a refugiarse en las espesuras del
interior. Abandonada la persecución, los vencedores volvieron a la aldea de la
playa, desfondaron los barriles de aguardiente y proclamaron la república. A
los hombres se los enterró con todos los honores de la guerra y a los perros se
los arrojóignominiosamente al mar.
Al fin, a causa de los padecimientos, el criollo fugitivo bajó de los
cerros y propuso negociar la paz. Pero los rebeldes se negaron a aceptar otros
términos que los de su destierro incondicional. Consecuentemente, el próximo
barco que atracó se llevó al ex monarca a Perú.
La historia del rey de la Isla de Charles proporciona un ejemplo más de
la dificultad que conlleva colonizar islas áridas con peregrinos sin
principios.
Sin duda por un tiempo el monarca exiliado, entregado con melancolía a
la vida rural en Perú, país que le ofrecía un seguro asilo en su infortunio,
prestaba atención a toda persona que venía de Las Encantadas, a fin de escuchar
la noticia del fracaso de la República, el consecuente arrepentimiento de los
rebeldes y la solicitud de que él se dignara volver al trono. Sin duda,
estimaba que la República sólo constituía un
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miserable experimento que pronto iba a explotar. Pero, nada de eso
ocurrió: los insurgentes se habían confederado en una democracia que no era
griega, romana ni norteamericana. Bueno, en realidad no se trataba para nada de
una democracia sino que constituía una motinocracia permanente que se jactaba
de tener la ilegalidad porúnica ley. Al ofrecer grandes alicientes a los
desertores, sus filas se nutrieron con truhanes que procedían de todo barco que
tocaba en sus orillas. La Isla de Charles fue proclamada asilo de los oprimidos
de todas las flotas. A cada marinero desertor se lo saludó como a un mártir de
la causa de la libertad y se lo convirtió inmediatamente en rotoso ciudadano de
esta nación universal. En vano los capitanes de marineros prófugos intentaron
dar con ellos. Sus nuevos compatriotas estaban dispuestos a
ofrecer cualquier número de rostros ornamentales en defensa de ellos.
Disponían de poca artillería, pero sus puños no eran cosa de broma. Así, al
final sucedió que ningún navío que tuviera noticias del carácter de esa tierra
se atrevió a tocar en ella, por mucha necesidad de agua fresca que tuviese. La
isla se convirtió en Anatema —una Alsacia del mar—, en el escondite
inexpugnable de todo género de delincuentes prófugos, quienes en nombre de la
libertad hacían, muy sencillamente, lo que les daba la gana. Variaban
constantemente en número. Los marineros que desertaban de sus barcos en otras
islas o que se hallaban en bote en el mar, en cualquier parte de sus
inmediaciones, ponían rumbo a la Isla de Charles, sabiendo que allí
encontrarían refugio seguro; en tanto que, cansados de la vida en la isla,
algunos de ellos atravesaban el agua para llegar a las islas vecinas, y se
presentaban en ellas a capitanes extraños como marineros náufragos, y
conseguían a menudo ser aceptados a bordo de embarcaciones que se dirigían
hacia la costa española, en donde contaban, al desembarcar, con la compasión
ajena que les permitiría embolsarse el dinero de una colecta hecha para
ayudarlos.
En una noche calurosa, durante mi primera visita al grupo de islas,
nuestro barco flotaba en lánguida quietud cuando alguien en el castillo de proa
gritó: «£Luz adelante!». Miramos y vimos un fanal que ardía en una tierra
oscura, fuera del haz de luz. Nuestro tercer oficial no era buen conocedor de
esta región del mundo. Se le presentó al capitán y le dijo: «Señor, ¿debo salir
en un bote? Tiene que tratarse de náufragos».
El capitán soltó una carcajada más bien horrible y, agitando el puño
hacia el fanal, lanzó un juramento y le respondió: «Nada, nada, mis apreciados
bribones, no serán ustedes quienes me atraigan un bote a la playa en esta
bendita noche. Hacen bien, señores ladrones, es una buena acción la de emplazar
allí una luz, como si se tratara de un peligroso banco de arena. No tientan a
ningún hombre prudente a ver qué es lo que pasa, y en cambio le piden
mantenerse a prudencial distancia de la playa; porque esa es la Isla de
Charles, de modo que, señor oficial, rodéela y mantenga la luz a popa».
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OCTAVO BOSQUEJO
43
La Isla de Norfolk y la viuda Chola Por fin en una isla avistaron
Una mujer con decoro sentada en la playa, Que con gran pesar y en triste
agonía Parecía lamentarse de algún gran infortunio,
Y que a gritos les llamó, pidiéndoles socorro.
Negros sus ojos como el cielo a medianoche, Blanco su cuello como nieve
al caer.
Roja su mejilla como luz de la mañana. Yerto yace bajo la tierra.
Mi amor ha muerto.
Se ha ido a su lecho mortal
Y ahora reposa bajo un cactus.
Cada solitaria escena han de restaurar,
Que por ti las lágrimas caigan como es debido; Amado hasta que la vida
no pueda encantar más
Y lamentado hasta que muera la misma Piedad.
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Muy al noreste de la Isla de Charles, retirada del resto, está la Isla
de Norfolk; y, por insignificante que resulte a la mayoría de los viajeros,
para mí, por compasión, esa isla solitaria se ha convertido en un sitio
consagrado por las más extrañas pruebas a que se haya sometido a la naturaleza
humana.
Era mi primera visita a Las Encantadas. Habíamos pasado dos días en
tierra, dedicados a cazar tortugas. No hubo tiempo para capturar muchas; de
modo que a la tercera tarde izamos nuestras velas. Estábamos justamente en el
momento de partir, el ancla siendo levada y aún suspendida, oscilaba invisible
bajo las olas, y en tanto el dócil barco giraba paulatinamente para dejar atrás
la isla, el marinero que viraba conmigo el cabrestante se detuvo súbitamente y
me señaló algo que se movía en tierra, no en la playa sino un poco más atrás,
agitándose a cierta altura.
En vista de la consecuencia de esta pequeña historia corresponde relatar
aquícómo fue posible que un objeto que en parte por ser tan pequeño
pasócompletamente inadvertido a los demás hombres a bordo, sin embargo
consiguiera llamar la atención de mi compañero de espeque. El resto de la
tripulación, yo incluido, nos limitábamos a alzarnos con nuestras palancas al
levantarlas, en tanto que, insólitamente alborotado, a cada vuelta del pesado
cabrestante mi fajado camarada saltaba por encima de él, con fuerza y violencia
dando un vigoroso golpe perpendicular hacia abajo, en tanto que sus ojos se
mantenían observando con alegría la playa que lentamente se alejaba. Alzarse
tanto por encima de todos los demás fue la razón de que percibiera el objeto,
que de otro modo resultaba imperceptible; y esta elevación de su mirada se
debía a la elevación de su ánimo; y esto a su vez —pues la verdad debe salir a
la luz—, a un buen trago de pisco peruano secretamente administrado esa misma
mañana, en recompensa por alguna cortesía, por nuestro camarero mulato. Ahora
bien, es cierto que el pisco causa abundante daño en el mundo; pero,
considerando que en el presente caso fue el medio, si bien indirecto, de
rescatar a un ser humano del más espantoso destino, ¿no debemos también admitir
necesariamente que a veces el pisco hace algún bien?
Echando una ojeada a través del agua en la dirección que él indicó, vi
una cosa blanca que colgaba de una roca tierra adentro, tal vez a media milla
del mar.
45
«Es un pájaro, un pájaro de alas blancas; quizásun…no;es…£es un
pañuelo!».
«£Sí, un pañuelo!», hizo eco mi camarada, quien con grito más fuerte
avisó al capitán.
Velozmente, así como se desplaza y apunta un gran cañón, colocaron el
catalejo a través del aparejo de mesana, desde la plataforma elevada de la
popa; y así pudo claramente verse una figura humana sobre la roca del interior
de la isla que ansiosamente agitaba en dirección a nosotros lo que parecía ser
un pañuelo.
Nuestro capitán era un buen hombre, bien dispuesto. Dejó el catalejo y
con determinación corrió a ordenar que echaran nuevamente el ancla; marineros a
un bote y que lo bajaran.
En un intervalo de media hora el bote veloz estaba de vuelta. Partió con
seis personas y volvía con siete; la séptima era una mujer.
No se trata de falta de corazón pero quisiera poder dibujar a esta mujer
únicamente en carbonilla; pues presentaba un aspecto sumamente conmovedor; y
las carbonillas, que trazan líneas suavemente melancólicas, representarían con
más eficacia la imagen lastimera de la adamascada viuda chola.
Pronto nos contó su historia y si bien lo hizo en su propia lengua
extraña, rápidamente la comprendimos; pues nuestro capitán, de tanto traficar
por la costa chilena, estaba muy versado en español. Tres años atrás, Hunilla,
una chola, es decir, una mestiza, procedente de Payta en Perú, en compañía de
su reciente esposo Felipe, de pura sangre castellana, y de su único hermano
indio, Truxill, se había embarcado en un ballenero francés, comandado por un
alegre hombre, con destino a las aguas situadas más allá de las Islas
Encantadas y se proponía pasar por sus proximidades. El
objeto de la excursión era obtener aceite de tortuga, fluido que por su
gran pureza y finura es altamente estimado en todas partes en donde se lo
conoce; y es bien conocido a todo lo largo de esta parte de la costa del
Pacífico. Con un baúl de ropas, herramientas, utensilios de cocina, un aparato
rudimentario para refinar el aceite, unos cuantos barriles de bizcochos y otras
cosas, sin omitir dos perros favoritos, esos fieles animales a que todos los
cholos son tan aficionados, Hunilla y sus compañeros fueron desembarcados sin
accidente en el lugar que habían elegido; el francés, según un contrato
celebrado antes de zarpar, se comprometió a recogerlos al volver de un crucero
de cuatro meses por los mares al occidente; un plazo que los tres aventureros
estimaban perfectamente suficiente para sus propósitos.
En la playa solitaria de la isla le pagaron en plata sus pasajes de ida,
pues el extranjero se había rehusado a llevarlos excepto con esa condición; si
bien se manifestó dispuesto a adoptar todas las medidas destinadas a asegurar
el debido cumplimiento de su promesa. Felipe se había esforzado por aplazar
este pago hasta el período de regreso del navío. Pero en vano. Con todo
pensaban que tenían, de otro modo, prueba más que suficiente de la buena fe del
francés. Se concertó que los
46
gastos del pasaje de regreso no serían pagaderos en plata sino en
tortugas: un centenar de tortugas pasarían al capitán, a su vuelta. Los cholos
se proponían conseguir dichas tortugas después de haber llevado a cabo su
propia labor, dentro del lapso probable de regreso del francés; y sin duda ya
sentían por anticipado que en esas cien tortugas —que por el momento vagaban en
alguna parte del interior de la isla— poseían cien rehenes. Pues bien, el navío
se hizo a la mar, las tres personas que quedaban mirando en la playa
contestaron la ruidosa canción con que los tripulantes se despedían alegremente
y antes que se hiciera noche, la embarcación francesa estaba con la quilla
hundida en el mar distante, convertidos sus mástiles en tres débiles líneas que
pronto se borraron de la visión de Hunilla.
El extranjero había hecho una alegre promesa, que ancló con juramentos;
pero, los juramentos y las anclas se desplazan; sobre la voluble tierra sólo
perduran las promesas incumplidas de goce. Vientos adversos procedentes de
cielos inestables, estados adversos de su ánimo aún más variable, o un
naufragio y la muerte súbita en aguas solitarias: cual fuera la causa, el hecho
es que el alegre extranjero nunca se volvió a ver.
Pero, por muy tremenda que fuera la calamidad que estaba al acecho,
presentimientos de ésta antes del debido tiempo nunca perturbaron las mentes de
los cholos, quienes ahora estaban totalmente ocupados con el trabajoso asunto
que les había llevado a la isla. Más aún: por veloz condena que llegó como el
ladrón en la noche, antes de que pasaran siete semanas, dos de los miembros del
pequeño grupo fueron excluidos de todas las angustias de la tierra o el mar. Ya
no tratarían de que la vista sobrepasara, con miedo febril o esperanza todavía
más febril, el horizonte del presente; puesto que al futuro más distante
navegaron sus propios espíritus silenciosos. Trajinando bajo ese sol ardiente,
Felipe y Truxill habían llevado hasta su choza muchas docenas de tortugas y
puesto a prueba el aceite, cuando, exaltados por su buen éxito y para
recompensarse por tan ardua tarea, demasiado precipitadamente, armaron un
catamarán o balsa india, muy usada en el continente español, y con alegría
partieron en una excursión de pesca, justamente más allá de un largo arrecife
con muchas brechas melladas, el cual corre paralelamente a la playa, a media
milla de distancia de ella. Por una mala corriente o por azar, o bien por la
negligencia que generó el espíritu festivo (pues si bien no se les podía oír,
por sus gestos parecían estar cantando todo el tiempo), se vieron obligados a
entrar en aguas profundas y fueron a dar contra esa barra de hierro, el tosco
catamarán volcó y quedó hecho pedazos; y entonces, vapuleados por el fuerte oleaje
entre sus maderos rotos y los agudos dientes del arrecife, ambos aventureros
perecieron ante la mirada de Hunilla.
Ante los ojos de Hunilla se hundieron. El verdadero dolor de este
acontecimiento pasó ante su vista como una tragedia fingida en el escenario.
Ella estaba sentada en un tosco cenador entre matorrales marchitos, en la
cumbre del elevado risco, un poco más atrás de la playa. Los matorrales estaban
dispuestos de modo tal que, al mirar
47
hacia el mar, ella atisbaba entre las ramas como desde la celosía de un
balcón alto. Pero, en ese día del que nos ocupamos ahora, para observar mejor
la aventura de esos dos corazones que amaba, Hunilla había retirado las ramas a
un lado y las mantenía así. Formaban un marco ovalado, a través del cual el
infinito mar azul rodaba como un mar pintado. Y ahí, el invisible artista pintó
a su vista la balsa desarmada zarandeada por las olas, sus troncos que ya no
estaban parejos sino que se levantaban al sesgo como mástiles inclinados y
entre ellos cuatro brazos que no se distinguían de los náufragos que luchaban
por salvarse; y enseguida todo se hundió en las aguas espumosas que fluían con
suavidad, que lentamente arrastraban los restos del naufragio; y desde el
principio hasta el final, no se escuchó ruido alguno. La muerte en una imagen
silenciosa; un ensueño de la vista; formas que se desvanecen como en los
espejismos.
Tan inmediata fue la escena, tan hipnótico su suave efecto pictórico,
tan distante de su marchita enramada y de su sentido común de las cosas que
Hunilla se quedómirando y mirando, sin levantar un dedo, ni lanzar un gemido.
Pero lo mismo daba que se quedara así atontada, estupefacta, con la vista
clavada en ese mudo espectáculo, considerando lo que en otro caso podría haber
hecho. Separada por media milla de mar, ¿cómo hubieran podido sus brazos
encantados ayudar a esos cuatro brazos condenados? Larga la distancia y un
grano de arena el tiempo. Cuando se ha visto el relámpago, ¿quién será el necio
que pretenda impedir que caiga el rayo? Las olas llevaron a la playa el cuerpo
de Felipe, pero el de Truxill nunca volvió; sólo el alegre sombrero trenzado de
paja dorada —ese mismo objeto como un girasol que agitó al despedirse de ella
al empujar la balsa en la playa— que ahora, galante hasta el final, aún la
saludaba. Pero el cuerpo de Felipe flotó hacia la costa con un brazo extendido.
Atrapado por aquella muerte horrible, el esposo y amante abrazaba suavemente a
su amada, fiel a ella hasta en el sueño mortal. Oh, cielos, ¿cuando el hombre
mantiene asísu fe, seréis infieles vosotros, los que creasteis al varón fiel?
Pero, no pueden quebrantar la fe quienes nunca la empeñaron.
Es necesario mencionar la desesperante tristeza que invadió entonces a
la viuda solitaria. Al contarnos su historia, apenas hizo referencia a ésta,
limitándose a describir los hechos. Sea como fuere que se interprete el
comentario de sus facciones, habría resultado difícil imaginar a través de sus
simples palabras que la propia Hunilla era la heroína de su relato. Pero no nos
defraudó así de nuestras lágrimas. Todos los corazones sangraron ante un dolor
que podía ser tan valeroso.
Ella sólo nos mostró la puerta de su alma y los extraños signos grabados
en ella; todo lo que estaba adentro, con la timidez del orgullo, nos fue
negado. Pero hubo una excepción. Mostrando una pequeña mano olivácea ante el
capitán, dijo en suave español, con toda lentitud: «Señor, yo lo enterré»;
luego hizo una pausa, se debatiócomo contra una serpiente que se estaba
enroscando y agachándose súbitamente,
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enseguida saltó, repitiendo con dolor apasionado: «£Yo lo enterré, a él,
mi vida, mi alma!».
Sin duda, fue con movimientos de sus manos casi inconscientes,
automáticos, que esta mujer aplastada por la pena pudo encarar el oficio final
para Felipe y plantó una tosca cruz de maderas resecas—nopudo encontrar ramas
verdes— a la cabeza de esa tumba solitaria, donde ahora descansaba en sosiego
perdurable y tranquilo refugio aquel a quien abatieran mares agitados.
Pero ahora sobrecogía a la afligida Hunilla cierta sensación de que
había otro cuerpo que enterrar, de que otra cruz debía consagrar otra
sepultura—aúnsin cavar—; cierta sorda desesperanza y dolor por no haber
encontrado el cuerpo del hermano. Con manos todavía cubiertas de tierra de una
tumba, lentamente ella retornó a la playa, errando sin propósitos definidos y
su mirada encantada se mantenía fija en las
olas incesantes. Pero las olas sólo le hicieron llegar un canto fúnebre,
enloquecedor, que la hacía pensar que los asesinos también podían hacer duelo.
A medida que pasóel tiempo y que estas cosas aparecían menos ensoñadamente en
su espíritu, las poderosas enseñanzas de su fe romana, que atribuye singular
importancia a las urnas consagradas, la movieron a reanudar con tesón alerta
esa piadosa busca que sólo iniciara como en un estado de sonambulismo. Día tras
día, semana tras semana, recorrió la playa de cenizas hasta que al final un
doble motivo aguzó cada mirada ansiosa. Con igual angustia ella buscaba ahora
con la mirada al vivo y al muerto, al hermano y al capitán igualmente
desaparecidos, para jamás volver. Sometida a tamañas emociones, Hunilla no había
llevado cuenta con precisión del tiempo y poco era, fuera de sí misma, lo que
pudiera servirle de calendario o reloj. Como en el caso del pobre Crusoe,
perdido en ese mismísimo mar, ninguna campana de santo repicaba señalándole el
paso de las semanas o de los meses; cada día se iba sin registro; no había
gallo que anunciara esas auroras sofocantes ni los mugidos de los ganados que
señalaran esas noches envenenadas. Faltaban todos los sonidos acostumbrados y
periódicos, humanos o humanizados por dulce comunidad con el hombre; todos,
excepto uno: el ladrido de los perros. Exceptuando éste, nada más que la
agitación del mar invadía este arrobamiento tórrido, el rodar de las olas
penetraba en todo con su recurrente sonido monótono y para la viuda esa era la
voz menos amada que pudiera haber oído.
No es de maravillarse, pues que, como sus pensamientos iban ahora hacia
el barco que no volvía, y regresaban derrotados, la esperanza contra toda
esperanza se debatiera tanto en su alma que a la larga ella desesperadamente se
dijera «Aún no, aún no; mi corazón tonto corre demasiado de prisa». Así logró
imponer la paciencia durante algunas semanas más. Pero para aquéllos a quienes
la infalible succión de la tierra atrae, la paciencia o la impaciencia es con
todo lo mismo.
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Hunilla se propuso ahora fijar en su cabeza, hora a hora cuánto tiempo
había pasado, desde que el barco había zarpado; y seguidamente, con pareja
precisión, cuánto tiempo debía pasar todavía. Pero esto le resultó imposible.
No podía entender en qué día ni en qué mes estaba. El tiempo era su laberinto
en el que Hunilla se encontraba completamente perdida.
Y así sigue…
Contra mi propósito se impone aquí una pausa sobre mí. Uno no sabe si la
naturaleza no le asigna cierta reserva a quien le ha sido dado enterarse de
determinadas cosas. Por lo menos, cabe dudar de que sea bueno publicarlas. Si
ciertos libros son juzgados perniciosos y su venta es prohibida, ¿qué es lo que
corresponde cuando se trata de hechos letales y no de hombres que sueñan?
Aquellos afectados por los libros no serán prueba contra los eventos. Los
eventos, y no los libros, deberían ser prohibidos. Pero en todas las cosas el
hombre siembra en el viento, que sopla justo allí donde se escucha[5]; para
bien o para mal, el hombre no puede saber. A menudo el mal viene del bien, lo
mismo que el bien del mal.
Cuando Hunilla…
Horrendo espectáculo es ver una bestia sedosa que largamente se divierte
con una dorada lagartija para luego devorarla. Más terrible todavía es ver cómo
el Hado felino se divierte a veces con un alma humana y mediante una magia
innominada le hace rechazar una sensata desesperación por una esperanza que
sólo es locura. Sin proponérmelo imito esta cosa gatuna al jugar con el corazón
de quien me lee; pues quien no siente, lee en vano.
«El barco se hace a la
mar hoy, en este día», se dijo por último Hunilla; «esto me
ofrece cierto plazo de tiempo de base; sin certidumbre, enloqueceré. En
perezosa ignorancia he esperado y esperado; ahora, con conocimiento firme, me
limitaré a aguardar. Hoy vivo y dejo de padecer sorpresas. Santa Virgen,
£ayúdame! Vos Señora haréis volver el barco. £Oh, travesía ya cumplida de
semanas abrumadoras, travesía que era necesario hacer para adquirir la
certidumbre de hoy, os dejo sin reservas, pero
os arranco de mí!».
Como los marineros que arrojados por la tempestad a un arrecife desolado
logran armar un bote con los restos del naufragio y vuelven a lanzarse a las
mismas aguas, vemos aquí a Hunilla, esta solitaria alma náufraga, invocar la
confianza a partir de lo que fue un acto de traición. Humanidad, tú, cosa llena
de fuerza, te reverencio, pero no en el héroe cubierto de laureles sino en esta
mujer vencida.
Hunilla se valió verdaderamente de una caña, de una caña real, no es una
metáfora, de una auténtica caña oriental. Un pedazo de caña hueca, arrastrada
desde islas desconocidas y que encontró en la playa, con extremos que antes
eran dentados pero que ahora estaban perfectamente lisos, como si los hubieran
pasado por papel de lija, y ya sin su barniz de oro. Por mucho tiempo había
sido frotado entre el mar y la tierra,
50
piedra de arriba y de abajo, la sustancia sin barniz ha quedado, limada,
al desnudo y en otro lustre ahora, idéntico a sí mismo, el lustre de su
angustia. A intervalos, líneas circulares cortaban alrededor de toda esta
superficie, dividida en seis partes de diferente extensión. En la primera iban
apuntados los días y cada décimo día estaba señalado por un corte más largo y
profundo; la segunda correspondía a las marcas para el número de huevos de aves
marinas que le servían de sustento, sacándolos de sus nidos en la roca; la
tercera, al número de peces que había atrapado desde la costa; la cuarta, al de
tortugas pequeñas encontradas en el interior; la quinta, al de días de sol; la
sexta, al de días nublados; siendo de estas dos la más grande la última. Dilatada
noche llena en números, matemáticas de la desdicha cuyo fin es cansar su alma
demasiado alerta y lograr que se duerma; pero el sueño se resistía.
La parte que correspondía a los días estaba muy gastada por las largas
incisiones; para cada décimo día aparecían medio borradas, como alfabetos para
ciegos. Diez mil veces la viuda esperanzada había pasado el dedo por el bambú
—flauta taciturna que, al tocarla, no daba sonido alguno—, como si contar los
pájaros que vuelan por lo alto acelerara el paso de tortugas que se arrastran a
través de la espesura.
Después del día 180 ya no había marcas; la última era la más débil, así
como la primera era la más profunda.
«Hubo más días», le dijo nuestro capitán, «muchos, muchos más; ¿por qué
no los marcaste, también, Hunilla?».
«No me pregunte por eso, señor».
«Y mientras tanto, ¿pasaron otros barcos frente a la isla?».
«Bueno, señor…, pero…».
«No me contestas; ¿pero qué, Hunilla?».«No me pregunte, señor».
«Viste pasar barcos a lo lejos; les hiciste señas; siguieron de largo…
¿es eso lo que
ocurrió?».
«Que sea como usted dice, señor».
Fortalecida contra su dolor, Humilla no quería, no se atrevía a confiar
en la debilidad de su lengua. Entonces, cuando nuestro capitán le preguntó si
algún barco
ballenero había…
Pero no, no voy a asentar esta historia en su totalidad para que sea
citada por espíritus socarrones y afirmen que constituye una sólida prueba en
su favor. Una mitad quedará sin contar aquí. Esos dos episodios sin mencionar
que vivió Hunilla en la isla, que queden entre ella y su Dios. En la
naturaleza, como en el derecho, puede ser difamatorio enunciar ciertas
verdades.
Sin embargo, cómo fue posible que si nuestra embarcación había estado
anclada durante tres días cerca de la isla, su único habitante humano sólo nos
descubriera
51
cuando estábamos a punto de hacernos a la mar, para no volver jamás a un
paraje tan solitario y remoto; es necesario explicar esto, antes de seguir con
el relato.
El lugar donde el capitán francés desembarcó al pequeño grupo estaba en
el extremo más alejado y opuesto de la isla. Fue allí también donde los
infortunados construyeron luego su choza. Y la viuda, en su soledad, no
abandonó el punto donde sus seres amados habían vivido con ella y donde el más
querido de los dos dormía ahora su último sueño, del cual no lo sacaban todos
sus lamentos por más que en vidaél fue el más fiel de los esposos.
Ahora bien, entre las puntas opuestas de la isla se levanta un terreno
alto y quebrado. Un barco anclado de un lado resulta invisible desde el otro.
Además, tampoco la isla es tan pequeña y un grupo considerable podría errar
durante días y días por la espesura en uno de los costados sin ser nunca visto,
ni sus saludos oídos, por alguien que estuviera a la distancia, del otro lado.
De modo que Hunilla, quien naturalmente asociaba la posible llegada de navíos
con su parte de la isla, hubiera podido permanecer hasta el final totalmente
ignara de la presencia de nuestra embarcación, de no haber sido por un
misterioso presentimiento, el cual le habría sido inspirado por el aire
encantado de la isla, según afirmaron nuestros marineros. Y la respuesta de la
viuda no desmintió esta noción.
«¿Cómo fue, entonces, que esta mañana se te ocurrió atravesar la isla?»,
le preguntó nuestro capitán a Hunilla.
«Señor, es que algo pasó revoloteando a mi lado. Me rozó la mejilla y el
corazón, señor».
«¿Quées lo que dices?».
«Le dije, señor, que algo llegó a través del aire».
Fue una oportunidad única. Pues cuando al atravesar la isla Hunilla
llegó a la parte alta situada en el centro, debió entonces percibir por primera
vez nuestros mástiles y también observó que se procedía a soltar las velas, tal
vez pudo oír los ecos del coro de la canción del cabrestante. La embarcación
desconocida estaba a punto de zarpar y ella se encontraba lejos. Con rapidez,
Hunilla desciende ahora de la altura de este lado, pero pronto pierde de vista
el barco entre la selva hundida en la base de la montaña. Con esfuerzo se abre
paso a través de las ramas secas que a cada paso tratan de impedirle avanzar,
hasta llegar a la roca aislada, aún a cierta distancia del agua. A ella se
trepa para asegurarse. El barco sigue perfectamente a la vista. Pero ahora,
agotada por una tensión excesiva, Hunilla está a punto de desmayarse; le da
miedo descender de la vertiginosa eminencia elevación. Ya se resigna a quedarse
allídonde está y como un último recurso se saca el turbante de la cabeza, lo
despliega y agita, a través de los matorrales en dirección a nosotros.
Durante el relato de su historia los marineros formaron un silencioso
círculo alrededor de Hunilla y el capitán; y cuando por último se dio la orden
de tripular el
52
bote más veloz y dar la vuelta hasta el otro costado de la isla, a fin
de recuperar el baúl de Hunilla y el aceite de tortuga, rara vez se había visto
tal presteza para obedecer lasórdenes, al mismo tiempo con alegría y tristeza.
Se hizo poca alharaca. Ya el ancla había vuelto al fondo y el barco se mecía
apaciblemente.
Pero Hunilla insistió en acompañar a los del bote, porque se consideraba
piloto indispensable para llegar hasta su choza escondida. De modo que
reconfortada con lo mejor que nuestro despensero pudo ofrecerle, partió con
nosotros. Y no ha habido esposa de un gran almirante que en la lancha de su
marido recibiera más reverencial silencio que la pobre Hunilla por parte de la
tripulación de este bote.
Rodeando una multitud de cabos y promontorios vítreos, en dos horas
llegamos al arrecife fatídico; nos internamos en una caleta escondida,
remontamos la vista a una verdosa pared de lava con múltiples gabletes y vimos
entonces la solitaria morada de la isla.
Se levantaba en un risco sobresaliente, protegida en dos de sus costados
con enmarañados matorrales y semi-oculta a la vista de frente por las
protuberancias de la tosca escalinata que remontaba el precipicio desde el mar.
Construida de cañas, estaba techada con paja larga y enmohecida. Parecía un
almiar de heno abandonado por los segadores. El techo sólo se inclinaba a un
lado y los aleros llegaban hasta dos pies del suelo. Y aquí había un simple
dispositivo para recolectar el rocío, o mejor dicho lluvias doblemente
destiladas y cernidas al máximo, las cuales, por piedad o por burla los cielos
nocturnos a veces dejan caer sobre estas estériles Encantadas. Por debajo de
todos los aleros se extendía una sábana con pintas, completamente manchada por
las inclemencias del tiempo, la cual estaba clavada a unas estacas cortas y
derechas, clavadas en la arena. Un fragmento pequeño de escoria, arrojado en el
lienzo, empujaba su parte central hacia abajo, y de este modo tamizaba toda la
humedad, que pasaba a una calabaza colocada por debajo. Este recipiente
proporcionó cada gota de agua que los cholos bebieran en la isla. Hunilla nos
dijo que a veces, pero no a menudo, la calabaza se llenaba hasta la mitad de
agua durante la noche. Tenía, acaso, una capacidad de seis cuartos de galón.
«Pero», nos dijo,«estábamos acostumbrados a tener sed. En la arenosa Payta,
donde vivo, nunca ha caído un chubasco; allí se trae toda a lomo de mula, desde
los valles del interior».
Atadas entre los matorrales había una veintena de tortugas que se
lamentaban, que abastecían la solitaria despensa de Hunilla; en tanto que
centenares de vastos escudos negros grabados, semejantes a lápidas abandonadas
de pizarra oscura, también se veían esparcidos alrededor. Eran los pétreos
lomos de esas grandes tortugas de donde Felipe y Truxill habían sacado su
precioso aceite. Varias grandes calabazas y dos barrilitos de bastante
capacidad estaban llenos de éste. En una vasija próxima estaban las costras
aglutinadas de cierta cantidad que se había dejado evaporar. «Se proponían
tamizarla al día siguiente», dijo Hunilla, dándose vuelta.
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Olvidé mencionar el espectáculo más singular de todos, si bien fue el
primero que nos saludara al desembarcar.
Una decena de perros pequeños, de pelo suave y enrulado miembros de una
hermosa raza que es característica de Perú, organizó un concierto de alegres
saludos cuando llegamos a la playa, al que respondió Hunilla. Algunos de estos
perros habían nacido, después de que ella quedó viuda, en la isla, siendo los
descendientes de dos que llevaron desde Payta. Debido a los peligrosos
precipicios, los matorrales tortuosos, las grietas ocultas y las amenazadoras
dificultades de todo género que se encuentran en el interior, Hunilla,
advertida por la pérdida de uno de sus perros favoritos, nunca permitía que
estas delicadas criaturas la siguieran en sus ocasionales excursiones en busca
de nidos de pájaros y otras correrías semejantes; de modo que, acostumbrados a
ello desde hacía tiempo, los animales no se ofrecieron para acompañarla cuando
esa mañana atravesó la isla y, por cierto, ella tenía su espíritu demasiado
ocupado por otros asuntos para prestar atención al hecho de que los perros
permanecían junto a la choza. No obstante, durante su solitaria estadía en la
isla se había apegado tanto a ellos que, aparte de la poca humedad que los
animales pudieran lamer de madrugada en las pequeñas cavidades que se
encontraban en las rocas adyacentes, Hunilla había compartido con ellos el
rocío de su calabaza; y asínunca consiguió almacenar una cantidad considerable
de líquido para precaverse de los extendidos períodos de sequía total que, en
ciertas estaciones desastrosas, afligen a estas islas.
Una vez que nos indicó, según nuestros deseos, las pocas cosas que
quería que trasportáramos al barco —su baúl y el aceite, sin omitir las
tortugas vivas que se proponía obsequiar, en señal de gratitud, a nuestro
capitán—, nos pusimos inmediatamente manos a la obra, transportándolas al bote
por la inclinada escalinata muy sombreada en la roca. Mientras mis camaradas se
entregaban a esta tarea, echéun vistazo y observé que Hunilla había
desaparecido.
No fue sólo la curiosidad sino me parece también algo diferente mezclado
con ella lo que me impulsó a dejar mi tortuga y a volver a observar con más
detenimiento a mi alrededor. Recordé el marido que Hunilla había enterrado con
sus propias manos. Un sendero angosto llevaba a una parte tupida de los
matorrales. Siguiéndola a través de muchos laberintos, conseguí llegar a un
pequeño espacio abierto y redondo, profundamente encerrado allí.
El túmulo se levantaba al medio, simplemente un montículo de la arena
más fina, como el cúmulo sin verdor que queda al fondo de un reloj de arena
cuando han pasado las horas. A su cabeza estaba la cruz de ramas secas y la
corteza aún estaba despegándose; la rama transversal estaba atada con una soga
y se mantenía colgando tristemente en el aire silencioso.
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Hunilla estaba postrada en parte sobre la tumba, con la cabeza oscura
inclinada y perdida en su larga cabellera suelta de india; tenía las manos
extendidas hasta el pie de la cruz y un pequeño crucifijo de bronce aferrado en
ellas; un crucifijo cuya imagen habían gastado los años como a un antiguo
aldabón cincelado con el que por largo tiempo se hubiera llamado en vano. Ella
no me vio y no hice ningún ruido sino que me escabullí sigilosamente del lugar.
Unos pocos minutos antes de que todo estuviera listo para que
partiéramos, Hunilla reapareció entre nosotros. La miré en los ojos, pero no
pude ver lágrimas. Había algo que parecía extrañamente altanero en su actitud y
sin embargo era sólo su aire de tristeza. Se trataba de un pesar español e
indio, que no se muestra en su lamentación. La talla del orgullo que en vano se
humilla a la postración en el potro del tormento; el
orgullo de la naturaleza que somete a la tortura de la naturaleza.
Tal como pajes, los pequeños perros sedosos la rodearon a medida que
ella descendía lentamente hacia la playa. Alzó en brazos a las dos criaturas
más vehementes: «£Mi Tita! £Mi Tomotita!» y mimándolas preguntó cuántas
podíamos llevar a bordo.
El primer oficial comandaba la tripulación del bote; no se trataba de un
hombre de corazón duro, pero su estilo de vida había sido tal que en la mayor
parte de las cosas, hasta en las más pequeñas, la simple utilidad práctica era
su motivo rector.
«No podemos llevarlos a todos, Hunilla; nuestras provisiones son
escasas; los vientos son caprichosos y es posible que la travesía hasta Tombez
nos lleve unos cuantos días. De modo, Hunilla, que puedes traer los que tienes
alzados, pero ninguno más».
Ella ya estaba en el bote; también los remeros estaban sentados; todos,
con excepción de uno, que estaba listo para dar un empujón al bote y saltar
inmediatamente a su posición. Con la sagacidad propia de su naturaleza, los
perros parecían tener conciencia ahora de que estaban en el preciso instante en
que serían abandonados en una costa desértica. La borda del bote era alta; su
proa —apuntada hacia la isla— estaba levantada; de modo que debido al agua, que
parecían evadir por instinto, los perros no podían subirse a la pequeña
embarcación. Pero con sus activas patas rascaban desesperadamente la proa, como
si se tratara de la puerta de un granjero que los privara de abrigo durante una
tormenta de invierno. Era una resonante agonía de alarma. Los perros no aullaban
ni gemían: sólo les faltaba hablar.
«£Partamos, que ya es hora!», gritó el primer oficial. En el bote se
sintió un fuerte tirón y una sacudida, giró sobre su quilla y al momento nos
alejábamos velozmente de la playa. Los perros corrían aullando al borde del
agua; por momentos se detenían para contemplar el bote que volaba, luego
parecía que iban a saltar para iniciar la cacería, pero misteriosamente se
refrenaban y nuevamente seguían aullando por la playa. De haber sido seres
humanos es difícil que hubieran inspirado más vivamente la
55
sensación de desconsuelo. Los remos eran empleados como plumas
compañeras de dos alas. Nadie hablaba. Dirigí la mirada hacia la playa y luego
hacia Hunilla, pero su rostro se mantenía en una adusta calma sombría. Los
perros que llevaba en su regazo, en vano le lamían sus manos severas. Ella
nunca volvió la vista hacia atrás y se mantuvo inmóvil hasta que doblamos un
promontorio de la costa y perdimos de vista los sonidos y las imágenes que
había a popa. Daba la impresión de alguien que, tras experimentar el más
virulento de los dolores mortales, se conformara en adelante con que le
arrancaran, una por una todas las fibras menores del corazón. A Hunilla el
dolor le había llegado a parecer tan necesario que el dolor en otros seres,
aunque por amor y compasión hecho suyo, le era soportable sin una sola queja.
Un corazón que suspira en un marco de acero. Un corazón que suspira por cosas
terrenales que había congelado la escarcha que cae del cielo.
Lo que sigue es fácil de relatar. Después de una larga travesía,
afligida por calmas y vientos desconcertantes, llegamos al pequeño puerto de
Tombez en Perú, donde abasteceríamos nuestra embarcación. Payta no estaba a
gran distancia. Nuestro capitán vendió el aceite de tortuga a un comerciante de
Tombez; y añadiendo a la plata una contribución de todos los miembros de la
tripulación, dio la suma a nuestra silenciosa pasajera, quien desconocía lo que
habían hecho los marineros.
La última vez que vi a la solitaria Hunilla, ella iba de viaje en
dirección a Payta, montada en un burrito gris, y ante sus ojos los omóplatos
del borrico y la unión del arreo formaban una cruz.
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NOVENO BOSQUEJO
57
La Isla de Hood y el ermitaño Oberlus A ese sombrío valle entran, donde
encuentran
A ese hombre maldito acurrucado en el suelo, Meditando fechorías en su
mente feroz;
Sus rizos grisáceos muy crecidos y sueltos Cuelgan desordenados sobre
sus hombros y ocultan su rostro. Sus ojos insinceros
Parecen mortalmente apagados y mira como asombrado; Sus mejillas
demacradas, por las penurias consumidas,
Están chupadas por las mandíbulas, como si no comiera nunca. No tiene
más ropas que muchos trapos remendados,
Prendidos con espinas y otros andrajos
Con los que envuelve sus desnudos flancos.
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Al sureste de la Isla de Crossman se encuentra la Isla de Hood o Isla
Nublada de McCain; y en su costado sur se halla una caleta vítrea con una ancha
playa de lava negra molida, que recibe el nombre de Playa Negra o
Desembarcadero de Oberlus. Con toda justicia se la podría haber llamado de
Caronte.
Recibió el nombre por un salvaje ser de raza blanca que pasó allí muchos
años, y en cuanto europeo, llevó a esta región salvaje cualidades más
diabólicas que las que pueden encontrarse entre cualesquiera de los caníbales
circundantes.
Hace aproximadamente medio siglo, Oberlus desertó en la isla ya
nombrada, la que entonces, como ahora, estaba deshabitada. Se construyó una
guarida de lava y escorias, más o menos a una milla del desembarcadero que
ulteriormente llevaría su nombre, en un valle o cañada ensanchada que contenía
aquí y allá, entre las rocas, aproximadamente dos acres de tierra aptos para un
tosco cultivo; el único lugar de la isla que no era demasiado árido para ese
fin. Allí consiguió cultivar una especie de patatas degeneradas y calabazas,
que de vez en cuando cambiaba a los necesitados balleneros que acertaban a
pasar, por aguardiente o dólares.
Su aspecto, según todas las descripciones, era el de la víctima de una
bruja malvada; parecía haber bebido de la copa de Circe, pues su apariencia era
bestial, con harapos que no alcanzaban para cubrir su desnudez, con la piel
pecosa, ampollada por la continua exposición al sol, y nariz chata, el
semblante retorcido, pesado, tosco; la cabellera y la barba sin cortar, largas
y de un rojo furibundo. A los extraños les daba bastante la impresión de que
era un ser de origen volcánico, expulsado por la misma convulsión que con un
estallido hizo surgir la isla. Cubierto de remiendos y enroscado para dormir en
su solitaria guarida de lava entre las montañas, parecía, según se dice, un
montón de hojas secas, arrancadas de árboles otoñales, así dejado en un rincón escondido
por un remolino, un instante detenido, de un feroz viento nocturno que luego
sigue soplando despiadadamente, para ir a repetir en otra parte el mismo acto
caprichoso. También se relata que resultaba un muy extraño espectáculo ver a
este mismo Oberlus, en una mañana nublada y sofocante, escondido bajo su
horrible sombrero viejo de lienzo encerado negro revolviendo con la azada las
patatas entre la lava. Tan torcida y encorvada era su extraña naturaleza que
parecía que el mismo
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mango de su azadón se hubiera paulatinamente contraído y retorcido entre
sus manos, resultando un lúgubre palo curvo, sostenido más como la hoz guerrera
de un salvaje que como un civilizado mango de azadón. Era su misterioso hábito
al encontrarse por vez primera con un extraño volverle siempre la espalda; tal
vez porque ese era su mejor lado, puesto que era el que mostraba menos; el
encuentro ocurría en su huerta—pues los visitantes recién llegados pasaban de
la playa directamente a la cañada, en busca del hortelano que según las
informaciones, allí tenía su puesto de venta—, y Oberlus seguía durante algún
tiempo ocupado con su azadón, sin prestar atención a las salutaciones, fueran
joviales o dulces; y si el curioso visitante daba la vuelta para verle la cara,
el recluso, azadón en mano, con igual presteza se volvía para evitarlo:
seguía agachado y revolviendo hoscamente en su colina de patatas. Esto,
en cuanto a sus actividades con el azadón. Cuando estaba plantando, su aspecto
todo y cada uno de sus gestos eran tan malévolos e inútilmente siniestros y
secretos que más parecía estar entregado a echar veneno en aljibes que patatas
a la tierra. Pero entre sus prodigios menores y más innocuos estaba la noción
que siempre abrigó de que también sus visitantes venían igualmente guiados por
el deseo de contemplar al poderoso ermitaño Oberlus en su regio estado de
soledad tanto como por el simple propósito de conseguir patatas o de dar con
cualquier compañía humana que pudiera existir en una isla estéril. £Parece
increíble que semejante ser pudiera estar poseído de tanta vanidad; que un misántropo
sea vanidoso! Pero realmente él tenía su idea de símismo y a menudo, basándose
en ella, se daba aires ante los capitanes, que resultaban risibles. Pero,
después de todo, esto coincide un poco con la conocida excentricidad de ciertos
presidiarios, orgullosos de esa misma fechoría que los hace tristemente
célebres. Otras veces, otro capricho inexplicable se apoderaba de él, y por un
tiempo se escabullía de los visitantes, dando vueltas alrededor de las esquinas
de su choza de escorias; a veces, como un oso sigiloso, se escurría a través
los matorrales secos, montaña arriba, y se negaba a ver el rostro humano.
Con la excepción de los visitantes ocasionales que venían del mar,
durante un largo período la única compañía de Oberlus fueron las lentas
tortugas que se arrastraban por la isla; y parecería haber llegado a un nivel
de degradación mayor que ellas, pues carecía de deseos que excedieran los de
estos animales, a menos que se tratase del estupor que le provocaban las
borracheras. Pero por muy rebajado que ya se presentara, con todo, acechaba en
él, sólo a la espera de una ocasión para manifestarse, una bajeza aún más
marcada. En efecto, la única superioridad de Oberlus con respecto a las
tortugas era que poseía una mayor capacidad de degradación; y junto con ella,
algo así como una voluntad inteligente de lograrlo. Por otra parte, lo que está
a punto de ser revelado evidenciará tal vez que la ambición egoísta o el deseo
de poder por sí mismo, en vez de ser una debilidad peculiar de espíritus
nobles, es algo compartido por seres que carecen totalmente de espíritu. No hay
seres más
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egoístamente tiránicos que ciertas bestias; como puede haber tenido ocasión de
observarlo todo aquel que haya prestado atención a los campesinos.
«Esta isla me pertenece porque soy el hijo de Sycorax», diría Oberlus,
paseando la mirada por su soledad escuálida. Por algún medio, fuera trueque o
robo —pues en aquellos días los barcos seguían tocando, de vez en cuando en su
desembarcadero—, consiguió un viejo trabuco con unas cuantas cargas de pólvora
y munición. Al poseer un arma se sintió capaz de emprender, al igual que el
tigre que siente por primera vez que le están saliendo las uñas. El largo
hábito de dominio exclusivo sobre todo objeto en torno suyo, su soledad casi
ininterrumpida, el no encontrarse nunca con seres humanos excepto en términos
de independencia misantrópica o de astucia mercantil, siendo sólo relativamente
raros incluso esos encuentros, todo esto debe haber nutrido gradualmente en él
una enorme idea de su propia importancia, conjuntamente con una especie de
desdén puramente animal hacia todo el resto del universo.
El desgraciado criollo, quien gozó su breve lapso de realeza en la Isla
de Charles, estuvo acaso influenciado hasta cierto punto por motivos que no
eran indignos; como ser el de impulsar a otros espíritus aventureros a llevar
colonos a regiones distantes y asumir prerrogativa política sobre ellos. Las
ejecuciones sumarias de muchos de sus peruanos son del todo perdonables,
considerando los malhechores con quienes debióvérselas; e igualmente, dadas las
circunstancias, parece absolutamente justo el hecho de haber enfrentado con
furia canina a la banda de rebeldes. Pero en el caso de este rey Oberlus y de
lo que va a contarse dentro de poco, ningún género de atenuantes puede
encontrarse. Procedió por mero deleite en la tiranía y la crueldad, en virtud
de una cualidad heredada de su madre Sycorax. Armado ya con ese espantoso
trabuco, fortalecido por el pensamiento de que era amo de esa horripilante
isla, esperaba con ansiedad una oportunidad para demostrar su poderío sobre el
primer ejemplar de la humanidad que, desprotegido, cayera entre sus manos.
No tardó mucho en llegar la oportunidad. Un día divisó un bote en la
playa, con un solo hombre, un negro, a su lado. A alguna distancia podía verse
un barco y Oberlus se dio cuenta inmediatamente de cuál era la situación. La
embarcación se había detenido allí en busca de madera y la tripulación del bote
se había internado entre los matorrales con ese objetivo. Desde un punto
apropiado se mantuvo vigilando el bote, hasta el momento en que un grupo de
hombres dispersos apareció cargado de leños. Los dejaron en la playa y
volvieron a meterse entre los matorrales, mientras el negro procedía a cargar
el bote. Entonces Oberlus se dirige con gran celeridad al encuentro del negro,
quien, estupefacto al ver que algún ser vivo habita en semejante soledad, y en
particular un ser tan horripilante, inmediatamente sucumbe al pánico, que no
consigue disminuir la suavidad ursina de Oberlus, quien por favor le pide que
le deje colaborar en su tarea. El negro está con varios leños sobre los hombros
y en el acto de cargar otros; y Oberlus, con una pequeña cuerda que lleva
oculta en el pecho,
61
procede gentilmente a alzar y trasladar esos otros leños a su lugar. Al
hacer esto, persiste en mantenerse detrás del negro, quien, sospechando con
toda razón por esta actitud, en vano se le escabulle, tratando de verlo de
frente; pero también Oberlus se le escabulle, hasta que por fin, cansado de
este ineficaz intento de traición, o temeroso de ser sorprendido por el resto
del grupo, Oberlus se corre un poco hasta un arbusto y sacando a relucir su
trabuco, ordena brutalmente al negro que abandone su tarea y lo siga. El negro
se niega. Ante lo cual, apuntándole con su arma, Oberlus dispara. Por suerte el
trabuco falla. Pero ya para entonces el negro, a quien el miedo parece haberle
hecho perder el juicio, y que acaba de recibir por segunda vez la orden perentoria,
deja caer sus leños, se rinde a discreción y se deja conducir. Por un estrecho
desfiladero que conoce bien, Oberlus se aleja rápidamente de la vista del agua.
Mientras van subiendo por la montaña, jubilosamente comunica al negro
que en adelante le hará trabajar para él, que lo tendrá de esclavo y que el
trato que le dédependerá por entero de su comportamiento en el futuro. Pero
Oberlus, engañado por ese primer momento de cobardía impulsiva del negro, en
mal momento disminuyósu vigilancia. Yendo a través de un sendero angosto y
observando que su captor no está en absoluto en guardia, el negro, individuo
vigoroso, repentinamente lo estruja entre sus brazos, lo voltea, le arrebata el
trabuco, le ata las manos con la propia cuerda del monstruo, lo carga y vuelve
con él al bote. Cuando el resto del grupo llega, Oberlus es trasladado a bordo
del barco. Resultó tratarse de un barco inglés y, por añadidura, contrabandista,
género de embarcación que no se distingue por el espíritu humanitario. Oberlus
es azotado sin piedad, luego lo esposan y desembarcan,
obligándosele a dar a conocer su morada y a mostrar sus bienes. Sus
patatas, calabazas y tortugas junto con la pila de dólares que había acumulado
en sus
operaciones comerciales le fueron quitadas al momento. Pero mientras los
contrabandistas demasiado vengativos están ocupados en destruir choza y huerta,
Oberlus consigue escapar a las montañas y allí se oculta en lugares
impenetrables, que sólo él conoce, hasta que el barco se hace a la mar, ocasión
en que se aventura a volver y mediante una lima que tiene oculta en un árbol
consigue liberarse de las esposas.
Meditabundo entre las ruinas de su choza y las escorias desoladas y los
volcanes extinguidos de esta isla, el misántropo agraviado proyecta ahora una
venganza tremenda contra la humanidad, pero oculta sus propósitos. A veces hay
naves que atracan en el desembarcadero; y de vez en cuando Oberlus logra
abastecerlas de vegetales.
Precavido por su anterior fracaso en la tentativa de secuestrar
forasteros, se propone ahora un plan absolutamente diferente. Cuando llegan
marineros a la isla, los trata con camaradería, los invita a su choza y con la
poca viabilidad que su aspecto
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siniestro pelirrojo le permite, les convida a beber de su aguardiente y
a ponerse contentos. Pero sus huéspedes no requieren mucha insistencia; y así,
no bien pierden el sentido, son atados de pies y manos y arrojados entre las
escorias, donde quedan
ocultos hasta que parte el barco. Para entonces, los cautivos,
encontrándose absolutamente dependientes de Oberlus, alarmados ante su cambio
de actitud, por sus feroces amenazas y sobre todo por ese temible trabuco, se
alistan de buena gana bajo sus órdenes, convirtiéndose en sus humildes esclavos
en tanto que Oberlus pasa a ser el más increíble de los tiranos. A tal punto,
que dos o tres mueren en el curso de su adiestramiento. Con el resto —cuatro
individuos— dispone que se encarguen de partir los terrones del suelo, que
transporten en sus espaldas cargas de tierra arcillosa, extraída de grietas
húmedas entre las montañas; los mantiene con la más rudimentaria de las
alimentaciones; saca a relucir su arma ante el más leve intento de rebelión; y
en todo sentido los convierte en reptiles a sus pies, en plebeyas culebras a
los pies de este Señor Anaconda.
Por fin consigue Oberlus abastecer su arsenal con cuatro machetes
herrumbrados y una provisión adicional de pólvora y munición destinada a su
trabuco. Disminuyendo buena parte la labor de sus esclavos, ahora se siente un
hombre, o mejor dicho un demonio, de gran habilidad para inducir a otros,
mediante lisonjas o violencias, a colaborar con sus propios designios
ulteriores, por muy repugnantes que pudieran parecerles en el primer momento.
Pero, sin embargo, preparados para casi cualquier maldad por su vida anterior
fuera de la ley, como una especie de errantes bandoleros del mar, algo que
había disuelto en su interior todo aspecto de moralidad, estaban preparados ya
para adoptar la forma del primer molde de bajeza que les fuese presentado;
disminuidos en su virilidad por la irremediable desdicha en la isla, habituados
a rebajarse en todas las cosas ante su amo, quien en sí mismo era el peor de
los esclavos, estos infelices ya se estaban corrompiendo por completo entre sus
manos. Oberlus los utilizaba como seres de una raza inferior; en suma, les pone
espuelas a sus cuatro animales y los convierte en asesinos; así es que
convierte a aquellos cobardes en unos bravucones.
Ahora bien, espada o daga, las armas humanas sólo son garras y colmillos
artificiales, que se fijan como espolones a un gallo de riña. Así, lo
repetimos, Oberlus, zar de la isla, pone espolones a sus cuatro súbditos; en
otras palabras, con la gloria como meta, pone cuatro machetes herrumbrados en
sus manos. Como cualquier otro autócrata, ya cuenta con un noble ejército.
Podría pensarse que a esto siguió inmediatamente una guerra servil.
¿Armas en las manos de esclavos maltratados? £Qué indiscreción la del Emperador
Oberlus! Pero, nada de eso: ellos sólo contaban con sus machetes —hoces
bastante viejas y lamentables—, en tanto que Oberlus dispone de su trabuco, el
cual con su ciega lluvia de todo tipo de guijarros, escorias y otras sustancias
pétreas hubiera aniquilado a los
63
cuatro amotinados, como si se tratara de cuatro palomas, de un solo
disparo. Además, en un comienzo no dormía en la choza que acostumbraba; por un
tiempo cada vez que llegaba el cárdeno crepúsculo, se lo podría haber visto
abriéndose paso entre las grietas de las montañas, para ocultarse hasta la
madrugada en alguna grieta sulfúrea, inhallable para su pandilla; pero, al
final, como le resultaba demasiado fastidioso este procedimiento optó por atar
de pies y manos a sus esclavos todas las noches, escondiendo los machetes, que
metía en su cuartel general, cuya puerta trancaba para luego acostarse frente a
ella, bajo un tosco tinglado añadido últimamente. Y asípasaba la noche, trabuco
en mano.
Se supone que, descontento de marchar diariamente por una soledad
cenicienta a la cabeza de su espléndido ejército, Oberlus pasó a maquinar los
atropellos más espectaculares. Probablemente era su objetivo tomar por sorpresa
un barco que se detuviera en sus dominios. Entonces exterminaría a la
tripulación y escaparía en la nave a lugares ignotos. Mientras bullían estos
planes en su cabeza, dos barcos tocaron conjuntamente en la isla, en el lado
opuesto al suyo; y entonces sus proyectos experimentaron un súbito cambio.
En los barcos necesitan vegetales, que Oberlus promete en gran
abundancia, siempre que envíen sus botes al otro lado, a su desembarcadero, de
modo que los tripulantes puedan trasladar los comestibles desde su huerto,
informando a un mismo tiempo a los dos capitanes que sus bribones —esclavos y
soldados— se han vuelto tan abominablemente ociosos e inútiles en los últimos
tiempos que no podría hacerlos trabajar con alicientes ordinarios y que, por
otra parte, la piedad le impediría ser severo con ellos.
La propuesta fue aceptada y se enviaron los botes que quedaron
dispuestos sobre la playa. Las tripulaciones se trasladaron hasta la choza de
lava; pero, para su sorpresa no había nadie allí. Tras esperar hasta que se les
agotó la paciencia, volvieron a la playa, donde he aquí que algún extraño —no,
por cierto, el Buen Samaritano—pareciera haber pasado recientemente. Tres de
los botes estaban hechos añicos y faltaba el cuarto. Esforzándose por las
montañas y a través de las escorias, algunos de los forasteros consiguieron
volver a aquel costado de la isla donde anclaban los barcos y entonces se
enviaron nuevos botes para socorrer al resto de la desventurada partida.
Por muy asombrados que quedaran ante la traición de Oberlus, los dos
capitanes, temerosos de nuevas y aún más misteriosas atrocidades —y, a decir
verdad, imputando parte de tan extraños acontecimientos a los hechizos
asociados con estas islas— consideraron que sólo estarían a salvo si escapaban
inmediatamente, de modo que dejaron a Oberlus y a su ejército en tranquila
posesión del bote robado.
En la víspera de la partida, pusieron una carta en un pequeño barril,
informando del asunto al Océano Pacífico, y anclaron el barril en la bahía.
Algún tiempo después, el barril fue abierto por otro capitán que acertó a
anclar allí, no hasta después de haber
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despachado un bote al desembarcadero de Oberlus. Como puede sospecharse
fácilmente, este capitán sintió bastante inquietud hasta que volvió el bote.
Entonces se le hizo entrega de otra carta, en la que Oberlus proponía su propia
versión del episodio. Este precioso documento había sido hallado, enmohecido y
colgado de un clavo en el muro de escoria de la choza sulfúrea y desierta. He
aquí su texto, el cual demuestra que Oberlus era al menos un escritor consumado
y no un simple patán; y lo que es más, que era capaz de cierta tenebrosa
elocuencia:
Señor: soy el caballero más desafortunado y maltratado que exista. Soy
un patriota, exiliado de mi país por la más cruel de las tiranías.
Desterrado a estas Islas Encantadas; una y otra vez he tratado que
capitanes de barcos me vendieran un bote, pero me estrellé contra negativas,
pese a que ofrecía mejores precios en dólares mexicanos. Por fin se me presentó
una oportunidad de hacerme de uno, y no la dejé pasar.
Desde hace mucho me esfuerzo, mediante el rudo trabajo y no poco
sufrimiento solitario, por acumular algo que me permita vivir cómodamente una
vejez virtuosa pero infortunada; más en diversas ocasiones he sido robado y
golpeado por hombres que profesaban ser cristianos.
Hoy parto del grupo de Las Encantadas, a bordo del excelente bote
Charity, con destino a las Islas Fidji.
El huérfano Oberlus.
P. S.—Detrás de las escorias, junto al horno, encontrará gallina vieja.
No la mate:
sea paciente; está poniendo y si llega a tener pollitos, por este
documento se los lego, usted quien sea. Pero no cuente sus pollos antes que
salgan del cascarón.
La gallina resultó ser un gallo famélico, postrado de pura debilidad.
Oberlus declaraba que su destino eran las Islas Fidji; pero esto tenía por único
objeto poner a los perseguidores sobre una pista falsa. Pues, tras largo
tiempo, llegó,único tripulante de su bote abierto, a Guayaquil. Como sus
secuaces no fueron vistos nunca más en la Isla de Hood, se supone que murieron
por falta de agua en la travesía a Guayaquil o bien, lo cual es muy probable,
que fueran arrojados por la borda por Oberlus, cuando éste comprobó que el agua
se iba haciendo escasa.
De Guayaquil pasó Oberlus a Payta; y allí, con esa brujería inaudita que
es característica de algunos de los animales más horribles, consiguió captarse
los sentimientos de una damisela morena, a la cual convenció de que lo
acompañara a su Isla Encantada, que sin lugar a dudas le pintó como un Paraíso
de flores y no como un Tártaro de escorias. Pero por desgracia para la
colonización de la Isla de Hood con un selecto surtido de la naturaleza
animada, el aspecto extraordinario y diabólico de Oberlus hizo que se le viera
en Payta como a un individuo sumamente sospechoso. De modo que al encontrársele
una noche escondido con cerillas en un bolsillo, bajo el
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casco de una pequeña embarcación que estaba a punto de ser botada, se lo
detuvo y se lo arrojó a un calabozo.
En la mayor parte de las poblaciones sudamericanas, las cárceles son del
tipo menos saludable. Edificadas con grandes pedazos de adobe, sólo contienen
una habitación, sin ventanas ni patio y también tienen solamente una puerta
cubierta de pesados barrotes de madera; de modo que tanto por fuera como por
dentro ofrecen el aspecto más deplorable. En su calidad de edificios públicos
se levantan
ostentosamente frente a una plaza calurosa y polvorienta brindando a la
vista, a través de las rejas, el espectáculo de sus traicioneros y
desesperanzados inquilinos, sumidos en todo género de trágica mugre. Y allí,
durante largo tiempo pudo verse a Oberlus, la figura central de una banda
mestiza y asesina, un ser a quien es religioso detestar puesto que es
filantropía odiar a un misántropo.
Nota. Quienes puedan estar dispuestos a dudar acerca de la posibilidad
del personaje descrito arriba deben remitirse al segundo volumen de Viaje por
el Pacífico de Porter, donde reconocerán muchas oraciones, puesto que, para
facilitar las cosas, fueron extraídas textualmente de esa obra y trasladadas
aquí; siendo la diferencia principal —salvo unas cuantas reflexiones al pasar—
entre las dos relaciones que el presente autor ha añadido a los datos
presentados por Porter, otros suplementarios que obtuvo, en fuentes dignas de
confianza, en el Pacífico; y cuando los datos divergen, el autor ha preferido,
naturalmente, sus propias fuentes a las de Porter. Como, por ejemplo sus
fuentes sitúan a Oberlus en la Isla de Hood, en tanto que las de Porter lo
hacen en la Isla de Charles. La carta hallada en la choza es también algo
diferente, pues cuando el presente autor se encontraba en Las Encantadas se le
informó que ella no sólo evidenciaba cierta cultura sino que estaba llena de la
más insólita desfachatez satírica, cosa que no está debidamente representada en
la versión de Porter. La modifico por consiguiente, para ajustarla al carácter
personal de su autor.
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DÉCIMO BOSQUEJO
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Prófugos, abandonados, solitarios, lápidas, etcétera Y alrededor viejos
troncos y ramas de árboles,
En los que nunca fruto ni hoja se vieron, Coleaban sobre gastadas
escuadras nudosas
De las que a muchos infelices se había colgado.
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Algunas reliquias de la choza de Oberlus perduran en parte, hasta el día
de hoy, en la punta del valle cubierto de escorias. Y el forastero que recorre
otras de las Islas Encantadas no deja de tropezar con moradas solitarias, desde
hace mucho abandonadas a la tortuga y al lagarto.
Tal vez pocas partes de la tierra han dado albergue, en estos tiempos
modernos, a tantos solitarios. La razón de esto es que nuestras islas se hallan
situadas en un mar distante, y las naves que de vez en cuando las visitan son
casi siempre balleneros o bien barcos que realizan lentas y pesadas travesías,
lo cual los exceptúa en buena medida tanto de la supervisión como del recuerdo
de la ley humana. El carácter de ciertos comandantes y de ciertos marineros es
tal que, en estas enojosas circunstancias, es absolutamente imposible que dejen
de producirse escenas desagradables y de contrariedad entre ellos. Un odio
sombrío hacia la nave tiránica se apoderará del marinero, quien de muy buena
gana la cambiará por islas que, si bien azotadas por un continuo siroco y una
brisa ardiente, con todo le brindan, en su interior laberíntico, un retiro
donde quedará libre de la posibilidad de captura. Escapar del barco en
cualquier puerto peruano o chileno, aun en el más pequeño y rudimentario, es
hazaña que no está exenta de grave riesgo de captura, para no hablar de los
jaguares. Una recompensa de cinco pesos hace que cincuenta españoles ruines se
metan en la selva, y con sus grandes machetes la exploren día y noche, deseosos
de capturar a su presa. Tampoco es, en general, mucho más fácil burlar a los
perseguidores en las islas de Polinesia. Aquéllas en que se ha dejado sentir
una influencia civilizadora presentan al desertor la misma dificultad que los
puertos peruanos, siendo los nativos evolucionados tan mercenarios y de
cuchillo y olfato tan vivos como los retrógrados españoles; en tanto que,
debido a la mala reputación de que gozan todos los europeos entre los salvajes
que han llegado a oír algo de ellos, fugarse del barco entre los primitivos
polinesios es, en la mayor parte de los casos, una esperanza no sin sus propios
peligros. De aquí que las Islas Encantadas se conviertan en los sitios elegidos
para morada por todo género de refugiados; algunos de los cuales experimentan
demasiado tristemente la verdad de que huir de la tiranía no asegura por sí
solo un asilo seguro y mucho menos un hogar feliz.
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Por otra parte, con bastante frecuencia se han dado casos de que
accidentes relacionados con la cacería de tortugas hayan convertido a los
cazadores en ermitaños en estas islas. El interior de casi todas ellas es tan
enmarañado y de tránsito arduo que supera toda descripción; el aire es
sofocante e irrespirable; surge una sed intolerable, para la cual no encuentra
arroyo alguno que brinde su gentil alivio. £En unas pocas horas bajo un sol
ecuatorial, reducido por estas causas a un estado de absoluto agotamiento, un
desgraciado porvenir le espera al rezagado en las Islas Encantadas! Su
extensión es tal que impide una búsqueda adecuada, a menos que se le consagren
semanas. El barco impaciente aguarda uno o dos días; y entonces, no habiéndose
dado todavía con el desaparecido, se clava una estaca en la playa, con una
carta de
excusa, y una lata de galletas y otra de agua atados a ella… y se hace a
la mar. Tampoco faltan los casos en que la inhumanidad de ciertos capitanes los
ha llevado
a tomarse una segura venganza en marineros que les hubieran provocado un
agravio singular a su capricho o su orgullo. Tirados a la playa, en medio de la
abrasadora greda, esos marineros son abandonados para que mueran sin tardanza,
a menos que por esfuerzo solitario consigan descubrir algunas preciosas gotas
de humedad que manen de una roca o estén estancadas en una pileta de la
montaña.
Conocí mucho a un hombre que, en la Isla de Narborough fue atormentado
por la sed hasta tal extremo que al fin salvó su vida dando cuenta de la de
otro ser. Una foca muy corpulenta llegó a la playa. Él se precipitó sobre el
animal, le clavó el cuchillo en el cuello y luego tirándose sobre el cuerpo
jadeante, bebió de la herida abierta; las palpitaciones del corazón agonizante
de la bestia inyectaron vida al bebedor.
Otro marinero, arrojado en un bote a una isla a la que no llegaba jamás
un barco, debido a su particular aridez y a los bancos de arena que la
rodeaban, isla de la que además quedaban ocultas todas las demás partes del
grupo, este hombre, percatándose de que era una muerte segura quedarse allí y
que nada peor que la muerte le amenazaba si dejaba la isla, mató dos focas e
inflando sus pellejos se hizo una especie de balsa, en la cual consiguió
trasladarse a la Isla de Charles, incorporándose a la república allí existente.
Pero los individuos que no están dotados del coraje necesario para
llevar a cabo estas desesperadas tentativas encuentran su único recurso en
buscar inmediatamente un abrevadero, por precario o exiguo que sea; en levantar
una choza; en capturar tortugas y aves; y en todos los respectos preparándose
para una vida eremítica, hasta que la marea o el tiempo, o bien un barco en
travesía, llegue para llevarlos flotando a
otra parte.
Al pie de los precipicios en muchas de las islas se encuentran en las
rocas pequeñas cavidades, en parte llenas de desperdicios putrefactos o de
residuos vegetales, o bien cubiertas por la maleza, y en las que a veces
también puede encontrarse un poco de humedad. Al examinarlas, estas cavidades
revelan muestras inequívocas del uso de
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instrumentos artificiales para ahuecarlas, siendo la obra de algún
desgraciado náufrago
o de un todavía más miserable prófugo. Estas cavidades están hechas en
lugares donde se suponía que unas escasas gotas de rocío podrían caer dentro de
las grietas superiores.
Estas reliquias representadas por ermitas y cavidades talladas en la
piedra no son los únicos signos de una humanidad en eclipse que puedan hallarse
en las islas. Y, por curioso que resulte decirlo, el punto que es más animado
entre todos los demás en las comunidades establecidas, presenta en las Islas
Encantadas el más triste de los aspectos. Y por más que pueda parecer muy
extraño hablar de oficinas de correos en esta región tan desértica, con todo
pueden, de vez en cuando, encontrarse oficinas de correo en ella. Constan de un
poste y una botella. Y allí las cartas no sólo las sellan sino que les ponen
corcho. Por lo general, se trata, de mensajes depositados por capitanes
balleneros de Nantucket en beneficio de los pescadores que pasen por allí y
contienen declaraciones relativas a la suerte que tuvieron en la pesca de la
ballena o en las cacerías de tortugas. Sin embargo, a menudo ocurre que largos
meses y meses pasan, e incluso los años pasan y no se presenta nadie a reclamar
la correspondencia. El poste se pudre y se viene al suelo, y no ofrece un
espectáculo muy regocijante.
Si se añade ahora que lápidas sepulcrales o, mejor dicho tablas
sepulcrales se descubren también en algunas de las islas, la imagen quedará
completa.
En la playa de la Isla de James pudo verse, durante muchos años, un
tosco poste indicador que apuntaba hacia el interior. Y tal vez,
interpretándolo como una señal de posible hospitalidad en este lugar por lo
demás tan desolado —algún buen ermitaño que viviría allí con su escudilla de
madera—, el forastero seguiría por la senda asíindicada, hasta que por fin
llegaría a un silencioso escondrijo y encontraría como única bienvenida a un
muerto y como su sola salutación la leyenda sobre la tumba. Allí, en 1813, cayó
en un duelo al romper el día, un teniente de la fragata norteamericana Essex,
el cual tenía 21 años, alcanzando su mayoría de edad en la muerte.
Es perfectamente justo que, como esas viejas instituciones monásticas de
Europa, cuyos moradores no salen de sus muros para ser sepultados sino que se
les entierra donde mueren, también Las Encantadas entierren a sus propios
muertos, así como el gran monasterio general que es la tierra lo hace con los
suyos.
Sabido es que la sepultura en el océano es debida a una estricta
necesidad de la vida náutica y que sólo se procede a practicarla cuando la
tierra está muy a popa y no es claramente visible desde la proa. Por esto, a
los barcos que navegan por las proximidades de las Islas Encantadas les
proporcionan un cómodo camposanto. Cumplida la ceremonia de dar sepultura a los
restos, algún bondadoso poeta o artista del castillo de proa se apodera de su
pincel e inscribe una copla como epitafio. Y cuando, después de un largo plazo,
otros marineros de buen corazón aciertan a dar
con el lugar del entierro, por lo común aprovechan el túmulo como mesa y
beben un amistoso trago por el descanso del pobre difunto.
Como muestra de estos epitafios, vaya el siguiente, encontrado en una
abra desierta de la Isla de Chatham:
Oh, hermano Jack, que ahora pasas, Como eres hoy, así fui yo:
Tan pendenciero y tan alegre,
Pero ahora, qué pena, han dejado de pagarme. Ya no espío desde mis
anteojeras,
Aquí me estoy… £cubierto de escombros!
FIN

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